Kitabı oku: «Un drama de caza»
Un drama de caza

Un drama de caza (1919) Antón Chéjov
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Octubre 2021
Imagen de portada: Rawpixel
Traducción: Anna Lev
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Un drama de caza (Basado en un hecho auténtico)
2 Un drama de caza (Según las memorias de un juez de instrucción)
3 Vodka
4 Pecados
5 El bosque
6 Telegrama
7 Noche de locura
8 Ladrones
9 La iglesia
10 ¿Por qué?
11 La figura oscura
12 Noticias desconcertantes
13 ¡Miradas!
14 El pequeño diablo
15 Un beso frío
16 La pregunta
17 Un error matrimonial
18 Todopoderoso
19 ¡Cólera!
20 Fuentes
21 Venalidad
22 Esa risa estridente
23 ¿Por qué lo maté?
24 Una carta
25 ¡Maldición!
26 El ausente reaparece
27 Olga responde
28 ¿Quién fue el asesino?
29 ¿Por qué la sangre en las manos?
30 La escena del crimen
31 ¡Mienten!
32 Prisión
33 El Arco iris
Un drama de caza (Basado en un hecho auténtico)
Un buen día de mediados de abril de 1880 entra en mi despacho Andrei y con un misterioso susurro me dijo que en la antesala se encontraba un caballero que insistía en que le recibiera.
—Creo que es un funcionario —añadió—. Lleva en la gorra una insignia de colores.
—Dile que venga a verme en otra ocasión —le dije—. Hoy estoy muy ocupado. Dile que el jefe de redacción sólo recibe los sábados.
—Vino anteayer y preguntó por usted. Dice que se trata de un asunto importante. Suplica verlo casi con lágrimas en los ojos. Los sábados, según dice, no está libre. ¿No podría usted recibirlo?
Suspiré. Dejé la pluma en la mesa y me dispuse a recibir al hombre de la insignia. Los escritores incipientes y los tipos más excéntricos se sienten por lo general atraídos por la palabra “Redacción” y le hacen perder a uno un tiempo precioso. Una vez que el editor ha dicho “¡Hágalo pasar!”, se levantan pausadamente, se suenan la nariz con toda parsimonia y se dirigen a la puerta con paso lento, lo cual le hace perder a uno un tiempo precioso. El hombre de la insignia, en cambio, no se hizo esperar. Apenas se había cerrado la puerta tras Andrei cuando apareció un hombre alto y fornido que llevaba unos papeles en una mano y una gorra con un distintivo en la otra.
El hombre que deseaba entrevistarse conmigo desempeña uno de los papeles más importantes de mi relato, por lo que me apresuraré a describirlo.
Era, como ya he dicho, alto y fuerte como un caballo de tiro. Todo en su aspecto denotaba salud y energía. El rostro era sonrosado, las manos grandes, los hombros anchos. Su musculatura y su espesa cabellera demostraban patentemente su salud. Debía de tener unos cuarenta años. Vestía con gusto: un traje de espesa lana a la última moda. Una gruesa cadena de oro adornaba su pecho; en su dedo meñique brillaba un diamante. Pero, lo que es más importante, y aún esencial, en el protagonista de una novela o relato que se respete, era extraordinariamente guapo. Como no soy ni mujer ni pintor, entiendo muy poco de belleza masculina, pero el caballero de la insignia, con su cara larga y musculosa, me produjo una honda impresión. La nariz era la de un héroe griego, los labios delgados, los ojos azules y en cierto modo misteriosos, con ese “misterio” que puede verse en algunos animales pequeños cuando están apesadumbrados o enfermos. Algo importante, infantil, resignado y dolorido... La gente astuta no tiene esos ojos...
Su rostro entero parecía transpirar candor y sinceridad. Si es cierto que la cara es el espejo del alma, yo podría haber jurado el mismo día que le conocí que el caballero de la insignia era incapaz de mentir. Podía hasta haber hecho una apuesta.
Si la habría ganado o no, es cosa que el lector sabrá más tarde.
Su cabellera y su barba, de color castaño, eran espesas y suaves como la seda. El cabello suave es señal de un alma tierna y sensible. Los criminales tienen en la mayoría de los casos una pelambre áspera. Si esto es cierto o no, es cosa que también sabrá el lector. Ni la expresión de su cara ni la suavidad de la barba podían compararse en delicadeza a los movimientos de su enorme cuerpo. Esos movimientos parecían denotar educación, cultura, gracia y, si se me permite el comentario, también cierto aire de afeminamiento. Mi protagonista no habría tenido que hacer más que un ligero esfuerzo para doblar una herradura o aplastar una lata de sardinas, y, sin embargo, ninguno de sus movimientos denotaba esa fuerza física. Podía asir el pomo de la puerta o el sombrero como si se tratara de una mariposa, delicada y cuidadosamente, como si apenas posara los dedos sobre esos objetos. Caminó silenciosamente y me estrechó la mano con suavidad. Al mirarlo, uno olvidaba que tenía la fuerza de Goliath y que con una sola mano podía levantar pesos que ni cinco hombres como Andrei, mi empleado, habrían podido mover. Al observar la ligereza de sus movimientos era imposible creer en su fuerza. Spencer habría podido definirlo como un modelo de gracia.
Al entrar en el despacho, se quedó confuso un instante. Su naturaleza delicada y sensible reaccionó ante mi rostro ceñudo y poco amable.
—¡Perdóneme, por el amor de Dios! —comenzó a decir con voz aterciopelada de barítono—. He venido a verlo a una hora indebida y lo he obligado a hacer conmigo una excepción. Está usted muy ocupado, lo sé. Pero, señor redactor, mañana debo emprender un viaje a Odessa por razones de negocios... Si hubiera podido posponer mi viaje hasta el sábado, le aseguro que no le habría pedido que hiciera esta excepción. Yo me someto a las reglas porque amo el orden...
“¡Cómo habla!”, pensé mientras tendía una mano hacia la pluma, tratando de hacerle comprender con ese movimiento cuán ocupado me hallaba (hasta entonces ese tipo de visitantes siempre me había aburrido).
—No le robaré más que unos cuantos minutos —continuó mi héroe con tono de disculpa—. Pero antes permítame presentarme... Iván Petrovich Kamichev, abogado y antiguo juez de instrucción. No tengo el honor de pertenecer al círculo de los escritores; sin embargo, vengo a visitarle por razones estrictamente literarias. A pesar de que friso ya en los cuarenta, se encuentra ante usted un principiante... ¡Más vale tarde que nunca!
—Mucho gusto... ¿En qué puedo serle útil?
El hombre que se daba a sí mismo el título de principiante se sentó y dijo sin levantar los ojos del suelo:
—Le he traído una pequeña novela que me gustaría ver publicada en su periódico. Señor redactor, le diré con toda sinceridad que no he escrito esta novela para lograr celebridad como autor ni para recibir el elogio de los críticos. Ya no estoy en edad para esas cosas. Si me he aventurado en el camino de la literatura ha sido por razones puramente comerciales... Quiero ganar algún dinero... Por el momento no tengo ocupación alguna. Durante cinco años fui juez de instrucción en el distrito de S., pero ni hice fortuna ni conservé la inocencia...
Kamichev me miró con sus ojos bondadosos y sonrió cordialmente.
—El servicio es tedioso. Trabajé, trabajé hasta que no pude más y lo abandoné. Ahora no tengo ocupación. Hay días en que casi no puedo comer... Si a pesar de su poco valor publica usted mi historia, me hará un gran favor. Un periódico no es una institución filantrópica, ni un asilo de ancianos..., lo sé..., pero si fuera usted tan amable...
“¡Mientes!”, pensé.
La cadena de oro y el anillo de diamantes no se correspondían con el hecho de escribir para ganar un mendrugo de pan. Por otra parte, una ligera nube ensombreció el rostro de Kamichev, lo que un ojo experimentado puede advertir solamente en las personas que rara vez mienten.
—¿Cuál es el tema de su obra? —le pregunté.
—¿El tema?... ¿Cómo decírselo?... El tema no es nuevo... Amor, un asesinato... Léala; usted mismo lo verá... Son las memorias de un juez de instrucción.
Debí de fruncir el ceño. Kamichev se me quedó mirando en plena confusión. Entrecerró los ojos, y luego continuó hablando de prisa:
—Mi novela está escrita en el estilo convencional de los viejos jueces de instrucción. En ella encontrará usted un hecho real... Todo lo que cuento sucedió ante mis ojos del principio al fin. No sólo fui testigo, sino también uno de los actores del drama.
—La verdad no interesa. No es importante haber visto un hecho para describirlo. Nuestros pobres lectores están hartos de Gaboriau y de Chkiliarevski. Están hartos de crímenes misteriosos, de detectives hábiles y de la extraordinaria sagacidad de los jueces de instrucción. El público lector, por supuesto, varía; yo le hablo del que lee mi periódico. ¿Cómo se llama su novela?
—Un drama de caza.
—¡Hmmm! No es serio, sabe usted... Y si he de decirle la verdad, tengo tal cantidad de material que me resulta imposible aceptar nuevos textos, por meritorios que sean.
—A pesar de todo, señor, le suplico que acepte mi manuscrito. Dice usted que no es serio..., pero es que resulta difícil encontrar un título para algo que uno ha visto. Por otra parte, ¿es posible que no pueda usted admitir que un juez de instrucción logre escribir algo seriamente?
Todo esto lo dijo Kamichev con balbuceos, mientras hacía girar un lápiz entre sus dedos y se miraba la punta de los zapatos. Pronunció las últimas palabras de un modo muy confuso. Sentí pena por él.
—Muy bien, deje su novela —le dije—. Pero no le prometo leerla pronto. Tendrá usted que esperar.
—¿Mucho tiempo? —No lo sé. Puede que un mes..., dos, o hasta tres. —¿Tanto? Pero no me atrevo a insistir. Será como usted quiera... Kamichev se levantó y tomó su gorra.
—Le agradezco que me haya recibido —dijo—. Vuelvo a mi casa lleno de esperanza. ¡Tres meses de esperanza! No quiero molestarle más. Ha sido un honor conocerle.
—Tan sólo una palabra —le dije mientras hojeaba su voluminoso manuscrito escrito en una letra muy fina—. Escribe usted en primera persona. ¿Quiere eso decir que el juez de instrucción es usted mismo?
—Sí, pero con otro nombre. Mi papel en la historia es bastante escandaloso. No me atreví a poner mi propio nombre. ¿Así que dentro de tres meses?
—Sí, por favor. No antes. —¡Buenas noches tenga usted! El antiguo juez de instrucción se inclinó con una elegante reverencia, hizo girar con suavidad el picaporte y desapareció dejando su obra sobre mi mesa de trabajo. La tomé y la puse en un cajón.
La novela del apuesto Kamichev permaneció en el cajón de mi escritorio durante dos meses. En una ocasión en que dejé mi oficina para ir al campo me acordé de ella y la llevé conmigo.
En el tren abrí el manuscrito y comencé a leerlo por la mitad. Debo decir que me interesó. Esa misma tarde, a pesar de la fatiga, leí todo el relato desde las primeras frases hasta la palabra “fin”, escrita con grandes y floridas letras. Por la noche volví a leer toda la novela y a la madrugada me paseaba de un extremo a otro de la terraza frotándome las sienes como para borrar una serie de dolorosos pensamientos. Se trataba de una idea penosa hasta un grado insoportable. Me parecía que, a pesar de no ser yo un magistrado de instrucción ni un psicólogo, había descubierto el terrible secreto de un hombre, y que, ante ese secreto, no sabía lo que debía hacer. Me paseé una y otra vez por la terraza tratando de restarle importancia a mi descubrimiento.
La historia de Kamichev no apareció en mi periódico por razones que al final explicaré. Encontraré al lector al final de este libro. Ahora le propongo que lea la obra de Kamichev.
Esta novela no tiene nada de notable. Algunos pasajes son muy largos y la narración es muy desigual. El autor recurre demasiado a frases efectistas. Es evidente que escribe por primera vez y que su pluma no es muy diestra. Pero el relato se deja leer con facilidad. Tiene una trama, un sentido oculto, y, lo que es más importante, es original, muy característico, y, por ciertas razones, sui generis. Con todos sus defectos, tiene algunos valores literarios. Vale la pena leerlo. Helo aquí.
Un drama de caza (Según las memorias de un juez de instrucción)
—¡El marido mató a su mujer! ¡Estúpidos! ¡Dame azúcar! Estos gritos me despertaron. Me estiré y sentí una indisposición y pesadez indecibles en todos los miembros. A uno puede dormírsele un brazo o una pierna cuando se acuesta sobre ellos, pero en esa ocasión sentí que todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, se me había paralizado. Una siesta en una atmósfera sofocante, entre el zumbido de moscas y mosquitos, más que reponerlo a uno le enerva y debilita. Roto, bañado en sudor, me levanté y me dirigí a la ventana. El sol, todavía alto, calentaba con el mismo ardor que tres horas atrás. Faltaban muchas aún para que se ocultase y diera paso a la frescura del crepúsculo.
—¡El marido mató a su mujer!
—¡Deja de mentir, Iván Demianich! —grité, dándole al loro un papirotazo en el pico—. Los maridos sólo matan a sus mujeres en las novelas y en los trópicos, donde hierven pasiones africanas. Nosotros ya tenemos suficientes horrores con los robos con agresión y las personas con pasaportes falsos.
—¡Robos con agresión! —repitió Iván Demianich con su pico ganchudo—. ¡Estúpidos!
—¿Qué podemos hacer? ¿Qué culpa tenemos los mortales de las limitaciones de nuestro espíritu? Por otra parte, Iván Demianich, tampoco tenemos la culpa de que con este calor los cerebros se licúen. Tú eres muy inteligente, pero no me cabe duda de que el calor te ha idiotizado.
A mi loro nadie le llama con los nombres que se acostumbran a dar a los pájaros, sino que se le conoce como Iván Demianich. Se le dio este nombre casi por casualidad. Un día en que Polikarp, mi criado, limpiaba la jaula hizo un descubrimiento que impidió que mi noble pájaro llevara un nombre típico de loro. Mi perezoso sirviente descubrió de pronto que el pico del pájaro se parecía de manera asombrosa a la nariz de Iván Demianich, el almacenero del pueblo. Y a partir de ese día el nombre y patronímico de nuestro almacenero quedaron unidos para siempre al loro. A partir de ese día, Polikarp y el resto del pueblo bautizaron al extraordinario pájaro con el nombre de Iván Demianich, incorporándolo así al género humano, en tanto que el almacenero perdió su propio nombre, pues en boca de la gente se convirtió, y así será llamado hasta el fin de sus días, en “el loro del juez”.
Compré a Iván Demianich a la madre de mi predecesor, el juez de instrucción Pospielov, que había muerto poco antes de mi designación. Lo compré con los viejos muebles de roble, los trastos de cocina, y en general todos los bártulos que quedaron en la casa después de su muerte. Mis paredes están decoradas, aún ahora, con las fotos de sus familiares, y el retrato del anterior propietario cuelga sobre mi cama. El difunto, un hombre delgado y fuerte de bigote rojo y labios carnosos, no me quita la mirada de encima desde su deteriorado marco de nogal cada vez que me echo en la cama. No me interesa negar ni a los muertos ni a los vivos —sí así lo sean— el placer de estar colgados en mis paredes.(1)
Iván Demianich sufría tanto por el calor como yo. Esponjaba las plumas, levantaba las alas y repetía las frases que le habían enseñado tanto mi predecesor como Polikarp. Para matar el tiempo, me dediqué a observar detenidamente los movimientos del loro, quien trataba laboriosamente, aunque sin éxito, de escapar de los tormentos del sofocante calor y de los insectos que poblaban sus plumas.
—¿A qué hora se despierta? —esas palabras, pronunciadas por una grave voz de bajo, me llegaron desde la antesala.
—Eso depende —respondió Polikarp—. Algunas veces se levanta a eso de las cinco; otras se queda dormido como un tronco hasta la mañana siguiente. Es natural: no tiene nada que hacer.
—¿Es usted su ayuda de cámara?
—Su criado. Ahora te ruego que dejes de molestarme. ¿No ves que estoy leyendo?
Me asomé a la antesala. Allí estaba Polikarp, tendido sobre el gran arcón rojo. Como de costumbre, leía un libro. Pegado a las páginas, los ojos soñolientos, Polikarp movía los labios y fruncía el ceño. Era evidente que le molestaba la presencia de un mujik barbudo, de elevada estatura, que en vano trataba de continuar la conversación. Al aparecer yo, el mujik se apartó del arcón e hizo una reverencia. Polikarp se incorporó con aire descontento, sin apartar los ojos del libro.
—¿Qué quieres? —le preguntó al campesino.
—Vengo de parte del conde, Excelencia. El conde le envía saludos y lo invita a presentarse de inmediato en su casa.
—¿Ha llegado el conde? —pregunté yo asombrado
—Así es, Excelencia. Llegó ayer por la noche. Me pidió que le entregara una carta.
—Otra vez lo ha traído el diablo —gruñó Polikarp—. Hemos pasado sin él dos veranos tranquilos, y ahora va volver a convertir el distrito en una letrina. Nuevamente caerá la vergüenza sobre nosotros.
—Ten la lengua quieta. Nadie te ha pedido tu opinión.
—No necesito que me la pidan. Diré lo que me venga en gana. De nuevo vendrá usted a casa completamente borracho, o empapado por haber caído al lago con la ropa puesta. ¡Lo que tengo que limpiarla después! ¡Por lo menos tres días de trabajo!
—¿Qué hace ahora el conde? —le pregunté al mujik.
—Estaba comiendo cuando me mandó aquí... Antes de comer estuvo pescando en el pabellón de baños... ¿Qué respuesta debo darle?
Abrí la carta y leí lo siguiente:
Mi querido Lecoq: Si aún vives, gozas de buena salud y no te has olvidado de tu siempre ebrio amigo, no te entretengas ni un momento. Vístete y vuela a mi casa. Llegué anoche y ya estoy medio muerto de tedio. Te espero con una impaciencia sin límites. Quería ir yo mismo a buscarte y traerte a mi cubil, pero el calor me tiene aniquilado. Estoy sentado, abanicándome. Bueno, ¿cómo va tu vida? ¿Cómo se porta tu sabio Iván Demianich? ¿Aún peleas con tu impertinente Polikarp? Por favor, date prisa en venir a contármelo todo.
Tuyo, A. K.
No había necesidad de mirar la firma para reconocer la ebria, torpe y desdibujada escritura de mi amigo el conde Alexei Karnieiev. La brevedad de la carta, sus pretensiones de jovialidad, hacían pensar que mi amigo, con su característica incapacidad mental, había roto muchas páginas antes de lograr redactar su misiva. Con astucia había evitado los adverbios, que eran elementos gramaticales que el conde difícilmente lograba dominar en una primera sentada.
—¿Qué respuesta debo dar, señor? —volvió a preguntarme el mujik.
Tardé en responder, y creo que, en mi caso, todo hombre que poseyera una mente clara habría vacilado. El conde me quería y buscaba sinceramente mi amistad. Yo, por mi parte, no sentía el menor afecto hacia él; es más, me disgustaba. Por consiguiente, hubiera sido más honesto rechazar su trato de una vez por todas, en lugar de continuar con disimulos. Por otra parte, aceptar la invitación del conde significaba hundirme de nuevo en eso que Polikarp calificaba de “pocilga”, lo que dos años atrás, durante la estancia del conde en sus propiedades, había quebrantado mi salud y dañado mi cerebro. Esa vida desordenada y extravagante, si no había logrado acabar del todo con mi organismo, por lo menos me había hecho célebre en la región.
Mi razón me decía la verdad; el recuerdo de lo vivido en un pasado bastante reciente hizo que se me encendiera la cara de vergüenza; mi corazón palpitó ante el temor de no poseer la suficiente fuerza de voluntad para rechazar la invitación del conde. La lucha no duró más de un minuto.
—Dale mis saludos al conde —le dije a su mensajero—, y agradécele que se haya acordado de mí... Dile que estoy muy ocupado y que... Dile que yo...
En el momento en que mi lengua iba a pronunciar un “no” definitivo, me sentí vencido por un súbito sentimiento de soledad. El hombre joven, lleno de vida, fuerza y deseos, que por un mandato del destino fue arrojado a esa aldea en medio de los bosques, quedó sobrecogido por un agudo sentimiento de angustia.
Recordé los jardines del conde, sus invernaderos riquísimos, sus senderos estrechos siempre en penumbra... Esos senderos, protegidos del sol por una bóveda de viejos tilos, me conocían muy bien, como también conocían a las mujeres que habían buscado mí amor en la penumbra... Recordé el lujoso salón y la deliciosa blandura de sus sofás de terciopelo, las espesas cortinas y mullidas alfombras, esa languidez tan amada por los animales jóvenes y sanos...
Recordé mis audacias en la embriaguez, que no conocían límite alguno, mi orgullo satánico, mi desprecio a la vida. Todo mi cuerpo, fatigado de dormir, anheló de nuevo el movimiento...
—¡Dile que iré a verlo!
El mujik hizo una reverencia y se alejó.
—De haberlo sabido, no habría dejado entrar a ese demonio —refunfuñó Polikarp, hojeando precipitadamente su libro.
—Deja en paz ese libro y ve a ensillar a Zorka —ordené con tono severo—. ¡Date prisa!
—¿Prisa? ¡Cómo no! Por supuesto que me daré prisa... Bueno fuera si él saliera en viaje de negocios, pero no, va a colocarse frente a los cuernos del mismo diablo.
Apenas se podía oír lo que mascullaba, y, sin embargo, lo decía con la suficiente claridad como para que llegara a mis oídos. Mi criado, después de pronunciar estas insolencias, se levantó sonriendo, esperando, al parecer, mi respuesta, pero yo fingí no haber escuchado sus palabras. El silencio era la mejor arma que yo podía usar contra Polikarp. Mi manera displicente de dejar pasar sin respuesta sus palabras venenosas lo desarma y le hace perder terreno. Mi silencio lo castiga con más eficacia que un golpe en la nuca o un estallido de palabras injuriosas... Cuando Polikarp salió al patio a ensillar a Zorka, eché una mirada al libro que mi urgencia le impedía seguir leyendo. Era El conde de Montecristo, la terrible novela de Dumas. Mi civilizado idiota lo lee todo, desde las listas de anuncios comerciales hasta los ensayos de Auguste Comte, que guardo en mi baúl, junto con otros libros que no he leído. Pero de toda esa masa de material impreso, lo que él prefiere son las novelas de acción trepidante y tramas terribles, con personajes célebres, venenos, pasillos subterráneos; todo lo demás lo considera una tontería. Un cuarto de hora después, los cascos de mi Zorka levantaban el polvo del camino que une la aldea con el palacio del conde. El sol comenzaba a ponerse, pero aún se sentía un pesado calor. El aire ardiente estaba seco e inmóvil, a pesar de que el camino bordeaba las orillas de un lago enorme. A la derecha estaba el agua; a la izquierda, el follaje primaveral de un bosque de encinas y, sin embargo, mis mejillas sufrían la sequedad de quien atraviesa el Sahara. “¡Si se presentara una tormenta!”, me dije, pensando con delicia en un buen aguacero.
El lago dormía tranquilamente. Ningún ruido respondía al resonar de los cascos de Zorka. Sólo de cuando en cuando el grito penetrante de una becada rompía el silencio funeral del gigante inmóvil... El sol parecía reflejarse en un espejo inmenso y desparramaba una luz cegadora que se extendía desde mi camino hasta los bancos de la orilla opuesta.
La quietud parecía regir todas las formas de vida que pululaban a la orilla del lago. Los pájaros se habían ocultado; no se veía a los peces jugar en el agua, los grillos esperaban en silencio a que el tiempo refrescara. A veces, Zorka me llevaba a través de una espesa nube de mosquitos, y a lo lejos apenas podía ver los tres pequeños barcos del viejo Mijail, nuestro pescador, quien poseía todos los derechos de pesca sobre el lago.
(1) Ruego al lector que disculpe tales expresiones. La historia de Kachimev abunda en ellas y si no las omití fue sólo porque pensé que caracterizaban muy bien al autor de la novela. (A. Ch.)
Vodka
No iba yo en línea recta, ya que debía seguir un camino en círculo que rodeaba el lago. Sólo en barco se hubiese podido ir directamente. Quienes van por tierra tienen que hacer un enorme desvío de unas ocho verstas. Sin perder de vista el lago, veía todo mi camino: la blanca arena de la otra orilla, los huertos de cerezos en flor y, más allá aún, los techos del palomar del conde, lleno de palomas de múltiples colores, y, por encima de todo, el blanco campanario de la capilla condal.
Durante el viaje no hacía sino pensar en mis extrañas relaciones con el conde. Me hubiera gustado analizarlas y poner orden en mis ideas, pero, por desgracia, un análisis de esa naturaleza estaba por encima de mis posibilidades. Por más que pensaba en el asunto no lograba entender mi situación y al final llegué a la conclusión de que yo era un mal juez, no sólo de mí mismo, sino también de la humanidad en general. La gente que nos conocía al conde y a mí explicaba de diferentes maneras nuestras relaciones. Los espíritus estrechos afirmaban que el ilustre conde encontraba en el “pobre y poco distinguido” juez de instrucción un compañero ideal de borracheras. Según su corto entendimiento, yo, el autor de estas líneas, me arrastraba a los pies de la mesa del conde en busca de los huesos y migajas que cayeran al suelo. En su opinión, el ilustre millonario, blanco tanto del escándalo como de la envidia del distrito de S..., era muy inteligente y liberal; de otra manera no podían comprender su condescendencia, que llegaba hasta la amistad con un magistrado indigente, y el genuino liberalismo que hacía que el conde tolerara mi tuteo. Otras personas, más inteligentes, se explicaban nuestra intimidad por nuestros comunes “intereses intelectuales”. El conde y yo éramos de la misma edad. Habíamos cursado estudios en la misma universidad. Ambos estudiamos derecho, materia en la que nuestros conocimientos son más bien escasos. Los míos son parcos; el conde ahogó en alcohol lo poco que alguna vez supo. Ambos somos orgullosos y, por razones que sólo nosotros conocemos, despreciamos el mundo como auténticos misántropos. Nos es indiferente la opinión del mundo, es decir, la del distrito de S... Somos inmorales y seguramente terminaremos mal. Esos eran los “intereses espirituales” que nos unían. Eso era todo lo que las personas que nos conocían podían decir de nuestras relaciones.
Habrían hablado de otra manera si hubiesen sabido cuán débil, suave y sumisa es la naturaleza de mi amigo el conde, y cuán fuerte y dura la mía. Y habrían añadido más si hubieran estado enterados de lo mucho que ese hombre endeble me quería y lo mucho que a mí me disgustaba. Fue él quien primero me ofreció su amistad y yo fui el primero en hablarle de “tú”, ¡pero con qué diferencia de tono! En un momento de embriaguez amistosa me había abrazado y pedido tímidamente que aceptara ser su amigo. Yo, saturado de desprecio y repugnancia, le respondí:
—¿No puedes dejar de decir estupideces?
Y aceptó ese tuteo como una expresión de amistad y a partir de ese momento nunca dejó de tratarme con el más honesto y fraternal afecto.
Sí, hubiera sido mejor y más decente volver grupas y retornar junto a Polikarp e lván Demianich.
Más tarde lo pensé a menudo. ¡Cuántas desventuras podrían haberse evitado, cuántas desdichas no cargaría yo sobre mis hombros, cuánto bien se habría podido hacer a los vecinos si esa tarde hubiera tenido el valor de regresar, si mi Zorka, espantada, enloquecida, me hubiera alejado del lago! ¡Cuántos recuerdos dolorosos no me asaltarían ahora, forzándome en este momento a dejar la pluma y a oprimirme la frente! Pero no quiero anticiparme a los hechos. Más adelante, ya tendré ocasión de detenerme en cosas desgraciadas. Por ahora hablemos de cosas alegres.
Mi Zorka me condujo hasta la puerta cochera de la propiedad. Al llegar tropezó y yo, perdiendo los estribos, estuve a punto de caer.
—¡Mal presagio, señor! —me gritó un mujik que estaba parado junto a la puerta de las caballerizas.
Yo creo que si un hombre se cae de un caballo puede desnucarse, pero no creo en supersticiones. Le di las riendas al mujik, sacudí con la fusta el polvo de mis botas y me dirigí rápidamente hacia la casa. Nadie salió a mi encuentro. Todas las puertas y ventanas de la casa estaban abiertas y, sin embargo, el aire era pesado en el interior y flotaba un olor extraño. Era una mezcla de olor a cuartos largamente cerrados y el aroma agradable, pero fuerte y narcotizador, de las plantas que habían sido transportadas recientemente del invernadero a los salones... En el salón principal, sobre uno de los divanes, cubierto de seda azul muy pálido, había dos almohadones arrugados y, sobre una mesa redonda, un vaso contenía unas cuantas gotas de un líquido que exhalaba un aroma semejante al del bálsamo de Riga. Todo ello denotaba que la casa estaba habitada, pero no encontré a un solo ser viviente en las once habitaciones que atravesé. La misma soledad que encontré a orillas del lago reinaba en el interior de la casa...
Una puerta de cristal conducía al jardín desde el llamado “salón de los mosaicos”. La abrí con ruido y bajé por las escaleras de mármol al jardín. Había dado unos cuantos pasos cuando encontré en uno de los senderos a Nastasia, una anciana de cerca de noventa años, que había sido nodriza del conde. Esta vieja criatura pequeña y arrugada, olvidada por la muerte, calva y de ojos penetrantes, me hizo recordar que en la aldea la conocían con el nombre de “lechuza”. Cuando me vio se echó a temblar y casi derramó el vaso de leche que llevaba en las manos.
—Buenos días, Lechuza —le dije.
Me lanzó una mirada de reojo, y sin decir palabra siguió su camino. La tomé por un brazo.
—¿De qué te asustas, tonta? Dime, ¿dónde está el conde?
La anciana señaló su oído con un dedo.
—¿Estás sorda? ¿Desde cuándo no oyes?
A pesar de su provecta edad, la anciana oye y ve a la perfección, pero le resulta útil calumniar a sus sentidos. La amenacé con el índice y dejé que se marchara.
Caminé unos pasos más y oí voces masculinas. En el lugar donde el sendero se ensanchaba en un terraplén rodeado de bancos de hierro, bajo la sombra de altas y blancas acacias, había una mesa en la que resplandecía el samovar. Un grupo estaba sentado alrededor de la mesa y mantenía una viva conversación. Me acerqué despacio y, escondido tras un macizo de lilas, busqué con la vista al conde.
Mi amigo el conde Karnieiev tomaba el té sentado en una silla de caña de bambú llena de almohadones. Vestía una robe de chambre de ricos colores, la misma que le había visto dos años atrás, y estaba tocado con un sombrero de paja de Italia. Su rostro tenía una expresión concentrada y pesarosa, de manera que quien no lo conociera de antemano podría pensar que estaba aquejado por serias preocupaciones. El conde no había cambiado en absoluto desde la última vez que nos vimos, dos años atrás. Tenía el mismo cuerpo frágil y amojamado, los mismos hombros estrechos de tísico de los que sobresalía su pequeña cabeza pelirroja. Tenía la nariz roja como antes y las mejillas flácidas como harapos. En esa cara no había nada que denotara fuerza, carácter o virilidad... Todo era débil, apático y blandengue. La única cosa importante allí era su gran bigote caído. Alguien le había dicho que ese bigote le sentaba muy bien, lo había creído y todas las mañanas observaba cuánto había crecido sobre sus pálidos labios. Ese bigote le daba el aspecto de un gato bigotudo demasiado raquítico.
Cerca del conde estaba sentado un obeso personaje desconocido para mí, de gran cabeza rapada y cejas espesas y negras. La cara era ancha y reluciente como un melón maduro. Llevaba un bigote más largo que el del conde, la frente era estrecha, los labios enjutos y apretados. Miraba al cielo con indolencia... Toda su apariencia era áspera, con la aspereza de la piel reseca. Su aspecto no era ruso. Sin chaqueta ni chaleco, aquel obeso individuo estaba en mangas de camisa, empapado en sudor. En lugar de té bebía agua de Seltz.
A una distancia respetuosa de la mesa se mantenía un hombre encorvado, de orejas muy separadas y nuca enrojecida. Era Urbenin, el administrador del conde. Para honrar la llegada del conde se había puesto una nueva chaqueta negra, que lo atormentaba. El sudor corría en torrentes por su rostro curtido. Cerca de él se hallaba el mujik que me había llevado la carta. Sólo entonces advertí que era tuerto. Parecía una estatua; tieso, como si se hubiera tragado una estaca, esperaba ser interrogado.
—¡Kuzma, merecerías ser azotado con tu propio látigo! —decía el mayordomo con su aterciopelada y grave voz de reproche, desgranando entre pausas cada una de sus palabras—. No es posible que las órdenes del amo se cumplan con tanto descuido. Debiste haberle pedido que viniera en seguida o al menos haberle preguntado cuándo lo haría.
—Sí, sí, sí —exclamó el conde nerviosamente—. Debiste haberte informado de todo. Te ha dicho que vendrá, pero eso no basta. Lo necesito en seguida. ¡En este mismo instante! Le pediste que viniera, pero él no te ha entendido.
—¿Por qué esa prisa? —preguntó el hombre obeso. —¡Necesito verlo!
—¡Sólo por eso! Por lo que a mí respecta, Alexei, preferiría que ese juez se quedara hoy en su casa. No me siento con ánimo de recibir visitas.
Quedé atónito. ¿Qué significaba ese tono autoritario y patronal?
—Pero si no se trata de un huésped —dijo mi amigo con tono suplicante—, no te impedirá descansar de tu viaje. Te ruego que no le trates con demasiada ceremonia... Te va a gustar tan pronto como lo veas. Sé que os vais a hacer amigos en seguida.
Salí de mi escondite tras el macizo de lilas y me dirigí hacia la mesa. El conde me reconoció y su cara se iluminó con una sonrisa de alegría.
—¡Pero si está aquí!, ¡está aquí! —gritó, rojo de placer, y levantándose de la mesa—. ¡Qué bien que hayas venido!
Corrió hacia mí, me estrechó en sus brazos y sus largos bigotes rozaron varias veces mis mejillas. Sus besos fueron seguidos de prolongados apretones de manos y profundas miradas a los ojos.
—¡Serguei! ¡No has cambiado nada! ¡Sigues siendo el mismo! ¡El mismo muchacho fuerte y hermoso! ¡Gracias por aceptar mi invitación y venir de inmediato!
Cuando me libré de las efusiones del conde, saludé al administrador, a quien conocía de tiempo atrás, y me senté a la mesa.
—¡Ay, palomito mío! —continuó el conde en tono excitado y ansioso—, ¡si supieras cuánto me reconforta ver tu cara jovial otra vez! Pero no os conocéis, ¿verdad? Permíteme presentarte a mi buen amigo Gaetan Kazimirovich Pchejotski. Y éste —continuó, dirigiéndose a su obeso acompañante— es mi amigo, mi viejo amigo, Serguei Petrovich Zinoviev. Nuestro juez de instrucción.
El hombre gordo, de cejas negras, apenas se incorporó y me tendió su enorme mano bañada en sudor.
—Mucho gusto —masculló, observándome de pies a cabeza—. Mucho gusto.
Terminadas las presentaciones, el conde me sirvió un vaso de té frío, rojizo, y me tendió una lata de bizcochos. —¡Pruébalos!... Al pasar por Moscú entré en la tienda de
Einam a comprarlos. No sabes lo enojado que estoy contigo, Seriosha. Quería pelearme contigo... No sólo no me has escrito una sola línea durante estos dos últimos años, sino que tampoco te has dignado contestar ninguna de mis cartas. Eso no es propio de un amigo.
—No sé escribir cartas —dije—. Por otra parte, no tengo tiempo para escribirlas. Además, ¿de qué iba yo a escribirte?
—¿Han sucedido pocas cosas?
—La verdad, ninguna. Yo sólo admito tres clases de cartas: las de amor, las de felicitación y las de negocios. Las primeras no podía escribírtelas ya que no eres una mujer y yo no estoy enamorado de ti; las segundas no las necesitas, y las terceras son imposibles, ya que desde nuestro nacimiento no han existido posibilidades de negocios entre nosotros.
—En el fondo tienes razón —dijo el conde, que siempre compartía la opinión de los demás—, pero, de cualquier manera, podías haberme escrito, aunque fuera una línea. Además, Piotr Iegorich me ha dicho que en estos dos años nunca has venido por aquí, como si vivieras a mil verstas, o despreciaras mi finca. Podrías haber venido a cazar... Muchas cosas debieron pasar aquí durante mi ausencia.
El conde habló mucho y atropelladamente. Una vez que se lanzaba sobre un tema, era tan infatigable para emitir sonidos como mi loro Iván Demianich. Esa era una de las cosas que más insoportables me resultaban en él. En esa ocasión fue callado por su mayordomo, Ilya, alto y delgado, enfundado en una librea vieja y manchada, quien traía una bandeja de plata con una copa de vodka y un vaso de agua. El conde bebió el vodka de un trago, se enjuagó la boca con el agua y luego meneó la cabeza como si estuviera ardiendo.
—Por lo que veo, no has perdido la costumbre de llenarte de vodka —le dije.
—No, Seriosha, no la he perdido.
—Bueno, al menos deberías abandonar la costumbre de hacer gestos y menear la cabeza. Es muy desagradable.
—Todo eso lo dejaré, querido. Los médicos me han prohibido la bebida. Si bebí ahora es porque es perjudicial cortar un hábito de golpe. Hay que hacerlo progresivamente.
Miré el rostro ajado y enfermo del conde, la copa vacía, al mayordomo con sus zapatos amarillos, al polaco de cejas negras, quien desde el primer momento me pareció, sin que supiera bien por qué, un canalla y un estafador, y finalmente al mujik tuerto, duro y silencioso, y experimenté un profundo sentimiento de temor y ansiedad... Repentinamente deseé abandonar ese ambiente turbio, declararle al conde mi aversión sin límites. Estuve a punto de levantarme e irme. Pero no lo hice. Me lo impidió (me da vergüenza confesarlo) una oleada de pereza física.
—Dame también a mí un vaso de vodka —le dije a Ilya.
Largas sombras comenzaban a extenderse sobre el sendero y el terraplén en el que estábamos sentados.
El croar de las ranas, el graznido de los cuervos y el silbido de la oropéndola anunciaban la puesta del sol. Una alegre noche estaba empezando.
—Dile a Urbenin que se siente —le murmuré al conde—. Está de pie ante ti como si fuera un niño.
—Ah, no lo había advertido. ¡Piotr Iegorich, siéntate si quieres! ¿Por qué estás ahí parado?
Urbenin se sentó, dirigiéndome una mirada de gratitud. Siempre lo había visto sano y alegre, pero ese día me pareció enfermo y afligido. Sus rasgos parecían ajados y sus ojos dormidos miraban todo con una gran pereza.
—Bueno, Piotr Iegorich, ¿qué hay de nuevo por acá? Algunas muchachas bonitas, ¿eh? —le preguntó Karnieiev—. ¿Hay alguna especial..., alguna fuera de lo común?
—No hay ninguna novedad, Excelencia.
—¿Estás seguro de que no hay ninguna nueva muchacha atractiva, Piotr Iegorich?
El administrador enrojeció de vergüenza.
—No lo sé, Excelencia..., yo no me ocupo de esas cosas...
—Hay, Excelencia —irrumpió por vez primera la voz del mujik tuerto—, algunas que valen la pena.
—¿Hermosas?
—Las hay de todos los tipos, Excelencia, para todos los gustos, las hay morenas, rubias, de todas las pelambres.
—Oh, espera, espera..., ahora me acuerdo de ti, mi antiguo Leoporello, una especie de secretario para ciertos menesteres. Te llamas Kuzma, ¿verdad?
—Sí, Excelencia.
—Ya me acuerdo, ya me acuerdo... Bueno, ¿qué tienes en vista? Campesinas, ¿no es cierto?
—Sí, siervas sobre todo, pero también hay algo más fino.
—¿Dónde has encontrado esas finuras? —preguntó Ilya, volviendo los ojos hacia Kuzma.
—En Pascua llegó la cuñada del cartero a quedarse en su casa... Nastasia Ivanovna... Una muchacha muy bien formada. Me hubiera gustado acercarme a ella, pero para eso se necesita dinero. Tiene mejillas como duraznos, y todo lo demás es de primera. Pero hay algo todavía mucho mejor, Excelencia. Podría decirse que lo ha estado esperando. Es joven, aterciopelada, sana. Ni siquiera en Petersburgo encontraría su Excelencia una belleza igual.
—¿Quién es?
—Olenka, la hija del guardabosque Skvorotsov.
La silla de Urbenin crujió bajo su peso. Con las manos
apoyadas en la mesa y el rostro purpúreo, el administrador se levantó despacio y miró al tuerto. Su cólera aumentaba por momentos.
—¡Muérdete la lengua, siervo! –gritó—. ¡Gusano tuerto! Di lo que quieras, pero no te atrevas a tocar a la gente respetable.
—No estoy hablando de usted, Piotr Iegorich –dijo Kuzma, imperturbable.
—¡No se trata de mí, imbécil! —continuó Urbenin, y luego dijo, dirigiéndose al conde—: Suplico a su Excelencia que le prohíba a su Leoporello, como lo ha llamado, ejercer sus actividades entre personas dignas de todo respeto.
—Yo no entiendo... —dijo el conde con toda ingenuidad—. No ha dicho nada que sea ofensivo.
Insultado y ofendido en extremo, Urbenin se alejó de la mesa. Con los brazos cruzados y los ojos bajos, escondió detrás de unas ramas su cara enrojecida. ¿Sospecharía que en un futuro próximo su sentido moral iba a sufrir injurias mil veces más atroces?
—No comprendo qué ha podido ofenderlo —murmuró el conde—. ¡Qué hombre más raro! No se ha dicho nada ofensivo.
Después de dos años de vida sobria, el vaso de vodka me mareó ligeramente. Una sensación de bienestar y de placer se insinuó en mi cerebro y en mi cuerpo. A la vez, sentía la brisa fresca que, poco a poco, reemplazaba al calor del día. Propuse que diéramos un paseo. Trajeron de la casa las chaquetas del conde y de su nuevo amigo el polaco y comenzamos a caminar. Urbenin nos seguía.
Pecados
Los jardines del conde son tan hermosos que merecen una descripción particular. Desde todo punto de vista son los más ricos y de mayor colorido que haya visto jamás. Además de los senderos ya mencionados, con sus verdes cúpulas, es posible encontrar en ellos una serie de exquisiteces y caprichos que los hacen placenteros. Se encuentra en ellos toda clase de frutas nacionales o extranjeras, comenzando por las cerezas silvestres y las ciruelas para terminar con albaricoques del tamaño de un huevo de oca. Hay toda clase de árboles frutales, hasta olivos, a cada paso. Hay grutas semidestruidas y cubiertas de musgo, fuentes, pequeños lagos llenos de peces dorados y de carpas, colinas, bosquecillos y costosos invernaderos... Todo este raro mundo de lujos fue construido por los abuelos y padres del conde; toda esa riqueza de rosales enormes, de poéticas grutas e interminables senderos y avenidas fue poco a poco abandonada e invadida por la maleza, destruida por el hacha de los ladrones y por los cuervos que han hecho sus nidos en las ramas de árboles exóticos. El legítimo propietario de este jardín caminaba a mi lado sin que un solo músculo de su rostro se moviera ante la vista de ese lamentable abandono, como si él no tuviera ninguna relación con aquellos jardines. Sólo en una ocasión, por decir algo, le comentó a Urbenin que sería bueno echar arena en los caminos. Advertía la ausencia de arena que no le hacía falta a nadie y, sin embargo, no reparaba en los árboles desnudos que se habían congelado en los duros inviernos anteriores, ni en las vacas que ramoneaban en medio del jardín. En respuesta a su comentario, Urbenin dijo que se necesitarían diez hombres para poner el jardín en orden y que como el señor no habitaba el lugar, le parecía que ese gasto sería un lujo innecesario. El conde, como era su costumbre, estuvo de acuerdo.
—Además, debo confesar que no tengo tiempo para ello —dijo Urbenin haciendo un movimiento con la mano—. Paso el verano en los campos y el invierno en la ciudad vendiendo el grano. ¡Aquí no hay tiempo para jardines!
La avenida principal del jardín, bordeada de altos tilos y de macizos de magnolias, terminaba a lo lejos en una mancha amarilla. Era un pabellón de piedra amarilla donde antes había un comedor, un billar, un juego de bolos y otros entretenimientos. Caminamos sin objeto alguno hacia aquella edificación. A la entrada nos recibió algo vivo que estremeció enormemente a mi nada valiente amigo.
—¡Una serpiente! —gritó el conde, asiéndome la mano y palideciendo—. ¡Mira!
El polaco retrocedió unos pasos y luego se quedó petrificado, agitando tan sólo los brazos como si espantara fantasmas. En una de las semidestruidas gradas de piedra había una víbora de una especie muy extendida en Rusia. Al vernos, levantó la cabeza e hizo un movimiento. El conde lanzó otro grito y se escondió detrás de mí.
—No tema, Excelencia —dijo Urbenin y colocó un pie en el primer escalón.
—¿Y si nos ataca?
—No nos atacará. Además, se ha exagerado mucho el peligro de la mordedura de estos bichos. En una ocasión me mordió una serpiente muy grande y, como usted puede ver, no me mató. El aguijón humano es mucho peor que el de las serpientes —moralizó Urbenin, exhalando un profundo suspiro.
En efecto, apenas el administrador llegó al tercer escalón, la serpiente se estiró y desapareció en una grieta entre las piedras. Cuando entramos al pabellón vimos otra criatura viviente. Tendido sobre una vieja mesa de billar estaba un viejecito con chaqueta azul, pantalones a rayas y una gorra de jockey. Dormía dulce y apaciblemente. Alrededor de su nariz y de su boca desdentada revoloteaban las moscas. Flaco como un esqueleto, con la boca abierta, totalmente inmóvil, parecía un cadáver que hubiera sido transportado a esa mesa para efectuarle la autopsia.
—¡Franz! —dijo Urbenin, sacudiéndolo por el codo—. ¡Franz!
A la quinta o sexta llamada, Franz cerró la boca, se lvantó, nos miró y se volvió a acostar. Al momento, su boca se abrió nuevamente y las moscas comenzaron a rondar sobre él para ser espantadas, sólo de cuando en cuando, por sus ronquidos.
—¡Se ha vuelto a dormir! ¡Es un cerdo depravado! —comentó Urbenin.
—¿No es Trischer, nuestro jardinero? —preguntó el conde.
—El mismo. Todos los días es igual... Duerme como un muerto durante el día y se pasa la noche en blanco jugando a las cartas. Me han dicho que anoche estuvo jugando hasta las seis de la mañana.
—¿Así que estos señores suelen trabajar de esta manera? Se les paga para que no hagan nada.
—No lo dije por quejarme —se apresuró a aclarar Urbenin—. Me da pena este hombre, esclavo de una pasión. Sin embargo, cuando trabaja lo hace muy bien; no roba su salario.
Miramos nuevamente al jugador y salimos. Dimos la vuelta por un sendero y nos dirigimos hacia el campo.
Hay pocas novelas en que la puerta del jardín no juegue un papel importante. Si ustedes no lo han advertido, pueden preguntárselo a mi sirviente Polikarp, que en el transcurso de su vida ha engullido multitud de novelas terribles, y él, sin duda, confirmará este hecho insignificante pero característico.
Mi novela tampoco prescinde de la puerta del jardín. Pero mi portezuela entraña una diferencia, ya que mi pluma hará pasar por ella a mucha gente desgraciada y a muy poca dichosa. Y lo peor de todo es que tendré que describir esta puerta no como un novelista, sino como juez de instrucción. Esta puerta será franqueada, en mi novela, por más criminales que enamorados.
Apoyándonos en nuestros bastones, llegamos al cabo de un cuarto de hora a una colina llamada la “Tumba de piedra”. En los pueblos vecinos corre la leyenda de que bajo este montículo de piedra reposan los restos de un Kan tártaro, quien, temiendo que el enemigo profanara sus cenizas después de su muerte, ordenó que se construyera un monte rocoso sobre su cadáver.
Desde la cima del solitario montículo vimos el lago en toda su indescriptible belleza. El sol se había puesto, pero dejaba tras de sí una cinta purpúrea que teñía el cielo de un agradable color naranja. La propiedad del conde con su mansión, sus casas de servicio, iglesia y jardines yacía a nuestros pies y, en la otra parte del lago, la pequeña aldea donde el destino me había llevado a vivir adquiría a la distancia un color grisáceo. Como antes, la superficie del lago parecía no moverse. Las barcas del viejo Mijail regresaban a la orilla.
Sólo el conde y yo habíamos trepado a la colina. Urbenin y el polaco, más pesados, habían preferido esperarnos en el camino.
—¿Quién es ese aguafiestas? —le pregunté al conde, señalando al polaco—. ¿De dónde lo sacaste?
—Es una persona muy agradable, Seriosha, muy agradable —dijo el conde con voz agitada—. Pronto serán ustedes muy buenos amigos.
—No lo creo. ¿Por qué casi no habla?
—Es silencioso por naturaleza. Pero es un hombre muy inteligente.
—¿Qué clase de hombre es?
—Lo conocí en Moscú. Es muy agradable. Te lo contaré todo después, Seriosha; ahora no me hagas preguntas. Es hora de que bajemos.
Bajamos y caminamos hacia el bosque. Oscurecía. El grito de un cuclillo y el tembloroso canto de un ruiseñor extenuado llegaron del bosque.
—¡A ver, a ver si me alcanzas! —oímos que decía una voz infantil en el interior del bosque.
Una niña como de unos cinco años, con el pelo blanco como el lino y un vestido azul claro, salió del bosque.
Cuando nos vio, corrió hacia Urbenin y se abrazó a sus rodillas. Urbenin la levantó y la besó en las mejillas.
—Mi hija Sacha —dijo—. Os la presento.
Después de Sacha salió corriendo del bosque un chico de unos quince años, el hijo de Urbenin. Al vernos se quitó la gorra, vaciló, se la puso para nuevamente volver a quitársela. Detrás del colegial apareció, caminando con lentitud, una figura roja que en seguida atrajo nuestra atención.
—¡Qué maravillosa aparición! —exclamó el conde, apretándome la mano—. ¡Mira, qué encantadora! ¿Quién es? Ignoraba que mis bosques estuvieran poblados por tales náyades.
Miré a Urbenin para preguntarle quién era la muchacha y sólo entonces advertí que estaba totalmente ebrio. Rojo como un cangrejo, me tomó del brazo y me dijo al oído:
—Serguei Petrovich, se lo suplico —sentía yo cerca de mí el vaho de alcohol—, impida usted que el conde siga haciendo comentarios sobre esta muchacha. Él acostumbra a decir inconveniencias y ésta es una muchacha honorable.
La muchacha “honorable” era una chica de unos diecinueve años, con una deliciosa cabellera rubia peinada en rizos y unos ojos azules bondadosos. Llevaba un vestido color escarlata que no era ya el de una niña, pero tampoco el de una mujer. Sus piernas, espigadas como agujas, cubiertas con medias rojas, terminaban en unos pies calzados con zapatos casi infantiles. Miré sus hombros bien redondeados y ella los encogió con coquetería, como si tuviera frío o como si mi mirada se los mordiera.
—¡Tan joven de cara y tan desarrollada de curvas! —exclamó el conde, que había perdido desde joven la facultad de respetar a las mujeres y no podía verlas desde ningún otro punto de vista que no fuera el de una bestia sensual.
Recuerdo que un buen sentimiento se encendió en mi pecho. Yo era aún un poeta, y en medio de un bosque, en una tarde de primavera, bajo el tímido resplandor de las estrellas, no podía mirar a una mujer sino como un poeta. Miré a “la muchacha de rojo” con la misma veneración con que acostumbraba yo mirar las montañas, los bosques, el azul del cielo. Aún me quedaban vestigios del sentimentalismo que había heredado de mi madre alemana.
—¿Quién es? —preguntó el conde.
—Es la hija de nuestro guardabosques Skvorotsov, Excelencia —respondió Urbenin.
—¿Es la Olenka de quien hablaba el tuerto?
—Sí, la misma —respondió el administrador, mirándome con ojos implorantes.
La muchacha de rojo dejó que pasáramos a su lado sin concedernos la más mínima atención. Sus ojos miraban hacia otro lado, pero yo, que conozco a las mujeres, sentí que me observaba furtivamente.
—¿Cuál de ellos es el conde? —oí que murmuraba a nuestras espaldas.
—El del bigote largo —respondió el colegial.
Escuché una risa cantarina detrás de nosotros. Era una risa de desencanto. Sin duda la muchacha había creído que el conde, el propietario de esos inmensos bosques y del lago, era yo, y no el pigmeo de rasgos alcohólicos y bigote caído.
Un profundo suspiro salió del pecho de Urbenin. Aquel hombre de acero apenas podía moverse.
—Dile al administrador que se retire —aconsejé al conde—. Está enfermo o borracho.
—Piotr Iegorich, me parece que estás enfermo —le dijo el conde a Urbenin—. Puedes retirarte; no te necesito.
—Su Excelencia no necesita preocuparse por mí. Gracias por sus intenciones, pero no estoy enfermo.
Miré hacia atrás. La figura roja permanecía inmóvil, pero no nos quitaba la mirada de encima.
¡Pobre cabecita rubia! ¿Hubiera podido yo pensar esa tranquila noche de mayo que ella iba a ser la heroína de mi tempestuoso relato?
Escribo estas líneas mientras la lluvia de otoño golpea los cristales y el viento aúlla. Miro la negra ventana y, sobre un fondo de tinieblas, trato de evocar por medio de la imaginación la imagen encantadora de mi heroína. Veo su rostro ingenuo, infantil, bondadoso y sus ojos cuajados de amor, y siento entonces deseos de arrojar la pluma y quemar lo que hasta aquí llevo escrito.
Al lado del tintero tengo su fotografía. Veo su rostro menudo en toda la vana majestuosidad de una hermosa mujer que ha caído hasta lo más bajo. Sus ojos lánguidos, pero orgullosos de su corrupción, están inmóviles. Es la serpiente, a cuya ponzoña se había referido Urbenin en términos un tanto exagerados.
Ella provocó la tempestad y la tempestad la arrancó de cuajo. Mucho recibió, pero lo pagó a un precio muy alto. ¡Que el lector le perdone sus pecados!
El bosque
Caminamos un rato a través del bosque.
El silencio comenzó a resultarnos monótono. Los pinos crecen todos de la misma manera, cada uno es igual a los otros, y en cada estación del año conservan el mismo aspecto, sin conocer el sentimiento de la muerte ni la renovación de la primavera. Sin embargo, su parsimonia tiene cierto atractivo, su inmovilidad y su silencio parecen expresar pensamientos tristes.
—¿No sería mejor que regresáramos? —propuso el conde.
La pregunta quedó sin respuesta. Al polaco parecía serle indiferente estar allí o no. Urbenin pareció considerar que su opinión no tenía ninguna importancia y yo estaba demasiado embelesado con la frescura y perfumes del bosque como para desear volver. De alguna manera teníamos que matar el tiempo hasta que llegara la noche. La idea de la noche salvaje que nos esperaba me enervaba deliciosamente. Me avergüenza confesarlo, pero ya estaba disfrutando el placer por anticipado. El conde miraba con impaciencia el reloj, pues una urgencia igual a la mía atormentaba sus sentidos. Sentíamos que en esos momentos nos comprendíamos el uno al otro.
Cerca de la casa del guardabosque, que se levantaba en un pequeño claro cuadrado del bosque, nos recibieron los ladridos furiosos de dos mastines de color amarillo rojizo, de raza para mí desconocida. Su agilidad y el lustre de su pelo los hacían parecerse a anguilas. Al reconocer a Urbenin saltaron alegremente a su alrededor, por lo que uno podía deducir que el administrador visitaba con frecuencia aquella casa. Cerca de allí encontramos a un mocetón descalzo con cara de asombro y llena de pecas. Nos miró durante un momento en silencio, con aire de sorpresa; luego, seguramente al haber reconocido al conde, lanzó una exclamación y salió corriendo en dirección a la casa.
—Sé por qué ha huido —dijo el conde, riendo—. Me acuerdo muy bien de él: es Mitka.
El conde no se equivocaba. Un minuto después, el muchacho volvió a aparecer trayendo una bandeja con un vaso de vodka y otro de agua.
—A vuestra salud, Excelencia —dijo sonriendo con toda la cara.
El conde bebió el vodka de un sorbo y se enjuagó la boca con el agua. En esa ocasión reprimió su mueca habitual.
A cien pasos de la casa había un banco de hierro tan viejo como los pinos... Nos sentamos y contemplamos la delicada belleza de ese crepúsculo de mayo... Los gritos de las cornejas y el canto de los ruiseñores nos llegaban de todas partes; eran los únicos sonidos que rompían aquel silencio perfecto.
El conde no sabe permanecer en silencio ni siquiera en las tardes de primavera en el bosque, en las que la voz humana es el ruido menos agradable que existe.
—No sé si quedarás satisfecho —me dijo—; he ordenado para la cena una sopa con ravioles y liebre. Para acompañar el vodka habrá esturión frío y lechón con ruibarbo.
Los pinos, como ofendidos por ese lenguaje, se agitaron y un sordo murmullo corrió por todo el bosque. Un viento fresco se levantó y jugueteó con las ramas de los árboles.
—¡Largo de aquí! ¡Largo! —gritaba Urbenin a los perros, que con sus juegos le impedían encender un cigarrillo—.
Tengo la impresión de que va a llover. Será muy bueno para el trigo.
“¿Qué te importa a ti el trigo —pensé yo—, si el conde se lo va a gastar todo en bebida? La lluvia no necesita preocuparse por sus cosechas.”
Un aire más vivo corrió por el bosque. Los pinos y la hierba intensificaron su murmullo.
—¡Volvamos!
Nos levantamos y caminamos indolentemente en dirección a la casita.
—Es mejor ser la rubia Olenka –le dije a Urbenin— y vivir aquí entre los animales y no ser juez de instrucción y tener que soportar a los hombres. Todo es aquí mucho más tranquilo, ¿no es así, Piotr Iegorich?
—Todo es lo mismo, Serguei Petrovich, cuando uno tiene en paz el alma.
—¿Y el alma de la preciosa Olenka estará en paz?
—Sólo Dios sabe los secretos del alma de los demás, pero me parece que ella no tiene ningún motivo para sentirse intranquila. Ha conocido muy pocas penas, y no tendrá más pecados que un niño. Es una muchacha buena... En fin, el cielo anuncia lluvia.
Se escuchó algo del otro lado del bosque, como en el rodar de un carro o el ruido de las bochas al caer juego. Un trueno retumbó detrás de los árboles. Mitka, quien no nos quitaba la vista, tembló y se santiguó apresuradamente.
—¡Una tormenta! —exclamó el conde empavorecido—. ¡Qué horrible sorpresa! La lluvia nos va a pescar en el camino. ¡Cómo ha oscurecido de pronto! Dije que deberíamos volver, pero tú te empeñaste en venir hasta aquí.
—Esperaremos en la casa a que pase la tormenta —propuse.
—¿Cómo en la casa? —dijo Urbenin, parpadeando extrañamente—. Lloverá toda la noche; no se podrán quedar aquí. Pero no se inquieten. Sigan su camino. Mitka irá a toda prisa por un coche para que los recoja.
—No se preocupe; tal vez no llueva toda la noche...
Las nubes de verano, por lo general, descargan muy rápido. A propósito, no conozco al nuevo guardabosques y me gustaría también conversar con Olenka, descubrir su temperamento.
—Yo no me opongo —dijo el conde.
—¡Cómo! ¿Quedarse? —balbuceó Urbenin en el colmo de la inquietud—. No hay necesidad de que se quede en este ambiente sofocante, Excelencia, cuando en su casa estará mucho mejor. No sé qué agrado puedan obtener... Además, no es el momento de conocer al guardabosques porque está enfermo.
Era evidente que Urbenin no quería de ningún modo que entráramos a la casa. Llegó hasta a extender los brazos como para impedirnos el paso. Comprendí por su cara que tenía razones para no desear que entrásemos. Tengo por norma respetar las razones y los secretos de los demás, pero en esa ocasión me picaba la curiosidad. Insistí, y al fin entramos en la casa.
—Pasen a la sala —dijo con un tartamudeo de placer el muchacho descalzo.
Imagínense la más pequeña “sala” posible, con los maderos sin pintar. Las paredes estaban adornadas con cromos de la revista Neva y con fotografías enmarcadas con caracoles y conchas. Había un documento enmarcado en que un barón agradecía no sé qué servicio, y otros referentes a caballos. Aquí y allá la hiedra se enredaba en los tabiques. Una pequeña llama azul ardía veladamente frente a un icono, y se reflejaba débilmente en un marco plateado. Unas sillas, en apariencia recién compradas, se alineaban a las paredes en un número excesivo para las dimensiones de la pieza. Había también algunos sillones y un sofá con fundas blancas adornadas con encajes. Sobre el sofá dormía una liebre domesticada. La habitación era cómoda, muy limpia y tibia. La presencia de una mujer se advierte dondequiera que exista. Hasta un armario con libros daba la impresión de algo inocentemente femenino, como si no contuviera más que novelas y poemas sentimentales.
Mitka frotó con vigor algunos fósforos, hasta que uno prendió y pudo así encender dos velas que colocó cuidadosamente frente a nosotros, sobre la mesa.
—Nikolai Efimich está en cama, enfermo —dijo Urbenin—, y su hija ha salido seguramente a recoger a los niños. —Mitka, ¿están cerradas las puertas? —se oyó una voz
débil de tenor salir de la habitación vecina.
—Están todas cerradas, Nikolai Efimich —contestó Mitka con voz ronca, y corrió hacia la habitación de su padre.
—Muy bien. Ocúpate de que estén cerradas con llave —volvió a decir la misma débil voz—, firmemente cerradas. Si los ladrones quieren entrar, los recibiré a tiros.
—Así lo haré, Nikolai Efimich.
Todos nos echamos a reír y miramos a Urbenin con aire de interrogación. Éste se sonrojó y para ocultar su molestia se acercó a la ventana. Todos estábamos perplejos. Desde fuera llegó un rumor de pasos ágiles y rápidos, y se escuchó el ruido de los goznes de la puerta. La muchacha de rojo entró bruscamente. Cantaba con una voz de contralto, y al vernos se interrumpió con una sonrisa. Cohibida, tímida como un corderito, entró en la habitación desde donde nos había llegado la voz de su padre.
—Ella no esperaba verlos aquí —dijo Urbenin, riendo.
Unos minutos después, la muchacha reapareció en silencio, se sentó en la silla más próxima a la puerta y se puso a examinarnos. Nos miró con una insistencia que tenía algo de atrevimiento, como si no fuéramos personas, sino especímenes de un jardín zoológico. Por un instante también nosotros la miramos en silencio.
Estaba tan hermosa aquella tarde que yo me hubiera podido quedar mirándola un año entero. Su piel tenía una frescura de agua o de brisa, su garganta se agitaba suavemente, sus cabellos ondulados en la frente y en la nuca caían sobre la mano con que arreglaba el cuello de su vestido; sus grandes ojos brillaban. Y todo eso en un cuerpo brioso que yo aprecié de una sola mirada. La muchacha me observaba de la cabeza a los pies, con aire serio e interrogante, pero cuando su vista se dirigió al polaco no pudo contener una sonrisa de burla.
Fui el primero en romper el silencio.
—Me permito presentarme —le dije acercándome—. Me llamo Zinoviev. Permítame también que le presente a mi amigo, el conde Karnieiev. Le rogamos nos disculpe por habernos metido en su hermosa casa sin ser invitados. No lo hubiésemos hecho de no habernos obligado la tormenta...
—Nuestra casa no va a derrumbarse porque estén aquí —contestó, tendiéndome la mano.
Mostró su dentadura espléndida. Me senté en una silla a su lado, y le conté cómo la tormenta había interrumpido nuestra marcha. La conversación se inició con el tema del tiempo —el comienzo de los comienzos—. Mientras hablábamos, Mitka tuvo tiempo de ofrecer al conde dos vasos más de vodka, y mi amigo, creyendo que yo no lo miraba, hizo después de cada trago su mueca favorita.
—¿Quiere usted tomar algo? —me preguntó, y desapareció antes de que yo hubiese respondido.
Las primeras gotas de lluvia azotaron las ventanas. Me acerqué a la ventana y sólo pude ver el agua que resbalaba por el cristal y el reflejo de mi nariz. Un relámpago iluminó los pinos más cercanos.
—¿Están cerradas todas las puertas? Mitka, bandido, cierra las puertas. ¡Ay, Señor, qué desastre!
Una campesina de vientre enorme y cara estúpida entró en la sala. Saludó al conde en voz baja y extendió sobre la mesa un mantel blanco. Detrás de ella, Mitka llevaba algunos platos. En un minuto hubo en la mesa vodka, ron, queso y trozos de algún ave asada. El conde bebió un vaso de vodka sin poner atención en la comida.
El polaco olfateó el ave con cierta desconfianza y luego comenzó a devorarla.
—La lluvia ha comenzado, ¡mire! —le dijo a Olenka, que había vuelto a entrar.
Se acercó a la ventana y en ese preciso instante un resplandor azul iluminó nuestras caras. Un trueno retumbó estruendosamente y tuve la impresión de que algo enorme y pesado se había desprendido del cielo y rodaba por la tierra. Las lunas de los cristales y los vasos temblaron con ruido cristalino.
—¿No le asustan las tormentas? —le pregunté a Olenka.
Ladeó la cabeza sobre un hombro y me miró con aire de infantil confianza.
—Tengo miedo —murmuró, después de reflexionar durante un momento—. Mi madre murió durante una tormenta... Los periódicos escribieron sobre ella. Iba corriendo en medio del campo y lloraba; era muy desgraciada; su vida había sido muy amarga. Dios tuvo compasión de ella y la mató con su celestial electricidad.
—¿Cómo sabe usted que hay electricidad allá?
—Lo he aprendido... ¿Usted no lo sabe? La gente que muere por una tormenta o en la guerra, y las mujeres que fallecen al dar a luz, van todos al paraíso. Aunque no esté escrito en los libros, es la verdad. Mi madre está ahora en el paraíso. También yo pienso que un rayo me va a matar un día y que iré al paraíso... ¿Es usted un hombre culto?
—Sí.
—Entonces no se ría... Esta es la manera como me gustaría morir: vestirme con un traje elegante y costoso, como uno que le vi el otro día a la propietaria Sheffer, que es muy rica; ponerme pulseras en los brazos, subir hasta la cúspide de la tumba de piedra y dejar que me mate un rayo..., de modo que toda la gente pueda verme. Un enorme trueno, y nada más.
—¡Qué fantasía tan extraña! —dije sonriendo y mirando los ojos de la muchacha, llenos de horror sagrado ante la idea de una muerte violenta—. ¿Así que usted no quiere morir vestida de manera ordinaria?
—No —dijo Olenka con obstinación—. Además, me gustaría que todo el mundo me viera.
—Su vestido de hoy es mucho mejor que el más elegante y costoso de los vestidos. Y le queda maravillosamente. Parece usted una flor roja del bosque.
—No, no es verdad, un vestido barato no puede ser hermoso.
El conde se aproximó a la ventana con el propósito evidente de conversar con la bella Olenka. Mi amigo sabe hablar tres idiomas europeos, pero nunca sabe qué decirle a las mujeres. Torpemente, de pie cerca de nosotros, esbozó una sonrisa idiota y mugió:
—Hola, ¿qué tal? —luego retrocedió unos pasos y se fue a buscar la botella de vodka.
—Usted cantaba cuando entró algo así como “Amo la tormenta de comienzos de mayo” —le dije a Olenka—. ¿Hay música que acompañe a esas palabras?
—No —respondió con vivacidad—. Yo invento música para todos los versos que conozco.
Volví la cabeza y descubrí que Urbenin nos observaba con fijeza. En sus ojos latía un odio y un resentimiento que contrastaba curiosamente con la placidez de su rostro.
“¿Estará celoso?”, me pregunté.
Al verse sorprendido se levantó y salió al vestíbulo con gran agitación. Los truenos eran cada vez más frecuentes y profundos. Los relámpagos blanqueaban el cielo, los pinos y la tierra mojada. El chubasco iba para largo. Frente al armario de los libros eché un vistazo a la biblioteca de Olenka. “Dime lo que lees...” Pero de lo que vi no logré obtener ninguna conclusión sobre el nivel mental de la muchacha o su grado de educación. Había una extraña mezcla en esos anaqueles. Tres antologías, un libro de Börne, el manual de aritmética de Evtuchevski, el segundo volumen de las obras completas de Lermontov, novelas de Chkliarevski, varios ejemplares de la revista Trabajo, un libro de cocina... De pronto se abrió la puerta y una nueva persona entró en la sala, lo que me distrajo en mis investigaciones sobre la cultura de Olenka. Era un hombre alto y musculoso, con una bata de algodón y pantuflas hechas jirones; la forma del bigote y las pantuflas le daban un aire de pájaro. La cabeza pequeña se balanceaba en el extremo de un cuello largo en el que destacaba la nuez. Aquel extraño personaje nos examinó con sus ojos verdes y turbios y luego los fijó penetrantemente en el conde.
—¿Están todas las puertas cerradas? —preguntó con voz casi implorante.
El conde me lanzó una mirada y subió los hombros.
—Papá, no te preocupes —dijo Olenka—. Vuelve a tu habitación, todo está cerrado.
—¿El cobertizo está cerrado?
—Es un poco extraño —murmuró Urbenin, volviendo del vestíbulo—. Le asustan los ladrones y vive preocupado por cerrar las puertas. ¡Nikolai Efimich, vuelva a su dormitorio a acostarse! No tenga miedo, todo está cerrado.
—¿Las ventanas también?
El hombre revisó todas las ventanas, verificó que las cerraduras estuviesen en orden, y sin mirarnos, desapareció en su cuarto.
—El pobre hombre tiene a veces estos desarreglos —comenzó a explicar Urbenin, tan pronto como el otro salió de la habitación—. Es un hombre bueno, inteligente. Para su familia es una desgracia. Casi todos los veranos anda con la razón un poco extraviada.
Olenka escondió la cara y se dedicó a arreglar los libros. Era evidente que la locura del padre la avergonzaba.
—El coche ha llegado, Excelencia. Puede volver a su casa cuando lo desee.
—¿De dónde ha salido ese coche? —pregunté.
—Lo mandé venir...
Momentos después, sentado al lado del conde en el coche, escuchaba con malhumor la embestida de la tormenta.
—¡Ese tal Piotr Iegorich nos ha hecho salir tranquilamente de la casa! —mascullé—. ¡Que el diablo se lo lleve! No nos dejó casi tiempo de conocer a Olenka. Por supuesto que no íbamos a comérnosla. Ardía de celos. No me cabe duda que está enamorado de ella.
—Sí, sí, sí... También yo lo he observado. Por celos no nos dejaba entrar a la casa y por celos, también, mandó a buscar el coche... ¡Ja, ja, ja!
—Mientras más tarda en llegar el amor, más ardores produce. Por otra parte, hermano, es difícil no enamorarse de esa muchacha si la ve uno todos los días. ¡Es extraordinariamente hermosa! Pero no está hecha para ese tipo repugnante. Y él debería comprenderlo. Está bien que la adore de lejos, pero que no impida que los demás la admiren. Sobre todo, debe saber que no es para él. ¡Qué viejo imbécil!
—¿Te acuerdas cómo se enfureció cuando Kuzma la mencionó? Parecía que iba a golpearnos. No se defiende así a una mujer cuando le es a uno indiferente —añadió el conde.
—Algunos hombres lo hacen... Pero no es eso lo importante. Si hoy gritaba de ese modo, ¿qué no hará con los pobres tipos que tiene bajo su mando? Estoy seguro de que los sirvientes, mayordomos, cazadores y el resto de la grey que preside, no pueden ni siquiera acercarse a ella. El amor y los celos nos vuelven injustos, duros de corazón, misántropos. Apuesto a que a causa de Olenka debe haberle hecho imposible la vida a más de uno de los tipos que están bajo su mando. Sería bueno que tomaras con mucha reserva todas las quejas que haga contra tus servidores. Ponle límites a su poder, al menos por un tiempo. Cuando pase el amor, las cosas se normalizarán. Al fin y al cabo, no es un mal hombre.
—¿Y qué piensas del padre de la muchacha? —me preguntó el conde, riendo.
—Un loco que debería estar en el manicomio y no cuidando tus bosques. Deberías poner un letrero a la entrada de tu finca que dijera “Manicomio”. No falta nadie: el guardabosque, la lechuza, Franz el jugador, un vejete enamorado, una muchacha exaltada y tú, a quien ha perdido el alcohol.
—¿Por qué debe recibir este guardabosque un salario? ¿Cómo puede cumplir con su trabajo si está loco?
—Sin duda Urbenin lo conserva sólo por amor a su hija... Urbenin dice que estos ataques se le repiten cada verano... Eso no me parece lógico. Este guardabosque no está enfermo cada verano, sino siempre. Felizmente, tu Piotr Iegorich no miente muy a menudo y se traiciona cuando lo hace.
El coche entró en el patio y se detuvo en la puerta. Bajamos. La lluvia había cesado. Las nubes, iluminadas por los relámpagos, corrían hacia el norte, descubriendo un espacio cada vez más amplio de cielo estrellado. La Naturaleza había visto cómo se restauraba la paz.
Y esa paz parecía atónita ante la calma, el aire perfumado, la música de los ruiseñores, el silencio de los jardines durmientes y la luz acariciadora de la luna naciente. El lago despertaba de su sueño diurno, y su suave murmullo acariciaba el oído humano.
En esas condiciones nada apetece más que atravesar los campos en una cómoda calesa o remar por el lago... Pero nosotros entramos en la casa... Allí era otra clase de poesía la que estaba esperándonos.
Telegrama
Al hombre que bajo la influencia de una enfermedad mental o de un sufrimiento insoportable se dispara un balazo en las sienes se le llama suicida, pero para aquellos que dan rienda suelta a sus más deplorables pasiones en los sagrados días de la primavera y la juventud no hay un nombre determinado. Después del disparo sigue la paz de la tumba; una juventud arruinada tiene como secuencia años de enfermedad y de penosos recuerdos. Aquellos que han profanado la primavera de sus vidas entenderán las presentes condiciones de mi espíritu. Aún no soy viejo, pero mi vida ya no puede llamarse vida. Los psiquiatras han hablado de un soldado que, herido en Waterloo, enloqueció y que a partir de ese día le aseguraba a todo el mundo —y él mismo lo creía— que había muerto en Waterloo, y que lo que ahora se consideraba que era su persona no era sino una sombra, un mero reflejo del pasado. En la actualidad yo experimento algo semejante a esa muerte parcial.
—Me alegro que no hayas probado bocado en casa del guardabosque —me dijo el conde, apenas hubimos entrado en su mansión—; te habría quitado el apetito. Hoy tendremos una cena magnífica como en otros tiempos. Puedes servir ya, Ilya —le ordenó al sirviente, mientras éste le quitaba la chaqueta y le ayudaba a ponerse la bata.
Entramos en el comedor. Sobre la mesa, alineadas como en el buffet de un teatro, una serie de botellas de todos los tamaños y colores reflejaban la luz de los candiles. Entremeses salados, escabechados y de muchas especies esperaban en una segunda mesa con unas botellas de vodka y otras de aguardiente inglés. Cerca de las botellas había bandejas con el lechón y el esturión fríos.
—Señores —dijo el conde sirviendo tres copas de vodka con un ligero, pero visible, temblor—, ¡brindo a vuestra salud! Toma tu vaso, Gaetán Kasimirovich.
Yo bebí mi copa, pero el polaco rehusó con un movimiento de cabeza. Se acercó a la nariz el plato de esturión, lo olió y comenzó a comer.
Debo excusarme ante el lector por tener ahora que describir algunas cosas poco románticas.
—Bueno, bebamos la segunda —dijo el conde y volvió a llenar las copas—. ¡Hasta el fondo, Lecoq!
Tomé la copa, la contemplé un momento y volví a vaciarla.
—¡Que el diablo nos lleve! ¡Hacía mucho tiempo que no bebía una copa! ¡Volvamos a portarnos como en los viejos tiempos!
Y sin reflexionar más, llené cinco copas y las vacié una tras otra. No sabía beber de otra manera. Los escolares aprenden a fumar observando a sus mayores; el conde, igual a un escolar, se sirvió cinco copas y, doblado como un arco, frunciendo el ceño y sacudiendo grotescamente la cabeza, se las bebió. Mis cinco copas seguidas le parecieron una bravata, pero yo no bebía por presumir de buen bebedor, sino porque quería emborracharme, pescar una fuerte borrachera como las de otros tiempos. Después de haber bebido me senté a la mesa y comencé a comer el lechón.
La embriaguez no tardó en surtir sus efectos. A los pocos minutos comencé a sentir un ligero mareo. Sentía en el pecho una agradable frescura, preludio de un estado expansivo y feliz. Sin transición, me sentí de pronto extraordinariamente alegre. La sensación de vacío y aburrimiento desapareció para dar paso a la dicha. Sonreí. Tuve de pronto deseos de conversar, de reír, de ver gente. Mientras comía un trozo de cerdo casi comencé a sentir la alegría de la vida, la felicidad.
—¿Por qué no bebe usted nada? —le pregunté al polaco.
—Él nunca bebe —me respondió el conde—. No trates de obligarlo.
—¡Al menos podría beber una copa!
El polaco se llevó un trozo de esturión a la boca e hizo con la cabeza un gesto negativo. Su silencio me irritó.
—Lo que quiero saber, Kaetan..., ¿cuál es su patronímico?..., es por qué no habla usted —le pregunté—. Hasta ahora no he tenido el placer de escuchar su voz.
Sus cejas, que parecían las alas extendidas de una golondrina, se alzaron. El polaco se me quedó mirando.
—¿Quiere usted que hable? —preguntó con fuerte acento polaco.
—Me gustaría mucho.
—¿Por qué?
—Porque me parece lo más natural. En los barcos, cuando uno se sienta a la mesa, comienza a conversar con absolutos desconocidos. Nosotros, que nos conocemos desde hace varias horas y que hemos estado observándonos, no hemos cambiado una sola palabra. ¿Qué significa eso?
El polaco permaneció callado.
—¿Por qué calla usted? —le pregunté después de haber esperado un momento su respuesta—. ¿Acaso no puede usted contestar algo?
—No quiero contestarle. Advierto la burla en su voz y eso no me gusta.
—No se está burlando —lo interrumpió el conde, alarmado—. ¿De dónde sacas eso, Kaetan? Te está hablando como amigo.
—¡Ni condes ni príncipes me han hablado jamás en ese tono! —dijo Kaetan, arrugando la frente—. No me gusta ese tono.
—¿De manera que me niega usted el honor de su conversación? —continué azuzándolo, mientras vaciaba en mi garganta otra copa.
—¿Sabes cuál es la verdadera razón de mi viaje? —dijo el conde, deseoso de cambiar la conversación—. ¿No te la he dicho todavía? En Petersburgo visité a mi médico para hacerle una consulta sobre mi salud. Me auscultó, me golpeó y pellizcó todo el cuerpo; luego me preguntó: “¿Es usted cobarde?” Bueno, aunque no lo soy, no pude menos que palidecer. “No soy cobarde”, le respondí.
—Abrevia, hermano... Eso es muy aburrido
—Me dijo que moriría pronto si no salía de Petersburgo. Tengo el hígado hecho pedazos de tanto beber... Así que decidí venir al campo. Hubiera sido una locura quedarme allá. Esta finca es tan hermosa, tan rica... El clima tan sólo vale una fortuna... Aquí, además, puedo ocuparme de mis negocios. El trabajo es la mejor medicina, la más eficaz. ¿No es cierto, Kaetan? Me ocuparé de mis propiedades y dejaré de beber. El doctor no me permite beber ni una copita... ¡Ni una sola!
—Bueno, entonces no bebas.
—No bebo... Hoy es la última vez, y eso debido a tu visita —el conde se arrastró hacia mí y me besó ruidosamente una mejilla—. ¡Mi querido, mi buen amigo! ¡Mañana, ni una gota! Esta noche me despido de Baco para siempre. ¡Seriosha, vamos a brindar por esa despedida con coñac!
Bebimos una copa de coñac.
—Me aliviaré, Seriosha, palomito mío, me dedicaré a mi finca... ¡Cultivos racionales! Urbenin es bueno, bondadoso..., él entiende de todo..., pero ¿acaso es el amo? ¡Hace las cosas por rutina! Haremos llegar revistas, lo leeremos todo, tomaremos parte en las ferias agrícolas y ganaderas. ¡Él no tiene educación para eso! ¿Crees posible que pueda estar enamorado de Olenka? ¡Ja, ja! Me ocuparé de todo y lo mantendré como mi asistente... Participaré en las elecciones; haré una vida social activa. ¿Por qué te ríes? ¡Siempre te estás riendo! Realmente, no se puede hablar contigo de nada serio.
Me sentía alegre, de buen humor. El conde me divertía; las luces, las botellas, todo me divertía; las liebres y los autos esculpidos que adornaban los muros del comedor me parecían de lo más gracioso. Lo único que no me divertía era el rostro sobrio de Kaetan Kazimirovich. La presencia de ese hombre me irritaba.
—¿No podría mandar al diablo a ese noble polaco? —le susurré al conde.
—¿Qué te pasa? ¿Cómo se te ocurre...? —respondió el conde, asiéndome por las manos como si hubiese estado yo a punto de golpear al polaco—. ¡Déjalo en paz!
—No lo soporto. ¡Escuche! —le dije a Chejotski—, usted rehusa dirigirme la palabra; sin embargo, yo no he perdido la esperanza de conocer sus aptitudes para la conversación.
—¡Déjalo en paz! —suplicó el conde, tirándome de una manga—. ¡Te lo ruego!
—No voy a dejar de molestarle hasta que me conteste —continué—. ¿Por qué frunce las cejas? ¿Es posible que aún sienta algo burlón en mi voz?
—Si hubiera bebido todo lo que usted ha bebido, podríamos hablar —refunfuñó el polaco—, pero ahora me parece que no estamos en igualdad de condiciones.
—Que no somos una pareja es lo que quería yo probar... Eso es exactamente lo que quería decir. Un ganso no puede ser compañero de un cerdo; el borracho y el sobrio no hacen pareja; el borracho molesta al sobrio y el sobrio al borracho. Mire, en el salón hay un excelente sofá. Sería magnífico tenderse allí después de haberse atiborrado de esturión y rábanos. Mi voz no lo alcanzaría. ¿No desea usted retirarse a ese salón?
El conde, estupefacto, se apretaba las manos y caminaba desesperadamente de un extremo a otro del salón.
Es muy cobarde y siempre le asustan los altercados. En cambio a mí, cuando estoy borracho, me entusiasman las riñas y los altercados.
—¡No comprendo! ¡No comprendo! —gimió el conde sin saber qué hacer ante esa situación. Sabía que era casi imposible contenerme.
—Le conozco muy poco —continué—. Es posible que sea usted un hombre excelente. Por esto, no me gustaría pelearme con usted de entrada. No lo voy a hacer. Sólo me permito indicarle que entre borrachos los sobrios están de más. La presencia de un hombre sobrio tiene un efecto perturbador en el organismo de un borracho. Usted debería comprenderlo...
—Hable todo lo que quiera —suspiró Chejotski—. Nada de lo que diga usted, joven, logrará provocarme.
—¿Está seguro? ¿Nada? ¿No se ofendería si le dijera que es usted un cerdo obstinado?
El polaco enrojeció. Eso fue todo. El conde, pálido, se acercó a mí con los brazos abiertos.
—Te lo suplico. Modera tu lenguaje.
Yo hubiera querido continuar desempeñando mi papel de borracho; por fortuna para el polaco y el conde, se oyó ruido de pasos y un instante después Urbenin entraba en el comedor.
—¡Buen apetito! —dijo—. ¿No tiene su Excelencia ninguna orden que darme?
—Ninguna, pero me alegro que haya venido, Piotr Iegorich. Siéntese a comer algo. Vamos a hablar de agricultura.
El administrador se sentó. Su patrón, entretanto, comía y bebía coñac y entre copa y bocado exponía sus ideas sobre una agricultura racional en su finca. Hablaba fatigosamente, repitiéndose y saltando sin cesar de una idea a otra. Urbenin lo escuchaba con atención pero desganadamente, de la misma manera que los adultos escuchan la charla de un niño. Comía la sopa de pescado, mirando tristemente el plato.
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