Kitabı oku: «El cielo protector»
Paul Bowles
EL CIELO PROTECTOR
Prólogo del autor
Traducción de Nicole d’Amonville Alegría

Clásico contemporáneo, llevada al cine por Bernardo Bertolucci, El cielo protector es la novela que consagró a Paul Bowles, uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Narra el derrotero de Port y Kit Moresby, un refinado matrimonio que tras doce años de unión y con la casi certeza de que su relación ha encallado, deciden viajar al norte de África. Los acompaña un amigo, Turner, acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial, viven holgadamente de la herencia que el padre dejó a Port, y se supone que la travesía habrá de devolverlos a una plenitud perdida.
Sin embargo, apenas se adentran en el desierto, son capturados por un paisaje incomparable y una cultura desconocida y no fácil de descifrar. Turner abre una herida en la pareja; y aunque fascinante, un entorno cruel y hostil los precipita hacia caminos distintos.
La razón se debilita, el amor prácticamente se desvanece, la traición se impone, y aquello que fue pensado como un viaje de reencuentro revela su auténtico propósito: cada uno por su lado debe descubrir por qué está en ese lugar, tan cerca del vacío y la muerte, tan alejados de la cómoda y monótona vida neoyorkina.
Con una prosa seca y una notable perspicacia psicológica, El cielo protector es una aventura asombrosa y un recordatorio de que afuera del propio lugar uno puede descubrir su destino, siempre que se acepte las agudas sorpresas que ese descubrimiento puede deparar.
Bowles, Paul
El cielo protector / Paul Bowles. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Nicole d’Amonville Alegría.
ISBN 978-987-628-614-5
1. Novela. I. Bernárdez, Aurora, trad. II. Título.
CDD 813
Título original: The sheltering sky
Diseño de cubierta: Eduardo Ruiz
Primera edición: noviembre 2020
©Rodrigo Rey Rosa, 1949, 1976
All rights reserved
© de la traducción Nicole d’Amonville Alegría, 2006, 2019
© de la presente edición Edhasa, 2021
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
E-mail: info@edhasa.com.ar
http://www.edhasa.com.ar
Carrer de la Diputació, 262, 2º 1ª,
08007, Barcelona
Tel. 93 494 97 20
España
E-mail: info@edhasa.es
http://www.edhasa.es
ISBN 978-987-628-614-5
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Edición en formato digital: mayo de 2021
Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo
Libro uno. Té en el Sahara I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII
Libro dos. El borde cortante de la tierra XVIII XIX XX XXI XXII XXIII XXIV XXV
Tres. El cielo XXVI XXVII XXVIII XXIX XXX
Nota del editor
Sobre el autor
Para Jane
Ningún hombre es dueño de su destino.
Canción bereber
Prólogo
Sucedió una tarde de finales de julio de 1947. Acababa de despertar de una siesta inducida por el calor, pues Fez* puede ser bastante calurosa en verano. Recuerdo el aire viciado en la habitación claustrofóbica. “Abriré la ventana —pensé—, veré el puerto de Orán abajo y el aire nocturno será refrescante.” Estaba ya metido en la novela que empezaba a escribir. La primera página debía formar parte de aquel asfixiante cuartucho de hotel en el que me hallaba tendido. Establecer aquello me permitiría dirigir el movimiento como hallase conveniente. Sabía que me embarcaba en un largo viaje, pero sentía que debía acompañarme una mujer —con preferencia una esposa—, que ocuparía una habitación contigua a la mía. La única joven con la que había viajado hasta entonces era mi esposa Jane. De forma que inventé de inmediato una esposa, y supe que me acompañaría durante todo el viaje. Fue así como una falsa Jane se convirtió en mi compañera. Sin duda eso influyó en la leyenda posterior de que la verdadera Jane había participado en el viaje. No me sirvió de nada negar su presencia, o insistir en que el libro era una ficción, y no una autobiografía. De forma que aunque Jane nunca había pisado el continente africano, y estaba tranquilamente sentada junto a una piscina en Connecticut, los críticos dijeron lo que quisieron, y en general dictaminaron que mi esposa me había acompañado al Sahara.
Bernardo Bertolucci, que tuvo la fatídica idea de llevar este recalcitrante libro al cine, creyó ver en él grandes posibilidades publicitarias. Quiso que Debra Winger se pareciera lo más posible a Jane. No pareció molestarle que yo en aquella época tuviera ochenta años. Huelga decir que la película en sí no tuvo nada que ver con la campaña para hacer públicas nuestras vidas privadas. Solo tuvo que ver con la publicidad. Pero cuanto menos diga sobre la película ahora, mejor.
No recuerdo por qué consideré necesario matar al protagonista masculino a media novela. Quizá me pareció injusto haber escapado a una peritonitis durante mi propia lucha con la tifoidea, y por tanto, debía una vida, cualquier vida, al enemigo exterior. Gracias al Hospital Americano en Neuilly, y al buen estado general de salud, propio de los veintiún años, logré evitar la peritonitis. Quince años después el enemigo se apoderó de mi héroe, y a mi esposa inventada, cuya personalidad había ido construyendo poco a poco a lo largo del libro, la abandoné a su propia suerte. Al final, libre ya del estado obsesivo impuesto por la escritura, supe que la muerte era necesaria, porque, por encima de todo, lo que yo quería era la experiencia de la muerte, no vista por un observador, sino desde dentro: tenía que ser yo quien muriera. Encontré que mi muerte fingida daba un empujón a la novela; después tuve que enfrentarme a otros problemas. Todo dependía de Kit y de lo que ella se sintiera impelida a hacer para sobrevivir. Las posibilidades narrativas eran infinitas. La novela seguía el rumbo de las fantasías de Kit, que para algunos críticos eran irreales por consistir en mis propias fantasías masculinas. Y es cierto que en la última parte del libro, en todas las escenas por las que discurre la narración, Kit es un objeto y sigue siéndolo hasta el final.
Costó publicar el libro. Fue un encargo de Doubleday, que rechazó la obra en el acto por considerar que no era una novela. Después tuvo un mal año, durante el que todos los editores que la vieron, la rechazaron. Fui yo, y no mi agente, quien al final mandó el manuscrito a James Laughlin de New Directions; por fortuna le gustó mucho y accedió a publicarla. Debido a que sus contables ya habían presentado las devoluciones de impuestos de 1494 no podía arriesgarse a mostrar ganancias por algo que ya consideraba una pérdida (porque su interés en la edición era literario, no comercial), de forma que restringió la edición a tres mil quinientos ejemplares, en lugar de los diez mil que había recomendado Publishers Weekly. El libro salió la segunda semana de diciembre, pero las ventas en aquel período vacacional se limitaron a los ejemplares disponibles.
Pese a estos obstáculos, la novela fue entregada en estado saludable, y ahora, cincuenta años más tarde, se halla en mejores condiciones que su autor.
PAUL BOWLES
Tánger, 1998
* Debido a que el viaje en el libro se iniciaría en Orán (Argelia), trasladé el hotel de Fez a esa ciudad. El itinerario de los protagonistas no incluyó en ningún momento Marruecos.
LIBRO UNO
Té en el Sahara
Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo.
Eduardo Mallea
I
Despertó, abrió los ojos. La habitación no le era familiar; estaba demasiado absorto en el no-ser del que acababa de llegar. Si carecía de energía suficiente para determinar su posición en el tiempo y el espacio, también le faltaban las ganas. Estaba en alguna parte, había regresado, atravesando vastas regiones, desde ninguna parte; existía en la médula de su conciencia la certeza de una tristeza infinita, pero tranquilizadora, porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Con extremo bienestar, extrema relajación, permaneció absolutamente quieto durante un rato, y luego se sumió en uno de esos duermevelas que se producen tras haber conciliado un sueño largo, profundo. De pronto abrió de nuevo los ojos y miró su reloj de pulsera. Fue un acto del todo inconsciente, pues ver la hora solo logró confundirlo. Se irguió, echó una mirada por la habitación cursi, se llevó la mano a la frente y, suspirando hondo, se dejó caer de nuevo en la cama. Pero ahora estaba despierto; pocos segundos después supo dónde estaba, sabía que era avanzada la tarde y que había dormido desde el almuerzo. En la habitación contigua oía a su esposa deslizar las babuchas por el liso piso enlosado, y el sonido le tranquilizó, pues había alcanzado otro nivel de conciencia en que la mera certidumbre de estar vivo no era suficiente. Pero qué difícil se le hacía aceptar aquella habitación alta y angosta, aquel techo con vigas, aquellos enormes y apáticos motivos ornamentales estarcidos en distintos colores por las paredes, aquella ventana cerrada de cristales rojos y naranjas. Bostezó: no había aire en la habitación. Más tarde bajaría del alto lecho y abriría la ventana de golpe, y en aquel momento, recordaría el sueño. Porque, aunque no lograba recordar ningún detalle, sabía que había soñado. Del otro lado de la ventana estarían el aire, las azoteas, la ciudad, el mar. El viento de la tarde le refrescaría el rostro mientras estuviera allí mirando, y en aquel momento, llegaría el sueño. De momento solo podía seguir estirado, respirando despacio, casi a punto de dormirse otra vez, paralizado en el cuarto sin aire, sin esperar el crepúsculo, pero permaneciendo quieto hasta que llegara.
II
En la terraza del Café d’Eckmühl-Noiseux había unos cuantos árabes sentados, bebiendo agua mineral; solo los feces de distintas tonalidades de rojo los distinguían del resto de la población portuaria. Sus ropas europeas estaban ajadas y grises; habría sido difícil distinguir el corte original de cualquier prenda. Los niños limpiabotas, casi desnudos, se acuclillaban en sus cajas con la vista clavada en el pavimento, sin energía suficiente para ahuyentar con la mano las moscas que paseaban por sus caras. En el interior del bar el aire era más fresco, pero no circulaba, y olía a vino rancio y a orín.
A la mesa, en la esquina más oscura, se hallaban sentados tres norteamericanos: dos muchachos y una joven. Conversaban tranquilamente, como quienes tienen todo el tiempo del mundo para todo. Uno de los hombres, el flaco de rostro algo torcido y consternado, doblaba unos grandes mapas multicolores que un momento antes había desplegado sobre la mesa. Su esposa observaba sus meticulosos movimientos divertida y exasperada; los mapas le aburrían y el los consultaba a cada rato. Aun en los breves períodos en que sus vidas se hallaban estacionarias, bastante escasos desde su boda doce años antes, bastaba con que viese un mapa para que se pusiera a estudiarlo con pasión, y luego, casi siempre, se ponía a planear un viaje nuevo, imposible, que a veces acababa convirtiéndose en realidad. No se consideraba turista; era un viajero. La diferencia, explicaba, radica en parte en el tiempo. Mientras que el turista suele apresurarse a volver a casa al cabo de pocas semanas o pocos meses, el viajero, sin pertenecer más a un lugar que a otro, se desplaza despacio y durante un período de años desde una parte de la tierra hasta la otra. En efecto, le habría costado mucho decir, entre los diversos lugares donde había vivido, en cuál se había sentido precisamente más en casa. Antes de la guerra eran Europa y Oriente Próximo, durante la guerra fueron las Antillas y Sudamérica. Y ella lo había seguido sin reiterar sus quejas ni con demasiada frecuencia ni con demasiada amargura.
En aquel momento acababan de atravesar el Atlántico por primera vez desde 1939, con una gran cantidad de equipaje y con la intención de hallarse lo más lejos posible de los lugares tocados por la guerra. Pues, como mantenía él, otra diferencia importante entre un turista y un viajero es que el primero acepta sin reservas su propia civilización; no así el viajero, quien la compara con las demás y rechaza aquellos elementos que no son de su agrado. Y la guerra era una faceta de la era mecanizada que él quería olvidar.
En Nueva York habían descubierto que África del Norte era uno de los pocos destinos al que podían permitirse comprar un pasaje de barco. Desde sus primeras visitas en sus años de estudiante en París y Madrid, le había parecido un lugar probable donde pasar alrededor de un año; en cualquier caso estaba cerca de España e Italia, y siempre podían cruzar allí si aquello no salía bien. El día anterior, el pequeño carguero les había expulsado de su cómodo buche sobre las calientes dársenas del puerto, donde, sudorosos y ceñudos por la ansiedad, transcurrió mucho tiempo antes que nadie les prestase la menor atención. De pie bajo el sol abrasador, había sentido la tentación de regresar al buque e intentar sacar un pasaje en el próximo barco a Estambul, pero habría sido difícil hacerlo sin perder la cara, pues era él quien les había inducido a seguirlo África del Norte. Se limitó a pasear una mirada flemática de un extremo al otro del muelle, hizo algunas observaciones razonablemente poco halagüeñas acerca del lugar y lo dejó así, decidiendo en silencio que se dirigiría al interior lo antes posible.
El otro hombre sentado a la mesa, cuando no hablaba, silbaba por lo bajo pequeñas melodías interminables. Era unos años más joven, más fornido y despampanantemente guapo a su manera Paramount tardía, como solía decirle la joven. En general su rostro liso no ofrecía expresiones de ningún tipo, aunque los rasgos estaban formados de tal manera que, en reposo, sugerían una insulsa satisfacción.
Miraban absortos el fulgor polvoriento de la tarde calle adentro.
—No cabe duda de que la guerra ha dejado aquí su huella.
Pequeña, de pelo rubio y tez cetrina, la intensidad de su mirada la salvaba de ser bonita. Tras verle los ojos, el resto de su rostro se volvía vago, y cuando después uno intentaba recordar su imagen, no quedaba sino la penetrante e interrogativa violencia de sus ojazos.
—Es natural. Las tropas pasaron por aquí durante un año o más.
—Podría haber habido algún lugar en el mundo que dejasen en paz —dijo la joven.
Quería complacer a su marido, porque sentía haberse enfadado con él minutos antes por los mapas. Él, reconociendo el gesto, pero sin entender por qué lo hacía, no le prestó atención.
El otro hombre se rio con condescendencia, y el marido se le unió.
—¿En beneficio tuyo? —dijo el marido.
—En el nuestro. Sabes que odias todo esto tanto como yo.
—¿Qué es todo esto? —reclamó él a la defensiva—. Si te refieres a esta catástrofe incolora que se autodenomina ciudad, sí. Pero prefiero a años luz estar aquí que de regreso en los Estados Unidos.
Ella se apresuró a coincidir.
—Oh, por supuesto. Pero no me refería a este lugar ni a ningún otro en particular. Me refiero a las cosas horribles que suceden después de cada guerra, en todas partes.
—Vamos, Kit —dijo el otro hombre—. No recuerdas ninguna otra guerra.
Ella no le prestó atención.
—Las gentes de cada país cada día se parecen más a las de cualquier otro. No tienen ni carácter ni belleza ni ideales ni cultura… nada de nada.
Su marido extendió el brazo y le dio unas palmaditas en la mano.
—Tienes razón —dijo sonriendo—. Está poniéndose todo gris, y se pondrá aún más gris. Pero algunos lugares soportan la enfermedad más tiempo del que crees. Ya verás, aquí en el Sahara…
Del otro lado de la calle una radio proyectaba los gritos histéricos de una soprano de coloratura. Kit se estremeció.
—Démonos prisa en llegar allí —dijo—. Quizá escaparíamos de eso.
Escuchaban fascinados mientras el aria, que tocaba a su fin, entraba en los ortodoxos preparativos de la inevitable última nota.
En aquel momento Kit dijo:
—Ahora que eso ha terminado, tengo que tomarme otra botella de Oulmès.
—Dios mío, ¿más de ese gas? Despegarás.
—Lo sé, Tunner —dijo ella—, pero no puedo quitarme el agua de la cabeza. Mire lo que mire, me da sed. Por una vez siento que podría dejar de beber alcohol para siempre. No puedo beber con el calor.
—¿Otro Pernod? —le dijo Tunner a Port.
Kit frunció el ceño.
—Si fuera Pernod de verdad…
—No está mal —dijo Tunner, mientras el camarero colocaba una botella de agua mineral sobre la mesa.
—Ce n’est pas du vrai Pernod?
—Si, si, c’est du Pernod —dijo el camarero.
—Tomemos otro trago —dijo Port.
Clavaba la mirada en su vaso, tontamente. Nadie habló mientras el camarero se retiraba. La soprano inició otra aria.
—¡Ha vuelto a arrancar! —gritó Tunner.
Durante unos momentos el estruendo de un tranvía que atravesaba la terraza de fuera, haciendo sonar la campanilla, ahogó la música. Protegidos por el toldo, vieron un atisbo del vehículo abierto al pasar zarandeándose bajo el sol. Iba atestado de gente andrajosa.
Port dijo:
—Ayer tuve un sueño extraño. He estado intentando recordarlo, y acabo de hacerlo en este minuto.
—¡No! —exclamó Kit enérgicamente—. ¡Los sueños son tan aburridos! ¡Por favor!
—¡No quieres oírlo! —rio—. Pero te lo contaré de todos modos.
Dijo esto último con una cierta ferocidad, que en la superficie parecía fingida, pero Kit percibió, mirando su marido, que en realidad disimulaba la violencia que sentía. Calló los reproches que tenía en la punta de la lengua.
—Seré rápido —sonrió—. Sé que si me escuchas me haces un favor, pero no puedo recordarlo con solo pensar en él. Era de día y estaba en un tren que iba cobrando velocidad. Pensé para mis adentros: “Vamos a estrellarnos contra un gran lecho con sábanas como montañas”.
Tunner dijo con malicia:
—Consúltese el Diccionario gitano de los sueños de Madame La Hiff.
—Cállate. Y pensaba que si quisiera podría volver a vivir, empezar desde el principio y llegar hasta el mero presente, teniendo punto por punto la misma vida, hasta el más nimio detalle.
Kit cerró los ojos disgustada.
—¿Qué te pasa? —reclamó Port.
—Pienso que es en extremo desconsiderado y egoísta de tu parte insistir en el sueño cuando sabes lo aburrido que es para nosotros.
—Pero a mí me divierte mucho —sonrió alegre—. Y apuesto a que además Tunner quiere oírlo. ¿Verdad?
Tunner sonrió.
—Los sueños son lo mío. Me sé el La Hiff de memoria.
Kit abrió un ojo y lo miró. Llegaron las bebidas.
—Así que me dije a mí mismo: “¡No! ¡No!”. Me horrorizaba la idea de revivir todos aquellos miedos y daños abominables, en detalle. Y luego, sin motivo, miré por la ventana los árboles y me oí decir: “¡Sí!”. Porque sabía que podría volver a pasar por todo aquello solo para oler la primavera como cuando era niño. Pero entonces me di cuenta de que era demasiado tarde, porque mientras pensaba “¡No!” había levantado la mano y me había arrancado los incisivos como si fueran de yeso. El tren se había detenido, yo tenía mis dientes en la mano y prorrumpí en sollozos. ¿Saben?, ¿esos terribles sollozos de los sueños que nos sacuden como un terremoto?
Kit se levantó de la mesa con torpeza y se dirigió a una puerta que decía Dames. Lloraba.
—Déjala que se vaya —dijo Port a Tunner, cuyo rostro reflejaba preocupación—. Está rendida. El calor le deprime.
III
Estaba incorporado en la cama leyendo, con unos pantalones cortos como único atuendo. La puerta entre sus dos habitaciones estaba abierta, como lo estaban también las ventanas. Un faro proyectaba su luz sobre la ciudad y el puerto en un amplio y lento círculo, y por encima del tráfico irregular, un insistente timbre eléctrico sonaba sin tregua.
—¿Es la película de al lado? —gritó Kit.
—Debe ser —dijo Port distraído, sin dejar de leer.
—Me pregunto qué estarán dando.
—¿Qué? —Posó el libro—. ¡No me digas que te apetece ir!
—No. —Sonaba dubitativa—. Solo me lo preguntaba.
—Te diré qué es. Es una película en árabe llamada Fiancée for Rent. Eso dice debajo del título.
—Es increíble.
—Lo sé.
Kit entró en la habitación fumando un cigarrillo, pensativa, y pasó cerca de un minuto dando vueltas. Él levantó la vista.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Nada. —Se detuvo—. Solo que estoy un poco disgustada. No me parece bien que hayas contado tu sueño delante de Tunner.
Port no se atrevió a decir: “¿Por eso lloraste?”, pero dijo:
—¡Delante de él! Se lo conté a él tanto como a ti. ¿Qué es un sueño? ¡Por Dios, no te lo tomes todo tan a la tremenda! ¿Por qué no habría de oírlo? ¿Qué hay de malo en Tunner? Lo conocemos desde hace años.
—Es un chismoso y lo sabes. No me fío de él. Es un cuentista.
—Pero ¿con quién va a chismear aquí? —dijo Port, exasperado.
Kit, a su vez, estaba enfadada.
—¡No, no aquí! —saltó—. Pareces olvidar que algún día estaremos de vuelta en Nueva York.
—Lo sé, lo sé. Cuesta creerlo, pero supongo que sí. Está bien. ¿Qué tiene de terrible que recuerde cada detalle y se lo cuente a todas las personas que conocemos?
—Es un sueño en extremo humillante. ¿No lo ves?
—¡Y una mierda!
Hubo un silencio.
—¿Humillante para quién? ¿Para ti o para mí?
Kit no contestó. Port prosiguió:
—¿A qué te refieres cuando dices que no te fías de Tunner? ¿En qué sentido?
—Sí, me fío de él, supongo. Pero nunca me he sentido del todo cómoda con él. Nunca he sentido que fuera un amigo íntimo.
—Qué bonito, ¡ahora que estamos aquí con él!
—Está bien, no pasa nada. Me cae muy bien. No me malinterpretes.
—Pero estás queriendo decir algo.
—Claro que quiero decir algo. Pero no es importante.
Kit regresó a su habitación. Él permaneció un rato mirando el techo, confuso.
Retomó la lectura y se detuvo.
—¿Estás segura de que no quieres ver Fiancée for Rent?
—Desde luego que no.
Port cerró su libro.
—Creo que daré un paseo de una media hora.
Se levantó, se puso una camiseta deportiva y unos pantalones de vichy y se peinó. Kit estaba sentada en su habitación, junto a la ventana abierta, limándose las uñas. Él se agachó y le besó la nuca, allí donde el pelo rubio, sedoso, trepaba en surcos ondulantes.
—Es fabuloso lo que te has puesto. ¿Lo compraste aquí?
Olisqueó sonoramente, con apreciación. Luego le cambió la voz cuando dijo:
—Pero ¿a qué te referías con lo de Tunner?
—¡Ay, Port! ¡Por el amor de Dios, deja de hablar de eso!
—Está bien, preciosa —dijo él, sumiso, besándole el hombro. Y con una inflexión de fingida inocencia añadió—: ¿Ni siquiera puedo pensar en ello?
Kit no dijo nada hasta que Port llegó a la puerta. Luego levantó la cabeza y dijo con cierto pique:
—Después de todo, es mucho más asunto tuyo que mío.
—Hasta pronto —dijo Port.
IV
Anduvo por las calles, buscando distraído las más oscuras, contento de estar solo y de sentir el aire nocturno en la cara. Las calles estaban atestadas. La gente se le apretaba, fijaba su mirada en él desde portales y ventanas, hacían abiertamente comentarios entre sí —con o sin simpatía, era imposible saberlo por las caras—, y a veces dejaban de caminar solo para mirarlo.
“¿Serán amistosos? Sus rostros son máscaras. Parecen todos milenarios. La poca energía que tienen no es más que el ciego deseo de vivir, común a las masas, pues ninguno de ellos come lo suficiente para adquirir fuerza propia. Pero ¿qué piensan de mí? Seguramente nada. ¿Me ayudaría alguno si tuviera un accidente? ¿O me quedaría tumbado en la calle hasta que me encontrase la policía? ¿Qué motivo podría tener alguno de ellos para ayudarme? No les queda religión alguna. Son musulmanes ¿o cristianos? No lo saben. Conocen el dinero, y cuando lo consiguen lo único que quieren es comer. Pero ¿qué hay de malo en ello? ¿Por qué me hacen sentir así? ¿Culpabilidad por estar bien alimentado y en perfecta salud? Pero el sufrimiento está repartido con equidad entre todos los hombres; cada cual debe padecer lo mismo…” Emocionalmente, sentía que aquella última idea no era cierta, pero en aquel momento era una creencia necesaria: no siempre es fácil soportar las miradas de gentes hambrientas. Con aquel pensamiento podía seguir caminando por las calles. Era como si o él o la gente no existieran. Ambas suposiciones eran posibles. La sirvienta española del hotel le había dicho aquel mediodía: “La vida es pena”.* “Claro”, había repuesto él, sintiéndose falso en el momento de hablar, preguntándose si un norteamericano puede aceptar de corazón una definición de la vida que la convierta en sinónimo de sufrimiento. Pero en aquel momento había aprobado el sentir de la mujer, porque era una vieja ajada tan meridianamente de pueblo. Durante años una de sus supersticiones había sido creer que la realidad y la percepción verdaderas se hallaban en la conversación de las clases obreras. Aunque ahora veía con claridad que sus fórmulas de pensamiento y habla eran tan estrictas y diseñadas como las de los demás, y por eso mismo se hallaban tan alejadas de cualquier expresión profunda de la verdad como las de cualquier otra clase, a menudo seguía sorprendiéndose a sí mismo en actitud de espera, con la infundada fe en que aún podían salir de sus bocas joyas de sabiduría. Mientras andaba, su nerviosismo se le hizo manifiesto por la súbita conciencia de que iba trazando la figura continua de un ocho con el índice derecho. Suspiró y se obligó a dejar de hacerlo.
Se animó un poco al salir a una plaza que estaba relativamente bien iluminada. Los cafés, en las cuatro esquinas, habían colocado mesas y sillas no solo en todas las aceras sino también en la calle, de modo que habría sido imposible que un coche pasase por allí sin volcarlas. En el centro de la plaza había un parque minúsculo, adornado con cuatro plátanos podados en forma de parasol. Bajo los árboles, al menos unos doce perros de diversos tamaños se agitaban en un corrillo y ladraban con frenesí. Se fue abriendo paso por la plaza con lentitud, intentando esquivar a los perros. Mientras avanzaba con cautela bajo los árboles se percató de que a cada paso aplastaba algo bajo sus pies. El suelo estaba cubierto de grandes insectos; sus duros caparazones se quebraban con pequeñas explosiones que resultaban bastante audibles, aun en medio de la bulla que hacían los perros. Era consciente de que lo normal habría sido sentir asco en contacto ante tal fenómeno, pero aquella noche, contra toda razón, en lugar de asco sentía un triunfo infantil. “Estoy fastidiado, ¿y qué?” Las pocas personas dispersas, sentadas a las mesas, guardaban silencio en su mayoría, pero cuando hablaban Port oía los tres idiomas de la ciudad: árabe, español y francés.
La calle empezaba a hacer bajada; aquello le sorprendió, porque él pensaba que la ciudad entera se hallaba construida sobre la pendiente que daba al puerto, y había optado a conciencia por caminar hacia el interior, antes que hacia los muelles. Los olores en el aire se hicieron aún más fuertes. Eran variados, pero todos indicaban un tipo u otro de suciedad. Aquella proximidad con un elemento prohibido, por llamarlo así, contribuyó a exaltarlo. Se abandonó al placer perverso que hallaba en seguir poniendo un pie delante del otro de forma mecánica, pese a ser muy consciente de su cansancio. “De pronto me veré dando media vuelta y regresando”, pensó. Pero no lo haría hasta entonces, porque no pensaba tomar aquella decisión. El impulso de deshacer sus pasos se postergaba a cada momento. Por fin dejó de estar sorprendido: una tenue visión empezó a perseguirlo. Era Kit, sentada junto a la ventana abierta, limándose las uñas y sobrevolando la ciudad con la mirada. Y al ver que a medida que transcurrían los minutos su fantasía regresaba con mayor frecuencia a aquella escena, sintió de manera inconsciente que él era el protagonista y Kit, la espectadora. La validez de su existencia en aquel momento dependía de la presunción de que ella no se había movido, de que seguía allí sentada. Era como si Kit aún pudiese verlo desde la ventana, diminuto y lejos como estaba, andando a paso rítmico colina arriba y colina abajo, atravesando luces y sombras; era como si solo ella supiera cuándo daría media vuelta y caminaría en dirección contraria.
Las farolas se hallaban ahora muy separadas, y las calles ya no estaban pavimentadas. En las cunetas aún había niños que jugaban con la basura, y chillaban. De pronto una piedrecita le golpeó la espalda. Giró sobre sus talones, pero estaba demasiado oscuro para ver de dónde procedía. Unos segundos más tarde otra piedra, que venía de frente, le dio en la rodilla. En la penumbra vio a un grupo de niños que se dispersaba delante de él. Llegaron más piedras desde la otra dirección, esta vez sin darle. Cuando se les adelantó, se detuvo en un lugar donde había luz y trató de observar a los dos grupos enfrentados, pero salieron corriendo hacia la oscuridad, tras lo que prosiguió cuesta arriba a un paso tan mecánico y rítmico como antes. Un viento seco y caliente, que subía desde la negrura que tenía enfrente, le dio de lleno en la cara. Olisqueó los fragmentos de misterio que contenía, y de nuevo sintió una exaltación inusual.
Aunque la calle se volvía cada vez menos urbana, parecía reacia a rendirse; seguía habiendo hileras de cabañas a ambos lados. Pasado cierto punto no había más luces y las propias viviendas yacían en la oscuridad. El viento procedente del sur soplaba en toda la extensión de montañas yermas e invisibles que tenía delante, sobre la extensa y llana sebkha, hasta los bordes de la ciudad, levantando cortinas de polvo que trepaban hasta la cumbre de la colina y se perdían en el aire por encima del puerto. Se detuvo. Hasta el último arrabal había sido enhebrado en el hilo de la calle. Pasada la última cabaña, la basura y el suelo de grava del camino descendían abruptamente en tres direcciones. Abajo, en la penumbra, había formaciones poco profundas y torcidas como los desfiladeros. Port alzó los ojos al cielo: el polvoroso curso de la Vía Láctea era como una gigantesca grieta por la que se filtraba la tenue luz blanca. Oyó una moto a lo lejos. Cuando por fin se apagó su sonido, no hubo nada que oír, salvo algún que otro cacareo, como si fuera la parte más aguda de una melodía reiterada cuyas demás notas eran inaudibles.
Empezó a bajar por el barranco a su derecha, deslizándose entre los esqueletos de pescado y el polvo. Ya abajo palpó una roca que parecía limpia, y se sentó. El hedor era agobiante. Prendió una cerilla, vio el suelo cubierto de plumas de pollo y cortezas de melón podridas. Al levantarse oyó pasos, arriba, al final del camino. Había una figura erguida en lo alto del terraplén. No dijo nada, pero Port estaba seguro de que aquella persona lo había visto, lo había seguido y sabía que él estaba sentado allí abajo. Encendió un cigarrillo y durante un instante vio a un árabe tocado con una chechia. La cerilla lanzada al aire dibujó una fugaz parábola, el rostro desapareció y solo quedó el punto rojo del cigarrillo. El gallo cantó varias veces. Finalmente el hombre llamó a gritos:
—Qu’est-ce ti cherches-là?
“Ahora es cuando empiezan los problemas”, pensó Port. No se movió.
El árabe esperó un poco. Caminó hasta el mero borde del declive. Una lata desalojada rodó ruidosamente cuesta abajo hacia la roca en la que Port estaba sentado.
—Hé! M’sieu! Qu’est-ce ti vo?
Decidió contestar. Hablaba bien francés.
—¿Quién? ¿Yo? Nada.
El árabe bajó saltando por el barranco y se detuvo frente a Port. Con sus característicos gestos de impaciencia, casi de indignación, prosiguió su inquisición:
—¿Qué haces aquí solito? ¿De dónde eres? ¿Qué se te ha perdido aquí? ¿Buscas algo?
A lo que Port respondió sin ganas:
—Nada. De por allá. Nada. No.
El árabe calló un momento, intentando decidir qué dirección dar al diálogo. Dio varias y violentas caladas al cigarrillo hasta hacerlo brillar mucho, luego lo lanzó lejos y exhaló el humo.
—¿Quieres dar una vuelta? —dijo.
—¿Qué? ¿Una vuelta? ¿Dónde?
—Por allá —agitó el brazo en dirección a las montañas.
—¿Qué hay allá?
—Nada.
Se produjo otro silencio entre ellos.
—Te pagaré una copa —dijo el árabe. Y añadió enseguida—: ¿Cómo te llamas?
—Jean —dijo Port.
El árabe repitió el nombre dos veces, como si considerase sus méritos.
—Yo —dijo golpeándose el pecho con suavidad—, Smaïl. Así que ¿vamos a beber?
—No.
—¿Por qué no?
—No me apetece.
—No te apetece. ¿Qué te apetece hacer?
—Nada.
De pronto retomaron la conversación desde el principio. La única diferencia era la nueva inflexión de auténtica indignación en la voz del árabe.
—Qu’est-ce ti fi là? Qu’est ce ti cherches?
Port se levantó y empezó a trepar por el barranco, pero era una ardua tarea. Resbalaba una y otra vez. De pronto el árabe estaba a su lado, tirándole del brazo.
—¿Dónde vas, Jean?
Sin contestar, Port hizo un gran esfuerzo y alcanzó la cima.
—Au revoir —gritó, andando a paso rápido por el centro de la calle empinada. Oyó una agitación desesperada detrás de él; justo después el hombre se hallaba a su lado.
—No me has esperado —dijo en tono ofendido.
—No. Dije adiós.
—Iré contigo.
Port no contestó. Caminaron un buen trecho en silencio. Cuando llegaron a la primera farola, el árabe hurgó en su bolsillo y extrajo una billetera desgastada. Port le echó una mirada y siguió caminando.
—¡Mira! —exclamó el árabe, agitándola delante de sus narices. Port no miró.
—¿Qué pasa? —dijo con sequedad.
—Estuve en el Quinto Batallón de Tiradores Apostados. ¡Mira el papel! ¡Mira! ¡Ya verás!
Port apretó el paso. Pronto empezó a haber gente en la calle. Nadie los miraba. Habríase dicho que la presencia del árabe a su lado lo hacía a él invisible. Pero ahora ya no estaba seguro del camino. No podía permitir que se le notara. Siguió andado en línea recta como si lo tuviera muy claro. “Hasta la cima de la colina y hacia abajo —se dijo a sí mismo—, seguro que no falla.”
Todo era extraño: las casas, las calles, los cafés, aun la formación de la ciudad con respecto a la colina. En vez de hallar una cima desde la que poder iniciar el descenso, descubrió que allí todas las calles conducían de forma perceptible hacia arriba, fuera cual fuera la dirección que tomase; para bajar tendría que haber dado marcha atrás. El árabe lo acompañaba con solemnidad, colocándose ora a su lado, ora detrás cuando no había espacio suficiente para andar juntos. Ya no intentaba entablar conversación; Port se percató con deleite de que estaba un poco falto de aliento.
“Puedo seguir así toda la noche si es necesario —pensó—, pero ¿cómo demonios llegaré al hotel?”
De pronto se hallaban en una calle que no era sino un pasaje. Las paredes sobresalían a cada lado sobre sus cabezas, hasta quedar a pocos centímetros la una de la otra. Port dudó un momento: aquella no era la clase de calle en la que quería entrar, y además, era evidente que no conducía al hotel. En aquel instante el árabe tomó el mando. Dijo:
—¿No conoces esta calle? Se llama Rue de la Mer Rouge. ¿La conoces? Ven. Hay cafés arabes por aquí arriba. Muy cerquita. Ven.
Port reflexionó. Quería a toda costa perpetuar la ilusión de estar familiarizado con la ciudad.
—Je ne sais pas si je veux y aller ce soir —dijo en voz alta.
El árabe se puso a tirar de la manga de Port, excitado.
—Si, si! —exclamó —. Viens! Te pago una copa.
—No bebo. Es muy tarde.
Cerca de allí dos gatos se gritaron el uno al otro. El árabe les chistó y pateó el suelo; los gatos huyeron en direcciones opuestas.
—Entonces tomaremos té —prosiguió.
Port suspiró.
—Bien —dijo.
El café tenía una entrada complicada. Franquearon una puerta baja de arco, descendieron por un sombrío pasillo y salieron a un pequeño jardín. El aire hedía a lirios y estaba impregnado del olor acre de las alcantarillas. Cruzaron el jardín a oscuras y subieron por una larga escalera de piedra. Desde arriba llegaba el staccato de un pequeño tambor, cuyas frases indolentes retumbaban sobre un mar de voces.
—¿Nos sentamos fuera o dentro? —preguntó el árabe.
—Fuera —dijo Port.
Olisqueó el humo vigorizante del hachís, y al llegar a lo alto de la escalera se alisó el pelo en un acto inconsciente.
El árabe se fijó hasta en aquel pequeño gesto.
—No hay mujeres aquí, sabes.
—Oh, sí, ya lo sé.
A través de una puerta abierta Port vislumbró la larga serie de habitaciones diminutas, muy bien iluminadas: había hombres sentados por doquier en las esteras de caña que cubrían los suelos. Todos estaban tocados con turbantes blancos o chechias rojas, un detalle que prestaba a la escena tal aspecto de homogeneidad que Port no pudo contener una exclamación al pasar por delante. Ya en la terraza, a la luz de las estrellas, acompañados por el ocioso tañido de un oud cercano, Port dijo a su acompañante:
—Pero no sabía que quedase nada así en la ciudad.
El árabe no entendió.
—¿Así? —repitió— ¿Cómo?
—Con puros árabes. Como allí adentro. Pensaba que todos los cafés eran como los de la calle, todos mezclados: judíos, franceses, españoles y árabes juntos. Creía que la guerra lo había cambiado todo.
El árabe se echó a reír.
—La guerra fue dura. Murió mucha gente. No había nada que comer. Eso es todo. ¿Cómo iba eso a cambiar los cafés? No, amigo mío. Todo sigue igual que antes.
Un momento después dijo:
—¡Así que no has estado aquí desde la guerra! Pero ¿estuviste aquí antes de la guerra?
—Sí —dijo Port.
Era cierto; pasó una tarde en la ciudad cuando el barco en el que viajaba hizo allí una breve escala.
Llegó el té; conversaron y lo bebieron. Poco a poco empezaba a formarse de nuevo en la mente de Port la imagen de Kit sentada junto a la ventana. Al principio, al ser consciente de aquello, sintió una punzada de culpabilidad. Luego intervino su fantasía, y le vio la cara, los labios apretados con furia al desvestirse y arrojar sus ligeras ropas sobre los muebles. A aquellas horas seguro que había desistido de la espera y se había acostado. Se encogió de hombros y entró en un estado meditativo, removiendo una y otra vez el té que quedaba en el fondo del vaso y siguiendo con los ojos su movimiento circular.
—Estás triste —dijo Smaïl.
—No, no. —Levantó la vista y sonrió pensativo, luego volvió a mirar el vaso.
—Se vive muy poco tiempo. Il faut rigoler.
Port estaba impaciente; no estaba de humor para filosofías de café.
—Sí, lo sé —dijo con brusquedad, y suspiró.
Smaïl le pellizcó el brazo. Le brillaban los ojos.
—Cuando salgamos de aquí te llevaré a ver a alguien.
—No quiero conocer a nadie —dijo Port, y añadió—: Gracias de todos modos.
—Ay, estás muy triste —rio Smaïl—. Se trata de una joven. Bella como la luna.
El corazón de Port dio un brinco.
—Una chica —repitió automáticamente, sin apartar los ojos del vaso. Le perturbaba ser testigo de su propia excitación interior. Miró a Smaïl.
—¿Una chica? —dijo—. Querrás decir una puta.
Smaïl estaba algo indignado.
—¿Una puta? Ay, amigo mío, no me conoces. No te presentaría a una de esas. C’est de la saloperie, ça! Es una amiga mía, muy elegante y muy simpática. Cuando la conozcas, verás.
El músico dejó de tocar el oud. En el interior del café cantaban los números de la lotto: Ouahad aou tletine! Arbaine!
Port dijo:
—¿Cuántos años tiene?
Smaïl vaciló:
—Unos dieciséis. Dieciséis o diecisiete.
—O veinte o veinticinco —sugirió Port con una sonrisa impúdica.
Smaïl volvió a indignarse.
—¿Qué dices, veinticinco? Te digo que tiene dieciséis o diecisiete años. ¿No me crees? Escucha. La conoces. Si no te gusta, pagas solo por el té y nos vamos. ¿Te parece bien?
—¿Y si me gusta?
—Bueno, pues harás lo que quieras.
—Pero ¿le pagaré?
—Pues claro que le pagarás.
Port se echó a reír.
—Y dices que no es una puta.
Smaïl se inclinó hacia él por encima de la mesa y dijo exhibiendo mucha paciencia:
—Escucha, Jean. Es una bailarina. Llegó de su bled en el desierto hace apenas unas semanas. ¿Cómo puede ser una puta si no está registrada y no vive en el quartier? ¿Eh? ¡Dime! Le pagas porque consumes su tiempo. Ella baila en el quartier, pero no tiene ni habitación ni cama allí. No es una puta. Bueno, ¿vamos?
Port reflexionó largo rato, alzó la vista al cielo, la bajó al jardín y la paseó por la terraza antes de contestar:
—Sí. Vamos. Ahora.
V
Cuando salieron del café le pareció que iban más o menos en la misma dirección por la que recién habían llegado. Había menos gente en las calles y el aire era más fresco. Caminaron un buen trecho por la casba, y de pronto salieron por un alto pórtico a un espacio alto y abierto, fuera de las murallas. Reinaba el silencio y las estrellas eran muy evidentes. El placer que sentía ante la frescura inesperada del aire y el alivio de estar una vez más en un espacio abierto, lejos de debajo de las casas en voladizo, contribuyeron a retrasar la pregunta que Port tenía en mente: “¿Dónde vamos?”. Pero mientras continuaban por lo que parecía un parapeto que bordeaba un foso profundo y seco, terminó por articularla. Smaïl respondió con vaguedad que la chica vivía con unos amigos en las lindes de la ciudad.
—Pero ya estamos en el campo —objetó Port.
—Sí, es el campo —dijo Smaïl.
Era del todo evidente que ahora su guía se mostraba evasivo; parecía haberle cambiado el carácter de nuevo. El conato de intimidad había desaparecido. Para Port era una vez más la anónima y oscura figura que se había erguido por encima de él en la basura al final de la calle, fumando un luminoso cigarrillo. Aún puedes ponerle fin a esto. Deja de andar. Ahora. Pero el ritmo uniforme y combinado de sus pies sobre las piedras era demasiado poderoso. El parapeto formaba una amplia curva y la tierra a sus pies caía en picado hacia una oscuridad más profunda. Habían dejado el foso unos metros atrás. Ahora se hallaban en la parte más alta de un valle abierto.
—La fortaleza turca —señaló Smaïl, batiendo las piedras con el talón.
—Escucha —empezó Port furioso—; ¿dónde vamos?
Miró la línea de montañas negras, desiguales, que tenían delante, en el horizonte.
—Allá abajo.
Smaïl señaló el valle. Un momento después se detuvo.
—Aquí están las escaleras.
Se inclinaron sobre el borde. Había una angosta escalera de hierro sujeta a un lado de la pared. No tenía barandilla y era muy empinada.
—Está muy lejos —dijo Port.
—Oh, sí, es la fortaleza turca. ¿Ves aquella luz allá abajo? —Señaló una trémula luz roja que iba y venía, casi directamente a sus pies—. Vive en aquella jaima.
—¡La jaima!
—No hay casas allá abajo. Solo jaimas. Hay muchas. On descend?
Smaïl pasó delante, arrimándose a la pared.
—Toca las piedras —dijo.
Al acercarse al tramo final vio que el tenue resplandor provenía de una fogata moribunda, encendida en un espacio abierto, entre dos grandes jaimas. Smaïl se detuvo para escuchar. Se oía un indistinguible murmullo de voces masculinas.
—Allons-y —murmuró; su voz sonaba satisfecha.
Llegaron al final de la escalera. Bajo sus pies la tierra era dura. Port vio a su izquierda la silueta de un enorme agave en flor.
—Espera aquí —susurró Smaïl.
Port estaba a punto de encender un cigarrillo; Smaïl le golpeó el brazo, furioso:
—¡No! —susurró.
—Pero ¿qué pasa? —reclamó Port, muy molesto por el abuso de confianza.
Smaïl desapareció.
Apoyado contra la fría muralla de piedra, Port esperaba oír un alto en la monótona y queda conversación, un intercambio de saludos, pero no pasó nada. Las voces siguieron exactamente igual, un flujo ininterrumpido de sonidos inexpresivos. “Debe haberse metido en la otra jaima”, pensó. En un extremo de la tienda más lejana reverberaba un tenue brillo rosado a la luz de la hoguera; más allá reinaba la oscuridad. Avanzó unos pasos arrimado a la muralla, intentando distinguir la entrada a la jaima, pero estaba encarada en dirección opuesta. Luego trató de oír voces en su interior, pero no oyó nada. De pronto, sin motivo aparente, oyó la observación de Kit cuando él salía de la habitación: “Después de todo, es mucho más asunto tuyo que mío”. Aun ahora aquellas palabras no significaban nada en particular, pero recordó el tono en que las había dicho: sonaba dolida y resentida. Y todo a causa de Tunner. Se enderezó. “Ha intentado seducirla”, susurró en voz alta. Sin previo aviso se dio la vuelta, se dirigió a la escalera y empezó a subirla. Se detuvo en el sexto escalón y miró en torno. “¿Qué puedo hacer esta noche? —pensó—. Utilizo eso como excusa para irme de aquí, porque tengo miedo. Qué demonios, nunca será suya.”
Una figura salió disparada de entre las dos jaimas y corrió ligera hasta el pie de la escalera.
—¡Jean! —susurró.
Port se quedó quieto.
—Ah! Ti es là! ¿Qué haces allí arriba? ¡Ven!
Port bajó con lentitud. Smaïl se apartó para dejarle paso y lo tomó del brazo.
—¿Por qué no podemos hablar? —susurró Port.
Smaïl le apretó el brazo.
—¡Shh! —le dijo a la oreja.
Rodearon la jaima más cercana rozando una mata de altos cardos y se abrieron camino por las piedras hasta la entrada de la otra.
—Descálzate —ordenó Smaïl, quitándose las sandalias.
“No es buena idea”, pensó Port.
—No —dijo en voz alta.
—¡Shh! —Smaïl lo empujó hacia adentro, con los zapatos aún puestos.
La parte central de la jaima era lo bastante alta como para estar de pie. Una vela corta, pegada sobre un cofre cerca de la entrada, proveía la luz, de forma que las partes más bajas de la jaima quedaban casi del todo a oscuras. Largas esteras cubrían el suelo en ángulos absurdos; había objetos diseminados por todas partes en absoluto desorden. No había nadie en la jaima esperándolos.
—Siéntate —dijo Smaïl, haciendo de anfitrión.
Limpió la estera más grande, retirando un despertador, una lata de sardinas y un mono de trabajo viejísimo, increíblemente grasiento. Port se sentó y apoyó los codos en las rodillas. Sobre la estera contigua había una bacinilla descascarillada, llena hasta la mitad de un líquido un tanto oscuro. Había mendrugos de pan rancio por todas partes. Encendió un cigarrillo sin ofrecerle antes uno a Smaïl, quien regresó a la entrada y miró hacia fuera.
Y de repente entró: una chica delgada, de aspecto salvaje y grandes ojos oscuros. Vestía de un blanco inmaculado, y una especie de turbante blanco le retiraba el pelo de la cara y acentuaba los dibujos índigo que tenía tatuados en la frente. Ya dentro de la jaima, permaneció quieta observando a Port con una expresión similar, pensó él, a la que suele tener el toro joven cuando sale por primera vez al destello de la arena. En su mirada fija y silenciosa había incredulidad, miedo y una espera pasiva.
—¡Ah, aquí está! —dijo Smaïl, aún en voz baja—. Se llama Marhnia.
Esperó un poco. Port se levantó y dio un paso hacia delante para darle la mano.
—No habla francés —explicó Smaïl.
Ella, sin sonreír, tocó ligeramente la mano de Port con la suya y se llevó los dedos a los labios. Haciendo una reverencia, dijo casi en susurros:
—Ya, sidi, la bess âlik? Eglès, baraka ‘laou’fik.
Con graciosa dignidad y una peculiar modestia en sus gestos, despegó la vela encendida del cofre y se dirigió a la parte trasera de la jaima, donde una manta que caía del techo formaba una alcoba parcial. Antes de desaparecer detrás de la manta, volvió la cabeza hacia ellos y dijo gesticulando:
—Agi! Agi menah!
Ambos hombres la siguieron a la alcoba, donde un viejo colchón sobre unas cajas bajas hacía las veces de salón. Había una diminuta mesa de té al lado del diván improvisado y pequeños cojines acolchados se hallaban apilados sobre la estera junto a la mesa. La chica posó la vela en la tierra desnuda y dispuso los cojines a lo largo del colchón.
—Essmah! —dijo a Port y a Smaïl—: Tsekellem bellatsi.
Luego salió fuera. Él se rio y la llamó por lo bajo:
—Fhemtek!
Port estaba intrigado por la chica, pero la barrera lingüística le molestaba, y le irritaba aún más el hecho de que Smaïl y ella conversasen entre ellos en su presencia.
—Ha ido a buscar fuego —dijo Smaïl.
—Sí, sí —dijo Port—, pero ¿por qué tenemos que susurrar?
Smaïl dirigió la mirada a la entrada de la tienda.
—Los hombres en la otra jaima —dijo.
Poco después regresó con una maceta de barro llena de brasas encendidas. Mientras la joven hervía el agua y preparaba el té, Smaïl charló con ella. Sus respuestas eran siempre graves, la voz queda, pero agradablemente modulada. A Port le pareció que tenía más aspecto de monja que de bailarina de café. Al mismo tiempo no se fiaba de ella en lo más mínimo, por lo que se contentaba con observarla desde su asiento, maravillado por los delicados movimientos de sus diestros dedos teñidos de alheña al separar los tallos de menta e introducirlos en la teterita.
Después de probar el té varias veces, y habiéndolo encontrado por fin de su gusto, tendió a cada uno un vaso, y con aire solemne se sentó en cuclillas y empezó a beber el suyo.
—Siéntate aquí —dijo Port, indicando con unos golpecitos en el diván que se sentase a su lado.
Ella dio a entender que estaba contenta donde estaba y le agradeció el gesto de forma educada. Desviando su atención hacia Smaïl, inició con él una larga conversación durante la que Port sorbía su té y trataba de relajarse. Tenía la sensación opresiva de que el alba era inminente, faltaría una hora o poco más, y sentía que estaba desperdiciando todo aquel tiempo. Miró su reloj de pulsera con ansiedad; se había parado a las dos menos cinco. Pero aún funcionaba. Debía de ser más tarde. Marhnia formuló una pregunta a Smaïl, que parecía incluir a Port.
—Quiere saber si has oído la historia de Outka, Mimouna y Aïcha —dijo Smaïl.
—No —dijo Port.
—Goul lou, goul lou —le dijo Marhnia a Smaïl, animándolo.
—Hay tres jóvenes de las montañas, de un lugar cercano al bled de Marhnia, que se llaman Outka, Mimouna y Aïcha. —Marhnia asentía lentamente con la cabeza, los ojos suaves y grandes fijos en Port—. Van a buscar fortuna en el M’Zab. Casi todas las jóvenes de las montañas van a Argelia o a Túnez, o vienen aquí para ganar dinero, pero estas muchachas quieren una cosa por encima de cualquier otra. Quieren beber té en el Sahara.
Marhnia continuaba asintiendo; solo seguía la historia por los topónimos a medida que Smaïl los iba pronunciando.
—Entiendo —dijo Port, que ignoraba si la historia era divertida o trágica; se había propuesto cuidarse de fingir que la saboreaba tanto como ella esperaba sin duda que lo hiciera. Solo deseaba que fuese breve.
—En el M’Zab todos los hombres son feos. Las jóvenes bailan en los cafés de Ghardaïa, pero están siempre tristes; siguen queriendo beber té en el Sahara.
Port lanzó una nueva mirada a Marhnia. Tenía el semblante muy serio. Port volvió a asentir con la cabeza.
—Transcurren de este modo muchos meses y ellas siguen en el M’Zab, y están muy, muy tristes, porque los hombres son todos tan feos. Allí son muy feos, como cerdos. Y no pagan a las pobres muchachas lo suficiente para poder ir a beber té en el Sahara. —Cada vez que decía “Sahara”, pronunciado a la manera árabe con un acento vehemente en la primera sílaba, se detenía un momento—. Un día llega un targui, alto y guapo, en un hermoso mehari; se dirige a Outka, Mimouna y Aïcha, les habla del desierto, de donde vive, de su bled, y ellas escuchan y tienen los ojos como platos. Luego dice: “Bailen para mí”, y ellas bailan. Luego hace el amor con las tres, da una moneda de plata a Outka, una moneda de plata a Mimouna y una moneda de plata a Aïcha. Al amanecer sube a su mehari y se marcha hacia el sur. Después ellas se quedan muy tristes, los m’zabi les parecen más feos que nunca y solo piensan en el alto targui que vive en el Sahara.
Port encendió un cigarrillo; luego se fijó en que Marhnia lo miraba expectante, y le tendió el paquete. Ella agarró uno, y usando unas tenazas toscas llevó con elegancia una brasa a su otro extremo. Prendió en el acto, se lo dio a Port y tomó el suyo a cambio. Él le sonrió. Ella le hizo una reverencia casi imperceptible.
—Transcurren muchos meses y siguen sin conseguir suficiente dinero para ir al Sahara. Han guardado las monedas de plata, porque las tres están enamoradas del targui. Y siempre están tristes. Un día dicen: “Acabaremos así, siempre tristes, sin tomar nunca té en el Sahara, así que ahora debemos ir como sea, aun sin dinero”. Y juntan todo su dinero, incluidas las tres monedas de plata, compran una tetera, una bandeja y tres vasos, compran billetes de autobús hasta El Goléa. Allí les queda muy poco dinero y se lo dan todo a un bachhamar que dirige su caravana al sur, al Sahara. De este modo él les permite unirse a la caravana. Una noche, cuando el sol está a punto de ponerse, llegan a las grandes dunas de arena y piensan: “Ah, ahora estamos en el Sahara, vamos a hacer té”. Sale la luna, todos los hombres duermen, salvo el guardián. Está sentado con los camellos tocando la flauta. —Smaïl agitó los dedos delante de la boca—. Outka, Mimouna y Aïcha se alejan de la caravana en silencio con la bandeja, la tetera y los vasos. Van en busca de la duna más alta para desde allí poder ver todo el Sahara. Luego harán té. Caminan durante mucho tiempo. Outka dice: “Veo una duna alta”, se acercan a ella y la escalan hasta la cima. Luego Mimouna dice: “Veo una duna más allá. Es mucho más alta y desde allí podemos ver hasta In Salah”. Así que se dirigen a ella, y es mucho más alta. Pero cuando llegan a la cima, Aïcha dice: “¡Miren! Allí está la duna más alta de todas. Veremos hasta Tamanrasset. Allí es donde vive el targuí”. Salió el sol y ellas seguían andando. A mediodía tenían mucho calor. Pero llegaron a la duna, y treparon y treparon. Cuando alcanzaron la cima estaban muy cansadas y dijeron: “Descansaremos un poco y después haremos té”. Pero antes dispusieron la bandeja, la tetera y los vasos. Luego se tumbaron y durmieron. Y entonces —Smaïl hizo una pausa y miró a Port—, muchos días después, pasó otra caravana y un hombre vio algo en la cima de la duna más alta de los alrededores. Y cuando subieron a ver encontraron a Outka, a Mimouna y a Aïcha; seguían allí tumbadas en la misma posición en que se habían quedado dormidas. Y los tres vasos —Smaïl levantó su vasito de té— estaban llenos de arena. Así fue como bebieron su té en el Sahara.
Hubo un largo silencio. Fue evidente que aquel era el final de la historia. Port miró a Marhnia; seguía asintiendo con la cabeza, los ojos fijos en él. Decidió aventurar un comentario.
—Es muy triste —dijo
Ella preguntó en el acto a Smaïl qué había dicho.
—Gallik merhmoun bzef —tradujo Smaïl.
Ella cerró los ojos despacio y continuó asintiendo.
—Ei oua! —dijo, abriéndolos de nuevo.
Port se volvió rápidamente hacia Smaïl.
—Escucha, es muy tarde. Quiero acordar un precio con ella. ¿Cuánto debo darle?
Smaïl parecía escandalizado.
—¡No puedes hacer como si estuvieras tratando con una puta! Ci pas une putain, je t’ai dit!
—Pero ¿le pagaré si me quedo con ella?
—Claro.
—Entonces quiero acordarlo ahora.
—No puedo hacer eso por ti, amigo mío.
Port se encogió de hombros y se levantó.
—Tengo que irme. Es tarde.
Marhnia dirigió una rápida mirada a un hombre y a otro. Luego susurró una palabra o dos a Smaïl, quien frunció el ceño, pero salió de la jaima, ofendido y bostezando.
Se tumbaron en el diván. Era muy hermosa, muy dócil, muy comprensiva, pero Port seguía sin fiarse. Declinó desvestirse del todo, pero en sus delicados gestos de negativa él discernió una entrega final que llegaría, era solo cuestión de tiempo. Con tiempo habría podido ganarse su confianza; aquella noche solo podía obtener lo que, desde el principio, había sido dado por sentado. Pensaba en eso mientras, acostado, mirando el rostro despreocupado de Marhnia, recordó que salía hacia el sur al día siguiente o al otro. Maldijo para sus adentros su suerte y se dijo: “Algo es algo”. Marhnia se inclinó a un lado y apagó la vela con los dedos. Durante un segundo hubo un silencio absoluto, una negrura absoluta. Después sintió que poco a poco la muchacha le rodeaba el cuello con sus suaves brazos y posaba los labios en su frente.
Casi de inmediato un perro se puso a aullar a lo lejos. Por un rato él no lo oyó; cuando lo hizo, se alarmó. No era la música apropiada para el momento. Pronto se vio imaginando que Kit era una espectadora silenciosa. La fantasía lo estimuló: ya no le molestaban los lúgubres aullidos.
No más de un cuarto de hora más tarde se levantó y espió por encima de la manta la entrada de la jaima: seguía oscuro. Un brusco deseo de estar fuera de aquel lugar lo poseyó. Se sentó en el diván y empezó a organizar su ropa. Ambos brazos subieron en silencio de nuevo, se entrelazaron en torno a su cuello. Él los apartó con firmeza, les dio unas palmaditas juguetonas. Esta vez subió solo uno; el otro se introdujo en su chaqueta y sintió sus caricias en el pecho. Un falso movimiento indefinible le hizo introducir su mano y ponerla sobre la de ella. Su billetera ya estaba entre los dedos de la muchacha. Se la arrebató y de un empellón la tumbó de nuevo en el colchón. “¡Ay!”, se quejó ella, muy alto. Port se levantó y avanzó a trompicones sorteando la confusión de objetos que obstaculizaban la salida. Esta vez ella lanzó un breve grito. Las voces de la otra jaima se hicieron audibles. Con la billetera aún en la mano, Port salió deprisa, dobló bruscamente a la izquierda y echó a correr hacia la muralla. Cayó dos veces, una contra una roca y la otra porque el terreno hacía una inesperada bajada. Al levantarse por segunda vez, vio a un hombre que venía por un costado para cortarle el acceso a la escalera. Rengueaba, pero ya casi había llegado. Llegó. Durante todo el ascenso le pareció que alguien pegado a sus talones iba a agarrarle una pierna al segundo siguiente. Sus pulmones eran una enorme vaina de dolor, iban a estallar en aquel instante. Tenía la boca abierta, las comisuras de los labios hacia abajo, los dientes apretados, y el aire silbaba a través de ellos al inspirar. Una vez arriba, se dio la vuelta y agarrando una gran piedra que no era capaz de levantar, la levantó y la lanzó por la escalera. Luego respiró hondo y echó a correr por el parapeto. El cielo estaba palpablemente más claro, una inmaculada claridad gris se extendía hacia arriba por detrás de las colinas bajas, al este. No podía correr muy lejos. Le latía el corazón en la cabeza y en el cuello. Sabía que no lograría llegar a la ciudad. Del lado de la carretera opuesto al valle se alzaba un muro demasiado alto para ser escalado. Pero un metro más lejos estaba derruido en un corto tramo, y un talud de piedras y tierra formaban unas escaleras perfectas. Ya del otro lado de la pared, retomó la dirección por la que acababa de llegar, y subió presuroso y jadeante por una ladera cada vez más empinada en la que estaban engastados los grandes lechos de piedra que son las tumbas de los musulmanes. Finalmente se sentó un minuto con la cabeza entre las manos y fue consciente de varias cosas a la vez: del dolor en la cabeza y el pecho, de que ya no tenía la billetera en la mano y del fuerte sonido de su corazón, lo que, no obstante, no le impidió pensar que oía las excitadas voces de sus perseguidores, abajo en la carretera, un minuto después. Se levantó y, tambaleándose, siguió trepando por las tumbas. Por fin la colina descendía en dirección opuesta. Se sintió un poco más seguro. Pero la luz del día estaba cada vez más cerca; sería fácil vislumbrar desde lejos su solitaria figura, que vagaba por la colina. Echó a correr de nuevo, colina abajo, siempre en la misma dirección, tambaleándose de vez en cuando, sin mirar nunca hacia arriba por miedo a caerse; aquello duró mucho tiempo; dejó atrás el cementerio. Por fin llegó a un lugar elevado cubierto de arbustos y cactus, pero desde el que dominaba todo el campo inmediato. Se sentó entre los arbustos. El silencio era absoluto. El cielo era blanco. De vez en cuando se levantaba con cuidado y miraba con sigilo. Y fue así como, al salir el sol, miró entre dos adelfas y vio que toda la inmensa y centelleante sebkha de sal que se extendía entre él y las montañas se teñía de rojo.
VI
Kit despertó cubierta de sudor y bañada por el caluroso sol matinal. Se levantó tambaleante, corrió las cortinas y se dejó caer de nuevo en la cama. En el lugar donde había dormido, las sábanas estaban mojadas. La idea del desayuno le revolvió el estómago. Había días en que, apenas salía del sueño, sentía un destino aciago cernido sobre su cabeza como un nubarrón cargado de lluvia. Eran días difíciles de vivir, no tanto por la clara sensación de alguna catástrofe inminente, sino porque el funcionamiento habitualmente fluido de su sistema de presagios quedaba del todo trastocado. Si al salir de compras en un día normal se doblaba un tobillo o se raspaba la espinilla contra un mueble, era fácil concluir que, por una razón u otra, la expedición sería un fracaso o que podía ser especialmente peligroso insistir. Al menos, en días así sabía distinguir entre un buen y un mal augurio. Pero los otros días eran traicioneros, porque la sensación de condena era tan fuerte que se convertía en una conciencia hostil que le pisaba los talones o se pegaba a su flanco, y anticipaba sus tentativas de evitar el mal augurio, con lo que multiplicaba la posibilidad de que le tendieran trampas. De modo que lo que al principio podía parecer una señal propicia acaso no fuera sino una suerte de cebo para hacerla caer en el peligro que la acechaba. En tales casos, podía pasar por alto el tobillo torcido, pues tal vez había sido provocado para que abandonase la intención de salir a la calle, a fin de que se encontrase en casa cuando explotara la caldera, el edificio se incendiase, o pasara a verla alguien a quien ella quería evitar en particular. Y en su vida personal, en su relación con sus amigos, esas consideraciones alcanzaban proporciones monstruosas. Era capaz de pasarse una mañana entera sentada intentando recordar los detalles de una breve escena o de una conversación a fin de considerar todas las interpretaciones posibles de cada gesto o frase, de cada expresión facial o inflexión de voz, junto con sus yuxtaposiciones. Dedicaba gran parte de su vida a clasificar los augurios. De forma que no es de sorprender que cuando, en virtud de sus dudas, le era imposible ejercitar aquella función, su capacidad para funcionar en la rutina de la existencia diaria quedase reducida al mínimo. Era como si hubiese sido presa de una extraña parálisis. No tenía capacidad de reacción; toda su personalidad quedaba anulada; su mirada reflejaba angustia. En aquellos días aciagos los amigos que la conocían bien solían decir: “Kit tiene uno de sus días”. Si en días así estaba apagada y parecía de lo más razonable, era solo porque imitaba de forma mecánica lo que consideraba un comportamiento racional. Una de las razones por las que le disgustaba tanto que le contaran un sueño era que oírlo la obligaba a prestar inmediata atención a la violenta batalla que se libraba en ella: la guerra entre la razón y el atavismo. En una discusión intelectual, siempre defendía el método científico; al mismo tiempo, era inevitable que se tomase los sueños como augurios.
La situación tenía una complejidad adicional, pues también vivía días enteros durante los cuales la venganza ultraterrena le parecía la más remota de las posibilidades. Cualquier señal era buena; un aura sobrenatural de beneficencia resplandecía detrás de cada persona, objeto y circunstancia. Aquellos días, si se permitía actuar como de verdad se sentía, Kit podía ser bastante feliz. Pero empezaba a pensar que sin duda alguna aquellos días, bastante escasos, le habían sido otorgados con el único fin de hacerle bajar la guardia para que no tuviese capacidad de reacción frente a los augurios. Una euforia natural se transformaba entonces en una irritación nerviosa y algo histérica. En la conversación se desdecía repetidas veces, intentando fingir que sus observaciones eran bromas intencionadas, cuando en realidad habían sido proferidas con todo el veneno del que es capaz un pésimo humor.
A Kit la gente como tal no le molestaba más que las moscas a la estatua de mármol; no obstante, como posibles heraldos de acontecimientos indeseables y poseedoras de una influencia desfavorable en su vida, otorgaba a las demás personas suprema importancia. Solía decir: “Los demás rigen mi vida”, y era cierto. Pero les permitía hacerlo solo porque su supersticiosa imaginación los había dotado de una importancia mágica en lo tocante a su destino, y nunca porque sus personalidades despertasen en ella una simpatía o una comprensión profundas.
Había pasado gran parte de la noche despierta, pensando. Su intuición solía avisarle cuándo Port hacía de las suyas. Siempre se decía a sí misma que no importaba lo que él hiciera, pero se había repetido tan a menudo aquella afirmación que hacía mucho que sospechaba de su veracidad. No había sido fácil aceptar que sí le importaba. Contra su voluntad, se forzó a admitir que aún pertenecía a Port, aunque él no viniese a reclamarla, y que aún vivía en un mundo iluminado por la luz lejana de un posible milagro: Port aún podía volver con ella. La hizo sentirse vil, y de ahí, claramente furiosa consigo misma, percatarse de que todo dependía de él, de que lo único que ella esperaba era un insólito capricho de su parte, algo que de alguna manera imprevista pudiera hacerlo regresar. Era, con mucho, demasiado inteligente para hacer el menor esfuerzo en aquella dirección; hasta los medios más sutiles habrían fracasado, y fracasar hubiera sido mucho peor que no haberlo intentado nunca. Era solo cuestión de esperar sin hacer nada, de estar ahí. A lo mejor algún día él la vería. Pero, entre tanto, transcurrían tantos meses valiosos ¡desaprovechados!
Tunner le irritaba porque, aunque su presencia y su interés por ella generaban una situación clásica que, de ser explotada, podía provocar resultados donde nada más podía hacerlo, por alguna razón ella era incapaz de seguirle el juego. Tunner la aburría; sin querer lo comparaba con Port, y siempre en beneficio de este último. Como había pasado la noche despierta, pensando, una y otra vez había intentado dirigir sus fantasías para que Tunner se convirtiese en objeto de excitación. Por supuesto, había fracasado. No obstante, había resuelto construir una relación más íntima con él, pese a que, al tomar la decisión, era del todo consciente de que no solo le resultaría una tarea desagradable, sino que además estaría haciéndolo, como hacía todo lo que requería un esfuerzo consciente, por Port.
Llamaron a la puerta que daba al pasillo.
—Oh, Dios, ¿quién es? —dijo Kit en voz alta.
—Yo —sonó la voz de Tunner, como de costumbre en un tono ofensivamente alegre—. ¿Estás despierta?
Se agitó en la cama, provocando ruidos que incluían suspiros, sábanas agitadas y chirriar de muelles.
—No mucho —gimió por fin.
—Este es el mejor momento del día. ¡No te lo pierdas! —gritó Tunner.
Hubo un silencio intencionado, durante el cual ella recordó su resolución. Con voz sufrida dijo:
—Espera un minuto, Tunner.
—¡Sí!
Un minuto, una hora… Tunner la esperaría y luciría la misma sonrisa afable (y falsa, según ella) cuando por fin lo dejase entrar. Se echó agua fría en la cara, se la frotó con una toallita turca, se pintó un poco los labios y se pasó un peine por el pelo. De repente frenética, se puso a buscar la bata apropiada por toda la habitación. A través de la puerta entornada que daba al cuarto de Port, vislumbró su gran bata blanca colgada de la pared. Llamó un momento a la puerta al entrar, vio que él no estaba, y la agarró. Mientras se ataba el cinturón ante su propio espejo, pensó satisfecha que nadie podía acusarla de coquetería por haber elegido aquella prenda en particular. Le llegaba hasta el suelo y tuvo que arremangarse con dos vueltas para que le asomasen las manos.
Abrió la puerta.
—¡Hey!
Allí estaba la sonrisa.
—Hola, Tunner —dijo apática—. Pasa.
Al pasar a su lado, camino de la ventana para descorrer las cortinas, Tunner le alborotó el pelo con la mano izquierda.
—¿Estás haciendo una sesión de espiritismo aquí adentro? Ah, ahora te veo.
La intensa luz matutina entró de lleno en la habitación. Las lustrosas baldosas reflejaban el sol en el techo como si fueran agua.
—¿Cómo estás? —preguntó ella ausente, peinándose ante el espejo la parte que él había despeinado
—Fenomenal —sonrió él radiante a la imagen de Kit en el espejo, haciendo centellear la mirada, e incluso, notó ella con gran disgusto, moviendo cierto músculo facial que le acentuaba los hoyuelos en las mejillas.
“Es un farsante”, pensó ella. “¿Qué demonios hace aquí con nosotros? Por supuesto, la culpa es de Port. Fue él quien lo alentó a acompañarnos.”
—¿Qué le pasó a Port anoche? —decía Tunner—. Lo estuve esperando, pero no apareció.
Kit lo miró.
—¿Lo estuviste esperando? —repitió ella incrédula.
—Bueno, teníamos más o menos una cita en nuestro café, ya sabes cuál. Para tomarnos la última copa. Pero no le vi el pelo. Me metí en la cama y leí hasta bastante tarde. A las tres aún no había regresado.
Todo aquello era completamente falso. En realidad Tunner había dicho: “Si sales, pasa por el Eckmühl; probablemente esté allí”. Había salido poco después que Port, había seducido a una francesa y había permanecido en su hotel hasta las cinco. De regreso, al alba, había logrado mirar por los bajos montantes de vidrio que daban a sus habitaciones, y había visto la cama vacía de Port, y a Kit dormida en la otra.
—¿En serio? —dijo ella, volviendo al espejo—. En ese caso no puede haber dormido mucho, porque ya ha salido.
—Dirás que no ha regresado aún —dijo Tunner clavándole la mirada.
Ella no contestó.
—¿Me haces el favor de pulsar aquel botón? —dijo al cabo de poco—. Creo que tomaré una taza de achicoria y uno de los cruasanes de yeso que tienen aquí.
Cuando consideró que había pasado suficiente tiempo, entró despacio en la habitación de Port y echó una mirada a la cama. Había sido desplegada para la noche y nadie la había tocado desde entonces. Sin saber exactamente por qué, tiró de la sábana hasta los pies y se sentó un momento, arrugando las almohadas con las manos. Luego desplegó el pijama y lo dejó caer al suelo en un montón. El camarero llamó a la puerta; ella regresó a su habitación y pidió el desayuno. Cuando el camarero se hubo marchado, cerró la puerta y se sentó en el sillón junto a la ventana, sin mirar hacia fuera.
—Sabes —dijo Tunner pensativo—, lo he estado pensado mucho. Eres una persona muy curiosa. Cuesta entenderte.
Kit chasqueó la lengua con exasperación.
—¡Ay, Tunner! Deja de hacerte el interesante. —Al punto se culpó de haber mostrado impaciencia, y añadió sonriendo—: A ti te sienta fatal.
En el acto la expresión dolida de Tunner se transformó en una sonrisa.
—No, en serio. Eres un caso fascinante.
Ella frunció los labios con enfado; estaba furiosa, no tanto por lo que él decía, aunque todo le parecía estúpido, sino porque la idea de tener que conversar con él, siquiera un poco, justo en aquel momento, se le hacía insoportable.
—Es probable —dijo.
Llegó el desayuno. Tunner se sentó con ella mientras bebía café y comía el cruasán. Los ojos de Kit tomaron una expresión soñadora, y Tunner tuvo la sensación de que era del todo ajena a su presencia. Cuando ya casi había terminado el desayuno, se volvió hacia él y dijo con educación:
—¿Te importa que coma?
Él soltó una carcajada. Kit pareció asustarse.
—¡Date prisa! —dijo él—. Quiero sacarte a dar un paseo antes que haga demasiado calor. Además, has tenido mucho ajetreo.
—¡Ay! —gimió ella—. No me siento…
Pero él la interrumpió:
—Vamos, vamos. Tú vístete. Yo esperaré en la habitación de Port. Hasta cerraré la puerta.
No halló qué decir. Port nunca le daba órdenes; se quedaba vacilando, con la esperanza de descubrir lo que ella quería de verdad. Se lo hacía aún más difícil, porque ella rara vez actuaba motivada por sus propios deseos, sino que se conducía de acuerdo con su complejo sistema, que consistía en equilibrar los augurios que debían ser tenidos en cuenta con aquellos que debían ser descartados.
Tunner había pasado a la habitación contigua, y cerrado la puerta. A Kit le resultó gratificante pensar que vería las sábanas alborotadas. Mientras se vestía, lo oía silbar.
—¡Un pesado, un pesado, un pesado! —dijo entre dientes.
En aquel momento se abrió la otra puerta; Port estaba de pie en el pasillo, pasándose la mano izquierda por el pelo.
—¿Puedo entrar? —preguntó.
Ella lo miró de hito en hito.
—Pues, claro. ¿Qué te pasa?
Él seguía allí parado.
—Por Dios, ¿qué te pasa? —dijo ella con impaciencia.
—Nada.
Su voz sonó áspera. Avanzó a grandes pasos hasta el centro de la habitación y señaló la puerta cerrada que comunicaba los dos cuartos.
—¿Quién está ahí?
—Tunner —dijo Kit con genuina inocencia, como si fuera lo más natural—. Espera mientras me visto.
—¿Qué diablos pasa aquí?
Kit se ruborizó y se volvió con vehemencia.
—Nada. Nada —dijo rápidamente—. No seas loco. Además, ¿qué te imaginas que pasa?
Él no bajó la voz.
—No lo sé. Te lo pregunto a ti.
Ella le dio un empujón en el pecho y se acercó a la puerta para abrirla, pero él le agarró el brazo y la obligó a volverse.
—¡Basta, por favor! —susurró furiosa.
—Está bien, está bien. Abriré la puerta yo mismo —dijo él, implicando que el riesgo que corría podía ser demasiado grande si dejaba que ella lo hiciera.
Entró en su habitación. Tunner estaba asomado a la ventana, mirando hacia abajo. Se volvió con una gran sonrisa.
—¡Pero bueno, bueno! —empezó.
Port clavaba la mirada en su cama.
—¿Qué es esto? ¿Qué tiene tu cuarto para que tengas que estar aquí? —reclamó.
Pero Tunner no parecía percatarse de la situación, o al menos se negaba a admitir que hubiese algún problema.
—¡Así que has vuelto de la guerra! —exclamó—. ¡Y con qué aspecto! Kit y yo nos vamos a dar un paseo. Tú seguramente querrás dormir. —Tiró de Port hasta el espejo—. ¡Mírate! —le ordenó.
Al verse la cara embadurnada y los ojos surcados de rojo, Port languideció.
—Quiero café negro —rezongó—. Y bajaré a que me afeiten. —Luego alzó la voz—: Y ustedes, ¡por qué demonios no salen a dar su paseo de una vez! —Pulsó el timbre salvajemente.
Tunner le dio unas palmaditas fraternales en la espalda.
—Hasta luego, viejo. Duerme un poco.
Port le lanzó una mirada iracunda mientras salía, y cuando se hubo marchado se sentó en la cama. Un gran barco acababa de entrar en el puerto; su grave sirena sonaba por debajo de los ruidos callejeros. Se tumbó en la cama, jadeando un poco. Cuando llamaron a la puerta, no lo oyó. El camarero metió la cabeza, dijo “Monsieur”, esperó unos segundos, cerró con suavidad y se fue.
VII
Durmió todo el día. Kit regresó a la hora de comer; entró sin hacer ruido y, tras toser una vez para ver si despertaba, salió a comer sin él. Port despertó antes del crepúsculo, sintiéndose muy purificado. Se levantó y se desvistió despacio. En el lavabo llenó la bañera de agua caliente, se dio un largo baño, se afeitó y buscó su bata blanca. La encontró en la habitación de Kit, aunque ella no estaba. Sobre su mesa había una serie de provisiones que había comprado para el viaje. La mayoría de los productos provenían del mercado negro de Inglaterra, y según las etiquetas habían sido fabricados por los proveedores de S. M. el rey Jorge VI. Abrió un paquete de galletas y empezó a comérselas, una tras otra, con voracidad. Allá abajo, enmarcada en la ventana, la ciudad oscurecía. Era ese momento del crepúsculo en que los objetos claros guardan una anormal luminosidad, mientras que los demás se hallan en una apacible negrura. Aún no habían dado la electricidad de la ciudad, de modo que las únicas luces eran las de los escasos barcos anclados en el puerto, en sí mismo ni iluminado ni oscuro, una mera zona vacía entre los edificios y el cielo. Y a la derecha se alzaban las montañas. La primera, que surgía del mar, le pareció un par de rodillas erguidas bajo una enorme sábana. Durante una fracción de segundo, pero con tal fuerza que sintió el impacto del cambio como una sensación física, se hallaba en otra parte, mucho tiempo atrás. Luego volvió a ver la montaña. Bajó a la planta baja.
Habían decidido evitar el bar del hotel, porque siempre estaba vacío. Ahora, al entrar en la salita oscura Port quedó algo sorprendido de ver sentado, a solas en el bar, a un joven de aspecto tosco y rostro amorfo, al que una indefinida barba marrón libraba de una inexistencia absoluta. Mientras se instalaba en la otra punta, el joven dijo con un marcado acento inglés: “Otro Tío Pepe”, y empujó su vaso hacia el camarero.
Port pensó en las frescas bodegas subterráneas de Jerez, donde le habían ofrecido un Tío Pepe de 1842, y pidió lo mismo. El joven lo miró con cierta curiosidad, pero no dijo nada. Poco después una gruesa mujer de tez cetrina y pelo llameante de alheña apareció en el umbral y emitió un chillido. Tenía los ojos negros y vidriosos de una muñeca; el reluciente maquillaje que los rodeaba acentuaba su falta de expresión. El muchacho se volvió hacia ella.
—Hola, mamá. Entra y siéntate.
La mujer se acercó al joven, pero no se sentó. Excitada e indignada como estaba no parecía haberse fijado en Port. Tenía la voz muy aguda.
—¡Eric, eres un bicho asqueroso! —gritó—. ¿Te das cuenta de que he estado buscándote por todas partes? ¡Nunca he visto semejante conducta! ¿Y qué estás bebiendo? ¿Cómo se te ocurre beber después de lo que te ha dicho el doctor Levy? ¡Niño malo!
El joven no la miró.
—No chilles tanto, mamá.
La mujer echó una mirada en dirección de Port. Lo vio.
—¿Qué estás bebiendo, Eric? —reclamó de nuevo con voz algo más contenida, pero no menos intensa.
—Es solo jerez, y está delicioso. Ojalá no te sulfurases tanto.
—¿Y quién crees que va a pagar todos tus caprichos? —La mujer se sentó en el taburete contiguo y se puso a hurgar en el bolso.
—¡Maldita sea! He salido sin llave —dijo—. Gracias a tu falta de consideración. Tendrás que dejarme entrar por tu cuarto. He descubierto una mezquita preciosa, pero está llena de mocosos que gritan como demonios. ¡Son unas fierecillas asquerosas! Mañana te la enseño. Pídeme una copa de jerez, si es seco. Quizá me haga bien. Me he encontrado muy mal todo el día. Estoy segura de que es la malaria que vuelve. Ya toca, ¿sabes?
—Otro Tío Pepe —dijo el joven, imperturbable.
Port observaba fascinado, como siempre que veía a un ser humano reducido a la categoría de autómata o caricatura. Esas personas, sometidas por una circunstancia u otra y del modo que fuera, ridículas u horribles, lo deleitaban.
El comedor era hostil y formal en un grado que solo es admisible cuando el servicio es impecable; y no era el caso. Los camareros se mostraban indiferentes y se movían despacio. Parecía que les costaba entender hasta las necesidades de los franceses; no mostraban el menor indicio de querer complacer a nadie. A los dos ingleses se les asignó una mesa cerca de la esquina donde Port y Kit estaban cenando; Tunner había salido con su francesa.
—Aquí están —susurró Port—. Aguza los oídos. Pero intenta que no se te note.
—Parece un Vacher joven —dijo Kit inclinándose exageradamente sobre la mesa—, aquél que se paseó por toda Francia troceando niños, ¿recuerdas?
Guardaron silencio durante unos minutos con la esperanza de que la otra mesa les divirtiera con algo, pero madre e hijo no parecían tener nada que decirse. Al final Port se dirigió a Kit diciendo:
—Ah, ahora que lo pienso, ¿qué era todo eso esta mañana?
—¿Tenemos que discutirlo ahora?
—No, solo preguntaba. Pensé que a lo mejor me contestarías.
—Viste lo que había que ver.
—No te lo preguntaría si lo pensara.
—Oh, ¿no ves…? —empezó Kit en un tono exasperado; luego se detuvo.
Estaba a punto de decir: “¿No ves que no quería que Tunner supiera que no habías regresado anoche? ¿No ves que le interesaría saberlo? ¿No ves que le daría el pretexto perfecto?”. Pero en lugar de todo eso, dijo:
—¿Tenemos que discutirlo? Te lo conté todo cuando entraste. Vino cuando yo desayunaba y lo mandé a tu habitación para que me esperase allí mientras me vestía. ¿No es eso perfectamente decente?
—Depende de tu concepto del decoro, nena.
—Desde luego —dijo Kit, mordaz—. Habrás notado que no he mencionado lo que tú hiciste anoche.
Port sonrió, y dijo sin alterarse:
—No podrías hacerlo, porque no lo sabes.
—Y no quiero saberlo. —Mostraba su furia pese a ella—. Puedes pensar lo que quieras. Me tiene sin cuidado.
Echó un vistazo a la otra mesa y advirtió que la mujer de ojos brillantes seguía cuanto podía su conversación con sumo interés. Cuando la señora vio que Kit era consciente de su atención, se volvió hacia el joven y dio inicio a un sonoro monólogo de los suyos.
—Este hotel tiene el sistema de cañerías más extraordinario; los grifos suspiran y gorgotean sin cesar, por muy fuerte que los cierres. ¡La estupidez de los franceses! ¡Es increíble! Son todos retrasados mentales. Madame Gautier en persona me dijo que tienen el coeficiente intelectual más bajo del mundo. Claro, tienen la sangre aguada; se han echado a perder. Todos son en parte judíos o negros. ¡Míralos!
Hizo un amplio gesto que incluía todo el comedor.
—Aquí, tal vez —dijo el joven alzando su vaso de agua a la luz y estudiándolo con detenimiento.
—¡En Francia! —exclamó excitada la mujer—. Me lo dijo Madame Gautier en persona, y lo he leído en muchísimos libros y periódicos.
—Qué agua más asquerosa —murmuró él. Posó el vaso sobre la mesa—. Creo que no la beberé.
—¡Menudo señorito estás hecho! ¡Deja de quejarte! ¡No quiero que me lo cuentes! No soporto oírte hablar más de suciedad y gusanos. No la bebas. A nadie le importa si lo haces o no. En cualquier caso es malísimo que sigas tragándotelo todo con tanto líquido. Trata de crecer. ¿Tienes la parafina para el Primus o la olvidaste junto con la Vittel?
El joven sonrió con fingida, venenosa benevolencia, y habló despacio, como dirigiéndose a una niña retrasada:
—No, no olvidé la parafina junto con la Vittel. La lata está en el maletero del coche. Ahora, si me lo permites, creo que saldré a dar un paseíto. —Se levantó con la misma sonrisa desagradable en el rostro y se alejó de la mesa.
—Pero ¡qué bicho más maleducado! ¡Te daré un cachete! —gritó la mujer. Él no se volvió.
—¿No son increíbles? —susurró Port.
—Muy divertidos —dijo Kit. Aún estaba furiosa—. ¿Por qué no les pides que nos acompañen en nuestro gran viaje? Es lo único que nos falta.
Comieron la fruta en silencio.
Después de cenar, cuando Kit hubo subido a su habitación, Port deambuló por la desolada planta baja del hotel hasta la sala de escribir, con su imposible y tenue iluminación demasiado alta; hasta el vestíbulo atiborrado de palmeras, donde dos francesas ancianas, vestidas de negro, sentadas en el borde de la silla, se susurraban la una a la otra; hasta la entrada principal, donde permaneció unos minutos mirando un gran Mercedes aparcado en frente; y de vuelta hasta la sala de escribir. Se sentó. La enfermiza luz cenital apenas iluminaba en las paredes los carteles de viaje: Fès la Mystérieuse, Air-France, Visitez l’Espagne. A través de una ventana enrejada abierta sobre su cabeza llegaban duras voces femeninas y el sonido metálico de la actividad en la cocina, amplificados por las paredes de piedra y los suelos de loza. Esta salita le recordaba, mucho más que las demás, un calabozo. El timbre del cine, un sonido de fondo constante y enloquecedor, sobresalía por encima de todos los demás ruidos. Se acercó a los escritorios, levantó las hojas de papel secante, abrió los cajones en busca de papel para escribir; no había. Luego agitó los tinteros; estaban secos. Una violenta discusión había estallado en la cocina. Rascándose la parte carnosa de las manos, donde acababan de picarle los mosquitos, salió con lentitud de la sala, atravesó el vestíbulo y avanzó por el pasillo hasta el bar. Incluso allí la luz era débil y distante, pero el despliegue de botellas detrás de la barra constituía un foco de interés para sus ojos. Tenía una ligera indigestión —no acidez, pero la promesa de un dolor que de momento solo era una diminuta desdicha física en algún punto no localizable—. El barman moreno lo miraba, expectante. No había nadie más en la sala. Pidió un whisky y se sentó a saborearlo, bebiendo con lentitud. En algún lugar del hotel se oyó el agua de un inodoro, sus sonidos de ahogo y regurgitación.
La desagradable tensión interna menguaba; se sentía muy despierto. El bar era sofocante y melancólico. Rebosaba de esa tristeza inherente a lo desarraigado. “Desde el día que sirvieron la primera copa en este bar —pensó—, ¿cuántos momentos de felicidad se habrán vivido?” La felicidad, si aún quedaba, existía en otra parte: en habitaciones remotas que dan a callejones luminosos, donde los gatos roen cabezas de pescado; en cafés a la sombra adornados con esteras de caña, donde el humo del hachís se mezcla con los vapores de menta del té caliente; abajo en los muelles, en las jaimas allá fuera, en el borde de la sebkha (pasó junto a la blanca imagen de Marhnia, el plácido rostro); tras las montañas del gran Sahara, en las interminables regiones que constituyen toda África. Pero no allí, en aquel triste salón colonial, donde cada invocación de Europa era un detalle sórdido más, una prueba visible más de aislamiento; la madre patria se hacía muy lejana en una sala como aquella.
Estando allí sentado, tragando pequeños sorbos de whisky caliente, oyó pasos que se acercaban por el pasillo. El joven inglés entró y, sin mirar hacia Port, se sentó en una de las mesitas. Port lo observó pedir un licor y, cuando el barman hubo regresado detrás de la barra, se acercó a la mesa.
—Pardon, monsieur —dijo—. Vous parlez français?
—Oui, oui —respondió el joven, como asustado.
— Pero ¿también habla inglés? —prosiguió Port con rapidez.
—Sí —contestó, posando el vaso sobre la mesa y clavando la mirada en su interlocutor, una mirada que a Port le pareció en absoluto histriónica. Su intuición le dictó que la adulación era la mejor táctica en aquel caso.
—Entonces a lo mejor pueda darme un consejo —continuó con gran seriedad.
El joven esbozó una débil sonrisa.
—Si es sobre África, me atrevería a decir que sí. Hace cinco años que deambulo por aquí. Un lugar fascinante, desde luego.
—Fabuloso, sí.
—¿Lo conoce? —Parecía un poco preocupado; deseaba tanto ser el único viajero.
—Solo ciertas partes —lo tranquilizó Port—. He viajado bastante por el norte y el oeste. Más o menos desde Trípoli hasta Dakar.
—Dakar es un agujero inmundo.
—Como todos los puertos. Querría que me aconsejase sobre el cambio. ¿Qué banco le parece que es mejor utilizar? Tengo dólares.
El inglés sonrió.
—Creo que soy una de las personas más indicadas para proporcionarle esa información. En realidad soy australiano, pero mi madre y yo vivimos prácticamente con dólares norteamericanos.
Ofreció a Port una explicación completa del sistema bancario francés en África del Norte. Su voz adoptó las inflexiones de un profesor chapado a la antigua; su manera de expresarse era de una pedantería inaceptable, pensó Port. Al mismo tiempo, había una luz en sus ojos que no solo contradecía su voz y su actitud, sino que también conseguía anular el peso que pudieran tener sus palabras. A Port le pareció que el joven le hablaba como si tratase con un loco, como si el tema de conversación hubiera sido elegido adrede y fuese susceptible de prolongarse hasta que el paciente se calmara.
Port lo dejó proseguir su discurso, que había pasado de bancos a experiencias personales. Aquel terreno era más fértil; era obvio que el joven había apuntado allí desde el principio. Port no brindó comentarios, salvo alguna que otra exclamación cortés que contribuía a conferir al monólogo apariencia de conversación. Supo que antes de su llegada a Mombasa el joven y su madre, que escribía libros de viaje y los ilustraba con sus propias fotografías, habían vivido tres años en la India, donde había muerto un hijo mayor; que en los cinco años africanos transcurridos por todo el continente habían logrado contraer una asombrosa lista de enfermedades que, en su mayoría, seguían aquejándolos de manera esporádica. Sin embargo, era difícil saber qué creer y qué descartar, pues el relato estaba adornado con observaciones tales como: “En aquella época yo era director de una gran firma de importación y exportación en Durban”, “El gobierno me hizo responsable de tres mil zulúes”, “En Lagos compré un coche militar y lo conduje a través de la Casamance”, “Fuimos los primeros blancos que logramos penetrar en la región”, “Querían que yo fuera el cámara de la expedición, pero no había nadie en Ciudad del Cabo de quien pudiera fiarme para garantizar el correcto funcionamiento de los estudios, y en aquella época hacíamos cuatro películas a la vez”. A Port empezaba a molestarle que el otro no supiera hasta dónde podía llegar con quien lo escuchaba, pero lo dejó pasar, y estaba encantado del placer macabro con que el joven describía los cadáveres en el río de Douala, los asesinatos en Takodari y al loco que se autoinmoló en el mercado de Gao. Al final, el otro se reclinó, hizo señas al barman para que le trajera otra copa, y dijo:
—Ah, sí, África es un gran lugar. Ya no podría vivir en ninguna otra parte.
—¿Y su madre? ¿Siente lo mismo?
—Sí, le encanta. No sabría qué hacer si la llevaran a un país civilizado.
—¿Escribe siempre?
—Siempre. Todos los días. Casi siempre sobre lugares recónditos. Ahora estamos a punto de bajar a Fort Charlet. ¿Lo conoce?
Lo más seguro era que Port no conociera Fort Charlet.
—No, no lo conozco —dijo Port—. Pero sé dónde está. ¿Cómo llegarán hasta allí? No existe ningún tipo de transporte, ¿verdad?
—Oh, ya llegaremos. Los tuareg le encantarán a mamá. Tengo una gran colección de mapas, militares y no militares, que estudio con cuidado cada mañana antes de salir de viaje. Luego me limito a seguirlos. Tenemos un coche —añadió, viendo la mirada perpleja de Port—. Un Mercedes antiguo. Un trasto potente.
—Ah, sí. Lo vi fuera —murmuró Port.
—Sí —dijo el joven con petulancia —. Siempre llegamos.
—Su madre debe ser una mujer muy interesante —dijo Port.
El joven estaba entusiasmado.
—Absolutamente extraordinaria. Tiene que conocerla mañana.
—Me encantaría.
—La he mandado a la cama, pero no se dormirá hasta que yo regrese. Siempre tenemos habitaciones contiguas, claro, así que por desgracia siempre sabe la hora exacta en que me acuesto. ¿No es fantástica la vida matrimonial?
Port lo miró furtivamente, un poco escandalizado por la crudeza de su observación, pero el muchacho se reía de manera franca y despreocupada.
—Sí, le encantará hablar con ella. Por desgracia, tenemos un itinerario que intentamos seguir al milímetro. Salimos mañana a mediodía. ¿Cuándo se va usted de este agujero infernal?
—Ah, tenemos planeado tomar un tren a Boussif mañana, pero no tenemos prisa. A lo mejor esperaremos hasta el jueves. Para nosotros la única manera de viajar es marcharnos cuando tenemos ganas de marcharnos, y quedarnos donde tenemos ganas de quedarnos.
—Estoy completamente de acuerdo. Pero no querrán quedarse aquí, ¿verdad?
—¡No, por Dios! —rio Port—. Odiamos este lugar. Pero somos tres, y lo cierto es que no hemos logrado reunir la energía necesaria a la vez.
—¿Tres? Comprendo. —El joven parecía estar considerando aquella noticia inesperada—. Comprendo.
Se levantó, metió la mano en el bolsillo y extrajo una tarjeta que entregó a Port.
—Permítame darle esto. Me llamo Lyle. Bueno, hasta la vista, espero que su iniciativa prospere. A lo mejor nos veamos por la mañana.
Dio media vuelta casi avergonzado y salió tiesamente del salón.
Port introdujo la tarjeta en su bolsillo. El barman dormía, la cabeza sobre la barra. Decidió tomar una última copa, se le acercó y le dio unas palmaditas en el hombro. El hombre levantó la cabeza con un gruñido.
VIII
—¿Dónde has estado? —dijo Kit.
Estaba sentada en la cama, leyendo, y había arrastrado la lamparita hasta el borde de la mesilla de noche. Port colocó la mesilla contra la cama y empujó la lámpara hacia atrás hasta que quedó a una distancia prudencial del borde.
—Bebiendo en el bar. Presiento que nos invitarán a ir en coche a Boussif.
Kit levantó la vista, encantada. Odiaba los trenes.
—¡No! ¿En serio? ¡Qué maravilla!
—Pero ¡espera a saber quién nos invita!
—¡Por Dios! ¡Espero que no sean aquellos monstruos!
—No han dicho nada. Pero presiento que lo harán.
—Bueno, eso queda del todo descartado, claro.
Port entró en su habitación.
—En cualquier caso, yo no me preocuparía. Nadie ha dicho nada aún. El hijo me contó una historia muy larga. Es un caso clínico.
—Sabes que me preocuparé. Sabes cuánto detesto los viajes en tren. Y vienes tan tranquilo ¡y me dices que quizá nos inviten a ir en coche! Al menos podías haber esperado hasta mañana, y haberme dejado dormir bien esta noche antes de tener que decidir cuál de las dos torturas prefiero.
—¿Por qué no empiezas a preocuparte cuando nos lo hayan ofrecido?
—¡Ay, no seas ridículo! —exclamó, saltando de la cama.
Estaba en el umbral, mirando cómo él se desvestía.
—Buenas noches —dijo de repente, y cerró la puerta.
Las cosas sucedieron más o menos como Port las había imaginado. Por la mañana, mientras observaba maravillado por la ventana las primeras nubes que veía desde que cruzara el Atlántico, tocaron a la puerta; era Eric Lyle que, recién levantado, tenía la cara acuosa e hinchada.
—Buenos días. Por favor, perdóneme si lo he despertado, pero tengo que hablarle de algo muy importante. ¿Puedo entrar? Echó una mirada extrañamente furtiva a la habitación, sus ojos pálidos saltaban rápidamente de un objeto a otro. Port tuvo la incómoda sensación de que debió haber guardado todo y cerrar su equipaje antes de dejarlo entrar.
—¿Se ha tomado el té? —dijo Lyle.
—Sí, solo que era café.
—¡Ajá! —Fue acercándose a una maleta, jugueteó con las correas—. Sus bolsas tienen bonitas etiquetas. —Levantó la de cuero que contenía el nombre y la dirección de Port—. Ahora veo su nombre. Mr. Porter Moresby. —Atravesó la habitación—. Disculpe que curiosee. El equipaje siempre me fascina. ¿Puedo sentarme? Bueno, mire Mr. Moresby. ¿Ese es usted, no? He estado hablando largo y tendido con mamá, y está de acuerdo conmigo en que sería mucho más agradable que usted y Mrs. Moresby, supongo que es la señora que estaba a su lado anoche… —Hizo una pausa.
—Sí —dijo Port.
—… vinieran con nosotros hasta Boussif. En coche son solo cinco horas y el tren tarda siglos; algo así como once horas, si mal no recuerdo. Y son once horas del todo infernales. Desde la guerra los trenes son insufribles, sabe. Pensamos…
Port le interrumpió.
—No, no. Nunca les molestaríamos hasta ese extremo. Ni hablar.
—Sí, sí —dijo Lyle con malicia.
—Además, somos tres.
—Ah, sí, claro —dijo Lyle con vaguedad—. Su amigo no podría ir en tren, supongo.
—No creo que le gustara mucho el plan. Además, no podemos marcharnos y dejarlo a él aquí.
—Comprendo. Es una lástima. Es imposible llevarlo con nosotros, añadiendo todo el equipaje, ¿sabe? —Se levantó, miró a Port con la cabeza ladeada, como un pájaro a la escucha de un gusano, y dijo—: Vengan con nosotros, vamos. Podrá arreglarlo, lo sé.
Se dirigió a la puerta, la abrió y se inclinó hacia Port, de puntillas.
—Le diré lo que vamos a hacer. Venga dentro de una hora a decírmelo. Cincuenta y tres. Y espero que su respuesta sea favorable. —Sonriendo, y dejando vagar la mirada por la habitación una vez más, cerró la puerta.
Kit no había dormido en toda la noche; al alba se había adormecido, pero tuvo un sueño agitado. No estaba de un humor receptivo cuando Port llamó ruidosamente a la puerta que comunicaba ambas habitaciones, y la abrió. Kit se incorporó en el acto, se sostuvo la sábana a la altura del cuello y lo miró con ojos desorbitados. Se relajó, y se dejó caer hacia atrás.
—¿Qué pasa?
—Debo hablar contigo.
—Tengo muchísimo sueño.
—Nos han invitado a ir en coche a Boussif.
Kit volvió a resurgir, esta vez frotándose los ojos. Él se sentó en la cama y le besó el hombro distraídamente. Kit se echó hacia atrás y lo miró.
—¿Los monstruos? ¿Y has aceptado?
Quería decir que sí, porque habría evitado una larga discusión; el asunto habría quedado zanjado tanto para ella como para él.
—Aún no.
—Tendrás que declinar.
—¿Por qué? Será mucho más cómodo. Y más rápido. Y, desde luego, más seguro.
—¿Intentas aterrorizarme para que no me mueva del hotel? —Miró hacia la ventana—. ¿Por qué sigue tan oscuro allí fuera? ¿Qué hora es?
—Por alguna extraña razón, hoy está nublado.
Kit guardó silencio; en su mirada reapareció la angustia.
—No quieren llevar a Tunner —dijo Port.
—¿Te has vuelto completamente loco? —exclamó ella—. Nunca en la vida iría sin él. ¡Ni soñarlo!
—¿Por qué no? —dijo Port, irritado—. Puede llegar en tren sin problema. No veo por qué tenemos que perder la ocasión de un viaje en coche solo porque da la casualidad que él está aquí con nosotros. No tenemos por qué estar pegados a él cada minuto, ¿o sí?
—Tú no tienes por qué, no.
—¿Quieres decir que tú sí?
—Digo que a mí no se me ocurriría dejar a Tunner aquí para subirme a un coche con esos dos. Ella es una vieja bruja histérica, ¡y el niño…! Tiene todo el aspecto de un criminal degenerado. Me pone los pelos de punta.
—¡Esa sí que es buena! —se burló Port—. Te atreves a usar la palabra histérica. ¡Por favor! Ojalá pudieras verte ahora mismo.
—Haz lo que te venga en gana —dijo Kit, recostándose—. Yo iré en tren con Tunner.
Port entornó los ojos.
—Por Dios, en ese caso, vete en tren con él. ¡Y ojalá descarrile! —Entró en su cuarto y se vistió.
Kit llamó a la puerta.
—Entrez —dijo Tunner con acento norteamericano—. Pero bueno, ¡menuda sorpresa! ¿Qué pasa? ¿A qué debo esta inesperada visita?
—Oh, a nada en particular —dijo ella, contemplándolo con una vaga aversión que esperaba disimular—. Tú y yo tenemos que ir solos a Boussif en tren. A Port lo han invitado unos amigos a hacer el viaje en coche. —Intentaba mantener una absoluta neutralidad en la voz.
Él parecía perplejo.
—¿Qué me dices? Dilo otra vez, despacio. ¿Amigos?
—Correcto. Una inglesa y su hijo. Lo han invitado.
Poco a poco, a Tunner fue iluminándosele el rostro. En aquel momento no era falso, observó Kit. Solo que tardaba siglos en reaccionar.
—¡Pero, bueno! —repitió Tunner con una gran sonrisa.
“Menudo imbécil —pensó Kit, observando la absoluta falta de inhibición en su conducta. Lo descaradamente normal siempre la enfurecía—. Todas sus maniobras emocionales acontecen al descubierto. No hay ni árbol ni roca donde esconderse.”
En voz alta, dijo:
—El tren sale a las seis y llega sabe Dios a qué hora de la mañana. Pero dicen que siempre se retrasa, y eso, por una vez, es bueno.
—Así que iremos los dos juntos.
—Port llegará mucho antes y podrá encontrar habitaciones. Ahora tengo que salir en busca de un salón de belleza, Dios nos ampare.
—¿Qué necesidad tienes tú de eso? —protestó Tunner—. No toques lo que ya está bien como está. No puedes mejorar la naturaleza.
Kit no tenía paciencia con la galantería; no obstante, le sonrió al salir. “Porque soy cobarde”, pensó. Era muy consciente de que deseaba confrontar la magia de Tunner con la de Port, quien había echado una maldición al viaje. Y al sonreír dijo, como para sus adentros:
—Creo que podemos evitar el accidente.
—¿Qué?
—Oh, nada. Te veré en el comedor a las dos.
Tunner era la clase de persona a la que le cuesta mucho imaginar que quizá está siendo utilizada. Acostumbrado a imponer su voluntad sin encontrar oposición, poseía una vanidad muy desarrollada y muy masculina que, extrañamente, le granjeaba el cariño de casi todo el mundo. Era indudable que el motivo principal por el que tanto había deseado acompañar a Port y a Kit en aquel viaje era que ellos oponían como nadie una seria resistencia a sus incesantes tentativas de dominio moral y, en su compañía, debía doblar sus esfuerzos; así, de manera inconsciente, proporcionaba a su personalidad el ejercicio necesario. Por otra parte, Kit y Port tenían aversión a responder en lo más mínimo a su encanto, evidente hasta cierto punto, por lo que ninguno de los dos quería admitir haberlo alentado a viajar con ellos. Sentían bastante vergüenza, porque ambos eran conscientes del teatro y las fórmulas que empleaba en su comportamiento y sin embargo, en cierta medida, ambos habían caído voluntariamente en su trampa. Tunner, por su lado, era en esencia un individuo sencillo, que sentía una irresistible atracción por todo aquello que escapaba un poco a su comprensión intelectual. Contentarse con no ser del todo capaz de captar una idea era un hábito, ahora acentuado, que había adquirido en la adolescencia. Si lograba analizar un pensamiento desde todos sus ángulos, concluía que el pensamiento era inferior; para que despertase su interés, tenía que tener un aspecto inaccesible. Su atención, no obstante, no lo estimulaba a seguir reflexionando. Al contrario, la idea solo le proporcionaba una satisfacción emocional que le permitía relajarse y admirarla desde lejos. Al comienzo de su amistad con Port y Kit se había sentido inclinado a tratarlos con la atenta deferencia que, a su juicio, merecían, no en calidad de individuos, sino como seres que trataban casi en exclusiva con las ideas, cosas sagradas. Ellos habían reprobado aquella táctica de modo tan categórico, que Tunner se había visto en la obligación de inventar otra, cuyo uso aumentaba su inseguridad. Consistía en ligeros piques, burlas tan mínimas y vagas que casi siempre podía darles un giro halagüeño en caso de necesidad, y en adoptar una actitud de divertida resignación, aunque algo dolorosa, que lo hacía sentirse como el padre de un par de niños prodigio insufriblemente mimados.
Ahora, alegre, se movía por la habitación, silbando ante la idea de hallarse a solas con Kit; había decidido que ella lo necesitaba. No estaba nada seguro de poder convencerla de que la necesidad radicaba justo en el terreno que a él le habría gustado. En realidad, de todas las mujeres con las que esperaba tener relaciones íntimas algún día, Kit le parecía la más improbable, la más difícil. Alcanzó a verse mientras se inclinaba sobre su maleta y dirigió una sonrisa inescrutable a su propia imagen; la misma sonrisa que Kit encontraba tan falsa.
A la una, al llegar a la habitación de Port, vio que la puerta estaba abierta, y el equipaje había desaparecido. Dos sirvientas hacían la cama con sábanas limpias.
—Se ha marchao —dijo una.
A las dos se encontró con Kit en el comedor; estaba especialmente arreglada y guapa.
Tunner pidió champán.
—¡A mil francos la botella! —protestó ella—. ¡A Port le daría un ataque!
—Port no está —dijo Tunner.
IX
Unos minutos antes de las doce, Port estaba frente a la entrada del hotel con todo su equipaje. Tres porteadores árabes, que actuaban bajo la dirección del joven Lyle, amontonaban maletas en la parte trasera del coche. Entre las nubes, que se movían con lentitud, había ahora grandes agujeros de cielo azul marino; cuando asomaba el sol, el calor era de una intensidad inesperada. En dirección a las montañas, el cielo seguía negro y amenazador. Port estaba impaciente; contaba con salir antes que aparecieran Kit o Tunner.
A las doce en punto, Mrs. Lyle estaba en el vestíbulo protestando por la cuenta. El tono de su voz subía y bajaba en grandes ondas sonoras. Acercándose a la puerta, gritó:
—Eric, ¿quieres venir y decirle a este hombre que ayer no tomé galletas con el té? ¡Ahora mismo!
—Díselo tú —dijo Eric, distraído—. Celle-là on va mettre ici en bas —continuó diciéndole a uno de los árabes, indicando una pesada maleta de piel de cerdo.
—¡Eres un idiota!
Mrs. Lyle volvió a entrar. Un instante después Port la oyó gritar:
—Non! Non! Thé seulement! Pas gâteau!
Por fin volvió a aparecer, con la cara roja y el bolso colgando del brazo. Al ver a Port, se detuvo y llamó:
—¡Eric!
Eric alzó la vista del coche, se acercó y presentó a Port a su madre.
—Estoy muy contenta de que pueda venir con nosotros. Es una protección añadida. Dicen que aquí en las montañas es mejor llevar pistola. Aunque debo decir que nunca he visto a un árabe al que no haya podido tratar. De quien hay que protegerse es de los condenados franceses. ¡Una chusma asquerosa! Se atreven a decirme qué tomé ayer a la hora del té. ¡Qué insolencia! ¡Eric, eres un cobarde! Has dejado que pelease sola en recepción. ¡Seguro que fuiste tú quien se comió las galletas que estaban cobrándome!
—Es lo mismo, ¿o no? —sonrió Eric.
—Debería avergonzarte decirlo. Mr. Moresby, mire a este grandulón. No ha trabajado un solo día en su vida. A mí me toca pagar todas sus facturas.
—¡Vamos, mamá! Entra —dijo con desesperación.
—¿Qué es eso de entra? —La voz se le puso muy aguda—. ¡Mira que hablarme así! Necesitas un buen tortazo. A lo mejor te haría bien. —Subió al asiento delantero—. Nadie me ha hablado así, jamás.
—Nos sentaremos los tres adelante —dijo Eric—. ¿Le molesta, Mr. Moresby?
—Por mí, encantado. Prefiero ir adelante —dijo Port.
Había decidido mantenerse en la periferia de aquella estructura familiar; la mejor manera de conseguirlo, pensó, era no tener personalidad visible, limitarse a ser cortés, a escuchar. Era probable que aquellas riñas ridículas fuesen la única clase de conversación que aquellos dos habían logrado idear.
Eric se puso al volante, apretó el acelerador, y se pusieron en camino.
—Bon voyage! —gritaron los porteadores.
—Noté que mucha gente me miraba cuando me fui —dijo Mrs. Lyle, acomodándose en el asiento—. Esos árabes asquerosos han hecho su trabajo aquí, como en todas partes.
—¿Trabajo? ¿A qué se refiere? —dijo Port.
—Pues, a espiar. Aquí lo espían a uno todo el tiempo, ¿sabe? Se ganan la vida así. ¿Cree usted que puede hacer algo sin que se enteren? —Soltó una risa desagradable—. Al cabo de una hora todos los miserables vendedores de información y los subsecretarios de los consulados lo saben todo.
—¿Se refiere al consulado británico?
—Todos los consulados, la policía, los bancos, todos —dijo ella con firmeza.
Port miró a Eric expectante.
—Pero…
—Sí, sí —dijo Eric, al parecer feliz de poder corroborar las palabras de su madre—. Es espantoso. Nunca tenemos un momento de calma. Vayamos donde vayamos, nos retienen las cartas, tratan de negarnos la entrada a los hoteles diciendo que no tienen habitaciones, y cuando conseguimos habitación, la registran en nuestra ausencia y nos roban cosas, mandan a los camareros y a las sirvientas a escuchar nuestras conversaciones a escondidas…
—Pero ¿quién? ¿Quién hace todo eso y por qué?
—¡Los árabes! —exclamó Mrs. Lyle—. Son una gente apestosa y de raza inferior, que no tiene otra ocupación en la vida que espiar a los demás. ¿Cómo cree usted que viven si no?
—Parece increíble —aventuró Port con timidez, esperando provocar más de lo mismo, pues aquello le divertía.
—¡Ja! —dijo ella en tono triunfal—. Puede que a usted le parezca increíble, porque no los conoce, pero vaya con cuidado. Nos odian a todos. Y los franceses también. ¡Nos tienen tirria!
—Los árabes siempre me han parecido muy comprensivos —dijo Port.
—Claro, porque son serviles, halagan, lisonjean. Y, en cuanto uno se da la vuelta, corren al consulado.
Dijo Eric:
—Una vez en Mogador… —Su madre lo cortó en seco.
—¡Ay, cállate! Deja hablar a los demás. ¿Crees que alguien quiere escuchar tus estúpidas meteduras de pata? Si hubieras tenido un poco de sentido común, no te habrías metido en aquel asunto. ¿Con qué derecho te fuiste a Mogador, cuando yo estaba muriéndome en Fez? ¡Me moría, Mr. Moresby! Tumbada en el hospital, con una horrorosa enfermera árabe que era incapaz de poner una inyección como es debido…
—¡Sí que era capaz! —dijo Eric, resuelto—. A mí me puso al menos veinte. Tú pillaste una infección porque tenías las defensas bajas.
—¡Defensas! —chilló Mrs. Lyle—. Me niego a seguir hablando. Mire el color de las colinas, Mr. Moresby. ¿Ha probado alguna vez los infrarrojos para los paisajes? Yo tomé unas fotos excepcionalmente buenas en Rhodesia, pero me las robó un editor en Johannesburgo.
—Mr. Moresby no es fotógrafo, mamá.
—Ay, cállate. ¿Crees que eso le impide saber de fotografía infrarroja?
—He visto algunas muestras —dijo Port.
—Pues claro que las ha visto. Ves, Eric, nunca sabes lo que dices. Todo deriva de tu falta de disciplina. Mi único deseo es que algún día tengas que ganarte la vida. Así aprenderías a pensar antes de hablar. Por ahora no eres más que un perfecto imbécil.
Surgió una disputa muy árida, en la cual Eric, al parecer en beneficio de Port, enumeró una lista de empleos inverosímiles que aseguraba haber tenido en los últimos cuatro años, mientras por sistema su madre cuestionaba cada detalle con lo que parecía una prueba fehaciente de su falsedad. A cada nueva declaración de Eric, exclamaba:
—Qué mentiras. ¡Qué mentiroso! ¡Ni siquiera sabes cuál es la verdad!
Al fin, Eric respondió en tono ofendido, como si capitulara:
—De todos modos, tú nunca me dejarías conservar un empleo. Te horroriza la idea de que me independice.
Mrs. Lyle exclamó:
—¡Mire, mire! ¡Mr. Moresby! ¡Aquella mulita! Me recuerda España. Pasamos dos meses allí. Es un país horrible —(pronunció “hojible”)—, todo son soldados, curas y judíos.
—¿Judíos? —repitió Port, incrédulo.
—Claro. ¿No lo sabía? Los hoteles están llenos. Gobiernan el país. Entre bastidores, claro. Como en todas partes. Solo que en España lo hacen con mucha pericia. No admiten que son judíos. En Córdoba —y esto demostrará hasta qué punto son astutos y embusteros— pasé por una calle llamada Judería. Allí está la sinagoga. Por supuesto está desde luego atestada de judíos, un típico gueto. Pero ¿usted cree que alguno lo admitía? ¡Claro que no! Todos agitaban el dedo de un lado a otro delante de mis narices y me gritaban: “¡Católico! ¡Católico!”. Imagínese, Mr. Moresby, pretendían ser católicos romanos. Y cuando paseé por la sinagoga, ¡el guía insistió en que no se habían celebrado oficios religiosos desde el siglo XV! Me temo que fui muy maleducada con él. Me reí delante de sus narices.
—¿Qué dijo él? —inquirió Port.
—Ah, siguió con su discurso. Lo tenía aprendido de memoria, claro. Se me quedó mirando fijamente. Todos lo hacen. Pero creo que me respetó por no estar asustada. Cuanto más maleducados somos con ellos, más nos admiran. Le demostré que sabía que estaba contándome una sarta de mentiras espantosas. ¡Católicos! Supongo que creen que eso los hace superiores. Fue muy divertido: eran todos de aspecto muy judío; solo había que verlos. Ah, conozco a los judíos. He tenido demasiadas experiencias desagradables con ellos como para no reconocerlos.
La novedad de la caricatura iba desgastándose. Port empezaba a sentir asfixia allí sentado entre ambos; sus obsesiones lo deprimían. Mrs. Lyle era aún más insoportable que su hijo. A diferencia de él, no tenía hazañas, imaginarias o reales, que contar; toda su conversación consistía en descripciones detalladas de las persecuciones de las que creía haber sido objeto, y en relatos minuciosos de las amargas disputas que había mantenido con quienes la habían acosado. Mientras hablaba, su personaje iba cobrando forma, aunque a Port ya le interesaba mucho menos. La vida de Mrs. Lyle carecía de contactos personales, y los necesitaba. De modo que los manufacturaba como mejor podía; cada pelea era una tentativa frustrada de establecer algún tipo de relación humana. Aun con Eric había llegado a aceptar que la disputa era la manera natural de hablar. Port decidió que era la mujer más sola que había visto jamás, pero no logró que le importase demasiado.
Dejó de escuchar. Habían salido de la ciudad y subían una gran colina yerma del otro lado del valle que acababan de atravesar. Al virar en una de las múltiples curvas en S, se percató con sobresalto de que tenía directamente en frente la fortaleza turca, que a aquella distancia se veía pequeña y perfecta como un juguete. Al pie de la muralla, dispersas por la tierra amarilla, había varias jaimas negras diminutas; en cuál había estado, cuál era la de Marhnia, no podía saberlo, porque la escalera no era visible desde donde él estaba. Y allí estaba ella, sin duda, abajo, en algún lugar del valle, haciendo la siesta al calor de la jaima mal ventilada, sola o con un afortunado amigo árabe, “no Smaïl”, pensó. Viraron otra vez, subiendo cada vez más alto; había precipicios por encima de sus cabezas. Al borde de la carretera aparecían a veces altos macizos de cardos muertos, cubiertos de polvo blanco, y desde las plantas las langostas lanzaban un agudo e incesante grito, como el sonido del calor mismo. Una y otra vez el valle se hacía visible, siempre un poco más pequeño, un poco más lejano, un poco menos real. El Mercedes rugía como un avión; el tubo de escape no tenía silenciador. Las montañas estaban allí enfrente, la sebkha se extendía a sus pies. Port se volvió para echarle un último vistazo al valle; la forma de cada tienda seguía siendo discernible, y advirtió que las jaimas eran semejantes a los picos de las montañas, al fondo, en el horizonte.
Mientras observaba el despliegue del paisaje canicular, sus pensamientos hicieron un viraje interior, se detuvieron un instante en el sueño que aún le preocupaba. Al cabo de un rato, sonrió; ahora lo tenía. El tren, que iba cada vez más rápido, no era sino el epítome de la vida misma. La indecisión en torno al no y el sí era la actitud inevitable cuando se trataba de medir el valor de aquella vida, y el titubeo quedaba de inmediato superado por la decisión involuntaria de negarse a participar en ella. Se preguntaba por qué le había perturbado; era un sueño sencillo, clásico. Todas las conexiones estaban claras en su mente. Poco importaba su particular significado con respecto a su propia vida. Pues, para no tener que ocuparse de valores relativos, hacía mucho que había decidido negar todo propósito a los fenómenos de la existencia —resultaba más conveniente y reconfortante—.
Estaba satisfecho de haber resuelto su pequeño problema. Miró el paisaje circundante; seguían subiendo, aunque ya habían pasado la primera cresta. En torno a ellos había ahora colinas yermas, redondeadas, sin detalles que les proporcionasen la escala. Y a cada lado, la misma línea dura, desigual del horizonte, con el cielo blanco, cegador, de fondo. Mrs. Lyle decía:
—Son una tribu espantosa. Una gente miserable, puedo asegurárselo.
“Acabaré matando a esta mujer”, pensó Port furioso. Al disminuir la cuesta y cobrar velocidad el coche, se creó la fugaz ilusión de una brisa, pero cuando en una curva la carretera empezó a subir de nuevo y reanudaron el lento ascenso, Port advirtió que el aire no se movía.
—Según el mapa, hay una especie de mirador más arriba —dijo Eric—. La vista debe ser magnífica.
—¿Crees que deberíamos parar? —preguntó Mrs. Lyle, ansiosa—. Tenemos que estar en Boussif a la hora del té.
El mirador resultó ser un ensanchamiento apenas perceptible de la carretera, que describía allí una curva muy cerrada. Algunas rocas, que habían caído por el lado interno del precipicio, hacían el paso aún más peligroso. En el borde, el terreno caía en picado y la vista tierra adentro era espectacular y hostil.
Eric detuvo el coche un minuto, pero nadie se apeó. El resto del viaje transcurrió por un territorio pedregoso, demasiado reseco hasta para dar cobijo a las langostas, aunque de vez en cuando Port vislumbraba a lo lejos alguna aldea de barro del color de las colinas, cercada de cactus y arbustos espinosos. Se hizo un silencio entre los tres, y no hubo nada que oír, salvo el rugido constante del motor.
Cuando divisaron Boussif, con su moderno alminar de cemento blanco, Mrs. Lyle dijo:
—Eric, quiero que te encargues de las habitaciones. Yo iré derecho a la cocina y les enseñaré cómo hacer té. Cuando salimos de viaje —dijo a Port levantando el bolso—: siempre llevo té aquí en mi bolso. Si no, hay que esperar siglos a que este lamentable niño se ocupe del automóvil y el equipaje. Creo que no hay nada en absoluto que ver en Boussif, así que nos ahorraremos meternos por las calles.
—Derb Ech Chergui —dijo Port.
Y como ella se volvía hacia él con asombro, añadió para tranquilizarla:
—Leía un letrero.
La larga calle principal estaba vacía, cociéndose en el sol de la tarde, cuya potencia parecía duplicada por el hecho de que, sobre las montañas frente a ellos, hacia el sur, aún pendían las enormes nubes oscuras que habían estado allí desde temprano por la mañana.
X
Era un tren muy viejo. Del bajo techo del pasillo de su vagón colgaba una hilera de lámparas de keroseno, que se balanceaban con violencia de un lado a otro al unísono, mientras el vetusto vehículo avanzaba a trompicones. A punto de salir de la estación, Kit, presa de la habitual desesperación al iniciar un viaje en tren, se apeó de un brinco, corrió al kiosco y compró varias revistas francesas, antes de volver a subir justo cuando el tren se ponía en marcha. Ahora, en la confusa mezcla de la luz diurna declinante y el resplandor amarillo que proyectaban las lámparas mortecinas, tenía las revistas en el regazo y las abría una tras otra, intentando ver qué contenían. La única que logró ver estaba llena de fotografías: Ciné Pour Tous.
Tenían el compartimento para ellos. Tunner estaba sentado frente a ella.
—No se puede leer con esta luz —dijo.
—Solo miro las imágenes.
—Ah.
—Me disculpas, ¿verdad? Dentro de un minuto ya no podré hacer ni eso. Me pongo un poco nerviosa en los trenes.
—Adelante —dijo él.
Habían traído una cena fría, preparada por el hotel. De vez en cuando Tunner echaba al cesto una mirada especulativa. Al final, ella levantó la vista y le descubrió.
—¡Tunner! ¡No me digas que tienes hambre! —exclamó.
—Es mi solitaria.
—Eres asqueroso. —Levantó el cesto, contenta de ocuparse en una actividad manual. Fue sacando, uno tras otro, los gruesos bocadillos envueltos por separado en finas servilletas de papel—. Les dije que no nos pusieran ese horrible jamón español. Está crudo y puedes acabar con gusanos de verdad. Pero seguro que algunos llevan jamón. Creo que lo huelo. Siempre creen que uno habla solo para escuchar el sonido de su propia voz.
—Yo me comeré el jamón, si es que lo hay —dijo Tunner—. Está muy bueno, si mal no recuerdo.
—Sí, no sabe mal.
Sacó un paquete de huevos duros, envueltos junto con aceitunas negras muy aceitosas. El tren rechinó y se adentró en un túnel. Kit se apresuró a poner los huevos en el cesto y miró con aprensión hacia la ventana. Veía el contorno de su cara reflejado en el vidrio, iluminado sin piedad por el débil resplandor que provenía de arriba. El hedor del humo del carbón aumentaba por momentos; sentía que le oprimía los pulmones.
—¡Buf! —Tunner se asfixiaba.
Ella permaneció sentada, inmóvil, esperando. Si se produjera un accidente, lo más probable es que ocurriese en un túnel o un puente de caballetes. “Si pudiera estar segura de que sucederá esta noche —pensó—, podría relajarme. Pero la incertidumbre. Nunca se sabe, por eso uno siempre espera.”
Poco después salieron del túnel, respiraron de nuevo. Afuera, sobre los kilómetros de imprecisa tierra rocosa, las montañas se erguían imponentes, negro azabache. Por encima de sus afiladas crestas, la poca luz que quedaba en el cielo se filtraba entre pesadas nubes amenazadoras.
—¿Qué hay de esos huevos?
—¡Ah! —Le tendió el paquete entero.
—¡No los quiero todos!
—Tienes que comértelos —dijo ella, haciendo un gran esfuerzo por estar presente, por participar en la pequeña vida que transcurría entre las crujientes paredes de madera del vagón—. Yo solo quiero un poco de fruta. Y un bocadillo.
Pero el pan le pareció duro y seco; le costaba masticarlo. Tunner estaba entretenido en sacar una de sus maletas de debajo del asiento. Kit introdujo su bocadillo en el hueco entre su asiento y la ventana.
Tunner se sentó, el rostro triunfante, sosteniendo una gran botella oscura; hurgó en su bolsillo un momento y sacó un abrebotellas.
—¿Qué es?
—Adivina —dijo con una gran sonrisa.
—No… ¡champán!
—A la primera.
En su nerviosismo, Kit estiró los brazos, le agarró la cabeza con ambas manos y le besó sonoramente en la frente.
—¡Qué amor! —exclamó—. ¡Eres maravilloso!
Tunner tiró del corcho; sonó un taponazo. Una mujer demacrada, vestida de negro, pasó por el pasillo y se les quedó mirando. Con la botella en la mano, Tunner se levantó y corrió las cortinas. Kit lo observaba, pensando: “Es muy diferente de Port. Port nunca habría hecho esto”.
Y mientras él llenaba los vasos de plástico, ella seguía debatiendo consigo misma. “Pero no significa nada, solo que ha gastado dinero. Es algo comprado, eso es todo. Aunque estar dispuesto a gastar dinero… Y haberlo pensado, más que nada.”
Entrechocaron los vasos en un brindis. No hubo ningún “chin” familiar, solo un sonido sordo, como de papel.
—Por África —dijo Tunner, de repente tímido. Había querido decir: “Por esta noche”.
—Sí.
Kit miró la botella, que él había colocado en el suelo. De modo característico, decidió enseguida que era el objeto mágico que iba a salvarla, que gracias a su poder escaparía al descarrilamiento. Apuró su vaso. Él volvió a llenárselo.
—Tenemos que hacerlo durar —avisó Kit, de repente temerosa de que se agotara la magia.
—¿Te parece? ¿Por qué? —Tunner sacó la maleta y la abrió de nuevo—. Mira. —Había cinco botellas más—. Por eso insistí tanto en llevar yo mismo esta maleta —dijo, sonriendo para acentuar sus hoyuelos—. Pensarías que estoy loco de remate.
—No me di cuenta —dijo con voz débil, sin fijarse siquiera en los hoyuelos que tanto le disgustaban. La visión de tanta magia la había abrumado.
—Así que bebe. Rápido y con empeño.
—No te preocupes por mí —rio ella—. No necesito exhortación alguna. —Sentía una felicidad absurda, era demasiado feliz dadas las circunstancias, se recordó a sí misma. Pero siempre era un péndulo; una hora después volvería a estar donde estaba hacía un minuto.
El tren se detuvo con lentitud. Del otro lado de la ventana era noche cerrada; no había ninguna luz a la vista. Fuera, en algún lugar, una voz cantaba una extraña melodía repetitiva. La canción, que siempre empezaba por arriba y continuaba en descenso hasta agotar el aliento, para volver a empezar en lo alto de la escala, tenía la estructura del llanto de un niño.
—¿Es un hombre eso? —preguntó Kit, incrédula.
—¿Dónde? —dijo Tunner, mirando alrededor.
—El que canta.
Tunner escuchó un momento:
—Es difícil decirlo. Bebe.
Kit bebió y sonrió. Pronto miraba por la ventana hacia la noche cerrada.
—Creo que yo nunca tendría que haber vivido —dijo con tristeza.
Tunner parecía preocupado.
—Mira, Kit. Sé que estás nerviosa. Por eso traje el agua con burbujas. Pero tienes que tranquilizarte. Tómatelo con calma. Relájate. Nada es tan importante, ¿sabes? ¿Quién fue el que dijo…?
—No. Eso sí que no —interrumpió ella—. Champán, sí, filosofía, no. Y me parece que ha sido en extremo amable de tu parte haberlo pensado, sobre todo ahora que veo por qué lo has traído.
Tunner dejó de masticar. Su rostro cambió de expresión; había en sus ojos un atisbo de dureza.
—¿A qué te refieres?
—Porque comprendiste que soy un saco de nervios en los trenes. Y no podrías haber hecho nada que yo apreciase más.
Él masticó de nuevo, y sonrió.
—Olvídalo. A mí también está sentándome de maravilla, como habrás notado. Así que, ¡a la salud del viejo y querido Mumm!
Descorchó la segunda botella. El tren se puso de nuevo en marcha con esfuerzo.
Volver a estar en movimiento la animó.
—Dime, ingrato, por qué me abandonaste y sola me dejaste… cantó.
—¿Más? —Tunner le tendió la botella.
—Claro que sí —dijo Kit, apurando el vaso de un trago y tendiéndolo de nuevo.
El tren avanzaba traqueteante y se paraba a cada rato en lo que parecían descampados. Pero siempre se oían voces allá fuera, en la oscuridad, gritando en la lengua gutural de las montañas. Terminaron de cenar; mientras Kit comía el último higo, Tunner se inclinó para sacar otra botella de la maleta. Sin saber con exactitud qué hacía, Kit metió la mano en el hueco donde había escondido su bocadillo, lo sacó y lo introdujo en su bolso, sobre la polvera. Tunner le sirvió champán.
—El champán no está tan fresco como antes —dijo ella, sorbiéndolo.
—No se puede tener todo.
—¡Ay, pero me encanta! No me importa que esté caliente. ¿Sabes?, creo que me está subiendo bastante.
—¡Bah! Con lo poco que has bebido, lo dudo —rio.
—¡No me conoces! Cuando estoy nerviosa o preocupada, enseguida me entono.
Tunner miró su reloj.
—Bueno, nos quedan al menos ocho horas. Así que bebamos. ¿Te importa que cambie de asiento y me siente a tu lado?
—Claro que no. Te lo pedí cuando nos subimos, para que no tuvieras que ir de espaldas.
—Perfecto. —Se levantó, se estiró, bostezó y se sentó a su lado con rudeza, dándole un empujón—. Perdona —dijo—. He calculado mal los virajes de la bestia. Dios mío, qué tren. —La rodeó con el brazo derecho y la atrajo hacia sí—. Apóyate en mí. Estarás más cómoda. ¡Relájate! Vas toda tensa y tiesa.
—¡Tiesa, sí! Me temo.
Se rio: a ella le sonó como una risita ahogada. Se apoyó un poco en él, la cabeza sobre su hombro. “Esto debería hacerme sentir cómoda —pensaba—, pero no hace más que empeorarlo todo. Voy a estallar.”
Durante unos minutos se obligó a quedarse quieta. Era difícil no estar tensa, porque le parecía que el movimiento del tren la empujaba hacia él de continuo. Sintió que los músculos del brazo de Tunner se endurecían poco a poco en torno a su cintura. El tren se detuvo. Ella se levantó de un brinco, exclamando:
—Quiero acercarme a la puerta y ver qué aspecto tiene el exterior.
Él se levantó, volvió a rodearla con el brazo, lo mantuvo allí con insistencia, y dijo:
—Ya sabes qué aspecto tiene. Hay solo montañas oscuras.
Kit lo miró a la cara.
—Lo sé. Por favor, Tunner. —Forcejeó un poco y notó que él la soltaba.
En aquel momento se abrió la puerta que daba al pasillo y la mujer escuálida, de negro, hizo ademán de entrar en el compartimento.
—Ah, pardon. Je me suis trompée —dijo, frunciendo el ceño torvamente, y prosiguió su camino sin cerrar la puerta.
—¿Qué quiere esa vieja arpía? —dijo Tunner.
Kit se dirigió a la puerta, se detuvo y dijo a voz en grito:
—No es más que una voyeuse.
La mujer, que ya había recorrido medio pasillo, se volvió furiosa y la fulminó con la mirada. Kit estaba encantada. La satisfacción que le produjo saber que la mujer había oído la palabra le pareció absurda. Sin embargo allí estaba, una poderosa fuerza exultante en su interior. “Un poco más y estaré histérica. ¡Y entonces Tunner no podrá hacer nada en absoluto.”
En situaciones normales, Kit sentía que Port tendía a no ser comprensivo, pero en casos extremos nadie podía reemplazarlo; en los momentos muy malos, Kit dependía de él enteramente, no porque fuera un guía infalible en tales circunstancias, sino porque una parte de su conciencia lo anexionaba a ella como un contrafuerte, de tal forma que se identificaba en parte con él. “Y Port no está aquí. Así que nada de histerias, por favor.” En voz alta, dijo:
—Vuelvo enseguida. No dejes entrar a la bruja.
—Voy contigo —dijo Tunner.
—Por favor, Tunner —rio ella—. Me temo que allí donde voy estarías un poco de más.
Tunner se esforzó por disimular su bochorno.
—¡Oh! De acuerdo. Perdón.
El pasillo estaba desierto. Kit trató de mirar por las ventanas, pero estaban cubiertas de polvo y huellas de dedos. Más adelante se oían voces. Las puertas que daban al andén estaban cerradas. Pasó al siguiente vagón; estaba señalizado con un “II” y parecía mejor iluminado, más populoso, mucho más destartalado. En el otro extremo se topó con unas personas que subían al vagón. Se desplazó entre ellas, se apeó y avanzó por el andén hacia la delantera del tren. Los pasajeros de cuarta clase, todos beréberes y árabes, se arremolinaban en medio de una confusión de bultos y cajas, apilados en el andén de tierra bajo la tenue luz de una bombilla desnuda. De las montañas cercanas bajaba un viento cortante. Rápidamente, Kit se metió entre el gentío y subió al tren.
Al entrar, su primera impresión fue la de no estar en absoluto en el tren. No era sino un área oblonga, atiborrada de hombres vestidos con chilabas pardas, en cuclillas, durmiendo, reclinados, de pie y abriéndose paso a través de un fárrago de atillos amorfos. Permaneció quieta un segundo, contemplando el panorama; por primera vez sintió que estaba en tierra extranjera. Alguien la empujaba por detrás, obligándola a entrar en el vagón. Al no ver un lugar hacia el que avanzar, se resistió y cayó sobre un hombre de barba cana que la miró con severidad. Bajo su mirada, se sintió como una niña malcriada. “Pardon, Monsieur”, dijo, intentando quitarse de en medio para evitar la presión creciente a sus espaldas. Era inútil. Pese a todos sus esfuerzos, fue impelida hacia delante, y tropezando con las formas postradas y las pilas de objetos, avanzó hasta el centro del vagón. El tren dio una sacudida y se puso en movimiento. Miró a su alrededor algo asustada. Se le ocurrió que estaba entre musulmanes y que el olor a alcohol de su aliento podía escandalizarlos casi tanto como si de repente se quitase toda la ropa. Tropezando con las figuras acuclilladas, se abrió paso hasta una sección sin ventanas, y se apoyó en la pared mientras sacaba de su bolso un frasco de perfume y se lo frotaba por la cara y el cuello con la esperanza de que contrarrestaría el alcohol, o de que al menos se mezclaría con el olor etílico que pudiera despedir. Mientras se frotaba, sus dedos dieron con un pequeño objeto blando en su nuca. Miró: era un piojo amarillo. Lo había medio aplastado. Se secó los dedos con asco en la pared. Los hombres la miraban, pero sin simpatía ni antipatía. Ni siquiera con curiosidad, pensó. Tenían la expresión absorta y vacía del hombre que mira el pañuelo después de sonarse la nariz. Cerró los ojos un momento. Ante su sorpresa, sintió hambre. Sacó el bocadillo y comió, partiendo el pan en pedacitos y masticándolos con saña. El hombre a su lado, apoyado contra la pared, también comía… pequeños objetos oscuros que sacaba sin cesar de la capucha de su vestido y mascaba ruidosamente. Sintió un ligero estremecimiento cuando vio que eran langostas rojas a las que habían retirado las patas y la cabeza. El constante murmullo de voces cesó de repente; la gente parecía estar escuchando. Por encima del retumbar sordo del tren y el rítmico traqueteo de las ruedas sobre los rieles oía el sonido fuerte y constante de la lluvia sobre el techo de estaño del vagón. Los hombres asintieron con la cabeza; volvieron a entablar conversación. Kit decidió regresar a la puerta, costase lo que costase, y apearse en la siguiente estación. Con la cabeza algo gacha, empezó a abrirse paso entre la multitud como una demente. La gente dormida en el suelo emitió gruñidos cuando los pisó, y hubo exclamaciones de indignación, porque sus codos entraron en contacto con algunos rostros. A cada paso gritaba: “Pardon! Pardon!”. Estaba apretujada en una esquina al fondo del vagón. Ahora lo único que necesitaba era llegar hasta la puerta. Impidiéndole el paso, había un hombre con cara de loco que sostenía una cabeza de oveja, cuyos ojos, como canicas de ágata, miraban fijamente desde sus órbitas. “¡Ay!”, gimió. El hombre la miró impasible, sin hacer el menor movimiento para dejarla pasar. Utilizando toda su fuerza consiguió hacerse a un lado, rozando con la falda el pescuezo ensangrentado mientras se abría paso con dificultad. Vio con alivio que la puerta que daba a la plataforma estaba abierta; solo tenía que pasar entre quienes obstaculizaban la entrada. Una vez más, se puso a gritar “Pardon!”, y se abalanzó hacia la salida. La plataforma, barrida por la lluvia fría, estaba menos atiborrada. Quienes se hallaban allí sentados tenían las cabezas cubiertas con las capuchas de sus chilabas. Volviéndole la espalda a la lluvia, se agarró a la barandilla de hierro y clavó la mirada en la cara más horrenda que hubiera visto jamás. El hombre, alto, vestía harapos europeos y llevaba un saco de arpillera en la cabeza como un haïk. Pero allí donde hubo una nariz se abría un oscuro abismo triangular, y los extraños labios aplastados eran de color blanco. Sin motivo alguno pensó en el hocico de un león; no podía apartar los ojos de él. El hombre no parecía verla ni sentir la lluvia; sencillamente estaba allí. Mientras lo miraba, Kit se preguntó por qué sería que un rostro enfermo, que en esencia no significa nada, era tanto más horrible a la vista que un rostro cuyos tejidos están sanos, pero cuya expresión revela una corrupción interior. Port diría que eso no sería así en un mundo no materialista. Y lo más seguro es que tuviera razón.
Estaba calada hasta los huesos y temblaba, pero seguía aferrada a la fría barandilla metálica y miraba hacia delante… a veces hacia el rostro, a veces a un lado hacia el aire gris de la noche, al fondo, lleno de lluvia. Era un tête-à-tête que duraría hasta que llegasen a la estación. El tren subía penosa y ruidosamente por una cuesta empinada. De vez en cuando, en medio de las sacudidas y el estruendo, se producía un sonido hueco durante unos segundos al cruzar un puente. En esos momentos le parecía que avanzaba por los aires, y que muy abajo el agua corría veloz entre las paredes rocosas de las simas. La lluvia torrencial seguía cayendo. Tenía la impresión de estar viviendo un sueño terrorífico que no quería concluir. No era consciente del paso del tiempo; al contrario, sentía que se había detenido, que ella se había convertido en una cosa estática suspendida en el vacío. Sin embargo, por debajo de esta sensación existía la certeza de que en algún momento dejaría de ser así… pero no quería pensar en ello, porque temía volver a cobrar vida, que el tiempo reanudara su marcha una vez más y que ella fuera consciente del transcurso de cada segundo interminable.
De modo que permaneció inmóvil, temblando sin cesar, manteniéndose muy erguida. Cuando el tren aminoró la marcha y se detuvo, el hombre con cara de león había desaparecido. Se apeó y volvió corriendo, contra la lluvia, a la cola del tren. Al subirse al vagón de segunda recordó que el león se había hecho a un lado como cualquier hombre normal, para dejarla pasar. Empezó a reírse para sus adentros, en silencio. Luego se quedó quieta. Había gente en el pasillo, hablando. Dio media vuelta y regresó al retrete, echó el cerrojo y se puso a maquillarse junto a la lámpara vacilante del techo, mirándose en el pequeño espejo ovalado, encima del lavabo. Seguía temblando de frío y le caía el agua por las piernas hasta el suelo. Cuando sintió que podía enfrentarse a Tunner de nuevo, salió, recorrió el pasillo y cruzó al vagón de primera. La puerta de su compartimento estaba abierta. Tunner miraba por la ventanilla, malhumorado. Cuando ella entró, se volvió y dio un respingo.
—¡Dios mío, Kit! ¿Dónde has estado?
—En el vagón de cuarta clase. —Temblaba con tal violencia que le era imposible sonar despreocupada, como había querido.
—¡Pero mírate! Ven aquí dentro.
Su voz sonaba de repente muy seria. Tiró de ella con firmeza hacia el interior del compartimento, cerró la puerta, la ayudó a sentarse, y acto seguido se puso a hurgar en su equipaje, sacando cosas y colocándolas sobre el asiento. Ella lo miraba aletargada. Poco después, Tunner le tendía dos aspirinas y un vaso de plástico.
—Tómatelas —ordenó.
El vaso contenía champán. Ella hizo lo que le pedían. Luego Tunner le señaló la bata de franela que había colocado sobre el asiento, delante de ella.
—Voy a salir al pasillo, y quiero que te quites toda la ropa que llevas puesta, y te pongas esto. Luego llamas a la puerta; yo entraré y te haré unas friegas en los pies. Nada de excusas. Obedece. —Salió y cerró la puerta.
Kit bajó las persianas de las ventanillas exteriores e hizo lo que él le había dicho. La bata era suave y calentita; se acurrucó envuelta en ella durante un rato, con las piernas encogidas. Se sirvió otros tres vasos de champán, que bebió con rapidez, uno detrás de otro. Luego golpeó suavemente el cristal. La puerta se entreabrió.
—¿Se puede? —dijo Tunner.
—Sí, sí. Entra.
Se sentó frente a ella.
—Ahora, pon el pie aquí. Te los voy a frotar con alcohol. Pero ¿qué demonios te pasa? ¿Estás loca? ¿Quieres tener una neumonía? ¿Qué pasó? ¿Por qué te fuiste tanto tiempo? Me tenías loco, corriendo de arriba abajo, entrando y saliendo de los vagones, preguntándoles a todos si te habían visto. No sabía dónde diablos te habías metido.
—Te dije que estaba en la cuarta clase, con los indígenas. No podía regresar porque no hay paso entre los vagones. Esto sienta de fábula. Acabarás rendido.
Él se rio y frotó con mayor vigor.
—Sería la primera vez.
Cuando Kit hubo entrado en calor y se sentía cómoda, Tunner alargó el brazo hacia arriba y bajó hasta el tope la mecha de la lámpara. Luego se le acercó y se sentó a su lado. La rodeó con el brazo, la presión comenzó de nuevo. A ella no se le ocurría nada que decir para que parara.
—¿Estás bien? —preguntó Tunner con voz ronca y suave.
—Sí —dijo ella.
Un minuto después Kit susurró con nerviosismo:
—¡No, no, no! Alguien podría abrir la puerta.
—Nadie va a abrir la puerta. —La besó.
Kit oyó en su mente que las lentas ruedas sobre los rieles decían una y otra vez: “Ahora no, ahora no, ahora no, ahora no…”. E imaginó debajo de ellos los profundos abismos bajo la lluvia, henchidos de agua. Levantó el brazo y acarició la nuca de Tunner, pero no dijo nada.
—Cariño —murmuró Tunner—. No te muevas. Descansa.
Kit ya no podía pensar, ni tenía ya más imágenes en la cabeza. Solo era consciente de la suavidad de la bata de lana junto a su piel, y luego, de la proximidad y el calor de un ser que no la asustaba. La lluvia golpeaba los cristales.
XI
La azotea del hotel, temprano por la mañana, antes que asomara el sol por detrás de las montañas cercanas, era un lugar agradable para el desayuno. Las mesas estaban dispuestas a lo largo del borde de la terraza con vista al valle. Abajo, en los jardines, las higueras y los altos tallos de los papiros se mecían ligeramente con el fresco viento de la mañana. Más abajo estaban los árboles más grandes, donde las cigüeñas habían construido sus enormes nidos, y al pie de la pendiente corría el agua roja y espesa del río. Port estaba sentado bebiendo café, disfrutando del aroma del aire de montaña lavado por la lluvia. Justo debajo, las cigüeñas enseñaban a volar a sus crías; el graznido de carraca de los adultos se mezclaba con los gritos agudos de los jóvenes que revoloteaban alrededor.
Mientras Port observaba, Mrs. Lyle entró por la puerta que conducía a la planta baja. Le pareció que su semblante lucía una inusual consternación. La invitó a sentarse con él; ella pidió té a un viejo camarero árabe, vestido con un uniforme chillón color rosado.
—¡Hay que ver! ¡Qué pintorescos son! —dijo Mrs. Lyle.
Port le señaló los pájaros; los miraron hasta que trajeron el té.
—Dígame, ¿ha llegado sana y salva su esposa?
—Sí, pero no la he visto. Sigue dormida.
—No me extraña, tras ese deplorable viaje.
—Y su hijo ¿sigue en la cama?
—¡Por Dios, no! Ha ido a alguna parte, a ver a algún caíd u otro. Creo que ese muchacho trae cartas de presentación para los árabes de todas las ciudades de África del Norte. —Se mostró pensativa. Pasados unos momentos dijo con mirada penetrante—: Espero que usted no se les acerque.
—¿Se refiere a los árabes? No conozco a ninguno personalmente. Pero es bastante difícil no acercárseles, visto que están en todas partes.
—Ah, no me refiero al contacto social con ellos. Eric es un perfecto idiota. De no ser por esa gente asquerosa, hoy no estaría enfermo.
—¿Enfermo? Me ha parecido que tenía buen aspecto. ¿Qué le pasa?
—Está muy enfermo. —Su voz sonaba distante; miró abajo, hacia el río. Luego se sirvió un poco más de té y ofreció a Port una galleta de una lata que había traído. Con voz más firme, continuó—: Están todos contaminados, como usted sabrá. Bueno, pues eso es. Y yo me las he visto moradas intentando encontrarle un tratamiento adecuado. Es un joven estúpido.
—Creo que no acabo de entender —dijo Port.
—Una infección, una infección —dijo Mrs. Lyle con impaciencia—. Alguna ramera árabe —añadió con increíble violencia.
—Ah —dijo Port, evasivo.
Ahora Mrs. Lyle sonaba menos segura de sí misma.
—He oído que esas infecciones pueden incluso transmitirse entre hombres. ¿Cree usted que eso es cierto, Mr. Moresby?
—No lo sé, la verdad —respondió, mirándola con cierta sorpresa—. Corren tantos chismes carentes de fundamento acerca de estas cosas. Un médico lo sabrá.
Mrs. Lyle le tendió otra galleta.
—No le reprocho que no quiera hablar de ello. Le ruego que me perdone.
—No tengo objeción alguna —protestó él—. Pero no soy médico. Ya me entiende.
Ella parecía no haberlo oído.
—Es repugnante. Tiene usted razón.
Medio sol asomaba por detrás del borde de la montaña; un minuto después haría calor.
—Aquí está el sol —dijo Port.
Mrs. Lyle reunió sus cosas.
—¿Se quedará usted mucho tiempo en Boussif? —preguntó.
—No tenemos planes. ¿Y usted?
—Ah, Eric ha elaborado un itinerario demencial. Me parece que mañana por la mañana nos vamos a Aïn Krorfa, a no ser que decida marcharse este mediodía y pasar la noche en Sfissifa. Parece que hay un hotelito bastante decente. No tan grandioso como este, desde luego.
Port miró las mesas y las sillas desvencijadas a su alrededor, y sonrió.
—No creo que me conformase con nada mucho menos grandioso que esto.
—Oh, ¡pero mi querido Mr. Moresby! Esto es de un lujo tremendo. Este es el mejor hotel que encontrará desde aquí hasta el Congo. Después de este no hay ninguno con agua corriente, ¿sabe? Bueno, en cualquier caso lo veremos antes de marcharnos. Me estoy achicharrando con este horrible sol. Por favor dele los buenos días a su esposa de mi parte. —Se levantó y bajó las escaleras.
Port colgó su chaqueta en el respaldo de la silla y se sentó un rato a cavilar acerca del extraño comportamiento de aquella excéntrica mujer. No lograba atribuirlo a la mera irresponsabilidad o a locura; le parecía mucho más probable que su conducta fuera una manera indirecta de comunicar una idea que no se atrevía a expresar sin rodeos. En su mente confusa, el procedimiento debía ser lógico. De lo único que Port estaba seguro era de que su principal motivación era el miedo. Y la de Eric, la avidez; de ello también estaba seguro. Pero el compuesto que formaban los dos juntos seguía desconcertándolo. Tenía la impresión de que el mero esbozo de un plan comenzaba a cobrar forma; qué plan era, qué podía acabar significando, todo aquello seguía siendo muy problemático. No obstante, suponía que por el momento madre e hijo trabajaban en direcciones opuestas. Cada uno tenía su motivo para estar interesado en su presencia, pero las razones no eran idénticas, ni siquiera complementarias, pensó.
Consultó su reloj: eran las diez y veinte. Kit no estaría despierta aún. Cuando la viera, quería discutirlo con ella, si no seguía enfadada con él. Poseía una habilidad considerable para descifrar motivaciones. Decidió dar un paseo por la ciudad. Hizo un alto en su habitación, dejó su chaqueta y agarró las gafas de sol. Había reservado para Kit la habitación de enfrente. Al salir al pasillo, pegó la oreja a la puerta de su habitación y escuchó; no se oía el menor sonido.
Boussif era una ciudad muy moderna, dispuesta en grandes manzanas cuadradas, con el mercado en el centro. Las calles no pavimentadas, flanqueadas la mayoría por edificios de una sola planta en forma de caja, estaban cubiertas de un lodo rojo intenso. Una procesión incesante de hombres y ovejas avanzaba por la calle principal camino al mercado, los hombres se protegían del feroz ataque del sol cubriéndose la cabeza con la capucha de la chilaba. No se veía ni un árbol. Al final de las calles transversales la tierra yerma se elevaba poco a poco hasta el pie de las montañas, que eran pura roca virgen y salvaje, sin vegetación alguna. Exceptuando las caras, encontró pocas cosas de interés en el enorme mercado. En un extremo había un diminuto café con una mesa dispuesta bajo un cañizo. Se sentó y batió palmas dos veces.
—Ouahad atai —llamó, utilizando el poco árabe que recordaba.
Mientras sorbía su té, que advirtió que estaba hecho con hojas de menta seca, en lugar de fresca, vio que el mismo vetusto autobús pasaba una y otra vez delante del café, tocando la bocina con insistencia. Lo observó pasar. Atiborrado de pasajeros indígenas, daba la vuelta al mercado una y otra vez, mientras en la plataforma trasera un muchacho golpeaba de forma rítmica la resonante carrocería de hojalata, gritando sin cesar:
—Arfâ! Arfâ! Arfâ! Arfâ!
Permaneció allí sentado hasta la hora de comer.
XII
Lo primero que supo Kit al despertar fue que tenía una fuerte resaca. Luego se fijó en el sol brillante que llenaba la habitación. ¿Qué habitación? Suponía demasiado esfuerzo hacer memoria. Algo se movió a su lado, en la almohada. Giró los ojos a la izquierda y vio una oscura masa amorfa junto a su cabeza. Dio un grito y se irguió de golpe, aunque ya sabía que aquello no era sino el pelo negro de Tunner. En sueños, él se movió y estiró el brazo para abrazarla. Con la cabeza a punto de estallar, Kit saltó de la cama y se quedó mirándolo.
—¡Dios mío! —dijo en voz alta.
Lo despertó con dificultad, lo forzó a levantarse y a vestirse, lo obligó a salir al pasillo con todo su equipaje y se apresuró a cerrar la puerta con llave a sus espaldas. Entonces, antes de que a él se le ocurriera buscar a alguien que lo ayudase con las maletas, estando aún allí parado como un estúpido, Kit abrió la puerta y le pidió entre susurros una botella de champán. Tunner sacó una, se la dio, y ella volvió a cerrar la puerta. Se sentó en la cama y bebió la botella entera. Su necesidad de bebida era en parte física, pero en especial sentía que no podía ver a Port hasta que hubiera entablado un diálogo interior consigo misma del que pudiese salir, en cierta medida, absuelta por lo de la noche anterior. Esperaba también que el champán le sentase mal, así tendría un motivo legítimo para quedarse en la cama todo el día. Causó el efecto contrario: al terminarla, la resaca había desaparecido; se sentía un poco entonada, pero muy bien. Se acercó a la ventana y miró afuera, el patio cegador donde dos mujeres árabes lavaban ropa en una gran pila de piedra y la tendían sobre los arbustos para que se secara al sol. Se volvió con rapidez y vació su bolsa de viaje, desparramando los objetos por toda la habitación. Luego inició una cuidadosa búsqueda de cualquier huella de Tunner en el cuarto. Un pelo negro en la almohada le causó un vuelco en el corazón; lo arrojó por la ventana. Hizo la cama con meticulosidad y extendió sobre ella la manta de lana. Luego llamó a la camarera y le pidió que enviase a la fathma para que fregase el suelo. De aquel modo si Port llegaba pronto, daría la impresión de que la camarera ya había terminado de limpiar la habitación. Se vistió y bajó las escaleras. Los pesados brazaletes de la fathma tintineaban mientras frotaba las baldosas.
Cuando regresó al hotel, Port llamó a la puerta de la habitación frente a la suya. Una voz masculina dijo:
—Entrez.
Entró. Tunner se había medio desvestido y estaba deshaciendo el equipaje. No había pensado en deshacer la cama, pero Port no se fijó en ello.
—¡Qué diablos! —dijo Port—. No me digas que le han dado a Kit el cuartucho trasero que reservé para ti.
—Supongo que así ha sido. Pero gracias de todos modos. —Tunner se echó a reír.
—No te importa cambiar, ¿verdad?
—¿Por qué? ¿Tan mal está la otra habitación? No, no me importa. Solo que parece mucha molestia por un día. ¿No?
—Quizá sea más de un día. De cualquier forma, me gustaría que Kit estuviese aquí, en frente de mí.
—Claro. Claro. Aunque mejor que se lo digas a ella también. Estará en el otro cuarto, toda inocente, pensando que es el mejor del hotel.
—No es una mala habitación. Está en la parte trasera, eso es todo. Era lo único que tenían ayer cuando hice las reservas.
—No hay problema. Pediremos a uno de esos macacos que se ocupe del cambio.
A la hora de la comida se hallaban los tres reunidos. Kit estaba nerviosa; hablaba sin cesar, sobre todo de política europea de posguerra. La comida era mala, con lo que ninguno de los tres estaba de muy buen humor.
—Europa ha destruido el mundo entero —dijo Port—. ¿Tengo que estar agradecido y apenado por ello? Espero que toda ella acabe borrándose del mapa. —Quería abreviar la discusión para quedarse a solas con Kit y hablar con ella en privado.
Sus conversaciones largas, divagantes y en extremo personales siempre lo animaban. Pero ella esperaba precisamente evitar el tête-à-tête.
—Por qué no extiendes tus buenos deseos a la humanidad entera, ya que estamos —reclamó Kit.
—¿Humanidad? —exclamó Port—. ¿Qué es eso? ¿Quién es la humanidad? Te lo diré. La humanidad es todo el mundo salvo uno mismo. Entonces, ¿qué interés puede tener para nadie?
Tunner dijo despacio:
—Un momento. Un momento. Me gustaría retomar la cuestión. Yo diría que la humanidad eres tú, y eso es justo lo que la hace interesante.
—¡Bien, Tunner! —exclamó Kit.
Port estaba irritado.
—¡Qué tontería! —saltó—. Tú nunca eres la humanidad; tú solo eres tu propio ser aislado sin remedio.
Kit trató de interrumpir. Él subió la voz y continuó:
—No necesito justificar mi existencia por medios tan primarios. El hecho de que respiro es mi justificación. Si la humanidad no lo considera una justificación, puede hacer conmigo lo que le plazca. ¡Yo no voy a llevar un pasaporte de existencia encima para demostrar que tengo derecho a estar aquí! ¡Estoy aquí! ¡Estoy en el mundo! Pero mi mundo no es el mundo de la humanidad. Es el mundo como yo lo veo.
—No grites —dijo Kit sin alterarse—. Si así te sientes, me parece bien. Pero deberías tener suficiente inteligencia para entender que no todo el mundo piensa como tú.
Se levantaron. Cuando el trío salió del comedor los Lyle sonrieron desde su esquina.
Tunner anunció:
—Voy a echarme la siesta. No quiero café. Hasta luego.
Cuando Port y Kit estuvieron solos en el vestíbulo, él dijo:
—Vayamos a tomar el café a un pequeño lugar junto al mercado.
—¡Ay, por favor! —protestó ella—. ¿Después de esta comida tan pesada? Soy incapaz de caminar a ningún sitio. Aún estoy exhausta por el viaje.
—De acuerdo, ¿arriba en mi habitación?
Ella vaciló.
—Unos minutos, sí, me encantaría. —Su voz no sonaba entusiasta—. Luego me iré a hacer la siesta yo también.
Arriba, los dos se estiraron en la ancha cama y esperaron a que llegase el mozo con el café. Las cortinas estaban corridas, pero la luz insistente se filtraba a través de ellas confiriendo a los objetos un uniforme y agradable color rosado. Afuera en la calle había silencio; todo, salvo el sol, hacía la siesta.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Port.
—Nada, salvo que, como ya te dije, estoy agotada por el viaje en tren.
—Pudiste haber venido con nosotros en coche. Fue un viaje estupendo.
—No, no podía. No empieces con eso otra vez. Ah, vi a Mr. Lyle abajo esta mañana. Sigo pensando que es un monstruo. Insistió en enseñarme no solo su pasaporte, sino también el de su madre. Como era de esperar, ambos están atiborrados de sellos y visados. Le dije que tú querrías verlos, que ese tipo de cosas te gustaban más que a mí. Ella nació en Melbourne en 1899, y él, en 1925, no recuerdo dónde. Ambos tienen pasaportes británicos. Ahí tienes toda la información.
Port la miró de reojo, admirado.
—¡Caray!, ¿cómo te enteraste de todo eso sin que se diera cuenta?
Pasando las páginas con rapidez. Ella figura como periodista, y él, como estudiante. ¿No te parece ridículo? Estoy segura de que no ha abierto un libro en su vida.
—Bah, es corto de luces —dijo distraído, tomándole la mano y acariciándola—. ¿Tienes sueño, cariño?
—Sí, muchísimo, y solo tomaré un traguito de café, porque no quiero desvelarme. Quiero dormir.
—Yo también, ahora que estoy acostado. Si no llega dentro de un minuto, bajaré y anularé el pedido.
Pero llamaron a la puerta. Antes de que tuvieran tiempo de contestar, la puerta se abrió de par en par y el camarero entró con una gigantesca bandeja de cobre.
—Deux cafés! —dijo con una amplia sonrisa.
—Mira a ese patán —dijo Port. Cree que ha interrumpido una escena erótica.
—Claro. Pobre, deja que lo piense. Tiene que divertirse un poco en la vida.
El árabe colocó discretamente la bandeja junto a la ventana y salió de puntillas del cuarto, lanzando por encima del hombro una mirada a la cama, casi con añoranza, pensó Kit. Port se levantó y llevó la bandeja a la cama. Mientras bebían el café, él se volvió de repente hacia ella.
—¡Escucha! —exclamó con la voz henchida de entusiasmo.
Mirándolo, ella pensó: “Es como un adolescente”.
—¿Sí? —dijo, sintiéndose como una madre cincuentona.
—Cerca del mercado hay un lugar donde alquilan bicicletas. Cuando despiertes alquilaremos un par de bicicletas e iremos a dar un paseo. Boussif es bastante llano.
La idea le apetecía vagamente, aunque no entendía por qué.
—¡Perfecto! —dijo ella—. Tengo sueño. Despiértame a las cinco, si te acuerdas.
XIII
Pedalearon despacio, salieron de la larga calle y continuaron en dirección a la hendidura de la baja cadena montañosa, al sur de la ciudad. Donde terminaban las casas, comenzaba el llano, a ambos lados, como un mar de piedras. El aire era fresco, el viento seco del atardecer soplaba en su contra. La bicicleta de Port chirriaba un poco al pedalear. Iban callados, Kit un poco más adelante. Atrás, en la distancia, alguien tocaba un clarín; el sonido era como una firme y brillante cuchilla en el aire. Aun en aquel momento, a una media hora del ocaso, el sol quemaba. Llegaron a un pueblo, lo atravesaron. Los perros ladraron como locos y las mujeres se volvieron, tapándose la boca. Solo los niños se quedaron mirando pasmados. Pasado el pueblo, la carretera iniciaba su ascenso. Eran conscientes de la cuesta solo por el pedaleo, pues a simple vista el terreno parecía llano. Kit se cansó enseguida. Se detuvieron, miraron detrás de ellos el valle en apariencia uniforme hasta Boussif, una estructura de bloques marrones al pie de las montañas. La brisa era más fuerte.
—Es el aire más fresco que olerás nunca —dijo Port.
—Es fantástico. —Kit estaba soñadora y de buen humor, aunque no tenía muchas ganas de hablar.
—¿Tratamos de cruzar por allí?
—Dentro de un minuto. Déjame recobrar el aliento.
Poco después reemprendieron la marcha, pedaleando con determinación, los ojos puestos en el hueco de la sierra que tenían delante. A medida que se acercaban iban vislumbrando el desierto, interminable y llano, interrumpido aquí y allá por escarpadas crestas de roca que se elevaban por encima de la superficie como aletas dorsales de peces monstruosos, todos moviéndose en la misma dirección. Habían volado la carretera en la cima de los cerros y las piedras habían rodado a ambos lados del corte. Dejaron las bicicletas a un lado del camino y se pusieron a escalar por las enormes rocas en dirección a la cima. El sol estaba en el horizonte; el aire se había teñido de rojo. Al contornear una gran roca se toparon con un hombre que, sentado con la chilaba arremangada hasta el cuello, y por tanto desnudo de hombros para abajo, estaba inmerso en la tarea de afeitarse el vello púbico con un largo cuchillo puntiagudo. Alzó la vista hacia ellos, los miró pasar con indiferencia y agachó la cabeza en el acto para proseguir con aquella delicada tarea.
Kit agarró la mano de Port. Treparon en silencio, contentos de estar juntos.
—El crepúsculo es una hora tan triste —dijo ella poco después.
—Si observo el final de un día, el día que sea, siempre siento que es el final de toda una época. ¡Y el otoño! Más valdría que fuera el final de todo —dijo él—. Por eso odio los países fríos y me encantan los cálidos, donde no existe el invierno y cuando llega la noche sientes que la vida se abre, en lugar de cerrarse. ¿No sientes lo mismo?
—Sí —dijo Kit—, pero no estoy segura de preferir los países cálidos. No sé. No estoy segura de no sentir que es un error intentar escapar a la noche y al invierno, y que si lo haces, tendrás que pagar por ello de algún modo.
—¡Ay, Kit! Estás loca.
La ayudó a trepar por la ladera de una pequeña colina. El desierto estaba a sus pies, mucho más abajo que el valle desde el que acababan de subir.
Ella no respondió. Le entristeció comprobar que, pese a tener muy a menudo las mismas reacciones, los mismos sentimientos, nunca llegarían a las mismas conclusiones, porque sus respectivas metas en la vida eran casi diametralmente opuestas.
Se sentaron en las rocas, lado a lado, frente a la inmensidad de abajo. Kit enlazó su brazo al de Port y descansó la cabeza sobre su hombro. Él se limitó a mirar hacia delante, suspiró y, al final, meneó con lentitud la cabeza.
Lugares como aquel, momentos como aquel, eran los que Port más amaba en la vida; Kit lo sabía, y también sabía que a él le gustaban aún más si ella los compartía con él. Y pese a ser consciente de que los silencios y el vacío mismos que tocaban el alma de él a ella le aterraban, no soportaba que se lo recordaran. Era como si mantuviese la fresca esperanza de que la soledad y la proximidad de las cosas infinitas llegarían a conmoverla de la misma manera que a él. Él le decía con frecuencia: “Es tu única esperanza”, y Kit nunca estaba segura de a qué se refería. A veces pensaba que Port hacía alusión a la única esperanza de él, que consistía en que solo si ella era capaz de alcanzar a ser como él, podría él hallar el camino de regreso al amor, pues para Port el amor significaba amarla a ella, no cabía la posibilidad de nadie más. Y hacía tanto tiempo que no había habido amor, ni la más remota posibilidad. Pero, pese a su voluntad de convertirse en lo que él quisiera que fuera, no podía cambiar tanto: el terror estaba siempre ahí, dentro de ella, dispuesto a asumir el mando. Era inútil fingir lo contrario. E igual que ella era incapaz de deshacerse del pánico que siempre la acompañaba, él era incapaz de salir de la jaula en la que se había encerrado, la jaula que había construido hacía tanto tiempo para liberarse del amor.
Kit le pellizcó el brazo.
—¡Mira! —susurró.
Sobre una roca muy cercana, tan quieto que no lo habían advertido, había un árabe venerable, sentado con las piernas encogidas debajo del cuerpo, y con los ojos cerrados. Al principio, pese a su postura erecta, lo creyeron dormido, pues no daba muestras de percibir su presencia. Pero luego vieron que movía muy ligeramente los labios y comprendieron que estaba rezando.
—¿Crees que deberíamos mirarlo así? —dijo Kit en voz baja.
—Tranquila. Seguiremos aquí sentados en silencio.
Él puso la cabeza en el regazo de Kit y se quedó mirando el cielo despejado. Una y otra vez ella le acariciaba el pelo con extrema sutileza. El viento soplaba desde las regiones inferiores cada vez con mayor ímpetu. Poco a poco la luz del cielo iba perdiendo intensidad. Kit levantó la vista hacia el árabe: no se había movido. De repente quería regresar, pero permaneció un rato bien inmóvil mirando con ternura la cabeza inerte bajo su mano.
—Sabes —dijo Port, y su voz sonó irreal, como suelen sonar las voces tras una larga pausa en un lugar donde reina un absoluto silencio—, aquí el cielo es muy extraño. Cuando lo miro con frecuencia tengo la sensación de que es algo sólido, allí arriba, que nos protege de lo que hay detrás.
Kit sintió un ligero estremecimiento.
—¿De lo que hay detrás?
—Sí.
—Pero ¿qué hay detrás? —La voz de Kit era muy tenue.
—Nada, supongo. Solo oscuridad. Noche absoluta.
—No hables de eso ahora, por favor. —Había agonía en su súplica—. Aquí arriba todo lo que dices me da miedo. Está oscureciendo y sopla el viento, no lo soporto.
Port se irguió, le echó los brazos al cuello, la besó, se apartó, la miró, la besó de nuevo, se apartó de nuevo, y así varias veces. Kit tenía lágrimas en las mejillas. Sonrió con tristeza mientras él se las enjugaba con los dedos índices.
—¿Sabes qué? —dijo él con gran fervor—. Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por la misma razón. Nunca hemos logrado, ninguno de los dos, entrar de lleno en la vida. Estamos agarrados a los bordes con todas nuestras fuerzas, convencidos de que nos vamos a caer en el próximo bache. ¿No es cierto?
Kit cerró los ojos un momento. Los labios de Port en su mejilla habían despertado en ella un sentimiento de culpa que ahora la cubría como una gran ola, mareándola, enfermándola. Había pasado la siesta intentando limpiar su conciencia de las cosas que habían ocurrido la noche anterior, pero ahora tenía plena conciencia de que no lo había logrado, y nunca lo lograría. Se llevó la mano a la frente y la mantuvo allí. Al final dijo:
—Pero entonces si no estamos dentro, lo más probable es que… nos caigamos.
Esperaba que él ofreciera algún argumento en contra, que encontrara defectuosa su propia analogía, que tal vez llegara algún consuelo. Lo único que dijo fue:
—No lo sé.
Era palpable que la luz se atenuaba. El viejo árabe seguía sumido en sus oraciones, severo y estatuario en la oscuridad creciente. A Port le pareció oír en el valle, a lo lejos, la larga y sostenida nota de un clarín, pero seguía y seguía. Nadie podía retener la respiración tanto tiempo: era su imaginación. Agarró la mano de Kit y la apretó.
—Tenemos que regresar —susurró.
Se levantaron de golpe y saltaron por las rocas hasta la carretera. Las bicicletas seguían donde las habían dejado. Pedalearon en silencio de vuelta a la ciudad. Cuando atravesaron a toda prisa el pueblo, los perros se pusieron a ladrar. En el mercado, dejaron las bicicletas y caminaron despacio por la calle que conducía al hotel, metiéndose de lleno entre las hileras de hombres y ovejas que, de forma ininterrumpida, seguían avanzando hacia la ciudad, aun de noche.
Durante todo el camino de vuelta a la ciudad, Kit había estado dándole vueltas a una idea en la cabeza: “Por alguna razón Port sabe lo de Tunner y yo”. A la vez, no pensaba que él fuera consciente de saberlo. Pero estaba convencida de que una parte más profunda de su inteligencia sentía la verdad, sentía lo que había ocurrido. Mientras andaban por la calle oscura, casi sucumbió a la tentación de preguntarle cómo lo sabía. Sentía curiosidad por el funcionamiento de un sentido puramente animal como aquel en un hombre tan complejo como Port. Pero no habría servido de nada; en cuanto se hubiera visto obligado a cobrar conciencia de lo que sabía, habría decidido ponerse rabiosamente celoso, se habrían peleado enseguida y toda la ternura implícita entre ellos habría desaparecido, quizá para siempre. Le resultaría insoportable verse privada de aquella comunión con él, por tenue que fuera.
Cuando terminaron de cenar, Port hizo algo curioso. Se fue solo al mercado, se sentó en un café unos minutos para mirar a los animales y a los hombres a la luz de las vacilantes lámparas de carburo, y al pasar delante de la puerta abierta de la carpa donde había alquilado las bicicletas, entró. Luego pidió una bicicleta equipada con un faro, dijo al hombre que lo esperara hasta que regresase, y salió disparado en dirección a la hendidura. Allí arriba entre las rocas hacía frío, soplaba el viento nocturno. No había luna; no lograba ver el desierto ante él, muy abajo, solo veía el duro fulgor de las estrellas, arriba en el cielo. Se sentó en la roca y dejó que el viento lo refrescara. Mientras pedaleaba de regreso a Boussif fue consciente de que no podría decirle nunca a Kit que había vuelto a aquel lugar. Ella no entendería que él hubiese querido volver allí sin ella. O a lo mejor, reflexionó, lo entendería demasiado bien.
XIV
Dos noches después tomaron un autobús a Aïn Krorfa. Habían elegido el autocar nocturno para evitar el calor, que en aquella ruta es opresivo. Además, en cierta manera el polvo se hace menos pesado cuando no se ve. De día, cuando el autobús avanza por esa parte del desierto, zigzagueando arriba y abajo por pequeños cañones, se ve el rastro de polvo que el autocar levanta a su paso y que a veces uno termina respirando en las curvas muy cerradas. El fino polvo se acumula sobre toda superficie mínimamente horizontal, lo que incluye las arrugas de la piel, los párpados, el interior de las orejas y, alguna vez, aun zonas escondidas como el ombligo. Y de día, a menos de estar acostumbrado a esas cantidades de polvo, el viajero es en exceso consciente de su presencia, con lo que es probable que magnifique la incomodidad que le causa. Pero de noche, gracias a las estrellas que brillan en el cielo, tiene la impresión, siempre y cuando no se mueva, de que no hay polvo. El murmullo constante del motor lo arrulla hasta alcanzar un estado similar al trance, durante el cual centra toda su atención en la carretera que va acercándose sin cesar a medida que la van descubriendo los faros. Es decir, hasta que se duerme, para despertar más tarde durante el alto del autobús en algún bordj oscuro y perdido, donde se apea, helado y entumecido, para beber un vaso de café dulce en su interior.
Gracias a que habían reservado sus plazas con antelación, lograron obtener los asientos más deseados del autobús, es decir, los delanteros, junto al conductor. Allí había menos polvo y el calor del motor, aunque excesivo y un poco incómodo para los pies, sería bienvenido hacia las once, cuando el calor del día ha desaparecido por completo y se siente el frío seco e intenso que siempre sobreviene por la noche en aquella alta región. De modo que los tres iban apretujados en el asiento delantero, junto al conductor. Tunner, sentado junto a la puerta, parecía dormir. Kit, la cabeza apoyada con todo su peso en el brazo de Port, se movía un poco de vez en cuando, pero tenía los ojos cerrados. Sentado a horcajadas sobre el freno de emergencia y recibiendo continuos codazos en las costillas cada vez que el conductor tomaba una curva, Port ocupaba, con mucho, el asiento menos cómodo y, por consiguiente, estaba muy despierto. Miraba por el parabrisas la carretera llana que venía sin cesar hacia él, devorada por los faros. Siempre que emprendía el camino de un lugar a otro era capaz de ver su vida con un poco más de objetividad que de costumbre. Viajando lograba con frecuencia pensar con mayor claridad y tomar decisiones de las que era incapaz cuando estaba quieto.
Desde que había salido a dar un paseo en bicicleta con Kit, Port sentía el firme deseo de fortalecer los lazos sentimentales entre ellos. Cada día aquello había ido cobrando mayor importancia. A veces se decía que, sin ser consciente de ello, lo había pensado en el momento de concebir aquella expedición con Kit desde Nueva York hacia lo desconocido; no fue sino en el último momento que pidió a Tunner que los acompañara, y quizá también con una motivación inconsciente, pero debida al miedo; pues por mucho que desease el acercamiento, sabía que lo aterraban las consiguientes responsabilidades emocionales. Pero ahora, en aquella zona lejana y desconectada del mundo, el deseo de estrechar el vínculo era más fuerte que el miedo. Para forjar ese vínculo era necesario que estuviesen juntos, y solos. Los dos últimos días en Boussif habían sido desesperantes. Era casi como si Tunner hubiera advertido el deseo de Port y se hubiese dispuesto a frustrarlo. Había pasado con ellos todo el día y la mitad de la noche, hablando sin cesar, al parecer sin otro deseo en el mundo que estar sentado con ellos, comiendo con ellos, paseando con ellos y aun yendo con ellos de noche a la habitación de Kit, cuando aquel era el momento en el que él más deseaba estar con ella a solas, y deteniéndose en el umbral cerca de una hora, provocando una conversación absurda. (Por supuesto, se le ocurrió que Tunner podía tener aún la esperanza de conquistarla. La exagerada atención que le prestaba, los banales halagos que se suponía que debían pasar por galantería, le hacían pensar que aquello era probable; pero como Port creía con ingenuidad que sus sentimientos hacia Kit eran idénticos en todo sentido a los de ella hacia él, seguía convencido de que ella nunca, bajo ninguna circunstancia, se entregaría a una persona como Tunner.)
El único momento que había logrado sacar a Kit sola del hotel fue cuando Tunner dormía la siesta, pero unos cien metros calle abajo se toparon con Eric Lyle, quien enseguida anunció que le encantaría acompañarlos en el paseo. Lo hizo ante la silenciosa furia de Port y la visible repugnancia de Kit; de hecho, a Kit le irritó tanto su presencia que en cuanto se sentó en el café del mercado, inventó un dolor de cabeza y regresó a toda prisa al hotel, dejando que Port lidiara con Eric. El desagradable joven presentaba una particular palidez y una gran cantidad de granos a la luz de la vistosa camisa estampada con tulipanes gigantes. La tela, dijo, la había comprado en el Congo.
Una vez a solas con Port, tuvo la desfachatez de pedirle que le prestase diez mil francos, alegando que su madre era muy excéntrica en lo tocante al dinero y que solían transcurrir semanas durante las cuales se negaba a darle nada.
—Ni hablar. Lo siento —dijo Port, decidido a mostrarse inflexible.
La suma fue reduciéndose poco a poco, hasta que al final el otro le dijo con ansiedad:
—Hasta quinientos francos me alcanzarían para fumar un par de semanas.
—Nunca presto dinero —explicó Port, irritado.
—Pero a mí sí. —Su voz era melosa.
—No.
—No soy uno de esos ingleses estúpidos que piensan que todos los norteamericanos tienen montones de dinero. No es eso en absoluto. Pero mi madre está loca. Se niega a darme dinero. ¿Qué puedo hacer?
“Como él no tiene vergüenza —pensó Port—, yo no tendré compasión.” Así que dijo:
—La razón por la cual no quiero prestarle dinero es porque sé que nunca lo recuperaré, y no tengo suficiente para regalarlo. ¿Entiende? Pero le daré trescientos francos. Con gusto. Veo que fuma el tabac du pays. Por fortuna es muy barato.
A la manera oriental, Eric asintió con la cabeza. Luego alargó la mano para recibir el dinero. Ahora, al recordar la escena, Port seguía sintiéndose incómodo. Cuando regresó al hotel encontró a Kit y a Tunner juntos bebiendo cerveza en el bar, y desde entonces no había estado a solas con ella ni un minuto, salvo la noche anterior, cuando Kit le había deseado las buenas noches en la puerta de su habitación. La sospecha de que ella intentaba evitar quedarse a solas con él no se lo hacía más fácil.
“Pero hay mucho tiempo por delante —se dijo—. Solo que tengo que deshacerme de Tunner.” Estaba satisfecho de haber tomado, por fin, una decisión definitiva. A lo mejor Tunner captaría la indirecta y se marcharía por su propio pie; si no, tendrían que abandonarlo. De una manera u otra, había que hacer algo de inmediato, antes que encontrasen un lugar donde quisieran detenerse el tiempo suficiente para que Tunner empezara a utilizarlo como dirección postal.
Oía las pesadas maletas deslizarse por el techo del autobús, sobre su cabeza; se preguntó si al no disponer de transportes mejores que aquel, había sido sensato traer tanto equipaje. Pero era demasiado tarde para hacer nada al respecto. No habría en el camino ningún lugar donde dejar nada, porque era más que probable que regresasen por otra ruta, si es que, en efecto, regresaban a la costa mediterránea. Porque él esperaba poder continuar hacia el sur; solo que, como no había ningún dato disponible sobre el transporte ni el alojamiento de allí en adelante, debían arriesgarse a lo que les ofreciera cada lugar, con la esperanza de que, en el mejor de los casos, reunirían información sobre la ciudad siguiente a medida que fueran avanzando. Lo cierto es que la institución del turismo en aquella parte del mundo, nunca muy bien desarrollada, había quedado no solo interrumpida, sino totalmente destruida por la guerra. Y hasta entonces no había habido turistas que la pusieran de nuevo en marcha. En cierto sentido, aquella situación le gustaba, lo hacía sentir como un pionero —se identificaba más con sus bisabuelos dando vueltas por el desierto que sentado en casa mirando el estanque del Central Park—, pero al mismo tiempo se preguntaba hasta qué punto había que tomar en serio los folletos de viaje que intentaban desalentar a los pioneros como él: “Recomendamos encarecidamente a los viajeros que no emprendan viajes por tierra hacia el interior del África del Norte francesa, África Occidental francesa o África Ecuatorial francesa. Conforme se sepa más acerca de las condiciones turísticas en estas partes del mundo, esa información se pondrá a disposición del público”. No le había enseñado ninguno de aquellos párrafos a Kit cuando hacía campaña en favor de África y en contra de Europa. En cambio, le había mostrado una colección de fotografías seleccionadas con cuidado que había traído de viajes anteriores: vistas de oasis y mercados, además de atractivos panoramas de vestíbulos y jardines de hoteles que ya no estaban abiertos al público. Hasta aquel momento Kit había sido bastante sensata —no se había quejado ni una vez de los alojamientos—, pero la vívida advertencia de Mrs. Lyle le preocupaba un poco. No sería muy divertido dormir mucho tiempo en camas sucias, comer comidas incomibles y esperar cerca de una hora cada vez que quisieran lavarse las manos.
La noche transcurría con lentitud; pero para Port mirar la carretera resultaba más hipnótico que monótono. Si no fuera que se adentraba en regiones que desconocía, lo habría encontrado insoportable. La idea de que cada segundo se adentraba un poco más en el Sahara, de que iba dejando atrás las cosas familiares, lo mantenía en un estado de placentera inquietud.
Kit se movía de vez en cuando, levantaba la cabeza y, tras murmurar algo ininteligible, volvía a dejarla caer contra él. En una ocasión se giró y dejó caer la cabeza del otro lado, sobre Tunner, que no dio señales de estar despierto. Port le agarró el brazo con firmeza y tiró de él hasta que Kit volvió a apoyarse en su hombro. Más o menos cada hora él y el chofer fumaban juntos un cigarrillo, pero sin intercambiar palabra. Hubo un momento en que, agitando la mano hacia la oscuridad, el chofer dijo:
—Dicen que el año pasado vieron un león por aquí. El primero en años. Dicen que se comió muchas ovejas. Aunque seguro que era una pantera.
—¿Lo cazaron?
—No. Tienen miedo a los leones.
—Me pregunto dónde estará.
El conductor se encogió de hombros y se sumió en el silencio que, a todas luces, prefería. A Port le agradó saber que no habían matado al animal.
Justo antes del alba, en el momento más frío de la noche, llegaron a un bordj, inhóspito y austero, en el llano barrido por el viento. Se abrió su única puerta y, más dormidos que despiertos, entraron los tres arrastrándose, siguiendo a la masa de indígenas que salía de la parte trasera del autobús. El amplio patio estaba atiborrado de caballos, ovejas y hombres. Ardían varias fogatas; las chispas rojas volaban al viento.
En un banco, cerca de la entrada de la habitación donde servían café, había cinco halcones, cada uno con una máscara de cuero negro sobre la cabeza, y atados por la pata al gancho de un banco con una delicada cadena. Estaban posados en fila, inmóviles como piedras, como si hubieran sido montados y dispuestos allí por un taxidermista. A Tunner lo excitaron bastante, y anduvo de un lado a otro inquiriendo si los pájaros estaban en venta. Respondieron a sus preguntas con corteses miradas de perplejidad. Al final regresó a la mesa un tanto confuso y se sentó diciendo:
—Por lo visto nadie sabe a quién pertenecen.
Port resopló.
—Querrás decir que nadie entendió nada de lo que dijiste. De todos modos, ¿qué demonios querrías hacer con ellos?
Tunner caviló unos segundos. Luego se rio y dijo:
—No sé. Me gustan, eso es todo.
Cuando salieron, los primeros rayos de luz se abrían camino hacia arriba desde más allá del llano. Entonces le tocó a Port sentarse junto a la puerta. Dormía cuando el bordj ya se había convertido en una diminuta caja blanca en la distancia. De modo que se perdió el gran final de la noche: los colores cambiantes que jugaban en el cielo, por detrás de la tierra, antes de la salida del sol.
XV
Aun antes de que se vislumbrara Aïn Krorfa, las moscas ya habían dejado sentir su presencia. Cuando aparecieron los primeros oasis, sin orden ni concierto, y la carretera se precipitó entre las altas paredes de barro de los asentamientos periféricos, el autobús se llenó súbita y misteriosamente de moscas: pequeñas, grises, tenaces. Algunos árabes hicieron comentarios y se cubrieron la cabeza; los demás no parecían advertir su presencia. El conductor dijo:
—Ah, les salauds! On voit bien que nous sommes à Aïn Krorfa!
Kit y Tunner iniciaron una actividad frenética, agitando los brazos por doquier, abanicándose los rostros y soplando de lado en un desesperado intento de ahuyentar a los insectos de sus mejillas y narices, todo lo cual resultaba casi inútil. Las moscas se aferraban con sorprendente obstinación y casi había que despegarlas; en el último instante se elevaban raudas para luego descender casi a la vez al mismo punto.
—¡Nos atacan! —exclamó Kit.
Tunner se puso a abanicarla con un pedazo de periódico. Port seguía dormido junto a la puerta, con las comisuras de los labios plagadas de moscas.
—Se pegan cuando hace fresco —dijo el conductor—. Temprano por la mañana no hay quien se libre de ellas.
—Pero ¿de dónde vienen? —reclamó Kit.
La indignación de su voz lo hizo reír.
—Esto no es nada —dijo con un ademán—. Tiene que verlas en la ciudad. Como nieve negra, lo cubren todo.
—¿Cuándo habrá un autobús de salida? —dijo Kit.
—¿Se refiere de vuelta a Boussif? Yo regreso mañana.
—¡No, no! Me refiero hacia el sur.
—¡Ah! Tiene que preguntar en Aïn Krorfa. Yo solo conozco el servicio de Boussif. Creo que hay una línea que va a Bou Noura una vez por semana, y siempre pueden subirse a un camión de carga que vaya a Messad.
—Ah no, no quiero ir a Messad —dijo Kit.
Había oído a Port decir que Messad carecía de interés.
—Pues yo sí —interrumpió Tunner en inglés con cierta vehemencia—. ¿Esperar una semana en un lugar como este? Por Dios, ¡me moriría!
—No te sulfures. Aún no lo has visto. A lo mejor el conductor está tomándonos el pelo, como diría Mrs. Lyle. Además, seguro que el autobús a Bou Noura no tarda una semana. Puede que salga mañana. Puede que hasta salga hoy.
—No —se obstinó Tunner—. Si hay algo que no soporto, es la suciedad.
—Sí, eres un auténtico estadounidense, ya lo sé. —Volvió la cabeza para mirarlo.
Tunner sintió que se reía de él. Se ruborizó.
—Tienes toda la razón.
Port despertó. Su primer gesto fue ahuyentarse las moscas de la cara. Abrió los ojos y contempló por la ventana la vegetación creciente. Altas palmeras despuntaban por encima de las murallas, bajo ellas, en una masa enmarañada, había naranjas, higos y granadas. Abrió la ventana y se asomó para olfatear el aire. Olía a menta y a humo de leña. Más adelante vio el ancho lecho de un río; en el centro había incluso una serpenteante corriente de agua. Y a cada lado de la carretera, y de todas las carreteras que se bifurcaban a partir de allí, había profundas acequias rebosantes de agua, el orgullo de Aïn Krorfa. Metió la cabeza y dio los buenos días a sus compañeros. Se sacudía sin cesar las insistentes moscas como un automatismo. No fue hasta varios minutos después que advirtió que Kit y Tunner hacían lo mismo.
—¿Qué son todas estas moscas? —se quejó.
Kit miró a Tunner y se rio. Port sintió que compartían un secreto.
—Me preguntaba cuánto tardarías en descubrirlas —dijo ella.
Volvieron a hablar de las moscas: Tunner interpeló al conductor para que confirmase su número en Aïn Krorfa —aquello iba dirigido a Port, pues esperaba conseguir un recluta para su planeado éxodo a Messad—, y Kit repitió que lo lógico sería explorar la ciudad antes de tomar una decisión. De momento, ella encontraba que era el único lugar atractivo que había visto desde que llegaran a África.
No obstante, aquella agradable impresión se fundamentaba en exclusivo en su aprecio de la vegetación, que no había dejado de entrever detrás de las murallas a medida que el autobús se acercaba a la ciudad a gran velocidad; al llegar le pareció que la propia ciudad era casi inexistente. La decepcionó comprobar que era muy semejante a Boussif, aunque, al parecer, mucho más pequeña. Todo cuanto veía era muy moderno y de trazado geométrico, y de no ser por los edificios blancos, en lugar de marrones, y por las aceras que bordeaban la calle principal, sombreadas por unos soportales, hubiera sido fácil imaginar que seguía en la otra ciudad. La primera visión del interior del Grand Hotel le irritó bastante, pero estando Tunner presente se vio impelida a defender su postura para poder seguir tomándole el pelo por maniático.
—¡Dios mío, qué desastre! —exclamó; lo cierto es que su epíteto se quedaba corto para describir lo que en realidad sintió en cuanto entraron en el patio.
El simple de Tunner estaba horrorizado. Se limitaba a mirar, absorbiendo cada detalle a medida que le llegaba a la vista. En cuanto a Port, tenía demasiado sueño para ver algo y se detuvo en la entrada, agitando los brazos como un molino de viento para tratar de mantener a las moscas alejadas de su cara.
El edificio, construido para albergar una dependencia administrativa del gobierno colonial, estaba muy deteriorado. La fuente, que en una época se había elevado desde la taza, en el centro del patio, había desaparecido, pero la taza seguía allí. Reposaba en ella un montículo de basura maloliente y, reclinados sobre las laderas del montículo, había tres niñitos desnudos, chillando, con los cuerpecitos informes plagados de llagas purulentas. En su impotente miseria parecían humanos, pero en cierto modo no tan humanos como los dos perros rosados tendidos allí cerca, sobre las baldosas —rosados, porque hacía mucho que habían perdido todo el pelo, y la piel viva y avejentada quedaba expuesta, de forma indecente, a los besos de las moscas y el sol—. Uno de ellos levantó con debilidad la cabeza unos centímetros del suelo y miró a los recién llegados, como ausente, a través de unos pálidos ojos amarillos; el otro no se movió. Detrás de las columnas, que formaban una galería lateral, se apilaban algunos muebles amorfos e inútiles. Junto a la taza central había una enorme jarra de porcelana azul y blanca en imitación del ágata. Pese a la cantidad de basura acumulada en el patio, predominaba el olor a letrina. Por encima del llanto de los bebés se oía el sonido estridente de las mujeres discutiendo y el ruido ininteligible de una radio que tronaba al fondo. Durante unos instantes apareció una mujer en el vano de una puerta. Después gritó y desapareció enseguida. En el interior había gritos y risitas; una mujer se puso a exclamar:
—Yah, Mohammed!
Tunner giró sobre sus talones y salió a la calle, donde se unió a los portadores que habían recibido órdenes de quedarse afuera con el equipaje. Port y Kit esperaron a que apareciera el hombre llamado Mohammed: venía poniéndose una larga faja escarlata en torno a la cintura, una vuelta tras otra; la punta aún se arrastraba por el suelo. En el curso de la conversación sobre las habitaciones, insistía una y otra vez en que tomaran una con tres camas; resultaría más barato para ellos y daría menos trabajo a las criadas.
“¡Ojalá pudiera salir de aquí —pensó Kit— antes de que Port convenga algo con él!” Pero su sentimiento de culpa se expresaba en lealtad; no podía salir a la calle porque Tunner estaba allí, y parecería que tomaba partido. De pronto Kit también deseó que Tunner no estuviera con ellos. Sentiría mucha más libertad para expresar sus preferencias. Tal como había temido, Port subió con el hombre y regresó poco después para anunciar que las habitaciones no estaban nada mal.
Tomaron tres habitaciones apestosas, todas con vistas a un pequeño patio cuyas paredes eran de un azul intenso. En el centro del patio había una higuera seca con un alambre de púas enmarañado que colgaba de las ramas. Al asomarse Kit por la ventana, un gato de aspecto hambriento, cabeza diminuta y orejas enormes atravesaba el patio con prudencia. Se sentó en la gran cama de latón que, salvo la piel de chacal a sus pies, era el único mobiliario de la habitación. No podía culpar a Tunner por haberse negado de plano a ver las habitaciones. Pero, como dijo Port, uno acaba acostumbrándose a todo, y aunque de momento Tunner tendiera a ser un poco desagradable, lo más seguro es que por la noche ya se habría acostumbrado a toda aquella gama de olores increíbles.
A la hora de comer se sentaron en un cuarto vacío, en forma de pozo, sin ventanas, donde la tentación era susurrar, porque la palabra hablada tropezaba con ecos distorsionadores. La única luz provenía de la puerta que daba al patio principal. Port pulsó el interruptor de la bombilla eléctrica del techo: nada. La camarera, descalza, se echó a reír.
—No hay luz —dijo, poniéndoles la sopa en la mesa.
—Está bien —dijo Tunner—, comeremos en el patio.
La camarera salió corriendo del cuarto y regresó con Mohammed, que frunció el ceño, pero se dispuso a ayudarlos a llevar la mesa y las sillas afuera.
—Gracias a Dios que son árabes, y no franceses —dijo Kit—. De lo contrario habría sido antirreglamentario comer aquí afuera.
—Si fueran franceses podríamos comer dentro —dijo Tunner.
Encendieron cigarrillos con la esperanza de contrarrestar en parte el hedor que de vez en cuando les llegaba desde la taza de la fuente. Los bebés habían desaparecido; sus gritos provenían ahora de una habitación interior.
Tunner dejó de comer la sopa y se quedó mirándola fijamente. Luego echó la silla hacia atrás y tiró su servilleta sobre la mesa.
—Bueno, por Dios, puede que este sea el único hotel de la ciudad, pero está claro que encontraré mejor comida en el mercado. ¡Miren esta sopa! Está llena de cadáveres.
Port examinó su bol.
—Son gorgojos. Estarían en los fideos.
—Bueno, ahora están en la sopa. Está a rebosar. Ustedes pueden comer en las Torres de la Carroña si quieren. Yo voy a buscar un restaurante indígena.
—Hasta luego —dijo Port.
Tunner salió. Regresó una hora más tarde, menos belicoso y un tanto alicaído. Port y Kit seguían en el patio, tomando café y espantando moscas.
—¿Cómo te fue? ¿Encontraste algo? —preguntaron.
—¿La comida? Buenísima. —Se sentó—. Pero no logro averiguar cómo se sale de aquí.
Port, cuya opinión sobre el dominio que su amigo tenía del francés nunca había sido muy buena, dijo: “Ah”. Unos minutos después se levantó y se adentró en la ciudad para reunir él mismo cuantos datos pudiera sobre los medios de transporte de la región. El calor era opresivo y no había comido bien. Pese a ello, silbaba al pasear bajo los soportales desiertos, porque la idea de librarse de Tunner le procuraba una inexplicable felicidad. Ya notaba menos las moscas.
Avanzada la tarde, un gran automóvil se detuvo a la entrada del hotel. Era el Mercedes de los Lyle.
—¡Mira las estupideces que has hecho! ¡Intentar encontrar un pueblo perdido del que nadie ha oído hablar! —decía Mrs. Lyle—. Por poco haces que me quede sin té. Supongo que lo habrías encontrado divertido. Ahora, haz el favor de ahuyentar a esos mocosos repugnantes y entra aquí. Mosh! Mosh! —chilló, cargando de pronto contra un grupo de jóvenes indígenas que se habían acercado al coche—. Mosh! Imshi!
Levantó el bolso con un gesto amenazador; los niños, perplejos, retrocedieron poco a poco.
—Tengo que encontrar la palabra precisa para librarme de ellos —dijo Eric, saltando del coche y dando un portazo—. No sirve de nada decir que llamarás a la policía. No saben qué es.
—¡Qué disparate! ¡La policía! Nunca hay que amenazar a los indígenas con las autoridades locales. Recuerda que nosotros no reconocemos la soberanía francesa.
—Ay, eso es en el Rif, mamá, y es la soberanía española.
—¡Eric! ¿Quieres callarte? ¿Crees que no sé lo que me dijo Madame Gautier? ¿Qué me estás diciendo?
Se detuvo al ver la mesa bajo la galería, aún con algunos platos y vasos sucios que Port y Kit habían dejado allí.
—¡Caray! Ha llegado alguien más —dijo en un tono que denotaba el mayor interés. Se volvió, acusadora, hacia Eric—. ¡Y han comido afuera! Te dije que podíamos haber comido afuera si te hubieses dignado a insistir un poco. El té está en tu habitación. ¿Lo bajas? Tengo que encargarme de ese fuego pútrido en la cocina. Y saca el azúcar y abre una nueva lata de galletas.
Cuando Eric volvía cruzando el patio con la caja de té, Port entraba por la puerta principal.
—¡Mr. Moresby! —gritó—. ¡Qué agradable sorpresa!
Port trató de mantener la compostura.
—Hola —dijo—. ¿Qué hacen aquí? He reconocido su coche afuera.
—Un momento. Tengo que darle este té a mamá. Está en la cocina esperándolo.
Se precipitó por la puerta lateral, pisando a uno de los perros obscenos que yacían exhaustos en la entrada, a oscuras. El perro aulló largo rato. Port subió corriendo para ver a Kit e impartirle las últimas malas noticias. Un minuto después, Eric llamaba a la puerta.
—Por favor, vengan a tomar el té con nosotros, en la habitación número once, dentro de diez minutos. Qué gusto verla, Mrs. Moresby.
La habitación número once era la de Mrs. Lyle, más larga, pero no menos desamueblada que las demás, y quedaba justo encima de la entrada. Mientras tomaba el té, Mrs. Lyle se levantaba una y otra vez de la cama, donde se habían sentado todos a falta de sillas, iba hasta la ventana y gritaba calle adentro:
—Mosh! Mosh!
Port ya no pudo contener la curiosidad.
—¿Qué es esa extraña palabra que grita usted por la ventana, Mrs. Lyle?
—Estoy alejando de mi coche a esos negritos ladrones.
—Pero ¿qué les dice? ¿Es árabe?
—Es francés —dijo—. Significa “fuera”.
—Ya veo. ¿Y la entienden?
—Más les vale. ¡Más té, Mrs. Moresby!
Tunner, que había oído lo suficiente sobre los Lyle por la descripción que Kit había hecho de Eric, se había disculpado. Según Mrs. Lyle, Aïn Krorfa era una ciudad encantadora, en especial el mercado de camellos, donde ahora había una cría que debían fotografiar. Aquella mañana ella le había sacado varias fotos.
—Es una monada —dijo.
Eric devoraba a Port con los ojos. “Quiere más dinero”, pensó Port. Kit también se fijó en su extraordinaria expresión, pero la interpretó de otra manera.
Cuando hubieron terminado el té y estaban despidiéndose, porque parecían haber agotado todos los temas de conversación posibles, Eric se dirigió a Port:
—Si no lo veo a la hora de cenar, pasaré por su habitación esta noche, más tarde. ¿A qué hora se acuesta?
Port fue vago.
—Oh, a cualquier hora, más o menos. Seguramente visitaremos la ciudad hasta tarde.
—Estupendo —dijo Eric, dándole unas palmaditas afectuosas en el hombro mientras cerraba la puerta.
Cuando regresaron a la habitación de Kit, ella se quedó mirando por la ventana la esquelética higuera.
—Ojalá hubiéramos ido a Italia —dijo.
Port levantó rápidamente la vista.
—¿Por qué lo dices? ¿Por ellos, por el hotel?
—Por todo. —Se volvió hacia él, sonriendo—. Pero no lo digo en serio. Esta es la hora perfecta para salir. Salgamos.
Aïn Krorfa empezaba a despertar del sopor cotidiano inducido por la droga del sol. Detrás del fuerte, cerca de la mezquita, sobre una alta colina rocosa que se elevaba en el centro de la ciudad, las calles se volvían informales, con vestigios del aleatorio trazado original del barrio indígena. En los tenderetes, cuyas furiosas lámparas ya habían comenzado a arder y a gotear, en los cafés abiertos, donde el humo del hachís flotaba en el aire, aun en el polvo de los escondidos callejones bordeados de palmeras, los hombres, acuclillados, abanicaban pequeñas hogueras, ponían a hervir sus cazos llenos de agua, hacían té, lo bebían.
—¡La hora del té! En realidad son ingleses vestidos para una mascarada —dijo Kit.
Andaban muy despacio, de la mano, en perfecta armonía con la suave luz del crepúsculo. Era una tarde que sugería más languidez que misterio.
Llegaron al río, que allí era solo una extensión de arena blanca bajo la media luz, y lo siguieron un rato hasta que los sonidos de la ciudad se volvieron tenues y muy lejanos. Los perros ladraban detrás de las murallas, pero estas quedaban lejos del río. Más adelante ardía una hoguera; junto a ella había un hombre solitario tocando una flauta, y más allá, en las sombras cambiantes que proyectaban las llamas, descansaban unos doce camellos que rumiaban con solemnidad. El hombre los miró pasar, pero siguió con su música.
—¿Crees que podrías ser feliz aquí? —preguntó Port en voz muy baja.
Kit se sobresaltó.
—¿Feliz? ¿Feliz? ¿A qué te refieres?
—¿Crees que te gustaría?
—Ay, ¡no sé! —dijo ella, con un dejo de irritación en la voz—. ¿Cómo puedo saberlo? Es imposible penetrar en sus vidas y saber qué piensan en realidad.
—No te he preguntado eso —observó Port, molesto.
—Deberías. Eso es lo que importa aquí.
—En absoluto —dijo él—. A mí no. Siento que esta ciudad, este río, este cielo, me pertenecen a mí tanto como a ellos.
Kit quiso decir: “Pues estás loco”, pero se limitó a contestar:
—Qué raro.
Regresaron a la ciudad dando un rodeo por un camino que discurría entre jardines tapiados.
—Ojalá no me hicieras esas preguntas —dijo ella de pronto—. No puedo contestarlas. ¿Cómo quieres que diga: “Sí, voy a ser feliz en África”? Me gusta mucho Aïn Krorfa, pero no puedo saber si querré quedarme un mes o marcharme mañana.
—No podrías marcharte mañana aunque quisieras, a menos que regresaras a Boussif. Averigüé lo de los autobuses. No sale ninguno para Bou Noura hasta dentro de cuatro días. Y ahora está prohibido viajar a Messad en camión. Hay controles militares a lo largo del camino. Los conductores tienen que pagar una gran multa.
—Así que estamos atrapados en el Grand Hotel.
“Con Tunner”, pensó Port. Y en voz alta:
—Con los Lyle.
—Dios nos guarde —murmuró Kit.
—Me pregunto cuánto tiempo vamos a seguir tropezando con ellos. Me encantaría que nos adelantasen de una vez por todas, o que nos dejaran adelantarlos y mantuvieran la distancia.
—Esas cosas deben acordarse —dijo Kit.
Ella también pensaba en Tunner. Le parecía que si no tuviera que estar sentada frente a él durante la comida, podría relajarse por completo y vivir el momento, que era el momento de Port. Pero le parecía inútil intentarlo si, una hora después, tenía que confrontarse con la viva prueba de su culpa.
Cuando regresaron al hotel ya había oscurecido del todo. Comieron bastante tarde y, después de cenar, como nadie tenía ganas de salir, se acostaron. Este proceso duró más que de costumbre, porque en la azotea, al final del pasillo, solo había una jofaina y un cántaro. La ciudad estaba muy silenciosa. Una radio de algún café retransmitía una versión de un disco de Abd-el-Wahab: una canción popular, semejante a un canto fúnebre, titulada: “Estoy llorando sobre tu tumba”. Mientras se lavaba, Port escuchaba las notas melancólicas, interrumpidas por ladridos cercanos.
Ya estaba en la cama cuando Eric llamó a su puerta. Por desgracia, no había apagado la luz y, temiendo que se filtrara por debajo de la puerta, no se atrevió a hacerse el dormido. No le gustó que Eric entrase de puntillas en el cuarto, con una mirada conspiradora. Se puso la bata.
—¿Qué pasa? —reclamó—. Nadie duerme.
—Espero no estar molestándolo, viejo. —Como siempre, parecía hablar a los rincones de la habitación.
—No, no. Pero suerte que has venido ahora. Un minuto más, y mi luz habría estado apagada.
—¿Su esposa duerme?
—Creo que está leyendo. Suele hacerlo antes de dormir. ¿Por qué?
—Me preguntaba si me daría aquella novela que me prometió esta tarde.
—¿Cuándo? ¿Ahora? —Tendió a Eric un cigarrillo y encendió otro para sí mismo.
—Si la molesto, no.
—Sería mejor mañana, ¿no le parece? —dijo Port, mirándolo.
—Tiene razón. En realidad he venido por el dinero… —vaciló.
—¿Qué dinero?
—Los trescientos francos que me prestó. Quiero devolvérselos.
—No se preocupe —rio Port, sin dejar de mirarlo. Ambos guardaron silencio unos momentos—. Pero bueno, hágalo si quiere —dijo Port al final, preguntándose si por un improbable azar no habría juzgado mal al joven, y, en cierto modo, más convencido que nunca de que no era así.
—Ah, excelente —murmuró Eric, hurgando en el bolsillo de su chaqueta—. No me gusta que estas cosas me remuerdan la conciencia.
—No tienen por qué remorderle la conciencia; si recuerda, se los regalé. Pero si, como digo, prefiere devolvérmelos, me parece bien, como es natural.
Eric sacó finalmente un billete gastado de mil francos y lo tendió con una débil sonrisa propiciatoria.
—Espero que tenga cambio de esto —dijo mirando a Port por fin a la cara, pero como si le costase un gran esfuerzo.
Port sintió que aquel era el momento importante, pero no sabía por qué.
—No sé —dijo, sin tomar el billete—. ¿Quieres que mire?
—Si puede ser —habló con un hilo de voz.
Cuando Port se levantó con torpeza de la cama y se acercó a la maleta donde guardaba el dinero y los documentos, Eric pareció animarse.
—Me siento muy grosero por presentarme aquí en mitad de la noche y molestarlo de esta manera, pero quiero quitarme eso de la cabeza, y además necesito a gritos el cambio y aquí en el hotel no lo tienen, y mamá y yo nos marchamos a primera hora de la mañana a Messad y temía no volverle a ver…
—¿Ah sí? ¿A Messad? —Port se dio la vuelta con la billetera en la mano—. ¿De verdad? ¡Santo Dios! ¡Nuestro amigo, Mr. Tunner, tiene tantas ganas de ir!
—¿Ah? —Eric se levantó despacio—. ¿Ah? —dijo de nuevo—. Supongo que podríamos llevarlo con nosotros. —Miró la cara de Port y vio que se le iluminaba—. Pero nos marchamos al romper el día. Será mejor que vaya enseguida a decirle que esté listo abajo, a las seis y media. Hemos pedido el té para las seis. Dígale que haga lo mismo.
—Lo haré —dijo Port, metiéndose la billetera en el bolsillo—. También le pediré el cambio que, por lo visto, no tengo.
—Bien. Bien —dijo Eric con una sonrisa y sentándose de nuevo en la cama.
Port encontró a Tunner desnudo, deambulando distraído por su habitación con un pulverizador de DDT en la mano.
—Entra —dijo—. Esto no sirve.
—¿Qué tienes?
—Chinches, entre otras cosas.
—Escucha. ¿Quieres ir a Messad mañana a las seis y media de la mañana?
—Quiero irme esta noche a las once y media. ¿Por qué?
—Los Lyle te llevarán.
—¿Y luego qué?
Port improvisó.
—Regresarán aquí dentro de unos días y seguirán derecho a Bou Noura. Te llevarán hasta allí y nosotros estaremos esperándote. Lyle está ahora en mi habitación. ¿Quieres hablar con él?
—No.
Hubo un silencio. La luz eléctrica se apagó de repente, luego se iluminó un débil gusano naranja dentro de la bombilla, de modo que parecía que uno estuviera viendo la habitación a través de unas gafas gruesas y oscuras. Tunner echó un vistazo a su cama deshecha y se encogió de hombros.
—¿A qué hora has dicho?
—A las seis y media se van.
—Dile que estaré abajo, en la puerta. —Le frunció el ceño a Port con una leve sospecha—. ¿Y ustedes? ¿Por qué no van?
—Solo tienen una plaza —mintió—, y además me gusta este lugar.
—Cuando te hayas metido en la cama dejará de gustarte —dijo Tunner con amargura.
—Es probable que también los haya en Messad —sugirió Port. Ahora se sentía seguro.
—Después de este, no me asustará ningún hotel.
—Te buscaremos dentro de unos días en Bou Noura. No destroces ningún harén.
Cerró la puerta al salir y regresó a su habitación. Eric seguía sentado en la cama, en la misma postura, pero había encendido otro cigarrillo.
—Mr. Tunner está encantado y se reunirá con ustedes a las seis y media en la puerta. ¡Demonios! Olvidé preguntarle acerca del cambio de los mil francos.
Vaciló, a punto de volver a salir.
—No se moleste, por favor. Puede cambiármelos mañana, de camino, en caso de que necesite el cambio.
Port abrió la boca para decir: “Pero creí que quería devolverme los trescientos”. Cambió de opinión. Ahora que el asunto estaba zanjado sería trágico arriesgar un patinazo por unos cuantos francos. Así que sonrió y dijo:
—Claro. Bueno, espero verlos cuando regresen.
—Sí, por supuesto —sonrió Eric, mirando el suelo. Se levantó de pronto y se dirigió a la puerta:
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Port cerró la puerta con llave y permaneció junto a ella, musitando. El comportamiento de Eric le había sorprendido por su inusual excentricidad, sin embargo seguía sospechando que tenía una explicación. Como tenía sueño, apagó lo que quedaba de luz y se acostó. Los perros ladraban a coro, lejos y cerca, pero los bichos no lo molestaron.
Aquella noche despertó llorando. Su ser era un pozo de mil millas de profundidad; ascendía desde las regiones inferiores con un sentimiento de infinita tristeza y una sensación de gran reposo, pero sin recuerdo de sueño alguno, salvo la voz sin rostro que había susurrado: “El alma es la parte más cansada del cuerpo”. La noche era silenciosa, salvo por un leve viento que soplaba a través de la higuera y movía los bucles de alambre que colgaban de sus ramas. Se rozaban al balancearse, emitiendo un ligero chirrido. Tras escuchar un rato, se durmió.
XVI
Kit estaba sentada en la cama, con la bandeja del desayuno en el regazo. El reflejo del sol en la pared azul del patio iluminaba la habitación. Port, que tras observar la conducta de los camareros había decidido que eran incapaces de ejecutar una orden, le había traído el desayuno. Kit había comido y pensaba ahora en que él le había contado (con mal disimulado deleite) que se habían librado de Tunner. Como ella también había deseado en secreto que se fuera, sentía que habían hecho algo doblemente innoble. Pero ¿por qué? Se había marchado por voluntad propia. Después comprendió que por intuición ya sabía cuál sería la próxima jugada de Port: se las ingeniaría para no contactar a Tunner en Bou Noura. Sabía por su conducta que, pese a lo que él dijera, no tenía la menor intención de reunirse allí con él. Por eso le parecía cruel. Si estaba en lo cierto, el engaño de aquella maniobra era demasiado osado; decidió no participar. “Si Port le da plantón, yo me quedaré para reunirme con él.” Se inclinó y depositó la bandeja sobre la piel de chacal; el cuero mal curtido despedía un olor agrio. “¿O será que quiero castigarme y tener a Tunner delante todos los días? —se preguntó—. ¿De verdad sería mejor deshacerse de él?” ¡Si al menos fuera posible penetrar en las semanas entrantes y saber! Las nubes sobre las montañas habían sido mala señal, pero no por lo que ella imaginaba. En lugar del descarrilamiento, había ocurrido otra cosa que a lo mejor resultaría más funesta. Como de costumbre, se preparaba para algo peor que lo que había esperado. Pero no creía que fuera Tunner, así que en realidad no importaba cómo se conducía con él ahora. Los otros augurios indicaban un horror más vasto y sin duda ineluctable. Con cada escape avanzaba a una región de más alto riesgo. “En ese caso —pensó—, ¿por qué no ceder? Y si cediera, ¿cómo me comportaría? Exactamente igual que ahora.” De modo que ceder o no ceder no tenía nada que ver con su problema. Arremetía contra su propia existencia. Lo único que cabía esperar era comer, dormir y apretar los dientes frente a los augurios.
Pasó gran parte del día en la cama leyendo y se vistió solo para ir a comer con Port en el patio apestoso, bajo la galería. En cuanto estuvo de vuelta en su habitación, se quitó la ropa. No habían limpiado. Acomodó la sábana y se estiró de nuevo. El aire era seco, caliente, sofocante. Por la mañana, Port había estado en la ciudad. Kit se preguntaba cómo podía soportar el sol, aun con el salacot; a ella le enfermaba hallarse sometida a sus rayos, aunque solo fuera cinco minutos. El cuerpo de Port no era fuerte, sin embargo había paseado durante horas por las calles como hornos y había regresado para comer con apetito aquella comida execrable. Y había conocido a un árabe que los esperaba a las seis para tomar té. Port había recalcado que bajo ningún pretexto debían llegar tarde. Era típico de él insistir en la puntualidad en el caso de un tendero anónimo de Aïn Krorfa, mientras que con sus amigos y con ella se conducía con suma displicencia, pues llegaba a las citas con un retraso de entre media hora y dos horas.
El árabe se llamaba Abdeslam ben Hadj Chaoui; lo recogieron en su tienda de curtidos, y esperaron a que cerrara y pusiera candado a la puerta delantera. El árabe los condujo despacio por calles serpenteantes, mientras el muecín llamaba a la oración, hablando sin cesar en un francés florido y dirigiéndose sobre todo a Kit.
—¡Qué feliz estoy! Esta es la primera vez que tengo el honor de invitar a una dama y a un caballero de Nueva York. ¡Cómo me gustaría ver Nueva York! ¡Qué riqueza! ¡Oro y plata por doquier! Le grand luxe pour tout le monde, ah! No como Aïn Krorfa: arena en las calles, unas cuantas palmeras, sol caliente, eterna tristeza. Es un gran placer poder invitar a una dama de Nueva York. Y a un caballero. ¡Nueva York! ¡Qué hermoso nombre! —Lo dejaban hablar.
El jardín, como todos los jardines de Aïn Krorfa, era en realidad un huerto. Bajo los naranjos corría el agua por unas acequias alimentadas por el pozo construido en un extremo sobre una plataforma artificial. Las palmeras más altas se erguían en el extremo opuesto, cerca de la tapia que bordeaba el lecho del río, y al pie de una de ellas había extendida una gran alfombra de lana roja y blanca. Se sentaron allí mientras un criado traía fuego y los utensilios para hacer el té. El aire estaba cargado del olor de la menta que crecía junto a las acequias.
—Hablaremos un poco mientras se calienta el agua —dijo el anfitrión, dirigiendo una sonrisa caritativa a uno y a otro—. Aquí plantamos la palmera macho porque es más hermosa. En Bou Noura solo piensan en el dinero. Plantan la hembra. ¿Saben qué aspecto tienen esas? Son chatas y gordas, dan muchos dátiles, pero ni siquiera son buenos, ¡no en Bou Noura! —Se rio con una tranquila satisfacción—. ¡Ahora ven lo tonta que es la gente en Bou Noura!
El viento soplaba y los troncos de las palmeras se movían despacio, las altas copas se movían en círculo con un ligero balanceo. Se acercó un joven con un turbante amarillo, les saludó con gravedad y se sentó un poco más atrás, en el borde de la alfombra. De debajo de la chilaba sacó un oud, cuyas cuerdas comenzó a tañer al azar, mirando siempre a lo lejos, por debajo de los árboles. Kit bebía su té en silencio, sonriendo de vez en cuando en reacción a las observaciones de Monsieur Chaoui. En algún momento pidió a Port en inglés un cigarrillo, pero él frunció el ceño y ella entendió que a los demás les escandalizaría ver fumar a una dama. Así que permaneció sentada bebiendo el té, sintiendo que en realidad lo que veía y oía a su alrededor no estaba sucediendo, o que si sucedía, era ella quien no estaba del todo allí. Comenzaba a oscurecer; poco a poco el brasero se convirtió en el foco natural del ojo. Con todo, la música del laúd continuaba, una estructura de fondo para una conversación sin rumbo; escuchar sus notas era como observar el humo de un cigarrillo rizarse y serpentear en el aire quieto. No tenía el menor deseo de moverse, de hablar, ni siquiera de pensar. Pero de pronto sintió frío. Interrumpió la conversación para decirlo. A Monsieur Chaoui no le gustó oírlo; le pareció una tremenda grosería. Sonrió y dijo:
—Ah, sí. La señora es rubia. Las rubias son como las acequias cuando no llevan agua. Los árabes son como las acequias de Aïn Krorfa. Las acequias de Aïn Krorfa están siempre llenas. Tenemos flores, fruta, árboles.
—Sin embargo, usted dice que Aïn Krorfa es triste —dijo Port.
—¿Triste? —repitió Monsieur Chaoui pasmado—. Aïn Krorfa no es nunca triste. Es apacible y rebosa alegría. No me marcharía de mi tierra natal aunque alguien me ofreciera veinte millones de francos y un palacio.
—Por supuesto —convino Port, y viendo que su anfitrión ya no deseaba prolongar la conversación, dijo—: Como Madame tiene frío, debemos irnos, pero le estamos encarecidamente agradecidos. Ha sido un gran privilegio poder venir a este exquisito jardín.
Monsieur Chaoui no se levantó. Asintió con la cabeza, tendió la mano y dijo:
—Sí, sí. Váyanse, ya que hace frío.
Ambos invitados se deshicieron en floridas disculpas por marcharse: no puede decirse que fueran aceptadas de buen grado.
—Sí, sí, sí —dijo Monsieur Chaoui—. En otra ocasión, tal vez el clima esté más templado.
Port contuvo su furia creciente que, al sentirla, lo irritó consigo mismo.
—Au ‘voir, cher Monsieur —dijo Kit de pronto con una aguda voz infantil.
Port le pellizcó el brazo. Pero Monsieur Chaoui no había observado nada extraordinario; es más, se distendió lo suficiente para sonreír una vez más. El músico, que seguía tañendo su laúd, los acompañó hasta el portón:
—‘B’slemah —dijo con solemnidad, cerrándolo tras él.
La carretera estaba casi a oscuras. Echaron a andar a paso rápido.
—Espero que no me culpes por eso —empezó Kit, a la defensiva.
Port le rodeó la cintura con un brazo.
—¡Culparte! ¿Por qué? ¿De qué? Y de todos modos, ¿qué importa?
—Claro que importa —dijo ella—. Si no, para empezar, ¿por qué motivo hemos visitado a este señor?
—¡Ah, el motivo! No creo que hubiera ningún motivo concreto. Pensé que sería divertido. Y sigo pensando que lo ha sido; me alegro de que hayamos venido.
—Yo también, en cierto modo. Me ofreció una excelente oportunidad de ver cómo serán las conversaciones aquí, la increíble superficialidad que pueden llegar a tener.
Port le soltó la cintura.
—Discrepo. No dirás que un friso es superficial porque solo tiene dos dimensiones.
—Sí, si estás acostumbrado a tener una conversación que sea algo más que un ornamento. Yo no veo la conversación como un friso.
—¡Tonterías! Solo que lo viven de otra manera, tienen una filosofía completamente diferente.
—Ya lo sé —dijo Kit, deteniéndose para sacudir la arena del zapato—. Solo digo que yo nunca podría vivir así.
Port suspiró: la tertulia del té había causado el efecto contrario al que él había esperado. Kit adivinó sus pensamientos y dijo enseguida:
—No pienses en mí. Pase lo que pase, estaré bien si estoy contigo. Me he divertido esta noche. De verdad. —Le apretó la mano.
Pero aquello distaba de ser lo que él quería; la resignación no era suficiente. Le devolvió el apretón sin ganas.
—¿Y qué fue ese pequeño teatro al final? —preguntó Port un momento después.
—No pude evitarlo. El hombre estaba siendo muy ridículo.
—No suele ser buena idea burlarse del anfitrión —dijo con frialdad.
—¡Ah! ¡Bah! Si te fijaste, le encantó. Pensó que me mostraba respetuosa.
Comieron en silencio en el patio casi a oscuras. Habían retirado la mayor parte de la basura, pero el hedor de las letrinas seguía igual de intenso. Después de cenar se fueron a sus habitaciones a leer.
A la mañana siguiente Port le dijo a Kit al llevarle el desayuno:
—Anoche casi te hice una visita. No podía dormir. Pero temí despertarte.
—Debiste golpear la pared —dijo ella—. Te habría oído. Casi seguro que estaba despierta.
Durante todo aquel día, Port fue presa de un inexplicable nerviosismo; lo atribuyó a los siete vasos de té cargado que se había tomado en el jardín. Kit, no obstante, había bebido tanto como él y no parecía nada nerviosa. Por la tarde caminó a la orilla del río, observó cómo los spahis se entrenaban montados en caballos blancos, perfectos, con las capas azules volando al viento. Dado que, con el paso del tiempo, su agitación parecía aumentar en lugar de disminuir, se autoasignó la tarea de averiguar el origen. Andaba con la cabeza gacha, sin ver más que la arena y los guijarros relucientes. Tunner se había ido, Kit y él estaban solos. Ahora todo dependía de él. Podía hacer el gesto correcto o el equivocado, pero no podía distinguirlos de antemano. La experiencia le había enseñado que en tales situaciones no se podía contar con la razón. Siempre había un elemento extra, misterioso, y no del todo al alcance de la mano, que uno no había calculado. Había que saber, no deducir. Y no tenía el conocimiento. Levantó la vista; el lecho del río se había ensanchado mucho, las tapias y los jardines habían retrocedido en la distancia. Afuera no se oía otro sonido que el del viento, que soplaba en torno a su cabeza, en su recorrido de una parte de la tierra a la otra. Siempre que el hilo de su conciencia se desmadejaba demasiado y se enredaba, un poco de soledad volvía a enrollarlo. Su estado de nerviosismo era remediable porque solo tenía que ver con él: le asustaba su propia ignorancia. Si quería dejar de estar nervioso debía idear para sí una situación en la que aquella ignorancia careciese de importancia. Debía comportarse como si no fuera a poseer a Kit, nunca más. Entonces quizá, por pura desatención, podría suceder de manera automática. Pero ¿cuál debía ser su principal preocupación en aquel momento: la puramente egocéntrica de librarse de su agitación o el logro de su propósito original, pese a ella? “Me pregunto si, después de todo, no seré un cobarde”, pensó. Hablaba el miedo; lo escuchó y se dejó persuadir: el clásico proceso. La idea lo entristeció.
No lejos de allí, en un promontorio donde el curso del río hacía una curva brusca, había un pequeño edificio en ruinas, sin tejado, tan viejo que un árbol retorcido había crecido en su interior cubriendo con su sombra la zona entre las paredes. Al pasar más cerca, vio el interior y advirtió que las ramas más bajas estaban decoradas con cientos de andrajos, pedazos de tela cortados con regularidad, que alguna vez habían sido blancos, agitados todos ellos en la misma dirección por el viento. Con cierta curiosidad, Port subió a investigar, pero al acercarse vio que la ruina estaba ocupada: un anciano, muy anciano, se hallaba sentado bajo el árbol, con los delgados y morenos miembros envueltos en vendas viejísimas. Había construido un refugio en torno al pie del árbol; era evidente que vivía allí. Port se quedó mucho tiempo mirándolo, pero el hombre no levantó la cabeza.
Continuó andando, más despacio. Había traído algunos higos, que sacó y devoró. Cuando hubo bordeado toda la vuelta del río, se encontró de cara al sol, en el oeste, mirando hacia un pequeño valle encaramado entre dos colinas peladas de suaves pendientes. Al fondo había una colina más empinada, de color rojizo, y en la ladera una abertura oscura. Le gustaban las cuevas, y estuvo tentado de ir hasta allí. Pero las distancias en aquel lugar eran engañosas, tal vez no hubiera tiempo antes que oscureciera; además, no tenía la energía necesaria. “Mañana vendré más temprano y subiré”, se dijo. Algo melancólico, se quedó mirando el valle mientras buscaba con la lengua las semillas del higo que tenía entre los dientes y las tenaces e incesantes moscas volvían a treparle por la cara. Y se le ocurrió que un paseo por el campo era el paradigma del paso por la propia vida. Nunca dedicamos tiempo a saborear los detalles; decimos: otro día será, pero siempre con la secreta certeza de que cada día es único y definitivo, de que nunca habrá un retorno, otra ocasión.
Le traspiraba la cabeza bajo el salacot. Se lo quitó, estando la tira de cuero mojada, y se secó el pelo al sol unos momentos. En breve terminaría el día, oscurecería, se hallaría de regreso en el hotel maloliente con Kit, pero antes debía decidir cómo proceder. Dio media vuelta y reemprendió el camino a la ciudad. Cuando estuvo frente a la ruina, miró en su interior. El anciano se había movido; estaba sentado adentro, muy cerca de lo que había sido un umbral. De pronto se le ocurrió que aquel hombre debía tener alguna enfermedad. Apuró el paso y, por absurdo que pareciera, contuvo la respiración hasta quedar lejos de aquel lugar. Cuando permitió que el viento fresco penetrara otra vez en sus pulmones supo qué haría: abandonaría temporalmente la idea de volver con Kit. Estaba seguro de que, en su actual estado de desasosiego, tomaría todas las decisiones equivocadas y tal vez la perdería para siempre. Más adelante, cuando menos lo esperara, la cosa a lo mejor se solucionara por sí misma. Aceleró el paso y al llegar a las calles de Aïn Krorfa, silbaba.
Estaban cenando. Un vendedor ambulante que comía dentro, en el comedor, había traído una radio portátil sintonizada con Radio Orán. En la cocina, una radio más alta retransmitía música egipcia.
—Este tipo de cosa solo se aguanta un rato. Después enloqueces —dijo Kit.
Había encontrado restos de pelaje de conejo en su estofado y, por desgracia, la luz en aquella parte del patio eran tan mortecina que los descubrió después de haberse llevado la comida a la boca.
—Ya —dijo Port distraído—. Lo odio tanto como tú.
—No, no es cierto. Pero creo que lo odiarías si no me tuvieras al lado para sufrir en tu lugar.
—¿Cómo puedes decir eso? Sabes que no es así. —Jugó con su mano: como había tomado una decisión, estaba relajado con ella. Kit, no obstante, mostró una inesperada irritabilidad.
—Otra ciudad como esta acabará conmigo —dijo—. Regresaré y tomaré el primer barco a Génova o a Marsella. Este hotel es una pesadilla, ¡una pesadilla!
Tras la partida de Tunner Kit había tenido la vaga esperanza de que se produjera un cambio en su relación. Con su ausencia, el único cambio era que ahora podía expresarse con claridad, sin temor a parecer que tomaba partido. Pero en lugar de esforzarse por aliviar cualquier tensión que surgiera entre ellos, decidió lo contrario, ser intransigente en todo. Aquel encuentro tan esperado podía acontecer ahora o más adelante, pero debía hacerlo todo él. Como ni ella ni Port habían llevado nunca una vida programada, ambos cometían el craso error de considerar con vaguedad que el tiempo era inexistente. Un año era como otro año. Al final, todo llegaría.
XVII
La noche siguiente, en vísperas de salir hacia Bou Noura, cenaron temprano y Kit subió a su habitación a hacer la maleta. Port permaneció sentado a la mesa, a oscuras bajo los arcos, hasta que en el interior los otros comensales hubieron terminado. Entró en el comedor vacío y estuvo dando vueltas, mirando las orgullosas pruebas de la civilización: las mesas barnizadas con hojas de papel en lugar de manteles, los pesados saleros de vidrio y las botellas de vino abiertas con la servilleta enroscada al cuello para identificarlas. Uno de los perros rosados entró arrastrándose desde la cocina, y al ver a Port, continuó hasta el patio, donde se tumbó y exhaló un profundo suspiro. Port franqueó el umbral y entró en la cocina. En el centro del cuarto, bajo la única y vacilante bombilla, Mohammed sostenía un gran cuchillo de carnicero con la punta clavada en la mesa. Bajo la punta una cucaracha aún agitaba un poco las patas. Mohammed observaba el insecto con interés. Levantó la vista y sonrió.
—¿Terminó? —preguntó.
—¿Qué? —dijo Port.
—¿Terminó de cenar?
—Ah, sí.
—Entonces cerraré el comedor con llave.
Trajo la mesa de Port de vuelta al comedor, apagó las luces y echó llave a ambas puertas. Luego apagó la luz de la cocina. Port salió al patio.
—¿Se va a casa a dormir? —preguntó.
Mohammed se echó a reír.
—¿Por qué cree que trabajo todo el día? ¿Para irme a casa a dormir? Venga conmigo. Le enseñaré el mejor lugar de Aïn Krorfa.
Port salió con él a la calle, donde conversaron unos minutos. Después se alejaron juntos calle abajo.
La casa se componía de varias casas, todas con una entrada común en un extremo de un gran patio enlosado. Y cada casa tenía varios cuartos, todos muy pequeños y, a excepción de los de la planta baja, a distintos niveles. De pie en el patio, bajo la tenue luz, mezcla del resplandor de una lámpara de carburo con luz estelar, todos los interiores, como pequeñas cajas luminosas a su alrededor, le parecieron hornos. Casi todos los cuartos tenían las puertas o las ventanas abiertas, y estaban repletos de hombres y de muchachas vestidos de manera uniforme con prendas blancas y holgadas. El lugar parecía alegre y lo animó; no tenía la menor sensación de que fuera una casa de vicio, aunque al principio se esforzara por verla así.
Se acercaron a la puerta de un cuarto frente a la entrada, y Mohammed se asomó y saludó a algunos de los hombres sentados en los divanes adosados a las paredes. Entró, haciendo señas a Port para que lo siguiera. Les hicieron sitio y se sentaron con los demás. Un muchacho tomó el pedido del té y atravesó el patio a toda prisa. Mohammed enseguida entabló conversación con un hombre sentado cerca. Port se reclinó y observó a las muchachas beber té y charlar con los hombres, sentadas en el suelo frente a ellos; esperaba un ademán licencioso, o al menos la insinuación de una mueca impúdica. No los hubo.
Por alguna razón que fue incapaz de discernir, una gran cantidad de niños corría por el establecimiento. Se portaban bien, jugaban en silencio en el patio lúgubre como si se tratara del patio de una escuela y no de un burdel. Algunos entraban en los cuartos; allí los hombres los sentaban sobre sus rodillas y los trataban con el mayor afecto, palmeándoles los cachetes y permitiéndoles dar ocasionales caladas a su cigarrillo. Era fácil, pensó, que su colectiva tendencia a estar contentos se debiera a la despreocupada benevolencia de los mayores. Si uno de los menores derramaba lágrimas, los hombres reían y les quitaban importancia con un ademán; pronto cesaba.
Un perro policía, negro y gordo, entraba y salía de los cuartos con andares de pato, husmeando pies; era objeto de la admiración general.
—El perro más hermoso de Aïn Krorfa —dijo Mohammed cuando el animal apareció jadeante en la puerta—. Es del coronel Lefilleul; seguro que está aquí esta noche.
El muchacho regresó con el té, acompañado por otro de no más de diez años, pero con una cara antigua y suave. Port lo señaló a Mohammed y susurró que parecía enfermo.
—¡Oh, no! ¡Es cantante!
Hizo una señal al niño, que empezó a batir palmas con ritmo sincopado y a proferir un largo y repetitivo lamento, erigido sobre tres notas. A Port se le hizo del todo disparatado y un tanto escandaloso oír a aquel añadido reciente de la humanidad producir una música tan poco infantil y cansona. Mientras el niño cantaba se acercaron dos muchachas y saludaron a Mohammed. Sin formalidad alguna, las hizo sentarse y servir el té. Una era delgada, de nariz prominente, y la otra, algo menor, tenía las mejillas como manzanas, igual que las campesinas; las dos llevaban tatuajes azules en la frente y en la barbilla. Como todas las mujeres, sus pesadas túnicas llevaban el peso añadido de un surtido de joyas de plata aún más pesadas. Sin ningún motivo aparente, ninguna de las dos sedujo a Port. Había algo vagamente prosaico en ellas; estaban muy presentes. Ahora apreciaba el hallazgo que había sido Marhnia, pese a su traición. Allí no había visto a nadie que tuviese la mitad de su belleza y su estilo. Cuando el niño dejó de cantar, Mohammed le dio unas monedas; el chico miró también a Port, expectante, pero Mohammed le gritó, y salió corriendo. En la habitación contigua había música: la aguda y aflautada rhaita y, por debajo, los secos tambores. Dado que las dos muchachas lo aburrían, Port se excusó y salió al patio a escuchar.
Delante de los músicos, en medio del suelo, bailaba una muchacha, si es que sus movimientos podían clasificarse de danza. Sostenía una caña con las dos manos detrás de la cabeza, y sus movimientos se confinaban al ágil cuello y a los gráciles hombros. Los movimientos graciosos y de una impudencia rayana en lo cómico eran una traducción perfecta, en términos visuales, de los sonidos estridentes y taimados de la música. No obstante lo que lo conmovía no era tanto la danza en sí como la expresión de extraño desapego, sonámbula, de la muchacha. Parecía tener la sonrisa fija, y podría añadirse que la mente también, en un objeto tan remoto que solo ella conocía su existencia. Un desdén supremamente impersonal se adivinaba en los ojos que no miraban y en la curva plácida de los labios. Cuanto más la observaba, más le fascinaba su cara; era una máscara de proporciones perfectas cuya belleza provenía no tanto de la configuración de sus rasgos como del significado implícito en su expresión, el significado o su retención. Porque era imposible saber qué emoción escondía aquel rostro. Era como si dijera: “Está ejecutándose una danza. Yo no bailo, porque no estoy aquí. Pero es mi danza”. Cuando la pieza tocó a su fin y la música cesó, la joven permaneció inmóvil un momento, luego bajó despacio la caña de detrás de la cabeza y, dando unos vagos golpecitos en el suelo, se volvió para hablar con uno de los músicos. Su notable expresión no había cambiado en ningún sentido. El músico se levantó y le hizo sitio en el suelo a su lado. A Port le pareció peculiar la forma en que la ayudó a sentarse y, de pronto, cayó en la cuenta de que la muchacha era ciega. La idea le sobrevino como una descarga eléctrica; sintió que el corazón le daba un vuelco y, de repente, le ardía la cabeza.
Regresó rápidamente al otro cuarto y le dijo a Mohammed que quería hablarle a solas. Esperaba hacerlo salir al patio para no tener que dar explicaciones delante de las muchachas, aunque no hablasen francés. Pero Mohammed no tenía ganas de moverse.
—Siéntate, mi querido amigo —dijo, tirando a Port de la manga.
Pero a Port le preocupaba demasiado que se le escapara su presa como para molestarse en ser cortés.
—Non, non, non! —exclamó—. Viens vite!
Mohammed se encogió de hombros por deferencia hacia las dos muchachas, se levantó y lo acompañó al patio; se detuvieron bajo la lámpara junto a la pared. Port le preguntó primero si las bailarinas estaban disponibles y se vio desfallecer cuando Mohammed le dijo que muchas tenían amantes y que, en tales casos, vivían en la casa como prostitutas registradas, pero la utilizaban solo como hogar, sin dedicarse a la profesión en absoluto. Por supuesto, los demás rehuían a las que tenían amantes.
—Bsif! Forcément! Pueden cortarte el pescuezo. —Rio, enseñando unas encías rojas y brillantes que relucían como un molde de cera.
Ese era un aspecto que Port no había considerado. Aun así, el caso merecía un decidido esfuerzo. Llevó a Mohammed hasta la puerta del cubículo contiguo, donde la chica ciega estaba sentada, y la señaló.
—Averigua sobre aquella de allí —dijo—. ¿La conoces?
Mohammed miró.
—No —dijo al fin—. Averiguaré. Si puede arreglarse, lo haré yo mismo y me pagarás mil francos. Eso para ella, y para mí lo justo para pagar el café y el desayuno.
El precio era demasiado alto para Aïn Krorfa y Port lo sabía. Pero le pareció que aquel no era el momento de ponerse a regatear y aceptó el trato, tras lo cual regresó, como le rogó Mohammed, al primer cuarto y volvió a sentarse con las dos muchachas sosas. Habían entablado una conversación muy seria entre ellas y apenas advirtieron su llegada. La habitación era un hervidero de charlas y risas; se reclinó y escuchó el sonido; aunque no entendiera una palabra de lo que se decía, disfrutaba estudiando las inflexiones del idioma.
Mohammed permaneció fuera de la habitación bastante tiempo. Empezaba a ser tarde, el número de gente por allí sentada iba disminuyendo a medida que los clientes se retiraban a las habitaciones interiores o se marchaban a casa. Las dos muchachas seguían sentadas, hablando, alternando sus palabras con esporádicos ataques de risa durante los cuales se agarraban la una a la otra para mutuo apoyo. Port se preguntó si no debía salir en busca de Mohammed. Trató de tranquilizarse y de compartir la intemporalidad del lugar, pero la ocasión no se prestaba para aquel tipo de juego imaginativo. Cuando al final salió al patio a buscarlo, enseguida lo vio en un cuarto de enfrente, reclinado en un diván y fumando una pipa de hachís con algunos amigos. Cruzó el patio y lo llamó, sin entrar, porque desconocía el protocolo del cuarto del hachís. Aunque no parecía haberlo.
—Entra —dijo Mohammed desde la nube de humo acre—. Fuma una pipa.
Port entró, saludó a los demás, y preguntó en voz baja a Mohammed:
—¿Y la muchacha?
Al principio Mohammed no pareció entender. Luego se echó a reír:
—Ah, ¿aquella? Tienes mala suerte, amigo. ¿Sabes qué tiene? Es ciega, pobrecita.
—Lo sé, lo sé —dijo Port con impaciencia y con creciente aprensión.
—Bueno, no la quieres, ¿verdad? ¡Es ciega!
Port perdió los estribos.
—Mais bien sûr que je la veux! —gritó—. ¡Claro que la quiero ! ¿Dónde está?
Mohammed se incorporó un poco apoyándose en un codo.
—¡Ah! —gruñó—. ¡A estas horas quién sabe! Siéntate aquí y fuma una pipa. Es entre amigos.
Port giró rabioso sobre sus talones y salió a grandes zancadas al patio, donde inició una búsqueda sistemática en los cubículos desde un lado de la entrada hasta el otro. Pero la muchacha ya no estaba. Furioso por la decepción, franqueó el umbral y salió a la calle oscura. Junto al portón, un soldado árabe y una muchacha hablaban en voz baja. Al pasar junto a ellos, la miró a ella a la cara con atención. El soldado lo fulminó con la mirada, pero eso fue todo. No era ella. Echó un vistazo a la calle mal iluminada, y vislumbró a lo lejos dos o tres figuras vestidas de blanco, a derecha y a izquierda. Echó a andar, pateando con rabia las piedras que encontraba en el camino. Ahora que ella se había ido, Port no estaba convencido de que se le había denegado un poco de placer, sino de que había perdido el amor mismo. Trepó la colina y se sentó fuera del fuerte, apoyado en las viejas murallas. Abajo se veían las pocas luces de la ciudad, y más allá el inevitable horizonte del desierto. Ella hubiera llevado las manos hasta las solapas de su chaqueta, le hubiera palpado la cara, hubiera deslizado los sensibles dedos por sus labios. Hubiera olido la brillantina de su pelo y examinado con cuidado sus ropas. Y en la cama, sin ojos para ver más allá, hubiera estado totalmente presente, prisionera. Pensó en los pequeños juegos que hubiera jugado con ella, fingiendo haber desaparecido estando aún allí; pensó en las incontables maneras en que habría ganado su gratitud. Y al lado de sus fantasías, veía siempre el rostro imperturbable, un tanto inquisitivo en su simetría de máscara. Tuvo un repentino estremecimiento de autocompasión, casi agradable por expresar de forma tan exacta su humor. Fue un estremecimiento físico; estaba solo, abandonado, perdido, desesperanzado, aterido. Sobre todo aterido, sentía un profundo frío interior que nada podía cambiar. Aunque aquella glacial ausencia de vida fuese la base de su descontento, siempre se aferraría a ella porque también era el centro de su ser; había construido su ser en torno a ella.
Pero en aquel momento sentía además un frío corporal, algo extraño porque acababa de trepar la colina y aún jadeaba un poco. Presa de un miedo repentino, equiparable al terror de los niños cuando rozan un objeto inidentificable en la oscuridad, se levantó de un salto y corrió por la cresta de la colina hasta llegar al sendero que bajaba al mercado. Correr disipó su miedo, pero cuando se detuvo y vio abajo el anillo de luces en torno al mercado aún sentía frío, como si tuviera dentro una pieza de metal. Siguió corriendo ladera abajo y en el camino decidió que iría al hotel por la botella de whisky que tenía en su habitación, y dado que la cocina estaba cerrada con llave, la llevaría de regreso al burdel, donde prepararía un grog caliente con un poco de té. Al entrar en el patio tuvo que pasar por encima del vigilante, que se hallaba tendido en el umbral. El hombre se incorporó un tanto y gritó:
—Echkoun? Qui?
—Numéro vingt! —exclamó Port, pasando a toda prisa entre los olores nauseabundos.
No había luz bajo la puerta de Kit. En su habitación, agarró la botella de whisky y miró el reloj que, por precaución, había dejado sobre la mesilla de noche. Eran las tres y media. Decidió que si andaba rápido podía ir hasta allí y estar de vuelta en su cuarto a las cuatro y media, a menos que hubieran dejado que se extinguiera el fuego.
Cuando salió a la calle el vigilante roncaba. Se forzó a dar tales zancadas que los músculos de sus piernas se rebelaban, pero el ejercicio no logró mitigar el frío interior que sentía en todas partes. La ciudad parecía completamente dormida. Cuando se acercó a la entrada de la casa no se oía música alguna. El patio estaba a oscuras y lo mismo sucedía con la mayoría de los cuartos. Pero algunos seguían abiertos y con luz. Mohammed estaba allí tendido, conversando con sus amigos.
—Y bien, ¿la encontraste? —dijo cuando Port entró en el cuarto—. ¿Qué llevas ahí? Port levantó al botella con una vaga sonrisa.
Mohammed frunció el ceño.
—No quieres eso, amigo mío. Eso es muy malo. Hace que te dé vueltas la cabeza. —Hizo gestos en espiral con una mano y con la otra trató de arrancarle la botella a Port—. Fuma una pipa conmigo —le urgió—. Es mejor. Siéntate
—Quisiera más té —dijo Port.
—Es demasiado tarde —dijo Mohammed muy seguro de sí mismo.
—¿Por qué? —preguntó Port de forma estúpida—. Lo necesito.
—Demasiado tarde. No hay fuego —anunció Mohammed con cierta satisfacción—. Después de una pipa te olvidarás de que querías té. En cualquier caso, ya has tomado té.
Port salió corriendo al patio y dio unas fuertes palmadas. No pasó nada. Asomó la cabeza a uno de los cubículos y, al ver a una mujer allí sentada, le pidió té en francés. La mujer lo miró de hito en hito. Port preguntó en su árabe vacilante. Ella contestó que era demasiado tarde. Port dijo:
—Cien francos.
Los hombres murmuraron entre ellos: cien francos era una oferta interesante y razonable, pero la mujer, una gruesa matrona cincuentona, dijo:
—No.
Port dobló su oferta. La mujer se levantó e hizo señas a Port para que la acompañara. Él la siguió del otro lado de una cortina que colgaba de la pared del fondo, a través de una serie de diminutas celdas oscuras, hasta que, por fin, se encontraron fuera, bajo las estrellas. La mujer se detuvo y le indicó que se sentase en el suelo y la esperara. Desapareció en una choza aislada, a unos pasos, donde la oyó agitarse de un lado a otro. Más cerca, en la oscuridad, dormía algún tipo de animal; tenía la respiración pesada y se movía de vez en cuando. El suelo estaba frío y Port empezó a tiritar. Por las grietas de la pared vio una luz titilante. La mujer había encendido una vela y quebraba montones de ramitas. Pronto oyó su chisporroteo en las llamas mientras la mujer abanicaba el fuego.
Cuando por fin salió de la cabaña con el brasero encendido cacareaba el primer gallo. La mujer lo guio, dejando un reguero de chispas a su paso, hasta uno de los oscuros cuartos por los que habían pasado, dejó el brasero en el suelo y puso el agua a hervir. No había más luz que el resplandor rojo de las brasas. Port se acuclilló delante del fuego, poniendo las manos en abanico para entrar en calor. Cuando el té estuvo listo, la mujer lo empujó con suavidad hacia atrás hasta que topó un colchón. Se sentó en él; estaba más caliente que el suelo. La mujer le dio un vaso.
—Mesiane, skhoun b’zef —graznó, escudriñándole en la luz moribunda.
Port bebió medio vaso y lo llenó hasta los bordes de whisky. Tras repetir la operación se sintió mejor. Se relajó un poco y se sirvió de nuevo. Luego, temiendo ponerse a transpirar, dijo:
—Baraka. —Y regresaron a la habitación donde yacían los hombres fumando.
Al ver a Port, Mohammed se echó a reír.
—¿Qué has estado haciendo? —dijo, acusador.
Ladeó los ojos hacia la mujer. Port se sentía un poco soñoliento y solo pensaba en regresar al hotel y meterse en la cama. Meneó la cabeza.
—Sí, sí —insistía Mohammed, empeñado en hacer la broma—. ¡Ya sé! El joven inglés que se fue a Messad el otro día era como tú. Siempre se hacía el inocente. Pretendía que la mujer era su madre, que nunca se le acercaba, pero yo los sorprendí juntos.
Port no contestó enseguida. Luego saltó y exclamó:
—¡Qué!
—¡En serio! Abrí la puerta de la habitación número once y estaban allí en la cama. Claro. ¿Le creíste cuando decía que era su madre? —añadió al observar la expresión incrédula de Port—. Tenías que haber visto lo que yo vi cuando abrí la puerta. ¡Así sabrías lo mentiroso que fue! La señora es vieja, pero eso no le impide nada. ¡No, no, no! Ni a él tampoco. Así que yo digo, ¿qué has estado haciendo con ella? ¿No? —Siguió riéndose.
Port sonrió y le pagó a la mujer, diciéndole a Mohammed:
—Mira. ¿Ves? Estoy pagándole solo los doscientos francos que prometí por el té. ¿Lo ves?
Mohammed se rio con más ganas.
—¡Doscientos francos por un té! ¡Demasiado para un té tan viejo! Espero que te hayas tomado dos vasos, amigo mío.
—Buenas noches —dijo Port al cuarto en general, y salió a la calle.
* Las expresiones o frases en cursiva están en el idioma (francés, árabe, español) en que aparecen en el original. (N. de la T.)
LIBRO DOS
El borde cortante de la tierra
—Adiós —le dijo el moribundo al espejo que tenía delante—. No volveremos a vernos.
Paul Valéry
XVIII
El teniente D’Armagnac consideraba que, en calidad de comandante del puesto militar de Bou Noura, llevaba allí una buena vida, aunque algo monótona. Al principio la novedad era la casa; su familia le había mandado sus libros y muebles desde Burdeos, y había experimentado el placer de verlos en un entorno nuevo e inusitado. Después fueron los indígenas. El teniente era lo bastante listo como para insistir en darse el lujo de no despreciar a la población autóctona. Mantenía públicamente que los habitantes de Bou Noura constituían la parte accesible de una gran tribu misteriosa, de la que los franceses podían aprender mucho si se tomaban la molestia. Y, siendo que era un hombre educado, los demás soldados del puesto, a quienes les hubiera gustado ver a todos los indígenas recluidos detrás de alambrados de púa y pudriéndose al sol (“… comme on a fait en Tripolitaine”), no le habían retraído su generosidad descabellada, sino que se habían limitado a comentar entre ellos que algún día el teniente recobraría su sano juicio y comprendería que aquella gente no era sino una escoria inútil. El entusiasmo real del teniente por los indígenas había durado tres años. Su época de gran devoción por los árabes tocó a su fin más o menos cuando se cansó de su media docena de amantes Ouled Naïl. No es que fuera menos objetivo a la hora de juzgarlos, sino que de repente dejó de pensar en ellos por completo.
Aquel mismo año había regresado a Burdeos, donde había permanecido seis semanas. Allí reanudó la relación con una joven a la que conocía desde la adolescencia; pero adquirió un interés repentino por ella cuando, a punto de marchar a África del Norte para retomar sus obligaciones, la joven declaró que no podía imaginar nada más fabuloso y deseable que pasar el resto de su vida en el Sahara, y que por ello lo consideraba el más afortunado de los hombres. Habían iniciado una correspondencia; las cartas iban y venían entre Burdeos y Bou Noura. No hubo transcurrido un año cuando él viajó a Argel para recoger a su prometida en el puerto. Pasaron la luna de miel más al norte, en Mustapha-Supérieur, una pequeña finca cubierta de buganvillas (llovió todos los días), tras lo cual regresaron juntos a los soleados rigores de Bou Noura.
Al teniente le era imposible saber si la idea preconcebida que ella tenía del lugar había coincidido con la realidad que descubrió al llegar; no sabía si le gustaría o no. En aquel momento ya estaba de regreso en Francia esperando el nacimiento de su primer hijo. Pronto regresaría y lo verían todo mucho más claro.
Por el momento, el teniente se aburría. Cuando Madame D’Armagnac se marchó, el teniente intentó retomar su antigua vida, pero después de la relación más madura a la que se había acostumbrado en los últimos tiempos, las chicas del quartier de Bou Noura le parecieron de una simplicidad exasperante. Así que se entretuvo en construir una nueva habitación en su casa para sorprender a su esposa cuando volviera. Sería una sala árabe. Ya había encargado la mesa de café y los divanes, y había comprado una gran alfombra de lana color crema para la pared, y dos pieles de oveja para el suelo. Los problemas empezaron durante la quincena que dedicó a arreglar aquella habitación.
Era innegable que los problemas, aunque no fueron serios, habían logrado interferir en su trabajo. Además, como era un hombre activo, siempre se aburría cuando se hallaba confinado a la cama, y lo estuvo durante varios días. En realidad fue una cuestión de mala suerte; si otro se hubiera topado con aquello —un indígena, por ejemplo, o aun uno de sus subordinados— no habría sentido la obligación de prestarle tanta atención. Pero tuvo la desgracia de descubrirlo él mismo una mañana, mientras hacía la casi semanal ronda de inspección por los pueblos. De ahí que aquello se convirtiera en algo oficial e importante. Ocurrió justo extramuros de Igherm, ciudad que siempre visitaba después de Tolfa, atravesando el cementerio a pie y subiendo después la colina; desde la gran puerta de Igherm veía el valle, donde un soldado del puesto lo esperaba en un camión para conducirlo a Beni Isguen, que quedaba demasiado lejos para ir a pie. Estaba por cruzar el umbral y entrar en el pueblo cuando le llamó la atención algo que debía haberle parecido normal. Un perro corría por allí con algo en la boca, algo grande y de un sospechoso color rosado, parte de lo cual se arrastraba por el suelo. El teniente clavó la vista en aquel objeto.
Después, durante una breve caminata bordeando la muralla, se topó con otros dos perros que se le acercaron con trofeos similares. Al final encontró lo que buscaba: era un recién nacido, y con toda probabilidad lo habían matado aquella misma mañana. Envuelto en las páginas de viejos números de L’Echo d’Alger, lo habían arrojado a una zanja poco profunda. Tras interrogar a varias personas que habían estado fuera de las murallas aquella mañana, logró averiguar que alguien había visto a una tal Yamina ben Rhaïsa franquear las puertas poco después de la salida del sol, y que aquello no era habitual. Localizó a Yamina sin problema; vivía cerca de allí, con su madre. Al principio Yamina negaba histéricamente todo conocimiento del crimen, pero cuando el teniente la sacó sola de la casa, la llevó a las lindes del pueblo y habló con ella cinco minutos de una manera que él consideró “razonable”, la muchacha le contó toda la historia. Un detalle no desdeñable del relato era que Yamina había logrado ocultar el embarazo a su madre, o al menos eso dijo. El teniente dudaba de su veracidad hasta que pensó en la cantidad de ropa interior que llevaban las mujeres de aquella región; luego decidió que la joven decía la verdad. Con una estratagema había conseguido sacar a la vieja de la casa, había dado a luz al bebé, lo había estrangulado y lo había depositado extramuros, envuelto en papel de periódico. Cuando regresó su madre, ella ya estaba lavando el suelo.
Llegado aquel punto, la única preocupación de Yamina era averiguar los nombres de las personas que habían ayudado al teniente a encontrarla. Le intrigaba que el oficial hubiera descubierto tan rápido su acto, y se lo dijo. Su primitiva despreocupación divirtió bastante al teniente y, durante unos quince minutos, hasta se permitió idear una estratagema para pasar la noche con ella. Pero, cuando la hubo obligado a bajar la colina hasta el camino donde esperaba el camión, todas sus recientes fantasías le parecieron asombrosas. Canceló su visita a Beni Isguen y llevó a la joven al cuartel general. Después se acordó del bebé. Como vio que Yamina estaba bien encerrada, corrió con un soldado al lugar de los hechos y recogió como muestra de evidencia los pedacitos de cuerpo que aún quedaban por allí. Aquellos trocitos de carne humana condujeron a Yamina a la cárcel local, a la espera de su traslado a Argel para el juicio. Pero este nunca tuvo lugar. La tercera noche de su encarcelamiento, un escorpión gris, que avanzaba por el suelo de tierra de su celda, descubrió en un rincón un calor inesperado y bienvenido, y se refugió allí. Cuando Yamina se movió en sueños, ocurrió lo inevitable. El aguijón penetró en su nuca; jamás recobró el conocimiento. Las noticias de su muerte se propagaron con rapidez por la ciudad, sin el detalle del escorpión, con lo que la versión autóctona definitiva, y por así decirlo, oficial, era que la muchacha había sido violada por toda la guarnición, incluido el teniente, y cómodamente asesinada después. Por supuesto no todo el mundo prestaba crédito a la historia, pero el hecho indiscutible era que había muerto bajo custodia francesa. Cualquiera que fuese la opinión de los autóctonos, el prestigio del teniente inició un declive imparable.
Su repentina impopularidad tuvo efectos inmediatos: los obreros no se presentaron en su casa para continuar la construcción del nuevo salón. A decir verdad, el albañil apareció solo para sentarse toda la mañana en el jardín con Ahmed, el empleado, y tratar de convencerlo (al final con éxito) de que no se quedara ni un día más al servicio de semejante monstruo. Y el teniente tenía la impresión, bastante acertada, de que los demás hacían grandes rodeos para evitar toparse con él en la calle. Las mujeres, en especial, parecían temer su presencia. Cuando corría la noticia de que andaba por el barrio, las calles se vaciaban solas; lo único que el teniente oía a su paso eran los cerrojos de las puertas. Si se cruzaba con algún hombre, este desviaba la mirada. Aquellas cosas fueron un golpe para su prestigio como administrador, pero le afectaron bastante menos que el descubrimiento, acontecido el mismo día que se metió en la cama con una singular combinación de calambres, mareos y náuseas, de que su cocinero, que por alguna razón continuaba a su servicio, era primo hermano de la difunta Yamina.
La llegada de una carta de su comandante en jefe en Argel no mejoró su estado de ánimo. No ponía en duda, decía, la justicia de su proceder: los pedazos de evidencia se hallaban en un frasco con formaldehído en el tribunal de Bou Noura y la muchacha había confesado. Pero criticaba la negligencia del teniente y, lo que era más doloroso, cuestionaba su capacidad para entender la “psicología autóctona”.
Estaba tendido en su cama, mirando el techo; se sentía débil y desgraciado. Era casi la hora en que Jacqueline venía a prepararle el consomé del mediodía. (Al primer calambre había echado a su cocinero sin dilación; hasta ahí llegaba en materia de psicología autóctona.) Jacqueline había nacido en Bou Noura, de padre árabe —al menos así decían y, a juzgar por sus facciones y su tez, era fácil creerlo— y madre francesa, que había muerto poco después de nacer ella. Nadie supo nunca qué hacía la francesa sola en Bou Noura. Pero aquello quedaba ya muy lejos; los Padres Blancos habían recogido a Jacqueline y la habían criado en la misión. Se sabía todas las canciones que con tanta diligencia se habían esforzado los Padres por enseñar a los niños; en realidad, era la única que las conocía. Además de aprender a cantar y a rezar, había aprendido a cocinar, talento este último que resultó ser una bendición para la Misión, pues los desafortunados Padres habían comido varios años la cocina local y todos padecían del hígado. En cuanto el padre Lebrun supo del aprieto en que se hallaba el teniente, ofreció mandarle a Jacqueline para que reemplazara a su cocinero y le preparase dos sencillas comidas diarias. El Padre en persona se presentó el primer día y, tras mirar al teniente, decidió que no habría ningún peligro en que Jacqueline lo visitara, al menos durante unos días. Confiaba en que Jacqueline le informaría de los progresos de su paciente, porque en cuanto este se recuperase, ya no sería de fiar. El Padre le había dicho, viéndolo tendido en la cama revuelta:
—La pongo a ella en sus manos, y a usted, en las de Dios.
El teniente entendió la indirecta e intentó sonreír, pero se sentía demasiado enfermo. Aun ahora, al pensarlo, sonrió, porque Jacqueline le parecía una cosa flaca y miserable que nadie miraría dos veces.
Aquel mediodía Jacqueline se retrasó, y cuando llegó lo hizo sin aliento porque el cabo Dupeyrier la había detenido cerca de la Zaouia y le había dado un mensaje muy importante para el teniente. Concernía a un extranjero, un norteamericano, que había perdido su pasaporte.
—¿Un norteamericano? —repitió el teniente—. ¿En Bou Noura?
—Sí —dijo Jacqueline.
Estaba aquí con su esposa, en la pensión Abdelkader (el único lugar donde podían haber estado, porque no había ningún otro mesón en la zona), y ya llevaban varios días en Bou Noura. Hasta había visto al caballero: un joven.
—Bueno —dijo el teniente—, tengo hambre. ¿Qué te parece hoy un poco de arroz? ¿Tienes tiempo de prepararlo?
—Oh, sí Monsieur. Pero el cabo me pidió que le dijera que es importante que vea al norteamericano hoy.
—¿Qué me dices? ¿Por qué tengo que verlo? No seré yo quien encuentre su pasaporte. Cuando regreses a la Misión, pasa por el Puesto y dile al cabo Dupeyrier que diga al estadounidense que debe ir a Argel a ver a su cónsul. Si es que no lo sabe ya —añadió.
—Ah, ce n’est pas pour ça! Es porque acusó a Monsieur Abdelkader de haberle robado el pasaporte.
—¿Qué? —rugió el teniente, incorporándose.
—Sí. Ayer fue a presentar la denuncia. Y Monsieur Abdelkader dice que usted lo obligará a retirarla. Por eso tiene que verlo hoy.
Jacqueline, encantada con la reacción del teniente, se dirigió a la cocina y se puso a manipular los cacharros haciendo mucho ruido. Le entusiasmaba su propia importancia.
El teniente se dejó caer de nuevo en la cama y sucumbió a la preocupación. Era imprescindible convencer al norteamericano de que retirase su acusación, no solo porque Abdelkader era un viejo amigo, incapaz de robar nada, sino sobre todo porque era uno de los hombres más conocidos y más respetados de Bou Noura. Como propietario de la posada, tenía mucha amistad con los choferes de todos los autobuses y camiones que atravesaban el territorio; en el Sahara esa gente es importante. No debía haber ninguno que no le hubiese pedido a Abdelkader que le fiase la comida y el alojamiento, y que hubiese obtenido una respuesta negativa; la mayoría hasta le había pedido dinero prestado. Para ser árabe, se mostraba pasmosamente confiado y desprendido en materia de dinero tanto con los europeos como con sus compatriotas, y a todo el mundo le caía bien por eso. No solo era impensable que hubiese robado el pasaporte; era igual de impensable que recibiese una acusación formal por algo así. De ahí que el cabo tuviera razón. La denuncia debía ser retirada de inmediato. “Otro golpe de mala suerte —pensó—. ¿Por qué tiene que ser un norteamericano?” A un francés sabríamos cómo persuadirlo de que lo hiciera sin ser desagradable. ¡Pero a un estadounidense! Ya lo estaba viendo: un bruto con aspecto de gorila, ceñudo y feroz, con un puro en la comisura de los labios, y lo más probable, una automática en el bolsillo. Sin duda no intercambiarían frases enteras, porque ninguno de los dos entendería lo suficiente el idioma del otro. Trató de recordar su inglés: “Sir, I must to you, to pray that you will…”. “My dear sir, please I would make to you remark…” Luego recordó haber oído decir que, en cualquier caso, los norteamericanos no hablaban inglés, que tenían una jerga que solo ellos entendían. Lo más desagradable de la situación era que él estaría postrado en la cama, mientras que el estadounidense deambularía con toda libertad por la habitación: gozaría de todas las ventajas, físicas y morales.
Gruñó un poco al incorporarse para tomar la sopa que Jacqueline le había traído. Afuera soplaba el viento y ladraban los perros del campamento nómada establecido un poco más arriba; si no fuera porque las ramas de las palmeras que se agitaban en la ventana refulgían al sol como un cristal, durante un instante habría pensado que era medianoche: los sonidos del viento y de los perros habrían sido idénticos. Comió; cuando Jacqueline estaba por marcharse, le dijo:
—Irás al Puesto y le dirás al cabo Dupeyrier que traiga al norteamericano aquí a las tres. Debe traerlo él mismo, recuérdalo.
—Oui, oui —dijo Jacqueline, aún en un estado de profundo placer. Se había perdido el infanticidio, pero al menos estaba metida en el nuevo escándalo desde el principio.
XIX
A las tres en punto el cabo Dupeyrier hizo pasar al norteamericano al salón del teniente. La casa estaba sumida en un silencio absoluto.
—Un moment —dijo el cabo, dirigiéndose a la puerta del dormitorio.
Llamó a la puerta, la abrió, el teniente le hizo un gesto con la mano y el cabo transmitió la orden al norteamericano, que entró en el dormitorio. El teniente vio a un adolescente, en su opinión, algo trasnochado, y enseguida decidió que el joven era un poco raro, pues pese al calor llevaba un jersey de cuello alto y una chaqueta de lana.
El norteamericano se acercó a la cama y, tendiendo la mano, habló en un francés impecable. La sorpresa inicial del teniente se convirtió en deleite. Pidió al cabo que acercase una silla para su huésped, lo invitó a sentarse y, poco después, le sugirió que regresara al puesto; había decidido que se encargaría del norteamericano él en persona. Cuando estuvieron solos le ofreció un cigarrillo y dijo:
—Parece que ha perdido usted su pasaporte.
—Exacto —replicó Port.
—¿Y usted cree que fue un robo, no una pérdida?
—Sé que fue un robo. Estaba en una maleta que siempre mantengo cerrada con llave.
—En ese caso, ¿cómo pudieron robarlo de la maleta? —dijo el teniente, riéndose con aire de triunfo—. Siempre no es la palabra exacta.
—Pudieron hacerlo —prosiguió Port con paciencia—, porque ayer dejé la maleta abierta un minuto cuando salí de la habitación al cuarto de baño. Fue una insensatez, pero lo hice. Y cuando regresé el propietario se hallaba frente a mi puerta. Sostuvo que había estado llamando porque la comida estaba lista. Pero hasta entonces nunca había venido él en persona; siempre mandaba a uno de los camareros. Estoy seguro de que ha sido el propietario, porque no he dejado la maleta abierta un minuto estando yo fuera de la habitación, salvo ayer. A mí me parece evidente.
—Pardon. A mí no. En absoluto. ¿Lo convertimos en una historia de detectives? ¿Cuándo vio su pasaporte por última vez?
Port reflexionó unos momentos.
—Cuando llegué a Aïn Krorfa —dijo por fin.
—¡Ajá! —exclamó el teniente—. ¡En Aïn Krorfa! Y sin embargo acusa a Monsieur Abdelkader, sin dudarlo. No me lo explico.
—Sí, lo acuso —se obstinó Port, irritado por la voz del teniente—. Lo acuso porque la lógica lo señala como el único ladrón posible. Es el único indígena que ha tenido acceso a mi pasaporte, el único que ha tenido ocasión de robarlo.
El teniente D’Armagnac se incorporó un poco más en la cama.
—¿Y por qué exige usted que haya sido precisamente un indígena?
Port esbozó una débil sonrisa.
—¿No es razonable suponer que haya sido un indígena? Aparte de que nadie más ha tenido la ocasión de llevárselo, ¿no es ese el tipo de cosa que haría un indígena, por encantadores que sean?
—No, Monsieur. En mi opinión es precisamente el tipo de cosa que un indígena no haría.
Port se desconcertó.
—¿Ah sí? —dijo—. ¿Por qué? ¿Por qué lo dice?
El teniente dijo:
—Llevo bastantes años con los árabes. Nunca se me ocurriría decirle que no roban. Claro que roban. Y los franceses roban. Y en América tienen gángsters, ¿verdad? —dedicó a Port una sonrisa taimada.
Este permaneció impasible.
—La era de los gángsters fue hace mucho —dijo.
Pero el teniente no se dio por vencido.
—Sí, la gente roba en todas partes. Y aquí también. Sin embargo, el indígena de aquí —habló con mayor lentitud, subrayando las palabras— solo se lleva el dinero o el objeto que codicia para sí mismo. Nunca se llevaría algo tan complicado como un pasaporte.
Port dijo:
—No busco motivos. Sabe Dios por qué se lo llevó.
Su anfitrión lo interrumpió:
—Pero ¡yo sí busco motivos! —exclamó—. Y no veo razón para creer que ningún indígena se haya tomado la molestia de robarle el pasaporte. Desde luego no en Bou Noura. Y dudo mucho que en Aïn Krorfa. Pero le aseguro una cosa: no fue Monsieur Abdelkader. Créame.
—¿Ah no? —dijo Port, sin convencimiento.
—Jamás. Lo conozco desde hace años…
—Pero ¡usted no tiene más pruebas de que no lo hizo que yo de que lo hizo! —exclamó Port, molesto.
Se subió el cuello de la chaqueta y se encogió en la silla.
—¿No tendrá frío, espero? —dijo el teniente, sorprendido.
—Hace días que tengo frío —repuso Port, frotándose las manos.
El teniente lo miró un instante con detenimiento. Luego prosiguió:
—¿Me hará un favor si yo le hago uno a cambio?
—Supongo que sí. ¿Qué?
—Le agradecería mucho que retirara su denuncia contra Monsieur Abdelkader de inmediato: hoy. Y yo haré algo para intentar devolverle el pasaporte. On ne sait jamais. Puede que funcione. Si, como dice, le han robado el pasaporte, el único lugar donde podría estar es en Messad. Telegrafiaré para que registren a fondo los cuarteles de la Legión Extranjera.
Port no se movía y mantenía la mirada en un punto fijo delante de él.
—Messad —dijo.
—¿No habrá estado allí también?
—¡No, no! —Hubo un silencio.
—Entonces, ¿me hará ese favor? Le daré una respuesta en cuanto hayan efectuado el registro.
—Sí —dijo Port—. Iré esta tarde. Dígame: ¿existe entonces en Messad un mercado para cosas así?
—Pero claro. Los pasaportes alcanzan precios altos en los destacamentos de la Legión. ¡Sobre todo un pasaporte norteamericano! Oh, là là!
El teniente estaba de excelentísimo humor: había logrado su objetivo; aquello podía contrarrestar, al menos en parte, los efectos dañinos que había tenido el caso Yamina para su prestigio.
—Tenez —dijo, señalando el armario del fondo—, usted tiene frío. ¿Quiere alcanzarme la botella de coñac que está allí? Tomaremos un trago cada uno.
No era en absoluto lo que Port quería, pero sintió que no podía rechazar aquel gesto hospitalario.
Además, ¿qué quería? No estaba seguro, pero pensó que lo que deseaba era permanecer mucho tiempo sentado en silencio en un interior agradablemente caliente. El sol incrementaba el frío en su cuerpo, le quemaba la cabeza, que él sentía enorme y muy pesada. Si no tuviera el mismo apetito de siempre, habría sospechado una posible enfermedad. Sorbió el coñac, preguntándose si le haría entrar en calor o si se arrepentiría de haberlo bebido a causa de la acidez que a veces le producía. El teniente pareció adivinar sus pensamientos, porque dijo enseguida:
—Es un buen coñac añejo. No le hará daño.
—Es excelente —replicó Port, optando por ignorar la última parte del comentario.
La impresión del teniente de que estaba ante un joven preocupado por sí mismo de manera enfermiza quedó confirmada por las siguientes palabras de Port.
—Es raro —dijo con una sonrisa de disculpa—; desde que descubrí que me faltaba el pasaporte me siento vivo solo a medias. Es muy deprimente no tener pruebas de quién es uno en un lugar como este, ¿sabe?
El teniente tendió la botella, que Port rechazó.
—Quizá recupere su identidad tras mi pequeña investigación en Messad —rio.
Si el norteamericano quería hacerle confidencias como aquella, estaba dispuesto a servirle de confesor por un rato.
—¿Está usted aquí con su esposa? —preguntó el teniente.
Port asintió, distraído.
“Es eso —se dijo el teniente—. Tiene problemas con su mujer. ¡Pobre infeliz!” Se le ocurrió que podían ir juntos al quartier. Le gustaba enseñárselo a los foráneos. Pero cuando iba a decir: “Por fortuna, mi esposa está en Francia…”, recordó que Port no era francés; no sería conveniente.
Mientras el teniente se hacía estas reflexiones, Port se levantó y se despidió con educación, y con cierta brusquedad, es cierto, pero no podía pedírsele que pasara la tarde junto a aquella cama. Además, había prometido ir a retirar la denuncia contra Abdelkader.
Caminaba por la carretera caliente hacia las murallas de Bou Noura con la cabeza gacha, de modo que no veía sino la tierra con sus miles de piedrecitas afiladas. No levantaba la vista porque sabía que el paisaje le parecería absurdo. Dotar la vida de significado requiere energía y, en aquel momento, se hallaba falto de ella. Sabía que las cosas podían mostrarse desnudas cuando su esencia había desaparecido por los cuatro costados más allá del horizonte, como impelida por una siniestra fuerza centrífuga. No quería ver el cielo intenso, irreal de tan azul, sobre su cabeza, las paredes estriadas del desfiladero rosa que, en la lejanía, lo rodeaban, la ciudad piramidal, también sobre las rocas o, más abajo, las manchas oscuras de los oasis. Allí estaban, y habrían debido deleitarle la vista, pero no tenía fuerzas para relacionar todo aquello entre sí ni consigo mismo; era incapaz de darle proporción, salvo visualmente. Así que rehusaba mirarlo.
De regreso en la pensión se detuvo en el cuartito que hacía las veces de oficina y encontró a Abdelkader sentado en el diván en un rincón oscuro, jugando al dominó con un individuo tocado con un enorme turbante.
—Buenos días, Monsieur —dijo Port—. He ido a ver a las autoridades y he retirado la denuncia.
—Ah, mi teniente lo ha arreglado —murmuró Abdelkader.
—Sí —dijo Port, aunque le disgustó que no se le reconociera el mérito de haber cedido a los deseos del teniente D’Armagnac.
—Bon, merci. —Abdelkader no volvió a alzar la vista, y Port subió a la habitación de Kit.
Descubrió que Kit había pedido que le subieran todo el equipaje y lo estaba deshaciendo. La habitación parecía un bazar: había hileras de zapatos sobre la cama, vestidos de noche dispuestos sobre los bordes como para un escaparate, y los frascos de cosméticos y perfumes se hallaban alineados sobre la mesilla de noche.
—¿Qué demonios haces? —exclamó.
—Mirando mis cosas —dijo Kit con inocencia—. Hace mucho que no las veo. He vivido en una maleta desde el barco. Estoy harta. Y cuando miré por esa ventana después del almuerzo —la estimuló señalar la ventana que daba al desierto—, pensé que me moriría si no veía pronto algo civilizado. No solo eso. He pedido que me suban un whisky y voy a abrir mi último paquete de Players.
—Debes estar muy mal —dijo Port.
—En absoluto —replicó Kit, pero de forma un poco demasiado enérgica—. Lo anormal sería que me adaptase a todo esto demasiado rápido. Después de todo, sigo siendo una norteamericana, ¿sabes? Y ni siquiera intento ser otra cosa.
—¡Whisky! —dijo Port, pensando en voz alta—. No hay hielo a este lado de Boussif. Ni soda, apuesto.
—Lo quiero solo.
Se puso un vestido de satén azul pálido sin espalda y fue a maquillarse frente al espejo que colgaba detrás de la puerta. Port decidió ser indulgente con ella; en cualquier caso le divertía verla construir su pequeña y patética fortaleza de cultura occidental en medio de la nada. Se sentó en el suelo, en el centro de la habitación, y gozó viéndola revolotear, escogiendo zapatillas y probándose pulseras. Cuando el camarero llamó, Port mismo fue a la puerta y en el pasillo le quitó la bandeja con botella incluida.
—¿Por qué no lo has dejado entrar? —reclamó Kit cuando él hubo cerrado la puerta.
—Porque no quería que bajara corriendo a dar las noticias —dijo Port, poniendo la bandeja en el suelo y sentándose otra vez junto a ella.
—¿Qué noticias?
Port fue impreciso.
—Oh, que tienes vestidos lujosos y joyas en las maletas. Es el tipo de cosa que, aquí abajo, nos precedería dondequiera que fuéramos. Además —sonrió—, preferiría que no vieran lo bonita que puedes ser.
—¡Por favor, Port! Decídete. ¿Intentas protegerme a mí o crees que añadirán diez francos a la cuenta?
—Ven aquí y bébete tu asqueroso whisky francés. Quiero decirte algo.
—No. Me lo traerás tú como un caballero. —Hizo un hueco entre los objetos que cubrían la cama y se sentó.
—Está bien. —Le sirvió un buen trago y se lo llevó.
—¿Tú no tomas? —preguntó Kit.
—No. Tomé un coñac en casa del teniente y no me sentó bien. Tengo más frío que nunca. Pero traigo noticias, eso quería decirte. Estoy casi seguro de que fue Eric Lyle quien me robó el pasaporte.
Le habló del mercado de pasaportes para legionarios en Messad. En el autobús desde Aïn Krorfa ya le había contado del descubrimiento de Mohammed. Kit, sin mostrar el menor indicio de asombro, repitió que había visto los pasaportes, por lo que era indudable que se trataba de madre e hijo. Lo del mercado en Messad tampoco le sorprendió.
—Supongo que sintió que como yo había visto los suyos, él tenía derecho a ver el tuyo —dijo—. Pero ¿cómo lo conseguiría? ¿Cuándo lo conseguiría?
—Sé exactamente cuándo. La noche que entró en mi habitación en Aïn Krorfa y quiso devolverme los francos que le había prestado. Dejé la maleta abierta con él en el cuarto cuando salí a buscar a Tunner, porque tenía la billetera en la mano, y desde luego no se me ocurrió que el muy asqueroso andaba detrás de mi pasaporte. Pero sin duda así fue. Cuanto más lo pienso más seguro estoy. Lo encuentren o no en Messad, estoy convencido de que fue Lyle. Creo que tenía intención de robármelo la primera vez que me vio. Después de todo, ¿por qué no? Es dinero fácil, y su madre nunca se lo da.
—Creo que sí se lo da —dijo Kit—, con ciertas condiciones. Y creo que él está harto y solo busca la ocasión de escapar, haría migas con cualquiera, haría cualquier cosa antes que eso. Y creo que ella es muy consciente de todo y le aterra que él se vaya, por eso hará cuanto esté en su mano para impedir que intime con nadie. Recuerda que te contó que estaba “infectado”.
Port guardaba silencio.
—¡Dios mío! ¡En qué lío he metido a Tunner! —dijo al cabo de un rato.
Kit se echó a reír.
—¿A qué te refieres? Lo soportará. Le sentará bien. Además, no me lo imagino intimando con ninguno de los dos.
—No.
Se sirvió un trago.
—No debería —dijo—. Junto con el coñac, me revolverá el estómago. Pero no puedo permitir que estés ahí sentada y viajes sola, que salgas flotando con unas cuantas copas.
—Sabes que me encanta que me acompañen, pero ¿no te sentará mal?
—Ya me encuentro mal —exclamó Port—. Y no puedo seguir tomando interminables precauciones solo porque tengo frío todo el rato. En cualquier caso, creo que en cuanto lleguemos a El Ga’a estaré mejor. Allí hace mucho más calor, ¿sabes?
—¿Otra vez? Pero si acabamos de llegar.
—Pero no puedes negar que aquí hace frío de noche.
—Por supuesto que lo niego. Pero no importa. Si tenemos que ir a El Ga’a, entonces vayamos, por favor, pero que sea pronto y para quedarnos un tiempo.
—Es una de las grandes ciudades del Sahara —dijo Port, como si estuviera haciendo propaganda.
—No tienes por qué vendérmela —dijo Kit—. Y si lo hicieras, esa no sería la manera. Sabes que todo eso me tiene sin cuidado. El Ga’a, Tombuctú, me dan más o menos lo mismo; todas guardan el mismo interés, pero no me enloquecerá ninguna de ellas. Aunque si tú recobras allí la alegría y la salud, vayamos, por favor.
Kit hizo un gesto nervioso con la mano, con la esperanza de ahuyentar a una mosca insistente.
—Ah, piensas que mi malestar es mental. Has dicho: “recobras la alegría”.
—No pienso nada porque no sé. Pero me parece muy curioso que alguien tenga un frío constante en el desierto del Sahara en septiembre.
—Bueno, pues te parecerá curioso —dijo Port, molesto. De pronto exclamó—: ¡Estas moscas tienen garras! Sacarían de quicio a cualquiera. ¿Qué quieren? ¿Bajar por la garganta? —gruñó y se levantó; Kit lo miró expectante—. Haré algo para que quedemos a salvo. Levántate.
Hurgó en la maleta y al cabo de poco sacó un envoltorio de gasa. Por sugerencia de Port, Kit despejó la cama. Tendió el mosquitero sobre la cabeza y los pies, y observó que no había motivo para que un mosquitero no sirviera también para las moscas. Cuando estuvo bien atado, se metieron debajo con la botella y permanecieron allí charlando tranquilos en tanto que avanzaba la tarde. Al ponerse el sol llevaban una agradable borrachera y no tenían ganas de salir de su tienda. Tal vez fuera la repentina aparición de las estrellas en el cuadrado de cielo enmarcado por la ventana lo que contribuyó a determinar el curso de su conversación. Al ir oscureciendo, otras estrellas venían a ocupar los espacios hasta entonces vacíos. Kit se alisó el vestido sobre las caderas y dijo:
—Cuando era joven…
—¿Cuán joven?
—Me refiero a antes de cumplir los veinte, pensaba que la vida era algo que no cesaba de cobrar ímpetu. Cada año sería más rica y más profunda. Seguiría aprendiendo, haciéndome más sabia, más perceptiva, me acercaría más a la verdad… —vaciló.
De repente Port se echó a reír.
—Y ahora sabes que no es así, ¿verdad? Es más como fumar un cigarrillo. Las primeras caladas saben de maravilla y ni se te ocurre que vaya a consumirse. Después empiezas a olvidarlo. De pronto te das cuenta de que casi ha ardido hasta el final. Y entonces es cuando te percatas de su sabor amargo.
—Pero yo siempre soy consciente del sabor desagradable y de que se acerca el final —dijo Kit.
—Entonces deberías dejar de fumar.
—¡Qué malvado eres! —exclamó Kit.
—¡No soy malvado! —objetó Port, casi volcando el vaso al apoyarse en el codo para beber—. Tiene su lógica, ¿o no? O supongo que vivir es un hábito como fumar. Estás siempre diciendo que lo dejarás, pero sigues fumando.
—Que yo sepa, tú ni siquiera amenazas con dejarlo —dijo ella acusadora.
—¿Por qué debo hacerlo? Yo quiero seguir.
—Pero te quejas mucho todo el rato.
—No de la vida; solo de los seres humanos.
—Son cosas que no se pueden separar.
—Claro que se pueden separar. Solo hay que hacer un pequeño esfuerzo. ¡Esfuerzo, esfuerzo! ¿Por qué nadie hace esfuerzos? Imagino un mundo totalmente diferente. Son solo unos cuantos acentos mal puestos.
—Hace años que escucho eso —dijo Kit. Se incorporó en la penumbra, ladeó la cabeza y dijo—: ¡Escucha!
Afuera, en algún lugar no muy lejano, quizá en la plaza del mercado, sonaba una orquesta de tambores que poco a poco iba recogiendo los cabos sueltos de fuerza rítmica para formar un poderoso y compacto patrón circular, una rueda aún imperfecta de sonidos pesados que rodaban hacia la noche. Port guardó silencio unos momentos y susurró:
—Eso, por ejemplo.
—No sé —dijo Kit. Estaba impaciente—. Sé que no me siento parte de esos tambores allí afuera, por mucho que admire los sonidos que hacen. Y no veo por qué razón debería sentirme parte de ellos. —Pensó que una declaración tan directa pondría fin a la discusión, pero aquella noche Port se empecinaba.
—Ya sé que no te gusta hablar en serio —dijo Port—. Pero una vez no te hará daño.
Kit sonrió con desprecio, porque las vagas generalizaciones de Port le parecían un parloteo frívolo, un mero vehículo para sus emociones. Según ella, en esas ocasiones no era cuestión de que pensara o no pensara lo que decía, porque en realidad no sabía lo que decía… De modo que preguntó en broma:
—¿Cuál es la unidad de cambio en ese mundo tuyo tan diferente?
Port no vaciló.
—La lágrima.
—No es justo —objetó Kit—. Alguna gente tiene que esforzarse mucho para lograr una lágrima. A otros les basta pensarlo.
—¿Qué sistema de cambio es justo? —exclamó Port con voz de estar muy borracho—. Y en definitiva, ¿quién inventó el concepto de lo justo? ¿No es todo más fácil si descartas por completo la idea de la justicia? ¿Crees que la cantidad de placer, el grado de sufrimiento, son constantes entre los hombres? ¿Que todo acaba igualándose al final? ¿Crees eso? Si el resultado es el mismo es solo porque la suma final es cero.
—Supongo que eso te tranquiliza —dijo Kit, sintiendo que si la conversación continuaba, terminaría por enfadarse mucho.
—De ningún modo. ¿Estás loca? No tengo interés alguno en conocer la cifra final. Pero me interesan todos los procesos complicados que permiten obtener ese resultado inevitable, cualquiera que haya sido la cantidad original.
—El final de la botella —murmuró Kit—. Tal vez un cero perfecto sea una meta que alcanzar.
—¿Se ha terminado toda? Mierda. Pero no se alcanza. Nos alcanza. No es lo mismo.
“Está más borracho que yo”, pensó Kit.
—No, no es lo mismo —convino.
Y mientras Port decía “Tienes toda la razón” y se desplomaba con violencia para yacer boca abajo, ella siguió pensando en el desperdicio de energía que suponía aquella charla, y preguntándose cómo haría para evitar que Port fuera poniéndose cada vez más emotivo.
—¡Ah, estoy asqueado y me encuentro fatal! —exclamó en un repentino estallido de furia—. No debería beber ni una gota, porque siempre me tumba. Pero no es por debilidad, como en tu caso. En absoluto. Yo necesito más fuerza de voluntad para obligarme a tomar una copa que tú para no hacerlo. Detesto el resultado y siempre recuerdo cuál será.
—Entonces, ¿por qué lo haces? Nadie te pide que lo hagas.
—Te lo dije. Quería estar contigo. Además, siempre imagino que de alguna manera lograré penetrar en el interior de algo. De costumbre apenas llego a los arrabales, me pierdo. Ya no creo que exista ningún interior que alcanzar. Creo que todos ustedes, los bebedores, son víctimas de una enorme alucinación colectiva.
—Me niego a hablar de eso —dijo Kit, altanera, bajando de la cama y luchando por abrirse paso entre los pliegues del mosquitero que colgaba hasta el suelo.
Port se dio la vuelta y se incorporó.
—Sé por qué estoy asqueado —exclamó Port—. Es algo que comí. Hace diez años.
—No sé de qué me hablas. Vuelve a acostarte y duerme —dijo Kit, y salió de la habitación.
—Yo sí —dijo Port entre dientes.
Salió de la cama arrastrándose y se acercó a la ventana. El aire seco del desierto iba enfriándose con la noche y los tambores seguían sonando. Las paredes del desfiladero se habían vuelto negras y los dispersos macizos de palmeras eran ahora invisibles. No había luces; la habitación no daba a la ciudad. Y eso fue lo que quiso decir. Se aferró al alféizar y se asomó, pensando: “No sabe de qué le hablo. Es algo que comí hace diez años. Hace veinte”. El paisaje estaba allí, más inalcanzable que nunca. Había rocas y cielo en todas partes, dispuestos a absolverlo pero, como siempre, el obstáculo era interior. Le parecía que ante su mirada las rocas y el cielo dejaban de ser lo que eran, que en el acto de pasar a su conciencia se volvían impuros. Era un magro consuelo ser capaz de decirse a sí mismo: “Soy más fuerte que ellos”. Al darse la vuelta y volver al cuarto, algo brillante atrajo su mirada hacia el espejo que colgaba de la puerta abierta del armario. Era la luna nueva que brillaba a través de la otra ventana. Se sentó en la cama y se echó a reír.
XX
Port dedicó los dos días siguientes a intentar reunir información sobre El Ga’a. Era asombroso lo poco que la gente de Bou Noura sabía acerca del lugar. Todos parecían coincidir en que era un ciudad grande —la mencionaban siempre con cierto respeto—, en que quedaba lejos, en que el clima era más caluroso y en que los precios eran elevados. Más allá de eso, nadie era capaz de ofrecer una descripción de la ciudad, ni siquiera los hombres que la habían visitado, como el conductor de autobús con el que había hablado y el cocinero aquel en la cocina. Una persona que podría haberle proporcionado información algo más detallada era Abdelkader, pero la comunicación entre ambos se había reducido a meros gruñidos de reconocimiento. Tras meditarlo un rato sintió que más bien le gustaba la idea de desplazarse a una ciudad escondida en el desierto sobre la que nadie podía decirle nada, sin documento alguno que lo identificara. De ahí que no se inmutara cuando al toparse con el cabo Dupeyrier en la calle y mencionarle El Ga’a, el caporal le dijo: “Pero el teniente D’Armagnac ha pasado allí muchos meses. Él podrá decirle todo lo que usted quiere saber”. Solo entonces Port comprendió que en realidad no quería saber nada sobre El Ga’a, salvo que era una ciudad remota y poco frecuentada, y que eso era precisamente lo que había intentado averiguar. Decidió no mencionar la ciudad al teniente por temor a perder la idea preconcebida que ya tenía.
Aquella misma tarde Ahmed, que se había reincorporado al servicio del teniente, apareció en la pensión y preguntó por Port. Kit, que estaba en cama leyendo, dijo al criado que mandara al muchacho al hammam, donde Port había ido a exponerse al vapor con la esperanza de acabar con el frío de una vez por todas. Se hallaba casi dormido en aquella oscuridad, tendido en una resbaladiza losa de piedra caliente, cuando vino un encargado y lo despertó. Envuelto en una toalla húmeda, se acercó a la puerta de entrada. Allí estaba Ahmed, malhumorado; era un joven árabe delgado, del ereg, y en el rostro llevaba las marcas reveladoras de la mala vida, esas manchas encendidas en ambas mejillas que se forman en la suave piel de aquellos demasiado jóvenes para tener arrugas y bolsas debajo de los ojos.
—El teniente quiere verlo enseguida —dijo Ahmed.
—Dile que iré dentro de una hora —dijo Port, parpadeando a la luz del día.
—Enseguida —repitió Ahmed imperturbable—. Espero aquí.
—Ah, ¡da órdenes!
Port volvió a entrar; hizo que le arrojaran un cubo de agua fría —le hubiese gustado que le echaran más, pero el agua allí era cara y cada cubo aumentaba el precio— y pidió un rápido masaje antes de vestirse. Cuando salió a la calle le pareció que se sentía un poco mejor. Ahmed estaba apoyado contra la pared, hablando con un amigo, pero al ver a Port dio un respingo y lo siguió a pocos pasos de distancia hasta la casa del teniente.
El teniente, vestido con una fea bata de seda artificial color vino, estaba sentado en el salón, fumando.
—Disculpe que no me levante —dijo—. Voy mejorando, pero cuando mejor me encuentro es cuando menos me muevo. Siéntese. ¿Tomará jerez, coñac o café?
Port murmuró que prefería café. Ahmed fue a prepararlo.
—No pretendo retenerlo, señor, pero tengo noticias para usted. Han encontrado su pasaporte. Gracias a uno de sus compatriotas, al que también le faltaba el suyo, se había iniciado una búsqueda antes que yo contactara con Messad. Ambos documentos fueron vendidos a legionarios. Pero, por suerte, los han recuperado los dos. —Hurgó en su bolsillo y sacó un pedazo de papel—. El norteamericano, que se llama Tunner, dice que lo conoce y que se dirige a Bou Noura. Ofrece traerle el pasaporte, pero antes de notificar a las autoridades que se lo entreguen, necesito su consentimiento. ¿Da usted su consentimiento? ¿Conoce a ese Monsieur Tunner?
—Sí, sí —dijo Port, distraído. La idea le horrorizaba; ante la llegada inminente de Tunner, le consternó darse cuenta de que en realidad esperaba no volver a verlo nunca más—. ¿Cuándo llega?
—De inmediato, creo. ¿No tendrá usted prisa por irse de Bou Noura?
—No —dijo Port.
Sus pensamientos iban y venían como animales acorralados mientras intentaba recordar qué día salía el autobús hacia el sur, a qué día estaban, cuánto tiempo tardaría Tunner en llegar desde Messad
—No, no. No tengo prisa. —Las palabras le sonaron ridículas.
Ahmed entró en silencio con una bandeja en la que había dos pequeños recipientes metálicos humeantes. El teniente sirvió sendos vasos de café y ofreció uno a Port, quien dio un sorbo y se reclinó en su silla.
—Pero espero llegar por fin a El Ga’a —prosiguió a su pesar.
—Ah, El Ga’a. Le impresionará, le parecerá muy pintoresca y muy calurosa. Fue mi primer destino en el Sahara. Conozco cada callejuela. Es una ciudad extensa, perfectamente llana, no muy sucia, pero bastante oscura, porque las calles pasan por las casas como túneles. Es segura. Usted y su esposa podrán pasear por donde quieran. Es la última ciudad de cierto tamaño de este lado del Sudán. Y el Sudán queda a una distancia considerable. Oh, là, là!
—Habrá un hotel en El Ga’a, ¿verdad?
—¿Hotel? Una especie de hotel —rio el teniente—. Encontrará habitaciones con camas, y puede que esté limpio. El Sahara no es tan sucio como dicen. El sol es un gran purificador. Con un mínimo de higiene la gente podría gozar de buena salud. Pero claro, ese mínimo no existe. Para desgracia nuestra, d’ailleurs.
—No. Sí, es desafortunado —dijo Port.
No lograba regresar al cuarto y a la conversación. Acababa de recordar que el autobús salía aquella misma noche y que no habría otro hasta dentro de una semana. Para entonces Tunner estaría allí. Al percatarse de ello su decisión fue automática. No era en absoluto consciente de haberla tomado, pero poco después se relajó y empezó a preguntar al teniente por los detalles de su vida cotidiana y su trabajo en Bou Noura. El teniente parecía satisfecho; una por una fueron saliendo las inevitables anécdotas del colono, todas referentes a la yuxtaposición, a veces trágica, pero de costumbre cómica, de las dos culturas incongruentes e incompatibles. Por fin, Port se levantó.
—Lamento —dijo con una nota de sinceridad en la voz— no quedarme más tiempo.
—Pero pasarán aquí varios días más. Cuento absolutamente con verlos a usted y a Madame antes que se marchen. Dentro de dos o tres días estaré restablecido del todo. Ahmed le avisará cuando llegue el momento, e irá a buscarlos. Así que notificaré a Messad que entreguen su pasaporte a Monsieur Tunner. —Se puso en pie, le tendió la mano; Port salió.
Atravesó el jardincito de palmeras enanas y salió por el portón al camino polvoriento. El sol se había puesto y el cielo se enfriaba con rapidez. Se detuvo un momento, mirando hacia arriba, casi a la espera de oír cómo el firmamento se agrietaba bajo la presión exterior del frío nocturno. Detrás de él, en el campamento nómada, los perros ladraban a coro. Echó a andar a paso rápido para dejar de oírlos cuanto antes. El café le había acelerado el pulso de manera inusual, o quizá fuera el nerviosismo que le causaba la idea de perder el autobús a El Ga’a. Al entrar por la puerta de la ciudad, dobló enseguida a la izquierda y bajó por la calle desierta hasta las oficinas de los Transports Généraux.
La oficina estaba mal ventilada y sin luz. En la penumbra, detrás del mostrador, sentado sobre una pila de sacos de arpillera, había un árabe medio dormido. Port dijo enseguida:
—¿A qué hora sale el autobús para El Ga’a?
—A las ocho, Monsieur.
—¿Quedan asientos?
—Oh, no. Hace tres días que están agotados.
—Ah, mon Dieu! —exclamó Port; le pareció que le pesaban más las entrañas. Se agarró al mostrador.
—¿Está usted enfermo? —dijo el árabe, observándolo con cierto interés.
“Enfermo”, pensó Port. Y dijo:
—No, pero mi esposa sí está muy enferma. Tiene que estar en El Ga’a mañana a más tardar. —Miró con atención al árabe para ver si era capaz de creer una mentira tan evidente.
Al parecer, allí era tan lógico que una persona enferma se alejara de la civilización y los cuidados médicos como que los buscara, porque poco a poco la expresión del árabe pasó a denotar comprensión y simpatía. Aun así, levantó las manos en un gesto que indicaba su incapacidad para ayudarlo.
Pero Port ya había sacado un billete de mil francos y lo había colocado, muy decidido, sobre el mostrador.
—Tendrá que darnos dos asientos para esta noche —dijo con firmeza—. Esto es para usted. Convenza a alguien de que viaje la semana entrante. —Por cortesía no sugirió que persuadiera a dos indígenas, aunque sabía que así sería—. ¿Cuánto cuesta el billete a El Ga’a? —Sacó más dinero.
El árabe se levantó y se rascó el turbante, deliberando.
—Cuatrocientos cincuenta francos cada uno —respondió—, pero no sé…
Port le puso otros mil doscientos francos delante y dijo:
—Son novecientos. Y mil doscientos cincuenta para usted, después de restar el monto de los billetes. —Vio que el hombre había tomado la decisión—. Vendré con mi señora a las ocho.
—A las siete y media —dijo el árabe—. Por el equipaje.
De regreso en la pensión, presa de excitación, Port entró corriendo en la habitación de Kit sin llamar. Kit estaba vistiéndose y exclamó indignada:
—Pero… ¿te has vuelto loco?
—En absoluto —dijo Port—. Espero que puedas viajar con ese vestido.
—¿Qué dices?
—Tenemos asientos en el autobús esta noche a las ocho.
—Oh, no. ¡Dios mío! ¿Adónde? ¿A El Ga’a?
Él asintió con la cabeza y ambos guardaron silencio.
—Está bien —dijo Kit por fin—. Me da lo mismo. Tú sabes lo que quieres. Pero ya son las seis. Todas estas maletas…
—Te ayudaré. —Había ahora en la actitud de Port una ansiedad febril que Kit no pudo evitar percibir.
Lo observó sacar su ropa del armario y descolgarla de las perchas con gestos abruptos y discontinuos; su comportamiento le pareció extraño, pero no dijo nada. Cuando hubo hecho cuanto podía en la habitación de Kit, Port se marchó a su cuarto, donde hizo sus maletas en diez minutos y las arrastró al pasillo él mismo. Después bajó corriendo las escaleras y Kit lo oyó hablar excitadamente con los empleados. A las siete menos cuarto estaban cenando. Port terminó su sopa en un abrir y cerrar de ojos.
—No comas tan rápido. Te indigestarás —advirtió Kit.
—Debemos estar en la terminal de autobuses a las siete y media —dijo Port batiendo palmas para que le trajeran el segundo plato.
—Lo lograremos, o nos esperarán.
—No, no. Habrá problemas con los asientos.
Aún estaban comiendo los cornes de gazelle cuando pidió la cuenta del hotel y pagó.
—¿Has visto al teniente D’Armagnac? —preguntó Kit, mientras Port esperaba el cambio.
—Ah, sí.
—Pero ¿no hay noticias del pasaporte?
—Aún no —dijo Port, añadiendo—: No creo que lo encuentren nunca. ¿Qué puede esperarse de ellos? Lo habrán mandado ya a Argel o a Túnez.
—Sigo pensando que debiste telegrafiar al cónsul desde aquí.
—Puedo mandar una carta desde El Ga’a con el mismo autobús en el que viajaremos. Serán solo dos o tres días más.
—No te entiendo —dijo Kit.
—¿Por qué? —preguntó Port con inocencia.
—No entiendo nada. Tu repentina indiferencia. Esta mañana aún estabas muy alterado porque no tenías pasaporte. Cualquiera habría dicho que no podías vivir un día más sin él. Y ahora da lo mismo esperar unos días. Estarás de acuerdo en que no encaja.
—Estarás de acuerdo en que unos días no cambian gran cosa.
—En absoluto. Podrían ser determinantes. Y no hablo de eso, y tú lo sabes.
—Lo más importante ahora es que lleguemos al autobús. —Se levantó de un salto y corrió hacia Abdelkader, que seguía buscando cambio.
Poco después, Kit lo siguió. Los criados bajaban las maletas a la luz de las diminutas lámparas de carburo que colgaban de largos cables, sujetos al techo. Era toda una procesión bajando escaleras; había seis criados, cada uno cargado con una maleta. Un pequeño ejército de chiquillos del pueblo se había reunido fuera en la oscuridad con la esperanza tácita de poder llevar algo hasta la terminal de autobuses.
Abdelkader decía:
—Espero que les guste El Ga’a.
—Sí, sí —repuso Port, introduciendo su cambio en diversos bolsillos—. Espero no haberle causado demasiado disgusto con mis problemas.
Abdelkader desvió la mirada:
—Ah, eso —dijo—. Es mejor no hablar de ello. —La disculpa era demasiado informal; no podía aceptarla.
Se había levantado el viento nocturno. Las ventanas y las persianas daban golpes en el piso de arriba. Las lámparas iban y venían, chisporroteando.
—Tal vez nos veamos al regreso —insistió Port.
Abdelkader debió contestar: “Inch’allah”. Se limitó a mirar a Port con una expresión triste, pero comprensiva. Por un momento pareció que iba a decir algo, pero volvió la cabeza.
—Tal vez —dijo por fin, y cuando se dio la vuelta tenía los labios fijos en una sonrisa que Port sintió que no iba dirigida a él, ni siquiera parecía ser consciente de su presencia.
Se estrecharon la mano y Port se apresuró a regresar a donde estaba Kit, que se maquillaba con cuidado en el umbral bajo la vacilante luz de la lámpara, mientras los rostros curiosos de afuera, todos levantados hacia ella, seguían cada movimiento de sus dedos al pintarse los labios.
—¡Vamos! —exclamó—. No hay tiempo para eso.
—Ya estoy —dijo Kit, haciéndose a un lado para que él no la empujara mientras terminaba de maquillarse. Dejó caer la barra de labios en su bolso y lo cerró con un golpe seco.
Salieron. El camino a la terminal de autobuses estaba oscuro; la luna nueva no daba luz. Detrás de ellos aún quedaban algunos chiquillos del pueblo, que los seguían esperanzados, aunque la mayoría ya había desistido al ver que el personal de la pensión al completo acompañaba a los viajeros.
—Lástima que haya viento —dijo Port—. Significa que habrá polvo.
A Kit le era indiferente el polvo. No contestó. Pero advirtió una inflexión inusual en la voz de Port: era presa de una inexplicable exaltación.
—Solo espero que no haya montañas que atravesar —dijo para sí misma, deseando de nuevo, pero esta vez con más fervor, que hubieran viajado a Italia o a cualquier país pequeño con fronteras, donde los pueblos tuvieran iglesias y pudieran tomar un taxi o un carro para ir a la estación, o donde pudieran viajar de día. Y donde no quedaran de inmediato expuestos cada vez que salieran del hotel.
—¡Dios mío, lo olvidaba! —exclamó Port—. Eres una mujer muy enferma. —Y explicó cómo había logrado los asientos—. Ya casi estamos. Deja que te sostenga por la cintura. Camina como si te doliera algo. Arrastra un poco los pies.
—Esto es ridículo —dijo Kit, enfadada—. ¿Qué pensarán los criados?
—Están demasiado ocupados. Te has torcido un tobillo. Vamos. Arrastra un poco la pierna. Nada más sencillo. —Port la atrajo hacia él mientras caminaban.
—¿Y qué hay de las personas a las que hemos usurpado los asientos?
—¿Qué es una semana para ellos? Para ellos el tiempo no existe.
El autobús estaba allí, rodeado de hombres y de criados vociferantes. Entraron en la oficina, Kit caminando con cierta dificultad real causada por la fuerza con la que Port la apretaba contra él.
—Me haces daño. Suelta un poco —susurró.
Pero Port continuó ciñéndole estrechamente la cintura, y llegaron al mostrador. El árabe que le había vendido los billetes dijo:
—Tienen los números veintidós y veintitrés. Entren y tomen sus asientos rápidamente. Los otros no quieren cederlos.
Los asientos estaban al fondo del autobús. Se miraron consternados: sería la primera vez que no irían delante con el conductor.
—¿Crees que podrás soportarlo? —preguntó Port.
—Si tú puedes… —dijo Kit.
Y cuando Port vio a un señor mayor de barba gris, con un alto turbante amarillo, que miraba por la ventanilla con una expresión que le pareció de reproche, dijo:
—Por favor, reclínate y muestra fatiga, ¿lo harás? Tienes que representar esta comedia hasta el final.
—Odio mentir —dijo Kit con fervor.
Cerró de repente los ojos como si estuviera bastante enferma. Pensaba en Tunner. Pese a haber tomado en Aïn Krorfa la firme resolución de esperarlo allí, tal como habían acordado, estaba permitiendo que Port la llevara a El Ga’a sin dejar siquiera una nota explicativa. Ahora que era demasiado tarde cambiar su conducta, de pronto le pareció increíble haberse permitido aquel comportamiento. Pero un segundo después se dijo que aunque fuera imperdonable engañar a Tunner de aquella manera, mucho más grave era el engaño que ella seguía practicando con Port al no revelarle su infidelidad con Tunner. En el acto sintió que su partida estaba más que justificada; a aquellas alturas, no podía negarle a Port nada de lo que le pidiera. Dejó caer la cabeza hacia delante, contrita.
—Eso es —dijo Port, animándola y pellizcándole el brazo.
Pasó por encima de los bultos amontonados en el pasillo y salió para asegurarse de que todo el equipaje iba arriba. Cuando volvió a entrar, Kit seguía en la misma postura.
No hubo problemas. Cuando arrancó el motor, Port miró afuera y vio al viejo de pie junto a un hombre más joven. Ambos estaban cerca de las ventanillas y miraban melancólicos el interior. “Como dos niños —pensó— a quienes no se les ha permitido salir de picnic con la familia.”
Cuando se pusieron en marcha, Kit se irguió y empezó a silbar. Port, incómodo, le dio un codazo.
—Se acabó —dijo Kit—. No pensarás que voy a hacerme la enferma durante todo el viaje, ¿no? Además, estás loco. Nadie nos presta la menor atención.
Era cierto. El autobús bullía con animadas conversaciones; nadie parecía advertir su presencia.
La carretera empeoró casi enseguida. A cada bache Port resbalaba un poco más en su asiento. Observando que no hacía ningún esfuerzo por evitar resbalar más, Kit dijo por fin:
—¿Dónde vas? ¿Quieres acabar en el suelo?
Cuando Port contestó solo dijo: “¿Qué?”, y su voz sonó tan extraña que Kit se volvió de repente y trató de verle la cara. La luz era demasiado tenue. No alcanzó a distinguir su expresión.
—¿Estás dormido? —le preguntó.
—No.
—¿Te pasa algo? ¿Tienes frío? ¿Por qué no te cubres con la chaqueta?
Esta vez Port no contestó.
—¡En ese caso, congélate! —dijo Kit, mirando por la ventanilla la delgada luna, baja en el cielo.
Al cabo de un rato el autobús inició un lento y laborioso ascenso. El humo del tubo de escape se volvió denso y acre; eso, combinado con el rechinar del motor y el frío que iba en aumento, contribuyó a sacar a Kit del sopor en que se hallaba sumida. Muy despierta, paseó la mirada por el confuso interior del autobús. Todos sus ocupantes parecían dormidos; descansaban en posturas inverosímiles, completamente arrebujados en sus chilabas, de modo que ni siquiera asomaba un dedo o una nariz. Un ligero movimiento a su lado le hizo mirar hacia Port, que había resbalado tanto en su asiento que ahora apoyaba en él la espalda. Decidió obligarlo a incorporarse y le dio unos vigorosos golpes en el hombro. Un débil quejido fue su única respuesta.
—Siéntate bien —dijo Kit, reiterando los golpes—. Te dañarás la espalda.
Esta vez Port gruñó:
—¡Oh-h-h!
—Port, por el amor de Dios, siéntate bien —dijo, nerviosa.
Comenzó a tirar de su cabeza con la esperanza de despertarlo lo suficiente para que hiciera un esfuerzo por sí mismo.
—¡Dios mío! —dijo Port, y se enderezó con lentitud hasta quedar apoyado en el respaldo del asiento—. ¡Dios mío! —repitió cuando por fin estuvo sentado. Ahora que tenía la cabeza cerca, Kit se dio cuenta de que le castañeaban los dientes.
—¡Estás congelado! —le dijo furiosa, aunque lo estaba más consigo misma que con él—. Te dije que te taparas, ¡y tú te quedaste ahí como un idiota!
Port no contestó, permanecía inmóvil, mientras la cabeza le golpeaba el pecho a cada sacudida del autobús. Kit estiró el brazo y tiró de su chaqueta hasta que, poco a poco, logró extraerla de debajo de Port, que se había sentado sobre ella. Luego se la echó encima y la sujetó a su cuerpo por ambos lados con unos pocos gestos malhumorados. En la superficie de su mente, en palabras, pensaba: “Típico de él, aislarse del mundo cuando yo estoy por completo despierta y aburrida”. Pero la formación de aquellas palabras era una pantalla para ocultar el miedo que sentía más adentro: el miedo de que estuviera muy enfermo. Miró por la ventanilla la vacuidad barrida por el viento. La luna creciente se había deslizado detrás del borde cortante de la tierra. Allí en el desierto, aún más que en el mar, tuvo la impresión de que estaba en lo alto de una gran mesa, que el horizonte era el borde del espacio. Imaginó un planeta en forma de cubo, por encima de la tierra, en alguna parte entre Esta y la luna, al que de alguna manera habrían sido transportados. La luz sería tan dura e irreal como lo era allí, el aire tendría la misma sequedad tirante, a los contornos del paisaje les faltarían las tranquilizadoras curvas terrestres, exactamente como en aquella vasta región. Y el silencio sería tan absoluto que solo permitiría escuchar el sonido del aire al pasar. Tocó el cristal de la ventanilla; estaba helado. El autobús traqueteaba y se balanceaba mientras seguía subiendo por la meseta.
XXI
Fue una noche larga. Llegaron a un bordj construido en el corte de un acantilado. Se encendió la luz del autobús. El joven árabe, sentado justo delante de Kit, se dio la vuelta y, sonriéndole mientras se quitaba la capucha de la chilaba, le señaló la tierra varias veces y dijo:
—Hassi Inifel.
—Merci —dijo Kit, y le devolvió la sonrisa.
Tenía ganas de salir y se volvió hacia Port. Estaba doblado bajo la chaqueta; tenía la cara roja.
—Port —empezó Kit, y le sorprendió oírlo contestar en el acto.
—¿Sí? —Sonaba muy despierto.
—Salgamos y tomemos algo caliente. Has dormido horas.
Poco a poco se fue enderezando.
—No he dormido en absoluto, si te interesa saberlo.
Kit no le creyó.
—Ya —dijo—. Bueno, ¿quieres entrar al bordj? Yo sí.
—Si puedo. Me encuentro muy mal. Creo que tengo gripe o algo así.
—¡Tonterías! ¿Cómo vas a tener la gripe? Te habrás indigestado por cenar tan rápido.
—Ve tú. Yo me siento mejor si no me muevo.
Kit se apeó y permaneció un momento en las rocas, al viento, respirando hondo. No había rastro del alba.
En uno de los cuartos cerca de la entrada del bordj unos hombres cantaban y batían palmas a un ritmo rápido y complejo. Encontró café en un cuarto cercano, más pequeño, se sentó en el suelo y puso las manos al calor del brasero de arcilla. “No puede enfermar aquí —pensó—. No podemos ninguno de los dos.” Estando tan alejados del mundo lo único que podían hacer era negarse a enfermar. Salió y miró por las ventanillas del autobús. Casi todos los pasajeros seguían dormidos, envueltos en sus chilabas. Encontró a Port y golpeó el vidrio.
—¡Port! —llamó—. ¡Café caliente!
Port no se movió.
“¡Que se vaya al infierno! —pensó—. Quiere llamar la atención. ¡Quiere estar enfermo!” Subió al autobús y se abrió camino hasta el asiento donde Port yacía inerte.
—¡Port! Por favor, ven a tomar un poco de café. Hazme ese favor. —Ladeó la cabeza y lo miró a la cara. Alisándole el pelo, le preguntó—: ¿Tienes náuseas?
Port, con la boca bajo el abrigo, dijo:
—No quiero nada. Por favor, no quiero moverme.
A Kit le disgustaba seguirle la corriente; si lo cuidaba, podía caer en su trampa. Pero, si de verdad se había resfriado, debería tomar algo caliente. Decidió hacerlo beber café como fuera. Así que dijo:
—¿Te lo tomarás si te lo traigo?
Port tardó mucho en contestar, pero por fin dijo:
—Sí.
El conductor, un árabe que llevaba una gorra con visera en lugar de turbante, ya regresaba del bordj cuando ella entró corriendo.
—¡Espere! —le dijo.
El chofer se detuvo y se volvió, mirándola de arriba abajo, haciendo conjeturas. No tenía con quién hacer comentarios sobre ella, porque no había ningún europeo y los otros árabes no eran de la ciudad, con lo que no hubieran entendido sus comentarios obscenos.
Port se incorporó y bebió el café, suspirando entre sorbo y sorbo.
—¿Has terminado? Tengo que devolver el vaso.
—Sí.
El vaso fue pasando de mano en mano hasta llegar a la puerta delantera, donde un niño lo esperaba y dirigía ansiosas miradas a la parte trasera, temeroso de que el autobús arrancase antes de tenerlo en su posesión.
Se alejaron despacio, a través de la meseta. Ahora que se habían abierto las puertas hacía más fresco en el interior.
—Creo que me ha hecho bien —dijo Port—. Muchísimas gracias. Aunque algo me pasa. Sabe Dios que nunca me he sentido así. Si pudiera estirarme en una cama, creo que me encontraría mejor.
—Pero ¿qué crees que tienes? —dijo, sintiendo de pronto que los temores que había estado reprimiendo durante tantos días volvían a la carga con toda su intensidad.
—Dímelo tú. No llegaremos hasta mediodía, ¿verdad? ¡Qué desastre, qué desastre!
—Intenta dormir, cariño. —No le había llamado “cariño” desde hacía al menos un año—. Reclínate aún más en esta dirección, pon la cabeza aquí. ¿Estás bien abrigado?
Durante unos minutos Kit trató de neutralizar las sacudidas del autobús tensando el cuerpo contra el respaldo del asiento, pero pronto se le cansaron los músculos; se reclinó y se relajó, dejando que la cabeza de Port rebotara una y otra vez sobre su pecho. La mano que Port tenía en el regazo de Kit buscó la de ella, la encontró, la apretó fuerte al principio, después, sin fuerza. Kit decidió que Port estaba dormido y cerró los ojos, pensando: “Claro, ya no hay escapatoria. Aquí estoy”.
Al alba llegaron a otro bordj que se erigía sobre una extensión del terreno totalmente llana. El autobús entró en un patio donde había varias jaimas. Un camello altanero miró por la ventanilla junto al rostro de Kit. Esta vez se apeó todo el mundo. Kit despertó a Port.
—¿Quieres desayuno? —preguntó.
—Lo creas o no, tengo un poco de hambre.
—¿Por qué no habrías de tener hambre? —le dijo con alegría—. Son casi las seis.
Tomaron más de aquel café negro y dulce, huevos duros y dátiles. El joven árabe que le había dicho el nombre del otro bordj pasó delante de ellos cuando comían sentados en el suelo. Kit no pudo evitar advertir la inusual estatura de su admirable cuerpo, el caminar erguido y el holgado vestido blanco. Para borrar su sentimiento de culpa por haberse fijado en él, se vio impelida a señalárselo a Port.
—¿No es deslumbrante? —se oyó decir cuando el árabe salía de la habitación.
La frase no era nada suya y sonó ridícula en sus labios; esperó incómoda la reacción de Port. Pero este se sostenía el abdomen con la mano; estaba muy pálido.
—¿Qué te pasa? —exclamó.
—No dejes que se vaya el autobús —dijo Port.
Se levantó, tambaleándose, y salió precipitadamente de la habitación. Acompañado por un muchacho, cruzó como pudo el amplio patio, pasó delante de las jaimas donde ardían hogueras y lloraban unos bebés. Caminaba doblado en dos, sosteniéndose la frente con una mano y el vientre con la otra.
En un rincón alejado había un pequeño recinto de piedra como una torre de artillería, y el muchacho la señaló.
—Daua —dijo.
Port subió los peldaños y entró, cerrando de un portazo la puerta de madera. Estaba oscuro y apestaba. Apoyó la cabeza contra la fría pared de piedra y oyó cómo se desprendían las telarañas. El dolor era ambiguo: consistía a la vez en un retortijón violento y una náusea creciente. Permaneció quieto un tiempo, tragando con dificultad y respirando pesadamente. La tenue luz en el recinto provenía del agujero cuadrado abierto en el suelo. Algo corrió muy rápido por su nuca. Se apartó de la pared y se inclinó sobre el agujero, apoyando las manos contra la pared que tenía delante. Abajo, la tierra hollada y las piedras dispersas estaban plagadas de moscas. Cerró los ojos y permaneció en aquella posición expectante unos minutos, gimiendo de vez en cuando. El conductor del autobús empezó a tocar la bocina; por alguna razón, aquel sonido incrementó su angustia.
—¡Por Dios, cállate! —gritó, y enseguida volvió a gemir.
Pero la bocina continuaba con una mezcla de toques cortos y largos. Por fin llegó un momento en que el dolor parecía haber disminuido. Abrió los ojos y levantó sin querer la cabeza porque, por un momento, creyó ver llamas. Era el rojo sol naciente que brillaba sobre las rocas y la basura, debajo de él. Cuando abrió la puerta, encontró a Kit y al joven árabe afuera; entre ambos lo ayudaron a llegar hasta el autobús, que los esperaba.
A medida que avanzaba la mañana el paisaje iba adquiriendo una alegría y una suavidad que Kit no había visto jamás. De pronto advirtió que se debía a que las rocas habían sido sustituidas en gran parte por arena. Y árboles como de encaje crecían aquí y allí, sobre todo en los lugares poblados o aglomeraciones de chozas, cada vez más frecuentes. En varias ocasiones se cruzaron con grupos de hombres morenos montados en meharis. Llevaban las riendas con orgullo y sus ojos pintados con kohl miraban con fiereza por encima de los pliegues del velo índigo que les ocultaba la cara.
Por primera vez sintió un vago estremecimiento de excitación. “Es casi fabuloso —pensó—, cruzarse con gente así en plena era atómica.”
Port descansaba en su asiento con los ojos cerrados.
—Olvida que estoy aquí —le había dicho a Kit cuando salieron del bordj— y me será más fácil hacer lo mismo. Serán solo unas horas más… y luego la cama, gracias a Dios.
El joven árabe hablaba suficiente francés para no sentirse intimidado por la imposibilidad de entablar conversación con Kit. Creía que bastaba con pronunciar un sustantivo o un verbo con emotividad, y ella, al parecer, compartía aquella opinión. Con el talento habitual en los árabes de convertir en leyenda una sencilla historia real, el árabe le habló de El Ga’a y de sus altas murallas, con puertas que se cierran al ocaso; le habló de silenciosas calles oscuras y de un gran mercado donde los hombres vendían artículos variopintos procedentes del Sudán, y de aún más lejos: barras de sal, plumas de avestruz, oro en polvo, pieles de leopardo… enumeró una larga lista, empleando sin problema términos árabes cada vez que no conocía su equivalente en francés. Ella le escuchaba con absoluta atención, hipnotizada por el superlativo encanto de su rostro y de su voz, y fascinada también por la extrañeza de lo que contaba, por su peculiar manera de contarlo.
El suelo era ahora yermo y arenoso, y estaba salpicado de árboles tortuosos como arbustos, completamente doblados por la virulenta luz del sol. Más adelante, el azul del firmamento se volvía blanco, con un fulgor más feroz del que Kit hubiera creído posible: era el resplandor de la ciudad. Antes de que se diera cuenta, costeaban las grises murallas de barro. Los niños gritaban al paso del autobús, con voces como agujas brillantes. Port seguía con los ojos cerrados; Kit decidió no molestarlo hasta que hubiesen llegado. Doblaron en ángulo cerrado hacia la izquierda, provocando una nube de polvo, y entraron por una gran puerta a una enorme plaza abierta… una suerte de antecámara de la ciudad, en cuyo extremo había otra puerta aún más grande. Más allá, la gente y los animales desaparecían en la oscuridad. El autobús se detuvo tras una sacudida, el conductor se apeó sin dilación y se alejó con aire de haberse desentendido por completo del vehículo. Los pasajeros seguían durmiendo, o bostezaban y empezaban a buscar sus pertenencias que, en su mayoría, ya no estaban donde las habían colocado la víspera.
Kit indicó con palabras y gestos que ella y Port no se moverían hasta que todo el mundo se hubiera apeado del vehículo. El joven árabe dijo que en ese caso él haría lo mismo, porque Kit necesitaría ayuda para llevar a Port al hotel. Mientras esperaban en sus asientos a que bajaran los viajeros más lentos, el árabe le explicó que el hotel quedaba en la otra punta de la ciudad, del lado del fuerte, porque lo ocupaban en exclusiva los pocos oficiales que no tenían casa, siendo muy raro que alguien que llegaba en autobús lo necesitase.
—Es muy amable —dijo Kit, apoyándose en el respaldo.
—Sí, Madame.
Su rostro solo expresaba una amistosa solicitud, y ella confió en él sin reservas.
Cuando por fin el autobús se hubo vaciado, y en el suelo y los asientos no quedaban sino cáscaras de granada y huesos de dátiles, el joven árabe salió y llamó a un grupo de hombres para que llevasen las maletas.
—Hemos llegado —dijo Kit a voz en grito.
Port se movió, abrió los ojos y dijo:
—Por fin pude dormir. Qué viaje más infernal. ¿Dónde está el hotel?
—Está por ahí —dijo con vaguedad; no tenía ganas de decirle que quedaba al otro lado de la ciudad.
Port se incorporó despacio.
—Dios, espero que esté cerca. De lo contrario, no creo que logre llegar. Me encuentro muy mal. Me encuentro realmente mal.
—Aquí hay un árabe ayudándonos. Él nos llevará. Parece que no está muy cerca de la terminal de autobuses.
Kit prefería que fuera el árabe quien le dijese la verdad acerca del hotel; así no se vería involucrada en el asunto, y si Port se resentía por algo, no se lo achacaría a ella.
Afuera, en el polvo, reinaba el desorden de África pero, por primera vez, sin señal visible de influencia europea, por lo que la escena poseía una pureza, ausente en las otras ciudades, una cualidad inesperada de ciudad completa que disipaba la sensación de caos. Hasta Port percibió el aspecto unificado del lugar cuando lo ayudaron a salir del autobús.
—Esto es fabuloso —dijo—, al menos, hasta donde ven mis ojos.
—¡Hasta donde ven tus ojos! —repitió Kit—. ¿Te pasa algo en los ojos?
—Estoy mareado. Es fiebre. Hasta ahí llego.
Kit le tocó la frente y se limitó a decir:
—Bueno, salgamos del sol.
El joven árabe caminaba a la izquierda de Port, y Kit, a su derecha; cada uno lo sostenía con un brazo. Los porteadores se habían adelantado con el equipaje.
—El primer lugar decente —dijo Port con amargura—, y yo sintiéndome así.
—Te quedarás en cama hasta que estés del todo bien. Tendremos tiempo de sobra para explorar después.
Port no contestó. Franquearon la puerta interior y entraron en un túnel largo y tortuoso. Los transeúntes los rozaban en la oscuridad. A ambos lados a lo largo de las murallas había gente sentada cuyas voces amortiguadas se elevaban, mientras cantaban largas frases repetitivas. Al cabo de un rato volvían a estar bajo el sol, y después llegó otro tramo de oscuridad, donde la calle se introducía entre casas de gruesas paredes.
—¿No te ha dicho dónde está el hotel? No aguantaré mucho más —dijo Port. No se había dirigido al árabe ni una sola vez.
—Diez, quince minutos —dijo el joven.
Port siguió ignorándolo.
—Ni hablar —dijo a Kit, jadeando un poco.
—Mi niño, tienes que seguir. No puedes quedarte aquí sentado en la calle.
—¿Qué pasa? —dijo el árabe, observando sus caras.
Cuando se lo explicaron, llamó a un hombre que pasaba por allí y habló con él un momento.
—Hay un fondouk por allí— dijo, señalando—. Puede… —Hizo el gesto de dormir, apoyando la mano en la mejilla—. Después vamos hotel y encontramos hombres y rfed, très bien! —Hizo el gesto de aupar a Port y llevarle en brazos.
—¡No, no! —exclamó Kit, pensando que lo haría de verdad.
El árabe se echó a reír y dijo a Port:
—¿Quieres que vamos?
—Sí.
Dieron media vuelta y desandaron una parte del laberinto interno. El joven árabe volvió a hablar con alguien en la calle. Se volvió hacia ellos sonriendo.
—El final. El próximo lugar oscuro.
El fondouk era una pequeña, atestada y sucia versión de cualquiera de los bordjs por los que habían pasado durante aquellas últimas semanas, salvo que un cañizo cubría el centro para proteger del sol. Rebosaba de gente sencilla y de camellos, y todos estaban reclinados en el suelo, unos junto a otros. Entraron y el árabe habló con uno de los guardianes, que sacó a los ocupantes de un establo lateral y amontonó paja fresca en un rincón para que Port se tendiera. Los porteadores se sentaron encima del equipaje amontonado en el patio.
—No puedo dejarte aquí —dijo Kit, mirando el inmundo cubículo—. ¡Quita la mano de ahí!
Port la había apoyado en una plasta de camello, y allí la dejó.
—Ve, por favor. ¡Enseguida! —dijo—. Estaré bien aquí hasta que vuelvas. Pero date prisa. ¡Date prisa!
Kit le echó una última y angustiada mirada, y salió al patio, seguida por el árabe. Fue un alivio poder andar a paso rápido por la calle.
—Vite! Vite! —repetía sin cesar, como una máquina.
Avanzaron jadeando, abriéndose paso entre la lenta multitud calle abajo hasta el corazón de la ciudad, salieron por el otro lado, y siguieron andando hasta que vieron la colina y el fuerte. Aquella parte de la ciudad era más abierta que la otra; consistía en parte en jardines tapiados, aislados de las calles, por encima de cuyos muros asomaba de vez en cuando un gran ciprés negro. Al final de un largo callejón había una placa de manera apenas perceptible, con letras pintadas que decían: Hotel du Ksar, y una flecha que señalaba a la izquierda.
—¡Ah! —exclamó Kit.
Aun allí, en las lindes de la ciudad, el laberinto proseguía; las calles estaban trazadas de tal manera que cada una parecía un callejón sin salida, con una pared al fondo. Tres veces tuvieron que volver sobre sus pasos. No había puertas, ni tiendas, ni siquiera transeúntes; solo las impasibles paredes rosadas cociéndose al sol, sin aire.
Por fin llegaron a una diminuta puerta con buenos cerrojos que se abría en medio de un gran trecho de muro. Entrée de l’Hôtel, decía un letrero sobre el dintel. El árabe llamó enérgicamente.
Transcurrió mucho tiempo, y no hubo respuesta. Kit sentía la garganta seca; el corazón le latía aún muy rápido. Cerró los ojos y escuchó. No oyó nada.
—Llame de nuevo —dijo Kit, disponiéndose a hacerlo ella misma.
Pero el árabe tenía aún la mano en la aldaba y golpeó con más energía que antes. Esta vez un perro se puso a ladrar en algún lugar del jardín, y a medida que se acercaba, el ladrido iba mezclándose con regaños.
—Askut! —exclamaba la mujer indignada, pero el animal seguía ladrando.
Luego se oyó el ruido de alguna que otra piedra que golpeaba el suelo, y el perro se tranquilizó. En su impaciencia, Kit apartó la mano del árabe de la aldaba y comenzó a golpear sin interrupción hasta que oyó la voz de la mujer del otro lado de la puerta, que gritaba:
—Echkun? Echkun?
El joven árabe y la mujer se enzarzaron en una larga discusión, en la que él pedía con gestos extravagantes que abriera la puerta y ella se negaba a hacerlo. Al final, la mujer se fue. La oyeron arrastrar las pantuflas por el sendero del jardín y escucharon de nuevo los ladridos del perro, los regaños de la mujer y los gemidos del animal al ser golpeado, tras lo cual hubo silencio.
—¿Qué pasa? —exclamó Kit, desesperada—. Pourquoi on ne nous laisse pas entrer?
El árabe sonrió y se encogió de hombros.
—Madame ya viene —dijo.
—¡Ay, por Dios! —dijo Kit.
Agarró la aldaba y martilleó con violencia la puerta, a la vez que le propinaba patadas con todas sus fuerzas. No se movió un ápice. Sin dejar de sonreír, el árabe meneó despacio la cabeza de lado a lado. “Peux pas”, dijo. Pero ella siguió aporreando. Aunque sabía que no tenía razón, estaba furiosa con él por no haber sido capaz de conseguir que la mujer abriera la puerta. Al cabo de un rato se detuvo, con la sensación de que iba a desmayarse. Temblaba de cansancio, y tenía en la boca y la garganta una sensación metálica. El sol caía en abundancia sobre la tierra yerma; no había un centímetro cuadrado de sombra, salvo a sus pies. Revivió mentalmente las muchas veces que, de niña, había sostenido una lupa sobre algún insecto indefenso; lo perseguía por el suelo en sus frenéticos intentos por escaparse del foco cada vez más certero del cristal, hasta que al final lo tocaba con su cegador punto luminoso, y entonces, como por arte de magia, el insecto dejaba de correr, se encogía y empezaba a humear. Kit sentía que si miraba hacia arriba vería que había adquirido proporciones monstruosas. Se apoyó contra el muro y esperó.
Por fin se oyeron pasos en el jardín. Kit oyó cómo iban creciendo en claridad y volumen hasta llegar a la puerta. Sin volver siquiera la cabeza, esperó a que la abrieran; pero no ocurrió.
—Qui est là? —dijo una voz de mujer.
Temerosa de que el joven árabe hablara y de que tal vez le impidiesen entrar por ser indígena, Kit hizo acopio de todas sus fuerzas y gritó:
—Vous êtes la propriétaire?
Hubo un breve silencio. Luego la mujer, que tenía acento corso o italiano, inició una voluble súplica:
—Ah, Madame, allez vous-en, je vous en supplie!… Vous ne pouvez pas entrer ici! ¡Lo siento! ¡Es inútil que insista! ¡No puedo dejarla entrar! ¡Hace más de una semana que nadie entra ni sale de este hotel! ¡Lo siento, pero no puede entrar!
—Pero señora —exclamó Kit, casi sollozando—, ¡mi marido está muy enfermo!
—Aie! —la voz de la mujer subió de tono y Kit tuvo la impresión de que había retrocedido varios pasos en el jardín; desde más lejos, la voz lo confirmó—: Ah, mon dieu! ¡Váyase! ¡No puedo hacer nada!
—Pero ¿adónde? —gritó Kit—. ¿Dónde puedo ir?
La mujer se hallaba ya a medio jardín. Se detuvo y gritó:
—¡Lejos de El Ga’a! ¡Váyase de la ciudad! No espere que la deje entrar. Aquí en el hotel nos hemos librado de la epidemia hasta ahora.
El joven árabe trataba de apartar a Kit. No había entendido nada, salvo que no los dejaban entrar.
—Vamos. Encontramos fondouk —decía.
Kit se lo sacudió de encima y, haciendo bocina con las manos, llamó:
—Madame, ¿qué epidemia?
La voz venía de aún más lejos:
—Pues ¡la meningitis! ¿No lo sabía? Mais oui, Madame! Partez!
El sonido de sus apresurados pasos se fue debilitando y se perdió. En la esquina del callejón había aparecido un ciego que avanzaba hacia ellos con lentitud, palpando la pared. Kit miró al joven árabe con ojos como platos. Se decía: “Es una crisis. Hay un número limitado de crisis en la vida. Debo mantener la calma y reflexionar”. Al ver que Kit lo miraba fijamente, el árabe, que seguía sin entender nada, le puso una mano tranquilizadora en el hombro y le dijo: “Vamos”. Kit no lo oyó, pero dejó que el árabe la alejara de allí en el momento en que los alcanzaba el ciego. La condujo por la misma calle hasta la ciudad, mientras Kit se repetía: “Esto es una crisis”. La repentina oscuridad de un túnel la sacó de su autohipnosis.
—¿Dónde vamos? —preguntó.
La pregunta alegró mucho al árabe; demostraba su confianza en él.
—Fondouk —contestó, pero en su respuesta quedaría implícito el rastro de su triunfo, porque Kit se detuvo y se apartó de él.
—Balak! —gritó una voz a su lado, y la empujó un hombre que cargaba un fardo. El joven árabe la agarró y la atrajo suavemente hacia él.
—El fondouk —repitió Kit con vaguedad—. Ah, sí. —Reemprendieron la marcha.
En el ruidoso establo, Port parecía dormido. Seguía con la mano apoyada en la plasta de camello: no se había movido un ápice. Sin embargo, los oyó entrar y se agitó un poco para mostrarles que era consciente de su presencia. Kit se puso en cuclillas sobre la paja a su lado y le acarició el pelo. No tenía idea de lo que iba a decirle, ni tampoco de lo que iban a hacer, desde luego, pero le tranquilizaba estar tan cerca de él. Permaneció en cuclillas mucho tiempo, hasta que la postura le resultó dolorosa. Entonces se levantó. El joven árabe estaba sentado afuera en el suelo, junto a la puerta. “Port no ha dicho ni una palabra —pensó—, pero está esperando que aparezcan los hombres del hotel y lo lleven allí.” En aquel momento, lo más difícil era decirle a Port que no tenía dónde hospedarse en El Ga’a; decidió no decírselo. Al mismo tiempo, quedó establecida su línea de acción. Supo exactamente qué haría.
Y todo se hizo con celeridad. Mandó al joven árabe al mercado. Cualquier coche, cualquier camión, cualquier autobús serviría, le había dicho, y el precio carecía de importancia. Aquella última indicación fue inútil, por supuesto: el árabe estuvo discutiendo el precio una hora con tres personas que querían subirse a la parte trasera del camión de carga que se dirigía a un lugar llamado Sbâ aquella tarde. Pero a su regreso todo estaba arreglado. Cuando el camión estuviera cargado, el conductor iría hasta la Puerta Nueva, la más cercana al fondouk, enviaría a su amigo mecánico a avisarles que los esperaba y reclutaría a los hombres necesarios para transportar a Port a través de la ciudad hasta el vehículo.
—Tenemos suerte —dijo el joven árabe—. Van a Sbâ dos veces al mes.
Kit le dio las gracias. Durante todo el tiempo que el árabe estuvo ausente, Port no se movió ni Kit intentó despertarlo. Pero en aquel momento ella se arrodilló, acercó la boca a su oído y comenzó a repetir su nombre con suavidad.
—Sí, Kit —dijo Port por fin, con un hilo de voz.
—¿Cómo estás? —susurró ella.
Port esperó un bueno rato antes de contestar.
—Con sueño —dijo.
Kit le acarició la cabeza.
—Duerme un poco más. Los hombres vendrán enseguida.
Pero no llegaron hasta casi el crepúsculo. Mientras tanto, el joven árabe había ido a buscar un bol de comida para Kit. A pesar de su apetito voraz, Kit apenas comió de lo que le trajeron: la carne consistía en diversas vísceras inidentificables, fritas en una grasa densa, y había unos cuantos membrillos, bastante duros, cortados por la mitad y cocidos en aceite de oliva. Había también pan, que fue lo que más comió. Cuando ya apenas quedaba luz y en el patio la gente empezaba a preparar la cena, llegó el mecánico con tres negros de aspecto feroz. Ninguno de ellos hablaba francés. El joven árabe les señaló a Port; lo levantaron de su lecho de paja sin miramientos y lo llevaron a la calle. Kit los seguía lo más cerca posible de la cabeza de Port para evitar que la dejaran caer demasiado. Caminaron a paso rápido por los callejones cada vez más oscuros, atravesaron los mercados de camellos y cabras, donde no se oía otro sonido que los sutiles cencerros de algunos animales. Y pronto franquearon las murallas de la ciudad donde, más allá de los faros del camión que los esperaba, se extendía la oscuridad del desierto.
—Atrás. Va atrás —le dijo el joven árabe a Kit a modo de explicación, mientras los tres dejaban caer su carga sobre los sacos de patatas.
Kit dio al joven algo de dinero y le pidió que arreglase cuentas con los sudaneses y los porteadores. No era suficiente; tuvo que darle más. Entonces se marcharon. El conductor aceleraba el motor, el mecánico se subió de un salto al asiento delantero y cerró la puerta. El joven árabe la ayudó a subir a la parte trasera y ella permaneció de pie, apoyada contra una pila de cajas de vino, mirando a Port. El árabe hizo un gesto de subirse al camión con ella, pero en aquel instante el vehículo arrancó. Esperando sin duda que Kit haría detener el camión, el árabe corrió detrás, porque tenía toda la intención de acompañarla. Sin embargo, una vez recobrado el equilibrio, Kit se agachó y se tendió en el suelo, entre los sacos y los bultos, cerca de Port. No miró afuera hasta haber recorrido varios kilómetros desierto adentro. Entonces miró con miedo, levantando la cabeza y atisbando rápidamente como si temiera verlo en la fría tierra baldía, corriendo por la pista, detrás del camión, y de ella.
El camión se zarandeaba menos de lo que había supuesto, quizá porque la pista era lisa y había pocas curvas; el camino parecía seguir un valle recto e interminable, a cuyos lados se divisaban, a lo lejos, altas dunas. Kit miró la luna reciente, aún muy fina, pero visiblemente más gruesa que la noche anterior. Y sintió un ligero escalofrío mientras se acomodaba el bolso sobre el pecho. Sintió un placer pasajero al pensar en aquel pequeño y oscuro mundo, el bolso con olor a cuero y a cosméticos, que se interponía entre el aire hostil y su cuerpo. Nada había cambiado allí adentro; los mismos objetos caían unos sobre otros en el mismo caos limitado, y los nombres seguían allí, seguían representando las mismas cosas. Mark Cross, Caron, Helena Rubinstein. “Helena Rubinstein —dijo en voz alta, y eso le hizo reír—. Dentro de un minuto estaré histérica”, se dijo. Tomó una de las manos inertes de Port y le apretó los dedos cuanto pudo. Luego se incorporó y dedicó toda su atención a oprimir y masajearle la mano, esperando que se calentara bajo su presión. Un terror repentino se apoderó de ella. Puso su mano en el pecho de Port. Por supuesto, el corazón le latía. Pero parecía tener frío. Empleando toda su energía, empujó el cuerpo para ponerlo de lado y se tendió detrás de él, tocándole en el mayor número de puntos posible, con la esperanza de ayudarlo a calentarse. Cuando se relajó, reparó en que ella también tenía frío y en que en aquella posición estaba más cómoda. Se preguntó si, de manera inconsciente, parte de su deseo de tenderse junto a Port no había sido para entrar en calor ella misma. “Lo más seguro; de otro modo, jamás se me habría ocurrido.” Durmió un rato.
Y despertó sobresaltada. Ahora que tenía la mente despejada, era natural sentir horror. Trató de no pensar en ello. No era Port. Aquello llevaba mucho tiempo. Un horror nuevo, vinculado a la luz del sol, al polvo… Desvió la mirada con todas sus fuerzas mientras sentía que su mente era arrastrada hasta la idea. En menos de un segundo sería imposible no saber qué era… ¡Eso! ¡Meningitis!
Había una epidemia en El Ga’a y ella había estado expuesta a ella. Había respirado el aire envenenado en los túneles calientes de las calles, se había acurrucado en la paja contaminada del fondouk. Seguro que el virus se había instalado en ella y estaba multiplicándose. Se le tensó la espalda con solo pensarlo. Pero Port no podía estar aquejado de meningitis: traía aquel catarro desde Aïn Krorfa, y seguramente tenía fiebre desde los primeros días en Bou Noura, aunque a ninguno de los dos se le había ocurrido comprobarlo. Intentó recordar lo que sabía acerca de los síntomas, no solo de la meningitis, sino también de las principales enfermedades contagiosas. La difteria empezaba con dolor de garganta; el cólera, con diarrea; pero el tifus, la tifoidea, la peste, la malaria, la fiebre amarilla y la kala azar empezaban, que ella supiera, con fiebre y algún tipo de malestar. Era una lotería. “Quizá sea una disentería amebiana con una recaída de malaria —razonó—. Pero sea lo que fuere, ya lo ha contraído, y nada que yo pueda hacer o dejar de hacer cambiará nada.” No quería sentirse en modo alguno responsable; habría sido demasiada carga en aquel momento. Y consideraba que, dadas las circunstancias, estaba aguantando bastante bien. Recordó historias del horror de la guerra, historias cuya moraleja siempre era la misma: “Nunca se sabe de qué es capaz una persona hasta que se encuentra en dificultades; entonces a menudo el más timorato resulta ser el más valiente”. Se preguntó si estaba demostrando valentía o mera resignación. O cobardía, añadió para sí. Era otra posibilidad, y no había manera de saberlo. Port no podría decírselo nunca porque sabía menos que ella. Si lo cuidaba y lo sacaba de aquel trance, Port le diría sin duda que había demostrado valentía, que era una mártir y muchas otras cosas, pero lo haría por gratitud. Y entonces se preguntó por qué quería saberlo: en aquel momento le pareció una pregunta más bien frívola.
El camión rugía sin cesar. Por fortuna la parte trasera estaba totalmente abierta, de lo contrario el humo del tubo de escape habría resultado molesto. En realidad, Kit sentía de vez en cuando un fuerte olor, que al instante siguiente se disipaba en el frío aire nocturno. La luna se puso, pero las estrellas seguían ahí, no tenía idea de la hora. El ruido del motor ahogaba cualquier conversación que hubieran podido mantener el conductor y el mecánico, por lo que resultaba imposible comunicarse con ellos. Rodeó la cintura de Port con los brazos y lo acercó hacia sí en busca de calor. “Tenga lo que tenga, respira lejos de mí”, pensó. Cuando conseguía dormirse metía las piernas entre los sacos para mantenerlas calientes; a veces el peso la despertaba, pero prefería la presión al frío. Había colocado algunos sacos vacíos sobre las piernas de Port. Fue una noche larga.
XXII
Acostado en el fondo del camión, en cierta medida protegido del frío por Kit, Port era consciente de vez en cuando del camino recto que discurría debajo de él. Los caminos tortuosos de las últimas semanas se le volvieron extraños, se borraron de su memoria; había seguido un único rumbo, recto y preciso, tierra adentro hasta el desierto, y ahora ya casi había alcanzado el centro. Cuántas veces sus amigos, envidiosos de su vida, le habían dicho: “Tu vida es tan simple”, “Tu vida parece seguir siempre una línea recta”. Cada vez que decían aquellas palabras él oía un reproche implícito: no es difícil construir una carretera recta en un llano sin árboles. Sentía que lo que en realidad querían decirle era: “Has elegido el terreno más fácil”. Pero aunque ellos elegían obstaculizar su propio camino —y eso hacían, era evidente, al llenarlo de toda clase de lealtades inútiles—, no podían objetar que él hubiera simplificado su vida. Así que contestaba con cierto fastidio: “Cada uno se fabrica la vida que quiere, ¿no?”, como si no hubiera nada más que decir.
Las autoridades de inmigración no se habían contentado con dejar un blanco en sus formularios delante de la palabra Profession, como en su pasaporte. (¡Aquel pasaporte, prueba oficial de su existencia, que corría tras de él en alguna parte del desierto!) Le habían dicho: “Monsieur tendrá alguna ocupación, sin duda”. Y Kit, al ver que Port estaba a punto de rebatir la cuestión, había intervenido enseguida: “Ah, sí, el señor es escritor, ¡pero es modesto!”. Se rieron, rellenaron la casilla con la palabra écrivain, le dijeron que esperaban que encontrara inspiración en el Sahara. Al principio le enfureció aquella terquedad de imponerle una etiqueta, un état civil. Después, la idea de escribir un libro de verdad le divirtió durante unas horas. Un diario, con anotaciones cada noche de los pensamientos del día, salpimentados con color local, en el que la verdad absoluta del teorema que enunciaría al principio, es decir, que la diferencia entre algo y nada es nada, quedaría clara y tranquilamente demostrada. Ni siquiera había mencionado la idea a Kit; la habría matado con su entusiasmo. Desde la muerte de su padre ya no trabajaba en nada, no lo necesitaba, pero Kit mantenía viva la esperanza de que volvería a escribir, lo que fuera, siempre que trabajara en ello. “Es un poco menos desagradable cuando trabaja”, explicaba a los demás, y no era para nada una broma. Y cuando veía a su madre, lo que ocurría rara vez, ella también le preguntaba: “¿Has estado trabajando?”, y lo miraba con sus grandes ojos tristes; entonces él respondía: “No”, y le devolvía una mirada insolente. En el taxi, camino del hotel, mientras Tunner decía “¡Qué agujero más infernal!” al ver las calles miserables, pensó que Kit se entusiasmaría demasiado con el proyecto; tendría que llevarlo a cabo en secreto, era la única manera. Pero cuando se acomodó en el hotel, y en el Eckmühl-Noiseux retomaron su pequeña rutina de vivir en los cafés, no había nada que escribir, no lograba establecer una conexión mental entre las trivialidades absurdas que llenaban el día y el serio asunto de poner las cosas por escrito. Pensó que seguramente Tunner no le permitía sentirse del todo cómodo. La presencia de Tunner creaba una situación que, por leve que fuera, le impedía entrar en un estado meditativo, a su juicio, esencial. Mientras viviera la vida, no podía escribir sobre ella. Donde terminaba una cosa empezaba la otra, y la existencia de unas circunstancias que requerían una participación de su parte, por mínima que fuese, era suficiente para desterrar la escritura del ámbito de lo posible. Pero estaba bien así. No habría escrito bien y, por lo tanto, no habría sentido placer. Y aunque pudiera escribir algo bueno, ¿cuánta gente lo sabría? Lo mejor era internarse en el desierto a toda prisa, sin dejar huella.
De pronto recordó que iban camino del hotel en El Ga’a. Era otra vez de noche y aún no habían llegado; había una contradicción en alguna parte, lo sabía, pero no tenía energía suficiente para buscarla. Por momentos la fiebre lo invadía con furia como una entidad aparte; veía la imagen de un jugador de béisbol tomando impulso para lanzar la pelota. Y la pelota era él. Daba vueltas y vueltas, después era proyectado al espacio y se disolvía en pleno vuelo.
Lo miraban desde arriba. La lucha había sido larga y estaba muy cansado. Kit era una de las personas; la otra era un soldado. Hablaban, pero lo que decían no significaba nada. Los dejó allí, de pie junto a él, y se fue por donde había venido.
—Estará tan bien aquí como en cualquier lugar de este lado de Sidi-bel-Abbès —decía el militar—. Lo único que puede hacerse con la fiebre tifoidea, inclusive en un hospital, es mantener la fiebre lo más baja posible y esperar. Tenemos muy pocos medicamentos aquí en Sbâ, pero esto —señaló un tubo de píldoras encima de un cajón invertido junto al catre— le bajará la fiebre, y eso ya es muchísimo.
Kit no lo miró:
—¿Y la peritonitis? —dijo en voz baja.
El capitán Broussard frunció el ceño.
—No piense en las complicaciones, señora —dijo con severidad—. La situación es lo bastante compleja por sí misma. Sí, claro, peritonitis, neumonía, paro cardíaco, ¿quién sabe? Y puede que usted también tenga la famosa meningitis de El Ga’a contra la que Madame Luccioni tuvo la amabilidad de prevenirla. Bien sûr! Y quizá haya cincuenta casos de cólera aquí en Sbâ en estos momentos. No se lo diría aunque los hubiera.
—¿Por qué? —preguntó Kit, levantando por fin la mirada.
—Sería completamente inútil; y además, le bajaría la moral. No, no. Aislaría a los enfermos y tomaría medidas para evitar que se extendiera la enfermedad, nada más. Con lo que tenemos es suficiente. Aquí hay un hombre con tifoidea. Tenemos que bajarle la fiebre. Eso es todo. Y esos cuentos de la peritonitis de él y de la meningitis de usted no me interesan en absoluto. Tiene que ser realista, señora. Si sale de ahí, le hace daño a todo el mundo. Solo tiene que darle las píldoras cada dos horas e intentar hacerlo tomar mucha sopa. La cocinera se llama Zina. Sería prudente acudir a la cocina de vez en cuando para asegurarse de que siempre haya lumbre y una gran olla de sopa caliente, lista para tomar. Zina es magnífica; nos ha cocinado durante doce años. Pero hay que vigilar a todos los indígenas, siempre. Olvidan. Y ahora, señora, si usted me lo permite, regresaré a mi trabajo. Uno de los hombres le traerá de mi casa el colchón que le prometí esta tarde. No será muy cómodo, sin duda, pero ¿qué se puede esperar? Estamos en Sbâ, no en París. —Se volvió al llegar a la puerta—. En fin, Madame, soyez courageuse —dijo frunciendo de nuevo el entrecejo, y salió.
Kit permaneció inmóvil, y paseó con lentitud la mirada por el pequeño cuarto vacío, que tenía una puerta en un lado y una ventana en el otro. Tendido en un catre raquítico, de cara a la pared, Port respiraba con regularidad, con la sábana hasta el mentón. Aquel cuarto era el hospital de Sbâ; tenía la única cama disponible de la ciudad, con sábanas y mantas de verdad, y Port la ocupaba solo porque daba la casualidad de que ningún miembro de las fuerzas armadas estaba enfermo en aquel momento. Una pared de adobe construida fuera llegaba hasta media ventana, pero por encima de esta entraba en abundancia la luz agonizante del cielo. Kit tomó la otra sábana disponible que le había dado el capitán, la dobló en un cuadrado del tamaño de la ventana, sacó una caja de chinchetas del equipaje de Port y cubrió el hueco. Quedó sorprendida por el silencio del lugar, aun junto a la ventana. Se hubiera dicho que no había un alma viviente en mil millas a la redonda. El famoso silencio del Sahara. Se preguntó si, a medida que pasaran los días, su respiración le resultaría tan sonora como en aquel momento, si se acostumbraría al ridículo sonido que hacía al tragar saliva y si tragaría tan a menudo como se veía impelida a hacer desde que era consciente de ello.
—Port —dijo, muy bajito.
Él no se movió. Salió del cuarto a la luz cegadora del patio con suelo de arena. No se veía un alma. No había más que las deslumbrantes paredes blancas, la arena inmóvil a sus pies y, arriba, las profundidades azules del cielo. Avanzó unos pasos y, sintiéndose un poco enferma, volvió a la habitación. No había una silla para sentarse, solo el catre y, al lado, un cajoncito. Se sentó en una de las maletas. De la manija colgaba un rótulo. Necesaria en el viaje. El cuarto tenía el aire anónimo de un almacén. El equipaje amontonado en el centro no dejaba espacio para el colchón que iban a traerle; habría que apilar todas las maletas en un rincón. Se miró las manos, los pies calzados con pantuflas de piel de lagarto. No había espejo en el cuarto; se inclinó sobre otra maleta y sacó su bolso, del que extrajo la polvera y una barra de labios. Cuando abrió la polvera reparó en que no había suficiente luz para verse la cara en aquel espejito. De pie, en el vano de la puerta, se maquilló con lentitud y esmero.
—Port —dijo de nuevo, tan suave como la primera vez.
Port seguía respirando. Guardó su bolso bajo llave en una maleta, miró su reloj de pulsera y salió otra vez al patio deslumbrante, esta vez con gafas ahumadas.
El fuerte, una sucesión de edificios dispersos protegidos por una muralla irregular, dominaba la ciudad desde lo alto de una empinada colina de arena. Era una ciudad aparte, ajena al paisaje circundante y de aspecto cándidamente militar. Los guardias indígenas apostados a la puerta la miraron pasar con interés. La ciudad, de color arena, se extendía abajo con sus casas de un piso y sus techos chatos. Dio media vuelta, y orillando la pared trepó un trecho hasta alcanzar la cima de la colina. El calor y la luz la mareaban un poco y la arena se le metía en los zapatos. Desde aquel lugar oía los sonidos claros, agudos, de la ciudad allí abajo; voces de niños y perros ladrando. En todas direcciones, allí donde coincidían la tierra y el cielo, latía una tenue neblina.
—Sbâ —dijo en voz alta.
La palabra no le decía nada; ni siquiera representaba la azarosa colección de chozas allí abajo. Cuando regresó a la habitación vio que alguien había dejado una gigantesca bacinilla de porcelana en el centro. Port, tendido de espaldas, miraba el cielo y se había quitado las mantas.
Kit corrió al catre y volvió a cubrir a Port. Era inútil. Le tomó la temperatura: había bajado un poco.
—Esta cama me produce dolor de espalda —dijo Port de forma inesperada, jadeando un poco.
Kit retrocedió y miró el catre: estaba muy hundido en el centro.
—Ahora mismo lo arreglamos —dijo Kit—. Mientras tanto sé bueno y no te destapes.
Port la miró con reproche:
—No me hables como si fuera un niño —dijo—. Sigo siendo el mismo.
—Supongo que es un automatismo con los enfermos —rio Kit, incómoda—. Perdona.
Port seguía mirándola.
—No hace falta que me des la razón —dijo despacio. Cerró los ojos y suspiró hondo.
Cuando le trajeron el colchón, Kit pidió al árabe que fuera en busca de otro hombre. Entre ambos levantaron a Port y lo tendieron en el colchón que estaba en el suelo. Después les pidió que apilaran algunas maletas sobre el catre. Los árabes se marcharon.
—¿Dónde dormirás tú? —preguntó Port.
—En el suelo, a tu lado.
Port no le preguntó nada más. Ella le dio los medicamentos y dijo:
—Ahora, duerme.
Salió e intentó hablar con los guardias apostados en la puerta del fuerte, pero no entendían el francés y repetían:
—Non, m’si.
Mientras Kit gesticulaba, el capitán Broussard apareció en una puerta contigua y la miró con cierta suspicacia.
—¿Quiere algo, Madame?
—Necesito que alguien me lleve al mercado y me ayude a comprar unas mantas.
—Ah, je regrette, Madame. No hay nadie en el destacamento que pueda prestarle ese servicio, y no le aconsejo ir sola. Pero si quiere puedo mandarle algunas mantas de mi casa.
Kit le dio las gracias efusivamente. Regresó al patio interior y se detuvo un momento ante la puerta del cuarto, reticente a entrar. “Es una cárcel —pensó—. Estoy prisionera aquí, ¿y por cuánto tiempo? Sabe Dios.” Entró, se sentó en una maleta junto a la puerta y se quedó mirando el suelo. Después se levantó, abrió una bolsa, sacó una gruesa novela francesa que había comprado justo antes de salir para Boussif e intentó leer. Cuando llegó a la quinta página oyó que alguien atravesaba el patio. Era un joven soldado francés que traía tres espesas mantas de pelo de camello. Se levantó y se hizo a un lado para dejarlo entrar, mientras le decía: “Ah, merci. Comme vous êtes aimable!” Pero el soldado se inmovilizó en la puerta y extendió los brazos para alcanzarle las mantas. Kit las tomó y las dejó en el suelo, a sus pies. Cuando levantó la vista, el soldado se había marchado. Lo siguió un instante con los ojos, con una vaga perplejidad, y luego se puso a reunir prendas varias entre su ropa que pudieran servir de base para poner las mantas encima. Al final se hizo una cama, se tendió y descubrió con agradable sorpresa que era cómoda. De pronto sintió un deseo extremo de dormir. Faltaba aún una hora y media para que Port tomara sus píldoras. Cerró los ojos y por un momento regresó a la parte trasera del camión que la llevaba de El Ga’a a Sbâ. La sensación de movimiento la arrulló y se durmió enseguida.
La despertó algo que le rozó la cara a su paso. Abrió los ojos sobresaltada, vio que estaba oscuro y que alguien andaba por el cuarto.
—¡Port! —exclamó.
Oyó la voz de una mujer:
—Voici mangi, Madame.
Estaba de pie a su lado. Alguien atravesó el patio en silencio con una lámpara de carburo. Era un niño pequeño que se acercó a la puerta y dejó la lámpara en el suelo, sin entrar. Kit miró hacia arriba y vio a una vieja de huesos grandes, con unos ojos aún hermosos. “Ésta es Zina”, pensó, y la llamó por su nombre. La mujer sonrió y se agachó, dejando la bandeja en el suelo, junto al camastro de Kit. Después salió.
Era difícil dar de comer a Port; gran parte de la sopa se le desparramaba por la cara y el cuello.
—A lo mejor mañana tendrás ánimos para sentarte a comer —dijo Kit, mientras le enjugaba la boca con un pañuelo.
—A lo mejor —dijo Port con debilidad.
—¡Dios mío! —exclamó Kit.
Se había dormido; hacía mucho que había pasado la hora de las píldoras. Se las dio y se las hizo tragar con agua tibia. Port hizo una mueca.
—El agua —dijo.
Kit olió el botijo. Apestaba a cloro. Había puesto comprimidos de Halazone dos veces, por error.
—No te hará daño —le dijo.
Kit comía con fruición; Zina era bastante buena cocinera. Mientras comía, miró a Port y vio que se había quedado dormido. Las píldoras parecían surtir siempre aquel efecto. Pensó dar un breve paseo después de comer, pero temía que el capitán Broussard hubiera ordenado a los guardias que no la dejaran pasar. Salió al patio y dio varias vueltas, mirando las estrellas. Alguien tocaba el acordeón en alguna parte, del otro lado del fuerte; el sonido era muy débil. Entró en el cuarto, cerró la puerta, le echó llave, se desvistió y, acercando la lámpara para poder leer, se tendió sobre las mantas junto al jergón de Port. Pero la luz no era lo bastante potente y se movía demasiado; empezaron a dolerle los ojos y le repugnó el olor. Sopló la llama a regañadientes y el cuarto se sumió de nuevo en la más profunda oscuridad. Apenas se hubo acostado se levantó de golpe y se puso a buscar a tientas por el suelo la caja de cerillas. Encendió otra vez la lámpara, que olía más fuerte que nunca desde que la había apagado, y se dijo a sí misma, pero moviendo los labios: “Cada dos horas. Cada dos horas”.
Despertó durante la noche estornudando. Al principio pensó que era el olor de la lámpara, pero después se llevó la mano a la cara y sintió polvo en la piel. Pasó los dedos por la almohada: estaba cubierta de una capa de arena muy fina. Entonces escuchó el ruido del viento. Era como el bramido del mar. Temiendo despertar a Port, trató de sofocar el estornudo siguiente, pero fue en vano. Se levantó. Hacía frío en el cuarto. Cubrió a Port con su bata. Después sacó dos grandes pañuelos de una maleta y se ató uno alrededor de la nariz y la boca, como los bandidos. Pensaba ponerle el otro a Port cuando lo despertara para darle la medicina. Faltaban solo veinte minutos. Se acostó y el polvo que soltaron las mantas le hizo estornudar de nuevo. Se quedó inmóvil escuchando la furia del viento desatado al otro lado de la puerta.
“Aquí estoy, en medio del horror”, pensó, intentando exagerar la situación, con la esperanza de convencerse a sí misma de que lo peor había pasado, de que estaba pasando en aquel minuto. Pero no funcionó. La repentina llegada del viento era un nuevo augurio relacionado con el futuro inminente. Ahora, en su paso bajo la puerta, hacía un sonido singular, como de animal. Si al menos pudiera desprenderse de aquello, relajarse y vivir con el conocimiento absoluto de que no había esperanza. Pero no poseía ni el conocimiento ni la certeza; el porvenir siempre tenía más de una dirección. Ni siquiera era posible abandonar la esperanza. Soplaría el viento, se depositaría la arena, y de alguna manera aún imprevisible, el tiempo produciría un cambio que solo podía resultar aterrador porque no sería una continuación del presente.
Permaneció despierta el resto de la noche, dando a Port sus píldoras con regularidad y tratando de relajarse en los intervalos. Cada vez que lo despertaba, Port obedecía y tragaba el agua y la píldora sin hablar ni abrir siquiera los ojos.
En la pálida, enfermiza luz del alba, Kit oyó que Port sollozaba. Electrizada, se sentó y miró atónita hacia el rincón en que yacía su cabeza. El corazón le latía muy rápido, activado por una emoción extraña que no lograba identificar. Escuchó un rato, decidió que la movía la compasión e inclinó el cuerpo hacia él. Los sollozos surgían automáticos, como hipos o eructos. Poco a poco su excitación fue cediendo, pero permaneció sentada, prestando un atento oído a los dos sonidos a la vez: los sollozos dentro de la habitación y el viento afuera. Dos sonidos impersonales, naturales. Tras un breve y repentino silencio, lo oyó decir con claridad:
—Kit. Kit.
—¿Sí? —dijo Kit con los ojos dilatados.
Pero él no contestó. Al cabo de un largo rato, Kit se introdujo clandestinamente bajo la manta y se quedó dormida. Cuando despertó era entrada la mañana. Los rayos inflamados de una distante luz solar caían del cielo tamizados junto con la arena fina del aire; era como si el viento persistente fuera a llevarse la poca luz que llegaba.
Se levantó y, entumecida de frío, anduvo por la habitación, intentando levantar el menor polvo posible, mientras se lavaba. Pero todo estaba recubierto de una espesa capa de polvo. Era consciente de un defecto en su funcionamiento, como si una zona entera de su cerebro se hubiera vuelto insensible. Sentía su falta: un enorme punto ciego en su interior, pero no podía localizarlo. Veía, como de lejos, los torpes gestos de sus manos al entrar en contacto con los objetos y la ropa. “Esto debe terminar —dijo para sí—. Esto debe terminar.” Pero no sabía con exactitud a qué se refería. Nada podía terminar; todo seguía, siempre.
Llegó Zina, arrebujada hasta las orejas en una gran manta blanca y, cerrando la puerta de un golpe contra el viento, sacó de entre los pliegues de sus ropas una pequeña bandeja con una tetera y un vaso.
—Bonjour, Madame. R’mlech bzef —dijo, señalando el cielo con la cabeza, y dejó la bandeja en el suelo, junto al colchón.
El té caliente la reanimó un poco; lo bebió todo y se sentó un rato a escuchar el viento. De pronto se dio cuenta de que no había nada para Port. El té no sería suficiente. Decidió ir en busca de Zina para averiguar si había manera de conseguir un poco de leche caliente. Salió al patio y llamó: “¡Zina! ¡Zina!”, con una voz que la furia del viento apagaba, y masticando arena al respirar.
No apareció nadie. Tras pasar por varios cuartos como nichos vacíos, descubrió un pasaje que conducía a la cocina. Allí estaba Zina, acuclillada en el suelo, pero Kit no logró hacerle entender qué quería. La vieja le indicó con gestos que iría a buscar al capitán Broussard y lo mandaría al cuarto. De regreso en la semioscuridad, Kit se tendió en su camastro, tosiendo y frotándose los ojos para sacudirse la arena que se le había acumulado en la cara. Port seguía durmiendo.
La propia Kit estaba casi dormida cuando llegó el capitán. El militar se quitó la capucha del albornoz de pelo de camello y la sacudió; después cerró la puerta y avanzó a tientas en la oscuridad. Kit se levantó. Intercambiaron las preguntas y respuestas de rigor acerca del estado del paciente, pero cuando ella le habló de la leche, el capitán se limitó a mirarla con lástima. Toda la leche enlatada estaba racionada y se entregaba únicamente a las mujeres con niños.
—En cualquier caso la leche de oveja siempre es agria e imbebible —añadió.
A Kit le pareció que aquel hombre la miraba siempre como si sospechase en ella motivaciones secretas y condenables. El resentimiento que le causaba aquella mirada acusadora la ayudó a recobrar un poco el sentido de la realidad. “Estoy segura de que no mira a todo el mundo de esa manera —pensó—. Entonces, ¿por qué a mí sí? ¡Que se vaya al infierno!” Pero se sabía demasiado dependiente de aquel hombre para permitirse la satisfacción de mostrarle sus reacciones abiertamente. Permaneció de pie, tratando de adoptar una expresión de desamparo, la mano derecha extendida sobre la cabeza de Port en un gesto compasivo, con la esperanza de conmover al capitán; estaba convencida de que, si él quería, podía obtener toda la leche enlatada que quisiera.
—En cualquier caso, señora, la leche es del todo innecesaria para su marido —dijo el capitán con sequedad—. La sopa que he pedido es más que suficiente, y se digiere mejor. Pediré a Zina que traiga un bol enseguida.
Salió; el viento cargado de arena seguía rugiendo.
Kit pasó el día leyendo, cerciorándose de que Port recibiera su medicación y de que se alimentara con regularidad. Port no tenía ningunas ganas de hablar; a lo mejor no tenía fuerzas suficientes para hacerlo. En su lectura Kit olvidaba a veces durante unos minutos el cuarto y la situación, y en esas ocasiones levantar la cabeza del libro y recordar de nuevo era como recibir una bofetada en plena cara. Una vez casi se echó a reír, todo le parecía tan ridículo e improbable.
—Sbâ —dijo, prolongando la vocal de modo que sonó como el balido de una oveja.
Entrada la tarde, cansada del libro, se tendió en la cama con cuidado para no molestar a Port. Al volverse hacia él reparó con desagrado en que tenía los ojos abiertos y la miraba muy de cerca. La sensación fue tan violenta y desagradable que se levantó de un salto y, devolviéndole la mirada, dijo en tono de forzada solicitud:
—¿Cómo te sientes?
Port frunció un poco el entrecejo, pero no contestó. Kit continuó, titubeante:
—¿Crees que las píldoras ayudan? Al menos parece que bajan un poco la fiebre.
Y entonces, cosa extraña, Port contestó con una voz tenue, pero clara:
—Estoy muy enfermo —dijo despacio—. No sé si regresaré.
—¿Regresar? —dijo Kit como una estúpida. Después le acarició la frente caliente, sintiendo asco de sí misma en el momento de pronunciar las palabras—: Te pondrás bien.
De pronto decidió que tenía que salir un rato de la habitación, antes que oscureciera, al menos unos minutos. Un cambio de aire. Esperó a que Port hubiera cerrado los ojos. Después, sin mirarlo otra vez, temiendo que hubiera vuelto a abrirlos, se levantó rápidamente y salió al viento. Parecía haber amainado un poco y el aire traía menos arena. Aún así, sintió el escozor de los granos en las mejillas. Franqueó a paso rápido la alta puerta de barro y, sin mirar a los guardianes, sin detenerse al llegar al camino, bajó la pendiente hasta llegar a la calle que conducía al mercado. Allá abajo el viento se sentía menos. Fuera de alguna figura inerte, enteramente envuelta en su albornoz, la calle estaba vacía. Mientras avanzaba por la arena suave de la calle, el sol remoto se ponía rápidamente detrás de la llana hammada, y las paredes y los arcos se teñían de rosa crepuscular. Se avergonzaba un poco de haber cedido al impulso nervioso de salir del cuarto, pero desterró ese sentimiento diciéndose que las enfermeras, como todo el mundo, tenían que descansar de vez en cuando.
Llegó al mercado, una amplia plaza abierta, cerrada en los cuatro lados por unos soportales encalados cuyos innumerables arcos, mirara donde mirara, formaban un diseño monótono. Gruñían unos cuantos camellos tendidos en el centro, ardían unas cuantas hogueras de palmas, pero los mercaderes y sus mercancías habían desaparecido. Entonces oyó la llamada de los almuédanos en tres partes distintas de la ciudad y vio que los hombres que quedaban por allí se preparaban para la oración nocturna. Cruzó el mercado y se metió en una calle lateral cuyas casas de adobe estaban iluminadas por un fugaz resplandor anaranjado. Las pequeñas puertas de las tiendas estaban cerradas, todas menos una, delante de la cual se detuvo un momento, y dejó vagar la mirada por el interior. Un hombre tocado con una boina estaba acuclillado junto a un pequeño fuego encendido en mitad del suelo y se calentaba las manos poniéndolas en forma de abanico, casi dentro de las llamas. El hombre alzó la vista, la vio, se levantó y se acercó a la puerta.
—Entrez, Madame —dijo haciendo un amplio gesto.
Como no tenía otra cosa que hacer, Kit obedeció. Era una tienda diminuta; en la penumbra pudo distinguir unas pocas piezas de tela blanca en los estantes. El hombre preparó una lámpara de carburo, acercó una cerilla al pico y observó la llama afilada que subía.
—Daoud Zozeph —dijo, tendiéndole la mano.
Kit estaba un tanto sorprendida: por alguna razón lo había tomado por un francés. Estaba segura de que no era natural de Sbâ. Kit se sentó en el taburete que el hombre le ofreció y conversaron unos minutos. Hablaba francés bastante bien, con suavidad y en un tono de oscuro reproche. De pronto Kit reparó en que era judío. Se lo preguntó; a él la pregunta le pareció sorprendente y divertida.
—Claro —dijo—. No cierro durante la hora de la plegaria. Después siempre hay algunos clientes.
Hablaron de las dificultades de ser judío en Sbâ, y después Kit se encontró contándole su difícil situación: Port allá solo en el Poste Militaire. El hombre se apoyó en el mostrador, encima de ella, y a Kit le pareció que los ojos oscuros le brillaban con simpatía. Aquella débil impresión, por vaga que fuera, le hizo comprender por primera vez hasta qué punto y con qué crueldad faltaba ese sentimiento en aquel paisaje, y cuánto lo había echado de menos, sin darse cuenta. De modo que siguió hablando y hablando, y hasta llegó a mencionar su creencia en los augurios. De repente se detuvo, lo miró con cierto temor, y se echó a reír. Pero el hombre estaba muy serio; parecía comprenderla muy bien.
—Sí, sí —dijo pensativo, acariciándose el mentón lampiño—. Tiene usted razón en todo eso.
Por lógica, aquella afirmación no debería tranquilizarla, pero el hecho de que aquel hombre estuviese de acuerdo con ella la tranquilizaba de una forma deliciosa. En cualquier caso, prosiguió:
—Su error es tener miedo. Ese es un gran error. Las señales nos son concedidas para nuestro bien, no para nuestro mal. Pero si tiene miedo, las malinterpreta y convierte en malas aquellas cosas que deberían haber sido buenas.
—Pero el miedo lo tengo —protestó Kit—. ¿Cómo impedirlo? Es imposible.
El hombre la miró y meneó la cabeza.
—Esa no es manera de vivir —dijo.
—Lo sé —dijo Kit con tristeza.
Un árabe entró en la tienda, dio las buenas noches a Kit y compró un paquete de cigarrillos. Al salir, se volvió y escupió dentro, en el suelo. Entonces, se arremangó la chilaba con desdén y se marchó a grandes pasos. Kit miró a Daoud Zozeph.
—¿Ha escupido adrede? —le preguntó.
Él se rio.
—Sí. No. ¿Quién sabe? Me han escupido tantas miles de veces que ya ni me doy cuenta. ¡Ya lo ve! ¡Si usted fuera una judía en Sbâ, aprendería a no tener miedo! Al menos aprendería a no temer a Dios. Vería que aun cuando Dios muestra su lado más terrible, nunca es cruel como los hombres.
De pronto lo que decía aquel hombre sonó ridículo. Kit se levantó, se alisó la falda y dijo que tenía que irse.
—Un momento —dijo él, pasando detrás de una cortina para entrar en otra habitación.
No tardó mucho en regresar con un paquetito. Ya detrás del mostrador volvía a tener el aire anónimo de un tendero. Le tendió el paquete:
—Dijo que quería darle leche a su marido. Aquí tiene dos latas. Eran la ración de nuestro bebé —le dijo en voz baja. Levantó la mano cuando Kit quiso interrumpirlo—. Pero nació muerto, la semana pasada, prematuro. El año que viene, si tenemos otro, conseguiremos más leche.
Al ver la cara de angustia de Kit, se echó a reír:
—Le prometo que en cuanto mi mujer lo sepa, pediré los cupones. No habrá problema. Allons! ¿De qué tiene miedo ahora? —dijo, y como Kit seguía mirándolo, levantó el paquete en el aire y volvió a ofrecérselo con tal determinación que Kit no pudo hacer otra cosa que aceptarlo.
“Ésta es una de esas ocasiones cuando no hay que intentar poner en palabras lo que se siente», se dijo. Le dio las gracias, diciendo que su marido estaría muy contento, y que esperaba verlo de nuevo unos días más tarde. Después salió. Con la noche se había levantado un poco el viento. Mientras subía la colina camino al fuerte, temblaba.
Lo primero que hizo al regresar al cuarto fue encender la lámpara. Después le tomó la temperatura a Port: le horrorizó encontrarla más alta. Las píldoras ya no funcionaban. Port la miró con una expresión inusitada en sus ojos brillantes.
—Hoy es mi cumpleaños —murmuró.
—No, no lo es —dijo Kit tajante; después reflexionó un instante y preguntó con fingido interés—: ¿Ah, sí?
—Sí. Este es el que he estado esperando.
Kit no le preguntó a qué se refería. Port siguió:
—¿Es hermoso allá fuera?
—No.
—Ojalá hubieras dicho que sí.
—¿Por qué?
—Me habría gustado que fuera hermoso.
—Supongo que puede llamarse hermoso, pero es un poco desagradable de andar.
—Ah, bueno, pero no estamos allá fuera —dijo Port.
La tranquilidad de aquel diálogo hizo más monstruosos los quejidos de dolor que un instante después salieron de su interior.
—¿Qué pasa? —exclamó Kit enloquecida.
Pero Port no la oía. Se arrodilló en su colchón y lo miró, incapaz de decidir qué hacer. Poco a poco Port se fue apaciguando, pero no abrió los ojos. Durante un rato Kit estudió el cuerpo inerte que yacía bajo las mantas, que subían y bajaban ligera y rápidamente con la respiración. “Ha dejado de ser humano”, se dijo. La enfermedad reduce al hombre a este estado elemental: una cloaca en la que continúan los procesos químicos. La absurda hegemonía de lo involuntario. Era el último tabú, yacía tendido allí junto a ella, indefenso y terrorífico más allá de todo razonamiento. Sofocó una oleada de náuseas que la amenazó durante un segundo.
Llamaron a la puerta: era Zina con la sopa de Port y un plato de cuscús para ella. Kit le indicó mediante señas que diera de comer al inválido; la vieja parecía encantada de hacerlo e intentó que Port se sentara. No hubo más respuesta que una ligera aceleración en su respiración. Zina fue paciente y perseverante, pero en vano. Kit le mandó que se llevara la sopa y decidió que si Port quería comer más tarde, abriría una de las latas de leche y se la daría mezclada con agua caliente.
El viento volvía a soplar, pero sin furia y desde la dirección contraria. Su espasmódico gemido se colaba por las rendijas en torno a la ventana, y de vez en cuando la sábana doblada se movía un poco. Kit clavaba la vista en la llama blanca y chisporroteante de la lámpara, intentando subyugar el poderoso deseo de salir corriendo del cuarto. Lo que sentía ya no era un miedo conocido, sino un sentimiento de repugnancia creciente.
Pero permaneció inmóvil como una piedra, culpándose y pensando: “Ya que no tengo ningún sentido de deber hacia él, al menos podría fingirlo”. Al mismo tiempo había algo de autocastigo en su inmovilidad. “No moverás siquiera un pie, aunque se te duerma. Y ojalá te duela.” El tiempo pasaba, expresado en el grito grave del viento que intentaba penetrar en la habitación, un gemido que subía o bajaba de tono, pero nunca cesaba del todo. Port exhaló un profundo e inesperado suspiro, y cambió de postura en el colchón. Y lo más increíble es que se puso a hablar.
—Kit
La voz de Port era débil, pero en ningún modo distorsionada. Kit contuvo la respiración, como si el mínimo movimiento pudiera romper el hilo que conectaba a Port con lo racional.
—Kit.
—Sí.
—He estado intentando volver. Aquí. —Mantenía los ojos cerrados.
—Sí…
—Y ahora estoy aquí.
—¡Sí!
—Quería hablarte. ¿No hay nadie aquí?
—¡No, no!
—¿La puerta está cerrada con llave?
—No lo sé —dijo Kit. Se levantó de un salto, cerró y regresó a su jergón en un solo movimiento—. Sí, está cerrada con llave.
—Quería hablar contigo.
Kit no sabía qué decir.
—Qué bien.
—Hay tantas cosas que quiero decir. No sé cuáles. Las he olvidado todas.
Kit le dio unos golpecitos suaves en la mano.
—Siempre es así.
Port permaneció un momento en silencio.
—¿Quieres un poco de leche caliente —dijo Kit con jovialidad.
Port parecía agitado.
—No creo que haya tiempo. No lo sé.
—Te prepararé un vaso —anunció Kit, y se incorporó, contenta de estar libre.
—Por favor, quédate aquí.
Kit se tendió de nuevo, murmurando:
—Me alegro tanto de que te sientas mejor. No te imaginas lo bien que me sienta a mí oírte hablar. He estado enloqueciendo. No hay un alma… —Se detuvo, sintiendo que el ataque de histeria era inminente. Pero Port no parecía haberla oído.
—Por favor, quédate aquí —repitió, tanteando la sábana.
Kit sabía que buscaba su mano, pero no podía obligarse a tendérsela y dejar que Port la tomara. Al mismo tiempo ella era consciente de su propio rechazo, por lo que se le llenaron los ojos de lágrimas, lágrimas de lástima. Pero permaneció inmóvil.
Port suspiró de nuevo.
—Me encuentro muy mal. Me encuentro horriblemente mal. No hay motivo para temer, pero tengo miedo. A veces no estoy aquí, y no me gusta. Porque entonces estoy lejos, y solo del todo. Nadie podría llegar hasta allí. Es demasiado lejos. Y allí estoy solo.
Kit quería detenerlo, pero por debajo del manso río de palabras oía la súplica de hacía un momento: “Por favor, quédate aquí”. Y no tenía fuerzas para detenerlo, a no ser que se levantara y paseara un rato. Pero las palabras de Port la destrozaban; era como oírlo contar uno de sus sueños, peor todavía.
—Tan solo, que ni siquiera puedo recordar cómo es no estar solo —decía Port. Le subiría la fiebre—. Ni siquiera logro imaginar cómo sería si hubiese alguien más en el mundo. Cuando estoy allí no puedo recordar que estuve aquí; solo tengo miedo. Pero aquí puedo recordar que estuve allí. Ojalá pudiera dejar de recordarlo. Es horrible ser dos cosas a la vez. Lo sabes, ¿verdad? —Su mano buscó la de ella desesperadamente—. ¿Lo sabes? ¿Entiendes lo horrible que es? Tienes que comprenderlo.
Kit dejó que Port le tomara la mano y la llevase a su boca. Se la frotó con los labios ásperos con una avidez terrible que le chocó; al mismo tiempo notó que se le erizaba el pelo. Vio cómo despegaba los labios y los juntaba de nuevo sobre los nudillos de ella, y sintió su aliento caliente en los dedos.
—Kit, Kit. Tengo miedo, pero no es solo eso. ¡Kit! Todos estos años he estado viviendo para ti. No lo sabía y ahora lo sé. ¡Lo sé! Pero ahora tú te vas. —Trató de darse la vuelta y acostarse sobre el brazo de Kit; ella le apretó la mano.
—¡No me voy! —exclamó.
Las piernas de Port se movían de forma espasmódica.
—¡Estoy aquí! —gritó más fuerte todavía, intentando imaginar cómo le sonaría a Port su voz al bajar en torbellino por los pasillos oscuros de su interior hacia el caos.
Y como él permaneció inmóvil un rato, respirando con violencia, Kit se paró a pensar: “Dice que es más que miedo. Pero no lo es. Nunca ha vivido para mí. Nunca. Nunca”. Se aferró a aquel pensamiento con tanta intensidad que lo expulsó de su mente y poco después se encontró tendida, con los músculos contraídos, sin una sola idea en la cabeza, escuchando el absurdo monólogo del viento. Aquello duró un rato; no se relajó. Después, poco a poco trató de soltarse la mano que Port agarraba desesperadamente. Se produjo una repentina y violenta actividad a su lado; Kit se volvió y vio a Port medio sentado.
—¡Port! —exclamó, irguiéndose y poniéndole las manos en los hombros—. ¡Tienes que acostarte! —Empleó todas sus fuerzas, pero Port no se movió.
Tenía los ojos abiertos y la miraba.
—¡Port! —exclamó de nuevo, con otra voz. Port levantó una mano y le agarró el brazo.
—Pero Kit —dijo con suavidad.
Se miraron. Ella movió un poco la cabeza y la dejó caer sobre el pecho de Port. En cuanto él bajó la mirada hacia ella, Kit dejó escapar el primer sollozo, que abrió paso a los siguientes. Port volvió a cerrar los ojos y, por un momento, tuvo la ilusión de tener el mundo en los brazos… un mundo cálido, todo trópico, castigado por la tormenta.
—No, no, no, no, no, no, no —dijo Port.
No tenía fuerzas para más. Pero, aunque hubiera podido decir algo más, solo diría: “No, no, no, no”.
No era una vida entera lo que ella lloraba entre los brazos de Port, pero sí una gran parte; sobre todo era una parte cuyos límites conocía con precisión, y aquel conocimiento incrementaba la amargura. Y pronto, en el interior de sí misma, más hondo que el llanto por los años desperdiciados, encontró un miedo horroroso ya formado y en pleno crecimiento. Levantó la cabeza, y lo miró con una mezcla de ternura y terror. A Port le había caído la cabeza de un lado; tenía los ojos cerrados. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó la frente varias veces. Después, tirando de él y acariciándolo a la vez, logró que se acostara de nuevo y lo cubrió. Le dio su píldora, se desvistió en silencio y se tendió de cara a él, dejando la lámpara encendida para poder verlo mientras se dormía. El viento en la ventana celebraba la oscura sensación de haber alcanzado un grado más profundo de soledad.
XXIII
—¡Más leña! —gritó el teniente, mirando la chimenea donde se extinguían las llamas.
Pero Ahmed se negó a ser pródigo con la leña y ofreció otro pequeño fajo de ramas finas y retorcidas. Recordaba aquellas madrugadas glaciales cuando su madre y su hermana se levantaban mucho antes del alba para emprender la marcha por las altas dunas en dirección de Hassi Mokhtar; recordaba su regreso a la puesta de sol y sus rostros marcados por la fatiga cuando entraban al patio, dobladas por la carga. El teniente solía echar al fuego la misma cantidad de leña que su hermana recogía en todo un día, pero él no quería hacer eso; siempre traía poca cantidad. El teniente tenía claro que era pura obstinación de Ahmed. Lo consideraba una extravagancia absurda, pero inmodificable.
—Es un muchacho loco —dijo el teniente D’Armagnac, sorbiendo su vermouth-cassis—, pero fiel y honrado. Esas son las dos virtudes principales que debe tener un criado. Hasta la estupidez y la terquedad son aceptables si posee las demás. No es que Ahmed sea estúpido, en absoluto. A veces tiene más intuición que yo. Como con su amigo, por ejemplo. La última vez que vino a verme aquí, a mi casa, les invité a él y a su esposa a cenar. Le dije que mandaría a Ahmed para comunicarle la fecha exacta. Yo estaba enfermo en aquel momento. Creo que mi cocinero había tratado de envenenarme. ¿Entiende todo lo que le digo, Monsieur?
—Oui, oui —dijo Tunner, que tenía más oído que lengua. Seguía la conversación con el teniente sin mayor dificultad.
—Cuando su amigo se hubo marchado, Ahmed me dijo: “No volverá nunca”. Yo dije: “Sandeces. Claro que volverá, y con su esposa”. “No”, repuso Ahmed. “Veo en su cara que no tiene intención de venir.” Y ya ve, tenía razón. Aquella misma noche se marcharon los dos a El Ga’a. Lo supe al día siguiente. Es asombroso, ¿verdad?
—Oui —repitió Tunner; estaba sentado con las manos apoyadas en las rodillas, inclinado hacia delante, con el semblante muy serio.
—Ah, sí —bostezó su anfitrión al levantarse para echar más leña al fuego—. Los árabes son gente sorprendente. Claro que aquí hay una fuerte mezcla de sudaneses, de la época de la esclavitud…
Tunner lo interrumpió.
—¿Pero dice usted que ya no están en El Ga’a?
—¿Sus amigos? No. Como le dije, se han marchado a Sbâ. El Chef de Poste es el capitán Broussard: fue él quien me telefoneó acerca de la tifoidea. Le parecerá un poco brusco, pero es un hombre excelente. Solo que el Sahara no le sienta bien. A algunos les sienta bien, a otros no. Yo, por ejemplo, aquí estoy en mi elemento.
Tunner volvió a interrumpir.
—¿Cuándo le parece que puedo estar en Sbâ?
El teniente se rio con indulgencia.
—Vous êtes bien pressé! Pero con la tifoidea no hay prisa que valga. Transcurrirán varias semanas antes de que a su amigo le importe su visita. ¡Y mientras tanto no necesitará el pasaporte! Así que puede tomarse su tiempo. —Le caía bien aquel norteamericano, le parecía más simpático que el otro.
El otro le había parecido furtivo, lo había puesto un tanto incómodo (pero tal vez aquella impresión se debía a su propio estado mental en aquel momento). En cualquier caso, la compañía de Tunner, pese a su evidente urgencia en marcharse de Bou Noura, le resultaba agradable, y esperaba llegar a persuadirlo de que permaneciera allí un tiempo.
—¿Se quedará a cenar? —dijo el teniente.
—Oh —dijo Tunner, emocionado—. Muchas gracias.
En primer lugar, estaba la habitación. Nada podía modificar el pequeño y duro caparazón de su existencia, la gran pared encalada y el techo un poco arqueado, el suelo de cemento y la ventana, donde una sábana sujeta con chinchetas, doblada varias veces, filtraba la luz. Nada podía cambiar aquello porque era lo único que había, aquello y el colchón donde estaba tendido. Cuando, alguna que otra vez, un chorro de claridad caía sobre él, abría los ojos, veía lo que de verdad había y sabía dónde estaba; entonces fijaba las paredes, el techo y el suelo en su memoria para poder encontrar el camino la próxima vez. Porque eran tantas las otras partes del mundo, tantos los otros momentos en el tiempo que visitar; nunca estaba seguro de que el camino de regreso siguiese existiendo. Contar era imposible. ¿Cuántas horas llevaba allí acostado en el colchón ardiente, cuántas veces había visto a Kit tendida en el suelo cerca de él, había hecho un ruido y la había visto volverse, levantarse y luego acercársele para darle agua. No habría podido responder, aunque se le hubiera ocurrido preguntárselo. Tenía la cabeza ocupada con problemas muy distintos. A veces hablaba en voz alta, pero no funcionaba; más bien detenía el desarrollo natural de sus ideas. Fluían por su boca y nunca estaba seguro de que hubieran quedado condensadas en las palabras adecuadas. Las palabras estaban mucho más vivas y eran mucho más difíciles de manejar; tanto era así que Kit parecía no entenderlas cuando él las empleaba. Se le metían en la cabeza como el viento entra en una habitación, y extinguían la débil llama de la idea que se iba formando allí en la oscuridad. Las utilizaba cada vez menos para pensar. El proceso se volvió más móvil; seguía el curso de los pensamientos porque iba atado a ellos por detrás. Con frecuencia el camino era vertiginoso, pero no podía soltarse. No había repetición en el paisaje; era siempre un territorio nuevo y el peligro iba en constante aumento. Poco a poco y sin piedad se iba reduciendo el número de dimensiones. Había menos direcciones hacia donde moverse. No era un proceso claro, nada era tan definitivo que le permitiese decir: “Ya no existe arriba”. Pero había sido testigo de situaciones en que dos dimensiones distintas fundían sus identidades deliberada y maliciosamente, como para decirle: “Trata de saber cuál es cuál”. Su reacción era siempre la misma: la sensación de que las partes externas de su ser corrían hacia dentro para protegerse, con el mismo movimiento de un caleidoscopio cuando gira muy despacio, cuando las partes del dibujo se precipitan al centro. ¡Pero el centro! A veces era gigantesco, doloroso, crudo y falso, se extendía de un extremo de la creación a otro, no había manera de saber dónde estaba; estaba en todas partes. Y a veces desaparecía, y el otro centro, el verdadero, el diminuto y ardiente punto negro, estaba allí en su sitio, inmóvil e inconcebiblemente afilado, duro y distante. Y llamaba “Ése” a cada centro. Distinguía entre uno y otro, y sabía cuál era el verdadero, porque si en algún momento regresaba de verdad a la habitación, la veía, veía a Kit y se decía a sí mismo: “Estoy en Sbâ”, recordaba los dos centros y los diferenciaba: aunque odiara los dos, sabía que el que estaba solo allí era el verdadero, mientras que el otro era falso, falso, falso.
Era una vida de exilio del mundo. No veía nunca una cara o una figura humanas, ni siquiera un animal; no había objetos familiares en el camino, no había suelo abajo, ni cielo arriba, sin embargo el espacio estaba lleno de cosas. A veces las veía, aunque supiera al mismo tiempo que solo podían ser oídas. A veces estaban en absoluto quietas, como una página impresa, y era consciente del terrible movimiento invisible que las animaba por debajo, y de que lo amenazaban porque estaba solo. A veces podía tocarlas con los dedos en el momento en que se le metían todas en la boca. Todo era absolutamente familiar y enteramente horrible: una existencia inmodificable, incuestionable, que había que soportar. Nunca se le ocurriría pedir auxilio.
A la mañana siguiente la lámpara seguía ardiendo y el viento había cesado. Kit no había logrado despertar a Port para darle la medicación, pero por la boca abierta le había tomado la temperatura: estaba mucho más alta. Después había corrido a buscar al capitán Broussard, lo habían traído hasta la cabecera del enfermo, donde el capitán se había mostrado evasivo y había intentado tranquilizarla, sin darle motivos de esperanza. Kit había pasado el día sentada en el borde del jergón, desesperada, mirando a Port de vez en cuando, oyendo su respiración laboriosa y viéndolo retorcerse en las agonías de un tormento interior: Zina no consiguió tentarla con la comida.
Cuando se hizo de noche y Zina avisó que la señora norteamericana seguía sin comer, el capitán Broussard resolvió proceder de una manera muy simple. Se dirigió a la habitación y llamó a la puerta. Al cabo de poco oyó a Kit:
—Qui est là?
Después Kit abrió la puerta. No había encendido la lámpara; el cuarto estaba a oscuras.
—¿Es usted, señora? —Trató de adoptar un tono agradable.
—Sí.
—¿Podría acompañarme un momento? Me gustaría hablar con usted.
Kit lo siguió a través de varios patios hasta llegar a una habitación muy bien iluminada por un hogar ardiente en un extremo. Una profusión de alfombras indígenas cubría las paredes, los divanes y el suelo. Al fondo, un sudanés alto y negro, ataviado con un turbante y una chaqueta muy blancos, atendía un pequeño bar. El capitán hizo un gesto vago hacia ella.
—¿Quiere tomar algo?
—Oh, no. Gracias.
—Un pequeño aperitivo.
Kit seguía pestañeando a causa de la luz.
—No puedo —dijo.
—Se tomará un Cinzano conmigo. —Hizo un gesto al barman—. Deux Cinzanos. Vamos, vamos, siéntese, se lo ruego. No la retendré mucho rato.
Kit obedeció, tomó el vaso de la bandeja que le ofrecían. El sabor del aperitivo le gustó, pero no quería sentir placer, no quería que la sacaran de su apatía. Además, seguía percibiendo la peculiar sospecha que brillaba en los ojos del capitán cuando la miraba. El capitán estudiaba su rostro mientras bebía: casi había decidido que Kit no era en puridad lo que había pensado al principio, y que quizá fuera la esposa del enfermo, después de todo.
—Como Chef de Poste me veo más o menos obligado a verificar la identidad de las personas que pasan por Sbâ. Claro que las llegadas son muy poco frecuentes. Sobra decir que lamento tener que molestarla en un momento como este. Solo se trata de ver sus documentos de identidad. ¡Ali!
El barman se acercó en silencio a sus sillas y volvió a llenar los vasos. Kit tardó en contestar. El aperitivo le había dado un hambre voraz.
—Tengo mi pasaporte.
—Magnífico. Mañana mandaré a buscar los dos pasaportes y se los devolveré una hora después.
—Mi marido ha perdido su pasaporte. Solo puedo darle el mío.
—Ah, ça! —exclamó el capitán. Entonces, era lo que él había sospechado.
Estaba furioso; al mismo tiempo le producía cierta satisfacción pensar que su primera impresión había sido correcta. Y con qué motivo había prohibido a sus subalternos que tuvieran el menor contacto con ella. Se imaginaba algo por el estilo, salvo que en estos casos lo difícil era conseguir los papeles de las mujeres, no los de los hombres.
—Señora —dijo, inclinándose hacia delante en el asiento—, espero que entienda que no tengo ningún interés en inmiscuirme en asuntos que considero estrictamente personales. Es una mera formalidad, pero debe cumplirse. Tengo que ver los dos pasaportes. Los nombres me tienen sin cuidado. Pero dos personas, dos pasaportes, ¿verdad? A menos que tengan un pasaporte conjunto.
Kit pensó que el capitán no la había oído bien.
—A mi marido le robaron el pasaporte en Aïn Krorfa.
El capitán vaciló.
—Como es natural, tendré que informar de esto al comandante del territorio. —Se levantó—. Ustedes mismos deberían haberlo notificado enseguida.
El capitán había dado orden al criado de poner un cubierto para Kit en la mesa, pero ahora no quería comer con ella.
—Eso hicimos. El teniente D’Armagnac en Bou Noura está al corriente de todo —dijo Kit, terminándose el vaso—. ¿Me daría un cigarrillo, por favor? —El capitán le tendió un Chesterfield, se lo encendió y la miró inhalar el humo—. Se me terminaron los cigarrillos. —Sonrió, con los ojos clavados en el paquete que el capitán tenía en la mano.
Se sentía mejor, pero el hambre le apretaba cada vez más el estómago. El capitán no dijo nada. Ella prosiguió:
—El teniente D’Armagnac hizo cuanto pudo para recuperar de Messad el pasaporte de mi marido.
El capitán no le creyó ni una palabra; pensó que todo aquello era una patraña admirable. Ahora estaba convencido de que aquella mujer no solo era una aventurera sino además, un personaje sospechoso de verdad.
—Comprendo —dijo, escudriñando la alfombra a sus pies—. Muy bien, señora, no la retendré más.
Kit se levantó.
—Mañana me dará su pasaporte. Prepararé el informe y veremos qué pasa.
La acompañó hasta su habitación y regresó a comer solo, irritadísimo con ella por haber insistido en engañarlo. Kit permaneció un segundo en la habitación a oscuras, volvió a abrir un poco la puerta y miró cómo desaparecía el foco dorado de la linterna del capitán en la arena. Luego salió en busca de la cocinera, que le dio de comer.
Después regresó a la habitación y encendió la lámpara. Port se retorció como un gusano y su rostro protestó contra la luz repentina. Kit dejó la lámpara en un rincón, cerca de algunas maletas, y permaneció un rato en el centro de la habitación, sin pensar en nada. Unos minutos después agarró el abrigo y salió al patio.
La azotea del fuerte era una gran terraza de barro, plana, con una forma irregular cuyos distintos niveles eran casi una proyección del terreno desigual. En la oscuridad era difícil ver las rampas y las escaleras que conectaban las diferentes alas y, aunque los innumerables patios estaban bordeados por un parapeto, no eran sino pozos abiertos que había que esquivar con cuidado. Las estrellas daban luz suficiente para protegerla de los traspiés. Respiró hondo, y tuvo la sensación de que iba a bordo de un barco. La ciudad, abajo, resultaba invisible —no se veía una luz—, pero hacia el norte brillaba el blanco ereg, el vasto océano de arena con sus arremolinadas crestas congeladas, su silencio inmutable. Giró despacio, oteando el horizonte. El aire, doblemente quieto ahora que ya no había viento, parecía haberse paralizado. Mirara donde mirara, el paisaje nocturno solo le sugería una cosa: la negación del movimiento, la suspensión de la continuidad. Pero estando allí de pie, sintiéndose por un momento parte de la vacuidad que ella había creado, le sobrevino poco a poco una duda, la sensación, primero débil, después más firme, de que alguna parte de aquel paisaje se movía en ese preciso momento ante su mirada. Miró hacia arriba e hizo una mueca. El cielo entero, monstruoso y atestado de estrellas, giraba hacia un lado. Parecía inmóvil como la muerte, sin embargo, se movía. Cada segundo una estrella invisible asomaba por la línea de la tierra en aquel lado y otra caía por debajo en el lado opuesto. Tosió adrede y echó a andar de nuevo, intentando recordar lo mal que le caía el capitán Broussard. Ni siquiera le había ofrecido un paquete de cigarrillos, pese a su comentario directo.
—Por Dios —dijo en voz alta, lamentando haberse terminado los últimos Players en Bou Noura.
Abrió los ojos. El cuarto era maligno. Estaba vacío. “Ahora, por fin, me toca luchar contra este cuarto.” Pero acto seguido tuvo un momento de vertiginosa lucidez. Estaba en las lindes de un reino donde cada pensamiento, cada imagen, tenían una existencia arbitraria, donde la conexión entre una cosa y la siguiente estaba cortada. Mientras se esforzaba por captar la esencia de aquel tipo de conciencia, empezó a caer de nuevo en su precinto sin sospechar que ya no estaba completamente fuera, al aire libre, que ya no podía considerar la idea desde una cierta distancia. Le parecía que había una variedad desconocida de pensamiento que no requería una relación con la vida. “El pensamiento en sí mismo”, dijo, un hecho gratuito, como una pintura abstracta. Regresaban otra vez, empezaron a pasar como rayos. Trató de agarrar uno, creyó que lo tenía. “Pero ¿un pensamiento de qué? ¿Qué es?” Aunque enseguida lo apartó el resto, que empujaba por detrás. Trató de detener el flujo, pero sintió que su resistencia cedía. Ya sucumbía, luchando, cuando abrió los ojos para pedir ayuda. “¡El cuarto! ¡El cuarto! ¡Aún aquí!” Ahora localizaba todas las fuerzas hostiles en el cuarto; el mero hecho de que la vigilancia inerte de la habitación estuviera en todas partes lo inducía a desconfiar de ella. Fuera de sí mismo, era lo único que había. Miró la línea donde convergían la pared y el suelo, trató de fijarla en su mente, para tener algo a qué aferrarse al cerrar los ojos. Había una disparidad terrible entre la velocidad a la que se movía él y la tranquila inmovilidad de aquella línea, pero insistió. Para no irse. Para quedarse atrás. Para desbordar, echar raíces en lo que seguiría allí. Un ciempiés puede hacerlo, cortado en pedazos. Cada parte puede caminar sola. Es más, cada pata se flexiona, abandonada a sí misma en el suelo.
Sentía un pitido en cada oído, y la diferencia entre los dos tonos era tan pequeña que la vibración era semejante a la de una uña al recorrer el canto de una moneda nueva. Frente a sus ojos nacían constelaciones de puntos redondos; eran los puntitos de una fotografía de periódico ampliada varias veces. Aglomeraciones más ralas, masas más oscuras, pequeñas regiones de espacio deshabitado aquí y allá. Poco a poco cada punto adquiría una tercera dimensión. Trató de retroceder ante los glóbulos de materia en expansión. ¿Pidió auxilio? ¿Pudo moverse?
Se acortó la estrecha distancia entre los dos gritos agudos, formaban casi uno; ahora la distancia era el filo de una cuchilla equilibrada sobre las yemas de los dedos. Le rebanarían los dedos longitudinalmente.
Un empleado rastreó los gritos hasta la habitación donde yacía el norteamericano. Llamaron al capitán Broussard, que corrió hasta la puerta, llamó y, al no oír sino los incesantes gritos, entró en el cuarto. Con la ayuda del criado logró inmovilizar a Port el tiempo necesario para ponerle una inyección de morfina. Cuando hubo terminado, echó una mirada furiosa por la habitación en un acceso de rabia.
—¡Y esa mujer! —vociferó—. ¿Dónde demonios está?
—No lo sé, mi capitán —dijo el empleado, creyendo que la pregunta iba dirigida a él.
—Quédate aquí, junto a la puerta —gruñó el capitán.
Estaba decidido a encontrar a Kit y, cuando lo hiciera, le diría lo que pensaba de ella. Si era necesario, apostaría un guardián en la puerta y la obligaría a permanecer dentro, vigilando al paciente. Primero fue al portón del puesto, que se cerraba de noche, de modo que no hacía falta guardián. Estaba abierto.
—Ah. Ça, par exemple! —exclamó, fuera de sí.
Salió y vio solo la noche. Volvió a entrar, cerró de un portazo y echó llave al portón con furia. Luego regresó al cuarto, esperó a que el criado trajera una manta y le ordenó que permaneciera allí hasta la mañana siguiente. Volvió a sus aposentos y se sirvió un vaso de coñac para calmar su furia antes de intentar dormir.
Mientras iba y venía por la azotea sucedieron dos cosas a la vez. Por un lado la gran luna ascendió con rapidez por el borde de la meseta, y por el otro, en el aire distante, se oyó un zumbido casi imperceptible, se perdió, volvió a oírse. Escuchó: por momentos desaparecía y por momentos sonaba un poco más alto. Y así continuó durante mucho tiempo, desapareciendo y reapareciendo, cada vez un poco más cerca. Entonces, pese a la distancia, identificó el sonido con el de un motor. Oía los cambios de velocidad al subir una pendiente y regresar al nivel del llano. Le habían dicho que un camión se oía llegar a veinte kilómetros de distancia. Esperó. Al fin, cuando le pareció que el vehículo ya había llegado a la ciudad, vio a lo lejos, en la hammada, una porción de roca iluminada por los faros de un camión que tomaba una curva para bajar al oasis. Poco después vio los dos puntos de luz. Luego se perdieron un momento detrás de las rocas, pero el sonido del motor iba en aumento. Dado que la luna proyectaba cada vez más luz y el camión traía más gente a la ciudad, aunque fueran figuras anónimas vestidas de blanco, el mundo regresaba al reino de lo posible. De pronto quiso presenciar la llegada a la plaza del mercado. Bajó a toda prisa, atravesó de puntillas los patios, logró abrir el pesado portón y echó a correr ladera abajo en dirección a la ciudad. El camión pasaba con gran estruendo entre las paredes del oasis; cuando llegó a la mezquita, el vehículo asomaba por la última cuesta que conducía a la ciudad. Había algunos hombres harapientos de pie en la entrada a la plaza. Cuando el gran camión, que entró rugiendo, se detuvo, siguió un silencio que duró el segundo que tardaron las excitadas voces en dejarse oír, todas a una.
Kit observó de lejos el descenso de los indígenas y el desembarco pausado de sus posesiones; sillas de camello brillaban a la luz de la luna, grandes bultos amorfos envueltos en mantas rayadas, cofres y sacos, y dos mujeres gigantescas tan gordas que apenas podían andar, con los pechos, brazos y piernas cargados con kilos de ornamentos de plata maciza. Y todas aquellas posesiones, con sus dueños, no tardaron en alejarse por los oscuros soportales hasta que dejaron de oírse. Kit dio la vuelta para poder ver la parte delantera del camión, donde estaban reunidos el chofer, el mecánico y unos cuantos hombres más. Oyó que hablaban francés —mal francés— además de árabe. El conductor metió la mano dentro y apagó las luces; los hombres empezaron a subir lentamente hacia el mercado. Nadie parecía haberse fijado en ella. Se detuvo un momento y escuchó.
—¡Tunner! —exclamó.
Una de las figuras con chilaba se detuvo y regresó corriendo. Por el camino, gritó:
—¡Kit!
Ella avanzó unos pasos, vio que el otro hombre se volvía para mirarla y al minuto siguiente se vio asfixiada por el albornoz de Tunner, que la rodeaba con los brazos. Pensó que no la soltaría nunca, pero la soltó y dijo:
—¡Así que están de verdad aquí!
Se acercaron dos de los hombres.
—¿Es esta la señora que buscaba? —dijo uno de ellos.
—Oui, oui! —exclamó Tunner, y le desearon las buenas noches.
Estaban solos en el mercado.
—¡Pero esto es fabuloso, Kit! —dijo Tunner.
Kit quería hablar, pero sentía que si lo intentaba sus palabras se convertirían en sollozos, por lo que asintió con un gesto y arrastró a Tunner como una autómata hasta el pequeño jardín público junto a la mezquita. Se sentía débil; quería sentarse.
—Mis cosas estarán encerradas en el camión toda la noche. No sabía dónde iba a dormir. ¡Dios, qué viaje desde Bou Noura! Tres pinchazos por el camino y estos macacos creen que cambiar una rueda siempre ha de llevar, al menos, dos horas —entró en detalles.
Habían llegado a la entrada del jardín. La luna brillaba como un sol blanco y frío; las sombras asaetadas de las palmas se veían negras sobre la arena y trazaban un dibujo nítido e invariable a lo largo del sendero.
—¡Pero deja que te vea! —gritó Tunner, haciéndola volverse hasta que la luz de la luna le dio en la cara—. Ah, ¡pobre Kit! ¡Ha debido ser un infierno! —murmuró, viéndola mirar hacia arriba, cegada por el brillo, con las facciones distorsionadas por la inminente irrupción de las lágrimas.
Se sentaron en un banco de cemento y Kit lloró mucho tiempo, la cara enterrada en el regazo de Tunner, restregando la lana áspera de su albornoz. De vez en cuando, Tunner pronunciaba palabras de consuelo, y viendo que temblaba, la envolvió en su amplio albornoz. Kit odiaba la sal picante de las lágrimas, y odiaba todavía más la ignominia de estar allí, haciéndose consolar por Tunner. Pero no podía, no podía detenerse; cuanto más lloraba más intuía que, claramente, aquella situación escapaba a su control. Era incapaz de incorporarse, de secarse las lágrimas y de tratar de zafarse de la red de compromisos que sentía en torno a ella. No quería volver a comprometerse: el sabor de la culpa seguía vivo en su recuerdo. Sin embargo, como no fuera la voluntad de Tunner, que esperaba una señal de Kit para asumir el mando, no veía nada por delante. Y ella daría la señal. Aún sabiéndolo, era consciente de estar impregnada de un alivio contra el que habría sido impensable luchar. Qué felicidad, no ser responsable, ¡no tener que decidir nada de lo que iba a ocurrir! Saber, aunque no quedaran esperanzas, que ninguna acción que emprendiera o dejara de emprender podía cambiar el resultado en lo más mínimo, que era imposible ser culpable de nada, y por esa misma razón, era también imposible arrepentirse y, sobre todo, culparse. Comprendió cuán absurdo era seguir esperando alcanzar aquel estado de forma permanente, pero no abandonó la esperanza.
La calle subía por una colina empinada bajo el sol caliente, las aceras estaban atestadas de peatones que miraban los escaparates. Tenía la sensación de que había tráfico en las calles transversales, pero las sombras eran oscuras. Entre la multitud crecía la expectativa; esperaban algo. ¿Qué? No lo sabía. La tarde entera estaba tensa, suspendida, a punto de caer. En lo alto de la calle apareció de repente un automóvil enorme, destellando bajo el sol. Bajó zarandeándose por la cima y siguió colina abajo haciendo enormes eses de un bordillo al otro. La multitud lanzó un alarido. Él se volvió y buscó frenéticamente una puerta. En la esquina había una pastelería con escaparates llenos de pasteles y de merengues. Se deslizó palpando la pared. Si pudiera llegar hasta la puerta… Giró sobre sí mismo, se clavó allí. En el tremendo resplandor del sol hecho añicos en el vidrio roto, vio que el metal lo clavaba a la piedra. Oyó su propio grito ridículo y sintió cómo le atravesaban las entrañas. Mientras intentaba desplomarse, perder la conciencia, vio que tenía la cara a pocos centímetros de los pasteles que seguían intactos en el estante forrado de papel.
Era una hilera de pozos de barro en el desierto. Pero ¿cuán cerca estaban? No lo sabía: los escombros lo habían incrustado en la tierra. En aquel momento, el dolor era la existencia entera. Por mucha energía que desplegase no lograría moverse del lugar donde yacía empalado, las entrañas ensangrentadas abiertas al cielo. Imaginó un enemigo que venía a entrar en su vientre abierto. Se imaginó a sí mismo levantándose, corriendo por los tortuosos callejones entre los muros. Durante horas, en todas las direcciones, en los callejones sin puerta, sin la abertura definitiva. Oscurecería, se acercarían, le faltaría el aliento. Y cuando concentrara toda su voluntad, aparecería la puerta, pero en el momento de entrar jadeante, comprendería su terrible equivocación.
¡Demasiado tarde! Solo existía la interminable pared negra que se erguía delante, la destartalada escalera de hierro que le obligaban a subir, sabiendo que arriba, en lo alto, lo esperaban balanceando la piedra, dispuestos a lanzársela cuando se acercara. Y al llegar casi a lo alto, vendría directo hacia él y caería sobre él con el peso del mundo. Gritó de nuevo al recibir el golpe, protegiéndose con las manos el abdomen abierto. Dejó de imaginar y permaneció inmóvil bajo los escombros. El dolor no podía continuar. Abrió los ojos, cerró los ojos, vio solo el fino cielo extendido de un extremo a otro para protegerlo. Lentamente se produciría el corte, el cielo retrocedería y vería avanzar hacia él, a la velocidad de un millón de vientos, aquello que nunca dudó que se escondía detrás. Su grito existía aparte, a su lado, en el desierto. Se prolongaba y se prolongaba.
Cuando llegaron al fuerte y encontraron la puerta cerrada la luna ya había alcanzado el cenit. Kit, de la mano de Tunner, lo miró:
—¿Qué vamos a hacer?
Tunner vaciló y señaló la montaña de arena que dominaba el fuerte: treparon con lentitud por las dunas. La arena fría se les metía en los zapatos: se los quitaron y prosiguieron. Allí arriba la claridad era intensa; cada grano de arena reflejaba un fragmento de la luz polar que caía de arriba. No podían caminar uno al lado del otro; la cresta de la duna más alta era demasiado escarpada. Tunner puso su albornoz sobre los hombros de Kit y pasó primero. La cima quedaba infinitamente más arriba y más lejos de lo que habían imaginado. Cuando por fin la alcanzaron, el ereg los rodeaba con su mar de olas inmóviles. No se detuvieron a mirar: el silencio absoluto es demasiado poderoso cuando uno se confía a él, aunque sea un instante; su hechizo es demasiado difícil de romper.
—¡Aquí abajo! —dijo Tunner.
Se dejaron caer a un gran hoyo iluminado por la luna. Kit rodó y se le cayó el albornoz; Tunner tuvo que trepar para recuperarlo. Intentó doblarlo para arrojárselo juguetonamente, pero cayó a medio camino. Kit se dejó rodar hasta el fondo y se quedó allí esperando. Cuando él bajó, tendió la amplia vestidura blanca sobre la arena. Se estiraron sobre ella, lado a lado, y se taparon con los bordes. La rala conversación que por fin habían mantenido en el jardín había girado sobre Port. Ahora Tunner miraba la luna. Tomó la mano de Kit.
—¿Recuerdas nuestra noche en el tren? —dijo. Al ver que ella no respondía, temió haber cometido un error de táctica y prosiguió con rapidez—: Creo que no ha caído ni una gota desde aquella noche en ningún lugar de este maldito continente.
Kit seguía sin responder. La mención del viaje nocturno a Boussif le había traído recuerdos inoportunos. Vio el balanceo de las lámparas mortecinas, olió el carbono de la locomotora y oyó la lluvia en las ventanillas. Recordó el horror confuso del vagón de carga lleno de indígenas; su mente se negó a seguir adelante.
—Kit, ¿qué te pasa?
—Nada. Ya sabes cómo soy. En serio, no me pasa nada. —Le apretó la mano.
La voz de Tunner adquirió un tono un tanto paternal.
—Se pondrá bien, Kit. Solo que en parte depende de ti, sabes. Tienes que mantenerte en forma para poder cuidarlo. ¿No lo ves? ¿Y cómo lo cuidarás si enfermas?
—Lo sé, lo sé —dijo Kit.
—Tendría dos pacientes a mi cargo…
Kit se incorporó.
—¡Qué par de hipócritas somos! —exclamó—. Sabes muy bien que hace horas que no estoy a su lado. ¿Cómo sabemos que no ha muerto ya? ¡Podría morir allí solo! No nos enteraríamos. ¿Quién se lo impediría?
Tunner le agarró el brazo con firmeza.
—A ver, espera un momento, por favor. Solo para clarificar las cosas, quiero preguntarte: ¿quién se lo impediría aunque estuviéramos los dos a su lado? ¿Quién? —Hizo una pausa—. Si quieres verlo todo negro, al menos ponle un poco de lógica, chica. Pero no va a morirse. No deberías siquiera pensarlo. Es un disparate. —Le meneó el brazo con lentitud, como hacemos para despertar a alguien sumido en un profundo sueño—. Sé un poco razonable. No puedes entrar a verlo hasta mañana. Así que relájate. Trata de descansar un poco. Vamos.
Cuando la abrazó, Kit estalló en repentinos nuevos sollozos y le echó ambos brazos al cuello, desesperada.
—¡Oh, Tunner! ¡Lo quiero tanto! —sollozó, aferrándose más a él—. ¡Lo quiero! ¡Lo quiero!
Bajo la luz de la luna, Tunner sonrió.
Su grito se prolongó hasta la imagen final: las manchas de sangre cruda y brillante en la tierra. Sangre sobre excremento. El momento supremo, muy por encima del desierto, cuando los dos elementos, la sangre y el excremento, mucho tiempo separados, se funden. Aparece una estrella negra, un punto de oscuridad en la transparencia del cielo nocturno. Punto de oscuridad y puerta del reposo. Extiende el brazo, perfora la fina tela del cielo protector, descansa.
XXIV
Abrió la puerta. Port yacía en una posición extraña y tenía las piernas estrechamente entrelazadas con las mantas. Aquel rincón de la habitación era como una instantánea proyectada de repente en una pantalla en medio de un flujo de imágenes en movimiento. Cerró la puerta con suavidad, le echó llave, se volvió otra vez hacia el rincón y se acercó despacio al catre. Contuvo la respiración, se inclinó y miró los ojos faltos de sentido. Pero ya antes de bajar convulsivamente la mano hasta el pecho desnudo, antes del violento empujón que enseguida dio al torso inerte, lo supo. En el momento de llevarse las manos a la cara, gritó: “¡No!”, una única vez, no más. Permaneció inmóvil mucho tiempo, la cabeza erguida, de cara a la pared. En su interior no se movía nada; no era consciente de nada, ni fuera ni dentro. Si Zina hubiera llamado a la puerta, seguramente no la habría oído. Pero no vino nadie. Abajo, en la ciudad, una caravana que se dirigía a Atar salía del mercado, se balanceaba al atravesar el oasis; los camellos gruñían; los hombres, barbudos, caminaban en silencio, pensando en los veinte días con sus noches que los esperaban antes que las murallas de Atar despuntaran por encima de las rocas. A pocos metros de distancia, el capitán Broussard leía en su dormitorio un cuento en una revista que había llegado aquella mañana con su correo, en el último camión de la noche. En la habitación, no obstante, no pasaba nada.
Mucho más avanzada la mañana, probablemente por pura fatiga, Kit comenzó a trazar pequeños círculos en el centro de la habitación, unos cuantos pasos en una dirección y unos cuantos pasos en la otra. La interrumpió un fuerte golpe en la puerta. Se detuvo y miró pasmada en aquella dirección. El golpe se repitió. La voz de Tunner, cautelosamente baja, dijo: “¿Kit?”. Ella volvió a llevarse las manos a la cara y se quedó en aquella posición todo el tiempo que Tunner permaneció junto a la puerta, llamando primero con suavidad, después con rapidez y nerviosismo, y al final, con violencia. Cuando no se oyó ningún sonido más, Kit se sentó un rato en su catre y enseguida se estiró del todo, poniendo la cabeza en la almohada como si fuera a dormir. Pero seguía con los ojos abiertos; los suyos clavados en el techo casi con la misma fuerza que los que tenía al lado. Aquellos eran los primeros momentos de una nueva vida, una extraña vida en la que ya vislumbraba un elemento omnipresente de atemporalidad. La persona que tras contar los segundos con frenesí de camino al tren llega jadeante en el mismo momento en que el tren desaparece, sabiendo que el próximo tardará horas en pasar, siente algo de ese mismo repentino exceso de tiempo, la sensación momentánea de ahogarse en un elemento que se ha vuelto demasiado rico, demasiado abundante, para ser consumido y que por eso mismo resulta falto de sentido, inexistente. Pasaban los minutos y Kit no sentía el impulso de moverse; no le vino ningún pensamiento. No recordaba las muchas conversaciones que habían tenido en torno a la muerte, quizá porque ninguna idea de la muerte tiene nada que ver con su presencia. No recordaba cómo habían llegado al acuerdo de que se puede ser cualquier cosa salvo un muerto, de que las dos palabras juntas resultaban antinómicas. Ni entendía cómo había podido pensar que si Port moría antes que ella, no lo creería muerto de verdad, sino que, de algún modo, había regresado a sí mismo de manera definitiva y que ya nunca volvería a ser consciente de ella; de modo que en realidad sería ella quien habría dejado de existir, al menos en gran parte. Sería ella quien habría entrado a medias en el reino de la muerte; mientras que Port continuaría su camino, para Kit sería una angustia, una puerta sin abrir, una oportunidad perdida para siempre. Había olvidado por completo aquella tarde de agosto, hacía poco más de un año, cuando se habían sentado en el césped bajo los arces a mirar cómo la tormenta avanzaba remontando el valle del río, y habían hablado de la muerte. Port había dicho:
—La muerte siempre está en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llegará parece restarle finitud a la vida. Lo que odiamos tanto es esa terrible precisión. Pero como no sabemos, nos toca creer que la vida es un pozo sin fondo. Sin embargo, las cosas ocurren solo un determinado número de veces, en realidad, muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Quizá veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado.
En aquel momento no había prestado atención porque la idea le deprimía; ahora, de haberlo recordado, le habría parecido superfluo. Era incapaz de pensar en la muerte, y puesto que la muerte yacía allí a su lado, no pensaba en nada.
Y, sin embargo, más adentro, en la región vacía que era su conciencia, en la oscuridad de la parte más profunda, ya debía estar gestándose una idea, porque cuando caída la tarde Tunner regresó y aporreó la puerta, Kit se levantó y, poniendo una mano en el picaporte, habló:
—¿Eres tú, Tunner?
—Por el amor de Dios, ¿dónde estabas esta mañana? —exclamó.
—Te veré esta noche, sobre las ocho, en el jardín —dijo Kit, hablando lo más bajo posible.
—¿Está bien?
—Sí. Está igual.
—Bien. Nos vemos a las ocho. —Se marchó.
Kit echó un vistazo a su reloj: eran las cinco menos cuarto. Fue a buscar su neceser y empezó a vaciarlo; sacó uno por uno los cepillos, los frascos y los útiles de manicura, y los puso en el suelo. Con aire de suma preocupación vació el resto de su equipaje, separando aquí y allá una prenda o un objeto que introducía con cuidado en una maletita. De vez en cuando dejaba de moverse y escuchaba: el único sonido audible era el de su propia respiración uniforme. Cada vez que se paraba a escuchar parecía tranquilizarse, tras lo que reanudaba enseguida sus gestos premeditados. Guardó en el bolsillo lateral de su bolsa el pasaporte, los cheques de viajero y todo el dinero que tenía. Se acercó al equipaje de Port, hurgó entre sus ropas, y regresó a su maletita con una buena cantidad de billetes de mil francos que introdujo donde pudo.
Tardó casi una hora en hacer la maleta. Cuando hubo terminado, la cerró, ajustó la combinación de seguridad y se acercó a la puerta. Vaciló un segundo antes de hacer girar la llave. Una vez abierta la puerta, salió al patio con la maleta y cerró con llave. Se dirigió a la cocina, donde vio al muchacho encargado de las lámparas sentado en un rincón, fumando.
—¿Puedes hacerme un recado? —le preguntó.
El chico se puso en pie de un salto, sonriendo. Kit le entregó la maleta y le dijo que la llevara a la tienda de Daoud Zozeph y la dejara allí, de parte de la señora norteamericana.
De regreso en la habitación, volvió a cerrar con llave y se acercó a la ventanita. Arrancó de un tirón la sábana que la tapaba. El muro de fuera se teñía de rosa a medida que el sol iba cayendo en el cielo; el rosa llenó la habitación. En todo el tiempo que dedicó al equipaje no miró ni una vez hacia el rincón. En aquel momento se arrodilló y miró la cara de Port de cerca, como si no la hubiera visto nunca. Apenas rozándole la piel, le pasó la mano por la frente con infinita delicadeza. Se inclinó más y apoyó los labios sobre sus cejas. Permaneció así un rato. La habitación se tiñó de rojo. Apoyó con suavidad la mejilla en la almohada y le acarició el pelo. No derramó ninguna lágrima; era una despedida silenciosa. Un zumbido de extraña intensidad delante de ella le hizo abrir los ojos. Observó fascinada cómo dos moscas hacían el amor, breve y frenéticamente, sobre el labio inferior de Port.
Después se levantó, se puso el abrigo, agarró el albornoz que Tunner le había dejado y, sin mirar atrás, salió. Cerró la puerta con llave, y la guardó en su bolso. En el portón el guardia hizo un gesto como para detenerla. Kit le deseó las buenas noches y se abrió paso a su lado. Enseguida le oyó llamar a otro hombre que estaba en un cuarto cercano. Respiró hondo y siguió bajando hacia la ciudad. El sol se había puesto; la tierra era como una única brasa que rápidamente se enfriaba y se ennegrecía en el hogar. Sonó un tambor en el oasis. Más tarde habría baile en los jardines. Había empezado la época de las fiestas. Bajó a toda prisa la colina y fue derecho a la tienda de Daoud Zozeph, sin volver la vista una sola vez.
Entró. Daoud Zozeph estaba detrás del mostrador en la luz declinante. Le tendió la mano.
—Buenas noches, señora.
—Buenas noches.
—Su maleta está aquí. ¿Quiere que llame a un muchacho para que se la lleve?
—No, no —dijo Kit—. No ahora mismo. He venido a hablar con usted. —Echó una mirada a la puerta a sus espaldas; Daoud Zozeph no se dio cuenta.
—Estoy encantado —dijo—. Un momento. Le traeré una silla, señora.
Agarró una sillita plegable de detrás del mostrador y la colocó al lado de Kit.
—Gracias —dijo, pero permaneció de pie—. Quería preguntarle por los camiones que salen de Sbâ.
—Ah, rumbo a El Ga’a. No tenemos un servicio regular. Anoche llegó uno y se marchó esta tarde. Nunca sabemos cuándo llegará el siguiente. Pero al capitán Broussard le avisan al menos un día antes. Él podrá informarla mejor que nadie.
—Ah, sí, el capitán Broussard.
—Y su marido ¿está mejor? ¿Le gustó la leche?
—La leche. Sí, le gustó —dijo con lentitud, un poco extrañada de que sus palabras sonasen tan naturales.
—Espero que pronto se ponga bien.
—Ya está bien.
—Ah, hamdoul’lah!
—Sí. —Y continuó en otro tono—: Monsieur Daoud Zozeph, tengo que pedirle un favor.
—Concedido, señora —dijo con galantería.
Kit tuvo la impresión de que el hombre le había hecho una pequeña reverencia en la oscuridad.
—Un gran favor —le advirtió.
Daoud Zozeph, pensando a lo mejor que Kit quería pedirle dinero prestado, empezó a remover objetos en el mostrador, diciendo:
—Pero estamos hablando a oscuras. Espere. Encenderé una lámpara.
—¡No! ¡Por favor! —exclamó Kit.
—¡Pero no nos vemos! —protestó Daoud Zozeph.
Kit le puso la mano en el hombro.
—Ya lo sé, pero por favor no encienda la lámpara. Quiero pedirle este favor enseguida. ¿Puedo pasar la noche con su esposa y usted?
Daoud Zozeph estaba en extremo desconcertado, sentía tanto asombro, como alivio.
—¿Esta noche? —dijo.
—Sí.
Se produjo un breve silencio.
—Como comprenderá, señora, sería un honor para nosotros tenerla en casa. Pero no estará cómoda. Una casa de pobres no es como un hotel o un poste militaire, ¿sabe?
—Pero si se lo pido —dijo Kit con reproche—, significa que me da lo mismo. ¿Usted cree que me importa? Aquí en Sbâ he estado durmiendo en el suelo.
—Ah, eso no tendría que hacerlo en mi casa —enfatizó Daoud Zozeph.
—Pero estaré encantada de dormir en el suelo. Donde sea. No importa.
—¡Ah, no! ¡No, señora! ¡En el suelo no! Quand-même! —protestó.
Y mientras frotaba una cerilla para encender la lámpara, Kit le tocó de nuevo el brazo.
—Écoutez, Monsieur —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador—, mi marido está buscándome y no quiero que me encuentre. Tenemos un malentendido. No quiero verlo esta noche. Es muy sencillo. Creo que su mujer lo entendería.
Daoud Zozeph se echó a reír.
—¡Claro! ¡Claro! —Riéndose aún, cerró la puerta que daba a la calle, le echó llave, prendió un fósforo y lo sostuvo en alto.
Encendiendo cerillas durante todo el camino, la condujo por una habitación oscura y atravesaron un pequeño patio. En lo alto, las estrellas. Se detuvo frente a una puerta.
—Puede dormir aquí. —Abrió y entró.
Prendió otro fósforo: Kit vio un cuarto diminuto y desordenado, con su desvencijada cama de hierro y un colchón que vomitaba el relleno.
—¿No será su habitación, espero? —se aventuró a decir mientras se apagaba la cerilla.
—¡Oh, no! Mi esposa y yo tenemos otra cama en nuestro dormitorio —contestó con cierto orgullo—. Aquí es donde duerme mi hermano cuando viene de Colomb-Béchar. Una vez al año me hace una visita de un mes, a veces más. Espere. Traeré una lámpara.
Salió y Kit lo oyó hablar en otra habitación. Volvió enseguida con una lámpara de aceite y un pequeño cubo de metal lleno de agua.
Con la llegada de la luz el cuarto resultaba aún más miserable. Kit tuvo la impresión de que nadie había barrido el suelo desde el día en que el albañil había terminado las paredes de barro, aquel barro ubicuo que se secaba, se deshacía y caía en fino polvo día y noche… Levantó la mirada y sonrió a Daoud Zozeph.
—Mi esposa quiere saber si le gustan los fideos —dijo él.
—Sí, claro —contestó ella, intentando verse en el espejo descascarillado encima del lavamanos. No veía nada en absoluto.
—Bien. Mi esposa no habla nada de francés, ¿sabe?
—¿De verdad? Tendrá que hacer de intérprete.
Desde la tienda llegó un golpe sordo. Daoud Zozeph se excusó y cruzó el patio. Kit cerró la puerta, vio que no había llave y permaneció allí a la espera. Habría sido tan fácil que la siguiera uno de los guardias del fuerte. Pero dudaba que se les hubiese ocurrido a tiempo. Se sentó en aquella cama escandalosa y se quedó mirando la pared de enfrente. De la lámpara ascendía una columna de humo acre.
La cena en casa de Daoud Zozeph fue malísima. Kit se obligó a tragar los amorfos bultos de harina frita en grasa abundante y servidos fríos, los trozos de carne cartilaginosa y el pan húmedo, murmurando vagos cumplidos que eran calurosamente recibidos, pero que incitaban a sus anfitriones a servirle más. Miró su reloj varias veces durante la comida. Tunner estaría esperando en el jardín público y cuando se fuera de allí subiría al fuerte. Entonces empezarían los problemas; Daoud Zozeph se enteraría al día siguiente por sus clientes.
Madame Daoud Zozeph hacía enérgicos gestos para que Kit siguiera comiendo; clavaba los brillantes ojos en el plato de su invitada. Kit la miró y sonrió.
—Dígale a Madame que estoy un poco triste y no tengo mucho apetito —dijo Kit a Daoud Zozeph—, pero me gustaría llevarme algo al cuarto para más tarde. Un poco de pan sería estupendo.
—Pero por supuesto. Por supuesto —dijo él.
Cuando Kit se hubo marchado a su cuarto, Madame Daoud Zozeph le trajo un enorme plato de pan. Kit le dio las gracias y le deseó las buenas noches, pero su anfitriona, que no estaba dispuesta a marcharse, le dejó claro que tenía interés en ver el interior de la maleta. Kit no pensaba abrirla delante de ella; enseguida los billetes de mil francos se convertirían en leyenda. Fingió no entender, dio unos golpecitos a la maleta, asintió y se rio. Después se volvió de nuevo hacia el plato de pan y reiteró las gracias. Pero los ojos de Madame Daoud Zozeph no se apartaban de la maleta. Se oyeron cacareos y aleteos en el patio. Apareció Daoud Zozeph con una gallina gorda a cuestas que dejó en medio del suelo.
—Contra los bichos —explicó, señalando la gallina.
—¿Bichos? —repitió Kit.
—Si un escorpión asoma la cabeza en cualquier rincón del suelo, ¡tac! ¡Ella se lo come!
—¡Ah! —Kit simuló un bostezo.
—Sé que Madame está nerviosa. Con nuestra amiga aquí se sentirá mejor.
—Esta noche —dijo— tengo tanto sueño que nada podría ponerme nerviosa.
Se estrecharon la mano con solemnidad. Daoud Zozeph sacó a su esposa de la habitación y cerró la puerta. La gallina arañó el suelo un minuto, luego saltó al reborde del lavabo y se quedó quieta. Kit se sentó en la cama y se quedó mirando la llama desigual de la lámpara; el cuarto estaba lleno de humo. No sentía ansiedad, solo una impaciencia atroz por dejar atrás todo aquel decorado ridículo, por borrarlo de su conciencia. Se levantó y pegó la oreja a la puerta. Oyó un rumor de voces y, de vez en cuando, un ruido sordo, distante. Se puso el abrigo, se llenó los bolsillos con pedazos de pan, y se sentó de nuevo a esperar.
De vez en cuando exhalaba un profundo suspiro. Se levantó una vez para bajar la mecha de la lámpara. Cuando su reloj marcó las diez, se arrimó de nuevo a la puerta y escuchó. La abrió: el patio brillaba bajo la reverberación de la luna. Volvió a entrar, tomó el albornoz de Tunner y lo arrojó debajo de la cama. El remolino de polvo que provocó estuvo a punto de hacerla estornudar. Agarró la maleta y su bolso, y salió, cuidando de cerrar la puerta. Al atravesar el cuarto interior de la tienda, tropezó con algo y casi perdió el equilibrio. Avanzando más despacio, entró en la tienda misma y contorneó el mostrador, rozándolo con las yemas de los dedos de la mano izquierda. La puerta tenía un cierre sencillo, que levantó con dificultad; por fin hizo un pesado sonido metálico. Abrió rápidamente y salió.
La luz de la luna era violenta: recorrer la calle blanca era como andar bajo el sol. “Cualquiera podría verme.” Pero no había nadie. Caminó derecho a las lindes de la ciudad, allí donde el oasis invadía los patios de las casas. Abajo, en la amplia masa negra que formaban las copas de las palmeras, seguían redoblando los tambores. El sonido llegaba desde el ksar, la aldea negra que había en el centro del oasis.
Dobló a una larga callejuela recta bordeada de altos muros. Del otro lado, las palmeras susurraban y el agua corriente gorgoteaba. De vez en cuando aparecía una pila blanca de palmas secas amontonadas junto a la pared, y cada vez Kit creía ver a un hombre sentado a la luz de la luna. El callejón giraba en el sentido de los tambores y desembocó en una plaza donde un sinfín de pequeñas acequias y acueductos corrían en todas las direcciones posibles; parecía una complicadísima vía férrea de juguete. Desde allí, varios senderos conducían al oasis. Eligió el más angosto, pensando que así evitaría el ksar, y siguió adelante. El camino serpenteaba en una y otra dirección.
El sonido de los tambores aumentaba: ahora oía voces que repetían el mismo estribillo una y otra vez. Eran voces masculinas y parecían muy numerosas. A veces, cuando alcanzaba las sombras más densas, se detenía a escuchar con una sonrisa indescifrable en los labios.
La maletita empezaba a pesarle. La cambiaba de mano cada vez con más frecuencia. Pero no quería detenerse a descansar. A cada instante estaba a punto de dar la vuelta y regresar en busca de otro sendero, no fuera el caso que desembocara de repente en pleno ksar. A veces la música parecía muy cercana, pero era difícil ubicarla entre todas aquellas paredes tortuosas, y con árboles de por medio. En ocasiones casi parecía estar a la vuelta de la esquina, como si solo una tapia y unos metros de jardín la separaran de ella, pero luego se alejaba hasta quedar casi cubierta por el sonido seco del viento que soplaba entre las palmas.
Y el rumor líquido de los arroyuelos que corrían por todas partes hizo su efecto sin que ella lo advirtiera: sintió una súbita sequedad general. La fría luz lunar y el suave movimiento de las sombras contribuyeron en gran medida a disipar aquella sensación, pero tuvo la impresión de que solo rodeada de agua estaría del todo satisfecha. De repente se vio mirando a través de una gran brecha abierta en una pared que daba a un jardín; los esbeltos troncos de las palmeras se erguían muy arriba desde los lados de una gran alberca. Se quedó mirando la tranquila superficie del agua; le fue imposible saber de inmediato si había pensado en darse un baño antes o después de ver la alberca. Sea como fuere, allí estaba. Se introdujo por la abertura de la pared desmoronada y dejó en el suelo la maleta antes de trepar el montón de escombros que le obstruía el paso. Ya en el jardín, se vio quitándose la ropa. Notó con vaga sorpresa que sus actos eran muy precedentes a su conciencia. Cada movimiento le parecía una perfecta expresión de ligereza y de gracia. “Atención —dijo una parte de sí misma—. Ve con cuidado.” Pero era la misma parte de su conciencia que le mandaba la advertencia de que bebía demasiado. En aquel momento no tenía el menor sentido. “Los hábitos —pensó—. Siempre que estoy a punto de ser feliz en lugar de soltarme, me contengo.” Se quitó las sandalias y quedó desnuda en la sombra. Sintió que nacía en su interior una extraña intensidad. Mientras miraba el jardín silencioso, tuvo la impresión de que por primera vez desde su infancia veía los objetos con claridad. De pronto la vida estaba allí y ella estaba dentro, no la miraba desde una ventana. La dignidad que le brindó sentirse parte de su poder y su grandeza le resultó familiar, aunque hacía años que no tenía aquella sensación. Dio unos pasos hasta quedar bajo la luz de la luna y avanzó despacio hacia la alberca. El fondo de arcilla era resbaladizo; en el centro el agua la cubría hasta la cintura. Mientras se sumergía del todo le vino un pensamiento a la cabeza: “No volveré a ponerme histérica nunca más”. Sintió que nunca más en la vida volvería a alcanzar aquella tensión, aquel grado de preocupación por su persona.
Estuvo mucho rato bañándose; el agua fresca contra su piel le despertó el impulso de cantar. Cada vez que se agachaba para recoger agua en el cuenco de sus manos, le salía de dentro una canción sin palabras. De pronto se detuvo y escuchó. Ya no oía los tambores, solo las gotas de agua que caían de su cuerpo a la alberca. Terminó de bañarse en silencio, sin rastro de su acceso de buen humor; pero la vida no la había abandonado.
—Ha venido para quedarse —murmuró en voz alta, mientras se acercaba a la orilla.
El abrigo le sirvió de toalla; saltaba para quitase el frío en tanto que se secaba. Mientras se vestía, silbaba por lo bajo. Se detenía con frecuencia y escuchaba un segundo para ver si oía sonidos de voces o los tambores sonar de nuevo. Arriba, por encima de su cabeza, entre las copas de los árboles, empezó a soplar el viento; cerca se oía el suave goteo del agua. Nada más. De pronto la asaltó la sospecha de que algo había ocurrido a sus espaldas, de que el tiempo le había echo una jugarreta: había pasado horas en la alberca, en lugar de minutos, y no se había dado cuenta. La fiesta en el ksar había terminado, la gente se había dispersado y ni siquiera había sido consciente del cese de los tambores. A veces ocurrían aquellas cosas absurdas. Se agachó para agarrar el reloj de pulsera que había dejado sobre una piedra. No estaba; no podía comprobar la hora. Buscó un poco, convencida de antemano de que no lo encontraría nunca; su desaparición era parte de la trampa. Caminó con ligereza hasta la pared, agarró su maleta, se echó el abrigo al brazo y dijo en voz alta al jardín:
—¿Crees que me importa?
Y se echó a reír, antes de trepar de nuevo por la pared derrumbada.
Caminó con paso ligero, concentrada en aquel sentimiento de sólida dicha que había recuperado. Siempre supo que estaba ahí, detrás de las cosas, pero hacía mucho que había aceptado la ausencia de dicha como una condición natural de la vida. Cuando vio que la había recuperado, se dijo que se aferraría a ella costara lo que costase. Sacó un pedazo de pan del bolsillo del abrigo y lo comió con voracidad.
El callejón se ensanchaba, sus paredes retrocedían para seguir la línea de la vegetación. Había llegado al oued, que en aquel lugar formaba un valle abierto y llano, salpicado de pequeñas dunas. Aquí y allá un tamarisco llorón tendía su masa de humo gris sobre la arena. Sin dudarlo, se dirigió al árbol más cercano y dejó su maleta en el suelo. Las ramas plumosas barrían la arena en torno al tronco; era como una jaima. Se puso el abrigo, entró debajo gateando y metió la maleta. Se durmió enseguida.
XXV
El teniente D’Armagnac estaba en su jardín supervisando a Ahmed y a varios albañiles indígenas que remataban el alto cerco de la casa con una corona de pedazos de vidrio. Su esposa le había sugerido cien veces que añadiera aquella protección a su casa, y él, como buen colono, lo había prometido pero no cumplido; ahora que ella regresaba de Francia, la tendría lista como una sorpresa agradable más. Todo iba bien: el bebé estaba sano, Madame D’Armagnac estaba contenta y él iría a Argel a finales de mes y se reuniría con ellos. Aprovecharían para pasar unos días felices en un buen hotelito —una especie de segunda luna de miel— antes de regresar a Bou Noura.
Era cierto que las cosas solo iban bien en su pequeño cosmos personal; compadecía al capitán Broussard, allá en Sbâ, y se estremeció pensando que se había librado de todo aquel desastre por la gracia de Dios. Incluso había insistido en que los viajeros se quedaran en Bou Noura; al menos en ese sentido, se sentía libre de culpa. No sabía que el norteamericano estuviera enfermo, de modo que no era culpa suya que aquel hombre hubiera ido a morir en el territorio de Broussard. Pero, claro, una cosa era la muerte por tifoidea y otra la desaparición de una mujer blanca en el desierto; aquello último era la causa de todos los problemas. El terreno alrededor de Sbâ no facilitaba la empresa de los exploradores que se desplazaban en jeep; además, solo había dos vehículos como aquellos en la región y la búsqueda no se había iniciado de inmediato debido a un asunto más urgente: el norteamericano muerto en el fuerte. Y todo el mundo pensó que encontrarían a la mujer en la ciudad. Lamentaba no haberla conocido. Parecía divertida: la típica joven norteamericana enérgica. Solo una estadounidense podía hacer algo tan insólito como encerrar a su marido enfermo en un cuarto y huir al desierto, abandonándolo a una muerte solitaria. Era inexcusable, por supuesto, pero la idea no lograba horrorizarlo como, al parecer, horrorizaba a Broussard. Pero Broussard era un puritano. Se escandalizaba enseguida y su conducta era desagradablemente irreprochable. Lo más seguro es que odiase a la joven porque era atractiva y había turbado su equilibrio; a Broussard le costaría perdonar aquello.
Al teniente lamentó una vez más no haber conocido a la joven antes de que desapareciera con tal éxito de la faz de la tierra. Al mismo tiempo el retorno reciente del tercer norteamericano a Bou Noura despertaba en él sentimientos contradictorios: el hombre le caía bien, pero esperaba no verse inmiscuido en aquel asunto. Sobre todo, rezaba para que la esposa, que ya era casi una cause célèbre, no apareciera en su territorio. Era probable que ella también estuviera enferma, y la temible perspectiva de tener complicaciones en su trabajo e informes que redactar contrarrestaba su curiosidad de verla. “Pourvu qu’ils la trouvent là-bas!”, pensó ardientemente.
Llamaron a la puerta. Ahmed abrió. Allí estaba el norteamericano; venía día tras día en busca de noticias; y cada día parecía más abatido al descubrir que no las había. “Sabía que el otro tenía problemas con su esposa, y el problema era este”, se dijo el teniente cuando levantó la vista y vio la cara triste de Tunner.
—Bonjour, Monsieur —dijo con jovialidad, adelantándose a recibir a su invitado—. Las mismas noticias de siempre. Pero esto no puede durar.
Tunner lo saludó y meneó la cabeza con comprensión al escuchar aquellas previsibles palabras. El teniente permitió la intervención de un silencio de circunstancias antes de invitarlo a pasar al salón para tomar el habitual coñac. Desde su reciente llegada a Bou Noura, Tunner dependía de aquellas visitas matinales a casa del teniente como estímulo moral necesario. El teniente tenía un temperamento sanguíneo, su conversación era ligera y su elección de palabras tal, que era fácil entenderle. Se sentaba con él en la luminosa sala, y el coñac fundía todos los elementos en una experiencia agradable, cuya recurrencia evitaba que se hundiera en la desesperación.
Su anfitrión llamó a Ahmed e invitó a Tunner a seguirlo. Se sentaron frente a frente.
—Dentro de dos semanas volveré a ser un hombre casado —dijo el teniente con una gran sonrisa, pensando que quizá aún podía enseñarle a un norteamericano las muchachas de Ouled Naïl.
—Muy bien, muy bien. —Tunner estaba muy inquieto.
“Dios ayude a la pobre Madame D’Armagnac —pensó sombrío— si tiene que pasar el resto de su vida aquí.” Desde la muerte de Port y la desaparición de Kit odiaba el desierto: sentía de forma oscura que le había privado de sus amigos. Era una entidad demasiado poderosa para no prestarse a la personificación. El desierto; su silencio mismo era como una admisión tácita de la presencia semiconsciente que albergaba. (El capitán Broussard le había dicho, una noche que estaba locuaz, que incluso los franceses que iban al desierto con el pelotón lograban ver a los djenoun, aunque su orgullo les impidiera creer en ellos.) ¿Y qué significaba eso sino una manera sencilla que tenía la imaginación de interpretar aquella presencia?
Ahmed entró la botella y los vasos. Bebieron un momento en silencio; después el teniente observó, por decir algo:
—Ah, sí. La vida es asombrosa. Nada ocurre nunca como nos imaginábamos. Aquí lo vemos con mayor claridad; se nos derrumban todos nuestros sistemas filosóficos. En cada esquina tropezamos con lo inesperado. Cuando su amigo vino aquí sin su pasaporte y acusó al pobre Abdelkader, ¿quién pensaría que poco tiempo después le ocurriría algo semejante? —Entonces, pensando que su secuencia lógica podía malinterpretarse, añadió—: Abdelkader lamentó mucho su muerte. No le guardaba el rencor, ¿sabe?
Tunner parecía no escuchar. Los pensamientos del teniente tomaron otro rumbo:
—Dígame —dijo, con la voz teñida de curiosidad—, ¿logró convencer al capitán Broussard de que sus sospechas sobre la señora eran infundadas, o sigue pensando que no estaban casados? En la carta que me dirigió decía cosas muy desagradables sobre ella. ¿Le enseñó usted el pasaporte de Monsieur Moresby?
—¿Qué? —dijo Tunner, sabiendo que iba a tener problemas con su francés—. Ah, sí. Sí. Se lo entregué para que lo mandara al cónsul, en Argel, junto con su informe. Pero no creyó que estuvieran casados porque la señora Moresby prometió darle su pasaporte y, en cambio, huyó. Así que no tiene la menor idea de quién es ella en realidad.
—Pero eran marido y mujer —prosiguió con suavidad el teniente.
—Claro, claro —dijo Tunner con impaciencia, sintiendo que era desleal involucrarse en aquella conversación.
—Y aunque no fuera así, ¿qué importa?
El teniente llenó de nuevo los vasos y, viendo que aquella conversación no era del agrado de su invitado, abordó otro tema cuyas asociaciones quizá le resultasen menos dolorosas. Pero Tunner escuchó con la misma falta de entusiasmo. Por dentro revivía sin cesar el día del entierro en Sbâ. La muerte de Port era el único hecho de verdad inaceptable en su vida. Aún no conseguía creérselo. Y sabía que había perdido mucho, que en realidad Port había sido su amigo más íntimo (¿cómo no lo había visto antes?), pero tenía la impresión de que solo más adelante, cuando hubiera aceptado plenamente el hecho, podría empezar a revisar aquella muerte en detalle.
Tunner era sentimental y le remordía la conciencia por no haberse opuesto con mayor vigor al capitán Broussard, cuando insistió en celebrar una ceremonia religiosa durante el entierro. Sentía que se había portado como un cobarde; estaba seguro de que Port despreciaba aquellas tonterías y de que habría confiado en su amigo para que no se llevaran a cabo en aquella ocasión. Lo cierto es que él primero protestó diciendo que Port no era católico —ni siquiera era cristiano, a decir verdad—, y que, por consiguiente, era lógico ahorrarle aquellos eventos en su propio funeral. Pero el capitán Broussard había contestado acaloradamente:
—Solo cuento con su palabra, Monsieur. Y usted no estaba con él cuando murió. No sabe cuáles fueron sus últimos pensamientos, ni sus últimos deseos. Aunque usted estuviera dispuesto a asumir la enorme responsabilidad de pretender que lo sabe, yo no podría permitírselo. Yo soy católico, Monsieur, y además aquí mando yo.
Y Tunner había cedido. De modo que, en lugar de ser enterrado de forma anónima y en silencio allá en la hammada, o en el ereg, donde seguramente le habría gustado estar, Port había recibido una sepultura oficial en el diminuto cementerio cristiano situado detrás del fuerte, acompañada de frases pronunciadas en latín. Para el sentimental de Tunner aquello era una gran injusticia, pero supo evitarlo. Ahora consideraba que había sido débil y, en cierto modo, infiel. De noche, cuando yacía despierto pensando en ello, hasta se le había ocurrido regresar a Sbâ, esperar el momento oportuno, entrar en el cementerio y destruir la absurda crucecita que le habían puesto sobre la tumba. Era el tipo de gesto que le habría alegrado hacer, pero sabía que ya nunca lo haría.
En cambio, se decía que tenía que ser práctico, y que lo importante ahora era encontrar a Kit y llevarla de regreso a Nueva York. Al principio había sentido que todo aquel asunto de la desaparición de Kit no era sino una broma muy pesada, que reaparecería al cabo de una semana, más o menos, como había hecho en el tren a Boussif. De modo que había decidido esperar a que lo hiciera. Ahora que había transcurrido aquel tiempo y Kit seguía sin dar señales de vida, entendió que esperaría mucho tiempo más, de manera indefinida si fuera necesario.
Dejó el vaso en la mesita y, dando voz a sus pensamientos, dijo:
—Me quedaré aquí hasta que encuentren a la señora Moresby. —Y se preguntó por qué se obstinaba tanto, por qué el regreso de Kit lo obsesionaba en tal extremo.
Desde luego, no estaba enamorado de aquella pobre chica. Le había hecho la corte por compasión (porque ella era una mujer) y por vanidad (porque él era un hombre), y los dos sentimientos juntos habían despertado en él el deseo adquisitivo del coleccionista de trofeos, nada más. En realidad, llegado a aquel punto, comprendió que si no hacía un esfuerzo consciente, tendía a omitir todo aquel episodio de intimidad con ella; solo pensaba en Kit en la época de su primer encuentro, cuando Port y ella le causaron tan honda impresión que él supo en el acto que aquellas eran las dos personas que más había deseado conocer en el mundo. Así le remordía menos la conciencia; porque con frecuencia se preguntaba qué había ocurrido aquel día en Sbâ, cuando ella se negó a abrir la puerta de la habitación del enfermo, y si le había contado a Port su infidelidad. Deseaba con fervor que no fuera así; no quería pensar en ello.
—Sí —dijo el teniente D’Armagnac—. No puede usted regresar a Nueva York para que todos sus amigos le pregunten: “¿Qué has hecho con la señora Moresby?”. Sería muy embarazoso.
Tunner se crispó por dentro. Desde luego que no podía. Aquellos que conocían a ambas familias ya debían estar preguntándoselo (puesto que ya le había mandado dos cables a la madre de Port explicándole lo ocurrido, con un intervalo de tres días, con la esperanza de que Kit aparecería), pero ellos estaban allá y él aquí, de modo que no los vería de cara cuando dijeran: “¡Así que tanto Port como Kit han desaparecido!”. Era una de aquellas cosas que no iban a suceder, que no podían suceder, y él sabía que si permanecía en Bou Noura el tiempo suficiente, la encontrarían.
—Muy embarazoso —accedió, riendo incómodo.
Aun la muerte de Port sería difícil de explicar. Alguna gente diría: “Por el amor de Dios, ¿no podías meterlo en un avión que lo llevara a un hospital a la altura de Argel por lo menos? ¡La tifoidea no es tan rápida!”. Y él tendría que admitir que los había abandonado y que se había marchado solo, que no había sido capaz de “soportar” el desierto. Aun así, era capaz de pensar en todo aquello sin demasiada angustia; Port no se había preocupado de vacunarse contra ninguna enfermedad antes de iniciar el viaje. Pero regresar sin Kit era impensable desde todo punto de vista.
—Como es natural —aventuró el teniente, volviendo a imaginar las complicaciones que le traería la norteamericana extraviada si no aparecía sana y salva, y si era trasladada a Bou Noura a causa de Tunner—, que usted se quede o no, no influirá en que la encuentren. —Apenas oyó las palabras que salían de su boca se avergonzó, pero era demasiado tarde; ya las había pronunciado.
—Lo sé, lo sé —dijo Tunner con vehemencia—. Pero me quedaré. —No había nada más que añadir; el teniente D’Armagnac no volvería a tocar el tema.
Siguieron hablando un rato más. El teniente aludió a la posibilidad de una visita, una noche, al quartier réservé.
—Uno de estos días —dijo Tunner sin entusiasmo.
—Necesita relajarse un poco. Es malo pensar demasiado. Conozco a la chica perfecta…
Se detuvo al recordar que, según su experiencia, las sugerencias explícitas de aquella naturaleza suelen destruir el interés que pretenden despertar. Ningún cazador quiere una presa previamente elegida y cazada, aunque esa sea la única manera de matarla.
—Bien. Bien —dijo Tunner distraído.
Se levantó enseguida y se despidió. Regresaría a la mañana siguiente, y a la otra, y todas las mañanas, hasta que un día el teniente D’Armagnac lo recibiera en la puerta con una nueva luz en los ojos, y le dijera:
—En fin, mon ami! ¡Buenas noticias, por fin!
En el jardín, miró la tierra desnuda, cocida. Las enormes hormigas rojas corrían presurosas por la tierra agitando con beligerancia las mandíbulas y las patas delanteras. Ahmed cerró la puerta a sus espaldas y Tunner echó a andar, sombrío, de regreso a la pensión.
Solía almorzar en el pequeño y caliente comedor adosado a la cocina y bebía una botella entera de vin rosé para facilitar la digestión. Después, embotado por el vino y el calor, subía a su cuarto, se desvestía y se tendía en la cama a dormir hasta que los rayos de sol fueran más oblicuos y el paisaje atenuase la luz venenosa que irradiaban sus piedras a mediodía. Los paseos hasta las ciudades circundantes eran agradables: Igherm, resplandeciente en la colina; la comunidad más amplia de Beni Isguen en el fondo del valle; Tadjmout con sus casas de azoteas rosadas y azules y, por supuesto, el gran palmeral, donde los habitantes de la ciudad habían construido sus palacios de verano, como de juguete, de barro rojo y cañizo pálido, donde los pozos chirriaban sin cesar y el gorgoteo del agua en los estrechos acueductos desmentía la horrible sequedad de la tierra y el aire. A veces se limitaba a caminar hasta la plaza del mercado en el propio Bou Noura y, sentado bajo los soportales, seguía el proceso de una compra interminable; tanto el comprador como el vendedor empleaban todos los recursos histriónicos imaginables, a falta de lágrimas verdaderas, en su lucha por subir o bajar el precio. Ciertos días despreciaba a aquella gente absurda; eran seres irreales entre los habitantes de la tierra, que no podían ser tomados en serio. Aquellos mismos días le enfurecía sobremanera que, en una calle llena de gente, las suaves manos de los niños le agarraran la ropa y lo empujaran. Al principio pensó que eran carteristas; después comprendió que solo lo utilizaban de palanca para avanzar más rápido entre la multitud, como si él fuera una pared o un árbol. Entonces se enfurecía aún más y los rechazaba con violencia. No había ninguno que no fuera escrofuloso, y la mayoría, completamente calvos, tenían el cráneo oscuro lleno de costras, cubiertas de moscas.
Pero otros días, cuando estaba menos nervioso, se sentaba a contemplar la tranquilidad de los ancianos que caminaban despacio por el mercado y pensaba que si lograba la misma dignidad cuando alcanzara su edad, consideraría que no había malgastado su vida. Porque el porte de aquellos viejos era la expresión natural del bienestar y la satisfacción interiores. Sin pensarlo demasiado llegó a la conclusión de que sus vidas habían valido la pena.
Por las noches jugaba al ajedrez en el salón con Abdelkader, un adversario lento, pero nada desdeñable. Como resultado de aquellas sesiones nocturnas los dos se habían hecho muy amigos. A veces compartían un Pernod cuando los muchachos apagaban todas las lámparas y las linternas del establecimiento, salvo la de la esquina donde estaba el tablero, y ellos eran las dos únicas personas despiertas. Después, cuando se levantaba a lavar los vasos, y a guardarlos, Abdelkader sonreía como un conspirador; nadie debía saber que había bebido una gota de alcohol. Tunner se marchaba a la cama y dormía profundamente. Despertaba al alba pensando: “A lo mejor hoy…”, y a las ocho ya estaba en la azotea, en shorts, asoleándose; todos los días pedía que le subieran allí el desayuno y mientras tomaba el café estudiaba los verbos franceses. Después, la comezón por tener noticias se hacía insoportable; debía ir a hacer su pesquisa matinal.
Ocurrió lo inevitable: tras innumerables viajes desde Messad, los Lyle llegaron a Bou Noura. El mismo día, un poco antes, apareció un grupo de franceses en un viejo coche militar; tomaron habitaciones en la pensión. Tunner estaba comiendo cuando oyó el familiar rugido del Mercedes. Hizo una mueca: “Qué pesadez tener a esos dos rondando por aquí”. No estaba de humor para obligarse a ser educado. Con los Lyle nunca había establecido una relación que no fuera pasajera, en parte porque se habían marchado de Messad dos días después de llevarlo hasta allí y en parte porque no tenía el menor deseo de profundizar en aquella relación. Mrs. Lyle era una hembra amargada, gorda y charlatana, y Eric, un niño malcriado y atildado; aquellos eran sus sentimientos y no pensaba modificarlos. No había relacionado a Eric con el episodio de los pasaportes; supuso que algún indígena con conexiones en Messad los había robado al mismo tiempo en el hotel de Aïn Krorfa.
Ya en el vestíbulo oyó a Eric decir en voz muy baja:
—Oh, mamá, ¿qué haremos ahora? Ese Tunner sigue por aquí.
Era evidente que estaba mirando el registro de la pensión por encima del mostrador. La mujer lo reprendió con un susurro teatral:
—¡Eric! ¡Imbécil! ¡Cállate!
Tunner bebió el café y salió por la puerta lateral al sol sofocante, con la esperanza de esquivarlos y subir a su cuarto mientras comían. Lo logró. A media siesta, llamaron a su puerta. Le costó despertar. Cuando abrió, vio a Abdelkader, que le sonreía a modo de disculpa.
—¿Le molestaría mucho cambiar de cuarto? —preguntó.
Tunner quería saber por qué.
—Las dos únicas habitaciones libres están a cada lado de la suya. Ha llegado una señora inglesa, con su hijo, y quiere que él ocupe la habitación de al lado. Le da miedo estar sola.
El retrato que Abdelkader hizo de Mrs. Lyle no coincidía con su propia opinión del personaje.
—Está bien —gruñó—. Qué más da una habitación u otra. Mándeme a los mozos para que me ayuden.
Abdelkader le dio unas palmaditas en la espalda con un gesto afectuoso. Los mozos abrieron la puerta que comunicaba su cuarto con el contiguo y empezaron a hacer el cambio. A media mudanza, Eric entró en el cuarto que estaban vaciando. Al ver a Tunner se detuvo en seco.
—¡Ajá! —exclamó—. ¡Qué casualidad verlo aquí, viejo! Yo ya lo hacía en Tombuctú.
—Hola, Lyle —dijo Tunner.
Le costaba mirarlo o tocarle la mano. No se había dado cuenta de la repugnancia que le causaba aquel muchacho.
—Disculpe este capricho de mamá. Está exhausta por el viaje. El tramo desde Messad hasta aquí es espantoso, y tiene los nervios de punta.
—Qué se le va a hacer.
—Entiende que le echemos de aquí, ¿verdad?
—Sí, sí —dijo Tunner, furioso de que lo dijera de aquella manera—. Cuando ustedes se vayan, yo regresaré a este cuarto.
—Claro. ¿Ha tenido noticias de los Moresby últimamente?
Eric tenía la costumbre de acercarse mucho cuando miraba a su interlocutor, como si las palabras no le importaran nada y en cambio tratara de leer entre líneas para descubrir lo que el otro pensaba de verdad. A Tunner le pareció que Eric le observaba con mayor atención que de costumbre.
—Sí —dijo Tunner haciendo un esfuerzo—. Están bien. Disculpe. Creo que terminaré de hacer la siesta. —Entró en la habitación contigua por la puerta de paso.
Cuando los mozos hubieron terminado la mudanza, echó llave a la puerta y se estiró en la cama, pero no podía dormir.
—¡Dios, qué zoquete! —dijo en voz alta y, rabioso por haber cedido, añadió—: ¿Quién demonios creen que son?
Esperaba que los Lyle no insistieran en tener noticias de Kit y Port; se vería obligado a informarles, y no quería hacerlo. En lo que a ellos concernía esperaba mantener la tragedia en secreto; la conmiseración de los Lyle le resultaría insoportable.
Avanzada aquella tarde pasó por el salón. En la tenue luz subterránea, los Lyle agitaban sus tazas de té. Mrs. Lyle había desplegado algunas de sus viejas fotografías y las había apoyado en los duros cojines de cuero del respaldo del diván; le ofrecía una a Abdelkader para que la colgase al lado del arcaico fusil que adornaba la pared. Vio a Tunner vacilar en el umbral y se levantó en la penumbra para recibirlo.
—¡Mr. Tunner! ¡Qué alegría! ¡Y qué sorpresa verlo! ¡Qué afortunado que se marchara de Messad a tiempo. O qué sabio, no sé. Cuando regresamos de nuestros viajes por los alrededores, ¡el clima era de lo más atroz! ¡Horrible! Por supuesto, me dio la malaria y tuve que guardar cama. Pensé que no se me iría nunca. Y, desde luego, Eric complicó aún más las cosas con sus estupideces.
—Me alegro de volver a verla —dijo Tunner.
Pensaba que se había despedido para siempre en Messad, y descubría que le quedaba muy poca cortesía.
—Mañana vamos en coche a visitar unas ruinas garamantas. Venga con nosotros. Será muy emocionante.
—Es usted muy amable, Mrs. Lyle…
—¡Venga a tomar el té! —exclamó, tirándole de la manga.
Pero Tunner se disculpó, y salió al palmeral donde caminó varios kilómetros entre los muros bajo los árboles, con la sensación de que nunca saldría de Bou Noura. Sin razón alguna, la probabilidad de que Kit apareciera se le antojó más remota que nunca ahora que los Lyle rondaban por allí. Inició el regreso al caer el sol y cuando llegó a la pensión ya había anochecido. Había un telegrama debajo de la puerta de su cuarto; estaba escrito con tinta color lavanda, con una letra casi ilegible. Lo enviaba el cónsul estadounidense de Dakar en respuesta a uno de sus numerosos cables: SIN INFORMACIÓN SOBRE KATHERINE MORESBY AVISAREMOS SI LLEGA. Lo tiró a la papelera y se sentó en las maletas de Kit. Algunas habían sido de Port; ahora eran de Kit, pero estaban todas en su habitación, esperando.
“¿Cuánto más puede alargarse esto?”, se preguntó. Se sentía como pez fuera del agua; la desidia general le ponía los nervios de punta. Estaba muy bien hacer lo correcto y esperar a que Kit saliera del Sahara en algún momento, pero ¿y si no aparecía nunca? Supongamos —tenía que considerar aquella posibilidad— que hubiera muerto. Tendría que ponerle un límite a su espera, señalar un día que fuera el último en Bou Noura. Después se vio a sí mismo entrar en el apartamento de Hubert David en la calle Cincuenta y Cinco Este, donde había conocido a Port y a Kit. Todos sus amigos estarían allí: algunos, sabelotodos y prepotentes, no dirían nada pero lo pensarían todo; otros verían en todo aquello un episodio romántico y glorioso, trágico solo por el momento. Pero Tunner no quería ver a nadie. Cuanto más tiempo permaneciera allí, más remoto sería el incidente y más imprecisa la culpa que le atribuyeran, eso seguro.
Aquella noche gozó menos que de costumbre con la partida de ajedrez. Abdelkader vio que estaba preocupado y sugirió que dejaran de jugar. Tunner se alegró de tener la oportunidad de acostarse temprano y confiaba en que la nueva cama no le deparara ninguna mala sorpresa. Dijo a Abdelkader que lo vería a la mañana siguiente y subió despacio los escalones, convencido de que pasaría todo el invierno en Bou Noura. La vida allí era barata; le alcanzaría el dinero.
Lo primero que notó al entrar en su cuarto fue que la puerta de paso estaba abierta. Las lámparas se hallaban encendidas en ambas habitaciones, y una lámpara más pequeña y más intensa oscilaba junto a su cama. Eric Lyle estaba allí y sostenía una linterna eléctrica. Por un momento ninguno de los dos se movió. Después, con una voz que trataba de infundir confianza, Eric dijo:
—¿Sí? ¿Quién es?
Tunner cerró la puerta a sus espaldas y se acercó a la cama; Eric retrocedió y enfocó a Tunner con la linterna.
—¿Quién…? ¡No me diga que me he equivocado de cuarto! —Eric soltó una risilla; sin embargo, aquel sonido pareció infundirle valor—. ¡A juzgar por su cara, imagino que sí! ¡Qué horror! Acabo de entrar. Pensé que todo parecía un poco raro. —Tunner no dijo nada—. Debo haber entrado en este cuarto sin pensar, porque mis cosas estaban antes aquí. ¡Por Dios! Estoy tan reventado que no me doy cuenta de lo que hago.
Tunner solía creer lo que le decían; no era sospechoso por naturaleza y, aunque al principio tuvo sus reservas, terminó dejándose convencer por aquel lamentable monólogo. Estaba a punto de decir “No tiene importancia” cuando bajó la vista a la cama. Uno de los maletines de Port estaba abierto; la mitad de su contenido se hallaba desparramado sobre la manta.
Poco a poco Tunner levantó la mirada. Al mismo tiempo adelantó el cuello de tal manera que Eric sintió un escalofrío y dijo con aprensión: “¡Oh!”. En cuatro zancadas Tunner llegó al rincón donde Eric se había petrificado.
—¡Desgraciado hijo de puta! —Le agarró la camisa con la mano izquierda y lo zarandeó de un lado a otro.
Sin soltarlo, retrocedió un paso, y desde una distancia cómoda le asestó un puñetazo, no demasiado fuerte. Eric cayó contra la pared y permaneció allí apoyado como si estuviera petrificado, mirando con ojos brillantes a Tunner. Cuando fue evidente que el joven no iba a reaccionar, Tunner se le acercó para enderezarlo, quizá para asestarle otro golpe, según cómo se sintiera al segundo siguiente. Cuando le agarró la camisa, surgió un sollozo entre la respiración entrecortada de Eric, quien dijo en voz baja, pero clara:
—Pégame.
Las palabras enfurecieron a Tunner.
—Con mucho gusto —respondió, y le golpeó más fuerte que antes, mucho más fuerte, por lo visto, porque Eric se desplomó y no se movió.
Tunner miraba con asco aquella cara blanca y rechoncha. Después volvió a meter las cosas en la maleta, la cerró y se quedó quieto, intentando poner orden en sus ideas. Al cabo de un rato Eric se movió y se quejó. Tunner le ayudó a levantarse y lo arrastró hasta la puerta de paso, donde le dio un violento empujón que lo mandó al cuarto contiguo. Cerró de un portazo y corrió el cerrojo con algo de náuseas. La violencia de cualquier persona le perturbaba, y la suya, mucho más.
A la mañana siguiente los Lyle se habían marchado. La fotografía, un estudio en sepia de un aguatero peúl delante de la famosa mezquita roja de Djenné, quedó colgada en el salón sobre el diván todo el invierno.
TRES
El cielo
A partir de cierto punto no hay retorno posible.
Ese es el punto al que hay que llegar.
Franz Kafka
XXVI
Cuando abrió los ojos, enseguida supo dónde estaba. La luna se hallaba baja en el cielo. Tiritando un poco, se cubrió las piernas con el abrigo, sin pensar en nada. Le dolía una parte de la mente, necesitaba reposo. Era bueno estar allí tendida, existir y no hacer preguntas. Estaba segura de que si quería podía rememorar todo lo sucedido. Solo requería un pequeño esfuerzo. Pero se sentía cómoda donde estaba, con aquella cortina opaca que caía entre ambos. No sería ella quien la levantara para hundir la mirada en el abismo del día anterior y volver a padecer el dolor y el remordimiento. En aquel momento, lo ocurrido era vago, no identificable. Apartó de cuajo aquel pensamiento y, negándose a examinarlo, hizo acopio de todas sus fuerzas para erigir una barrera segura entre ella y aquello. Como un insecto que teje su capullo para hacerlo más espeso y resistente, seguiría reforzando el delgado tabique, el punto peligroso de su ser.
Yacía en silencio con los pies recogidos debajo del cuerpo. La arena era suave, pero tan fría que la sensación traspasaba sus ropas. Cuando sintió que ya no soportaba más seguir tiritando, salió a gatas de su árbol protector y se puso a caminar de un lado a otro con la esperanza de entrar en calor. No soplaba una brizna de aire y el frío aumentaba a cada minuto. Empezó a alejarse más, masticando pan. Cada vez que regresaba al tamarisco sucumbía a la tentación de volver a meterse bajo sus ramas para dormir. Pero a los primeros rayos del alba estaba muy despierta y sentía calor.
El paisaje del desierto luce más en la penumbra del alba o el ocaso. Falta el sentido de la distancia: una sierra cerca puede ser una cadena montañosa lejana, cada pequeño detalle puede cobrar la importancia de una variación crucial sobre el tema repetitivo del paisaje. La llegada del día promete un cambio; solo cuando el sol brilla con toda su fuerza sospecha el observador que ha regresado el mismo día, el mismo que ha vivido, una y otra vez, durante mucho tiempo, igual de cegador que siempre y no deslucido por el tiempo. Kit respiró hondo, miró a su alrededor la línea suave de las pequeñas dunas, la luz vasta y pura que ascendía por detrás del reborde mineral de la hammada, el palmeral a sus espaldas aún inmerso en la noche, y supo que no era el mismo día. Aun cuando clareó del todo, aun cuando el sol gigantesco asomó de repente, y la arena, los árboles y el cielo fueron recobrando poco a poco su familiar aspecto diurno, no tenía duda de que era un nuevo día, un día del todo aparte.
Bajando por el oued apareció una caravana formada por más de dos docenas de camellos cargados con gruesos fardos de lana, que se dirigía hacia ella. Junto a los animales andaban varios hombres. Cerraban la procesión dos jinetes montados en dos altos meharis, que con las riendas y los anillos en las narices tenían una expresión aún más desdeñosa que la de los camelleros que iban delante. En cuanto vio a aquellos dos hombres, supo que los acompañaría, y aquella certeza le causó una inusitada sensación de poder: en lugar de presentir los augurios, los crearía, sería los augurios. Pero el descubrimiento de una nueva forma posible de existencia apenas le sorprendió. Salió al paso de la procesión y llamó, agitando los brazos. Y antes de que los animales se detuvieran, volvió corriendo al árbol y sacó su maleta. Los dos jinetes la miraron e intercambiaron miradas de estupefacción entre ellos. Tiraron de las riendas de sus respectivos meharis y se inclinaron para mirarla con fascinada curiosidad.
Siendo que cada uno de sus gestos estaba revestido de autoridad y que era la expresión exterior de una convicción absoluta, que no dejaba traslucir el menor titubeo, los jefes de la caravana no pensaron en interferir cuando Kit dio la maleta a uno de los hombres de a pie y le indicó que la atara sobre los fardos amontonados sobre el camello más cercano. El hombre miró a sus amos y, al no vislumbrar en sus rostros ninguna expresión que contradijera aquella orden, obligó al reacio animal a arrodillarse y a aceptar el peso suplementario. Los demás camelleros observaron en silencio cómo ella caminaba hasta los jinetes y tendiendo los brazos hacia el más joven, decía en inglés:
—¿Hay lugar para mí?
El jinete sonrió. El mehari se arrodilló emitiendo poderosos gruñidos; Kit se sentó de costado, unos pocos centímetros delante del hombre. Cuando el animal se levantó, el jinete tuvo que rodear la cintura de Kit con un brazo para evitar que se cayera. Los dos jinetes se rieron e intercambiaron breves comentarios a la vez que reanudaban su camino a lo largo del oued.
Al cabo de poco abandonaron el valle y viraron para atravesar una vasta zona árida, sembrada de piedras. Las dunas amarillas estaban delante. Notaba el calor del sol, la lenta subida a las crestas y la suave bajada a las hondonadas, una y otra vez, y la viva e insistente presión del brazo que la rodeaba. No se planteaba problemas; se contentaba con estar relajada y ver pasar el paisaje suave y monótono. Es más, se le ocurrió varias veces que en realidad no se movían, que la duna cuya cresta recorrían en aquel momento era la misma duna que habían dejado atrás mucho antes, que no se trataba de ir a ninguna parte puesto que no estaban en ninguna parte. Y esas sensaciones que le sobrevinieron provocaron en ella un hilo muy débil de pensamiento: “¿Estoy muerta?”, se dijo, pero sin angustia, porque sabía que no lo estaba. Mientras pudiera hacerse la pregunta “¿Existe algo?” y contestar “Sí”, no podía estar muerta. Existían el cielo, el sol, la arena y el monótono movimiento del mehari. Aun cuando llegase el momento, reflexionó por fin, en el que ya no pudiera responder, las preguntas sin respuesta seguirían ahí y ella sabría que estaba viva. La idea la tranquilizó. Después se sintió reanimada; se apoyó contra el hombre y fue consciente de su extrema incomodidad. Debía hacer mucho que tenía las piernas dormidas. Ahora, el dolor creciente la obligaba a cambiar de posición sin cesar. Se meneaba y se retorcía. El jinete aumentó la presión del brazo y dijo unas palabras a su compañero; ambos se echaron a reír.
En la hora más calurosa divisaron un oasis. Las dunas se nivelaban y el terreno era casi llano. En un paisaje gris por el exceso de calor, al principio los pocos cientos de palmeras no eran sino una línea de un gris más oscuro en el horizonte, una línea que cambiaba de grosor al mirarla y se movía como un líquido lento: una banda ancha, un largo despeñadero gris, nada de nada, y después, una vez más, el fino trazo de la frontera entre la tierra y el cielo. Observó aquel fenómeno sin pasión, y sacó un pedazo de pan del bolsillo de su abrigo, que estaba tendido sobre los desgarbados hombros del mehari. El pan estaba seco como una piedra.
—Stenna, stenna. Chouia, chouia —dijo el hombre.
Pronto una cosa solitaria se separó de la masa irresoluta del horizonte y se elevó de pronto en el aire como un djinn. Poco después se asentó, se achicó, pasó a ser una sencilla palmera lejana que se erguía inmóvil al borde del oasis. Continuaron en silencio durante cerca de una hora y, poco después, llegaron a unos árboles. El pozo estaba cercado por un muro bajo. No había gente, ningún rastro humano. Las palmeras crecían dispersas; las ramas, aún más grises que verdes, brillaban con un reflejo metálico y casi no daban sombra. Los camellos, contentos de descansar, tras haberse deshecho del peso se quedaron tendidos. Los criados sacaron de los bultos unas enormes alfombras rayadas, un servicio de té niquelado, paquetes de pan, dátiles y carne. Apareció un odre negro de piel de carnero con una espita de madera, y los tres bebieron; el agua del pozo era suficiente para los camelleros y los animales. Kit se sentó en el borde de la alfombra, apoyada contra un tronco de palmera, y contempló los pausados preparativos para la comida. Cuando estuvo lista, comió con hambre y lo encontró todo delicioso; sin embargo, no engulló lo suficiente para contentar a sus dos anfitriones, quienes continuaron ofreciéndole comida mucho después de que ya no pudiera tragar nada más.
—Smitsek? Kuli! —le decían, acercándole a la cara pequeños trozos de comida; el más joven trató de meterle unos dátiles entre los dientes, pero Kit se rio y meneó la cabeza, dejando caer los dátiles sobre la alfombra, de donde el otro se apresuró a rescatarlos para comérselos.
Trajeron leña de los bultos e hicieron fuego para preparar té. Cuando hubieron terminado —habían tomado té, habían vuelto a hacerlo, y vuelto a beber—, era media tarde. El sol seguía ardiendo en el cielo.
Extendieron otra alfombra junto a los dos meharis recostados, y los hombres le hicieron señas para que se echara allí con ellos a la sombra de los animales. Obedeció y se estiró en el hueco que le indicaron, entre ambos hombres. Enseguida el más joven la agarró y la apretó ferozmente contra sí. Kit gritó y trató de sentarse, pero el joven no se lo permitió. El otro hombre habló con dureza a su compañero y le señaló a los camelleros que, sentados, se apoyaban contra el muro que rodeaba el pozo intentando ocultar su regocijo.
—Luh, Belqassim! Essbar! —susurró, meneando la cabeza con desaprobación y mesándose de forma amorosa la barba negra.
Belqassim no estaba muy contento, pero como aún no tenía barba propia, sintió la obligación de aceptar aquel prudente consejo. Kit se sentó, se alisó el vestido, miró al hombre más viejo y dijo:
—Gracias.
Después trató de pasar por encima de él para quedar del otro lado, lejos de Belqassim; él la obligó a sentarse de nuevo donde estaba y meneó la cabeza.
—Nassi —dijo, indicándole que durmiera.
Kit cerró los ojos. El té caliente la había amodorrado, y como Belqassim no parecía tener intención de volver a molestarla, se relajó por completo y se sumió en un pesado sueño.
Tenía frío. Estaba oscuro, y le dolían los músculos de la espalda y las piernas. Se sentó, miró a su alrededor, vio que estaba sola en la alfombra. La luna no había salido aún. Cerca de allí los camelleros hacían un fuego arrojando palmas enteras a las llamas ya altas. Se tumbó de nuevo, miró el cielo sobre su cabeza, y se quedó mirando cómo las altas palmeras enrojecían cada vez que los hombres añadían una nueva rama a la hoguera.
De pronto, el más viejo estaba al borde de la manta haciéndole señas para que se levantara. Kit obedeció, lo siguió por la arena un corto trecho hasta alcanzar una leve depresión, detrás de un grupo de palmeras jóvenes. Allí estaba sentado Belqassim, una forma oscura en el centro de una alfombra blanca, mirando el lugar del cielo donde pronto aparecería la luna. Belqassim alargó la mano, agarró la falda de Kit y la obligó a sentarse. Antes que pudiera intentar levantarse se hallaba entre sus brazos.
—¡No, no, no! —chilló Kit, mientras él le echaba la cabeza hacia atrás y las estrellas se precipitaban en el espacio negro.
Pero él la envolvía entera, mucho más poderoso que ella; Kit no podía hacer el menor movimiento que él no autorizara. Al principio, se puso rígida, jadeante de cólera, en una lucha encarnizada contra él, aunque la batalla se libraba solo en su interior. Después comprendió su impotencia y la aceptó. Primero solo era consciente de los labios de aquel hombre, del aliento que emanaban, dulce y fresco como una mañana de primavera en la niñez. Había una cualidad animal en la firmeza con que la sostenía, afectuoso, sensual, por completo irracional… suave, pero con una determinación que solo la muerte podía paliar. Estaba sola en un mundo vasto e irreconocible, pero solo por un momento; después entendió que aquella amistosa presencia carnal estaba allí con ella. Poco a poco fue cobrándole afecto: todo lo que hacía, todas sus pequeñas atenciones sobrecogedoras eran para ella. En su conducta había un equilibrio perfecto entre la suavidad y la violencia que le procuraba un placer especial. Salió la luna, pero ella no la vio.
—Yah, Belqassim! —gritó una voz impaciente.
Kit abrió los ojos: el otro hombre estaba de pie junto a ellos, mirándolos. La luna le iluminaba la cara de águila. Una triste intuición le susurró lo que iba a ocurrir. Se agarró con desesperación a Belqassim, cubriéndole la cara de besos. Pero un momento después tenía a su lado a un animal diferente, hirsuto y extraño, y su llanto pasó inadvertido. Mantuvo los ojos abiertos, con la mirada clavada en Belqassim, que se apoyó ociosamente en un tronco cercano, los afilados pómulos acentuados por el brillo de la luna. Una y otra vez siguió la línea de su rostro, desde la frente hasta el grácil cuello, exploró las sombras profundas en busca de sus ojos, ocultos en la oscuridad. En algún momento lanzó un grito y después sollozó un rato porque lo tenía tan cerca y no podía tocarlo.
Las caricias de aquel hombre eran bruscas, sus movimientos rudos, inaceptables. Por fin, se levantó.
—Yah latif! Yah latif! —murmuró, alejándose lentamente.
Belqassim rio, se acercó y se tendió junto a ella. Kit trató de mirarlo con reproche, pero sabía de antemano que era inútil, que aun teniendo una lengua en común, él no habría sido capaz de entenderla. Le tomó la cabeza entre las manos.
—¿Por qué se lo permitiste? —no pudo evitar decirle.
—Habibi —murmuró él, acariciándole la mejilla con ternura.
Volvió a ser feliz un rato, flotando sobre la superficie del tiempo, consciente de sus gestos de amor solo después de hacerlos. Desde el principio de todo, cada movimiento esperaba nacer y ahora por fin empezaba a ser. Más tarde, al irse empequeñeciendo en el cielo la luna redonda y ascendente, Kit oyó que tocaban la flauta junto al fuego. Enseguida reapareció el mercader más viejo e incordió a Belqassim, que le respondió con el mismo mal humor.
—Baraka! —dijo el otro, alejándose de nuevo.
Poco después Belqassim suspiró con pesar y se puso de pie. Kit no intentó retenerlo. Luego ella también se levantó y se acercó al fuego ya apagado, sobre el que se asaban unas brochetas de carne. Comieron con tranquilidad, sin conversar, y minutos después los paquetes estaban atados y apilados sobre los camellos. Era casi medianoche cuando reemprendieron la marcha; desandaron el camino hasta las dunas altas, donde retomaron la dirección de la víspera. Esta vez Kit llevaba un albornoz que Belqassim le había lanzado en el momento de la partida. La noche era fría y milagrosamente clara.
Continuaron hasta media mañana y se detuvieron en un lugar sobre las dunas altas sin el menor vestigio de vegetación. Durmieron de nuevo toda la tarde, y otra vez, cuando cayó la noche, el doble rito del amor fue observado de lejos, desde el campamento.
Y así fueron transcurriendo los días, cada uno un poquito más caluroso que el anterior, mientras avanzaban hacia el sur a través del desierto. Las mañanas, el doloroso viaje bajo el sol intolerable; las tardes, el sueño letárgico a la sombra de los camellos; los crepúsculos, las suaves horas al lado de Belqassim (el breve interludio con el otro ya no molestaba a Kit, porque Belqassim siempre estaba cerca); las noches, la marcha bajo la luna, ahora menguante, hacia otras dunas y otras llanuras, cada una más lejana que la precedente y, sin embargo, indistinta de esta.
Pero aunque el entorno parecía ser siempre el mismo, se produjeron algunos cambios en la situación que se había creado entre los tres: la fluidez y la falta de tensión en aquella relación sencilla comenzaron a verse afectadas por la evidente mala voluntad del mayor de los hombres. En las tardes calurosas, mientras los camelleros dormían, él y Belqassim mantenían interminables altercados. A Kit también le habría gustado aprovechar aquella hora, pero los dos hombres la mantenían despierta, y, aunque no entendía una palabra de lo que decían, le parecía que el más viejo quería evitar un curso de acción que Belqassim se empecinaba en tomar. En una auténtica orgía de excitación, reproducía una larga escena en la que varias personas expresaban sucesivamente asombro, indignada desaprobación y cólera. Belqassim sonreía con indulgencia y meneaba la cabeza en señal de paciente desacuerdo; su actitud denotaba a la vez intransigencia y seguridad en sí mismo, lo que enfurecía al otro que, cada vez que comprobaba la inutilidad de sus argumentos, se levantaba y se alejaba unos pasos, solo para regresar un momento después y reanudar el ataque. Pero quedaba bastante claro que Belqassim estaba resuelto, que ninguna amenaza ni profecía de su compañero lograría alterar la decisión que había tomado. Al mismo tiempo, Belqassim iba adoptando una actitud cada vez más posesiva hacia Kit. Dejó claro que sufría que el otro obtuviera su breve noche de placer con ella solo como muestra de excepcional generosidad. Cada noche, Kit abrigaba la esperanza de que al final se negaría a entregarla al otro, de que no se levantaría para ir a apoyarse en el árbol cuando el otro se acercara. Lo cierto es que Belqassim había empezado a proferir objeciones malhumoradas cuando llegaba aquel momento, pero seguía permitiendo que su amigo la poseyera, y Kit supuso que era un acuerdo entre caballeros que terminaría con el viaje.
A mediodía ya no les perseguía solo el sol desde lo alto: el cielo entero era como una cúpula metálica calentada al blanco. La luz llegaba aplastante y sin clemencia desde todas las direcciones; el sol era el cielo entero. Empezaron a viajar solo de noche: emprendían la marcha poco después del crepúsculo y se detenían con la primera señal del sol naciente. La arena, como las grandes llanuras pedregosas, había quedado muy atrás. Ahora una vegetación gris crecía en todas partes como un pulular de insectos; unos matojos torturados, de cortezas duras y espinas rígidas y velludas, que cubrían la tierra como una excrecencia de odio. El paisaje ceniciento por el que avanzaban era llano como un suelo. Las plantas eran más altas cada día, y sus espinas brotaban más robustas y crueles. Algunas ya alcanzaban la altura de árboles, con la copa ancha y chata, y siempre desafiantes, aunque una bocanada de humo los hubiera protegido por igual del ataque del sol. Las noches, sin luna, eran mucho más calurosas. A veces, mientras avanzaban por el oscuro paisaje, oían el sonido de animales asustados que huían a su paso. Kit se preguntaba qué habría visto de haber habido luz, pero no sentía un peligro real. En aquel momento, aparte del deseo insaciable de estar siempre cerca de Belqassim, le habría sido difícil saber qué sentía. Hacía tanto tiempo que no canalizaba sus pensamientos expresándolos en voz alta que se había acostumbrado a actuar sin que su conciencia participara en la acción. Reparaba en lo que hacía solo cuando ya estaba haciéndolo.
Una noche, habiendo detenido la caravana para hacer sus necesidades detrás de un arbusto, Kit vio junto a ella, en la penumbra, la silueta de un gran animal y pidió auxilio; Belqassim acudió en su ayuda en el acto, la consoló y después la tumbó salvajemente en el suelo y de forma inesperada le hizo el amor mientras la caravana esperaba. Pese a las dolorosas espinas que se le incrustaron en el cuerpo, Kit tuvo la impresión de que aquello era algo normal, y sufrió sin chistar el resto de la noche. Al día siguiente las espinas seguían ahí y las heridas se habían infectado. Cuando Belqassim la desvistió y vio las marcas rojas se encolerizó porque arruinaban la blancura de su piel, y disminuían en gran medida la intensidad de su placer. Antes de volver a tener contacto con ella, la obligó a someterse a la dolorosa extracción de cada espina. Después le untó con mantequilla la espalda y las piernas.
Ahora que hacían el amor de día, cada mañana, cuando habían terminado, Belqassim abandonaba la manta donde yacía Kit y se alejaba unos metros con una gourba de agua hasta llegar a un lugar donde se lavaba con minuciosidad en la incipiente luz del sol. Después, ella también iba en busca de una gourba y se la llevaba lo más lejos posible, pero con frecuencia acababa lavándose a la vista de todo el campamento porque no había donde esconderse. Pero en aquel momento los camelleros no le prestaban más atención que los propios camellos. Aunque Kit seguía siendo un tema de enorme interés y de constante discusión entre los camelleros, no dejaba de ser propiedad exclusiva de sus amos, tan privada e inviolable como la suave piel del talego lleno de plata que llevaban en bandolera.
Una noche, por fin, la caravana desembocó en una carretera muy transitada. A lo lejos ardía una hoguera; cuando estuvieron cerca vieron hombres y camellos dormidos. Antes del alba se detuvieron en las afueras de un pueblo y comieron. Por la mañana, Belqassim entró a pie en la aldea y regresó poco después con un hato de ropa. Kit estaba dormida, pero Belqassim la despertó y esparció las ropas sobre la manta en la ambigua sombra de los espinos, indicándole que se desvistiera para ponérselas. Le agradó deshacerse de su propia vestimenta que, a aquellas alturas, estaba en un estado irreconocible, y fue poniéndose con creciente deleite los pantalones amplios y suaves, la chaqueta holgada y la túnica flotante. Cuando hubo terminado, Belqassim la observó ir y venir con atención. La llamó con un gesto, tomó un largo turbante blanco y se lo colocó en la cabeza, ocultándole el pelo por completo. Entonces se sentó y la contempló de nuevo. Frunció el ceño, volvió a llamarla y sacó una faja de lana que le colocó alrededor del torso, la apretó contra su cuerpo desnudo bajo las axilas y la ató firmemente en la espalda. Kit respiraba con cierta dificultad y quiso que se la quitara, pero Belqassim meneó la cabeza. De pronto Kit comprendió que aquella ropa era de hombre y que Belqassim quería hacerla pasar por un hombre. Se echó a reír; Belqassim rio con ella y la hizo caminar de un lado a otro varias veces; cada vez que pasaba delante de él le daba unos golpecitos en las nalgas con satisfacción. Abandonaron las ropas de Kit entre los matorrales y, cuando cerca de una hora más tarde Belqassim descubrió que uno de los camelleros se las había apropiado, imaginando que con la intención de venderlas en el pueblo que atravesarían poco después, se las arrebató encolerizado y le ordenó que cavara un hoyo poco profundo y las enterrara allí mismo ante sus propios ojos.
Kit se acercó a los camellos y, por primera vez, abrió su maleta, se miró en el espejo interior y descubrió que con el color tostado que había adquirido durante las últimas semanas guardaba un parecido asombroso con un joven árabe. La idea le divirtió. Mientras trataba de ver el efecto general en el espejito, Belqassim se le acercó, la agarró y la llevó en brazos hasta la manta, donde la cubrió con un sinfín de besos y de caricias, y la llamó “Ali” entre alegres carcajadas.
La aldea era una aglomeración de chozas redondas de barro con techos de paja; lo extraño es que parecía desierta. Los tres dejaron a los hombres con las bestias en la entrada, y se dirigieron al pequeño mercado donde el mayor de los hombres compró varios paquetes de especias. Hacía un calor increíble; aquella lana áspera contra la piel y la faja apretada alrededor del pecho le causaban la sensación de que en cualquier momento se desplomaría sobre el polvo. La gente acuclillada en el mercado era muy oscura, y la mayoría tenía la cara avejentada y falta de vida. Cuando un hombre se dirigió a Kit con un par de sandalias usadas (iba descalza), Belqassim se adelantó y respondió en su lugar, indicando con gestos que aquel joven no estaba en sus cabales y que no había que hablarle ni molestarle. Ofreció la misma explicación varias veces durante su paseo por el pueblo; todos la aceptaron sin comentarios. En cierto momento, una vieja que tenía la cara y las manos en parte devoradas por la lepra se acercó y agarró a Kit por la ropa, pidiendo limosna. Kit la miró, lanzó un grito y buscó refugio en Belqassim. Él la apartó con tal brutalidad que Kit cayó sobre la mendiga; Belqassim la cubrió de insultos, y al terminar, escupió furioso en el suelo. Los espectadores parecían divertirse, pero el hombre mayor meneó la cabeza y, más tarde, ya en las afueras de la aldea con los camellos, empezó a regañar a Belqassim mientras le señalaba con ira cada prenda del disfraz de Kit. Aun entonces el joven se limitó a sonreír y a contestar con monosílabos. Pero esta vez la cólera del otro era implacable, y Kit tuvo la impresión de que le hacía al joven una última advertencia, que sabía inútil, y le aclaraba que en adelante consideraría que aquel asunto no era de su incumbencia. Y así fue: ni aquel día ni el siguiente se acercó a ella.
Se pusieron en marcha al atardecer. Durante la noche se toparon varias veces con procesiones de hombres y de bueyes, y atravesaron dos aldeas más en las que ardían hogueras en las calles. Al día siguiente, mientras descansaban y dormían, oían un tráfico constante de caminantes. Aquella tarde reemprendieron el camino antes que se pusiera el sol. La luna estaba en el cenit cuando llegaron a la cima de un leve promontorio desde donde se veían, a poca distancia, los fuegos y las luces de una gran ciudad en la llanura. Kit escuchó la conversación de los hombres con la esperanza de descubrir su nombre, pero sin éxito.
Cerca de una hora después franquearon las puertas. La ciudad estaba en silencio bajo la luz de la luna y las amplias calles se hallaban desiertas. Kit reparó en que los fuegos que vislumbrara de lejos se alineaban extramuros de la ciudad, donde acampaban los viajeros. Pero allí dentro todo estaba quieto, todos dormían tras las altas fachadas de unas casas grandes como fortalezas. Sin embargo, al doblar por un callejón y apearse de los camellos que gruñían a coro, oyó el sonido de unos tambores bastante cercanos.
Se abrió una puerta. Belqassim desapareció en la oscuridad, y pronto la casa cobró vida y movimiento. Aparecieron los criados con lámparas de carburo y las fueron depositando entre los paquetes que descargaban de los camellos. El callejón no tardó en tener todo el aspecto de un campamento en el desierto. Kit se apoyó en la fachada de la casa, cerca de la puerta, y observó la actividad. De pronto vio su maleta entre los sacos y las alfombras. Se acercó y la cogió. Uno de los hombres la miró con desconfianza y le dijo algo. Ella regresó a su puesto de observación con la maleta. Belqassim tardó mucho en salir de la casa. Cuando lo hizo, se volvió hacia ella, la tomó del brazo y la invitó a entrar.
Más tarde, sola en la oscuridad, Kit recordó un caos de pasadizos, escaleras y curvas; de espacios negros junto a ella, iluminados un instante por la lámpara que llevaba Belqassim; de amplias azoteas donde erraban las cabras a la luz de la luna; de patios diminutos y de lugares donde, aun agachándose para pasar, sentía en el turbante el roce de un fleco de fibras sueltas que colgaban de las vigas de palmera. Habían subido y bajado, doblado a la izquierda y a la derecha, y atravesado, creía Kit, innumerables casas. En una ocasión había visto dos mujeres de blanco acuclilladas en el rincón de un cuarto, junto a un pequeño fuego, y de pie, un niño desnudo que lo abanicaba con un fuelle. Había sentido la presión constante del brazo de Belqassim sobre el de ella mientras, con premura y cierta aprensión, pensó Kit, la guiaba a través del laberinto, adentrándose cada vez más en la inmensa morada. Kit llevaba la maleta: le golpeaba las piernas y daba contra las paredes. Por último atravesaron un corto tramo de azotea, subieron unos cuantos peldaños desiguales de tierra y, cuando él introdujo una llave y abrió una puerta, se agacharon para entrar en un pequeño cuarto. Allí, Belqassim dejó la lámpara en el suelo, se volvió sin mediar palabra, salió y cerró la puerta con llave. Kit oyó seis pasos que se alejaban y el chasquido de una cerilla, pero eso fue todo. Permaneció mucho tiempo encorvada (el techo era demasiado bajo para poder erguirse), escuchando el silencio que pululaba en torno a ella, sobremanera inquieta sin saber por qué, vagamente aterrada, pero sin motivo aparente. Era más como si se escuchase a sí misma, como si esperara que sucediese algo en un lugar que de algún modo había olvidado, pero cuya existencia sentía oscuramente próxima. Pero no ocurrió nada; no oía ni siquiera los latidos de su propio corazón. Solo existía el sonido familiar y un poco silbante en los oídos. Cuando se cansó de tener el cuello en aquella posición incómoda, se sentó en el colchón a sus pies y arrancó de la manta pequeñas motas de lana. Las paredes de barro, alisadas por la mano del albañil, tenían una suavidad que atrajo su mirada. Se quedó mirándolas hasta que la llama de la lámpara se debilitó y empezó a vacilar. Cuando llegó a su fin, Kit estiró la manta y se tumbó, sintiendo que algo iba mal. Al poco rato, en la oscuridad, los gallos se pusieron a cantar, lejos y cerca, y el sonido le causó escalofríos.
XXVII
Cada mañana, el cielo diáfano y ardiente que veía por la ventana desde el lecho, día tras día, era parte de un mecanismo que funcionaba con total independencia, un poder que había seguido su camino, dejándola atrás. Sentía que un día nublado le permitiría volver al tiempo. Pero cuando miraba, la vasta e inmaculada claridad seguía allí afuera, inmutable y despiadada.
Cerca del colchón había un ventanuco cubierto por una reja de hierro; afuera, una pared cercana de barro marrón no permitía ver más que una franja muy distante de la ciudad. El caos de edificios cúbicos con sus tejados planos parecía extenderse al infinito, y el polvo y la bruma impedían adivinar dónde empezaba el cielo. Pese al resplandor, el paisaje era gris, cegador en su brillo, pero gris. Por la mañana temprano el sol amarillo y acerado resplandecía en el cielo a lo lejos durante un rato y clavaba en Kit su ojo de serpiente cuando, apoyada en los cojines, se sentaba a mirar el rectángulo de luz imposible. Después, cuando volvía a mirarse las manos, cargadas con los enormes anillos y brazaletes que Belqassim le había regalado, casi no las veía, hasta que, en breve, se acostumbraba de nuevo a la penumbra de la habitación. A veces divisaba en una azotea distante unas diminutas figuras humanas, cuya silueta se recortaba contra el cielo, e imaginaba lo que verían más allá de las interminables azoteas de la ciudad. Entonces un sonido cercano la alertaba; se apresuraba a quitarse los brazaletes de plata y los dejaba caer en su maleta a la espera de oír los pasos en la escalera y, poco después, la llave en la cerradura. Una esclava anciana y negra, con piel de elefante, le traía comida cuatro veces al día. Cada vez, antes de que apareciera con la enorme bandeja de cobre, Kit oía sus anchos pies abofetear el suelo de la azotea y el tintineo de las ajorcas de plata que adornaban sus tobillos. Al entrar, decía con solemnidad “Sbalkheir” o “Msalkheir”, cerraba la puerta, tendía a Kit la bandeja y se acuclillaba en el suelo con la vista baja mientras Kit comía. Kit nunca le hablaba porque la vieja, como todos en la casa salvo Belqassim, creía que aquel invitado era un muchacho; y Belqassim le había indicado mediante gestos muy expresivos las reacciones de los miembros femeninos de la casa si descubrían la verdad.
Aún no había aprendido el idioma de Belqassim; en realidad, ni siquiera se le había ocurrido hacer el esfuerzo. Pero se había acostumbrado a la inflexión de su discurso y al sonido de ciertas palabras, de modo que con un poco de paciencia él lograba hacerle entender cualquier idea que no fuese demasiado complicada. Kit sabía, por ejemplo, que la casa pertenecía al padre de Belqassim; que la familia era oriunda del norte, de Mecheria, donde tenían otra casa; y que Belqassim y sus hermanos se turnaban llevando caravanas entre distintos lugares de Argelia y el Sudán. También supo que Belqassim, pese a su juventud, tenía una esposa en Mecheria y tres en aquella casa, y que incluyendo a sus propias esposas, y a las de su padre y sus hermanos, había veintidós mujeres viviendo en el establecimiento, sin contar las empleadas. Y que estas no debían sospechar nunca que Kit fuera otra cosa que un joven y desafortunado viajero al que Belqassim había salvado de morir de sed, y que aún no se había recuperado de los efectos de su terrible experiencia.
Belqassim le hacía una visita cada tarde y se quedaba con ella hasta el anochecer. Cuando, ya de noche, Belqassim se había marchado y Kit se quedaba sola hasta el día siguiente, al recordar la intensidad y la insistencia de su ardor, pensaba que las tres esposas debían estar sufriendo un abandono considerable, en cuyo caso ya debían abrigar sospechas y estar celosas de aquel extraño joven que llevaba tanto tiempo gozando de la hospitalidad de la casa y de la amistad de su esposo. Pero como ahora solo vivía en función de las horas fogosas que compartía a diario con Belqassim, le resultaba impensable advertirle que fuera menos pródigo con su amor hacia ella a fin de mitigar las sospechas. Lo que no suponía era que no había abandonado a ninguna de las tres esposas y que, aun de ser así, y en caso de que estas hubieran culpado al joven de ello, nunca se les hubiera ocurrido estar celosas de él. De modo que si enviaron al pequeño Othman, un negrito que solía andar en cueros por la casa, a espiar al joven extranjero para contarles qué aspecto tenía, fue por pura curiosidad.
De ahí que Othman, con su cara de sapo, se instalara en el hueco de la escalera que conducía desde la azotea hasta la habitación en lo alto. El primer día vio a la vieja esclava subir y bajar bandejas, y por la tarde vio a Belqassim llegar de visita y marcharse mucho después, ajustándose las ropas, por lo que pudo informar a las esposas del tiempo que su esposo había dedicado al extranjero y de lo que, según él, estaba ocurriendo. Pero aquello no era lo que ellas querían saber; les interesaba el extranjero en sí: ¿era alto?, ¿tenía la piel clara? La excitación que les causaba la presencia de un joven desconocido en casa, en particular si su esposo dormía con él, era más de lo que podían soportar. Que fuera apuesto y deseable era algo que no dudaban ni por un momento, porque de lo contrario Belqassim no lo mantendría allí.
A la mañana siguiente, cuando la vieja esclava hubo bajado la bandeja del desayuno, Othman salió de su escondrijo y llamó con suavidad a la puerta. Después hizo girar la llave y se quedó en el umbral con una estudiada expresión de desolación y descaro. Kit se echó a reír. Aquel ser pequeño y desnudo, de vientre hinchado y cabeza desmesurada, le parecía ridículo. El pequeño Othman no pasó por alto el sonido de su risa; esbozó no obstante una sonrisa y fingió ser presa de un repentino ataque de timidez. Kit se preguntó si a Belqassim le molestaría que un niño como aquel entrara en la habitación; al mismo tiempo se vio haciéndole señas para que lo hiciera. Othman entró despacio, con la cabeza gacha y un dedo en la boca, y los enormes ojos saltones alzados hacia ella. Kit cruzó la habitación y cerró la puerta. De repente Othman se echó a reír, y empezó a dar volteretas, a cantar cancioncitas nimias acompañadas de pantomimas y a hacer el tonto en general para engatusarla. Kit cuidaba de no hablar, pero no podía evitar reír de vez en cuando, cosa que le inquietaba un poco, ya que su intuición empezaba a susurrarle que la alegría de aquel niño tenía algo de artificial y que la creciente intimidad de su mirada traslucía cierta cautela; sus payasadas le divertían, pero sus ojos la alarmaban. En aquel momento andaba sobre las manos. Cuando volvió a ponerse de pie, flexionó los brazos como un gimnasta. Sin previo aviso, saltó al colchón junto a Kit, le pellizcó los bíceps por debajo de la ropa y dijo con inocencia: “Deba, enta”, para indicar que el joven huésped debía a su vez mostrar sus habilidades. Entonces Kit sospechó del todo; se quitó de encima la mano que seguía sobre ella y sintió cómo el bracito le rozaba el pecho adrede. Furiosa y asustada, trató de sostenerle la mirada y de leer sus pensamientos; él seguía riéndose e insistiendo en que se levantara y actuase. Pero el miedo en su interior era como un motor alocado que se había puesto en marcha. Observaba aquella gesticulante cara de reptil con terror creciente. Era una emoción que le resultaba muy familiar; el insoportable recuerdo de su intimidad con aquello la aisló de la realidad por completo. Permaneció sentada, aterida por dentro, y entonces supo que no sabía nada, tampoco dónde estaba, ni qué era; tenía que dar un ligero e imposible paso hacia un lado o hacia el otro para poder volver a enfocar.
Quizá se quedó mirando la pared demasiado tiempo para el gusto de Othman, o tal vez, habiéndola desenmascarado, no necesitaba entretenerla más: tras unos inconexos pasos de baile empezó a retroceder hacia la puerta, con los ojos clavados en los de ella, como si su desconfianza fuera tal que la creyese capaz de cualquier traición. Al llegar a la puerta, buscó con suavidad el picaporte a sus espaldas, salió a toda prisa, dio un portazo y echó llave a la puerta.
La esclava le trajo la comida al mediodía, pero Kit seguía inmóvil, con la mirada vacía. La vieja le acercó a la cara unos bocados y trató de metérselos en la boca. Después salió en busca de Belqassim para decirle que el joven caballero estaba enfermo o embrujado, y que no quería comer. Pero aquel día Belqassim estaba comiendo en casa de un mercader de pieles en el otro extremo de la ciudad, de modo que no pudo hablar con él. Decidió encargarse del asunto en persona, y se marchó a sus aposentos, que daban a un patio próximo a los establos, donde preparó un bol con manteca de cabra y estiércol de camello en polvo, que mezcló con cuidado en un mortero. Después hizo una bola con la mitad de la pasta y la tragó sin masticarla. Con el resto untó las dos correas de un largo látigo de cuero que guardaba junto a su jergón. Con la fusta en la mano regresó al cuarto donde Kit seguía petrificada sobre el colchón. Cerró la puerta y, tras aunar fuerzas, inició una canción monótona y plañidera, mientras hacía serpentear el látigo en el aire con lentos movimientos a la espera de una señal de conciencia en el semblante paralizado del joven. Al cabo de unos minutos, tras comprobar que no sucedía nada, se acercó más y blandió el látigo sobre su cabeza, a la vez que arrastraba los pies en un paso lento que hacía sonar las pesadas ajorcas de plata como acompañamiento rítmico del canto. El sudor no tardó en surcarle la negra tez; caía sobre su ropa y sobre el suelo de tierra seca, donde cada gota se agrandaba hasta formar una gran mancha redonda. Kit era consciente de su presencia y del olor rancio que despedía, consciente del calor y del canto en la habitación, pero nada de aquello tenía que ver con ella, era como un recuerdo lejano y fugaz, allá fuera, muy lejos. De pronto, con un gesto veloz y ligero, la vieja de dio un latigazo en plena cara. El cuero flexible y engrasado se le enroscó en la cabeza durante una fracción de segundo, causándole un ardor en la mejilla. Kit no se movió. Segundos después se llevó la mano a la cara con lentitud y lanzó un pequeño grito, no muy fuerte, pero inconfundiblemente femenino. La vieja esclava la observó temerosa, perpleja: era evidente que aquel joven estaba embrujado de verdad. La vieja observó a Kit desplomarse sobre el colchón y entregarse a un llanto desconsolado.
En aquel momento, la vieja oyó pasos en las escaleras. Aterrada por la idea de que Belqassim estuviera de vuelta y la castigara por aquella intromisión, dejó caer el látigo y se dirigió a la salida. La puerta se abrió, y aparecieron en la habitación, una tras otra, las tres esposas de Belqassim, agachándose un poco al entrar para no chocar con el techo. Sin prestarle atención a la vieja, las tres se precipitaron al colchón y se abalanzaron sobre el cuerpo postrado de Kit, arrancándole el turbante de la cabeza y desgarrándole la ropa con tal fuerza que quedó con el torso desnudo por completo. El ataque fue tan inesperado y violento que dio resultado en cuestión de segundos; Kit no sabía qué estaba ocurriendo. Entonces sintió un latigazo en los pechos. Chilló y agarró una cabeza que se agitaba delante de ella. Palpó el pelo, las suaves facciones de la cara que sostenía entre los dedos crispados. Con todas sus fuerzas tiró de ella hacia abajo y trató de romper aquella cosa en pedazos, pero no se rompía; solo se humedecía. El látigo le dejaba marcas de fuego en los hombros y en la espalda. Alguien más gritaba y unas voces agudas pedían auxilio. Sintió el peso de un cuerpo en la cara. Mordió una carne blanda. “Menos mal que tengo buenos dientes”, pensó, y vio las palabras de aquella frase impresas mientras apretaba las mandíbulas y sentía que hundía los dientes en la masa de carne. La sensación fue deliciosa. Saboreó la sangre caliente y salada en la lengua, y el dolor de los golpes remitió. Había mucha gente en la habitación; el aire era un galimatías de sollozos y de aullidos. Oyó la furiosa voz de Belqassim por encima del ruido. Al saberlo allí, distendió las mandíbulas y recibió un violento golpe en la cara. Los sonidos se alejaron veloces y se quedó un rato sola en la oscuridad, creyendo que tatareaba una cancioncita que Belqassim le había cantado a menudo.
¿O era la voz de él? ¿Estaba acostada, con la cabeza en su regazo y los brazos estirados para acercar la cara de él a la de ella? ¿Había transcurrido una noche tranquila de por medio, o habían transcurrido varias noches antes de verse sentada con las piernas cruzadas en una gran habitación iluminada por muchas velas, vestida de dorado, rodeada de todas aquellas mujeres malhumoradas? ¿Cuánto tiempo seguirían sirviéndole vasos de té, y permanecería sentada a solas con ellas? Pero Belqassim estaba allí, con ojos graves. Lo observó: hierático como el personaje de un sueño: retiraba las joyas del cuello de cada una de sus tres esposas, y se volvía una y otra vez para depositarlas con delicadeza en el regazo de Kit. El brocado de oro cedía bajo el peso del metal. Miró pasmada los brillantes objetos, y luego a las esposas, pero tenían los ojos clavados en el suelo y se negaban a levantarlos. En el patio inferior, más allá del balcón, las voces masculinas iban en aumento; empezó la música y las mujeres que la rodeaban chillaron todas a una en su honor. Mientras Belqassim, sentado en frente de ella, le ajustaba las joyas en torno al cuello y sobre el pecho, Kit supo que todas las mujeres la odiaban y que él nunca podría protegerla de aquel odio. Hoy castigaba a sus esposas tomando otra, y las humillaba en su presencia, pero a partir de entonces las restantes caras sombrías que la rodeaban, y aun las esclavas que miraban desde el balcón, esperarían el momento de saborear su caída.
Mientras Belqassim le daba de comer un pastel, llenándole la cara de migas, ella sollozaba y se atragantaba. “G igherdh ish’ed our illi”, cantaban los músicos abajo, una y otra vez, al ritmo cambiante de un adufe, que se cerraba lentamente sobre sí mismo formando un círculo del que Kit no lograría escapar. Belqassim la miraba con una mezcla de preocupación y de asco. Kit tosió largo rato entre sollozos. El khol le surcaba la cara, las lágrimas le mojaban el vestido de novia. Los hombres que reían en el patio de abajo no la salvarían, Belqassim no la salvaría. Aun en aquel momento estaba furioso con ella. Se tapó la cara en las manos y sintió que él le agarraba las muñecas. Le hablaba en susurros y sus incomprensibles palabras siseaban. Le retiró con violencia las manos, y la cabeza de Kit cayó hacia delante. La dejaría sola una hora y las tres estarían esperando. Ya pensaban al unísono; viéndolas allí sentadas delante de ella, negándose a levantar la vista, Kit era capaz de adivinar la dirección vengativa de sus pensamientos. Pidió auxilio y trató de levantarse, pero Belqassim la obligó con brutalidad a permanecer sentada. Una negra muy voluminosa atravesó la habitación tambaleándose, se sentó apoyándose en Kit y le puso un brazo macizo alrededor de los hombros para sostenerla contra la pila de cojines del otro lado. Kit vio que Belqassim salía de la habitación; enseguida se desabrochó cuantos collares y broches pudo; la negra reparó en los movimientos de sus manos. Cuando tuvo varias piezas en el regazo se las lanzó a las tres esposas. Las demás mujeres profirieron un grito; una esclava salió corriendo en busca de Belqassim, que regresó al instante, negro de rabia. Nadie había movido un dedo para tocar las joyas, que seguían en la alfombra delante de las tres esposas. (“G igherdh ish’ed our illi”, insistía tristemente la canción.) Kit vio que Belqassim se agachaba para recogerlas; luego sintió que le golpeaban la cara y caían rodando por la pechera de su vestido.
Tenía el labio cortado: le fascinó la sangre en su dedo y permaneció inmóvil mucho tiempo, consciente solo de la música. Permanecer inmóvil parecía ser la mejor manera de evitar más dolor. En cualquier caso, puesto que había que sufrir, la única manera de vivir era encontrar la forma de mantener alejado el sufrimiento el mayor tiempo posible. Ahora que no se movía, nadie le hacía daño. La gorda mano de la negra la había vuelto a adornar con collares y amuletos. Alguien le tendió un vaso de té muy caliente y otra persona le ofreció un pastel. La música seguía, las mujeres puntuaban sus cadencias con lelilíes. Las velas se consumieron, muchas se apagaron y la habitación fue sumiéndose cada vez más en la oscuridad. Kit se adormeció, apoyada en la negra.
Mucho más tarde, subió a oscuras los cuatro peldaños que conducían a un enorme lecho rodeado por cortinas perfumadas con clavo, mientras oía a sus espaldas la pesada respiración de Belqassim que la llevaba del brazo. Ahora que Kit le pertenecía del todo, había en su actitud un nuevo salvajismo, un cierto desenfreno rabioso. La cama era un mar embravecido; Kit estaba a merced de la violencia y el caos de aquellas pesadas olas que, una tras otra, caían sobre ella desde arriba. ¿Por qué en el momento álgido de la tormenta dos manos de ahogado le apretaron el cuello cada vez con más fuerza? Y más fuerza, hasta que la gigantesca música gris del mar quedó cubierta por un sonido más potente y oscuro, el bramido de la nada que el espíritu emite cuando se acerca al abismo y se asoma.
Después yació despierta en el dulce silencio de la noche, respirando con suavidad mientras él dormía. Pasó el día siguiente en la intimidad de la cama, con las cortinas corridas. Era como estar dentro de una gran caja. Por la mañana, Belqassim se vistió y salió; la gorda de la víspera echó el cerrojo y se sentó en el suelo, apoyada contra la puerta. Cada vez que los criados traían comida, bebida o agua para el aseo, la mujer se levantaba con increíble lentitud, jadeando y gruñendo, para abrir la gran puerta.
La comida le repugnaba: era sebosa, pegajosa y blanda, muy distinta de la que había comido en su habitación en la azotea. Algunos platos consistían en trozos de grasa de cordero cocinados a medias. Comía muy poco y veía que las criadas la miraban con desaprobación cuando recogían las bandejas. Sabiendo que por el momento estaba a salvo, casi se sentía tranquila. Hizo que le trajeran su maletita y, en la intimidad de la cama, la puso sobre sus rodillas y la abrió para examinar su contenido. Usó como un autómata los polvos, la barra de labios y el perfume; los billetes doblados de mil francos cayeron sobre la cama. Pasó mucho tiempo mirando pasmada los artículos restantes: pañuelitos blancos, tijeras de uña niqueladas, un par de pijamas de seda color ocre, pequeños frascos de crema para la cara. Después los manipuló distraídamente; eran como los fascinantes y misteriosos vestigios de una civilización desaparecida. Presentía que cada objeto era un símbolo de algo olvidado. Ni siquiera le entristeció saber que no recordaba lo que significaban aquellas cosas. Hizo un fajo con los billetes, lo colocó en el fondo de la maleta, puso todo lo demás encima y la cerró.
Aquella noche Belqassim cenó con ella, y habiéndole indicado con gestos elocuentes que estaba indeseablemente delgada, la obligó a tragar la comida grasienta. Kit se rebeló; aquello la enfermaba. Pero como siempre, era imposible no cumplir su voluntad. Tragó entonces, tragó al día siguiente, y los días sucesivos. Se acostumbró a la grasa y dejó de protestar. En su cabeza se confundían los días y las noches, porque a veces Belqassim venía a acostarse a primera hora de la tarde y se marchaba al crepúsculo, para regresar en mitad de la noche, seguido por una criada con bandejas de comida. Kit no se movía de aquella habitación sin ventanas y por lo general permanecía en la cama, acostada sobre las desordenadas pilas de almohadas, con la mente vacía salvo por el recuerdo o la anticipación de la presencia de Belqassim. Cuando subía los peldaños de la cama, descorría las cortinas, entraba y se tendía junto a ella para iniciar el lento ritual de quitarle la ropa, las horas que Kit había pasado sin hacer nada cobraban pleno sentido. Y cuando se marchaba, el delicioso estado de agotamiento y plenitud persistía mucho tiempo después; permanecía mitad despierta, inmersa en un aura de despreocupada satisfacción, un estado que no tardó en convertirse en un hábito, y luego, como una droga, se le hizo también indispensable.
Una noche Belqassim no apareció. Kit se agitó y suspiró tanto y con tal violencia, que la negra salió y le trajo un vaso de algo extraño y amargo. Kit se durmió, pero por la mañana tenía la cabeza pesada y con zumbidos de dolor. Comió muy poco durante el día. Esta vez las criadas la miraron con simpatía.
Apareció al final de la tarde. Apenas hubo entrado y despedido a la negra, Kit brincó de la cama, atravesó el cuarto de un salto y se tiró en sus brazos, histérica. Belqassim la llevó de vuelta a la cama, sonriendo, y empezó a quitarle metódicamente la ropa y las joyas. Cuando estuvo tendida ante él, exhibiendo su piel blanca, con los ojos velados, se agachó y le dio a probar del caramelo que sostenía entre los dientes. De vez en cuando Kit trataba de morderle los labios al mismo tiempo que recibía el dulce, pero él siempre era más rápido que ella y apartaba la cabeza. Durante mucho tiempo jugó aquel juego con ella hasta que al final Kit profirió un grito largo y grave, y permaneció inmóvil. Con los ojos brillantes, Belqassim arrojó el caramelo a un lado y cubrió de besos el cuerpo inerte de Kit. Cuando ella volvió en sí, la habitación estaba a oscuras y él yacía a su lado, profundamente dormido. Después de aquello, Belqassim solía tardar un par de días en aparecer para que, a su regreso, ella estuviera desquiciada. Entonces la sometía a juegos interminables hasta que Kit gritaba y le pegaba con los puños. Pero en el ínterin Kit esperaba aquellos interludios insoportables con una excitación persistente que alejaba de su conciencia cualquier otra sensación.
Por fin llegó una noche en que, sin razón aparente, la mujer trajo el brebaje amargo y se quedó mirando a Kit con dureza mientras lo bebía. Kit le devolvió el vaso con el corazón en un puño: Belqassim no vendría. Tampoco vino al día siguiente. Le dieron aquella poción cinco noches consecutivas, y el sabor amargo le pareció cada vez más fuerte. Pasaba los días en un estupor febril, y solo se sentaba para comer lo que le traían.
A veces le parecía que oía las voces agudas de las mujeres detrás de su puerta; el sonido le recordaba la existencia del miedo, y aquello la obsesionaba y entristecía durante unos minutos, pero cuando desaparecía el estímulo y ya no oía las voces, lo olvidaba. La sexta noche decidió de repente que Belqassim no regresaría nunca. Yacía con los ojos secos, mirando el cielo de la cama, la línea vaga de los cortinajes a la luz de la única lámpara de carburo situada junto a la puerta donde se sentaba la mujer. Allí tendida, elaboró una fantasía en la que obligaba a Belqassim a venir a la puerta, acercarse a la cama y descorrer las cortinas, y ella se quedaba pasmada al comprobar que no era Belqassim quien subía los peldaños para reunirse con ella, sino un joven de rostro inventado, anónimo. Solo entonces comprendió que cualquier criatura que guardara un remoto parecido con Belqassim le gustaría tanto como el propio Belqassim. Por primera vez se le ocurrió que del otro lado de las paredes de la habitación, en alguna parte no muy lejana, en las calles, si no en la misma casa, había muchas criaturas así. Y entre aquellos hombres tenía que haber alguno tan maravilloso como Belqassim, que fuera capaz y tuviese las mismas ganas de procurarle placer. La idea de que uno de sus hermanos podía estar a unos pocos metros de ella, al otro lado de la pared situada en la cabecera de su cama, le causaba una angustia nerviosa. Pero su intuición le susurró que permaneciera inmóvil; se dio la vuelta y fingió dormir.
Poco después una criada llamó a la puerta y Kit supo que le traían el vaso soporífico de cada noche; la negra descorrió las cortinas y, viendo que su ama dormía, dejó el vaso en el peldaño superior y volvió a su jergón junto a la puerta. Kit no se movió, pero el corazón le latía de manera inusual. “Es veneno”, se dijo. La estaban envenenando poco a poco; de ahí que no hubiesen venido a castigarla. Mucho después, cuando se incorporó con suavidad sobre un codo y espió entre las cortinas, vio el vaso cerca y se estremeció. La mujer roncaba.
“Tengo que salir de aquí”, pensó. Se sentía extrañamente despierta. Pero cuando bajó de la cama se sintió débil. Y por primera vez notó el olor seco y terroso del cuarto. Sacó del cofre de tafilete que tenía cerca las joyas que Belqassim le había regalado, junto con las que había arrebatado a las otras tres, y las esparció sobre la cama. Después sacó su maletita del cofre y se acercó a la puerta. La mujer seguía dormida. “¡Veneno!”, susurró Kit furiosa mientras hacía girar la llave. Con sumo cuidado logró cerrar la puerta sin hacer ruido. Pero ahora se hallaba en una oscuridad absoluta, temblando de debilidad, con la maleta en una mano y palpando ligeramente la pared con la otra.
“Tengo que mandar un telegrama —pensó—. Es la manera más rápida de contactarlos. Debe haber una oficina de telégrafos.” Pero primero era necesario llegar hasta la calle, que podía estar muy lejos. Entre ella y la calle, en la oscuridad que tenía delante, podía toparse con Belqassim; no quería volver a verlo. “Es tu marido”, se susurró, y durante un instante el miedo la paralizó. Después casi se echó a reír: era solo una parte de aquel juego ridículo que había estado jugando. Pero seguiría jugándolo hasta que mandase el telegrama. Comenzaron a chirriarle los dientes. “¿No puedes controlarte hasta que lleguemos a la calle?”
La pared a su izquierda llegó a un abrupto fin. Avanzó con cautela dos pasos y sintió el suave borde de un escalón bajo la punta de la babucha. “Una de esas malditas escaleras sin pasamanos”, dijo. Dejó adrede la maletita en el suelo, se volvió, se acercó de nuevo a la pared y la siguió en dirección contraria hasta que su mano sintió la puerta. La abrió sin hacer ruido y agarró la pequeña lámpara de metal. La mujer no se había movido. Logró cerrar la puerta sin ningún contratiempo. Con la luz, le sorprendió comprobar lo cerca que se hallaba la maleta. Estaba al borde de la caída, pero cerca del último peldaño; no habría caído desde muy alto. Bajó despacio, con cuidado de no torcerse el tobillo en los escalones desparejados y blandos. Una vez abajo se encontró en un pasillo estrecho con puertas cerradas a los dos lados. El corredor doblaba al final a la derecha y conducía a un patio abierto con el suelo cubierto de paja. Una luna angosta proyectaba luz blanca; vio más adelante la gran puerta y las figuras dormidas a lo largo de la pared; apagó la lámpara y la dejó en el suelo. Cuando llegó al portón se dio cuenta de que no podía correr el enorme cerrojo.
“Tienes que moverlo”, pensó, pero al empujar el frío cerrojo de hierro con los dedos se sintió débil y enferma. Levantó la maleta y la utilizó una sola vez de martillo; tuvo la impresión de que cedía un poco. Uno de los cuerpos se movió.
—Echkoon? —dijo una voz de hombre.
Kit se agachó enseguida y se arrastró hasta ocultarse tras una pila de sacos llenos.
—Echkoon? —repitió la misma voz, con fastidio.
El hombre esperó un momento la respuesta y luego se durmió. Kit quiso probar de nuevo, pero temblaba demasiado, el corazón le latía demasiado fuerte. Se apoyó en los sacos y cerró los ojos. Y de pronto oyó que alguien golpeaba un tambor en la casa.
Se sobresaltó. “La señal —decidió—. Claro. Sonaba cuando llegué.” Ahora no le cabía la menor duda de que saldría de allí. Descansó un momento y se levantó, cruzó el patio en dirección del sonido. Eran dos tambores a la vez. Atravesó un umbral oscuro. Al final de un largo pasillo había otro patio iluminado por la luna, y al acercarse vio una luz amarilla que asomaba por debajo de una puerta. Permaneció un rato en el patio escuchando los ritmos nerviosos que llegaban del interior del cuarto. Los gallos del vecindario despertaron con los tambores y empezaron a cacarear. Llamó con suavidad a la puerta; los tambores seguían, y la voz delicada y aguda de una mujer entonó un estribillo plañidero y reiterado. Esperó mucho tiempo antes de atreverse a llamar de nuevo, pero esta vez golpeó fuerte, decidida. Los tambores cesaron, la puerta se abrió de par en par, y Kit entró parpadeando en el cuarto. Sobre los cojines, en el suelo, estaban las tres esposas de Belqassim, mirándola con ojos desorbitados. Kit se petrificó, como si se encontrase cara a cara con una serpiente mortal. La joven criada cerró la puerta y se apoyó en ella. Entonces las tres dejaron sus tambores en el suelo y se pusieron a hablar a coro, gesticulando y señalando hacia arriba. Una de ellas se levantó de un salto y se le acercó para palpar sus holgadas ropas blancas, evidentemente en busca de las joyas. Kit se arremangó las amplias mangas, buscando en vano los brazaletes. Las otras señalaron la maleta, agitadas. Kit seguía inmóvil, a la espera de que terminase aquella pesadilla. A fuerza de tirar de ella y de empujarla consiguieron que se agachara y abriera el cierre, cuyo mecanismo, en otras circunstancias, les habría fascinado. Pero en aquel momento desconfiaban y se impacientaban. Cuando la maleta se abrió, se abalanzaron sobre ella y desparramaron todo su contenido en el suelo. Kit las miraba sin pestañear. Apenas podía creer su buena fortuna: les interesaba mucho más la maleta que ella. Mientras las esposas escudriñaban los objetos, Kit recobró cierta compostura y hasta se animó a dar una palmadita en el hombro a una de ellas para indicarle que las joyas estaban arriba. Las tres la miraron incrédulas, y una de ellas mandó a la joven criada a verificar. Pero cuando la muchacha iba a salir del cuarto, Kit fue presa del miedo y trató de detenerla. Despertaría a la negra. La otra saltó, furiosa; estalló un breve pleito. Cuando se hubieron calmado, jadeantes las cinco, Kit hizo una mueca de desesperación, se puso un dedo en los labios, avanzó unos pasos de puntitas con exagerada cautela, y señaló a la criada una y otra vez. Después se hinchó los carrillos y trató de imitar a una gorda. Las tres comprendieron en el acto y asintieron con un gesto; formaba parte de la conspiración. Cuando la criada salió del cuarto, trataron de interrogar a Kit: “Wen timshi?”, preguntaban con voz que delataba más curiosidad que enojo. Kit no podía contestar; impotente, meneaba la cabeza. La joven no tardó en regresar y anunció ostensiblemente que las joyas estaban sobre la cama, no solo las de las esposas, sino muchas más. Las mujeres mostraron desconcierto y satisfacción. Cuando Kit se arrodilló para meter sus cosas en la maletita, una de ellas se acuclilló a su lado y le habló con una evidente falta de hostilidad en la voz. No tenía idea de lo que decía aquella joven; seguía obsesionada con la puerta aherrojada. “Tengo que salir, tengo que salir”, se repetía una y otra vez. El fajo de billetes estaba junto a su pijama. Nadie le prestó atención.
Cuando hubieron llenado la maleta, Kit sacó un lápiz de labios y un espejito de mano y, volviéndose hacia una luz, se maquilló con ostentosidad. Hubo exclamaciones de admiración. Kit tendió los objetos a una de ellas y le invitó a hacer lo mismo. Cuando las tres tuvieron los labios pintados de rojo brillante y se miraban extasiadas unas a otras, les dio a entender que les regalaría el lápiz de labios, pero que a cambio tenían que dejarla salir a la calle. Los rostros de las mujeres reflejaron anhelo y consternación: anhelaban que saliera de la casa, pero temían a Belqassim. Mientras se consultaban entre sí, Kit se sentó en el suelo junto a su maleta. Las observaba sintiendo que aquel no tenía nada que ver con ella. La decisión se tomaría muy lejos de ellas, mucho más allá de aquel cuartito inverosímil donde charlaban. Dejó de mirarlas e, impasible, clavó la vista delante de ella, convencida de que saldría de allí gracias a los tambores. Solo esperaba el momento oportuno. Al cabo de un largo rato, despidieron a la joven criada, que regresó acompañada de un hombrecito negro tan viejo, que andaba encorvado y arrastrando los pies. En la mano temblorosa sostenía una enorme llave. Protestaba entre dientes, pero era evidente que lo habían convencido. Kit se levantó de un brinco y agarró la maleta. Una por una las esposas se le acercaron y le plantaron un solemne beso en la frente. Kit se reunió con el viejo en la puerta y, juntos, atravesaron el patio. En el camino el viejo le dijo algunas palabras, pero Kit no pudo contestar. La condujo a otra parte de la casa y abrió una puertecita. Estaba sola en el silencio de la calle.
XXVIII
El mar cegador se extendía allá abajo y centelleaba a la luz plateada de la mañana. Kit estaba tendida en la angosta cornisa rocosa, boca abajo y con la cabeza colgando, observando las olas lentas que avanzaban hacia el interior desde muy lejos, desde allí donde el horizonte curvo ascendía hacia el cielo. Arañaba la roca con las uñas; estaba convencida de que si no se aferraba con cada músculo, se caería. Pero ¿cuánto tiempo podía permanecer así, suspendida entre el cielo y el mar? El saliente se angostaba sin cesar; ahora se le incrustaba en el pecho y le dificultaba la respiración. ¿O ella se deslizaba poco a poco hacia el borde, incorporándose ligeramente de vez en cuando, apoyándose en los codos, para avanzar unos milímetros más? Ahora estaba lo bastante inclinada para ver a su alrededor la caída de los acantilados, divididos en prismas altísimos, que producían unos gruesos cactos grises. Debajo de ella, las olas rompían en silencio contra un muro de roca. La noche había estado en aquel aire mojado, pero se había retirado bajo la superficie del agua. En aquel momento el equilibrio era perfecto; tiesa como una tabla, yacía al borde del abismo. Clavó la mirada en una ola lejana que se acercaba. Cuando llegara a la roca, la cabeza de Kit habría empezado su descenso, se habría roto el equilibrio. Pero la ola no se movió.
—¡Despierta! ¡Despierta! —gritó.
Se soltó.
Ya tenía los ojos abiertos. Amanecía. La roca en la que estaba apoyada se le hincaba en la espalda. Suspiró y cambió de posición ligeramente. Fuera de la ciudad, entre las rocas, reinaba una gran calma en aquel momento del día. Escudriñó el cielo, vio que el espacio se aclaraba. Los primeros sonidos tenues que atravesaban aquel espacio parecían variaciones sobre el propio silencio del que estaban compuestos. Las formas rocosas cercanas y las murallas más lejanas de la ciudad subían con lentitud desde el reino de lo invisible, pero seguían siendo meras emanaciones de las profundidades tenebrosas de abajo. El cielo puro, los arbustos a su lado, los guijarros a sus pies, todo aquello había salido del pozo de la noche absoluta. Y de la misma manera, aquella extraña languidez que sentía en el centro de su conciencia, aquellas vaporosas ideas que seguían apareciendo, casi independientes de su voluntad, no eran sino tentativas fragmentadas de su propia presencia que se erguía contra la nada de un sueño todavía tibio, un sueño aún lo bastante poderoso para tomarla de nuevo en sus brazos. Pero permaneció despierta mientras la luz naciente le invadía los ojos, pero en su interior seguía sin despertar ninguna vida equivalente; no sentía que estuviera en ninguna parte, que fuese nadie.
Cuando tuvo hambre se levantó, agarró su maletita y avanzó entre las rocas por una especie de sendero, probablemente trazado por las cabras, que corría en paralelo a las murallas de la ciudad. Había salido el sol; ya sentía el calor en la nuca. Se puso la capucha del haïk. Oía a lo lejos los sonidos de la ciudad: chillidos y ladridos. Poco después franqueó una de las puertas de arco abierto y se encontró de nuevo en la ciudad. Nadie se fijó en ella. El mercado estaba lleno de negras vestidas de blanco. Se acercó a una de ellas y le quitó de las manos una jarra de kéfir. Cuando lo hubo bebido, la mujer quedó esperando el pago. Kit frunció el ceño y se agachó para abrir la maleta. Otras mujeres, algunas con sus bebés a la espalda, se quedaron a mirar. Sacó un billete de mil francos de su fajo y lo ofreció. Pero la mujer se quedó mirando el billete e hizo un gesto negativo. Kit volvió a tendérselo. Cuando la mujer entendió que no recibiría otra cosa que no fuera aquel billete, empezó a proferir alaridos y a llamar a la policía. Las mujeres, excitadas, la rodearon riendo, algunas cogieron el billete, lo examinaron con curiosidad y al final se lo devolvieron. Hablaban una lengua suave que no le era familiar. Un caballo blanco pasó al trote; lo montaba un negro alto, con un uniforme caqui, la cara ornada de profundas cicatrices como una máscara de madera tallada. Kit se apartó de las mujeres y levantó los brazos hacia él, esperando que la aupara, pero él la miró de soslayo y siguió su camino. Varios hombres se unieron al grupo de curiosos y permanecieron a cierta distancia de las mujeres, esbozando grandes sonrisas. Uno de ellos, al ver el billete que Kit tenía en la mano, se acercó y se puso a examinar tanto la maleta como a su propietaria con un interés creciente. Era alto como los demás, delgado, y muy negro, y llevaba un albornoz andrajoso echado sobre los hombros, pero su indumentaria incluía un par de pantalones europeos sucios en lugar del largo atuendo indígena. Se acercó a Kit, le dio unos golpecitos en el brazo y le dijo algo en árabe; Kit no entendió. Entonces el hombre dijo:
—Toi parles français?
Kit no se movió; no sabía qué hacer.
—Oui —contestó al final.
—Toi pas arabe —pronunció, escudriñándola.
Se volvió triunfante hacia la multitud y anunció que la señora era francesa. Todos retrocedieron unos pasos, dejándolos a los dos en el centro. Entonces la mujer volvió a reclamar su dinero. Kit seguía inmóvil, con el billete de mil francos en la mano.
El hombre sacó unas monedas de su bolsillo y las arrojó a la indignada mujer, que las contó y se alejó con lentitud. Los demás no parecían querer moverse; estaban fascinados de ver a una francesa vestida de árabe. Pero el hombre no estaba contento, e indignado, les instó a seguir con sus quehaceres. Tomó a Kit del brazo y le dio un ligero tirón.
—No está bien aquí —dijo—. Venga.
Agarró la maleta. Kit dejó que el hombre la condujera a través del mercado, entre las pilas de verduras y de sal, más allá de los ruidosos compradores y vendedores.
Cuando llegaron a un pozo donde las mujeres llenaban sus cántaros, Kit trató de apartarse. Un minuto después la vida sería dolorosa. Las palabras regresaban y los pensamientos estarían allí, en el envoltorio. El caluroso sol los chamuscaría; tenía que guardarlos dentro, en la oscuridad.
—Non! —exclamó, soltándose el brazo.
—Madame —dijo el hombre con desaprobación—. Venga y siéntese.
Una vez más Kit permitió que el hombre la guiara entre el gentío. Saliendo del mercado se metieron bajo unos soportales, y en la sombra apareció una puerta. El pasillo era fresco. Al final se hallaba una mujer gorda con un vestido a cuadros y los brazos en jarras. Cuando aún estaban lejos de ella, chilló:
—¡Amar! ¿Qué saloperie me traes? Sabes muy bien que no quiero mujeres indígenas en mi hotel. ¿Estás borracho? Allez! Fous-moi le camp! —Se les acercó frunciendo el ceño.
Momentáneamente desconcertado, el hombre soltó su presa. Kit giró como una autómata y echó a andar hacia la salida, pero el hombre volvió a tomarla del brazo. Ella trató de soltarse.
—¡Entiende el francés! —exclamó la mujer, sorprendida—. Tanto mejor. —Entonces vio la maleta—. ¿Qué es eso? —preguntó.
—Es suya. Es una señora francesa —explicó Amar, con una nota de indignación.
—Pas possible —murmuró la mujer. Se acercó más y la miró. Al final dijo—: Ah, pardon, Madame. Pero con esta ropa. —Se interrumpió y su voz volvió a denotar sospecha—. Este es un hotel decente, ¿sabe?
Estaba indecisa, pero se encogió de hombros y añadió de mala gana:
—Enfin, entrez si vous voulez. —Y se hizo a un lado para dejarla pasar.
Kit, no obstante, hacía frenéticos esfuerzos por soltarse el brazo aprisionado.
—Non, non, non! Je ne veux pas! —gritó histérica, arañando la mano del hombre.
Después le rodeó el cuello con su brazo libre y apoyó la cabeza en su hombro, llorando.
La mujer la miró pasmada, después miró a Amar. Se le endureció la cara.
—¡Saca a esta criatura de aquí! —dijo, furiosa—. ¡Llévatela al burdel donde la encontraste! Et ne viens plus m’emmerder avec tes sales putains! Va! Salaud!
Afuera el sol deslumbraba más que antes. Pasaban las murallas de barro y las brillantes caras negras. La intensa monotonía del mundo no tenía fin.
—Estoy cansada —dijo Kit a Amar.
Estaban en un cuarto oscuro, sentados uno al lado del otro sobre un largo cojín. Un hombre negro tocado con un fez tendió un vaso de café a cada uno.
—Quiero que todo esto termine —dijo Kit a los dos, con toda seriedad.
—Oui, Madame —dijo Amar, dándole unas palmaditas en la espalda.
Kit bebió el café, se reclinó contra la pared, y se quedó mirándolos con los ojos entornados. Conversaban, hablaban sin cesar. Kit no se preguntó de qué. Cuando Amar se levantó y salió con el otro a la calle, esperó un momento hasta que dejó de oír las voces; después, se puso en pie de un brinco y franqueó una puerta que había al fondo del cuarto. Encontró una escalera minúscula. En la azotea hacía tanto calor que a Kit le faltaba el aliento. El zumbido de las moscas a su alrededor se superponía a la algarabía de abajo. Se sentó. En cualquier momento empezaría a derretirse. Cerró los ojos y las moscas se posaron rápidamente en su cara; aterrizaban, despegaban y volvían a aterrizar con una intensidad frenética. Abrió los ojos y vio la ciudad a su alrededor. Sobre las azoteas caían cascadas de luz crepitante.
Poco a poco sus ojos se acostumbraron al terrible resplandor. Fijó la mirada en los objetos que había junto a ella en el suelo de tierra: los pedazos de alfombra, el cadáver seco de una extraña lagartija gris, las cajas de cerillas rotas y descoloridas, y los montones de plumas blancas de gallina, pegadas con sangre oscura. Tenía que ir a alguna parte. Alguien la esperaba. ¿Cómo podía avisar que llegaría tarde? Porque no cabía la menor duda, iba a llegar con mucho retraso. Entonces recordó que no había mandado el telegrama. En aquel momento el otro hombre apareció en el pequeño umbral y se le acercó. Kit se levantó como pudo.
—Espérame aquí —dijo ella abriéndose paso para entrar de nuevo en la casa, porque el sol le sentaba mal.
El hombre miró el papel y luego la miró a ella.
—¿Dónde quieres mandarlo? —repitió.
Kit meneó la cabeza sin contestar. Le entregó el papel y vio, escritas con su puño y letra, las palabras: “Imposible regresar”. El hombre la miraba en hito.
—¡No está bien! —exclamó Kit en francés—. Quiero añadir algo.
Pero el hombre seguía mirándola, sin enojo, pero a la expectativa. Tenía un pequeño bigote y los ojos azules.
—Le destinataire, s’il vous plaît —volvió a decir.
Kit le tendió el papel con violencia porque no sabía qué añadir y quería que el mensaje saliera de inmediato. Pero ya veía que aquel hombre no iba a mandarlo. Alargó el brazo y le tocó la cara, le acarició la mejilla brevemente.
—Je vous en prie, Monsieur —imploró.
Mediaba entre ellos un mostrador; el hombre retrocedió y Kit ya no alcanzaba a tocarlo. Después salió corriendo a la calle y vio a Amar, el negro, esperándola.
—¡Rápido! —gritó, sin detenerse.
Amar corría tras ella y la llamaba. Por más que corriera, el negro estaba siempre a su lado, intentando retenerla.
—Madame! —decía.
Pero Amar no entendía el peligro y Kit no podía detenerse para explicarle nada. No había tiempo. Ahora que se había traicionado a sí misma, que había establecido un contacto con el otro lado, cada minuto era importante. No escatimarían esfuerzos para sacarla fuera, demolerían la pared que había construido y la obligarían a mirar lo que había enterrado allí. Por la expresión del hombre de los ojos azules sabía que había puesto en marcha un mecanismo que la destruiría. Y ahora era demasiado tarde para detenerlo.
—Vite! Vite! —decía jadeando a Amar, que seguía a su lado, transpirando y protestando.
Estaban en un espacio abierto a la vera del camino que bajaba hasta el río. Algunos mendigos casi desnudos, acuclillados aquí y allá, murmuraron una breve fórmula sagrada al verlos pasar. No había nadie más a la vista.
Por fin Amar la alcanzó y la agarró por el hombro, pero Kit redobló sus esfuerzos. No obstante, no tardó en ralentizar la marcha; entonces el hombre la agarró con firmeza y la obligó a detenerse. Kit cayó de rodillas y se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano. En sus ojos seguía viva la expresión de terror. Él se acuclilló a su lado en el suelo y trató de calmarla palmeándole el brazo con torpeza.
—¿Adónde va así de esta manera? —le preguntó—. ¿Qué le pasa?
Kit no contestó. Soplaba un viento caliente. En la lejanía, por el camino llano que conducía al río, pasaron con lentitud dos bueyes y un hombre. Amar decía:
—Era Monsieur Geoffroy. Es un buen hombre. No debe tenerle miedo. Hace cinco años que trabaja en Postes et Télégraphes.
El sonido de la última palabra fue como una aguja atravesándole la carne. Saltó.
—¡No, no quiero! ¡No, no, no! —gimió.
—Y, ¿sabe? —continuó Amar—, el dinero que quería darle no es válido aquí. Es dinero argelino. Hasta en Tessalit tiene que tener francos A.O.F. El dinero argelino es de contrabando.
—Contrabando —repitió Kit; aquella palabra no significaba nada en absoluto.
—Défendu! —dijo riéndose y trató de levantar a Kit del suelo.
El sol le causaba dolor; Amar también transpiraba. Kit no quería moverse, estaba exhausta. Él esperó un rato, la obligó a cubrirse la cabeza con la capucha y se reclinó envuelto en su chilaba. El viento soplaba con más fuerza. La arena parecía agua blanca que corría hacia un lado por la negra llanura.
De pronto Kit dijo:
—Lléveme a su casa. Allí no me encontrarán.
Pero el hombre se negó, diciendo que no había sitio, que su familia era numerosa. En cambio, la llevaría al lugar donde habían tomado café unas horas antes.
—Es un café —protestó Kit.
—Pero Atallah tienes varias habitaciones. Puede pagarle. Aun con su dinero argelino. Él puede cambiarlo. ¿Tienes más?
—Sí, sí. En mi maleta —miró a su alrededor—. ¿Dónde está? —dijo, con aire ausente.
—La dejó en el café de Atallah. Él se la dará. —Esbozó una sonrisa y escupió—. ¿Caminamos un poco?
Atallah estaba en su café. En un rincón charlaban unos cuantos mercaderes venidos del norte tocados con turbantes. Amar y Atallah conversaron un momento en el umbral. Después condujeron a Kit a las habitaciones ubicadas detrás del café. Eran muy frescas y oscuras, en particular la última; allí Atallah dejó la maleta en el suelo y señaló a Kit una manta en un rincón donde podía acostarse. Mientras salía, dejando caer la cortina de la puerta, Kit se volvió hacia Amar y le tomó la cara entre las manos.
—Tienes que salvarme —le dijo entre besos.
—Sí —respondió él con solemnidad.
Amar la tranquilizaba en el mismo grado que Belqassim la trastornaba.
Atallah no levantó la cortina hasta avanzada la tarde cuando, a la luz de su lámpara, vio que ambos se hallaban dormidos sobre la manta. Dejó la lámpara en el umbral y salió.
Poco después, Kit despertó. La habitación estaba en silencio y hacía calor. Se sentó y miró el largo cuerpo negro a su lado, inerte y brillante como una estatua. Le puso la mano en el pecho: el corazón le latía pesada y pausadamente. Amar agitó los miembros. Abrió los ojos y esbozó una sonrisa.
—Tengo un corazón grande —le dijo, poniendo la mano encima de la de Kit para retenerla sobre su pecho.
—Sí —dijo Kit, ausente.
—Cuando me encuentro bien, pienso que soy el mejor de los hombres. Cuando estoy enfermo, me odio. Me digo: no vales para nada, Amar. Eres de barro. —Se echó a reír.
Se oyó un ruido repentino en otra parte de la casa. Amar vio que Kit se sobresaltaba.
—¿Por qué tienes miedo? —dijo—. Ya sé. Porque eres rica. Porque tienes una maleta llena de dinero. Los ricos siempre tienen miedo.
—No soy rica —dijo Kit. Hizo una pausa—. Es la cabeza, me duele.
Se soltó la mano y se la llevó a la frente.
Él la miró y volvió a reír.
—No debes pensar. Ça c’est mauvais. La cabeza es como el cielo. Da vueltas y más vueltas por adentro. Pero muy despacio. Cuando piensas, la aceleras. Luego duele.
—Te quiero —dijo Kit, acariciándole los labios con un dedo. Pero sabía que no lograría llegarle al corazón.
—Moi aussi —contestó él, mordiéndole ligeramente el dedo.
Kit lloró y dejó que cayeran algunas lágrimas sobre Amar; él la miró con curiosidad, moviendo de vez en cuando la cabeza.
—No, no —dijo—. Llora un poco, pero no demasiado. Un ratito está bien. Demasiado tiempo es malo. Nunca pienses en lo que ha terminado.
Las palabras le daban solaz, aunque no lograba recordar qué había terminado.
—Las mujeres siempre piensan en lo que ha terminado en lugar de pensar en lo que empieza. Aquí decimos que la vida es un acantilado, y que nunca hay que volver la vista atrás en plena escalada. Te mareas.
La suave voz seguía hablando; Kit terminó por acostarse de nuevo. Pero estaba convencida de que había llegado al final, de que no tardarían en encontrarla. La pondrían delante de un gran espejo y le dirían: “¡Mira!”. Y ella se vería obligada a mirar y entonces todo habría terminado. El oscuro sueño quedaría destrozado; la luz del terror sería constante; un proyector implacable la enfocaría; el dolor sería insoportable y permanente. Se acurrucó contra él, temblando. Amar acercó su cuerpo al de Kit, la abrazó fuerte. Cuando Kit volvió a abrir los ojos, la habitación estaba a oscuras.
—No puedes negarle a nadie dinero para comprar luz —dijo Amar—. Prendió un fósforo y lo sostuvo en el aire.
—Y tú eres rica —dijo Atallah, contando sus billetes de mil francos, uno por uno.
XXIX
—Votre nom, Madame. Seguro que recuerda su nombre.
No hizo caso; era la única manera de librarse de ellos.
—C’est inutile. No sacarán nada de ella.
—¿Está usted seguro de que no lleva nada que la identifique entre sus ropas?
—Nada, mon capitain.
—Vuelve al café de Atallah y busca más. Sabemos que tenía dinero y una maleta.
De vez en cuando repicaba la campanita rajada de la iglesia. Los hábitos de la monja crujían cuando se desplazaba por la habitación.
—Catherine Moresby —dijo la hermana, pronunciando el nombre despacio y mal—. C’est bien vous, n’est-ce pas?
—Se lo llevaron todo salvo el pasaporte, y suerte que lo encontramos.
—Abra los ojos, señora.
—Beba. Está fresca. Es limonada. No le hará daño. —Una mano le acariciaba la frente.
—¡No! —chilló—. ¡No!
—Trate de no moverse.
—El cónsul de Dakar pide que la mandemos de regreso a Orán. Espero una respuesta de Argel.
—Ha amanecido.
—¡No, no, no! —gimió, mordiendo la funda de la almohada. No permitiría que sucediera nada de aquello.
—Como se niega a abrir los ojos, nos está costando mucho alimentarla.
Sabía que las referencias constantes a sus ojos cerrados eran una trampa para incitarla a protestar: “Pero, si tengo los ojos abiertos”. Entonces le dirían: “¿Ah, los tiene abiertos, eh? Entonces, ¡mire!”, y ella estaría indefensa ante la horrenda imagen de sí misma, y el dolor regresaría. A veces, a la luz de la lámpara junto a la puerta, vislumbraba a su lado por un instante el luminoso cuerpo negro de Amar, y otras veces veía solo la suave oscuridad de la habitación, pero eran un Amar inmóvil y un cuarto estático; el tiempo no podía llegar desde afuera y modificar su postura, o hacer añicos el silencio circundante.
—Ya está arreglado. El cónsul ha consentido en pagar el billete de la Transafricaine. Demouveau sale mañana por la mañana con Estienne y Fouchet.
—Pero le hace falta una custodia.
Se produjo un silencio significativo.
—Se quedará tranquila, se lo aseguro.
—Por fortuna entiendo el francés —se oyó decir Kit en aquella lengua—. Gracias por ser tan explícitos.
El sonido de aquella frase que había salido de su propia boca le pareció sobremanera cómico y se echó a reír. No veía razón para dejar de reír: le sentaba bien. Una tensión y un cosquilleo en el abdomen doblaban su cuerpo en dos, y las carcajadas brotaban por sí solas. Tardaron un buen rato en tranquilizarla, porque la idea de que quisieran impedirle hacer algo tan natural y agradable le parecía aún más divertido que lo que acababa de decir.
Cuando se hubo calmado, y se sentía cómoda y soñolienta, la hermana dijo:
—Mañana saldrá de viaje. Espero que no me ponga las cosas más difíciles obligándome a vestirla. Sé que es capaz de hacerlo sola.
Kit no contestó, porque no creía en el viaje. Tenía la intención de quedarse en la habitación, acostada junto a Amar.
La hermana la obligó a levantarse y le deslizó por la cabeza un vestido apelmazado; olía a jabón de ropa. De vez en cuando decía: “Mire esos zapatos, ¿cree que le irán bien?”. O: “¿Le gusta el color de su nuevo vestido?”. Kit no contestaba. Un hombre le había agarrado el hombro y la estaba zarandeando.
—¿Quiere hacerme el favor de abrir los ojos, señora? —dijo con severidad.
—Vous lui faîtes mal —dijo la hermana.
Se desplazaba con otras personas, en una larga procesión, por un pasillo lleno de ecos. Repicó la frágil campana de la iglesia y un gallo cantó allí cerca. Notó la brisa fresca en la mejilla. Después sintió olor a gasolina. Las voces masculinas parecían diminutas en el inmenso aire matutino. Cuando se metió en el coche el corazón empezó a latirle con fuerza. Alguien la tenía asida con firmeza por el brazo y no la soltaba en ningún momento. El viento entraba por las ventanas abiertas y llenaba el coche del olor acerbo del humo de leña. Mientras avanzaban bamboleándose, los hombres mantenían una conversación constante, pero Kit no les prestaba atención. Cuando el coche se detuvo, se produjo un breve silencio en el que Kit oyó el ladrido de un perro. Después la sacaron fuera, cerraron las puertas del coche y la guiaron a través de un terreno pedregoso. Le dolían los pies: los zapatos le quedaban pequeños. De vez en cuando decía en voz baja, como para sí: “No”. Pero aquella mano robusta no le soltaba el brazo. El olor a gasolina era muy intenso. “Siéntese.” Se sentó y la mano seguía agarrándola.
Cada minuto se acercaba un poco más al dolor; transcurrirían varios minutos antes de que lo alcanzara, pero aquello no era un consuelo. El acercamiento podía ser lento o rápido, pero el final sería el mismo. Luchó un instante por liberarse.
—Raoul! Ici! —gritó el hombre que estaba con ella.
Alguien la agarró del otro brazo. Siguió luchando hasta que se dejó caer al suelo entre los dos hombres. Se raspó la espalda contra el borde del embalaje metálico en el que estaban sentados.
—Elle est costaude, cette garce!
Kit se rindió; la levantaron para volver a sentarla donde estaba; permaneció allí, con la cabeza muy echada hacia atrás. El ruido repentino del motor de un avión a sus espaldas destrozó las paredes del cuarto donde yacía acostada. Delante de los ojos tenía el cielo azul y violento, nada más. Lo miró durante un instante interminable. Como un sonido descomunal y arrollador destruyó cuanto tenía en la cabeza, la paralizó. Alguien le había dicho una vez que el cielo esconde detrás la noche, protege a la persona que está debajo del horror que hay arriba. Sin pestañear, fijó la mirada en el sólido vacío y la angustia empezó a agitarse en su interior. En cualquier momento puede producirse el desgarre, y entonces los bordes volarán hacia atrás y las fauces gigantescas quedarán al descubierto.
—Allez! En marche!
Estaba de pie, la hicieron girar y la condujeron hacia el viejo Junker traqueteante. Cuando estuvo sentada en la carlinga, junto al copiloto, la sujetaron con unas correas en torno al pecho y los brazos. Aquello tomó mucho tiempo; Kit observaba con indiferencia.
El avión era lento. Aterrizaron en Tessalit y pasaron la noche en las instalaciones del aeródromo. Kit se negó a comer.
Al día siguiente, a media tarde, llegaron a Adrar; tenían el viento en contra. Aterrizaron. Kit estaba muy dócil y comió lo que le dieron, pero los hombres no querían arriesgarse: la dejaron con los brazos atados. La esposa del propietario del hotel estaba enojada por tener que ocuparse de ella. Se había manchado la ropa.
El tercer día salieron al alba y llegaron al Mediterráneo antes de la puesta de sol.