Kitabı oku: «Nínive»
HENRIETTA ROSE-INNES
NÍNIVE
TRADUCIDO POR ANA MARIMÓN DRIBEN

Publicado por acuerdo con BLAKE FRIEDMANN Literary, TV and Film Agency Ltd.
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Edición digital: 2021
ISBN: 978-607-8764-26-6
En colaboración con el Fondo Ventura A.C.
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Para mi madre, que me hizo conocer al Asirio y a la mosca tse-tsé
Y los rebaños se tenderán en medio de ella, todas las bestias de las naciones: tanto el cormorán como el avetoro se hospedarán en los dinteles más elevados; su voz cantará en las ventanas; habrá desolación en los umbrales, porque él desvelará que el cedro fue arrancado.
Esta es la ciudad jubilosa que vivía despreocupadamente, que afirmaba en su corazón: “Yo soy, y no hay ninguna más que yo”. ¡Cómo es que se ha tornado en desolación, en una guarida para las bestias!
SOFONÍAS 2:14-15
Mis posesiones, cual una bandada de cuervos que asciende, se han alzado en vuelo, y lloraré: “Oh, mis posesiones”. Aquel que vino del sur, se llevó mis posesiones al sur, y lloraré: “Oh, mis posesiones”. Aquel que vino de las tierras altas se llevó mis posesiones a las tierras altas, y lloraré: “Oh, mis posesiones”. Mi plata, mis gemas y mi lapislázuli se han desperdigado por todas partes, y lloraré: “Oh, mis posesiones”. La ciénaga se ha tragado mis tesoros, y lloraré: “Oh, mis posesiones”. Hombres que ignoran la plata se han llenado las manos con mi plata. Hombres que ignoran las gemas se han ceñido mis gemas alrededor del cuello. Mis pequeños pájaros y aves de corral han sido arrastrados por el viento, y diré: “Ay, mi ciudad”. Se han llevado a mis muchachas esclavas y a mis niños en una embarcación, y diré: “Ay, mi ciudad”. Pobre de mí: mis muchachas esclavas usan extraños emblemas en una extraña ciudad. Mis jóvenes están de duelo en un desierto que desconocen.
Lamentaciones de Ur
(La diosa Ningal solloza por su ciudad.)
c. 2000 a.C.
Me siento como un viejo caballo de batalla que escucha el sonido de la trompeta, cuando leo acerca de la captura de escarabajos inusuales.
CHARLES DARWIN
1854
I. ENJAMBRE
¿Orugas? Fácil, piensa Katya. Incluso estas orugas, concentradas en un racimo espeso, que oscurecen el árbol desde el tronco hasta la cima y agitan sus cabellos anaranjados. Con tales orugas se puede lidiar.
Aun así, este árbol retorciéndose es un espectáculo extraño: un árbol mortificado. Particularmente aquí, donde el césped impecable desciende hacia la espléndida casa blanca, entre macizos de flores podados y llenos de motas rosas y azules. A un costado, justo en la visión que abarca el rabillo del ojo, un jardinero está recortando los bordes del pasto; su mirada se posa en Katya y el chico, y no en las cuchillas de su tijera. Al fondo de la escena se eleva Constantiaberg. Es un día de otoño, fresco pero luminoso. Las montañas exhiben la edad que tienen: se ven rugosas, erosionadas y enmudecidas por el cielo estentóreo. Es una tarde estupenda para una fiesta al aire libre.
Sin embargo, en el centro de la imagen hay una abominación. Este único árbol envuelto en una costra de materia invertebrada del color del azúcar quemado, con cuerpos rollizos y provistos de púas. Es posible imaginar que el árbol entero ha sido corroído y reemplazado por un tosco facsímil hecho de carne de oruga.
–Toby, guantes –dice Katya en tanto hace crujir sus dedos y los extiende, rígidos.
Su sobrino, exasperado, pone los ojos en blanco –gesto particularmente eficaz; esos ojos son esferas enormes y pálidas, verdes y con las partes blancas limpias en torno a los iris–, pero se inclina desde su estatura, superior a la de ella, para hundirle una bola arrugada de látex en la palma de la mano.
Los guantes son importantes. Katya no es en absoluto remilgada cuando se trata de cosas implacables y flácidas, pero algunas orugas poseen espinas irritantes. Los guantes gruesos usados en la jardinería, son demasiado incómodos para una labor tan fina y, además, Katya prefiere el tacto del látex: disminuye la sensibilidad, pero al comprimir los estímulos de fondo, también parece aislar sensaciones específicas. El paisaje áspero de la corteza, la tibieza de la piel sin su fricción. Los guantes forman parte del uniforme, a la par de las botas con puntera de acero y los overoles de tono estridente. El color característico de Katya: verde como de sapo venenoso, verde como de boomslang.1 Mientras Katya y Toby trabajan, sus uniformes los distinguen de los colores pastel del césped y las flores. Están enfrascados en la faena.
Katya sacude los guantes e intenta deslizarlos en sus manos.
–Necesitamos algo de talco. ¿No te pedí que consiguieras algo de talco?
Ojos en blanco, en señal de fastidio.
–Sí, sip –dice Toby, jugando con su cabello rubio aperlado, que lleva alisado hacia atrás y sujeto con una liga en un chongo burdo. Se lo ha dejado crecer desde que salió de la escuela, pocos meses atrás. Siempre está arrancándose la liga u oprimiéndola contra el cuero cabelludo al jalar los mechones, algo que hace que Katya experimente una punzada en las raíces de su propio pelo. Ambos, tía y sobrino, han apartado los mechones de sus rostros con pragmatismo, aunque, si uno los contempla con atención, tal impresión se diluye: las horquillas que sujetan el pelo son refulgentes, destinadas a niñas pequeñas. Toby las trajo y Katya se pregunta cuál es su procedencia. Se trata del tipo de cosas que usaría una adolescente para verse linda. Uno de los innumerables signos recientes de que su sobrino podría estar en contacto íntimo con jovencitas. ¿Cuántos años tiene ahora? ¿Diecisiete? La mitad de su propia edad: un cálculo que la desalienta. ¿Qué ha obtenido ella en el doble de tiempo?
–Vamos, pon todo en orden –dice Katya.
Él le sonríe para apaciguarla. La sonrisa de Toby posee algo que le confiere comicidad: sus dientes, pequeños y separados, casi semejan dientes de leche. Encías rosadas e intactas, como las de un cachorro. Con la boca abierta, parece mucho más joven de lo que es. A menudo, Katya quiere pedirle que se relaje. Cuando está en reposo y piensa que nadie lo observa, en su cara se perfilan bellas líneas sombrías; igual que a su madre, la melancolía sutil le sienta bien.
El uniforme le queda mejor a Toby que a ella. No hacen uniformes de tamaño adecuado para mujeres de baja estatura y senos grandes. El de Katya está enrollado en las piernas y ceñido en el busto. Es posible adquirir uniformes chinos, confeccionados para gente más menuda, aunque no para gente con pechos. Pero Toby, esbelto y alto, se ajusta en el suyo como un albañil, un cavador de zanjas. Como alguien designado para vestirlo.
En esencia, la tarea de Toby consiste en levantar los objetos más pesados; hay una fuerza sorprendente en esos miembros flacos, similares a los de una araña. Katya lo examina mientras él coloca en su sitio la primera caja de triplay y el vertedero de estaño, lo cual ejecuta de acuerdo con sus cuidadosas especificaciones. Una vez que todo está en su lugar, Toby retrocede y sostiene uno de sus brazos por la espalda, a la altura del codo, en tanto mira hacia arriba, al árbol. La postura resulta difícil de mantener con músculos excesivos en el torso. O con senos. Es una pose que Katya ha visto que adoptan ciertos peones delgados de granjas, en el campo. Como ellos, Toby sabe de qué manera conservar su energía.
De hecho, se trata de la misma actitud corporal del jardinero desgarbado que está de pie, cuesta abajo. Sus brazos y su pierna curvada remedan la postura de Toby; su overol de color azul desvaído contrasta con el de Toby –verde brillante–; y su piel oscura subraya la palidez de Toby. Es como si esperaran representar alguna suerte de danza simétrica.
Tiempo de ponerse en acción. Primero, Katya evalúa el enjambre; camina alrededor del árbol y echa un vistazo hacia arriba y hacia abajo, conjeturando números. Después se encorva y fisga, a unos centímetros, el vello dorsal de las criaturas en la corteza. Es necesario hallar a la oruga líder, al general del ejército. (Un general y no una reina. Para Katya, que decide ignorar los postulados de la biología, todas las orugas son masculinas: soldados rasos. Quizá por sus pequeñas cabezas con yelmos.) Con una mano alcanza el interior, quebranta el flujo y selecciona a un individuo robusto, uno que se ve gordo y jugoso y resuelto, y dotado de una gola particularmente fina de pelaje anaranjado.
Lo mejor es que la cliente esté allí para atestiguar dicho ritual y comprobar la pericia que se requiere, pero en este caso la mujer siente tanta repulsión que observa desde una distancia de cien metros. Katya puede vislumbrarla ahí abajo, en un vestido azul, con las manos sobre sus anchas caderas, atisbando la escena mientras los camareros y los sirvientes se mueven con premura detrás de ella. La música comienza a sonar. Una fiesta con clase: han contratado un cuarteto de cuerdas. Hay una hilera de mesas de caballete con manteles blancos y proveedores de banquetes disponiendo platos y vasos. Pronto se presentarán los invitados.
Katya sitúa el galardón que supone su larva sinuosa en el borde del conducto de escaño, en posición descendente, instigándolo a continuar su camino con ligeros pinchazos. Después, el truco es lograr que se acople el siguiente de la fila, y luego el siguiente, tras los numerosos y blandos talones de su hermano. Una vez que se encuentran en el vertedero, que se va estrechando, les resulta arduo tomar la dirección contraria, de regreso a la corriente. Así está diseñado el sistema. Una vez que se consigue cierto movimiento, todo se vuelve más fácil: las orugas, como los ñus migratorios, poseen un fuerte impulso gregario. Perciben una incitación, comienzan a activarse. Acaso sientan una ansiedad tenue e invertebrada, acaso crean que el enjambre aún no se ha consumado, que este no es el árbol apropiado, que les aguarda un árbol mejor, que quedarán rezagados. Hasta aquí ha llegado Katya en su estudio de la psicología de las orugas.
En breve, una modesta caravana de bestias peludas marchan por el conducto. Una fila de conga. Una vez que ocurre, es hermoso, en cierto modo: un río de carne de oruga mana del árbol, se separa de él y deja las ramas desnudas y agraviadas. Una vez que el cabecilla se desprende del conducto y cae en la caja, ya no hay vuelta atrás, no hay escapatoria.
–¡Yija! –dice Toby. Se menea de un lado a otro, excitado ante la lenta estampida de los gusanos.
Las orugas son fáciles.
El enjambre es muy vasto: sólo ha invadido un árbol, pero se trata de una infestación densa y exhaustiva. Deben emplearse dos cajas. Son contenedores de aduana, con agujeros perforados en las tapas de madera para permitir que los prisioneros respiren. Katya cierra las cajas y las asegura herméticamente con los pestillos; a continuación las apila una sobre otra. Es asombroso lo pesadas que son, oscilan un poco. Katya acerca el oído a la tapa y puede escuchar cómo se desplazan: un sonido húmedo y no el seco trajín escurridizo de los individuos conchudos. Estas pequeñas criaturas son fuertes cuando trabajan juntas. Por separado, uno las destroza con facilidad, aplastándolas con el talón, pero si actúan en conjunto... Katya las imagina alzándola por la fuerza, y a Toby también.
–Muy bien, Tobes –dice Katya–. Misión cumplida. Saquemos a estas preciosuras de aquí.
Toby emplaza sus largos brazos alrededor de las cajas y las levanta. Luego las balancea sobre su cabeza, una mano en cada costado, y desciende sin prisa a lo largo del césped, cantando feliz para sí mismo. La melodía suena a “I Shot the Sheriff”.
No puede evitarlo: Toby es un chico de carácter adorable. Tiene un resplandor que transmite sagacidad, gozo y una disposición de saludar al mundo y darle el beneficio de la duda. Katya siente una efímera vergüenza por desear que él fuera mayor, más escéptico, por imaginar que los años de la juventud de Toby se van fugando.
El jardinero, que en su andar sin rumbo se aproxima, la mira y ella le sonríe. Katya es más afable con este hombre de lo que lo sería si no portara su uniforme.
–¿Cómo las va a matar? –pregunta él.
–No lo hacemos.
–¿Entonces qué?
–Las liberamos en la naturaleza –responde–. Tenemos la estricta norma de no matar.
Este es el punto en el que la mayoría de la gente se echa a reír o frunce el rostro con repugnancia. Pero el jardinero sólo asiente de manera cortés, en tanto cierra, con un clic, la mandíbula de su podadera.
Mientras se acercan a la casa, Katya puede ver que los invitados han comenzado a llegar. Hombres de mediana edad con camisas y pantalones en tonos pastel, mujeres con vestidos de verano. Ella y Toby no están ataviados para mimetizarse en este contexto, tal como indican sus overoles verde rutilante –de la empresa Reubicación Indolora de Plagas (RIP)– y sus palpitantes cajas de captura.
Ahora, Katya divisa nuevamente abajo, en dirección a la piscina, la figura de su empleadora, la señora Brand, dirigiéndose a ellos con ademanes que expresan severidad. Sacudidas de cabeza, gestos que significan que hay que ahuyentar a los intrusos. La señora Brand se siente avergonzada por el problema de las orugas. Las criaturas se han transformado en un enjambre de la noche a la mañana, causándole un disgusto; no puede permitirles que lleven a cabo su congregación a la vista de los quisquillosos invitados.
Katya no desea mezclarse con los asistentes de la fiesta, pero la insolencia de la mujer despierta una voz en su interior que afirma: “Váyase a la mierda, señora”. Katya sonríe y sigue caminando.
Toby la mira con detenimiento, entre las cajas.
–Sólo sigue adelante –dice Katya.
Deciden transitar hacia la entrada principal. Unos cuantos invitados están ubicados junto a la piscina armónicamente curva, tragos en mano; cuando el equipo de trabajo de RIP se torna visible, los invitados se dispersan de modo instintivo. Para ellos, Katya y Toby usan trajes de material peligroso y su botín emite vibraciones radiactivas. Si Katya pudiera producir el ruido de una serpiente de cascabel, lo haría.
Su empleadora es una dama inflexible, guapa, de cabello corto y esmerilado. Su vestido –la cintura constreñida entre las anchas caderas y el pecho– combina con unos ojos tan azules que casi parecen ciegos. Dichos ojos están fijos en Toby y Katya con abierta hostilidad, como si sospechara que en verdad romperán las cajas y esparcirán gusanos por todos lados.
–Se suponía que terminarían alrededor de las tres –sisea la mujer.
Katya enfrenta su mirada inmóvil con otra ausente.
–Lo lamento. Hacemos lo necesario.
Este trabajo saca a relucir esa clase de cosas en ella.
En específico, se trata del uniforme. Cuando Katya se pone su atuendo verde, algo cambia. Se vuelve más arrogante, más agresiva, si bien con la pasividad de un sirviente. También se vuelve más artificial en sus movimientos y palabras: interpreta el papel de un hombre de trabajo. Resulta embriagador. Pero basta despojarla de su overol para que de nuevo sea afectuosa, un cordero, una niña.
La casa posee un área de estacionamiento amplia, al final de la ruta umbría que se extiende desde el portón de entrada. El sitio ha comenzado a saturarse de automóviles de lujo. Katya abre la parte posterior de su camioneta, su orgullo y deleite. El vehículo no es precisamente nuevo, pero le gusta que esté vapuleado y abollado y arenoso, provisto de huellas de su dueño anterior. Uno podría adivinar que lo condujo, casi hasta la muerte, algún canalla viejo y miserable con el culo huesudo: el asiento del conductor se halla tan ahuecado que Katya necesita dos cojines para poder ver por encima del volante. Ha acondicionado la camioneta con barrotes, transformando el sector trasero en una jaula, como la de un perrero, y la ha pintado de verde fulgurante. Ahora ostenta la leyenda: “Reubicación Indolora de Plagas” e ilustraciones de trazo pulcro, diseñadas por ella misma: una rata, una paloma y una araña.
Mientras Toby carga los recipientes portátiles en la parte posterior, Katya toma de la guantera una cajetilla de cigarros de madera e introduce cuatro o cinco orugas.
–¿Qué es eso que tienes ahí?
Ella cierra la cajetilla con un crujido y se da vuelta. La voz proviene del macizo de flores; no, es un jardín rocoso, con una glorieta cubierta de hiedra al fondo, en una pequeña ladera. Katya distingue una figura sentada en sus profundidades sombrías, bebiendo. Él levanta su vaso en un saludo alegre; después le hace señas para que se aproxime.
–Dame un segundo –le dice a Toby.
Una senda pavimentada concluye en la gruta. Más de cerca, Katya advierte que es un hombre alto, sentado en un banco de hierro forjado similar a un trono, con reposabrazos en forma de cabezas de dragones. Sus piernas se despliegan delante de él y un zarcillo de hiedra le hace cosquillas en la frente. El cuello de la camisa desabrochado, un vaso de whisky oblicuo en su puño.
Está parada frente a él, aguardando. Este es otro de los efectos que logra el uniforme. Del mismo modo en que facilitó su interacción con el jardinero, ahora también le ayuda a emprender negocios con quien es, a todas luces, un sujeto al mando. Por lo común, ante alguien así –evidentemente un hombre rico, poderoso, maduro–, Katya se sentiría incómoda. Dudaría dónde ubicarse, qué hacer con las manos, qué decir. Pero aquí, en este momento, su postura y su rol son claros. Él puede hablarle, si lo desea. O ella puede retirarse. Todo es parte del oficio.
Además, la manifiesta embriaguez del hombre la distiende. Parece un borracho benevolente. Entorna los ojos y la atisba tras la hiedra.
A Katya las personas ebrias no le resultan difíciles de tratar. Excepto que se muestren amenazantes o bulliciosas, pueden ser una compañía bastante apaciguadora. Se siente menos observada y hay algo conmovedor en la manera en que permiten que se les contemple en ese estado bobo, casi infantil. Y pese a que se hallan, en cierto sentido, nubladas por el licor, a la vez es como si se les pelara una capa, como si se desobstruyera una oclusión.
En este instante, Katya se siente libre de recorrer con la mirada el traje del hombre, su reloj, su cabello, sus accesorios y adornos. El individuo es sólido, fornido. Su boca y su nariz son pronunciadas, lo suficientemente amplias para equilibrar un rostro ancho, pero delineado con delicadeza. El rostro de un emperador romano. Sus años de plenitud han pasado y tiene varias copas encima. Cuando sonríe expone un canino gris, del mismo color que su pelo. Quizá tenga unos cincuenta y tantos.
–Echémosle un vistazo a la mercancía –dice.
Katya abre la tapa de la cajetilla de cigarros y la inclina para enseñarle las orugas parduscas. La mayoría de la gente retrocedería asqueada, o al menos chillaría. Pero en la cara de este individuo no hay nada: no hay aversión, tampoco interés. Le da un sorbo a su trago y luego, con un giro rápido y fortuito de la muñeca, arroja unas gotas de licor en la cajetilla.
Katya se la arrebata.
–¿Para qué hace eso?
Él se encoge de hombros.
–Seguramente no pueden sentir mucho, ¿no? Esta sustancia es nutritiva.
Katya frunce el entrecejo y cierra con cuidado la caja sobre las criaturas retorcidas.
–Entonces –dice el hombre–, una batalla contra las orugas. Buen trabajo para una chica. ¿Qué más eres capaz de hacer?
Su voz es agradable, más suave y musical de lo que sugeriría su corpulencia.
–Orugas, serpientes, ranas, babosas, cucarachas, babuinos, ratas, ratones, caracoles, palomas, garrapatas, geckos, moscas, pulgas, cucarachas –Katya escudriña su rostro en busca de una reacción. Los hombres suelen ser más melindrosos cuando se trata de estas cosas–. Murciélagos. Y arañas.
Él ríe –una risa semejante al ladrido de un perro de proporciones considerables– y zarandea su bebida en círculos, como si la recitación lo hiciera feliz y le confirmara algo.
–Entiendo. La pandilla entera. Los indeseables. ¡Los indeseados!
No está tan borracho como ella pensó. Sus diferentes capas se transforman: se están empañando y plegando. Una de ellas acaba de descorrerse para delatar algo duro y notorio. El whisky salpica otra vez el vaso y exhibe el hielo.
–¿Desea una tarjeta de presentación? –indaga Katya.
La situación lo divierte en extremo y da una palmada sobre su muslo extendido.
–Claro, ¿por qué no? Las tarjetas son buenas. Una tarjeta sería algo fantástico.
Lleva un anillo de oro grabado en la mano derecha. La mira con los ojos entrecerrados bajo el último sol del atardecer; pozos de líquido gris centellean entre sus párpados. Tras de sí, Katya percibe a Toby, que juega nervioso con las llaves de la camioneta. Las sombras se alargan.
–En mi bolsillo superior –señala Katya, inclinándose hacia el hombre. Normalmente, dicho movimiento evidenciaría el escote, pero como usa un atuendo verde rana abotonado hasta el cuello y sostiene una caja de orugas contra su pecho, se trata, más bien, de un gesto agresivo. Lo que logra con eso es abrir la puntita del bolsillo del pecho, lo suficiente como para que él vea un paquete de tarjetas de presentación. El hombre no vacila. Mientras sigue sonriendo con los ojos rasgados, de ese modo que revela tan poco, estira el brazo y arranca, como con pinzas, una sola tarjeta del bolsillo. Sus manos son gruesas, las uñas toscas pero muy cuidadas. Hace repiquetear la tarjeta en torno a la boca desnuda de su vaso y la examina con seriedad.
Katya se siente orgullosa de la tarjeta, en la que se lee: “ RIP: Reubicación Indolora de Plagas”. Fuente tipográfica sencilla. Nada ornamental, sólo los datos. Rata, paloma, araña. Dibujos de trazos simples, precisos. Le molesta un poco que no hayan sido delineados a escala, pero no es posible lograr mucho más en una tarjeta de presentación. Por debajo, su nombre: “Katya Grubbs.”
–Grubbs –enuncia el hombre, y ella aguarda su risa. La mayoría de la gente ensaya algún comentario o dice algo sobre la manera en que el nombre concuerda con el trabajo, etcétera.2 Pero él lo contempla con una mueca de contrariedad que sostiene durante demasiado tiempo.
–Esta no eres tú.
–Sí, soy yo.
El hombre la mira, ahora de forma incisiva.
–Creí haberle dicho a mi esposa que no contratara a los de tu especie.
–¿Señor?
–Grubbs, jamás olvidaría ese nombre. Fue el año pasado. Nínive.
¿Nínive? Katya sacude la cabeza, perpleja.
–Grubbs, Grubbs... –el hombre chasquea los dedos–. Len Grubbs.
Katya aprieta y rechina los dientes.
–Ese es mi padre.
–La misma pandilla, ¿no?
–No, yo soy diferente: empresa diferente, enfoque diferente.
–¿Cómo?
–Yo doy un trato humano, compasivo. Indoloro. Diferente.
Él golpetea los nudillos de sus dedos con el filo de la tarjeta.
–Bah. Bueno, más te vale que lo seas. Porque tu papá me estafó de modo espectacular, ¿lo sabías? Len Grubbs. Tomó mi dinero, anduvo jodiendo por ahí y se fue a la verga. Puedes contarle que dije eso.
Katya siente que está de pie en una posición extraña, inerte y tensa. La magia del uniforme comienza a fallar. Se encoge de hombros impasiblemente, con aire forzado.
–No tengo nada que ver con eso. No he visto a mi padre en años.
Él la mira, asiente e introduce la tarjeta en el bolsillo de la camisa. El aspecto de su camisa es terso pese al clima caluroso: algodón fino, sin duda alguna. Está transpirando la bebida alcohólica, pero sus prendas resisten. Y ahora se presenta la anfitriona, similar a un jacinto silvestre, en la esquina de la casa, gesticulando con su vaso. El rostro del hombre denota irritación en su momentánea parálisis, pero se levanta y aún sonríe de modo cordial. Sus movimientos son más contundentes y enérgicos de los que, por derecho, ejecutaría cualquier borracho.
–Bueno, te vamos a dar una oportunidad, supongo. Quizá pronto haya algo más de trabajo.
A continuación se inclina hacia delante y desliza su propia tarjeta –que aparece como por arte de magia en su palma: un truco– en el bolsillo de Katya. Ella percibe el cartón resbalando a través de la tela.
–En verdad creo que prefiero a mis combatientes de orugas. Sin embargo, ah... –la observa de arriba abajo; esboza un guiño– tratamiento indoloro.
En tanto la camioneta de RIP brega para subir por el escarpado sendero que conduce hacia la entrada, Toby se halla inusitadamente inmóvil. Posee una caja llena de orugas en el regazo, sus dedos largos descansan sobre la cubierta y cada cierto tiempo tamborilea en la madera con el índice y el dedo medio: un ritmo íntimo, que genera sosiego. Pobres criaturas, arrancadas a la fuerza, negándoseles su peregrinaje.
–¿Qué fue eso? –inquiere Toby con bastante acritud–. Ese tipo.
–Nada. Sólo el patrón.
Katya cambia a primera velocidad para eludir una conversación más pormenorizada. No obstante, alrededor de la curva del sendero se estaciona a un costado, saca la cajetilla de cigarros y la destapa despacio.
–¿Para qué son esos bichos?
Ella gira la manivela de la ventana y arroja las orugas entre los arbustos.
–Alguna garantía. Nos da un motivo para volver una vez más.
–¡Tía Katya! –ríe Toby– ¡Malvada! ¿Dónde lo aprendiste?
Se toma un segundo para responder.
–Mi papá –dice–. Mi papá me enseñó esa artimaña.
Notas al pie
1 Serpiente venenosa cuyo nombre significa “serpiente de árbol” en afrikáans y neerlandés. [N. de la T.]
2 Grub significa “larva” y, entre otros verbos, “cavar” y “desmalezar”. Por otro lado, el adjetivo grubby significa “sucio”, “asqueroso”, “sórdido” y “gusaniento”. [N. de la T.]
II. DESPRENDIMIENTO
Resulta extraño lo que le repugna a la gente. ¿Quién desdeñaría la amistad de un gecko, por ejemplo? Un gecko de ojos dorados, piel traslúcida y dedos extendidos en el muro de una granja. ¿Quién podría resentirse ante una araña de patas largas que teje su entramado de plata en el ángulo de una habitación? Pero las personas lo hacen: pagarán para que los maten, los envenenen, los destruyan.
Katya no destruye. Ese es su talento y su campo de acción. De manera que reubicará un nido de avispas, desviará una invasión de orugas, despejará un tejado repleto de palomas que anidan en sus rincones, batallará con un tropel de gatos sarnosos. No respinga cuando debe hacer frente a infestaciones de cucarachas, cúmulos de ratones, migraciones anómalas de abejas y puercoespines. Ha lidiado con babuinos, aunque dicha labor es inusualmente ardua. Por lo general, prefiere las bestias más pequeñas. Alienta a las arañas y es amiga de las palomas, a quienes otros llaman, sin piedad, ratas del aire. Su filosofía consiste en respetar a cualquier criatura que se las arregle para subsistir en la ciudad: criaturas que realizan todo tipo de actividades clandestinas, roban bocados de comida y día tras día negocian nuevos armisticios con los humanos entre los cuales viven. Sobrevivientes, ocupantes ilegales e invasores. Seres díscolos y tenaces. Ellos tienen su lugar.
En su mayoría, no hacen ningún daño real. Son objetables sólo porque han errado el camino y se han apartado de las zonas a las que pertenecen, o porque les provocan escalofríos a los humanos. Pero Katya no se estremece. Nunca. Es capaz de colgarse una serpiente alrededor del cuello, cual si fuera una bufanda, y sentir las escamas áridas, fluidas como el agua, en sus palmas envueltas en látex: no hay problema.
Tal es su tarea: auxiliar a esos pequeños residentes temporales en una tierra ajena. Llevar la naturaleza de regreso a la naturaleza, mantener amansada a la mansedumbre. Patrullar las fronteras. En ocasiones, una parte de sí misma quisiera revertir la circulación, enmarañarla. Tomar esta caja de orugas, por ejemplo, y vaciarla en aquel palacio de Constantia que acaban de abandonar, aun cuando eso signifique caos, alaridos, vestidos arruinados y cuerpos esponjosos estrujados contra el césped.
Pero he ahí la voz de su padre. Su sentido del humor iracundo.
Len Grubbs: hombre dedicado a la fumigación de plagas durante toda su vida. Un exterminador. Jamás se molestó demasiado en hacer las cosas de forma correcta o en volver a situar las cosas en el lugar debido.
Trampas y veneno: sólo sabía de eso. Con frecuencia recibía mordeduras. Una vez lo mordió una víbora bufadora. E incluso mientras padecía esa agonía, se aseguró de moler a palos a la bestia hasta matarla. Un combate cuerpo a cuerpo: así es como Len Grubbs desempeñaba su oficio.
En contraste, el trabajo de Katya se funda en un procedimiento relativamente amable, centrado en el rescate y la limpieza. Con todo, saca a la luz su temple malicioso, inicuo. Quizá por la clase de animales a los que tiene que enfrentarse, y que su padre enfrentó antes que ella: los indeseados. Los indeseables.
En el Bosque de Newlands, Katya y Toby ascienden a través de los pinos y transportan las cajas hasta un sector de árboles autóctonos. Ella está contenta de recorrer este tramo desolado en compañía de Toby. Internarse sola en el bosque puede resultar angustiante, aunque le gusta pensar que una mujer con una caja de aborrecibles orugas presionada contra su pecho se encuentra a salvo de la mayoría de los posibles embates.
Se hallan en una zona distante del itinerario habitual, en un territorio que Katya no visita a menudo. Ha sido idea de Toby. El chico divisó un árbol que parece inmejorable para las orugas. Ella advierte, con interés, otro aspecto de su sobrino que desconocía: su predisposición a vagar por los bosques.
Toby se quitó los zapatos en la camioneta y sus enormes pies, que han tomado la delantera, franquean con confianza el lecho de agujas de pino. En tanto Katya lo observa moviéndose contra las ramas –algunas resplandecen, blanquecinas, en la incipiente oscuridad del aire–, piensa de nuevo que es como un joven árbol. Pese a su complexión delgada, su cabello liso y frágil, y sus ojos líquidos, Toby no es un chico mustio. De hecho, posee una suerte de resistencia elástica, semejante a la de la madera recién cortada. Y he ahí el verdor vegetal que corre por sus venas, bajo la piel, y el aroma de su cuerpo, ligeramente parecido al de la savia. “Ahora soy vegano”, le contó hace poco. Quizá por eso esté creciendo con tanta rapidez: fotosíntesis.
A lo largo de los años, Katya ha visto su transformación de un niño robusto y rubio en un adolescente espigado. No es guapo. Su rostro es demasiado amplio a la altura de la frente y puntiagudo en el mentón; la nariz, prolongada en exceso. Pero tiene esos ojos luminosos en las profundidades, tras extensas pestañas, y la delgadez de los labios se compensa en virtud de su encanto, del modo en que los junta y los presiona entre cada sonrisa, mientras reprime pensamientos indefinidos. ¿No es cierto que las chicas desearían algo así? Además, una vez que haya ganado volumen, tendrá la estatura a su favor. Hombros anchos. Piernas interminables. Dedos estilizados, idóneos para rasgar las cuerdas de una guitarra en torno a fogatas. Sin duda, alto como su padre, piensa Katya. Al contrario que nosotros. El pelo también atestigua la herencia de ese hombre: el padre lívido a quien ella jamás conoció, pero que parece revelarse a sí mismo, en diversas etapas, a través del cuerpo de su hijo, a partir de desplegar las extremidades del adolescente, de flexionar sus dedos esbeltos, disímiles a los de los Grubbs.
Los Grubbs son bajos pero con músculos bien desarrollados, de piernas cortas y brazos demasiado largos. Gente análoga a los monos. Rostros simiescos, narices chatas. A su hermana Alma, de cabello largo y claro, dichos rasgos la hacen verse bonita. Katya siempre usó el pelo corto y es más oscuro, como el de papá. Todos tienen el mismo porte: se conducen con celeridad y la espalda recta.
Las orejas de Katya, misteriosamente pequeñas, deben provenir de su madre, igual que sus senos grandes. Pero en todos los demás aspectos, la influencia de Sylvie, como su memoria, es difusa y va atenuándose de manera paulatina. Hay muchas otras partes del cuerpo en las que Katya puede identificar, sin asomo de duda, la vigorosa estirpe de su padre. Las manos, por ejemplo. En los viejos tiempos, cuando solían comer juntos, se descubría analizando los dedos ínfimos de Len, unidos a unas palmas cuadrangulares, útiles. Al dirigir la mirada hacia la mesa, ahí estaban las mismas manos, si bien más pequeñas y en una versión menos deteriorada, asidas a sus propios cuchillo y tenedor. Siempre temió desarrollar los nudillos protuberantes de Len, nudillos que hacía restallar en los oídos de sus hijas para despertarlas cada mañana.
Alma también había heredado esas manos, aunque ella las usaba con delicadeza, manipulando los cubiertos con precisión neurótica. Las puntas de sus dedos índices oprimían el acero de modo inofensivo, en tanto diseccionaba la comida en bocados más y más diminutos. En respuesta, Katya emitía ruidos al comer y masticaba con la boca abierta –igual que papá–, mostrándole a Alma sus dientes y su desprecio.
Katya se pregunta cómo habrá cambiado Len con la edad. Acaso esté calvo. La última vez que lo vio, su cabello empezaba a volverse ralo. Su semblante parecía menos simétrico, las facciones más acentuadas; los ojos y la nariz destacaban en la cabeza pequeña y redonda. No obstante, su expresión, en esencia, seguía siendo la misma: imperturbable, despectivamente risueña. Con frecuencia atisba esa expresión, pese a que no se ha encontrado con su padre en años. La percibe en el espejo casi todas las mañanas.
Toby se detiene, de súbito, en un pequeño claro bajo un árbol ensortijado. Alrededor de la base del tronco hay algunas tablas y rocas homogéneas, dispuestas en círculo. Sobre las rocas, cera derretida de velas.
–¿Cómo hallaste este lugar, sea lo que sea?
Él se encoge de hombros: un movimiento desorbitado, dada su incipiente amplitud.
–A veces vengo aquí con amigos –dice.
–¿Eh? –se desconcierta Katya– Vaya, pues.
Se trata, sin discusión, de un sitio al que uno acudiría para fumar mariguana; ella también fue adolescente en alguna época. Otra cosa que ignoraba acerca de Toby.
Katya toca un tegumento duro y velloso. Le pertenece a un almendro salvaje, la especie que Jan van Riebeeck utilizó en su famoso seto vivo, destinado a mantener a los khoisan fuera del antiguo asentamiento holandés. ¿Podría ser este uno de los árboles originales?
Seguro papá me enseñó eso, reflexiona.
Las ramas gruñen y tiemblan. Toby está en las alturas, por encima de su cabeza; sus grandes pies se aferran al tronco.
–Oye, baja de ahí. No hay tiempo para travesuras.
El chico cae al suelo, a su lado, en medio de un alboroto de vástagos que se dispersan.
Niño insolente. Niño de caricatura. Siempre ha experimentado instantes repentinos de energía y extenuación. Retoza durante un minuto y al siguiente se desmorona y toma una siesta, esté donde esté. Galopa u holgazanea o se pasea sin rumbo; baila, zumba y da brincos. Katya lo imagina levantándose de la cama durante una bella mañana y saltando con ambas piernas para introducirse en sus jeans. Cuando descansa, yace inerte; en estado de vigilia, se ve naturalmente alerta, radiante y perspicaz. No existe una fase de transición. Katya jamás ha vislumbrado turbiedad o apatía en sus ojos.
Toby se acuclilla junto a las cajas y la mira, expectante.
–Hazlo, Tobes. Tú sabes cómo.
Katya lo escudriña mientras descorre el pestillo de una de las tapas, saca una oruga con sus largos dedos y la coloca en la corteza del árbol. Toby ha adquirido confianza en su labor. Ella lo sabe por la manera en que suele acariciar o alzar en brazos a algún pequeño y triste viajero. Cierto gato sarnoso o cierta cucaracha desventurada. El toque familiar.
–¿No es esto genial? –susurra al tiempo que las criaturas reanudan su marcha.
Arrodillados uno junto al otro, Katya y Toby contemplan la tortuosa urdimbre de cuerpos de oruga. Él ha elegido bien el árbol; las bestias lo aprueban.
–Ya está hecho –dice; su voz se ha suavizado y es más honda en el crepúsculo.
Una visión memoriosa surge, de modo inexacto, a partir de la escena. Seguro fue aquí o cerca de aquí, años atrás y al anochecer... Katya había emprendido una caminata... No. Eso no es certero. Era una niña y no andaba por cuenta propia. Iban ambos. Ella y papá. Katya podía oler su tabaco liado. Habían tomado una senda durante el ocaso, cuando ya casi oscurecía. Los árboles se cerraban en un túnel sobre ellos. Estaban trabajando.
Presta atención. Papá se hallaba agachado, resuelto; su cuerpo entero se dirigía hacia un punto en el terreno. Ella se postró junto a él, cautelosa y taciturna. Orgullosa de sus pasos sutiles, de sus acercamientos sigilosos.
Una silueta negra se crispaba en la arena. Al principio, pensó que se trataba de cierto tipo de insecto, de una mariposa aletargada batiendo sus alas. Pero, al apoyarse en el suelo, vio que era un mamífero: una musaraña, del tamaño de la coyuntura de su dedo pulgar, absorta en alguna actividad vehemente. Tan absorta que hizo caso omiso de quienes la investigaban, aun cuando Katya aproximó el rostro. Su pelaje era algo más oscuro que el color de la hojarasca; sus garras, delicadas y virulentas. Katya comprendió por primera vez por qué las musarañas son emblemas de ferocidad: esta minúscula criatura estaba sumida en una carnicería. Sujetaba a una lombriz de tierra que intentaba huir hacia un hoyo. Arrastraba el cuerpo baboso, rosado y grisáceo fuera del suelo, con una mano sobre la otra –como un marinero que maniobra una soga gruesa–, y simultáneamente lo embutía entre sus fauces, abiertas de par en par a fin de dar cabida al tubo convulsionado. Un espectáculo ridículo, obsceno, imponente.
Estuvieron allí sentados durante largo rato, curioseando aquel salvajismo en miniatura, hasta que la luz se desvaneció. Su padre se puso de pie sin necesidad de impulsarse con las manos. Ella admiraba su fuerza nervuda, su entendimiento instintivo del bosque. Imitó su movimiento, tambaleándose un poco para mantener el equilibrio. En otro momento, él habría concluido la aventura con un aullido o, peor aún, con un zapateo. Pero esa noche guardó silencio. No muy a menudo permanecía tan estático.
El silencio de aquella noche lejana, los troncos de los árboles, ennegrecidos en oposición al cielo fulgurante... En su memoria, la escena entraña un sentimiento místico. ¿Es posible que Len la haya tomado de la mano para conducirla a través de los árboles? Seguro que no.
–Ey –dice Toby–. No está funcionando.
La luz es lánguida bajo el árbol en el que liberó a las orugas. Algunas se adhirieron a la corteza, otras cayeron a la tierra y otras más deambulan por la maleza. La disciplina militar se ha roto; el general ha perdido su dominio.
–No se arremolinan en un enjambre, como lo hicieron antes.
Katya se encoge de hombros. Es verdad. Se siente cansada.
–Lo intentamos, Tobes. No podemos complacer a todas.
Él se ve tan abatido que es mejor no añadir que pájaros, nutrias y serpientes devorarán a la mayoría. En la montaña se libran incontables y minúsculas batallas de esa índole. Es un territorio en disputa, de luchas yuxtapuestas, tridimensional, patrullado con fervor. Posee millones de reinos en miniatura, del tamaño de la palma de su mano, de la huella que deja su pisada, de su uña.
Katya se incorpora y se sacude de las rodillas los restos de un mantillo de hojas.
–Vámonos de aquí, Tobes. Estoy totalmente extraviada.
En realidad no es posible perderse aquí en el bosque, con la montaña de un lado y la ciudad del otro.
Toby indica la senda y emprende la marcha; sus piernas largas se desplazan sobre leños y se abren camino entre helechos secos. No es la dirección que ella hubiera elegido. Cierta cosa pequeña se escabulle, escapando de ellos, invisible en los matorrales. Se escucha un gorjeo, un murmullo, un aleteo. Katya imagina que las orugas descubren su rastro y se deslizan despacio tras ellos, hasta llegar a casa.
Cuando salen de la frondosa arboleda, ambos suspenden el trayecto durante unos instantes, extasiados ante paisajes más vastos. El sendero zigzagueante establece aquí una pausa, en un arcén despojado, permitiéndoles gozar de una vista panorámica: hacia arriba, la faz expuesta de la montaña; hacia abajo, la perspectiva de la ciudad. Katya ha residido y trabajado en Ciudad del Cabo toda su vida; aun así, hay lugares de la urbe que jamás ha visitado. Trata, en vano, de columbrar su hogar entre determinados puntos de referencia, sitios familiares. Se estremece.
–Vayamos a casa, Tobes. Antes de que oscurezca.
Mientras se dirige a casa después de dejar a Toby en el domicilio de su madre, en Claremont, Katya se siente agotada y virtuosa. No siempre tiene tanto brío. En ocasiones, tan sólo ha descargado criaturas a un costado de la ruta o ha vertido a las de sangre fría en el Canal de Liesbeek. Sin embargo, eso le genera remordimiento. Los peces son un asunto peliagudo. Cuando era más joven, a veces iba a nadar a un lugar de la carretera Tafelberg donde los arroyos de la montaña se congregan en profundos tanques de concreto, antes de pasar bajo la ruta. Un día, alguien liberó sus carpas doradas en una de esas piscinas: se reprodujeron hasta el delirio y llenaron el agua de destellos estridentes. Los peces silvestres no duraron mucho; sin duda se comieron todos los renacuajos disponibles y luego murieron de hambre. Katya revisó el tanque en otra oportunidad y estaba desprovisto de cualquier forma de vida. No encontró peces ni anfibios. Un experimento de reubicación que había salido horriblemente mal.
Enfrente de su casa solía existir un parque con juegos infantiles, pequeño pero muy arbolado, donde liberaba a las bestias cuando sentía pereza. A lo largo de los seis años transcurridos desde el inicio de su negocio, el parque asimiló, sin efectos nocivos, una cantidad asombrosa de bichos y amenazas menores, absorbiéndolos como una esponja. Durante cierto periodo, el acontecimiento se volvió objeto de una fascinación algo enfermiza: ¿cuánta biomasa podía contener aquel exiguo entorno? Era un pañuelo de mago, que envolvía y hacía desaparecer mil conejos. ¿Los animales se dedicaron a comerse unos a otros? Sin duda hubo alguna fuga, alguna filtración de ratones y jejenes que se precipitaron hacia las calles y los drenajes circundantes, pero ella no puede afirmar que lo haya notado, y los moradores humanos del parque –los cinco o seis vagabundos que vivían detrás de los baños públicos, es decir, Derek y sus amigos– nunca se quejaron.
Ahora, el parque es una zona vedada. A decir verdad, apenas perdura: lo han derribado. La demolición finalizó hace una semana, pero Katya aún no se acostumbra al cambio. Maneja el vehículo de RIP, dobla en la esquina de su casa y su corazón da un vuelco al ver la calle tan desfigurada. Tiene un aspecto inestable, como si la vía entera se inclinara, no hacia su hogar, sino hacia el hueco perturbador hendido del otro lado. Hay más cielo que antes. Incluso puede otear un fragmento de la montaña por encima de los techos, fragmento que hoy es azul pizarra y viste una caperuza de nubes.
Estaciona la camioneta en la entrada de su cochera y cruza la calle para observar la excavación. La valla está tan fría como lo indica su apariencia; extrae el calor de su mano y lo incorpora al enrejado metálico. Mientras Katya se desplaza, sus dedos chocan, entran y salen de los orificios de la alambrada, sujetan los filamentos y se desembarazan de ellos. Los segmentos laterales de la plaza cercada forman patrones delicados como la seda, que se contraponen en una trayectoria circular, resplandecen y se alinean.
Rastros de gruesos neumáticos trazan una curva que desemboca en la calzada; la curva pasa bajo la puerta de la valla, cerrada con candado, y a través del borde de la acera. Se ha cavado una zanja; yacen expuestos viejos cimientos, estratos de concreto y tuberías metálicas retorcidas. Pozos de agua turbia en el fondo de la excavación. El agua estancada huele a monedas enterradas durante mucho tiempo. Apoyada en la cerca de alambre, Katya escruta el agua color peltre y mira los bosquejos oscilantes de edificios y farolas, una ciudad sumergida que quizá aún podría erigirse, intacta. Pero la superficie del agua es opaca, y ella, un reflejo borroso en la leche sucia.
Por supuesto, la destrucción del parque no representa ninguna sorpresa. Katya ha atestiguado el deterioro desde una ventana del piso superior de su casa, paso a paso. Primero el pasamanos, los toboganes, el tiovivo, los columpios y el subibaja: arrancados de raíz y tumbados, revueltos como los juguetes de un bebé gigante y vil. Ahora la estructura para trepar está de cabeza en un rincón de la parcela: pintura despostillada, pies zambos de hormigón en el aire. La demolición trajo consigo una cantidad sorprendente de algarabía y polvo, considerando que, por principio de cuentas, allí no había prácticamente nada: algunos árboles; unos cuantos bancos de diseño urbano ordinario; baños públicos construidos con ladrillos amarillos. Casa de la mierda hecha de ladrillos, solía decirse Katya a sí misma por las mañanas, cuando vislumbraba los baños desde la ventana del piso superior. Le gustaba el sonido de tales palabras en su mente. Ahora el ínfimo chiste carece de sentido. Un eucalipto azul elevado, escultural y de piel demacrada; una belleza demodé e inclinada, en cuyas ramas cantaron e hicieron nido multitudes de aves: ahora constituye una pérdida. Una brigada de hombres con motosierras lo descuartizó y se llevó a rastras los fragmentos como si fueran trozos de carne.
Cierto día, un grupo de guardias uniformados expulsó, también, a los habitantes humanos del parque. Derek y su pandilla salieron confundidos, dando traspiés y parpadeando, como viejos soldados a quienes se saca de las trincheras a punta de pistola. Sus carritos de supermercado tirados en el pavimento; sus mantas y colchones, semejantes a hongos deformes que alguien extirpara del suelo. Y luego ingresaron las máquinas, metiendo sus hocicos en la tierra. Cada etapa trajo sus propios gemidos de dolor e indignación. Ahora las fieras excavadoras se han puesto una mordaza en las fauces, y sus mentones, barbados con mantillo, descansan sobre el terreno. Algo nuevo se alzará aquí muy pronto.
Esto es lo que ocurre cuando no estás atenta, piensa Katya. Las cosas cambian; las piezas se mueven sin cesar. No le agrada un ápice. Los cambios la conflictúan. La presencia de Toby, por ejemplo. Fue imposible rechazar a su propio sobrino cuando vino a pedirle trabajo. No, se siente contenta de tenerlo. Sin embargo, ha vivido y trabajado sola durante mucho tiempo y la distrae el hecho de que alguien la siga a todas partes. Su ímpetu le resulta inquietante, la premura de su crecimiento. Es una nueva planta que irrumpe de la tierra y la empuja a un costado: sus propias raíces son tan superficiales...
Katya se aleja de la alambrada haciéndola vibrar y da la media vuelta para ir a su casa. Detrás de ella, el agua chapotea en su agujero: una lengua de barro percutiendo en una boca gélida.
Las cinco casas de la hilera son victorianas y de dos pisos, prominentes pero angostas, hermosas pero decrépitas, con un muro bajo frente a lo que en otro tiempo debieron haber sido cinco jardines delanteros pequeños e idénticos: hoy están cubiertos de cemento. Katya no conoce realmente a sus vecinos. Hay una pareja de ancianos en la esquina y una familia con una adolescente que acaba de mudarse unos metros más abajo. Las otras dos casas se utilizan como residencias para estudiantes. Katya vive al final de la hilera. Su cochera está ubicada justo al lado de un callejón. Busca sus llaves mientras cruza la calzada.
Detesta la puerta de su cochera por varios motivos: el revestimiento de madera descascarado; el perverso filo del picaporte de acero que le muerde hasta las falanges; el plañido, similar al de un cerdo, que emite cuando por fin decide abrirse. Siempre se aproxima a ella como un luchador a punto de entablar una pelea reñida, haciendo crujir sus nudillos.
Irascible, Katya acciona el picaporte herrumbroso. La madera se ha inflamado y la puerta está más atascada que nunca. Con el corazón lleno de encono se apoya en la superficie para girar con violencia el pestillo, usando todo el peso de su cuerpo. Esta vez, el metal sale disparado de la madera podrida y la puerta rasga sus nudillos. Katya se tambalea hacia atrás, empuñando el picaporte suelto.
–¡Carajo!
Examina su mano, que tiene una mancha de madera podrida y de óxido –parece mierda–, y sí, sangre: la piel se ha desgarrado. Las astillas mojadas en su palma, la contusión en su hombro, el lío que supone todo aquello... Arroja el picaporte a los contenedores de basura municipales, negros y con ruedas, dispuestos en fila en la boca del callejón. El objeto rebota débilmente en la tapa más cercana y resbala por detrás.
–¡Ey! –brama una voz ronca.
–Joder, ¿y ahora qué pasa?
Katya husmea la esquina y se asoma a la oscuridad del callejón. Hay un par de figuras grises guarecidas en el extremo opuesto. Distingue un colchón, un revoltijo de mantas y una radio negra de plástico cuyas piezas se mantienen unidas con cinta adhesiva. Una de las figuras levanta una mano harapienta y ella reconoce el vendaje colgante.
–¡Derek! Dios mío, perdón, hombre. Perdón.
Se oye un gruñido en la penumbra.
–¿Tienes algo de tabaco?
–Hoy nada. Lo lamento.
–Uy, te hiciste daño, chica –señala Derek.
La sangre gotea de los nudillos de Katya.
–Un arañazo. Sobreviviré.
Ella se seca la sangre en el overol y le dice adiós con la mano herida.
–Buenas noches.
Al diablo con la cochera. Si alguien quiere la camioneta esta noche, bienvenido sea.
Una vez en su casa, se quita los zapatos a puntapiés y atraviesa la pequeña sala para llegar al área de la cocina, que carece de divisiones interiores. El desplazamiento de pared a pared le toma unos seis pasos: la casa es chica; apenas tiene espacio para unas pocas bocanadas de aire húmedo y sofocante. La alfombra se siente áspera bajo los pies. Katya deja correr agua sobre el rasguño. La inmundicia del hoyo cavado se mezcló con el óxido de la puerta de la cochera y ambos han contaminado su sangre. Tétanos, trismo. Un baño, eso es lo que necesita. Sube por las estrechas escaleras. ¡Son tan escarpadas! Hoy, en mayor medida que otros días, siente que las escaleras se han incrustado, como con un calzador, entre los muros.
Preparar el baño es un ritual menor. Le gusta muy caliente y siempre usa una gran cantidad de burbujas o de aceite caliginoso: mejor no ver su propia piel a través del cristal de agua. Sólo las pálidas curvas de sus senos sobresalen en la superficie. Se hunde en la espuma perfumada, cierra los ojos y repasa el día, vaciando sus bolsillos mentales, ordenando en diferentes acervos lo que ha cambiado. Pero el foso hondo del perímetro de construcción sigue inmiscuyéndose en sus pensamientos. Sus flancos viscosos, su base llena de líquido. El lodo, semejante a carne sudorosa. Al fin y al cabo, las raíces de la ciudad no son muy profundas. Unos cuantos metros hacia abajo y ahí se encuentra todo: la tierra cruda, lo elemental.
Se coloca de cara al suelo y flota con los ojos y la boca sumergidos. Una postura antinatural, una leve sensación de riesgo: cualquiera puede ahogarse en cinco centímetros de agua. Nuevamente evoca la conciencia de abismo –de espacio subterráneo– que el agujero hediondo, del otro lado de la calzada, ha abierto en su interior. Honduras que la ciudad oculta en virtud del ajetreo en su epidermis. Uno olvida lo que existe debajo. Surge una visión repentina de las profundidades de la urbe, orgánicas, con millones de gusanos y objetos sepultados.
Bajo el agua, Katya es capaz de oír ruidos que franquean la pared, indistintos pero febriles y sonoros. ¿Es posible que se trate de Derek y su pandilla en el callejón, que envían señales a través de las tuberías?
El pobre y viejo Derek. Siempre habitó los baños públicos del parque –antes de su destrucción– en compañía de un excéntrico clan de figuras con diversos grados de quebranto y abandono. En su mayoría eran pacientes ambulatorios o sobrevivientes aturdidos del psiquiátrico que se erigía en una dirección o del Hospital Groote Schuur, que se alzaba en la otra: pacientes que no lograron hallar el camino de regreso a casa. Katya los conoció a todos de vista y a varios también por su nombre. El hombre alto y ciego a quien su camarada –bajito, regordete y de mirada inquisitiva– conducía por las calles a gran velocidad. La mujer delgada cuyos rasgos alguna vez fueron delicados y que siempre vestía ropas limpias y de calidad, prendas que cambiaban día tras día. No obstante, sus ojos inyectados de sangre y su mendicidad famélica disipaban con rapidez, tan pronto como uno se acercaba, cualquier aire de elegancia. Flora y Johan y su bebé desaparecido/reaparecido. Mzi el vociferante, que llevaba rastas en el pelo. Una cuadrilla predominantemente benévola. Aquí no solemos ver a chicos de la calle, más astutos y fieros; ellos se mueven en otros ámbitos de la ciudad. El único incordio fueron las estrafalarias sesiones nocturnas de canto y rencillas. El nido de colchones y mantas y lonas impermeables siempre se escondía con disimulo en los arbustos, detrás de los baños. A veces había una pequeña fogata. El campamento era, de alguna forma, una escena reconfortante, casi pastoril. Después de todo, nadie iba a ese parque: habría resultado extraño que auténticas madres trajeran a sus auténticos hijos a jugar.
La tasa de rotación de personas fue muy alta. Los residentes del parque fueron y vinieron, siguieron adelante o murieron, para ser sustituidos por otros. Todos menos Derek. Derek, cuya cabeza y miembros siempre están envueltos, de manera asimétrica, en andrajos estampados. Derek, que deja pequeñas e intrincadas esculturas, confeccionadas con palillos y cajetillas de cigarros, sobre la acera, junto a la puerta de entrada de Katya. Su rostro no posee demasiadas arrugas: más bien exhibe una coraza de láminas de piel curtidas por el clima. Derek ha sobrevivido a todos. Su edad es indefinida pero a todas luces avanzada.
Katya piensa vestirse, reunir mantas y comida, preparar café... Jamás, desde que vive en esta casa, lo ha hecho. Jamás le ha llevado nada a Derek y sus amigos, jamás ha intentado hablar con ellos, jamás les ha dado más que una botella de Coca-Cola vacía y retornable. Sus vidas son áridas. Se trata de personajes que arañan su ventana como ramas.
Emerge, salpicando agua, en la orilla de la tina. Enardecida, así se siente. Con dolor de cabeza y ligera náusea, nerviosa, fuera de toda sincronía, incapaz de serenarse en consonancia con el anochecer. ¿Será el hoyo pestilente allá fuera, la sensación de que las cosas se reorganizan en torno suyo? ¿O será la alusión a su padre, el hecho de que el viejo irrumpiera sin advertencia después de tanto tiempo? Siete años sin rastro de Len y ahora se presenta de nuevo y orina en su territorio.
Quizá sólo sea la maldita puerta de la cochera lo que la está exaltando. La decadencia y la rotura, la podredumbre y la desintegración, la pavorosa entropía de las cosas construidas.
Katya no sabía mucho acerca de casas antes de llegar a este sitio. Es culpa de su padre. Tras la pérdida de su madre, cuando Alma tenía seis años y ella escasos tres, nunca habitaron una casa, o al menos no durante un lapso prolongado. Len hacía que se mudaran continuamente; iba de empleo en empleo y de lugar en lugar. Pasaban delante de los vecinos de cada barrio con el desdén inmanente a los nómadas. Una decena de escuelas. Innumerables noches en la parte trasera de la vetusta camioneta pickup, que apestaba a mierda de pájaro, pesticida y, en ocasiones, a sangre. Jamás se irguieron sobre tierra firme. Pero Katya siempre imaginó que, una vez arraigada, una vez que poseyera un montón de ladrillos y argamasa, el suelo bajo sus pies se volvería consistente. No se había percatado de que los ladrillos y la argamasa son trepidantes, y de que se requiere un enorme esfuerzo para evitar que colapsen, se desvíen o disgreguen en la dirección errónea.
Esta casa, por ejemplo, la rentó amueblada –¿de qué otro modo podría haberlo hecho?–, y desde entonces no la ha transformado en absoluto; apenas ha agregado o sustraído ciertos artículos. Ni siquiera ha movido los muebles de su ubicación, pese a que algunos la sacan de quicio. Por ejemplo, hay un viejo casillero para guardar archivos que bloquea el paso entre la cocina y el hueco de la escalera. La cama matrimonial es, por lejos, demasiado grande para el pequeño dormitorio, y excede sus necesidades. Pero si empezara a cambiar de sitio libreros y camas, tendría la sensación de que la casa entera podría averiarse, tan sólo dejaría de funcionar y se vería obligada a tratar de reensamblar un complejo artilugio que desmanteló de forma atropellada. Lo haría todo con desatino. Y, por lo demás, le gusta el hecho de que estos muebles posean una historia: un nombre rayado en el envés de la mesa, la calcomanía de un arcoíris –que formaba parte de la iconografía de los años setenta– adherida a la ventana del dormitorio. Tales elementos hacen que su propia existencia aquí se antoje más plausible: otra persona, en algún momento, se las arregló para edificar una vida en este mismo espacio.
Resulta desalentador, entonces, advertir que una desatención respetuosa no es suficiente. Lograr que las cosas permanezcan justo como están requiere un mantenimiento arduo, del mismo modo que el césped debe cortarse o el cuerpo nutrirse de alimento. Se trata de la labor incesante que es imperioso emprender para apuntalar al mundo.
–Qué no daría... –dice Katya en voz alta–. Qué no daría por...
¿Por qué? Por un poco, no precisamente de opulencia, sino de holgura, de inmutabilidad. Transitar sin fatiga de una acción a la siguiente, como imagina que hace cierta gente: la tierra discurriendo por debajo igual que una cinta transportadora, el mundo auspiciando la travesía.
El hombre que conoció hoy... El tipo vive en un mundo semejante. Prados bien recortados serpentean bajo sus onerosos zapatos. Recuerda el aroma de su whisky. La dimensión de su cuerpo. Su apretón de manos. Ella es, prácticamente, una experta en apretones de manos masculinos, y aquel fue pertinente: seco, no como el de alguien que quiebra los huesos y tampoco el de quien ofrece un manojo endeble de falanges.
En general, a Katya no le gusta que la toquen, pero cuando alguien lo hace, debe proceder con firmeza. Las manos del hombre la remitieron a aquellas que aparecían en los viejos anuncios publicitarios de cigarros Rothmans, presentes en las revistas de su infancia: pertenecían a pilotos de aviación, a almirantes... Eran sólidas, francas y generaban tranquilidad. Esas muñecas angulosas asomando de las mangas de uniformes navales, con uñas impecables y un tenue rocío de vello en el dorso de las manos, le extendían una cajetilla de cigarros al espectador.
Katya saca un brazo empapado de la tina y extrae del bolsillo superior de su overol la tarjeta del hombre. Una tarjeta sofisticada, con relieves, color crema. La da vuelta. “Martin Brand, Propiedades Brand”, se lee bajo el logotipo, un dibujo de bloques de construcción. Cuando hablaron por teléfono, la señora Brand pronunció su apellido en inglés; Katya prefiere su significado en lengua afrikáans. Le gusta el modo en que el sonido rotundo del vocablo encierra una conflagración secreta. Palpa el filo de la tarjeta y se la lleva a los labios.
Detecta una grieta nueva y escabrosa que atraviesa el revoque del techo del baño. Tiene una forma acusatoria: de devastación, de relámpago. El tipo de cosas que se envían desde arriba como castigo por algún crimen perspicuo. El tipo de cosas que uno invoca para sí mismo.
III. GRIETAS
La llamada se presenta una mañana, días más tarde, mientras Katya se frota el pelo después del baño y observa a Derek por la ventana del piso superior. Derek se encuentra en la acera opuesta, de espaldas a ella, entretejiendo algo –un pedazo de cinta adhesiva o un lazo– en los orificios de la valla que rodea el perímetro de construcción. La imagen es fascinante y el teléfono la sobresalta.
La voz en el auricular es pomposa. Katya casi puede oler el almizcle en el aliento de la mujer y percibir la textura de su lápiz labial. Ventas por teléfono, piensa, o alguien realizando el seguimiento de una factura impagada.
–¿Señorita Grubbs?
–¿Quién habla?
–¿Reubicación Indolora de Plagas?
Katya rectifica su tono.
–Así es. ¿En qué podemos servirle?
–Espere un momento, por favor. Hablará con usted el señor Brand.
Silencio y un tecleo furtivo.
–¡Grubbs!
Rememora su voz, aunque ahora ya no es gutural, ya no arrastra las palabras por obra del alcohol. Se mira a sí misma –está envuelta en una toalla– y se toma unos instantes para deslizarse mentalmente dentro del overol y abotonarlo.
–Así me llaman.
–Entonces yo te llamaré de la misma manera. Creo que nos conocimos en nuestra recepción en el jardín. ¿Lo recuerdas, quizás? Usabas un color verde bastante atractivo.
Su voz es tersa como el mármol, maciza pero pulida. Le sugiere esas esferas colosales de piedra que uno ve rodando en torno a su eje en torrentes de agua, en las explanadas de oficinas corporativas. Podría transmitir confianza si no fuera por su tono un poco cáustico.
–Camisa blanca –dice Katya–. Demasiada bebida.
–Y hubo más antes de que concluyera el día; muchísimo, me temo.
En la calle, Derek ha continuado su camino. El lazo que dejó atrás configura un circuito zigzagueante en la alambrada, como redes que harían las arañas en un viaje de ácido.
–La cuestión es que ahora –prosigue la voz del señor Brand– tengo un problema, un problema persistente, y quisiera contratar tus servicios. Si estás disponible.
–Depende –apunta Katya–. ¿De qué clase de trabajo estamos hablando?
–¿Qué clase de trabajo? Combatir a las orugas, por supuesto. ¿De qué otra cosa podría tratarse?
Después de colgar la bocina, Katya se sienta en calma durante unos minutos, cavilando. Afuera, una colegiala –camisa blanca, pantalones grises, zapatillas– deambula y pasa junto a la manualidad de Derek sin reparar en ella. Probablemente pertenezca a la familia que acaba de mudarse a la misma calle. En su trayecto, la niña pizca con indiferencia el extremo del lazo y, conforme avanza, el zigzag se desenreda, dando latigazos contra el alambre hasta que la cerca vuelve a estar vacía. El lazo ondea detrás de ella como una cola.
Una pluma cae en el hombro de Katya mientras algún ave bate las alas en lo alto. Ella mira hacia arriba, hacia la tubería: un puente peatonal ennegrecido. Le parece un buen augurio: las bestias están aquí. Palomas de ciudad en el sitio apropiado.
Siempre le han gustado los estacionamientos, su sentido de intervalo. Poco importa cuán lustrosos sean los centros comerciales que yacen por encima o por debajo, los estacionamientos siempre asemejan rudimentarias mazmorras de hormigón crudo. No son espacios agrestes, pero tampoco civilizados. Las esquinas y fisuras umbrías logran que se agucen sus sensores de plagas urbanas. Aquí uno obtiene sus ratas, en ocasiones sus palomas. No se trata de una fauna enormemente diversa, pero sí de animales tenaces, adaptados a la oscuridad.
Este estacionamiento no posee nada peculiar, sino el habitual concreto sucio y columnas inacabadas. La vieja camioneta de RIP se ve polvorienta y descastada entre los BMW y Mercedes. Mientras se pasea en dirección a la escalera, Katya desliza las yemas de los dedos sobre los flancos brillantes de los automóviles –conchas metálicas, similares a caparazones de escarabajos gigantes.
Un breve tramo de escalera y luego una puerta batiente transforman la atmósfera de manera abrupta. Hay un lobby alfombrado y bien iluminado, y un custodio de uniforme color canela que anota su nombre y le toma una fotografía con una cámara web idéntica a una diminuta Estrella de la Muerte de La guerra de las galaxias. A continuación, debe presionar el pulgar contra una pantalla de cristal que irradia una luz azulada. El custodio y Katya no intercambian palabra. Él le señala algo detrás de su hombro derecho, en silencio, como si la expulsara del Edén con un gesto, y ella se da vuelta y divisa gran panel informativo que contiene nombres y números de pisos.
“Propiedades Brand”, se lee en el panel: decimoquinto piso.
–Gracias –murmura Katya.
Cuando el ascensor alcanza el segundo piso, se le une un hombre joven y guapo, de piel satinada, que viste un elegante traje negro; en el cuarto piso se introduce una mujer escuálida con una bandeja de samosas. Nadie habla ni establece contacto visual. Katya, sin embargo, intenta emprender una breve escaramuza, un flirteo con el joven a través del metal bruñido de la pared. Trata de cruzar la mirada con él, pero el tipo es muy sagaz: no consigue descifrarlo. El sujeto tiene los ojos fijos en un rincón; no mira a nadie, ni siquiera a sí mismo. Eso parece antinatural pero también una habilidad: ¿quién, rodeado de espejos, puede no fisgar nada? Se retira en el octavo piso y la dama de las samosas en el décimo. Katya asciende sola. Imagina que es una cosmonauta en su traje de vuelo verde, recluida en una cápsula espacial. Si el artefacto continúa subiendo, podría acceder a la gravedad cero.
Cuando las puertas lanzan un suspiro y se abren en el decimoquinto piso, se descubre en un corredor blanco, sobre una alfombra verde azulada con estampado de diamantes. Cada pocos metros dispositivos de iluminación en forma de discos, hechos de cristal ahumado, análogos a platillos voladores, penden del techo. Katya camina por el pasillo. Sólo se escucha el zumbido de algún sistema eléctrico (aire acondicionado, iluminación...). No hay ventanas; resulta imposible saber cuán lejos se halla del aire auténtico y de la luz del sol. Este panal de abejas guarda poca relación con la monolítica manzana de oficinas por la que dio vueltas previamente, buscando la entrada del estacionamiento.
Cuenta los números de las puertas. Observa oficinas a derecha e izquierda, pero no hay rastro ostensible de sus ocupantes. ¿Es posible que los negocios vayan tan mal? Algunas muestran signos de actividad reciente y éxodo presuroso. A través de puertas entornadas columbra tarjetas postales humorísticas clavadas en pizarras de corcho, una torre de documentos impresos que se derrumbó y desperdigó en el suelo, una taza con cisuras abandonada en el fregadero de una minúscula cocineta. Es como si estuviera en el bergantín Marie Céleste.
Al fondo del corredor, donde este se bifurca en una esquina, por fin hay una ventana. Desde allí se ven los techos de otros edificios. La banda costera: territorio usurpado al mar. Las azoteas se utilizan de diversos modos. Katya contempla jardines, sillas de plástico apiladas, montículos de chatarra metálica e incluso, en una de ellas, una glorieta y lo que parece ser un estanque. Puede distinguir peces koi en forma de gruesos torpedos, circulando por ahí, del tamaño de granos de arroz pero inconfundibles en virtud de su silueta. No tenía idea de que todo aquello ocurría en las alturas, de que todo aquello se suspendía sobre su realidad cotidiana. No obstante, la mayoría de las azoteas son cutres, emplazamientos que no deben ser vistos, como la parte superior de un refrigerador en el hogar de una mujer bajita.
En el extremo opuesto del pasillo, justo antes de que se ramifique a partir de otra intersección, una encargada de limpieza se inclina sobre su sigilosa aspiradora y mira a través de una ventana similar. Katya se pregunta qué representan las calles de la ciudad para esta mujer, qué vestigios de humillaciones, curiosidades y placeres percibe en ellas. Ambas, únicas sobrevivientes de cualquiera que sea la plaga misteriosa que ha expulsado a todos del decimoquinto piso, otean la sórdida cúspide de la urbe.
La mujer le echa un vistazo rápido y anodino, y se concentra en acelerar su aspiradora. Se trata de un recordatorio. No está aquí merodeando; está haciendo su labor. Katya también se encuentra en plena faena. Pasa junto a ella sin importunarla con otra mirada.
En lo que se aproxima a la siguiente esquina, descubre indicios de vida. No es el señor Brand, sino otra figura sólida y potente, lóbrega en contraste con la luminosidad del corredor. Se dirige a ella con la mano extendida y una sonrisa centelleante.
La mujer tiene aspecto esmerilado y es algo rolliza y fragante, cual un confite navideño. Usa un lápiz labial color manzana acaramelada y un escote profundo pero elevado. Sus piernas, al parecer carentes de rodillas, se estrechan con suavidad desde los muslos, envueltos en nailon, hasta los tacones de aguja. Su corte de pelo ovalado fulgura como seda negra y –presume Katya– posee refinadas extensiones de cabello.
Katya la reconoce de inmediato: a ella pertenecía la voz tersa en el teléfono. En raras ocasiones, una voz concuerda tanto con la persona física que la emite. Sus labios son extravagantes, en forma de moño, perfectamente redondeados, y revelan dientes blancos y húmedos. No hay nada seco o frío o brusco en esta dama. Es todo arcos y curvas, un contorno esbozado con bolígrafo para caligrafía y relleno de intensos colores. Ofrece una mano, y Katya siente que las puntas de sus uñas esmaltadas le rozan la palma de la mano.
–¿Señorita Grubbs? Soy Zintle.
De pronto, Katya se convierte en una niña con las rodillas raspadas en carne viva, y ranas en los bolsillos. Con rabos de cachorros. No debió haberse puesto el uniforme: sus poderes son limitados en determinados escenarios y con determinada gente. Por si fuera poco, Zintle es alta. Vivir a escasa distancia del suelo tiene sus ventajas en lo que concierne a su oficio (agilidad, destreza para penetrar en espacios pequeños), pero ahora se siente inhibida ante esta mujer sustanciosa. Extraña la presencia de Toby, aunque el chico sea maleable y quebradizo.
–Señorita Grubbs –dice Zintle, hallando honduras resonantes en el nombre, que Katya no sabía que existían–. Estamos muy contentos de que haya venido. El señor Brand está muy entusiasmado con su labor.
Los ojos de Zintle, dispuestos en marcos forjados de manera delicada con sombra cobriza, se ensartan en el semblante de Katya, al acecho de datos. Sujeta su brazo y la conduce hacia una oficina: una escolta gentil y a la vez acuciante.
–Ya ha trabajado antes para el señor Brand, según entiendo.
–Sí –Katya desea hablar más, incluso inventar algo. La mujer parece tan solícita...
Pero Zintle la compele a darse prisa, de manera abrupta.
–Estupendo –dice, mientras gira sobre uno de sus tacones, bate una puerta y cautelosamente introduce a Katya en el interior. Sus movimientos se asemejan a una coreografía.
En la oficina todo es luz y cielo. Al fondo hay un muro de cristal. Más allá, Katya puede ver la fragosa ladera de Signal Hill, las mezquitas y la frente de la montaña. El cielo se presenta inmaculado pero teñido de ese gris triste, plomizo, que se percibe a través de las ventanas de doble acristalamiento.
–Tome asiento –dice Zintle, instalándola con pericia en un sofá de cuero. Ella también se sienta y cruza una pierna aterciopelada sobre la otra.
–Y bien, ¿conoce el esquema del proyecto?
–Bueno, en realidad no. No sé mucho sobre el tema. Acaso el señor Brand...
–Está en Singapur. Aparentemente –Zintle se reclina y pasa la mano por su cabello, cuya forma se restablece a cabalidad.
El cuero del sofá es rígido y resbaloso, y Katya siente que sus nalgas, enfundadas en el overol, se deslizan hacia el borde. Descubre que cruzar las piernas no sólo es signo de feminidad, sino que también ayuda a mantener la posición.
–Usted se dedica... Se dedica a la exterminación, ¿no es cierto? –Zintle entrecierra los ojos y sonríe con mordacidad.
Katya aprecia el estilo de la mujer. Tiene una manera de hablar lúdica, teatral, como si ambas estuvieran interpretando cierto papel en una obra un poco insinuante. Katya comete pifias en las líneas del libreto que corresponden, pero eso parece ser parte del juego. Zintle aún no le ha guiñado el ojo; no obstante, hay una suerte de oscilación, de parpadeo de mariposa en cada sílaba.
Aun así, las respuestas de Katya siguen siendo entrecortadas. ¿De qué otro modo podría conversar con una persona tal, que no sea jugando a ser la piedra para su papel, la roca para las cuchillas plateadas de su tijera?
–Así es –contesta–. Bueno, de hecho se trata de reubicación.
–Precisamente. Entonces... –Zintle se inclina hacia delante; su postura indica que va a exponer información confidencial–. Tenemos un proyecto residencial que ha experimentado algunos problemas.
–¿Qué tipo de problemas?
–Diversos. No muy agradables, para ser honesta.
–¿Cucarachas, ratas, ácaros?
–Bueno... Digamos que es una situación de plagas integral.
Zintle está de pie otra vez. Es veloz cuando camina. Señala con la mano:
–Aquí nos encontramos.
Hay algo desplegado sobre una mesa, junto a una pared, bajo un reflector. Se trata de un modelo arquitectónico de varios edificios y sus inmediaciones. Todo es blanco, excepto los prototipos de vértices y sombras.
En un principio, resulta difícil decodificar la escala. Katya observa un complejo de cuatro o cinco edificios de techo plano, escalonados –como zigurats– y distribuidos en diferentes ángulos alrededor de una plaza central. Se conectan mediante intrincadas vías peatonales y arcos y patios. Marañas de lo que supone que son plantas ornamentales tapizan los bordes de los techos llanos. Hacen pensar en mechones de cabello blanco extraídos de un cepillo. En el núcleo de la plaza se erige una fuente rodeada de bancos diminutos. Una larga senda para vehículos, decorada con dos hileras de palmeras en miniatura, se extiende hasta el margen del modelo, y el conjunto está circundado por muros.
–Esto es Nínive.
Los oscuros dedos de Zintle, con sus puntas color escarlata, se desplazan, vivaces, por la maqueta. Una giganta espléndida asoma desde las nubes.
–¿Nínive?
Zintle se encoge de hombros.
–Sólo es un nombre –dice–. Una especie de eje temático. Uno de los primeros inversionistas era de Medio Oriente, creo.
Katya se toma un momento para gozar la apacibilidad de la escena en miniatura. Contempla personas hechas a escala, también incoloras, congeladas en actitudes de incontrovertible placer: pasean a lo largo de un andador o están sentadas en torno a una mesa al aire libre. Una pareja se apoya en la barandilla de un balcón. Sin embargo, el modelo no incluye el sitio hacia el cual el dúo dirige la mirada. El suelo se desvanece más allá de los confines establecidos por el muro, como si un cataclismo de otra dimensión hubiese arrasado con un segmento de la realidad. Los muñequitos del arquitecto tienen la vista puesta en el vacío, en lo que se observa a través de la auténtica ventana, en el panorama de la auténtica ciudad: una ciudad llena de color, difuminada, colosal. Tienen la vista puesta en el abismo con una expresión indiscernible.
–Se ve muy grande –comenta Katya. Nunca ha trabajado en una urbanización entera.
Zintle da un golpecito con la uña sobre el techo de una de las unidades. Un edificio más pequeño que el resto, ubicado casi en el límite del modelo, junto al muro.
–Tendrás acceso a estas, mmm... dependencias para la servidumbre. O mejor podríamos llamarlas “alojamiento para los conserjes”. Son dos unidades destinadas al personal de mantenimiento. Los demás edificios están clausurados.
–¿Jamás les han dado uso?
–Aún no –Zintle hace repiquetear su lengua contra el paladar, súbitamente exasperada–. Es una lástima. Accesorios hermosos, todo equipado y listo para habitarse. ¡Departamentos espectaculares! El complejo se construyó hace más de un año, ¿sabe? Se pensó que ahora mismo estaría lleno de residentes. Residentes de alto nivel. Pero hubo una sucesión de desastres. Para empezar, se robaron todo el hilo de cobre. La mitad del área reutilizada colapsó en el maldito pantano. Discúlpeme por mi lenguaje. Este desastre, aquel otro desastre. El diseño de jardines no funcionó; los bichos se comieron todo. Una plaga de esas... cosas. Creímos que habían desaparecido; el tipo anterior nos aseguró que... En fin –la mujer separa las palmas de sus manos en un gesto que parece enunciar: “No toquemos ese asunto”–. Ahora el personal de seguridad nos dice que han regresado. No podemos permitir que nadie se mude hasta que haya orden. Se están perdiendo cantidades astronómicas de di-nero. ¿Comprende?
–¿Bichos?
–Muerden. Como le dije, trajimos a alguien para que los eliminara pero, aquí entre usted y yo, el sujeto fue un inútil. De hecho, empeoró las cosas. Un individuo viejo y espeluznante –Zintle arruga la nariz, evocando un sentimiento de aversión, como si estuviera oliendo algo fétido–. Tuvimos que deshacernos de él.
–Bueno, sí. Algunas de esas compañías más antiguas son obsoletas. Yo tengo un enfoque distinto.
–Eso espero.
–¿Podría ser más específica en lo que se refiere a esos... bichos? ¿Los ha visto?
Zintle le muestra una mano y ondula sus dedos, sugiriendo patas escurridizas y artrópodas.
–Un asco.
–Bueno... ¿Son orugas?
–No, no. Mire, son algo así... –Zintle coge una pluma y un bloc del escritorio y garabatea unas cuantas líneas precisas. Un bicho caricaturesco. El cuerpo en forma de botón, con piernas larguiruchas y endebles sobresaliendo en todas direcciones –tres de un lado y cuatro del otro, advierte Katya–, y un racimo de antenas similares a bigotes de gato. Le sorprende que Zintle no haya incluido un par de ojos saltones, como globos.
–¿Un escarabajo? ¿Vuela? ¿Pulula en enjambres?
–Hace enjambres. Roe las cortinas, defeca en las alfombras. Pesadillesco.
–Entiendo.
De pronto, Zintle adopta un talante perentorio.
–En fin. Queda poco tiempo. Debo entregarle este dossier –le da una lustrosa carpeta archivadora–. ¿Quizá desee leer los documentos con detenimiento y brindarnos un presupuesto? La situación es urgente.
–Muy bien. Y, por supuesto, tengo que ir al lugar, revisarlo.
Ahora Zintle está de pie. Alisa su traje, reacomoda su cabello en una curva homogénea, toma a Katya del brazo y la guía hacia la salida. Es diestra, muy profesional, ejecutando esta maniobra. Antes de darse cuenta, Katya ya está dentro del elevador. Las puertas se cierran a sus espaldas y desciende nuevamente a la tierra.
Toby aguarda en la acera opuesta a la casa de Katya, husmeando a través de la valla y oprimiendo las mejillas contra el alambre diamantino. Inspecciona la zona de demolición. Es la primera vez que la visita desde que las excavadoras concluyeron su tarea.
–Puta madre –dice con rencor–. ¿Cómo pudieron hacer eso?
El sitio también significa algo para él, reflexiona Katya. Siente, por unos instantes, que sus historias personales –la de Toby y la suya– se entrelazan, que están ancladas al mismo paraje.
–Lo que hoy ves, mañana se habrá esfumado –apunta Katya–. Nada es eterno, muchacho. ¿Qué estás haciendo aquí?
–Mamá dijo. Tus canaletas.
–¿Canaletas? Ah, bien, supongo.
Alma siempre hace lo mismo: preocuparse por las condiciones en las que vive Katya. Fue Alma, por ejemplo, quien le explicó cómo debía pasar la aspiradora y pintar las paredes. Fue quien la persuadió, desde un inicio, para que colocara una maldita puerta en la cochera. Cuando Toby tenía apenas diez u once años, comenzó a dejarlo en la casa de Katya para que realizara las inusitadas tareas que ella jamás habría sospechado que debían resolverse. En la actualidad, Toby viene por su cuenta, usualmente en un taxi que recorre Main Road, con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa aletargada, ávido de perder el tiempo arreglando un piso de duela que cruje de tan ruinoso o de moldear el techo del baño. Katya intuye que no es muy bueno para esta clase de manualidad, pero siempre está dispuesto a deslomarse.
Una silueta que se mece llama su atención. Una chica está recostada en el muro divisorio del jardín del vecino, con una rodilla en alto y las manos plegadas sobre el estómago. Viste pantalones grises, del uniforme escolar. La rodilla se balancea de un lado a otro. Tiene los ojos cerrados –parece soñar– y los oídos enlazados a los filamentos, delgados y blancos, de un iPod. La niña se alimenta de cables, recarga energía. ¿Quince, dieciséis años? Tan joven, tan exhausta. ¿Qué podría fatigar de ese modo a una criatura que recién estrena su existencia?
Toby observa a la adolescente, apoyado en el hombro derecho de Katya. La intensidad de su mirada se traduce en la presión física que ejerce sobre ella.
La chica se incorpora de manera abrupta; despierta de un profundo sueño musical. Se desprende los auriculares y examina a Katya y a Toby con displicencia, con la cabeza inclinada hacia atrás. Luego se columpia para bajar a la acera y estira los brazos sujetándolos por la espalda, sacando el pecho como una paloma que expone sus alas al sol. Es linda. Ahora Katya la reconoce. Se trata de la niña que acaba de mudarse a la misma calle, la que desbarató la telaraña de Derek.
Su cuerpo es compacto y sus extremidades elásticas: una figura concebida para hacer saltos mortales y paradas de manos. Piel cobriza, pelo corto alisado detrás de las orejas, facciones planas y pómulos marcados, de relieves armoniosos. Un piercing en forma de diamante en la aleta izquierda de la nariz. Un pequeño lunar en la mejilla derecha. Ojos oscuros, más avizores que hostiles. Probablemente sea tímida y no ladina: resulta difícil sacar una conclusión.
–¿Qué hay? –dice la adolescente.
He ahí que no es tímida.
–Hola.
Katya dirige su atención a la puerta de la cochera. Mejor dejar que los jóvenes interactúen entre sí.
–¿Viste lo que hicieron en la calle? –pregunta la colegiala.
–Uy, sí. Imposible omitirlo –Toby ríe y la mira embobado, con dulzura. ¡Es incorregible!
Sin embargo, la chica lo examina sin animadversión.
–Oye, ¿ustedes tienen crack?
–¿Crack? –dice Toby.3
–Grietas, grietas en las paredes. Debido a las vibraciones. Debido a las máquinas.
Toby la observa, intranquilo.
La niña alza una ceja curvilínea.
–Mira –señala el muro en cuyo borde reposaba hasta hace unos minutos. Sin duda hay una grieta diagonal que hiende el alquitrán. ¿Acaso no ha estado siempre allí?
–Y mira, mira, se extiende a lo largo de la calle. Yo sé lo que te digo –la adolescente salta sobre el pavimento (salta en verdad, como una chiquilla) y muestra el alquitrán, que en efecto se ve ominosamente resquebrajado entre sus pies. Subraya la longitud de la grieta con la punta del zapato; suspende las manos en el aire para mantener el equilibrio. Los pantalones grises, remangados, exhiben sus tobillos, angostos en comparación con las pantorrillas –firmes y parabólicas– y envueltos en exiguos calcetines blancos.
¿Será más joven de lo que Katya creyó? ¿Será mayor? Posee uno de esos rostros acentuados, donde los huesos se afianzan desde temprano y permanecen en su sitio durante décadas.
–¿Vives por aquí? –pregunta Toby.
La chica asiente, moviendo la cabeza de soslayo.
–Por ahí. ¿Y tú?
¡Por favor!
Katya continúa manipulando la puerta de la cochera hasta darse por vencida. En realidad es imposible abrirla sin el picaporte. La niña curiosea la escena con los brazos cruzados a la altura del pecho. Toby se ha ubicado a su lado en una postura análoga, también con los brazos cruzados. Copiones.
–Toby, ¿necesitas una escalera o qué? –inquiere Katya.
–No, está bien, puedo subir a través del techo de la cochera. Es fácil.
Katya advierte que la adolescente despliega las piernas, con mayor amplitud, sobre la grieta en el alquitrán, revelando pantorrillas inesperadamente largas. La sonrisa de Toby se agranda tanto que parece a punto de rasgarse.
–¿Lo harás en este momento? –dice Katya, con un tono más agrio de lo que desearía.
–Justo en este momento.
–Ten cuidado.
Una vez dentro de la casa, Katya va dejando huellas de fango color caqui –traído de la calle– en la alfombra. Busca la escoba y la cubeta en un rincón de la cocina, donde una nueva grieta negra serpentea hacia la parte superior del muro.
La longeva casa se edificó sobre cimientos arenosos que han ido zozobrando durante décadas, y Katya está acostumbrada a los extraños declives y rajaduras, a que el revoque se asemeje a una pantimedia deshilachada. Como ocurre con las tenues líneas de su propio semblante, no logra recordar el instante en que surgió o se propagó cada grieta, pero conoce sus formas, sus largos sesgos trazados en itálicas, sus sismogramas. No obstante, nunca había estudiado esta grieta en particular. Renegrida, afilada, atrozmente oblicua. Parece insurrecta. Su primer pensamiento –irracional– es que la chica está, de alguna manera, detrás de esto, jugándole una broma.
¿Es posible que la fisura haya horadado la tierra a dentelladas, partiendo del área de demolición y cruzando la calzada? ¿Qué tan profunda es? ¿Correrá por toda la casa, desde el suelo hasta la cima? La imagina recta y fina como un haz de rayo láser; imagina que escinde sus paredes, sus cimientos, el terreno hondo bajo el pavimento, efectuando cortes transversales en los densos estratos de tierra, grava, arena y alquitrán. De nuevo coloca la escoba en el rincón, pese a que no puede ocultar la falla.
El teléfono suena de modo tan estentóreo que parecería que va a expandir aún más las grietas. Lo toma, en un arrebato, antes de que pueda producir un daño mayor.
– RIP.
La pausa, del otro lado de la línea, es irónica.
–Soy yo, Kat.
Katya distiende la mano y baja la voz.
–Perdón. Hola. Tu hijo está en mi techo, si es que quieres hablar con él.
Tal suele ser el motivo de las llamadas de Alma.
Katya asocia a su hermana, de manera inexorable, con los teléfonos. Y, ciertamente, por estos días las llamadas telefónicas –o, más a menudo, los mensajes de voz– constituyen su principal modo de comunicación. Pero dicho hábito se remonta en el tiempo.
Cuando Alma tenía trece años y Katya diez, la primera comenzó a fugarse. En ocasiones se esfumaba durante días, en otras durante semanas. Y un día lo hizo de forma definitiva: a los diecisiete, Alma se fue para no regresar. Pero Katya siguió recibiendo noticias suyas. Alma llamaba a horas inopinadas, desde cabinas telefónicas, desde destinos ignotos, a través de inmensas distancias. De pronto, la comunicación se interrumpía por lapsos prolongados. Esto sucedió antes de que existieran los celulares y, con los traslados de papá, no siempre resultaba sencillo que las hermanas se localizaran. Sin embargo, urdieron un plan con la tía Laura, prima distante de Len, que residía invariablemente en Pinelands. Cada vez que Katya contaba con un número telefónico válido, le informaba a Laura y obtenía a cambio el número actual de Alma. Para tales efectos, debía rehusarse a que la tía le sonsacara pormenores de trágicos chismes familiares.
De alguna u otra forma, cada pocos meses Katya escuchaba el susurro seco de su hermana en el extremo opuesto de la línea, o a veces tan sólo un silencio breve e inequívoco: una estática plateada y crepitante. La imagen de Alma comenzó a desvanecerse en la memoria de Katya. Sólo lograba entrever cierta figura minúscula y delicada flotando en una nube, en algún lugar muy elevado y gélido. Una princesa de hielo, casi ilusoria, girando, ingrávida, en torno al punto fijo de la bocina que las conectaba. “¿Dónde estás?”, preguntaba Katya, “¿A dónde has ido?”
“Oh, Kat”, suspiraba Alma, y su respiración trascendía los diminutos orificios de la bocina, formando cristales de hielo en los oídos de su hermana menor. Cada vez que Alma finalizaba la conversación, Katya estaba segura de que se había diluido por completo, como la escarcha en la mañana.
Tres años después volvió a ver a Alma. Toby era un recién nacido, un bebé pálido de origen misterioso. Para ese entonces, Alma había empezado a teñirse el cabello con peróxido. ¿Lo hacía para establecer una similitud con el del niño? Su piel lívida hacía pensar que en verdad había estado todo aquel tiempo en un mundo albino y glacial.
–¿Sabes, Al? Es tan raro... –Katya se descubre comentando–. Mi camino se cruza con el de papá. Está trabajando de nuevo.
–¿Cómo lo sabes?
–Alguien me contrató para una labor. Al parecer emplearon antes a papá y creyeron que yo era de la misma empresa. Él estuvo ahí algún tiempo, el año pasado.
–Dios. Así que el viejo muchacho sigue vivo. ¿Cuándo lo viste por última vez?
–Hace siete años. ¿Y tú?
–Menos. Quizá tres. Fui a verlo a esa casa hogar, ¿recuerdas aquel sitio espantoso donde estuvo una época con los borrachos? Me pidió dinero.
–¿En serio?
–Pareces sorprendida. ¿Sabes? He hecho mi pequeña parte por él a lo largo de los años.
–Sí, lo sé.
–He hecho más de lo que me correspondía –la voz de Alma comienza a elevarse.
La voz cotidiana de Alma es distante; siempre amenaza con titilar y apagarse por cansancio o falta de interés. Una voz desidiosa. Sonaba de ese modo desde la infancia. Sin embargo, cuando Alma se exalta, sube su registro vocal y se asemeja a una niña a punto de estallar en llanto: una niña indignada, atónita ante la vehemencia de sus propios sentimientos. Katya jamás ha visto sollozar a su hermana –sólo en una ocasión la vio casi aullando de dolor– y no puede tolerar siquiera imaginarlo.
–En cualquier caso, resulta escalofriante –espeta Katya–. Estar en sus zapatos, como quien dice.
–Bah. Te viene bien trabajar en el mismo negocio asqueroso.
–No es el mismo negocio.
–Ja, ja, reubicación y no exterminación. Ya lo he oído. Hazme un favor, ¿sí? Piensa en lo que le pasó a mamá. En lo que ese negocio le provocó.
Katya calla. No consigue formular la cruda interrogante: ¿qué le pasó, en efecto, a mamá? El desvanecimiento de Sylvie siempre fue descabellado en exceso, demasiado preponderante para abordarlo como si se tratara de un episodio más. Cierto día, cuando Katya tenía tres años, Sylvie arribó a un hospital y nunca regresó. Katya sabe que eso significa que murió, pero jamás se tocó el tema. Sin duda hubo un accidente, algo que supuso una mutilación, algo tan traumático que en un instante desterraron a Sylvie de la vida de sus hijas y no logró reaparecer. No hay escasez de posibilidades. Cualquier día, en compañía de Len –en especial un Len más joven, en el apogeo de sus caóticos poderes–, pudo haber ocurrido un deceso truculento.
Pero fue imposible preguntarle a su padre por Sylvie y, en el presente, un orgullo inescrutable le impide indagar el asunto con Alma. De cualquier forma, siempre comprendió que la pérdida de Sylvie le pertenecía fundamentalmente a Alma. En lo que concierne a su madre, Katya no posee ninguna autoridad. Alma le lleva tres años, tres años más de existencia con mamá. Así ha sido y así será. Katya sólo atesora sombras: recuerdos de una silueta desplazándose en alguna cocina, bajo una luz amarillenta; un sabor en la boca. Tales espectros no son prueba de nada, y tampoco armas para desenfundar en una discusión.
De manera que Katya sólo anuncia:
–Le diré a Tobes que te llame.
Alma emite un chasquido con la lengua y cuelga el teléfono. Katya no está segura de lo que eso significa. No sabe si su hermana truncó la conversación o si fue al revés.
Por encima de su cabeza el estaño rechina, mientras Toby da pasos firmes en el techo. Katya experimenta el estrépito en su propia dentadura. Muerde el tejido de la cicatriz que tiene en el pulgar. El pulgar continúa desgarrándose cada vez que fuerza la puerta de la cochera. Ese es el motivo por el cual Katya y Alma hablan poco. Sus charlas tienden a retorcerse sobre sí mismas y a morder como serpientes.
Frente a ella, sobre la mesa de la cocina, se encuentra el dossier de Zintle. Lo arrastra y abre la envoltura de la carpeta archivadora. En el interior hay un fajo de papeles engrapados: un folleto publicitario, números telefónicos, mapas, direcciones. También la fotocopia de un recorte de prensa. Katya distribuye los papeles sobre la mesa. La nota periodística, con fecha de junio del año pasado, aborda el fenómeno de un enjambre de insectos que proliferó en la península del sur. El texto no brinda mucha información: los jardines de alguna gente padecieron el ataque y un par de automovilistas se quejaron de tener que dar frenazos ante un aluvión de esos bichos atravesando la carretera. Un niño pequeño sufrió una mordedura en la mejilla. La embestida terminó en menos de una semana. Cierto zoólogo de la Universidad de Ciudad del Cabo concedió una entrevista y enfatizó que se trataba de un incidente natural; no había razones para alarmarse. Este escarabajo en particular, una “especie de la familia de los cerambícidos metálicos”, configura enjambres cada pocos años, a intervalos impredecibles, aunque en tiempos recientes quizá lo haya hecho de modo más flagrante que antes. No existe peligro alguno –afirmó–, pero los individuos inexpertos no deben intentar cazar a las criaturas, “aun cuando sean especímenes atractivos”.
Una borrosa fotografía en blanco y negro exhibe un único e insípido escarabajo en el fondo de un matraz de laboratorio.
El folleto publicitario es mucho más sugestivo. La portada muestra una representación artística de un destellante edificio de marfil, escalonado y rodeado, en la base, de césped de estilo impresionista. El cielo es exultante; las nubes, pinceladas exquisitas. Hay una línea azul oscuro en el horizonte: ¿el mar? “Nínive le da la bienvenida”, se lee en letras cursivas engalanadas. No reconoce la dirección, que incluye el nombre de un suburbio ignoto. Tendrá que investigarlo.
Apoya la imagen contra la tetera: un fragmento de color en el margen de su monótona cocina. Tiene el aroma de un lugar lejano, en otro país, que no pertenece al aquí o al ahora. Desearía encogerse, reducir su tamaño y descansar en una de esas terrazas en miniatura, disfrutar los rayos de un sol pequeño pero potente o, mejor aún, escabullirse en alguna habitación diminuta e inmaculada y cerrar la puerta tras de sí.
Es hora de empezar a escribir en un nuevo cuaderno. Elige uno flamante del cúmulo que se apila en el cajón inferior del casillero para guardar archivos. Se trata de un fino artículo de papelería, confeccionado a la vieja usanza, formato A5, con tapas duras color negro y lomo de tela roja. En los cajones medios y superiores del casillero conserva los cuadernos antiguos, repletos de apuntes de trabajo. Los agota con asombrosa rapidez: comienza uno nuevo cada tres o cuatro meses. En realidad no comprende para qué los preserva. Quizá algún día escriba sus memorias: Una vida entre plagas.
Len jamás garabateó una sola nota; la totalidad de las historias que protagonizó estaba en su mente. Pero a Katya le gusta hacerlo. Elaborar registros es una manera de mantener las cosas en orden.
Toma el lápiz que suele utilizar para esta faena –los lápices son mucho más prácticos que los bolígrafos cuando se trata de trabajar en el lugar de los hechos– y traza un encabezado pulcro: “NÍNIVE”.
Katya negocia sus honorarios con Zintle a fin de emprender una excursión de reconocimiento en Nínive. El señor Brand, al parecer, espera que ella se hospede dentro de la propiedad, en las “dependencias destinadas a los conserjes”. Normalmente, Katya no accedería, pero dada la magnitud del proyecto –y el generoso pago prometido–, decide hacer una excepción. Un par de jornadas deberá bastar para evaluar el tipo de procedimiento que aplicará.
Un día antes de la travesía, Katya empaca su equipaje. Se para sobre una silla para extraer la maleta de la parte superior del armario que se alza en su dormitorio. Han pasado siglos desde la última vez que viajó a algún lado, y ese vejestorio monumental está enterrado bajo un montículo de mantas de reserva y pedazos de una silla rota. La maleta es una de las pocas cosas que Len le dio alguna vez o, mejor dicho, que dejó a su paso.
Por aquel entonces, Katya tenía veinte años. Trabajó con su padre como auxiliar de tiempo completo, durante tres o cuatro años, después de abandonar la escuela. Se alojaban en un hotel de Durban verdaderamente calamitoso (con un retrete cascado, que goteaba, y materia reseca –acaso sangre– en las paredes). Una mañana Len desapareció, dejándola con la cuenta sin pagar y con un peculiar sentimiento de gratitud: Katya no habría podido escapar de su yugo de otro modo. Más tarde, su empleador tocó la puerta de la habitación y ella entendió por qué su padre había huido. Faltaban ciertas herramientas eléctricas, muy costosas. Len tenía la costumbre –o quizá el principio– de marcharse con más aparejos de los que había traído.
No obstante, tal vez sólo resolvió que era hora de partir. Katya sospechaba que Len se sentía hastiado de trabajar con ella, ahora que había crecido. Katya ya no estaba tan ansiosa por complacerlo, aunque tampoco se afanaba demasiado en discutir con él. Comenzaba a percatarse de su propio aburrimiento, y de la fatiga que le depararían los años que tenía por delante, trajinando con Len en el asiento del conductor. Len cada día más empapado en whisky, sus viajes cada día más azarosos y accidentados. En determinado momento, le empezó a repeler el tufo a matanza que impregnaba a ambos. Quería limpiarse. Y quería inmovilidad: un sitio al cual pertenecer, y que le perteneciera.
Además de la maleta, Katya heredó un par de redes, trampas y cosas por el estilo, cosas que conservó. Y dos calzoncillos de Len, que no conservó. Frunce la nariz ante el recuerdo acre.
Zintle hizo el mismo gesto cuando rememoró a Len Grubbs, el exterminador, y Katya empatiza con ella. Es la fragancia de la familia, Eau de Grubbs. Se creó a partir de la vida en las carreteras, del trabajo con animales y químicos. No es necesariamente un olor desagradable. ¿A eso huele Katya? (¿Y podría Zintle olfatearla?) Seguro que sí. Aunque, por supuesto, es bien sabido que tal es el atributo que uno suele ignorar acerca de sí mismo.
Alma también lo tiene, a pesar de su popurrí, sus talcos y cremas. En ella, el aroma parece traducirse en una suerte de señal erótica. Desde los once años, más o menos, los chicos la olisqueaban y de inmediato la seguían por todas partes. Sin perder jamás la compostura, Alma usó ese poder para apartarse de su familia y salir al mundo. Paso a paso. Se aferraba a los cuerpos de chicos y de hombres, se sujetaba como una niña a punto de ahogarse, desesperada por ser rescatada, impoluta, de la ciénaga. Y funcionó. Quienquiera que haya sido el muchacho sin rostro con el que concibió a Toby, logró que el retorno de Alma fuera imposible. Después de eso, perdió el entusiasmo por acostarse con uno y con otro: ya no había necesidad. Y ahora que está casada con Kevin, un tipo sólido, Alma puede consagrarse, de tiempo completo, a erradicar los inquietantes olores de su vida anterior.
Se trata de una cuestión demasiado íntima y vergonzosa como para afrontarla, pero Katya sabe que su hermana aún se siente terriblemente cohibida por el efluvio. Cuando era niña, Alma se restregaba y restregaba, toda vez que se hallaban próximos a un baño. En la actualidad, posee tres baños en la pulcra casa que comparte con su marido, sus hijos pequeños –gemelos: un niño y una niña– y Toby. Es un sitio donde cada objeto ha sido escogido con cuidado y ubicado en un punto inapelable. En los baños y dormitorios hay decenas de botellas de perfumes caros, sprays corporales y desodorantes. Sin embargo, según afirman, el cuerpo tiene una signatura molecular que no cambia. Bajo su perfume, Alma todavía despide el vaho familiar.
El olor de Sylvie era diferente. Se trata de uno de los pocos datos irrefutables que Katya posee acerca de su madre: su aroma a almizcle, a talco, ha persistido en su memoria con mayor contundencia que cualquier recuerdo visual. Al revisar las cosas que su padre abandonó aquella vez, cuando ella tenía veinte años, Katya encontró una foto desvaída de un Len increíblemente joven y sonriente, con el pelo hasta los hombros y el brazo alrededor de una voluptuosa mujer castaña. No reconoció ningún rasgo de la mujer –excepto, quizá, sus propios senos pletóricos y un atisbo de los ojos distantes de Alma–, pero aceptó la evidencia de que se trataba de Sylvie, su madre, recién llegada de Inglaterra y recién casada. A continuación sintió el apremio de dar vuelta a la imagen y no observarla nunca más.
Durante sus veintitantos, Katya se asió a escasos elementos materiales. Sus pertenencias eran tan pocas que cabían dentro de las de Len: dentro de su maleta y de una de las vetustas cajas-trampa de madera –desprovista de resortes, inservible–, que ella colmó de ropa y llevó a rastras de domicilio en domicilio. Cada vez que se mudaba, desechaba algún lastre más de su engorroso pasado. Pero atesoró la fotografía. Hoy está escondida en el fondo del casillero destinado a guardar archivos. En ocasiones, transcurrido cierto periodo –unos dos años–, se arma de valor con un trago de whisky y le echa un vistazo furtivo. Con el tiempo, el semblante de la mujer le transmite menos y menos cosas. Por el contrario, el joven Len parece adquirir mayor vitalidad cada año que pasa en la oscuridad del casillero. Jamás le ha mostrado la imagen a Alma. Es su propio fragmento culposo de Sylvie, que preserva sólo para ella.
La maleta se precipita desde lo alto del armario y cae sobre su cabeza, trayendo consigo la pata de una silla, un pececillo de plata y el olor característico de los objetos de Len. De pronto él está aquí, emergiendo del polvo y aproximándose a ella. Su figura es lobreguez que repta guiada por los cuerpos flotantes de sus ojos –ojos que ha cegado la luz del sol. Emana un fuerte olor a hogueras, naftalina, lejía y tabaco. Extrae algo de la oreja de Katya y lo sostiene con firmeza: el truco de un prestidigitador. Sonríe, extiende la palma de su mano y ella ve un objeto dorado, algo espléndido y centelleante y vivo. Una libélula.
–¡Hermosa! –profiere Len.
La finalidad del ardid era que sus hijas rieran o se retrajeran del susto. Katya nunca supo por cuál opción inclinarse. A veces su padre dejaba ir a la criatura, otras no. Y en ocasiones no había absolutamente nada en su puño. Y otras veces sólo era un puño.
Nota
3 En inglés, crack significa tanto “grieta” como “crack” (droga derivada de la cocaína). De ahí la confusión de Toby. [N. de la T.]
IV. ANTE EL PORTÓN
Nínive es tan nuevo que aún no existe, no al menos en el directorio de calles de Ciudad del Cabo y tampoco en los mapas que Katya posee en su mente. Examina el mapa de Zintle, pero es como la pieza de un rompecabezas cuyo panorama jamás ha visto en su totalidad. No logra descifrar el modo en que esas trayectorias circulares y bifurcaciones corresponden a un escenario real. Cuando intenta seguir la ruta en su imaginación, se extravía en un limbo: en algún sitio más allá de Noordhoek, entre las nuevas residencias y la playa. Hondonadas cenagosas. O eso creía.
No se ha habituado a que Toby vaya al volante y debe dominar el impulso de empuñar el freno de mano. Pero el chico maneja con prudencia; ella le enseñó. Se ubica bien erguido en el asiento, con sus piernas infinitas contraídas bajo el salpicadero, la cabeza despuntando por encima de los hombros y el entrecejo fruncido ante el relumbrón de los faros delanteros. Ciertos jóvenes adquieren garbo cuando gobiernan estos artilugios. Toby, ciertamente, no es uno de ellos.
–Por Dios santo, relájate. Quita la nariz del parabrisas.
Katya le permite elegir el itinerario. El territorio se erige, sin duda, en un universo paralelo, donde nada es lo que parece. Quizá se trate de una futura Ciudad del Cabo, una urbe que Toby, siendo joven, habita por instinto. En vista de que no ha vivido lo suficiente para tener el mapa de carreteras como una rúbrica en el seso, conduce sin prejuicios direccionales, siguiendo las instrucciones de Zintle al pie de la letra y sin anticipar ningún desenlace. En consecuencia, terminan en el lugar correcto, que Katya percibe como profundamente erróneo.
En un tramo umbrío del camino, provisto de arbustos en ambos lados, Toby da un bandazo y se interna en una angosta avenida flanqueada por palmeras. Prominentes muros blancos en las dos aceras –cercados con alambre electrificado y enmarcados por reflectores dispuestos a intervalos regulares– transforman la calle en un pasillo de claroscuros. Las hojas de las palmeras irradian, a contraluz, un tono esmeralda. Y Katya y Toby se desplazan durante siglos a través de sombras que se entrecruzan. La avenida parece prolongarse de manera inverosímil.
¿Cómo pudo Katya omitir este sitio, si ha estado aquí por más de un año? Creyó que conocía la ciudad –ha cazado infinidad de bichos en sus resquicios y fisuras durante mucho tiempo– y, sin embargo, en este momento apenas puede discernir sus coordenadas. Se ha girado alguna manivela para colocar extraños paisajes aquí y allá. La montaña continúa detrás de ellos, y más arriba, hacia delante, se halla el océano, donde debe estar, pero todo lo demás es un torbellino. Esto es otra región. Esto es inédito.
Finalmente, el vehículo cruje ante una parada, frente a un descollante portón de hierro. En aquel punto finaliza la avenida. Está oscuro. Dos farolas gigantes se sostienen en los corpulentos postes de la verja, pero su luz no se expande demasiado lejos en la penumbra. Más allá del portón, los muros y la calle y el rastro luminoso de los reflectores desaparecen. Es imposible vaticinar lo que yace del otro lado.
Toby apaga el motor. Katya desciende de la camioneta, se queda de pie en medio de la imprevista negrura rural y aguza el oído. La calzada acaba de alquitranarse a lo largo del trecho que concluye en el portón, pero más allá el suelo está al desnudo, a la espera de que se atavíe con algún paisaje. Aparta la mirada de la oscuridad que impera tras las barras de hierro e inspecciona los postes. Descubre que son ornamentales, que poseen formas alambicadas y mosaicos. Dos leones risueños, hechos de cerámica maciza, se alzan a cada lado. Una especie de fantasía mesopotámica.
Los leones son un disparate; no obstante, el candado de este portón no tiene nada de quimérico: es de bronce refulgente y del tamaño de una cajetilla de cigarros. No hay un teclado numérico a la vista. Tampoco un timbre o una aldaba. Katya no cuenta con ningún teléfono al que pueda comunicarse y, de cualquier manera, el celular carece de recepción.
Toby asoma la cabeza por la ventana de la camioneta.
–Vámonos –rezonga–. Es de noche y no hay nadie.
Probablemente tenga razón. Quizá todo esto sea una burla formidable, una treta. Fisga a través de los barrotes y tiene la poderosa intuición de que en realidad allí no hay nada, de que el mapa de las calles no mentía cuando mostró un espacio en blanco, de que han arribado al filo del mapa y están a punto de despeñarse.
Resulta inusual, y también conmovedor, ver a Toby tan azorado. La propia Katya desea darle un empellón a la verja y poner un pie en las tinieblas.
Está a punto de dar la media vuelta y subir al vehículo cuando un sonido plateado vibra en el aire: un tintineo irregular. Una luz diminuta y titubeante surge de la opacidad y se dirige a ellos. Exhala un modesto halo y lo perfila en el suelo mientras se acerca, disminuye su velocidad y se detiene.
La campana de una bicicleta, por supuesto. Katya observa los fulgurantes radios de las ruedas antes de reparar en el ciclista uniformado. El individuo monta la bici a horcajadas, los mira a través de los barrotes y respira con dificultad.
–¿Usted es la señorita? –inquiere– ¿La señorita de las lombrices?
–Esa soy yo –responde Katya y, súbitamente, sabe que se halla en terreno familiar. El hombre se apea de la bicicleta y manipula a tientas el enorme candado.
–Aléjese, por favor –dice, y cuando ella obedece el portón lanza un chirrido y se abre, siguiéndole los talones.
–Sin camioneta, por favor –indica–. Todavía está muy lodoso aquí. Podría quedar atascada.
Toby le entrega el equipaje. Katya no lleva mucho a cuestas: una mochila pequeña y la antigua maleta.
–Muy bien –le dice a su sobrino–. Eso es todo, compadre.4
El chico la contempla con ojos sobresaltados, de gálago.
–¿Estás segura? ¿Este es el lugar?
–Así parece. Vete, Toby, todo está bien. El tipo me está esperando.
Katya asume cierto riesgo al dejarle el vehículo. Pero tienen varios trabajos menores agendados en los próximos días: dinero fácil; no quiere renunciar a él. Hay que instalar trampas para ratones, trampas que proporcionan un trato compasivo. Hay que transportar mangostas desde la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales. Tareas sencillas. Toby puede hacerse cargo –reflexiona–, en tanto ella goza una vida de confort y opulencia en Nínive.
Ha corroborado que el botiquín de primeros auxilios esté completo y listo para usarse, que Toby posea suficientes guantes y suficiente de todo. Él dormirá en su casa y se mantendrá alerta ante cualquier eventualidad.
–Vas a estar bien –afirma Katya.
–¿Dos días?
–Tres, quizá. Te llamaré.
Toby asiente en la oscuridad.
–No hay problema –dice.
Katya debería inclinarse y darle un beso en la mejilla. Los jóvenes abrazan y besan sin reservas. Pero ella ya no se siente tan joven. Torpemente, oprime su mano gélida con la que le queda libre.
–No choques la camioneta. Es lo único que te pido.
Lo ve rotando el vehículo, en un giro que supone cinco maniobras, y marcharse con un ruido sordo por el corredor de palmeras y luces. Los faros traseros, de color rojo, brillan de manera intermitente al final de la avenida.
El guardia de la bicicleta empuja con dificultad las elevadas verjas y las clausura detrás de Katya. No se ofrece a cargar su equipaje.
–Sígame –ordena, y vira la bici en sentido contrario. Su luz trasera es como un pequeño eco de los faros de la camioneta, una luciérnaga de tonalidad rojo fresa que toma la delantera. Ella recoge su maleta y acata el mandato del hombre.
El cielo está nublado, sin luna, estrellas ni ese fantasma azul, de luz lunar, que suele extenderse sobre el mar. Katya sabe que el mar se encuentra en el horizonte. En vez del oleaje, escucha un coro subrepticio, multitudinario, congregado en la noche: las crepitaciones y los suspiros y las bulliciosas serenatas de las criaturas que moran en las marismas. Las ranas y los sapos, los gusanos y las aves nocturnas. Los animales con los que ha aprendido a parlamentar.
Frente a ella hay un confuso collage de matices, de formas negras, vagamente geométricas, que emergen de la lobreguez. Los zigurats deben erigirse en torno suyo, pero la oscuridad es demasiado espesa para distinguir algo. En las inmediaciones, se vislumbra un edificio mucho más pequeño, con una ventana iluminada. El guardia apoya la bicicleta contra un muro y se acerca a ella. Sostiene una linterna de proporciones desmedidas. Le da una tabla sujetapapeles en la que está atado un bolígrafo negro a un pedazo de cordel sucio. El rayo que despide la linterna hiere el espacio como una lanza y se clava en un ángulo desfavorable. Katya se pregunta si el sujeto será más eficaz a la hora de apuntar el arma que tiene en el cinturón. No le queda otra alternativa que usar la mano como escudo para proteger sus ojos y completar lo que parece un tedioso cuestionario. Nombre, dirección, tres números telefónicos, fax, e-mail, lugar de trabajo, edad, ocupación.
–¿Edad? ¿Para qué necesitan eso?
El tipo se encoge de hombros. “Reuben”, se lee en su gafete de identificación. Posee un rostro delicado: labios gruesos y largas pestañas. Su cuello está envuelto en una bufanda de lana gris, pese a que la noche es cálida. Coge la tabla nuevamente y apenas se molesta en ojear las respuestas.
–Pues sí. La asignaron a la Unidad Dos –dice. Anota el número en grandes caracteres junto a su nombre.
–¿Dos? ¿Eso es bueno?
El guardia hace una pausa.
–Está bien –replica. Y en un instante ya está montado otra vez en la bicicleta, linterna en mano, y pedalea hacia los edificios que comienzan a destacar en el entorno. Katya nota cómo va desfalleciendo el sonido metálico de la campana. De nueva cuenta, lo sigue en medio de la negrura.
Bajo sus pies, el sendero es duro y ligeramente inestable: tarimas de madera. El hombre se detiene para que ella lo alcance e ilumina con la linterna un sector donde el entarimado yace sobre una zanja oscura. Katya puede oír el rumor del agua que corre.
Tropiezan con un edificio de dos pisos. El guardia alumbra la puerta de entrada. Asoma la palabra UNO en letras de aluminio bruñido.
–Unidad Uno –dice.
–¿Y las luces? –pregunta Katya.
–Se encenderán mañana. De momento, es sólo un sistema de energía de emergencia. Subamos.
Una escalera externa conduce al piso superior. Katya asciende con cautela: le genera desconcierto que el barandal sea tan bajo. En la cima, la asalta la sensación de haber arribado a la nada. Se encuentran en una terraza de piedra, blanca bajo la luz de la linterna, pero mancillada con arabescos de barro: espirales y estrías delineadas por botas fangosas, como si un ejército de individuos que se arrastraron en el lodo hubiesen emergido de una marisma y ensayado una danza fuera de la Unidad Dos.
Reuben da un paso al frente y su linterna descubre un acceso. Una superficie negra y opaca. La palabra DOS en letras plateadas. Cierne el pulgar –fino y torneado, advierte Katya– sobre un pequeño cuadrado negro junto al picaporte de la puerta.
–Hágalo usted –indica–. Yo no estoy autorizado. Presione de esta manera.
Ella coloca el dedo en el dispositivo. La cerradura emite un cloqueo suave.
–Asombroso.
–¿Lo ve? Usted está en el sistema.
Aquello le provoca una sensación graciosa. Es como si de antemano, desde mucho antes de haber llegado aquí, formara parte integral de la estructura del edificio. Como si las espirales y los bucles de sus huellas digitales estuvieran en la heliografía arquitectónica, impresos con tinta, microscópicos. Recuerda, de pronto, al sujeto del lobby en el bloque de oficinas donde se hallaba el despacho del señor Brand. Recuerda cómo escaneó su pulgar. Flexiona sus dedos con incomodidad.
–Entre –dice Reuben.
En el interior la lobreguez es total, Katya puede sentir la oscuridad baldía de la noche empujando la zona lumbar de su espalda. Pone un pie dentro y de inmediato retrocede.
–No veo absolutamente nada.
El hombre se encoge de hombros.
–No habrá luces sino hasta mañana.
–Bueno, ¿pero podría tener una linterna?
Reuben contempla su linterna, enorme, con el ceño fruncido.
–Mejor permítame que le enseñe rápido el lugar.
Se introduce delante de ella. A partir del resplandor de la linterna, detalles ínfimos cobran vida y se extinguen en unos segundos: el marco de un cuadro, el picaporte de una puerta, las patas de una silla.
–Ah –dice Reuben–. El dormitorio. Estará bien.
–¿Bien? No, espere...
Katya avanza a ciegas, palpa el borde de una cama. La percibe acogedora: fresca, tendida con esmero.
–¿Es aquí donde él se alojó? El otro tipo. El exterminador.
No consigue atisbar el rostro del guardia tras el círculo brillante.
–No –responde después de un rato–. Él se hospedó en la Unidad Uno. Abajo.
La luz apunta brevemente hacia el suelo y luego otra vez hacia arriba. Un resoplido en las tinieblas.
–Bueno, es hora de decirle buenas noches. Mañana habrá electricidad.
Reuben se da vuelta y arrea el fulgor de su linterna mientras sale de la habitación. Ella observa cómo el destello se refleja, una o dos veces, en espejos y cuadros, y a continuación la puerta principal grazna de nuevo y se cierra.
Katya está sepultada en una tenebrosidad infinita. Arroja el equipaje a sus pies y aguarda. Siente que el espacio, turbado por su presencia, se estabiliza a su alrededor. Presiona sus rodillas contra la cama. Lo mejor es permanecer muy quieta y no realizar movimientos innecesarios. Se sienta con precaución. Saca su celular del bolsillo. La minúscula pantalla azul parpadea de manera alentadora, pero no hay recepción.
Se quita los zapatos, dando puntapiés, y se interna, a tientas, entre las sábanas ceñidas. Acciones sutiles. Las sábanas huelen a pulcritud. Tose en la oscuridad sólo para verificar la acústica del lugar, pero es inexistente: el sonido se difumina en el aire como una pisada en una alfombra mullida. Envuelta en sábanas negras, en un mundo mortecino, no le queda otra posibilidad que desvanecerse en el sueño hasta que llegue el alba y le muestre este territorio.
Nota
4 En español en el original. [N. del E.]
V. CARNE DE TERNERA ENLATADA
Durante la noche de formas inconexas, Katya despierta frecuentemente, incorporándose con dificultad en medio de retazos de un denso sueño sin sueños. Es capaz de escuchar las pulsaciones de su corazón contra la almohada: un ruido como de arañazos, demasiado estentóreo. Cada vez que despierta la sobrecoge la misma perplejidad: no sabe en qué posición se encuentra la cama, en qué habitación, en cuál casa, en cuál ciudad. En la oscuridad rotunda, ha perdido el sentido del tamaño de su cuerpo o del espacio donde yace. Podría haber una bóveda, similar a la de una catedral prominente, sobre ella, o su nariz podría hallarse a dos centímetros del techo de una caverna.
La mañana llega con un sonido a resquebrajadura, como si un cuchillo cercenara papel de aluminio. Katya sale del más hondo abrevadero de sueño, emerge a la superficie, despeja la escabrosidad de su mente.
Ahora ya no bebe, no mucho, pero hubo periodos de su vida en los que sí lo hacía. La peor parte siempre era el momento de despertar, el pánico que le generaban las supresiones en la memoria. El acto laborioso de reedificar el tiempo, de volver a reunir los pedazos dispersos de su propio cuerpo. Hoy tiene la misma sensación, recostada en esta cama desconocida; hoy debe reconstruir todo de la nada. El modo en que sus miembros están tumbados, si se encuentra bocarriba o bocabajo. Pero, en contraste con el espanto característico del día siguiente que sufre quien ha bebido en exceso, Katya experimenta una especie de alborozo evocador, irrestricto.
Durante varios minutos, reposa en el limbo de la penumbra del alba, misteriosamente disímil en sus cualidades a la del crepúsculo o la de la medianoche o la de las altas horas de la madrugada. Esta oscuridad posee un revestimiento luminoso, la promesa de algo al otro lado. Es como seda azul pálido que asoma a través de un encaje negro, o arena visible en aguas poco profundas, mientras la embarcación de la noche se aproxima a la costa.
Inevitablemente, su cuerpo vuelve a posarse sobre sí mismo. La fuerza de gravedad penetra en la habitación junto con una sutura de luz cerca de su rostro, como si la luz creara volumen. En tanto el cuerpo retorna a ella, se percata de que ha adoptado una pose casi infantil: una mano introducida en la boca y saliva en los nudillos. Observa, con cierto temor, la manera en que la línea azul de refulgencia gana intensidad y a continuación se torna descifrable: la orilla inferior de una cortina. Por debajo, una cama. Estos brazos, estas piernas, esta cabeza opresiva: todo está igual que la jornada previa.
Se trata de una impresión muy antigua: abrir los ojos bajo un cielo raso irreconocible. Cuando eran niñas, en los viejos tiempos con papá, se mudaban sin cesar, de departamento desvencijado en departamento desvencijado. Durmieron en cuartos ajenos, prestados, y en el suelo de los sitios donde vivían los ignominiosos amigos de Len. Durante cierto lapso lo hicieron en un remolque. En ocasiones pasaban un par de semanas, aquí y allá, con primos lejanos o tías que no habían visto en siglos. Len las dejaba con la tía Laura de modo intermitente. Una vez se alojaron en un estacionamiento convertido en hogar temporal, con una puerta corrediza que se abría cada mañana, como la tapa de una lata de sardinas, y ofrecía su intimidad a la inspección de los transeúntes. Otra vez discurrieron algunas noches en el pequeño cuarto de concreto ubicado al fondo del taller mecánico de un camarada de Len, entre carcasas de motores y un hedor a aceite rancio.
No obstante, al alcanzar la etapa adulta, Katya halló una casa e hizo su mejor esfuerzo para adecuarse a ella. No le gusta pasar noches fuera de allí. En lo que se refiere a los amaneceres con amantes… jamás se queda a desayunar. Es una de esas chicas insidiosas que toman sus zapatos y se esfuman a medianoche. Prefiere entregar los aromas de lo ocurrido a la atmósfera viciada de su propia cama.
En el transcurso de la noche, las sábanas de Nínive perdieron su neutralidad fresca y se impregnaron del olor de Katya; sin embargo, siguen siendo herméticas y suaves, como si hubiese permanecido en un estado de desmayo, de absoluta inercia. Se pregunta cuánto tiempo habrá aguardado esta cama para recibir a un ocupante. ¿Será ella la primera?
Rememora fragmentos de la noche anterior: peldaños en un pantano lúgubre. El candil de la luciérnaga en la bicicleta. El aire húmedo y la opacidad. La cara del guardia, que remitía a la Noche de Brujas, mientras sostenía su linterna. Las conversaciones exuberantes de las ranas y los insectos en derredor.
El brillo de la mañana lanza un grano de textura hacia algún objeto cercano a su cabeza. Su brazo pende sobre el destello y la lleva a tocar una fracción de tela. Las cortinas no son ordinarias ni filiformes como las que tiene en casa, sino un telón frondoso que impugna la claridad. Permite que las cortinas resbalen entre sus dedos. En tanto permanezcan cerradas, en el exterior podría haber cualquier cosa. Cualquier paisaje en cualquier lugar del mundo.
La campana de una bicicleta repica en algún sitio y le produce un hormigueo en el pecho. El sonido plateado la desborda de regocijo nostálgico. Es el sonido de su infancia, de días despejados, de andar en bici sin manos en el manubrio y cuesta abajo... ¿De dónde proviene esta remembranza? ¿Acaso tuvo una infancia así? ¿Acaso alguien la tuvo?
Otro sonido: nuevamente la rasgadura. Descorre la cortina, se sostiene sobre un codo y mira la escena portentosa que colma la inmensa ventana. La luz se extingue en el azul del amanecer. Hay una marisma muy quieta, con un cerco, complejo y quebrado, de matas y hojas de helecho. Katya vislumbra cabezas de espadañas, que parecen cinceladas en las aguas blanquecinas. De pronto descubre quién emite ese ruido como de rotura: un ganso egipcio que agita las puntas de sus alas y luego emprende el ascenso con un restallido. Deja tras de sí una estela serrada en el agua.
No es una escena del todo desierta. Hay una suerte de área de construcción en el extremo opuesto de la marisma. Otro complejo urbano en proceso de erigirse. Excavadoras y tractores inertes, sombríos en la alborada, y un brasero, hecho en un minúsculo tambor de hojalata, arde como un dedal de fuego. Un centinela nocturno aún está en su puesto de trabajo.
Katya observa el edificio desde la perspectiva del vigilante solitario: la suya debe ser la única ventana que presenta algún movimiento, la única con la cortina descorrida. La cierra y, en la penumbra, recorre la pared con las manos, buscando un interruptor. Sus dedos hallan un cuadrado de plástico liso, que ni siquiera necesita que se oprima una tecla. Su tacto lo activa por sí solo y las luces surgen paulatinamente, tenues y amarillas. La electricidad ha vuelto.
Se levanta de la cama, percibiendo, de nueva cuenta, todo el peso de su cuerpo. Aún usa los jeans y la camiseta que llevaba la noche anterior.
Los interruptores están situados en lugares recónditos, difíciles de ubicar. Es una chica en un laberinto, que se abre paso fuera de la habitación a través de un oscuro pasadizo, palpando los muros, sin despegarse jamás de ellos. De este modo –le contaron alguna vez– cualquier dédalo puede elucidarse. Se trata de uno de esos datos que ha acopiado en caso de verse en apuros. Posee incontables estratagemas imaginarias de tal índole: planes de escape.
Mediante esta ingeniosa técnica, localiza una pequeña cocina. El refrigerador lanza un zumbido para sí mismo, de manera cíclica. Lo abre, y un rectángulo de luz blanca irrumpe en la negrura. Los estantes están vacíos. Algo en lo que no había pensado: cómo se sustentará mientras viva aquí.
Frente a la cocina, una puerta conduce a una sala yerma. Katya vadea una serie de cortinas blancas de lino y descubre el picaporte de la puerta de un patio. El pestillo se desliza con suavidad, permitiéndole salir a la terraza y a la luz matinal. Estudia el campo de operaciones.
Siente vértigo por unos instantes, al reparar en la escala. Se encuentra en el interior del modelo arquitectónico que examinó en la oficina del señor Brand. Tal como se anunció, una muralla prominente circunda la propiedad, coronada por líneas paralelas de vallas eléctricas. Logra divisar la entrada principal, los leones en los postes –pequeños cual gatos, a la distancia– y, más allá, el corredor de palmeras. Justo a la lado de la verja hay una cabaña de madera: la caseta del guardia. Parece mucho más próxima de lo que se veía anoche, durante su caminata iluminada por la linterna. Su propio bloque, el modesto “alojamiento para los conserjes”, se edificó en un rincón. La caseta del guardia y el bloque se sitúan frente a un arco de edificios más grandes y suntuosos –todos con un enlucido pálido y mampostería–, diseñados a partir de un estilo ligeramente babilónico: terrazas escalonadas, zigurats, pasajes abovedados.
Una plaza central divide las dependencias del personal de los edificios residenciales. Sin embargo, dicha plaza no es el jardín paisajístico que, según los cálculos, debía haber allí: es un terreno cenagoso y estepario, entrecruzado por senderos provisionales, hechos con tablas y huellas de neumáticos de bicicleta. Un riachuelo cruza el área.
Cerca de la base del edificio de Katya, a la derecha, un par de árboles milkwood crecen contra la muralla. Sus troncos se inclinan hacia el suelo y sus hojas son oscuras y brillantes. Constituyen el único signo de vida orgánica dentro del perímetro fortificado. A su sombra se han colocado muebles blancos de jardín.
No hay más follaje que aquel. No hay rastro de los jardines flotantes que sugería el modelo. Los maceteros empotrados en la terraza no contienen otra cosa que escamas de piedra gris. Ciertamente, la vegetación prevista nunca se plantó, o ha sido devorada por los enigmáticos bichos. Además, el complejo carece de las pequeñas figuras humanas, con excepción de ella misma.
Zintle mencionó que la tierra había sido reciclada. Katya se pregunta cuántos pantanos tuvieron que drenar, cuántas miles de almas vertebradas e invertebradas tuvieron que desplazar o destruir para hacer este lugar. En su experiencia, una zona mal drenada supone un imán para toda clase de plagas amantes de la humedad: culebras de agua, babosas y, en especial, mosquitos. El agua creciente y sus viajeros siempre encuentran el camino de regreso.
De hecho, fuera del perímetro de Nínive, los seres insisten en sobrevivir y bregan para entrar. Hacinada contra el muro, en el exterior, hay una turba verde y plateada: arbustos bajos y tramos de césped desvaído, enhebrados y zurcidos en virtud del agua. Se trata de una escena muy bella, que exhibe los colores puros del fynbos5 del Cabo. Desde la terraza, Katya puede oler su dulce acrimonia. Más allá del verdor se extienden franjas cromáticas de distintas gradaciones: una línea de playa blanca y luego el mar, hoy de un azul opaco, similar a una taracea turquesa. Y por encima de todo aquello, un cielo matutino calizo: el azul más sutil del espectro. La súbita ráfaga de luz y brisa marítima es el equivalente visual de ese sonido esplendente de la campana de la bicicleta: chispazo y efervescencia.
Katya es una princesa en una torre nívea... Otra fantasía de la infancia, pero no de una infancia que reconozca como propia. Le corresponde a otra niña, a una niña que nunca fue. ¿De dónde proceden estas visiones insondables? Poco importa: las reivindica como suyas. Estira los brazos a la luz del sol y vuelve a ser pequeña, una criatura acunada por un mundo enorme, fulgurante, que arroja llamaradas de posibilidades. No ha experimentado este gozo peculiar, esta dicha semejante a la de las bestias, durante mucho tiempo.
La atmósfera de algo inacabado, que exhala el complejo, no la deprime. Puede percibir su potencial: es un sitio aún en formación. A diferencia de los entornos por los que transita a menudo, Nínive es un universo totalmente nuevo, urdido de la nada. Ha recelado de este trabajo, pero ahora está impaciente por ponerse en marcha, por inaugurar las negociaciones con los demás residentes, sus compañeros, grandes o pequeños. Columbra los días que le aguardan –¿tres?, ¿podría, quizá, alargar el plazo?–, días tan vacíos y espaciosos como estos aposentos prístinos, como esta oportunidad de oro. Le envía un mensaje, una invitación, a toda criatura que repta, que se escabulle: Ven, ven, infesta, invade, ¡dame una razón para quedarme!
Abajo hay movimiento. Ha aparecido un hombre; se sienta en una de las mesas y fuma un cigarro. A Katya le genera desconcierto tener compañía en su nuevo mundo, pero pronto advierte el uniforme azul marino. Es un guardia de seguridad. De inmediato se siente contenta: ambos pertenecen aquí, ambos son parte de la cuadrilla. El hombre la mira y le dirige un saludo lánguido; su mano queda suspendida en el aire durante unos segundos. Ella deduce, a partir de la gracia y la desenvoltura de su saludo, más que de cualquier otra cosa a la distancia, que no se trata del apocado y taciturno Reuben, el que la guió la noche previa.
A su vez, Katya lo saluda de manera ceremoniosa y se recluye entre los pliegues de las cortinas blancas: una novia de la realeza confinada.
Las paredes del baño son sencillas, con azulejos de un blanco glacial y un borde de flores azules estilizadas. Cuando las toca, deja una huella, una mácula en la superficie lustrosa. Si, por principio de cuentas, este lugar era aséptico, no seguirá en tales condiciones por mucho tiempo. En breve se entromete la visión de su padre. Len mea en el lavabo, oprime las colillas de sus infames cigarros en el alféizar. Katya deja correr el agua de manera estrepitosa. A concentrarse en el trabajo, se dice a sí misma.
Se ducha en un baño flamante –los grifos aminoran con brusquedad su ímpetu y lo recobran sin cesar; el agua sale a borbotones efusivos, caliente, desde un rociador del tamaño de un girasol–. Esto es plomería de calidad. Es un placer esmerilarse a sí misma con un jabón flamante, con una toalla flamante. Evita contemplarse, por costumbre, en el espejo de cuerpo completo. Se peina el cabello prolijamente detrás de las orejas: de ese modo lo siente impecable y bien delineado, como le gusta.
Prioridad a lo prioritario: el uniforme. Ha traído tres overoles verdes, cada uno planchado de forma escrupulosa por la señora de la lavandería ubicada a pocos metros de su casa: un lujo que Katya se permite. Se enfunda en uno de ellos, directo sobre la ropa interior.
A continuación, el cuaderno. Lo abre justo en la página en la que anotó el encabezado “NÍNIVE”. Subraya el título y, después, escribe con pulso certero: “Día uno: jueves 11 de mayo”.
Bajo dicha inscripción apunta: “¿Una especie de escarabajos longicornios metálicos?”
No consigue pensar en nada más por ahora. Llegó el momento de emprender un sondeo concienzudo dentro de las instalaciones, aunque su instinto para estas cosas –su extraordinario olfato– le dice que las paredes y los pisos son tan estériles como un quirófano desinfectado. No obstante, se dedica a ejecutar las rutinas imperiosas. Abre las ventanas y descorre las cortinas hasta que la luz del sol lo inunda todo. Mide las dimensiones y la geografía del interior.
En un principio, el lugar parece bastante anodino. Pero pronto se percata de que todo en estas “dependencias de servicio”, aunque sobrio, es de la más espléndida calidad. Las habitaciones son simples cubos; sin embargo, hay hornacinas y armarios insertados cabalmente, estanterías que, desde sus recovecos, emiten un susurro al tacto. Katya los investiga con ojos y dedos profesionales. Diligente, como un policía secreto, se arrodilla y pasa las manos por las junturas de los zócalos, abre armarios, revisa cada ínfimo rincón en busca de arañas al acecho o geckos. Quita mantas y sábanas de la cama y las sacude. Da vuelta al colchón –ardua tarea, dado que se trata de un colchón pesado, de gran calidad– y examina las costuras.
Le fascinan el suelo de pizarra, las alfombras con matices neutros, las paredes de tono sutil, que no es del todo blanco. He aquí lo que siempre quiso: nitidez, líneas simples, acabados lujosos. He aquí el confort y el sosiego que siempre anheló, con desesperación, en su vieja casa derruida, agrietada. Es como si hubiese imaginado Nínive; como si su mente farragosa hubiese soñado esta amplitud inverosímil y con frialdad delineada. Lo único que le falta a este sitio para ser en verdad fastuoso son artículos electrónicos –televisión, hi-fi–, pero Katya ni siquiera tiene deseos de escuchar música: la música mancillaría el tapizado de silencio. Analiza un ropero bellamente construido e integrado a la pared –recorre el canto biselado de la puerta– y luego dobla y apila sus prendas en las repisas. Nunca lo hace en casa; tiene la costumbre inveterada de extraviar sus jeans, de desperdigar sus sostenes. Pero aquí, al menos por unos días, resulta posible fabular que en realidad habita estos aposentos inmaculados. Se le ocurre que si en este mismo instante su propia casa –su hogar–, se esfumara, se incendiara, quedara sepultada en una ciénaga o en un sumidero, sentiría apenas un leve estremecimiento.
En pocas palabras, Katya jamás ha visto un lugar menos infestado de parásitos en su vida. Si existe alguna sabandija, es porque la ha traído consigo. La esterilidad de este sitio posee algo inusitado. De nuevo se asoma por el ventanal, y el sol contundente de la mañana revela, de modo tajante, que no hay mucho más que un ratón de campo, o una blanquita de la col, soliviantando la propiedad.
Es extraño. Después de todo, allá fuera se extiende una marisma enorme y tórrida: resulta difícil impedir que el ambiente se contamine. Una combinación irreconciliable de elementos: lodo y alfombras color crema, mierda de ganso y mampostería de piedra pálida. Si Toby estuviera aquí, ella diría algo, haría algún chiste al respecto. El comentario agudo permanece en la punta de su lengua, impronunciable. Debe tragárselo.
Pero, un momento... No está sola por completo: ha irrumpido una presencia humana, tan clara como un vocablo dicho en medio del silencio, pese a que le toma unos segundos ubicarla. Allí, en la repisa de la cocina, que es de un estupendo mármol gris, exquisitamente jaspeado de venas blancas, similares a nubes estrato, hay una hoja de papel para correspondencia, gruesa y de tonalidad crema, en la que está escrita, con una caligrafía serpenteante y de proporciones formidables, la palabra ¡Bienvenida! Katya no necesita preguntarse por su autora. Esas vocales exuberantes y redondeadas, la B llena de florituras, los signos de exclamación monumentales sólo pueden haber sido trazados por Zintle.
Al tiempo que recoge la hoja, se oye una nota musical. La sincronicidad es tan notable que le toma un paréntesis desligar las sensaciones y advertir que el papel en sí mismo no está ejecutando una melodiosa bienvenida. Para cuando identifica el sonido del timbre, ya alguien se encuentra dando golpes secos en la puerta: un ritmo penetrante, como de quien baila una giga, que hace saltar su corazón y dejar que la hoja resbale entre sus dedos.
Otea, a través de la mirilla, una espalda encorvada y azul.
–¿Hola?
La figura se vuelve y exhibe dos grandes ojos, parecidos a los de un lémur en el lente distorsionado de la mirilla.
–Soy yo. Reuben.
–Ah, bien.
Katya localiza un intercomunicador en el vestíbulo y oprime los botones –que nunca nadie ha marcado– al azar. La cerradura de la puerta cede. He ahí un hombrecito de cabello negro y entradas en la frente. El tamaño de Reuben parece haberse reducido a la luz del día. Sus rasgos aún son delicados y agradables, pero ahora desvelan la apariencia de su auténtica edad, más cercana a los cuarenta que a los veinte años. Tiene mejillas macilentas, piel morena clara y ojos colosales, nerviosos y de un pigmento inusual: color avellana evanescente, que uno incluso podría percibir, a partir de cierta luminosidad, como anaranjados. Katya observa todo esto de manera especialmente palmaria porque el hombre está de pie bajo un rayo de luz, como un extenuado ángel administrativo. Lleva dos inmensas bolsas de plástico de un supermercado económico –de rebajas–, que ejercen su peso a cada lado y le arquean el cuerpo.
–Reuben, ¡buenos días! –dice, quizá con excesivo júbilo. El tipo se ve apabullado. No obstante, ella se siente, en verdad, feliz de reencontrarse con él.
–La electricidad ha vuelto. ¿Está todo bien?
–Todo está perfecto, gracias. Dormí muy bien.
Soy demasiado locuaz, piensa Katya. Él la mira con perplejidad.
–Sí. Bien –Reuben gesticula usando las muñecas. El peso de las bolsas le hiende las manos, impidiéndole hacer un ademán más efusivo.
–¡Ay! Ay, discúlpeme. ¿Puedo ayudarlo con eso?
El hombre frota sus zapatos en el tapete de la entrada y avanza, arrastrándose. Las bolsas parecen extremadamente pesadas. Katya intenta auxiliarlo –se ve tan frágil soportando esa carga...–, pero él le dirige una mirada que es un fogonazo, enmarcado por cejas bien definidas, y continúa pugnando hasta llegar a la cocina.
–¿Todo esto es para mí?
A modo de réplica, Reuben comienza a vaciar las bolsas, ordenando el contenido en hileras meticulosas, cuya clasificación obedece a las distintas categorías de alimentos. Desempaca cuatro latas de carne de ternera, una hogaza de pan blanco cortada en rebanadas, un tubo de salchicha de Bolonia, un paquete de queso procesado, tres botellas de Sparletta color rojo brillante, una lata de sardinas en salsa de tomate peri-peri, un envase de leche condensada, una lata de café instantáneo, dos rollos de papel higiénico y un costal de azúcar. Lejos de sentirse perturbada, a Katya le divierte el aspecto proletario de la comida. Es innegable que Reuben se dio a la tarea de comprarla para ella –le cuesta imaginar a la glamorosa Zintle abasteciéndose de carne de ternera enlatada–. Quizá esto es lo que se considera el combustible adecuado para una experta en reubicación de plagas, para la Señorita de las Lombrices. Mientras le echa un vistazo a la glutinosa salchicha de Bolonia, se pregunta si dos rollos de papel higiénico serán suficientes para las jornadas que tiene por delante.
Las bolsas, repletas, eran pesadas; sin embargo, ahora que la comida está a la vista, parece bastante exigua. Reuben contempla los productos con tristeza y se encoge de hombros.
–¿Está bien? –inquiere.
–Se ve excelente. Fabuloso. Muchísimas gracias por encargarse de todo esto. ¿Cuánto le debo?
El hombre agita ambas manos para expresar su negación.
–No, está bien, ya se pagó. Bueno, si hay algo más, avíseme. Si hay... –escruta el entorno, primero el techo y luego el suelo– problemas.
–Por supuesto, gracias, aunque estoy bien.
Pero todo indica que Reuben no está listo para zanjar el asunto. Sigue inspeccionando fijamente el piso.
–O si hay... usted sabe. Si cualquier cosa le causa molestias. Estamos ahí abajo, cerca de la caseta, todo el tiempo. Pascal y yo, ¿sabe?
–Sí, claro.
–Botón de pánico –señala una pequeña perilla roja junto a la puerta. Katya ya las ha divisado; están por todas partes, en cada habitación: pertinaces motas escarlata en medio de la escenografía incolora.
–Pasa a través del nodo de seguridad.
–¿Nodo?
–La caseta del guardia, ¿sabe? Presione el botón y subiremos así de rápido –chasquea los dedos–. Y si no estamos allí en ese momento, la señal se envía a la Central de Control. Alguien vendrá. ¿Entiende?
–Desde luego –dice Katya–. Oiga, Reuben... estos insectos... ¿los ha visto?
El hombre asiente.
–¿Cuál es su apariencia? ¿Realmente muerden?
En respuesta, desliza una de las mangas del uniforme hacia arriba. Posee una piel atractiva y un brazo grácil, musculoso, joven. Se trata de una visión inescrutable e íntima.
–¿Lo ve? –dice– Allí. Y allí. Mordeduras. Esta es de la semana pasada. ¿Lo ve?
Podrían ser mordeduras. Diminutos pinchazos rojos. Pero también podrían no serlo. De cualquier modo, Katya asiente.
–No he visto ningún insecto en absoluto.
–Los verá. Salen después de las lluvias. Molestan al perro.
¿Perro? ¿Existe un perro? La nalga izquierda de Katya se tensa al recordar una embestida de la infancia.
Su semblante debe ser elocuente porque Reuben la mira con deferencia.
–El otro sujeto, ¿sabe?, el que estuvo aquí antes por la cuestión de los bichos... A él tampoco le gustaba el perro.
Nota
5 El fynbos, término en afrikáans, es una formación vegetal –arbustiva– muy extendida y característica de la región del Cabo en Sudáfrica. Se le considera uno de los seis reinos florales del mundo. [N. de la T.]
VI. MARISMA
Ella se echa la mochila al hombro. Es un vejestorio color caqui que dejó atrás su padre. Parece la pieza de un kit militar. Katya supone que Len, en su inimaginable juventud, formó parte de las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica, aunque resulta difícil concebirlo marchando a las órdenes de un superior. Él nunca lo mencionó. La hija nunca indagó. En el morral lleva: cuaderno de apuntes, cámara, binoculares, lápices, cinta métrica, botella de agua, guantes extra y lentes oscuros. Ha meditado sobre la posibilidad de conseguir algo que tenga un aspecto más profesional, quizá una maleta de armazón rígida con cierres apropiados, como las que se utilizan para transportar equipo electrónico o fragmentos humanos en refrigeración. Le conferiría un aire de perita forense y daría una buena impresión a los clientes. Con el dinero que obtendrá por este trabajo, tal vez pueda permitirse adquirir nuevo material.
Franquea la puerta del área donde se hospeda y sale a la terraza. Mira el suelo y descubre que los vestigios de la danza cenagosa que notó la noche anterior han sido misteriosamente expurgados. Las baldosas lucen impecables. ¿Reuben las habrá limpiado? Prueba tal vez su celular: no hay recepción, ni siquiera aquí arriba, en la terraza. De cualquier modo, ¿a quién llamaría? A Toby. Lo fustigaría para que haga su trabajo.
Baja las escaleras hasta llegar a la Unidad Uno. Seguro esto también es parte de la labor que le han asignado. Presiona el pulgar en el sensor que hay junto a la puerta. Nada. Al parecer, existe una estructura jerárquica de acceso y ella carece de autorización para ingresar a ciertos niveles.
No importa. Se coloca los lentes oscuros y se aventura en el lodo a fin de explorar los principales bloques de departamentos. En un principio, los edificios poseen un talante soso y reiterativo. Pero el recinto es más extenso de lo que parece y pronto se torna inextricable, con callejones sin salida y pasajes cerrados y vías peatonales entrelazadas, todo construido a partir de la misma piedra blanca rociada de visos plateados. El lugar se antoja perfectamente desagraviado y, sin embargo, Katya lo percibe, con enorme decepción... raído. Desgastado, pero no debido al uso. Es, más bien, como un objeto flamante que se ha instalado en una repisa durante demasiado tiempo, perdiendo su realce. Coincide en cada pormenor con el esmerado modelo arquitectónico que Zintle le enseñó en la oficina pero, de algún modo, en su súbita expansión hasta alcanzar la escala real, las aristas de la superficie se han desafilado. Nada que no pueda repararse. Katya visualiza la manera en que el sitio resucitaría si fuera habitado adecuadamente.
Las alcantarillas de concreto, por las que la corriente del arroyo entra y sale de la propiedad, son profundas, empinadas a los costados y provistas de rejas idóneas para cribar el agua. De esa forma, ningún objeto mayor que un renacuajo desnutrido podría atravesar el filtro. No obstante, allí donde el agua entra, la parte externa de la rejilla está obstruida por césped, y una infinidad de bolsas de plástico niega el ingreso: no es de extrañar que la corriente se haya reducido a un chorrito reticente.
Katya presiona el dedo en las puertas de un par de departamentos de la planta baja y estas se abren sin reparos. En el interior todo es de proporciones mucho más vastas que en la Unidad Dos. Los espacios están en consonancia con el lenguaje visual del folleto publicitario: habitaciones inconmensurables, techos altos y acabados suntuosos resplandeciendo a la expectativa de ser usados por primera vez. El diseño de cada uno es idéntico. La decoración es pomposa pero inusualmente errática. Katya advierte que faltan perillas y segmentos de alfombra, como si los cuartos aguardaran toques finales. Ciertas cosas que uno esperaría hallar en un departamento amueblado –sillas, electrodomésticos, puertas de alacenas– brillan por su ausencia, mientras que otras minucias sí están presentes.
En varios departamentos hay piezas de arte enmarcadas en las paredes: reproducciones de viejos grabados de monumentos y ruinas antiguos. Katya las examina con interés. Torres escalonadas, pirámides, estatuas. Reconoce los leones que se alzan en los postes del portón de entrada, y también el motivo de flores, similares a margaritas, de los azulejos del baño.
A Alma le gustaría este lugar, reflexiona, y fantasea por unos momentos con una vida inmejorable: Alma y su familia en uno de estos departamentos; Toby, quizá, en su propio estudio; y ella... bueno, en realidad sólo puede imaginarse en aquel pequeño sitio destinado a algún conserje. Tiene el tamaño apropiado para ella. Podría saludarlos a todos desde su terraza, sin encontrarse demasiado cerca ni demasiado lejos.
Sin duda, debería registrar cada bloque de manera escrupulosa, de cabo a rabo, pero muy pronto le aburre la homogeneidad de la urbanización. Tras estudiar cuatro departamentos análogos de la planta baja –una serie desconcertante de actos de rebobinar y repetir escenas–, decide seguir adelante.
En tanto se desplaza entre los edificios, da una vuelta en redondo e, inesperadamente, se aproxima a la caseta del guardia. Se encamina de nueva cuenta hacia las Unidades Uno y Dos, completando el circuito. El guardia que vislumbró antes, bajo los árboles milkwood, continúa allí, apoltronado con el mentón sobre una mano. Un delgado hilo de humo escapa de su cigarro, que protege del viento usando la palma. Inclina ligeramente la cabeza y ella comprende que la está exhortando a que se acerque. El lenguaje corporal del hombre es poderoso. Katya avanza hacia la sombra, esquivando las ramas bajas de los palos de leche. El tipo, de piernas largas y piel oscura, lleva puestos lentes de sol.
–Hola –dice Katya.
–Buenos días. Yo soy Pascal –afirma, y roza su gafete de identificación con la yema del dedo–. ¿Ha tenido una noche reparadora?
Su voz es precisa y de acento francés; elige las palabras con cuidado.
–Muy reparadora. A propósito, soy Katya.
Otra inclinación de cabeza.
–Sí. Entiendo que está aquí con la finalidad de asistirnos.
Katya sonríe.
–Ese es el plan. Sin embargo, dígame... Creí que este sitio se hallaba infestado, ¿sabe? Pero se ve tan limpio... ¿En realidad existe un problema?
Pascal asiente. Le da una calada a su cigarro.
–¿Los ha visto? ¿A los bichos?
–Sí. Los he visto. El año pasado, muchos, muchos, por todas partes. Y ahora. Han comenzado a llegar otra vez: uno, dos, seis. Y habrá más.
–¿Pero qué son? ¿Qué aspecto tienen?
Pascal se inserta el cigarro en la boca y, por unos segundos, Katya presume que no responderá, pero enseguida eleva las manos ante su rostro, enlaza los pulgares y ondula sus largos dedos. La contorsión significa “sabandija”. Un ser con incontables patas.
–Los verá –dice– después de que llueva.
Junta las palmas. Luego se coloca los lentes de sol en las sienes y permite que Katya observe sus ojos, a corta distancia uno del otro.
–¿Ya le han pagado?
–Estoy aquí sólo para llevar a cabo un reconocimiento del área. Me van a pagar cuando haya concluido el trabajo –Katya hace una pausa–. ¿Por qué?
–No, sólo quería saber.
Ella vacila.
–¿Podría preguntarle de dónde es? ¿Originalmente?
–República Democrática del Congo.
No brinda ningún otro dato y ella opta por no ejercer presión. Las historias de refugiados siempre la cohíben un poco, e incluso la atemorizan. Imagina en Pascal un desarraigo mucho más lacerante que el suyo, y también una noción de perseverancia inexorable que la avergüenza.
–¿Se dirige a algún lado en este momento? –inquiere, redimiéndola de su obtuso silencio.
–Tal vez. ¿Qué tan lejos están las tiendas?
–Reuben irá –dice–. Tal vez hoy, más tarde, o tal vez mañana, por única ocasión. Puede pedirle que le consiga algo.
Detrás de Pascal, emplazada en el muro del perímetro, hay una verja para peatones. Katya emprende la marcha, pero se queda pasmada cuando advierte que un perro hercúleo yace tumbado, patas arriba, en el umbral. Una cruza con Mastín o Rottweiler: uno de esos perros corpulentos, de fauces descomunales. Tal vez un Boerboel. Es negro y cobrizo, de pelo corto, sólido como un novillo, con un miembro grueso y un escroto que le cuelga entre las patas, extendidas para recibir el calor del sol. El animal levanta el hocico robusto para mirarla. Sin duda, ha detectado las moléculas de tortuosa adrenalina que ella deja flotando en el aire.
–¿Esa cosa es amigable?
Pascal silba una nota, que resuena entre sus dientes, y el perro se yergue y se mueve con lasitud, presionando los belfos negros contra su mano. El hombre lo sujeta del collar.
–Su nombre es Soldado.
Tráeme babuinos cuando quieras y ya veremos, piensa Katya.
Pasa junto a ellos, trazando una circunvalación a fin de evitar el contacto, y va hacia la verja. Está hecha de madera reforzada con acero; es angosta pero prominente. A su lado, otro sensor para apoyar el pulgar: quienquiera que haya diseñado el sistema estaba, al parecer, igual de preocupado por la gente que salía como por la que entraba.
–¿Qué hay más allá? ¿Puede uno llegar hasta la playa?
–Puede caminar. Aunque está sucio. Lleno de fango, lleno de estas cosas, estas cosas minúsculas...
–¿Serpientes? ¿Bichos?
–No, no, algo diferente... –se pellizca la piel del cuello y emite un sonido a través de los dientes, que remeda una succión.
–Ah... ¿Mosquitos? ¿Garrapatas?
–Tal vez garrapatas.
–Ah, bien. De cualquier modo voy a arriesgarme. Gracias.
Pone el dedo gordo en el sensor y oye el clic de la verja liberándose de sus trabas. Pascal deja caer los lentes de sol sobre sus ojos y se despide con un gesto de asentimiento.
Desde el instante en que traspasa la verja, Katya nota una transformación física en la atmósfera, como si el aire fuera más puro. Los resortes del portón oscilan y se cierran a sus espaldas, y ella se descubre en un entablado. El entablado tiene forma de L: corre paralelo al muro y luego, en oposición al bloque de los conserjes, se desvía a la derecha en un ángulo, y desemboca en el barrizal, en dirección a la playa –asume Katya–. La madera de pino descortezada es lisa y de un amarillo fulgurante; se hunde y emerge como una cinta ornamental. Los pies de Katya se ensortijan dentro de sus botas de seguridad con casquillo. Sería agradable andar descalza y sentir esa textura. En pocos meses –imagina–, la plataforma se habrá ennegrecido de humedad, se habrá podrido, fusionándose con la marisma.
Katya titubea en su intento de interpretar el paisaje. La playa es pública y relativamente segura, igual que el recinto amurallado del fondo, pero no logra discernir la franja de tierra que los separa. Busca, de manera instintiva, señales de corrupción: no hay desechos ni otros signos de presencia humana, no hay estructuras foráneas hechas de zarzo. El territorio se ve prístino. ¿Se encuentra sola, con toda certidumbre? Y, al fin y al cabo, ¿cuánto tiempo tomaría cruzar esta zona incierta? ¿Veinte minutos? Llegará al mar en un tris. Es un día perfecto. Y resulta maravilloso transitar por un entablado, especialmente uno nuevo y fragrante como este; las piruetas, a cada paso, son involuntarias. Un mirlo vuela como una saeta y casi le toca el rostro con la punta del ala: una bendición. Katya cierra el cierre de su uniforme hasta el cuello e inicia su peripecia, con la autoridad de Nínive a cuestas. Después de todo, está aquí para trabajar.
La vegetación se aglomera frente a ella: rígidas golas de dakriet6 por encima de su cabeza, césped y una profusión de flores pequeñas, amarillas y rosas. El sendero amarillo del entablado da un giro sinuoso para introducirse en un laberinto de juncos y se interrumpe de manera abrupta. Hasta ahí llega la construcción, no más lejos. El suelo se halla un metro hacia abajo, pero parece lo suficientemente firme y Katya da un salto: las pantorrillas calan hondo en el cieno marrón.
El acontecimiento le provoca risa, hasta que se percata de que está empantanada. Ni siquiera logra alcanzar la madera del entablado: se precipitó demasiado lejos. Por un segundo se plantea la inapelable humillación que supondría morir de ese modo. Experimenta manos de arcilla alrededor de sus tobillos, manos que la sumergen. No obstante, se las arregla para sacar un pie a la superficie –con ruidos destemplados, que parecen sorber el lodo–, y a continuación, en un arrebato de pavor, arremete de cuerpo entero. Se arroja, como un paracaidista, en la balsa que componen los juncos circundantes, dislocando una de sus botas hasta casi despojarse de ella. Trepa al terreno más seco. Jadea y luego ríe de nuevo.
Está recostada en un campo de flores. Vuelve la cabeza y posa la mirada en un escarabajo que se abre camino con la nariz hacia el corazón de una margarita amarilla. Es una criatura de apariencia extravagante: antenas articuladas; patas que sobresalen en ángulos agudos; cabeza angosta, acorazada y dotada de tenazas; y un par de alas extensas, similares a vainas de cuchillos torneadas con precisión. Todo esto se halla revestido de una fantástica iridiscencia verdiazul, desde la punta de las antenas hasta el extremo de las seis patas. El insecto bebe a sorbos, pacíficamente, la flor satinada.
–Eres bastante estrambótico, ¿no es cierto?
Katya se incorpora y restriega el fango más espeso de sus botas.
La ciénaga es de una belleza excéntrica y está rebosante de vida. Posee una plétora de estanques de agua ambarina que destellan ahí donde las toca el sol. En ciertos fragmentos, el agua es cristalina; en otros permanece inerte, en depósitos de limo. Las telarañas refulgen, con gotas de rocío, en las sombras. Hálitos de aroma a prado alternan con el azufre de las plantas en descomposición. Por momentos, Katya se descubre a sí misma cruzando un pastizal de espadas flexibles y rosáceas que le llegan hasta los hombros, o vadeando zonas de césped anegado. Repara en que el sitio ha sufrido un incendio poco tiempo atrás: la vegetación foránea se quemó a ras del suelo, dejando espacio para que crezca una nueva. Los huecos entre los tocones son abundantes en bancos de flores diminutas de tonos lavanda, rosa y blanco. También hay dedos cortos y gruesos de plantas suculentas y margaritas con núcleos color yema de huevo, con abejas en sus bocas.
Y las bestias, ¡las bestias! Proliferan y se escabullen en la hierba. Aquí y allá hay parches de arena gris lívida, marcada con huellas simétricas de minúsculas garras y colas. Cada cierto lapso, un pájaro oculto lanza un graznido encolerizado pero candoroso. Hay abejas, jejenes, un ciempiés –gordo y ensamblado en varios eslabones, que lucha para esquivar los dedos curiosos de Katya– y dos pequeñas tortugas geométricas que se encaraman sobre la arena. Un árbol ostenta una escultura de barro entre sus ramas; cuando Katya lo palmea, descubre que está lleno de hormigas presurosas, huidizas. Katya desea tocarlo todo: los turgentes caparazones de las tortugas, los suaves estallidos de las voluminosas espadañas. Hoy no lleva guantes.
Mientras pasea, Katya se siente alborozada. Se trata del tipo de paisaje que exaltaría a un niño: lodo y estanques para chapotear, nada demasiado grande o protuberante, ningún acantilado solemne ni árboles gigantes. La belleza reside en modestos tesoros. Es un sitio hecho de retazos de agua, cambiante y fortuito. Aquí no hay señalizaciones, árboles desmesurados y distintivos, peñascos o piedras en absoluto. Katya ha perdido a Nínive de vista; sin embargo, aún no logra oír el mar. Inmensos racimos de dakriet se elevan a su paso; cada uno tiene el mismo aspecto desde cualquier ángulo. Hay filamentos de agua que no circulan en alguna dirección concreta; al parecer, se deslizan a hurtadillas hacia derecha e izquierda, a sus espaldas, en tanto ella se enreda entre hebras de pasto que le llegan hasta los muslos. El sol y la sombra irisan sus ojos. Por momentos, emprende una carrera hacia un terreno acuoso, de mayores dimensiones, que parece formar parte de la marisma que contempló desde la habitación, pero su contorno es amorfo y está saturado de juncos y cubierto de algas: sólo revela su verdadera naturaleza cuando Katya ya tiene el tobillo empapado en un lodazal que, hasta hace unos instantes, semejaba tierra firme.
Al cabo de un rato, Katya se rinde en su afán de hallar una senda que conduzca a la playa. De pronto, el espacio presenta una insondable curvatura, que la lleva a desplazarse en círculos, como Alicia en el jardín de las flores. Sospecha que resulta físicamente imposible caminar por el agua, sin desvíos, hacia el lado opuesto, y así retornar al esquema expuesto en el mapa.
Una pelota de golf anida en un matorral, como un huevo enigmático. Una vez que vio la primera, sus ojos detectan otra, y otra más: una docena. Un impulso atávico la compele a recogerlas y crear un cuidadoso montículo sobre la hierba. Es rara tal pirámide de esferas blancas: el único indicador de presencia humana en este paraje acuoso.
A continuación se aleja de un juncal, asoma a una llanura esmeralda y tropieza con una extraña aldea en miniatura. Los trabajadores municipales –conjetura– han cercenado la vegetación foránea, dejando las ramas muertas en cúmulos separados de manera uniforme, que parecen chozas derruidas. Por otro lado, el suelo comienza a formar jorobas, similares a dunas, y la suculencia fría y húmeda de la flora se endurece hasta convertirse en maleza propia de la playa. Surgen barricadas bajas de árboles milkwood, pese a que el mar sigue siendo elusivo.
Katya se coloca bajo la sombrilla de uno de los milkwood. Debe ser cerca del mediodía y empieza a hacer calor. Baja el cierre de su overol. La brisa mitiga el sofoco, pero ella claudica y desenfunda los brazos de las mangas, y permite que la mitad superior del uniforme quede suspendida alrededor de su cintura. Sólo lleva puesto un sostén y pronto experimenta un ardor placentero en el torso, ahí donde el sol se insinúa a través de las hojas.
Nunca ha sentido tanta paz. Reposa en una calidez aletargada y piensa que este es el sitio al que quizá realmente pertenezca. El techo es un árbol, el suelo es la tierra y hay bestezuelas rumoreando en las inmediaciones: un dulce hechizo.
A través de sus pestañas, distingue una forma peculiar entre las hojas. Justo por encima de ella, una cacerola herrumbrosa y agujereada pende de una rama. Se incorpora con rapidez y vuelve a cubrirse con la parte superior de su overol. El viento trae una pequeña bocanada álgida.
Katya trastabilla fuera de la sombra y asciende una cuesta de arena nívea. Desde la cresta, al fin puede atisbar la amplitud del mar y, entre ella y el océano, un escenario de médanos, inhóspito y escarpado. Pequeñas moscas la atosigan. Las ahuyenta a manotazos. También se da una palmada en la cabeza: una música socarrona se ha inmiscuido en su mente, la brizna de una melodía. Un silbido. ¿De dónde proviene? De ahí abajo, de la playa.
Un caballo y un jinete van a medio galope a lo largo de la costa. En medio de su trayecto, una silueta ambigua está de pie, inclinada, umbría en contraste con la playa. Si tuviera a Toby a su lado, lo enviaría a investigar: “Fíjate bien, Tobes, apúrate, no pierdas tiempo”. El caballo flamea como un espejismo; sus cascos baten la arena en silencio. En tanto Katya se aproxima a la figura yerta, el animal se ve cada vez más diminuto. Por fin, Katya advierte que la forma oscura, reclinada, mucho más grande que un hombre, constituye los escombros de un barco.
El caballo y el jinete siguen adelante y desaparecen de la escena, pero el silbido persiste, descoyuntado a la distancia, como la banda sonora de una película un poco fuera de sincronía con la imagen. El acontecimiento le genera turbación. Se agazapa, ubicándose de modo tal que la duna se alce entre ella y esa figura remota. El silbido mengua.
Ha irrumpido una brisa helada. Es hora de regresar. En esta ocasión, la marisma transige y le permite hallar el camino de retorno. Sin embargo, ya no divisa la pirámide de pelotas de golf. Es como si se hubiera hundido, sin más, en el suelo, lo cual podría ser perfectamente posible en esta tierra cenagosa.
Una vez en la verja, la magia de la huella digital no funciona. Katya repara en que está demasiado cubierta de barro, y aun cuando escupa en su pulgar y lo refriegue con la parte interna del cuello de su uniforme, la puerta se niega a reconocerla. Al fin le ofrece el puño. La gruesa madera emite un ruido sordo, amortiguado. Katya hace un intento aún más acucioso, con los nudillos. Antes de darse cuenta, está pronunciando “ratas-en-una-trampa-para-ratas, aplastadas-desinfladas”.7 Todos responden a esa canción. Es un embrujo: pronto puede oír las ruedas de una bicicleta, y la puerta cloquea su conformidad para aceptarla en el interior. Ella la empuja con cautela, aunque ahora no hay ningún perro fornido del otro lado.
Reuben monta su bicicleta a horcajadas. En el instante en que ve a Katya, se carcajea, hace repicar la campana y detiene los pedales, sonriendo. Reuben y Pascal: a Katya la complace que estos personajes sean sus compañeros en Nínive, que crucen senderos con ella a intervalos dictados por una suerte de mecanismo de relojería. Todo indica que Pascal es el hombre del perro y Reuben el ciclista.
–¿Irá a la ciudad? –pregunta Katya, detrás del ciclista.
–Mañana –grita Reuben, y da vueltas entre los edificios. Katya, por fin, ha logrado que sonría.
Le escocen los nudillos mientras mira hacia atrás, hacia el fango. “¡Ratas-en-una-trampa-para-ratas!” Len solía llegar a horas atípicas y rapeaba tales palabras desde el techo o a un costado del remolque. “¡Aplastadas-desinfladas!” A Alma y a Katya siempre se les erizaba la piel. Despertaban de inmediato y se acuclillaban para recibir lo que fuera que su padre trajera a casa. Podía tratarse de un obsequio sorpresa, dulces o un libro de cómics. En ocasiones, Len arribaba con un ánimo irascible y ellas debían esquivarlo. Si lo habían despedido nuevamente o había perdido dinero o había tenido una pelea, se mostraba enfervorizado de indignación y las despertaba para relatarles aquella última injusticia. Otras veces estaba de muy buen humor y silbaba y se frotaba las manos, listo para empacar sus maletas. O les regalaba algo para que jugaran: un collar de culebra o una rana.
Es posible volverse adicto a esa clase de lotería, de imprevisibilidad. Pero Alma no la toleró y se replegó, tornándose sigilosa y marchita y secretamente obcecada. Urdía sus planes para escapar. Katya trató de jugar la partida. Dormía con un ojo abierto, siempre alerta a los estados anímicos de su padre, siempre preparada para avenirse a lo que ocurriera.
Una vez, años atrás, uno de los novios fugaces de Katya vino a visitarla y utilizó el ritmo de Len para llamar a la puerta.
–¡Hiciste que me cagara de miedo! –vociferó Katya– ¿Por qué to-caste de esa manera?
–¿No lo hace todo el mundo? –contestó el pobre muchacho, desconcertado.
Y ella no pudo darle explicaciones.
¿Cómo explicar a su padre? Era un hombre temible, un hombre físicamente peligroso. No es que abusara de ellas, ni que las odiara. Pero era una compañía virulenta, que siempre dejaba caer martillos en sus pies o las mantenía fuera toda la noche, bajo la lluvia. Si levantaba una mano, esta descendía con violencia; no las tocaba si podía darles un empellón. Jamás pudo respetar la fragilidad de ningún cuerpo. Se ganaba la vida a partir de cosas que suponían un riesgo: animales con dientes y aguijones y garras y diversos venenos, y una variedad de aparejos con cuchillas, componentes para ejercer peso y clavos puntiagudos. Todo esto agravado por su temperamento, tan impaciente, tan proclive a los movimientos céleres e irreflexivos, a raptos inauditos de ira y gozo. Su padre era orgulloso: prefería colisionar con el mundo que doblegarse ante él. Y algunas de las metrallas de su vida rebotaban en sí mismo, de modo inevitable, y acometían a sus vínculos cercanos.
Como familia, tenían una extraordinaria propensión a los accidentes. Len fracturó la clavícula de Alma, de diez años, mientras extraía, oscilante, un tanque de combustible de la pickup. No fue deliberado. Katya recuerda que se sintió ufana de no haber sido ella quien sufriera el percance; esperaba que su padre hubiese notado la manera sagaz en que saltó a un costado. Y en otra oportunidad, Len llevó a Katya a eliminar varios nidos de pájaro de un techo. Ella tenía ocho años. Su padre no sujetó la escalera tambaleante para que bajara; en consecuencia, uno de los puntales se torció y colapsó. Katya aterrizó pesadamente sobre un brazo y con uno de los peldaños alrededor del cuello. Era valiente; no lloró, transportó la caja de herramientas a la camioneta, usando la mano izquierda y, esa noche, durante la cena, sostuvo su tenedor de forma torpe. Alma se dio cuenta, pero papá no. Katya rehuyó la mirada de su hermana a través de la mesa. Recién al día siguiente, cuando no pudo vestirse con el brazo derecho, débil y tumefacto, su padre la llevó, de mala gana, a un hospital público. Len se paseó de un lado a otro en la sala de espera, al tiempo que un médico residente oprimía y manipulaba el brazo de Katya, intentando persuadirla de que confesara su dolor. No lo hizo, no lo haría. Al fin, el joven doctor, frustrado, cogió sus brazos y la alzó de cuerpo entero en el aire. Ella se mordió los labios. No aulló.
Su padre ejecutaba trucos de magia. Podía sacar monedas de sus orejas. Podía hipnotizar a una rana. Podía imitar acentos y hacer chistes y canciones hilarantes. Podía lograr que Katya llorara de risa –el único tipo de llanto concedido–. La llamaba Katyoruga. A veces, cuando estaba crispado, abofeteaba a sus hijas, y eso lastimaba, pero no era la peor parte. Lo más aterrador era la sensación de que ellos, los Grubbs, moraban en un mundo despiadado, colmado de elementos hostiles que en cualquier momento podían sublevarse y herirlos. Lo más sabio era estar atentos para contraatacar.
En la actualidad, Katya despierta a menudo con un sobresalto, lista para lo que sea que ocurra. Escucha el eco del llamado de su padre, incesantemente, en la puerta de sus sueños.
Notas al pie
6 Planta de la familia de las restionáceas, llamada Elegia tectorum. Se le denomina dakriet en lengua afrikáans. [N. de la T.]
7 La frase que usa la autora en el original, “rats-in-a-rat-trap, squashed-flat”, obedece a la popular melodía cómica de siete notas musicales que en inglés se conoce como “Shave and a haircut, two bits”. Suele usarse rítmicamente, entre otras cosas, para llamar a una puerta. En México, por ejemplo, la célebre tonada corresponde al insulto “Chinga a tu madre, cabrón”. [N. de la T.]
VII. GOLF
Algo ha cambiado: hay un nuevo sonido en el aire. Irregular, enfático. Toc, se oye. Y después, tras una larga pausa: woch. Parece provenir de algún lugar situado en lo alto. Katya asciende, discretamente, las escaleras que conducen a la terraza de la Unidad Dos.
En un principio no reconoce al personaje con el palo de golf. El cuerpo de un hombre se ve diferente en momentos de tensión muscular. Hay una línea de pelotas de golf en el borde de la pared baja que circunda la terraza, y el señor Brand también está encaramado allí, cimbrándose cual un robusto pretzel para efectuar un swing con cada una de ellas. Chop. Se trata de un espectáculo insólito: la pelota vuela con suavidad, lanzada por una figura tan pedestre como el señor Brand, cuyas mangas de la camisa están sudorosas.
Pero cuando se da vuelta, Katya observa su rostro encendido y aniñado, y la exultante acrobacia de la pelota cobra sentido. La alegría del señor Brand se transforma en otra cosa en el instante en que repara en su presencia. Clava los ojos en ella y a continuación brama de risa, doblándose sobre su palo. El lodo crea cuarteaduras en su frente y sus mejillas, y Katya advierte su desaseo. Entonces ese era el motivo por el que Reuben sonreía. Al menos el señor Brand no se dará cuenta de su rubor bajo los remanentes de cieno.
–¡Grubbs! –clama– ¡Eres tú, niña mugrienta!
Brinca desde la pared con una gracilidad asombrosa, y se aproxima a ella, palo de golf en mano –la vara plateada vibra, divertida–. Pese al sudor, el hombre se muestra tan atildado como siempre. Pantalones de traje color crema, camisa blanca e incluso zapatos de gamuza, también en tono crema. ¿Cómo demonios emprendió una caminata lunar sobre el fango sin que lo alcanzara una sola impureza?
–No sabía que tendríamos una reunión –dice Katya.
–Sólo estoy haciendo una visita casual. Solía tomar por sorpresa a tu antecesor, Grubbs padre. Controlar al viejo bandido periódicamente –apunta esto último como si se relamiera, blandiendo la cabeza del palo y dibujando con ella círculos en el aire–. Él y yo, antes de que las cosas se tornaran agrias, acostumbrábamos alinear las pelotas porque nos daba la gana, y azotarlas y arrojarlas a los arbustos. Buen pasatiempo.
–Me está tomando el pelo. ¿Mi padre jugó golf? Resulta inverosímil.
–No jugaba muy bien, no. Yo debía salvaguardar mi cabeza. Tenía algo de salvaje –el señor Brand simula agacharse bajo una pelota que vuela casi a ras del suelo–. ¿Tú juegas?
–Por favor. ¿Imagina usted la escena?
Él hace una pausa y la examina.
–Algún otro deporte, quizá. Lucha en lodo.
“Estoy muy roñosa”, recuerda Katya.
–Grubby8 Grubbs –dice el señor Brand de manera infantil (ella lo percibe así)–. Ve, date un baño y luego tomemos un trago y me cuentas lo que ha sucedido con esta “invasión de bichos” –sus ojos se dilatan al pronunciar las últimas palabras, a modo de incitación.
Katya se retira al departamento. Un trago... ¿Habrá insinuado el sujeto que debería invitarlo a pasar? Ya es tarde para indagar: el tipo ha regresado a sus pelotas. Katya no comprende con exactitud qué papel interpreta en tal circunstancia: ¿empleada?, ¿anfitriona? Con un talante contemporizador, se abstiene de cerrar la puerta. La deja apenas entornada.
En el espejo del baño contempla a una persona envuelta, prácticamente desde la punta de los pies hasta la coronilla, en un barro sedoso y oscuro –como si se tratara del tratamiento de spa más sofisticado–, que ahora se seca y comienza a tensarle la piel de una manera que no resulta molesta en absoluto. Atisba el centelleo de un semblante negro con dientes blancos, lengua rosada y párpados albinos. He ahí la dignidad de una profesional en reubicación de plagas. Sus perneras, salpicadas de manchas, están llenas de pequeños viajeros: garrapatas, decenas de ellas. Coloca el pie en el margen de la tina y las desprende una por una. Le llega el turno a la otra pierna. Tarea difícil: sus uñas son demasiado cortas. Se deshace de los parásitos en el retrete y tira de la cadena: no es precisamente una matanza. Le da una última palmada a sus pantalones.
Ahora tendrá que revisar cada pliegue de su piel en busca de esos organismos estrujados y repugnantes. Se desviste de forma minuciosa, al acecho. Su cuerpo se ve grotesco de tan lívido, esposado con tobillos, manos, cuello y cara de un marrón profundo: un efecto interesante. La pestilencia es peor dentro del cuarto, como si los residuos empezaran a descomponerse. También hay rastros de cieno en la alfombra, descubre Katya con cierto abatimiento.
Quizá esa sea la causa por la que le disgustan tanto las garrapatas más que cualquier otro insecto: escudriñarlas supone la única situación en la que debe fisgar su cuerpo de modo impávido, explorar cada centímetro de piel.
Alma y ella poseen la maldición de una piel marcada con cicatrices. Una piel que conserva, para siempre, los signos de la negligencia de Len, de la misma manera en que el papel conserva la tinta. Sus llagas no son tan hondas como las de otros niños y lo sabe, pero los padres estigmatizan a sus hijos de distintas formas. Las cicatrices de Katya están distribuidas de forma equitativa por todo su cuerpo. Incisiones y arañazos y suturas y huesos mal soldados. Y quemaduras de cigarro, innumerables. Cuando era niña atesoraba esas huellas. Constituían insignias de familia, exponían su mutua pertenencia. Sentía menosprecio por Alma, que sufría una pérdida cada vez que su piel se desgajaba.
Las marcas más tenues de Katya son diminutas motas esparcidas a lo largo de su cuerpo, que sólo ella notaría. Su padre solía colocar la cabeza de una cerilla en la piel para arrancar las piezas bucales de las garrapatas. El procedimiento le dejaba minúsculas ampollas a las niñas, que eliminaban con un rasguño después de uno o dos días. La secuela era una serie de pecas. Por supuesto, existe un mejor método y ahora Katya lo conoce bien: uno aplica un poco de vaselina en la garrapata y esta se sofoca y se suelta. Completamente indoloro. Pero Len carecía de tolerancia para tales lindezas.
La más cruenta de sus cicatrices fue resultado de una humillante mordedura de perro, en una nalga. El hecho ocurrió cuando tenía once años y estaba trabajando con su padre. Aún perduran dos estrechos arcos de laceraciones punzocortantes, hoy nacaradas y un poco hendidas. Un pequeño triángulo en su pie atestigua el momento en que a Len se le cayó una caja de piezas de motor mientras instalaban trampas para ratas en una bodega. Muchas de sus cicatrices poseen configuraciones interesantes, que sugieren la impronta de objetos artificiales. Si uno las transcribiera, si las copiara de forma meticulosa en una página, conformarían un alfabeto grandilocuente.
En lo que se refiere a los amantes, el asunto ha sido un escollo. Cuando uno yace junto a otro cuerpo desnudo, ¿acaso es convencional enumerar cicatrices, tocarlas y escuchar sus historias, ponerse a leer la piel? Es como consentir que alguien husmee el propio diario íntimo. ¡Un diario con tantas entradas...! Y resulta embarazoso confesar cuántas han sido escritas por su padre.
Katya se enjuaga el cuerpo en la ducha y, debajo del lodo, su carne es resbaladiza y exigua, casi traslúcida, como si la onerosa capa exterior hubiese sido arrasada por el fuego, dejando una membrana pueril. En medio del agua que mana, puede oír al señor Brand deambulando por el departamento. ¿Qué está tramando? Desde luego, tiene derecho a acceder a su propio edificio. Quizá fue una insolencia de su parte no invitarlo a entrar. Pero aun así resulta anómalo ducharse mientras un extraño, totalmente vestido, se encuentra a pocos centímetros de ella, tras una pared delgada. Cierra la llave del agua y escucha, atenta. Pisadas, tintineos y crujidos. ¿Objetos que recoge y acomoda? ¿Cajones que abre?
Katya se seca y las cicatrices reaparecen, blanquecinas, surcando la piel rosada. Le han brindado una sola toalla, cuyas medidas son algo insuficientes. La sujeta con firmeza alrededor de su pecho antes de salir del baño. No hay indicios del señor Brand en ninguna parte; sin embargo, la puerta principal está entreabierta. Katya se precipita hacia la habitación. ¿Qué cosas ha hurgado? Busca objetos fuera de lugar, pero no halla ningún desbarajuste manifiesto.
Ropa limpia y no el uniforme en esta ocasión. No hay mucho de dónde elegir. Con todo, le toma más tiempo de lo debido evaluar las posibles combinaciones entre dos jeans y tres blusas. Al final opta por un atuendo oscuro: jeans negros y blusa azul marino de mangas largas. Decide ir sin zapatos: hacen que sus piernas parezcan más cortas. Se cepilla el pelo y lo alisa detrás de las orejas, como es habitual. En el espejo, se asemeja a un adolescente a punto de marcharse a una cita, un chico de los años cincuenta, engominado con Brylcreem, de rasgos angulosos y excitado. Debería colocarse un cigarro sobre la oreja. Se dobla salvajemente a la altura del talle, arroja la cabeza entre las piernas y sacude su cabello. El zarandeo le produce vértigo y hace que se vea como una lunática, como alguno de los colegas más frenéticos de Derek, procedentes del parque. Vuelve a peinarse el cabello mojado con los dedos por última vez, y abandona el cuarto para evitar cambiarse las prendas de nuevo, igual que una quinceañera ansiosa.
Al pasar por la cocina, le echa un vistazo a su provisión de alimentos y bebidas poco tentadores. Se muere de hambre, pero su avidez tendrá que esperar. Comer delante de un extraño puede ser deshonroso, en especial si uno está famélico: Katya tiende a devorar lo que haya en la mesa. Y, después de haber recibido el apelativo Grubby Grubbs,9 no le dará al señor Brand otra oportunidad para mofarse de ella. Desearía que Reuben hubiera pensado en incluir algo de vino en sus compras. Vodka, incluso. Coge dos vasos y los lleva fuera, junto con la botella de agua contenida en el refrigerador. Tragos impecablemente sobrios.
El señor Brand está sentado en el límite de la terraza, con las piernas cruzadas y sus pantalones color crema. Es difícil reírse ante una botella de agua fría, pero él encuentra la forma de hacerlo.
–¿Es en serio? Qué bebida tan espartana –dice–. Eso no es bueno, no es bueno en absoluto. Revisa mi chaqueta, ¿quieres? Un bolsillo interno, a la derecha.
La chaqueta, de tela color crema, cuelga de la pared de la terraza. Katya la coge y percibe la calidez del día evanescente en la tela. El forro es aún más cálido: el ardor del cuerpo. El tipo se la debe haber puesto y luego quitado mientras ella se duchaba. De modo que no fue la única que se desveló por su atuendo. Le gustaría envolver sus hombros con ella, brevemente, y deslizar sus brazos a través de las mangas, demasiado amplias: son tan sedosas y acogedoras...
Piensa en Alma, que jamás usa una prenda sin bolsillos donde pueda ocultar sus manos, y acaricia el forro con los dedos. Posee numerosos resquicios y bolsillos de diferentes tamaños. Algunos contienen objetos: tarjetas de presentación... pañuelo... bolígrafo... Katya debe adivinar lo que él desea que encuentre. Entonces sus dedos palpan una cosa fría y comprende de qué se trata aun antes de sacarla. Un ánfora de acero inoxidable. Hermosa, sólida, de líneas elegantes. Calcula su peso en tanto la sostiene. Conjetura que está llena. La arroja en el aire para que el señor Brand la alcance.
–Ten cuidado con eso –apunta él, atrapándola fácilmente–. Es una antigüedad, o eso afirmaron.
En una fracción de segundo, el señor Brand desenrosca la tapa y acerca la botella a sus labios. Un acto voraz. Contempla a Katya con los ojos entrecerrados, por encima del flanco plateado del ánfora, como un niño celoso que mama de los senos de su madre. Ella se siente complacida cuando aparta la botella y su garganta de rana toro se distiende, exhibiendo su férrea mandíbula sin comedimiento. Es un hombre apuesto, visto desde los ángulos correctos.
–Tu padre no rechazaba una gota –dice.
–Mmm...
¿Qué, además eran compañeros de borrachera?
–No era muy juicioso con el alcohol, tu papá, ¿no?
Katya no quiere hablar de su padre. Se encoge de hombros.
–Vamos –la exhorta–, prueba un sorbo.
Le ofrece la ánfora.
Pero esto ya es excesivo. No está lista para poner sus labios en la misma embocadura que él acaba de succionar. Vierte una medida en uno de los vasos. Pese a todo, se asegura de que sea una buena cantidad: dos dedos (de los del sujeto, no de los suyos). Whisky. Se lo lleva a la nariz y absorbe el aroma. No está curtida en esta clase de cosas; sin embargo, esto huele a algo tremendamente dispendioso. Si el anillo de oro grabado que el señor Brand ostenta en un dedo se tornara en vapor y uno lo olfateara, tal sería su fragancia.
–¿Sabes? Va a ser glorioso –comenta–. Este lugar.
–Sí, es muy bello –dice Katya sin premeditación, oteando el mar soberbio, la prodigalidad verde de la marisma.
Pero el interés del señor Brand se centra en la otra dirección: en el terreno lodoso de Nínive. Ella se dirige a él y el hombre se pone de pie al mismo tiempo, de manera que casi tropiezan uno con el otro. Él no parece advertirlo.
El señor Brand señala:
–No puedes ver el panorama completo, por razones obvias. Se instalará el follaje. Será exuberante. Magistral en verano. Y sustituiremos la caseta del guardia por algo más permanente. Y toda esta área, aquí, se destinará al estacionamiento –tiende una mano y la desplaza un poco hacia la izquierda, un poco hacia la derecha, modificando y fraguando el espacio. Mientras habla y gesticula con una mano, con la otra tienta el hombro de Katya y lo palmea afablemente para enfatizar su ilustración.
–¿Entiendes?
Ella apenas lo escucha. Mira al señor Brand de soslayo. El hombre establece un vínculo físico con facilidad. Mueve su cuerpo con soltura. Se aproxima al suyo con soltura. La toca de manera indeliberada, induciéndola a compartir su visión a partir de roces y codazos imperceptibles. Hombro, rodilla y, en una ocasión, la mejilla –un contacto abrasador–. Katya no se repliega. El individuo posee la generosidad irreflexiva de tocar, característica de alguien que habita su cuerpo, y al mismo tiempo disfruta que lo toquen, recíprocamente. Es difícil no experimentar cobijo, una tibieza física, como si cada vez que esa enorme mano tocara su piel o su ropa le transmitiera algo de su temperatura, hasta que la parte entera de su cuerpo que lo afronta resplandece, desde el oído hasta el tobillo. Ahora el tipo asoma para enseñarle algo en la frontera más remota de la propiedad, asiéndose de su hombro para mantener el equilibrio.
Ella intenta asimilar lo que explica, porque de pronto utiliza un lenguaje más profuso. Asevera que desea expandirse. Existen parcelas, cruzando la carretera, que también le pertenecen y se transformarán en urbanizaciones más lujosas, quizá en un centro comercial. Habrá senderos de naturaleza entre los humedales, con acceso a la playa. Y no olvidará a los pobres: se refiere a las personas en los asentamientos informales, al modo en que podría ponerlas a trabajar y proveerlas, a su vez, de mejores casas, calles y electricidad. Habla con enorme vehemencia, aunque su tono expresa una serena convicción. A Katya le gustaría que continuara hablando durante largo tiempo: su contacto frecuente, el efluvio de oro cálido que despide la tela de su camisa, la vivifican. Escucharlo es todo lo que puede hacer para no reclinarse en él y posar la mejilla en su sólida complexión. Es tan seguro de sí mismo... Sus ademanes tienen el poder de erigir palacios, metrópolis. Bajo su mano, la ciudad modelo cobra vida. Katya anhela que la toque de la misma manera en que toca el paisaje: con ternura, con osadía, puliéndola hasta hacer de ella algo mejor de lo que en verdad es.
De pronto se percata de que ha dejado de hablar y la observa, aguardando una respuesta. Le toma unos minutos dejar de estar absorta en los horizontes dorados.
–Tú sabes lo que quiero decir –asevera–. Sabes qué tan grande es este proyecto, qué tan grande podría ser.
Katya experimenta una ráfaga escalofriante en el hombro, donde el sujeto había puesto el peso de su mano. Le da un trago a su whisky; él sorbe otro del ánfora. Si el señor Brand le preguntara: “¿Qué piensas de todo esto, realmente?”, no tendría más alternativa que replicar con la voz de su padre. Afirmaría: “Es una sandez, señor”.
Pero su padre no se encuentra aquí. Y ella rememora el modelo arquitectónico que vio en la oficina, perfecto bajo la luz amarilla. Si semejante ciudad dorada está en proceso de edificación, ella desea convertirse en una de las apacibles figuritas que hay en las almenas, vigilando –y no pertenecer al mundo exorbitante, gélido, que asoma desde fuera.
Katya tirita. El señor Brand va en busca de su abrigo. Los lejanos confines de Nínive se han vuelto fríos y melancólicos. Pascal y Soldado deambulan por el perímetro. Hombre y perro poseen un talante parsimonioso, abatido y apático, profundamente desencantado. Pascal custodia este sitio pero no lo habita, y tampoco ella.
El señor Brand bate las palmas de sus manos.
–Entonces, ¿cuál es tu veredicto?
–¿Perdón?
–¿Cuánto tiempo va a llevar todo esto? ¿Cuándo podrás finalizarlo? Ha pasado un año... Necesitamos que tú te retires y que los inquilinos se muden pronto.
Katya deglute el resto de su trago. Comenzaba a gustarle el territorio.
–Bueno. En cuanto resolvamos el problema de los bichos.
–¿Cuándo? ¿En cuántos días? ¿Qué tan grave es? ¿Van a pulular en enjambres de nuevo? No puedo declarar que haya visto a alguno de estos célebres bichos.
–Recibirá mi reporte –dice Katya–. En breve.
–Dame una pista.
Mientras piensa en ello con detenimiento, se sirve un poco más de whisky.
–Contará con todos los pormenores en mi reporte.
Él la mira fijo y tamborilea los dedos gruesos en el barandal del balcón. Luego ladra como un perro: se trata de su risa, Katya debe recordarse a sí misma.
–¡Grubbs! –el tipo ahoga la risa, ríe para sí mismo, súbitamente perentorio–. Bien. Visítame... ¿Digamos el domingo? Me dirás qué se requiere para obtener un certificado de salud, un acta que corrobore la ausencia de bichos o lo que sea, y después podremos seguir adelante en este lugar.
Ella aparta su vaso y se frota la palma, dispuesta al apretón de manos con que se cierra un trato. Por el contrario, él sujeta sus brazos, por encima de los codos, y hace rotar su cuerpo con delicadeza, a la izquierda, a la derecha, como si fuera un perno suelto que necesitara un ajuste.
–Lo vas a solucionar, ¿cierto? ¿Harías eso por mí? No como tu papá, ¿eh? –pide, y roza su coronilla.
Katya lo mira bajar la escalera, cruzar el terreno despejado y enfilar hacia el portón. En la caseta de guardia le consulta algo a Pascal, de forma sucinta. Acaricia a Soldado en la cabeza, con la misma mano que acaba de tocar su cabello. El perro hace una genuflexión, postrándose sobre sus garras. Las verjas se abren. En el umbral hay un gran automóvil, pálido y lujoso. Se desliza y parte, casi mudo, en medio de la luz que desfallece. Pascal clausura el portón y le lanza a Katya una mirada escueta por encima del hombro.
¿Por qué vino el señor Brand? No pudo haberlo hecho únicamente para supervisarla. Quizá se sienta solo. Quizá su esposa esté harta de sus planes apoteósicos. O quizá sólo quería apalear unas cuantas pelotas de golf en la penumbra. El palo que abandonó allí es herrumbroso y vetusto. Ella lo coge y golpea una pelota imaginaria que se impacta contra el horizonte. Hoyo en uno.
Es un crepúsculo perfecto, sin viento. La arena de la playa se ve pura y homogénea, como si el cuantioso personal de un hotel la hubiese aplanado. El sol naufraga: una visión hermosa porque el astro se refleja en la marisma con tintes metálicos y comienza a abrillantar el mar.
Ahora Katya puede oír el sonido de la gente, elevándose en el aire fresco del ocaso. Los ruidos son difusos pero notorios y, pese a que no logra distinguir, desde su perspectiva ventajosa, de dónde proceden, sí es capaz de afirmar, por el carácter de la algarabía, que se trata de un barrio de chabolas o de un asentamiento informal. Una radio, un niño que llora, un vocerío amigable: no es el tipo de alboroto que uno hallaría en los suburbios. Le genera sorpresa; no había advertido nada similar en las inmediaciones. De modo que este sitio no es tan exclusivo... Puedes obstruir infinidad de cosas, pero no el bullicio etéreo de la vida humana. Katya se dirige al borde de la terraza y lo ve claramente: un conjunto de treinta chozas, más o menos, a escasa distancia unas de otras en los arbustos; fluctúan con precariedad entre la marisma y la carretera. ¿Son estas las personas que el señor Brand planea poner a trabajar en sus nuevos y grandiosos proyectos?
Cierra los ojos y escucha. Un coro de ranas, denso y monocorde, se entona como música de fondo de los sonidos humanos. Las olas constituyen una remota línea de bajo. Dos perros se ladran mutuamente; uno está cerca de ahí y el otro lejos. El que se encuentra próximo emite un ruido bronco, de tono chocolate amargo. Katya cree que debe ser Soldado. El otro ulula el ladrido de un perro joven, que ostenta la dichosa excitación del reino infantil de los cachorros, y ambos parecen arrojarse el estruendo de aquí hacia allá, no en términos hostiles, sino de una comunicación lúdica. Luego las ruedas de la bicicleta del guardia crepitan al pasar y se oye el consabido ting, ting de la campana. Todo configura una frágil sinfonía.
Cuando Katya abre los ojos, la luz solar se ha desvanecido. Las lámparas, en sus astas ornamentales, se encendieron en automático y lanzan racimos de fulgor en diferentes puntos de la tierra cenagosa de Nínive. Uno tendría que introducirse en la marisma para obtener el efecto, propio de las zonas rurales, que crean el cielo púrpura y las estrellas refulgentes. Más allá del muro, el matorral es umbrío, y aún más allá la playa centellea trémula, fantasmal, ahora vacía por completo.
Katya percibe que el edificio se va tornando hosco, que se convierte, de nueva cuenta, en un extraño. No le pertenece. No en mayor medida de lo que ella le pertenece al señor Brand, con aquella mano cálida en su brazo. Lo verá este domingo, le entregará un reporte vacuo y él recuperará las llaves de la ciudad. Hubiese esperado quedarse más tiempo.
Reúne tus ideas, nena. Katya irrumpe en el departamento, pisoteando el suelo, gruñendo, de repente azorada ante una luz que se activa a causa del movimiento, en la puerta de entrada. Hojea su cuaderno con desasosiego; no hay nada más que apuntar. Su procedimiento habitual para tomar notas radica en enunciar el problema y proponer una estrategia: plan de acción, programa de labores, metas. Después elabora una lista de herramientas y equipo de trabajo. Concluye con resultados y una resolución definitiva. Siempre existe una misión reservada y obvia: convencer a los escarabajos barrenadores de que emprendan otro camino, desviar a las serpientes de los sitios donde han perpetrado sus crímenes, avasallar a los gatos montaraces, engatusar a las arañas. Incluso si la situación resulta apabullante –una plaga de langostas–, al menos es irrebatible en qué consiste el perjuicio. Pero aquí la peste es elusiva y el objetivo final abstruso. Ni siquiera puede darle un nombre concreto. “Una especie de la familia de los cerambícidos metálicos”, ciertamente. La descripción es tan útil como citar a los “bichos”.
En la cocina, Katya invade el lugar con su propia barahúnda. Empuja sillas a un costado, se aferra a tenedores y cuchillos: cosas a las cuales asirse, instrumentos que utilizar. ¡Comida! Todo aquello supone algo del señor Brand que podría integrar a sí misma, algo de lo que no la pueden despojar.
La carne de ternera descansa en la estantería, en sus latas con esquinas redondeadas, de diseño perfecto, que no han cambiado desde... ¡Oh! Al menos desde la infancia de Len. El contenido, según la etiqueta, es puro relleno y muy poca carne. Este concentrado tal vez ni siquiera ofendería la sensibilidad vegetariana de Toby, pese al toro del dibujo, barrigón y de un peculiar color rosa. Eso acotaría, para irritarlo, si el chico estuviese aquí.
Todo reaparece en un torbellino: la forma en que la etiqueta suelta se despega de la lata reluciente y llena de muescas; el abrelatas que uno debe insertar con precisión –la primera vez lo hace torpemente, clavándolo hacia el lado contrario– y su gratificante trayectoria escarpada. La lata gira en un círculo y exhibe un coágulo de grasa blanquecina. Katya coge una cucharita del cajón y despeja el sebo para desvelar la carne rosada de la parte inferior. Emana un olor fuerte, apetitoso y algo metálico. La carne procesada tiene un aspecto tóxico, es casi fluorescente, pero ella no logra resistirse. Saca un trozo y se lo lleva a la boca. Salado, grasoso, acre...
Una tarde sombría. Una mesa de cocina, una luz amarilla y sucia que entra por la ventana y el tacto de un mantel de plástico viscoso. El contorno rígido de la cuchara en su boca. Los dedos, que huelen a jabón, limpian el aceite de sus labios. Surge un recuerdo: su madre solía escupir en un pañuelo de papel y asear los rostros de las niñas, como un animal que acicala a sus crías. Durante algún tiempo, Katya y Alma deben haber compartido ese olor: el almizcle del aliento de su madre, subyacente a la dulzura encerada del lápiz labial.
Katya engulle el bocado rápidamente y aparta de su lado la lata cercenada. Le duele la yema del dedo. Ahora evoca el riesgo que suponían esas latas. Los bordes afilados alrededor de la carne.
–Sabrá Dios lo que le ponen a esta mierda –le dice al silencio. A continuación desenrolla un poco de papel higiénico y envuelve su dedo. Flores escarlata en el lienzo. Lo estruja, concentrándose en el dolor.
–Esa cosa te va a matar –dice de nuevo, abordando a un Toby ilusorio, quien, por una vez, escucha atento su consejo–. Cierra la boca –añade.
Guarda el resto de la comida en el refrigerador y la alacena, una de las numerosas alacenas ocultas de modo astuto, provistas de puertas que se cierran con tanta sutileza que Katya no sabe a ciencia cierta si volverá a hallarlas alguna vez. Le da un sorbo a la bebida efervescente y de tono bermellón. Está tibia y es horrorosamente dulce: parece estar bebiendo brillo labial saborizado. De inmediato vacía la botella en el fregadero. El líquido sisea, hace espuma y exhala un tufo ácido, a frambuesa. Katya se pregunta si esta será la primera sustancia orgánica que echará a perder los desagües. Aunque duda que en realidad sea orgánica. Mientras abre los grifos para limpiar el fregadero, imagina la travesía que emprende el agua: se desliza por las tuberías entrelazadas en el interior de las paredes del departamento, baja dos pisos, llega al drenaje y por último, quizá, fluye hacia el barrizal que se extiende del otro lado de la muralla.
Notas al pie
8 En inglés, el adjetivo grubby significa “sucio”, “asqueroso”, “sórdido” y “gusaniento”. [N. de la T.]
9 Ver nota de la página 105. [N. de la T.]
VIII. CRISH, CRASH
Aparentemente, cada hora, a lo largo de la noche, Reuben recorre su circuito acostumbrado. Katya puede seguir la pista del itinerario a partir de las ruedas de su bicicleta que emiten chirridos, y visualiza su linterna oscilante meciéndose alrededor del perímetro y luego cruzando el centro de la urbanización de ida y vuelta. El movimiento posee algo ritualista y es similar a un pentáculo. El sonido hace que Katya se sienta más sola que antes. En su fantasía, el guardia inscribe la figura de un talismán en el terreno, ejecuta un encantamiento para mantenerla lejos.
La verdad es que no desea ir a casa. Desea prolongar ese sentimiento de grandeza y legitimidad que experimentó en la terraza, cuando el señor Brand rodeó sus hombros con un brazo y elevó el otro en señal de invitación, instándola a atravesar el portal que conducía a su gloriosa perspectiva. Desea ir allí, desea comprar ese boleto. Pero su única moneda es la usual: bichos y escarabajos. Y todo indica que no consigue apresarlos lo suficiente en Nínive.
Quizá la fuerza de su anhelo azuce a algún organismo para que haga acto de presencia. De pronto repara en que a la bicicleta se le ha unido otro sonido, más cercano, que establece un contrapunto. Un golpeteo. Luego una serie de arañazos. Se endereza y escucha; prende la luz de la mesa de noche. El sonido es tenue y volátil. Katya va de habitación en habitación, inclinando la cabeza. El oído humano: trágico. Se siente como una paloma que intenta usar el más débil de sus sentidos y gira la cabeza hacia todas partes a fin de obtener un elusivo fragmento de visión. ¿Los rasguños provienen del piso? ¿De las paredes? Crish, crash, continúan. Katya repasa su archivo mental de ruidos pestíferos. ¿Algo con garras? ¿Con un pico que martilla? Se antoja más voluminoso que un insecto, indudablemente, pero cualquier estrépito puede resultar falaz. Ahora se suma otro elemento: un cacareo reiterativo. ¿El graznido de un ave, un rechinido en la mampostería? Sin embargo, el sonido es demasiado rítmico, demasiado inmutable, demasiado simétrico: parece casi electrónico, no orgánico. No es disímil al tictac de un reloj grande y resonante, excepto que aquí no hay ninguno. Katya se vuelve lento en un círculo, empleando la ecolocación. Mientras mejor escucha el sonsonete, más antinatural y ominoso lo juzga: la cuenta regresiva que antecede a la explosión de una bomba en una película. Unos instantes después, el rumor se detiene. Se ha esfumado. Hay un silencio omnímodo. Y, aunque Katya permanece inmóvil durante diez minutos, del todo inerte excepto por sus ojos que escrutan la habitación, el tictac no regresa.
Escarba en los incontables cajones y encuentra una reserva de cristalería. Una copa de vino o un vaso... ¿Qué será más adecuado para poner la oreja y escuchar de manera subrepticia? Elige un vaso y coloca la base en su oído y la boca en la pared. Mayor volumen, inequívocamente.
Ninguna pared es muda; siempre existe una orquesta sutil de toques y suspiros y torrentes oceánicos. El zumbido de las tuberías, el crujido del mortero y los ladrillos mientras se asientan. O en tanto se conmocionan: tales sonidos se traducen en los irrisorios heraldos de una destrucción futura, en los primeros temblores –casi imperceptibles– de un colapso muy, muy gradual que concluirá, décadas o siglos después, en una pila de escombros.
No sabe con certeza si el repiqueteo es más tumultuoso en las paredes, el suelo o las alturas. Tras ciertos experimentos, que consistieron en combinar distintos muebles, decide tomar una silla de respaldo alto de la cocina y ubicarla sobre la cama. Acto seguido se trepa en la silla y se pone de pie, tambaleante. Con una mano presiona el techo y con la otra sostiene el vaso, en cuya base coloca la oreja. De ese modo crea una torre inestable que se alza sobre el piso y el colchón. Lo que oye es el mar.
La silla comienza a volcarse y ella salta, ilesa y justo a tiempo. Enlaza el pie en una esquina del edredón y desciende, en una caída en cámara lenta, de culo al colchón y posteriormente al suelo. Se ríe de sí misma unos segundos: no hay nadie más aquí que pueda hacerlo.
El revoque del techo exhibe la huella de una mano, nítida y renegrida. ¿Es suya? Imposible, ella está limpia. Se recuesta durante largo rato y la contempla.
Cuando por fin apaga la lámpara de la mesa de noche, la huella de la mano se difumina, igual que la propia Katya, en la oscuridad ubicua de Nínive.
Por la mañana, aún no hay indicios de la infestación evasiva. No obstante, Katya siente que algo ha reptado sobre ella, como si diminutas piezas bucales la hubiesen estado explorando. Pero no tiene marcas en la piel. No marcas recientes, en todo caso.
Se levanta de la cama con renovada determinación y otra vez hambrienta. A partir de los cuestionables ingredientes de su despensa, se las arregla para confeccionar un sándwich de queso procesado, pero al morderlo descubre que, de alguna forma, se le han adherido granos de arena: la gravilla se amalgama entre sus dientes, de manera alarmante. Arroja el queso a la basura y el refrigerador queda desierto, excepto por las botellas de Sparletta (una de ellas ahora contiene agua fría del grifo).
Provisiones decentes: debe ser posible conseguirlas. Katya no es, en particular, una comensal de paladar refinado, pero hay un par de cosas que ansía: té con leche, pan de salvado, queso de calidad, tomates y aguacate. Por no mencionar una o dos botellas de vino. Recuerda, en este momento, haber pasado por algunas tiendas en compañía de Toby, durante el periplo hacia Nínive: una zona que incluía un centro comercial, una gasolinera y un McDonald’s. Qué paseo tan grato... ¿Y realmente se encuentra a sólo un kilómetro o algo así?
Es una mañana perfecta, azul celeste. Katya se encamina hacia el portón y la brisa hace vibrar las hojas de las palmeras situadas a ambos lados del sendero, configurando un fuego blanco que parpadea en el verdor. Sin embargo, el día incrementa su temperatura con diligencia y, como otra clara manifestación de distorsión espacial, la avenida se vuelve más y más extensa mientras avanza por ella. Sus sienes están empapadas de sudor, cuyas gotas resbalan por sus cejas cuando arriba al final de la ruta, donde se toma un receso bajo la sombra cuadrangular del cartel publicitario que expone las maravillas de Nínive. “¡Bienvenidos!”
La calle principal es más desértica y larga de lo que la recordaba: dunas y maleza y, cada cierto plazo, un tramo de muro de concreto desvaído y rematado, en la cima, por un alambre de púas. ¿Otro de los desarrollos del señor Brand? Si uno la recorre en un vehículo, se tiene la impresión de que la calle está habitada, incluso llena de ajetreo, con aglomeraciones de tráfico y gente que vende leña a un lado del asfalto o que camina a lo largo de él. Pero el tiempo y el espacio son diferentes cuando uno va a pie. Los intersticios entre las actividades humanas se ensanchan y elongan, y los individuos se empequeñecen. El pavimento aparece y desaparece. En algunos trechos sólo hay una senda erosionada por rastros de zapatos. Aquí y allá, Katya vislumbra ensenadas y rumbos color ocre que convergen en los arbustos. Los coches pasan de manera esporádica; es muy temprano. Permanece completamente sola a un costado de la ruta durante innumerables minutos, entre los vívidos relámpagos de los vehículos que circulan. Cuando se aproximan, lo hacen con apremio. No existe razón para detenerse en este punto.
Unos cuantos rostros la observan desde los parabrisas empañados. Katya no armoniza con el entorno: una mujer blanca que ni siquiera hace jogging. ¿Se le habrá acabado la gasolina? ¿Se le habrá reventado una llanta? Decidida, levanta el pulgar ante un tipo que conduce una furgoneta, elegido al azar. El uniforme, ese factor que suele complicar las cosas, le confiere, sin embargo, cierta seguridad en sí misma de la que en general carece. Alguien que porta un overol siempre tiene una tarea que cumplir, un propósito para estar ahí. De nueva cuenta, reflexiona en torno a la necesidad de adquirir una maleta que se asemeje más al estuche de un trabajador. Una caja de herramientas, aunque todo lo que lleve dentro sean sándwiches de queso y veneno para babosas.
Mira por encima del hombro en dirección a Nínive. Ha llegado increíblemente lejos. El enorme muro ahora sólo es visible como una sutura blanca e intermitente a través del matorral; los pináculos de las palmeras sobresalen en las almenas, a intervalos regulares. Vistas desde este ángulo, a plena luz del día, las palmeras se antojan del todo artificiales.
Katya pasa junto a una, dos, varias personas que venden montones de leña. También se ofrecen sillas de mimbre y pequeños rebaños de animales hechos de alambre. Los diseños son los mismos en todas partes y ella medita, no por vez primera, acerca de los talleres clandestinos donde se urden tales figuras y posteriormente se distribuyen entre las redes de tejedores de alambre que proliferan al borde de la vía.
De pronto avizora señales de vida en medio del follaje polvoriento: hierro corrugado, humo, voces. Es curioso que jamás haya notado este asentamiento cuando iba de camino a Nínive. Mientras pasa por allí, la gente la examina y asiente con la cabeza, de modo recatado. Un país de chabolas. Resulta inusitado hallarse a sí misma tan cerca de ese mundo y a pie. Quizá debería ser más prudente, pero se siente a salvo. Los automóviles transitan a escasa distancia y, más adelante, como a doscientos metros, atisba los consabidos tonos amarillo y rojo del McDonald’s. ¿Qué podría salir mal?
En el siguiente tramo, al margen de la calzada, casi tropieza con los objetos dispuestos para venderse. Se trata de las comunes piezas de bisutería y sartas de acacias de ojos rojos, pero también de algo más: azulejos, blancos como el hielo, desplegados en un pedazo de tela de plástico. Cada uno posee una figura en el centro. Se ven nimios y huérfanos, organizados allí en hileras.
–¿Dónde los conseguiste? –interroga Katya a la joven que los vende.
La niña hace un gesto de indiferencia y ríe. Tiene un semblante afable, sincero, un mentón rollizo y diminutos ojos sonrientes. Quizá sólo esté contrayendo las pupilas ante el sol.
Katya se acuclilla para mirar los azulejos con minuciosidad. El overol se le ciñe a los muslos. Se pregunta si habrá ganado peso en Nínive. ¿En dos días? ¿Con carne de ternera enlatada y Sparletta? Resulta bastante probable.
Los azulejos, provenientes de cuartos de baño, se extrajeron con todo cuidado: no tienen esquinas rotas, rajaduras o manchas. El pegamento se limó en la parte trasera. Pequeñas flores azules en el núcleo de los cuadrados.
–Estos mosaicos son de Nínive, ¿no es cierto? ¿El complejo que está allí?
La chica se encoge de hombros.
–¿Le gustan?
–Me gustan mucho. ¿Cuánto cuestan?
–Dos rands10 por cada uno.
–No está mal –Katya no se molesta en regatear–. Me los llevo todos. ¿Cuánto sería en total? Seis, siete... Nueve.
La niña parece satisfecha. Apila el material, lo envuelve en una bolsa de ShopRite y Katya lo recoge con cuidado. Le da a la criatura un billete de veinte rands y le pide que se quede con el cambio. Los azulejos son pesados y, unos junto a otros, constituyen un ladrillo fenomenal, prácticamente un cubo que apenas cabe en su maleta.
–¿Tienes alguna otra cosa similar?
De nuevo, unos ojos entrecerrados ante el sol, aunque en esta ocasión la muchacha parece menos divertida y más especuladora. Se muerde el labio inferior con incisivos un poco sesgados.
–Podría hacerle un pedido –dice, tras mucha deliberación y con cautela–. Tenemos varias cosas para vender –se vuelve y entrecruza la mirada con un hombre que ha atestiguado la escena. Cuando el sujeto irrumpe, Katya se percata de que sus facciones son homólogas a las de la chica, pero más carnosas y con una nariz tajante, en forma de flecha.
–John –el tipo se presenta.
–Hola –dice Katya, y extiende la mano. Su puño es seco, escurridizo y flácido, como el de alguien que no se ha instruido en la fórmula de estrechar manos. Es un instante incierto. Si el objetivo de los apretones de manos es expresar confianza, este ha fallado.
–¿Estás interesada en estos azulejos? Puedo traerte más, muchos más. ¿Cuántos quieres?
El individuo es cortés pero denodado, lo cual incrementa el recelo de Katya. Ni siquiera entiende por qué inició este intercambio.
–Si buscas estas cosas, debes hablar conmigo –el tipo la coacciona–. Puedo conseguirte lo que sea, lo que sea, accesorios de baño, accesorios eléctricos, pero debes tratar el asunto conmigo.
Katya asiente y sonríe, retrocediendo. Comprende la situación.
Ahora su maleta es considerablemente más fornida. Los mosaicos de calidad pesan una tonelada.
El centro comercial es reducido, nuevo y bastante sencillo, sin pretensiones. Tiene una suerte de carácter provisional. Parece haber sido edificado a partir de las piezas de un kit, piezas de madera contrachapada que se acoplaron rápidamente. No se requeriría más que un buen empellón para derribar las tiendas, cual fichas de dominó.
Katya observa el escenario con interés profesional: una rata se escabulle de la parte trasera de un cubo de basura. Siente una debilidad afectiva hacia las ratas: constituyeron su primera victoria en términos de trato humanitario. Durante la mayor parte de sus veintitantos, vivió en solitario su propia versión de la existencia nómada de Len. Moraba en cuartos alquilados y trabajaba en bares. Fue una infestación de ratas en uno de aquellos establecimientos lo que la llevó a iniciarse en el negocio. El gerente le dio la oportunidad de hacer pruebas, a fin de afrontar el problema, antes de poner veneno. Tras muchos experimentos, dolorosos e insalubres, Katya se las arregló para atrapar hasta la última rata. Las liberó, una por una, en Rondebosch Common, a medianoche, con el objetivo de evitar el escrutinio de transeúntes suspicaces. Ese fue el comienzo de su vocación, que más tarde la condujo a RIP, la camioneta, el uniforme y, al fin, con enorme recelo, a su casa: una base de operaciones permanente. Su vocación la condujo a todo lo que hoy posee.
La rata se precipita como un rayo junto a un personaje que está ahí de pie, con las manos sobre las caderas, en una esquina del estacionamiento. Katya reacciona con nerviosismo, lo otea reiteradas veces, pero sólo se trata de un pobre tipo que intenta mendigar un par de monedas. El auténtico guardia del lugar, vestido con una pechera fluorescente, retira al limosnero. Para Katya se ha vuelto prácticamente un hábito tratar de columbrar la figura de su padre entre los sin techo y los individuos en estado de abandono. Agacha la cabeza y se apresura.
En el interior, el espacio, similar a una caja, contiene la ordinaria variedad de tiendas de ropa y artículos electrónicos, y tugurios de comida rápida. A Katya todo la excita, como si hubiera estado en algún sitio recóndito durante meses, y no unos pocos días. Las prendas, tan brillantes e impolutas; las bandejas reclinadas que ofrecen hortalizas perfectas; los libros y discos compactos, con portadas lustrosas como el barniz. Elige sus abarrotes básicos y saca algo de efectivo del cajero. Acto seguido, pasa un rato curioseando una librería cuyos precios son de ganga. Se trata de uno de esos raros lugares surtidos con una selección azarosa de saldos editoriales, de libros rescatados de la destrucción.
Hay una sección de obras de consulta, donde halla la Guía completa de los insectos de África del Sur. La hojea y contempla las imágenes, los mapas, los nombres en latín de saltamontes y libélulas. Len, carente de educación, ostentaba todo ese conocimiento en la punta de los dedos. Ante cualquier bicho endémico, podía recitar su nombre en media docena de idiomas. Por algún motivo, Katya jamás se dio a la tarea de aprender esa clase de cosas. Pereza, supone. Podrá exhibir sus tarjetas de presentación y logotipos, pero la falta de tal conocimiento la obsesiona: Len fue el verdadero artífice. Coloca la guía práctica de nuevo en su estante.
A continuación encuentra uno de esos libros fotográficos en los que se comparan representaciones de Ciudad del Cabo –vintage, en blanco y negro– con fotos de los mismos paisajes, capturadas en tiempos modernos. Long Street y Camps Bay ayer y hoy. El Distrito Sexto, brioso en el pasado y luego en ruinas. El antiguo puerto, con su elegante embarcadero, y la banda costera, lúgubremente triunfal, que se construyó sobre él –desplazaron el mar hacia atrás, por medio de pura fuerza de voluntad, y dejaron la zona sin sombra, bajo el sol de los años setenta–. Resulta notable que todo sea tan diferente –mostrar esa discordancia es la intención del volumen–, pero también el hecho de que ni lo viejo ni lo nuevo se antoje preferible de manera palmaria.
Las imágenes monocromáticas de Ciudad del Cabo en la época victoriana se perciben infaustas, aquejadas por una especie de lasitud: las calles se ven extrañamente baldías. Las instantáneas de los años cincuenta exponen, a su muy particular modo, un anquilosamiento: esos cielos absurdamente brillantes, estilo Kodachrome; esas escenas de calles pobladas sólo por gente blanca –a excepción, claro, de los pintorescos vendedores de flores–. En ninguna de las fotografías la ciudad parece arrellanarse, oronda, sobre sí misma. Sólo la montaña y el mar tienen un aspecto sereno: mutan a un ritmo mucho más decoroso. Adentrarse en este libro: una vivencia que desorienta. Cada persona que apretó el obturador intentó fijar su impresión de la urbe tal como se le presentaba; sin embargo, es imposible afianzar algo tan inconstante y desasosegado como una ciudad descontenta. Si uno ensartara las estampas en un gigantesco foloscopio o las reuniera para elaborar un carrete de cine convulsivo, año tras año, la metrópolis saltaría y trepidaría, se retorcería y haría movimientos espasmódicos en un rapto de histeria, como si poseyera hormigas en el culo. Sin duda, las ciudades coloniales sufren más urticaria que la mayoría; bullen en la luminiscencia subsahariana; son abruptas, incluso en un mundo sepia.
Queda muy poco de la Ciudad del Cabo original. Sólo la empedernida estrella que configura el Castillo de Buena Esperanza. La fortaleza sujeta los alrededores como un alfiler –o la placa de cinco puntas de un policía–. Qué disparatado es creer que cualquier cosa erigida hoy subsistirá en los años venideros... Katya vuelve a poner el libro en su estante; lo mete con cuidado en la endeble pared de la tienda. En definitiva, esta librería no va a perdurar lo suficiente como para brindar escenas del futuro.
Abandona el centro comercial, después de traspasar las puertas automáticas, y se sitúa en una orilla del estacionamiento para hacer ciertas llamadas. En primer lugar, a la oficina del señor Brand.
Hoy, Zintle la decepciona. Su voz es meliflua –lo cual no es desusado–, pero carece de su consabido vaivén. La mujer parece postrada, como si padeciera un ligero resfriado o estuviera deprimida y taciturna o incluso como si soportara una leve resaca.
–Ah, señorita Grubbs –dice, ausente.
Katya echa de menos la sensación de ser manipulada de manera lúdica. ¿Acaso Zintle perdió interés en ella?
–Sólo estoy poniéndome en contacto, sabe, reportándome con mi empleador –comenta.
–Vaya, pues.
A fin de cuentas, Zintle no le tiene ninguna fe; no le tiene la menor fe.
–Tengo una cita con el señor Brand este domingo. Pensé que sería oportuno confirmar la hora y demás cuestiones.
–¿Domingo? –Zintle husmea–. No sé nada acerca de eso. No trabajo los domingos.
–Bueno, ¿entonces qué debería...?
–Trate de contactarlo en su casa. Ahí estará, quizá.
–Ah, muy bien. Por lo demás, ¿sabe?, necesitaría algún dinero para mis gastos.
Aquello, finalmente, le provoca una carcajada a Zintle.
–No es usted la única, querida –dice–. Buena suerte –agrega, y cuelga el teléfono.
Tras esa charla, Katya se siente acobardada para comunicarse a la residencia Brand. Por el contrario, llama a su propia casa. Imagina, en el extremo opuesto de la línea, que el sitio entero tintina como una campana y que las grietas se expanden con cada vibración. Responde, Toby, antes de que todo se desplome. Se rinde después de diez timbrazos y marca el número de su celular.
Toby atiende al instante.
–¡Eh! ¿Qué tal? RIP. ¿Qué podemos hacer por usted?
–Por Dios, eso es terrible. ¿Por qué contestas así el teléfono? Esta podría ser una llamada de trabajo. Mierda, ¡esta es una llamada de trabajo!
–Uy, perdón. ¿Cómo estás, Katya?
Ella se arrepiente al instante. No quería manifestar una tesitura agria. No obstante, la voz de su sobrino se oye macilenta e insustancial. Katya atraviesa un momento de vértigo, de pánico: ¿dónde está?, ¿cómo podría volver a encontrarlo o él encontrarla a ella si alguno de los dos interrumpiera la conexión sin más?
–¿Dónde estás, Toby?
Sabe de sobra que es irritante formularle esa pregunta a un joven en su celular: es el acto reflejo de una generación anterior. Por eso acepta el reproche:
–Simplemente estoy... por ahí.
Tan dubitativo, tan vago... un chico en una burbuja en el cielo. Es la voz de su madre: el susurro de Alma, hace un millón de años, proveniente de otro mundo, sin anclar en ningún puerto, a la deriva, cada vez más distante.
De pronto hay un aullido en el auricular y el tono de la línea muere.
Katya se comunica nuevamente.
–¿Qué está ocurriendo?
–Estoy ocupado –contesta Toby sin miramientos. A juzgar por los rugidos agónicos, el muchacho está lidiando con una manada de lobos.
–Toby, ¿qué carajo...? ¿Estás bien?
–Sí, sí –refunfuña–. Es sólo que... ¡No puedo hablar ahora!
–¡Espera, espera, espera! Necesito que vengas a buscarme. Mañana.
Un silencio tenso y jadeante en respuesta.
–¿Tobes? ¿Mañana?
–¡No! ¡Eres un fastidio!
Un bramido sobrenatural en el fondo. Y el adolescente ya ha colgado. Katya insiste, pero no hay réplica.
Cavila unos segundos y luego marca el número de su hermana.
–¿Se encuentra bien Toby? Acabo de tener una conversación telefónica inaudita con él.
–Bueno, está haciendo un trabajo. Para ti. Mengostas, creo que me dijo.
–¿Mangostas?
–Lo que sea. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
–No, nada, no importa –mejor no preocuparla: Alma se desquicia por cualquier motivo–. Sólo dile... dile que a las dos en punto, mañana. Necesito volver para acudir a una reunión el domingo.
Katya se despide, preguntándose si el conductor la recogerá o si las mengostas rabiosas lo habrán descuartizado, miembro por miembro. Los inconsistentes muros del centro comercial parecen retumbar y sacudirse a sus espaldas. A lo largo del estacionamiento, la brisa castiga las banderas, bastante deplorables, que se alzan en una serie de mástiles. Rueda por el lugar, sin supervisión, un ciempiés de carritos de supermercado que –¡zas!– embiste de manera oblicua a uno de los automóviles. Todo está en movimiento, martirizado por la ventisca: el acero y el concreto tiemblan como las aguas de un lago. Katya merodea al filo del lote, disminuida por el peso de sus bolsas de provisiones, renuente a emprender la fatigosa marcha de regreso.
Algo la atiza, como un pájaro que desciende del cielo y aprisiona su nuca con zarpas carnosas. Ella vocifera y se agazapa y retuerce, dejando caer sus paquetes para afrontar la acometida.
La figura da un salto hacia atrás y también lanza un grito, y durante unos instantes ambos se asemejan a gatos en medio de una reyerta, con los lomos arqueados y gruñendo. Luego Katya advierte de quién se trata, se para en seco y se lleva la mano al cuello.
El sujeto tiene los puños sobre las caderas y sonríe de modo sardónico, complacido consigo mismo.
–¡Katyoruga! ¡Qué gusto encontrarte aquí!
Ella excava sus dedos hasta que logra sentir las uñas.
Lo primero que hace es conseguir un par de tragos para ambos, bien cargados. No está segura de poder abordar esto sobria. Recuerda al señor Brand y opta por un whisky. Se sientan en la parte posterior –y umbría– de un restaurante de carnes que pertenece a una franquicia. Posee una barra de madera pulida y bronce de imitación. Hay muy pocos clientes.
–¿Qué estás haciendo en este sitio, papá?
Len sonríe con suficiencia.
–Me enteré de que estabas por acá.
–¿Te enteraste a través de quién?
–Me enteré de que tomaste mi empleo.
–Es mi empleo, papá –aclara Katya–. Es mío.
Él ríe y se quiebra los nudillos; ella se amedrenta al percibir el sonido. Len ejecuta su gracia de una forma distintiva: junta las palmas como si fuera a rezar una plegaria, fuerza las muñecas hacia atrás, a noventa grados, hasta que emiten un chasquido, y después presiona los dedos, deliberadamente, para llegar a los nudillos y producir un riff de estallidos en las articulaciones. Katya aprieta los dientes a fin de evitar que el ruido se interne en su cabeza.
Se ve a sí misma junto a él en un espejo, ambos encaramados en los taburetes de la barra, con los tobillos engarzados a sus piernas: poses idénticas, cada uno ensayando una media vuelta para apartarse del otro. Podría haber caído la noche profunda bajo esta luz ebria y ámbar, podrían ser dos extraños ahogando su congoja en alcohol. De hecho, Katya siente que el sopor de la madrugada –una suerte de inercia– comienza a asediarla. Cuando Len gira la cabeza hacia un lado, ella atrapa el resplandor de un ojo, el ángulo de su frente. Cada atisbo proporciona una dócil tolvanera de reconocimiento. Papá.
No sabe con certeza si su padre tiene mal o buen aspecto. Está más viejo, indudablemente. Es como si hubiera pasado siete años en un bosque, talando madera y alimentándose de ardillas: delgado, maltrecho, sucio pero firme y rebosante de energía malévola. Usa unos jeans baratos y una vieja camiseta amarilla que dice “Tropicana” y muestra sus brazos, aún nudosos de tanta musculatura. Al pare-cer, ha perdido uno de los dientes frontales. Su piel está ligeramente arrugada –cual papel que se ha arrojado a la tina del baño y luego puesto a secar– y exhibe un bronceado oscuro y manchas de sol, excepto en el antebrazo derecho. Un fragmento desollado. La vieja mordedura de serpiente que sanó hace tiempo. Las víboras bufadoras muerden con perfidia: el veneno crea una necrosis en el tejido. Katya recuerda, de manera vívida, la configuración de la cicatriz, que la remitió a la piel suave de un árbol del caucho con la corteza rasurada. Len solía rehuir todo contacto con ese brazo. Ahora, la decoloración ha empeorado: la piel dañada es roja y se ve más enjuta que antes. En la región dorsal de sus manos y en los bordes de la frente, la piel está llena de pecas propias de la edad, lo cual, aunado al diente faltante, da la impresión paradójica de una travesura de muchacho. Incluso el mechón de pelo acromático que permanece detrás de su cabeza, suspendido por encima del cuero cabelludo cada vez más ralo, posee un brío juvenil. El único elemento en verdad descorazonador es su calzado: sus tenis están desgastados de manera casi indecible, con agujeros en las costuras a través de los cuales Katya observa uñas callosas. Los zapatos: la señal más reveladora –siempre– de una vida escabrosa.
Len se inclina hacia delante. Huele a sudor, a tabaco y... ¿a qué? ¿Moho? Toma el cuello del uniforme de su hija.
–Garboso –dice.
Katya no puede evitarlo: se retrae. Len hace una pausa, con la mano en el aire, para estudiar su reacción. Acto seguido, se dispone a continuar de modo premeditado, y sujeta una buena parte de su cuello. Katya se queda completamente yerta. Transige. Su padre rasga el logotipo cosido en la tela con la uña del pulgar.
–¿RIP? ¿Qué significa?
–Reubicación Indolora de Plagas.
–¿Reubicación? Muy sofisticado –por fin suelta el cuello de Katya–. ¿Y qué significa eso de indolora?
–Traslado a los animales, no los aniquilo. Les doy un trato compasivo.
Len grita: “¡Hurra!”, jocoso. Las patas delanteras del taburete del bar se elevan hacia atrás y se estampan contra el piso, en una explosión de júbilo.
–¡Compasivo! –resopla– ¡Puta madre, indoloro!
Katya se endereza el cuello y lo abotona por completo.
–Papá, ya fue suficiente de tantas pendejadas. ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Vives por aquí?
Apunta hacia el techo con el dedo curtido por el tiempo, y traza un círculo; apunta hacia el suelo y hace lo mismo.
–Voy y vuelvo, ando por aquí y por allá. Fuera de la vista de todos, ocultándome –le guiña el ojo y la remite, con una sensación de náusea, al señor Brand–. Entonces, ¿tienes dificultades en ese empleo? ¿Te has topado con obstáculos? ¿Necesitas ayuda de tu viejo?
–Espero que sea una broma. No.
Len chasquea los dedos para pedir otra ronda de tragos. La chica que atiende el bar es muy joven y adopta una actitud convenientemente precavida hacia ellos, ubicándose en el extremo contrario de la barra.
–Supongo que ya sabes qué hacer con esos bichos, ¿no? ¿Sabes cuándo empezaron a pulular?
–¿Qué bichos? –inquiere Katya sin pensarlo.
–¡Qué bichos, pregunta ella! ¡Qué bichos!
La chica del bar sonríe con cortesía y él se acaricia el mentón, dirigiéndose a ella.
–¿Un paquete de papas fritas, querida? Sal y vinagre.
Katya se posa en su asiento, de forma precaria, y lo examina. Puede olfatearlo y observar el amasijo de papas fritas revolviéndose tras los dientes disparejos. Mientras más engulle, más animado se le ve. Mueve las nalgas huesudas en el taburete resbaladizo y alza las cejas ante su hija, de forma cómica.
–Vamos, toma unas papas y deja que se deslicen por tu cogote –dice, y le alcanza el paquete de aluminio pringoso.
Ella sacude la cabeza.
–¿Cuál es el problema? ¿Mucha presión en el trabajo?
Katya pone los ojos en blanco, con hastío. Pero en realidad está pensando en las páginas vacías de su cuaderno de apuntes. Y en el señor Brand, y en la reunión que presuntamente tendrá con él, y en la peste intangible que no es capaz de detectar. A su lado hay un hombre que sabe de plagas más de lo que presumiría cualquier individuo vivo. Katya cruza los brazos a la altura del pecho y rechina las muelas.
–Papá. Estos bichos. Tú sabes a qué me refiero.
–Unas linduras, ¿eh? –eleva las cejas, a la espera.
–No los he visto. Nada, ninguna infestación. Si alguna vez hubo alguna, se esfumó.
Él ahoga una risa trivial, en tanto se lleva el vaso a la boca.
–¿Qué? ¿Qué resulta tan gracioso?
Len se inclina hacia delante y afirma en una erupción de vehemencia:
–Están ahí. Aparecen y desaparecen. A veces puedes verlos, si estás ojo avizor, y a veces no. Un día hay uno o dos, y al siguiente... –su mirada se ensancha y toma un sorbo de whisky.
–Bueno, quizá te deshiciste de ellos en su totalidad. Quizá este año no formen un enjambre.
–Ah, no. Oh, no, no. Van a llegar, definitivamente. Y pronto... –establece un paréntesis; trata de anticiparse a las próximas palabras de su hija, pero no logra contenerse– adelante, pregúntame cómo lo sé. Pregúntame.
Katya medita en torno al asunto.
–Oh.
–¡“Oh”, dice ella! ¡Oh!
–Garantía del servicio brindado.
Len chasquea los dedos: ¡Katya lo entendió en un tris!
–Papá. ¿Qué has hecho?
Él rechaza el cuestionamiento con un gesto de recato.
–No mucho, no mucho. En un inicio no era nada: un trabajo ridículamente fácil.
–¿Los bichos?
–Promeces palustris. Es mejor atraparlos cuando todavía se encuentran en estado larval, por supuesto, si sabes dónde buscar. Hay que meterse allí con el veneno. Pero sobrevivieron unos pocos, brotaron y se pusieron a hacer sus fechorías: roer alfombras, morder a los visitantes y demás. Entonces llamaron a tu viejo para liquidarlos.
–Pero no los eliminaste. Proliferaron... y destruyeron el lugar.
–¿Crees que podrías haberlo hecho mejor? Claro, para entonces ya era algo tarde, corría el mes de julio, pero hice lo que pude. Además, había otros problemas: cucarachas, gallinas de Guinea cagando en los techos, esa clase de cosas. Estuve ahí dos meses y déjame decirte que todo pudo haber sido mucho peor sin Len Grubbs –resuella–. No debes decirle nada a ese Brand, un hijo de puta. Protestó por el pago desde el principio. Y al final me estafó. Por eso pensé en joderlo. Cuando el trabajo terminó, me aseguré de dejar un par de tarjetas de presentación. Tomé ciertas precauciones.
–Garantía del servicio brindado.
–Garantía. Estoy al tanto de las cosas. Me cercioré de que siempre ocurriera algo, ¿sabes? Pulgones. Carcomas. Nuestros amigos peludos: las ratas –respira con denuedo y ríe, ostentando como un relámpago su diente faltante–. Y añadí un pequeño caos general. Fue hermoso.
–¿Y qué me dices de los otros acontecimientos? Del hilo de cobre que se hurtó, de todo eso... ¿Fuiste tú?
Su padre se encoge de hombros, con humildad.
–Tal vez sí, tal vez no.
Pese a sí misma, Katya se siente impactada ante la magnitud de la operación. En el transcurso de, ¿cuánto?, ¿nueve meses?, Len se las arregló por sí solo para hacer de Nínive un sitio inhabitable.
–¿Y has estado al acecho del complejo durante todo este tiempo? –investiga.
–He estado en los alrededores, podría decirse.
–¿Pero con qué objeto? ¿Cómo lucrarías con él ahora?
–Mira, he estado aguardando la temporada de escarabajos. Me di a la tarea concienzuda de que esos desgraciados sobrevivieran para poner huevos y he vigilado a los pequeños con ojo paternal, diría yo, mientras atraviesan su etapa de desarrollo.
Metamorfosis. Katya se pregunta si su padre no se ha vuelto, finalmente, un orate sin remedio.
–Por favor, papá. ¿Quieres que crea eso? ¿En serio? ¿Te has dedicado a criar larvas?
–Conozco los sitios donde dejan sus huevos, conozco sus escondrijos. Me he asegurado de protegerlos. Son un buen cultivo. Un cultivo formidable. El enjambre sería un nocaut. Mi plan era: los dejo salir del cascarón y luego Brand vendría a tocar a mi puerta, desesperado. Dinero fácil. Haría que Brand se arrodillara en el lodo y suplicara mi ayuda. Pero en cambio, ¿qué ha sucedido? –Len se aproxima a ella y clava el dedo en su hombro. Katya se aleja–. Surgiste tú, como las bestezuelas que comienzan a reaparecer. Y obtienes todo el beneficio. Difícilmente justo, ¿eh? –su padre se repliega, le da un trago a su bebida y exhibe otra vez su diente faltante–. Pero no importa. Vamos a urdir un plan.
–¿Qué significa vamos, en plural? –interroga Katya. (No, por favor, piensa.)
–Vas a requerir cierta asistencia especializada, mi niña. Conozco a estas criaturas. He batallado con ellas.
–Papá, puedo hacerlo. Es mi trabajo. Me contrataron para eso.
–¿Crees que va a ser fácil? –Len se mofa– ¿Crees que puedes tocarle una melodía a los Promeces palustris con tus flautas indoloras? – la saliva de su padre le salpica las mejillas– ¿Crees que van a seguirte hasta el portón de entrada y abandonar el lugar?
–Sí –dice Katya, estúpida, obstinadamente, y se seca el rostro con la manga del uniforme.
–Bueno. Quizá. O quizá no debas estar tan segura. Como sea, tengo una idea. Escucha bien. ¿Y si yo fuera tu “asistente”? Necesitarás uno. No puedes confiar en esos idiotas, Pascal y como se llame. No, no, mi querida. Creo que es mejor que te apoye tu viejo. Lo resolveremos juntos. Será exactamente igual que en tiempos pasados, ¿eh? –Len se estira, eslabona sus dedos, los invierte y los coloca por encima de su cabeza. Su cuerpo entero se abulta y él sonríe con satisfacción–. Mira, estoy en condiciones inmejorables; estoy listo para trabajar.
–No hago el tipo de trabajo al que estás habituado. No uso veneno, no mato cosas. Ya te lo aclaré.
–¿Y entonces qué haces con las bestezuelas? ¿Las alojas en un lindo hotel? –sofoca una carcajada ante su propio chiste, se palmea la rodilla.
–Cajas. Utilizo cajas.
–Ah, cajas. Ah, bueno, eso es perfecto. ¿Cuántas cajas posees? ¿Veinte? ¿Cincuenta? ¿Quinientas? ¡No tienes la menor idea de lo que estás hablando! ¡Esos desgraciados te van a encerrar a ti en una caja si no te cuidas! Son recios. Ya lo comprobarás. Si lo intentas por ti misma, será un descalabro. ¿Y entonces qué explicación le vas a dar a tu señor Brand, eh?
Katya dirige la mirada hacia abajo, observa su vaso y agita los últimos milímetros de líquido ambarino.
–Dámelo. Si no lo vas a beber, lo haré yo.
Ella le permite tomarlo; él lo desliza por su garganta en un santiamén.
–Te diré algo –Len respira de modo entrecortado–. Te diré cómo procederemos. Vas con tu adorado señor Brand y le comentas: Las cosas son así, bastardo cicatero, en tu propiedad hay una invasión muy seria de animales nocivos, animales nocivos en peligro de extinción, y te va a costar una fortuna mantenerlos lejos, y tomará meses resolver el asunto, y requeriré un asistente especial. Y luego... –ahora su padre se expresa con mímica y arroja un objeto invisible sobre la barra, cual si fuera un rayo– luego lanzas una rana tóxica, o un pequeño y bonito escorpión, ¡justo en el regazo de su maldito traje italiano! ¡Eso sí que lo joderá!
Len se desternilla y Katya también ríe: un desahogo de tanta tensión. Pero rápidamente reniega del instante de hilaridad y frunce el ceño.
–Gracias, pero puedo manejar la cuestión. Por mí misma.
Forcejea para apearse del taburete del bar (estas cosas no están hechas para gente de escasa estatura) y reúne sus bolsas.
–¿Podrías acercarme a donde voy, al menos? –pregunta su padre– Creo que me dirijo hacia la misma dirección.
–No tengo coche.
–Ah.
En un principio, Katya supone que se ofrecerá a caminar junto a ella, pero Len parece haber perdido interés.
–Muy bien... –los ojos de su padre se dejan llevar, sin rumbo, a lo largo de las botellas alineadas en el fondo de la barra.
–Papá.
–¿Mmm?
El fajo de dinero que retiró del cajero aún está en su bolsillo. Extrae un billete de cincuenta rands y lo deja sobre el mostrador.
–Si necesitas algo... –Katya titubea unos segundos– llama a Alma, ¿sí?
–Igualmente. Lo mismo para ti, mi amor –dice Len mientras recoge el efectivo–. Lo mismo para ti.
Nota
10 Rand es la moneda de Sudáfrica. [N. de la T.]
IX. INFRAMUNDO
Poco después, Katya regresa a la librería y compra, con un talante pertinaz, la Guía completa de los insectos de África del Sur y –qué demonios– otra especializada en ranas, y otra en serpientes y reptiles. Carajo: ella también puede aprender nombres en latín.
Los libros le añaden un peso considerable a su cargamento. Brega a lo largo del camino de retorno con sus dos bolsas de abarrotes, y los azulejos y las guías de consulta. Su semblante está enrojecido tras el whisky y el malhumor. ¿Cómo se atreve su padre a seguirla hasta aquí, con sus uñas y zapatos mugrientos, y para exponer reivindicaciones y demandas? ¿Hallará algún día un hogar y una vida en los que él no logre introducirse como un gusano?
Cuando distingue a la vendedora de mosaicos, a un costado de la ruta, succionando una naranja y parada en un solo pie, Katya experimenta un acceso de cólera, abrupto y justificado, cuyo blanco, en esta ocasión, es la chica. ¡Otra embaucadora!
La muchacha nota su presencia a la distancia y le echa un vistazo con su afabilidad característica. Antes de que pueda pronunciar palabra, Katya arremete y le entrega un billete de cincuenta rands.
–Ya no tengo ningún azulejo...
Katya saca de su bolsillo otro billete rosado y lo enquista en la palma de la niña. Jamás ha hecho algo similar: regalar dinero. Se siente poderosa. La chica la contempla, dubitativa, con dedos que apenas se curvan en torno a los billetes.
–Quiero saber de dónde vienen los azulejos. Dime –Katya exhibe un papel azul, que vale cien. Su dinero destinado a una semana de alimentos.
La muchacha enrolla los tres billetes en un cilindro muy fino, fisga el panorama brevemente por encima del hombro y luego hace un gesto de aprobación.
–De acuerdo, le voy a enseñar –mira hacia atrás de nueva cuenta–. Cinco minutos. La veo ahí abajo –señala con la barbilla una parada de autobuses en la carretera.
Katya aguarda en la caseta, que huele a orines y cuyo banco está roto, y observa el intermitente discurrir de los vehículos. Pronto se le une la niña, que sujeta su manga, la empuja hacia la parte posterior de la caseta y la conduce a un carril angosto que se extiende, en paralelo, al borde de las chabolas. El aire caliente secreta una fuerte esencia de madera incinerada y eucalipto, además de un hedor difuso y dulzón de aguas residuales que proviene de los arbustos. La gente indaga a ambas mujeres con curiosidad y la chica –lazarillo de Katya– asiente y saluda a una o dos personas. Un perro pequeño y magullado las sigue durante un rato ladrando con recelo, pero apenas traspasan su territorio las deja en paz.
Las casas son de estaño, madera y chatarra, que sus habitantes han obtenido al hurgar en las inmediaciones. Ciertos fragmentos –nota Katya– constituyen, probablemente, desperdicios de Nínive. Estruja su cartera y tantea su celular en el bolsillo. Enseguida advierte cuán absurdo es tal gesto, considerando que acaba de dar todo su dinero y que, sin duda, la mayoría de la gente que vive en este lugar posee mejores celulares que su viejo y apaleado artilugio. Imagina que los teléfonos son fundamentales aquí: si tu hogar es endeble o incierto, un número de contacto puede suponer una dirección permanente.
Katya y la muchacha abandonan el asentamiento y se internan en un sendero que se adelgaza más y más, y conduce a la maleza. A su alrededor, la ciénaga se encuentra inmóvil y es tórrida. Se trata de un calor extemporáneo y húmedo de un clima propio de tempestades, excepcional en Ciudad del Cabo. Otro de los aspectos que se han subvertido en la ciudad: las pautas climáticas. El otoño solía ser una temporada de parsimonioso enfriamiento, un preludio de las lluvias gentiles y persistentes del invierno. Pero esta amenaza humeante promete un diluvio.
Katya está desorientada; no obstante, la niña transita confiada, da zancadas con mayor facilidad, ahora que nadie la escruta desde las chabolas. La fe de Katya decae. Siente que algo no está bien; siente que algo contradice su instinto. Esto no es un pantano prístino, un paraíso para los aficionados a las aves. Esto es el matorral urbano: explotado, en riesgo. Existen sendas, pero no fueron elaboradas para alguien como ella. La asalta la abrumadora sensación de que camina hacia una trampa enrevesada.
Sin embargo, la chica se vuelve y le sonríe.
–Todo está bien –dice, y su hermosa sonrisa la apacigua. ¿Cuántos años tendrá? Quince, tal vez. Es un poco más joven que Toby. El universo de los adolescentes parece mostrarle un itinerario del mundo con una intensidad que se acrecienta.
–Ahí –señala la muchacha.
Katya parpadea bajo la luz del sol y repara en que han llegado bastante lejos –de hecho, lo suficientemente lejos para contemplar el entablado que se extiende hacia la marisma–. Detrás de ella, Nínive se cierne como una fortaleza de hielo. El enfoque lo es todo, reflexiona Katya: cuán distinto se ve este paisaje si uno se aproxima desde el exterior, a través de una aldea de chabolas... Cómo cambian los escenarios, de acuerdo con la ruta que uno elija para afluir hacia ellos... Apenas puede creer que pertenezca al complejo erigido detrás de esas almenas.
–Muy bien –dice, en tanto percibe que la niña no da un paso más allá, hacia el edificio–. ¿De modo que consigues todas estas cosas aquí? ¿Quién te las da? ¿Los guardias? ¿Los constructores?
La chica niega con la cabeza de manera enfática. Es evidente que no planea acercarse ni un centímetro más.
–¿Quién? –la interrogación es demasiado clamorosa e intimidatoria.
El dedo de la muchacha no se dirige a la verja trasera. Apunta a los pies de Katya, a un espacio entre sus piernas, a las sombras debajo del entablado, donde la tierra se hunde en lo profundo.
Katya escudriña la superficie tétrica y húmeda. No halla nada. Pero aquel es el punto hacia donde la condujo la mano imperiosa de la juventud. Avanza y se interna en el lodo. Está aprendiendo a caminar en este territorio escurridizo y trémulo. Es necesario tocar el suelo con suavidad, deslizarse de forma errátil, no ejecutar ningún movimiento demasiado desafiante o porfiado. El entablado se alza, aquí, a la altura del torso. Katya coloca sus bolsas a un lado y se agazapa bajo uno de los bordes. Cuando mira hacia atrás, la muchacha ya se ha ido.
La oscuridad prepondera. Al parecer, una suerte de túnel corre exactamente bajo el muro del perímetro, donde se ubica el edificio de los conserjes. Los cimientos –ahora lo ve– están apoyados sobre montantes de cemento y crean una gruta larga y honda, cuyo suelo es de barro.
La niña indicó ese lugar; lo hizo de modo insistente, punzante.
Katya se arrastra hacia delante, con la cabeza agachada. Pronto comprende que gatear es más sencillo. Se trata, a menudo, de la estrategia apropiada en su campo de trabajo: usar las cuatro extremidades, emular a las bestias. Observarlo todo desde la perspectiva de la plaga. El aire es denso debido al vaho y al aroma frío y húmedo de los sustratos de la tierra. Hay fango en sus manos y rodillas: una sensación asombrosamente placentera. Debe ejercer succión durante unos instantes para arrancar del mantillo la base del pulgar. A sus espaldas, el resplandor del día se ha contraído en una rendija larga e insondable. El frío la envuelve.
Lombrices y seres que reptan. Serpientes. Katya acomoda su pequeña linterna de cabeza; ciñe la banda elástica en la parte trasera de su cráneo. El haz fosforesce y la orienta. Lo apaga. Vuelve la espalda al tajo luminoso de la entrada y permite que sus ojos absorban la lobreguez. Ahora simplemente aguarda.
Allí. Por delante y en lo alto, divisa un delgado trapecio de luz suspendido de algún modo del techo de la caverna. En un principio piensa que se trata de un reflejo de agua, en contraste con el hormigón. Pero eso no es posible: la forma geométrica permanece inmutable. Katya se arrastra hacia ella. La tierra asciende de manera paulatina y el espacio se torna más y más estrecho a medida que penetra en él.
El trapecio constituye una especie de trampilla. Una tabla oculta a medias el hueco, sin impedir que asome una vara de luz exánime. Katya palpa con vacilación la madera mojada y la empuja hacia arriba. El peso del edificio la obliga a retroceder. Experimenta la incontrovertible sensación de que algo la oprime contra el cieno, de que el espacio se reduce y la cueva umbría se comprime hasta cerrarse...
En estado de pánico, Katya rota su cuerpo hasta quedar bocabajo y lucha para emprender el regreso. Se arrastra, serpentea y logra pasar por debajo del entablado, trepar fuera de la zanja y mirar nuevamente el cielo.
Se da vuelta y yace sobre su espalda. Arriba, muy arriba, en el más azul de los firmamentos, un pájaro rema con las alas. En su vuelo, el sol lo impregna de luminiscencia. No hay contrariedad alguna en ese mundo.
Una vez que Katya ha retornado a la Unidad Dos, el suelo parece menos firme bajo sus pies. Todo oscila. Ya ha visto la cavidad subyacente a la estructura. Nínive posee un piso inferior, una región subterránea que antes no existía. Siente el mismo desconcierto que experimentó al observar las fauces de la zona demolida frente a su casa.
Dispone los azulejos en el piso de la sala; ordena cada uno como si fuera una pieza en el tablero de un juego. Los nueve fragmentos configuran una redada bastante desdeñable, pero tiene la impresión de que son una mera muestra, una tarjeta de presentación. Se embarcaron en una odisea inescrutable para llegar hasta aquí: atravesaron el muro de Nínive de ida y de vuelta. Este lugar no es tan impermeable como había creído. Hay conductos, rutas comerciales que van de adentro hacia fuera y viceversa. Y ahora forma parte, en una ínfima medida, de dichas transacciones ilícitas. Cual si ella misma hubiera robado estas cosas.
Len siempre hurtaba algún elemento en sus múltiples empleos: partes de una motocicleta o cigarros o cubiertos de plata o, en una ocasión, el asiento trasero entero de un coche. A veces lo hacía para vender el botín y otras sólo para jactarse de lo que era capaz. Suponía un orgullo no retirarse con los bolsillos vacíos. Katya siente su presencia en Nínive, con tanta nitidez como si hubiera sacado sus viejos y hediondos huesos de aquel bar deprimente emplazado en el centro comercial, y los hubiera metido aquí de contrabando. Como si en este momento estuviera viciando el aire con su aliento a tabaco y empañando las superficies con las huellas maltrechas de sus dedos.
Katya apila los azulejos en un estante de la cocina. Se despoja de la ropa polvorienta y se viste con un nuevo uniforme, aún tieso tras su incursión en la lavadora. Marcha rítmicamente a lo largo del corredor blanco, igual que un general que conspira para recuperar un territorio perdido.
Resulta inevitable. Tendrá que utilizar técnicas extremas a fin de echarles un anzuelo a las alimañas y deshacerse de ellas, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Se trata de tenderles una trampa, por supuesto, pero, ¿qué alternativa hay? Necesita saber con qué está lidiando antes de reunirse otra vez con el señor Brand.
No volverá a engullir carne de ternera, de modo que extrae media lata y la coloca en un plato. En uno de los cajones susurrantes halla cubiertos macizos. Corta la carne en trozos del tamaño de terrones de azúcar, usando un cuchillo ferozmente puntiagudo.
A continuación se desplaza por el departamento. De nueva cuenta, curiosea la parte posterior de los armarios y se asoma bajo las camas. Todo es tan preciso, todo está tan bien ajustado y dispuesto con tal cuidado que resulta casi imposible descubrir un escondite o una fisura. Por tal motivo, deposita los pedazos de carne directo en el suelo, en las esquinas y en el fondo de los cajones. Es un viejo truco del oficio. Debe atraer a la plaga si no acude por sí misma. Debe retar a las sabandijas si no son lo suficientemente pestíferas.
Reuben ha hecho bien las cosas. Sin duda, los productos que seleccionó no constituyen el sustento ideal para una experta en reubicación de plagas –o al menos no para una experta de alto nivel, como ella–, pero sí son óptimos para su labor: de hecho, son los comestibles predilectos de una amplia gama de pestes y alimañas. ¡Carne de ternera enlatada! Químicamente adictiva, y la dependencia dura por siempre.
Si tiene diminutos compañeros de casa, se manifestarán ahora mismo, tan sólo por su afición a la carne procesada.
El país de los sueños destierra a Katya y la abandona en medio de una negrura impenetrable. Está tumbada bocarriba y escucha el silencio de la noche, que se ha exacerbado. Ha adquirido una aptitud apropiada para la escucha. El departamento, que antes parecía sordo e inanimado, ahora es todo oídos: es una espiral en estado de alerta que magnifica hasta el sonido más endeble, incluyendo sus propios –y tenues– ruidos corporales.
Por ahí. Una serie de rasguños. Pausa. Y un repiqueteo. Pese al grosor y la calidad de las paredes, los sonidos vibran a través de ellas, horadan la cabecera de la cama y se introducen en su cráneo. La criatura atormentada que vive en su interior despierta, se incorpora y aguza los oídos. Los imprecisos arañazos son extraordinariamente fragorosos, pero ella sabe, por experiencia, que un ser minúsculo es capaz de hacer un barullo infernal, en particular cuando nadie lo ve. Un ratón que manipula un paquete de galletas Tennis puede sonar como una manada de lobos. Un grillo solitario puede asemejarse a un maniaco con un taladro eléctrico.
La lámpara de la mesa de noche no se enciende. Quizá la electricidad esté fallando otra vez. Katya busca a tientas su linterna de cabeza, que siempre mantiene a un lado de la cama –un antiguo hábito–, cuando otro ruido la obliga a detenerse. Un ruido absolutamente inconfundible. Pisadas en el corredor: un, dos, un, dos. Un ser humano. Ninguna otra cosa suena de ese modo.
Los enigmáticos pies prosiguen su camino. Ahora están frente a su puerta, pero Katya no logra distinguir nada en la opacidad. A pesar de la negrura, los pasos retumban con determinación, como si quien los diera supiera con exactitud cuál es su destino. Katya advierte que el individuo ha arribado a la cocina, porque el refrigerador se abre y suspira. Un receso furtivo. ¿Acomete los alimentos?
Más pisadas y un borboteo metálico. Lo ha descifrado: es el rumor de los meados, del pis, de la expulsión de orina. Conjetura que se trata de un hombre por el eco y la reverberación del sonido. Es alguien que está de pie, con descaro. Como hacen ellos. No tira la cadena del retrete.
Seguro que Katya podría correr hacia la salida mientras el intruso se encuentra absorto en tales menesteres. Podría escabullirse por debajo de las mantas, franquear a gatas las habitaciones, cruzar el departamento palpando sus diversas superficies –resbaladizas y mullidas, ásperas y suaves–, orientarse hacia la puerta de entrada y huir escaleras abajo, hasta alcanzar la caseta de Reuben y Pascal. La idea atraviesa el hemisferio analítico de su cerebro, al tiempo que yace inerte en la oscuridad. Y es que las regiones más primitivas e insondables de dicho órgano adoptan la modalidad de una pequeña bestia: continuar petrificada en las tinieblas siempre será el curso de acción preferible.
En cualquier caso, ciertamente no saltará desnuda de la cama para confrontar a ese hombre malvado en medio de la penumbra. Resulta muy tentador apretar bien los ojos –cubrirse con una capa adicional de oscuridad– y esperar el advenimiento de la mañana.
Al final, se oye un discurrir subrepticio y luego un silencio intrigante. Tras mucho cavilar, Katya comienza a preguntarse si en verdad ocurrió aquello o si se trató de alguna fuga proveniente de su sueño. De cualquier forma, resulta imposible permanecer yerta, lista para atacar, escuchando encarecidamente el silencio durante un lapso prolongado. Tarde o temprano, la ventura del colchón, las sábanas envolventes y la oscuridad la engatusarán y bajará la guardia. El cuerpo podrá contraerse de miedo, pero la mente, a la larga, no tiene otra alternativa que rendirse.
Katya aguarda y aguarda en vano: no percibe nada más.
Entonces su cuerpo exuda tensión, gota a gota, cual agua, y se queda dormida.
Mierda. La evocación irrumpe en el instante en que despierta, como si la hubiese estado esperando a un lado de la cama, semejante a un sabueso fiel. En la casa. Un hombre. Su corazón se espabila un segundo después que su cerebro y da aviso de alarma.
¿Se hallará aún dentro?
Nada sucede durante varios minutos. Sus latidos disminuyen su fiereza y la mente se apacigua. Intenta asir un recuerdo inequívoco de los sonidos nocturnos, pero estos se tornan más y más difusos, y a la vez que reposa, le parece menos y menos probable que algo haya ocurrido en realidad.
Aun así, se afana en conducirse con prontitud y sigilo al abandonar la cama. Primero se viste. De nuevo se desliza dentro de su uniforme verde, su prenda defensiva. Debido al cuidado que le brinda la mujer encargada de la lavandería, su ropa de trabajo se está volviendo, de forma inquietante, suave y lisa (por el efecto de la plancha). Está perdiendo su poder. De cualquier manera, se sube el cierre vigorosamente. Los overoles le ofrecen cierta protección, al menos. Sin embargo, en la circunstancia actual, si necesitara escapar del departamento aullando de terror, lo haría sin avergonzarse. Toma su cuaderno de apuntes. Abordará la situación con profesionalismo. Como sea, debe ir al baño.
Asoma la cabeza, cautelosamente, desde la habitación. Todo está despejado. No hay forajidos amenazadores, tampoco cuerpos. Una vez más, emprende un concienzudo trayecto por el lugar, atisbando cada rincón, con el corazón en la boca. Nada. Al parecer, no falta nada en el refrigerador, aunque carece de tal certeza. Revisa la puerta principal. No exhibe signos de haber sido violada, pero algo debió ingresar por ahí. Mejor dicho, alguien: existen muy pocas criaturas, excluyendo monos peculiares o gatos astutos, que puedan abrir puertas. Y, por lo que sabe, ninguno de esos animales es capaz de hacerlo cuando a una puerta se le echó el pestillo. Se requiere obtener huellas dactilares, ni más ni menos.
El baño luce exactamente igual que cuando lo vio por última ocasión. Katya estudia las superficies blancas. Como ningún otro sitio del departamento, el baño posee una blancura inmaculada. Sólo un criminal con una vasta confianza en sí mismo podría infringir los límites de un sitio tan lustroso, susceptible al más leve contacto. Un intruso tendría que haber dejado, de modo innegable, algo de sí mismo –huellas digitales, o inclus ADN– en los azulejos, como en un portaobjetos. No obstante, la porcelana no presenta la menor impureza. Los grifos están rígidos.
Para atrapar a una bestia, uno debe mantenerse quieto, tan inerte como permaneció Katya en la cama anoche; uno debe permitir que los seres se aproximen por su cuenta. Katya examina el baño con total reserva, moviendo únicamente los ojos, concentrada en cada milímetro cuadrado.
El lavabo. ¿Acaso hay una pequeña gota ajena en la orilla? Y el retrete... Recuerda que la noche previa no escuchó el sonido que se produce al tirar la cadena. ¿Acaso hay un matiz amarillo en el agua? Se arrodilla e inspecciona. Quizá. Un tinte sutilísimo. ¿Acaso hay un olor a almizcle, dulce y salobre, en el aire, alrededor de la taza? ¿Acaso ha sido... contaminada? Podría sumergir la cabeza y olfatear, pero de pronto surge en ella un talante melindroso. Pese a que ha hecho cosas peores en su búsqueda de moscas de la fruta, ácaros y larvas, y ha enrollado excremento de paloma entre sus palmas para evaluar su consistencia, y ha paladeado las secreciones más extrañas de innumerables animales (orina de caracol y vómito de polilla, meados de suricato y eyaculación de gecko), esto la excede por completo. Tira la cadena una, dos veces. Abre todos los grifos y deja correr el agua.
Se percata de que el cebo de carne de ternera, instalado en reductos secretos, sigue intacto. Los trozos de carne procesada aún están frescos, incorruptos en los bordes.
X. VIP
Vista desde el exterior, la caseta de seguridad es el dibujo de un niño, una casita del juego Monopoly, con sus cuatro paredes y un tejado primoroso, a dos aguas. Desde el interior llega una voz: un comentarista deportivo.
Katya decide espiar la cabaña y ve el rostro de un hombre, tan próximo que resulta perturbador. Reuben está inclinado hacia atrás en su asiento, con los pies sobre una pequeña mesa y los hombros contra la pared, justo debajo del marco de la ventana. Apoya la cabeza en un alféizar angosto. Parece distendido, no obstante la aparente incomodidad de su postura. Ella advierte que tiene las manos plegadas sobre la barriga, por encima del grueso cinturón de cuero, provisto de una funda para el arma. Uno de sus dedos tamborilea.
Katya da un golpe en la ventana y él se yergue de manera abrupta, patea la mesa, la tumba y mira, sañudo, a su alrededor, a la caza del intruso. Ella le sonríe a través del cristal y lo saluda con la mano. Sin embargo, su semblante denota una suerte de horror.
¡Es un tipo asustadizo! Su mano –nota Katya– se posó de inmediato en su cadera. Ahora se aleja, ecuánime. Nuevamente repara en que porta un arma larga, real. Quizá deba ser un poco más comedida en su trato con estos guardias, sin importar sus sonrisas y el cascabel de la bicicleta, similar al de un duende.
–Hola –dice Katya–. Déjeme pasar un segundo. Necesito preguntarle algo.
Percibe un movimiento subrepticio en la penumbra, detrás de Reuben. Reconoce a Pascal, atrincherado en los confines, reducidos e inexplicablemente oscuros, casi púrpura, del nodo de seguridad.
Le permiten entrar, de mala gana. Huele a sistemas electrónicos calientes y a marihuana. El espacio, restringido, contiene los elementos básicos para vivir. Ella contempla, con interés, un teléfono gris ubicado en un rincón: un auténtico teléfono fijo. Hay otros objetos, más íntimos. Colillas en un cenicero de hojalata. Una botella de Coca-Cola de dos litros vacía, junto a la puerta. En una esquina, una manta doblada sobre un delgado colchón revestido de algodón. El efluvio dulce y agrio de dos hombres que habitan un espacio acotado, con una fuerte nota de base que revela la presencia de un perro.
Aunque apenas cabe una sola persona en este sitio, se las arreglan para trasladar aquí y allá las piezas de rompecabezas que conforman su mobiliario –una mesa, dos sillas desvencijadas–, a fin de ofrecerle un asiento. Advierte que Reuben apaga a toda prisa un porro y lo tira por la ventana abierta y rajada. Mientras tanto, Pascal, que presumiblemente encubre a su compañero, se adelanta, coloca una silla del lado de la mesa donde ella se encuentra y, al mismo tiempo, extiende un brazo para silenciar la televisión.
Al final, una vez concluida toda esa movilización de muebles, el grupo se halla dispuesto de la siguiente forma: los dos guardias están de pie, juntos y entumecidos, a un lado de la pequeña mesa plegable, y Katya se encuentra sentada frente a ellos, como si los estuviera entrevistando o despidiendo de su empleo. Tal distribución no le proporciona demasiada holgura a nadie. Reuben tiene un aspecto taimado, y Pascal, un ademán distraído –sus ojos no dejan de desviarse hacia la pantalla, donde se transmite un partido de futbol que, por lo visto, le provoca embeleso.
La caseta es asfixiante y está saturada: normalmente, ninguno de los tres se aproximaría tanto al otro, lo cual agudiza la noción de crisis que corroe a Katya.
–Hola, muchachos. Lamento molestarlos –comienza a hablar, pero pronto rectifica su tono. Es una investigadora, razona, y como tal, no es impropio establecer cierta distancia ante sus subalternos. En esta coyuntura, su overol verde no es el atuendo idóneo. En un sentido jerárquico, la prenda posee, de algún modo, un rango menor al del uniforme de un guardia de seguridad. Y más aún si no va acompañada de accesorios como calcetines o zapatos: Katya se vistió con prisa.
–Pascal. Reuben –afianza los pies bajo la mesa y los desliza hacia delante. Luego se repliega: su dedo desnudo empuja algo tibio y consistente, similar a un almohadón de cuero templado. El almohadón gruñe y Pascal espeta una orden y se encorva para sujetar algo –que sea el collar de Soldado, implora Katya.
–Perdón –dice, y se reclina en la silla, retrayendo los pies todo lo que puede–. Bien, esto va a sonar extraño pero, ¿alguno de ustedes vino a mi departamento anoche?
Pascal domina la irresistible atracción que ejerce la pantalla televisiva sobre sus globos oculares. Reuben dilata un poco los suyos y succiona sus mejillas.
–¿Dentro? ¿Dentro de su casa? –inquiere Pascal–. No podríamos hacer tal cosa aun si lo deseáramos.
–No figuramos en el sistema –apunta Reuben, y exhibe su pulgar a modo de ilustración, gesto que resulta vagamente insultante.
–¿Por qué? –pregunta Pascal, que comienza a intuir la situación con mayor presteza–. ¿Tuvo problemas?
–Escuché a alguien anoche. Alguien usó el baño.
Los hombres se miran uno al otro. Silencio.
–Esto sucedió en la Dos. Unidad Dos –dice Reuben de manera flemática.
–Dos. En mi departamento.
–No es posible –asevera Pascal–. ¿Está segura de que no lo soñó?
–¡Sí! Por Dios. Pueden venir y comprobarlo por ustedes mismos. Escaleras arriba. ¡Alguien estuvo ahí!
De nuevo se lanzan una mirada fulminante. El partido de futbol ha caído en el olvido.
–De acuerdo. ¿Pero por qué no nos llamó? –pregunta Reuben– Llámenos la próxima vez. ¿Tiene nuestro número? Se lo anotaré.
Sin embargo, no emprende acción alguna.
–O haga esto –Pascal se agacha y atiza la pared con una mano, aspaviento que la sobresalta y también turba a Soldado: percibe un desplazamiento de aire cálido bajo la mesa en el instante en que el perro salta. Ambos, Katya y Soldado, están habituados a que el guardia, de estatura considerable, realice movimientos más apacibles. Junto a la mano de Pascal hay un botón rojo y brillante, similar a los de su departamento, sólo que este es de mayor tamaño y se encuentra cerca del suelo.
–Claro –afirma, momentáneamente aturdida. Había olvidado por completo esos botones.
–Oprímalo. Además, funciona con batería.
–Muy bien.
–Entonces, sí, iremos a echar un vistazo, si quiere –dice Reuben–. Pero en realidad no creo que alguien haya estado ahí.
–Sí, vamos a lidiar con eso –agrega Pascal, y toca el arma que lleva en la cadera–. No se preocupe.
Aguardan a que Katya se marche. Mientras camina en dirección opuesta a la cabaña, escucha el partido de futbol, que han vuelto a poner a todo volumen.
Katya se sienta ante la repisa de la cocina y abre su cuaderno. Aún está penosamente vacío. Y sucio, moteado con huellas negruzcas de dedos. Y el señor Brand necesita un reporte. Intenta concentrarse.
“Las cosas son así, bastardo cicatero...”
Rechaza la voz de Len, como si la apaleara con un bate de béisbol. Pero, ¿qué más puede decir? Se siente perpleja. Por un lado, he ahí la esterilidad de Nínive. Es insólito que en un paraje no haya el menor signo de vida: ninguna mosca que incordie en el cristal de una ventana, ninguna araña diminuta y transparente que descienda por su filamento desde el canto del marco de una puerta. Nada sino ruidos peculiares durante la noche.
Por otro lado, en excéntrico contraste, existe una naturaleza salvaje, profusa y pululante más allá del muro de contención blanco: un nudo gordiano de ciénaga y raíces y tallos que parlotea y se escabulle, que ella ha vadeado, que ha salpicado y embarrado su uniforme verde oscuro. La exuberante acritud del lodo evidencia, por sí sola, la fuerza vital del exterior. El pantano representa, de manera irrebatible, el centro de reunión de diez millones de especies enjoyadas, limosas, que trepan, bullen, culebrean, muerden... De un lado del muro, no hay nada que uno pueda considerar una plaga perjudicial; del otro lado, prolifera todo. Quizá la propia marisma constituya el problema: una criatura gigantesca y pestífera. Nada menos radical que un desagüe completo resolvería la cuestión. Pero, ¿cómo expresar lo anterior en un ensayo o diagrama pulcro y profesional?
Y es que resulta esencial que lo haga. Y es que si el complejo no posee una peste, no hay solución humana que idear ni motivo para que ella se encuentre aquí. Se ha dado cuenta de una cosa: le gusta habitar Nínive. No está lista para volver a casa.
Debe tratar de ser metódica, seguir su táctica a pie juntillas. Cuenta con una rutina probada y fiable, con una fórmula para ejecutar su labor. Observaciones, curso de acción, desenlaces.
Subraya la palabra NÍNIVE una vez más. Escribe: “Observaciones”. También subraya este último vocablo y luego vuelve al título y traza un rectángulo a su alrededor. A continuación, permanece inmóvil durante un rato, mordiendo la punta del lápiz. Dibuja un diagrama de Nínive. Anota: “Promeces palustris”. Esboza un plano de su departamento, un esquema representativo. Se ensimisma en sus pensamientos. Pinta a una oruga geómetra fumando un cigarro.
Nada.
De pronto surge nuevamente: el ruido, el mesurado tictac. Es como si estuviera junto a su oído. En esta ocasión, por fin, rastrea las señales que envía la radiobaliza y se dirige al baño. El sonido proviene de la ducha, al estilo de la película Psicosis, cuya cortina está desplegada. Ella se aproxima. Descorre la cortina con un movimiento impetuoso, semejante a un latigazo, y en un principio no divisa nada. El ruido se detiene de forma abrupta. Azulejos blancos, lechada blanca, grifos y regaderas plateadas.
Recién mira hacia abajo, descubre el origen del repiqueteo. Es muchísimo más menudo que el sonido que emite. Se acuclilla y, aunque no usa guantes, lo aloja con benevolencia en su palma.
El prisionero revolotea entre sus manos, en forma de cuenco, igual que una incógnita. Lo traslada a la cocina, donde su cuaderno yace abierto.
Jamás ha proclamado ser capaz de hablar la lengua de los animales; con frecuencia, las bestias se comunican en idiomas abstractos. No obstante, a veces una criatura viviente expone el mensaje más diáfano y carente de ambivalencia que el mundo pueda conceder.
Abre sus manos y permite que la criatura se desplace –oblicuamente, despacio, igual que una idea– a lo largo de la página.
¡Genial!
A las dos en punto, Katya se instala en un banco ornamental situado justo fuera del portón de Nínive y espera la llegada de Toby. Una paloma color lavanda se posa sobre el muro, a sus espaldas. El ave la observa.
–Lo siento, amiga –le dice–. Hoy no hay nada para ti.
La paloma adivina su mentira flagrante, ladea la cabeza y clava la mirada –anular y carmesí– en la lata de carne de ternera, con perforaciones a los costados, que lleva en la mano.
–Oh, no, no, no, no, no es para ti, esta preciosa mierda –dice, y usa su bolsa como escudo para salvaguardar la lata y proporcionarle algo de sombra–. Se trata de alguien VIP.
No percibe ninguna actividad dentro de la lata, ningún ajetreo o vibración, y ruega con fervor que su pequeño pasajero viaje sentado, yerto. Son buenos en eso, por supuesto: se ponen en cuclillas y ahorran energía para impulsarse y brincar en el momento oportuno. Katya levanta la cubierta, dejando apenas una rendija, y espía a la criatura sometida, fulgurante como una gema, tomando la precaución de colocar una mano en la parte superior de la lata, en caso de incidentes relacionados con algún salto sedicioso. Ella –o él– yace, totalmente pasiva –pasivo–, en un cojín de papel higiénico húmedo, a la manera insondable de los anfibios.
Las ranas son obsequios ambiguos. Son aquello que los niños traviesos le dan a las niñas que pretenden seducir, con el propósito de generarles repulsión. Son aquello que Len les regalaba a Alma y Katya para jugar en una época en la que anhelaban muy poco.
Las hermanas recibían dichos presentes de forma muy distinta. Cuando Katya descubría a sus ranas –sobre su almohada, o dentro del baúl de hojalata donde guardaba sus ropas enmarañadas– experimentaba una identificación secreta, y su deleite corroboraba que había en ella más de bestia que de bella, como ocurría con su padre. Sin embargo, el gesto de Len suponía una crueldad irreflexiva, igual que cada uno de sus actos. Nunca consideró que probablemente su hija querría conservar a la rana, tras su espectacular aparición. Nunca consideró que podría encariñarse con el animal. Las primeras veces ella probó, desde luego, hospedar a las ranas en frascos de mermelada, donde incluía agua de estanque y moscas para que se alimentaran, pero en ese entonces ignoraba cualquier técnica y todas morían. De modo que cuando su padre le obsequiaba una criatura acuosa y de ojos rutilantes, le obsequiaba también su cadáver. Ella percibía una lección en aquel hecho, aunque resulta inverosímil que tal fuera el designio de Len.
¿Qué significaban esos regalos para su hermana? Le daban a Alma la oportunidad de soltar el alarido que siempre contenía en su pecho. El padre inflaba el cogote como una rana toro, imitaba el croar de la bestia mediante eructos, e incluso era capaz de perseguir a la niña para insertarle el animal por la parte delantera del vestido. Cierto día, Alma le contó a Katya que jamás pudo librarse de la sensación que le produjo el contacto con la viscosidad. Actualmente, los hijos de Alma no tienen mascotas.
Pero eso es asunto de Alma, no suyo. Katya y las ranas siempre se han llevado bien. Y ahora sabe un poco más acerca de ellas: pasó la noche previa estudiando su nueva guía de campo. Reexamina el estado en que se encuentra su amiga. Ningún movimiento.
–Vamos –le dice. La toca con la punta del dedo y le da un golpecito en la espalda fría. La bestia recula, flexionando las patas. Está viva, entonces.
Finalmente, divisa una silueta que asciende por el largo y níveo corredor de palmeras, agrandándose y adquiriendo la fisonomía inconfundible del vehículo de RIP. Sostiene su envase de lata contra el pecho y saluda con la mano. Le complace mucho ver su camioneta y a Toby al volante.
Las mangostas han demostrado ser unas compañeras de viaje muy estimulantes. Toby hizo su trabajo lo mejor que pudo. Procuró confinar a siete de ellas en dos de las cajas de máxima seguridad, especialmente diseñadas para trasladar animales de manera compasiva. Se trata de clientes escurridizos, desenvueltos y dúctiles –además, su mordedura es aviesa–. En tanto la camioneta trastabilla fuera del estacionamiento, comienzan a huir de las cajas, rompiendo pestillos y apretujándose en agujeros con tamaño de bocallaves.
–Carajo –farfulla Toby cuando la cabeza de uno de los animales embiste la ventana corrediza que separa la cabina del sector trasero.
Katya lo repele con un ligero golpecito en la nariz y forcejea para cerrar la ventana, que se atora a mitad de camino. La parte posterior, en penumbra, es un pandemónium de bestias amotinadas.
–Así que este es el grupo de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales. ¿Cuál es su historia?
–Alguien trató de exportarlas como mascotas exóticas. Trató de sacar partido de la moda de los hurones, ¿te das cuenta? Inconcebible.
–Ajá.
Katya no sabe con certeza si le agrada la sucinta artificiosidad del tono de su sobrino. Después de todo, este es su negocio. Tampoco le gusta el desenfado con el que gira el volante del vehículo de RIP. De cualquier modo, Toby no es tan imperturbable y perspicaz como simula ser (no llega ni a la mitad del personaje por el que se hace pasar). Luego de tres días a cargo del timón de Reubicación Indolora de Plagas, sus ojos se han vuelto algo indómitos y su rostro algo demacrado.
–Ve más despacio. Dios. No me extraña que se estén sobreexcitando. Por lo demás, déjame entender bien las cosas: ¿han pasado toda la noche ahí atrás?
–Bueno, mierda, no sabía qué hacer... Meterlas en las cajas fue un infierno y... bueno, ¡están locas, Katya! No sabía dónde ponerlas o... o nada. Les dejé algo de agua y algo de muesli y... ¡Ay! –zarandea el volante, derrapa y pronto retoma su dirección.
Otro prófugo traspasa la barricada, escala el reposacabezas de Toby y clava las garras en la cima de su cráneo.
–Puta madre –dice Katya, y le endilga la lata–. Toma esto un segundo.
Toby coge el envase a ciegas y maneja con una sola mano. Entretanto, ella desenreda la mangosta del cabello del muchacho –haciendo caso omiso de una punción dolorosa en la almohadilla de su pulgar– y fuerza al animal a regresar a la parte posterior. Atrás impera el caos: ojos dementes y espirales nervudas de pelaje. Katya corre la ventana todo lo posible, hasta que se atranca, e inspecciona su dedo.
–¡Mierda! ¡El pequeño cabrón me mordió!
–Te lo dije.
Presiona el pinchazo sangrante contra el muslo. Sus pobres manos, jodidamente laceradas. Tendría que ponerse la vacuna antirrábica, pero sabe que no lo hará. Ha recibido dentelladas de toda clase y de momento la suerte la ha favorecido.
–Quizá sea mejor que yo conduzca, Tobes –dice, en tanto recobra la lata.
–¡Estoy bien! –masculla el chico, y zigzaguea.
–Estás fuera de control, Tobes. No puedo creer que las hayas dejado ahí toda la noche.
Tamborilea la lata suave, con las puntas de los dedos, produciendo un ritmo sedativo –o esa es su intención–: busca el efecto de gotas de lluvia sobre un techo de estaño o de hojas que crujen.
–¿Mencioné alguna vez que en RIP no matamos animales?
Es verdad: ni siquiera por accidente. Ha habido ciertas lesiones, ciertas mordeduras malsanas sufridas por ella misma pero, hasta ahora, ninguna baja. Esperemos que Toby no sea la primera, piensa. Alma la asesinaría.
Finalmente arriban a los arenosos terrenos descampados de Baden Powell Drive, a la Reserva Natural Wolfgat. Toby maneja la camioneta en reversa para internarse en las dunas. Abren la puerta trasera y permiten que las coléricas mangostas se desborden de las jaulas estropeadas. Katya las cuenta, desde la primera hasta la séptima, mientras serpentean y se pierden en los matorrales, y Toby musita “voetsek”11 al verlas partir, con un talante que a ella le parece indecoroso y algo impropio de RIP, por estar colmado de veneno.
Del otro lado de la ruta, en una depresión que hay en medio de las dunas bajas, comienza Khayelitsha: un océano polvoriento de tejados y paredes de zinc –maltratados por la brisa, de color arena y humo– que se extiende hasta el horizonte. A lo lejos, en el extremo opuesto, la Montaña de la Mesa es un rumor pálido. Cada vez que Katya conduce por este rumbo, observa que el barrio ha crecido. La carretera, rodeada de médanos, apenas subsiste. El viento es implacable. Las dunas se erigen a medio camino, a lo largo del asfalto, y los automóviles no tienen otra alternativa que virar para eludirlas.
En la dirección contraria, las chozas son impelidas hacia el mar debido a la compresión ejercida por la improvisada metrópolis que se alza tras ellas. Katya rememora la aglomeración de madera y casas de estaño en las inmediaciones de Nínive. Aquella población también crece, se propaga subrepticiamente, se abre paso a través de la marisma, alcanza el siguiente asentamiento informal y el siguiente, interconectándose, hilvanándose a partir de rutas de taxi y atajos entre la maleza. Quizá esta sea la ciudad real, y las áreas de ladrillos y yeso representen una anomalía, una intransigencia obstinada, demasiado rígida para desplazarse o difundirse.
Katya y Toby se apartan del lugar. La arena restalla bajo los neumáticos. Ella se percata de que el chico también está exhausto. Asumir las responsabilidades de un adulto, aunque sea durante tres días, parece haber mermado su alegría innata. Haz la prueba de dedicarte a esto los próximos veinte años, chiquillo.
Pero hay un nuevo viso en su actitud: una tensión que –intuye– no se relaciona en nada con los escollos del trabajo. Toby se muerde los labios y –advierte Katya– cada cierto tiempo contempla su imagen en el espejo retrovisor. El adolescente reacomoda su mechón sobre la frente sin ningún propósito.
–¿Cómo me veo? –indaga– ¿Luzco cansado? Creo que me veo cansado. Fíjate en mis ojeras.
Katya deja el comentario suspendido en el aire durante uno o dos minutos.
–Te ves espléndido.
Él le echa un vistazo. Ella aguarda su sonrisa de dientes separados: la añoró.
–¿Y qué es esa lata? –interroga.
–Carne de ternera.
Toby frunce la nariz como si nunca hubiese oído hablar de algo tan repugnante en toda su vida.
–Pero mira. En el interior. Observa –abre la tapa y deja un resquicio–. Lindo, ¿no?
–¡Oh! –sus ojos se agigantan de admiración–. Es maravillosa.
Para Toby, el universo de las bestezuelas es femenino. Escudriña a la reclusa VIP a la manera de un padre amoroso que se asoma a un moisés.
–¿Puedo? –toma la lata y vierte el contenido en su mano. La cautiva resbala y se acuclilla en su palma.
–Cuidado. Es saltarina.
No obstante, el muchacho posee manos hábiles. La criatura se posa con serenidad, confiada. No es más grande que la articulación superior de su pulgar. Tiene una magnífica tonalidad gris parda irisada y una línea de oro lívido a lo largo de la espina dorsal. Una rana no ostentosa –sin coloraciones rojas o azules que indiquen la presencia de ponzoña–, pero con una belleza única y discreta, propia de la vida en los bosques.
Su garganta palpita y se abulta de modo enigmático. Seguramente está ponderando sus opciones: brincar o no brincar. La disyuntiva esencial de toda rana.
Criaturas frágiles: delicadas membranas entre los dedos, ojos líquidos, piel suave en el vientre y, sobre todo, una epidermis sensible... Resulta fácil comprender que la alteración más leve, una ínfima desecación del mundo, las afecte de forma violenta, con semejante barrera húmeda y susceptible de estremecerse entre su interior y su exterior. El vigor de sus piernas siempre es una característica sorprendente.
–Mamá dice que ustedes solían entretenerse con ellas. Como si fueran mascotas.
Insólito que Alma le haya contado eso.
–De hecho, son una buena compañía. Aunque no te proporcionen abrigo por la noche.
Llegan a casa cuando ha caído el crepúsculo y Katya se siente extenuada e irritable después de un larga jornada. Las luces arden en el piso superior de su casa. Toby frena súbitamente la camioneta y sus ojos fluctúan: se dirigen hacia la ventana del dormitorio y a continuación retornan al parabrisas.
–Pues bien –dice, y ejecuta un redoble de tambor sobre el volante–. Ey, mira, el viejo Derek.
En la acera opuesta de la calle se yergue la figura apesadumbrada de Derek, que hoy lleva un chal rosa sobre la cabeza y una bufanda de motivos florales alrededor de su pierna izquierda. Sigue resistiendo los embates de la vida.
–¡Barco a la vista! ¡Derek! –aúlla Toby, y brega para abrir la ventana herrumbrosa.
Derek se tambalea y da una vuelta de trescientos sesenta grados, ofuscado.
–Hola –se escucha un bramido anémico cuando los localiza–. ¿Tienes algo de tabaco?
–No, lo lamento.
–¿Le das cigarros a menudo?
Toby se encoge de hombros.
En la acera donde trastabilla Derek se han construido, de la noche a la mañana, nuevos muros de ladrillo.
–Puta madre –dice Katya–. Sea lo que sea, se está edificando rápidamente.
–Creo que son departamentos –sugiere Toby–. Pero al margen de eso, ¿conoces a la chica?
–¿Qué? ¿Cuál chica?
–Tasneem. Vive en la misma calle, más arriba. Nos encontramos con ella hace poco.
–La chica de las grietas. ¿Qué hay con ella?
–Bueno, es que...
No es necesario que continúe. Sus ojos delatores no dejan de remontarse hacia la ventana encendida. Ah, piensa Katya. Romeo. Julieta. Por Dios santo.
–¿Está aquí, Toby? ¿En casa?
–Bueno, sí. Aunque sólo por un par de días. Ha estado ayudando. Con el trabajo y demás.
–¿Con el trabajo?
–Sí, es increíblemente buena. En tomar notas y eso. Y con el dinero.
–Con el dinero.
–Estudia contabilidad en la escuela. Es sensacional, ya verás, te va a caer muy bien.
–¿Sabes qué? Ha sido un largo día. Por favor, entremos y punto, ¿de acuerdo? Y saquemos esa mierda de la camioneta. En realidad, puedes hacerlo por tu cuenta. Pon todo en la cochera.
–Carajo...
Toby camina, furibundo, hacia la puerta de la cochera. La aborrece aún más que ella.
Alguien aporrea la ventana que corresponde al copiloto y un pájaro maltrecho bate las alas, de plumas grises, contra el vidrio.
–Derek –le dice Katya exangüe al tipo que golpea su ventana con el puño envuelto en un vendaje. Baja el cristal, dejando una ranura de dos dedos de amplitud–. Hoy no hay nada, amigo.
El sujeto retrocede, pero la mira fijamente con una mueca de desaprobación, mientras ella se apea del vehículo.
Se rumora que alguna vez Derek tuvo una vida, un empleo como funcionario público. Y él mismo rezuma ciertos atributos que hacen que el hecho resulte plausible. En este instante, por ejemplo, su expresión es la de un agente que presenta una orden de comparecencia ante un juzgado a cargo de las infracciones de tránsito: adusto, obcecado, quizá algo decepcionado de ella.
Las vendas de Derek no cubren heridas reales, o al menos no excoriaciones físicas. Siempre las lleva puestas y se desplazan de un miembro a otro, según su capricho o desvarío. Aun así, vendado como está, es un personaje que enaltece el sufrimiento de manera elocuente. Sigue a Katya hasta su casa. Se aproxima demasiado. Es un hombre alto, incluso pujante, si uno se toma unos minutos para reparar en ello.
–Nada el día de hoy –repite, arisca–. Perdóname.
Abre la puerta y se introduce con celeridad, sin volver a mirarlo.
Inmediatamente se da cuenta de que algo ha ocurrido. Cierta fuerza advenediza ha atravesado la casa cual un terremoto. Percibe frescor. Una sensación de holgura y claridad. Pareciera que las paredes y los techos se hubiesen alejado unos cuantos metros. El impacto es tan arrollador que se queda pasmada durante un rato, indecisa, con la llave en la mano, como si existiera otra puerta invisible, que aún debiera abrirse.
Sin embargo, no puede explorar ese sentimiento inusitado, no todavía, porque la muchacha se encuentra en la sala, parada sobre su sofá, con las rodillas tiesas, apoyadas contra el respaldo, y una mano extendida en la pared, escrutando el techo. Da un giro y le sonríe a Katya y a Toby. Su pose exhibe, jactanciosa, un cuerpo elástico: camiseta blanca sin mangas que se desliza hacia arriba, ceñida a una piel oscura, y short camuflado. El dorso de sus rodillas es un poco más pálido que sus fibrosas espinillas. Un par de sandalias de caucho yacen sobre la alfombra.
Toby se contorsiona, igual que una mangosta, para ubicarse junto a Tasneem. Ambos le sonríen a Katya: ella vagamente, él con una especie de súplica meridiana. ¡Se afana tanto en ser cordial! Katya observa que el chico se yergue de manera engorrosa: la menor incisión de una fiera puede producir daño.
–Ella es Tasneem. Tas, ella es mi tía Katya.
La adolescente rebota y baja del sofá. Ofrece la mano, le da un apretón fuerte, como si quisiera apresar la suya, y su sonrisa desvela grandes dientes de porcelana.
–Claro, nos conocimos. ¡Vaya! Ustedes dos sí que apestan –dice.
–Pipí de mangosta –apunta Toby con autoridad–. Es hediondo.
Tasneem señala la pared, por encima del sofá.
–¿La ves?
–¿Ver qué? –Katya se vuelve para otear el sitio indicado.
–¿Ves? Es enorme, para colmo de males.
–¿Qué cosa?
–La grieta –afirman Tasneem y Toby al unísono.
La chica se encarama nuevamente en el sofá y expone el surco.
Katya se da cuenta del estropicio, en efecto. La grieta ha crecido hasta tornarse descomunal. Mierda, tiene la amplitud de un dedo y el resquicio no es oscuro: hay una filtración centelleante, una delgada franja de luz vespertina que se esparce desde alguna fisura en el muro exterior. Toby trepa al sofá, coloca la oreja contra la pared a fin de escuchar algo y luego se frota las manos, como si deseara entibiarlas al calor de un asado fantasmagórico.
–Mira, se siente una brisa –dice.
Katya se sitúa entre los dos jóvenes. Eleva una mano a modo de experimento, sin tocar nada, colocando la palma a unos centímetros de la hendidura. Irrumpe un viento leve, proveniente de las vísceras de la casa. Se aparta y casi tropieza en el suelo.
–¿Significa esto que la grieta sigue un itinerario? –pregunta Toby– ¿Que atraviesa toda la construcción?
–No sé. ¿Cómo podría saberlo? Puta madre.
Esa exhalación que emana la brecha le ha generado un escalofrío.
Los chicos abandonan el sofá y se plantan delante de ella, obstruyendo su camino. Ella los empuja y va hacia la cocina. Deja caer su bolsa y se queda patidifusa y pesquisa todo a su alrededor.
Es un sueño insondable. Se trata de su propia casa, pero alterada. Una sospechosa dosis de luz parece ondular, cual una marejada, a través de las ventanas. Las persianas se han esfumado, eso es. Los vidrios: limpios, alabastrinos como el agua. Y el casillero para guardar archivos, vetusto y de acero gris, que solía agazaparse justo aquí, en el inconveniente rincón entre la escalera y el comedor de la cocina, donde a menudo se golpeaba el muslo al pasar... El casillero se desvaneció. La mesa auxiliar, de pino y con un trozo de madera debajo de una de las patas para estabilizarla, también ha desaparecido. Todo brilla de forma espuria. Los pisos fulguran, voluptuosos. A Katya le toma unos segundos percatarse de que el resplandor se debe a la ausencia de la alfombra. Todo está desarticulado, todo es sobrio y aséptico. ¿Emigró sólo durante un par de días?
–Me siento como Rip van Winkle –dice, y los chicos le responden con una mirada impertérrita–. ¿Qué sucedió?
–Se ve bien, ¿no?
–¿Qué han hecho? ¿Dónde...? ¿Dónde está el maldito casillero?
¿Por qué, de entre todas las cosas que considera invaluables, se concentra en ese lúgubre artículo de mobiliario oficinesco para acusarlos? No tiene idea. La interrogante le parece burlesca desde el instante en que sale de su boca. No le importa.
–Toby, ¿y las jodidas alfombras? ¿Dónde carajos está todo?
–Pensamos que te gustaría –dice la muchacha, taciturna, detrás del hombro de Toby. Sin embargo, lo dice con cierto tono piadoso.
–¡Así fue! ¡Creímos que te gustaría! Vamos, tía Katya, ¡no te pongas como loca! ¡No pierdas el seso! –le toma la mano, intenta persuadirla, la consuela, le sonríe desesperadamente–. Vamos, por favor, se ve estupendo, ¿no? ¡Limpiamos todo! ¡Echa un vistazo! ¡Compruébalo!
Ella retira la mano. Él abre con brusquedad las alacenas de la cocina, enciende las luces, le enseña sus cajas de cereal en fila y su vajilla organizada. Por alguna extraña razón, Katya está al borde de las lágrimas. Aquel pobre y viejo casillero y sus tripas de papel estreñidas. Sus horribles gavetas congestionadas, que colgaban, deformes. Sus manchas de óxido negro.
–¿Dónde está?
–¡No te preocupes! Lo conservamos. ¡Está en el ático!
–¿Ático? ¿Cuál ático?
–¡Mira, mira! ¡Déjame mostrarte! No nos deshicimos de nada. Es sólo que... Aplicamos un poco de fung shu en este lugar, mientras no estabas. Creímos que sería una linda sorpresa para ti.
–¿Qué?
–Feng shui –corrige Tasneem por encima del hombro del muchacho, conteniendo la risa. Clava los ojos en Toby, como si fueran dardos–. Caray, hay gente que paga para que le limpien la casa.
–¿De eso se trata? –Katya se dirige a la chica– ¿Debo hacerte un cheque?
–¡Ey! –Toby se interpone entre ambas– ¡Por Dios!
Katya comienza a sentir horror, una zozobra que le aguijonea el pecho, pero al mismo tiempo, una parte recóndita de sí misma se deslumbra ante el espectáculo que supone este chico, este joven crédulo que no desiste de lo que ha resuelto. Observa el modo en que endereza la espina dorsal para defender a su chica. Mira a Katya con ojos aguerridos. Ella jamás lo ha visto obsesionado con alguien pero, por supuesto, no puede sino ser uno de esos héroes de historias de amor que ostentan un espíritu indomable.
Katya mueve la cabeza de un lado a otro, en señal de recriminación. “Mierda.”
–Tía...
–¡Joder, Tobes! ¡Limpiaste la casa!
Toby está enajenado. Le entrega algo... ¿Qué? Sus cuadernos. Los han desalojado del casillero y alineado en un estante impoluto. Los apuntala, a modo de sujetalibros, una fotografía de Sylvie: ¿qué genio perverso los condujo a esa decisión? Su madre refulge tras el cristal, en un portarretratos barato de madera barnizada con laca roja.
Katya no sabe en qué momento cogió la imagen, pero la sostiene en la mano y la arroja por encima del hombro en un rapto que le genera alivio: la tensión de su brazo se mitiga a partir del lanzamiento y el misil gira como un trompo, fuera de su alcance. ¡Un tiro impecable! No ha definido ningún blanco; sin embargo, el portarretratos no se estrella, por un pelo, contra la cabeza de Tasneem y, en cambio, destroza un tazón de arcilla repleto de fruta que Katya no compró y los fragmentos se diseminan en el suelo descarnado, y hay naranjas y manzanas en derredor. El estrépito es fabuloso, perfecto. Posee el tono preciso y la reverberación de un cataclismo, algo que la satisface. Siente que el sonido vibra a través de ella y escucha una voz que surge de su interior y se traduce en un grito rabioso: “¡Ni siquiera me gusta la maldita fruta!”
Los chicos han huido y ella contempla el escenario, confundida. Desanda el camino y halla a Toby y a Tasneem en el extremo opuesto de la casa, junto a la puerta de entrada, con los ojos desorbitados, encogidos y aferrados uno al otro como una pareja desventurada en una película de terror. Es gracioso. Ríe.
–Muy bien –dice Toby con un hilo de voz–. Creo que debemos irnos.
Y a continuación le da un zarpazo nervioso a las llaves y los ojos de la chica son una llamarada detrás de su hombro; acto seguido, ambos están fuera de la casa.
Katya permanece de pie durante largo rato, escrutando la mano que alzó para causar el estrago. Tiene sangre en el nudillo. Una sola gota, perfectamente redonda y escarlata. La observa mientras cae, milímetro a milímetro, y recorre su dedo, y luego se desliza por el anverso de la mano. No hay dolor. No entiende cómo llegó ahí. No recuerda lo que pasó, pero experimenta sosiego, casi paz, como si aquello hubiese ocurrido un millón de veces.
Se seca el nudillo. Lo mira de nuevo. La sangre no es suya.
¿Cómo?
Debe haberse rociado. La herida es de uno de los chicos. Quizá un pedazo de vidrio haya volado por los aires.
Se agacha para recoger los cristales y la alfarería rotos. Recoge una, dos, tres piezas, y posteriormente vuelve a desperdigarlas y se tumba en medio del desastre, y apoya la cabeza en la duela y gime.
–Oh, mierda –dice–. Oh, mierda, oh, mierda, oh, mierda.
Una esquirla afilada de arcilla se le incrusta en la frente, pero no se mueve. Presiona el rostro contra el suelo y se abisma en el dolor.
La rana sigue viva en su lata: eso ya es algo, al menos. La traslada escaleras arriba, con mucho cuidado para no trastabillar en la pendiente escarpada.
En el techo, a la altura del rellano de la escalera, vislumbra el contorno cuadrangular de un escotillón. El ático. Recuerda vagamente que siempre ha estado allí. Debe haberlo entrevisto en miles de ocasiones, pero nunca se le ocurrió aventurarse en él. No obstante, los chicos evaluaron las posibilidades; descubrieron que la casa tiene otras dimensiones, que la construcción podría expandirse. Que tal vez fuera más vasta, que tal vez excediera su demarcación conocida.
Katya se enjuaga la mano. Se dice a sí misma que no fue tan grave. Una breve escena en la que se tiran y desintegran objetos. Alguna gente lo hace todo el tiempo.
Pero no arrojárselos a Toby.
Su garganta se contrae de remordimiento. De un modo que no consigue descifrar, las horas han pasado: en el exterior impera la oscuridad. Demasiado tarde para llamar a Toby –odiaría despertar a Alma–. Demasiado tarde en todos los sentidos.
Por fortuna, Toby y Tasneem no purgaron los armarios del piso superior, y aún posee su reserva de materiales necesarios: una antigua pecera, un plato en el que suele verter agua. Un pequeño truco para tranquilizar a una rana: la volteas y le haces cosquillas en la panza, y se vuelve una masilla en tus manos. Es verdad. Katya la relaja y la posa en la humedad fría de la pecera. En una bolsa con cierre, que extrae de cierto cajón especial, hay una provisión de moscas muertas. Echa media docena en la pecera. Algunas ranas son quisquillosas –insisten en comer sólo insectos vivos y veloces–, pero esta examina a las moscas con interés.
Desde la ventana de su cuarto puede contemplar una melancólica vista panorámica del área de demolición. Parece una estampa de la Primera Guerra Mundial, con las trincheras llenas de agua. En este momento, resulta difícil evocar las formas de que lo que había allí previamente. En el extremo opuesto del parque, las calles residenciales dan lugar a bodegas y talleres, antes ocultos por los árboles. Ahora, sin embargo, el envés ajado de ese conjunto de edificios ha quedado expuesto. Las farolas de sodio evidencian desconchados en el revoque, agujeros herrumbrosos y toscos en el hierro corrugado. Seniles pero monumentales: sobrellevan la vida indolente y misteriosa de los edificios que han rebasado los límites del tiempo. Edificios que nadie ama y nadie habita, que no fueron construidos para tal propósito.
Katya sitúa escrupulosamente la pecera donde reposa el anfibio, sobre la mesa contigua a su cama. Es extraño lo que un pequeño acompañante puede lograr, incluso si la más humilde de las criaturas está a tu lado por la noche. Recuerda ese aspecto de su infancia: se quedaba dormida con una mascota diminuta y condenada a muerte, cautiva en una caja, junto a la almohada. La oscuridad era menos atroz, la soledad se atenuaba.
Nota
11 Palabra en lengua afrikáans que es una expresión injuriosa de desdén o rechazo. En este contexto significaría “lárguense”. [N. de la T.]
XI. ALMA
Durante la noche, las grietas en las paredes se acentúan.
Una ganzúa desmesurada irrumpe en el sueño de Katya para abrir de cuajo y horadar el mundo. Es una ejecución tan repentina, y finaliza tan súbitamente, que al despertar está convencida de que el ruido provino de su invención onírica: una de esas erupciones pesadillescas que te dejan con la sensación de una explosión amortiguada, como si el propio cráneo fuera una caja tapizada con fieltro donde se detonó una bomba minúscula.
Katya se incorpora, enciende la lámpara de su mesa de noche y tan sólo escucha. Nada. Salvo que el agua en el vaso cuadrado que hay a un lado de su cama se mueve, oscila de manera sutil a causa de alguna réplica del temblor. Observa las ondas en el agua, de formas geométricas; observa sus líneas de interferencia. Se vuelve hacia la cabecera y descubre que una nueva fisura negra serpentea verticalmente en la pared. Una hendidura de enorme grosor, un auténtico despeñadero. La raja desgarra la pared en medio de dos clavos que deben haber sostenido los cuadros de un inquilino anterior. Nunca se le ocurrió reemplazarlos con los suyos. Las diminutas astillas de yeso y pintura que bordean la grieta parecen agitarse (¿será verdad?) a partir de una brisa tan suave y acompasada como la respiración de un durmiente.
¿Es aquello un chirrido? ¿Un lamento sísmico? Un gruñido cimbreante, rítmico. Se detiene de improviso. Y después, tras unos instantes de silencio, escucha con claridad: “¡Jesucristo!” Una voz ronca, seca y con una tesitura de infinito sarcasmo.
–¿Toby?
Pero el ruido llega a través de la pared. Katya apretuja las sábanas y las desliza hasta su barbilla. Después se yergue y se apoya en la cabecera. Asoma un ojo por la abertura. Mira hacia dentro. Negrura absoluta en el intersticio. ¿Es este un muro de carga, sea cual sea, estrictamente, su significado?
Alguien tose.
¿Papá?
Su dormitorio se erige sobre la cochera y siempre ha podido oír, a través de la pared, el tumulto velado del callejón: el traqueteo de los contenedores de basura, los silbidos de los hombres encargados de transportarlos. Pero ahora es capaz de detectar nuevos elementos, de modo sensible y pormenorizado: el bufido de un aliento, un refunfuño apenas audible.
–¡Ay! –se aflige un hombre–. Oh, Dios. Otra vez, otra jodida vez.
Una voz hastiada del mundo, trágicamente divertida.
Se trata de Derek, de la voz que conoce, pero su tono le resulta ignoto: ¿dónde está el engatusador, el mendigo de monedas y café, el coleccionista de palillos y vasos de cartón? ¿Quién es este otro Derek? Abre la boca junto a la grieta, lista para vociferar su nombre, pero la cierra de inmediato. Se cohíbe.
De nuevo un chirrido y una crepitación desde el interior del muro. Del otro lado, alguien se tira un pedo –el fragor es inequívoco– y alguien más se queja: una mujer, piensa. El polvo del yeso flota en torno a su cabeza, proveniente del techo, como el más delicado confeti.
¿Caerá la estructura entera encima de ellos? Si da un paso fuera de la cama, ¿se partirá en dos la construcción, igual que un huevo? ¿Sería pertinente ir a la planta baja y agazaparse bajo la sólida mesa de la cocina? No recuerda lo que se supone que uno debería hacer en caso de un terremoto. ¿Sería oportuno convocar a la pandilla de Derek y parapetarla dentro de su casa? ¿O estarán más a salvo fuera? Sin embargo, el cielo que otea desde su ventana se ve relumbrante e inerme, lleno de cosas incisivas.
Ni una sola palabra traspasa el muro, pero después de un rato discierne un resuello: alguien husmea, constipado y con la boca abierta. Poco más tarde, el olisqueo se modula y transforma en un ronquido perruno. Ella apaga la lámpara de su mesa de noche. La fisura persiste: una raya dibujada con carboncillo, de matiz apenas más lívido que la pared. El amanecer debe estar en camino. Katya yace en la cama, separada de Derek y sus compinches únicamente por la anchura y la altura de un muro fracturado. ¿Cuánta gente duerme en el callejón? ¿Cuántos hálitos percibe? Se propone contar los ronquidos. ¿Será audible su propia respiración en medio de la noche?
Es una casa antigua, edificada con solidez, que se ha mantenido en pie durante casi un siglo pese a sus cimientos tornadizos. No consigue imaginar algún peligro real: las paredes en efecto desmoronándose sobre ella. Se recuesta bocarriba, mirando al techo. De pronto fantasea con que las junturas de las paredes se desensamblan con docilidad, como un huevo de Tiffany o el armazón de un telescopio ciclópeo, dejándola a la intemperie, bajo las estrellas. Rememora imágenes de casas que padecieron ataques aéreos o terremotos: camas suspendidas, impávidas, y muros y tejados desaparecidos. Su cama escora ligeramente hacia aquí y hacia allá: un navío que se mece en el océano a medianoche. Y en la esquina de la habitación, a modo de acompañamiento de la melodía de su sueño, inicia un croar rítmico, a garganta batiente: la pequeña rana cantando en la oscuridad, muy, muy lejos de su pantanoso hogar.
Por la mañana, Katya se dirige escaleras abajo y barre el piso y guarda la fruta magullada. Observa todo a su alrededor y aprecia lo que Toby y Tasneem lograron. Ahora puede distinguir lo que siempre estuvo oculto bajo el cochambre y el hacinamiento: superficies que, de hecho, jamás había palpado antes. Alguien colocó hojas de helecho en una botella de cristal, sobre la repisa de la cocina. También distribuyó abarrotes en prístinos tarros de vidrio: arroz, cierto tipo de harina amarillenta, nueces. Se ve bien. Organizado. Flamante. Incluso espacioso.
No consigue hallar nada. Una inteligencia alienígena –sin duda Tasneem– empacó y clasificó los objetos en función de tácticas y categorías desconocidas. Las tijeras cuelgan de un nuevo trozo de cordel atado a un gancho, a un costado de la alacena. Los imanes del refrigerador están dispuestos en fila. Los viejos periódicos, plegados y acomodados bajo el fregadero. Todo obedece a una lógica cabal.
Ciertamente, alguien vociferó la orden de asear y modificar el espacio, y cada pequeño objeto de la casa se sacudió el polvo y se subordinó al mando (tal como se esperaba de él): las revistas conforman una pila con los bordes aplanados, las copas de vino se erigen firmes y al pie del cañón. ¡Tasneem! Tan joven y ya convertida en un poderoso sargento instructor del mundo material.
Resulta extrañamente excitante habitar este escenario trasfigurado, pero de pronto Katya ignora a quién le pertenece en realidad el lugar.
Es como si estuviera custodiando la casa de una versión diferente de sí misma, que mora en otro universo.
Desayunar, eso es lo que necesita.
Tras una larga búsqueda, encuentra los tazones de cereal agrupados en el cajón inferior del aparador, pero no localiza las cucharas. Por fin atina con el filtro de papel, el café, la leche y lo demás. Inaugura la jornada con una enorme taza de café muy fuerte, que agradece como si fuera la última que beberá en su vida, y se pregunta si la inverosimilitud de los últimos días –algo más acentuada de lo que considera normal– podría atribuirse a la falta de cafeína.
Una vez que ha terminado de comer, se descubre lavando la taza y el tazón y colocándolos en el sitio donde los halló. Empuja las sillas, en posición sesgada, para que queden prolijamente yuxtapuestas a la mesa. Coge su bolsa, algunas prendas y la caja en la que alberga a la rana. Cuando echa el cerrojo de la puerta tras de sí, es como si estuviera abandonando la habitación de un hotel, un lugar donde quizá nunca vuelva a pernoctar.
El hecho de que Katya no recuerde en automático la ruta supone un indicio del vínculo entre ambas: no visita con frecuencia el hogar de su hermana en Claremont. En la calle donde reside Alma las casas son modernas, de una sola planta y con exuberantes jardines delanteros y traseros, hermosamente cultivados. No hay ni una sola fachada oprobiosa. La de Alma se ha embellecido de modo singular: pintaron el muro en tiempos recientes.
En ocasiones parece insólito que un niño, tan chapucero como Toby, haya emergido de este disciplinado seno familiar. Katya sabe que eso también conflictúa a su hermana. Alma está atenta a su incierto linaje y procura verlo expresado en su hijo: siempre destaca la forma de la oreja, de una mano, y trata de rastrear hasta el más mínimo rasgo de papá, de Katya y de mamá que podría haberse infiltrado en la mixtura. Jamás ha querido revelar quién es el padre de Toby, lo cual –opina Katya– evidencia su deseo de recluirlo, de conservar partes de él sólo para ella. Sus bebés, los gemelos que tuvo con Kevin, el rollizo marido, tienen rostros anchos, vivaces, rozagantes, y cabello castaño. Y, como sucede con Toby, no se asemejan en nada a los Grubbs.
Resulta bastante difícil ingresar a la casa de Alma, y no porque haya una puerta de cochera averiada. Aquí los obstáculos son más bien deliberados: muro prominente, valla electrificada, ningún timbre (lo eliminaron a fin de que los pordioseros no importunaran a la familia). Katya hace tintinar sus llaves en la verja de seguridad. No hay respuesta.
–¡Alma! –se aferra con los dedos al remate del muro, como si se tratara de garfios, y se impulsa hacia arriba –las puntas de los pies escarban las juntas que unen los paneles de hormigón prefabricado.
–Aquí estoy –dice Alma, que surge repentinamente empuñando una pala de jardinería. Sus semblantes se hallan a pocos centímetros de distancia–. Acabamos de pintar esa pared, ¿sabes? Y la estás rasgando.
–Entonces déjame entrar, ¿por qué no?
Sin embargo, Alma la obliga a escalar. Una conducta infantil por parte de ambas. Alma eleva la mano, como si tuviera la intención de auxiliar a Katya, pero ni siquiera la toca mientras se contorsiona, prendida del muro. Es alto, pero Katya posee vigor en la parte superior de su cuerpo. Da un salto y sus pies aterrizan en la tierra removida de un cantero de flores.
Siempre es así: Alma y ella. Ambas en estado de alerta ante una guerra no declarada. Su hermana baja el arma y la entierra en el suelo.
A sus espaldas se despliega el jardín, derrotado. Cada planta conoce su sitio. No es un jardín frondoso, sino más bien un mosaico, un entramado de concreto con incrustaciones que son parcelas de césped, circundado por angostos parterres de flores de pétalos pequeños, flores hieráticas, sembradas en puntos estratégicos. Alma está muy orgullosa de él, pero Katya nunca ha visto semejante colección de plantas descorazonadas, vencidas. Y el césped, el césped, el césped: nada pletórico y rimbombante como el de los Brand, sino cuadriculado, dividido en rombos y paralelogramos. En el centro de cuatro senderos convergentes se alza un bebedero para aves hecho de hormigón. No hay algas en él y, con toda certeza, ni un solo pájaro. Hace tiempo que Katya no se paseaba por aquí. Mira de soslayo a su hermana y la examina. A Alma le disgusta que la miren, y siempre advierte cuando alguien lo está haciendo.
Aún tan delgada... Katya no es voluminosa, pero toda la vida su hermana la ha hecho sentir regordeta, abultada, constreñida dentro de su ropa. Alma viste de blanco, enteramente de blanco, y su cabello lábil pende hacia atrás, en una trenza apretada.
¿Quién se dedica a la jardinería con un atuendo blanco? No obstante, Katya admite que se trata de un uniforme impar.
–Viniste a pedir disculpas –dice Alma.
Katya desvía la mirada.
–¿Anda por aquí?
–Ayer estaba muy enojado –Alma arquea una ceja en dirección a la puerta principal, entreabierta–. Se encuentran en el fondo.
Katya sigue el bonito trasero de su hermana, que enfila hacia la casa y se desliza por un pasillo. De algún modo, Alma se las arregló para atinar con una casa tan simétrica como ella misma. Un extenso corredor conduce hacia el fondo; hay puertas a izquierda y derecha. Al final está la cocina, de ángulos rectos, cuya puerta posterior se ubica entre dos grandes ventanas.
Todo resplandece. Los vidrios lucen inmaculados; las persianas recorren exactamente una quinta parte de la extensión total de los cristales. Afuera, más césped y otro muro de hormigón prefabricado, con sus tablillas rectangulares tan homogéneas como las celdas vacías de una hoja de cálculo.
–Qué tal, Annabel –le dice Katya a la niñera, que lava la vajilla.
–Hola, mi querida –sonríe Annabel, una mujer más o menos de su misma edad. Katya no frecuenta esta casa, pero cuando acude, siempre charla con Annabel. Se dirigen sonrisas cómplices ante las pequeñas manías de Alma: a sus espaldas, por supuesto. En ocasiones, Katya fantasea con robársela a su hermana y contratarla como su secretaria, pero la triste realidad es que no puede darse el lujo de pagarle lo que obtiene aquí por cambiar pañales.
La cocina está en penumbra; sin embargo, el mundo exterior que se columbra a través de la ventana arde con una luz franca y cándida. Y he ahí sus tres sobrinos: Toby en el pasto, con las piernas en un arenero, y los gemelos jugando en torno a sus pies. ¡Arenero! Katya no recuerda la última vez que vio uno. Lo juzga extrañamente obsoleto, igual que las casas rodantes y las piscinas armables. Rememora un arenero de su pasado remoto, en algún jardín de infantes situado quién sabe dónde. Nadie jugaba en él porque tenía caca de perro. Pero no hay perros ni gatos que puedan arruinar la sedosa consistencia de esta arena.
–Lo enfureciste –reitera Alma. Habla sin la menor discreción frente a Annabel, como si la mujer no estuviera allí.
–Él me enfureció a mí.
–Por el amor de Dios, Katya. Los chicos creyeron que sería un gran detalle para ti. Toby ha reparado tres millones de cosas en tu casa y jamás protestaste. Pero ahora asea todo por ti y tú... tú te vuelves loca –Alma cruza los brazos a la altura de su pecho reducido–. Y no me levantes las cejas de esa manera.
–No discutamos, Alma. No soporto la idea de pelearme contigo y con Toby a la vez. Y sí, en efecto vine a ofrecer una disculpa, dicho sea de paso.
–Eso sería el principio. ¿Y qué tal si también te disculparas por todo lo demás, ya que estás en ello? Todo aquel trabajo que le has pedido que hiciera...
–¡Ey! Tú eres quien me lo manda constantemente.
–No me refiero a ese trabajo. Me refiero al tuyo. ¡Está cubierto de mordeduras, Dios mío! –su voz árida se quiebra; es, por unos instantes, la voz de una niña, aguda, casi sibilante de aflicción–. Y pienso en mamá...
–Alma.
–Esa vida. La aniquiló.
El corazón de Katya da un vuelco en tanto ambas hacen una pausa gélida.
–Alma –repite desdichadamente.
–No, no... No me estoy desestabilizando, no me voy a conturbar. No –respira, inhala y exhala de manera deliberada, y cuando vuelve a pronunciar palabra, su voz es incolora–. Haz algo por mí, Katya. Contempla tus manos.
Pese a su reticencia, las analiza. Están llenas de cortes y rasguños, costras y mordeduras.
–Eso es lo que te has hecho a ti misma a partir de esa vida. Piénsalo.
Comprende lo que Alma quiere decir. Lo que observa son las manos de papá. Y su hermana la ha acallado: aquel es otro elemento indisputable.
–Vayamos afuera –dice Alma–. Han preparado ensalada.
Katya se demora un segundo en la puerta posterior, mirando a los gemelos jugar. Los han provisto, con opulencia, de juguetes educativos, y el arenero rebosa de excavadoras y camiones de plástico rojos, amarillos y azules. Los niños los hacen acometer la arena con ansias, pero el suelo no es idóneo para excavar: por más que lo intenten, las perforadoras no dejan huella. La arena seca resbala una y otra vez y rellena las hondonadas, cubriendo los vehículos de plástico y las manos rechonchas que los sujetan. Debe haber toda clase de cosas perdidas en ese arenero, perdidas para siempre. Katya se pregunta qué tan profundo será. Los pies desnudos de Toby están completamente hundidos en él, hasta los tobillos. Cada cierto lapso estira uno de sus largos brazos, y atrapa y mantiene alejado a algún gusano errante. Tasneem deambula detrás del grupo, sosteniendo un tazón de vidrio.
Alma toma en brazos a uno de los gemelos, al varón, y lo acuna. Katya no puede evitar sentir orgullo y admiración hacia su hermana, pese a todo. Es tan esmerada... tan pulcra, tan precisa... Sus facciones nítidas, su cabello ceñido con severidad, su simetría. ¿Se trata de una quimera? ¿Poseen algunas personas rasgos genuinamente más equilibrados que otras? Y es que no existe otro modo de describir el fenómeno. Alma posee una simetría peculiar y bilateral, como una mariposa nocturna desvaída pero cuyas alas exhiben una urdimbre exquisita.
Lo cual resulta curioso, desde luego, porque Alma no lo es. No es simétrica, a decir verdad.
Su hermana siempre lleva el mismo tipo de prendas. Es una de las cosas que tienen en común: no usan vestidos a menudo. A Alma no le agradan porque con frecuencia carecen de bolsillos y necesita ocultar su mano. Mucha gente, relaciones casuales o incluso amigos, ignoran una de sus particularidades: dos dedos de su mano derecha están curvados, cual si fueran zarpas. Tiempo atrás se los fracturó de manera aparatosa y los huesos jamás soldaron correctamente. Esperó demasiado para ver a un doctor. O quizá nunca consultó a un médico –Katya desconoce la historia completa–. El hecho de que sea capaz de disimular tan bien la lesión da testimonio de su temple y del dominio que ejerce sobre sí misma. Puedes entablar un vínculo con ella durante años y no reparar en la deformidad. Solía ser diestra, pero ahora sostiene los bolígrafos con la mano izquierda.
Katya atisba a Alma caminando por el jardín –las piernas del niño alrededor de su cadera– y advierte una tenue pérdida de ecuanimidad: imperceptible, sin duda, para cualquiera excepto ella.
Es un día soleado. A Alma no le generan inconvenientes los árboles que brindan sombra en virtud de su follaje, que dejan caer hojas y subvierten el aliño del césped. Katya suspira y se posa sobre el césped. Todos se vuelven para mirarla: Alma, Toby, los gemelos de pelo oscuro y Tasneem. Kevin no se encuentra aquí –por lo regular está en viajes de negocios–, pero eso parece tener escasa relevancia. Alma y su prole constituyen una familia íntegra. Una familia dispuesta a incorporar a Tasneem –eso indican las circunstancias–, pero no del todo a Katya.
–Hola a todos –dice.
Toby ondea el brazo de la bebé en señal de saludo.
–Hoy te ves elegante –afirma Tasneem, y la exaspera. Katya no viste nada especialmente chic: jeans negros, que acaba de comprar, y una blusa entallada. Quizá la muchacha crea que ha hecho un esfuerzo desusado a la hora de arreglarse.
–Perdón por lo de ayer –Toby se apresura a decir–. La casa y demás.
–Sí, bueno –Katya le dirige una sonrisa sesgada a la gemela–. Como sea. Tal vez puedas explicarme dónde pusiste el maldito sacacorchos.
–Tercer cajón, debajo del fregadero –dice Tasneem. Sus ojos son inquisitivos. ¿La tía Katya desea frenéticamente su sacacorchos? ¿Beberá en exceso?
A su vez, Katya examina a los adolescentes; escudriña su piel de modo furtivo. Alma exageraba, por supuesto, cuando aseguró que Toby posee mil mordeduras. El chico es de porcelana y vidrio marino. ¿Cómo demonios se entreveraron los genes sórdidos de los Grubbs para crear a semejante espécimen? Ambos, Toby y Tasneem, parecen ilesos, de hecho. Recién salidos de fábrica.
No obstante, Toby gira el rostro y Katya ve una pequeña cisura en su mejilla, una fina pincelada escarlata justo debajo del ojo. Tal visión hace que sus propias mejillas y su nuca se hielen.
Aguarda a que sólo Toby la mire y atestigüe su contrariedad, y entonces toca su propio semblante con la punta del dedo. Él se encoge de hombros y tuerce el gesto.
Hay que pedir disculpas. Katya –eso se le ha dicho– no se portó bien con ellos.
Al menos la sangre no era de Tasneem. Experimenta cierto consuelo, un ápice de alivio abyecto. Al menos todo quedó en familia.
Han instalado una mesa de caballete. Con cuchillos y tenedores y servilletas. Katya permite que la conduzcan, como a una inválida, a su asiento, y durante los primeros minutos impera un silencio circunspecto.
¡Ensalada! ¿Qué clase de chicos estrafalarios son estos? Comen ensalada y, más aún, lo hacen con gran seriedad, concentración e ingenio. Toby organiza tazones de colores verdes y rojos troceados y amarillos hechos puré, y elabora complejas parcelas de lechuga dispuestas en capas. Tasneem punza la piel de un tomate con sus aguzados incisivos. La mandíbula de Toby se torna desmesurada cuando mastica, y su manzana de Adán rebota conforme cada manojo triturado baja por la faringe.
Los dos muchachos han recobrado su buen humor. Quizá la furia de una tía –igual que una casa caótica– sea fácilmente doblegada con juventud y tesón. Los ojos de Katya y Tasneem se cruzan a través de la mesa y ambas instituyen un armisticio raudo y tácito: la primera lo sella con un guiño y la segunda con un toque en los labios, para lo cual utiliza una servilleta de papel.
Katya podrá introducir tal cantidad de vegetales en su sistema, pero nunca estará hecha de la misma tela con la que estos niños puros fueron confeccionados. Ellos jamás se habrían llevado a la boca la carne de ternera –comida del inframundo–. Tal vez, tras haberse alimentado de esa toxicidad, Katya ahora deba regresar una y otra vez a Nínive.
El ruido que hacen al comer –crujidos, raeduras y masticación– le añade dinamismo al acontecimiento. A Katya le resultaría intolerable compartir muchos más almuerzos de esta índole. Por el momento, sencillamente agradece la ausencia de conversación.
Los chicos parecen bellos insectos: pequeños ayudantes que mantienen a raya las plagas del jardín, cuyas quijadas no dejan de moverse. Toby es alto y esbelto, de ojos gigantescos y mentón triangular, semejante al de una mantis religiosa. Incluso tiene las manos enlazadas, como si orara de forma inconsciente por algo. ¿Por qué no lo advirtió antes? Los gemelos: larvas adyacentes. Tasneem es un escarabajo lustroso y atareado.
Comparada con ellos, Katya es demasiado blanda, demasiado indolente para ser un insecto. A lo sumo podría identificarse con una mariposa nocturna que, de manera sigilosa, muda su materia orgánica en un rincón. Hunde su probóscide, humildemente, en el aderezo de la ensalada. La ira de ayer se ha disipado. En lo que concierne a los chicos, se trata de la edad, piensa. La edad imbatible. ¿Cómo puede negarles algo?
Tasneem, animada, idea nuevas maniobras para recoger los platos y la cubertería: se apilan y amontonan a la velocidad de la luz y a continuación trasbordan hacia la cocina, donde los recibe Annabel. La mesa es un soldado en descanso a la espera de las próximas directrices.
Toby tiene a un infante en cada rodilla y Alma merodea tras él, y la estampa se asemeja a un diagrama de la reproducción. Katya está anonadada: ¡todos esos seres flamantes han salido del cuerpo de su hermana!
Se siente erizada, de nuevo fuera de lugar. Como si poseyera ranas en el bolsillo. Aún no le ha contado nada a Alma acerca del encuentro con su padre, y ahora duda si lo hará. El riesgo de liarse en otro altercado es demasiado grande.
Ociosa, coge un juguete tirado en el césped, a sus pies. Es una rana de plástico: uno jala un cordel de su boca, amplia y sonriente, y el animal deglute el cordel mientras se oye una canción metálica. Sostiene el artilugio con una sonrisa.
Alma le devuelve la sonrisa, pero sus ojos son adustos: no reconocerá ningún mérito; no el día de hoy.
–Es del hermano de Kevin –dice–. Bonito, ¿no?
La rana engulle el dedo de Katya, atrapado en el aro del cordel. Resulta levemente doloroso. Extrae su dedo con un suspiro. Todo esto es muy vivificante, pero ya fue suficiente. Evoca al señor Brand: su carácter mercenario, su anillo de oro grabado, su apretón de manos refinado y categórico. Se levanta de la mesa y los demás apenas se percatan: están absortos en su juego.
–Ahora debo retirarme –dice–. Llamadas de negocios.
Tasneem sonríe y Toby se despide con la mano, igual que los gemelos. Pero Alma pone los ojos en blanco, fastidiada, y Katya sabe por qué lo hace: escucha la voz de su padre cuando su hermana menor habla de ese modo.
XII. SACRIFICIO
Los prados de Constantia se antojan insulsos y yermos tras haber experimentado los placeres menos ostentosos y más intrincados de la ciénaga. Todo es pacífico; al parecer, todo está recortado, siguiendo una disciplina que no da lugar a la menor desobediencia. Pero una experta en reubicación de plagas siempre puede detectar los baluartes anarquistas en un paisaje. Por ejemplo, esas aves, ibis hadada, no deberían estar aquí en absoluto. Grandes y escandalosas holgazanas, con sus picos similares a los de los pterodáctilos y sus gritos estridentes. Se trata de inmigrantes recién llegadas del norte, que empujan a un lado a la gallina de Guinea. Katya siente cierta admiración hacia esas alborotadoras taimadas. En lo que respecta a las pestes, son dignas adversarias.
En la residencia de los Brand, Katya se estaciona junto al jardín rocoso, se echa la bolsa al hombro y asciende por el césped. El sitio le parece vasto y silencioso: hoy no tiene lugar una fiesta. El agua azul yace en el regazo de la piscina con forma de alubia. Árboles de plata se dirigen susurros unos a otros, y sus manos planas se curvan para disfrazar el sonido.
El árbol que fue víctima de las orugas luce saludable, aunque quizá un poco convulso aún por sus peripecias recientes. Ya han comenzado a brotar unas cuantas hojas nuevas. Por puro hábito, Katya fisga el macizo de flores en busca de hormigas león, insectos palo y camaleones.
Algo surca el aire, como un relámpago, por encima de su cabeza. Katya se agazapa y luego mira a su alrededor. Más allá del cantero se alza otra amplia meseta de césped, y sobre ella, a la distancia, hay una silueta familiar balanceando un palo de golf. ¡Qué maravilla dedicar los días a juegos y pasatiempos! La distancia reduce el imponente volumen del señor Brand: se ve simplemente fornido.
El arco que traza la pelota es hermoso y atrae la atención... Hasta que una de las ibis hadada decide remar a lo largo del cielo y parodia el curso elíptico –y necio– de la bola de golf. El hombre hace una pausa, se inclina sobre su palo y sigue al ave con la mirada. La ibis hadada vira a la izquierda, de manera socarrona, y aletea para posarse en la copa de un árbol. Katya surge del sector posterior del macizo de flores.
Un extenso sendero de césped puede concebirse como las tablas de un escenario, un escenario que expone y le da forma al cuerpo que se sitúa sobre él. Mientras se desplaza, Katya tiene una conciencia perspicua de la forma que va dibujando en el trayecto: una figura verde brillante sobre un verde tenue, una figura que sujeta un cuaderno contra el pecho. Sin embargo, cuando se camina sobre la hierba, los pasos son mudos y debe transcurrir cierto intervalo –en el que podría cambiar de idea, volverse, huir– para que él repare en su presencia. El señor Brand no reacciona, no exactamente; sólo gira en torno a su palo de golf para confrontarla de modo más directo: otro actor sobre las tablas del escenario verde. Se encuentra demasiado lejos como para que ella pueda otear su expresión.
En tanto Katya se acerca, él amenaza con volverse más alto; se torna más corpulento a cada paso. Ahora puede ver que la contempla con la boca cerrada, circunscrita. Difícilmente aquello sea una sonrisa.
–Señor Brand –dice, con la mueca de una trabajadora entusiasta.
–Grubbs –responde–. Grubbs hija.
No obstante, ha perdido ímpetu, igual que Zintle.
–¿Quería usted verme? Solicitó que viniera.
Las cosas ya se estropearon, puede percibirlo. Lo ve cansado y fuera de sus casillas. Basta con echarle un vistazo a lo que lleva puesto: un atuendo deportivo azul y flácido. Es obvio que había olvidado la cita. Y basta con echarse un vistazo a sí misma: está aferrada a una rana, sonríe como idiota, viste un uniforme verde ponzoña y soporta una carga de incentivos personales enrevesados. No es un paquete de regalo seductor.
Lo que necesitan en este momento es un whisky.
–Excelente –dice–. Ven, tomemos un trago. Mi esposa está fuera.
Una vez en la casa, el señor Brand olfatea el bar e, indiscutiblemente, recobra algo de su brío anterior. La residencia es fresca, espaciosa, de techos altos, y huele a madera pulida y a lavanda. Hay una estancia con puertas de cristal que conducen a los prados y a la piscina.
Cuando Katya era niña, las normas y la armonía de las casas de otras personas la desconcertaban y atemorizaban un poco. Recién ahora puede columbrar un sitio como este –su destello de alto nivel– y advertir la labor incesante de un batallón de sirvientes que revitalizan y protegen las superficies impolutas. Una tarea sempiterna. En el instante preciso en que mira las cosas, una delgada película de suciedad lo cubre todo: el vidrio de la mesa de centro, el arreglo floral desecado, la propia figura del señor Brand.
El individuo se mueve con bullicio en un bar esquinero y coloca dos vasos de límpido whisky en la mesa de centro. Hay un sofá de un lado y, del otro, dos sillones reclinables. Katya titubea y luego elige el sofá. Observa que el señor Brand cavila, hace un cálculo rápido y opta por el extremo opuesto del sofá. El almohadón se hunde con el peso de su corpulencia y ella se siente irresistiblemente atraída hacia él.
–Bueno. Tengo algo que mostrarle –saca la caja con un ademán teatral. En aras de su presentación el día de hoy, transfirió a la rana de su antigua lata a una cajetilla de cigarros de madera, mucho más distinguida. La pone en el centro de la mesa.
–¿En la caja? –extrae de su bolsillo unos pequeños lentes de ver de cerca y los desliza sobre sus ojos. Le dan un aspecto de hombre de edad avanzada y, a la vez, de tipo astuto. Y la balanza del encuentro se inclina nuevamente hacia el negocio que les atañe. Ella repara en que el señor Brand está aguardando que su empleada abra la caja. El sujeto no hará nada por sí mismo.
Katya se toma su tiempo y despliega el cuaderno sobre la mesa, alisando las páginas. Él encuentra sus garabatos ininteligibles, pero al menos constatan alguna clase de diligencia: un poco de tinta derramada a fin de rendirle cuentas. En su bolsa también lleva un reporte escrito a máquina, cuyo contenido es muy exiguo.
Ella necesita un rato para meditar las cosas. Debe ponderar varios factores; hay elementos que revelar y otros que ocultar. No debe perder de vista lo que vino a hacer aquí, lo que desea conseguir.
–Le complacerá saber –comienza– que hallé algo muy interesante en el área de Nínive. Obtuve una muestra –abre con brusquedad la caja, cual un joyero que alardea del destello de un anillo frente a un novio indeciso.
Vierte a la rana sobre la mesa. La toca con la punta de su lápiz. En este instante, se siente una con la criatura: están en sincronía; realizan un acto a dúo en una feria. Es como si sólo tuviera que desafiarla para que elabore una suma, dos más dos, y la rana pudiese marcar el ritmo de la respuesta con una de sus patas palmeadas.
El señor Brand contempla a la rana con frialdad. El animal emite un hipo asombrosamente estentóreo. Es la primera vez, en toda la jornada, que rompe su silencio.
–Es una rana –dice él.
–Bueno, sí.
–Una rana. Una sola rana. Me has traído una sola rana. ¿Y para esto te estoy pagando?
–No, bueno. Obviamente, su problema de infestación no se trata de esto, no como tal. Lo demás tomará más tiempo. Según entiendo, los insectos aparecen después de la lluvia –Katya prosigue, cometiendo un error garrafal–, pero lo que tenemos aquí es muy peculiar –arrea al bicho, utilizando el lápiz a modo de fusta, hacia su palma. Le da golpecitos reconfortantes con la punta.
Advierte que el hombre la mira fijo. Su cabeza gravita hacia un lado; sus dedos circunvalan el cristal de la mesa.
–Ustedes los Grubbs y sus ranas –dice con aire indulgente–. ¡Ranas! Tu padre también trató de embaucarme con eso, ¿sabes? Trató de venderme un balde de ranas. ¿Por qué demonios habría de preocuparme por una rana?
Katya no tarda en darse cuenta de que la situación está fuera de su control. Respira profundo y ejecuta su lance:
–Porque representa una complicación.
Él refunfuña.
–Grubbs, ¿a dónde quieres llegar?
–El asunto es que tiene usted un medio ambiente de lo más inusual. Todos esos animales en vías de extinción...
–¿Animales en vías de extinción? ¿Qué, rinocerontes? –ríe de manera agresiva, proyectando su mentón hacia fuera.
–Animales como este. Heleophryne rosei –extiende su mano hacia el señor Brand para ilustrar su discurso. La rana permanece en su palma, displicente, inmutable y extrañamente pesada–. Es la rana fantasma de la Montaña de la Mesa. Rarísima. Amenazada de modo crítico. Sólo se encuentra en unos pocos arroyos de la montaña. Y, da la casualidad, también en su urbanización.
El hombre repliega una mueca mordaz, a la espera de la estocada.
Ella le sonríe, pesarosa.
–Ocurre que estoy legalmente obligada... Tengo que informarle al Consejo de Parques Nacionales. Puede afectar el curso de las cosas. Puede generar demoras.
–¡Jesucristo! ¡Mierda! ¡Construí un maldito río a lo largo del lugar para las jodidas ranas! ¿Qué más quieren?
–El asunto es que podría requerir a alguien, en su complejo, capaz de lidiar con las circunstancias. De forma más duradera. Personal de mantenimiento, por así decirlo.
–Esa serías tú.
–Esa sería yo. Podría alojarme en las dependencias destinadas a los conserjes, en el departamento que ocupé. Creo que mis honorarios le parecerán razonables.
–¿Durante cuánto tiempo?
–El que sea necesario.
El tipo bufa, indignado.
Ella sigue sacando provecho:
–Sabe, sus arrendatarios podrían mudarse de inmediato. Siempre y cuando haya alguien in situ, controlando lo que suceda. Supervisando ese fragoso ecosistema.
Él la escruta y, por primera vez, ella percibe que la examina propiamente y calibra sus palabras. Algo cambia y se tensa en la atmósfera.
–Grubbs hija, ¿no estás intentando, acaso, encandilarme y salirte con la tuya?
–En lo absoluto, señor.
Tras un largo rato, el individuo deja de inspeccionarla como un fiscal, echa la cabeza hacia atrás y ríe –una risa de perro formidable–, palmeando sus muslos. Se le ve tan distendido, tan regocijado con ambos, que ella desearía recostarse y darle a esa pierna carnosa una fuerte palmada por cuenta propia.
Sin duda, él adivina dónde se hallan los ojos de Katya, porque ahora, sin preámbulo alguno ni falta de tacto –en tanto ella sigue preguntándose si habrán llegado a un acuerdo–, se inclina hacia delante en el sofá y desliza la mano entre los botones de su uniforme. La mano es tan grande que arranca un botón y ella puede sentir cómo se aferra a un costado entero de su costillar.
–Vamos, Grubbs –dice–. No emprendiste todo el camino hasta aquí para hablarme de una rana.
Una parte de sí misma está tan alelada que el movimiento la sorprende con las manos en el aire –el lápiz en una de ellas y la rana en la otra–: una caricatura del estupor. Se queda congelada mientras investiga qué es lo que siente al respecto.
Otra parte de sí misma no experimenta el menor asombro, por supuesto. Es la parte que hoy decidió prescindir de su ropa interior.
Ya sea por los jóvenes amantes que dejó en casa de Alma o su hogar cada vez más agrietado o el dolor de la mordedura de mangosta, pero de súbito esto es exactamente lo que necesita. Retrocede ante la sujeción de aquel hombre, ante su fuerte sacudida, que la remite a un anuncio publicitario de cigarros. Todo sucede con comodidad y sin apremio, como si se tratara de algo que hubieran acordado antes, quizá bajo la enredadera en la glorieta, el día que se conocieron. Y ella se siente relajada para arrojar el lápiz a un lado, librarse de su mano –sosteniéndola de la muñeca peluda–, agacharse a fin de poner a la viajera VIP otra vez en su caja, y a continuación desabrochar el resto de los botones del overol y tomar de nuevo aquella mano y colocarla en su piel. Lo besa. La boca es ancha y cálida, mucho más amplia que la suya, y sabe a whisky. Él la oprime contra el sofá –un gozoso abrazo de cuerpo entero– y, en algún instante, en medio del subsiguiente fárrago de caricias, el tipo rueda sobre ella y su codo alcanza la orilla de la mesa y derriba la caja. Los pasadores están sueltos, la rana sale en libertad. Un salto –que parece un salto con pértiga– directo al rostro del señor Brand.
Katya presume que el impulso natural de un golfista es efectuar un swing contra algo en momentos de histerismo. El señor Brand, que ha elevado un brazo debido al dolor, no lo duda un segundo. Da un giro inverso y le da un revés a la rana en pleno vuelo. Katya brama, rueda debajo de él y aterriza de rodillas sobre la alfombra.
Su prisionera VIP. Extendida: la pálida barriga expuesta y agonizante. Una pata se crispa. Se retuerce ya sin desenfado. Katya cubre al animal con una mano: un latido, dos latidos. Con la otra mano se abotona el uniforme verde.
El señor Brand se sienta en el sofá y le da un sorbo mesurado a su whisky.
–Vaya, me iré al infierno –dice.
Ella recoge el cadáver y lo acomoda cuidadosamente en su caja.
–El tema es –apunta– que está en peligro de extinción. Ya lo discutimos.
–Dios, lo lamento –ahora ríe en el interior de su vaso de whisky.
El semblante de Katya permanece inexorable.
–Mierda –añade el sujeto–. En vías de extinción, afirmaste.
–Sí.
–Bueno, pero al parecer no han infestado mi propiedad. Hay muchísimas más en aquel lugar del que esta cosa proviene, ¿no es cierto?
–Tal vez –vacila, y atranca los ahora ineficaces pasadores de la caja: uno y luego dos. La coyuntura es incierta; podría conducir a incontables posibilidades, podría desviarse en cualquier dirección–. ¿Entonces? ¿Debo llamar a Zintle? Para concertar los términos de un contrato. Para la labor de mantenimiento de la que hablamos.
Sin embargo, ensimismado, él mira, por la ventana.
–Ah, desde luego –dice vagamente, ondeando su trago–. En definitiva. Conversa con ella. Zintle se encarga de esa clase de cosas.
Katya le da un par de rodeos a la cuestión.
–¿Y qué debo hacer ahora?
–¿Qué?
–¿Regreso a Nínive? ¿Sigo adelante?
El hombre se ve hastiado: el juego se ha vuelto tedioso. Resquebraja el vaso de whisky contra la mesa.
–Aún no has terminado tu trabajo, ¿no es así? Una jodida rana...
Katya deja su irrisorio reporte sobre la mesa y se retira. Cuánto ha invertido en este plan, piensa.
No obstante, quizá haya obtenido lo que tanto anhelaba, después de todo.
A su retorno, detiene su camioneta en la senda que conduce a la salida de la residencia para sustituir el botón perdido con un imperdible. Mientras se arregla, la señora Brand maneja un Mercedes en sentido contrario. Un auto despampanante, un motor de seda. El camino es angosto: la franja entre ambos vehículos se reduce. El Mercedes disminuye su velocidad para ir a paso de hombre y frena.
–Carajo –susurra Katya. ¿Realmente la mujer desea charlar? Si ambas bajaran las ventanillas de sus coches, sin duda la señora Brand percibiría el calor que comienza a desvanecerse de sus mejillas y olfatearía la ráfaga a almizcle que despide el interior de su remendado overol.
La señora Brand le echa un vistazo con suspicacia. En aquel matrimonio, ella es, por supuesto, la espabilada, la insidiosa. Katya rememora su presencia dictatorial, el dominio que ejercía desde el fondo del jardín, la potencia de sus acendrados ojos azules.
La señora Brand asiente con la cabeza. Eso es todo. A continuación se dirige a la casa.
–Cretino –dice Toby, que parece a punto de llorar–. Rufián.
–Pues sí. Y la llevé hasta ese lugar con tanta cautela –de algún modo, tras su muerte, la rana se ha vuelto hembra también para Katya–. Pero bueno, ya no te enfades así.
Ella está al volante y Toby lleva la caja en su regazo. Pobre Toby, piensa. Este proceder tan humanitario es en verdad un chiste; nunca prosperará. No es lo que la gente quiere. El futuro es la erradicación. Y este pobre chico no está preparado para eso.
Katya observa cómo Toby sostiene trágicamente a la rana en su palma: esa palma extensa, tan disímil a las de los Grubbs, y desea despojarlo de aquella occisa pequeña y tumbada, limpiarle los dedos y plegarlos.
–Ya, tírala, deshazte de ella –le dice de pronto–. En serio. No corre ningún peligro de extinción. Es sólo una típica rana de marisma. Hay miles como esa en el marjal.
Toby le dirige una mirada turulata. Pobre niño. Es demasiado joven para comprender. No sabe que resulta imperioso establecer convenios.
–Y cierra la boca –ordena Katya.
El firmamento posee una sucesión de nubes afiligranadas, altas y blancas, como las venas en el mármol de las superficies de Nínive. El clima está cambiando.
Cuando baja de la camioneta ante el portón de Nínive, advierte el señorío y el ímpetu del canto de las ranas. Están locas a rabiar: el júbilo anfibio es masivo. Resulta adorable: el concierto eleva el estado de ánimo de Katya pese a la atmósfera mortecina del vehículo. Se siente medio rana y medio niña, lamiendo la humedad del aire, tan denso y exuberante. Su piel de rana está mojada y viva. Brinca hacia las verjas hercúleas con patas de rana, se aferra a los barrotes con dedos de rana. Su garganta palpita de excitación. ¡Otra vez en casa!
Pascal le pone la correa al gran perro. Soldado parece asustadizo; se estremece ante su propia cola y levanta las garras como si no le gustara el contacto con la tierra. Pascal cierra la puerta de la caseta y se arroja una mochila desteñida al hombro. Se ve menos asertivo sin sus lentes de sol: sus pequeños ojos han quedado expuestos de manera patética. Se ve, inequívocamente, como alguien preparado para rehuir alguna situación.
–¿Adónde va? ¿Qué ocurre?
El hombre frunce su larga nariz.
–La lluvia está a punto de caer. Mire al perro, sólo mírelo.
Con toda certeza, el comportamiento de Soldado es muy extraño. El animal blande el hocico de acá para allá, husmea el suelo y echa la cabeza hacia arriba, desgarrando su cadena. Sin embargo, Katya no divisa ningún signo de sabandijas.
–¿Cuándo regresará?
–Una vez que todo haya pasado –hace una pausa y la escruta, la calibra–. ¿Estará bien aquí?
–Oh, claro, claro. Salvo que... Bueno, ¿qué pasa si usted se ausenta? –inquiere– ¿Qué ocurrirá con la seguridad?
Él golpetea el walkie-takie que lleva en el hombro.
–La misma historia. Presione el botón rojo. Yo la oiré.
–¿Pero vendrá?
–Alguien vendrá. Y yo no me encontraré lejos –alza la barbilla en dirección al barrio de chabolas y, por primera vez, ella se percata de que probablemente viva en aquel asentamiento.
El hombre abre las verjas que emiten un chasquido, y se escabulle por una lateral. Soldado debe hacer una contorsión para apretujarse y caber en el hueco. De pronto, Pascal vacila:
–¿Está usted segura? Quizá no deba esperar. No son nada amables estos insectos.
Katya se siente tentada por un instante. Nínive se percibirá desnudo sin un guardia en el portón, en especial sin el impertérrito Pascal. Pero se resiste.
–Está bien. Gracias pero, después de todo, para eso estoy aquí.
Él sacude la cabeza ante su porfía.
–Sólo empuje y cierre el enrejado cuando haya concluido, ¿sí?
Deja el candado enorme y dorado colgando de un brazo de la verja. Posteriormente, hombre y perro enfilan hacia la avenida, que se ha vuelto lúgubre por el cambio de clima. Las hojas de las palmeras han perdido su centelleo y penden, onerosas, de sus tallos, como plumaje de pájaros colosales y empapados. Soldado toma la delantera, a todas luces contento por abandonar el lugar. Ninguno de los dos mira hacia atrás. Alfileres de lluvia comienzan a punzar la piel de Katya.
Toby la ayuda a trasladar las cajas de recolección y las provisiones a lo largo del puente de madera, hasta arribar a la Unidad Dos. Luego extiende una mano pálida, a través de la ventana del copiloto, y ella le devuelve el gesto de despedida. El chico maniobra la camioneta en sentido contrario y se interna en el ocaso lluvioso, llevando consigo el cadáver de la infausta rana. Katya experimenta cierto desasosiego cuando cierra el candado con un crujido. ¿Habrá dicho Pascal la verdad, que vendrá si hay problemas? Es mejor estar confinada dentro que fuera, ¿no es así?
Regresa a la Unidad Dos justo en el momento en que la lluvia cobra fuerza y carga su equipaje hasta la cocina. Se siente tensa, excitada; la humedad hace que se le erice la piel. Se despoja de los zapatos a puntapiés y deambula de habitación en habitación, asomándose por cada ventana. Ninguna bicicleta dibujando una circunferencia, ninguna fogata de centinela solitario.
Afuera, las voces de las ranas crecen y crecen, hasta que la lluvia se torna tempestad y las sofoca. Lluvia es lo que estuvieron aguardando, lo que estuvieron conjurando con su canción. Pronto se aparearán y pondrán huevos.
Quizá de eso se trató aquella inusitada escena con el señor Brand: ¡temporada de apareamiento de ranas! Riendo aún, Katya cae de espaldas sobre la cama. Desprende el broche de su overol y desliza la mano hacia dentro. A modo de experimento, aprisiona su costillar, sus senos. Sus manos son mucho más pequeñas y frías que las del señor Brand. Resulta imposible recrear ese impetuoso tocamiento. Resulta imposible recrear cualquier pormenor de lo sucedido: ahora que se halla lejos de él, el incidente se antoja ficticio. No logra imaginar, a partir de un sesudo ejercicio memorioso, el modo en que sus dos cuerpos –tan diferentes, cuyo contacto era tan improbable– colisionaron.
Una eterna contrariedad en su vida erótica: la incapacidad de fabular los encuentros, antes o después de ocurridos. Sus aventuras siempre fueron así: fáciles de emprender, muy desconcertantes durante su transcurso y bastante ridículas unos segundos más tarde. Sus amantes han sido inverosímiles. Y nunca puede predecir su llegada. O su partida (siempre parten).
Conoció a su primer novio a los diecisiete años. La relación no duró mucho. Aún vivía con su padre y trabajaba como su asistente. El chico era estudiante. Anhelaba quedarse con él, acurrucarse con él en el mugriento agujero de su colchón de hule espuma, tendido en el suelo de la comuna donde residía, y jamás dejarlo. Tuvieron un pleito acerca del tema, ella y papá. Len quería mudarse: había oído de un empleo en Pietermaritzburg, un empleo del que le había hablado el amigo de un amigo.
En el punto más álgido de la discusión, ella abofeteó a su padre. Le sorprendió descubrir, en ese preciso instante, cuánto deseaba hacerlo. Len le devolvió el golpe y le fracturó la nariz. Esa noche, Katya se la pasó sangrando sobre la almohada de su novio.
Fue la primera ocasión en que la violencia entre ambos se tornó cruel e intencional, en vez de ser una especie de daño colateral disparatado. Parecía lo correcto. Era la forma apropiada, la única forma suficientemente rotunda de separarse de su padre. Y, después de todo, a Alma le había funcionado.
A Alma también le llegó su momento decisivo de virulencia cuando contaba con diecisiete años. Len las había obligado a mudarse temporalmente a un departamento rentado donde los tres compartían una sola habitación. Las niñas estaban creciendo demasiado: no sólo ya no tenían edad para llevar esa clase de vida, sino que además sus cuerpos se agrandaban y desarrollaban jornada tras jornada. Había cada vez menos espacio entre ellos. Pronto estaban rozándose unos contra otros, igual que las ramas de un árbol contraído, ramas que friccionaban las únicas áreas tersas de la corteza del resto. Había cada vez más reyertas entre Alma y papá. Alma se replegaba de manera más y más honda en aquel silencio que lo enfurecía como nada en el mundo.
Ese día, Katya estaba sentada en el alféizar de la ventana, con un libro que se erigía como empalizada entre ella y la borrascosa vida familiar de los Grubbs, de modo que no advirtió el inicio del temporal. Quizá haya sido Alma quien atacó primero, actuando al fin con insolencia. Lo que sea que haya hecho, Len actuó con mayor celeridad. Cuando Katya levantó la mirada, su padre tenía los dedos de Alma sujetos en su mano, y los doblaba hacia atrás con tanta fuerza que se podía oír la fragmentación.
Alma no lloró; ni siquiera gritó. Se puso muy pálida y se sentó rápidamente en una silla, con la mano alzada frente a sí. Aún se asemejaba a su propia mano, pero se veía maltrecha, desviada. Todos callaban y todos lo sabían: por fin, tras tanto hostigamiento y tantas palizas, algo se había quebrado... de forma premeditada y definitiva.
Katya no recuerda el momento en que Alma se marchó, o si dijo adiós. Lo que sí recuerda es haber estado a solas con su padre en la habitación rentada, ese mismo día o el siguiente. Len yacía en la cama, jugando con una red para cazar mariposas. Katya se encontraba en el alféizar –los pies sobre la estrecha superficie– y notaba lo extenso que se percibía el cuarto ahora que Alma había desaparecido. Len se colocó la red en la cabeza y apretó su rostro contra la malla para hacerla reír. Ella observó aquel nuevo espacio entre ambos. Y la asaltó el pavor –similar al miedo que sufren los niños ante la oscuridad bajo la cama– de caminar sola por ese paraje de alfombra desvaída.
Años después, mientras sangraba en la almohada de su novio, Katya sintió que finalmente había concluido el periplo a través de la alfombra y huyó de la habitación. Pero, transcurrida una semana en compañía del estudiante, sus compañeros de casa acordaron que ella debía irse. Era una chica demasiado extraña, demasiado ruda, demasiado joven y olía mal. Katya recuerda haber salido de la casa a la luz de un sol blanco, con una pequeña mochila y sin saber adónde dirigirse, carente de lazos con toda cosa que pudiera llamarse humana. Su rostro aún estaba ulcerado y lleno de moretones. De cualquier modo, nunca había congeniado con aquella turba universitaria.
Se retrajo en el sofá de la tía Laura en Pinelands. Fue en esa época cuando se reencontró con Alma, que por azar vivía no muy lejos de allí, en Mowbray. Visitó un par de veces su minúsculo e impecable departamento de soltera –obvio, demasiado minúsculo e impecable para albergar a Katya– y sostuvo al bebé de pocos meses en su regazo. Alma, que por entonces tenía sólo veinte años, parecía exhausta y victoriosa, cual un soldado a su retorno de una ardua campaña bélica. Se hallaba más lejos que nunca, en el extremo opuesto de un infinito desierto de experiencia, y muy fatigada para soslayar la distancia y llamar a su hermana. Jamás refirió la génesis de Toby. Y Katya jamás habló de su nariz rota, ultraje que –creyó por un momento– podría establecer una nueva alianza entre ambas. Sin embargo, a fin de evadir la posibilidad de una conversación, se pasaban al bebé de los brazos de una a los de la otra.
Toby aún no poseía la corpulencia ni el carácter serpenteante y espabilado de cuando cumplió dos años, y Katya temía desbaratarle un brazo o el cuello con algún gesto tosco de afecto. Por tal motivo, se sentaba completamente inerte, hasta que el bebé comenzaba a pesarle sobre las piernas y la sensación de parálisis y claustrofobia casi la arrollaba. Alma, que contemplaba la escena con los ojos rojos por falta de sueño, siempre parecía esperar que su hermana llegara a ese límite para recuperar al niño –hábilmente, pese a sus dedos tortuosos– y liberarla.
Tras unas cuantas semanas, la estadía de Katya en casa de la tía Laura se volvió intolerable para ambas. En consecuencia –aún le da vergüenza rememorar el hecho–, Katya averiguó dónde estaba su padre y dio marcha atrás en su aventura.
Sus manos caen, estáticas; su pecho asciende y desciende de manera acompasada. En el exterior, el viento crea con la lluvia innumerables columnas estriadas. Piensa en sus vecinos, guarecidos en sus chozas: la lluvia martillea los techos de zinc. ¿Y qué será de Derek y sus camaradas? ¿Qué harán cuando llueva, ahora que su único refugio es un callejón?
Imagina a Derek mojándose, con sus vendas saturadas y cada vez más pesadas, que lo derriban y lo vuelven un hombre de yeso en el suelo, como papel higiénico apelmazado. Cuando regrese a casa le ofrecerá algo de efectivo o un viejo suéter o dos. Es una promesa.
Una cosa puede afirmar acerca de sí misma: nunca ha sido ingrata, nunca ha dejado de valorar un techo, nunca lo ha dado por sentado. Techo, cama, piso, paredes. Todavía le parece increíble poseer cada uno de esos elementos, y simultáneamente; todavía le parece increíble tener tanto derecho a ellos.
Esta soledad es un bien preciado. No hay nadie más en Nínive, y tal reflexión le genera una paz precaria. Consiguió inclinar la balanza a su favor, ¿no es cierto? Se persuade de que sí. Zintle redactará un contrato: eso aseveró el señor Brand. Katya puede quedarse.
Evoca a la rana muerta cayendo a plomo. Un pequeño sacrificio. Un precio exiguo, se dice a sí misma, a cambio de una brizna de soberanía. Ha recorrido un largo trayecto desde allí hasta aquí: desde el pavimento, fuera de aquella horrorosa pensión para estudiantes, hasta Nínive, donde puede tocar las paredes y los pisos con un placer casi epicúreo.
Se siente cautelosamente libre: un utensilio que ha escapado de sus usuarios. Es una pala de construcción o jardinería lanzada al aire, que resplandece durante un instante a partir de la luz reflejada en ella, e indecisa del sitio donde caerá. Sin duda, ya no percibe la gruesa mano del señor Brand sobre ella: el individuo podrá ser su empleador, pero no su amo.
Sin embargo, algo le provoca desazón. Algo, en este asunto, se antoja irreal o incierto. Quizá porque comprende que las herramientas no están hechas para ser libres. Por definición, deben usarse.
Y tiene un presentimiento de lo que ocurrirá a continuación.
Aguarda.
No transcurre demasiado tiempo antes de que su augurio cobre forma.
“¡Ratas-en-una-trampa-para-ratas, aplastadas-desinfladas!”
El golpe en la puerta es claro y estentóreo: no da lugar a malentendidos. Resuena a lo largo y ancho de la Unidad Dos y la arranca de su sopor. Se pone de pie inmediatamente.
Existe la posibilidad de que se trate de Toby. Tal vez haya regresado para entregarle algún instrumento olvidado en la camioneta. Pero sabe bien que no es así.
Todo está muy oscuro. Se desplaza a tientas por el departamento hasta arribar a la puerta. Se ha vuelto avezada en este ejercicio: apenas necesita sus ojos. Advierte, a través de la mirilla, que el sensor de movimiento ha activado la iluminación; no obstante, esta sólo permite ver una forma jorobada a contraluz. No es Toby. La silueta del chico es alta y esbelta: siempre que se aproxima a la puerta de su casa, oscila en el vidrio esmerilado como un alga marina arrastrada por la corriente. Por lo demás, la sombra es demasiado baja para ser Pascal y demasiado fornida para ser Reuben. No, esta figura le pertenece a otro. El personaje lóbrego levanta un puño y vapulea la puerta.
Sabe que si permanece totalmente inmóvil en el vestíbulo renegrido, quienquiera que se encuentre ahí no podrá verla o escucharla. Apenas respira. El visitante es tenaz. Acerca su semblante a la mirilla y la oscurece. Luego se retira. Aporrea la puerta, profiere palabrotas y, al parecer, se va.
Katya aguarda, petrificada, con las manos entrelazadas con firmeza, hasta que el sensor de movimiento aplaca su empeño de vigilancia y apaga la luz exterior.
Pero ella sabe que el sujeto volverá. Y no tardará mucho en hacerlo. Ahora no logra dormir.
Una hora después, oye de nueva cuenta:
“Ratas-en-una-trampa-para-ratas, aplastadas-desinfladas.”
Y esta vez abre la puerta.
XIII. RATAS EN UNA TRAMPA PARA RATAS
–Ya era hora, maldita sea. Mierda, me estaba congelando aquí afuera.
Irrumpe en el departamento afanosamente, empujándola a un costado y trayendo consigo el efluvio de la marisma. Está demasiado oscuro para distinguir su rostro, pero tal cosa es innecesaria. Parece jorobado: lleva alguna clase de bolsa en el hombro. Ella cierra la puerta, de manera flemática, tras de sí.
–Hola, papá –dice–. Pensé que serías tú.
–Hola, mi niña –responde–. La tormenta es canalla, ¿no?
Se mueve con una celeridad y una precisión sorprendentes, a través del umbrío pasaje que conduce al dormitorio. Ella escucha que la cama rechina, como si un enorme peso la comprimiera. Su padre siempre ejerció mayor fuerza gravitacional de lo que sugeriría su auténtica masa. Lo sigue sin pronunciar palabra. Len se sienta en el borde de su cama –la espalda encorvada y las manos entre las rodillas–: una silueta negra que contrasta con el edredón blanco. En virtud de la luz tenue que entra por la ventana, puede ver su cabello engominado, alisado hacia atrás, y su frente centelleante de gotas de lluvia.
–Papá, ¿qué estás haciendo aquí? –¿Y cómo conseguiste introducirte?, se pregunta, recordando el portón clausurado con candado.
–Estoy hecho polvo, mi niña –dice, y su voz suena frágil, avejentada–. Charlaremos mañana, ¿eh? Necesito echar una pestaña.
–Muy bien. Mañana.
Él se apodera de la cama. Ella se tumba en el sofá de la sala. No le resulta incómodo. Sin embargo, no duerme. No se desviste. Aunque se hallen en distintas habitaciones, siente su presencia toda la noche: duerme profunda y estrepitosamente; carraspea, se tira pedos, gime en sueños. No es difícil olerlo. Afuera, la lluvia se desmorona.
Oh, pero había olvidado cómo era por las mañanas.
Katya despierta y lo encuentra ejecutando un show para ella: da zancadas, con los pies desnudos, de un lado al otro de la alfombra de la sala, como si estuviera sobre una pasarela. Frunce los labios en un silbido inaudible. En cualquier momento subirá el volumen. Por supuesto, sabe que ella se ha espabilado y lo observa. Se ha puesto el overol –el overol de su hija– y lo agita y lo ajusta mientras hace cabriolas. No obstante, la prenda vuelve a encogerse y a adoptar su forma original. Sus tobillos quedan al descubierto y él se dobla –una curva magistral, un cuerpo gallardo: siempre poseyó una complexión estilizada– y desenrolla los extremos de las piernas para que el uniforme se adecúe a su altura, poco más prominente que la de Katya. Contonea los hombros, tensa y distiende los pectorales: la tela que ejerce presión sobre los senos de su hija se ve laxa en su pecho. Desenrolla también las mangas a fin de que cubran sus muñecas huesudas. Estira el cuello y aplana las solapas.
Aún somnolienta, Katya se mira a sí misma: envejecida, carente de avidez sexual, haciendo travesuras. Se trata de un espejo antiguo, familiar y cruel. Papá.
Len eleva sus pies, uno tras otro, y hace crujir las articulaciones, enroscando los dedos peludos. Hace estallar sus nudillos, como un cañonazo: su viejo coro matutino.
–Me queda como un guante –coge los tobillos de Katya a través de la manta–. ¡Levántate, Katyoruga perezosa! ¿Una taza de té para tu viejo? Vamos, ponte algo de ropa. ¡No seas descortés!
Ella tiene la garganta hinchada. Una rana que no croa.
Cuando así lo quiere, Len puede mantenerse tan inerte como una roca. Katya lo ha visto acercarse, con sigilo y por detrás, a un rabioso zorro de orejas de murciélago, y aguardar, sin el menor pestañeo, a que una avispa se desprenda de su párpado. Sin embargo, en este momento es el hombre más ruidoso del mundo. Se escucha el fragor de un estampido en tanto se dirige atropelladamente a la cocina y revuelve cosas dentro del refrigerador.
Ella se hunde, se hunde, pesada como una piedra. Yace en el sofá, meditabunda. La sensación que experimentó antes, de ser una herramienta libre en pleno vuelo, cruzando el viento y la luz, se ha desvanecido. Siente que ha pasado de una empuñadura de hierro a otra: un hombre la ha lanzado al aire y el otro la ha atrapado. Una sujeción segura. Una captura consabida. Y siente lo que siente una herramienta. Siente la gravedad. Siente la inevitabilidad. Porque tal es la identidad de una herramienta: un objeto concebido para el propósito del trabajador, para ser una extensión de la mano del trabajador. Para ser depositaria de la suciedad de la palma de quien la esgrime. Para ser hincada en la tierra.
Es una niña de cinco años. Es diminuta, pero con el tamaño suficiente para dejarse caer sobre la duela y alcanzar el lodo.
–¡Ven aquí! –vocifera él desde la cocina– ¿No me has extrañado?
Incluso en su voz alegre y sarcástica escucha la suya propia. Katya camina, aletargada, sonámbula, para unírsele. Su padre ha encendido todas las luces de la cocina y está sentado en un taburete –como si se hallaran nuevamente en el bar–, con las piernas plegadas de manera desenfadada y el overol verde comprimiendo sus rodillas. La mira con ojos brillantes. El mismo verde cristalino que Toby: resulta curioso que no lo haya notado antes. Y, pese a sí misma, no puede sino reír (igual que siempre): ha sacado la carne de ternera enlatada y la escarba. Con fruición. Katya no pierde de vista que esta es la presa que en realidad deseaba seducir a partir de sus absurdos cubos de carne. También pudo haber colocado, a modo de anzuelo, tabaco o whisky. Len bebe la Sparletta roja. Mientras lo contempla, vacía una botella.
–Estupendo –jadea y aleja la boca del pico con el sonido de una succión–. ¿No vas a prepararle una taza de té a tu viejo?
–No tengo bolsas de té. Y, de cualquier forma, veo que te las has arreglado muy bien. ¿Cuánto tiempo hace que despertaste?
–Ah, horas. El pájaro que asoma temprano consigue el primer gusano, ¿eh? –asiente, mirando hacia la ventana opaca. La lluvia persiste, aunque es menos espesa–. Tiempo de ponerse a trabajar.
–Es mi empleo, papá –dice–. Mío –su voz suena algo estrepitosa y se inclina hacia delante, con las manos asidas al borde de la mesa. De tal modo comienza a desentumecerse, a dejar atrás el aturdimiento del sueño. Está lista para la batalla, incluso ansiosa por librarla. Hace mucho que no se sentía así.
Él bufa, apaciblemente divertido, y arremete, dándole una palmada en el hombro izquierdo. Hace aparecer una cosa de tono chillón, verde azulado, que se adhiere al envés de sus dedos. La aproxima a su rostro. Se trata de su amigo del marjal, del escarabajo atribulado e iridiscente, con las antenas articuladas.
Len le permite correr por sus nudillos constreñidos y luego lo cobija suavemente con el puño. El insecto trepa bajo su pulgar.
–Pequeño tesoro –dice–. Promeces palustris. Parece inofensivo, ¿no?
–¿Ese es el bicho?
–Ey...
Vuelve a encarcelarlo dentro de su puño y, con la ayuda de su otra mano, lo sacude como un dado en un vaso.
–Devuélvelo.
–¿Qué? Ah, lo quieres. Muy bien –se acerca a ella y, con un chasquido, el escarabajo se esfuma detrás de su oreja. La magia se revierte.
–Mierda, papá –lo pesca, evadiéndose de su cuello.
Él se ríe entre dientes. Ella abre la ventana, azotándola, y arroja al animal.
–¡Ups! ¡Acabamos de perder uno!
–Por Dios, papá...
Pero Len se ha esfumado y circula por la casa, restallando sus nudillos de manera combativa. Ese sonido: la síncopa de su infancia.
Katya lo sigue, impotente, en su travesía por las habitaciones.
–Qué bueno que lograste instalarte aquí, Katyoruga. Te diré que ya comenzaba a perder las riendas. El lugar donde vivo no está tan mal en verano, ¡pero cuando diluvia...! Y esos jodidos guardias... Jodidos nigerianos o lo que quiera que sean...
–¿Pascal? Es congolés. Y Reuben es de la región.
–Me importa un comino. ¡Carajo! ¡Intenta pedirles que hagan algo! ¿Y Brand? Un hijo de la gran puta. Jamás le paga a nadie. Que se vaya a la verga.
Len habla y habla y habla. Cuando era niña, Katya trataba de llevar su ritmo: correr con la misma celeridad, hablar de un modo igual de escandaloso. No obstante, hoy posee mayor experiencia para abordar a toda criatura temperamental. Es imperioso recordar que debe moverse con prudencia a su alrededor y no hacer nada que lo sobresalte.
–La verdad, me di cuenta de que ese miserable no me iba a pagar. Pero me gustó este sitio y olfateé una oportunidad. Seguí con mis actividades. Tenía acceso. Podía ir y venir sin problemas. Pero luego eliminaron mis malditas huellas digitales del sistema. Y entonces tuve que usar la puerta trasera. La entrada del comerciante, por así decirlo.
Katya no puede dejar de escucharlo; no puede evitar contraer la infección de su caótico brío. Su padre atesta el departamento con su voz, con su olor. Despide una bocanada de humo sinuoso tras otra, y arroja las cenizas en la alfombra. Comienza a hojear su cuaderno, mofándose de esto y aquello. Ella se descubre riendo: se desternilla de manera forzada. Resulta humillante: se asemeja a una niña desfallecida que no logra contener la risa convulsa.
Debe desacelerarlo, y también aplacarse a sí misma. Porque es ahora cuando suceden los percances, cuando las cosas se cimbran y escapan de control: el diente derruido por una oscilación salvaje de la mano, la clavícula fracturada. Innumerables veces, en su infancia, un acceso de dicho estado de ánimo, enormemente histérico, las condujo a ella y a Alma a una sala de emergencias.
–Entonces recibiste mi pequeño obsequio, ¿eh? –Len hace rebotar su puño en la mesa, bastan dos brincos, y chasquea la lengua. Siempre urdió oportunas imitaciones de animales.
–¿Fuiste tú? ¿La rana en la ducha?
–¡Strongylopus grayii! Rana del arroyo que repiquetea, la llaman. Nada especial. Solían gustarte esas díscolas escurridizas. ¿Recuerdas que te las traía a casa como regalo?
Len se ha ganado a su hija. Katya recuerda, en efecto; y sí, amaba a esas ranas. Su padre la atrapa sonriendo.
–¿De modo que quieres verlo? ¿Quieres ver el sitio donde tu viejo ha pasado sus días? –se muestra impaciente, igual que un niño– ¿Quieres?
Y, a decir verdad, ella desea conocer el lugar.
Afuera, Nínive se llena de cieno líquido, como sopa que se vierte en un tazón. El drenaje es nefasto: otro elemento que podría haberle mencionado a Martin Brand sin cobrarle un centavo. Su padre la lleva escaleras abajo, desde la terraza hasta el nivel del suelo, y a continuación chapotean a través del lodo y se dirigen a un costado. Katya no lo había notado antes: en el sector trasero hay una angosta franja de terreno, cuya amplitud permite que una persona se deslice entre el edificio y el muro del perímetro.
La parte posterior del edificio es de ladrillo, está decorada con una maraña de tuberías y posee un par de perforaciones: dos ventanillas de baño, una encima de la otra. Hacen una pausa cuando arriban a las ventanillas. La más baja se ubica a la altura de los ojos, pero nada es visible a través del vidrio matizado. La lluvia los cala de modo tal que deberían preocuparse; sin embargo, a Katya jamás le ha importado empaparse. De niña pasó infinitas horas con su padre en entornos similares: en el barro, bajo la lluvia, tiritando de frío, sosteniendo herramientas para él o vigilando que nadie se acercara. Ahora se desplazan bajo la lluvia como si aquello, en realidad, no estuviese ocurriendo.
–Tuve que ingeniármelas para burlar el condenado artilugio de las huellas digitales –explica Len mientras eleva las manos y palpa el marco de la ventanilla–. Bip, bip, esos malditos botones me volvieron loco... –hurga la moldura con los dedos, flexiona las muñecas y consigue que las bisagras de la ventanilla cedan de repente.
Katya repara en algo. La ventanilla de su propio baño, entornada, se encuentra directamente arriba de esta. Una cañería asciende y sobresale por encima de ambas aberturas.
–Papá... No me digas que trepaste hasta allí.
–Unidad Dos. Muy cabrona. Es arduo meterse. Ya no soy tan joven como lo fui alguna vez.
–¿Trepaste hasta allí? ¿Para usar el baño? ¡Eres un lunático!
–Bueno, no es tan difícil. Aunque, por supuesto, uno debe ser más bien chico. Veo que has subido un poco de peso, por cierto. Exactamente como tu madre. Muy bien, haz el intento.
Len apoya un pie sobre el codo de la tubería y se encarama con su rodilla huesuda. A Katya le toma unos segundos comprender que su padre espera que escale asida a su cuerpo. Titubea. Tal cosa supone un contacto físico de carácter íntimo que no ha tenido con él desde la adolescencia. Sin embargo, coloca una mano en su hombro y un pie en su rodilla, y se eleva.
Resulta extraño. El cuerpo de su padre, debajo del suyo, es muy enjuto. Aún posee vigor, pero sus músculos han perdido la elasticidad fibrosa de otros tiempos. Su hombro se percibe estrecho y su rodilla flaquea cuando sostiene el peso de Katya. El hombre está envejeciendo. Es la primera ocasión en que lo concibe como a alguien próximo a la vulnerabilidad. Trepa sobre él y se aferra al marco de la ventanilla.
Ambos se liberan de la embarazosa fricción cuando ella impulsa su torso por encima del borde. Atisba un espacio fresco e inextricable. Hace las cosas torpemente, de un modo inadecuado, y siente que podría precipitarse de cara al piso. Pero sus manos hallan la cisterna, y de alguna manera logra reptar sobre su barriga, introducir las piernas y desdoblarse, con impericia, en el baño umbrío.
Sus pies descienden a una superficie limosa. Sus zapatos se sumergen en unos pocos centímetros de agua, suficientes para cubrir sus dedos. Al parecer, la Unidad Uno se ha inundado por completo. Camina unos pasos y aguarda a su padre, que se interna tras ella con una capacidad acrobática incólume.
Están en un sitio lúgubre y empantanado. Lo primero que Katya advierte es el olor. No es un efluvio fétido, sino el olor de las cosas vivas, de sus desechos y exudaciones. Saliva y almizcle, moho y putrefacción. Íntimamente vinculado al olor hay un sentido de anarquía indefinible. El caos pende del aire cual un alarido. Es como si hubieran enclaustrado aquí a algún animal salvaje. Más que en ningún otro lugar dentro de la circunferencia de Nínive, es en este departamento frío y húmedo donde siente la presencia de las bestias.
La luz esclarece la habitación. El baño es idéntico al que se alza en la planta superior, pero despojado de todos sus accesorios. Una cuadrícula de lechada en las paredes exhibe el área donde hubo azulejos. Con una mano que explora el muro mojado, Katya se abre camino hasta llegar al pasadizo. La alfombra ha desaparecido. La duela se percibe mullida y sus pisadas son del todo silenciosas.
Las dimensiones le resultan familiares: el plano es el mismo que ostenta la Unidad Dos. Pero el espacio se ha transformado. Lo que observa es un duplicado inescrutable de la Unidad Dos, una reproducción que existe en cierto mundo alternativo y degradado. O el mismo departamento fulgurante en veinte años, quizá cincuenta: un paraje en ruinas desde hace décadas.
Ha quedado muy poco de la decoración original. Las puertas han sido arrancadas de sus goznes. Los muebles se han esfumado, excepto por una simple mesa de madera y dos sillas de respaldo recto en la sala (parece la escena de un cuarto de interrogatorios). Han saqueado los elementos fijos o empotrados. En la cocina, tuberías rotas y cables eléctricos dispersos sobresalen de los puntos donde solía haber interruptores. Rayas similares a venas surcan las paredes y sus márgenes inferiores están verdes de moho: la línea de la marea. Hay fango en el suelo, sedimentado en lazos finos y apilado en las esquinas, como si un río secreto hubiera pasado susurrando por el departamento y luego se hubiera extinguido. En el medio se contemplan zonas de musgo exuberante, que crece a lo largo de la duela. Katya puede ver incluso pequeñas setas –sombrillas de carne tierna– alineadas en el zócalo. Es estrafalariamente hermoso: un prado, una cañada, un valle arbolado. Un terreno entre tiempos, donde las cosas se superponen, donde la marisma ingresa y el mundo, puertas adentro, huye hacia la tierra virgen.
Pese a que han eliminado el mobiliario, el departamento no está vacío. Un milpiés propulsa el oleaje de su tránsito en miniatura hacia el muro. Una libélula azul pasa zumbando, con las alas estremecidas, junto a Katya. En los rincones se amontonan siluetas imprecisas: ladrillos, pértigas de metal inclinadas contra las paredes. Puertas y repisas y secciones de alfombra que van de muro a muro; una enorme espiral de manguera; una pila de espinosas vallas antirrobo. Grifos de agua fría, grifos de agua caliente, fragmentos de tubería.
El sitio es una bodega –Katya lo ha dilucidado– que almacena los ornamentos y accesorios extirpados de Nínive. Una extraña y sombría casa de subastas, habitada por seres subterráneos, o una especie de museo, un catálogo de objetos provenientes del mundo que alumbra la luz del día. Ahora recuerda los inusuales artículos faltantes en los departamentos de lujo: los segmentos de piso desnudo, los toalleros ausentes. Si hubiese inspeccionado mejor el resto de Nínive, si hubiese ascendido a las plantas superiores de los demás edificios, probablemente habría divisado un perjuicio aún más severo.
Se dirige al dormitorio. Conoce la distribución del departamento; podría recorrerlo con los ojos vendados. Hay un saco de dormir empapado, semejante a una babosa de mar azul apelmazada contra la pared. Una hilera de botellas vacías. Un cenicero en el alféizar y un millón de colillas liadas por todo el piso. ¿Cuánto tiempo ha vivido Len aquí abajo? Ciertamente, tal cosa sólo resultaría posible cuando el clima es seco.
Katya ata cabos. Este es el estrato medio del mundo, el que yace por debajo de la luz pulcra y el fasto de la Unidad Dos. En lo profundo existe un universo aún más oscuro: el espacio de las criaturas que reptan, en la base del edificio. Busca, y encuentra tras la repisa de la cocina, el hoyo cochambroso en el suelo. Falta el tablón que cubría la abertura y el nivel del agua es alto. La superficie negra, medio metro por debajo de la duela, le hace un guiño. Las lluvias deben haber empujado el agua hacia arriba en todo el pantano. Resultaría difícil, quizá imposible, deslizarse ahora a lo largo de los cimientos del edificio. Mientras contempla el orificio, un astrágalo de madera pasa flotando.
Y a continuación, un único escarabajo se cuela a través del hueco; trepa sobre el borde de la duela destrozada. Promeces palustris. Este es su portal.
Katya se ruboriza. Experimenta una suerte de admiración por el feudo de su padre, por sus actividades de importación/exportación: escarabajos hacia dentro, materiales de construcción hacia fuera. Se trata del tipo de transgresión de límites que alguien como el señor Brand nunca imaginaría o prevería o vigilaría.
–Tú, viejo y taimado cabrón, tú –dice.
Escucha un estruendo en el dormitorio, regresa y halla a Len luchando con el armazón de hierro de la cama. Lo sostiene a medias con sus patas traseras y posteriormente, Dios sabe cómo, se queda atascado en él. Un brazo penetró los resortes, de manera que no consigue volver a colocar la pieza en posición horizontal. Se tambalea. La escena tiene algo obsceno, como si la fracción de cama intentara montarlo.
–¿Necesitas ayuda, papá?
Len jadea, pero no pedirá auxilio. Katya se compadece de él y sujeta el armazón en tanto su padre se desenreda.
–¿Qué estás tratando de hacer?
Él le dirige una rauda mirada de disgusto.
–Me darán algo de dinero por esta cosa. No mucho, pero aun así... Hay que llevarla afuera, hacia el frente. Y no puedo ponerla en el piso.
Ella coge el metal frío sin pensar en nada. La herramienta de la voluntad. Toda turbación entre ambos se erradica en virtud de la faena: los dos le sacan partido con gratitud.
En los viejos tiempos, Len hacía que ella cargara objetos con frecuencia. Siempre le pedía que tomara la delantera y que, por lo general, transportara lo más pesado. La hija caminaba con celeridad, con demasiada celeridad, y él la azuzaba por detrás, mientras el refrigerador o el armazón de la cama le lastimaba los tobillos. Lo peor consistía en bajar escaleras, intentando maniobrar el peso de la cosa. Ahora, de nueva cuenta, ella debe ir en la proa. Conducen la cama por el pasillo y hacia el vestíbulo, deteniéndose sólo para que Katya, con una oscilación, abra la puerta principal. Juntos se mueven sorprendentemente bien. Nada cae sobre los pies, o troza los tobillos, o hiere las yemas de los dedos.
Salen al aire frío y tempestuoso, y ella guía a su padre hacia la verja para peatones. Con toda certeza, Len es más endeble de lo que solía ser. La hija camina demasiado rápido para su ritmo y él lleva la carga a rastras, tratando de reducir la velocidad. Ella continúa, ejerce presión. Es fuerte.
Cuando Katya frena ante la verja, su padre tropieza con ella. Su respiración se ha deteriorado, pero ninguno de los dos mencionará el asunto. Ella abre la puerta con el pulgar y ambos maniobran el armazón y lo dejan fuera. Él se ha vuelto taciturno, algo arisco.
–Por aquí –dice Len, apartándola a un costado. Ella le permite asumir protagonismo. Son gente de pies ligeros, pero la carga los torna pesados. Sus pies se sumen en lo hondo del barro.
Arriban a un claro cubierto de hierba que Katya jamás ha visto antes: un área de césped, despejada y embellecida con boñigas de vaca y huellas de cascos de caballo.
–Aquí –ordena su padre–. Abajo. Ponlo abajo, mierda.
Depositan el armazón sobre la tierra y ella se sienta en los resortes desnudos. Siente el metal helado en la parte posterior de los muslos. Su padre se toma las manos detrás de la espalda y estira los brazos. Sus articulaciones emiten un ruido seco y breve.
–Está diluviando. El cielo hace pipí –observa, aunque en realidad ahora hay apenas una llovizna–. De hecho, necesito mear.
Katya lo contempla, de modo desapasionado, a la luz neblinosa. Entretanto, él se arrastra hacia un arbusto. Parece exhausto, achacoso. Siempre poseyó cierto estilo que podría haberse considerado incluso gallardo, pese a sus ropas inmundas. En el presente, sin embargo, las prendas se pliegan, holgadas, en torno a sus piernas. Es como si hubiese usado el uniforme de su hija durante semanas, y lo hubiera desgastado a fin de adecuarlo a las exigencias de su cuerpo: sus rodillas y codos angulosos, sus axilas e ingles nauseabundas, sus nalgas y pecho miserablemente decrépitos. Después de esto, no concibe la idea de volver a ponerse esa prenda jamás.
Len regresa con lentitud, subiéndose la bragueta. La piel de su rostro se ha tensado; en sus mejillas se entretejen minúsculas venas rotas. Bajo el overol verde usa una camiseta de rejilla, antigua y amarillenta. Y esos zapatos roídos: el material de uno de ellos, abierto en el dedo gordo, aletea. El dorso de las manos está lleno de manchas, propias de la edad. Katya se sienta con las manos entre las rodillas, mirando cómo la lluvia enhebra gotas en la estructura de la cama. Uno debe ser paciente con los viejos. Paciente y tal vez incluso amable.
–¿Tienes un cigarro? –pregunta Len.
–No fumo.
Finalmente, su padre se instala junto a ella –los resortes chillan– y hurga en su bolsillo para sacar un paquete de cigarros estrujado.
–Papá... ¿Qué está pasando? ¿Qué estamos haciendo aquí?
–Este es el lugar al que acuden para que les haga la entrega. Para recoger las sobras.
–Oh.
Brillante, piensa Katya. Ladrones de chatarra. Observa a Len mientras se da palmadas en busca de un encendedor.
–Entonces, ¿tienes alguna clase de pacto con estas personas? ¿Una cita? ¿En realidad les interesa este fósil?
Él se encoge de hombros.
–No les gusta mucho el hierro pesado. Prefieren el aluminio. Tuberías de cobre.
–Así que de esto se trata. ¿Es esto lo que has tramado en los últimos tiempos? ¿Hurtar chatarra?
Su padre la mira agriamente.
–¿Qué otra cosa podría hacer?
Se ve tan afligido y húmedo... Está encorvado sobre los resortes descarnados. Ella columbra la soledad de su existencia. Los meses gélidos y viscosos de ocultamiento y expectativas. Los patéticos intercambios de residuos llenos de óxido: su único contacto humano.
–Está bien –transige Katya–. Está bien. Dios. Puedes ayudarme. Ayúdame a hacer el maldito trabajo.
Si ella esperaba gratitud o delicadeza... no recibe un ápice de eso. Len resuella y se restriega el dorso de la mano contra la nariz calada.
–Joder, tenía razón –dice–. Necesitas ayuda. Te lo digo gratis. ¡Diez patas!
–¿Qué?
Él le da pequeños golpes en el pecho, justo donde se sitúa la insignia de su negocio.
–¿Cuántas patas tenía aquella cosa? Ni siquiera eres capaz de distinguir tus insectos de tus arañas, mi niña. ¡Ni de tus ácaros! Necesitas mi ayuda, claro que sí.
Y con tal sentencia abandona la cama y comienza a desandar la senda recorrida. Su espalda se torna recta y parece haber recobrado el espíritu. Cada cierto lapso sacude la cabeza y se ríe entre dientes. ¡Diez patas!
Poco antes de arribar nuevamente al muro, se frena en seco. Algo en la maleza lo distrae. Ella se vuelve y advierte un movimiento. Es la muchacha de los azulejos, vestida con jeans ajustados y un suéter amarillo. Lleva una bolsa del supermercado ShopRite sobre la cabeza. Se aproxima y sonríe. Katya le devuelve la sonrisa. No obstante, es a Len a quien la chica se dirige.
Él tose para aclarar la garganta.
–¿Nos vemos más tarde, Katyoruga? Necesito hablarle a solas.
Y en un instante se pone en marcha afanosamente. Una sonrisa le agrieta la cara. Katya los observa a la distancia, observa la forma en que conversan. Sin duda, Len se está esforzando. La muchacha posee un talante amigable y distendido. Posa las manos sobre las caderas y toca el hombro de su padre a modo de broma. No le teme en absoluto.
Katya experimenta una punción de celos –carece de todo recurso para mitigarlos– y se aleja. Cuando se vuelve, nota que ambos han emprendido el camino contrario. La chica toma la delantera. Len la sigue. Transporta por ella la bolsa de ShopRite.
En el umbral de la verja destinada a los peatones, Katya se detiene a fin de decidir lo que hará a continuación. Tras mucho deliberar regresa, encuentra un fragmento de ladrillo bajo el entablado y lo coloca en la entrada, de manera que su padre, una vez que haya finalizado su venta, pueda unírsele en el interior de Nínive.
En el departamento limpia el lodo del suelo. Saca del armario un par de overoles –dos de los uniformes que trajo de casa, planchados y doblados– para él. Escruta el patético saco de posesiones de Len: una cuchilla de afeitar, un peine, papeles de fumar, algunos calzoncillos pringosos. Son horrorosamente similares a los que solía remojar en el baño cuando era niña. ¿No serán los mismos? En tanto extrae los artículos desmoralizadores de la bolsa, siente que zozobra a partir de un lastre, cada vez mayor, de congoja y renuencia. Las posesiones de su padre reclaman un poco más de espacio en su territorio.
Len retorna incontables horas después. Su estado de ánimo sigue siendo inmejorable y está muy locuaz. Quizá haya logrado, al fin y al cabo, liquidar esa cama oxidada por un poco de dinero
Durante la cena comen los segmentos rosas de la carne procesada. Katya ni siquiera considera la posibilidad de ofrecerle una comida distinta, es decir, algún platillo preparado con los alimentos que compró, llena de esperanza, para sí misma. Sabe bien lo que le gusta a su padre. Ingieren la carne junto con los últimos tragos de sirope rojo rutilante. Ella le sirve y se sirve una ración. Siente cómo la grasa se desliza por su garganta, encerando el interior de su boca. Len fuma tabaco acre, que ha obtenido en algún lado. La lluvia reanuda su desmoronamiento.
–Entonces has estado merodeando por ese sitio –dice–. En la Unidad Uno, todo este tiempo.
–Sí, ha sido una época divertida y entrañable. Aquel agujero en el piso... Las cosas se volvieron algo anárquicas –su voz es jubilosa nuevamente. Ufano, cuenta su historia–. No fue mala mi pequeña operación. Nunca nadie vino a supervisar lo que estaba ocurriendo. ¡Incluso embarqué dos de esos enormes y condenados leones de yeso! –ríe en silencio– ¡Leones! ¡Por el desagüe! Conseguí buen dinero por ellos, de una señora, fuera del jardín central. Cuatrocientos varos el par. Efectivo.
–Ingenioso.
–Bueno, gracias. Yo también lo creí en un principio. Pero ahora, bueno, examina las cosas tú misma: esos bichos tienen una maldita vía libre. Son unos tenaces hijos de puta. No aceptarán un “no” por respuesta. Eso y la lluvia, y la humedad elevándose, bueno. Por ese motivo empecé a venir a la Unidad Dos, ¿entiendes? Además, el baño se jodió ahí abajo.
–¿Y qué estabas aguardando? ¿Por qué no te marchaste, simplemente?
Len apaga su cigarro, huraño.
–¿E ir a dónde? ¿A casa? ¿Dónde queda eso? Fui a la tuya, ¿sabías? Pasé por ahí un par de veces. Te vi.
Por alguna deshonrosa razón, los pensamientos de Katya se concentran en Derek. Su padre pudo haberla visto hablando con el viejo, negándole el acceso, apartándose de él. Mira sus dedos, que cogen cerillas quemadas y papeles de fumar Rizla, y, sobre la mesa, construyen un artefacto semejante a los de Derek. Len bufa.
–Y tu hermana no quiso acogerme. Oh, no, de ninguna manera.
–¿Y la culpas por eso?
–¿Qué estás queriendo decir? Jamás le hice nada.
Katya se queda sin palabras.
–Por Dios, papá –exhibe su propia mano como evidencia–. ¿Y qué explicación tienes para esto?
Len la analiza con un temple que podría considerarse insidioso, cual si fuera mitad animal salvaje, quizá una araña o un cangrejo que requiere una manipulación estratégica.
–Los accidentes ocurren –asevera finalmente–. Los accidentes ocurren.
Pero, al parecer, siente que es necesario añadir algo.
–Sucedió de esta forma –dice y se inclina hacia delante y toma la mano de Katya. Su piel vetusta se percibe cálida y algo aceitosa. La palma y las yemas de los dedos son ásperas–. Fue justo así. Es lo que uno debe hacer para controlar a una criatura, a un ser insubordinado que ataca. Eso es todo lo que pretendí.
Y a continuación separa un dedo y otro –el dedo medio y el anular–, y con suavidad los empuja hacia atrás hasta que ella siente una contracción en los tendones. No resulta hiriente. Él sostiene su mano en esa posición, con los ojos fijos en ella, deseoso de que comprenda.
–Mi mano resbaló, eso fue todo. Yo era demasiado fuerte, ¿entiendes?
Lo que Katya está pensando es que su padre nunca antes sostuvo su mano. Su piel en contacto con la suya. Se trata del gesto más afectuoso que ha tenido con ella, de la comunicación más honesta.
También piensa: él recuerda. Él sabe, de manera precisa, lo que pasó. Mano derecha. Dedos medio y anular. Él lo recuerda tan bien como Alma. Katya aleja la mano y siente las irregularidades de la piel de Len, los viejos nudillos a lo largo de su palma, como un tramo de cuerda nudosa que se ha pulido de tanto uso.
Katya coloca un puño sobre su regazo y lo cubre con la otra mano.
–¿Y Sylvie?
Su padre levanta la mirada bruscamente. Ha logrado sorprenderlo.
–¿Sylvie? –Sylvie. Mamá. ¿Qué le hiciste?
Él resopla, como si alguien le hubiera dado un empellón en el pecho. Ríe, pese a que el asunto lejos está de ser jocoso.
–No le hice ninguna maldita cosa. No habría podido lastimar a esa mujer aunque lo intentara. Robusta como un tanque. No, querida, en caso de que no te hayas dado cuenta, ella nos dejó. Se largó, regresó a Inglaterra, de donde vino. Adiós y muchas gracias. Jamás volví a verla.
Una cosa: Len nunca le ha mentido.
–De modo que no sufrió un... accidente –en el instante en que termina de pronunciar la frase, una oración eterna, debe tomar una bocanada de aire: posee la respiración entrecortada.
Cuando habla, la voz de su padre es casi afable.
–No, corazón. Tu madre huía a menudo. No era nada novedoso.
Ella permanece yerta. Pondera la información con mucha cautela en su mente, una bola de cristal. Si hiciera algún movimiento, la bola rodaría y estallaría y probablemente la cortaría en mil pedazos.
–Oh.
–“Oh”, dice ella –Len se cruza de brazos e impele la silla hacia atrás con un rechinido. Su humor ha cambiado de nuevo: parece furibundo, pero también revitalizado y audaz–. Está bien decir “oh”. Yo fui el que cuidó de ustedes, de ti y de Alma, a partir de ese momento. Por ese motivo, Katyoruga... –da un golpe en la mesa–. ¡Por ese motivo nos mantenemos unidos! ¿No es cierto? Tú conmigo. Mañana empezamos esta labor. Tú lidias con el jefe, yo me ocupo de las operaciones de campo. Somos un equipo.
Ella mira, absorta, la superficie de la mesa.
–Fuera de la cama, radiantes y a primera hora, ¿eh? Pájaro tempranero. ¿Qué ocurre?
Katya lo observa y piensa: Es imposible. Esto no puede estar sucediendo.
Piensa: Desde los veinte años he vivido mi vida en el afán de alejarme de esto, de esto, precisamente de esto.
XIV. RESPUESTA ARMADA
En las primeras horas del día siguiente, como si se cerrara un grifo, la lluvia cesa. Katya despierta. Durante el breve hechizo de silencio que cae sobre Nínive, los gruñidos y sollozos que Len exhala mientras duerme también dan una tregua. Al parecer, su cuerpo siempre ha estado acoplado a la naturaleza, siempre ha sido sensible a sus alteraciones.
Durante un intervalo efímero entre los actos naturales, se establece una pausa, un paréntesis de quietud antes de que la orquesta prosiga la función. El director alza la batuta. Las criaturas de la noche aguardan el próximo movimiento. No obstante, cuando este se hace manifiesto, no hay resonancia alguna. Se trata, más bien, de un cambio de temperamento, como si el aire tuviera un magnetismo diferente, o como si se hubiera cristalizado. Quizá tal cosa suceda porque la luna aparece de entre las nubes y sólo vislumbra sombras que se desploman sobre la alfombra, aseadas por el diluvio hasta ser pulcras y nítidas. Quizá todo obedezca al sentido de acechanza que Katya experimenta: dentro y fuera de la habitación, un millón de seres diminutos están resueltamente a la escucha, al filo de una conspicua metamorfosis. Sea lo que fuere, siente el impulso de salir, de ir a la terraza.
Pese a que es muy temprano –¿cuatro, cinco de la madrugada?–, la gente que habita las chabolas ya está de pie, acaso preparándose para extensos periplos al trabajo en taxi. Es posible atisbar destellos en las puertas, las luces de las estufas de parafina. La luna aún se encuentra a ras del mar, prendiéndole fuego a los parajes de agua en la ciénaga. Katya puede observar, desde este punto, que la marisma ha crecido: los estanques más pequeños se fusionan para configurar un lago tortuoso que fluye alrededor de negros islotes de tierra.
En determinadas zonas, el agua parece sorber a lengüetazos las chabolas exteriores, e infiltrarse en los callejuelas lodosas que se articulan entre ellas. En invierno debe ser infernal: la aldea anegada y gélida.
La electricidad está fallando nuevamente. Las frías esferas de las lámparas titilan y resucitan. Se oye un repiqueteo suave y rítmico, cual nudillos que crujen por todo Nínive. Son los pestillos de las puertas, que crepitan para abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse, en tanto la electricidad balbucea. Clic, clac. Regresa la luz. Se apaga. Regresa.
El barro centellea en el interior de las paredes: podría tratarse de agua subterránea, que las lluvias han elevado y la luna ilumina. Sin embargo, no hay grandes charcos, sino un sombreado con líneas cruzadas de plata, semejante a la escarcha en el terreno, que resplandece a la luz de las farolas. Y el barro... restalla. Como hielo que se escinde en astillas.
Katya baja las escaleras de la terraza superior. El piso de yeso es resbaloso bajo sus pies desnudos. Nínive respira, vibra siguiendo un ritmo inédito y complejo, ignoto para ella: no es el compás de las pulsaciones del corazón, no proviene de un ser de sangre caliente.
El sendero entablado es frío; la madera rezuma humedad entre sus dedos desnudos. La luna recoge esquirlas de luz opaca, como fragmentos de pedernal incrustados en el cieno.
¿Qué son aquellas cosas que atrapan la luz?
Se mueven.
Se arremolinan en un enjambre.
Entre ella y los muros de Nínive, el lodo está vivo. Susurra y crepita. Siente un roce en los pies, la incierta pincelada de una antena. Innumerables criaturas corren deprisa sobre sus pies y se escabullen. Toda la superficie está viva; alberga a minúsculas bestias soliviantadas que hacen enjambres.
Katya camina entre ellas. Las farolas parpadean y se encienden, se apagan, se encienden, y al final permanecen inmutables.
No esperaba contemplar tanta belleza.
Se arrodilla y extiende las palmas sobre el entablado. Los animales atraviesan sus nudillos. Las corazas despiden fulgores púrpura, verdes y dorados. Miles de ellos. Katya coloca uno sobre el dorso de su mano y lo examina. El bicho agita, ferozmente y en dirección a Katya, sus antenas articuladas, enviando mensajes cromáticos: la vehemencia insectil, la dicha del enjambre. O una advertencia desesperada. O una lascivia rabiosa. O algo. Desenvaina sus delicadas alas, ocultas bajo los élitros rígidos, pero rápido se precipita hacia el borde de la mano y cae a la marea fervorosa de sus compañeros. De modo que no se trata de un volador avezado. Este éxodo es más una marcha que un revoloteo.
Katya procura hallarle sentido a tal migración. Las criaturas parecen encauzar el enjambre en una dirección, desde la marisma hasta el portón y la calle, para después enfilar, presumiblemente, hacia las casas construidas y no construidas que se encuentran debajo. Están a la búsqueda, ciegas. Es un largo trayecto.
Los escarabajos envuelven sus muñecas con mansedumbre; la cubren de escamas iridiscentes. Comienzan a deslizarse entre sus mangas. Ella siente un pequeño pinchazo –apenas un toque, un pellizco experimental– en la parte superior del brazo y aúlla y se sacude de la cabeza a los pies, crispándose y repartiendo manotazos. Los cuerpos de los escarabajos se despeñan con el golpeteo y otros más trepan a bordo de sus pies, dispuestos a abrirse camino hacia lo alto.
Retirada: diligente retorno, escaleras arriba, a la terraza. En los círculos de luz trepidante que proyectan las farolas, la tierra repta, pletórica de armaduras refulgentes. Visto a la distancia, el espectáculo es el avance, milímetro a milímetro, de algún organismo desmesurado y multifacético que intuye su itinerario y va descubriendo su pasaje.
Katya flaquea. Este trabajo no es para alguien con sólo dos brazos y dos piernas.
Las puntas de sus dedos tropiezan con un plástico. Embiste los interruptores de la luz, pero todos están muertos. Queda reducida a una silueta que trastabilla en la oscuridad e investiga cuáles son los picaportes y las rugosidades que la orientarán en el departamento. El dedo de su pie arremete, dolorosamente, contra la arista de un armario. En el vestíbulo da un giro a la izquierda. Palpa los marcos de una puerta y de otra. El dormitorio.
Columbra el cuerpo de su padre, apenas visible en la negrura. Len duerme como siempre lo ha hecho: denso, omiso, abismal, bocarriba y con los brazos a los costados de la cabeza, igual que un niño. Ella se pregunta por las camas que ha habitado desde la última vez que compartieron un techo.
Con sigilo, toma las pocas cosas que requerirá: botas, guantes. Lleva unas pocas cajas a la terraza –cuya finalidad es recolectar bestias– y, con una en cada mano, se encamina de nueva cuenta al enjambre. El cielo palidece en los márgenes.
Es como vadear una sustancia seca y fluida: tegumentos seminales o granos. Millones. Katya inicia su faena recogiendo escarabajos, uno por uno, y arrojándolos dentro de la caja. No obstante, pronto coloca la orilla de la urna en medio del hervidero y es como si acopiara agua. La caja se llena rápidamente de una docena, dos docenas de cuerpos elusivos. En el instante en que ingresan en el recipiente permanecen inmóviles, avizores ante el peligro. O quizá hayan encontrado, por fin, el sitio que buscaban. Se adhieren al suelo, a los lados, al envés de la tapa. De tal modo, Katya reúne dos, tres, cuatro cajas. Es insensato: jamás podrá contener la marejada.
La luz de la luna exhibe la caseta de los guardias, vacía. La puerta está abierta. En el interior, Katya observa las sillas acomodadas alrededor de la mesa: fantasmas en una conferencia invisible. Las paredes de madera se perciben endebles. Se pregunta si la cabaña en efecto está anclada a la tierra, o si la horda de insectos podría transportarla sobre su caparazón. Sin embargo, se trata de un lugar seguro, arrumbado y próximo a la salida. Escrupulosamente le asigna a las cajas, y a sus introvertidos ocupantes, un hueco bajo la mesa.
Una mancha amarilla, procedente de una ventana en la Unidad Dos, ilumina de súbito el terreno. La electricidad reapareció y Len ha encendido la luz del dormitorio. Ella se pregunta qué estará haciendo: fumando cigarros, atiborrándose de carnes repulsivas, orinando en el lavabo. Entonces las luces se esfuman nuevamente. ¿Habrá vuelto a la cama? Quizá, al menos por esta vez, ha logrado anticiparse a Len en su cometido.
Se sienta en una silla –¿le pertenece a Reuben? ¿A Pascal?–. Abatida, al grado de adquirir la apariencia de cualquiera de ellos, posa las botas sobre una de las cajas y contempla la procesión a través de la ventana, que parece destinada a liliputienses.
La punta de una bota lacera la pared de madera y choca con una protuberancia. Es el enorme botón rojo de la alarma, instalado en la pared, cerca del suelo. Posee un aspecto solemne. Se asemeja al dispositivo que un empleado bancario podría presionar bajo el mostrador, de manera subrepticia, cuando alguien apunta a su cabeza con un arma. Katya aparta el pie.
Siente un hormigueo en los tobillos. Cuando los oprime con los dedos, en la penumbra del amanecer, advierte diminutos abultamientos en los sitios donde las bestias las mordieron. Tiene prurito. Hay criaturas haciéndole compañía. Sus amigos capturados y unos cuantos más en libertad. Espías de la hueste principal. Ahí va uno de ellos: una forma oscura bregando para surcar el techo.
–Acogedor –se dice a sí misma– como un insecto repantigado en un cobertor.12
Insecto repantigado en un cobertor. No son palabras de Len; no es su voz. Se trata de vocablos que envuelven como una manta y huelen a talco y lápiz labial. Palabras que lo sientan a uno en su regazo y le dan un masaje en la espalda.
Afuera el mundo gira y se marcha, con una incitación sin pausa. Un murmullo líquido, como un río que mana.
Katya estira el brazo para tocar el plástico frío del teléfono que reposa en un escritorio, frente a ella.
Los timbres se suceden, uno tras otro, durante largo rato, hasta que por fin Alma responde, soñolienta.
–Kat. ¿Qué hora es?
–Temprano. Al, necesito preguntarte algo. Acerca de mamá.
Silencio en el extremo opuesto de la línea: la vieja Alma ha quedado pasmada.
–Papá dice que ella regresó a Inglaterra.
Alma se sume en el silencio durante largo tiempo.
–Bueno, quizá lo haya hecho.
–Creí que había sufrido un accidente. Dejaste que pensara eso. Desde que era niña, dejaste que pensara eso. Siempre creí que le había pasado algo terrible.
–Fue terrible –Alma despierta abruptamente; su voz es un estampido en el oído de su hermana–. Él fue terrible. Con ella. No lo recuerdas.
–¿Pero por qué? ¿Qué hay del hospital? Pensé que estaba muerta.
Otro silencio.
–Nunca te lo conté. Ingresó a un hospital, creo. Creo que... fue algún tipo de colapso nervioso. Después de eso partió, en efecto. Y yo... –el tono combativo de Alma se ahoga y, de manera espeluznante, comienza a llorar. Súbita, estrepitosa, desconsoladamente– ¡Yo tenía sólo seis años! ¡Seis! ¡Carajo!
–Oh, Alma –Katya no sabe qué decirle a una hermana maldiciente y lacrimosa. El acontecimiento no posee precedente–. Alma. Shhh. Shhh.
Un poco más tarde, el llanto de Alma se atempera y se seca. Katya repara en que se está sonando la nariz.
–Supongo que debimos haber hablado de este tema antes. Yo sólo...
–Lo sé.
–Es duro.
–Lo sé.
–Muy bien, ya puedes parar con el “shhh”. No soy uno de tus... loros enfermos o lo que sea.
Katya aguarda.
–Entonces... ¿tienes idea de dónde está ella ahora?
–No. Ni la más remota –Alma da un suspiro hondo–. Dios, es muy temprano.
Esa voz extenuada y familiar que discurre a través de la línea... Katya no se ha sentido tan cerca de su hermana en años.
–Entonces así ocurrió todo –dice Katya.
–Sí.
–Entonces Len es todo lo que tenemos.
–Dios, no digas eso.
Katya ríe y ambas se despiden. Sin embargo, tras colgar la bocina, esas últimas palabras hieren un poco. Alma tiene a Toby, a su marido y a los bebés. ¿Y Katya?
Ella tiene una hermosa plaga, un ejército de insectos.
Se encorva en la silla para curiosear, a través de la ventana, la progresión de los escarabajos. El ruido sibilante es sedativo, casi hipnótico. La conversación con Alma se desvanece en su mente, de modo paulatino, y comienza a experimentar el ritmo insistente del enjambre, su furtivo ruido blanco. Tal como sucede con la resonancia y la conmoción de una cascada, se trata de un sonido aleatorio, pero en la entropía es posible descubrir remolinos y depresiones y melodías secretas, melodías que evocan canciones de cuna inmemoriales...
¡Zis, zas!
Katya se sobresalta y despierta del trance.
En el exterior hay algo colosal, algo rítmico, similar a un bramido. Se aproxima y a continuación retrocede.
No parece un sonido humano. Y, ciertamente, no parece un sonido benévolo.
Katya se asoma por la ventana de cuento de hadas. El sol aún tiene que burlar el muro de Nínive y todo es azul y sombrío. Algo se mueve a través del fango.
Se trata de su padre. Es muy visible en el paisaje, vestido como está con el uniforme verde rutilante de Reubicación Indolora de Plagas, fluorescente a la luz del alba. Va blandiendo, con la mano izquierda, algo negro y lustroso: una bolsa de basura. En la mano derecha lleva un palo largo y fino. Camina a lo largo del entablado, abstraído, estudiando la pasarela de madera. Pareciera que baila: da un paso a la izquierda, da otro paso a la derecha, brinca, patea. La danza, en un principio, es parsimoniosa y deliberada, y posteriormente se torna cada vez más exultante. Entonces ella repara en que está haciendo un swing con un palo de golf: lo mece hacia arriba y hacia abajo, define su objetivo y acomete las tablas con un cromp, cromp.
Len se encuentra en su elemento, haciendo lo que mejor sabe hacer: erradicar cualquier cosa.
Cruza la plataforma hacia el lado opuesto y se vuelve con el palo de golf elevado en el aire. Katya observa que lo está pasando bien, como en los viejos tiempos. Len ha recobrado su vigor, su gracia maniática. Recula hacia la caseta de los guardias, dando patadas al viento, alegre, semejante a una majorette demente. ¡Plaf, plaf! De su garganta escapan gritos eufóricos, propios del cazador y obscenos en su apremio. Se divierte: resulta imposible aniquilarlos a todos de esa manera. A intervalos se detiene para echar los despojos de los escarabajos, sin guantes, en la bolsa de basura.
Se encamina directamente hacia ella. A pocos metros de la caseta de los guardias hace una pose con el palo de golf colgado de un hombro. Parece la caricatura de un club campestre.
No da signos de haber notado la presencia de su hija. La luz se ha intensificado en el exterior y el interior de la cabaña está en penumbra. Quizá no sea capaz de verla a través de la ventana nubosa. Sostiene el palo de golf en lo alto, trémulo. Mira a izquierda y derecha, como si no lograra decidir hacia qué lado volverse. Katya se halla del todo inmóvil. Él también. Y, por la manera en que inclina la cabeza, ella se da cuenta de que está a la escucha, concienzudamente. Dobla la cabeza de la misma forma. Su padre podrá mantenerse inamovible, pero ella puede permanecer aún más inerte, petrificada como un lagarto bajo una roca. Y es él quien se mueve primero: vira con impaciencia.
Con el costal sobre el hombro y el báculo en una mano, parece el personaje –despreciado, de mala reputación– de algún relato folclórico: el exterminador de ratas, el flautista de Hamelín. Uno o dos hurones trepan por sus mangas. El mundo es una empresa farragosa y él es el hombre idóneo para todo designio farragoso. Y allí se encuentra, batallando con el orbe, manchado de sangre y rezumando jugos vitales. “Debes ensuciarte las manos, mi niña.”
Elabora un nudo grueso con el cuello de la bolsa flácida, de plástico, y la arroja a sus pies. Extrae otra de uno de los bolsillos del overol. El overol de Katya, las bolsas negras de Katya. Hace una pausa para limpiarse los dedos en el pantalón –una franja de materia parda– y gira y parte, dando zancadas, hacia el extremo opuesto del complejo. Desaparece entre dos edificios remotos.
Ella abre la puerta y sale de la cabaña.
Incontables escarabajos huyen a través de una raja vertical en la bolsa de su padre, que es una cosa abominable. Los vivos y los moribundos se deslizan unos sobre otros, despreocupados, a lo largo de los pliegues de plástico. Los heridos consiguen reanudar la marcha incansable y franquean los cadáveres de sus hermanos.
Ella recoge un escarabajo muerto.
Quizá nunca haya contemplado tan de cerca los restos de un insecto, contemplado verdaderamente, examinado sus articulaciones y facetas. Ha sido testigo de infinitos y pequeños decesos, y tal vez la destrucción de un insecto no signifique una gran tragedia. O la destrucción de cientos de ellos. Pero aun así, se trata de una muerte y ella sufre ante el infortunio de una criatura confeccionada de manera tan exquisita, ante la ruina de una bestia forjada con tanta belleza. Parece esculpida a partir de algún metal extraordinario, un metal engastado y moldeado. Un caballero en armas, un diminuto samurái con la armadura magullada y deshecha.
Ella siente la violencia en su propio cuerpo. La devastación negligente. Reparar el daño es imposible, pero castigar a quien ha cometido la tropelía resulta fácil.
Muy fácil. Allí se encuentra, justo frente a ella, a sus pies. Katya mece una de sus botas y patea el botón rojo.
Quizá tenga la expectativa de que ocurra algo más dramático, de que una señal, una sirena o un aullido subyugue a Len al instante. Pero si en verdad hay un clamor semejante, este se emite en otras longitudes de onda. Quizá perturbe las finas antenas de los escarabajos; probablemente discurra entre ellas, tal como el viento sopla y atraviesa la hierba del campo. Sin embargo, Katya no detecta sonido alguno. Aguarda y sólo escucha su corazón palpitante. Len aún está fuera de la vista, tras el edificio lejano, y por un momento es posible rectificar la escena, imaginar que nunca se oprimió el botón.
Pero sólo por unos segundos. Porque los acontecimientos comienzan a desarrollarse con celeridad.
Llega Pascal, esta vez en automóvil, en un vehículo apropiado para una respuesta inmediata. El coche es blanco y azul, y posee una veta amarilla fluorescente en los costados, igual que un patrullero. Pascal tiene un aspecto inusualmente oficial. Salta fuera del auto con un arma –y, por Dios, ¿con esposas?– oscilando en la cadera. Katya jamás lo ha visto moverse con tanta rapidez y siente una punzada de duda. Es el primer vaticinio de que, de alguna forma, se ha cometido un error.
El guardia abre la puerta trasera del vehículo e irrumpe una silueta que se estira, jadeante. Soldado. Katya había olvidado a Soldado. El perro corpulento se desplaza, desmañado, hacia el lodo, como un político cascarrabias que abandona su limusina. Ella se percata enseguida de que Soldado está inquieto. Tiene las pequeñas orejas hacia atrás, postradas. Levanta las garras y agita el hocico de un lado a otro.
Una procesión de escarabajos traspasa el portón de Nínive. La corriente se bifurca en torno a los neumáticos del patrullero estacionado y continúa por el sendero que se extiende desde la entrada. Su destino es incognoscible. Perro y hombre miran el suelo y elevan los pies con expresiones de aversión. Soldado está erizado y uno casi puede ver cómo se yerguen los cabellos en la nuca de Pascal. Un gruñido profundo, frondoso y vibrante percute en la gruta del pecho de Soldado. Pascal le pone la correa justo a tiempo: el perro da bandazos y forcejea con el brazo tenso de su amo.
–¿Qué es esto? –pregunta Pascal, irritado, en tanto indaga el espectáculo a través de los barrotes de la verja–. Le dije que estas cosas vendrían y serían un incordio.
–No, no se trata de los escarabajos...
–Y entonces, ¿de qué?
Sin embargo, Pascal se para en seco y alza la cabeza, a la escucha.
Es innecesario que Katya pronuncie palabra. Pascal puede oír lo mismo que ella: el cromp, cromp de los golpes mortales de su padre, ahora distantes y, sobre todo, su silbido. Su festiva canción de trabajo. Ella conoce bien la tonada: la escuchó, levitando desde la playa, cuando fue a visitar el pantano aquel primer día. Pascal manipula el candado con torpeza y consigue cerrar la verja, pero le resulta difícil desempeñar su labor: Soldado lo tironea, de modo que termina encadenado con presteza a los barrotes. Al guardia le toma unos minutos engarzar la correa. Es una correa sencilla, un poco más gruesa de lo normal, pero, aun así, un artículo que uno compraría en una tienda de mascotas ordinaria. Katya preferiría algo especialmente diseñado para este animal que, en sí mismo, parece un proyectil.
–No está feliz –musita Pascal. Soldado emite un ladrido agudo y ensordecedor, similar al de un pequinés. Comienza a babear. Pascal retrocede y escudriña al animal con las manos en las caderas.
–No puedo llevarlo conmigo, no en ese estado –dice. Su mirada agria da un giro de trescientos sesenta grados, abarcando a Katya, los insectos y los edificios de Nínive. Queda claro que no posee estómago para apresar a un intruso en esas sendas infestadas.
–¿Alguien penetró ilegalmente? –inquiere. Ella se encoge de hombros.
El perro gimotea mientras Pascal emprende su camino –de manera cómica, en puntas de pie–, sorteando los desechos, esparcidos en el cieno, de escarabajos muertos y vivos. Soldado y Katya lo observan hasta que desaparece detrás de uno de los edificios.
Ella se instala en el banco ubicado junto a la entrada, levanta las piernas, coloca las rodillas contra el pecho y le echa un vistazo receloso al perro. Soldado está indudablemente triste. Todo animal adiestrado es metódico por naturaleza, un enemigo del caos, y Soldado experimenta un azoro profundo. Es evidente que execra el olor y el roce de los escarabajos. Pasan los minutos y él se turba más y más. Roe sus patas, se pasea de un lado a otro y ejerce presión sobre la correa durante varios penosos segundos, hasta que parece a punto de estrangularse.
Los minutos se suceden. El día se torna seco. La calle que conduce al exterior de Nínive es un túnel sombrío, pese a que la vítrea luz del sol ilumina las copas de las palmeras. Los cielos están despejados de nuevo despejados. Las ranas guardan silencio. La caravana de insectos se adelgaza. Excepto por el lloriqueo de Soldado, hay un mutismo absoluto.
De pronto, Soldado se paraliza. Deja de quejarse. Se vuelve, alerta pero sosegado, y mira hacia la vía que culmina en el portón. Ella también gira y vislumbra el enorme coche plateado rodando cuesta abajo por el corredor de palmeras. Es asombroso: a una distancia de cien metros o más, Soldado ha percibido la cercanía de una figura de autoridad, de un propietario, de un jefe. Tal proximidad lo apacigua. Está listo para que el adalid le asigne alguna operación en el campo de batalla.
Katya se pone de pie nerviosamente. Cruza y descruza los brazos, y luego los enlaza detrás de la espalda.
El automóvil se detiene fuera de la verja. El señor Brand emerge y ella siente que un rubor hondo e imprevisto nace en sus clavículas y se disemina hasta cubrir sus mejillas. Sin embargo, no debe preocuparse: si él en efecto recuerda el desliz que protagonizaron apenas el día anterior, sobre la mesa de centro, no da el menor indicio de ello. Viste un traje de lino y, de nueva cuenta, muestra un carácter totalmente hermético. Katya no se imagina deslizando sus dedos sucios entre esos botones firmes, cosidos por algún diseñador.
El señor Brand se introduce por el portón abierto y ella franquea el lodo para unírsele. Como ocurrió antes, cuando caminaba por el prado de la residencia de los Brand, tiene la sensación de moverse despacio sobre un escenario lleno de reflectores, a la vista de un público implacable. Una profusión de cuerpos opalescentes se desperdiga a ambos lados de la verja.
Él gira despacio, dibujando un círculo, y fulmina el entorno con la mirada.
–Qué jodido descalabro.
–No es precisamente como lo pinta el folleto, ¿cierto?
El sujeto la mira como si intentara recordar de quién se trata. A continuación bate las palmas.
–Grubbs –dice–. Muy bien, ¿qué está pasando? Según entiendo, ha habido alguna clase de intrusión.
Katya siente alivio. Este hombre imperioso los sacará de cualquier aprieto. Le hace un escueto relato de la situación.
El señor Brand apenas la mira en tanto escucha y asiente, escucha y asiente.
–De acuerdo. Más vale que resolvamos esta sandez cuanto antes –dice. Soldado está extasiado ante semejante autoridad–. ¿Dónde se encuentra mi elemento de seguridad?
Ella vacila y luego señala, de manera ambigua, los edificios.
–La persona que vi... No creo que sea peligrosa, no exactamente...
Él refunfuña: aquello no ratifica la contingencia. Se dirige al perro chasqueando los dedos.
–Cuidado, está nervioso –advierte Katya, pero no hay necesidad de ello. La mano del señor Brand es, ni más ni menos, lo que Soldado desea: la lame y presiona el hocico contra su muñeca. Cuando el individuo coge las orejas y las retuerce como si fueran trapos, Soldado emite un gorjeo idólatra. Y una palmada en las costillas lo pone, al instante, en la modalidad de guerrero: apunta con el hocico a izquierda y derecha, y mira fijo el horizonte, en distintas direcciones.
En ese preciso momento, Len decide surgir, desenfadado, en una esquina del edificio más remoto. Lleva el saco en la espalda, hace piruetas con el palo de golf y silba. Al verlos, se detiene de súbito.
Se observan unos a otros, y para Katya todos parecen conectados, cual puntos en el diagrama de lodo que los guardias transcribieron durante meses mediante las ruedas de la bicicleta. De un lado se hallan Katya, el señor Brand y Soldado. Su padre constituye el punto más lejano, el punto errante que distorsiona el cuadrado. Es el tipo de configuración que desquiciaría a un amante del orden y la simetría. Como el señor Brand. O como un perro entrenado.
Len se sostiene en un pie y en otro. Katya repara en que Soldado tiene los ojos clavados en él: sus patas, orientadas rigurosamente en dirección a su padre, se disponen a correr con vehemencia.
–Papá –dice, pero su voz es demasiado queda y, de cualquier modo, casi de inmediato descuella la voz de Len, elevada en un rugido.
–¡Brand, hijo de puta! ¿Dónde está mi dinero? –sacude su palo de golf oxidado en el aire.
Ella da un paso adelante.
–Papá.
El señor Brand responde con una jugada maestra. Una táctica hábil, rauda y elocuente. Se agacha y le quita la correa a Soldado.
No hay movimiento durante varios segundos. Finalmente, el enorme animal bufa y da un respingo, como si una palmada en el lomo hubiera espoleado el aire en sus pulmones, y allí va, acelerando el ritmo mientras se entrega al sueño ancestral de todos los perros: la caza, la aniquilación.
Len duda un momento, pero pronto pasa a la acción. Galopa a campo traviesa –campo cenagoso–. Su aspecto es cómico: las rodillas ascienden y caen dentro del overol verde, y los brazos se bambolean. A la luz del sol rutilante, aquello parece un juego: un hombre y su perro corretean por un área deportiva. Len se vuelve y lanza golpes con el palo de golf, pero Soldado brinca: sus garras están plegadas, como las manos de un jinete de salto ecuestre que supera un obstáculo.
La boca de Katya exhala un ruido, cierta protesta inconexa, demasiado débil para erigirse en un grito; el murmullo simplemente escapa de ella, zigzaguea como sangre de una incisión hecha bajo el agua.
Katya aparta la mirada.
Se oye un chillido espantoso y no es un sonido animal. Se trata, más bien, del ululato de un trozo de madera torturado en el aserradero. El lamento se extingue. Le sobreviene un periodo de silencio. Cuando ella levanta la cabeza para ver lo que ha sucedido, en un principio no logra descifrar la escena.
Su padre se ha esfumado. Es Soldado, y no Len, quien está acobardado. Restriega el hocico contra el fango, como si necesitara enfriarlo tras una quemadura. El señor Brand bufa, quizá para expresar su aprecio por el perro.
–¡Bastardo! ¡Ese bastardo le abofeteó la nariz!
El hombre da unos pocos pasos por el cieno y luego se detiene y contempla sus zapatos con una imprecación.
–Maldito lodo –dice. Enciende un cigarro y se arrellana, lánguido, en el asiento del copiloto, dentro de su automóvil–. ¿Dónde está mi jodida seguridad? –comienza a teclear algo en su teléfono celular.
Soldado brega con las cuatro patas erectas, sacude su cabeza descomunal, como si quisiera librarse de una mosca, y parte, dando tumbos, hacia un rincón apartado.
Katya empuja el enorme portón, lo abre, se escabulle por la rendija y sigue adelante.
Nota
12 La frase en el original, “Snug as a bug in a rug”, es una expresión popular en varios países angloparlantes. Su origen es difícil de rastrear. [N. de la T.]
XV. LABERINTO
Katya corre por el laberinto de una ciudad en ruinas. Una ciudad despoblada a partir de una plaga, revestida de fango, pletórica de los cuerpos, diminutos y asolados, de sus habitantes más viles. Infinitos caparazones crujen bajo sus pies. Puede elucidar lodosas huellas humanas, superpuestas con vestigios de garras trazados en el humus.
La arquitectura parece haber proliferado desde la última vez que estuvo aquí. Por todas partes, divisa corredores y portales. Gira hacia la izquierda y la derecha, y no hay perro, guardia ni padre.
Encuentra, en el suelo, el palo de golf oxidado. Más allá descubre una bolsa negra, desbordante de tesoros macabros que se disgregan en la tierra. Estelas de zarpazos resquebrajan la capa de barro. Algunos escarabajos están bocarriba y se retuercen débilmente. Y aquí hay sangre, sangre roja de mamífero. Y rastros de pasos, separados por una longitud considerable, esculpidos por alguien que transitó a gran velocidad.
Distingue, en un patio, una figura angulosa reclinada en el borde de una fuente sin agua. Se trata de Pascal, que se apoya en un codo y viste su uniforme azul oscuro, tan elegante como siempre, excepto por ciertas manchas de fango en el dobladillo de los pantalones. Saluda a Katya lacónicamente.
–¿Dónde está él? ¿Dónde está mi papá?
Pascal se encoge de hombros y arroja la ceniza de su cigarro en un milímetro de agua cenagosa, agua que se ha acumulado en la base de la fuente.
–Se ha ido –dice–. Y, de cualquier modo, no perseguiré a ese anciano. ¿Has visto a mi perro?
Ella se da la media vuelta y corre. Halla el muro del perímetro, lo palpa con los dedos, se sostiene en él y sigue corriendo.
Arriba a la parte trasera de su propio edificio, por el estrecho callejón, y de inmediato lo ve: la ventanilla del baño está abierta. Cierta sustancia oscura gotea en el yeso de la pared, bajo el marco. Atisba una silueta encorvada en el suelo. Un perro, sentado pacientemente. Un perro que ha arrinconado a su presa.
Con un movimiento muscular, Soldado gira sobre sus patas y se aproxima a ella. Gruñe y tiene las patas tiesas. No hay a dónde huir, de modo que Katya se arredra, recula hacia el muro y se cubre la cabeza con los brazos. Él continúa acercándose, se acerca tanto que ella puede percibir el calor de su cuerpo, febril tras la batida. Huele a pelo mojado y a algo más, quizá a enconada excitación canina. Su aliento negro entibia la mejilla de Katya. Un rayo de luz embiste el ángulo de su globo ocular. El punto donde la fosa de su oreja desgarrada confluye en el cráneo exuda agua. Rezonga suavemente mientras la olfatea. Su cuerpo exorbitante se tensa, tirita y se apropia de ella con cada respiración.
Un silbido difuso: el llamado de Pascal. El perro gira la cabeza con un alivio apoteósico y sale disparado, dejando a Katya arrodillada en el lodo.
Ella aguarda. Todo es silencio. No hay nadie, excepto el oscuro tetrágono de la ventana. Se pone de pie y lo analiza. La mácula de la moldura es, en realidad, una fila de escarabajos que emigran de la casa. Una fuga parsimoniosa.
–¿Papá?
Debe haberse precipitado hasta ese sitio; debe haber saltado para encaramarse al canto afilado de la ventana. Viejo cabrón, cabrón ágil, incluso cuando está herido. Es demasiado alto para ella y no hay nada sobre lo cual posarse. Finalmente, incrusta la punta de su bota en una hendidura angosta, entre un tubo de desagüe y la pared. Se impulsa hacia arriba, por encima del marco, y cae en el piso del baño.
Entra al pasadizo –sus botas succionan el agua del suelo– y la atmósfera se torna umbría a su alrededor. Llega a la cocina. Una luz verdosa y submarina se trasfigura, se arquea, y el aire está lleno de zumbidos. Las cortinas ondean.
¿Cortinas?
No hay tales. Las ventanas poseen una máscara, no de tela, sino de un material mucho más fino y raro: cientos y miles de escarabajos crispados, enjoyados, creando un enjambre, aleteando, expandiéndose por la habitación como cristales de amatista dentro de una geoda.
Se apiñan en el piso, en las paredes, en el techo. Katya extiende el brazo y un vuelo palpitante inicia su odisea. En tanto los escarabajos se desprenden de las hojas de las ventanas, la luz muta y se redistribuye, sinuosa cual neblina. Ella camina hacia el dormitorio, abre las ventanas y dispersa una broza de insectos.
En la sala, el aire es oscuro y susurrante. Hay una silueta, inerte y enhiesta, sentada en la mesa de madera. Algo está mal con su piel, con su cabello... Quizá sea una figura humana, pero construida a partir de alas de insectos. Los escarabajos reptan a lo largo de su piel.
Katya puede oír el ploc, ploc del agua. Y el tic, tic de la locomoción de los insectos. Y algo más: un ritmo desacompasado, como aire que se sorbe a través de una pajilla perforada. Como alguien que lucha para respirar. Se arrima a la figura sentada y estira el brazo. Los insectos revolotean, se alejan de él y, por un momento, en vista del inmenso charco que hay en el piso, ella conjetura que, al emprender vuelo, se llevan fragmentos de él, que de algún modo aquellos pies ligeros y prensiles le han arrancado una película externa de piel. Pero pronto emerge el rostro de Len. Tiene los ojos cerrados. Ella lo acaricia con los dedos: un roce tan sutil como el de los pies de los insectos. La respiración fatigosa se entrecorta y luego reanuda su cadencia habitual. Katya lo palpa cautelosamente en la penumbra. He aquí la ladera bajo su garganta... Las puntas de sus dedos se deslizan por el hombro y hallan una muesca irregular y blanda. Un surco untuoso y tibio.
Su padre se espabila con un resuello y la mira, indignado.
–Katyoruga, ¿qué carajo has hecho?
Se sienta frente a él, en una de las sillas de respaldo recto. Cientos de miles de ojos concomitantes, que observan desde las paredes, reflejan la imagen.
–Mierda, papá, mierda, el tipo realmente te cogió desprevenido. Lo lamento.
Su manga izquierda está saturada de sangre, desde el hombro hasta el codo.
Katya extiende el brazo a lo largo de la mesa. Len se retrae. Es razonable. Ella misma no confía en la escrupulosidad de su contacto físico. Más que ayudarlo, quizá le haga daño.
–Necesitas un doctor.
–Ah –dice Len, rotando el hombro y encogiéndose de dolor–. No sé. Voy a estar bien. He visto cosas peores. He padecido cosas peores.
Por primera vez en su vida, Katya se pregunta: ¿es su padre quien la hostiga, o es ella quien hostiga a su padre? Quizás, en todo este tiempo, ella misma haya constituido la peste, la infestación, la presencia que él no consigue extirpar o quitarse de encima o erradicar. Quizá sea ella quien continúa irrumpiendo en escena y estropeando las cosas. Basta ver el tormento que sufre por culpa suya.
Un ruido sordo y atronador sacude la mesa. Ella se repliega en la silla, sorprendida. ¿Se está derrumbando el suelo? No, el estruendo proviene de la planta superior: pisadas. Alguien se mueve de un lado a otro, en la Unidad Dos. Pareciera que revuelve y arroja objetos. Alguien está husmeando sus cosas.
–Enorme bastardo –dice Len–. Escúchalo.
Juntos atestiguan el modo en que los golpes y las escaramuzas reverberan en el edificio. ¿Es ella tan bulliciosa? ¿Ha escuchado su padre, a través de los tablones, sus restallidos, las frases que musita y sus monólogos nocturnos?
Katya se pregunta si al señor Brand se le ocurrirá buscarlos allí abajo. La creencia en el carácter inamovible de las cosas, en las paredes y los pisos, conlleva cierta desventaja. Este individuo –con su recalcitrante confianza y, de hecho, debido a ella– es incapaz de hacer una pesquisa más allá de lo palmario, es incapaz de mirar todo lo que exceda la evidencia del mundo concreto. No puede considerar que los muros tal vez sean falsos, o que la duela quizá oculte profundidades arcanas. Pese a su cólera, jamás pensaría en horadar una pared: jamás adivinaría que las paredes son permeables. En el universo, lleno de certezas, del señor Brand, semejante intersticio es apenas concebible; raramente existe.
El ruido se detiene y luego reaparece, aún más tumultuoso y cercano: se origina en este nivel, en la puerta de entrada. Katya y Len perciben el clic del cerrojo. Aguardan en la oscuridad.
El señor Brand está exasperado. Azota la puerta como si un criminal se escondiera tras ella. Sus pasos retumban por toda la casa. Suelta palabrotas, profiere exclamaciones de ira y horror ante el descubrimiento de un nuevo acto de depredación.
–¡Los pisos! ¡Dios mío! ¡Cómo demonios pudo pasar esto!
Una voz, un eco tímido, responde a cada uno de sus ladridos irascibles.
A Katya no le impresiona su rabia. En compañía de su padre ha atestiguado cosas muchísimo peores. Len no es precisamente alguien que respete los límites –los límites de las cosas, de los muros o de las personas– y ella ha presenciado las estocadas que da con los puños ante innumerables obstáculos sin importancia. El hombre que da traspiés por el departamento es, en comparación, un cordero.
Katya y su padre se miran. El brazo entero de Len lanza destellos rojos, sanguinolentos. No obstante, su figura, sentada con la espalda recta y expresión adusta, denota una autoridad portentosa. Ella siempre lo imaginó como una criatura extraviada, pero aquí parece sentirse en casa: un tipo en su propia mesa, bajo su propio techo. Dolorido, pero en posesión de su entorno. Tiene una fuerza que ella siempre subestimó.
De manera que cuando el señor Brand llega a la sala donde ambos se encuentran, seguido de Pascal y Soldado, no es extraño que se produzca un disturbio a lo largo y ancho de la estancia: una confusión de autoridad. Ninguno de ellos sabe en realidad quién es el jefe y a quién le debe lealtades. Ciertamente, Soldado no correrá el riesgo de moverse. Merodea tras los talones de Pascal, humillado, mostrando el blanco de los ojos. Es probable que nunca haya mordido a nadie.
El señor Brand jadea en su animadversión.
–¡Par de jodidos estafadores! –vocifera– ¡Ustedes dos! ¡Los Grubbs!
Da unos pasos y la duela anegada colapsa bajo su peso, se desmenuza como una tostada húmeda y, con un ruido que remite al papel rasgado, el sujeto se desmorona hasta la cintura, hasta los sobacos: su boca queda entreabierta en virtud de la ultrajante conmoción. El señor Brand ha caído en un agujero del mundo.
Todos lo observan. Katya, Len, Pascal y Soldado. Ella escupe, involuntariamente, una tos y una carcajada. Len también expulsa un bufido de risa y dirige su atención hacia el guardia.
–Pascal. ¿Cómo estás?
Pascal otea la habitación. Sus ojos se desplazan de una persona a la otra. Evalúa las circunstancias y urde sus propias decisiones. Le levanta la ceja –una ceja cómplice– a Katya, pero su mirada se posa en Len. Ella advierte de pronto que –¡por supuesto!– entre ellos existe una historia, un entendimiento mutuo. Quizás un acuerdo comercial.
–Don, necesita un médico –dice Pascal.
–Es posible, es posible –replica Len. Empuja su silla hacia atrás y se pone de pie, tembloroso. Su pierna tiene un tajo y está empapada de sangre. Ella le extiende la mano, pero él la ignora, toma el respaldo de la silla y se endereza.
–Ay –bisbisea.
–Usted también, ¿no es cierto? –le dice Pascal a Katya.
Ella vacila. Por detrás, el señor Brand, hundido en el hoyo hasta las axilas, gime de miedo y dolor.
Pascal mira fríamente a su patrón. Silba para llamar a Soldado, asiente con la cabeza de manera apresurada y servicial, y parte de la habitación.
–Papá, ¿me echas una mano con él? Parece atascado.
Pero Len sigue los pasos de Soldado, renquea tras el perro.
–¡Papá!
Cuando ha alcanzado la puerta, Len se vuelve.
–¿Entonces no vendrás con nosotros, Katyoruga?
Su padre esboza una sonrisa tenue, le dice adiós con la mano –un gesto a medias, un bosquejo de saludo con un brazo sangrante– y se marcha.
El silencio le genera sosiego. Tiene ante sí una situación ordinaria, consabida. Una situación para la cual ha sido entrenada. La crisis radica en que han colisionado demasiados elementos de categorías disímiles; el problema consiste en que demasiadas cosas se encuentran en el lugar erróneo. La coyuntura requiere cierta estructuración, cierta reubicación. Humana, inhumana, poco importa.
Se arrodilla cerca del boquete. El señor Brand está firmemente encallado, pero entre su cuerpo y la madera resquebrajada descubre un centelleo de agua lóbrega. Un borrón pardo comienza a ascender por su traje de lino y acomete su camisa blanca. El hombre tiene el rostro sonrojado y pringoso de sudor. Su pecho debe estar engorrosamente comprimido. Ella se pregunta si las astillas lo estarán aguijoneando.
–¿Está bien?
El individuo traga saliva y abre la boca para respirar.
–Ayúdame con esto –su voz se asfixia.
–Espere.
Lo coge del brazo y procura elevarlo, pero la tentativa resulta inútil. Es como si no estuviera hecho de carne y hueso, sino de un material mucho más denso. Su peso es desmedido para los cimientos maleables de Nínive. E indudablemente posee mayor volumen que ella. Katya no puede detener su inmersión. Cuanto más batallan, él desciende a un estrato más hondo.
–¿Está parado? –inquiere Katya– ¿Se halla sobre suelo firme?
Así debe ser, con toda certeza. Para empezar, la base no era tan profunda. Sin embargo, la interrogante traza una nueva mueca de espanto en su semblante. Como si en ese preciso momento el mundo sucumbiera bajo sus pies; como si recién comprendiera que el vacío sobre el cual está suspendido –esa cripta lodosa– carece de fondo.
–Señor Brand –dice Katya con el tono de voz flemático e inconmovible que usa para calmar a una criatura aterrorizada–. ¿Puede desatascarse?
No. No, imposible.
En el exterior, alguien pone en marcha un automóvil. Se trata de Pascal y Len, que abandonan el barco en pleno naufragio. A continuación se oye la barahúnda de la lluvia que vuelve a despeñarse y, con ella, un sonido similar a una lenguarada, a una succión, como si una marea en medio del cieno arrastrara al hombre hacia los cimientos. Los ojos, límpidos y desmesurados, evidencian su pavor.
El señor Brand pide socorro con las manos, pero antes de que ella logre sujetarlas –tienen la textura resbalosa del plástico frío–, ambos reparan en que no hay esperanza. La salida está obstruida y el fango lo reclama. Katya se acuclilla, asiendo las manos de Brand, y medita en lo que debe hacerse.
–Espéreme aquí –dice de forma innecesaria–. Iré por ayuda, ¿de acuerdo? Por favor resista.
Él se aferra a ella con mayor virulencia. Clava las uñas en sus muñecas.
–No –dice–. No, no. No.
Insiste durante un rato. Estruja las manos enlazadas de Katya mientras el lodo sube por absorción capilar y cala su ropa. Esa tela fina posee cualidades absorbentes extraordinarias. Cuanto más desesperadamente se aferra a ella con sus manos gélidas, el caudal asciende con mayor rapidez. De pronto Katya experimenta repelús por esa inmundicia serpenteante y aparta las manos. Él emite un quejido que parece provenir directo de sus vísceras.
Ella arranca la duela putrefacta que lo rodea –se quiebra con facilidad– y arroja los tablones a un costado. El señor Brand está parado en un estanque oscuro; las faldas del saco flotan en torno suyo.
Katya se sienta en el piso –fuera del alcance del atribulado apretón de Brand– y desata los cordones de sus botas. Se quita los calcetines, dejando al descubierto sus pies lívidos. Desciende con cuidado hasta quedar junto al hombre. Se siente algo constreñida, pero hay espacio suficiente. El agua está tan helada que entumece el cuerpo. En un principio, percibe la insensibilidad en los pies. Luego alcanza sus rodillas, su cintura y su pecho: se encuentra de pie sobre una capa de barro medianamente sólida.
La contigüidad con el señor Brand es tal que parecen unidos en un abrazo. Ella siente el calor que despide el tejido empapado, pese a sus escalofríos. Es como si se tocaran por primera vez: dos animales en busca de tibieza.
–Ven –dice Katya y le toma la mano. A partir del contacto, sus dedos agarrotados se crispan en un espasmo–. Debemos irnos. Cabeza abajo.
Coloca la mano en su coronilla y lo empuja con suavidad. A continuación, ella también zambulle la cabeza por debajo de la duela y, curvados, nadan juntos. Katya entrelaza una mano con la suya y posiciona la otra sobre su espalda.
Un lago sumergido. Oscuro en un principio. Luego ella columbra una estrecha ranura de luz difuminada, que ciertamente emana del envés de la duela. El agua es turbia, cochambrosa, y resulta imposible distinguir algo bajo su superficie renegrida. Fue una idea estúpida descender descalza. Los dedos de sus pies tientan objetos consistentes, blandos y puntiagudos, uno de los cuales se escabulle. Mientras guía al señor Brand, sin soltarle la mano, avanza con precaución. Sus pies ejecutan movimientos que parecen barrer todo estorbo hacia los costados, como si estuviera haciendo una finta para no dejarse arrebatar un pequeño balón y lo rebotara, con suavidad, a lo largo del fondo.
Se trata de un extraño periplo a través de un submundo de techos bajos. Una luz oblicua se refleja en la superficie fluctuante del agua. Es difícil saber si van en la dirección correcta. El espacio se vuelve más profundo, de modo que, poco a poco, consiguen adoptar una posición vertical. Una suerte de caldo gélido forma una espiral en torno suyo. En él circulan travesaños de madera, retazos de alfombra y materiales fríos y escurridizos que se enredan entre sus piernas. Restos tirados por la borda a fin de evitar un naufragio y otros que flotan en el mar una vez producida la calamidad. El nivel del agua sube y baja en pequeñas olas, pero hay aire en abundancia, un buen intersticio para respirar. El lodo sorbe las plantas de Katya. Prácticamente ya no siente los pies. Si dejara de moverse por un segundo, la mitad inferior de su cuerpo parecería amputada, disuelta sin ningún dolor. Por momentos logra divisar escarabajos en la penumbra, escarabajos adheridos al reverso del piso que pende sobre sus cabezas. Las bestias bullen, de manera incesante, hacia Nínive.
Les toma largo tiempo cruzar el edificio. El suelo posee un declive. Katya se sumerge casi hasta el mentón. Posteriormente, caminan bajo el entablado. Ascienden hasta salir de las tinieblas y hallar un terreno cenagoso sobre el cual cae una lluvia ligera. Katya siente como si hubiera contenido el aliento, en medio de la lobreguez, durante un año entero.
Hay una arbitraria colección de objetos desparramados en el fango: toalleros y astrágalos de madera y patas de sillas y segmentos de repisas de melamina caprichosamente desvaídos. Hay, también, elementos imprescindibles: ladrillos y bloques de concreto.
Katya comprende que el sitio que alguna vez le pareció férreo no lo es en absoluto. La urbanización trajina con premura, rota cual un torbellino, y expele todos sus ladrillos y azulejos y leones plagiados. Nada puede ser contenido. Y mientras se deshilvana la sustancia de Nínive, la marisma devana el complejo como si fuera un ovillo. El pantano teje nuevas urdimbres, trenza a Nínive con las chabolas y, más allá, con la ciudad.
Distraída, Katya le suelta la mano al señor Brand.
La muchacha que vendía azulejos a un costado de la carretera está sentada bajo un árbol, en medio de la lluvia, con una bolsa de plástico transparente sobre la cabeza y un montón de cosas ordenadas en el suelo, frente a ella. Objetos lustrosos: piezas de tubería, cerraduras y arandelas. Está atareada: limpia un grifo de baño con un trapo. Sorprendida, alza la mirada y deja de pulir el accesorio. Retuerce el trapo, enredándolo entre sus manos, y aguarda.
–Espere –le dice Katya al señor Brand. Camina hacia la niña. Tiene las piernas rígidas, enfundadas en el overol lodoso.
La chica se toma unos segundos para insertar el trozo de metal en una bolsa de ShopRite.
–¿Dónde está el viejo? –inquiere.
–No está aquí. Por cierto, ¿cuál es tu trato con él?
–Por lo regular me trae cosas de ahí adentro y yo le pago. A veces con comida. O cigarros –exhibe la bolsa–. ¿Quiere que le devuelva esto ahora?
–No, no, está bien. Llévate todo, llévate lo que puedas. El viejo ya no vendrá. Y aquello –señala el hueco en la pared– se va a clausurar. Así que toma lo que desees.
La muchacha asiente y se pone de pie, ensortijando la bolsa de plástico. Su toca traslúcida posee gotas a modo de cuentas. Sonríe de improviso y el rubor en su semblante la embellece.
–Me voy a casa –dice–. Ustedes también deberían cobijarse. Cuando cese la lluvia, ¡oh! –sus ojos se dilatan, sus dedos aletean en un gesto consabido y su cuerpo se estremece–. ¡Los bichos volverán! ¡Terrible! –y con una carcajada se pierde entre los velos de la lluvia. Sus pies, advierte Katya, están juiciosamente confinados dentro de unas botas azules de goma, idénticas a las que se usan en las carnicerías. Los pies de Katya han adquirido casi la misma tonalidad.
Mira a su alrededor en busca del señor Brand y lo avizora caminando con diligencia hacia la maleza. Su propósito fue llevarlo de regreso a la verja para peatones, pero todo indica que se está marchando de Nínive a partir de los puntos cardinales que marca su propia brújula. Trota a fin de alcanzarlo.
Semejante a un autómata, vadea la riada dando zancadas. Su traje se ha vuelto oscuro debido al humus. El rostro se ve blanquecino bajo la lluvia. Tiene la mandíbula contraída, los ojos abiertos de par en par y el cabello apelmazado contra el cráneo. Del mismo modo en que la duela de Nínive demostró ser demasiado endeble para el señor Brand, la geografía de la ciénaga –similar a la de un país de hadas– no puede engañarlo. Resuelto, impelido hacia delante como quien obedece a un gran designio, halla un sendero rectilíneo entre las aguas turbulentas. Katya corre deprisa tras él –el overol se arrastra por la tierra, las plantas fustigan su cara– y acecha el trasero que, cincelado por la tela mojada del traje, es espléndido de tan musculoso y redondo. Sus pies descalzos aún están ateridos, y aunque los arbustos los horadan y desgarran, el dolor es remoto, hipotético. No atisba un solo pájaro. Quizá las aves estén atemorizadas ante el alboroto que genera la intrépida expedición del señor Brand. En un lapso de tiempo increíblemente corto, ambos arriban a la playa.
El hombre se detiene recién cuando ha caminado un largo trecho por la arena. Contempla el mar de modo feroz y penetrante, con los puños sobre las caderas.
La playa se extiende más allá de la dimensión desconocida que supone Nínive. Han abierto la brecha entre tal embrujo y el mundo exterior.
Katya mira en torno suyo y la topografía usual se reafirma a sí misma: aquí está la playa de Noordhoek y allí la consabida corcova de la montaña, con casas y una carretera en la base. Se han internado de nuevo en el tiempo, el espacio y la gravedad convencionales. Yacen en las costas de un planeta ordinario. Cual cosmonautas, se sienten débiles y anonadados tras la odisea.
Incluso el clima es diferente aquí: el cielo está despejado. Un hombre pasa haciendo jogging. Su perro le pisa los talones. Dos mujeres jóvenes, enfrascadas en una conversación, los observan de manera peculiar. Con las ropas mugrientas y deshilachadas, es como si una tormenta inicua los hubiera arrojado a ese sitio.
El señor Brand se hunde hasta las rodillas en la arena blanca. Tiene el aspecto de alguien hecho polvo. Se arremanga el saco, estira un brazo pálido pero nervudo y lo mira con detenimiento. En un principio ella presume que está escrutando su reloj; sin embargo, mantiene esa pose de modo inmutable.
Poco después ella comprende de qué se trata: una garrapata, color marrón oscuro y del tamaño de una lenteja, recorre su antebrazo. La bestia hace una pausa e inspecciona una fracción de piel especialmente suculenta.
–Permanezca inmóvil –dice Katya y acerca su mano para extirpar la garrapata.
–No –replica Brand, empujándola con su mano libre–. Déjala ahí.
Y el minúsculo parásito clava sus mandíbulas en la carne.
Resulta extraño estar de vuelta en una acera y otear a los taxis que aceleran al pasar. Katya parece haber perdido la habilidad de moverse sobre el alquitrán. La superficie es demasiado rígida para sus plantas acostumbradas a la ciénaga. El uniforme inmundo se seca mientras lo usa: un revestimiento de barro semejante a una crisálida. Nota que las uñas de sus manos y sus pies, cubiertas de costra lodosa, están grises. Tras una extensa travesía, se descubre a sí misma cruzando nuevamente los rectángulos del estacionamiento que yace fuera del centro comercial. Dichas formas geométricas parecen la rayuela de un gigante. Los vigilantes de automóviles la miran con recelo.
Katya observa, a través de las puertas de vidrio, las superficies relucientes del centro comercial. Sin embargo, su propio reflejo se superpone con tal visión como mácula que profana un piso deslumbrante. No logra reconocer la imagen que le devuelve el cristal. Contempla a una mujer bárbara, salida de alguna profundidad pantanosa, astrosa y llena de arañazos y mancillada. Su overol está saturado de fango. Mechones de cabello se adhieren a su rostro cual malas hierbas. Además, puede olerse a sí misma: despide el efluvio a agua de zanja que olfateó por primera ocasión, días atrás, en el hoyo excavado frente a su casa. Ha sufrido una metamorfosis, como criatura que estuvo bajo tierra durante una larga estación húmeda, esperando aflorar.
Tantea sus bolsillos en busca de un juego de llaves, algo que sujetar a modo de bálsamo, pero no encuentra nada. Carece de pertrechos. Un par de monedas, eso es todo lo que halla. Las percibe como cachivaches arcaicos y fútiles.
Intentó traer consigo al señor Brand. Le explicó que caminaría a lo largo de la playa para indagar si había teléfonos, taxis, ayuda en las inmediaciones. No obstante, él apenas pareció escucharla. No consiguió ejercer poder sobre él. Habría logrado poner en marcha a un elefante marino o mover un peñasco con mayor facilidad. De manera que partió sola. Cada tanto se volvía para echarle un vistazo. El hombre contemplaba el mar y se tornaba más y más pequeño. Su traje gris establecía un contraste con la arena beige.
El señor Brand estará bien, piensa. Los hombres como él jamás se extravían. Pero, en su mente, le encomienda su cuidado a la gente que hace jogging, a los que pasean a sus perros, a los salvavidas o socorristas de la realidad. Y es que ella necesita ir a casa.
Se dirige hacia el cristal, con poca esperanza de que los sensores de las puertas automáticas la detecten y le permitan entrar.
XVI. ADIÓS A NÍNIVE
La casona de Constantia posee, poco más o menos, el mismo aspecto que antes, aunque la desidia ha hecho presa de ella. La piscina se ha transformado en una delicada sombra color verde manzana y el césped ha crecido tanto que oculta los pies de Katya.
El mismo árbol ha sido hostilizado –las orugas que Katya desperdigó para asegurarse el regreso cumplieron con su cometido en el plazo acordado– y, de nueva cuenta, ella y Toby hacen su acopio de rutina. Trabajan con celeridad. Esta vez, sin embargo, la cosecha es escasa: apenas una caja de orugas. Incluso las bestias parecen reparar en que los réditos del señor Brand están disminuyendo.
El palacio se rematará y, en esta ocasión, los empleadores de Katya son agentes inmobiliarios. Por lo que pudo investigar, el señor Brand se vio obligado a huir del país, acosado por la bancarrota y varias demandas judiciales. Ahora es un personaje bastante desprestigiado. La noticia figuró en todos los periódicos. Zintle, que en la actualidad dirige su propia compañía de reubicación de plagas, le envió en un e-mail –con regodeo conspirativo– unos cuantos contactos nuevos. Brand nunca remuneró a nadie.
No hay jardineros a la vista. Todo indica que la propiedad está desolada. Pero en cuanto se encaminan a la camioneta, botín en mano, ella se vuelve, atisba la cuesta empinada del prado y se para en seco ante el espectáculo de una figura inconfundible, recortada contra el cielo: es robusta y está vestida de amarillo, como flor de botón de oro. La señora Brand mira hacia el lado opuesto. Quizás haya venido a recoger sus últimas posesiones o a exhumar algún trofeo enterrado en un paraje recóndito del jardín. Parece analizar el césped. ¿Reflexiona sobre sus yerros pretéritos y sus expectativas futuras? ¿O, atrapada en el presente, se pregunta por lo que ocurre bajo aquella superficie verde? Resulta fácil concebir el césped como un territorio estéril y amansado, pero una experta en reubicación de plagas sabe que existe un universo subyacente. Desde la perspectiva de las criaturas diminutas –fabula Katya–, la señora Brand no es más que una sombra en la bóveda celeste, tan vasta e irrelevante como una nube que pasa.
En el tramo hacia la salida, Katya no se molesta en lanzar ningún animal a los arbustos a fin de garantizar su retorno. Imagina que no deseará regresar jamás. En tanto Katya y Toby y las orugas se dirigen a la autopista, ella presiente que acaban de conjurar su gran evasión.
–¿A dónde las llevaremos, entonces? –pregunta Toby– ¿Otra vez al bosque? Aquello no dio muy buen resultado antes.
–No. Conozco un lugar mejor.
Caminan por un costado de la playa. Es un día radiante. El invierno y sus tormentas se han disipado, y todo indica que se avecina un verano tórrido en Ciudad del Cabo. La playa está llena de gente que nada, hace jogging y pasea a sus perros.
Toby se ha despojado de su camisa. Exhibe un poco más de vello en el torso –aún carente de musculatura–, corre hacia el oleaje, se deja embestir por él y reaparece dando volteretas, empanado con arena y exultante. Katya lleva la pequeña caja con los presidiarios y examina las dunas, tratando de localizar algún punto de referencia. Se han desplazado durante media hora y ella comienza a preguntarse si habrán fallado el blanco, yendo demasiado lejos. El manto de arena es monótono. Resulta difícil saber dónde se encuentra cada sitio. Es arduo imaginar, por encima de la pendiente, las chabolas o las hectáreas de complejos residenciales. La recesión no ha sido benigna para nadie. Incontables urbanizaciones de lujo están fracasando: yacen medio vacías, a la espera de que la gente vuelva a tener poder adquisitivo. Ella fantasea con que todo se ha desvanecido y Nínive se ha borrado de la faz de la Tierra. Preferiría hallar un agujero en el suelo que un páramo de edificios deshabitados, tan desprovistos de vida o historias que ni siquiera pernoctan allí los fantasmas. No obstante, pronto divisa la giba negra de la embarcación malograda, sumergida a medias en la marea alta, y consigue orientarse. Y he ahí un hueco en la maleza, un sendero rudimentario y un fulgor blanco. Un fragmento de Nínive. Si uno da un paso hacia atrás o hacia delante, lo pierde de vista pero, en este punto exacto, Katya columbra las aristas superiores de sus almenas.
–Tobes –exclama–. Ven aquí. Ponte la ropa o estos arbustos te van a asesinar.
La marisma se ha transformado. El agua retrocedió, dejando lodo viscoso en ciertas áreas, y hay un nuevo matorral en el suelo donde se realizó una quema controlada. Comienza a despuntar un bosque de vástagos de eucalipto azul. Más temprano que tarde en esta zona se alzarán, a la altura del hombro, tallos de vegetación desconocida. Y el terreno nuevamente estará listo para las llamas.
–¿Ves árboles prometedores?
Toby responde con un alarido. Su pie desnudo halló algo afilado.
–¿Es esto antiguo? –pregunta y le entrega un asa exquisita, unida a un trozo curvo de porcelana.
La taza rota podría ser de cualquier periodo, de cualquier época perteneciente a los últimos trescientos años. Ha pasado de mano en mano y fue traída hasta aquí por tierra o por mar. Katya la deja caer en el fango.
La proa de Nínive se eleva por encima de la maleza. Si bien las chabolas están ocultas, ella puede oler el humo de la madera incinerada. Se aproximan al lindero y Katya advierte que las cosas han cambiado. En primer lugar, el muro ya no posee la blancura gélida que ella recordaba. Tiene máculas negras y marrones, como si se le hubiera prendido fuego. El yeso está agrietado en ciertos sectores y revela porciones de ladrillo. Y se equivocó al afirmar que la abertura en los cimientos se repararía. El entablado colapsó por completo y alguien insertó bucles de alambre de púas en la gruta del edificio.
Sin embargo, el portón trasero continúa cerrado. Presiona el dedo contra la almohadilla del sensor, pero la puerta se rehúsa a condescender. Escucha nuevos sonidos a través de la muralla: el grito de un niño y el motor de un automóvil que acelera y se frustra, acelera y se frustra.
Se deslizan a lo largo del muro hasta llegar al sitio donde la senda destinada a los vehículos se desvía en un ángulo hacia la carretera. Toby sigue a Katya sigilosamente. Un boquete perforado en los ladrillos permite acceder a la entrada principal. Ella le pide a Toby que sostenga la caja de orugas y se introduce.
La mitad de la verja ha desaparecido –quizá la hayan tomado para venderla como chatarra– y la mitad restante es un colgajo a punto de desprenderse de sus goznes. Alguien parece haber morado en la cabaña de los guardias: hay trapos variopintos en las ventanas. Fuera de la Unidad Uno, varios jóvenes se inclinan ante el motor de un viejo Chevrolet y lo martirizan. Algunos niños juegan futbol en la región central, donde el césped apenas crece en ciertas áreas. Los departamentos están indudablemente habitados. La gente asoma por las ventanas y un tendedero pende entre dos edificios. El territorio ya no es tan cenagoso como antes. Aquí y allá se han incrustado en el suelo mitades de ladrillos y pedazos de madera para poder desplazarse. ¿Y es aquello una vaca?
Katya sonríe. Imaginó que los departamentos estarían vacíos, anhelantes de atención humana. Con cuánta rapidez se trasfiguran los lugares... Les basta una exigua presión de agua, tiempo y pobreza.
En el extremo opuesto del patio, una mujer la ve y le hace una seña con la mano. Katya se acerca y reconoce a la chica que vendía azulejos en la carretera. Viste una falda de mezclilla y una blusa escarlata. Al parecer, cruzó la línea invisible de la adolescencia desde la última vez que se encontraron. La muchacha tiene más curvas y confianza en sí misma. Su apariencia es la de una mujer joven y no la de una niña.
–¿Tienes algún azulejo?
La chica le devuelve la sonrisa abiertamente; ya no echa vistazos conturbados por encima del hombro.
–Ahora nos dedicamos a las autopartes. ¿Necesita alguna?
–No, pero lo tendré en mente.
–¿Quiere un perro? Tenemos un perro por aquí –mira a su alrededor de forma indistinta.
Detrás de Katya, Toby está absorto, explorando la avenida.
–¿Qué? Oh, no, gracias. Debemos irnos.
–¿Cómo está el anciano? –Como siempre –dice Katya–. Como siempre.
–Es demasiado parlanchín –ríe la muchacha–. Dígale que tiene que venir a visitarnos. Dígale que Nosisi lo saluda.
Katya sonríe. Ahora la chica responde a un nombre.
–¿Por qué? ¿Acaso esos bichos están causando problemas otra vez?
Nosisi sacude la cabeza.
–No, no, no los hemos visto en absoluto. Todo es mejor en estos tiempos. Creo que se han ido para siempre.
A Katya le gustaría alegar que no se puede tener certeza de nada. Sin embargo, probablemente tal planteamiento no sea incontrovertible para Nosisi: la joven parece afianzada en esta tierra, segura del sostén que le proporciona.
–¿Recuerdas a Pascal? ¿Sigue viviendo aquí?
Nosisi niega con la cabeza; su expresión es ilegible.
–No, no lo conozco.
Y Katya no consigue inferir qué tan bienvenido se sintió en este sitio, el hombre originario de la República Democrática del Congo.
Toby vocifera:
–¡Mira! –a sus espaldas, el chico curiosea la cúspide de una palmera viva. Ella da una ojeada hacia atrás, pero en ese instante la muchacha se retira, olvidándose de ellos.
–Les gusta –dice Toby en tanto Katya se aproxima. Las orugas se encaminan directamente hacia lo alto del tronco.
Contemplan el desfile juntos durante unos minutos, esa procesión triunfal y minúscula, inadvertida por el mundo. Luego ella le toca el hombro a su sobrino:
–En marcha, Toby, vayamos a casa.
–Está bien. ¿Esa cosa viene con nosotros?
–¿Qué cosa?
Una tromba azota la parte posterior de sus muslos y la derriba. Katya batalla para ponerse de pie, envuelta en una neblina maloliente de aliento perruno. La criatura le lame el rostro, da topetazos contra su ingle y sume el hocico en su barriga. Las garras rastrillan sus brazos.
–¿Soldado?
Se ha reducido a la mitad de su peso, es todo costillas y tiene un pedazo de cuerda raída alrededor del cuello. Sus ojos revelan el destello desesperado de un perro que ha excedido el límite de su resistencia.
–Vaya –dice Toby, dando un paso hacia atrás con cautela–. Ese perro es repulsivo.
Soldado se pone panza arriba y les muestra sus partes pudendas, tan toscas como tiernas.
Katya estaciona la camioneta frente a su vieja casa. Observa a Toby alimentando a Soldado en el sector trasero del vehículo: dos latas extra grandes de Purina Husky y un par de litros de agua servidos en envases vacíos de helado. Tendrá que encontrar un sitio para bañar al animal.
–¿Estás seguro de que no quieres que te lleve a casa?
Toby se encoge de hombros.
–Está todo bien. Ey, ¿qué hace ese edredón aquí?
–¿Qué? No es un edredón.
Sin embargo, lo es, indiscutiblemente. Color crema, con un estampado de pequeños elefantes y arrugado: exhibe signos inequívocos de que alguien ha dormido en él. Pero Katya no quiere discutir el asunto.
–Oh. Bueno, se está ensuciando con barro –afirma el chico y recorre el espinazo protuberante de Soldado con las uñas. El perro resopla y escarba el edredón, extasiado–. ¿Vamos adentro?
–No.
–Él quiere que subas y tomes una taza de té. Siempre dice lo mismo.
–Dios, por favor.
En lado opuesto de la calle, la hilera de antiguas casas adosadas continúa en pie, decaída y desprestigiada. Junto a la camioneta se cierne un edificio flamante y lustroso. Tiene cuatro pisos y ofrece estudios y departamentos de una sola habitación, todos sobrevalorados. Se alza en la parcela donde estaba el viejo parque y se extiende hasta la acera. La calle se percibe umbría –los edificios parecen suspendidos sobre ella– y asimétrica. Es imperioso hallar, de algún modo, un equilibrio: demoler también lo que hay enfrente y edificar algo que haga juego. Fuera de su longeva casa han colgado el cartel publicitario de un constructor de bienes raíces.
Resulta ser que el arrendador de Katya, perteneciente a una gran agencia inmobiliaria, también tiene a su cargo el nuevo edificio. Cuando se hizo evidente que las decrépitas casas eran inhabitables debido a un daño estructural, le ofreció a los inquilinos departamentos más pequeños pero ostentosos, ubicados a lo largo de la calle. De manera que todos los residentes –Tasneem y su familia, la pareja de jubilados que vivían en el extremo de la hilera– debieron salir de sus cascarones y dispersarse en nuevos alojamientos, frente a sus seniles domicilios.
Katya no sabe con exactitud dónde se encuentran sus vecinos. Escruta las ventanas rectangulares, con molduras y rejas idénticas, y no tiene idea de cuál corresponde a Tasneem, a la pareja de ancianos o incluso a ella misma. Jamás ha entrado al sitio que le asignaron.
Y es que no vive aquí. Es Len quien se mudó a este lugar. Sin duda se ha dedicado a atufar el departamento con sus cigarros, sus pijamas sucias y las sobras rancias de sus comidas, desperdigadas por todas partes. Pájaro viejo y sagaz, bestia astuta como ninguna otra. Nunca permitiría que se le erradicara fácilmente. Pero hete aquí que aceptó la reubicación con mansedumbre. Los miembros de su familia concordaron en que era lo mejor.
–Después de todo, no quiero verlo morir sobre el asfalto, fuera de mi puerta –dijo Alma. Toby suele visitarlo y llevarle bolsas de té y tabaco.
Por si fuera poco, Len se quedó con los overoles verdes. No hubo forma de despojarlo de ellos. Los usa a menudo y rara vez los lava. Soldado trituró una manga hasta dejarla hecha jirones y su padre resolvió el asunto simplemente desgarrando los brazos del uniforme a partir de las costuras, de modo que sus fibrosos bíceps están expuestos día y noche. Además arrancó la insignia de RIP, situada en el bolsillo a la altura del pecho.
–Es una jodida estupidez. Y no la dibujaron a escala –fueron sus palabras.
Katya le frunce el ceño a Toby.
–Espero que no te dejes mangonear por ese viejo, ¿eh?
–El abuelo y yo estamos bien –ríe el chico.
–Sí, bueno, sólo ten cuidado –intenta pacificar el tono–. ¿Y qué hay de Tasneem? ¿Cómo van las cosas?
Toby se encoge de hombros.
–Ah, ya no estamos saliendo. Ella era un poco... No sé, ¿ansiosa? ¿Entiendes? –le dirige una mirada confidencial.
–¿Engreída? ¿Demasiado arrebatada? Como sea, a tu madre le gustaba.
–Sip.
–Bueno, lo lamento.
–Bah, está bien. Estamos bien –estira sus largos brazos, entrelaza los dedos y hace crujir los nudillos–. Me siento bien –dice y le obsequia una sonrisa de regocijada satisfacción consigo mismo.
En verdad no hay modo, no hay modo en absoluto, de desmoralizar a este niño.
Mientras Toby se despide con la mano en el aire, ella maniobra la camioneta, da media vuelta y conduce hacia el final de la calle. En el trayecto disminuye la velocidad para echarle un ojo a la puerta de su cochera. La pondera con una deferencia torva: su vieja e indoblegable enemiga. El barrio entero podría colapsar y tornarse polvo, pero aquella puerta saldría invicta.
Como si su mente le dictara una orden, la puerta comienza a estremecerse y a transigir, y repentinamente desobstruye su parte inferior, cediendo unos cuantos centímetros. Se instala un largo silencio. La puerta no hará ningún otro gesto para desistir de su contumacia. Una figura gris y andrajosa se escabulle fuera de la ranura que quedó abierta. Derek, desde luego. Usa un abrigo de tweed, gris y pringoso, que le resulta familiar. Juraría que alguna vez le perteneció a su padre. Y una tira de tela envuelve su brazo derecho. Color verde veneno.
–¡Ey, Derek! –grita Toby desde la acera opuesta y el hombre saluda con una mano convulsa.
Katya baja la ventanilla del vehículo.
–Derek. ¿Qué haces aquí?
Él entorna los ojos, como si se hallara a un millón de kilómetros de distancia, y rumia qué tanto merece la pena cruzar el pavimento para hablar con ella. Finalmente se pasea hacia la camioneta e inclina la cabeza.
–Di lo que tengas que decir, niña.
–Sabes, la construcción es peligrosa... Se va a desplomar. Y, de cualquier manera, ¿no te vuelve loco esa puerta? Ni siquiera tiene picaporte.
Derek sonríe con suficiencia.
–Una gota de aceite, eso es todo lo que necesitaba. Una gota de aceite. No es una mala puerta. ¿Un cigarro?
–No fumo.
–¿Efectivo? Necesito seis rands y treinta y cinco céntimos.
Seis rands y treinta y cinco céntimos, vaya pues. Se pregunta qué podrá comprar con tal suma: ¿un café chico en McDonald’s? Le entrega un billete de diez rands. Se percata de la trascendencia del acontecimiento. Es la primera ocasión en que le da dinero a Derek, o eso presume.
Él analiza el billete y se lo devuelve a través de la ventanilla.
–Seis rands y treinta y cinco céntimos.
Katya no encuentra motivo para no hacer lo que el hombre indica. Hurga en el cenicero del panel de instrumentos y atina con la cantidad exacta, que consiste, sobre todo, en pequeñas monedas marrones. Derek las cuenta escrupulosamente.
–¿Podrías darme un recibo?
–¿Eh?
–No importa.
La puerta oscila y se eleva con suavidad a espaldas de Derek –no se atora en absoluto–, y ella vislumbra una silueta en la penumbra de la cochera. Está sentada en un contenedor de plástico, fuma un cigarro liado y viste de verde. Len se lleva la mano a la cien –la mano con la que sostiene el cigarro–, como en un saludo marcial.
Katya le devuelve el saludo inclinando la cabeza. Han pasado semanas desde la última vez que conversó con su padre. Un demonio malicioso sugiere que le muestre a Soldado, que en este instante duerme la siesta sobre el edredón que colocó en el compartimento trasero de su vehículo, pero no sabe cuál de los dos se llevará el mayor susto.
Len ya no es exactamente el mismo. Soldado se las arregló para lesionarle el hombro y la parte superior del brazo izquierdo, y le extrajo un pedazo de tejido de la pantorrilla. De modo que su padre cojea, además de exhibir bizarras cicatrices a lo largo de ambos brazos, extremidades añosas y desnudas: víbora bufadora de un lado, perro del otro. Estigmas extravagantes con los que le fascina pavonearse ante los extraños: ¡Tuve que someter al condenado rufián! Y qué decir de los miembros vendados de Derek: parecen, más que nunca, veteranos de alguna conflagración particularmente fatigosa.
Sin embargo, Len ha perdido su fiereza. Todo indica que la última reyerta lo consumió, y cuando Katya lo observa, sólo ve a un anciano con muchas más heridas de las que ella jamás tendrá. Tales llagas constituyen una suerte de barrera entre ambos: flagrantes, en la piel, a la vista de todos.
Ahora su padre estira el cuello para hablarle.
–¿En qué andas, mi niña?
–Sólo vine a dejar a Toby. Quiere verte.
–Buen chico. ¿Han estado trabajando?
–Sip. Un enjambre. Pachypasa capensis, de hecho.
–Ajá. Bueno –tira ceniza al suelo con desdén–. Resultan fáciles, ¿no? Pero lo que me gustaría saber... –de pronto otea a Derek y sonríe de oreja a oreja.
–¿Qué, papá?
–Lo que en realidad me gustaría saber es... –ahora expone una sonrisa mellada–. ¿Fue una tarea indolora?
Los dos ancianos se descostillan de la risa. Katya pone los ojos en blanco ante las risotadas. Últimamente, al parecer, Len la encuentra hilarante. Podría ser peor. Ella sacude la cabeza en señal de desaprobación y sigue conduciendo.
Antes de doblar en la esquina, le brinda a los vetustos soldados una pequeña serenata con el claxon: ¡Ratas-en-una-trampa-para-ratas! ¡Aplastadas-desinfladas!
Cuanto más lejos conduce, mejor se siente. Le agrada poner distancia entre ella y su padre. Algo imperioso para ambos, medita. Es análoga a una madeja que se desenmaraña: siempre está enlazada, pero se percibe más liviana conforme avanza. Gira hacia la izquierda y después hacia la derecha. Recorre calles que conoce bien. Asciende por Main Road, pasa por el hospital y toma la carretera. Conduce y conduce. No hay prisa ni un sitio particular al cual dirigirse. No posee una dirección permanente.
Por estos días duerme en la camioneta. Las noches son cálidas. Podría parecer riesgoso en un territorio como Ciudad del Cabo, pero, por extraño que suene, es sorprendentemente factible. Nadie puede verla en la parte trasera del vehículo. Suele estacionarlo en apacibles bocacalles suburbanas. La camioneta tiene barrotes, después de todo, y se cierra desde el interior. Por lo demás, ¿quién querría secuestrar una furgoneta con cucarachas pintadas? Y ahora que Soldado está a bordo –cavila–, resulta bastante improbable. Esto es todo lo que en verdad necesita. No precisa ocupar más espacio. Se asea en baños de centros comerciales. No es la forma más sencilla de vivir, pero tampoco es imposible. Al menos ya no debe lidiar con la exasperante puerta de la cochera.
Dormir en la camioneta no supone, en realidad, una adecuación excesivamente drástica. Para Katya, los automóviles huelen a casa, poseen la fragancia de la hora de ir a la cama. El perfume de la gasolina y de la tapicería de cuero debe haberse introducido en la sinuosidad de su cerebro infantil hace largo tiempo, cuando dormía en la pickup de su padre. Los coches representan una canción de cuna, un arrullo algo prosaico. Hoy, la camioneta se ajusta a ella a la perfección. La oquedad en el asiento tiene la forma de su cuerpo y la de nadie más. Deslizó el asiento hacia delante. Afianzó el espejo retrovisor en la posición idónea. Ni siquiera le da a Toby la oportunidad de ir al volante: es demasiado perturbador.
Ha reparado en que la gente como ellos –como ella y Len– no está hecha para el entorno doméstico. Carecen de un hogar, no se adaptan a él. Aquella idea que fabuló en Nínive, la de vivir con holgura y sosiego, guarecida tras muros que jamás se desmoronarían, a salvo dentro del contorno circular trazado por las luces de los guardias armados, no fue más que una entelequia, tan rimbombante y de mal agüero como las visiones del señor Brand.
Los suburbios son el paraje más seguro, pero a veces Katya osa pernoctar más allá, en sitios donde despertar se traduce en toda una aventura. Cierta comarca próxima a la playa o alguna otra, muy arbolada. En este instante se desplaza por la carretera Tafelberg y se detiene en uno de los miradores. Se trata de un lugar solitario por la noche, y un poco siniestro. Seguramente su carácter espeluznante obedece al recuerdo de aquellas infaustas carpas doradas, y a la faz de la roca que se alza, amenazadora, a sus espaldas: un semblante de plata, cadavérico, iluminado por reflectores, semejante a una montaña en la Luna. Sin embargo, la vista panorámica es muy bella: la ciudad se disemina hacia el puerto, acunada por el brazo de Signal Hill. El espectáculo se dulcifica en virtud de la luz nocturna, horadado por las farolas y empañado, a lo lejos, por lívidas ráfagas de sodio. En ocasiones Katya ha observado, justo bajo la carretera, a un grupo de rastafaris lavando su ropa en el riachuelo que fluye por encima de las casas señoriales. Logra distinguir, en los confines, el Castillo de Buena Esperanza y el área yerma que en otro tiempo fue el Distrito Seis. Los suburbios comienzan en el extremo derecho y más allá se atisban las estaciones ferroviarias que funcionan como patios de maniobras y los depósitos.
La gente no es visible desde esta altura. Si no fuera por el tráfago incesante de vehículos a lo largo de las calles, que discurren como hebras, uno podría pensar que se trata de una urbe desprovista de seres humanos. No obstante, Katya sabe que allí se encuentran. Se pregunta por el destino de Pascal: ¿qué perímetro estará patrullando ahora? Ha adoptado un nuevo hábito: el de escrutar los rostros de los espigados vigilantes de estacionamientos o centinelas nocturnos. Lo hace del mismo modo en que alguna vez buscó a su padre entre las ajadas figuras de los transeúntes. Y Reuben, él también debe andar por ahí. Intuye que vive en algún suburbio que ella apenas ha explorado, apartado del centro. Puede verlos a todos, agazapados en escondites de la metrópolis. El señor Brand y Nosisi y Len y Zintle, y la propia Katya y los demás. Cada uno mora en una Ciudad del Cabo sutilmente disímil. Se saludan con la mano y tropiezan unos con otros, de manera ocasional, en los sitios donde tales ciudades se superponen. Zonas en las que el mundo cobra forma y las cosas se trastocan y divergen de sus posiciones. Nínives.
Ahí fuera, Katya observa incontables territorios de esa índole: dominios de propiedad incierta. Bulevares inconclusos, el resplandor humeante de asentamientos que aún deben ser nombrados, nebulosas renegridas entre los centelleos. Todo bulle, todo ha cambiado y continúa haciéndolo en este instante. No hay modo de perpetuar la forma de las cosas. Una casa se derrumba y otra se eleva. Si uno se deshace de un ladrillo erosionado, alguien lo cogerá, río abajo, y lo colocará junto a otros en una nueva trayectoria, en un nuevo muro –un nuevo muro que tarde o temprano se desmoronará, proporcionándole a las arañas un andurrial para anclar su propia arquitectura
AGRADECIMIENTOS
Quiero expresarle mi gratitud a todos en Almadía por hacer posible la presente traducción. Le agradezco especialmente a mi editor, Guillermo Quijas, a mi estupenda traductora, Ana Marimón Driben –su meticulosidad, perspicacia y sentido del humor hicieron del proceso un placer absoluto–, y desde luego, a Mauricio Montiel Figueiras. Este libro no estaría hoy aquí sin el tesón, la generosidad y el entusiasmo de Mauricio.
Como siempre, le estoy profundamente agradecida a mi agente, Isobel Dixon. Y todo mi amor y toda mi gratitud –también como siempre– a mi familia, en especial a mis padres, que ya no me acompañan.
Diversas organizaciones me proporcionaron, de manera pródiga, tiempo y espacio para trabajar en el manuscrito original, en inglés, de esta novela. Fui muy afortunada al gozar de la hospitalidad de la Akademie Schloss Solitude, del Caine Prize for African Writing, del Lannan Center for Poetics and Social Practice, del Karoo Boeke Trust, del Caldera Arts Center y de la Universidad de Ciudad del Cabo.
ÍNDICE
I. ENJAMBRE
II. DESPRENDIMIENTO
III. GRIETAS
IV. ANTE EL PORTÓN
V. CARNE DE TERNERA EN LATADA
VI. MARISMA
VII. GOLF
VIII.CRISH, CRASH
IX. INFRAMUNDO
X. VIP
XI. ALMA
XII. SACRIFICIO
XIII. RATAS EN UNA TRAMPA PARA RATAS
XIV. RESPUESTA ARMADA
XV. LABERINTO
XVI. ADIÓS A NÍNIVE
AGRADECIMIENTOS
Henrietta Rose-Innes nació Cape Town, Sudáfrica, en 1971. Ha publicado las novelas The Rock Alphabet, Shark’s Egg y Green Lion, así como el libro de cuentos Homing. Ha colaborado en publicaciones internacionales como Granta, AGNI, The Best American Nonrequired Reading 2011 y Willesden Herald New Short Stories. Ha ganado los premios Caine Prize for African Writing, South African PEN Literary Award 2007 y, en Francia, el François Sommer; así como el segundo lugar en la BBC International Short Story Competition 2012. Parte de su obra está traducida al inglés, rumano, francés, árabe, neerlandés y alemán. Actualmente estudia un posgrado en escritura creativa en la universidad de West Anglia.
Títulos en Narrativa
AL FINAL DEL VACÍO
POR AMOR AL DÓLAR
REVÓLVER DE OJOS AMARILLOS
CUARTOS PARA GENTE SOLA
J. M. Servín
OREJA ROJA
Éric Chevillard
MARIENBAD ELÉCTRICO
Enrique Vila-Matas
LOS ÚLTIMOS HIJOS
EL CANTANTE DE MUERTOS
Antonio Ramos Revillas
LA TRISTEZA EXTRAORDINARIA
DEL LEOPARDO DE LAS NIEVES
Joca Reiners Terron
ONE HIT WONDER
Joselo Rangel
CONJUNTO VACÍO
Verónica Gerber Bicecci
LOS TRANSPARENTES
BUENOS DÍAS, CAMARADAS
Ondjaki
PUERTA AL INFIERNO
Stefan Kiesbye
EL APOCALIPSIS (TODO INCLUIDO)
¿HAY VIDA EN LA TIERRA?
LOS CULPABLES
LLAMADAS DE ÁMSTERDAM
Juan Villoro
DISTANCIA DE RESCATE
PÁJAROS EN LA BOCA
Samanta Schweblin
MAR NEGRO
DEMONIA
LOS NIÑOS DE PAJA
Bernardo Esquinca
EL HOMBRE NACIDO EN DANZIG
MARIANA CONSTRICTOR
¿TE VERÉ EN EL DESAYUNO?
Guillermo Fadanelli
BARROCO TROPICAL
José Eduardo Agualusa
EMMA
EL TIEMPO APREMIA
POESÍA ERAS TÚ
Francisco Hinojosa
APRENDER A REZAR EN LA ERA DE LA TÉCNICA
CANCIONES MEXICANAS
EL BARRIO Y LOS SEÑORES
JERUSALÉN
HISTORIAS FALSAS
AGUA, PERRO, CABALLO, CABEZA
Gonçalo M. Tavares
25 MINUTOS EN EL FUTURO. NUEVA CIENCIA FICCIÓN
NORTEAMERICANA
Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef
CIUDAD FANTASMA. RELATO FANÁSTICO DE LA
CIUDAD DE MÉXICO (XIX-XXI) I Y II
Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte
EL FIN DE LA LECTURA
Andrés Neuman
LA SONÁMBULA
TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO
Bibiana Camacho
LATINAS CANDENTES
RELATO DEL SUICIDA
Fernando Lobo
CIUDAD TOMADA
Mauricio Montiel Figueiras
JUÁREZ WHISKEY
César Silva Márquez
TIERRAS INSÓLITAS
Luis Jorge Boone
CARTOGRAFÍA DE LA LITERATURA
OAXAQUEÑA ACTUAL I Y II
VV. AA.
EL HIJO DE MÍSTER PLAYA
Mónica Maristain
HORMIGAS ROJAS
Pergentino José
Títulos en Crónica
SOLSTICIO DE INFARTO
Jorge F. Hernández
MEMORIA POR CORRESPONDENCIA
Emma Reyes
CONTRA ESTADOS UNIDOS
Diego Osorno
D.F. CONFIDENCIAL
J. M. Servín
TODA UNA VIDA ESTARÍA CONMIGO
VIAJE AL CENTRO DE MI TIERRA
Guillermo Sheridan
DÍAS CONTADOS
Fabrizio Mejía Madrid
8.8: EL MIEDO EN EL ESPEJO
PALMERAS DE LA BRISA RÁPIDA
Juan Villoro
Títulos en Ensayo
CURIOSIDAD. UNA HISTORIA NATURAL
UNA HISTORIA DE LA LECTURA
LA CIUDAD DE LAS PALABRAS
Alberto Manguel
UNA CERVEZA DE NOMBRE DERROTA
EL ARTE DE MENTIR
Eusebio Ruvalcaba
LA FRAGILIDAD DEL CAMPAMENTO
L. M. Oliveira
EL IDEALISTA Y EL PERRO
INSOLENCIA, LITERATURA Y MUNDO
EN BUSCA DE UN LUGAR HABITABLE
Guillermo Fadanelli
LA MEXICANIDAD: FIESTA Y RITO
LA GRAMÁTICA DEL TIEMPO
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EL LIBRO DE LAS EXPLICACIONES
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CUANDO LA MUERTE SE APROXIMA
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ÍCARO
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ARTE Y OLVIDO DEL TERREMOTO
Ignacio Padilla
EL ARTE DE PERDURAR
Hugo Hiriart
LA OTRA RAZA CÓSMICA
José Vasconcelos
PUNKS DE BOUTIQUE
Camille de Toledo

NÍNIVE
de Henrietta Rose-Innes.
Para su composición tipográfica se emplearon las familias Bell Centennial
y Steelfish de 11:14, 37:37 y 30:30.
El diseño de portada es de Alejandro Magallanes.
El cuidado de la edición estuvo a cargo de Karina Simpson.
La formación de los interiores la realizó Ana Paula Dávila.