Kitabı oku: «Mamá, no estoy muerta»


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M334 Mariela SR-Coline Fanon, 1986
Mamá, no estoy muerta
Guatemala: Piedrasanta, 2022
244 p. : 21 cm

Cuidado de la edición
Francisco Morales Santos
Luisa Fernanda Bran Alegría
Versión al castellano
Carol Zardetto
Diseño de interiores
José Javier Pinto Gaitán
Coordinación gráfica
Michelle Orozco
Gerente de producción editorial
Daniel Caciá
Directora
Irene Piedrasanta
ISBN impreso: 978-9929-562-65-3
ISBN digital: 978-9929-562-67-7
Primera edición: 2022
© 2022 Mariela SR - Coline Fanon
© 2022 Kennes Editions
© 2022 Traducción y versión al castellano Editorial Piedrasanta
© 2022 para la presente edición
Editorial Piedrasanta.
5. calle 7-55 zona 1
Guatemala Ciudad.
PBX: (502) 2422-7676
5966-2271
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EditorialPiedraSanta
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Prohibida la reproducción parcial o total de este libro por cualquier método, digital, fotográfico y fotomecánico sin la autorización de Editorial Piedrasanta.
Mariela SR - Coline Fanon

no estoy
muerta

La increíble
historia de Mariela,
secuestrada al nacer
“La lealtad hace familia, la sangre hace parientes”
Prólogo
Tengo 34 años, dos hijos —una niña traviesa y un niño muy vivaz—, un esposo estupendo y un buen trabajo. Vengo de una familia muy cariñosa y atenta. Me encanta tocar el piano y me apasiona la fotografía. Soy “casi” una mujer común y corriente. Digo “casi”, pues soy adoptada. Por fin me atrevo a decirlo. De niña, mis rasgos faciales y mi vida en Bélgica no delataban que hubiera nacido en otro lugar. A pesar de ello, a medida que crecía, deseaba saber de dónde venía.
Me contaron la historia de que mi madre biológica era demasiado pobre y que por eso me abandonó. Una historia clásica de adopción y, sin duda, la razón más moral y honorable para separarse de una hija. Intento imaginar la tristeza y la angustia, mezcladas con el coraje, de una decisión así. La adopción significa, con frecuencia, no tener otra opción más que entregar a un niño a lo desconocido después de haberlo llevado en el vientre y darle vida, para ofrecerle una oportunidad de sobrevivencia. En cierto modo, es renunciar a la propia sangre para desafiar un destino adverso. En mi caso, fue diferente.
Un ser humano, vivo o muerto, no tiene precio. Pero la demanda crea la oferta. Surgen oportunidades, nacen intereses y comienza el tráfico. De ser invaluable, un niño pasa a ser una mercancía que se cotiza en dinero.
No estoy en contra de la adopción. De eso, ni duda cabe. Más bien, lo que deseo es sensibilizar a las personas para que se les permita a los niños adoptados disfrutar de su derecho fundamental a reunirse con su familia biológica si así lo desean; realizar activismo en favor de que se revisen y modifiquen en profundidad las leyes, acuerdos y convenios internacionales que rigen las adopciones. Como el país “de origen” a menudo no puede garantizar la autenticidad de los certificados de nacimiento, el país adoptante debiera poder realizar todas las comprobaciones necesarias. No tendría que haber lagunas ni presunciones en los procesos de adopción. Utilicemos la genética y los perfiles de ADN para probar la paternidad, en el caso de la adopción voluntaria. La humanidad es preciosa, invaluable. Adoptarla es respetarla. Mercadearla es burlar ese respeto.
Gracias a la meticulosa costumbre de mi madre adoptiva de hacerme un hermoso álbum de recuerdos, hoy tengo la oportunidad de disponer de un expediente completo, escrupulosamente conservado y acompañado de mil y una fotos, numerosas cartas y otras notas. Estos preciosos elementos me han permitido desandar el hilo de mi vida hasta encontrar mis raíces. Deseaba compartir en un libro esta increíble búsqueda de la verdad.
Este libro es mi historia, un legado para mis hijos, la verdad sobre nuestra familia. Es una forma de hacer justicia a mis padres de sangre, de honrar el extraordinario valor de mi madre y el lugar que mi padre me ha hecho en su corazón y en su vida desde nuestro reencuentro. Es también un homenaje a mis padres de corazón, de toda la vida, a quienes amo profunda e incondicionalmente. Por último, es un deber de memoria que llevo a cabo con la Fundación Racines Perdues-Raíces Perdidas (RP-RP), que representa a varios centenares de personas que se enfrentaron al horror de la trata de seres humanos cuando fueron adoptadas y que siguen buscando a sus familias por todo el mundo. Evitemos que mi historia, nuestras historias, se repitan.
¡Nunca más! ¡Plus jamais ça!
PARTE I
Los inicios de una conmoción
1.
Una familia que no es como cualquier otra
Mis padres nunca me ocultaron las circunstancias de mi llegada a Bélgica y siempre me contaron, a grandes rasgos, la historia de mi primera infancia. Esto es, que mi madre biológica se llamaba Lorena y que fueron a buscarme a Guatemala cuando yo tenía once meses, tras una larga batalla administrativa mitigada por la alegría que les produjo mi presencia.
Al igual que muchos de nosotros, tengo vagos recuerdos de mi tierna infancia. Recuerdo nuestra gran casa de las Ardenas, así como los olores de la deliciosa cocina de mi madre Colette y las notas de jazz, blues o rock que mi padre Yves solía escuchar en el salón. También recuerdo haber sido madrugadora; siempre me levantaba al amanecer, para disgusto de mis padres.
Cuando llegué a Bélgica, los médicos descubrieron que tenía un ureterocele, lo que explicaba mi fiebre alta y estado apático. No descartaron que esta malformación, caracterizada por una dilatación del extremo inferior del uréter, pudiera ser consecuencia de la introducción tardía de elementos sólidos en mi dieta; ni la posibilidad de que, durante toda mi vida, tendría que estar controlada para evitar una intervención quirúrgica, en caso de que se produjera una disfunción renal. Naturalmente, mi madre decidió dejar de trabajar. Con paciencia, se dedicó a diversificar mi dieta y a enseñarme francés. Subrayo lo de “con paciencia” porque, aún hoy, sigo prefiriendo los alimentos blandos y líquidos, algo que la hace sonreír.
En 1989 mis padres fueron a Surinam por Sara, su segunda hija y mi pequeña hermana. Durante este tiempo me quedé con mi abuela materna, con la que establecí un vínculo especial; ella sería mi confidente a lo largo de toda su vida. Sara y yo crecimos en un entorno saludable en el que la cultura era muy importante. Íbamos al cine y a los museos tan a menudo como era posible y visitábamos exposiciones regularmente. Nuestras fiestas de cumpleaños fueron mágicas y nuestras vacaciones siempre soleadas. Aprendí a tocar el piano. Ahora me apasiona el patinaje artístico y la gimnasia. Canto en un coro con mis primos y mi abuela paterna. Bailo hip-hop, bachata, merengue... bailar me libera. En la escuela nos llamaban “la tribu de Fanon”, yo formo parte de ella y eso me enorgullece.
El único punto negro de esta bonita foto son las noches. La misma pesadilla me persigue sin descanso: estoy sentada en una barca, en una enorme extensión de agua, una gran sombra negra aparece de repente, derriba la barca lanzándome al aire y, luego, caigo en el vacío. Me despierto sobresaltada, jadeando, asustada, con el corazón a punto de estallar. Durante mucho tiempo, me fue imposible dormir sin la presencia de mis padres o de mi hermana Sara.
A los 9 años, mi piel empezó a oscurecerse y mi pelo a rizarse, así que lo alisé y amarré para ocultar esa melena poco dócil. También adquirí la costumbre de morderme los labios, que se habían vuelto demasiado carnosos para mi gusto, y rezaba cada noche para no diferenciarme demasiado de las demás chicas de mi clase. Cuando tenía diez años, al principio del año escolar, yo tenía un intenso bronceado, producto de mis vacaciones en Creta, que provocó que una niña me llamara “caca”. Mi madre me consolaba y me explicaba que un día esa chica pagaría mucho dinero para tener el color de mi piel. En ese momento, ella no sabía que sus palabras se convertirían en una predicción: a los 17 años, me topé con mi antigua compañera de colegio justo cuando salía de un salón de bronceado con la cara toda roja.
Cuando dejamos la infancia, el divorcio de nuestros padres nos dolió bastante a mi hermana y a mí, pero también nos unió. Estuvimos más cerca que nunca para poder superar esa ruptura, ayudadas por el amor indefectible de nuestros padres.
A pesar de que me eduqué con tolerancia y serenidad, lo que hace que hoy evite cualquier conflicto, mi adolescencia fue bastante tumultuosa. Mi búsqueda de la libertad y la justicia me empujaron a desafiar lo prohibido, a ponerme en peligro varias veces. Llena de vida e invencible a mis ojos, he llevado siempre en el corazón el afán de defender a todas las víctimas de los abusos y la maldad y a luchar contra las desigualdades. Mis profesores me llamaban “la abogada”.
Viví algunos romances y un auténtico flechazo, a los 19 años, personificado en un guapo español de apellido Aguado. Me hizo reencontrarme con mi lengua materna, me presentó a su familia y al instante me sentí como en casa.
Después de mis estudios de Humanidades me sumergí apasionadamente en el Código de Instrucción Penal y en el Código Penal. En mi tesis mencioné mi intención de trabajar en el ámbito de la lucha contra la trata de seres humanos. Es probable que la premonición sea un rasgo de familia.
Fue en 2006 que decidí abandonar el nido. Vivir sola me sentaba perfectamente, pero las noches seguían siendo difíciles. Me seguían despertando las pesadillas y acababa levantándome para trabajar en mis archivos. Adquirí la costumbre de disimular mi cansancio por la mañana con una bonita sonrisa. Cuatro años más tarde, en 2010, me entregué a la lectura profunda de mi expediente de adopción, guardado celosamente por mis padres y, esporádicamente, me lancé a realizar algunas búsquedas —principalmente en internet— para encontrar a mi madre biológica… pero sin éxito.
Sin embargo, mi mente se pasea por mis recuerdos y empiezo a notar coincidencias, señales. Uno de los ejemplos más sorprendentes me remite a mis años de exploradora scout. En ese momento, mi prima Marine y yo formábamos parte de la misma manada. A los 12 años, en una conmovedora ceremonia, recibí mi tótem: el “Quetzal”. Se trata de un pájaro colorido con una larga cola de plumas verdes, pero también es la unidad monetaria de Guatemala y figura en su bandera como símbolo de la libertad. Un año más tarde, en la más pura tradición scout, fui calificada como “Todoterreno” debido a mi gran capacidad de adaptación a cualquier situación y a mi infinita sed de libertad.
2.
Mi turno de ser mamá
Para mí la maternidad siempre ha sido un concepto bastante enigmático. Por eso, cuando experimento las primeras náuseas, durante el embarazo, no lo veo como el fabuloso milagro de la vida que expresa el cliché. En cambio, la primera vez que siento a mi hija moverse en el vientre, me resulta algo abrumador. Me parece evidente que, en ese momento, despierta el “trauma de la primera infancia” vinculado a mi adopción, aun cuando este había sido ya mitigado por la protección dulce y amorosa que mis padres adoptivos me ofrecieron desde que nos conocimos. Les agradezco la infancia luminosa que tuve, pues me ha brindado una extraordinaria resiliencia que ha sanado este trauma, a pesar de las pesadillas que aún permanecen.
A lo largo de los años, mis inquisiciones acerca de los trastornos del apego y mis lecturas de la literatura relacionada con este tema me han aclarado varios puntos. Aprendí que después de siete meses de vida, se califica una adopción como “tardía”. No todos los niños adoptados después de esta edad tienen la oportunidad de realizar lo que se llama “disociación psicológica”. La mayoría conserva un trastorno mental relacionado con la ruptura del vínculo materno-filial y padecen síntomas como retrasos graves en el lenguaje, ataques agudos de ansiedad, ira excesiva o comportamientos violentos y regresivos. A medida que el niño crece, estos síntomas pueden derivar en trastornos de atención, bipolaridad, retraimiento, extrema falta de confianza en los demás, autolesiones e intentos de suicidio.
El trauma de la primera infancia se origina en una ruptura temprana entre madre e hijo. El niño recién nacido, que se considera uno con su madre, experimenta esta separación como la amputación de una parte de sí mismo. Otros factores que también pueden estar en el origen del trastorno: contextos de violencia conyugal, guerras o desastres naturales como tifones, terremotos, etc. Estas diferentes causas traumáticas pueden tener un impacto en la primera infancia, incluso cuando el feto aún se encuentra formándose en el útero.
En el caluroso verano de 2012, dejo de lado instintiva e inconscientemente todas mis ansiedades para dar a luz a Eva. Desde el principio me encantan sus grandes ojos azules. Tiene una apariencia muy zen y, como un Buda imperturbable, duerme las noches enteras, sin despertar para comer, en la sala de maternidad. Las comadronas son prudentes y me aconsejan que la despierte regularmente para alimentarla.
No puedo evitar pensar que el hecho de haber dado a luz a las 42 semanas —tras una inducción seguida de una cesárea ocasionada por una pelvis que no es lo suficientemente grande— refleja físicamente que la entrada a la maternidad es un tema difícil para mí. Ser madre es una revolución. Empiezo a dudar de mis percepciones, proyecciones e incluso de mis convicciones, pero, a través del contacto con mi hija, aprendo a relativizar mis preocupaciones y con ello, me llega una forma de sabiduría.
Inevitablemente, su primer año de vida me regresa a lo que debió ser el mío, lo cual es difícil, a veces hasta doloroso. Mi asombro diario ante su florecimiento y aprendizaje va acompañado de una lenta e inquietante constatación del vacío que representan los primeros once meses de mi existencia. Poco a poco me doy cuenta de que no sabía nada de esa etapa. En mi caso no existían los recuerdos que todo el mundo construye a partir de un álbum de fotos o de las historias familiares. El abismo es profundo, los sentimientos se agolpan y el malestar crece en total contradicción con la felicidad familiar que se supone debe invadirme con la llegada de un primer hijo.
En la primavera de 2017, tres semanas antes del tiempo debido y de nuevo por cesárea, doy a luz a Hugo. Vivaz y curioso, este pequeño tiene energía de sobra y, a diferencia de su hermana, dormir nunca ha sido su fuerte. Como en el caso de Eva, la felicidad de su primer año se ve matizada dentro de mí por más momentos de prueba en los que su historia emergente colisiona con la mía.
La oportunidad que tengo de estar cerca de mis hijos y ellos de estar conmigo, yo no la tuve con mi madre biológica; por eso los fotografío y hago álbumes con la idea de trasmitirles lo mucho que me enseñó mi familia adoptiva a partir de mis once meses de vida. No quiero que el vacío o la nada roben ni un solo momento de sus vidas. Me gustaría que cada una de sus preguntas tuviera una respuesta, una imagen, una conexión.
Alimentada y tranquila por el infinito amor que siento por mis hijos, pongo mi expediente de adopción en una carpeta plastificada y lo guardo en una caja. Luego atravieso el jardín hasta el cobertizo de piedra y coloco en un estante lo que parece un pequeño sarcófago. Me quedo quieta un largo rato ante el entierro ritual de una parte de mí misma y de la posibilidad de encontrar a la persona con la que estoy unida desde mi nacimiento. Luego vuelvo a la casa para ocultar la foto que he guardado en secreto.
3.
Una indígena guatemalteca
Desde que soy madre nunca he trabajado los miércoles. Los aprovecho para recoger del colegio a Eva a última hora de la mañana y así pasar el resto del día juntos los tres, con Hugo. El miércoles 22 de noviembre de 2017, mientras cuido a su hermano de siete meses, Eva, de cinco años y medio, salta frenética en el sofá, que ella imagina es un trampolín, y grita: “¡Soy una indígena guatemalteca, soy una indígena guatemalteca!”. Desde la cocina la oigo cuando me pregunta, todavía saltando: “Mamá, si tú eres de Guatemala, ¿soy yo por lo menos una medio indígena? Mi maestra lleva pendientes con plumas, ¡pero yo soy una indígena real! ¿Verdad, mamá?” Luego de respirar profundamente, buscando torpemente mis palabras, respondo: “Sabes, querida, no soy realmente una indígena y en Gua...”, pero Eva me interrumpe y continúa: “Oh sí, es cierto, solo conoces el vientre de tu mamá, no sabes quién es ella. ¡Pero un día quiero ir a Guatemala contigo!”.
Esta frase, inofensiva para mi hija, pero dolorosamente cierta, me atraviesa el corazón. Temblorosa y conmocionada, le digo: “Si alguna vez vuelvo allá, cariño, será para encontrar a mi madre”. Con una mirada de satisfacción, Eva salta de nuevo en el sofá y pide a todo pulmón un caballo para galopar de vuelta a Guatemala con su hermano. En ese momento no pienso en mi padre biológico ni en el expediente “enterrado” en el jardín, sino solamente en mi madre biológica. Ahora todo está muy claro: quiero encontrarla.
Entre 2010, año en el que inicié mi primera búsqueda, y 2017, año en el que dejé de hacerlo, había estado en contacto con la asociación francesa La Voz de los Adoptados. Ese miércoles por la tarde, unos minutos después de la conversación con mi hija, vuelvo a comunicarme con ellos. Todavía no me doy cuenta, pero esa llamada sería la primera de una larga serie de contactos y el inicio de un interminable recorrido de escollos y descubrimiento. Aún no dimensiono la importancia que esto tendrá para mí, así como para los miles de niños guatemaltecos adoptados en todo el mundo.
La primera información que recibo es que una cantante francesa, de nombre Carmen María Vega, fue adoptada a través de Hacer Puente, la misma agencia que tuvo que ver con mi adopción. Inmediatamente me pongo en contacto con ella, por medio del Messenger. Pronto nos llamamos y hablamos de las similitudes de nuestra adopción. Cuando le pregunto si sabe quién es Ofelia Rosal López de Gamas —un nombre que aparece muchas veces en mi expediente de adopción— me responde sin vacilar: “¡Ah, sí, la conozco muy bien, es una traficante de niños!”. Esta noticia me deja sin palabras. Mis ojos se nublan rápidamente y corro al fregadero de la cocina para vomitar. No sé cuántos minutos tardo en entrar en razón y darme cuenta de que le he colgado el teléfono a Carmen María. La llamo inmediatamente después de refrescarme y me cuenta toda su historia. Mientras escucho atentamente sus confesiones, no puedo sentir las lágrimas que ruedan por mis mejillas. ¿Hay alguna esperanza de que mi adopción no sea irregular? La historia de Carmen parece indicar todo lo contrario. Me asusto, pero sigo cuidando a Eva y a Hugo... con un presentimiento.
A la mañana siguiente, mientras me preparo el café, veo dos entradas para un concierto imantadas al refrigerador. Al rato, recuerdo que Pascal, mi marido, me las había regalado por mi cumpleaños. Esa tarde, en la cola de la taquilla, observo a la gente que nos rodea y no puedo evitar imaginar sus secretos, sus vidas. Estos pensamientos me hacen entrar en pánico, la mano de Pascal agarra la mía un poco más fuerte, respiro lentamente y trato de calmarme. Durante el concierto, mi cerebro estalla, mil suposiciones lidian entre sí, la angustia me asfixia y mis párpados arden con lágrimas. Pascal me susurra tiernamente “todo va a salir bien”. Yo aprieto un poco más su mano, cierro los ojos e intento responder a esta incógnita: ¿qué voy a hacer para que todo salga bien? En ese momento, la música de Julien Doré llena la sala. Transportada, disfruto mi regalo.
Esa noche apenas duermo. Al día siguiente, después de dejar a Eva en el colegio y a Hugo en la guardería, aún tensa, me siento frente a la computadora. Con unos pocos clics descubro que Ofelia de Gamas era nada menos que la cuñada del general Óscar Humberto Mejía Víctores.
Este general del ejército, ministro de la Defensa bajo la presidencia del autócrata genocida Efraín Ríos Montt, se autoproclamó presidente en agosto de 1983, mediante un golpe de Estado que depuso a su antecesor. Reforzó el cruel totalitarismo de quien lo había precedido y llevó al clímax la guerra que ensangrentaba el país desde 1960, más conocida como “Conflicto Armado Interno”.
La guerra en Guatemala duró 36 años, una de las más cruentas en la historia de América Latina. Me resulta difícil comprender sus causas, pero entre las más evidentes se señalan la exclusión y la desigualdad social y económica que impide que amplios sectores de la población, sobre todo pueblos indígenas, puedan satisfacer sus necesidades más básicas.
UNICEF estima que el Conflicto Armado dejó entre 100,000 y 150,000 huérfanos de uno o ambos padres. Alteró profundamente las vidas de cientos de miles de niños y niñas quienes tuvieron que asumir responsabilidades de adultos y se agudizaron los problemas educativos. En las zonas de mayor conflicto muchos de ellos fueron reclutados forzadamente como combatientes en las filas de uno de los bandos contendientes.
Se estima que el Conflicto Armado Interno dejó aproximadamente 200,000 muertos, personas desaparecidas y desarraigadas, alrededor de 45,000 refugiados en México y 626 masacres en las que se exterminaron comunidades mayas. Todo ello ha dejado huellas imborrables en los guatemaltecos. El Conflicto Armado fue un período devastador que está cercano en el tiempo. Fue vivido por personas que hoy son adultos y adultos mayores (entre 50 y 90 años) e incluso por sus hijos.
Óscar Mejía Víctores falleció el 1 de febrero de 2016, a los 85 años, sin haber sido juzgado.
Al continuar mi investigación sobre Ofelia de Gamas, solo encuentro un artículo de prensa. Apareció en Plaza Pública1 el 30 de enero de 2015, está firmado por Sebastián Escalón y se titula “La increíble historia de Edmond Mulet y los niños que [exportaba]”2. Al traducirlo, entiendo que Ofelia de Gamas, a quien su cuñado había nombrado directora del orfanato público Rafael Ayau, estaba asociada al escándalo de Los Niños del Sol con su colega, Edmond Mulet, entonces director del orfanato público Hogar Elisa Martínez.
Este escándalo estalló en 1981, cuando ambos fueron detenidos. El nombre que la prensa escogió para hablar del tema hace referencia a la asociación canadiense Les Enfants du Soleil, un centro de información sobre adopciones internacionales que resultó ser el eslabón de una red de adopciones ilegales entre Guatemala y Canadá. El artículo detalla que la detención tuvo lugar en una habitación del hotel Camino Real de la ciudad de Guatemala, en presencia de varias madres adoptivas canadienses y cinco recién nacidos guatemaltecos que estaban recogiendo.
Al teclear su nombre en varios buscadores de internet, me entero de que Edmond Mulet se ha convertido desde entonces en un diplomático reconocido y respetado. Antiguo secretario de Ban Ki Moon, en Naciones Unidas, fue nombrado en 2017 para dirigir una comisión de investigación dirigida conjuntamente por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) y la ONU. Sin embargo, no pude encontrar ninguna información sobre Ofelia de Gamas.
Mientras tanto, gracias a un dispositivo de traducción, escribo un mensaje en español a Sebastián Escalón. Sabiendo que es franco-hondureño, le especifico que soy francófona y se lo envío por Messenger. Con una amabilidad increíble, me responde en francés y se ofrece a ponerme en contacto con Marco Antonio Garavito, presidente de La Liga Guatemalteca de Higiene Mental, asociación que ha puesto en marcha un programa de búsqueda de personas desaparecidas en Guatemala. Doce horas más tarde, Garavito acepta ayudarme y a la vez me aconseja que sea prudente en mi acercamiento.
Temblorosa e intrigada por este diluvio de información, salgo al jardín a “desenterrar” mi expediente, lo reviso y me encuentro con una hoja de papel de la agencia Hacer Puente que dice “Si desea ponerse en comunicación con nosotros”, y se enumeran cuatro personas con sus datos de contacto. Decido empezar por el final de la lista y marcar el número de teléfono de Isabelle Sintobin, pero el mismo ya no está en servicio. Entonces, llamo a Christiane Oudar y rezo para que su número siga en servicio. Después de timbrar tres veces me responde una voz masculina, el marido de la señora Oudar me dice que ella ha muerto y que, mucho antes, se había distanciado de Hacer Puente; entonces, le doy el pésame y cuelgo. Impulsada por mi necesidad de respuestas, llamo a Jaqueline Doyen. Ella misma me responde y cuando le pregunto si trabajó para Hacer Puente, me dice que no recuerda mucho, que la agencia no tenía archivos y que solo se ocupó del “tránsito” de niños. Me choca mucho el uso de la palabra “tránsito” para referirse a seres humanos. Antes de colgar, Jaqueline me aconseja que hable con Michèle Boucq, la presidenta de Hacer Puente. Aunque me turban sus respuestas y su actitud, decido seguir su consejo y llamo inmediatamente a Michèle Boucq, que resulta ser la última persona que figuraba en la hoja.
Una vez más, me preocupa que el número pueda estar inhabilitado, pero me tranquilizo cuando se escucha el primer tono que anuncia la llamada. Michèle Boucq levanta el teléfono y me confirma secamente que, en efecto, era la presidenta de Hacer Puente. A continuación, y de manera rotunda, me dice que, aunque se ocuparon de mi adopción, no habían guardado ningún registro de sus expedientes. Su tono me irrita, pero aún así le pregunto: “Señora, entre los niños que ofreció en adopción había niños robados. ¿Lo sabía?” Incluso hoy, cuando pienso en ello, su respuesta me hiela la sangre: “Las madres dicen eso porque se arrepienten o no asumen la responsabilidad de sus actos. Unas cuantas cartas de abogados y en el acto se retractan de sus palabras.” Muy enfadada por mi pregunta y lo que estoy insinuando, Michèle Boucq cuelga. El tono que utiliza y el hecho de que corte la conversación me producen una extraña sensación... la de estar a las puertas de una verdad.
Así que, noche y día, arrullada por Experience, canción de Ludovico Einaudi, escribo frenéticamente en mi computadora, abro mil ventanas de conversación, recorro la ruta geográfica desde mi nacimiento —gracias a Mappy o Google Earth— y envío decenas de mensajes a mujeres que se llaman igual que mi madre biológica. Algunas responden que no pueden ayudarme, pero rezan para que haya quienes lo hagan; otras me bloquean sin siquiera molestarse en responder.
Mientras tanto, sigo escuchando el piano de Hanz Zimmer tocar Now we are free y veo la película Lion, que tan acertadamente transmite ese particular trance que embarga a las personas adoptadas cuando se disponen a encontrar su verdadera historia y que yo experimento. Como casi no duermo, comer me parece inútil... Reconozco que solo me siento conectada al mundo real a través de mis hijos y del ritmo diario que me imponen. ¿Es la intuición tan clara que tengo de haber sido víctima del tráfico de niños lo que me mantiene en ese estado? Una intuición que, de ser acertada, pone en duda mi adopción... e incluso mi abandono.
4.
La visión de una vida
El 30 de noviembre de 2017 estoy sentada frente a mi computadora en el buscador de Google Guatemala, peinando incansablemente los cientos de perfiles de Facebook que podían coincidir con el de mi madre. Ese día, un perfil se destacó entre todos. Cada año, el 7 de noviembre, una mujer llamada Lorena, como mi madre biológica, publica la imagen de un recién nacido o de un ángel que simboliza la pérdida de un hijo.
Esta fecha me confunde, no puedo evitar compararla con la primera partida de nacimiento que Hacer Puente envió a mis padres. Ahí dice que nací el 7 de noviembre de 1986. Maquinalmente, registro todas las fotos de esta señora que están disponibles en su cuenta y las examino minuciosamente. A toda prisa, saco la pequeña foto de mi madre que había guardado en secreto. Nuestro parecido es sorprendente. Para ser objetiva, me comparo con las fotos de sus hijos. Indudablemente, esta “Lorena” se parece a mí, sus hijos se parecen a mí y los hijos de sus hijos se parecen a los míos. Todos parecemos compartir un mismo rasgo facial: nuestros labios superiores son carnosos e, invariablemente, tienen la curvatura bien delineada.
Vencida por una idea, suelto el ratón de la computadora y subo las escaleras que llevan al baño, de cuatro en cuatro. Con cuidado, me quito el maquillaje, me hago un selfie en el espejo y rápidamente hago un montaje pegando los dos retratos. Nuestro parecido es aún más sorprendente. Sin esperar, se lo envío a mi marido y a los amigos cercanos que me han apoyado durante los últimos ocho días en mi agotadora investigación. Todos ellos, sin excepción, me advierten. “Ten cuidado, podría no ser ella”, escriben algunos. Temen que alimente falsas esperanzas y, sobre todo, que me decepcione. Racionalmente, creo que tienen razón, pero intuitivamente sé que se equivocan: “¡es ella! ¡Es mi madre!”.
Confiando solo en mis instintos, vuelvo a sentarme frente a la computadora y escribo un breve mensaje que traduzco al español, antes de enviárselo. A los pocos segundos, mientras espero una respuesta, me doy cuenta de que estoy exactamente como Pascal y nuestros amigos temían, es decir, ardiendo de esperanza y petrificada del miedo. Unos minutos más tarde, rebosante de impaciencia, pero convencida de que había encontrado a mi madre, olvido la diferencia horaria y anuncio la buena noticia a Marco Antonio Garavito, con quien llevaba unos días de comunicarme regularmente. Eran las 3 de la madrugada, hora de Guatemala. Amablemente me aconseja que sea cautelosa y que esté consciente de la terrible conmoción que podría causarme una decepción.
Más de una semana después, el 11 de diciembre de 2017, aún no obtengo respuesta de mi supuesta madre. Me aburro de esperar y el más mínimo timbrazo me sobresalta. Para darle menos importancia a la situación, decido que, independientemente de cómo acaben las cosas, de cómo responda la tal Lorena, moralmente no puedo dejar impune este tráfico de niños; y denunciarlo me parece el primer paso que debo intentar. Valientemente escribo un correo electrónico a la cadena pública belga, RTBF. Explico brevemente que algunas adopciones irregulares parecen haber sido realizadas por la asociación belga Hacer Puente y que la persona a cargo en el extranjero está implicada en el tráfico de niños. No obtengo respuesta.
El día siguiente no es una excepción de lo que se ha convertido mi rutina diaria; es decir, sufro el tormento de la espera mientras hojeo sin cesar el perfil de aquella mujer cuya señal imploro al universo. Sigo examinando las fotos de sus hijos y deduzco que su hija mayor también se llama Lorena. Sin ninguna lógica, decido depositar mis esperanzas en ella. Esta vez, calculo la diferencia horaria y le envío el más cauteloso de los mensajes, a las 20:00 horas, hora de Europa. Le digo que no quiero causarle ningún daño, que solo intento conocer mi historia y le dejo mis datos de identidad.
Así comienza una nueva espera y mientras cada latido de mi corazón resuena más fuerte, mi estómago parece irse anudando, poco a poco, ante la idea de que Lorena me bloquee. De repente, por puro reflejo, dejo unas cuantas fotos mías en mi perfil de Facebook. Unos minutos después, Lorena me responde y pregunta qué quiero de “su” familia. Aunque me ofende su desconfianza, le escribo amablemente diciéndole que soy adoptada y que busco desesperadamente a mi madre. Entonces me llama mentirosa y me dice que no tiene dinero. Luego añade que es imposible que esté... ¡viva! ¿Viva?...
Me cuesta comprender estos últimos mensajes ya que Lorena, después de ver las fotos de mi perfil, admite que, sin duda, nos parecemos. Enseguida se comunica por Messenger. Tomo la llamada, pero no puedo pronunciar palabra; ella habla demasiado rápido y yo no la entiendo. Frustrada por mi español, demasiado básico, cuelgo. Necesito mi traductor y escribirle. Entonces, Lorena me pide que acepte la invitación de amistad en Facebook de su hermana Nataly. Todo va muy rápido, demasiado rápido.
Con frialdad, Nataly me pregunta qué información tengo. Su pregunta, violenta para mí, me sume en una mezcla de miedo y vergüenza y no tengo más remedio que enviarle la foto del documento de identidad de mi madre, su “cédula”, que había encontrado fotocopiado dentro del expediente de mi adopción. Los mensajes de Nataly se vuelven cada vez más ambiguos. “Ciertamente, es mi madre”, me escribe, “pero algunos datos no son correctos y es imposible que seas su hija”. Abatida y confusa, recurro a la poca fuerza y lucidez que me queda para explicarle, una vez más, que no quiero causar problemas a nadie, que solo deseo encontrar a mi madre. Nataly me da el golpe final cuando replica: “No entiendo quién eres. Nuestra hermana está muerta. Lo siento”. Muerta. ¿Muerta? ¿Cómo es posible reconocer la existencia de alguien, admitir su semejanza y no creer que pueda estar vivo?
En respuesta a esta pregunta, un dolor violento desgarra mi corazón, cierra mis párpados y libera mis sollozos. Mi cabeza, pesada, se dobla y cae sobre mi antebrazo que aplasta el teclado. Dos minutos después, cansada y apenada, reconozco el sonido de una notificación. En mi pantalla, veo una invitación de Facebook de quien sé, es mi madre. El tiempo se detiene, mis lágrimas cesan y mi dedo pulsa mecánicamente una tecla. Enter. Aparecen tres notificaciones de mensajes, pero no me atrevo a abrirlos. Marco el número de teléfono de Pascal que está trabajando. Por suerte, toma la llamada, pero me ruega que me quede tranquila y que llame a alguien que pueda reunirse conmigo en casa para que no esté sola en esas circunstancias. Sin embargo, quiero estar sola. Me quedo largo rato delante de la pantalla llorando y preguntándome qué es lo que me han hecho. Entonces, como dirigida por una fuerza sobrenatural, me siento, me limpio la cara con las palmas de las manos y hago clic en los mensajes para abrirlos.
“Mi Amor lindo, creo que soy tu mamá. Créeme que siento que se me para el corazón. Me engañaron al decirme que tú habías muerto. Me hicieron creer que estabas muerta”.
No hay palabras que puedan describir lo que siento en este momento.
Al mismo tiempo, un nuevo mensaje de Nataly en el que me pide que no responda a las videollamadas de nuestra madre. Debemos esperar la llegada de Óscar, nuestro hermano, a quien ella acaba de comunicarle la noticia. Efectivamente, una verdadera avalancha de llamadas llega a mi pantalla. Obedezco los deseos de Nataly, ignoro las llamadas durante un rato y luego mi dedo índice, al pulsar el ícono verde, acorta el sufrimiento. La imagen que aparece es el rostro de una mujer muy hermosa. En cuanto me ve, brotan del micrófono gritos de dolor y su hermoso rostro se desdibuja por la pena. Ella grita mucho y yo también, al verla llorar. Un joven aparece y vocifera a esta mujer que sigue desecha en llanto...
“¿Dónde está? ¿Cuál ciudad? ¿Dónde está?” pregunta, visiblemente alucinada al reconocer a su pequeña a la que creía muerta. “Estoy en Bélgica, en Europa...”. Esta frase, que pronuncio como un niño que balbucea, le provoca tal emoción que deja escapar un último grito de dolor, un grito que le quiebra la voz, pero que no le impide repetir con voz ronca y sin parar: “¡Mi bebé, mi bebé, mi bebé...!”.
Pongo mis manos temblorosas en la pantalla para acariciar con ternura su cabeza enterrada en los brazos de su hijo. Él me mira y me dice con ternura, como a una niña: “Tranquila, hermana... tranquila...”. Estas son las primeras palabras que me dirige Óscar, mi hermano pequeño, y nunca las olvidaré. Todavía puedo verlo abrazado a nuestra madre siguiendo la cadencia que ella le imprime a su abrazo al mecerse. También me veo a mí, reflejada en el pequeño marco de mi pantalla, con la cara roja de emoción apretada entre mis manos.
Nos quedamos un buen rato mirándonos, conociéndonos sin decir palabra y, sobre todo, sonriendo... hasta agrietarnos las mejillas (como dice la canción). Con timidez, robo unas cuantas miradas a mi madre, pero enseguida bajo los ojos. Creo que es muy hermosa. Luego, me atrevo a decir algunas palabras en español. Poco a poco, nuestras voces se calman y nuestros intercambios se convierten en una tierna conversación hasta que su rostro se ensombrece de tristeza. Me corrige diciendo que no nací ni el 4 ni el 7 de noviembre, sino el 5 de noviembre de 1986. Con lo que le queda de voz me confiesa que me amamantaba desde el día que nací y se pregunta cómo me habrán alimentado cuando me llevaron de su lado... También recuerda que yo tenía mucha fiebre, más de 41°.
La fiebre alta y constante también impresionó a mis padres adoptivos cuando me conocieron, en Guatemala el 15 de octubre de 1987. ¿Viví los primeros once meses de mi vida en esas condiciones? ¿Fue el ureterocele una consecuencia o una causa de las infecciones urinarias? ¿Cómo fue mi vida en Guatemala, entre el segundo día y los once meses siguientes? Nataly, que ha pedido permiso en el hospital donde trabaja, llega para entrar a la escena y completarla. Nos mantenemos conectados por video casi toda la noche del 12 de diciembre de 2017.
Al llegar el alba, sentada en posición fetal cerca de la calefacción, tirito y mis dientes castañetean de frío. Conmocionada, me obligo, no sin dificultad, a arrastrarme hasta el baño antes de que mis hijos despierten. Con esfuerzo abro los grifos y me doy la ducha más larga e hirviente de mi vida. El agua que cae sobre mi pelo, mi cara y el resto de mi cuerpo se mezcla con mis lágrimas que fluyen y me bendicen... lavan el daño que mis verdugos me infligieron, cuyas cicatrices son las mismas, ni más ni menos, a las que deja una violación.
“Bonjour, ¿comment allez-vous?” (“Hola, ¿cómo estás?”), divertida por su consideración al hacerme esta pregunta en francés durante nuestra primera llamada, respondo tímidamente en español a Ernesto, mi hermano mayor. Habían pasado dos días desde el insólito encuentro con nuestra madre y todavía lo sentía en carne viva. A Ernesto y a mí se nos dificulta encontrar las palabras. Sin duda, por la barrera del idioma, pero también por nuestros respectivos pudores. Reencontrarte con un desconocido que resulta ser tu hermano, pasados los 30 años, implica, naturalmente, ganar confianza. Nuestro acercamiento es sutil. Al principio, nos desconciertan los silencios, luego, avergonzados por las sonrisas que no podemos contener, nos reímos. Con mucha calma, me pregunta si sé quién es nuestro padre. Asiento con la cabeza y le digo que nuestra madre me ha enviado algunas fotografías y que me ha invitado a buscarlo entre sus amigos de Facebook.
“¡Qué chinga todo esto!” me dice de repente. Asiento nuevamente. Su plática se suelta y con locuacidad me cuenta que nos separan veinte meses; que nuestra madre aún lo amamantaba cuando quedó embarazada de mí; y que su hermanita siempre ha tenido un lugar en su corazón porque nunca se le ocultó que había existido. Que le he hecho falta a lo largo de su vida.
De tanto observarlo, percibo un parecido subyugante con mi hijo Hugo. Tras un breve silencio, lo invade la rabia y su plática vuelve a ser frenética. Me habla de los bárbaros que nos separaron. Lo escucho. Me tranquiliza. Me doy cuenta de que sufrimos el mismo mal: la impotencia. Como para seguir en sintonía, continuamos charlando del día a día, de nuestros hijos, de nuestras vidas... Y lo que fue nuestro primer cara a cara se convierte en un ritual. A veces nos llamamos varias veces al día. La diferencia horaria hace que Ernesto ocupe un lugar especial en las noches que paso despierta y nos da la oportunidad de vivir, ya de adultos, una fraternidad infantil perdida...
Vivió solo la separación de nuestros padres, unos meses antes de que yo naciera; también el luto de su hermana, supuestamente muerta, y el dolor de su madre al perderla. Creció solo, amado por una madre para la que pronto tuvo que convertirse en “el hombre”, no en la aceptación estereotipada del hombre latino, sino en el sentido universal de la masculinidad cuyo deber último es la protección de su familia. Lo menos que puedo decir es que Ernesto tiene sentido del deber. También me enteré, en una conversación con Lorena, mi madre, a la que comencé a llamar “mamá”, que ella y mi padre habían tenido la idea de hacerse cargo del pequeño restaurante de un amigo en la costa del Pacífico, pero que su relación se había estropeado y se trasladaron a un pueblo, al norte de la ciudad de Guatemala. Se separaron dos meses antes de que yo naciera, cuando Ernesto tenía 18 meses. Nuestro padre se fue a Estados Unidos en un intento por cumplir su “sueño americano” y lo logró. Sin duda tenía instinto para la fortuna. Se ganó bien la vida y ahí formó una nueva familia.
Al ver las fotografías de mi papá, enviadas por mi madre, reconozco mis ojos y siento el impulso de escribirle. Así que, haciendo caso a mi instinto, le escribo en inglés y español que soy la hija de Lorena, la hermana de Ernesto, y que quiero hablarle. Su respuesta es casi instantánea: “¡No hay problema! ¡Voy a llamarte!”. Había imaginado todos los escenarios menos este. Me asusta ver una videollamada parpadeando, contesto el teléfono.
El hombre que aparece en mi pantalla parece confundido. En un tono desconcertado, me pregunta: “¿Lorena?” Le digo que no soy Lorena, sino su hija. Me dice que sabe quién soy y eso me pone tensa. ¿Quizá alguien le había contado? Según me había expresado mamá, ella no quería decírselo y teníamos un acuerdo al respecto. Confundida, le pregunto qué hora es en Los Ángeles y me responde; luego afirma que debe ser medio día en mi casa. “No estoy en Guatemala, estoy en Europa”, le aclaro. Sorprendido, y con cara de duda, me pregunta si soy Wendy Lorena. En ese momento entiendo el malentendido, ¡me está confundiendo con mi hermana mayor! Me doy cuenta de que no tengo más remedio que lanzarle la verdad y, con ello, asestarle sin piedad el golpe más violento de su vida: “Yo soy tu hija Mariela”. En su rostro consternado aparecen lágrimas que no puede contener y no deja de repetir “Tienes mis labios, tienes mis labios...”. La imagen empieza a temblar y, luego, se corta. Acaba de colgar.
Temblando y sollozando, no me atrevo a llamarlo de vuelta. Él lo hace. Sonrío y lo escucho: “Tienes mis labios, oh, Dios mío... ¿qué está pasando? Eres un ángel en el cielo... estás muerta... no es posible”. De repente, me quedo sin palabras, miro a Pascal, que afortunadamente estaba cerca de mí y viene a salvarme haciéndose cargo. Desconcertada, soy testigo de una escena totalmente surrealista: mi marido conversando con mi padre en inglés.
Después de respirar profundamente, recupero los sentidos y el habla. Él y yo, que nunca nos habíamos visto, pasamos un largo rato encontrándonos apaciblemente. Al colgar el teléfono me inunda una gratitud infinita, estoy agradecida con la vida y con las personas que me ayudaron a encontrar a mi familia. Luego, con la mirada ojerosa, miro el expediente de adopción que está al lado de mi computadora. Esto no es sino el comienzo, me digo. ¿Cómo puedo decirles a mis padres que he encontrado a mi familia? Que nunca fui abandonada... Que a mis padres biológicos les hicieron creer que yo estaba muerta y que, por tanto, mi adopción es irregular… Cuando pienso en todo lo que tuvieron que pasar para adoptarme, siento que una poderosa ansiedad crece dentro de mí.
5.
Un camino sembrado de trampas
Mis padres adoptivos se llaman Yves y Colette Fanon. Se conocieron el 6 de diciembre de 1974, día de San Nicolás. Algo sucedió cuando aquella estudiante de Terapia del habla —rubia, guapa, de ojos ligeramente verdes, independiente y comprometida— conoce a este muchacho moreno, inscrito en el último año de Filología Románica, y comienzan a frecuentarse. Comparten los mismos valores, especialmente la empatía, se adhieren a las reivindicaciones de mayo del 68 y defienden, a través del feminismo de la época, el derecho de las mujeres a disponer libremente de su cuerpo.
Ellos creen en la paternidad en el sentido más amplio del término, que no se circunscribe a lo biológico. En vista del gran número de niños huérfanos o abandonados que hay en el mundo, ven la adopción como una necesidad moral. Poco después de terminar sus estudios, se casan. El joven filólogo y la profesora de francés se instalan en una bonita casa de las Ardenas belgas y deciden equilibrar la balanza de las injusticias adoptando un niño.
Tras consultar la lista de agencias de adopción registradas en la Oficina Nacional del Menor, se ponen en contacto con varias de ellas y, finalmente, eligen a la denominada Hacer Puente. Desde su primer encuentro con Christiane Oudar, la responsable del expediente, se llevan una buena impresión pues se enteran de que la agencia se ocupa exclusivamente de niños procedentes de Guatemala, un país asolado por una guerra civil. Sin sospechar que este proyecto sobre el que habían meditado tan cuidadosamente los embarcaría en una aventura humana fuera de lo común, quedan convencidos y más motivados que nunca. Tanto así, que presentan una solicitud oficial de adopción.
Cuando decido examinar detenidamente mi expediente, observo que, para la apertura del procedimiento de adopción, Hacer Puente solicitó a mis padres la suma total de 86,487 francos belgas. El 22 de agosto de 1986, debieron transferir también el equivalente a 2,000 dólares a una cuenta en Estados Unidos, a nombre de Ofelia de Gamas. Menos de una semana después, el 27 de agosto, la agencia les exige otro pago, esta vez de 30,415 francos belga, para cubrir, entre otros, los honorarios de los abogados, los gastos de los notarios, los de manutención del niño adoptado y su boleto de avión. Unas semanas después, Christiane Oudar les comunica por teléfono la llegada de una niña. La alegría es intensa. Ya sin sorprenderse, el 17 de octubre mis padres reciben otro requerimiento de pago y depositan la suma de 14,612 francos belgas.
A finales de diciembre les comunican que la niña a la que debían acoger había muerto repentinamente. La desilusión los hace sentir consternados y, aunque oficialmente no era aún “su” hija, un verdadero duelo comienza. Devastada por el dolor, mi madre se apresura a olvidar el nombre de la niña y toma distancia de todos los documentos relacionados con su corta vida. Pero, ¿qué le había pasado? Mis padres no reciben ni la sombra de una explicación. Como el 19 de febrero de 1987 se les considera todavía candidatos a la adopción, Hacer Puente les solicita que redacten un “compromiso de hacerse cargo”. Naturalmente, mis padres copian escrupulosamente el modelo que se les envía. En él asumen “el compromiso formal de responsabilizarse incondicionalmente de todos los gastos derivados de la manutención del niño guatemalteco que ellos desean adoptar, asimismo los costos de repatriación” para cubrir los gastos en el caso fallecieran los padres adoptivos mientras el niño estuviera de camino a su nuevo hogar. Unos días después, a finales de febrero de 1987, mis padres reciben una feliz noticia: Christiane Oudar les confirma que el mes siguiente llegará una niña para alegría de sus vidas. En una carta que les envía Hacer Puente, se dice que mi nombre es Mariela y que nací el 7 de noviembre de 1986, en la ciudad de Guatemala. También se menciona el número de mi partida de nacimiento en el registro nacional de Guatemala. El archivo parece estar en orden y aún así... a principios de marzo, la señora Oudar les informa que el proceso de adopción está suspendido y que, de momento, ningún niño puede llegar a Bélgica. El Conflicto Armado en el país se encuentra en un punto álgido y los militares impiden cualquier desplazamiento.
Como si tanto dolor no fuera suficiente, otra noticia que llega a través de la embajada de Guatemala en Bruselas derrumba por completo a mis padres. Las autoridades guatemaltecas dicen estar tras la pista de un caso de trata de niños y la embajada advierte que tardará un mes o más en comprobar todos los expedientes de adopción. Michèle Boucq, la presidenta de Hacer Puente, intenta tranquilizarlos e informa a mis padres que los niños “en proceso de adopción” están siendo atendidos por la Cruz Roja guatemalteca. También asegura, a los futuros adoptantes, que los pequeños estarán bien alimentados y serán examinados semanalmente por un médico. La decepción es grande, pero la fe se mantiene intacta. Mis padres lo han hecho todo según las normas. Lo único que tienen que hacer es esperar, una vez más.
El 9 de marzo de 1987, la Oficina de Extranjería del Ministerio de Asuntos Exteriores de Bélgica da instrucciones a su Embajada en Guatemala para que expida un permiso de residencia temporal a la niña guatemalteca dada en adopción. Este documento no menciona mi nombre sino el de la niña fallecida. Mis padres se van de espaldas y piden explicaciones a Hacer Puente. Como respuesta, Michèle Boucq evoca las “dificultades” que atraviesa Guatemala en ese momento y les manifiesta que la pequeña Mariela, entonces de cinco meses de edad, no podrá reunirse con ellos como estaba previsto. Aunque no se los dice de esa manera, parece que las sospechas de tráfico de niños impiden mi llegada a Bélgica. Mis padres se dan cuenta de que ella se contradice en sus explicaciones, ya que después de afirmar que me habían confiado a la Cruz Roja, ahora confirma que me habían colocado en un orfanato, sin ningún acceso a la atención médica.
Esta confusión incrementa naturalmente la preocupación de mis padres quienes, al no tener más noticias de su hija, deciden, en abril de 1987, escribir al Ministro belga de Asuntos Exteriores, Leo Tindemans, así como al embajador de Bélgica en Guatemala. En su carta, ellos describen fielmente lo que les dijeron sobre el destino de los niños confiados a la Cruz Roja guatemalteca y solicitan apoyo diplomático. La carta quedaría sin respuesta. Ante este silencio, mis padres advierten muy molestos a Hacer Puente de su intención de apoyar a otros padres que se encontraban en la misma situación. Al mismo tiempo, envían una carta a Su Alteza Real, el Príncipe Alberto, Presidente de la Cruz Roja de Bélgica, solicitando su intervención para ponerse en contacto con su homólogo en Guatemala. En una carta fechada el 6 de mayo de 1987, el Príncipe, por medio del capitán A. Pauwels, consejero de la Casa de los Príncipes de Lieja, les indica que debían “presentar su solicitud a la Dirección General de la Cruz Roja de Bélgica que la examinaría con atención para proporcionarles asistencia, si fuera posible”. Mis padres reenvían todas esas cartas a Hacer Puente con el fin de informar a las otras familias adoptantes.
En respuesta, reciben una larga carta de Michèle Boucq, el 13 de mayo de 1987, en la que les manifiesta que “hace algún tiempo habían surgido serias dificultades en Guatemala en relación con los procedimientos de adopción en curso” y que Hacer Puente “ha emprendido, con toda la discreción posible, una serie de diligencias ante diversas autoridades, tanto guatemaltecas como belgas”. En la misma carta, Michèle Boucq pide a mis padres que detengan las gestiones individuales ya que estas “irritan a las autoridades guatemaltecas” y pueden comprometer los esfuerzos de los abogados. La presidenta de Hacer Puente menciona también que esas “dificultades adicionales y los múltiples gastos ocasionados plantean hoy un problema financiero importante a sus interlocutores guatemaltecos”; asimismo, que “Ofelia de Gamas, encargada de coordinar a nivel local el seguimiento de cada expediente, pide un adelanto de 500 dólares deducibles del saldo de sus honorarios”.
El 16 de julio de 1987, otra carta informa a mis padres que hay dos posibilidades para traer a su hija adoptiva a Bélgica. La primera solución, recomendada por el embajador belga, sería interponer un “recurso de amparo”, procedimiento judicial que podría durar de tres a cinco meses y que implicaría honorarios adicionales. La otra opción sería ir a recoger a la niña —una vez que el expediente esté en orden—, solución que ayudaría a que los jueces quedaran “tranquilos sobre los motivos de los padres adoptantes y el futuro de los niños”. Curiosamente esta carta, que parece traducida del neerlandés, contiene faltas de ortografía, mientras que las demás enviadas por Michèle Boucq no las tenían. A esta misiva se adjunta una solicitud de nueve puntos para completar los trámites de adopción en Guatemala, incluida una ampliación del compromiso de hacerse cargo. Ahora mis padres se sienten más seguros, de manera que el 24 de julio de 1987 redactan el nuevo poder notarial, lo hacen legalizar en la Embajada de Guatemala en Bruselas, lo envian a Hacer Puente y, como les habían recomendado, a Ofelia de Gamas.
El 2 de septiembre de 1987, una nueva carta de la Oficina de Extranjería de Bélgica da instrucciones a la Embajada de Bélgica en Guatemala para que emita un permiso de residencia temporal, esta vez a mi nombre. El 17 de septiembre de 1987, se solicita a mis padres un nuevo pago de 26,167 francos belgas para la “manutención del hijo que viene”. Ellos acatan este nuevo requerimiento convencidos de que esta vez la tramitación llega a su fin.
Efectivamente, dos semanas después, el deseo de mis padres se cumple. A pesar de las “dificultades” que aún se mencionan, algunos futuros padres adoptivos podrán ir a Guatemala a completar la adopción y recoger a su hijo. Mis padres apenas pueden creerlo. Desde febrero de 1987, viven con el temor constante de una nueva decepción y de no poder tenerme nunca en sus brazos. Para entonces yo ya tenía once meses de edad.
El 6 de octubre de 1987, Michèle Boucq indica que se había encargado personalmente de reservar el vuelo a Guatemala y pone a mis padres en contacto con la agencia de viajes L’Universelle, en Lieja, para el resto de los trámites. Aunque inicialmente los gastos del viaje de repatriación de la niña adoptada estaban incluidos en los gastos ya pagados, se solicita la cancelación de una factura de 85,300 francos belgas por los dos pasajes de avión de ida y tres de vuelta, los cuales son emitidos a nombre del “Señor y la Señora E. + niño” e incluye la nota siguiente: “Presentarse en el mostrador de IBERIA. Recibirá sus boletos y contra entrega de su cupón de vuelo n°2, se le entregará su tarjeta de embarque para el vuelo Madrid - Guatemala. No olvide reclamar su voucher —mini amigo— para el retorno”. Mi madre, que no hablaba inglés y pensando que había descubierto un error tipográfico, toma una pluma y cambia la “V” de “Voucher” (vale) por una “C”, para convertirlo en “Coucher” (dormir). En los boletos de avión también figura la mención “regreso: mini amigo counter”. Y engrapada a los boletos, una tarjeta de presentación: “Patricia B. de Schoenbeck, Relaciones Públicas IBERIA, Guatemala”.
Como para cerrar el procedimiento, se solicita a mis padres un último pago de 19,256 francos belgas. Colmados de la alegría, proceden como se les pide. La partida es inminente, los problemas han quedado atrás, ningún otro obstáculo se interpondrá entre ellos y su hija tan deseada. El despegue se prevee para el 14 de octubre de 1987.
Siempre sentí que mis padres estaban enamorados, que mi madre había soñado mil y una veces con nuestro encuentro; que me imaginaba acurrucándome delicadamente contra ella y acariciando suavemente mi pelo, el que adivinaba suave y sedoso. Ella estaba deseosa de tejer lazos invisibles e indestructibles entre nosotros. También sé que mi padre había planeado salvarme y regresar rápidamente a Bélgica para proteger a su familia. Sé que no sabían qué esperar, pero que estarían a la altura. Con esta idea, despegaron hacia Madrid, la escala antes de Guatemala. Al día siguiente, a última hora de la tarde, aterrizan en el aeropuerto internacional La Aurora de la ciudad de Guatemala. Mis padres se miran, sonríen y empiezan a caminar por el pasillo hacia la salida. Papá no se había equivocado, afuera el aire es sofocante. El olor a gasolina, nauseabundo. El choque, brutal.
En la pista los espera Ofelia de Gamas, la representante guatemalteca de Hacer Puente, acompañada de su hijo Franck. Los cuatro suben a un automóvil y se dirigen al hotel La Casa Grande. Ofelia deja que la pareja descanse y promete volver por la noche. Mis padres se refrescan con cierta incomodidad porque el agua de la ducha está fría, comparten sus preocupaciones y, luego, esperan. El silencio y el calor saturan el aire. Como en una película, suena el teléfono: Ofelia de Gamas está allí. Los futuros padres toman el perrito de peluche que traen en su equipaje, abren la puerta y se encuentran cara a cara con Ofelia, que sostiene en brazos a una niña realmente pequeña, abiertos los grandes ojos, muy silenciosa.
Como en sus sueños, mamá me toma en sus brazos. Mi cuerpo está ardiente, mi piel ligeramente perfumada y mi pelo es tan suave como ella había imaginado. Al poner la mano en mi cabeza, papá percibe una fiebre inquietante. Ninguno de los dos habla español, así que deciden preguntar a Ofelia si es posible llamar de inmediato a un médico, no sin antes concretar la adopción entregándole un sobre con 2,000 dólares en efectivo, para evitar retrasos en las transferencias bancarias. “Doña” Ofelia les entrega a su vez una foto mía y el expediente de adopción. “No está listo”, les dice. “Dado el contexto político, tendremos que ser pacientes”. Los ceños de mis padres se fruncen y sus caras se desencajan; Hacer Puente, en la persona de la señora Oudar, les había asegurado que el expediente estaba en orden… Papá hierve de coraje por dentro y ve cómo mamá me abraza con más ternura y me da un beso en la frente. Naturalmente, me había dormido contra su pecho.
Cuatro días después, Ofelia invita a sus huéspedes a tomar café en la gran hacienda de su cuñado, en Antigua, una majestuosa ciudad en el Valle de Panchoy, no lejos del volcán de Fuego. Fue una oportunidad para que mis padres salieran un rato, para ver de nuevo a Franck, el hijo mayor de Ofelia, al que ya habían conocido en el aeropuerto, y para conocer a Mónica, la hija menor, que quería formar parte del paseo. La cara de Mónica se ilumina cuando me ve. Tiene un apego especial por esta bebé a la que solía mimar cuando acompañaba a su madre a casa de la niñera. En el centro histórico de Antigua, frente al insoslayable hotel Posada de Don Rodrigo, la joven no se aguanta más e insiste en cargarme. Motivada por el entusiasmo que su hija inspira, mamá saca su cámara para capturar lo que ella sabe será un recuerdo del que me contará más tarde.
Conocida en tiempos de la colonia como Santiago de los Caballeros de Guatemala, Antigua es una ciudad tan grandiosa que intimida; dotada de una arquitectura colonial refinada, fue la tercera ciudad más bella de las Indias españolas y reflejo del poder de los conquistadores. Más de una vez ha quedado destruida, debido a que el suelo guatemalteco es inestable y volcánico. La cultura del café, grano afamado de la región, y el Arco de Santa Catalina siguen siendo sus símbolos e imponen su distinción al mundo. La Hacienda es de una magnificencia poco común comparada con las casas que mis padres han visto desde su llegada. “Es curioso, un jubilado del ejército recibiéndonos con uniforme militar”, se dice mi padre al ver al cuñado de Ofelia que les recibe calurosamente. Llega el café. Papá me mira todavía con fiebre y de nuevo tiernamente dormida contra mi madre. Intenta seguir el monólogo del general que les felicita por haber salvado de la violencia y el infortunio a este ángel, asegurándole que tendrá un futuro mejor. Ofelia traduce. Mamá solo piensa en una cosa: volver con mi certificado oficial de nacimiento y la prueba de que mi nombre fue eliminado del registro civil guatemalteco por motivos de adopción. El notario belga fue muy claro: sin esto, sería imposible inscribir la identidad y adopción de la niña en los registros de la población belga. Ofelia dice que para obtener este documento tienen que ir a un pueblo del norte de la capital guatemalteca y ofrece llevarlos ahí.
Durante el trayecto, la “doña” se improvisa como guía turística y, señalando una loma con un sinnúmero de casas con techo de lámina, le dice a los nuevos y recién estrenados padres que ese es el lugar donde vive la madre biológica de su hija.
Frente a la municipalidad, “doña” Ofelia pide a mis padres que la esperen afuera. Papá me mece contra él en un portabebés. Está orgulloso. Mamá espera pacientemente, sonriendo a Franck y a Mónica que se han quedado para hacerles compañía. Pasan los minutos y los adolescentes deciden llevar a la pareja a dar un paseo por el mercado. La pequeñez del mercado, sus estrechos puestos abastecidos principalmente de frutas y algunas verduras, dan una impresión de abundancia, a pesar del Conflicto Armado. Las comerciantes nativas con sus vestidos hábilmente bordados y muy coloridos miran fijamente a mis padres. ¿En qué están pensando? ¿Sospechan ellos que esta bebé está en proceso de ser adoptada? O se preguntan ¿por qué estos gringos vienen a un pequeño pueblo alejado de las zonas turísticas?
Tras un tiempo que parece infinito, Ofelia reaparece con el acta en la mano. En ella se dice que nací el 4 de noviembre en este pueblo pequeño y que mi identidad ha sido eliminada del Registro Civil. Mis padres inmediatamente advierten que el día y el lugar de nacimiento habían cambiado. El 7 de noviembre ha pasado a ser 4 de noviembre y el pueblo ha sustituido a la ciudad de Guatemala. Le preguntan a Ofelia al respecto y ella simplemente les dice que la fecha fue un error que se cometió al principio y que ciudad de Guatemala es el departamento al que está adscrito aquel pueblo. Ansiosa por crear un álbum de recuerdos a su regreso, mamá guarda con mucho cariño el recibo de la legalización del documento. La “doña” propone entonces terminar el día con una excursión al lago Atitlán. Insiste en que es una visita imperdible. A pesar de mi fiebre, el peso de las emociones y el viaje agotador, mis padres acceden por cortesía.
El “lago más hermoso del mundo”, según el geógrafo alemán Alexander von Humboldt, es el más profundo de América Central. Este extraordinario depósito de agua dulce y cristalina, con una superficie de algo más de 130 km² y una profundidad máxima de 350 metros, rodeada por tres volcanes, entre ellos el Atitlán, de 3,537 metros de altura, está considerado también como uno de los ombligos del mundo. La opulenta vegetación que bordea esta joya natural posee una flora inusual, colorida y exquisita. Los mayas, pueblo indígena que cultiva esta tierra tan rica, tejen las telas de sus vistosos trajes inspirados en la vívida paleta de colores que ofrece la milagrosa naturaleza.
Por desgracia, toda la belleza que mis padres habían visto no fue suficiente para aliviar su decepción cuando se enteran, el 20 de octubre, que la Dirección General de Migración se niega a expedir el pasaporte de su hija. El motivo del rechazo es desconocido. Sin pasaporte es imposible que la Embajada de Bélgica, en la ciudad de Guatemala, dé curso a la instrucción emitida por la Oficina de Extranjería el 2 de septiembre de 1987 y emita mi permiso de residencia temporal. Sintiéndose desamparados, llaman a Ofelia, quien promete solucionarlo y los cita para el día siguiente frente a las oficinas de Migración. A mi padre, que acompañó a Ofelia, le llama la atención la familiaridad con que ella se paseaba por el edificio y resolvía el asunto. Parecía conocer perfectamente las instalaciones, circulaba como una reina por detrás de los mostradores, daba órdenes a los funcionarios que respondían invariablemente “Sí, Doña” y, luego, le dice a mi padre que “todo estará en orden mañana”.
Al día siguiente, la única respuesta que reciben mis padres es “mañana”. La situación se repite durante varios días seguidos. Así que para aliviar el aburrimiento, una visita al zoológico es la opción natural. Solos nosotros tres. Sesión de fotos… felicidad. El único punto sombrío del panorama es que mis padres están cada vez más preocupados por mi estado de salud. Constantemente afiebrada, la dulce bebé que soy, que nunca se queja ni llora, está cada vez más débil. Varios médicos me examinan, uno de ellos detecta que tengo una infección urinaria y otra pulmonar. Los cólicos me fatigan terriblemente. Si fuera otra la situación, yo debería estar hospitalizada. Temiendo que convulse, mis amorosos padres intentan alimentarme con algo apropiado para bebés que habían traído en su equipaje. En estas condiciones, salir de Guatemala se convierte en algo vital, pero mi pasaporte aún no está listo y Ofelia de Gamas parece haber desaparecido. Es entonces que mis padres recuerdan que en el avión habían conocido a un hombre que también iba a recoger a una niña adoptada a través de Hacer Puente. Lo llaman inmediatamente. Los trayectos que habían seguido ambas familias eran idénticos, salvo que este hombre se había puesto en contacto con las hermanas de la Sagrada Familia del Colegio Belga, en la ciudad de Guatemala, gracias a la ayuda de una hermana suya en Bruselas.
La dulzura y benevolencia de las religiosas, que hablan francés, calman al instante la situación. Mamá está feliz, saca su cámara y me fotografía acunada en estas manos providenciales. Durante tres días, las monjas nos acompañan y actuan como traductoras, hasta que, finalmente —como si ellas hubieran hecho este milagro—, mi pasaporte está listo. La fecha de emisión es la del 21 de octubre de 1987, fecha en la cual Ofelia de Gamas había hecho la visita a Migración.
Por tercera vez, Patricia B. de Schoenbeck, responsable de Relaciones Públicas de Iberia en Guatemala, cambia las reservas del vuelo de regreso para el 28 de octubre. Aliviada, mi madre adoptiva llama a Ofelia. Quiere conocer a mi niñera y verla a ella por última vez con la intención de fotografiarlas para su álbum de recuerdos. Su negativa es categórica. Pero no importa. El 28 de octubre de 1987, los tres subimos al avión. Mi madre me abraza fuerte contra su pecho y mi padre coloca su mano delicadamente sobre ella. Con orgullo, llevan a su pequeña a casa.
Más de 350,000 francos belgas es la exorbitante cantidad que mis padres pagaron por mi adopción. A esta cantidad hay que añadir las facturas de hotel, los gastos de desplazamientos por toda Guatemala, los gastos médicos, los “administrativos”, así como los relacionados con el primer niño fallecido. El total se acerca al medio millón de francos belgas. Son exactamente 437,000 francos.
Algunos estimaron que ese era mi valor. El precio de una casa en los años 80; equivale a unos 10,160 dólares estadounidenses de la época; en francos franceses, 72,830 FF. Hoy en día, representaría la “modesta” suma de 21,220 dólares, o 17,480 euros. Estas cifras se pegan a mi piel, me ensucian, alimentan incansablemente mi dolor, violentan mi autoestima. ¿Cómo puedo olvidarlas, borrarlas? La idea de lavarme esta suciedad de encima me atrae. Me gustaría meterme en un baño caliente, entrecerrar los ojos, aspirar, soplar, dejarme llevar, olvidarme de mí misma, quedarme dormida. Tirar de la cadena y observar cómo el agua sucia gira cada vez más rápido y se va por la reposadera, para siempre.
Por desgracia, los baños, por muy calientes que sean, no me calman y siento que ya es hora de que les cuente a mis padres todo lo que he descubierto al encontrar… a mi familia biológica. Para ello, primero decido ir a casa de mi madre y mostrarle una fotografía de mi hermana mayor, Lorena, a la que me parezco mucho. La reacción de mi madre es inesperada: “De dónde has sacado esa camiseta de Mickey Mouse que llevas en la foto, nunca la he visto, ni se ha lavado…”, pero su consternación es grande cuando se entera de que la chica de la foto es una de mis hermanas en Guatemala. Permanece en silencio durante mucho tiempo. Juntas nos damos cuenta del porqué yo reaccionaba con virulencia cada vez que me explicaba que me habían dado en adopción. Ambas comprendemos ahora que era expresión de mi intuición más profunda, que me indignaba de forma impulsiva y airada ante lo que nunca podría considerar como “la verdad”.
La reacción de mi padre es menos intensa. Incrédulo, dice: “No, no pagamos todo eso…”. Luego se queda un rato en silencio, sin saber exactamente qué decir. Incluso llego a creer que apaga el teléfono para no recibir mis llamadas, como lo hizo mi padre biológico unas semanas antes. Cuando por fin tengo tiempo para ir a su casa, aprovecho para enseñarle varias fotos de algunos presidentes guatemaltecos. Al instante, reconoce al hombre que les había invitado a tomar café en su magnífica hacienda, en las colinas de Antigua Guatemala... Óscar Humberto Mejía Víctores.
Los días siguientes son difíciles. Me invade la melancolía cuando pienso que todos podríamos haber seguido viviendo sin que este horrible secreto saliera a la luz. Ni siquiera la alegría de haber encontrado a mi familia en Guatemala calma mi dolor o mi rabia… Mis padres llaman cada día para saber cómo estoy e intentan calmarme. Espontáneamente, durante una de nuestras conversaciones telefónicas, mi padre me ofrece un billete de avión para Guatemala, pero todavía tengo demasiadas cosas que hacer aquí y, más que nada, la idea de dejar a mis hijos me preocupa mucho. Por otro lado, la gratitud que siento por tener cuatro padres tan fabulosos y extraordinarios, por ser hija tanto de Lorena y David como de Colette e Yves, suaviza un poco esa melancolía.
Incluso hoy, por la forma en que reaccionaron mis padres adoptivos a una situación tan difícil, me siento orgullosa de ser hija suya. Ellos, por ser quienes son, me han dado todos los valores que me permiten afrontar la vida, sea cual sea el desafío. Nunca me han ocultado el más mínimo detalle de mi historia y jamás han pensado que buscar a mi familia biológica sea una muestra de ingratitud hacia ellos. A diferencia de otros.
6.
Poner los pies, por fin, en mi tierra natal
Sin tregua, intento conectar los elementos con los que cuento para resolver lo que parece ser una ecuación de varias incógnitas. Me pregunto quién podría ayudarme a comprender cómo funciona este tráfico. Recuerdo que las hermanas de la Sagrada Familia habían ayudado a mis padres cuando estuvieron en Guatemala, en 1987. Esta orden tenía su sede en Bruselas. Cuando llamo a la congregación de las monjas, me entero de que dos hermanas guatemaltecas están en Bélgica. Una de ellas acepta reunirse conmigo el domingo siguiente.
Era la primera vez que asistía a una misa en español. Al escuchar cantar en ese idioma, su musicalidad añadió una dimensión más viva y cálida a la solemnidad del servicio. En la capilla, me doy cuenta de que la comunidad latina en la capital belga es muy grande y de su increíble hospitalidad. Las sonrisas que me devuelven estas personas desconocidas me hacen sentir en comunión con mi país, mi familia, mis raíces. Celebro en medio de este entorno divino lo que había perdido y que vuelve a mí porque me pertenece por derecho.
Después de esta liturgia excepcional, la hermana Dora me propone dar un paseo en el clima seco y frío de diciembre e ir a la Drug Opéra a beber un chocolate para entrar en calor. Este mítico pub inglés del centro de la ciudad, reconocible por su imponente arquitectura y su decoración londinense, es el escenario perfecto para compartir y abrir espacio a las confidencias. Me tomo el tiempo para contarle mi historia y ella promete ayudarme. Me siento en confianza para mostrarle la foto que mi madre me había tomado en Guatemala, reposando en los brazos acogedores de las religiosas. Me alegro de que las reconozca a todas, pero, desgraciadamente, solo dos de ellas siguen vivas: la hermana Fidelina y la madre superiora Ana María. Esta última debe volver a Bélgica hasta dentro de dos años. En cuanto a la hermana Fidelina, murió unos meses después, tras cumplir 102 años. Hablamos largamente y luego nos separamos con un prolongado y dulce abrazo. Me hizo prometer que no dudaría en comunicarme con ella para lo que fuera.
Una vez en mi automóvil, no puedo evitar sentir empatía por las personas adoptadas a partir de los años 80, a través de Hacer Puente, y que no están en condiciones de darse cuenta de cómo fueron adoptadas. Siento una necesidad profunda de compartir la comunión que viví ese domingo y pienso que la mejor manera es crear un colectivo en el que cada quien pueda compartir su historia, ser escuchado y sobre todo, si así lo desea, ser apoyado en su búsqueda. Imagino que este colectivo se llamaría Raíces Perdidas porque ninguna vida puede nacer sin raíces. Nadie debería arrogarse el derecho a borrar, ni tampoco a robar, o arrancarle a otro —sea quien sea y venga de donde venga— su nacimiento. Innumerables personas formarán parte de esta prodigiosa aventura que será Racines Perdues-Raíces Perdidas. Cuando aquella idea se concretó, tiempo después, sirvió de base para la Fundación que lleva el mismo nombre.
En este punto de la historia, llega la hora de comenzar a ocuparse de los preparativos de la Navidad. Recuerdo que, por aquellos días, me sentía dividida entre la felicidad de celebrar en familia como dicta la tradición y la tristeza de estar lejos de mi otra familia… una Navidad más. Sin embargo, el 24 de diciembre de 2017, me encontré rodeada de todos aquellos a quienes siempre he amado y de aquellos a quienes siempre hubiera querido amar… En un enlace telefónico con Guatemala, cada uno de nosotros expresa sus deseos, tímidamente por supuesto, pero con calidez, como si esta noche de Navidad permitiera a mis dos familias expresar, la una a la otra, toda su gratitud. Al día siguiente, dejé que mis dedos recorrieran las teclas del piano durante largo tiempo, lo que me ayudó a relajar mi mente. En un cuaderno de apuntes, me felicito de sentir, por fin, que estoy dispuesta a volar… y a aceptar el generoso regalo de mi padre.
“El viaje de una vida”, es así como llamo al blog privado que inicié 11 días antes de mi vuelo a Guatemala y que me parece una bonita forma de agradecer y de llevar conmigo a todos los que, de cerca o de lejos, me apoyan en esta extraordinaria aventura. Pero como nunca me he separado de mis hijos, a pesar de la alegría de irme, que le expreso a todos, me consume el temor de que se sientan abandonados por mi partida. Una noche me sincero con Pascal acerca de mi preocupación. Mi marido me dice que es legítimo que viva a solas el reencuentro, porque este solo le pertenece a la niña que hay en mí, la que va a reencontrarse con su madre. Me explica que comprende que lo natural es eso: que él se quede con los niños. Promete cuidarlos bien y asegurarles que mamá —al igual que ellos cuando van solos a la escuela y vuelven a casa— también se irá y volverá al final de su viaje.
Me siento muy agradecida con Pascal por darme la fuerza para irme con serenidad y por la confianza que me está enseñando a tener en nuestros hijos. Intento aprovechar cada momento con ellos y especialmente darles todo el amor que les permitirá vivir esta “separación” tan serenamente como yo. Cada noche, mientras paso largos ratos viéndolos dormir, me siento dividida entre el deseo de irme y el de quedarme.
Son las cinco de la mañana, Pascal carga mi equipaje en el maletero del automóvil. Por última vez, miro con ternura a Eva y Hugo plácidamente dormidos en su cama y al cuidado de su abuela mientras su padre regresa, después de dejarme en el aeropuerto. Durante el viaje, apoyo mi mano en la pierna de Pascal. Me provoca tanta aprehensión la separación que me resulta imposible sentir su presencia físicamente. El silencio en el auto está salpicado de sonidos que me avisan de los innumerables mensajes que me envía mi familia de Guatemala. Mi llegada les alegra y les impacienta. Me sorprende la facilidad con la que les contesto y me doy cuenta de que el español que, al fin y al cabo, es mi lengua materna, ha vuelto a mí a lo grande. Estoy encantada de darme cuenta de que en solo dos meses estoy haciendo malabares de un idioma a otro, ¡a veces incluso pensando en español y buscando mis palabras en francés!
Al despedirme de Pascal pierdo la compostura. Me gustaría quedarme para siempre entrelazada con él. Le pido una vez más que cuide de nuestros hijos, que se los confío porque lo amo. Tengo la impresión de que todas las miradas están puestas en nosotros, en mí, que todos esos desconocidos que nos rodean se preguntan qué puede ser lo que me pone tan alterada. Pascal me abraza fuertemente, me besa la frente y con su mano en mi espalda me impulsa a dar mis primeros pasos en el camino que recorrí, en la dirección contraria, treinta y un años antes, en brazos de mis padres. Simbólicamente, tengo la sensación de que Mariela, esa niña secuestrada con apenas cuarenta y ocho horas de vida y vendida bajo la apariencia de una adopción, ha crecido y se encamina, con otra identidad, a encontrarse con aquellos a quienes les fue robada, con aquellos con los que podría haber crecido, con la mujer que podría haber sido. Esa mujer que ella se prepara para encarnar en los próximos diez días.
Aprovecho el tiempo que me queda antes de la llamada de embarque para cambiar unos euros a dólares y, de paso, llamar a mi hermano Ernesto. Me alegro mucho de que tome la llamada, de que me haga compañía en mi impaciencia y que calme mi miedo a volar. Me promete que me estará esperando en el aeropuerto La Aurora cuando aterrice mi avión, ya que vive en la ciudad de Guatemala. Interiormente, me río porque sé que nuestra mamá y sus otros hijos, que viven en la costa del Pacífico, a unas horas de la capital, lo sorprenderán porque también estarán esperándome en el aeropuerto. Han contratado un microbús con conductor y llegarán al mismo tiempo que él para darme la bienvenida.
Cansada de la espera, llamo por teléfono a mis padres adoptivos y también a Pascal, para recordarles lo mucho que los quiero. Una pareja me sonríe cuando cuelgo e intercambiamos algunas palabras mientras nos dirigimos a la puerta de embarque. Me tranquiliza conocer a gente tan amable que hará escala como yo en Madrid y tomará el mismo tren para cambiar de terminal antes de despegar hacia La Aurora. Este viaje está bendito, me digo, porque aunque había tomado precauciones diciéndole a Ileana —mi estupenda amiga argentina que vive en Bélgica— que la llamaría si tenía algún problema en Madrid, también puedo contar con esta agradable pareja.
La magnífica voz de Carmen María Vega, a través de sus canciones Santa María y Le grand secret, resuena en mis auriculares y me arrulla durante este primer vuelo, que vivo relativamente bien. Antes de mi partida, Carmen tuvo la amabilidad de ponerme en contacto con Vincent Simon, antiguo portavoz en Francia de Rigoberta Menchú, la emblemática figura guatemalteca que recibió el Premio Nobel de la Paz, en 1992. Aunque Vincent Simon trabaja ahora para la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, me aseguró que me ayudaría si era necesario.
También tengo conmigo a Pitou, el perrito de peluche que me regalaron mis padres cuando vinieron a buscarme a Guatemala. No lo habría olvidado por nada del mundo. Su presencia me tranquiliza, al igual que la de mi expediente de adopción cuidadosamente empacado y puesto en su sitio en mi equipaje de mano. En este momento no me imagino el enorme riesgo que corro al llevarlo conmigo.
Antes de que pueda dormitar un rato, se anuncia que ya estamos aterrizando en Madrid. Tal y como me habían prometido, la pareja me acompaña durante el traslado de una terminal a otra. Me dicen que son ecuatorianos y que van a visitar a su familia. Nuestros caminos se separan en el vestíbulo central del aeropuerto. Los tres nos despedimos y en un pequeño abrazo, la agradable señora me dice “Que Dios te bendiga en tu viaje”. Siento que por cortesía no se atreve a preguntarme nada, pero su bendición demuestra que adivina que este viaje es importantísimo para mí.
Mientras espero mi vuelo, saboreo unas papas fritas que se me antojan y luego llamo a mi amiga Ileana. Ella se alegra de que haya conocido a la pareja ecuatoriana y me desea un buen viaje, pero antes de colgar me dice “sigue y vuelve a nosotros con tu historia”. Esta sencilla frase me da fuerzas para embarcarme en mi segundo vuelo y habría de resonar en mí durante todo el viaje; incluso hoy, en ciertos momentos de cansancio.
Al acomodarme, me doy cuenta de que tengo una fila de tres asientos solo para mí, lo que me agrada. Duermo un poco para retomar fuerzas, las que seguramente necesitaré, mientras me adapto a la hora guatemalteca. Unas turbulencias sobre el Triángulo de las Bermudas me despiertan así que, desde el cielo, puedo admirar Jamaica y la República Dominicana antes de que el avión inicie su lento descenso entre las nubes hacia esa tierra volcánica y salpicada de lagos de diferentes tamaños que es Guatemala.
En ese momento, imagino cómo se habrá sentido la bebé que era yo aquel 28 de octubre de 1987, en el avión que despegaba precisamente en donde me veo aterrizando. Al fin me doy cuenta de que, mientras el avión representa la agradable evasión del viaje para la gran mayoría, para mí es el símbolo del desarraigo. Decido conjugar este estado de cosas en imperfecto, a partir de ahora, y hacer realidad lo que he anunciado como el “viaje de una vida”.
El 31 de enero de 2018, alrededor de las 5 de la tarde en el aeropuerto internacional La Aurora de la ciudad de Guatemala, me dirijo a uno de los mostradores de Migración. Unos minutos más tarde, un funcionario sella mi pasaporte y me da la bienvenida. En el vestíbulo de salida, cargada con todo mi equipaje y unas cuantas cajas de bombones belgas, me sitúo junto al gran ventanal, escrutando impasible la llegada de aquellos a quienes llevo esperando toda la vida. Pregunto a un guardia si puedo volver a esta sala una vez que me haya ido. Me dice que no y que es probable que cierren el aeropuerto porque el volcán de Fuego entró en erupción la noche anterior. El volcán, que no hacía erupción desde 2015, está arrojando lava hasta una altura de 500 metros y haciendo caer una espesa lluvia de ceniza sobre los pueblos cercanos. Vuelvo a la ventana para estar pendiente de la llegada de mi familia y tomo como una señal del destino el que, al pisar la tierra que me vio nacer, la haya hecho temblar.
La banda sonora de la película Pearl Harbor suena aleatoriamente en mis auriculares y me transporta; cuando, de repente, mis ojos divisan a Nataly en la distancia y pongo fin a mis pensamientos. Sonrío al ver detrás de ella, acelerando el paso, a mamá. La mía, aquella por la que he viajado miles de kilómetros y que, como siempre lo he sabido, nunca me había abandonado. Me arranco los audífonos de la cabeza y la sigo con la mirada; la acompaña un grupo grande de personas, reconozco a unas, a otras no. Camino hacia ella, llevando todo mi equipaje y alzo el brazo en señal de reconocimiento cuando Pablo, mi sobrinito, el hijo de Nataly, se acerca corriendo hacia mí, sin dejar de gritar: “¡Tía, tíaaa, tíaaaa, tíaaa!” me detengo para abrazar a esta pequeña bola de energía sin quitar los ojos de mamá. Ahí está, atravesando frenéticamente las barreras de la zona de seguridad con mi hermana Jacquelyn. Percibo las miradas interrogantes de las demás personas que también esperan a sus seres queridos, mientras mamá empieza a correr, repitiendo una serie infinita de “¡Hija! ¡Hija! ¡Hija!”. Caemos una en los brazos de la otra y permanecemos juntas, apretadas, pegadas como dos imanes cuya fuerza de atracción no permite que se separen. Temblamos de emoción como en un solo y mismo cuerpo. Beso sus mejillas húmedas y ella hace lo mismo… Si alguna duda quedaba acerca de nuestra filiación, percibir su olor la borra. Como una recién nacida, la aspiro y entierro mi cara en el hueco de su cuello… “Te amo tanto”, me dice al oído.
Jacquelyn, una de mis hermanas pequeñas, también me abraza. Ambas nos reímos de nuestro parecido, que es más notorio en persona que en las fotos y los vídeos. Entonces le toca a mi hermano Brandon abrazarme con fuerza y me susurra: “Te quiero mucho”. Me aferro a su suéter para no desmayarme. El baile de los abrazos continúa: Otto, el marido de Jacquelyn, me da la bienvenida; Óscar, mi hermano pequeño, hace lo mismo, pero acentuando cada uno de sus abrazos con un “Vamos a casa, hermanita” que me hace llorar; mis cuñadas, Claudia y Flor, me dan cálidos besos en cada mejilla… Mis emociones van en aumento cuando llega el último de esta cadena de reencuentros. Es el turno de quien se convertirá en uno de los hombres más queridos de mi vida: mi hermano Ernesto.
Al no haber calculado correctamente la diferencia horaria, llegó tarde. Nataly tuvo que llamarlo para decirle que el avión ya había aterrizado y que mamá y el resto de la familia también habían venido a darme la bienvenida. Se sorprende al ver a todo el mundo a mi alrededor, pero sobre todo se muestra incrédulo de que por fin pudiera abrazarme. Mirándome, con los ojos llenos de lágrimas, jura que ahora empezaremos a vivir “nuestra vida”.
La presencia de Ernesto calma el torbellino emocional que me hace girar, temblar, perder la cabeza. Pero en su abrazo tranquilizador, mis piernas se rinden. Estoy presta a caer al suelo, pero él me atrapa e impide mi caída. Suavemente, me ayuda a descender hasta el suelo y se agacha a mi lado durante un buen rato, hasta que recupero las fuerzas para levantarme y los temblores de la adrenalina disminuyen. Febrilmente, me levanto, apoyándome en sus brazos. Mis otros hermanos recogen mi equipaje; nos dirigimos a los vehículos para ir a comer algo juntos.
La temperatura exterior se acerca a los 40°, el aire es sofocante. Siento que el cansancio y la excitación me pasan factura; las extremidades me tiemblan. Mamá me pone a su lado en la parte trasera del automóvil de Ernesto. Mientras se sienta para conducir, puedo ver la pistola que lleva bajo la camisa. Es bien sabido que, en Guatemala muchas personas andan armadas. Los guardias del aeropuerto llevaban escopetas y me imagino que el conductor del microbús que nos sigue también va armado. Conduciendo por la capital, con todas las ventanillas abiertas, la efervescencia de la ciudad es palpable. Una extraordinaria mezcla de olores me hace cosquillas en la nariz y extrañamente me trae recuerdos. Hay cuatro olores que siempre me han recordado a Guatemala: el café, el pollo, el detergente y los cigarrillos. Por reflejo, creo, Ernesto enciende un cigarrillo, pero por respeto a mamá, que tiene asma y empieza a toser, le pido que lo apague. Lo hace, pero de inmediato me siento avergonzada por habérselo pedido. Después de todo, ¿quién soy yo para decirle cómo debe comportarse con su madre? “A sus órdenes, princesa”, dice. Aliviada por el guiño de Ernesto en el espejo retrovisor, miro a mamá y sonreímos con complicidad.
Cuando Ernesto entra en un parqueo cubierto, me doy cuenta de que hemos llegado a un centro comercial. Mis sobrinos pequeños me tiran de la mano para enseñarme el anuncio de una famosa cadena estadounidense de pizzas. Sonrío al observar la estandarización de este tipo de complejo que representa invariablemente la modernidad en todo el mundo. Respondo al antojo de los niños cuando les propongo que entremos al restaurante ante el que nos hemos reunido todos, pero le explico a Nataly que aún no he cambiado mis dólares en quetzales. Ella se ríe y me dice que no me preocupe por esas cosas.
Mi mirada se posa tiernamente en los niños, tan felices de estar juntos y disfrutando de una pizza grasienta con kétchup. Mamá adivina que estoy pensando en Eva y Hugo, a los que echo de menos, y sugiere que vayamos los tres a dar un paseo con Ernesto. Apruebo con la cabeza, nos levantamos de la mesa y caminamos abrazados.
Este momento es dulce. Sin palabras, estamos en comunión. Me reconforta la música que suena en todos los equipos de sonido que decoran los escaparates cuando, de repente, Ernesto me agarra por la cintura y me arrastra a un baile rítmico y liberador. Nos reímos a carcajadas, mamá se une y nos balanceamos hasta el final de la canción, terminando en un abrazo que me hace sentir hija de mi madre, hermana de mi hermano.
De vuelta con los demás, me doy cuenta de que puedo ofrecer a los niños un helado en otra famosa cadena estadounidense de hamburguesas que acepta el pago en dólares. En cuanto los niños terminan de engullir su helado, ya es hora de dirigirnos a la costa. Según lo acordado, pasaré la noche con mamá en el hotel de mi hermano Brandon, no muy lejos de la casa materna, que es demasiado pequeña para que todos nos acomodemos.
Nos despedimos de Ernesto y su mujer, Marleny, pero nos quedamos con su hija Dulce que quiere pasar la noche con su tía. Mamá me coloca con ella en uno de los dos asientos de la parte delantera del microbus y con la mirada le dice al conductor que puede arrancar. Como había imaginado, él también está armado. Acostumbrada a tratar con armas de fuego en mi profesión, no me siento incómoda, solo me pregunto qué pasará en una fiesta si las cosas se salen de control. En la parte trasera del microbús, el ambiente está en su mejor momento: se habla, ríe, canta y me arrulla mientras me duermo en el hombro de mamá, su mano en la mía, palma con palma.
Nunca pensé que me quedaría dormida tan fácilmente, pero recuerdo que me desperté cerca de Escuintla, vi una señalización del camino hacia La Antigua Guatemala y me volví a dormir plácidamente, como la primera vez, en el hombro de mamá. De repente, me despierto de nuevo. Un olor indescriptible me saca del sopor… Mamá me dice que los granjeros tienen la costumbre de quemar los desechos de los gallineros para hacer abono.
La noche es hermosa. Atravesamos pequeñas aldeas en las que los braseros que arden delante de las casas parecen una valla de honor que nos recibe; los pick-ups cargados de gente apiñada en la parte trasera pasan junto a nosotros haciendo danzar las hojas de las palmeras que bordean la carretera y el aroma exquisito del pan horneado se escapa de las panaderías y llega hasta nuestro vehículo mientras me quedo otra vez dormida. Oigo a mamá susurrar en voz baja, “Mariela”. Nos acercamos a la casa. Abro lentamente los ojos, veo a unos policías y me asusto. Cuando preparaba mi viaje, todas las guías turísticas y páginas web oficiales que consulté recomendaban unánimemente evitar cualquier contacto con la policía, que no hablara con ellos y que, si lo hacía, mantuviera baja la mirada. Afortunadamente, rebasamos a la policía y a su vehículo estacionado en la orilla del camino. A medida que nos alejamos de ellos, me divierte ver por el espejo retrovisor cómo se convierten en pequeños puntos azules.
Pero ya el microbús se detiene frente a una casa bonita; hemos llegado. Agotada, pero con bastante curiosidad, me traslado con la ayuda de Brandon a la casa de mamá. Como abejitas, mis hermanas se afanan en encender todas las luces de la casa, en cuidar a los niños medio dormidos, en hacer la maleta de mamá para que duerma en el hotel de Brandon, a donde ha enviado al chofer a dejar mi equipaje.
El reloj de la sala me dice que es la una de la madrugada, tengo la garganta seca, el calor es insoportable. Miro una botella de agua sobre la mesa, pero me da miedo beberla. Entonces, como si previera mis necesidades, mamá me mira y sonríe. Va a la nevera y saca unas bolsitas con agua mineral que había preparado especialmente para mí. Beber esta agua tan fresca, me reanima, lo que alegra a mamá, que me dice que vamos a ir caminando hasta el hotel, que no está muy lejos. Tenemos el tiempo justo para besar a Óscar y a Flor, su mujer, que se quedan en casa, mientras que todos los demás, en un movimiento rápido como de baile latino, cogen las llaves, recogen las maletas y salen de la casa. Otto pone a sus hijos en la parte delantera de su moto y es imitado por los otros. Al arrancar, nos saluda, se lleva a su familia, toca la bocina y grita a todo pulmón “¡Feliz noche!”. Entonces mamá me guía hacia el hotel, lleva su bolsa en una mano y a Dulce en la otra. Está muy oscuro porque no hay iluminación exterior; nada me es conocido y, sin embargo, todo me parece tan familiar.
Frente a un gran portal veo a Brandon que nos saluda. El hotel es muy bonito y está bien cuidado. Descubro la amplia habitación con dos camas matrimoniales y aire acondicionado. Le digo a mamá que voy a refrescarme mientras ella arropa a Dulce. Me pide que no tire ningún papel en el sanitario ya que obstruye los desagües, que lo deposite todo en la papelera que hay al lado. Todos los días se queman los restos de papel usado. El agua de la ducha está fría, su contacto con la piel me hace temblar. Decido no mojarme el pelo por miedo a enfermarme y, luego, me hundo feliz en una cama grande y cómoda con sábanas limpias. El sueño no se hace esperar y caigo rápidamente en los brazos de Morfeo. Cuatro horas después, me despierto llorando. Mamá, que está durmiendo junto a Dulce, se acerca, me acaricia suavemente el pelo y me besa la frente. Me calmo. Nos susurramos palabras de amor, cosas dulces, algunas trivialidades y entonces, todavía susurrando, comienza a contarme su historia, nuestra historia.
Fue en la casita donde vivía que comenzaron las primeras contracciones de mamá. Una de las vecinas alborotó al vecindario para encontrar quién podía llevarla en un vehículo al hospital. Confió a Lorena y Ernesto con su hermana Judith y llevó una pequeña bolsa “para dar a luz”. El parto fue más o menos normal, salvo que nací el 5 de noviembre de 1986 con el cordón umbilical enrollado en el cuello y que ambas estábamos muy debilitadas por una fiebre arrasadora. Ese mismo día, de vuelta a casa, mamá se dio cuenta de que tenía una hemorragia posparto y de que mi fiebre seguía siendo de 41°. Inmediatamente nos llevaron de nuevo al hospital donde nos dieron ingreso —mamá en medicina interna y yo en pediatría— y nos pusieron medicamentos intravenosos. A intervalos regulares, durante cuarenta y ocho horas, las enfermeras me llevaban con mamá para que me alimentara y luego… Al ver que ya no le llevaban a su bebé para amamantarla, mamá preguntó si me había pasado algo. Le dijeron que mi estado se había vuelto crítico por lo que me habían trasladado a una sala de neonatología del Hospital Roosevelt en la ciudad de Guatemala. Sin dudarlo y muy preocupada, mamá, acompañada de su hermana, tomó un autobús y viajó durante hora y media hasta la capital. En el Hospital Roosevelt se enteró horrorizada de que ninguna recién nacida llamada Mariela había sido ingresada a ninguno de sus servicios. Las dos hermanas decidieron regresar al hospital donde había dado a luz. Fue en ese momento, en la noche del 7 de noviembre de 1986, cuando dos mujeres que parecían ser de la capital le dijeron a mamá que lamentablemente su hija había fallecido. Mamá estaba desolada y suplicó a esas personas que le devolvieran el cuerpecito para darle un entierro decente, pero se lo negaron rotundamente. Le dijeron que como no me acompañaba ningún familiar, me habían enterrado en una fosa común como XX…
“Ese día, siempre será el más doloroso de mi vida” me susurró mamá, sofocando sus sollozos para no despertar a Dulce. Instintivamente, me aferro a ella que me abraza con todas sus fuerzas. Entrelazadas, seguimos sollozando hasta que canta un gallo… lo que inevitablemente me lleva a recordar mi infancia en nuestra casa de las Ardenas belgas. Son las cinco de la mañana. Sigo escuchando con nostalgia al gallo y dejo que su canto despierte mis recuerdos… y mi inconsciente, en el que está enterrada la película de los diez primeros meses de mi vida. De repente, me doy cuenta de que el canto del gallo es un recuerdo que tengo de Guatemala y, debido a eso, me tranquilizaba su canto cuando lo escuchaba en Bélgica. Una leve sonrisa confirma mi intuición… Luego, dichosa y acurrucada junto a mamá, que me acaricia tiernamente el pelo, vuelvo a dormirme. Quizá serían las siete, cuando Claudia, la mujer de Brandon, nos despierta suavemente y nos invita a desayunar.
A través de las cortinas de las ventanas, puedo ver el sol brillando con fuerza y el bullicio matutino de la calle. Cuando salgo a la terraza, me envuelve el aroma de las flores, lo mismo que el ambiente jovial que se respira en torno a la mesa del desayuno, regiamente arreglada. Encantada, pero algo avergonzada, le pido a mi familia que no cambie sus hábitos por mí. Mamá ríe a carcajadas y me dice que lo que pido es sencillamente imposible, que no puede ser de otra manera y que, ante todo, es un placer. La risa de mamá es la más hermosa del mundo. Cristalina. Invita a la felicidad, a la alegría, a cualquier sensación de plenitud. Me enamoré de ella. Me pregunto por el secreto de su fuerza… Esos pensamientos me hacen trastabillar y siento que voy a caer de nuevo. A mi alrededor, todo el mundo se inquieta, me sientan en una silla, me dan un vaso con agua, me abanican y, luego, cuando me calmo, me cubren de abrazos.
Sinceramente, estas atenciones típicas de los latinos no tienen parangón a la hora de expresar el afecto y la confianza que uno le tiene al otro. Esta cultura, tan inclinada a las demostraciones físicas del afecto, tan hospitalaria, tan cálida, me impacta y me parece mucho más espontáneo que lo que he conocido hasta ahora. Algunas prácticas me resultan extrañas, pero tienen sentido. Por ejemplo, el hecho de que toda la familia llame “mamá” a nuestra madre es una señal de respeto porque una abuela mantiene, sobre todo, su condición de madre. O el hecho de que hermanos y hermanas puedan tomarse de la mano públicamente y en toda circunstancia, como lo haría una pareja, es un signo de pertenencia, pues no hay nada ambiguo en la expresión del amor familiar. Por supuesto, la cultura latina también es patriarcal y predominantemente machista. Y si bien es cierto que no me atrevo a contradecir a mis hermanos, que reacciono miméticamente como mi mamá y mis hermanas, no sé por qué, me gusta. Tal vez por la forma en que ellas saben eludir las inútiles luchas de poder y también por la manera sutil en que logran imponer sus indiscutibles puntos de vista.
Mientras seguimos sentados en la mesa, entra Ernesto. Dulce está feliz de ver nuevamente a su padre y a mí me emociona que él se haya levantado tan temprano y haya venido hasta aquí. Dicho esto, él está muy disgustado y me propone realizar las investigaciones necesarias para comprender qué pasó realmente. Le digo que en ese momento no estoy de ánimo para hacerlo, que simplemente quiero pasar el día disfrutando de mi familia. Entonces me toma la mano y me vuelve a decir lo mucho que me ha echado de menos en su vida. Tras un bonito intercambio, decidimos tatuarnos las iniciales de nuestros dos nombres, M&E, al volver a la ciudad, un día antes de mi regreso.
Dos días más tarde, mamá me sugiere que vaya al Registro Nacional de las Personas (RENAP)3 en Guatemala, porque quizá pueda obtener alguna información. Acepto. Por el camino, mamá me presenta a todas las personas con las que ella se cruza y reconoce. Con orgullo, explica que soy su hija y que vivo en Europa. Yo respondo tímidamente en español a estas personas que no conozco y me doy cuenta de lo frustrante que me resulta no manejar bien mi lengua... materna. En las oficinas de la administración municipal, frente al oficial encargado del Estado civil, me sofoca el calor. Irritada por el golpe de los matasellos que se estampan sobre los documentos oficiales, el parloteo de la gente que espera su turno en colas interminables y el bullicio de los niños que corren o lloran, intento entender lo que me explica el funcionario. Que mi muerte nunca ha sido declarada, por lo que se considera que sigo viviendo en Guatemala, que oficialmente, ¡nunca salí del país!
Mamá, que nunca había declarado ni mi nacimiento, ni mi muerte, comprende inmediatamente la magnitud de la situación y, mientras agradece al funcionario, me toma del brazo y me guía hacia la salida. Una vez fuera, me advierte que no le diga a nadie la información que acabo de recibir, especialmente a los funcionarios de Migración del aeropuerto, o quizá no me permitan salir del país. Uno de los primeros reflejos de mamá fue llamar por teléfono a mi padre a Estados Unidos y contarle nuestro descubrimiento. Él pidió hablar conmigo y tras un solemne “Mi hija”, me dijo que tendría que luchar por la justicia para mi madre y denunciar en mi país de adopción lo que nos habían hecho.
Yo, que apenas empezaba a responder espontáneamente cuando la gente me llama Mariela, Marielita o incluso Lita, de repente me siento perdida. Claro que sé que Mariela no está muerta porque Mariela soy yo y estoy viva. Claro que sé que Mariela es Coline porque soy adoptada y tengo otra vida. Pero, ahora que acabo de atravesar el mundo para demostrarle a mi madre que no estoy muerta, descubro que efectivamente estoy viva, ¡y que, oficialmente, nunca he salido de Guatemala! ¿Cómo es posible? Dado que mamá nunca declaró mi nacimiento, ni mi muerte, ¿qué hay del certificado de abandono que hizo posible mi adopción? Honestamente, todo esto comienza a rebasar mi entendimiento…
Mientras mi familia en Bélgica está muy preocupada porque el aeropuerto sigue cerrado, yo los tranquilizo e intento relativizar la situación, al mismo tiempo que saboreo esta vida que estaba destinada para mí. Siempre al lado de mamá, mis días están determinados por las pocas tareas domésticas que ella realiza. Todos los días vamos al mercado. Paseamos entre los puestos y elegimos con cuidado y complicidad los productos que mamá me enseña a cocinar. De vuelta a casa, me enseña los secretos del oficio, esenciales para el éxito de algunos platos típicos guatemaltecos. A veces, incluso, nos permitimos ir de compras por pura coquetería. Cada día está lleno de felicidad y se convierte en una oportunidad para perfeccionar mi español. Qué dulce es aprender a dejar de lado mis dudas y miedos. Qué dulce me resulta vivir.
Un día, mamá decide llevarme a la Antigua. Con mi sobrinita, Dulce, y, Claudia, la mujer de mi hermano Brandon, tomamos una “camioneta”, esos viejos autobuses americanos también llamados chicken buses. La visita a la ciudad colonial es obligada por su magnificencia. Reconozco el paisaje de fondo en las fotos que mi madre belga hizo más de treinta años atrás, especialmente aquella en la que estoy en brazos de Mónica, la hija de Ofelia de Gamas, quien también formaba parte del conjunto.
El día anterior a nuestra excursión a la Antigua había acordado con mamá que nos reuniríamos con mi amigo Alberto. Su adopción a través de Hacer Puente también resultó ser irregular y, lo peor de todo, las personas que él había creído que eran sus padres biológicos, no lo eran según los resultados de la prueba de ADN. Alberto presentó una denuncia ante el Ministerio Público guatemalteco y abandonó Francia para venir a vivir al país que le vio nacer. Nos emociona mucho encontrarnos por primera vez, en carne y hueso, en nuestra tierra natal. También me satisface que Alberto se tome el tiempo de explicarle a mamá, en español, la complejidad de este tráfico de niños. Le dice que tenga mucho cuidado y le confía que, desde que fue amenazado y agredido tras su denuncia, no ha vuelto a dar la dirección de su casa. Tras unos abrazos, plenos de afecto, nos despedimos de Alberto y seguimos caminando por las hermosas calles de la ciudad. En el recodo de una calle, pasamos por delante de una joyería y aprovecho para ofrecerle a mamá una pequeña joya, una bonita piedra lunar para que la lleve como colgante.
El día está lleno de todo tipo de delicias y emociones. Abordamos una camioneta hasta Escuintla y luego otra hacia la costa del Pacífico. Cuando tomamos asiento, veo a dos hermosas mujeres indígenas. Me cautiva su belleza, su pelo negro azabache, sus hermosos y coloridos vestidos, realzados por collares de perlas, pero me asombra observar que parecen no poder hablar ni siquiera con el hombre del asiento delantero a quien hay que pagarle el pasaje. Mamá me dice que la ropa de las mujeres indígenas indica que pertenecen a una comunidad, a una región, y que estas dos mujeres son del pueblo en donde nací. También me dice que no hablan porque muchos de los indígenas prefieren comunicarse solo en su idioma y no en español.
Absorta en todos estos detalles, no presto atención a un grupo de turistas estadounidenses cincuentones que han entrado al autobús y se colocan en el pasillo central de la camioneta, pero sí me fijo que uno de ellos está tomando una foto con su teléfono. Las dos indígenas vuelven la cara hacia la ventana con desagrado. Una mujer sentada a mi lado me dice en voz baja, “no me gustan los gringos como esos”. Eso fue todo lo que necesité para levantarme en un impulso que mamá trata de impedir, jalándome de la parte inferior de mi t-shirt y dándome a entender que me siente y que no haga olas. Pero, en ese momento, me doy cuenta de que el mismo turista le está tomando una foto a Dulce. Me hierve la sangre, me levanto de un solo y y le pregunto si no le importa hacer fotos a la gente sin su consentimiento. Y, con en el mismo tono encendido, añado que me escandaliza semejante falta de respeto. Al margen de lo que acabo de contar, el turista parece intrigado por el hecho de que una guatemalteca le hable en tan buen inglés. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que el resto de pasajeros, formado exclusivamente por lugareños, ¡se preguntan lo mismo! El turista acaba murmurando una disculpa mientras todos sus compañeros guardan sus teléfonos. El incidente termina y, en silencio, continuamos nuestro viaje.
Al día siguiente, Ernesto me dice que nuestro padre, Papi como le dicen todos, está en Guatemala, quiere conocerme y me propone que vaya durante unos días a su casa, cerca de la frontera con El Salvador. Al principio me atrae la idea, pero me niego a ir cuando me doy cuenta de que tendré que ir sola pues los códigos culturales no le permiten a mamá acompañarme. Quero estar cerca de ella.
Mientras, Ernesto se encarga de explicarle a Papi que no quiero ir sola a su casa. Papi dice que entiende mis miedos y me lo pide una vez más. Para tranquilizarme, ofrece enviarme un chofer y promete que podré dormir con mi hermana pequeña, Claudia Mariela. De forma breve, diré que mi padre tuvo cuatro hijas después de mí, dos de las cuales heredaron uno de mis nombres, de ahí que mi hermana se llame Claudia Mariela. Dejar a mamá era demasiado para mí y me niego de nuevo; eso lo decepciona un poco.
Decidido a convencerme, papi me llama por vídeo y me informa que mi abuela paterna, Mamá Rina, también quiere conocerme. Me niego nuevamente, sin saber que la oportunidad de ese encuentro nunca podrá repetirse porque mi abuela murió poco después. Tal vez también me afecta el hecho de haber leído en mi expediente de adopción que fui declarada de padre desconocido y eso explica el porqué no tengo la tentación de buscarlo y que la idea de reunirme con él, sin mi madre, me resulte inconcebible. Además, tengo la extraña sensación de que al aceptar la invitación de Papi, traicionaré a mi padre adoptivo. Me atrevo a decir que fue complicado dar cabida a mis dos padres, mientras que tener dos madres siempre fue natural para mí. Una me llevó en su vientre y me dio la vida. La otra me llevó en su corazón y me enseñó mis primeros aprendizajes acerca de la vida.
El sábado siguiente nos vamos de fiesta con mamá y la tribu. Cantamos, levantamos nuestras copas de ron y, sobre todo, bailamos merengue, bachata, salsa… todos estos bailes que me hacían sentir libre durante mi infancia exaltan esta noche mi felicidad por quien ahora soy, unida a mi familia. Mis hermanos me hacen girar, Óscar baila como un dios y cada taconazo que yo doy en el suelo es como una bofetada a las maquinaciones de aquellos que quisieron separarnos. De repente, Óscar salta hacia mis otros hermanos, que están agarrando por el cuello a un hombre ebrio. El pobre se había tomado la libertad de insinuársele a una de mis primas… Aunque las sillas volaban, mamá y sus hijas, junto con mis primas, se erigieron como una sola mujer y consiguieron calmar la situación. Entonces, sin saberlo, Otto pide una de mis canciones favoritas, Suavemente, y me invita a bailar. Ernesto y mamá siguen su ejemplo. Mientras doy vueltas en los brazos de Otto, veo a mamá, impresionantemente hermosa.
De vuelta al hotel, mis hermanos y yo nos acostamos en mi habitación. Ernesto encuentra mi expediente de adopción que está junto a mi maleta y lo lee en voz alta. Me pone inquieta. Cada quien lo analiza. Medimos el alcance de la increíble corrupción de las instituciones que permitieron el funcionamiento de esta trama repugnante. De hecho, fue una tal Davilia R.G. quien, el 18 de noviembre de 1986, declaró mi nacimiento a la Municipalidad. En esta partida de nacimiento se indica que nací el 4 de noviembre de 1986 y que mamá es mi madre biológica. Un pequeño detalle: el número de la cédula de mamá que aparece consignado allí no es el correcto, por tanto el documento seguramente era falso. Además, en un acta levantada por un notario guatemalteco el 17 de noviembre de 1986, entre las 8:00 y las 8:35 horas, supuestamente en presencia de mamá, se afirma que ella declara que abandona a su hija y entrega al notario mi partida de nacimiento inscrita el 18 de noviembre de 1986, es decir, ¡un día después de la fecha del acta notarial!
Otro detalle de suma importancia es que Ofelia de Gamas es la testigo que comparece indicando que conoce a mi madre biológica en esta acta de abandono. Óscar intenta disuadir a Ernesto para que desista de su intención de ir a buscar a Davilia R.G. que declaró mi nacimiento al Registro Civil, sin el acuerdo de nuestra madre, o que se acerque a la casa de Ofelia de Gamas. Estoy totalmente de acuerdo con Óscar, porque esta gente es poderosa y no quiero que le suceda algo malo a uno de los míos. Mucho más tarde me enteraría de que Ernesto no se había dejado desanimar por sus palabras…
Bruscamente, la puerta del dormitorio se abre. Me sobresalto. Mamá ve el documento y quiere leerlo. Mis hermanos se lo entregan. Ella lo toma y se sienta junto a mí. Entonces veo con impotencia cómo descubre la verdad “oficial” y se consterna en silencio. Nataly y Jacquely se unen a nosotros en la habitación y observan, al igual que yo, la profunda emoción de mamá y sobre todo el entumecimiento de su rostro. Su boca se desvía ligeramente hacia la izquierda y un ojo se cierra a medias. Nataly, consciente de sus reacciones nerviosas, se enfada con mis hermanos por permitirle leer esos horrores y no protegerla. Estoy de acuerdo con mi hermana, pero no reacciono cuando mis hermanos le hacen señas con la mano para que se calle. Imperturbable, nuestra madre se concentra en la lectura del acta de abandono en la que se declara que ella me ha dado voluntariamente en adopción. Furiosa, como si se dirigiera al mundo entero, grita: “¡¡¡Mentiras!!! ¡Ellos mienten! ¡Nunca hice eso! ¿Quién es esta Ofelia?” Acto seguido, entierra la cara entre sus manos, llora y se tambalea.
Con ternura, intento calmarla y seguir el balanceo de su cuerpo. La abrazo y, luego, con suavidad, le explico, a pausas, lo mejor que puedo, dado su estado de ánimo, quién es Ofelia Gamas. Le hablo brevemente del contexto histórico y político de la época, que ella conoce, para que pueda relativizar y, sobre todo, tranquilizarse. Sollozando, con la cabeza girando de un lado a otro entre sus manos, me pregunta: “¿Adónde te llevaron? Todo esto es muy peligroso, Mariela…” No sé qué decir, no tengo respuesta a su pregunta. Luego, al constatar mi desconocimiento, se quiebra aún más… “Mariela, ¡estuviste once meses en Guatemala! Pero ¿dónde?” Nataly toma del brazo a mamá y pone fin a la conversación. Me siento aliviada de que mamá salga de la habitación y orgullosa de que mi hermana haya desafiado a nuestros hermanos y protegido a nuestra madre. Jacquelyn, la más joven, está de pie frente a la cama, estática. Unas cuantas lágrimas ruedan por sus mejillas. Ernesto se levanta y la abraza.
Al día siguiente, a pesar de la agotadora noche que acabamos de pasar, mamá y yo estamos de buen humor cuando nos dirigimos a la casa de mi abuela materna, Mamá Tina, y luego a la playa. Estoy feliz porque, además de tener la oportunidad de abrazar a mi abuela, también conoceré a mi tía Judith, la hermana de mi mamá. Aquella a la que le confió sus hijos cuando yo nací, la que la acompañó al Hospital Roosevelt, en 1986; llegó el día anterior desde México con sus tres hijos, Aroldo, Darling y Chiki.
Reunimos a este pequeño grupo familiar, en la pintoresca casa de mi abuela. Con una decoración típica y un mantenimiento impecable, esta casa construida a modo de pequeña hacienda en torno a una gran palmera, de cuyas ramas cuelga una hermosa y antigua hamaca, es el escenario perfecto para este encuentro multigeneracional. La emoción es palpable en todos nosotros. Judith y mamá han permanecido muy unidas a pesar de la distancia que las separa. Siento que mamá está muy contenta de ver nuevamente a Chiki, a quien conocía un poco menos que a Aroldo y a Darling. Y por una buena razón: Aroldo creció con mi hermana Lorena, la única hija de mamá en ese momento. Los dos primos tienen una relación casi fraternal. En cuanto a Darling, nació en septiembre de 1986, dos meses antes que yo, y siempre ha sido considerada la única niña que sobrevivió a los embarazos de mi madre y su hermana. Cuando supuestamente morí, mamá le dio a su sobrinita mis zapatillas y toda la ropa que era para mí. También le entregó mi manta de nacimiento a mi abuela, quien ofrece enseñármela… pero demasiado temerosa de alterar mi frágil equilibrio emocional, me niego.
Sin embargo, muy conmovida por el hecho de que haya conservado lo que sin duda es una reliquia mía, me mantengo cerca de ella. Mi abuela, esta adorable mujer de setenta y nueve años, con su larguísimo pelo que parece blanqueado con cal y que refleja tan bien la luz de su país, duerme bajo las estrellas en una cama instalada en su exuberante jardín. Me confía que al dormirse mira a mi abuelo en el cielo y sabe que Dios también está allí para el día en el que la llame de nuevo a él. En esa hermosa tarde, también me cuenta que mi difunto abuelo fue producto de la unión entre una indígena del Petén, una región del norte de Guatemala, y un alemán, lo que explica que nuestros rasgos familiares sean menos típicos y, sobre todo, que mi hija Eva tenga los ojos tan azules.
En la playa, donde vamos a encontrarnos con Tío Luis, uno de los hermanos de mamá, el reflujo de las olas y el azul del cielo, mezclados con el mar, calman mis emociones. Respiro. La brisa marina refresca el ambiente y resulta agradable. Caminando por la playa, llegamos a una gran cabaña. Mamá Tina se instala en una hamaca. Nos deleitamos degustando deliciosos camarones, sabrosos pescados y todo tipo de mariscos, mientras el ron fluye libre y generosamente regando nuestra dicha.
Por supuesto que, como la perfección no es de este mundo, estoy molesta por la gran cantidad de piquetes de mosquitos. Mientras mi abuela frota crema mentolada en cada uno de mis piquetes, mis primos se ríen de mí, diciendo que la afilada trompa de los mosquitos guatemaltecos, como buenos gourmets, habían detectado una carne a la que no estaban acostumbrados. Pero mis heridas se empiezan a infectar y a hinchar. De vuelta a casa, mamá pasa la noche empapando con ron cada piquete, mientras yo me duermo pensando en la última frase que dijo mi abuela antes de dejarla. “Todavía quiero estar aquí para verte volver con mis bisnietos, mi hija”.
A primera hora de la mañana, al mirar los moretones en mi cuerpo, sonrío con placidez porque me recuerdan el día anterior, tan magnífico, que quedó grabado vivamente en mi corazón, tanto como en mi piel. También esa mañana se reabre el aeropuerto. Precisamente el día en que iba a dejar la costa del Pacífico para reunirme con Ernesto, con el fin de pasar una noche en la ciudad de Guatemala. Ha llegado el duro momento del “adiós” y me invade la tristeza. Abrumada por la aflicción, mamá no tiene el valor de acompañarme a la capital. Tia Judith la consuela, se ofrece a ir en su lugar y toma el asiento trasero del microbús. Yo estoy destrozada por dejar a mi madre. Cada lágrima que se escapa de mis párpados, hinchados por el llanto, quema. La fuerza magnética que nos une a mamá y a mí desde nuestro reencuentro en La Aurora se resiste poderosamente al desprendimiento de nuestros cuerpos hasta que finalmente somos separadas, arrancadas, esta vez, por la benevolente presión de los brazos de mis hermanos. Con los ojos cerrados, nos acurrucamos en el automóvil Óscar y yo. Me mantiene así durante todo el trayecto, sin pronunciar una sola palabra, nuestras manos empalmadas, su pulgar presionando el mío.
Después de cuatro horas de un viaje durante el cual la tía Judith sollozaba al vernos a Óscar y a mí, llegamos a la capital. Óscar le indica al chofer el camino a la casa de Ernesto, sin darle la zona ni la dirección exacta, porque sabe que si lo hace, puede rehusarse a llevarnos ahí, debido a la peligrosidad de ciertos barrios de la capital. En cuanto a mí, me preocupa lo duro de la despedida con mi tía y mi hermano. Como era de esperar, una vez que mis hermanos descargaron mis maletas, rompo a llorar de nuevo y me aferro con todas mis fuerzas a mi tía y sobre todo a mi hermano, al que no quiero dejar. A quien me enseñó lo que eran los abrazos, le ofrezco el más dulce, sostenido y agradecido de todos. En silencio, recupero mi ánimo en casa de Ernesto y Marleny. Esta estupenda pareja me acoge calurosamente y me deja volver a mí.
Esa noche, cuando los niños ya se han dormido, Ernesto me informa que el vuelo de nuestro padre de vuelta a Los Ángeles está programado para el mismo día de mi partida, con tres cuartos de hora de diferencia. Ernesto quiere que conozca a Papi, me explica que aunque su relación no siempre ha sido color de rosa, lo considera un buen padre, y que la rabia que comparten contra las personas que me secuestraron les ha hecho superar sus diferencias. La lealtad que debo a Ernesto me hace prometerle que haré todo lo posible por reunirme con Papi en el aeropuerto, aunque sea solo un minuto. Entonces Ernesto y Marleny sugieren que al día siguiente vayamos a algunas partes de la ciudad con el fin de verificar las diferentes direcciones que aparecen en mi expediente de adopción y en otros. Parece que en algunos expedientes se utilizaron direcciones ficticias para falsificar los documentos de adopción. Quería estar segura: ¿existen las direcciones de mi archivo? ¿O todo es una invención? A pesar de un dolor de cabeza que me parte el cráneo, acepto. Les pregunto si tienen una pastilla. Ernesto me da una cajita y observo en el envoltorio que las fabrica el nombre de una gran empresa farmacéutica para la que trabaja mi cuñado Jonathan, el marido de mi hermana Sara. Como es mi costumbre, interpreto esta coincidencia como una señal de que ha llegado el momento de volver a Bélgica.
Al día siguiente, mientras desayunamos a la vez que escuchamos las noticias de la televisión, nos enteramos de que se ha cometido un asesinato en la calle de atrás de la casa de Ernesto. Me quedo sin palabras. No solo no nos habíamos enterado de nada, sino que me di cuenta de que gran parte de la vida que me estaba destinada podría haber estado llena de violencia. Marleny me da ropa para pasar desapercibida en nuestro camino hacia la ciudad. Mientras me visto, Ernesto carga su pistola y nos da sus instrucciones: mantener las ventanillas cerradas o ligeramente abiertas para que ningún motorista pueda meter la mano para robarnos el carro o llevarse a uno de los niños y ceñirnos al plan que nos habíamos trazado. Con una calma fingida que no engaña ni a Ernesto ni a Marleny, pero que yo espero que tranquilice a los niños, subo al asiento delantero del vehículo. Nos dirigimos a una calle adyacente a la Colonia El Limón, ubicada en la zona 18, una de las más peligrosas de Guatemala, no muy lejos de la casa de Ernesto. El tráfico es denso y caótico. Mi pie quiere pisar el pedal de un freno inexistente. Los vidrios de nuestro vehículo vibran por el ruido de bocinas, sirenas de todo tipo, motos, silbatos de la policía, gritos, música… Estoy muy tensa.
Unos minutos después, estiro mi cuerpo y me libero de la cabina. El aire se siente frío al entrar en contacto con mi espalda empapada. Dejo el teléfono y la cartera en la guantera, como me aconsejó Ernesto, y le echo una última mirada antes de salir con Marleny hacia un callejón que da a la plaza donde se realiza todos los días el mercado. Marleny me cuenta que cuando vino a explorar la zona por indicaciones de su marido tuvo la sensación de que la seguían y que esta zona está tomada por la “Mara 18”, la mafia más poderosa de Guatemala. Entonces me dice que cuando sea el momento, fingirá que se le baja la presión y que para reponerse necesitará apoyarse, con la mano, en la puerta de la casa que corresponde a la dirección mencionada en algunos expedientes de personas adoptadas que yo había conocido y que me habían pedido que realizara algunas verificaciones. Con la boca bastante seca para hablar, asiento con la cabeza.
Al entrar en la calle, se oyen silbidos, uno tras otro, que indican la presencia de extraños en el lugar. Según lo acordado, Marleny finge sentirse mal y pone la mano en la puerta de una casa. Sostengo a mi cuñada y miro hacia arriba para escudriñar lo que parece ser una barriada. Marleny se levanta y salimos de allí enseguida. Encontramos a Ernesto de pie junto al vehículo, con un cigarrillo en la mano, inquieto. Cuando nos acercamos, apaga su cigarrillo, entra a su vehículo y arranca el motor al mismo tiempo que cerramos las puertas de golpe. Mi corazón late fuertemente, quiero bajar la ventanilla. Siento que me asfixio. Todavía tenemos que comprobar dos direcciones más. Marleny tiene que ir a trabajar, así que Ernesto y yo volvemos solos a la calle con los niños. Subiendo el volumen, la canción Casa sola llena nuestro silencio mientras nos conducimos hacia la zona 6. No muy lejos de la jefatura de la Policía Nacional, constatamos lo mismo, la dirección corresponde a un viejo y espeluznante garaje… Finalmente, cerca de la catedral, en la zona 1, llamo a la tercera dirección. El propietario me abre la puerta y me asegura que siempre ha vivido en esta casa y que ahí no vive nadie más…
Esta zona me recuerda una de las fotos de mi madre belga: pasé por aquí con mis padres en 1987, estoy segura. Recostados en las paredes del Palacio Nacional hay hombres cuyo aspecto y mirada me asustan. Me aferro al brazo de Ernesto, quien me dice: “Pueden conseguirte cualquier cosa: armas, prostitutas, niños... pero principalmente están ahí para proporcionar drogas y prostitutas a los turistas”. No estoy cómoda, me sudan las manos y me gustaría salir de ese lugar cuanto antes, pero una de mis sobrinas no puede contener un deseo apremiante. Cuando Ernesto me pide que la acompañe a los baños públicos siento como que el suelo se escapa bajo mis pies. No quiero cargar con una responsabilidad tan grande: ¿y si nos pasa algo? ¿Y si me la quitan? Mientras bajo las escaleras hacia el baño de mujeres, me invade una paranoia extrema. Mi sobrina pequeña y yo nos encerramos por seguridad. Luego, muy rápidamente, nos reunimos con Ernesto que nos espera con Dulce y nos dice que ya podemos abandonar el lugar. Es un gran alivio para mí.
Tranquilos, los niños y yo nos alegramos de ir a almorzar al restaurante de Marleny, en el Mercado Central. Con cariño, veo a Dulce disfrutar de la deliciosa cocina de su madre. Marleny se une a nosotros en la mesa y hacemos un balance de nuestro día. Todas esas direcciones sirvieron en los documentos oficiales de falsos domicilios a las supuestas madres biológicas y comadronas, y también de supuestos lugares de partos. Tal y como yo lo temía: todo era falso. Ni los nacimientos de los niños secuestrados ocurrieron en estos lugares, ni fueron nunca domicilios que las madres biológicas hubieran habitado. Impresionado por este horrible mecanismo y muy afectado, Ernesto me promete que estaría siempre a mi lado y me asegura que yo soy un regalo de Dios. Marleny se seca discretamente las lágrimas. Permanezco en silencio. No quiero despertar ningún tipo de sentimiento negativo en mi hermano mayor y me callo la terrible rabia que los hallazgos de este día me provocan. Por la noche irémos a tatuarnos nuestras iniciales, M&E, en las muñecas.
Hoy es el último día de mi viaje. Apenas he dormido en toda la noche, pero tengo muchos deseos de conocer a Lorena, mi hermana mayor. Fue la primera persona de mi familia a la que contacté, la primera voz que me conectó con mamá, exactamente setenta días atrás. Para estar acá, Lorena y su hija Marylin han venido en autobús esta mañana temprano. Viven en el norte del país, a varias horas de distancia en automóvil de la capital. Su llegada, con los brazos llenos de regalos, ilumina instantáneamente la casa. Su larga cabellera se extiende por la espalda y su figura esbelta y elegantemente vestida contribuye a hacerla tan fascinante. Lorena tenía cuatro años cuando le dijeron que el bebé que había estado en el vientre de su madre y que vio una noche en su casa, estaba en el cielo. Mientras la espero, me pregunto cómo, a los cuatro años, se puede entender el concepto de la muerte, su carácter irreversible y, en consecuencia, el duelo que la acompaña.
Sentadas una al lado de la otra, con las manos entrelazadas, nos vemos tímidamente. Parece que seguimos la misma partitura, alternando silencios, risas y lágrimas. Entonces, en un impulso inexplicable, sabiendo que mi hermana es una católica devota y practicante, le pregunto si quiere que recemos juntas. “Sí”, responde ella, alegremente. Nos arrodillamos, ella junta mis manos entre las suyas y reza una oración en voz alta. Las lágrimas que se acumulan en las esquinas de sus párpados cerrados le dan un aspecto virginal. Yo también cierro los ojos y me dejo invadir por la gracia divina. La voz de Ernesto interrumpe nuestra comunión: es hora de ir al aeropuerto. Que así sea. Frente a la casa, miro el maletero abierto del coche, mis maletas colocadas en la acera y a todas las personas que van a acompañarme a La Aurora. Y aquí estamos, Ernesto al volante, yo a su lado, todas mis maletas cargadas y cuatro personas apretadas en la parte de atrás, camino al aeropuerto, con las ventanillas ligeramente bajas o completamente cerradas cuando nos acercamos a los embotellamientos.
Al llegar al aeropuerto, Ernesto descarga mi equipaje. Todos nos sentimos un poco confundidos, sin saber qué decir. Él y yo sabemos que no vamos a repetir la historia de mi desvanecimiento al arribar. Podemos más bien, sentirnos felices por haber sido capaces de encontrarnos aunque la idea de no saber cuándo nos volveremos a encontrar resulta insoportable. Nos abrazamos, un abrazo tras otro, una última vez... Entonces Lorena nos envuelve a Ernesto y a mí en un último abrazo. En el aeropuerto, me quito las maletas de encima. Estoy destrozada, me desmorono. En el mostrador de Migración deslizo mi pasaporte bajo la ventanilla. El agente comprueba mi foto y me mira... Siento repugnancia. Aparte de la foto, casi todo es falso.
Especialmente, lo principal: mi identidad y mi fecha de nacimiento. Una vez que paso el control de seguridad, me conecto al wifi del aeropuerto. Papi me llamará para que nos encontremos. El tablero indica que debo ir a la puerta de embarque G y Papi a la J. Los astros están perfectamente alineados. Así que me dirijo a la puerta G y espero a mi padre que, inevitablemente, debe pasar delante de mí para llegar a su andén. Con la máxima atención, examino a todos los pasajeros que me rodean por si a Papi se le ocurre esperarme. Mirando la hora, decido llamarle: “¿Dónde estás?”, le pregunto. “Estoy llegando, estoy entrando al aeropuerto”, responde. Miro hacia abajo y sonrío. Voy a ver a mi padre por primera vez en mi vida.
Una hora después, me llama para decirme que está llegando a Migración. Después de treinta minutos, me informa que Migración está bloqueada por un pasajero sospechoso de llevar drogas. Espero frente a las puertas de vidrio tras las que estaba mi padre, para no perder tiempo cuando las atraviese. Dos policías me piden que muestre mi boleto y me dicen que vuelva al andén G. Viendo de reojo, vuelvo a mi asiento y espero obedientemente. Comienza el embarque y entonces, le pido a una de las azafatas que me permita ser la última en embarcar porque estoy esperando a otra persona. La azafata acepta, pero luego me hace señas para que me acerque; mientras, le digo a Papi, con voz temblorosa, que tengo que embarcar… En el avión, miro por la ventanilla hacia el andén e intento verlo cuando, de repente, creo reconocerlo. Me apresuro a coger mi teléfono y a hacer una foto, mientras el avión da la vuelta y despega hacia El Salvador.
Veinticinco minutos después, en el Aeropuerto Internacional de El Salvador, me conecto al wifi para enviarle la foto que había tomado desde el avión, cuando aparece un mensaje de Papi: “Baja del avión”. Le llamo, rezando para que no haya embarcado todavía. Él responde. “Mi hija, le dije a la azafata que mi hija, a la que nunca he visto, había embarcado en su vuelo y le pedí si podía llamarte. Aceptó y me dio dos minutos, no más, para no retrasar al avión. Me preguntó tu nombre. Le dije: ‘Mariela’, pero no pudo encontrarte en la lista de pasajeros… ¡No sé tu nombre de pila, m’ija!”. El suelo se abrió de nuevo bajo mis pies…
PARTE II
Levantar el velo de mi pasado
7.
Un expediente “demasiado grueso”
Excepto por la inmensa alegría de reunirme con mis hijos queridos y los brazos tranquilizadores de mi marido, el regreso a Bélgica es doloroso. Una intensa tristeza agota mis fuerzas. Según mi médico, sufro de estrés postraumático retardado. El único remedio: el descanso. Aunque esté de acuerdo con su diagnóstico, me resulta muy difícil seguir sus consejos al pie de la letra. Mi rutina diaria consiste en ir a trabajar con mi habitual sonrisa y concentrarme en las tareas. Para aliviarme, Pascal se ocupa cuando puede de los niños, de la casa y de su administración. Es su forma de apoyarme en este período complicado. Debo admitir que si no tuviera responsabilidades familiares en Bélgica, sin duda me habría trasladado a Guatemala. Pero sigo viviendo como antes; frustrada, pero activa a pesar de mí misma.
Durante esta etapa, recibo también el apoyo incondicional de la Maitre Nathalie Buisseret. Esta mujer encantadora es una brillante letrada del Colegio de Abogados de Bruselas. Un pilar de la sociedad, como se dice. Su nombre aparece con frecuencia en los distintos tribunales del reino porque su reputación está cimentada y su carrera es impresionante. La primera vez que marco todo su número, porque varias veces dejé esta acción a medias, no me atrevo a solicitarle directamente que se convierta en mi asesora. Al principio, finjo estar obteniendo información para una amiga y describo someramente la situación. Cuál no sería mi sorpresa cuando me pregunta, sin rodeos, si no sería yo la amiga en cuestión. Su respuesta refleja un carácter que adivino agudo y dotado de una extraordinaria intuición que, para su profesión, resulta maravilloso. Riéndonos un poco, acordamos una fecha para reunirnos y con algo de nerviosismo acudo a nuestra primera cita. Tardo un tiempo en poder contar mi historia y, sobre todo, en preguntarle si estaría dispuesta a representarme legalmente, algo que ella ha hecho con talento desde entonces.
Adquirimos la costumbre de reunirnos casi todas las semanas en un lugar que nos agrada particularmente. Fanáticas del café, nos gusta reunirnos para repasar los avances de la investigación sobre Hacer Puente, ella armada de un café negro y yo de un capuchino. A veces nos acompañan tres de sus colaboradores más cercanos: Maitre Cédric Moisse, directo y pragmático; Maitre Isabelle Slaets, amable y empática; y el Maitre David Dedoncker, solidario y entregado. A veces, el azar hace bien las cosas. Nunca hubiera imaginado que estaría tan bien acompañada en mi demanda por justicia, ni que Maitre Nathalie Buisseret, Nathalie ahora, me acompañaría dos veces a Guatemala, para visitar a mi familia e incluso a la cárcel para visitar a... mi hermano Ernesto.
En efecto, dos meses después de mi regreso a Bélgica, en marzo de 2018, a Ernesto no se le podía localizar. Lo intento varias veces y acabo llamando a Marleny, quien me responde con una voz extraña, mezcla de tristeza y temor. Entonces me doy cuenta de que temía contarme algo y le pido que me explique de inmediato qué la había llevado a ese estado. Finalmente, Marleny termina por decirme que Ernesto estaba desaparecido y que su vehículo había quedado completamente destrozado por una imponente viga que atravesó el parabrisas trasero. Unas horas más tarde, después de remover cielo y tierra, supimos que había sido arrestado y puesto en prisión por posesión ilegal de arma de fuego automática. Abrumada, me pregunto y no puedo comprender la relación entre su detención y la destrucción de su vehículo. En seguida me entero de que, después de mi partida, Ernesto pidió a una secretaria del RENAP una copia de mi partida de nacimiento que demostraba que mi adopción nunca había sido inscrita en el Registro Civil4. ¿Pero qué pasó con su auto? ¿Fue una advertencia para disuadirlo de continuar su búsqueda?
El hecho de que su arresto se haya realizado cerca de la Colonia El Limón, ocupada por la “Mara 18” —una zona sin ley, prohibida casi para la policía— por la posesión de un arma que ni siquiera le pertenecía, parece una emboscada. Mi hermano debe comparecer ante el tribunal al día siguiente. Por la noche, Marleny me llama informándome que está con Ernesto en la sala de visitas. Él me dice que podemos pagar una suma considerable para liberarlo. Mi respuesta es clara. En primer lugar, no tengo esa cantidad de dinero. En segundo lugar, no tenemos ninguna garantía de que será liberado tras el pago. Ernesto añade que no había hecho nada, que un policía le entregó una bolsa con un fusil de asalto y que terminó acusado de un delito flagrante de portación de armas sin licencia. Le sugiero que pida un análisis de ADN, pero me responde abatido: “Aquí no hacemos eso, si la policía dice que eres tú, eres tú”. Resignado a asumir las consecuencias de esta cruel injusticia, me hace prometerle que cuidaría de Marleny y de los niños y que yo no intentaría hacer nada que pudiera, aun de forma involuntaria, perjudicarlo. “Saldremos adelante”, dice. Al día siguiente, Ernesto fue trasladado al Centro de Detención Preventiva para Hombres de la zona 18, una de las prisiones más peligrosas de la ciudad de Guatemala.
El arresto de mi hermano es otro duro golpe que tengo que afrontar. Mi impotencia ante su situación me consume, pero tengo que mantenerme firme, se lo he prometido y me provoca horror no honrar mi palabra. Además, dos meses después de su aprehensión, mi abogado me informa que mi caso ha pasado a la Fiscalía Federal. La gravedad de los hechos se tomó en consideración y, por consecuencia, el caso fue transferido a la más alta jurisdicción belga. Un fiscal federal está a cargo de la investigación iniciada hace unos años en Tournai.
Todo había comenzado en 2015 cuando Sandra, una joven belga de Guatemala, cuya adopción fue también tramitada por Hacer Puente, acude a la policía e informa de sus sospechas sobre irregularidades en su expediente. El proceso verbal de su audiencia fue remitido a la Fiscalía del Distrito, que consideró que había razones para investigar el caso e hizo un estudio del mismo. Después, lo trasladó a la Fiscalía Federal belga. Sin embargo, como este estudio solo incluía a una presunta víctima de Hacer Puente y, por lo tanto, no era de carácter nacional, la Fiscalía Federal lo había devuelto a la de Tournai, la ciudad donde está registrada la sede de la agencia de adopción. Se encarga a un comisario de la unidad de Trata de Seres Humanos de Tournai que investigue a Hacer Puente. Carmen María Vega, a quien había conocido cuando inicié mis investigaciones y cuya adopción también fue gestionada por Hacer Puente, había sido contactada por este comisario y entrevistada en Tournai, como parte de la pesquisa. Al final de su audiencia, Carmen había aceptado dejar su expediente de adopción al comisario, con todos los documentos originales, para que este pudiera consultarlo cuando quisiera y hacer copias.
Como Carmen vive en Francia, me había pedido que me encargara de recuperar su expediente del comisario de Tournai. Acepté y me puse en contacto con él, en noviembre de 2017, para que también se me escuchara como presunta víctima. Tras mi solicitud, se me envió una citación para el 15 de diciembre de 2017, pero en esta había un elemento que me intrigó: el comisario que me citó formaba parte de la unidad de Medio Ambiente, ente curiosamente extraño para hacerse cargo de una investigación relacionada con secuestros. Este detalle se me queda en el fondo de la memoria. Cuando voy a la reunión, me quedo hablando por teléfono con mamá durante la hora y media que me separa de Tournai, debido a que hace tres días que no nos hemos comunicado. Es ella quien me pide que nos llamemos constantemente después de haberle explicado toda la situación y recuerdo que me emocionó profundamente su actitud maternal. Sucedió igual cuando viajé a Guatemala: me llamó a mitad de la noche para asegurarse de que su hija había llegado sana y salva. Me demuestra una vez más lo cariñosa y protectora que es.
La audiencia no dura mucho tiempo. El comisario me muestra artículos de prensa sobre dos niños guatemaltecos cuya adopción había sido orquestada por Hacer Puente. Una de ellas había sido secuestrada. Por desgracia, a ella no pude ayudarla. Me agradece el viaje y, en respuesta a la petición de Carmen, me envía un sobre cerrado con el expediente de su adopción. Recuerdo que volví a casa y pensé en las tres películas que más me han impactado en mi vida: Taken, Trade y Man on Fire, cuya banda sonora nunca deja de emocionarme hasta las lágrimas. Estas películas sobre secuestros me devuelven inconscientemente al soterrado pasado de mi primer año. Nada de lo que experimentamos se borra por completo. Esa noche lo tuve claro. Al día siguiente, llamo a Carmen por vídeo para abrir el sobre delante de ella. Sorpresa: descubrimos que es el expediente de otro niño guatemalteco adoptado, Alberto, al que había visitado con mamá en Antigua durante mi viaje a Guatemala.
Mi abogada, Nathalie Buisseret, me dice que la Fiscalía Federal está ahora a cargo del caso porque en ese momento ya hay más de una presunta víctima y el número crece constantemente. Ella añade que si contamos a Sandra, la querellante inicial, a Carmen María Vega, a Alberto y a mí, ya somos cuatro, ¡pero había otros! Además, están domiciliados en los territorios francés y belga. Nathalie me informa también que el comisario de policía de Tournai había sido relevado de su investigación a favor de la Policía Federal de Bruselas, la que depende del fiscal federal. Eso era bueno porque este tendría más posibilidades de recuperar la información sobre Hacer Puente y, por lo tanto, de probar o no la participación de la agencia en estos actos horribles. Reconozco que me quedé estupefacta al enterarme del reemplazo del comisario, ya que, unas semanas antes, había llegado a mi casa para entregarme el expediente de Carmen y sostuvimos una larga conversación. Yo me pregunto: ¿por qué no me lo dijo directamente?
Durante su visita, él había abierto el sobre sellado para asegurarse de que esta vez me entregaba el expediente correcto. Mientras conversábamos, aproveché para preguntarle si había leído en la prensa que uno de los hijos de Michèle Boucq, la presidenta de Hacer Puente, se había prendido fuego delante de su colegio, en Tournai. Él asiente y me dice que conoce bien a la familia Boucq. Procede del mismo pueblo y sabe que el marido de la presidenta, Odon Boucq, es un periodista masón con estrechos vínculos con un ministro belga. Para cerrar el tema, el comisario me asegura que él sabría seguir profesionalmente su investigación, esclareciendo los hechos y yendo al fondo de las cosas. Antes de despedirse, me pregunta si puedo proporcionarle una lista completa de las personas adoptadas a través de Hacer Puente que hubieran hecho contacto con mi asociación, Racines Perdues-Raíces Perdidas. Respetando el protocolo de confidencialidad de los expedientes, me niego, a pesar de su insistencia y promesa de respetar el carácter altamente confidencial de la información. En seguida, me entrega su tarjeta de visita y me pide que informe a las personas de la lista acerca de la investigación. Para evitar que siga insistiendo con este tema, le pregunto a mi vez: “¿Cómo es que usted estaba a cargo de esta pesquisa cuando era comisario de la unidad de Medio Ambiente? Con un tono indiferente me explica que había sido trasladado recientemente del departamento de Trata de Seres Humanos al de Medio Ambiente y que, como consideraba que el expediente era “demasiado grueso”, lo había conservado.
Después de lo que me había dicho, era natural que me preguntara acerca de su imparcialidad. Al investigar en internet, encuentro un artículo de prensa sobre las conferencias que daba regularmente acerca de su profesión, en la Maison de la laïcité (Casa del laicismo), de Tournai. Al consultar los estatutos de dicha organización, descubro que Odon Boucq era no solo su presidente, sino que el tal comisario... ¡era el administrador! Por lo tanto, estaba investigando a una persona a la que él frecuentaba, no solo en su vida privada, sino con la que tenía, adicionalmente, un nexo de subordinación. Alucinante corrupción...
Nathalie tiene razón, el reemplazo de este funcionario es una buena noticia. Desde el punto de vista ético, ¿cómo podría un antiguo comisario de la unidad de Trata de Seres Humanos, transferido a la de Medio Ambiente, seguir estando a cargo de esta investigación? Sobra decir que confío en el sistema judicial y, al igual que Nathalie, me alegro de que un fiscal general se encargue de todos estos casos. No obstante, ruego e insisto a Nathalie para que se establezca, antes que nada, que ciertos documentos utilizados por Hacer Puente son falsos. Esta es la condición sine qua non para poder desentrañar los hechos, que tienen ya más de 30 años, y de los cuales algunos testigos están muriendo. Entre ellos, Odon Boucq, quien falleció en octubre de 2018, sin darnos la posibilidad de entender realmente su implicación en lo sucedido. Aunque se asegura que él y su mujer adoptaron a varios niños a través de Hacer Puente y que viajaban regularmente a Guatemala para acompañar a los niños adoptados. Después de que murió, veo varios comentarios en las redes sociales indicando que merecía un funeral masónico; así como un elocuente mensaje de despedida de un ministro belga. Inevitablemente pienso en el comisario al que ya nunca volví a ver…
8.
La razón de ser de Racines Perdues-Raíces Perdidas
En esta época, con el ánimo en ebullición, voy de descubrimiento en descubrimiento. Sigo construyendo mi caso con los abogados y aprovecho los fines de semana para compartir momentos maravillosos con mi familia. Sé que Pascal está feliz de comprobar cómo mi entusiasmo ahuyenta poco a poco mi tristeza. Eva y Hugo crecen, florecen y verlos jugar juntos me produce un inmenso placer.
Por otro lado, paso largas horas al teléfono con el equipo del colectivo Racines Perdues-Raíces Perdidas, la asociación que fundé en diciembre de 2017, después de encontrar a mi familia de Guatemala. Tuve la suerte de haber contado con un expediente de adopción lo suficientemente completo como para localizarlos, pero no puedo evitar pensar en todas las personas para las que no fue así. Esto me provoca la necesidad de compartir mi historia para que otras personas en mi situación puedan dar a conocer la suya, ser escuchadas y sobre todo estar acompañadas en la búsqueda de su familia biológica. Somos docenas y docenas de personas que buscamos a nuestras familias en Guatemala y si unimos nuestras fuerzas aumentamos considerablemente las posibilidades de encontrarlas. Es así como me encuentro rápidamente con Vanessa, Marie-Laure y Pattie-Maëlle, quienes se han convertido en los pilares de la fundación RP-RP5 y son, antes que nada, mis amigas. Nos gusta llamarnos y comentar, entre otras cosas, acerca de la puesta en marcha de un procedimiento para ayudar eficazmente al creciente número de personas que se pone en contacto con nosotros a través de las redes sociales, pero también para cotejar todas las similitudes de los nuevos expedientes.
Todo era ya bastante abrumador cuando analizábamos nuestras propias historias, pero se torna increíblemente complejo con los nuevos testimonios que siguen llegando. Por eso, cuando Marco Antonio Garavito, el presidente de La Liga de Higiene Mental, del programa de búsqueda de personas desaparecidas en Guatemala, me dice que tiene previsto llegar a Europa, crecen nuestras esperanzas de poder reunir al mayor número de personas adoptadas a las que habíamos conocido a través de nuestra asociación. Conjuntamente con La Voz de los Adoptados de Francia, tomamos la decisión de organizar una jornada de conferencias en París. Esta sería la oportunidad soñada por Marco Antonio para explicar a las víctimas qué es La Liga, y también presentar una retrospectiva del contexto histórico-político en el que se produjeron nuestras adopciones, así como la problemática que esto implica para las investigaciones. También le permitirá conocer a los adoptados franceses y belgas, darles la palabra para que relaten su caso y, sobre todo, traerles esperanza. Pero estos planes se hacen sin contar con la furia del volcán de Fuego.
El 3 de junio de 2018, cientos de vídeos, fotos y testimonios inundan la red. A 35 km de la ciudad de Guatemala, en la intersección de los departamentos de Chimaltenango, Sacatepéquez y Escuintla, donde vive mamá, el volcán vuelve a entrar en una intensa erupción. Presa del pánico, llamo a toda mi familia sin excepción. Mamá está bien, tiene problemas para respirar por el humo de las cenizas, pero afortunadamente la lava no los alcanza. El resto de la familia también está fuera de peligro, así como mi amigo Alberto en Antigua, ciudad muy afectada por la ceniza. “Alabado sea mi Dios, por habernos permitido venir en ayuda de las víctimas y darnos las fuerzas para encontrarlas”, dice mi hermana Lorena. Amén. Y es que las corrientes de lava, con una temperatura de hasta 900°C, sepultaron por completo la aldea de San Miguel Los Lotes, creando tristemente una nueva Pompeya. Según fuentes oficiales, esta nueva erupción dejó 194 muertos, 234 desaparecidos y más de 3,000 heridos. El aeropuerto La Aurora cerró sus puertas y retrasó el viaje de Marco Antonio.
En cuanto se reanudan los vuelos, Marco Antonio llega a París, acompañado de mi amigo Alberto, ferviente defensor de la causa, y de Pavel Gerardo Vega, periodista guatemalteco que aprovecha la ocasión para hacer un reportaje sobre la vida de Alberto y, en general, sobre la adopción en Guatemala.
La conferencia, organizada por Raíces Perdidas y La Voz de los Adoptados, se lleva a cabo, finalmente, y es un gran éxito. Participan unas treinta personas, incluidos los padres adoptivos. Nathalie Buisseret se hace presente y resulta evidente lo sobrecogedora que resulta la emoción en ciertos momentos. La jornada es intensa, rica en gratas personalidades y sus historias son unas más conmovedoras que las otras. Los adoptados más jóvenes descubren en toda su amplitud el horror que supuso el Conflicto Armado Interno.
Algunos de los testimonios son muy impresionantes, como el de Marine, quien viajó desde Marsella. Su acento sureño acaricia el corazón, al mismo tiempo que su relato te lo rompe. Su hermana Maité, también presente, es una de las ahijadas de la familia Boucq. De niñas, habían sido dadas en adopción por Ofelia de Gamas y luego Hacer Puente les había encontrado una familia a cada una, lo que de hecho las separó. Marine tiene recuerdos de antes de su adopción y como yo, fue cuidada por una señora llamada Martita, más conocida como “Tita”. Gracias a las fotos que Marine posee, puedo por fin poner un rostro a “nuestra” niñera. Además, al cruzar las solicitudes de investigación recibidas en Raíces Perdidas, descubrimos que otros tres adoptados tendrían la misma madre biológica que Marine y Maité. Por tanto, serían cinco hermanos y hermanas repartidos por toda Francia. Raíces Perdidas, en colaboración con La Liga, sigue buscando a esta madre. Desde entonces, Marine se ha convertido en mi amiga, “mi Provenza”, como me gusta decirle. Está también la indecible historia de estos dos, hermano y hermana, que la comparten valerosamente con nosotros. Unos más tarde, compartimos su alegría cuando Marco Antonio logra hallar a su madre biológica. Para terminar la jornada, pasamos juntos la noche en una cervecería parisina. La foto tomada aquella tarde para perpetuar el momento representa, simbólicamente, por un lado, la triste realidad de las adopciones irregulares y, por otro, la lucha sin cuartel que estamos librando.
Tras su estancia en París, Marco Antonio viene a pasar tres días en nuestra casa, acompañado por Pavel. Con suficiente anticipación, me dirijo a la estación de Bruselas Sur y los recibo en el andén con un cálido abrazo. Pascal y yo estamos felices de recibir a este caballero al que apreciamos. Al día siguiente, Alberto se une a nosotros, tenemos mil cosas que hacer. En primer lugar, Pavel graba mi testimonio para su reportaje en presencia de Nathalie, mi abogada. Ese día también tenemos una reunión con Izabel, una sobreviviente de la masacre de Nebaj, Quiché. De niña, esta joven fue herida en circunstancias muy particulares. La cicatriz en su pecho es la marca que deja un arma en el cuerpo, pero también el impacto de una bala que primero pasó por otro cuerpo. En su caso, era el cuerpo de su madre, quien llevaba a su hija en la espalda cuando recibió un disparo en la cara. La bala que la mató, al atravesar su cuerpo, se alojó después en el pecho de su hija. Izabel es, con toda seguridad, la niña desaparecida que una familia maya ha estado buscando durante muchos años a través de La Liga. Durante casi dos horas traduje para Marco Antonio, quien vino a decirle que su familia nunca la había abandonado y que la estaba esperando. Esta desgarradora historia revela, una vez más, la necesidad y el propósito de Raíces Perdidas.
Marco Antonio me pide también que lo acompañe a casa de Esteban. Lo había localizado unos años antes y había invitado personalmente a sus padres adoptivos a llegar a su conferencia en París para que se reunieran. Ellos habían respondido y acordado que Marco Antonio visitara a su hijo adoptivo. Una vez más, tuve el honor de traducir y me siento muy afortunada de haber tenido la oportunidad excepcional de presenciar este intercambio. Al parecer, Esteban fue encontrado en un autobús, abandonado con una treintena de niños, todos en estado lamentable. Su cuerpo tenía numerosas cicatrices, incluyendo mordeduras. Aunque él no lo recuerda, las marcas en su piel confirman que era el hijo desaparecido que buscaba Marco Antonio. A partir de entonces se desarrolló una fuerte amistad entre los dos hombres.
Por último, junto con Marco Antonio, nos tomamos el tiempo necesario para perfeccionar la colaboración entre nuestras dos asociaciones y poner en marcha no solo un protocolo de acompañamiento, sino también un método de trabajo más coordinado. Al final de los tres días, que parecieron diez, no podía contener las lágrimas en el andén. Timil timil, me repite mi conciencia; este sabio proverbio maya significa “paso a paso”. Es cierto que la calma y la paciencia son los secretos de la perseverancia, que es virtud esencial para nuestra causa.
Uno de los hitos de mi nueva relación con Guatemala es la invitación de la hermana Dora a un acto en el Sagrado Corazón de Helmet en Bruselas, para ayudar a las víctimas del volcán de Fuego. Como el altruismo siempre ha sido uno de mis valores fundamentales, acepto de buen grado su invitación. Un minuto de silencio abre esta noche que las hermanas prepararon durante meses y el recogimiento nos permite estar en comunión con las víctimas, sus familias y toda una nación. Durante la velada, la hermana Dora me presenta a la señora cónsul de Guatemala en Bélgica y a su esposo. De inmediato se sintieron conmovidos por mi historia y, como estábamos cerca del 1 de noviembre, me invitan espontáneamente para que vaya a su residencia a celebrar con ellos el “Día de los Muertos”.
En Guatemala, los días 1 y 2 de noviembre muchos guatemaltecos acostumbran honrar de varias maneras a sus muertos. En los días previos, se puede ver cómo en los cementerios se limpian y pintan las tumbas con mucha dedicación. Luego, hombres, mujeres y niños llevan coronas y cruces con muchas flores naturales o artificiales para adornar nichos y mausoleos. En los poblados indígenas, además de las coronas, se colocan y encienden velas, hay rezos o monólogos mezclados con llanto que dirigen a sus muertos junto a sus tumbas. Además, suelen llevar alguna comida que fue del gusto del difunto. En muchos lugares se vuelan barriletes, los que, según la creencia, unen a los vivos con los muertos. El pueblo de Santiago Sacatepéquez es famoso por sus barriletes gigantes, todos asombrosos y con mucho colorido.
Así fue que, el 1 de noviembre de 2018, Pascal, los niños y yo tocamos el timbre de la puerta de la casa de Ligia, la cónsul, y Alejandro, su marido. Su acogida es cálida y festiva. Pascal, naturalmente tímido y poco acostumbrado a tanta hospitalidad, parece un poco azorado. Esto me hace sonreír. Mientras los niños se divierten, degustamos el fiambre, un plato que está en todas las mesas guatemaltecas el Día de Muertos. Aunque los ingredientes varían de un hogar a otro. El fiambre es un lujoso platillo que se sirve frío, como una especie de ensalada, compuesto tradicionalmente de pollo, hortalizas diversas y una amplia variedad de embutidos, aderezados con un sabroso caldillo cuya receta es patrimonio de cada familia. A Pascal parece gustarle, pero prefiere brindar con ron. Uno de los grandes momentos de mi vida es este, cuando presento a mi marido y a mis hijos a la hermana Dora, quien también celebra este bendito día con nosotros. La velada de convivencia termina con los inevitables abrazos. Unos días más tarde, Ligia me invita, como fundadora de Racines Perdues-Raíces Perdidas, a una recepción en la Embajada de Guatemala, en Bruselas. Me siento muy honrada y asisto con mucho gusto. Ligia me presenta al embajador, con quien intercambiamos algunas palabras de cortesía.
Hay personas que conoces y que, con una sola mirada, te dicen casi todo sobre ellas. El apoyo que Ligia y Alejandro me prometieron sigue siendo inquebrantable y su mirada, más benevolente que nunca.
9.
Viaje a mi pasado
Kurt Wertelaers es un periodista belga de habla neerlandesa, famoso, entre otras cosas, por su notable trabajo de investigación sobre el lamentable tráfico de niños congoleños que salió a la luz en 2016, por adopciones que tuvieron lugar unos años atrás. Un amigo común nos presenta y tengo que admitir que es la primera vez que alguien escucha con tanta atención mi historia. Kurt no me corta, me pide a veces aclaraciones, pero no demasiadas. Tras un largo silencio, en el que parece asimilar toda la información que acabo de darle, comienza a narrar una historia.
Con la mayor tranquilidad del mundo, me cuenta que durante el rodaje del reportaje, en la República Democrática del Congo, su fotógrafo, su director congoleño y él mismo son capturados en Gemena, al noreste de Kinshasa, la capital. Las condiciones de la detención son atroces. A él y al fotógrafo les confiscan los pasaportes. De una forma que no revela, Kurt consigue alertar a las autoridades belgas. Sin duda debido a la presión diplomática que debe haberse ejercido, los cautivos son trasladados a un nuevo lugar de detención en Kinshasa. El motivo de su encarcelamiento: la trata de seres humanos. Una ironía.
Se llevan a cabo hábiles negociaciones y Kurt subraya el valioso papel desempeñado por los emisarios adscritos al Ministerio de Asuntos Exteriores belga en aquella época. Tras el tercer día de detención, son liberados en plena naturaleza a medianoche, seguramente para respetar el acuerdo entre los dos países. Temiendo una persecución, los dos hombres pasan toda la noche en un escondite improvisado. Contra todo pronóstico, son encontrados por la División Interinstitucional Belga (DIF) y, con una buena escolta llegan al aeropuerto de Kinshasa para embarcarse en un vuelo a Bruselas. “Por primera vez en mi vida, pensé realmente que iba a perder la vida, incluso escribí una carta en pequeños pedazos de papel a mi hijo”, me dice para terminar su relato. Completamente impactada y dolida por su última frase, apruebo lo que dice. No tengo palabras. Afortunadamente, él se despide y me dice, con un entusiasta apretón de manos, que nos volveremos a ver y que se pondrá en contacto conmigo.
Unas semanas más tarde, Kurt cumple su palabra y me anuncia que el productor del programa “Bargoens”, que se emite todos los martes en VRT, la cadena pública flamenca de Bélgica, está interesado en hacer un reportaje. Esta propuesta llega en el momento oportuno: Raíces Perdidas necesita visibilidad mediática y yo estoy dispuesta a levantar el velo de mi historia personal, a hacerla pública para denunciar la inhumanidad de ciertas adopciones y sensibilizar a las conciencias sobre esta lucha. Por lo tanto, acepto, pero con la condición de que nadie filme mi casa.
En un día frío y ventoso de octubre de 2018, filmamos parte del reportaje en un restaurante preparado para la ocasión. Mientras los técnicos se dedican a montar la cámara, las luces y el sonido, Kurt me presenta a Eric Goens, quien realizará la entrevista. Este antiguo propietario de un canal de televisión, productor y columnista es un periodista brillante, conocido por su franqueza y su aguda capacidad de investigación. Eric es muy intimidante y tranquilizador a la vez. Tras nuestros primeros intercambios, me siento muy cómoda y decidimos poner en marcha la cámara. Tres horas después de iniciada la entrevista, Eric, descompuesto, detiene la cámara y sale del restaurante. Durante su ausencia, el equipo me dice que al parecer no me doy cuenta de la magnitud y el alcance del tsunami de revelaciones que acabo de hacer. Verdaderamente, es posible que no me dé cuenta, pues se trata de mi realidad, de mi vida cotidiana, de mi historia. Al cabo de unos minutos, Eric reaparece y me dice: “Nos vamos a Guatemala, si estás de acuerdo”. Al principio, mi cerebro tiene que metabolizar la información antes de responder en broma: “¡Si me invitan… de acuerdo!”. Así es como termina este primer día de rodaje. ¡En un estallido de risas que augura un proyecto de locos!
Nuestra salida a Guatemala está prevista para enero de 2019. Ha pasado un año desde mi primer viaje para reencontrarme con mi familia y el momento en el que me perdí con Papi en el aeropuerto. ¡Esta vez tengo ganas de encontrarlo! Mientras prepara el viaje y, sobre todo, el reportaje, Eric Goens me explica que desea filmar nuestro reencuentro exactamente en el lugar donde nos perdimos. Así que, aunque haya cosas singulares e íntimas que quieres guardar para ti, cuando la vida te permite inesperadamente experimentarlas, no puedes rechazarlas. También le pregunto a Nathalie, mi abogada, si quiere acompañarme y acepta. Respiro y sonrío. Cada uno de mis deseos parece hacerse realidad y este viaje se avizora muy prometedor.
Los cielos son clementes conmigo, mientras me obsesiono con imaginar imagino mis reencuentros con Guatemala, pero también me traen noticias inquietantes. El equipo de investigación de Raíces Perdidas ha hallado en el Registro Nacional de las Personas una segunda partida de nacimiento a mi nombre. Es ligeramente diferente de la que poseo porque tiene un código: “980”. Normalmente, el código 980 indica la ocupación de la madre y, por lo tanto, cambia. Sin embargo, cuando observamos las partidas de nacimiento de las personas adoptadas a través de diferentes intermediarios de Hacer Puente y las comparamos con las de los expedientes recopilados por la agencia, vemos que en estas últimas cambia el nombre de la madre, pero no el código de la profesión. ¿A qué corresponde este código? Nos atemoriza admitirlo, pero parece que el 980 es el código de las adopciones que Ofelia de Gamas realizó para Hacer Puente. En esta segunda partida de nacimiento también hay una foto de Davilia R.G, la persona que registró mi nacimiento el 18 de noviembre de 1986.
Al ver esta foto, vienen a mi mente muchas preguntas: ¿quién es esta persona? ¿Mi secuestradora? ¿Es una identidad falsa con una foto real? ¿O es a la inversa? ¿Le pagaban por informar sobre los recién nacidos? O, peor aún, ¿es ella también una víctima? ¿Es una madre a la que le han robado el bebé y la están utilizando?
Decido ignorar estos descubrimientos nebulosos y consultar mi acta de abandono del 17 de noviembre de 1986. Dada la fecha, este acto es obviamente ilegal, ya que por lógica, no se puede abandonar a un niño cuyo nacimiento no se va a declarar en el Registro Civil, sino hasta el día siguiente. Así que descifro el nombre del abogado guatemalteco que autorizó el acta y le escribo un correo electrónico. Su respuesta es clara: “Lo siento, Mariela, he revisado todos mis archivos de 1986 a 1990 y no encuentro ningún documento o expediente a nombre de su madre (…) Además, nunca la he conocido”.
Aunque desde hace ya tiempo nada me sorprende, me doy cuenta, abatida, de que este abogado me aporta la prueba de que mamá no estuvo presente durante la redacción de esta acta; aunque una falsa y ridícula inicial atestigua lo contrario, al pie de esta inmunda superchería, justo al lado de la muy legible firma de su testigo de comparecencia: Ofelia de Gamas. Asimismo, es la prueba de que el nombre de este abogado fue utilizado de la misma forma que el de mi madre biológica. A no ser que él niegue los hechos…
Para rematar y demostrar el acto malintencionado de quienes fabricaron esta acta, en ella aparecen también los nombres de mis padres adoptivos. Sin embargo, el 17 de noviembre de 1986, mis padres adoptivos esperaban a otra niña, cuya muerte se anunció en diciembre de 1986. No fue hasta finales de febrero de 1987 cuando la señora Oudar les anuncia que van a ser los padres de una pequeña Mariela, nacida el 7 de noviembre de 1986, en la ciudad de Guatemala. Sin embargo, fue este documento el que sirvió de base para mi adopción oficial registrada en Bélgica. Rápidamente, me vienen a la mente otras preguntas. ¿Cómo es posible que un documento tan vergonzosamente falseado se haya podido utilizar para una adopción oficial? ¿Cómo se puede dejar constancia en una acta de abandono que se hará una inscripción de nacimiento al día siguiente, si no es para crear un nuevo documento que será legalizado junto al documento oficial? ¿Cómo puede aparecer el nombre de mis padres adoptivos en esta acta, tres meses antes de que Hacer Puente les comunicara mi existencia, a través de la agencia citada? En cualquier caso, me resulta repulsivo interrogarme por la forma de operar de esta institución de “caridad”. En ese estado de ánimo me encuentro cuando me entero de la disolución de Hacer Puente. Una asamblea general, a finales de año, decidió un cierre de la noche a la mañana tras cuarenta años de actividad. Todos los activos financieros y los archivos, transferidos a otra agencia. Todo parece indicar que hay, literalmente, cadáveres en el armario.
Con estas nuevas revelaciones, considero que el viaje conlleva algunos riesgos adicionales. Lo que me preocupa es que estamos a finales de diciembre y que tanto el equipo de rodaje, como Nathalie y yo, ya tenemos nuestros pasajes de avión. Pero, si mi adopción nunca fue registrada en Guatemala, significa que soy Mariela S. y que, oficialmente, nunca salí del país. Además, si todos los documentos que se utilizaron para mi adopción en Bélgica son falsos, esto significa que mi adopción es ilegal y que mis padres, sin saberlo, volvieron de Guatemala con una niña que había sido robada. Y como Bélgica elimina la nacionalidad de origen durante un procedimiento de adopción, no tengo dos nacionalidades, pero sí dos identidades. Soy tanto Mariela S. en Guatemala como Coline Fanon en Bélgica, a pesar de una adopción ilegal.
Confundida, llamo a Sebastián Escalón, el periodista de Guatemala con el que he tenido comunicación regular desde su valiosa ayuda al principio de mi investigación. Quiero que me confirme que, a la vista de los nuevos elementos, esta inconcebible deducción es efectivamente correcta. Sebastián me tranquiliza, pero confirma la interpretación de los avances que he realizado y, por desgracia, comparte mis conclusiones. En cuanto cuelgo, llamo a Kurt Wertelaers, le digo que las cosas se están complicando y le informo de la situación. A la luz de su investigación en el Congo sobre el tráfico de niños robados y su cautiverio, Kurt no tiene ninguna dificultad en comprender mi temor al saber que, según el artículo 4 de la Conferencia de La Haya de Derecho Internacional Privado, “un Estado puede denegar la protección diplomática a uno de sus ciudadanos frente a otro Estado del que dicho ciudadano sea también nacional”. Aunque no tengo la nacionalidad guatemalteca, nunca me han borrado de los registros y Mariela S. sí existe en Guatemala. En mi pasaporte belga consta que nací allí e incluye mis huellas dactilares. Por lo tanto, se me podría acusar de viajar con una identidad falsa o, lo que es peor, de haber usurpado la identidad de Mariela S. en Guatemala, ya que no existe ningún documento oficial que demuestre que Mariela S. y Coline Fanon son la misma y única persona. Me tranquiliza un poco el que Kurt esté consciente de los riesgos que corro al viajar para este reportaje, y que Nathalie me acompañe. Empiezo a soñar de nuevo con Guatemala, con mi familia, con mi dulce mamá y con Papi.
Bruselas - Ámsterdam - Ciudad de México - Ciudad de Guatemala. Esta es la ruta que seguimos Nathalie, Eric, el equipo técnico y yo. Mi recompensa después de este viaje de veinte horas es que Papi me estará esperando para nuestro primer encuentro en la azotea de un estacionamiento de La Aurora. A pesar de las numerosas escalas y del cansancio que ellas inflingen a mi cuerpo, me dirijo decididamente a Migración, seguida por Nathalie. Una vez sellados nuestros pasaportes, recogemos el equipaje y enfilamos a la salida del aeropuerto, donde hemos acordado reunirnos con el equipo. Me encamino decidida en medio de todas las personas. Mi respiración está salpicada de suspiros, lo que me obliga a hacer pausas para respirar. Una sonrisa tensa se esboza en mis labios y mis mejillas arden. Al mirar furtivamente a Nathalie, me doy cuenta de que está sonriendo de la misma forma, por mimetismo o por empatía, lo que me hace soltar una carcajada. A su vez, Nathalie también se echa a reír. Riendo hasta las lágrimas, dejamos de mirarnos para calmar nuestras risas nerviosas… ¡Por supuesto, explotamos aún más!
Eric y su equipo acaban uniéndose a nosotros, lo que también significa que se acerca el momento de conocer a mi padre. La ansiedad se pone de manifiesto en mi impaciencia. Mi respiración sigue salpicada de suspiros, cada vez más largos y fuertes. Nathalie se acerca a mí y me mira con ternura. En sus ojos puedo ver toda su compasión. Su sonrisa es menos franca, se ve más dulce, a diferencia de la mía que ha desaparecido. Entonces, al ver que me muerdo los labios, me toma la mano y la aprieta suavemente contra la suya, como si oprimiera una esponja, para liberarla de un exceso de emoción.
El equipo está casi listo. La tensión me aplasta un poco más y los nervios me oprimen el estómago. Eric me explica cómo piensa filmar mi encuentro con Papi, pero, sinceramente, solo recuerdo dos cosas: Nathalie puede quedarse cerca de mí para caminar hacia la cámara, pero me soltará en algún momento para no entrar en el campo visual; cuando vea a Papi, no debo correr. Motor. REC. Acción… Nathalie no afloja la presión de su mano en mi hombro y me sujeta tiernamente contra ella, mientras su otra mano me toma del brazo. Lentamente, comienza a caminar. Con la cabeza baja, sigo sus pasos. Poco a poco, siento que libera la presión de sus dedos y luego la de sus manos. Aunque sé que se va, no me siento abandonada. Por el contrario, me siento libre de levantar la cabeza y escudriñar todos los rincones de mi campo de visión para finalmente concentrarme en un hombre que sostiene un ramo de rosas rojas.
Sin quererlo, hago una pausa. Sin quererlo tampoco, bajo la cabeza y entierro la cara entre las manos. Con esta máscara improvisada, me tomo el tiempo de expulsar el aire que ya no puedo retener, luego, recordando que la cámara ya está rodando, me seco las lágrimas con el dorso de los dedos y, tras una inhalación que mantengo retenida, inicio una caminata ya que no puedo correr. También reprimo todos los gritos que me gustaría lanzar. En cambio, pequeños sonidos apenas audibles emanan de mí y mil lágrimas empañan la primera imagen que tengo de mi padre. Sus brazos me abrazan con tanta fuerza que por fin puedo respirar contra su pecho. Vuelvo a respirar. Pensé que moriría. Su poderoso abrazo ha liberado mi exhalación y mi angustia; y su aroma insufla aire nuevo y paz en mí. Con la voz anudada pronuncia un “Mi’ja” que, incluso amortiguado por mi pelo, es mi más bello reconocimiento.
“¿Qué tal, mi’ija?”, me pregunta, aflojando su abrazo que no quiero dejar. ¿Qué debo decirle? “Bien”. Aunque no sea cierto, no puedo decir nada más. Sollozando, admite que no sabía que yo estaba viva, de lo contrario me habría buscado. Luego, tratando de hacerse el gracioso, añade: “Dejaste a tu padre sin decirle a dónde ibas, no lo vuelvas a hacer o tendré que regañarte”. En ese momento, mis piernas ceden, Papi me sujeta por la cintura. No querría volver a dejarlo, no querría separarme de él. Nos sentamos y Eric nos da un tiempo antes de entrevistarnos… Tímidamente, nos miramos, nuestro parecido es aún más sorprendente en persona. Se parece a Ernesto en quien no puedo dejar de pensar. ¿Cómo puede ser de otra manera? Papi recupera a uno de sus hijos y pierde a otro. Sé que está pensando en ello aunque no lo diga. Papi está hecho de una fuerza extraña y tranquila, y eso me gusta.
Tras la entrevista, nos dirigimos a los vehículos para ponernos en marcha, ya que estamos a tres horas de la casa de Papi. Mientras caminamos, tomados de la mano, me pregunta si le permito que me organice la tradicional fiesta de quince años. Me doy cuenta de lo importante que es para él celebrar esta fiesta a la mayor de sus hijas. Acepto con gusto y eso lo emociona. ¿Cómo puedo negarme a que me engalane con un hermoso vestido y me haga bailar en mi tierra natal, rodeada de los míos?
Hoy, Papi no ha escatimado gastos para garantizar mi seguridad. Le acompañan dos amigos y un guardaespaldas, todos ellos evidentemente armados. Al subir a la parte trasera de su enorme 4x4, distingo un Kalashnikov en el asiento. Uno de sus amigos lo toma y se sienta detrás de mí. Eric y Nathalie también toman asiento a mi lado, mientras Papi me entrega su teléfono. Casi toda la familia me llama para darme la bienvenida. Todos quieren hablar conmigo, verme en vídeo y todos me esperan en casa de Papi… en mi casa, me dijeron.
Atravesamos paisajes impresionantes y muy diferentes de los que vi en mi primer viaje. Para llegar al pueblo de mamá, tuvimos que cruzar la carretera de los volcanes y bajar a la costa del Pacífico, mientras que la casa de Papi está cerca de la frontera con El Salvador, en una región montañosa. Esta carretera me da la sensación de estar subiendo por un camino empinado y frondoso. La luz que llega a través de las inmensas nubes ilumina claramente cada hoja de esta increíble vegetación y me envuelve en una serenidad que nunca había imaginado.
Cuando empiezan a oírse los sonidos de los disparos y los “cuetes”, Papi me dice con orgullo: “Este es tu pueblo”. Conmovida por la frase, trato de contener las lágrimas. Una vez que llegamos, Papi insiste en que espere a que él me abra la puerta del vehículo. Como una reina a la que se le da la bienvenida, me tiende la mano y me ayuda a poner un pie en nuestra tierra. Abajo, veo una multitud de personas frente a una enorme casa y otras que siguen llegando de todas partes. Toda esta gente se me acerca, invitándome al vals de los abrazos. Uno de mis sobrinitos llega gritando “TiaaaAAAaaaa” y se lanza sobre mí, rodeándome con sus brazos. Otro escenario, la misma emoción, me dije. Mis tíos, mis primos, sus hijos, todos me saludan; en eso, dos guapas jovencitas, una hermosa adolescente y una niña, sobrepasan la aglomeración para saludarme.
Mis cuatro hermanas son bellas y amables. Daeli tiene solo 6 años; cuando la veo venir, ataviada con el más bonito de sus vestidos, me agacho para que pueda apoyar tiernamente su cabeza contra mi hombro. En su dulzura, me recuerda a Eva, mi hija. Muy emocionada y sin saber qué decir, pronuncio con naturalidad “hermanita”, mientras la abrazo. ¿No es exactamente eso lo que ella es? Mi hermana pequeña. Y también Dertsee, que se parece tanto a mí y que, con sus trece años, me abraza. Cindy, que tiene veintidós años, parece contener las lágrimas y, enmudecida por la emoción, me frota la espalda frenéticamente en señal de bienvenida. Finalmente, Claudia Mariela, de veintiocho años, se acerca con su hijo en brazos. Sin duda, es la persona con la que mi parecido es más desconcertante. Al caer una en brazos de la otra, rompemos a llorar y le digo: “Estoy muy feliz de conocerte”. Al darme cuenta de que soy la mayor entre tanta belleza y dulzura, libero las lágrimas que había estado guardando desde el aeropuerto y le expreso mi gratitud a la vida por permitirme, una vez más, encontrarme con quienes también son parte de mí. Sin saber hacia dónde dirigirme, suspiro, me seco las lágrimas y entonces, queriendo levantar mi pelo para despejar el cuello, veo a Papi, con las manos en la cabeza, perplejo por lo que ve… por lo que está viviendo.
Completamente abrumada por la emoción, ni siquiera me había dado cuenta de que los mariachis han estado tocando incansablemente desde que llegué y que las bombas retumban mientras sigue llegando gente nueva de todas partes. Algunos llegan desde la ciudad de Guatemala, otros desde El Salvador. Apenada por esta bienvenida, de pronto oigo la voz de Papi a lo lejos: “¡Marielita, Marielita!”, me hace señas para que me una a él. Adivinando que quiere presentarme a su esposa, me calmo y sonrío inmediatamente a Elizabeth. Le agradezco que me haya acogido amablemente en su casa y que me haya hecho sentir como en la mía. Ella me abraza con ternura.
Poco antes de que anochezca, muchas de las personas que llegaron para darme la bienvenida se han ido y nos quedamos a cenar en familia. Somos nada menos que veinte comensales alrededor de una mesa, suntuosamente dispuesta y alegremente adornada con los platos más festivos de Guatemala. Eric y su equipo están ahí, al igual que Nathalie. Antes de dar por inaugurada la fiesta, Papi hace un brindis y, de cara a la cámara, dice: “Nunca has estado aquí y, sin embargo, esta es tu casa. Mi cara aparenta que estoy feliz, pero mi corazón está roto. Ahora conoces a tu padre, a tus hermanas y tu casa. Siempre estaremos aquí para ti (…) Eres mi hija mayor, tendría una relación diferente contigo, pero tenemos tiempo para ponernos al día”.
La vida en Guatemala comienza temprano y el día siguiente me recibe con un pastel de cumpleaños preparado por mi hermana Claudia Mariela. Se levantó al amanecer para darme esta sorpresa. Su gesto me conmueve. Al probarlo, me doy cuenta del talento de esta joven para la repostería. Cuando le comenté que no era mi cumpleaños, me contestó simplemente que teníamos muchos cumpleaños que celebrar, así que quería adelantarse.
Un poco más tarde, continúan las sorpresas. Todos tomamos la carretera de Chiquimulilla a la playa de Chapetón, en una caravana de camionetas. Cada una lleva un hombre armado en la parte trasera para que todas las hijas de Papi estén protegidas. Además, él tuvo la delicadeza de reservar un gran espacio en Valladares, un hermoso hotel. En este entorno excepcional junto al mar, siento una sensación de libertad que nunca antes había experimentado. Ansioso por llevarme en quad, papi me hace sentarme detrás de él y atravesar los paisajes que quiere que yo descubra. Cuando veo una señal de prohibición de armas, miro la pistola que Papi lleva en el cinturón y sonrío irónicamente. Entonces pienso en Ernesto… Me encuentro con los ojos de Eric que nos sigue con su equipo. Habiendo encontrado naturalmente mi lugar y alimentada por toda la benevolencia que me rodea, olvido que muchas de mis acciones están siendo filmadas. Pero no me importa, después de todo, es un regalo el que Eric me hace al acompañarme al otro lado del mundo. Nathalie tampoco se queda atrás. Mientras me hallaba fuera, ha preparado una deliciosa marinada con mis tías y está a punto de cocinar unos grandes camarones perfectamente bañados en esa sabrosa mescolanza. Se la ve feliz, su sonrisa dice mucho de su deleite y sus ojos son tan dulces como la “rosa de jamaica” que sorbe con fruición.
Esa noche, de camino para llevar a Eric y a su equipo de vuelta al hotel, decido quedarme en el asiento trasero de un pick-up con los niños. En la noche estrellada, ellos aúllan como lobos a la luna que parece seguirnos. La niña que hay en mí forma parte de esta manada y se siente feliz. Nuestra camioneta pasa delante del 4x4 de Papi y al hacerlo lo saludo con la mano, sonriendo y aullando, como mis primitos. Él responde con los faros. Aparcado frente al hotel de Eric, Papi se acerca y me dice: “Tú eres de aquí, es como si nunca te hubieras ido”. Creo que ese es el caso.
De vuelta a casa, Papi y yo tenemos una larga plática sobre la niña que soy y que siempre ha formado parte de su vida. Me cuenta que cuando vio a mamá por primera vez, quedó deslumbrado por su belleza. Que aunque fuera más joven que ella, quería que se fijara en él, que lo amara. Así que todos los días acudía al restaurante donde ella trabajaba para regalarle una rosa roja. Un día, le pagó su jornal al jefe de mamá para llevarla consigo de paseo y cortejarla. Ella se enamoró del joven temerario que era y, pronto, nació Ernesto. Como niño soldado que fue a la edad de quince años durante el Conflicto Armado, en el tiempo de Oscar Mejía Víctores, papá todavía tiene algunas cicatrices en su cuerpo. En aquella época, gracias a su condición, su familia tenía acceso a la asistencia médica dispensada en los hospitales militares. Antes de que yo naciera, mamá y papá decidieron separarse y él dispuso probar suerte en Estados Unidos, no sin antes prometer a la madre de sus hijos que siempre los mantendría. Nací en un hospital público. El resto es historia. Cuando se enteró de mi muerte, se derrumbó e hizo todo lo posible para que a Ernesto no le faltara nunca nada. Necesitó mucho valor y perseverancia para reconstruir tan exitosamente su vida en Los Ángeles. Se convirtió en ciudadano estadounidense. Finalmente, me confesó que antes de que cayera del cielo el ángel que yo soy para él, ya era muy feliz, pero que hoy su último deseo sería reconocerme oficialmente.
Ese momento, de un padre a solas con su hija, es conmovedor y precioso. Seguimos platicando en la frescura de la noche sobre unas cosas y las otras y, en particular, acerca de la cobertura mediática de la que soy objeto. A Papi le cuesta un poco entender por qué esto es tan importante para mí. Conforme hablamos, comprende que es fundamental denunciar lo que algunas personas han hecho sufrir a miles de niños como yo y, desde aquella noche, está orgulloso de llamarme su “luchadora”.
Los días que siguen a esa noche inolvidable están llenos de todo tipo de emociones. Papi me hace descubrir un manantial natural. Este lugar mágico en el corazón de vegetación exuberante es un auténtico remanso de paz. Uno puede bañarse allí, pero la simple contemplación de este maravilloso milagro de la naturaleza es ya un beneficio inestimable. Este día me llena por completo, aunque sea el último que pase cerca de mi padre y su familia.
Al día siguiente dejo a Papi para ir con Nathalie, Eric y su equipo a La Antigua Guatemala. En el camino, Eric me cuenta que ya había estado en Guatemala, en 1986. Fue uno de los primeros viajes que hizo solo. Cuando él era un adolescente y yo una recién nacida, ya estábamos en el mismo lugar. Sonreímos al darnos cuenta de las vueltas que la vida nos hace dar para llegar a un encuentro. No hay ninguna casualidad, eso es seguro.
En las afueras de Antigua, el tráfico es cada vez más denso. La única ruta que conduce al casco antiguo está llena de atascos. Los vestigios de la última erupción del volcán de Fuego son evidentes. Capas de lava endurecida cubren el suelo. Cientos de obreros a ambos lados de la carretera trabajan con martillos neumáticos para romper la impresionante costra antes de reconstruir el pavimento, que se ha convertido en un enorme agujero tras el paso de la lava. En el vehículo que atraviesa despacio este triste panorama, hay un pesado silencio. Llegamos a La Antigua Guatemala, igualmente devastada y en proceso de reconstrucción. Nuestro objetivo es llegar al Pensativo House Hotel.
Mucho antes de conocer a Eric, hacia mayo de 2018, había localizado en Facebook a Mónica, la hija de Ofelia de Gamas. Recordaba perfectamente a la bebé que yo era y con la que ella se había encariñado. También recordaba sus visitas a mi niñera Martita, conocida como “Tita”, ya fallecida, y el tiempo que pasó cuidándome. Una cosa llevó a la otra, y sin contarle los escabrosos detalles de mi adopción, ni las implicaciones de su madre, le envié una foto mía cerca de una fuente, en 1987. Mi madre, Colette, siempre me había contado que me había tomado esta foto en la magnífica hacienda del cuñado de Ofelia. Mónica me confirmó que era ella la que, en la foto, me sostenía en sus brazos y que la señora del marco era su madre. También me confirmó que esta fuente se encontraba en su antigua casa de vacaciones, convertida ahora en un sitio de lujo, el famoso Pensativo House Hotel.
Frente al hotel, dos guardias nos niegan la entrada con el pretexto de que no hemos pedido permiso con anticipación y que otro equipo de televisión ya está filmando dentro. Con Andrés, nuestro encargado del lugar, insistimos y uno de los guardias finalmente me permite entrar sola, pero me prohíbe filmar o tomar fotos. Es entonces cuando, como por arte de magia, mi español se vuelve fluido y me lanzo a dar una explicación convincente sobre la nostalgia que tengo de mi pasado. Le digo que llegué de niña… “¡Ah! Cuando esto era todavía el hogar de los Mejía Víctores… ¿Son abogados tus padres?”, asiento sin pensar en esta extraña pregunta y le ruego que me deje tomarme una foto junto a la fuente, como lo hizo mi difunta madre entonces. Le gustará mucho a mi padre. ¡El guardia está de acuerdo! Mientras lo asedia uno de sus compañeros, aprovecho el momento para atravesar los servicios sanitarios y llegar al patio interior, saco apresuradamente mi teléfono y filmo todo lo que puedo. Rápidamente me hago un selfie delante de esta maldita fuente cuando, de repente, me agarra otro guardia, quien, con un vozarrón, me recuerda que está estrictamente prohibido filmar esta parte del edificio. Fingiendo no saberlo, le doy las gracias de inmediato y salgo por la puerta principal. Ciertamente, estaba muy asustada, pero orgullosa de haber tenido el valor de hacerlo. Frente al hotel, les explico a Nathalie y a Eric que dentro no me encontré con ningún equipo de rodaje y que cumplí con éxito mi misión. Llegan entonces unos guardias y nos dicen que nos vayamos inmediatamente. De más está decir que nos alegramos de cumplir esta orden.
Varias personas adoptadas a través de la agencia Hacer Puente tienen una foto suya cerca de esta fuente, ya que Ofelia de Gamas solía enseñar el lugar a los padres adoptivos que venían a recoger a su hijo. Estoy segura de que no soy la única que llamó a la puerta de este hotel para encontrar un poco de historia. De hecho, ¿cuántas personas habrán venido para visitar la antigua residencia del ex presidente?
Esa noche, nos reunimos en un restaurante atendido por un belga, amigo de Eric, que vive en Guatemala. Después del estresante día que acabamos de tener, esto es exactamente lo que necesitamos para relajarnos. Estar juntos, al otro lado del mundo, bebiendo un excelente Sancerre importado por el amigo en cuestión, es tan divertido como liberador.
Al día siguiente, mientras preparábamos nuestra estancia en casa de mamá, Nathalie me felicita por la frialdad demostrada el día anterior y me garantiza su apoyo en esta aventura que presagia ser más peligrosa de lo esperado. Nuestra llegada a la casa de mamá es una felicidad compartida por todos. Su luminosa sonrisa nos contagia y con gran alegría todos ocupan sus habitaciones en el hotel de Brandon.
Mi hermano ha tenido la amabilidad de reservarme la misma habitación que un año antes y le sugiero a Nathalie que la comparta conmigo. Mientras nos instalamos, mamá se une a nosotros. Creo que las tres necesitábamos estar juntas, como mujeres… Ese momento de encuentro y de intercambio fue revitalizador y fundamentó la relación entre Nathalie y mamá. Eric asoma la cabeza por la puerta de mi habitación y me indica tímidamente que todo está listo para la entrevista con mi madre. Antes de salir a la terraza, nos tomamos el tiempo para un abrazo. Nathalie nos tiende la mano y nosotros deslizamos las nuestras. Con los ojos cerrados, respiramos profundamente y nos dejamos llevar, estamos preparadas.
Durante una hora y media, el tiempo se detiene ante el desgarrador testimonio de mamá. Eric está hundido en una silla, con las piernas cruzadas. Con el dedo índice en la boca, parece hipnotizado por la increíble historia, aunque todos la conozcan a grandes rasgos. Incluso Eric, que había preparado todas sus preguntas en español para extraer nuevas respuestas de su entrevistada. Mamá se mantiene fiel a su historia original y no le añade nada, la diferencia es que oírla contar con tanta sinceridad y modestia nos conmueve a todos. Ben, el ingeniero de sonido, ya no levanta la vista de su consola. En cuanto a Diderd, solo tiene ojos para mamá y su mano permanece mecánicamente colocada en el foco de su cámara. “Corte”. Es así como Eric termina lo que a mis ojos es el testimonio más conmovedor de mi madre.
Mientras Nathalie se aísla en nuestra habitación para tomar notas para sus otros asuntos, Eric me hace algunas preguntas más sobre Sebastián Escalón. Está previsto que llegue en breve desde la capital, acompañado de mi hermana Lorena, a la que recogió en el camino. Yo estoy ansiosa por conocer a este periodista tan respetado en Guatemala, pero sobre todo, a nivel personal, sin el cual mi investigación nunca habría tenido éxito. En noviembre de 2017, solo había encontrado dos artículos en internet que se referían a la trata de niños en Guatemala, ambos firmados con su nombre, uno en francés y otro en español. Cuando por fin lo conocí, pensé que estaba soñando y me sentí como envuelta por el aura de este hombre al que admiraba y con el que estaba infinitamente agradecida. Mi mamá le da las gracias y lo bendice por haber contribuido de forma tan valiosa a nuestro reencuentro y también, ella espera, al de muchas otras familias. La forma en que agradece la acogida, me hace entrever la bondad que hay en él. Eric está también encantado de conocer a este colega, que durante su entrevista cita una declaración hecha en su momento por un abogado célebre en el medio de las adopciones en Guatemala, la que todavía hoy me disgusta: “Algunos países producen plátanos… Nosotros producimos niños”. Ese abogado es Fernando Linares Beltranena.
A continuación, Sebastián graba una entrevista con mamá, con Lorena y conmigo para una emisora de radio guatemalteca. Mi español ha mejorado mucho, después de solo dos años, y estoy orgullosa de poder responder a las preguntas del hombre que ha hecho una causa de la búsqueda de la verdad. Qué bueno es reunir a todas las personas que valoras y oírlas debatir largamente sobre lo que, al fin y al cabo, nos mueve a todos: la humanidad.
Por supuesto, es inconcebible que no vea a mi extraordinaria abuela, Mama Tina, o que no la presente a mis compañeros de viaje. Ella llega radiante y vivaz para una cena familiar, a pesar de sus 80 años. Por supuesto, todo el mundo cae bajo su encanto, pero es al final de esta bonita velada cuando nos sorprende a todos despidiéndose y alejándose en la patineta de una de mis hermanas: ¡la admiración es general! Les cuento esta anécdota: intenté este deporte nacional con las mujeres de mi familia, es bastante acrobático y lo único que conseguí fue hacerlas reír a carcajadas… De vuelta al hotel, dormí tranquilamente. Solo aquí la noche es sinónimo de serenidad, solo aquí estoy en paz. Lo disfruto porque al día siguiente dejaremos a mamá para irnos a la ciudad de Guatemala...
Unos meses antes de mi partida, había acordado reunirme con Osmín cuando volviera a la capital. Osmín Ricardo Tobar Ramírez, es un nombre que había llamado mi atención en varios artículos durante mi investigación, dos años antes. Su historia es inaudita y va más allá de la comprensión. De niños, él y su hermano pequeño vivían con su madre mientras el padre trabajaba en México, pero volvía regularmente a Guatemala para pasar tiempo con su familia. Un día, mientras Osmín y su hermano estaban en casa, un vecino se los llevó, los entregó a la policía y denunció a la madre por malos tratos. Durante días, la pobre mujer los buscó desesperadamente. Cuando finalmente los encontró, sus hijos ya estaban en un orfanato público.
Su padre volvió inmediatamente de México y emprendió acciones legales contra la institución, pero justo cuando la pareja estaba a punto de recuperar a sus hijos, el Estado los trasladó a un nuevo orfanato. La historia se repitió varias veces, de orfanato en orfanato. En 1996, por unos miles de dólares, los dos hermanos fueron vendidos y adoptados en Estados Unidos. Osmín tenía entonces 9 años. Sin embargo, su padre no dejó de luchar y prosiguió activamente sus esfuerzos para recuperar a sus hijos. En un intento de intimidación, fue detenido por dos hombres con machetes enviados por el juez de menores que había concedido la adopción de sus hijos. Lo atacaron violentamente en la cabeza y en los brazos. Se le recomendó que pasara desapercibido y que se olvidara de sus hijos. A pesar de las terribles cicatrices y las amenazas, continuó su lucha contra la crueldad infligida a su familia. Movió cielo y tierra para hacer entrar en razón a las personas adecuadas y, finalmente, recurrió a periodistas estadounidenses que encontraron a Osmín. Veinte años después, la familia se reunió. Osmín vive ahora en Guatemala.
Yo había entrado en contacto con Osmín a través de las redes sociales y desde entonces establecimos una relación casi fraternal. Me alegro de poder reunirme con él y presentarle a Nathalie Buisseret, que está muy interesada en conocer a este ícono de la lucha contra el tráfico de niños y de poder discutir todos sus aspectos jurídicos. En el caso que presentó contra el Estado de Guatemala por adopción ilegal, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Costa Rica, falló a su favor. Para esta entrevista, Sebastián Escalón se reúne con nosotros acompañado de Rachel Nolan, escritora e historiadora especializada en América Latina. Osmín nos honra al llegar en compañía de Gustavo, su padre. Nuestros intercambios son enriquecedores y nos instruyen sobre la situación actual, nuestra voluntad común de encontrar soluciones y las formas de aplicarlas. Nos despedimos con un sentimiento de unidad que aún nos acompaña.
El final del viaje se acerca rápidamente. Nathalie y yo estamos encantadas de reencontrarnos con Marco Antonio Garavito, nuestro valioso colaborador en Guatemala. El presidente de La Liga también acepta conceder una entrevista a Eric Goens. Dos días antes de este encuentro, Andrés, nuestro director de escena guatemalteco, nos invita al bar Trova Jazz. Allí dará un concierto con sus primos músicos. La velada está marcada por magníficas versiones de los grandes íconos del jazz y de inolvidables rondas de mojitos que se suceden. Mientras nuestras risas y nuestras copas chocan, me doy cuenta de que ya son las 2 de la mañana y que debo retornar al hotel. Solo me quedan unas horas antes de visitar a Ernesto en la cárcel.
Cuando llego a mi habitación decido dormir una hora y, luego, me levanto con los oídos todavía zumbando por el ambiente del bar. Las instrucciones del centro penitenciario son muy precisas en lo que respecta a las mujeres que visitan a un familiar: no deben atarse el pelo, llevar pendientes o zapatillas deportivas y presentarse con falda o vestido por arriba de la rodilla. Para mí, que rara vez uso vestidos o faldas, y menos de ese largo, me siento como si llevara un disfraz de mal gusto. Me parece imposible que alguien pueda registrar mi entrepierna por una simple visita. Abrazo a Nathalie y le dejo mi teléfono, porque también está prohibido llevarlo. Estoy muy nerviosa. En el vestíbulo del hotel, los comentarios lascivos de algunos hombres que me confunden con una chica de compañía me hacen sentir incómoda.
Son las cinco de la mañana. Fuera del hotel, tiritando, me fumo unos cigarrillos; Marleny llega tarde y yo no tengo mi teléfono. De repente, veo que se acerca un vehículo. Marleny y Dulce habían pensado en llevar mantas, imaginando que me estaría muriendo de frío a primera hora de la mañana. Atravesamos la capital que apenas despierta, aparcamos y empezamos a subir la colina en la que se encuentra la prisión. Mientras lo hacemos, Marleny y yo nos ponemos de acuerdo en cuanto a la versión que daremos en la entrada si tuviera que explicar por qué mi hermano y yo no compartimos el mismo apellido. En ese caso, explicaremos que cuando nuestros padres se separaron, Ernesto se quedó en Guatemala con nuestra madre, mientras que yo seguí a mi padre a Europa.
Hacemos cola durante tres horas para entrar a la cárcel. Todas las mujeres que esperan a mi alrededor me sobrecogen. Al igual que Marleny, pasan por este doloroso ritual una vez a la semana. Cuando un grupo de muchachas con poca ropa pasa junto a nosotras, con miradas altivas, me doy cuenta que la prostitución se ha abierto paso en esta fortaleza. Algunas madres acompañan a sus hijas a vender vilmente sus encantos. Oficialmente, vienen como nosotras a visitar a un miembro de su familia. Extraoficialmente, algunos de ellos pertenecen a la “Mara 18”, llevan el número tatuado en la piel y hacen que todo suceda en el interior de la prisión.
Cuando me acerco a la entrada, Marleny me dice que debe preparar el dinero para el guardia. Me choca porque no tiene sentido hacer cola si puedes pagar al guardia de la entrada. Marleny no quiere que yo tenga que ver con este soborno, lo había planeado todo; pero ella quiere que yo entienda cómo funcionan las cosas. Efectivamente, pasamos los dos primeros controles sin dificultad, antes de entrar a esta enorme prisión y bajar todos los escalones que conducen a donde está el control de las bolsas. Marleny suele llevar la comida que ella prepara para Ernesto, pero esta vez prescindió de ella para evitar el registro de la bolsa. Mi cuñada me explica que solo se da una comida a los detenidos y que lo que se les sirve es más bien masa de pan que alimento. Desde la detención de mi hermano, Marleny se levanta todas las mañanas a las 4 para preparar afectuosamente pequeños platos para su marido. Todos los días parquea al pie de la colina y sube la empinada cuesta para entregar sus platillos a los guardias. Luego se va a su restaurante en el Mercado Central, donde trabaja de 6 de la mañana a 8 de la noche, todos los días excepto el domingo.
Por desgracia, no hay forma de evitar un registro corporal y cuando me doy cuenta de que también debo pasar por uno, me pongo nerviosa. Una mujer policía realiza la palpación del cuerpo que, en otros países, se tomaría más como un intento de contacto sexual. Cierro los ojos y trato de mantener la calma. Una vez que termina el registro, deben revisar mi pasaporte. Mi corazón no puede más, sus latidos se aceleran. Los guardias que controlan los documentos de identidad están instalados detrás de grandes cristales polarizados y, a unos sesenta centímetros del suelo, un simple agujero sirve para comunicarse verbalmente. Paso mi pasaporte por él. Demasiado estresada para hablar en español, le pido a Marleny que lo haga por mí y ella explica que soy la hermana de Ernesto. Pero cuando el guardia controla mi pasaporte belga, observa que yo había nacido en Guatemala y no deja que Marleny intervenga. Mi cuñada me dice que tendré que bajar a la “sala de visitas” y responder yo misma a las preguntas del guardia, sin mirarle a los ojos. Él me pregunta si soy la hermana de Ernesto y le respondo que sí. Luego confronta mi cara con la foto de mi pasaporte y me toma una foto. Solo entonces puedo pasar. ¿Por qué tenemos que caer tan bajo? ¿Estos actos degradantes están destinados a someter al pueblo? Su gesto me da certeza de que tendré que someterme a la corrupción.
Dejo de reflexionar, sigo a Marleny y mientras caminamos me explica que nos dirigimos a la zona de reclusos, esa zona donde ellos no pueden ver nunca el cielo, jamás. Al final de una larga escalera, los hombres pasan por un pasillo y las mujeres por un torniquete. La gigantesca prisión está dividida en doce sectores, en cada uno de los cuales hay decenas y decenas de presos. Una vez atravesado el torniquete, veo a Ernesto, quien me espera entre cientos de presos. Siento que estoy viviendo una pesadilla, no tengo palabras. Mis labios tiemblan y mis párpados se abren y se cierran liberando las lágrimas. No quiero creer lo que estoy viendo, ni quiero siquiera ver lo que creo... A Ernesto también le cuesta reconocerme. Desde que nos conocimos un año antes, yo he perdido peso debido a un shock postraumático. Ernesto tiene una herida en la cabeza que me rompe el corazón, pues alrededor de las Navidades, se produjo un tiroteo en el interior de la prisión y una bala perdida, de milagro, solo le rozó la cabeza.
Tras haber dormido solo una hora y por haber esperado tanto esta mañana me siento febril, estoy temblando como una hoja. Mientras nos sentamos juntos, con las manos entrelazadas, pido un café, pero me quedo dormida en los brazos de mi hermano antes de que me lo lleven… Me despierto más de media hora después mientras mi pequeña sobrina dormita, a su vez. Me siento culpable por haberme dormido pues me conmueve la delicadeza y abnegación de mi hermano…
Con su habitual amabilidad, Ernesto me pregunta cómo me fue en mi primer encuentro con nuestro padre. Después de escucharme atentamente, me cuenta cómo es la vida en su celda, en su zona… e incluso me la enseña. En los largos pasillos que recorremos, los demás presos lo saludan y lo llaman “abogado”. Sonrío porque así me llamaban mis profesores cuando era adolescente. A pesar de las insoportables condiciones de la detención, los presos pueden cocinar en braseros improvisados y un agradable aroma llena el aire. Veo armas, granadas e incluso a dos guardias jugando una partida de naipes. Por estos pasillos también me silban, pero me da menos vergüenza porque estoy con el “abogado”, con mi hermano. Ernesto se detiene en seco, mira a uno de los reclusos y le dice: “Ella está conmigo, es mi hermana”. El hombre se disculpa inmediatamente y reanudamos la marcha. La mano de Ernesto aprieta un poco más la mía que tiembla. Descubro dónde duerme mi hermano y comprendo por qué es vital pagar la “talacha”, el derecho a dormir acostado. Se superponen tres bancas de madera y se instalan hamacas entre ellas. Esta visión me recordó a las fotos que ilustran los lamentables campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. También descubro la sala de estar, la cocina, las duchas frías y, sobre todo, una pequeña tina en la que pueden lavarse más de 400 personas cada día. Las náuseas me invaden. En vista de mi indisposición, Ernesto me sugiere volver a la habitación grande donde me quedé dormida. Acepto de buena gana y asiento con la cabeza.
Aquí, casi todo está permitido. Está lejos de las imágenes del entorno carcelario que comparte el inconsciente colectivo internacional. El humo de los cigarrillos se mezcla en el aire y las prostitutas, divertidas, intercambian billetes cerca de la puerta de los cuartos de baño. Una simple cortina que hace las veces de puerta se abre y nos deja ver cuerpos semidesnudos en retozos amorosos… es la sala de visitas íntima de las parejas. Bajo la mirada y me invade una intensa empatía. Ni mi hermano ni nadie merecen vivir sin dignidad. A mi izquierda, los reclusos se alinean frente a una sala cerrada. En la puerta, las proxenetas se llenan las bolsas de billetes a un ritmo frenético. Ignoro cuántas muchachas están satisfaciendo los deseos de los reclusos, pero el ritmo al que fluyen las entradas y salidas es desconcertante.
Para almorzar, pedimos unos sándwiches. El mío, con guacamol y carne, es de lejos el más sabroso que jamás haya probado, lo que resulta notable dado el lugar donde me encuentro. Suena un timbre, son las 14:00 horas, hora de despedirse. Ojalá ese timbre nunca hubiera sonado, ¡le debo a mi hermano más que seis horas de mi vida! No sé cuándo lo volveré a ver, quisiera que sobreviviera, que saliera de este agujero y que no se le aproximaran más balas ni maldades… Así que le prometo sincera y solemnemente todo lo que me pide: cuidar de su familia y seguir luchando para que se hagan la luz y la justicia. Él agrega: “Asegúrate de que este sacrificio no sea inútil”. Mi hermano está escribiendo un libro desde su celda. De mi parte, le hago prometer que se mantendrá firme, no importa lo que venga. Unas lágrimas caen sobre las manos unidas, sellando nuestro pacto. Ernesto SR: hermano mío, te amo.
La tristeza y el asco que arrastro hacia la salida me impiden entender lo que el guardia del último control quiere de mí. Me pide el DPI6 y le respondo simplemente que no lo tengo. Con un gesto de la mano, me dice que espere a un lado y luego le pide a Marleny que se acerque. Me da pánico porque durante largos minutos me hace incesantemente las mismas tres preguntas: fecha de nacimiento, lugar de nacimiento, nombre y apellido completos. Una y otra vez, repito las mismas respuestas. ¿Está esperando que me equivoque? De repente, cambia de tono. En uno más frío y severo, me pregunta por qué estoy en Guatemala y, en particular, en esta prisión. Marleny, exasperada, termina por darle dinero en un apretón de manos para detener su intimidación y él me hace un gesto para que pase. Conmocionada, sigo a Marleny y salgo de ese lugar donde más de mil hombres ya no pueden ver el cielo.
Aturdida por el interrogatorio, ocupo mecánicamente mi lugar en el auto de Marleny. Mis pensamientos se acumulan: los derechos humanos más básicos son más que violados en este sórdido lugar donde la gente se apiña como hormigas en el suelo. Ernesto sueña con ser trasladado a otro lugar, le gustaría volver a ver el sol y el cielo azul, la noche y las estrellas, le gustaría seguir vivo. En el auto, Marleny se queja de los atascos que la obligan a estar parada, con las ventanillas cerradas, bajo un sol abrasador. Es cierto que tenemos que reunirnos con Nathalie, Eric y su equipo que nos esperan en la oficina de Marco Antonio Garavito, en La Liga; pero me siento sacudida por esta mañana. Ignoro el estado de ánimo de Marleny, pienso en Ernesto y en la suerte de estar en libertad.
Es con orgullo que presento a Marleny y a Dulce a mis compañeros de viaje y al equipo de Marco Antonio, que aún no se ha unido a nosotros. Me reservo lo que fue esa mañana y respondo con un guiño cuando Nathalie levanta ligeramente sus cejas, una forma sutil de preguntar por mí. Al finalizar la comida, que el equipo de La Liga ha tenido la amabilidad de servirnos, llega el momento de despedirme de Marleny y Dulce, pues ellas tienen otras obligaciones que atender, así como nosotros. Dichosamente, después de que se van, mi estupenda abogada me consuela y me da ánimos para seguir con la tarea.
En 2001, La Liga, especializada en salud mental, ha desarrollado un programa de búsqueda de personas desaparecidas en Guatemala. Además de ofrecer escucharlas y darles apoyo psicológico gratuito, esta asociación permite, a cualquier ciudadano que lo desee, presentar una solicitud de búsqueda de un familiar desaparecido. La Liga se encarga de más de 1,200 casos. Gracias a la recopilación de todo tipo de información (fotos, características físicas, relatos de sucesos, etc.), cuenta con una notable base de datos que puede servir de pistas para estas laboriosas investigaciones. Y con razón, porque los daños que causó el Conflicto Armado Interno son considerables. Muy a menudo, los cadáveres de las víctimas fueron enterrados en fosas comunes. Algunas de estas contenían hasta seiscientos cuerpos.
La Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) aplica la ciencia médico-legal a la investigación de las violaciones de los derechos humanos y los crímenes de guerra en Guatemala. Esta organización no gubernamental contrata, entre otros, a arqueólogos, médicos forenses y antropólogos para recoger muestras de ADN de los huesos encontrados en las fosas comunes y reconstruir y analizar los esqueletos, con el fin de determinar la causa de la muerte. Fredy Peccereli, antropólogo forense, es uno de los fundadores y el director de la FAFG, y tiene muy clara su misión: “Siento que es mi responsabilidad hacer todo lo posible para ayudar a las familias que buscan a sus desaparecidos. Actualmente, hay una campaña de desprestigio que dice que no somos profesionales y que plantamos pruebas. Las personas en el poder están asociadas a los crímenes que descubrimos”7. Este es el problema: ¡no es fácil demostrar la verdad cuando te enfrentas a un sabotaje!
El terror impuesto por el poder y el horror generado por el Conflicto Armado Interno han amordazado literalmente a la nación. El Conflicto ha sido un trauma para el pueblo guatemalteco, que se recupera de más de treinta años de guerra y se enfrenta a la verdad. La corrupción es el principal mal de Guatemala, su propósito es servir al interés personal y al enriquecimiento de quienes son culpables de ella. En cuanto a su práctica es, por definición, ilegal y debe ser denunciada. Sin embargo, la corrupción carcome a casi toda la sociedad guatemalteca y compra o paga, por así decirlo, el silencio de un pueblo y la impunidad de algunos.
Desde que se firmaron los Acuerdos de Paz en 1996, el pueblo guatemalteco busca los restos de sus muertos, sus hijos desaparecidos, su historia. Aura Elena Farfán, ex enfermera durante el Conflicto, que se convirtió en una figura emblemática en la defensa de los derechos humanos y que recibió el Premio Internacional a las Mujeres de Coraje, en 2018, recuerda que “es el momento de hablar, de contar lo que pasó”.
A través de su misión común, La Liga y la FAFG demuestran que es posible arrojar luz sobre la desaparición de un ser querido, de ofrecerle una sepultura digna que permita el duelo y la tranquilidad a las almas. Su cooperación también permite cruzar información y encontrar respuestas, incluso décadas después de los hechos. Evidentemente, este notable trabajo de interés nacional, cuyo carácter altamente humanitario es digno de elogio, incomoda porque desmantela progresivamente las organizaciones responsables de estas tragedias y, en consecuencia, cuestiona a algunos personajes públicos que están implicados y siguen vivos.
Durante el Conflicto Armado Interno, miles de niños guatemaltecos fueron adoptados en muchas partes del mundo. Diversos informes afirman que la adopción tenía un valor de 200 millones de dólares al año. Muchos padres biológicos buscan a sus hijos dispersos en distintos países y los adultos que, aquellos niños, son ahora también tienen derecho a encontrar a sus familias. Para ello, hay que ponerse en contacto con La Liga, con el fin de inscribirse en el programa de búsqueda de personas desaparecidas. Un primer paso es el de cruzar la información y verificar si alguien en Guatemala ha introducido también una demanda de búsqueda de una persona de su familia. La Liga también permite dejar una muestra de ADN para compararla con las recogidas en las fosas comunes por la FAFG. Racines Perdues-Raíces Perdidas, como colaborador en la búsqueda, permite acompañar en este proceso a cualquier persona adoptada en Guatemala. Con el tiempo, nuestra organización se ha especializado también en la investigación.
Comenzamos nuestra reunión de trabajo. Nathalie está muy concentrada porque necesita entender cómo funciona la colaboración entre La Liga y RP-RP. Aprovecho para mostrarle cómo trabajamos y darle los antecedentes de un expediente presentado a RP-RP, en noviembre de 2018: Amé y su hermano, que estaban en un orfanato de Guatemala, fueron adoptados en Francia. Solo Amé presentó una solicitud de búsqueda porque quiere encontrar a su madre biológica. Estuardo, un colaborador de Marco Antonio, queda impresionado por los elementos que le presento y se apresura a consultar su computadora. La historia de Amé coincide con la de una madre que busca a dos de sus hijos. Tras cruzar la información de la que disponen nuestras dos asociaciones, examinamos las fotos que tenemos. Las de los niños que esta madre había entregado a La Liga coinciden con las entregadas por Amé a RP-RP, en noviembre de 2018. Estamos todos en plena ebullición. Tanto los ojos de Nathalie como los de Eric se abren de par en par de la alegría. Estuardo decide comunicarse directamente con la madre. Desgraciadamente, nos enteramos de que falleció en octubre de 2018, un mes antes de que su hijo presentara su solicitud de búsqueda… El marido de esta señora, que no es el padre de Amé, nos informa que Amé tiene hermanos y hermanas y que también ellos esperan encontrarlos.
En ese momento ya se puede dar inicio al proceso de acompañamiento del reencuentro. La Liga se hará cargo de esta familia y organizará la visita de Amé. Es esencial que la reunión sea regulada por profesionales de la salud mental. Al mismo tiempo, Racines Perdues-Raíces Perdidas le dirá a Amé que hay una familia esperándola en Guatemala, pero también que su madre, que lo buscó durante muchos años, ha muerto. Durante esta prueba, Amé estará apoyado a todo nivel. Exceptuando la activa y compleja búsqueda de las familias, La Liga y RP-RP escuchan, orientan y apoyan a las personas adoptadas; en primer lugar, psicológicamente, pero también lingüística (muchos personas adoptadas ya no hablan español) y socioculturalmente. Algunos adoptados son también homosexuales y dan muestras de amor por su cónyuge, lo que en Guatemala no siempre es bien visto. El choque cultural puede ser violento.
Es esencial que, más allá del lenguaje humano y universal, se expliquen el marco cultural y los códigos sociales a ambas partes para aliviar el choque de un trastorno tal. Se necesita de mucho valor y paciencia para iniciar estos procedimientos y el objetivo de nuestra colaboración es precisamente apoyar esta voluntad, manteniéndose a la escucha y velando por el bien de todos. Ese día en Guatemala, la razón de ser de Racine Perdues-Raíces Perdidas cobra todo su sentido.
Es importante saber que, de acuerdo con Michèle Boucq, Hacer Puente realizó varios cientos de adopciones. De todas ellas, diez adoptados creyeron haberse reunido con sus familias. Lamentablemente, los resultados de las pruebas de ADN demostraron que tres de estas personas no eran hijos de los padres, supuestamente biológicos, registrados en los documentos oficiales guatemaltecos. Por último, solo dos adoptados recibieron la confirmación genética de que efectivamente se habían reunido con sus madres biológicas. Estas dos personas, incluyéndome a mí, fueron secuestradas antes de ser dadas en adopción.
Eric, que ha estudiado perfectamente el tema, le pregunta a Marco Antonio: “¿Qué le dirías a la señora Boucq, que ahora es libre como el aire?” Él, con mucha calma, responde que “todos los responsables deben asumir los hechos y ser juzgados por sus actos […] pero también por el dolor que han causado […] No tengo una pregunta para Madame Boucq sino una recomendación. Ya es vieja y va a morir […] debería dar la información a la gente que está sufriendo por culpa de ella […] Lo que nos ayudaría (es saber): ¿Cómo lo hicieron? ¿Quién lo hizo? ¿Cuántas personas fueron adoptadas a través de su intermediación? Eso aliviaría un poco el dolor de muchas familias. Y eso para que muera en paz, ayudando. La justicia es una cosa y no resolverá el dolor de las familias”. Un pesado silencio acentúa la respuesta de Marco Antonio; todos compartimos su punto de vista y esperamos que sea escuchado. Ser escuchados es el deseo de todos nosotros.
Por razones profesionales, Eric y su equipo nos dejan esa noche. Nathalie y yo, sentadas en la terraza de un bar típico de la capital, nos sentimos confiadas. Sin duda, el informe conmoverá a la opinión pública. No obstante, aún queda mucho por hacer para concienciar a los gobiernos y a los organismos internacionales. Lo ideal sería un tratado internacional que permitiera crear una base de datos mundial de ADN. Llevados por la música latina del bar y la fuerza de nuestra causa, ¡levantamos nuestras copas a la salud de Guatemala y de la humanidad!
En el avión de vuelta a Bélgica, agradezco a mi querida abogada su increíble compromiso y le confieso que mi vida parece ser un frágil equilibrio entre dos continentes, dos países, dos familias… La mano de Nathalie se posa en la mía mientras cierro los ojos con un suspiro y me hundo en el asiento.
10.
La caja de Pandora
Mi regreso a Bélgica es menos doloroso que el de mi primer viaje. A pesar de la angustia de dejar a mamá y sobre todo a Ernesto, me siento aliviada al encontrar a mi marido y a mis hijos esperándome en el aeropuerto. Abrazarlos me tranquiliza y me doy cuenta de que son lo más precioso del mundo. Sin olvidar a mis padres y amigos, que también me rodean con cariño. Todo esto me apoya y refuerza mi equilibrio, a veces tan frágil. Todas las noches disfruto leyendo un cuento a mis hijos, arropándolos y viendo cómo se duermen. Sin embargo, pienso mucho en mi historia, en el número de personas que contactan con RP-RP y en mi nueva cobertura mediática. Es obvio que es la única manera de denunciar la vil crueldad de algunas personas, pero el ejercicio es bastante incómodo. Le cuesta un poco a mi pudor natural…
Sin embargo, un factor cambia el curso de las cosas cuando conozco a Ludovic Corvilain, que me propone una sesión de hipnosis para que afloren elementos de mi inconsciente. Tengo una mente muy cartesiana, nunca he creído realmente en las ciencias paralelas o esotéricas, pero lo intento. Me sorprende el resultado. Durante nuestra primera sesión, oigo a la gente hablar en poqomam; Papi me confirma que es el idioma que se habla en nuestra familia. Durante otra sesión, oigo disparos. ¿Son recuerdos? Todo me parece tan real. Al hablar con mamá, me cuenta que cuando estaba embarazada de mí, ella y Ernesto se escondieron en un refugio para evitar un tiroteo que acababa de estallar. Al haber crecido en Bélgica, suelo olvidar que nací en un contexto de guerra en Guatemala. Otra sesión de hipnosis me hace distinguir el comienzo de una matrícula, el dibujo de una piña en una furgoneta azul y también un lugar. Más concretamente, un patio con una pila de cajas de plátanos y un fuerte olor a detergente y cigarrillos. Me cuesta creer que todo esto sea real porque está enterrado en mi inconsciente. Sin embargo, estas sesiones, sistemáticamente transcritas y cuidadosamente conservadas, me ayudan a seguir investigando y me motivan a dejar de temer a los medios de comunicación.
Unas semanas después de nuestro regreso, Nathalie y yo acordamos reunirnos para revisar mi caso. Para ello, intento poner en orden mis pensamientos y anotar en papel todos los puntos que he descubierto recientemente.
En primer lugar, llamo por teléfono a la persona que había traducido mi partida de nacimiento al francés, explicándole que había sido borrada del RENAP, el Registro Civil del Estado guatemalteco. Este anciano, un poco sordo, me pregunta inmediatamente de qué país era, ya que Hacer Puente se dedicaba a adoptar niños de varios países. Yo sabía que la agencia había adoptado niños de la India, pero ignoraba que había otros países con los que Hacer Puente trabajaba. El anciano me explica que en aquella época, además de ser traductor de Hacer Puente, también era el secretario jefe del Tribunal de Charleroi y que, por tanto, le resultaba muy práctico, una vez traducidos los documentos, hacerlos legalizar. Mientras lo escuchaba, volví a mirar la traducción de mi partida de nacimiento… Efectivamente, fue firmada para su legalización el 6 de noviembre de 1987 por el vicepresidente del Tribunal de Primera Instancia de Charleroi. Nunca me había fijado en este detalle y estaba algo confundida. Ni mis padres, ni Hacer Puente pertenecen al Distrito Judicial de Charleroi. Deseando continuar esta intrigante conversación, le pregunto cómo se habían puesto en contacto con él los padres adoptivos o la agencia. A esto responde que no se acordaba realmente… Dada su edad y su cansancio, debemos poner fin a nuestra conversación.
La extraña reacción de este hombre fue la misma que la de la señora Doyen cuando le pregunto si trabajaba para Hacer Puente. Aparte de la Sra. Oudar, que ha fallecido, y de la Sra. Sintobin, cuyo número ya no está en servicio, todas las personas con las que he logrado ponerme en contacto parecen no recordar sus actividades benéficas en el pasado. Entiendo que sea posible olvidar detalles, pero de ahí a olvidarlo todo... ¿Qué puede ocurrir si hay otros detalles que haya pasado por alto? Inmediatamente algo me llama la atención. ¿Por qué la factura de los pasajes de avión de mis padres no está a su nombre?
Michèle Boucq, que se había encargado de los boletos para el viaje de mis padres en 1987, les había entregado una factura a nombre del “Sr. y la Sra. E”. En el recibo figuran sus datos de contacto. Naturalmente, llamo por teléfono y es la Sra. E. quien contesta. Muy amablemente, me explica que en octubre de 1987, Hacer Puente les había comunicado que ya no era posible que fueran a Guatemala a recoger a su hijo. Debieron esperar dos años más hasta que Michèle Boucq les comunica una noche que su hijo llegaría al día siguiente. El presidente los invita a ir al aeropuerto de Bruselas con una gran suma de dinero en efectivo para completar la adopción. A pesar de la dificultad de reunir rápidamente el dinero, la Sra. E. llega al aeropuerto al día siguiente y me confía que otras dos parejas adoptantes también estaban presentes en la sala de llegadas para esperar a sus hijos.
Cuando dos mujeres jóvenes guatemaltecas llegan con los tres niños, uno de los bebés que llevaba una de ellas estaba muerto. Los gendarmes del aeropuerto llaman inmediatamente a los servicios de emergencia, que intentan reanimar al niño. Por desgracia, era demasiado tarde y la esperanza da lugar a la desolación general. Entonces todos, en un estado de shock sin precedentes, fueron llevados a la gendarmería. La señora E. me confiesa con emoción que los primeros momentos que compartió con su hijo, en los pasillos de la policía judicial de Bruselas, fueron difíciles. Hoy, su hijo está bien y no quiere saber de dónde viene.
Después de agradecerle estas confidencias, no pierdo ni un segundo y encuentro en internet un artículo del periódico Le soir, titulado “Un lactante adoptado muere a su llegada” con fecha 30 de noviembre de 1989, firmado por Alain Guillaume y Christian Du Brulle. Se describen los hechos que la Sra. E. me ha contado. Totalmente desconcertada, descubro que el bebé de seis meses había muerto de deshidratación y desnutrición. Un poco más adelante en el artículo, se puede leer también que “las dos jóvenes guatemaltecas que acompañaban a los niños y la madre de dichas jóvenes, responsable de una agencia de adopción en Bélgica, fueron interrogadas por un juez de Bruselas. El juez, que estaba a cargo de una investigación por homicidio involuntario, no acusó a ninguna de las tres mujeres. Sin embargo, este caso pone de relieve toda la cuestión de la adopción en Bélgica. Este problema se debe, en particular, a la multiplicación desordenada, por falta de control adecuado, de grupos que ofrecen sus servicios a los potenciales padres adoptivos (…) El error sobre la causa de la muerte del recién nacido parece, en el estado actual de la investigación, haberse cometido en Guatemala. En los círculos judiciales se cree que el caso no tiene la dimensión de un escándalo”. Los dos periodistas se preguntan entonces sobre la adopción: “¿Son serias todas las asociaciones que ayudan a los candidatos a la adopción? ¿No hay traficantes de niños entre ellas? ¿Por qué tantas parejas belgas utilizan los servicios de estas asociaciones para adoptar niños del Tercer Mundo?”.
A continuación, el artículo subraya claramente el problema de la adopción en Bélgica, así como la vaguedad jurídica en la que se desenvuelve un sinnúmero de organizaciones que se ocupan de ella. Los dos periodistas también recogen las palabras del doctor Victor Chevalier, presidente de la asociación La Familia Adoptante Belga, quien dice que “no se exige ninguna acreditación8 (…) a los grupos o individuos que actúan como intermediarios entre los potenciales padres adoptivos y los niños (…) la falta de control ha permitido que se desarrollen situaciones anómalas. Queda mucho por hacer, tanto para controlar el modo en el que las organizaciones trabajan en el extranjero como para garantizar que son rigurosas en la selección de los futuros padres adoptivos”. Los periodistas señalan que La Familia Adoptante Belga, “una de las dos organizaciones benéficas de adopción más antiguas creadas en Bélgica, (…) ha colaborado en el reconocimiento legal de la legitimación adoptiva o ‘gran adopción’ por la que el niño entra plena y definitivamente en la familia”. El presidente de La Familia Adoptante Belga continuó revelando las razones por las que tantos futuros adoptantes se dirigen a países extranjeros: “Las listas de espera para un niño belga son actualmente de 8 a 10 años y, para un niño de nacionalidad extranjera, pero nacido (en Bélgica), de 3 a 4 años.” Por último, los periodistas concluyen el artículo indicando que algunas asociaciones, entre ellas la del Dr. Chevalier, “solo se dirigen a países donde la adopción de niños puede hacerse a través de los servicios oficiales, lo que contribuye a dar garantías sobre el origen del niño y su estado de salud”.
En el caso de Hacer Puente, la agencia parece seguir la misma línea de conducta ya que todos los documentos “oficiales” dan fe del origen del niño y las cantidades reclamadas por correo a los padres incluyen su atención médica. Por lo tanto, es casi imposible imaginar que estos documentos se legalicen después de su falsificación y que los niños, en lugar de ser atendidos, vayan a parar en su mayoría a guarderías clandestinas, llamadas “casa cuna” en Guatemala.
Después de leer este esclarecedor artículo, me pongo en contacto con uno de los dos periodistas, Alain Guillaume. Al final de una larga conversación, este agradable caballero me dice que acaba de hacer un trabajo a raíz de un comunicado de prensa de la Fiscalía de Bruselas y que, si hubiera sospechado por un momento el trasfondo del asunto, por supuesto habría profundizado un poco más. Finalmente, me ofrece su ayuda, en caso de ser necesaria.
Confieso que sigo preguntándome por algunos de los enigmas que contiene este artículo: ¿quiénes son esas dos jóvenes guatemaltecas de las que Michèle Boucq aparenta ser la madre? ¿Son hijas que ella adoptó? ¿O son las hijas de Ofelia de Gamas, que llegaron al aeropuerto de Bruselas ese día? ¿Es Ofelia de Gamas una de las dirigentes de Hacer Puente? Si es así, ¿cuál era su estatus oficial en esta organización sin ánimo de lucro? No tengo ni idea.
Este sórdido asunto me hace pensar en el “compromiso de hacerse cargo” que Hacer Puente hizo firmar a mis padres en febrero de 1987, el cual incluye también los gastos de repatriación del niño. Esta cláusula que se refiere al caso en el que los padres adoptivos llegaran a fallecer mientras el niño está en camino a su nueva familia siempre me ha desconcertado un poco. Hacer Puente parece haber pensado en todos los casos posibles. ¿Pero qué pasa en el caso de un niño que muere? Pensar en ese lactante me duele hasta la médula. Que descanse en paz.
Me recuerdo de otra cosa. Antes de que partieran a Guatemala, el 14 de octubre de 1987, el notario de mis padres adoptivos les había pedido que trajeran una certificación del acta de mi partida de nacimiento guatemalteca y la prueba de su eliminación de los registros de población por motivo de la adopción. De lo contrario, sería imposible proceder a la transcripción de mi identidad y a mi adopción en Bélgica. Mis padres recibieron este documento de Ofelia de Gamas en Guatemala y el notario pudo iniciar los trámites para mi adopción plena en Bélgica. Siempre supuse que esta se basaba en documentos en regla, pero el documento en el que se basa mi adopción es falso. Aunque exista una “certificación”, en Guatemala nunca se registró ninguna cancelación del asiento por adopción, como descubrí con mamá en mi primer viaje.
Esto significa que, el 19 de octubre de 1987, Ofelia de Gamas tuvo la osadía de hacer esperar a mis padres en la plaza, mientras ella confeccionaba, en el edificio de la municipalidad, una partida de nacimiento falsa en la que se indicaba una medida judicial administrativa por adopción, casi delante de sus ojos… Lo peor es que mamá, que no vivía en un tugurio sino que trabajaba en un restaurante de la plaza, estaba a pocos metros de mí, de nosotros. Me dijo que, si me hubiera visto, me habría reconocido. Algo más, me sorprende darme cuenta de que la fecha de nacimiento que Hacer Puente había dado originalmente a mis padres adoptivos, el 7 de noviembre de 1986, ¡era la fecha de mi secuestro! El lugar de nacimiento que les había dado era ciudad de Guatemala. Por ello, mis padres le preguntaron a Ofelia De Gamas por qué se había cambiado la fecha y el lugar de nacimiento.
En realidad, nací el 5 de noviembre de 1986 en el interior del país, mamá me lo confirmó la primera noche que pasé con ella, pero fui secuestrada el 7 de noviembre de 1986. La pregunta es: ¿Dónde fui secuestrada? ¿En la capital? ¿En el pueblo? Todo parece indicar que mi secuestro tuvo lugar en el primer hospital, ya que ninguna recién nacida llamada Mariela fue ingresada en el Hospital Roosevelt. Además, mamá recuerda que fueron dos mujeres que parecían ser de la capital las que le dijeron que su niña había muerto y estaba enterrada en una fosa común. ¿Quizá habían llegado a recogerme al hospital? ¿Para llevarme a dónde? ¿Cómo me alimentaron? como dijo mamá ¿Dónde estaba secuestrada? ¿Dónde me tenía “Tita”, la enfermera? Mónica, la hija de Ofelia, ¿podría darme alguna información? Las preguntas son interminables. Las respuestas, inexistentes.
Entiendo mejor por qué el día que encontré a mamá me aseguró enseguida que mi fecha de nacimiento no era la correcta. Debo admitir que en ese momento no entendí por qué cuestionaba mi fecha de nacimiento... la oficial. Por cierto, aún hoy me cuesta un poco celebrar mi cumpleaños, es muy extraño. Un poco como cuando tengo que dar mi pasaporte en un aeropuerto, esa libreta materializa un poco mi historia y nadie parece descifrarla correctamente.
También descubro otro detalle que es de suma importancia: mientras que Ofelia de Gamas fue la testigo de comparecencia de mi madre biológica, Adolfo Dimas Rangel Solís resultó ser el testigo de honorabilidad de mis padres adoptivos. Este hombre, que nunca conoció a mis padres, pero que atestiguó en su favor, era el yerno de Ofelia de Gamas y también el Director General de Migración de la época. El nombre de Adolfo no solo aparece en mi expediente. También figura en muchos de los expedientes de quienes acuden a RP-RP. Su firma aparece repetidamente en los pasaportes de los niños adoptados a través de Hacer Puente. También actúa como abogado en otros casos de adopción…
Finalmente, otros archivos me revelan lo impensable, lo inimaginable. Como el caso de Agnel, por ejemplo. En aquel momento, estaba lejos de imaginar que una persona adoptada me daría respuesta a una de las preguntas que más me preocupaban. Agnel nació dos meses antes que yo, en la misma ciudad. Sus padres adoptivos, que habían ido a visitarlo a Guatemala, en julio de 1987, quedaron tan impactados por lo que vieron que tomaron fotos de las condiciones de vida o, más bien, de cautiverio que su hijo compartía con otros niños dados en adopción. Agnel me las enseñó: yo soy una de los niños de estas fotos. Parece que estamos en un sótano, con los pies y las caderas atados con cuerdas a una gran cama. Ofelia de Gamas aparece en una de las fotos, así como una mujer de tipo occidental y un hombre que no puedo identificar.
Agnel y yo, al igual que otros que estuvimos secuestrados en este lugar maldito, tenemos los mismos traumas, las mismas secuelas. Tuvimos los pies atados durante tanto tiempo que ahora me resulta insoportable dormir con una manta sobre ellos. Algunos conservan las huellas de su sujeción en los tobillos, otros tienen los pies desviados hacia dentro. Mis padres me cuentan que de pequeña escondía la comida en mi cama y nunca lloraba. ¿Qué podría haber pasado para haber desarrollado este tipo de hábitos? ¿Y cuánto habría llorado, antes de darme cuenta de que ni mi madre ni nadie más vendrían a ayudarme?
Antes de este descubrimiento, Pascal se asombraba de que, como un gato, nunca encendiera la luz para moverme por la noche. ¿Cuántas noches tuve que pasar en vela, asustada y alerta, para desarrollar esta habilidad? ¿En qué pensaban los que nos ataron así? ¿En ahorrarse el costo de una niñera por la noche? Los que eran mayores que Agnel y yo. recuerdan que por la noche no había nadie. Los biberones de los pequeños se encajaban en los almohadones mientras que los mayores se veían obligados a orinarse en la cama. El único consuelo en este infierno era que todos dormíamos, atados por supuesto, pero unos contra otros en una gran cama. Al escribir estas líneas sobre las consecuencias de nuestro encierro, espero que cada niño adoptado, sea cual sea el tráfico humano, deje de avergonzarse de sus recuerdos y de su fragilidad. Además de la herida de la separación (deseada o no), nuestro viaje es difícil. Admitirlo, denunciarlo, no borra nada, pero es un paso hacia la resiliencia.
Es evidente que hace más de 30 años, proporcionar información falsa en documentos oficiales y legalizados hacía imposible que un niño se reuniera con su madre o viceversa, y sobre todo evitaba que los responsables de esta sórdida maquinación se preocuparan ya que su impunidad estaba asegurada. Poco sabían estas personas que, un día, internet y las pruebas de ADN permitirían a estos niños o a organizaciones como RP-RP rastrear sus paraderos. Por lo tanto, es innegable que, sin los considerables avances tecnológicos y la valiosa preservación de ciertos elementos, otros y yo nunca habríamos podido rastrear a nuestras familias biológicas.
Echo de menos a Papi. Nos llamamos varias veces a la semana y le gusta enseñarme vídeos del sol y del interior de su casa en Los Ángeles. Creo que es una forma de calmar nuestras respectivas frustraciones porque no puedo visitar Estados Unidos. Para acceder al territorio estadounidense tengo que solicitar una visa a través de un formulario llamado ESTA y responder, dando mi palabra de honor, a las preguntas que aparecen en el mismo. Entre otras cosas: ¿tiene usted otra nacionalidad? ¿Cuál es el motivo del cambio de nacionalidad? ¿Cuál es su número de pasaporte? Todas las respuestas que uno declara dando su palabra de honor se verifican con el país de origen. Y aquí es donde radica el problema: las autoridades estadounidenses consideran que mi identidad es Mariela S., que vivo en Guatemala, que no existe adopción alguna y que, por lo tanto, mi número de pasaporte es falso. El mundo al revés…
Estuve tentada de jugar a la ruleta rusa arriesgándome a unirme a Papi, pero después de comunicarme con la embajada de Estados Unidos y la de Guatemala en Bélgica, además del Ministerio de Asuntos Exteriores belga, me doy cuenta de que no vale la pena el riesgo. O bien las autoridades de Migración de EE.UU. deciden que no cumplo los requisitos legales para entrar en su territorio y me meten en un avión de vuelta a Bélgica, como Coline Fanon; o bien, Mariela SR intenta entrar en su territorio con papeles belgas falsos, los de Coline Fanon. En este caso, corro el riesgo de que me detengan y me trasladen a un centro de detención para migrantes, antes de devolverme a Guatemala. La única manera de afrontar estos dos escenarios es obteniendo una sentencia que declare que, debido al conflicto que afronto, me encuentro viviendo “administrativamente” en dos países y que por esa razón tengo dos identidades.
Pero el caso es aún peor para las personas adoptadas que no existen legalmente en Guatemala, ya que las autoridades estadounidenses no pueden proceder a verificar con el país de origen. Además, independientemente del hecho de que quieran viajar, pueden encontrar varias dificultades burocráticas, como cuando algunas escuelas o universidades piden un certificado de acta de nacimiento “original”, por ejemplo, o aun para un matrimonio. Un ejemplo muy revelador es el de mi amigo Prad, adoptado, cuyo país de origen es Sri Lanka, que tuvo muchos problemas para reconocer legalmente a su hija porque no tenía un certificado de nacimiento original. Incluso se le sugirió que volviera a Sri Lanka para conseguir uno si realmente quería reconocerla. Desde entonces, ha fundado el colectivo Empreintes Vivantes-Huellas Vivas, para denunciar y encontrar soluciones a todos estos obstáculos administrativos. Huellas Vivas ayuda a los adoptados de Sri Lanka a ponerse en contacto con centros de investigación destinados a encontrar a sus madres biológicas.
Para algunas personas, una simple visita médica puede resultar traumática. Solicitar el historial médico fue un asunto que temí durante mucho tiempo, ya que me enfrentaba a mi historia y al hecho de que no sabía nada de mi expediente médico o de los de mi familia. Cuando estuve embarazada, debo admitir que fue particularmente doloroso para mí.
A pesar de todos estos descubrimientos, me alegra que una de mis primas maternas venga a visitarme a Bélgica. Isabela, Chave, como la llamo, vive en una gran casa en el departamento de San Marcos, en el noroeste de Guatemala, cerca de la frontera con México. Mi prima está acostumbrada a lujos y llega en marzo de 2019 al aeropuerto de Bruselas, con los brazos llenos de fastuosos regalos. Me siento muy honrada por su llegada y durante unos días visitamos algunas ciudades belgas como Bruselas, Lovaina, Waterloo y Ostende. Durante la semana que compartimos, Chave tiene dificultades con la diferencia horaria y, sobre todo, con el frío. No puedo evitar reírme cuando la veo comprando un suave abrigo de invierno, un par de guantes, botas y un gran gorro de lana. La víspera de su partida la llevo a conocer a Yves, mi padre, que la acoge calurosamente. Este encuentro irreal, que recuerdo con cariño, de alguna manera consigue unir dos mundos, dos culturas, dos familias.
PARTE III
Nunca más callar
11.
Despertar las conciencias
Siento cada día más la necesidad de arrojar luz sobre mi historia, pero sobre todo de compartirla para concientizar a la gente. Resulta vital dar a conocer al mundo entero lo que ocurrió en los años 80 en Guatemala y dar a los adoptados, así como a las familias, biológicas y adoptivas, la oportunidad de comprender el alcance de la situación. Mi credo en esta lucha es: “Prefiero morir de pie y denunciando, que arrodillada y en silencio”. Habla la luchadora que hay en mí, como diría Papi.
Tras la visita de Chave, a finales de marzo de 2019, me voy a París con mi madre para presentarme en el programa de televisión “Esto comienza hoy”9 que se transmite en directo por el canal France 2. En la Gare du Nord, un chofer de la producción nos espera para llevarnos al estudio de la productora Reservoir Prod. Allí conozco por fin a Nina Jacob, una de las periodistas del programa, con la que, unos meses antes, me había puesto en contacto Jade-Hông, una francesa muy simpática, que fue adoptada en Vietnam. Aunque Nina y yo habíamos colaborado estrechamente en la preparación de este encuentro que sería transmitido en directo, al nada más llegar a los pasillos del estudio, me apabulla el entorno. Afortunadamente, la presencia de mi madre me tranquiliza y hasta experimento un gran orgullo por estar aquí.
Pero Nina me separa rápidamente de ella, ya que debe explicarme el guión que vamos a seguir, así como las preguntas que me hará Faustine Bollaert, la presentadora. En el camerino, le pido a la maquilladora que me deje lo más natural posible. De camino al plató, me encuentro con Brahim Kermaoui, autor del libro El niño perdido10. Llevamos algo más de un año conversando, sin habernos podido encontrar personalmente. El momento es conmovedor ya que siento mucha admiración por la lucha de Brahim, quien carece de identidad, pero que lucha, como tantos otros, por hallar sus orígenes y denunciar el tráfico de niños en Marruecos. Deseoso de sensibilizar a las clases políticas francesa y marroquí, no dudó en viajar desde París hasta Rabat ¡en bicicleta! Justo cuando empezábamos a conversar, el director de escena nos interrumpe cortésmente y nos alinea en el orden en el que pasaremos. Se asignan los números de los micrófonos y se colocan los dispositivos bajo nuestra ropa. La emisión en directo está a punto de comenzar.
Soy la primera en ser entrevistada, circunstancia que añade al miedo escénico que no dejo traslucir. Mi madre está entre el público, sé que Faustine Bollaert le hará algunas preguntas y eso me tranquiliza de nuevo. No estoy sola. Durante 35 minutos, el intercambio es intenso y agotador. Intento estar lo más serena y ser lo más clara en mi mensaje, incluso cuando me sorprenden mostrando un vídeo que Pascal, Eva y Hugo habían hecho para mí. La emoción se hace presente en esta cita.
Al final del programa, aliviada, apenas me había vuelto a reunir con mi madre cuando alguien del equipo de producción me pregunta si puede grabar un videoclip destinado a las redes sociales. Firmo el contrato que me entregan sobre la marcha y, delante de la cámara, intento hacer un breve resumen de todo lo que acabo de explicar en el estudio. El ejercicio es más corto, pero igualmente agotador. Tanta concentración me ha vaciado de energía y, con alivio, mi madre y yo nos unimos al conductor que nos espera para regresar a la Gare du Nord. Antes de abordar el tren, cenamos en una auténtica cervecería parisina con la compañía de Brahim. Fue un momento inolvidable.
Tras la difusión del programa, Nathalie comparte el enlace en las redes sociales con el siguiente texto: “Orgullosa de ser su abogada”. A Malika Attar, conocida periodista de investigación y presentadora del programa “Deber de investigación”11 de la RTBF, le llama la atención esa publicación. A raíz de verla, se pone en contacto conmigo y me expresa su deseo de dedicarle todo un reportaje a las sospechosas adopciones fraudulentas. La vida suele ser a veces tan irónica… Dos años antes, me había puesto en contacto con RTBF para proponerles el tema. Sin duda, hay razones para sonreír. Hoy, Malika y yo nos reímos de aquel incidente a carcajadas.
Acepto su propuesta y acordamos empezar a rodar un episodio de “Deber de investigación” en abril. Nos llevará, como sucedió con Eric Goens, a Guatemala. Al mismo tiempo, comienza la emisión durante cinco semanas de “Bargoens”12, en el canal público flamenco. El resultado es conmovedor, las imágenes son hermosas y el montaje no traiciona la realidad. Al igual que con “Eso comienza hoy”, “Bargoens” alcanza récords de audiencia.
Pero es el domingo 12 de mayo de 2019, mientras paseaba plácidamente con Eva y Hugo, cuando un acontecimiento me hace experimentar lo que comúnmente se denomina notoriedad mediática. Mientras revisaba, por puro reflejo, la pantalla de mi teléfono móvil, me encuentro con varias notificaciones de artículos flamencos. Se habla de escándalo, tráfico y se cita mi nombre, en Twitter. Tardo unos minutos en darme cuenta de que esos artículos están vinculados a un tuit que publicó Eric Goens y que hizo saltar el polvorín.
“Hola Mundo… Bernard Sintobin, el nuevo director de UNICEF Bélgica, fue durante años el tesorero de Hacer Puente, una asociación belga de adopciones que traficaba con niños guatemaltecos. ¿Eh?”13 El impacto mediático de este tuit es algo excepcional. Llamo inmediatamente a Nathalie quien, a su vez, llama a sus colegas, los Maitres Cédric Moiss e Isabelle Slaets. Sus instrucciones son claras: no emitir ninguna comunicación acerca de este tema. Nathalie me tranquiliza. Conjuntamente, mis abogados van a redactar un comunicado de prensa que irá en ese sentido, sin comentarios. Pero al día siguiente, mi teléfono no deja de sonar. En el trabajo, mis compañeros me preguntan por los diversos artículos que mencionan mi nombre. Al menos cincuenta y cuatro medios de comunicación de todas las nacionalidades se ponen en contacto conmigo. ¿Cómo han conseguido mi número? Mi buzón está inundado de periodistas que, al presentarse, destacan el informe “Bargoens” y luego el tuit de Eric. En uno de los artículos se informa, incluso, que Bernard Sintobin, que no es otro que el marido de Isabelle Sintobin, la primera persona que figuraba como contacto en el folleto de Hacer Puente, a la que yo había telefoneado y cuyo número ya no estaba en servicio, había dicho que yo era una mentirosa…
No sé cuál es la mejor manera de afrontar esta situación. Con el acuerdo de mis abogados, acepto conceder una entrevista en francés a la RTBF con dos condiciones. En primer lugar, pido que el periodista sea Quentin Warlop, a quien conozco muy bien y tiene toda mi confianza. En segundo lugar, el respeto a la presunción de inocencia ya que mi propósito nunca ha sido sustituir a la justicia. Por esta razón, insisto en que no se me hagan preguntas acerca del escándalo en curso, ni acerca de Bernard Sintobin o de cualquier otro miembro de Hacer Puente.
El día de la entrevista, alrededor de las 15:00 horas, salgo de mi trabajo. Cuando llego a la calle donde vivo, veo un camión satélite y a los vecinos preguntándose qué está pasando. Quentin y el equipo de la RTBF ya me esperan en casa, así como el equipo de radio. Comienza la entrevista, estoy muy tensa, pero me presento serena y objetiva. A las 18:00 horas la entrevista ha terminado. A las 19:30, comienza el noticiero de la RTBF. Todos estamos junto al camión satélite para el lanzamiento de la historia. Aunque la tensión me hace sentir febril, me alegra estar acompañada por Malika, Quentin y sus equipos. Estoy consciente de que la ética periodística y su independencia se basan en el respeto a la dignidad de las personas y que, para ello, hay que estar dotado de humanidad.
En los días siguientes, concedo entrevistas a varios medios de comunicación. Me encuentro con Jan Stevens, de la revista flamenca HUMO, en presencia de Kurt Wertelears; Bruno Struys, del periódico De Morgen, y Pieter Huyberecht, de Het Nieuwsblad, otro periódico flamenco. A Pieter Huyberecht le explico que durante una reciente visita a Ostende con mi prima, dos personas me abordaron; habían visto “Bargoens” y me felicitaron por mi valor. También me animaron a seguir luchando. Pieter confirma que en Flandes mi historia había hecho mucho ruido y que, después del tuit de Eric, mi nombre empezaba a ser conocido. Le confío que tengo la necesidad de escribir, de hacer un libro y que, una vez hecho, era importante que se tradujera al neerlandés para todos los niños adoptados en Flandes y en los Países Bajos, a través de Hacer Puente. Me honra la respuesta de Pieter, quien se ofrece a realizar la traducción si alguna vez logro mi objetivo
Dos días después, Lynelle Long me invita a la Conferencia de La Haya de Derecho Internacional Privado14. Lynelle Long es de origen vietnamita y fue adoptada en Australia a principios de los años 70. Esta increíble activista de los derechos de los adoptados es la fundadora de La Voz de los Adoptados entre Países (ICAV)15. Nos conocemos desde 2018, ya que, en su momento, quiso que yo aceptara que mi historia se redactara en inglés para presentarla a los miembros de su organización. Acepté y pasamos muchas horas comunicándonos por teléfono. Luego, ella subió mi historia al sitio web del ICAV. Ser invitada a La Haya es una magnífica oportunidad para presentar el informe de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) ante este organismo. En nombre de Racines Perdues-Raíces Perdidas y de todos sus miembros, tuve ese honor.
La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), se estableció en 2007, por un acuerdo entre el gobierno guatemalteco y las Naciones Unidas. Uno de sus propósitos fue la investigación de cuerpos ilegales y aparatos clandestinos que cometen delitos que afectan los derechos humanos fundamentales de los guatemaltecos.
Fueron muchos los poderosos que se sintieron amenazados con los resultados que comenzó a dar el trabajo conjunto de la CICIG y el Ministerio Público. Jimmy Morales, presidente de la república de Guatemala (2016-2020), fue uno de ellos, por lo que decidió dar por terminada las operaciones de la CICIG en 2019, en contra del 72% de la población que apoyaba la labor de la institución.
El último informe que presentó la CICIG, antes de dejar el país, fue contundente: Guatemala: un estado capturado. En dicho informe, el comisionado explica cómo operan en Guatemala decenas de cuerpos ilegales y aparatos clandestinos (CIACS) que actúan como “redes político-económicas ilícitas, que incluyen a funcionarios, políticos, empresarios y grupos criminales”. Estas redes “han anidado en la mayoría de entidades del Estado, incluyendo los organismos Ejecutivo, Legislativo y Judicial, en muchas municipalidades e incluso en los órganos de control del Estado”. Entre otros, son estas CIACS las que hacen posible la trata de personas, los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad, con la más completa impunidad.
Ese día, RP-RP llevó a La Haya la esperanza de miles de niños guatemaltecos de que se reconozcan los estragos de la corrupción y los estrechos vínculos que unen a algunos políticos con redes criminales
En esta conferencia, conozco a muchas personas, todas muy comprometidas. Sus voces me transportan, sus fuerzas me inspiran. Incluso hoy, sonrío cuando miro el libro de Lynelle Long, El color del tiempo16, en la estantería de mi habitación. Me lo dio al final de la reunión, y es precioso para mí.
A finales de junio de 2019, me presento acompañada de los Maitres Buisseret, Moisse y Slaets, al Tribunal Correccional de Mons para presentar una demanda civil ante el juez de instrucción encargado del caso. Este día, que debería ser sinónimo de esperanza, estuvo teñido de tristeza. Ernesto fue juzgado el día anterior y condenado a diez años de prisión. Por lo tanto, ¡permanecerá encerrado hasta 2028! La única esperanza es que en Guatemala las penas suelen reducirse a la mitad, lo que significa que él podría permanecer en prisión unos cinco años, menos su detención preventiva, que duró poco más de un año. Si todo va bien, se espera que salga de la cárcel en 2025 por buena conducta o incluso en 2023, si le conceden el beneficio de la libertad condicional. Los policías que lo detuvieron, supuestamente en delito flagrante, nunca se presentaron a la audiencia a pesar de haber sido citados en varias ocasiones. Por lo tanto, Ernesto fue juzgado severamente sobre la base de una simple declaración policial. ¡Qué justicia! O más bien, ¡qué injusticia!
“Asegúrate de que mi sacrificio no haya sido inútil”, esta frase que pronunció Ernesto la última vez que lo vi, me la repito como un mantra. Por ello, en el amplio despacho del juez de instrucción, con plena conciencia, levanto la cabeza y confirmo mi acción civil por los cargos de falsificación y uso de documentos falsos; detención ilegal y arbitraria (secuestro); sustracción de menores; fraude en la adopción, así como blanqueo de capitales y organización criminal.
Al salir del juzgado, veo que el equipo de “Deber de investigación” está filmando algunos cortos que ilustrarán este gran paso en mi historia. Interpreto la presencia de los periodistas como un apoyo, una señal de la vida. Entonces la angustia se calma, poco a poco, aunque la cólera y el sentimiento de injusticia sigan alimentando mi sed de verdad. Cuando dejo a mis abogados siento que he delegado, a quien por derecho corresponde, el deber de arrojar luz sobre el asunto y de condenar. Será un camino largo y quizás cargado de todavía más obstáculos, pero me doy cuenta de que cuando el valor es tu aliado, el miedo ya no existe.
Así, en julio de 2019, cuando Bélgica vuelve a sufrir una fuerte ola de calor, acepto una entrevista en transmisión simultánea con Grace González, periodista del canal hispanoamericano Telemundo. La escena es divertida. En medio del calor tropical, recibo las preguntas de Grace a través de un auricular, respondo en español mientras miro fijamente a un árbol simulando que mi interlocutor está frente a mí ¡y todo está filmado por un camarógrafo de habla holandesa con el que me comunico en inglés! Esta entrevista se utilizará para el documental “Los niños perdidos de Guatemala” y su propósito es demostrar, a través de los testimonios de quienes han iniciado procesos judiciales en los cuatro rincones del mundo, los puntos comunes y el carácter internacional de estos casos. Dadas sus historias y procesos, mis amigos Osmín y Alberto son personajes importantes que aparecen en el documental que se difundirá en noviembre. Estoy deseando verlo y quedo en contacto con Grace González.
El mes de agosto de 2019 es abundante en reencuentros. Para empezar, por iniciativa de la hermana Dora, los niños y yo estamos de invitados a la fiesta de cumpleaños de la hermana Ana María. Ella fue la que ayudó a mis padres en 1987 y también la que me sostiene en sus brazos en la foto que mi madre tomó en ese momento. Dice que me reconoce, que no he cambiado mucho y que Hugo se parece a mí de pequeña. En su 82 cumpleaños, pasamos toda la tarde recordando, charlando y comiendo deliciosos pasteles. Dada su edad, este es seguramente su último viaje a Bélgica. Debido a ello, la hermana Dora pensó en hacernos ese regalo. Otras hermanas están presentes y se interesan por la RP-RP. Vienen de los cuatro puntos cardinales de Guatemala y están intrigadas por el destino de los niños que fueron adoptados ilegalmente. Toman conciencia de que esos niños desaparecidos, a los que se les creía muertos y por los que se rezaba día y noche al otro lado del mundo, están en su mayoría adoptados, dispersos por todo el mundo, pero… vivos.
Unos días después, la antropóloga Silvia Posocco llega a Bélgica. Esta encantadora italiana conoce muy bien Guatemala, porque vivió allí toda su infancia y tuvo que huir con sus padres por causa del conflicto armado. Al terminar sus estudios, inició un meticuloso trabajo de investigación y archivo durante varios años y publicó el libro Secreto e insurgencia: socialidades y prácticas de conocimiento en Guatemala17. Este libro, muy preciso y por lo mismo recomendable, me permitió comprender los entresijos del Conflicto, pero también sumergirme profundamente en el conocimiento de mi país de origen. Como resultado de su investigación, Silvia también descubre a un grupo de italianos adoptados que son los supervivientes de la masacre de Petén, una de las más sangrientas de la guerra, en el norte del país.
Aprovecho su visita para presentarle a Esteban, el niño adoptado de Guatemala que Marco Antonio Garavito quiso conocer el pasado mes de junio. Desde entonces, Esteban ha sentido una profunda necesidad de compartir su historia. Silvia, que realiza un trabajo antropológico sobre los adoptados guatemaltecos, se siente conmovida por su testimonio y, sobre todo, por su valor. También le propongo a Silvia que conozca a Nathalie, lo cual acepta con gusto. Acordamos cenar en Chez Eddy, una cervecería de Rhode-Saint-Genèse por la que tengo una preferencia especial. Comemos platos típicos belgas, reinterpretados de forma brillante por el chef, en un entorno igualmente auténtico: manteles de cuadros rojos y blancos, bancos de madera, decoración vintage. Allí me siento como en casa, pues siempre nos reciben como reyes. Es el escenario perfecto para que las tres nos la pasemos bien y guardo de aquel encuentro un maravilloso recuerdo. Cuando nos deja, Silvia me da su libro en el que tuvo la amabilidad de escribir estas pocas palabras que releo a menudo: “También es una parte de nuestra historia”. Efectivamente, lo es.
Esa noche mi hermana mayor Lorena da a luz a su cuarto hijo. Abdiel es mi sobrino y ahijado y no puedo esperar a tenerlo en mis brazos. Después de todo lo que he pasado, acojo la llegada de este pequeño ser como un regalo, un milagro de la vida, y mi mente, más despejada, intenta sanar mi alma.
A finales de agosto, paso una noche “solo de mujeres” con mi madre. Ixcanul18, la primera película del director guatemalteco Jayro Bustamante, me había dejado profundamente afectada debido a que relata la historia de una mujer indígena, muy joven, a quien la engañan diciéndole que su hijo recién nacido ha muerto, cuando en verdad se lo han robado. Ella descubre lo acontecido cuando desentierra el ataúd y se da cuenta que adentro solamente hay piedras. Debido a ello, le propongo a mi madre que vayamos al cine a ver Temblores la segunda película del director, que está en cartelera. Esta hermosa película hace que mi madre se abra al deseo de volver conmigo a mi país natal, a expresar a mi familia lo triste y afligida que está por todo lo que ha pasado. Sé que mi padre tiene el mismo deseo, la misma necesidad. También sé que mamá y Papi quieren agradecerles por haberme cuidado tan bien, pero para mí todavía es demasiado pronto. Aunque todavía necesite de tiempo para procesarlo, deseo que algún día podamos estar todos reunidos.
12.
Dar vida a la esperanza
La cobertura mediática de mi historia no cesa. Los rodajes para “Deber de Investigar” se han iniciado desde abril. Son intensos y agotadores. El 18 de septiembre de 2019, con el equipo de rodaje y Nathalie, vuelo a Guatemala por tercera vez. Al nada más llegar a la capital de Guatemala, las cosas empiezan a complicarse, ya que la agenda está llena y el tiempo es escaso. Por fortuna, en esta hermosa tarde, Nathalie y yo nos alegramos de ver a Gustavo, el padre de Osmín, que nos espera en el aeropuerto y que será nuestro conductor durante todo el viaje. En el vestíbulo de nuestro hotel habitual ya nos esperan Marleny y Dulce. Nos alegramos de volver a verlas, pero al mismo tiempo estamos tristes. Nathalie dice a Marleny que hará todo lo posible para visitar a Ernesto con ella. Conmovida, Marleny acepta.
Debido a la diferencia horaria, esa noche me cuesta dormir, así que sigo trabajando para RP-RP y, especialmente, me preparo para mi afanosa jornada del día siguiente, la cual comienza con una entrevista con Julio Serrano Echeverría. Este periodista, escritor y poeta guatemalteco es también uno de los actores principales de la película Nuestras Madres, de César Díaz, Cámara de Oro del Festival de Cannes en 2019 y seleccionada para representar a Bélgica en los Oscar en 2020. Julio Serrano Echeverría interpreta a un antropólogo forense que ayuda a un amigo a localizar a su padre desaparecido durante el Conflicto Armado Interno, en los años 80. Con anterioridad, Julio y yo mantuvimos una larga conversación para preparar la entrevista que voy a conceder a la Agencia Ocote, una radio guatemalteca. Espejo roto, el título de esta entrevista, adquiere todo su significado para simbolizar la identidad, el reconocimiento de sí mismo y del pasado.
Filmados simultáneamente por las cámaras de la RTBF, Julio y yo lanzamos un mensaje claro: no todos los niños que se creyeron desaparecidos o muertos lo están, muchos están vivos, en otros continentes. Dada mi buena suerte y a los descubrimientos que he hecho, considero que es mi deber dar un rayo de esperanza a todas las personas que piensan que nunca volverán a ver a los desaparecidos. Después de la entrevista, Julio también responde a las preguntas de Malika Attar y luego hacemos un vídeo para las redes sociales, especialmente para los miembros de RP-RP. Con el consabido abrazo, me despido de Julio y me dirijo al Mercado Central. Marleny nos espera en su restaurante donde todos almorzamos.
En los meandros de este gran mercado cubierto, en el recodo de una tienda tradicional, mis ojos se fijan en unas personas que llevan chaquetas azul oscuro con el logotipo de la PDH. Ellos rodean al Procurador de Derechos Humanos, Jordán Rodas. Ni siquiera en mis sueños más locos podría haber imaginado que se me ofrecería una oportunidad así, ni la probabilidad de encontrármelo en semejantes circunstancias. Aunque estaba rodeado por sus guardaespaldas y su equipo de comunicación, me atrevo a llamarlo. Entonces, con una voz profunda y cargada, Gustavo también lo llama: “¡Señor fiscal, hay una joven que viene del otro lado del mundo y que quiere hablar con usted!”, Jordán Rodas se da la vuelta y me mira fijamente. En ese momento, me siento tan pequeña, tan insignificante, mientras la voz de Gustavo insiste: “Señor fiscal, Mariela es guatemalteca y regresa a su país. Su historia es triste e increíble, ¡por favor, escúchela!”. El fiscal se adelanta y me tiende su mano. No puedo creerlo… Asombrada, estrecho la mano que se me ofrece.
A nuestro alrededor, decenas de personas se aglomeran para filmar la escena, teléfonos móviles en mano. Estoy muy estresada y mi español es confuso. Gustavo me sonríe con benevolencia y, con un movimiento de la cabeza, me anima a continuar. Entonces aprovecho la oportunidad y esbozo mi historia al procurador. Inevitablemente, cuando digo que me vendieron, se me hace un nudo en la garganta; luego de una pausa, me recompongo. Es entonces cuando, con una voz llena de orgullo y esperanza, acabo explicándole que fundé la asociación Racines Perdues-Raíces Perdidas con el objetivo de denunciar lo acontecido, descubrir la verdad y ayudar a otros a sanar sus heridas. “Señor procurador, no estamos desaparecidos… Estamos justo al otro lado del océano”.
Consternado, me pregunta cómo salí del país, pero, mientras le doy algunas explicaciones técnicas, asiente con un suspiro diciendo que comprende que, oficialmente, nunca salí del país. “Mariela, yo ya conozco tu historia y estoy encantado de conocerte en persona”. A continuación, instruye a su encargado de Comunicación Social que tome nota de mis datos y me trasmita los de él, incluido su número de teléfono móvil. Un fuego de alegría se enciende en mí. En este momento, todas mis esperanzas están permitidas. Mientras me estrecha la mano con firmeza para despedirse, me promete seguir en contacto y me asegura su ayuda y apoyo para RP-RP. Aprovechando la oportunidad, Malika Attar le pide una breve entrevista, que él acepta en el acto y la hace en mi compañía. Me siento muy honrada porque sé que, a pesar de todas las presiones y amenazas que sufre, Jordán Rodas, por convicción, no deja de defender las causas más humanas, los derechos más fundamentales. En Guatemala, casi todas las familias tienen un ser querido que ha desaparecido, por lo que el apoyo del Procurador de los Derechos Humanos es importante para las organizaciones que realizan un trabajo que “perturba”…
Sin embargo, no tengo tiempo de recuperarme de mis emociones ni de terminar de degustar la deliciosa cocina de Marleny cuando suena mi teléfono: Papi está en la ciudad. Me está esperando cerca del Palacio Nacional, en el centro de la ciudad. Dare-dare, con el equipo, Gustavo y Osmín que se ha unido a nosotros, nos apresuramos a encontrarlo. Olvidando por completo la cámara que cubre nuestro reencuentro, corro a los brazos de Papi, que está apostado frente a su enorme 4x4 con cristales oscuros. Su abrazó me había hecho tanta falta y sentir su mano acariciar mis cabellos es muy reconfortante. Me gustaría que el tiempo se detenga, pero en ese momento estoy consciente de que la cámara está rodando… Saludo entonces a mi tío Maudiel, a mis primos y al amigo de Papi que lo acompañaba en enero de 2019. Para responder a las preguntas de Malika, Papi y yo nos aislamos un rato.
En el último año, su discurso ha evolucionado. Habiéndose informado con algunas de sus relaciones, él confirma ante la cámara que las personas que operaban en esta red estaban cerca del poder totalitario durante el Conflicto Armado. En ese momento, se convierte en mi campeón. Un poco más tarde, Papi y Gustavo hablan de sus historias, de su paternidad, de sus hijos robados. Me alegró verlos intercambiar sinceramente sus experiencias y también por Osmín que deseaba conocer a mi padre. Parece que estamos en un momento fuera del tiempo. Sin embargo, estamos en el campo de una cámara y captados por un micrófono profesional. Mi papá tiene que dejarnos pues no quiere que Elizabeth esté sola durante mucho tiempo, ya que está embarazada de ocho meses. Así que voy a tener una nueva hermanita y, esta vez, lo sé de antemano, como corresponde a una verdadera hermana mayor.
Mi próxima cita es en La Liga. Osmín me pregunta si puede acompañarme ya que le gustaría conocer a Marco Antonio. Aunque siempre se filman, mis reuniones con La Liga son valiosas y encontrarse cara a cara es mucho más agradable y constructivo que nuestras videoconferencias. Además, hemos programado una reunión con Pro-Búsqueda, una asociación de El Salvador. Este país, que también estuvo afectado por una guerra civil, busca a sus desaparecidos. Pro-Búsqueda ayuda a muchas mujeres salvadoreñas, que dieron a luz en Guatemala, a encontrar a sus hijos, que a menudo fueron enviados a Francia, Bélgica y aun Suiza. Esperamos que ellos puedan ayudar a una persona adoptada a través de Hacer Puente y cuya madre es de origen salvadoreño. RP-RP solo realiza este tipo de búsqueda a petición de los niños que buscan a su familia biológica, pero nunca nos ponemos en contacto con los adoptados que no buscan a su familia.
Como la casa de Papi está cerca de la frontera con El Salvador, prometo a la asociación hacerles una visita en mi próximo viaje, el que ya tengo prisa por hacer. Este día ha sido, ciertamente, orquestado como una pieza de música. Ya es hora de despedirse de Marco Antonio, pues él tiene que ir a la Universidad. Al despedirnos, le confío también mis deseos de volver de forma más relajada y de tener tiempo para conocer al maravilloso equipo de La Liga y a tantos otros, fuera de las cámaras.
Papi Gustavo, como le llamo ahora, me lleva de vuelta al hotel. Tras un día agotador y un acceso brusco de fatiga, me doy rápidamente una ducha que espero sea vigorizante y me preparo para reunirme con Osmín, Murga, su mejor amigo, y Lilian, su mujer. Nathalie me acompaña a un magnífico bar de la capital que tiene una pista de baile en el piso superior. Bachata, merengue, cumbia, me lo paso en grande y me doy cuenta de que bailar es más efectivo para relajarme que una ducha… Me hubiera gustado seguir eufórica hasta el final de la noche, pero debo volver al hotel, aunque sé que apenas podré dormir.
Al día siguiente, mientras el equipo pasa la mañana filmando planos de corte de la capital, Nathalie, Marleny y yo, las tres con vestidos hasta la rodilla, vamos a visitar a Ernesto. Dejamos nuestros teléfonos móviles en el hotel y nos aseguramos de decirle a Malika que íbamos a la cárcel, por si no volvíamos. Con razón, yo me inquietaba por la presencia de Nathalie ya que, en el primer control, la policía nos preguntó a Marleny y a mí quién era la “más grande”. De la forma más natural del mundo les respondimos que Nathalie era mi amiga y que había viajado a Guatemala para visitar a Ernesto. Entonces Nathalie, que había comprendido literalmente la pregunta de los policías, creyó que ellos se referían a quién era la más alta. Por eso me dice que, efectivamente, ella es la más alta. Me echo reír antes de explicarle que lo que preguntaron es ¡quién es “la más vieja”! A ella no le hace mucha gracia. Mientras subo la colina hacia la prisión, doy gracias a Dios porque Nathalie esté a mi lado. Nuestras risas siempre me han calmado y en este momento me están salvando.
Una vez pagados los guardias y pasado el torniquete, Ernesto está allí. Otra vez… Le salto a los brazos mientras él apenas me reconoce. Y, con razón, desde la última vez que nos vimos, el estrés postraumático me sigue haciendo perder peso. Ernesto se toma el tiempo para mirarme y me dice que estoy muy delgada y que lo siente. Luego abraza a Nathalie. Aunque nunca se habían visto, pero parece como si ya se conocieran. En cuanto a Marleny, está a nuestro lado, como siempre, heroica. Durante las cuatro horas que pasamos en la cárcel, Ernesto y yo no nos soltamos las manos. Nathalie nos dice que, aunque no hayamos crecido juntos, actuamos como si así hubiera sido. Tiene razón. Ella es la primera abogada belga en ingresar a esta prisión. Visita la celda de Ernesto e incluso conoce a un preso argentino que vivía en Bélgica y que nos confiesa lo mucho que echa de menos el chocolate con naranja. Nadamos en pleno surrealismo, algo típicamente belga…
De vuelta a la sala común, Ernesto y yo decidimos hacernos un tatuaje. Así que, tras negociar un precio con los tatuadores de la cárcel, estos sacan las agujas de sus bolsas estériles y me levanto discretamente la falda para liberar la pierna. Ernesto se quita la camiseta y empieza el ruido de las agujas. Mientras tanto, para el almuerzo, pedimos sándwiches de pollo y guacamol. Su sabor, tan sabroso y hecho al gusto, como debe ser, siempre nos parecerá inigualable a Nathalie y a mí. Hacer de la realidad algo surrealista, es algo típicamente guatemalteco…
Dejar a Ernesto es doloroso. Le recuerda a Nathalie y especialmente al Maitre Buisseret, que no está presente, que deben seguir luchando y ella se lo promete. A mí me entrega una hoja de papel doblada en cuatro. Cuando la abro, leo una frase escrita de su puño y letra: “La lealtad hace familia, la sangre hace parientes.” Incapaz de levantar mis ojos llorosos hacia él, me toma en sus brazos y susurra: “Siempre estás conmigo. Y el día que muera, aunque estés lejos, tú estarás conmigo”.
Cuando llego al control de salida, le digo a Marleny que se mantenga cerca de Nathalie por si me vuelven a retener. ¡Tenía razón! Así que hago como todo el mundo, pago y salgo al encuentro de ellas un poco más adelante. Frente a la puerta de la prisión, me doy cuenta de que los tres policías que nos controlaban abajo de la cuesta estaban allí. Uno de ellos, al vernos, tira su sandwich al suelo. Nathalie y yo nos miramos: hay un problema. Fingiendo que no pasa nada, iniciamos el descenso de los mil y un escalones que nos llevan a la salida principal. Los policías nos siguen. En la parte de abajo, un policía llama a mi cuñada: “Marleny, ¡ven!”, mientras los otros dos nos hacen señas para que Nathalie y yo nos quedemos donde estamos.
Con su habitual aplomo, escucho a Marleny explicar que si falta algún documento para poder seguir visitando a su marido, le pedirá a Jorge, su hijo, que lo traiga de inmediato y así se solucionará el problema. Pero los policías no escuchan nada, ¡quieren llevarla a su casa! Impertérrita, Marleny nos dice que ella debe ir con los policías, pero que va a llamar a Jorge para que nos venga a buscar en su moto. ¡Cualquier cosa menos eso! Sola, yo habría podido imaginarme regresar con mi sobrino, pero con Nathalie, las dos con vestido, superaba los límites de lo posible… Fue entonces que los policías le cortan el paso a Marleny y avisan que también nos van a ir a dejar. ¡Solo eso faltaba!
A pesar de su lápiz de labios, la mujer policía que sube a la palangana del pick-up no sonríe. Nathalie y yo subimos al asiento trasero y, en cuanto se cierra la puerta, el conductor arranca. Uno de los policías le pregunta a Marleny por qué está preso su marido. De nuevo, viéndonos de reojo, Nathalie y yo coincidimos: esperamos que ella no responda. Lo que no habíamos previsto era que Marleny se lanzaría a dar una respuesta que dejaría al policía sin palabras: “Está en la cárcel porque sus compañeros lo acusan de tener un arma automática y de amenazarlos. Pero ninguno de ellos fue lo suficientemente valiente como para comparecer ante el juez en el juicio y asumir estas mentiras, y no hubo testigos. ¡Acaba de recibir diez años de prisión!”
Nathalie mira hacia otro lado; yo siento que mi cuerpo se pone tenso. Mis ojos buscan un lugar donde descansar, quiero cerrarlos, pero sé que debo permanecer impasible. El ambiente en el vehículo era silenciosamente incómodo. Uno de los policías interrumpe diciendo que ha oído hablar de esa historia, luego me pregunta en qué país de Europa vivo y por qué estoy en Guatemala. Mientras siento que me deslizo exactamente en las arenas movedizas que había temido, me doy cuenta de que han analizado perfectamente nuestros pasaportes y respondo, una vez más con la mayor naturalidad, que quiero enseñarle el país a mi amiga, por segunda vez. La cabina vuelve a quedar en silencio y miro por la ventana para evitar encontrarme con los ojos de Nathalie. Al reconocer uno de los viaductos más conocidos de la ciudad, me dirijo a Marleny para asegurarme de que vamos a la zona 1, pero mi cuñada se ha dormido. Aunque parezca una locura, está muy dormida. Nerviosa, empiezo a reír y, pronto, no puedo parar. Nathalie me sigue y, como siempre, las dos entramos en un ataque de risa, hasta el punto de despertar a Marleny.
Marleny sigue la conversación con los policías y acaba dándole su número a uno de ellos e incluso lo acepta como amigo en Facebook. Nathalie y yo creemos despertar y después tener una pesadilla cuando nos damos cuenta de que Marleny también quería darle mi Facebook. Le doy un golpe con el tacón en su pie y eso la detiene; entonces, reanudo la conversación y digo que hace tiempo que no consulto mi perfil. Aún no estamos fuera de peligro, cuando llegamos a las cercanías de nuestro hotel, el tráfico está bloqueado porque ha ocurrido un asesinato. En medio de la calle, un taxista está tirado en el suelo, bañado en sangre... Los policías hacen un desvío de casi cuarenta minutos durante el cual Nathalie me dice que nunca la habían controlado ni detenido y que tuvo que venir a Guatemala para que le ocurriera. Obviamente, nuestras risas comienzan de nuevo...
Finalmente, llegamos al hotel, pero antes de salir, los policías insisten en hacernos una foto de recuerdo. ¿Cómo podíamos negarnos? Una vez tomada la foto, nos aseguran que todo irá bien para Marleny una vez ella les entregue el documento que falta. Tomando mi número de teléfono, para avisar cuándo podían recogerla en la estación, uno de ellos me pregunta de dónde es mi padre. “Departamento de Jutiapa”. “Como yo”, me responde. Después de reírnos un poco en nuestra habitación, Nathalie y yo, refrescadas y cambiadas, agotadas pero ligeramente eufóricas, nos reunimos con el equipo. Ellos habían filmado en el hotel La Casa Grande, lugar donde Ofelia de Gamas me entregó a mis padres adoptivos, y me alegré de no haberlos acompañado a ese lugar. Por nada del mundo habría cambiado mi mañana por la de ellos…
Al día siguiente, con una expresión de alegría, veo pasar el océano Pacífico por la ventanilla del automóvil de Papi Gustavo. Este hombre, por quien siempre tendré un cariño especial, me obsequia poniendo música tradicional y canturreando esos grandes éxitos latinos que combinan con la belleza del paisaje y con la lluvia, que parece estar siendo perseguida por el sol, para colorear con un arco iris el horizonte. Nunca había visto esta región en invierno y me alucina. Mi alegría se torna infantil cuando reconozco las calles que llevan a la casa de mamá, a quien no veré enseguida porque tiene una cita médica importante.
Llego al hotel de mi hermano Brandon de buen humor y siento que vuelvo a casa. Al salir del vehículo, corro hacia el zaguán pues llueve a mares. El aire es más pesado y húmedo que en verano. Dejo a Nathalie y al equipo en el hotel y me escapo con Brandon y Claudia. Vamos de compras a la tienda de nuestro hermano Óscar para darle una sorpresa y también porque queremos preparar una buena cena para el regreso de mamá. Cuando volvemos, mamá ya está en casa.
Lucía, la amable señora que la cuida, está sentada a su lado. Mamá, que apenas puede caminar, está acostada. La veo fatigada y su estado me preocupa. Mientras nuestra madre descansa, preparamos una cena entre los hermanos y hermanas para celebrar la alegría de estar juntos. Mis sobrinos han crecido mucho, todos son un par de cabezas más altos que yo y esta noche se divierten llamándome “pequeña tía”.
Al día siguiente, aferrada a la cintura de mi cuñada Claudia y Nathalie a la de Brandon, vamos a la playa en sus motos, reviviendo recuerdos y creando otros. Atravesar los campos de caña de azúcar nos hace reír. Me siento libre. En la playa, respiro el aire yodado del mar y en la arena cubro mis pies para enterrar mi ira, mi tristeza, mi desgracia pasada. Mientras cierro los ojos al sol, me siento bendecida y agradecida por la vida. De nuevo… mientras vuelven a mi mente todas esas casitas destartaladas por las que pasamos para llegar a la playa, calladamente doy gracias al universo pues a mi familia… a mis familias y a mí no nos falta nada. Luego, antes de reunirme con todos los demás para una entrevista, rezo una última oración por que mi madre recupere la salud. Me moriría si la perdiera.
Dado su estado de salud, mamá llega en carro con el equipo y todos se preparan para comenzar la entrevista. Wendy Duarte, la traductora contratada por la productora que nos acompaña durante la estadía, hace a mamá las preguntas, que formula Malika, en español. En sus respuestas, detecto lo importante que es para ella denunciar, exorcizar su historia. Me siento mal por ella. Mirando hacia el mar, sigo escuchándola, pero mis párpados ya no tienen fuerza para contener las lágrimas y por primera vez me derrumbo ante la cámara. Confieso que a veces me gustaría morir durante unos minutos para no sentir más dolor, para no sufrir por todo lo que nos han hecho… Mamá me dice lo mucho que me ama y lo que lamenta eso que me tocó vivir... Hago una señal para que se apague la cámara.
Benoît, el sonidista, me da un pañuelo. Huele a Pachuli, el perfume de mi madre Colette. En ese momento, el infinito amor que siento por ella me transporta a su lado y me inunda de una emoción que dejo escapar en forma de lágrimas. Sé lo mucho que me quieren mis dos madres, lo tristes y apenadas que están, también sé lo mucho que me duelen esos sentimientos que comparten. Espero que un día seamos capaces de mirar la verdad serenamente. En esta playa empiezo a considerar con buen criterio que reunirlos podría ser uno de los caminos para nuestra curación. Paso el resto del día rodeada de mi familia y sonrío al ver a Nathalie junto a nosotros y que, como siempre, instala su oficina en esta casa de campo junto al agua. Quiero disfrutar de cada segundo, de cada mirada de mi madre, de los que amo. Al día siguiente, nos iremos todos. Nathalie regresará a Bruselas para una audiencia importante y yo estaré en Antigua.
La carretera hacia Antigua está en muy mal estado, como siempre. Nos cuesta entrar en el Centro Histórico de la ciudad y sufrimos con tedio el clima sombrío. En la aldea San Miguel Los Lotes, hacemos un alto. A la entrada del pueblo, enterrado bajo los flujos piroclásticos, dos guardias nos piden que no tomemos fotos, ni vídeos. Consternados, avanzamos hacia la aldea, ahora convertida en santuario. Veo a los antropólogos de la FAFG intentando perforar la lava endurecida sobre los cadáveres, pero, sobre todo, escucho lo que parece ser un gemido, un lamento. Mientras sigo caminando por el sendero, que está lleno de zapatos de niños, ropa y muebles calcinados, puedo distinguir a alguien que llora. Me doy la vuelta por reflejo. Fred, el camarógrafo, ya no me sigue. Sola, camino lentamente hacia una mujer de larga cabellera negra sentada frente a un mausoleo improvisado, con cintas atadas que flotan en el viento. Está escuchando música, apenas audible. A su derecha, una barraca improvisada, cerca de los restos de un muro de ladrillos. Todo a su alrededor es un desierto de cenizas. Al sentir una presencia a su espalda, se da la vuelta. Me mira y hace un ademán para que me siente a su lado. Nuestras miradas se encuentran, mis brazos se abren, la estrecho contra mí, dándole fuerzas y solidaridad durante mucho tiempo.
Eufemia perdió a su madre, sus hijos, sus hermanas y sus sobrinos. Lo único que le queda es esa parte de la casa, delante de la cual, como ante un mausoleo, llega a rezar cada domingo. Sabe que todo desaparecerá en cuanto se limpie y reconstruya el terreno, pero no quiere que nadie olvide lo ocurrido. No quiere que los suyos sean olvidados. Me hace prometer que no olvidaré, que seguiré pensando en ellos y que volveré si puedo. Se lo prometo.
Mientras camino hacia el vehículo, veo a unos cuantos policías. No quiero que me revisen de nuevo. Mientras me apresuro, me doy cuenta que Papi Gustavo me está esperando delante del auto. Me subo y arrancamos de prisa hacia el Cerro de la Cruz, que ofrece una gran vista de Antigua y sus alrededores. El camino que conduce a estas alturas es muy empinado y el carro circula casi en vertical. Sin rechistar, para no arriesgarse a molestar a nuestro conductor, cada pasajero está impresionado por la destreza de Gustavo; sin embargo, reza secretamente para que lleguemos vivos a la cima, para la entrevista. Me encanta volver a este lugar. Me siento tan humilde y pequeña frente al volcán y la naturaleza.
La vista es impresionante, el sudor frío valió mil veces la pena. Gustavo se sienta de espaldas a la vista de la ciudad y comienza a responder a las preguntas que Wendy y yo le traducimos, por turnos. Al final de su testimonio, Gustavo nos pide que cuidemos a nuestros hijos. Llenos de emoción, Wendy, Malika y yo tomamos cada uno una dirección. Aislados, en recogimiento, nos detenemos un momento para respirar y recuperarnos de la fuerte emoción que ha despertado en nosotros la historia de Gustavo.
Esa noche, Malika y el equipo se quedan en Antigua mientras Wendy, Papi Gustavo y yo regresamos a la ciudad de Guatemala. El azar hizo bien las cosas pues Wendy, que nunca había oído hablar de mí, recibió de un amigo el enlace a “Bargoens” una semana antes de que la RTBF se pusiera en contacto con ella. Wendy y yo establecimos un fuerte vínculo durante ese viaje y aun hoy seguimos estando cerca la una de la otra.
Antes de salir a la carretera, nos desviamos al hotel Posada de Don Rodrigo, donde había quedado de reunirme con Ligia, la cónsul de Guatemala en Bélgica, y Alejandro, su marido. En este mítico edificio, donde mi madre me había tomado una foto con Ofelia, nuestro reencuentro fue cálido e intenso. La orden del gobierno guatemalteco de poner fin inesperadamente a su mandato como cónsul había precipitado su salida, lo que supuso una experiencia difícil. Volver a vernos es una felicidad muy corta, ya que debo dejarlos. Antes de reunirme nuevamente con Gustavo, le pido a Wendy que me tome una foto en el lugar exacto donde estuve hace más de treinta años. Lo necesito.
La lluvia nos acompaña hasta la capital y los parabrisas, trabajando al máximo, se balancean al ritmo de la música. Frente a mi hotel, me despido de Wendy y de Gustavo, mi nuevo papi de corazón. Por primera vez, estoy sola en el país donde nací. Qué sensación tan extraña… intento no pensar en ello. Me pongo a trabajar en la habitación y luego me preparo rápidamente para reunirme con una de mis primas paternas, Rina y su madre, Dayri. Unas horas más tarde, de vuelta en mi habitación, sonrío tontamente. Esa noche, con brindis tradicionales y sorbiendo rosa de jamaica, rodeada de mujeres tan estupendas, era justo lo que necesitaba. Para conciliar el sueño, decido llamar a mis hijos desde la cama, mañana va a ser un día ajetreado.
El último día, el programa está más apretado que nunca. Osmín y yo damos una rueda de prensa a la que asisten periodistas de Estrella TV, Telemundo, la primera cadena hispana de Sudamérica, pero también otros periodistas de la prensa escrita. Tenemos un mensaje común: concientizar al mundo de que miles de desaparecidos están en otros continentes, con otras identidades, y que la esperanza sigue siendo posible. Una vez terminada la conferencia, pasamos a rodar para Telemundo, en las calles de la ciudad de Guatemala. Agotada, me despido de Osmín agradeciéndole ser quien es y prometiéndole que nos volveremos a ver pronto.
Hago un viaje rápido al hotel para cambiarme, ya que por la noche tengo una cita con dos de mis tías paternas, Dina y Lucy. La cena es sabrosa y nuestra conversación, sincera. Mis tías me cuentan lo orgulloso que está mi padre de su hija, lo insoportable que ha sido para él no haberme visto crecer y lo desgarrador que es saber que estoy tan lejos. Me preocupa la fragilidad con que pintan a mi padre, quien siempre intenta mostrar lo contrario. Me conmueve saber que me oculta su dolor para protegerme… En los grandes sofás del vestíbulo del hotel, nos quedamos dos horas más charlando y riendo.
Una vez más paso una noche agitada. Termino por levantarme y hacer la maleta. Por la mañana, decido ir de compras de placer, antes de mi regreso a Bélgica. Aunque suelo tener un excelente sentido de la orientación, de pronto me encuentro completamente perdida en pleno centro de la capital. Finalmente, doy la vuelta y logro encontrar el callejón que conduce al restaurante de Marleny. Ella me lleva amablemente de vuelta al hotel, ya que mi hora de salida es a las diez. Doy un beso de despedida a mi querida cuñada y me apresuro para estar a tiempo. Misión cumplida. Llego a tiempo para reunirme con Chave, que ha viajado más de cuatro horas hasta la capital para pasar un rato conmigo y dejarme en el aeropuerto. Aparte del hermoso vestido que lleva, observo que una pequeña barriga redonda anuncia la llegada de su tercer hijo. Estamos muy contentas de volver a vernos y de compartir la alegría por tan maravillosa noticia. Junto con dos de nuestros primos que la acompañan, pasamos un día de relajamiento en Cayalá, una zona de lujo de la capital.
Chave finge que desea ir a una joyería, hace que me pruebe un precioso adorno de oro y me lo ofrece como regalo. Muy avergonzada, me niego, pero entonces me explica que quiere agradecerme por haberla acogido en mi casa cuando fue a visitarme en marzo y que, si me niego, me dejará allí, sola, ¡en medio de la ciudad! ¡Qué Chave!…
Por primera vez, no estoy triste por volver. Incluso me abrocho el cinturón de seguridad con gran serenidad… Sé que volveré por la ruta Guatemala - El Salvador - España y que al llegar me esperan los brazos de mi familia. En el aeropuerto de Bruselas caigo de rodillas ante mis hijos, los he echado tanto de menos. El continuo apretón de sus bracitos hace que decida, en ese instante, no volver a viajar sin ellos por tanto tiempo. Mientras los huelo, reafirmo el deseo de continuar mi lucha sin dejarlos nunca más. Y como lo que uno desea profundamente se hace realidad; unos días después, Malika Attar termina el rodaje de “Deber de investigación” con una última entrevista en mi casa. El documental cuyo título es “Traficantes de almas”19 se difunde en Bélgica el 8 de enero de 2020. Una página más que pasa...
13.
La resiliencia por encima de todo
Después de mi regreso de Guatemala, las cosas se aceleran. Debido a que he tenido algunas apariciones en televisión y que mi nombre aparece regularmente en la prensa, mi lucha y la de todas las personas que están en contacto con RP-RP es cada vez más visible.
Entre las muchas peticiones que recibe RP-RP, una de ellas destaca. A finales de septiembre de 2019, la película Nuestras Madres se presenta en el Festival Internacional de Cine Francófono (FIFF) que se celebra cada año en Namur, Bélgica. Nuestra asociación asiste para una entrevista con César Díaz, el director. Acababa de dejar a Julio Serrano Echeverría en Guatemala y esta coincidencia me demuestra una vez más que el azar no existe, que la vida está hecha de encuentros predestinados. Antes de la proyección, César Díaz nos recibe con una inesperada afabilidad. Hablamos de mi encuentro con Julio, pero, sobre todo, hablamos de Guatemala y de las múltiples consecuencias de la guerra. Nuestros puntos de vista, muy parecidos, hacen que César nos proponga presentar el proyecto de RP-RP durante uno de sus preestrenos. Aceptamos con alegría y fue en Lovaina-La-Neuve, una ciudad estudiantil a pocos kilómetros de Bruselas, donde el 12 de noviembre de 2019, a las 20:00 horas, el equipo de RP-RP y yo nos encontramos por primera vez frente a una sala de cine llena a reventar. Estar frente al público es una experiencia impresionante, se necesita de mucha fuerza y de un buen control de la respiración para no perder la calma. Esa noche, a los cinéfilos habituales se les une un gran número de personas adoptadas, familiares y amigos. Sylvia Posocco vino desde Londres para asistir al acto, Carmen María Vega aporta su apoyo en las redes sociales y también Amnistía Internacional está presente.
A pesar de estos factores intimidantes, me lanzo con determinación y esbozo un retrato de nuestra asociación. Luego, cuento algunas historias de niños víctimas de la trata para ilustrar las consecuencias trágicas de estas adopciones en miles de vidas. Nuestra lucha, poco conocida todavía, conmueve al público, tanto como la esperanza que simboliza. Por último, agradecemos a César Díaz que, con su talento, levanta el velo de hechos que nadie debería ignorar. La presentación es un éxito, los aplausos sostenidos parecen infinitos. Yo estoy abrumada, César Díaz se lo merece y su delicada atención al permitirnos un espacio que arroja luz sobre nuestro trabajo, también. Mientras miro a los integrantes de RP-RP, de pie en el escenario, no dejo de pensar en que ese aplauso les corresponde por derecho. Con bondad, cotidianamente, realizan un trabajo minucioso y, es por eso que aplaudo con más vigor.
Aunque mi madre me acompañó al FIFF, es mi padre quien representa a mi familia esa noche. Cuando lo percibo entre el público, mis manos no hacen más que imitar las que, con sus palmas, alimentan el ruido sordo en que se ha convertido para mí esta ovación. Desde lo más profundo, mis ojos brillantes por la emoción y mi leve sonrisa quieren gritar mi infinita gratitud por la suerte insólita de tenerlos siempre a mi lado. Desde el día en que fui entregada en sus brazos, su sostén ha sido precioso, vital y, desde el 2017, sé que también es incondicional. Desde que mi búsqueda inició, tengo la impresión de vivir perdida en un torbellino que solo raras veces se calma y luego retoma fuerza con mayor inquina…
Afortunadamente, el séptimo arte, tan querido en mis recuerdos de infancia, me ofrece otro fabuloso recuerdo. El que evoca la música con que cierra La Llorona, obra maestra de Jayro Bustamente. Mientras intento leer los créditos finales que se desplazan por la pantalla gigante, sentada al borde de la silla y con mis gafas empañadas por el llanto, oigo a una mujer en la oscuridad de la sala murmurar suavemente la melodía de La Llorona. Tararea la canción que cuenta la historia de esa mujer fantasma que, llorosa, busca a sus hijos robados y que solo los culpables pueden escuchar. Como una chispa que inflama una caja de fósforos, otras mujeres de la sala se levantan y cantan a coro las míticas palabras. También yo tarareo y juntas cantamos nuestra indignación, nuestra resistencia. Cuando las luces vuelven a encenderse, vemos cómo se iluminan los rostros de los participantes que contemplan con asombro este momento en el que el tiempo se había detenido.
Pero el tiempo nunca se detiene. El 14 de noviembre de 2019, se trasmite en línea el documental “Los niños perdidos de Guatemala”. En menos de cuatro días, el vídeo difundido a través de mi perfil de Facebook supera las ochocientas mil visitas y, al cabo de una semana, el millón. Ante este interés colosal, Telemundo decide publicar un artículo sobre mi historia y anuncia que estoy escribiendo un libro. Esto era lo único que se necesitaba para que se iniciara un nuevo frenesí mediático. Esta vez, las cosas son menos complicadas, he aprendido del desbordamiento provocado por el tuit de Eric Goens y respondo con tranquilidad a la prensa nacional e internacional. El ritmo al que caminan las cosas es tan intenso, que debo hacer malabares con la vida familiar, mis obligaciones profesionales, RP-RP y esas entrevistas que suceden en mitad de la noche, a causa de la diferencia horaria, pero me sorprendo al mantenerme serena. Sé que en la vida todo entusiasmo pasa y que debo aprovechar cualquier oportunidad para denunciar.
Como era de esperarse, las cosas se están calmando, estoy encontrando algo de paz, al menos en cuanto a mi presencia pública. Sin embargo, el descubrimiento de un artículo20 escrito en 1992 por Maité Pinero, reportera de guerra y corresponsal en América Latina del periódico francés L’Humanité, me hace tambalear. La periodista menciona que en 1987, Ofelia de Gamas resultó sospechosa de tráfico de órganos. Tristemente, varios elementos que descubrimos a través de los archivos manejados por RP-RP apoyan esta sospecha. Además, según los testimonios, en 1988, en Francia, algunos padres adoptivos recibieron la visita de la gendarmería que quería comprobar si sus hijos no mostraban cicatrices sospechosas y tenían todos sus órganos. Además, los testimonios de los niños que “vivieron” en la casa de Ofelia de Gamas son terribles de escuchar, escalofriantes. Afirman que sus cuerpos mostraban quemaduras de cigarrillos en las plantas de los pies, en la cabeza o en el estómago. Las niñas presentaban marcas en el interior de los muslos, algunas de ellas el estigma de abusos sexuales. ¿No hay límite para el horror y la crueldad?
No me canso de rumiar esas monstruosidades porque sé que mi mente solo estará en paz cuando se aclare todo este asunto, cueste lo que me cueste. Inevitablemente, unos días después, me armo de valor y me pongo en contacto con Maité Pinero. Durante esta primera llamada, ella dijo una frase que quedará grabada en mi memoria: “Sabía que un día ustedes serían mayores y buscarían sus raíces, sabía que alguno de ustedes se pondría en contacto conmigo”. Sin perder tiempo, me explica que en marzo de 1987 toda la prensa guatemalteca se hizo eco de la detención de Ofelia de Gamas por tráfico de niños y destacó que los artículos de los periódicos Prensa Libre y El Gráfico fueron los más completos. Como resulta muy complicado encontrar estos artículos en internet, tengo, como siempre, que pedir ayuda a Sebastián Escalón. Por supuesto que él se las arregla para hallar uno de ellos.
La portada de Prensa Libre, del 4 de marzo de 1987, lleva el titular “Autoridades recuperaron a dieciséis menores [listos para ser exportados]”. Después, informa que un total de dieciséis niños fueron encontrados por la policía mientras estaban secuestrados en varias casas de la ciudad de Guatemala. Ofelia de Gamas, el cerebro de esta operación, fue detenida el 2 de marzo de 1987 en la 18 avenida “B” zona 1, donde se encontraban las actas de nacimiento y los documentos utilizados en las adopciones de los niños hallados, listos para enviarlos a los abogados. Además, algunas cartas de confirmación de las adopciones ordenan el envío de los niños al extranjero. Entre los documentos, también hay recibos por cien quetzales, ya que esta cantidad era la que se pagaba a las personas que cuidaban de los niños, aunque el artículo afirma que la propia Ofelia De Gamas se encargaba de proporcionar los alimentos. “En la comisaría de la zona 6 se habilitaron dos camas para albergar a los 16 niños, mientras se tomaban medidas para trasladarlos a los orfanatos Rafael Ayau y Elisa Martínez”. Por último, “la trata reporta entre 20,000 y 30,000 dólares por niño a los traficantes de niños”.
Este artículo es chocante para mí. Leerlo se siente como si fuera la enésima onda expansiva del impacto que recibí en 2017, o más bien, en 1986, cuando Ofelia de Gamas, esa hada perversa, se inclinó sobre mi cuna… sus fotos, publicadas en el artículo, me producen náuseas y hacen surgir la pregunta inevitable de si yo me encontraba entre esos niños. Tengo la sensación de estarme aproximando a las respuestas que me interesan y dedico mis esfuerzos al análisis cruzado entre los elementos nuevos que aporta este artículo y los que ya tengo.
Antes que nada, la dirección en la que se capturó a Ofelia no es exactamente la misma que comunicaba Hacer Puente a los futuros padres para que realizaran los pagos. Mientras que el artículo menciona la 18 avenida “B”, las cartas mencionan la 18 avenida “C” 12-45. ¿Sabía la Sra. Boucq, que visitaba regularmente a Ofelia de Gamas, que la dirección en la que se alojaba esa mujer era diferente a la que ella daba para que se le enviara la correspondencia? ¿Y qué pasa con la cuenta bancaria en Estados Unidos? Otra interrogante: los niños eran trasladados a dos orfanatos públicos. El primero es el orfanato Elisa Martínez, cuyo antiguo director es Edmond Mulet, candidato en la campaña presidencial de 2019, y el segundo es el Hogar Rafael Ayau, en el que la exdirectora no es otra que... Ofelia de Gamas.
¿Por qué salvar a los niños y luego volver a meterlos en la boca del lobo? En el primer artículo21 de Sebastián Escalón que leí, se denuncia justamente que, en 1981, Edmond Mulet y Ofelia de Gamas ya habían sido detenidos en la habitación de un hotel en presencia de varias madres adoptivas canadienses y los recién nacidos que habían venido a recoger. La investigación reveló que estos bebés eran falsamente declarados como hijos naturales de las mujeres extranjeras, haciendo constar ¡que los habían dado a luz durante su estancia en Guatemala! Sin embargo, Edmond Mulet y Ofelia de Gamas fueron liberados algún tiempo después, tras insistentes presiones políticas. Por muy inquietante y perturbador que sea, este artículo de Prensa Libre del 4 de marzo de 1987 merece ser estudiado con más detenimiento. Me doy cuenta de que alguien en Guatemala debe hacer un trabajo de investigación y pido ayuda a Josué Decavele. Este periodista belga-guatemalteco, al que había conocido en la rueda de prensa que di con Osmín en septiembre, me había ofrecido su apoyo. Lo llamo y, fiel a su palabra, me envía un artículo del periódico La Hora, fechado el 18 de marzo de 1987, con el titular “Los belgas reclaman un niño”22.
De todas las direcciones de las casas clandestinas, una de ellas es, efectivamente, 18 avenida “C” 12-45. El artículo también afirma que la policía había vigilado todas las idas y venidas de Ofelia de Gamas en esta dirección y había llegado a la conclusión de que transportaba sospechosamente a un grupo de niños en un carro con la matrícula P-41019. Por último, “los dieciséis niños que fueron liberados tenían entre uno y once meses de edad. Los llevaron a la Cruz Roja en un estado de salud lamentable”.
Al releer este artículo, busco desesperadamente mi nombre porque pienso en la foto que me mostró Agnel, en la que estoy atada con cuerdas a una cama. También pienso en la carta que Michèle Boucq escribió a mis padres adoptivos donde explicaba las “dificultades” que interrumpieron mi proceso de adopción y en los “niños” de los que se hizo cargo la Cruz Roja guatemalteca. Como pequeñas piezas de un gigantesco rompecabezas, estas coincidencias arrojan luz sobre el primer año de mi vida, del que solo tengo una foto, la de mi pasaporte…
Comparto mis sombríos hallazgos con mi familia y con el equipo de RP-RP. Al hacerlo, nos damos cuenta de que Michèle Boucq había escrito a todos los padres cuyo proceso de adopción había finalizado para pedirles que enviaran una carta de apoyo a Ofelia de Gamas y fotos que atestiguaran el buen estado de sus hijos. En el seno de RP-RP se decidió colectivamente que todas las adopciones concluidas por Hacer Puente entre 1986 y 1987 debían ser tratadas con el máximo cuidado y que la investigación debía continuar. Con Vanessa y María, revisamos todos los microfilms de los archivos de la policía guatemalteca, pero el expediente judicial de Ofelia de Gamas ¡está desaparecido! Entonces Josué se puso en contacto con el departamento de archivos del Ministerio Público y la respuesta de uno de los responsables nos deja con mayores dudas: nadie conoce ese número de expediente. Sin darse por vencido, Josué intenta consultar los archivos de la Cruz Roja, pero de nuevo la negativa nos deja perplejos. En 1994, dos años antes de la firma de los Acuerdos de Paz, un incendio destruyó una parte de los archivos, incluido, por supuesto, el que nos interesa… Me entero también que el Hospital Roosevelt no tiene ya una parte de sus archivos.
Debido a la diferencia horaria, apenas duermo y me paso las noches acompañando a Josué en sus investigaciones. Al final, encontramos la mayoría de los artículos de prensa publicados en su momento. En total, no se salvaron dieciséis, sino treinta y un niños, todos ellos con edades entre unos días y los dos años. Fueron trasladados a la Cruz Roja, excepto aquellos de pronóstico reservado, que fueron hospitalizados. Once personas fueron arrestadas y sus nombres se mencionan en algunos de los artículos. Se trata principalmente de falsos firmantes, falsos médicos y falsos testigos. Todos ellos, sin excepción, aparecen en numerosos expedientes de adopción tramitados por RP-RP para personas adoptadas en más de veinte países, como Bélgica, Francia, Suiza, Países Bajos, Canadá, Australia, Estados Unidos y aun Israel. Todos fueron puestos en libertad bajo fianza. También fue liberada Ofelia de Gamas quien, siete meses después, concluyó personalmente mi adopción. ¿Es ella un ave fénix que resurge de sus cenizas o este tráfico de niños comprende una red tentacular tan extensa y protegida de manera tan implacable que quedará impune para siempre? Sería inhumano que los responsables no tuvieran que rendir cuentas de sus actos.
En el periódico La Hora del 14 de marzo de 1987, aparece la foto de dos niños con la siguiente nota al pie: “Aquí están dos niños que formaban parte del grupo de treinta y un niños rescatados por la Policía Nacional. Prácticamente, estos niños perdieron su identidad. En la casa donde estaban (les) pusieron un nombre y en la Cruz Roja, (…) otro”. ¿Cómo podrán, si aún están vivos, tener alguna posibilidad de encontrar a sus familias? ¿Qué indicios, aparte de este artículo, tienen? Los descubrimientos siguen lloviendo y el diario de cargos criminales en contra de Hacer Puente y su red de cómplices crece día a día…
En un artículo23 publicado en Nord Éclair del 9 de enero de 2020, Michèle Boucq afirma que, entre los niños que dio en adopción, había un bebé nacido de una violación en grupo por parte de unos soldados. Al parecer, una trabajadora social le sugirió que lo hiciera pasar por hijo biológico de otra madre y lo enviara como hermano de otra niña, a una familia que quería adoptar un par de niños. Esta historia narrada a la prensa por la propia Sra. Boucq permite relacionarla con el expediente de una persona adoptada, cuyos papeles son todos falsos. Entre los documentos que examinamos, una carta de Madame Boucq explica a los padres que desean adoptar que “como todavía no hay niños gemelos disponibles, les di a X, de 14 meses, y a Y, que nació durante mi estancia… en un pueblo muy pequeño en la frontera mexicana. Ella es muy bonita. Cuando tenía cuatro días, la llevamos a la capital”. Descubrir la verdad sobre su historia a través de una declaración en la prensa es increíblemente cruel para esta persona adoptada y nos deja sin palabras. Cuando uno de los hijos adoptivos de Michèle Boucq se pone en contacto conmigo y hace acusaciones muy graves en contra de su madre, no sé qué decir al respecto.
Los expedientes gestionados por la agencia Hacer Puente siguen todos, como el mío, un procedimiento lugubre. Un primer anuncio avisa a los futuros padres que se les ha asignado un niño y, poco tiempo después, se les anuncia su muerte. Luego, se les propone un nuevo niño como opción. Un examen más detallado de los expedientes muestra que los documentos en Guatemala, para el segundo hijo, se redactan al mismo tiempo que se anuncia la muerte del primero. Es como si se hubiera dado dos niños en adopción, aun cuando en realidad, solo hay un procedimiento por niño. Por lo tanto, el costo para los padres adoptivos se duplica ya que, a pesar de su dolor, pagan por ambos procedimientos.
Además, en Bélgica, la ley impuso nuevas condiciones a los futuros adoptantes. Entre ellas, que la pareja debía estar casada por más de cinco años. Y que los candidatos debían tener más de 30. ¿Y qué pasaba con las madres solteras a las que Hacer Puente les permitió adoptar un niño? Evidentemente, aunque se supone que nadie puede ignorar la ley, los candidatos que se acercaron a Hacer Puente no siempre cumplían estas condiciones y la agencia no se cuidó de hacerles saber su impedimento. Esta es la razón por la cual, posteriormente, a algunos padres se les denegó la adopción plena de sus hijos y los niños se encontraron en la situación de vivir con una familia sin poder ser, oficialmente, miembros de ella, ni recibir la nacionalidad belga. Al final, ni siquiera se les puede reconocer como titulares de los derechos que, legalmente, surgen del parentesco con los padres adoptivos.
Desde 1991, la ley belga obliga a todos los organismos de adopción a cumplir dos requisitos: disponer de una autorización expedida por el Control Central de Adopciones y depositar anualmente sus archivos. Sin embargo, está claro que Hacer Puente nunca ha respetado estos dos requisitos, simplemente ha cambiado su modus operandi. Algunos expedientes de adopción que llegaron a RP-RP muestran que Michèle Boucq continuó con sus actividades, pero a través de Francia. Para viabilizar este cambio en sus operaciones, en los años 90, Rubén Monroy Flores, el abogado guatemalteco de Hacer Puente, se convirtió repentinamente en el consejero de Ayuda, una asociación francesa que colaboraba estrechamente con otra asociación llamada Maya Chicos. La antigua presidenta de Maya Chicos también se convirtió en una de las administradoras de Terres Nouvelles, la asociación de adopción presidida por Virginie Boucq, hija de Michèle y Odon Boucq. Terres Nouvelles tiene su sede en Lille, Francia, a tan solo 26 kilómetros de Tournai… Como la legislación francesa en aquella época consideraba que un niño que había pasado seis meses en una familia de acogida podía ser adoptado, los niños cuya adopción no estaba registrada en Guatemala se ponían bajo la tutela de Michèle Boucq. De este modo, se le concedía la patria potestad y se procedía a poner la adopción a su nombre en Francia.
Pero eso no es todo. En 1993, el Convenio de La Haya legisla a favor de las adopciones en el país de origen para garantizar el bienestar del niño e impone la verificación sistemática de la adoptabilidad de los niños. Debido a ello, las últimas adopciones conocidas a través de Hacer Puente tuvieron lugar entre 1998 y 2000. Por último, entre 2000 y 2007, Ofelia de Gamas supervisa personalmente las adopciones en Francia y Bélgica. Algunas organizaciones recomiendan abiertamente a los padres candidatos que se dirijan directamente a ella. Esto plantea dudas porque en 2007, a raíz de numerosos casos de adopciones ilegales, la Convención de La Haya excluye a Guatemala de la lista de países donde se permite adoptar…
Ofelia de Gamas, Hacer Puente y todos los que estuvieron involucrados en estas actividades, de cerca o de lejos, durante más de treinta años nunca han sido acusados criminalmente.
Como estaba previsto, el 8 de enero de 2020 a las 20:15 horas, “Traficantes de almas” se emite en la RTBF. Esa noche, en casa, todo está tranquilo. Los niños ya están en sus camas, mi teléfono está apagado y nosotros, Pascal y yo, estamos en el sofá viendo el documental que nos deja mudos. Las imágenes son impactantes, juiciosa la elección de las palabras y la declaración del Fiscal federal, el Sr. Van Leeuw, hace nacer ciertas esperanzas en cuanto al reconocimiento de lo acontecido.
La idea de que los crímenes cometidos puedan prescribir antes de ser juzgados es mi mayor temor. Esa noche se insiste en que la investigación llevará cierto tiempo, ya que los hechos ocurrieron hace más de treinta años y se está haciendo todo lo posible para responder a las legítimas preguntas de las presuntas víctimas. No está garantizado que todo este asunto llegue a juicio, pero una investigación meticulosa puede llevarnos a lograr que algún día se lleve a cabo: este es mi más profundo deseo. Para ello, mis padres adoptivos se han constituido como parte dentro de la demanda civil y mis padres biológicos también lo están considerando seriamente.
Unos minutos después de la emisión, vuelvo a encender mi teléfono. Todos los canales de comunicación de RP-RP, así como los míos, se ven asaltados por un auténtico maremoto de preguntas de todo tipo, solicitudes de organizaciones que se ofrecen a colaborar, cientos de nuevas peticiones de investigación, invitaciones de la prensa y también numerosos mensajes de apoyo. Todo este interés me reconforta y hace más fácil esta decisión mía de seguir dando sentido a lo que viví y de ayudar a los que no tuvieron esa oportunidad.
Aunque intentamos preverlo, no logramos medir el impacto que tendría la difusión de esta historia sobre la pequeña estructura administrativa de nuestra asociación. Sin embargo, mantenemos nuestra primera reunión del año con nuestros miembros y logramos organizar una gran jornada de encuentro PR-PR. Asisten 40 personas, entre ellas nuevos miembros. Los discursos se van desarrollando mientras, como en cada reunión, Iris y Blanca, nos preparan una comida tradicional. Estas dos amigas no tienen igual cuando se trata de hacernos viajar a Guatemala en un par de bocados. Luego, para cerrar la intensa jornada, Pattie Maelle nos regala con su presencia en el escenario. Con talento, realiza una rutina de stand-up en la que equilibra verdades punzantes sobre la adopción con reflexiones tan relevantes como divertidas, que nos hacen llorar de la risa…
En los meses siguientes, hay otros momentos destacados en la vida de RP-RP. Nunca olvidaré la extraordinaria colaboración de nuestro equipo en la redacción de nuestras conclusiones para la convención sobre los niños adoptados, a través de la trata de personas. Organizado por el Tribunal Internacional de Derecho Privado de La Haya, los aportes de esta convención son de suma importancia para nuestras reivindicaciones y el reconocimiento de los hechos a nivel internacional. Hoy en día, seguimos participando en los estudios del HCCH para asegurar que los intereses de cada niño estén en el centro de todas las preocupaciones legislativas y garantizar un marco seguro e inviolable para todas las adopciones.
En diciembre del 2020 Suiza reconoce oficialmente la existencia de algunas adopciones ilegales en Sri Lanka y pone en marcha estructuras de reparación. Siguiendo el ejemplo, los Países Bajos también han reconocido la existencia de adopciones ilegales y han tomado una decisión sin precedentes: la paralización total de las adopciones durante todo el procedimiento de verificación. Por lo tanto, no se descarta que posteriormente se adopten medidas legislativas. Debido a estos avances, resulta esencial que nuestra fundación, en colaboración con otras organizaciones, siga sensibilizando a la opinión pública y a las autoridades belgas. Esto es tanto más importante cuanto que, en marzo de 2021, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala aceptó la solicitud de varias organizaciones internacionales, entre ellas RP-RP, para tener acceso al Registro Nacional de las Personas (RENAP). Nuestro temor es que se asigne un nuevo número a cada persona adoptada para “reparar” los errores administrativos cometidos en el pasado. Dicho en otras palabras, eliminar legalmente los registros antiguos de los niños dados en adopción.
Esto tendría también un impacto en los procesos judiciales en curso en el mundo, pues ya no habrá acceso a una serie de pruebas contenidas en el RENAP: niños declarados fallecidos y dados ilegalmente en adopción; niños cuya adopción no está registrada y que se considera que viven en Guatemala; niños que han sido dados en adopción y cuya identidad nunca ha sido registrada; o niños que están registrados con una identidad falsa o con una madre biológica falsa. ¿Y, qué pasaría con el acceso al territorio estadounidense? Y lo que es peor, la búsqueda de los orígenes quedaría completamente anulada y privaría a más de cuarenta mil personas adoptadas internacionalmente de la esperanza de encontrar a sus familias.
En abril de 2021, Sophie Wilmès, ex primera ministra belga y actual ministra de Asuntos Exteriores, se muestra sensible a nuestra preocupación por la posibilidad de que las nuevas medidas guatemaltecas afecten a varios cientos de personas adoptadas en Bélgica. Mediante sus gestiones, podemos intercambiar opiniones con varios expertos en derecho internacional civil, adscritos al Ministerio de Justicia belga.
Paralelamente, RP-RP está liderando una acción conjunta con otras tres asociaciones —Empreintes Vivantes para Sri Lanka, Chilean Adoptees Worldwide para Chile y Adoptie Schakel para la India— con el fin de lograr un cambio en la ley a nivel federal en Bélgica. Para ello, a finales de junio de 2021, el diputado federal Michel De Maegd presenta una propuesta de resolución que pretende reconocer que existieron adopciones ilegales en Bélgica y conferir el estatus de víctima a las personas afectadas. Es un paso adelante que aplaudimos: ¡nuestra lucha ha sido escuchada por los políticos!
Todos estos acontecimientos me recuerdan a menudo el día en el que comprendí que sería necesario crear una fundación, para apuntarle a un aspecto fundamental de nuestra lucha: la universalidad. Mi deber no es solo reunir a decenas de familias en todo el mundo, sino también denunciar que muchos valores morales y universales, fundamentales para los seres humanos, han sido y siguen siendo mancillados.
Por desgracia, esta lucha, por muy noble que sea, no está exenta de riesgos. Desde octubre de 2020, vivo con el temor constante de que la “Mara 18” cumpla sus amenazas de derramar sangre. Esta poderosa y peligrosa mafia intenta intimidarme a mí y a todos los miembros de mi familia, ya sea en Bélgica, Guatemala o Estados Unidos.
Incluso en la cárcel, Ernesto no está seguro. Una noche de enero de 2021, atenazada por los incesantes mensajes en mi teléfono, me despierto y me entero de que la casa de mi hermano y el negocio contiguo habían sido objeto de un tiroteo. Los testigos declararon que cuatro sicarios abrieron fuego a plena luz del día. De los atacantes, fue detenida una mujer que, según la Policía, es miembro del cártel. Cinco personas resultaron heridas, entre ellas mi sobrino. Todos fueron llevados de emergencia al hospital. Desgraciadamente, el hijo de doce años del vecino murió a causa de las heridas. Uno de los empleados que trabaja en el negocio de mi hermano fue encontrado con múltiples heridas de bala mientras intentaba esconderse en su vehículo. Marleny me escribe diciéndome que se han llevado un susto de muerte, que ella encontró cascabillos en la alfombra de su casa, incluso después de que la policía hubiera revisado la escena del crimen, y que se ha abierto una investigación por… fraude.
Me paso toda la noche hablando por teléfono con Marleny y mi mamá. Pero, ¿qué puedo decir y hacer para tranquilizarlas? ¿Cómo puedo ayudar para no sentirme culpable? Ofrezco varias veces dejarlo todo, pero mi familia en Guatemala se niega. Estoy consciente de que en Guatemala, algunas de las personas que aparecen en nuestros sórdidos expedientes de adopción tienen mucho que perder. Estos protagonistas no son todos viejos y jubilados como algunos podrían pensar. Algunos abogados se han convertido en altos magistrados o están en la Corte Suprema de Justicia. Otros, incluso aspiran a la Presidencia… Como una gangrena, la corrupción sigue pudriendo la maquinaria democrática y la ética en Guatemala, porque el simple acto de buscar justicia, o incluso de pedir información, puede costar la vida como diría mi hermano Ernesto: “maldito sistema”.
A la mañana siguiente, denuncio los hechos y presento una queja ante las autoridades belgas. Ernesto es el único en Guatemala que obtuvo una certificación de la partida de mi nacimiento que demostraba que mi adopción no estaba registrada y, por tanto, era ilegal. Por esa razón, presento una solicitud de protección para mi hermano. Esta solicitud, todavía en trámite, fue apoyada por Jordán Rodas, Procurador de los Derechos Humanos de Guatemala, en marzo de 2021, cuando Ernesto fue sometido a un aislamiento total durante casi una semana. A la fecha, nadie sabe qué pasó durante esos días de los que mi hermano se niega a hablar.
Afortunadamente, hay veladas que nunca se olvidan porque son el escenario de acontecimientos que una jamás imaginó vivir y que desencadenan una alegría que te trasciende. Este es el caso de la noche en la que en los Emmy Awards se concedió un premio a “Los Niños Perdidos de Guatemala”. Inmediatamente, Osmín, Alberto y yo nos llamamos. Nuestro sentimiento fue compartido por el equipo de RP-RP, esta recompensa simboliza el reconocimiento de nuestras historias y da nueva fuerza a nuestro compromiso. Más que eso, este Emmy Award traduce la indignación que muchas personas de todo el mundo han sentido ante esta realidad incalificable, el comercio de la humanidad.
14.
¿Y ahora?
En Bélgica me llamo Coline, pero en Guatemala me llamo Mariela. Tengo dos nombres, dos identidades, pero sigo siendo una sola persona. Realmente nací el 5 de noviembre de 1986, en un pueblo al norte de Guatemala. No el 4 de noviembre de 1986, como dice mi falsa acta de nacimiento. Ni el 7 de noviembre de 1986, en la ciudad de Guatemala. Por fin tengo todas las piezas de mi historia.
Nací de nuevo a los treinta y un años en 2017, cuando volví a reunirme con mi madre. Con ella encontré toda una familia, mis raíces, me reencontré con mi lengua materna y mi cultura de origen. Mis investigaciones me han permitido obtener respuestas, pero también me han mostrado la punta de un iceberg que no sabía que existía. No me avergüenza decir que, emocionalmente, morí el día que descubrí la verdad. Me convertí en una mujer diferente. Mi marido se quedó a mi lado cuando otros hombres habrían huido ante la inmensidad de las dificultades. He perdido más de la mitad de mi peso y he dejado de morderme las uñas. Definitivamente me he convertido en una madre diferente para mis hijos.
Descubrir, poco a poco, todas las piezas de mi historia me ha destruido, tanto como me ha dado las fuerzas para luchar por mí y por los demás. Tengo la suerte de estar rodeada de personas solidarias y amorosas, que me ayudan a sobrellevar la situación. Me apoya un psiquiatra especializado en shock postraumático. Utilizo el EMDR24. A veces tengo miedo de salir de casa, miedo por mis hijos, miedo a vivir o a morir. Mis pesadillas no han cesado desde que llegué a Bélgica y han vuelto a empezar desde que sé la verdad sobre mi historia. Pero las he convertido en parte de mi viaje personal.
Compartir mis experiencias, mi intimidad, mis heridas, es esencial para mí. Soy una víctima, pero no soy la única, y necesitamos ser reconocidas como tales para sanar. Los niños supervivientes, perdidos y robados de Guatemala, como de cualquier otro lugar, necesitan ser escuchados, tienen derecho a saber la verdad para tener la oportunidad de poderse reunir con sus familias algún día. Nunca dejaré de luchar para obtener la justicia para mí y para todas las personas maravillosas que he conocido a través de la Fundación Racines Perdues-Raíces Perdidas. Gracias al trabajo y a los fondos propios de la fundación, hemos reunido ya a decenas de adoptados de veintitrés países del mundo con sus familias biológicas en Guatemala. Juntos, solo tenemos un objetivo: arrojar luz sobre nuestras adopciones para que, por fin, podamos tener paz en el alma. El miedo debe cambiar de cancha, es hora de hablar.
Me robaron la vida y rompieron a mis familias. Durante más de treinta años, construí a la persona que creí ser, sobre una base de mentiras. En este largo camino de resiliencia, con todo mi coraje, con mi sangre guatemalteca, me atrevo por fin a lanzar este grito del corazón, a la cara del diablo disfrazado de causa humanitaria:
“¡Mamá, estoy viva!”
15.
La visita a Naciones Unidas
Hoy es 22 de septiembre de 2021 y son las 3 de la mañana cuando entro por la puerta de mi baño. No he dormido mucho porque sé lo importante que es este día. Apenas tengo tiempo de tomarme un café antes de subirme al vehículo y dirigirme al aeropuerto de Bruselas. Me duele el estómago.
El parqueo está vacío. Suelo volar durante varios días, pero esta vez no. Estoy a punto de viajar a la sede europea de la Organización de Naciones Unidas, en Ginebra, en un maratónico viaje de ida y vuelta. Todavía no me doy cuenta de que este día cambiará mi vida para siempre. Lo que sí tengo claro, mientras atravieso el enorme parqueo en dirección de la terminal donde saldrá mi vuelo, es lo mucho que he avanzado en estos años.
El diputado federal belga, Michel De Maegd, llegará en cualquier momento. No puedo evitar preguntarme: ¿pero qué estamos haciendo aquí? Durante la noche, apenas unas horas antes, mi hermano Ernesto me confió que escribir esta historia requiere valor. La respuesta a esta tarea está ante mis ojos: estamos moviendo las líneas. Por primera vez, desde el año 2018 (tres años apenas), voy a hablar de mi hermano y de la situación que enfrenta en Guatemala. El diputado federal me saca de mi reflexión y, con su habitual buen humor, me saluda. Nos dirigimos al mostrador de embarque.
Después de facturar, pasamos juntos el control cuando un guardia de seguridad me pide que me haga a un lado para hacer un “test de drogas”, en mi ropa. Sonrío mientras miro al diputado, a lo lejos. El guardia de seguridad me dice con gentileza: “Disculpe, señora, pero tenemos instrucciones”. Le digo que es un procedimiento perfectamente normal y que debe hacer su trabajo, añadiendo: “Estoy acostumbrada”. El guardia de seguridad me mira con el rabillo del ojo y me pregunta si voy en compañía del diputado. En ese momento me digo a mí misma que “no voy a contestar que sí porque me niego a que el trato igualitario al que tengo derecho pueda alterarse por la condición de la persona con la que viajo”.
El control dura muchos minutos. Cuando termina, desayunamos. Sonrío porque el diputado federal es, además de muy alto, un antiguo presentador de los informativos de la mayor cadena de televisión privada belga, todo el mundo lo reconoce y saluda.
A continuación, partimos hacia Ginebra. El programa del día es intenso. Entre nuestro almuerzo con el embajador belga de los derechos del niño y el vicepresidente francés del Comité de Desapariciones Forzadas, la organización de Protección de los Derechos del Niño y la relatora especial sobre la venta de niños, llega la hora de ir a la enorme sala de la ONU.
Estoy muy impresionada al conocer a los diferentes expertos del Comité sobre Desapariciones Forzadas. También está presente el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas del Comité de Derechos Humanos. Saludo respetuosamente a la presidenta y a los diferentes miembros. Lo hago con mucha humildad.
Dos de los presentes son expertos en Guatemala. También me encuentro con un experto argentino, especializado en la desaparición de los hijos de las abuelas de la Plaza de Mayo, y con otro que participó en la firma de los Acuerdos de Paz de Guatemala... De saludo en saludo, voy a sentarme al estrado con el diputado.
La audiencia comienza. Empiezo a leer el texto que había preparado, viendo cómo los presentes se ponen los auriculares para escuchar a los intérpretes de las cabinas que empiezan a traducir a los distintos idiomas.
De repente, veo a lo lejos a un hombre que no levanta la vista de su escritorio. La secretaria del Comité de Desapariciones Forzadas se seca una lágrima discretamente. Rompo a llorar mientras relato las amenazas que recibimos mi familia y yo y la situación de mi hermano Ernesto. La presidenta hace una breve pausa y reanudamos. Explico lo que hace la Fundación Raíces Perdidas en la búsqueda de las familias biológicas, nuestra petición por que se implante una base de datos internacional de ADN, la defensa de los derechos humanos y el derecho a los orígenes, ante la Corte Internacional de Derecho Privado de La Haya (HCCH), etc. También añado que la fundación ha solicitado ser observadora en la Comisión Especial de 2022 sobre adopciones ilegales, derivadas de la trata de seres humanos del HCCH.
El diputado belga desarrolla entonces su acción política en Bélgica y la presentación a la Cámara de Representantes (Parlamento) de su propuesta de resolución destinada a conceder un estatuto de víctima a las personas adoptadas ilegalmente. La diputada explica la importancia que tiene el gobierno, en tanto que Estado, para brindar apoyo estructural, institucional y diplomático a las víctimas (personas adoptadas, familia biológica y familia adoptiva). Nuestra presencia en esta sesión también contribuye a la reflexión sobre el posible reconocimiento de las adopciones ilegales como un crimen contra la humanidad, una vez se aporte la carga de la prueba. Todos estos años de trabajo con el equipo de la fundación pasan a formar parte de la historia de la humanidad. Nunca más.
Una vez finalizada la audiencia, las preguntas de los expertos vuelan. De repente, un experto marroquí toma la palabra. Fue este señor el que no levantó la vista durante toda mi audiencia. Él me dice: “Señora, no podía mirarla porque mis ojos no pararon de llenarse de lágrimas. Bravo por su valor, creo que todos los miembros de las Naciones Unidas estarán de acuerdo en que debemos intervenir”. Me quedo sin voz. Entonces, la secretaria general se acerca a mí, con lágrimas que corren por sus mejillas y me dice: “Gracias por su testimonio, me ha recordado por qué trabajo en la ONU y por qué tenemos que luchar cada día”.
Como la Comisión tiene que reunirse a puerta cerrada, abandonamos la sala de audiencias. Estamos completamente aturdidos por lo que acaba de ocurrir. Con el corazón lleno de esperanza tomamos el avión de vuelta a Bélgica, aterrizando en Bruselas durante la noche.
La Fundación Raíces Perdidas abrirá sus redes e iniciará la creación de una coalición de 15 organizaciones de personas adoptadas, familias biológicas y adoptivas, para liderar una campaña de la sociedad civil ante Naciones Unidas. Paralelamente, ya existía un grupo de asociaciones en el que participábamos: United European Adoptees (UEA). Esta última pide a Europa un reconocimiento único y coherente de las adopciones ilegales.
El trabajo seguirá siendo arduo y, personalmente, creo que los resultados serán para la próxima generación o incluso para la siguiente. Pero este logro supone la culminación de mis primeros cuatro años de sensibilización y denuncia del tráfico de seres humanos que se produce a la vista de todos, con total impunidad. Es mi humilde contribución a la historia de la humanidad. Aspiro, profundamente, a que Naciones Unidas siga dando soporte a esta lucha que nos afecta a todos en lo que nos es más querido, los niños.
La vida siempre tiene la razón.
Epílogo
En una lluviosa tarde de mayo, me apresuro a recoger a Eva y Hugo a la salida de clases. En el automóvil, escucho a Eva mientras me concentro en la carretera, porque no me gusta conducir bajo la lluvia. Ella me cuenta que en el colegio han estudiado el significado de varias banderas y, aunque me impresiona mucho, intento no distraerme de la carretera. Sin embargo, me llama la atención algo que dice... “El quetzal representa la libertad, y los fusiles y el olivo son para el fin de la guerra en los años… de eso hace mucho tiempo, no recuerdo la fecha”.
“El fin de la guerra que se llama Conflicto Armado Interno, querida. El fin de ese Conflicto fueron los Acuerdos de paz que se firmaron en 1996”.
“Pero mamá, ¿naciste tú durante la guerra?”.
“Sí, Eva, tu madre nació durante la guerra de Guatemala”.
Sin decir más, Eva pone su manita en mi pierna. Luego añade:
“Ahora entiendo mejor que Raíces Perdidas ayude a las personas nacidas durante la guerra, yo también quiero ayudar cuando sea grande”.
¿Será que nuestros nombres determinan nuestra personalidad o nuestra trayectoria de vida?
Yo creo que sí la influyen.
Eva significa: vivir.
Cronologías
Cronología colectiva
Para comprender una historia como esta, de la adopción de los niños guatemaltecos, es necesario conocer los contextos geopolíticos, históricos y sociológicos de los lugares y épocas. Conceptos, teorías, estudios han debido ser analizados, cotejados y explicados por profesionales (sociólogos, antropólogos, psicólogos, periodistas de investigación). En conjunto, esta información nos ayuda a digerir mejor los complejos procesos que llevaron a la salida de miles de niños del país.
En 1976, un violento terremoto dejó miles de víctimas en Guatemala mientras el Conflicto Armado Interno desataba enorme violencia sobre la población. Parece ser que los primeros niños adoptados salieron de Guatemala en esta época. Otros sectores, principalmente religiosos, empezaron a adoptar antes.
A finales de los años 70, Michèle Boucq, presidenta de la asociación Hacer Puente, conoce a Ofelia de Gamas a través de intermediarios diplomáticos belgas.
En 1979 y 1980, los primeros niños de Guatemala llegan a Bélgica a través de Michèle Boucq.
En 1981, Ofelia de Gamas es detenida por la policía de Guatemala junto con Edmont Mulet por tráfico de niños con destino a Canadá.
En 1983, el presidente Efraín Ríos Montt es derrocado tras un golpe de Estado por parte del general Óscar Mejía Víctores, quien fungía como su ministro de la Defensa. Los niños adoptados a través de Hacer Puente llegan en masa a Europa. Se van a Francia, Bélgica y Holanda.
En marzo de 1984, el “primer” niño asignado para ser adoptado por una familia belga muere, al parecer, en Madrid durante el trayecto. La adopción estaba siendo gestionada por Hacer Puente.
En julio de 1985, un bebé en ruta hacia Bélgica muere a bordo del avión.
En 1984 o 1985, un alto oficial del ejército belga interfiere en algunos casos de adopción.
El 2 de marzo de 1987, Ofelia de Gamas es detenida por tráfico de niños por segunda vez. Pero las adopciones continúan. Algunos hablan incluso de tráfico de órganos hacia Israel.
En marzo de 1987, Michèle Boucq solicita a todos los padres que ya han adoptado que apoyen a Ofelia de Gamas, por escrito y con fotos.
En 1988 se abre una investigación judicial en Tournai contra Hacer Puente por tráfico de seres humanos. Los padres que ya han adoptado reciben una carta del Juez de Instrucción Plateau en la que se les pide que completen un formulario administrativo. Algunos padres adoptivos franceses reciben la visita de gendarmes franceses que les piden verificar si los niños no presentan cicatrices o si poseen todos sus órganos.
En 1989, un bebé llega muerto al aeropuerto de Zaventem. El juez de instrucción de Bruselas Vlogaert abre una investigación judicial por homicidio involuntario. Las pruebas son insuficientes para proceder.
En 1991, la introducción del nuevo decreto de la ayuda a la juventud belga que legisla las adopciones obliga a los intermediarios a obtener una autorización a las autoridades centrales de control de las adopciones belgas. También se exige a los distintos organismos que entreguen sus archivos a las autoridades belgas. Posteriormente, las autoridades centrales de adopción revelan que Hacer Puente nunca solicitó la autorización ni devolvió ningún archivo a las autoridades belgas.
En 1993, la Convención de La Haya legisla sobre el tema de la adopción y sitúa el interés del niño en el centro de los debates al dar prioridad al principio de subsidiariedad, es decir, a la adopción en el país de origen, exigiendo a los países que verifiquen que los niños son realmente adoptables.
En 1994, una niña de 14 años llega a Bélgica por la intermediación de Hacer Puente, antes de ser enviada a Francia para su adopción. El padre biológico de la niña, que vive en los Estados Unidos, presenta una denuncia a través de las embajadas por sustracción de una menor y pide que le devuelvan a su hija. La niña fue devuelta a Estados Unidos con su familia. La Misión de la Adopción Internacional Francesa (MAI) habría presentado una denuncia ante el Estado belga contra Hacer Puente, por sustracción de menores.
Entre los años 1998 y 2000 tienen lugar las últimas adopciones conocidas de personas que habían pasado por la mediación de Hacer Puente. Son hermanas y las separan (en 2019, ellas se encuentran y Raíces Perdidas encontrará a sus familias. Para Guatemala, ellas estaban muertas).
Entre 2000 y hasta 2007, padres belgas y franceses adoptan niños directamente a través de Ofelia de Gamas, que es referida por diferentes organismos de adopción.
En 2005 y 2006, la APAEG, una asociación francesa, invita a Michèle Boucq y Ofelia de Gamas a reuniones de familias de personas adoptadas. También se invitó a las asociaciones de personas adoptadas franceses. Esperamos que estas asociaciones no estuvieran al tanto del tráfico operado por estas dos mujeres, pues de lo contrario su presencia en estas reuniones sería escandalosa. Algunas de las personas presentes ocupan hoy cargos importantes en el mundo de la adopción. La señora Riot, ex presidenta de la asociación francesa de adopción AYUDA, desde la cual un número creciente de adopciones ilegales vio el día en 2021, está a cargo del programa de búsqueda de los orígenes de las personas adoptadas en Francia. En Facebook, estas personas son amigas de las que orquestaron el tráfico en Guatemala. Algunos grupos privados en las redes sociales de ciertas asociaciones aceptan a abogados guatemaltecos corruptos que leen a sus anchas todo lo que escriben las personas adoptadas cuyos expedientes, falsos, ellos han tramitado. Esto les da tiempo para hacer limpieza administrativa.
En 2007, el Convenio de La Haya retira a Guatemala de la lista de países donde es posible adoptar, tras los numerosos casos de adopciones ilegales. Los últimos adoptados a quienes, por mediación de sus padres, Raíces Perdidas representa, tienen para el año 2021, 13 años los más jóvenes.
En 2009, María Paola, adoptada por intermediación de Hacer Puente, se reúne con su supuesta madre biológica. Durante diez años, esta le hace creer que, efectivamente, es su madre (en 2019, le confiesa que fue simplemente una falsa signataria).
En 2011, Carmen María Vega, también adoptada a través de Hacer Puente, encuentra a su madre biológica. Ella se convierte en una presunta víctima de secuestro. Se origina un proceso judicial belga.
En 2014, Jean-Sébastien Zune, conocido como Alberto, encuentra a sus supuestos padres biológicos, pero una comparación de ADN demuestra que no lo son. Se convierte en víctima de secuestro; los procedimientos judiciales se suceden en Bélgica y Guatemala.
En 2015, una persona adoptada se reúne con su madre biológica. Afirma ser víctima de un secuestro. La sentencia en Guatemala condena a su secuestrador a quince años de prisión.
El 12 de diciembre de 2017, encuentro a mi madre biológica. Soy una presunta víctima de secuestro y se inicia un procedimiento judicial belga.
En 2018, Marie, adoptada a través de Hacer Puente, encuentra a su madre biológica tras diez años de búsqueda. También es una presunta víctima de secuestro.
El 31 de diciembre de 2018, Hacer Puente, cierra definitivamente después de cuarenta años de actividad y transfiere sus bienes y archivos al extranjero, según se menciona públicamente en el Boletín Oficial de Bélgica, este traslado sería a Francia.
En 2019, Jessica y sus hermanas, adoptadas a través de Hacer Puente entre 1998 y 2000, se reúnen con su familia biológica; la madre había fallecido pero las vendió. Administrativamente, según los registros guatemaltecos, están muertas. Se presume que son víctimas de la venta y la trata de personas. La lista es larga, las pruebas de ADN que no coinciden se suceden, los archivos falsificados igualmente.
En 2020, la justicia continúa en el proceso de hacer su trabajo. Los padres adoptivos y las personas adoptadas, todos ellos, presuntas víctimas, esperan respuestas.
En la primavera de 2021, Racines Perdues-Raíces Perdidas comienza a realizar gestiones ante el gobierno belga. Hemos pedido al Ministerio de Justicia que reconozcan las adopciones ilegales y que estudie la posibilidad de cambiar el plazo de prescripción. Queremos que el plazo de prescripción empiece a contar desde el momento en el que la persona adoptada tiene conocimiento de que su adopción es ilegal, a través de elementos concretos. Hemos pedido al Ministerio de Bienestar de la Juventud, al Ministro encargado de la adopción y a las autoridades centrales de adopción de la Federación Valona-Bruselas que reconozcan la existencia de adopciones ilegales y que trabajen en colaboración en varios niveles. Tanto para el apoyo a la salud mental como para la investigación de los orígenes.
Por último, en junio de 2021, el diputado federal Michel De Maegd presentó una propuesta de resolución, para reconocer las adopciones ilegales en Bélgica y conferir el estatus de víctima a las personas afectadas.
Cronología personal
Octubre de 1986: Hacer Puente anuncia la asignación de un hijo a mis padres.
4 de noviembre de 1986: partida de nacimiento falsa.
5 de noviembre de 1986: fecha real de nacimiento.
7 de noviembre de 1986: fecha de la supuesta muerte, fecha del secuestro.
17 de noviembre de 1986: acta notarial de abandono evidentemente falsa, donde consta una fecha imposible de ser real; soy puesta en adopción asignada a mis padres adoptivos.
Diciembre de 1986: Hacer Puente anuncia a mis padres adoptivos la muerte del primer niño que se les había asignado.
19 de febrero de 1987: Hacer Puente informa a mis padres de mi existencia y de mi llegada, en marzo de 1987.
2 de marzo de 1987: Ofelia de Gamas es arrestada y se rescatan treinta y un niños. Unos días después, Hacer Puente informa a mis padres que todas las adopciones están bloqueadas.
7 de marzo de 1987: en Bélgica, cuatro días después de la detención de Ofelia de Gamas, Michèle Boucq escribe una carta a todos los padres que ya han adoptado para que ofrezcan un testimonio a favor de la detenida.
25 de marzo de 1987: Michèle Boucq entrega a mis padres un certificado en el que se lee: “Esta solicitud ha sido aceptada por el país y la niña Mariela, nacida el 7 de noviembre de 1986 en Ciudad de Guatemala, les ha sido atribuida. Los trámites administrativos deberían completarse pronto. Todavía no se conoce la fecha de llegada del niño”.
Finales de marzo de 1987: la Embajada de Guatemala en Bélgica comunica a mis padres que tendrán que esperar entre un mes y un mes y medio, mientras se “verifican” los expedientes.
Mediados de abril de 1987: mis padres alertan por carta a las autoridades belgas.
Del 7 de noviembre de 1986 al 2 de marzo de 1987: Estuve secuestrada en un lugar desconocido de Guatemala.
El 2 de marzo de 1987: fui rescatada por la Policía Nacional e ingresada en la Cruz Roja de Guatemala con otros treinta niños.
En abril de 1987: me ingresaron en un orfanato público en la ciudad de Guatemala.
En julio de 1987: parece que fui secuestrada, en presencia de Ofelia de Gamas, y retenida en el sótano de una casa de la capital, atada con una cuerda en una cama para adultos, con otros tres niños.
El 16 de octubre de 1987: conocí a mis padres adoptivos, sus brazos amorosos y reconfortantes.
Noviembre de 2017: primer contacto con el periodista Sebastián Escalón.
Diciembre de 2017: creación del colectivo Racines Perdues-Raíces Perdidas.
12 de diciembre de 2017: reencuentro virtual con mi madre que vive en Guatemala.
14 de diciembre de 2017: reencuentro virtual con mi padre que vive en Estados Unidos.
15 de diciembre de 2017: primera audiencia con la Policía Judicial Federal belga.
30 de enero de 2018: primer viaje a Guatemala, reencuentro físico con mi mamá.
Febrero 2019: reencuentro físico con mi padre en Guatemala.
Junio de 2019: se inicia el expediente judicial por parte de la Fiscalía federal belga, bajo la investigación de un juez de instrucción del distrito de Mons. Yo me constituyo como parte en cuanto a la reclamación civil.
Noviembre de 2020: el documental de Telemundo “Los niños perdidos de Guatemala” gana el premio Emmy al mejor periodismo de investigación en español. La causa se lleva a la escena internacional.
2021: Creación del colectivo United European Adoptees (UEA) para solicitar a las instituciones europeas el reconocimiento de las adopciones ilegales.
Junio de 2021: Propuesta de resolución sobre las adopciones ilegales al gobierno belga.
Letra de la canción
Mamá no estoy muerta
Letristas: Mariela SR, Dach Marro & La Poderosa Marimba, Saskia Ramos, Keneth Marroquin, Remuel Ramos, Angello Dnd, Beyond The Heigth.
Prod. Music Masters / Dach Marro25
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
Un día despierto
Con aquel sentimiento
De no pertenezco
Falta una pieza
El rompecabezas
Me siento tan lejos
Algo me llama
Creo que es mi tierra
La eterna primavera
El silencio de los niños terminó
Escuchaba tu voz aquí adentro
a través de los años fue más fuerte
y que la familia
nada la separe
ni montañas ni ciudades
ni todos los mares
Rap
Raíces que jamás fueron desaparecidas
Buscaron y encontraron
Sus miradas perdidas
Siento que puedo y te lo
Digo como hermano
Unidos por un mundo
Soy latinoamericano
Ni una más
Ni uno más
Niños desaparecidos
Ni una más
ni uno más
Adopciones ilegales
Ni una más
Ni uno más
No más niños perdidos
Ni una más
Ni uno más
Ni una más
Ni uno más
Niños desaparecidos
Ni una más
Ni uno más
Adopciones ilegales
Ni una más
Ni uno más
Ni más niños perdidos
Ni una más
Ni uno más
Jamás
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
La incertidumbre aumenta
Preguntas golpean mi cabeza
Sé que hay respuestas
La sangre me lleva
A la senda de mi gente bella
Para encontrarme contigo
Mamá no estoy muerta te digo
Yo sé que estoy lejos
Pero el corazón me guiará
Al lugar escondido
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
Chucu chucu se fue
Chucu chucu en el tren
Chucu chucu el espejo no miente
Chucu chucu estoy bien
Agradecimientos
Gracias a todos los miembros de Racines Perdues-Raíces Perdidas por su confianza.
Gracias a todo el equipo de nuestra fundación por acompañarme en esta aventura y por su inversión de trabajo diaria. Cada uno de ellos tiene oro en sus manos y en su corazón, somos fuertes por nuestras experiencias combinadas.
Gracias a todas las personas que apoyan a Racines Perdues-Raíces Perdidas con sus habilidades.
Gracias a Amandine, Koko y Rossito por las horas de trabajo, la falta de sueño y su profundo compromiso y apoyo a la causa.
Gracias a los que han contribuido y también se han ido para tomar otros caminos.
Gracias a las asociaciones de adoptados guatemaltecos de todo el mundo por los intercambios (Estados Unidos - Canadá - Francia - Suecia - Dinamarca - Israel - Suiza - Italia…).
Gracias a las asociaciones, organismos y organizaciones no gubernamentales de Guatemala y Europa por su colaboración con la Fundación Racines Perdues-Raíces Perdidas. Gracias a La Liga Guatemalteca de Higiene Mental por permitirnos creer y buscar el alivio al dolor de miles de familias.Gracias a la FAFG por su apoyo, ayuda y reflexión conjunta.
Gracias a Ediciones Kennes por su confianza en esta aventura, su trabajo editorial y su humanidad. Un agradecimiento especial a Dimitri Kennes, Géraldine Henry, Ben Choquet y Astrid Simonis.
Gracias a Editorial Piedrasanta por esta aventura humana en la tierra donde nací. Gracias a Irene y a todo el equipo por su humanidad.
Gracias a mis cuatro abogados Nathalie Buisseret, Cédric Moisse, Isabelle Slaets y David Dedoncker. Ustedes son de una amabilidad sin par y de un profesionalismo que no tiene parangón. Me faltan las palabras para describir el camino que hemos recorrido, pero mi corazón los guardará en alto en el camino que aún queda por recorrer.
Gracias al fotógrafo Chokito Tanja. Gracias por tu atención, tu consideración y tu modestia ante el dolor de mi historia. Gracias por tu amistad y por tu trabajo en la portada firmada de este libro.
Gracias al fotógrafo Renaud Masson por las fotos de prensa durante mis diversas intervenciones ante los medios de comunicación.
Gracias a la reconocida fotógrafa Denia Zerouali por unirse a la aventura. Me siento honrada.
Gracias a mis amigos, el club de madres del colegio de mis hijos. Amistades reales, sólidas y solidarias. Un café aquí, un almuerzo allá, una discusión de tres horas por la noche. Burbujas de oxígeno reales. Son maravillosas.
Gracias a todos los periodistas belgas, franceses, estadounidenses y guatemaltecos.
Gracias a Kurt Wertelaers, Eric Goens, Ben Neyens, Diederd Esseulders, la productora Het NieuwsHuis y el canal VRT/EEN por ser los primeros en participar en la lucha en Bélgica.
Gracias a France 2, a Réservoir Prod, a Nina, a Chemsi, a Marine y a todo el equipo de Ça commence aujourd’hui. Gracias a Faustine Bollaert por su humanidad y por ser la primera periodista en Francia en hablar de mi historia.
Gracias a NBC Universal/Telemundo. Gracias a Grace González y Elena González por su atención a los niños desaparecidos de Guatemala y por sacar a la luz este asunto en Estados Unidos. Gracias a Telemundo y a todo el equipo. Qué orgullosos estamos de haber ganado este premio Emmy al mejor periodismo de investigación en español por el alcance de nuestra causa.
Gracias a la RTBF, a todo el equipo de Devoir d’enquête y especialmente a Malika Attar, Jean Dewaele, Benoit Goffin, Frederic Florisone, Jerome Tinck , Jean-Michel Dehon, Christine y todos los demás. Gracias a RTBF info, Quentin Warlop, David Brichard y Bruno Clement. Gracias a RTBF Auvio, Radio y Vews.
Gracias a los periodistas con los que compartimos lágrimas durante nuestros intercambios: Malika Attar, Barbara Wesoly, Maud Picque, Anouck Renaud, Sara Winkel, Antonella Soro, Christine Masuy, Céline Pitelet, María Rosa Escobar…
Gracias a Sebastián Escalón y sus compañeros por esta investigación que nos abrió la puerta a las víctimas. Gracias porque el periodismo de investigación también es poner la verdad al servicio de los demás.
Gracias a Carolina Escobar Sarti por su compromiso como defensora de derechos humanos.
Gracias al Procurador de Derechos Humanos de Guatemala, Jórdan Rodas, por su presencia y apoyo en todo momento.
Gracias a Eric Lejeune, criminólogo y oficial de policía judicial en Derecho Penal belga por su apoyo durante muchos años.
Gracias al cantante Jo Ziako por su apoyo a la causa.
Gracias al diputado federal Michel De Maegd por haber presentado una propuesta de resolución en la Cámara de Representantes belga para pedir que se investigue la situación de las adopciones ilegales en nuestro país y se reconozca oficialmente su existencia.
Gracias a Gino Russo por su apoyo.
Gracias a mi jefa de prensa y a su equipo por unirse a mí en este camino a finales de 2020. Gracias por todo su trabajo y apoyo.
Gracias a mis amigos de toda la vida por estar ahí día y noche.
Gracias a mis padres adoptivos, a mis padres biológicos y a mi esposo por su inconmensurable apoyo; a pesar de algunas tensiones a veces, porque la historia es dolorosa.
Gracias a mis hermanos y hermanas aquí en Bélgica y en Guatemala por su amor.
Gracias a mis familias por ser lo que son: preciosas, respetuosas, amables, amorosas…
Gracias a mis hijos por ser mi mayor éxito.
Solo soy rica en todos vosotros.
Os quiero a todos con un amor infinito.
Que la vida nos siga llevando.
La vida siempre tiene la razón.
NOTAS
1 Plaza Pública es un diario digital que se publica en Guatemala y que puede ser hallado en este vínculo: http://www.plazapública.com.gt
2 Plaza Pública, 30 enero 2015
3 El Registro Nacional de las Personas (RENAP) es la institución que se ocupa del registro de todas las cuestiones relacionadas al Estado civil de las personas en Guatemala. Esta institución tiene su origen en el Decreto 90-2005 del Congreso de la República mediante el cual se sustituyó el sistema anterior donde este registro correspondía a las municipalidades y se operaba a mano en libros especiales. Muchos de estos libros desaparecieron durante el Conflicto Armado Interno, provocando gran incertidumbre acerca de los datos perdidos.
4 Antes del establecimiento del Registro Nacional de las Personas (RENAP), en el año 2005, todas las cuestiones relacionadas con el Estado Civil de las personas se registraban en el Registro Civil a cargo de cada Municipalidad local.
5 Nota del editor: A lo largo de la narración, la autora utiliza la abreviatura RP-RP para referirse al nombre de la organización Racines Perdues-Raíces Perdidas. Igualmente, utiliza otras fórmulas para abreviar el nombre.
6 DPI es la manera coloquial a la que, en Guatemala, se le dice al Documento Personal de Identificación emitido por el Registro Nacional de las Personas y que sirve para identificar a los ciudadanos guatemaltecos.
7 Fuente: Vídeo de presentación de la FAFG.
8 El artículo menciona una “agregación”, pero en realidad se trata de una acreditación, NLDR.
9 El programa en francés se llama “Ça commence aujourd´hui”.
10 El nombre del libro en francés es “L´enfant perdu”
11 El nombre de este programa en francés es “Devoir d´enquête”
12 El programa de Eric Goens. La autora se refiere a la transmisión del documental grabado en Guatemala, al que hace referencia este libro.
13 Tuit original en holandés: “Hello world… Bernard Sintobin, de nieuwe algemeen directeur van Unicef België is jarenlang penningmeester geweest van Hacer Puente, de Belgishe adoptievereniging die in Guatemala tientallen kinderen heeft verhandeld. Euhm?”
14 HCCH37 Conferénce de La Haye de Droit International Privé.
15 ICAV, Inter Country Adoptees Voice.
16 El nombre original del libro es “The color of time.”
17 Posocco, Silvia. (2014). Secrecy and Insurgency: Socialities and Knowledge Practices in Guatemala. The University of Alabama Press.
18 Significa volcán en idioma kaqchikel.
19 Traquicants d´âmes.
20 Pinero, M. (1992). Secuestro de niños y tráfico de órganos. Le Monde diplomatique.
21 Escalón, S. (30 de enero de 2015). La increíble historia de Edmond Mulet y los niños que “exportaba”, Plaza Pública.
22 Belgas reclaman un niño. (18 de marzo de 1987). La Hora.
23 Foucart, D. (9 de enero de 2020). Tournai: Hacer Puente niega el tráfico de niños. Nord Eclair.
24 Desensibilización y Reprocesamiento por Medio de Movimientos Oculares. Terapia basada en los movimientos oculares para reprogramar el cuerpo después de un trauma.
25 Dach Marro nació en Guatemala, en 1979. Inició su carrera musical como Danny Dan con la canción Imagination de su creación. En 2022 hace equipo con Music Masters, Made In Guate y Beyond The Height para presentar la canción en el lanzamiento del libro “Mamá, no estoy muerta”.