Kitabı oku: «La casa de la araña»

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Paul Bowles

LA CASA DE LA ARAÑA

Traducción de Rafael Garoz y Carmen Viamonte


Ambientada en Fez, Marruecos, durante el levantamiento nacionalista de 1954, La casa de la araña es quizás la novela más bella y sutil de Paul Bowles. También es, sin duda, la más política y visionaria. Escrita en 1955, detecta con maestría las irresolubles tensiones del mundo árabe, las mismas que estallarán varias décadas más tarde.

La trama reúne a tres personajes disímiles: John Stenham, un escritor norteamericano devoto de la antigua cultura del lugar y que detesta al imperialismo francés que por entonces dominaba Marruecos; Polly Veyron, turista norteamericana de buena conciencia que defiende el desarrollo de los países oprimidos, y Amar, un muchacho marroquí analfabeto que se gana la vida en la calle, un musulmán ortodoxo que desprecia por igual el progresismo impío de los revolucionarios y la ocupación colonial.

En una ciudad asediada por la violencia, cuya intensidad se palpita en magnificas descripciones, a través ese trío que persigue ideales inconciliables, todos en buena medida imposibles de alcanzar, Paul Bowles articula los temas centrales de su literatura, la soledad, las vivencias de los expatriados y la incomprensión entre personas de distintas culturas, con la potencia de un thriller político. La casa de la araña, por su ambición narrativa y por un resultado que está a la altura de esa ambición, por su continua perspicacia psicológica, esta considerada una obra maestra.

Bowles, Paul

La casa de la araña / Paul Bowles. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Carmen Viamonte ; Rafael Garoz.

ISBN 978-987-628-625-1

1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas. I. Viamonte, Carmen, trad. II. Garoz, Rafael, trad. III. Título.

CDD 813

Título original: The Spider’s House

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Edición en formato digital: agosto de 2021

© Rodrigo Rey Rosa, 1949, 1976, 2021

All rights reserved

“La obra se publica previo acuerdo con los titulares de derechos y se hace reservar de los derechos de autor correspondientes a los traductores de la obra”.

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ISBN 978-987-628-625-1

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Prefacio

  Prólogo

  Libro primero. El señor de la sabiduría Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5

  Libro segundo. Los pecados se han terminado Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14

  Libro tercero. La hora de las golondrinas Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23

  Libro cuarto. Las escaleras ascendentes Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35

  Sobre el autor

Prefacio

Yo quería escribir una novela utilizando como telón de fondo la vida cotidiana tradicional de Fez, porque era una ciudad medieval activa en mitad del siglo XX. Si hubiera comenzado el libro sólo un año antes, habría sido totalmente diferente. Tenía el propósito de describir Fez tal y como existía en el momento de escribir acerca de la ciudad, pero en cuanto inicié la redacción empezaron a producirse una serie de acontecimientos que yo no podía ignorar. Enseguida comprendí que iba a tener que escribir no acerca del modo de vida tradicional de Fez, sino sobre su disolución.

Durante más de dos décadas había estado aguardando el final del dominio francés en Marruecos. Ingenuamente, había imaginado que después de la independencia se reanudaría el viejo estilo de vida y el país volvería a ser más o menos lo que era antes de la presencia francesa. El aborrecimiento que sentía parte del pueblo por todo lo que fuera europeo parecía garantizar ese resultado. Lo que no conseguí entender fue que si Marruecos era todavía una tierra en gran parte medieval obedecía al hecho de que los propios franceses, y no los marroquíes, lo querían así.

Los nacionalistas no estaban interesados en que Marruecos se despojara de todas las huellas de la civilización europea, ni en que el país retornara a su estado precolonial; por el contrario, su meta era hacerlo incluso más “europeo” de lo que los propios franceses ya lo habían hecho. Cuando Francia no pudo mantener por más tiempo el vehículo gubernamental en la carretera, lo abandonaron, dejando el motor en marcha. Los marroquíes se subieron en él y se alejaron en la misma dirección, pero a mayor velocidad si cabe.

Yo estaba enredado en la controversia, y consideraba imposible al mismo tiempo tomar partido por una u otra postura. El objeto de mi novela, de hora en hora, se estaba descomponiendo ante mis ojos; no había otra alternativa que narrar el proceso de violenta transformación que se estaba produciendo.

La ficción siempre debería permanecer ajena a las consideraciones políticas. Incluso cuando vi que el libro que había empezado estaba tomando una dirección que lo conduciría de forma inevitable a una región donde no podría evitarse la política, todavía imaginaba que con una buena dosis de destreza podría evitar el contacto con esta. Pero en las situaciones en que todo el mundo se halla bajo una gran agitación emocional resulta muy difícil permanecer indiferente; en tales ocasiones, todas las opiniones se interpretan en términos políticos. Ser apolítico equivale a tener que asumir una postura política, pero una postura que no agrada a nadie.

Por eso, me gustara o no, cuando lo hube concluido, descubrí que había escrito un libro “político”, que deploraba las actitudes tanto de los franceses como de los marroquíes. Mucho después, Allal el Fassi, “el padre del nacionalismo marroquí”, lo leyó y expresó su aprobación personal. Aunque esta me llegara tan tarde, resultó satisfactoria para mí.

Cada novela parece imponer su propio régimen de trabajo. El cielo protector y Déjala que caiga fueron escritas mientras viajaba, siempre que mi espíritu se conmovía y el medio ambiente físico alentaba la escritura. La casa de la araña, a su vez, exigió desde el principio un programa riguroso. Empecé a escribirla en Tánger en el verano de 1954, y ponía el despertador todas las mañanas a las seis. Logré sacar un promedio de dos páginas diarias. Cuando llegó el invierno embarqué hacia Sri Lanka. Una vez allí, adopté el mismo ritual; tomaba un té a las seis en punto y empezaba a trabajar, lo que me permitía satisfacer mi cuota de dos páginas diarias. A mediados de marzo, a pesar de las visitas a templos distantes y de las noches que pasé contemplando danzas diabólicas, el libro estaba concluido y había sido ya enviado por correo desde Weligama a Random House.

La historia no es autobiográfica ni real, tampoco es un roman à clef. Sólo el marco es objetivo; el resto es fruto de la invención. El punto central de las acciones es el Hôtel Palais Jamai, antes de que fuera modernizado. Lo llamé el Mérinides Palace porque en el camino hacia el hotel hay que pasar por las tumbas de los reyes Mérinide. Existe en la actualidad un verdadero Hôtel des Mérinides, construido en los años sesenta sobre el acantilado que se encuentra junto a las tumbas.

La ciudad todavía está allí. Ya no es el centro cultural e intelectual del norte de África; es simplemente otra ciudad más acosada por los problemas insolubles del Tercer Mundo. No todos los estragos causados por nuestra despiadada época son tangibles. Las formas más sutiles de la destrucción, aquellas que sólo atañen al espíritu humano, son las más temibles.

PAUL BOWLES

Diciembre de 1981

Quienes eligen otra guía que Alá son semejantes a la araña que toma para sí una casa; mira por dónde, esa casa es la más endeble de todas. ¡Si tan sólo lo supieran!

El Corán

Prólogo

Era alrededor de la medianoche cuando Stenham salió de la casa de Si Jaffar.

–No necesito que nadie me acompañe –‍había dicho, tratando de sonreír para atenuar el tono de su voz, pues temía parecer aburrido o resultar abrupto, y Si Jaffar, después de todo, tan sólo estaba ejerciendo sus derechos de anfitrión al enviarle una persona para que le acompañara.

–De verdad, no necesito a nadie.

Aunque estuvieran apagadas todas las luces de la ciudad, quería regresar solo. La noche había sido interminable y le apetecía correr el riesgo de equivocarse de calles y extraviarse temporalmente; si alguien le acompañaba, el largo paseo sería casi como una continuación de la velada transcurrida en el salón de Si Jaffar.

En cualquier caso, era ya muy tarde. Todos los varones de la casa se habían acercado a la puerta; algunos de ellos, incluso, se encontraban afuera en el húmedo callejón e insistían en que el hombre fuera con él. Las despedidas de la familia eran siempre largas y prolijas, como si se marchara al otro lado del mundo en lugar de dirigirse al extremo opuesto de la Medina, y aquello le gustaba porque formaba parte de lo que él suponía debía de ser la vida en una ciudad medieval. Sin embargo, era desacostumbrado en ellos imponerle la presencia de un protector y consideró que no existía justificación para ello.

En la oscuridad, el hombre caminaba a grandes pasos delante de él. “¿De dónde le habrán sacado?”, pensó, al contemplar de nuevo al barbudo y espigado bereber con sus harapientas vestiduras montañesas, tal y como le había visto por primera vez bajo la mortecina luz del patio de Si Jaffar. Recordó en ese momento el alboroto y los susurros que se habían levantado en un extremo de la sala hora y media antes. Siempre que surgía este tipo de discusiones en presencia de Stenham, Si Jaffar hacía un enorme esfuerzo por distraer su atención, iniciando el relato de una historia. Esta tenía en general un comienzo bastante prometedor. Si Jaffar sonreía, irradiando satisfacción a través de sus anteojos, pero con la atención puesta claramente en el sonido de las voces que llegaban desde la esquina. Con lentitud, a medida que los susurros de la otra conversación se iban atenuando, sus palabras se hacían más vacilantes y sus ojos comenzaban a oscilar de uno a otro lado, al tiempo que su sonrisa terminaba por paralizarse hasta perder toda significación. La historia nunca llegaba a su fin. De improviso, exclamaba: “¡Ajá!”, sin causa alguna que lo justificara. Acto seguido batía las palmas solicitando rapé, o agua de azahar, o astillas de madera de sándalo para alimentar el brasero; de súbito se ponía incluso más contento, y acaso golpeaba la rodilla de Stenham con aire juguetón. Una comedia similar se había desarrollado esta noche alrededor de las diez y media. Al recordarla ahora, Stenham resolvió que el motivo de la misma había sido la repentina decisión de la familia de facilitarle alguien que le acompañara de regreso al hotel. Ahora recordaba que tras la discusión, Abdeltif, el primogénito de la familia, había desaparecido una media hora, durante la cual había estado sin duda buscando al guía.

El hombre estaba agazapado en la oscura entrada del patio, tras la puerta, cuando ellos salieron afuera. Resultaba un poco violento porque Stenham sabía que Si Jaffar no era un hombre acaudalado, y aunque un pequeño servicio como este no resultaba excesivamente caro, con todo, era preciso pagarlo; Si Jaffar lo había expresado con claridad:

–No dé nada a este hombre –‍había dicho en francés‍–‍. Ya me he encargado yo.

–Pero si no le necesito –‍había protestado Stenham‍–‍. Conozco el camino. Acuérdese de la cantidad de veces que he vuelto solo.

Los cuatro hijos de Si Jaffar, su primo y su yerno habían murmurado al unísono: “No, no, no”. Y el anciano, por su parte, le había dado unas afectuosas palmaditas en el brazo.

–Es mejor así –‍dijo, con una de sus muy formales reverencias.

Era inútil oponerse. El hombre permanecería a su lado hasta haberle entregado al vigilante nocturno del hotel y desaparecería después engullido por la noche para regresar al oscuro rincón de donde hubiera salido. Y Stenham no le vería nunca más.

No había un solo transeúnte en las calles. Stenham pensó que hubiera sido posible recorrer la mayor parte del camino siguiendo calles un poco más frecuentadas, pero saltaba a la vista que su acompañante prefería las más vacías. Sacó su pequeña linterna de dinamo y comenzó a apretarla, dirigiendo el pálido rayo hacia el suelo, a los pies de aquel hombre. El zumbido de la linterna, semejante al que produciría un insecto, hizo que su acompañante se diera la vuelta con un gesto de sorpresa en el rostro.

–Luz –‍dijo Stenham.

El hombre gruñó.

–Hace mucho ruido –‍protestó.

Él sonrió y dejó que la luz se desvaneciera. “¡Cómo le gusta jugar a esta gente!”, pensó Stenham. “Este hombre está jugando ahora a policías y ladrones; siempre están al acecho de algo o acechados por alguien.” “La pasión oriental por las complicaciones, la línea enrevesada, los arabescos”, le había asegurado Moss, pero Stenham no estaba seguro de que se tratara de eso. De igual modo podía obedecer a un profundo sentido de culpabilidad. Se lo había sugerido a Moss, pero este se había burlado de él.

Las calles embarradas bajaban y bajaban. No había un solo palmo de terreno nivelado. Tenía que avanzar con los tobillos rígidos y todo el peso del cuerpo apoyado sobre las yemas de los dedos del pie. La ciudad dormía. Había un profundo silencio, sólo interrumpido por el sonido de sus pies al caminar sobre el fango. El hombre, descalzo, avanzaba sin hacer el menor ruido. En ocasiones, cuando el camino no atravesaba callejas interiores sino espacios abiertos, una solitaria gota de lluvia caía pesadamente del cielo, como si una gran pieza de ropa húmeda e invisible estuviera colgando a unos metros de la tierra. Pero todo era invisible: el lodo de la calle, los muros, el cielo. Stenham apretó de súbito el botón de la linterna y pudo ver una instantánea rápidamente evanescente del hombre que avanzaba delante de él con su chilaba parda y de su sombra gigantesca proyectada contra las vigas que formaban el techo de la calle. El hombre gruñó de nuevo a modo de protesta.

Stenham sonrió: el inexplicable comportamiento de algunos musulmanes le divertía y siempre lo disculpaba, porque, como decía él, ningún no-musulmán sabía bastante acerca de los musulmanes como para atreverse a criticarlos. “Están lejos, muy lejos de nosotros”, se decía. “No tenemos ni idea de lo que motiva su conducta.” Había una cierta hipocresía en la actitud de Stenham; en realidad, deseaba convencer a los otros de la existencia de este abismo casi infranqueable. El simple hecho de que él fuera capaz de empezar a insinuar las creencias y propósitos que se agitaban en lo más profundo de ese abismo le hacía sentirse más seguro de sus propias tentativas de analizarlos y le proporcionaba un cierto sentimiento de superioridad del que en modo alguno renegaba; no en vano había soportado los rigores de Marruecos durante muchos años. La presunción de saber algo que los otros no podían saber era una pequeña indulgencia que se permitía a sí mismo, una prima por antigüedad. Estaba secretamente convencido de que los marroquíes eran muy parecidos al resto de los mortales, de que las diferencias atañían en muy buena medida al mundo ritual y a los detalles, e incluso de que la fina cortina de magia a través de la cual contemplaban la vida no era demasiado complicada ni tampoco aportaba a sus percepciones mayor profundidad. Le gustaba que este bereber anónimo y descalzo quisiera guiarle a través de los túneles más oscuros y menos frecuentados de la ciudad; no le importaba el deseo de mantener la discreción que mostraba aquel hombre. Eran gentes nocturnas, felinas. No era casual que en Fez no hubiera perros. “Me pregunto si Moss se habrá dado cuenta de eso”, pensó.

De vez en cuando tenía la clara impresión de que estaban atravesando una calle o un espacio abierto que él conocía a la perfección pero, de ser ello así, el ángulo de encuentro con dichos lugares resultaba inesperado, por lo que las familiares paredes (si en verdad lo eran) parecían empequeñecidas o distorsionadas a la luz del destello rápidamente desfalleciente con que él las iluminaba. Empezó a sospechar que la planta de suministro eléctrico había sufrido una importante avería: la corriente seguía cortada casi con toda seguridad, porque parecía del todo imposible haber avanzado tan largo trecho sin tropezarse con, al menos, una farola encendida. Sin embargo, estaba acostumbrado a transitar por aquellas calles en la oscuridad. Conocía muchos caminos para cruzar la ciudad en cualquier dirección, y hubiera podido encontrar la forma de llegar al hotel con los ojos vendados siguiendo varias de estas alternativas. En efecto, vagar por la Medina a la caída de la noche se asemejaba bastante a recorrerla con los ojos vendados; era preciso dejarse guiar sobre todo por los oídos y la nariz. Sabía cómo sonaba cada tramo de los caminos conocidos al recorrerlos de noche. Había dos elementos a los que debía prestar una particular atención: el ruido que hacían sus pies al caminar y el sonido del agua detrás de las paredes. Las pisadas tenían una infinita variedad de matices, dependiendo de la dureza de la tierra, la anchura del callejón y la altura y configuración de los muros. En el paseo de Lemtiyine existía un lugar entre la curtiduría y una pequeña mezquita donde el eco resultaba sobrecogedor: reverberaciones tensas, metálicas, que vibraban entre las fachadas como disparos musicales. Había lugares donde sus pisadas eran casi mudas, lugares donde el sonido era único, sólido y compacto, para morir súbitamente, o donde, al avanzar a lo largo de los desiertos corredores, los pasos sucesivos producían un sonido cuyo tono se elevaba de forma imperceptible, de modo que su caminar era como una escala ascendente primorosamente graduada, hasta que de improviso un muro que sobresalía o un túnel inesperado dispersaba la escala y comenzaba otra parte del largo nocturno que revelaría poco a poco y a su debido tiempo su propio trazado musical. Y con el agua, en sus cursos infinitos tras los tabiques de piedra y tierra, sucedía otro tanto. Raramente visible, pero casi siempre presente, se precipitaba rauda por debajo de los inclinados callejones, aquí como un murmullo, allí tan sólo goteando; al otro lado de la pared de un jardín chapoteaba o se derramaba para crear una fuente, caía con un sonido hueco y profundo en una cisterna invisible; o bien, de repente, se convertía sin pudor en el brazo del río que chocaba de forma estruendosa contra las rocas (con lo que, en ocasiones, el viento transportaba por encima de los muros el frío vapor que ascendía del río y acababa mojando su rostro); a la altura de la panadería el agua estaba represada y permanecía casi inmóvil, las ratas se aprovechaban de ello para bañarse.

Había experimentado tan a menudo los dos registros sonoros simultáneos producidos por el agua y las pisadas, que a Stenham le parecía que debía conocer de memoria cada rincón de la ciudad. Pero ahora era muy diferente, y cayó en la cuenta de que lo que él conocía era sólo un contorno, una cierta secuencia cuyas partes se hacían irreconocibles al presentarse fuera de su contexto acostumbrado. Sabía, por ejemplo, que para hallarse tan cerca de la rama principal del río como se encontraban en esos instantes tenían que haber cruzado en algún punto la calle que conducía de la mezquita Karouine a la Zaouia de Si Ahmed Tidjani, pero le resultaba imposible recordar cuándo había sucedido eso; no había reconocido nada.

De improviso supo dónde se encontraban: en una calle estrecha que recorría un pequeño montículo situado sobre el río, justo debajo de la gran masa de muros que formaban el Fondouk el Yihoudi. Estaba bastante lejos de su camino, lejos al menos de cualquier ruta imaginable entre la casa de Si Jaffar y el hotel.

–¿Por qué hemos venido hasta aquí? –‍preguntó Stenham, indignado.

El hombre fue innecesariamente brusco en su contestación, pensó Stenham:

–Camine y cállese –‍dijo.

“La verdad es que siempre son bruscos”, se recordó a sí mismo; nunca terminaría de asumir su curiosa mezcla de rebuscada circunspección y brutal aspereza, y casi soltó una carcajada al recordar cómo habían sonado cinco segundos antes aquellas ridículas palabras: Rhir zid o skout. En unos cuantos minutos más habían rodeado el Fondouk el Yihoudi y atravesaban un húmedo jardín bajo los bananos; las pesadas hojas de estos, igual que harapos, dejaban caer gotas frías al contacto con ellas. “Si Jaffar se ha superado a sí mismo esta vez.” Decidió telefonearle al día siguiente e inventar una buena historia a costa de lo ocurrido. Zid o skout. Sería un lema divertido que la familia podría compartir durante las próximas dos semanas mientras tomaran el té.

Era una extraña noche de verano; un frío como el del inicio de la primavera cortaba el aire. Una gran nube espesa se había desgajado del otro lado del Djebel Zalagh y formaba una techumbre sobre la ciudad, encerrándola en un inmenso recinto cuyo aire inmóvil tenía el perfume de la tierra húmeda y fresca. Mientras se adentraban en silencio hacia las calles que coronaban la colina, una lechuza ululó por encima de sus cabezas.

Cuando llegaron a la puerta exterior del hotel, Stenham apretó el botón que hacía sonar un timbre situado en una especie de cuartito, cercano a la oficina donde permanecía el vigilante nocturno. Por un momento pensó: “No va a sonar. Esta noche han cortado la luz”. Pero recordó al instante que el hotel tenía su propio sistema de suministro eléctrico. Habitualmente pasaban cinco minutos largos antes de que se encendiera la luz del patio, y otros dos o tres más antes de que el vigilante llegara a la puerta. Esta noche, sin embargo, la luz se encendió de inmediato. Stenham se aproximó a las grandes puertas exteriores y echó una ojeada a través de la rendija que quedaba entre ellas. El vigilante se encontraba justo al otro lado del patio hablando con alguien.

–Ah, oui –‍le oyó decir.

“Un europeo en el patio a esas horas”, pensó Stenham con cierta curiosidad, tratando de no perder detalle. El vigilante se estaba acercando. Como un niño travieso, retrocedió a toda velocidad y se guardó las manos en los bolsillos contemplando con aire indiferente la pared. Entonces se percató de que el guía había desaparecido. Tampoco se oían los pasos del bereber en su retirada; sencillamente se había esfumado. Se oyó el sonido del pesado cerrojo de la puerta al descorrerse y apareció el vigilante nocturno con su guardapolvo caqui y su turbante blanco; en su rostro se reflejaba aquella expresión de desasosiego que le era tan propia.

–Bonsoir, M’sio Stonamm –‍dijo.

A veces hablaba en árabe, otras en francés; era imposible saber qué idioma elegiría en cada ocasión. Stenham le saludó, escudriñando el patio para ver quién estaba con él. No vio a nadie. Los dos vehículos de siempre estaban allí: la camioneta del hotel y el viejo Citroën que pertenecía al dueño, aunque nunca lo utilizara.

–Qué poco ha tardado usted esta noche –‍dijo Stenham.

–Oui, M’sio Stonamm.

–¿Por casualidad estaba fuera, cerca de la puerta?

El vigilante titubeó.

–Non, m’sio.

Decidió abandonarle en lugar de terminar desesperado con aquel hombre, lo cual habría de ocurrirle a buen seguro si proseguía con su interrogatorio. Una mentira no es una mentira; es tan sólo una fórmula, un sucedáneo, una perífrasis, una manera cortés de decir: “Ocúpese de sus asuntos”.

Llevaba la llave en el bolsillo, así que se fue directamente a su habitación por la parte trasera del hotel, un poco avergonzado por haber empezado a curiosear. Pero cuando se encontró de nuevo en su cuarto de la torre, asomado a la ciudad invisible que se extendía allí abajo, llegó a la conclusión de que su curiosidad estaba justificada. No era sólo la mentira manifiesta del vigilante lo que le había incomodado; era más importante el hecho de haber ido en todo momento a remolque del extraño comportamiento del bereber: el innecesario rodeo, las bruscas órdenes reclamando silencio, la inexplicable desaparición antes de que tuviera la oportunidad de entregarle los treinta francos que tenía preparados para él. Pero tampoco era eso, recapacitó, retrocediendo mentalmente hasta la casa de Si Jaffar. Toda la familia había insistido con gran solemnidad para que alguien le acompañara en su regreso al hotel. Eso también parecía formar parte de una conspiración. Rehusó asociar todas estas circunstancias, y en lugar de ello atribuyó lo ocurrido a la tensión que se respiraba en la ciudad. Desde el día, hacía ya un año, en que los franceses –‍más irresponsables que de costumbre‍– habían depuesto al Sultán, la tensión había estado latente en Fez, y él había sido consciente de ello en todo momento. Pero era una cuestión política, y la política sólo existe sobre el papel; ciertamente, la política de 1954 no tenía una verdadera conexión con la misteriosa ciudad medieval que él conocía y amaba. Hubiera sido demasiado simple establecer una relación lógica entre lo que sabía su cerebro y lo que veían sus ojos; pero le parecía más entretenido jugar aquel pequeño juego consigo mismo.

Noche tras noche, cuando Stenham cerraba la puerta de su habitación, el vigilante subía las empinadas escaleras que conducían a la torre del ancien palais y apagaba con un chasquido una detrás de otra las luces de los pasillos. Cuando desaparecía de nuevo escaleras abajo y se desvanecía el sonido de sus pisadas, sólo se oía el silencio profundo de la noche, interrumpido, si soplaba el viento, por el susurro de los álamos en el jardín. Esta noche, cuando las lentas pisadas se aproximaron a la caja de la escalera, en lugar del familiar chasquido del interruptor sobre la pared exterior, Stenham percibió una suerte de vacilación, y acto seguido unos golpes quedos sobre la puerta. Se había quitado ya la corbata, pero estaba aún vestido. El vigilante sonrió disculpándose, no por cierto arrepentido de la mentira que había dicho en el patio, observó Stenham, al contemplar aquel rostro melancólico y sumiso. A lo largo de las cinco temporadas que había pasado en el hotel, Stenham no había visto jamás otra expresión distinta en la cara de aquel hombre. Si el mundo seguía su curso, envejecería y moriría como vigilante nocturno del Mérinides Palace, sin haber imaginado ninguna otra posibilidad para su propia vida. En esta ocasión habló en árabe.

–Smatsi. M’sio Moss me manda porque quiere saber si irá a verle.

–¿Ahora? –‍dijo Stenham con incredulidad.

–Ahora. Sí.

El vigilante rio tímidamente, con infinita amabilidad, como si pretendiera dar a entender que su conocimiento del mundo era en verdad considerable.

El primer pensamiento de Stenham fue: “No puedo permitir que Moss empiece a hacer cosas de estas”. Contemporizador, dijo:

–¿Dónde está?

–En su habitación. Número catorce.

–Sí, ya sé el número –‍dijo Stenham‍–‍. ¿Va a volver de nuevo a su habitación para llevarle mi mensaje?

–Sí. ¿Le digo que va a ir?

Stenham suspiró.

–Sí. Pero estaré sólo un minuto.

Esta última aclaración caería en saco roto; el vigilante se limitaría a decirle que Monsieur Stonamm vendría enseguida, y desaparecería sin más. Antes de marcharse inclinó la cabeza y dijo: “Ouakha”. Después cerró la puerta.

Se puso de nuevo la corbata delante del espejo del armario. Era la primera vez que Moss le había enviado un mensaje a esas horas, y sentía una cierta curiosidad por saber qué había llevado al inglés a variar su código de estricta discreción. Consultó su reloj; pasaban veinte minutos de la una. Moss iniciaría una serie de floridas disculpas por haber perturbado su trabajo, al margen de que creyera haber causado o no tal interrupción; Stenham alentaba en sus conocidos la impresión de que trabajaba día y noche. Ello le aseguraba una mayor intimidad, y además, ocasionalmente, si el tiempo estaba revuelto, se iba a la cama temprano y podía añadir una página más a la novela que distaba muy mucho de estar concluida. La lluvia y el viento confundidos en la oscuridad de la noche le aportaban el estímulo necesario para sobreponerse a la fatiga. Esta noche, en cualquier caso, no hubiera trabajado: era demasiado tarde. El día comenzaba en Fez bastante antes del amanecer, y le causaba un enorme disgusto pensar en la posibilidad de que no estuviera durmiendo antes de que la primera llamada a la oración preludiara el potente canto del gallo, el cual iría extendiéndose lentamente sobre la ciudad y no declinaría hasta bien entrada la mañana. Si estaba despierto cuando los almuecines iniciaran sus cantos, no habría esperanzas de poder conciliar el sueño. En esta época del año, comenzaban a las tres y media.

Miró las páginas mecanografiadas, esparcidas sobre la mesa, colocó un grueso cenicero de porcelana sobre ellas y se dio la vuelta con intención de salir. De repente se quedó pensativo durante unos instantes y guardó todo el manuscrito en un cajón. Se acercó a la puerta, lanzó una mirada breve e impaciente hacia su cama y salió por fin. La llave estaba unida a un pesado distintivo de níquel que sintió como hielo al guardarla en el bolsillo. Una corriente fría e intensa ascendía hacia la torre por el hueco de la escalera. Bajó tan silenciosamente como pudo (no porque hubiera alguien a quien pudiera molestar), fue tanteando su camino a lo largo del oscuro vestíbulo y se dirigió a la terraza. La luz de la entrada donde se encontraba la recepción reverberaba en el húmedo suelo de mosaico. Ya no caían del cielo gotas aisladas de lluvia, pero una ligera brisa agitaba el aire. El jardín inferior estaba muy oscuro; una delgada verja de hierro forjado situada junto a la piscina sultana le guio hasta el patio donde, en los días soleados, Moss y él compartían a veces el almuerzo. Las farolas que normalmente alumbraban la gran puerta de la habitación número catorce no habían sido encendidas, pero unas estrechas bandas de luz se filtraban desde el cuarto entre los postigos cerrados. Al golpear la puerta, un animal sobresaltado, acaso una rata o un hurón, escapó a toda prisa escabulléndose entre las plantas y las hojas secas. El hombre que abrió la puerta, con rígido ademán, se hizo a un lado para franquearle el paso. Stenham le veía por primera vez en su vida.

Moss estaba en el centro de la habitación, justo debajo de la gran araña de luz, alisándose nerviosamente el bigote y con una expresión consternada en el semblante. El único sentimiento que Stenham pudo percibir en su interior fue un sincero deseo de no haber golpeado la puerta y poder seguir estando afuera en la oscuridad de la noche como cinco segundos antes. Hizo caso omiso del hombre que estaba allí.

–Buenas noches –‍saludó a Moss, con una entonación que pretendía comunicar un aire de desenfadada cordialidad. Pero Moss permaneció tenso.

–¿Quiere pasar, por favor, John? –‍dijo secamente‍–‍. Tengo que hablar con usted.

Libro primero

El señor de la sabiduría

He comprendido que el mundo es un inmenso vacío construido sobre el vacío... Y por eso me llaman el señor de la sabiduría. ¡Ay! ¿Sabe alguien lo que es la sabiduría?

“Canto de la lechuza”,

Las mil y una noches

Capítulo 1

El sol primaveral caldeaba el huerto. Pronto se ocultaría tras el alto cañaveral que bordeaba la carretera, pues era ya media tarde. Amar estaba tumbado al pie de una vieja higuera incrustada en un césped crecido, todavía húmedo del rocío de la noche anterior. Estaba comparando su propia vida con lo que sabía de las vidas de sus amigos, y pensaba que ciertamente la suya era la menos envidiable. Sabía que esto era un pecado: no le está permitido al hombre formular juicios de esta naturaleza, y nunca hubiera prestado su voz a aquella conclusión, aunque esta hubiera adoptado forma de palabras en su mente.

Contempló los árboles y las plantas que había a su alrededor, el cielo sobre su cabeza, y supo que estaban allí. Y puesto que sentía una gran decepción por el rumbo que había tomado su corta existencia, supo que la insatisfacción también estaba allí, haciéndole compañía. El mundo era un lugar hermoso, con sus animales y pájaros llenos de vida, y sus flores y árboles frutales que Alá había ofrecido con generosidad, pero sintió en lo más profundo de su corazón que todo aquello le pertenecía a él, que nadie más tenía el mismo derecho sobre estas cosas. Eran siempre los otros quienes hacían que su vida fuera infeliz. Recostado indolentemente sobre el tronco del árbol, desgajó con cuidado los pétalos de una rosa que había tomado media hora antes al adentrarse en el huerto. No le restaba mucho tiempo para decidir lo que iba a hacer.

Si optaba por emprender la huida, debía hacerlo sin mayor demora. Pero sintió al instante que Alá no iba a revelarle su destino. Él lo conocería haciendo sencillamente lo que estaba escrito que haría. Todo continuaría igual. Cuando crecieran las sombras, él se incorporaría y saldría a la carretera, porque el crepúsculo haría salir de los árboles a los espíritus malvados. Una vez que se encontrara en la carretera no tendría ningún lugar al que dirigirse salvo su propia casa. Tenía que regresar y dejarse golpear; no había ninguna otra alternativa. No era miedo al dolor lo que le impedía marcharse de una vez y arrostrar la situación. El dolor en sí no era nada; podía ser agradable incluso si no lloraba ni arrugaba el rostro, porque su silencio hostil constituía en cierto sentido una victoria sobre su padre. Transcurrido el tiempo siempre terminaba pareciéndole que se había hecho más fuerte y que estaba mejor preparado para la siguiente vez. Pero dejaba tras de sí un sabor amargo en el centro de su ser, algo que le hacía sentirse al mismo tiempo más lejano y más solitario que antes. No era miedo al dolor o el temor que le causaba esa sensación de soledad lo que le hacía permanecer en aquel huerto; lo que le parecía insoportable era pensar que él era inocente y que, pese a ello, iba a sufrir una humillación al ser tratado como culpable. Lo que temía afrontar era su propia impotencia al verse cara a cara con la injusticia.

La cálida brisa que descendía de las laderas y valles de Djebel Zalagh se abría paso entre las cañas hasta llegar al huerto, agitando las hojas del árbol sobre su cabeza. La caricia vacilante de la brisa sobre su nuca produjo en él un efímero estremecimiento. Puso un pétalo de la rosa entre sus dientes y lo masticó hasta dejarlo reducido a húmedos fragmentos. No había nadie en aquel lugar y nadie acudiría. El guarda del huerto le había visto entrar y no le había llamado la atención. Algunos huertos tenían guardas que perseguían a los muchachos, los cuales conocían bien a todos ellos. Este era un “buen” huerto, porque el guarda jamás hablaba, excepto para dar una orden a su perro, instándole a que dejara de ladrar a los intrusos. El viejo había descendido a la parte baja de la finca que se encontraba junto al río. Con la salvedad de algún camión que pasaba de tiempo en tiempo por la carretera que discurría al otro lado del cañaveral, esta parte del huerto permanecía en completo silencio. Puesto que no quería siquiera imaginar cómo sería aquel lugar cuando se desvaneciera la luz del día, deslizó sus pies en las sandalias, se incorporó, sacudió su chilaba, la inspeccionó durante un rato –‍porque había pertenecido a su hermano y detestaba utilizarla‍– y se la echó al hombro finalmente antes de emprender el camino hacia el claro que se abría entre la jungla de cañas por donde había entrado.

Ya en la carretera, sintió que el sol era más ardiente y el viento soplaba con mayor fuerza. Pasó junto a dos mozalbetes que empuñaban sendos palos largos de bambú con los que vareaban las ramas de una morera, mientras un muchacho mayor que ellos recogía las bayas verdes y las guardaba en la capucha de su chilaba. Los tres parecían demasiado atareados para percatarse de su presencia. Llegó a una de las curvas cerradas de la carretera. Frente a él, justo al otro lado del valle, se encontraba Djebel Zalagh. Siempre se le había asemejado a un rey sentado en el trono, vestido con sus regias galas. Amar había mencionado esto a varios de sus amigos, pero ninguno de ellos había comprendido. Sin molestarse en mirar hacia la montaña, habían dicho: “Tú eres bobo”, o “Imaginaciones tuyas”, o “No sabes lo que dices”, o se habían limitado a soltar una carcajada. “Creen que conocen de una vez y para siempre cómo es el mundo, así que no tienen que volver a mirarlo”, había pensado él. Y era verdad: muchos de sus amigos habían decidido cómo era el mundo, cómo era la vida, y nunca se replantearían una u otra cosa para averiguar si estaban o no en lo cierto. Ello obedecía a que habían ido o seguían yendo al colegio, y sabían escribir e incluso comprendían lo que estaba escrito, que era aún más difícil. Y algunos de ellos conocían de memoria el Corán, aunque naturalmente no sabían muy bien lo que significaba, porque eso era lo más difícil de todo, reservado tan sólo para un puñado de grandes hombres en el mundo. Y nadie podía entenderlo en su totalidad.

“En el colegio te enseñan lo que significa el mundo, y una vez que lo hayas aprendido, siempre lo sabrás”, le había dicho su padre.

“¿Y si el mundo cambia?”, había pensado Amar. “¿Qué se sabría entonces?” No obstante, procuraba que su padre no hiciera cábalas sobre lo que a él se le pasaba por la cabeza. Nunca hablaba con su anciano padre salvo para recibir órdenes. Si Driss era severo, y le gustaba que sus hijos le trataran exactamente con el mismo respeto que él había mostrado hacia su propio padre cincuenta o sesenta años antes. Era preferible abstenerse de expresar una opinión que nadie le hubiera solicitado. Pese al hecho de que la vida en casa resultaba más estricta de lo que hubiera sido de tener un padre más tolerante, Amar estaba orgulloso de la respetable posición que ocupaba aquél. Los hombres más ricos e importantes de la región se acercaban a su padre, besaban sus ropas y aguardaban sentados en silencio mientras él hablaba. Estaba escrito que Amar tendría un padre severo, y no había nada que hacer al respecto, salvo dar gracias a Alá. Sin embargo, él sabía que si algún día llegaba a querer algo con tanta intensidad como para desafiar a su padre, el venerable anciano comprendería que su hijo estaba en lo cierto y cedería ante él. Había descubierto que ello era así cuando su padre le envió por primera vez al colegio. Le desagradó hasta tal extremo su primer día de escuela que regresó a casa y anunció que no volvería allí nunca más; en aquella oportunidad, el anciano se había limitado a suspirar poniendo a Alá por testigo de que él mismo había llevado al muchacho hasta el colegio y le había dejado al cuidado del aallem: no podía ser considerado responsable de lo que aconteciera en un futuro. Al día siguiente había despertado al niño al despuntar el alba, diciéndole: “Si no quieres ir al colegio, trabajarás”. Y le había llevado a la fábrica de mantas que su tío poseía en el Attarine para que trabajara en los telares. Aquello había resultado un poco menos insoportable que el colegio porque no tenía que permanecer sentado e inmóvil todo el tiempo; pese a ello, no estuvo más tiempo allí del que habría de permanecer en cualquiera de los innumerables lugares donde había trabajado desde entonces. Pasaban una o dos semanas, y se marchaba para entretenerse por ahí, muy a menudo sin preocuparse de cobrar su salario. Su vida en casa era una lucha constante para evitar que le llevaran a un nuevo trabajo maquinado por su padre.

Y era así como, de entre sus más antiguos amigos, Amar era el único que no había aprendido a escribir, ni a leer lo escrito por otra gente, y no le importaba lo más mínimo. Si su familia no hubiera sido Chorfa, descendientes del Profeta, su vida hubiera sido indudablemente más fácil. No habría tenido que padecer la encarnizada insistencia de su padre para inculcarle los preceptos de su religión, ni su apremio constante tratando de convencerle de la necesidad de respetar una estricta obediencia. Pero el viejo había decidido que si su hijo iba a ser analfabeto (lo que no constituía en sí una gran desventaja), al menos no sería también un ignorante en lo que atañía a las leyes morales del islam.

Con el paso de los años, Amar había entablado amistad con muchachos como él, pertenecientes a familias tan pobres que nunca se habían planteado si debían o no debían ir a la escuela. Cuando se encontraba ahora con sus amigos de la primera infancia y charlaba con ellos, tenía la impresión de que habían crecido hasta parecer viejos, y no le divertía estar en su compañía, mientras que sus nuevos amigos, que jugaban y luchaban a todas horas como si sus vidas dependieran del resultado de sus juegos y peleas, vivían de un modo que resultaba comprensible para Amar.

Algo de suma importancia en su vida era que albergaba un secreto. Un secreto que ni siquiera debía mantener en secreto, puesto que nadie podría llegar a imaginarlo jamás. Pero él lo conocía y se nutría de él. El secreto consistía en que él no era como los demás; tenía poderes que nadie más poseía. Estar seguro de aquello era como tener un tesoro escondido en algún lugar perdido al abrigo de la vista del mundo, y ello significaba mucho más que poseer sencillamente la baraka. Muchos Chorfa la tenían. Si alguien estaba enfermo, o en trance, o había sido poseído por un espíritu extraño, muy a menudo Amar podía curar sus males tocándole con sus manos y murmurando una plegaria. Y en su familia la baraka era muy fuerte, tan poderosa que un hombre de cada generación había hecho de las virtudes curativas su profesión. Ni su padre ni su abuelo habían hecho otro trabajo en su vida que atender las constantes riadas de gente que venían a tratar con ellos. De modo que no había nada sorprendente en el hecho de que el propio Amar poseyera tal don. Pero no era esto lo que él tenía en mente cuando se decía a sí mismo que era diferente de todo el mundo. Por supuesto, siempre había sabido su secreto, pero antes no tenía tanta importancia para él. Ahora que había cumplido los quince años y era ya un hombre, el secreto se hacía más y más importante. Había descubierto que en cientos de ocasiones a lo largo del día acudían a su mente cosas que no parecían surgir en la cabeza de nadie más, pero también había aprendido que si quería hablar a la gente de ellas –‍y ciertamente lo deseaba‍– debía hacerlo de tal manera que les hiciera reír, pues de lo contrario terminaban recelando de él. Con todo, si un día, arrobado por el entusiasmo, se olvidaba de ello y gritaba: “¡Mirad el Djebel Zalagh! ¡El Sultán tiene una nube en el hombro!”, y sus amigos respondían: “¡Tú estás loco!”, tampoco le importaba demasiado. La próxima vez intentaría acordarse de incluir en sus palabras el mundo de quienes le escuchaban, haciendo alguna referencia a algo particular que les interesara. Así ellos reirían y él se sentiría feliz.

Hoy no se veían nubes en ninguna parte del Djebel Zalagh. Hasta el más pequeño olivo de su cima se recortaba con claridad sobre el cielo inmenso, uniformemente azul; y los innumerables barrancos que arrugaban sus laderas despojadas de vegetación estaban empezando a cubrirse con las sombras del atardecer. Una carretera filiforme serpenteaba a los pies de una de sus romas colinas; unas figuras blancas y diminutas ascendían con lentitud carretera arriba. Se detuvo y las siguió durante unos instantes: eran campesinos que regresaban a sus aldeas. Por un momento deseó apasionadamente poder ser otro, uno de ellos, y llevar una vida sencilla y anónima. Entonces empezó a tejer una fantasía. Si él fuera un djibli y viviera en el campo, con su inteligencia –‍pues se sabía inteligente‍–‍, pronto amasaría más dinero que nadie en su cabila. Compraría más y más tierras, tendría más y más gente trabajando en ellas, y cuando los franceses intentaran comprar sus posesiones, él se negaría a venderlas, sin importarle cuánto pudieran ofrecer por ellas. Entonces los campesinos le mostrarían un gran respeto; su nombre empezaría a ser conocido más allá de los confines de aquellas tierras, los hombres se acercarían a él en demanda de ayuda y consejo como si fuera un qoadi, y él satisfaría a todos con generosidad. Un día llegaría un francés con la propuesta de nombrarle caíd; se vio a sí mismo sonriendo bondadosa y afablemente, contestándole: “Ya soy para mi pueblo más que un caíd. ¿Por qué habría de cambiar?”. El francés, sin comprender, formularía bajo cuerda todo tipo de ofertas añadidas: un porcentaje en los impuestos, mujeres de su elección procedentes de tribus lejanas, un naranjal aquí, una granja allá, la escritura de propiedad de un bloque de viviendas en Dar el Beida, y dinero en abundancia; pero él se limitaría a sonreír de forma jocosa, asegurando que no quería más de lo que ya tenía: el respeto de su propio pueblo. El francés se mostraría desconcertado (porque, ¿cuándo un marroquí había afirmado tal cosa?) y se marcharía con el corazón transido de temor, y las noticias de la fortaleza de Amar viajarían a toda velocidad, hasta que incluso en Rhafsai y Taounate todo el mundo hubiera oído hablar del joven djibli que no se dejaba comprar por los franceses. Y un día llegaría su oportunidad. El Sultán mandaría que le fueran a buscar en secreto, para que le asesorara en cuestiones relacionadas con la región que él conocía tan bien. Él sería, a su manera, sencillo y respetuoso en sus modales, pero no humilde, y el Sultán encontraría esto muy extraño, y se sentiría un poco ofendido al principio, hasta que Amar, sin necesidad de utilizar tantas palabras, le daría a entender que su negativa a postrarse ante él obedecía tan sólo a su certeza de que los sultanes, aunque eminentes, eran solamente hombres, todos mortales y todos falibles. El monarca quedaría impresionado ante la sabiduría de Amar al adoptar tal actitud y también por el coraje que denotaba mostrándola tan a las claras, y le invitaría a que permaneciera junto a él. Poco a poco, susurrando una palabra aquí y otra allá, se convertiría en alguien más valioso para el Sultán que el propio El Mokhri. Y llegaría un tiempo de crisis en que el Sultán sería incapaz de tomar una decisión. Amar estaría presto en ese instante. Sin vacilar, intervendría y asumiría el control de la situación. Llegados a ese punto, podrían surgir algunas dificultades. Él las resolvería aplicando el método que utiliza todo gran hombre para solventar los problemas: confiándolo todo a la propia fuerza. Se vio a sí mismo promulgando con tristeza la ejecución del Sultán; debía hacerse por el pueblo. Y después de todo, el Sultán no era sino un alauita del Tafilalet –‍para decirlo con franqueza, un usurpador‍–‍. Todo el mundo lo sabía. Había docenas de hombres en Marruecos con mucho más derecho a gobernar, incluyendo, desde luego, a cualquier miembro de la familia de Amar, pues ellos eran Drissiyine, descendientes de la primera dinastía, la única legítima del país.

Las distantes figuras trepaban lentamente por la colina. Acaso continuarían caminando toda la noche, y sólo llegarían a sus hogares en algún momento después del alba. Él conocía bastante bien el modo de vida de los campesinos; había pasado muchos meses en la granja de su padre en Kherib Jerad, antes de que fuera preciso venderla, y cada año había ido a recoger la parte de las cosechas que correspondía a la familia. En su caso, el desprecio burlón que sienten los habitantes de la ciudad por los campesinos estaba atenuado por el respeto. Mientras que el hombre de la ciudad solía anunciar sus intenciones con enorme antelación, un campesino se limitaba a seguir su camino, sin pronunciar una sola palabra y haciendo lo que tenía que hacer.

Detenido todavía allí, con la vista puesta en la gran extensión de tierra desnuda bañada por el sol, mientras sus ojos seguían las pequeñas figuras que ascendían por la superficie de la ladera, se dio cuenta de la magnitud de su desgracia. Si su hermano mayor no hubiera vuelto la cabeza en un momento dado y preciso tres noches antes en un callejón de Moulay Abdallah, Amar podría estar ahora bañándose en el río, o jugando al fútbol cerca de Bab Fteuh, o simplemente sentado y tranquilo en la azotea de su casa tocando la flauta, sin sentir el peso del terror dentro de su cuerpo. Pero Mustafá había vuelto la cabeza y le había visto en ese lugar prohibido donde se daban cita las mujeres acicaladas. Y al día siguiente su hermano se había acercado a él pidiéndole veinte riales. Amar no tenía dinero –‍y ningún medio de obtenerlo–. Prometió a Mustafá que le iría pagando poco a poco, a medida que fuera haciéndose con pequeñas cantidades, pero Mustafá, mostrándose tan astuto como despiadado, tenía un plan y no le interesaba el futuro. No tenía intención de delatar a Amar; la aclaración era de todo punto innecesaria. Su padre se mostraría más enfadado con el informador que con el traicionado. Esa mañana Mustafá había dicho a Amar: “¿Tienes el dinero?”, y al ver que su hermano movía negativamente la cabeza, había añadido: “Estaré en el café de Hamadi al atardecer. Tráelo o ten cuidado con tu padre cuando llegues a casa”.

No tenía el dinero; no iría al café para seguir oyendo amenazas. Se marcharía derecho a casa y recibiría la paliza para que esta fuera cosa del pasado y no del futuro. Oyó a su espalda el timbre de una bicicleta; al volverse reconoció al muchacho que la conducía. El joven se detuvo y Amar se subió a ella sentándose de costado en el manillar. Bajaron las curvas sin pedalear, cambiando de sentido una y otra vez; el valle soleado y Djebel Zalagh aparecían ora a la izquierda, ora a la derecha. Descendían a toda velocidad.

–¿Cómo están los frenos? –‍preguntó Amar. Pensaba en esos instantes que podría resultar más agradable ser catapultado hacia una zanja o ladera abajo que llegar sano y salvo a la entrada de su barrio. Todo aquello por lo que iba a sufrir un castigo podría serle perdonado cuando saliera del hospital.

–Los frenos están bien –‍contestó el muchacho‍–‍. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

Amar sonrió con desdén. Cruzaron un puente y el terreno se niveló a partir de ese tramo. El joven empezó a pedalear. A medida que se iban aproximando a la inclinada cuesta que se extendía del valle del río al cruce de Taza, el trabajo se hacía más arduo. Amar saltó de la bicicleta, dijo adiós y tomó un atajo que cruzaba un bosquecillo de granados. Él nunca había tenido una bicicleta; no era un objeto que el hijo de un fqih venido a menos pudiera aspirar a tener. El dinero sólo iba a parar a manos de quienes compraban y vendían. Los muchachos cuyos padres tenían tiendas podían tener bicicletas; Amar sólo podía alquilar alguna de vez en cuando, porque la gente a quien trataba su padre con sus santas palabras y sus sortilegios generalmente sólo podía permitirse gastar algunas monedas de cobre, y cuando sucedía que un hombre rico le consultaba y trataba de darle una suma mayor como pago por sus servicios, Si Driss se mostraba inexorable en su negativa. “Cuando tu dinero procede de Alá”, le diría su padre, “no hay que gastarlo comprando máquinas u otras locuras nazarenas. Tienes que comprar pan y darle las gracias a Él por poder hacer eso”. Y Amar contestaría: “Hamdoul’lah”.

Se detuvo en un café de Bab Fteuh y siguió una partida de cartas durante unos minutos. Después se fue caminando hacia su casa embargado por la tristeza. Su madre, franqueándole el paso, le miró de un modo muy significativo, y Amar vio acto seguido a su padre en el patio, junto al pozo. No se veía a Mustafá por ninguna parte.

Capítulo 2

–Vamos arriba –‍dijo su padre, encaminándose hacia la estrecha escalera de peldaños rotos.

Entró en la habitación más pequeña de las dos que había arriba y encendió la luz.

–Siéntate en el colchón –‍ordenó, señalando una esquina del cuarto. Amar obedeció. Todo en su interior estaba temblando; no sabía si era de impaciencia o de terror, ni sabía si era un aborrecimiento destructivo o un amor irresistible lo que sentía por el anciano que se erguía ante él con ojos llameantes de cólera. Su padre desenrolló lentamente su largo turbante, dejando al descubierto su cráneo desnudo, y mientras hacía esto habló del siguiente modo:

–Esta vez has cometido un pecado imperdonable –‍dijo, clavando en Amar sus ojos terribles.

La barba blanca y puntiaguda tenía un aspecto extraño al carecer del turbante que equilibraba la imagen.

–A un chico como tú sólo le aguarda el infierno. Todo el dinero de la casa, el dinero para comprar pan para tu padre y para tu familia. Quítate la chilaba.

Amar se quitó la prenda; su padre se la arrebató mirando de inmediato dentro de la capucha.

–Quítate la serrouelle.

Amar desabrochó su cinturón y se sacó los pantalones, manteniendo una mano delante de sí para cubrir su desnudez. Su padre palpó minuciosamente los bolsillos: estaban vacíos, con la salvedad de la navaja rota que Amar llevaba siempre consigo.

–¡Nada! ¡Ni rastro! –‍gritó el viejo.

Amar permaneció en silencio.

–¿Dónde está? ¿Dónde está?

La voz ascendía de tono en cada sílaba. Amar se limitó a mirar a los ojos de su padre, con la boca abierta. Había cientos de cosas que decir; no había nada que decir. Tuvo la sensación de que se había convertido en una piedra.

Con asombrosa fuerza, el viejo le empujó sobre el colchón, y arrancando el cinto de los pantalones comenzó a azotarle con el extremo donde estaba la hebilla. Para proteger su rostro, Amar se puso al instante boca abajo, con sus manos ahuecadas sobre la nuca. Su padre descargaba los duros golpes sobre sus nudillos, hombros, espalda, nalgas y piernas.

–¡Ojalá te mate! –‍gritaba su padre‍–‍. ¡Mejor estarías muerto!

“Espero que lo haga”, pensaba Amar. Sentía los correazos con un gran distanciamiento. Era como si una voz le estuviera diciendo: “Esto es el dolor”, y él se mostrara de acuerdo, aunque no del todo convencido. El viejo no añadió palabra alguna, concentrando su energía en los golpes. Más allá del silbido del cinturón al cortar el aire y el sonido de la hebilla al golpear su carne, Amar podía oír el ronroneo de un gato en la terraza de arriba: “Rao, rao..., rao...”; el llanto de unos niños; una radio desde la que llegaba hasta sus oídos una vieja canción de Farid al Atrache. Olía la tajine que su madre estaba cocinando abajo en el patio: canela y cebolla. Los golpes no cesaban. De improviso sintió que tenía que respirar; había retenido el aliento desde que había sido empujado sobre el colchón. Tomó aire de una gran bocanada y acto seguido vomitó. Alzó la cabeza, intentó moverse y el dolor le devolvió a la misma posición. Aún proseguía la rítmica descarga de golpes, no hubiera podido decir si con mayor o menor intensidad. Su rostro resbaló sobre la espadañada que él mismo había arrojado sobre el colchón; detrás de sus párpados, tuvo de súbito una visión. Bajaba corriendo por el Boulevard Poeymirau en la Ville Nouvelle con una espada en la mano. Al pasar delante de las tiendas, las lunas de todos los escaparates saltaban espontáneamente en mil pedazos. Las mujeres francesas chillaban; los hombres estaban paralizados. Aquí y allá asestaba un golpe sobre un hombre, decapitándole, y una fuente de sangre brillante brotaba a borbotones del cuello truncado. Una cálida oleada de cruel deleite recorrió su cuerpo. De pronto se dio cuenta de que todas las mujeres estaban desnudas. Con diestros mandobles ascendentes abría sus cuerpos; con mandobles descendentes les cortaba los pechos de raíz. Nadie debía quedar intacto.

La paliza había cesado. Su padre había salido de la habitación. La radio seguía emitiendo la misma pieza, y pudo oír a sus padres hablando abajo. Se mantuvo completamente inmóvil. Por un momento pensó que acaso estaba muerto de verdad. Entonces oyó a su madre entrando en la habitación. “Ouildi, ouildi”, decía, y sus dos manos empezaron a tocarle con suavidad, frotando aceite sobre su piel. No había llorado una sola vez durante la zurra, pero ahora sollozaba violentamente. Para dejar de hacerlo, imaginó que su padre estaba detrás de su madre observando la escena. La treta funcionó, y se quedó tumbado, sin moverse, rindiéndose a aquellas manos fuertes y suaves.

Estuvo enfermo el día siguiente y otro día más. Mientras permaneció echado en su pequeña habitación de la azotea, su madre acudió muchas veces con aceite para limpiarle las heridas. Amar se sentía aturdido por la fiebre y desgraciado por el dolor, y no le apetecía comer nada distinto de la sopa y el té caliente que ella le traía de cuando en cuando. Al tercer día se incorporó y tocó su lirah, la flauta de caña que él mismo se había fabricado. Ese día su madre dejó fuera de la jaula a Diki bou Bnara, el gallo favorito de Amar, y la hermosa ave entró y salió de la habitación contoneándose, escarbando y prestando atención a las canciones que Amar interpretaba en su honor. Pero el tercer día, tras la puesta de sol, cuando Diki bou Bnara había sido ya devuelto a su jaula y los almuecines habían terminado de anunciar el maghreb, Amar escuchó los pasos de su padre subiendo la escalera que conducía a la azotea. Rápidamente se dio la vuelta hacia la pared, fingiéndose dormido. Instantes después su padre estaba en la habitación, y le habló:

–Ya ouildi! Ya Amar!

Amar no se movió, pero su corazón latía a toda prisa y respiraba con dificultad. El colchón se movió al sentarse su padre a los pies de la cama.

–¡Amar!

Él se dio la vuelta, frotándose los ojos.

–Quiero hablar contigo. Pero primero quiero estar seguro de que no sientes odio. Me siento muy desdichado por lo que has hecho. Tu madre y tu hermano y tu hermana no han comido bien estos últimos días. Pero eso no importa. No es esa la razón por la que quiero hablar contigo. Tienes que escucharme. ¿Siente tu corazón odio por mí?

Amar se incorporó.

–No, padre –‍dijo quedamente.

El anciano permaneció silencioso durante un momento. Diki bou Bnara cacareó de pronto.

–Quiero hacerte entender. Bel haq, fel louwil... En primer lugar, has de saber que yo comprendo. Quizá pienses que porque soy viejo no sé nada del mundo, y que tampoco sé cómo ha cambiado.

Amar murmuró una protesta, pero su padre continuó:

–Sé que piensas eso. Les pasa a todos los muchachos de tu edad. Y ahora el mundo ha cambiado más que nunca. Todo es nuevo. Todo es malo. Hemos sufrido más de lo que sufrimos nunca. Y está escrito que debemos sufrir todavía más. Pero nada de eso importa. Como el viento. Tú crees que nunca he estado en Dar Debibagh, que nunca he visto cómo viven los franceses. Pero ¿qué pensarías si te dijera que he estado muchas veces? ¿Y que he visto sus cafés y sus tiendas, y he caminado por sus calles, y subido en sus autobuses, igual que tú?

Amar estaba perplejo. Había dado por cierto que, desde la llegada de los franceses, muchos años atrás, su padre nunca había cruzado los muros de la Medina, excepto para marcharse al campo o a la Mellah con intención de comprar ingredientes para las medicinas que sólo vendían ciertos judíos. En lo que Amar recordaba, las actividades cotidianas en la vida de su padre habían sido siempre las mismas, y consistían en cinco viajes diarios a la mezquita, además de las horas que pasaba conversando en las tiendas de sus amigos en su camino hacia o de la mezquita. Fuera de eso no existía nada, salvo prodigar sus servicios cuando estos eran requeridos. Resultaba sorprendente oírle decir que había estado en la ciudad francesa. Amar lo puso en duda: si había estado allí, ¿por qué no lo había mencionado hasta ese día?

–Quiero que sepas que he estado allí muchas veces. He visto la podredumbre y la vergüenza en que viven los cristianos. Eso no puede ser nunca para nosotros. Te juro que son peores que los judíos. ¡No, te juro por Alá que son peores que los judíos ateos de la Mellah! Así que si hablo así de ellos no es porque hombres como Si Kaddour o esa carroña de Abdeltif o Wattanine me lo hayan contado. Lo que ellos dicen puede ser verdad, pero su razón para hablar así es falsa, porque es política. ¿Sabes lo que es la política? Es la palabra francesa para decir mentira. Kdoub! ¡Política! Cuando oigas decir a los franceses: nuestra política, sabrás que quieren decir: nuestras mentiras. Y cuando oigas decir a los musulmanes, los amigos de la independencia: nuestra política, sabrás que quieren decir: nuestras mentiras. Todas las mentiras son pecados. Así que, dime, ¿qué disgusta más a Alá, una mentira dicha por un nazareno o una mentira dicha por un musulmán?

Amar creyó intuir dónde quería ir a parar su padre. Le estaba previniendo para que dejara de tener relaciones con algunos de sus amigos, con los que a veces jugaba al fútbol o compartía una tarde en el cine, y que eran conocidos por ser miembros del Istiqlal. Su padre tenía miedo de que Amar acabara en prisión como Abdallah Tazi y su primo, quienes habían vociferado una noche: “À bas les Français!” en el Café de la Renaissance. “¡Qué equivocado está!”, pensó Amar con cierto encono. No existía la más remota posibilidad de que ocurriera tal cosa. Estaba descartada desde el principio para él, ya que no sólo no hablaba francés, sino que tampoco sabía leer ni escribir. No sabía nada, ni siquiera firmar su nombre en árabe. “Quizá deje de hablar por fin y se vaya abajo”, pensó Amar.

–¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

–Sí, entiendo –‍contestó Amar, estrujando las sábanas entre los dedos de los pies. Se sentía mejor; le hubiera gustado salir y darse un pequeño paseo, pero sabía que si se levantaba dejaría de apetecerle. A través del enrejado de hierro de la ventana podía ver los tejados de un barrio lejano de la ciudad, cubiertos por un cielo que amenazaba lluvia.

–Es peor que mientan los musulmanes –‍prosiguió su padre‍–‍. ¿Y quiénes, de entre todos los musulmanes, cometen el mayor pecado al mentir o robar? Un jerife. Y gracias a Alá tú eres un jerife...

–Hamdoul’lah –‍murmuró Amar, dócilmente pero con emoción‍–‍. Gracias a Alá.

–¡No sólo Hamdoul’lah, Hamdoul’lah! ¡No! Tienes que hacerte un hombre y ser un jerife. El jerife vive para la gente. Prefiero verte muerto antes de que te conviertas en la carroña con la que hablas en la calle. ¡Muerto! ¿Me entiendes? –‍La voz del anciano crecía por momentos‍–‍. No habrá más musulmanes a menos que todos los jóvenes jerifes obedezcan las leyes de Alá.

Siguió hablando en la misma línea. Amar entendía y se mostraba de acuerdo en silencio, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar: “Él no sabe cómo es el mundo de hoy”. El pensamiento de que su propia concepción del mundo era tan diferente de la de su padre era como un muro protector que envolvía todo su cuerpo. Cuando su padre salía a la calle, en su mente sólo había lugar para la mezquita, el Corán, los demás viejos. Era el mundo inmutable de la ley, la palabra escrita, la inalterable filantropía, pero era en cierto modo un mundo arrugado y seco. Mientras que cuando Amar dejaba atrás su casa le esperaba toda la ancha tierra, la tierra viva y misteriosa que le pertenecía como no podía pertenecer a ningún otro, y donde absolutamente cualquier cosa podía suceder. El aroma de la brisa de la mañana atravesando las paredes desde los olivares, el rumor del río que caía sobre las rocas al precipitarse sobre sus gargantas en su paso por la ciudad, las sombras cambiantes de los árboles sobre el polvo blanco de la tierra cuando él se sentaba al mediodía bajo su sombra; todas esas cosas tenían un significado especial para él que no podía ser igual para ningún otro, y menos aún para su padre. El mundo donde vivía el viejo, imaginaba Amar, debía asemejarse a esas fotografías que aparecían en los periódicos que venían de contrabando desde Egipto: grises, emborronadas, carentes de significado, salvo como acompañamiento del texto.

Oía las palabras de su padre con impaciencia creciente. Hacía repetidas referencias a sus deberes como descendiente del Profeta. ¿Con quién podía contar la gente en épocas de dificultad, sino con los Chorfa? Cada jerife era un líder. Era cierto, pero Amar sabía que algo no terminaba de encajar en aquella imagen. Los Chorfa eran los líderes, pero podían conducir a sus seguidores únicamente a la derrota, y esto era algo que él nunca podría decir a nadie. Como si el anciano hubiera percibido la emoción, si no la idea precisa que bullía en la mente de su hijo, dejó de hablar durante un instante, y continuó después en un tono más bajo, impregnado de tristeza.

–He cometido un gran pecado –‍dijo‍–‍. Alá me juzgará. Debería haberte golpeado día y noche, y arrastrarte a la escuela por los cabellos hasta que supieras leer y escribir. Ahora ya nunca aprenderás. Es demasiado tarde. Nunca sabrás nada. Y es culpa mía.

Amar estaba estupefacto; su padre nunca había hablado de ese modo.

–No, padre –‍dijo vacilante‍–‍. Es culpa mía.

En la penumbra, Amar vio cómo su padre extendía los brazos hacia él. El anciano puso sus manos en las sienes de su hijo y se inclinó hacia delante rozando levemente con los labios la frente del muchacho. Volvió a sentarse, movió la cabeza adelante y atrás en repetidas ocasiones sin hablar, y salió al cabo de la habitación sin añadir palabra.

Unos minutos después, Mustafá apareció en la puerta con el ceño fruncido, enviado obviamente por su padre para interesarse por el estado de salud de Amar. En el primer instante, al verlo, Amar estuvo a punto de formular algún comentario ácido; pero de súbito una calma extraña se apoderó de él, y se sorprendió a sí mismo diciendo con el más bondadoso de los acentos:

–Ah, khai, chkhbarek? Hace días que no te veo. ¿Cómo va todo?

Mustafá parecía desconcertado; murmuró inexpresivamente una frase protocolaria de saludo, se dio la vuelta y desapareció escaleras abajo. Amar se acostó de nuevo, sonriente; sentía por primera vez que dominaba una situación que nunca se hubiera atrevido a suponer bajo su control. Mustafá era su hermano mayor; había nacido primero, y aquel día fue celebrado con el sacrificio de veintiséis ovejas, dos de las cuales había pagado su propio padre. Cuando Amar vino al mundo, por contra, Si Driss había comprado sólo una. Era cierto que habían comido otra oveja más, regalo de un amigo, pero esta no contaba para Amar. No era menos cierto que Mustafá había nacido en las montañas de Kherib Jerad, y las otras veinticuatro ovejas habían sido llevadas como presentes por los jubilosos campesinos al ver a un jerife nacido entre ellos, mientras que Amar había nacido en el corazón de la ciudad y sólo su familia se había regocijado por ello, pero era algo en lo que nunca pensaba cuando empezaba a darle vueltas a sus errores. Lo importante ahora era que Mustafá estaba perplejo; nunca hubiera esperado que su padre le enviara al cuarto de arriba para interesarse por Amar, y no había imaginado que este podría encontrarse de buen ánimo. Amar conocía a su hermano. Mustafá continuaría presa de la inquietud por este pequeño misterio hasta que lo hubiera desvelado. Y Amar no tenía ninguna intención de ayudarle para que lo lograra. Así era, Amar no hubiera sido capaz de decir lo que sentía por Mustafá, salvo que en un remoto aunque invisible horizonte adivinaba la certidumbre de su victoria y la derrota total para su hermano.

Y entonces acudió a su memoria un incidente que su madre le había relatado en múltiples ocasiones. Mucho tiempo atrás, cuando el padre de su madre estaba en el lecho de muerte ocupando la misma habitación donde se encontraba ahora él, y toda la familia se hallaba reunida para despedirse del anciano, este había ordenado a Mustafá en un determinado momento que se acercara a la cama para poder bendecir al primogénito. Pero Mustafá era un niño testarudo y malhumorado; lloriqueando, se había escondido bajo las faldas de su madre, y ninguna zalema había podido persuadirle para que se acercara al lecho. Fue un momento de gran vergüenza, salvado milagrosamente por Amar, quien, pese a que apenas sabía caminar, cruzó a trompicones y por alguna inexplicable razón el aposento y besó por último la mano de su abuelo. De inmediato, el anciano otorgó su bendición a Amar en lugar de a Mustafá; y no contento con ello, se atrevió a profetizar que el más pequeño de los hermanos crecería hasta convertirse en un mejor hombre que el primogénito. Pocos minutos después exhalaba su último suspiro. La historia siempre había impresionado enormemente a Amar, pero, dando por cierto que sus padres nunca se la habían relatado a Mustafá, no había resultado jamás del todo satisfactoria ni le consolaba por las veintiséis ovejas. Ahora pensaba en ello de nuevo, y empezaba a asumir una importancia que no había percibido antes. ¿Qué eran veintiséis ovejas o, incluso, cien de ellas, comparadas con el poder mágico de una bendición enviada directamente por Alá a través del corazón y los labios de su abuelo? En la oscuridad, murmuró una corta plegaria por el difunto, y otra de agradecimiento, más corta si cabe, por su buena fortuna.

Esa noche, en el cuenco de sopa que le trajo su madre había almendras y garbanzos. Anhelaba saber si toda la familia tenía la misma comida, o si se la habían traído especialmente para él y sólo para él, pero no se atrevió a preguntarlo. Podía imaginarse a su madre corriendo escaleras abajo soltando carcajadas y gritando: “¡El Señor Amar se imagina que fuimos a comprar las almendras sólo para él y que los demás están comiendo otra cosa!”. Habría carcajadas incluso más fuertes de su hermana y de Mustafá.

–Qué buena está la sopa –‍advirtió.

Capítulo 3

Al día siguiente se sentía perfectamente bien. Se levantó muy temprano y salió a la azotea para contemplar la ciudad que se extendía por encima del muro. Había niebla en el valle. Sólo algunos de los minaretes más elevados descollaban sobre el mar gris situado más abajo, igual que dedos apuntando hacia el cielo, y podían verse también las colinas de ambos lados, con su tierra agreste y sus hileras de diminutos olivos. Pero la hondonada donde se encontraba el centro de la ciudad estaba aún cubierta por la niebla nocturna, aquietada. Permaneció mirando durante un rato, dejando que el aire fresco de primera hora de la mañana bañara su rostro y su pecho, y murmuró una corta oración mientras volvía la cabeza hacia Bab Fteuh. Más allá de la puerta se hallaba la vasta tierra cercana al cementerio donde él jugaba al fútbol, y después la aldea de chamizos de caña donde había muchas cabras, y más allá los trigales que conducían en suave descenso hacia el río, y más lejos las aldeas de adobe bajo los altos acantilados de arcilla. Y si se iba aún más allá, había una especie de tierra arcillosa cuajada de desfiladeros, donde al llegar la primavera, después de la época de lluvias, el agua bajaba impetuosa, arrastrando con frecuencia ovejas ahogadas e incluso vacas.

En esta región no había plantas en absoluto –‍sólo la arcilla con sus grietas profundas y sus caprichosos torreones esculpidos por la lluvia‍–‍. Más allá había grandes montañas donde vivían los bereberes, y después el desierto, y otras tierras cuyos nombres sólo sabían unos pocos, y más allá, naturalmente, más allá de todo, en el centro del mundo, brillando con su luz misteriosa y eterna, estaba La Meca. ¡Cuántas horas había pasado examinando las luminosas litografías que cubrían las paredes de las barberías! Algunas eran de batallas históricas libradas por los musulmanes contra los demonios; otras mostraban espléndidos caballos voladores con cabezas y pechos de mujer –‍era sobre esos animales donde solía viajar la gente importante antes de prescindir de ellos en favor del avión‍–‍, algunos eran de Adán y Eva, los primeros musulmanes del mundo, o de Jerusalén, la gran ciudad santa donde cristianos y judíos seguían asesinando musulmanes día tras día y poniendo su carne en conserva para enviarla al extranjero y venderla como alimento; pero había siempre una imagen, más bonita que cualquier otra, de La Meca, con sus riscos afilados en lo alto y sus hileras de grandes casas coronadas con terrazas y salpicadas de balcones, sus arcadas y farolas y palomas gigantes, y finalmente, en el centro, la gran roca cubierta por el paño negro, que era de una belleza tal que muchos hombres se desvanecían –‍o incluso morían‍– al contemplarla. A menudo, al caer la noche, Amar había permanecido en el mismo lugar, con las manos apoyadas en la pared, aguzando la vista como si se asomara a la oscuridad del firmamento nocturno grávido de estrellas, intentando imaginar que veía al menos un borroso destello de la luz que fluía eternamente hacia los cielos desde el sacro y remoto santuario.

Desde la terraza podían oírse casi siempre las voces estridentes y los tambores del mercado de Sidi Ali bou Ralem. Esa mañana, a causa de la niebla, sólo eran audibles los sonidos que se escapaban del barrio cercano. Regresó a su habitación, se tumbó en la cama apoyando los pies contra la pared por encima de su cabeza y comenzó a tocar la flauta: ninguna melodía en particular –‍solamente una sucesión neutra e indeterminada de notas, con una ocasional espera que se prolongaba–; era la música que se ajustaba a la particular sensación que le invadía aquella mañana fresca y brumosa. Continuó así durante un rato, hasta que súbitamente saltó de la cama y se vistió con el único traje europeo que poseía: unos pantalones militares y un jersey grueso de lana, junto a un par de sandalias que había comprado en la Mellah –‍estas últimas las deslizó bajo el brazo, pues sólo se las pondría cuando llegase al centro de la ciudad, lejos del peligro de los ataques enemigos en las calles de su propio barrio‍–‍. Era más fácil luchar descalzo, con esa idea en mente, y también caminar, liberado del peso del calzado. Un amigo le había dado una muñequera de cuero que reservaba para las ocasiones de gala, haciendo como si llevara en ella un reloj. La contempló durante un momento y decidió no llevarla aquel día; peinó con esmero su cabello mirándose en un espejo de bolsillo que estaba colgado de la pared y bajó de puntillas las escaleras que conducían al patio. Al verle, su madre le llamó: “¡Ven a tomar el desayuno! ¿Te crees que vas a salir sin desayunar primero?”.

Tenía un hambre voraz pero, sin saber el motivo, había pretendido salir inmediatamente de la casa, antes de que tuviera que hablar con alguien y cambiara por ello su estado de ánimo. Sin embargo, era demasiado tarde. Tomó asiento y comió la avena hervida con corteza de canela y leche de cabra que le trajo su hermana. Esta se hallaba agachada junto a la puerta, mirándole a hurtadillas de vez en cuando con el rabillo del ojo. En su frente y sienes se observaban manchas de henna, y sus manos tenían color rojo ladrillo del colorante. Tenía ya edad para contraer matrimonio; y se lo habían propuesto en dos ocasiones, pero el viejo Si Driss no quería ni oír hablar de aquello, en parte porque quería tenerla en casa durante algún tiempo más (le parecía como si la niña hubiera nacido el año anterior), y en parte porque ninguna de las dos ofertas había sido lo bastante atractiva como para ser tenida en consideración. La madre de Amar estaba por completo de acuerdo con su marido; cuanto más pudiera retrasar el matrimonio, más feliz sería. No constituía ningún placer tener hijos, porque nunca estaban en casa; engullían su comida y desaparecían, y cuando se hacían mayores nunca se sabía si volverían a casa al caer la noche. Pero una hija, puesto que no estaba autorizada a salir sola de la casa, ni siquiera para comprar un kilo de azúcar a la tienda de al lado, siempre podía contarse con ella si era necesaria. En cualquier caso, cada año que transcurría acrecentaba los encantos de Halima: sus ojos parecían hacerse más grandes y su cabello más espeso y brillante.

Cuando hubo comido, Amar se levantó y salió al patio. Allí acarició sus dos palomas durante un rato, mirando a su madre con la esperanza de que esta subiera a la azotea para que su partida pasara desapercibida. Finalmente decidió marcharse al ver que su madre no se movía del sitio.

–Quizá llueva –‍le gritó ella cuando Amar llegó a la puerta.

–No va a llover –‍dijo él‍–‍. B’slemah.

Amar sabía que ella quería añadir algo –‍cualquier cosa con tal de retenerle allí‍–‍. Siempre se comportaba de aquel modo cuando su hijo iba a salir. Sonrió girando la cabeza y cerró la puerta tras de sí. Había tres recodos en el callejón antes de salir a una calle mayor. En el segundo de ellos se topó de frente con su padre. Al detenerse Amar para besar su mano, el anciano la retiró de inmediato.

–¿Cómo te has despertado hoy, hijo? –‍preguntó. Intercambiaron saludos, y Si Driss clavó en su hijo una mirada penetrante.

–Quiero hablar contigo –‍añadió el anciano.

–Naam, sidi.

–¿Adónde vas?

Amar no tenía en mente un destino en concreto.

–Sólo voy a dar un paseo.

–El mundo no está para pasearse. Eres un hombre, y tú lo sabes, ya no eres un niño. Piensa en eso, y ven a casa a la hora de la comida, porque esta tarde me acompañarás a casa de Abderrahman Rabati.

Amar inclinó la cabeza y siguió caminando. Pero la alegría que le producía encontrarse en la calle aquella mañana se había esfumado. Rabati era un hombre gordo y fanfarrón que a veces conseguía trabajo para los muchachos del barrio en casa de los franceses de la Ville Nouvelle, y Amar había oído innumerables historias sobre lo difícil que era el trabajo, el constante mal humor de los franceses y sobre los pretextos que encontraban para no pagar al cabo de la semana, y por si eso no fuera suficiente, se decía que el propio Rabati descontaba habitualmente pequeños tributos del salario de los muchachos en compensación por haberles encontrado trabajo. Por añadidura, todo el francés que sabía Amar se limitaba a frases como “bonjour, m’sieu”, “entrez” y “fermez la porte”, expresiones todas ellas que le había enseñado un bienintencionado amigo, y era sabido por todos que los chicos que no entendían francés recibían un trato incluso peor, y que acababan convertidos en blanco de las burlas, no sólo de los franceses, sino también de los otros chicos que tenían la fortuna de conocer el idioma.

Salió a la calle principal del barrio, saludó al vendedor de menta y echó una triste ojeada a su alrededor sin estar ya seguro de que le apeteciera dar un paseo. Las palabras de su padre habían emponzoñado el paisaje de la mañana. Sólo tenía una solución: encontrar él mismo e inmediatamente algún tipo de trabajo, de manera que cuando regresara a su casa a la hora del almuerzo pudiera decir: “Padre, estoy trabajando”.

Giró a la izquierda y subió la cuesta polvorienta que había después de la gran fachada esculpida de la vieja mezquita y, más allá, el edificio de hormigón, escenario de tantas tardes de gozo en su infancia: el cine, cubierto con brillantes fotografías de hombres armados. Torció de nuevo a la izquierda, adentrándose en una estrecha calleja atestada de burros y hombres que empujaban carretillas, hasta desaparecer entre las casas al bajar la cuesta. Salió finalmente a una gran plaza abierta, salpicada aquí y allá de torres circulares. Era como un pueblo en llamas: los torreones de tierra cocida exhalaban un humo sucio y oscuro.

Muchachos harapientos corrían de un lado para otro, llevando consigo brazadas de ramas verdes que arrojaban a las puertas de los hornos. El humo ondulaba y revoloteaba en el aire, cerca del suelo, como si no quisiera aventurarse a iniciar su ascenso hacia el cielo gris. En una esquina más apartada, levantada contra las altas murallas de la ciudad, había una parte donde los hornos habían sido construidos en dos niveles. Una escalera conducía al gigantesco techo plano de barro: Amar subió por ella para contemplar el panorama. Cerca de donde se encontraba, junto a la puerta de un pequeño cobertizo, estaba agachado un hombre de barba. Amar se dio la vuelta y se dirigió a él.

–¿Tiene trabajo para mí?

El hombre le contempló fijamente durante un momento sin mostrar mayor interés. Al fin, dijo:

–¿Quién eres tú?

–El hijo de Driss el fqih –‍contestó.

El hombre le miró con mayor fijeza.

–¿De qué te vale mentir? –‍preguntó‍–‍. ¿Tú eres el hijo de Driss el fqih? ¿Tú?

Volvió la cara y escupió.

Amar estaba perplejo. Bajó la vista hacia sus pies, desnudos, encogió los dedos, y comprendió que debería haberse calzado antes de subir hasta allí.

–¿Cuál es el problema conmigo? –‍dijo finalmente con cierta beligerancia‍–‍. ¿Qué más da cómo me llame? Sólo le he preguntado si tiene trabajo para mí.

–¿Sabes preparar la arcilla? –‍dijo el hombre.

–Puedo aprender lo que sea en un cuarto de hora.

El hombre rio, se acarició la barba y finalmente se puso en pie.

–Ven conmigo –‍dijo, y le llevó hacia la entrada de otro pequeño cobertizo situado en el otro extremo del techo. Dentro, en la oscuridad, se encontraba un niño acuclillado en el suelo junto a un gran tanque de agua, restregando sus manos una y otra vez.

–Entra –‍dijo el hombre. Permanecieron mirando al crío durante un rato, sin que este alzara la vista‍–‍. Tienes que frotar tan fuerte como puedas –‍le dijo a Amar‍–‍, y si encuentras aunque sea la más pequeña chinita, la tiras y sigues restregando hasta que cada puñado esté tan suave como la seda.

–Entiendo –‍dijo Amar.

Parecía un trabajo de los más fáciles. Esperó hasta que salieron de nuevo afuera, y entonces preguntó:

–¿Cuánto?

–Diez riales al día.

Era el salario normal.

–Con la comida incluida –‍añadió Amar, aunque lo diera por sobreentendido.

El hombre abrió los ojos desmesuradamente.

–¿Estás loco? –‍gritó (Amar se limitó a mirarle de hito en hito)‍–‍. Si quieres trabajar, entra ahí dentro y empieza. No necesito ninguna ayuda. Sólo te estoy haciendo un favor.

Cualquier trabajo que Amar realizara, incluso el más simple, como llevar agua en la curtiduría o enhebrar los largos hilos que servían a los sastres para hacer las botonaduras en la pechera de las chilabas, le fascinaba mientras lo estaba llevando a cabo; constituía para él un enorme placer estar completamente ocupado –‍la suerte de deleite que no era capaz de sentir cuando quedaba espacio en su mente para recordar quién era‍–‍. Empezó a trabajar mezclando agua con arcilla, frotando, ablandando, lavando y eliminando partículas. Al final de la mañana el hombre entró de nuevo, miró y arqueó las cejas. Se agachó, examinó con atención la calidad de la mezcla, introdujo en ella las yemas de los dedos y presionó con estos para evaluar el trabajo.

–Está bien –‍dijo‍–‍. Vete a casa a comer.

Amar alzó los ojos.

–Aún no tengo hambre.

–Ven conmigo.

Fueron hasta la otra parte del techo, bajaron las escaleras y cruzaron un tramo de terreno donde se apilaban voluminosos haces de ramas. Otra escalera había sido excavada en la tierra en este lugar. El olor acre de la arcilla húmeda estaba atenuado por un perfume almizclado, más suave, que procedía de unas higueras situadas más abajo, junto a un ramal del río donde el agua fluía veloz y silenciosa. En el peñasco, al final de los escalones, había una puerta. El hombre quitó el candado y ambos entraron.

–Veamos si puedes trabajar en el mamil.

Amar se introdujo en la abertura del suelo, se acomodó en un asiento que estaba a la altura de los pies del hombre y comenzó a girar con su pie la gran rueda de madera. Se necesitaba cierta fuerza y destreza, pero no más de las que solía mostrar él cuando jugaba al fútbol.

–¿Entiendes cómo funciona? –‍preguntó el hombre, señalando una rueda más pequeña que daba vueltas junto a la mano izquierda de Amar.

Amontonó un poco de arcilla en el disco giratorio y se encorvó. Manipulando la masa informe y salpicándola de vez en cuando con agua, consiguió que adoptara finalmente la forma de un plato.

–Sigue girando la rueda –‍dijo el hombre, aparentemente esperando que Amar sucumbiera al cansancio y se detuviera‍–‍. Yo me encargo de esta parte.

Pero estaba claro para Amar que el aparato funcionaba de tal manera que un solo hombre podía hacerse cargo de todo, empleando para ello y de forma simultánea sus manos y pies. Al cabo de unos instantes el hombre de la barba se puso en pie.

–Es mejor que te marches ya a casa –‍dijo.

–Quiero hacer una vasija –‍contestó Amar.

El hombre soltó una carcajada.

–Lleva su tiempo aprender a hacer eso.

–Puedo hacerla ahora.

El otro, sin añadir palabra, quitó el plato que había estado haciendo Amar y se echó hacia atrás con los brazos cruzados. En su semblante estaba pintada una expresión de regocijo.

–Zid. Venga, haz una vasija –‍dijo‍–‍. Quiero verte.

La arcilla y el agua estaban en su mano derecha, la rueda giratoria en la izquierda. No había luz en la habitación, salvo la que dejaba pasar la puerta, por lo que en buena lógica Amar no había podido contemplar los detalles más sutiles del trabajo del hombre; pese a ello, hizo justo lo que había visto hacer, sin olvidarse de empujar lateralmente y de forma continua la gran rueda con la planta de su pie descalzo. Con lentitud, fue modelando un pequeño recipiente, poniendo gran cuidado en darle una forma que le agradase. El hombre estaba estupefacto.

–¡Tú ya has trabajado muchas veces en el mamil! –‍dijo por fin‍–‍. ¿Por qué no me lo dijiste? Siempre estoy dispuesto a pagar diez riales y comida a un buen trabajador, a alguien que sepa hacer algo.

–Que la bendición de Alá le acompañe, maestro –‍dijo Amar‍–‍. Tengo mucha hambre.

Aunque no iría a casa a comer, su padre se apaciguaría con las noticias que llevaría a casa a la hora de la cena.

Capítulo 4

Cierto rico mercader, llamado El Yazami, que vivía en el mismo barrio de Amar y había enviado en una ocasión a su hermana para que Si Driss la tratara, salía hacia Rissani aquella tarde. Sus criados habían llevado ya siete enormes cofres a la estación de autobuses que había junto a Bab el Guissa, donde los estaban pesando y cargando sobre el techo del vehículo. Había muchos más cajones y bultos de todos los tamaños que eran trasladados constantemente desde su casa a la terminal. El Yazami se disponía a emprender su peregrinación anual al santuario de su venerable patrón en el Tafilalet, de donde siempre regresaba muchos miles de ríales más rico, dado que, como cualquier habitante de Fez que se preciara, tenía por hábito combinar los negocios con la devoción y sabía qué artículos podía transportar al sur para venderlos allí con el máximo provecho. Mientras contemplaba a los trabajadores acarreando su mercancía hasta el techo del gran autobús azul, cayó en las mientes de que sería un añadido rentable para su cargamento incluir unas quinientas jarras de agua de tamaño mediano. Contando con un veinte por ciento de jarras rotas al llegar a su destino, la ganancia aún ascendería aproximadamente a un ciento cincuenta por ciento, lo cual merecía la pena. Y así, acompañado por uno de sus hijos, se dirigió hacia Bab Fteuh para efectuar una compra rápida. Cuando tuvo ante sí el pueblo de barro, hornos y humo, envió a su hijo a que examinara las mercancías de un lado de la carretera mientras él investigaba en el otro. Una cantidad tan grande no siempre estaba disponible en un plazo tan corto de tiempo. La primera persona con quien chocó el hijo fue Amar, que acababa de salir de su húmedo puesto de trabajo para tomarse un respiro y fumarse un cigarrillo a la sombra de las higueras. Amar conocía de vista al muchacho, aunque nunca habían sido amigos. Tras un intercambio de saludos, el joven Yazami le dijo lo que andaba buscando.

–Podemos proporcionártelas todas –‍dijo Amar de inmediato.

–Las necesitamos ahora –‍dijo El Yazami.

–Ahora, por supuesto.

No tenía ni idea de si era posible suministrarle una cantidad como la que pedía, pero era importante que fuera él quien comunicara el pedido a su jefe, el cual a buen seguro habría de recompensarle.

El hombre de la barba se mostró incrédulo.

–¿Quinientas? –‍exclamó‍–‍. ¿Quién las quiere?

Sabía que podía conseguir las jarras de sus colegas; lo que le interesaba saber era si se trataba de una oferta seria o de una fantasía de Amar.

–Aquel muchacho.

Amar señalaba al joven Yazami, que en esos momentos se acariciaba ociosamente la barbilla debajo de una escalera de mano. Aquello no impresionó al alfarero. El joven no tenía aspecto de estar dispuesto a comprar siquiera una jarra de agua.

–Hijo del pecado –‍empezó el hombre a murmurar entre dientes. Amar había corrido hacia el muchacho y le había tomado del brazo.

–Mañana tienes cincuenta riales si las compras aquí –‍susurró.

–Yo, no sé... Mi padre... –‍Señaló hacia el viejo Yazami, que se encontraba inspeccionando jarras en el otro extremo del paseo.

–Tráele rápidamente aquí, y ven mañana por tus cincuenta riales.

No existía la menor garantía de que el alfarero le diera algo si la venta llegaba a buen término, pero había decidido simplemente dejar el trabajo si tal cosa ocurría. El mundo era muy grande, estaba demasiado lleno de espléndidas oportunidades como para desperdiciar el tiempo con gente que no le apreciara en su justa medida.

El muchacho cruzó la carretera hasta llegar al otro lado y habló unos instantes con su padre. Amar le vio apuntando hacia el lugar donde se encontraba él. El alfarero volvió a acuclillarse fuera del cobertizo.

–Vuelve a tu trabajo –‍gritó.

Amar permaneció donde estaba, vacilante. Entonces, arriesgándolo todo, cruzó la carretera y regresó poco después con El Yazami y su hijo. El alfarero se puso en pie; al acercarse los tres, escuchó de labios del corpulento caballero unas palabras dirigidas a Amar:

–Me acuerdo de cuando no eras más grande que un saltamontes. No te olvides de saludar a Si Driss de mi parte. Que Alá le proteja.

La venta se llevó a cabo con rapidez, y Amar recibió el encargo de reunir a un grupo de niños para que llevaran las cestas de jarras hasta Bab el Guissa. Cuando la última carga había salido ya, el alfarero se fue escaleras abajo hacia el oscuro cuartito donde estaba sentado Amar.

–Zduq –‍dijo, mirándole con asombro‍–‍, eres de verdad el hijo de Si Driss el fqih.

Amar le miró a los ojos, con aire de sorpresa medianamente burlesca.

–Sí. Eso fue lo que le dije.

El hombre se tocó la barba, meditabundo.

–No te creí. Perdóname.

Amar se echó a reír.

–Es Alá quien perdona –‍dijo alegremente.

Continuó trabajando sin alzar la vista, fingiendo estar del todo absorto en su tarea, y preguntándose si el alfarero le ofrecería su recompensa sin más tardanza. Puesto que el hombre no dijo una palabra al respecto, y empezó a hablar de un cargamento de arcilla que estaba pendiente, Amar decidió que era necesario tomar medidas. Levantándose del agujero del suelo, agarró el brazo del hombre y besó la manga de su chilaba. El hombre la retiró.

–No, no –‍se opuso‍–‍. Un jerife...

–Un aprendiz de maestro alfarero –‍le recordó Amar.

–No, no...

–Sólo soy un metallem, pero puedo hacer una profecía. A partir de hoy, tu vida será próspera. Mi don me lo dice. Alá, en su infinita sabiduría, me ha otorgado el conocimiento. –‍El alfarero retrocedió un paso, mirándole con ojos pasmados‍–‍. Y he de hablarte, aunque en estos momentos alzaras la mano para golpearme. –‍El alfarero hizo un gesto de aturdida protesta‍–‍. Alá es todopoderoso, y sabe lo que hay en mi corazón. Por tanto, ¿cómo puedo ocultártelo a ti? Él sabe que ahora mismo mi padre está enfermo en la cama, sin dinero para comprar un cuñete de leche sin grasa con el que se curaría. Alá sabe que usted posee un corazón generoso, y esa es la razón por la que envió al hombre rico esta tarde para comprar las jarras aquí, para hacer posible que usted deje hablar a su corazón.

El hombre le estaba mirando con una mezcla de admiración y recelo. Amar se percató de ello, y decidió abordar de lleno el asunto.

–Con cinco días de salario por adelantado, saldría de aquí convertido en el hombre más feliz del mundo.

–Sí –‍dijo el alfarero‍–‍, ¿tengo yo acaso mi propio policía para ir y encontrarte mañana y traerte a rastras hasta aquí? ¿Cómo sé que volverás? Probablemente te encontraré abajo, en Dar Debbagh, cargando cueros hacia el río y tratando de embaucar allí a otros.

Amar estaba persuadido de que el hombre le daría el dinero; se alejó de él sin añadir palabra y bajó a su hundido asiento para reanudar el trabajo. Cuando había puesto en marcha la rueda, miró hacia arriba y dijo:

–Perdóneme, maestro.

El hombre seguía de pie, perfectamente rígido. Dijo al cabo, con voz casi quejicosa:

–¿Cómo sé que volverás mañana?

–Ya, sidi –‍dijo Amar‍–‍. Desde que el mundo es mundo, ¿ha sido capaz algún hombre de saber lo que ocurriría al día siguiente? El mundo de los hombres es el hoy. Yo le estoy rogando que abra su corazón hoy. El mañana sólo pertenece a Alá, y... incha’Allah –‍dijo, pronunciando las palabras con gran fervor‍–‍. Yo volveré mañana y todos los días después de mañana. Incha’Allah!

El hombre metió la mano en su choukra y sacó el dinero.

–Aquí tienes la leche sin grasa de tu padre –‍dijo‍–‍. Ojalá se ponga bien rápidamente.

En su regreso a casa, Amar no tenía que atravesar las tierras baldías cercanas al cementerio, frente a Bab Fteuh; sin embargo, decidió pasar por allí al finalizar su trabajo del día, alentado por la posibilidad de que el joven Yazami pudiera encontrarse entre las más de dos docenas de muchachos que jugaban al fútbol en la explanada. No le encontró, pero habló con un estudiante que decía saber dónde se hallaba, y así, en su compañía, inició una búsqueda que le llevó por las húmedas callejas de El Mokhfia hasta un pequeño café que no había visto nunca, al otro lado del río. El Yazami, en efecto, se encontraba allí, sentado entre un grupo de muchachos de su edad y jugando a las damas. Al ver a Amar su rostro se ensombreció: la única razón por la que podía estar buscándole con tanta premura era para decirle que no tenía su dinero. Tras instar a Amar a que bebiera una Coca-Cola, que él rechazó cortésmente –‍ya que, tratándose de un café caro con mesas y sillas en lugar de esteras, de ningún modo quería verse en una situación comprometida‍–‍, El Yazami tomó su brazo y le llevó hasta la salida. Una vez fuera, en la oscuridad, comenzaron a hablar bajo las hojas de un gran plátano.

El principal interés de Amar estribaba en mantener al otro lejos de su lugar de trabajo, donde la presencia del muchacho levantaría las sospechas del alfarero. Se preguntaba cómo podía haber sido tan necio de haber elegido ese lugar para su siguiente encuentro.

–Sería preferible que no vinieras mañana –‍dijo. Tras una pausa, añadió‍–‍: Sólo me ha dado veinticinco riales.

Le entregó las monedas en la penumbra; el otro se acercó a la puerta del café para contarlas, a la luz mortecina que salía del interior. Era una agradable sorpresa, puesto que no esperaba nada.

–Todavía te debo veinticinco –‍estaba diciendo Amar‍–‍, y serán tuyos en cuanto los tenga yo. Pero intenta traer más clientes, ¿de acuerdo? Pronto tendrás lo que falta.

Esto último le pareció bastante sensato a El Yazami, y se mostró de acuerdo en hacer lo que estuviera en su mano. Se separaron, razonablemente contentos ambos con el resultado de su encuentro.

De forma bastante sorprendente, durante los días que siguieron El Yazami hizo todo lo posible por encontrar clientes para el jefe de Amar, y los esfuerzos del muchacho acabaron dando su fruto. En efecto, tuvieron tanto éxito, que una tarde al concluir la semana el alfarero bajó hasta el pequeño cuarto de trabajo de Amar. Se quedó contemplando a su empleado durante un momento antes de dirigirle la palabra. Cuando empezó a hablar, se adivinaba en su voz una mezcla de satisfacción y temerosa admiración.

–Sidi –‍dijo (Amar rio para sus adentros: nunca se había dirigido a él en estos términos)‍–‍. Desde que trabajas conmigo, Alá me ha favorecido con más éxitos de los que nunca creí posibles.

–Hamdoul’lah –‍dijo Amar.

–¿Te gusta tu trabajo?

–Sí, maestro.

–Espero que te quedes conmigo –‍dijo el hombre. Le costó un esfuerzo proseguir, pero lo consiguió. A fin de cuentas, se dijo a sí mismo, seguramente había sido Alá quien le hizo contratar al chico; no había creído que fuera un jerife y poseyera la baraka, y ahora no era capaz de recordar qué le había incitado a mostrarse amistoso con él. Si Alá tenía algo que ver con aquello, era más seguro mostrarse generoso‍–‍. Imagínate que te doblo el salario.

–Si es la voluntad de Alá –‍dijo Amar‍–‍, me sentiría muy feliz.

El hombre extrajo un pequeño anillo del bolsillo y se lo ofreció a Amar.

–Póntelo en el dedo –‍dijo‍–‍. Es un pequeño regalo. Nadie podrá decir que Said no agradece a Alá los favores que le dispensa.

–Muchas gracias –‍dijo Amar, deslizando el anillo en varios dedos para probar el tamaño y sopesar su aspecto‍–‍. Hay una cosa que me gustaría saber. ¿Cuándo empieza a aplicarse la subida de salario? ¿Empieza hoy, o empieza el primer día que vine a trabajar?

El hombre le miró directamente a los ojos, estuvo a punto de formular un comentario desabrido, pero decidió abstenerse de hacerlo y se limitó a encogerse de hombros.

–Puede empezar a contar desde el primer día, si prefieres –‍dijo; pese al hecho de que Amar no le gustaba particularmente, estaba decidido a que siguiera trabajando con él, si ello era posible. Tal decisión no obedecía tan sólo al favor divino, del que el muchacho parecía un símbolo, sino también al asunto de las ventas. Aunque una y otra cosa podían considerarse facetas de un mismo fenómeno, prefería pensar en ellas por separado: era más aceptable para Alá.

–Si usted cree que no le merece la pena... –‍comenzó Amar.

–Claro que me merece, por supuesto que sí –‍protestó el alfarero.

–El día en que no tenga dinero, trabajaré gratis para usted, el doble de duro, para que Alá pueda honrarnos de nuevo con el dinero que nos envía.

El alfarero le agradeció su generosidad y se dio la vuelta para salir.

“Seis días a veinte riales”, estaba pensando Amar. “Me dio cincuenta. Todavía me debe setenta. Y veinticinco son para Yazami... bel haq... no llega... ¿Por qué no me pagará simplemente en lugar de hablar tanto?” Y resolvió conseguir el dinero aquella misma noche.

–¡Maestro! –‍gritó cuando el hombre estaba ya a punto de atravesar la puerta. El alfarero le miró, sorprendido. Amar no tenía otra opción que continuar. Era algo inaudito, pero iba a pedirle a su jefe que ambos compartieran un rato en un café. Las palabras que se oyó decir a sí mismo probablemente causaron más asombro en el propio Amar que en el viejo hombre.

–Muy bien –‍aceptó el alfarero.

Cuando la jornada hubo concluido, se fueron juntos a un café cercano a Bab Sidi bou Jida, donde había un pequeño jardín en la parte posterior, atravesado por uno de los innumerables canales del río. Sauces llorones y ciruelos bordeaban la corriente, y una pequeña bombilla colgaba de un emparrado sobre sus cabezas, tapada casi por las hojas. La estera donde tomaron asiento estaba sólo a unos pocos centímetros de la veloz superficie del agua.

Amar solicitó el té con aire digno: rebosaba de orgullo y deleite, si bien trataba de ocultar ambas cosas a toda costa. Se le ocurrió que podría sentirse incluso más contento si no tuviera ante sí el problema de encontrar un resquicio apropiado en la conversación para poder pedir de un modo razonable el dinero, y estuvo tentado por un momento de olvidarlo por esta vez y entregarse al placer del instante. Pero entonces recordó que el único motivo de la invitación era conseguir su paga y, suspirando, se dio ánimos para ejecutar cuanto antes su plan.

El alfarero le habló de sus dos hijos, de un altercado con un vecino que casi había llegado a las manos, y en última instancia de su gran sueño, que consistía en llevar a cabo el hadj, la peregrinación a La Meca. Aquello entusiasmó a Amar; sus ojos empezaron a brillar.

–Ir allí por la gracia de Alá, y morir después con el corazón satisfecho –‍susurró Amar con una sonrisa beatífica en los labios. Se inclinó hacia atrás y cerró los ojos‍–‍. Al-lah!

–Pero no este año –‍dijo el alfarero de forma significativa.

–Quizá el año que viene haya suficiente dinero. Incha’Allah.

El hombre resopló. A continuación se echó hacia delante, acercando sus labios al oído de Amar.

–Aquí no hay problema. Nadie nos escucha.

Amar no entendió, pero sonrió y echó una ojeada al mal iluminado jardincillo. Estaba muy tranquilo; la ligera brisa del anochecer agitaba las pequeñas hojas de la parra que se amontonaban alrededor de la bombilla, haciendo que las sombras se movieran y cambiaran sobre la estera amarilla del suelo. Por un momento apartó de sí el pensamiento del dinero. De vez en cuando el agua oscura que corría cerca de ellos murmuraba de forma audible, como si un diminuto pececillo hubiera salido a la superficie por un instante, para volver a sumergirse después. Era en momentos tan llenos de paz, decía su padre, cuando le era dado al hombre conocer una pequeña parte de cómo sería el paraíso, para que de este modo pudieran anhelarlo con toda su alma y esforzarse durante su tránsito por la tierra para merecer ir allí. Se sintió totalmente a gusto y feliz; pronto les traerían el té caliente de menta y el ramito de verbena que él había solicitado para ponerlo en los vasos. Y cuando tuviera el dinero, empezaría a buscar unos verdaderos zapatos europeos y podría vender sus sandalias judías.

–No, no puede ser este año –‍seguía diciendo el hombre, con un brillo de maldad iluminando súbitamente su rostro‍–‍. ¡Ojalá se pudra su raza en el infierno!

Amar le miró sorprendido. Si alguien decía aquello, sólo podía estar refiriéndose a los franceses, pero no recordaba que el hombre hubiera aludido a ellos con anterioridad. Mientras reflexionaba al respecto, se dio cuenta de que el alfarero le estaba mirando con un incipiente recelo.

–¿Tú no sabes quién es Ibn Saud? –‍le preguntó de repente‍–‍. ¿Has oído hablar de él alguna vez?

–Desde luego –‍dijo Amar, intrigado por el tono de voz que llegaba hasta sus oídos‍–‍. El Sultán del Hejaz.

–Huwa hada –‍dijo el hombre‍–‍, pero veo que no sabes nada de lo que pasa en el mundo. Deberías despertarte, muchacho. Están ocurriendo cosas extraordinarias. Ibn Saud es un hombre con cabeza. Este año ni un solo hadji de Marruecos ha llegado hasta La Meca. Lo más lejos que llegaron fue hasta Djedda y tuvieron que volver.

–Pobrecillos –‍dijo Amar, compadeciéndose de inmediato.

–¿Pobrecillos? –‍gritó el hombre‍–‍. ¡Pobres asnos! Deberían haberse quedado aquí. ¿Es este un año para ir a La Meca, cuando esa repugnante carroña que nos han impuesto sigue sentado en el trono del Sultán? No, te juro que si tuviera el poder, cerraría las puertas de todas las mezquitas del país hasta que nos devolvieran a nuestro Sultán. Y si eso no nos lo devuelve, ya sabes cómo lo conseguiríamos.

Amar efectivamente lo sabía. El hombre se refería a la jihad, el total aniquilamiento de los infieles a manos de los musulmanes. Permaneció sentado en silencio, un poco perplejo por la violencia del hombre. De ningún modo ignoraba el hecho de que los franceses hubieran puesto a un falso monarca en el trono de su país; daba por sentado que todas las personas del mundo lo sabían. Se sentía tan afrentado por aquel ultraje como el que más, pero lo cierto es que no perdía ni un minuto pensando en ello. En su experiencia, la sustitución de Ben Arafa por Sidi Mohammed nada había cambiado, lo cual tenía bastante que ver con el hecho de que nunca hubiera estado en contacto con alguien dotado de sólidas convicciones políticas. No obstante, desde que él podía recordar, su padre había tronado contra los infieles y contra su funesta labor en Marruecos, y esta nueva muestra de malevolencia por su parte –‍secuestrar al Sultán y mantenerle prisionero en una isla, reemplazándolo por un viejo chocho que podría haber sido igualmente sordo, mudo y ciego‍– no era sino el más reciente de una larga lista de actos hostiles cometidos por los extranjeros.

Pero ahora veía por primera vez que existían hombres que le dedicaban al asunto algo más que un rápido vistazo, hombres para los que no era sólo un concepto, una cadena de palabras acerca de un suceso distante; vio la indignidad simbólica convertida en afrenta personal, la desaprobación transformada en rabia. El hombre estaba sentado frente a él, mirándole airadamente; una sombra vaga, la que proyectaba una hoja de parra, iba y venía sobre su frente arrugada. Una lechuza profirió de repente un sonido absurdo, melancólico, en el cañaveral que se encontraba al otro lado de la corriente, y Amar se hizo consciente en un instante de una presencia en el aire, algo que había estado allí todo el tiempo, pero que nunca había logrado aislar e identificar. Lo que fuera aquello estaba en él y él era parte de aquello, al igual que el hombre que tenía frente a sí; y susurraba a ambos que el tiempo era corto, que el mundo en que vivían se estaba aproximando a su fin, y más allá sólo estaba la insondable oscuridad. Era la premonición de una derrota inevitable, de una aniquilación, y había estado siempre allí con ellos y en ellos, tan intangible y real como la noche que les envolvía. Amar extrajo dos cigarrillos sueltos de su bolsillo y alargó uno al alfarero.

–¡Ah, musulmanes, musulmanes! –‍suspiró‍–‍. ¿Quién sabe lo que les ocurrirá?

–¿Quién sabe? –‍dijo el hombre, encendiendo el cigarrillo.

Cuando el qaouaji les trajo su té, lo bebieron sin hablar, lentamente. La brisa sopló con más fuerza, arrastrando en su seno los frescos perfumes del aire de las montañas. No fue hasta que no se hubieron separado en la calle cuando Amar se dio cuenta de que se había olvidado de pedir al hombre su dinero. Encogió los hombros y se fue a casa a cenar.

Capítulo 5

La joven primavera creció y enfiló con decisión hacia el verano, trayendo consigo noches más secas, un sol más alto en el cielo y días más largos. Y junto a los incontables y diminutos fenómenos naturales que anunciaban el lento cambio estacional, había otra cosa de igual modo impalpable e imperceptible. Quizá si el alfarero no hubiera hecho consciente de ella a Amar, este hubiera continuado durante algún tiempo sin sospechar su presencia, pero ahora se preguntaba cómo había sido posible vivir tanto tiempo sin percatarse de que existía. Podría decirse que estaba suspendida en el aire junto a las partículas de polvo, pegada a ellas en los poros de las fachadas; hasta ese punto formaba parte de la luz y la atmósfera de la gran ciudad acodada entre las colinas. Pero se expresaba por sí misma en el vistazo desazonado por encima del hombro que seguía al golpecito en la espalda, en el silencio que se apoderaba de un café cuando alguna persona desconocida aparecía por allí y tomaba asiento, en la mirada angustiada que iba de unos ojos a otros cuando la familia, sentada alrededor de la tajine del anochecer, cesaba de masticar al oír unos golpes sobre la puerta. La gente salía menos; al caer la noche, las serpenteantes callejuelas de la Medina se quedaban vacías, y los viernes por la tarde, cuando deberían haber estado rebosantes de miles de personas, todas ellas con sus mejores galas, en el Djenane es Sebir –‍los hombres paseando de la mano o en ruidosos grupos entre las fuentes y a través de los puentes que unían los islotes, las mujeres sentadas en los escalones de las gradas o sobre los bancos de los bosquecillos de bambúes reservados para ellas‍–, tan sólo había unos pocos desaliñados fumadores de quif que se sentaban con la mirada perdida en el vacío, mientras los chavales levantaban el polvo al darle una patada a una pelota improvisada con trapos y cuerdas.

Resultaba extraño ver la ciudad marchitarse poco a poco, igual que una planta condenada a morir. Cada día parecía que la metamorfosis no podría continuar más allá, que el punto de máximo alejamiento de la vida normal había sido ya alcanzado, que comenzaría sin mayor demora una nueva etapa; pero día tras día la gente se daba cuenta con asombro y temor de que el punto de retorno aún no estaba a la vista.

Querían que volviera su Sultán –‍no era preciso aclararlo‍– y en general tenían fe en el partido político que se había comprometido a posibilitar su retorno. Además, una cierta dosis de intriga y secreto nunca les había espantado; los habitantes de Fez eran famosos por ser los musulmanes más inteligentes y taimados de todo Marruecos. Pero una cosa era maquinar intrigas según los dictados de su estilo propio y tradicional y otra muy distinta verse atrapados entre la diabólica policía secreta francesa de un lado y las prácticas despiadadas del Istiqlal del otro. No estaban acostumbrados a vivir en un ambiente de miedo y sospecha tan intensos como el que sus políticos les estaban pidiendo que aceptaran para sus vidas cotidianas.

La vida iba adoptando poco a poco una textura monstruosa. Nada era necesariamente lo que aparentaba; todo se había hecho sospechoso –‍y en particular lo que resultara grato‍–‍. Si un hombre sonreía, era menester cuidarse de él, porque se trataba a buen seguro de un chkam, un confidente de los franceses. Si rasgueaba un oud mientras paseaba por la calle, se estaba mostrando irrespetuoso para con la memoria del Sultán desterrado. Si fumaba en público un cigarrillo, estaba contribuyendo a aumentar los ingresos de los franceses, y se arriesgaba a ser golpeado o acuchillado más tarde en algún oscuro callejón. Los miles de estudiantes de la Medersa Karouine y del colegio de Moulay Idriss llegaron al extremo de declarar un período ilimitado de luto nacional y se dieron a pasear taciturnos y solitarios, murmurando unas sílabas inaudibles que intercambiaban al encontrarse.

Para Amar era difícil aceptar esta brusca transición. ¿Por qué no había ya gente redoblando los tambores o tocando la flauta en el mercado de Sidi Ali bou Ralem, por el que tanto le gustaba pasar cuando volvía a casa desde el trabajo? Sabía que era necesario expulsar a los franceses, pero siempre había imaginado que esto se llevaría a la práctica gloriosamente, con miles de hombres a caballo que blandirían sus espadas e invocarían a Alá para que les ayudara en su santa misión, mientras cabalgaban a galope tendido por el Boulevard Moulay Youssef hacia la Ville Nouvelle. Y el Sultán obtendría la ayuda del ejército alemán o del norteamericano y regresaría victorioso a su trono en Rabat. Era difícil establecer alguna conexión entre la espléndida guerra de liberación que él aguardaba y todos estos cuchicheos y fruncidos entrecejos. Durante una larga temporada discutió consigo mismo si debía plantear sus dudas al alfarero. Estaba ganando un buen salario y mantenía unas excelentes relaciones con su jefe. Desde aquella noche, varias semanas antes, en que habían ido juntos al café, había intentado no fomentar una amistad íntima con él, porque no estaba seguro de que Said le agradara realmente. En parte le parecía que era culpa de aquel hombre que todo estuviera así en la ciudad, y no podía dejar de sentir que si no le hubiera conocido, de alguna manera su propia vida sería también muy distinta ahora.

En último extremo decidió asumir el riesgo de hablar con él, pero tratando al mismo tiempo de que su verdadera pregunta estuviera disimulada por otra.

Una tarde Said y él se habían encerrado en el cobertizo de arriba para compartir un pitillo. (Ya nadie podía sentirse seguro cuando fumaba, salvo si lo hacía en la más estricta intimidad, porque la decisión del Istiqlal de destruir el monopolio tabacalero del gobierno francés implicaba no sólo la quema de los almacenes y todas las tiendas que vendieran tabaco, sino también la aplicación por medio de la violencia de la campaña antitabaco decretada por el partido. Así, el castigo más común por ser sorprendido fumando era sufrir un corte en la mejilla con una cuchilla de afeitar.) El hecho de estar encerrado en aquel reducido espacio con su maestro, compartiendo con él la deliciosa sensación de peligro que aquella actividad prohibida conllevaba, dio a Amar el ímpetu necesario para hablar. Se volvió hacia el hombre y dijo con pretendida indiferencia:

–¿Qué piensa usted de la historia de que el Istiqlal podría acabar vendiéndose a los franceses?

El alfarero estuvo a punto de atragantarse con el humo.

–¡¿Qué?! –‍gritó.

Amar improvisó su relato a toda prisa.

–He oído decir que el gobernador civil que han puesto ahora ofrece a los cabecillas cien millones de francos por olvidarse de todo. Pero no creo que ellos lo acepten, ¿y usted?

–¡¿Qué?! –‍el hombre tronó de nuevo. Amar experimentó una intensa agitación al observar su reacción. Era como si hasta ese momento sólo le hubiera visto dormido y le conociera ahora despierto por primera vez.

–¡¿Quién te ha contado eso?! –‍vociferó. La intensidad de su expresión era tan sobrecogedora que Amar, un poco alarmado, decidió hacer de sus informes una historia fácilmente desacreditable.

–Un chico que conozco.

–Sí ¿pero quién? –‍insistió el hombre.

–Ah, un derri loco, un chico que va al colegio de Moulay Idriss. Moto le llaman. Ni siquiera sé su verdadero nombre.

–¿Has contado esta historia a alguien más? –‍El alfarero le estaba mirando con una perturbadora fijeza. Amar se sintió a disgusto.

–No –‍dijo.

–Has tenido suerte. Esa es una historia inventada por los franceses. A tu amigo le pagaron para que la divulgara. Probablemente le maten muy pronto.

Amar no daba crédito a sus oídos; su rostro le delataba. El hombre arrojó lejos de sí la colilla y puso sus manos en los hombros del muchacho.

–Tú no sabes nada –‍declaró‍–‍. Tú eres otro derri. Pero ten cuidado y no vayas por ahí contando historias sobre el Istiqlal, sobre los franceses, sobre cualquier cosa de política, cualquier clase de historia, o harás que nos arrojen al río a los dos. Y cuando vas a parar al río, ya no hace falta que te sigas cuidando. Fhemty?

Hizo un rápido movimiento horizontal con su dedo índice sobre la garganta, y luego volvió a poner la mano sobre el hombro de Amar, al que agitó ligeramente.

–¿Tú qué crees que está pasando aquí, un juego? ¿No sabes que es la guerra? ¿Por qué crees que mataron a Hamidou, aquel gordo, el mokhazni, la última semana? ¿Te parece que era para divertirse? ¿Y los otros treinta y uno que llevamos aquí en Fez sólo este mes? ¿O es que no has oído hablar de esto? ¿Un juego nada más? Es una guerra, muchacho, recuérdalo. ¡Una guerra! Y si todavía no tienes el suficiente sentido común como para tener fe en el Istiqlal, al menos guarda la boca cerrada y no repitas las mentiras que cuentan los chkama.

Se detuvo por un momento y miró a Amar con incredulidad.

–Creí que eras más inteligente. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Amar, habituado a recibir un trato más respetuoso y cortés por parte de su jefe, regresó a su cuarto de trabajo ofendido y lleno de resentimiento. Sintió que al alfarero le hubiera gustado cambiarle, verle convertido en alguien distinto de quien era; su rencor era en buena medida una continuación del que había experimentado aquella noche en que habían compartido el café, sólo que ahora había un nuevo motivo de agravio. El hombre había despertado su sentimiento de culpa. ¿Dónde, en efecto, había estado metido todo este tiempo? Allí mismo con todos los demás, sólo que tan embebido en sus propios pequeños placeres de la niñez que había visto pasar delante de sus ojos todo, sin prestar la menor atención a nada. Sabía que los ataques con bombas del Istiqlal habían sido un suceso diario en Casablanca durante los últimos seis meses, pero Casablanca quedaba lejos. También había oído hablar de los disturbios y asesinatos en Marrakech, pero esas cosas igual podrían haber ocurrido en Túnez o Egipto en lo que atañía a la capacidad de las mismas para despertar su interés. Cuando los primeros cuerpos de policías musulmanes y mokhaznia habían sido encontrados en su propia ciudad, no había notado conexión alguna con los acontecimientos ocurridos en los otros lugares.

Fez era Fez, pero era también sinónimo de Marruecos para él y para sus amigos, quienes usaban indistintamente ambos términos. Dado que los crímenes eran siempre cometidos por razones personales, cada nuevo asesinato había sido atribuido de forma automática en su mente a un nuevo enemigo con una nueva cuenta pendiente. Pero ahora veía cuán en lo cierto estaba el alfarero. Cada hombre cuyo cuerpo había aparecido al alba tirado en un callejón o al pie de las murallas, o flotando en el río bajo el puente Recif, sin la menor duda había estado trabajando para los franceses o había desatado sin querer la cólera del Istiqlal. Luego eso significaba que el Istiqlal era poderoso, lo que no coincidía en absoluto con la concepción que Amar tenía del partido, ni tampoco con la imagen que la organización pintaba de sí misma: un grupo puramente defensivo de mártires desinteresados que pretendían desafiar la brutalidad de los franceses, llevando un mensaje de esperanza a sus sufridos compatriotas.

Allí había una discrepancia, pero comprendió que no era sino una pequeña parte de una discrepancia más grande y misteriosa, cuya naturaleza por el momento no podía descifrar. Si hubieran sido franceses los asesinados, él lo habría entendido y aprobado sin mayor vacilación, pero la idea de que los musulmanes mataran a los musulmanes era difícil de aceptar. Y no tenía a nadie con quien poder hablar de ello; su padre no diría nada más de lo que ya había dicho, que toda la política era una mentira y todos los hombres que hacían política eran jiffa, carroña. Pero los franceses, con su política, trabajaban incesantemente contra los musulmanes. ¿No era imprescindible que los musulmanes tuvieran su propia organización defensiva? Sabía que su padre respondería que no, que todo estaba en manos de Alá y que en sus manos debía permanecer, y en el fondo Amar sabía que era verdad; pero, entretanto, ¿cómo podía contentarse cualquier hombre joven con sentarse y esperar que la justicia divina siguiera su curso? Era pedir lo imposible.

Ahora, desde que este nuevo problema había empezado a fermentar en su cabeza, Amar no sentía el mismo placer mientras trabajaba. Para que sintiera su acostumbrada felicidad, el trabajo tendría que haber ocupado por entero su conciencia, y eso ya no era posible. Sentía que estaba simplemente aguardando, haciendo que las horas discurrieran a la fuerza llenándolas con gestos inútiles. Era la primera indicación de lo que significa ser del todo consciente del paso del tiempo; tal estado sólo puede darse si lo que está ocurriendo en la mente no es por completo un reflejo de lo que ocurre fuera de ella. También, por primera vez en su vida, se vio a sí mismo despierto sobre la cama durante las horas nocturnas, con los ojos clavados en la oscuridad, dando vueltas al problema una y otra vez sin lograr en ningún momento entenderlo mejor. A veces seguía despierto a las tres de la madrugada, cuando su padre se levantaba, se vestía y se dirigía a la mezquita, primero para lavarse y después para rezar, y sólo tras haberle oído partir, cuando la casa estaba de nuevo sumida en el silencio, él se quedaba dormido de repente.

Una de esas noches, cuando su padre había cerrado ya la puerta de la calle y había dado dos vueltas a la llave, Amar se levantó y salió a hurtadillas hacia la terraza. Mustafá estaba allí en la penumbra, apoyado contra el pretil, con sus ojos clavados en la ciudad silenciosa. Amar gruñó al verle; le disgustaba que estuviera en lo que él consideraba su personal atalaya nocturna. Mustafá saludó su aparición con otro gruñido.

–Ah, hkai, ’ch andek? –‍dijo Amar‍–‍. ¿Tú tampoco puedes dormir?

Mustafá admitió que no podía. Sus palabras sonaron tristes.

No era imaginable poder confiar en Mustafá; sin embargo, había una absurda nota de esperanza en la voz de Amar cuando dijo:

–¿Por qué no?

Mustafá escupió por encima del antepecho hacia el callejón que había abajo, tratando de oír el sonido producido antes de responder.

–Mi mottoui está vacío. No tenía dinero para comprar quif.

–¿Quif?

Amar había fumado en múltiples ocasiones con los amigos, pero una pipa de quif significaba para él menos que un cigarrillo.

–Siempre me fumo unas pipas antes de ir a dormir.

Por lo que sabía Amar, esta costumbre era reciente. En varias oportunidades, cuando habían tenido que compartir la misma habitación, ninguno tenía quif, y Mustafá había dormido perfectamente bien.

–Ouallah? ¿No puedes dormir sin quif? ¿Tienes que fumar primero?

La inicial explosión de confianza de Mustafá había tocado a su fin, y era el mismo de siempre una vez más.

–De todos modos, ¿qué haces tú aquí? –‍refunfuñó‍–‍. Vete a la cama.

De mala gana, Amar obedeció; tenía una nueva cosa en que pensar mientras se quedaba dormido.

Libro segundo

Los pecados se han terminado

Me dices que te vas a Fez.

Luego si dices que te vas a Fez,

eso significa que no te vas.

Pero sucede que yo sé que te vas a Fez.

¿Por qué me mentiste, tú que eres mi amigo?

Dicho marroquí

Capítulo 6

El Ramadán, el mes de interminables jornadas sin alimentos, bebidas ni cigarrillos, había venido y se había marchado. Las noches –‍que en otros años habían sido de completo placer, con la Medina brillantemente iluminada, las tiendas abiertas hasta primeras horas de la mañana, las calles atestadas de hombres y chicos deambulando de acá para allá por toda la ciudad hasta que llegaba la hora de volver a comer– se habían vuelto sombrías y tristes. Es cierto que los rhaitas sonaban desde los minaretes como antaño, se batían los tambores y se hacían soplar los cuernos de carnero para avisar a los somnolientos de la comida final, al igual que siempre, pero no causaban placer alguno a quienes los escuchaban. El auténtico sentido del Ramadán, el orgullo derivado de la triunfante aplicación de la disciplina, la victoria del espíritu sobre la carne, parecía haber desaparecido; la gente respetaba el ayuno de forma automática, pasiva, sin molestarse en hacer los chistes acostumbrados sobre las ropas que ahora resultaban demasiado grandes, ni los comentarios sobre el número de días que restaban antes de la llegada de la fiesta que señalaba el fin de la dura prueba. Se murmuraba incluso en la ciudad que muchos miembros del Istiqlal no estaban respetando el Ramadán, que podía vérseles al mediodía comiendo con descaro en los restaurantes de la Ville Nouvelle, aunque esto se atribuía en general a la propaganda francesa. En un momento determinado había empezado a circular el rumor de que no habría Aïd-es-Seghir, el festival con que culminaba el ayuno. La noticia fue creciendo de volumen hasta adquirir una dimensión suficiente como para ser considerada un hecho establecido. Y en efecto, cuando llegó el día señalado, en lugar de llenarse las calles con hombres luciendo sus nuevas ropas –‍pues ese día, excepcionalmente, todo el mundo debía vestir tantas prendas nuevas como pudiera permitirse‍–‍, los viandantes más madrugadores descubrieron que cientos de respetables ciudadanos ya estaban en la calle, ataviados con sus chilabas y trajes más raídos; y muchos que no habían dado crédito a los rumores tuvieron que regresar a sus casas a toda prisa por callejas deshabitadas para cambiarse de ropa, antes de atreverse a aparecer en público. Unos pocos trajes nuevos habían sido echados a perder con diestros cortes de cuchilla, pero no se habían producido enfrentamientos. Y con este lamentable final, el mes del Ramadán había cedido su puesto al mes del Choual.

Ahora el calor había empezado a apretar de veras. Amar se levantaba al alba y trabajaba hasta media mañana, momento en que se tumbaba sobre una estera que extendía sobre el suelo de su cueva, y dormía durante las horas más duras del día hasta que empezaba a declinar la tarde; después de comer reanudaba su tarea y proseguía hasta que se ponía el sol. Más tarde vagaba apático hacia su casa por las calles sin vida, deteniéndose en ocasiones para oír el sonido de unos gritos distantes, procedentes de otro barrio de la ciudad, el ruido de la muchedumbre, algo que anunciara que la tensión estaba adoptando una forma física. Todos tenían esta extraña compulsión, quedarse quietos durante un instante en la calle para escuchar, porque todos estaban convencidos de que la tensión no podía continuar indefinidamente. Algún día tendría que ocurrir algo –‍eso estaba fuera de toda duda‍–‍. La forma que podría adoptar la liberación era algo sobre lo que tan sólo cabía hacer conjeturas. De noche, tumbado afuera en la azotea bajo las estrellas –‍hacía demasiado calor para dormir en la habitación echado sobre el colchón‍–‍, aguzaba el oído tratando de imaginar que oía, en la dirección de Ed Douh o la Talâa, el vago rumor de muchas voces que gritaban. Pero era siempre el silencio lo que se oía, interrumpido de vez en cuando por un gallo aletargado que cacareaba desde un tejado lejano, o por un gato que se lamentaba abajo en la calle, o bien era un camión que pasaba a lo lejos por la carretera de Taza, petardeando con el motor mientras bajaba por la colina hacia el río.

Por entonces sucedió que una mañana temprano, cuando ya había salido de su habitación y se encontraba en la azotea, supo de repente que ese día no iría a trabajar. La idea de hacer otra cosa, cualquier otra cosa, se apoderó de su ánimo llenándolo de una gran agitación. Parecía que llevaba años yendo día tras día al poblado de cobertizos de barro, saludando al alfarero antes de que este le diera la llave de la cueva, bajando después los escalones que conducían al húmedo cuarto donde estaba el mamil, ocupando su lugar en el asiento del suelo y empezando por último a girar la gran rueda. Cada día era igual que el día anterior; nada cambiaba, y las formas de las vasijas y recipientes que hacía ya no le interesaban. Nada de todo aquello tenía sentido –‍ni siquiera el dinero, la mitad del cual entregaba de forma regular a su padre, reservándose para sus ahorros otro poco, que siempre llevaba consigo en un pañuelo anudado dondequiera que fuera‍–‍. Cada día lo desanudaba y contaba el dinero, añadiendo acaso un poco más, y se preguntaba qué podría comprar con lo que tenía. No había de momento suficiente para agenciarse un par de verdaderos zapatos, pero ello obedecía a que había tenido otros gastos.

Estaba hambriento, pero la casa permanecía en silencio. Su padre, que ya había regresado de la mezquita, estaba de nuevo en la cama, y la familia dormía. Se vistió a toda velocidad y bajó las escaleras. Las palomas zureaban en la repisa que había junto al pozo. En la calle el aire olía como si fuera el principio del mundo. La mayoría de los puestos estaban cerrados, y los pocos que habían abierto albergaban todavía el aire oscuro de la noche en sus recovecos. Compró una gran hogaza de pan, seis plátanos y un paquete de dátiles, y prosiguió su camino a lo largo del Recif. Allí todas las pescaderías estaban abiertas y el potente olor medicinal del pescado fresco era como un cuchillo cortando el aire. Poco a poco las calles iban llenándose, conforme salía la gente de sus casas. Cuando llegó a las construcciones más modernas de El Mokhfia, contempló los árboles detrás de los muros donde cantaban los pájaros. Salió de la ciudad por Bab Djedid y atravesó el puente. El polvoriento camino se abría paso entre dos grandes barreras de cañas que se inclinaban en todas direcciones. Cuando llegó a la carretera principal se detuvo durante un momento, intentando decidir qué camino tomar. Entonces oyó una voz apagada muy cercana a él: “¡Amar!”. Volvió la cabeza y reconoció a Mohammed Lalami, un muchacho algo más alto y tal vez uno o dos años mayor que él. Estaba saliendo de un matorral situado en la orilla del río; su cabello goteaba agua. Intercambiaron un saludo.

–¿Cómo está el agua? –‍preguntó Amar.

–Mal. Hay poca. No se puede nadar. Está bien si sólo quieres quitarte de encima la porquería.

Sacudió vigorosamente la cabeza, como un perro, y alisó su cabello hacia atrás en repetidas ocasiones para quitarse el agua.

–¿Por qué no vamos a Aïn Malqa y nos bañamos allí? –‍dijo Amar. Aunque habían sido amigos tiempo atrás, hacía varios meses que no veía a Mohammed, y sentía una cierta curiosidad por hablar con él y averiguar qué tipo de ideas tenía en su cabeza.

–¡Ayayay! –‍dijo Mohammed‍–‍. ¿Y cómo vamos hasta allí?

–Podemos conseguir bicicletas en la Ville Nouvelle.

–¡Ah! ¿Las regalan ahora?

–Ana n’khalleslik –‍dijo Amar de inmediato‍–‍. Eso es cosa mía. Tengo un poco de dinero.

Mohammed, mostrando una simulada turbación, aceptó la propuesta al no rechazarla; ambos se pusieron en camino. Cuando pasó por allí el autobús de la ciudad en su trayecto desde Bah Fteuh a la Ville Nouvelle, se subieron en él y permanecieron en la plataforma trasera sujetándose el uno al otro en las curvas. Bromearon con un hombre cojo vestido con guerrera militar que aseguraba ser un veterano de guerra.

–¿Qué guerra? –‍preguntó Amar con agresividad, porque estaba con Mohammed.

–La guerra –‍dijo el hombre‍–‍. ¿Nunca has oído hablar de la guerra?

–He oído hablar de montones de guerras. La guerra de los alemanes, la guerra de los españoles y los rojos,* la guerra de Indochina, la guerra de Abd-el-Krim.

–No sé nada de todo eso –‍dijo el hombre con gesto impaciente‍–‍. Yo estuve en la guerra.

Mohammed soltó una carcajada.

–Creo que se refiere a la guerra de Moulay Abdallah. Se metió en el burdel que no era y alguien le pilló con la chica equivocada. ¿Eso es todo lo que te cortaron, sólo la pierna? Tienes suerte, es lo único que puedo decirte.

El hombre se unió a los dos muchachos en sus carcajadas.

En la Ville Nouvelle el francés que alquilaba las bicicletas inspeccionó sus cartes d’identité con excesivo interés antes de dejar que se llevaran las máquinas.

–Hijo de puta –‍murmuró Mohammed según pedaleaban por la Avenue de France bajo los plátanos‍–‍, no nos las quería alquilar. El francés que entró mientras estábamos esperando, te darías cuenta de que se llevó la bicicleta y no le pidió ni la documentación.

–Era un amigo suyo –‍dijo Amar.

Pensó que hubiera sido una buena oportunidad para iniciar una conversación acerca de las ideas de Mohammed, pero no le apetecía por el momento; era demasiado pronto y se sentía muy feliz.

Después de dejar atrás la ciudad, cuando se terminaron las sombras, se dieron cuenta de lo penosamente caliente que estaba el sol. Pero ello les sirvió de acicate para llegar antes a Aïn Malqa. Atravesaban ahora terreno llano; los campos de tierra resquebrajada y rastrojos abrasados desfilaban con lentitud ante sus ojos. Había un estrecho canal lleno de agua que corría hacia ellos a cada lado de la gran recta de la carretera. En dos ocasiones se detuvieron para beber, bañando sus rostros en el agua fría y dejando que esta corriera hacia su pecho.

–¿Un pedazo de pan? –‍preguntó Amar; estaba mareado del hambre. Pero Mohammed ya había desayunado y no quería comer, por lo que decidió esperar hasta que llegaran a su destino.

Un kilómetro antes de Aïn Malqa, la carretera se adentraba en un bosquecillo de eucaliptos y empezaba a describir curvas y más curvas, siempre descendiendo hacia el lago. Mohammed bajaba delante sin pedalear, y Amar, con la vista puesta en las piernas y el cuello de aquel, se sorprendió a sí mismo preguntándose si sería capaz de representar un papel digno, caso de que se viera envuelto en una pelea con él. Mientras miraba, se dio cuenta de que Mohammed se había acercado ligeramente hacia un lado de la carretera y le estaba esperando para ponerse a su misma altura, pero Amar apretó un poco más el freno para quedarse detrás. Resolvió que aunque Mohammed fuera más alto, él era más fuerte y ágil, e incluso podría resultar vencedor. Había visto una película de yudo una vez, y le gustaba imaginar que cuando se presentara el momento, sabría cómo poner en práctica con éxito algunas de aquellas llaves. Se movía la muñeca de pronto, y el hombre caía impotente a los pies del vencedor. Por fin soltó el freno, permitiendo que la bicicleta acelerase hasta alcanzar al otro.

–Hace más fresco aquí –‍dijo.

Era como si estuvieran haciendo un lento descenso por un lado de un gigantesco embudo. La tierra inclinada bajo los árboles tenía un color pardo debido a la enorme masa de grandes hojas secas caídas otros años; la luz, una mezcla en constante movimiento de sombras y sol filtrado, había adquirido un tono gris. El pequeño bosque estaba sumido en el más absoluto silencio, con excepción del sonido de las ruedas sobre la grava fina.

Cuando llegaron abajo, se apearon de las bicicletas y caminaron; la tierra era demasiado blanda. Al otro lado de los sauces que tenían frente a sí podía verse la superficie aquietada del minúsculo lago.

–¡Ah! –‍dijo Mohammed con satisfacción‍–‍. Esto es el paraíso.

No había nadie a la vista. Mohammed apoyó la bicicleta contra un árbol y, antes de que Amar se hubiera reunido con él, ya se había despojado de su camisa y su serrouelle. No llevaba prendas interiores.

–¿Te vas a bañar así? –preguntó Amar, sorprendido. Desde que había empezado a trabajar con el alfarero se había comprado dos pares de calzoncillos de algodón, uno de los cuales llevaba en ese momento debajo de los pantalones.

Mohammed brincaba una y otra vez, primero sobre un pie y luego sobre el otro, movido por su deseo de zambullirse en el agua. Soltó una carcajada.

–Así, como me ves –‍dijo.

–Pero imagina que viene alguien. Imagina que vienen mujeres, o algún francés.

Mohammed no parecía preocupado.

–Tú puedes ir por mis pantalones y acercármelos.

No parecía un acuerdo muy práctico para Amar, pero no había nada que hacer; si Mohammed tenía idea de bañarse, iba a hacerlo desnudo. Corrieron juntos hacia la superficie de agua helada, chapoteando sin parar hasta que el agua les llegaba a la altura de los hombros. Nadaron entonces violentamente hacia un lado y otro, exagerando cada gesto por el frío que sentían. Una vez agotado su primer arrebato de energía, treparon a un pequeño dique de cemento que había sido construido en un extremo del lago, sobre el que daba el sol en la parte seca de la construcción situada encima del aliviadero. Contaron unos chistes y rieron entre dientes, hasta que el sol calentó con tanta fuerza sus cuerpos, que el mundo oscuro bajo la superficie del agua empezó a parecer otra vez un lugar deseable. Sin embargo, parecía como si hubieran acordado tácitamente que porfiarían con tesón para que el primero en bañarse fuese el otro. Pronto se dejaron de juegos, porque ambos se dieron cuenta de forma simultánea de que la caída desde el filo del dique sobre las rocas secas que había abajo era demasiado alta en caso de que uno de ellos resbalara. Se pusieron en pie, inspiraron todo el aire que cabía en su pecho, y como si ello constituyera una señal, se zambulleron en el agua. A esas alturas Amar sólo tenía una cosa en la cabeza: su desayuno. En medio de una serie de boqueadas, burbujeos y agua que salpicaba por todas partes, Amar anunció aquel hecho a Mohammed; el nadar hacia tierra firme se convirtió en una carrera.

Amar llegó primero a la fangosa orilla, se acercó a toda prisa a los sauces donde estaba su bicicleta y desanudó el paquete que iba en la parte trasera. Llevaron los alimentos hasta una roca cercana a la superficie del agua y se sentaron al sol a comer. Sólo entonces se percataron de la presencia, entre las rocas de la orilla opuesta, de otro chico que lavaba con esmero sus ropas, extendiéndolas sobre las peñas. Dándose sombra con la mano sobre sus ojos, Mohammed le contempló durante un rato.

–Djibli –‍anunció al cabo.

Carecía de todo interés para Amar que el chico fuera de las montañas o de la ciudad, y continuó masticando sus dátiles y su pan, mientras miraba por encima del agua las pequeñas colinas tachonadas de cactus que abrazaban la cuenca del lago; y de vez en cuando también hacia el cielo, donde en un momento dado pudo distinguir a un halcón, que surcó el aire, descendió, planeó y se alejó al fin más allá del gran horizonte curvado.

–¿En qué trabajas ahora? –‍preguntó Mohammed.

Amar se lo dijo.

–¿Y cuánto ganas?

Amar rebajó las verdaderas cifras a la mitad.

–¿Cómo es posible? ¿Es un buen aallem?

Amar se encogió de hombros. Aquel ademán y la mueca que lo acompañaba querían decir: “¿Hay algo bueno hoy día?”, y el otro comprendió y se mostró de acuerdo. Mohammed, por lo que sabía Amar, trabajaba por temporadas en una u otra de las tiendas de su padre. Se arrellanó; su postura sobre la roca era cómoda, y todo lo que quería era reclinarse al sol durante unos minutos y gozar de la sensación de haber comido. Pero Mohammed se mostraba inquieto y no dejaba de moverse y de hablar. Amar se encontró deseando haber venido solo.

–La última noche hubo otro gran incendio cerca de Ras el Ma –‍dijo Mohammed‍–‍. Dieciocho hectáreas.

–Cuando se termine el verano, no quedará un grano de trigo en Marruecos –‍señaló Amar.

–Espero que no.

–¿Y qué haremos para conseguir pan el próximo invierno?

–No habrá pan –‍dijo Mohammed categóricamente.

–¿Y qué comeremos?

–Eso es cosa de los franceses. Enviarán trigo desde Francia.

Amar no estaba seguro de ello.

–Tal vez –‍dijo.

–Mejor si no lo hacen. Los problemas empezarán antes si la gente tiene hambre.

Era fácil para Mohammed hablar de ese modo, porque estaba seguro, y no sin razón, de que él nunca pasaría hambre. Su padre era comerciante, y acaso tenía bastante harina y aceite y garbanzos en algún lugar de su casa para aguantar no menos de dos años si surgían dificultades. Los habitantes de Fez de clase media y alta siempre contaban con enormes provisiones privadas a las que podían recurrir en caso de emergencia. Ser capaces de resistir un sitio formaba parte de la tradición de la ciudad; había habido varias situaciones así desde la ocupación francesa.

–¿Eso es lo que dice el Istiqlal? –‍preguntó Amar.

–¿Qué? –‍Mohammed estaba mirando hacia el muchacho campesino, que había terminado su colada y se encontraba ahora desnudo y en cuclillas encima de una gran roca, esperando a que su ropa se secara.

–¿Que la gente tiene que pasar hambre? ¿Es eso lo que dice el Istiqlal?

–Lo puedes ver por ti mismo, ¿o no? Si la gente vive igual que siempre, con su barriga llena de comida, seguirá viviendo así todo el tiempo. Si tienen suficiente hambre y son infelices, algo pasará.

–Pero ¿quién quiere pasar hambre y ser infeliz? –‍dijo Amar.

–¿Estás loco? –‍preguntó Mohammed‍–‍. ¿O no quieres que se vayan los franceses?

Amar no tenía intención de dejarse sorprender de este modo en el lado perdedor de la conversación.

–Ojalá se quemen en el infierno esos perros –‍dijo.

Ese era uno de los problemas con el Istiqlal, con la política en general: se hablaba de la gente como si no fueran personas, como si fueran solamente cosas, números, animales acaso, pero no verdaderos seres humanos.

–¿Has estado en el Zekak er Roumane esta semana? –‍preguntó Mohammed.

–No.

–Cuando pases por allí, mira hacia arriba, a los tejados. Algunas casas tienen toneladas de rocas. ¡Ayayay! Ya las verás. Las han amontonado así para que parezcan paredes, pero no están sujetas sino preparadas para ser arrojadas.

Amar sintió que su corazón latía más deprisa.

–Ouallah?

–Ve allí y míralo –‍dijo Mohammed.

Amar permaneció en silencio durante un momento. A continuación dijo:

–Algo gordo va a pasar, ¿no es eso?

–B’d draa. Tiene que pasar –‍dijo Mohammed sin darle importancia.

De repente Amar recordó algo que le habían dicho sobre la familia Lalami. El padre de Mohammed, tras descubrir que el hermano mayor de Mohammed era miembro del Istiqlal, le había echado de casa, y él se había marchado a Casablanca, donde la policía le había detenido finalmente. Ahora estaba en prisión esperando el juicio, junto a una veintena de jóvenes más que habían sido aprehendidos al mismo tiempo que él por sus actividades terroristas, en concreto por contrabandear granadas de mano que pasaban en coche desde la frontera del Marruecos español. Era una especie de héroe, porque la gente decía que él y otro joven de Fez habían sido señalados por la prensa francesa como especialmente viles y brutales en algunos de los asesinatos que habían cometido. Luego tal vez Mohammed sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a decir, y tampoco se le podía preguntar si la historia de su hermano era verdadera o falsa; el decoro lo impedía.

–¿Qué harás tú cuando llegue ese día? –‍dijo finalmente.

–¿Qué vas a hacer tú? –‍contestó Mohammed.

–Ana? No lo sé.

Mohammed sonrió con gesto compasivo. Amar miró la forma de su boca y sintió crecer una ola de disgusto hacia él.

–Te diré lo que voy a hacer yo –‍aseguró Mohammed con firmeza‍–‍. Haré lo que me manden.

Amar, aunque no le gustara, estaba impresionado.

–Entonces, tú eres un...

Mohammed le interrumpió.

–No soy miembro de nada. Cuando llegue el día, todo el mundo obedecerá órdenes. Majabekfina.

Amar trató de no pensar en la escena que se produciría si llegaba a decir lo que tenía en la punta de la lengua. Era esto: “¿Incluyendo a los hombres ricos como tu padre?”. Aquello era en verdad un insulto, aun dicho en broma. Contempló entonces por un momento, como un verdadero musulmán, las bellezas de la disciplina militar. Nada podía igualar, reflexionó, a un gobierno que fuera simplemente la justa aplicación, por medio de la espada, de las leyes del islam. Quizás el Istiqlal, si tuviera éxito, podría traer de nuevo aquella era gloriosa. Pero si el partido quería eso, ¿por qué nunca lo había mencionado en su propaganda? Mientras el verdadero Sultán había permanecido en el poder, el partido había hablado sobre ricos y pobres, y se quejaba de no poder imprimir su periódico de la forma en que lo deseaba, y criticaba indirectamente al monarca por nimiedades que había hecho y por otras nimiedades que debía haber hecho. Pero desde que los franceses se habían llevado al Sultán, el partido no había hablado más que de traerlo de vuelta. Si en efecto regresaba, todo sería igual que había sido con anterioridad, y el Istiqlal no estaba ciertamente contento con el estado de cosas de la época anterior.

–Yah, Mohammed –‍dijo Amar después de un rato‍–‍. ¿Por qué quiere el partido ver a Sidi Mohammed Khamis de nuevo en el trono?

Mohammed le miró con aire incrédulo, y escupió al agua por encima de la arista que cortaba la roca.

–Enta m’douagh –‍dijo con disgusto‍–‍. El Sultán nunca volverá, y el partido no quiere que vuelva.

–Pero...

–No es culpa del partido que toda la gente de Marruecos sea hemir, burros. Si no eres capaz de entender eso, entonces deberías empezar a comer otro tipo de forraje tú mismo.

La cabeza de Mohammed estaba echada hacia atrás, tenía los ojos cerrados; parecía encontrarse muy contento consigo mismo. Amar sintió que su corazón palpitaba con fuerza en su pecho. Por fortuna, pensó, Mohammed no veía la expresión que tenía su rostro en esos momentos, mientras le miraba, porque a buen seguro no le hubiera agradado. Parte de su ira era de carácter personal, pero en mucha mayor medida obedecía al resentimiento que le causaba haberse permitido aquel repentino e inesperado vistazo de los problemas de su tierra natal, de lo que había hecho posible que unos pocos cerdos nazarenos vinieran y gobernaran a sus compatriotas. En una situación donde todo debía ganarse mediante el acuerdo y la camaradería no había sino sospecha, hostilidad y disputas. Siempre era igual; y seguiría siendo así. Suspiró y se incorporó.

Mohammed se sentó y miró por encima del agua. El muchacho campesino vagaba entre las rocas donde había extendido sus ropas, palpándolas para comprobar si ya estaban secas. Mohammed continuaba mirando con los párpados entreabiertos para ver mejor. Finalmente se dirigió a Amar.

–Vamos nadando al otro lado y nos divertimos un rato con él –‍sugirió. Al no responder Amar, prosiguió‍–‍: Si le sujetas para mí, después le sujeto yo para ti.

Las palabras que Amar pronunció salieron de sus labios antes de haberse formado en su mente:

–Yo te sujeto a tu madre para ti –‍dijo furiosamente, sin dirigir la vista hacia Mohammed.

Este se puso en pie de un salto.

–Kifach?! –‍gritó‍–‍. ¿Qué has dicho?

Sus ojos no dejaban de moverse; tenía el aspecto de un enajenado.

Amar le miró por fin, con calma, aunque su corazón latía con mayor violencia incluso que antes, y respiraba con rapidez.

–Digo que sujetaré a tu madre para ti. Pero sólo si tú sujetas a tu hermana para mí.

Mohammed no podía creer a sus oídos. E incluso cuando se recordó a sí mismo que Amar lo había dicho dos veces, no dejando con ello el menor resquicio de duda, seguía sin reaccionar. Parecía imposible llegar a hacer algún gesto: estaban de pie, el uno al lado del otro, con sus rostros y cuerpos casi tocándose. Mohammed retrocedió por ello, pero perdió el equilibrio y cayó en el agua poco profunda al pie de las rocas. Amar saltó sobre él, consciente de estar todavía en el aire mientras la espalda de Mohammed golpeaba en la superficie del agua, y consciente también, un instante después, de haber caído más o menos a horcajadas sobre el vientre de Mohammed, que estaba sólo ligeramente sumergido. Mohammed dejaba escapar burbujas y gruñía, tratando de erguir su cabeza por encima del agua; esta era tan poco profunda que se había golpeado contra las piedras. Amar se levantó; Mohammed le imitó, vacilante, cubierto de fango y todavía gimoteando. Entonces, profiriendo un grito salvaje, arremetió contra Amar, y ambos cayeron juntos al agua. En esta ocasión fue la cabeza de Amar la que golpeó contra el lecho del lago. Guijarros, ramas podridas, hojas resbaladizas y untuosas: era el fondo contra el cual restregaba su cara; el mundo era una caótica ceremonia de aire y agua, luz y sombras. Sintió el cuerpo pesado de Mohammed empujándole hacia abajo –‍un codo aquí, una rodilla allí, una mano apretándole la garganta‍–‍. Se relajó por un segundo, y acto seguido concentró su esfuerzo en una maniobra de rechazo, que desbarató parcialmente el agarre al que estaba siendo sometido. Lanzó el puño en dos ocasiones hacia el vientre de Mohammed con tanta fuerza como pudo, logrando sacar la cabeza fuera del agua y respirar una vez. Echando la pierna hacia atrás, soltó una patada que alcanzó las partes blandas de Mohammed. Un segundo después estaba de nuevo en pie, concentrado, al igual que su contrincante, en los ojos, la nariz y la boca del otro. Ahora se trataba tan sólo de una cuestión de perseverancia. El puño de Amar acertó de lleno en el ojo de Mohammed.

–¡Hijo de puta! –‍rugió Mohammed.

Casi en el mismo instante, Amar tuvo la impresión de haber chocado de cabeza contra un muro de piedra. El dolor se concentraba justo bajo el puente de la nariz. Se atragantó, y supo que era sangre corriendo por su garganta, la retuvo en su boca y escupió en el rostro de Mohammed la que había podido sujetar; hizo diana justo debajo de su nariz. Entonces embistió su cabeza contra el estómago de Mohammed, obligándole a dar un paso hacia atrás; descargó un nuevo y mejor planeado golpe con la parte alta de su cabeza que derribó, ahora sí, a Mohammed, dejándole tirado sobre la tierra fangosa de la orilla. Saltó, volvió a sentarse a horcajadas sobre él y golpeó su cara con todas sus fuerzas. Al principio Mohammed hizo rabiosos esfuerzos por incorporarse, pero poco después su resistencia disminuyó, hasta que en última instancia se limitó a gemir. Con todo, Amar siguió descargando sus puños. La sangre que brotaba de su nariz había recorrido su cuerpo para ir a caer sobre la cabeza y el pecho de Mohammed.

Cuando resultó patente que Mohammed no estaba poniendo en práctica un truco para atacarle inesperadamente, recuperó a duras penas la verticalidad y propinó una terrible patada en la cabeza del muchacho con su pie descalzo. Tuvo que continuar sorbiendo por la nariz para evitar que manara más sangre; le vino a la cabeza el pensamiento de que lo mejor era lavarse.

Se acuclilló a unos metros de la orilla y se lavó apresuradamente, volviendo la vista una y otra vez para asegurarse de que Mohammed yacía aún en la misma posición. El agua fría parecía restañar la hemorragia, y continuó salpicando a manos llenas sobre su cara e inhalando para que el líquido penetrara en sus fosas nasales. Cuando regresaba para vestirse, se detuvo y se arrodilló al lado de Mohammed. Contemplado desde esta perspectiva, con sus rasgos en reposo, la piel morena cubierta de vello de su rostro, muy suave entre las manchas de sangre y suciedad, no resultaba odioso. ¡Pero qué diferencia había entre lo que Amar veía ahora de Mohammed y lo que era de verdad en su interior! Era un misterio. Había estado a punto de golpear su cabeza contra el suelo, pero ya no quería hacerlo, porque Mohammed no estaba allí; era un extraño yaciendo desnudo ante él. Se levantó y fue a vestirse. Sin volver de nuevo la cabeza, condujo su bicicleta hacia la carretera, se montó en ella y se alejó de allí. Cuando la pendiente se hizo más inclinada tuvo que caminar de nuevo.

El bosquecillo de eucaliptos parecía incluso más silencioso de lo que estaba a su llegada. En la parte de arriba, a punto de tomar ya la gran carretera que cruzaba el llano, imaginó que escuchaba una voz llamándole desde abajo. Era difícil asegurarlo; ¿para qué podía estarle llamando Mohammed? Permaneció quieto y a la escucha. En verdad alguien estaba gritando en el bosquecillo, pero muy lejos. La voz sonaba cavernosa y distorsionada. Y aún habría dado por cierto que estaba pronunciando su nombre, salvo que parecía inconcebible en aquellas circunstancias que Mohammed hiciera tal cosa. O quizá no: acaso carecía de dinero y estaba más asustado ante la expectativa de enfrentarse al francés en la tienda de bicicletas que avergonzado de llamarle a él a gritos. En cualquier caso, Amar no iba a quedarse allí esperando para averiguarlo. Sintiéndose perverso e infeliz, montó en la bicicleta otra vez y partió a toda prisa bajo el sol del mediodía, de vuelta hacia la ciudad.

* En castellano en el original. (Las notas son de los traductores.)

Capítulo 7

Como la mayoría de los niños y hombres más jóvenes que habían nacido en Fez después de que los franceses establecieran su Fez rival a sólo unos pocos kilómetros de las murallas, Amar no había adquirido el hábito de ir a la mezquita y rezar. Para todos, excepto para los más acaudalados, la vida se había convertido en un fenómeno anárquico y atropellado; los jóvenes abandonaban a su familia y se marchaban a otras ciudades para buscar trabajo o se alistaban en el ejército, donde estaban seguros de poder comer. Puesto que era mucho más pecaminoso rezar de un modo irregular que no hacerlo en absoluto, simplemente habían abandonado la idea de intentar vivir como sus mayores, y creían que Alá, en su infinita sabiduría, habría de entender y perdonar. Pero Amar, en ocasiones, no estaba tan seguro de ello; tal vez los franceses habían sido enviados para someter a prueba la fe de los musulmanes, como una plaga o una hambruna, y Alá estaba examinando de cerca el corazón de cada hombre, para comprobar si conservaba realmente su fe. En ese caso, se dijo a sí mismo, cuán airado debía de estar en aquella época al observar los depravados caminos que había tomado Su gente. Había momentos en que se sentía muy lejos de la gracia de Alá, y este era uno de ellos, mientras pedaleaba al límite de su capacidad a través de los campos resecos, con el enorme sol enviando sobre él su calor abrasador.

Sabía que el culpable había sido Mohammed, pero sólo en un aspecto que no tenía remedio –‍por ser Mohammed–; mientras que Amar era culpable por desear que Mohammed fuera alguien diferente de quien estaba escrito que debía ser. Sabía que ningún hombre puede ser cambiado por otro hombre, pues sólo Alá podía obrar ese milagro y, sin embargo, no podía dejar de sentir un gran rencor por el hecho de que Mohammed no hubiera resultado el posible amigo que él andaba buscando, alguien en quien confiar, alguien que pudiera entenderle.

Djebel Zalagh estaba ya enfrente de él, detrás de la invisible Medina, sin mostrar un aspecto demasiado imponente desde aquel ángulo de visión –‍tan sólo una parte más elevada de la gran cadena montañosa que parecía continuar indefinidamente de un lado a otro del horizonte‍–‍. Y envuelto en la caliente neblina de ese día, no tenía más color que el gris, un color muerto, como ceniciento. Naturalmente, la ciudad árabe no podía verse, puesto que había sido levantada en una enorme grieta bajo la meseta de la planicie; su posición la hacía más cálida en invierno, porque estaba protegida de los vientos helados que barrían la llanura, y más fresca en verano, ya que los implacables rayos del sol no la calentaban con tanta fuerza. Pero, además, el río circulaba a lo largo de innumerables canales a través del barranco sobre cuyas pendientes se había construido la Medina, y esto ayudaba a refrescar el aire. Los habitantes gustaban de comentar entre sí, y también a los visitantes, el clima insufrible de la Ville Nouvelle, pues los franceses habían alzado su ciudad justo en mitad de la llanura y estaba expuesta en consecuencia a padecer todos los excesos del implacable clima marroquí. Amar no entendía cómo alguien, aunque fuera francés, podía ser tan estúpido de desperdiciar tanto dinero construyendo una ciudad tan grande, cuando nunca podría obtenerse de ella ningún bien, puesto que la tierra donde había sido edificada no tenía ningún valor desde el primer momento. Había estado allí en invierno y había sentido las ráfagas de viento glacial que azotaban las amplias avenidas; estaba seguro de que en ningún lugar del mundo podía haber un aire más hostil e incompatible con la vida del hombre. “Es veneno”, había dicho al regresar a la Medina después de una excursión por la Ville Nouvelle. Y en verano, pese a los árboles que habían plantado en sus avenidas, el aire no se movía y era difícil de respirar, y al final de cada calle podía verse la muerta planicie allí, abrasándose bajo la terrible luz del sol.

A lo lejos, delante de él, alcanzaba a ver las manchas blancas que correspondían a las casas de apartamentos de la ciudad nueva; parecían excrementos de pájaros amontonados en la inmensidad de la llanura. “Todo eso desaparecerá en una noche”, pensó para infundirse ánimos. Estaba escrito que las obras ejecutadas por los infieles serían destruidas. Pero ¿cuándo? Quería ver las llamas ascendiendo hacia el cielo y oír los gritos de la gente, anhelaba caminar entre las ruinas mientras aún estuvieran ardiendo, y sentir el deleite que suscita en el alma saber que la maldad es castigada tanto en este mundo como en el venidero, y que la justicia y la verdad deben prevalecer en la tierra así como en la otra vida.

A esa hora nadie estaba fuera de su casa; no se había cruzado con una sola persona desde su partida de Aïn Malqa. Diríase que los hombres habían abandonado la tierra para entregársela a los insectos, los cuales entonaban su canto en honor del calor, mientras él pedaleaba sin parar –‍una nota encarnizada y estridente, interminable, que se alzaba desde todos los lados, perpetuamente renovada.

Su nariz había empezado a sangrar de nuevo, no con tanta profusión como antes, pero goteaba a un ritmo regular cada tres o cuatro pedaladas; la sentía tan grande como su cabeza, y le dolía. Se detuvo, posó sus rodillas al lado del canal de agua que corría junto a la carretera y se mojó la cara. El agua estaba fría; no la recordaba tan deliciosamente fría. Realizó una profunda inspiración e inclinó la cabeza hasta sumergirla del todo; la fuerza de la corriente hacía vibrar la carne de sus mejillas. Cuando hubo concluido sus abluciones e inmersiones se sintió más fresco y relajado. Aquella sensación le animó a permanecer allí un poco más. Se levantó al cabo y oteó la planicie en busca de un árbol; no vio ninguno y decidió proseguir su viaje. Unos cuantos kilómetros más adelante vislumbró una masa verde, a su izquierda, bastante alejada del lugar donde se hallaba. Parecía un pequeño huerto de árboles frutales y había un camino que surcaba los campos en esa dirección. Salió de la carretera. El sendero estaba repleto de baches y era difícil mantener el equilibrio sobre la bicicleta; no obstante, se las ingenió para poder avanzar lentamente sin necesidad de bajarse de ella. Si hubiera tenido que ir a pie, habría considerado que no merecía la pena el tiempo invertido en llevar adelante aquella incursión. El huerto resultó ser mayor y encontrarse a mayor distancia de lo que él había imaginado. Se extendía sobre una ligera depresión; lo que él había visto desde a carretera eran sólo las copas de los árboles, y a medida que se aproximaba se hacían más y más altos. Tal exuberancia implicaba la existencia de corrientes subterráneas. “Olivos, perales, granados, membrillos, limoneros...”, murmuraba a su paso por el huerto.

En ese momento escuchó delante de él el sonido de una motocicleta que se aproximaba. No se le había pasado por la cabeza que aquella tierra podía tener también una casa y que la casa podía estar habitada, pero ahora se le ocurrió que así podía ser; la hipótesis resultaba más desagradable por la sospecha de que los habitantes fueran probablemente franceses, en cuyo caso le molerían a golpes, dispararían sobre él o le entregarían a la policía, siendo esta última posibilidad la más temible de todas. En cualquier momento, era nefasto ser sorprendido en la granja de un francés, pero con mayor motivo en aquellas circunstancias, dado que durante las últimas semanas cientos de domaines habían sido atacados por el Istiqlal, con el saldo de otras tantas cosechas abrasadas.

Puso el pie en tierra a toda velocidad, levantó a pulso la bicicleta y empezó a correr desmañadamente por entre los árboles con su cargamento a cuestas, buscando un sitio para esconderse. Pero era un huerto muy bien cuidado, sin arbustos ni maleza, y se dio cuenta de que su intención era absurda: habría tenido que correr muy lejos a fin de no ser visto en cuanto el motociclista mirara en su dirección al pasar por allí. Y el ruido estaba ya muy cerca, casi a su altura. Se dio la vuelta, puso de nuevo la bicicleta en el suelo y regresó lentamente hacia el camino. Cuando apareció la motocicleta casi lo había alcanzado. El piloto, un hombre pequeño y regordete que llevaba gafas y una gorrilla de visera, rebotaba, de manera nada cómoda cabía inferir, a medida que la máquina se desplazaba de un surco a otro, chocando con terrones tan grandes como una roca. Al pasar junto a Amar, le miró de frente; se detuvo, dejó el motor en marcha durante un instante y luego lo apagó. El repentino silencio era desconcertante; pero entonces resultó no ser tal silencio; estaban las cigarras cantando en los árboles.

–Msalkheir –dijo el hombre despojándose lentamente de su gorra, luego de sus gafas, sin apartar en ningún momento los ojos de Amar–. ¿Adónde vas y de dónde vienes?

–Estoy dando un paseo –dijo Amar–. Buscando un árbol para descansar.

Había resuelto que el hombre era musulmán (no porque hablara un árabe perfecto, algunos franceses eran capaces de hacerlo, sino por sus modales y la forma en que hablaba), y ello alivió su ansiedad hasta tal punto que se vio diciendo la simple verdad.

–¿Paseando con una bicicleta? –‍rio el hombre, sin dar muestras de desagrado, aunque de una manera que venía a mostrar el total escepticismo que le inspiraban las palabras de Amar.

–Sí –dijo Amar.

Entonces una gota de sangre cayó de su nariz, y él se dio cuenta de que su camisa estaba adornada con rojas salpicaduras.

–¿Qué pasa? –preguntó el hombre–. ¿Qué le ha ocurrido a tu cara? ¿Te has caído de la bicicleta?

Era un poco tarde para improvisar una mentira, reflexionó con pesar.

–No, me he peleado. Con un amigo –añadió a toda prisa, por miedo a que el hombre pudiera suponer que la pelea había tenido por contrincante algún trabajador o alguno de los guardas de la finca.

El hombre rio de nuevo. Tenía una cara redonda con ojos grandes y apacibles, y mostraba una incipiente calvicie.

–¿Una pelea? ¿Y dónde está tu amigo? ¿Muerto en alguna parte de mi huerto?

En los ojos del hombre, Amar sólo acertaba a distinguir una curiosa expresión de regocijo.

–Está en Aïn Malqa.

Al oírle, el hombre frunció el entrecejo.

–Perdóname, pero creo que estás loco. ¿Sabes dónde está Aïn Malqa?

Amar inhaló, para evitar que otra gotita de sangre se escapara de su nariz.

–No he tocado ninguno de sus árboles –‍dijo Amar con una mueca de agravio‍–‍. Si quiere que me vaya, dígamelo y me voy.

El rostro del hombre adoptó una expresión afligida.

–La, khoya, la –‍dijo con suavidad, como si estuviera tratando de apaciguar a un caballo asustadizo–. ¿De dónde te sacas esas ideas tan descabelladas? Nada de eso.

Puso en marcha su motor. “Se marcha”, pensó Amar lleno de esperanza. Pero en ese momento su ánimo se vino abajo al ver que el hombre, con un pie en tierra, describía un giro de ciento ochenta grados con su máquina, hasta detenerla de cara al camino por el que había venido.

Por encima del ruido del motor, gritó:

–¡Móntate en la bicicleta!

Amar obedeció.

–¡Vete delante de mí! –‍dijo, apuntando con el dedo.

Amar se puso en camino, avanzando hacia el centro del huerto, con el rugido de la motocicleta en todo momento a su espalda.

Siguieron el camino. No parecía haber razón alguna para volver la cabeza, porque el hombre se mantenía a una distancia invariable tras él. Amar se sentía fatal. Era absurdo pensar en intentar escapar; tal alternativa era del todo imposible. Pero estaba muy asustado: nunca había conocido a un musulmán como este; sus intenciones eran tan difíciles de adivinar que muy bien podría haber sido un nazareno.

La carretera viró de súbito hacia la derecha, y allí se encontraba una vieja casa que se alzaba en un claro del huerto. Un sendero conducía hasta su puerta; estaba bordeado por grandes rosales que habían dejado crecer allí en estado silvestre. Tratándose del campo, la casa era enorme, su gran fachada sin ventanas alcanzaba sobradamente los diez metros. Había grietas que zigzagueaban hacia abajo desde la parte superior; plantas y yerbajos habían crecido en su interior, pero estaban todos muertos, con excepción de una higuera diminuta y nudosa cuyo tronco gris atravesaba la pared como una gruesa serpiente. El rugido del motor se acalló, y Amar miró por fin hacia atrás con cierto nerviosismo. El hombre se había bajado de la motocicleta y descendía en ese momento la pata de cabra para mantener firme la máquina. Se percató de la mirada de Amar y sonrió por un instante.

–Ya hemos llegado –‍dijo‍–‍. La puerta está abierta. Entra.

Amar, sin embargo, llegó sólo hasta la puerta de entrada y se detuvo allí a la espera del anfitrión, el cual, acercándose a él, le empujó con impaciencia. Al otro lado de la puerta había una larga escalera por la que subieron a continuación, llegando por fin a la parte de arriba, donde había una galería techada que ocupaba tres de los cuatro lados de un gran patio cuadrado. En algunos sitios el pasamanos estaba podrido, y varias de las grandes vigas del techo estaban peligrosamente torcidas. En el aire podía oírse el zumbido de innumerables avispas.

–Ahí dentro –‍dijo el hombre, y le empujó con suavidad a través de una puerta que daba a una espaciosa habitación que recibía la luz de una serie de ventanucos abiertos en el techo de la galería. En el otro extremo, sentados sobre cojines que abarcaban todo el largo del aposento, había tres muchachos, todos ellos mayores que Amar en unos dos o tres años. El hombre le condujo hasta ellos y estrechó la mano de los tres jóvenes. Amar observó que todos le saludaban al estilo europeo, sin molestarse en acercar los labios hasta su boca después de tocar la mano de aquel hombre. Por otra parte vestían como auténticos franceses, no sólo por la elección de las prendas que lucían, sino por el modo en que las llevaban puestas. Uno de los muchachos estaba leyendo un libro hasta ese momento y los otros dos charlaban, mientras uno de estos últimos frotaba la manga de una chaqueta con un paño empapado en gasolina; ahora, sin embargo, todos habían interrumpido cortésmente sus respectivas actividades y se habían inclinado hacia delante con expectación mientras Amar tomaba asiento.

El hombre también se sentó en un gran cojín situado frente a ellos y alargó la mano para señalar a Amar, como si fuera un raro animal que hubiera cazado en su finca.

–Miradle, por favor –‍gritó‍–‍. Iba a la ciudad a encontrarme con Lahcen, que está esperando en este preciso momento en la Renaissance, y tropecé con esta gacela en el huerto. No en el camino, ¿comprendéis?, sino viniendo del molino.

–¿Qué molino? –‍le interrumpió Amar. La sangre había logrado finalmente desbordar sus labios.

–Según él –‍continuó imperturbable el hombre‍–‍, venía de Aïn Malqa. –‍El muchacho que estaba leyendo se echó a reír‍–‍. ¡Oh, tiene una bicicleta! –‍le aseguró el hombre‍–‍. Es muy posible. Pero ¿qué le ha pasado? No quiere hablar. Dice que se peleó con un amigo. Miradle.

Los muchachos no necesitaban la invitación; estaban estudiando a Amar atentamente, aunque sin insolencia. Para evitar aquel examen visual, que, aunque cortés y despojado de hostilidad, le resultaba embarazoso, Amar empezó a mirar con aire indiferente aquella extraña habitación. Nunca había visto una estancia ni remotamente parecida. Se encontraba, según su criterio, en un intolerable desorden, alejada de cualquier similitud con la concienzuda limpieza que reinaba en las habitaciones de su propia casa, aunque tampoco hubiera podido asegurar que estuviera lo que se dice sucia. Había enormes y tortuosas montañas de libros y revistas por todas partes del piso, y cojines gruesos de cuero que tenían el aspecto de haber sido arrojados ex profeso sin orden ni concierto, en lugar de situarlos en hilera, como deberían estar puestos. Encima de tres mesitas de café, colocadas asimismo de cualquier manera, en mitad de la habitación, había unas enormes bolsas llenas de melocotones; el aire estaba impregnado de su grata fragancia. Las paredes, que en buena lógica tendrían que haber estado cubiertas por grandes fotografías de parientes enmarcadas en oro –‍porque, aunque vieja, se trataba con claridad de la casa de un hombre rico‍–‍, estaban vacías de cualquier tipo de imagen u ornamento y sólo había un mapa muy grande de Marruecos impreso en tonos pastel; Amar había visto uno parecido un día que espiaba a hurtadillas a través de una ventana del Bureau du Contrôle Civil. Y en cualquier dirección que miraba, veía cuencos repletos de colillas y ceniza, y también había ceniza en el suelo. Resolvió que aquella era una típica habitación francesa, y que al hombre le gustaba que la gente le tomara por francés.

–Esto no es un tribunal –‍dijo el hombre, sonriendo a Amar‍–‍. Sin embargo, el hecho es que te sorprendí en mi finca y quiero saber qué estabas haciendo aquí. ¿Te parece censurable?

Amar nunca había oído hablar su propia lengua de aquella manera: el hombre empleaba todas las expresiones locales, pero al mismo tiempo salpicaba sus frases con palabras que ponían de relieve su conocimiento del verdadero árabe, el lenguaje de la mezquita y la medersa, el imam y el aallem. Y el modo en que entremezclaba las dos lenguas era tan diestro que el resultado sonaba casi como un nuevo idioma, fluido y agradable al oído.

–No –‍dijo Amar‍–‍. Ya le he dicho la verdad.

Era consciente, y no con placer, de que su propio discurso era lamentablemente tosco: el lenguaje de la calle.

–Es posible, pero todavía no he oído lo suficiente. Zid. Continúa. Cuéntanos la historia completa. Tal vez te apetezca beber algo.

Amar tenía sed; por eso dijo:

–Sí.

Uno de los jóvenes se puso en pie de un salto y se fue hacia el otro lado de la habitación, regresando con una botella y varios vasos pequeños. Amar miró la botella con recelo. El muchacho se percató de aquella mirada, y dijo:

–Chartreuse. –‍Y le sirvió un poquito. A continuación hizo lo propio con los demás.

No era aquello lo que más apetecía a Amar, pero bebió a sorbos y pasó a relatar los acontecimientos del día. Cuando llegó a la pelea, el hombre le detuvo.

–Essbar –‍dijo‍–‍. ¿Por qué os estabais peleando?

Amar quería decir: “No lo sé”, porque ignoraba cómo poner en palabras la verdadera razón por la que le había apetecido proferir el insulto contra Mohammed. Ciertamente no se trataba de la sugerencia hecha por Mohammed; no había nada extraño en ello, como no hubiera habido nada extraordinario en el hecho de que él aceptara la propuesta. Tenía que ver más bien con la pretenciosa seguridad que había mostrado Mohammed de estar en lo cierto –‍era ni más ni menos el tipo de persona que despierta en otros la necesidad de golpearle‍–‍. Pero sabía que apenas si podía esperar que sus oyentes entendieran aquello sin desembocar en una larga digresión que les llevaría a hablar de política, e incluso en el caso de que él hubiera estado mentalmente dotado para adentrarse en tal discusión, aquello resultaba inconcebible. Ni siquiera sabía hacia qué lado se inclinaban las simpatías de aquellas personas; no era descartable que todos estuvieran con los franceses.

–No me gustaba –‍dijo por fin Amar‍–‍. Era la clase de ouild que necesita una buena paliza de vez en cuando.

–Comprendo –‍dijo el hombre con gesto grave, girando su cabeza hacia los tres jóvenes, como si pretendiera advertirles con su mirada que no se rieran‍–‍. Entonces le diste fuerte. Zid.

Amar se encontraba ahora un poco más relajado; tenía la impresión de que aquel hombre le creía, lo cual le daba la suficiente tranquilidad para poder recordar cómo se había producido la pelea, que relató con todo lujo de detalles. El hombre parecía francamente divertido –‍Amar podía leerlo en sus ojos‍–‍, pero permanecía sentado a la escucha con aire solemne, hasta que Amar llevó la historia al momento en que había oído una motocicleta procedente del huerto y él había intentado en vano escapar entre los árboles para, en último extremo, volver sobre sus pasos y ser descubierto antes de haber alcanzado el camino. El hombre se aproximó y le dio una palmada en el hombro, riendo.

–Muy bien, muy bien –‍dijo‍–‍. Creo que nos podemos creer tu historia. Ahora tengo que ir a la ciudad durante un rato, pero volveré. Quédate aquí, la casa es tuya. Si quieres algo, simplemente pídelo.

Se puso en pie; Amar le imitó en un gesto automático. Había oído y entendido la invitación formulada por el hombre, pero la consideraba una mera cortesía. Además, quería marcharse; la casa y los jóvenes y su propio anfitrión constituían en cierto modo un misterio, como un sueño, pero él estaba lleno de desasosiego. Miró hacia arriba y contempló casi con melancolía los pedazos de cielo azul a través de los tragaluces.

–Siéntate –‍dijo el hombre. Esto era ciertamente una orden, y él obedeció. El hombre se alejó con lentitud hacia la puerta y desapareció. Unos instantes después la motocicleta volvió a rugir, y algo más tarde su sonido empezó a desvanecerse poco a poco.

Capítulo 8

Como si formara parte de un ritual, todos los allí presentes permanecieron sentados en silencio hasta que el zumbido del motor se desvaneció por completo, y ya no era posible oírlo aun poniendo mucha atención. En ese momento el joven que había estado leyendo se dirigió a Amar y dijo:

–Come unos melocotones. Hay muchísimos.

Amar se restregó la mano contra el rostro.

–Tengo mucha sed.

En su mano vio sangre seca y también sangre fresca; el día le pareció de repente interminable.

–Debería irme –‍dijo con indecisión.

Los otros tres murmuraron al unísono protestas corteses de desacuerdo. Creyó entender que le impedirían marcharse, quizás incluso por la fuerza si se veían obligados a ello.

–Debería irme a casa –‍dijo de nuevo‍–‍. Mi nariz...

El joven que había hablado se puso en pie y se quedó mirándole.

–Mira –‍dijo‍–‍, te acuestas aquí y yo te cuido.

Se dirigió a la puerta y gritó: “Yah, Mahmoud!”. Poco después apareció un hombre mayor con una gandoura blanca ligeramente sucia; el muchacho salió a la galería y dialogó con él durante unos momentos. Regresó al cabo, se arrodilló frente a Amar y empezó a quitarle las sandalias. Anonadado, Amar rechazó las manos del joven y se quitó él mismo el calzado.

–Échate aquí –‍ordenó el muchacho, señalándole el lugar donde había estado él. Los otros dos observaban mientras ayudaba a Amar a ponerse cómodo, colocando almohadas bajo su cabeza, en tanto que Amar protestaba todo el tiempo sin gran convicción, avergonzado por aquellas exageradas atenciones que se le dispensaban. Pero tumbado se estaba bien. Se encontraba muy cansado. Nadie dijo una palabra hasta que entró el criado con una bandeja, que depositó sobre el suelo al lado de los cojines donde estaba echado Amar. Tras incorporarse con ayuda de un codo, Amar bebió el vaso de agua fría. Observó que tenía unas cigüeñas grabadas en relieve con un perfil rojo brillante.

–Quizá pueda volver otro día para visitar a vuestro padre –‍empezó a decir.

Estaba persuadido de que el hombre no era el padre de ninguno de ellos, pero quería oír su respuesta. Durante un momento sólo se oyó el silencio; resultaba evidente que los otros no estaban seguros de lo que debían decir.

–Moulay Ali volverá pronto –‍dijo el joven que se había hecho cargo de él; era, en apariencia, el portavoz del grupo‍–‍. Túmbate. Te voy a poner un poco de filfil en la cara.

Amar se recostó.

–Cierra bien los ojos.

Era un consejo innecesario, ya que Amar no tenía intención de permitir que le entrara pimienta roja en los ojos. El muchacho untó la pasta con suavidad en su frente y sobre el puente de su nariz.

–Deberías ir al médico –‍dijo al concluir‍–‍. Creo que tienes rota la nariz.

“Mektoub”, pensó Amar, encogiéndose de hombros mentalmente. No tenía ningún deseo de consultar con un médico; pensaba guardar su dinero para comprar unos zapatos.

El muchacho se sentó sobre unos cojines situados en el otro extremo, más allá de los otros dos jóvenes, los cuales, a ojos de Amar, estaban sentados allí sólo para mirarle a él. Había un gran silencio en la estancia; de vez en cuando se oía pasar una página de revista o a alguno de ellos aclarándose la garganta. Hasta los oídos de Amar llegaba el zumbido tenaz de las avispas en la galería, y más lejos, el cacareo de algún gallo que reposaba al sol de la tarde. Había mantenido sus párpados apretados con fuerza, pero poco a poco los músculos del rostro se relajaron y se vio a sí mismo en franco peligro de quedarse dormido. Eso no podía hacerlo en modo alguno allí, en la casa, con unos extraños mirándole; la idea de que sucediera eso le aterraba. Decidió hablar acerca de cualquier cosa, con tal de permanecer despierto. Era perentorio que abriera su boca y dijera algo. Le pareció que estaba sentado, manteniendo una larga y seria conversación con los tres muchachos, y ellos le escuchaban y asentían. Y en alguna parte, muy lejos, se oía el estampido del trueno en el cielo. De pronto alguien tosió, y él cayó en la cuenta de que no estaba sentado, lo que significaba que había estado a punto de sucumbir al sueño.

–Y entonces –‍dijo en voz alta‍–‍. ¿Pensaba de verdad Moulay Ali que yo había venido aquí a prenderle fuego a su casa?

De forma inesperada, los tres jóvenes soltaron una carcajada.

–Lo mejor es que se lo preguntes a él –‍dijo el que le había ayudado‍–‍. ¿Cómo sé yo lo que pensaba él? Estará aquí dentro de un minuto.

–¿Vivís todos en Fez? –‍Era indiferente lo que pensaran los otros sobre sus ingenuas preguntas, si con ello podía evitar quedarse dormido.

–Ellos sí. Yo vivo en Meknés.

–¿Estás pasando aquí una temporada?

–Sa’a, sa’a, a veces vengo y me quedo unos cuantos días. Moulay Ali es un amigo excelente. He aprendido más de él que de cualquier aallem.

Los otros dos murmuraron algo dando su conformidad a aquellas palabras. Parecía una afirmación un tanto extraña.

–Pero ¿qué os enseña?

–Todo –‍dijo el otro, casi con fervor.

–Quiero sentarme –‍dijo Amar‍–‍. ¿Puedes quitarme el filfil, por favor?

–No, no. No te levantes. Moulay Ali está al llegar. Quiero que vea cómo me he ocupado de ti.

Amar había logrado despabilarse lo suficiente como para no tener miedo de quedarse dormido. De nuevo el trueno retumbó en algún lugar remoto del mundo. Permaneció echado. Poco después se oyó el sonido de la motocicleta acercándose en la distancia, a la altura de la carretera, girando hacia el camino, llegando al huerto por entre los árboles y, por fin, en la apoteosis del ruido, deteniéndose ante la casa. En la escalera había voces, y Moulay Ali entró en la habitación, acompañado por otro hombre con una voz profunda, extraordinariamente resonante:

–Este es Lahcen –‍dijo Moulay Ali. Los tres jóvenes saludaron al ser presentados‍–‍. ¡Ajá! ¡Veo que nuestro amigo está dormido! ¿Qué te has puesto en la cara? Filfil?

–No estoy dormido –‍dijo Amar. Hubiera deseado no verse obligado a tomar parte en la conversación, pero era evidente que no podía seguir allí tumbado sin abrir la boca.

–Es mejor que se siente –‍dijo Moulay Ali. El joven de Meknés sujetó la cabeza de Amar y empezó a raspar la pasta seca de su frente y cejas con un cuchillo. Cuando acabó de limpiar, humedeció las mismas zonas con un trapo mojado. Lahcen y Moulay Ali estaban en esos instantes manteniendo una conversación que no tenía para Amar el menor sentido.

–¿Este?

–Sí, nueve.

–Ya tengo.

–Creía que habías dicho once.

–¡No! Este no. ¡Este, Este!

–Ah, sí.

–Este, cinco.

–Ouakha.

–Entonces, este, te estaba contado. Ves, puedes estar seguro.

–Estoy seguro.

–Es imposible estar seguro. Puedes creerme.

–De acuerdo, déjalo abierto.

–Pon seis más y déjalo.

–¿Y qué pasa con...?

–Ya hablaremos después de eso. Cómete un melocotón. Los mejores del Saïs.

Cuando creyó que la parte cercana a sus ojos estaba seca, Amar los abrió y se sentó.

–¡Ah, aquí lo tenemos! –‍gritó Moulay Ali‍–‍. Kif enta? ¿Estás ya mejor?

En el centro de la estancia estaba inclinado un hombre alto con una tarbouche de color gris claro sobre su cabeza, comiendo un melocotón e intentando que no goteara sobre su ropa. Al final se puso derecho, extrajo un pañuelo y se limpió la boca y las manos. Entonces, a petición de Moulay Ali, se adelantó y saludó a Amar. El iris y la pupila de su ojo izquierdo estaban completamente blancos, como una canica de color lechoso. Amar supuso de inmediato que no era de la misma clase social que los tres jóvenes y su anfitrión. A buen seguro no había recibido la misma educación que ellos: su lenguaje era apenas más refinado que el de Amar. De manera que aquel era Lahcen, pensó, y no pudo entender por qué Moulay Ali se había marchado con tanta prisa a la Ville Nouvelle para buscarle.

–Vamos a dejar nuestras compras y ventas para después –‍indicó Moulay Ali con tono mordaz‍–‍, y vamos a pedirle a Mahmoud que nos prepare un té.

Fue hacia la puerta y llamó al criado.

Amar había estado temiendo que se mencionara el té; ello implicaba que no podría marcharse de allí hasta que hubiera bebido al menos tres vasos con su anfitrión. Se echó hacia atrás desolado y miró a Lahcen, que se estaba hurgando la nariz. La tarbouche de su cabeza era la única prenda del vestuario musulmán en toda la habitación, y parecía extrañamente fuera de contexto, tanto del ambiente como de su propia cabeza en forma de proyectil. Era el tipo de sombrero que cualquiera podría esperar encontrarse en un caballero de buena posición y edad avanzada, algo excéntrico, sacando de paseo a sus nietos un viernes por la tarde.

–Siéntate –‍dijo Moulay Ali a su nuevo invitado‍–‍. Habla con nuestro amigo. –‍Y dirigiéndose a uno de los jóvenes, añadió‍–‍: Chemsi, acércate. Quiero enseñarte algo.

Lahcen sonrió a Amar y tomó asiento.

–Me han dicho que estuviste bañándote hoy en Aïn Malqa –‍dijo‍–‍. ¿Cómo está el agua estos días? ¿Aún está fría?

–Muy fría.

–¿Has estado últimamente en Sidi Harazem?

–No. Trabajo. Está demasiado lejos.

–Sí, está lejos. –‍Se produjo un silencio durante unos instantes. Entonces dijo‍–‍: ¿Trabajas en la Ville Nouvelle?

–No, en Bab Fteuh.

–Ese es mi barrio.

Amar no recordaba haber visto jamás a aquel hombre, pero dijo:

–¡Ah!

–¿Has estado alguna vez en Dar el Beida? –‍le preguntó Lahcen. Amar dijo que no había estado allí‍–‍. Ese es un buen sitio para bañarse. En la playa, el mar. No hay nada como eso.

–Mujeres francesas a millones –‍dijo Amar.

Lahcen soltó una carcajada.

–Sí, a millones.

Siguieron hablando durante un rato de Casablanca, mientras Amar se preguntaba con ansiedad todo el tiempo cuándo empezaría a desfallecer la luz del sol. Tenía la impresión de haber permanecido encerrado en aquella habitación durante una semana. Pero puesto que el té estaba a punto de llegar, no podía siquiera mencionar el hecho de que quería irse.

–Dice: dans la région de Bou Anane –‍estaba diciendo Moulay Ali‍–‍. ¿Te dice algo eso?

Chemsi vaciló, y respondió por fin negativamente.

Moulay Ali resopló.

–Para Ahmed Slaoui sí significa algo.

–¡Oh! –‍exclamó Chemsi.

Moulay Ali cabeceó arriba y abajo varias veces, mirando de reojo a Chemsi.

–¿Entiendes lo que quiero decir? –‍le preguntó por fin‍–‍. Utiliza todo el artículo, palabra por palabra, pon “Maroc-Presse” y la fecha, y añade lo que sepas tú de la région de Bou Anane.

–Pobre Slaoui –‍dijo Chemsi.

–Puede que no esté allí ahora –‍le recordó Moulay Ali.

Mahmoud apareció con una enorme bandeja de cobre, sobre la que había una tetera de plata y vasos. Los dos regresaron de la esquina donde habían estado dialogando, y Moulay Ali arrojó el periódico doblado que tenía hasta ese momento en sus manos a los otros dos muchachos. Se sentó y empezó a llenar los vasos. El té echaba humo y burbujeaba; el olor de la menta se expandió en breve por la habitación.

–¿Cómo te llamas? –‍preguntó de súbito a Amar.

Amar se lo dijo. Moulay Ali levantó las cejas.

–¿Eres de Fez? –‍preguntó.

–Mi familia siempre ha vivido en Fez –‍respondió Amar orgullosamente; era consciente de que los tres jóvenes le estaban examinando de nuevo. Acaso habían creído que él era un berrani, un forastero.

–¿De qué haouma? –‍quiso saber Moulay Ali según repartía los vasos de té.

–Keddane, debajo del Djemaa Andaluz.

–Sí, sí.

Amar estaba esperando que su anfitrión dijera: “Bismil’lah”, antes de probar el té, pero no dijo una sola palabra. Y tampoco el resto. Habitualmente Amar murmuraba su súplica en voz baja, de modo que fuera inaudible para los demás, pero en esta ocasión, al ver que los otros se mostraban renuentes, lo dijo en un tono de voz normal. Lahcen volvió su cabeza para mirarle.

El joven que estaba leyendo el periódico lo dejó en el suelo y tomó su vaso. Se adivinaba la consternación en su cara.

–Peste bubónica –‍dijo‍–‍. Es una enfermedad terrible. Revientas.

–Eioua! –‍asintió Moulay Ali, como si estuviera diciendo: “Ya te lo dije”.

Lahcen sorbió con estrépito el té, lamió sus labios y dijo:

–Laghzaoui, digo, Lazraqui me ha contado que Argelia tiene muchísima ahora.

–Debe de haber venido a través de la frontera –‍empezó a hablar el muchacho.

–¡Rumores! –‍discrepó Moulay Ali, mirando a Chemsi de hito en hito‍–‍. No sabemos nada de Argelia.

Chemsi movió la cabeza en sentido afirmativo.

Siguieron hablando de ciudades remotas del sur del país, “como si fueran sitios importantes”, pensaba Amar. Le resultaba del todo claro que la conversación giraba en torno a un punto central que todos entendían, aunque trataban a duras penas de hurtárselo a su entendimiento. Después de haber bebido su tercer vaso de té, se incorporó.

–Es muy tarde –‍dijo.

–Desde luego, te quieres marchar –‍dijo Moulay Ali, sonriente‍–‍. Muy bien. Pero no te olvides de nosotros. Vuelve algún día y haremos una fiesta, con música. Ahora ya sabes dónde está la casa.

Lahcen sonrió, dejando asomar su dentadura.

–Nuestro amigo Moulay Ali toca la flauta y el violín.

–Y si no estoy en un error, nuestro amigo Lahcen toca la botella de litro –‍añadió Moulay Ali con voz maliciosa‍–‍. En especial Aït Souala rosado –‍concluyó.

–Pero él toca muy bien la flauta –‍prosiguió Lahcen‍–‍. Toca un poco –‍le instó.

Moulay Ali se encogió de hombros.

–Amar se quiere marchar. Otro día. Y Chemsi se traerá su oud de Meknés. –‍Chemsi alegó tímidamente que tocaba muy mal‍–‍. ¿Y tú qué sabes tocar? –‍preguntó Moulay Ali a Amar, tomando su mano sin levantarse del cojín.

Amar se sentía violento.

–La lirah, un poco.

–Baz! ¡Es perfecto! Puedes relevarme cuando me canse. Adiós. Cuida tus heridas de guerra. –‍Su rostro adoptó de súbito un gesto grave‍–‍. Y no te metas por más caminos privados, ¿entiendes? Imagínate que no hubieras dado conmigo. Imagina que yo hubiera sido Monsieur Durand o Monsieur Blanchet. Eioua! No estarías ahora a punto de marcharte a tu casa en tu bicicleta, ¿no os parece?

Se volvió hacia los jóvenes para recabar su aprobación. Ellos sonrieron. Lahcen dijo: “¡Ay!” con gran vehemencia.

Amar permanecía allí, buscando en su cabeza algo que decir para poder demostrarles a todos que él no era un tonto ni un crío y era consciente de que todas sus palabras tenían un núcleo interno de significado que ellos habían intentado encubrir. Decidió que lo mejor era mostrarse misterioso también él, dejándoles pensar que tal vez había entendido a pesar de sus muchas precauciones, pero no quería hacerlo de un modo que les invitara a pensar que albergaba algún tipo de resentimiento hacia ellos por jugar a lo que no era, después de todo, más que un juego bastante infantil.

–Gracias por haberme creído –‍dijo con solemnidad a Moulay Ali.

Aquello produjo su efecto; pudo adivinarlo en los ojos de Moulay Ali, aunque este no movió un músculo. Quizá justamente por esta causa, toda su cara pareció congelarse durante una fracción de segundo. Otro tanto les sucedió a los demás, aunque sólo fuera durante ese breve lapso. Pero antes de que el instante hubiera concluido, Amar había dado unos pasos, asumiendo momentáneamente el control de la situación. Extendió su mano y dijo: “Adiós”; después se dirigió a los tres jóvenes, uno por uno, y por último a Lahcen. Y saludando de nuevo con la cabeza brevemente al anfitrión, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. En lo que él podía opinar, nadie pronunció una palabra mientras él bajaba las escaleras.

Estaba convencido de que antes de que pudiera hallarse a una distancia prudencial de la casa alguien volvería a llamarle; parecía demasiado bello para ser cierto que estuviera por fin afuera, en el espacio abierto otra vez. Se subió a toda velocidad en su bicicleta y en una gran explosión de energía comenzó a pedalear sobre el camino de baches. El sol estaba aún bastante alto en el cielo; no era tan tarde como había creído. La luz del huerto tenía un tono dorado; las sombras de los troncos de los árboles dibujaban bandas negras a lo largo del sendero. Las cigarras seguían entonando su canción en las ramas, pero el sonido era menos intenso que al mediodía. Continuó avanzando tan deprisa como podía, para llegar cuanto antes a la carretera principal. En cuanto llegara allí, pensó, podría negarse a regresar a la casa si Moulay Ali venía persiguiéndole con su motocicleta. Cuando alcanzó la carretera, estaba sudoroso y jadeante, pero a partir de allí ya no había más terrones ni baches, y empezó a pedalear a un ritmo cómodo y constante. Los mojones que indicaban los hectómetros pasaban a gran velocidad; volvió a sentirse feliz de nuevo. Había sombras en alguna parte escondida de su mente, preguntas que precisaban una respuesta, cuestiones que debía enfrentar, y eran inminentes, todas estaban allí, pero por el momento la fuerza del presente era lo bastante grande para mantenerlas confinadas y sujetas, resguardadas tras el muro de lo posible.

Capítulo 9

El sol se iba retirando rápidamente de su vaga posición en la bóveda del cielo, en dirección a la lejanía precisa del Djebel Zerhoun; la oscura masa de picos que se veía en los confines de la llanura se había acercado, empujada por la intensa luz que caía detrás de las montañas. En algún lugar recóndito de estas se acurrucaba la ciudad santa de Moulay Idriss, construida por su propia familia muchos siglos antes, en el tiempo en que aún vivía Haroun er Rachid. Amar sabía cómo era gracias a las postales que había visto –‍dispuesta como un paño blanco sobre sus escarpaduras, y rodeada por grandes bosques de olivos gigantes, bosques que se extendían en todas direcciones a través de valles y laderas.

Amar iba silbando cuando pasó delante de las pequeñas granjas que se desparramaban a las afueras de la ciudad. Los odiosos perritos que tanto parecían agradar a los franceses salían corriendo detrás de él a su paso, con ladridos en absoluto amistosos. Se imaginó que eran franceses, e intentaba atropellarlos, y les gritaba: “Bonjour, monsieur!” cuando los perros ya no se animaban a seguirle.

El aire diurno con su aliento abrasador había dado paso al aire nuevo del atardecer, que descendía de las montañas cercanas. La diferencia que había entre ambos era superponible a la que existe entre un canto rodado y una bandada de pájaros volando o, pensó Amar, entre estar dormido o despierto. “A lo mejor he estado dormido todo el día”, se dijo a sí mismo en broma. Ningún sueño habría podido ser más insensato de lo que había resultado aquel día; eso no tenía vuelta de hoja. Pero ya que los acontecimientos del día se habían producido de hecho, estaba inquieto por su posible significado en la horma de su destino. ¿Por qué Alá había considerado oportuno que se encontrara con Mohammed Lalami después de bañarse en el río? ¿Y por qué Él había dirigido su bicicleta hacia la escondida casa de Moulay Ali en aquella hacienda con árboles frutales? Puesto que nada en la existencia puede ser tenido por accidental, aquello debía significar que su vida estaba predestinada a vincularse con la de Mohammed y con la de Moulay Ali, lo que distaba mucho de resultarle grato. Tal vez rezando las oportunas plegarias podría persuadir a Alá para que dirigiera la senda de su vida por un camino en el que no fuera necesario volver a verlos, a ninguno de ellos, incluyendo a Lahcen y a los tres jóvenes. Era siempre la irrupción de otra gente en su vida lo que terminaba haciéndola difícil. Pero entonces se le ocurrió la feliz idea de que era posible que Alá le hubiera dado a él su fuerza secreta, justamente para que pudiera protegerse a sí mismo en los embrollos con otra gente, que eran inevitables, después de todo. Si era capaz de aprender a creer en esa fuerza, a usarla cuando fuera necesario, ¿no era factible que pudiera triunfar sobre ellos? Sopesó la cuestión. Seguramente era eso lo que Alá había pretendido al hacer que Amar fuera Amar, proporcionándole el don de saber lo que había en el corazón de los hombres. El problema era hacer este don fuerte y absolutamente seguro, como había hecho con su cuerpo durante la infancia, mientras los otros niños estaban sentados en los pupitres; él había logrado aquello sin necesidad de imponerse una disciplina consciente, de hecho no tenía una concepción clara de lo que esta significaba (salvo que había visto entrenarse a un grupo de atletas, y le habían causado una gran pena), sino mediante un proceso opuesto a la disciplina –‍dejando sencillamente que su cuerpo se expresara y asumiera todo el mando, desarrollándose a su libre albedrío.

Cruzó las quintas de las afueras con sus terrenos de césped verde y siguió por callejas que iban a dar a la parte de la ciudad donde se dirigía. El último espacio abierto antes del comienzo de la ciudad era el jardín botánico. Parte de la tierra la ocupaba un vivero rodeado por una cerca de alambre de espino; el resto era desierto sin cultivar surcado por senderos bastante frecuentados. Si alguien paseaba en silencio por allí a la hora del crepúsculo, muy fácilmente se tropezaba con escenas sorprendentes, ya que era el único lugar cercano a la ciudad donde las chicas y chicos franceses podían encontrar un cierto grado de intimidad. En varias ocasiones Amar había descubierto parejas tumbadas entre los arbustos estrechándose con fuerza, ajenas por completo a su presencia, o sencillamente indiferentes a ella. Lo que le sumía en la estupefacción era el hecho de que no trasladaran sus besos y sus jugueteos amorosos a los burdeles. Las chicas, saltaba a la vista, trabajaban como prostitutas, de otro modo no hubieran salido con los chicos a dar un paseo. ¿Por qué entonces se alejaban tanto de los burdeles y llevaban a cabo su trabajo al aire libre, igual que animales? ¿Era que todas las habitaciones estaban ocupadas en aquel momento, o que hacían aquello sin el conocimiento de la batrona, para de este modo poder conservar todo el dinero sin tener que entregar un rial? ¿O eran nada más que malvadas, viciosas criaturas que habían perdido todo pudor, y cuyos corazones había convertido Alá, arrebatado por la furia, en corazones de perro? Era esta acaso la faceta de la vida nazarena que más le desconcertaba, aunque no por ello dejara de divertirle caminar en silencio por los senderos hasta que tropezaba con una pareja, para toser con estridencia al pasar junto a ellos.

Cuando llegó frente a la entrada del jardín, dobló y fue dando tumbos a lo largo del camino durante un rato, hasta que se hizo tan duro que tuvo que bajarse de la bicicleta y caminar. En ese instante se oyó el estampido ensordecedor de un trueno en el cielo; sintió el sonido repercutiendo en la tierra que había bajo sus pies. Alzó la vista con temor y vio que una enorme cortina negra había venido furtivamente através del firmamento desde el sur, siguiéndole en su pedaleo; y una inmensa nube que parecía un puño se estaba abriendo paso desde la negrura hacia el cielo abierto.

No tenía sentido regresar a la carretera: la lluvia empezaría a caer en cualquier momento. Ya podía olerse en el aire. Miró de nuevo hacia el cielo. El extraño nubarrón ondulaba como si fuera humo. Enfrente de él se encontraban unos cuantos invernaderos y, si no había franceses merodeando por allí, uno de ellos se convertiría en su refugio. Cualquier musulmán que pudiera estar trabajando en aquellas tierras le permitiría entrar sin el menor género de duda; era inconcebible que alguien se negara a dar protección a una persona en mitad de una tormenta. Trató de ir más rápido, pero con la bicicleta era imposible. Por fin se fue hacia la entrada de la cerca de alambre. Junto a ella había una indicación escrita en caracteres árabes y franceses, lo cual, supuso, era un aviso de que estaba prohibido pasar. Pero, qué era peor, se preguntó a sí mismo, ¿un hombre enfadado o los espíritus furiosos que flotaban por el aire en aquel momento? La respuesta parecía clara. Cualquiera podía volverse loco solamente con que le rozara un demonio de la tormenta, y el aire estaba a rebosar de ellos. Cuando cayeron las primeras gotas, apoyó la bicicleta contra un árbol y corrió veloz en dirección a la puerta del invernadero más cercano. No estaba cerrada. Penetró en su interior: el olor dulzón de las verduras era muy intenso en aquella atmósfera pesada, y la luz que se filtraba a través de los vidrios polvorientos parecía vieja, como si hubiera estado alumbrando durante muchos años. Cerró la puerta y permaneció parapetado tras ella con la vista clavada en el exterior. A cierta distancia, junto al camino, acertó a ver la rueda trasera de la bicicleta asomando detrás de un arbusto. La miró fijamente. Sería terrible que alguien arramblara con ella, pero cuando la lluvia empezó a batir la tierra, con tanta contundencia que era incapaz de ver algo distinto de una figura borrosa que se oscurecía por momentos, supo que pasara lo que pasara con la bicicleta, él no saldría en aquel momento.

Dentro del invernadero había crecido una oscuridad casi nocturna. Le pareció sentir el aliento cálido y sofocado de las plantas en su nuca, y no se atrevió a volver la cabeza, ni tampoco a mover sus ojos en una u otra dirección. El trueno estalló y la lluvia empezó a golpear contra los innumerables ventanales de vidrio del techo. Enseguida el agua se filtró y pudo oír cómo salpicaba sobre el suelo del invernadero, en alguna parte oscura a su espalda. Apretó su frente contra el vidrio y aguardó. Tal vez había alguien en el invernadero cuando él entró, escondido tras las plantas –‍un francés con una pistola‍–‍. Incluso ahora podía estar apuntándole con ella, podía hablar en cualquier momento, y cuando Amar se diese la vuelta o abriera la puerta para escapar aprovecharía para disparar. La más alta ambición de todo francés en Marruecos era matar tantos musulmanes como le fuera posible. Pero un instante después se le ocurrió que era probable que Alá le estuviera protegiendo ese día con su bendición. Primero había sido la victoria sobre Mohammed, después su aventura con Moulay Ali, que había empezado de forma inquietante, pero había concluido bien, y ahora sus pasos habían sido dirigidos hacia el parque a fin de que pudiera resguardarse de la lluvia. Si hubiera continuado pedaleando, la tormenta le habría sorprendido. ¿Por qué habría de faltarle de repente la fe en que la buena voluntad de Alá siguiera brindándole su protección, al menos hasta el final del día? “Hamdoul’lah”, susurró.

Un instante después el ronco sonido de la lluvia se acalló; simplemente dejó de caer, de súbito, y no se oía ya nada sino gotitas, cada vez más espaciadas, que se desprendían de los árboles.

Sin atreverse tampoco ahora a volver la cabeza, abrió la puerta y corrió hacia el sendero. La luz se había esfumado casi por completo, pero distinguió la rueda de su bicicleta un poco más adelante. Caminando, llevó el vehículo con rapidez hacia la parte exterior del jardín, y continuó después hacia la carretera.

Aunque el sillón estaba empapado, se montó en la bicicleta y se dirigió triunfante hacia la ciudad.

Era un auténtico deleite conducir sobre las calles de piso nivelado al atardecer. Las luces de las tiendas estaban doblemente brillantes, con sus reflejos espejeando en el húmedo pavimento; las aceras estaban atestadas de franceses y judíos, adolescentes en su mayoría, que bromeaban entre sí al encontrarse en el camino. Era la hora en que todos los que podían hacerlo salían de sus casas para pasearse arriba y abajo del Boulevard Poeymirau, recorriendo tan sólo los escasos edificios existentes entre la Avenue de France y el Café de la Renaissance. A esa hora hacía más fresco en la calle que dentro de las casas y apartamentos.

Amar supo que se había acumulado una cuenta enorme por el alquiler de su bicicleta; ya había añadido en su cabeza las horas que correspondían, pero aún se mostraba remiso a entregarla; sólo el miedo de que la tienda pudiera cerrar, con lo que tendría que abonar otras doce horas, le empujaba ahora hacia la calleja lateral donde se hallaba el francés fumando, junto a la puerta de su tienda. Amar se bajó y condujo la bicicleta por la acera. El hombre le miró con ojos recelosos, le arrebató la máquina de las manos y sin pronunciar palabra comenzó a inspeccionarla con suma atención. Incapaz de encontrar alguna pieza rota o extraviada, la llevó dentro, y calculó, con ayuda de una tiza y una pizarra, la suma que Amar le adeudaba. Era incluso mayor de la que él esperaba. Contrariado al oír aquella cifra, olvidó cómo había llegado a sus propias estimaciones, por lo que no pudo descubrir dónde radicaba la discrepancia. Le parecía evidente que el hombre le estaba engañando, sin embargo merecía la pena pagar la diferencia y evitar así una disputa que sólo podría conducirle al commissariat de police. Le producía curiosidad saber si Mohammed había aparecido con la bicicleta, y, en tal caso, cómo se las había arreglado para pagar, pero aunque hubiera sabido hablar la lengua de aquel hombre, habría considerado más prudente guardar silencio. Desanudó su pañuelo, contó el dinero y se lo entregó al francés; este le miró con un sarcasmo exasperante, que ocultaba sólo en parte la nube de humo que ascendía desde un cigarrillo colgado en la esquina de sus labios. Fue únicamente después de dejar atrás la tienda, mientras iba caminando bajo los árboles, cuando se dio cuenta de lo fuerte que latía su corazón, y este hecho le mostró hasta qué punto había deseado golpear al francés. Se sonrió para sus adentros; al menos, había escapado de aquella trampa. La Ville Nouvelle era una sucesión de trampas similares. Si un musulmán lograba escapar de una, era probable que cayera en la siguiente. No era casual que el mayor y más imponente edificio del Boulevard Poeymirau fuera la comisaría de policía, ni que en el exterior del mismo hubiera siempre una larga hilera de jeeps y coches patrulla que se alineaban alrededor de la manzana. Por eso lo mejor era no pasar por allí. Si uno se preocupaba con seriedad de sus asuntos en la Medina, podía sentirse razonablemente seguro, pero aquí, al margen de lo que hiciera, enseguida descubría que estaba prohibido, lo que significaba desaparecer del mundo durante un mes o dos. En este tiempo se trabajaba en las carreteras o en alguna cantera perdida. Y si eso ocurría una vez, era mucho más fácil que ocurriera una segunda; la ficha policial siempre complicaba las cosas.

La parada de autobús más cercana estaba en la esquina opuesta a la comisaría. Mientras aguardaba en la fila, observó con interés la anormal actividad enfrente de la entrada principal. Había mucha gente con y sin uniforme, yendo y viniendo de un lado a otro. Lo que se echaba de menos, sin embargo, era el habitual contingente de jóvenes árabes que se veían casi siempre fuera de la entrada. Eran informadores insignificantes (es decir, no políticos), correveidiles, abastecedores de cigarrillos de contrabando y otros artículos para la policía. Se preguntó qué les habría ocurrido aquel día.

Cuando vino por fin su autobús, se situó en la plataforma trasera. La siguiente parada era la esquina de la Avenue de France y el Boulevard du Quatrième Tirailleurs. Desde allí podían verse algunas de las luces de la Medina, abajo, en el valle. Miró a la gente que se agolpaba en el autobús: un bereber con un turbante de color azafrán que se comportaba como si no hubiera visto antes un autobús, una mujer judía, muy gruesa, con dos niñas pequeñas, todas ellas hablando español en lugar de árabe (los moradores más presuntuosos de la Mellah conversaban en esta lengua arcaica; era una práctica desaprobada, considerada casi sediciosa por los musulmanes), una mujer árabe que lucía un haik, que Amar supuso una prostituta del quartier réservé, y varios policías franceses, dos de los cuales se habían tenido que agarrar al pasamanos exterior porque no había manera humana de que pudieran caber en el interior. Amar esperaba que el vehículo continuara de frente hacia la carretera de Taza y bajara la colina, pero en lugar de ello viró a la izquierda y siguió el Boulevard Moulay Youssef.

–Ah, khai, ¿adónde va este autobús? –‍preguntó a un trabajador cubierto de cal que estaba apretujado contra él.

–La Mellah –‍dijo el hombre.

–Pero si el último que pasó iba a la Mellah –‍protestó Amar‍–‍. Este debería ir a Bab Fteuh.

El hombre movió su cabeza a un lado y después al otro. Amar vio su rostro durante un instante al paso del autobús bajo una farola; Amar hubiera dicho que transparentaba una expresión de temor.

–Skout –dijo el obrero en voz baja‍–‍. Ningún autobús va a Bab Fteuh. No hables.

Capítulo 10

Amar titubeó. Si lo que decía aquel hombre era cierto, parecía absurdo bajar del autobús y volver a la esquina para aguardar otro. Sería más rápido seguir hasta la Place du Commerce, fuera de la Mellah, y tomar otro autobús hacia Bou Jeloud, en lugar de hacer todo el camino hasta Bab Fteuh, y además, la carretera de Taza se encontraba al otro lado de las murallas en la oscuridad del campo. No era el tipo de paseo que más entusiasmo suscitaba en él: había demasiados árboles y riachuelos a lo largo del camino, lugares donde abundaban los malos espíritus, los djenoun y affarit, por no hablar de los bandidos musulmanes y la policía francesa. Era mejor seguir este itinerario, aunque tuviera que atravesar después toda la Medina.

Antes de que el autobús se adentrara en la Place du Commerce, descubrió que algo extraordinario estaba sucediendo allí. Al principio no parecía sencillo decir de qué se trataba: había mucha luz, pero una luz que cambiaba y se movía constantemente, por lo que los árboles y los edificios parecían hallarse en una metamorfosis continua. Y el ruido era inidentificable: brutales chirridos que parecían caer sobre la plaza desde los balcones –‍masa sobre masa de sonidos zumbantes y extraños que retumbaban entre las paredes‍–‍. A medida que el autobús atravesaba el espacio abierto que hormigueaba de gente, el sonido se desplazó, y oyó otros puntos focales de violenta algarabía; cada altavoz estaba emitiendo ruidos distintos, y el fenómeno era de una índole tal que los ruidos habían dejado hacía mucho tiempo de tener la menor semejanza con el sonido que pretendían evocar. Frente al Ciné Apollon un ritmo de samba podría haber sido producido fácilmente por unos trozos de hierro viejo cayendo de una gran altura sobre un piso de metal. En la esquina situada entre las letrinas públicas y la comisaría de policía, la voz de un hombre joven describiendo un juego de loza que se rifaba sonaba igual que un tren expreso cruzando un puente. El joven debía de ser consciente de ello, pues de vez en cuando limitaba su mensaje a una simple y rápida reiteración de la palabra tómbola. Un quiosco de caramelos en cuyo gramófono se escuchaba una selección de temas egipcios podría haber sido una barraca de tiro al blanco, y un bar de refrescos cuyo concesionario había elegido un montón de discos de Salim Hilali hacía una serie de ruidos que a nadie hubiera extrañado escuchar en un matadero particularmente brutal. Era, en suma, una fechta, una feria ambulante, en la que cada puesto contaba con un gramófono y un altavoz distintos, y algunos muy afortunados también estaban dotados de micrófono. La feria venía de Argelia, donde habían comprado aquellos equipos, y cada uno de los compradores daba por seguro, y con razón, que el público poco exigente de Marruecos y de las ciudades fronterizas del desierto argelino, donde tenían pensado viajar, no plantearía quejas por el hecho de que la pintura estuviera resquebrajada, el metal oxidado y el revestimiento de los altavoces trufado de remiendos. Lo importante era que cada puesto fuera tan brillante y ruidoso como fuera posible. Ambas cosas se habían logrado; en lo que atañía a las luces, el empresario se las había arreglado para lograr incluso más claridad. Todas las bombillas se agolpaban en las fachadas de los puestos y se enristraban entre las ramas de los árboles apagándose y encendiéndose una y otra vez, lenta y regularmente, en grandes grupos que trabajaban de forma independiente respecto al resto; el propósito de esta colocación era inducir vértigo al principio y después euforia.

Amar descendió del autobús, entregó su billete al inspector y se detuvo durante un momento dejando que el caos le empapara. Acto seguido, y sintiendo ya una ligera exaltación, se acercó hacia un puesto donde un grupo de jóvenes estaban golpeando una plataforma con una enorme maza. Con cada descarga, una roja varilla perpendicular al suelo salía disparada hasta lo que se suponía la altura correspondiente a la fuerza del mazazo, y un hombre corpulento de dientes negros bajaba de nuevo con gran entusiasmo la varilla hasta el cero, gritando: “Magnifique!” o “Allez, messieurs! Voyons, on est des enfants?”.

Amar se aproximó a otro lugar donde estaba congregada una gran multitud alrededor de dos legionarios que disparaban sobre una larga procesión de patos blancos de cartón, cuyos movimientos a sacudidas tenían como contrapunto un paisaje con palmeras y minaretes. La barraca quedaba justo entre dos altavoces igualmente poderosos. Siguió caminando hacia la rifa. Con el micrófono en la mano, el hombre joven vociferaba:

‍–‍... bolatombolatombolatombola...

Entre los espectadores, Amar reconoció a un chico de su barrio. Intercambiaron una sonrisa; en aquellas circunstancias, era todo lo que podían hacer. Un poco más lejos, sobre una plataforma, un hombre de rasgos simiescos con barba de dos días, ataviado con un vestido de satén rojo y largos pendientes que se balanceaban todo el tiempo, con sus manos cruzadas por detrás de la nuca, estaba realizando los rudimentarios movimientos de la danse du ventre. Sentada a su derecha, mirando con ojos extraviados sobre las cabezas de la multitud hacia las invisibles montañas del este, se encontraba una niña tocada con un quepis y un uniforme Spahi, golpeteando con apatía un tambor. A la izquierda del hombre había una mujer de mediana edad, mostrando al público con una sonrisa su dentadura de oro, mientras gritaba por el micrófono con voz de hierro:

–Entrez, messieurs-dames! Le spectacle va commencer!

El amigo de Amar también había sido arrastrado hasta allí, y ahora se encontraba próximo a Amar.

–Hada el bourdel –‍le gritó; Amar bajó y subió la cabeza con un ademán de persona sensata.

La plataforma había sido levantada a la entrada de lo que se suponía debía de ser un caro burdel ambulante, y por ello resultaba ciertamente extraño contemplar a varias mujeres judías entre el público que compraba los boletos de entrada.

Avanzó hasta una especie de cobertizo enfrente del cual tres muñecas mecánicas zangoloteaban sobre un elevado pedestal. Tenían el tamaño de un niño y llevaban ropa de verdad. Para Amar había algo indefiniblemente obsceno en la idea de poner lana, algodón y cuero auténticos en aquellos objetos fluctuantes pero muertos; atentaba contra su sentido del decoro. Se quedó contemplando sus espasmódicos movimientos, con una mezcla de repugnancia e indignación. Una de las figuras tocaba un violín, al tiempo que abría y cerraba una boca muy ancha. La segunda hacía sonar una pareja de címbalos diminutos que no producían sonido alguno; su cabeza mecánica giraba de uno a otro lado sobre un cuello alargado. La tercera de ellas se contoneaba adelante y atrás con las caderas, mientras estiraba y arrugaba un acordeón en miniatura. La luz se desplazaba en todas direcciones, y los movimientos vacilantes de las muñecas resultaban por ello más plausibles, al tiempo que las sustraía del mundo de la realidad, convirtiéndolas de alguna manera en posibles habitantes de otro mundo donde todo era posible, un mundo implacable cuyo silencio sería este crujiente infierno de ruidos y cuyos puntos cenitales diurnos y nocturnos brillarían con el mismo resplandor sin sombras.

–Le Musée des Marionettes! –‍gritaba un muchacho árabe en la puerta‍–‍. Dix francs, messieurs! Dix francs, mesdames! Juj d’rial! Juj d’rial! Juj d’rial!

Después de una prolongada discusión interna sobre la posibilidad de que alguien pudiera observarle accediendo a un lugar de tales características, dado que casi todo el mundo que entraba y salía eran campesinos y bereberes, resolvió que no era demasiado deshonroso que comprara un boleto y entrara.

El museo consistía en un pasillo en forma de U con una hilera de vitrinas dispuestas en la pared interna. Estaba brillantemente iluminado y en su interior se agolpaban unas cuantas mujeres musulmanas en diversas fases de jubilosa histeria. El motivo por el que encontraban tan divertidas las vitrinas era materia de reflexión; para él resultaban tan sólo un poco graciosas. Todas ellas consistían en escenas crudamente caricaturizadas de la vida de los musulmanes: un maestro de escuela, regla en mano, presidiendo una clase de niños pequeños, un campesino arando, un borracho en el momento de ser expulsado de un bar (esta última la consideró Amar un grave insulto dirigido a su pueblo). Las escenas que gustaban a las mujeres, hasta el punto de que apenas si podían dejar de contemplarlas, eran las que mostraban mujeres musulmanas. En una se retrataba un drama doméstico, donde la esposa estaba sentada con un espejo en una mano y un látigo en la otra; su marido estaba postrado de hinojos fregando el suelo. La cabeza de la mujer se doblaba adelante y atrás: levantaba el espejo y se contemplaba en él; acto seguido se volvía hacia el hombre propinándole un latigazo.

En ese instante, y sin fallar ni una vez, se producía una nueva salva de carcajadas procedente de los bultos blancos apiñados frente al vidrio. La otra escena estaba ambientada en el interior de un autobús, donde había un hombre sentado al lado de una mujer con chilaba. Ella se bajaba un lado de su velo, mostrando un rostro espantoso, después volvía a colocar el pañuelo en su sitio, al tiempo que el hombre ladeaba su cabeza para poder mirarla. Era un truco menos complicado que el anterior, pero al tratarse de un juego tan indecoroso, suscitaba idéntico júbilo entre las espectadoras. Amar estuvo un rato mirando, y pensó: “Así es como los nazarenos corrompen a nuestras mujeres, enseñándoles cómo se comportan las furcias”. Quería decirlo en voz alta, pero la perspectiva de que un grupo tan numeroso de mujeres se diera la vuelta y le mirara causaba en él un cierto reparo, por lo que se alejó hacia la calle a grandes zancadas, con una expresión de disgusto en su cara tan intensa como era capaz de poner.

‍–‍... latombolatombo... –‍gritaba el joven de la rifa. Sostenía en ese momento un despertador en la mano, después una muñeca grande vestida de satén rosa, cuyos ojos, observó Amar con interés, se abrían y cerraban al inclinarla adelante o atrás. “Como los ojos de una vaca”, pensó, preguntándose cómo funcionaría el mecanismo, aunque consciente de odiar la idea de que pudiera estar interesado en tan infantil bobada. Se prohibirían este tipo de cosas, estaba seguro de ello, cuando los musulmanes alcanzaran el poder. ¿Con qué derecho suponían los franceses que aquella sarta de absurdos divertiría a los marroquíes? El hecho de que estos se divirtieran de verdad no venía al caso; tendrían que cambiar. Podía imaginar a los franceses viniendo a este lugar desde la Ville Nouvelle, no para contemplar las vitrinas, sino para entretenerse viendo cómo las observaban los musulmanes. “¿Es culpa mía –‍había dicho Mohammed Lalami‍– que todos los marroquíes sean asnos?” En eso estaba en lo cierto.

Se vio empujado por detrás hacia el gran mostrador donde se exhibían los precios. Había juegos de brillantes utensilios de aluminio para la cocina, manteles y mantillas extendidos sobre el mostrador, paraguas colgados de la empuñadura, plumas estilográficas colocadas sobre láminas de cartón pintado en función de la puntuación necesaria para conseguirlas, lámparas de mesa con bombillas rojas apagándose y encendiéndose junto con las demás luces, e incluso una pequeña radio, que el joven anunciaba de tiempo en tiempo, asegurando que sería entregada a cualquiera que eligiera el número ganador tres veces consecutivas. Este detalle pasó desapercibido para Amar, quien estaba pensando que sería maravilloso para un hombre tener su propia radio con él en su dormitorio. Sólo las había visto en los cafés.

–Por treinta francos –‍gritaba el joven‍– pueden tener este magnífico aparato.

Hasta ahí sí había entendido Amar, y aun a riesgo de que los mirones se carcajearan (pues nadie sabía nunca qué podía ocurrir en el mundo de los nazarenos), se abrió paso hasta el borde del mostrador y alargó los treinta francos. Desde luego, había un error; pudo observarlo de inmediato en la expresión que adoptó el rostro del joven.

–¡Sólo un número cada vez! –‍gritó a la muchedumbre, como si todos hubieran cometido el mismo error‍–‍. Sólo diez francos.

Tomó una moneda que le entregó Amar.

–Messieurs-dames! ¡Esta vez será como en Montecarlo! ¡Elijan sus números! ¡Sólo cinco jugadores! ¿Uno más?

Alguien situado en el otro extremo del mostrador levantó la mano; una chica que trabajaba en esa esquina se hizo con la moneda.

–Les numéros?

Los jugadores gritaron los números elegidos.

El único número que Amar estaba seguro de poder pronunciar correctamente era dix. Dijo la palabra con nitidez; el joven pareció satisfecho, se dio la vuelta y giró el disco sujeto a la pared, levantando el micrófono para que recogiera los chasquidos producidos por la pestaña de metal al golpear contra las grandes clavijas que indicaban los números. Los chasquidos se fueron espaciando, la rueda se detuvo y Amar vio con más terror que satisfacción cómo el indicador iba a parar sin la menor duda sobre una parte amarilla del disco que señalaba el número diez.

–Numéro dix! –‍gritó el joven sin la menor emoción.

La muchacha del otro extremo del mostrador extendió la mano con aire cansino y tomó un objeto de aspecto extraño que arrojó por el aire al anunciador. Con los cristianos y judíos mirando, y sin la menor duda también algún musulmán, Amar reconoció un muñeco de trapo que pretendía ser una representación cómica de un marinero francés. Tenía un vientre abombado y una espantosa cara pintada, aunque el uniforme y el tocado mostraban que el artesano había prestado gran atención a esos detalles. El joven levantó el muñeco para que todos pudieran admirarlo y se lo extendió por fin a Amar.

Para Amar se planteaba un pequeño problema: no quería aceptar aquello, pero sabía que el procedimiento era justamente ese. Si lo rechazaba, habría rugidos de carcajadas de los mirones, y las más resonantes y burlonas procederían sin duda de los musulmanes. Levantó el brazo, agarró el muñeco por el cuello, y sin prestar atención a la pregunta del joven sobre si quería o no quería otro número, se perdió entre la gente hasta que logró salir del tumulto. Se quedó quieto durante un momento en un espacio comparativamente desierto cerca de la entrada del colegio. El problema radicaba en encontrar una hoja de papel con la que envolver el premio; no podría caminar muy a gusto por las calles llevándolo consigo a la vista de todos. Resolvió que merecía la pena comprar un periódico; era sin duda la forma más rápida de esconder el muñeco.

Había casi siempre dos o tres niños vendiendo periódicos en el otro lado de la plaza, junto al amplio café donde los conductores de los autobuses se tomaban a toda prisa sus vasos de vino o sus tazas de café. Según iba bordeando la periferia de la plaza bajo los árboles, todas las luces se apagaron y los altavoces enmudecieron de repente. Por un instante sólo hubo silencio y oscuridad, como si un aliento de gigantescas proporciones venido desde el cielo hubiera extinguido la luz con un soplido y hubiera barrido además a todos los presentes. Entonces creció en todas partes un gran sonido –‍el sonido que hacían mil o más personas al decir al unísono “¡Aaah!”‍–‍. Incluso cuando aquel sonido se hubo apagado, todo parecía diferente en relación a como era un minuto antes; era igual que estar en otra ciudad. Amar vio entonces que no estaba todo tan oscuro. Las estrellas brillaban con intensidad entre las hojas de los árboles y aquí y allá, en el extremo opuesto de la plaza, había una caseta de comida alumbrada por una única llama que salía a chorros de una lámpara de carburo. Cuando hubo cruzado al otro lado se quedó quieto, tratando de oír entre el inmenso parloteo la voz aguda de algún niño que vendiera periódicos, gritando: “Laa Viigiiie!”, pero el sonido no llegó a sus oídos. En el aire que soplaba sobre su rostro podía percibirse el intenso olor de la tierra húmeda y el humo del aceite hirviendo de miles de cocinas tras los muros de la cercana Mellah. De pronto sintió un hambre atroz. Decidió volver a casa, tomando el primer autobús que fuera hacia Bab Bou Jeloud. No era cuestión de llegar a casa demasiado tarde, en cualquier caso: podrían sospechar que no había acudido al trabajo.

Amar se situó de nuevo en la plataforma trasera, mientras el autobús rodaba por la oscura Mellah. Había más luz al atravesar Fez-Djedid, quizá porque los propietarios de los cafés y los tenderos habían tenido tiempo de sacar fuera velas, lámparas de aceite y latas llenas de carburo. Un numeroso grupo de legionarios se bajó en Bab Dekakène, con intención de pasar la noche en el quartier réservé de Moulay Abdallah.

Cuando el autobús llegó a Bou Jeloud, esperó hasta que el último pasajero hubo abandonado el vehículo y entonces se aproximó al interior apenas iluminado. Allí, en un asiento, estaba lo que andaba buscando: un periódico. Lo agarró a toda prisa antes de que el conductor pudiera verle. Estaba aún envolviendo el muñeco mientras salía por la puerta trasera. En ese preciso instante sufrió un desagradable sobresalto al tropezar con una figura que había salido del otro lado del autobús y que se acercaba a él con su brazo en alto para detenerle. Reconoció a un mokhazni de uniforme.

–¿Qué es eso?

El mokhazni le quitó el paquete de las manos y rasgó el papel. El muñeco cayó limpiamente hacia delante sobre su brazo; lo sostuvo en alto y concentró el rayo de su linterna sobre aquel objeto. Después lo sacudió y apretujó entre los dedos de forma sistemática a lo largo de todo el cuerpo. Por último se lo arrojó con un gruñido a Amar, quien, palpándolo a tientas, lo dejó caer.

–Cirf halak –‍dijo el mokhazni, como si fuera Amar el causante de aquellas molestias‍–‍. Lárgate de aquí. –‍Y regresó a las sombras en las que había estado aguardando.

“Hijo de perra”, dijo Amar entre dientes, pero con tanta suavidad que sus palabras resultaban inaudibles gracias al sonido de las voces de los transeúntes. Había oído por boca de otra gente experiencias similares muy recientes, pero el mundo en que Amar se movía estaba tan circunscrito, incluso en el aspecto geográfico, que nunca hasta ahora había entrado en contacto con las nuevas formas de vigilancia que se ejercían en la ciudad. Torció a la izquierda hacia los souks cubiertos de la Talâa el Kebira, con el muñeco sujeto ahora por los pies, y tan decidido a dar visos de variedad a la retahíla de insultos que iba murmurando en voz baja que no se dio cuenta en primera instancia de que una persona caminaba a su lado. De improviso volvió la cabeza, y a la luz parpadeante de una de las carnicerías vio al hermano mayor de Mokhtar Benani, un muchacho con quien jugaba a menudo en el campo de fútbol.

–Ah, sidi, labes? Chkhbarek? –‍dijo, presa del desconcierto, con la esperanza de que el joven no hubiera oído su particular diatriba, y también de que no mirara hacia abajo y viera el muñeco absurdo que llevaba consigo. Al mismo tiempo, su intuición le decía que había un elemento discordante, si no en el estilo de su saludo, acaso en el propio saludo. No había razón posible para que el mayor de los Benani, cuyo nombre de pila ni siquiera conocía, estuviera parado en aquel momento en la Talâa el Kebira para hablar con Amar. Hasta entonces, jamás habían intercambiado una palabra; en varias ocasiones aquel joven se había presentado en el campo de fútbol en busca de su hermano pequeño, y aunque a menudo se había producido alguna controversia entre ellos, Amar se acordaba del hermano mayor de su amigo porque nunca había perdido la serenidad ni había levantado la voz durante las discusiones. Ahora que volvía a oírla de nuevo, se sintió maravillado durante unos segundos. Tenía una calidad sonora rica, pulida, que la hacía por completo distinta de cualquier otra voz que hubiera escuchado antes, y su aire melifluo estaba realzado por el hecho de que el joven empleaba un sinfín de palabras egipcias en sus frases y además pronunciaba perfectamente la qaf. Amar consideraba esta hazaña como algo extraordinario en sí misma; al igual que casi todos los habitantes de Fez, él era incapaz de pronunciar aquella letra.

Amar no era analítico ni elocuente, pero en general sabía por qué estaba siguiendo un determinado patrón de conducta. Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento por qué no pronunciaba un sencillo “Lah imsik bekhir” y seguía sin más su camino, habría contestado que la voz de Benani era algo agradable que el mundo le ofrecía y que le encantaba oírla. A su lado, Benani había captado acaso este detalle, pues parecía dispuesto a hablar durante un rato, haciendo discretas preguntas acerca de la salud de Amar y de su familia, así como sobre su trabajo y estado de ánimo. “Y del mundo”, dijo en varias partes de la conversación. Amar era consciente de que se refería a la situación política marroquí, pero no tenía la menor intención de mostrar esta conciencia, ni, supuso, el otro esperaba que lo hiciera.

–¿Adónde vas? –‍le preguntó finalmente Benani, cambiando de posición y echando un vistazo hacia abajo, a las manos de Amar, el cual las mantenía a toda costa detrás de sí.

–A casa. –‍Amar también se giró un poco, intentando que el muñeco permaneciera en la oscuridad.

–¿Por qué no comes con nosotros? Voy a buscar a unos drari en la Nejjarine y luego iremos a cenar a alguna parte.

Amar ignoró la pregunta por el momento.

–¿Y Mokhtar? –‍dijo‍–‍. ¿Dónde está Mokhtar? ¿Vendrá él también?

Los labios de Benani se abarquillaron en un gesto burlón.

–No. Él no vendrá. Tiene que estudiar. Se trata de drari un poco mayores.

“Está tratando de adularme”, resolvió Amar. “Sabe que tengo la misma edad que Mokhtar.” Pese a todo, sentía curiosidad por averiguar el motivo de aquella invitación y por ello permaneció en el mismo sitio.

–Tengo que ir a casa –‍dijo.

Sabía que si sus sospechas eran correctas, empezarían las zalamerías, los apretones en el brazo y los suaves tirones de la manga y de la solapa.

Estaba en lo cierto: todo aquello sucedió, y al poco se vio caminando a pasos cortos por una calle oscura e interminable al lado del joven, colina abajo, abajo, muy abajo, instalado con firmeza en la convicción de que Benani quería algo muy concreto de él.

Capítulo 11

El café era como cualquiera de los que había en las calles anchas de la Medina: escueto e incómodo, con mesas que se movían sobre sus patas desiguales y sillas que amenazaban con hundirse bajo el peso de quien tomara asiento en ellas. El enlucido de las paredes había sido salpicado de forma chabacana con pintura rosa y azul para darle apariencia de mármol; en muchas zonas se había agrietado y caído y el barro de la pared exterior estaba a la vista.

Había cinco jóvenes. Habían traído pan y aceitunas, y acababan de solicitar pinchos de cordero. Al principio estaban sentados a una mesa cercana al puesto del qaouaji, donde el fuego del carbón de leña arrojaba chispas de vez en cuando sobre ellos. Cuando llegaron las brochetas de qotbanne, se movieron en masa hacia un pequeño hueco de la parte posterior donde no había mesa ni sillas –‍sólo una ancha estera sobre el suelo y otra banda en la pared‍–‍. Ocupaban justo el espacio del hueco, con dos de los jóvenes a cada lado del mismo, y desplegaron un periódico en el centro.

El embarazoso problema del muñeco marinero había quedado resuelto cuando Amar y Benani iban de camino del café. Alá, misericordioso, había dispuesto que Benani se detuviera en una letrina a mitad de la bajada de la colina; Amar había aprovechado ese momento para deshacerse de él, arrojándolo sobre el entramado de maderas del tejadillo de la construcción; el muñeco se había quedado atrapado por fin sobre una de las viguetas. Era seguro que Benani se había percatado de que él llevaba algo hasta entonces, porque Amar le sorprendió mirándole la mano subrepticiamente, aunque él seguía llevándola a la espalda cuando dejaron atrás la letrina. Ahora Benani podía conjeturar lo que le viniera en gana; ya no tenía importancia.

Los otros jóvenes eran en efecto mayores que Amar en unos pocos años; todos tenían diecisiete o alguno más. Sin embargo, desde el principio se mostraron corteses con él y estaban haciendo un esfuerzo evidente para que se sintiera a gusto –‍un esfuerzo que no había logrado un éxito total, pues Amar no podía dejar de sentirse fuera de ambiente a su lado, pese a estar en todo momento colmado de atenciones y al mismo tiempo receloso de recibirlas‍–‍. Benani se había sentado a su lado y bromeaba con él; parecía haber asumido para sí el papel de defensor de Amar aquella noche. Si Amar hacía una observación que los otros no aparentaban compartir, Benani le rogaba a Amar que continuara y fuera más explícito, o bien daba su propia explicación de las palabras pronunciadas por Amar. Por desgracia esta situación parecía destinada a producirse una y otra vez; aunque todos entendían y hablaban la misma lengua y empleaban los mismos símbolos de referencia, era como si procedieran de distintos países.

La diferencia atañía principalmente a los lugares invisibles hacia los que apuntaban sus respectivos corazones. Ellos soñaban con El Cairo, con su gobierno autónomo, su ejército, sus periódicos y su cine; en tanto que Amar, mirando en la misma dirección, soñaba con un lugar algo más allá de El Cairo, más allá de Bhar el Hamar: soñaba con La Meca. Ellos pensaban en términos de agravios, censura, peticiones y reformas; él, como cualquier buen musulmán que sólo conoce los dogmas de su religión, en términos de destino y de justicia divina. Si se pronunciaba la palabra “independencia”, ellos veían pelotones de soldados musulmanes marchando por calles en las que sólo aparecían leyendas escritas en árabe, veían fábricas y plantas de electricidad levantándose en los campos; él veía cielos llameantes, las alas de ángeles vengadores y la destrucción total. Lentamente Benani se fue dando cuenta de esta insalvable disparidad y empezó a desesperarse en su fuero interno. No obstante, su tarea de aquella noche no consistía en reconciliar dos puntos de vista antagónicos; se trataba de algo muy distinto de eso. Sabía que los otros habían perdido la paciencia con él por haber traído consigo a un ignorante así, aquella sombra anómala de un mundo trasnochado; los otros pensaban que él debería haberse hecho cargo personalmente de Amar. Pero estaba persuadido de que su obligación era dirigir la reunión por el camino que consideraba más apropiado.

–¡Yah, Abdelkader! –‍gritó‍–‍. Trae una Coca-Cola.

El qaouaji llegó con una botella.

–¿Está fría? –‍preguntó Benani.

–Está fría y media –‍le informó el qaouaji.

Benani tomó la botella y se la ofreció a Amar.

–Bebe un poco –‍le animó. Cuando Amar inclinó la botella hacia sus labios, Benani le dijo con aire distraído‍–‍: ¿Has jugado últimamente al fútbol?

Amar bebió un trago y dijo que no.

–¿Has ido a nadar? –‍continuó Benani.

–Sí, hoy –‍dijo Amar, devolviéndole la botella.

–¿Mucha gente en Sidi Harazem? –‍preguntó Benani.

Amar le respondió que no había estado allí. Decidió arrellanarse y divertirse un poco. Los otros habían descubierto el pastel con su silencio repentino y sus ojos inquisidores. No ofrecería ninguna información, salvo aquella que le pidiera Benani explícitamente, y trataría de confundirle diciendo la verdad. Nada puede ser más desconcertante, porque uno siempre mezclaba falsas afirmaciones con otras que eran verdaderas y el juego consistía en poder distinguir unas de otras. Era axiomático que un cierto porcentaje de lo que dijera cada uno no debía ser creído. Si se limitaba a decir la verdad, se dijo Amar, Benani se encontraría necesariamente en una posición de desventaja, porque estaría obligado a dudar de parte de sus palabras.

Como había previsto, la desenfadada conversación desembocó de inmediato en un interrogatorio, en cuanto Benani perdió el aplomo y poco después, al menos en parte, también su paciencia.

–Ah, así que fuiste a Aïn Malqa. Ya veo.

–Sí.

–Y luego volviste.

Amar pareció sorprenderse.

–Sí.

–Estabas de regreso cuando te vi.

–No. Estuve en la fechta primero.

–Eso no empieza hasta las ocho –‍dijo Benani en tono acusatorio.

–No lo sé. No estuve allí mucho tiempo.

–Debes de haber estado hasta muy tarde en Aïn Malqa.

–No mucho. El sol estaba en lo alto cuando salí de allí.

Benani dio un trago de Coca-Cola y pasó la botella al muchacho de su derecha. Silbó durante un momento, como si ese mínimo interludio pudiera aportar a la escena una apariencia de naturalidad.

–Debes de haberte parado para dormir en el camino de vuelta –‍dijo transcurridos unos segundos.

Amar soltó una carcajada.

–No. Estaba buscando un sitio para hacerlo, pero no lo encontré. Me metí en el huerto de alguien por error.

–¡Ay! Eso es peligroso. Los franceses disparan rápido estos días.

Si mentía y fingía no haberse encontrado con nadie y no haber visto nada, ellos estarían convencidos de que él había entendido más de lo que en verdad había entendido. Lo importante era no causar la impresión de haber notado algo anormal en Moulay Ali.

–No era un huerto francés. Pertenecía a un musulmán.

–¿Un musulmán? –‍repitió Benani en tono suspicaz‍–‍. ¿En la carretera de Aïn Malqa?

–Sí, un musulmán con una motocicleta. Moulay no sé qué. Un poco calvo, y anda igual que las lechuzas.

Uno de los muchachos rio durante una fracción de segundo. Benani puso cara de fastidio, pero se abstuvo de girar la cabeza. En lugar de ello cerró los ojos, como si estuviera intentando recordar quién podía ser aquel hombre.

–Moulay no sé qué –‍repitió Amar.

Benani movió la cabeza.

–No le conozco –‍dijo, vacilante.

–Vive en una casa vieja.

–¿Con su familia?

–No lo sé.

–¿Pasaste dentro?

–¡Oh, sí! Me invitó... Mira –‍dijo Amar de improviso‍–‍. Si quieres saber quién estaba allí y lo que hacen, ¿por qué no vas y se lo preguntas tú mismo?

–¿Quién? ¡¿Yo?! –‍gritó Benani‍–‍. No le conozco. ¿Por qué tendría que conocerle?

–Khlass! –‍dijo Amar, sonriendo con un gesto de tolerancia‍–‍. Le conoces mejor que yo. –‍Y arriesgándose incluso más, prosiguió‍–‍: Y le has visto esta noche.

Todos los jóvenes se pusieron un poco más rígidos sobre los asientos en aquel momento. Amar se divertía de lo lindo. Optó por intentar poner un poco de orden en la conversación.

–No puedo decirte nada de tu amigo porque no le conozco. Pero, de todos modos, tú no quieres saber nada de él. Quieres saber cosas sobre mí. Zduq, hazme más preguntas.

–No te enfades –‍dijo Benani. Amar rio‍–‍. Somos todos amigos. ¿Qué importancia tiene que entraras en un huerto o en otro? No era francés y no te disparó. Eso es lo importante.

Era como si Amar no hubiera dicho nada; comprendió que no iban a ser honrados con él y se preguntó si le aportaba alguna ventaja continuar siendo honrado con ellos, o si era mejor olvidarlo y empezar a jugar el juego a la manera de ellos. Decidió continuar un poco más.

–Al principio pensé que te quedaste hablando conmigo porque habías oído lo que estaba diciendo en la Talâa, cuando estaba hablando solo.

–¿Eso es una razón? –‍preguntó Benani.

“O sea que me oyó”, pensó Amar, sintiendo más satisfacción al haber descubierto la verdad sobre el asunto.

–Podría ser una razón –‍contestó.

–Enta hmuq bzef –dijo Benani, enfadado‍–‍. Tú estás loco.

Uno de los jóvenes estaba cuchicheando al oído de otro. Este último, cuyo rostro estaba a reventar de granos muy rojos, tomó de repente la palabra:

–Al principio pensaste eso. ¿Qué piensas ahora?

Benani le miró con una expresión de cólera; Amar aventuró la hipótesis de que ello obedecía a que no había sido él, Benani, quien había formulado aquella pregunta. Echó un vistazo al salón. Estaba vacío. El qaouaji había cerrado la puerta y estaba dormido enfrente de ella. Miró las caras de los cinco muchachos, todos mayores que él, y no vio que le profesaran una gran simpatía.

–El hassil –‍dijo lentamente‍–‍. No sé qué pensar.

No podía continuar siendo sincero por más tiempo; estaba fuera de discusión, porque vio con absoluta claridad que no sólo Moulay Ali había enviado a Benani tras él para que le investigara, sino que además le había aleccionado para que lo hiciera a la manera policial; esto es, sin soltar prenda él, y empleando los medios que considerara oportunos para poder extraer a su vez el máximo de información. Benani había desempeñado su papel con demasiada torpeza para que cupiera alguna duda. Acaso, más que nada, Moulay Ali quería saber lo que había oído Amar en la casa del huerto, cuánto había entendido y deducido, y si no pensaba irse de la lengua.

No había contado mucho a aquellos jóvenes, reflexionó, pero tal vez no les debería haber contado absolutamente nada.

Bajó la vista hacia sus manos, vio el anillo que le había dado el alfarero y recordó su advertencia. Era muy posible que alguno de aquellos drari que estaban sentados allí con él hubiera utilizado un cuchillo o un arma contra un assas o un mokhazni; no había manera de saberlo.

Seguían todavía mirándole con expectación.

–El hassil –‍dijo de nuevo. Era inútil; no podía aparentar inocencia‍–‍. Creo que vosotros queréis saber si mi corazón está con vuestros corazones.

Benani arrugó el entrecejo, pero Amar presintió que aprobaba su respuesta.

–También nos interesa tu corazón –‍dijo‍–‍. Pero no es bueno tener corazón si no tienes cabeza. Tú no has tenido hasta ahora mucha cabeza. Eso no importaba hasta hoy. Pero ahora... –‍miró a Amar fijamente‍–‍, ahora tienes que utilizar la cabeza, ¿me entiendes?

Entendía a la perfección. Benani estaba diciendo que a partir del momento en que había tropezado con Moulay Ali, estaba necesariamente implicado; no había modo de aparentar algo distinto.

–Tengo cabeza, pero no lengua –‍dijo.

Benani dejó escapar una breve carcajada.

–Ya sé, ya sé. Todos dicen lo mismo. Pero después de cinco minutos en el commissariat tienen una lengua que les llegaría desde Bab Mahrouk a Bab Fteuh. Hasta que vas a parar al commissariat necesitas la cabeza. Sólo en el momento en que llegas allí averiguas el tipo de corazón que tienes, y sabes también qué es más importante para ti, si tu propia piel o la fe que tiene puesta en ti el Sultán.

Benani estaba mirándole de cerca, acaso para rastrear el efecto de sus palabras sobre el semblante de Amar. No parecía este precisamente el mejor momento para recordar las palabras de Mohammed Lalami: “El Sultán nunca volverá, y el partido no quiere que vuelva”, pero no podía por menos de oírlas otra vez en su mente, al igual que lo que había dicho Mohammed a continuación: “No es culpa del partido si los marroquíes son todos unos asnos”. Benani le estaba tomando por otro asno más; le estaba diciendo, de hecho, que tenía que ser un asno. La mentira debía de estar en el centro de cualquier tipo de entendimiento con aquellos jóvenes. Asintió pausadamente con la cabeza, como si estuviera sopesando la profunda sabiduría implícita en las afirmaciones de Benani.

–Somos tus amigos –‍dijo Benani, inclinándose hacia delante al tiempo que envolvía los restos de comida en el periódico‍–‍, pero tienes que demostrar que sabes tener amigos.

“Qué mala suerte”, pensó Amar. No quería a ninguno de ellos como amigos.

–B’cif –dijo‍–‍. Claro que sí.

Les miró. Estaba el de la cara repleta de granos, que parecía considerarse a sí mismo el lugarteniente de Benani; uno de piel amarillenta, aspecto enfermizo y gruesas gafas; otro más bien gordito con aire de no haber caminado en su vida una distancia mayor de la que separa la Kissaria de la Medersa Attarine, y un negro alto, al cual tenía idea de haber visto en la piscina municipal de la Ville Nouvelle.

Benani se puso rígido de nuevo sobre el asiento, sosteniendo con su mano el papel doblado.

–Rhaddi noud el haraj men deba chouich –‍dijo con gran énfasis‍–‍. Lo que va a empezar es la guerra, no sólo un juego. –‍Muy a su pesar, Amar sintió un escalofrío de emoción‍–‍. ¿Sabes lo que ha pasado? –‍continuó Benani, con sus ojos brillando peligrosamente‍–‍. Esta noche cinco mil guerrilleros están durmiendo en las afueras de Bab Fteuh. ¿Sabías eso?

El corazón de Amar estaba latiendo a toda velocidad, y sus ojos se habían agrandado.

–¡¿Qué?! –‍gritó.

–No es ningún secreto –‍dijo Benani, inexorable. Llamó al qaouaji, que se puso en pie tambaleándose y vino hacia donde estaba reunido el grupo‍–‍. Nos vamos –‍le dijo Benani.

El qaouaji fue arrastrando los pies hasta la puerta, la abrió y echó un vistazo fuera. La cerró otra vez. Los otros cuatro se pusieron en pie, estrecharon solemnemente las manos de Amar y Benani, y se encaminaron hacia la puerta; el qaouaji les franqueó la salida. Benani permaneció sentado donde se encontraba, mirando en silencio la estera del suelo, y Amar, sin saber si la reunión había tocado a su fin, siguió también sentado, hasta que el otro, que estaba tomando la precaución de esperar a que se dispersaran por completo los que se habían ido, se puso finalmente en pie.

–Es mejor que no salgas fuera de las murallas mañana –‍dijo‍–‍, o puede que no veas a tu familia durante mucho tiempo. Voy a acompañarte a casa.

Amar se opuso cortésmente, aunque sabía que la decisión de Benani no había sido tomada en atención a su seguridad personal.

–Yallah –‍dijo Benani sin prestar atención a sus palabras‍–‍. Vámonos.

Pagó al qaouaji, le susurró unas palabras y ambos salieron a la calle. Las luces de la Medina estaban tan dispersas que tuvieron que caminar un rato antes de poder decir con certeza si la electricidad aún seguía cortada. Así era en efecto, pero Benani llevaba consigo una linterna que encendía de vez en cuando. El viento era húmedo y el cielo seguía cubierto. No habían tropezado con un solo viandante.

–Va a llover –‍dijo Benani.

–Sí.

–Pero no durante mucho rato. No en esta época del año.

Amar pensó que aquellas frases estaban de más. Sólo Alá podía saber si llovería y durante cuánto tiempo lo haría. Se sujetó la lengua, no obstante, y continuó caminando junto a Benani. Cuando llegaron a la entrada de su callejón, Amar dijo:

–Aquí está mi derb. –‍Y empezó a darle las gracias, deseándole buenas noches.

Pero al parecer Benani pretendía saber exactamente dónde vivía Amar.

–Te acompaño hasta tu casa –‍dijo‍–‍. No importa.

–Tendrás que hacer todo el camino de vuelta. No hay salida por el otro lado –‍le previno Amar.

–No importa.

Incluso cuando Amar hubo golpeado la puerta, Benani siguió a su lado. Se apoyó en la pared, donde no pudiera ser visto por quienquiera que abriera la puerta para dejar pasar a Amar. Fue el padre de este quien gritó “Chkoun?”, y quien en último término, acompañado de un gran estrépito y del tintineo de las numerosas llaves, abrió por fin la puerta, protegiendo su vela del viento con su mano derecha. Al ver a Amar, percibiendo que había alguien con él, movió la vela de un lado a otro, en un intento de mejorar el campo de visión.

–¿Quién está contigo?

Amar fue incapaz de responder. Benani, convencido por fin de que no se trataba de una dirección falsa y, por lo genuino de la escena, seguro también de que el hombre viejo era sin duda el padre de Amar, se precipitó hacia las tinieblas de la noche, dejando que Amar se las entendiera con la situación. Por una vez el alivio de Si Driss al ver a su hijo era mayor que su cólera por haberle estado esperando.

–Hamdoul’lah –‍dijo varias veces según echaba el cerrojo; fue caminando con pasos quedos por el patio para lavarse las manos en un cubo que había al lado del pozo. Las palomas se estremecieron y batieron las alas, sobresaltadas por el alboroto.

El mayor deseo de Amar era llegar arriba lo más pronto posible, antes de que el humor del anciano sufriera un brusco cambio. Se encorvó y besó la manga de la gandoura de su padre, murmurando: “Buenas noches”, e inició los primeros pasos.

–Espera –‍dijo Si Driss. El ánimo de Amar se desplomó.

Un minuto después subían lentamente las escaleras; el anciano iba primero, con la vela en la mano, mientras Amar le iba a la zaga. Cuando llegaron al final del segundo tramo Si Driss estaba jadeante y esperó a su hijo para apoyarse en el brazo de este. Dentro de la habitación, Amar fijó la vela al suelo, y ambos tomaron asiento en el colchón.

Su padre se inclinó un poco más hacia él para verle mejor.

–Yah latif! ¡¿Qué te ha pasado en la cara?! –‍gritó‍–‍. Parece un melocotón podrido. ¿Cómo te pasó eso? ¿Quién te ha pegado?

–Uno –‍dijo Amar con timidez. No esperaba que su padre insistiera en el asunto, y estaba en lo cierto. El viejo se limitó a decir con desesperación:

–¿Por qué te peleas?

La pregunta que Amar esperaba, “¿Dónde has estado?”, no fue pronunciada. En su lugar, y después de una pausa, su padre le preguntó:

–¿Has visto algo?

No iba a haber castigo. Amar estaba estupefacto.

–No –‍dijo, vacilante.

–Mañana, incha’Allah, tenemos que levantarnos muy temprano y comprar todo lo que podamos. ¿Quién sabe cuándo empezará todo? No tenemos nada en la casa. Si Abderrahman me mandará cincuenta kilos de harina. De eso podemos estar seguros. El resto está en las manos de Alá.

–Sí –‍dijo Amar. No sabía qué otra cosa decir.

El viejo movía la cabeza, pesaroso.

–Esta vez va a ser muy malo. Los franceses han enviado a los bereberes para que nos hagan la guerra. Que Alá nos salve. ¿Quién sabe qué será de nosotros? No hay una sola arma en la Medina; ya se han ocupado de eso.

Amar consoló a su padre con frases no muy adecuadas, asombrado en secreto de que Si Driss estuviera tomándose tan en serio la política e incómodo por otra parte al constatar que aquella calma que siempre había creído inamovible estuviera ahora partida en mil pedazos.

–Tienes que dormir un poco –‍dijo por último su padre‍–‍. Tenemos cosas que hacer mañana.

Cuando Si Driss se hubo marchado, Amar permaneció tumbado con los ojos bien abiertos, contemplando la noche vacía. Había empezado a lloviznar; más allá de este tenue sonido sólo se oía el silencio.

Capítulo 12

El día siguiente no fue tan terrible como Si Driss había imaginado. Las tropas bereberes situadas en las afueras de Bab Fteuh permanecieron donde estaban, acomodando sus campamentos temporales. La lluvia cayó en silencio durante la mañana, pero al mediodía escampó y una cortina de niebla ascendió sobre la ciudad, iluminándola con una luz que dañaba la vista. Amar y su padre habían salido al amanecer, dejando en casa a Mustafá con las mujeres, y habían traído la harina de la cercana casa de Si Abderrahman. Después habían recorrido la Medina en busca de azúcar, garbanzos, velas y avena. Casi todas las tiendas estaban cerradas a piedra y lodo, y alrededor de aquellas que seguían vendiendo se habían congregado grupos de hombres agitados que intentaban comprar alimentos a precios normales por medio de engatusamientos, amenazas y súplicas. La comida estaba allí, pero los tenderos que se habían atrevido a abrir sus negocios (se comentaba que bandas errantes de jóvenes vigilantes habían destruido las tiendas del centro de la ciudad) deseaban sacar un rápido provecho de su osadía. Se veían vagando por las calles grupos de policías franceses con el rostro sombrío, que miraban al frente con ojos penetrantes. No había niños, y se observaba una apreciable ausencia de jóvenes.

Amar llegó a su trabajo sólo con una hora de retraso. El alfarero, como de costumbre, estaba acuclillado en la terraza, pero no había ni rastro de su mercancía por allí; había amontonado todas las vasijas de agua, los cuencos y los platos dentro del cobertizo. Había un silencio desacostumbrado en el pueblo de barro, y el humo sólo ascendía de unos pocos hornos.

–Sbalkheir –‍dijo el alfarero, mirándole tristemente‍–‍. Temí que te hubieran cogido.

Amar rio.

–Sbalkheir –‍contestó. Por un momento no supo si Said se refería a los franceses o al Istiqlal, después su propia duda le pareció absurda; sólo podía referirse a los franceses‍–‍. No, tenía mucho que hacer con mi padre –mintió con la esperanza de que el alfarero lo dejara estar y no le obligara a dar más detalles.

–Da lo mismo –‍dijo el otro, acariciándose la barba‍–‍. De todos modos, voy a cerrar hasta que ellos –‍gesticuló con la cabeza en dirección a Bab Fteuh‍– vuelvan por donde han venido. ¡Alá! Hay miles de ellos ahí fuera. Y esto es sólo el principio. Habrá más esta noche, y estarán en Bab el Guissa y en todas las otras puertas. Se han puesto allí sobre todo por el mercado de corderos. Faltan sólo cuatro días para el Aid.

Amar torció el gesto. Si ello era así, significaba sin la menor duda que este año no tendrían corderos para el sacrificio en su casa, ya que habían gastado todo el dinero en comprar los artículos de primera necesidad. No había caído en la cuenta de lo corto que era el tiempo; de un modo vago había esperado que entre aquel día y la celebración encontraría como fuera alguna manera de reunir dinero para comprar un cordero, aunque fuese pequeño. La perspectiva de no disponer siquiera de un cordero constituía una desgracia social de enormes proporciones; la familia nunca se había visto en semejante situación.

–Cuatro días –‍dijo tristemente.

La tibia lluvia empezó a caer de repente con más fuerza, salpicando sus piernas con el barrillo del techo. Ambos se encogieron junto a la pared.

–Hay un montón de estúpidos ahí fuera comprando corderos a pesar de todo –‍continuó Said‍–‍. Habrá problemas. Espera y verás. Esta mañana en mi derb dieron una paliza a un viejo que llevaba a casa su cordero. Golpearon también al cordero y dejaron a los dos en el suelo, al lado de una pared uno encima de otro –‍se sonreía maliciosamente al recordar. Amar le oía con expresión incrédula‍–‍. Es lo único que se puede hacer –‍prosiguió Said‍–‍. ¿Qué derecho tiene nadie a hacer una fiesta cuando el Sultán está en prisión en medio del océano?

–Pero es un pecado que no haya Aid el Kebir –‍dijo Amar con voz apagada‍–‍. ¿Qué es más grande, el Sultán o el islam?

El alfarero le miró a los ojos.

–¡Pecado! ¡Pecado! –‍gritó‍–‍. ¿Hay algún pecado peor que vivir sin nuestro Sultán? ¿Como perros? ¿Como paganos, kaffirine? ¡Ya no hay pecados, te lo digo yo! Ya da igual lo que haga cada uno. ¡Los pecados se han terminado!

Secretamente Amar estaba de acuerdo con él, pero hubiera preferido decir todo aquello él mismo. Viniendo de Said, sonaba un poco ridículo. Era un poco viejo para pensar de ese modo, reflexionó Amar.

El rencor de Said se había disparado; su semblante era claramente inamistoso en aquel momento. Parecía pensar que estaba discutiendo con Amar.

–En todo caso –‍refunfuñó‍–‍, no necesito que vengas por aquí. Ya les dije a los otros que se fueran. No necesito a nadie. ¿Quién va a comprar vasijas ahora?

Amar estaba pensando en el dinero que le debía el alfarero. No era mucho, pero era algo.

–¿Y después? –‍preguntó Amar.

–Después, vuelve. Si es que hay después –‍añadió con una violenta carcajada.

–Bueno, dejamos lo del dinero para entonces, Si Said. –‍Amar le miró con aire distraído; era la mirada apacible y velada cuya intención no era sino esconder sus planes detrás de los ojos, pero ningún habitante de Fez podía malinterpretarla. El alfarero se puso en pie de un salto y hurgó en sus bolsillos.

–¡No! –‍gritó, alargando unos billetes‍–‍. Yo no hago las cosas de esa manera. Ten.

Amar tomó el dinero de mala gana. Había pretendido ganar dos cosas dejando aquel asunto para después: prestigio a los ojos de Said, y posiblemente una suma mayor cuando llegara el tiempo de cobrar, en el caso de que Said hubiera olvidado la suma exacta.

–Muy bien –dijo, vacilante, embolsándose el dinero‍–‍. Vendré de vez en cuando para verle.

–Ouakha –‍contestó Said sin mayor entusiasmo. Según se alejaba Amar, le llamó, recordando acaso la prosperidad que el muchacho había traído a su establecimiento y con la impresión de haber sido un poco brusco con él.

–Corren malos tiempos, Si Amar. Somos desdichados. Hablamos demasiado aprisa.

Amar se dio la vuelta, se acercó al hombre y, tras ponerse de rodillas, besó la manga de su chilaba.

–Adiós, maestro –‍dijo.

El alfarero miró hacia abajo con gran turbación y le ayudó a incorporarse.

–Adiós –‍dijo.

Bien, era libre de nuevo, reflexionaba Amar conforme regresaba a través de las húmedas callejas. De una parte estaba feliz al sentir que el mundo estaba abierto, que una vez más podía ocurrir cualquier cosa; pero al mismo tiempo había disfrutado la sensación de construir su poder y prestigio, el sentimiento de avanzar hacia algo concreto mientras había estado trabajando con Said. Ahora todo había sido destruido de golpe. Pero ningún hombre tiene el derecho de lamentar la llegada de lo inevitable.

Una fila de burros venía caminando pesadamente por la estrecha calle con sus serones repletos de arena. “Balek, balek”, salmodiaba el arriero al final de la hilera. Para protegerse de la lluvia, el hombre llevaba sobre su cabeza un costal de azúcar con una abertura. Al pasar a su lado, Amar miró por algún motivo hacia el suelo. Allí, justo enfrente de él, vislumbró una moneda de veinte riales en el barro. En un santiamén se agachó y la tomó, murmurando: “Bismil’lah ala maketseb Allah”. Y de improviso recordó una situación similar acaecida mucho tiempo atrás, mientras trabajaba en la fábrica de ladrillos de la carretera de Taza.

En aquella ocasión se había encontrado más de cien riales tirados en mitad de la calle. Puesto que iba de camino a su trabajo, había entregado directamente el dinero a su patrón. El hombre se había puesto furioso, y después de arrojar el dinero al suelo le había golpeado en el rostro, de forma tanto más dolorosa por lo inesperada. “¿Es tuyo ese dinero?”, le había preguntado el hombre. Amar había respondido que no lo era. “¿Entonces por qué lo cogiste? La próxima vez, cuando veas algo en la calle, déjalo allí y sigue tu camino.” Entonces el hombre había enviado a un niño a casa de Amar para que buscara a su padre. Cuando Si Driss se presentó en la fábrica, el patrón le entregó el dinero, aconsejándole que diera una buena paliza a su hijo, pero Si Driss se ofendió al oír aquella sugerencia y condujo amablemente a Amar de regreso a casa, alegando que el hombre había estado acertado respecto al dinero, pero errado en su deseo de que Amar fuera castigado, y añadió que le encontraría un nuevo patrón en otra parte. Unos días después le había proporcionado otro trabajo como aprendiz de un zapatero en la Cherratine. “¿Cuántas veces”, se preguntó Amar, “había ido su padre a protestar por el trato injusto que le dispensaban sus empleadores?”. Montones de veces, en verdad; Si Driss no podía aprobar siquiera la menor vulneración de sus criterios sobre el código islámico de justicia, y esencialmente por esta causa Amar le profesaba un amor profundo e imperecedero. Más allá de las puertas de la justicia comenzaba el mundo de los incivilizados, los kaffirine, las bestias salvajes.

Cuando llegó a casa, su padre y Mustafá estaban sentados en silencio en la habitación que daba al patio, esperando a que su madre y Halima prepararan el té en una esquina de la estancia. Su padre no se sorprendió al oír que ya no trabajaba con el alfarero; tomó el dinero que Amar le entregaba, limitándose a decir: “Siéntate y bebe un té”. (La moneda de veinte riales, el regalo de Alá, seguía en su bolsillo, pero había entregado a su padre todo lo que le había dado el alfarero.)

Mustafá tenía un aspecto incluso más taciturno que de costumbre. No había trabajado en las últimas semanas, y estaba secretamente molesto por el hecho de que Amar hubiera permanecido tanto tiempo con el alfarero; ahora podía enfrentarse a la mirada de su hermano en igualdad de condiciones. El centro de su vida parecía hallarse en algún lugar muy lejano del hogar –‍en los cafés de Moulay Abdallah con toda probabilidad, pensó Amar–; mientras permanecía en casa era tan sólo un caparazón vacío, que gruñía una respuesta si alguien se dirigía a él, pero sin llegar a cobrar jamás vida propia.

–Todavía está hinchada –‍dijo la madre, mirando hacia arriba, al puente de la nariz de Amar, desde el lugar donde estaba sentada avivando las brasas.

Si Driss suspiró.

–Tiene la nariz rota –‍dijo con la mayor naturalidad.

–Ay, ouildi, ouildi! –‍exclamó la madre, estallando en lágrimas.

–No es nada, mujer –‍dijo el anciano, mirándola con severidad.

Pero ella parecía inconsolable, y se abandonó a un arrebato de llanto. Halima continuó preparando el té. Cuando terminó de servir a los demás miembros de la familia, dio un vaso a su madre y la animó a que bebiera un poco.

–¡Escuchad! –‍dijo Si Driss con el dedo levantado, reclamando silencio. En la distancia se oía el sonido de una tenaz letanía, como si la gente que la estuviera pronunciando hablara muy deprisa‍–‍. Son los estudiantes –‍dijo. Era difícil saber a qué distancia se encontraban, porque faltaban todos los ruidos habituales de la vecindad‍–‍. Son nuestros soldados –‍añadió el viejo con acritud.

–¡Que Alá les proteja! –‍sollozó la madre.

Inesperadamente Mustafá elevó el tono de voz:

–Todas las tiendas de la Medina donde venden tabaco han sido destruidas.

–Muy bien –‍dijo Amar.

Mustafá clavó los ojos en su hermano.

–Muy bien para ti.

Y refunfuñó.

Si Driss pasó por alto aquel indecoroso intercambio de frases que se acababa de producir en su presencia, haciendo una señal a Halima para que volviera a llenarle el vaso. Amar se levantó y subió a su habitación. Tomó asiento en el colchón, pensando en el hombre inútil y desagradable en que iba a convertirse su hermano. Parecía indiscutible que el mal humor de Mustafá se debía de forma exclusiva a que no había podido conseguir quif en los últimos días. Tal vez su habitual fuente de suministro se había visto interrumpida a causa de la situación.

Ahora que había reservas de comida en la casa, lo que significaba que aunque no comieran particularmente bien era improbable que llegaran a pasar hambre incluso si empeoraban las cosas, Amar debería de haberse sentido aliviado y más o menos a gusto. Todo lo contrario –‍nunca había estado más nervioso y agitado‍–‍. Quería salir fuera y estar en todas partes de la ciudad al mismo tiempo, pero seguía lloviznando, y en cualquier caso tenía la impresión de que fuera donde fuese las calles estarían vacías y los sonidos del bullicio provendrían en todo momento de algún lugar remoto e ilocalizable.

Intentó tocar su flauta durante unos minutos, pero descubrió que hacía un ruido inexplicablemente fuerte en mitad de aquella tranquila mañana, un sonido absurdo y desabrido que le llevó en última instancia a arrojarla sobre un estante situado entre el despertador roto y la fotografía en color de Ben Barek, el ídolo del fútbol, con su uniforme rojo y azul. Salió a la azotea y trató de atisbar algo más allá de las cercanas techumbres, pero la fina llovizna que caía oscurecía todo el paisaje. No obstante, el cielo estaba brillante. Regresó a su habitación y se tumbó de nuevo. El aire estaba caliente y resultaba difícil respirar. Ese día, hasta los gallos de la vecindad parecían haberse puesto de acuerdo para unirse al silencio general. Y con sólo cuatro días para la llegada del Aid, era increíble que no hubiera rastros ni sonidos de corderos en las terrazas. Nunca antes había ocurrido algo tan extraño; en años anteriores podían oírse balidos en todas direcciones, al menos durante diez o quince días antes de la gran fiesta. Algunas familias compraban sus animales incluso con un mes de antelación, a fin de engordarlos como es debido para el sacrificio. Este año... Silencio; he aquí la razón por la que no había reparado en que el día se hallaba tan próximo. Si su padre se hubiera encontrado a solas, habría tomado la inusual iniciativa de bajar las escaleras para hablar con él. Pero allí estaba Mustafá, y se trataba, después de todo, de un asunto entre ellos dos, su padre y Mustafá, en el que Amar no tenía nada que ver. Cuando el anciano muriese, sería Mustafá quien se ocuparía de comprar y matar el cordero, no Amar.

Y de repente empezó a preguntarse cómo sería la ceremonia al aire libre del Aid at Emsallah, habida cuenta de que los soldados bereberes estaban acampados justo allí abajo. Era el acontecimiento más importante del año, del que dependía el bienestar y la prosperidad de la ciudad. Había siempre no menos de cien mil personas pululando por el cementerio y recorriendo la ladera situada más arriba de este, que venían a ver cómo el khtib degollaba al cordero enviado por el Sultán, y para comprobar si los corredores, perfectamente organizados en grupos de relevos de cuatro personas, llegarían frente a la mezquita de los Andaluces con el animal aún vivo. Esto último era esencial, porque si el cordero expiraba por el camino, antes de ser depositado a los pies de la gzara, era un mal augurio para el año entrante. Pero con Bab Fteuh bloqueada por los soldados, ¿cómo iban a pasar los corredores a través de la puerta? Alá veía a los corredores, cada uno de ellos debía esforzarse por llegar hasta el límite de su resistencia; si su trabajo en equipo era defectuoso al pasar el cordero de un grupo al siguiente, si uno de ellos caía, si el camino no estaba completamente despejado, y aunque el grupo final pudiera llegar al patio con los cuatro hombres sosteniendo cada una de las patas del cordero en la más perfecta posición, todo sería en vano y la ciudad sufriría el disgusto de Alá durante todo el año que empezaba, hasta que la falta pudiera ser borrada en el siguiente Aid el Kebir.

Era intolerable que la puerta estuviera interceptada por la presencia de todos aquellos soldados; los franceses sólo podían hacerlo como una provocación. “Quieren que intentemos atravesarla para que los bereberes nos disparen”, pensó con una furia repentina. De la misma manera que se habían llevado al Sultán en el mismo día de Aid del año anterior, para asegurarse de que aquello haría imposible toda fortuna o felicidad para el pueblo, así iban a intentar impedir de nuevo este año que los musulmanes gozaran del favor de Alá. Aquel pensamiento, en cuanto se le apareció, resultó demasiado espantoso para seguir guardando silencio. Saltó del colchón y bajó corriendo los dos tramos de escaleras.

La familia había concluido el té, pero todos permanecían sentados en la misma posición que ocupaban minutos antes, salvo que su madre había tomado asiento en el colchón que ocupaba Halima. Su cara estaba roja de llanto, y parecía sólo un poco mayor que la hermana de Amar. Si Driss había contraído matrimonio con ella cuando contaba trece años; todavía tenía la carne y la fuerza de una mujer joven. Amar la miró al entrar en la habitación, vio las huellas de las lágrimas en su rostro, supo que habían sido derramadas por él, porque le hacía daño pensar que su hijo se convirtiera en otro (aunque se tratara tan sólo de un hueso de su nariz que había cambiado de forma) y sintió un terrible impulso de tomarla en sus brazos para besar sus ojos y mejillas. Se sentó en silencio, dejando sus brazos colgando a lo largo del cuerpo. Aquello que traía en mente para poner en palabras se esfumó de su cabeza durante un instante. Cuando comprendió que su madre y él se habían convertido de alguna extraña manera en el punto de atención de los otros, se obligó a sí mismo a salir de su breve estupor, dio media vuelta hacia su padre, que le miraba con expresión intrigada, y dijo:

–¿Qué va a pasar en Bab Fteuh?

–¿Quién lo sabe? Con esos demonios ahí...

–¿Cómo van a pasar el cordero por la puerta?

Su padre le miró sorprendido.

–No va a haber cordero de ningún tipo. ¿No lo sabes?

Amar le miró con ojos desorbitados.

–Pero tiene que haber.

–Tiene que haber, sí, pero no va a haberlo. Es el fin del islam, todo esto. Tal y como está escrito. Por la propia voluntad de los musulmanes.

Amar estaba horrorizado.

–¡Los musulmanes! –‍gritó‍–‍. ¡La propia voluntad de los musulmanes!

–Desde luego. ¿Quién nos prohíbe comprar corderos, amenazándonos con matarnos si lo hacemos? Los Wattanine, los amigos de Si Allal, el Istiqlal, llámalos como quieras. ¿Quién va fisgoneando para asegurarse de que nadie tiene un cordero en su terraza? Los chicos de la Karouine con sus libros de texto bajo el brazo, los amigos de la libertad. ¿Quién golpea y apuñala a la gente que trata de cumplir los mandamientos de Alá? Los mismos muchachos. ¿Por qué? Dicen que el khtib no puede aceptar un cordero de Arafa porque es un Sultán francés. Dicen que no debe haber alegría hasta que vuelva Mohammed ben Youssef.

–Arafa no es nuestro Sultán –‍dijo Amar, titubeante.

–¿Y lo era Si Mohammed? –‍preguntó su padre, con ojos llameantes de excitación. Durante el cuarto de siglo que el Sultán había ocupado el trono, Si Driss nunca había permitido que se colgara un retrato de él en la casa. Ahora que estaba castigado con la cárcel poseer tales retratos, aunque había miles y miles de ellos escondidos en la Medina, consideraba doblemente justificado abstenerse de hacerlo‍–‍. Recuerda a Hakim Filala. –‍Y prosiguió citando la sentencia que tan popular se había hecho entre los descontentos desde el inicio de la dinastía alauita tres siglos antes: “El reino de los Filali: no es caro pero no es barato. No es ruidoso pero no es tranquilo. Tienes un rey pero no tienes rey. Este es el reino de los Filali.”‍–‍. Y esa es la verdad. ¿Quién dejó entrar primero en Marruecos a esa carroña de franceses? Un Filali. No lo olvides nunca cuando tus amigos te hablen del Sultán, el Sultán, el Sultán...

Amar sabía todo eso a la perfección, pero le parecía el momento más inoportuno para abordar el asunto. Su padre se estaba haciendo viejo de verdad.

–Pero los soldados de Bab Fteuh... –‍comenzó. Eso al menos era un acto hostil, instigado con toda claridad por los franceses.

–Usa tu cabeza –‍dijo el anciano‍–‍. Los amigos de la libertad no quieren la celebración, y van a impedirla de un modo o de otro, ¿no te parece que los franceses lo saben? Pero los franceses no pueden permitir que el Istiqlal impida la celebración. Porque entonces todos sabrían lo fuerte que es. Si alguien va a hacer algo, tienen que ser los franceses. Pretenden exactamente lo mismo que el Istiqlal, pero quieren apuntarse el tanto. Tienen que hacer creer que son ellos los que lo hicieron. Franceses, Istiqlal, todos están en nuestra contra. En cinco años más los niños de Fez dirán: “¿Aid el Kebir? ¿Qué es el Aid el Kebir?”. Nadie se acordará ya. Es el fin del islam. Bismil’lah rahman er rahim. –‍Se sentó, con la vista perdida en el vacío durante un momento. Nadie se atrevió a hablar‍–‍. La culpa es toda nuestra –‍continuó‍–‍. Aunque Satanás esté a tu lado, no tienes por qué hacerte su amigo. En estos días el pecado está por todas partes. –‍Si Driss movió la cabeza tristemente, pero sus brillantes ojos negros parecían cargados de ira.

Al oírle, Amar no podía dejar de recordar las palabras del alfarero, aquellas que había pronunciado unas pocas horas antes: “Los pecados se han terminado”. En un sentido horrible y perverso, las dos afirmaciones coincidían. Si no había pecados, todo se convertía necesariamente en pecado, que era lo que su padre quería decir cuando hablaba del fin del islam. Sintió la imperativa y desesperada necesidad de actuar, pero no había acción posible que pudiera conducir a la victoria, porque era un tiempo de derrota. Luego lo importante era tratar de no sufrirla ellos solos –‍los judíos y los nazarenos también debían acompañarles‍–‍. El círculo estaba cerrado; ahora entendía a los Wattanine, a quienes los franceses se referían con el nombre de les terroristes y les assassins. Entendía por qué se aprestaban a arriesgar su vida al hacer descarrilar un tren o prender fuego a un cine o volar una oficina de correos. No era la independencia lo que querían, era una satisfacción mucho más inmediata: el placer de ver a los otros padecer la humillación del sufrimiento y la muerte, y la certeza de que disponían, al menos, de la pequeña cantidad de poder necesaria para causar esa humillación. Si no se podía tener libertad, quedaba la posibilidad de tener venganza, y eso era lo que todo el mundo verdaderamente quería en aquel momento. Tal vez, pensó racionalizando, en un intento de vincular los fragmentos dispersos de la realidad con su imagen de la verdad, lo que deseaba Alá para su pueblo era la venganza, y al infligir un castigo sobre los infieles, los musulmanes estarían simplemente imponiendo la justicia divina.

–Ed dounia ouahira –‍suspiró‍–‍. El mundo es un lugar difícil.

Miró hacia el patio: la llovizna había cesado por completo, y el sol empezaba a abrirse paso entre la neblina. Decidió salir fuera, pero el momento en que estaba tomando la decisión coincidió con una frase pronunciada por su madre:

–No debes volver a salir hoy. Es un mal día.

Amar miró con ansiedad a su padre.

–Déjale ir –‍dijo el anciano‍–‍. No es una mujer. Mañana será peor.

–Tengo miedo –‍se lamentó ella.

Amar sonrió.

Capítulo 13

Caminaba por la calle mirando el barro que rezumaba alrededor de los dedos de sus pies en cada paso; los tramos resguardados estaban secos y el polvo se espesaba en ellos sobre la tierra. Dondequiera que hubiese un montón de cabezas de pescados o estiércol de asnos, las moscas eran innumerables; ascendían formando negros enjambres y volvían a posarse con toda rapidez. ¿Para qué servía poseer la baraka, iba pensando, y ser diferente del resto, si no podía ayudar a su gente? Algo terrible iba a suceder –‍estaba convencido de ello‍–‍, y sin embargo era inútil saberlo. La tensión que se había ido acumulando durante tanto tiempo iba a cesar por fin, la sangre estaba presta a brotar y manchar la tierra. Y nadie quería evitarlo; por el contrario, la gente estaba deseosa de verlo, aunque fuera su propia sangre la que se derramara.

Todos los escaparates del camino estaban condenados y cerrados con candados. Los estrechos callejones parecían más sofocantes al hallarse desiertos. De vez en cuando pasaba un hombre, caminando a toda prisa; el frufrú de sus vestimentas era audible en el silencio. “Como si fuera de madrugada”, pensó Amar. Se quedó quieto de improviso. La gran panorámica vacía del Souk Attarine, con la pálida luz del sol filtrándose a través de los miles de pequeños agujeros de las celosías situadas encima de su cabeza, parecía como el lecho seco de un río que se perdía a lo lejos en la distancia cubierta de polvo. El intenso olor de las especias se percibía con la misma nitidez de siempre, pero los pequeños cuadrados de luz que debían moverse de un lado a otro sobre los cientos de chilabas y jaiques de la gente al pasar debajo de los enrejados reposaban planos sobre el suelo componiendo un dibujo regular, inmóvil.

A la izquierda de la calle donde se encontraban los bufetes de los abogados se oía el prolongado y mecánico lamento de un mendigo. Una y otra vez percibía el mismo sonido, exactamente las mismas palabras en idéntico orden. “Pobre hombre”, se dijo Amar. “Hoy mismo morirá de hambre.” Reanudó su marcha, más pausadamente, como si estuviera empezando a extraer un poco de placer con el paseo. La calle torcía a la izquierda, se hacía muy estrecha y se abría por último a una plaza minúscula repleta de tiendas donde solían comprar sus libros de texto los estudiantes de la Karouine. La voz del mendigo todavía se oía con nitidez. Volvió sobre sus pasos y bajó por el callejón donde imaginaba que se encontraría el hombre. Le descubrió más lejos de lo que suponía, acuclillado y con la espalda apoyada contra una pared, empuñando con la mano un tosco cayado; en su rostro erguido hacia una multitud ausente se apreciaban dos cuencas violáceas en las que faltaba el relieve de los ojos. Cantaba sin cesar su interminable lamento. Era un hombre joven, con una barba negra, puntiaguda y crecida; tenía los dientes muy blancos. Amar se detuvo y se quedó mirándole durante un momento. Alguien le había dado una chilaba bastante nueva, pero debajo de ella, envolviendo sus piernas, despuntaban unos cuantos harapos de prendas irreconocibles y su turbante estaba amarillo del polvo. En la dirección de donde procedía Amar, por encima de la aguda letanía de aquel hombre, oyó en ese instante el sonido confuso de voces y gritos entremezclados. Mientras decidía si era mejor avanzar hacia allí o perderse justo por el lado opuesto, se dio cuenta de que el bullicio se aproximaba con rapidez, y percibió además que, junto a los gritos, había otros ruidos menos habituales, las imprecisas bofetadas que acompañan una pelea. Por un momento consideró la posibilidad de acercarse al mendigo, quitarle el turbante, ponérselo sobre su propia cabeza de modo que cubriera en parte su rostro y sentarse al lado del joven. Pero entonces se le ocurrió que el mendigo, al ser ciego, podría no entender lo bastante rápido la situación, en cuyo caso quizá se obstinase en pedir una explicación cuando los otros aparecieran por la calleja. Por último, se dio la vuelta y escaló a toda prisa la fachada del puesto que había a la espalda del mendigo, empleando los tornillos de hierro como peldaños sobre los que apoyó su pie desnudo. Le costó un enorme esfuerzo izarse hasta el techo porque no había nada a qué agarrarse allí encima, pero lo logró sin hacer demasiado ruido. Arriba, y también en los otros techos informes de las tiendas del callejón, todo era un revoltijo de cajas de embalaje, trozos metálicos de armazones de cama, desperdicios de papel y harapos. Un gato demacrado le miraba con malevolencia desde un rollo de estera podrida a unos tejados de distancia. Se tumbó boca abajo con cuidado, escondiendo la cabeza tras una tina abollada, y miró lo que sucedía en la parte alta del callejón por el lado que tenía la concavidad.

Sin mayor demora estuvieron a la vista, rodeados por una nube de polvo. Unos veinte hombres jóvenes iban caminando con relativa rapidez en un grupo compacto; en medio de ellos, luchando por romper el cerco, pero avanzando mientras tanto a base de golpes y empujones, había dos mokhaznia de complexión poderosa, cuyos uniformes azul claro colgaban a modo de jirones, lo que permitía ver algunas partes desnudas de sus pechos y hombros. Conforme se arrojaban con desesperación contra la pared viva que les mantenía prisioneros, extraños sonidos, como sollozos, se escapaban de sus gargantas, y sus ojos no cesaban de agitarse en las órbitas, como si pertenecieran a hombres sin juicio. Sus rostros y cuellos estaban anegados en sangre, producto de los golpes que habían recibido. En efecto, todo el mundo estaba salpicado de ella, los captores sólo un poco menos que sus prisioneros. El polvo que flotaba en el aire alrededor del tumulto se había levantado unos cuantos pasos atrás, en la parte protegida del callejón; ahora todos se deslizaban con desmaña por el barro. Si uno de los dos hombres empezaba a perder el equilibrio, era pateado por una docena de pies hasta que recuperaba la verticalidad. Con el rabillo del ojo, Amar vio que el gato también se pegó al techo, se deslizó hacia atrás como una serpiente y desapareció.

Por encima del caos la voz del mendigo continuaba su cántico esperanzado, incluso más alto que antes. “Debe de estar loco”, pensó Amar, “si no entiende lo que está pasando justo enfrente de él”. Pero ahora, cuando ya estaban debajo de Amar, tanto que podría haber escupido sobre sus cabezas, se oyó el sonido de gritos y silbatos de policía desde el extremo más iluminado del callejón, en la dirección de Ras Cherratine. Fue como si una fuerte descarga eléctrica les hubiera atravesado a todos ellos en el mismo instante. Todo sucedió con la velocidad del rayo. Los dos mokhaznia llevaron a cabo dos arremetidas finales, supremas, en direcciones opuestas. El círculo cedió momentáneamente; varios de los jóvenes perdieron la estabilidad. Amar sintió el impacto de sus cuerpos contra la pared que había debajo de él. Pero en el mismo momento los cuchillos espejearon pedazos de cielo durante una fracción de segundo; aquellos que no habían perdido el equilibrio los cercaron de nuevo. Un mokhazni desgarró el aire: “¡Aaah!”, y el otro cayó sin hacer el menor ruido. Los jóvenes tropezaron unos con otros al emprender la huida hacia la calleja por donde habían venido. Amar vio las caras de algunos de ellos mientras gritaban, jadeantes, sus últimos insultos por encima de las dos figuras caídas en tierra. Ellos también tenían cara de locos, pensó Amar, aunque experimentó de forma simultánea el poderoso e insensato deseo de ser uno de ellos para saber lo que habían sentido al hundir las hojas de sus cuchillos en la carne del enemigo.

Desaparecieron. El mendigo seguía cantando, igual que un insecto en las horas más cálidas del estío. Si hubiera movido su pierna derecha hacia delante, habría tocado con el pie la cabeza de uno de los mokhaznia. Pero permaneció inmóvil; su rostro seguía erguido en el mismo ángulo de inclinación y su boca continuaba moviéndose, desgranando las santas palabras. Los franceses llegarían en un minuto y sin el menor género de duda arrastrarían al pobre ciego a la cárcel en su condición de testigo de lo ocurrido; eran capaces de cometer una estupidez así.

Amar había levantado la cabeza y estaba examinando a toda velocidad la topografía de los tejadillos. No sería una buena cosa que le atraparan allí, pero si saltaba al callejón parecía probable que no alcanzara ninguno de los dos extremos antes de la llegada de la policía. Se incorporó por tiempos, pisando con cuidado los objetos que pudieran producir algún ruido, y se fue saltando de techo en techo, hasta llegar a la pared de un edificio más alto. Una cornisa construida a lo largo del mismo conducía de nuevo hacia el callejón y se convertía en un estrecho muro que dividía dos patios. Sin sentir vértigo en ningún momento y con los ojos clavados en los pies, avanzó a lo largo de la parte superior de la pared hasta el otro lado, donde se encaramó a pulso sobre otro tejado. Volvió la vista hacia atrás por un instante y vio a una mujer vieja que contemplaba con interés su avance desde el patio que se hallaba justo debajo. Aquello no era bueno.

–Mire para otra parte, abuela –‍dijo Amar, echando una ojeada a la limpia superficie de la estructura cúbica sobre la que se hallaba encaramado. Debía de haber alguna calle cerca.

La voz de la vieja señora ascendió desde abajo:

–¡Que Alá te bendiga!

¿O había dicho “¡Que Alá te queme!”? No estaba seguro, puesto que en árabe las dos palabras sonaban muy parecidas. Al llegar al borde miró hacia abajo; había otro techo de gran anchura a una distancia considerable del que ocupaba Amar. Un poco más lejos vio un patio con losetas de mármol, con un pequeño naranjo en cada esquina, pero la perspectiva era tal que no podía asegurar que la calle estuviera justo detrás. Si saltaba al techo inferior haría ruido, tendría que continuar a toda prisa y estaba demasiado alto para encaramarse de nuevo al techo donde se encontraba en ese momento. Incluso si no hubiera el menor problema en la ciudad, ser sorprendido en los tejados significaría para él ir a parar a la cárcel: los techos eran para las mujeres. Un hombre saltando de terraza en terraza sólo podía ser dos cosas: ladrón o adúltero. En un día como aquel era en todo caso peor. Se limitarían a dispararle. Rezó una corta plegaria, se quedó colgando todo lo largo que era y se dejó caer hasta alcanzar suelo firme. Si había gente dentro del edificio, sin duda habían oído el ruido que había hecho al caer. Corrió hasta el otro extremo del techo, vio la calle vacía abajo y se dejó caer otra vez, golpeando duramente con el pie descalzo sobre el barro. Era un callejón pequeño y complicado con muchas salidas bloqueadas y puertas por todas partes; tuvo que seguir varias direcciones falsas hasta encontrar el pasillo de salida que, después de doblar tres esquinas, conducía por fin a otro callejón que se abría a su vez a una calle principal. A menos que alguien conociera de memoria un particular derb, siempre podía confundirse. Había salido al souk de cestos, pero tenía un aspecto en verdad extraño, con todas las puertas cerradas y desierto. Con que hubiera estado abierta una de sus varias docenas de tiendas, habría seguido siendo el mercado, pero tal y como aparecía ante su vista, sólo su forma característica, su piso inclinado en pendiente y los cientos de racimos de diminutas uvas verdes que colgaban de las celosías lo hacían reconocible.

Supuso que estaba a salvo por el momento y que nadie le había visto saltar. Empezó a caminar. Cuando torció la esquina de la pequeña calle que conducía a la puerta de Moulay Idriss, comprendió que habría hecho mejor tomando la dirección contraria. Un grupo de policías franceses estaban junto a la puerta, enfrente de él. Vaciló y comenzó a darse la vuelta.

–Eh, toi! Viens ici! –‍le llamó uno de ellos. Caminó hacia el grupo de mala gana. Si hubiera elegido el otro camino, podría haber subido a través de Guerniz, reflexionó, pero lo cierto es que había optado por este. Visiones de tortura pasaron por su mente. Los franceses sujetaban a la gente con tornillos que iban girando hasta que los huesos se rompían. Cubrían el suelo de la celda con cubos de agua y jabón y estrellaban después botellas de vidrio, luego hacían caminar a un reo desnudo de un lado para otro, y el preso caía y caía, hasta que el cuerpo se le llenaba de cristales, como la parte alta de los muros. Azotaban, quemaban con ácidos, mataban de hambre, obligaban a insultar a Alá, ponían en la piel extraños venenos con ayuda de agujas, de forma que todos terminaban volviéndose locos y respondían a todas las preguntas que les hicieran. Y entretanto, se reían, incluso cuando golpeaban a sus víctimas. También ahora estaban riéndose, mientras le seguían con la vista, quizá porque le estaba llevando un tiempo excesivo llegar hasta ellos, ya que sentía que apenas se movía. Cuando se encontraba muy cerca, aquel que le había llamado comenzó a hablar en voz alta, pero Amar no tenía remota idea de lo que estaba diciendo. Se paró en seco. El policía vociferó:

–Viens ici!

Eso lo entendió. Siguió avanzando. El hombre salió a su encuentro y le asió con aspereza por el hombro, hablando amenazadoramente en todo momento. De forma inesperada le empujó contra el puesto que había a su espalda, haciendo que su cabeza golpeara contra un gran cerrojo de hierro. Sus movimientos eran repentinos, imprevisibles, violentos. Ahora, con su manaza roja sobre la garganta de Amar, le sujetaba contra la pared, mientras otro hombre se aproximaba con ademanes perezosos, mirándole con una sonrisa. Este último también le habló. Metió sus manos en los bolsillos de Amar, palpó por doquier en las costuras de su ropa –‍en silencio, Amar daba fervientes gracias a Alá por haber hecho que dejara su navaja en casa‍– y de improviso le abofeteó en la mejilla con el dorso de su mano. A continuación se alejó caminando como si estuviera disgustado, bien por el contacto con la piel de Amar, o bien por no haber encontrado lo que andaba buscando. El primer hombre retiró la mano del cuello de Amar, le abofeteó en la misma mejilla, exactamente igual que había hecho el otro, y le propinó un violento empujón que le mandó al suelo. Amar le miró desde abajo, esperando ver acto seguido la bota del hombre acercándose para darle una patada o para estamparse contra su cara, pero se había dado la vuelta e iba a reunirse con los otros.

–Allez! Fous le camp! –‍dijo uno que estaba apoyado contra el flanco de la arcada. Amar se sentó en la calle polvorienta y les miró; algo relacionado con su expresión –‍acaso la misma intensidad‍– molestó a uno de los otros hombres, porque llamó la atención del que estaba cerca de Amar, y ambos se encaminaron de nuevo hacia él, lenta y amenazadoramente. En ese instante la intuición le susurró que lo más seguro era levantarse y salir corriendo tan rápido como pudiera, que eso era lo que ellos querían ver, pero estaba decidido a no brindarles esa satisfacción. Con exagerado cuidado se animó a incorporarse, y sin mirar a ninguno de los policías, se alejó de ellos unos pocos pasos.

Por mera prudencia decidió fingir una súbita cojera. Y así, agarrándose a la puerta de una tienda de vez en cuando para buscar apoyo, avanzó con lentitud por la calle, seguro de que de un segundo a otro le caería encima otro golpe por detrás. Cuando volvió la cabeza, en un punto situado más allá de la salida del souk de cestos, las paredes del pasadizo se habían curvado lo suficiente para esconder a los hombres de su vista. Dejó de cojear y se dirigió a una fuente pública, donde limpió laboriosamente el barro de las perneras de sus pantalones. Poco podía hacerse por los fondillos de estos. El sol calentaba con fuerza; se sentó un rato al lado de la fuente, dejando que se secaran las grandes manchas húmedas que había sobre los pantalones.

Permanecer sentado allí, sin moverse, mirando hacia la calle vacía, le ayudaba a calmar la agitación que sentía en su pecho. Acababa de ver morir a dos musulmanes, pero no había sentido siquiera un ápice de lástima por ellos: en primer lugar, estaban a sueldo de los franceses y, además, daba por cierto que habrían cometido algún crimen innombrable contra su propio pueblo para haber sido escogidos de ese modo para ser aniquilados. Aunque se sentía agradecido por haberle sido concedido el privilegio de contemplar el espectáculo de su muerte, deseó que hubiera sido más lento y dramático; habían caído tan rápida y poco ceremoniosamente que se sentía un poco estafado. Pronunció entre dientes una larga plegaria destinada a Alá que iba inventando sobre la marcha, pidiéndole que hiciera lo posible para que cada francés, antes de ser arrastrado al infierno, lo cual era seguro que ocurriría en cualquier caso, pudiera sufrir, a manos de los musulmanes, la más exquisita tortura jamás concebida por el hombre. Rezaba para que Alá pudiera ayudarles a descubrir nuevos refinamientos en el arte de causar dolor y desesperación, y mostrarles el camino para imponer humillación, degradación y agonía hasta extremos no soñados hasta la fecha. “Y gota a gota su sangre será lamida por los perros, y las hormigas y escarabajos se arrastrarán por fuera y dentro de sus partes vergonzosas, y cada día cortaremos un centímetro más de las entrañas de cada francés. Lo único importante es que no deben morir, ya rabi, ya rabi. No dejarles morir. En cada esquina de la calle déjanos tener una pequeña jaula colgada, para que cuando los leprosos pasen por allí puedan usarlas como letrinas. Y haremos jabón con ellos, pero sólo para lavar las sábanas de los burdeles. Y un mes antes de que una mujer vaya a dar a luz, sacaremos al chiquillo de dentro y haremos una pasta con él y lo mezclaremos con la carne de los puercos y los excrementos que encontremos en los vientres de los propios muertos nazarenos, y alimentaremos a sus vírgenes con esa comida.”

Costaba esfuerzo inventar estas fantasías; enseguida se cansó de ellas, y con una apasionada invocación final, para hacer más formal su improvisada oración, se levantó y siguió su camino una vez más. Tomando callejas poco transitadas podría llegar hasta Bou Jeloud. El vacío de la ciudad le hacía apresurarse; quería estar rodeado de gente. Allá arriba, en los grandes cafés, era seguro que encontraría a alguien.

Capítulo 14

Siguió caminando cuesta arriba por la larga pendiente que cruzaba Guerniz, con sus grandes casas a ambos lados de la calle. Siempre se percibía allí el olor dulzón de la madera de sándalo y el borboteo del agua tras los muros. Debajo de un arco, una cabra le miraba con sus interrogadores ojos amarillos. Ocasionalmente se veía pasar por aquellas calles y plazas a un hombre bien vestido que se dirigía presuroso a alguna casa cercana para tomar el almuerzo; miraba a Amar de soslayo, fijándose en su rostro magullado y sus ropas europeas cubiertas de barro. En cada oportunidad que captaba esta expresión de delicadeza patética mezclada con miedo, Amar sonreía para sus adentros: quienes miraban de ese modo no eran amigos de la libertad. Era un sistema infalible. Tenían lo que querían de este mundo, y no compartían con los estudiantes y otros jóvenes su deseo de intentar cambiarlo. De otro lado era un tanto comprometido tratar de inferir las simpatías de la gente por su apariencia externa: había muchos hombres opulentos que aportaban su tiempo y su dinero al Istiqlal, y los pobres sin embargo en modo alguno estaban de acuerdo con el programa del partido, ni tan siquiera lo entendían, aunque el Istiqlal hacía constantes declaraciones en favor de las clases más humildes.

Pero habría apostado todo lo que tenía a que estos hombres a quienes veía caminando con paso rápido y remilgado por las calles de Guerniz tenían miedo –‍miedo de lo que pudiera ocurrir como consecuencia de la crisis‍–‍. Francia podía perder parte de su capacidad para proteger el sistema bajo el cual vivían y medraban. Se preguntó entonces, meditabundo, qué pensaría si su padre aún fuera dueño de las tierras de Kherib Jerad, y del huerto de Bab Khokha y de las tres casas de la Keddane, si todo aquello, además del molino de aceite, no hubiera sido vendido tiempo atrás y el dinero no se hubiese gastado. Mientras planteaba esta pregunta a su conciencia y esperaba que surgiera una respuesta, su atención se vio atraída por el sonido de una ovación atronadora que venía de la Talâa. Donde hubiera una multitud, allí quería estar él. Olvidando su decisión de recorrer sólo callejas poco transitadas, atajó por el callejón más cercano que salía a su derecha e iba casi corriendo cuando llegó por fin al lugar donde se encontraban los primeros espectadores, intentando seguir los acontecimientos desde una distancia prudencial. Avanzó en zigzag hasta alcanzar un punto donde había tantos hombres apiñados en el estrecho callejón que era imposible adelantar un paso más. No veía absolutamente nada, pero podía oír los gritos y cánticos. De vez en cuando los hombres que se encontraban cerca de él, a cuyos ojos quedaba oculta de igual modo la procesión, hacían suyo un estribillo y llenaban el pequeño espacio que les rodeaba con un sonido retumbante. No ocurría lo mismo con Amar: le hubiera resultado embarazoso abrir su boca y gritar o cantar con ellos. Formaba parte de su naturaleza abrirse paso hacia el interior y después, en el último momento, permanecer en la periferia. Cuando llegaba la ocasión, siempre le parecía difícil participar; sólo era capaz de sonreír abiertamente y dejarse conmover por los otros. Hacía mucho tiempo que sus amigos habían dejado de intentar infundirle espíritu de equipo en los partidos de fútbol. A veces le preguntaban si creía que estaba jugando solo contra los dos equipos. Cuando le manifestaban sus quejas, él respondía con impaciencia: “Khlass! ¿Fue un buen pase o no? ¿Quieres o no quieres que juegue? Dime eso nada más y cierra la boca. Khlass men d’akchi!”.

Permaneció allí un rato, oyendo y mirando a los hombres que había a su lado. Era gente corriente: pequeños tenderos, artesanos y aprendices de artesanos, todos ellos transportados por la emoción del momento. Los estudiantes que marchaban en la Talâa llevaban retratos del antiguo Sultán; a buen seguro se toparían con la policía cuando llegaran a Bou Jeloud, si no antes, y habría enfrentamientos. Pero era eso lo que querían. Iban desarmados, y sabían que los franceses atacarían. Cada uno de ellos albergaba la secreta esperanza de convertirse en un mártir; sería casi tan glorioso como morir en el campo de batalla. Amar quería ver sus rostros y admirarles, pero al estar aislado de ellos por la muchedumbre sólo llegaba a sentir una simpatía abstracta, muy fácilmente reemplazable por la impaciencia. Enseguida se abrió paso entre el gentío para volver a retomar su camino. Era posible que pudiera doblar de nuevo colina arriba hacia la Talâa, adelantándose a la cabeza de la manifestación para poder seguirla desde allí. Pero todas las callejas estaban igual de atestadas y se vio obligado a dar media vuelta, siguiendo la calle paralela que conducía hacia la parte alta de la colina. Cuando llegó a Ed Douh tomó un camino que no todos conocían, bajó un tramo de escaleras, cruzó una letrina pública y salió al otro lado hasta llegar a un pasadizo tan estrecho que si dos personas se encontraban a la mitad, uno de ellos tenía que pegarse bien a cualquiera de los muros, mientras el otro pasaba de lado a duras penas. Ahora el sol calentaba con fuerza y el barro se había secado casi por completo. Allí abajo el hedor era terrible; se dio mucha prisa, intentando respirar lo menos posible hasta que llegó a la Talâa, un poco más abajo de la casa de Si Ahmed Kabbaj. El cortejo aún no había llegado, tampoco había policías a la vista y la gente estaba alineada a lo largo de ambos lados de la calle o precipitándose con gran excitación de una a otra acera: había un café un poco más arriba, sobre una tienda de comestibles, más allá de la puerta de Bou Jeloud.

El lugar estaba lleno, todo el mundo hablaba en voz alta y no había un solo asiento libre. Desilusionado, se resignó a permanecer en la sala posterior. Si ocurría algo ahí fuera, siempre tenía la opción de salir corriendo y mirar por una de las ventanas.

Incluso en la sala de dentro no había muchas opciones en cuanto a la posibilidad de ocupar un asiento se refiere. Encontró una mesa en la esquina más alejada de la sala principal; había dos hombres sentados allí jugando al dominó, tal vez porque todos los mazos de cartas y los tableros de ajedrez estaban ya en otras manos, pero quedaba sitio en el banco para otro. Cuando el mozo pasó por allí, Amar solicitó media ración de pan y una ensalada de tomates y nabos.

Las conversaciones en el café, aunque no aludían en ningún momento a la situación que se vivía aquel día, eran más ruidosas y animadas que de costumbre. Al lado de cada una de las ventanas que daban a la calle se encontraba un nutrido grupo de hombres, sencillamente aguardando. Cuando llegó el plato de Amar, murmuró “Bismil’lah” y comió con hambre canina, acompañando la casi líquida ensalada con pequeños trozos de pan. Cuando terminó el refrigerio se quedó durante un rato en silencio, devorado por una impaciencia creciente; la sensación se extendía desde su pecho hacia el resto de su anatomía, por lo que no cesaba de tamborilear con sus dedos sobre la mesa y el banco, ni podía dejar los pies quietos. Los jugadores de dominó levantaban la vista de cuando en cuando para mirarle, aunque no decían palabra. Incluso si lo hubieran hecho, Amar no habría sentido mayor preocupación. Era un día importante y glorioso; lo sentía con una convicción que crecía por momentos. Si presagiaba alegría o miseria era lo de menos; era diferente de todos los demás días y, en virtud de este simple hecho, merecía ser vivido de un modo diferente.

De improviso tomó una decisión importante: irse de allí y beber un té en el Café Berkane, que estaba justo al otro lado de los muros, más allá de la parada del autobús. Benani le había aconsejado que permaneciera ese día a este lado de los muros pero, después de todo, Benani no era su padre. Llamó al mozo, se quejó por la comida, rehusó pagar, luego cambió de idea, bromeó un rato con el propietario y se fue de allí con una amplia sonrisa. Hacía demasiado calor en la plaza abierta y aún no había ni rastro de la manifestación. Caminó lentamente hacia la gran puerta y pasó bajo su arcada principal, dispuesto a adentrarse en el mundo de los motores y los humos de los tubos de escape. Nunca había visto tantos policías; ocupaban todo el perímetro externo de la plaza, apoyados contra las paredes a lo largo de las salas de espera de los autobuses, frente a la Pharmacie de la Victoire, y llegaban hasta donde le alcanzaba la vista, en la parte alta de la carretera –‍muchos más de los que había el año en que el Sultán había venido de visita‍–‍. Era magnífico, y Amar estaba loco de contento por haber tomado la valiente decisión de salir de la Medina. Eran todos enemigos, desde luego –‍no perdía de vista este hecho‍–‍, pero tenían un aspecto impresionante y digno de admiración con sus uniformes, todos allí concentrados en la plaza y portando distintos tipos de armas que Amar no había visto en su vida. Decididamente merecía la pena contemplar aquel espectáculo.

El Café Berkane, un establecimiento bastante nuevo, había sido construido sobre una franja de terreno estrecha y alargada entre las murallas de la Casbah Bou Jeloud y uno de los ramales del río. Se llegaba a la entrada del local atravesando una pequeña pasarela de madera; también solía haber mesas en el lado exterior de la corriente, esparcidas aquí y allá bajo el delicado follaje de los pimenteros. Ese día, sin embargo, no habían sacado las mesas, y el espacio habitualmente reservado para ellas estaba vacío, con excepción de unos cuantos policías que se habían apostado allí hurtándose al fulgor del sol y contentos de cobijarse al menos bajo la tenue y polvorienta sombra. Amar esperaba que le pararan al aproximarse a la pequeña pasarela y acaso que le registraran de nuevo, o le interceptaran el paso, igual que si fuera a cruzar una frontera, pero no parecieron siquiera percatarse de su presencia.

El interior de este local, a diferencia de aquel que había abandonado minutos antes, estaba casi desierto, y los pocos clientes que ocupaban mesas, si intercambiaban alguna frase, lo hacían en voz baja, casi susurrando. Esto era de lo más desacostumbrado; Amar resolvió que ello era debido a que todos eran conscientes de hallarse al otro lado de los muros y en consecuencia estaban menos seguros de lo que pudiera depararles aquel extraño día. Además, naturalmente, estaba el hecho de que aquellos que estaban sentados cerca de las ventanas o la puerta tenían una clara pero discreta panorámica de los policías que aguardaban en el exterior. Había varias salas en el Café Berkane, todas las cuales, excepto una, tenían ventanas que daban al frente, directamente sobre el agua; si alguien escupía o arrojaba la colilla de un cigarro afuera, iba a parar al río y era arrastrada con rapidez por la corriente. La otra sala, una estancia pequeña que habían adosado como idea tardía a la parte posterior del edificio, gozaba de una atmósfera totalmente diferente: en lugar de mirar al norte lo hacía al sur y al este, y podía verse desde allí una parte de los muros macizos de las murallas y una alberca cuadrada de agua inmóvil, y nada más. El agua de la piscina no era profunda, tal vez un metro, ni estaba estancada del todo, ya que estaba conectada con la corriente merced a un canal que discurría por debajo del café. El dueño tenía en mente plantar bambú y lirios alrededor de los bordes, y también que la piscina tuviera nenúfares flotando en su superficie; le había parecido una idea tan excelente en el momento de construir el café que se había gastado de buen grado el dinero para comprar el cemento de la alberca. Una vez abierto el establecimiento, sin embargo, había olvidado su intención original y ahora los bordes de la pequeña piscina estaban cubiertos de yerbajos mortecinos, alentados por la proximidad del agua, pero abatidos por el polvo que descendía constantemente de la cercana plaza. La pequeña sala trasera era la preferida de Amar, porque era la más silenciosa, y el agua quieta le parecía más deseable y rara que la corriente en movimiento: en Fez el agua impetuosa no constituía ninguna novedad.

Sabía exactamente qué mesa quería. Estaba detrás de la puerta, al lado de la ventana, aislada del resto. A menudo, cuando no trabajaba, había venido aquí a pasar toda una tarde, arrullado por el bullicio y la música de las otras salas, que le arrastraban hacia un estado de vago éxtasis mientras contemplaba la pequeña extensión de agua al otro lado de la ventana. Era ese feliz estado de ánimo en el que podían proyectarse con tanta facilidad sus hermanos de raza –‍la mera ausencia de una desagradable preocupación inmediata podía ponerlo en marcha, y un paisaje como el mar, un río, una fuente o cualquier cosa que ocupara el ojo sin empeñar la mente servía para mantenerlo‍–‍. Era el mundo que había detrás del mundo, donde la reflexión soslaya la necesidad de obrar, y donde la calma que buscan en la muerte todas las cosas aparecía brevemente en forma de contento, de espíritu al fin persuadido de que las aguas calmas de la perfección eran alcanzables. Los detalles de la vida mercantil y las consideraciones financieras personales que surcaban como cohetes los oscuros cielos del universo interior servían meramente para dotar a este de profundidad y para hacer más palpable su inmensidad, sin comprometer de ninguna manera su suprema tranquilidad.

Atravesó las dos primeras salas del café y llegó a la más pequeña de la parte posterior, donde sintió un gran alivio al comprobar que su mesa favorita estaba desocupada. En efecto, no había una sola persona allí dentro, lo que le llevó a decidir que permanecería sólo el tiempo necesario para tomar un té y después se marcharía a otra parte más concurrida del mismo local. Era una pequeña ceremonia que estaba inventando, pues sentía que una jornada como aquella exigía observar alguna suerte de ritual. Cuando pagara el té, cambiaría la moneda de veinte riales que había encontrado aquella mañana en la calle. Sería un proceder más aceptable a ojos de Alá, pensó, que hiciera algún uso del dinero.

Ese día, sin el acostumbrado vocerío y sin el habitual e incesante sonido de la radio (la electricidad seguía cortada), la sala posterior se asemejaba más a una pequeña mazmorra que a un refugio. Podía oírse el traqueteo de los autobuses que estaban en la plaza. Pidió su té. Mientras esperaba, entró un niño en el café con una enorme bandeja de pastas; asomó la cabeza por la puerta. Por alguna razón, tal vez porque aquel crío se parecía de un modo vago a aquel que le había llevado en su bicicleta unos días antes, o acaso porque un hombre al que había visto a menudo vendiendo clandestinamente pequeñas cantidades de quif en los cafés acababa de cruzar la primera sala, Amar se descubrió recordando el día que había decidido marcharse de casa. Cada vez que reflexionaba sobre aquel incidente era consciente de un deseo todavía vivo de cobrarse su venganza. Al mismo tiempo sabía que nunca levantaría un dedo contra Mustafá, ni un poco más de lo que el propio Mustafá lo había hecho con él. Tendría que vengarse de otra manera. Alá había decidido que Mustafá naciera primero. Era por tanto obligación de Mustafá en relación con su hermano compensar esa superioridad con una amabilidad suplementaria. Mustafá nunca había entendido eso; por el contrario, había abusado de su posición tiránicamente, arrancándole siempre nuevos sacrificios. La injusticia sólo podía restañarse por medio de certeras represalias. Se puso en pie y echó una ojeada desde la puerta a la otra sala: el vendedor de quif estaba hablando en una esquina, junto a la ventana. El hombre debía obrar con la máxima cautela a la hora de establecer la identidad de su clientela; en caso contrario, corría el riesgo de caer en manos de un confidente de la policía. Era bien sabido que los franceses habían suprimido la venta de quif, con la esperanza de alentar en los musulmanes el hábito de la bebida; los ingresos del gobierno serían enormes. El hecho de que la religión de los musulmanes prohibiera de forma expresa el alcohol, como es natural, no les interesaba en absoluto: ellos siempre ayudaban a quienes infringían las leyes del islam e imponían castigos a aquellos que las acataban.

En ese momento ocurrió algo extraño: un hombre y una mujer, nazarenos ambos, cruzaron la pasarela y entraron en la primera sala. Un instante después aparecieron en la segunda de las salas, mirando sin ningún recato en busca de una mesa para poder sentarse. Por un momento parecían haber encontrado una que les agradaba, pero la mujer dijo algo y el hombre se fue caminando hacia la entrada desde la que Amar seguía sus movimientos. Fue en el instante de mirar por la ventana y ver la piscina cuando pareció que se decidía a instalarse con la mujer en la salita interior. Amar se sentó a su mesa de inmediato, por miedo a que pudieran elegir acomodarse justo en ella. El qaouaji llegó con su té. Cuando se marchaba, el hombre se dirigió a él en árabe, y pidió dos tés y dos cabrhozels. Ahora que Amar miraba detenidamente al hombre, decidió que no era francés; y sintió que amainaba el arranque de hostilidad que había sentido un poco antes, dejando en su lugar un residuo de desilusión e indiferencia teñido de curiosidad. Al poco, cuando comprendió que tanto el hombre como la mujer se estaban dando cuenta de su detenido examen visual, volvió la cabeza de inmediato y empezó a mirar hacia la piscina, bebiendo su té a pequeños sorbos. Poco después volvió a mirarles. Estaban conversando en voz baja y se sonreían el uno al otro. La mujer era sin duda una prostituta de la más baja estofa, porque sus hombros y brazos estaban completamente al descubierto, y el vestido que llevaba había sido cortado de un modo escandaloso, muy por debajo del cuello. Como para confirmar el veredicto de Amar, tomó de su bolso una pequeña cajita que contenía cigarrillos y se puso uno en la boca, esperando que el hombre lo encendiera. Amar estaba anonadado ante tanto descaro. Incluso las mujeres francesas de la Ville Nouvelle se abstenían de llevar a tales extremos sus ropas y sus comportamientos obscenos. Y hasta la prostituta de peor reputación se cuidaba muy mucho de dejarse tostar de esa manera por el sol. Resultaba obvio que aquella mujer había trabajado en el campo: estaba así de morena por haber estado afuera, al aire libre, por un período de tiempo muy largo. Y allí estaba pese a todo, luciendo sus pulseras de oro. De pronto, su intuición le dijo que había cometido un error en su anterior evaluación. Tal vez no venía del campo, sino que algún tipo de desgracia la había obligado a caminar durante días y días a plena luz del sol, y ahora, avergonzada, quería esconderse de la gente hasta que estuviera blanca otra vez, motivo por el cual había preferido un asiento en la sala posterior. Si tal era el caso, no le agradaría que él la estuviera mirando. Sorbió el té en repetidas ocasiones y miró por la ventana. Enseguida se levantó y echó un vistazo por la puerta, hacia el rincón donde se encontraba el vendedor de quif. El hombre había tomado asiento, invitado sin duda por algún cliente, y estaba bebiendo un vaso de té. Amar se aproximó a él y conversó durante unos instantes. El hombre asintió con la cabeza, y poco después le alargó un pequeño paquete. Amar le pagó, volvió a su asiento, y reanudó el subrepticio examen de los dos turistas (al no ser franceses, quedaban incluidos por fuerza en esta categoría). Qué peculiares eran ambos, reflexionó; los más extranjeros de todos los extranjeros que había visto. Su ropa era insólita, sus rostros eran diferentes; aunque no parecían estar borrachos, se reían casi todo el tiempo, y de todos los detalles que veía, el más inexplicable para Amar era el hecho de que, aunque aquellos dos se interesaban el uno al otro –‍juicio que sólo podía formularse sobre la base de esos pequeños signos externos que le valen a uno para juzgar este tipo de cosas‍–‍, el hombre no le agarraba en ningún momento siquiera una mano, ni se inclinaba hacia ella para tocarla u olerla, y tampoco ella por su parte, a pesar de su, por lo demás, laxa conducta, bajaba una sola vez la vista, lo que hacía imposible encontrarse con sus ojos. Ella se limitaba a estar allí, como si no fuera consciente de la diferencia entre sexos. Al mismo tiempo Amar adivinaba una especie de intensidad en el ambiente, como si existiera entre ellos dos un elemento que cobrara mayor importancia para él que su mero comportamiento externo, el cual, después de todo, podía ser enteramente simulado. Había observado con detenimiento a unas cuantas parejas de franceses, y aunque su definición de las actitudes públicas aceptadas incluía ciertos excesos, impensables para los musulmanes, lo cierto es que las pautas de comportamiento exhibidas por unos y otros no diferían radicalmente en su conjunto; la conducta de los franceses no contenía disparidades llamativas. Pero encontraba a esta pareja en esencia incomprensible.

Cuando hubo acabado su té, decidió salir fuera y caminar al lado de la piscina, pero la pequeña puerta no había sido abierta en mucho tiempo y el cerrojo estaba oxidado. Esto le entretuvo un rato, hasta que se aventuró a darle unos cuantos golpes con una piedra que había junto a la esquina más cercana, y que probablemente estaba allí para tal propósito. Abrió por fin la puerta, lo que desgarró todas las telarañas, y salió afuera. El sol caía a plomo en aquel espacio por donde no corría el viento, entre el café y las altas murallas de la ciudad, y la piscina era un espejo maligno que multiplicaba por mil su luz blanca. Se arrodilló para tocar el agua: por supuesto, estaba caliente. Una libélula había pasado rozando demasiado cerca el agua y sus alas se habían mojado; se contorsionaba con desesperación en su lucha por levantar el vuelo. La miró por un momento con interés; a continuación, apenado al comprender que estaba a punto de morir, se recogió las perneras del pantalón hasta donde pudo y se metió en la piscina. Estaba más profunda de lo que se había figurado; el agua le llegaba hasta los muslos. El suelo resultaba resbaladizo y poco grato a las plantas de los pies, pero se fue vadeando hasta poner su mano bajo el cuerpo de la libélula y la levantó por encima del agua. Permaneció allí en el agua mirándola sonriente, porque sus dos enormes ojos parecían estar devolviéndole la mirada. Quizá le estaba dando las gracias. “¡Qué admirables son las obras de Alá!”, dijo en un susurro. Cuando la luz del sol secó sus alas, las movió unas cuantas veces, y de improviso salió volando en dirección a las murallas. Amar trepó para salir de la piscina, desenrolló las perneras y las escurrió. Se sentó después al sol en el borde de la piscina mientras se secaban los pantalones. En la distancia, ascendiendo por encima de los tejados de la ciudad invadida por el polvo, le pareció distinguir un clamor de voces humanas. Pero era muy lejos, y sonaba un poco como el silbido del aire al pasar por la rendija de una puerta. Si la procesión atravesaba Bab Bou Jeloud, él quería estar en la sala exterior para mirar, y si había choques, unos cuantos policías franceses estaban condenados a ser derribados; eso era lo que quería ver. Eran siempre los musulmanes los empujados, los golpeados y asesinados, incluso, como había sucedido aquel mismo día ante sus ojos, cuando eran los musulmanes quienes golpeaban y mataban. Por un momento sintió un tardío arranque de compasión por los dos mokhaznia que habían caído en el callejón cercano a los bufetes de los abogados. Quizá en el momento de aceptar el trabajo que les ofrecían los franceses no sabían que se verían obligados a delatar a su propio pueblo, y cuando descubrieron este hecho, era ya demasiado tarde, sabían demasiado para que los franceses les dejaran ir y no tenían escapatoria.

Pero en ese caso, coligió, era su obligación, aunque les fuera en ello la vida, negarse a ejecutar las órdenes. ¡Cuánto más heroico hubiera sido para ellos morir como mártires a manos de los franceses, en lugar de ser abatidos de forma vergonzosa como animales, para que sus propios hermanos les escupieran e insultaran en la hora final! Amar sabía que un musulmán que moría en el campo de batalla iba directamente al paraíso, sin necesidad de esperar juicio, pero no estaba bien documentado cuál era el destino de los traidores. No obstante, parecía lógico que fueran enviados sin más a la jurisdicción de Satanás. Se estremeció por dentro al pensar en lo que aguardaba a cualquiera que fuera a parar al infierno. No era la idea del sufrimiento lo que le parecía temible, sino la certeza de su eterna prosecución, al margen del posible arrepentimiento que pudiera sentir la víctima. En el caso de que el corazón de un hombre cambiara, y anhelara contemplar a Alá con todas sus fuerzas, el dolor radicaría no en achicharrarse para siempre en un horno como un mechoui de cordero, ni en que se le arrancaran los miembros poco a poco, a la manera que decían los amigos de la libertad que habían hecho los franceses con los musulmanes en Oued Zem, sino en la certidumbre de que nunca, bajo ninguna condición, le sería concedido gozar de la presencia de Alá. La muerte no es nada, se dijo para sí, mirando por entre sus párpados casi cerrados, enceguecidos por el reflejo del sol sobre la piscina; el hombre afortunado es aquel que puede hacer de su muerte un acontecimiento glorioso, digno de perenne recuerdo para los otros. Se le ocurrió que acaso era esa la razón por la que Mohammed Lalami se había vanagloriado tanto el día anterior: tal vez sabía ya que los franceses iban a ejecutar a su hermano. Algún día, pensó, Mohammed le estaría esperando para sorprenderle confiado y habría una pelea de las de verdad. Podía ser una buena idea, si en algún momento tenía a la vista a Mohammed, acercarse a él y ofrecerle la mano para disculparse. Con toda probabilidad Mohammed no aceptaría, pero podía ablandar su corazón y preparar el terreno para una futura reconciliación.

Los sonidos de los gritos y cánticos se estaban haciendo más perceptibles, y sus pantalones estaban casi secos. Se puso en pie y penetró de nuevo en el interior del café.

Libro tercero

La hora de las golondrinas

A mi modo de ver, no existe nada más delicioso que ser un extraño. Y por eso me mezclo con los seres humanos, porque no pertenecen a mi especie, y precisamente para ser un extraño entre ellos.

“Canto de la golondrina”,

Las mil y una noches

Capítulo 15

Por las mañanas, Stenham y Moss tenían costumbre de intercambiarse pequeñas notas a través de los criados. Puesto que su apartamento daba al jardín, Moss entregaba sus misivas al viejo Mokhtar, el hombre que barría los caminos y cuidaba las flores que había junto a su puerta; Mokhtar iba al vestíbulo principal y se las pasaba a Abdelmjid, el empleado encargado de limpiar con la aspiradora las alfombras de las salas públicas del hotel. El año anterior había sido Abdelmjid el encargado de subir hasta la torre y dejar los sobres junto a la puerta de Stenham, pero ahora, al haber contraído matrimonio en fecha reciente con Rhaissa, una alegre muchacha negra cuya madre había sido esclava de un antiguo Pachá, y aprovechando que limpiaba a diario las tres habitaciones de la torre, era la propia Rhaissa quien venía y llamaba a su puerta cuando la habitación catorce le enviaba una nota.

El deseo que latía en el corazón de toda joven marroquí moderna era tener sus incisivos y caninos enfundados en oro. Originalmente los dientes de Rhaissa habían gozado de una excelente salud, pero cuando su madre encontró esposo para ella, la llevó, como es natural, para que embellecieran con adornos la boca de su hija antes de la boda. El trabajo había sido realizado por un especialista nativo de la Medina y, desde entonces, la pobre Rhaissa había sufrido lo indecible. Cada día insistía en mostrar a Stenham sus encías inflamadas; en su opinión, el dentista la había hecho objeto de un sortilegio durante el tratamiento porque su madre había puesto objeciones al precio que se le pedía. Pero ahora, gracias a sus propios ingresos, ella misma había pagado hasta el último franco y le seguía doliendo. Stenham llegó a temer las invasiones matutinas de su intimidad; había comprado para ella un paquete de perborato sódico, y Rhaissa lo utilizaba con regularidad, aunque primero había vaciado el polvo de la farmacia en un papel especial cubierto de símbolos mágicos que había conseguido de manos de un fqih. Sentía que le aliviaba, pero tenía idea de volver a ver al fqih dentro de poco para conseguir otro papel con un diferente surtido de símbolos.

“Quiero ayudar a la pobre muchacha”, le dijo a Moss, “pero no puedo continuar mirando su boca roja de cocodrilo cada maldita vez que viene a hacerme la cama”.

Era una de esas mañanas en que la ciudad hervía bajo los rayos de un sol de justicia. Una neblina de humo de leña y bruma se hallaba suspendida sobre las azoteas planas, encerrando y unificando los sonidos que ascendían del suelo, de modo que, al llegar a la ventana de Stenham, resultaban tan monótonos y soporíferos como el zumbido constante de las abejas. Entre las diez y las once de la mañana de tales días la ciudad siempre adoptaba un carácter extraño. Stenham se preguntaba si tendría que ver con la dirección del viento, pues el único ruido reconocible procedía de un lejano aserradero en la dirección de Bab Sidi bou Jida. Algunas moscas perezosas se adentraban en la habitación y se iban a dormir al sol, sobre el suelo de baldosas. Más o menos durante estas horas, Stenham abandonaba su trabajo y, después de situar un par de sillas cara a cara frente a las ventanas, se estiraba voluptuosamente bajo la ardiente luz del sol, levantándose de cuando en cuando para garabatear unas palabras en un cuaderno que siempre tenía a mano. Debía asegurarse de cerrar primero la puerta, a fin de evitar que Rhaissa irrumpiera en la habitación y le sorprendiera desnudo; la muchacha aún no dominaba del todo la dificultosa tarea de acordarse de llamar a la puerta antes de mover el picaporte.

Aquel día, por contra, dio unos golpecitos; él se levantó como pudo y, tras enfundarse en el albornoz, murmuró:

–¿Quién demonios es?

Cualquier interferencia antes del almuerzo distinta de la llegada de la bandeja con el desayuno le ponía furioso. Abrió la puerta de golpe y Rhaissa le tendió la nota que traía en la mano. Le dio las gracias con brusquedad, vio que estaba deseosa de comentar el estado de sus encías y Stenham cerró la puerta sin contemplaciones.

La nota de Moss decía: “¡Qué hermoso día! Hugh ha prometido reunirse conmigo para que comamos juntos en el Zitoun. Ha encargado bastela. ¿Vendrá usted también? ¿Le espero en mi habitación a las doce y media? ¡¡¡Mi nuevo modelo es un monstruo!!! Afectuosamente, Alain”.

Se tumbó de nuevo al sol, pero descubrió que le resultaba imposible seguir añadiendo detalles a su descripción de la corte del Sultán Moulay Ismail. Se levantó de un salto, se afeitó y vistió, y se fue hacia la habitación de Moss con la esperanza de sorprenderle mientras estaba pintando. Pero el modelo, un viejo increíblemente huesudo, se marchaba en ese instante arrastrando los pies por el patio en el momento en que llegaba él, y Moss estaba ya limpiando sus pinceles.

–Esto es de lo más insólito –‍dijo‍–‍. Ha venido pronto. Tendrá que esperar mientras me cambio. Hay un nuevo Economist en la mesa, detrás de usted; vino esta mañana. ¿Por qué no se lo lleva al jardín? ¿O cree que lo encontrará demasiado anodino después de los increíbles excesos de su creativa imaginación?

Stenham lanzó un bufido; estaba cansado de tener que reaccionar a las bromas de Moss.

–¿Excesos? –‍dijo, tomando la revista y regresando al jardín‍–‍. ¿Excesos?

Había gorriones gorjeando, y el aire estaba impregnado del aroma de las flores de datura. Moss era muy listo; sabía con bastante precisión dónde debía clavar las agujas, aunque con el tiempo los lugares que habían sido sensibles en otra época terminaron por curtirse, y Stenham, cuando reaccionaba de algún modo, lo hacía sólo por cortesía y pereza. Hacía más fácil la conversación, porque Moss se limitaría a continuar, picoteando, buscando otros puntos vulnerables en la personalidad de su amigo que no hubiera explotado hasta entonces.

Le gustaba Moss porque constituía un enigma, y estaba seguro de que a Moss le divertía representar el papel de mago, de hombre misterioso que siempre se guardaba en la manga mil excentricidades inesperadas. “Soy un simple hombre de negocios”, afirmaba Moss quejicosamente, “y no entiendo esta loca selva que parece ser el hábitat de todos ustedes los norteamericanos... No dé nada por sobreentendido cuando hable conmigo. Se me tiene que explicar todo. El sistema ético norteamericano es tan absolutamente fantástico que mi sencillo cerebro se desorienta enseguida cuando pienso en él”.

Pero otras veces se olvidaba de sí mismo y se lamentaba: “Después de todo, los ingleses son verdaderamente demasiado. No se puede vivir siempre con estreñimiento. El mundo es un lugar maravilloso. ¿Ha estado alguna vez en Bangkok? Me atrevo a pensar que le agradaría. Gente deliciosa... Lo único que merece la pena vivir en la vida es la posibilidad de experimentar de vez en cuando un momento perfecto. Y tal vez incluso más que eso, tener la capacidad de recordar esos momentos en su totalidad, contemplarlos como joyas. ¿Entiende?”.

Stenham le hostigaba, diciendo con gran seriedad: “No, me parece que no le entiendo. Me temo que la perfección no me interesa. Es siempre la excepción; está fuera de todo, fuera de la realidad. No veo la vida de esa manera.”

“Ya sé”, decía Moss. “Usted ve la vida desde la posición ventajosa menos atractiva que pueda encontrar”.

Desde hacía mucho tiempo, Stenham había aprendido a distinguir la simple postura afectada del hombre de negocios; Moss le había confiado en una ocasión que estaba escribiendo un libro, pero sin llegar a explicar el tipo de libro de que se trataba. Y una vez, desde Londres, le había enviado un fajo de cortos poemas líricos, junto con una carta más bien insustancial cuyo propósito era claramente inducir en el destinatario la idea de que el anexo se había añadido en el último momento. Los poemas en sí no eran muy originales, pero estaban lo bastante bien construidos como para convencer a Stenham de que el autor no era en modo alguno un recién llegado al mundo de las musas. “Es tan culpable como yo”, le gustaba repetirse a Stenham para sus adentros.

El sol calentaba con fuerza en la parte baja del jardín; la tierra húmeda y negra exudaba un dulzor, el intenso y perturbador aroma de la primavera. El viejo Mokhtar venía por el sendero, con sus gastadas babuchas rozando el mosaico. Su turbante siempre causaba la impresión de estar a punto de desenrollarse. Lo de menos era cuán presentable fuera su aspecto; la mala salud y el exceso de trabajo habían restado todo carácter a su rostro suave y pequeño, y el turbante, bien o mal enrollado, nada podía hacer por mejorar su lamentable aspecto. Stenham siempre se sentía vagamente a disgusto en su presencia; aquella tranquila expresión de derrota despertaba en él un oscuro sentimiento de culpa.

Moss salió a la terraza, ajustándose las gafas de sol y vestido, como siempre, igual que si fuera a dar un paseo por Piccadilly.

–Creo que estoy casi listo para salir, si usted también lo está. ¿Vamos?

Echaron una ojeada al patio para ver si el MG de Kenzie estaba allí, pero no era el caso. Moss arrugó el ceño.

–Se ha ido. Tendremos que ir andando. Bueno, vamos por el camino más corto.

–Hay una docena de caminos cortos –‍objetó Stenham.

–El menos laberíntico, el menos cansado. ¡El más rápido! La verdad es que es usted bastante difícil.

Con Stenham delante, doblaron por la primera calle a la izquierda, abriéndose paso entre los asnos que se dirigían con su cargamento de aceitunas hacia los molinos.

–¿Qué entiende usted por difícil? ¿Por qué dice eso? –‍Stenham era incapaz de precisar por qué le gustaba empujar a Moss hacia un humor más bien quejumbroso; era un juego que podía proseguir durante horas, con Moss representando el papel del espíritu sencillo, ingenuo, desorientado y gemebundo, mientras Stenham adoptaba el de mentor paciente y mundano. Al juego le añadía mordacidad el hecho de que Stenham formulara una acusación directa, del estilo: “¿Por qué insiste en fingir esta loca inocencia espiritual? ¿Qué pretende descubrir?”. El sabor era aún más picante porque Stenham decía estas cosas de una manera que dejaba a ambos a una gran distancia de la verdad, de lo que él habría dicho si realmente hubiera querido poner fin a aquel juego. Moss era consciente de ello, y sabía que Stenham lo sabía, y así el juego proseguía, haciéndose siempre más ramificado, más complejo, más sutil, y consumiendo la mayor parte del tiempo que ambos compartían. Algún día, pensó Stenham, llegaría un momento en que sería de todo punto imposible sacar a Moss del juego; todo lo que dijese o hiciese aquel hombre se llevaría a la práctica en su condición de personaje, y las palabras serían pronunciadas, los gestos realizados, no ya por Moss, sino por esa absurda creación de sí mismo que nada tenía en común con la persona que pretendía enmascarar. “Yo le inicié en esto”, se dijo a sí mismo, “pero él estaba preparado para responder. Y eligió el papel de imbécil. Y aquí estoy, como de costumbre, guiándole, y él haciendo como si no conociera el camino”.

Pasaron delante de una fuente pública que goteaba en su pileta; mujeres y niñas esperaban con sus cubos bajo la bóveda de azulejos verdes y azules. “1352”, decían los azulejos más pequeños bajo la florida leyenda escrita en árabe, alabando la institución del monoteísmo, y avisando contra los sucedáneos de su única y sola variedad. “1352; hace un poco más de veinte años de eso”, pensó Stenham. El constante derramamiento del agua de los cubos había formado una especie de cloaca en ese tramo de la calle; la arcilla se había convertido en un barro gris, viscoso y resbaladizo, y un agua de aspecto lechoso burbujeaba llenando el hueco que dejaban las pisadas.

–¡Oiga, en serio! –‍gritó Moss. Cuando fingía sentirse agraviado, su voz se hacía más aguda, su acento más exageradamente oxoniense‍–‍. ¿Dónde me está llevando?

–Ya ha pasado por aquí unas cuantas veces –‍le gritó Stenham por encima del hombro.

Mil cien años antes se había iniciado el levantamiento de la ciudad en el fondo de una concavidad, entre las colinas; era como una formación geológica con los perfiles de un cuenco algo inclinado. Conforme crecía a lo largo de los siglos, la vasta construcción de madera de cedro, mármol, tierra y tejas, extendiéndose siempre por las laderas, había ido ascendiendo por los lados del cuenco, llegando incluso a sus bordes. Puesto que el centro de la ciudad era al mismo tiempo la parte más inferior del cuenco, todos los callejones conducían allí; los viandantes tenían que descender primero y elegir a continuación el camino por el cual pretendían ascender. Excepto los senderos que seguían el curso del río hacia los huertos, todos los caminos conducían a la parte alta desde el corazón de la ciudad. El largo ascenso bajo el sol del mediodía era fatigoso. Una hora después de haber emprendido la marcha seguían ascendiendo penosamente hacia las atestadas callejuelas de la colina occidental. La calina se había disipado por completo, el cielo se había vuelto azul, intenso, distante. La calle se ensanchó, llenándose súbitamente de niños pequeños que volvían a sus casas después del colegio. Moss y Stenham pudieron por fin caminar codo con codo. Entre el clamor de la chiquillada, Moss dijo:

–¿Me dirá en algún momento por dónde vamos a salir? No creo que podamos cruzar las murallas por aquí. ¿No cree que deberíamos haber intentado llegar a Bab el Hadid?

–¿Usted cree? –‍Stenham, de forma deliberada, pronunció aquella frase con un aire de vaguedad. Sabía perfectamente dónde iba, pero lo divertido del asunto consistía en aparentar hasta el último minuto que estaba vagando sin rumbo fijo, para dar de repente un giro virtuoso que pusiera a Moss delante de un lugar, tanto más sorprendente por ser del todo familiar.

–Espero que guarde en la manga alguno de sus impresionantes trucos de prestidigitador –‍murmuró Moss con un falso tono de resignación‍–‍, pero debo decir que en esta ocasión lo veo bastante difícil.

–De trucos nada –‍se limitó a decir Stenham‍–‍. Vamos sencillamente por el camino más directo al Zitoun. O al menos así lo creo yo. En cuanto doblemos la siguiente calle se lo confirmaré.

La siguiente bocacalle desembocaba en un callejón corto y lleno de polvo. Debajo de un arco, delante de ellos, había un policía nativo con un fez en la cabeza, hablando con un soldado senegalés. Según pasaban bajo el arco, la brisa les azotó el rostro y oyeron el sonido de un torrente que descendía a toda velocidad. Ante ellos había una panorámica de colinas.

–¡Es usted extraordinario! –‍dijo Moss con delectación‍–‍. Tengo la impresión de que ha sido usted quien ha hecho el agujero en la pared. ¿Cómo se llama, si es que tiene nombre este paso?

Stenham cruzó la carretera y se detuvo en el borde del pretil, mirando por encima del estrecho valle, hacia las verdes laderas que había más allá.

–Desde luego que tiene nombre. La llaman Bab Dar el Pacha.

–¡Oh, qué cosas tiene! –‍gritó Moss‍–‍. Usted sabe que no existe esa puerta. Me las he aprendido todas de memoria, desde Bab Segma a Bab Mahrouk y vuelta otra vez, y no hay ninguna puerta que se llame así en la lista.

–Entonces corrija la lista. Bab Dar el Pacha es un nuevo paso que abrieron en las murallas hace veinte o treinta años para que el Pachá pudiera llevar el coche hasta la puerta de su casa.

–Vandalismo –‍subrayó Moss.

Había un corto ascenso hasta el hotel. Los estudiantes del colegio Moulay Idriss bajaban la pendiente a tumba abierta con sus bicicletas, fieles a su cita con el almuerzo; la mayoría de ellos llevaba gafas de concha, y todos iban ataviados con arrugados trajes europeos que no habían visto jamás un lavado o una plancha desde el día de su confección.

Menos espectaculares que los temblorosos álamos gigantes que bordeaban la carretera, pero de mayor interés para los chiquillos que pululaban por allí, eran sin duda las moreras que crecían al lado de la corriente. Los críos descargaban con violencia sus largas estacas de bambú sobre el follaje: las hojas iban cayendo lentamente y con ellas las preciadas bayas. El MG amarillo de Kenzie se encontraba aparcado frente a la entrada del Zitoun. Estaba cubierto de niños; subidos en los faros y parachoques, saltando por encima de las puertas y peleando entre sí en los asientos delanteros para disputarse el honor de tomar en sus manos el volante. Cuando Stenham y Moss llegaron al automóvil, el joven que estaba junto al vehículo, escribiendo con gran aplicación la palabra MOHAMMED con un bolígrafo sobre la capota de tela gris, ni siquiera se movió. Tal vez no consideraba su contribución al muestrario de pintadas que había ya en el coche de una gran importancia; había unas cuantas bastante llamativas y ostentosas. Rostros sonrientes, manos de Fátima y diversos lemas escritos en caracteres latinos y árabes habían sido garabateados sobre la pintura del vehículo con puntas de clavos y guijarros.

–Mira eso –‍dijo Stenham. Se acercó al joven, que le echó una ojeada y continuó su meticulosa tarea.

–Chnou hada? ¿Qué estás haciendo? –‍preguntó al muchacho.

El aludido esbozó una sonrisa.

–Nada –‍respondió llanamente.

Stenham señaló las letras escritas sobre la capota.

–¿Y esto? ¿Qué es esto?

–Un automóvil. –‍La frialdad que se había apoderado de su voz obedecía sin duda a que suponía que el caballero nazareno le estaba tomando por un ignorante campesino.

–No me refiero a eso, digo esa palabra.

–Mohammed.

–¿Por qué la escribiste?

–Porque me llamo así.

–Pero ¿por qué la escribiste sobre el coche?

El joven se encogió de hombros, poniendo de manifiesto que no encontraba en aquel interrogatorio mayor motivo o interés, y levantó de nuevo la mano para completar la rúbrica que estaba pintando alrededor del nombre que acababa de escribir. Pero Stenham le agarró de la muñeca, retirándola con cierta fuerza. Algunos de los niños más pequeños se habían acercado y seguían la escena con curiosidad.

–¡Fuera de aquí! –‍vociferó Stenham. Los críos retrocedieron hasta una distancia prudencial.

–¿Qué pasa con todos vosotros? –‍dirigía sus palabras al adolescente, que aún sostenía el bolígrafo en la mano, como si estuviera decidido a terminar lo que, a la vista estaba, debía de parecerle un excelente ejemplo de su firma. No hubo, como es lógico, respuesta alguna, por lo que se vio obligado a continuar‍–‍. Eso no se puede borrar. ¿Sabías eso? –‍Seguía sin haber respuesta.

Moss se acercó, y sonriendo al muchacho, dijo en su francés melifluo aunque con un ligero acento británico:

–Los automóviles son muy caros, no deberías estropearlos.

Por fin el muchacho reaccionó.

–Yo no lo he estropeado –‍dijo con gran dignidad.

–¡Pues mira! –‍exclamó Moss, mostrándole los rayajos que se extendían por toda la pintura amarilla‍–‍. ¡Mira lo que han hecho los críos de esta ciudad! Todo eso lo han hecho desde que el dueño vino aquí, hace dos semanas. Le va a costar un montón de dinero arreglar todo esto.

–¿Cuánto? –‍dijo el joven, impasible.

Moss pensó con rapidez.

–Quizá cincuenta mil francos. O más.

El semblante del muchacho se iluminó.

–Podría venderlo y comprarse otro nuevo.

Stenham no pudo contenerse por más tiempo.

–Mahboul! –‍gritó‍–‍. ¡Tú eres idiota! ¡Largo del coche, tú y todos vosotros! ¡Venga! ¡Venga! –‍Propinó un brusco empujón al joven en dirección a la carretera, se volvió y sacó en vilo del asiento delantero a dos de los críos más pequeños. El resto salió a escape sin abrir la boca, uniéndose después a un grupo de predadores de moras.

El jardín era una plaza de terreno nivelado, protegida por un elevado talud y por masas de vegetación descuidada que crecían a su alrededor; el viento ligero que agitaba las copas de los árboles no había llegado aún al jardín. Había mesas dispersas por doquier, y tumbonas de tela para recostarse. El lugar habría estado desierto de no ser por Kenzie, que estaba sentado en una esquina lejana cerca del salón de té, discutiendo animadamente con un camarero de chaqueta blanca, acuclillado al lado de su silla. Les había visto entrar en el jardín, pero fingió no percatarse de su presencia hasta que estuvieron a un palmo de distancia. Sólo entonces les miró y sonrió con desenfado, como si les acabara de dejar cinco minutos antes. El camarero acercó unas sillas para los recién llegados y se fue hacia el salón de té, desde el que pudieron oírse los chirridos y chasquidos que en un café árabe preludian siempre el comienzo de un disco en el gramófono. “Bilèche tabousni fi aynayah?”, se quejaba Abd el Wahab con su voz ronca y cascada. “¿Por qué me besas en los párpados?”

–Está a punto de venir una invitada –‍dijo Kenzie de improviso.

Capítulo 16

Kenzie estaba sentado sin vaso alguno sobre la mesa, y no parecía tener intención de pedir consumición de ningún tipo, ni para él ni para quienes acababan de sentarse con él. Stenham sabía que Moss había observado este detalle, y estaba esperando para comprobar qué proponía él al respecto; Stenham nunca bebía, aunque le hubiera gustado tomarse un té de menta para librarse del polvo que creía haber tragado durante el ascenso por la Medina. Pero estaba decidido a no pedir nada y a no formular tampoco sugerencias de ningún tipo: no estaba dispuesto a que le cargaran las bebidas en su cuenta. Por una parte, vivía con un presupuesto muy estricto por el momento, con la esperanza de que el adelanto que le habían entregado por el libro que estaba escribiendo durara hasta haberlo concluido. Y además, tenía la impresión de que, como único norteamericano presente en la reunión, no debía esperarse que pagara las bebidas de todo el mundo. Por otra parte, había observado un cierto encono en los últimos días entre Moss y Kenzie cuando se presentaban circunstancias similares, como si cada uno de ellos hubiera decidido que el otro debía desembolsar un poco más de lo que le correspondía; ni uno ni otro parecían tener suelto cuando llegaba la hora de pagar. Kenzie le había confiado que cada vez que tomaba un coche con Moss de Bou Jeloud a la Ville Nouvelle después del almuerzo, Moss siempre se adelantaba para pagar la carrera, de modo que Kenzie tenía que hacer lo propio con el viaje de vuelta. “Bueno”, había dicho Stenham, “¿por qué no?”. “Porque a las seis de la tarde sube la tarifa”, le había explicado Kenzie con perfecta seriedad. Ahora creía que la situación podría tener por fin un desenlace, con tal de que se limitara a permanecer sentado esperando acontecimientos. Todo lo que parecía destinado a ocurrir, no obstante, era un mutuo ofrecimiento y rechazo de cigarrillos, con cada uno de sus acompañantes optando en última instancia por fumar de su propia marca.

–Ella está aquí, en el Zitoun –‍dijo Kenzie al cabo, continuando la conversación iniciada momentos antes.

–Curioso –‍observó Moss, exhalando un espesa nube de humo a la que siguió con la vista durante un segundo‍–‍. Una norteamericana aquí. Uno no esperaría que el sitio le resultara lo bastante cómodo.

Stenham contuvo su lengua, seguro de que Moss estaba intentando provocarle.

–Tiene aspecto de ser una buena persona, y no parece estúpida en absoluto –‍prosiguió Kenzie‍–‍. La encontré ayer sentada aquí sola, leyendo en el jardín. Estuvimos hablando, le dije que estaba usted aquí –‍dijo, mirando a Stenham‍–‍, y había oído hablar de usted. Pensé que podría ser divertido que las únicas personas que hablan inglés en Fez tuvieran una reunión al completo.

–No olvide los misioneros, el cónsul y su esposa –‍le recordó Stenham.

–Ya, pero dije personas. –‍Kenzie era enemigo declarado del cónsul británico: habían surgido ciertas desavenencias por la pérdida de un paquete de correspondencia. Stenham y Moss estaban al tanto de aquello.

–Hubiera preferido que me dijera que ella iba a comer con nosotros –‍dijo Moss; parecía agraviado‍–‍. Y la razón es –‍elevó la voz‍– que tengo muchísima hambre y hubiera desayunado más fuerte de haberlo sabido. ¿Dónde está?

–Vendrá enseguida –‍le aseguró Kenzie.

–A propósito –‍dijo Stenham‍–‍, encontrará un nuevo añadido a la colección de pintadas de su coche cuando salga. La palabra “Mohammed” bellamente escrita en tinta indeleble en la capota, justo detrás del montante. Sorprendí al autor en el acto.

–Espero que le haya dado usted una buena bofetada –‍dijo Kenzie.

–Bueno, no, lo que se dice una bofetada, no.

–Un buen tortazo en la cara obra maravillas. Nunca lo olvidan.

–Es posible –‍dijo Stenham‍–‍, pero entonces viene otro que no ha tenido la suerte de recibir el tortazo. No puede disciplinar a todo el país.

–Sin embargo –‍dijo Moss distraídamente‍–‍, es eso lo que debe hacerse antes de que sean capaces de conseguir algo.

Stenham se agitó en el asiento.

–¿Qué es lo que quiere que consigan? Parece un líder del Istiqlal. ¿Por qué tienen que conseguir algo? ¿No se les puede simplemente dejar tranquilos y que sigan siendo como son?

Moss sonrió.

–No, mi querido amigo. Usted sabe muy bien que no se les puede dejar.

Stenham echó una ojeada al jardín y pensó: “Es un lugar demasiado bonito para estropearlo con una discusión”. Respondió a Moss en tono afable:

–Mi pregunta era sólo retórica. Es usted peor que mi esposa. Siempre pensaba que todo necesitaba una respuesta.

Moss carraspeó y llamó al camarero, que había salido del salón de té y estaba arrancando hojas secas de una de las parras que cubrían los costados.

–Una botella de Sidi Brahim rosado, y ponga la mesa, por favor, y traiga una cubitera grande con hielo para enfriar el vino. Comeremos primero la bastela. ¿Qué tal ha salido hoy?

–Magnifique, monsieur –‍dijo gravemente el camarero.

–Magnifique, ¿eh? –‍repitió Moss, divertido.

El camarero se marchó de forma apresurada. Stenham miró a Kenzie para comprobar cómo estaba encajando la petulancia de Moss. Kenzie fumaba con parsimonia. Una cigüeña surcó el aire lentamente por encima de sus cabezas, sin mover las alas, pero equilibrada, elevándose con ayuda de una invisible corriente de aire. Desde el altavoz del salón de té llegaron hasta sus oídos las enigmáticas frases de una danza chleuh: áspero rebab, nervioso guinbri, agudas voces infantiles entonando sus largos y guturales cánticos por encima de un acompañamiento discontinuo.

Moss era ciertamente muy francófilo, estaba pensando Stenham. Al igual que los franceses, rehusaba considerar la actual cultura marroquí, aunque decadente, un hecho establecido, algo que existía. En lugar de ello, parecía creer que era algo pospuesto por accidente unos siglos atrás, y que se encontraba ahora en un estado necesario de transición, lo que hacía que la gente necesitara un asesoramiento temporal a fin de avanzar hacia un mejor estado de cosas. “Claro, para que de ese modo”, había observado Stenham con acritud, “puedan dejar de ser marroquíes”. Los franceses tenían básicamente la misma idea que los nacionalistas; reñían sólo por cuestiones externas, e incluso en ese aspecto Stenham estaba empezando a preguntarse si tales supuestos desacuerdos no formaban parte de un gigantesco acto maquiavélico, escenificado bajo los auspicios combinados de los comunistas franceses y marroquíes que ocupaban puestos en el gobierno, los cuales, sabedores como nadie de que para promover el cambio es preciso extender el descontento, estaban consiguiendo arrastrar al país al borde de la guerra civil en el proceso de fabricación del descontento. Los métodos y fines del Istiqlal eran idénticos en esencia a los que propugnaba el marxismo-leninismo, eso le había quedado suficientemente claro después de leer sus publicaciones y hablar con miembros y amigos de la organización. Pero ¿no era posible que cualquier movimiento hacia la autonomía en un país colonial, en especial si el feudalismo permanecía intacto, debiera tomar de forma inevitable ese camino?

Siempre estaba oyendo la misma queja: “Norteamérica no nos ha ayudado”. Era la primera frase de una larga y espantosa acusación, cuyo sentido final resultaba, al menos para él, aterrador. El tiempo pasaba, y cada día crecía un poco más el odio hacia Francia y Estados Unidos, un odio que inculcaban artificialmente en todos los segmentos de la población los jóvenes cínicos e inteligentes a quienes se había encomendado tal tarea. Por el momento le resultaba imposible tomar partido en aquella controversia, porque siempre que creía haber llegado a algún tipo de conclusión, la controversia parecía evaporarse: era como si ambas partes estuvieran trabajando conjuntamente para lograr los mismos fines siniestros.

“¿O Moss está en lo cierto y yo soy un incurable reaccionario?” La pregunta clave, tenía la impresión, era si el hombre debía obedecer a la naturaleza o intentar dominarla. Eso había sido respondido hacía mucho mucho tiempo, aseguraba Moss; la verdadera esencia del hombre atañe al hecho de que ha elegido dominar. Pero para Stenham era una respuesta muy superficial. Para él la sabiduría consistía en la consciente y alegre obediencia de las leyes naturales, aunque, el día en que se lo dijo a Moss, este había soltado una carcajada piadosa. “Mi buen amigo, la sabiduría es un concepto primitivo. Lo que queremos ahora es el conocimiento.” Sólo una enorme desilusión podía hacer que un hombre dijera tal cosa, creía Stenham.

Para protegerse, para llevar a sus últimas consecuencias el curso de sus pensamientos, cerró los ojos e inclinó hacia delante la cabeza, de modo que aparentara estar siguiendo la conversación. Tal vez así pudiera asegurarse unos cuantos segundos más para reflexionar a solas. Pero pronto se hizo evidente que su propia resolución de escapar por un momento era por el contrario un signo de que estaba ausente y replegado sobre sí mismo. Las palabras de Kenzie y Moss empezaron a penetrar en sus oídos; estaba de regreso a la conciencia de la tumbona, el sol en el jardín, los álamos temblorosos.

–¿Está dormido, por casualidad? –‍le preguntó Moss. Stenham se esforzó en sonreír con indulgencia antes de abrir los ojos.

–No, sólo contento.

–Tengo entendido que le han invitado esta noche a casa de Si Jaffar para una de esas interminables cenas, ¿no es así?

–Ya no estoy contento. ¿Por qué me lo ha recordado? –‍preguntó Stenham.

–No suponía que lo hubiera olvidado, y lo mencioné sólo porque tenía que decirle algo sobre Si Jaffar, y quiero advertirle para que no repita nada de lo que voy a decir. –‍Moss dejó de mirarle con seriedad por encima de sus gafas; sonrió‍–‍. Es una historia absurda, pero creo que les divertirá a los dos. Ayer me encontré por casualidad con el viejo en la Ville Nouvelle y le invité a que compartiéramos una mesa en el Versailles. Él pidió una de sus horrorosas bebidas norteamericanas, una de esas extravagantes mezclas medicinales llamadas Tipsy Cola o algo por el estilo. Y entonces empezó a acariciar el vaso como si fuera Armagnac. Una hora después seguía dando pequeños sorbitos, y hablando, hablando, desde luego, todo el tiempo, en su increíble francés.

–¿Sobre qué? –‍preguntó Kenzie.

–Oh, escándalos de diversos tipos, algunos chismes jugosos acerca de los franceses. Y algo también sobre los marroquíes. Esta gente de Fez es extraordinaria.

–Supongo que le contó cosas divertidas.

–Algunas eran de lo más divertidas –‍respondió Moss con aire distraído‍–‍. Al final de la conversación me las arreglé, sólo Dios sabe de qué modo, para tomar las riendas del diálogo y poder hablar del muy delicado asunto de Moulay Abdallah. Empecé preguntándole si sabía cuántas prostitutas había en el barrio. Sus ojillos se parecían aún más a los de los cerdos que de costumbre, y empezó a restregarse las manos, tan violentamente que pensé que iba a desollarse en un minuto. “Oh, là, Monsieur Mousse!”, se lamentaba. “Es un problema muy difícil. Hace tantos años que no hago una visita a nuestro famoso barrio, usted me comprende.” ¡El malvado viejo! Me habían dicho que va por allí al menos una vez a la semana. Pero le pregunté si calculaba que la cifra estaba más cerca de cinco mil o de veinte mil. En esos momentos se estaba restregando las manos en la dirección contraria para que no le doliera tanto. “¡Ah, Monsieur Mousse! ¡Ninguno de mis conocidos ha intentado nunca contar cuántas chicas desafortunadas puede haber allí!” Esto es simplemente para ilustrar las dificultades y peligros que es preciso sortear si se quiere hablar con el viejo zorro.

Stenham no sentía que la caricatura de Si Jaffar le hiciera justicia, aunque era reconocible; había todo un mundo que Moss ni siquiera estaba rozando.

–Pero si tengo alguna cualidad, es la perseverancia –‍continuó Moss‍–‍. Seguí adelante de forma implacable, como se pueden imaginar, con la esperanza de hablar sobre lo que a mí me interesaba, antes de que apareciera por allí algún amigo suyo y echara todo a perder. Por fin pude abordar el asunto de los grupos de edad, e hice alguna alusión a mi pequeña Khémou y a mi divina Haddouj, dejando bastante claro que cualquiera por encima de los quince años no era para mí. Llegado ese punto, sus sonrisas chorreaban como melaza de su cara arrugada, y lo único que hacía era acariciarse los dedos con una cierta lascivia. “¡Hace usted muy bien, Monsieur Mousse! Las pequeñas son las verdaderas perlas preciosas. Se dice entre nosotros que son como los primeros brotes tiernos de trigo que germinan anunciando el regreso de la vida a la tierra”, o alguna tontería por el estilo. No creo que me acuerde de todo lo que dijo, porque hablaba y hablaba, cantando alabanzas a los árboles en flor, a la temprana adolescencia, a los arroyos de la primavera, a las palomas tiernas cuando están aprendiendo a volar, siempre en un tono, ahora que lo pienso, bastante general e impersonal, de manera que, en realidad, al final fui yo quien lo dije todo y él no dijo nada, nada de nada. Siempre que podía, le echaba una indirecta, lo dificilísimo que era para un pintor conseguir un modelo, y le dije que era plenamente consciente de que resultaba impensable soñar siquiera con conseguirlo en alguna parte, excepto en cierta casa de Moulay Abdallah, aunque sabía que incluso allí era casi imposible. Y a cada momento asentía con aire comprensivo y me daba la razón: “Oh, sí, impensable, usted lo ha dicho, naturalmente que sí... Ah, sí, Moulay Abdallah... Ah, desde luego, casi imposible. Tiene usted toda la razón”. Así que, al final, tuve que hablar con toda claridad. Le dije: “¿Si Jaffar, usted cree que podría hacer uso de sus influencias para conseguirme un modelo?”. Al llegar ahí, el viejo monstruo se limitó a cerrar los ojos igual que un gato. Llevaba los dos pares de gafas, y parecía el gato más peculiar de todo Fez, se lo puedo asegurar, con su capucha blanca de seda encima del fez. Cuando abrió los ojos, dijo: “Monsieur Mousse, comprendo sus dificultades. Y puedo entenderle, le entiendo perfectamente, y le aseguro que por mucho que me cueste, usted tendrá un modelo en su puerta mañana a las nueve de la mañana”. Eso se parecía más a lo que yo quería oír, y pensé que era una simple cuestión de prudencia dejar de hablar de la cuestión.

Stenham escuchaba con apatía. De una parte, siempre que los dos ingleses hablaban en su presencia, tenía la impresión, bastante irrazonable sin duda, de que le estaban marginando sutilmente de la conversación. Pero además, dado que era él quien había puesto en contacto originalmente a Moss con la familia marroquí, no terminaba de aprobar los esfuerzos del británico, aunque estuvieran muy adornados de circunloquios, por convertir al viejo musulmán en un alcahuete. No obstante, ninguna historia que relatara Moss se hacía del todo aburrida, porque su curso seguía un sendero trazado al detalle. Y así siguió escuchando. De súbito, antes de que la historia estuviera en modo alguno concluida, supo cuál iba a ser el desenlace. “¡Mi nuevo modelo es un monstruo!”, decía la nota de Moss. Y Stenham se acordó del anciano encorvado y contrahecho con quien se había cruzado en el patio. Un sentimiento afín a la admiración por Si Jaffar se despertó en él y empezó a reírse entre dientes. Moss clavó una mirada de censura en él.

–¡Eh, maldito! –‍gritó‍–‍. ¡No me estropee la historia!

–No lo haré, tranquilo. –‍Dejó de reírse de un modo audible, y se limitó a sonreír. Concluía como él había previsto: el anciano era en efecto el modelo enviado por Si Jaffar.

–Divertidísimo –‍dijo Kenzie.

–Yo lo encuentro una manera muy civilizada de divertirse –‍dijo Stenham. No quería asistir al nacimiento de una enemistad entre Moss y Si Jaffar: en un lugar donde el círculo de conocidos era tan pequeño, una deuda pendiente podía complicar hasta límites insospechados la vida de todo el mundo‍–‍. Es una broma pesada, lo admito, pero un mil por cien más sutil que las nuestras, ¿no creen?

–No –‍discrepó Moss, girándose en la silla para llamar al camarero‍–‍. Tengo la impresión de que es más que una simple broma. Ellos no se dedican a gastar bromas. Creo que se parece bastante más a un desaire. Pero las cosas son así; puedes estar devanándote los sesos durante diez años, que no te servirá de nada. El viejo zorro se mostrará tan inocente como un recién nacido la próxima vez que le vea. ¿Qué se puede hacer? Con franqueza, es muy desconsolador.

–A mí lo que me divierte –‍insistió Stenham‍–‍ es la nota de locura que pueden introducir en cada situación y con cualquier pretexto. Como el otro día cuando me encontré con el gerente del hotel en la Medina y nos paramos a hablar un minuto. Yo nunca entro en su oficina, así que no le veo nunca, salvo cuando nos encontramos en alguna calle, que es el momento en que yo estoy haciendo tiempo, lo que significa una pequeña disertación sobre el estado del tiempo. Que era justo lo que estábamos haciendo, cuando de pronto se aproxima a nosotros un caballero muy solemne y nos dice en francés: “Pardon, messieurs, pero creo que estaban ustedes hablando del ámbar. ¿Les importaría decirme si se referían a piezas ya trabajadas o al ámbar en estado natural?”. ¿Qué me dicen?

Moss no parecía encontrar la menor conexión entre esta historia y lo que le había sucedido a él.

–Pues, sí. ¿Qué? –‍dijo, presa de una repentina turbación, estirando el cuello de nuevo para intentar divisar al camarero.

En el otro extremo se abrió una puerta; el día, el jardín, adquirieron un nuevo significado de improviso, conforme ella bajaba los escalones. Todo lo que instantes antes había sido un universo consumado retrocedía ahora a un segundo plano hasta convertirse en mero decorado frente al cual debía moverse el personaje principal. Rondaba los veinticinco años, y llevaba una blusa blanca de seda y pantalones del mismo color. Los hombres se pusieron en pie según se acercaba lentamente hacia ellos, abriéndose camino entre las mesas y sillas.

–¡Ah, encantadora! –‍murmuró Moss, aunque en voz muy baja.

Su figura y su rostro eran tales que pertenecía a la feliz categoría de mujeres que siempre pueden sentirse seguras de resultar atractivas en todas las circunstancias, aun en las más adversas; su porte y forma de caminar dejaban muy claro que ella no lo ignoraba. Además, pensó Stenham, lo tenía tan asumido que no le concedía una gran importancia. Según se acercaba, Stenham tuvo una breve visión de lugares soleados barridos por el viento. En ese momento dijo Kenzie:

–Y este es Mr. Stenham, compatriota suyo. Mme. Veyron.

El camarero había salido al jardín tras los pasos de la joven, y se mantuvo a una distancia respetuosa durante los primeros momentos de conversación. De nuevo fue Moss quien le llamó y le dijo con impaciencia que preparara la mesa.

–Si les he tenido esperando –‍dijo ella‍–‍, la culpa es de la ciudad. Supongo que es una vieja historia para ustedes, pero cuando empiezo a recorrer esos souks, no puedo marcharme de allí. Es fascinante.

–Nunca es una vieja historia –‍le aseguró Stenham‍–‍. Al menos, no para quienes les gusta. Aunque, desde luego, no a todo el mundo le gusta.

Ella apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

–De verdad. ¿Cómo se puede evitar que ese lugar te fascine así?

–‍Kenzie soltó una carcajada.

–Un montón de gente lo consigue. No es uno de los lugares favoritos de los turistas, de ninguna manera. Un poco abrumador, diría yo, en un primer momento.

Ella parecía estar considerando aquellas palabras; la expresión de seriedad realzaba la belleza sin tacha de sus facciones.

–Abrumador. Sí, claro que lo es. Pero ¿no nos gusta a todos sentirnos abrumados alguna que otra vez?

–Oh, sí –‍asintió Moss‍–‍. Durante un rato es agradable. Pero en cuanto uno deja de estar atemorizado por la complejidad de las calles o por la pureza con que se ha mantenido la sociedad medieval, a menos que se hayan descubierto otras virtudes en una ciudad como esta, puede convertirse en la cosa menos abrumadora del mundo; condenadamente pesada, de hecho, me atrevería a decir. Los turistas vienen, se quedan uno o dos días, y se marchan a otra parte. Por lo cual confieso estar agradecido.

–Bueno –‍dijo ella de un modo rotundo, muy norteamericano (según habló, vino y se fue, apreció Stenham, ese pequeño recordatorio de la parte del mundo en que había crecido y se había forjado su ser)‍–‍, he estado aquí tres días en total, de modo que tal vez me crean si les digo que me parece, me parece, de todos modos, que he encontrado suficientes aspectos no espectaculares en la ciudad para estar autorizada a definirme como una potencial enamorada de Fez. –‍Cruzó sus manos y las estrujó, metiendo la cabeza entre los hombros; el gesto se asemejaba al de una chiquilla‍–‍. ¡Es tan emocionante! –‍Metió la mano en el bolsillo del pantalón y extrajo un paquete de Casa Sport.

–Tenga –‍dijo Kenzie‍–‍. Tenga uno de estos.

Ella sacudió la cabeza con vehemencia.

–No, me gusta este tabaco negro. Va con el sitio. Siempre asociaré los olores de por aquí –‍la madera de cedro, la menta, las higueras y todos esos olores locos y maravillosos‍– con el sabor de este tabaco. En París siempre fumaba Gauloises, pero estos son muy diferentes, no sé por qué. No saben en absoluto igual. –‍Dio dos caladas y se giró por completo para mirar a Kenzie‍–‍. Tengo que confesarle algo. He despedido al guía que me consiguió, y he encontrado otro que, por lo menos, puede andar. Su viejo Santa Claus no podía mantener mi ritmo. Siempre iba rezagado unos kilómetros, jadeando y con los ojos en blanco como si estuviera mal de la cabeza. Me odiaba, de todas formas. Tuve que deshacerme de él.

La expresión de Kenzie era de disgusto, pero dijo simplemente:

–¿Oh? Debería llevar cuidado.

Ella miró a Stenham para confirmar esta opinión.

–¿Usted también lo cree, Mr. Stenham? Ya sé que usted conoce a fondo este lugar.

No quería herir a Kenzie asumiendo el papel omnisciente que ella le había asignado.

–Todas las precauciones que tome una chica son pocas –‍dijo con una sonrisa.

–Y usted, Mr. Moss, ¿qué dice usted? –‍continuó ella, haciendo del sondeo un juego.

–Yo pensaría que si se trata de un guía autorizado, se puede confiar en él.

–No. Quiero decir en general. ¿Usted cree que es peligroso que ande por ahí sola?

–En épocas normales el lugar era absolutamente seguro, pero desde luego, ahora... Bueno, son terriblemente fanáticos, ya sabe.

–Son ustedes un grupo de viejos carcamales –‍se quejó ella.

Moss y Kenzie parecieron adquirir una súbita y apenas perceptible rigidez, y volvieron su cabeza hacia Stenham, como para descubrir en su expresión si ella estaba enfadada de verdad. Su comentario no era obviamente uno de los que se espera oír durante los primeros minutos de una relación. Decidió no ayudarles a salir de dudas, y cambió de tema de conversación.

Mientras comían la bastela, con la que Mme. Veyron estaba entusiasmada (y estaba muy buena; la pasta era de hojaldre y los pequeños trozos de pechuga de pichón estaban perfectamente cocidos al vapor), Moss siguió perorando sobre la tortuosidad del pensamiento nativo, como lo ponía de relieve su anterior anécdota. Entonces se planteó la cuestión del vino. Moss quería más rosado, pero de otra marca; Kenzie pensó que algún blanco acompañaría mejor.

–No se bebe vino blanco con la bastela –‍objetó Stenham.

–¡Qué bobada! –‍dijo Moss con brusquedad. Dio unas palmadas, y en esta ocasión el camarero acudió corriendo‍–‍. Une bouteille de Targui rosé –‍le dijo‍–‍. Ya verá –‍aseguró a Mme. Veyron‍–‍. Va de maravilla. –‍Y dirigiéndose a Stenham, señaló‍–‍: Tiene usted tendencias puritanas un poco desagradables.

–Digamos puristas. Sencillamente, no veo que el vino pegue con la comida árabe.

–¿En serio? –‍dijo Mme. Veyron con el interés de alguien que oye un hecho en general desconocido. Moss la ignoró por completo.

–No, digo puritano, porque es el término que me parece apropiado. Le he observado, mi querido amigo, durante una temporada, y he llegado a la conclusión de que usted sencillamente no quiere ver a nadie divertirse. Ni siquiera le gusta ver a la gente comer bien. Es usted más feliz cuando la comida es insípida e insuficiente. Le he contemplado con interés, amigo mío. Siempre que nos han puesto delante una comida miserable de verdad, me he dado cuenta de que se ponía de buen humor. Es un rasgo muy desagradable.

–Está muy equivocado –‍dijo Stenham, intentando dotar a su voz del timbre adecuado de sinceridad. Sin embargo, estaba afectado por aquellas palabras. Había cuando menos un elemento de verdad en lo que decía Moss, pero no era tan sencillo como él lo planteaba; había una razón entremedias. Tenía que ver con un sentido de seguridad. No lograba sentirse a gusto entre gourmets y hedonistas; eran una especie hostil.

–¿Por qué no bebe nunca? –‍le preguntó Kenzie con amabilidad.

–Porque me sienta mal. ¿Se les ocurre otra razón mejor?

–No me lo creo –‍dijo Moss categóricamente.

Stenham estaba molesto consigo mismo; pensaba que era culpa suya que la conversación hubiera tomado este rumbo inquisitorial. Consideraba que si hubiera tenido intención de contestar de algún modo a la pregunta, debería haber adoptado una actitud más beligerante e irracional, y no mostrar aquel talante ante la joven. Era como si hubiera enseñado sus bíceps y ellos hubieran dicho: “Necesita hacer ejercicio”. La gente le había preguntado aquello mismo a lo largo de años, y Stenham lo consideraba un asunto privado que no podía interesar a nadie más que a él.

–¿No bebe? ¿Ni siquiera vino? ¿Por qué no?

–No empecemos con eso –‍dijo Stenham, elevando un poco el tono de voz‍–‍. Digamos que para mí es lo que en Norteamérica llamamos un tónico de mala calidad. ¿Lo entienden? –‍Miraba sólo a Moss.

–Oh, por supuesto. ¿Y puedo preguntarle qué considera un tónico de buena calidad?

–Hay montones de ellos –‍replicó Stenham, imperturbable.

Su tono parecía haber irritado a Moss, porque insistió:

–¿Como por ejemplo...?

–Le tiene pillado, Mr. Stenham –‍dijo Mme. Veyron.

Stenham apartó su plato; había terminado de todos modos, pero le gustaba aquel gesto dramático como acompañamiento de las palabras que iba a pronunciar. Una súbita ráfaga de viento procedente del sur barrió el jardín, arrastrando consigo el aroma del húmedo valle del río que discurría ladera abajo. Una esquina del mantel aleteó y cubrió algunos de los platos. Kenzie la levantó, colocándola después en su sitio.

–Como por ejemplo conseguir que esas mismas cosas sigan siendo privadas. Después de todo, los pensamientos de una persona sólo le pertenecen a ella. Todavía no han inventado una máquina para hacer transparentes los pensamientos humanos.

–No estamos hablando de pensamientos –‍dijo Moss con exasperación‍–‍. Es usted más inglés que los ingleses, mi querido John. Encuentro que es muy difícil entenderle. Posee los peores defectos de los ingleses, y desde mi perspectiva, muy pocas de las virtudes que nos han enseñado a esperar de los americanos. A veces me parece que miente. No termino de creerme que usted sea de verdad norteamericano.

Stenham miró a la joven.

–¿No quiere usted ser mi avalista?

–Desde luego que sí –‍dijo ella, sonriendo‍–‍. Pero apuesto a que es usted de Nueva Inglaterra.

–¿Qué quiere decir con ese pero? Por supuesto que soy de Nueva Inglaterra. Soy norteamericano y nuevoinglés. Como un francés que conocí una vez en un pueblo de la selva, en Nicaragua. No había más hotel que el suyo en aquel sitio. “¿Es usted francés, monsieur?”, le pregunté. Y me respondió: “Monsieur, Je suis même Gascon”. Soy incluso gascón, y me gusta que el estado de mis finanzas siga siendo privado. Y también mis creencias políticas y religiosas. Son tónicos de buena calidad en lo que a mí concierne. Pero con la condición de que sean privados.

–El mundo no va en esa dirección –‍dijo secamente Moss‍–‍. Debería ser flexible, y prepararse para lo que va a venir. –‍Había terminado de pelar una naranja, y ahora, tras dividirla en gajos, se disponía a comérsela‍–‍. Es usted un extravagante –‍añadió, pero carente de convicción, como si estuviera pensando en algo que podía o no podía estar conectado con la conversación.

–Yo sé lo que quiere decir Mr. Stenham –‍anunció Mme. Veyron, incorporándose de golpe‍–‍. Perdónenme un momento. Voy a mi habitación. Estoy de vuelta enseguida. No quiero perderme ninguna frase.

Todos se pusieron en pie, con sus servilletas en la mano.

–Se acabaron las florituras –‍dijo Stenham en un tono capcioso‍–‍. Vaya. No se perderá nada.

Moss movió la cabeza lentamente adelante y atrás.

–Me desagrada ver a alguien tan mal preparado para el futuro. La diferencia entre nosotros, amigo mío, es que yo creo en el futuro. –‍“En eso y en Dios sabe cuántos millones de dólares”, pensó Stenham‍–‍. Uno de estos días el futuro estará aquí, y usted no estará preparado para recibirlo.

Mme. Veyron regresó a la mesa; se había puesto un pequeño sombrero blanco de tela con un ala levantada.

–Este sol me da un poco de miedo –‍explicó la joven‍–‍. Es horriblemente traicionero, y ya he tenido algunas experiencias desagradables con él.

–Las quemaduras de sol pueden ser muy malas –‍asintió Stenham.

–No, mi piel lo aguanta bien. Pero sufro insolaciones con mucha facilidad. No era tan malo cuando George, mi marido, estaba conmigo, pero cuando me separé de él y empecé a viajar sola no fue nada divertido. Es espantoso estar completamente sola con fiebre y delirando, y saber además que a nadie le importa un comino en miles de kilómetros a la redonda si vives o estás muerta. El último año, en Chipre, estuve a punto de morir. El doctor que vino a verme me daba aspirinas, una detrás de otra, y cuando pareció que ya no me hacían efecto, se fue a consultar a una vieja, y más tarde averigüé que era la bruja local.

–Pero al menos quedó totalmente recuperada –‍dijo Stenham.

–Eso parece –‍sonrió ella‍–‍. De todas maneras, el tratamiento de la señora se hizo sobre su propio fuego y en su propia choza, en alguna parte de las afueras de la ciudad. Ni siquiera llegué a verla.

Kenzie estaba carcajeándose, quizá demasiado entusiásticamente, en opinión de Stenham.

–Divertidísimo –‍exclamó. Un instante después se levantó, dirigiéndose a ella‍–‍. ¿Le gustaría ver el salón de té? Está muy bien. ¿No le importaría pedir café, Alain?

Los dos se dirigieron hacia el salón de té, inclinándose ella cada dos o tres pasos para examinar una hoja o una flor.

Stenham dispuso su tumbona para poder arrellanarse en ella, contemplando el cielo azul del atardecer.

–La bastela es un plato indigesto –‍dijo con gran esfuerzo.

El inevitable sopor que seguía a un almuerzo de esa índole empezaba a insinuarse. No tenía sueño, pero en modo alguno le apetecía moverse o pensar. En su mente comenzaron a aparecer imágenes de lugares distantes de la ciudad: los puentes arqueados de piedra sobre el río cubierto de espuma, garzas caminando en aguas poco profundas entre los juncos y cañas, las pequeñas aldeas que los más pobres habían levantado recientemente en el fondo de las antiguas canteras –‍desde lo más alto, se podía contemplar abajo del todo, siguiendo una línea vertical, sus casas construidas en un patrón de bloques huecos de arcilla cocida–; aquella gente no era tan pobre como para que sus terrazas no estuvieran cubiertas con alfombras de color magenta y naranja extendidas allí para que se airearan, y las mujeres se sentaban en patios diminutos que eran como estanques de sombra, a salvo del implacable sol, mientras golpeaban sus tambores de arcilla. Ahora veía las entradas de las grandes cuevas de las canteras más lejanas, ocultas tras las higueras silvestres que habían crecido allí; dentro de las enormes salas y los largos pasadizos hacía frío, y la luz verdosa penetraba a través de profundas grietas, filtrada por la vegetación que se agolpaba en sus aberturas. En el interior se oía el silencio de los siglos; nadie entraba allí, salvo algún ocasional delincuente que no temía a los djenoun que habitaban aquellos lugares. Eran estos extraños y solitarios parajes situados más allá de las murallas, donde los habitantes de la ciudad le aconsejaban de forma unánime que no se adentrara, precisamente los que él amaba. Con todo, la belleza de los mismos existía para él sólo en la medida en que era consciente de su emplazamiento remoto, donde podía evocar la sensación de densa cohesión que le producía la Medina. Era la conciencia de que la ciudad rebosante estaba allí abajo, encerrada en sus grandes murallas, lo que hacía tan delicioso vagar por las colinas y las crestas de los acantilados. Los demás están allí –‍pensaba‍–‍, necesitan la ciudad, y yo estoy aquí, no necesito nada, soy libre.

Poco después, Kenzie y Mme. Veyron salieron del salón de té charlando animadamente. El camarero apareció con cafés (aunque Stenham no habría sabido decir cuándo los había solicitado Moss) y la conversación se reanudó sin gran empuje, con aisladas observaciones y alocadas aunque corteses respuestas, en trance de sucumbir al tedio, porque todos querían antes que nada sentarse y permanecer en silencio. Pero naturalmente el silencio era impensable, de modo que siguieron hablando.

Cosas interesantes iban a ocurrir en un futuro no muy lejano, aseguraba Kenzie. Aunque Casablanca era el actual estado de operaciones, Fez era el núcleo de la resistencia al gobierno francés, y el gobierno estaba casi preparado para aplastar a los elementos rebeldes que había en la ciudad. Pero aquello podía ser muy grave, porque significaría arrestos en masa a gran escala. Los campos de concentración se estaban ampliando en aquellos momentos para tener todo listo cuando llegara el día. Tales pormenores estaban siendo relatados para conocimiento de Mme. Veyron, pero no daban pie a la respuesta por parte de ella que cabría esperar; de vez en cuando exclamaba: “Oh”, o “Ya veo”, o “¡Dios mío!”, y eso era todo. Stenham pensó con tristeza: “Se divierte con lo que está ocurriendo. Quiere ser testigo de los disturbios”. Kenzie estaba dejando muy claro que él estaba por completo del lado de los marroquíes. Stenham, a su vez, no podía encontrar una satisfacción tan simple. No había manera, pensaba, de afirmar quién llevaba razón, puesto que desde un punto de vista lógico ambas partes estaban equivocadas. Las únicas personas con quienes podía simpatizar eran aquellas que permanecían al margen de la contienda: los campesinos bereberes, los cuales sólo pretendían continuar viviendo su vida a la manera tradicional, y cuya opinión no contaba en modo alguno. Estaban destinados a sufrir al margen de quien ganara la batalla por el poder, pues el poder, en el análisis final, significaba disponer de una u otra manera de los frutos de su trabajo. Era incapaz de escuchar la trepidante narración de Kenzie sobre las armas que había descubierto la policía en los hogares de respetables ciudadanos de la Medina, o sobre los rumores de que los seguidores de Si Mohammed Sefrioui estaban urdiendo un complot en alguna pestilente celda de la Medersa Sahrij en aquel mismo momento, porque todo aquello carecía de importancia. La gran ciudad medieval había sido tomada por la fuerza innumerables veces; sería tomada de nuevo algún día, y la diferencia consistiría, si sus temores se confirmaban, en que ese día Fez dejaría de ser para siempre lo que había sido. Unas cuantas bombas transformarían sus bellos muros trabajados a mano en un montón de ruinas de polvo blanco; y dejaría de ser el dédalo encantado a salvo del paso del tiempo, por el que al pasear despreocupadamente aquello que vieran sus ojos le diría que había encontrado por fin el camino de regreso. Cuando cayera la ciudad, el pasado habría tocado a su fin. El abismo de mil años desaparecería en un segundo al tronar la primera bomba; desde ese instante hasta la fecha posterior en que la metrópolis transformada volviera a brillar con sus paseos y garajes, todo ocurriría de forma mecánica. El sufrimiento, la derrota o la victoria, los años de reconstrucción –‍nada habría tenido sentido‍–‍. Todo se produciría por sí mismo, y un cierto día alguien comprendería por primera vez que la vieja ciudad había muerto en el momento de estallar la primera bomba.

Y además, a nadie le importaría. Acaso podía decirse que la ciudad ya estaba muerta en un cierto sentido, porque la mayoría de sus habitantes (y ello atañía ciertamente a los más jóvenes sin excepción) la odiaban, y no deseaban sino derrumbarla para construir otra más en consonancia con lo que suponían sus necesidades actuales. Tenía un aspecto disparatadamente distinto de cualquier ciudad que hubieran visto en el cine, era mucho más vieja y decrépita que las otras ciudades marroquíes. Estaban avergonzados de sus callejones y túneles, de su barro y su paja, se quejaban de la humedad, la suciedad y las enfermedades. Querían volar los muros en que estaba encerrada y abrir amplias avenidas hacia los olivares que la rodeaban, y a lo largo de las avenidas querían ver pasar autobuses y construir enormes casas de apartamentos. Por suerte los franceses, al declarar toda la ciudad un monument historique, habían logrado que aquellos propósitos fueran por el momento inalcanzables. Los planes para levantar cualquier construcción nueva debían someterse a la aprobación de las Beaux Arts; si alguna construcción se apartaba del estilo tradicional no podía ser levantada. “Una cosa que debemos reconocer a los franceses”, le gustaba decir a Stenham, “es que al menos han hecho lo posible por mantener Fez intacta”.

Pero a menudo tenía la impresión de que existía la posibilidad de que esto fuera cierto sólo en el plano arquitectónico, de que la vida y la alegría se habían evaporado del lugar hacía mucho tiempo, y era una ciudad irrecuperablemente enferma.

De súbito Mme. Veyron se puso en pie.

–Perdónenme, caballeros –‍dijo, conteniendo un bostezo‍–‍. Ha sido una charla muy agradable, pero estoy muerta de sueño. Voy a echarme un rato para dormir una pequeña siesta.

Kenzie parecía decepcionado.

–Esperaba poder ir con usted más tarde a los jardines –‍dijo. Iban caminando hacia la puerta.

–¿Por qué no me llama por teléfono a eso de las cinco y media desde su hotel? ¿Sería muy tarde para dar el paseo?

–Sería mucho mejor si me paso por aquí a esa hora.

El rostro de la joven adoptó una expresión dubitativa, pero no antes de que Stenham hubiera sorprendido un relámpago de resentimiento en su mirada.

–Bien –‍dijo lentamente‍–‍, puede que tenga que esperarme un rato mientras me preparo.

Él también tendría que esperar, pensó Stenham; ya se encargaría ella de eso. Entonces decidió probar fortuna.

–¿Por qué no tomamos juntos el té mañana? Podemos ir a algún café de esos poco conocidos.

Habían subido los escalones y permanecían junto a la puerta de entrada. Kenzie estaba un poco apartado, pagando al camarero.

–Creo que estaría muy bien –‍dijo ella.

Capítulo 17

Stenham se despertó al día siguiente con un ligero dolor de cabeza. La cena en casa de Si Jaffar había sido más pesada que de costumbre; por ello, su sueño había sido muy frágil a lo largo de toda la noche. Cada vez que despertaba, se hacía dolorosamente consciente de estar sufriendo una indigestión. Al mediodía bastela y por la noche cordero con limón y almendras, ahogado en aceite de oliva caliente con pan pegajoso, además de seis vasos de té de menta, tan dulce que escocía la garganta... Cuanto mayor honor querían rendir a un invitado, más incomestible resultaba la comida, al sazonarla de forma exagerada con azúcar y aceite.

Era un día de violenta claridad, palpitante de luz. Cualquier parte del cielo que mirara desde su cama le cegaba por completo. Las palomas que tenían sus nidos en alguna parte, al otro lado de las ventanas, zureaban beatíficamente, y Stenham tuvo la impresión de que eran como una sustancia dulce derritiéndose ahí fuera bajo el ardiente sol de la mañana; no tardarían en convertirse en un jarabe burbujeante, aunque el sonido continuaría igual que ahora. Bostezó, estiró los brazos y se levantó sin prisas de la cama. El teléfono estaba instalado en la pared opuesta. Moss encontraba este inconveniente de todo punto insufrible. “No me gustaría tener que ir dando tumbos por la habitación para pedir el desayuno”, había dicho al verlo por primera vez. “Pida una habitación cómoda, y con un baño adecuado”, le había recomendado. “¿Como la suya?”, había contestado Stenham. “Resulta que la suya es justo cuatro veces más cara que esta. ¿Había pensado en ello?” “Vamos, John. Cuando la vida es tan barata como aquí, esas matemáticas no significan nada”, había objetado Moss. “Y además, usted tiene dólares. Con mis pobres libras tengo que hacer lo posible por estirarlas.” Era otra faceta del jueguecito que se traían entre manos. Stenham sabía perfectamente que Moss poseía una de las mayores fortunas de Inglaterra y que era dueño de bloques de apartamentos, cines y hoteles en lugares que iban desde La Habana a Singapur, incluyendo varias ciudades de Marruecos a las que solía desplazarse con cierta frecuencia, denominando a estos cortos viajes “visitas de inspección”. Pero también sabía que a Moss le producía un inmenso placer jugar a ser pobre, para así fingir que la seguridad que le proporcionaban sus muchos millones de libras no existía como tal en su vida, porque, como había exclamado un día en que su ánimo aparentaba estar abierto a las confidencias, “es una sensación asfixiante, se lo aseguro; todas las consideraciones están dictadas por la existencia de eso. Uno no tiene libertad... Ninguna libertad”. A su debido tiempo Stenham había contestado con tono más bien agrio que la gente tenía tanta libertad como verdaderamente quería. Pero Moss estaba empeñado en persuadirle de su situación de indefensión.

Stenham descolgó el teléfono; el aparato empezó a emitir un zumbido metálico, que continuó hasta que se oyó una pequeña explosión y la voz de un hombre que decía: “Oui, monsieur”.

–Quisiera pedir mi desayuno.

–Oui, monsieur, tout de suite.

Al colgar el hombre, comenzaron de nuevo los ruidos. Furioso, Stenham zarandeó el aparato hasta que regresó la voz. Habló entonces con cierta aspereza.

–Vous désirez, monsieur?

–Quiero desayunar –‍dijo Stenham con exagerada claridad‍–‍, mais ce matin j’ai envie de boire du thé. Au citron. Vous avez compris?

–Pero ya he pedido café para usted, como todos los días –‍manifestó la voz.

–No quiero café. Cambie el encargo.

–Haré lo que esté en mi mano –‍respondió la voz con dignidad‍–‍, pero va a ser difícil, porque en estos momentos están preparando el café en la cocina.

Stenham colgó, seguro de que iba a resultarle imposible trabajar esa mañana. Cualquier pequeño incidente a esa hora del día podía convertirse en un impedimento. Y ahora la sangre parecía estar golpeándole con más fuerza en la cabeza. Después de tomar un par de aspirinas con un vaso de agua fría, abrió la puerta que daba al pasillo y se tumbó de nuevo en la cama para relajarse. Sabía que era absurdo pensar de ese modo, pero un día que no trajera consigo al menos un pequeño avance en su libro parecía un día perdido. En vano trataba de convencerse de que un hombre seguramente no podía hacer de la escritura una razón para vivir, a menos que creyera en la validez de lo que escribía. La dificultad radicaba en que él no podía encontrar ninguna razón; y el trabajo tenía que convertirse en esa razón. Al mismo tiempo, no era capaz de atribuir importancia alguna al trabajo en sí. Él sabía, no importaba lo que dijeran otros en sentido contrario, que la escritura no tenía otro valor que el de la terapia personal. “La vida tiene que discurrir hacia su fin por uno u otro camino”, se decía a sí mismo. A los otros les decía: “Escribir no hace ningún daño, me da de comer y me mantiene alejado de los problemas”.

Vino el té, en manos de Rhaissa, que traía consigo una nueva historia de infortunio. Sus parientes del campo se habían presentado en su casa sin avisar y se habían instalado allí varios de ellos, y al estar, por supuesto, terriblemente envidiosos de su buena fortuna por vivir en la ciudad, habían empezado a hacerle la vida imposible. Se habían apropiado de su ropa, parte de la cual habían vendido en la Joteya; el resto la llevaban por el momento sobre su propio cuerpo. Habían roto varios de sus platos y habían permitido que los críos abrieran agujeros en las paredes. Y lo peor de todo, habían robado o tal vez destruido su precioso perborato sódico, porque en un momento de descuido había sido tan tonta de hablarles de sus propiedades mágicas. Sus ojos llameaban de indignación cuando llegó a esta parte del relato. Stenham estaba tumbado con la cabeza sobre la almohada, mirándola, dando sorbos a su té y pensando que al menos los dos grandes fastidios de la mañana se habían producido de forma simultánea, y que hubiera sido peor que el problema con el té sucediese hoy y la epopeya de Rhaissa llegara a sus oídos mañana. Cuando ella concluyó, Stenham dijo, con esa inflexión agraviada que había aprendido a entonar después de años y años de hablar con aquella gente:

–Menène jaou? O allèche? ¿Y por qué no les echas de casa?

Ella sonrió con tristeza. Naturalmente aquella propuesta no podía ser tomada en consideración. Tenía que aguantarles. En unas dos semanas se marcharían, si Alá lo quería así. Hasta entonces tendría que darles de comer y soportar sus estragos en silencio.

–¿Y tú nunca vas a visitarles? –‍le preguntó Stenham.

Ella sacudió la cabeza con desdén. ¿Por qué habría de hacerlo? Ellos vivían en el campo, muy lejos, y había que caminar o montar en burro después de bajar del autobús, pues su aldea estaba a varias horas de distancia de la carretera.

–Pero si fueras a verles, ¿no harías lo mismo que ellos, sentarte tranquilamente y comerte su comida y hacer como si estuvieras en tu casa?

Rhaissa empezó a reír con suavidad. Tamaña ingenuidad alteraba su sentido del ridículo. En primer lugar, le explicó, ellos escondían toda la comida cuando veían venir a alguien. Y, además, nadie iba a visitar a la gente que vivía en el campo, a menos que hubiera una boda o una muerte importante con una herencia de por medio, porque ¿a qué tendría que ir nadie al campo por otra razón? Estaba vacío, no había nada que ver. Y si por alguna razón era preciso ir allí, se llevaba uno su propia comida desde la ciudad.

–¡Qué locura! –‍exclamó Stenham‍–‍. Toda la comida viene del campo.

–Hachouma –‍dijo Rhaissa, moviendo la cabeza. (Era la clásica respuesta marroquí, que, junto con “Haram”, suponían el incontestable argumento que podía dar por concluida cualquier discusión; vergüenza y pecado eran las dos palabras más útiles en el vocabulario de la gente común.) Si alguien tenía la suerte de vivir en la ciudad, era menester pagar por ese privilegio convirtiéndose en presa resignada, si no entusiasta, de la codicia de los parientes del campo; cualquier otra pauta de conducta era vergonzosa, y la vida era así.

–Te daré otro paquete de polvos mañana, incha’Allah –‍dijo Stenham.

Una lluvia de bendiciones cayó a raudales sobre él. Mostrando su dentadura, Rhaissa salió de la habitación. Al poco, Stenham escuchó los cánticos de la mujer mientras fregaba el suelo del pasillo.

Su dolor de cabeza había desaparecido. En algún lugar de su mente palpitaba la expectación: estaba deseoso de que llegara la hora del té que iba a compartir con la joven norteamericana. “Madame Veyron” era el nombre más inapropiado que el destino podía haberle reservado. Debería haberse llamado, por ejemplo, Susan Hopkins o Mary Williams. Se descubrió preguntándose cuál sería su verdadero nombre y cómo sería ella realmente. Pero si se permitía a sí mismo adentrarse en tales conjeturas no haría nada en todo el día. ¿Podía darse por inevitable que no sería capaz de trabajar? Con la perspectiva en mente de volver a verla, debía de resultarle posible olvidar la escena del teléfono y la interrupción de Rhaissa. Saltó de la cama y se afeitó. Acto seguido se sentó y trabajó bastante bien hasta las doce y media, momento en que se vistió y bajó al salón para almorzar temprano, con la decisión de escribir algunas cartas después.

Si se daba la circunstancia de que hubiera muchos turistas en el hotel, el restaurante demostraba hallarse algo escaso de personal. En las últimas semanas, no obstante, las noticias de la agitación que se vivía en Marruecos habían espantado en apariencia a todo el mundo, salvo a los visitantes más audaces: había sólo unos cuantos viajeros en tránsito hacia otros lugares, de modo que los camareros pasaban la mayor parte del día apoyados contra la pared hablando entre sí en voz baja. Los europeos se quedaban junto a la puerta de entrada y los marroquíes permanecían cerca de la puerta que daba a la cocina.

Las tres mesas más apetecibles eran las que estaban frente a las ventanas, desde las que podía divisarse parte del jardín del hotel, los muros almenados del antiguo palacio y, un poco más allá, la Medina. En las últimas semanas, Stenham se había sentado sin problemas en esas mesas siempre que le apetecía. Pero hoy le disgustó comprobar que estaban ocupadas por diversos grupos de norteamericanos. Tomó asiento en una pequeña mesa en la que había buena luz y empezó a leer. Los camareros estaban habituados a sus hábitos culinarios; a veces tardaba dos horas en concluir su comida, pasando página tras página antes de indicarles que estaba listo para el siguiente plato.

Los norteamericanos que estaban más cerca de él comentaban las compras realizadas esa mañana en los souks. En un momento dado, se centraron en la historia de una conocida que estaba presente en un café de Marrakech cuando explosionó una bomba; todavía tenía trozos de metralla en su cuerpo, aseguraban, y el médico le había dicho que era preferible dejarlos allí. La voz de un hombre advirtió que aquel proceder era un tanto peligroso, porque los pedazos podían abrirse paso hacia el corazón. Stenham intentó, sin éxito, alejar el sonido de aquellas voces de su conciencia, a fin de concentrarse en la lectura de su libro. Pero siguió escuchándoles. Cuando aquella gente abandonó la mesa, pudo leer un poco, pero de improviso volvió a interrumpirle una palmadita en el hombro. Volvió la cabeza con un gesto de disgusto y se encontró con la cara divertida de Mme. Veyron.

–Ese es un buen método para sufrir una indigestión –‍dijo ella, al tiempo que él se ponía en pie‍–‍. Leer mientras se come.

–¿Qué tal está? No la vi entrar.

–Desde luego que no. Fui yo quien le vio entrar. Estaba sentada allí, en esa esquina.

Ese día llevaba un sencillo traje sastre de estambre de zapa azul pálido; la severidad de las líneas de su ropa quedaba puesta en entredicho por su figura de maniquí, cuya presencia el traje proclamaba categóricamente.

–¿No se sienta un momento conmigo? –‍le preguntó.

Ella pareció dudar.

–Mis amigos están fuera esperándome. Vamos a tomar café en la terraza.

–Siéntese de todos modos –‍dijo él con firmeza, y ella le hizo caso.

–La verdad es que no me puedo quedar.

–¿Quiénes son sus amigos? –‍preguntó Stenham, consciente de profesarles una vaga envidia: habían estado con ella durante todo el almuerzo.

–Una pareja de norteamericanos y otro amigo suyo que me encontré esta mañana en los souks. Están destacados en una de las bases aéreas, cerca de Casablanca. Me preguntaron si quería comer con ellos. –‍La joven echó una rápida ojeada al salón‍–‍. ¿Cómo es que está solo? ¿Dónde está Mr. Kenzie? ¿Y el otro? No recuerdo su nombre.

–Nunca como con ellos –‍dijo, como si estuviera deseoso de justificarse a sí mismo por haber estado con los dos ingleses el día anterior‍–‍. Ayer era un día especial, un poco raro. No sé dónde andan ahora.

Se la quedó mirando. La carne no podía haber sido moldeada más artísticamente alrededor de los pómulos y las comisuras de su boca. En realidad era eso y nada más, decidió, lo que hacía de ella una mujer hermosa. Era un rostro para ser esculpido, no pintado. Los ojos eran de un color neutro, gris avellanado, el cabello más bien claro, entre rubio y castaño, muy liso y bastante corto, en un peinado que parecía demasiado anárquico para haber sido planeado y demasiado elegante para ser fruto de un accidente. Describía esas extrañas, perfectas, múltiples curvas que obligaban a mirar desde los labios, pasando por las mejillas, hasta llegar a las sienes. Él supo que la joven se estaba dando cuenta de su recorrido visual y que no la embargaba la timidez ni el resentimiento.

–Es agradable mirarla –‍dijo Stenham.

–La verdad es que no puedo estar aquí sentada. Quieren ponerse en camino hacia Casablanca en unos minutos y se han portado estupendamente conmigo.

–¿Por qué no se reúne conmigo cuando se vayan? Estaré sentado al final de la terraza, en una de las mesas que hay debajo de las palmeras grandes.

–Bueno –‍dijo ella, vacilante‍–‍, se ofrecieron para llevarme a mi hotel cuando salgan. No sé.

–Recuerde que me debe una cita a las cinco, de todos modos. ¿No lo habrá olvidado?

–Claro que no –‍respondió ella con seriedad.

–Si tiene que ir a su hotel, yo la llevaré en un taxi, pero quédese y tome un café conmigo cuando se hayan ido sus amigos.

–De acuerdo. –‍La joven le miró con una sonrisa efímera pero radiante, y se marchó.

Stenham comió el resto de su almuerzo a un ritmo desacostumbrado en él; verdaderamente no creía que ella pudiera cambiar de opinión y marcharse con sus amigos, pero existía, al fin y al cabo, tal posibilidad, y el hecho de que ella estuviera fuera de su campo de visión en aquel momento la hacía aún más real. Pero cuando salió afuera la vio tomando el sol junto a los otros, con la cara un poco seria y asintiendo con la cabeza. Con objeto de no cruzar la terraza donde se encontraba ella, atravesó el bar y el oscuro pasillo que conducía al vestíbulo de la entrada principal y después salió a un patio pequeño y sombreado donde nadaban unos peces de colores bajo unos bananos de gran tamaño. Desde allí salió a otra parte de la terraza y tomó asiento en una mesa lejana, al lado de la pared, que estaba casi escondida por el enorme abanico de lanzas verdes de unas hojas de palmera que se agitaban ante su rostro. Cuando los norteamericanos se marcharon, decidió esperar un tiempo decoroso, unos cinco minutos, antes de reunirse con la joven. Sin embargo, ella se levantó casi de inmediato y se aproximó a su umbrío rincón.

–Ya se han ido –‍anunció‍–‍. Estoy pensando en cambiarme a este hotel. No sabía que era tan barato. Me han dicho que tenían una habitación doble sin baño la última noche por mil doscientos francos. La única razón por la que estoy en mi pequeño cuartucho es porque en esta temporada tengo que controlar hasta el último franco. Pero no hay mucha diferencia de precio. ¿Se da cuenta? Tengo que pagar setecientos francos por mi cuchitril, y ni siquiera pasan la escoba. Todavía hay un buen trozo de pan debajo de la cama desde el día que llegué.

–¡Setecientos francos! –‍exclamó él‍–‍. Yo tengo una buena habitación por ochocientos. La están estafando de mala manera.

Era demasiado hermoso para ser cierto que ella pudiera cambiarse a su hotel. Decidió no añadir una palabra, por miedo a que ella pudiera darse cuenta de la emoción que le embargaba y cambiara de idea.

–Me gustaría hablar con el gerente y ver lo que tienen libre ahora.

–El hotel está casi vacío. Lo que me lleva a hacerle una pregunta que me tiene intrigado. ¿Cómo es que está viajando por Marruecos, sola, precisamente este año?

Ella le miró de hito en hito, como si debatiera consigo misma la conveniencia de adentrarse en la habitación coloquial cuya puerta él le estaba abriendo. Un segundo después pareció haber tomado una decisión, pero Stenham no supo si lo había hecho con total confianza en él o con ciertas reservas. Y el hecho de que la cuestión de la confianza se hubiera planteado de súbito en su mente volvió a abrir la estancia cargada e irrespirable de su pasado donde la sospecha había sido obligada y la fe en el prójimo un asunto permanentemente abierto a la discusión.

–Precisamente este año –‍repitió ella‍–‍. Esa es la respuesta. Siempre había querido visitar Marruecos, y tenía la horrible premonición de que debía venir ahora, o de lo contrario se pasaría para siempre la oportunidad de hacerlo.

–¿Por qué? –‍Stenham creyó saber lo que quería decir, pero quería asegurarse.

–¡Dios mío, mire los periódicos! –‍gritó‍–‍. No hace falta tener una gran inteligencia para darse cuenta de lo que está ocurriendo. –‍Ahora Stenham estaba casi seguro de que ella había adivinado sus pensamientos, y se mostraba a la defensiva‍–‍. Aquí se está preparando una guerra. Y no quedará nada en pie si todo sigue a este ritmo. –‍“Pero es difícil fingir inocencia cuando se ha comido de la manzana”, reflexionó él‍–‍. Y me parece que todo va a continuar, porque los franceses no van a ceder, y lo cierto es que los árabes tampoco; no pueden hacerlo. Están luchando, pero tienen la espalda contra la pared.

–Pensé que se refería a que esperaba una nueva guerra mundial –‍mintió él.

–Esa es la más pequeña de todas mis preocupaciones. Cuando eso llegue, se acabó. Uno no puede estar quejándose todo el tiempo pensando en el Día del Juicio Final. Es sencillamente una estupidez. Desde que existe el mundo, todos han tenido que enfrentarse siempre con su particular Día del Juicio Final, y sigue siendo igual. En lo que a eso se refiere, nada ha cambiado en absoluto.

Un pequeño camarero argelino, que a veces hacía funciones de ayudante del barman, se había acercado a la mesa.

–Vous prenez que’que chose, Monsieur Stenhamme? –‍preguntó.

–¿Café? –‍dijo Stenham, dirigiéndose a ella.

Mme. Veyron se encogió de hombros.

–Sí, está bien. Estaré drogada toda la tarde, pero da igual.

–O quizá le apetece más un licor.

–Cointreau, Chartreuse, Pipermín, crema de cacao, Grand Marnier, whisky, Benedictine, Armagnac, ginebra, Banania, Curaçao... –‍entonó el camarero.

–¡Deténgale! –‍gritó ella‍–‍. Pronto llegará a las cervezas. ¡No, no, no! Café era la sugerencia, y café tiene que ser.

–Deux cafés.

Ella encendió un pitillo.

–Antes de casarme, trabajé una temporada en París para la Unesco. Un simple trabajo de secretaria, nada importante. Pero empecé a viajar, y eso despertó en mí un nuevo tipo de interés por las cosas. No diría que me fascina la política, pero por lo menos sé que existe. –‍“Su observación menos inteligente hasta el momento”, pensó Stenham; muy, pero muy a la defensiva.

–Y antes, ¿qué sabía hacer?

Ella se echó a reír.

–Me temo que no mucho. Bailes, citas, la escuela de arte, incluso la escuela de arte dramático. –‍Se quedó callada durante un momento. La terraza estaba desierta ahora y los únicos sonidos que se escuchaban eran los gorjeos de los gorriones en el jardín de abajo y el constante golpeteo de una máquina de escribir en el mostrador de recepción, al otro lado de la terraza.

Stenham se sentía insatisfecho; tenía la sensación de haber complicado las cosas. No había obtenido la respuesta que esperaba; tal vez no había formulado su pregunta de un modo adecuado. No la gran pregunta, que era inútil plantear de todas formas, ya que la información tenía que ser dada, sino la primera, vaga, general pregunta que podía encarrilar el diálogo. Además, quizá no era sólo una pregunta, sino muchas. ¿Por qué estaba interesada en Marruecos? ¿Qué quería encontrar allí? ¿Por qué estaba viajando sola, cuando la mayoría de la gente se negaba a venir, aunque fuera en grupo? ¿Por qué no tenía miedo, dónde había estado, cuánto tiempo pensaba quedarse? Su intuición le dijo que un interrogatorio resultaba improcedente a esas alturas de su relación, y si llegaba a hacerle todas aquellas preguntas, ella no se mostraría ofendida, ni tampoco daría a entender mediante una palabra o un gesto que se sentía incómoda, sino que simplemente desaparecería sin una frase de advertencia, y a partir de entonces se cuidaría muy mucho de que él volviera a verla. Esa no era la manera en que él deseaba que se desarrollara la historia.

–No sé qué ha visto hasta ahora de Marruecos –‍dijo él‍–‍, pero no creo que tenga muchas posibilidades de conocer algo más fascinante que esta ciudad.

–Ah, ya lo sé. Estoy segura. Por eso decidí quedarme un poco más. Al principio tenía idea de concederle un día. ¿Se imagina? Pero decidí que aunque me perdiera otras cosas merecería la pena por conocer Fez un poco mejor. Pero sólo tengo una cantidad de energía limitada. Y no puedo seguir así día y noche sin parar.

–Hay muchas preguntas que me gustaría hacerle –‍dijo él de improviso, a pesar de sí mismo, y un poco escandalizado ante su propia falta de control. (Pero quizás era este el camino adecuado para llegar a un acercamiento íntimo: el enfoque neutro. ¿No había sido todo completamente natural hasta el momento? ¿Y que pretendía él, a fin de cuentas, sino llegar a intimar con ella?)‍–‍. El tipo de preguntas de las que yo no esperaría respuestas inteligibles por parte de nuestros amigos ingleses.

La expresión de la joven no había cambiado en absoluto.

–¿Qué tipo de preguntas? –‍dijo ella.

–Acerca de mis –‍nuestras‍– reacciones hacia Fez. Lo que significa para usted o para mí. Son preguntas importantes, ¿no cree? Quiero decir, qué vemos en ella, por qué nos gusta, qué tenemos dentro que se conmueve ante una ciudad así. O quizás a usted no le conmueve del todo, al menos de la manera que me conmueve a mí.

–¡Oh, me encanta, me encanta! –‍protestó ella.

No era esta la clase de respuesta que él quería, y se preguntó por un instante si ella no sería, después de todo, tan sólo una preciosa turista norteamericana y si no estaría él haciendo una novela de una simple entrevista. “Más tarde se verá”, dijo para sí; él nunca podría ir más allá de lo que ella quisiera que fuese. El problema no era descubrir quién era ella, sino más bien fingir que lo sabía, y hacer que ella deseara confirmar la identificación. Ella no debía sentir en ningún momento que él estaba intentando cercarla con su conversación. Más tarde, en un instante aún imprevisible, si la suerte le era favorable, le sería concedida esa necesaria instantánea que iluminaría la mente de la joven y que le diría lo que él deseaba saber. “Olvídalo todo”, se dijo a sí mismo. Más allá de los árboles, el día estaba limpio y caliente, a la espera de ser usado.

–Es una vergüenza que estemos aquí sentados –‍dijo Stenham de repente.

Ella le miró con un gesto de sorpresa.

–¿Qué pasa con este sitio? Es delicioso.

–¿No le gustaría alquilar un coche y ser arrastrada por dos viejos caballos de la tierra por toda la Medina? Es un paseo muy bonito, si no le molesta el sol.

–Me encanta el sol –‍dijo ella.

–Pero tiene que cubrirse la cabeza –‍le recordó Stenham; consideró que si era él quien ponía las objeciones por ella, sería más probable que Mme. Veyron aceptara.

–No es tan peligroso si se está en movimiento. Lo mortal es quedarse tumbado en la playa sin moverse. De todas maneras, tengo un pañuelo enorme en el bolso, me lo puedo poner en la cabeza. Pero...

–Ah, sí, quería ver lo de las habitaciones, desde luego. Vamos ahora. Y después, si le sigue apeteciendo, podemos llamar a un taxi.

–Creí que había dicho un coche, un coche de caballos.

–Ya lo sé, pero la parada de coches más cercana está en Bab Bou Jeloud. Nos llevaría alrededor de una hora y media llegar allí. Quizás un poco menos –‍añadió a toda prisa, temeroso de que ella pudiera llegar a la correcta conclusión de que la excursión completa era ciertamente muy larga‍–‍. Hay que avisar al conductor y todo eso. Ya sabe lo lentos que son aquí. Lo que tenemos que hacer es ir en taxi hasta Bou Jeloud y tomar el coche de caballos allí.

–Bueno, creo que sería maravilloso. Pero usted probablemente lo ha hecho diez mil veces.

–No tantas. Y lo que sí es cierto es que nunca lo he hecho con usted.

Ella rio.

–¿Por qué no mira ahora lo de las habitaciones? Yo voy llamando al taxi. Se pondrá en camino mientras echa una ojeada. –‍Stenham quería que la decisión de la joven fuera irrevocable.

–Bien, bien.

Ella se puso en pie, y ambos atravesaron la terraza hasta llegar al mostrador. Cuando él salió de la cabina telefónica Mme. Veyron y el recepcionista habían subido las escaleras que conducían a la torre, sus escaleras. Ese era el camino que en opinión de Stenham tenía más probabilidades de tomar el hombre, porque era allí, en el ala antigua del edificio, donde se encontraban las habitaciones más baratas. El turista medio prefería inevitablemente las espaciosas y modernas habitaciones de las otras partes del hotel. Esperaba y deseaba que el recepcionista tuviera el suficiente tacto para no señalar con el dedo su puerta al pasar por allí, para decir: “La habitación de Monsieur Stenham”; sería muy de su estilo hacer una estupidez así. Porque entonces, sin la menor duda, ella preferiría otro piso, o tal vez el ala nueva, o una habitación abajo en el jardín, cerca de Moss, o podría incluso desechar por completo la idea de quedarse en el hotel. Atravesó de nuevo la terraza y se quedó en la balaustrada con la vista puesta en el jardín inferior, con las piernas casi temblando y en modo alguno contento consigo mismo. Este desagradable estado lo atribuía Stenham al sentimiento de fracaso que experimentaba por la pequeña conversación que habían mantenido mientras tomaban café. Fuera lo que fuese lo que ocurriera con ella, pensó, sería culpa de él en un cien por cien. En general, cuando conseguía descubrir el motivo de su perturbación, el entendimiento bastaba para mitigarla en cierta medida; en esta ocasión no cambió nada. “Explicación errónea”, resolvió. Permaneció allí, con los ojos fijos en la rama de un tembloroso álamo, dejando su mente en blanco, pues se oían unas voces bajando por las escaleras en dirección al vestíbulo, y había renunciado a intentar descubrir la razón de su momentáneo abatimiento. Eran ellos; se quedaron un rato hablando en el vestíbulo. Después, sonriente, la joven salió para reunirse con él.

–Bueno, ¿cuál es el veredicto? –‍dijo él.

–Esta noche llamaré al gerente para decírselo definitivamente. Tengo que hacer unos cálculos primero y averiguar cuál es mi situación financiera antes de acceder a la alta sociedad.

–¿Qué le parecieron las habitaciones?

–Bien, desde luego son encantadoras. Hay una, sobre todo, que parece como si estuviera sacada del palacio de Haroun er Rachid. Y las vistas son maravillosas.

Subieron la escalera principal y aguardaron el taxi en la puerta, hasta que apareció: un viejo vehículo lleno de abolladuras. El conductor dejó el motor en marcha mientras vertía agua en el radiador, pero según entraban ellos dos, se caló.

–Paciencia es todo lo que necesitamos –‍murmuró Stenham.

Después de un largo rato de girar la manivela y recibir los consejos prodigados por una creciente multitud, compuesta por el personal del hotel y viandantes interesados en el problema, el chófer consiguió que el motor volviera a vibrar, atravesaron por fin las dos puertas abovedadas y tomaron la sinuosa y empinada carretera que se retorcía más arriba entre los cementerios y los bosquecillos de olivos. En Bou Jeloud dejaron el estribo del taxi en beneficio del chirriante carruaje. Le llevó un buen rato a Stenham acordar el precio con el cochero, un hombre enormemente gordo que llevaba una faja carmesí a juego con su fez, e incluso el acuerdo final tenía una traducción en cifras mucho mayor de lo habitual. No obstante, pensó Stenham, una pequeña imprudencia de vez en cuando le hacía sentirse más satisfecho consigo mismo; podía permitírselo esa vez.

–¡Vámonos! –‍gritó‍–‍. Yallah!

Capítulo 18

Se movían con lentitud a través de la multitud que se dirigía a la Joteya o estaba ya de vuelta del célebre mercado con su cargamento de colchones, ropa usada, despertadores rotos y bandejas de bronce martilleado.

–Este es su coliseo –‍le dijo Stenham‍–‍. Es aquí donde se divierten de verdad. Un hombre puede tener una camisa nueva de marca o un par de zapatos y estar encantado con su artículo, pero en unos pocos días el impulso de hacer algo con él se vuelve irrefrenable y termina subiendo al mercado para ver qué puede conseguir a cambio de lo que tiene. Al final, después de pasar un día entero aquí, lo vende, con una pequeña pérdida, por supuesto, y consigue algo de segunda mano en su lugar. Sin embargo, le ha sacado rendimiento a su dinero: el placer de estar todo un día regateando. Y se vuelve a casa muy contento, con una camisa vieja o con un par de zapatos gastados en lugar de los nuevos que tenía antes. Los franceses han entendido el juego; ahora les cobran por entrar en el mercado y mire qué cola hay en este momento.

Cuando pasaron por fin las murallas y se encontraron en el campo abierto, atravesando los densos cañaverales cubiertos de polvo, los caballos estabilizaron su trote haciendo sonar los cascabeles de latón de los arneses; el coche daba fuertes bandazos. Para sujetarse, Stenham y la joven apoyaron sus pies sobre el raído asiento de cuero negro que tenían frente a sí, con las piernas estiradas.

–Esto es el paraíso –‍dijo ella alegremente‍–‍. Justo la velocidad adecuada para ver el paisaje.

A cada nueva curva, el panorama se hacía diferente: colinas del color de la arena, hileras de olivos verdegrisáceos, lejanas instantáneas de campos erosionados hacia el este, con sus montañas de cumbres achatadas despuntando al sol de la tarde aún joven; a sus pies, una fugaz visión de la vasta Medina embebida en su tono gris de ostra: anárquico panal de cubos, terrazas y patios, con las laderas plagadas de arbolillos del Djebel Zalagh al fondo.

–No hay un solo tramo de camino recto en toda la carretera. Todo son curvas –‍dijo ella, en el instante de recibir de Stenham un cigarrillo encendido.

El paisaje continuaba desplegándose ante su vista; el campo mostraba sus graciosas variaciones del tema pastoral. Pequeños barrancos de desnuda tierra amarilla donde sólo crecían los agaves, como tallos gigantes de espárragos; inesperados huertos muy verdes donde un grupo de sonrientes paisanos había formado un corro a la sombra (y el olor almizclado, casi felino, de las higueras era como una nube invisible que el coche tenía que atravesar); un viejo puente de piedra, semiescondido; vacas retozando en el lodo, y de tiempo en tiempo una cigüeña impasible remontando el vuelo sobre la ciudad con ayuda de una corriente de aire. La carretera había estado a punto de zambullirse en el río, pero ahora volvía a ascender; antes había rozado las murallas, dejado atrás las arcadas de Bab Fteuh, girado de nuevo hacia el campo y descendido a través de tierras desiertas como si nunca fuera a detenerse. Cuando el camino se aplanaba, el trote se reducía un poco, y luego, cuando empezaba de nuevo a serpentear carretera arriba, el cochero restallaba de vez en cuando su látigo, entonando un prolongado falsete a los fatigados caballos: “¡Eeeee!”.

–No deje que los azote, por favor –‍imploró ella conforme descendía la larga tira de cuero, produciendo un sonido de petardo por quinta o sexta vez.

Stenham sabía la inutilidad de discutir con un árabe no importaba qué asunto, y particularmente si tenía algo que ver con el modo de llevar a cabo su trabajo diario, pero se inclinó hacia delante, diciendo con gran convencimiento: “Allèche bghitsi darbou? Khallih”. El grueso cochero se dio media vuelta y dijo con una carcajada:

–Están perezosos. Siempre hay que darles.

–¿Qué dice? –‍quiso saber ella.

Arriesgándose, Stenham contestó:

–Dice que si no quiere que les dé latigazos, se pararán; van más deprisa si oyen el sonido.

–Pero es que les está dando de verdad. Es horrible.

Al cochero, en árabe, le dijo:

–La señora se siente muy triste al ver cómo pega a los caballos, así que no lo haga.

Esto no agradó al gordo, que inició una enrevesada perorata, asegurando que había que dejar a la gente hacer su trabajo de la forma en que solía hacerlo; si la señora sabía mucho de caballos, esperaba verla el día menos pensado llevando su propio coche. Stenham simpatizaba en secreto con el hombre, pero no había otra cosa que hacer sino impedir que usara el látigo –‍si era capaz de lograrlo.

–Déjelo, por favor. Khabaeuh.

El hombre se había puesto definitivamente de mal humor; se disparó con un monólogo murmurado, dirigido a los caballos. Estos seguían adelante con velocidad decreciente, hasta que el coche avanzaba al ritmo de un hombre caminando. Stenham no abrió la boca; había resuelto que si había alguna otra sugerencia para el conductor debía ser ella quien la planteara.

De ninguna manera podrían haber estado de vuelta en el hotel a las cinco en punto; eso lo sabía él desde el principio. A ese ritmo terminaría oscureciendo antes de concluir la excursión. Las piedras y los arbustos pasaban sin prisa delante de sus ojos. El aire olía a limpio y seco. Se volvió hacia ella:

–Es una situación un tanto extraña –‍dijo, sonriendo.

Ella pareció sorprenderse un poco.

–¿Qué quiere decir?

–¿Se da cuenta de que ni siquiera sé su nombre?

–¿Mi nombre? Oh, lo siento. Se deletrea V-e-y-r-o-n.

–Sí, eso ya lo sé –‍dijo él con impaciencia‍–‍. Me refiero a su propio nombre. Después de todo, no está viviendo con su marido, ¿o sí?

–La verdad es que la idea de utilizar el apellido de George se me ocurrió justo aquí, en Marruecos. Y me he dado cuenta de que facilita mucho las cosas. Mi nombre de soltera es Burroughs, y resulta demasiado difícil para los franceses escribirlo y pronunciarlo.

–Tiene un nombre de pila, supongo. –‍Stenham sonrió para compensar la sequedad de su observación. Ella suspiró.

–Sí, por desgracia. Es Polly, y lo odio. Usted sabe que es imposible tomar en serio a nadie que se llame Polly. Por eso he utilizado siempre la última sílaba.

–Polly Burroughs –‍dijo él con aire meditabundo‍–‍. Lee Burroughs. No sé. Creo que me gusta más Polly.

–Bueno –‍dijo ella con firmeza‍–‍. Usted no me llamará Polly. Se lo digo desde ahora. Si quiere verme sufrir una crisis emocional, todo lo que tiene que hacer es decir “Hello, Polly”, y yo empezaré con las convulsiones. No soporto mi nombre.

–Prometo no hacer nunca esa cosa horrorosa.

El recorrido continuaba su marcha ascendente a una penosa lentitud, doblando las innumerables curvas, y en cada una de ellas surgía una nueva vista de los valles vacíos bañados por el sol hacia el norte y una extensión mayor de tierras llanas hacia el este, donde el río describía sus apacibles meandros. La luz se iba haciendo más intensa a medida que progresaba la tarde. Ahora que sabía su nombre se sentía más cerca de ella, y la llamó Lee en varias ocasiones a lo largo de la conversación, observándola para ver si le molestaba. La joven parecía haberlo asumido.

Eran las seis en punto cuando llegaron al pequeño café que coronaba el acantilado desde el cual podía contemplarse la ciudad. Le dijo al cochero que se detuviera. El lugar estaba desierto.

–Hemos dado un faux pas de enormes proporciones, me temo –‍dijo ella al descender del coche‍–‍. Nuestros amigos ingleses nunca nos lo perdonarán. Nos esperaban a las cinco. Pero ha sido un paseo tan bonito que confieso que me da igual.

Se sentaron a la luz del atardecer, que ya iniciaba su declive, junto al borde mismo del precipicio. Pidieron té. La gran ciudad, aún más remota envuelta en el silencio, se desparramaba a sus pies.

–Lo que es difícil de creer –‍dijo ella en un momento dado‍–‍ es que esto pueda existir al mismo tiempo que, digamos, esa gente que espera su turno en el mostrador de información de la Gran Estación Central, para preguntar a qué hora salen los trenes con dirección a New Haven. ¿Entiende lo que quiero decir? Resulta increíble, de alguna manera.

Stenham estaba encantado.

–Lee, usted comprende este lugar mejor que nadie que yo haya conocido. Es exactamente eso. Es una cuestión de siglos, más que de unos miles de kilómetros.

Calló durante un momento, mientras pensaba: incluso la más pequeña fracción de tiempo es más grande que la mayor medida del espacio. ¿O es mentira? ¿Nos parece que es así, sólo porque nunca podemos retroceder en el tiempo?

–Es muy muy raro y perturbador este sitio –‍estaba diciendo ella, como si hablara consigo misma‍–‍. No termino de entender cómo puede vivir aquí. Me imagino que es como estar todo el tiempo bajo la influencia de algún tipo de droga. Pienso que marcharse de aquí puede ser terriblemente doloroso, cuando has estado mucho tiempo. Pero, quizá, claro, después de una temporada el efecto desaparece. Probablemente es así. Sí, debe de serlo.

Un hombre con un turbante trajo el té. Un grupo de abejas pequeñas y peludas empezaron a acudir y a hacer equilibrios sobre el borde de los vasos. Sus movimientos eran lentos y desmañados, pero parecían decididas a zambullirse en el dulce líquido. Stenham comenzó a describir con su vaso una serie de complicados molinetes en el aire, con la esperanza de alejar lo bastante de ellas el olor para poder llevárselo a los labios, pero cuando estaba a punto de dar el primer sorbo, vio que una había caído dentro y se había escaldado irremisiblemente. La pescó con un dedo y se deshizo de ella de un capirotazo; pero otras habían llegado ya y se deslizaban de forma sigilosa por el interior del recipiente.

–No hay manera –‍dijo ella.

–¿Le apetece el té? –‍le preguntó Stenham.

–Claro que sí.

–Entonces tendremos que meternos dentro del café. No hay otro remedio.

Llevaron sus vasos a la diminuta habitación y tomaron asiento. El aire olía a rancio. No había una sola ventana.

–¿No es curiosa esta gente? –‍preguntó ella‍–‍. Con la vista maravillosa que tienen ahí fuera, ¿no deberían tener por lo menos una mirilla, en lugar de encerrarse de esta manera en una celda? ¿O es que ni siquiera saben que tienen una bonita panorámica?

–Oh, creo que sí lo saben, desde luego. A veces se pasan horas enteras mirando el paisaje. Pero me parece que todavía se acuerdan de las tiendas de campaña. Cualquier edificio es un refugio, un sitio donde meterse dentro y sentirse dentro de verdad, y eso significa que tiene que estar oscuro. Odian las ventanas. Sólo cuando se encierran aquí dentro pueden relajarse. Todo el mundo ahí fuera es hostil y peligroso.

–No pueden ser tan primitivos –‍objetó ella.

–¿Me da uno de sus Casa Sports? Se me han terminado los míos. –‍El sabor del tabaco negro le recordó los souks, y durante un segundo tuvo una imagen de los oblicuos rayos del sol que se filtraban a través de las celosías, cada rayo de color azul con una mezcla de humo y motas de polvo. ¿O se estaba acordando de algo que había dicho ella en el jardín el día anterior?

–No son primitivos en absoluto. Pero han conservado eso y lo han hecho parte de su filosofía. No ha sucedido nunca nada que lo cambiara.

Ella suspiró.

–Pero ¿ha pasado nunca algo que cambiara algo? Me encantaría saber qué les hace vibrar. Son un jeroglífico, una mezcla tan increíble.

Tendrían que emprender el camino de vuelta, pensó él. La noche descendía enseguida, y quería estar al otro lado de las murallas antes de que hubiera oscurecido del todo. Pero en absoluto pensaba alarmarla diciendo tal cosa y, en cualquier caso, ella sólo había bebido un poco de té.

–Hay sólo una cosa que ayuda a entenderles –‍dijo él‍–‍. Y es que se trata más bien de una cultura de “y entonces”, en vez de “porque”, como la nuestra.

Con la frente arrugada, ella dijo:

–Me parece que no le entiendo.

–Lo que quiero decir es que desde su punto de vista una cosa no procede de otra. Nada es consecuencia de nada. Todas las cosas sencillamente son, y no hay que hacer preguntas. Incluso el lenguaje que hablan se construye en torno a eso. Cada hecho está aislado, y no depende de los otros. Todo se explica gracias a la constante intervención de Alá. Y pase lo que pase, tenía que pasar y ya estaba decretado desde el principio de los tiempos, y no hay forma de imaginar siquiera cómo una cosa, cualquier cosa, podría haber sido distinta de como es.

–Es deprimente –‍dijo ella.

Él se echó a reír.

–Entonces me he explicado mal. Debo de haberme olvidado de algo importante. Porque no hay nada deprimente en todo eso. Excepto lo que ha ocurrido aquí con la llegada de los cristianos –‍añadió Stenham con un deje de amargura‍–‍. Cuando vine aquí por primera vez era un país puro. Había música y bailes y magia todos los días en la calle. Ahora se acabó, todo se acabó. Incluso la religión. En unos cuantos años más, el país entero será como el resto de los países musulmanes, simplemente un enorme barrio pobre de Europa, lleno de odio y miseria. Lo que han hecho los franceses con Marruecos puede ser deprimente, sí, pero lo que era antes, ¡nunca!

–Creo que ese es el punto de vista de un forastero, un turista que antepone las notas pintorescas a todo lo demás. Estoy segura de que si tuviera que vivir ahí abajo en una de esas casas tendría una opinión muy distinta. Estaría agradecido de los hospitales y la luz eléctrica y los autobuses que han traído los franceses.

Este era ciertamente el comentario de una turista, y una turista ignorante, además, pensó Stenham, apenado de que aquel comentario procediera de ella.

–Al menos podrá decir que estuvo aquí en los últimos días de Marruecos –‍le dijo‍–‍. ¿Cómo está el té? ¿Terminado? Creo que deberíamos ponernos en marcha.

El cochero les miró ceñudo cuando subieron al vehículo. Desde el café la carretera descendía todo el tiempo. Los caballos no necesitaban estímulos para bajar a trote ligero. Una brisa fría barrió la ladera según bajaban hacia Bab Mahrouk; el día casi se había desvanecido en el cielo.

La hora del crepúsculo puede acercar a dos personas, haciéndolas sutilmente conscientes del presente, como puede enviar a cada una de ellas hacia la sima de sus propios recuerdos. Stenham iba pensando en una tarde, veinte años atrás, cuando siendo estudiante de primer curso en su período de vacaciones había bajado por esta misma carretera, más o menos a la misma hora (y tal vez incluso en este mismo coche, ¿quién podía saberlo?). Su ánimo en aquel entonces era de incuestionable felicidad. El mundo era hermoso, y la vida eterna, y no era necesario pensar en otra cosa. Ahora había cambiado, desde luego; pero estaba convencido de que el mundo también lo había hecho; parecía impensable que un joven de diecisiete años de esta época pudiera sentirse tan despreocupado, o encontrar en la vida la misma lírica dulzura que él había descubierto en su primera juventud. A veces, en el espacio de un suspiro, acertaba a captar de nuevo la misma realidad, un delicioso dolor que moría al poco de nacer, y eso le aportaba la prueba de que había una parte de sí mismo que aún yacía acariciada por la clara luz de aquellos días irrecuperables.

Ella también se había adentrado en sus recuerdos, encarnados en todo momento en su niñez. “¿Qué había entonces”, pensaba, “que ahora no está, y que siempre me acompañaba cuando era pequeña?”. Y un segundo después obtuvo la respuesta. Era el sentimiento de la atemporalidad lo que latía en su interior y había desaparecido para siempre. Se lo habían robado el día en que su tía se acercó para decirle: “Nunca volverás a ver a tu padre y a tu madre”. El hecho de que hubiera habido un accidente de aviación no significaba nada para ella, e incluso saber que sus padres estaban muertos no constituía sino una misteriosa y terrible abstracción. Entremezclado con su sentimiento de pérdida, había experimentado una rara impresión de liberación. Pero ahora sabía que lo que había ocurrido era que el tiempo había empezado a moverse dentro de sí. Estaba sola, por tanto era ella misma, y su andadura había empezado ya. Y desde entonces había seguido su camino, avanzando hacia el final. No había nada trágico o incluso patético en todo ello, o en cualquier caso era tan trágico y patético como la rotación de la Tierra sobre su propio eje. Era simplemente la diferencia entre ser un niño y ser un adulto. Ella se había convertido en una adulta precoz, y eso era todo. El largo paseo había desatado algo en su espíritu; tenía una sensación parecida a la que embargaba a menudo su ánimo al final de un concierto –‍un poco vapuleada, pero emocionalmente reconfortada.

De súbito él tomó su mano.

–¿Cómo se encuentra? –‍Stenham habló con suavidad, pero apretándole los dedos.

Habían atravesado la puerta y se encontraban en un espacio abierto donde parpadeaban unas pocas velas sobre los mostradores de los tenderetes; figuras espectrales se movían muy cerca del coche, rozando casi las ruedas con la ropa al pasar a su lado. Ella rio durante un momento, sin devolverle la presión de su mano.

–Estoy bien –‍respondió‍–‍. Quizás un poco cansada.

–¿Vamos en taxi a mi hotel? ¿Qué le parece si cenamos juntos?

–Es muy amable, el único problema es que no me quedan fuerzas.

–¿Está segura?

–Sí, de veras. Lo único que me apetece es tirarme en la cama y comer algo, allí mismo, sin moverme, y luego dormir, dormir, dormir...

–Tal vez sea lo mejor –‍dijo él, decidido a que su voz no pareciera decepcionada‍–‍. Mr. Kenzie y Mr. Moss probablemente estén en el salón, y nos encontraríamos de frente. Si se va a su hotel, comeré algo en un restaurante árabe cerca de Bou Jeloud. ¿Seguro que no quiere venir conmigo?

–Me encantaría –‍dijo ella, soltando la mano sin la menor brusquedad para encenderse un pitillo‍–‍, pero esta noche no voy a salir. ¿Me quedo con un vale para la próxima vez?

–Cuando quiera. El restaurante no lo van a mover. –‍Estaba diciendo justo lo que no debía; a buen seguro ella terminaría detectando la magnitud de su contrariedad. Pero su esfuerzo para enmascararla parecía no dejar el menor margen de energía para conversar. Qué difícil es, pensó, ocultar que algo verdaderamente te interesa, y cuán acertados están quienes desconfían de la excesiva amabilidad‍–‍. Mañana me disculparé por los dos cuando vea a nuestros amigos –‍continuó Stenham, buscando algo de lo que poder hablar‍–‍. Diré que no se sentía bien.

–¡No hará nada de eso! –‍exclamó, indignada‍–‍. Si lo hace, yo misma llamaré a Mr. Kenzie y le diré la verdad. Después de todo, yo no sabía que íbamos a estar fuera toda la tarde. No me sentía bien, en efecto.

El coche se había detenido después de situarse en un apeadero, al final de una larga hilera de carruajes; el cochero, por fin de buen humor, porque estaba a punto de cobrar, exclamó:

–Voilà, messieurs-dames!

Cuando Stenham le entregó el dinero, el conductor le pidió una cantidad bastante superior, alegando la espera y la velocidad a que había sido obligado a moverse. Tras una corta discusión le dio la mitad de lo que pedía. Pareció ser suficiente, pues el hombre gritó “Bonsoir!” en un tono jovial y saltó del pescante, dejando en su lugar a un niño pequeño para que vigilara el vehículo mientras él cruzaba la plaza para tomar un té.

Caminaron por la oscura calle; el olor parecía más fuerte que el de cualquier establo. Las estrellas del firmamento eran tan numerosas y brillaban con tal fuerza que parecían artificiales. En casi ninguna parte del mundo podía verse un cielo tan cuajado de ellas, aunque había también algunas zonas oscuras. Stenham quería llamar la atención de ella sobre este hecho, pero algo en su interior se negaba a hablar y permaneció en silencio. Cuando llegaron al Café Bou Jeloud, donde siempre se encontraban esperando algunos viejos taxis, Stenham dijo:

–Recuerde que tiene trabajo esta noche.

–¿Trabajo? –‍preguntó ella sin comprender.

–Eso dijo. Tenía que hacer unos cálculos financieros y llamar al hotel por la mañana.

–Sí.

La voz de la joven carecía de expresión. Se subieron en un taxi y emprendieron el camino, doblaron esquinas y atravesaron multitudes, acompañados en todo momento por un increíble alboroto de metales golpeados, motores zumbantes y el constante fragor de las bocinas.

–Gracias a Dios que no hay taxis en la Medina –‍dijo él‍–‍. La lista de víctimas sería muy larga.

–Estoy muy cansada –‍respondió ella, igual que si él le hubiera preguntado cómo se encontraba. Stenham no la creyó.

Cuando llegaron frente al pequeño hotel de la joven con su única luz sobre la puerta, se apearon y él pagó la carrera.

–¿No sigue hasta su hotel? –‍dijo ella, sorprendida.

–Mi restaurante está a diez minutos de aquí, cruzando la Medina.

–Bueno, gracias otra vez –‍dijo ella ofreciéndole la mano‍–‍. Ha sido delicioso. Ahora mismo estoy agotada.

–Mañana la llamo –‍le dijo él.

–Buenas noches.

Ella cruzó la puerta en dirección a la oficina. Stenham permaneció afuera en la oscuridad durante un momento y la vio acercarse a su habitación con la llave en la mano. Él se dio la vuelta en ese instante y comenzó su ascenso por la tranquila carretera que conducía a Bab el Hadid.

A la mañana siguiente, mientras estaba tumbado en la cama trabajando, Abdelmjid llegó de la planta baja con un telegrama en la mano.

Decía: “GRACIAS VIAJO MEKNÉS LEE”.*

Se lo quedó mirando fijamente y no trabajó más ese día.

* El texto en inglés del telegrama es JOING MEKNES.

Capítulo 19

Su repentina partida produjo en él una conmoción. De un lado obviaba la necesidad de explicar a Moss y Kenzie su falta de asistencia a la cita, ya que al haber enviado similares telegramas a ambos, le permitía a él mentir vagamente, asegurando que había estado en el hotel de Mme. Veyron y ella ya se había marchado; ellos achacaron el incidente a la veleidad femenina y a la mala educación de los norteamericanos. Pero por otro lado puso en movimiento una gran maquinaria de preguntas y recriminaciones dirigidas contra sí mismo. Stenham estaba convencido de que la había espantado de alguna manera. La pregunta en concreto era: ¿en qué instante preciso se había alarmado?

En múltiples ocasiones repasó, de forma tan detallada como le permitía su memoria, la secuencia de sus conversaciones, esforzándose por recordar la expresión y el tono de voz de la joven en cada instante. Era una tarea difícil, sobre todo porque, aunque fuera capaz de llegar a aislar el momento preciso en que sospechaba que ella se había puesto en guardia, no había forma posible de comprobar que estaba en lo cierto y si, en verdad, él mismo había tenido algo que ver con su partida de Fez. Sin embargo, perseveró en su intento de recordar y analizar aquella tarde y llegó a la convicción de que todo había tenido lugar muy al principio, antes incluso de que ambos salieran del hotel.

Lo que le llevó a esta idea fue el recuerdo concreto de haberse apoyado contra la balaustrada, mientras miraba abajo el jardín, con la sensación de que todo había ido mal, y su incapacidad para explicarse de un modo satisfactorio el sentimiento de nerviosismo y frustración que se había apoderado de él. “¡Estaba en lo cierto respecto a ella!”, pensaba con una sensación de triunfo. En ese caso, todos los pequeños y tortuosos giros en la mente de la muchacha que él había creído observar a lo largo de la tarde habían tenido lugar verdaderamente; sus respuestas y observaciones no habían sido más que un maremágnum de subterfugios. Pero un momento después volvían a surgir las dudas. Así transcurrieron unos días, hasta que decidió hablar con Moss acerca de ello.

–Alain –‍dijo un día, mientras almorzaban en un restaurante de la Ville Nouvelle‍–‍. ¿Qué le pareció Mme. Veyron? ¿Qué impresión le causó?

–¿Mme. Veyron? –‍dijo Moss, desconcertado‍–‍. ¡Oh! ¿Aquella preciosa e inteligente chica norteamericana que Hugh nos trajo un día para comer con ella? ¿Me pregunta mi impresión? Bueno, no me produjo una impresión particular. Parecía bastante agradable. ¿Por qué?

–Pero tuvo la sensación de que ella era inteligente. Yo también. Y sin embargo, si piensa en ella, le apuesto a que no podría recordar que hiciera una observación inteligente, porque no la hizo.

–Bueno, la verdad –‍dijo Moss‍–‍, no puedo decir que recuerde muy bien la conversación. No fue muy brillante, si se refiere a eso. Me parece que fue Kenzie quien llevó el peso del diálogo aquel día. En cualquier caso, Mme. Veyron no hizo contribuciones brillantes, no hay ninguna duda. Pero debo decir que tuve la clara sensación de que no era estúpida en absoluto.

Stenham sonrió.

–Exactamente. La razón por la que estoy diciendo todo esto, y se va a morir de la risa, es porque he estado pensando mucho en ella. Creo que es comunista.

Moss rio, pero discretamente.

–A mí me parece muy improbable –‍dijo‍–‍. Pero siga. ¡Qué extraordinario es usted, la verdad! ¡No, en serio, qué extraordinario! ¿Por qué diablos imagina usted una cosa así de la pobre chica?

–Bueno, ya conoce mi historia –‍comenzó Stenham, sintiendo que su corazón latía más deprisa, como le ocurría siempre que se refería a este particular episodio de su pasado‍–‍. Yo estaba con ellos día y noche cuando militaba en el partido, y después de eso uno les reconoce casi infaliblemente.

De improviso se preguntó qué le había incitado a hablar de todo esto; Moss a buen seguro no tenía nada interesante que decir, ni podía arrojar luz alguna sobre las partes más oscuras del asunto, ni siquiera podía compartir su interés.

–En lo que yo sé –‍continuó‍–‍, no me he tropezado con un comunista en catorce años, desde que dejé el partido. Pero mi olfato sigue siendo agudo, y estoy seguro de no estar equivocado respecto a ella. Y si lo estoy, es mucho más astuta que nosotros dos, porque representó una magnífica comedia en su propio beneficio.

–Verdaderamente –‍se quejó Moss‍–‍, ¿cómo puede usted creer que las convicciones políticas de una persona la puedan cambiar hasta ese extremo? ¿Por qué no podría ser ella como cualquier otra persona, aunque sea comunista? Me atrevo a decir que he conocido montones de ellos y nunca he sabido que lo eran.

–En ese caso, aún tiene que aprender mucho sobre ellos. Es todo lo que puedo decir. Un verdadero comunista, un comunista consagrado, es tan diferente de nosotros como nosotros de un monje budista. Es una nueva especie de hombre.

–Chorradas, querido John, chorradas. –‍Moss llamó al camarero‍–‍. La suite –‍dijo‍–‍. Tratándose de un hombre medianamente inteligente, tiene usted unas opiniones de lo más desconsideradas. ¿Y usted? Supongo que usted también era una nueva especie de hombre mientras estuvo en el partido.

Stenham enarcó las cejas.

–Yo nunca fui un creyente. Me uní a ellos por el gusto de hacerlo. Cuando averigüé en qué consistía aquello realmente, me salí de inmediato. –‍Se detuvo durante un segundo y se corrigió acto seguido‍–‍. Bueno, en cierto modo no fue así. No creo que recuerde los motivos exactos por los que me marché, pero sé que dejé de estar interesado el día en que nos convertimos en aliados de Rusia, en el verano de 1940. Más o menos un mes después fui a los locales y les dije que lo dejaba. El corolario de todo aquello fue que me dijeron que no podía abandonar la organización por mi propia iniciativa.

Moss había escuchado aquello con manifiesta impaciencia.

–¿No será, por casualidad, que usted la admira y sospecha que tiene la constancia de ánimo y de propósitos que a usted le faltan? ¿No podría tratarse de eso? –‍Moss miró a Stenham con una expresión divertida, parangonable a la de un petirrojo oyendo a un gusano.

–¡Santo cielo! ¿Está usted loco? –‍gritó Stenham. Rechazó con la mano la fuente que Moss le acercaba‍–‍. No, nada de judías verdes de cartón, prefiero pasarme sin verduras. Todo lo que puedo decir es que está usted completamente, absolutamente equivocado.

–Siempre es posible, lo admito –‍dijo Moss, condescendiente‍–‍. Pero mi conclusión personal es que la propia inestabilidad que hizo posible en su momento que usted llegara a tales extremos –‍y es un extremo unirse a una organización como esa‍– ahora le hace sospechar que todo el mundo es igualmente capaz de caer en el mismo fanatismo. Y, desde luego, el mundo no es así por el momento. Por lo que más quiera, John, deje de ver la vida como un melodrama. Desde una perspectiva moral, usted es básicamente un totalitario; se ha dado cuenta, espero.

Stenham sonrió.

–Eso es lo último que soy, Alain, lo último de lo último.

Aquella desagradable acusación permaneció no obstante en su mente, y pensaba en ella durante sus paseos. Lo que le perturbaba, se dijo a sí mismo, no era pensar que había algo de verdad en las palabras de Moss, sino que este hubiera sabido con tanta exactitud qué dardo arrojar y el lugar donde se encontraba el punto desprotegido. No estaba seguro de que el propio Moss hubiera sabido lo que pretendía decir en el momento de formular la acusación, pero eso carecía de importancia al lado de la obsesión por el significado que inconscientemente había elegido al interpretar las palabras de Moss: las imperfecciones de su carácter que un día le hicieran abrazar la causa comunista seguían estando allí; todavía veía el mundo del mismo modo. Eso era en esencia lo que suponía que el otro había querido decir, y si era cierto, implicaba que no había hecho progresos de ningún tipo a lo largo de los años.

Recorrió mentalmente su retirada desde el punto en que había estado hasta el lugar donde se encontraba ahora. Primero había perdido la fe en el partido, después en el marxismo como ideología, luego, poco a poco, había llegado a execrar el concepto de igualdad humana, lo que parecía conducir de forma ineludible al mal al que había renunciado. No podía haber igualdad en la vida, porque el corazón humano demandaba las jerarquías. Habiendo llegado a esa conclusión, no había encontrado otro camino posible más que replegarse aún más hacia una subjetividad que rechazaba la existencia de cualquier realidad o ley distintas de las suyas propias. Durante esos años de la posguerra había vivido en soledad, alentando con meticulosidad su ignorancia respecto a todo lo que ocurría en el mundo. Nada tenía importancia salvo el universo exquisitamente aislado de su propia conciencia. Entonces, de forma paulatina, había tenido la impresión de que la luz del significado, el significado de todas las cosas, estaba muriendo. Al igual que una llama debajo de un vaso, había menguado, parpadeado y desaparecido, y toda la existencia, sin excluir su propia estructura hermética desde la cual observaba la existencia, se había convertido en algo absurdo e irreal.

Aceptado esto, se había retrotraído al mero acto reflejo de vivir, al automático abrirse paso a través del día que había que vivir para conservar una cierta apariencia de cordura. Había empezado a sentirse preocupado por una indefinible ansiedad que él describía para sí mismo como un deseo de “salvarse”. Pero ¿salvarse de qué? Un caluroso día en que estaba dando un largo paseo por las colinas cercanas a Fez se había visto obligado a admitir con asombro y horror que no existía mejor expresión para reflejar su temor que la más antigua de todas: la condena eterna. Era un descubrimiento turbador, porque revelaba la existencia de una escisión tan básica como misteriosa en alguna parte de su ser: no tenía siquiera los rudimentos de algo parecido a la fe, ni tampoco el recuerdo de una época pretérita en que tal fe hubiera existido. Le habían preservado de todo contacto con la fe. La religión en su familia había constituido un asunto inmencionable, en igual medida que la sexualidad.

Sus padres le habían dicho: “Sabemos que hay una fuerza del bien en el mundo, pero nadie sabe en qué consiste esa fuerza”. En su mente infantil había llegado a pensar que la “fuerza” de la que hablaban era la suerte. Había buena y mala suerte; hasta ahí llegaba su entendimiento religioso. Es cierto que existían millones de personas en el mundo que seguían practicando alguna forma de religión; era menester contemplarlos con un cierto espíritu de tolerancia, como a los desheredados de la tierra. Algún día, cuando accedieran a la necesaria educación, podrían iluminarse con las luces del racionalismo. Así, la presencia de una persona religiosa en su hogar siempre había sido considerada como una dura prueba. A él le habían instruido cuidadosamente con gran anticipación. “Ciertas personas en este mundo tienen extrañas creencias, como Ida con su pata de conejo, o Mrs. Connor con su crucifijo. Nosotros sabemos que esas cosas no significan nada, pero debemos ser respetuosos con las creencias de todo el mundo y tener cuidado de no ofender a nadie.”

Pero incluso a esa edad tan temprana sabía que sus padres no se referían a sentir respeto; lo que querían expresar era que constituía un signo de buena educación fingir que lo sentían en presencia de la persona en cuestión. Por encima de todo, cualquier referencia a la doctrina de la inmortalidad del alma era contemplada por ellos como la máxima expresión del mal gusto; había visto a sus padres estremecerse interiormente cuando un invitado, del modo más inocente, se había referido a ello en el curso de una conversación. Contando seis años de edad, había aprendido que cuando el organismo dejaba de funcionar, la conciencia se extinguía, y eso era la muerte, más allá de la cual no había nada. Hasta aquel preciso instante la idea le había acompañado, y era uno de los pilares en la oscuridad de la gruta más escondida de su mente, con el rango de axioma de la vida práctica, en igual medida que podía serlo la ley de la gravedad.

No tenía intención alguna, si ello estaba en su mano, de que cambiara su estatus. Su primera reacción, aquel día, cuando había identificado su miedo, fue sentarse en una roca y mirar fijamente la tierra. Tenía que seguir siendo dueño de sí mismo, pensó. Generalmente era capaz de elucidar el origen de un estado de ansiedad; unas veces sí y otras no podía seguir la pista hasta localizar una causa precisa de carácter físico, como haber dormido poco o haber comido mucho. Pero lo que había experimentado en ese lapso había sido casi como una revelación instantánea: había visto la conciencia como un círculo, cuyos extremos estaban unidos de tal modo que no existía interrupción. La materia estaba condicionada por el tiempo, pero no la conciencia: ella existía fuera del tiempo. ¿Había entonces algún fundamento válido para suponer que era posible saber lo que ocurría dentro de la conciencia en el momento de la muerte? Fácilmente podía parecer para siempre ese instante en que el tiempo se detenía y la vida se cerraba sobre sí misma, con lo que demostraba ser inextinguible. Lo vivido de la experiencia había dejado por testimonio en su interior una sensación de náusea; era imposible concebir algo más horrible que la idea de imaginarse impotente para dejar de existir aunque así se deseara, y que no hubiera manera de acceder al olvido, a la inconsciencia, porque la inconsciencia era una abstracción, una falacia. Así que se sentó, tratando de sacudirse de encima aquel sentimiento de pesadilla que se había adueñado de él, y empezó a pensar: “¡Qué cosas tan raras ocurren en la mente del hombre!”. Al margen de lo que pasara afuera, la mente seguía abriéndose camino, fabricándose sus propias aventuras, y quién sabía dónde estaba la realidad, si fuera o dentro. Pensó con envidia pasajera en la gente que vivía en aquella ciudad. ¡Qué vida tan espléndida sería si ellos estuvieran en lo cierto y hubiera un dios! En última instancia, ¿qué logro más útil y digno de encomio había alcanzado el ser humano en toda su larga historia que haber inventado dioses en los que sus fieles pudieran creer absolutamente, y creyendo, encontrar más soportable la vida?

Transcurrido un rato, y después de fumarse tres cigarrillos, cuando la intensidad de su visión hubo palidecido un poco, se levantó y siguió su camino, pensando arrepentido que si no le hubiera atacado la insensata necesidad de confiar a Moss sus sospechas sobre la joven, el británico nunca habría hecho aquella observación que, aunque de forma indirecta, era responsable de su estado de agitación mental, causante en último término de la desagradable visión que acababa de tener.

Y entonces se le ocurrió que si sus sospechas respecto a la muchacha eran correctas, casi con absoluta certeza ella sabía todo sobre él. Kenzie había dicho: “Ella ha oído hablar de usted”. Podría tratarse de una inocente referencia a sus libros, destinados a sonar a la gente, o acaso era algo distinto. Ciertamente el partido nunca olvidaba los nombres de quienes habían integrado sus filas. Pero nada ofrecía una explicación satisfactoria sobre el modo en que había desaparecido ella.

Aquella semana la situación política empeoró de forma patente en toda la región; una oleada de incendios se extendió por la zona. En todas partes, los campos de trigo dorado, seco, listo para la siega, fueron pasto de las llamas y se convirtieron en denso humo azul que ascendía hacia el cielo. Los que luchaban contra el fuego, franceses voluntarios de las granjas vecinas, de Fez y Meknés, fueron a menudo tiroteados y en ocasiones resultaron heridos por las balas. El tren expreso con dirección a Argel que recorría los valles de los vastos campos situados al este de Fez había sido descarrilado, destrozado y ametrallado. Una bomba había explosionado en la estafeta de correos de la Medina, a cinco minutos a pie desde el hotel. Debido a que una docena de judíos habían sido quemados vivos en una manifestación política en Petitjean, un monstruoso pueblecito a unos cien kilómetros de Fez, existían serios disturbios en la ciudad entre judíos y musulmanes, y la policía había terminado desplegando un cordón protector alrededor de la Mellah.

–Ahora, cuando sorprendemos a algún judío solo en la calle por la noche, le tratamos igual que a una mujer musulmana –‍le había dicho Abdelmjid una mañana al traerle la bandeja del desayuno.

–¿Qué quieres decir? –‍había preguntado Stenham; esperaba una explicación terrible, una nueva y espeluznante revelación sobre la conducta sociosexual de los marroquíes.

–Bueno, le tiramos piedras hasta que cae. Entonces le tiramos más piedras y le damos patadas.

–Ya, pero seguramente no hacéis eso con las mujeres musulmanas –protestó Stenham; había visto ejemplos de brutalidad inaudita con las mujeres, pero siempre existía algún motivo.

–¡Desde luego que lo hacemos! –‍había replicado Abdelmjid, sorprendido de que el cristiano no estuviera aún familiarizado con un principio tan básico del comportamiento público‍–‍. Siempre –‍añadió con firmeza.

–Pero imagina que estás enfermo –‍comenzó Stenham‍–‍, y tu esposa, Rhaissa, tiene que salir a buscar una medicina o para buscar ayuda.

–¿Por la noche? ¿Sola? ¡De ninguna manera!

–¿Y si saliera? –‍insistió Stenham.

Abdelmjid, acostumbrado a la fútil afición de los europeos a jugar con las posibilidades, le complació en la fabricación de su improbable fantasía.

–Entonces correría el riesgo de que la mataran, y le estaría bien empleado.

Stenham no tenía nada que añadir. A veces la insensatez de su violencia le dejaba paralizado. Eran como autómatas locos; tal vez, mucho tiempo atrás, había habido alguna razón para obrar de aquel modo, pero la razón había desaparecido engullida por el tiempo, nadie se acordaba de cuál era el motivo, y a todos les daba igual.

En los últimos días no había llegado un solo huésped al hotel. Al otro lado de la puerta de entrada estaban siempre apostados cuatro o cinco policías franceses; Stenham se imaginaba que le miraban acusadoramente cuando pasaba por allí. En la puerta exterior, escondidos entre los autobuses, aparcaban sus vehículos, aunque sólo durante el día; por la noche el lugar estaba vacío. Podía haberse concentrado allí todo un ejército y habría pasado desapercibido. Kenzie había sido llamado en dos ocasiones a la prefectura, donde le habían aconsejado solemnemente que sacara su MG de la ciudad y se marchara por donde había venido. “¿Es una orden?”, había preguntado. “En ese caso, el cónsul británico estará muy interesado en saberlo.”

–¡Qué atrevimiento! –‍había bufado a su regreso, contándole a Moss lo sucedido‍–‍. Mi visado está en orden. Lo único que quieren es espantarme, los malditos bastardos.

Moss, no obstante, se inclinaba a tomarse aquella advertencia con más seriedad.

–Creo que debería moverse a pie y en transportes públicos, como hacemos los demás –‍le aconsejó‍–‍. Resulta demasiado vistoso en su solitario esplendor, conduciendo entre la multitud de Fez-Djedid. Me di cuenta el otro día cuando estaba sentado en uno de los cafés argelinos y pasó cerca, pensé: “¡Qué raza tan paciente, estos musulmanes!”. Me maravilló que no le atacaran.

–¡Atacarme! –‍gritó Kenzie, con indignación‍–‍. ¿Por qué iban a hacer algo así?

–Sí, atacarle –‍repitió Moss, imperturbable‍–‍. Cualquier situación como la que estamos viviendo es fundamentalmente una cuestión entre el que tiene y el que no tiene. Está usted tentando a la Providencia, se lo aseguro.

–Pero el coche tiene matrícula inglesa –‍objetó Kenzie.

Moss empezó a carcajearse a mandíbula batiente.

–¡Estoy seguro de que son muy conscientes de ello! Por favor, los pocos que han oído mencionar alguna vez esa palabra, probablemente le dirían que Inglaterra es un pueblo que hay en París. ¿Por qué no pone una bandera gigante de Inglaterra para que le cubra la capota? Podrían pensar que está anunciando un circo.

–Ellos todavía no me han molestado. Son los franceses con los que tengo que llevar cuidado.

Día tras día seguían la situación por medio de los periódicos de Casablanca y Rabat, y ello daba a los acontecimientos un carácter oficial, y al mismo tiempo vagamente legendario, apartándolos un poco de la realidad. A veces tenían la sensación de que estaban viviendo un momento importante de la historia, aunque tenían que recordárselo a sí mismos y a los otros de tiempo en tiempo. Además, las fuentes de noticias, francesas todas ellas, producían la firme impresión de que las autoridades tenían todo bajo control, que nada serio había ocurrido ni iba a ocurrir. Incluso teniendo en cuenta la tendencia natural de la prensa controlada por el gobierno a minimizar la gravedad de los acontecimientos, todavía confiaban en la capacidad de los franceses para evitar que la situación se les fuera de las manos. El acordonamiento de la Mellah parecía de alguna manera un hecho irreal, una absurda y arbitraria precaución. Era posible discernir cómo se sentía la gente con sólo observar sus rostros, y para Stenham esos rostros tenían el mismo aspecto de siempre. De ahí que se viera obligado a reprimir una sonrisa cuando Rhaissa entró precipitadamente en su habitación una mañana, con la noticia de que un cierto mejdoub había sido asesinado en el Zekak al Hajar hacía sólo una hora, asegurando que antes de que terminara el día ocurriría algo malo. Se encontraba en un estado de excitación limítrofe con la histeria; esto hacía difícil para Stenham formarse una imagen clara de lo que había sucedido.

Sabía que la única diferencia entre un mejdoub y un loco común era que el mejdoub era un jerife. Era imposible para un jerife estar loco; en virtud de su sangre bendita su locura se transformaba automáticamente en el don de la profecía. Por esta razón, al margen de lo extravagante que pudiera ser la conducta en público de una persona, era arriesgado atribuirla a un mero trastorno mental. A menos que se conociera a la persona y a su familia, era posible cometer el escandaloso error de imaginar que se trataba de un loco, cuando en realidad era un hombre en contacto directo con la verdad de Dios. Muchas veces Stenham había observado esta actitud en parte de la gente común. Si un hombre estaba revolcándose en el polvo de un sucio callejón, casi una letrina, o hablando con el sol en medio de una muchedumbre, o profiriendo insultos ininteligibles hacia un café repleto de jugadores de cartas, la gente siempre le ignoraba con gran tacto. Y si el individuo se manifestaba violentamente, ellos le respondían con resuelta gentileza, y aunque Stenham sabía que su reacción estaba más motivada por el miedo que por la amabilidad, a menudo se había admirado del autodominio y la paciencia que mostraba todo el mundo en el trato con estas alborotadoras criaturas.

–¿Los franceses han disparado contra un mejdoub? –‍repitió él con incredulidad‍–‍. No pueden haber hecho eso. Tiene que haber un error.

No, no, insistía ella, no había error alguno. Todos lo habían visto. Había estado espetando maldiciones contra los franceses, gritándoles: “Ed dem! Ed dem! ¡Los musulmanes quieren sangre!”, del modo en que lo hacía siempre, y los dos policías que iban hacia la Nejjarine se habían parado y le habían observado durante un momento. Y él, al verlos, les había identificado como emisarios de Satanás, y había pedido a voz en cuello que Alá exterminara su raza; de súbito los dos franceses habían intercambiado unas palabras entre sí, se habían ido hacia él y le habían empujado contra una pared. Él se había abalanzado sobre ellos, golpeándoles y arañándoles; en ese momento los policías habían sacado las pistolas, disparando acto seguido sobre él, un tiro cada uno. Y el mejdoub (“la bendición de Alá le acompañe”) había caído al suelo, aún dando alaridos, “Ed dem!”, y había muerto justo enfrente de todas las personas que se encontraban allí. Habían venido más policías para llevarse el cuerpo y habían golpeado a la gente en la calle para que se dispersara. Y era un terrible, muy terrible pecado, que Alá no podía perdonar de ninguna manera, un pecado que los musulmanes estaban obligados, tanto si querían como si no, a vengar sin mayor tardanza. Ese día estaba maldito. Bismil’lah rahman er rahim.

‍–‍... Mi esposo y yo, que trabajamos para los nazarenos aquí en el hotel, ¿quién sabe lo que nos ocurrirá? Los musulmanes son muy malvados. Puede que nos maten –‍concluyó, arrasada en lágrimas.

Siempre estaba presente ese elemento de ambivalencia en la mente de un musulmán cuando hablaba con un cristiano acerca de su propio pueblo. Durante un rato era “nosotros”, y de golpe se cambiaba al “ellos”, y tal vez –‍o tal vez no‍– de ahí se derivaba una suerte de amarga crítica o condena.

–No, no, no –‍dijo Stenham‍–‍. Pueden matarme a mí porque soy nazareno; pero ¿por qué tendrían que mataros a vosotros? Sois buenos musulmanes. Sencillamente, os estáis ganando la vida.

Aquello no consoló a Rhaissa. Se acordaba de un montón de buenos musulmanes que se ganaban la vida trabajando para los nazarenos y habían recibido un balazo o una puñalada sin la menor oportunidad de defenderse; el hecho de que estuvieran trabajando para la policía no parecía ocupar espacio en su mente.

–Aymah! –‍se lamentaba‍–‍. Hoy es un día muy malo.

Cuando por fin logró deshacerse de ella, se acercó a la ventana y aguzó el oído. El día era como cualquier otro, los mismos sonidos letárgicos de siempre ascendían de la Medina: el lejano zumbido de los aserraderos, el rebuzno de los asnos, aquí y allí un fragmento de una canción egipcia procedente de una radio y las voces de los niños. En el jardín gorjeaban los gorriones. Se sentó para trabajar, cosa que encontró imposible de llevar a la práctica, y maldijo en silencio a Rhaissa. Intentó tumbarse al sol durante un rato con la esperanza de que aquello le relajara, o pusiera en marcha el flujo de sus pensamientos, o para que sucediera lo que él estaba necesitando, aunque él no supiera de qué se trataba. Pero durante los últimos días el tiempo había sido demasiado caluroso para tomar baños de sol, y con toda seguridad también esa mañana hacía mucho calor. El sudor corría por todos los pliegues de su cuerpo, mojando los cojines de las sillas. De modo que empezó a escribir cartas en la mesa que había en el centro de su habitación, levantando la mirada cada poco tiempo para que sus ojos recorrieran al desgaire la panorámica de muros y laderas. Después de una hora más o menos, se dio cuenta de que pasaba la mayor parte del tiempo contemplando la Medina. Incorporó el descubrimiento a la carta, en uno de esos pasajes de disculpa que suelen incluir las personas cuando sienten que la misiva que están escribiendo, bien por falta de atención o por las interrupciones, no va a resultar tan bien estructurada como debiera estar. “Este es el peor sitio del mundo para intentar concentrarse. Es tranquilo, pero eso no parece servir de nada. Mientras estoy escribiendo esto, me descubro deteniéndome cada dos minutos para echar una ojeada por la ventana. No es para admirar el paisaje, porque ni siquiera lo veo. Lo conozco de memoria. Puedes imaginarte hasta qué punto será peor cuando intento trabajar...” Se detuvo una vez más y releyó lo que había escrito. Era absurdo; habría hecho mejor intentando averiguar por qué seguía mirando la Medina. ¿Qué pensaba de aquello que estaba ahí fuera, brillando al sol de la mañana? Sabía que era una ciudad medieval, y sabía que la amaba, pero eso no tenía nada que ver con lo que discurría debajo de su mente al contemplarla. Lo que sentía en realidad era que la ciudad sencillamente no estaba allí, porque no ignoraba que un día, antes o después (y era más probable que fuera antes), ya no estaría allí. Y otro tanto sucedía con todos los objetos, con todas las personas. La ciudad era, en un cierto sentido, un símbolo; eso era fácil de ver. Representaba todo lo que en el mundo está sujeto al cambio o, más exactamente, a la extinción. Aunque aquel punto de vista no era en modo alguno alentador, no lo rechazó, porque coincidía con una de sus creencias básicas: que un hombre debe mantener a toda costa una parte de sí mismo fuera de la vida, más allá de la vida. Si dejaba de dudar, aunque sólo fuera por un instante, y aceptaba por entero la verdad de lo que sus sentidos le transmitían, quedaría desarraigado del sólido terreno en donde estaba afirmado, y arrastrado por la corriente, tras vaciarse de sentido todos los objetivos, su ser estaría completamente implicado en la existencia. Le atormentaba la sospecha de que un día descubriera que siempre había estado equivocado; pero hasta que llegara ese momento, no tenía más elección que seguir siendo lo que era. Un hombre no puede adaptar sus creencias en función de lo que le apetezca.

Tras concluir cuatro cartas se afeitó, vistió y cruzó la puerta posterior para salir al patio. No había nadie; incluso el alto huissier rifeño que vigilaba los vehículos no estaba a la vista, quizá porque no había vehículos que vigilar por el momento. En la calle, al otro lado de la puerta, la vida seguía su curso habitual. El propietario de la antigua tienda, abierta en exclusiva para los huéspedes del hotel, le saludó con la cabeza al verle. Durante los primeros tres o cuatro años había persistido con tenacidad en su idea de que se podía persuadir a aquel turista para que comprara algo; muchas veces le había atraído con astucia hacia la tienda y le había ofrecido té, cigarrillos y pipas de quif, cosas todas ellas que Stenham había aceptado de buen grado, no sin antes advertirle que lo hacía tan sólo en su condición de amigo, no como cliente. Esto no había sido óbice para que el hombre se tomara la molestia de extender sobre el suelo alfombras bereberes, llamara a sus hijos instándoles a que sirvieran de modelos para mostrar con gran pompa al caballero nazareno los viejos caftanes con brocados, o abriera los cofres tachonados cubiertos de terciopelo magenta o púrpura para sacar de allí dagas y espadas y cuernos de pólvora y cajitas de rapé y rosarios y broches y otros cientos de artículos obsoletos por los que Stenham no sentía el menor interés.

Ahora, después de tanto tiempo, el hombre había terminado por ceder al asombro que le inspiraba aquel inexplicable extranjero que había resistido tantas acometidas sin sucumbir una sola vez; ambos mantenían la más cortés de las relaciones. Sin embargo, a Stenham no le agradaba la untuosidad de aquel hombre, y sabía que era un informador oficial de los franceses. Era algo casi inevitable, desde luego, y no era culpa suya. Cualquier nativo que mantuviera un contacto regular con los turistas estaba obligado a informar a la policía de sus actividades y conversaciones (aunque era difícil entender qué importancia podía tener una información tan superficial para aquellos que llevaban las fichas policiales del Deuxième Bureau). En varias ocasiones el propietario había intentado implicar a Stenham en conversaciones que obviamente desembocarían, de ser llevadas a su conclusión natural, en el ámbito de lo político, pero Stenham, a la aceptada manera marroquí, las había manipulado con suavidad hacia otros derroteros, dejándolas suspendidas en el aire, empaladas en los garfios de Moulana y Mektoub, de donde ningún hombre podría desprenderlas de modo decente.

–Espero que goce de buena salud en este bonito día –‍dijo el hombre, en francés, conforme se acercaba Stenham. Incluso su insistencia en utilizar el despreciado idioma le molestaba; le agradaba que los marroquíes le hablaran en su propia lengua. A continuación, sin cambiar la expresión de su rostro ni la afable inflexión de su voz, añadió:

–Un consejo, señor.

–¿Qué? –‍dijo Stenham, perplejo.

–Es mejor que no ande por ahí. –‍El hombre sonreía con gesto alelado‍–‍. Ah, oui –‍continuó, como si respondiera a otra pregunta de Stenham‍–‍. Ah, oui, il fait très beau. El sol está un poco caliente, por supuesto, pero es normal. Estamos en verano. Es mejor que se quede en el hotel. ¿Y Monsieur Alain? ¿Se encuentra bien? Salúdele de mi parte, por favor. Tengo unas espléndidas monedas romanas ahora mismo, un material perfecto para un gran connoisseur comme Monsieur Alain. Dígaselo, si es tan amable. Ya ve, mi tienda está cerrada. Estaba a punto de meterme dentro y cerrar la puerta. Bonjour, monsieur! Au plaisir!

Saludó de nuevo con la cabeza y penetró en su tienda. Stenham permaneció inmóvil por un instante, fascinado por aquella inesperada interpretación. Todos los escaparates de la tienda estaban en efecto cerrados, y había unas pesadas barras de hierro dispuestas de forma diagonal cruzando los postigos. Stenham no había reparado en ello hasta ese instante. Y el hombre, aunque seguía mirando, cerró la puerta, echó la llave y corrió ruidosamente sus tres cerrojos, uno detrás de otro.

Siguió caminando hasta la puerta exterior y permaneció allí, rodeado por apresurados mozos, contemplando la serpenteante carretera arriba y abajo. Por una vez no había policías a la vista, y continuó por el espacio abierto entre los muros de la ciudad y el cementerio, donde estaban detenidos los autobuses, buscando, por mera curiosidad, algún coche patrulla. Empezó a sospechar que podía haber algo de verdad en la historia que Rhaissa le había contado y que la policía había sido enviada a los posibles focos de disturbios de la ciudad. Pero aquí el trabajo de carga y descarga de los autobuses y camiones era el acostumbrado, y no existían indicios de que el día tuviera algo de anormal. Aburrido y acalorado, caminó de regreso al hotel. Se encontró con el recepcionista en la terraza principal.

–Hace calor hoy –‍dijo.

El espigado recepcionista echó una ojeada al cielo.

–Creo que tendremos tormenta al final de la tarde. –‍Con sus pantalones de rayas y su chaqueta a medida se asemejaba a un distinguido empresario de pompas fúnebres.

–Oiga –‍dijo Stenham‍–‍, no hay más viajeros ahora en el hotel, además de los dos caballeros ingleses y yo, ¿verdad?

El hombre le miró con cara de asombro, vacilante.

–Esperamos más gente para esta noche. ¿Por qué? Si desea cambiar de habitación, es posible, sí.

Stenham rio.

–No. Estoy encantado con mi habitación, y también de que el hotel esté vado. No me refiero a ustedes, por supuesto –‍añadió‍–‍. Pero es más agradable así.

El recepcionista estiró los labios.

–Una cuestión de gusto, bien entendu.

–Todo el personal europeo duerme aquí en el hotel, ¿no?

El hombre se permitió echar ligeramente hacia atrás la cabeza y mirar de frente el rostro de Stenham.

–Creo que sé a lo que se refiere. Pero permítame tranquilizarle. No hay nada que temer. El personal nativo es muy de fiar. –‍Stenham sonrió para sus adentros: el hombre había llegado a Marruecos por primera vez hacía cuatro meses y ya hablaba igual que un colono‍–‍. La mayoría de ellos, como ya sabe, se van a casa por la noche. Los pocos que la pasan aquí tienen largos expedientes de servicio leal a la casa, y con excepción del vigilante nocturno, el mayordomo les encierra a todos en sus cuartos y conserva las llaves con él.

A Stenham le pareció una medida chocante a la par que grotesca. Dijo:

–¿De verdad? No lo sabía.

–Además –‍prosiguió el otro, convencido de haber logrado lo que se proponía‍–‍, no hay ningún motivo de preocupación aquí, en Fez.

–Oh, sí, ya me he dado cuenta de eso –‍dijo Stenham‍–‍. Pero, no obstante, ha sido una mala temporada para ustedes.

–El hotel pierde alrededor de cincuenta mil francos al día, señor –‍anunció el hombre con una mueca no exenta de gravedad‍–‍. La temporada cerrará con un déficit enorme, naturalmente. Mantenemos las compras de alimentos al mínimo, pero creo que habrá apreciado que la calidad sigue siendo la misma.

–Oh, no, no –‍le aseguró Stenham‍–‍. La comida es siempre excelente.

Esto no era cierto y ambos lo sabían; en el mejor de los casos, la comida era suficiente.

Moss apareció de repente en las escaleras que daban al jardín inferior. Daba vueltas un bastón. El recepcionista le saludó, pidió disculpas y desapareció.

Se sentaron a una mesa a la sombra. El pequeño camarero argelino apareció de inmediato. Moss pidió un Saint Raphael.

–John, ¿ha oído la última? Es demasiado fantástica.

–En lo que llevamos de día he oído dos o tres muy fantásticas. ¿Cuáles son sus noticias?

–Tiene que ver con un loco que el Istiqlal ha estado instruyendo para que excitara a la multitud; uno de esos pobres dementes harapientos que van por ahí agitando los brazos, ¿sabe de lo que hablo? La policía cayó directamente en la trampa.

Moss contó una historia que, en lo esencial, coincidía con la relatada por Rhaissa, pero con el elemento añadido de la provocación premeditada de los nacionalistas.

–No ha sido muy deportivo, debo decir, sacrificar al pobre viejo a sangre fría. En cualquier caso, Hugh se fue corriendo con el coche para investigar y le arrestaron enseguida. Llamó por teléfono hace un rato, hecho una furia, porque no le dejaban salir hasta que mostrara el pasaporte, lo que significa que tengo que llevárselo yo. Es curioso cómo se las arregla siempre para meter la pata, ¿no cree? Es todo tan innecesario.

–Pero ¿por qué está sentado aquí tranquilamente bebiendo una copa, mientras él espera allí?

–Ya he pedido un taxi –‍dijo Moss con una mueca de cansancio‍–‍. Llegará en un momento. Pero la verdad es que no me lo puedo tomar en serio, ni preocuparme demasiado por Hugh, ¿sabe por qué?, porque es un idiota. Se porta igual que un chico en un partido de cricket. Y desde luego esto no es un partido de cricket. Nadie se recuesta en una silla y lanza vítores cuando están matando a la gente. Desde mi punto de vista, a menos que uno pueda ser útil de alguna manera, es mejor permanecer totalmente al margen, ¿no está de acuerdo?

Stenham coincidió con aquella opinión. Moss había apurado su vaso y se estaba limpiando el bigote con una servilleta; por fin se puso en pie.

–Bien, amigo mío, le veré más tarde. Quédese aquí en el hotel. Puede que me detengan a mí también, quién sabe, y le necesitaré para que me saque de allí. Como es natural, el condenado cónsul se ha marchado a alguna parte durante todo el día. Creo que lo ha hecho deliberadamente. Esté al tanto del teléfono.

Capítulo 20

Cuando llegó a su habitación, casi sin aliento, pues el día no sólo era caluroso, sino extrañamente bochornoso y opresivo, encontró su puerta abierta y a Rhaissa fregando el suelo. Había quitado las alfombras, dejándolas colgadas sobre los balcones y ventanas. La habitación olía a la solución de creosota de su cubo de fregar. Almohadas y ropa de cama se amontonaban sobre las sillas; la presencia de Stenham en el aposento parecía a todas luces intempestiva. Sin embargo, entró y dijo:

–¿Alguna noticia más?

Ella alzó la vista, sorprendida, y le indicó con la mano que cerrara la puerta, cosa que hizo Stenham. La muchacha recuperó entonces la verticalidad y, moviendo los ojos a izquierda y derecha de un modo que evocaba un principio de conspiración, dijo:

–No va a haber fiesta.

–¿Fiesta? ¿Qué fiesta? –‍Él había olvidado la cercanía del Aid el Kebir.

–¡La fiesta del cordero, la gran fiesta! Hemos tenido nuestro cordero en la azotea durante tres semanas. Ahora ya está bien cebado. Pero matarán a cualquiera que haga el sacrificio.

–¿Quién lo hará? ¿De qué estás hablando? –‍Stenham no se encontraba de buen humor, se daba cuenta ahora, pero pensó que era, al menos en parte, culpa de ella. Además quería sentarse y no había sitio en la habitación.

–Los musulmanes. Los amigos de la libertad. Dicen que quien sacrifique a su cordero es un traidor al Sultán.

“Un paso más hacia la muerte”, pensó él con amargura. Tanto si el rumor era cierto como si no, el hecho de que estuvieran hablando de todo aquello, que tan inconcebible herejía estuviera teniendo lugar, indicaba la dirección hacia donde avanzaban los musulmanes.

–B’sah? –‍dijo él con aspereza‍–‍. ¿De verdad? ¿Y he de suponer que todo el mundo va a escucharles y obedecerles? ¿La política es más importante que la religión? ¿Allai el Fassi es más grande que Alá? ¿Por qué no le llaman entonces Allah el Fassi de una vez por todas?

El retruécano le pareció bastante aceptable.

Ella no parecía seguir sus razonamientos; entendía lo suficiente de lo que él decía como para mostrarse estupefacta.

–Nadie es más grande que Alá –‍replicó gravemente, contemplando el tipo de castigo que podría infligir Alá a este ignorante nazareno por sus ultrajantes palabras.

–¿Vas a sacrificar tu cordero o no? –‍preguntó Stenham.

Ella movió lentamente la cabeza de izquierda a derecha, sin apartar la vista de él.

–Mamelouah –‍respondió al fin‍–‍. Está prohibido.

Stenham se sentía exasperado por la actitud de la joven.

–¡No está prohibido! –‍gritó‍–‍. Todo lo contrario, está prohibido no hacerlo. Alá lo exige. ¿Ha habido un solo año que no se hiciera el sacrificio?

Ella seguía moviendo la cabeza.

–El último año –‍dijo ella‍– no hubo fiesta.

–¡Claro que hubo! ¿No sacrificó un cordero Abdelmjid el último año?

–Su padre lo hizo. Nosotros nos casamos después, justo antes del Mouloud.

–Pero lo sacrificaron.

–Oh, sí. Pero todo se echó a perder, porque secuestraron al Sultán ese mismo día.

–Ah –‍dijo Stenham, reflexivo‍–‍. Ya veo. Desde luego. –‍Los franceses habían elegido el día más sagrado del año para llevarse a toda prisa al Sultán, y había sido el falso Sultán el autor del sacrificio. En consecuencia, no había habido tal. Permaneció en silencio un instante. Al final le preguntó‍–‍: ¿Por qué no puedes sacrificar tu cordero en nombre del verdadero Sultán?

–El Istiqlal no quiere fiestas de ningún tipo –‍respondió ella pacientemente‍–‍. Es pecado hacer una fiesta cuando todo el mundo es infeliz.

–Tú quieres decir que la gente podría olvidar que es infeliz si hubiera una fiesta, y eso es justamente lo que no quiere el Istiqlal. El partido quiere que la gente recuerde su infelicidad. ¿Es eso, verdad?

–Sí –‍dijo ella, presa de la incertidumbre.

–Pero ¡¿no lo comprendes?! –‍gritó él, a pesar de sí mismo, consciente de que ella no lo comprendería en absoluto y nunca podría llegar a entenderlo‍–‍. ¿No te das cuenta de que están intentando quitaros vuestra religión para quedarse con todo el poder? Quieren cerrar las mezquitas para siempre y convertir en esclavos a todos los musulmanes. ¡Esclavos!

–Mi madre fue esclava en el palacio del Pachá –‍dijo Rhaissa con tono pragmático‍–‍. Comía pollo todos los días y tenía cuatro pulseras de oro y un caftán de seda.

Como suele hacer la gente cuando se sabe perdida, Stenham recurrió al sarcasmo.

–Y supongo que le encantaba ser una esclava –‍dijo.

–Estaba escrito así –‍respondió Rhaissa, encogiéndose de hombros.

–Sí, por supuesto –‍dijo él, preguntándose cómo se había permitido volver a caer una vez más en el error de enzarzarse en una discusión con aquella gente, cuando sabía que era manifiestamente imposible mantener el control de una conversación, y que la imposibilidad de mantener esta dentro de los canales de la lógica terminaba siempre por producirle una deprimente sensación de futilidad.

Después de todo, si fueran seres racionales, pensó, el país no tendría mayor interés; su encanto era una consecuencia directa de la falta de evolución mental de sus habitantes. Sin embargo, era difícil imaginar que fueran tan consciente y militantemente atrasados. Una vez que se adueñaban incluso del más pequeño fragmento de los atavíos de la cultura europea, se aferraban a él con absurda desesperación, si bien eran capaces de hacerlo suyo, solamente hasta el punto de que el fragmento estuviera aislado del contexto y carente por completo de significado. Pero después de tantos siglos en el congelador del aislamiento, era de esperar que, al sacarlo de allí, la cultura estuviera condenada a sufrir ahora un rápido proceso de descomposición. “Estaba escrito”, le había dicho Rhaissa, y él se había mostrado de acuerdo con ella; era la verdad última y global de Marruecos –‍del mundo, en realidad‍–‍. La conversación no era más que el choque de dos personalidades.

–Mektoub.

Ella estaba allí de pie, mirándole aún de forma interrogadora. Él no sabía lo que Rhaissa esperaba que añadiera, y puesto que no tenía nada que añadir, le sonrió, abrió la puerta y se marchó escaleras abajo. Nunca terminaría de arreglar la habitación si seguía allí.

Estuvo sentado durante un rato en una esquina oscura del vestíbulo, ojeando algunos números atrasados de unas revistas que trataban distintos aspectos comerciales de las colonias francesas: estaban ilustradas con lo que no eran para él sino fotografías inconcebiblemente insulsas de fábricas, almacenes, puentes y presas en construcción, proyectos de construcción de viviendas y trabajadores nativos. Todo aquello le recordaba las viejas publicaciones soviéticas que él había estudiado en su día. Después de todo, reflexionó, el comunismo era simplemente una forma más virulenta de la misma enfermedad que afectaba a todo el mundo. El mundo era indivisible y homogéneo; lo que ocurría en un lugar ocurría también en otro, aunque las distintas tendencias políticas defendieran lo contrario. O acaso la gran diferencia estribaba en que Occidente era más humano; permitía que sus pacientes fueran anestesiados, mientras que el Este consideraba inevitable el sufrimiento, se precipitaba sin miramientos hacia un espantoso futuro, mostrando en todo momento una suprema indiferencia hacia el dolor.

“El problema con usted, John”, había asegurado Moss, “es que no tiene fe en la raza humana”. Stenham lo había admitido, pero su respuesta había sido que para él era necesario en primer lugar tener fe en Dios. “¿Y tiene usted esa fe?”, le había preguntado Moss. Stenham había respondido que no. Moss acogió su contestación con un gesto de triunfo. “¡Y nunca tendrá esa fe!”, había gritado. “Ambas son inseparables.” Stenham había calificado el argumento de especioso, típico de la falta de humildad del hombre moderno. “No me regale eso”, había dicho. “No lo quiero. Es exactamente el lugar de donde proceden todos los problemas.” Eran pequeñas escenas como esta las que más temía cuando estaba con Moss, y este siempre las estaba provocando; antes de que se diera cuenta, ya estaba envuelto en la polémica. Moss estaba tan seguro de sí mismo, tan cómodamente anclado y ajeno a los embates de la existencia; sus sermones acomodaticios carecían de significado.

Arrojó de mala manera las revistas sobre la mesa y se fue a almorzar. El silencio del comedor resultaba perturbador. Los camareros iban y venían de puntillas, y sus conversaciones se llevaban a cabo por medio de susurros. Por primera vez oyó las órdenes que se daban en la cocina. Y entonces, a través de la ventana abierta, se escuchó la larga, lentamente ascendente nota de un almuecín llamando a la oración del loulli. De inmediato se le unió otra, y luego otra, hasta convertirse en un gran coro creciente de claras voces de tenor. Del mismo modo que se oía siempre la primera voz en solitario podía oírse también la última, una vez que las otras habían concluido. Prestó atención a la manera en que se alargaba la sílaba final de su Allah akbar! Después de dirigirse al este, al sur y al oeste, el hombre entonaba ahora su cántico hacia el norte, y la voz flotaba sobre la ciudad, limpia como el sonido de un oboe. En ese momento el cacareo de un gallo, procedente de algún tejado cercano, la dejó en un segundo plano acústico, y el camarero llegó con un gran vol au vent, que puso delante de su vista. De improviso fue consciente de la absurdidad del momento. Toda aquella maquinaria, la cocina con su chef, los pinches colaborando, la jerarquía de camareros, el surtido de porcelanas, vasos y cubiertos, el carrito con su alarde giratorio cubierto de entremeses, las bandejas sobre ruedas con sus hornos de aluminio y las temblorosas llamas azules que salían del alcohol, todo aquello era para él, estaba funcionando en exclusiva para él. No era como si existiera una posibilidad de que alguien más pudiera venir a quitar de sus hombros un poco de responsabilidad. Nadie vendría, y cuando él hubiera finalizado, los camareros despejarían la mesa de artilugios y la prepararían para la cena, y era incluso posible que él no estuviera allí para entonces, si decidía salir y comer algo en la ciudad. Súbitamente, en voz alta, exclamó: “¡Santo cielo!”. Acababa de recordar que le esperaban a cenar en casa de Si Jaffar.

Sería ciertamente descortés llamar y preguntar si en aquellas circunstancias aún debía ir allí, pues aunque conocía bastante bien a la familia para saber que ellos nunca admitirían la existencia de problemas políticos, él no sabía de qué lado se decantaban sus simpatías. En varias ocasiones había coincidido en la casa con oficiales franceses acompañados de sus esposas, y la atmósfera que se respiraba allí era de una gran cordialidad. Además, dos de los hijos de Si Jaffar trabajaban como funcionarios para la administración francesa; había no pocas posibilidades, pensó, de que la familia fuera francófila. Y sin embargo, todos sus miembros habían expresado en uno u otro momento actitudes sumamente críticas hacia los franceses. Stenham se había unido al principio a la avalancha de críticas, pero con posterioridad había considerado más prudente limitarse a reír, dejando que hicieran ellos el trabajo de desgaste. Si ellos estaban en verdad de parte de los franceses, su propia ficha política debía haber crecido a pasos agigantados cada una de las noches que había compartido con ellos, ya que no tenían otra elección que informar de todo. No había forma de colaborar a medias con los franceses; si alguien estaba con ellos podía contar con su absoluta protección, al menos hasta que decidieran que tal ayuda no era ya de utilidad, y quien no estaba con ellos, era porque estaba contra ellos. Llamar por teléfono a Si Jaffar y decirle: “Estaba pensando si todavía quería que fuese a su casa, a la vista de lo que está pasando en estos momentos” no habría producido ningún resultado, porque Si Jaffar habría mostrado una total ignorancia de los hechos. Por otra parte, ¿qué estaba pasando realmente? El propio Stenham lo ignoraba. El hombre de la tienda de antigüedades había sido muy amable al dejar caer su críptica advertencia (jamás le hubiera creído capaz de un gesto tan desinteresado), pero iba a hacer caso omiso de ella, no obstante. Cuando hubiera concluido el almuerzo saldría del hotel y caminaría hacia la Medina para hacer un pequeño viaje de inspección por su propia cuenta.

Pero la pesada comida y el sofocante calor, y acaso también el silencio del comedor, tuvieron su efecto sobre él, y cuando terminó la fruta se levantó y subió a su habitación para echarse sobre la cama durante unos minutos. Primero corrió las cortinas para que la habitación estuviera protegida del deslumbrante fulgor amarillo de la tarde. Unas cuantas moscas zumbaban en círculos sobre la mesa; dirigió contra ellas la boquilla del aerosol y se quitó los zapatos y los pantalones. Por fin se tumbó en la cama. El aire estaba espeso de calor, y la penumbra de la estancia era tan intensa que no lograba ver los arabescos pintados en las vigas del techo. En alguna parte lejana de las montañas, en el Atlas Medio, retumbó el triunfante estallido del trueno, apagado y lejano en la gran distancia. El sonido llegaba a intervalos regulares, envolviéndole en una calma laxa. Ya nada le separaba del sueño.

Y allí estaba de golpe, un siglo después, sentado, parpadeando en una habitación hostil e irreal, invadida por una vaciedad de color lila. El trueno volvió a retumbar en el jardín, y Stenham saltó de la cama, corriendo hacia las ventanas. La lluvia empezaba a caer en esos instantes, colérica y violenta, y la ciudad brillaba a la luz de un crepúsculo único, antinatural. Pasaba un cuarto de hora de las cinco. Regresó a la cama y se acostó de nuevo, alzando la mano por encima de su cabeza para pulsar el botón. El sonido del timbrazo en la sala donde se reunía el servicio, situada en el piso inferior, quedó cubierto por la tormenta, pero había sonado sin duda, porque un momento más tarde alguien golpeó vigorosamente la puerta.

–Trhol! –‍gritó.

Apareció la cabeza de Rhaissa, con unos ojos que parecían muy blancos a la luz sombría de la habitación. A buen seguro estaba deseosa de hablar del tiempo, pero él seguía completamente adormilado.

–Tráeme un té, por favor –‍le dijo. Ella cerró la puerta tras de sí.

Poco después volvieron a llamar. Pensó que debía de haberse vuelto a quedar dormido, porque el té no solía tardar menos del cuarto de hora. “Trhol!”, gritó, y entonces, al no producirse respuesta alguna, lo dijo más fuerte. La puerta se abrió, y un hombre entró en la estancia. Stenham apretó el interruptor y vio a Moss, con el traje empapado de agua y su bastón bajo el brazo.

–Pase, pase –‍le dijo.

–¿No le molesto?

–En absoluto. Me iba a tomar un té. Les diré que traigan otro vaso.

–No, no. Tengo que ir abajo y cambiarme de ropa. Estoy muy mojado. Ni siquiera voy a sentarme. Sólo quería comunicarle que ha sido un día increíble. Dejaremos los detalles para después. –‍Se enjugó la frente y se sonó la nariz‍–‍. Hugh está en mi habitación, así que al menos cumplí mi misión. Debo decir que mi opinión sobre los franceses ha cambiado un poco desde esta mañana. ¿Le veo a la hora de la cena?

–Sí –‍dijo Stenham‍–‍. Suponiendo que el hotel siga en pie y no haya sido arrastrado hasta el río. Escuche. –‍Stenham levantó un dedo: la lluvia caía a raudales. Moss esbozó una sonrisa y salió de la habitación.

Antes de que Rhaissa trajera el té, la lluvia dejó de caer con inusitada brusquedad. Ahora estaba oscuro. Abrió las ventanas, oyó bajar el agua que fluía todavía ruidosa por los canalones y salpicaba la terraza al caer de los árboles. Pero el aire era fresco y calmo. Permaneció mirando por la ventana un rato, oyendo y respirando profundamente.

Más tarde, mientras estaba bebiendo el té, recordó de nuevo su cita con Si Jaffar. No había remedio; sencillamente se pondría un viejo traje e iría chapoteando hasta la casa. Por medio de una serie de atajos que se había ido labrando a lo largo de los años, estaría allí en una media hora. Bebió el último sorbo de té, se arregló a toda velocidad, guardó la linterna en el bolsillo trasero del pantalón y telefoneó a Moss.

Llevó bastante tiempo que se pusiera al aparato y le contestara; su voz sonó muy ronca. “Oui. Qu’est-ce qu’il y a?”, preguntó.

–¿Le he despertado? –‍inquirió Stenham.

–No, John, pero estoy llenando de agua la alfombra. Estaba en el baño.

Stenham se disculpó, explicándole por qué no podría cenar con él. Moss vaciló antes de decir:

–¿John? No estoy seguro de que yo fuese a la cena si estuviera en su lugar. No creo que sea muy prudente tal y como están las cosas.

–Tengo que ir –‍dijo Stenham llanamente‍–‍. Vuelva al baño, le veré mañana.

Las calles estaban desiertas. Caminaba por la orilla, pegándose a las paredes para evitar los riachuelos que corrían por el centro. Conforme se acercaba al río había más y más agua; en un momento dado se vio obligado a retroceder y tomar una calle más alta para cruzar. Si hubiera seguido su ruta habitual, le habría llegado el agua a la altura de las rodillas en el momento de descender al fondo de la hondonada. Los pocos viandantes que pasaban por allí estaban muy ocupados con el problema de dar adecuadamente sus pasos para prestarle la menor atención.

Era un ascenso difícil recorrer las calles de Zekak er Roumane; el barro era tan malo como el agua, y resbalaba de continuo. Al otro lado de las húmedas fachadas de las casas y también desde las terrazas, los gallos cacareaban ajenos a todo, y algunos pequeños murciélagos descendían en picado alrededor de las escasas farolas con que se cruzaba en su camino. Cuando llegó a la Talâa, descubrió que estaba tan poco poblada como las callejas secundarias: los puestos estaban cerrados a cal y canto, y sólo de vez en cuando pasaba junto a un hombre solitario sentado al lado de un burro o un cargamento de carbón o un rollo de esteras. Incluso los mendigos que solían acurrucarse al lado de la fuente, debajo de la bocacalle que conducía al callejón de Si Jaffar, habían desaparecido esa noche. Consultó su reloj: eran casi las ocho. Ojalá fueran las once, pensó, y él estuviera de vuelta hacia el hotel, con el calvario felizmente superado. Aquellas veladas interminables en casa de Si Jaffar eran agotadoras; las temía casi con la misma intensidad que la mayoría de la gente las citas con el dentista. La conversación era por necesidad muy superficial, y no era preciso añadir que nada de lo que se dijera tenía un atisbo de sinceridad; si sucedía que alguien pronunciaba una verdad, era por puro accidente. A veces intentaba que la familia hablara sobre las costumbres nativas, pero incluso cuando abordaban este aspecto, en más de una ocasión les había sorprendido Stenham en plena tarea de improvisar una mentira, suministrándole ex profeso datos erróneos, con la intención evidente de compartir unas buenas carcajadas cuando se marchara de allí. Todos los miembros de la familia eran muy amistosos, no obstante, aunque su amistosidad se expresara de manera arbitraria y habitualmente ceremoniosa, y Stenham sentía que le hacía bien poner a prueba su paciencia, sentándose entre ellos y aprendiendo a hablar y bromear con ellos según sus usos y costumbres. Si alguien le hubiera preguntado por qué consideraba beneficioso realizar con esta regularidad aquel esfuerzo extenuante, su respuesta habría sido que la teoría sin la práctica no tiene ningún valor. Si Jaffar y los suyos constituían una familia típica de la clase media marroquí, y le habían ofrecido el desacostumbrado honor de abrirle la casa de par en par. (Incluso había visto a la esposa y las hijas sin velo, las tías y la abuela, una anciana señora que se arrastraba por todos los rincones de la casa sobre sus manos y rodillas.) Tenía la impresión de que no podía permitirse perder la oportunidad de verles.

Moss le había dicho una vez: “Para usted los musulmanes no pueden hacer nada mal”, y Stenham había reído con acritud, llegando a la conclusión de que si ello era así, tampoco podrían hacer nada bien. Hacían lo que hacían; y él lo encontraba conmovedor y completamente ridículo. A los únicos que juzgaba, y en consecuencia odiaba, era a aquellos que se mostraban proclives a aliarse con el modo de pensamiento occidental. A esos renegados que parloteaban de la educación y el progreso, que habían repudiado el concepto de un mundo estático para abrazar el de un mundo dinámico, con mucho gusto les habría visto a todos discretamente ejecutados, para que el poder del islam pudiera continuar sin peligro de interrupción. En el caso de que Si Jaffar y sus hijos hubieran vendido sus servicios a los franceses, ello no invalidaba, sin embargo, la pureza de sus ojos, si tan sólo continuaban viviendo como vivían: sentados en el suelo, comiendo con los dedos, cocinando y durmiendo primero en una habitación, luego en otra, o en el gran patio con sus fuentes, o en el techo, llevando existencia de nómadas dentro del bonito caparazón que era su casa. Si él hubiera sentido que ellos eran capaces de desechar su absoluta preocupación por el presente, a fin de considerar el tiempo como algo aún pendiente de llegar, habría perdido de inmediato su interés por ellos y les habría condenado por corruptos. Para agradarle, los musulmanes tenían que recorrer una senda estrecha; las desviaciones no eran tolerables. En las conversaciones que mantenía con ellos nunca perdía la oportunidad de denostar al cristianismo y sus similares. Constituía para Stenham el mayor de los placeres que ellos intercambiaran una mirada asombrada y dijeran, moviendo la cabeza: “Este entiende el mundo. He aquí un nazareno que ve el mal en su propia gente”. Una pregunta que solía surgir en este punto de la conversación era: “¿Y nunca ha querido hacerse musulmán?”. Esto le resultaba muy embarazoso, pues creía estar menos dotado para abrazar su fe que cualquier otra fe: exigía una humildad y una sumisión tales, que de ninguna manera podía concebir en sí mismo. Admiraba la fe en ellos, pero nunca podría aceptarla para sí. La disciplina por la mera disciplina, una estúpida y gozosa obediencia a leyes arbitrarias, eran elementos de aquella religión que, por muy dignos de alabanza que pudieran ser, sabía que no eran para él. Era demasiado tarde; incluso sus ancestros de varios siglos antes hubieran dicho que era demasiado tarde. Quién estaba acertado y quién se equivocaba, Stenham no lo sabía ni le importaba, pero sí estaba seguro de que él no podía ser musulmán.

Con todo, tenía la impresión de que era este mismo hecho lo que hacía tan deseable y terapéutico el contacto con ellos. Era esto ciertamente lo que confería el carácter obsesivo a su preocupación por ellos. Los musulmanes encarnaban el misterio del hombre en paz consigo mismo, satisfecho con la solución que habían encontrado al problema de la existencia; la serenidad interior procedía de su negativa a plantearse preguntas, aceptando la existencia tal y como llegaba a sus sentidos, fresca y nueva cada día, sin tratar de comprender nada más que lo que valía directa y simplemente para vivir, con la creencia implícita en la esencial y absoluta inevitabilidad de todas las cosas, incluyendo el comportamiento de los hombres. Y esta satisfacción que gozaban en su vida representaba para él ese matiz oscuro, precioso y perentorio que suprimía en ellos cualquier intento de comprensión, y afectaba a todo lo que a ellos afectaba, haciendo que la acción más simple fuera tan fascinante como el ojo de una serpiente. Stenham sabía que el intento de desentrañar el misterio era una tarea sin fin, porque cuanto más se adentraba en el mundo de los musulmanes, más consciente se hacía de que era preciso cambiar su propia esencia íntima para conocerlos. No bastaba con entenderlos; era preciso pensar como pensaban ellos, sentir como ellos sentían, y lograrlo sin el menor esfuerzo. Era el trabajo de toda una vida, un trabajo del que, como él sabía muy bien, algún día se sentiría bruscamente cansado. Sin embargo, él consideraba que el primer paso era establecer un conocimiento de la gente; cuando se lo dijo a Moss, este le respondió con una salva de carcajadas.

“Moralmente, es usted un totalitario.” A veces le parecía imposible que Moss hubiera hablado en serio al enfrentarle con esta acusación; a buen seguro lo había dicho por simple perversidad, sabiendo que era la antítesis de lo que más se acercaba a la verdad. Pero si aquella era la explicación, ¿por qué seguía allí la idea, pegada como una lapa a su mente? Trató de reflexionar de nuevo sobre ello, intentando recordar si algún día podía haber usado una palabra desconsiderada capaz de conducir a Moss a malinterpretar posteriores observaciones, pero era inútil; no recordaba que hubiera sucedido nada de esta naturaleza. “Quizá lo soy”, se dijo a sí mismo una vez más, mientras oía el eco de sus pisadas en el pasadizo cubierto. Si era “totalitario” estimar la valía de un individuo en función de lo que producía, o evaluar un determinado segmento de la población empleando como escala su cultura, entonces Moss estaba en lo cierto. No se podía usar otro criterio para determinar el derecho de un organismo a existir (y, a fin de cuentas, cualquier juicio que alguien formulara sobre otro ser humano era reductible a la consideración de ese derecho). Si, por ejemplo, él deploraba la violencia que desembocaba en las explosiones diarias y en los tiroteos de las calles de Casablanca, no era obviamente porque las víctimas le inspiraran lástima, las cuales, aunque patéticas, seguían siendo personas anónimas, sino porque sabía que cada incidente que se teñía de sangre, al despertar la conciencia política de los sobrevivientes, acercaba la moribunda cultura a su fin. Le vino a las mientes una ocasión en que habían estado hablando de la guerra, y él había dicho: “La gente puede ser reemplazada, pero no las obras de arte”. Moss se había indignado, y le había tachado de egoísta e inhumano. Tal vez habían sido unas cuantas frases imprudentes como esta las que Moss había almacenado en su memoria, empleándolas como un trampolín en el momento de verbalizar la ya célebre acusación. Volvería a poner el asunto sobre el tapete en el momento apropiado. Aquella era la puerta de la casa de Si Jaffar. Agarró la aldaba y golpeó la anilla de hierro contra la madera, dos veces consecutivas.

El hijo menor le condujo hacia el patio donde los naranjos dejaban caer todavía gotas de lluvia sobre las baldosas del suelo. Permaneció allí durante uno o dos minutos, al lado del surtidor central, aguardando a Si Jaffar. La balaustrada de hierro forjado que circundaba la taza de la fuente estaba cubierta con trapos de cocina. Algunos incluso estaban colgados de las ramas más bajas de uno de los árboles. Procedente de alguna parte de la casa podía oírse el golpeteo incesante de una mano de mortero: una de las mujeres molía especias. Cuando apareció Si Jaffar, llevaba un pijama a rayas y el turbante suelto alrededor de la cabeza; se retorcía las manos mientras sonreía con su eterna sonrisa.

–Hemos tenido un pequeño accidente, con algunos daños no demasiado importantes –‍dijo‍–‍. Espero que disculpe las molestias. –‍Le condujo hacia el gran recibidor. Varias toneladas de escombros estaban apiladas en un extremo: piedras, tierra y yeso. Se veía la pared de la casa del otro lado de la calle a través del boquete abierto. La familia había salvado la mayor parte de los colchones y cojines y los había alineado en el centro de la habitación.

–La lluvia –‍aclaró Si Jaffar, disculpándose‍–‍. Es una casa vieja. A veces uno tiene miedo de que se pueda derrumbar toda la pared.

Stenham miró con aire inquieto en dirección al techo. Si Jaffar se percató de este movimiento y soltó una carcajada indulgente.

–¡No, no, Monsieur Jean! El techo no se va a caer. La casa es sólida.

Aquello no tranquilizó a Stenham, pero sonrió y tomó asiento en el colchón que le había sido reservado, contra la pared opuesta.

–Debe perdonar mi informalidad. Me he retrasado –‍dijo el anfitrión, tocándose el pijama y el turbante con el dedo índice‍–‍. Con todo este alboroto no he tenido tiempo de vestirme. Pero ahora, con su permiso, iré a cambiarme. Ya he arreglado que mi primo, Si Boufelja, le divierta con el oud mientras espera. No hay que dejar que los invitados estén ociosos. Es sólo un momento, por favor.

Si Jaffar cruzó el patio, encorvado como un anciano y con sus manos dobladas sobre el pecho. Al poco volvió a entrar en la habitación, acompañado de un hombre alto con barba y ataviado con una chilaba azul marino, que llevaba un enorme laúd delante de sí como si fuera una bandeja. Si Jaffar, siempre sonriente, omitió presentar a los dos hombres, miró a su primo el tiempo suficiente para comprobar que tomaba asiento y empezaba a afinar las cuerdas, y acto seguido se disculpó y salió.

El hombre continuaba probando el tono de las cuerdas, escuchando con atención, y sin mirar una sola vez hacia Stenham. Un gato pasó cerca de allí, por la calle, gimiendo estridentemente; era como si el animal estuviera allí con ellos. El hombre no hizo ningún caso de la interrupción, y poco después empezó a tocar lo que sonaba como una distraída improvisación, consistente en frases cortas e intensas, separadas entre sí por largos silencios. Stenham escuchaba sin perderse una nota, pensando que sus otras veladas en aquella casa habrían podido ser mucho más gratas con sólo recabar la colaboración del primo. Uno por uno, los otros miembros masculinos de la familia fueron entrando, le saludaron discretamente y se sentaron para oír la música. Bastante después hizo su entrada Si Jaffar, resplandeciente en sus vestidos de seda blanca, con un fez rojo oscuro fijo en la parte alta de la cabeza, en un ángulo que resultaba muy coqueto. Como si no estuviera sonando música alguna, empezó a hablar en un tono de voz normal. Esto constituía una señal obvia para que se redujera el volumen de la melodía, pasando de inmediato a un segundo plano. El primo empezó a tocar en un tono muy dulce, pero parecía haber perdido el interés: su expresión de gran concentración se relajó, la mirada vagaba de rostro en rostro y movía la cabeza con aire ausente siguiendo el ritmo de sus notas. Cuando los criados trajeron las mesas para la cena, colocaron una enfrente de Si Jaffar y Stenham, quienes comieron sin el menor agobio, mientras los otros seis se sentaron rodeados por escombros en una segunda mesa situada en el centro de la estancia. En un momento dado, Stenham realizó la atrevida sugerencia de que acaso el primo estaría más cómodo sentado con ellos a su mesa, ya que había más espacio. Si Jaffar, sonriendo afablemente, dijo:

–Seremos todos más felices tal y como estamos.

–No quería parecer indiscreto –‍dijo Stenham.

Si Jaffar, chupándose los dedos uno detrás de otro, se abstuvo de responder. Batió las palmas reclamando la presencia del criado; cuando este hubo aparecido y desaparecido de nuevo, Si Jaffar sonrió abiertamente, mostrando un juego completo de dientes de oro, y señaló, complacido:

–Mi primo es muy tímido.

En mitad de la cena, las bombillas eléctricas que pendían desnudas del techo se apagaron. La habitación quedó sumida en la más completa oscuridad; una voz ronca procedente de la otra mesa murmuró: “Bismil’lah rahman er rahim”, y se hizo el silencio durante unos instantes. Si Jaffar llamó en voz alta a los criados para que trajeran velas.

–Enseguida volverá la luz –‍aseguró a Stenham cuando entró el hombre con una vela encendida en cada mano. Pero siguieron comiendo, y la corriente eléctrica siguió cortada.

La estancia parecía ahora misteriosa y enorme, con un mundo de sombras moviéndose arriba en el techo. Durante los postres el criado entró con semblante triunfal, portando una vieja lámpara de aceite que humeaba de forma abominable; con excepción de Stenham, todos celebraron su llegada con murmullos de entusiasmo. En dos o tres ocasiones se tejió el inicio de una conversación en la otra mesa; en cada oportunidad Si Jaffar intentaba distraer la atención de su invitado, dando comienzo a una historia más bien absurda. Stenham, molesto por la torpeza de aquellos intentos para evitar que oyera lo que estaban diciendo los miembros de la familia, giraba deliberadamente la cabeza de tiempo en tiempo hacia la otra mesa mientras le hablaba el anfitrión.

Cuando todos hubieron concluido la cena, lavado sus manos, enjuagado sus bocas y degustado un té, se arrellanaron y emprendieron el relato de una serie de anécdotas cómicas. Como de costumbre, Stenham encontraba imposible seguir las historias; entendía las palabras, pero no terminaba de captar la gracia. Sin embargo, se divertía mirando a la familia durante la narración y oyendo las sonoras carcajadas que saludaban el fin de las anécdotas. El único miembro de la familia que disfrutaba de la prerrogativa de fumar era Si Jaffar; para destacar su privilegio fumaba sin parar, ofreciendo un cigarrillo a Stenham cada cinco minutos, a veces mientras este aún le estaba dando las últimas caladas al anterior. Los otros no tenían el derecho de encender un cigarro en su presencia.

–¿Entiende nuestras tonterías? –‍preguntó el cabeza de familia a Stenham.

–Entiendo las palabras, sí. Pero...

–Voy a explicarle la historia que acaba de contar Ahmed. Al legionario le gustaba la lámpara, pero creía que podía comprarla por cien riales. ¿Sabe lo que son los higos?

–Sí.

–Bien, el Filali había llenado la lámpara con higos, y su esposa había escondido su pulsera en el fondo de la cesta, así que los higos la tapaban. Por eso el judío no la vio cuando miró debajo de la cama. ¿Comprende? Si hubiera tenido tiempo antes de que el legionario llamara a la puerta, habría sacado todos los higos, pero naturalmente no había tiempo. Eso es lo que el Filali quería dar a entender cuando dijo: “No se puede esperar que un eucalipto joven dé tanta sombra como una vieja higuera”. ¿Entiende esto?

–Sí –‍dijo Stenham presa de la incertidumbre; esperaba alguna otra pista que pudiera conectar entre sí las diversas partes de la historia.

Si Jaffar parecía complacido.

–Y esa es la razón por la que la esposa del Filali tuvo que vestirse como una esclava del Califa. Si hubiera dejado que el judío imaginara su verdadera identidad, se lo hubiera dicho al legionario, desde luego, y se habría llevado su comisión, que era del cincuenta por ciento, como usted recuerda. No sé si conoce bien los eucaliptos jóvenes. Sus hojas son muy pequeñas y estrechas. De forma que lo que dijo el judío a la esposa del Filali era un piropo de primer orden. Pero sólo la estaba adulando, no era sincero. ¿Entiende?

A esas alturas Stenham no entendía absolutamente nada de la historia, pero sonrió y asintió con la cabeza. Los otros seguían aludiendo al importante aspecto de la sombra del joven eucalipto, saboreando los matices en toda su plenitud, riendo entre dientes de forma elogiosa.

–No estoy seguro de que haya entendido –‍le dijo Si Jaffar después de un momento‍–‍. Habría muchas cosas que explicar. Algunas de nuestras historias son muy difíciles. Incluso a la gente de Rabat y Casablanca a menudo hay que explicárselas, porque son sólo para la gente de Fez. Pero eso es justamente lo que les da el perfume. No serían tan divertidas si todo el mundo pudiera entenderlas. También es verdad que algunas de ellas son muy poco corteses, pero no contaremos ninguna de esas esta noche, porque está usted aquí. –‍Cerró los ojos, recordando en apariencia una de aquellas historias indecorosas, y en última instancia se entregó de buena gana a una risilla tonta. Abrió entonces los ojos y miró a Stenham‍–‍. Creo que las historias escandalosas son las más deliciosas –‍dijo melindrosamente.

–Cuente una –‍le animó Stenham. Tenía mucho sueño, y estaba persuadido de que si cerraba los ojos durante un momento como había hecho Si Jaffar, se quedaría dormido de inmediato. Al oír su sugerencia todos rompieron a reír con gran estrépito. Entonces el primogénito empezó a relatar una complicada historia acerca de un jorobado con un costal de cebada y un chacal. Muy poco después de iniciado el relato ya había aparecido un león y un general francés que había perdido un kilo de almendras. Si la historia pertenecía al género de las indecentes era algo que se escapaba a la comprensión de Stenham; no obstante, cuando tocó a su fin compartió las risas con los demás.

Al cabo de un largo rato el primo fue reclamado de nuevo para que volviera a tocar. En esta ocasión también cantó, con un débil falsete que apenas si resultaba audible acompañado por el punteo de las cuerdas. En mitad de la antología, Si Jaffar empezó a mostrarse impaciente: sacó su cajita de rapé e inhaló meticulosamente una pizca a través de cada una de las ventanas de su nariz. Se quitó el fez para rascarse la desnuda cabeza, volvió a colocárselo, tamborileó con expresión indolente sobre su cajita y al final dio unas palmadas al criado para que le trajera un brasero. El primo continuó tocando, imperturbable, incluso cuando llegó el criado con un recipiente lleno de carbón ardiendo que colocó enfrente de Si Jaffar. Este se frotó las manos con alegre anticipación, y sacó de los pliegues de sus ropas un paquete con pequeñas astillas de madera de sándalo. Con una cucharilla que le habían traído a tal efecto, removió las brasas hasta dejar al descubierto las más brillantes y colocó entre ellas las astillas de madera. Acto seguido se acuclilló sobre el brasero, de forma que este quedó completamente cubierto por sus vestiduras, y permaneció de esta guisa durante un minuto, con los ojos cerrados y su semblante iluminado por una expresión de beatitud. Cuando se levantó al cabo de ese tiempo, una oleada de humo dulzón salió como una nube de debajo de su chilaba y murmuró en tono reverente:

–Al-lah! Al-lah!

Volvió a sentarse y hurgó sus oídos con un pequeño escarbaorejas de plata. La música no se había interrumpido. Stenham, cómodamente repantigado sobre un montón de cojines, cerró los ojos y durante unos momentos dormitó con todas las de la ley. De súbito se enderezó a toda prisa, echando una ojeada a su alrededor para ver quién se había dado cuenta del hecho. Probablemente todos ellos, pensó, aunque nadie le estaba mirando. Alguien pasó conduciendo una chirriante carretilla por la calle, al otro lado de la pared abierta; el ruido era tan notorio que la música se detuvo a la espera de que pasara aquel hombre.

–¡Ajá! –‍exclamó Si Jaffar‍–‍. Esa era muy bonita. Ya hemos tenido suficiente música por hoy, ¿no? –‍Miró de forma significativa a su primo, quien dejó el oud sobre el colchón y se dejó caer sobre los cojines.

Stenham decidió aprovechar esta oportunidad para anunciar su partida. Si Jaffar contestó lo que solía contestar llegados a ese punto; la hora era lo de menos:

–¿Ya? –‍y prosiguió‍–‍: Venga conmigo y déjeme que le muestre el estropicio. Es interesante.

Todos se pusieron en pie y empezaron a moverse por la habitación con aire distraído. Con la lámpara de aceite en una mano –‍a esas alturas el fanal estaba negro de hollín‍–‍, uno de los hijos le condujo al otro extremo de la destrozada estancia.

Examinaron el muro y la composición de los cascotes, comentando los costes que se derivarían del intento de reparar aquella pared o, en su defecto, de su derribo y la construcción de una nueva; preguntaron a Stenham si en Estados Unidos solían derrumbarse las casas cuando llovía, y cuando les dijo que no era lo común, quisieron saber en detalle los motivos. Casi una hora después se movieron en grupo lentamente a través del patio hacia la antecámara, al lado de la puerta de entrada. Allí, en la penumbra, aguardaba sentado un bereber harapiento.

–Este hombre le llevará al hotel –‍dijo Si Jaffar.

El hombre se incorporó con movimientos lentos. Era alto y de complexión fuerte; su rostro inexpresivo podía pertenecer tanto a un santo como a un asesino.

–No, no –‍protestó Stenham‍–‍. Es usted muy amable, pero no necesito a nadie.

–Es mejor así –‍dijo Si Jaffar amablemente, con el modesto ademán de un sultán que acaba de regalar a uno de sus súbditos una bolsa de diamantes.

Era inútil plantear objeciones; el hombre le acompañaría le gustara o no, de forma que les dio las gracias a todos ellos, por separado, y luego a todos otra vez, hasta que cruzó la puerta por fin hacia la calle. Allí se despidieron a coro de él.

–Allah imsik bekhir.

–B’slemah.

–Bonsoir, monsieur.

–A bientôt, incha’Allah.

Uno de los hijos articuló con timidez: “Gude-bai, ser”, una frase con la que durante algún tiempo había planeado sorprender a Stenham, pero que sólo ahora se atrevía por fin a pronunciar.

Capítulo 21

Estaba cansado después del largo paseo por las calles oscuras de la Medina, y no le apetecía volver a bajar las escaleras. Frente al espejo del armario, mientras se ponía de nuevo su corbata, pensó que era la primera vez que Moss le había enviado un mensaje por la noche. Miró su reloj: pasaban veinte minutos de la una. Desde el umbral de su cuarto lanzó una mirada breve e impaciente hacia su cama; salió a continuación y cerró la puerta tras de sí. La llave estaba unida a un pesado distintivo de níquel que sintió como hielo al guardarla en el bolsillo.

El jardín inferior estaba muy oscuro; las farolas que había en el exterior de la puerta de la habitación de Moss no habían sido encendidas, pero unas estrechas bandas de luz se filtraban desde el cuarto entre los postigos cerrados. Un extraño abrió la puerta en respuesta a su llamada, se hizo a un lado con rígido ademán para franquearle el paso, y la cerró de nuevo al penetrar Stenham. Moss había permanecido en el centro de la habitación, justo debajo de la gran araña de luz, pero empezó a pasearse adelante y atrás, con las manos entrelazadas a la espalda. Stenham se dio la vuelta y vio un segundo extraño al lado de la pared, detrás de la puerta.

Moss no se molestó en presentar a aquellos dos hombres a Stenham. Se limitó a decir:

–Enfin. Voici Monsieur Stenham.

Los otros dos murmuraron, inclinando sus cabezas aunque de forma casi imperceptible.

–Vous m’excusez si je parle anglais, n’est-ce pas? –‍dijo Moss a aquellos dos sujetos.

Sólo Stenham detectó el ácido tono de burla que traslucía su amabilidad: era impropio de Moss ser grosero. Debía de haber sufrido algún tipo de provocación. Ahora miraba a los dos hombres. Uno era pequeño y regordete, de redondeadas y rosas mejillas y ojos muy grandes; el más alto, que llevaba gafas, estaba demacrado y su piel tenía un tono amarillento. Ninguno de ellos debía de tener más de veinticinco años y, reflexionó, tampoco hubieran reído aunque su vida dependiera de ello. Era patente que habían insistido durante años en mostrarse serios, y la intensidad de su esfuerzo había dejado una marca indeleble; la común obsesión de ambos quedaba reflejada en sus rostros y en los movimientos de sus cuerpos. De inmediato Stenham los identificó como nacionalistas. Eran inconfundibles.

–Estos dos caballeros han sido muy amables –continuó Moss– al venir a avisarnos de que tenemos que dejar el hotel de inmediato. Parece ser que la situación se ha agravado realmente.

–Ah –dijo Stenham. Los dos jóvenes les miraban con ojos expectantes. Estaba seguro de que entendían el inglés a la perfección‍–‍. Bueno, supongo que no nos queda más que agradecerles la molestia. Mañana estudiaremos la cuestión y veremos qué se puede hacer.

–Pero... ¡De inmediato, John! Eso significa un minuto.

–Eso es ridículo –‍respondió Stenham, irritado. Se volvió hacia el musulmán más alto, y le dijo en árabe‍–‍: ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

El aludido pareció sorprenderse primero, y afligirse después, al oír su propia lengua en labios del extranjero. Con dignidad, replicó en francés:

–Las cosas van muy mal. No puedo darle detalles, pero le aseguro que dentro de veinticuatro horas se producirán acontecimientos desagradables en la Medina; bastante antes, con toda probabilidad. Los franceses no estarán en disposición de ofrecer protección de ningún tipo al hotel.

–¿Para qué tendríamos que querer nosotros la protección de los franceses? –‍preguntó Stenham‍–‍. ¿Y por qué nos iba a molestar nadie? No somos franceses.

El joven le miró con la penetrante expresión de los grandes miopes, pero su semblante reflejaba un odio y un desprecio muy profundos.

–Ustedes son extranjeros, cristianos –‍dijo.

El joven gordito intervino, en un intento de mostrarse conciliador; tenía un fuerte acento árabe.

–Para la gente de la calle, el enemigo es el no-musulmán –‍explicó.

–¿Por qué? –‍preguntó Stenham, furioso‍–‍. Esta no es una guerra de religión. Es una lucha concretamente contra los franceses.

La cara del miope adoptó una expresión helada, con la boca un poco torcida. Empezó a respirar más deprisa.

–Precisamente amenaza con convertirse en una guerra de religión. C’est malhereux, mais c’est comme ça.

Stenham se volvió hacia Moss; no quería mirar aquel rostro lleno de muecas. Se dio la vuelta de nuevo hacia él y dijo:

–Quiere decir que es eso lo que ustedes pretenden conseguir.

–Tranquilo, John –‍dijo Moss en voz baja‍–‍. Estos caballeros han venido como amigos, al fin y al cabo.

–Lo dudo –‍murmuró Stenham.

–El movimiento –‍prosiguió el joven de las gafas‍– está, como usted dice, dirigido sobre todo contra los imperialistas franceses. Je vous demande pardon, monsieur, pero las armas que se están empleando contra el pueblo marroquí fueron suministradas en su mayor parte por el gobierno de su país. Los marroquíes no consideran a Estados Unidos una nación amiga de su causa.

–Por supuesto tampoco es una nación enemiga –‍dijo el otro en tono conciliador‍–‍. Si ustedes hubieran sido franceses, no nos habríamos tomado la molestia de venir aquí esta noche. Lo que les hubiera pasado habría sido asunto suyo. Pero, como ven, estamos aquí.

–Han sido muy amables –agradeció Moss. Había empezado a caminar de uno a otro lado con gesto reflexivo. Un súbito chaparrón salpicó los azulejos que había en el exterior de la habitación.

–Oui, nous vous sommes bien reconnaissants –‍dijo Stenham. Les ofreció un pitillo a cada uno; ambos lo rechazaron con sequedad‍–‍. Son ingleses, no estadounidenses –‍les informó alegremente.

No se molestaron en responder. Stenham encendió el cigarrillo y les examinó durante un momento.

–Enfin –‍dijo Moss‍–‍, seguro que estamos todos muy cansados. Creo que la hora de nuestra partida tendrá que posponerse para que la decidamos nosotros. Es imposible salir esta noche. ¿Dónde podríamos ir a estas horas?

–Vayan a la estación de la Ville Nouvelle. Hay un tren a Rabat a las siete y media de la mañana.

–Ocho y media –‍le corrigió el más bajo.

El primero de ellos dibujó un movimiento impaciente con la cabeza, como si una mosca se hubiera posado en su cara.

–La estación está bajo protección de los franceses, de momento –‍continuó.

–Non, merci! –‍rio Stenham‍–‍. Un día sí y otro no salta un tren por los aires. Prefiero caminar. Tomen ustedes el tren.

El joven de las gafas metió la cabeza entre los hombros, adelantándola de forma agresiva.

–No hemos venido aquí por diversión, señor. Ya veo que ha sido un esfuerzo inútil. Quizá quiera llamar a la policía para informarles de nuestra presencia –‍dijo, señalando el teléfono‍–‍. Yallah –‍le dijo al otro bruscamente. Caminó hacia la puerta con decisión, pero antes de llegar a esta se dio la vuelta, y dijo furiosamente‍–‍: Su frivolidad y obstinación le pueden costar la vida. On ne badine pas avec la volonté du peuple.

Stenham lanzó un resoplido. El hombre siguió hasta la puerta y la abrió. Sin ofrecer su mano, el otro inclinó un poco la cabeza mirando a Moss y siguió a su compañero.

–¡La voluntad del pueblo! ¿Qué pueblo? –‍exclamó Stenham‍–‍. ¿Queréis decir los líderes de vuestro partido?

–¡John! –‍dijo Moss en un grito.

Los dos jóvenes salieron, dejando la puerta abierta. Moss cruzó la habitación, la cerró y echó la llave.

–Debo decir, John, que fue una actuación muy poco política por su parte. No había necesidad de enfrentarse con ellos. He estado haciendo lo posible para mantenerlos de buen talante, y me las he arreglado bien hasta que llegó usted. Se han ido de un humor de perros, ya lo ha visto.

Stenham se sentó, esperó un momento antes de hablar.

–¿Cree que importa el humor que llevaran al marcharse?

–Creo que una mínima cortesía importa, sí. Siempre.

–¿Diría usted que fueron ellos muy corteses conmigo? –‍preguntó Stenham.

–Mi querido amigo, uno no debe ponerse a su nivel –‍dijo Moss con impaciencia‍–‍. Es una excusa muy débil, hombre, de lo más débil. Después de todo, son sólo patriotas intentando ayudar a su país. Hay que mirar las cosas de esa manera. Analizar su conducta con una perspectiva adecuada. Nadie es el mismo bajo el arranque de la pasión, usted lo sabe.

Stenham soltó una breve carcajada.

–La única pasión que conocen esos pescados fríos es el odio; se lo puedo asegurar. Y no son patriotas, en cualquier caso. No estoy de acuerdo.

–Dejémoslo –‍replicó Moss‍–‍. Estoy demasiado cansado para discutir. Estaba casi dormido cuando me llamaron de la oficina para decirme que esos dos estaban aquí para verme. No tenía ni idea de quiénes podían ser, y naturalmente tuve que vestirme antes de que bajaran; ha sido un maldito fastidio, créame. Después de mi día con la policía era demasiado.

–En ese caso, estará contento de que me haya librado de ellos tan rápido. Ahora puede dormir un poco.

–Estoy encantado con eso. Pero creo que tienen derecho a defender su punto de vista. Y hay más. –‍El rostro de Moss devino sombrío de improviso‍–‍. Si va a haber el tipo de problemas que han vaticinado, resulta evidente que tendríamos que marcharnos de aquí si queremos estar en buenas relaciones con ellos.

Stenham le miró.

–¡Buenas relaciones! –‍repitió‍–‍. ¿Y los franceses?

Moss rio con indulgencia.

–Creo que mis contactos en la Résidence de Rabat son suficientes para situarme por encima de toda sospecha. Usted sabe tan bien como yo que los franceses no son tontos, al margen de todo lo demás que puedan ser. Entenderán muy bien, al margen de lo que haga, que no tuve más remedio por una cuestión táctica. No sea absurdo.

–Bueno, me temo que yo no tengo esa garantía –‍dijo Stenham.

–¿Usted? –‍dijo Moss y aguardó un instante‍–‍. No –‍dijo al cabo‍–‍. Me temo que no.

–Y tampoco la quiero. Los franceses se pueden ir al infierno, y los nacionalistas también. Es así de sencillo.

Moss sonrió con una mueca forzada.

–Bueno, pues ahora que ya les ha despachado a ellos, ¿qué pasa con nosotros? ¿Tiene alguna sugerencia interesante sobre dónde podemos ir nosotros? Hugh, se lo iba a decir antes, se ha marchado a Tánger. Se fue directamente después de la cena.

–¿Qué? –‍exclamó Stenham; por alguna razón sentía que era una deserción‍–‍. ¿Quiere decir que ha hecho las maletas de repente y se ha ido? Pero si estaba muy decidido a no dejar que le asustaran. No lo comprendo.

Moss tomó asiento en la cama y se quitó las gafas con aire de cansancio. Sin aquel adminículo, su rostro adoptaba una expresión de tristeza. Stenham le miró con vaga curiosidad.

–Mi querido John –‍dijo Moss jugueteando con las patillas de las gafas‍–‍, creo que si hubiera visto las cosas que vimos nosotros hoy, entendería mejor por qué dejó de importarle todo a Hugh. Como dijo él durante la cena, hasta esta mañana pensaba que esto era una especie de juego y formaba parte del juego aguantar hasta el final, obviamente. Pero este mediodía... –‍Movió la cabeza, meditabundo, y se detuvo un momento‍–‍. He de confesar que nunca esperé verme tan cerca de la brutalidad y el sufrimiento. Uno lee sobre esas cosas en los periódicos y le horrorizan, pero incluso teniendo una enorme imaginación se queda bastante lejos de la realidad. Son todos los detalles inesperados, las expresiones de las caras, los gestos inútiles, las palabras absurdas y sin relación con lo que está pasando que salen de sus bocas, cosas que sería difícil inventar, esas cosas que te hacen estar de verdad allí, donde, por otra parte, estás realmente.

–¿Qué es lo que vio usted, por el amor de Dios? –‍le preguntó Stenham. Sin el automóvil de Kenzie, la situación era diferente; todo le parecía más complicado, aunque se dijo que aquel pensamiento era ilógico.

–Vimos, sencillamente, cómo llevaban detenidos a cientos de árabes a la comisaría de policía, vimos cómo les pegaban y les tiraban al suelo a golpes, cómo les daban patadas donde más daño podían hacerles y los torturaban. Eso es, torturaban –‍repitió Moss, elevando la voz‍–‍. Esa es la única palabra para describirlo. Al decir tortura, uno tiende a imaginarse algo lento y refinado y diabólico, pero le aseguro que también puede ser rápido y brutal. Con que hubiera visto el suelo, resbaladizo de la sangre y con dientes por todas partes, creo que encontraría más fácil de entender por qué se le fueron de repente a Hugh todas las ganas de seguir jugando su juego con los franceses. No podía seguir viendo las cosas de esa manera.

Moss permaneció en silencio durante un momento, oyendo el aire que azotaba los álamos.

–Al principio le tuvieron encerrado –‍continuó‍–‍, y me costó cerca de dos horas de divagaciones poder verlo. Luego tuvimos que esperar en un banco del pasillo, casi hasta las cuatro, para poder ver a algún pequeño funcionario de esos monstruosos que hay por allí para que diera la orden oficial y definitiva de que podían soltarle. Fue entonces cuando vimos cómo les llevaban a rastras. Pero, John, ¡los franceses han perdido la cabeza! Habían detenido a esa gente en la calle. Viejos que no tenían la menor idea de lo que les estaba pasando, niños de diez años que llamaban a gritos a sus madres. La policía les aporreaba a todos ellos sin discriminación. Les golpeaban, les daban patadas en la cara con sus botas cuando caían al suelo. No sé. Es inútil volver a pensar en todo esto, y todavía más inútil hablar de ello, me voy a callar. Pero no juzgue a Hugh con demasiada dureza por batirse en retirada. Personalmente creo que ha dado una muestra de cordura, y yo mismo no sé qué hago aún aquí, excepto que con toda mi parafernalia no pude hacer el equipaje a tiempo para irme con él, y en todo caso no quiero ir a Tánger. –‍Se puso sus gafas, incorporándose a continuación‍–‍. ¡Qué curioso es el mundo! –‍dijo, como si hablara consigo mismo; entonces se volvió y caminó hacia la silla que ocupaba Stenham‍–‍. La violencia y el derramamiento de sangre no tienen fin, ¿no cree? Tuve un curioso presentimiento hoy mientras estaba allí, sin hablar, mirando todo aquello, y fue que era sólo el prólogo de un largo período de sufrimiento que apenas había comenzado. Pero espero no verlo.

–Espero que no –‍dijo Stenham.

–Buenas noches, John. Lamento haberle hecho bajar a estas horas, pero preguntaron por usted, y en cualquier caso, necesitaba un poco de apoyo moral. Veremos qué nos depara el mañana, y actuaremos en consecuencia.

–Muy bien –‍dijo Stenham.

El jardín estaba sumido en la oscuridad, bañado por un viento húmedo y suave. Cuando llegó a su habitación abrió el cajón de la mesa y permaneció un instante contemplando aquellas páginas mecanografiadas; tuvo el repentino deseo de cogerlas, reducirlas a una pelota de papel y tirarlas por la ventana. En lugar de ello se desvistió, cepilló sus dientes y se metió en la cama. Pero fue incapaz de dormir.

Capítulo 22

Y sin embargo, pensó en el instante de entrar de nuevo en el mundo, al hacerse consciente de la presencia de la luz del día al otro lado de la ventana, debía de haber dormido, porque el ritual que estaba llevando a cabo en aquel momento era el que presidía habitualmente su despertar. En su mente se había encastillado de forma inamovible la idea de que no estaba durmiendo, que no había dormido y que tampoco se dormiría, y sólo ahora se daba cuenta de que cada vez que se había recordado a sí mismo: “Todavía estoy despierto”, había tenido que regresar del mundo de los sueños para poder pensarlo. Pese al largo viaje que había hecho a través de la fantasía al acostarse –‍“¿Y qué ocurriría si...?”, había preguntado su mente, y luego la pantalla se había encendido, para dar paso al inacabable desfile de imágenes‍–‍, en algún punto había habido una interrupción y luego una súbita oscuridad, y aunque no había dormido mucho tiempo, porque acababa de amanecer, se sentía asombrosamente vivo. Podría tratarse desde luego de la falsa energía que a veces se manifestaba en el momento de despertar, tras el corto sueño de una noche, y que se trocaba en lasitud después de la primera taza de café caliente. Mientras se estiraba y bostezaba complacido, recordó de improviso que había dormido durante toda la tarde del día anterior; esta idea le animaba a pensar que tal vez hubiera dormido suficiente después de todo, y podía arriesgarse a consultar su reloj, lo que de hecho significaba levantarse, ya que en cuanto sabía la hora, casi nunca era capaz de volver a quedarse dormido.

Faltaban unos minutos para las diez; la luz grisácea, desacostumbrada, que cubría la Medina era la de un día oscuro –‍no la del alba‍–‍. Se sentó y tocó el timbre. Fue Abdelmjid quien golpeó con los nudillos en respuesta. Pidió el desayuno gritando desde la cama, sin abrir la puerta. Después cruzó la habitación hasta el lavabo, se salpicó la cara con agua y se peinó. En su regreso a la cama descorrió el cerrojo. Se recostó sobre las almohadas en actitud de espera, con la vista perdida en las sombrías colinas que se alzaban más allá de los límites de la ciudad. Una ligera llovizna enturbiaba el aire y despojaba de color al paisaje, dotándole a cambio de una gris luminosidad que borraba los perfiles de los puntos de referencia conocidos.

Abdelmjid tardó bastante tiempo en acudir con la bandeja. Cuando entró, su rostro estaba engastado en una máscara rígida que anunciaba, como podrían haberlo hecho las palabras, su nula disposición a hablar. Y Stenham se dio cuenta al mirarle de que a él le ocurría otro tanto. Intercambiaron los rápidos lugares comunes, adecuados para aquella hora del día, y Abdelmjid salió de la habitación.

Stenham aprovechaba siempre ese momento en que estaba a punto de concluir el desayuno para pergeñar el rumbo de su trabajo matutino. Pero ese día no podía ni tomar en consideración aquella idea. Era imposible elaborar fantasías acerca del pasado cuando el presente era como una bomba colocada al otro lado de la ventana, acaso lista para estallar en cualquier momento. Este sí era un argumento de peso para abandonar el lugar –‍no las advertencias de los nacionalistas ni las amenazas de los franceses‍–‍. Si todas las perspectivas de poder trabajar habían desaparecido, no restaba ninguna razón para permanecer allí; lo único sensato era marcharse a otro sitio, a la Zona Española en esta ocasión, donde seguiría estando en Marruecos, pero en un Marruecos aún no atacado por el veneno del presente. No quería marcharse; temía hablar con Moss y discutir el asunto, pero el hecho parecía incuestionable a sus propios ojos. Este era el momento del día en que veía las cosas con mayor claridad, mientras tenía la bandeja del desayuno sobre su regazo. Cualquier juicio al que llegara posteriormente durante el día no podía ser tan certero, porque con el discurrir de los minutos crecía la posibilidad de recurrir al autoengaño, mientras que a estas horas de la mañana el dispositivo aún no había entrado en funcionamiento.

“Bueno. Pues está decidido. Me voy.” Moss podía quedarse o marcharse, como le placiera; su propio espíritu estaba en paz. Cuando, después de vestirse, miró por la ventana y vio el paisaje gris, se sintió agradecido a la lluvia, pues hacía que su decisión pareciera menos dolorosa. Era más fácil renunciar a la ciudad cuando estaba incolora y húmeda, y las colinas quedaban ocultas a la vista, y sabía además que las calles estaban embarradas.

Hizo su equipaje metódicamente durante cerca de una hora, depositando en el suelo las maletas llenas una detrás de otra, listas para que las bajaran al vestíbulo. En lugar de comunicar a recepción que le prepararan la cuenta, decidió pedirla en persona en el último momento posible: tendrían menos tiempo de calcular falsos servicios extras con los que, de muy buena gana, solían engordar sus factures. Estaba metiendo unas cuantas camisas sucias en una bolsa de lona repleta de libros cuando sonó el teléfono.

–¡Hola! –‍dijo una voz viva y resuelta.

Stenham abrió la boca para hablar, pero no dijo nada. Se limitó a sostener el auricular en su mano, mirando la pared que se encontraba a un palmo de distancia.

La voz dijo:

–¿Hola?

–¿Lee? –‍preguntó, aunque no había necesidad de ello.

–Buenos días.

–¡Dios mío! ¿Dónde ha estado? ¿Dónde está ahora?

–He estado en todas partes, y ahora estoy en mi habitación, aquí, en el hotel, este hotel, su hotel, el Mérinides Palace, Fez, Marruecos.

–¿Está aquí en el hotel? –‍dijo‍–‍. ¿Cuándo ha venido? –‍Había estado a punto de decir: “¿Por qué ha venido?”, al volver la cabeza hacia la hilera de maletas que había junto a la puerta‍–‍. ¿Cuándo puedo verla? Quiero verla de inmediato. No podemos hablar por teléfono.

La respuesta que le llegó por el auricular fue una carcajada corta y satisfecha.

–Me encantaría verle –‍dijo ella‍–‍. ¿Qué tal si nos encontramos en la sala de escritura, esa habitación de arriba, la de la ventana grande?

–¿Cuándo?

–En cualquier momento. Ahora, si quiere.

–Estoy allí ahora mismo.

Stenham llegó primero, pero ella apareció medio minuto después, tal y como él la había recordado, aunque mejor. Estaba muy bronceada, y en algunos lugares el sol había aclarado sus cabellos castaños hasta dejarlos dorados. Tomaron asiento en los cojines, al lado de la ventana. Él la animó a que se explayara. Simplemente, dijo Lee, había decidido ir a Meknés, y desde allí se había marchado a Rabat, lugar desde el cual había enviado un telegrama a una amiga suya de París, una joven francesa casada con un militar destacado en Foum el Kheneg, a orillas del Sáhara, y el matrimonio la había invitado a su casa, de manera que se había ido allí, y todo había sido maravilloso. Por qué había abandonado Fez y, sobre todo, por qué había regresado... Cuando Stenham iba a hacerle estas dos preguntas, descubrió que no podía.

–¿Sabe? –‍dijo Stenham‍–‍. Casi fui a Meknés después de que se marchara.

–¿En serio? –‍contestó ella con curiosidad‍–‍. ¿Por qué?

Stenham sacó su cartera y extrajo de ella el doblado telegrama.

–Mire. No ve que dice: JOING* MEKNÉS. Por un momento creí que el error estaba en la G final. ¿Qué le parece?

Ella rio.

–Fue una suerte que no viniera. Nunca me hubiera encontrado.

–Le apuesto a que sí. ¿No estuvo en el Transatlantique?

–No. Estuve en un pequeño hotel para marroquíes llamado el Régina. Era bastante horrible, la verdad.

Él la miró con incredulidad, y sintió que las desagradables sospechas surgían de nuevo en él. Esta vez, aunque destruyera su amistad, saldría de dudas.

–No sé –‍dijo con pesadumbre‍–‍. Creo que está loca.

En apariencia, ella era consciente de que algo iba mal con él, porque estaba estudiando su rostro con una expresión de curiosidad.

–¿Cree que no es adecuado para mí o algo por el estilo que me hospede en hoteles baratos? Viajar cuesta dinero. No todos podemos estar en los Mérinides Palaces y Transatlantiques todo el tiempo.

La excusa no era muy buena.

–Lee, usted sabe condenadamente bien lo que quiero decir. –‍Pero, por supuesto, él no podía llegar al fondo de la cuestión‍–‍. Estamos en medio de una guerra sin declarar, todos los días y por todas partes están disparando a gente o haciéndola volar por los aires, y usted, entre tanto, viajando tranquilamente como nadie se atrevería a hacerlo, incluso en épocas normales. ¿Cuál es la respuesta?

Ella volvió a reírse.

–La respuesta es que sólo se vive una vez.

–¿No tiene otra un poco mejor que esa? Quiero decir, alguna más veraz –‍dijo él, mirándola fijamente.

–¿Más veraz? –‍repitió ella, estupefacta.

Stenham estaba atacado por las dudas, decidió reír.

–Ahora me he metido hasta el cuello –‍dijo, pesaroso‍–‍. Quiero decir que... ¿Está segura de que no anda por ahí fisgando para alguien?

–¡Qué cosas más raras se le ocurren! –‍exclamó ella, echando hacia atrás la cabeza con una expresión de sorpresa‍–‍. ¡Es usted un hombre muy divertido!

Sus carcajadas continuaban, débiles y faltas de convicción.

–Bueno, olvídelo. Fue sólo una idea que me vino a la cabeza.

Pero ella parecía de súbito indignada; sus ojos llameaban.

–De ninguna manera lo voy a olvidar. ¿Qué quería decir? Debía de tener algo en mente. ¿Por qué habría de “venirle” una idea así?

–Considere que no he dicho nada y acepte mis más sinceras y sentidas disculpas –‍le sugirió Stenham con burlona contrición. Y antes de que ella pudiera responder, añadió‍–‍: ¡Mire! –‍gritó, apuntando a la ventana‍–‍. Ha dejado de llover. Está saliendo el sol. Esperemos que sea un buen presagio.

–¿De qué?

Su voz aún parecía enfadada, y en lugar de prestar atención a su exhortación para que mirara al jardín, había abierto su polvera y se estudiaba a sí misma en el espejo.

–Me refiero a hoy. A los problemas que hay aquí.

–¿Por qué? ¿Está mucho peor ahora? ¿Están las cosas verdaderamente tan mal?

–¿Cómo que mal? ¡Horribles! ¿No vio nada en la estación cuando venía para aquí? ¿Soldados o multitudes?

–No vine en tren. Alquilé un coche en Rabat y vine directamente.

Stenham estaba encantado de haber encontrado un camino para salir de la situación planteada instantes antes y continuó relatando la historia que Moss le había contado la última noche, obviando mencionar a los dos jóvenes que se habían presentado en el hotel. Ella escuchaba, con una expresión de creciente horror en su rostro. Cuando él hubo concluido, dijo:

–Me preguntaba por qué Hugh se había ido así, de repente. No me parecía muy suyo que no dejara siquiera una nota.

–¿Para usted, quiere decir? Pero ¿cómo iba a saber que volvería a Fez?

–Le envié un telegrama desde Marrakech –‍respondió ella.

–¡Ah! Ya veo. –‍Por un momento había olvidado que era amiga de Kenzie, que había sido este quien les había presentado. Tras una pausa dijo‍–‍: ¿Está segura de que no dejó algún mensaje para usted? Fácilmente pueden haberlo extraviado en la oficina.

–No, no dejó ninguna nota.

–¿Le preocupa mucho no haberle encontrado aquí?

–Está muy mal. Pero quizá le veré en Tánger cuando suba hacia el norte. Sólo voy a quedarme aquí un día más o menos. Tengo que volver a París.

Él estaba pensando: “Puede que no te resulte tan fácil.” Ella parecía no haber previsto los posibles efectos del conflicto si estallaba la violencia, y esto le causaba un gran estupor; sin embargo, no consideraba que fuera misión suya intentar hacérselo ver, sembrando en ella la alarma.

Bajaron a comer. La soledad de la estancia la dejó perpleja.

–Entonces, ¿no hay un alma en el hotel, excepto usted y Mr. Moss? –‍exclamó.

–Y usted y el personal. Eso es.

Su mesa estaba al lado de la ventana; contemplaron el sol, que devoraba lentamente la niebla que empañaba la Medina.

–Este puede ser un día histórico en los anales de Fez –‍dijo él‍–‍. Maldita sea si me quedo aquí sentado en el hotel toda la tarde. Me gustaría salir y ver algo. Al menos para ver si hay algo que ver.

–Bueno, pues vámonos.

–Perfecto. Vamos. Pero primero tengo que dejar una nota para Mr. Moss. Hemos estado más o menos planeando irnos de aquí si las cosas se ponían mal –‍recordó, con sorpresa, casi con incredulidad, su equipaje amontonado escaleras arriba, en su habitación‍– e íbamos a tener una especie de consejo de guerra hoy en algún momento.

–¿No cree que debería ir a verle? –‍le sugirió ella.

–Pasaré después por su habitación, cuando volvamos. No creo que esté tan ansioso por marcharse. Es muy consciente de toda la situación, en la medida en que puede serlo un forastero, y no creo que le parezca demasiado peligrosa. El problema es que nadie sabe nada realmente, excepto un puñado de árabes y tal vez un puñado aún más pequeño de franceses.

Ella le habló de su viaje a Foum el Kheneg –‍las dificultades para llegar allí, el calor increíble, la desolación del paisaje, la encantadora casa que el capitán Hamelle y su esposa se habían construido en mitad del desierto hostil, y los viajes que habían hecho a través de las montañas por la ruta de las casbahs bereberes.

–Nunca he estado en ese valle en concreto –‍dijo él‍–‍. Pero he estado en lugares así. Es magnífico.

–Un lugar magnífico –‍asintió ella‍–‍, pero una civilización espantosa, completamente feudal. Esos caídes tienen el poder de la vida y de la muerte sobre sus súbditos. Piense en el vacío que esa gente tiene que salvar antes de que pueda esperar algo.

Él sintió que la ira afloraba a sus labios; tras rechazarla, dijo:

–No creo que la haya entendido. ¿Acaso le gustaría que fueran distintos de lo que son, es decir, perfectamente felices?

Ella le miró con atención, como si estuviera calibrando su inteligencia.

–¿Le importaría decirme qué le hace pensar que esos pobres siervos sean felices? ¿O nunca se lo ha planteado? ¿Son felices por definición, porque están absolutamente aislados del mundo? Son esclavos, viven en la ignorancia y la superstición y la enfermedad y la porquería, ¡y usted puede estar ahí sentado y decirme con toda tranquilidad que son felices! ¿No le parece que es llevar las cosas un poco lejos?

–No tanto como usted. Sólo digo: déjenles tranquilos. Usted, en cambio, dice que ellos tienen que cambiar, tienen que ser algo. –‍Stenham estaba excitado; era esto lo que se había interpuesto entre ellos. Quizá para ambos esta era la ocasión de planteárselo.

Ella echó la cabeza hacia atrás con un gesto de impaciencia.

–Cambiarán –‍dijo ella, con el aire de la persona que tiene acceso a fuentes privadas de información.

–Usted y el Istiqlal –‍murmuró él.

–Mire, Mr. Stenham. No creo que nos conozcamos el uno al otro lo bastante bien para empezar a discutir. ¿O cree que sí?

Él permaneció en silencio; el Mister Stenham había señalado la distancia entre ellos, una distancia que sin la menor duda había estado presente todo el tiempo, aunque él no hubiera sido consciente de ella. Lee era infinitamente menos abordable de lo que él había presumido; en efecto, por el momento era difícil imaginar cómo sería estar con ella en la intimidad. Miró lejos de la mesa: las dos hileras de camareros, marroquíes y europeos, estaban apoyados sobre sus respectivas paredes mirándoles discretamente.

–Sonría –‍le dijo Stenham.

Ella vaciló, levantó un poco su labio superior en una mueca indecisa y momentánea que era un proyecto de sonrisa.

–Sus dientes son demasiado afilados –‍dijo él‍–‍. De niño tuve una vez un zorro pequeño. Tenía la piel muy mullida y una cola grande y muy tupida, y todos los que le veían se apresuraban a acariciarlo. Puede imaginarse el resto.

Ella sonrió de veras.

–En lo que yo sé, Mr. Stenham, no tengo una cola grande y tupida ni una piel muy mullida.

–¿No cree que podría mejorar nuestra combativa amistad el que me llamara John en lugar de Mr. Stenham?

–Podría –‍admitió ella‍–‍. Intentaré recordarlo. Y también intentaré acordarme de que es usted un incorregible romántico sin una chispa de confianza en el género humano.

Ella le estaba mirando fijamente, y a Stenham le ofendió la intensa sensación de desasosiego que aquella expresión era capaz de despertar en él.

–Es usted una mujer inteligente –‍dijo Stenham con ironía.

–Me recuerda mucho a un amigo mío –‍prosiguió ella sin dejar de mirarle‍–‍. Un buen muchacho, pero siempre paralizado por los conflictos que le producían sus propias teorías sobre la vida. Incluso se le parece un poco, ¡se lo juro! También escribía muy buena poesía. Al menos, parecía que estaba muy bien hasta que dedicabas un poco de tiempo a leerla y de pronto te preguntabas qué significaba.

–Yo no soy un poeta –‍la voz de Stenham sonó cortante, aunque sonreía.

Ella continuó, impermeable.

–Y le apuesto que las historias de su vida tienen mucho en común. ¿Nunca estuvo en el partido comunista? Él sí; solía ponerse una ropa especial y se apostaba en las esquinas para vender el Daily Worker. Después empezó a hacer yoga, y lo último que supe de él fue que se había convertido en católico practicante. Eso no impidió, sin embargo, que se hiciera un alcohólico.

Stenham, cuyo rostro había mostrado breves destellos de alarma, sonreía ahora.

–Bien –‍dijo‍–‍. Creo que ha dibujado una imagen muy completa de alguien que no podría ser más diferente de mí.

–No lo creo –‍aseguró ella con firmeza‍–‍. Puedo sentir esa similitud. Intuición –‍añadió, como para evitar que él utilizara con sarcasmo aquella palabra.

–Piense lo que quiera. Quizá yo soy como él. Quizá, sin yo mismo saberlo, resulta que voy a misa, o hago el pino, o me inscribo en Alcohólicos Anónimos, o todo a la vez. ¿Quién sabe?

–Y otra cosa –‍continuó ella‍–‍. Ahora que lo pienso, empezó a tener delirios justo después de dejar el partido comunista. Sospechaba que todo el mundo pertenecía a la organización. Tenías que ser prácticamente un Swami para que no discrepara de todo lo que decías. Olía propaganda por todas partes.

–Ya veo –‍dijo Stenham.

–Usted puede no ser consciente de ello, pero en dos ocasiones desde que nos hemos sentado aquí prácticamente me ha acusado. Piense en ello un momento.

Stenham permaneció sentado tranquilamente hasta que el camarero se alejó de la mesa. Después se inclinó hacia delante, y habló con vehemencia.

–Pero, Lee, yo no me ando con rodeos. Por supuesto que estuve en el partido. Exactamente hace dieciséis meses. Y estuve, al menos de forma oficial, veinte meses exactos, y asistí a veinticuatro reuniones. ¿Y qué? Ni siquiera estuve en Estados Unidos la mayor parte del tiempo...

Ella empezó a reír.

–¡Pero no tiene que defenderse! No me importa cuánto tiempo estuvo en el partido, ni por qué se afilió, ni lo que hizo mientras estaba dentro. Simplemente me encanta darme cuenta de que estaba en lo cierto, eso es todo.

–¿Quiere café?

–No, gracias.

–Mejor nos vamos, ¿no cree? El barro ya estará seco.

–Un momento –‍dijo ella con burlona severidad‍–‍. Usted me acusó, ¿no es verdad?

–De acuerdo. Lo hice. Pero usted se lo buscó con sus comentarios.

–Me parece que está usted loco.

–Aún no, pero tengo intención de volverme loco.

–Vámonos –‍dijo ella, poniéndose en pie.

El camarero les despidió con una reverencia y cerró la puerta tras ellos. Stenham iba detrás de Lee por el húmedo corredor con paredes de paneles de paja pensando que la conversación había sido del todo insatisfactoria. Lo que hubiera querido decirle era: “Usted se lo buscó con su idealismo disparatado y seudodemocrático”. Pero sabía que ella no aceptaría sus críticas; era una mujer norteamericana, y una mujer norteamericana siempre se consideraba superior. Ella asumía el papel de la paciente y divertida madre, que con amable burla reducía a los hombres a la categoría de muchachitos. Pero si se elevaba el tono de voz en defensa propia, lo que implicaba necesariamente atacar la falsedad de su posición, ella invocaría sin mayor demora las leyes consuetudinarias de la caballerosidad. Por otro lado, envidiaba a Lee por ser capaz de hablar de forma tan desenvuelta y garbosa acerca de algo que inspiraba en él un profundo, aunque irracional, complejo de culpa.

El barro se había secado hasta convertirse en una pasta inofensiva que se desmoronaba con las pisadas, el cielo estaba despejado y el fulgor que había acompañado la huida de la neblina se había disipado. Para Stenham el hecho de salir a la calle suponía dejar atrás automáticamente el rencor; observó esta circunstancia y se alegró, pues habría sido penoso recorrer la ciudad con el peso de su mal humor a cuestas. Mientras caminaban por las calles zigzagueantes entre los muros, se preguntó si salir al cielo abierto había supuesto la misma catarsis para ella, o incluso si necesitaba tal cosa, al constatar que Lee no podía considerarse bien a sí misma a otra luz distinta de su victoria en el reciente combate verbal. En apariencia, ella no tenía nada en mente salvo lo que veía a su alrededor. Cada poco tiempo tarareaba una melodía entre dientes, mientras evitaba con tiento los lugares que aún podían estar resbaladizos. Él escuchaba: se trataba de On the Sunny Side of the Street, fraseada arbitrariamente, siguiendo el curso de su respiración.

Llegaron al mercado de palomas situado debajo de la vieja mezquita de Bab el Guissa. Había en verdad algo anormal ese día, pero Stenham no terminaba de descubrir lo que le hacía pensar así. El trabajo se desarrollaba como de costumbre en el barrio, dedicado en su mayor parte a prensar aceite y a los talleres de los carpinteros. Había el habitual número de asnos con y sin jinete, bajando y subiendo, niños pequeños que llevaban bandejas de pan cocido y sin cocer sobre sus cabezas de camino y de regreso a los hornos, niñas y mujeres mayores con sus recipientes de agua de las fuentes públicas. Pero al mismo tiempo había una definida aunque sutil diferencia entre ese día y cualquier otro, y Stenham estaba persuadido de que no era una diferencia imaginaria, aunque no pudiera decir en qué consistía. ¿Se trataba acaso de la expresión de sus rostros? Decidió que en modo alguno; eran tan inescrutables como siempre.

Llegaron a un callejón largo y estrecho situado más allá de la escuela Lemtiyine, que conducía hacia abajo hasta una puerta arqueada que siempre estaba abierta. Las hendidas hojas de los bananos ondeaban sobre la parte superior de la pared como los estropeados adornos de papel de una fiesta concluida mucho tiempo atrás. De repente supo lo que ocurría; se lo había dicho este largo callejón.

–¡Ah! –‍exclamó con satisfacción.

–¿Qué pasa?

–Estaba pensando que pasaba algo extraño hoy en este sitio, pero no terminaba de dar con ello. Ahora ya sé lo que es. No hay niños ni hombres jóvenes. No hemos visto ningún muchacho de más de doce años, ni un hombre de menos de treinta desde que salimos del hotel.

–¿Es muy malo eso? –‍preguntó ella.

–Bueno, se dice que es malo. Estos locos franceses creen que si pueden poner entre rejas a ese grupo de edad, eliminan de forma automática la mayor parte de las fuentes de problemas. Pero tal vez hoy está ocurriendo algo importante abajo en la ciudad y todos han ido allí a verlo. Todo el mundo se pregunta lo que pueda estar sucediendo.

–Yo no quiero verme rodeada de gente –‍dijo ella‍–‍. No me importa dónde vayamos o lo que hagamos, con tal de que estemos fuera de la muchedumbre. Me da miedo verme en medio del gentío. No creo que haya nada más espantoso.

Caminaron con mayor lentitud.

–A mí me ocurre algo parecido –‍dijo él. De improviso se detuvo‍–‍. Mire, si no le importa caminar un poco más, merecería la pena darse la vuelta y salir por Bab el Guissa, y hacer todo el recorrido por fuera de las murallas. De ese modo es seguro que evitaremos vernos encerrados abajo en la Talâa. Llegaremos a Bou Jeloud un poco después, eso es todo.

Ella le miró como si se estuviera preguntando por qué no había sugerido esta posibilidad desde el principio, pero todo lo que dijo fue:

–Muy bien.

Por espacio de unos diez minutos desanduvieron el camino, hasta llegar a la mezquita. El arco macizo de Bab el Guissa estaba allí detrás, a una corta distancia colina arriba, una pequeña fortaleza en sí misma; su interior había sido remodelado por los franceses para convertirlo en una oficina de la policía. Cruzaron la primera puerta, penetrando en la fría oscuridad. El pasadizo torcía a la izquierda y luego a la derecha, vieron los árboles y las colinas un poco más adelante. Mientras cruzaban la arcada exterior, dos policías franceses situados junto a la muralla intercambiaron unas palabras y uno de ellos les llamó a continuación.

–¿Dónde va usted, señor?

Stenham respondió que estaban dando un paseo.

–¿Vienen del Mérinides Palace?

Stenham asintió.

–Cuando vuelva a la Medina para regresar al hotel, use la otra puerta, no esta –‍le dijo el policía.

Stenham dijo que así lo harían.

–Y cuando hayan concluido su paseo, no paseen más hasta que se les diga. Debieran de haberles advertido en el hotel. Hay disturbios en el barrio antiguo.

Stenham le dio las gracias y siguieron caminando.

–Ahora tendremos que desviarnos un poco de nuestro camino –‍le dijo a Lee‍–‍, o nos verán torcer por la dirección prohibida y volverán a llamarnos.

Siguieron caminando de frente hacia las colinas hasta llegar a la carretera principal. Se detuvieron y miraron hacia atrás. Tras ellos se extendía la lisa superficie de las murallas, sólo interrumpida por el arco único de Bab el Guissa. Los dos policías aún eran visibles, diminutas manchas azules destacándose en la oscuridad de la puerta.

Cuando la carretera se dobló, emprendieron el camino a través del cementerio, acortando por un sendero que discurría más o menos paralelo a las murallas, pero siguiendo un terreno muy irregular. Primero se encontraron a la altura de la parte superior de las murallas y acertaron a ver el otro extremo de la Medina, después descendieron por una honda depresión donde el camino se retorcía entre cactus y áloes; más allá sólo se veían las pendientes del color del polvo que se elevaban hacia el cielo por ambos lados. A continuación la tierra descendía, y el estrecho sendero que llegaba hasta el fondo del barranco seguía la cresta de un cerro sinuoso. Las cabras vagaban por allí paciendo los cardos enanos bajo los olivos de la ladera. Rodearon las faldas de los acantilados perpendiculares, donde los perros ladraban para proteger las cuevas que habían excavado en la arcilla los hombres con sus propias manos y donde se dejaban oír los chillidos de los niños más pequeños y el ocasional percutir de un tambor. Por fin llegaron a una pradera reseca, surcada por grietas anchas y oscuras.

–¡Vaya! Es como dar un paseo por un horno –‍dijo ella.

–A la vuelta tomaremos un taxi.

–Si llegamos allí. ¿Cuánto queda?

–No mucho. Pronto tendrá que taparse la nariz. Se lo advierto.

Desde la parte superior de un sendero que seguía una pequeña cresta de tierra, vieron por encima de las murallas la cercana Casbah en Nouar; sus techos y jardines ocultaban el centro de la Medina. Se detuvieron durante un momento para contemplar la panorámica de extrañas formaciones que los rodeaba. Aquí, la configuración del terreno remedaba una melena humana violentamente despeinada. La tierra ascendía en remolinos que formaban picos insólitos, para caer después verticalmente en hondonadas y fosos misteriosos.

–Escuche –‍le dijo Stenham. Como el estridente zumbido de un sinfín de insectos, llegaba hasta ellos en la distancia un griterío prolongado que brotaba de gargantas humanas‍–‍. Algo pasa allí –‍dijo.

–Bueno, gracias a Dios vinimos por otro camino. No estaría ahí abajo por nada del mundo.

El hedor se hizo patente antes de que surgiera ante su vista el poblado. Pasaron por las primeras viviendas, construidas con cajas de cartón, espinos y latas, todo ello sujeto con cuerdas y cintas de harapos. Mayor miseria era inconcebible. Los niños, desnudos o con trozos de tela del color del barro colgando de su cuerpo, jugueteaban entre las chabolas en el erial plagado de desperdicios; sobre la tierra brillaban las latas y los vidrios rotos.

–Todo esto es nuevo –‍dijo Stenham‍–‍. Nada de esto existía hace unos años.

–¡Dios mío! –‍exclamó ella, conmovida.

En esta zona el barro aún no se había secado; se vieron obligados a proseguir el paseo por la orilla del camino. La tierra estaba a rebosar de moscas; a cada paso, una pequeña columna de ellas se elevaba unos palmos sobre el suelo, para volver a posarse de inmediato. Conforme atravesaban el aduar, la gente les observaba con fijeza, sin más expresión en sus rostros que una serena curiosidad. El camino ascendía ahora por una pendiente muy inclinada en dirección a las murallas. Toneladas de basura y desperdicios habían sido amontonadas en la cima y, deslizándose hacia la parte baja de la cuesta, amenazaban con sepultar las improvisadas viviendas que se encontraban más abajo; en los márgenes de esta montaña invasora vagaban perros famélicos, igual que fantasmas sin esperanza, olisqueando irresolutos los objetos más dispares, sacando de allí de vez en cuando una lata que rodaba unos palmos por el talud. Aquí también había gente que examinaba con atención los desechos, y ocasionalmente depositaban algo en los sacos que llevaban colgados del hombro.

Cuando llegaron a la cima de la colina, jadeantes, no se detuvieron para darse la vuelta y contemplar el villorrio que quedaba a su espalda, sino que continuaron caminando hasta que desapareció aquel olor pestilente y hubieron atravesado los dos portalones de Bab Mahrouk. Entonces, después de dejar atrás la sombra de las murallas, en el mercado de mimbre, se detuvieron al fin para recuperar el aliento.

–Voy a decir algo que es casi digno de John Stenham –‍dijo ella‍–‍. Y es que desearía que no me hubiera traído por este camino. De alguna manera estropea para mí el resto de la ciudad.

–Eso que ha visto es más o menos la vigésima parte de lo que hay al otro lado de las murallas –‍dijo él‍–‍. ¿Todavía no sabe que existen los barrios bajos? ¿Ha visto alguna ciudad que no los tenga?

–¡Sí, pero no de esa clase! No tan miserables. ¡Dios mío, de verdad que no!

–Pensé que se sentiría contenta después de verlo. Otra cosa más que hay que cambiar.

Ignorando su sarcasmo, ella dijo con una expresión de desagrado:

–Totalmente cierto.

Stenham le indicó la gran arcada de Bab Mahrouk.

–Una reforma que han introducido recientemente –‍prosiguió él con el mismo tono entre burlesco e inocente‍– es que ahora no hay cabezas decorando esa bonita puerta. Solían tener unas cuantas ensartadas en picas para que la gente las admirara al salir por ahí. Enemigos del Pachá y otros malhechores. Pero no en la Edad Media, quiero decir, sino en este siglo, hace sólo unos años. ¿No cree que ha mejorado mucho el aspecto al no tener esas cabezas colgadas?

–Sí –‍dijo ella con exasperación‍–‍. Ha mejorado mucho.

Constituía un placer caminar a la sombra de los plátanos por la avenida que regresaba hacia Bou Jeloud. Cuando llegaron a la plaza donde esperaban los autobuses, vieron un contingente de policías alineados frente a la llamativa puerta azul; parecía una escena de una comedia musical de elevado presupuesto. Aguardaron en el otro extremo del gran espacio abierto, examinando la ostentosa formación de aquellos hombres de uniforme. Enmarcado por el arco de Bab Bou Jeloud, entre los achatados edificios de adobe, se encontraba un bajo minarete coronado por una gran masa de paja, y en mitad de la paja se erguía una cigüeña con una pata levantada y recogida contra su cuerpo; parecía muy blanca a la luz del sol.

–Creo que este es el final de nuestra excursión –‍dijo él‍–‍. Si cruzamos la puerta estaremos en la Medina, y no es eso lo que queremos. De todos modos, no me parece que nos dejaran pasar. Hay un precioso cafetito justo aquí. ¿Le apetece un té de menta?

–Me apetece cualquier cosa a condición de que pueda sentarme –‍dijo ella‍–‍. Después de lo visto, el simple hecho de sentarme me parece un lujo terrible. Pero vamos dentro, no quiero que me deslumbre el sol.

* Al suprimir la “G” final de “JOING” tomaría el significado “reunirse con”.

Capítulo 23

Había cuatro cafés en la plaza, y cada uno de ellos tenía enfrente un amplio espacio, cubierto por lo general de mesas y sillas. Aquel día, por mera prudencia, estas no habían sido sacadas afuera, por lo que las orillas de la plaza mostraban un aspecto desértico, subrayado además por el hecho de que también el centro se encontraba vacío, pues no caminaba por allí ni un solo viandante. Cierto es que hacía calor, y en cualquier caso tan sólo unos pocos transeúntes habrían atravesado a aquellas horas el lugar, pero la ausencia de gente era tan absoluta que la escena –‍aun olvidando por un momento la hilera de policías‍– carecía de ese elemento de despreocupada provisionalidad que confería habitualmente su carácter a la plaza.

–Muy extraño –‍murmuró Stenham.

–¿Estoy equivocada –‍dijo Lee Veyron‍– o esto parece un poco siniestro?

–Vamos. –‍Él la tomó del brazo y ambos se acercaron apresuradamente al café más cercano a la parada de autobuses. Uno de los mokhaznia, que se encontraba junto a la pasarela que cruzaba la corriente, les miró indeciso, pero no les impidió que pasaran. En el café, unos treinta o cuarenta hombres se hallaban en silencio cerca de las ventanas, sentados o de pie, mirando por entre el follaje de los pimenteros hacia la plaza vacía bañada por el sol. Más que por la desacostumbrada tensión que se reflejaba en aquellos rostros, Stenham se sintió sobrecogido por el silencio que reinaba en el local; nadie hablaba o, si alguien pronunciaba alguna frase, lo hacía en voz baja, en un tono apenas superior al de un susurro. Por supuesto, al estar desconectada la radio no había necesidad de hablar a gritos, como tenía que hacer de ordinario la clientela, pero Stenham tuvo la impresión de que aunque la radio hubiera estado a su volumen normal y funcionando de igual modo los amplificadores de las salas más pequeñas, los parroquianos, pese a todo, se habrían limitado a murmurar. Y no le gustaron las expresiones que observó en sus caras cuando levantaron la vista y le vieron. Era la primera vez en muchos años que había leído la enemistad en los rostros marroquíes. En una ocasión, más de veinte años antes, se había aventurado sin compañía alguna a recorrer el horm de Moulay Idriss –‍no el propio santuario, sino las calles que lo circundaban‍– y en aquel entonces había vislumbrado el odio en unas pocas caras; nunca había olvidado el sentimiento que se había apoderado de él. Era algo físico lo que aquellos rostros feroces evocaban, y su reacción ante ellos había sido de forma pareja puramente física; su espina dorsal se había puesto rígida y el pelo de la nuca se le había erizado.

Empezó a hablar con Lee en voz alta, sin prestar mayor atención a lo que decía, pero utilizando lo que supuso un inconfundible acento norteamericano. Vio cómo ella le miraba de repente con un gesto de sorpresa.

–Hay muchas salitas en la parte de atrás –‍continuó él‍–‍. Vamos a una donde no haya tanta gente.

Ella estaba molesta; Stenham pudo verlo con claridad. También vio que el único resultado que su pequeña interpretación había producido era que un número bastante apreciable de individuos con barba, turbante y fez había dejado de mirar por la ventana para clavar la vista en ellos con semblantes no menos hostiles.

–Vamos a sentarnos en cualquier parte y deje de llamar la atención –‍dijo ella nerviosamente, al tiempo que avanzaba hacia una mesa desocupada, junto a la pared que había frente a la entrada principal. Pero Stenham pretendía, si ello era posible, quedar fuera del alcance visual de aquellos rostros inamistosos. En la siguiente sala se encontraron con un grupo de provectos campesinos recostados en el suelo, que comían y fumaban quif. Había un muchacho en el marco de la puerta que daba a la otra sala. Tras él, la estancia parecía vacía. Stenham se adelantó y echó un vistazo; el muchacho permaneció inmóvil. No había nadie allí. A través de la ventana trasera, divisó una pequeña extensión de agua que brillaba al sol.

–¡Lee! –‍la llamó. Ella se deslizó por la puerta y ambos tomaron asiento.

–¿Está gritando así para que piensen que es norteamericano? ¿Es por eso? –‍preguntó ella.

–Es muy importante que no piensen que somos franceses, por lo menos.

–¡Pero sonaba de lo más raro! –‍exclamó ella, echándose a reír‍–‍. Habría sido mucho más efectivo si hubiera gritado así: “O.K., give money, twenty dollar, very good, yes, no, get outa here, god damned son of a bitch!”. Quizás así habrían entendido. Del modo en que lo hizo, no creo que se haya hecho entender.

–Bueno, hice lo que pude –‍respondió Stenham. Ahora que se encontraba en la sala posterior, fuera de la vista de aquellos rostros hostiles, se sentía mejor.

Al poco vino un camarero con un vaso de té para el muchacho de la otra mesa. Stenham pidió té y pastas.

–¡Maldita sea! –‍dijo‍–‍. Me olvidé de dejarle una nota a Moss.

–Es culpa mía –‍aseguró ella.

–Es muy amable de su parte, pero completamente falso.

–Puede llamarle por teléfono.

–No, no hay teléfono aquí. No sé. Muchas veces me pregunto qué pasa conmigo. Sé cómo debo comportarme, pero sólo antes o después del hecho. Cuando llega el momento, parece que no funciono.

–Usted no es diferente de los demás –‍dijo ella.

Stenham sospechaba que ella estaba a la espera de una reacción desfavorable tras aquel juicio, por lo que no dijo palabra. Ambos permanecieron en silencio por espacio de un minuto. El chico árabe sorbía su té con el acostumbrado estilo ruidoso de los musulmanes. Stenham, de buen humor, veía con buenos ojos su presencia; constituía un pequeño detalle ornamental del país. No se habría sentido molesto incluso si el chico hubiera empezado a emitir los rudos eructos que los marroquíes más corteses dejaban escapar cuando deseaban mostrar en qué medida apreciaban aquello que habían comido o bebido. El joven no eructó, sin embargo; en lugar de ello se levantó de la mesa y, tras hacerse con un pedrusco de respetable tamaño, empezó a dar golpes en el cerrojo de la puerta que conducía al pequeño jardín trasero. Stenham se inclinó sobre la mesa y tomó la mano de Lee. Nunca se había fijado en el anillo de casada hasta ese preciso instante –‍una simple alianza de oro.

–Es agradable verla –‍le dijo, y acto seguido deseó haberse quedado quieto y que su boca no hubiera pronunciado palabra, porque al contacto con su mano, el rostro de la muchacha se había ensombrecido‍–‍. Siempre es agradable verla –‍añadió con menor énfasis, mirándola con detenimiento.

Durante un instante, ella pareció estar intentando decidir si hablaría o no. Por fin dijo:

–¿Por qué hace esto?

–¿Por qué no habría de hacerlo? –‍Stenham habló pausadamente, pues quería evitar una nueva discusión.

La expresión de la joven era de absoluta franqueza.

–Porque me pone en una posición incómoda –‍dijo ella‍–‍. Me hace sentir a disgusto. No puedo dejar de sentir que se espera algo de mí. Tengo la sensación de que debo comportarme como una coqueta o como una mojigata, y no quiero ser ninguna de las dos cosas.

–¿Y por qué no ser simplemente natural? –‍le sugirió él con amabilidad.

–Ahora mismo estoy intentando ser natural –‍dijo ella, impaciente‍–‍, pero usted parece no entender. Me pone usted en una posición en que es poco menos que imposible ser natural.

–¿Tan mal se siente? –‍dijo él, sonriendo tristemente.

–Se dice a veces que una mujer no puede decir a ningún hombre que no le encuentra sexualmente atractivo, y dicen también que todo el éxito de una mujer en la vida depende del principio de hacer sentir a todos los hombres que, en las circunstancias adecuadas, ella se precipitaría de inmediato a la cama con él. Pero yo creo que debe de haber unos cuantos hombres lo bastante inteligentes como para oír eso sin sufrir un ataque de melancolía. ¿No cree usted? –‍Ella sonreía provocativamente.

Él dijo, arrastrando las palabras:

–Lo que creo es que usted sabe que no es verdad. ¿Qué tiene que ver la inteligencia con eso? También podría decir que a un hombre inteligente nunca le importará tanto tener hambre como a otro más bien escaso de luces.

–Bueno, tal vez sea cierto –‍dijo ella en tono alegre‍–‍. ¿Quién sabe?

Stenham se sentía herido; para evitar que ella se diera cuenta, apretó su mano con más fuerza.

–No es tan fácil desanimarme –‍le aseguró con desenfado.

Ella se encogió de hombros y bajó la vista.

–Simplemente estoy tratando de ser amable –‍afirmó ella, haciendo un puchero‍–‍. Porque la verdad es que me gusta. Me agrada estar con usted, si eso no es bastante... –‍volvió a encogerse de hombros‍–‍, bueno, pues, al diablo con ello.

–Bien, bien. Quizá cambie.

–Quizá sí. Me gusta pensar que tengo una mente abierta.

Él no respondió, pero se echó hacia atrás y miró por la ventana. El muchacho se había quitado los zapatos y estaba dentro de la piscina, una visión que, por su estado de ánimo en aquel instante, no le pareció en principio extraordinaria. Cuando le vio doblarse y sacar del agua un enorme insecto manchado de barro, empezó a interesarse. El chico mantenía ahora su mano muy cerca del rostro, estudiando su presa, sonriéndole; incluso movió los labios unas pocas veces, como si estuviera hablándole.

–¿Qué pasa? ¿Qué está mirando así? –‍preguntó ella.

–Estoy intentando averiguar qué hace ese crío ahí fuera, en mitad del agua.

El insecto había emprendido el vuelo de repente. El muchacho le seguía con la mirada, su semblante denotaba satisfacción en lugar del desencanto que Stenham esperaba contemplar. Trepó para salir de la piscina y se sentó en el mismo borde que ocupaba antes de meterse en el agua.

Stenham cabeceó un par de veces.

–Pues vaya. Qué conducta más extraña. El chaval se metió en el agua exclusivamente para sacar una especie de insecto.

–Bueno, es bondadoso.

–Ya, pero ellos no lo son. Ese es el asunto. En todo el tiempo que llevo aquí nunca he visto a nadie hacer algo así.

Stenham miró el rostro redondeado del muchacho, sus rasgos pronunciados y regulares, su negro cabello rizado.

–Podría ser siciliano o griego –‍dijo Stenham como si se dirigiera a sí mismo‍–‍. Si no es marroquí, no hay nada sorprendente en su hazaña. Pero si lo es, me rindo. Los marroquíes no hacen ese tipo de cosas.

Lee se incorporó durante unos segundos para mirar por la ventana; después volvió a sentarse.

–Se parece al modelo de los peores cuadros pintados por los extranjeros en Italia hace cien años. Chico en la fuente, Gitano llevando un cántaro de agua.

–¿Quiere otro té?

–¡No! –exclamó ella‍–‍. Uno ya es bastante. Está demasiado dulce. Pero de todas maneras, no creo que se puedan establecer unas reglas generales tan rígidas y tan rápidas sobre la gente.

–En este caso, se puede. Los he observado durante años. Sé cómo son.

–Eso no significa que usted sepa cómo es cada uno de ellos individualmente, después de todo.

–Pero la cuestión es que ellos no son individuos en el sentido que usted le da –‍dijo él.

–Se mete en un terreno peligroso –‍le avisó ella.

Por miedo a que pudiera tomar a mal sus palabras, guardó silencio y no intentó explicarle de qué manera la vida entre gente menos evolucionada le permitía contemplar su propia cultura desde el exterior, es decir, entendiéndola mejor. Era deseo expreso de Lee que todas las razas e individuos fueran “iguales”, y ella no aceptaría una demostración que no tuviera en cuenta ese axioma. En verdad, resolvió, era imposible discutir cosa alguna con ella, porque en lugar de contemplar cada parte de la realidad total como un complemento de las otras partes, insistía con tenacidad en ver sólo aquellas cosas que pudiera modelar a su antojo hasta que tuvieran la apariencia de ilustrar sus creencias.

Desde algún lugar del exterior llegó hasta sus oídos un vago rumor que, si no hubiera sabido que era articulado por voces humanas, podría haber imaginado que sonaba como el viento susurrando entre las ramas de los pinos. El muchacho, que estaba sentado al borde de la piscina como si fuera la razón expresa para que el sol estuviera luciendo en aquel momento, pareció oír también aquel sonido. Stenham miró a Lee: en apariencia ella no oía nada. Sólo había dos papeles secundarios, reflexionó, que ella pudiera llevar a cabo. Uno era sacar la polvera para entretenerse mirando su cara en el espejo y el otro era encender un cigarrillo. En esta ocasión recurrió a la polvera.

Stenham la miró con mayor fijeza. Para ella los marroquíes eran espectadores atrasados que se agrupaban en los márgenes del desfile del progreso; debían ser exhortados para que se unieran a la gran parada, empujándoles, por la fuerza si era necesario, a fin de que engrosaran la marcha. La suya era la actitud del misionero, pero en tanto que este ofrecía un completo aunque inútil código de pensamiento y conducta, el modernizador no ofrecía nada en absoluto, salvo un lugar entre las filas. Y los musulmanes, quienes con su sabiduría ciega e intuitiva habían resistido triunfalmente los halagos y marrullerías de los misioneros, ahora iban a ser por fin embaucados para unirse a la insensata marcha de la hermandad universal; a cambio de tal privilegio, cada hombre tendría que privarse tan sólo de una pequeña parte de sí mismo –‍lo suficiente para hacerse incompleto, de manera que en lugar de mirar hacia su propio corazón, esto es, hacia Alá, en busca de la tranquilidad, tendría que mirar a los otros‍–‍. El nuevo mundo sería un triunfo de la frustración, en el que toda la humanidad se levantaría a sí misma con sus propias fuerzas: la igualdad de los condenados. No había que maravillarse de que los líderes religiosos del islam asociaran la cultura occidental con las obras de Satanás: habían visto la verdad y la expresaban en los términos más simples.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
571 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789876286251
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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