Kitabı oku: «Colección de Vicente Blasco Ibáñez», sayfa 78

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El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se oponían á las fiestas de sociedad.

Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, guardador de la inocencia, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos horizontes á la desmoralización.

¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la cabeza caída, tristes.

–Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de cocottes elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la cofradía de San Luis.

El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena idealidad.

–¡Pero, don Luis!; usted propone cosas… enormes.

Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud, el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes, emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite, sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan virtuosa á estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.

Aresti, en sus visitas de médico, había conocido los barrios altos de la villa, el albergue de las servidoras de la prostitución. Todas eran pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo de la miseria. Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la falda corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no encontrar el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su aberración el verdor agrio que excita los nervios. Los directores de la vida en aquel país la descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un crimen del instinto del sexo, obligándolo á refugiarse en inmundos rincones. Los ricos que podían proporcionarse las dulzuras amorosas con su más seductora decoración, entraban al amparo de la noche, ocultándose como criminales en casas frecuentadas por soldados y marineros. Otros, más audaces, asediaban á la costurerilla de la familia y comenzaban con ella una novela de amor, insípida y vulgar, conservándola en la casa de los padres que aceptaban sin protesta el amancebamiento á cambio de la protección del rico. Se desterraba al amor para permitir el negocio. La cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero se toleraba el padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque ayuda á ir viviendo y se oculta en la propia casa.

¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos sexos; ni expansiones de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida estaba momificada en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no había más seres vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo en las últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.

El doctor únicamente había sentido el roce de la vida, algún domingo por la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la explanada de la Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de orquestas callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.

Los demás estaban muertos por el fastidio ó corrompidos por la opresión. Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que cambiar ocho veces de traje todos los días. Otros iban en automóvil por las calles, sin rumbo determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en el vehículo y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras ellos.

¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la alegría de un pueblo opulento, que teniendo una existencia que embellecer la martirizaba y ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo el testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?…

El doctor terminó enérgicamente sus protestas, viendo próximo el momento de tomar el tren.

–Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y la venero cuando sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra, triste y con el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo mío!… tanta virtud me da asco.

Capítulo 5

Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos rubios, que ya comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del ojo seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una chimenea.

Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que asistir en Bilbao á una junta de señoras católicas, de la que era presidenta, en el Colegio del Sagrado Corazón.

Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se quejaba de dolores de cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de muchacha, y doña Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del añaNicanora.

Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una semana, muy atareado por los nuevos negocios que todos los meses hacían necesaria su presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas ausencias. No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin ver aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y que á ella se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como una protesta muda.

Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No se la escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes elegantes de otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba algunas veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la aconsejaba mirando los periódicos de modas, con la misma bondad con que una persona mayor discute con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida de negro, con telas pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropas interiores un abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasar los límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la carne, de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad cantada como mérito celestial en la vida de muchos santos.

Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa repeler los mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su gusto, afirmando que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido desapareciendo poco á poco todos los muebles que significaban ostentación ó comodidad. En el resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en su cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba casi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines representando á Jesús y á María, abriéndose el pecho para ofrecer sus corazones inflamados.

Muchos días las criadas encontraban la cama intacta. La señora—según ellas afirmaban en sus conversaciones de la cocina—dormía en el suelo ó no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez llegaban con mayor retraso á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de sangre. Una doncella había recogido olvidado sobre su cama, un horrible cinturón de esparto, un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas monjitas de Begoña.

Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á que sometía su cuerpo la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una dulzura melosa en la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor contrariedad y exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba arrastrar por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase dentro del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su arrebato.

El marido no parecía advertir el abandono físico y la transformación moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su cuarto. Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y sin pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, como si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba de ella, haciendo imposible todo retroceso.

Pepita seguía, con una expresión de lástima en los ojos, el tocado rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo de coquetería.

–Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te sienta bien.

Doña Cristina movió la cabeza.

–No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á su edad. Ya soy vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que son para bien de la religión.

–¿Pero si es una capota muy seria, muy religiosa?

–La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban las gentes buenas y antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del extranjero.

Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto sabroso de la madurez, que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía complacerse con dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se colocaba la mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su cabellera, las ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto lloroso, como si estuviera en perpetua oración.

Doña Cristina iba á salir.

–Mamá, ya sabes mi encargo—dijo Pepita.

–No lo olvido—contestó la madre con sonrisa bondadosa.—No debía hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.

Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una curiosidad meticulosa.

Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado con un nuevo título: Océano de Bondad. Y nadie podía adivinar el sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del mapa.

Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los jesuítas. Era el dernier cri de la devoción; daba á entender, según ella, que el progreso no está reñido con el dogma.

Doña Cristina dió al chauffeur la orden de llegar pronto á Bilbao y el vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los maketos de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus mitins fetiche y nido de ratas á la milagrosa imagen de la patrona de Vizcaya.

A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.

Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las reglas de la Compañía á las visitas femeniles.

Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, para emprender su santa obra!… Vivían con cierto desahogo, pero por ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos bajo la sotana de la obediencia.

La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la Iglesia, únicos depositarios de la verdad.

El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre nubes, revoloteando camino del cielo.

Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban los más puestos de smoking, muy elegantes, como hijos de buenas familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de Salamanca y muy rico… Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de mirarse largamente, se saludaban con la mano… ¡Angelitos!

Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de punta, ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la impiedad de la falsa ciencia moderna.

Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»… Urquiola sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!… Su contradictor mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.

En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. La viejecita se titulaba El viejecito: todas las obras perdían su título femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros… ¡Serafines del cielo!

Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía el país.

La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y ¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les faltase el consejo de los sabios Padres.

Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.

Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en todo lo que les rodea una nueva vida.

Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.

Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo de obreros pasaba, camino del chacolín, por entre un bosquecillo de pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el «Boga, boga, marinero» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora invisible.

Al volver Pepita la vista tierra adentro, contemplaba, avanzando sobre la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol meridional; todo aquel pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas sobre el que pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio sus torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.

Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en el fondo, con un escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de todas aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno sobre el cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus barrancos y oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más próximas, que parecía iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el pico de Banderas. Después sobresalían sobre ellas, á una enorme distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes del país, el Mañaría y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible, cubierta de nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita recordaba sus terrores de la niñez, cuando su aña, para imponerla silencio, la amenazaba con llamar á la Dama de Amboto, especie de hada maléfica, hija de un Jaun, de un caudillo legendario, que vivía como encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con toda clase de maleficios.

La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la contemplación del paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante, como si pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un pañuelo que le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse la curiosidad de la gente. Después ya no vió nada y creyendo en un engaño del deseo siguió contemplando el paisaje, con mirada vaga, sumiéndose poco á poco en una dulce somnolencia.

La joven despertó al sentir en su espalda la mano del aña.

Ése está ahí—dijo con tono misterioso.—Habrá que bajar al jardín.

A la melancolía sucedió en la joven la inquietud, el temor. Había venido preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con Fernando Sanabre, y al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un delito. La aña reía ante los temores de la señorita, á la que trataba con la misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal podía haber en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo la mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba que de un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina tras un arriate del jardín.

Solamente había accedido á la entrevista después de los infinitos ruegos de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni una vez á solas con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que llevaba y traía la aña complaciente.

Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la vista de la servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al ingeniero dentro de la casa.

Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando atravesaba ya la verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la señora no estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el jardín, pasaría á saludarla.

Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción de la timidez, al verse frente á frente.

–¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.—Deciros algo: hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.

Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.

De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un chisporroteo de oro.

Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!… Recordaba las horas de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.

–Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en su apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.

Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el Goizeko izarra, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le tradujesen la letra.

–Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en ella: siento su infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve… » Eso es lo que yo pienso, mi vida.

Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y esplendor.

Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué… romántico! ¿Pero era verdad que le causaba tanta impresión su voz?… Y se extrañaba de buena fe, de que una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin mentiras.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
28 şubat 2026
Hacim:
5250 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788026835790
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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