Kitabı oku: «El siglo de los dictadores»

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Prefacio
Olivier Guez

La primera vez, fue en un tren, una noche de noviembre de 1984. Me desperté sobresaltado por unos ladridos. Entreabrí la cortina del compartimento, apenas una hendija. Grandes botas se movían frente a la ventana empañada y unos uniformes de color verde grisáceo patrullaban el andén, llevando perros con correas. Sus linternas registraban el tren hundido en las tinieblas. Algunos, en cuclillas, escrutaban los ejes; otros, los espacios entre los vagones, “buscando espías”, les dije a mis hermanas al día siguiente: yo tenía diez años. Acabábamos de entrar a la República Democrática Alemana, en camino a Berlín Oeste: era mi primer contacto con una dictadura y con un dictador: un anciano de cabellos blancos peinados hacia atrás, el rostro plácido, recortado por austeras gafas de carey. Un retrato gigantesco de Erich Honecker adornaba el andén de la estación desconocida.

La segunda vez, fue en Praga, cuatro años después, en el ocaso de la Guerra Fría. No recuerdo si la efigie del secretario general del Partido Comunista, Miloš Jakeš, se exhibía en los muros de la ciudad, pero me acuerdo de ese clima asfixiante, las personas esquivas y sus rostros nerviosos cuando les pedíamos alguna información anodina. El barrio del Castillo estaba patrullado por la policía y la milicia.

La tercera vez, fue en el trópico, en la primavera de 2002. Cuba moría de hambre, muchos vendían a sus hijas por un puñado de dólares a los turistas europeos, pero se dedicaban inmensos recursos a la propaganda del régimen. La isla estaba tapizada de íconos del Che, de eslóganes a la gloria de la Revolución, y algunos museos, a ve­ces minúscu­los, en las aldeas, reproducían la epopeya de Fidel y sus barbudos en la Sierra. El pasado, anterior a la Revolución, no existía, como si Cuba hubiera surgido de las aguas el 1º de enero de 1959, el día en que echaron a Batista. El 11 de abril de 2002 hubo un intento de golpe de Estado contra Hugo Chávez, el presidente venezolano, aliado del régimen. Fidel Castro pronunció un discurso de varias horas, como era su costumbre, que fue transmitido en directo por todas las televisoras y radios del país. Al día siguiente, las ocho páginas del Granma, el diario del Partido Comunista, se dedicaron a publicar el discurso completo del viejo dictador.

Entre Praga y La Habana, estudié en Londres. Cuando murió Deng Xiaoping, el 19 de febrero de 1997, corrí a ver a mi amigo Ammer, que vivía en el otro extremo del sexto piso de nuestra residen­cia. En la primera plana de Libération, el retrato en blanco y negro del Pequeño Timonel (1,52 m) era tan llamativo que se nos ocurrió una idea (lamentable): tapizar nuestro corredor con pósteres de dictadores. Así, durante meses, la puerta de mi cuarto exhibió el rostro de Sadam Husein. Nuestra colección de déspotas se parecía al índice de este libro… aunque faltaban los morenos y los negros: nuestra incorrección política (o más bien nuestra imbecilidad) tenía sus límites. La muerte de Deng Xiaoping clausuró un siglo XX sangriento y mortífero, enlutado por los crímenes de Hitler, de Mao y de Stalin, y de tantos autócratas, en todos los continentes.

Desde Pisístrato, el primer tirano de la Grecia arcaica, algunos hombres ejercen ferozmente su poder personal, fuera de todo control y toda ley, en contra de sus tribus. Existieron césares romanos, como los sanguinarios Calígula y Nerón, déspotas más o menos ilustrados, soberanos absolutistas y carniceros brutales como Qin Shi Huang, el primer unificador imperial de China, que enterraba vivos a los estudiosos confucianos, y de quien Mao se consideraba el heredero; o Muhammad Tughluq, sultán de Delhi, que destruyó su capital por puro gusto. Pero nunca proliferaron los dictadores como en el siglo pasado, como si el progreso y la técnica, sus dos matrices, se hubieran vuelto contra él. A mediados del siglo, el Estado moderno se basaba en una organización piramidal hiperestructurada y centralizada de tipo burocrático, que poseía el monopolio de la violencia “legítima” e instituciones onerosas y complejas, las telecomuni­caciones y el complejo militar-industrial. Cuando ese aparato tentacular pasó a manos de los dictadores, se desencadenó la violencia con una intensidad sin precedentes.

Todos eran hombres. Insomnes, ascetas o sexópatas, impasibles o explosivos, a menudo de baja estatura (Kim Jong-il, Lenin, Stalin, Franco y Mussolini medían menos de 1,70 m), les encantaba pavonearse en uniforme, llenos de medallas y de títulos rimbombantes, con aire marcial, recelosos, siempre amenazantes. El Führer, el Duce, el Padre de los Pueblos, el Gran (y el Pequeño) Timonel, el Líder, el Caudillo, el Guía, el Benefactor o el Conducător… Todos ellos marcaron la historia del siglo XX: el siglo de los dictadores.

En su origen, no eran nada o casi nada. Iluminados, marginales, opacos; agitadores o militares frustrados, que hervían de impaciencia en acantonamientos de provincia: esos fracasados mitómanos y revanchistas nunca se habrían acercado al poder sin un empujoncito del destino. Los dictadores siempre surgen del caos –guerras, revoluciones, crisis económicas–. La Gran Guerra fue la matriz de la barbarie europea del siglo XX. Cuando estalló, Lenin, Hitler y Mussolini bendijeron al cielo. Cuando finalizó, derrotados o victoriosos, los combatientes que habían sobrevivido a cuatro años de fuego graneado, de bombardeos aéreos y ataques con gas en las trincheras, volvieron del frente desesperados, convencidos de que los habían engañado. El mundo viejo –la “civilización de las costumbres”, de la que hablaba Norbert Elias–, regulado por siglos de civilidad aristocrática, se dislocó. Inmediatamente, en Rusia y después en Italia, algunos años más tarde en Alemania y en casi toda Europa central, después de la Gran Depresión que arruinó a millones de personas y provocó el derrumbe de las repúblicas condenadas a desaparecer, en todas partes, existía el mismo panorama (incluso en España, país que no había participado en la guerra, y hasta en China, en un contexto diferente): desempleo, inflación, descomposición política, anarquía, ajustes de cuentas (que a veces llegaron a la guerra civil), impotencia de las autoridades. Se imponía un salvador carismático. Las masas, compuestas de individuos furiosos y amargados, estaban listas para el gran vuelco. “En un mundo siempre cambiante e incomprensible, las masas habían llegado al punto en que creían al mismo tiempo en todo y en nada, pensaban que todo era posible y que nada era verdadero”, escribió Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. A mediados de los años 30, más de la mitad de los Estados europeos estaban dirigidos por déspotas. La guerra total extendió su imperio.

El segundo siglo XX comenzó en los escombros del Berlín nazi. En Europa central y oriental, la Unión Soviética impuso su socialismo totalitario y sus marionetas (salvo en Yugoslavia y en Albania), a la cabeza de las naciones que había conquistado. Destruyó los efímeros sueños de emancipación de Hungría, Checoslovaquia y Polonia. Allí, los dictadores se perpetuaron hasta la caída del Muro.

En Asia, en África y en América Latina, la Guerra Fría y la desin­tegración de los imperios coloniales fueron los catalizadores de una segunda ola, más roja que negra. Se sucedieron las revoluciones y los golpes de Estado: de las ruinas de la descolonización surgieron hom­bres “fuertes”, que confiscaron la independencia de sus países, acoplándolos a una de las dos superpotencias. Los Estados Unidos apoyaron a Pinochet, Stroessner, Mobutu y los Duvalier; la Unión Soviética, a Ásad padre, Sadam Husein, Castro y Gadafi. Fueron peones en el gran tablero de su padrino, al que apoyaban en el Consejo de Seguridad de la ONU. A cambio, les garantizaban la estabilidad de su régimen y tenían toda la libertad para atormentar a su población y enriquecerse con absoluta impunidad.

Todos los capítulos de este libro analizan al dictador en el poder. Las pri­meras semanas son cruciales: el dictador debe imponer su voluntad de mando, restaurar el orden, transformar la sociedad en un Estado cuartel en el cual él es quien da las instrucciones, como un domador. De inmediato, proscribe a la oposición, censura a los medios de comunicación y a los intelectuales, sus adversarios son deportados, encarcelados, torturados o asesinados. Disemina a sus informantes para espiar a la sociedad y estimula la delación. El guía supremo vigila también a quienes vigilan: nada se le escapará. La población comprende, antes de experimentarlo, que las menores transgresiones serán severamente castigadas: si se mantiene tranquila (y sobre todo, si no interviene en política), podrá gozar de alvéolos de libertad, en familia, en el estadio, a orillas del mar, encerrada en las nuevas residencias que el régimen se dispone a edificar.

Paralelamente, los partidarios del dictador dominan la policía, el ejército y los servicios secretos, y acceden a los puestos más altos. Lo acompañan desde el principio del movimiento y forman una camarilla a su alrededor. Pero ninguna puede implantarse en forma definitiva. El dictador es hábil para urdir intrigas entre sus acólitos y manipular sus luchas de poder. Muchas veces desdobla las funciones de estos y los promueve o los baja de rango, vuelve a promoverlos y un día los elimina. Al cabo de varios años, todos los dirigentes están en deuda con él por la posición que ocupan. Viven siempre alertas: saben que su jefe dispone de su vida y de su muerte.

Pero el déspota no puede limitarse a atemorizar y reprimir. Re­mo­delará la sociedad, construirá ciudades, puentes y autopistas (espe­cialmente entre el aeropuerto y su palacio). Debe ofrecerle pan a la ple­be y exaltar la valentía, la alegría y la esperanza, deslumbrándola con un futuro grandioso, el Reich milenario, la aurora comunista después de la Gran Noche (Grand Soir), el África unificada, o el islam purificado de la gangrena de la modernidad: un horizonte siempre lejano que habrá que merecer por medio de esfuerzos y sumisión, escribe Elias Canetti en Masa y poder. Se embriaga de estadísticas fantasiosas y miente, todo el tiempo e impunemente. “Paz” significa guerra; “solidaridad”, egoísmo; “amor”, odio: vacía las palabras de su sustancia o más bien la vuelve contra ellas. Halaga la sensación de persecución de los desclasados, que alimenta designando a un enemigo monstruoso, una doble amenaza: el “enemigo extramuros” (en el exterior) y el “enemigo en el sótano” (la oposición, los traidores, los ventajeros, todos los agentes de descomposición que complotan contra la patria), señala Canetti. Emprende la lucha en nombre de una inmensa comunidad, los muertos y los vivos, y a partir de ese momento, el pasado, el presente y el futuro hacen un frente común. Los reúne recurriendo a los mitos fundadores –los romanos, la Reconquista, los primeros germanos, la guerra de los campesinos, los samuráis…–, “promesas y comuniones”, según Roger Caillois. Jamás habla en condicional: siempre en imperativo.

El dictador no es solamente un autor de ficciones: es también un notable actor y director de escena. Desde lo alto de su balcón, desde la tribuna de un estadio, en un congreso del partido único, arenga a su pueblo. Su voz murmura, grita, vocifera: empuña las palabras. Un gran circo acompaña sus apariciones. Los mitos que restaura, la religión de la que es profeta, necesitan pompa, celebraciones, ritos nuevos: algo de kitsch y exhibiciones espectaculares. Con gran alboroto, hace desfilar a jóvenes musculosos y muchachas virtuosas, cohortes de soldados, gimnastas y misiles, cargados de flores, emblemas y estandartes, disfrazados para la ocasión. Cada dictadura tiene sus ornamentos, sus uniformes, la camisa negra, la chaqueta Mao, la toca leopardo, y artificios que hacen parecer a sus legiones más fuertes y voluminosas, como antaño en los reinados de África o de Mesoamérica, los déspotas les hacían usar a sus guerreros plumas, tatuajes y máscaras de combate. La nueva era impone trastocar todo: las revoluciones impactan fuertemente en los espíritus, sobre todo porque pretenden remodelar al Hombre y alcanzar lo universal. El gran simplificador impone su lenguaje simbólico, la bandera y la insignia, el discurso, la salvación, el himno, y los sellos postales deben llevar su marca (o su rostro), reconocible y fácilmente reproducible: los estímulos excitan e intimidan.

Por su esencia, el tirano desconfía de los individuos. Desde la cuna hasta el cementerio, trata de encuadrarlos y sueña con fundirlos en una masa disciplinada. Como en el estadio, afirma Canetti, sabe que los hombres se liberan de su fobia al contacto y de sus tabúes dentro de la masa y que en ella se sienten iguales e invulnerables, “revestidos con una enorme coraza”. La masa los exculpa. Pueden traspasar los límites de su persona y si son bien manipulados, asesinar, en libertad: el sistema los exonerará de su responsabilidad. Con este objetivo, el dictador hace uso y abuso de la propaganda. En el siglo XX, el siglo del Progreso, los periódicos, el cine, la radio y la televisión le han proporcionado medios extraordinarios para violar psicológicamente a las masas. Algunos juegan con el entusiasmo; otros, con los antagonismos o el miedo, pero cualquiera sea su estrategia, esta nunca debe detener­se: la repetición condiciona a las mentes. La propaganda se dirige tanto a la población dominada, como a los observadores (y a los idiotas útiles, sus admiradores) extranjeros.

El dictador es un sobreviviente paranoico. “De todos los hombres, es el que menos quiere morir… la sensación de peligro nunca lo abandona”, escribe Canetti. Por lo tanto, está siempre alerta, al acecho de los complots y las conjuras que se traman a sus espaldas. “Sus ojos están en todas partes y tampoco se le debe escapar el menor ruido, porque podría contener una intención hostil”. A sus enemigos que se ocultan, les arranca las máscaras inofensivas. Si no los castiga de inmediato, es para hacerlos sufrir mejor más tarde. En el momento que considere adecuado, sabrá explotar el acto desleal exigiendo una sumisión absoluta, una traición, la apostasía. Nadie debe saber qué trama el dictador, ni siquiera su consejero más cercano. Él es el “único que posee la llave de acceso a su complejo sistema de secretos” (Canetti). Penetra en los cuerpos, los hogares y las almas de sus súbditos, pero no se deja penetrar por nadie. El secreto garantiza la sorpresa y mantiene el miedo.

Los hombres temen la soledad y la libertad, que les causan vértigo. Después de haber vivido bajo el imperio de lo divino durante milenios, siguen necesitando creer en algo que los supere. Las dictaduras se apoyan en ese miedo al vacío y desarrollaron una dimensión mística y religiosa, apenas algunas décadas después de la proclamada muerte de Dios. Muchos dictadores, y los más feroces de ellos, han sido adulados en vida, sobre todo por la intelligentsia, como sustitutos del Altísimo. Las iglesias y los templos fueron reemplazados por estatuas monumentales, erigidas a la gloria del déspota.

Los dictadores que se describen y analizan en los excelentes capítulos que siguen me recuerdan a tiburones, pero no todos fueron grandes devoradores de hombres. A pesar de los estragos que causaron, Franco y Honecker nunca nadaron en las mismas aguas que Hitler, Mao, Pol Pot y Stalin, responsables de la muerte de decenas de millones de hombres y de sufrimientos indescriptibles. Hicieron del asesinato un modo de gobierno. Fanáticos dementes, pero cínicos calculadores, como los asesinos seriales, sometieron a sus sociedades a duras experiencias con un placer sádico. Contaron con millones de cómplices oportunistas, insensibles y fríos, como Josef Mengele, el empleado modelo de las fábricas de la muerte nazis.

En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt establece una diferencia entre los tiranos autoritarios y los dictadores totalitarios. Los primeros están limitados a una población y recursos relativamente reducidos, mientras que los segundos disponen de un “material humano” considerable. “Se necesita una materia prima casi inagotable para alimentar la maquinaria de la dominación total”, escribe. La Alemania hitleriana se volvió totalitaria después de apoderarse de gigantescos territorios en el Este durante la guerra. Tras esas conquistas, masacró a millones de civiles, fuera de los frentes y en sus campos de exterminio. Los dictadores totalitarios piensan en continentes y en siglos (y hasta en milenios). Moldean la Historia, en busca de un imperio planetario, incluso a costa de la autodestrucción: todos están dispuestos a sacrificar los intereses del régimen y de sus países a los de su poder personal. El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural de Mao hundieron a China en el caos; las purgas de Stalin debilitaron considerablemente al Ejército Rojo en vísperas de la “Operación Barbarroja”; el transporte y la logística movilizaron enormes recursos del Tercer Reich mientras Alemania estaba perdiendo la guerra. Idas y vueltas, virajes, improvisaciones quiméricas, locura furiosa. La razón de Estado desaparece: los dictadores totalitarios siguen sus pulsiones, sus políticas antiutilitaristas, sus realidades ficticias (las leyes de la naturaleza: la raza; las leyes de la Historia: el materialismo), fijan objetivos insensatos, indiferentes a las consecuencias humanas, materiales y del medioambiente. Infalibles, ególatras, llevan hasta el paroxismo el absolutismo del poder absoluto.

“El dirigente totalitario debe evitar a toda costa que se produzca una normalización de la que surja un nuevo modo de vida”, señala Hannah Arendt. En la Alemania de Hitler, en la Unión Soviética de Stalin, en la China de Mao, la calma es siempre precaria. Los dictadores, inquietos, imprevisibles, siempre encuentran nuevos obstáculos a eliminar y las normas de selección de las víctimas se radicalizan. Depurar, purificar: la maquinaria es insaciable. Después de desembarazarse de sus competidores y de sus oponentes, los tiranos lanzan la caza de los “enemigos objetivos”, designados según las circunstancias y pronto amenazan a los ciudadanos inofensivos, casi siempre elegidos al azar. Hay que respetar las cuotas de arresto: nadie es nunca totalmente inocente. “El sospechoso incluye a toda la población… El castigo ya no es en función del crimen…, una conducta ejemplar no pone a cubierto”. Al amanecer, la policía secreta ejecuta las tareas sucias, reina el terror.

El gulag soviético, el Laogai chino, Auschwitz, Treblinka… El arma letal de los dictadores totalitarios son los campos (de trabajo, de reeducación, de concentración, de exterminio). Rapados, numerados, hambrientos, los deportados son empujados a sus últimos refugios. Mueren de agotamiento o asesinados por una bala en la nuca o, en forma industrial, en las cámaras de gas. Los campos destruyen a la persona y la dignidad humanas, de manera fría y sistemática. Los muertos apilados en fosas comunes son privados de sepultura. Los cuerpos desaparecen, reducidos a cenizas, en los hornos crematorios nazis. Ninguna guerra ha masacrado nunca a tantos hombres como los dictadores totalitarios en el siglo pasado.

Dos dictadores de este libro están todavía en el poder: Bashar al-Ásad y Kim Jong-un, hijos de sus padres. Híbridos de marxismo y monarquía absoluta de derecho divino, los comunistas forman a veces dinastías. En Cuba, Raúl Castro reemplazó a su hermano al frente del Estado. En Irán, el ayatolá Jamenei dirige la teocracia chiita tras la muerte de Jomeini, su fundador, hace treinta años. En otros países, después de la ola democrática del final del siglo XX, que alimentó la ilusión, efímera, del fin de la Historia, los dictadores, Putin, Erdoğan, Al-Sisi, están de regreso o nunca abandonaron la escena, como los petro-monarcas del Golfo. En el Levante, fracasó un intento de Estado totalitario islámico; su dictador, el “califa” Al-Baghdadi, está prófugo. En Europa, surgen “demócratas iliberales”, de baja intensidad, que concentran los poderes o establecen un sistema que les permite concentrar todos los poderes manteniendo una fachada de democracia. Es cierto que en la mayoría de esos países se vota, pero antes de las elecciones, el poderoso se arregla para descalificar a sus adversarios más serios y luego, si los resultados lo decepcionan, encuentra un pretexto para anularlas.

“Estamos condenados a vivir en el mundo en el que vivimos. Es una condición demasiado austera y demasiado contraria al espíritu de las sociedades modernas como para que pueda durar”, escribió François Furet como conclusión en El pasado de una ilusión. En todas partes, incluso en las democracias más antiguas, se ven avances autoritarios, brotes fascistoides. La globalización –turbocapitalismo, grandes migraciones, calentamiento climático, nuevas tecnologías– angustia a los pueblos. Buscan certezas, referencias, jerarquías, en un mundo conmocionado por una crisis de modernidad comparable a las que se produjeron después de las dos primeras revoluciones industriales. Como sus tristes predecesores, los hombres “fuertes” o presuntamente tales, proponen soluciones simples para problemas cada vez más complicados. Se articulan en torno a tres pilares: la seguridad, la identidad y el consumo, un tríptico que se despliega desde el Brasil hasta los Estados Unidos, desde Japón hasta Hungría. Recordemos la cita de Hannah Arendt al comienzo de esta introducción: “En un mundo siempre cambiante e incomprensible, las masas habían llegado al punto en que creían al mismo tiempo en todo y en nada, pensaban que todo era posible y que nada era verdadero”.

En estos últimos años, apareció otro tipo de dictador. Su reino no tiene capital ni frontera, pero reina sobre más de dos mil millones de individuos. Opiniones políticas, preferencias sexuales, círculos de amigos; vidas profesionales, poder de compra, hobbies; secretitos, vacaciones de verano: gracias a Facebook, WhatsApp, Instagram… el imperio de las redes posee más informaciones sobre sus súbditos que Stalin en la época de las grandes purgas. Sus algoritmos son la policía secreta del tercer milenio. Es riquísimo y esquiva los impuestos, vende los datos de sus usuarios a oficinas sospechosas y se apresta a lanzar su propia moneda. Ningún contrapoder se alza frente a él. Le impone al planeta sus códigos, su esteticismo y sus valores puritanos: integristas islámicos que decapitan a rehenes antes que un seno desnudo. Las redes ponen en peligro el equilibrio del mundo y transforman la naturaleza humana a una velocidad pasmosa. Hombres, mujeres y niños nos volvimos dependientes de las emociones virtuales que suscitan.

Pekín, otoño de 2018. Un retrato gigantesco de Mao espía la entrada de la Ciudad Prohibida y la plaza Tiananmén, cuyos faroles están equipados con decenas de cámaras de vigilancia. En la autopista, desde la salida del aeropuerto, los vehículos son fotografiados a intervalos regulares. En Baidu, el motor de búsqueda chino, no hay el menor rastro de los acontecimientos de 1989: nunca existieron. También es imposible leer un diario extranjero, salvo el deportivo L’Équipe. Para comunicarse con el mundo exterior, hay que pasar por Wechat, el servicio de mensajería de Tencent, el gigante local de la web. Mil millones de chinos se conectan a él día y noche, para comunicarse, pagar sus facturas, reservar un pasaje de tren o cobrar su salario. En China, Wechat es la vida, pero Wechat colabora con el régimen: puede tomar todos sus datos, a voluntad, como si Zuckerberg y Trump compartieran el Salón Oval de la Casa Blanca. Los centenares de millones de cámaras que atraviesan el país están equipadas con programas de reconocimiento facial y conectadas con una gran computadora central, capaz de escanear a los 1370 millones de chinos en un segundo y registrar su comportamiento: a cada uno le corresponde un número de 18 cifras. Xi Jinping, el secretario general del Partido único que gobierna a China desde hace setenta años, fue nombrado presidente vitalicio y su pensamiento está inscripto en la Constitución, como el de Mao. China es el único Estado totalitario que se reformó sin autodestruirse.

El mejor de los mundos, Big Brother, el Estado único de Zamiatin: de eso se trata. La tecnología les ofrece a los dictadores del siglo XXI medios con los que sus predecesores no habrían soñado.

“Es notable que la dictadura sea hoy contagiosa, como lo fue en el pasado la libertad”, escribió Paul Valéry en Miradas al mundo actual. Este libro, que no tiene precedentes, no es solo un libro de historia, sino de gran actualidad. Es el fruto de un trabajo de equipo de varios años. Las colaboraciones de mis colegas, historiadores referentes, intelectuales y periodistas de envergadura, son extraordinarias tanto por su estilo, como por su rigor. Debemos agradecerles por ello.

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Lenin, el profeta del totalitarismo
Stéphane Courtois

En aquel frío enero de 1886, en la pequeña ciudad de Simbirsk, situada sobre el Volga y perdida en el fondo de la inmensidad rusa, a 1500 kilómetros de la capital San Petersburgo, una procesión se dirigía hacia la catedral ortodoxa. Los notables y jóvenes maestros acompañaban los restos de Iliá Uliánov, inspector regional de escuelas, ennoblecido por el zar, que había fallecido a los cincuenta y tres años de un ataque cerebral, delante de su esposa y de sus hi­jos aterrados. Como lo dictaba la costumbre, y en ausencia de los hermanos mayores que estudiaban en la capital, llevaba el ataúd Vladímir Ilich, un adolescente de quince años y medio que, detrás de la máscara impasible forjada por una educación estricta, estaba totalmente conmocionado.

La familia, muy afectada, debió vivir de una pequeña pensión y subalquilar algunas habitaciones de su gran vivienda. Y Vladímir –Volodia para los íntimos– tuvo que desempeñar el papel de jefe de familia mientras completaba su escolaridad, en la que siem­pre obtuvo la “medalla de oro”. De pronto, otro trueno sacudió ese cielo ya agitado: su hermano mayor Alexander fue arrestado por la Ojrana, la policía secreta zarista. Inspirado por los revolucionarios terroristas de la Naródnaya Volia [Voluntad del Pueblo], que habían asesinado en 1881 al zar Alejandro II, el joven estaba preparando un atentado contra Alejandro III. Su madre, desesperada, intentó salvarlo por todos los medios. Pero fue en vano. El orgulloso estudiante de química reivindicó la preparación de las bombas y, tras ser conde­nado, se negó a pedir gracia. Lo colgaron el 8 de mayo de 1887.

Volodia, que había nacido el 10 de abril de 1870, acababa de perder en condiciones trágicas a la figura tutelar de su padre y a la figura idolatrada de su hermano. Dieciocho meses atrás, la familia Uliánov estaba en pleno ascenso social y tenía un futuro brillante. Ahora, acusada de regicidio, quedó marginada de la buena sociedad y todo su mundo se derrumbó. Volodia nunca se recuperaría de ese doble duelo y su profundo trauma tendría consecuencias mundiales. Formidable ejemplo del efecto mariposa: por el doble aleteo de Simbirsk, el 7 de noviembre de 1917, ese mismo Volodia, ya bajo el nombre de Lenin, tomaría el poder en Rusia e instauraría allí la primera dictadura comunista y el primer régimen totalitario de la historia. Un itinerario fulgurante, que convirtió a la Unión Soviética después de 1945 en una superpotencia junto a los Estados Unidos. En 1989-1991 todo eso se derrumbaría como un castillo de naipes. Ese terremoto geopolítico arrastró en su caída a todo el sistema comunista mundial, legándole al siglo XXI la memoria de una inmensa tragedia.

El nacimiento de un revolucionario

Por el momento, Volodia apretó los dientes y terminó con éxito sus estudios secundarios. Pero en su interior, hervía. Tras la pérdida de todos sus puntos de referencia, refugiado en la propiedad familiar de Kokushkino, descubrió allí la biblioteca secreta que había formado Alexander y se sumergió en lecturas hasta ese momento prohibidas: Darwin, Marx, Ricardo y, sobre todo, una novela publicada en 1863 por el revolucionario populista Nikolái Chernyshevski, ¿Qué hacer? Los hombres nuevos. Esos “hombres nuevos” eran los jóvenes que soñaban con una Rusia atrasada en marcha hacia una utópica sociedad perfecta. Volodia estaba fascinado por un personaje misterioso, Rajmétov, el “hombre especial” que se dedicaba día y noche en la clandestini­dad a servir a su “novia”, la revolución, y que, por ella, estaba dispues­to a soportar la tortura y la muerte. A partir de esta figura novelesca, Volodia imaginó poco a poco la trama de su vida: convertirse en el héroe que vengaría a su hermano y prepararía una revolución destinada a derribar la dinastía de los Romanov y la autocracia zarista, para instaurar el socialismo. Se consagró incansablemente a eso durante treinta años, de 1887 a 1917.

En 1889-1890, en Samara y luego en Kazán, estableció contactos con viejos militantes de la Naródnaya Volia y descubrió el famoso Catecismo del revolucionario, vademécum del profesional de la subversión, escrito por Serguéi Necháyev, el hombre que le inspiró a Dostoievski su novela Los demonios. Luego, enamorado de un marxismo primario, se destacó cuando en 1891-1892 los campos del Volga fueron afectadas por una terrible hambruna. Mientras toda la sociedad intentaba socorrer a los hambrientos, solo Volodia sostuvo que la hecatombe –400.000 muertos de hambre– era una buena noticia, porque desacreditaba al zar y empujaba a los mujiks a abandonar los campos e ir a las fábricas, acelerando así la industrialización, y por lo tanto, la formación de una clase obrera que derribaría al capitalismo. Sus camaradas notaban ya en él esa convicción absoluta del carácter “científico” de la doctrina marxista convertida en un fanatismo ideológico y esa falta de compasión por su prójimo que serían su marca.

Volodia aprobó sus exámenes de Derecho y, abogado sin causa, subió a la capital, donde creó, con un joven judío, Julius Mártov, un pequeño grupo con un nombre pomposo: Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera. Pero la Ojrana vigilaba y, el 21 de diciembre de 1895, al alba, un comisario de policía lo sacó de la cama para arrestarlo. Primera lección de vida militante y nuevo trauma. Condenado a tres años de “deportación en Siberia”, el “noble Uliánov” partió en tren, acompañado por su familia. Llegó en mayo de 1897 a la aldea de Shushenskoie: alojado en una dacha, recibía del gobierno un pequeño salario y disponía de dos magníficos fusiles para cazar. Este ideólogo que aprendió la vida en los libros consiguió todo lo que quería y, cuando partió, sus maletas llenas de libros pesaban más de 250 kilos. Incluso mandó llamar a su “novia”, una camarada detenida al mismo tiempo que él, la joven maestra Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya. A punto de cumplir los treinta años, se casó con ella, aunque en 1938, su camarada Trotski escribiría: “[…] puede decirse con seguridad que Vladímir mantuvo toda su vida, desde su juventud, una actitud pura con las mujeres. No hay que atribuirle a la frialdad de su temperamento ese rasgo casi espartano de su figura moral. Al contrario: el fondo de su naturaleza era apasionado. Pero lo completaba… –es difícil encontrar otra palabra– la castidad”. De hecho, su única pasión fue la revolución.

Aprovechando esa temporada pasada al aire libre, Vladímir redactó un panfleto de 650 páginas, El desarrollo del capitalismo en Rusia. Bajo el seudónimo de Ilyn, vertió en él una enorme cantidad de cifras y estadísticas, innumerables cuadros, diagramas, esquemas y ecuaciones. Como buen discípulo de Marx, llenó el texto de citas tomadas de Das Kapital y sostenía que Rusia ya se encontraba en la etapa capitalista, y por lo tanto, en camino al socialismo. Por las necesidades de LA CAUSA, olvidaba que el 85% de la población del Imperio vivía y trabajaba en el campo y que la clase obrera era ultraminoritaria. Vladímir esperaba marcar así su irrupción espectacular en la escena revolucionaria: sin embargo, su libro fue objeto de burlas por parte de todos los economistas, incluyendo a los marxistas. Pero este texto revela su pasión por los malabarismos y las ilusiones estadísticas que provocaron los primeros grandes desastres del bolchevismo en el poder.

En marzo de 1898 se realizó en Minsk el congreso que fundó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, el POSDR, que celebraba a los “gloriosos combatientes de la antigua Naródnaya Volia”, pero reivindicaba un socialismo democrático y reclamaba la elección de una Asamblea Constituyente. Aunque Vladímir no participó de ese acto fundador, siguió de cerca los debates internos de la Internacional Socialista, en la que el alemán Eduard Bernstein declaró en 1900: “Ningún socialista en uso de su razón sueña hoy con una victoria inminente del socialismo gracias a una revolución violenta. Ninguno sueña con una conquista rápida del Parlamento por un proletariado revolucionario”. El cismático Bernstein abrió de este modo la crisis del “revisionismo” que, ante el aumento de la prosperidad capitalista y de la cultura democrática parlamentaria en toda Europa, obligaba a los marxistas a alinear su discurso con su práctica, democrática y reformista, o su práctica con su discurso, revolucionario y violento. Para Vladímir, fue una declaración de guerra: hizo firmar “por unanimidad” una “Protesta de los Socialdemócratas de Rusia” –¡eran diecisiete!–, que exigían “una guerra a ultranza” contra las ideas “revisionistas”. Un efecto precoz de su propensión a las posiciones más radicales destinadas a diferenciarlo de todos los demás socialistas.

Lenin, el bolchevique

Al regresar de Siberia, Vladímir decidió exiliarse en el extranjero. Con excepción de algunos meses en 1906, peregrinó hasta la primavera de 1917 de Múnich a Londres, de Bruselas a París y de Praga a la residencia veraniega del escritor Máximo Gorki en la isla de Capri. A los treinta años, estaba en la plenitud de la vida: ya era casi calvo y exhibía una pequeña barba bajo sus pómulos calmucos. Era robusto y deportivo –le gustaban mucho las caminatas, la natación, la bicicleta y la caza–, le encantaba jugar al ajedrez, pero le horrorizaba perder. Planeaba crear un diario, el Iskra –Chispa–, destinado a unificar bajo su dirección a los marxistas rusos. Al instalarse en Suiza, se lo propuso a Gueorgui Plejánov, la figura tutelar del marxismo en Rusia. El encuentro fue complicado, porque a Plejánov no le gustó la arrogancia del joven, pero terminó por darle su conformidad. Sin embargo, Vladímir quedó mortificado por el desaire inicial y decidió jugar solo. Sobre todo porque el Iskra, difundido clandestinamente en Rusia, suscitó el entusiasmo de muchos jóvenes revolucionarios. Entonces, Vladímir decidió producir un fuerte impacto y publicó en 1902 ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento, firmado por primera vez con el seudónimo “Lenin”, en referencia a su exilio junto al río siberiano Lena. Este manifiesto está dominado por un grito del corazón: “Dennos una organización de revolucionarios y sublevaremos a Rusia”.

En ese libro, desarrolló su concepto iconoclasta de la revolución y del partido. La revolución debería mostrarse violenta, radical y comunista, alejada del parlamentarismo democrático. El partido sería de un “nuevo tipo”, una vanguardia formada por “revolucionarios profesionales”, clandestino y estrictamente disciplinado, en el que los obreros serían dirigidos por intelectuales expertos en la doctrina “científica” del marxismo. Lo fundamental era asegurar que el militante se ajustara a la “línea” y su fidelidad al “Partido”, a las órdenes de un líder carismático. Lenin proclamaba además: “Lo que necesitamos es una organización militar de agentes”: definiría esto en 1920 como el “centralismo democrático”, una “disciplina casi militar”. Pero ese modelo de partido estaba en las antípodas de los partidos socialistas europeos: a través de las elecciones, sus municipalidades, sindicatos y cooperativas, esos partidos representaban los intereses de los obreros y las clases populares. El grupúsculo leninista, en cambio, solo defendía sus propios intereses: la toma del poder y su conservación, con la dirección de un líder revolucionario y sus seguidores, deseosos de aplicar la doctrina de Marx, es decir, la destrucción mediante la violencia de la sociedad “burguesa”, la supresión de la propiedad privada, la instauración de una economía planificada y la represión a los opositores. Este divorcio anunciado de una sociedad plural mostraba ya la crueldad con la que Lenin conduciría a Rusia después de 1917. Al afirmar que “el partido se fortalece depurándose”, reivindicaba incluso la eliminación política y luego física del “miembro indigno”. De este modo, se establecía el principio y la legitimación del crimen político-ideológico, característicos del Partido-Estado totalitario comunista. Por otra parte, insistía en que el programa del POSDR debía definir al futuro poder socialista como la “dictadura del proletariado”. ¡Ya la dictadura!

Lenin preparó activamente el II Congreso del POSDR para que los “iskristas” tomaran su dirección. En un primer momento, todo estuvo bien: sus insultos y sus maniobras hicieron huir a los disidentes. Pero pronto se enardeció la batalla entre los bolcheviques –“mayoritarios” pro-Lenin, para quienes el miembro del partido debía dedicarle toda su vida– y los mencheviques –“minoritarios” pro-Mártov, para quienes el partido debía abrirse a simpatizantes y aliados. La idea de Lenin era: “¡Mayoría un día, mayoría siempre!”. Sin embargo, su cinismo era tan grande que uno de sus jóvenes seguidores, León Trotski, lo denunció como un nuevo Robespierre, para quien el partido era el “aparato administrativo que debía gobernar la república de la ‘Virtud’ ortodoxa y del ‘Terror’ centralista”. Y pronto, muchos bolcheviques abandonaron la nave leninista, cuyo jefe se encontró muy aislado al frente de una minúscula fracción.

Aunque no desempeñó ningún papel en las revueltas que sacudieron a Rusia en 1905, Lenin se inspiró en ellas para privilegiar la idea de una revolución en medio de una guerra civil, insurrecciones campesinas y levantamientos de soldados y de marinos. Cuando regresó al país por algunos meses a fines de 1905, conoció allí a la joven generación revolucionaria, hombres de acción que fueron sus seguidores. Entre ellos, un tal Iósif Dzhugashvili, ya conocido bajo el seudónimo de Stalin: luego, Lenin lo apodaría “el maravilloso georgiano” y lo recomendaría para el Comité Central de la fracción bolchevique del POSDR, recreada en 1912 en Praga.

La “divina” sorpresa

El 1º de agosto de 1914, estalló la Primera Guerra Mundial. Lenin, instalado en ese momento cerca de Zakopane, en la parte polaca de Austria-Hungría, y no la había visto venir, fue detenido como ciudadano ruso y, por lo tanto, enemigo. Si hubiera permanecido hasta 1918 en un campo de prisioneros, nunca se habría vuelto a oír de él. Pero los socialistas austríacos lo hicieron liberar una semana más tarde y huyó a Suiza, donde la guerra se revelaría como una “divina sorpresa”. En un primer momento, Lenin asistió alarmado al desmoronamiento de la doctrina marxista: en vez de manifestar su solidaridad contra la guerra, según el eslogan de Marx: “Proletarios de todos los países, uníos”, los socialistas europeos se unieron a sus propios gobiernos en el seno de la Unión Sagrada. El sentimiento nacional y patriótico primó por sobre el principio de clase. Furioso, Lenin extrajo dos conclusiones: por un lado, la Segunda Internacional –socialista– había traicionado y por lo tanto era preciso crear una Tercera, esta vez comunista; por otro lado, había que aprovechar el hecho de que millones de hombres estuvieran en armas para llamarlos a “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, de la que saldría la revolución comunista. Mientras tanto, refugiado en Zúrich, alejado de Rusia, vivía en la pobreza y deprimido. En enero de 1917, llegó a declarar: “Nosotros, los viejos, quizá no veamos las luchas decisivas de la revolución inminente”.

Pero el 15 de marzo, llegó la noticia más inesperada: la abdicación del zar Nicolás II, que provocó el desplome del régimen y abrió una crisis mayor. Su odio por los Romanov, su profundo resentimiento contra la sociedad “burguesa”, en la que no había podido encontrar su lugar, y su pasión revolucionaria eran tan grandes que, para volver a Rusia, Lenin no dudó en apelar a los servicios secretos alemanes, que se sintieron felices de fletarle al enemigo a ese agitador acompañado por decenas de “camaradas”.

Después de atravesar Alemania y luego Suecia en un tren especial despachado por el Reich, Uliánov llegó a Petrogrado el 17 de abril y lanzó de inmediato una violenta campaña contra el gobierno provisional y contra el Sóviet de Petrogrado, de mayoría menchevique y socialista-revolucionaria. Llamó a la fraternización en el frente, a la toma del poder por una república de los sóviets y a la nacionalización de las tierras, mientras que los bolcheviques crearon su milicia armada, los guardias rojos. Al principio, todos se burlaban de él, pero pronto aprovechó un desastre militar del ejército ruso para intentar una toma de armas en Petrogrado, los días 17 y 18 de julio. Resultó un fracaso: el Partido Bolchevique fue reprimido, Lenin huyó a Finlandia y luego desapareció en la clandestinidad.

Su futuro político parecía haberse arruinado. Sin embargo, la crisis revolucionaria se convirtió en anarquía, en el ejército, en las fábricas, en el campo y entre las nacionalidades no rusas ávidas de conquistar su independencia. A mediados de septiembre, el jefe de gobierno, Alexándr Kérenski, celoso del jefe del estado mayor Kornílov, planeó un falso golpe de Estado contrarrevolucionario y repuso a los bolcheviques. Proclamó la república, legitimada por la elección por sufragio universal de una Asamblea Constituyente realizada el 25 de noviembre, pero Lenin no estaba conforme. Debía tomar imperativamente el poder antes de esa fecha: le ordenó a su partido que preparara la toma de armas decisiva, según el modelo del famoso revolucionario francés Auguste Blanqui.

La “dictadura del proletariado”

Durante la noche del 6 de noviembre, 6000 guardias rojos y los marinos amotinados de la base naval de Kronstadt ocuparon Petrogrado. El 7 a la mañana, Lenin proclamó el poder de los bolcheviques con un Consejo de Comisarios del Pueblo –Sovnarkom– que presidía. Instauró la “dictadura del proletariado”: “La dictadura es un poder que se apoya directamente en la violencia y no está sometido a ley alguna. La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido mediante la violencia que el proletariado ejerce sobre la burguesía, un poder que no está sometido a ley alguna”. En realidad, un partido único que pronto fue rebautizado “comunista” –en referencia a la doctrina radical del Manifiesto del Partido Comunista de Marx de 1848– se apoderó del Estado y sentó las bases del régimen totalitario. Y la “dictadura del proletariado” no fue más que la dictadura de ese partido.

El Sovnarkom publicó inmediatamente un decreto sobre la paz, que llamaba a detener los combates, y un decreto sobre la tierra, que apoyaba la toma de propiedades por parte de los campesinos. Lenin provocó la ruina de los dueños y las clases medias al anular los préstamos zaristas e incautar en los bancos el contenido de las cajas de seguridad de los particulares. Instauró una economía administrada y planificada, y no toleró ninguna oposición. Le declaró la guerra a Ucrania, que aspiraba a la independencia, y el 20 de diciembre creó la Checa –Comisión Extraordinaria de Lucha contra la Contrarrevolución, la especulación y el sabotaje, que luego sería se llamaría GPU, NKVD y KGB–, el órgano del terror de masas utilizado como medio principal de gobierno. Nombró como su jefe a Félix Dzerzhinski, “nuestro Fouquier-Tinville” (el fiscal del Tribunal Revolucionario que, de abril de 1793 a julio de 1794, envió a 2500 personas a la guillotina). La Checa, brazo armado del Partido, que actuaba con total impunidad, llegó a tener hasta 280.000 hombres en 1921 y desempeñó un papel decisivo en el transcurso de la guerra civil y, más tarde, en el mantenimiento de los comunistas en el poder.

Sin embargo, el jefe bolchevique no pudo impedir que se reuniera, el 18 de enero de 1918, la Asamblea Constituyente en Petrogrado: allí, los bolcheviques eran muy minoritarios –9 millones de electores sobre 40 millones–, pero quisieron imponer una “Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador”, un verdadero programa comunista. La Asamblea lo rechazó. Entonces, Lenin dio la orden de disolverla por la fuerza. El 19 de enero, guardias rojos y regimientos bolcheviques impidieron toda reunión: fue el asesinato de la democracia rusa y la señal de una guerra civil extraordinariamente violenta, que duraría casi cuatro años. En ella, se enfrentaron los Rojos y los Blancos, un conglomerado de fuerzas políticas antibolcheviques, desde los nostálgicos del zarismo hasta los anarquistas, pasando por todo el espectro de demócratas y socialistas. Pero también se enfrentaban allí los Rojos con los obreros de las ciudades, cuya situación se agravaba día tras día, y sobre todo con los campesinos –los Verdes–, cuyas cosechas eran secuestradas por los bolcheviques con las armas en la mano bajo el pretexto de “requisiciones”. Sobre todo cuando el régimen acababa de establecer la conscripción para crear el Ejército Rojo, un ejército de guerra civil encargado, según Lenin, de garantizar la protección de su dictadura y llevar la revolución comunista al extranjero.

Quedaba un enorme problema: Rusia seguía en guerra con Alema­nia y Austria-Hungría, que, tras interminables negociaciones, llevaron a cabo en febrero de 1918 un ataque fulminante y obligaron a Lenin a firmar, el 3 de marzo de 1918, el Tratado de Brest-Litovsk: Rusia debía aceptar las independencias ucraniana, finlandesa y báltica, y perder 800.000 km2 así como el 26% de su población, el 32% de su producción agrícola, el 23% de su producción industrial y el 75% del carbón y del hierro. Fue un enorme desastre nacional, que encendió la guerra civil. Pero a Lenin no le importaba.

Gracias a los alemanes, conservó su poder, que trasladó en marzo a Moscú, al Kremlin, e impuso una política contra grupos sociales enteros, que iba desde la privación de derechos, incluido el derecho a alimentarse, de acuerdo con el eslogan “El que no trabaja, no come”, hasta el exterminio simple y llano con su orden de marzo de 1918: “Muerte a los kulaks”, los campesinos que se negaban a ser saqueados. Inauguró el principio de exterminio masivo de categorías completas: opositores políticos, aristócratas, burgueses, propietarios de inmuebles, oficiales, cosacos, religiosos, etc. Instauró el “comunismo de guerra”, que convirtió al Partido Bolchevique en el propietario de todos los bienes y prohibió todo comercio privado. En julio de 1918, una “Constitución” estableció que “el Partido Comunista dirige, comanda y domina todo el aparato de Estado”. Se prohibió toda la prensa no bolchevique y el poder impuso su propaganda omnipresente.

Esta política provocó reacciones, algunos jefes comunistas fueron asesinados y Lenin fue víctima de un atentado. Los bolcheviques reac­cionaron con una extrema crueldad: en el otoño de 1918, se fusiló a más de 15.000 personas, en muchos casos rehenes encerrados en los primeros campos de concentración –el origen del gulag–, es decir, muchas más que las 6321 ejecuciones por motivos políticos entre 1825 y 1917. La guerra civil instauró una cultura de la crueldad que le permitió al poder seleccionar a los “hombres más duros” que reclamaba su jefe y que se convertirían en los dirigentes soviéticos a lo largo de medio siglo. Y aunque los bolcheviques ganaron en 1920 la guerra contra los Blancos, mal dirigidos, mal armados y dispersos, debieron enfrentar innumerables insurrecciones campesinas, mientras el “comunismo de guerra” arruinó la industria, el comercio y la moneda, y llevó al país al desastre.

Instalado en el Kremlin, en un modesto apartamento, con su fiel Krúpskaya, Lenin vivía su vida habitual de pequeñoburgués burócrata: presidía las reuniones del Sovnarkom y del Politburó, leía una gran cantidad de informes, recibía a muchos dirigentes, a menudo daba órdenes de todo tipo por telegrama, escribía artículos y discursos, en los que explicaba su política, y combatía a sus enemigos tanto rusos, como extranjeros. Desarrolló en particular una violenta polémica contra el líder socialista alemán Karl Kautsky, el “renegado”, que en 1918 había criticado la “dictadura del proletariado” desde un punto de vista marxista. A veces realizaba mítines en fábricas o partía al campo para descansar. Una vez vivió una singular aventura: su Rolls-Royce, “requisado”, fue asaltado por unos bandidos, pero logró salir indemne.

El primer régimen totalitario

En marzo de 1921, Lenin enfrentó una crisis mortal. Contaba con una revolución comunista europea que reafirmara su poder y había creado a tal efecto en 1919-1920 la Tercera Internacional, el Komintern, concebida como un partido comunista mundial formado por secciones nacionales: por ejemplo, la Sección francesa de la Internacional Comunista, el futuro Partido Comunista francés. Pero la revolución mundial se hizo esperar, sobre todo después del fracaso de la revolución comunista de Béla Kun en Hungría en 1919 y la derrota del Ejército Rojo ante Polonia en el verano de 1920. Se desmoronaron todos sus castillos en el aire, sobre todo con la revuelta de los marinos de Kronstadt, que, en nombre de los sóviets, impugnaban el poder bolchevique. La isla fue tomada por asalto por el Ejército Rojo y cayó tras diez días de encarnizados combates, que provocaron 10.000 muertos y unos mil heridos y prisioneros fusilados en el acto, 2103 condenados a muerte y 6500 deportados a campos de concentración, mientras que 8000 habitantes huyeron hacia Finlandia. De este modo, fueron aplastados los proletarios opuestos a la “dictadura del proletariado”. Su jefe, pragmático, comprendió que era necesario soltar lastre.

En el X Congreso del Partido que se estaba realizando en ese mismo momento, Lenin impuso la NEP, la Nueva Política Económica: reemplazó el pillaje de las cosechas por un impuesto en especie fijado de antemano, que debían pagar los campesinos, restableció la libertad del comercio interior y otorgó concesiones a empresarios privados contra entrega al Estado de una parte de su producción. Eso significaba reconocer el fracaso total del “comunismo de guerra”. La ideología marxista había sido derrotada por la realidad. Como contrapartida, Lenin reforzó la disciplina del Partido y prohibió las fracciones, es decir, toda discusión interna. El “aparato”, el conjunto de los militantes “permanentes” pagados por el Partido, tenía un poder total, bajo la autoridad del Buró político. Su Secretaría era el corazón del poder: Stalin fue nombrado a principios de 1922 secretario general del Partido. El jefe supremo, cuyo culto público ya era muy fuerte, podía disminuir la presión sobre la economía, pero intensificó el control de la dirección sobre el aparato, del aparato sobre el Partido y del Partido sobre la sociedad. Toda expresión de pluralismo estaba llamada a desaparecer y la unanimidad se convirtió en regla: se instaló el sistema totalitario. Se basaba en el monopolio político del partido único convertido en Partido-Estado y de su jefe carismático, en el monopolio ideológico marxista-leninista en todos los ámbitos de expresión –prensa, enseñanza, artes, etc.–, y en el monopolio de las riquezas, tanto como de la producción y de la distribución de todos los bienes materiales. A esto se agregaba el terror de masas como medio de gobierno y de fortalecimiento del poder.

Pero la NEP llegó demasiado tarde. La región de Tambov se rebeló: el 27 de abril de 1921, enviaron allí al Ejército Rojo, con artillería, aviones y gas de combate. La “pacificación” duró meses y su crueldad estuvo simbolizada por esta orden del 11 de junio: “1. Fusilar en el acto sin juicio a todo ciudadano que se niegue a dar su nombre”. El resto era del mismo tenor: privilegiaba la responsabilidad colectiva de las familias y la ejecución del mayor de las familias de bandidos. Terminaba así: “7. Aplicar el presente orden del día rigurosamente y sin piedad”. “¡Nada de piedad!”: este era el grito de guerra de los bolcheviques a partir de 1917 y así quedó hasta la muerte de Stalin.

Por último, y sobre todo, una gigantesca hambruna comenzó en la primavera alrededor del Volga, provocada tanto por los decomisos forzados, como por los cálculos groseramente erróneos de la cosecha de granos establecidos por el Gosplan –la Dirección de Planificación Central–, en los que se basaba el Politburó para fijar las cuotas de entregas de los campesinos. Este delirio estadístico, vinculado al voluntarismo utópico de Lenin y disfrazado con una propaganda engañosa, fue una de las grandes características del sistema de producción comunista. La hambruna provocó canibalismo, duró hasta 1923 y afectó a 30 millones de personas, de las que alrededor de 5 millones murieron de hambre. Terminó por destruir la resistencia campesina. Stalin aprendió esta lección y la usó para destruir a Ucrania en 1932.

El fiasco de la NEP y la hambruna fueron golpes duros para Lenin. La realidad resistía a su voluntad y la imagen de la Revolución Bol­chevique quedaba oscurecida por esos millones de muertos, que se agregaban al caos sangriento de la guerra civil. Mil días después de su toma del poder, obligado a estar todo el tiempo sobre el puente y en la maniobra, estaba agotado. En julio de 1921, le escribió a Gorki: “Estoy tan cansado que ya no puedo hacer absolutamente nada”. De hecho, en el verano de 1921 el Politburó le ordenó tomarse unas largas vacaciones. A principios de 1922, estaba burn-out, bajo el efecto de un intenso estrés. Incapaz de asistir a las reuniones, reposaba en sus habitaciones o en el campo.

Sin embargo, se resistía a descansar. Del 10 de abril al 19 de mayo de 1922, se reunió en Génova una conferencia internacional encargada de restablecer los circuitos monetario, financiero y económico. Invita­ron allí a la Rusia bolchevique y Lenin aprovechó para negociar con la República de Weimar un tratado de reconocimiento mutuo. Al hacerse público en Rapallo el 16 de abril, ese tratado le permitió sentar las bases de una cooperación militar secreta con la Reichswehr, que, contra las cláusulas del Tratado de Versalles, reconstruiría clandestinamente en la Unión Soviética su poder –formación de sus oficiales, experimentación de nuevos materiales (tanques, cazabombarderos, paracaídas) y nuevas tácticas ofensivas –, y esto le permitiría vencer a Polonia y a Francia en 1939-1940…, antes de volverse contra Moscú en 1941. Lenin logró torpedear así el Tratado de Versalles y “exacerbar las contradicciones interimperialistas”. Una maniobra extraordinaria: ya no estaba solo y había logrado romper el frente de potencias que estaba en su contra.

Valiéndose de este éxito, decidió liquidar los últimos polos de resistencia y, en primer lugar, a la Iglesia ortodoxa. Un decreto del 26 de febrero de 1922 ordenó la “confiscación inmediata en las iglesias de todos los objetos valiosos de oro o plata y de todas las piedras preciosas, que no sirvan directamente para el culto”. Con un formidable cinismo, Lenin utilizó el pretexto de la hambruna para arruinar a la Iglesia, tratando de vender sus bienes en el exterior para restablecer las finanzas del país. Estas operaciones de confiscación provocaron muchos incidentes con los fieles. Como reacción, el 19 de marzo, Uliánov le impartió sus órdenes al Politburó: “Estrictamente secreto. […] Tene­mos noventa y nueve por ciento de probabilidades de asestarle un golpe mortal al enemigo en la cabeza con un éxito total, y de garantizarnos posiciones esenciales para nosotros en las próximas décadas. Con todas esas personas hambrientas que se alimentan con carne humana, con los caminos llenos de centenares, de miles de cadáveres, ahora y solo ahora podemos (y por lo tanto, debemos) confiscar los bienes de la Iglesia con una energía feroz, despiadada. […] Todo indica que no alcanzaremos nuestros objetivos en otro momento, porque solo la desesperación generada por el hambre puede provocar una actitud benévola, o por lo menos neutra, de las masas hacia nosotros”. Inme­diatamente después, miles de sacerdotes, monjes y monjas fueron asesinados por la Checa.

Últimas crueldades

El 25 de mayo de 1922, a los cincuenta y dos años, Lenin sufrió un ataque cerebral. A partir de ese momento, su comportamiento estuvo guiado por la angustia de desaparecer antes de haber liquidado a sus últimos enemigos: los socialistas-revolucionarios (S-R) y los intelectuales. Para organizar el juicio contra los líderes S-R, era necesario elaborar un código penal ad hoc y se dedicó a eso: “Creo que lo esencial está claro. Hay que establecer abiertamente el principio, justo en lo político –y no solamente en términos estrictamente jurídicos–, que motiva la esencia y la justificación del terror, su necesidad y sus límites. El tribunal no debe suprimir el terror: decir esto sería mentir o mentirse. Debe fundamentarlo, legalizarlo en los principios, claramente, sin hacer trampas, ni disfrazar la verdad. La formulación debe ser lo más abierta posible, porque solo la conciencia legal revolucionaria y la conciencia revolucionaria crean las condiciones de aplicación en los hechos”. Ese “código” fue redactado en pocos días y definía como crimen contrarrevolucionario todo acto “tendiente a abatir o a de­bilitar el poder”. El juicio a los S-R se llevó a cabo del 6 de junio al 7 de agosto de 1922: fue el primer gran proceso-espectáculo trucado de la era comunista y terminó con once condenas a muerte de revolucionarios muy conocidos. Stalin también se inspiró en estos juicios.

Luego, Lenin atacó a los intelectuales. El 6 de junio se creó el Glavlit –la Dirección Central encargada de los asuntos de la literatura y la prensa–, que legalizó la censura sobre todas las publicaciones du­rante tres cuartos de siglo. Celoso de las verdaderas personalidades científicas, Lenin exigió que se preparara su expulsión y elaboró su lista de indeseables: profesores universitarios, arqueólogos, físicos, ingenieros, escritores y “una lista especial de miembros antisoviéticos de la intelligentsia de Petrogrado”. En la noche del 16 al 17 de agosto, un primer grupo de 160 de ellos, la mayoría, muy conocidos, fueron arrestados: 35 de ellos y sus familias fueron embarcados por la fuerza el 29 de septiembre en un navío y enviados sin aviso a un puerto prusiano. Solo pudieron llevar un poco de ropa y, crueldad suprema, confiscaron sus libros y sus archivos. Además, los obligaron a firmar un documento que estipulaba que, en caso de regresar a la Unión Soviética, serían inmediatamente fusilados.

El 13 de noviembre, haciendo un enorme esfuerzo, Lenin pronunció su último discurso público. Luego, entre el 24 de noviembre y el 2 de diciembre, sufrió cinco ataques cerebrales. El estado desastroso del líder bolchevique concordaba con una Rusia exangüe. A los 2,5 millones de muertos y desaparecidos de la Gran Guerra se agregaron, por la guerra civil y el comunismo de guerra, 2 millones de víctimas de masacres y combates, 5 millones de muertos por hambre, 2 millones de muertos por tifus y 2 millones de emigrados, a menudo provenientes de las élites. La clase obrera, que supuestamente dirigía la Unión Soviética, quedó reducida a un millón de activos. El verdadero poder estaba en manos de un Partido Comunista que contaba con 750.000 miembros: a fines de la década del 20, nueve de cada diez afiliados no superaban el nivel de la instrucción primaria.

Final de juego

El 13 de diciembre, los médicos de Lenin anotaron: “Tiene ataques paralizantes todos los días. Esta mañana sufrió una parálisis en su cama y otra durante su baño. Vladímir Ilich está abatido y consternado por el deterioro de su estado”. El 22 de diciembre, otro ACV lo dejó muy debilitado, hasta el punto de que debió reaprender a hablar y a escribir. Postrado en la cama, solo su cabeza seguía pensando, siempre en política. Pasó revista a sus sucesores y destacó al “camarada Stalin [que], al convertirse en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder ilimitado, y no estoy convencido de que pueda seguir ejerciéndolo con bastante circunspección”. ¡Qué confesión sobre la dimensión totalitaria del Partido-Estado, y qué ingenuidad creer que un poder ilimitado pudiera ser manejado “con circunspección”! Luego se ocupó del “camarada Trotski que […] es quizás el hombre más capaz del actual Comité Central. Pero peca por exceso de confianza en sí mismo y un exagerado entusiasmo por el aspecto puramente administrativo de las cosas”. ¡Como si el “exceso de confianza en sí mismo” no hubiera sido desde 1900 la marca misma de Lenin! En cuanto al “aspecto puramente administrativo”, era un concepto realista de la burocratización excesiva que tenía el poder soviético y del que él era el principal responsable.

El 4 de enero de 1923, dictó: “Stalin es demasiado brutal y ese defecto, perfectamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, comunistas, ya no lo es en las funciones de secretario general. Les propongo entonces a los camaradas estudiar una manera para remover a Stalin de ese puesto y nombrar en su lugar a otra persona, que solo debería tener sobre el camarada Stalin la ventaja de ser más tolerante, más leal, más delicado y más atento hacia los camaradas, de humor menos caprichoso, etc.

”Estos rasgos pueden parecer solo un ínfimo detalle. Pero a nuestro juicio, para preservarnos de la escisión y teniendo en cuenta lo que escribí más arriba sobre la relación entre Stalin y Trotski, no es un detalle, o bien es uno que puede llegar a tener una importancia decisiva”.

Mientras que en 1917 llamaba a la guerra civil y en 1918 exigía “personas más duras”, de pronto, Lenin consideraba que su “maravilloso georgiano” era demasiado “brutal”. Sin embargo, esta era la razón por la cual lo había promovido al Comité Central en 1912, luego al Sovnarkom y al Politburó en 1917, y finalmente, en 1922, a la secretaría general. Pero ahora ya no estaba en condiciones de oponerse a su dominio ineludible.

El 7 de marzo de 1923, un nuevo ataque dejó a Lenin definitivamente fuera de juego: lejos de las estampas embellecidas y las fotos retocadas de la propaganda soviética, los archivos secretos abiertos después de 1991 muestran a un hombre destrozado, aturdido, en silla de ruedas, que parecía de noventa años. Tenía apenas cincuenta y tres cuando falleció, el 21 de enero de 1924.

Entierro y moraleja de la fábula

Tan cínico como su mentor, Stalin se dedicó a organizar un funeral grandioso y mandó embalsamar su cuerpo para exhibirlo en un mausoleo sobre la plaza Roja, para ser adorado por los pueblos de la Unión Soviética y los comunistas de todo el mundo. Lenin había muerto y Stalin inauguró su culto –al que asoció su propia persona–, que deslumbraría al siglo XX. Sobre todo cuando en 1956 Nikita Jruschov hizo caer de su pedestal al “malvado” Stalin para honrar mejor al “buen” Lenin. Sin embargo, el discípulo no había hecho más que perpetuar a su maestro.

Bibliografía

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Mussolini, del rojo al negro
Frédéric Le Moal

Benito Mussolini conserva aún hoy una parte de misterio, a pesar de las innumerables biografías dedicadas a él. ¿Quién puede afirmar que conoce totalmente los resortes íntimos de este hombre lleno de aparentes contradicciones? Fue al mismo tiempo un hombre brutal, aunque sin crueldad, un padre de familia sentimental y un amante desordenado, un socialista nacionalista y un revolucionario anticomunista, un líder político tímido, con un carisma que electrizaba a las multitudes, un dirigente pragmático, enceguecido por su propia leyenda, un hombre de letras cultivado y un tirano que soñaba con moldear la naturaleza humana como si fuera masilla, el amo de un régimen totalitario rodeado de contrapoderes. En verdad, había en él una sola coherencia: el sueño de remodelar a los italianos e inculcarles la cultura de esa violencia que definía como moral, sagrada y necesaria, y que terminó por sumergirlo a él, junto con sus últimos fieles, en la bacanal de la plaza Loreto.

Socialista, luego fascista, pero siempre revolucionario

Mussolini, nacido el 29 de julio de 1883 en Dovia di Predappio, fue, ante todo, un producto de la Romaña roja y anticlerical, hijo de un herrero anarquizante y garibaldino y de una maestra piadosa, educado en los ideales del socialismo. Fue un niño colérico, violento y desobediente, que se hizo maestro, prefirió el exilio en Suiza antes que el servicio militar en Italia, conoció diferentes prisiones por su militancia socialista, ascendió los peldaños del Partido Socialista Italiano (PSI) y en 1912 dirigió el diario principal del Partido, el Avanti!, en el que lanzó los más terribles ataques contra los reformistas dispuestos a acordar con los gobiernos burgueses. Muy pronto, se convirtió en el ídolo de los jóvenes militantes fascinados por su carisma. La Primera Guerra Mundial constituyó una ruptura fundamental en su vida. Lo propulsó hacia su destino, alejándolo del PSI, pero –y esto es absolutamente capital para entender lo que siguió– sin un rechazo profundo. Se deslizó hacia otra forma de socialismo, vinculado al nacionalismo.

Como el resto de la élite italiana, se vio arrastrado al violento debate provocado por la proclamación de la neutralidad del país el 3 agosto de 1914: ¿había que quedarse en esa posición confortable, poco gloriosa, pero útil para conseguir determinadas ventajas o intervenir en la furiosa pelea que ya ensangrentaba a Europa? Al principio, Mussolini siguió la línea neutralista del PSI, pero muy pronto se alejó de ella. La guerra era la oportunidad de hacer la revolución, de derribar los tronos, de trastocar el orden social tradicional. No había que dejarla pasar. ¡Entonces, era el momento de atacar a los imperios centrales y a la Francia republicana! Pero su partido no estaba de acuerdo. Se produjeron debates de una inusual aspereza. Mussolini perdió rápidamente la dirección del Avanti! y fundó en noviembre de 1914 su propio diario, Il Popolo d’Italia, desde el cual impulsó al gobierno a unirse a la Triple Entente para honrar el encuentro de Italia con su destino.

La batalla fue dura para el joven líder, que perdió su sólida posi­ción en el seno del socialismo italiano con su expulsión del PSI el 24 de noviembre de 1914. Pero eso no impidió que siguiera siendo socialista y concentrara sus esfuerzos en convencer a sus camaradas de que estaban equivocados. “Hoy es la guerra; mañana, la revolución”: ese era su credo. ¿El enemigo? Los austríacos, por supuesto, que durante mucho tiempo habían dominado su patria, pero también el ex presidente del Consejo Giovanni Giolitti y sus maniobras dilatorias para salvar la neutralidad. Poco a poco, se operó un deslizamiento semántico. El término “pueblo” reemplazó al de “proletariado”, pero el enemigo seguía siendo el mismo: la burguesía cobarde, que rechazaba la gran confrontación necesaria para el advenimiento de un mundo nuevo.

El 26 de abril de 1915, Italia firmó con la Entente el Tratado de Londres, que contenía una lista de promesas territoriales como premio por su entrada en el conflicto.1 Un movimiento de vacilación del gobierno frente al Parlamento hostil a la guerra desencadenó una enorme crisis política, llamada del Radioso Maggio, durante la cual los grupos intervencionistas se manifestaron en las calles. Finalmente, el 24 de mayo, los italianos le declararon la guerra a Austria-Hungría. Mussolini partió hacia el frente en septiembre, en el cuerpo de los bersaglieri, combatió –como todos los futuros jerarcas de su régimen– y fue herido, y siguió escribiendo artículos incendiarios para Il Popolo d’Italia. Ahora, él también pertenecía a la Trincerocrazia, la aristocracia de las trincheras, nacida en la violencia de la guerra y que, por sus sacrificios, estaba llamada a tomar el mando al volver la paz. El año 1917 fue el de las rupturas: el de la derrota de Caporetto2 el 24 de octubre, que dio lugar a un llamado al pueblo para la defensa de la patria, y el de la Revolución Bolche­vi­que, que provocó la salida de Rusia del conflicto. Con ese acto, Lenin traicionó la causa sagrada de la guerra y sirvió a la victoria de los Im­perios centrales. “Una paz que asesina a la revolución: ¡esa es la obra maestra de Lenin!”, podía leerse en Il Popolo d’Italia. A partir de esa fecha, Mussolini se volvió un enemigo acérrimo del bolchevismo.

El poder a la medida de una marcha

Otros combates lo esperaban después de la victoria: rechazar esa “victoria mutilada”, impuesta a Roma por sus aliados, que le disputaban una parte de las tierras prometidas en 1915, combatir al régimen liberal en el poder, tan incapaz de preservar la herencia de la guerra como de proteger al país del espectro del comunismo, que amenaza­ba con llevar a Europa a la revolución permanente. En una palabra, había que salvar a Italia.

El 23 de marzo de 1919, una nebulosa de grupos de diferentes corrientes se reunió en Milán, en un palacio de la plaza San Sepolcro, para fundar los Fasci3 Italiani di Combatimento, que pretendían ser el antipartido por excelencia y tenían un programa muy a la izquierda (instauración de la república, sufragio universal, jornada de ocho horas, impuestos al capital, expropiación parcial de las tierras, anticlericalismo). Recordemos que, en ese momento, Mussolini no era más que un jefe como otros y su autoridad estaba lejos de ser total e indiscutible. Su marginalidad se veía particularmente marcada en el movimiento del escuadrismo. Estas unidades paramilitares, que luchaban contra los comunistas, los socialistas y los militantes católicos, principalmente en el norte del país, gozaban de una gran autonomía, bajo la dirección de jefes llamados ras y que no se dejaban engañar.

Pero Mussolini tenía dos triunfos en su juego, de los que todos sus rivales carecían: su extraordinario carisma y su capacidad fuera de lo común para las maniobras políticas. Se mantuvo prudentemente al margen de la aventura de Fiume –una epopeya que, sin embargo, contribuyó en gran parte a la gestación del fascismo–, sobre la que planeaba la figura novelesca de Gabriele D’Annunzio.4 Después de su fracaso en las elecciones legislativas de noviembre de 1919, comprendió, además, que necesitaba apoyarse en las clases medias, que estaban en decadencia y aterrorizadas por el comunismo. Las elecciones de mayo de 1921 constituyeron un primer éxito electoral: 35 fascistas entraron al Parlamento. Pero para tomar el poder, se necesitaba un partido en buena y debida forma. Así nació en noviembre de 1921, el Partido Nacional Fascista (PNF), con un programa mucho menos radical, que expresaba la nueva alianza con una parte de las fuerzas conservadoras. Pero Mussolini mantenía a su movimiento en el camino de una revolución política y social.

La crisis final del Estado liberal, gobernado por personalidades opacas, abrió de par en par la puerta al éxito. Mussolini jugó entonces con mucha habilidad. Su toma del poder en octubre de 1922 se llevó a cabo en dos planos: uno, faccioso y el otro, político e institucional. El primer componente constituía la esencia misma de la revolución fascista: una marcha de los “camisas negras” sobre Roma, respetando la mitología revolucionaria y socialista para arrancarle el gobierno de las manos a la vieja élite. El otro correspondía a negociaciones políticas se­cretas, realizadas con el Ministerio, los grandes jefes del Parlamento y sobre todo con el rey Víctor Manuel III, el único habilitado para nombrar al presidente del Consejo. Siempre pragmático, el líder fascista había tranquilizado al palacio sobre sus intenciones: nadie atacaría a la Corona. La conjunción de esas dos presiones decidió al monarca, obsesionado por el riesgo de la guerra civil y el temor de ser destronado a favor de su primo el duque de Aosta, a recurrir a Mussolini, que permanecía prudentemente en Milán mientras se desarrollaban esos acontecimientos. El hijo del herrero regresó de la capital lombarda en un tren nocturno muy confortable, fue recibido el 30 de octubre de 1922 en el Palacio del Quirinal y el rey le encargó la tarea de formar un gobierno en el que los fascistas solo ocuparían tres ministerios. La jugada de póker había triunfado.

Dictador, pero poco a poco

Digámoslo enseguida: Mussolini no aspiraba simplemente a agre­gar su nombre a la ya larga lista de los presidentes del Consejo. Había conquistado el poder sin escrúpulos y no tenía la menor intención de entregarlo. Su advenimiento constituiría una ruptura en la historia de Italia y su alianza con las fuerzas conservadoras era puramente coyuntural. Pero conocía demasiado bien la realidad de las relaciones de fuerza como para cometer el error de precipitar las cosas. Le llevó cuatro años establecer una dictadura personal, que no carecía de límites, como veremos más adelante. Al principio, trató de institucionalizar su movimiento faccioso, pero –este matiz es fundamental– no para fusionarlo con el Estado, sino para darle un carácter fascista al Estado desde el interior. Las fuerzas escuadristas se integraron a una milicia voluntaria para la seguridad nacional, y luego, se modificó la ley electoral para favorecer al PNF, lo que posibilitó su amplia victoria en las elecciones de mayo de 1924. La revolución avanzaba poco a poco.

Pero seguía existiendo una oposición, algo que muchos fascistas tendían a olvidar, y que no permanecía inactiva: comunistas, socialistas, católicos del Partido Popular Italiano. La violencia estaba lejos de haber desaparecido y se producían riñas entre militantes de bandos diferentes. Se cruzó la línea roja en junio de 1924, cuando secuestraron al diputado socialista Giacomo Matteotti en pleno centro de Roma y su cadáver fue encontrado en estado de descomposición en agosto, en la campiña romana. La investigación llegó rápidamente hasta el ministerio del Interior, donde reinaba una policía paralela, que llevaba el triste nombre de Checa.5 Ese Ministerio estaba a cargo de… ¡Mussolini! La oposición protestó, acusando al poder de tener las manos manchadas con la sangre de un diputado, mientras su jefe aseguraba que habían tirado un cadáver para inculparlo. Una gran parte de los diputados decidió incluso no sesionar más en el Parlamento, paralizando así el funcionamiento del Estado (por eso se le dio el nombre de Aventino a esta estrategia, en referencia a la colina a la que se retiraron los jefes de la plebe romana). La fuerza de los ataques provocó en Mussolini una de sus crisis de depresión recurrentes que lo hicieron vacilar. ¿Terminaría allí la experiencia fascista?

Para los ras más intransigentes, eso era inconcebible. Muchos de ellos, por ejemplo, Roberto Farinacci, lograron hacer resurgir la determinación de su jefe, que recobró todo su brío y su violencia. Además, la falta de reacción del soberano, que se negó a despedirlo sin un voto de la Asamblea –que en ese momento era imposible por la secesión del Aventino–, jugó a su favor: le permitió pasar a la ofensiva contra sus enemigos. El 3 de enero de 1925, Mussolini subió a la tribuna de la Asamblea y pronunció un discurso estridente. Su voz resonó en el hemiciclo paralizado para asumir la responsabilidad de los acontecimientos y anunciar que se tomarían medidas enérgicas, que se garantizaría el orden y que el fascismo estaba muy vivo. Restituido en el poder por los duros del régimen, Mussolini reafirmó su papel de guía de la revolución fascista.

A partir de ese momento, los hechos se encadenaron. Entre 1925 y 1926, una gran cantidad de leyes o decretos llamados leyes, muy fascistas, instalaron una dictadura plena, cuya pieza central era el Duce:6 supresión de los partidos políticos y de la libertad de prensa; prohibición de la masonería, supresión de la responsabilidad del presidente del Consejo ante la Cámara, creación de un tribunal especial para la defensa del Estado. Al mismo tiempo, el poder instaló los instrumentos para el establecimiento de su proyecto totalitario de reforma del alma y del cuerpo de los italianos: el Dopolavoro, que se encargaba del tiempo libre, los Balilla y Avanguardisti, que acogían a niños y adolescentes para introducir en sus jóvenes cerebros los dogmas del régimen. Se lanzó una lucha implacable contra todas las “desviaciones”, sociales o sexuales, que provocó la deportación a regiones hostiles –el confino– de homosexuales, marginales y opositores.

Mussolini en el trabajo

Como dijimos, Mussolini llevaba adelante una revolución antropológica, destinada a remodelar a los individuos mediante su sujeción al Estado. El Partido era un instrumento de control y de movilización de las masas, y la realidad del poder estaba en manos del Estado y del jefe del gobierno, Duce del fascismo. “Todo en el Estado, nada fuera del Es­tado, nada contra el Estado”, decía. Por lo tanto, nada escapaba a su control, ni la cultura, ni la economía. Pero no nos engañemos: aunque Mussolini llevaba adelante una lucha implacable contra sus antiguos camaradas del Partido Socialista y contra el comunismo, nunca lo hizo en nombre del conservadurismo. “La doctrina fascista –escribió– no eligió como profeta a [Joseph] de Maistre”. Ofrecía, por el contrario, otra concepción de la revolución, que unía el nacionalismo y el socialismo. A eso se debe el odio con que el dictador persiguió siempre a la burguesía italiana y sus valores liberales, y lo hizo hasta su último aliento.

El Duce se dedicó a transformar su país en nombre de su ideal revolucionario: trabajos de acondicionamiento de las zonas difíciles, creación de ciudades nuevas, una de las cuales llevaba su nombre, trabajos urbanísticos de renovación de los centros históricos, construcción de viviendas, modernización de la radio, creación de Cinecittà, mejora de las condiciones de vida y de salud, etc. Pero su mayor éxito, a comienzos de los años 30, el que le otorgó un enorme prestigio internacional y una adhesión masiva de los italianos, fue la firma de los Pactos de Letrán con el papado, el 11 de febrero de 1929. Al cabo de una larga negociación, el líder fascista, conocido por su anticlericalismo, y Pío XI, el intransigente pontífice que no se hacía ninguna ilusión so­bre la santidad del Duce, pusieron fin al conflicto entre el Estado italiano y la Santa Sede, que se constituyó como un Estado independiente (la Ciudad del Vaticano) enclavado en Roma, y firmaron un concordato que le confería a la Iglesia católica sustanciales ventajas.

En 1922, Mussolini había elegido como residencia el elegante Pa­lacio Chigi, situado a lo largo del Corso, al cual se accedía desde la plaza Colonna y que disponía de un balcón desde donde podía arengar a la multitud. Sin embargo, con el correr de los años, le pareció que no se adaptaba a la fuerza de su poder. El jefe del fascismo necesitaba una sede que estuviera al nivel del palacio real del Quirinal. Optó por el Palacio Venezia, una construcción maciza y austera de la Edad Media, ubicada en pleno centro de Roma. Para su oficina, eligió la inmensa sala del Mappamondo, cuyas gigantescas dimensiones le conferían una solemnidad fría que impresionaba a todos los visitantes. Había allí, además, un balcón que podía usar para pronunciar sus discursos, con sus gestos teatrales, jugando con su voz, sus brazos y sus ojos hipnóticos, subyugando a una multitud que deliraba en la plaza Venezia. Sin embargo, aunque había mandado a acondicionar habitaciones privadas en el tercer piso, prefirió instalar a su esposa Rachele y a sus hijos en una villa de las afueras de Roma, la villa Torlonia. Disponía también de una residencia de campo, en Rocca delle Caminate, cerca de Predappio, su aldea natal. Estos diversos lugares le permitían mantenerse lejos de las miradas: una tendencia que se fue acentuando con los años y lo aisló cada vez más del país real.

Su concepción del poder le impedía aceptar la menor rivalidad. Aun­que los jerarcas más poderosos recibieron carteras ministeriales, a menudo las perdían por alguna reestructuración, y pasaban a ocupar un puesto honorífico, pero desprovisto de poder real. El Duce se encargaba la mayor parte del tiempo del ministerio en cuestión, acumulando cargos y apoyándose en fieles subsecretarios de Estado. En 1936, en un reflejo de nepotismo, llegó a encargarle las relaciones exteriores a su yerno Galeazzo Ciano. La situación era la misma en la cumbre del PNF, donde solo ubicaba, salvo excepciones, a fieles ejecutantes o figuras sin relieve. Sin embargo, nunca se produjeron purgas sangrientas, ni eliminaciones brutales de potenciales rivales, como las que practicaron con crueldad Stalin o Hitler. Algunos pudieron seguir criticándolo fuertemente, como lo hizo con constancia Roberto Farinacci, en sus artículos incendiarios aparecidos en su diario Regime fascista. Salvo excepciones, el carisma mussoliniano se siguió ejerciendo con el poder de un sortilegio sobre los jefes y los cuadros del fascismo, sobre las masas y los individuos.

Hay también otro elemento a tomar en cuenta: la presencia del rey por encima del Duce, que jamás fue jefe de Estado. Por otra parte, a Víctor Manuel III le gustaba recordárselo, llamándolo presidente y nunca Duce. Todas las semanas, como todo buen primer ministro de un régimen parlamentario, el líder fascista iba al palacio del Quirinal para su entrevista semanal con el rey, de la que nunca trascendía nada. Hasta 1939, la ceremonia del discurso del trono fue escrupulosamente respetada. Los dos hombres establecieron una relación cordial, construida sobre el modus vivendi de 1922. La Corona era, sin duda, un contrapoder muy débil, pero tenía el mérito de existir, por lo menos mientras viviera el viejo soberano, ya que el republicano Mussolini tenía toda la intención de abolir la monarquía a la muerte del rey.

El dictador era un trabajador incansable: estudiaba minuciosamente los expedientes, se interesaba por los números, leía con una atención al mismo tiempo política y malsana las fichas que le entregaba la policía política, la OVRA,7 sobre las personalidades del reino o el estado de la opinión pública. Él alentaba esa reputación, dejando encendida la luz de su oficina de noche, para que los romanos noctámbulos vieran que el Duce trabajaba hasta altas horas por su felicidad… Orgulloso de su corpulencia y de la impresión de fuerza que daba, a pesar de su estatura mediana, consciente de su poder carismático, que emanaba de su mirada penetrante, alimentaba con cuidado esa imagen de vitalidad, como si ella pudiera irrigar a su vez el cuerpo de toda la sociedad italiana. Paul-Otto Schmidt, el intérprete de Hitler, recordaba a un hombre de un “cuerpo siempre muy erguido, que se balanceaba un poco cuando hablaba y evocaba con su cabeza de César la idea de un romano antiguo, de frente poderosa y un mentón enérgico, anguloso”. Como quería ser un atleta, incursionaba en todos los deportes y le gustaba sacarse fotografías en traje de baño en las playas del Adriático, en el campo con una horquilla en la mano o caminando con un paso cadencioso junto a sus hombres. Pero detrás de esa figura se escondía un hombre bastante frágil, víctima frecuente del estrés y de retortijones de estómago, psicológicamente angustiado y de una sexualidad desenfrenada.

¿El fascismo fue un mussolinismo?

¿El movimiento se reducía a su jefe, se parecía a un feudalismo? En lo que concierne a sus comienzos, como vimos, la respuesta es claramente negativa, si vemos cómo los ras defendían con uñas y dientes su autonomía. Mussolini estableció su autoridad sobre el fascismo en forma progresiva. El culto a la personalidad que instituyó en su beneficio hizo que su figura fuera omnipresente: pinturas, esculturas, fotografías, eslóganes y discursos inundaban el espacio público y entraban al hogar de cada italiano. La concentración de los poderes del Estado y del PNF en sus manos era el núcleo de la toma de decisiones. Al marginar a sus rivales, ninguna cabeza sobrepasaba la suya. En ese contexto, el cuerpo de Mussolini y el fascismo terminaron por fusionarse. Esta realidad incontestable planteaba la cuestión más tabú del régimen: la de la sucesión. A partir de 1936, su yerno Ciano, que era bien visto en la Corte y estaba cerca de los medios conservadores anglófilos, aparecía como su delfín, aunque el dictador no había dicho ni una palabra en ese sentido y los otros grandes jerarcas tampoco se habían pronunciado sobre ese asunto que les interesaba sobremanera.

Sin embargo, existió un mussolinismo, curioso sincretismo de ideología sin contacto con la realidad y de pragmatismo político lindante con el cinismo. Es cierto que el Duce nunca se sintió demasiado cómodo con las cuestiones de doctrina: eso favoreció su trayectoria sinuosa y le permitió adaptarse a las circunstancias con una facilidad desconcertante, como lo mostró en 1922 su posicionamiento en una línea de equilibrio entre las diferentes facciones de su movimiento en realidad muy heterogéneo. De hecho, siempre existió una oposición interna muy fuerte en las corrientes más izquierdistas del PNF, que alegaba una traición de los ideales de San Sepolcro,8 erigidos al rango de mitos. Esta ala radical le disputaba incesantemente la madera de la Vera Cruz, lo impulsaba a poner fin a los equívocos y a los compromisos, y a destruir por fin el antiguo mundo burgués. Sin embargo, esta sorda ira nunca se tradujo en una rebelión abierta, prohibida por la naturaleza misma del régimen. La revolución solo podía provenir de él. Ni siquiera Farinacci, con sus posturas de antipapa que lo exasperaban, cruzó nunca el Rubicón.

El Duce sabía manejar con su proverbial habilidad a esos guardias negros de la revolución, halagarlos cuando los necesitaba y sujetarlos cuando iban demasiado lejos. Hay que señalar, sin embargo, que el régimen mostró un aumento de su impronta totalitaria, que demostraba los propósitos antropológicos del dictador. Pero él conocía también el peso y la influencia de los tres contrapoderes que paradójicamente lo apoyaban: la Iglesia, la Corona y los grandes industriales. Un paso en falso y todo podía desmoronarse.

¿Fue admirado por los italianos? Sin ninguna duda. ¿Fue amado? Seguro. “Contemplar ese rostro –escribió una joven de Padua que fue a escucharlo en 1938– es sentirse dispuesto a todo, a todo sacrificio, a todo combate”. Fue en realidad esta convergencia permanente hacia su persona lo que le dio al fascismo las características de un cesarismo totalitario, como lo definió el historiador italiano Emilio Gentile. La fuerza del sistema se basaba en las cualidades políticas de su líder. Pero esto fue también su debilidad, porque cuando arrestaron al Duce el 25 de julio de 1943, cuando desapareció el que era al mismo tiempo el capitán y el timón, la nave se hundió en un día.

El giro fatal

Los años 30 constituyeron una etapa crucial de la radicalización mussoliniana. Al comienzo de la década, la temática antiburguesa y guerrera adquirió un nuevo rigor. Hasta ese momento, el Duce había llevado adelante una política exterior bastante parecida a la de las democracias occidentales, por hostilidad hacia el revanchismo alemán, pero en octubre de 1935 desafió a Europa al lanzarse a la conquista de Etiopía, que terminó en mayo de 1936, al precio de una guerra brutal más difícil de lo previsto. La población italiana lo apoyó con tanta fuerza, que el historiador Renzo de Felice habla de un verdadero consenso. Nunca fue más popular el dictador que en esa época. Pero, aislado en la escena internacional, acudió a la Alemania nacionalsocialista, que solo esperaba eso para formar el Eje Roma-Berlín (octubre de 1936). Fue el primer vals con el diablo. El segundo llegó muy pronto, con el compromiso conjunto en la guerra de España para ayudar a Franco, que desconfiaba mucho de sus nuevos amigos italianos. El tercero se desarrolló en Berlín, donde Hitler recibió con todo el cuidado necesario a un Mussolini maravillado por los éxitos del Tercer Reich (septiembre de 1937). A su vez, el Duce intentó deslumbrar al Führer durante su visita a Roma, en mayo de 1938, desde donde el papa Pío XI había partido hacia Castel Gandolfo para respirar un aire más sano. Entretanto, Italia había abandonado a Austria a su suerte en marzo de 1938, permitiendo que Alemania llevara a cabo el Anschluss tan ansiado por el Führer.

También en política interior, Mussolini apretó las clavijas. Com­batió las actitudes consideradas burguesas, impuso el paso de ganso, criticó con palabras cada vez menos veladas a la monarquía y, lo más grave, en 1938 realizó un fuerte viraje racista y antisemita,9 aunque no se trató de medidas de persecuciones físicas, sino discriminatorias. Obsesiones raciales y prejuicios antiburgueses se mezclaban en esa ofensiva, que contribuyó a destruir el modus vivendi establecido con el papado y provocó revuelo en la opinión pública, que vio en ello una servil imitación de los detestados alemanes. Pero el Mussolini que envejecía estaba más que nunca decidido a hacer nacer a ese hombre nuevo con el que soñaba desde siempre, incluso bajo coacción ¡La guerra! Por medio de la guerra y en los campos de batalla se haría nacer al italiano fascista. Pero en esta cuestión, Mussolini se ahogaba bajo el peso de contradicciones insalvables, ya que ni el estado del ejército, ni el de las finanzas permitían comprometerse con los alemanes, por quienes sentía una curiosa mezcla de odio, admiración y temor secreto. En el momento de la crisis checoslovaca de septiembre de 1938, contribuyó a salvar la paz gracias a la conferencia de Múnich. Cuando Hitler, violando la palabra empeñada, invadió y despedazó a Checoslovaquia algunos meses más tarde, el dictador italiano replicó rapiñando a Albania, antes de firmar una verdadera alianza con el Reich: el Pacto de Acero del 22 de mayo de 1939. Especificó que no podía entrar en guerra antes de 1943. Pero, una vez más, los alemanes lo engañaron al invadir Polonia y precipitar a Europa en un nuevo apocalipsis.

En septiembre de 1939, sometido a las presiones del clan antialemán y todavía realista sobre la situación de su país, Mussolini optó por una posición ambigua: la “no-beligerancia”. Esta neutralidad hostil hacia las democracias constituyó un intervalo lleno de amenazas para el futuro. El fulgor de las victorias alemanas lo atormentó aún más. Y cuando Francia, ante la sorpresa general, se derrumbó en pocas semanas, comprendió que debía participar en el pillaje. El 10 de junio de 1940, Italia les declaró la guerra a Francia y al Reino Unido. Una decisión fatal, que tomó en contra de las reservas del rey y de varios jerarcas, de la oposición del papado y de la mayoría del país. Esa decisión, acorde con su dinámica ideológica, le costó la vida.

Porque desde los primeros días, la guerra del Duce se convirtió en un largo calvario. Alpes, Libia, Grecia: en todas partes se produjeron derrotas que le hicieron perder el apoyo de la opinión pública. En todas partes debió humillarse, pedir la ayuda de la Wehrmacht, que se adornaba con los laureles de la victoria, como el Afrikakorps de Rommel, enviado a Libia para salvar al ejército italiano de un desastre frente a los ingleses. Para peor, las ciudades de la península sufrieron muy pronto las devastaciones de los bombardeos aliados. La miseria, la desesperación y la ira se propagaban allí como la peste. Aunque la vindicta popular se volvía en primer lugar contra los pequeños jefes del PNF, la imagen del Duce como jefe infalible se debilitó, sobre todo entre los oficiales y los jerarcas. Su salud sufrió las consecuencias de las malas noticias que se acumulaban sobre su escritorio. El dictador empezó a ceder. Nacido de la guerra, irrigado por la pasión guerrera, el régimen no pudo sobrevivir a la derrota.

La hora final

El desembarco de los anglosajones en Sicilia, en julio 1943, marcó la hora final del fascismo. Tras el bombardeo a Roma, varios barones del régimen optaron por dejar a un lado al Duce, que, alejado del país, ya no escuchaba a nadie y había dejado de fascinar a los suyos, lo que era sin duda mucho más grave. Los conjurados decidieron actuar a través de un voto del Gran Consejo del Fascismo, órgano supremo del PNF, y exigieron su convocatoria para la noche del 24 al 25 de julio de 1943. Encabezados por Dino Grandi,10 los insurrectos –¡algunos de los cuales llegaron armados a la sesión!– obtuvieron, tras una larga y pesada reunión, una mayoría para retirarle a su jefe los poderes militares, aunque con la certeza de mantener el régimen. Pero Víctor Manuel III había urdido en forma paralela su propio complot, y cuando el 25 de julio Mussolini se presentó en su residencia privada, seguro de volver a dominar los acontecimientos, mandó carabineros para arrestarlo. Completamente desconcertado, el prisionero fue llevado a una prisión de Roma, pero rápidamente lo trasladaron a lugares considerados más seguros: la isla de Ponza, luego la de la Maddalena y finalmente al Gran Sasso, en los Abruzos. Durante ese tiempo, el ré­gimen se licuó y en septiembre de 1943, Italia se pasó a los aliados en condiciones apocalípticas.

Hitler, por su parte, no quería perder el control de la península. Ligado a Mussolini por extraños sentimientos de estima teñidos de superioridad y de un desprecio absoluto por los “traidores” italianos, hizo que un comando lo liberara y lo recibió en Berlín para convencerlo de ponerse al frente de un Estado asociado fascista en el centro norte de la península. Pero el Duce ya no era más que la sombra del jefe carismático que había sido. Obedeciendo a los nazis, instaló su República Social Italiana (RSI) en diferentes ciudades de los lagos de Lombardía y desarrolló una lucha implacable contra todos sus enemigos. Tanto por espíritu de venganza, como por temor a la reprobación de Hitler, les ofreció a los fascistas más enfurecidos la cabeza de su yerno Ciano, que había votado en su contra en la sesión del Gran Consejo. Condenado a muerte tras un simulacro de juicio, el “Bruto” del fascismo murió con dignidad, fusilado por la espalda.

El dictador, recluido en su villa Saló, intentó dirigir los acontecimientos y limitar las injerencias de los alemanes, pero el avance lento e inexorable de los Aliados selló el final de la sangrienta aventura de la RSI. Intentó una última maniobra política con los socialistas para una transición “suave” hacia un nuevo poder. En realidad, ya no tenía ninguna carta en la mano. El 25 de abril de 1945, huyó de Milán con destino a los Alpes, en compañía de un puñado de partidarios y de su amante Clara Petacci. El viaje terminó trágicamente: disfrazado de soldado alemán, el antiguo amo de Italia fue arrestado por partisanos, que lo fusilaron junto a Clara, en condiciones aún misteriosas, el 28 de abril de 1945. Su cadáver, que fue llevado a Milán y arrojado a la plaza Loreto, sufrió los peores ultrajes de una multitud histérica y fue colgado en una rampa.

Vencido, Mussolini entró en la muerte con ese cuerpo aplastado y luego enterrado deprisa. Más tarde, fue llevado a su ciudad natal de Predappio, donde reposa actualmente, rodeado de una extraña fascinación que no deja de plantear interrogantes.

Bibliografía

Además de la magistral biografía de Mussolini de ocho tomos escrita por Renzo de Felice, se puede leer:

Emilio Gentile, La religion fasciste, Perrin, 2002.

—, Qu’est-ce que le fascisme ? Histoire et interprétation, Gallimard, 2002.

Frédéric Le Moal, Histoire du fascisme, Perrin, 2018.

Pierre Milza, Mussolini, Fayard, 1999.

Didier Musiedlak, Mussolini, Presses de Sciences Po, 2005.

Michel Ostenc, Mussolini, une histoire du fascisme italien, Ellipse, 2013.

Max Schiavon, Mussolini. Un dictateur en guerre, Perrin, 2016.

1 El Tratado le otorgaba a Italia el Trentino, Istria, una parte de Dalmacia, un protectorado sobre Albania y territorios coloniales.

2 El 24 de octubre de 1917, un ataque austro-alemán perforó el frente italiano, provocando la derrota del 2º ejército y un repliegue hasta el Piave, con un saldo de 30.000 muertos y 275.000 prisioneros.

3 Este término designaba en su origen al emblema de la autoridad de los magistrados en la antigua Roma y luego fue tomado por algunos grupos revolucionarios italianos en el siglo XIX.

4 El poeta marchó con sus hombres sobre la ciudad de Fiume, que los Aliados se negaban a entregarle a Italia, y creó allí un Estado independiente. La aventura terminó en diciembre de 1920, tras una intervención del ejército italiano.

5 Ese nombre recordaba a la policía política creada en 1917 por el poder bolchevique para perseguir a sus enemigos.

6 Este término, proveniente del latín Dux, utilizado para designar a un jefe de guerra, adquirió el significado de guía en la izquierda revolucionaria italiana del siglo XIX.

7 Su nombre era Organizzazione per la Vigilanza e la Repressione dell’Antifascismo, y fue creada en 1927.

8 Los ideales del fascismo de 1919 convertidos en mitos entre los más radicalizados, que estaban libres de todo compromiso con los conservadores.

9 El giro antisemita fue anunciado en julio de 1938 y tomó cuerpo con las leyes de septiembre de 1938, que excluían a los judíos de la sociedad italiana.

10 Dino Grandi fue ministro de Relaciones Exteriores de 1929 a 1932, embajador en Londres hasta 1939, y luego ministro de Justicia y presidente de la Cámara de Fasci y Corporaciones, y se mantuvo muy cerca de la Corona.

3
Stalin, el “Lenin de hoy”, o cómo Stalin se convirtió en Stalin
Nicolas Werth

“Stalin concentró un poder ilimitado”, y no era seguro “que pudiera ejercerlo con bastante circunspección […]”. “Stalin es demasiado brutal, y ese defecto, perfectamente tolerable en nuestro medio, ya no lo es en las funciones de secretario general. Les propongo entonces a los camaradas estudiar una manera de remover a Stalin de ese puesto”.

Lenin dictó estos breves comentarios asesinos el 23 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923, pocas semanas antes del ataque cerebral que lo apartaría definitivamente de la vida política. Estas notas (que junto con otras páginas dedicadas a los principales líderes comunistas –Trotski, Bujarin, Zinóviev, Kámenev y Piatakov– fueron denominadas en forma impropia el “testamento de Lenin”) fueron guardadas bajo siete llaves hasta el discurso secreto de Jruschov en el XX Congreso del PCUS, en febrero de 1956. ¿Se puede llegar a decir que realmente eran secretas? En realidad, les habían sido comunicadas a algunos pocos dirigentes del Partido en el XIII Congreso del Partido, que se llevó a cabo en mayo de 1924, pocos meses después del fallecimiento de Lenin (el 21 de enero anterior): en cuanto a los colegas de Stalin en el Politburó, la instancia más alta del Partido, habían sido puestos al corriente mucho antes. También fueron publicadas en Occidente en 1925, gracias a dos comunistas antiestalinistas, Boris Suvarin, dirigente comunista francés, y Max Eastman, periodista socialista norteamericano, que había conseguido el “testamento de Lenin” durante un viaje que ha­bía efectuado a la Unión Soviética en 1924. Cuando se publicaron estas notas en Occidente, Stalin consiguió, bajo amenaza, que Trotski y Nadezhda Krúpskaya, la viuda de Lenin, escribieran en el Pravda que se trataba de una falsificación.

Pero Stalin debió abordar con un hándicap mayor las luchas de sucesión que se desarrollaron incluso antes de la muerte de Lenin. Un hándicap más grande que ese desprecio final del Maestro, que, por añadidura, había cortado toda relación personal con Stalin en los últimos días anteriores a su ataque cerebral, como consecuencia de una agresión verbal particularmente grosera de este último contra Nadezhda Krúpskaya.11

Este hándicap influiría en forma fundamental y definitiva en el estilo de las relaciones de Stalin con los demás dirigentes bolcheviques de su generación. Debía demostrar permanentemente que no había “traicionado al leninismo”, y por eso odiaba profundamente a Trotski: precisamente porque este había desarrollado el tema de la “Revolu­ción traicionada” por Stalin. Este último le dedicaría una enorme energía a reconstruirse una perfecta legitimidad política, reescribiendo la historia del bolchevismo, redactando su propia hagiografía, construyendo su concepción de un sistema central en torno a su persona. Hasta fines de los años 30, hasta que se eliminó a la “vieja guardia leninista”, Stalin fue en realidad un dirigente a la defensiva, que ponía a prueba constantemente el grado de devoción personal de todos hacia su persona, dominaba a sus colaboradores más cercanos instrumentalizando sus menores “fallas biográficas” (una adhesión anterior al menchevismo, un desvío con respecto a la “línea” del Partido, relaciones familiares o amistosas con “enemigos de la Revolución”, etc.) y perseguía a todos los que pudieran conservar en su memoria el último conflicto entre el Maestro y el discípulo.

El ascenso

Pero en primer lugar, antes de abordar el núcleo del tema –es decir, la forma en que Stalin logró imponerse a la cabeza del Partido Bolchevique durante los seis años siguientes a la “muerte política” de Lenin (cinco años después de su muerte real, en enero de 1924)–, volvamos brevemente a su trayectoria antes de 1922-1923. Porque en ese momento, cinco años después de la toma del poder por parte de los bolcheviques en octubre de 1917, Stalin ya era uno de los principales dirigentes bolcheviques y uno de los más cercanos colaboradores de Lenin, contrariamente a la leyenda difundida por Trotski, según la cual Stalin habría sido en esa época solo un oscuro apparátchik, un “hombre del aparato”, gris y sin envergadura.

Cuando, en la década de 1920, se les pidió a las personalidades comu­nistas que entregaran una breve noticia autobiográfica para ser publicada, Stalin fue uno de los pocos dirigentes que recordó sin ambages una infancia de pobreza y privaciones. Sus padres fueron siervos de nacimiento, antes de la abolición de la servidumbre en 1861. Su padre, Vissarión Dzhugashvili –un modesto zapatero georgiano instalado en la pequeña ciudad de Gori–, fue asesinado en una riña, cuando su hijo Soso, el futuro Stalin (nacido en diciembre de 1879), tenía solo diez años. En 1894, inscribieron a Soso Dzhugashvili en el seminario de Tiflis: era la única manera de que pudiera continuar sus estudios. Allí se educó durante cinco años y, al mismo, tiempo frecuentó círculos de tendencia marxista. Se ha atribuido a la orientación teológica de los estudios del joven Stalin el estilo didáctico, lleno de figuras de estilo oratorias, tan característica de la prosa estaliniana. En 1899, expulsaron a Dzhugashvili del seminario por faltar con frecuencia. Como muchos estudiantes de su generación, “iba al pueblo” y militaba en grupúsculos socialistas en contacto con el mundo obrero de las grandes ciudades del Cáucaso, Tiflis y sobre todo Bakú, la gran ciudad del petróleo, a orillas del mar Caspio. Primer arresto, en abril de 1902, y una condena a tres años de deportación en Siberia, de donde se evadió –como la mayoría de los deportados políticos– a principios de 1904. Al regresar al Cáucaso, se unió a los círculos bolcheviques locales, en un momento en el que los socialdemócratas se dividían entre mencheviques y bolcheviques, ascendió rápidamente en el pequeño ambiente revolucionario caucasiano y redactó su primer panfleto (Una rápida mirada sobre las divergencias en el Partido), cuyo sectarismo didáctico y vehemente le llamó la atención a Lenin. A fines de 1905, “Koba” (su sobrenombre en la clandestinidad revolucionaria),12 que había sido designado como delegado bolchevique para el Cáucaso –una promoción fulgurante al cabo de dos años de militancia–, se encontró con Lenin, por primera vez, en la conferencia que tuvo lugar en Tampere, Finlandia, y en cuyo transcurso los dirigentes bolcheviques se pronunciaron sobre su participación en la campaña para la elección de la primera Duma. A los veintiséis años, Stalin entró al “primer círculo” leninista. En abril de 1906, en el IV Congreso del Partido Socialdemócrata, que se realizó en Estocolmo, Koba representó a la corriente bolchevique caucásica, muy minoritaria frente a los mencheviques georgianos, en pleno auge tras su éxito en las elecciones de la Duma. Al año siguiente, estuvo involucrado en algunas “expropiaciones revolucionarias” (hold-up de bancos), supuestamente con el fin de alimentar las cajas del Partido. En la polémica que se desarrolló en el seno mismo del Partido Bolche­vique sobre esas prácticas, Lenin apoyó firmemente esas “acciones de partisanos”. Entre 1908 y 1913, Stalin (el “Hombre de Acero”, el nuevo apodo revolucionario de Dzhugashvili) alternó arrestos, condenas y deportaciones, seguidas por inmediatas fugas y períodos de clandestinidad. En 1912, fue nombrado, por cooptación, en el Comité Central del Partido Bolchevique, convirtiéndose así en uno de los diez principales dirigentes del movimiento clandestino. De modo que Lenin desempeñó un papel decisivo en su promoción. Consciente de la importancia crucial del problema de las nacionalidades para la causa revolucionaria, impulsó precisamente a Stalin a exponer el punto de vista marxista sobre esta cuestión: en 1913 apareció El marxismo y la cuestión nacional, un opúsculo a propósito del cual Lenin se refirió al “maravilloso georgiano” en una carta a Gorki. Gracias a este texto –sin gran originalidad–, en el que afirmaba que “la cuestión nacional en el Cáucaso solo puede resolverse llevando a las naciones y los pueblos atrasados a la corriente general de una cultura superior”, Stalin se convirtió en el especialista del Partido en política de las nacionalidades. En febrero de 1913, fue nuevamente arrestado. Lo enviaron a Turujansk (Siberia oriental), la más alejada y aislada de las regiones de deportación del Imperio ruso, y esta vez permaneció allí cuatro años, hasta la caída del zarismo, en febrero de 1917.

De vuelta en Petrogrado en marzo de 1917, tras la amnistía proclamada por el gobierno provisional, Stalin fue secretario de redacción del Pravda, el diario bolchevique. En la VII Conferencia del Partido, que se realizó a fines de abril de 1917, fue elegido en el Comité Central. Solo Lenin y Zinóviev tuvieron más votos que él. En momentos en que aumentaban en Finlandia, Polonia, Ucrania, las provincias bálticas y el Cáucaso las reivindicaciones de autonomía, e incluso de independencia, la cuestión nacional se volvió central en la evolución y el futuro del proceso revolucionario en curso. Siguiendo a Lenin, Stalin suscribió en ese momento la tesis según la cual toda nación tenía derecho a la autodeterminación y a la secesión. Después del golpe de Estado bolchevique del 25 de octubre de 1917, Stalin fue nombrado, en el nuevo gobierno, en el puesto clave de Comisario del Pueblo de las Nacionalidades. Pero en realidad, lejos de limitarse a ese solo sector, se convirtió en el hombre a quien Lenin le encargó todas las misiones especiales sobre los puntos más “calientes” de los frentes de la guerra civil. Durante el verano de 1918, fue enviado al “frente de aprovisionamientos” en la región de Tsaritsyn (la futura Stalingrado), con la misión de decomisar masivamente las cosechas para salvar a Moscú de la amenazante hambruna. En mayo de 1919, fue enviado al frente de Petrogrado con plenos poderes, en momentos en los que la ciudad estaba amenazada por el avance de los Blancos. Como responsable del Consejo Revolucionario de Guerra en el frente sudoeste durante el verano de 1920, Stalin desempeñó un papel luego muy controvertido en el fracaso final de la ofensiva soviética contra Varsovia: en un momento decisivo, se negó a enviar refuerzos para apoyar al cuerpo de ejército comandado por el general Tujachevski que marchaba sobre la capital polaca. Paralelamente a esas actividades de (lamentable) estratega militar, Stalin dirigió el inmenso aparato burocrático de la Inspección Obrera y Campesina, encargada de controlar el buen funcionamiento de las instituciones soviéticas. Fue también uno de los cinco miembros titulares del Politburó, creado en marzo de 1919 para coordinar la acción del Comité Central. Lejos de ser un oscuro apparátchik, como decía Trotski, Stalin fue uno de los más importantes colaboradores directos de Lenin y era muy apreciado por su apoyo sin fisuras, su sentido de la disciplina, su firmeza de carácter, su determinación y su total falta de escrúpulos y de piedad en la acción: virtudes fundamentales en tiempos de guerra civil. En abril de 1922, fue ascendido al puesto, aparentemente técnico, de secretario general del Comité Central. Ese cargo, que ocuparía durante treinta años, era muy estratégico: le permitió, en efecto, controlar todos los cambios y promociones de los altos funcionarios del Partido.

Sin embargo, en el otoño de 1922, estalló un importante conflicto entre Lenin y Stalin sobre la cuestión del marco federal en el que debía construirse la Unión Soviética. En septiembre, una comisión, presi­dida por Stalin y encargada de elaborar un proyecto de Estado Federa­tivo, entregó un texto que proponía la absorción de las Repúblicas So­vié­ticas (Ucrania, Bielorrusia, Armenia, Georgia, Azerbaiyán) en la RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia), cuyo gobierno se convertiría en el gobierno de la federación. Lenin, ya enfermo, esbozó una versión totalmente distinta del proyecto, en el cual la federación reuniría a repúblicas iguales y no dominadas por Rusia. En tres notas que constituyen lo que se ha llamado impropiamente su “testamento”, Lenin condenó el “chauvinismo gran-ruso” de Stalin, con una valoración severa sobre ese hombre al que había calificado, diez años antes, como “maravilloso georgiano”.

Los cinco factores de la victoria de Stalin

En las luchas de sucesión que se abrieron incluso antes de la desaparición de Lenin, Stalin mostró infinitamente más volun­tad y sentido táctico que sus adversarios. Jugó a la perfección po­niendo a unos contra otros, aliándose primero con Zinóviev y Kámenev para eliminar del juego político a su adversario más peligroso: Trotski. Una vez debilitado este último, invalidó sus alianzas y se acercó a Bujarin, Tomski y Rýkov para apartar a Zinóviev y Kámenev de la dirección. Después de conseguir poder, se volvió contra sus anteriores aliados: Bujarin fue excluido del Politburó en noviembre de 1929; Tomski, en julio de 1930 y Rýkov, en diciembre de 1930.

Más allá de las peripecias de esas luchas “politiqueras”, debemos in­terrogarnos sobre las causas más profundas de la victoria política de Stalin en la segunda mitad de la década de 1920, que llevaron a la encarnación del poder en su persona y su identificación con el Partido Comunista.

Cinco factores, estrechamente ligados, pueden explicar la victoria de Stalin:

– ante todo, el surgimiento, tras la muerte de Lenin, de una religiosidad secular, de una figura tutelar que personificaba a la dictadura revolucionaria;

– la captación, por parte de Stalin, de la herencia leninista, que le permitió imponerse como “exégeta” autorizado del pensamiento de Lenin, como su continuador y su “mejor discípulo”;

– la formulación que hizo Stalin de una determinada cantidad de objetivos y de decisiones estratégicas políticas simples, pero que ofrecían una nueva esperanza y un objetivo concreto: la “construcción del socialismo en un solo país”;

– la transformación profunda de la sociología del Partido, con una incorporación masiva de elementos populares y plebeyos, que se encontraban y se reconocían en los elementos programáticos propuestos por su Void (“Guía”);

– por último, la capacidad de Stalin de controlar, con un pequeño grupo compacto de fieles, los aparatos del Partido y de la policía política.

El primer factor fue la transformación simbólica del poder después de la muerte de Lenin. Su desaparición dio lugar a la explosión de un fenómeno cultual que fue fundamental en la trayectoria del bolchevismo. Y Stalin desempeñó en ello un papel clave. Como secretario general del Partido, él fue el encargado de la organización del funeral. Pronunció un discurso destinado a perdurar mucho tiempo: generaciones de escolares aprendieron de memoria, durante décadas, la fórmula del juramento que se repetía en su discurso: “Te juramos, camarada Lenin, que cumpliremos con honor tu voluntad”. Pero el discípulo fue mucho más lejos: estableció una “Comisión para la inmortalización de la memoria de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)”, encargada de ritualizar la muerte del gran hombre, cuyo cuerpo, debidamente embalsamado, y cuyo cerebro, debidamente disecado para encontrar en él las pruebas materiales de su “genio”, reposarían en un mausoleo en la plaza Roja.

Los demás dirigentes bolcheviques protestaron contra ese “culto a la personalidad”: en ese momento surgió esta expresión. La viuda de Lenin, Nadezhda Krúpskaya, llegó a publicar en el Pravda una advertencia sobre la manera correcta de honrar la memoria del gran difunto. Nada indicaba en el estilo de Lenin la posibilidad de esa exaltación santificadora. Su importante papel, reconocido por todos, al frente del Partido y del Estado, siempre se había desarrollado sin poner de relieve a su persona. Por autoritario que hubiera podido ser, siempre se mantuvo reservado detrás de la idea y la función. Para Lenin, solo existían fuerzas sociales colectivas. La dictadura del proletariado era una dictadura sin dictador.

Pero el mito prendió mucho más allá de lo que esperaban sus promotores. En pocos meses, se organizó un verdadero culto, con monumentos a la gloria de Lenin, objetos litúrgicos, “espacios Lenin” en las instituciones más modestas, en escuelas, en bibliotecas y museos. Por supuesto, ese culto no tenía nada de espontáneo, pero era evidente que no habría adquirido proporciones tan grandes si hubiera sido simplemente una ficción impuesta desde arriba, si no hubiera encontrado un eco profundo e inesperado en las masas. La celebración de Lenin funcionó, seguramente, porque se enraizó de algún modo en la figura secular del “padrecito”, que había sido el zar para su pueblo apenas una generación atrás.13 Stalin, más que los otros dirigentes, comprendió la importancia de una personificación de la dictadura bolchevique, de esa supuesta “dictadura del proletariado”. Comprendió que el culto a Lenin le permitiría al Partido adquirir lo que más le faltaba: la legitimidad a través de la figura de un fundador idealizado. Extrajo todo la ventaja política que pudo erigiéndose él mismo como primer y único “continuador”, como el mejor discípulo del Maestro convertido en héroe.

El “mejor discípulo”

El objetivo de Stalin era monopolizar la herencia leninista ubicándose como el exégeta autorizado de su pensamiento. En abril de 1924, pronunció una serie de conferencias, editadas luego en un libro titulado Las bases del leninismo. Allí planteaba algunas ideas simples, en forma prioritaria, la necesidad de la disciplina y de la unidad del Partido, vanguardia, élite y líder de las masas. Se publicaron centenares de miles de ejemplares: el libro fue la primera –y a menudo la única– lectura “teórica” de los alrededor de 200.000 nuevos adherentes al Partido de la “promoción Lenin”. Apenas diez días después de su muerte, a propuesta de Stalin, el Comité Central había lanzado, en efecto, una gran campaña de reclutamiento de jóvenes comunistas, de preferencia obreros, para darle al Partido una base social conforme a su definición ideológica. En su mayoría, esos nuevos comunistas carecían de educación política y muchos de ellos carecían incluso de toda educación. Algunos serían formados aceleradamente en las escuelas de cuadros del Partido y se convertirían en esos personajes típicos del comunista estalinista de los años 30: los “promovidos”.

Los nuevos reclutas eran precisamente quienes podían comprender y seguir la teoría planteada por su jefe desde fines de 1924: la “construcción del socialismo en un solo país”. Esa teoría se basaba en un pasaje de un artículo de Lenin aparecido en 1915, en el que escribió: “En razón de las circunstancias excepcionales del momento, la revolución no puede darse en varios países del mundo imperialista a la vez, sino en uno solo”. A partir de este exiguo fundamento (aunque de autoridad, por supuesto), Stalin desarrolló la idea según la cual, des­pués del fracaso del intento de insurrección comunista en 1923 en Alemania y el retroceso general de la revolución en Europa, “la victoria del socialismo en un solo país, aunque esté menos desarrollado desde el punto de vista capitalista, mientras subsiste el capitalismo en los otros países, más desarrollados desde el punto de vista capitalista, es perfectamente posible y probable”. En una palabra: pretendía convertir una derrota en victoria, haciendo de la Unión Soviética la tierra prometida del socialismo, primera etapa del camino que llevaba al comunismo. Además de darles una nueva esperanza y un objetivo concreto a todos los que dudaban de la revolución mundial, la “construcción del socialismo en un solo país” tenía la enorme ventaja de movilizar la fibra nacional, incluso nacionalista: un recurso esencial de la retórica estalinista. La Unión Soviética se erigía en patria mundial del socialismo: el significado universal de la experiencia que se desarrollaba en ese país era muy apasionante, sobre todo porque era única, ejemplar, aunque también aislada en un mundo capitalista hostil. La Unión Soviética era una fortaleza sitiada. La concepción de Stalin implicaba reanudar la marcha hacia la modernidad y el progreso, interrumpida en 1921 cuando Lenin, frente a las insurrecciones campesinas –y la revuelta de Kronstadt–, había tenido que dar marcha atrás y proclamar la “pausa” de la NEP. Esa teoría también tenía la ventaja de impugnar la argumentación del principal adversario de Stalin, Trotski. Este había reformulado, con el nombre de “revolución permanente”, la idea desarrollada por Lenin, según la cual el éxito definitivo de la revolución rusa dependía in fine del desarrollo de la revolución mundial. Criticaba a sus adversarios (a Stalin, pero también a Kámenev y Zinóviev) por su falta de energía revolucionaria. Ahora, Koba y sus partidarios podían responderle que sus quimeras internacionalistas no hacían más que reflejar su falta de confianza en las fuerzas de su país. “Solo le quedaría a nuestra revolución –fustigó Stalin– una sola perspectiva: vegetar en medio de sus propias contradicciones y pudrirse esperando la revolución mundial”. Su habilidad consistía en aplicar a veces la prudencia, contra una acción que consideraba al mismo tiempo irrealista, azarosa e inútilmente arriesgada en un momento en el que las potencias capitalistas lograban su estabilidad política y su crecimiento económico, y la determinación contra una dilación desmoralizante, con un objetivo concreto a cumplir en un marco nacional.

En la lucha política entre los “herederos de Lenin”, la gran fuerza de la posición estalinista residía en su lograda identificación con la “línea general” del Partido que, en su gran simplicidad y su extremo esquematismo, se hacía accesible a una gran mayoría de militantes poco instruidos y poco formados políticamente. Stalin logró reducir el debate político a la lucha entre una “línea general” encarnada, en el centro, por él mismo, y “desviaciones”, de “izquierda” (Trotski) o de “derecha” (Bujarin, Rýkov), que amenazaban la unidad sagrada del Partido. El análisis de las reuniones de célula revelan claramente que entre los militantes de base existía una profunda ignorancia de las tesis rivales de los diferentes ideólogos. Los grandes debates políticos de los círculos dirigentes llegaban a las bases deformados, desmedidamente simplificados y doblemente orientados por los cursos de formación política y por la tutela de los “instructores”, enviados por el Departamento de Organización y Distribución del Comité Central (Orgraspred). En definitiva, el debate entre Stalin y Trotski se reducía a la idea de que el primero quería construir el socialismo en la Unión Soviética, mientras que el segundo lo rechazaba. Cuando se le pidió al secretario de una célula, en 1929, que definiera las características de la “posición derechista” de Bujarin (ese eminente dirigente bolchevique que se oponía con mucha firmeza a la colectivización forzada del campo), ofreció esta respuesta, admirable en su ignorancia y su ingenuidad: “El desviacionismo de derecha es una desviación hacia la derecha, el desviacionismo de izquierda (Trotski) es una desvia­ción hacia la izquierda, pero el Partido, con Stalin a la cabeza, traza su camino entre los dos”. La fuerza de la posición estalinista residía en su identificación con la línea “centrista” y, por lo tanto, justa, del Comité Central y, como ya lo señalé, en su extremo esquematismo, que la hacía accesible a una mayoría de militantes fácilmente influenciables. El debate político se limitaba a una lucha entre una “línea general” encarnada por Stalin y “desviaciones” mortíferas. A los militantes se les recordaba permanentemente la amenaza del asedio capitalista y, en consecuencia, el peligro que entrañaba todo conflicto en los círculos dirigentes del Partido para la existencia misma de la Unión Soviética. La “discusión” era siempre considerada como “impuesta”, “forzada” por una oposición, una desviación. En ese contexto, analizar una cuestión política era en principio ratificar la denuncia a un “opositor” (y muy pronto, en los años 30, a un “enemigo”). Cuando había un debate, debía ser cuidadosamente prepa­rado, orientado, encuadrado. Toda nueva orientación, todo cambio de la “línea del Partido” eran explicados y comentados por “instructores” y “propagandistas”, que indicaban la “elección correcta”.

Como puede verse, dos últimos elementos jugaban aquí en favor de Stalin: la evolución de la composición del Partido y el dominio de los mecanismos y de las estructuras de control y de autoridad en su interior. Entre 1924 y 1929 –cinco años decisivos para el ascenso de Stalin–, la composición sociológica de los comunistas cambió considerablemente. Diez años después de la Revolución de Octubre, el Partido contaba con aproximadamente 1.300.000 miembros. El número de los bolcheviques de origen, en general provenientes de la intelligentsia “desclasada” o de la pequeña y mediana burguesía, había disminuido notablemente (sobre todo por causa de la hecatombe de la guerra civil) –no eran más de 8000 en 1927–, y se produjo un fenómeno de “plebeyización”, que no significó, empero, una verdadera proletarización. A pesar de las campañas masivas de reclutamiento de obreros (“promoción Lenin” en 1924, “promoción de Octubre” en 1927), estos representaban menos de un tercio de los comunistas. Setenta por ciento de ellos tenían un empleo no manual, casi siempre poco calificado, en el inmenso aparato burocrático que se estaba construyendo. Otra característica de este Partido en plena trasformación: su juventud (85% de los comunistas tenían menos de treinta y cinco años en 1929), la escasa experiencia política de sus cuadros (menos del 2% de los secretarios de célula habían adherido al Partido antes de 1918) y el bajo nivel de educación de sus miembros (solo el 1% tenía un diploma de enseñanza superior). Estas cifras contrastan fuertemente con lo que se sabe de los comunistas que adhirieron a la oposición trotskista en 1926-1927 (eran un poco menos de 10.000, y en su mayoría serían excluidos durante la gran purga de 1929). Estos eran, al contrario, mucho más educados que el promedio: había entre ellos muchos intelectuales y estudiantes. El bajo nivel político de los miembros del Partido, que, a diferencia de los “viejos bolcheviques”, nunca habían leído a ningún clásico del marxismo (a lo sumo, algunos opúsculos de divulgación como Las bases del leninismo de Stalin), sirvió de justificación para el encuadramiento ideológico cada vez más estricto de las organizaciones de base por parte de los comités de distrito o de provincia. Durante esos cinco años de transición, el control de los cuadros sobre las organizaciones de base se perfeccionó. Prueba de ello era la presencia de un representante del comité de distrito en las reuniones importantes, que actuaba como informante y tomaba nota de toda palabra desviante. En caso de “dificultades”, se enviaban al lugar instructores de la Orgraspred, departamento clave del Secretariado del Comité Central.

El último factor –no menor– de la victoria imparable de Stalin fue su capacidad de controlar los principales aparatos del Partido con un grupo compacto de adláteres (Mólotov, Ordzonikidze, Kaganóvich, Kúibyshev, Kírov, Mikoyán, Voroshílov, Andréiev, Postishev), que se había formado durante la guerra civil, y más precisamente, en el “frente sur” (Tsaritsyn, que fue rebautizado en los años 30 como Stalingrado). Este núcleo duro se apoderó sobre todo de la Secretaría del Comité Cen­tral, de la Orgraspred y de la Co­misión de Control. En 1925, una nueva reglamentación fijó el reparto de los puestos nombrados por tal o cual instancia del Partido. De los 25.000 puestos permanentes, un cuarto (más de 6000) –los más importantes– dependían directamente de la Secretaría del Co­mité Central y de la Orgraspred, y los demás eran provistos por los comités regionales. En teoría, todos los puestos de responsabilidad que figuraban en las listas (nomenklaturas) del Comité Central y de los comités regionales eran electivos. En la práctica, esa “elección” siempre era preparada por la organización de la que de­pendía el puesto. A partir de 1924-1925, la Secretaría del Comité Central, dirigida por Stalin, asistido por su fiel Poskrebyshev, intentó establecer un fichero completo de todos los comunistas: le llevó más de quince años completarlo. A mediados de la década de 1920, otro organismo, dirigido por dos colaboradores cercanos de Stalin (Kúibyshev hasta 1926, y luego Ordzonikidze), la Comisión Central de Control, empezó a tener una importancia cada vez mayor. Según sus estatutos, su objetivo era “la lucha decidida contra todos los grupúsculos y movimientos frac­cionales en el seno del Partido, el estudio sistemático de los fenómenos malsanos en el terreno de la ideología y la purga de los elementos ideológicamente perjudiciales o moralmente corruptos”. Todos los años, entre el 4% y el 8% de los militantes eran convocados por los más diversos motivos. Los principales eran: el alcoholismo (25% a 30% de motivos de convoca­toria), la “pasividad política” (20%), mucho más frecuente que la “oposición activa” (6% a 8%), diversas formas de arribismo, de abusos, de burocratismo (15% a 20%), los robos caracterizados (10%), la práctica religiosa (8% a 10%), la pertenencia a una clase socialmente extraña (5%).14 Hasta 1927, las comisiones de control se limitaron a aplicar generalmente “purgas suaves” (advertencias, sanciones, muy pocas veces expulsión: en 1924-1926 hubo menos del 1% de expulsados por año, con respecto a la cantidad total de comunistas). Pero a partir de 1927, se produjo un giro que anunciaba la gran purga de 1929. Estuvo marcado por una severidad mucho más grande, esta vez en nombre de un monolitismo ideológico, hacia los opositores políticos, especialmente los trotskistas (varios miles de ellos fueron expulsados del Partido en 1927 y principios de 1928, tras el XV Congreso) y por los vínculos cada vez más estrechos entre las comisiones de control y la policía política, el GPU,15 a cargo de un hombre puesto por Stalin: Dzerzhinski hasta 1926 y luego Menzhinski.

Jaque mate

¿Cuándo se impuso Stalin definitivamente como jefe del Partido? En 1929, después de la derrota de la última oposición seria, calificada de “derecha” y dirigida por Nikolái Bujarin y Alekséi Rýkov. El enfrentamiento final se produjo por el proyecto voluntarista global de modernización propuesto por el secretario general, que preten­día convertir a la Unión Soviética en una gran potencia industrial y militar. “Rusia siempre fue derrotada por su atraso –explicó Stalin en un famoso discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931–. Estamos de cincuenta a cien años atrasados con respecto a los países avanzados. Debemos recorrer esa distancia en diez años. O lo hacemos o seremos destruidos”. ¿De dónde se podía sacar el capital indispensable para el financiamiento de esa industrialización masiva y acelerada? De una sobreexplotación –nunca reconocida, por supuesto– de los obreros, cuyo salario real bajó a la mitad durante el Primer Plan Quinquenal (1928-1933); de retenciones masivas, de precios irrisorios, de la pro­ducción agrícola, porque habían encerrado a los campesinos en grandes explotaciones colectivas, y de la represión a toda oposición (que supuestamente provenía de “elementos capitalistas en el seno del campesinado”, los kulaks). La exportación de productos agrícolas financiaría la compra en el exterior de bienes de equipamiento y tecnologías indispensables para la industrialización. Esta “acumulación socialista primitiva” suponía naturalmente que los mecanismos del mercado, que finalmente seguían funcionando bajo la NEP, habían sido destruidos anteriormente y que los campesinos habían sido reagrupados en granjas colectivas. Las retenciones masivas provocaron terribles hambrunas –totalmente ocultadas por el régimen–, que, entre 1931 y 1933, causaron más de 6 millones de víctimas, principalmente en Ucrania, en Kazajistán y en las regiones del Volga.

Stalin oficializó el cambio de rumbo el 7 de noviembre de 1929 con un memorable artículo titulado “El año del gran giro”, cuya formulación lírica quedó en los anales: “Marchamos a todo vapor por el camino de la industrialización, hacia el socialismo, dejando nuestro atraso ruso y secular. Nos convertimos en el país del metal, el país del automóvil, el país del tractor”.

Este artículo dio la señal para una aceleración catastrófica del proceso de competencia en la radicalización. En el frente rural, se deci­dió la “colectivización total” de las regiones agrícolas más productivas. En el frente industrial, se decidió forzar la marcha y realizar el Primer Plan Quinquenal en cuatro años, según el eslogan “los ritmos deciden todo”.

Al mismo tiempo, se colocó otra pieza crucial del dispositivo: el 21 de diciembre de 1929, el cumpleaños número cincuenta de Stalin se convirtió en una verdadera consagración del secretario general, del estallido del culto a la personalidad. El “guía” fue entronizado como “genio de nuestro tiempo” y saludado, algo aún más significativo, como el “nuevo Lenin”. De este modo, el “gran giro” que había emprendido quedó legitimado como un regreso a las fuentes y una consumación de la Revolución de Octubre de 1917. Así fue como Stalin presentaría retrospectivamente su obra, algunos años más tarde, en el manual Historia del Partido Comunista de la URSS, publicado en 1938. El “gran giro” de 1929 fue calificado como “transformación revolucionaria de las más profundas, un salto efectuado del antiguo estado cualitativo de la sociedad a un nuevo estado cualitativo, equivalente por sus consecuencias a la Revolución de Octubre de 1917”. ¿Qué mejor para legitimar la “ofensiva socialista” que presentarla como la reiteración de Octubre y como guiada por la inteligencia y la audacia del “nuevo Lenin”, del “Lenin de hoy”? Así se cerraba el círculo. Se completó el cambio simbólico del poder, iniciado con la puesta en marcha de la Comisión para la Inmortalización de la Memoria de Lenin. Stalin se convirtió en la encarnación del Partido. Como tal, era intocable. El propio Trotski dijo en 1924: “En último análisis, el Partido siempre tiene razón […]. Solo se puede tener razón con el Partido y por el Partido, porque la historia no creó otro camino para realizar lo que es justo”.

En 1936, en ocasión de su último viaje al exterior antes de su arresto, Bujarin le dijo a un dirigente menchevique en el exilio, Fiódor Dan, que le preguntó por las razones de la fascinación que ejercía Stalin: “Debe comprender usted que no le tenemos confianza a él, sino al hombre que tiene la confianza del Partido. Eso es lo que sucedió: él se convirtió en una especie de símbolo del Partido, su encarnación. La gente humilde, los obreros y el pueblo creen en él. Es nuestra culpa, seguramente. Y por eso todos entramos en sus fauces muy abiertas, sabiendo perfectamente que nos devorará a todos. Él lo sabe perfectamente y espera el momento propicio para devorarnos a todos”.

El funcionamiento de la dictadura estalinista:
una lógica de clan

Al llegar a la cima, Stalin impuso su lógica de “clan”, policial y despótica. Una etapa decisiva en ese camino fue el nombramiento, a fines de 1930, de su colaborador más cercano, Viacheslav Mólotov, al frente del Consejo de Comisarios del Pueblo. “Por fin realizaremos –le escribió a su compadre– una perfecta unidad de las cumbres del Estado y del Partido, y eso reforzará nuestro poder”. Stalin desarrolló su concepción de un Estado limitado a un grupo restringido de “personas de confianza”. Los congresos se espaciaron,16 el Politburó –órgano director del Partido– se reunió cada vez con menor frecuencia en sesiones plenarias:17 las decisiones más importantes, que comprometían el futuro del país, eran tomadas en reuniones informales, que realizaba Stalin con sus colaboradores más cercanos en su oficina. Su sed de control conjugaba el rechazo de toda delegación de poder y un intervencionismo permanente y minucioso en todos los asuntos considerados importantes. Desde ese punto de vista, su dictadura personal parece estar en las antípodas de la dictadura hitleriana, fundada en el “principio carismático” del Führer y en un estilo de mando “neofeudal”, que les dejaba un gran margen de maniobra a los Gauleiter nazis en sus feudos regionales.

El perfeccionamiento de la dictadura personal de Stalin pasó por la eliminación de una gran parte de las élites políticas, económicas y militares provenientes de la primera generación bolchevique, la des­trucción de todos los vínculos políticos, personales, profesionales o administrativos generadores de solidaridades, que no se hubieran ori­ginado en una adhesión incondicional a su política y por la promoción de una nueva generación de dirigentes, que le debían su carrera y le eran absolutamente fieles. Ese proceso se desarrolló, en lo esencial, en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, y muy especialmente en 1936-1938, años del Gran Terror. La renovación de los cuadros fue espectacular: varias decenas de miles de responsables políticos, económicos y militares fueron detenidos y ejecutados. Al comienzo de 1939, 293 de los 333 secretarios regionales del Partido y 26.000 de los 33.000 altos funcionarios de la nomenklatura ocupaban sus puestos desde hacía menos de un año. Sin embargo, la eliminación y el reemplazo del 80% de los cuadros y dirigentes comunistas solo representaban uno de los aspectos de ese episodio, el más sangriento del estalinismo. Como lo mostraron los archivos recientemente desclasificados, el Guía, respaldado por Nikolái Yezhov, el comisario del pueblo del Interior, no solo fue quien ordenó los tres grandes procesos de Moscú contra los más importantes dirigentes bolcheviques que se habían opuesto a él en el pasado (Zinóviev, Kámenev, Bujarin, Rykov), sino que planificó los doce “operativos represivos secretos de masa” destinados a “eliminar para siempre a todos los elementos socialmente dañinos que socavan los cimientos del Estado Soviético” (Directiva de la orden Nº 00447 del 30 de julio de 1937).

En dieciséis meses (agosto 1937-noviembre 1938), más de un millón y medio de ciudadanos soviéticos fueron arrestados y condenados (más de la mitad, 800.000 personas, a la pena de muerte) por una jurisdicción de excepción, en el marco de esos “operativos de masa” programados sobre una base de cuotas regionales que indicaban la cantidad de individuos que se debía “hacer pasar a la 1ra categoría” (pena de muerte) o a la 2da categoría” (diez años de campo de concentración).

El vencedor de Stalingrado, el hombre fuerte de Yalta

El recuerdo de este crimen masivo, que se guardó en secreto, fue totalmente eclipsado –tanto en el interior como en el exterior del país– por el papel fundamental desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del nazismo. Sin duda, Stalingrado borró el Gran Terror, pero también el pacto germano-soviético del 23 agosto de 1939, que les permitió a dos dictadores, Hitler y Stalin, repartirse una parte de Europa oriental, y a la Unión Soviética recuperar grosso modo las fronteras occidentales del Imperio ruso. Desde el final de los años 30, Stalin alentó e instrumentalizó al nacionalismo gran-ruso, recubriendo con la expresión “patriotismo soviético” un chauvinismo étnico ruso: una política por lo menos inesperada de parte de un dictador proveniente de una minoría nacional, pero que le permitía asegurarse el apoyo del pueblo más importante de la Unión, para combatir los fermentos de desmembramiento que representaban las nacionalidades del nuevo imperio soviético en expansión. Aunque le permitió –temporariamente– a Stalin anexar territorios poblados por 23 millones de habitantes, el pacto germano-soviético no salvó a la Unión Soviética de la agresión hitleriana. El dictador tuvo una responsabilidad decisiva en los desastres militares de 1941-1942. Esa responsabilidad se sitúa en tres niveles: un error general de apreciación de la amenaza nazi en junio de 1941, una política de equipamiento del ejército demasiado tardía e incompleta, a pesar de los innegables progresos realizados durante los años 30, y una profunda desorganización del mando del Ejército Rojo tras la serie de purgas de 1937-1938. Los soviéticos ganaron la guerra no tanto gracias a Stalin, sino más bien a pesar de los errores estratégicos y tácticos que cometió, y a costa de pérdidas (más de 20 millones de muertos) debidas, en primer lugar, a la barbarie nazi, pero también al poco valor que le otorgaba el régimen estalinista a la vida humana. Exacerbado por las atrocidades cometidas por el invasor, el sentimiento patriótico reforzó el consenso social, que fue el arma principal de la supervivencia de la Unión Soviética. Muy hábilmente, gracias a su notable sentido político, Stalin logró identificar a su persona con la causa sagrada, la de la Patria. Los soldados iban al combate cantando: “V boi za rodinu, v boi za Stalina!” (“¡Luchemos por la Patria! ¡Luchemos por Stalin!”). El culto a Stalin, identificado con la Rusia sufriente, combatiente y finalmente victoriosa, se propagó por intermedio de los soldados hasta el campo, donde el odio al sistema koljosiano se había mantenido muy vivo. La guerra y la victoria modificaron profundamente la relación entre Stalin y la sociedad soviética, pero también su aura. La Conferencia de Yalta (4-11 de febrero de 1945) marcó el apogeo del papel internacional del dictador soviético. Jugando hábilmente con las divergencias entre británicos y norteamericanos, y con la confianza que le tenía Roosevelt, explotó su ventaja y obtuvo satisfacción sobre puntos fundamentales que garantizaban el lugar preeminente que ocupaba la Unión Soviética: tres representantes (Rusia, Ucrania, Bielorrusia) en la conferencia constitutiva de la ONU, la confirmación de las fronteras occidentales y orientales de Polonia según los deseos de la Unión Soviética y la legitimación del Comité de Lublin (prosoviético), como núcleo del futuro gobierno polaco, sin olvidar la satisfacción de las demandas de reparaciones formuladas por los soviéticos a Alemania.

El “Padre de los pueblos”

En los años de posguerra, Stalin, en la cúspide de su prestigio, acumuló las funciones de secretario general del Partido, presidente del Consejo de Ministros, mariscal, generalísimo y comandante en jefe de las fuerzas armadas. Durante esos años llegó a su apogeo el “culto a la personalidad”, especialmente en ocasión de su 70º cumpleaños, en diciembre de 1949. A pesar de las innumerables manifestaciones de idolatría y los conciertos de elogios a la gloria del “Padre de los pueblos”, el dictador se retraía cada vez más en un aislamiento receloso, eludía ceremonias y recepciones, solo conocía de la vida del país las imágenes embellecidas de los informes oficiales. Sus últimos años en el poder estuvieron marcados por un fuerte endurecimiento ideológico, después de la relativa liberalización y del relajamiento de los controles sobre la sociedad durante la guerra. A partir de 1946, se desarrolló una vasta ofensiva contra toda creación intelectual o artística que denotara presuntas influencias extranjeras, contra el “individualismo pequeñoburgués”, el “formalismo” y el “cosmopolitismo”. Muy pronto, la condena al “cosmopolitismo” tomó un giro cada vez más abiertamente antisemita: miles de judíos fueron arrestados o echados de su trabajo, sobre todo los que se desempeñaban en los medios de prensa, en la universidad o en la medicina. Aunque uno de los más próximos colaboradores de Stalin, que ingresó a fines de los años 30 al “primer círculo”, Andréi Zhdánov, aparecía como el principal responsable de ese endurecimiento ideológico, comúnmente llamado Zhdanovschina, en realidad fue Stalin quien dirigió esa campaña. Stalin impuso también, en contra de la opinión de los genetistas, las “teorías” de un charlatán, Lysenko, que llevó hasta la caricatura las concepciones deterministas, afirmando la impostura de las leyes de Mendel y proclamando la herencia de los caracteres adquiridos.

Detrás de la aparente unanimidad, el viejo dictador maniobraba hábilmente, reafirmando permanentemente su poder, arbitrando e instrumentalizando los conflictos latentes que se desarrollaban entre los herederos a su sucesión. Desde el final de la guerra, apartó de la vida pública y de toda actividad política a los principales jefes militares, que gozaban del prestigio de la victoria, y en especial al mariscal Zhúkov, el “vencedor de Berlín”, pues temía que le hiciera sombra. En 1948-1949, Stalin dirigió una gran operación de purga contra la dirección del Gosplan y del aparato del Partido Comunista de Leningrado. El “Asunto de Leningrado” les costó la vida a centenares de cuadros del Partido, acusados de “complotar con los titistas para derrocar al poder soviético”.

Cada vez más desconfiado, Stalin acusó públicamente, en el XIX Con­greso del Partido que se reunió en octubre de 1952 (trece años y medio después del XVIII), a sus más cercanos colabora­dores, Mólotov, Mikoyán y Voroshílov, de “desviacionismo derechista” y de “sumisión servil a los Estados Unidos”. En ese clima deletéreo de final de reinado, estalló, en enero de 1953, el caso del Complot de los Médicos. Acusaron a un grupo de médicos judíos del Kremlin de intentar en­venenar a dirigentes soviéticos. Como en el momen­to del Gran Terror de 1936-1938, se organizaron miles de mítines para exigir el castigo de los culpables y el regreso de una verdadera “vigilancia bolchevique”. Ese complot marcó, al mismo tiempo, el coronamiento de la campaña “anticosmopolita” iniciada cuatro años antes y el probable esbozo de una nueva purga general, que solo su muerte permitiría evitar. A estas dos dimensiones se añadió una tercera: la lucha entre las diferentes facciones de los ministerios del Interior y de Seguridad de Estado, sometidos a constantes reformas por Stalin, que siempre consideró a la policía política como el recurso absoluto, el único cuerpo del Estado-Partido realmente seguro para apoyar su poder personal. Co­mo lo muestran sus anotaciones de las actas de los “médicos asesinos”, el tirano siguió muy de cerca, hasta su último día de actividad, el 28 de febrero de 1953, antes de ser abatido por un ataque cerebral, ese asunto que revelaba su creciente paranoia.

Apenas algunos meses después de su fallecimiento, el nombre de Stalin desapareció casi completamente de la prensa soviética. En febrero de 1956, en su “Informe Secreto”, Nikita Jruschov, uno de los más fieles estalinistas, denunció el “culto a la personalidad” de su antiguo jefe, sus múltiples “errores”, “excesos” y “abusos”, destruyendo el ícono del “Padre de los pueblos” para salvaguardar –por algunas décadas más– la imagen del Partido. En la Rusia de hoy, el comunismo ha sido arrojado “al desván de la Historia”. Paradójicamente, Stalin sigue siendo popular y se le erigen nuevas estatuas. Para la generación poscomunista, él no es ni el secretario general del Partido, ni el que ordenó los crímenes de masas del Gran Terror, ni el responsable de las grandes hambrunas de principios de los años 30. En la memoria colectiva, permanece como el vencedor de Stalingrado, el hombre que hizo ingresar a Rusia a cierta modernidad, que supo preservar el Imperio y llevar a su punto máximo el poderío y el prestigio internacional de su país.

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11 Jruschov también leyó frente a los delegados reunidos a puertas cerradas en la noche del 24 al 25 de febrero de 1956 la dura carta de ruptura que le había enviado Lenin a Stalin el 5 de marzo de 1923.

12 Koba es el nombre de un héroe georgiano.

13 Esta tradición se rompió en el caso de Nicolás II, después del Domingo Rojo del 9 de enero 1905, cuando el zar ordenó disparar contra la multitud desarmada: eso había sucedido apenas veinte años antes.

14 Es decir, la burguesía, la nobleza o la clase de los kulaks (campesinos ricos).

15 GPU: sigla de Glavnoie Politiceskoie Upravlenie, Dirección Política de Estado, nuevo nombre de la policía política a partir de 1922 (reemplazó a la Checa).

16 No se convocó ningún congreso del Partido entre 1939 y 1952, mientras que en la década de 1920 el congreso se reunía todos los años.

17 85 sesiones en 1930, 20 en 1935, 6 en 1937, 3 en 1938, 2 en 1939.

4
Adolf Hitler,
el demonio de Alemania
Éric Branca

Moscú, octubre de 1955. Dos alemanes con abrigos gastados suben bien custodiados a un tren con destino a Berlín. Salen de diez años de cautiverio en la Unión Soviética, seis de ellos, en el gulag. El primero, Otto Günsch, fue el último edecán de Hitler; el segundo, Heinz Linge, su mayordomo. Fueron ellos quienes quemaron, el 30 de abril de 1945, los cadáveres del Führer y de Eva Braun en el patio de la Cancillería rodeada por el Ejército Rojo. Günsche tiene cuarenta y dos años; Linge, treinta y ocho.18 Al verlos, se les daría sesenta. An­tes de enviarlos a Siberia, el NKVD los había interrogado individualmente, día tras día, noche tras noche. Los incomunicaron y, para mantenerse con vida, habían tenido que decir todo lo que sabían del hombre al que ambos habían servido sin descanso, día y noche, uno durante cinco años y el otro, durante diez. Fue una tortura mental permanente, ya que la menor contradicción al relatar sus recuerdos se consideraba una mentira y era pasible de muerte. Esa táctica, establecida por el propio Stalin, tenía un solo propósito: disponer, para su uso personal, de informaciones de primera mano sobre la psicología de su difunto adversario. Este interés maníaco exigía no dejar en la sombra ningún aspecto de la personalidad de Hitler, desde sus lecturas, hasta los detalles de su vida muy privada, pasando por sus gustos alimentarios y las anécdotas de todo tipo que permitieran acercarse lo más posible a la verdad…

Esa investigación era una prueba de la fascinación patológica que sentía el dictador soviético por el hombre que en 1941 había acercado a la Wehrmacht a tiro de cañón de Moscú y, al año siguiente, había plantado la bandera de la cruz gamada en la cima del monte Elbrús, y produjo uno de los documentos más insólitos sobre el dictador nazi: el “Informe Hitler 462 A”, entregado a Stalin el 29 de diciembre de 1949. Eran 413 páginas dactilografiadas que solo fueron accesibles a los historiadores en 1991, al mismo tiempo que se abrieron los archivos del Partido Comunista soviético: se publicaron por primera vez en Alemania en 2006 y en Francia al año siguiente.

Un monstruo muy corriente…

¿Qué aportó concretamente ese informe? Para los historiadores, pocas revelaciones que pudieran cambiar su interpretación del nacionalsocialismo, pero para el gran público, una dimensión esencial en el conocimiento de su creador: el dictador más sanguinario del siglo XX –ex aequo con Stalin, pero con la responsabilidad suplementaria de haber provocado dos holocaustos en uno: la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de los judíos– era, en muchos aspectos de su vida cotidiana, un hombre corriente y mucho menos desequilibrado de lo que se decía. Lo fue, en todo caso, hasta 1943, fecha de la derrota de Stalingrado, que coincidió con una rápida degradación de su estado general.

En realidad, Stalin seguramente quedó decepcionado en su búsqueda de informaciones extraordinarias. Contrariamente a los rumores difundidos por los servicios de propaganda norteamericanos, interesados en ridiculizar al personaje, Adolf Hitler no mordía las alfombras en el clímax de sus ataques de nervios, no era un obseso sexual, ni, por el contrario, asexuado: le gustaban las mujeres y él les gustaba a ellas. Sus relaciones con Eva Braun, a quien conoció en 1929 y que fue, a partir de 1934, una especie de esposa morganática, parecen haber sido de una desconcertante banalidad. Aunque fue autodidacta, su cultura general era impresionante e infinitamente menos incompleta de lo que se afirmaba. Es cierto que era vegetariano y odiaba el tabaco (se adelantó a su tiempo al decir, en contra del consenso médico de la época, que el cigarrillo era cancerígeno), pero no era el enemigo absoluto del alcohol que se describió. Incluso a veces, cuando tenía varios mítines electorales seguidos, bebía algunos litros de cerveza por día y, a partir de la derrota de Stalingrado, solía regar sus comidas con coñac. Le rendía culto a Wagner, pero también apreciaba la ópera italiana (hasta el punto de diseñar decorados para el Turandot de Puccini), poseía una impresionante discoteca de música rusa, escuchaba a Chopin y le gustaba el jazz. En cuando a quienes lo rodeaban, el personal doméstico en particular, todos quedaron impresionados por la atención que les dedicaba. Incluso después de haber descubierto el horror del universo concentracionario, la fidelidad de estas personas a su memoria se mantuvo inalterable. Un ejemplo, entre muchos otros: la entrevista otorgada por una de las últimas secretarias del Führer, Traudl Junge, en el comienzo del film La caída, muestra cómo la fascinación hipnótica del personaje se ejerció a perpetuidad sobre quienes lo frecuentaban…

Por otra parte, ¿habría podido arrastrar a casi 80 millones de alemanes detrás de él y manipular durante seis años a los dirigentes de las democracias más grandes del mundo –con la notoria excepción de Winston Churchill– si hubiera sido el monigote encarnado por Chaplin en El gran dictador? Evidentemente no, y en esto reside seguramente el aspecto más “monstruoso” del personaje, en el sentido que impuso Hannah Arendt en La banalidad del mal. Justamente, porque en el fondo no son diferentes de los demás hombres, los verdugos interpelan a toda la humanidad.

“La catástrofe alemana no proviene solamente de lo que Hitler hizo de nosotros, sino de lo que nosotros hicimos de Hitler”, resumiría en sus Memorias Baldur von Schirach, ex jefe de las Juventudes Hitlerianas. “Hitler no vino del exterior, no era, como muchos imaginan, un animal demoníaco que tomó el poder completamente solo. Era el hombre que el pueblo alemán pedía y el hombre que hemos convertido en el amo de nuestro destino glorificándolo sin límites. Porque un Hitler solo aparece en un pueblo que tiene el deseo y la voluntad de tener un Hitler”.

Seguramente sin saberlo, el ex jefe arrepentido de las Juventudes Hitlerianas coincidía con la interpretación del gran psicoanalista Carl Gustav Jung sobre el poder de seducción del amo del Tercer Reich. Para este discípulo separado de Freud, el dictador era, más que una causa, una consecuencia del “desorden” alemán de entreguerras, y sus discursos eran un ejercicio tanto catártico, como político, que permitía expresar ciertos arquetipos propios del inconsciente colectivo germánico, hostigado por la derrota de 1918. Entre esos arquetipos, escribió Jung en su ensayo Wotan (1936), está el del dios germánico del mismo nombre, “dios de la tempestad y del frenesí, provocador de pasiones y de la sed de batalla […] un artista en ilusiones versado en todos los secretos ocultos”… Wotan, variante nórdica del Dionisos griego, “es un atributo fundamental del psiquismo alemán, un factor irracional que actúa como un ciclón sobre las altas presiones de civilización”. En 1938, el periodista norteamericano Hubert Knickerbocker le pidió a Jung su opinión sobre el “caso Hitler” y el médico suizo le respondió, en su calidad de clínico: “Es el altoparlante que amplifica los murmullos inaudibles del alma alemana […]. El secreto del poder de Hitler es que tiene un acceso excepcional al inconsciente. En nuestro caso, aunque ocasionalmente nuestro inconsciente nos llega a través de los sueños, tenemos demasiada racionalidad, demasiado de “cerebral” para obedecerlo, pero Hitler escucha y obedece. El verdadero líder es siempre ‘dirigido’… Eso es lo que lo vuelve poderoso. Sin el pueblo alemán, él no sería nada”.

El austríaco que odiaba a los Habsburgo

En realidad, Hitler nunca había amado a Austria, su país natal, testigo de sus primeros años de vagabundeos. Y quizá pueda verse en este rechazo la explicación de la primera gran decisión de su vida: la de enrolarse, en agosto de 1914, no en el ejército de los Habsburgo, sino en el del reino de Baviera, parte integrante del Gran Imperio Alemán, el Segundo Reich, fundado por Guillermo I en 1871.

Ese soldado desconocido, que, en menos de dos décadas fundaría a su sucesor, el Tercer Reich, acababa de cumplir veinticinco años y no se había recuperado de un doble trauma: su fracaso, en octubre de 1907, en el examen de ingreso a la Escuela de Bellas Artes de Viena y, el 21 de diciembre siguiente, el fallecimiento de su madre, Klara, a los cuarenta y siete años, de un cáncer de mama. Klara había tenido con Alois Hitler, funcionario de las aduanas austríacas convertido luego en un pequeño propietario rural (fallecido en 1903), cinco hijos, además de Adolf: tres niños, llamados Gustav, Otto y Edmund, y dos niñas, Ida y Paula. Solo Adolf y Paula, nacida en 1896, no murieron en la primera infancia. Como Alois había tenido dos matrimonios antes de casarse con la madre de Klara, Adolf y Paula se criaron con una media hermana, Angela, del anterior matrimonio de Alois, y un medio hermano, Alois junior, que su padre, casado en primeras nupcias, había tenido con la que luego se convertiría en su segunda esposa.

El ex aduanero era violento y bebedor, y lo odiaban en forma unánime todos sus hijos, que en cambio adoraban a Klara. Adolf era el preferido de esta. Tuvo una infancia caótica, siguiendo las peregrinaciones del padre, que, al jubilarse, se dedicó a comprar y vender explotaciones agrícolas, sin lograr establecerse: después de Braunau am Inn, cerca de Linz, donde nacería en 1889 el futuro canciller de Alemania, la familia se instaló en 1894 en Baviera, en Passau, y un año más tarde regresó a Austria para comprar una granja en Fischlham, luego otra en Lambach en 1897, y nuevamente en Leonding, a 4 kilómetros de Linz, la capital del estado de Alta Austria, sobre el Danubio. Allí, en 1900, a los once años, Adolf entró al colegio secundario. Su rendimiento, al principio muy aceptable, incluso excelente, empezó a decaer y terminó siendo un mal alumno. Rechazó obstinadamente el camino trazado por su padre: la función pública. Él quería ser artista. Nunca cedió en su objetivo: ¡les decía permanentemente a sus allegados, hasta los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial, que después de vencer, se retiraría a Florencia –la ciudad de Europa que colocaba por encima de todas– para abrir un estudio de arquitecto!

Al morir Alois, Klara envió a Adolf a un internado en Linz. Solo permaneció allí un año, desde la primavera de 1903 hasta el verano de 1904, es decir, durante su decimoquinto año. Esos doce meses lo cambiaron todo, ya que entró en contacto por primera vez con la ideología pangermanista, por intermedio de su profesor de Historia, Leopold Pötsch.

Pötsch le transmitió al joven Adolf el odio al Imperio Habsburgo –un conjunto multicultural acusado de entregarles todo el poder a los eslavos y, de una manera general, a los no-alemanes– y la veneración al Reich Hohenzollern, único continuador legítimo, a su juicio, de la epopeya carolingia de los Hohenstaufen. Al comenzar el año escolar de 1904, una nueva ruptura: Klara Hitler envió a su hijo a Steyr, a 40 kilómetros de Linz, para preparar su Abitur (bachillerato). El joven no se presentó y abandonó definitivamente la escuela a los dieciséis años. Desde ese momento, pasó la mayor parte de su tiempo leyendo, dibujando y tocando el piano, un media cola que ocupaba el lugar de ho­nor en el centro del minúsculo tres ambientes que Klara acababa de comprar en Linz. Sin poder hacer nada ante el fracaso escolar, Klara terminó por apoyar las pasiones de su hijo: sería el artista de la familia. Para él, nada era demasiado. En 1905, lo mandó a pasar el verano a Viena para visitar los museos y asistir a la Ópera. En 1906, decidieron que se presentaría al examen de ingreso de la Academia de Bellas Artes. Pero solo lo preparó en forma esporádica y en 1907 lo reprobaron por “trabajo insuficiente”. Klara estaba enferma desde principios de año y nunca se enteró de ese fracaso, que el postulante, herido en lo más profundo, se cuidó muy bien de confesarle. Cuando ella murió, unos días antes de Navidad, su hijo decidió irse de Linz para instalarse en la capital e intentar por segunda vez ingresar a la Academia.

Nuevo fracaso, nueva razón para detestar a esa Viena “gangre­nada” por el cosmopolitismo y las primicias del arte abstracto, que prefería sobre su clasicismo pomposo teñido de romanticismo. Nu­trido por la literatura antisemita que florecía en la metrópoli austríaca, el odio a los judíos avanzó a grandes pasos en el espíritu del joven. Comenzaron entonces siete años de una vida errante, en la que pasó del estatus de semidandy que gastaba sin trabajar la magra herencia de su madre al de un casi vagabundo, obligado a vender sus obras por la calle y a dormir en un refugio después de trabajar cargando maletas en la estación de Viena.

Pero en 1913, tuvo un breve golpe de suerte: recibió una parte de la herencia paterna, que le permitió instalarse en Múnich para preparar allí el concurso de la Academia de Bellas Artes. Pero no tuvo tiempo de presentarse. El 2 de agosto de 1914, Alemania entró en guerra contra Francia: Hitler, que se hacía pasar por apátrida para no servir a los Habsburgo, fue incorporado como voluntario en el 2º regimiento de infantería del ejército bávaro. El 28 de octubre, tuvo su bautismo de fuego en Ypres (Bélgica). Tres días más tarde, el regimiento, que contaba con 3600 hombres, solo tenía 600 en estado de combatir. Sano y salvo a pesar de su exposición al fuego, Hitler fue designado Gefreiter19 y luego recompensado con la Cruz de Hierro de segunda clase. Recibió la de primera clase en 1918: había sido herido en 1916 y luego se intoxicó gravemente con gas mostaza pocos días antes del armisticio. Cuando llegó la noticia, empezaba a recobrar la vista que había perdido. Ante el anuncio de la “Traición de Noviembre”, volvió a quedar ciego. Luego recuperó la visión. ¿Obtuvo definitivamente su psiquis, aquel día, el control de su logos? Quince años más tarde, le explicó a la periodista norteamericana de The New York Times: “Había dejado de ver, y de pronto, vi. Esa visión recobrada fue también mi inspiración”.

El despertar del demonio

No cabe ninguna duda de que en ese momento se produjo una metamorfosis. Para desgracia del pueblo alemán, Hitler se convirtió en Wotan. El guerrero taciturno que, entre dos combates, prefería aislarse en la campiña belga o francesa, con una libreta de croquis en el bolsillo, empezó a buscar frenéticamente el contacto y la aprobación de otras personas, a las que les ofrecía encendidos discursos nacionalistas. Mientras se encontraba en el hospital militar de Pasewalk, en Pomerania, sus arengas eran una verdadera atracción: ya subyugaba a todos los que no se asustaban por su vehemencia. Había salido de allí con una obsesión, contraria a la de la mayoría de sus camaradas, que se sentían felices por volver a casa: permanecer en el ejército.

Ese fanatismo naciente se sumaría a otro: el del cuerpo de oficiales de la antigua Deutsches Heer,20 obsesionados por el peligro de que los bolcheviques dominaran al ejército, como había sucedido durante la Revolución rusa del año anterior. Un temor reforzado por el espec­táculo de la efímera República Soviética de Múnich, que pronto sería sangrientamente aplastada, pero que en ese momento convenció al capitán Karl Mayr, responsable de la inteligencia militar en Baviera y al mismo tiempo superior de Hitler, de emplearlo como informante, a cargo de las “conspiraciones antinacionales”. Su misión como “soplón” de la nueva Reichswehr era separar la paja del trigo.

Consciente de las condiciones excepcionales de su recluta para expresarse en público, Mayr fue más lejos: lo mandó a tomar clases de Economía y de Historia Política a la Universidad de Múnich. Hitler salió de allí fascinado con los cursos del profesor Gottfried Feder: en 1933, lo convirtió en uno de los economistas oficiales del Tercer Reich. Su tesis era la siguiente: la sociedad capitalista debe deshacerse de los judíos, que al “controlar la finanza mundial”, reducen a los productores nacionales a la esclavitud por medio de la usura.

Cuando oí la primera clase de Gottfried Feder en la que habló de la servidumbre generada por los intereses del capital –escribió Hitler en Mein Kampf– comprendí de inmediato que se trataba de una verdad decisiva para el futuro del pueblo alemán. La separación categórica entre el capital bursátil y la economía nacional presentaba la posibilidad de luchar contra la internacionalización de la economía alemana, sin amenazar empero las bases de una economía nacional independiente con una lucha indiferenciada contra toda forma de capital.

¿Habrá que considerar que en este encuentro se produjo el nacimiento oficial del “nacionalsocialismo”? Pangermanismo, antisemitismo, anticapitalismo globalizado: todo eso estaba vinculado ahora en la mente de Hitler. Le escribió el 16 de septiembre de 1919 a su camarada de regimiento Adolf Gemlich, que le había preguntado sobre los judíos, que estos eran la “tuberculosis de los pueblos”. Contra ellos, dijo, conviene luchar de dos maneras: con un “antisemitismo instintivo” y un “antisemitismo racional”. “El antisemitismo instintivo se expresará en última instancia por medio de los pogromos. El antisemitismo racional, en cambio, debe conducir a una lucha metódica en el plano legal y la eliminación de los privilegios del judío. Su objetivo final debe ser, sin embargo, en cualquier caso, su destierro”.

A este rechazo, le agregó una razón más: los judíos eran los predecesores del bolchevismo y les allanaban el camino al agravar la injusticia social. Solo faltaba el Führerprinzip, que pronto serviría como cimiento del Estado totalitario más completo del siglo XX. Fue proclamado menos de un año después, cuando Hitler, emancipado de la tutela del capitán Mayr, fundó su propio partido.

Un ascenso fulgurante

A fines de 1919, el oficial le había encargado, en efecto, a su informante que se infiltrara en un grupúsculo ultranacionalista que escapaba a su control: el DAP, Deutsche Arbeiterpartei, el Partido de los Trabajadores Alemanes. Su líder, Anton Drexler, tenía opiniones similares a las de Hitler, pero padecía de una evidente falta de carisma. Y, además, al no haber sido soldado, se reducía su audiencia entre ex combatientes impacientes por vengar la humillación del Tratado de Versalles. Subyugado por su asistente, Drexler le dejó las riendas del movimiento. Y en febrero de 1920, bajo la influencia de Hitler, el DAP cambió de nombre para convertirse en el NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei: Partido Nacionalsocialista de Trabajadores Alemanes). La excepcional elocuencia del austríaco hizo el resto y, en abril de 1921, este excluyó a Drexler y se convirtió en Führer (“guía”) de la nueva formación. El nazismo se identificó de inmediato con un culto absoluto a la personalidad. A partir de ese momento, centenares y pronto miles de bávaros acudieron a sus reuniones. Rápidamente, su público se extendió a la burguesía y también a los medios financieros. Entre estos, dos hombres desempeñaron un papel decisivo: el germano-norteamericano Ernst Hanfstaengl, que le entregó los fondos necesarios para imprimir su diario, el Völkischer Beobachter (El Observador del Pueblo), y lo puso en relación con los periodistas más influyentes de la prensa anglosajona, y Hermann Goering, antiguo as de la escuadrilla von Richthofen y vinculado familiarmente con varios representantes de la industria pesada.

El 8 de noviembre de 1923, Hitler se creyó lo bastante fuerte como para intentar un putsch. Solo apuntó al gobierno regional de Baviera, pero estaba seguro de que su éxito le abriría de inmediato el camino a Berlín, basándose en el modelo de la marcha sobre Roma que había llevado a Mussolini al poder trece meses antes. Sobre todo, el jefe del NSDAP subvirtió al general Erich Ludendorff, ex número 2 del Gran Estado Mayor entre 1914 y 1918, que consiguió del general von Seeckt, su antiguo subordinado convertido en jefe de estado mayor de la Reichswehr, que esta se mantuviera con las armas listas. No contaban con la policía de Múnich, que seguía fiel al gobierno. El 9 de noviembre, en la Odeonplatz, la policía disparó contra los rebeldes. Saldo: dieciséis muertos y centenares de detenidos, entre ellos, Hitler y Ludendorff, mientras que Goering, gravemente herido, logró huir. Hitler fue condenado el 1º de abril de 1924 a cinco años de prisión, tras un juicio que lo hizo famoso en toda Alemania y por primera vez en Europa, pero solo permaneció trece meses en total detrás de las rejas. Alojado en condiciones excepcionales de confort en la prisión de Landsberg, aprovechó para escribir Mein Kampf, con la ayuda de su secretario Rudolf Hess. Y también para decidir que nunca más intentaría tomar el poder por la fuerza. Pero de este compromiso no hay que inferir “que estaba dispuesto a aceptar la legalidad como una barrera inviolable, sino solamente que estaba decidido a desarrollar la ilegalidad al amparo de la legalidad”, escribió Joachim Fest, uno de los principales biógrafos de Hitler.

Es conocida su marcha hacia el poder, que se hizo inevitable al estallar la crisis económica de 1929. Después de un período de calma, que correspondió al retorno de la prosperidad en Alemania,21 la aplanadora hitleriana se puso en marcha. En las elecciones legis­lativas de septiembre de 1930, el Partido Nazi llegó al 18,3% de los votos posibilitando la entrada de 107 diputados al Reichstag: esto lo convirtió, de hecho, en la segunda fuerza política de Alemania detrás de los socialdemócratas del SPD (24,5%) y delante del Partido Comunista (13%).

En 1931, el desempleo afectó a 5 millones de personas y Ale­mania, como en 1923, declaró que no estaba en condiciones de pagar las reparaciones impuestas por el Tratado de Versalles. ¿La opinión pública estaba madura para el gran salto? No del todo. Recientemente naturalizado alemán, Hitler, cuyo partido tenía ya más de 400.000 miembros, se presentó a la elección presidencial de marzo de 1932 contra el mariscal Paul von Hindenburg, de ochenta y cuatro años, que presidía Alemania desde 1925. Resultado: 13,4 millones de votos (36,8%) para Hitler en la segunda vuelta. Victorioso, pero imposibilitado de constituir una coalición, Hindenburg disolvió el Reichstag. En las legislativas del 31 de julio, el NSDAP se convirtió en el primer partido de Alemania, con el 37,2% de los votos y 230 escaños. No fue suficiente, sin embargo, para obtener la mayoría. Pero Hitler se negó a participar en un gobierno del que no sería el jefe. Privado de una coalición para gobernar, el mariscal volvió a disolver el Reichstag. En las elecciones del 6 de noviembre, los nazis perdieron 2 millones de votos, pero seguían siendo el primer partido del Reichstag. El 3 de diciembre de 1932, Hindenburg convocó al general Kurt von Schleicher para la Cancillería. Pero esta última maniobra fracasó como todas las demás. Porque para salir de ese punto muerto, Schleicher había reclamado plenos poderes. Como el presidente se los negó, el 28 de enero de 1933, presentó la renuncia. Y el 30 de enero, Hitler, de cuarenta y tres años, se convirtió en jefe del gobierno. Esa noche, las SA (Sturmabteilung) desfilaron con antorchas bajo las ventanas de la Cancillería: había nacido el Tercer Reich. El nuevo amo de Alemania le dijo a su amigo Goering, delante de varios testigos: “De aquí solo nos sacarán con los pies para adelante”. Cumplió su promesa.

Un año para construir el Estado totalitario

En primer lugar, Adolf Hitler se dedicó a cumplir la promesa contenida en el último de los “25 puntos” del NSDAP:22 “La creación de un poder central poderoso”. Para construir el Estado totalitario, cuyos contornos dibujaba desde hacía más de diez años, el ex prisionero de Landsberg le tendió una trampa diabólica a Hindenburg, que no tenía demasiados momentos de lucidez, aunque en ella caerían también los medios conservadores que solo habían elegido a Hitler para alejar la amenaza comunista… Con la idea de enviarlo sin miramientos nuevamente a sus acuarelas una vez cumplida su tarea. El cálculo del nuevo canciller era sencillísimo: conseguir una disolución y convocar a nuevas elecciones legislativas. ¡Y justo antes de que estas tuvieran lugar, producir un hecho para asegurarse de que fueran las últimas que se realizaran!

El 2 de febrero de 1933, cuarenta y ocho horas después de la en­tra­da de Hitler a la Cancillería, Hindenburg firmó el decreto de disolución del Reichstag y fijó la fecha del 5 de marzo para las nuevas elecciones. Pero cuando la campaña electoral llegaba a su punto más alto, en la noche del 27 al 28 febrero, el cielo de Berlín se tiñó de rojo: ¡el Reichstag estaba en llamas! Al amanecer, solo quedaban sus cenizas. Se acusó a los comunistas, ya que uno de ellos, un holandés llamado van der Lubbe, descubierto in fraganti, había confesado rápidamente. Sin saber que se habían encendido tres focos al mismo tiempo que el suyo…23

Esa misma noche, se cerró la trampa. Hitler le hizo firmar al presidente de la República la Reichstagsbrandverordnung (literalmente “ordenanza del incendio del Reichstag”), en virtud del artículo 48 de la Constitución de Weimar, que autorizaba al jefe de Estado a tomar todas las medidas necesarias para el restablecimiento del orden público. Entre ellas, la suspensión de los siete artículos de esa misma Constitución que garantizaban los derechos fundamentales del ciudadano alemán. Como consecuencia de ello, desaparecían ipso facto los principios de hábeas corpus, libertad de expresión y libertad de prensa, pero también el derecho de asociación y de reunión, al igual que la confidencialidad del correo y del teléfono, la protección de la propiedad privada y del domicilio. El mismo día, arrestaron a 10.000 personas, principalmente a comunistas, pero también a socialdemócratas y opositores de todo tipo. Para ellos se abrió en Dachau, en las afueras de Múnich, el primer campo de concentración del nuevo régimen, inaugurado el 22 marzo de 1933. La Reichstagsbrandverordnung, que supuestamente era provisional, siguió en vigor hasta 1945.

Sin esperar el resultado de las legislativas, Hitler le pidió a Hin­denburg, y lo obtuvo, que la bandera negra, roja y oro de la Repú­bli­ca de Weimar fuera reemplazada por la cruz gamada,24 emblema del NSDAP desde 1920. El 5 de marzo, las elecciones le dieron a este último el 44% de los votos y 288 escaños y a sus aliados de la derecha y del centro la mayoría en el Reichstag… si bien no la de dos tercios que le permitiría, aritméticamente, obtener plenos poderes y abolir la república. Pero la intimidación haría el resto. Mientras los “camisas pardas” rodeaban la Ópera Kroll donde, a falta de un hemiciclo disponible, se había reunido el nuevo Reichstag, los diputados se sometieron, renunciando. El 23 de marzo de 1933, por 441 votos contra 84 (los de los comunistas) y 122 abstenciones, Adolf Hitler obtuvo plenos poderes gracias a una ley de habilitación llamada zur Behebung der Not von Volk und Reich, literalmente “por la eliminación de la miseria del pueblo y del Reich”. Una carta blanca absoluta, tres veces renovada, en 1937, en 1941 y luego en 1943, que le permitía al canciller ignorar al Reichstag, que quedó rebajado a un sello de goma.

Una vez abolida la Constitución de Weimar, ninguna fuerza legalmente constituida se opuso ya a la Gleichschaltung (“sincronización”) impuesta por Hitler, fuera de la oposición absolutamente teórica del presidente Hindenburg, cuya salud se degradaba día a día. El 31 de marzo, desapareció la estructura federal del Estado alemán y se procedió a una reorganización hipercentralizada, que llevó al nivel de los Länder los principios de la ley de plenos poderes. El 7 de abril, un decreto sobre la “restauración de la función pública” le permitió al gobierno expulsar a los funcionarios judíos o considerados enemigos del régimen. El 2 de mayo de 1933, se puso a los sindicatos ante la alternativa de ser disueltos o incorporarse al Frente Alemán del Trabajo (Deutsche Arbeit Front, o DAF) que los sustituyó, pero que también sustituyó a las organizaciones patronales, ante el espanto de los industriales que habían apoyado a Hitler.

El DAF, dirigido por el ingeniero químico Robert Ley, un orador apreciado por Hitler, que cerraba los ojos ante su alcoholismo y su tendencia al prevaricato, se ocupaba del control del cuerpo social por parte de la dictadura nacionalsocialista. Ilustraba el principio de la Volksgemeinschaft (“comunidad popular”) destinada a garantizar el progreso social “eliminando las causas de la lucha de clases”. Su columna vertebral era la organización del tiempo libre en el Reich, Kraft durch Freude (“La fuerza a través de la alegría”), que lanzó varios barcos de crucero de clase única, hizo construir muchos complejos balnearios (entre ellos, la gigantesca ciudad de Prora, en la isla de Rügen, en el mar Báltico) y permitió que millones de alemanes viajaran en forma gratuita y practicaran toda clase de deportes (incluso equitación y vuelo a vela, hasta entonces reservados a una élite)… La contrapartida de todo esto fue un sólido adoctrinamiento, por supuesto. En su pasivo: el Volkswagen (el “auto del pueblo”, también llamado KDF-Wagen), financiado a partir de 1936 con un préstamo forzado, del que se privó al 90% de los suscriptores como consecuencia de la declaración de guerra, que reservó ese vehículo para el ejército.

Paralelamente, el aparato represivo se racionalizó con la creación de la Gestapo (policía secreta de Estado) bajo el mando de Goering (antes de que Heinrich Himmler obtuviera, en 1936, el título de jefe de todas las policías) y la creciente cantidad de campos de concentración. El 14 de julio de 1933, el edificio se completó con la constitución del NSDAP como partido único, así como todas las organizaciones de juventud que existían se reunieron en la Juventud Hitleriana y los movimientos paramilitares provenientes de la República de Weimar en las SS o las SA.

Las SS, nacidas en 1925 como simple “sección de protección” (Schutzstaffel) del Führer, fueron dirigidas por Himmler a partir de 1929 y rápidamente se convirtieron en un Estado dentro del Estado, con sus propios servicios de policía y de inteligencia, y a partir de 1939, con un cuerpo de élite militar (las Waffen-SS), que lucharía en todos los frentes, no sin arrogarse un papel decisivo en la formación ideológica de los alemanes y en la implementación de la política racial propuesta por Hitler según los términos de las leyes de Núremberg de 1935.25 En cuando a las SA (Sturmabteilung o “Secciones de asalto”), que en 1933 contaban con 200.000 hombres y sin las cuales Hitler nunca habría ganado la calle frente a los comunistas, su papel declinó bruscamente después de la Noche de los Cuchillos Largos del 30 de junio de 1934, cuando el Führer se deshizo brutalmente de su jefe, Ernst Röhm, uno de sus camaradas de la primera hora, acusado de preparar un complot para destituirlo.

La realidad era sin duda más compleja. Röhm, partidario de la “revolución permanente”, le había advertido hacía mucho tiempo a Hitler sobre el “aburguesamiento” del Partido. Su prestigio entre sus adherentes más populares, especialmente los que provenían de las filas comunistas, empezó a preocupar al ejército, cuyo sostén era vital para el nuevo régimen… Pero al eliminar a ese personaje molesto, Hitler no había pensado solamente en su respetabilidad, incluso internacional: también respaldaba a Himmler y a los partidarios del racismo biológico a los que Röhm se había enfrentado desde el principio. Este giro político fundamental, cuyas implicancias ulteriores saltan a la vista, fue totalmente ignorado en aquel momento, al igual que otro aspecto, no menos capital, de la Noche de los Cuchillos Largos: la decapitación de la derecha alemana conservadora, encarnada por el ex canciller Schleicher, asesinado en la noche del 30 de junio al mismo tiempo que varios dirigentes de la corriente católica… Un detalle que los medios económicos tomaron en esa época como parte de las pérdidas y beneficios, demasiado felices al ver que el nuevo hombre fuerte eliminaba lo que quedaba de su ala izquierda.

A la sombra del Führerprinzip

Para que su dictadura fuera completa, le faltaba todavía un detalle: la desaparición del presidente Hindenburg. Esto se cumplió el 2 de agosto de 1934. Ese día, el Reichstag votó la fusión de las funciones de presidente y de jefe del gobierno. Hitler se convirtió oficialmente en Führer y canciller, un título que materializaba su poder absoluto y que fue plebiscitado por los alemanes el 19 de agosto, con el 89,9% de los votos. Pero hizo mucho más. Tomó personalmente el mando del ejército alemán y obligó a todos los oficiales y a todos los soldados a prestar un juramento de fidelidad no ya solamente a la patria, sino a su persona: “Ante Dios, juro solemnemente obedecer en todas las cosas al Führer del Reich y del pueblo alemán Adolf Hitler, comandante supremo de la Wehrmacht. Como un valiente soldado, estaré dispuesto en todo momento a dar mi vida para respetar este juramento”.

El lema del antiguo régimen imperial “Ein Volk, ein Reich, ein Gott” (“Un pueblo, un Imperio, un Dios”) fue reemplazado por “Ein Volk, ein Reich, ein Führer” (“Un pueblo, un Imperio, un Führer”). El Führerprinzip, eje que estructuraba el régimen, se extendió, por delegación, a todos sus componentes, de modo tal que toda la sociedad se convirtió, según la expresión de Ian Kershaw, en una “comunidad carismática” organizada como un sistema satelital, más que como una pirámide. En el centro de la galaxia, Adolf Hitler dejaba que los niveles inferiores funcionaran con una relativa autonomía, con la condición de que contribuyeran a difundir su autoridad. De lo contrario, sobrevenía el castigo. El general von Fritsch y el Feldmarschall von Blomberg, respectivamente comandante en jefe del ejército de tierra y ministro de Guerra, pasaron por esa amarga experiencia, en 1938, por no haber apoyado con bastante celo el anuncio hecho por Hitler de que se terminaba la era de las conquistas pacíficas y que la verdadera guerra no tardaría en llegar.26 Contrariamente al fascismo italiano, auténtica “estadolatría” (Marcel Prélot) que no mostraba ninguna excepción a la verticalidad –solo existía un Duce, como en España solo existía un Caudillo–, el hitlerismo hacía convivir el terror político (cuya violencia implacable superaba infinitamente la brutalidad del régimen mussoliniano o la crueldad del régimen franquista) con una confianza limitada, pero real, en la autodisciplina de los servidores del culto. Esta autonomía muy relativa lo diferenciaba también fundamentalmente del régimen estaliniano. Aunque en la Alemania de Hitler, como en la Rusia soviética, el Partido controlaba todo, la habilidad de los nazis consistió en no generalizar las prohibiciones. Seguro de la eficacia de la enorme máquina de propaganda que estaba a cargo de Joseph Goebbels, Hitler, por ejemplo, estimuló la fotografía y el cine amateurs, que deseaba convertir, gracias a las películas Agfacolor y a las cámaras de 8 mm, relativamente baratas, en un instrumento de promoción del régimen. Ese cálculo dejó huellas que subsisten hasta hoy: comparados con los centenares de documentales realizados a partir de las colecciones privadas que sobrevivieron al Tercer Reich, ¿cuántos ilustran la historia de la Unión Soviética con escenas de la vida cotidiana inmortalizadas por ciudadanos soviéticos? Ninguno, ya que estaba estrictamente prohibido fotografiar y filmar en las calles, y además, prácticamente no existía el equipamiento necesario para hacerlo.

Al fijar en kilómetros de película en color la intimidad del dictador, Eva Braun, que disponía de una cámara 16 mm semiprofesional,27 no escapaba a esa pasión hitleriana por el cine y la fotografía. Con la diferencia de que, en el caso del Führer, ese testimonio estaba destinado a permanecer secreto.

“Casado con Alemania”, como le gustaba decir y como lo sugería la propaganda, Hitler le dedicaba supuestamente todo su tiempo a su país y hasta ignoraba la palabra “ocio”. “El Führer instituyó las vacaciones para el pueblo, no para él”: esta frase se repetía una y otra vez en los noticiarios filmados que elogiaban las realizaciones del régimen. ¿Qué habrían pensado los que miraban esos films si hubieran sabido que ese mismo Führer pasaba la mayor parte de su vida de vacaciones? Huyendo de las obligaciones oficiales (salvo las reuniones gigantescas que le gustaban, como el congreso del partido, en Núremberg, cada segunda semana de septiembre hasta 1938), Hitler, que parecía ignorar el cansancio en las campañas electorales –hasta el punto de tener hasta cinco reuniones públicas por día, en los cuatro puntos cardinales de Alemania–,28 fue, a partir de 1933, un “dictador perezoso” (Ian Kershaw).

Devoraba los libros (por gusto), pero detestaba leer informes. Reu­nía a sus colaboradores (aunque muy pocas veces a sus ministros) cuándo quería y dónde quería, pero solo por su conveniencia personal. Hay que leer el relato de una jornada de Hitler reconstruida por Claude Quétel para comprender que había adaptado su vida pública a sus hábitos de bohemia, adquiridos durante la década de 1910, y no a la inversa. Es cierto que, en los momentos más críticos de la guerra, se reunía con sus generales a la medianoche, pero no lo hacía para actuar lo más cerca posible de la situación, sino porque su jornada comenzaba a mediodía y se encontraba increíblemente desfasado con respecto al ritmo de la mayoría de los hombres de Estado, que solían estar activos desde la madrugada. Desayuno a las once y media de la mañana, almuerzo a las tres de la tarde, té a las seis y cena raramente antes de las diez de la noche, sesión de cine u obligación de asistir a un interminable monólogo del Führer hasta las dos o tres de la mañana: todos los que vivían o trabajaban a la sombra de Hitler salían del tiempo ordinario para entrar a otra dimensión. Una anécdota lo resume todo: cuando el 6 de junio de 1944, el estado mayor de la Wehrmacht tuvo la confirmación, a las 5.30 de la mañana, del desembarco aliado en Normandía, el Führer se había acostado una hora antes. Entonces esperaron hasta las 10 de la mañana para despertarlo. ¡Y lo despertaron porque el mariscal Keitel insistió!

En esa fecha, Hitler solo era la sombra de sí mismo, como puede verse en los films de Eva Braun que lo muestran por última vez, a principios de julio de 1944, en la terraza del Berghof. Tenía solo cincuenta y cinco años, pero estaba encorvado y con su bigote encanecido: era ya un anciano al que le molestaba la luz y que apenas podía disimular el temblor de su mano izquierda y su dificultad al caminar, que sugerían un principio de la enfermedad de Parkinson. Todas estas cosas se intensificaron después del atentado del 20 de julio de 1944, del que salió indemne, pero que lo sumió en una profunda depre­sión nerviosa. Esta solo se “trató” con las anfetaminas prescriptas por su médico personal, el doctor Morell, un notorio charlatán: ni siquiera Himmler, que sospechaba que quería envenenar al Führer, pudo hacer nada para alejarlo, porque el paciente se había vuelto adicto a sus tratamientos.

¿Una dictadura “policrática”?

Así como, en la personalidad de Hitler, la exaltación y la hiperactividad alternaban con largos períodos de inercia y diletantismo que sorprendían a su entorno, la organización del Estado hitleriano desconcierta a los historiadores por su estructura al mismo tiempo totalitaria y anárquica (“policrática”, dice el historiador Martin Broszat). Por eso se plantea el debate, nunca resuelto, entre “funcionalistas” e “intencionalistas”: los primeros sostienen, siguiendo a Broszat y a Hans Mommsen (nieto de Theodor, famoso historiador alemán de la Antigüedad romana), que se produjo una creciente radicalización de Hitler y de su régimen bajo el efecto de las circunstancias, que llevaron automáticamente a la “guerra total” y a la Shoá; los segundos, que siguen a Raul Hilberg y Lucy Dawidowicz, consideran que el exterminio de los judíos fue propiciado por Hitler desde el comienzo de su actividad política. Uno de los últimos biógrafos del Führer, Ian Kershaw, encontró un punto medio: la interpretación funcionalista vale plenamente para la política interior, mientras que en política exterior prevaleció el intencionalismo. La dictadura hitleriana fue, sin duda, policrática en su funcionamiento. Cada miembro del triunvirato que secundó a Hitler, es decir, Goering, Himmler y Goebbels, tenía su propia esfera de intervención, subdividida en innumerables compartimentos, cuyos perímetros cambiaban según la influencia de los diferentes “bonzos” del Partido. Entre ellos, los 32 Gauleiter (gobernadores) que conservaron hasta 1945 un acceso directo al Führer siguiendo un ritual casi feudal de apelar a la autoridad suprema contra los poderes intermedios.

Hasta la batalla de Inglaterra del verano de 1940, fatal para su prestigio, fue Goering, por otra parte, sucesor designado del Führer, quien dispuso indiscutiblemente del mayor poder de decisión. Fue el responsable máximo del Plan Cuatrienal, que se encargó, a partir de 1936, del rearme de Alemania: el Reichsmarschall aprovechó para tomar personalmente el control de 228 emplazamientos siderúrgicos, cuya importancia económica era tan grande como las ganancias ilícitas que le procuraban. Sin hablar de los ingresos que obtuvo personalmente de la confiscación de bienes de los judíos, que se hizo sistemática después de los pogromos de la Noche de los Cristales de noviembre de 1938.29

Con la ocupación del continente, que alcanzó su punto culminante entre el verano de 1942 y el verano de 1943, fue Himmler quien se convirtió en el hombre más poderoso del momento. No solo porque era el amo absoluto del universo concentracionario que garantizaba el orden interior de la “fortaleza Europa”, sino también porque movilizó a sus millones de prisioneros, transformados en esclavos, en beneficio de la industria de guerra alemana. Estos, vigilados por las SS, desempeñarían un papel fundamental en la producción de gasolina y de caucho sintético, pero también en el ensamblaje de las armas secretas de los últimos meses de la guerra, los cohetes V2 en particular.

En cuanto a Goebbels, que detestaba cordialmente tanto a Goering como a Himmler, su papel como responsable de la propaganda se volvió esencial cuando se trató de sostener la moral de la retaguardia al producirse las primeras derrotas y los bombardeos masivos que se abatieron sobre las ciudades alemanas a partir de 1943. Fue sobre todo él quien convenció a Hitler de evitar hasta el límite de lo posible racionar a la población… con la perspectiva de intensificar el saqueo de los territorios ocupados y hambrear a sus habitantes, especialmente en Polonia y Rusia.

Para que su autoridad se viera fortalecida, Hitler dejaba que los tres hombres y sus seguidores se enfrentaran, e incluso azuzaba a veces a unos contra otros, como lo atestiguan sus conversaciones durante las comidas, religiosamente recogidas por Bormann.

Pero se buscaría en vano la menor influencia de este trío –o del insignificante ministro de Relaciones Exteriores, Joachim von Ribbentrop– en la conducción de la política exterior, científicamente desarrollada a partir de 1933 según los preceptos decretados en Mein Kampf: revisión (al principio, pacífica) de las fronteras heredadas del Tratado de Versalles; obstinada búsqueda de un entendimiento con Inglaterra para establecer su hegemonía sobre el continente en detrimento de Francia; y finalmente, la conquista de un Lebensraum (“espacio vital”) en el Este. Desde ese punto de vista, la tesis intencionalista parece evidente. Sobre todo porque seguir un plan no excluía la improvisación e incluso, por su carácter exorbitante, la huida hacia adelante, que se convirtió rápidamente en una carrera hacia el abismo después de las batallas de Stalingrado y luego de Kursk (1943), que signaron la derrota en el Este. Cuando Hitler, encerrado en el búnker de la Cancillería en ruinas, un mes antes de su suicidio, se hizo llevar la maqueta del museo más grande del mundo, que había diseñado con la idea de hacerlo construir en Linz cuando volviera la paz, ilustró perfectamente las palabras de Martin Broszat: sin estar en condiciones ya de llenar él solo el “vacío institucional que había creado deliberadamente”, no podía hacer otra cosa que “destruir su obra política volviendo a poner en juego todos sus logros en una loca carrera en busca de un objetivo imaginario, cuyos contornos no estaban establecidos”. Alejado de la realidad, pero al mismo tiempo influyendo sobre ella hasta el punto de arrastrar al pueblo alemán en su caída y de seguir siendo, hasta su último aliento, “indiscutido, inflexible, despiadado, como lo había sido en sus días más brillantes” (Charles de Gaulle), antes de morir, Hitler se dio el lujo de poner en escena su propia desaparición. Una vez realizada su obra de destrucción, Wotan podía bajar a la tierra. “Esta noche, ustedes llorarán”, les dijo con una extraña sonrisa a los últimos ocupantes del búnker, el 29 de abril de 1945. Luego les anunció, con una copa de champán en la mano, que se disponía a casarse con Eva Braun y que ambos se suicidarían al día siguiente. Así lo hizo el 30, hacia las tres y media de la tarde, al término de un almuerzo de despedida preparado por su fiel cocinera austríaca, Constanze Manziarly…

Ese día, él fue el único que comió con buen apetito.

Bibliografía

Biografías

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Claude Quétel, “Une journée avec Hitler”, en Une journée avec, Perrin/Le Point, 2016.

18 Günsche moriría en 2003, después de pasar un año más en una prisión de Alema­nia Oriental, y Linge, en 1980. Como el general SS Wilhelm Mohnke († 2001), último defensor de la Cancillería, ambos fueron liberados de la Unión Soviética tras el viaje a Moscú del canciller Konrad Adenauer en 1955, al mismo tiempo que los últimos 50.000 prisioneros alemanes que habían sobrevivido en cautiverio. Junto con el ex chofer de Hitler, Erich Kempka († 1975), su secretaria personal, Traudl Junge († 2002), y su guardaespaldas, Rochus Mish († 2013), cuyos testimonios recogidos por los norteamericanos concuerdan casi detalle por detalle, fueron los seis principales sobrevivientes del búnker.

19 Traducido abusivamente por “caporal”, pero correspondiente más bien en el ejército francés a la distinción de soldado de “primera clase”.

20 El antiguo ejército imperial, rebautizado Reichswehr por la República de Weimar, reducido a 100.000 hombres por el Tratado de Versalles y que se convertiría en la Wehrmacht hitleriana a partir de 1935.

21 En las elecciones legislativas de abril de 1928, el NSDAP solo obtuvo el 2,6% de los votos. La cantidad de desocupados bajó del millón y fue tres veces menor que en 1923.

22 El programa del Partido Nazi, redactado en 1920 por el propio Hitler, prometía ante todo la “nacionalización de los trusts”. Hitler, que obtuvo el apoyo del empresariado alemán, se cuidó muy bien de mantener esa promesa, pero cumplió todos los demás puntos, empezando por la constitución territorial de un “Gran Reich Alemán” y la implementación de una política racial y antisemita sin precedentes.

23 Tres elementos, por lo menos, abonaban la tesis de una instrumentalización de van der Lubbe por parte de los nazis: el hecho de que hubiera sido dejado en libertad por la policía de Berlín, ahora en manos de Goering, después de tres in­tentos de incendio; la imposibilidad material de que un solo hombre iniciara en forma simultánea varios focos, condición necesaria para el incendio tan rápido del Reichstag; por último, y sobre todo, el testimonio ante el tribunal de Núremberg del general Franz Halder, ex jefe del estado mayor adjunto de la Wehrmacht: “En un almuerzo por el cumpleaños del Führer en 1942, se habló en un momento sobre el edificio del Reichstag y su valor artístico. Oí con mis propios oídos a Goering que interrumpió la conversación gritando: ‘¡El único que conoce realmente el Reichstag soy yo, porque lo incendié!’”.

24 La esvástica o cruz gamada (Hakenkreuz, en alemán), antiguo símbolo indoeuropeo, se convirtió en un símbolo pangermanista en el siglo XIX, bajo la égida de la Sociedad Thule, sociedad secreta de la que formaban parte varios nazis de alto rango. Fue Hitler en persona quien diseñó la bandera nazi. “Tras varios intentos, –escribió en Mein Kampf–, me detuve en una forma definitiva: un círculo blanco sobre fondo rojo y una cruz gamada negra en el medio. Después de largos ensayos, encontré también una relación definida entre la dimensión de la bandera, el tamaño del círculo blanco, la forma y el espesor de la cruz gamada. Y quedó así”.

25 También llamadas “leyes sobre la protección de la sangre y del honor alemán”. Esos textos organizaron el racismo de Estado y la exclusión de los judíos de la comunidad nacional, sobre todo prohibiendo los matrimonios o las relaciones sexuales entre estos y los alemanes no-judíos.

26 Fritsch, que fue destituido y volvió a ser un simple coronel, fue acusado de homosexualidad y murió frente a Varsovia en septiembre de 1939. A Blomberg se le impuso el retiro cuando se hizo público que se había casado con una ex prostituta…

27 Una Siemens F2 con la que filmó sobre todo su vida cotidiana en Berghof, el chalet de Hitler sobre el Obersalzberg, a pocos kilómetros de Berchtesgaden, que, a partir de 1936, y especialmente durante la guerra, fue el otro centro de poder de la Alemania nacionalsocialista. Antes de convertirse en la compañera del Führer, Eva Braun era la asistente de su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann.

28 Gracias al uso intensivo del avión: fue el primer político del siglo XX que lo inauguró. Eso daba la impresión de que estaba en todas partes.

29 La Noche de los Cristales se produjo con el pretexto del asesinato en París del consejero de embajada alemán Ernst vom Rath por parte de un joven judío polaco. Fue el primer verdadero pogromo de la Alemania nazi. Durante la noche del 9 de noviembre de 1938, incendiaron unas 200 sinagogas y lugares de culto, saquearon 7500 comercios y empresas pertenecientes a judíos, asesinaron a un centenar de judíos y deportaron a otros 30,000 a campos de concentración.

5
Franco, el indestructible
Éric Roussel

Hitler se suicidó en su búnker de Berlín; Mussolini fue fusilado a orillas del lago de Como. Franco murió en su cama en 1975. Su funeral, celebrado en Madrid en presencia del joven rey que él había elegido darle a España, reunió a miles de españoles. Desde entonces, descansa en la gigantesca basílica del Valle de los Caídos, que había mandado construir en la montaña, cerca de El Escorial. De modo que el destino de Francisco Franco Bahamonde, “Caudillo de España por la gracia de Dios”, se diferencia del de los otros dos dictadores reunidos en el Eje y que lo ayudaron a conquistar el poder. Del Führer, hoy no queda nada. El Duce, aunque no fue un simple “César de Carnaval”, dejó sobre todo el contraejemplo de un hombre que pervirtió la idea de nación hasta pactar con el racismo. La herencia de Franco, en cambio, existe. Durante sus treinta y cinco años de poder absoluto (1939-1975), España experimentó una profunda metamorfosis, una modernización sin precedentes de su economía, con consecuencias sociales irreversibles. Y, en cierto modo, la democracia española, tal como funciona desde hace más de cuarenta años, le debe algo a ese hombre que se empeñó, hasta el final, en amordazarla. Evidentemente, la estatua se rebeló contra Pigmalión, pero al elegir a Juan Carlos, Franco no podía ignorar que eso marcaba el fin del régimen autoritario. Adolfo Suárez, que, antes de ser el primer ministro clave de la transición, de 1976 a 1981, había sido una figura del franquismo, reveló que el Caudillo se mostró resignado frente a esa perspectiva.

De la sombra a la luz

Nada, absolutamente nada destinaba a Francisco Franco a convertirse algún día en el amo todopoderoso de España. Había nacido en Ferrol, Galicia, en el extremo noroeste de la Península Ibérica, el 4 de diciembre de 1892 y lo menos que se puede decir es que nadie había descubierto en él a un ser excepcional. Muy joven, en 1907, entró a la Academia Militar de Toledo y en 1910, fue subteniente en su ciudad natal. Y otra vez, durante tres años, solo se distinguió por su timidez hacia las mujeres y una práctica religiosa rayana en la beatería. Nada notable a primera vista en esos años de formación. Y sin embargo, seguramente fue en ese momento cuando todo se definió para el joven oficial. Había vivido su infancia y su adolescencia en el seno de una familia profundamente desunida, marcada sobre todo por el comportamiento considerado escandaloso de un padre librepensador y libertino, quizá masón, que muy pronto abandonó el hogar conyugal para vivir su vida en Madrid junto a otra mujer. Francisco Franco nunca aceptó esa conducta. Incluso fue para él un objeto de repulsión. Sintió horror hacia ese padre que, a su juicio, había traicionado los deberes más sagrados: solo volvió a verlo en contadas ocasiones y juró adoptar siempre una actitud completamente opuesta. El modelo del futuro Caudillo fue su madre Pilar, que provenía de un ambiente un poco más favorecido y jamás flaqueó en su estricta obediencia a los mandatos de la Iglesia. El rechazo de un padre, a su juicio, desnaturalizado, pesaría mucho en la formación de la personalidad de Franco. Ese puede haber sido el origen de sus futuras obsesiones y principalmente de su tendencia a ver en todas partes la influencia de la masonería.

Muy pronto, el joven subteniente se cansó de la vida de cuartel que llevaba en Ferrol. Como su clasificación era mediocre, no podía esperar otra cosa que un ascenso por antigüedad. Al igual que muchos de sus camaradas, soñaba con Marruecos, aunque España controlaba allí una zona muy reducida: el Rif en el noreste y la Yabala al noroeste. Solicitó entonces que lo asignaran al otro lado del Mediterráneo, lo consiguió en abril de 1913 y pronto se destacó en diferentes operaciones. En ese momento descubrieron que el personaje quizá no fuera tan anodino como se pensaba. Su valentía era incuestionable. Le otorgaron la Cruz al Mérito de primera clase y, en marzo de 1915, fue ascendido a capitán. Tenía solo veintidós años.

Dos años más tarde, llegó a Oviedo, Asturias, precedido por una reputación bien establecida. Su actuación en Marruecos, donde fue gravemente herido, lo convirtió en una especie de héroe. Empezó a confiar en sí mismo, frecuentó a la alta sociedad y así conoció a una joven de ese ambiente: María del Carmen Polo y Martínez-Valdés. Se casó con ella en 1923, después de una nueva estadía en Marruecos que le dio la oportunidad de destacarse una vez más. La pareja, unida por la misma religiosidad, tendría una sola hija, adorada por su padre: Nenuca.

Desde ese momento, Franco formó parte del pelotón superior de los jóvenes oficiales. En Marruecos, donde prosiguió su carrera, su acción era tan apreciada que en febrero de 1926 fue ascendido a general de brigada. A los treinta y tres años, era el general más joven de su país e incluso de Europa. Francia reconoció sus méritos nombrándolo comandante de la Legión de Honor.

Al ser nombrado en 1928 director de la Academia General Militar, Franco reveló más dones de los que había manifestado hasta entonces. El combatiente se convirtió en un notable administrador, apreciado tanto por sus superiores como por sus subordinados (el 90% de los 720 oficiales de la Academia se unieron a él durante la guerra civil). Por lo tanto, quedó expuesto cuando se produjo, en 1931, la caída de la monarquía y la instauración de la Segunda República Española. Alfonso XIII, que optó por abandonar el país en abril de 1931 tras las elecciones municipales favorables a los republicanos, apreciaba al joven general: incluso lo honró al otorgarle el título de Gentilhombre de Cámara. Primo de Rivera, que había ejercido una verdadera dictadura de 1929 a 1930, a la sombra del monarca, también lo estimaba. De modo que Franco habría podido sentir la tentación de serles fiel. Pero eso no ocurrió. Al principio, el hombre que derribaría a la república se puso al servicio de ella. En 1932, se mantuvo al margen del intento del general Sanjurjo por restaurar la realeza. Recién empezó a adoptar una actitud diferente cuando se sintió marginado por el nuevo poder.

La Academia de Zaragoza había sido para Franco un verdadero feudo. Su supresión, por el motivo de que, a juicio del ministro de Guerra, Manuel Azaña, alimentaba un elitismo malsano, fue mal recibida por su director. Y este último reaccionó lógicamente de manera negativa cuando notó que lo desplazaban y, sobre todo, que un decreto de Azaña que anulaba los ascensos por méritos de guerra le haría perder su rango en el ejército.

En realidad, los nuevos amos del país no trataron mal a Franco. Conscientes de su prestigio, eran considerados con él. En febrero de 1933, lo nombraron gobernador militar de las islas Baleares, un puesto que normalmente le habría correspondido a un general de división. Pero a medida que pasaba el tiempo, Franco empezó a mostrarse reticente hacia un régimen en el que no se reconocía. Por otra parte, en esa época cayó en un anticomunismo absoluto. Ante la estrategia del Komintern, la Internacional bolchevique, que, para vencer, se había aliado con los socialistas y algunos partidos burgueses, se dispuso a romper las amarras con una legalidad que, a su juicio, carecía de legitimidad.

La guerra civil

A partir del otoño de 1933, la historia se aceleró en España. El 9 de octubre, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, declaró la disolución de las Cortes, el Parlamento español. Esa decisión, justificada por disturbios de esencia libertaria, muy duramente reprimidos, no aportó ninguna pacificación. La República había decepcionado a las masas obreras y a los jornaleros rurales por su política social. Su anticlericalismo la había enfrentado con los católicos. La democracia balbuciente ya parecía muy debilitada. La derecha, que resultó victoriosa en el escrutinio organizado después de la disolución, no logró la mayoría absoluta. Pero frente a la izquierda dominada por los socialistas, tenía la vocación de dirigir el gobierno. El jefe de Estado, aunque era católico, rechazó esa eventualidad. Se produjo entonces una situación muy confusa, con atentados terroristas y huelgas políticas muy duras. Los radicales, llamados al poder por el presidente, no poseían una verdadera legitimidad y se desencadenó la violencia ante el anuncio de la participación de la derecha en un gabinete dirigi­do por Alejandro Lerroux, un viejo anticlerical. Para la izquierda dirigida por Largo Caballero, la derecha salida de las urnas era sinónimo de fascismo. De ahí su negativa y luego el contexto prerrevolucionario caracterizado por una huelga general, la proclamación de una República catalana y sobre todo la insurrección de los mineros de Asturias.

La forma en que Franco reprimió esa insurrección hizo que su nombre quedara ligado para siempre a ese siniestro episodio. Como adjunto del general López Ochoa, encargado oficialmente de la operación, el futuro Caudillo cubrió con su autoridad las maniobras de un siniestro personaje, Lisardo Doval, delegado del orden público del Ministerio de Guerra en Asturias. Ejecuciones sumarias, torturas: Doval empleó todos los medios para quebrar a los mineros. Y Franco lo aceptó sin problemas de conciencia. La locura asesina de un Hitler nunca formó parte de su acción: simplemente, frente a la amenaza representada por el comunismo, se mostró implacable, insensible al sufrimiento humano.

Esa fría determinación sería su principal ventaja desde el comienzo de la sublevación militar que, en julio de 1936, marcó el final de una república asolada por mil y una conspiraciones, incapaz de servir como marco de un juego democrático normal. Franco no fue el inspirador ni el jefe de esa insurrección. Nombrado gobernador militar de las Canarias –de hecho, en el exilio– por el primer gobierno del Frente Popular instaurado tras las elecciones legislativas de febrero de 1936, Franco se unió al movimiento organizado por el general Mola a último momento. Hasta entonces, había considerado demasiado arries­gada esa empresa. Recién el asesinato del jefe monárquico Calvo Sotelo por parte de policías, en julio, lo decidió a salir de la legalidad.

En el conflicto que comenzó en ese momento, Franco se impuso muy pronto. Al principio, la posición de los insurgentes parecía precaria. Estaban lejos de tener el apoyo del ejército. Pero el gobernador militar de las Canarias les dio una ayuda decisiva al enviar por aire y por mar a unos 23.400 hombres para luchar contra los republicanos. A partir de allí, su prestigio y su crédito fueron en aumento en el bando nacionalista. Desde el final del mes de septiembre, fue a la vez generalísimo de los ejércitos en rebeldía y jefe del Estado en potencia. Para alcanzar ese resultado inesperado, teniendo en cuenta su compromiso tardío con los insurgentes, Franco había actuado con cinismo: mientras que Madrid habría podido caer en manos de los rebeldes ya en el otoño de 1936, él decidió desviar al ejército de África hacia Toledo para liberar a los defensores del Alcázar sitiados en la fortaleza desde el 18 de julio. El generalísimo pensaba que la toma demasiado temprana de la capital no hubiera permitido derrotar totalmente al adversario. “En una guerra civil –diría más tarde–, una ocupación sistemática del territorio acompañada por una limpieza es preferible a una derrota rápida de los ejércitos enemigos que deja al país infestado de adversarios”.

Franco mantendría esta línea, exenta de todo escrúpulo y toda piedad, hasta el final del enfrentamiento. Consideraba que cuanto más duraran los combates, mayores serían sus posibilidades de imponerse. La verdad es que no siempre debió forzar su naturaleza. Porque si bien su habilidad para maniobrar era indiscutible, sus talentos militares no eran demasiado brillantes. Las cualidades que había mostrado para conquistar galones hasta el grado supremo diferían de las que debía tener el jefe de una fuerza cuyo objetivo era apoderarse de un país. Pero a partir del otoño de 1936, las cosas se complicaron para los nacionalistas. Aunque habían tenido algunos éxitos frente a adversarios a menudo mal comandados, ahora se enfrentaban a enemigos que contaban con el apoyo logístico de los soviéticos. La guerra se había internacionalizado muy pronto. A la intervención de Alemania e Italia para ayudar al bando nacionalista había respondido el apoyo de Stalin al gobierno republicano. Los tanques y los cazas soviéticos, rápidamente enviados, se mostraron inmediatamente operacionales. Por otra parte, fue muy importante para los gubernamentales la colaboración de los 2000 combatientes de las Brigadas Internacionales, reclutados entre los militantes de los partidos comunistas europeos. Por eso, después de los éxitos iniciales, las fuerzas franquistas chocaron con la resistencia de los Rojos. Los soldados fieles al gobierno republicano luchaban con valor. En enero de 1938, lograron una victoria impresionante que les permitió apoderarse de Teruel. Pero esa hazaña fue una victoria pírrica. La ciudad fue recuperada muy pronto por los nacionalistas. Y la batalla del Ebro, que siguió hasta noviembre de 1938, marcó el principio del fin para la República. Franco estaba a punto de convertirse en el amo absoluto del país.

El equilibrista

Ya antes del final del conflicto, en marzo de 1939, el Caudillo había establecido un verdadero gobierno que reemplazó a la junta militar del origen de la sublevación. La componían once ministros: cuatro militares, tres miembros de la Falange, el partido de inspiración fascista fundado por José Antonio Primo de Rivera (el hijo del dictador), dos monárquicos, un tradicionalista y un técnico. En realidad, la instauración de ese embrión de Estado de derecho fue obra del cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer. Este personaje presentaba un doble rostro. En muchos sentidos, mostraba una clara simpatía por la Italia fascista y la Alemania nazi. Pero este abogado, ex diputado en las Cortes, poseía verdaderas habilidades y una inteligencia política temible. Como ministro del Interior del gabinete instalado en 1938, se le ocurrió la idea de colocar a la Falange, que estaba en posición de partido único, bajo la dependencia directa del jefe de Estado: esto excluía todo riesgo de insubordinación o competencia. Serrano Suñer también supo encontrar un equilibrio entre las fuerzas heterogéneas, y a veces incluso opuestas, que se habían reunido bajo la bandera del Caudillo: la Falange, pero también monárquicos de diversas corrientes, militares más o menos disciplinados, y finalmente la Iglesia, que, en 1937, por medio de una carta colectiva de los obispos, le dio su bendición al levantamiento.

Ese apoyo explícito y el papel eminente que le reconocía el Estado al catolicismo, convertido en religión de Estado, le dieron su verdadera originalidad al régimen establecido por Franco. Este tomó algunas características del fascismo, sobre todo en un primer período, pero sin confundirse con él. Al ser promovido a jefe del Estado sin límite de tiempo, el Caudillo se inspiró en gran parte en una religiosidad que hoy se calificaría como integrista. Su fe era profunda y su expresión en el plano político aparecería sin el menor matiz. Franco, que tenía una cultura limitada y un escaso conocimiento del extranjero –solo había viajado a Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña y Portugal–, era maniqueo. Lo que se opusiera o amenazara el orden católico tal como él lo conocía, no podía suscitar en él ni comprensión, ni piedad. Esta fue su originalidad con respecto a Mussolini y más aún a Hitler. Y la Iglesia, muy perseguida por la República, que había martirizado a muchos sacerdotes y religiosas, recibió naturalmente con beneplácito ese nuevo orden político. Fueron pocas las voces discordantes dentro del mundo católico: algunos obispos en España, escritores católicos como Bernanos o Mauriac en Francia, denunciaron la cruzada que llevaba a cabo Franco y la consideraron una absoluta traición al ideal cristiano.

De hecho, los valores evangélicos no parecían ser la principal preocupación del dictador. Más allá del autoritarismo que caracterizó a su régimen, se distinguió por su encarnizamiento al perseguir y castigar cruelmente a los que se habían levantado contra él.

En febrero de 1939, una ley singular, llamada “ley de responsabilidades políticas”, agravó la naturaleza represiva del nuevo orden franquista por su carácter retroactivo. Ese texto daba la posibilidad de perseguir a todos los que, en forma activa o incluso pasiva, hubieran contribuido a los disturbios de 1934 y a la formación del Frente Popular, así como a todos los que se habían opuesto al movimiento iniciado en julio de 1936. Sin duda, la República no había sido irreprochable desde el punto de vista de la legalidad o del respeto a la persona humana. A menudo, el simple hecho de ser reconocido como sacerdote o monja había constituido para los republicanos un motivo de ejecución sumaria. Pero lo que diferenció a Franco fue su encarnizamiento al perseguir a sus adversarios durante mucho tiempo después del fin de las hostilidades. En 1942, aún había casi 125.000 presos políticos, y más de 30.000 víctimas de la represión fueron ejecutadas después de finalizada la guerra. El Dios en el que creía Franco era básicamente un Dios vengador. Esto alarmaba incluso a algunos miembros de la jerarquía católica. El Caudillo no tomó en cuenta sus opiniones. Era el amo de España y quería seguir siéndolo y preservar a su país de dos peligros que, a su juicio, lo amenazaban: el comunismo y la masonería.

Hasta el final de lo que debería llamarse su reinado, este personaje no cambiaría. Físicamente, Franco no tenía nada para imponerse de manera natural. Era bajo y barrigón, y encarnaba hasta la caricatura al hombre común. Consciente de su falta de prestancia, trataba de compensarla decretando reglas protocolares muy estrictas. Muy pocas personas lo tuteaban: todos debían llamarlo “Excelencia” y aparecía en público rodeado de un ceremonial casi monárquico. Durante sus desplazamientos, lo rodeaba la guardia mora, afectada a su seguridad. Cuando participaba en una ceremonia religiosa, y lo hacía con frecuencia, exigía que el clero lo acompañara hasta el atrio de los edificios religiosos bajo un baldaquín. Su elocución monocorde y vacilante no lo predisponía a electrizar a las multitudes. Nunca se embarcaba en largas arengas para movilizar a sus compatriotas. En privado, el hombre no era más estimulante. Enarbolaba en todas las circunstancias una sonrisa un poco misteriosa y no impresionaba precisamente a sus interlocutores con su conversación. En las notas que dejó su primo, el general Francisco Franco Salgado-Araújo, que era su confidente más cercano, este señaló que en las sesiones de trabajo o los almuerzos en el Palacio de El Pardo solía sentirse un profundo aburrimiento.

Sin embargo, Franco no era un mediocre. El comienzo de su carre­ra lo demuestra, y De Gaulle, que lo visitó en 1970, confesó que lo había deslumbrado su inteligencia. La fuerza poco visible de ese hombre, que, a partir de 1939, concentró en España todos los poderes, era su capacidad para analizar una situación y también su conocimiento de los hombres, cuyas debilidades captaba de inmediato para sacar partido de ellas. El Caudillo era la exacta antítesis de un visionario. Muchos de sus pronósticos a largo plazo resultaron falsos. Por ejemplo, durante mucho tiempo creyó en la posibilidad de que la Alemania nazi ganara la guerra. Además, en el plano internacional, se obstinó en juzgar todo en función de una interpretación antimasónica rayana en el delirio. En cambio, Franco solía acertar en el corto plazo. Lo demostró al involucrarse en forma muy tardía en la insurrección de 1936 y lograr de todos modos tomar su control total. Lo demostraría a lo largo de toda su permanencia en el poder al navegar hábilmente entre las diversas corrientes y las diferentes fuerzas indispensables para las bases de su autoridad. Por otra parte, en el manejo de los hombres, su maquiavelismo era impresionante. Si sabía, por ejemplo, que tal o cual dirigente, o tal o cual ministro era corrupto, antes de reprochárselo inmediatamente, se limitaba a hacerle entender que no lo engañaba con su conducta, y eso le garantizaba la docilidad total del afectado.

La fama de prudencia de Franco era tan grande que a menudo se le atribuían méritos injustificados. Todavía hoy, se le acredita haber tenido la inteligencia de no haberse aliado a Hitler al estallar la Segunda Guerra Mundial. Se sabe que ambos dictadores se reunieron en Hendaya el 23 de octubre de 1940 y que el Führer no obtuvo lo que deseaba. Pero ¿qué alternativa tenía Franco? ¿Podía razonablemente lanzarse a una aventura cara y azarosa en 1939, cuando su país acababa de salir devastado y parcialmente arruinado de una terrible guerra civil que había producido alrededor de 500.000 víctimas? Serrano Suñer, que propiciaba un alineamiento con el Eje, antes de ser completamente marginado en gran parte por este motivo, reconoció después de 1942: “Ni económicamente, ni militarmente, ni políticamente, estábamos en condiciones de dejarnos seducir por perspectivas bélicas… España no debía entrar en guerra”. Cuando, ante el estupor del mundo, Francia fue aplastada en pocos días, Franco creyó por un momento que Hitler sería el vencedor de la guerra. Inició entonces una negociación con Alemania en la que señaló que solo entraría en guerra junto al Eje si estaba seguro de que, en caso de victoria, se le adjudicarían no solo Marruecos y Gibraltar, sino también Orán en Argelia y los territorios de África occidental bajo tutela francesa. Eso era exigir mucho, sobre todo porque los alemanes y los italianos sabían perfectamente que, además, se verían obligados en lo inmediato a cargar con un país muy debilitado y con un potencial militar reducido. De todo esto se puede inferir que las tratativas iniciadas entre Madrid, Berlín y Roma eran más bien un juego de posiciones, una especie de comedia, pues todos los protagonistas sabían que España no estaba en condiciones de intervenir.

El mérito de Franco consistió en no entregarse a persecuciones antisemitas análogas a las que se producían en Alemania y más recientemente en Italia. La legislación española nunca contuvo disposiciones discriminatorias con respecto a los judíos y no hubo ninguna instancia comparable al Comisariato para la Cuestiones Judías de siniestra memoria en Francia. Así como el Caudillo tenía una obsesión enfermiza con los masones, su posición hacia los judíos parece haber estado exenta de una hostilidad sistemática, si se exceptúan algunas palabras de tono antisemita hasta 1942. También parece evidente que el Generalísimo, siempre realista, comprendió, a partir del desembarco norteamericano en África del Norte de noviembre de 1942, que el Tercer Reich estaba condenado y que, por lo tanto, podía ser de buena política ganar el reconocimiento de las muy poderosas organizaciones judías norteamericanas negociando con el Congreso Judío Mundial establecido en Lisboa o con la Cruz Roja. El hecho es que en muchos lugares, los diplomáticos españoles, empezando por Nicolás Franco, hermano del Caudillo, embajador en Lisboa, desplegaron una actividad destacada y muy beneficiosa hacia los judíos perseguidos. Franco, por su parte, mantuvo su actitud prudente y nunca ofreció entregar judíos, pero tampoco dio instrucciones que ordenaran salvar a la mayoría de ellos, como han afirmado sus defensores. En general, debe decirse que, independientemente de lo que pudieran ser sus pensamientos íntimos, la línea que adoptó fue favorable a esas personas destinadas por Hitler a un completo aniquilamiento.

El arte del rebote

Franco dio la medida de su talento político inmediatamente después del final de la guerra. En ese momento, España se encontraba en una posición difícil en el plano internacional. La Alemania nazi y la Italia fascista acababan de derrumbarse y la dictadura franquista era una excepción chocante. Sobre todo porque, a principios de la década de 1940 el Caudillo había calcado indudablemente la organización gubernamental de su país de la de sus aliados del momento. En la conferencia de Potsdam, realizada en julio de 1945, Franco se encontró en una posición de acusado. El laborista Attlee había reemplazado a Churchill, que era más comprensivo con respecto a España. Por eso, las puertas de las Naciones Unidas que acababan de nacer se cerraron para el régimen español. El Caudillo estaba fragilizado en el exterior y también en el ámbito interno. Don Juan de Borbón, conde de Barcelona, hijo de Alfonso XIII y pretendiente al trono, publicó un texto, llamado “Manifiesto de Lausana”, en el que pedía el final del franquismo y el advenimiento de una monarquía liberal.

A esta doble ofensiva, Franco respondió de la mejor manera: con un ataque. Fustigó ante las Cortes a la Segunda República, de la que trazó un balance terrible. Pero para responder al manifiesto del conde de Barcelona, propuso también la instauración de una democracia “católica y orgánica” y en un horizonte lejano no determinado, el advenimiento de una monarquía.

Indudablemente, al apoyarse en ese momento en los católicos, Franco dio en el blanco. Tuvo la prueba de ello el 9 de diciembre de 1946 cuando, el día anterior a un voto de la ONU que pretendía imponer la democracia en España, una manifestación organizada por sus partidarios en la plaza de Oriente, frente al antiguo Palacio Real de Madrid, reunió a una multitud impresionante: más de medio millón de personas. El reflejo nacionalista, cuidadosamente alimentado, jugó a pleno a favor del Estado franquista. El Caudillo consideró entonces que había llegado el momento de darle a su régimen la unción popular que le faltaba. Se redactó de inmediato un texto constitucional, llamado “Ley de sucesión”. En él se decía: “España, Estado católico, social y representativo, de acuerdo con su tradición, se constituye en reino”. Como lo admitió el mismo Franco, se trataba de una instauración y no de una restauración. El futuro monarca recibiría sus poderes del Caudillo, quien decidiría transferir el mando cuando le pareciera, cumpliendo hasta entonces las funciones de una especie de regente. La ley, sometida a referéndum en julio, fue masivamente aprobada por más del 80% de los votantes. La regularidad del escrutinio fue discutida, pero no cabe duda de que en aquel momento Franco contaba con un verdadero apoyo.

Cuando Napoleón tenía que nombrar a un general, siempre preguntaba si el candidato tenía suerte, pues sin ella nada puede hacerse. Sin ninguna duda, Franco tenía suerte y sabía aprovecharla. Pronto empezó la Guerra Fría y los occidentales se vieron en la necesidad de sumarse a uno de los principales bastiones del anticomunismo. La victoria de Mao en China y el bloqueo de Berlín en Europa contribuyeron, a fines de la década de 1940, a acelerar el proceso de integración. Eisenhower fue elegido presidente de los Estados Unidos en 1952 y, muy consciente de la importancia estratégica de España, obtuvo la instalación de bases norteamericanas en su territorio. Tres años más tarde, Franco recibió su esperada consagración: el reino sin rey que él había instaurado fue admitido en la ONU.

Todavía faltaba sacar al país de la penuria, la pobreza y el desclasamiento. En ese plano, Franco, desprovisto de toda capacidad económica o financiera, estaba mucho más indeciso. Ingenuamente, pensaba que la autarquía era posible. Con ese fin, se creó un Instituto Nacional de Industria y se puso en marcha una política social, pero los resultados se hicieron esperar. La rentabilidad de las empresas dirigidas por el Estado era mediocre e implicaba mantener bajos salarios, y por lo tanto, una disminución de la demanda. El ingreso per cápita español era, al principio de la década de 1950, el más bajo de Europa. En 1956, el fracaso era evidente: un invierno muy riguroso provocó una penuria de productos alimenticios. De pronto, surgió un fuerte descontento e incluso cierta agitación.

Confrontado al obstáculo, Franco reaccionó con el pragmatismo que había mostrado en otras circunstancias. Frente a la amenaza de la miseria, comprendió que debía cambiar de rumbo. Ese fue justamente el objeto de la gran reforma que realizó en febrero de 1957. Dentro del nuevo equipo, los falangistas estaban reducidos a la mínima expresión, mientras entraban técnicos de economía cercanos al Opus Dei, como Mariano Navarro Rubio, ministro de Finanzas, o Alberto Ullastres, ministro de Comercio. Bajo el impulso de estos últimos, a los que se unió más tarde Gregorio López-Bravo, a cargo del Ministerio de Industria, se implementó una política de inspiración liberal. Al principio, Franco se había mostrado reticente, pero luego, impresionado por el auge económico obtenido, terminó por apoyarlo.

Gracias a esta línea, la España de la década de 1960 cambió profundamente. Se abrió al turismo, aumentó el nivel de vida. En el plano político, en cambio, hubo poca evolución y, a veces, incluso algunos intentos de regresión. En 1959, la inauguración de la enorme ba­sílica del Valle de los Caídos pudo haber dado la señal de la reconciliación. Pero no fue así. Aunque el edificio había sido construido en parte gracias al trabajo forzado de presos políticos, el Caudillo decretó que solo los muertos católicos de los dos bandos serían honrados allí. Para Franco, la guerra y la necesidad de la represión siempre se imponían. Lo demostró en 1963 al negarse a indultar a Julián Grimau, diri­gente del Partido Comunista, ex funcionario del gobierno republicano, acusado de haber sido responsable de ejecuciones sumarias. A veces, Franco mencionaba en privado la posibilidad de una liberalización. La ley de prensa, inspirada en 1965 por un ministro modernista, Manuel Fraga Iribarne, iba en ese sentido, pero el propio responsable no logró obtener del dictador la elección de las Cortes por sufragio universal.

El crepúsculo

Franco cambió con el correr del tiempo. Ya septuagenario, empezó a mirar los asuntos desde lejos. Los Consejos de Ministros, que a menudo duraban veinticuatro horas, se hicieron más cortos y diurnos. El jefe de Estado pasaba mucho tiempo en su propiedad de Pazo de Meirás, cerca de su ciudad natal de Ferrol. Cazaba, pescaba, jugaba al golf y se convirtió en un pintor aficionado. El almirante Carrero Blanco, hombre de confianza del Caudillo, manejaba con puño de hierro los asuntos corrientes. Pero se planteó el problema de la sucesión, aunque no se hablaba del tema públicamente. Franco era consciente de ello y solo quería conservar su poder de decisión. En 1969, decidió revelar sus intenciones: como el conde de Barcelona nunca había ocultado sus reservas con respecto al régimen, sería su hijo, Juan Carlos, quien subiría al trono llegado el momento. El príncipe ya vivía desde hacía años en España: allí estudió y sirvió en el ejército. Y nada hacía suponer que cultivara las mismas ideas que su padre. Para mayor seguridad, en junio de 1973, Franco nombró a Carrero Blanco jefe de gobierno, una función que hasta ese momento se fusionaba con la del jefe del Estado. Para este último, “todo estaba relacionado” y el futuro rey no podría apartarse de los principios del movimiento nacido en 1936.

El asesinato de Carrero Blanco por la ETA (organización terrorista vasca de inspiración marxista) seis meses más tarde, el 20 de diciembre de 1973, cambió toda la situación. Muy conmocionado por el asesinato de su hombre de confianza, Franco no ocultó su dolor. Se lo vio llorar en el funeral del almirante y los síntomas del mal de Parkinson que lo aquejaba se hicieron cada vez más evidentes. Estaba muy debilitado y dependía ya de un clan familiar poderoso, al que apodaban el “Búnker”. Sus figuras principales eran la esposa del Caudillo, Carmen, su hija y sobre todo su yerno, el marqués de Villaverde, un cirujano mundano y especulador, que aprovechó muy bien su posición para redondear su fortuna. Para el “Búnker”, toda evolución hacia la democracia estaba excluida. Nada debía cambiar. Pensaban, incluso, que era necesario apretar las clavijas para que, cuando llegara el día, el futuro rey de España se viera privado de libertad de acción. Con ese fin, se nombró rápidamente al sucesor de Carrero Blanco: Carlos Arias Navarro, un apparátchik franquista sin relieve ni imaginación, cuya incompetencia terminaría por preocupar al Caudillo.

El fin de Franco se acercaba. El estado de salud del Generalísimo se deterioraba a ojos vista. En julio de 1974, víctima de una tromboflebitis, tuvo que entregarle sus poderes a Juan Carlos. Luego, se restableció y retomó sus funciones el 2 de septiembre. Incluso se lo vio jugar al golf y participar en una partida de caza. Sin embargo, solo seguía los asuntos de gobierno a distancia. En el Palacio de El Pardo, su escritorio cubierto por pilas de expedientes les daba a los visitantes la ilusión de que aún trabajaba. Evidentemente, esa situación al frente del Estado no podía durar mucho tiempo. Sobre todo porque en ese momento el país debía afrontar problemas muy graves. La ETA asesinó a 26 personas en 1975. Como era de esperar, la represión fue despiadada. Otra vez se dictaron condenas a muerte. Y aunque algunos años antes, la presión internacional y la acción de ministros “liberales” habían logrado que se indultara a los condenados, esta vez las penas fueron ejecutadas. En el exterior, había cada vez más indignación. Pero el “Búnker” no le daba importancia. A principios de octubre de 1975 se organizó en la plaza de Oriente una gigantesca manifestación de apoyo al anciano dictador. Rodeado por su familia y el príncipe Juan Carlos, cuyo rostro se veía inexpresivo, el Caudillo se mostró en el balcón del Palacio Real y, con una voz trémula, denunció una vez más a la conspiración masónica que quería abatir a España.

Unos días después, Franco cayó gravemente enfermo. No volvió a levantarse. Cardiopatía, úlcera digestiva, peritonitis, insuficiencia renal, bronconeumonía: sufría todas las enfermedades. Consciente casi hasta el final, se mostró valiente. A uno de sus médicos, que le quitó de la garganta un enorme coágulo de sangre, le dijo simplemente: “Es duro morir”. Falleció el 20 de noviembre, prolongado más allá de todo lo razonable por sus allegados, que hubieran querido verlo renovar, el 26, el Consejo del reino y al presidente de las Cortes para quitarle todo margen de maniobra a Juan Carlos.

Extraño personaje. Lo que sin duda debe llamarse su genio consistió en durar por medio de un extraordinario dominio del corto plazo. Al contrario de otros dictadores, nunca cayó en una verdadera desmesura y supo adivinar la necesidad de hacer determinadas concesiones. A eso se debió su excepcional longevidad en el poder. También es cierto que mostró hasta el final una dureza inusitada. No se le pueden atribuir asesinatos en masa. Sin embargo, años después del final de la guerra civil y sin necesidad evidente, ni siquiera desde su punto de vista, mostró hacia sus adversarios una total falta de piedad. Y su maquiavelismo se manifestó a menudo por hacer que los indultos que a veces otorgaba llegaran demasiado tarde, después de la ejecución de la sentencia. El católico que pretendía ser aliviaba así su conciencia con el más innoble de los artificios. “No tuve más enemigos que los de España”, escribió en su testamento. Seguramente terminó por creerlo, y esto justificaba, a su juicio, el poder exclusivo que ejerció durante tanto tiempo.

Bibliografía

El libro fundamental sobre Franco es el de Paul Preston, Franco a Biography, publicado en 1993 por Harpers and Collins.

En francés, existen los siguientes libros:

Max Gallo, Histoire de l’Espagne franquiste, Robert Laffont, 1969.

Guy Hermet, L’Espagne au XXe siècle, PUF, 1986.

Philippe Nourry, Franco, la conquête du pouvoir, Denoël, 1975.

La obra más profunda es la del gran hispanista Bartolomé Bennassar: Franco, Perrin, col. “Tempus”, 2002.

El testimonio del primo de Franco (que fue también su colaborador), Francisco Franco Salgado-Araújo, es fundamental. Fue traducido al francés y publicado por Gallimard en la colección “Témoins” en 1978, con el título Franco au jour le jour.

6
Philippe Pétain,
dictator est qui dictat
Bénédicte Vergez-Chaignon

Una fotografía famosa de la historia. Un apretón de manos, objeto de propaganda, de celebración, indignación, escándalo y controversias, pieza de convicción de un proceso: el apretón de manos entre Adolf Hitler y Philippe Pétain, el 24 de octubre de 1940 en Montoire. La escena así inmortalizada se convirtió en el emblema mismo de la colaboración entre Francia y la Alemania nazi.

¿Fue un apretón de manos entre un dictador y otro dictador? Uno encarnaba al Tercer Reich en su cénit, que reinaba en las tres cuartas partes de la Europa continental, a través de conquistas, vasallos y aliados. El otro administraba lo poco que quedaba de un país recientemente destrozado, desmembrado y sometido por una fulminante derrota.

¿Se puede ser dictador de un país vencido, que no domina ni su futuro, ni su vida cotidiana en un mundo en guerra? ¿Se puede ser dictador si no se decide absolutamente nada? Y además, ¿puede ser dictador un hombre que ha sido considerado durante por lo menos dos décadas como un auténtico republicano, lo contrario de un general faccioso? Por último, ¿puede alguien convertirse en dictador a los ochenta y cuatro años y seguir siéndolo?

El Mariscal

Philippe Pétain no había nacido bajo la República, sino bajo el Se­gundo Imperio. A los catorce años, asistió conmocionado a la derrota de 1870 y a la ocupación prusiana. Así nació su vocación por el oficio de las armas, dominada por la esperanza de la revancha. Aguardó casi cincuenta años para cumplir el sueño de su adolescencia. Y el 19 de noviembre de 1918, entró a Metz como mariscal de Francia y comandante en jefe de los ejércitos victoriosos. Fue la emoción más grande de su vida.

Hasta entonces, había desarrollado una larga carrera de oficial, marcada por el gusto por el estudio y la práctica de una enseñanza innovadora, que le dieron su originalidad. En el verano de 1914, cuando era un coronel a punto de pasar a retiro, Pétain fue ascendido a general en las primeras semanas de la guerra por haber sabido dirigir una retirada peligrosa y conducir a sus hombres a participar en la victoria del Marne, y fue el primero en lograr atravesar en 1915 –fugazmente– el frente estático tan buscado por los estados mayores. Fue al año siguiente cuando irrumpió, de la noche a la mañana, en la actualidad. Y también en la Historia, al convertirse en el general comandante en Verdún. Allí adquirió, al mismo tiempo que una notoriedad internacional, el reconocimiento unánime de los franceses y, en forma accesoria, el hábito de trabajar con los hombres de gobierno.

Los favores de la providencia se repitieron cuando fue nombrado, en 1917, comandante en jefe de los ejércitos franceses en el frente occidental, en momentos en que las insurrecciones inspiradas por la Revolución rusa parecían estar a punto de provocar el desmoronamiento, e incluso la desaparición, del ejército. Lo llamaron el “defensor” y luego, el “salvador” de Verdún. Más tarde, lo designaron como el “vencedor”, cuando la República lo honró con la entrega de la medalla militar por haber salvado al ejército de una crisis mortal al reprimir los amotinamientos, pero también al restaurar el respeto por los enormes sacrificios de los combatientes. Él era el que había mejorado su vida cotidiana, sistematizaba la alternancia de los tiempos en el frente y en el descanso, organizaba la logística de los permisos. Manejaba la ofensiva con circunspección y después de haberla preparado detalladamente. “Espero los tanques y a los norteamericanos”, declaró. Allí ganó su fama de jefe humano, aun cuando su cálculo fuera en ese caso más económico que filantrópico: no habría victoria si ya no había ejército, y ya no habría ejército si no había combatientes vivos o saludables. Como consideraba que había prestado allí su mayor servicio a Francia, tenía la convicción, mitad orgullosa y mitad pesimista, de que siempre acudían a él cuando sobrevenían las catástrofes.

Al finalizar la guerra, el ya mariscal Pétain permaneció al frente del estado mayor hasta 1931, en una concertación cotidiana con los diferentes ministros. Después de su retiro tanto tiempo demorado, seguía siendo una figura de referencia unánimemente respetada, una especie de representante prestigioso de la República, con una vida repleta de honores. Sobre todo, cuando en 1929 desapareció el mariscal Foch, a quien sucedió en la Academia Francesa. Para esta “elección de mariscal”, escribió –o más bien, hizo escribir– La batalla de Verdún. En cuanto a redactar sus Memorias, se negó terminantemente a hacerlo, diciendo que en esos textos uno no hace más que justificarse por sus errores y criticar a otros. Dos veces lo presionaron para salir de ese papel honorífico: para ser ministro de Guerra tras la crisis del 6 de febrero de 1934 y para convertirse en el embajador de la reconciliación con España, después de la victoria de los franquistas. De este modo, su posición de último recurso se vio fortalecida, incluso ante sí mismo.

A los ochenta años, con un estado físico notable, se imponía más que nunca por su prestancia, su porte, su dignidad innata… y sus ojos azules. Había destrozado muchos corazones en el pasado y, a pesar de su casamiento tardío, seguía manteniendo muchas relaciones, platónicas o no. Impresionaba a los hombres tanto como a las mujeres, sin distinción de ideas políticas. En noviembre de 1935, Pierre Cot, uno de los artífices del Frente Popular, sugirió en el semanario de izquierda Vu que, para superar la crisis institucional, el presidente de la República debía apelar a un hombre de una valentía, una lealtad y una rectitud indiscutidas: “Ese hombre existe: es el mariscal Pétain. Él es el verdadero jefe moral del ejército. No existe un ex combatiente que no sienta hacia él un reconocimiento emocionado, no tanto porque fue el jefe de guerra más grande, sino porque fue el más humano y el más cercano a nuestras miserias. Con él, no había que temer ningún problema. Una palabra a los ex combatientes, un gesto de energía, y el orden estaba asegurado y reinaba la calma […] No se trata de confiarle el gobierno o el país. Se trata de hacer reinar el orden. […] Algunos pensarán que mi idea es extraña o peligrosa. Yo espero que me aprueben todos los que ya han visto eso tan sorprendente: la mirada del mariscal Pétain”. Ese hombre encarnaba a un tipo francés ideal y reconfortante. Su reserva, que no excluía ni la frialdad, ni el cálculo, era vista como una serenidad teñida de nobleza natural.

A partir de la declaración de guerra de 1939, Pétain apenas contenía su impaciencia en España, a la espera de que le encargaran una misión como representante de la “moral francesa”, persuadido de que en ese terreno se ganaría una guerra que imaginaba larga y fundamentalmente económica. Desde el comienzo de la ofensiva alemana y la batalla de Sedán, en mayo de 1940, consideró que el asunto estaba perdido. Fue llamado al gobierno por Paul Reynaud, como ministro sin cartera, para encarnar la voluntad de resistir y la fe en la victoria final: ocupó su puesto con un absoluto pesimismo y la certeza de que había que minimizar los daños. Su obsesión era salvar lo que podía salvarse antes de que una victoria alemana total hiciera desaparecer literalmente a Francia, incluso físicamente. Por eso, los partidarios de un armisticio encontraron en él su coartada y su portavoz.

A pesar de las fantasías y las campañas tendientes a llevarlo al poder desde la década de 1930, el mariscal Pétain siempre se había negado a ser utilizado por nadie, y más aún, a participar en una conspiración contraria a su dignidad. Pero su orgullo incluía su ambición de ejercer el poder máximo de su país en decadencia. Por eso, se mostró muy dispuesto a asumir el poder, el 16 de junio de 1940, cuando la división entre los que querían solicitar el armisticio y los que deseaban continuar la guerra les dio la mayoría a los primeros en el Consejo de Ministros.

Su acceso a la presidencia del Consejo no fue el resultado de un golpe de fuerza, ya que lo apoyaron muchos parlamentarios que veían en él, como la inmensa mayoría de los franceses, al garante de los intereses nacionales y del honor en medio de la debacle. Así se interpretó también el voto masivo que, el 10 de julio de 1940, le dio carta blanca para organizar nuevas instituciones.

Ya se veía la ambigüedad que dominaría a todo su gobierno. Aun­que había sido elegido por conveniencia por un personal político en dificultades, para un mandato implícitamente temporario, a la espera de una paz muy próxima y una nueva Constitución que no tardaría, Philippe Pétain se instaló en el poder sin fijarse un término y con la idea muy establecida de reformar profundamente a Francia sin esperar la paz, y cualquiera fuese el precio a pagar. Después de haberle entregado su persona a Francia, consideró que solo debía rendirle cuentas a la Historia.

Un régimen de encuentro

El régimen que se estableció bajo su égida le debió todo –o casi todo– a esa coyuntura trágica.

La convención de armisticio, que había entrado en vigor el 25 de junio, ratificó la ocupación de los dos tercios del territorio nacional escindido por una infranqueable línea de demarcación, la reducción drástica del ejército francés, la cesión de importantes materiales, el pago de exorbitantes gastos de ocupación y la cooperación de la administración con las autoridades militares alemanas para garantizar el orden.

Se mantenía, de todos modos, el Estado soberano, dotado de un gobierno legal, que era mucho más de lo que podía decir la mayoría de los países de la Europa continental ya bajo la dominación alemana. Expulsado de la Burdeos ocupada, el gobierno se instaló en Vichy en forma provisional, descontando que la guerra no duraría más que algunas semanas. Allí fueron convocados los parlamentarios de la Tercera República para aprobar el principio de una revisión de la Constitución. La votación no se limitó exclusivamente a su objeto explícito. También ratificó el armisticio, es decir, la decisión de retirarse de la guerra en vez de seguirla desde las colonias, separarse del aliado inglés y atribuirles la responsabilidad de la derrota a los dirigentes de la Tercera República. Faltaba todavía una adhesión a la persona del Mariscal, que, por muchas razones, a veces contradictorias, parecía ser el único calificado para superar la dramática situación que enfrentaba el país.

Él era un soldado. Y había sido un soldado vencedor. Vencedor de los alemanes en la Gran Guerra y, específicamente, “vencedor de Verdún”, la batalla del ejército francés vinculada a la defensa del territorio nacional. Era evidente, entonces, que ese patriota irreprochable tendría el mayor interés en salvaguardar todo lo que se pudiera frente a los alemanes, a los que sin duda vencería, aunque ahora fueran nazis. Pétain, jefe respetuoso de la vida de sus hombres, glorioso y sabio, de ochenta y cuatro años de edad, pero saludable, jugó con habilidad con las diferentes facetas de su personalidad para ubicarse en el registro de la autoridad y al mismo tiempo en el de la benevolencia. “Hasta ahora les he hablado con el lenguaje de un padre. Hoy les hablo con el lenguaje del jefe”, declaró en uno de sus primeros discursos transmitidos por radio, en los que los franceses descubrieron su voz quebrada por la edad.

El “salvador” estaba adornado por todas las cualidades de sabiduría, lucidez, bondad y autoridad natural. Parecía situarse intrínsecamente por encima de los enfrentamientos políticos. En nombre del “sentido común”, propuso una forma de gobierno eficaz, inspirada en el mando militar, cuyo principio extendió a todo el funcionamiento social. “En todas las épocas, un jefe nunca pudo comandar a más de cinco subalternos. Empezando por el caporal terminando en la cima de la jerarquía”. Con ese método pretendía reemplazar la cacofonía, la mala administración y la nulidad de una democracia parlamentaria que acababa de demostrar sus carencias mortíferas, dando lugar a la peor derrota de la historia nacional. “La autoridad no viene de abajo. Es exactamente la que yo confiero o delego”.

Dotado de una legitimidad personal excepcional y de una legalidad absolutamente nueva, el mariscal Pétain se encargó de instalar su preeminencia desde el 11 de julio de 1940, pasando a la República a pérdidas y ganancias. Por medio de una serie de actos constitucionales, se arrogó el título nuevo de jefe de Estado francés, que sumó a sus funciones de jefe de gobierno, y se otorgó a sí mismo el poder ejecutivo, legislativo, financiero y luego judicial, además del poder constituyente que le había dado el voto. Mientras que algunos de sus sostenedores solo veían en él a un gerente transitorio –y muy práctico– de la catástrofe, él se erigió no solamente como un recurso, sino como guía para un futuro indeterminado. Sin revolución, sin golpe de Estado, “sobreinterpretando” los poderes que le habían conferido, con el consentimiento de élites desesperadas y una opinión pública desamparada, reunió todos los poderes y se hizo depositario de toda legitimidad. Un solo hombre, por ser el salvador providencial, elegía la dirección, decidía todo, sin contrapartida, ni control. A tal punto que, durante varios meses, ese nuevo régimen ni siquiera tuvo nombre. A principios de 1941, adoptó la denominación de “Estado Francés”, más tautológica que normativa. Por otra parte, la Constitución prevista, un tema que reaparecía cada tanto en una vida política atrofiada, nunca vio la luz: una prueba de que el régimen solo se apoyaba en la persona de su jefe. Es lo que de­mostró con creces la permanente utilización de su imagen, de sus palabras y de su aura, reforzadas por la radio y la prensa censurada, y encuadradas en masivas campañas gráficas. Todo procedía de la voluntad iluminada y poderosa del Mariscal.

“Él fundía, absorbía en su persona todos los poderes a la vez, el constituyente, el ejecutivo, el legislativo y el judicial […]. De la excepción, extrajo la regla, de una magistratura temporaria, una soberanía permanente y de una autoridad definida, una omnipotencia infinita”. Estas líneas provienen de una biografía que le dedicó en 1931 el latinista Jérôme Carcopino al dictador romano Sila. Diez años más tarde, Carcopino fue nombrado ministro del Mariscal, cuya posición podía describirse en los mismos términos con una perturbadora pertinencia.

Dictator est qui dictat. “El dictador es el que manda”.

Una dictadura pluralista

Por lo menos, se decía que él mandaba.

Desde el principio, las bellas promesas fueron desmentidas. El gobierno se reorganizó once veces durante el primer año. Lo mismo pasó con la estabilidad. Philippe Pétain se quejaba en vano ante el gabinete piramidal que debía ocuparse del gobierno del país. “¿Saben todos que yo me encontraba, que me encuentro todavía, ante la nada?”. A los ministros les costaba imponer su autoridad sobre administraciones que eran acusadas de estar gangrenadas por las criaturas del antiguo régimen. Se pretendió vencer las resistencias mediante una vigorosa depuración y la imposición del juramento al jefe de Estado. Las repetidas advertencias demostraron sobradamente que el sistema no funcionaba.

“He insistido en los llamados al sentido común, a la razón, al concepto del interés público. He reclamado con insistencia la ayuda y la buena voluntad de todos los franceses. El tiempo de los equívocos ha terminado. Quizá queden todavía algunos insensatos que sueñan con volver al régimen que les proporcionaba ventajas. Yo estoy seguro de que la Revolución nacional triunfará, por el bien de Francia, de Europa y del mundo. Es necesario pronunciarse. Se está conmigo o contra mí”, declaró Pétain en agosto de 1941.

Había muchas razones para ello. En primer lugar, la cantidad cada vez mayor de presiones que pesaban sobre la vida política, la economía y la sociedad. La guerra que debía ser corta se prolongó hasta el punto de no permitir vislumbrar su resultado, ni el régimen del armisticio: el territorio encorsetado entre las zonas creadas por el Reich, la economía exprimida hasta la médula, las comunicaciones obstaculizadas, la injerencia alemana en la administración del país. A esto se sumaba la decisión deliberada, reivindicada como la estrategia más eficiente y razonable, de la colaboración con Alemania, a riesgo de coquetear con una beligerancia conjunta. Esta decisión fatídica hizo entrar al régimen en un engranaje sin salida, que unió su destino al futuro militar del Tercer Reich y terminó por provocar una guerra civil. De hecho, ese régimen autoritario estaba a su vez sometido a una autoridad superior, que nunca se privó de hacer sentir su control, se tratara de censurar los textos o de elegir y despedir a altos funcionarios y hasta a ministros.

La figura tutelar del Mariscal era, además, el único elemento aglutinador de un conjunto dispar y contradictorio. El culto que le rendían, en parte espontáneo y sentimental, en parte organizado y machacado, lograba mantener juntos, mal que bien, a los elementos de esa “dictadura pluralista”, tan difícil de definir como de hacer funcionar. En efecto, el Estado francés no había nacido solamente como reacción a la tragedia de la derrota. Se enraizaba en una antigua tradición contrarrevolucionaria, sobre la que se insertaron nacionalistas, la joven derecha, neosocialistas, monárquicos, católicos sociales, sindicalistas anticomunistas o fascistas antiguos y nuevos, sin contar los clanes de oportunismos diversos y rivales, en busca de oportunidades y puestos. Provenientes de un amplio espectro político, convivían así en el gobierno, en las instancias y en las organizaciones de Vichy, perfiles más contradictorios que complementarios, adeptos al autoritarismo, a un nacionalismo defensivo, a un europeísmo y a un pacifismo de sinceridad variable, conjugados con un antiliberalismo que despreciaba y metía en la misma bolsa a la democracia, al comunismo y a la República. Toda esa gente reivindicaba al Mariscal, cuyo excepcional talento para darles a sus interlocutores la impresión de que los comprendía y los aprobaba, se volvió en su contra en este caso. En París, los colaboracionistas se ubicaron sin vergüenza bajo su patrocinio, en particular abusando de la frase que pronunció en agosto de 1940: “La vida no es neutra. Consiste en tomar partido con audacia”. Cada uno podía interpretar estas palabras a su manera.

La reacción pregonaba un “orden nuevo”, cuyos valores, que inva­dían el discurso, tenían, empero, contornos indefinidos. El mariscal Pétain, incapaz de pensar los fundamentos jurídicos de una Cons­titución, recordaba permanentemente los “principios” que debían regirla. “El hombre toma de la naturaleza sus derechos fundamentales. Pero solo se los garantizan las comunidades que lo rodean: la familia que lo educa, la profesión que lo alimenta, la nación que lo protege”. Sin embargo, no fue él, sino el ambiente de Vichy del verano de 1940 el que acuñó la expresión “Revolución Nacional”, convertida en el sinónimo de su política. Él hubiera preferido renovación o restablecimiento. Pero se encontró cargando esa palabra “revolución”, que no era demasiado compatible con su programa de reacción conservadora, pero que congeniaba con el espíritu de la época. Se esforzaron por imitar las apariencias, los símbolos y los trucos de los totalitarismos y otros regímenes “fuertes”, que estaban en auge en Europa desde la década de 1920: culto al jefe infalible que nunca dormía, saludo marcial, juramentos, uniformes, reclutamiento de la juventud, unanimidad de pensamiento y un discurso de “unión nacional”… Pero en Francia no hubo un partido único: los alemanes se oponían a ello y los conservadores convencidos, encabezados por el general Weygand, lo consideraban peligroso. “No se puede tolerar ninguna agrupación que enfrente a los ciudadanos entre sí y tienda a destruir la autoridad del Estado”, escribió el Ma­riscal en sus Principios de la comunidad. Esto no le impidió crear diversas entidades, como la Legión Francesa de Combatientes, que reemplazó a las asociaciones de ex combatientes, el Consejo Nacional, los Amigos del Mariscal y hasta la Orden de la Francisque, una condecoración que distinguía, en principio, a los mejores defensores de la Revolución Nacional.

El Mariscal, que reivindicaba la dirección de la política y la firmeza de su mando sobre una Francia disciplinada y jerarquizada, se enfrentaba evidentemente a un proceso de decisión más delicado de lo previsto. No solamente porque los engranajes de la gobernanza eran complejos y se le escapaban por su falta de experiencia en los asuntos públicos, sino también porque, en medio de la cacofonía ambiente, se veía reducido a menudo al papel de árbitro, cuando no era una simple fachada. Sobre todo cuando su edad avanzada, su limitada capacidad de trabajo y el lento avance de un déficit cognitivo patológico empezaron a acentuar su retraso con respecto a sus interlocutores. Cada uno de ellos podía acusar entonces a los demás de confundir al anciano, sin privarse de tratar de manipularlo a su vez… Los pasos en falso de Philippe Pétain en su voluntad de conservar la realidad del poder, y no solamente su apariencia, junto con las intromisiones crecientes y cada vez más imperiosas de los alemanes a partir de 1943, terminaron por privarlo de toda influencia sobre las decisiones. La dictadura se desarrolló lejos de su despacho, en el que la sencillez y el orden minucioso solían presentarse como la marca de una mente clara, pero eran más bien un testimonio de su falta de trabajo. Ese lugar se convirtió en un cuarto de registro, de demoras o de lamentos. Porque, a pesar de la sinceridad con la que se había ofrecido como sacrificio al país, el Mariscal nunca abandonó su tendencia a quejarse y encontrar excusas. Era el autoritarismo en modo plañidero.

Pero ¿fue realmente una dictadura?

El régimen hacía la apología de las comunidades eternas como la familia, la profesión y la región. Eran contrapuntos al detestable individualismo que se identificaba como una de las causas principales de los males franceses. Contrapuntos, pero no contrapoderes, cuyo concepto mismo le era ajeno a Philippe Pétain. Toda la ideología proveniente de la Revolución francesa y de la tradición republicana le horrorizaba, y con ella el liberalismo, la democracia, el voto. En todas sus propuestas constitucionales, el Mariscal siempre evitó la República y el sufragio universal.

Se necesita una representación nacional. Lo sé. Lo sé mejor que ellos –explicó Pétain en una entrevista en noviembre de 1940–. Pero llegó el momento de las élites. Ya no se trata de una competencia de promesas. Se trata de vivir en la rectitud y la lealtad. El pueblo será consultado, por supuesto. Pero el trabajo dirá su palabra y los verdaderos servidores del Estado se harán oír. Solo hay que pensar en el orden, y el orden es la conciencia de todos.

El rechazo al liberalismo político implicaba una supresión de derechos que ya no eran considerados fundamentales. Por ejemplo, el jefe de Estado ejercía el poder judicial, del mismo modo que los otros. Con el correr de los años, se crearon tribunales de excepción: Corte Suprema de Justicia, secciones especiales, Tribunal de Estado, cortes marciales. Cuando no juzgaban con suficiente rapidez, el Mariscal se atribuía el poder de condenar directamente a los acusados, a veces sin tener en cuenta las instancias del Consejo que él mismo había constituido. Sin esperar un juicio ante la Corte Suprema, condenó a Léon Blum, a Édouard Daladier y al general Gamelin, acusados de ser responsables de la derrota, a ser encarcelados en una construcción fortificada. La ley también podía ser retroactiva: las secciones especiales prescindían de la instrucción antes de juzgar, dictaban condenas previstas de antemano para que sirvieran de ejemplo, incluso de detenidos ya condenados, y aplicaban la pena de muerte por hechos que habitualmente correspondían a tribunales correccionales. Ya fuertemente dañado, el Estado de derecho fue negado en 1944 por la institucionalización de la violencia ejercida por la milicia, creada en enero de 1943 como fuerza de mantenimiento del orden y como brazo armado de la Revolución Nacional. Su jefe, Joseph Darnand, que era, por otra parte, teniente de las Waffen-SS, fue nombrado en diciembre de 1943 secretario general para el Mantenimiento del Orden en el gobierno, con autoridad sobre las fuerzas del orden y la administración penitenciaria. Las cortes marciales, anónimas, hacían estragos en las prisiones. En procedimientos realizados a puertas cerradas, pronunciaban sentencias de muerte sin apelaciones, ni recursos y procedían a ejecuciones inmediatas. No había absoluciones, ni castigos intermedios posibles. Doscientas personas fueron ejecutadas en seis meses y nunca se las pudo identificar: hasta ese punto eran expeditivos y secretos los procedimientos.

Era un paroxismo, pero el régimen había sido represivo desde el principio. En el verano de 1940, acusó y encarceló a los que designaba como culpables de la derrota, y juzgó por contumacia a los franceses que se iban de Francia y continuaban la guerra junto a los británicos. Por su propia iniciativa, adoptó medidas discriminatorias contra franceses de origen extranjero y luego, de origen judío, maniobrando con criterios jurídicos dudosos. Señalaba permanentemente categorías de “malos franceses”, destinados a la depuración, la segregación, la exclusión, la prisión e incluso la ejecución. El Estado francés elegía y castigaba a sus enemigos, a los que llamaba alternativamente “malos franceses”, “disidentes” y luego “terroristas”. Por ser lo que era en razón de las acciones que llevaba adelante, suscitó naturalmente oposiciones que irían en aumento.

Esas oposiciones tenían la particularidad de mezclar, en distintos grados, una impugnación política y una protesta patriótica. Entre 1940 y 1942, los opositores que vivían en la zona ocupada buscaban con dificultad la manera de contrarrestar la presencia aplastante del vencedor, mientras que los de la zona libre se esforzaban por sobreponerse a la censura de la prensa y a la manipulación de la opinión pública para denunciar los ataques contra las libertades o para advertir sobre los peligros que entrañaba la política de colaboración con Alemania. En ambos casos, la hostilidad dominante contra el vencedor, la focalización en los acontecimientos de la guerra y un persistente respeto por Pétain dejaban relativamente en un segundo plano de las críticas la cuestión del régimen. La brecha se ahondó a medida que se revelaba la sumisión a las exigencias alemanas, con el regreso al frente del gobierno de Pierre Laval, a quien consideraban dispuesto a todas las concesiones hacia Alemania (abril de 1942), la ocupación total del territorio por parte de la Wehrmacht tras el desembarco anglo-norteamericano en África del Norte (noviembre de 1942) y luego, la entrada al gobierno de partidarios extremistas de la Colaboración que parecían teleguiados por los alemanes (diciembre de 1943-enero de 1944). El Estado francés, cada vez más maniatado por el ocupante, reaccionó, no sin sobresaltos, con concesiones y acciones desafortunadas, peligrosas o criminales, paradójicamente para demostrar su soberanía, cuando en realidad subrayaban su vasallaje. Por ejemplo, en el verano de 1942, el arresto de 20.000 judíos por la policía francesa para entregarlos a los alemanes fue concebido como una manera de afirmar su autoridad. La creación del Servicio de Trabajo Obligatorio, en febrero de 1943, consumó la ruptura entre el régimen y la población, indignada al ver que se forzaba a la juventud a ir a trabajar a Alemania. Pero cuando apelaba al Mariscal, este respondía que era normal que cada uno se sometiera al deber que le asignaba el Estado.

El régimen experimentó un endurecimiento por etapas hasta el punto de iniciar una lucha armada contra sus opositores, convertidos en resistentes, y de desarrollar una forma de terrorismo de Estado. El monopolio de la violencia legal que ejercían los poderes públicos fue desviado por la milicia francesa, que se autoproclamó la vanguardia de un movimiento revolucionario. El “mantenimiento del orden”, promovido a un rango casi ministerial, fue la justificación de una violencia física extrema, que llegó hasta la tortura y el asesinato, en nombre de la seguridad y de la razón de Estado. El miedo se consagró como medio de gobierno de una sociedad hostigada. Las exacciones eran acompañadas por robos, extorsiones y saqueos, que les imprimían a esas acciones la marca de una práctica mafiosa. Ese uso inescrupuloso de la fuerza era alentado por los alemanes, que remuneraban por ese medio a sus auxiliares. La impunidad de la que gozaban esas bandas, a menudo poseedoras de títulos y de funciones, creó una verdadera fusión entre las instituciones y la delincuencia, y completó el descrédito de un régimen suplantado por legitimidades alternativas. Por otra parte, su final se decidió en el verano de 1944, con los desórdenes y la violencia, sobre un fondo de reconquista territorial y guerra civil. Los alemanes y los milicianos empezaron a detener a algunos colaboradores del jefe de Estado incluso en sus oficinas, ante lo cual este se limitaba a emitir protestas platónicas.

Durante todos esos últimos meses, Philippe Pétain navegó a ciegas, mezclando la aceptación forzada con una tenaz crispación sobre la legitimidad que, a su juicio, solo él poseía, mientras mostraba una singular falta de coherencia en sus ideas.

La Historia solo me juzgará a mí

En agosto de 1944, los alemanes sacaron al mariscal Pétain de Vichy, que de todos modos había sido vaciada semanas atrás de sus órganos gubernamentales. En realidad, el jefe de Estado estaba allí casi solo y sin poder. Retenido en Alemania en el castillo de Sigmaringen, estaba decidido a regresar a su país para someterse al procedimiento judicial abierto contra él. Pero fue un hombre intelectualmente disminuido el que volvió a Francia en mayo de 1945. Su proceso ante la Suprema Corte de Justicia se inició el 23 de julio.

¿Qué se juzgaría en su persona? ¿La traición? ¿La dictadura? La acusación mencionaba, como al pasar, un “régimen autoritario”, un “régimen sobre el modelo de Franco”. El juicio se centró largamente en el complot a cuyo término un mariscal vanidoso, ambicioso y derrotista había entregado a su país al enemigo a cambio de su acceso al poder. La demostración no logró su objetivo. Las acusaciones de persecución a los judíos y represión contra los resistentes se hicieron a título de ejemplos, más que de inculpaciones. En su requisitoria, el fiscal enumeró “el abuso de confianza, el atentado contra el régimen, el atentado contra la nación” y concluyó: “Los que poseen un poder instaurado sobre tales bases solo pueden mantenerse por la fuerza”. Finalmente, Philippe Pétain fue condenado, el 15 agosto de 1945, a la pena de muerte y a la degradación nacional por inteligencia con el enemigo. La justicia pretendió mostrarle a la posteridad a un traidor, antes que un dictador. El general De Gaulle le conmutó la pena.

Sin embargo, las siguientes generaciones tendieron a abandonar cada vez más ese punto de vista casi militar, para focalizarse en la segregación, la persecución y la represión decretadas, ayudadas o aceptadas bajo su égida.

¿Philippe Pétain fue realmente un dictador? Seguramente no, por razones que, paradójicamente, se basan por un lado, en la elevada idea que él tenía de su dignidad, pero sobre todo en la situación de su gobierno obstaculizado y luego sometido.

¿Avaló una forma de dictadura? ¿La posibilitó con sus decisiones, sus medidas y su aura? Probablemente, si la dictadura es un régimen que de todos modos termina por volver su violencia contra los mismos a los que había prometido salvación y protección, y luego un renacimiento, una vez separados los “malos” de los “buenos”.

“Yo sabía que una derrota tenía consecuencias desastrosas –le escribió Philippe Pétain a una amiga en enero de 1944–. Pero no presentí que la desgracia que resultaba de ella era tan prolongada”.

Bibliografía

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Bénédicte Vergez-Chaignon, Pétain, Perrin, 2014 (col. “Tempus”, 2018).

—, Les Secrets de Vichy, Perrin, 2015.

7
Tōjō Hideki,
¿dictador o chivo emisario?
Pierre François Souyri

El 6 febrero de 1943, Tōjō Hideki30 le dijo al periodista del diario Asahi Shinbun que le preguntó si era un dictador: “El hombre llamado Tōjō no es nada más que un simple súbdito de Su Majestad, absolutamente igual a usted. La única diferencia es que yo he recibido la responsabilidad de ser primer ministro. En ese sentido, soy diferente. Solamente brillo cuando estoy expuesto a la luz de Su Majestad. Sin eso, yo no sería más que un pobre guijarro a la vera del camino”.

¿Tōjō, un dictador? ¡De ninguna manera! Un súbdito “leal y fiel” del emperador, ciertamente. Lo habían nombrado primer ministro de Japón el 18 de octubre de 1941, tras varias jornadas de dilaciones por parte de sus pares, ya que también circulaban otros nombres.

En cuanto estuvo al frente del gobierno, decidió sumar a su nueva función la de ministro del ejército de tierra, y en febrero de 1944, se hizo nombrar jefe supremo del estado mayor general. De ese modo, controlaba directamente la administración del Estado y el conjunto de las operaciones militares del país, reuniendo la casi totalidad del poder. Entonces, ¿era un dictador? Un poco, sin duda… Renunció a su cargo el 18 de julio de 1944. Unos días antes, en Hokkaidō, un ropavejero había gritado en la calle, para quien quisiera oírlo: “El emperador es un ciego imbécil. ¡De lo contrario, no habría nombrado a Tōjō como primer ministro!”. El hombre fue detenido por la policía, y condenado a varios días de prisión por ultraje al emperador. Imaginemos qué le hubiera sucedido a alguien que se refiriera en esos términos a Hitler en Alemania.

Considerado por el Tribunal Internacional de Tokio (el equivalente al de Núremberg) como un criminal de guerra, Tōjō fue ejecutado en diciembre de 1948.

A decir verdad, Tōjō había sido un administrador, un trabajador y un organizador bastante bueno, y no tenía la madera de un déspota. El sistema que dirigió, en cambio, era realmente una dictadura con rasgos totalitarios.

Un oficial común en las más altas funciones

Tōjō Hideki nació en 1884 en Tokio, en una familia de notables rurales proveniente de la clase media. El padre era un oficial del ejército de tierra. El joven Hideki estudió en la escuela de cadetes militares: de hecho, en toda su vida, nunca conoció otra cosa que el ejército. Después de dos fracasos, ingresó a la Escuela de Guerra del ejército de tierra en 1912 y se diplomó en 1915 con el grado de capitán. Fue nombrado agregado militar en Suiza en 1919, y también residió en Alemania. De regreso en Japón en 1922, escaló todos los peldaños de la jerarquía y entró al Ministerio del ejército de tierra en 1928 con el grado de coronel. En 1933, fue nombrado general de brigada e inspector del armamento. Hasta ese momento, Tōjō no fue más que un personaje anónimo, cuya capacidad administrativa era muy apreciada, cosa que favoreció su ascenso regular en la jerarquía. En efecto, su carrera estuvo ligada a la calidad de su trabajo: se decía que ordenaba sus documentos hasta tarde en la noche, leía todos los informes y mostraba determinación en sus decisiones. Tōjō era un hombre bajo y calvo, con gafas de miope, y tenía el aspecto de un oficial común, un burócrata del aparato militar sin carisma particular. Pero el expansionismo de Japón, notablemente afirmado por la invasión a Manchuria en 1931 y luego, a China en 1937, transformaría una carrera ordinaria y convertiría a ese hombre al mismo tiempo en un militar partidario de la guerra y en un jefe de mano dura.

A partir de 1935, se vio forzado a asumir funciones de naturaleza más política dentro de las instancias militares en las que fue nombrado. En septiembre de 1935, fue designado, en efecto, comandante del Kenpeitai del ejército de Kwantung (el ejército establecido en Manchuria), es decir, responsable de la gendarmería. El Kenpeitai fue comparado a menudo con la Gestapo durante los años de guerra: una especie de policía política dependiente del ejército, encargada de vigilar a los potenciales opositores y realizar los trabajos sucios del régimen. Tōjō se distinguió particularmente en esto en ocasión del intento de golpe de Estado del 26 de febrero de 1936, urdido por oficiales ultranacionalistas: impuso la adhesión del ejército de Kwantung al gobierno legal y reprimió a las facciones golpistas arrestando a varias decenas de oficiales rebeldes. Estas acciones enérgicas le valieron ser nombrado general de cuerpo de ejército a los cincuenta y dos años, y jefe de estado mayor del ejército instalado en Manchuria y en la región. En este carácter, supervisó en el otoño de 1937 los combates en China del Norte durante la Operación Shahar, que le permitió a Japón apoderarse de una parte de la región al nordeste de Pekín. Por primera y única vez en su vida, Tōjō dirigió operaciones militares en el terreno. Venció fácilmente en los combates frente a un enemigo cuyas tropas estaban muy mal equipadas.

Al año siguiente, siguió ascendiendo y se convirtió en jefe de estado mayor de las fuerzas aéreas del ejército de tierra. A partir de ese momento, fue adquiriendo una fama de guerrero que supo explotar. El 22 de julio de 1940, obtuvo el puesto de ministro del ejército de tierra en el gabinete del primer ministro Konoe Fumimaro. Este último, descendiente de la antigua aristocracia de corte y adepto a las ideas fascistas, estaba convencido de la necesidad de la guerra en China, pero se mantenía prudente ante la idea de un enfrentamiento con las potencias anglosajonas. Sin embargo, se había firmado el pacto tripartito que establecía una alianza con Alemania e Italia dirigida contra los Estados Unidos. Frente a lo que consideraba una forma de dilación, Tōjō organizó la “movilización total de la nación” con vistas a la victoria. Y con el fin de preparar mejor a los soldados para la guerra, hizo publicar en enero de 1941 un manual, el Senjinkun. Este libro de moral militar de triste memoria debía formar parte del equipo de cada combatiente. Allí estaba escrito sobre todo que el combatiente “nunca debería sentir la vergüenza de ser hecho prisionero y caer en manos del enemigo” y que “es mejor morir que dejar su nombre manchado por la vergüenza…”. Se trataba de implantar en el ejército, que en ese momento estaba enredado en el frente chino, la convicción de que el soldado debía elegir morir o suicidarse antes que rendirse. El combatiente debía transcenderse, en cierto modo, convertirse en un animal de guerra: en los entrenamientos se les enseñaba a los soldados a suicidarse con la última bala de su fusil… En el imaginario de Tōjō y de sus allegados, la determinación del combatiente debía ser capaz de impresionar al enemigo y desmoralizarlo: esto explica la táctica extremista que sería utilizada en los ataques suicidas durante la Guerra del Pacífico31 o los ataques de pilotos kamikazes en 1944-1945.

En abril de 1941 se iniciaron negociaciones entre los norteamericanos y los japoneses, pero chocaron en un punto esencial: los Estados Unidos exigían el retiro de las fuerzas japonesas en China y el regreso simple y llano al statu quo anterior a 1931. Los militares elaboraron entonces una teoría de dominó que Tōjō formuló así: “Si obedecemos a los norteamericanos y nos retiramos de China, no solamente habríamos hecho esta guerra en vano, sino que, además, Manchuria estará en peligro y Corea también. ¿Y cómo les explicaríamos a las familias cuyos hijos fueron muertos en combate que estos murieron en vano?”. El antagonismo entre Japón y los anglosajones era cada vez más evidente y, en los círculos militares de Tokio, querían enfrentarse con Washington, cuya arrogancia consideraban insoportable. Para el estado mayor japonés, el razonamiento era simple, por no decir simplista: si Japón atacaba a los ingleses y a los norteamericanos en Extremo Oriente, la resistencia china se derrumbaría. El embargo del petróleo, por una parte, y las “exigencias inaceptables” de los norteamerica­nos, por la otra, les ofrecieron en ese momento a los militares japoneses el pretexto soñado para “echar a los colonialistas blancos de Asia”.

¿Tōjō, jefe de guerra?

En octubre de 1941, había llegado para Tōjō y los militares belicistas el momento de hacerles la guerra a los norteamericanos. Bajo la presión del ejército, el primer ministro Konoe renunció. Se pensó en Tōjō, pero, al parecer, su actitud intransigente les resultaba chocante a algunos, entre ellos, al propio emperador Hirohito. Sin embargo, lo nombraron. Tōjō habría recibido entonces la orden de hacer todo lo posible por evitar marchar a la guerra. Aparentemente, habría declarado: “¡La paz, la paz! El Hijo del Cielo ha hablado”. Y en efecto, durante algunos días, el nuevo hombre fuerte parecía haber cambiado de posición. Como un “vasallo fiel”, se esforzó por respetar los deseos del emperador, pero la reiterada intransigencia de los norteamericanos lo convenció de que aceptar el ultimátum de Washington significaba pedirle a Japón que se suicidara. El 26 de noviembre de 1941, Tōjō tomó la decisión de ir a la guerra y se la presentó al emperador, que la aceptó. Entonces se disculpó, llorando, ante Hirohito por no haber podido impedir el proceso que llevaba a lo inevitable… Algunos días más tarde, lanzó el ataque contra Pearl Harbor.

En realidad, el pasaje anterior debería ser escrito en condicional, ya que nunca se hicieron públicas las discusiones que tuvieron lugar en las instancias más altas del Estado en octubre-noviembre de 1941 antes de Pearl Harbor, y nuestras únicas fuentes son algunos testimonios redactados después de la guerra, el de Tōjō por supuesto, pero también el de Kido Kōichi, guardasellos privado del emperador y su consejero más cercano. Tōjō deseaba mostrar que había sido obligado a iniciar las hostilidades por Roosevelt, el “verdadero responsable de la guerra”; Kido, por su parte, quería eximir al emperador de toda responsabilidad, mostrando que había intentado, hasta el final, evitar el conflicto.

Como primer ministro de un país en guerra, Tōjō mostró innovación en su manera de gobernar. Hablaba a menudo por la radio, que retransmitía sus discursos, y aparecía con gusto en los noticiarios cinematográficos. Entendió sin duda antes que los demás el papel fundamental de los medios de comunicación modernos. Trabajador empedernido y obsesionado por el sentido del detalle, su conocimiento de los expedientes hacía que fuera imprescindible. Pero su omnipresencia no siempre despertaba simpatías.

Cuando los norteamericanos tomaron la base japonesa instalada en el atolón de Truk, el 21 de febrero de 1944, Tōjō decidió sumar las funciones de primer ministro a las de jefe del estado mayor. Se justificó diciendo que la situación militar cada vez más difícil y la necesidad de centralizar los poderes lo exigían. En el aparato del Estado había grupos que se oponían a su dominio: entre ellos, el estado mayor, pero también los allegados al emperador. Porque aunque Tōjō realmente dirigía, siempre tenía la precaución de presentar sus decisiones como si fueran las de su soberano. También es cierto que era bastante hábil como para convencer a Hirohito de sus ideas.

El primer ministro y jefe de guerra, considerado como el principal responsable de las terribles derrotas japonesas de las Marianas (junio de 1944) y de Saipán (julio de 1944), perdió el apoyo del entorno imperial y de la marina, y presentó la renuncia de su gabinete el 18 de julio de 1944. Después de haberlo respaldado en 1941, todos terminaron por abandonarlo y convertirlo en el chivo emisario de la derrota. Tōjō se retiró a su casa y solo reapareció brevemente cuando fue llamado por el emperador en febrero de 1945 para un Consejo Especial compuesto por ex primeros ministros, dedicado a un eventual inicio de negociaciones de paz con los norteamericanos. En esa oportunidad, Tōjō se pronunció a favor de la continuación de la guerra: al parecer, fue un discurso suficientemente elocuente como para convencer una vez más al emperador de proseguir con las operaciones. Poco después redactó un informe en el que explicaba que los norteamericanos estaban al borde de la ruptura y que la Unión Soviética no actuaría. Pocas veces un dirigente se equivocó tanto.

En septiembre de 1945, algunos días después de la llegada de las fuerzas norteamericanas a Tokio, sabiendo que lo arrestarían, Tōjō intentó en vano suicidarse. La opinión pública japonesa se mostró severa hacia él: ese hombre que les había pedido a sus soldados morir antes que caer vivos en manos del enemigo, se encontró de pronto siendo prisionero de las fuerzas de ocupación. Encarcelado en la prisión de Sugamo, esperó allí su proceso y luego su ejecución, tras la sentencia de muerte que le habían dictado el 12 de noviembre de 1948, especialmente por crímenes contra la paz. Finalmente Tōjō fue ejecutado en la horca a los sesenta y cuatro años, el 23 de diciembre, junto con siete de sus coacusados.

Luego, hubo debates muy duros en Japón y en los Estados Unidos. ¿Había sido Tōjō realmente ese dictador manipulador que las autoridades norteamericanas se complacían en describir al terminar la guerra? ¿O fue un chivo emisario, condenado por la justicia de los vencedores en sustitución del propio emperador? ¿Fue un mediocre jefe de guerra, ebrio de ideología, responsable directo de un conflicto terrible o la víctima expiatoria de un sistema que él mismo había contribuido a establecer?

Para captar al personaje en toda su complejidad, incluso en sus contradicciones, conviene recordar, por un lado, qué era realmente el ejército antes y durante la guerra, y por otro lado, lo que el filósofo Tosaka Jun denominó en 1935 la “ideología japonesa”.

Un ejército atravesado por innumerables luchas de facciones

El ejército japonés era reciente. Cuando el joven Tōjō ingresó a la Escuela de Guerra, esta no tenía medio siglo de existencia. Por paradójico que parezca, el Japón de los shogunes Tokugawa (1603-1867), dominado por los guerreros samuráis, no disponía realmente de un ejército. En efecto, el ejército de tierra se había formado esencialmente en torno a los samuráis del principado de Chōshū, que desempeñaron un papel central en el movimiento que destituyó al antiguo régimen del shogun. Esos guerreros o sus hijos fueron quienes formaron a los cuadros militares dirigentes a fines del siglo XIX. Todos los ministros del ejército provenían de ese grupo regional que seguía controlando una parte del Estado en los albores del siglo XX. El ejército constituido por esos oficiales procedentes de Chōshū ganó la guerra contra China en 1895, punto de partida del expansionismo japonés. Ese mismo ejército sufrió frente a los rusos en 1904-1905, sobre todo durante el sitio de Port-Arthur, pero finalmente venció en el conflicto.

Existía también una marina imperial, controlada por antiguos samuráis del principado de Satsuma, un feudo situado en el extremo sur de la isla de Kyūshū. Esa marina desempeñó un papel esencial en 1905 al hundir a la flota rusa en la batalla naval de Tsushima. Su rivalidad con el ejército de tierra era tan grande que cada uno tenía su propio ministerio en el gobierno y los militares habían conseguido que “su” ministro fuera siempre uno de los suyos. En general, los marinos despreciaban a sus colegas del ejército de tierra.

Cuando era un joven oficial, Tōjō Hideki fue enviado a Europa: al finalizar la Primera Guerra Mundial, Japón tenía mucho interés en aprender las enseñanzas de ese gigantesco conflicto europeo. Jóvenes oficiales del ejército de tierra que rodeaban a Nagata Tetsuzan (1884-1935), apostados en Alemania, sacaron conclusiones sustanciales del primer conflicto mundial. El siguiente conflicto exigiría, según ellos, poner a disposición todas las fuerzas vivas del país, incluyendo a las fuerzas económicas, para una “guerra total”. En ese contexto, se necesitaría una fuerza de envergadura nacional capaz de movilizar a toda la nación. Nagata pensaba que la facción Chōshū, que le seguía proveyendo al ejército sus oficiales superiores, debía desaparecer, y comprobó con amargura que el ejército japonés casi no había evolucionado después de la guerra contra Rusia. Había que llevar a cabo algunas reformas radicales para modernizarlo. Tōjō Hideki conoció a Nagata Tetsuzan y adhirió rápidamente a sus posiciones, siguiendo el ejemplo de otros jóvenes oficiales que este había reunido en Baden-Baden en 1921 para realizar un “pacto secreto”. Más tarde, de regreso en Japón, Nagata y sus seguidores crearon “grupos de investigación” –en la práctica, una nueva facción– de los que Tōjō formó parte, y que tenían un doble objetivo: acelerar la modernización extirpando los restos de la facción Chōshū del ejército y promoviendo a jóvenes talentos, cualquiera fuese su origen regional, y resolver el problema de Manchuria preparando la invasión al noreste de China para asegurar la hegemonía política sobre la región y estar en condiciones de desafiar a la Unión Soviética.

La progresiva renovación generacional de los cuadros del ejército y la crisis económica que golpeó violentamente a Japón después de 1930 impulsaron a esos oficiales a acelerar su radicalización. Estaban impacientes y se sentían empujados por el viento de la Historia. Manchuria era presentada en todas partes como un El Dorado a conquistar, rica en materias primas, con muchas tierras libres para cultivar. Y en esos años de 1930, el campesinado japonés, acorralado por la crisis, empezó a ver en el ejército un motor para el ascenso social de sus hijos, y en el imperialismo sobre el continente, una solución para la escasez de tierras en el archipiélago.

La prudencia de las autoridades políticas para relanzar una política expansionista exasperaba a los ultras, para quienes la expansión era la solución a la crisis. El ejército se convirtió así en el terreno de la propaganda de la extrema derecha, que denunciaba la corrupción, a los traidores y el laxismo democrático, y agitaba el paño rojo del avance del comunismo.

Hacia 1933, los nacionalistas del ejército se dividieron en dos tendencias. La primera, llamada “facción de control” (Tōseiha), estaba compuesta por oficiales pragmáticos y legalistas, que querían instaurar un Estado dispuesto a hacer la guerra y capaz de aumentar drásticamente el nivel, ya muy elevado, de los presupuestos militares. Su método para alcanzar ese objetivo consistía en colocar hombres en puestos clave para “controlar” mejor el aparato militar. A todos, incluso a Tōjō, los movía la misma obsesión: que Japón fuera un país “de primer rango” (itto koku). Su nacionalismo no podía soportar las humillaciones que había debido sufrir el país en virtud de tratados desiguales del siglo XIX o el de Washington de 1922, que tendía a fijar la superioridad militar anglo-norteamericana en el Pacífico.32 Había que construir entonces un imperio en Asia para resistir a las potencias occidentales y a la Unión Soviética. Esta facción “moderada” era conducida por Nagata Tetsuzan, pero este fue asesinado en 1935. Entonces, Tōjō se convirtió en uno de los líderes de la “facción de control”.

La facción contraria, llamada “de la vía imperial” (Kōdōha), más radical, propiciaba el fin de las instituciones que estructuraban el Estado imperial: el Consejo de Ancianos que rodeaba al emperador, la nueva nobleza imperial, las camarillas militares y financieras, y los partidos parlamentarios,33 considerados responsables de los desórdenes, y cuyas personalidades más notorias consideraban justo asesinar. El oficial del estado mayor Ishiwara Kanji, el “cerebro” de la invasión a Manchuria en 1931, era uno de sus jefes.

Su modo de acción privilegiado era el golpe de Estado militar. En­tre 1931 y 1937, varios intentos de putsch fracasaron, pero lograron provocar pánico en el seno de los gobiernos y del estado mayor, que tomaron medidas que respondían a los más ultras. Se produjo así una serie de deslizamientos progresivos hacia la dictadura, antesala de la ansiada guerra.

A partir de 1935, esa facción se volvió cada vez más agresiva. El 26 de febrero de 1936, provocó una sublevación de 1500 oficiales y soldados que patrullaron Tokio durante cuatro días y ocuparon la residencia del primer ministro y la sede policial. Varios ministros fueron asesinados o heridos. Sin embargo, el poder recuperó el control de la situación y Tōjō consiguió mantener al ejército de Kwantung, infiltrado por los golpistas, en el bando “lealista”. Después de ese golpe de Estado frustrado, se eliminó la “facción de la vía imperial”, considerada como irresponsable y varios de sus dirigentes fueron ejecutados por traición.

¿A quién hacerle la guerra?

La “facción de control” dominó desde ese momento el ejército de tierra, pero el gobierno, atemorizado, se lanzó una vez más a una política afín a los ultras: la alianza con Hitler, un alza masiva de los presupuestos militares, una diplomacia más agresiva que llevaba directamente a la guerra.

Sin embargo, el faccionalismo perduró en un ejército que vacilaba entre varios enemigos y se dividía entonces en las grandes opciones estratégicas. ¿Había que atacar a la Unión Soviética por anticomunismo, pero también porque la Unión Soviética era la heredera del antiguo imperio de los zares? Esa era la “opción norte”, elegida sobre todo por el ejército de Kwantung en 1938-1939. Se produjeron enfrentamientos en diversas oportunidades en la región, pero el Ejército Rojo les infligió una derrota a los japoneses en el verano de 1939, en la batalla de Nomonhan. Entonces se abandonó la opción norte y Tōjō apartó a Ishiwara Kanji, uno de sus principales promotores.

¿No había que temer más bien al nacionalismo chino, capaz de alzar a su país en contra de los intereses japoneses en el continente? En ese caso, era necesario destruir al Kuomintang, el partido de Chiang Kai-shek, para establecer en China un gobierno projaponés: Tōjō estaba de acuerdo con esto. Es lo que se trató de hacer a partir del verano de 1937, pero, tras las primeras victorias, el ejército japonés se hundió en un verdadero lodazal.34

¿O había que atacar en el Sudeste Asiático para tomar las antiguas colonias occidentales (Indochina francesa, Malasia y Birmania británicas, Indias neerlandesas, Filipinas norteamericanas), apoderarse de las materias primas y comenzar una guerra preventiva contra los Estados Unidos? Esa era la “opción sur”, que eligió a partir de 1940 una parte de los cuadros militares del ejército de tierra, entre ellos, el propio Tōjō, y sobre todo, los de la marina.

La marina, que hasta ese momento solo había desempeñado un papel secundario en los conflictos dirigidos por Tokio, conservaba su potencia intacta. Ahora podría actuar. Los preparativos para atacar a la flota norteamericana en el Pacífico se aceleraron en el otoño de 1941: el 26 de octubre, Tōjō dio luz verde para el inicio de las operaciones militares. Pero ignoraba en el detalle los planes del estado mayor. Aunque era primer ministro y militar de carrera, no conocía los planes secretos del alto mando. Porque este último no estaba bajo el control del gobierno y desconfiaba de él. Mucho más si la batalla debía estar a cargo de la marina, siendo Tōjō un general del ejército de tierra… ¡Finalmente, le avisaron a Tōjō sobre el ataque a Pearl Harbor cuando ya había comenzado! En el transcurso del año 1943, el estado mayor solo informó al gobierno y a su primer ministro con parquedad, mientras se acumulaban las malas noticias.

Por eso, exasperado, Tōjō organizó el minigolpe de Estado del 21 de febrero de 1944, para sumar a su puesto de primer ministro el de jefe del estado mayor. El emperador lo dejó hacer. La autonomía del ejército con respecto al gobierno era real y Tōjō ya no lo soportaba. Los poderes concentrados en su mano eran ahora formidables… al menos en el papel. Tōjō no era más que un burócrata eficaz, incapaz de pensar las cosas fuera del aparato de Estado. Al acumular sus poderes en el plano legal, creyó que a partir de ese momento sus órdenes serían ejecutadas y todo volvería a su justo curso. Nunca intentó, ni siquiera de manera demagógica, suscitar un impulso popular en su favor para reunir las diferentes camarillas que existían siempre en el seno del aparato del Estado y del ejército. Para él, se trataba de una medida extraordinaria que se había vuelto necesaria por circunstancias extraordinarias. De hecho, su “dictadura” solo duró algunos meses, porque pronto lo responsabilizaron por todos los reveses del ejército japonés ocurridos en la primavera de 1944, que precipitaron su caída el 18 de julio. Su expulsión también puede entenderse como la revancha de un estado mayor que trataba de reconquistar su libertad con respecto al gobierno.

Cuando Robert Guillain, en ese momento corresponsal de la Agen­cia France Presse en Tokio, percibió al Japón de ese tiempo como un país en el que “reinaba el desorden” y en el que la esfera dirigente era un “pandemónium”, se ajustaba a la verdad. Cada órgano de decisión funcionaba según su propia lógica, pero debía tener en cuenta permanentemente a los demás centros de poder. En ese contexto, el gobierno no disponía realmente de una autoridad determinante, porque él mismo fluctuaba entre diversos centros de decisión. Cada ministro asumía su responsabilidad frente al emperador y el primer ministro no era el verdadero jefe de los ejércitos. El estado mayor y el Consejo Privado aparecían como organismos que competían por el poder, pero tampoco prevalecían sobre el gobierno. Hirohito habría podido aparecer entonces como el jefe indiscutido del sistema –tenía los medios legales para ello–, pero no quiso hacerlo, porque no estaba en el espíritu de la función imperial actuar como un déspota absoluto. En consecuencia, el sistema avanzó sin una verdadera línea directriz, deslizándose imperceptiblemente por la pendiente de una dictadura, cuyos responsables era difícil identificar.

La monarquía y la cuestión de la responsabilidad

¿Cuál era exactamente el papel que desempeñaba el emperador en un contexto como ese?

La monarquía, presentada a principios de la década de 1870 como el símbolo de la unidad nacional, de la determinación del país para avanzar a marcha forzada hacia la modernidad, asegurándose un lugar entre las naciones más avanzadas, se apoyaba en el sintoísmo, para el cual la dinastía reinaba en el país desde la noche de los tiempos y tenía antepasados divinos. El monarca aseguraba así una continuidad entre el pasado y el futuro. A partir de la promulgación de la Constitución de 1889, la soberanía se ejercía a través de la persona imperial, decretada sagrada e inviolable. Todo se basaba en el concepto de kokutai, un término vago que remitía a una visión mística de la esencia nacional. El artículo primero de la Constitución era claro: “El Imperio del Gran Japón se ubica bajo el gobierno del emperador, cuyo linaje reina sobre nuestro país desde la noche de los tiempos”. Esa Constitución le otorgaba al soberano el privilegio de convocar al Parlamento, de suspenderlo o disolverlo, de tomar medidas de urgencia para restablecer el orden, de promulgar rescriptos, movilizar al ejército, declarar la guerra o firmar la paz, etc. Todas las señales de un despotismo imperial estaban presentes y, sin embargo, los dirigentes manipulaban al soberano y le dictaban su conducta, al mismo tiempo que sacralizaban su persona. Mientras funcionaran los contrapoderes, el Parlamento, la prensa, los partidos y los movimientos sociales, el sistema podía funcionar más o menos como una democracia limitada, pero al romperse los diques democráticos –hacia 1937-1938–, el aparato estatal empezó a funcionar según una lógica dictatorial bajo el control de una camarilla de militares belicistas.

Así manipulado por los ministros o los consejeros, el emperador tenía un poder simbólico y su autoridad personal era superficial. El poder imperial parecía puramente nominal. Y lo era aún más porque el soberano no presidía el Consejo de Ministros. Había entonces una verdadera ambigüedad en la función suprema: el emperador, como institución, tenía un poder casi absoluto en todos los ámbitos, y, como individuo, un poder prácticamente reducido a la nada. Con todo, Hirohito, monarca desde 1926, ejerció mucho más activamente su función que sus predecesores: estaba muy bien informado y solo firmaba las órdenes si estaba personalmente convencido de su necesidad. Nadie se hubiera atrevido a oponerse a él y contradecirlo. Según se interpretara la Constitución en un sentido o en otro, el poder imperial podía ser absoluto o casi nulo. Para unos, se situaba en el corazón del sistema de responsabilidad, y para otros, por naturaleza no era responsable.

En 1945, MacArthur decidió que Hirohito no era responsable y que podía seguir con sus ocupaciones. A su juicio, el emperador había sido prisionero de Tōjō y de los militares, que lo habrían usado. Esta decisión planteó en ese momento una pregunta fundamental: a menos de creer realmente que los culpables de la guerra eran unos veinte dirigentes juzgados en el tribunal de Tokio, ¿cómo podían considerarse responsables de algo los japoneses comunes si el propio emperador no era responsable?

Esa falta de responsabilidad general constituye un interrogante. Todo el sistema estaba construido para llevar al conformismo y a la obediencia pasiva: lealtad a los superiores, respeto a los ancianos, obstinación, abnegación, valentía física (y en la década de 1940, un espíritu de sacrificio llevado hasta el sacrificio supremo). Pero entonces, ¿quién daba las órdenes en el Japón en guerra? La maquinaria militar y la administración del Estado, por supuesto, pero nadie se consideraba responsable en forma individual. No eran responsables los oficiales que supuestamente obedecían a su jerarquía, que, a su vez, solo actuaba con el consentimiento imperial. Tampoco los soldados, que no hacían más que obedecer las órdenes impartidas en nombre del emperador. Y tampoco Hirohito, pues MacArthur, con toda la autoridad del vencedor, decía que había sido manipulado por los militares y no debía ser sometido a juicio. ¿Entonces quién? ¿Solo Tōjō, junto con un puñado de altos dirigentes que serían condenados a muerte? Como vimos, esa es la interpretación que sigue prevaleciendo y convierte a este hombre en el chivo emisario ideal.

Aquí llegamos al núcleo de toda la ambigüedad del sistema político japonés de aquella época, que el historiador de ideas Maruyama Masao había calificado en 1946, en un famoso artículo, como sistema de irresponsabilidad general.35 Por otra parte, Tōjō cayó en su propia trampa cuando redactó en prisión su deposición después de haber sido interrogado por el fiscal norteamericano Keenan. El 31 de diciembre de 1947, explicó, en efecto, que hubiera sido inconcebible para él tomar una decisión contra la opinión del emperador. Al decir esto, acusaba indirectamente a Hirohito de ser, en definitiva, quien daba las órdenes. Se había encerrado a sí mismo en la ideología que lo impregnaba: “Sin el emperador, yo no soy nada”. Los norteamericanos olieron el escándalo y le avisaron a Kido Kōichi, quien fue a hablar con Tōjō en su celda para hacerle cambiar su declaración. Leal hasta el sacrificio, Tōjō lo hizo el 6 de enero de 1948: esto exoneró a Hirohito de la responsabilidad suprema.

Tōjō se convirtió entonces en el malo de la historia, con la complicidad de las autoridades norteamericanas y el entorno imperial. Se instaló la idea de que él había impuesto su dictadura en el país, engañando a Hirohito y a todos los japoneses al mismo tiempo. También se lo presentó como el principal responsable de la derrota, ya que había comandado durante mucho tiempo los ejércitos finalmente vencidos. Él simbolizaba el fracaso y ese había sido, por otra parte, el motivo principal de su dimisión en julio de 1944. ¿Stalin había renunciado después del terrible año 1941? ¿Hitler había optado por el retiro después de Stalingrado? Al parecer, cuando sus allegados le aconsejaron denunciar las maniobras que lo habían perjudicado, Tōjō les respondió que, de todos modos, ya había perdido la confianza del emperador. Después de la derrota, se encontró en el banquillo de los acusados y desafió varias veces al fiscal norteamericano afirmando la responsabilidad norteamericana en el inicio de la guerra. Para los revisionistas japoneses, se convirtió luego (con la colaboración de su nieta Tōjō Yûko, que trabajó por su memoria) en el hombre que luchó hasta el final contra la idea de que Japón había llevado a cabo una guerra de agresión. Como dijo el propio Tōjō, su país no había hecho otra cosa que defenderse. Esta idea sigue vigente hoy en Japón en los círculos de derecha.

Después de 1868, la disolución de la corte imperial de Kioto en la que había crecido el joven soberano Meiji, su separación de la antigua capital para ir a instalarse al antiguo palacio del shogun en Edo convertida en Tokio, su obligación de vestirse en público como un rey europeo, todo esto contribuyó a desarrollar en el pueblo la idea de que el monarca vivía solo, aislado y desdichado. A todos les gustaba creer que sufría en silencio, como su pueblo, ante la modernización del país. Ese sentimiento se sumó al dispositivo de creencia según el cual el soberano era fundamentalmente bueno pero a menudo estaba mal asesorado. Esta idea reapareció con fuerza inmediatamente después de la derrota de 1945. El emperador quería la paz, pero Tōjō lo había obligado a hacer la guerra. Por lo tanto, Hirohito no tenía nada que ver con lo que había pasado, y tampoco la mayoría de los soldados japoneses. Ese discurso, confirmado por las autoridades norteamericanas, que no persiguieron a Hirohito por crímenes de guerra, convirtió además a MacArthur en un héroe local (el “shogun de ojos azules”), pero también instiló en la nación japonesa un sentimiento de irresponsabilidad, fácilmente asimilado a la amnesia, que sigue pesando en las relaciones internacionales de la actualidad.

Bibliografía

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30 Para los nombres japoneses, seguimos la costumbre japonesa, por otra parte, generalizada en el Extremo Oriente: primero el apellido y luego el nombre.

31 Se trataba de ataques suicidas en situaciones desesperadas, que los norteamericanos llamaban banzai charges. Antes que rendirse, los oficiales impulsaban a los soldados a arrojarse sobre las líneas norteamericanas. La idea ingenua era que si el ratio de las pérdidas era de 100 japoneses por 70 norteamericanos puestos fuera de combate, estos últimos perderían la confianza y su moral se desmoronaría. Un cálculo mortífero e infundado, que le permitirá, sin embargo, a la propaganda de guerra japonesa embellecer el sacrificio inútil de sus soldados calificándolo como “joya resquebrajada”.

32 En la conferencia de Washington, los anglo-norteamericanos les hicieron aceptar a los japoneses el principio llamado 5-5-3. Por cinco buques de guerra norteamericanos en el Pacífico, Gran Bretaña podría mantener cinco buques de la misma clase en la región y Japón, solo tres. Para la marina japonesa, esto fue una grave desilusión y el comienzo de un creciente sentimiento netamente antinorteamericano.

33 Desde 1913 y más aún desde 1918, los partidos representados en el Parlamento estaban en el corazón del sistema político. Los primeros ministros provenían de sus filas. Las facciones nacionalistas se oponían al juego parlamentario, que consideraban estéril.

34 A partir de la primavera de 1938, se hizo evidente que la guerra sería larga. Las campañas lanzadas por los japoneses con el objetivo de encerrar a las fuerzas chinas fracasaron. Las tropas no pudieron avanzar y fueron atacadas en sus retaguardias por grupos de partisanos. Luego se limitaron a ocupar las ciudades y a mantener el control de las vías férreas, mientras lanzaban una política de terror contra la población, cuya consecuencia principal fue aumentar un poco más el odio del pueblo chino hacia el invasor.

35 El artículo de Maruyama, publicado por primera vez en mayo de 1946 en la revista Sekai, fue traducido al inglés en Masao Maruyama, Thought and Behavior in Modern Japanese Politics, Oxford University Press, 1963, y al francés, recién en 1982 (véase la Bibliografía).

8
Tito o el gran bluf
Jean-Christophe Buisson

Por haber luchado heroicamente contra el nazismo y rebelarse contra Stalin en 1948, Tito (1892-1980) fue considerado durante toda su vida por Occidente como un jefe de Estado “tratable”. ¿Ingenuidad? ¿Ignorancia? ¿Ceguera voluntaria? Sin embargo, había una gran distancia entre el mito y la realidad. Formado parcialmente en Moscú, el revolucionario profesional croata-esloveno no dudó en enviar a la muerte a sus camaradas del Partido Comunista yugoslavo para apoderarse de su dirección. Después de una resistencia tardía contra el ocupante nazi, puso tanto fervor en combatir a los chetniks serbios apadrinados por los Aliados como a las tropas alemanas. Y en la posguerra, impuso un régimen de terror en Yugoslavia, para establecer un poder que sabía frágil en un país artificial, en el que seguían surgiendo peligrosamente tensiones sociales y nacionales. Era un paranoico, un megalómano, un dictador con modales de sátrapa oriental, que amaba el lujo, las mujeres y el dinero, que fue apoyado por los Estados Unidos mientras financiaba a los movimientos revolucionarios antiimperialistas del Tercer Mun­do erigiéndose en su adalid y mantuvo hasta su muerte la ilusión de que Yugoslavia lo sobreviviría.

“Fui yo quien envió a tu camarada a la muerte en España”. El almuerzo en Zagreb en 1939, en cuyo transcurso le dijo Tito a la militante croata comunista Anka Butorac esta frase, hablando del “camarada” Blagoje Parović, asesinado el 6 de junio de 1937 cerca de Ma­drid, fue una de las pocas oportunidades en las que ese hombre que reinaría sobre Yugoslavia con mano de hierro entre 1945 y 1980 mencionó su participación en la guerra de España. Como el Komintern le había encargado organizar el envío a España de los 1650 voluntarios yugoslavos de las Brigadas Internacionales, pasó allí más tiempo liquidando a los trotskistas del POUM36 que luchando contra los falangistas y los franquistas. Seguía las órdenes de Stalin, que pronto le confiaría la dirección del Partido Comunista yugoslavo (PCY) en reemplazo de Milan Gorkić, convocado a Moscú, y luego detenido y fusilado en noviembre de 1937. ¿Motivo? Espionaje para los ingleses. Esta imputación se agregaba a las acusaciones de Yugoslavia que llovían sobre él desde hacía años. Algunos informes le reprochaban que las masas no lo conocieran, en razón de sus frecuentes viajes a París y a Viena, y que bloqueara el ascenso en el Partido de los camaradas provenientes de la clase obrera, además de su colaboración con el régimen real anticomunista de Belgrado. Todos esos informes venían de la misma fuente: su rival en el PCY, Tito.

En su biografía oficial difundida después de 1945, solo se encontrarían en él rasgos de violencia al enfrentar a fuerzas reaccionarias, realistas, fascistas o nazis, pero la verdad era muy distinta: desde la década de 1930, Josip Broz usó sin cesar todos los medios para convertirse en el amo del movimiento comunista yugoslavo. Mandando eliminar a otros camaradas. Ya antes de la guerra, el dictador despiadado se imponía sobre el militante heroico.

Viajes, viajes

Josip Broz nació el 7 de mayo de 1892, en el Imperio austrohún­garo, en Kumrovec, en la región croata de Zagorje. Su padre, un alcohólico notorio, era croata; su madre, una mujer devota que trajo al mundo a 14 hijos, de los cuales murieron 8 al nacer o en la primera infancia, era eslovena. Para darle el gusto, él iba a la misa (católica) y cantaba en el coro, pero desarrolló un odio feroz contra la Iglesia desde que el cura de su parroquia lo golpeó para castigarlo por una torpeza. Hay que decir que el pequeño Josip era un niño hiperactivo, hasta el punto de que sus maestros lo disuadieron de iniciar una formación de sastre que exigía permanecer sentado todo el día. Se hizo aprendiz de cerrajero, una actividad que apaciguó un poco su espíritu inquieto. Entre los dieciséis y los diecinueve años, viajó por todo el Imperio (Croacia, Eslovenia, Bohemia), pero también a Baviera y el Ruhr. En Trieste, descubrió el marxismo: no tenía trabajo ni dinero, y los militantes socialdemócratas locales lo tomaron a su cargo. Al regresar a Zagreb en 1911, adhirió a la Unión de la Juventud Socialista.

Al año siguiente, fue llamado a la milicia. No se sintió molesto, ni avergonzado: aunque a su juicio era muy poco social, la monarquía Habsburgo le inspiraba respeto por su administración sólida y su estructura mitad federal y mitad confederal. Por lo tanto, no pensó en eludir sus obligaciones militares. Era un buen deportista, se destacaba en esgrima, equitación y gimnasia. Por ser un excelente conductor de hombres, fue rápidamente nombrado sargento primero. Con ese grado de suboficial empezó la guerra, en 1914, en el frente serbio del Drina, en el 25º regimiento de infantería, antes de ser enviado a los Cárpatos para enfrentar a las tropas rusas. Fue gravemente herido por la lanza de un jinete circasiano de la División Salvaje en Bukovina y capturado en el día de Pascua de 1915.

Comenzaron tres años de peregrinaciones en Rusia, de un campo de prisioneros a otro: cerca de Kazán, en las montañas del Ural, en Ekaterimburgo, Perm… En la primavera de 1917, aprovechó el caos reinante en el país después de la Revolución de Febrero para escapar del taller ferroviario en el que trabajaba para ir a Petrogrado. Allí escuchó un discurso de Lenin y se cruzó con Gorki: rápidamente se convirtió al bolchevismo, pero evitó participar en los motines de julio, que causaron centenares de víctimas en el seno del movimiento leninista. Fue arrestado en el verano, pero en su calidad de soldado de los ejércitos austrohúngaros y no como revolucionario. Lo enviaron a un campo de prisioneros de los Urales, huyó y se unió a la Guardia Roja de Omsk, mientras la Revolución Bolchevique acababa de triunfar. Allí conoció a una adolescente de catorce años, Pelagia Belusova, y se casó con ella. Ambos viajaron a Petrogrado y luego a la región natal de Tito, que ahora pertenecía a un nuevo país: el reino de los serbios, croatas y eslovenos, nacido en diciembre de 1918 sobre los escombros del Imperio austrohúngaro. Lo gobernaba Alejandro I Karađorđević. Era hijo del rey Pedro I de Serbia, que le había cedido su corona durante la guerra, y comandó los ejércitos serbios, apoyados por la infantería del general Franchet d’Espèrey, en la reconquista de las regiones ocupadas por los austríacos, los alemanes y los búlgaros. Viena y Sofía, castigadas por el Tratado de Versalles (junio de 1919), perdieron partes de sus territorios anteriores a 1914 (entre ellos, la región natal de Tito) vinculadas a ese país37 que reunía, entre Liubliana y Skopie, a la mayoría de los eslavos de los Balcanes bajo la autoridad de una dinastía serbia que la minoría croata no tardaría en impugnar.

Revolucionario profesional

En aquel año de 1920, comenzó la segunda vida de Josip Broz: la de un revolucionario profesional. Ya sin ninguna atadura familiar (su madre había muerto de gripe española), entusiasmado por lo que había visto en Rusia, consciente de que la violencia, la determinación y la fe eran los motores indispensables para la victoria política, emprendió la lucha adhiriendo al nuevo Partido Comunista yugoslavo (PCY), creado después de una escisión del Partido Socialdemócrata y prohibido por el poder real en el mes de diciembre del mismo año. Eso no fue un obstáculo para Tito: sería un miembro del Partido y luego un cuadro clandestino. Como secretario general de la Unión de Obreros Metalúrgicos y Curtidores croatas, responsable de la célula del PCY de Zagreb (180 adherentes), el camarada Georgijevic (uno de sus treinta seudónimos) fue arrestado varias veces por su militancia. Su odio al rey Alejandro estaba a la altura de su desprecio por los socialistas: el 1º de mayo de 1928, era el que gritaba más fuerte en las calles de la capital croata: “¡Abajo los social-patriotas! ¡Abajo los sirvientes de los capitalistas!”.

Su actitud molestaba al poder. La policía estaba harta del activismo de ese hombre al que un informe describió con precisión: “1 m 70, ojos grises, gafas, dentadura incompleta”. En el rubro “profesión” decía “criminal: comunista”. En el verano de 1928, una requisa encontró en su domicilio folletos marxistas, una pistola y municiones. La sospecha se confirmó. Lo torturaron para que denunciara a sus camaradas, pero él se mantuvo valientemente en silencio. En noviembre, un tribunal lo condenó a cinco años de prisión por “propaganda comunista”. Una ventaja: compartió su suerte con otros jóvenes militantes, con los que estableció vínculos estrechos: Moša Pijade, Andrija Hebrang, Aleksandar Ranković, Milovan Đilas, Edvard Kardelj. Todos ellos serían sus más fieles compañeros durante la Segunda Guerra Mundial.

Salió de las cárceles yugoslavas en 1934 con la firme intención de no volver allí nunca más, mientras que su esposa Pelagia regresó a Moscú con el hijo de ambos, Žarko.38 Ahora debía ponerse al frente del movimiento, organizarlo y prepararlo para la revolución, favorecida por el asesinato de Alejandro I en Marsella, el 9 de octubre de 1934, por orden de los ustachas croatas, que debilitaba un poco más al joven reino. Siempre en la clandestinidad, empezó a lucir un bigote y se tiñó de rojo para escapar a la vigilancia de la policía real. Además, adoptó un nuevo seudónimo que, al contrario del que usaba en el seno del Komintern –Walter–, fue definitivo: Tito. Un nombre relativamente común en su región natal. Era sobre todo el nombre del padre de uno de sus escritores preferidos, Ksaver Šandor Gjalski.39

Después de algunos días en Moscú, donde se había formado especialmente en guerrilla y espionaje,40 y donde había podido exponer en detalle los incumplimientos del secretario general del PCY Milan Gorkić con las consecuencias que se conocen, nimbado por su actividad al frente de los combatientes yugoslavos miembros de las Brigadas Internacionales, fue propulsado por fin a la cabeza del Partido. Para permanecer allí, había dos condiciones: dirigirlo con mano de hierro y obedecer ciegamente a Stalin. En marzo de 1939, hizo expulsar del PCY a decenas de “agentes trotskistas” señalados por el Komintern. Algunos eran cercanos a él, pero su argumentación era implacable: “Es necesario hacer una incisión en la carne sana para reventar totalmente un absceso”. Solo le faltaba tomar el poder. Pero había un problema: el PCY contaba con apenas 1500 miembros. Es decir, un poco menos que el Partido Bolchevique en Rusia en 1914. Y este había necesitado una guerra para imponerse en el país. La historia se repetiría.

Una historia de pactos

En agosto de 1939, Hitler y Stalin firmaron el pacto faustiano de no agresión que sumió a algunos comunistas europeos en la angustia, la incomprensión o la cólera. Fueron la minoría. Fielmente atados al dogma de la infalibilidad de Moscú, la mayoría aceptó esa alianza contra natura entre regímenes ideológicamente opuestos, pero que mostraban el mismo carácter totalitario y la misma sed de conquistas. Esta fue la posición de Tito y del PCY, cuya propaganda apuntó a partir de entonces a las “potencias colonialistas” y la “política criminal de los agitadores ingleses y franceses”, cuando no le cantaba loas al Ejército Rojo “que liberó del yugo capitalista a los veinte millones de personas que constituían los pueblos de Bielorrusia, Ucrania occidental, Besarabia y Bucovina, sin olvidar a Lituania, Letonia y Estonia”. En cuanto a la guerra relámpago de la Wehrmacht en los Países Bajos, Bélgica y Francia en mayo-junio de 1940, no le inspiró ningún comentario privado o público. El que calla, otorga.

Hasta la primavera de 1941, Yugoslavia logró no solamente mantenerse fuera del conflicto, sino conservar una forma de neutralidad geopolítica. Pese a la insistencia de Berlín y la presencia en sus fronteras de regímenes fascistas o autoritarios, todos aliados a la Alemania nazi, el regente Pablo41 se obstinó en rechazar la adhesión del reino al Pacto Tripartito.42 En marzo de 1941, fue convocado al Berghof: las amenazas de Hitler43 no le dejaron ninguna alternativa y le ordenó a su primer ministro poner su firma el 25 de marzo al pie del texto que hizo caer a su nación del lado de la Alemania nazi. Dos días des­pués, se produjo una insurrección en Belgrado. El ejército llevó a cabo un putsch al grito de “Bolje rat nego pakt, bolje grob nego rob!” (“¡Antes la guerra que el pacto, antes la tumba que la esclavitud!”). El “traidor” Pablo se vio obligado a huir, Pedro II fue proclamado rey a los diecisiete años y se rompió el pacto. La acción de los oficiales del ejército yugoslavo fue tan heroica como suicida. Enfurecido, Hitler mandó a sus aviones a bombardear Belgrado el 6 de abril, Domingo de Ramos, a la hora de la salida de las iglesias. Hubo 17.000 víctimas, casi exclusivamente civiles.

En los días siguientes, los ejércitos alemanes, húngaros, búlgaros e italianos invadieron Yugoslavia, que capituló el 17 de abril. Pedro II huyó a Inglaterra, donde instauró un gobierno real en el exilio. Varias regiones fronterizas fueron ocupadas por los países vecinos. Serbia adoptó un gobierno al estilo del de Vichy, encabezado por el viejo general Nedić. Croacia proclamó su independencia y se dio un régimen pronazi y genocida dirigido por el “Führer croata” Ante Pavelić.44 Un hombre, el coronel Draža Mihajlović, lo rechazó. Con un puñado de oficiales y soldados, plantó la bandera de la resistencia armada en la cima de la montaña de Ravna Gora y, en nombre de Pedro II, que pronto lo nombró general, inició, al frente de sus chetniks,45 operaciones de guerrilla contra el ocupante.

¿Y qué hacía Tito? Esperaba la luz verde, o mejor dicho, la luz roja de Moscú. Mientras Hitler y Stalin permanecieran ligados por el pacto de agosto de 1939, no debía combatir a los invasores o a sus aliados ustachas. Su prioridad era reforzar el Partido y su situación. En noviembre de 1940, en una reunión en Zagreb, se aumentó al triple su salario de presidente del Politburó que, además, había votado para regalarle un pequeño viñedo en la región. Con eso podía acrecentar sus ingresos y reforzar su cobertura de rico ingeniero de las fábricas Skoda llamado Slavko Babić, desplazándose en un auto con chofer y usando los trajes más elegantes. El 15 de abril, en plena invasión del país, publicó una “Declaración para los pueblos yugoslavos”. ¿Para denunciar la ocupación? No: para condenar la “traición del gobierno real, opuesto al pueblo” y el “ascenso del chauvinismo”. En los días siguientes, releyó el texto que había escrito para una conferencia en la Escuela del Partido, “Técnica y estrategia de la insurrección armada”, fruto de sus lecturas de Clausewitz, de los relatos de la campaña de Napoleón en España, del combate de los comunistas en China en la década de 1920 y del desarrollo de la Revolución de Octubre, además de sus propias notas sobre la guerra de España. Tito estaba segu­ro de algo: era inevitable una guerra entre Hitler y Stalin, y el Partido debía estar listo para aprovechar la oportunidad y tomar el poder. El 23 de mayo de 1941, sintiéndose amenazado en un Estado croata independiente con una terrible política de exterminio, Tito abandonó Zagreb, donde dejó momentáneamente a su tercera esposa, Herta Haas.46 En Belgrado, se instaló en una hermosa casa, a dos pasos de la vivienda del general Schröder, comandante de las tropas de la Wehrmacht apostadas en la capital serbia. Dormía vestido, con una pistola debajo de la almohada.

Entrada en resistencia

Un mes más tarde comenzó la “Operación Barbarroja”: la invasión de Hitler a la Unión Soviética. Llegó el momento tan ansiado. El ocupante nazi se convirtió oficialmente en un enemigo. Tito les ordenó de inmediato a los miembros del PCY iniciar la resistencia. Abandonó Belgrado, donde había empezado la caza de comunistas. Acompañado por un falso pope ortodoxo, un alemán de Voivodina y su amante-secretaria (Davorjanka Paunović, llamada Zdenka),47 fue en tren hasta el centro-oeste de Serbia, cerca de la frontera bosnia. En una aldea próxima a Krupanj, el secretario general reunió a sus cuadros para anunciar el nacimiento del movimiento de los partisanos a las órdenes de un comando militar supremo que él dirigía: ahora gozaba de plenos poderes, como jefe político y militar del movimiento comunista yugoslavo. Decretó que cada zona liberada sería regida por un Consejo de Liberación Nacional y adoptaría como símbolo el que figuraba en la bandera de la Unión Soviética: una estrella roja de cinco puntas (la punta superior representaba al Partido y las otras cuatro, a los soldados, los obreros, los campesinos y los intelectuales). Y a partir de ese momento, los movimientos comunistas europeos se saludarían con el puño cerrado levantado, adoptado en la década de 1920, como reacción al saludo fascista (brazo extendido). Rápidamente, afluyeron los voluntarios. Sobre todo después de la entrada victoriosa de sus tropas, el 23 de septiembre de 1941, en la gran ciudad de Užice (un millón de habitantes), propulsada como capital de una “república soviética”.48

¿Qué actitud adoptar hacia los chetniks de Mihajlović? Después de dos reuniones con el general monárquico, Tito decidió: sería la guerra a ultranza. Una guerra civil que se superpondría a la guerra contra el ocupante italiano o alemán. Frente a ellos, los dos jefes de la Resistencia yugoslava optaron por dos estrategias distintas. Mihajlović, que se apoyó para el combate en los civiles serbios, no se lanzaría a operaciones espectaculares, pero costosas en vidas (por cada alemán muerto, serían ejecutados 100 rehenes, había prometido el ocupante). En colaboración con Londres, el líder chetnik privilegió las ofensivas que perjudicaban los desplazamientos de las tropas enemigas (especialmente los trenes con materiales que atravesaban el país por Atenas, con destino a Egipto y a Libia). Los servicios británicos y norteamericanos le habían pedido, sobre todo, que se mantuvieran listos para apoyarlos, en el caso de que se abriera un frente en los Balcanes. Esta estrategia difería de la más frontal de Tito, que proponía los asesinatos personalizados a oficiales alemanes o los atentados colectivos, cuyas represalias sangrientas empujarían, a su juicio, a las poblaciones heridas a los brazos de los partisanos. Con la ayuda de los espías comunistas que pululaban en el seno del SOE49 convencieron a Churchill de que era el único resistente eficaz en Yugoslavia, mientras vilipendiaban a su rival, acusándolo incluso de colaborar con los alemanes y los italianos, el jefe comunista obtuvo, a partir de 1943, el apoyo logístico, mediático y político de los Aliados.

Desde entonces, sus Brigadas Proletarias nacidas en Bosnia ganaron terreno en Serbia. Después de haber escapado milagrosamente de los ataques masivos de la Wehrmacht (operaciones “Weiss” y “Schwarz”), aprovechó la capitulación de Italia en septiembre de 1943 para reforzar sus posiciones. Se hizo nombrar mariscal y aceptó reunirse con emisarios ingleses en una isla dálmata (Vis) en junio de 1944. Para no asustarlos y poder engañarlos mejor, les prohibió a sus adjuntos usar una estrella o una banda roja sobre sus ropas y nunca mencionó el contenido revolucionario de su programa político en sus conversaciones. Repitió esta actitud varias semanas más tarde en Nápoles, esta vez en presencia de Churchill en persona. Encantado, este le reiteró su apoyo y le confirmó el abandono, de acuerdo con el rey Pedro II, del jefe de la resistencia realista. Tito quedó satisfecho y aprovechó para huir en un avión piloteado por rusos en dirección a Moscú, donde arregló con Stalin los detalles de la entrada en Yugoslavia del Ejército Rojo para apoyar a los partisanos. Y sobre todo para convenir la presencia de estos, en los T-34 soviéticos, en la liberación de Belgrado en octubre de 1944.

Aterrorizar para reinar

Mientras los soviéticos y los norteamericanos proseguían sus combates dantescos contra los ejércitos alemanes y japoneses en Europa y Asia, Tito aprovechó para afianzar su poder en Yugoslavia, lejos de las miradas, por medio del terror. Solo el caos que siguió a la partida de los ocupantes y la desorganización de los regímenes colaboradores en Serbia, en Croacia o en Kosovo (anexada durante la guerra a la Albania “italiana”) podían permitirle, si actuaba rápido y fuerte, imponer un régimen comunista en un país de estructuras políticas, sociales y mentales todavía muy tradicionales. Era necesario producir un fuerte impacto. Anonadar. Aterrorizar. A fines de 1944, Tito les ordenó a los hombres del OZNA50 “limpiar” las zonas “sospechosas”. En el norte del país, en Banato y Voivodina, donde habitaban minorías alemanas y húngaras, se producían masacres o arrestos que precedían a las deportaciones a la Rusia soviética de miles de hombres, mujeres y niños. Luego, fue en Belgrado donde se persiguió, encarceló, torturó y liquidó a colaboradores reales o supuestos de los alemanes. Eran actos de una extrema violencia, pero provenientes de una forma de depuración “aceptable” para la mayoría de la población.

No tan aceptable y un anuncio de la naturaleza dictatorial de la segunda Yugoslavia fue la decisión de Tito de enviar al último frente de guerra, en Sirmia, para enfrentar a las últimas tropas alemanas, a centenares de miles de jóvenes serbios inexpertos: murieron 37.000. El mensaje, firmado por el nuevo amo croata-esloveno del país, era claro: los serbios, que integraban mayoritariamente el movimiento de Mihajlović51 durante la guerra, debían comprender que la Yugoslavia burguesa en la que tenían la mejor parte estaba muerta y enterrada. La futura Yugoslavia sería socialista y federal. Y en ningún caso democrática, como lo mostró la organización de las elecciones en la Constituyente del 11 de noviembre de 1945: una sola lista por circunscripción, un solo candidato por lista, miembro del Frente Popular, dirigido por el PCY. En los días anteriores, habían arrestado a miles de opositores para impedirles votar en blanco y muchos fueron privados de sus derechos cívicos (y por lo tanto, del voto) por actos de colaboración: el término de colaboración se entendía en su sentido más amplio, desde el ejercicio de una profesión liberal, hasta hechos comprobados de inteligencia con el enemigo. El resultado no sorprendió: 99,57% de los votos fueron para el Frente Popular. Los elegidos abolieron inmediatamente la monarquía y propusieron la instauración de una república popular federativa.

El nuevo régimen reveló rápidamente su nuevo rostro. Bajo la dirección del ministro de Agitación y Propaganda, Milovan Đilas,52 de un sectarismo rayano en la locura, la Iglesia fue violentamente atacada. La afectó especialmente la reforma agraria, pues la privó de su principal riqueza. La Iglesia católica croata –la que había traumatizado a Tito en su infancia– sufrió además los juicios a sus dirigentes que habían colaborado con el régimen ustacha pronazi (empezando por el arzobispo de Zagreb, monseñor Stepinac). El enemigo interior era perseguido en todas partes y la influencia del PCY se imponía en todos los sectores políticos, económicos, sociales y culturales. Se votó un plan quinquenal de estilo soviético, que anunciaba una industrialización masiva desproporcionada con respecto al espacio yugoslavo y que llevaría al país a la hambruna en 1947.

Aires de sátrapa oriental

Desde el Palacio Real y el Palacio Blanco53 construidos sobre la colina de Dedinje, al sudoeste de Belgrado, Tito veía a Yugoslavia socializarse como él lo soñaba desde hacía un cuarto de siglo. Allí vivió, en los meses de posguerra, esperando decomisar todas las demás residencias reales del país, especialmente las que estaban cerca de los terrenos de caza, una actividad que realizaría a gran escala hasta el final de su vida. En Brioni, una isla de Istria en la que residió, en la antigua casa del duque de Spoleto, se hizo construir una vivienda gigantesca para poder organizar recepciones de 500 personas (por allí pasaron Gina Lollobrigida, Burt Lancaster, Orson Welles, Sophia Loren, Liz Taylor y Josephine Baker). A algunos de sus allegados que se sentían molestos porque la construcción de ese lugar había estado a cargo de prisioneros, les dijo sin ambages: “Todo lo que es grande en la Historia ha sido construido por esclavos”. Le encantaba ese lujo que les prohibía a sus conciudadanos y guardaba para sí la plata y el oro que se descubrían en los cofres reales. Les ordenó a sus seguidores que se apoderaran de los cuadros y de las obras de arte confiscados (por ejemplo, los de la colección Šlomović, heredada del gran marchand de pintura francés Ambroise Vollard) para colgarlos en las paredes de sus salones o de sus ministerios. Coleccionaba autos de lujo (los que le había regalado Stalin, pero también el Mercedes de Pavelić y un Rolls-Royce obsequiado por la reina Isabel). En esa línea, adquirió un yate (el Galeb) y un velero que había pertenecido al rey Alejandro. La vida privada de Tito no respondía al supuesto ascetismo del perfecto bolchevique. Era muy mujeriego: un día, una cantante de ópera como la famosa Zinka Kunc-Milanov, al día siguiente, una actriz de cine soviética como Tatiana Okunevskaya (la “Greta Garbo rusa”).54

Su tren de vida era el de un sátrapa oriental, semejante al de Goering, el delfín de Hitler, al que se parecía extrañamente. La corte que había instituido a su alrededor era digna de la del sah de Irán, a quien visitaría en Persépolis. Sus manías no tenían nada que envidiarles a las de los dictadores sudamericanos (bronceado permanente con rayos ultravioletas, uso cotidiano de su uniforme de mariscal y de un anillo adornado con un grueso diamante, corte de cabello ondulante, dentadura totalmente renovada). En el fondo, Tito dirigía su país como un rey medieval. Les ofreció a sus lugartenientes la administración de algunas regiones como si fueran feudos: a Kardelj, Eslovenia; a Ranković y Đilas, Serbia y Montenegro y a los vasallos de estos, Ma­ce­donia y Bosnia-Herzegovina, repúblicas de menor importancia.

Con Stalin, una lucha entre jefes

En 1948, se produjo la primera gran escisión en el bloque comunista. Disconforme con el hecho de que Moscú negociara a sus espaldas con los occidentales el estatus de Trieste,55 intoxicado por su propia propaganda, según la cual los partisanos yugoslavos habían liberado solos el país de la ocupación fascista y nazi, hostil al control económico (a través de las “sociedades mixtas”), que Stalin quería imponerle a su país como a las demás democracias populares, convirtiéndolo en un vasallo al servicio de Moscú y favorable a una alianza diplomática con Bulgaria en una federación balcánica de la que el Kremlin no quería oír hablar, Tito intensificó sus frases (“el socialismo de la Unión Soviética ya no es revolucionario” y “Yugoslavia es la única que sostiene realmente el socialismo revolucionario”) y sus gestos de desconfianza hacia la Unión Soviética. Hasta el punto de que, a principios de 1948, Stalin hizo regresar a sus consejeros civiles y militares apostados en Belgrado. Fue una advertencia sin costos, que Tito no tomó en cuenta. Al contrario. A los ministros que le pedían calmar el juego, les respondió con violencia: Andrija Hebrang y Sreten Žujović fueron arrestados. Al primero lo llamaron “traidor”, “enemigo de clase” y “chetnik”; al segundo, “enemigo del Partido y del país”, y “ustacha”. Hebrang se negó a reconocer su culpa y lo encontraron suicidado en su celda. Žujović confesó sus pecados: lo liberaron dos años más tarde y lo rehabilitaron. Entretanto, Yugoslavia fue excluida de todas las instancias políticas y económicas del bloque del Este después de la reunión del Kominform en Bucarest, el 28 de junio de 1948.

Las semanas que siguieron a la ruptura entre Moscú y Belgrado dieron lugar a una depuración del Partido que arrojó a Yugoslavia al borde de la guerra civil. De la noche a la mañana, varios ministros en ejercicio, cuadros superiores, militantes de la primera hora, grandes soldados (se estima que un tercio de los oficiales del ejército yugoslavo eran pro-Stalin) y héroes de la Resistencia fueron arrestados, encarcelados, torturados, deportados o ejecutados por ser sospechosos de espiar para el Kremlin. A veces, la acusación solo se basaba en un viaje, una correspondencia escrita, una declaración de veinte años atrás. No importaba: como cuando se trataba de limpiar el PCY de sus “elementos trotskistas” en la década de 1930, Tito eliminó en la Yugoslavia comunista a sus “disidentes estalinianos”. Contaba con el apoyo de Occidente, persuadido de que había nacido un Martin Lutero o un Enrique VIII del mundo rojo. Occidente consideraba con alegría que esa primera secesión era el primer freno a la expansión comunista en Europa y alentaba esperanzas al ver que Yugoslavia “se descomunizaba”.

El ministro del Interior, Aleksandar Ranković, era el encargado de organizar la represión, pero el verdadero director era Tito. Sin consultar a su Politburó, ordenó encerrar a los “rusos” en campos de trabajo: Sveti Grgur, Bileća, Gradiška. Y sobre todo, en la isla Goli Otok, en el golfo de Kvarner, en el Adriático. En ese campo de trabajo, por el que pasaron más de 30.000 prisioneros, todo estaba dispuesto para que es­tos perdieran su dignidad y su razón. Privados regularmente de agua y comida, golpeados al llegar por sus futuros compañeros de infortunio, sin comunicación con sus familias, debían romper piedras de la mañana a la noche, obedeciendo órdenes… de otros prisioneros. En ese peñasco rodeado de agua, del que era imposible escapar, se instituyó por primera vez la autogestión.

El ambiente paranoico que reinaba en el país –Tito esperaba en cualquier momento una invasión de las tropas del Pacto de Varsovia: una hipótesis que se barajó, en efecto, a fines de 1949– era un pretexto para reforzar las estructuras totalitarias del régimen. París, Londres y Washington imaginaban que Yugoslavia se alejaría de la locura comunista por oponerse a un país en el que el apelativo “hitlerista-trotskista” se había convertido en la más mortal de las acusaciones, pero ocurrió lo contrario. Como la Unión Soviética había traicionado el ideal de la Revolución de Octubre al volverse, como la Rusia zarista, imperia­lista y burocrática, Yugoslavia regresaría a las fuentes más puras del mensaje socialista: Marx y Engels. El PCY pasó a llamarse Liga de Comunistas de Yugoslavia, en referencia al Manifiesto del Partido Comunista de 1848. Además, en ese período se abolió totalmente la propiedad privada, se nacionalizaron todas las industrias (incluso las más pequeñas) y se emprendió la colectivización de las tierras con una violencia digna de la “deskulakización” soviética de la década de 1930. La “socializa­ción de las aldeas”, que consistió sobre todo en aumentar la cantidad de cooperativas colectivas (algunos centenares en 1947 y 6500 a fines de 1949), provocó verdaderas insurrecciones en Bosnia y en la vieja Serbia.

Una vez más, el país debió enfrentar una hambruna, que obligó al Estado a interrumpir definitivamente en 1953 el proceso de colectivización: esto coincidió con la muerte de Stalin,56 lo que permitió una normalización de las relaciones entre los dos países. Una vez muerto el Vojd, pronto reemplazado por Jruschov, el “Viejo” ya no tenía ningún rival de su aura en la escena europea. Pero ¿consideraba realmente a Stalin como tal? No es seguro, si se tiene en cuenta su reacción ante el anuncio de su deceso: “Recibí la noticia al mismo tiempo que el comunicado que me anunciaba que mi perro Tiger estaba gravemente enfermo. Me puse triste por Tiger. Era un perro maravilloso”. Por supuesto, el 9 de marzo de 1953, Tito no asistió al funeral de su enemigo en Moscú: prefirió viajar respondiendo –todo un símbolo– a una invitación de… la reina de Inglaterra.

Heraldo del Tercer Mundo

Una vez resueltos los asuntos internos,57 Tito se fijó un nuevo desafío: convertirse en el campeón de todos los países que se negaban a pertenecer al bloque occidental o al bloque soviético, el portavoz de los países del Tercer Mundo, que no querían someterse a las imposiciones de los dos grandes. Rápidamente, el indio Nehru y el egipcio Nasser lo siguieron en esa iniciativa. Lo mismo hicieron los líderes de los movimientos anticolonialistas (sobre todo argelinos, tunecinos y marroquíes), a los que Belgrado les envió armas en forma clandestina. Occidente no le dio importancia, así como fingió ignorar que Yugoslavia aprobó la intervención del Ejército Rojo cuando se produjo la insurrección de Budapest en el otoño de 1956: no había que correr el riesgo de arrojar a los brazos de Moscú al hombre que encarnaba la ruptura dentro del bloque del Este.

El engaño fue total. Durante tres décadas, mientras viajaba a decenas de países que se alzaban contra el “imperialismo occidental”58 –de Ghana a Indonesia, de Vietnam a Cuba, de Sri Lanka al Congo, de Etiopía a Egipto–, Tito recibió centenares de millones de dólares de los Estados Unidos, convencidos de que la piedra yugoslava terminaría por hacer tropezar al Satán rojo y seducidos por su discurso heterodoxo (la famosa “autogestión”, el “no alineamiento”). En 1970, Nixon viajó incluso a Belgrado para testimoniarle a Yugoslavia su ingenua amistad. Más aún: para alentar a ese movimiento de supuesta “disidencia”, 44 países occidentales autorizaron a los ciudadanos yugoslavos a viajar sin visa y se estimuló a los europeos del Oeste a ir de vacaciones a la ciudad dálmata, donde se desarrollaba un socialismo de rostro aparentemente humano. En París, por ignorancia o ceguera voluntaria, el PSU de Michel Rocard celebró la experiencia económica y los movimientos izquierdistas antiestalinistas alabaron la obra de ese hombre que le había dicho no a Stalin y apoyaba a los movimientos anticolonialistas asiáticos y africanos, a los que armaba o financiaba.

Un final que anunció un futuro trágico

En la década de 1970, los intelectuales franceses no encontraban suficientes palabras elogiosas para manifestar su respeto y su admiración por ese titán, y cuyo modo de vida de falso dandy les impresionaba. Tito era chic: mujeriego,59 fumador inveterado (120 cigarrillos por día), usaba enigmáticos anteojos negros (que ocultaban, en realidad, sus problemas de vista) y un sentador uniforme blanco con varias decenas de colgantes de los 16 yugoslavos y 99 extranjeros que había recibido, y así logró enmascarar la realidad de una dictadura que había destruido la economía y sojuzgado a los hombres.

¿Qué fue la Yugoslavia de Tito?

Un país en el que abundaban las prisiones repletas de opositores y los asesinatos de dirigentes que se habían vuelto molestos (como el fiel Slobodan Penezić,60 víctima de un oportuno y mortal accidente de auto, después de haber dicho públicamente que el país se derrumbaría el día en que serbios y croatas dejaran de entenderse), las repentinas expulsiones de allegados (Edvard Kardelj forzado al exilio en Londres en 1961 o Aleksandar Ranković, que cayó en desgracia en 1966 por haber espiado, al frente de la policía política, la UDBA, al propio Tito y tratar de darle salida para reemplazarlo) y los campos de trabajo forzado.

Un país que desplegó una política de vigilancia generalizada, un marasmo económico, tensiones sociales y religiosas (especialmente en Kosovo entre albaneses musulmanes y serbios ortodoxos).

Un país en el que se desarrolló un culto a la personalidad digno de Corea del Norte: la foto de Tito presidía todas las oficinas, todas las aulas, todos los cafés; su nombre se exhibía en letras gigantescas en las monta­ñas, las paredes y las alas de los aviones; todas las reuniones públicas empezaban gritando o cantando las cuatro letras de su nombre.

Un país en el que se acallaba la menor voz discordante, como la de los estudiantes, cuyo movimiento de rebelión contra la burocracia fue aplastado en mayo de 1968.

Sordo a toda reivindicación que, a su juicio, pondría en peligro la unidad del país, inmerso en una creciente paranoia (“su desconfianza hacia todos y cada uno estaba en su naturaleza, había forjado su carácter”, según Ranković), incapaz de ver que las injusticias regionales aumentaban hasta volverse insoportables, ciego ante el incremento de las tensiones nacionales (en Eslovenia, Croacia, con los albaneses del Kosovo serbio, con los musulmanes de Bosnia), con su inacción y su suficiencia, Tito cavó, lenta pero inexorablemente, la tumba de Yugoslavia.

La suya lo esperó en mayo de 1980, al cabo de varios meses de sufrimientos debidos a una arteriosclerosis crónica vinculada a su hipertensión y a la diabetes: le produjo una embolia en la pierna izquierda a fines del año 1979. Como un símbolo del desmoronamiento progresivo que se apoderaría de su país en la siguiente década, el cuerpo fosiliza­do de Tito se fue deteriorando día tras día hasta el domingo 4 de mayo de 1980, cuando falleció a las 15.15, a los ochenta y ocho años. Su deceso causó un impacto en todo el mundo y su funeral fue faraónico, digno de un gran hombre de Estado. Lo fue, sin duda, al mismo tiempo que un dictador que cometió o hizo cometer mil violencias –incluso contra sus camaradas comunistas– para conquistar el poder y mantenerse en él mediante el terror durante treinta y cinco años. Dejó una situación explosiva, que bañaría a los Balcanes en nuevos ríos de sangre a partir de 1991. Como lo había comprendido su compatriota Miroslav Krleža,61 “el viejo señor se hizo un traje a medida, pero no se dio cuenta de que todas las costuras estaban flojas”.

Bibliografía

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Geoffrey Swain, Tito : A Biography, Londres, I. B. Tauris, 2010.

36 Partido Obrero de Unificación Marxista. Organización revolucionaria española dirigida por Andreu Nin y contraria a la orientación estaliniana del movimiento comunista internacional. Aunque participó en los combates contra las tropas franquistas, esta organización fue decapitada por los enviados especiales de la policía secreta soviética (NKVD), que eliminó o forzó al exilio a sus principales responsables en 1937.

37 El reino de los serbios, croatas y eslovenos tomaría el nombre de Yugoslavia (“Eslavos del Sur”) en 1929.

38 Recién volvería a Yugoslavia después la guerra, no sin causarle problemas a su padre por su alcoholismo y su vida licenciosa. En cuanto a Pelagia, al regresar a Moscú fue acusada de “trotskismo” y deportada por muchos años sin que Tito interviniera para defenderla…

39 Novelista y periodista croata (1854-1935) adscripto a la corriente realista, autor de una obra especialmente inspirada en la de Turguéniev.

40 También conoció a una alemana del Komintern, con la que se casó en octubre de 1936: Elza Johanna König (seudónimo: Lucia Bauer). Fue un idilio breve: en septiembre de 1937, el NKVD la arrestó y la mandó ejecutar por espiar para la Gestapo. Tito confirmó esta acusación.

41 Pedro (futuro Pedro II), hijo del rey Alejandro I, asesinado en Marsella en 1934, y heredero legítimo al trono, aún no era mayor de edad.

42 Este pacto, elaborado el 27 de septiembre de 1940 por Alemania, Italia y Japón, se había colocado bajo el signo del “ascenso de los jóvenes pueblos de Europa y de Asia”. Hungría, Rumania y Bulgaria ya habían adherido a él.

43 En plena preparación de la invasión a la Rusia soviética, el líder nazi necesitaba todos sus ejércitos. No podía dejar ni uno afectado a la vigilancia de un país que pudiera representar una amenaza.

44 Los judíos, los serbios y los gitanos fueron las principales víctimas (por centenares de miles) del régimen ustacha.

45 Derivado de la palabra četa (“unidad combatiente”), nombre que se daban los resistentes serbios con referencia a sus antepasados que habían luchado contra el ocupante otomano entre el siglo XIV y el siglo XIX.

46 Era una estudiante eslovena, hija de un rico abogado austríaco, y considerada como “burguesa” por los camaradas del Partido. Fue capturada por los alemanes y luego liberada, en 1943, en el marco de un intercambio de prisioneros. Se reu­nió con Tito en la clandestinidad, donde descubrió la existencia de una amante casi oficial.

47 Esta mujer pasó toda la guerra al lado de Tito, aunque su temperamento histérico y sus frecuentes caprichos provocaban una profunda molestia en el seno del estado mayor de los partisanos. Era tuberculosa y murió en un sanatorio en 1946.

48 Dos meses más tarde, los tanques alemanes pusieron fin a la experiencia aplastando literalmente a centenares de partisanos, a los que Tito les había ordenado defender la ciudad hasta la muerte.

49 Special Operations Executive. Estructura de los servicios secretos británicos creada en julio de 1940: su objetivo era darles apoyo logístico y militar a los movimientos de resistencia de la Europa ocupada.

50 Acrónimo de Odjeljenje za Zaštitu Naroda (Departamento para la Protección del Pueblo): servicio de seguridad de los partisanos creado y dirigido por Aleksandar Ranković que se convirtió en la policía política de la Yugoslavia comunista en 1946.

51 Después de volver al monte, a fines de 1944, en Serbia occidental, cerca de la frontera con Bosnia, el jefe chetnik resistió frente a los comunistas hasta marzo de 1946, cuando fue capturado, juzgado en una parodia de proceso y fusilado, en julio, en Belgrado, en un lugar secreto.

52 Se había vuelto disidente en la década de 1950 y era el ídolo intelectual de Occiden­te por sus críticas antitotalitarias al sistema comunista yugoslavo e internacional.

53 En el Palacio Real, Tito mandó raspar las armas reales de las paredes, de la vajilla y de la mantelería y las reemplazó por estrellas rojas que se pueden ver aún hoy. En la pequeña iglesia San Andrés, adyacente al edificio principal, uno de sus guardaespaldas hizo un agujero con un disparo en la frente del Cristo Pantocrátor pintado en la cúpula interior.

54 Stalin le hizo pagar muy cara a esta mujer su relación con Tito después de la ruptura de 1948; fue enviada a un gulag de Siberia por varios años.

55 En mayo de 1945, partisanos yugoslavos y tropas aliadas liberaron la ciudad ocupada por los alemanes desde la capitulación italiana. A partir de ese momento, quedó cortada en dos zonas: una, poblada por una mayoría de italianos, era administrada por los anglo-norteamericanos; la otra, donde vivían principalmente croatas y eslovenos, se encontraba bajo la autoridad yugoslava.

56 En sus últimos meses de vida, el amo del Kremlin envió a varios asesinos a Belgrado para tratar de matar al traidor.

57 En 1954, Đilas fue excluido de las estructuras dirigenciales por haber denunciado la deriva monárquica y burocrática del régimen titista. La purga de la LCY que siguió fue de baja intensidad.

58 Se pueden ver en Belgrado, en las paredes del Museo de Yugoslavia que rodea al mausoleo de Tito, todas las fotos y los relatos de esos viajes.

59 Su nueva esposa desde 1952, una serbia llamada Jovanka Budisavljević, ex capitana de una unidad de partisanos, se había convertido en una matrona gruesa e irascible, de la que Tito huía sobre todo en los brazos de unas jóvenes masajistas: las hermanas Grbić.

60 En marzo de 1946, coordinaba las operaciones militares que llevaron a la captura de Mihailović.

61 Escritor y poeta croata, autor de Retour de Philippe Latinovicz (Calmann-Lévy, 1957), Je ne joue plus (Seuil, 1966) y Hommes dans de sombres temps (Gallimard, 1994).

9
En el país de los tres Kim
Pascal Dayez-Burgeon

Corea del Norte fascina. Hace tres cuartos de siglo que vive bajo el yugo de una de las dictaduras más feroces del planeta, que además logró llevar a cabo la paradójica hazaña de convertirse en una monarquía absoluta, y nada parece indicar que la situación pueda modificarse. ¿Cómo es posible? Los tres Kim que se sucedieron en el poder, todos igualmente decididos y despiadados, proporcionan una de las claves del enigma. Pero es también el sistema que construyeron, basado en la arbitrariedad, la violencia y la propaganda intensa, lo que le permite a su tiranía funcionar a pleno régimen.

Desde 1945, el mundo cambió mucho. Los enemigos de entonces se arremangaron para esbozar las bases de una paz colectiva, frágil, sin duda, pero que todos reivindicaban. La economía de mercado terminó por suplantar al comunismo, guardando la Guerra Fría en los libros de historia. Después de haber caminado sobre la Luna, el hombre se lanzó a la conquista de los espacios virtuales. Sin embargo, un país se quedó en el mismo lugar: Corea del Norte. Década tras década, generación tras generación, allí todo se reducía a las decisiones, a los caprichos y a la existencia misma de la dinastía en el poder. Es cierto que en tres cuartos de siglo, la autocracia cambió de manos. A Kim Il-sung, que reinó de 1945 a 1994, lo sucedió su hijo Kim Jong-il, de 1994 a 2011, y luego su nieto Kim Jong-un, que sigue en el poder después de siete años. Corea del Norte pasó de ser un satélite estaliniano puro y duro, a un Estado canalla que sobrevivía a fuerza de tráficos y chantaje nuclear. Pero la dinastía perduró, inmutable y congelada, como si el tiempo no hubiera influido sobre ella. Por otra parte, la propaganda norcoreana lo repite hasta el cansancio: “Kim Jong-il es Kim Il-sung” y “Kim Jong-un es Kim Jong-il”.

Kim Il-sung, Augusto

Hay que decir que los tres Kim hicieron todo para llegar allí. Cada uno de ellos tiene su personalidad, su carácter y sus obsesiones. Pero los tres comparten una misma sed inextinguible de poder. Todo empezó con Kim Il-sung. La propaganda norcoreana lo convirtió en el alfa y el omega de la saga nacional, el triple avatar de Buda, de Cristo y de Dangun, el antepasado mítico del pueblo coreano. A él, solo a él, le debía su pueblo la libertad, el progreso y la felicidad a los que aspira desde hace milenios. La realidad es muy distinta. Kim Sŏng-ju, que provenía del campesinado enriquecido combinado con la burguesía protestante y luego adoptó el nombre más glorioso de Il-sung (“el Sol”), estaba destinado a un futuro anónimo. En la Corea de entonces, bajo el yugo japonés desde 1910, había que pertenecer a la aristocracia colaboracionista para tener la posibilidad de triunfar.

Como lo hicieron tantos otros jóvenes coreanos, Kim Il-sung se fue a probar suerte a ese Far East chino que era Manchuria desde 1908. Después de dedicarse sin éxito al contrabando, descubrió en él un talento de conductor de hombres. Aunque se han exagerado mucho sus hazañas, tomó parte en algunos combates, como Stalin en su juventud. Pero era ante todo un táctico. Tenía un gran talento para montar operaciones, formar redes y atraer seguidores fieles, que cimentaban su autoridad. Después de ser reclutado por los comunistas chinos que organizaban la resistencia antijaponesa en el Norte, subió de cuatro en cuatro los escalones imprescindibles, marginando discretamente a los que podían hacerle sombra.

En 1941, cuando Japón recuperó su ventaja, Kim Il-sung se replegó en la Unión Soviética, donde no combatió, pero se dedicó a maniobrar. Se integró al Ejército Rojo y allí estableció los contactos necesarios como para que su nombre llegara hasta Moscú. Una buena jugada. En Yalta (febrero de 1945), los Aliados le habían prometido a Corea que recobraría su independencia. Pero como desconfiaban de su élite, que se había comprometido mucho con el ocupante, decidieron administrarla en forma conjunta. Entonces pensaron en Kim Il-sung para la zona soviética constituida en agosto de 1945, tras la derrota de Japón. Stalin lo despreciaba, pero no tenía ninguna otra alternativa válida. Después de todo, era avispado, convincente y había dado muestras de adaptabilidad. A fines de septiembre de 1945, la Unión Soviética lo nombró repentinamente jefe de un Comité Provisional del Pueblo bajo la estrecha vigilancia de un apparátchik soviético. A los treinta y tres años, estaba en el poder. Nunca lo abandonaría.

Para eso, todos los medios eran buenos. Empezó por obedecer escrupulosamente a Stalin, que, en septiembre de 1948, convirtió al Norte en una república satélite, y luego se congració con Pekín, donde Mao tomó finalmente el poder en octubre de 1949. Pero apenas podía contener su impaciencia. A escondidas, equipó a sus partidarios para convertirlos en un ejército digno de ese nombre. En junio de 1950, creyó llegado el momento de emprender vuelo. Después de convencer a sus mentores de que derrotaría fácilmente a la república bananera que Washington había dejado pudrirse en el Sur, se lanzó a una guerra de reunificación. La operación fue un fiasco. Los Estados Unidos y sus aliados rechazaron la ofensiva, China entró en el conflicto y se estuvo al borde de la tercera guerra mundial. Después de tres años de combates sangrientos, pero indeterminados, cuando hubo que regresar al statu quo de una Corea dividida en dos (julio de 1953), el conflicto había destruido la península, con un saldo de 3 millones de muertos.

Sin embargo, lejos de debilitarlo, esta tragedia fortaleció a Kim Il-sung, que pudo enorgullecerse de haber hecho ceder a la primera potencia mundial. Jugando otra vez al resistente, quiso convertir ahora al Norte en un parangón del progreso. Los resultados fueron impresionantes. Con grandes campañas estajanovistas, el país se industrializó rápidamente. El acceso a la alimentación, a la educación y a la salud dejó de ser un privilegio reservado a la élite. Pero ¿a qué precio? Kim y su clan se apoderaron de todas las palancas de mando. Sus opositores eran encarcelados y luego morían, víctimas de procesos armados. A partir del verano de 1956, cuando sobrevivió a un intento de golpe de Estado, incluso sus partidarios sufrieron purgas regulares, que pusieron fin a la menor intención de crítica. En esa época, Kim Il-sung lanzó el juche, un antiguo concepto confuciano que glorifica el “autodominio”, reciclado para subrayar la originalidad y el éxito del modelo norcoreano. De hecho, la dictadura Kim es ni más, ni menos que un régimen de terror.

Al llegar a la cima del poder, Kim Il-sung tuvo un solo objetivo: mantenerse en él. Para conseguir una estatura internacional, cortejó a Mao, invitó a los grandes líderes revolucionarios a Pyongyang –al Che Guevara, por ejemplo–, apoyó a los movimientos de descolonización y coqueteó con el no-alineamiento. Incluso invitó discretamente al régimen de Seúl a iniciar pacíficamente la reunificación. Pero, en realidad, su régimen dependía de la Unión Soviética y de China, a las que ponía una contra otra según sus propios intereses. Las necesitaba para colocar su producción y obtener los equipamientos militares y el petróleo esenciales para la supervivencia del régimen. Como la Guerra de Vietnam polarizaba todas las atenciones, era difícil evaluar su exacta dimensión, pero el Norte se anquilosaba inexorablemente. A partir de 1975, los resultados económicos del régimen de Seúl superaron a los de Pyongyang. Esa relación nunca se invertiría. La supremacía del Sur aumentó a medida que el bloque socialista se agrietaba. Después de que China, tras la muerte de Mao (1976), se convirtió a la economía de mercado, la propia Unión Soviética emprendió el camino del cambio, antes de naufragar (1991). Desde ese momento, Pekín y Moscú tenían urgencias más grandes que apoyar a Pyongyang.

Sin embargo, Kim Il-sung no cambió nada. Tenía más de sesenta años y su energía había menguado. Al ejercicio agotador del poder, que delegó en su hijo, prefería sus pompas: desfiles militares, giras por las provincias y grandes manifestaciones que celebraban su gloria, como el Festival de la Juventud de julio de 1989, organizado para contrarrestar los Juegos Olímpicos de Seúl que habían mostrado, el año anterior, los avances del Sur. En junio de 1994, tuvo lugar el último éxito de Kim Il-sung, que siempre había soñado dialogar con Washington, cuando recibió en Pyongyang al ex presidente Carter, que había ido a negociar, ya, el abandono del programa nuclear norcoreano. Menos de un mes más tarde, Kim Il-sung falleció por un ataque cardíaco. Su funeral sumió al país en una histeria colectiva que sorprendió a todos los observadores. ¿Cuándo se despertarían los norcoreanos de esa pesadilla?

El hábil Kim Jong-il

Sin embargo, en Pyongyang sucedió lo mismo que en Versalles bajo el Antiguo Régimen. ¿Kim había muerto? ¡Viva Kim! El poder pasó a las manos de Kim Jong-il. El advenimiento del delfín dejó estupefacto al mundo. Una sucesión hereditaria en un país que aún se decía comunista simplemente no era creíble. Además, Kim Jong-il no tenía nada de su padre. Nunca había combatido y se limitaba a heredar. Contrariamente a Kim Il-sung, que, salvo un feo tumor en el cuello, era bastante bien parecido incluso en el ocaso de su vida, era bajo, ladino, acomplejado y libidinoso. A la salida del funeral, había anunciado, por otra parte, que solo ejercería plenamente el poder al finalizar el duelo confuciano de tres años. ¿Había querido decir que solo efectuaría una transición y que el país pronto pasaría a otra cosa? Pensar eso hubiera sido no conocerlo.

Porque Kim Jong-il estaba tan ávido de poder como su padre. ¿No había nacido acaso en la escalinata del trono? Según la propagan­da, había llegado al mundo en 1942, en las laderas del monte Paektu, una montaña volcánica de 2700 metros situada en la frontera china, allí donde Kim Il-sung dirigía la guerrilla antijaponesa. En realidad, nació en la Unión Soviética y llegó a Corea en noviembre de 1945, en los camiones soviéticos. Pero eso no tenía importancia. Desde el principio, fue un niño especial. No solo su padre presidía los destinos del país, sino que su madre, también una resistente, era una heroína nacional desde su muerte prematura, seguramente por tuberculosis. De modo que lo trataban como un principito rojo llamado a los más altos destinos, ya que Kim Il-sung había pensado desde muy temprano en la solución monárquica para cimentar su régimen.

Pero cuando terminó su adolescencia, todo volvió a ponerse en tela de juicio. Kim Il-sung, que era un mujeriego, cayó bajo el hechizo de una intrigante. Ella tuvo dos hijos con él y los impulsaba en toda oportunidad, especialmente al mayor, Pyong-il, que tenía mucha prestancia y cultivaba su parecido con el Kim Il-sung de la Resistencia. ¿Y si era él quien, finalmente, recogía la herencia? Pero Kim Jong-il había heredado el genio táctico de su padre. Manteniendo un perfil bajo, jugó la carta de la devoción filial. Poco a poco se fue haciendo indispensable como secretario particular, mayordomo y a veces sicario. Cuando fue nombrado jefe del servicio de propaganda (1969), sentó las bases de un culto a la personalidad permanente, que se convirtió en la marca de fábrica del régimen. Estatuas, frescos, espectáculos gimnásticos, óperas, films: todo celebraba la apoteosis del padre de la patria que era también su padre. Esa abnegación de cada instante tuvo sus frutos. Después de una década de vacilaciones, en octubre de 1980, en ocasión del VI Congreso del Partido de los Trabajadores, Kim Jong-il se convirtió oficialmente en el heredero de Kim Il-sung.

El hombre de las sombras reveló entonces su verdadera naturaleza: absoluta, cruel, implacable. Colocó a sus seguidores en los puestos clave del ejército, del Partido y del Estado. Ya no se limitó a administrar los logros. La degradación de la situación exigía cambiar de rumbo. Como ya no podía contar con China ni con la Unión Soviética, el Norte se arreglaría solo. Para que lo tomaran en serio, Kim Jong-il encargó una serie de atentados tendientes a desestabilizar al Sur (Rangún en octubre de 1983, Boeing de la Korean Air en noviembre de 1988). Y para convertir a su país en una potencia nuclear, que había sido el sueño de su padre, logró corromper a las autoridades de antiguos satélites de la Unión Soviética e incluso a Abdul Khan, padre de la bomba atómica pakistaní.

La terrible hambruna que azotó al país de 1995 a 1997 y causó más de 2 millones de muertos no lo desestabilizó. La propaganda acusó de ese drama a los enemigos de Corea del Norte apoyados por Washington y, como su padre durante la Guerra de Corea, Kim Jong-il se puso al frente de una nueva forma de resistencia: la de una población en lucha por su supervivencia, guiada por su glorioso timonel. Durante la crisis, apretó las clavijas. En octubre de 1998, la autoridad pasó a manos del ejército, proclamado punta de lanza del régimen. Las insurrecciones del hambre que estallaron por todas partes fueron sangrientamente reprimidas. Pero en cuanto mejoró la situación gracias a la ayuda internacional, se hizo necesario soltar lastre. En junio de 2000, en la primera cumbre intercoreana, Kim Jong-il aceptó la ayuda económica que le ofreció el Sur. Y a partir de 2002, el país se entreabrió tímidamente a la economía de mercado, permitiendo el crecimiento, al menos en Pyongyang y las ciudades portuarias.

Pero Kim Jong-il no renunció al átomo. En octubre de 2006, el régimen realizó su primer ensayo nuclear. Como dominaba desde hacía una década la tecnología balística, de pronto la amenaza norcoreana fue tomada en serio. Mientras que el Kim Il-sung de los últimos años parecía el dinosaurio exótico de un tiempo pasado, Kim Jong-il se convirtió en un monstruo planetario. Lo acusaban de todos los tráficos: contrabando, dinero falso, droga. Circulaban los rumores más insensatos sobre él: orgias, despilfarros, paranoia.

No todos eran fundados, pero eran creíbles. El hecho es que, cada vez más aislado por el ejercicio solitario del poder, trabajaba sin cesar y se entregaba a excesos, en especial al alcohol. Fue un hombre prematuramente deteriorado el que falleció en diciembre de 2011, sin haber preparado realmente a su heredero. Pero esta vez, no cabía ninguna duda: el poder no podía corresponderle más que a un miembro de su clan.

Kim Jong-un, el fanfarrón

De hecho, contrariamente a la sucesión de Kim Il-sung, que llevó tres años, la de Kim Jong-il fue inmediata. Rápidamente, su benjamín Kim Jong-un recogió la herencia. Como no tenía treinta años, su padre había establecido una especie de regencia en la que su hermana Kim Kyong-hui y sobre todo su marido, Jang Song-thaek, desempeñaron un papel clave. Estos dos personajes, fieles a Kim Jong-il, tenían una fama poco halagüeña de mercantilismo y corrupción. Pero como eran cercanos al gobierno de Pekín, se esperaba que iniciaran una apertura del régimen al estilo chino, sobre todo porque el propio Kim Jong-un tuvo gestos de apertura: mensajes tranquilizadores, baños de multitudes, encuentros sonrientes con la prensa internacional. Muchos observadores imprudentes pronosticaron entonces un deshielo e incluso una primavera norcoreana. No tardarían en desilusionarse.

En realidad, al igual que su padre, Kim Jong-un tuvo que luchar para imponerse. Al principio, Kim Jong-il solo se interesaba por su hijo mayor, Kim Jong-nam, nacido en 1971 de su relación con Song Hye-rim, una de las actrices más famosas del momento. Nada era demasiado para ese primer hijo, a quien incluso le había prometido “darle Corea”. Y el nacimiento, una década más tarde, de los dos hijos que tuvo con Ko Young-hee, que había remplazado a Song, hundida en la depresión, no cambió en nada sus intenciones. La hermana de Kim Jong-il y su marido lo entendieron tan bien que rodearon con sus atenciones a Jong-nam, pues contaban con él para proteger sus propias maniobras. Como no estaban destinados al trono, Kim Jong-un y su hijo mayor Kim Jong-chul permanecieron en la sombra. Con el objeto de prepararlos para la carrera diplomática, a la que se dedicaban los menores de la dinastía, los enviaron a estudiar a Suiza entre 1992 y 2000.

Pero las cosas no sucedieron como estaba previsto. Kim Jong-nam no tenía ni la prestancia de su abuelo, ni el maquiavelismo de su padre. Era un niño mimado, regordete, desordenado y extravagante. En mayo de 2001, intentó entrar a Japón con un pasaporte falso para visitar Disneyland, poniendo en ridículo al régimen. Pero hubo cosas peores. Como le habían prometido el poder, manifestó sus desacuerdos con Kim Jong-il y se pronunció a favor de un aggiornamento liberal, causando un gran escándalo en el ejército, fuertemente adherido al statu quo. En 2003, la copa desbordó. Partió para instalarse en Macao, donde subsistió sin éxito, ni convicción de tráficos equívocos. A partir de ese momento, Kim Jong-il consideró impulsar a sus otros dos hijos, pero sin renunciar del todo a convencer al hijo pródigo de volver al redil.

Esta incertidumbre le servía a Kim Jong-un. Como no era una persona expansiva, nadie se daba cuenta, pero tenía mucha ambición. Aunque era el menor de la rama menor, no le faltaban recursos. Debajo de su aspecto rollizo, era un deportista al que le encantaba caminar por terrenos difíciles con sus hombres. El ejército lo adoraba, sobre todo porque se parecía a su abuelo. El pretendiente era también un hombre de acción, que no dudaba en golpear cuando era necesario. En junio de 2009, trató de hacer asesinar a Kim Jong-nam. En noviembre de 2010, mandó bombardear la isla sudista de Yeonpyeong. Esta provocación no sirvió para gran cosa: solo para mostrar que era audaz. Su hermano mayor Jong-chul no tenía ese temple. No sentía devoción por el ejército y le gustaba su vida privilegiada de príncipe rojo. De modo que Kim Jong-il ya no tuvo otra opción. Una serie de ascensos lo demostró: Kim Jong-un sería el próximo dirigente supremo.

Sin embargo, nada estaba decidido todavía. Contrariamente a su padre, que había tenido veinte años para prepararse, Kim Jong-un debió imponerse. Su entorno lo dejaba reinar, pero él quería gobernar. Para demostrar que tenía las condiciones necesarias, fue directo al grano. Eliminó a todos los que le molestaban. Mandó despedir, deportar o matar a centenares de cuadros y oficiales, empezando por el de más alta graduación, el mariscal Ri Yong-ho, en quien Kim Jong-il confiaba absolutamente. Para mostrar que nadie estaba a salvo, Kim Jong-un castigó hasta a su propia familia. En diciembre de 2013, su tío Jang Song-thaek fue fusilado tras un juicio expeditivo. Y en febrero de 2017, el propio Kim Jong-nam, el frustrado heredero, fue asesinado en el aeropuerto de Kuala Lumpur. El mensaje era claro. El nuevo timonel era el único que mandaba a bordo.

En el extranjero, donde llamaban la atención sobre todo su obesidad y su ridículo corte de cabello, lo imaginaban como un tiranuelo caprichoso, que llevaba una vida de pachá entre sus cortesanos y su esposa, la insulsa Ri Sol-ju, con quien se casó en julio de 2012 y a la que acababa de proclamar primera dama de Corea. Pero en realidad, Kim Jong-un era tan intransigente como sus predecesores. Duro en el trabajo, muy obstinado, terriblemente desconfiado, era, ante todo, inflexible. En vez del deshielo que se esperaba con su advenimiento, reinaba el orden moral y la represión tanto en Pyongyang, como en las provincias, donde hasta los delitos menores eran castigados con la pena de muerte. Lo mismo pasaba en las relaciones internacionales. Después de los ensayos balísticos cada vez más frecuentes, aceleró el desarrollo nuclear, con cuatro ensayos en tres años (febrero de 2013, enero y septiembre de 2016, septiembre de 2017), a pesar de las condenas virulentas de la ONU que afectaban la economía norcoreana. En diciembre de 2014, empezó a apadrinar también el ciberterrorismo atacando al grupo Sony, que había distribuido una parodia que lo ridi­culizaba. Cuatro años más tarde, se entregó a una verdadera batalla de insultos con el presidente Donald Trump, que lo llamó “little rocket man”. No habrían sido necesarios diez años para que Kim Jong-un sucediera a Kim Jong-il en el papel del detestable supervillano al estilo James Bond.

Pero como un táctico digno de sus antepasados, Kim Jong-un también sabía sorprender. A pesar de la vetustez del aparato productivo y la severidad del boicot internacional, la economía norcoreana se recuperó. Todos lo que visitan Pyongyang confirman que se construye a toda velocidad, los comercios prosperan y se intensifica la circulación por las rutas. ¿Cómo lo hace el régimen? Es cierto que después de marzo de 2013, Kim Jong-un había lanzado su “Estrategia gemela”, que conjugaba la fuerza nuclear y el desarrollo económico. Pero sus medios no estaban a la altura de sus ambiciones. De ahí el espec­tacular giro de enero de 2018. Kim Jong-un dijo que estaba dispuesto a revisar su política nuclear y balística si los Estados Unidos y la ONU aceptaban reducir el bloqueo económico. Y para demostrar sus buenas intenciones, incrementó las cumbres con China, Corea del Sur e incluso con los Estados Unidos (Singapur, junio de 2018; Hanói, febrero de 2019). ¿Es un bluf? ¿Obtendrá lo que desea? El futuro nos lo dirá. Pero de la democracia y de los derechos humanos no habla Kim. Dicho de otro modo, sea que mantenga el chantaje nuclear o que se abra un poco a la economía de mercado, su régimen parece tener una larga vida por delante.

El sistema Kim

Los déspotas crueles, los tiranos sanguinarios, los autócratas fanáticos nunca faltan. Ninguna época, ningún continente, ninguna ideología está a salvo. Pero los Kim son una categoría especial. Esa constancia, esa obstinación y esa intensidad en el absolutismo superan los límites del género. ¿Cómo pudieron los norcoreanos consentirlo, cómo pueden soportarlo, cómo podrán seguir? La capacidad de maniobra de los tres Kim, su falta de escrúpulos y su oportunismo asumido explican su éxito. Pero no es solo eso. Su poder se apoya también en un sistema complejo que combina fundamentalmente tres lógicas: la exaltación de la resistencia nacional, el culto a la historia coreana y la sofisticación del aparato represivo.

La historia de Corea es una epopeya. Embarcadero chino y luego ruso para los mares cálidos, desembarcadero japonés y luego norteamericano hacia la inmensidad asiática, la península nunca dejó de despertar el apetito de sus poderosos vecinos. Siempre invadidos, a menudo anexados, a veces liberados, los coreanos interiorizaron esa amenaza hasta convertirla en su razón de ser. En suma, parecerían estar destinados a ser al mismo tiempo víctimas y resistentes. Y de hecho, el siglo XX se empeñó en darles la razón. Fueron brutalmente abiertos al imperialismo occidental, colonizados por Japón (1910-1945) y destruidos por la Guerra Fría (1950-1953). Pero se recuperaron, tanto en el Norte como en el Sur, aunque construyeron dos sistemas antinómicos. Se enorgullecen de haberlo hecho y eso le confiere su originalidad al nacionalismo coreano. Es, ante todo, resiliente.

Los Kim lo entendieron perfectamente y se erigieron en héroes de la causa nacional. Kim Il-sung, por supuesto: después de participar en la lucha antijaponesa, se arrogó todo el mérito y basó su reinado en su legitimidad resistente y su derecho eterno al reconocimiento popular. Para anclar esa legitimidad, su propaganda llegó a asegurar que era hereditaria. Habrían sido sus ancestros los autores del incendio del General Sherman, un vapor norteamericano que había intentado forzar el puerto fluvial de Pyongyang en el verano de 1866. Kim Jong-il y Kim Jong-un no cambiaron de estrategia. Siempre estigmatizando a Japón, la antigua potencia colonial, ampliaron el espectro de la resistencia. Ahora, el enemigo a combatir es el extranjero. Los Estados Unidos, por supuesto, con los que el Norte sigue técnicamente en guerra, ya que solo se firmó un armisticio en julio de 1953, pero también todos los países que denunciaron en las Naciones Unidas al régimen de Pyongyang y le impusieron un boicot económico cada vez más duro. Convirtieron su paranoia en un catalizador colectivo.

Así hay que entender la ambición atómica del régimen. Nosotros solo vemos en ello el capricho de un déspota, además de una amenaza para la paz regional. Pero los norcoreanos consideran que los herederos de Kim Il-sung recogieron gloriosamente la antorcha patriótica. En un país tan cerrado, ese argumento da en el blanco. ¿El régimen Kim es despótico, la situación se degrada y la hambruna acecha? Segu­ramente. Pero es el precio a pagar para seguir siendo independiente. ¿Cómo entender si no que ante cada tiro de misil y cada ensayo nu­clear, centenares de miles de norcoreanos salgan a las calles para aclamar a su dirigente? ¿Los obligan? Es difícil de creer: son demasiados. Los mueve su orgullo nacional. Los Kim lo aprovechan. Hace tres cuartos de siglo que el nacionalismo alimenta su absolutismo.

La Corea eterna

Aunque viven intensamente su pertenencia nacional, los coreanos están divididos. Campesinos, artesanos y más tarde obreros, aristócratas y letrados, comerciantes y empresarios, civiles y militares, habitantes del Norte montañoso y productores de cereales contra arroceros del Sur templado, todos tienen intereses y ambiciones que se oponen o se combinan. Según las alianzas, Corea pasó por fases combatientes en las que los militares tenían preeminencia, épocas mercantiles en las que sus artesanos brillaban en Asia y un largo período agrario dominado por una aristocracia rural impregnada de moral confucianista. En cada cambio, una nueva dinastía tomaba el poder para guiar al país en la nueva dirección. Al Kim de Shilla (I milenio) lo sucedieron los Wang de Koryo (entre los siglos X y XIV) y luego, los Lee de Joseon, desde 1392 hasta la anexión japonesa.

Kim Il-sung se inscribe en esta filiación. Cuando él nació, Corea había dejado de existir. Incapaz de adaptarse a los cambios, maltratada entre revueltas campesinas e injerencias extranjeras, la dinastía Lee perdió todo crédito. Japón aprovechó para apoderarse del país. Al tomar el poder, retomó la tradición: cambiar de dinastía para iniciar una nueva era. Modernidad obliga, adoptó la retórica de la época. Corea del Norte se incorporó a la república y al socialismo revolucionario. Pero esa revolución tenía todo el aspecto de una restauración, ya que Kim Il-sung restableció la monarquía hereditaria, reemplazó a la aristocracia terrateniente por una élite de oficiales y tecnócratas, y remitió al pueblo a su obediencia secular. Los norcoreanos se adaptaron a ese nuevo régimen que se parecía al antiguo con mucha facilidad, sobre todo porque nunca habían conocido algo distinto. Para que las cosas fueran claras, contrariamente al Sur que, en 1948, había elegido un nuevo nombre, el de Hanguk, el “País de los Han”, Pyongyang prefirió conservar la antigua apelación de Joseon, el “País de la mañana clara”, que ostentaba la realeza. La Corea eterna era Corea del Norte.

Para demostrar que el régimen era el último avatar, la metamorfosis final, la transformación más perfecta de toda la historia coreana, Kim Jong-il no había dudado en proclamar una nueva era en julio de 1997. Concebida en honor de Kim Il-sung, llevaba el nombre de “juche”, su versión del socialismo, y comenzó naturalmente en 1912, el año de su nacimiento. Hubo entonces dos períodos en la historia de Corea. El período anterior a Kim Il-sung y el posterior. Y no habría otros. Para sellar ese vínculo entre el pasado y el futuro, el régimen intensificó las referencias al monte Paektu. Según la leyenda, allí habría nacido Dangun, el ancestro de todos los coreanos. Para la propaganda, por las venas de Kim Il-sung, que había combatido allí, de Kim Jong-il, que habría nacido allí, y de Kim Jong-un que iba allí para revitalizarse, corría la “sangre gloriosa de Paektu”. En 2012, el régimen terminó la construcción de la torre Ryugyong, un edificio piramidal de 323 metros que imita el carácter chino que significa “montaña” y domina todo Pyongyang con su estructura. Simbólicamente, los Kim erigieron un nuevo monte Paektu. Son la reencarnación de Dangun. El círculo se cerró.

La dictadura-máquina

Pero para reinar, no basta con adoctrinar las conciencias: también hay que controlar los cuerpos y las mentes. La dictadura Kim es un modelo del género. Sus medios de control son proteiformes. En primer lugar, está el ejército popular, 2 millones de hombres para una población de 25 millones de habitantes, que mantiene el orden, mientras vela celosamente por sus privilegios; la policía y sus redes paralelas, que vigilan todo y a todo el mundo; los campos de concentración, en los que de 150.000 a 200.000 personas, delincuentes, criminales o agentes caídos en desgracia languidecen en el terror y la infamia. Luego, el Estado y sobre todo el Partido del Trabajo y sus 3 millones de afiliados, inextricables laberintos burocráticos que solo funcionan a través del favor, la corrupción y la suerte. Por último, están los servicios de la propaganda, que dominan los medios de comunicación, la radio, la televisión y el cine, organizan los desfiles y los espectáculos coreográficos en los que la población participa de buen grado o por la fuerza, y administran los Estudios Mansudae, que lanzan eslóganes y campañas, pintan frescos a la gloria del régimen y esculpen innumerables estatuas del clan Kim: al parecer, hay más de 30.000.

Ese aparato dictatorial, íntegramente dedicado al servicio de la dinastía, tiene una habilidad secular. Corea es famosa desde hace si­glos por sus papeleros, sus orfebres y sus alfareros, y muy pronto supo organizar sus circuitos de aprovisionamiento, producción y distribución y formar a sus artesanos, sus obreros y sus ingenieros. En el siglo XV, Sejong dotó incluso a su país de un alfabeto, único en su tipo en el océano ideogramático chino, para facilitar la difusión de las innovaciones técnicas. Esto explica que, llegado el momento, Corea se haya industrializado fácilmente, habiendo acelerado los capitales japoneses el movimiento durante el período colonial, sobre todo en el Norte, rico en carbón y en minerales. Al llegar al poder, los Kim habían desviado el sistema en su propio beneficio para instaurar una verdadera dictadura industrial, efectuando al mismo tiempo y con los mismos métodos el control de la producción y el control ideológico. Es cierto que al privilegiar la industria pesada, Kim Il-sung llevó a su país a un callejón sin salida. Pero sus sucesores supieron salir de él mejorando y desarrollando la industria agroalimentaria, la química, la aeronáutica, el terreno digital y, por supuesto, el nuclear. Dicho de otro modo, la bomba atómica no es solo un arma de chantaje que amenaza la paz regional, sino que constituye también un medio de consolidar la máquina dictatorial en el interior.

A esta lógica industrial le debe también el régimen de Pyongyang su ductilidad. La península coreana siempre ha sido un crisol. Moral confuciana, inventos chinos, ciencias occidentales y tecnología japonesa fueron acogidos con curiosidad, desmenuzados con precisión y adaptados a las características locales. Los conglomerados surcoreanos lo demuestran sobradamente, empezando por Samsung que, en menos de diez años, inundó al mundo con sus smartphones. Los Kim no actuaron en forma diferente. Su dictadura tiene algo del militarismo japonés, del estalinismo soviético, de la autocracia maoísta y de las satrapías orientales, y combina audazmente todos esos componentes. En cuanto a Kim Jong-un, abandonó la torre de marfil de sus predecesores y se acomodó con éxito a esa tiranía new look que ejercen ahora los medios digitales.

En suma, la dictadura funciona a pleno rendimiento. ¿Está a salvo de una avería generalizada? No: ninguna máquina lo está, por sofisti­cada que sea. En realidad, Kim Jong-un debe prepararse para pilotear con mal tiempo. El bloqueo de la ONU estrangula la economía norcoreana. La apertura al Sur no avanza. Las negociaciones con Washington parecen estancadas. Pero no es la primera vez que el régimen enfrenta esta clase de dificultades. Está habituado a resistir y no tiene ningún adversario interno que temer. Ni siquiera representa una amenaza el oscuro grupúsculo que se autoproclamó recientemente “gobierno norcoreano en el exilio”, reivindicando a un sobrino de Kim Jong-un, como si no hubiera alternancia posible fuera de la familia. Ya hace varias décadas que los norcoreanos tomaron la costumbre de decir que viven en el “país de Kim Il-sung”. Mientras sigan persuadidos de ello, la dinastía roja permanecerá en su trono.

Bibliografía

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Bryan Reynolds Myers, La Race des purs: comment les Nord-Coréens se voient, Saint-Simon, 2011.

Philippe Pons, Corée du Nord. Un État-guérrilla en mutation, Gallimard, 2017.

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Mao, la tiranía de la sinrazón
Rémi Kauffer

“Desde muy lejos, el silbido de la locomotora retumbó, más amortiguado. Uno de los recién llegados, acostado sobre el vientre, crispó sus manos sobre sus oídos y aulló. Los otros no gritaban, pero una vez más, el terror estaba allí, al ras del suelo […]”. “No fusilan: los arrojan vivos a la caldera de la locomotora […]”; “Quemado –dijo–, ser que­mado vivo. Los ojos también, ¿entiendes? Los ojos”.

El peso de las palabras, el impacto de la imaginación: estas pocas líneas de la novela de André Malraux La condición humana, premio Goncourt 1933, fueron muy importantes para que comprendiera los “acontecimientos de China” una parte del público francés e internacional. Aunque perteneciera a Malraux, la ficción de los comunistas de Shanghái arrojados vivos a la caldera de la locomotora contribuyó, de hecho, a adjudicarles a los nacionalistas chinos la etiqueta de verdugos y a los revolucionarios, la doble marca de héroes y víctimas.

Lo que sabemos hoy de la gran tragedia china del siglo XX obliga a más mesura y equilibrio. Chiang Kai-shek y sus partidarios martirizaron sin duda a muchos de sus compatriotas. Pero hay que reconocer que, en un cuarto de siglo de existencia, la dictadura de Mao se revelaría aún más asesina que la suya. ¡Mucho más! Disturbios, masacres, represión, destrucciones, ruinas, desgarramientos, sufrimientos: esa fue la oscura realidad de la era maoísta, tan elogiada en Francia durante las décadas de 1960-1970, pero luego ocultada bajo un púdico silencio como si nunca hubiera existido.

Todo empezó en abril de 1927, cuando Chiang se volvió sorpresivamente contra los comunistas, sus ex aliados. Este drama serviría como telón de fondo de La condición humana. Pero más que en el plano literario, fue en el plano político-ideológico donde resultó decisivo. La masacre de comunistas en Shanghái primero y luego en Cantón, Guilin, Ningbó, Xiamen y muchas otras ciudades causó la muerte de 10.000 de ellos. Pero, paradójicamente, esa hecatombe le ofrecería a Mao el espacio geográfico indispensable para imponer sus ideas. En China, empezó a reflexionar, ¿no tendría algún futuro la insurrección urbana calcada del modelo de Octubre de 1917? La salvación pasaba por el “cerco a las ciudades por los campos”.

¿Un concepto herético? Sí: a primera vista, el dogma marxista-leninista le confería una prioridad de principio al levantamiento urbano de la clase obrera estructurada por el Partido Comunista. Pero al final, Mao, marxista innovador, demostraría que no importaban las fuerzas sociales puestas en movimiento –mundo obrero, campesino u otro–, siempre que la revolución fuera la esfera exclusiva de la “vanguardia” comunista. En esto, la tiranía maoísta, aun siendo original por la extraña personalidad del dictador, permanecería en la línea de la enseñanza de Lenin y de Stalin.

El surgimiento del “presidente Mao”

Mao Zedong, nacido el 26 de diciembre de 1893 en la provincia sudista de Hunan, desempeñó un papel menor en el Doble Diez, la revolución del 10 de octubre de 1911 que instauró la república, poniendo fin al régimen imperial milenario, ningún papel en el movimiento del 4 de mayo de 1919, en el que la juventud intelectual pekinesa se alzó frente a las potencias extranjeras, y participó un poco más ya en las jornadas decisivas de julio de 1921 en Shanghái, donde, como un espectador atento pero mudo, este maestro de profesión figuró entre el puñado de delegados al congreso de fundación del Partido Comunista chino.62

Una alianza estratégica unió pronto al PCCh con el Guomindang, el partido nacionalista fundado en 1912, en el que se destacaba un joven oficial formado en Japón: Chiang Kai-shek. Una alianza tan estrecha que por una doble pertenencia autorizada a los militantes comunistas, Mao se convirtió en 1926, en Cantón, en director del Instituto de Formación del Movimiento Campesino del Guomindang. Lo logró sin demostrar un radicalismo particular en esa época de “luna de miel” entre dos formaciones provenientes de matrices dictatoriales gemelas, ultracentralizadas, ultrajerarquizadas, ultrarepresivas y, en cuanto al Guomindang, ultramilitarizada.

Como el poder estaba “en la punta del fusil”, el PCCh se pondría rápidamente en pie de guerra, sobre todo gracias a Mao. Este hombre, que pronto cumpliría los treinta años, se distinguió en marzo de 1927 con su Informe sobre la investigación realizada en Hunan a propósito del movimiento campesino. El derrumbe del comunismo urbano, blanco de la represión nacionalista, lo llevó a ser jefe de un maquis en el Jiangxi rural vecino de su provincia de origen y más tarde, el 7 de noviembre de 1931, aniversario de la Revolución de Octubre, presidente de la República Soviética China.63 Un líder que basó en primer lugar su poder en el terror rojo: 7000 supuestos “agentes del Guomindang infiltrados” fueron ejecutados en una primera purga sangrienta destinada a servir de modelo a sus numerosos herederos.

Incluso amenazados por la estrategia de represión de las tropas de la llamada “Campaña de exterminio de los bandidos comunistas”, los “sóviets” rurales constituían un refugio al menos relativo para los jefes del PCCh obligados a huir de Shanghái, Cantón y las grandes ciudades. Entre esos dignatarios, el futuro primer ministro Zhou Enlai. En el otoño de 1934, el “presidente Mao”, considerado incontrolable, se encontró al borde de la destitución. Solo una humillante autocrítica logró habilitarlo para la Larga Marcha (octubre de 1934-octubre de 1935). Pero sin esa desesperada trashumancia hacia el norte de un aparato militar y político acorralado, ni el PCCh ni el propio Mao habrían sobrevivido.

En el intervalo, ese hábil maniobrero consiguió apropiarse nuevamente de las palancas de mando para no soltarlas nunca más. Y de hecho, mediante desvíos, cambios de conductas y cambios de rumbo, llevó al poder a los comunistas en medio de la agresión japonesa y luego, de la guerra civil.64 Un trayecto sinuoso que pasó por la Campaña de Rectificación del Estilo de Trabajo. En Yan’an, la “base roja” acostumbrada al favor de un acuerdo temporario con Chiang Kai-shek contra los invasores japoneses, se inició un vasto proceso de lavado de cerebro ideológico en marzo de 1942. En dos años, esa caza de brujas terminó con la expulsión del Partido de 40.000 militantes y luego, con la eliminación física de centenares de ellos. El establecimiento de los rasgos permanentes de la tiranía precedió a su toma del poder en Pekín. El Mao quincuagenario que, el 1º de octubre de 1949 a las 14, proclamó en la plaza Tiananmén el nacimiento de la República Popular China estaba absolutamente decidido a aplicar su programa: la eliminación de las “capas parasitarias” preludió el nacimiento del comunismo integral. La “dictadura del proletariado” era inseparable del dominio totalitario del PCCh sobre el conjunto de la sociedad china, pero también dependía de su puño de hierro personal. Esto debía quedar claro: el presidente Mao estaba allí por mucho tiempo, y no para inaugurar crisantemos.

Ese hombre fornido, fumador compulsivo, con graves proble­mas de insomnio, tenía una voz de falsete. Como toda la nomenklatura del nuevo régimen, se instaló en Zhongnanhai, un amplio complejo de edificios en el centro de Pekín, en el borde oeste de la antigua Ciudad Prohibida. Como era un espíritu inquieto, le gustaba vivir en las diversas residencias afectadas a su uso personal. Tenía muchas mujeres (cuatro oficialmente, sin contar a todas las demás) y ciertas señales de impotencia sexual aparecidas en la década de 1950 lo incitaron a compartir su lecho con muchachas cada vez más jóvenes. Era de constitución robusta y le encantaba nadar, hasta el punto de monopolizar progresivamente para su uso personal la piscina en principio colectiva de Zhongnanhai. La gestión cotidiana del Estado le aburría, porque, al contrario de Stalin, no era un gran trabajador. Excelente jugador de weiqi, ese juego de estrategia que los japoneses llaman go, preparaba sus golpes políticos con mucho tiempo de anticipación y siempre en el mayor secreto. Antes de tomar fuertes dosis de somníferos y desplomarse, Mao podía pasar noches enteras meditando esos bruscos cambios de rumbo que tenían el don de sorprender a todo el mundo, sobre todo a los demás dignatarios del régimen. Poseía una manera absolutamente personal de transponer las tácticas de la guerrilla a la esfera del poder. Era imprevisible y también despiadado, y completamente indiferente al dolor de sus compatriotas, como lo demostraría el futuro de China…

El poder está al final del terror

La Campaña de Rectificación del Estilo de Trabajo, obra de Kang Sheng, el hombre de la policía secreta y de los servicios secretos, había marcado el tono: se ponía en la picota y luego se asesinaba.65 En Yan’an, se habían producido centenares de ejecuciones. Ahora había que hablar de centenares de miles de cadáveres, para un país de 450 a 480 millones de habitantes, a quienes los maoístas se aprestaban a descerebrar para someterlos mejor. En 1949-1951, una primera ola de terror llevó a la ejecución de un millón de “contrarrevolucionarios”: propietarios rurales, pequeños empresarios, industriales y comerciantes, ex miembros del Guomindang, “reaccionarios” de todo tipo. Comenzó la fase de la “dictadura democrática popular”, así definida por Mao.

El Gonganbu (Ministerio de la Seguridad Pública, es decir, la KGB maoísta), creado el 19 de octubre de 1949, empezó a recorrer todo el país. Sus objetivos eran: provocar la represión, conducirla y racionalizarla. Bajo la férula de su director para los siguientes diez años, Luo Ruiqing, se dedicó a organizar mítines de “acusación pública”. Los sospechosos (dicho de otro modo, los culpables designados de antemano para sufrir la vindicta de las “masas” como criminales a los que se debía castigar) eran “juzgados” allí entre los clamores y, con mucha frecuencia, condenados a la pena capital de aplicación inmediata. Otros conocerían el infierno concentracionario de Laogai, la versión china del gulag.

“Camaradas, ¿qué debemos hacer con todos estos criminales, estos bandidos, estos agentes secretos, estos propietarios malvados, estos jefes y organizadores de sectas taoístas reaccionarias?”, bramó, por ejemplo, el 25 de marzo de 1951, Peng Zhen, el alcalde de la capital.

“¡Fusilarlos!”, vociferó la multitud, excitada.

“¿Debemos tener piedad de ellos?”.

“¡No! ¡No!”.

En abril, el Gonganbu puso en circulación con intención pedagógica, un vademécum para uso de los cuadros comunistas: “Cómo realizar un mitin de acusación”. Esas manifestaciones de odio bajo estrecho control policial eran omnipresentes. Se viviera en el campo o en la ciudad, era imposible escapar de ellos: en nueve meses, solo en Pekín, 30.000 reuniones de este tipo agitaron a la población calle por calle, barrio por barrio.

Con el recuerdo de este período de sus comienzos en el poder, Mao avanzaría, sin complejos ni remordimientos, hasta la cantidad de 800.000 víctimas. Nada que sorprenda para este hombre que un cuarto de siglo antes había escrito en el Informe sobre la investigación realizada en Hunan: “La revolución no es ni una cena de gala, ni una obra literaria, ni un dibujo, ni un bordado […]. La revolución es una sublevación, un acto de violencia por medio del cual una clase derriba a otra”.

El acondicionamiento prosiguió a través del movimiento de los Tres Anti (contra la corrupción, el derroche y el “comportamiento burocrático”), y luego, con el de los Cinco Anti (contra los sobornos, el fraude en todas sus formas, la evasión fiscal, los desvíos de fondos y la revelación de los secretos de Estado, que abundaban en esa sociedad de lavado de cerebro, misterio y sospecha). Movilizar a las “masas” al estilo maoísta implicaba, en efecto, no dejarlas nunca solas, ni un solo instante: el Partido Comunista y su dirigente supremo, “Gran Timonel” de la República Popular, siempre estaban allí para pensar en lugar de los chinos.

Que cien flores se cubran de sangre

La burocracia unida al ejercicio cotidiano del poder aburrió pronto a Mao. Era un hombre obsesivamente activo y solo lo motivaba el comunismo integral, capaz de cambiar en profundidad la naturaleza humana. Como sus maestros Lenin y Stalin, de los que había sabido emanciparse conservando lo esencial de su herencia, proponía la colectivización total de China. Era su manera de desmarcarse de la Unión Soviética que, tras el discurso de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del PC soviético de febrero de 1956, había decidido llevar a cabo en el interior una “desestalinización” para poder eternizar el régimen y en el exterior, desarrollar una “coexistencia pacífica” para conjurar la guerra nuclear con los Estados Unidos.

Para Mao, al repudiar a Stalin, Moscú había renunciado al comunismo, mientras que, por el contrario, era necesario acelerar su advenimiento. Frente a esta traición, Pekín era la encargada de volver a levantar la bandera roja de la revolución mundial, sobre todo porque, después de varios años de poder del PCCh, el presidente creía que el régimen era suficientemente popular como para soportar las críticas. Siempre que se tratara de contradicciones “en el interior del pueblo” y no de contradicciones “entre el pueblo y sus enemigos”, como las que él había resuelto en la forma que se conoce desde su toma del poder, esas quejas eran admisibles y hasta deseables.

Esa “pequeña democracia”, un diálogo bajo control con los elementos “sanos” de la sociedad, fue lo que decretó el dictador en 1957. “Que se abran cien flores y compitan cien escuelas”: ese programa-eslogan estaba firmado por Mao, por supuesto. Las bocas se liberaron, pero para emitir un torrente de recriminaciones. Académicos, científicos, profesores y periodistas impugnaron la dictadura del Partido, reclamando una verdadera democracia. Lo mismo sucedió entre los obreros: se indignaron por un sindicalismo ficticio, simple correa de transmisión del PCCh, mientras que en el medio rural, los campesinos se resistieron cada vez más a las requisas que se intensificaban desde hacía dos años.

Al principio, el número uno se frotaba las manos ante esa ola contestataria. Sacudir las estructuras “legales” del aparato del PCCh coincidía con su concepto de un pueblo que desconfiaba de la burocracia del Estado-Partido, pero veneraba a su Gran Timonel. Contrariamente a Stalin, Mao se concebía a sí mismo, sin la menor inhibición, como el heredero legítimo de los emperadores de China.

El problema era que a medida que se liberaba la palabra, el tono se endurecía. Delante del presidente, nadie se atrevía, por supuesto. Pero en las asambleas de discusión convocadas por el Partido, muchos se arriesgaban. Esto empezó a preocupar a Mao. “Los genios malignos han aparecido al lado de los genios favorables”, señaló en mayo de 1957 en una circular interna del PCCh. Una manera de aclarar que se terminaba el recreo que, para él, había tenido la ventaja de hacer aparecer nuevas víctimas.

En efecto, cuando Mao se expresaba en esos términos, el castigo estaba cerca. Empezó por llamar a los contestatarios con el nombre genérico de “derechistas”, una etiqueta infamante, que podía provocar su deportación a Laogai e incluso la pena de muerte.

La responsabilidad principal de la “campaña antiderechistas”, lanzada el 8 de junio de 1957, estaba a cargo de un trío de funcionarios fieles: Kang Sheng, director de la Campaña de Rectificación del Estilo de Trabajo en la época de Yan’an; Deng Xiaoping, secretario gene­ral del Comité Central, desde donde controlaba el aparato del PCCh, y Luo Ruiqing, que seguía dirigiendo el Gonganbu. A esos altos dignatarios les correspondía la tarea de verificar que los cuadros locales del Partido organizaran la cantidad requerida de sesiones de denuncia, calcadas del modelo de los mítines de acusación pública de los años 1951-1952.

Los “elementos de derecha”, señalados por los responsables y abucheados por encargo por las “masas populares”, debían recomenzar una y otra vez su autocrítica hasta que esta se considerara suficiente. Castigos corporales y hasta atroces torturas completaban la humillación pública. Para muchos, era la muerte: esto no conmovía a Mao, que odiaba tenazmente a los académicos, culpables de haberlo despreciado cuarenta años atrás, cuando él no era más que un modesto asistente bibliotecario en la Universidad de Pekín.

Como la venganza del Gran Timonel era un plato que se comía frío, de pronto decretó que el “10%” de los intelectuales pertenecían a la deshonrosa especie derechista. Esta cuota fue tan bien aplicada por el aparato del Partido y por el Gonganbu que la sangrienta purga afectó a uno de cada diez académicos. Diez por ciento, es decir, más de medio millón de seres humanos a eliminar…

¿Mao podía equivocarse? Por supuesto que no. Sobre esta base, no tardó en convertir en un éxito personal el fracaso de la campaña de liberación de la palabra. En un país superideologizado como China, le bastó argumentar contra toda evidencia que las “Cien Flores” habían sido, desde su origen, solo una artimaña de guerra social, una estratagema destinada a hacer “salir a las serpientes de sus escondites”.

Al mariscal Lin Biao, que tuvo la imprudencia de recordar, el 8 de mayo de 1958, cómo el emperador Qin Shi Huang, fundador de la dinastía Qin en el siglo III a. C., había quemado libros y asesinado a muchos intelectuales, Mao le replicó sin pelos en la lengua: “¡Lo del emperador Qin no es nada! Él solo enterró vivos a cuatrocientos sesenta académicos: nosotros enterramos a cuarenta y seis mil. Al reprimir a los contrarrevolucionarios, ¿no hemos matado a algunos intelectuales? Discutí sobre esto con demócratas y les dije: ‘Ustedes nos reprochan por hacer lo mismo que el emperador Qin, ¡pero nosotros hicimos cien veces más! Nos acusan de ser una dictadura como la del emperador Qin y lo reconocemos: eso es totalmente exacto’”.

Aunque de este modo asumía plenamente la dictadura y los asesinatos en masa de intelectuales, actuó de un modo completamente distinto con respecto a los millones de víctimas de su nueva utopía…

La utopía asesina

El Gran Salto fue decidido por el Politburó el 23 de mayo de 1958 y no era otra cosa que un proyecto demencial de comunismo integral que se debía imponer en algunos años. El epicentro del proyecto estaba en las “comunas populares”, vastos conjuntos en los que todo sería colectivizado: la producción agrícola e industrial, además de la alimentación y la educación de los niños. Una empresa sin precedentes de disgregación de la sociedad rural, ampliamente mayoritaria en China. Se terminaban las parcelas de tierra individuales, la vida privada, las reuniones familiares, las comidas en la intimidad del hogar. A partir de ese momento, los chinos comerían en enormes cantinas, a las que les entregarían todo, hasta las sillas y las mesas de sus casas, confiscadas y pintadas de un solo color por un interés maniático de uniformidad. Dentro de ese magma colectivo, nadie podría distinguir sus magros bienes de antaño: ese era el efecto buscado. Los niños de ambos sexos, alojados de noche en inmensos dormitorios comunes, aprenderían la vida entonando canciones a la gloria del número uno…

Este método para descerebrar solo fue la primera fase del Gran Salto Adelante, que supuestamente propulsaría al país hacia cumbres económicas jamás alcanzadas. Como la siderurgia constituía el frente más intenso de la lucha entre China y la Unión Soviética por la supremacía del marxismo-leninismo mundial, cada una de las comunas populares debía tener su propio alto horno. Al diablo la eficacia industrial, que se prejuzgaba “capitalista” o “revisionista”: solo importaba la movilización totalitaria de los campos chinos. Los bienes familiares más valiosos, alhajas, cubiertos, herramientas, objetos metálicos de todo tipo, se fundían (en el sentido propio y en el figurado) en esa forma aberrante de práctica alquímica.

Mil luces tan rojizas como económicamente absurdas iluminaban las noches. Más aún: preocupados por agradar en las altas esferas y seguros de que los alimentos no dejarían de llegar en cantidades desde otras provincias más favorecidas que las suyas, los cuadros locales abrieron de par en par los graneros de arroz, de cereales y de carne. Pocos meses de ese juego destructor bastaron para que el país cayera en la hambruna. En todas partes, la gente moría en medio de atroces sufrimientos. Y cuando sobrevivía, el destino era a veces aún más cruel: agotadas, las jóvenes madres ya no lograban parir por falta de fuerza física. Sin embargo, fue en ese preciso momento cuando la Mao-complacencia occidental balbuciente empezó a elogiar los méritos del gran jefe revolucionario que, según aseguraban sus fanáticos, le habría “dado su bol de arroz a cada chino”…

En el terreno, evidentemente, las cosas eran muy distintas. Las requisas, destinadas a alimentar a los habitantes de las ciudades, privaban a sus compatriotas rurales de una gran parte de los alimentos de subsistencia. Todo debía ir a la colectividad: los campesinos tenían prohibido abandonar su comuna popular, hacer fuego en su casa, cosechar legumbres o frutos salvajes. Las brigadas de inspección registraban las viviendas y los depósitos. Cualquier alimento de sustitución era bienvenido: se usaba la paja del arroz destinado a los animales y a los techos de las casas, que se hachaba fino, y hasta los excrementos de las aves.

En cuanto a las aves, se produjo una situación muy grave, de hecho, por las medidas absurdas que implementó el Gran Timonel, supuesto conocedor de los problemas campesinos, para proteger los cultivos. Sin tener en cuenta la sabiduría tradicional, y por lo tanto “reaccionaria”, según la cual las aves de corral destruyen muchos insectos perjudiciales para los cultivos, las exterminaron en masa: una tarea que a menudo estaba a cargo de los niños. Resultado: los insectos, que proliferaban, devoraron las semillas y los granos en los silos, e incluso en los campos. Empezaron a verse vientres hinchados y piernas que se debilitaban: las consecuencias más flagrantes de la desnutrición. Recoger cadáveres a lo largo de las rutas y de los caminos se volvió algo corriente.

En otros sistemas políticos, ese proceso mortífero sería frenado por contramedidas. Pero no bajo el maoísmo, sinónimo de abolición del sentido crítico. En todos los niveles de la jerarquía, se falseaban las estadísticas, se hablaba de “éxitos prodigiosos”, de “salto de la producción”, de rendimientos agrícolas “sin precedentes”. Satisfecho al comprobar que sus previsiones se cumplían, Mao se alimentaba con esas informaciones falsas.

Frente a esos millones de muertos que el Gran Timonel no habría querido, pero que su fanatismo ideológico provocó, la evidencia del fiasco terminó por imponerse. Por temor a que lo hicieran responsable de ese desastre, Mao convocó entonces a una reunión ampliada del Politburó, que se realizó del 2 de julio al 2 de agosto de 1959 en Guling, en la región del monte Lu. Su táctica ya estaba definida: matar al primer contestatario para hacerle cargar en su lugar la culpa de la gran hambruna. El ministro de Defensa, el mariscal Peng Dehuai, fue el candidato para ese peligroso papel. Con la mayor ingenuidad, el 3 de julio y los días siguientes, este viejo camarada de lucha del gran líder planteó abiertamente sus objeciones. Sus críticas eran compartidas por Liu Shaoqi, presidente de la República Popular China desde el 27 de abril a pedido de Mao –que solo había renunciado a ese puesto honorífico para eludir sus responsabilidades, aunque conservó la presidencia del Partido y la de la todopoderosa Comisión de Asuntos Militares–, pero también por Zhou Enlai, el primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores, y además, por todos los miembros nuevos del clan de los realistas y Deng Xiaoping, que seguía siendo secretario del Comité Central, pero como estuvo ausente en esa reunión por tener una pierna quebrada, no tuvo que dar su opinión (fue mejor para él, porque tenía tendencia a hablar sin rodeos).

Para expiar su culpable identidad de ideas con el ministro de De­fensa, Liu y Zhou debían redimirse a toda costa. Ellos fueron los que le asestaron los primeros golpes al mariscal: era la lógica del sistema. El 23 de julio, Mao inició su propia contraofensiva. Aunque Peng le aseguró su fidelidad, lo apartó con un gesto despectivo. El 16 de agosto, el mariscal fue removido de sus funciones de ministro de Defensa. Como un signo de los tiempos, el ex ministro de la Policía, Luo Ruiqing, fue nombrado jefe del estado mayor del ejército.

Siempre listo para tomar la delantera, el Gran Timonel aprovechó la destitución de Peng Dehuai para lanzar una nueva purga antiderechista que, según las confesiones ulteriores de Deng Xiaoping, involucró a por lo menos 10 millones de chinos, y quizá muchos más. El intento de colectivismo integral prosiguió hasta 1961 y causó de 35 a 40 millones de muertos. Decimos bien: de 35 a 40 millones…

Un “gran caos” bajo el cielo

Al terminar esta matanza, el clan de los realistas, empezando por Liu Shaoqi, logró apartar a Mao de las responsabilidades económicas y, en cierta medida, políticas. Liu –crimen imperdonable– aprovechó la conferencia de los siete mil cuadros dirigentes reunidos en Pekín en enero de 1962 para contradecir públicamente al número uno. Haciendo un balance, forzosamente negativo, del Gran Salto Adelante, este burócrata de estilo más clásico obligó a Mao, con suma habilidad, a actuar a la defensiva. Pero el Gran Timonel, incorregible, ya meditaba su retorno en majestad para concluir, tras una madura reflexión, que ese renacimiento solo podría producirse si se volvían a repartir las cartas. Este “gran caos bajo el cielo”, según su propia expresión, sería la Revolución Cultural. Iniciada en 1965 con un pretexto aparentemente anodino –La destitución de Hai Rui, una obra de teatro cuyo autor era un protegido del alcalde de Pekín Peng Zhen, pilar, junto con Liu Shaoqi, del clan de los realistas–, ese gigantesco descalabro levantó en un primer momento a una multitud de adolescentes fanatizados e idólatras, los guardias rojos, contra el estado mayor del Partido.

La tarea estaría a cargo de la Banda de los Cuatro, en la que estaba, junto a tres comparsas, quien había sido la última esposa de Mao, Jiang Qing, si bien ambos vivían separados. Como rey subterráneo del “gran caos bajo el cielo”, Kang Sheng actuó nuevamente detrás de esa fachada. Petrificados de terror, sus compatriotas lo apodaban “el Amo de las Tinieblas”.

Mientras que Zhou Enlai, temblando ante la idea de caer en desgracia, tragaba un sapo tras otro, Mao se aseguraba la fidelidad del ejército por intermedio del mariscal Lin Biao, que había ascendido tras la destitución de Peng Dehuai. Lin acababa de desembarazarse precisamente del ex ministro del Gonganbu y luego jefe del estado mayor Luo Ruiqing, ¡acusado por el espantoso crimen de preferir una tropa militarmente eficaz antes que una tropa maoístamente correcta! Racional en su sinrazón, Mao era consciente de que podía hacer tambalear en su propio beneficio a uno de los pilares del régimen, el Partido, pero debía mantener intactos los otros dos: la policía y el ejército. De lo contrario, se produciría un colapso.

El ex secretario particular de Mao, Chen Boda, ascendido en octubre de 1966 a jefe nominal del Grupo Central de la Revolución Cul­tural, había imaginado el instrumento más eficaz de catequización de los guardias rojos y del conjunto de la sociedad. Era el Pequeño Libro Rojo de citas del presidente Mao, una colección de fórmulas del Gran Timonel que convenía recitar en toda ocasión:

“Todo lo que hacemos está al servicio del pueblo”.

“¿Qué es trabajar? Trabajar es luchar”.

“Todos los comunistas deben asimilar la verdad de que ‘el poder está en la punta del fusil’”.

Sometidos a incesantes sesiones de autocrítica –en realidad, repetidas humillaciones públicas acompañadas por maltratos corporales–, los dignatarios destituidos cayeron de su pedestal: Liu Shaoqi, el “Jrushchov chino”; Luo Ruiqing, apenas rescatado de un intento de suicidio para escapar de los guardias rojos; Peng Zhen, todavía al­calde de Pekín, pero no por mucho tiempo más; Bo Yibo, responsable de los asuntos económicos y Li Lisan, al que llamaban el “Lenin chino”. Deng Xiaoping también cayó en la trampa maoísta y quedó relegado en provincia como simple obrero de fábrica, aunque salvó su vida porque Mao lo apreciaba y prefería conservarlo por si pudiera serle útil más adelante.

En esas circunstancias trágicas, empezó a perfilarse una diferencia de estilo entre la tiranía de Mao y la del difunto Stalin. En la Chi­na de la Revolución Cultural, los dirigentes caídos en desgracia eran sometidos, como Liu Shaoqi, a tratos crueles que los mataban lentamente, pero no los condenaban a muerte tribunales ficticios, ni se los ejecutaba de manera oficial. La contradicción con los mitos fundadores del régimen parecía demasiado escandaloso. En cambio, en el culto desmesurado al gran líder, los dos totalitarismos, el soviético y el chino, se parecían mucho.

Mientras el país volvía a hundirse en el terror, las destrucciones materiales que aniquilaron una gran parte del milenario patrimonio chino, los conflictos sangrientos entre pro- y antiguardias rojos como en Wuhan en el verano de 1967 entre la milicia de los Tres Aceros Templados y la de Millón de Héroes, la anarquía económica, e incluso el enfrentamiento militar abierto con la Unión Soviética en marzo de 1969 en el río Ussuri, reapareció la hambruna.66 En algunas provincias, se produjeron incluso actos de canibalismo. No hace falta aclarar que en ese mismo momento, el culto al gran-líder-que-guía-a-las-masas-chinas-en-medio-de-las-tempestades llegó a su punto máximo en Occidente…

Esta primera parte del “gran caos” se cumplió: en su Blitzkrieg contra el aparato del Partido, el dictador podía cantar victoria. De todos modos, faltaba aún la segunda parte: el restablecimiento del orden comunista. Después del IX Congreso del PCCh de abril de 1969, en el cual Lin Biao se convirtió en el “más cercano compañero de armas” de Mao, esa tarea estaría a cargo del ejército. Forzados tras la ejecución de algunos personajes encumbrados, los guardias rojos no tardaron en someterse. Además, las cosas se complicaron entre Mao y Lin Biao, quien, menos indispensable a la hora de la reconstrucción del Partido, bajo una égida ciento por ciento maoísta, empezó a temer por su vida. Al parecer, el mariscal intentaba desesperadamente huir a la Unión Soviética, cuando su avión se estrelló oportunamente el 13 de septiembre de 1971.

Mao recuperó el control de una China exangüe. Lo suficiente como para jugar la carta norteamericana frente a la amenaza soviética. En febrero de 1972, su política se fortaleció con la visita a Pekín del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon: el punto máximo de esa visita fue su encuentro con el Gran Timonel. Este hombre de casi ochenta años sufría los primeros síntomas de la enfermedad de Charcot, una afección neurodegenerativa que atacó sus músculos, sobre todo los respiratorios, y le dificultó cada vez más el habla. El 8 de enero de 1976, murió Zhou Enlai. Se produjeron en Pekín manifestaciones populares que mostraron hasta qué punto los chinos sentían horror por la dictadura maoísta. Entonces, una vez más, se desencadenó la represión. Deng Xiaoping, que había vuelto a la superficie, se vio obligado a refugiarse en Cantón, en casa de un general amigo.

Tras el arresto de Jiang Qing y de la Banda de los Cuatro por la Unidad 8341, la guardia pretoriana del régimen, el fallecimiento de Mao el 9 de septiembre de 1976 cerró el ciclo sangriento de la Revo­lución Cultural, responsable de la muerte de 3 millones de chinos.

Doce veces menos que el Gran Salto Adelante, pero igualmente grave. El Gran Timonel tenía razón: la revolución no era una cena de gala.

Del Pequeño Timonel al nuevo emperador de China

Después del breve intermedio del “presidente clarividente”, Hua Guofeng, el ave fénix Deng Xiaoping, tres veces dado por muerto en el campo de batalla ideológico y tres veces resucitado, tomó por veinte años el mando de la República Popular China. Un Estado en ruinas que pretendió reconstruir como potencia de nivel mundial mediante una buena dosis de liberalismo económico, bajo el estricto control del PCCh. Este personaje al que apodaron el “Pequeño Timonel”, ídolo de los medios de negocios occidentales, no dejaba de ser un comunista auténtico, además de un enérgico nacionalista. Era necesario aflojar la presión que dominaba una economía china poco productiva por estar extremadamente burocratizada. También había que aflojar un poco la presión que paralizaba el impulso creativo del país. Pero no hasta el punto de ceder ante los inconscientes que exigían esa “quinta modernización”: la democracia, y sobre todo, de atentar contra el monopolio del partido único, pilar del régimen, o atacar al ejército, esa otra columna vertebral (por otra parte, Deng se otorgó a sí mismo, como único puesto oficial, la presidencia de la Comisión de Asuntos Militares).67

De hecho, el “gran caos bajo el cielo” había traumatizado no solamente al pueblo chino, sino también a sus dirigentes, muchos de los cuales fueron víctimas. ¡Todo para que nunca volvieran a producirse disturbios! De ahí la reacción brutal de Deng Xiaoping, que reprimió cruelmente en la primavera de Pekín de 1989 con un saldo de 2500 muertos: aunque el Pequeño Timonel no era un bebedor de sangre como Mao, en ningún caso se dejaría sobrepasar.

Deng murió el 19 de febrero de 1997. Pero la nueva China que había contribuido a engendrar lo sobrevivió, con una mezcla de liberalismo económico (cada vez más relativo, por otra parte, porque estaba en curso un nuevo proceso de estatización) y de Estado policial ultracentralizado en vías de ultradigitalización, hoy bajo la forma de un súper Big Brother: el Sistema de Crédito Social, megafichero nacional en el que cada chino debe estar anotado y fichado en función de su comportamiento, con puntos positivos y negativos.

Una China segura de sí misma y dominante, a pesar de sus debilidades: inquietante disminución de la tasa de crecimiento, tirantez con los Estados Unidos, equilibrismo financiero con altísimos riesgos, desastre ecológico, caída demográfica. Esta es la China que el presidente Xi Jinping, heredero a veces infiel de Deng, pero aún más nacionalista que él, pretende convertir en la primera potencia mundial con el horizonte puesto en el año 2049, para el centenario de la toma del poder por parte de Mao y los comunistas.

Consciente de la imposibilidad de cuestionar el aura de Mao sin fragilizarse él mismo socavando las bases de la dictadura, el régimen hace todo lo posible por mantener la imagen del padre fundador. En Pekín, la desmaoización está menos que nunca a la orden del día…

Bibliografía

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—, Mao, sa cour et ses complots. Derrière les murs rouges, Fayard, 2012.

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Rémi Kauffer, Le Siècle des quatre empereurs, Sun Yat-sen, Chiang Kai-shek, Mao Zedong et Deng Xiaoping, Perrin, 2014.

Roderick MacFarquahr y Michael Schoenhals, La Dernière Révolution de Mao, histoire de la Révolution culturelle, Gallimard, 2009.

Yang Jisheng, Stèles, la Grande Famine en Chine, 1958-1961, Seuil, 2012.

62 El domingo 4 de mayo de 1919, los estudiantes provenientes de trece colegios y universidades se reunieron en Pekín para protestar contra una disposición anexada en el Tratado de Versalles, que le entregaba a Japón la tutela de la provincia de Shandong. Se realizó una huelga general universitaria contra el dominio extranjero en China. Los delegados al congreso de fundación del Partido Comunista chino eran solo quince: dos de ellos, emisarios de Moscú.

63 Un tejido discontinuo de zonas controladas por los comunistas en siete provincias diferentes, Esta República soviética china no sería reconocida por ningún Estado extranjero, incluida la Unión Soviética. Mao comandaba personalmente la “zona de la base central”, a caballo sobre las provincias orientales de Jiangxi y Fujian.

64 La invasión japonesa a China, iniciada en 1931 con la toma de una parte de Manchuria, se transformó en una guerra a gran escala entre 1937 y 1945. La guerra civil entre el Partido Comunista y el Guomindang duró dos años (1947-1949) y terminó con la proclamación de la República Popular China el 1º de octubre de 1949.

65 Kang Sheng (1898-1975) fue el jefe de la policía secreta y los servicios secretos de Mao, artífice oculto de la Revolución Cultural.

66 En el verano de 1967, China pareció hundirse en lo que Mao llamaría más tarde la “guerra civil general”. En julio, Zhou Enlai se vio forzado a organizar por vía aérea la exfiltración del Gran Timonel de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, donde Mao corría peligro por el enfrentamiento armado entre milicias enemigas.

67 Las Cuatro Modernizaciones, las únicas reconocidas oficialmente, correspondieron a la agricultura, la industria, la defensa y la ciencia. La democracia y los derechos humanos no forman parte del esquema.

11
Enver Hoxha, el último estalinista
François-Guillaume Lorrain

Como el país en el que reinó con exclusividad durante casi cuarenta años, de 1944 a 1985, el dictador albanés (1908-1985) sigue siendo un misterio que nos ha obligado a solicitar diversos testimonios. La gran escasez de fuentes sobre su verdadera trayectoria, que, por otra parte, este dictador-escritor reescribió ampliamente, no ayuda demasiado a descifrar el enigma de ese monstruo de los Balcanes que, tras las sucesivas rupturas con sus vecinos y aliados, yugoslavos, rusos y chinos, se transformó en un dinosaurio de un marxismo-leninismo cuya pureza pretendía encarnar. Oportunista, zigzagueando entre diversos escollos exteriores, Hoxha terminó por inventar un nacional-comunismo en el cual Albania se convertía en el alfa y el omega de todas las consideraciones. Francófilo, un dandy no comprometido con la política, un apparátchik dotado de un pragmatismo sanguinario, Hoxha le impuso a su pueblo la imagen de una figura familiar e inalcanzable a la vez, según el modelo de su maestro Stalin. Una paradoja confirmada por una extraña aleación de cierto encanto, junto con una temible capacidad de hacer el vacío a su alrededor. Como un dictador metódico, paralizó, aterrorizó y metamorfoseó a la vez a su patria, que luego lo olvidó rápidamente, gracias a una amnesia fulminante, a riesgo de tener que enfrentarse algún día con su fantasma.

La tapa de su biografía francesa mostraba el aspecto de un viejo actor de cine de Hollywood. Sienes plateadas, bronceado refulgente, amplia sonrisa, camisa blanca impecable, traje de franela gris… Sus ojos seductores emanaban bondad y salud. La magia de la imagen: la foto era del VII Congreso del PC albanés del 1º de noviembre de 1981, en el cual Enver Hoxha, demasiado debilitado por la diabetes y los ataques cardíacos como para tomar la palabra, ni siquiera simuló leer sentado su largo discurso, mientras su voz grabada emitía en playback infinitos elogios a Albania, terminal paradisíaca del marxismo-leninismo. A ese congreso solo se había invitado a una delegación de Vietnam, el último país amigo. Hoxha rompió en ese momento con Deng Xiaoping, calificado como “inmundo fascista”, y con los chinos vendidos a Occidente. La interminable arenga fue difundida urbi et orbi en Albania. Todo se desarrolló sin dificultades, salvo algunas interrupciones debidas a unas pilas gastadas. A pesar de la ausencia de periodistas no albaneses, los textos de Enver ya estaban listos para pletóricas traducciones en las Ediciones de Lenguas Extranjeras, redactadas por un ejército de traductores, la mayoría de ellos, intelectuales procedentes de los campos de represión de Burrel o de Spaç. Esas reflexiones indispensables irían a engrosar los 70 volúmenes de la obra de Hoxha: nuevo material bienvenido para una conferencia científica que se estaba preparando, dedicada al “pensamiento teórico del camarada Enver”. Ese día, la performance muda del moribundo fue celebrada con diez minutos de nutridos aplausos. Su fiel segundo, Mehmet Shehu, inamovible presidente del Consejo, participó de ese concierto. Ignoraba aún que estaría muerto antes de Navidad, suicidado por el clan de su antiguo compañero de lucha, que lo acusaría de trabajar desde 1945 para el KGB, la CIA, la OZNA yugoslava y el Intelligence Service, después de haber tenido contactos con la Gestapo y el SIM mussoliniano. Así desaparecería el único sobreviviente, junto con Hoxha, del primer Politburó de 1944 –los demás ya habían sido liquidados–, permitiéndole al autócrata momificado bajo su bronceado y en su ideología nacional-comunista terminar solo la loca carrera centrífuga a la que había arrastrado a su país, muy bien rebautizado como la “Corea del Norte de Europa” o el “Tíbet de Occidente”, en homenaje a su absoluto aislamiento.

En el nombre de Robespierre

Francia no puede jactarse de haber tenido un dictador indiscutible, pero Hoxha podría ser considerado el más francés de los dictadores. “Pienso y sueño en francés”, le dijo poco antes de morir al doctor Paul Milliez, su médico oficial y, en forma accesoria, su telegrafista, depositario de palabras tan modestas que no se puede resistir la tentación de citarlas: “Yo no soy más que un miembro del Partido del Trabajo y solo estoy al servicio de mi pueblo. Los enemigos de Albania dicen que soy un dictador”. Como se sabe, esos enemigos eran muchos. Se podría dudar de las palabras de Hoxha, pero no de su francofilia. Había leído en francés a los clásicos del marxismo, señaló Jean-Paul Champseix, que enseñaba Literatura Francesa en la Universidad de Tirana durante la década de 1980. “Vigny, Hugo, Saint-Simon, Michelet, Montesquieu, Diderot, Voltaire… Los pocos documentales dedicados a su figura muestran sus lecturas francesas. Era importante mostrar que era muy culto, y esa cultura pasaba por Francia”. Hoxha fue antisoviético, antichino, antitodo, pero nunca antifrancés. Les debía ese amor constante a los liceos franceses de Gjirokastër, su ciudad natal, y de Korça, vestigios pedagógicos de un frente de Oriente que, después de 1918, se instaló en el sur de Albania, donde los estudiantes secundarios se parecían a menudo a los mediterráneos.

Hoxha nació en 1908 y se crio en un ambiente autorizado a recibir las luces del país de la Revolución. Era un albanés tosk musulmán, oriundo de esa parte meridional del país que miraba hacia Grecia e Italia. Nada que ver con los guegos del norte, la otra etnia de Albania, una población más montañesa, ruda, católica a veces, como en Shkodër, ligada todavía a las tradiciones clánicas. ¿Era hijo de obrero, como lo quería hacer creer y de lo que el guía pretendió convencer antaño a Jean-Paul Champseix, contra todas las apariencias, frente a su hermosa casa natal transformada en museo mientras estaba vivo? “Tenía dinero. Su padre había ido a hacer negocios a los Estados Unidos. Su tío tenía responsabilidades municipales. Ismail Kadaré, el gran autor albanés, que proviene del mismo barrio, habla de una familia pudiente, pero un poco ‘simple’, porque no pertenecía al grupo de las familias ancestrales de la ciudad”. En esos liceos franceses se inició Hoxha en la audacia de Danton y la habilidad de su admirado Robespierre, a quien describió así en una especie de autorretrato idealizado: “Íntegro, apegado a su patria, intransigente contra la monarquía y el feudalismo, riguroso contra las facciones reaccionarias de la burguesía ascendente, maestro en el arte de poner en pie un ejército revolucionario y una política revolucionaria tanto en el interior como contra la coalición de los monarcas que rodeaban a Francia”. Todo está allí: el socialismo nacionalista, la paranoia, la fiebre obsidional y, entre líneas, un gusto indudable por las purgas.

La vida de Hoxha fue un largo camino jalonado de mentiras que forjó él mismo en sus pletóricas Memorias. En ellas se descubre a un estudiante que tuvo sus primeros contactos con la vulgata marxista en el colegio secundario en Korça. Era demasiado temprano. ¿Cómo se convirtió, una década más tarde, en el coordinador de las organizaciones del PC albanés, fundado el 8 de diciembre de 1941 en una casa aislada de las afueras de Tirana? Su itinerario fue por lo menos caótico. Francia también influyó en él: en 1930, llegó a Montpellier como becario en ciencias naturales. Como no obtuvo ningún diploma al cabo de tres años, su beca fue cancelada. Debió haberla reembolsado, pero nunca lo hizo. ¡Por su parte, Hoxha no se privó de hacer morir en prisión a Mirash Ivanaj, el ministro de Educación nacional que había firmado la suspensión de su beca! Sin embargo, su estadía en Francia no fue, a su juicio, completamente inútil. Como otros futuros líderes del mundo asiático –Zhou Enlai, Ho Chi Minh, Pol Pot–, allí se instruyó en las luchas obreras: un tal Marcel, miembro del PC local, actuó en ese caso como iniciador marxista. Sin embargo, las afirmaciones de Hoxha referentes a su militancia comunista de esa época nunca pudieron ser verificadas… En la capital, conoció también a algunos albaneses. Curiosamente, todos ellos tuvieron el mismo final violento después de la guerra: eran molestos testigos de un joven que parecía un dandy occidentalizado, amante de la ropa elegante, la bebida y la buena comida. En esa época corría un rumor: al parecer, había sido gigoló de hombres en París, donde vivió desde 1933, en una pequeña vivienda miserable en rue Monsieur-le-Prince, cerca de la Sorbona. “Era el rumor supremo en Albania –explica Jean-Paul Champseix–. Cuando un crítico albanés exiliado en los Estados Unidos sostuvo que un personaje homosexual de un libro de Kadaré, Crónica de piedra, era una alusión a Hoxha, el escritor sufrió ‘una parálisis total’. Podía ser condenado a veinte años de prisión como mínimo… Sin embargo, la ciudad de Gjirokastër tenía una reputación de homosexualidad en Albania. También se hablaba de su gran estatua en Tirana, que lo representaba con el cabello al viento y una mano detrás de la espalda, fuente de inagotables bromas, que solo podían hacerse en un círculo muy restringido de personas de confianza”.

Entre exiliados, se imponía la solidaridad. Fue así como consiguió, por influencias, el puesto de secretario de un futuro consulado albanés que debía abrirse en Bruselas gracias a un político conocido a quien forzaría al exilio en 1944. Hoxha afirmó que le presentaron a Paul Vaillant-Couturier, el jefe de redacción de L’Humanité, a quien le habría declarado su pasión comunista. En la capital belga, habría enviado mensajes al diario, por supuesto sin firmar, ya que su nueva función lo obligaba a ser leal con la monarquía del rey Zog, a quien detestaba. Pero no se ha encontrado el menor rastro de esos mensajes… Según Hoxha, esta doble vida había volado en pedazos el día en que el agregado de prensa de la legación albanesa en París, que llegó sin avisar, lo sorprendió en flagrante delito de lecturas leninistas. Circunstancias rocambolescas que lo obligaron a renunciar y volver al país en 1936. La realidad era menos halagüeña: Hoxha fue despedido porque la caja del consulado, que estaba a su cargo, fue desvalijada, y él era el sospechoso… El futuro dictador ya tenía veintiocho años, ningún diploma, pero a través de presiones, obtuvo un puesto de profesor interino en el liceo francés de Korça donde había estudiado. ¿Qué materia enseñaba? ¡Moral! ¿Cuándo se volvió marxista? Hoxha fechó complacientemente su conversión en sus años de liceo, porque tenía que borrar su “empleo” en un consulado realista, pero al parecer, recién después de 1936, en Korça, donde encontró a ex camaradas que habían formado el embrión de un grupo comunista, las cosas se volvieron serias. “Se convirtió en un agitador –escribió Thomas Schreiber en su biografía de Hoxha–, pero en el agitador mejor vestido del movimiento”.

Ascenso por default

Para Albania, la Segunda Guerra Mundial comenzó el 7 de abril de 1939, cuando la Italia de Mussolini puso fin a la hipocresía de su protectorado invadiendo a ese pequeño país. Hoxha dijo que seis meses más tarde, el 28 de noviembre, día de la Independencia, comenzó también su vida política oficial, con una manifestación antifascista que dirigió en Korça. La sanción fue inmediata, dijo: perdió su puesto. Él afirmó que, obligado a hacer que lo olvidaran en Tirana, encontró una cobertura legal que le permitió continuar sus actividades: ¡compró el bar Flora! En esa época nació su gusto por el secreto y su propensión a desconfiar de todo, y en primer lugar de sus amigos. La paranoia siempre tiene excelentes razones. Una foto lo muestra posando delante de la fila de botellas de su mostrador, con una sonrisa burlona, muy elegante, mordisqueando un cigarrillo: esa foto fue suprimida tras su acceso al poder. Después de la invasión a Grecia y Yugoslavia por los alemanes en la primavera de 1941, otra manifestación, antinazi, en la que participó, pudo haber precipitado su fin. Estuvo a punto de ser arrestado y se salvó por poco, entrando en la clandestinidad, donde se convirtió en uno de los dirigentes del nuevo PC albanés fundado el 8 de noviembre de 1941. Al parecer, fue entonces cuando se comprometió de verdad, seguramente bajo la influencia de Koça Tashko, un enviado del Komintern, que en ese momento era todopoderoso en los partidos comunistas extranjeros. Tashko ayudó a Hoxha a escalar en la jerarquía de los grupos comunistas que intentaban unificarse. Así terminó por imponerse al frente de un comité antifascista que sería expurgado por los comunistas de los elementos que no lo eran. Pero persistieron algunos misterios: ¿cómo logró ese hombre que ni siquiera había cumplido su servicio militar la hazaña de hacerse nombrar general, cuando el verdadero estratega era Mehmet Shehu, un soldado de hierro, formado en la Academia Militar de Nápoles y que se había entrenado en las Brigadas Internacionales de la guerra de España?

En realidad, fue elegido para encabezar el Partido por los dos yugoslavos, enviados por Stalin y Tito para unificar los grupúsculos. Él era el único musulmán de los cinco representantes del grupo de Korça, uno de los tres grupos que formaron el PC albanés. Como no estaba muy involucrado en la política, no había participado en las múltiples disputas internas que enfrentaban a las facciones comunistas. Los yugoslavos lo consideraban inofensivo y fácilmente manipulable, y una figura provisional de compromiso. Muchos pensaban que no había disparado un solo tiro en toda la guerra. Pero de todos modos, su barniz occidental, esa cultura francesa que impresionaba y su facilidad de palabra posibilitaron su vertiginoso ascenso.

Era, evidentemente, un político prudente, pragmático, que tenía un sentido del equilibrio y de las relaciones de fuerza. Trató con cuidado a los británicos para obtener su apoyo logístico. Convocó oportunamente a reuniones que transformaron al comité en un futuro gobierno, y fue nombrado para encabezarlo el 22 de octubre de 1944 en Berat. Los albaneses no lo sabían, pero aquello duraría cuarenta años. Un mes más tarde, como un De Gaulle comunista, entró triunfante a la Tirana liberada, orgulloso de una Albania que, a diferencia de su vecino yugoslavo, no había recurrido a ninguna fuerza militar extranjera para librarse de la Wehrmacht.

Yugoslavia: la amiga rival peligrosa, sobre todo porque el gran jefe en Moscú, Stalin, le había dado permiso a Tito para devorar a la pequeña Albania, que, a su juicio, estaba llena de “gente atrasada y primitiva”. ¿Dejaría Hoxha que su país de rústicos se convirtiera en la séptima república de la Federación Yugoslava? Según la táctica habitual de la dictadura revolucionaria, empezó por limpiar su casa. Una vez eliminados los resistentes no comunistas, organizó elecciones con una lista única, en las que los votantes, mayoritariamente analfabetos, se encontraron frente a un procedimiento bastante perverso. Las bolillas del “sí” caían silenciosamente dentro de una bolsa y las del “no” golpeaban el interior de una caja de hojalata. ¿Quién se atrevería a hacer ruido? Fue solo un 7% en 1945. Sería apenas el 0,02% en las siguientes elecciones. Más tarde, se contaron solamente dos votos en contra y los albaneses decían que eran los del propio Hoxha y su esposa. Pero lo amenazaba un último peligro: Djodje, ministro de Defensa y del Interior, y por lo tanto, jefe de la policía secreta, la Sigurimi, titista proletario, el hombre de Belgrado. Hasta la primave­ra de 1948, Hoxha estuvo obligado a pactar con ese “traidor”, y hasta debió hacer su autocrítica –en la que reconoció su tibieza política antes de la guerra–, puesto en la picota por el ogro soviético que arbitraba en su contra. Pero receloso de la ambición balcánica de Tito, el Padrecito de los Pueblos le bajó el pulgar a fines de junio de 1948. Fue la inesperada oportunidad para Hoxha de liquidar a Djodje y, en ese año orwelliano, de realizar un gesto digno del autor de 1984: todos los retratos de Tito desaparecieron de Albania de la noche a la mañana y su nombre fue suprimido de los manuales escolares. El año 1948 fue decisivo: en el primer congreso del PC albanés, Hoxha sucumbió a una de las tentaciones de todo dictador que se respete, el discurso interminable. El suyo, que su esposa, Nexhmije, había releído amorosamente, no duró menos de dieciséis horas. En él, acusó a los revisionistas y a su “rey-traidor de Belgrado”, de quien relataría en uno de sus indispensables textos, Los titistas, que en 1946, el enorme perro del mariscal, al saltar sobre un bote, había desgarrado su hermoso traje. Decididamente, no se podía tratar con el “Goering croata”. Con la purga de los titistas empezó la segunda “tajada” de la “táctica del salame”, establecida por el húngaro Rákosi para construir una buena dictadura revolucionaria: la liquidación de los adversarios políticos. Con el correr de las décadas, Hoxha no dejó de agregar la tercera tajada: la eliminación de los dirigentes de su propio Partido Comunista. En el año 1948 aparecieron también los primeros síntomas de la enfermedad que lo mataría: la diabetes.

Al parecer, Stalin tenía algunas reservas sobre él. Aunque Hoxha había eliminado a los titistas, al principio el amo del Kremlin lo despreciaba y lo definía como un “pequeñoburgués, demasiado propenso al nacionalismo”. Sin embargo, la caída en desgracia de Tito salvó a Hoxha, que de otro modo habría sido liquidado por Djodje, y permitió preservar in extremis la independencia de Albania, que se convertiría en el “enfant terrible” del comunismo.

El estalinista

En el plano interior, la década de 1950 marcó la consolidación del régimen por medio de un código penal que no tenía nada que envidiarle al código soviético: la edad de la responsabilidad se bajó a catorce años, y a doce para los crímenes contra el Estado y el sabotaje. La represión se apoyaba en una estructura creada durante la guerra, la Sigurimi, apodada la “Casa de las Hojas”, en razón del follaje que recubría a su cuartel general. En su visita, posible desde 2017, se pueden ver los viejos aparatos de escucha telefónica que permitían efectuar 40 escuchas simultáneas. Una cifra enorme si se considera que solamente 1500 hogares tenían teléfono en Tirana en la década de 1970. Pero los verdaderos micrófonos de Hoxha eran los 15.000 hombres de la Sigurimi, reclutados a menudo entre los “desclasados”, antiguos burgueses o militantes expulsados, y todos aquellos que podían ser acusados de algo… Por lo general, esos perseguidos o sus allegados preferían colaborar antes que pudrirse en la cárcel. Quince mil hombres sobre una población de un millón y medio de habitantes: la cantidad es impresionante, sobre todo en un país minúsculo, en el que todos sabían todo: “un comunismo de aldea –resume Champseix–. Los oficiales de la Sigurimi tenían cuotas de arrestos en cada distrito. Si no llegaban a fin de año a la cifra estipulada, se realizaban razias de manera arbitraria”. Al menor desvío, el destino era conocido: los campos de detención, en Burrel, Spaç u otros lugares, viajes que pocas veces aseguraban el regreso. “Desde el borde del camino, veíamos a veces a los detenidos con ropas de telas rústicas. Paradójicamente, estaban mejor vestidos que muchos campesinos albaneses”, recuerda Champseix. La misión principal de la Sigurimi era controlar la fidelidad ideológica de los ciudadanos, de los miembros del Partido y del Politburó del Partido. Hoxha leía todos los días sus informes, que recibía en su casa del Blok, en el centro de Tirana, contigua al Parlamento y a los ministerios, construidos en estilo mussoliniano. El Blok era un barrio custodiado, aislado, con escuelas, tiendas y pasajes subterráneos, donde estaban obligados a instalarse los clanes dominantes. Antes de extenderse al país, el aislamiento empezó en la cima del poder, a imagen del Kremlin de los comienzos del estalinismo. Como en el caso de los miembros del SED alemán oriental en Wandlitz, o los dirigentes chinos de la Ciu­dad Prohibida, el dictador dominaba a su Politburó, al que recibía al final del día en su oficina-biblioteca o bien en el “club” del Partido, situado del otro lado de la calle. Allí conversaban alrededor de una copa o un billar, o frente a un film importado de Occidente. Hoxha era un hombre de rutinas. Un dictador estudioso. El resto del día, analizaba la prensa albanesa y francesa, redactaba los editoriales anónimos de Zeri I Popullit, que establecían la línea general. Como en el modelo estaliniano, no se filtraba nada de la vida privada de Enver, a quien los ciudadanos llamaban “el Tío” (Djadji). En la sociedad albanesa clánica, el tío materno desempeñaba un papel fundamental. Era el sabio al que todos veneraban. La población exhibía en sus casas su foto, que solían colocar sobre los estantes, junto a un compendio de su obra, y solo sabía que el Tío tenía tres hijos bautizados Ilir (en homenaje a los Ilirios, antepasados de los albaneses), Sokol (héroe de la Edad Media) y Pranvera (Primavera). La invisibilidad, la lejanía y el miedo fueron su marca, y sin embargo eso no excluyó, mientras su salud se lo permitió, sus giras por el país, que eran una oportunidad de realizar celebraciones tan formateadas como los discursos que las acompañaban. Al final de su vida, lo seguían paseando a veces muy lentamente por la capital, pero en el asiento trasero de un Mercedes.

En el plano exterior, el giro más importante se produjo en 1960. Cinco años antes, a Hoxha le había caído mal la visita de Jruschov a Tito, y al año siguiente, la revelación del informe sobre los crímenes estalinianos durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, al que había asistido. Él no había creído ni una palabra: “¿Cómo es posible que Stalin haya cometido esa clase de crímenes?”, le preguntó sorprendido al líder soviético, quien lo confirmó. “¿Cómo no evitó usted esos errores que le imputa?”. “Stalin nos cortaba la cabeza tan fácilmente como el jardinero corta esto”, le habría contestado Jruschov mientras golpeaba con su bastón un repollo, porque la conversación tuvo lugar en un parque. Hoxha no insistió, pero empezó a mirar subrepticiamente a China, que también tomaba distancia de Moscú. En 1959, el viaje de Jruschov, que soñaba en voz alta frente al golfo de Vlora con los cohetes que podría lanzar sobre el Mediterráneo, mejoró solo en apariencia las relaciones, ya que Hoxha elogiaba permanentemente a Stalin, con quien se encontró algunas veces y de quien guardaba un excelente recuerdo: “Un gran marxista-leninista, lúcido, bueno, capaz, afable, justo, lleno de consideración por los hombres”. ¡San José, ruega por nosotros, pobres albaneses! Además, el pesado Nikita disgustó fuertemente a Hoxha al afirmar que Albania debía convertirse en “un jardín-modelo” para los países… árabes. Hoxha, que como buen estalinista quería dotar a su país de una industria pesada, se sintió ofendido. Frente a tal obstinación, los soviéticos tomaron las clásicas medidas de represalia: se terminaron los cereales, se terminaron los créditos para el plan quinquenal, hicieron regresar a sus expertos y anularon las becas de los estudiantes albaneses formados en Moscú. Herido en lo más profundo, Hoxha trató a Jruschov de “charlatán extorsionador”, con la seguridad de que los chinos estarían encantados de acudir en su ayuda.

El maoísta

El 16 de noviembre de 1960, la escalada llegó a su punto máximo. En Moscú, en el propio país del amo Jruschov, delante de 80 partidos comunistas reunidos, Hoxha atacó sin ambages, alabando al ídolo caído: “Todos debemos defender la obra fecunda y eterna de Stalin. Quien no la defiende es un oportunista y un cobarde”. ¡A buen entendedor, pocas palabras bastan! En El gran invierno (1973), Ismail Kadaré relató magistralmente ese cisma perpetrado en la noche moscovita: “No es casual que me haya referido a Esquilo hace un momento –dijo Enver Hoxha mientras tomaba su taza–… El mundo está lleno de tragedias, pero nosotros creíamos que el comunismo no las tendría. No debería ser así”. “Kadaré, a quien le reprocharon no abordar el período contemporáneo, había ido a ver a Hoxha antes de escribir ese libro para tener acceso a los archivos –cuenta Jean-Paul Champseix–. Hoxha puso en escena un gran acto de seducción, hablándole no del marxismo sino de su nostalgia por la ciudad natal de ambos, Gjirokastër, y de su desprecio por los groseros soviéticos… Todo eso con un vocabulario ‘cuasi erótico’. El resultado fue un libro fascinante y desconcertante, en el que nada pasaba en Albania fuera de su dirigente, Hoxha, como una figura romántica y altiva que se interrogaba, perplejo, sobre el futuro del comunismo. Él dominaba soberanamente un país loco, hundido en un crepúsculo desesperado”. Ese día, en Moscú, los dirigentes de otros países, Ho Chi Minh, un africano, un escandinavo e incluso el rubicundo Maurice Thorez, desfilaron delante de Hoxha para tratar de encontrar un terreno de entendimiento: no lo lograron, ya que él había dado su primera gran vuelta de tuerca, que aislaba a su país del resto de Europa del Este. Como nos lo informa el historiador y arqueólogo Pierre Cabanes, que dirigió mucho tiempo las excavaciones arqueológicas en Apolonia, todos los extranjeros tuvieron que abandonar Albania. Pero se habían realizado muchos casamientos de albaneses que habían ido a estudiar a Moscú, Sofía y Berlín. Las esposas fueron expulsadas con las hijas, condenaron a los varones provenientes de esas uniones a arresto domiciliario y los infractores fueron invitados a volverse a casar: esto provocó innumerables dramas familiares, cuyas secuelas afectan todavía los corazones y los espíritus. En el plano internacional, Hoxha obtuvo una victoria de prestigio al apoderarse de los cuatro submarinos soviéticos estacionados en la bahía de Vlora y que la Unión Soviética pretendía recuperar. Pero según los acuerdos, esta debía ceder finalmente sus buques. El dictador bloqueó la bahía con barcazas viejas, amenazó con bombardearlos y consiguió su objetivo: los marinos soviéticos regresaron a su país huérfanos de su pequeña flota.

De los brazos rusos, Hoxha pasó sin transición a los de los chinos: Mao acababa de sumarse a Stalin en el panteón albanés. Aunque no adhirió completamente a las consignas maoístas –a Hoxha no le gustaban demasiado los ataques recurrentes contra el Partido–, no fue insensible a las sirenas de la Revolución Cultural que el Gran Timonel había lanzado en 1966. Al año siguiente, inició la “revolucionarización” del país. Pasaba por un ateísmo integral, ya que la práctica religiosa era considerada como “un crimen contra el Estado”: el colmo para un hombre cuyo apellido significaba “religioso”. Las iglesias y las mezquitas, en las que no veía más que la mano de invasores extranjeros, fueron destruidas o cerradas para ser convertidas en cines, depósitos, tiendas o casas de cultura. Al oponerse a las tradiciones y las costumbres, al artesanado, al uso de vestimentas tradicionales y a los ritos “supersticiosos”, la “revolucionarización” fue un medio para acelerar, sin decirlo, la occidentalización del país, a la manera de Atatürk, muy presente en la cultura política de Hoxha, siguiendo el ejemplo de su mejor enemigo, Tito.

Esas erradicaciones fueron acompañadas por una bunkerización del país –en todos los sentidos del término– para defender, palmo a palmo, el territorio contra los ataques. “Que se abran cien flores y compitan cien escuelas”, había declarado hacía tiempo el camarada Mao. En Albania, fueron los búnkeres los que se abrieron, como hongos después de la lluvia. ¡Al parecer, fueron unos 700.000! Las cementeras entregadas por los soviéticos y los chinos, en Elbasan y en otras partes, que escupían humaredas de diversos colores, fueron puestas en servicio. “Había de tres tipos, según el tamaño, prefabricadas en las fábricas. A veces, en un campo, había una docena. Servían para las maniobras, ya que el pueblo estaba obligado a cumplir períodos militares. También servían para los enamorados, o bien como cuartos de baño”, resume Champseix. ¡Según los especialistas, esa bunkerización costó dos veces más que la línea Maginot y consumió tres veces más hormigón! Solo para él, Hoxha disponía de media docena de esas casamatas, en Tirana, en sus alrededores y en sus residencias veraniegas situadas a orillas del mar, en Vlora, Pogradec y Durrës, donde pasaba a veces meses enteros encerrado con su familia. Era el otro Hoxha, el que los albaneses no conocían, el patriarca solícito, sentimental, que se emocionaba con los cantos revolucionarios o los poemas declamados en albanés o en francés por sus nietos. Las casas se agrandaban al ritmo de su familia, pues invitaba a los yernos y las nueras a vivir en el hogar, para evitar todo contacto inapropiado con la población. Esta postura del patriarca balcánico recluido se explicaba también por una salud que se fue deteriorando a partir de 1966. Hoxha no pudo viajar a China en 1967 para sellar la nueva amistad con Pekín. En 1969, ya no estaba en condiciones de bajar desde su casa de Vlora hasta el Adriático. Pero eso no fue tan grave, porque sus comparsas del Politburó tomaron la iniciativa, muy delicada, de construirle una piscina llena de agua de mar: según Thomas Schreiber, cuando Hoxha vio su regalo-sorpresa, habría gritado: “¡Viva el Partido!”.

El encierro

Ese aislamiento generalizado se tradujo también en una albanización de la cultura. Hoxha explotó el paralelo entre Skanderbeg, el héroe albanés que en el siglo XV había realizado la hazaña de enfrentar durante casi un cuarto de siglo al temible ejército del Imperio otomano, y él mismo, por romper con el ogro soviético. Se creó un museo y se erigieron estatuas a la gloria de esa figura tutelar, antaño celebrada por Ronsard y Vivaldi, la única con la que el propio Hoxha podía compararse. El dictador lanzó también un amplio programa de estudios y excavaciones para justificar el origen ilirio de los albaneses, en esos Balcanes donde “anterioridad significaba primacía”. “Se mencionan poblaciones ilirias en textos griegos –confirma Pierre Cabanes–, pero el problema es que como los ilirios no escribían, es problemático demostrar una continuidad entre el idioma ilirio y el idioma albanés”. Esta dificultad no detuvo al salvador de la patria, cuya megalomanía estaba a la altura de su paranoia. En ese contexto, no sorprende que Odile Daniel, profesora de Civilización Albanesa en el Inalco (Institu­to Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales), recordara un cambio radical producido hacia fines de la década de 1960: “En 1965, yo era becaria y aún podía circular con bastante libertad. Tres años más tarde, hospedada en el Hotel para Extranjeros, me seguían perma­nentemente dos o tres ‘guías’”. Dentro de la filiación kemalista, Hoxha también decidió terminar con las tradiciones clánicas que estructuraban al país, sobre todo en el norte. Se proscribió la vendetta y las niñas pequeñas fueron enviadas a la escuela. Por otra parte, Hoxha fulminaba cualquier negociación que involucrara a soviéticos o chinos. Ya le habían disgustado las conversaciones desarrolladas entre Kosyguin y Mao. Pero la visita de Nixon a Pekín en 1972 lo sacó de quicio. En cuanto a la conferencia multilateral de Helsinki sobre la paz y el desarme (1975), le pareció escandalosamente incongruente. Finalmente, sucedió lo inaceptable: en 1977, Tito, la encarnación del mal, fue recibido con gran pompa en China, que se reconcilió con la Yugoslavia no alineada a expensas de la pequeña Albania, considerada como algo insignificante. Después de romper con China en 1978, Hoxha se encontró solo frente al mundo comunista-revisionista y al mundo capitalista.

Por eso intentó restablecer las relaciones con algunos países europeos. Francia, a la que siempre recordaba; Italia, que en Bari estaba a solo 50 kilómetros de las costas albanesas; Alemania, que históricamente no había apoyado ni a Serbia ni a Grecia, y Rumania, donde el nacional-comunismo radical del genio de los Cárpatos no podía dejarlo indiferente. Sin embargo, sin la ayuda masiva de los chinos, el país del lek, la moneda local, se hundió en una miseria inaudita para Europa, a pesar de la alfabetización, la industrialización a marcha forzada y la construcción de una gran cantidad de rutas y bloques de edificios. La ideología obsidional se intensificó, así como el terror ejercido por la Sigurimi.

En la última década de su reinado, Hoxha estuvo al mismo tiem­po en todas partes y en ninguna. En todas partes, en las paredes y has­ta en las montañas, donde, en sus cimas, aparecían sus pensamientos insuperables en forma de inmensas inscripciones realizadas con guijarros blancos, entre el cielo y la tierra; en los manuales, incluso los de lenguas extranjeras, donde sus textos servían como materiales para aprender el francés o el italiano. Pero, a medida que sus fuerzas se debilitaban, Albania, bajo sus directivas, también se replegaba. Vista desde el exterior, parecía haber entrado en un período de glaciación. Pero detrás de sus fronteras, la agitaban los traslados secretos de la población, como resultado de las purgas de los empleados y los funcionarios deportados al campo y a las colonias de trabajo. “Estaban los condenados, pero también sus esposas y sus hijos, enviados a aldeas de deportación, en medio de los campesinos, que los miraban de reojo y les hacían realizar los trabajos más ingratos”, escribe Pierre Cabanes. Esos eran los únicos movimientos de población. Para circular, se necesitaba un pasaporte interior, en cada puente se instalaron controles y solo los miembros del Partido viajaban en auto. Los depósitos de combustible eran vigilados por el ejército. “Cuando íbamos al norte del país –recuerda Champseix–, los estudiantes septentrionales nos preguntaban: ‘¿Cómo es el sur?’ Y cuando visitábamos el sur, los meridionales interrogaban: ‘¿Cómo es el norte?’”. En el centro, en Tirana, reinaba una paradoja “viviente”. Ese dictador todopoderoso que había abierto en vida un museo a su gloria en su casa natal de Gjirokastër, y tenía estatuas en la gran plaza de Tirana, se había vuelto cada vez más invisible, e incluso innombrable. “Estaba rodeado de misterio –señala Odile Daniel–, su nombre era tabú, no se lo mencionaba, no se hablaba de él, cualquier palabra que lo involucrara podía ser mal interpretada”. El invisible también se convirtió en ciego: minado por la diabetes, Hoxha ya no podía leer, a pesar de las lupas de relojero y otros retroproyectores que poseía. Su esposa, fiel compañera de lucha desde la guerra, era su lectora. Pero la alta silueta del Tío se había deformado, debi­litada por repetidos ataques cardíacos. El apuesto dandy, cuyo poder de seducción había actuado sobre todos sus compatriotas no era más que la sombra de sí mismo. Pero el Espectro continuaba pegando y sus golpes seguían siendo precisos. En 1981, Shehu, inamovible segundo, mostró que nada era inmutable en el País de las Águilas, salvo Hoxha, que parecía querer frenar la muerte haciendo el vacío. Síntoma del dictador agonizante que intentaba detener el tiempo, identificarse él mismo con el tiempo y, como Cronos, devorar a sus hijos. Hasta el final, Hoxha-Cronos reunía a los miembros del Politburó en su dormitorio, mientras observaba con preocupación los grandes cambios que se preparaban en la Unión Soviética. Su crepúsculo coincidió con el amanecer de una nueva era en el país cuna del comunismo. Como un símbolo, Mijaíl Gorbachov fue nombrado secretario general del PC soviético un mes antes del último ataque cardíaco que abatió a Hoxha el 9 de abril de 1985, rodeado de toda su familia. Dos días más tarde, se anunció que “el corazón del dirigente amado y glorioso de nuestro Partido y de nuestro pueblo, el camarada Enver Hoxha, ha dejado de latir”. En ese momento, el “pueblo” se enteró de que el camarada Hoxha estaba enfermo desde hacía muchos años.

Los meses de abril son mortíferos en Albania, decía una antigua leyenda del país, que retoma Ismail Kadaré en Abril quebrado. ¿Cuántos albaneses desfilaron delante de su cuerpo, expuesto en una sala del Parlamento? Se habló de un cortejo organizado de casi dos kilómetros. “Lloraban mucho en las calles más importantes, pues por algo es Albania el país de las lloronas, pero en las calles pequeñas el clima era más relajado”, sostiene Champseix. Cuando pasaban las cámaras, la gente se llevaba rápidamente los pañuelos a los ojos. Se había prohibido que las personas se detuvieran frente a su cadáver, como si temieran algún gesto desconsiderado. Esos gestos se realizarían más tarde, tras la caída del Muro. En 1990, echaron abajo su estatua gigante instalada en la plaza Skanderbeg de Tirana. Los búnkeres sirvieron para alojar a los prisioneros liberados, y luego algunos se convirtieron en bares o en soportes de murales. Siete años después de su muerte, en 1992, exhumaron sus restos de la necrópolis de los Mártires de la Nación para colocarlos junto a los cuerpos de sus víctimas en el cementerio de Sharra. Un destino esperado para el Tío, de quien la mayoría de los albaneses ya no querían oír hablar. El número de víctimas y de detenidos aún es impreciso. Según Blendi Fevziu, 5037 hombres y 450 mujeres habrían sido ejecutados; 16.788 hombres y 7367 mujeres, condenados a penas de prisión; 70.000 personas deportadas. Estas cifras deben relacionarse con la población albanesa, de aproximadamente 2 millones de habitantes. La mayoría de los archivos fueron destruidos o robados por ex dignatarios que no llegaron a ser juzgados. Los testimonios son muy escasos en un país en el cual la delación era obligatoria. Seguramente, muchos tenían mala conciencia, como lo describe el indispensable Champseix: “Cuando nuestro libro 57, boulevard Stalin fue traducido en Albania y nos invitaron a la televisión y las radios albanesas, los periodistas se asombraban: ¿de modo que era así la Albania de Hoxha?”. Sería inexacto decir que la página Hoxha, autor diluviano, se dio vuelta. Nunca fue leída.

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Litres'teki yayın tarihi:
27 mart 2025
Hacim:
614 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9789500211079
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