Kitabı oku: «Colección de Vicente Blasco Ibáñez», sayfa 75
–Tú eres el único que lo sabe: un hijo… ¡mío! ¡bien mío! Un niño de tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin conseguirlo. ¡Un hijo!… No lleva mi apellido, no puedo confesar que soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!
Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua divetteaventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.
–Un verdadero hijo del amor—decía el hombretón con sonrisa placentera.—No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! ¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.
Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla casera.
Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de la tertulia de doña Cristina.
–¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco fuera, ocultándome como un malhechor!—exclamó el millonario, como si el recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.—Pero no creas, Luis, que estoy arrepentido—añadió con resolución.—Yo tengo derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra… . Pero dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?
Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor desgracia es abrir los ojos.
–Me quiere, Luis, me quiere—interrumpió el millonario apresuradamente.—¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era yo Sánchez Morueta.
El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y valerosos—él, por ejemplo,—rompían abiertamente, no queriendo vivir encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.
Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.
No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.
Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.
Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en mayor libertad para sus negocios y placeres… . ¡Imbéciles! El doctor se indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.
–Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa—dijo el doctor,—¿qué has hecho para evitarlo?…
Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? ¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?…
–Tú has dejado, como los otros—continuó el doctor,—que tu mujer buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, ¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
El millonario sonrió con desdén.
–¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!… Efectivamente, son gente antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. ¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?…
Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de sonreír.
–No sigas, Pepe—dijo el doctor.—Adivino lo que piensas. Soy un cursi. Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.
–¡Yo no digo tanto!—exclamó el millonario.—Yo no creo en ellos, y hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas partes y creer en sus venenos y puñales.
–Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en cambio el cielo.»
Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se evidenciase su vulgaridad.
El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, temibles únicamente para los que viven á su sombra.
Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el Jesu de Roma.
–Esto á mí en nada me interesa—acabó diciendo Aresti.—Yo vivo fuera del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.
Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas religiosas; no le preocupaban.
–A tí, sí—dijo Aresti con energía.—A tí deben preocuparte. Crees que vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario Sánchez Morueta!
El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que alguna vez hacían memoria de ellas.
–¿Pero es que Londres es Bilbao?—gritó exasperado el doctor.—¿Acaso Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la cursilería! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!…
–Sí; aquí dominan mucho—dijo el millonario con gravedad.—Yo sé que á otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen… pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos señores de la Residencia?
–No: no vienen—dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.—¿Y para que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la familia… .
–Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.
Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.
–El otro día—dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria—leí un drama en francés y me acordó de tí. Era La Intrusa de Mæterlinck, ¿Conoces eso?…
El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.
–La Intrusa—continuó el médico,—es la Muerte, que entra en las casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.
Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de inmensa pesadumbre… y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!… La enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama atravesando todos los obstáculos; la Intrusa, para la que no hay puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta presencia.
Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á su primo, que parecía no comprenderle.
–En tu casa ocurre lo mismo—dijo tras larga pausa.—Crees que ese enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.
Sánchez Morueta reía ruidosamente.
–Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos… y demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.
Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.
Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de la libertad.
–Yo también creo lo mismo—exclamó;—pero en un país como ese de que hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y por ser patria de San Ignacio?… Llevamos sobre las costillas cuatro siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las creencias!… Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar á su tierra de la miseria del pasado.
Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.
Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que más allá no existe otro mejor.
Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego homicida.
–Eres un inquisidor—dijo su primo soriendo.—Parece mentira que un hombre moderno como tú se exprese de tal modo.
Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban de la libertad como si fuese un fardo abrumador… En otros tiempos, los católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de familiar del Santo Oficio?
Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos… Pero se hablaba del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos tenían por final la quema de algún convento.
–Y es que el pueblo—continuó Aresti—adivina por instinto cuál es el enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se junta para algo que no dirija contra él sus iras.
El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.
Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
–España es un país de olvido—decía el doctor.—Aún se estremecen en Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.
