Kitabı oku: «Las tres estaciones»

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ERIC
NEPOMUCENO

LAS TRES

ESTACIONES

NARRATIVA

DERECHOS RESERVADOS

© 2018 Eric Nepomuceno

© 2021 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

Avenida Patriotismo 165,

Colonia Escandón II Sección,

Alcaldía Miguel Hidalgo,

Ciudad de México,

C.P. 11800

RFC: AED 140909 BPA

© De la traducción: Paula Abramo

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Edición digital: 2021

ISBN: 978-607-8764-13-6

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ERIC NEPOMUCENO LAS TRES ESTACIONES


Almadía

Este libro es para Eduardo Galeano, en lo mejor de mi memoria, siempre

Y nos inventábamos como quien proyecta catedrales.

DE UNA CANCIÓN DE RENATO TEIXEIRA

I DICEN QUE ELLA EXISTE

TELEFUNKEN

Por el agujero redondo cubierto de tela amarillita, justo al centro de la caja de madera con el nombre Telefunken escrito en letritas blancas, sale la voz de una mujer enojada. Seguro que está enojada, porque su voz es finita. Mamá tiene la voz finita y se la pasa enojada.

Esta gente que canta en la radio nunca cambia de tema. Dale y duro con el amor: que si el amor esto, que si el amor lo otro, no hablan de otra cosa. Y hablan cantando, claro, porque son cantantes y todo eso, y hay un montón de personas diferentes. Es fácil notarlo, porque sus voces son diferentes y porque hablan un montón de lenguas.

Justo el otro día había un hombre gordo cantando en alemán. Sé que era alemán porque mamá me lo dijo, y sé que era un hombre gordo porque tenía un vozarrón igualito al de Miguel Italiano, que es gordo. Aunque yo creo que Miguel Italiano nunca va a cantar en la radio, porque nunca lo he visto cantando. No le ha de gustar cantar.

Cuando yo era chico creía que adentro del radio había hombres y mujeres muy chiquititos, y que nosotros hacíamos que su voz saliera de allí dándole unas vueltas al botón del radio.

Cuando somos chicos pensamos un montón de tonterías. Ahora que crecí un poco, o sea, ahora que estoy mucho más grande que cuando era chico, ya sé cómo funciona esto del radio. Esos hombres y mujeres están en otra casa, lejos de aquí, y su voz viene por el enchufe. Uno mete el cable del radio al enchufe y entonces salen las voces. Por eso hay tantos cables en la calle: la luz y el radio vienen por los cables que están colgados en los postes.

Tenemos un radio padre aquí en la casa; mamá a veces le pone encima una carpetita y un florerito con una flor, y luego lo sacude para quitarle el polvo; cuando yo crezca y tenga una casa y una esposa, lo primero que le voy a pedir es que cuide bien el radio, igual que mi mamá.

Voy a querer tener un radio parecido al nuestro. Nomás que no sea de madera oscura: voy a querer un radio blanco. No sé si eso sea bueno: seguro que los radios blancos son como los pantalones blancos: se ensucian mucho. Por eso será mejor que nadie se le acerque.

Me va a gustar tanto mi radio que, si mi esposa tiene un hijo como mi mamá me tuvo a mí, le voy a decir que no lo deje tocar el radio.

Cuando uno se casa siempre le salen hijos. Bueno, más o menos: la vecina Eulalia se casó hace mucho tiempo; el otro día mi mamá le dijo a no sé quién que Eulalia lleva más de diez años casada, y yo todavía no tengo ni diez años, por eso no sé cuándo se casó, pero diez años es mucho.

Nuestra vecina Eulalia no es mamá de nadie. Tal vez, si yo me caso, mi esposa tampoco se va a volver mamá de nadie. Porque yo sé que, si mi esposa se hace mamá, me voy a morir a los dos meses.

Eso pasó aquí en la casa: nací y, dos meses después, se murió mi papá. Mi mamá se la vive diciéndole a todo el mundo que, en cuanto nací, mi papá se murió. Y también dice, cuando se enoja, que soy un endemoniado, y yo no creo que eso sea algo bueno, porque también me dice “maldito”. Mi mamá se la pasa enojada.

Yo creo que va a ser mejor que yo no tenga hijos, si no me voy a morir a los dos meses y mi mujer le va a decir “maldito” al niño, y él se va a poner triste y ya no va a querer oír ni la radio ni nada, porque a mí me gusta oír la radio, pero de repente sale una mujer con la vocecita finita y me acuerdo de mi mamá. Y me pongo a pensar que hay un montón de gente con esa vocecita en el mundo, y que toda esa gente ha de estar enojada.

Iván no tiene radio, pero tiene un papá. Me dijo que su papá tiene la voz ronca y conversa con él, pero no es gordo.

Yo creo que preferiría tener un papá a escuchar la radio. Pero no sé muy bien, porque me gusta mucho escuchar la radio, y podría tocarme un papá enojón, así que no sé.

Cuando Iván viene a la casa se pone a escuchar la radio conmigo y sabe leer más rápido, y dice Telefunken más rápido que yo.

Cuando me case me voy a comprar un radio blanco y me voy a poner a escuchar las historias que cuentan en la noche. Y entonces, si a mi esposa le sale un hijo y empiezo a pensar que sólo me quedan dos meses de vida, voy a agarrar el radio y lo voy a vender para no dejárselo a mi hijo.

Si a mi mujer le sale un hijo y empiezo a pensar que sólo me quedan dos meses de vida, me voy a llevar el radio conmigo.

EL JURAMENTO

Era viernes y los cuatro estaban sentados en el suelo de tierra, con la espalda contra los bordes del barranco de arcilla seca, y el barranco dibujaba sombras sobre la carretera polvosa. Hablaban de los últimos días y de cómo habían sido los mejores. Cada vez que se acababan las vacaciones decían lo mismo.

Muchos años más tarde, él hubiera querido que los otros tres tuvieran un recuerdo tan doloroso como el suyo.

Se puso a hablar de aquellos tiempos, y de los tiempos de antes y los de después. Sentado, con la espalda contra los bordes del barranco de arcilla seca, habló de los tiempos y los tres lo miraron asombrados.

Habló de lo hermoso que era pasar todo el tiempo juntos y de las cosas que tenían, y de lo hermoso que era reconocer un árbol por su tacto y su olor, y los tres estuvieron de acuerdo.

Dijo que todo aquello se perdería algún día y que eso sería inevitable; pero que debían hacer lo imposible por aprovecharlo todo al máximo. Por salir enteros, al fin. Habló por primera vez de la calma amarga que le causaba saber que las cosas tendrían un fin, y fue la primera vez que sintió esa calma. Más tarde se acostumbraría a ella. Pero eso no lo entendieron los otros tres, ni entonces ni nunca.

Habló de esas cosas e insistió en que debían cuidarse. En que no debían dejar que todo se perdiera.

Finalmente, habló de un juramento. Y de lo solemne que es un juramento, y a los cuatro les encantaba la solemnidad de los caballeros; aceptaron unir sus muñecas cortadas en cruz, mezclando sus sangres en garantía de unión eterna.

En el último momento, en lugar de las muñecas cortadas prefirieron unir la punta de los pulgares, donde un pequeño corte mostraba a duras penas un puntito de sangre.

Años más tarde todo eso tiene una gracia amarga, porque la honestidad fue estúpidamente traicionada. Y ahora, cada vez que él se toca la soledad en la punta del pulgar derecho, lamenta –de alguna u otra manera– que en su muñeca no haya ninguna cicatriz.

LA MUJER DEL MAESTRO

Para Guto Pompéia y Sergio Eston

Ciro fue el último. Siempre era el último. A veces porque se quedaba cubriendo la retaguardia. Le gustaba decir: “Adelántense; yo cubro la retaguardia”. Otras veces, porque era gordo y siempre acababa quedándose atrás. Esa noche fue el último, pero ya no sé si por cubrirnos o por costumbre.

Recuerdo que cuando se subió a las cisternas ya estábamos los tres tendidos, en silencio, sobre el concreto áspero. Primero se tropezó con las piernas de Sergio, luego le pisó el codo a Guto. Yo me eché a reír bajito y él se acostó jadeante a mi lado y me dijo: “Cállate, idiota”. Y entonces nos reímos los tres y Ciro ya no dijo nada.

Nos pusimos a esperar y alguien preguntó qué hora era. Nadie tenía reloj. “Han de ser como las nueve”, dijo Guto, y explicó: “cuando salí de mi casa eran casi las nueve”.

Ella siempre aparecía después de las nueve. Eso lo sabíamos.

Para nosotros era la primera vez. Roberto, que era hermano de Ciro y era mayor que todos nosotros, nos había llevado la novedad una semana antes. Nos habló de la mujer que se bañaba todas las noches, de la ventana al patio que dejaba abierta, del silencio de la calle de terracería que corría a lo largo del muro; más allá de la calle había bosque; entre la calle y el bosque sólo estaba la construcción achaparrada y redonda de la cisterna; ninguna luz, nada.

La mujer era francesa. Era la mujer del profesor de francés. Según mis cálculos, existían en la ciudad desde hacía un par de meses. Según los cálculos de los demás, hacía unos cuatro meses. Casi nunca veíamos a la mujer. Yo, por ejemplo, no podría decir si era alta o baja o guapa. Imaginaba que tenía el pelo cobrizo, pero no sabía por qué.

Dos días antes habíamos decidido superar el miedo e internarnos en el territorio de la pandilla del Chino en plena guerra de verano, y nos subimos a la misma cisterna a la que ellos se subían para ver a la mujer bañándose y echándose talco en el cuerpo. Roberto, que era de la pandilla del Chino, dijo: “Todo mundo conoce a la Talquito”. Así le decían a la mujer del profesor de francés. “No les garantizo nada”, nos advirtió Roberto. “Si los cachan encima de la cisterna, no les garantizo nada.”

Estábamos en el techo áspero de concreto de la cisterna y la mujer no aparecía. Sergio y Guto miraban a cada rato la calle desierta, temiendo que alguien llegara; mi miedo era otro: que llegaran por atrás, por el bosque.

Yo nunca había visto a una mujer bañándose y luego echándose talco en el cuerpo. Ni siquiera había visto a la mujer del profesor de francés, y ahora iba a verla, por primera vez, junto con el talco, la toalla y la ducha.

La mujer no llegaba, y nosotros esperando. La de pelo color cobre, como Verónica, que estudiaba en mi grupo. Mucho tiempo después, cuando Ciro ya estaba parado en la cisterna, preparándose para bajar, se encendió la luz. Un rectángulo recortado justo frente a nosotros, a unos cinco o seis metros de distancia, a nuestra misma altura. Ciro se acostó otra vez en el techo de la cisterna y fue a ponerse a mi lado arrastrando los brazos, las piernas y la barriga.

La mujer del profesor de francés era morena y muy alta y delgada. Era una mujer muy guapa. Llevaba una bata color rosa y tenía el pelo recogido con un pañuelo. Detrás, por la nuca, debajo del pañuelo, caía su pelo negro. Nos quedamos los cuatro en silencio, mientras ella apartaba la cortina de plástico y abría la llave. Después se puso frente al espejo y se frotó la cara con un algodón para quitarse el maquillaje. Estuvo mucho tiempo frotándose la cara, mientras dejaba correr el agua de la ducha. La teníamos muy cerca, tan cerca que podíamos oír el ruido de la ducha, y nadie abría la boca ni para respirar. Podíamos ver los ojos desorbitados de Guto en la oscuridad.

Entonces la mujer se quitó la bata y tenía puesto un brasier negro. Yo nunca había visto un brasier negro: sólo en el cine. En ese momento pensé que usaba brasier negro porque era francesa. Se quitó la bata y se quedó en brasier y calzones y empezó a mover los brazos como si fueran hélices. Luego su cuerpo desaparecía y volvía a aparecer a un ritmo muy acompasado: extendía los brazos y seguramente tocaba el suelo, su espalda aparecía y desaparecía. “No se ve nada”, susurró Sergio. “Cállate y espera”, susurró Guto. Yo me eché a reír bajito.

La mujer se agachó y se levantó con los brazos extendidos muchas veces. Finalmente se detuvo, con los brazos hacia arriba. Permaneció así un instante. Cuando bajó los brazos, pasó su mano derecha a la espalda y se desabrochó el brasier. Se metió deprisa en la ducha, en calzones. Yo vi su cuerpo de espaldas.

“No se vio nada”, insistió Sergio, y Guto dijo: “Espérate, idiota, no se va a salir de la ducha de espaldas”.

Yo me imaginaba a la mujer del profesor más baja y con el pelo cobrizo. Echados sobre el concreto áspero, sobre la cisterna, seguimos esperando. Era una noche de enero, de cielo despejado, y estábamos en plenas vacaciones y en plena guerra de verano. Pensé que el Chino no debía enterarse nunca de que habíamos estado allí, compartiendo a la mujer del talquito, que era de ellos, en plena guerra de verano –una guerra que sólo se interrumpía las noches de los sábados, cuando nos invitaban a todos a las mismas fiestas, y las mañanas de los domingos, cuando íbamos a la iglesia a escuchar al padre Jairo.

Era una noche de enero y la mujer se bañaba infinitamente. Yo no podía olvidar su espalda, sus calzones estrechos, su brasier negro, su cuerpo largo y esbelto. Esperamos mucho tiempo.

Ya nunca pude olvidar la espalda de la mujer del profesor de francés ni la alegría que sentimos cuando vimos asomar su mano tras la cortina de plástico para tomar la toalla blanca. Ella saliendo envuelta en la toalla, con el pelo desparramado sobre los hombros.

Se frotó el cuerpo con la toalla, y la toalla empezó a escurrirse. Primero aparecieron sus senos, redondos y grandes. Luego la línea de su cintura, su vientre plano y liso, la mata de vello. Fue allí donde empezó a rociarse el talco.

Parecía feliz, volteando la latita de talco sobre una esponja y frotándose el cuerpo con la esponja. Levantó un brazo y se echó talco. Luego puso una pierna sobre el lavabo. Vimos su espalda curva, la marca de su espina, la curva de sus piernas. Era una mujer muy alta y muy guapa. Y ya nunca pude olvidar la espalda de la mujer del profesor de francés. Vivieron seis meses más en la ciudad. Al siguiente verano, cuando ya estábamos listos para volver a empezarlo todo, se fueron.

Se llamaba Claudette, y el profesor de francés le decía Clôdét.

CUANDO EL MUNDO ERA MÍO

–Es que yo creo que no estoy listo para eso.

Están sentados ambos en una banca de la plaza. Son veinte para las cuatro de la tarde de un domingo de invierno, y un sol blancuzco cae a plomo sobre ellos, pero no los acalora. Guillermo se frota las manos, como si quisiera librarse de algo. Clava los ojos en el suelo y repite:

–Me faltó tiempo, no estoy listo.

Bernardo está impaciente. Voltea hacia un lado, mira el reloj que está a lo alto del colegio, le da a Guillermo una suave palmada en el hombro y dice:

–Ándale. No hay de otra. Ya llegaste hasta aquí, ahora tienes que ir hasta el final. No puedes echarte para atrás. Ándale, que sea lo que Dios quiera. Tú sabías que esto iba a pasar.

Guillermo no dice nada. Bernardo insiste:

–Ándale, ahora es cuando. Ahora o nunca.

–¿Y si no voy? No pasa nada. Si no es hoy, puede ser la semana que entra. ¿Quién dice que tiene que ser hoy?

–Esas cosas nadie las dice. Pero tú lo sabes: tiene que ser hoy. Ni modo: ya llegaste hasta aquí, ahora tienes que ir hasta el final. No hay vuelta de hoja.

–¿Qué hora es?

–Cuarto para las cuatro.

Bernardo siente que empieza a irritarse. Insiste:

–Ándale, ya no le des vueltas.

Guillermo respira hondo, observa un minuto los árboles de la plaza. El aire está absolutamente inmóvil. Bernardo echa su brazo sobre los hombros de Guillermo, los dos se levantan. Bernardo dice:

–Tú tranquilo. Todo va a salir bien.

–Ve tú a saber. No estoy listo. Pero en fin, tú sabrás. Vamos.

–Yo estoy contigo. En el fondo, no estás solo. O sea: vas a tener que resolverlo solo, ¿me explico? Pero estoy contigo.

Y ambos salen caminando apresurados hacia el Cine Majestic. Ese domingo de marzo la película es Helena de Troya.

Bernardo paga los dos boletos. Pasando la puerta de vidrio, el zaguán se abre ante ellos, con su carpeta roja, como la sala de espera de los tiempos venideros. Bernardo compra una cajita de pastillas de hierbabuena. Le entrega la cajita de pastillas a Guillermo. Con tantos nervios, Bernardo se pone generoso. Guillermo siente que carga el mundo sobre los hombros. Caminan juntos, pasando en silencio cerca de pequeños grupos de muchachos y muchachas. Caminan con la calma de quienes van a enfrentar una noche sin fondo, un mar de temporales. Guillermo sabe que, allá afuera, el sol blancuzco sigue iluminando sin calentar, y sabe que no sopla la brisa. Guillermo siente que los ojos del mundo están clavados en él.

Y entonces, entre un océano de cuerpos sin rostro, Guillermo ve la nuca, el pelo castaño y rizado sujeto en una trenza, la blusa azul claro de Camila. Y un despeñadero se abre a sus pies. Se detiene a la orilla del precipicio y se agarra del brazo de Bernardo, que no ha visto el peligro y camina hacia el desastre.

–Mírala, ahí está.

–¿Ahí dónde?

–Ahí. De espaldas. Es la de azul claro.

–Ah.

–¿Y ahora qué hago?

–En primer lugar, mantén la calma. Tranquilo.

–Está bien. Tranquilo. Estoy tranquilo. ¿Y luego?

–Luego nada. Eso. Vamos. Llegamos, la saludamos, conversamos un poquito y listo. Entras con ella, ¿entiendes? ¡Con ella! No dejes que nadie se siente entre ustedes. Si puedes, escoge la butaca del pasillo, siéntate tú en la orilla, con ella junto, y que las demás chicas se las arreglen como puedan. ¿Entiendes?

–Sí, entiendo. Pero, ¿qué le digo?

–Yo qué sé. ¿Qué le dijiste ayer?

–No fue ayer, fue el viernes. Le pregunté si podía venir con ella a la función de las cuatro del domingo. O sea, esta, hoy, ahora.

–¿Así nomás, si podías venir con ella? ¿No le preguntaste si ella quería venir contigo?

–¿Y cuál es la diferencia? No entiendo, Bernardo. Creo que se lo dije bien, con todo el respeto, ¿entiendes?

–¿Y ella?

–¿Ella? Ah, me dijo que lo iba a pensar. Ayer, en el club, volví a preguntarle. Y entonces me dijo que sí.

–¿Ya ves? Todo está bien. Ahora nada más tenemos que acercarnos.

–Pero, ¿qué le digo?

–¡Yo qué sé! Dile así: “Hola”.

–Pero, ¿cuándo le pido que sea mi novia?

–A la salida. A la salida, ¿me oíste bien? ¡A la salida!

–¿Por qué?

–Porque es mejor.

Las chicas están reunidas en un pequeño grupo. Cuando Guillermo y Bernardo están a punto de llegar, Fernando se aparece frente a ellos, de la nada.

–¿Conque hoy, eh?

Los dos quedan desconcertados, y Bernardo pregunta:

–¿Hoy qué?

–Todo mundo quiere verlo. Mi hermana me contó. ¿Conque hoy, eh, Guillermo?

Guillermo sabe que tiene un segundo para decidirse: o sigue adelante o se rinde de una vez por todas. Siente un miedo extraño, único. Bernardo lo adivina, y decide:

–Sí, hoy. Vamos.

Guillermo siente que va a odiarlo para siempre. Quiere preguntarle a Fernando cómo se enteró su hermana, si la única persona a quien le contó lo que iba a pasar fue a Bernardo. No hay tiempo para preguntar nada: Fernando ya está lejos. Guillermo entonces le pregunta a los cielos si está bien peinado, si se puso la cantidad adecuada de brillantina, si alcanza a olerse el Lancaster que cuidadosamente se roció sobre el pecho y la nuca, si Bernardo lo arruinará todo, si Fernando sabrá ser discreto. Mastica presuroso una pastilla de hierbabuena.

Caminan hacia las chicas. Guillermo sabe que Camila sabe que él se está acercando. Guillermo se pregunta por qué ella no se da la vuelta de una vez por todas para esperarlo. Guillermo siente que las palmas de sus manos están húmedas. Guillermo se mira los zapatos blancos, ve sus propios pies afirmándose a cada paso. Sabe que camina hacia el cielo o hacia el infierno. Sabe que no hay atajos en ese camino. Cuando está casi al lado de Camila, ella se da la vuelta y sonríe. Guillermo siente que la mano de Bernardo le aprieta el brazo. Guillermo sabe que la primera etapa ha sido superada. Guillermo sabe que ahora empieza la peor parte. Guillermo despliega una sonrisa, mira profundamente los ojos de Camila y se arroja al vacío:

–Hola.

Mucho, pero mucho tiempo después –hacia las seis y media de la tarde de ese domingo perdido de un invierno permanente–, Guillermo llegó a la última parada del autobús. Bernardo estaba esperándolo.

–¿Y?

Guillermo hunde las manos en los bolsillos de su pantalón, patea una piedrita con el pie izquierdo, el pie metido en el zapato blanco, y dice:

–Es raro, ¿no?

Y los dos emprenden el camino rumbo sus casas.

Guillermo siente un calor vacío en el centro de su cuerpo. Bernardo está ansioso, pero sabe que tiene que dosificar las preguntas.

–¿Todo bien?

–Sí.

–¿Y?

Y Guillermo no dice nada.

¿Qué decir? Piensa que es inconcebible todo lo que puede suceder en tan poco tiempo. Menos de dos horas de la función de las cuatro de ese domingo, después la charla medio torpe, presurosa, sofocada, a la salida, y después buscar a Bernardo hasta concluir que se habría ido en el autobús de las seis y estaría esperándolo en la última parada. Toda una vida pasada en ese tiempo tan veloz. Otra vida amenazando empezar. Ganas de desaparecer de la faz de la tierra.

–Mañana hablamos. Te advertí que no estaba listo para esto. Ahora ve tú a saber…

Bernardo quiere preguntarle más, quiere acabar ya con esa plática. Quiere, necesita saber. Pero se calla. Ve a Guillermo diciéndole adiós con la mano y caminando hacia la puerta de su casa. Ve a Guillermo entrando en su casa. Y se queda pensando que la vida tiene sorpresas así. Guillermo y Camila. ¿Cuándo le llegará a él el momento de estar con alguien? Piensa también que Guillermo anda raro, tenso como la cuerda de un tendedero.

(¿Por qué tienen que ser así las cosas? Aquí estoy, en la inmensidad de este cuarto desordenado. No puedo ni subirle a la música, porque se quejan. Nadie respeta a nadie; uno tiene que respetar a todo mundo.

Fue tan fácil y tan difícil, y ahora ya no sé nada.

Vi que Bernardo y Fernando se alejaron, supe que de ahí en adelante todo estaba en mis manos, sentí un golpe de frío en el pecho, pero poco después creí que las cosas iban a salir bien. Ella también apretó el paso y dejó atrás a las demás chicas. Todo iba bien, ella ayudaba. Hasta pude escoger la fila. Le dije:

–Si te parece, nos sentamos en este extremo. ¿Estás de acuerdo?

Y agregué, con una voz sombría –había tenido que pensar un montón antes de decidir cuál sería el mejor momento para hablar por primera vez con una voz sombría:

–Yo nada más me siento en las butacas que dan al pasillo. Ya sabes: manías.

Ella se detuvo un instante, puso cara de no entender nada y luego preguntó:

–¿Este extremo está bien para ti?

–Perfecto. Sólo es una vieja manía.

Yo creo que todo mundo debe tener viejas manías. Es importante. No muchas: apenas las suficientes para darse cierto aire de misterio. En realidad me moría de miedo de que me preguntara el porqué de esa vieja manía que acababa de inventarme. Pero no me preguntó nada: fue piadosa. O no le dio importancia a aquello. O fue sabia. O todo al mismo tiempo.

Camila se había puesto un buen perfume. Suave. Inmediatamente sentí que había sido un acierto usar el frasco de Lancaster que mi padre había traído de Argentina. Lo trajo para él, claro. Pero los padres son padres.

Y entonces llegaron las demás chicas, que pasaron por donde estábamos y fueron sentándose junto a ella, una tras otra, hacia el centro de la hilera de butacas. Se me hizo rara la forma en que pasó María Alice frente a nosotros: yo encogí las rodillas, pero ella pasó despacito, así, como que distraída, y sentí cómo rozaban sus piernas mis rodillas encogidas. Aquello me desconcertó, me hizo sentir incómodo, una especie de pervertido irremediable. Al instante pensé que tendría que contárselo a Bernardo, Guto y Sergio Eston. Bernardo la traía en la mira. Decía que era un buen ejemplo de chica progre. Yo, en realidad, no entendía si eso era un elogio. Sergio Eston decía que la alemanita esa, la que había andado con el hermano de Guto, Petra, también era progre, y a todos nos parecía que Petra era una chica diferente, alguien nos había asegurado que el hermano de Guto se la había echado a la bolsa bien, bien fácil. A mí su nombre se me hacía muy feo. Pero ella me parecía realmente guapa. En fin: eso de las chicas progre no era fácil de entender ni de explicar.

Lo que sí importaba, lo que podíamos entender, era esto: María Alice era más alta que nosotros, y eso nos intimidaba a todos. Recuerdo que una vez Bernardo estaba bailando con ella en una fiesta en casa de Luis y ella dejó que se le acercara: dejó que se le acercara mucho. Él hacía como que no se daba cuenta, se arrimó un poco más, y entonces ella dijo: “Ahí párale. No voy a bailar así con un chico al que podría comerle el pelo”. Bernardo salió arrasado. Yo me tardé un poco en entender eso de comer el pelo, hasta que comprendí aquella maldad durísima: era su forma de decir que ella era mucho más grande, pero tanto, tan más alta, que cuando bailaba con él, Bernardo le quedaba muy abajo. Recordé eso y también recordé que Bernardo y yo medíamos exactamente lo mismo, o casi. Ella podría comerse mi pelo mientras bailara conmigo. ¿Entonces por qué me había rozado las rodillas? ¿Sería que no había visto, no había entendido que yo estaba con Camila? ¿Sería que no había visto, no había entendido lo que iba a pasar?

El verano pasado, María Alice había andado con un tipo de Río. Él era mucho más grande, tendría tal vez unos diecisiete años. ¿Sería progre María Alice? De pronto, sentado ahí junto a Camila y pensando en María Alice y en Bernardo y en aquel novio pasajero que se llamaba Alex, sentí la urgente necesidad de levantarme, de llamar a mis amigos y de ir a buscar al tal Alex para darle una paliza. Bernardo se merecía esa venganza, María Alice se merecía mis celos súbitos, yo me merecía la provocación de aquel roce de muslos sobre mis rodillas. Progre, claro, y mucho. María Alice. Pero yo no debía pensar en eso. No en ese momento. María Alice era María Alice, Camila era Camila. El mundo también está hecho de esas diferencias.

Las luces se apagaron enseguida. A la mitad del noticiario, yo sentía que había pasado siglos ahí. Cuando vino la parte de los deportes, eché de menos los comentarios que oía a lo lejos, cuatro o cinco filas atrás. Me imaginé a Fernando, Bernardo y Sergio Eston intercambiando opiniones acertadas sobre el futbol que salía en las noticias. En esos tiempos esperábamos que llegara el fin de semana para ver en los noticiarios de los cines los partidos de la semana anterior. Todo mundo conocía el resultado, pero nadie había visto el partido. En esos tiempos no había televisión, como hoy.

Entonces vinieron los cortos y los anuncios, y finalmente empezó la película: Helena de Troya. Yo me revolvía en la silla, no sabía qué hacer, hasta que decidí estarme quieto y aguantar la mala película.

Todo es cuestión de táctica, aseguraba siempre Sergio Eston. Él sabía usar palabras difíciles. Táctica. Yo no sabía muy bien qué era la táctica, pero entendía lo que quería decir: todo era cuestión de saber cuál era el momento correcto para hacer lo correcto. Cualquier equivocación sería un desastre total.

Había, y yo lo sabía, reglas básicas. Pasar el brazo por el respaldo de la butaca y tocar delicadamente el hombro de la muchacha era difícil, pero permisible. Nunca la primera vez, claro. Había que darle tiempo al tiempo, como decía mi abuelo cuando yo quería hacer algo que a él le parecía arriesgado. Darle tiempo al tiempo. Poner el brazo sobre los hombros de Camila ni siquiera se me había ocurrido. Sabía que era difícil. Una batalla. Tomarle la mano, ni pensarlo. Darle tiempo al tiempo.

–Para ellas, eso es el primer compromiso. El principio de todo. Es muy difícil. Es casi imposible –aseguraba Fernando.

Bernardo había ido más allá:

–Yo sé lo que es eso. Tomarla de la mano es realmente muy, muy difícil. Luego hay otra cosa terrible, que es el tema de los besos. Complicadísimo. Hay que calcularlo mucho todo. Por ejemplo: en el cine, le pones el brazo sobre los hombros. Y después, mucho después, intentas tomarla de la mano. Si se deja, ya la hiciste. Pero eso nunca pasa la primera vez. Ni la décima. Tiene que pasar mucho tiempo. Entonces, si quieres ir más lejos, si ella te sigue el juego, tienes la oportunidad única de saber si va en serio o no. ¿Sabes cómo? Acaríciale suavemente, y varias veces seguidas, la palma de la mano con un dedo. Las chicas se vuelven locas con eso. Pero sólo las chicas progre.

Entonces quise saber: ¿las que no se volvían locas era porque no eran progres, o porque no querían nada con uno? ¿Y qué quería decir con ir más lejos?

Bernardo no dijo nada. Fernando se metió en la conversación con una respuesta fulminante:

–Eso es algo que tú tienes que sentir en el momento. Nadie te lo va a explicar. Sólo tú lo sabrás. No podemos darte clases. Es misterio puro.

Quise tener una hermana mayor para preguntarle esas cosas. Y sólo tenía una hermana menor. Y además, mi hermana no tenía nada de progre. Entre otras cosas, porque sólo tenía ocho años.

Pero en ese momento, cuando empezaba Helena de Troya, lo que traté de hacer fue pensar en una táctica. Descubrir el momento correcto –para hacer qué, eso no lo sabía. Pero sabía que no podía equivocarme.

También sabía que Brigitte Bardot iba a aparecer en cualquier momento, vestida de guerrera griega. Pero, ¿con quién iba a comentar su estilo desparpajado y esos pechos que parecían siempre a punto de explotar, y con quién iba a hablar de cómo me la fajaría si me encontrara con ella… en una playa desierta, por ejemplo? Entendí que mi vida estaba cambiando. Que si esa historia con Camila tomaba forma, no volvería a ser el mismo. Era como perder las confidencias con los amigos, perder a Brigitte Bardot. Porque, a fin de cuentas, alguien que tuviera una novia de verdad no iba a andar por ahí diciendo cómo fajaría con Brigitte Bardot. Y claro que tampoco iba a andar diciendo cómo fajaría con su novia. De pensarlo, lo pensábamos; pero no lo diríamos ni de broma.

A esas alturas, la película ya estaba casi a la mitad y yo no había hecho nada. En realidad, ni siquiera había intentado nada.

Y entonces, con toda la calma del mundo, pasé mi brazo derecho por detrás de la butaca de Camila; me fui por el borde con cuidado, con mucho cuidado, para que ella supiera que había un brazo ahí, que se trataba de mi brazo, y que ese brazo estaba dispuesto a bajar despacio hasta apoyarse en su hombro, y que en la punta del brazo estaba, estaría, la mano que estrecharía suavemente ese hombro, y que esa mano intentaría algo que ni siquiera yo, el dueño de la mano osada, atrevida, imaginaba o imaginaría. Estaba empezando una operación que sin duda iba a ser muy delicada, trabajosa, arriesgadísima. Calculé que tenía más o menos media función de cine para intentarlo. Traté de concentrarme en la película mientras llevaba a cabo aquella operación sin retorno. El problema es que la película era demasiado mala. Alimenté la esperanza de que Brigitte Bardot apareciera vestida de guerrera griega, con un escote que me infundiera ánimos, que me sirviera de aliento e inspiración. Pero nada.

Hay un problema que no he mencionado, y que conviene mencionar ahora. Precisamente en ese momento, mientras estaba hundido hasta el alma en dudas sobre la táctica que debía utilizar, me di cuenta de que sentía una pasión infinita por Camila.

Era el tipo más enamorado del mundo. Y así, de golpe, todo eso empezó a parecerme un poco ridículo, una pérdida de tiempo. De pronto sentí, tuve la seguridad más absoluta de que debía levantarme, tomar a Camila por la mano con toda la delicadeza de la que fuera capaz e irnos de ahí, porque juntos desbravaríamos universos, conquistaríamos mundos. Empecé a pensar eso, empecé a sentir esa seguridad absoluta y decidí que tenía que hacerme de valor y concentrarme únicamente en dos puntos: aplicar la táctica de la mano y esperar a Brigitte Bardot con su escote inspirador. Lo demás sería consecuencia… o resultado. Yo sólo dependía de mí.

Mi brazo derecho estaba bien apoyado en el respaldo de la butaca del cine, la mano que había al final del brazo derecho bajó con una suavidad fría, calculada pero decidida, y se apoyó ligeramente sobre el hombro de Camila. La mano derecha sintió una ligera contracción. La cara del dueño de la mano derecha se volvió ligeramente a observar la cara de la dueña del hombro. La cara de la dueña del hombro estaba impasible, pero había un brillo extraño, único, veloz, en aquellos ojos. Entonces la mano que estaba al final del brazo derecho apretó con suave determinación, con una seguridad absoluta, el hombro de Camila, que dejó ver una sonrisa imperceptible y suspiró.

Yo tenía un pánico del tamaño del universo. Sabía que había ganado la batalla. Y decidí saltarme etapas y barreras. Abrí la mano, estiré los dedos y apreté con un poco más de firmeza el hombro de Camila, para darle a entender que pretendía atraerla suavemente, sólo en el grado justo, hacia mí. Y ella se dejó. Sí, se dejó.

La cabeza de Camila levemente apoyada sobre mi hombro derecho, mi mano abierta, mis dedos torpes e impregnados de una avidez que yo desconocía apretando con suavidad el hombro derecho de Camila. El mundo casi era mío, y yo no sabía qué hacer con él. Intenté otra operación mucho más arriesgada: extendí despacio el brazo izquierdo para buscar a tientas la mano izquierda –cualquier mano– de Camila. Encontré primero su brazo izquierdo. Lo toqué levemente, fui bajando y encontré su mano –cerrada como una ostra–. Puse con suave pavor mi mano izquierda sobre la mano izquierda de Camila, siempre cerrada, y arriesgué el gesto postrero, suicida: le estreché la mano muy suavemente. Ella apoyó todavía más la cabeza sobre mi hombro. Yo sentía un anillo de fuego oprimiéndome la frente, sentía un temblor descontrolado en las rodillas, sentía una orquesta en la cabeza. Estaba feliz y aterrado. Después de un rato, ella delicadamente retiró la mano encogida dentro de mi mano. Y la mano de Camila desapareció en la oscuridad.

Cuando terminó la película, tenía el brazo derecho dormido, la mano izquierda me ardía como una brasa, me galopaba el pecho, sentía la boca seca y estaba angustiado. Ella se separó de mí en un relámpago, se volvió con una sonrisa delicada, y yo me levanté. Metí las manos hasta el fondo de mis bolsillos, respiré con toda mi alma y me hundí en una duda ácida: ¿debía salir tomado de la mano de Camila? Ella se encargó de aclarar las cosas: sostuvo fuerte su bolsa con ambas manos, mientras murmuraba:

–¿Vamos?

Salimos caminando seguidos por el séquito de las otras chicas, pasamos junto a las sonrisas victoriosas de Sergio Eston, Fernando y Bernardo; yo extrañaba a Guto Pompéia, él podría explicármelo todo, él siempre tenía una explicación para los misterios de la vida y del mundo, y yo imaginaba cuántos pasos faltarían hasta la entrada del cine.

De pronto recordé con agobio que no le había preguntado si quería ser mi novia. Todavía tenía muchas batallas que librar. Había un largo y desolado camino hasta la acera a través de aquella multitud de cuerpos, en cada cuerpo sentía un par de ojos clavados sobre mí. En la confusión de la salida decidí enfrentar ese peligro mortal.

–Necesito hablar contigo. ¿Podemos caminar más rápido?

–¿Tiene que ser ahora?

Creí que era un buen momento para recurrir, por segunda vez, a mi voz sombría, cuidadosamente ensayada:

–Sí.

Ella bajó los ojos sin decir nada y se fue caminando, guiándome. La seguí. En la esquina, me dijo:

–Hasta aquí puedo llegar. Después voy a reunirme con las niñas. Tenemos que volver juntas a casa.

Ahí, parado en la esquina, yo tenía que mantener una calma que no existía, ante Camila, cara a cara, con el peso de su cabeza, de su pelo, todavía sobre mi hombro derecho, y el suave contorno de su hombro derecho todavía clavado en la palma de mi mano derecha, y en mi mano izquierda el vacío del dorso de su mano izquierda: era todo o nada.

–Es que quería preguntarte algo. Y tiene que ser hoy. Tiene que ser ahora.

Y ella seguía tranquila, mirándome a los ojos.

–¿Puedo?

–¿Cómo voy a saber? Tú eres el que quiere preguntármelo…

No estaba preparado para eso. No estaba preparado para nada.

–Entonces creo que sí puedo.

–Entonces sí puedes.

Y ella inmóvil, mirándome a los ojos. Aventuré:

–Creo que sí puedo.

–¿Y dónde está la pregunta?

– Es que no estoy preparado.

–Entonces, ¿por qué tiene que ser hoy?

–No sé. Pero tiene que ser hoy.

Y ella inmóvil, mirándome a los ojos. Disparé:

–¿Quieres ser mi novia?

–¿Eso era?

–Sí.

Ella sonrió con los ojos, respiró hondo, tardó toda una vida y finalmente dijo:

–Sí.

Y yo inmóvil, mirándola a los ojos. Y ella murmuró:

–Claro.

Y yo inmóvil, mirándola a los ojos.

Y ella siguió. Soltó de nuevo la sonrisa más hermosa del mundo y, sin decir nada, repitió con los ojos “sí”, me volvió la espalda y se fue caminando hacia el grupo de chicas que esperaban en la puerta del cine. Y yo sentí que me hundía poco a poco en el suelo de aquella esquina, y que el cielo de aquella esquina me envolvía como una sábana negra.

Tenía una novia. Y el mundo era mío.)

DICEN QUE ELLA EXISTE
(CINCO HISTORIAS DE SOLIDARIDAD)

Para Lu

I

Ella tenía siete años y en las noches de temporal se hundía en un pavor infinito. A cada trueno que estallaba, a cada rayo que rompía la negrura de la noche y se infiltraba por las venecianas cerradas, sentía la caricia de la muerte que la acosaba, inevitable, desde la oscuridad.

Entonces pedía:

–¿Puedo acostarme en tu cama?

Y oía la voz de su hermano, tres años mayor que ella, transportada por un viento de escarnio:

–Todas las niñas son iguales: se mueren de miedo. Puedes venir, miedosa. ¡Ándale, ven, miedosa!

Ella cruzaba con dos saltos la distancia que la separaba de la noche protectora. Y allí, junto a su hermano, sentía que la explosión de los truenos y el fulgor de los rayos horrorizaban menos.

Mucho tiempo después, ella tenía veintidós años e iba a casarse al día siguiente. Estaba en casa, charlando con su hermano mayor, cuando se soltó el temporal.

Por la ventana del departamento, ambos veían cómo se despedazaba el cielo cada vez que un rayo rompía la noche. Veían también cómo temblaba el vidrio de la ventana cada vez que un trueno estallaba en la negrura.

Ella, tensa y ansiosa, observaba en silencio el temporal. Su hermano estaba sentado en una poltrona frente a ella, dándole la espalda a la ventana y a la noche.

Él le preguntó:

–¿Y? ¿tienes miedo?

–¿De casarme? –quiso saber ella y se rio.

Su hermano permaneció inmóvil un instante y luego dijo:

–De la soledad. Yo qué sé.

–A veces lo pienso –dijo ella–. Pero no quiero pensar en eso ahora.

Y recordó, de repente, que cuando vio a su hermano vestido de traje por primera vez no pudo evitar llorar de emoción. Su hermano lo sabía.

Su hermano empezó a hablar de todos los miedos que había sentido a lo largo de su vida. Insistía: su peor miedo había sido siempre el mismo: el miedo a quedarse solo. El miedo a la soledad.

Con un hilillo de desaliento, susurró:

–Y no hay remedio: nadie, nadie va a poder ayudarme.

La hermana sintió un temblor, caminó hacia la poltrona y acarició la cabeza de su hermano mayor.

Él sonrió y luego dijo:

–Sólo he tenido un miedo peor que ese. Duró un par de años y tú fuiste la que me lo curó.

–¿Yo? ¿Y qué miedo era?

–Cuando éramos niños –dijo él–. ¿Te acuerdas de las noches de temporal en el campo? Me moría de terror. Sentía que iba a desaparecer del mundo. Cada vez que chispeaba un rayo, cada vez que un trueno explotaba, no cabía duda: iba a desaparecer. Rezaba por que vinieras pronto a preguntarme si podías estar conmigo. Y cuando al fin me lo pedías, era un alivio. Porque cuando te decía miedosa e ibas en busca de mi protección, yo me sentía fuerte y protegido.

El hermano mayor encendió un cigarro, miró a su hermana, que estaba de pie frente a él con una sonrisa de sorpresa, y dijo:

–Siempre había querido contártelo, pero me daba miedo contártelo y volver a sentir miedo. Ahora que te lo conté, no siento nada.

Ella no le dijo que el recuerdo de esa protección fue el venero del que había sacado, a lo largo de su vida, fuerzas de la nada para hacer frente a otros temporales, a otras tormentas, a otras tantas noches de pánico.

II

En realidad, cuando me dijo lo que me dijo, me puse furioso. Mi padre había muerto diez días antes.

–Debes saber que ese dolor nunca se te va a pasar, que ese recuerdo va a tomar por asalto cada uno de los minutos de cada uno de los días y las noches que te quedan por vivir. Es un dolor que no va a tener fin, tendrás que acostumbrarte a él.

Mi padre había muerto diez días antes, y yo me sorprendía llorando de repente, en cualquier momento o lugar. Caminaba por la calle, viajaba en un taxi, o estaba sentado a la mesa, comiendo, y explotaba la marea. Y él, en vez de calmarme, de explicarme que todo eso era natural, me advertía, fulminante: no se me pasaría jamás.

El enojo me duró mucho tiempo, hasta que entendí que lo que me había dicho era verdad, y también que aquella había sido la mejor forma de demostrarme que estaba a mi lado.

III

Aquellos fueron tiempos sombríos, pero teníamos una enorme ventaja: éramos jóvenes y creíamos.

Una noche de esos tiempos, cuando nuestra reunión estaba por terminar y alguien distribuía las últimas tareas, escuchamos la alerta:

–Cuidado, ahí vienen.

La desbandada fue general, pero yo tenía que ser el último: a mí me correspondía la tarea de quemar los papeles, sobre todo la lista de nombres y los mensajes. Sólo después podría escapar.

Enrollé los papeles, prendí el encendedor que mi padre me había regalado de cumpleaños y, cuando al fin terminó de quemarse la antorcha, esparcí las cenizas por el suelo y salí corriendo.

Estaba en la calle, me acercaba a la esquina cuando me atraparon. No tenía escapatoria. Mi amigo me había esperado en la puerta, pero corrió más rápido y logró huir doblando la esquina y esfumándose en la noche. Él siempre fue más rápido que yo y, mientras dos agentes me arrojaban al suelo y uno de ellos me pisoteaba la espalda con firmeza diciendo cosas que yo no podía entender, imaginé a mi amigo cruzando el parque y hundiéndose en la bruma. Nadie podría encontrarlo.

Antes de levantarme del suelo tuvieron tiempo de golpearme dos o tres o cuatro veces con un bastón de madera. Ya no veía nada cuando me empujaron al coche, pero sentí que alguien se acercaba. Ellos gritaron con furia, me limpié los ojos y lo vi: era mi amigo. Lo atraparon, lo tiraron y luego lo levantaron y lo arrojaron al asiento trasero del coche, sobre mí.

El auto arrancó en la noche y el hombre gigantesco que iba junto al conductor volteaba a cada rato para distribuir golpes al azar. Casi todos acertaban.

Dos días después nos soltaron. Era mi primera vez, sentía que había aguantado bien. Por lo menos, había salido entero y caminando.

En la calle, mi amigo me dijo:

–Esa noche regresé porque sentía que no podía dejarte solo. Una vez me llevaron solo. Es mucha desesperación. Cuando te agarran solo es mucho peor.

Todavía nos vemos de vez en cuando. Nunca volvimos a hablar del tema.

Él sabe que yo sé cuánto le debo. Y también sabe que sé que jamás voy a poder pagárselo, y sabe que yo sé que él lo sabe. Pero estoy seguro de que, para mi amigo, nada de eso tiene la menor importancia.

IV

Aquel invierno rabioso, ambos cumplían cincuenta años de una vida vivida en común.

Él todavía sentía la misma emoción y el mismo deslumbramiento cuando llegaba a casa al atardecer y la encontraba sentada en una silla de mimbre, en el porche de su casa amplia y blanca, esperándolo. Rozaba la frente de su mujer con un beso fugaz y se dirigía a la sala. Eran así, un tanto solemnes y siempre rodeados de silencio. Y así habían vivido la vida vivida.

Era un hombre rígido, que trabajaba sin hacer caso al calendario.

Aquellos días de aquel invierno rabioso arrastraba una gripa impertinente y ácida que le aflojaba el cuerpo y parecía robarle parte del aire al respirar, pero no le daba mayor importancia. Era médico y, tal vez precisamente por eso, no solía hacer caso cuando lo aquejaban cosas menores como una gripa sin gracia, por impertinente que fuera.

Esa noche fue a acostarse temprano. Llovía fuerte cuando, poco antes de las nueve y media, alguien tocó el portón.

Mientras se levantaba y buscaba una bata para ir a ver quién era el forastero, su mujer se envolvió en un impermeable y se le adelantó.

–Es Vidigal, el de Casemiro Sales –le dijo a su marido–. Dice que la hija de Casemiro está ardiendo en fiebre. Pide que vayas. Le dije de tu gripa, le pedí que esperara hasta el amanecer, sobre todo con este aguacero del diablo, pero Vidigal dice que su patrón está preocupado e insiste.

–Pues entonces voy –dijo el hombre–. Tengo que ir. Me visto, ensillo el caballo y parto.

–¡Pero está a hora y media de aquí, hombre! ¡Y campo adentro, con esta lluvia!

–Voy. Tengo que ir.

–Voy contigo.

–Voy solo. Vidigal y yo, nadie más.

Seis meses antes, por una tontería, una discusión sobre cuestiones de tierras, Casemiro Sales, un hacendado que poseía leguas de campo, se había peleado con él. Lo que es más: le había dicho que si volvía a verlo en sus tierras, se diera por muerto. El médico miró a Casemiro Sales y le dijo:

–De ser así, máteme ahora –luego le dio la espalda y se marchó con paso tranquilo.

No habían vuelto a hablarse, y ahora ahí estaba Vidigal, pidiendo favores en nombre de su patrón.

Cuando el médico volvió a aparecer, llevando en la mano derecha el maletín de cuero donde transportaba sus instrumentos de trabajo y sosteniendo con la otra mano las riendas de un caballo empapado, dijo:

–Apresurémonos.

Estaba envuelto en una capa y el agua le chorreaba del ala del sombrero. Su mujer, una vez más, intentó ir con él: creía que su presencia lo protegería de la lluvia y de las amenazas de antaño. Pensaba: “¿Y si cuando llegue ya se murió la niña? ¿Y si no puede hacer nada y se le muere en los brazos?”

Sentía que no podía, que no debía dejarlo solo. Pero conocía a su marido desde hacía más de cincuenta años, tiempo más que suficiente para saber que, después de negar algo, jamás volvía atrás.

Vio a los dos jinetes hundiéndose en el temporal y en la noche, y sintió crecer su angustia. Recordó la gripa de su marido. Sabía que era necesario: nunca se perdonaría dejarlo solo. Pero también sabía que nadie, jamás, le arrancaría su marino de un “no” que él hubiese dicho.

Calculó: una hora y media de ida bajo la lluvia, otro tanto de regreso. Y la oscuridad y la amenaza, la aprehensión, y él solito allá, con su enemigo como única compañía, intentando salvar la vida de la hija del hombre que lo había amenazado de muerte. Él solito, solito.

Entonces lo decidió. Salió del porche, bajó al jardín que había frente a su casa, que seguía intacta, amplia y blanca, bajo el velo de la lluvia. Y allí, en el jardín, abrió los brazos bajo el aguacero. Sintió que su cuerpo se empapaba, sintió los primeros temblores del frío, sintió que se bañaba de lluvia y noche hasta el alma.

Era la única forma de acompañar al hombre que la había acompañado durante cincuenta años: de estar con él, aunque fuera a la distancia. Allí, sin protegerse de la noche, teniendo como único abrigo la intemperie.

V

El hombre estaba en la sala leyendo el periódico en una poltrona forrada de tapiz de flores.

Mientras leía el periódico, recordaba otros días, otros momentos. Recordaba a su abuelo médico, recordaba a su padre muerto, recordaba a su hermana, recordaba a su amigo, y al recordarlos estaba con todos ellos.

El hombre estaba leyendo el periódico cuando su mujer le pidió que fuera a bañar a su hijo.

El hombre preguntó si el niño no sabía bañarse solo. La mujer dijo que sí, pero que siempre convenía echarle un ojo. A fin de cuentas, no tenía más que seis años.

El hombre dobló el periódico antes de dejarlo en el suelo, se bebió el resto de lo que había en el vaso y fue al baño. El niño ya se había quitado la ropa, estaba en la ducha y pidió:

–¿Me abres la llave? Ábrela y haz que salga tibia, papá.

En el tono de voz del niño había cierta solemnidad que le hizo gracia al hombre. Primero abrió la llave del agua caliente, tras apartar al niño hacia un rincón de la ducha. Puso la mano bajo el chorro y, poco a poco, fue abriendo la otra llave. Hizo todo aquello como si llevara a cabo una especie de ceremonia, dándole importancia a cada gesto. Finalmente, le dijo a su hijo:

–Pruébala. Creo que así está bien.

El niño se metió bajo el chorro y le agradeció:

–Está perfecta, papá, gracias.

El hombre se quedó viendo cómo su hijo se enjabonaba el cuerpo y se preguntó si toda aquella meticulosidad sería normal o si se trataría de una representación para impresionarlo. Para establecer normas y límites, insistió en recordarle que estaba allí en una misión supervisora:

–No se te olvide lavarte la cabeza.

El niño, entonces, le pidió:

–¿Me pones champú en el pelo? Es que tengo que cerrar bien los ojos y si no veo nada no logro ponérmelo.

El hombre pensó preguntarle a su hijo qué tenía de difícil ponerse champú con los ojos cerrados, pero prefirió no decir nada.

Sin dejar la solemnidad, el niño se quejó dos veces: quería más champú.

–Mamá siempre me echa dos veces, para que el pelo me quede bien limpiecito –explicó, con cierto enfado.

De pronto, todavía con los ojos cerrados, el niño le dijo a su padre:

–Esa Cecilia, ¿ya sabes cuál?

–Ajá –dijo su padre, que en realidad no sabía de quién se trataba.

–Es inmunda. Es una puerca.

–¿Cecilia? –quiso saber su padre, dándose cuenta de que entraba en un terreno peligroso. No tenía ni la menor idea de quién era Cecilia.

–Sí, ella. Es una cochina. Ni te imaginas.

–Pues, no, no me imagino. No parece. ¿Por qué dices eso de Cecilia?

–¿No parece? ¡Claro que parece, papá! Es una cochina, una asquerosa, una fea. La odio. Cecilia es la niña más sucia de mi salón. La más cochina de todas las niñas de mi salón.

El hombre respiró aliviado: ahora sí, sabía quién era Cecilia. Recordó una carita redonda y dos enormes ojos azules.

–Es la niña más cochina y más fea y más asquerosa de toda la escuela.

Entonces el padre se dio cuenta de que su hijo estaba empezando a llorar. Antes de que tuviera tiempo de decir nada, el niño prosiguió:

–Es la niña más asquerosa del mundo. No hay nadie más horrendo que Cecilia. La detesto más de lo que detesto a toda la gente que detesto. Es fea y es horrible, ¿sabes?

–No, hijo. No lo sé. No lo sabía.

–¡Sí, lo sabes! Todo el tiempo se le escurren los mocos, papá –y el niño lloraba cada vez más fuerte bajo el chorro de la ducha–. Hoy mismo le chorreaba la nariz, es una cochina, es…

El hombre aprovechó que el llanto le había cortado la voz al niño y dijo:

–Pero hijo, cuando uno está resfriado…

–Ella es peor, papá –lo interrumpió el niño, sin dejar de llorar–. La odio y ya no quiero hablar con ella ni mirarla ni que ella me mire ni que me hable ni que se siente en mi salón ni que vaya a mi escuela ni que viva en mi ciudad.

Y tuvo que interrumpirse de nuevo, porque de nuevo el llanto le cortó la voz. El hombre se preguntó cómo habría comenzado todo aquello. Quería hacer algo para mitigar la tristeza del niño, pero no sabía qué ni cómo. Decidió estarse quieto. Estaba arrodillado en el piso frío del baño y había abierto la cortina de la ducha; el agua le salpicaba la ropa, pero al hombre no parecía importarle. Y entonces el hombre recordó a su propio padre y sintió una punzada en el cuello.

–Lo peor de todo –dijo el niño de pronto, llorando cada vez más fuerte– es que hoy Cecilia dijo que ya no va a ser mi novia. Dijo que ahora es novia de Rafael. Odio a esa asquerosa, a esa mocosa, fea, mugrienta…

Y entonces el padre hizo lo único que podía hacer para decirle al niño que entendía todo aquel dolor infinito, y que no podría impedir ese dolor ni impedir que ese mismo dolor volviera a aparecer muchas veces a lo largo de su vida; tenía que mostrarle al niño que daría lo que fuera por evitarle aquel dolor y todos los que aún estaban por venir.

El padre se metió bajo el chorro la ducha, se arrodilló junto a su hijo, lo abrazó con fuerza y se echó a llorar con él.

MI PIE DERECHO

Entre el primer y el tercer piso, conté cincuenta y cuatro golpes de mi pie derecho contra el suelo del elevador. Hoy, cuatro años después, puedo dar sesenta y ocho golpes con ese mismo pie mientras recorro el mismo número de pisos –siempre y cuando, claro, se trate de un elevador normal–. Hay que dar el primer golpe en el momento en que la puerta del elevador se cierra y el último cuando se abre. Se apoya el talón y debe dejarse el pie, necesariamente, en el mismo punto.

Era la primera vez que hablábamos por teléfono después de un año, y la primera vez que íbamos a vernos después de un año. Subí esos tres pisos y di cincuenta y cuatro golpes con el pie derecho. Evolucionaba con rapidez.

Cuando apreté el botoncito del timbre del departamento sentí un calor por dentro, y mi angustia y miedo desaparecieron cuando te vi al otro lado de la puerta, bronceada por el sol de la travesía. Tu blusa tal vez era blanca, tenías un collar de oro con un colmillo de jabalí en el cuello y no hablamos mucho al principio. Te recuerdo con tus ojos grandes, acariciándome la cara y diciéndome que yo estaba más flaco, y se trataba de una pequeña venganza. En realidad, había engordado tres kilos.

Luego reclinaste la cabeza sobre mis piernas, en el sofá, y volvimos a guardar silencio. Yo quería dejar atrás la amargura y las cosas que había perdido pero que estaban atrapadas en mi memoria. Luego salimos y caminamos mucho tiempo hasta encontrar un bar completamente blanco, que nos pareció un buen lugar. Nos sentamos y nos pusimos a charlar y a decir que todo volvería a ser nuestro, pero no igual, sería mejor, las mejores cosas serían las que haríamos, y nos pusimos a hablar de esas cosas y renuncié a las pequeñas y amargas derrotas de los últimos tiempos.

En realidad, era como si me sintiera otra vez lleno de fuerza y sabiduría. Quería mi lugar y mis cosas de vuelta, aunque no sabía bien cuál sería ese lugar y, mucho menos, qué cosas serían aquellas.

Sólo que ya nada sería igual, pese a lo mucho que nos lo repetimos el uno al otro. Decíamos que las cosas mejorarían porque no podíamos dejar de creerlo.

Esa era nuestra única salida y, cuando se acabó, cuando vimos que las cosas no serían ni mejores ni iguales, que simplemente no serían nada, cuando lo vimos, no supimos cómo volver a contar historias o descubrir maravillas inesperadas.

Eso fue un 10 de diciembre, hace cuatro años.

Hoy en día, en un elevador normal, doy sesenta y ocho golpes con el pie derecho, en promedio, entre el primer y el tercer piso.

Obviamente no puede haber nadie más en el elevador para que pueda concentrarme en el ritmo y, sobre todo, en la respiración, porque esas dos cosas son fundamentales. He desarrollado varias técnicas paralelas para las distancias más largas, pero por el momento sé que siempre alcanzo mi mejor desempeño en las distancias cortas, entre el primer y el quinto piso. También sé que con el paso del tiempo acabaré dedicándome a las distancias mayores, que no permiten tanto esplendor en cuanto al número de golpes del pie derecho, pero que dan lugar a primorosas exhibiciones de táctica, regularidad y resistencia. El problema que se me ha presentado en los intentos de larga distancia –aunque, claro, no tengo ninguna responsabilidad en ello, dado que mi especialidad siguen siendo las distancias de hasta cinco pisos– es que los edificios más altos son más modernos y sus elevadores alcanzan velocidades alucinantes. Un día de estos probé en un hotel y quedé anonadado: ni de subida ni de bajada pude mantener, en un tramo de dieciocho pisos, un promedio superior a los seis golpes por piso. Probé con mi especialidad y, entre el primer y el tercer piso, no pude dar más que cuarenta y dos golpes. Tendré que estudiar mejor la cuestión tecnológica para fijar mis metas.

Como sea, hay que reconocer que estoy en excelente forma y en plena evolución. El incidente del elevador del hotel no quiere decir nada. Pensándolo bien, tal vez no me concentré como debía en la respiración y en el ritmo que, como dije, son aspectos fundamentales. Claro que no había nadie más en el elevador.

Claro que las cosas no fueron exactamente como dijimos que serían aquella tarde. Pero teníamos que decir todo eso, teníamos que repetirnos muchas veces las mismas palabras, compartir fuerzas y mentiras por un poquito más de tiempo, yo lo sé.

II LA PREGUNTA

LA NOVIA DEL BATALLÓN

Su pelo era muy claro y lacio, con raya en medio, y le caía hasta los hombros sobre la blusa de cuello bordado. Su nariz era pequeña y delicada, y su boca, bien delineada, reposaba serena con un rasgo de timidez. Sus cejas formaban un arco cuidadoso; también eran claras, aunque un poco menos que su pelo, y parecían terminar en el punto preciso. Su frente tenía la amplitud del equilibrio perfecto. Era especialmente hermosa la cara de la fotografía.

–Tiene boca de chupadora –susurró Alfonso.

–Más respeto –respondió riéndose, con otro susurro, Alfredo.

Ellos dos eran los primeros que veían la fotografía, según el dichoso orden alfabético que quién sabe quién se había inventado. La venganza de los demás, o sea, de todos nosotros, era que la circulación de las fotografías seguía un orden riguroso. El ritual se repetía dos veces a la semana, los miércoles y los viernes. Ellos dos tenían que esperar hasta que el último de nosotros examinara cada foto antes de poder mirar la siguiente. Había tres fotos en blanco y negro y ocho a color.

Después del baño y antes de que nos llamaran a cenar, nos sentábamos en orden alfabético en esas bancas largas del vestidor y las fotos empezaban a circular.

Primero estaba siempre la de la cara en blanco y negro. Pasadas las primeras cuatro o cinco sesiones, esa foto circulaba rápido: en un minuto llegaba a Virgilio y entonces empezábamos a examinar la segunda. Era otra foto en blanco y negro: mostraba a la joven de pie, recargada contra un muro alto y blanco. En esta foto, tenía la cara un poco volteada hacia la derecha, levemente en alto, con un gesto de contenido atrevimiento, pero nadie ponía mucha atención a ese tipo de detalles. La joven vestía jeans y una blusita clara con los hombros al aire, y cada uno de nosotros, a su manera, imaginaba lo que la blusita, más que ocultar, insinuaba: unos senos redondos, de tamaño preciso, potentes y osados.

Con esta foto empezaba una especie de leve agitación en aquella fila de jóvenes solitarios sentados en los bancos del vestidor. Es curioso, pero mucho tiempo después del día en que empezó ese ritual, meses y meses más tarde, aquella foto seguía provocando un ligero temblor en los cimientos de cada uno de nosotros. Roberto, Silvio y Tulio eran los más afligidos, pero ni siquiera la suma de las aflicciones de ellos tres se acercaba a la angustia y la ansiedad de Virgilio, sobre todo a la hora de las últimas cuatro fotos.

La tercera era una foto a colores. Mostraba a la chica a tres cuartos, y estaba tomada de un modo peculiar. El fotógrafo se había puesto en tal posición que mostraba la cara de la joven medio de lado, la boca ligeramente abierta en un esbozo de sonrisa, y podía verse el brillo de sus labios húmedos, como si acabara de recorrerlos con la punta de la lengua. Además, y en esto radicaba el gran truco del fotógrafo, la mayor parte de la imagen estaba ocupada por el cuello y el escote de la muchacha, los tres primeros botones de su camisa a cuadros estaban evidentemente abiertos, había pecas en la curva de sus senos, y uno de ellos, el izquierdo, asomaba casi por completo, un poco más claro que la piel del escote, donde podía verse la marca del sol. Era un pecho firme, que mostraba una curva absolutamente perfecta, dejando lo poco que seguía oculto a la imaginación, cada vez más desenfrenada, de aquel público de pobres diablos.

Las dos fotos que seguían también eran a color y formaban una secuencia. Cuando la primera de esas fotos circulaba empezaban a pedir que la pasaran más rápido, sobre todo los que estaban después de Luis.

En la primera de esas fotos, la joven aparecía de espaldas, en un atardecer, contra un mar azul claro. Era una foto bastante buena. El cuerpo de la joven estaba a contraluz, de manera que sólo se veía su silueta esbelta. Mirándola con atención, podía notarse que sólo llevaba puesta la parte de abajo de un bikini color rosa claro y que había un leve brillo dorado en la parte interna de su muslo derecho, poniendo en relieve una delicadísima capa de vello claro y ligeramente erizado, las piernas un poco abiertas.

Pero el primer punto de ebullición se alcanzaba con la siguiente foto.

Mostraba a la joven tendida en la arena, sobre una toalla blanca. El fotógrafo, esta vez, se había tumbado en la misma arena, y mostraba en primer plano las plantas de los pies de la joven, sus piernas que parecían infinitamente largas y terminaban allá lejos, en la curva de sus muslos absolutos y, finalmente, las dos colinas dentro de la exigua tela rosa claro, una visión de delirio para cada par de ojos en aquella larga banca de vestidor.

A menudo se respiraba una tensión tremenda, sobre todo cuando el trío que conformaban Mario, Osvaldo y Pedro pasaba más tiempo del debido examinando cada fotografía, intercambiando comentarios delirantes sobre lo que harían si pudieran acostarse sobre aquel paisaje.

–Esa aguanta de todo y al mismo tiempo –decía Mario.

–Aguantará en tu caso. Yo la haría gritar –contravenía Osvaldo.

–Conmigo gritaría al principio, luego aguantaría de todo, yo sé hacer esas cosas con calma y ellas no lo olvidan nunca, siempre vuelven a pedírmelo –remataba Pedro.

Entre un comentario y otro pasaban algunos minutos. En realidad, pocos hacían comentarios en voz alta. Era una especie de provocación para los demás.

El sádico que había inventado el orden del desfile de fotos había decidido que la secuencia continuaría con tres fotos en blanco y negro, y estas pasaban a toda velocidad por la banca del vestidor.

Las dos primeras mostraban a la joven caminando por la calle. Una hasta estaba medio fuera de foco: la joven de frente, con un vestido que le llegaba un poco arriba de las rodillas, sonreía haciendo con la mano derecha un gesto que parecía querer alejar al fotógrafo.

En la segunda se limitaba a sonreír, un tanto resignada a que la sorprendieran mientras caminaba por alguna calle de alguna ciudad que nadie sabía –y en realidad nadie quería saber– cuál era.

La tercera y última foto de la secuencia la habían arrancado de algún documento. Era uno de esos retratos individuales típicos, en que la joven aparecía seria y sin gracia, el pelo muy claro recogido en la nuca y las orejas delicadas adornadas con pequeños aros plateados.

Recuerdo la vez que Marcos decidió vengarse del trío que venía después de él en la banca del vestidor.

–Mira qué orejita –decía él–, mira qué cosa tan rica, le voy a dar una mordidita a esta orejita y voy a sentir estos aretitos de plata entre los dientes –y decía todo eso con los ojos entrecerrados contemplando esa foto banal, arrancada de algún documento escolar.

Mario, Osvaldo y Pedro empezaron a decir “Apúrate, apúrate”, y cuando tal foto sin gracia llegó a las manos del trío, pasó volando.

El ritual llegaba a su fin –un fin muy prolongado– con el examen de las cuatro últimas fotos. A veces Virgilio se veía obligado a esperar hasta media hora para recibir la primera foto de la serie.

Un día, Carlos tardó seis interminables minutos mirando una de las fotos –la tercera, si no me equivoco– y acabó desatando la furia de David, que era enorme y amenazó con arrebatarle las fotos a golpes.

La amenaza, expresada a gritos, forzó la intervención de algunos, que impusimos las reglas previstas: en caso de amenaza de agresión física, el infractor sería sumariamente expulsado de la banca y suspendido por una semana.

–Por lo menos deja que le eche un ojito a esa antes de irme, nomás un ojito, la otra puedo perdérmela, pero esa no –gemía David, pero la ley es la ley y fuimos implacables.

Las cuatro últimas fotos eran, en este orden: la joven tendida en un sofá blanco, leyendo una revista. La revista ocultaba el rostro de la joven. El fotógrafo se había puesto frente a ella y mostraba la pierna derecha de la joven ligeramente levantada, el pie sobre un cojín bordado, la pierna izquierda extendida. Mostraba el espacio que había entre sus piernas, una leve sombra sobre la pierna izquierda y finalmente la tela de un calzón blanco. La joven llevaba un vestido amarillo, bastante corto, la tela un poco arrugada sobre el vientre y luego, en la esquina derecha de la foto, la revista tocándole la cara y tocándole los senos atrevidos. Las manos que sostenían la revista tenían los dedos estirados, las uñas recubiertas de un esmalte rojo vivo.

La siguiente foto mostraba a la joven de pie, mirando al fotógrafo, con media sonrisa en la boca, el vestido amarillo realmente corto, las piernas bronceadas y perfectamente delineadas, y el vestido le quedaba ajustado sobre el cuerpo, la tela suelta hacía pequeños pliegues aquí y allá, las puntas de sus senos agredían la tela suelta del vestido corto y amarillo, y uno de los tirantes se le había deslizado hasta la mitad del brazo izquierdo, y ella, como quien no quiere la cosa, se levantaba levemente un pecho con la mano derecha o tal vez se levantaba levemente un pecho con la mano derecha precisamente porque quería provocar al fotógrafo.

En esta foto, en la que aparecía de pie con un vestido amarillo y corto, la joven parecía desafiar, desaforada, al mundo.

Las otras dos, que cerraban el desfile, eran una locura. En la primera, un haz de luz amarillenta iluminaba la cara de la joven, volteada hacia un lado.

La joven tenía los brazos cruzados detrás nuca; uno un poco más arriba que el otro. Y ahí empezaba el pandemonio: la foto retrataba a la joven un poco por encima de la línea de la cintura, lo suficiente para que sus senos redondos y pequeños y firmes y potentes y atrevidos se mostraran en todo su esplendor, apuntando erectos hacia la cámara, con furia.

Cada uno de nosotros contemplaba el torso de la joven en riguroso silencio y lenta exhibición.

En la última foto, la joven aparecía recostada en una cama matrimonial. Las sábanas se habían amontonado sobre sus pies y la joven estaba recostada sobre unas almohadas sumergidas en fundas azules. Estaba desnuda y sonreía de manera diabólicamente angelical. Sus brazos estaban abiertos en cruz y sus piernas estaban en una posición rara, en una especie de ballet extraño sobre la sábana. El cabello de la joven empezaba claro, en las puntas, e iba oscureciéndose conforme se acercaba a la raíz.

El fotógrafo se llamaba Ricardo y era uno de los últimos de aquella fila de quince animales. También era el único que conocía cada secreto de la joven con todos sus detalles.

Había sido su novio desde los tiempos de la preparatoria, o sea, tres años y medio antes de llegar a aquella banca del vestidor, en un cuartel de los suburbios de la capital.

Cuando lo arrojaron a nuestro grupo, se despidió de la joven de forma larga, torpe y furiosa. Sabía que iba a estar en el cuartel un año y medio, y que durante todo ese tiempo habría largos períodos en los que no se verían. Casi novecientos kilómetros separaban el cuartel de la ciudad donde vivían.

Ricardo había sido el primer hombre de la joven.

–Yo quería, pero pensaba que no debía hacerlo –me explicó al recordar la primera vez, cuando ambos tenían dieciséis años–. Ella también quería y también pensaba que no debía. Hacíamos un poco de todo. Un día no pude aguantarme, se la metí hasta el fondo. Ella lloró un poco, pero luego me pidió más, me pidió que fuera despacito, fui despacito; luego quiso otra vez y entonces me dejé ir. Antes de que me mudara aquí hacíamos de todo, todo el tiempo, una locura.

–Es una loquita, tendrías que verla –me contó cuando volvió de su primera visita, después de seis meses de cuartel. Fue entonces cuando nos llevó las fotos. Primero nos enseñó sólo las que nos podía enseñar. Ni siquiera llegó a las fotos de la playa.

Pocas semanas después, y sin que nadie jamás explicara o preguntara nada, el sargento nos mandó llamar y cinco de nosotros nos ganamos cuatro días de licencia. Fue algo inesperado y tuvimos que juntar dinero entre todos para que Ricardo pudiera ir a su ciudad.

Cuando volvió, estaba silencioso. Pasó días sin responder más que lo inevitable. Luego me llevó al corredor de las duchas y me contó:

–Llegué el día que la descubrieron con un muchacho en la alberca. Ella se lo estaba fajando y él tenía la mano entre las piernas de ella. Los suspendieron del club un mes, se enteró toda la ciudad.

Encendió un cigarro y prosiguió:

–Entonces le metí unos bofetones, a ver si aprende a ser puta. La dejé llorando y me sentí un poco mal, pero igual me fui.

A la semana siguiente nos mostró las demás fotos y él mismo organizó el ritual. En realidad, él casi nunca veía las fotografías.

A veces, todo aquello –el desfile, las reacciones– se me hacía un tanto gracioso. Otras veces me parecía un tanto ingenuo. La muchacha era novia de todos nosotros.

Aquello duró más de un semestre, pero después de cierto tiempo empezó a fastidiarme y ya casi no iba a las reuniones. Recuerdo la última vez que fui, tras una ausencia de mes y medio: algunas fotos estaban arrugadas, opacas, y tres tenían manchas grasosas, cosa que acabó de fastidiarme.

Todo eso sucedió cuando éramos jóvenes. Cuando salimos del cuartel, cada cual siguió su camino. Hace años que no veo a ninguno de los miembros del pelotón. A Ricardo lo vi algunas veces. Luego se mudó al sur. De la joven no volví a tener noticias. La verdad es que ya hasta se me había olvidado su nombre.

El viernes pasado, y años y meses después de salir del cuartel y llevar mi vida por otro camino, iba entrando al hotel cuando me detuve en seco. Ella se estaba bajando de un taxi. No podía estar equivocado. Era el mismo cabello claro con raya en medio, los mismos rasgos, el tiempo apenas si había pasado por ellos. Era un poco más alta y más delgada de lo que parecía en las fotos de hacía tantos años. Y mucho más guapa.

Yo estaba en un hotel de la playa; había ido a pasar el fin de semana solo, decidido a beber, dormir y no pensar en nada, mucho menos en mí mismo. Volví a verla cuando entré a cenar al restaurante. Estaba sentada sola en el bar y en su mesa sólo había un vaso con una bebida roja. Me senté en la barra y me puse a mirarla, con insistencia. Poco después llegó un hombre alto y canoso, que se sentó con ella.

Cuando pedí la cuenta, noté que ella me miraba. Una oleada de osadía me cubrió y le indiqué, con un leve gesto de la cabeza, el camino hacia los baños. Me levanté, me quedé esperándola frente a la puerta que tenía el letrero de “Caballeros”, y poco después ella apareció.

–Vaya que eres atrevido.

–No es precisamente lo que estás pensando.

–No estoy pensando nada. Sólo que eres un poquito demasiado atrevido.

–Y, sin embargo, viniste.

Ella no dijo nada y se metió al baño de mujeres. Cuando salió, yo seguía allí. Le puse en la mano un papel donde había escrito doce palabras y el número de mi cuarto.

A la mañana siguiente, apareció.

En cierto modo, siempre supe que, si habría de ser, sería así. Casi no dijimos nada, pero yo siempre supe que, si pasaba algo, no diríamos casi nada.

Intenté hacerlo todo con clase, delicadeza y calma. Sólo que mi furia era de antaño y, cuando quise volver a empezar, ella dijo que no.

–Eres muy brusco –dijo, y la palabra brusco me hizo gracia.

En realidad me había parecido medio desabrida, pero preferí dejarlo por la paz. Le acaricié el cuerpo con calma, pero ella parecía estar distante, un poco molesta.

–La verdad –dijo ella– es que pensé que ibas a ser mejor.

Seguí tranquilo. Ella encendió un cigarro y se quedó tendida en la cama.

–No sé qué vine a hacer aquí. Nunca hago estas cosas. Yo nada más hago lo que quiero y la verdad es que ni tenía tantas ganas. Supongo que me dio curiosidad. Pero, en serio, pensé que serías un poquito mejor.

Entonces me levanté un poco, me apoyé en la almohada y me quedé viendo el cuerpo tendido a mi lado.

Lo recorrí todo, delicadamente, con los dedos de la mano derecha. Ella siguió fumando y mirando el techo.

–Es que me acuerdo de ti –empecé a decir y me detuve.

–¿De mí?

–Fue hace mucho tiempo. Olvídalo.

–Qué te vas a acordar. Yo nunca olvido a nadie. Nunca te he visto.

Y entonces la volteé de bruces, ella intentó resistirse, me tendí encima ella y ella seguía intentando resistirse, pero al final se dio por vencida. Me tendí encima de ella y dije:

–Yo también creí que ibas a ser mucho mejor. Hace diez años, creía que eras mucho mejor. Todo el mundo creía que eras mucho mejor. Ricardo juraba que eras una loquilla. Pero cuál.

Ella me dejo hacer lo que quise. Cuando me dejé caer a un lado, se levantó y se vistió sin decir nada. Luego se paró junto a la cama, me miró y dijo:

–Eres malísimo. Eres pésimo. Eres sucio. No vales nada. Ninguno de ustedes vale nada. Todos ustedes son una mierda.

Al salir, dejó la puerta del cuarto abierta y tuve que envolverme en una sábana para ir a cerrarla, porque a esa hora las camareras pasaban por el corredor.

LA SUZANITA

El Peugeot se detuvo en la esquina de la gasolinera. Allí se terminaba el asfalto y empezaba el camino de terracería. Era como la frontera del mundo con otro mundo. De allí en adelante, continuaría a pie.

–Precaución, compañero –había dicho el Gitano la noche anterior, mientras nos acabábamos el café.

El chofer gordo y asoleado se sacó un pañuelo del bolsillo y, sin quitarse el cigarro de la boca, se secó la frente, la barbilla y la nariz. Luego miró el taxímetro, que marcaba dieciocho cuarenta, y dijo:

–Veinte.

Le extendí dos billetes de diez y uno de cinco y dije:

–Gracias.

Él gruñó algo incomprensible. Bajé del coche.

Me quedé parado en la carretera, justo allí, en la frontera entre el asfalto y el camino de terracería, viendo cómo el taxista maniobraba sin ninguna pericia, volvía a subir el Peugeot al asfalto y, al poco tiempo, desaparecía.

Cruzar la frontera entre los dos mundos por la derecha de la gasolinera, doblar a la derecha en el primer callejón, caminar cuatro cuadras, hacer alto, encender un cigarro, continuar, ahora hacia la izquierda por otro callejón sin asfalto, seguir hasta llegar a un bar llamado La Suzanita, tal cual, con z. Alguien estará allí, dijo el Gitano, que era de pocas palabras.

–¿Él va a estar allí?

– Quizás. Es posible. Todo es posible.

– Quiero saber. Tengo que saber.

– Quizás.

El Gitano vació la taza de café, se tocó la punta del bigote con el dedo, prendió un cigarro y no dijo nada. Realmente era de pocas palabras. Poquísimas. En realidad no me caía bien. Me observó durante unos instantes; me sentía medio ridículo y un poco irritado, y al cabo dijo:

–Una y cuarto –y después completó–: Más vale que no te retrases .

Yo había llegado cinco minutos tarde a nuestra cita de aquella noche. Lo miré y dije en voz baja:

–Vete a la mierda.

Yo pensaba en el hombre con el que me reuniría y en la última vez que habíamos estado juntos, un par de meses antes, cuando las cosas eran distintas y todos distribuían promesas en las que creían.

No llevaba reloj, pero al dejarme allá atrás, en la frontera entre el asfalto y la terracería, en la gasolinera, el chofer del Peugeot me había asegurado que faltaban quince para la una.

El sol de octubre empezó a arderme en la cara cuando doblé a la derecha y siguió ardiéndome a lo largo de las dos cuadras siguientes, y también cuando me detuve y encendí el cigarro a destiempo. Miré hacia atrás: un niño venía por la calle, nada más. El niño pasó junto a mí, mirándome los pantalones descoloridos. Esa gente nunca dice nada: es pobre y silenciosa. Las ventanas estaban cerradas y pude ver que allí adelante, bajo un árbol, había un pequeño Fiat 600. La calle estaba muerta, como todo lo demás.

En la siguiente esquina doblé a la izquierda y seguí caminando, el sol me ardía en la nuca, una, tres, cinco cuadras, ¿llegaré a tiempo?, y aceleré el paso, el bar debe estar cerca, pero tengo tiempo, pensé, tengo tiempo y si ya está ahí y llego tarde va a ser desagradable, y caminé aún más deprisa y vi en la siguiente esquina el letrero de Coca-Cola que anunciaba, al fin, La Suzanita.

Había dos puertas abiertas hacia la acera de cemento cubierta por el polvo de la calle y una camioneta polvosa en la otra esquina, y yo intuía que había gente oculta, alerta, en las cercanías.

Dos puertas abiertas y allá adentro, nadie: tres mesas de metal, una barra, repisas con latas y botellas, letreros de cigarros. Me puse a esperar. De pronto, detrás de la barra, surgió un muchacho de unos quince años. Le dije “Buenas”, procurando arrastrar todas las letras para darme un aire de perezosa familiaridad y serenidad, pero él no contestó.

Un radio viejo chillaba el noticiario de la una, y el muchacho dirigió los ojos hacia una mesa que había en un rincón. Seguí su mirada: en la mesa, una botella solitaria de Corona entre dos vasos vacíos, como si estuviera esperándonos a mí y a alguien más, y sólo eso. Me senté, me serví un vaso.

Mientras me bebía la cerveza, el muchacho desapareció por una puertecita estrecha que había entre las repisas y me dejó solo. El radio seguía chillando los resultados del campeonato regional de futbol y anunció que era la una y media. “No va a venir”, pensé.

Los caminos de terracería seguían sumidos en un silencio de medianoche bajo el sol implacable. Empecé a preguntarme cómo le haría para retomar el contacto con el sindicato cerrado y tantos cambios en la vida. Había llegado de muy lejos y necesitaba salir de allí con información que sólo él podría darme, a cambio de información que sólo yo podría darle a él. Era una reunión crucial, había sido cuidadosamente planeada, con todas las precauciones y algunas más. Quince minutos de retraso y él nunca se retrasaba. Quince minutos era el tiempo que tendríamos para reunirnos.

De pronto, detrás de la barra surgió un ruido de pies ligeros que se arrastraban. Miré: había una joven de unos veinte años, misteriosamente hermosa y serena. Murmuré “Buenas” otra vez, pero otra vez fue en vano. Ella miró hacia la calle y desapareció por la puertecilla que había entre las repisas, para volver a aparecer al poco tiempo indicándome, con un gesto afligido, que me acercara. Miré hacia la calle: todo seguía igual. Rodeé la barra y entré por la misma puertecilla que había entre las repisas. Ella me miraba con ojos asustados. Había un minúsculo collar de gotículas sobre sus labios. Era una niña sombría y guapa. Tenía una cierta furia en los ojos. Me le quedé viendo en espera de alguna palabra, de alguna señal. Ella me miraba con una angustia juvenil mientras buscaba las palabras. El silencio pareció durar media vida, hasta que dijo con voz serena:

–Sucedió algo.

El resto brotó como un torrente: no iba a haber reunión, yo tenía que volver al hotel de la ciudad y esperar hasta las diez de la mañana del día siguiente. Si nadie iba por mí, tenía que volver inmediatamente a la capital y buscar refugio hasta que todo se calmara. Luego me señaló una puerta que daba al patio y me dijo que más allá del patio había otro callejón y que debía caminar rápido hasta la gasolinera, donde me esperaba un taxi para llevarme de vuelta a la ciudad.

Era esbelta, tenía una angustia en los gestos que contradecía la serenidad de su voz y el brillo inmóvil de sus ojos. Me tocó ligeramente la mano, a manera de despedida; luego, en un arrebato inexplicable, me abrazó, antes de empujarme hacia la puerta.

Había otro Peugeot en la gasolinera. El chofer era un joven con la piel curtida por el sol. No dijo nada cuando entré; se limitó a arrancar a la velocidad del relámpago y así siguió durante kilómetros, hasta la ciudad. Se detuvo a tres cuadras del hotel. No le pregunté cuánto le debía. Bajé lo más rápido que pude. Él nada más susurró:

–Suerte. Cuidado.

Llegué al hotel poco antes de las tres y cuarto de la tarde, me eché en la cama y me quedé dormido.

Cuando desperté, ya era de noche. Busqué en la televisión el noticiario de las ocho, y entonces me enteré: lo habían descubierto poco después de las dos, en ese mismo barrio obrero, muy cerca de donde yo había estado. Junto con él, en la misma casa, había otros tres hombres y una joven. Uno de los hombres era el Gitano: reconocí su cara en una vieja foto sin nombre del archivo policiaco. En el noticiario se decía que habían intentado resistirse y que todos habían muerto en el tiroteo, incluso la joven. Se decía que era su hija. Se decía también que a media tarde la policía había localizado un bar que servía de punto de reunión y que en el bar había un muchacho. Al muchacho se lo habían llevado preso. Se decía todo eso en el noticiario de las ocho.

Al día siguiente, después de una noche sin sueño y traspasada por los recuerdos, por la furia y por el miedo, bajé muy temprano y compré los periódicos. Todos daban la noticia, con más escándalo que información. En uno de los periódicos había una foto de la joven. Era realmente guapa. Tenía diecinueve años.

A las diez y media pagué el hotel y me fui al aeropuerto. Mientras esperaba que saliera mi vuelo, tiré los periódicos a la basura. Pero antes, y nunca tuve tiempo de entender por qué, arranqué cuidadosamente de la página la foto de la joven, la doblé por la mitad y la guardé en mi cartera. Se llamaba Suzanita, y nunca entendí qué fue lo que me impulsó a llevarme su foto.

Yo sabía que era uno de los siguientes en una lista infinita. Sólo quería volver a la capital, alertar a los compañeros, buscar un refugio y pensar qué hacer.

Una semana después, cuando me llevaron preso, la fotografía seguía en mi cartera.

Pude mantenerme a flote hasta que uno de ellos decidió volver a revisar mi cartera. Hasta ese momento la había librado, pero entonces me preguntaron si sabía quién era la joven. Uno de ellos me hizo la pregunta con toda la calma del mundo, mientras los demás sonreían.

Yo sólo dije que era una joven a la que había conocido en una ciudad de provincia. Entonces empezó el infierno.

LA PREGUNTA
I

La cosa –digo, la cosa vista desde mi lado de la historia– empezó cuando me desperté. Ahora lo tengo claro. Empezó cuando me desperté. Eran las seis y diez de la mañana y pedí por teléfono café y jugo de naranja para dos, y me equivoqué a la hora de decir el número de la habitación y tuve que llamar otra vez, y el hombre me preguntó si estaba seguro de que sabía dónde estaba. No fue realmente una contrariedad, sólo la recuerdo para recordar que fue la primera del día. En todo caso, la cosa empezó en ese momento.

Recuerdo que pasé un rato bajo la ducha, esperándola. La ducha siempre ha sido un juego para mí, pero nunca llegó a ser un juego para los dos. En realidad, nuestra historia duró poco. No dio lugar a grandes descubrimientos ni grandes juegos. Pero lo que importa ahora es que pasé un rato bajo la ducha, esperándola, hasta que todo aquello me cansó y entonces vino la segunda contrariedad del día. Es decir, no en el momento en que me cansé, sino inmediatamente después. Justo en el instante en que iba saliendo del baño, envuelto en una toalla, ella entró. La segunda contrariedad se produjo precisamente en ese momento.

Ya no recuerdo cuál fue la tercera. Lo que importa –y eso es algo que siempre me sorprende, cada vez que lo recuerdo– es que, cuando llegamos al aeropuerto, dos horas más tarde, yo era un mar de contrariedades, sin horizonte ni fondo.

En el avión no dijimos casi nada. El viaje era breve, cosa de media hora. En el avión ella me dijo:

–Lo siento mucho, sé que no fue una gran última noche.

En parte era verdad: no había sido una buena última noche. Muchas veces pensé que la contrariedad venía de la noche anterior. Había sido una cosa incómoda, la noche pasada entre silencios, manos repentinamente torpes y un ansia que me llevaba al enojo, fíjate bien, no hubo esa especie de desesperación que marca el inicio de los temporales ni esa calma chicha que precede a la tempestad, esa calma que aparece minutos antes de la desesperación, no, nada de eso. En realidad no hubo nada. Sí, muchas veces pensé que la contrariedad venía de la noche anterior, pero ahora sé que no, que de hecho venía de aquella mañana.

Ella me dijo eso de que no había sido una gran última noche y parecía claro que se refería a que había sido una última noche de ese viaje, en ese hotel, y yo contesté cualquier cosa y de pronto comprendí que ahí se acababa la historia, en esa mano izquierda que me recorría la mano derecha mientras el avión corría por la pista con una prisa que yo no tenía.

Es cierto que nos encontramos otra vez, pasado un año, en una situación extraña, en un lugar que me dolía locamente y del que todavía no acabo de salir. Recuerdo que fui a cenar y me la encontré en el restaurante del hotel, justo en la mesa de la entrada, con dos muchachos, y los tres hablaban francés en voz baja, y la miré y pensé en todo lo que había sucedido un año antes, y ella estaba más triste y más delgada y posiblemente más vieja; pensé que quizá yo también estaría así, mucho más, y que no podríamos decirnos “Hola” ni nada, porque bajo ninguna circunstancia debíamos dar muestras de que nos conocíamos; yo no sabía qué estaba haciendo ella ahí y ella no sabía qué estaba haciendo yo ahí, y la miré, y durante un segundo nuestros ojos se encontraron y entonces me pregunté, en voz baja, qué estaría haciendo ella allí.

En ese entonces yo creía saber qué estaba haciendo yo ahí. Aún hoy, pensándolo bien, creo que lo sé. Lo que no sé es cómo fui a parar ahí.

II

El lugar, otro lugar en otro tiempo, tenía un nombre que mi memoria ya dejó ir. Podría, claro está, conseguir un mapa, pero eso ya no tendría gracia. Baste recordar que estaba cerca de Vancouver, al sur de Vancouver, así que digamos que era Vancouver. Fue una de esas veces que llegué sin acabar de llegar y ahí anduve, bajo una lluviecita fina canadiense, y encontré la casa sin problemas, las instrucciones habían sido precisas, exactas, y la lluviecita fina y yo dimos vueltas, mirando bien la casa blanca, la cerca pintada de blanco, el jardín cuidado, las ventanas cerradas, las cortinas claras, y después de verla una y otra vez abrí el portón de madera clara y atravesé el jardín pisando la hierba húmeda y entré por la puerta de la cocina, como indicaban las instrucciones, y en la casa no había nadie, como indicaba el aviso, y encontré una cafetera con café, y luego fui a la sala y por el ventanal vi, allá abajo, detrás de los pinos, el mar, el Pacífico triste y gris pero hermoso, un plomo que se movía suave y decidido, y sabía que tendría que esperar infinitas horas, y entonces me instalé en la sala frente al ventanal, bebiendo primero café y luego vino de una botella que saqué de la maleta de lona, y allí, mientras esperaba frente al ventanal que dejaba ver un césped cuidado y pinos que escurrían hasta el mar, me pregunté en voz baja cómo sería Vancouver y a continuación le pregunté al ventanal cuánto tiempo tendría que esperar, y si la espera valdría la pena y yo mismo me respondí que sí, que claro que valdría la pena, era una cuestión delicada y rápida, y fue entonces cuando le pregunté al mar de plomo cómo había ido yo a parar ahí.

III

Ahora que lo pienso, veo que siempre ha habido algo que me impulsa hacia adelante. Hasta hoy. Si no estoy deprimido –cosa que me sucede con cierta frecuencia– tengo que seguir adelante y ver qué pasa. Nunca me he arrepentido de intentarlo, por cierto. De lo que me arrepiento es de las veces en que no intenté. En el fondo, lo que sí me gustaría es abandonarlo todo, si estuviera seguro de que la depresión no volvería. Pero ese es un riesgo que no estoy dispuesto a correr.

Y entonces me acuerdo de ciertos riesgos y de ciertas cosas y siempre siento que sería mejor detenerme.

Por ejemplo: en aquella época soñé muchas veces lo mismo. Era un sueño en el que volvía a casa –fíjate bien, no me refiero a esta, mi casa de ahora, ni a mis múltiples casas de adulto, sino a mi casa de adolescente– y entraba y no reconocía nada, sólo el armario de mi cuarto. Y me dirigía directamente al armario, abría las puertas y, en el sueño, empezaba a llorar. Y en ese instante despertaba con la sensación terrible de haber llorado en sueños. Lo soñé muchas veces, sin entender qué clase de sueño era aquel.

Tal vez adivinaba lo que sucedió después. Digo, eso de llegar y no encontrar nada mío y tomar la ropa y cargarla con el cuidado y la delicadeza de quien carga un cuerpo muerto y vacío y desconocido. Nada mío, nada mío. Y entonces empezaba eso de doblar las prendas y cada prenda era una prenda, y parado allí en medio del cuarto que aparecía en medio de ese sueño que se repite sin fin, parado ahí en medio del sueño, me preguntaba, antes de empezar a llorar y de despertarme, cómo había ido a parar ahí.

Así son las cosas, ciertas cosas, en la vida.

IV

¿Qué ruido hace el alma humana cuando se rompe? He aquí una pregunta que ni el Turco Adoum, que todo lo sabe, pudo responder. Ella y yo nos repetimos esta pregunta hasta el cansancio en cierto balcón que daba al Mediterráneo, una noche de octubre. Al día siguiente seguí mi camino, tenía asuntos que resolver. Pero no respondí a la pregunta sobre el alma cuando se rompe, ni escuché ninguna respuesta ni nada cuando, al subirme al tren, me pregunté cómo había ido a parar ahí.

V

Claro que muchas veces me preocupó el tiempo o, más bien, la posibilidad de que me faltara tiempo, de que el tiempo no fuera suficiente.

Pero ya no. Ya no hay tiempo. Hay y siempre habrá alguien esperando a que el sol reviente en la curva del horizonte y se propague sobre las montañas o en el reflejo del mar. Siempre habrá alguien vigilando que eso suceda, para después relatarlo.

En realidad, no importa tanto. No importa nada.

Sé perfectamente por qué vine a parar aquí. Lo que no puedo acabar de entender es cómo pasó.

Pero eso tampoco importa ya.

VI

Son tres y son jóvenes, y uno de ellos, en realidad, es más feo que cualquier horror que puedas imaginarte.

No sé cómo llegaron, pero sé que vinieron a matarme y que no puedo hacer nada para evitarlo. En el fondo, sabía que esto pasaría.

Vinieron y yo estaba aquí. Ahora ya no importa.

III LAS TRES ESTACIONES

COSAS DEL MUNDO

Con el tiempo y la costumbre, he aprendido a preferir los viajes diurnos y las ciudades que tienen el aeropuerto lejos, donde es necesario atravesar campos para llegar al centro, o las ciudades que tienen el aeropuerto a la orilla del mar, donde una brisa iluminada acompaña al viajero.

No hay muchas ciudades así y no siempre puedo elegir mi destino, de manera que la elección reduce mi preferencia a una cosa íntima y esperanzada: depende más de la suerte que del deseo. Y además, el trabajo es trabajo y hay que ir a donde esté. Soy el segundo en la lista de los mejores vendedores del sureste. Llegué a esa posición en muy poco tiempo y sé que algún día seré el mejor en todo el territorio nacional. Además tengo la suerte de que, con frecuencia, me mandan como hoy a algún país vecino.

Con el tiempo y la costumbre he aprendido a detestar los aeropuertos, aun los que antes eran mis predilectos, y a odiar esa tensión suave e insistente que fluctúa sobre todas las filas de abordaje. Dentro del avión, la cosa cambia. Tengo todos los trucos para acomodarme del mejor modo posible y mis cualidades de agudo observador me permiten hacer indagaciones interesantísimas durante los vuelos. Tomemos como ejemplo los vuelos cortos, de menos de una hora. No hay cómo equivocarse: los pasajeros que eligen su asiento entre las filas doce y dieciséis, como yo, se dividen de una manera absolutamente nítida. Los que se sientan en el asiento de en medio –estamos hablando, claro, de esos aviones que tienen dos hileras de tres asientos a cada lado del corredor– son los que, en los vuelos vespertinos, piden alguna bebida alcohólica. Los de la ventana y el corredor se limitan, por lo menos ochenta y cuatro por ciento de las veces, a los refrescos. Son poquísimas las mujeres que piden whisky y todas ellas fuman. Los hombres con barba toman cerveza o Campari.

Pero hoy me espera un vuelo un poco más largo: dos horas y media, sin escalas, hasta la capital de un país vecino. Sale a una hora ingrata: las ocho con cinco de la mañana. Pero, con el tiempo y la costumbre, uno se adapta a cualquier horario.

Llego al aeropuerto a las seis con diez, no hay fila en el mostrador del check-in. Esto me provoca una ligera e inmediata irritación: significa que podría haber dormido un poco más. Aquí estoy, a las seis con veinte: ya entregué mi equipaje, tengo el pase de abordar en el bolsillo del saco –fila catorce, corredor de la derecha, como debe ser–, y no tengo rigurosamente nada que hacer hasta que llegue el momento de subir al avión.

Siento un imbatible dejo de sueño; el aeropuerto está casi vacío, lo cual significa que no hay condiciones para ejercer mi agudo sentido de observación. Compro el periódico y voy a la cafetería. A las seis con veintiséis me encuentro a Jorge, que viene de traje azul claro y lentes de sol, sin estar crudo. Me saluda con una sonrisa que irremediablemente se convierte en un breve bostezo. Nos sentamos juntos en la barra, le paso las páginas de la sección de economía, abro la sección de deportes, Jorge pregunta:

–¿Siempre llegas tan antes de que salga tu vuelo?

–No, es que me despisté –gruño.

Jorge va a la misma ciudad que yo, en el mismo vuelo, pero eligió un lugar en la sección de no fumar. Me cae bien Jorge, aunque en realidad no hay manera de que alguien me caiga bien a las seis y media de la mañana, después de cinco escasas horas de sueño. Además, siempre prefiero viajar solo. Hablar con alguien obstaculiza mi agudo sentido de la observación –a menos, claro, que se trate de alguien a quien acabo de conocer ahí mismo, en el avión.

Son las seis con treinta y ocho y pienso que encontrarme con Jorge fue una buena señal. En realidad, cada vez que estoy de malas y con un dejo de sueño invencible, cualquier cosa me parece una buena señal. Últimamente lo he notado.

Son las siete con veinte, pido la cuenta mientras Jorge remata el segundo café. Este es un aeropuerto especialmente irritante: todo está a kilómetros de distancia, al fondo de corredores anchos, largos, claros e inexplicables.

Estamos a la mitad de uno de esos corredores cuando anuncian nuestro vuelo por primera vez. Ahora el ajetreo empieza a aumentar y sería el momento ideal para quedarme sentado mirando cuidadosamente a la gente, observando sus hábitos, tomando nota de sus tics y sus trucos. Ya recorrimos una distancia parecida a la extensión de la Gran Muralla China y todavía nos falta otro tanto para llegar a la puerta G-3, que nos llevará a nuestro avión. Mi atención se desvía hacia la joven que camina unos metros más adelante de nosotros. Viste pantalones negros, chamarra y lleva un sombrero de ala blanda. Bajo el sombrero, el pelo de la joven, recogido con un listón, le resbala hasta la mitad de la espalda. La joven camina con calma, con una bolsa de tela verde colgada del hombro derecho. Camina hacia la otra ala del aeropuerto, donde están los mostradores para hacer reservas en los vuelos. Me gustaría saber qué hace una persona a las siete con veinticinco de la mañana reservando un vuelo en el aeropuerto, en lugar de resolverlo por teléfono.

Observo la silueta que camina frente a nosotros y, de pronto, mi agudísimo sentido de observación dispara todos los gatillos de mi memoria: conozco esa forma de caminar, conozco a esa joven.

–No puede ser –murmuro.

–¿Qué? –pregunta Jorge.

–Ella.

–¿Ella quién?

Acelero hasta alcanzar a la joven, le toco con cuidado el hombro, ella voltea y pone una cara de asombro que dura fracciones de segundo, antes de desplegar una sonrisa, aquella, la misma.

Jorge se detiene a nuestro lado mientras abrazo a la joven diciendo cosas creativas e ingeniosas, como “¡Dios mío! ¿Tú aquí?”

–Me voy adelantando –dice Jorge y yo ni siquiera volteo a verlo.

–Un año –dice ella, finalmente–. ¡Un año!

–Te ves bien –afirmo.

–Tú también –dice ella. Y, después de una sonrisa–: Salió rimado, ¿viste?

No sé qué decir, le pregunto qué hace.

–Acabo de llegar y decidí aprovechar y confirmar mi vuelo de esta noche.

Me cuenta a dónde va, le indico que tiene derecho a hacer una escala en la ciudad a la que voy, ella argumenta que tendría que cambiar toda su agenda; insisto:

–Eso es precisamente lo que te estoy diciendo: cambia el boleto, pide la escala, quédate dos o tres días conmigo.

La joven no dice nada, se queda mirándome, sonríe de nuevo.

–Anda, di que sí –pido.

–Vas a perder tu vuelo, ya hicieron la última llamada.

–Pero antes di que sí, que vas a llegar hoy en la noche.

–Ni siquiera tengo que cambiar de vuelo, sólo hay que pedir la escala.

–Por eso.

–Mi vuelo sale a las ocho de la noche.

–¡Por eso!

–Tengo que cancelar compromisos, mover un montón de cosas…

–Pues muévelas.

–Sería genial –dice ella, con los ojos bajos.

–Por favor.

Ella guarda silencio, luego dice:

–Nunca me pediste nada así: “Por favor”.

–Te lo estoy pidiendo. Por favor, por favor, por favor.

–Vas a perder tu vuelo.

–Entonces di que hoy en la noche te vas a reunir conmigo.

–Voy a ver.

–Hotel Continental. Está en la costera, al final de la bahía. Los taxistas lo conocen. Te va a gustar.

El avión despega en trece minutos. Antes de correr hacia la puerta de abordaje, contemplo a la joven, que sigue con los ojos bajos. No nos despedimos, no nos tocamos, no dijimos nada más. Ahora le estoy entregando el pase de abordar al empleado de la aerolínea, él me dice “Rápido, por favor”, y yo me vuelvo para mirar a la joven. Sigue donde la dejé y hace un gesto con la mano.

Soy el último en abordar. La azafata, que me recibe sonriendo, tiene una plaquita dorada con su nombre prendida en el uniforme. Se llama Anna y parece más joven de lo que probablemente es. Camino por el pasillo hasta encontrar el asiento 14-D, pasillo derecho, y noto con cierto alivio que no hay nadie en el asiento de al lado, el E, ni en el F, que es el de la ventana. Me gusta variar durante el vuelo. A veces me paso al asiento de la ventana, miro el paisaje allá abajo y después regreso a mi asiento, para poco después volver al de la ventana.

El desayuno de esta aerolínea incluye croissants y buenas mermeladas. Una vez viajé en clase ejecutiva y el desayuno incluía cerezas y pastelitos de durazno. Pero no tengo nada de hambre. Se me fue el sueño, no pienso más que en la joven. Entre un recuerdo y otro, decido que dedicaré una atención especial al omelet cuando sirvan el desayuno. Hace algún tiempo llegué a hacer un análisis cuidadoso de los desayunos que servían distintas aerolíneas, y el omelet de esta era mi favorito. Luego abandoné el análisis, entre otras cosas porque rara vez viajo tan temprano. En los últimos tiempos me he dedicado al análisis de los periódicos que entregan a bordo. Aún no he llegado a ninguna conclusión, pero sigo estudiando el asunto con el cuidado que amerita.

Una vez leí un libro escrito por una norteamericana. El personaje del libro era un autor de libros de viajes. Recomendaba qué llevar en el equipaje, dónde comer, esas cosas. También daba algunos consejos para viajar en avión. Eran interesantes, pero muy superficiales. Yo tengo mis propias ideas al respecto, y algún día me voy a dedicar a preparar una guía del viajero aéreo, con todos los trucos que he aprendido después de ejercer mucho mi agudo sentido de observación. El uso de lentes oscuros a bordo, por ejemplo, merece un capítulo detallado. La elección del lado del avión, según la ruta y el horario, también es fundamental. Cómo conseguir una ración doble de postre, el tipo de zapatos recomendables para la duración del vuelo; en fin, todo aquello que ayuda a volar mejor y disfrutar cada minuto del viaje. Llegué a hacer algunas notas sobre cómo intentar que una azafata te reconozca la segunda vez que coincide contigo, pero me trabé a la hora de establecer las bases para una pasión aérea duradera. En realidad, me enamoré de una azafata de la Braniff que hacía la ruta Buenos Aires-Santiago de Chile. Se llamaba Patricia y era más guapa que cualquier avión. Volamos juntos ocho veces, pero luego la Braniff cerró y le perdí enteramente la pista a la azafata más guapa de los aires.

Por andar pensando en todo eso apenas si pude apreciar el desayuno, que realmente incluía un croissant y mermelada de frambuesa, pero confirmé que el omelet de queso era excelente y que el té estaba en su punto exacto. Y ahora, después de una hora de vuelo, me voy a pasar al asiento de la ventana para pensar en la joven que acabo de encontrarme en el aeropuerto.

* * *

Si hubiera olvidado mis lentes oscuros en casa, la claridad de la mañana aérea constituiría una molestia. Será fundamental registrar este tipo de detalles en el libro que voy a escribir.

Si no me hubiera encontrado con la joven en el aeropuerto, ¿recordaría lo que sucedió hace un año, poco más o menos? Fueron dos las semanas que pasamos en un hotel de una playa extranjera, y nuestro cuarto estaba en la esquina y tenía un balcón, y la tarde que llovió nos quedamos en la cama con la puerta del balcón abierta escuchando el ruido de la lluvia, y yo le dije que, a través de la lluvia, veía cómo serían los tiempos futuros, y cuando la lluvia se acabó corrimos hacia el súbito atardecer en el mar y juramos que no volveríamos a ser tan felices como en aquel momento, y eso pasó hace un año, poco más o menos, y la mañana que siguió al día de la lluvia me fui y no volví a ver a la joven. Muchas veces, en las noches en que no logro dormir, me pregunto qué habría pasado si no me hubiera ido. Pero ya es momento de volver a mi asiento, el 14-D, y fumarme el último cigarro antes de que empiecen los preparativos para el aterrizaje.

Son las once con cinco y decido hacer otra prueba de observación: me quedaré aquí sentado, esperando a que todos salgan del avión.

Las personas pasan y me miran, se dan cuenta de que no me he quitado el cinturón de seguridad. Hago un esfuerzo por privar mi rostro de toda expresión mientras las observo. Simplemente me quedo sentado, mirando el respaldo del asiento de enfrente. Finjo no ver que, allá adelante, Jorge me hace señas desde el pasillo. Cuando sale del avión el último pasajero, la azafata Anna se acerca con cierta cautela y me pregunta si todo está bien. Continúo impasible, ella me repite la pregunta. Y entonces doy un salto y me dirijo con pasos presurosos a la puerta. Ella pone cara de susto y se aleja para dejarme pasar. Desde la puerta me vuelvo y le digo, en voz alta:

–Buenos días, gracias.

Mientras camino hacia la banda de equipaje no logro llegar a ninguna conclusión sobre el resultado de mi experimento.

Ahora que son las once con veintiocho y ya pasé por la ventanilla de los pasaportes y acabo de recoger mi maleta y de constatar que Jorge está en la fila de la aduana, desde donde vuelve a hacerme señas que respondo con un gesto ciertamente enigmático, decido hacer un nuevo experimento. Pondré cara de sospechoso. Ni un gesto ni un movimiento: sólo me esmeraré en poner mi expresión de tipo altamente sospechoso.

Son las once con treinta y nueve y debo admitir mi más absoluto fracaso: oprimí el botón del foco que indica quiénes deben someter su equipaje a la revisión de los agentes y quiénes no, me esmeré en mi expresión de sospechoso imperdonable y se encendió la luz verde, franqueándome el camino. Vi cómo esculcaban impecablemente la maleta de Jorge y me despedí de lejos, indicándole con gestos enérgicos que hablaríamos por teléfono. Él dijo algo que no alcancé a oír.

Ahora estoy en el asiento trasero de un taxi grande y amarillo, mantengo mi expresión de sospechoso número uno pero, cuando el coche llega a la costera, le pido al taxista cordialmente que disminuya un poco a la velocidad para dejarme sentir la brisa marina.

Llego al hotel cuando el reloj de la recepción marca las doce y cuarto. Pido una habitación en uno de los pisos altos, con balcón y cama matrimonial, frente a la bahía.

Tardo veinte exactos minutos en acomodar mi ropa en el clóset y la cómoda del cuarto, observar que la vista es realmente fenomenal, darme un baño rápido y prepararme para la comida programada a la una de la tarde. Intentaré apresurar todos mis pendientes para tener tiempo libre mañana y pasado, cuando la joven esté conmigo. Pienso, por primera vez, como parte de una serie de pensamientos idénticos que se repetirán a lo largo de la tarde, que la vida está llena de sorpresas y que el mundo tiene sus cosas.

* * *

Son cinco para las nueve, me estoy muriendo de hambre, recojo en la recepción las llaves del mil seiscientos catorce. Ningún recado, claro. En dos horas, dos y media a más tardar, la joven estará aquí. Estoy agotado. Decido: un baño, un sándwich, una cerveza fría; cuando ella llegue, pido la cena; quiero que sirvan la cena en la mesita del balcón, sobre las luces y sombras de la bahía.

Decido: me rasuro, un sándwich, una cerveza, y luego un baño de tina tibio, inmenso, que dure por lo menos una hora, renovando el agua cada tanto. Decido pedir, junto con el sándwich y la cerveza, una cajetilla de cigarros y el periódico de la tarde.

Me he acostumbrado a aceptar con calma la idea de dormir vestido cuando estoy en algún hotel tras un día de trabajo agotador. Pero hoy, ni pensarlo.

Son las diez y media, veo en la televisión una película titulada The hanging tree , con Gary Cooper y María Schell. Gary Cooper es médico y hace trampa cuando juega a las cartas. María Schell es enfermera y ciega. Además hay un marido desalmado y muchos balazos y muchas golpizas.

Son ocho para las once, cambio de canal en busca de algún noticiario. No encuentro ninguno. Vuelvo a Gary Cooper. Mi afiladísimo sentido de análisis me indica que una enfermera ciega es uno de los absurdos más grandes de la historia del cine. Mi acelerado sentido de atracción por la risa me lleva a apostar contra mí mismo que Gary Cooper terminará en la horca por todas las trampas que ha hecho en el póquer durante los últimos cinco minutos. Pero no me animo a apostar contra mí mismo si María Schell va a recuperar la vista o no.

El sonido del teléfono es como un par de agujas que se clavan a ambos lados de mi cabeza. Antes de contestar veo que me dormí con la televisión encendida, que Gary Cooper ya no está ahí, sólo la pantalla y su llovizna luminosa, y que son diez para la una de la mañana.

–Por fin –murmuro, al contestar.

Del otro lado de la línea, y sobre un ruido de fondo conformado por muchas voces y algunas risas, oigo a Jorge:

–Pues sí, ¡por fin! No me dijiste en qué hotel te ibas a quedar, pasé horas hablando a todos los hoteles de la ciudad. Ni te imaginas qué me pasó.

–No, Jorge, ni me lo imagino–interrumpo, cayéndome de sueño e irritado por la euforia de su voz.

–Estoy aquí abajo, en el casino de tu hotel. ¿Y sabes qué es lo mejor? Me acabo de sacar dos premios gordos seguidos. El quince, mi estimado, ¡el quince! Dos veces, ¿lo puedes creer? ¡Dos veces seguidas! Ah, lo sabía, lo sabía: cuando te encontré en el aeropuerto hoy en la mañana, pensé: “Es una buena señal”. ¿Me escuchas?

–Qué suerte, Jorge. Qué bueno –digo, y cuelgo.

Me hundo en el sueño poco a poco, tendido sin desvestirme en la cama, y en esa lenta inmersión veo el atardecer y a la joven en una playa extranjera, y voy hundiéndome y hundiéndome, y siento que cumplí la promesa.

EN EL JARDÍN

Y cuando ya no sabía de dónde agarrarse, se largó a cuidar de la memoria como un jardinero cuidaría la tierra. Como si fuera algo especial.

Dividía su memoria como la abuela, años antes, dividía un pastel en rebanadas. Y a cada rebanada le dedicaba un tiempo.

Así había pasado casi una semana recordando la casa de su infancia, el jardinero que plantaba flores blancas, el pino que crecía junto a la ventana del cuarto de la hermana, las noches que cruzaba el cuarto de su hermana para salir por la ventana y bajar por el pino hacia la oscuridad de la noche.

Luego dedicó dos semanas enteras a recordar, día a día, todas las pláticas que había entablado con Horacio en Buenos Aires, cuando vivían en la misma ciudad. Horacio había inventado una extraña combinación culinaria y se la pasaba divirtiéndose, iba a restaurantes y pedía tallarines a la Horacio, que nadie sabía cómo eran. Él les explicaba: a la mantequilla, con pimientos y una milanesa. Comía como un pajarito, alababa su propia receta y contaba todas las historias que pretendía escribir algún día y que jamás escribió.

Un día surgió la rebanada de memoria que ocupaba Julia y entonces empezó a sentir un tiempo distinto, de cansancio: un cansancio que lo ahogaba, un cansancio de agua.

La presencia de Julia se había convertido en un fantasma pegajoso, había ocupado el espacio de todas las demás rebanadas de su memoria, invadía historias ajenas, se metía con otra gente en paisajes que no eran suyos, donde nunca había estado, y él ya no sabía a ciencia cierta dónde situar a Julia en su memoria o dónde situarse en la memoria de Julia.

En aquel tiempo viajó primero a San José de la Montaña y se hospedó en un hotel con la determinación de escribir un concierto para flauta. No escribió nada, pero pasó algunas noches en la cama de una joven llamada Carmen, que había cruzado el mar sin saber por qué.

Después viajó a Barcelona al lado de la joven llamada Carmen, y vivieron dos meses juntos. Pasados los dos meses, viajó a un pueblito de la costa, rentó un pequeño departamento y empezó a escribir el mismo concierto para flauta. Julia invadía sus noches y no lo dejaba dormir. Veía la mañana escurrirse sobre el mar, y poco a poco fue comprendiendo que jamás podría escribir el concierto para flauta si no se libraba de aquella rebanada de memoria.

Pensó en regresar a San José de la Montaña y luego decidió detenerse en cualquier otro pueblito de América Central. Fue a parar a Managua, aunque nunca supo explicar por qué. Pasó doce días instalado en un cuarto de hotel y la noche del último día empezó a escribir el concierto para flauta. Escribió la primera parte del primer movimiento, pero algo no estaba bien con la orquesta. Pensó que la orquesta estaba llena de vacíos y concluyó que eso era muy natural, pues no era posible arrancar bien en una sola noche. Le quedaba claro el camino que debía seguir la flauta, pero había vacíos en la orquesta y, en consecuencia, decidió que era imposible escribir un buen concierto en Managua y se fue a la Ciudad de México.

Rentó una casa al fondo del terreno de una casona grande y vetusta. Pasó dos o tres días pensando que el vacío de la orquesta se debía al vacío del recuerdo de Julia, que había desaparecido para siempre una noche en la que él, desde la ventana del hotel, adivinaba, en la oscuridad, el lago de Managua.

Terminó rápidamente la primera parte del primer movimiento del concierto para flauta, y entonces la orquesta empezó a crecer con una rapidez alucinante, mientras el camino de la flauta se perdía.

Por aquellos días, Arthur pasó por México rumbo a Los Ángeles, para hacer una serie de grabaciones de Rajmáninov. No le dijo nada sobre sus problemas, ahora centrados en la flauta. Sólo le dijo que había empezado a componer el concierto y que pretendía terminarlo antes del verano, época en que le pagarían el encargo y viajaría a Río de Janeiro, donde pasaría dos meses dirigiendo una orquesta.

Arthur durmió, comió y bebió, y el día en que volaba a Los Ángeles le dijo que se había encontrado a Julia hacía tres meses en una fiesta en Venecia, y que estaba guapísima. La siguiente semana pudo, trabajando día y noche, concluir el concierto, que no le quedó ni bien ni mal.

Llamó a un copista para pasar en limpio las partituras, corrigió algunos pasajes del chelo, marcó mejor algunos ritmos con los clarinetes, reforzó el canto triste de dos trombones y llamó a su agente para confirmar las fechas de sus conciertos en Río de Janeiro. Tres días antes de volar lo invitaron a una fiesta en la embajada francesa y estaba a punto de naufragar en un mar de aburrimiento cuando decidió ir al jardín. Bajaba la escalera de la terraza que conducía al jardín y al estrecho camino de piedras que desembocaba en la alberca cuando oyó una risa. Se dio media vuelta y ahí estaba: una mujer morena que se reía como Julia.

Le preguntó a un francés quién era aquella joven. El francés se llamaba Francis y fumaba un puro enorme. Dijo que no la conocía, que era una uruguaya que pintaba malos cuadros.

Pasó unos instantes mirándola y luego se dirigió al jardín. Se tendió en el pasto y poco a poco se quedó dormido, sintiendo en el aire un viento de pinos y flores blancas, y recordando el jardín de su infancia. Era más fácil.

Tres días después abordó un avión con el concierto para flauta debidamente corregido en el equipaje y, en el asiento de al lado, la joven uruguaya que pintaba malos cuadros pero que tenía la risa más hermosa que él hubiera visto en la vida.

La temporada en Río de Janeiro fue un éxito, y él pasó noches sin fin con la joven uruguaya, que una mañana de domingo voló rumbo a Uruguay prometiendo volver algún día, mientras él volaba hacia Managua prometiendo no volver nunca.

No volvió nunca y Julia jamás fue a Managua. En Managua intentó primero escribir un segundo concierto para flauta, luego quiso escribir un conjunto de seis piezas para piano, luego se acercó suavemente y para siempre a una joven de vestido verde, luego intentó un quinteto para clarinete, pero no podía sacarse de la cabeza un movimiento de Mozart.

Decidió pasar seis meses sin intentar hacer nada, mientras por teléfono su agente le avisaba que su cuenta bancaria estaba cada día más raquítica. Pasados los seis meses le informaron, por teléfono, que ya no tenía agente ni cuenta bancaria.

El radio anunciaba peligros, la joven de vestido verde tenía unos ojos enormes que también estaban llenos de peligro, pero él apenas si se daba cuenta de todo eso.

Le escribió a Arthur preguntándole por Julia, Arthur no contestó. Nunca supo que Arthur no sabía nada de Julia.

La última noticia que se tuvo de él fue que se encargaba de cuidar los jardines de un ministerio en Managua, y que había pedido un empleo de jardinero en la embajada de Francia con la esperanza de que algún día hubiera una fiesta y apareciera la joven que se fue a Uruguay prometiendo volver.

AQUELLA MUJER

(Para Juan Rulfo)

Él tenía sesenta y cinco años y aparentaba más. Era de una elegancia extrema. Me gustaban sus trajes y sus corbatas. Usaba zapatos con agujetas, siempre pulidos, que siempre parecían recién comprados. Era esmerado en sus gestos, sólo hablaba en voz baja y tenía un humor corrosivo. Era de una vanidad discreta y de una generosidad que desbordaba su fragilidad. Le gustaba la música medieval, hablaba de los tiempos de los trovadores, imaginaba delicadas princesas cautivas de amores imposibles. Fumaba cigarros sin filtro y tomaba café fuerte en grandes tazas. Dormía pocas horas por noche. Comía como un pajarito. Tenía un mar de tristeza guardado en los ojos. Hasta su risa era tristísima. Vivía en una soledad inmensa. Creo que fue la persona más solitaria que conocí. Un hombre de campo, de la aridez de los páramos, que desde los dieciséis años vivía cercado de ciudad por todas partes. Eso no hacía sino aumentar su soledad y su silencio.

Era mayor que mi padre y, como si fuera él, hacía un enorme esfuerzo por protegerme, por proteger a mi mujer y a mi hijo de los males del mundo, de los peligros de la vida. Era un poco miedoso ante las cosas de esta vida y este mundo, pero detestaba sentir miedo y detestaba que lo notaran. Yo lo notaba, claro. Y hacía un enorme esfuerzo por protegerlo de esos mismos males del mundo, de esos mismos peligros de la vida.

La diferencia más evidente es que mi padre lo hacía todo de una manera discreta y silenciosa. Él no: él daba consejos directos, hablaba a mi casa casi dando órdenes para advertirme de peligros y amenazas que sólo él veía.

Era dueño de un alma dilacerada, y con frecuencia se dejaba ofuscar por los fulgores de una angustia ancestral, permanente, arraigada. Yo lo quería como se quiere a un amigo de toda la vida. Ya me había acostumbrado a que me hiciera falta, pero de un tiempo a esta parte me envuelve esa opresión constante de las ausencias más hondas, que el tiempo devuelve cada tanto sin advertencia ni criterio, y entonces mis recuerdos se turban y acabo conviviendo con mis amigos que se fueron y siento su falta como el peso de un sol que de pronto se desplomara y me cayera encima. Pero no quiero hablar de eso ahora.

Era, sí, un hombre solitario. A veces, en nuestras reuniones semanales, inventaba historias, tramas, personajes. Las historias con frecuencia se alargaban y nuestras reuniones semanales se convertían en una especie de serie, una de esas viejas series de cine de la juventud: un capítulo tras otro.

Debo admitir que nunca supe a ciencia cierta si lo que me contaba de su infancia eran recuerdos o fantasmas inventados para cubrir otros fantasmas.

Un día me contó una historia de amor. Fue la última de las historias que me contó. Duró meses. Fue entonces cuando al fin pude hacerme una idea del tamaño infinito de su soledad.

Me contó que estaba viviendo un amor decisivo, su último gran amor. Una joven de Tucumán, del interior de Argentina, a la que había conocido en Italia cinco años antes. “Estuve con ella muchas veces, cada vez que viajo nos encontramos en los lugares más insólitos e inesperados”, susurró. “La última vez fue cuando estuve en París y Berlín. Ayer le hablé por teléfono. Casi nunca le hablo, porque me hace mucho daño oír su voz. Prefiero las cartas, que no tienen sonido. Pero ayer le llamé. Hablamos casi una hora. Y ya me decidí: voy a dejarlo todo para irme a vivir con ella. Quiero sentir esa felicidad hasta el fin, creo que la vida me debe esa luz.”

Me habló de los ojos claros, del pelo negro, de la delicadeza de la joven. Me contó que le gustaban los cuartetos y quintetos de Mozart, que le gustaban las sinfonías de Brahms –él tenía sus reservas en cuanto a las grandes orquestas, aquellas inmensas formaciones; decía que a esas alturas de su vida lo que en realidad le gustaba era la esencia–, y que hablaban mucho de todas esas cosas.

Me dijo que con aquella joven era feliz. Que, por primera vez en su vida, era feliz. Me lo dijo como quien cuenta cualquier banalidad, pero yo conocía su alma lo suficiente como para entender que lo que decía era la confesión más densa, desesperada y gravosa, y también para entender que era mentira.

Durante tres meses, en nuestras reuniones semanales, no hablamos de otra cosa. Claro que muchas veces nos encontrábamos en casas de amigos, de vez en cuando íbamos a comer y nos hablábamos por teléfono casi todos los días, pero nuestras reuniones del miércoles eran un espacio sagrado. Y en esas reuniones sólo hablábamos de la decisión que había tomado, de lo difícil que sería abandonar toda una vida, de lo que haría con su casa, con sus hijos, con su empleo, y de cómo reuniría dinero y a dónde se iría a vivir con la joven de Tucumán –“Es mucho más joven que yo, también debo tenerlo en cuenta, pero eso no me preocupa mucho.”

Un día me contó que la joven tenía cuarenta años y que vivía con su madre y una hermana. Cuando empezó el verano, y aquel fue un verano bravo, me informó: “Hablé con ella por teléfono, otra vez. Decidimos que vamos a vivir en Río de Janeiro”. Y entonces dedicamos semanas a planear cómo sería la vida de los dos en Río de Janeiro.

Le conseguí un departamento prestado en la avenida Atlántica: seis meses frente al mar, sin pagar renta. Me dijo que debería tener un teléfono. Le dije que le había conseguido un teléfono. Me dijo que debería tener un coche. Le dije que había conseguido que el vicegobernador le prestara un coche con chofer el primer mes, después veríamos qué hacer. Me dijo que debería tener un empleo que no ocupara mucho tiempo pero que le bastara para vivir. Le dije que le había conseguido un empleo de profesor visitante en la Universidad Federal. Daría dos conferencias de una hora a la semana sobre lo que quisiera –de preferencia literatura latinoamericana–, a cambio de una beca de cuatro mil dólares al mes.

“Eso, más el dinero que tengo, resuelve el problema”, afirmó con una sonrisa. Y los preparativos fueron avanzando, fuimos dándole la vuelta a los problemas.

En una de nuestras reuniones me contó que había hablado con dos de sus hijos, que lo habían entendido todo y que le aseguraban que estaban dispuestos a ayudarlo. “Va a ser difícil hablar con mi mujer, pero ya sabes: la decisión está tomada, no voy a dar marcha atrás. Tengo derecho a esa felicidad.”

Quince días más tarde, apareció enormemente feliz: “Conseguí una licencia de un año con goce de sueldo. Estoy listo”. Entonces fijamos la fecha: yo necesitaba tenerla clara para hablar con el dueño del departamento, la compañía telefónica, el vicegobernador y el rector de la Universidad Federal. “El quince de septiembre”, me dijo. Le comenté que ese día cumplía años mi hermano y que en esa época del año el clima de Río solía ser agradable.

Hablamos incluso de la aerolínea, de los horarios de los vuelos: él quería llegar al aeropuerto de Río de Janeiro a la misma hora que la joven de Tucumán, decía que ya no quería vivir ninguna espera, que por fin volaría hacia esa felicidad última que la vida le debía desde siempre. Le pregunté si quería que mi hermano fuera a recogerlo al aeropuerto. Me dijo que sí, pero después cambió de opinión: quería empezar su nueva vida así, solos los dos frente a lo desconocido de la vida.

Ese año, el 15 de septiembre caía en miércoles, el día de nuestra reunión semanal. Acordamos comer tarde, después de comer lo acompañaría al aeropuerto.

Fui más puntual que nunca. Cuando llegué al restaurante, él estaba sentado solo, esperándome. Tenía puesto un viejo saco de tweed oscuro, la camisa sin corbata, el cuello abierto con cierto descuido, una barba de días salpicada por la cara gris y flaca, y estaba despeinado. Llevaba lentes de sol y se estaba tomando una limonada. El pequeño cenicero estaba cubierto de colillas de cigarros sin filtro, sus Pall Mall preferidos. Le pregunté si estaba ahí desde hacía mucho. “Llegué temprano”, murmuró. “Hace una hora y media, más o menos. En realidad, ni me fijé.”

Y se hundió en el silencio. No pregunté nada. Después de un rato, pedimos comida. Sólo quiso una sopa y un omelet. Cuando llegó el café, me contó:

–Le hablé el lunes en la noche. Todo estaba bien. Sólo quería volver a confirmar a qué hora llegaba su vuelo de Buenos Aires. Y entonces me dijo que no podía. Que no quería lastimarme, pero que no podía. Que había pasado noches sin dormir para llegar a esa conclusión. Que no quería lastimarme. Lo dijo un montón de veces. Pero que no podía.

Le pregunté qué había dicho él. Se quedó mirando al mantel, sus manos en el mantel, el cenicero en el mantel, el vaso vacío, y me contó: “Le dije que lo entendía. Que no había problema. Que se cuidara, que no se preocupara por mí. Pobrecita. Estaba muy triste. Estaba derrotada. Pobrecita”.

Poco después nos levantamos. Se despidió de mí en la calle. No quiso que lo llevara a su casa. Me dijo que tenía que resolver algunos asuntos urgentes. Y se fue caminando bajo el sol del fin de la tarde. Me quedé ahí viendo alejarse a mi amigo con el cuerpo ligeramente encorvado, cargando todo el peso de una tristeza más grande que la felicidad que le debía la vida.

Esa fue la última historia que me contó. Seguimos viéndonos, seguimos con nuestras charlas, pero nunca volvimos a mencionar a la joven de Tucumán, su novia postrera, su última oportunidad de ser feliz para siempre.

CUANDO EL CANARIO
I

Son las tres y media de la tarde y él está inquieto. Se mira las manos, me mira a mí, se mesa los cabellos. Le sonrío, tomo un trago de vino. Ya acabamos de comer.

–Todo va a salir bien, tranquilo. Yo sé cuidarme y no está bien que te preocupes.

Sonrío otra vez y digo:

–Yo sé, hijo. Yo sé.

El mesero le trae el postre que pidió: fresas, nueve fresas cuidadosamente distribuidas sobre un colchón de crema.

–¿Quieres una?

–No, gracias, hijo. Están bonitas.

–Sí.

–Toda la vida te han gustado las fresas.

–Hay que ser coherente, ¿no?

Sonreímos los dos. Él sigue inquieto.

–Yo sé, hijo.

–Me gustaría que no te preocuparas.

No sospecha que nunca me he preocupado de más.

–Ella va conmigo.

–Yo sé.

No lo sabía, pero no importa. Ni siquiera sé bien quién es ella.

Son veinte para las cuatro de este sábado de otoño, miro a mi hijo en la víspera de su gran viaje y no sé qué decir. Él mira el reloj de pared del restaurante.

–Tengo que pasar a casa de Theo por un dinero que me debe. Después, en la noche, me voy con Rafael…

Y se interrumpe, como si se hubiera acercado demasiado al terreno de las confesiones más profundas, a sus torres guardianas.

–¿Cuánto te vas a tardar?

–¿En casa de Theo? Ah, entre ir y volver, unos cuarenta, cuarenta y cinco minutos, máximo.

–Entonces llévate el coche, yo aquí te espero.

–¿En serio?

–Claro. Pido otro café, me pongo a leer el periódico hasta que regreses, seguro al rato aparece por aquí alguien con quien conversar.

Él sabe que aquí, al rato, siempre aparece alguien.

–Si no puedes regresar en cuarenta minutos, no te preocupes: tomo un taxi y me voy. Hagamos esto: te espero hasta las cuatro y media. Si puedes, vienes por mí. Si no, nos vemos en la casa.

–¿En serio, en serio?

–En serio. No te preocupes. Son cuarto para las cuatro. Vete tranquilo.

–Gracias, viejo.

–De nada, hijo.

Viejo. Así le decía mi padre a mi abuelo. Así le decía yo a mi padre. Esta es la primera vez que mi hijo me dice así.

Recuerdo el funeral de mi padre: yo ahí, atónito, socavado, lo único que pude decir fue “Chau, viejo”, y mi madre repitió mi frase y ya nunca volvimos a estar tan cerca, nunca antes lo habíamos estado.

–Chau, viejo.

Lo sabía.

–Chau, hijo.

II

Mi niño se va presuroso, me quedo observándolo y pensando que las distancias se han ido insinuando cada vez más y que esta vez es para siempre, y que de alguna manera nos fuimos perdiendo el uno al otro, y que por más que me alegre el viento que levanta al caminar, preferiría que estuviéramos otra vez en la arena, viendo el mar, llenos de asombro.

Son las cuatro y cuarto, me acabo el café, no ha aparecido nadie y ya no quiero nada, mucho menos esperar. Algo se está rompiendo en este preciso instante. ¿Por qué escucho este canto de arreo? ¿De qué rincón de mi memoria viene esta voz? ¿Se extinguirá si estiro los ojos más allá del ventanal y observo el sol que corre débil por la calle?

Pido la cuenta, me arden los ojos, me arden, tengo prisa. Son las cuatro y cuarto y no sé a dónde ir. No estaré aquí cuando él vuelva, cuando llegue alguien.

III

Esta esquina la conozco. Ahora intento recordar exactamente cómo era cuando nada de esto existía y el color de la vida era otro. Allí, donde está la gasolinera, había una panadería. A veces veníamos en la madrugada. La joven –aquella– tenía la extraña manía de sacudir la cabeza hacia los lados, haciendo que su pelo bailara con una suavidad delirante. Luego se lo recogía con la mano y seguía hablando.

Mis zapatos. Negros, de buen cuero, con agujeritos bordados en la punta y bien amarrados. Odio los zapatos.

Llevo cinco minutos en esta esquina, intento recordar exactamente cómo era cuando nada de esto existía y el color de la vida era otro, y me acuerdo de que a veces veníamos de madrugada, y escojo el otro lado de la acera, cruzo la calle con cuidado y allá voy, caminando hacia la vida que fue, la vida de antes, y justo allí estaba la casa de mi tío, donde está ese edificio tenebroso, la casa que fue, la vida que era, de este lado de la calle, y camino con pasos firmes, mis zapatos elegantes, odio los zapatos, y miro hacia adelante, siempre hacia adelante, porque nada importa, más que lo que está adelante.

IV

Son las cuatro y media y tengo que acelerar el paso. Mis zapatos elegantes. Ahí en la esquina, en esa otra, ahí, nace una calle cerrada. En la calle cerrada había una casa con un portón de madera al frente y en el portón, pintado, un sol. Pensándolo bien era un sol medio ridículo. Pero en aquel entonces no era más que un sol. Y existía la joven, otra, y sus grandes ojos y sus dedos finos y su aire de desamparo que me amparaba. ¿Dónde andará? Había un girasol en el pequeño jardín y sigo de largo por la esquina, sin desviar los ojos hacia la calle cerrada, el portón, el sol pintado en el portón, el girasol plantado en el pequeño jardín. Todo está ahí, nada está ahí.

V

Son las cuatro con treinta y cinco y mi hijo ha de estar volviendo para recogerme en el restaurante donde ya no estoy ni estaré nunca, si es que volvió. Mañana se va de viaje.

Mi niño.

VI

Cuando Sergio probó por primera vez una paleta helada de uva, sentenció: “Sabe a goma de borrar”. Guto discrepó. Al final, llegamos a un acuerdo: sabe a goma, pero está rica.

De limón. Pido una paleta helada de limón, medio apenado. Mis zapatos elegantes, estos zapatos que odio, no combinan con las paletas heladas de limón. Y a mi hijo, ¿le gustarán las paletas de limón? Hoy tiene muchos años más de los que tenía yo cuando Sergio descubrió que las paletas heladas de uva sabían a goma. ¿Seguirán existiendo las paletas de uva?

Caminar por una acera que flanquea la avenida que no existía, lo que existía era una calle larga de la que partía otra calle cerrada, con una casa con un sol pintado en el portón y un girasol plantado en el jardín: caminar por esta acera que tampoco existía, con una paleta de limón en la mano y la seguridad de que estoy haciendo lo que había que hacer.

Ya no sé qué horas son ni cuánto he caminado. Paro un taxi, le doy la dirección de un hotel en un barrio elegante, como los zapatos que odio. En la boca, el sabor ácido de la paleta. En la boca, sí, un sabor a brasas.

VII

La ventana muestra la noche y el paisaje vacío de la ciudad. La ventana muestra, un poco a la derecha, allá abajo, la torre oscura, la torre de la iglesia recortada contra la noche y, en la torre, el reloj solitariamente iluminado dice que son diez para las dos de la mañana, y me pregunto si funcionará el reloj. He dormido mucho desde que llegué a este cuarto de hotel, un vigésimo piso sobre la ciudad.

Estoy de pie mirando la ventana y el mar de luces, esta nada. Tengo un cigarro encendido en la mano derecha y me siento muy cansado.

Miro el reloj de la torre de la iglesia y me alejo de la ventana. Voy al teléfono, espero uno, dos, tres, cuatro, cinco timbrazos y mi hijo al fin contesta.

Angustiado, el niño. ¿Yo sonaré así de angustiado cuando él desaparece y me habla en plena madrugada desde algún lugar para decirme que todo está bien? ¿Podré decirle que todo está bien?

–Necesito que vengas.

–Pero, ¿dónde estás?

Él, angustiado, escucha lo que le pido: que venga y traiga una maleta pequeña, la gris que uso para los viajes cortos, con dos pantalones, tres camisas, esas cosas, y que venga, que venga rápido, sí, quiero hablar con él, no, por teléfono no, que venga.

VIII

Son las dos con veinte, mi hijo ya llegó, está aquí, lo tengo delante y no sé qué decir. Él hace un esfuerzo enorme e inútil por parecer tranquilo.

–Mamá no sabe qué hacer. Dice que ahora sí te volviste loco.

–Después hablo con ella.

Él se me queda viendo en silencio.

–Es que ya se acabó –intento explicarle.

–Yo no tengo por qué escucharlo. Ve y díselo a ella. No a mí.

Truchas. Cuando tenía diez años le encantaban las truchas. Creía que eran el platillo más elegante del mundo. Mi niño.

IX

Dentro de algunas horas partirá hacia su gran viaje y yo aquí, ¿de qué viaje he llegado? ¿A que viaje me he arrojado? ¿Cuáles son las cenizas del naufragio?

X

Calma. Es lo único que siempre he querido tener: calma. Pero lo único que siempre he logrado es decir una cosa y pensar otra. Mi padre decía que las paletas heladas sólo podían ser de coco o de piña. Un personaje extraño, mi padre. Mi viejo.

Calma, tranquilidad: eso es lo único que siempre he querido tener. Lo único que siento ahora es sueño.

XI

Diez años. Cuando José Carlos se murió, yo tenía diez años. Él se comía la punta de los lápices y masticaba la goma. Dijeron que se había muerto por eso. Mi madre no me dejó ir al velorio ni al funeral. Lucía dijo que José Carlos estaba completamente azul. Quedó muy impresionada. Yo tenía diez años y Lucía me parecía un poco dientona. Después sentí por ella un amor infinito, que se acabó. José Carlos se comía la punta de los lápices y masticaba la goma y se murió, y muchos años después, en la playa, me encontré con una señora que me llamó y me preguntó si me acordaba de ella, le dije que no y ella me dijo que se llamaba Aparecida y que era la madre de José Carlos.

Yo no me acordaba de ella ni de nada, y luego me pregunté si Lucía habría seguido siendo un poco dientona para siempre, y por qué los amores que se acaban nunca llegan a su fin.

A veces intento dormirme y sueño con José Carlos; en los sueños nunca tiene cara, porque en realidad no recuerdo cómo era esa cara, y son sueños tremendos, como ahora, porque yo también me comía la punta de los lápices y, más de una vez, mastiqué la goma, sobre todo en las clases de matemáticas.

XII

Es curioso el amanecer en las ciudades. He visto amanecer en cantidad de ciudades y siempre es curioso. Estaba esa ciudad que se escurría hacia el mar y el hotel se hallaba en lo alto de una colina, sólo casas blancas y palmas de dátiles en la ladera y al amanecer la luz salía de algún lugar que nunca ubiqué, pero de pronto, con un ruido de desgarre, amanecía. Y estaba otra ciudad, la mía, y cierta vez, después de años de ausencia, me quedé del otro lado de la bahía y vi amanecer sobre mi ciudad, contra mi ciudad, y aquello era lo más hermoso del mundo, y cuando me di cuenta estaba llorando en silencio, dolía, la cosa más hermosa del mundo, y ahora amanece aquí, y otra vez es curioso, es suave, desde algún lugar detrás de la ventana del hotel en el que estoy viene la luz y es como si iluminaran un escenario vacío, de vez en cuando pasa un coche, recuerdo que es domingo, veo en la torre de la iglesia que son las siete de la mañana, dentro de tres horas mi hijo se va de viaje, sé que no sé por qué hice lo que hice, pero sé que tenía que hacerlo y me siento otra vez muy cansado. ¿Cómo explicarle a mi mujer lo que sucedió, así tan de repente?, pero era algo que estaba por llegar, como las mareas, y ahora amanece y siento sueño y desamparo.

XIII

En realidad, el atardecer es más rápido que el amanecer. ¿O no?

De alguna manera, entiendo que el precio de la lucidez es la soledad.

Siete de la mañana. En tres horas, mi hijo se va de viaje. En el fondo, y sin quererlo, odio los días felices que va a vivir.

Pienso en ciertas cosas, estoy tan cansado.

El jilguero es el ritmista de los pájaros. Domina los misterios de la percusión, de los timbres y de los contratiempos como ninguna otra ave. Su canto es ágil y tiene un balance extraordinario, increíble.

En cambio, el canario es un clásico. El canario es para Haydn lo que el jilguero es para Stravinski. Los dos tienen tal sentido del equilibrio, que jamás cantan al mismo tiempo. A veces, cuando canta el canario, el jilguero decide hacer pequeñas intervenciones percusivas, pero sin exageraciones, para no poner en riesgo el brillo de la interpretación de su compañero. Creo que ambos se entienden muy bien.

Y ahora ya amaneció. Llegó el día, y el día es hoy. Tal vez sea exactamente al revés: el amanecer es mucho más rápido que el atardecer.

Recuerdo cierto atardecer: se va el sol, y de pronto ya es de noche, y hay una finísima luna nueva que se esconde y se muestra detrás de las nubes, y seguimos al acecho, esperando al cometa Kohoutek que ya se ve a simple vista, pero todavía no tiene cola y así no tiene ninguna gracia.

Imagínate: el jilguero, ritmista de los pájaros.

Jamás me hubiera imaginado que mi vida se vendría abajo o se levantaría de entre las ruinas un día, un amanecer en un cuarto de hotel y este viaje, el nuevo, el último, y pasó enero y el lugar que tú y yo abandonamos, y nos fuimos, y pasó enero y sus noches oscuras y yo buscándome, y las madrugadas, la ciudad allá abajo, con sus contornos vacíos, un cometa sin cola no tiene, con razón, ninguna gracia.

XIV

Ella tenía unos ojos enormes y una cama extremadamente chica. Mis pies sobraban. Era un edificio antiguo, oscuro, bajo, y el amanecer venía de pronto mucho más rápido que cualquier atardecer, que cualquier crepúsculo. Y yo salía a pie y caminaba hacia la playa, y desde lejos sentía la brisa del mar invadiéndolo todo, mi futuro recuerdo, y nunca más pude olvidar el edificio, mis escapadas furtivas, aquellos días de amaneceres sin fin.

Ella también era sin fin, y todo lo demás. Y de repente, aquí, contornos vacíos.

A veces, cuando canta el canario, el jilguero decide hacer pequeñas intervenciones percusivas, pero sin exageraciones, para no poner en riesgo el brillo de la interpretación de su compañero.

Creo, sí, que ambos se entienden muy bien.

XV

Voy a esperar a que acabe de amanecer. De todos los amaneceres, ¿qué quedó? La ladera suave, casas blancas, palmas de dátiles; los contornos de otra ciudad, la definitiva, la mía, la que mi recuerdo guardó como cicatriz; y los contornos de esta, vacíos de todo.

Pero sin exageraciones: serenamente vacíos y dolorosos.

Dentro de un año será otra vez enero y, de repente, otra vez: en la boca un sabor a brasas, en los pies el recuerdo de brisas marinas y yo siempre oyendo, cada noche oscura, mis pasos en busca de mí mismo como si vinieran del fondo de un patio y el canto hecho de filos de cuchillos, el corte, el coche subiendo despacio la colina, la mata de toronjil, mi mano fuera de la ventana del coche, la advertencia de mi madre: “Cuidado, que eso corta como navaja”, y ya el tajo, la sangre, ¿y qué cosa no corta como navaja, madre mía?

Este amanecer sin los contornos de la cicatriz, mi ciudad, aquella, la definitiva, y yo aquí, otro tajo, otro filo de navaja. ¿De dónde, este canto que dilacera?

Ciertas auroras traen rebaños, decía el canto de arreo.

Las mías trajeron promesas de noticias que no llegaron. No hubo última luna, últimas lunas, últimas luces.

Todo desaparecerá poco a poco, en la negrura del sueño. Después será otra vez el turno de la luna. A veces, cuando el canario canta.

LAS TRES ESTACIONES

(Para Chico Buarque de Hollanda)

I

Aquel fue un verano diferente, único. Un verano que empezó antes de tiempo y que desde el principio dejó claro que se extendería, atropellando calendarios, previsiones y recuerdos.

La casa se alzaba blanca a la mitad de la cuesta, rodeada de grandes almendros. La cuesta bajaba hacia el mar, suave al principio, abrupta al final. En la casa, la rutina se estableció durante los primeros días de sol, cuando la fuerza del verano se mostró en toda su impertinencia.

Todos los días, poco después de las ocho de la mañana, el chofer salía en el coche blanco e iba al pueblo, circulando veloz por los cuatro kilómetros del camino que corría sobre las rocas, bordeando el mar. Volvía siempre a las nueve con el pan, la correspondencia que recogía en el correo y, a veces, con una caja de naranjas. Los miércoles, la cocinera gorda, negra y serena lo acompañaba. Se sentaba en el asiento de adelante, junto a él, y viajaba en silencio, suspirando y mirando el mar. De regreso traía dos bolsas de frutas y verduras y un pescado envuelto en papel claro.

Ese día, el coche blanco estaba tardando un poco más en volver.

La casa era silenciosa y tenía grandes ventanales y dos balcones enormes que se abrían hacia el mar.

* * *

Todos los días, a las diez de la mañana, la joven aparecía en el balcón de abajo. Era un balcón de madera, que estaba precisamente frente al almendro más grande y la inmensidad del mar.

La joven era hermosa como el mundo, silenciosa como la casa y tenía veinte años. A veces aparecía con un vestido corto y claro sobre el cuerpo bronceado. A veces se ponía un bikini oscuro y un sombrero de paja.

La mesa era larga, y la joven se sentaba a tomar café y jugo de naranja; luego roía con pereza un trozo de queso e, invariablemente, dejaba una fruta a la mitad. Fingía leer el periódico y sólo después subía al balcón de arriba, donde extendía cuidadosamente una estera para asolearse. Había varias sillas de lona de diferentes colores y modelos en el balcón, pero la joven siempre prefería echarse al sol tendida sobre una estera.

Allí era donde el hombre solía reunirse con ella. Siempre se despertaba más tarde, cuando la joven ya había concluido la cuidadosa labor de extender la estera, tender su cuerpo esbelto, quitarse la parte de arriba del bikini y untarse lentamente un aceite con perfume de almendras en el cuerpo.

Ya hacía algún tiempo que el hombre había cumplido los cuarenta y su ritual matutino era rígido: a las once, después de saludar a la joven en el balcón del piso de arriba, bajaba, se tomaba un té y un jugo de naranja, se comía medio melón, hojeaba el periódico y se iba al pequeño estudio que había al fondo de la casa, donde oía música y fumaba, lejos de la joven. Leía la correspondencia, contestaba algunas cartas, pero no hacía el intento de trabajar.

Dormían en cuartos separados. Aquel verano, la joven era una recién llegada en la casa blanca de la cuesta. Había aparecido a mediados de la primavera, poco después de que se marchara la mujer del hombre. Hubo un último diálogo entre él y aquella mujer, pero la joven no lo sabía.

–¡Tiene veinte años! ¡Yo tengo ropa de hace veinte años! ¡Tú tienes discos de hace más de veinte años!

Él se le quedó viendo y dijo en voz baja:

–Escuché esa misma frase en una película. Que, por cierto, era muy mala.

Ella se fue y, pocas semanas después, llegó la joven con su cuerpo esbelto y recto, su colección de sombreros de paja y su manía de andar descalza.

El cuarto de la joven estaba en el segundo piso. Ella dormía sola en una cama al lado de la ventana. Era un cuarto grande. A veces el hombre caminaba por el balcón hasta la ventana abierta y se quedaba ahí, observando su cuerpo mientras ella dormía. Esas noches solía entrar por la ventana y se acostaba despacio en la cama de la joven. Pero amanecían siempre en cuartos separados.

En el cuarto del hombre, que estaba en el otro extremo del balcón del piso de arriba, había repisas con algunos libros y una pequeña grabadora. El hombre siempre se quedaba hasta tarde leyendo y oyendo música, sentado en la mecedora al lado de la ventana. El ventanal del cuarto del hombre daba a al mismo balcón por el que se escabullía ciertas noches para mirar el cuerpo dormido de la joven. Pero ella nunca había recorrido ese camino, jamás se había metido al cuarto del hombre saltando por la ventana abierta: iba por el corredor, descalza y en silencio, y se ovillaba en el suelo, al lado de la pequeña mecedora, y entonces el hombre sonreía y la conducía a la cama, delicadamente.

El hombre solía fumar en la cama y la joven detestaba el olor del cigarro, pero esa no era la razón por la que dormían en cuartos separados.

La rutina de aquel verano había sido cuidadosamente elaborada por el hombre el invierno anterior, cuando aún había otra mujer y vivían en otra casa. El hombre había tomado la decisión de volverse metódico y sereno, y a veces lo lograba.

Ahora, durante el verano, permanecía en el pequeño estudio al fondo de la casa hasta la una de la tarde y luego iba al balcón de abajo, se sentaba a la mesa y le sonreía a la joven.

Aquel verano comían frutas, verduras y carnes frías finísimamente rebanadas. La cocinera negra y gorda y silenciosa dejaba puestos los platones con ensalada y fruta y sólo se aparecía para llevarles el café, tras cerciorarse discreta de que el hombre había cruzado los cubiertos sobre el plato.

En realidad, el hombre y la joven hablaban muy poco durante aquellas comidas veraniegas. Después del café, el hombre volvía a su pequeño estudio al fondo de la casa, y a veces la joven iba con él. Oían música y charlaban, y entonces la joven volvía al balcón del piso de arriba en busca del sol de media tarde.

Dos veces a la semana, el hombre iba al pueblo a jugar tenis. Esas tardes, la joven iba con él y deambulaba por las pocas tiendas. Luego iba a esperarlo al bar de la pequeña bahía donde los pescadores atracaban sus barcos.

El hombre temía que la joven se aburriera. Procuraba ser atento y delicado, pero sentía que no era suficiente. Por eso, dos o tres veces a la semana iban a cenar al pueblo. En esas ocasiones, ella charlaba alegre y hacía planes para cuando el verano terminara y se fueran a algún otro lugar. El hombre tomaba vino blanco y comía pescado y ensalada. La joven solía comer despacio y le tocaba ligeramente sobre la mesa la mano al hombre.

Algunos sábados, el hombre llevaba a la joven a bailar. En realidad, él no bailaba: sólo miraba los movimientos de la joven y sentía un placer especial al ver sus piernas libres dentro de la tela suelta del vestido corto, más aún cuando daba vueltas y se adivinaba la curva suave de sus muslos, su piel dorada hundiéndose en el último trozo de tela, delicado y blanco. Esas noches, cuando volvían a casa, el hombre colgaba una hamaca amplia en el balcón del piso de arriba y ahí se quedaban los dos, libres en la brisa, hasta poco antes del amanecer; entonces el hombre se levantaba despacio y se iba a su cuarto. Fueron muchas las madrugadas que la joven despertó sola y desnuda, en la hamaca, al salir el sol.

II

Para la comida de aquel día había higos, jamón y, en un recipiente hondo de cerámica blanca, una ensalada llena de verdes, tonalidades rojizas, brillos inesperados. En otro recipiente con agua y cubos de hielo había algunos duraznos maduros. El hombre abrió una botella de vino blanco.

La joven acababa de salir de la ducha y se sentó a la mesa envuelta en una toalla blanca. Llevaba un sombrero de paja color rosa con una cinta azul, y el hombre le sonrió y pensó que, ciertamente, era la cosa más linda y delicada del mundo. A continuación le pareció que aquel era un pensamiento banal pero inevitable. Después de comer, en vez de llevarla a oír música en el pequeño estudio al fondo de la casa, la condujo con delicada firmeza al piso de arriba. Vio caer la toalla y sintió cómo cada milímetro de su cuerpo recibía a la joven con furia.

Durante el verano ocurren cosas extrañas y mucho más durante un verano como aquel, diferente, único.

La tarde del mismo día que había comido higos antes de sumergirse en el cuerpo de la joven, el hombre fue a la ciudad. Ella se quedó dormida en la cama del cuarto de él, que dejó la ventana abierta para que entrara la brisa del mar.

Aquella tarde, el hombre fue al pueblo conduciendo el coche blanco, cosa que no solía hacer: siempre usaba el cochecito oscuro, más discreto y veloz.

Jugó tenis una hora y después fue directo al bar de la pequeña bahía sin quitarse la ropa del juego, con el pelo todavía húmedo de sudor. Se sentó en la terraza, pidió una cerveza y el periódico de la tarde.

En el periódico no había nada importante –ni siquiera algo interesante– y el hombre lo hizo a un lado. Se quedó tomándose su cerveza e intentando recordar dónde había leído esta extraña confesión de una mujer: Tengo casi treinta años. Tengo dos hombres, ocho gatos, no tengo caries (uno de los hombres es dentista). Un día estaba contando a los gatos y, distraídamente, me conté.

Fue hace muchos años, pero la frase se le había quedado grabada en la memoria. El hombre creía que la mención de las caries era un poco de mal gusto, pero la verdad es que no le preocupaba mucho la cuestión. Lo que sí quería saber era lo siguiente: ¿qué cosas diría su joven? A ella todavía le faltaba mucho para tener casi treinta años, pero era capaz de esa soledad, de ese vacío, pensaba el hombre. Sería capaz de, distraídamente, contarse entre lo que fuera.

Tengo casi cincuenta años, pensó él e inmediatamente le pareció que estaba exagerando un poco. También le pareció que ese tipo de pensamiento no lo llevaría a ningún lado, y entonces pidió otra cerveza.

Cierta vez, en una ciudad de otro país, el hombre se sentó en un café que tenía mesitas en la acera y se puso a ver la calle. Empezaba a caer una llovizna muy fina, era la hora a la que la gente salía del trabajo y notó que la gente iba bien vestida. Intentó construir historias siguiendo con los ojos a algunos hombres y algunas mujeres. Se perdió, de repente, en la multitud, y sintió que partía hacia lo desconocido, y tuvo una especie de miedo, aunque no se había movido ni un instante de la mesa del café.

Era como contar gatos y, distraídamente, incluirse entre ellos, pensó. Y, con una sonrisa breve, pidió otra cerveza.

En ese instante apareció el gordo, de la nada. Le costó reconocerlo, pero el gordo se dirigía hacia su mesa con una sonrisa decidida y una mirada victoriosa. El hombre detestaba los encuentros inesperados con su imprecisa memoria y tardó varios segundos en reconocer, en aquel gordo de sonrisa impertinente, cada vez más cercano, a un compañero de los tiempos de la universidad.

La charla, por suerte, fue menos pesada de lo que temía. El hombre respondió intercalando sonrisas y evasivas, y el gordo se mostró menos atolondrado de lo que parecía al principio. Poco después intercambiaron promesas de reencuentros y números de teléfono. El hombre estaba exhausto de tanto esfuerzo por decir cosas coherentes, le dio el número de su secretaria en la capital y no dijo exactamente dónde se estaba quedando ni cuánto tiempo estaría en el pueblo.

El gordo, ya de pie, le dijo que se iba a la mañana siguiente. Mientras le tendía la mano para el hasta luego final, el gordo disparó la pregunta más temida, la imagen que el hombre todo el tiempo intentaba evitar.

–No volví a verla –respondió el hombre–. No volví a saber de ella.

La sequedad llegó a sorprenderlo, pero ya lo había dicho todo. Aun así, añadió con otra de sus sonrisas breves:

–Veintitantos años. Es mucho tiempo. La perdí de vista hace tanto tiempo que también perdí la cuenta. Ella se fue en un calendario antiguo.

El gordo guardó silencio, luego se sacó del bolsillo de la camisa una tarjeta de presentación y anotó al reverso un número de teléfono.

–Perdón por la tarjeta, pero es el único papel que tengo. Igual ya no la voy a necesitar. Te apunté su teléfono. Hace tiempo que no la veo, pero sé que sigue viviendo en el mismo lugar. Háblale, a ella le va a gustar.

El hombre se quedó con la tarjeta de presentación en la mano, viendo cómo se alejaba el gordo. Luego, y antes de que lo sepultara la marea de irritación, pagó la cuenta y se fue.

III

El verano prosiguió con su rutina de días inacabados y atardeceres suaves y largos. Varias veces, durante las semanas siguientes, el hombre y la joven fueron en el cochecito oscuro a nadar en pequeñas bahías retiradas del pueblo. Llevaban frutas y vino, se echaban al sol y el hombre veía a la joven alejarse desnuda en el mar con brazadas lentas.

Algunas tardes que no jugaba tenis, el hombre emprendía caminatas solitarias. Una de esas tardes fue a dar a una playa por la que nunca antes había caminado. Era una pequeña bahía, unos veinte kilómetros al sur de la aldea. El hombre estaba solo y había llegado conduciendo el coche oscuro, que estacionó al final de la playa.

Empezó a caminar por la arena y la bahía era pequeña, de no más de dos kilómetros de extensión, y la playa estaba desierta. A la mitad de la playa había una roca que se extendía casi hasta la orilla del mar y se alzaba, por su parte más alta, unos tres metros sobre la arena. El hombre pensó que con la marea alta el agua llegaría a hasta los pies de la roca. De lejos vio que había alguien sentado en la piedra. Caminó despacio, sintiendo en los pies la arena todavía tibia del atardecer. Cuando llegó exactamente frente a la roca, levantó los ojos hacia la figura sentada en lo alto. Era un hombre que fumaba mirando el mar. Pensó en hacerle alguna seña, pero desistió: el hombre lloraba.

De regreso dio un largo rodeo por atrás de la roca. El hombre seguía ahí, sentado, y él no quería volver a invadir ese territorio prohibido.

IV

Fue justo después de la comida de un sábado. La joven había invitado a dos amigas ese fin de semana y ellas habían llegado con un muchacho que decía cosas que creía que eran graciosas. Los cuatro se reían todo el tiempo. Al hombre no le gustaban las visitas, aun menos las visitas que no conocía y además lo cohibían un poco los amigos de la joven, chicos como ella, pero la joven estaba contenta y él no llegó realmente a molestarse.

Una de las amigas de la joven tenía unos ojos grandes que estacionó sobre el hombre durante toda la comida. A él le hizo gracia y, cuando se acabó la comida, los dejó solos. La joven sabría cómo distribuirlos en los cuartos de visitas. El hombre se fue al pequeño estudio al fondo de la casa y se puso a buscar un disco que hacía muchos años no escuchaba.

Desde la ventana del estudio, el hombre veía plantas, las copas de algunos árboles y una estrecha franja del mar, que parecía suspendida entre las hojas de los árboles.

Cuando la tarde se acercaba a su fin y se hizo el silencio en la casa, el hombre sacó de una cajita de madera que había en una mesa del estudio la tarjeta con el número escrito al reverso.

El gordo había anotado el número de aquella mujer perdida en el tiempo y en el recuerdo con trazos rápidos y tinta azul. El número estaba al otro lado de la tarjeta de presentación de un gerente de agencia de viajes. El gerente tenía un nombre común.

El hombre estuvo un rato viendo la estrecha franja de mar entre las hojas y dándole vueltas a la tarjeta de presentación. Finalmente tomó el teléfono y marcó. Ella seguía viviendo en la misma ciudad.

El hombre oyó timbrar el teléfono, calculó las distancias y finalmente una voz de mujer contestó.

Preguntó por ella. Oyó decir que no estaba. Preguntó a qué horas volvía.

–Se fueron a pasar el fin de semana en la playa, regresan mañana en la noche.

Se fueron. Con que era eso: se fueron. ¿Quién sería ese se fueron? ¿Un marido? ¿El primero, el segundo? ¿Hijos? ¿Cuántos?

Veintitantos años. ¿O serían más? Se acordaba de aquella mirada y aquel cuerpo, una geografía única que él tanto había recorrido y de la que se había impregnado hacía tantos años, aquellos años decisivos. Creía que se había librado para siempre y ahora tenía dudas.

El fin de semana prosiguió, pero el hombre se mantuvo al margen. Las pocas veces que salió del pequeño estudio al fondo de la casa oyó la risa de la joven y de sus jóvenes amigos en el balcón del piso de arriba. Pensó que era una suerte poder estar solo.

Poco antes de la comida del domingo, subió al balcón del piso arriba. Se encontró con la amiga de la joven –la de los ojos grandes– asoleándose. No vio a los demás. La amiga de la joven estaba echada, de espaldas al sol. Tenía un cuerpo bien definido, piel rojiza, el pelo recogido en la nuca con un moño de listón blanco.

Esa tarde, el hombre llevó a la joven y a sus amigos al pueblo. Fueron al bar de la pequeña bahía donde los pescadores solían atracar sus barcos, tomaron cerveza y él contempló tranquilo la alegría de la joven.

El lunes, cuando despertó, la casa estaba de nuevo en silencio y la joven estaba otra vez sola, tendida al sol.

No volvió a llamar a la mujer perdida en el tiempo y en la memoria ese lunes. Pero al día siguiente, poco antes de la comida, subió al cuarto, tomó el teléfono que estaba en la mesita de luz, y esa vez la empleada contestó al primer timbrazo.

No, no estaba: había salido para llevar a los niños a la clase de natación.

–¿Quiere dejarle algún recado, señor?

–No, gracias.

Niños. Conque era eso: niños. ¿De cuántos años? ¿Serían gemelos? Clases de natación.

Esa misma noche, volvió a llamar.

–Salió a cenar.

Sin saber muy bien por qué, preguntó por los niños.

–Se fueron a dormir a casa de su papá. ¿Está seguro de que no quiere dejar ningún recado?

Agradeció y colgó.

¿Quién la llevó a cenar?, pensaba. ¿A qué restaurante? ¿Irían siempre al mismo? ¿Sería su primera cita? ¿Qué comería ella?

Sabía, por ejemplo, que los martes los niños tenían clase de natación. Recordó el cuerpo de aquella mujer saliendo del mar en tantos días de sol y su cuerpo saliendo de albercas y tinas y duchas y tantas aguas de tantas partes, su cuerpo bajo la lluvia aquella tarde en que se quedaron parados en la calle, riéndose, la geografía cubierta de gotas, y él, en ese tiempo, conocía lo que había detrás de cada una de las infinitas gotas.

V

Así proseguía el verano. Hubo tres visitas más de fin de semana: los amigos de la joven volvieron una vez, el hermano del hombre pasó allí dos solitarios días y el hijo del hombre fue con un amigo.

La joven vio lo silencioso que era el hermano del hombre y le sorprendió la única vez que los dos charlaron en el balcón del piso de abajo al atardecer. Tomaban latas de cerveza y se reían fuerte, y esa fue la única vez que la joven vio al hombre verdaderamente alegre.

Parecían recordar cosas de su infancia y se quedaron hasta tarde. Cuando oscureció y la joven quiso encender la luz el balcón, el hombre le pidió:

–Queremos estar en la oscuridad adivinando el mar –dijo y siguieron charlando. Más tarde, decidieron ir a cenar al pueblo e invitaron a la joven.

Aquella noche, el hombre estaba radiante y de regreso le pidió a su hermano que condujera el coche blanco.

–Quiero seguir adivinando el mar –explicó mientras se acomodaba en el asiento de atrás y abría la ventana.

Cuando llegaron a la casa, el hermano se despidió y se fue al cuarto de visitas. El hombre llevó a la joven al balcón de arriba. Estuvieron sentados en dos sillas de lona, tomados de las manos, hasta que el hombre colgó la hamaca amplia y, con delicadeza, desvistió a la joven.

Ella se despertó en plena madrugada oyendo voces a lo lejos. Estaba sola en la hamaca y sintió que su piel se contraía levemente con la brisa. Se levantó y vio al hombre inclinado sobre el murete, contemplando el mar, donde unas lucecitas oscilaban: las voces que la joven había oído eran de los pescadores de tres barcos que intercambiaban información sobre los cardúmenes, ahí, al pie de la cuesta donde se alzaba la casa blanca.

Había una luna enorme en el cielo y la joven caminó hacia el hombre y lo abrazó por detrás. Y entonces la joven lo vio: el hombre lloraba en silencio. La joven apoyó la cara contra la espalda del hombre y lo abrazó con más fuerza.

Se fueron juntos al cuarto de él y cuando despuntó el día, por primera y única vez, amanecieron juntos en la misma cama.

Al oír el coche que volvía del pueblo, la joven se levantó y retomó la rutina del verano.

El hombre apareció en el balcón poco antes de las once y no dijo nada: se agachó junto a la estera y le acarició la cara a la joven antes de bajar por su té, su periódico, su jugo de naranja y por algo que se había partido para siempre.

La visita del hijo pareció más breve, aunque se quedó todo el fin de semana. El hombre se encerró con su hijo en el pequeño estudio al fondo de la casa y allí se quedó toda la tarde del sábado. El amigo del hijo se quedó en el balcón de arriba y varias veces la joven lo vio observar su cuerpo tendido al sol y le pareció divertido provocarlo un poco deslizándose el dedo por los hombros y luego bajando lentamente hasta la línea de su cintura. El amigo del hijo del hombre era un poco más joven que ella.

El domingo en la mañana el hombre llevó a su hijo y al amigo de su hijo a pescar en una playa que estaba a una hora de distancia. Volvieron a media tarde con algunos peces. Charlaron animosamente en el balcón de abajo a la hora de la cena, y el lunes, cuando despertaron, ya se habían marchado los dos.

VI

Las llamadas telefónicas siguieron, igual que las idas a cenar al pueblo algunas noches en que la joven charlaba alegre y le acariciaba la mano al hombre sobre la mesa, y hubo algunos sábados que el hombre llevó a la joven a bailar. El hombre siguió jugando tenis algunas tardes a la semana y reunió a sus compañeros de juego y a la joven en el bar de la pequeña bahía donde los pescadores atracaban sus barcos.

Faltaban pocas semanas para que terminara el verano cuando la joven empezó a pensar qué harían. El hombre sólo decía que ya habría tiempo para todo, hasta para pensar con calma qué hacer cuando el verano llegara a su fin.

El hombre no estaba preocupado y ella decidió no pensar más en el asunto. La vida le estaba pareciendo una cosa rara, fascinante y un poco temible. “Sólo un poco”, se decía a sí misma. Esa languidez, esos silencios y, al mismo tiempo, la extraña y profunda sensación de tierra firme. Sí, ya habría tiempo para todo, y lo mejor sería pensarlo con calma después.

Tres veces fue sola al pueblo, conduciendo el coche blanco y grande. Una de esas veces siguió la carretera hasta encontrar una playa donde no hubiera nadie. Dejó las alpargatas en el coche y caminó descalza hasta el mar. Se quitó la ropa y nadó sola y desnuda, y cuando volvió a la casa sentía una felicidad extraña.

Las llamadas telefónicas siguieron y el fin del verano parecía no llegar nunca, y el hombre aún no había decidido a dónde irían. Fue entonces cuando hizo un balance de lo que sabía de la mujer a la que no veía desde hacía más de veinte años, y a la que cada día recordaba más y más.

Eran dos niños, mucho más chicos que su hijo. El mayor tomaba clases de natación y pintura, el menor tomaba clases de natación y flauta; el mayor estudiaba inglés, el menor todavía no. El menor había pescado una gripa que le duró casi una semana, pero ya estaba curado.

La mujer había chocado a la salida de una gasolinera y estaba teniendo problemas con el seguro, pero su hermano prometió ayudarle. Alguien había llevado una caja de galletas danesas de regalo y la mujer quiso aprender a hacerlas, pero nada más le salieron unos bloquecitos dulzones y quemados. El padre de los niños se había ido a una breve temporada de pesca en la provincia y la mujer no había dejado que su hijo mayor fuera con él; eso causó una crisis de cinco días que sólo se superó con la promesa de comprarle una bicicleta roja en cuanto se acabara el verano y reiniciaran las clases.

La mujer había ido al dentista dos veces, el pediatra había estado en su casa una vez. La mujer había salido a cenar por lo menos una vez a la semana a lo largo de aquellos días de verano, y su prima había pasado cuatro días en su casa mientras le pintaban el departamento. Su hermana seguía viviendo en Italia, pero tenía problemas con su hijo mayor y también con su marido. Ellas dos hablaron por teléfono varias veces a lo largo de esos días, aunque él nunca supo de qué hablaban.

El verano se acercaba cada vez más a su fin y el hombre seguía sin decidir qué harían durante el otoño, mientras sentía que algo extraño pasaba en su vida.

Cierta noche subieron al balcón del piso de arriba, donde planeaban terminarse una botella de vino blanco que él había abierto durante la cena de pescado y ensalada.

El hombre necesitaba decirle cosas a la joven, pero no sabía cómo y pronto se dio cuenta de que tampoco sabía exactamente qué.

Decirle algo así: Tengo miedo de que acabes cansándote y te marches. O entonces: Tengo miedo de que te des cuenta de que, en el fondo, estoy intentando robarme un pedazo de tu juventud. O entonces: Tengo miedo de que te des cuenta de que dependo de estos días y de estas noches para seguir sabiendo que la vida vale la pena.

Había largos silencios aquel fin de verano y a veces él creía que la joven sabía exactamente lo que él quería decirle sin saberlo.

Un día descubrió que los dedos de la joven eran más largos de lo que había notado y que su forma de mirar el mar era extraña.

Pensó en todo lo que sin duda descubriría mientras durara la presencia de la joven, y sintió que, por sobre todas las cosas, necesitaba aquellos descubrimientos, aquellos alumbramientos: sentía que sin la joven sería como si el mundo dejara de moverse.

VII

El verano finalmente llegó a su fin y el hombre no sabía a dónde ir o qué hacer. Era como si el tiempo ya no tuviera ninguna importancia, como si lo que estaba por llegar fuera tan inevitable y él tan desaforadamente impotente, que no valiera la pena pensar en nada. “Dejar fluir”, pensaba el hombre en las madrugadas que salía al balcón de arriba, ya no para escabullirse en el cuarto de la joven, sino simplemente para ver la noche ocultando al mar y esperar los indicios del esperado amanecer.

Un día estaba contando a los gatos y, distraídamente, me conté. ¿Qué podría contar él?

En aquellos primeros días de otoño, las llamadas a la ciudad lejana, a la mujer perdida en el tiempo, empezaron a escasear. La vida diaria de una mujer sola con una empleada, dos hijos y algunos hombres ocasionales se había vuelto un tanto monótona. Él había intentado, en vano, encajar en aquella rutina. Y, no obstante, ciertas noches añoraba recibir noticias. Siempre tenía la precaución de llamar únicamente a horas permitidas. No se sentía capaz de llamarle a las cuatro de la mañana para decirle que, desde el ventanal del cuarto de aquella casa que ella jamás había conocido, podía verse el temporal, armándose a lo largo del mar.

A esas alturas del otoño, la rutina era otra. El hombre empezó a despertarse más temprano. Cuando el chofer salía para ir al pueblo por el pan, la correspondencia y a veces naranjas, el hombre ya estaba despierto. Caminaba por la carretera que corría sobre las rocas, bordeando el mar. Iba al pueblo y se quedaba allí, a la orilla de la carretera, esperando a que el chofer apareciera de regreso, conduciendo el gran coche blanco. Se acomodaba entonces en el asiento de atrás y volvía a la casa mirando el mar, cada día más gris y distante.

Seguían comiendo a la una de la tarde, pero ahora había sopas y quesos y platillos calientes en el balcón del piso de abajo de la casa.

La joven ya no tenía ningún sol para abrigar su cuerpo esbelto. Había más silencio entre los dos. El hombre le explicó que aún no había decidido qué hacer ni a dónde ir, pero que pronto tendría que volver a trabajar. Le sugirió a la joven que buscara alguna actividad que la distrajera. La joven se limitó a decir que estaba bien, que no se preocupara.

El hombre seguía yendo al pueblo dos o tres tardes por semana a jugar tenis, la joven seguía esperándolo en el bar frente a la pequeña bahía donde los pescadores solían atracar sus barcos. La joven mantenía su piel dorada aunque el sol despuntara cada vez más blanquecino en las mañanas.

Ya no se tendían en la ancha hamaca de la terraza de arriba. La joven seguía metiéndose descalza en el cuarto del hombre, noche adentro, e iba a ovillarse en el suelo junto a él, y le preguntaba con los ojos si todo estaba bien y entonces el hombre desplegaba una de sus breves sonrisas antes de acariciarle la cara y de pensar que, sin ella, el mundo realmente dejaría de moverse.

Cierta noche, la empleada preparó una pequeña pierna de cordero al horno con mantequilla y hierbas. El hombre se levantó para cortar las rebanadas más finas que la joven jamás hubiera visto. Hacía frío en el balcón y el hombre le dijo a la joven que a principios de la semana siguiente se marcharían.

–Nos quedan cinco días –dijo.

La joven respondió que prefería quedarse un poco más.

–Tengo que volver al trabajo –dijo el hombre.

–Pero puedes trabajar aquí –respondió la joven.

–Creo que es mejor que nos vayamos –dijo el hombre.

–Está bien –consintió la joven.

Aquella noche, poco antes de irse a su cuarto, la joven pasó por el cuarto del hombre, que había subido antes.

No entró: desde la puerta lo vio sentado en la pequeña mecedora escuchando una música especialmente triste mientras miraba por el ventanal abierto la oscuridad del mar y la noche. La joven no necesitó entrar para saber que el hombre otra vez lloraba sin saber por qué.

Aquella noche, mucho más tarde, el hombre llamó por teléfono a la casa de la mujer a la que no veía desde hacía veinte años o más. Esta vez, la mujer contestó. El hombre se asustó: su voz era exactamente la misma. El hombre no dijo nada. La mujer repitió dos, tres veces, preocupada:

–¿Bueno? ¿Bueno? –luego colgó.

Lo sé todo, pensó el hombre. ¿Qué preguntar? ¿Qué decir? ¿Para qué arriesgarse?

Dejó el teléfono y volvió a mirar la nada a través del ventanal. Al día siguiente despertó tarde y salió a caminar cuando la mañana avanzaba veloz hacia el mediodía. No volvió a comer: caminó hasta el pueblo y desde allí continuó en un autobús ruidoso hasta la misma playa donde meses antes había visto a un hombre sobre la roca.

La playa seguía desierta y el mar, más feroz. La marea alta realmente llegaba a la roca. Se sentó en la elevada piedra y se quedó ahí, viendo las aguas furiosas.

Una mujer sola que se acerca a los cincuenta años viviendo con dos hijos súbitamente pequeños, una empleada y algunos hombres ocasionales. ¿Quiénes serían esos hombres? ¿Habría, entre ellos, espacio para uno más?

“Tengo casi cincuenta años y una mujer que tiene ocho hombres. Un día estaba contando a los hombres y, distraídamente, me conté”, pensó él. Después repitió la frase en voz alta, pero sabía que era mentira.

¿Dónde, aquella geografía que él había descubierto solo, cuando todos en el mundo eran absurdamente jóvenes?

VIII

Aquel fue un otoño rápido y profundo, un otoño que comenzó sin que el hombre se diera cuenta y que desde el principio no dejó recuerdos.

En la casa blanca que se alzaba en la cuesta que bajaba hacia el mar, la serenidad dio lugar a una nueva rutina, más amarga, más corrosiva.

La brisa marina invadía las mañanas de la casa con su fuerte olor a mar y humedad. La joven pasaba las horas de la mañana en el balcón del piso de arriba. Solía recogerse el pelo con un pañuelo y se ponía a mirar el cielo en busca de algo que nunca apareció. De vez en cuando leía un libro. Ya no dormía desnuda y extendida en la cama del cuarto grande y blanco. Se encogía bajo una cobija tejida a mano y muchas veces se levantaba en la madrugada para cerrar la ventana. Muchas veces también vio al hombre sentado en el balcón, con un suéter grueso y fumando en la oscuridad.

Una noche, la joven despertó con el ventarrón y sintió miedo. Caminó por el corredor hasta el cuarto del hombre, pero el cuarto estaba vacío. Fue al ventanal y lo vio: el hombre estaba en el balcón, encogido detrás del murete, sólo su rostro sobresalía mirando el mar, y entonces ella vio, a lo lejos, contra los primeros signos de claridad de una mañana que parecía no llegar nunca, una nube que se levantaba desde las olas y se acercaba lentamente a tierra. El viento enloquecía los árboles y ella sintió más miedo. Caminó hacia donde estaba el hombre, se agachó junto a él, detrás del murete, él le pasó el brazo sobre los hombros y, en silencio, señaló el mar y la nube que se levantaba cada vez más cerca, y cuando la nube al fin llegó, la joven sintió en la cara las minúsculas gotas de una lluvia fina y filosa, que duró el tiempo exacto que tardó en pasar la nube.

La nube y la lluvia fina fueron como un telón que abrió paso a la mañana. La joven se sintió protegida y al mismo tiempo atraída por un raro desafío, el de esperar a la nube que venía del mar. Por el resto de su vida, ella intentaría calcular el tiempo de aquel vendaval. A veces creía que había sido más rápido. A veces creía que había durado horas.

Cuando todo acabó, el hombre la ayudó a levantarse y, sin decirle nada, la abrazó como quien inaugura la mañana clara, fría y postrera. Así era aquel otoño en la costa.

El chofer llevó a la joven en el gran coche blanco al aeropuerto aquella misma tarde. El viaje entre el aeropuerto y el pueblo duraba una hora. Cuando el coche salió, la joven miró atrás y vio al hombre en el portón de la casa blanca que se alzaba en la cuesta. El hombre hizo un gesto amplio y lento y sonrió.

Ya estaba bien avanzada la noche cuando el hombre volvió a llamar a la casa de la mujer, y esperó a que contestara la empleada. La mujer había ido al cine con su amiga. El hombre dio las gracias, no dejó recado, sólo dijo que volvería a llamar al día siguiente.

Recordaba a la mujer de hacía veintitantos años, su andar desparpajado, sus gestos, su risa, su cara, se recordaba caminando con ella por la arena de la playa, protegiéndose ambos de la lluvia en la parada de autobús de una avenida ajetreada, pero no podía recordar su propia cara de aquel tiempo y era como si, en aquella historia, él hubiera perdido los rasgos de su juventud, y los rasgos que veía junto a la mujer joven eran los de su cara actual.

Se quedó dormido cuando por el ventanal entraban los primeros albores del día –otro día de otoño en la costa, con un cielo claro y un sol blanquecino que no daba ni una gota de calor.

La mañana de aquel día se tomaba su té en el balcón de abajo y recorría con los ojos el periódico cuando la empleada le preguntó qué debía hacer con los papeles que se amontonaban hechos bola junto a la mecedora del cuarto.

El hombre respondió que todo aquello era basura. En ese mismo instante recordó la tarjeta de presentación que estaba arrugada entre esos papeles, pero no dijo nada.

IX

El hombre siempre había tenido una memoria asombrosa para los números telefónicos. Podía, sin mayores esfuerzos, acordarse de hasta cuarenta números sin necesidad de consultar ningún papel. Sabía que el teléfono de la mujer perdida en el tiempo seguía almacenado en esa memoria imposible y que seguiría allí un buen tiempo.

A la semana siguiente marcó el mismo número y esperó, pero nadie contestó. Era viernes por la noche y él calculó que la mujer habría salido con los niños durante el fin de semana y que seguramente la empleada estaría libre.

Por aquellos días, el hombre volvió a trabajar en el pequeño estudio al fondo de la casa y en la enorme sala del piso de abajo, junto al balcón de madera.

En la mesa del pequeño estudio, la correspondencia que el chofer traía todas las mañanas empezaba a formar una pila de dimensiones importantes, pero el hombre ni la miraba. Tampoco leía los periódicos por las mañanas y le dijo a la empleada que no contestaría ninguna llamada, a menos que fuera de la joven. Pero ella no llamó.

Una mañana, la joven volvió.

El hombre había salido a caminar por la carretera que iba al pueblo y después había continuado, en el mismo viejo autobús de la otra vez, hasta la bahía desierta donde una roca dividía la playa. Se quitó los zapatos y caminó por la arena, miró la roca y continuó hasta el final de la playa, luego volvió a la carretera y se puso a esperar el autobús, que tardó una eternidad.

Cuando finalmente llegó al pueblo, el hombre estaba exhausto. Llamó al chofer para pedirle que fuera por él.

Acababa de desplomarse en el asiento trasero cuando el conductor le dijo que la joven había vuelto a la casa.

Ella estaba en la terraza del piso de abajo y le sonrió; él se quedó en la entrada del porche y abrió los brazos mientras la joven corría hacia él sin dejar de sonreír.

La joven se había cortado el pelo.

X

Por la noche hizo frío, pero aun así cenaron en el balcón. Después pasaron a la enorme sala del piso de abajo y la joven se dio cuenta de que, durante todo aquel tiempo, no habían usado la sala: en los días de calor e incluso después, cuando llegó el otoño, sólo pasaban tiempo en el pequeño estudio al fondo de la casa o en los balcones o en los cuartos, y pensó que ese era otro signo de que las cosas andaban mal.

–¿Cómo te fue? –preguntó el hombre.

Ella lo miró y dijo:

–Ya me lo preguntaste y ya te lo dije: me fue bien.

El hombre no pareció darle ninguna importancia a su respuesta.

–¿Quieres un licor?

–No. Pude recuperar mi empleo.

–¿No quieres nada?

–No, gracias.

–Yo voy a tomar un poquito más de vino.

–Tengo que empezar a trabajar ya. No sé ni cómo lo logré.

–Voy por otra botella, ahora vuelvo.

–Quiero hablar contigo. Lo necesito.

–Claro. Un minuto, nada más, voy por el vino.

La joven se quedó viendo el ventanal cerrado, viendo su propio reflejo en el vidrio y adivinando, tras la oscuridad de la noche, un mar que había perdido la calma desde hacía varias semanas.

El hombre volvió con una botella de vino y un vaso bajo.

–Qué bueno que regresaste, las últimas dos semanas fueron difíciles. ¿Segura que no quieres vino?

–Segura. No, no quiero.

–Qué bueno que regresaste.

–Es que no regresé.

Él la miró y empezó a sonreír.

–Sólo vine a despedirme. Ya te lo dije, pude recuperar mi empleo, voy a buscar un departamento en cuanto llegue.

Entonces el hombre dejó de sonreír, se sentó en un sillón que estaba más cerca de la pared y extendió los pies sobre la mesa de madera, con cuidado, para no tirar ninguna de las pequeñas piezas de cerámica que había encima.

–Te dije que tenía que hablar contigo. Hubiera preferido que no pasara todo esto, que pudiera ser de otra manera, pero no fue posible. Se acabó. Sólo vengo a despedirme y a recoger lo que dejé.

El hombre no dijo nada. Encendió un cigarro, tomó vino y la observó mientras pensaba: “Entonces, es eso. Es eso. No duró ni cuatro estaciones. Yo sabía que sería así, pero pensé que no tenía por qué serlo, que podría ser distinto”.

“Así que es eso”, pensó él. “A recoger lo que dejé.”

–¿Y sabes qué dejaste?

Ella lo miró un poco sorprendida antes de decir:

–Claro.

“No tienes ni idea”, pensó el hombre. “¿Qué es lo que viniste a recoger? ¿Viniste por ti misma tendida al sol, por ti misma con el cuerpo húmedo, las gotas sobre la piel, cada gota, cada milímetro de esa geografía perdida, por ti misma, por tus dedos y por el mundo que se mueve porque existes? ¿Por eso viniste? Nunca vas a saber qué estás dejando y nunca vas a saber qué es lo que te llevas.”

–Lo siento mucho –dijo ella.

El hombre siguió en silencio, la joven se levantó y caminó hacia la ventana.

–No fue lo que pensé que sería. Fue perfecto, pero se acabó –dijo ella.

–Está bien.

–No, no está bien. No digas que está bien cuando tú sabes que yo sé que no está nada bien. Pero es lo que tiene que ser.

–Está bien.

–¿Sabes qué pasó? –la joven estaba casi gritando.

–Sí –dijo él en un susurro–, viniste a recoger lo que dejaste y te estás marchando.

Entonces ella pensó que el hombre podía ser la persona más insoportable del mundo.

–Esto es lo que pasó: no puedo seguir. Me desenamoré de ti.

“La banalidad no tiene horario ni límites”, pensó él y sonrió.

–Puedes reírte todo lo que quieras, pero eso es lo que pasó. ¿Sabes qué? Las armas de tu seducción ya no funcionan. Ya no me llegan.

–¿Armas de seducción? Nunca pensé que yo tuviera armas de seducción.

–Ah, sí que las tienes y sabes muy bien cómo usarlas, pero conmigo ya no funcionan.

–Está bien. Lo siento.

“Armas de seducción”, pensó. “Dios mío, líbrame de oír esta clase de cosas.”

–Preferiría que hubiera sido distinto.

–Yo también.

–Pero no lo fue. Y ahora me marcho, voy a retomar las cosas donde las dejé.

–Está bien.

Estuvieron otro rato sentados en silencio en la sala, el hombre tomando vino y la joven mirando la oscuridad, y luego ella subió sin decir nada y él siguió fumando y tomándose el resto del vino.

Era muy tarde cuando él subió, entró en su cuarto, abrió la ventana que daba al balcón y a la noche fría, saltó, se escabulló hasta la ventana del cuarto de la joven, abrió la ventana intentando no hacer ruido y se metió despacio en su cama. La joven estaba despierta y le sonrió a la almohada.

“Debería haberle dicho: no pude soportar que te encerraras en tu mundo estableciendo límites y fronteras”, pensaba la joven. “Era como si me escondieras, como si marcaras los espacios, dejándome claro hasta dónde podía ir, o como si quisieras robarte poco a poco mi juventud y entonces tuve miedo y por eso me voy; había demasiados secretos, zonas prohibidas, distancias.”

No amanecieron juntos: cuando el hombre despertó en la cama de la joven, ella ya se había ido. En realidad, no se llevó casi nada. El hombre vio su ropa colgada en el armario, vio algunos libros apilados bajo la mesita de luz, el sombrero de paja rosa con una cinta azul colgado de un clavo atrás de la puerta. Pero él sabía que se había marchado para siempre.

XI

El hombre no llegó a saber cómo fue aquel invierno en la costa. La joven se marchó muy temprano, mientras él dormía, y luego él quiso acomodar las cosas de la joven como si ella fuera a volver en cualquier momento.

Sacó sus vestidos de los ganchos, los dobló uno a uno con cuidado, y era como si cargara cuerpos vacíos de vida; pensó que sería mejor dejarlos colgados y entonces se dio por vencido. No quiso abrir los cajones, lo dejó todo y salió del cuarto pensando que nada de lo que estaba pasando era verdad y que la joven volvería antes de la hora de comer.

Pasó el resto del día en el balcón del piso de arriba, sentado en una silla de lona, con una manta azul sobre las rodillas, leyendo un libro, adivinando el rumbo de los vientos y pensando que el invierno sería cruel y que sería mejor no esperarlo. No habría una cuarta estación en la costa. No para él, al menos.

Al anochecer se metió en su cuarto y tomó el teléfono. Intentó acordarse del número de la mujer que se había perdido en el tiempo y de la que lo sabía todo o casi, pero no pudo.

Supo que ya nunca podría recordar el número y también supo que no buscaría a nadie que pudiera sabérselo. Lo corroía la pereza o el miedo o las dos cosas.

A la mañana siguiente, muy temprano, le pidió al chofer que lo llevara al aeropuerto.

“Cuando vi que se había cortado el pelo entendí que se había acabado”, pensó. “Fue como si se hubiera vuelto más vieja o más triste, lo entendí al instante.”

Llevaba una pequeña maleta de lona y le dijo a la empleada:

–No sé cuándo voy a volver. Tal vez en primavera. Ocúpese de todo.

ÍNDICE

I. DICEN QUE ELLA EXISTE

TELEFUNKEN

ELJURAMENTO

LA MUJER DEL MAESTRO

CUANDO EL MUNDO ERA MÍO

DICEN QUE ELLA EXISTE (CINCO HISTORIAS DE SOLIDARIDAD)

MI PIE DERECHO

II. LA PREGUNTA

LA NOVIA DEL BATALLÓN

LA SUZANITA

LA PREGUNTA

III. LAS TRES ESTACIONES

COSAS DEL MUNDO

EN EL JARDÍN

AQUELLA MUJER

CUANDO EL CANARIO

LAS TRES ESTACIONES

Eric Nepomuceno nació en Brasil, en 1948.

Es escritor, traductor y periodista, autor de los libros de cuento Quarenta dólares e outras histórias (1987), Coisas do mundo (1994), A palavra nunca (1997) y Quartafeira (1998), entre otros, así como del reportaje O massacre (2007).

Ha radicado en Argentina, México y España.

En 1965 se inició en el periodismo y desde entonces ha colaborado en medios internacionales como El País, La Jornada, Crisis y Página 12. Ha traducido al portugués a autores como Juan Gelman, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. En tres ocasiones obtuvo el Prêmio Jabuti de la Câmara Brasileira do Livro, en la categoría de traducción. En 2012 Almadía publicó su libro de cuentos Bangladesh, tal vez.


LAS TRES ESTACIONES

de Eric Nepomuceno

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122 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9786078764136
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