Kitabı oku: «Alicia por el momento & Para reirse para pasar el rato»

Sylvain Levey
Alicia por el momento
Para reírse para pasar el rato
Traducción de Agustina Blanco
Colección Tintas Frescas

| Levey, SylvainAlicia por el momento & Para reírse para pasar el rato / Sylvain Levey. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUB - (Tintas frescas)Archivo Digital: descarga y onlineTraducción de: María Agustina Blanco.ISBN 978-987-599-637-31. Teatro Contemporáneo. 2. Teatro Francés. I. Blanco, María Agustina, trad. II. Título.CDD 842 |

Esta publicación cuenta con el apoyo del Programa especial artes escénicas en Sudamérica hispanoparlante, del Ministerio de Europa y de Asuntos Exteriores, del Ministerio de la Cultura de Francia, del Institut français, de la Mousson d’été y del programa Fabula Mundi Playwriting Europe: Beyond Borders. El Institut français d’Argentine es miembro de la red Contxto.
Títulos originales de las obras:
Pour rire pour passer le temps © éditions THEATRALES, Paris, 2007.
Alice pour le moment © éditions THEATRALES, coll. Théâtrales Jeunesse, 2008.
© Foto del autor en página 10: Derechos reservados.
© 2020. Libros del Zorzal
Buenos Aires, Argentina
<www.delzorzal.com>
Comentarios y sugerencias: <info@delzorzal.com.ar>
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa de la editorial o de los titulares de los derechos.
Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
Sobre la colección Tintas Frescas | 5
Alicia por el momento | 8
Personajes | 10
1. En el sentido contrario al sentido del viento | 11
2. Destinatario no encontrado | 18
3. Mitad mujer mitad lagartija | 22
4. Hasta quedarse sin aire | 28
5. El hueco poplíteo | 31
6. Siempre derecho | 33
7. Centímetro tras centímetro | 35
8. Alicia en la ciudad | 38
Como se revela el mundo | 41
Para reírse para pasar el rato | 43
1. | 46
2. | 50
3. | 53
4. | 60
5. | 67
6. | 75
7. | 77
Sobre la colección Tintas Frescas
La edición de obras de teatro es un gesto fuerte y fundamental. Ofrece a todos los públicos la posibilidad de hacerse una idea propia sobre las nuevas dramaturgias, permitiéndole a cada uno recrear su propia música y alcanzar, en el ritmo de la intimidad, una interpretación personal.
El impulso de la innovación dramática, la búsqueda sobre la lengua y una mirada muy política y sin complacencia sobre nuestro mundo contemporáneo presidieron el espíritu de esta publicación.
En tiempos marcados por la multiplicación frenética de eventos verticales, esta edición le garantiza al autor una perennidad y una forma de estabilidad y horizontalidad. Tintas Frescas es un vasto proyecto de colaboración dramática, de traducciones e intercambios entre Francia y América del Sur, dentro de los cuales se encuentra también el festival Mousson d’Eté. Permite que, de ambos lados del Atlántico, estas tintas que no han secado encuentren múltiples resonancias, complicidades y espacios en los que puedan imprimirse y gravarse de manera duradera.
Más allá de las creaciones y producciones, los libros de teatro y sus infinitas riquezas son indispensables para la elaboración, la construcción y el equilibrio de una biblioteca. Y así, durante mucho tiempo, garantizan infinitas alegrías.
Michel Didym

Autor y actor, Sylvain Levey nació en 1973 en Maisons-Laffitte. Desde 2004 (año en el que se publican Ouasmok?, Éditions Théâtrales, y Par les temps qui courent, Lansman Éditeur), escribe cerca de treinta textos teatrales muy destacados, tanto para niños y adolescentes como para un público adulto. La mayoría de esas obras fueron publicadas por Éditions Théâtrales y creadas, sobre todo, por Marie Bout, Anne Contensou, Anne Courel, Delphine Crubézy, Pascale Daniel-Lacombe, Éric Devanthéry, Guillaume Doucet, Christian Duchange, Thierry Escarmant, Émilie Le Roux, Olivier Letellier, Laurent Maindon, Anne-Sophie Pauchet, Matthieu Roy y Cyril Teste. Lugares como el Centquatre, el Centro Dramático Nacional de Rouen, la Comédie-Française, el festival Contre Courant (Aviñón), Le grand R, Le grand T, la Ménagerie de Verre, Montevideo, la Schaubühne (Berlín), el teatro Am Stram Gram (Ginebra), el teatro de la Cité Internationale, el Teatro Nacional de Burdeos en Aquitania, el Teatro Nacional de Bretaña, el Teatro Nacional de Chaillot, el Teatro Nacional de Serbia, el teatro Tête Noire (Saran) y Très Tôt Théâtre (Quimper) recibieron las producciones de sus textos.
Trabaja a menudo en residencia y responde a encargos de escritura. En ese marco, le gusta involucrarse con las producciones y su público, tanto en Francia como en el exterior.
Su primer texto, Ouasmok?, recibió el Premio a la Obra de Teatro Contemporáneo para el Joven Público (biblioteca de teatro Armand-Gatti e Inspección Académica de Var) en 2005. Sylvain Levey fue galardonado en las Journées de Lyon para autores teatrales de 2003 y por Nîmes Culture 2004 por Ô ciel la procréation est plus aisée que l’éducation. En 2011, recibió el Premio de Literatura Dramática Collidram, concedido por los estudiantes secundarios, por Cent culottes et sans papiers, y en 2015, el Premio Belle Saison por el conjunto de su obra para el público joven, otorgado por el Centro Nacional del Teatro. Fue finalista del Gran Premio de Literatura Dramática en 2005 y 2008, y del Gran Premio de Literatura Dramática Juvenil en 2018 con Michelle doit-on t’en vouloir d’avoir fait un selfie à Auschwitz?; también fue seleccionado para numerosos otros premios y reeditado en la colección Folio+Collège en 2019. Alicia por el momento está traducida al alemán; Ouasmok?, al inglés y alemán; Para reír para pasar el rato, al inglés, catalán, serbio, checo y húngaro.
Su teatro del compromiso y el desplazamiento convoca la sensibilidad e inteligencia del lector.
Alicia por el momento
Para Thomas
A Irène
A Charles
A Henri
Personajes
Alicia
El padre
La madre
Chico 1
Chico 2
Chico 3
Chico 4
Florencia
Gabin
Hombre 1
Hombre 2
Hombre 3
Dos niños
Este texto fue escrito en el marco de un proyecto titulado “Mon Alice en ville”, imaginado y llevado a cabo por Anne Courel y todo el equipo de la compañía Ariadne de Bourgoin-Jallieu. Un gran agradecimiento a Anne por tan bella aventura, y también por todo lo demás, infinitas gracias. Un gran agradecimiento a Alice Herbulot, que tan bien lleva su nombre. Un gran agradecimiento a Joséphine, Caroline, Cécile, Gérald y a todos aquellos que participaron de una u otra manera en esta hermosa peripecia humana y artística.
Señor Malone, gracias por todo…
1. En el sentido contrario al sentido del viento
Alicia.– Yo caminaba.
Caminaba en el sentido inverso al sentido de la mañana.
Caminaba por el camino.
El que tomaba dos veces por día.
Cinco veces por semana desde hacía cuatro meses.
Cuatro meses hace que vivimos acá.
Uno se acostumbra muy rápido, tal vez demasiado, a seguir todos los días el mismo camino.
El camino de los escolares. Cada escolar tiene su propio camino.
El que sale de la puerta de su escuela y lo conduce hasta la puerta de su casa.
En las escuelas yo solo era un ave migratoria.
Y nuestra casa era provisoria. Como todas las casas en las que habíamos vivido hasta ahora.
Nuestra casa tenía el tamaño de una casilla.
Un solo ambiente. Frío y húmedo. Vivíamos en una heladera.
Una casilla casi centenaria. El blanco de la fachada se había tornado gris verdoso, el rojo de los ladrillos, negro de mugre.
Una pobre choza a la que se le veían las venas, agujereada en el techo y por todas partes, generosa en corrientes de aire y con un bondadoso corazón que albergaba las neblinas matinales.
Una vieja carcasa que temblaba con todos sus viejos huesos ante la más débil ventisca, o ante el paso de cualquier camión.
La madera del armazón también se había humedecido, la carpintería de las ventanas era porosa y el yeso de las paredes se descascaraba por el mero hecho de que acababa de transcurrir un minuto.
Una casilla en ruinas. Casi. Una anciana que era polvo y al polvo volvería en breve.
Aquel día debía ser un día como todos los demás.
Otra cruz en el almanaque.
Caminaba por el camino de regreso, sorprendida de poder apoyar todavía un pie después del otro: el izquierdo.
Había dejado mil doscientas huellas de mis pasos.
Mil doscientas huellas invisibles a ojos de aquel o aquella que no mira.
Mil doscientas huellas invisibles a ojos de aquel o aquella que alza la cabeza cuando camina y disfruta de la perspectiva que brinda el paisaje.
“Ver el horizonte es un privilegio”, habría podido decir el topo. “Es cierto”, habría podido contestarle el avestruz. Me sentía muy afín al topo y muy afín al avestruz.
Mil doscientas huellas invisibles sobre el asfalto.
Detrás de mí.
Caminaba por el camino en el sentido contrario al sentido del viento.
Caminaba aquel día, como todos los demás, con la cabeza gacha, abrigada, camuflada dentro de una vieja campera militar demasiado grande para mí, demasiado verde para mí, a mí que tanto me gustaba el amarillo. El de los girasoles. El de las acacias.
El padre.– A mí me gusta el amarillo de las amapolas.
Alicia.– Habría podido decir mi padre.
El padre.– Si un día querés caminar, primero buscá la línea vertical. Si por fortuna la encontrás, aceptala y caminá. Si no, ¿para qué tanto esfuerzo por permanecer despierto?
Alicia.– Caminaba entonces al ritmo resignado de aquel o aquella que hace tiempo renunció a contradecir lo natural del movimiento.
Los varones, en banditas de varones, caminaban en fila india por el cordón de la vereda de granito. Usaban sus brazos para mantener el equilibrio, por momentos cerraban los ojos para complicar el juego y caminaban marcha atrás; algunos caminaban marcha atrás con los ojos cerrados; los más habilidosos, no eran muchos, corrían por la arista de la vereda marcha atrás con los ojos cerrados y con las manos en los bolsillos.
Cada hazaña era festejada —como se festeja una hazaña desde la noche de los tiempos— con gritos de alegría y hurras de victoria para el campeón.
Cada caída era saboreada en silencio —como se saborean en silencio las caídas ajenas desde la noche de los tiempos— por los adversarios del momento.
Las chicas se agrupaban en banditas de chicas y miraban a los chicos y se decían, en el hueco del oído, toda suerte de cosas misteriosas que a las chicas les encantan.
Yo rozaba las paredes, arruinándome las uñas de tanto frotarlas contra el revoque de las casas, rozaba las paredes para que nadie me notara, para ser transparente como el agua clara, para no ocupar demasiado espacio en esa vereda que realmente no me pertenecía.
La madre.– ¡Alicia! ¡Alicia! ¡Apurate!
Alicia.– Enseguida reconocí su voz y alcé la mirada.
Mi madre estaba a contracorriente, luchando contra las olas, agitada sin tregua por el flujo continuo de mis compañeros de infortunio, aliviados por recuperar al fin la libertad y felices de sentir otra vez el aire fresco sobre sus ojos cansados al final del día.
La madre.– ¡Alicia! ¡Alicia! ¡Más rápido! ¡Apurate!
Alicia.– Me hacía señas, con los brazos en el aire, como una nadadora imprudente que de golpe toma conciencia del riesgo de ahogarse. Tomaba aire, asomaba la cabeza en medio de la multitud como se asoma la cabeza del agua, escudriñaba el horizonte esperando verme y se ponía a gritar mi nombre como si pidiera auxilio.
La madre.– ¡Alicia! ¡Alicia! ¡Alicia!
Alicia.– Aquel día hacía frío para la época.
La lluvia, cual vieja actriz de medio pelo, pensaba erradamente que todavía tenía un séquito de apasionados.
Frío, lluvioso y triste gris.
El padre.– Como está frío, lluvioso y triste gris en todas las ciudades del norte de Europa Occidental.
Alicia.– Decía mi padre.
El sol se hacía esperar como una princesita caprichosa se hace desear el día del baile de las prometidas.
La madre.– ¡Alicia!
Alicia.– Me faltaban ciento cincuenta pasos para llegar hasta ella.
La madre.– ¡Alicia! ¡Rápido! ¡Apurate! ¡Rápido! ¡Rápido mi amorcito!
Alicia.– La pobreza te vuelve animal. Mis padres eran como fieras buscando todo el día qué comer por la noche.
Me imagino que la ternura es un lujo del cual uno goza cuando el techo y el pan ya no son un problema.
Nunca un beso en alguna de mis mejillas para celebrar un nuevo día que despunta, nunca una mano deslizándose lentamente por mi pelo para suavizar una pena, o sobre una rodilla para hacerme olvidar ese principio de moretón después de caerme de la bici. Sin embargo, mis padres me querían, nunca lo dudé.
No con las palabras. No con los gestos. Su amor se ubicaba en otra parte. Otra parte sin saber dónde y sin que yo pudiera explicarlo.
La madre.– ¡Alicia!
Alicia.– Éramos gente discreta por costumbre y por obligación.
La madre.– ¡Mi amorcito! ¡Mi amorcito! ¡Mi amorcito! ¡Mi amorcito!
Alicia.– Éramos gente discreta con alguna que otra excepción.
La madre.– ¡Mi amorcito!
Alicia.– Nunca me llamaba mi amorcito y justo ese día se le ocurrió llamarme así.
La madre.– ¡Mi amorcito! ¡Alicia! ¡Mi amorcito!
Alicia.– La timidez es una enfermedad genética y hereditaria que se transmite de generación en generación en mi familia.
La madre.– ¡Mi amorcito! ¡Mi amorcito!
Alicia.– Yo no era tímida, era solitaria, lo cual no es lo mismo, hay que admitirlo. Era observadora del mundo en el que vivía.
Era una solitaria feliz y determinada.
La madre.– ¡Alicia!
Alicia.– Al menos era de lo que intentaba convencerme.
La madre.– ¡Mi amorcito! ¡Mi amorcito!
Alicia.– Yo era como era porque los demás eran como eran.
La madre.– ¡Alicia!
Alicia.– Esa era mi frase, la repetía como un mantra para motivarme, en los pasillos del colegio, cuando estaba sola (cosa que sucedía con frecuencia).
Soy como soy porque los demás son como son.
Lejos de todo y de todos, la gritaba a pleno pulmón, a la noche la repetía una y otra vez para tratar de olvidar un día más —otra cruz en el almanaque— sin hablarle a nadie.
Soy como soy porque los demás son como son.
A no confundir con: los otros son como son porque yo soy como soy, lo cual no es lo mismo, hay que admitirlo.
La madre.– ¡Mi amorcito!
Alicia.– Me estaba condenando al aislamiento llamándome mi amorcito delante de todos.
La madre.– ¡Alicia! ¡Mi amorcito!
Alicia.– Seis meses más de prisión efectiva me iban a dar, en el acto. Me hundía por seis meses más de almuerzo en cuarentena.
La madre.– ¡Alicia! ¡Mi amorcito! ¡Vení rápido!
Alicia.– Yo apuraba el paso, impaciente por poner fin a esa situación incómoda, mi madre se había convertido en el centro de interés de todo el convoy escolar. Era el blanco de todas las miradas, desde mañana sería el tema de todas las conversaciones, a ver quién la imitaba mejor, a ver quién me encontraba primero entre dos clases y me llamaba, delante de todos, mi amorcito.
Mi amorcito seguro se iba a convertir en mi sobrenombre. Un diminutivo muy difícil de aceptar.
La madre.– ¡Mi amorcito! ¡Alicia! ¡Vamos, apurate!