Kitabı oku: «El mejor periodismo chileno. Premio Periodismo de Excelencia 2020»

EL MEJOR PERIODISMO CHILENO
Premio Periodismo de Excelencia 2020
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
mgarciam@uahurtado.cl – 56-228897726
www.uahurtado.cl
ISBN libro impreso: 978-956-357-310-7
ISBN libro digital: 978-956-357-309-1
Junio 2021
Dirección colección Periodismo
Ximena Orchard
Edición al cuidado de
Roberto Herrscher y Montserrat Martorell
Directora editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Diagramación interior y portada
Francisca Toral R.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

TRABAJOS PREMIADOS

PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA ESCRITO
Soldaditos del narcotráfico
Matías Sánchez
Sábado, El Mercurio
TRABAJOS FINALISTAS

Claudio Bertoni: “Yo no vuelvo a googlear un síntoma ni aunque me torturen”
Daniel Hopenhayn
La Tercera
Me too: los archivos secretos del fútbol femenino en Chile
Antonia Fava y María Jesús Peralta Inda
Ciper
Los 12 de La Florida: crónica de una matanza frustrada
Claudio Pizarro y Sebastián Palma
El Desconcierto
Carabinero infiltrado en Lo Hermida fue descubierto porque protagonizó programa de Canal 13 con su identidad real
Nicolás Sepúlveda
Ciper
TRABAJOS NOMINADOS

Reportajes
Carabinero en caída libre: la historia de Mauricio Jofré
Bastián Fernández y Pedro Thies
The Clinic
20 años y una cuarentena junto a mi agresor
Antonia Domeyko
Sábado, El Mercurio
Serie “Los testimonios que revelaron la manipulación de los datos Covid en el Minsal”
Nicolás Sepúlveda
Ciper
Las salas del adiós
Paz Radovic y Rosario Mendía
La Tercera
La pandemia y 50 vidas que ya no están
Equipo Sábado
Sábado, El Mercurio
Investigación
Serie: “Las fallas en la estrategia para enfrentar la pandemia de Covid”
Nicolás Sepúlveda
Ciper
Parques marinos de papel: flota de 300 naves chinas sorprende a Chile sin plan para controlar “in situ” la pesca ilegal
Alberto Arellano e Ignacia Velasco
Mongabay
Voces de Putaendo II: Las irregularidades del proyecto minero que se oculta en la cordillera de la Quinta Región
Constanza Cabrera y David Vásquez
Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales
Cable a tierra
Crónica o Perfil
La oscura vida radiante de Gustavo Gatica: retrato íntimo a diez meses que le arrebataran su visión
Claudio Pizarro y Sebastián Palma
El Desconcierto
El último viaje de una kawésqar
Gazi Jalil F.
Sábado, El Mercurio
Las voces de Jenny
Matías Concha P.
Revista del Hogar de Cristo
Diario de un urgenciólogo de la ex Posta Central
Antonia Domeyko
Sábado, El Mercurio
Entrevista
El duelo de Patricio Manns
Carola Solari
Sábado, El Mercurio
Entrevista inédita a Ángela Jeria: “Nunca he llorado a gritos”
Patricio de la Paz
The Clinic
Sol Serrano: “Si vamos a juzgar todo el pasado con los criterios morales del presente, habrá que borrar la historia completa”
Daniel Hopenhayn
La Tercera
Marta Cruz-Coke: La mujer del collar de diez pesos
Gabriela Hormaechea
The Clinic
PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA UNIVERSITARIO
Sigma: El código secreto de los suicidios en el metro
Camila Bohle Silva y Valentina Medina Delgado
Universidad Diego Portales. Profesor guía: Alberto Arellano
PRÓLOGO
Mientras escribo estas líneas para presentar y celebrar lo mejor del periodismo escrito en Chile en 2020, llegan noticias terribles de Bielorrusia: el dictador Alexánder Lukashenko envió un cazabombardero para obligar a un avión de línea a aterrizar en su territorio y así detener a un joven periodista opositor que viajaba a bordo. Al redactar estas líneas, no se conoce el destino de Román Protasévich, fundador y editor jefe del canal de noticias Nexta, que transmite por la red de mensajería Telegram.
Nexta es parte de la vibrante y valiente ola de nuevos medios para un nuevo público. Transmitía en vivo para la juventud bielorrusa lo último de las protestas contra unas elecciones amañadas y la represión feroz de la policía. La amenaza de los líderes autoritarios y corruptos, en cambio, es más vieja que la imprenta de Gutenberg, mucho más vieja que los testimonios de la bielorrusa Svetlana Alexiévich de las madres de los soldados muertos en Afganistán y las viudas de los bomberos achicharrados en Chernóbil.
En América Latina las cosas no están mucho mejor. Decenas de periodistas como Javier Valdés y Miroslava Breach fueron asesinados en estos años por mafias del narco en México, la prensa libre es perseguida por informar sobre los desaparecidos en las revueltas de Colombia, y en Chile, si bien no se llega a esas cotas, el año pasado y este aumentaron los ataques del poder a la credibilidad y veracidad de los periodistas independientes.
También periodistas chilenos fueron vigilados por las fuerzas del orden, como Mauricio Weibel por el Ejército, cuyos negocios estaba investigando. Como el mismo Weibel denunció en televisión, en regiones muchos colegas son vigilados y amenazados, y están más expuestos y menos protegidos.
Muchos periodistas fueron detenidos, golpeados y sus instrumentos de trabajo fueron arrebatados durante el estallido. Un estudio del Observatorio del Derecho a la Comunicación cifra en 69 los casos de detenciones de periodistas en 2020, el mayor número desde la dictadura. Entre estos se encuentran los colegas Paulina Acevedo y Álex Cuadra, quienes fueron detenidos ilegalmente por Carabineros este año.
Un caso grave de ataque a periodistas, cuyos autores todavía no han sido identificados, se produjo contra el equipo de TVN dirigido por el periodista Iván Núñez, en la región de BioBío. Terminó con el camarógrafo Esteban Sánchez herido con cinco impactos de bala, los que lo dejaron con la pérdida de uno de sus ojos.
Todos estos casos nos llevan a estar alerta, denunciar los ataques a la prensa y la libertad de expresión y defender la información libre, que es uno de los valores centrales de un país democrático. Los que crecimos bajo dictadura, ya sea aquí o en países como el mío, Argentina, sabemos cuánto se pierde cuando una sociedad no puede contar con un periodismo libre, veraz, sólido y respetado.
Por eso es tan importante reconocer el trabajo que se logró hacer bajo extenuantes circunstancias, en medio de una triple crisis —de la economía nacional, de los medios y de las condiciones en que debieron trabajar los reporteros y editores—. Entre otras circunstancias, quienes lean este libro en años venideros deben saber que todo lo aquí publicado se investigó, escribió y editó bajo un toque de queda que comenzó en octubre de 2019 y que cuando escribo estas líneas, en mayo de 2021, pasó de ser una respuesta al estallido a intentar contener la pandemia sin pausa, y todavía rige.
Este libro es un reflejo de estos tiempos convulsos y fascinantes. Surgieron nuevos personajes perfilados, entrevistados, denunciados y celebrados en estas páginas: la clase media harta, los movimientos sociales (mujeres, indígenas, jubilados sin jubilación, enfermos sin hospital, trabajadores sin empleo, familias sin hogar, inmigrantes sin futuro). Los trabajadores de la salud y la educación, menospreciados por los millonarios de las finanzas y ahora convertidos en los esenciales.
Los jóvenes sin miedo que nos legaron un concepto nuevo: primera línea.
En estos reportajes, crónicas, entrevistas e informes de investigación se encuentra una vista atrás a los 30 años que colmaron el vaso con los 30 pesos. Una mirada a las instituciones otrora intocables, como los carabineros y los militares. Y nuevos dramas, como el narcotráfico, que se apropia de los barrios humildes y del futuro de los jóvenes sin futuro, como el protagonista del estremecedor texto ganador.
En estos relatos se cuenta cómo se queman iglesias y universidades, arden llantas y bancos de madera, se lastiman ojos, se gasea y balea y se encarcela injustamente a manifestantes, se usan cartuchos de gas lacrimógeno como munición y cómo en casos extremos carabineros ebrios balean a mansalva y otros disfrazados de manifestantes incitan a la violencia.
Autoras y autores denuncian fraudes y robos privados y públicos, lamentan las muertes por coronavirus, celebran el enorme esfuerzo de los profesionales de la salud y cuestionan las cifras oficiales de la pandemia. Investigan un proyecto minero y la pesca ilegal. Viajan con un kawéskar y narran el horror de una mujer maltratada encerrada con su agresor. Como potente ejemplo de investigación de abusos sexuales contra las mujeres, dejan al descubierto el “me too” en el fútbol femenino. Y en las entrevistas, entre tanto protagonista joven en otras secciones, toman la palabra los sabios de la tribu: Claudio Bertoni, Ángela Jeria, Sol Serrano, Marta Cruz-Coke y Patricio Manns.
El periodismo que brilla en estas páginas no solo cuenta y explica con valentía la verdad. Nos ayuda a formar nuevas generaciones de un público ávido de saber, entender y participar con conocimiento de causa.
A las puertas de un proceso refundacional con la nueva constitución, lo más valioso del buen periodismo son sus lectores, oyentes, televidentes, usuarios activos. Es para ellos que tantos colegas se
juegan la salud y hasta la vida día a día en las calles y en las redacciones. Y también en las aulas: este año el premio universitario tuvo más postulantes que nunca, y de más universidades de todo el país.
¿Qué podrá encontrar un historiador del futuro en este libro sobre el periodismo de este año que comenzó en pleno estallido, siguió con una inesperada pandemia y terminó con un ilusionante referéndum para cambiar la constitución y soñar con un nuevo país?
Quienes organizamos el premio, el fervoroso ejército de prejurados y jurados, los autores y autoras de estos textos y sus editores, los fotógrafos, diseñadores e infografistas y el gremio entero pueden mirarse en el espejo de estos trabajos y sentir que falta mucho para construir el país deseado, pero que también hay mucho terreno ganado: calidad, rigor, ética, investigación acuciosa, preguntas punzantes, conclusiones sólidas, estilo que vuela y emociona.
Estas cosas, la mayoría dolorosas, injustas y repudiables, pasaron en 2020. Pero, con limitaciones y dificultades inimaginables unos meses antes, la cofradía de profesionales de la palabra pudo hacer excelente periodismo.
Roberto Herrscher
Director del Premio Periodismo de Excelencia
Universidad Alberto Hurtado
Jurado del Premio Periodismo de Excelencia 2020
Jurado Premio Periodismo Escrito
Carlos Basso Prieto
Periodista de la Universidad de Concepción. Ha trabajado y colaborado en distintos medios de comunicación. Es autor de los libros Los enigmas del caso Matute Johns (Cesoc, 2001), El último secreto de Colonia Dignidad (Mare Nostrum, 2002), De Sarajevo a Nueva York (Cesoc, 2003), Los pasos perdidos de Shakespeare (Destino, 2008), La CIA en Chile (Aguilar, 2013), América Nazi (Aguilar, 2014) y Desaparecido en Concepción (Suma, 2014). En 2017 ganó la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y la Artes. Actualmente es profesor en la Universidad de Concepción.
Alejandra Carmona López
Periodista de la Universidad Andrés Bello, diplomada en Periodismo de Investigación Ciper-UDP. Se ha desempeñado cubriendo poder, Iglesia, salud, educación y temas sociales. Es coautora del libro El negocio del agua, cómo Chile se convirtió en tierra seca (Ediciones B). Ha trabajado en La Nación Domingo, Radio Chilena, Radio Cooperativa, La Tercera y El Mostrador, además de colaborar en revista Paula. En 2009 ganó la categoría Excelencia Periodística del Premio Pobre el que no cambia de mirada. Ha sido finalista, en tres ocasiones, del Premio Periodismo de Excelencia (PPE), de la Universidad Alberto Hurtado; y en 2014 fue finalista del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo como coautora del reportaje “A 40 años del golpe: los niños violentados”. En 2020 fue parte del equipo de The New York Times ganador, en categoría documental, del World Press Photo con “It’s mutilation”. Actualmente es profesora en la Universidad de Chile donde imparte los cursos: Reporteo Avanzado, Reportajes y Electivo de especialización en pautas de medios.
María Constanza Castro Molinare
Periodista, Máster en Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica de Chile y en Industrias Creativas y Culturales de la Kings College London, UK. Actualmente es académica asistente de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte. Se ha desempeñado en el área de gestión cultural e industrias creativas en Chile y en UK. Sus áreas de investigación están relacionadas con comunicación y cultura, estudios culturales, literatura y periodismo, principalmente. Ha participado en congresos y seminarios con ponencias sobre industrias creativas, consumo cultural, marca ciudad, literatura y ciudad y poscolonialismo. Fue columnista de libros en el diario El Mercurio entre los años 2013 y 2015, ha dirigido talleres literarios en Santiago y Antofagasta desde el año 2000 y ha estado a cargo de investigaciones, edición y publicaciones en el área de literatura en reiteradas oportunidades.
Guillermo Draper
Licenciado en Comunicación Social de la Universidad Católica del Uruguay. Se desempeña como periodista de Búsqueda desde 2005, primero como redactor y luego como editor de Política. Desde mayo de 2018 es Miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Además, desde el año 2007 que integra el cuerpo académico de la Universidad Católica del Uruguay. Entre 2015 y 2018 integró el equipo del semanario que trabajó en la investigación internacional conocida como Panamá Papers, ganadora del premio Pulitzer al Periodismo Explicativo en 2017. Recibió una mención honrosa en el Congreso Latinoamericano de Periodismo de Investigación 2017 por el trabajo, en coautoría, “Las tarjetas corporativas y la renuncia de un vicepresidente”. Por esa investigación también se le otorgó el Premio Nacional de Prensa Escrita de Uruguay 2017. Es coautor del libro Marihuana Oficial. Crónica de un experimento uruguayo (2017). El 2018 recibió el premio Bartolomé Hidalgo en la categoría Testimonios, Memorias y Biografías.
Juan Cristóbal Guarello
Periodista de la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios, tanto en prensa escrita, radio y televisión, como: El Mercurio, Publimetro, y en las revistas Triunfo y El Gráfico, donde se desempeñó como director. Ha sido comentarista deportivo en Radio Futuro, ha trabajado en Canal 2 Rock & Pop, TVN, La Red y TyC Sports. ha publicado cinco libros en coautoría con Luis Urrutia O’Nell: Anecdotario del fútbol chileno (2005), Historias secretas del fútbol chileno (2007), Historias secretas del fútbol chileno 2 (2008), Historia de la clasificación Sudáfrica 2010 (2010), Anecdotario del fútbol chileno II (2011). Es autor de la novela Gente mala (2014) y de Aldo Marín: carne de cañón (2018). Actualmente se desempeña como columnista y panelista de la sección deportiva del diario La Tercera, y como comentarista deportivo en Canal 13 y Radio ADN.
Roberto Herrscher
Es periodista, escritor y director del Diplomado en Escritura Narrativa de No Ficción de la Universidad Alberto Hurtado y de la colección Periodismo Activo de Editorial Universidad de Barcelona. También ha enseñado en universidades de Guatemala, Colombia, Asia Central, Nueva York, Italia, Gran Bretaña, Alemania y España, donde dirigió por 18 años el magíster en Periodismo de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia. Es autor de los libros Periodismo narrativo, El arte de escuchar y Los viajes del Penélope. Trabajó como reportero y editor en Buenos Aires Herald, agencia IPS y las revistas Hombres de maíz y Lateral. Sus textos han sido publicados en medios como The New York Times en español, La Vanguardia, Clarín, Ajo Blanco, Gatopardo, Etiqueta Negra y Página 12.
Ivonne Toro
Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha realizado reportajes y diversos contenidos editoriales enfocados principalmente en investigación de corrupción y crónica en los diarios La Nación, The Clinic, La Tercera, El Mostrador y Ciper. Ha sido finalista del Premio Pobre el que no cambia de mirada (2014) y ha obtenido los años 2014, 2018 y 2019 el primer lugar en Crónica Periodística con “El sueño inconcluso de Machuca”, “No es país para viejos: el pacto suicida de Jorge y Elsa” y “El estallido vital de Geraldine Alvarado”, respectivamente. En el año 2016 obtuvo el Premio de Periodismo y Derechos Humanos del Museo de la Memoria por “Marta Ugarte y el horror de los cuerpos lanzados al mar en dictadura”. En 2020 fue seleccionada como expositora en el Festival de Periodismo de Investigación Colpin por el reportaje “Los secretos del ‘far west’ de la compra de ventiladores de la CPC en China: especuladores corruptos, mercado negro y maletas de billetes”. Desde 2013 además ha realizado clases como profesora titular en la Universidad Diego Portales.
Jurado premio universitario
Natalia del Campo
Periodista Universidad Católica de Chile con posgrado en Gestión Cultural. Trabaja en radio hace más de 15 años donde ha dirigido emisoras como Concierto y Paula FM, y ha sido conductora también en Duna y Radio Uno. También ha colaborado en los diarios El Mercurio, La Tercera y es parte del equipo de “Mediápolis”, podcast sobre medios de comunicación. Actualmente conduce “Tarde universo” en Radio Universo.
June García
Periodista de la Universidad de Chile. Es autora de diversos libros infantiles y juveniles. Trabajo en distintas iniciativas de género, sexualidad y feminismo, a nivel nacional e internacional. Desde el año 2015 realizó talleres de feminismo (introducción y lecturas), NeoAmor (lecturas feministas sobre el amor), violencia en el pololeo y educación no sexista. Dictó la cátedra “Mujeres y feminismo en la literatura” en el diplomado de Estudios Interdisciplinarios de la Mujer de la Academia Psicología y Bienestar y el taller de Lecturas feministas: literatura y ensayo, en la Universidad Adolfo Ibáñez. Actualmente se encuentra trabajando en la serie de libros de Lulú, historias para educar a niños y niñas en feminismo y derechos humanos, y en la Radio ADN con un programa semanal de cultura pop y feminismo. Pertenece al colectivo AUCH! (autoras chilenas).
Lorena Penjean
Periodista de la Universidad de Chile. Es guionista e investigadora. Fue directora de The Clinic, la primera mujer en dirigir el medio. Ha trabajado en Paula y las productoras Aplaplac (31 minutos) y Fábula (No, Neruda, El Club, Una Mujer Fantástica, entre otras).
PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA
SOLDADITOS DEL NARCOTRÁFICO

Matías Sánchez
10 de abril
Sábado, El Mercurio
Como tanto del mejor periodismo, todo empezó con una noticia: en junio de 2019, “Emerson, de 17 años, falleció producto de infecciones en su cuerpo. Había quedado parapléjico tras participar en una persecución de carabineros. Al momento del accidente, su tuición legal estaba en manos de una supuesta traficante de drogas de La Pincoya,” según revela la introducción de este reportaje.
El joven reportero Matías Sánchez descubrió que, por años, la madre del joven había sido testigo de cómo él era usado para transportar y vender droga en la población. A pesar de que sus denuncias fueron transmitidas por los programas de protección a menores a los tribunales de familia y el Ministerio Público, nada se concretó. En una investigación que se extendió a archivos, pedidos de información oficial, funcionarios, expertos y repetidas entrevistas a los denunciantes descubrió que al menos a otros diez jóvenes habrían sido reclutados por la misma persona.
El día de su publicación fue de inmediato compartido por legiones en redes sociales. Combinaba perfectamente la investigación acuciosa, personajes inolvidables y lo mejor en los reportajes memorables: provocar emoción sin mostrar la que siente el autor. El tema era a la vez antiguo —el papel de un estado que le fallaba a los más vulnerables— y nuevo: el fenómeno del narcotráfico a nivel cercano, íntimo, extendido a casi cada casa en las poblaciones.
Por todo esto, el jurado del Premio Periodismo de Excelencia Escrito consideró que “Soldaditos del narcotráfico” merecía el premio máximo en la categoría Periodismo Escrito.
Esto dice el fallo del jurado: “Trata un tema relevante de forma original. Presenta una investigación profunda y meticulosa, excelente estructura y una escritura cuidada, con finos detalles. Este reportaje da cuenta del abandono del Estado y de cómo se perpetúa la violencia en las zonas marginadas de Chile. Revela una situación grave y sus características actuales. Muestra el poder que adquiere el narcotráfico cuando el estado y la sociedad están ausentes. Toca distintos temas (narco, Sename, pobreza, desprotección ante el poder, consumismo) y ensambla todo en un texto coherente que alarma y emociona”.
10 de abril del 2017, 10:05 horas. La audiencia, realizada en la sala 9 del tribunal de familia de Santiago, es presidida por la magistrada Constanza Feliú. En la sala también está presente Carola Ortiz. El registro de audio, que es parte de la carpeta de investigación, capta, además, a las otras personas del lugar: una dupla psicosocial de un hospital y la madre de Ortiz y su hijo Emerson.
No es primera vez que Carola Ortiz está en una situación así. Pero ese día, a diferencia de otras veces, ella está frente a la jueza para saber si será autorizada a llevarse a su hijo a su casa los fines de semana. Luego de que la dupla psicosocial termina de declarar, se produce un silencio. Antes de que la magistrada tome la palabra, transcurren 18 segundos en los cuales solo se escucha sollozar a Ortiz.
Magistrada: Cuénteme, ¿por qué está tan apenada?
Carola Ortiz: Y me pregunta…
Magistrada: Sí, le pregunto, porque no la conozco.
Carola Ortiz: Porque mi hijo está así, me lo dejaron así.
Magistrada: Tuvo un accidente…
Carola Ortiz: No, no fue un accidente.
Magistrada: Ah, no fue un accidente. Ah, perdón, estoy equivocada. Tuvo una enfermedad, por eso él quedó así.
Carola Ortiz: No, él chocó con una camioneta. Venía de una persecución.
Cuatro meses antes de la audiencia, en diciembre de 2016, Emerson, entonces de 15 años, chocó contra una camioneta mientras escapaba de Carabineros. Horas antes había realizado un
portonazo junto a la hermana de V., su tutora legal, una supuesta traficante de la población La Pincoya, en Huechuraba. En ese accidente, Emerson terminó parapléjico.
Magistrada: Entonces fue un accidente. ¿Por qué dice que no?
Carola Ortiz: Porque no fue un accidente, venía de un robo. A él lo hicieron robar. Una magistrada entregó a mi hijo, a él (Emerson), a una persona que ni siquiera era de mi familia, que es traficante. ¿Entiende? Yo tengo muchos videos para mostrar cómo esa mujer le pegaba a mi hijo, cómo lo hacían trabajar, cómo él se volaba. Yo tengo muchos antecedentes de eso…
Por más de cuatro años, Carola Ortiz aseguró tener esas pruebas y denunció que su hijo era usado para vender y guardar drogas por su tutora legal, la que fue autorizada por el tribunal de familia a cuidarlo. Los programas de protección de menores recibieron las denuncias de Ortiz e informaron a diversos jueces del tribunal de familia y al Ministerio Público, según detallan los documentos. Sábado investigó las denuncias realizadas por los programas de protección y descubrió que, desde 2015, se han informado otros diez casos más de niños y adolescentes usados como “soldados” en La Pincoya, todos reclutados por la supuesta traficante.
Magistrada: Lo que les pase a los hijos es responsabilidad de los padres. Si el día de mañana tengo una hija drogadicta, va a ser porque yo no he sabido tener las herramientas suficientes, o lo que sea, para poder alejarla de las drogas. No puedo echarles la culpa a los demás.
Carola Ortiz: ¿De esa manera cuidaba a mi hijo esa mujer?
Magistrada: Pero si la que tiene que cuidar a sus hijos es usted. ¿Por qué no lo sacó de las mechas y se lo llevó a su casa?
Carola Ortiz: Porque la magistrada estaba al medio. Le dio la tuición…
Magistrada: No, no, no. ¿Qué tiene que ver la magistrada? Si yo tengo un hijo y veo que le pegan, me meto en la noche, vestida de negro, a punta y codo, lo saco y me lo llevo para mi casa.
Carola Ortiz: Saca pistola...
Mamá de Carola Ortiz: Ya, hija. Tranquila, no diga nada.
Magistrada: ¿Qué cosa?
Carola Ortiz: Ella saca pistola. Son narcotraficantes.
Ese 10 de abril del 2017, al salir de la audiencia, Carola Ortiz lloró.
—Me sentí tonta, ignorante. Yo no sé defenderme en un juicio —dice hoy a Sábado al recordar ese día.
Carola Ortiz baja el tono de su voz. Susurra. La mujer de 45 años se encuentra en su casa, en la población La Pincoya. Dice que allí, en el segundo piso, su vecina, V., la mujer a la que los tribunales de justicia le dieron la tuición de su hijo, no puede escucharla.
—Yo vivo al lado de ellos, están en la casa de la derecha —relata al teléfono.
Carola Ortiz es vendedora ambulante y madre de nueve hijos. Ninguna de las cinco parejas con las que estuvo asumió la paternidad económica ni de crianza. Ortiz, para mantener a su familia, vende envases de plásticos, escobas y palas en los alrededores de la población.
—Acá venden droga, pero está todo cerrado. Hay piedras, plantas y una cama elástica al medio de la calle para que ningún auto pueda subir o bajar. Ellos tienen dominado aquí. Ahora, con menos fiscalización, se paran hasta en la esquina, se hacen colas para comprarles drogas a los niños que venden.
—¿Quién domina esa calle?
—La V., mi vecina. Ella y su familia toman a los niños para salir a robar, para traficar. Muchos llegan a su casa buscando droga o para ser reclutados. También he visto que llegan otras mamás como yo, alegando por sus hijos. Ellos les hacen daño a muchos niños.
A los 17 años, Carola Ortiz fue mamá por primera vez, cuando recién había completado la enseñanza básica. En 2001 tuvo a Emerson. Con 26 años y cuatro hijos más, Ortiz le pidió a su abuela materna que se hiciera cargo del menor. Cuando ella falleció, Carola Ortiz retomó el cuidado y la relación con Emerson en 2009. Él tenía ocho años.
—Siempre andaba con amigos, era loco por el fútbol. Pero después cambió —relata.
La historia de Carola Ortiz y los tribunales de familia comenzó en 2011, cuando cuatro de sus hijos robaban y pedían dinero en el mall Plaza Norte: K., de seis años; Y., de ocho; J., de nueve; y Emerson, de diez. Además, el grupo de niños también solía deambular, en la madrugada, cerca de la autopista Américo Vespucio. En más de una ocasión, Carabineros los trasladó hasta su casa.
A raíz de esas conductas, que se repitieron durante años, Ortiz fue acusada de vulneración de derechos a sus hijos. Como sanción, el Centro de Medidas Cautelares —área del tribunal de familia que se enfoca en causas de violencia intrafamiliar y medidas de protección a menores— dictaminó cumplir con diversos programas que ayudarían a reparar y reinsertar a la madre y a los menores.
Los cuatro niños también acumulaban varias inasistencias y tenían un significativo desnivel en sus etapas escolares, ya que algunos aún no pasaban de primero básico, cuando en realidad tenían que estar en quinto. Muchas de esas ausencias se debían a conflictos con otros alumnos, ya que eran molestados por su higiene y vestimenta.
—Les decían “Los bacterias”, porque siempre andaban sucios y pidiendo plata. Ellos tenían un rollo con una conocida traficante del sector, siempre robaban o amenazaban a los otros profesores
—recuerda un docente que conoció a los menores y que prefirió no revelar su nombre.
En más de una ocasión, Carola Ortiz pidió que sus hijos fueran internados en el Sename. Al no tener un trabajo estable, dice que era difícil ejercer la maternidad de sus nueve hijos.
—Estuve bien mal, no tenía los recursos, no podía cuidarlos. Quería que los internaran, porque se portaban mal, salían a robar. Yo tenía que ir a trabajar y nadie me ayudaba. Se me fueron de las manos, nomás. Perdí el control de ellos. Perdí al Emerson. Como no iba al colegio, comenzó a reunirse con otros jóvenes, los que se pasaban el día afuera de la casa de mi vecina. Todos menores de edad. Él consumía marihuana, se volaba. Después, la vecina lo invitó a dormir en su casa. Le dije que no quería que pasara tiempo allí, pero como eran traficantes, venían todos a intimidarnos.
En diciembre de 2014, en la tarde del día de Navidad, Emerson, por voluntad propia, se mudó a la casa de su vecina. Sin zapatos y en la reja de entrada, pidió ser invitado a la cena, a lo que V. accedió. Según el propio relato de Emerson, incluido en informes del caso, ese día le regalaron un par de zapatillas nuevas. No serían los únicos regalos que le darían, recuerda su madre.
—V. le dijo a la magistrada que mi hijo había llegado muerto de hambre y sin zapatillas a su casa. El Emerson le siguió el juego, pero también mintió porque la Navidad sí la pasamos juntos. Le regalé unas zapatillas Nike. El problema es que no le gustaron porque eran de su hermano mayor. No podía regalarle unas nuevas, siempre le compré usadas, pero eran buenas igual —agrega Carola Ortiz.
En abril de 2015, el tribunal de familia recibió un informe sobre los avances de Carola Ortiz, en relación a la vulneración de derechos de sus hijos. En este se evidenciaba un cambio y un compromiso por haberlos matriculado en el colegio, lo que benefició a los menores, excepto a uno: Emerson.
“Durante enero y febrero no asiste a las actividades ni al colegio (…), tampoco ha sido posible tomar contacto con él, en el contexto de visita domiciliaria, debido a que el joven se encontraría viviendo con una vecina, la cual se dedica al tráfico de drogas. La madre da cuenta de que ella ha intentado ir a buscar al joven, sin mayores resultados”, consigna el informe.
Dos meses después, el 16 de junio de 2015, Emerson y V. asistieron voluntariamente al tribunal de familia. Según el acta de la audiencia no programada del Centro de Medidas Cautelares, V. contó que le dio un hogar al menor y que vivía con ella. También explicó que no podía mandarlo al colegio porque no era su apoderada. Allí V. solicitó el cuidado provisorio de Emerson. Él declaró estar de acuerdo y bien con su vecina. Frente a la jueza Paulina Roncagliolo, ambos negaron el consumo y venta de drogas en el domicilio.
Según un informe social, en ese momento V. tenía 25 años, era madre de tres niños y había cursado hasta segundo medio. En su casa vivía con los menores, más tres adultos, hogar que mantenía como vendedora en un puesto de flores y con su pareja, que trabajaba como taxista. Pero esa versión sobre sus ingresos no pudo ser comprobada con ningún documento. Emerson tenía 14 años y solo había llegado hasta segundo básico. Nunca volvió a clases.
Antes de finalizar la audiencia, la consejera técnica del tribunal revisó el historial de vulneraciones de Emerson y de los otros tres hijos de Carola Ortiz, quien no estaba presente ese día. Luego, la jueza Paulina Roncagliogo autorizó entregar el cuidado provisorio de Emerson a V. Todo el proceso duró diez minutos.
En la madrugada, cuando salía de su casa para ir a trabajar, Carola Ortiz dice que solía encontrarse con la misma escena: su hijo Emerson parado en la esquina de su calle, con un banano negro colgando de un hombro. Allí guardaba la droga que vendía.
—Se amanecía en la calle. Me contó que le pagaban diez lucas por hacer esa pega. A él le gustaba la vida de traficante, tenía todo en bandeja y con eso era feliz —recuerda la madre.
A pesar de que la tuición de Emerson la tenía su vecina, Carola Ortiz seguía participando en programas de protección e intervención a menores. El Programa Especializado en Calle (PEC) de Recoleta fue uno de los primeros en escuchar e informar las denuncias de la madre.
El PEC Recoleta pertenece a la Corporación Asociación Chilena Pro Naciones Unidas (ACHNU), la que busca reducir o interrumpir el tiempo de permanencia de los niños y jóvenes en la calle, junto con la defensa y promoción de los derechos de estos. Además, ACHNU es una institución colaboradora del Sename.
Cuando V. recibió la tuición de Emerson, Gabriel Sáez, trabajador social, era director del PEC Recoleta. Para él, no era el primer caso de jóvenes reclutados por narcotraficantes.
—Ellos conocen así el rubro, tienen acceso a celulares, ropa y zapatillas. No lo connotan como algo negativo, al contrario, lo manifiestan como una manera fácil de obtener dinero todos los días. La mayoría de las familias que se dedican al tráfico reclutan a estos jóvenes, los usan como soldados y estos dejan de asistir al programa —dice Sáez.
Una situación similar vivió Emerson, asegura su madre.
—Mi hijo empezó a vivir otra vida, le regalaban ropa cara, zapatillas, Play Station, lo trasladaban en autos o manejaba moto. Cosas que yo no le podía dar, tengo muchos hijos y hago lo que puedo.
Según documentos, a los que tuvo acceso Sábado, el PEC Recoleta le informó al tribunal de familia —en julio y agosto de 2015— las denuncias de Ortiz. Este último expediente fue enviado a Paulina Roncagliolo, la jueza que autorizó la tuición del menor a V.
El protocolo para las denuncias de narcotráfico e informes realizados por estos programas son entregados al tribunal de familia, el que, a su vez, debería traspasar la información al Ministerio Público para que se investigue. Gabriel Sáez asegura que en denuncias anteriores, con otros casos parecidos, la fiscalía lo citó o le pidió más documentación del hecho. “Pero en este caso nunca me llamaron a declarar; asumo que no pasó nada”.
En diciembre de 2015, Sáez dejó la dirección del PEC Recoleta y en su reemplazo asumió María Carreño, trabajadora social que conocía las denuncias de Carola Ortiz. Ese mismo mes, el PEC Recoleta envió por segunda vez un informe a la jueza Roncagliolo, del tribunal de familia.
En él se detalla que V. no cumplía con lo estipulado por el programa y el tribunal; que Emerson había vuelto a la casa de su madre, después de que ser golpeado por V. y utilizado para robar; y que “la mejor alternativa para los jóvenes (los cuatro hijos de Ortiz) es salir del espacio actual donde se encuentran e irse a uno más protector donde pueden ser restituidos sus derechos vulnerados y cuenten con un adulto responsable”. Ese espacio era internarlos en una residencia del Sename, situación que había ocurrido en el pasado.
En esa ocasión, el PEC Recoleta consultó el ingreso de los niños en cinco residencias: una de ella no tenía vacante, dos tenían disponibilidad para los próximos meses y el resto no respondió la solicitud.
En junio de 2016, el PEC Recoleta volvió a entregar nueva documentación a la jueza Roncagliolo, esta vez solicitando el cese de los cuidados personales que tenía V. y el ingreso de Emerson y sus hermanos “a un hogar residencial de forma urgente”. En los dos años que María Carreño fue directora del programa, ella asegura que, a pesar de sus reiteradas entregas de información, nunca tuvieron audiencia con algún juez para formalizar la denuncia.
—Estábamos aburridos, siempre nos cancelaban las audiencias. Nos daban una fecha, llegábamos al tribunal y nos decían: “El niño está bien”, pero eso no era cierto. Enviamos informe tras informe, sin ninguna respuesta. Era muy frustrante, porque dimos todos los detalles posibles. Prácticamente era resolver en base a los contundentes documentos. Cualquier persona que los lea podría resolver un caso así de grave. En cambio, V. fue al tribunal, le programaron una audiencia, le dieron los cuidados de Emerson y ni siquiera nos preguntaron. No pidieron ningún informe, nada —sentencia.
Sábado procuró contactar, a través de llamadas y correos electrónicos, a la magistrada Roncagliolo, quien no respondió las solicitudes de entrevista.
Sin poder concretar la denuncia de la mamá de Emerson, la directora y el equipo PEC Recoleta comenzaron a investigar otros hechos similares. La idea era presentar un grupo de víctimas, todos menores de edad y usados por una red de narcotráfico. El 26 de julio de 2016, la Corporación Asociación Chilena Pro Naciones Unidas (ACHNU) presentó una denuncia en la Fiscalía Centro Norte detallando que en uno de sus programas se habían comprobado situaciones irregulares, las que involucraban a Emerson y a cuatro adolescentes más.
“En efecto, se ha tomado conocimiento de que al interior del domicilio, ubicado en (…) existe presuntamente tráfico de drogas, actividad que su propia dueña, V., ha confesado a profesionales de nuestra institución. Esta misma persona ha confesado que ha hecho industria de solicitar, a tribunales de familia, el cuidado personal de niños y jóvenes vulnerables de la comuna, a quienes utiliza en el comercio de drogas”, detalla el documento incluido en la investigación.
En esa fecha, los otros cuatro niños denunciados tenían entre siete y 18 años, todos con historial de vulneraciones.
Meses después de la denuncia en la fiscalía, María Carreño asegura que fue citada a un cuartel de la PDI para hablar del caso. Pero le explicaron que aún no se iniciaban las diligencias y, según ella, le pidieron que tomara fotografías del tráfico y que diera una lista con nombres de los involucrados. Se negó a hacerlo.
—Frente a cualquier denuncia corríamos el riesgo de que las personas del sector se enteraran de que fuimos nosotros. Para entrar, de manera segura, hay que ganarse la confianza de la gente de la población. Investigar y tener pruebas era labor de la policía. Nosotros éramos los que seguíamos trabajando allí. Era mi vida la que estaba en riesgo.
Al salir del cuartel, María Carreño recuerda que sintió impotencia y tristeza. “Había usado todas mis herramientas para denunciar y todo el mundo sabía lo que estaba pasando. ¿Qué más podía hacer?”. En noviembre de 2016, la directora renunció al PEC Recoleta. Explica que, a pesar de haber logrado metas con varios jóvenes del programa, el nulo apoyo de las otras entidades relacionadas en el proceso perjudicó el trabajo realizado, situación que terminó por desanimarla.
—Muchas veces logras las intervenciones, pero no son sostenibles en el tiempo, porque no existe una red de apoyo. A los jóvenes podemos reinsertarlos en el colegio, pero que se mantengan es otro cuento. Además, el Sename nos establece un plazo máximo de dos años para trabajar con un adolescente. ¿Qué problemas estructurales puedes cambiar en ese tiempo? Ninguno. No consideran que te demoras, al menos, seis meses en encontrar a un niño. Hay que ir a buscarlos a la calle, a las poblaciones, a los terminales, y cuando los encuentras tienes de intermediario a un traficante.
Sábado se contactó con la Corporación Asociación Chilena Pro Naciones Unidas (ACHNU) para conocer más detalles de las denuncias realizadas por su programa PEC Recoleta, pero se excusaron de dar una versión, ya que, por políticas de la institución, no pueden hablar de jóvenes que estuvieron o están en el programa y que, en este caso, se desconocen más antecedentes de lo que pasó.
Un mes después de la renuncia de María Carreño, el 9 de diciembre de 2016, Emerson, junto con la hermana de V., se involucró en un portonazo. Tras escapar de una persecución de carabineros, el auto en el que iba chocó contra una camioneta. Después de ser operado, quedó parapléjico, en silla de ruedas, sin movilidad de la cintura para abajo y sin posibilidad de volver a caminar.
El 10 de diciembre, al otro día del accidente, Carola Ortiz se enteró de lo ocurrido con su hijo y que estaba internado en el Hospital Roberto del Río. La madre cuenta que intentó saber cómo estaba, pero al no ser su tutora legal le prohibieron el ingreso. Ese día, asegura Ortiz, igual ingresó hasta la habitación de Emerson. “Estaba lleno de máquinas y de cabros, todos cuidándolo. Me gritó, me dijo que me fuera. Tenía mucha rabia, no era el mismo de siempre. Al final, llegaron los guardias y me sacaron”, recuerda.
Según el registro de una trabajadora social del hospital, “a Emerson le hacen compañía, durante el día, diferentes adultos y jóvenes, pero se percibía que solo estaban ahí para realizar
acompañamiento, para que Emerson no pueda tener mayores interacciones con otras personas”.
El 11 de enero de 2017, Emerson ingresó al Instituto Nacional de Rehabilitación Pedro Aguirre Cerda. Al estar en un programa permanente e intensivo, dejó la casa de V. y se mudó al instituto que también asumió su tuición.
El accidente que sufrió Emerson, al estar bajo los cuidados de V., fue investigado por el Centro de Medidas Cautelares del tribunal de familia. El 1 de marzo de 2017, un consejero técnico informó sobre la situación de V. y evidenció que solo visitó dos veces al menor, por lo tanto, “esto podría estar relacionado con la sospecha de que utilizaba al joven en actividades delictuales y ahora que Emerson no puede realizar las mismas actividades de antes, lo abandona con excusas respecto a la imposibilidad de visitarlo, lo que afecta emocionalmente al joven”.
—La V. ya no quería estar con mi hijo, porque ahora había que bañarlo, mudarlo, transportarlo; se desligó. Pero él se dio cuenta de eso, de que lo habían abandonado. Él me pidió perdón —agrega Carola Ortiz.
En esa ocasión, el consejero del tribunal de familia también recomendó prohibir que la tutora legal del menor se acercara al adolescente, lo que terminó con la suspensión de todas las visitas de V. y se le prohibió estar a menos de 200 metros del menor. Ese proceso, por parte del tribunal de familia, demoró cerca de dos semanas. En ese tiempo, Emerson se escapó del instituto de rehabilitación, pero regresó la misma noche porque olvidó sus medicamentos. “Llega en pésimas condiciones de higiene, con compras realizadas. Se detecta que tenía en su poder bastante dinero, el que según refiere fue adquirido mediante la venta de ropa”, detalla la constancia del instituto.
Luego, la jueza Constanza Feliú, la misma que autorizó la orden de alejamiento de V., citó a la madre para estipular las visitas del menor a su casa los fines de semana. Según el registro de la audiencia, los profesionales declararon que Emerson estaba de alta, que era independiente en su vida diaria y que había cumplido con las metas establecidas de rehabilitación física. También se aclaró que incluir a su madre en el proceso, marcó un antes y un después. Ella cumplió con todas las visitas estipuladas: día por medio y en las tardes ayudaba a Emerson en la nivelación escolar, pero para eso debió abandonar un trabajo de guardia que había conseguido hace poco. Con los avances de Ortiz, la magistrada Feliú autorizó a la madre a estar con Emerson de viernes a domingo.
Pero en la semana, cuando el menor regresaba al instituto de rehabilitación, se volvía agresivo con el personal, lo que terminó con su expulsión del lugar y su regreso, de forma permanente, a la casa de su madre y al lado de V. Ahí se movía en silla de ruedas.
—Él tenía mucha rabia, se llenó de amargura. Me decía que se quería morir. Tenía mucha pena porque tomó malas decisiones. Se dio cuenta de cómo había quedado. A veces, cuando veía a la V., le gritaba: “¡Mira cómo me dejaste!” —recuerda su madre.
Ortiz asegura que su hijo comenzó a escaparse de la casa. Se perdía por días y luego regresaba en malas condiciones de salud e higiene. “Salía a buscarlo, pero no lo encontraba. A veces, unos tíos de La Vega me llamaban y me decían dónde estaba. Me daba mucha pena, lloraba con él”.
En mayo de 2019, carabineros de la Comisaría de Recoleta encontraron a Emerson viviendo en la calle. Llevaba varios días fuera de su casa, durmiendo en el suelo sobre unos cartones. Con una frazada tapaba las escaras que se habían formado en su espalda y glúteos. El adolescente quedó internado en el Hospital San José, donde falleció un mes después por una úlcera sobreinfectada, lo que le produjo un shock séptico.
En su casa, Carola Ortiz realizó el velorio de su hijo Emerson, de 17 años. Ese día, mientras fumaba un cigarro afuera de su hogar, recuerda que V. se le acercó. Paradas en la calle, ambas se enfrentaron a gritos. De esa discusión, la madre dice que aún siente impotencia por la frase que le gritó V.: “No vayan a decir ahora que nosotros lo matamos”.
Tras la muerte de Emerson, la Oficina de Protección de Derechos (OPD) de Niños y Niñas —que pertenece a la Municipalidad de Huechuraba—, le informó a su equipo sobre lo ocurrido con el menor. Al escuchar la noticia, Paulina, una funcionaria de la oficina, no supo cómo reaccionar. Ella pidió cambiar su nombre real para este reportaje y dice que en más de una ocasión informó a los tribunales de familia sobre la situación de V. y Emerson, al que conocía desde hace un año.
Paulina, tras revisar los documentos de Emerson, cuenta que recordó otro caso similar: el de un padre, que en julio de 2016, denunció que S., su hijo de 13 años, había sido reclutado por su vecina, quien resultó ser V. Según documentos de la OPD de Huechuraba, compañeros del colegio de S. declararon que él “conducía una moto pequeña con la que trabaja como soldado para una red de narcotráfico que opera en el sector”. Ese año, Paulina asegura que se reunió con el Centro de Medidas Cautelares, con el Ministerio Público y el Sename. En las oficinas del tribunal de familia, realizó formalmente la denuncia sobre la situación de S. y la sospecha de otros casos más. En esa oportunidad, dice que vio cómo se firmó un oficio para ser enviado al Ministerio Público.
—Pero nunca encontré vestigios de esa denuncia. Le pregunté a compañeros y fiscales si podían buscar algo relacionado a V., pero no dimos con nada. No existía esa denuncia. No está dentro del sistema. No sé qué pasó —relata Paulina.
La última denuncia realizada al Ministerio Público sobre el caso de Emerson y nuevos jóvenes reclutados, ocurrió en diciembre del año pasado. La jueza Pilar Villarroel, del Centro de Medidas Cautelares, presentó la información a la Fiscalía Centro Norte. Pero ella dice a Sábado que no conoció el caso de Emerson por las denuncias de los programas de protección, sino que fue a través de otro hijo de Carola Ortiz: J. El menor, después de acudir a los funcionarios de la OPD de Huechuraba, se reunió con la magistrada en los tribunales de familia. Villarroel accedió a escucharlo por dos razones:
—En mis 18 años de experiencia en causas familiares o con menores relacionados a delitos, en solo dos oportunidades ha llegado un joven espontáneamente al tribunal y ha pedido hablar conmigo. J. fue uno de ellos. Pero nunca me habían solicitado ser ingresado a un hogar del Sename y menos que no fuera visitado por su propia familia. Él estaba desesperado, me dijo: “Métame al Sename, estoy cansado de lo que estoy viviendo” —asegura la magistrada.
Pilar Villarroel relata que J. le solicitó salir de su casa porque estaba siendo obligado a delinquir por sus hermanos. “Lo golpearon tanto que J. denunció en Carabineros, pero, según su relato, no lo tomaron en cuenta, porque los policías sabían que su familia tenía problemas con los narcotraficantes, así que no hubo declaración ni constataron lesiones”, relata.
J. denunció y se reunió con la jueza a escondidas de su familia. Es así como la magistrada revisó las causas anteriores del menor y las denuncias de Carola Ortiz. Ella asegura que no es primera vez que se entera de que las denuncias realizadas por los programas de protección a los tribunales de familia no son consideradas. Explica que uno de los motivos puede ser la alta carga laboral de cada magistrado, que bordean las 100 y 150 causas diarias cada uno, pero lo que realmente afecta, según ella, es lo rotativo que son los jueces en cada una de esas causas.
—El problema es que las causas complejas no radican en un solo juez. Un caso como el de Emerson puede pasar en un año de tramitación, fácilmente, entre 15 y 20 jueces. Ahí dependerá del criterio de cada uno si revisa o no los expedientes pasados. ¿Por qué el tribunal no hizo nada y por qué actuó de forma indebida? Es porque el sistema está mal hecho. Los magistrados de medidas cautelares vemos causas que tratan desde el bullying hasta niños que pueden ser usados como soldados de tráfico. Y ese problema ocurre en todos los tribunales de familia de Chile, por lo tanto, es importante reformar íntegramente la ley, y crear un sistema de protección administrativa, que sea previo a lo judicial, con una ley de garantías que reconozca los derechos de todos los niños, niñas y adolescentes del país.
Además, agrega Villarroel, otra falencia del sistema es la falta de asesoramiento legal que reciben los padres involucrados en vulneración de derechos de sus hijos.
—Carola Ortiz nunca estuvo asesorada por un abogado que la pudiese defender del sistema, que la guiara en el proceso judicial. Por muy inhabilitada que esté una persona como madre o padre, ellos tienen derecho a tener un abogado que los apoye en el proceso. El sistema debería tener como objetivo no alejar a los niños de sus padres, al contrario, debería ser habilitar o rehabilitar las habilidades de estos padres para que puedan hacerse cargo. Pero, en este caso, el problema estuvo en que el tribunal de familia no verificó que esta vecina ya tenía denuncias previas de los programas.
Con los antecedentes, la magistrada Villarroel investigó en otros programas y dio con tres nuevos casos de jóvenes reclutados por V. “Ellos me informaron que existe un grupo organizado que va a los tribunales de familia o de garantía y piden la tuición o cuidados de niños vulnerados, los que no tienen un adulto responsable y hábil. Hoy, esos niños estarían siendo usados como soldados”. Además, la jueza asegura que pidió más datos sobre esos menores al Sename y a la OPD de Huechuraba, los que “fueron resistentes a entregar la información. Después, derechamente, ya no me respondieron más”.
Con la información que alcanzó a recopilar, Villarroel presentó la denuncia de diciembre pasado. “Lo hice como magistrada, con mi nombre, sin escatimar en los peligros que conlleva. No lo hice a nombre del tribunal de familia porque, lo más seguro, es que quedara en el aire”. Semanas después, dice que fue citada a declarar a la fiscalía y asegura que entregó todos los antecedentes a José Morales, fiscal jefe. Nunca más recibió información del caso ni de su denuncia. Sábado se contactó con el fiscal Morales para saber el destino de las tres denuncias —que realizaron los profesionales de programas y tribunales de familia— que involucran, al menos, a 10 menores de edad; y para conocer antecedentes de V., pero prefirió no referirse al tema.
En diciembre del año pasado J., el hermano menor de Emerson, ingresó al Cread Pudahuel. Lo hizo apoyado por una antigua profesora de su colegio, la que mantiene una estrecha relación con él.
La profesora confiesa que ella le recomendó pedir ayuda por las golpizas que recibía de sus hermanos, cuando no quería delinquir. Incluso, por solicitud del mismo J., el tribunal de familia prohibió todas las visitas de Carola Ortiz y de su familia. Excepto a la profesora, la que después pudo llevárselo a su casa, los fines de semana. Junto a ella celebró su cumpleaños, Navidad y Año Nuevo.
En la dinámica del hogar, junto a su marido e hija, relata la docente, notaron las verdaderas carencias del menor. “Ahí me di cuenta de que él solo necesita cariño, que lo ayuden, que le enseñen cosas cómo cortarse las uñas, lavarse el pelo con champú”, agrega. La profesora explica que J. destaca por ser un joven con una sola meta en su vida: terminar el colegio.
—J. nunca faltó a clases. Es un chico amable, creó vínculo con los profesores, entonces, para él, fue una fortaleza estar en la escuela y rodeado de gente que lo apoyaba. Es muy querible, donde va, la gente le toma cariño. J. tiene unos ojos verdes hermosos y cada vez que lo veo, siento que sus ojos reflejan su alma. Suena raro, pero a él lo ayudó mucho ese tiempo en el Sename. No en rehabilitación ni en enseñanza, lo ayudó a escapar de lo que estaba rodeado. Hasta su cara cambió, era otro niño, uno feliz. Me decía que ahora podía dormir tranquilo. Pero se escapó.
J. alcanzó a estar siete meses en el Sename antes de volver a vivir con su madre, quien hoy tiene la tuición de todos sus hijos de nuevo, en La Pincoya.
—A mis hijos los voy a tener siempre conmigo. No quiero que me los vuelvan a quitar, no quiero que los recluten los narcos. Si es necesario, me voy a andar arrancando siempre, pero no voy a volver a pisar un tribunal. Después de lo que pasó, no puedo confiar en la justicia —relata Carola Ortiz.
La semana pasada, J. se comunicó con la profesora.
—Me llamó y me dijo que estaba bien. Estaba muy orgulloso porque va a ser el primero de su familia en terminas octavo básico. Y antes de cortar le pidió un último favor.
—Me dijo: “Tía, ¿me podría ayudar con las tareas del colegio? No me quiero atrasar. Quiero terminarlo luego, quiero salir de acá”.
TRABAJOS FINALISTAS

CLAUDIO BERTONI: “YO NO VUELVO A GOOGLEAR UN SÍNTOMA NI AUNQUE ME TORTUREN”

Daniel Hopenhayn
2 de mayo
La Tercera
En 2017, en el suplemento Babelia del diario español El País, Leila Guerriero comienza así una entrevista con Claudio Bertoni: “La casa del poeta Claudio Bertoni, en Concón, una pequeña ciudad balnearia a 20 minutos de Viña del Mar, Chile, es legendaria por lo austera: un cuadrado con techo de chapa que era el galpón donde se guardaban los trastos de una vivienda que ocupaban sus padres. Tiene dos habitaciones, una cocina y un baño. En la sala hay un desorden bestial que se conecta de mueble en mueble como un sistema de vasos capilares por el que circularan tazas, pedazos de cartón, ropa, libros”. El poeta vive recluido en Concón desde hace 45 años como un fugitivo del mundo, de la sociedad literaria y de la tecnología, y esta entrevista causó por partes iguales asombro, regocijo, alarma e identificación en su legión de lectores. A sus 76 años, Bertoni ha publicado más de 20 libros inclasificables que convirtieron en una rara avis en las letras chilenas. Con delicadeza y un profundo conocimiento de su obra, Daniel Hopenhayn logra llevarlo a lugares donde entrevistas anteriores no lo habían hecho.
El poeta habla de su relación de amor y odio con el presente y también con un lugar profundo de versos, autores, palabras y emociones que pocos trabajos periodísticos se animan a visitar. El jurado se puso de acuerdo de inmediato en que esta era la entrevista que más posiblemente quedará en la memoria colectiva cuando la pandemia y el encierro sean vistos como una pesadilla del pasado remoto.
Refugiado en Concón, donde reside hace 45 años, Bertoni enfrenta la pandemia con la paranoia que corresponde a un hipocondríaco sin cura. No le resulta fácil. Carece de habilidades para hacer trámites por internet y carece de resolución para hacer el aseo. Pero sus problemas más serios, y de los que habla con más entusiasmo por el teléfono, son los existenciales: la conciencia de habitar un mundo tan frágil como insondable, y donde la única verdad posible, asegura aterrado, fue establecida por Tribilín.
—Para enfrentar la pandemia, tienes la ventaja de que vivir aislado en tu casa es tu rutina hace décadas, pero la desventaja de ser un hipocondríaco. ¿Cuál de esos dos factores ha pesado más?
—La desventaja. Porque en términos de vivir cagado de susto, hace tiempo que las cosas han ido empeorando para mí. El escritor italiano Guido Ceronetti, en un libro absolutamente malvado que se llama El silencio del cuerpo, dice de repente: “Somos seres de una deslumbrante fragilidad y pequeñez”. Esa deslumbrante fragilidad a mí me corre por la sangre, pero ha recrudecido con el tiempo. Y la guinda de la torta ha sido esta cuestión del virus. La maldita paranoia que transmite la televisión, en la cabeza de un hipocondríaco como el que te habla, sube a unas alturas inconmensurables.
—¿Te has pasado películas con los síntomas?
—Tuve miedo por unas temperaturas raras que me dieron, de las que no te quiero hablar, pero que ya están como sanadas. Y también por la disnea, porque es un síntoma del coronavirus y fue uno de mis principales síntomas hace un par de años, cuando estuve muy mal y no podía llenar los pulmones de aire. Espero hablarte bien ahora, porque si no te voy a cortar y voy a quedarme respirando corto quizás por cuánto rato. Esa vez terminé cinco veces en la urgencia de la Clínica Ciudad del Mar, creyendo que tenía infartos. Era pa’ la risa, ya me decían “don Claudio” cuando llegaba. Y ahí trataban de calmarme, pero yo pedía el electrocardiograma, porque era lo único que me tranquilizaba. Yo creo en la ciencia alópata, lo siento, sería maravilloso creer en una machi que quema unas hierbitas, pero no puedo. Fue tragicómico, terminé rebasando el límite mensual de Fonasa para hacerse electrocardiogramas.
—¿Y no tenías nada?
—Tenía angustia precordial. Yo nunca había usado el Google, pero mi hermana me lo mencionó, puse ahí lo que me pasaba, apareció la angustia precordial y saber que tenía eso fue mi salvación. Pero ahí tuve cueva, porque el doctor Google es horroroso. Después lo volví a usar y aparecieron un par de huevadas para salir arrancando.
—Siempre es cáncer.
—¡Exacto! No, yo no vuelvo a entrar a Google ni aunque me torturen. No es para alguien que tiene todas estas malditas huevadas en la cabeza. Que ojalá las tuviera en la pura cabeza, pero las tengo repartidas por todas partes. O sea, en la pura cabeza yo he tenido que hacerme tres escáneres y dos resonancias magnéticas. Una de las resonancias fue por un cuento demasiado choro, pero no te lo voy a contar. Me llevaron a las dos de la mañana porque me pasó una cosa rarísima con la memoria… Ya, lleguemos hasta ahí con eso.
—Por ahora, en Concón van recién 14 casos de Covid-19.
—Sí, eso me tranquiliza. Pero igual estoy con la súper paranoia de que no quiero acercarme a nadie, porque te cambian la información todos los días. Primero dicen que para contagiarse hay que conversar con alguien a menos de un metro y por más de cinco minutos, pero después sale un sabio finlandés o un científico polaco diciendo “mira, si estás en el supermercado buscando el aceite, y otro huevón estornuda en el pasillo de los tallarines, te llegan los aerosoles y cagaste”. Y la mascarilla, que según la OMS era totalmente prescindible, ahora resulta que hasta tenís que dormir con la huevá. No, yo chanté la moto con esos datos. Tengo una televisión Sony que me regaló una amiga y ahí miro las noticias de CNN y las películas del I-Sat, esa es toda mi relación con los medios. Sé que en el computador se pueden ver los diarios, pero yo creo en los papeles. Y las redes sociales, para serte franco, hallo que son como unas redes en que caen los huevones como peces. Tengo 74 años y realmente estoy en otra parte.
—Cuando se habla de “los viejos”, ¿te das por aludido o todavía sientes que hablan de otra gente?
—Eso es muy raro: obviamente soy un viejo, pero si miro a los viejos no veo nada parecido a mí. Tengo amigas jóvenes que dicen “ah, estos viejos culiados”, pero se refieren a gente que no tiene más de 50 años. Lo que pasa es que son señores como gorditos, un poco pelados, que andan de terno y son como caballeros. Yo no me puedo ver de afuera como un caballero. Todavía me pasa en la calle una cosa que es súper dulce y hermosa: de repente la gente me habla. Y a veces me hablan unas señoras con sus maridos que para mí son la sal de la tierra, unos caballeros chilenos que usan chaleco y corbata, que son como bien silenciosos y andan con su señora que es arregladita y todo. Y las señoras me dicen: “Don Claudio, leí sus libros”. Te juro que me dan ganas de pedirles disculpas por las cochinadas que escribo. Para mí no son cochinadas, pero veo a esas señoras y son como mi mamá, aunque a veces sean menores que yo.
—Otro efecto del encierro es que manejarse en internet se volvió casi obligatorio. ¿Te has sentido discriminado por eso?
—Discriminado no, pero sí como con susto, porque estoy quedando totalmente fuera. Ponte tú, para sacar plata de la Cuenta RUT yo tengo que ir en persona al banco, no lo sé hacer por el computador. Y si yo cago físicamente, que cada vez voy a cagar más, simplemente no voy a tener cómo hacerlo. Pienso en eso cada vez que me siento mal y creo que no me voy a poder mover. Además, como vivo de la plata que dejan los libros, me piden que mande una boleta por el computador, pero tampoco sé cómo hacerlo, dependo de que alguien venga y me ayude. Y tal como dices, esto del virus corona lo hizo mucho más patente, me siento más que nunca un poco herido por esa distancia. Hace poco me tuve que comprar un computador nuevo y ya no puedo usar el pendrive. En la máquina antigua era súper simple, pero en la nueva tú aprietas un botón y empiezan a salir rectángulos con tres opciones, y yo ahí cago. Tuve la cueva de que, cuando fue el estallido social, pensé que iban a cagar los bancos y fui a sacar un fajo de billetes naranjos de 20 lucas. Como gasto muy poco, con eso he podido sobrevivir ahora. Si no, tendría que estar comiendo raíces, porque con esta pandemia no me atrevo a tomar micros ni a tomar Uber ni a subirme a ninguna maldita huevá al lado de nadie.
—¿Y cómo te las arreglas para comprar comida?
—Hay una verdulería en la esquina que es el descueve, porque tú les pides por teléfono. Y de repente me pego un pique con máscara a un supermercado que hay acá atrás. Ahí compro agua mineral sin gas, fósforos, galletas de agua y una botella de vino que me dura un mes y medio. Eso no es drama, he vivido siempre así. Lo único malo es que no puedo caminar mucho y para mí caminar es como rezar, una gran cosa. Toda mi vida he caminado una hora o dos horas al día y eso me ha mantenido bien. Pero, ya antes del virus, he estado físicamente cansado, no entiendo por qué. Me he hecho exámenes, me vi la tiroides, todo, pero no es un cansancio normal. No es el cansancio rico del huevón que hizo su trabajo: sales, paseas tus ovejas por el cerro, llegas en la noche cansado, le das un besito y un abrazo a tu mujer y duermes como un tronco. Esto es otra cosa, es raro. Pero mira, ayer estuve un poquito mejor y hoy también, porque hablé con un médico y me tranquilizó mucho respecto de lo que me pasaba con la respiración y la temperatura.
—Aparte de la cabeza, ¿tienes alguna enfermedad real que sea peligrosa si te pilla el virus?
—No, soy súper sano. Pero en una cabeza que no se detiene, la razón funciona al revés. Siempre te dicen: los aviones no se caen. ¡Pero sí se caen, alguno se cae! Y el Kino nadie se lo saca, pero alguien se lo saca. Ese es el problema. Yo he leído su resto, pero lo más sabio y definitivo que he escuchado no es de un filósofo, es de Tribilín: You never know, uno nunca sabe. Si un marciano bajara a la Tierra, abriera un platillo y dijera “oye, ¿qué pasa aquí?”, yo le tiraría esa pura frase: You never know. Ese es el diamante de mi pensamiento. O sea, yo leo a Spinoza y le creo, leo a Heidegger y me lo trago, Schopenhauer me encanta, pero todos te dicen cosas distintas. Entonces, ¿quién es el único que tiene razón? Tribilín: uno nunca sabe, realmente estás al garete. Y si tú tienes esa conciencia metida en la sangre, estás cagado. No te lo recomiendo para cuando estés asustado.
—Para un hipocondríaco puede ser un alivio verse expuesto a un peligro concreto. Sé de algunos que, al preocuparse del coronavirus, dejaron de imaginarse otros problemas, porque siempre es uno a la vez.
—Ah, sin duda, eso para mí es matemático: tengo la zorra en el pecho, me tranquilizan con los electrocardiogramas, pasan unos días y de repente siento un ardor en la uretra. Es como si la cabeza dijera: “Ahí ya no funciona, ya no puedo huevear a este pelota ahí, me paso para allá”. Después fue el estómago. Empecé a bajar de peso y dije “cáncer a la guata”. Por suerte conocí a un médico muy choro, me hice un escáner y lógicamente no tenía nada. Si yo fuera Bill Gates, tendría en el pieza de atrás un gastroenterólogo, en la de adelante un cardiólogo, a la derecha un otorrinolaringólogo y a la izquierda un pichulólogo. Me viene cualquier huevá, aprieto un botón y que el huevón venga inmediatamente y me haga el escáner. Eso me tranquilizaría. Pero estoy en la antítesis de eso, viviendo en una cabaña donde no hago el aseo hace dos años. Este desorden es un gran enemigo, es un defecto horroroso mío y, para serte franco, ya es un problema de higiene. Está todo el polvo en el suelo, los boletos de micro, las boletas de compraventa, en la silla que estoy mirando hay un cerro de un metro y medio de ropa: chalecos, calzoncillos, los abrigos de invierno… Sé que es chistoso, pero es grave. Por suerte tengo el humor, que me ha ayudado mucho. ¿Te cuento un cuento cortito sobre el humor? ¿O te da lata?
—No, dale.
—Es una de estas típicas historias chinas o japonesas que son tan sabias. Nieva, nieva fuerte, fuerte, sobre la rama tiesa de un pino. Tú sabes que los pinos son durísimos. Y nieva tanto sobre esa rama que la quiebra, por el peso. Pero esa misma nieve cae sobre un sauce, y la rama del sauce se dobla, se dobla y se dobla. Y cuando deja de nevar, porque no puede nevar para siempre, sale el sol, la nieve se derrite y la rama del sauce vuelve a vivir, a la vida de siempre. Eso es el humor para mí. Me ha salvado la vida a mí y a mucha gente. Yo creo que, sin el humor, no habríamos durado aquí ni diez minutos.
—La frugalidad, vivir con poco, comer lo justo, también ha sido una guía importante en tu vida.
—Absolutamente, para mí la frugalidad es una gran palabra. Si yo fuera el ministro de Salud y pudiera dar conferencias, diría “ese es el camino de la vida”. Pero eso también me está alejando del mundo, porque veo que todos ocupan su tiempo y su cabeza en buscar exactamente lo contrario. ¿De qué hablan todo el día? De comida, de tiendas y de la basura que juntan en el teléfono. Además, todos quieren tener un proyecto, y yo hallo que los proyectos son una huevá con patas, una equivocación absoluta. Hay un antiquísimo poema chino, anónimo, que dice: “Barro el patio y saco agua del pozo. Qué milagro”. Para mí esa es la papa. Ser primer ministro es un error garrafal. George Steiner, en un libro muy hermoso que se llama Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento, concluye que hoy estamos más lejos de la verdad de lo que estaban los presocráticos, hace miles de años, cuando no había ni radio y los filósofos andaban cagando detrás de los arbustos. Si tú miras a los seres que viven a tu alrededor, ¿podrías decirme que este mundo digital los está haciendo más sabios y felices? Otra cosa que dice Steiner es que finalmente hay un solo camino, y yo esto lo sé de todo corazón: el camino de las lágrimas. Yo soy muy llorón. Hay un poemita mío que dice: “Esté donde esté −sentado o de pie− si me descuido: lloro”. Eso me ha pasado siempre y me pasa cada vez más. Parece que los viejos se ponen llorones.
El único Dios
—Si tuvieras la garantía de que el coronavirus no te va a matar, ¿igual le tendrías pánico a pasar por la enfermedad?
—No, pero sí querría saber acerca de las molestias, de la cantidad de dolor. Porque ese es para mí el único Dios y el único horror que existe: el dolor. Cuando hablas del dolor de verdad, todo lo demás, incluso la muerte, son puros saltos y peos. Si la muerte no existe, lo que existe es la espera de la muerte. Pero la cantidad de dolor e injusticia que existen sobre la tierra es absolutamente inaceptable, demasiado superior a la cantidad de bienestar y de no dolor. Y mi problema es que tengo una empatía exacerbada, absoluta, intolerable, frente al dolor de otros seres. Cuando veo a esos niños que tienen fibrosis quística, como esa niñita que le mandó una carta a la presidenta Bachelet para que la dejaran morir, no lo puedo soportar. Por eso es que jamás podría haber tenido hijos. Humboldt, el científico, decía que engendrar es lanzar a esas pobres criaturas a la posibilidad de ser víctimas aleatorias de cosas horrorosas. Ese es el feeling que yo tengo. En los cinco años de terapia heavy que tuve con mi doctor, mi muro era que yo llegaba al dolor y me agarraba a cabezazos contra eso, no podía pasar más allá. Y cuando estoy muy propenso al llanto, veo personas sufriendo o simplemente imagino seres y me pongo a correr, a huir, porque quiero seguir vivo y no tengo una coraza contra eso.
—Y con esa omnipresencia del dolor, ¿por qué te sigue gustando más vivir que no vivir?
—Mira, Cioran es el típico huevón que no quiere ni a su abuela y tiene libros enteros recomendando el suicidio, pero también se ríe mucho y escribió cartas que le salvaron la vida a muchas personas. Y él dice una cuestión súper cierta: hay que pensar en lo que cuesta dejar cualquier vicio, y la vida es el peor vicio de todos. Hay montones de heroinómanos que se cortarían un brazo por dejar la heroína, pero no pueden. Con la vida pasa lo mismo, es un vicio demasiado fuerte, por eso cuesta tanto dejarlo. Y otra razón para seguir viviendo es saber que hay personas que me quieren, aunque también tengo miedo de que un día aparezca el maldito alzhéimer y convertirme en una carga para alguien. Lo que más me molesta de mi enfermedad es que yo no quiero molestar a nadie. Mi mayor terror no es morir, es quedar vegetal y que me enchufen. Burroughs, en el Yonki, tiene una frase que voy a usar de epígrafe para un libro que no he terminado: “Un hombre puede morir simplemente porque no puede resistir la idea de permanecer dentro de su cuerpo”. Eso es lo que siento cuando estoy mal. Y no es que tenga ganas de suicidarme, pero uno de mis grandes miedos —esto lo confieso aquí, no debería decirlo— es que, llegado el caso, yo no me sé matar.
—Has escrito más de una columna en favor de la eutanasia.
—Hallo que un país sin eutanasia es un país de trogloditas. Tú deberías tener ese derecho aunque no tengas una enfermedad terminal. Si yo salgo al jardín, miro para el lado y no me gusta de qué lado se hizo la partidura el vecino, entro a la casa y me mato, problema mío. Es mi vida, no se la debo a nadie.
— “Mi norte es amigarme con la muerte”, decías hace cinco años. ¿Crees que ese amigamiento pasa por pensar en ella o por dejar de hacerlo?
—Pasa por pensar en ella. Hay un dicho que dice: “El que huye de la muerte, la persigue”. Eso es cierto. Y la estupidez y la ignorancia de esta época pasan, en buena medida, por que los seres humanos no quieren darse cuenta de lo que son. Cuando tú naces, cuando sales de entre los dulces muslos de tu mamá, no sabes nada de nada, salvo una pura cosa: que te vas a morir. Y hoy día los huevones viven huyendo de eso. Mira Occidente, la única respuesta que tenemos para la muerte es el ruido y la luz. Cuando se corta la luz queda la zorra, a las tres horas ya están caminando por el techo. No, lo peor que puedes hacer ante la muerte es arrancar. Porque incluso si tú eres Mick Jagger y tienes a todas las minas y todos los autos que quieres, no puedes ser idiota todo el tiempo, es imposible. A los pocos años ya te aburre tener a todas las minas y te quieres tirar a las ovejas, y después empiezas a comer caca, porque no quieres darte cuenta de que te vas a morir, de que Heidegger tiene razón: eres un ser para la muerte. A lo mejor es una mierda, pero lo siento, existir es eso.
—Cuando transcriba lo que estás diciendo, va a sonar mucho más terrible de lo que suena escuchándote.
—Sí, hay gente que se imagina que soy un ogro, un huevón que si le tocas el timbre te va a mandar a la chucha, porque mi visión del universo simplemente es horrorosa. Pero yo soy una persona jovial, afable. No fui un niño hosco, me encantaba bailar, me la pasaba en la calle jugando pichangas, andaba con amigos quebrando ampolletas, robando pasteles, era totalmente normal. Pero obviamente mi corazón y mi cerebro están —y que esto no suene tan grandilocuente— en el enigma absolutamente insondable y monstruoso de tener conciencia y de haber aparecido acá, y en la absoluta certeza de que voy a terminar pronunciando las palabras de Tribilín: You never know. Dicho eso, jamás le diría una sola palabra a un ser humano para que deje de creer en aquello que lo alivia, así sean los cordones de sus zapatos. Por mí que creas en todas las vírgenes y santos y cabezas de pescado que te alivien el dolor, que es la única huevá que hay y es intolerable.
—Alguien que cree tanto en el dolor, ¿deja de ser un escéptico?
—Los místicos más cabrones pueden llegar a eso, pero yo estoy mil escalones más abajo, llegué hasta Tribilín. La Simone Weil, una mística francojudía que dice cosas increíbles, hace una lista de todos los horrores que hay en la tierra, físicos y psíquicos, y dice “eso es el amor de Dios”. Y tú piensas “esta huevona está loca”, pero también tienes a Catalina de Génova, que dice: “Si una gota de lo que yo siento en este instante, una sola gota, cayera en el infierno, lo transformaría inmediatamente en el paraíso”. Cuando tú lees algo de ese tamaño, tienes que comprender que ahí no están hueveando. El problema es tú no lo puedes asimilar, porque no tienes idea. Por eso, yo hallo que la única entrada posible a Dios es la teología negativa.
—¿Cómo así?
—El Dionisio Areopagita, por ejemplo, para hacerte sentir lo que es Dios, hace una lista de todo lo que Dios no es: Dios no es bonito, ni feo, ni guatón, ni alto, ni hediondo, ni buena persona, ni conchesumadre, ni es un genio, ni es un asesino… entonces ahí tú vas cachando. Y hay un teólogo luterano, Tersteegen, que dice “Dios es lo absolutamente ininteligible”. Lo mismo que dice Lao Tsé en el Tao: el verdadero Tao no se puede nombrar. Ese es un conocimiento como visceral que yo tengo de la realidad: no tenemos el aparato para cachar de qué se trata realmente. De hecho, si en vez de ojos yo tuviera dos microscopios electrónicos, lo único que vería es un bullir de amarillos, rosados y celestes. O sea, en realidad solo sabemos lo que pasa en nuestra cabeza. De ahí viene esa famosa frase de Macbeth: la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido. Pero una cosa es comprender esto intelectualmente, como un profesor que se lo cuenta a sus alumnos y después almuerza tranquilo con su señora, y otra cosa es saberlo con toda el alma. Cuando tú sabes o intuyes estas cosas con toda el alma, tu vida es distinta y hay que defenderse.
—¿Y cómo te defiendes, al menos para atravesar el día?
—Bueno, siempre están la música y la lectura. ¿Y para atravesar el día? Bueno, me levanto, hoy me hice unos panes con palta, que ayuda; salgo, por suerte había sol, respiro, leo un poco si puedo, pongo una silla en la puerta de mi cabaña y simplemente me siento y miro el jardín. Mi jardín es un pedazo de arena, unos pitósporos en la reja y un montón de pasto a mi izquierda que crece porque está encima de mi pozo séptico. Me da gusto que eso haga salir pasto de la tierra en vez de ir a ensuciar el mar. Y cuando no me duele nada y puedo respirar bien, me quedo horas ahí sentado, mirando para adelante y sintiéndome, diría yo, bien. Eso me basta, porque mi bienestar es alejarme del dolor y porque tengo la suerte de que lo que más me gusta en el mundo es no hacer absolutamente nada. Cuando tú puedes no hacer nada y te sientes bien, ese es el paraíso aquí en la tierra. Nāgārjuna, el más grande de los filósofos budistas, dice: “Nirvana es Samsara y Samsara es Nirvana”. Nirvana es lo máximo para ellos —no el Cielo, porque no quiero sombras cristianas metidas en esto— y Samsara es esta conversación, son mis zapatos, es el presente inmediato. Y yo creo en eso: si voy en la micro de Viña, mirando un perro por la ventana, viendo pasar a una señora, eso es el Nirvana, lo máximo que me puede pasar aquí.
—Pese a todo lo anterior, acabas de publicar el libro Violeta (Ediciones Overol), mucho más cercano al encanto amoroso que a cualquier sufrimiento intolerable.
—Ah, es que ese libro es una mezcla extraña de lecturas que no te voy a decir cuáles son. Pero son textos de revistas antiguas, idiosincráticas, de un estrato cultural medio funky popular. Me gusta mucho el poema que salió de ahí, lo hallo hermoso. Es un poema de amor como divertido, pero es acerca del amorrr, del amor con tres erres. Aquí lo tengo, te voy a leer tres cosas: “El amor no es una mercancía que se ofrece al primero que se presenta”. “Un corazón ama, cuando ama”. “¿Cómo es posible prometer el corazón?”. Y el libro entero es así. Y también en Overol, este año va a salir otro libro que se llama Miércale, que es muy curioso pero no te pienso decir de qué se trata.
—Además, en Ediciones UDP van a reeditar tus dos libros de diarios (Rápido, antes de llorar y A quién matamos ahora) y están preparando tu Poesía reunida, un libro grande.
—Eso me pone súper bien, porque yo he hecho puros libros imperfectos, con poemas abollados, mal hechos, y para ese volumen de Poesía reunida —que va a tener todos mis libros— me di el gusto de sacar un montón de poemas que no debí haber publicado nunca. Por fin va a quedar un libro con el que voy a estar más o menos contento. Además, va a estar en la colección de poesía iberoamericana, donde están la Gabriela Mistral, Enrique Lihn y César Vallejo, el poeta, quizá, que más amo. Su poema “Voy a hablar de esperanza” es lo más profundo, fidedigno y conmovedor que he leído en mi vida.
—Y los poemas que dejaste afuera, ¿antes te parecían buenos o no te atrevías a botarlos?
—Dudaba, no sabía qué hacer con ellos. Y como soy tan irresoluto, ahora pienso que quizás borré mi Hamlet sin darme cuenta. A lo mejor dije: “¿Qué es esta huevada de to be or not to be? Estoy puro leseando, lo borro”. Pero eso no lo voy a saber nunca, porque dudo y dudo. No soy un budista, soy un dudista. Para serte franco, esta mañana estuve a punto de decirte que no iba a dar la entrevista, porque dormí como las huevas, en la noche desperté tres veces en un desamparo más o menos. Pero estoy contento de haberla dado igual, porque no me ha parado la lengua y de lo único que he hablado es de lo que pensé que no iba a hablar: lo que realmente siento, cómo estoy. Que para mí, al final, la única huevá es poder respirar, que no me duela nada, comer frugalmente, que haya luz y que los demás no lo pasen tan mal. Soy así, no lo puedo evitar, tengo una visión muy fregada de la realidad. Y si siento eso de la existencia, me tengo que recoger, refugiarme en la Simone Weil, en Charlie Parker, en Parménides, hay como líneas espirituales en la historia que tú sigues. Eso es lo que a mí me tocó y a eso me aferro con dientes y uñas. No soy una Teresa de Calcuta, porque ella tiene a Dios detrás, pero yo abrazo a un huevón y soy un ancla, nos hundimos los dos. Esa es mi situación. Yo nací, no me quiero morir, parece que tengo buena salud, estoy muerto de susto, qué quieres que te diga.
ME TOO: LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL FÚTBOL FEMENINO EN CHILE

Antonia Fava y María Jesús Peralta Inda
11 de octubre
Ciper
Uno de los grandes temas del año fue la extensión de las denuncias por abusos sexuales, acosos y conductas ilegales o inapropiadas hacia las mujeres, menores o mayores de edad. El camino imparable del “me too” chileno llega con este reportaje de investigación al fútbol femenino de la mano de dos estudiantes a punto de licenciarse de la Universidad Diego Portales. Su trabajo final, su tesis de graduación, se publicó en Ciper y causó una lógica indignación.
Mientas las calles de Chile y del mundo se llenaban con la coreografía de LasTesis “El violador eres tú”, una veintena larga de jugadoras de fútbol se anima a acusar a los otrora poderosos entrenadores, profesores, funcionarios y dirigentes.
Tal como lo presenta el medio digital en su introducción a la primera de las cinco partes de este trabajo, “esta es la primera investigación extensa sobre abusos en el fútbol y desde el Gobierno esperan que el Ministerio Público investigue los casos más graves”.
Los casos comprenden un kinesiólogo de Palestino acusado de abusos por una decena de jugadoras; un exentrenador de la selección nacional femenina condenado por violación de menor que siguió trabajando con la sub 16 de una filial de la UC; un DT vice campeón de Copa Libertadores femenina que maltrató por diez años a jugadoras de Everton y una adolescente acosada por un funcionario de Unión Española.
Es un texto potente, muy bien indagado, tratado con rigor ético y cuidado, que destaca por su ambición y por el gran potencial que muestran las flamantes periodistas.
PARTE I
El kinesiólogo de Palestino acusado de abuso sexual
En 2018, Ignacio Osvaldo Montano Guerrero, kinesiólogo de la Universidad Autónoma de Chile, de 24 años, comenzó a trabajar con los equipos femeninos del Club Deportivo Palestino. Atendía desde la serie sub 15 hasta el plantel de adultas. Fue el jefe de la rama de mujeres de la época, Claudio Quintiliani, quien lo seleccionó: “Necesitábamos un kinesiólogo recién salido de la universidad, porque no teníamos con qué pagar (…), era hijo único, de una familia clase media, me pareció bien”.
Para Ignacio Montano fue su primer trabajo, estuvo un año y medio sin sueldo, hasta que el club le pudo pagar $ 150 mil mensuales.
El mismo año en que llegó a Palestino, Ignacio Montano atendió a Paz Espinosa, quien jugaba en la sub 17. Ella tenía 16 y ya llevaba un par de años en el club. Montano era cariñoso y “con algunas jugadoras tenía una cercanía distinta”, explica la exfutbolista.
El kinesiólogo comenzó a atenderla por una tendinitis en una rodilla a semanas de ser citada a la selección y se convirtió en una de las niñas cercanas a Ignacio Montano. Conversaban por WhatsApp pero siempre cosas relacionadas al fútbol. “Me hablaba, diciéndome ‘hola chanchita’, ‘hola mi amor’. Yo sentí que era normal, de amigos”, cuenta Paz Espinosa. A medida que avanzó el tiempo, las conversaciones se volvieron incómodas para ella.
Ignacio Montano empezó a hablarle en las noches. A ella eso le pareció raro. “Una vez me dijo ‘me duele el muslo’ y me mandó una foto donde me mostraba su calzoncillo y su pene”, recuerda. Paz Espinoza dejó de responder, pero él insistió.
A comienzos de 2019, la noche antes de un partido, Ignacio Montano le empezó a hablar y le insistió que fuera a su casa, pero ella se negó. Ante una de sus insistencias, ella le preguntó para qué y él respondió “para culear contigo”, recuerda Paz Espinosa, quien dice que esas conversaciones se perdieron en un cambio de celular. Ella cuenta que no volvió a contestar.
Al otro día la jugadora llegó al partido y evitó toparse con el kinesiólogo. Cuando terminó el encuentro, conversó con una amiga sobre los mensajes que había recibido la noche anterior. La amiga le advirtió que Ignacio Montano la estaba mirando y que se acercaba. Paz se puso nerviosa, no sabía qué hacer. Pero Montano hizo como si nada: “Se acercó a saludarme, me abrazó muy fuerte. Fue incómodo. Como si él no hubiese hecho nada”, recuerda.
A fines de 2019, con 17 años, se retiró de Palestino. “Me fui por Ignacio Montano”, afirma. Justificó su decisión con el argumento de terminar el colegio, porque nadie de su entorno sabía la verdadera razón.
El 21 de octubre de 2018 Boston College jugó contra Palestino. En la sub 17 del Boston jugaba Carla Pérez. Ella cuenta que llegó a ese partido con una lesión en el tobillo y que ese día su equipo no contaba con kinesiólogo. Pérez recuerda que Ignacio Montano le ofreció sus servicios, pero no aceptó. Días después se convenció de que necesitaba un kinesiólogo y sus amigas de Palestino le dieron el número de Montano. Ella lo contactó y él le ofreció sesiones gratis. Inicialmente, la atendió en la sede del club árabe y le solicitó que fuera con “ropa pequeña”, según recuerda, porque las conversaciones fueron borradas.
Ignacio Montano le dijo que las sesiones ya no se podrían hacer en la sede de Palestino, sino que debían ser en la “clínica” que tenía en su departamento. Carla Pérez aceptó. “Nunca hubo una clínica, no había ni camilla. Me atendió en la cama de su mamá”, cuenta la jugadora. En la siguiente sesión, Ignacio Montano le pidió reiteradas veces que se sacara el pantalón corto, pero ella no accedió.
Luego de esas incómodas insistencias, Carla Pérez dejó de ir, pero explica que continuaron el tratamiento a través de WhatsApp. Durante 2019, Ignacio Montano le mandaba mensajes coqueteándole: “Cosita más linda, pololea conmigo, te amo”, son algunos de los textos que quedaron archivados en pantallazos. La futbolista cuenta que no respondió esos mensajes y como no lo hacía, Ignacio Montano la llamaba. Pérez detalla que en 2020, en plena pandemia, Ignacio Montano la engañó, le inventó que su teléfono estaba malo y logró que ella le enviara su ubicación. Tras esa conversación, a Carla Pérez le llegó comida de regalo a través de servicios de entrega a domicilio en tres ocasiones. Ella le dijo que no lo debía hacer, que le resultaba incómodo. Cuenta que “cada vez era más degenerado con los mensajes” y sostiene que Montano le envió videos y fotos de su pene con textos como “mira como estoy por ti”. La futbolista dice que borró de inmediato el contenido multimedia.
En enero de 2019 Tonka Diocares tenía 16 años y se incorporó a la sub 17 de Palestino. A la semana se lesionó el tobillo y debió atenderse con Ignacio Montano. Era un esguince. Debió asistir a kinesiología casi todos los días. Tras una semana compartiendo con Ignacio Montano, Tonka relata que él le empezó a hablar por Instagram. “En menos de un mes, él ya era una persona súper confianzuda. Me decía que me conocía de pies a cabeza”, relata Tonka. Agrega que por redes sociales le hablaba con garabatos y un lenguaje que no correspondía a la relación que tenían.
Tonka Diocares explica que, luego de sanar su tobillo, solía ir a kinesiología después de los entrenamientos porque le dolía la zona inguinal. En una de las sesiones Ignacio Montano le dijo: “Tonka si no se te pasa lo del tendón (en la ingle), voy a tener que introducir mis dedos en tu vagina y descontracturar por dentro, porque desde ahí comienza la lesión”. La joven dice que quedó paralizada. Ignacio Montano le planteó que, si había que hacer eso, ella debía firmar un papel de consentimiento porque era menor de edad. Verónica Aliaga, miembro del directorio nacional del Colegio de Kinesiólogos, afirma que según la ley 20.584, que regula la atención en salud, “el consentimiento puede ser otorgado solo por mayores de 18 años”. Agrega que, de no ser así, “se está incurriendo en una ilegalidad”.
Verónica Aliaga indica que el tratamiento que describía Montano existe, pero dice que “son diagnósticos muy específicos de naturaleza ginecológica-obstétrica u oncológica y no corresponden a mujeres jóvenes, deportistas y sanas”.
Tonka cuenta que dejó de asistir por una semana a kinesiología, a pesar de los dolores, pero quería evitar que Ignacio Montano hiciera lo que le había dicho. También decidió cambiar su actitud con él, ser más distante. Pero él insistió con mensajes por redes sociales. Tonka rescató pantallazos de las conversaciones que tuvo con Ignacio Montano por Instagram.
—Que toy enamorao —escribió Montano
—¿De quién estás enamorado? —respondió Tonka.
—De tus ojos y de tu corazón.
Las reacciones de Montano a las historias de Instagram de Tonka Diocares eran constantes: generalmente emoticones de risa o con corazones en los ojos. El 21 de marzo de 2019, Tonka publicó una foto con su hermano menor. Ignacio Montano respondió: “Me siento engañado”, con emoticones de corazones rotos.
La jugadora relata que el comentario la dejó aterrorizada y que a partir de ese momento intentó ir siempre acompañada a las sesiones de kinesiología. Agrega que, a pesar de tener una actitud distante, trataba de no ser pesada para poder mantener sus sesiones. Pero la incomodidad era constante: “Aunque te lesionaras el dedo chico del pie, Ignacio igual te terminaba sobando el calzón”, detalla.
Sofía Sáez ingresó a Unión Española en enero de 2019, con 17 años. En el segundo semestre de ese año, tuvo una tendinitis en la rodilla. Cuenta que coincidió que Ignacio Montano se comunicó con ella por Instagram para ofrecerle sesiones gratis de kinesiología a cambio de promoción de sus servicios por redes sociales. “Lo pensé, pero me dio confianza que era el kinesiólogo de Palestino, un club respetado”, dice Sofía Sáez. Aceptó.
Montano le pidió su número de celular para coordinar las sesiones que serían en su departamento. Ella se lo dio. Previo a la primera reunión, él le habló por WhatsApp y le pidió fotos en ropa interior para evaluar postura, cadera y abdomen. Sofía cuenta que le envió fotos de frente, de lado y de espalda, y luego él le dijo: “¿Puedes buscar ropa más chica para ver mejor los huesos de la cadera?”. Ella relata que no quería hacerlo, pero tras las insistencias le envió una foto. Ignacio Montano le dijo que la podía ayudar a mejorar su físico, porque él sabía que Sáez iba a jugar en la selección adulta el próximo año.
Para la primera sesión, Sofía le pidió a su mamá que la acompañara hasta el departamento de Ignacio Montano. “Conversaron, fue muy amable y utilizó lenguaje profesional todo el tiempo”, cuenta Sofía. Agrega que su madre se fue porque debía hacer trámites: “La primera sesión me evaluó y todo fue normal”.
La segunda, dice, le resultó incómoda. “Me tocó mis partes íntimas varias veces y justificaba que era propio del tratamiento”, detalla. La futbolista confió en su profesionalismo, pero le pareció extraño que Montano le pidiera que se quitara el peto deportivo para utilizar ventosas en su torso. Luego, para los siguientes ejercicios, no dejó que se vistiera y Sofía relata que debió realizarlos con sus pechos al descubierto mientras el kinesiólogo la observaba.
Sofía Sáez tuvo tres sesiones en el departamento de Montano. “Dejé de ir porque me sentía incómoda”, cuenta. El contacto siguió, pero solo por WhatsApp. Ella dice que aprovechaba que la atención era gratuita y le hacía consultas. La jugadora indica que intentó tener siempre una relación profesional con Ignacio Montano, pero él solía responder sus historias de Instagram: “Me decía ‘linda Sofi’ y a veces usaba garabatos que no correspondían de un profesional”, cuenta.
En uno de los mensajes, el kinesiólogo le pidió nuevas fotos semidesnuda. Sofía recuerda: “Me dijo que él ya me había visto entera así que no debía darme vergüenza”. Las jugadoras Carla Pérez y Tonka Diocares aseguran que vivieron la misma situación: Ignacio Montano les escribió para pedirles fotos, insistiendo que fuesen con ropa interior pequeña. Les dijo que era un trabajo para la universidad. Carla y Tonka le enviaron imágenes porque él les compartió las de otras mujeres que lo habían hecho y eso les dio confianza. Montano les aseguro que luego de usarlas, las borraba. Con el tiempo ellas se dieron cuenta de que las fotos que les enviaba como referencias eran de sus mismas compañeras.
La última vez que Sofía Sáez conversó con Ignacio Montano fue a principios de abril pasado, cuando ella le pidió ayuda por dolores en la rodilla. Él le mandó una pauta de ejercicios, pero “fue muy confianzudo para hablar”, explica Sáez. Cuenta que, debido a su actitud y al uso de garabatos, no le respondió más.
Camila Domínguez, atleta del Club Atlético Francés y enfermera de 25 años, conoció a Ignacio Montano en octubre de 2019. “Me acuerdo de todo y me da rabia”, dice. Él la buscó por Instagram y le escribió para ofrecerle ayuda kinesiológica. A ella le pareció una persona profesional y aceptó. La consulta fue en su departamento, donde él le dijo que solía atender.
Ignacio Montano siempre le habló en términos muy técnicos. “Se notaba que tenía conocimientos, pero ahí empieza a engañar”, relata Camila Domínguez. Al comenzar la consulta él le pidió tomarle unas fotos para ir registrando el avance del tratamiento, ella accedió. Pero él fue más allá y le pidió que se sacara las calzas, quedando solo en calzones. Todo seguía pareciendo profesional, por eso ella confió.
Después le pidió que se recostara en la camilla para aplicar ventosas. Ignacio Montano le dijo que para hacer el tratamiento tenía que sacarse el peto. Ahí, cuenta ella, comenzó a incomodarse. Además, le pidió que hiciera ejercicios semidesnuda. “Quedé sin nada y me pidió que hiciera unos ejercicios, en ciertas posiciones. Me causó extrañeza”, cuenta Camila Domínguez.
Ignacio Montano le dijo que trabajarían la zona pélvica: “Me dijo que me iba a enseñar unos trabajos en esa área, todo con lenguaje técnico, y ahí me tocó mis partes íntimas”, recuerda Camila Domínguez. Él le explicó que debía hacerlos ella con sus dedos, pero que él se lo mostraría primero. Camila Domínguez quedó shockeada. Nunca más volvió a hablar con Ignacio Montano. “Él me buscó, me decía ‘bebé’, ‘mi amor’”, relata Camila Domínguez.
Los primeros días de julio de este año Tonka Diocares estaba en su casa conversando por videollamada con una compañera de equipo. Mientras hablaban, cuenta, recibió un mensaje de Ignacio Montano y ella dijo en voz alta: “Ya está hueveando este huevón”. Su amiga le preguntó quién era. “Empezamos a pelarlo”, dice Tonka. La compañera le contó su experiencia y agregó que Emilia Pastrián vivió una situación similar con Ignacio Montano.
El 4 de julio, Tonka Diocares visitó a Carla Pérez y comentaron sobre el kinesiólogo. Tonka le propuso que hablaran con la amiga con la que había conversado días antes, “porque a ella también le pasaron cosas, como a nosotras”. Inmediatamente, crearon un grupo de WhatsApp entre las tres y agregaron una futbolista de Universidad Católica y amiga de Carla Pérez, que también asegura que vivió acoso de Ignacio Montano.
El grupo lo llamaron “Funa”. Tonka Diocares aclara que el nombre se lo pusieron en tono divertido, sin tener la intención de denunciar a futuro en redes sociales. Una de las jugadoras propuso agregar a Emilia Pastrián y lo hicieron esa misma noche. Tonka Diocares cuenta que fue Pastrián la que dijo que debían contarle a Claudio Quintiliani, entonces jefe de la rama femenina de Palestino.
El 6 de julio Emilia Pastrián le pidió a María José Urrutia, jugadora adulta del club, que le contara a Quintiliani las acusaciones. El director técnico asegura que, una vez advertido, llamó a Ignacio Montano para encararlo y despedirlo. Horas más tarde, Emilia Pastrián publicó la denuncia en su Instagram. En la publicación se compartieron conversaciones de las cinco futbolistas del grupo de WhatsApp. Pero varios testimonios se agregaron después.
“Quedé impresionada cuando tantas niñas empezaron a compartir sus conversaciones con Ignacio, porque era como si él copiara y pegara los mensajes”, comenta Tonka Diócares.
El grupo “Funa” comenzó a crecer. Tras la publicación de Pastrián, tres jugadoras publicaron en sus cuentas de Instagram denuncias contra Ignacio Montano: Sofía Sáez (Unión Española); Natalia Paredes (fútbol sala de Coquimbo Unido) y Paz Espinosa (Palestino). Ninguna de las tres se conocía. Tonka Diocares explica que la acusación de Pastrián generó que muchas mujeres le comentaran en privado que también habían sufrido acoso y abuso sexual de parte de Ignacio Montano. Las fundadoras de “Funa” decidieron ir uniéndolas al grupo.
Hasta agosto pasado “Funa” tenía 18 integrantes, 16 se declaran víctimas de Ignacio Montano. Todos los testimonios de este reportaje son de deportistas que forman parte de ese grupo. Las dos restantes son Javiera Moreno y Paloma Bermúdez, fundadoras de la Asociación Nacional de Jugadoras de Fútbol Femenino (ANJUFF). La entidad gremial se contactó inmediatamente con las denunciantes, luego de la publicación en redes sociales, para brindarles apoyo psicológico y jurídico. El Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (Sernameg) también les ofreció ayuda y con la ANJUFF realizaron una denuncia al Ministerio Público.
“Desde que conocimos todos los testimonios de las niñas, a mí no me gusta estar sola en mi casa. Me paso el rollo que Ignacio pueda aparecer y me haga algo. Todas las chiquillas piensan lo mismo porque prácticamente tiene las direcciones de todas”, afirma Tonka Diocares.
Ignacio Montano fue contactado para este reportaje, pero no quiso participar.
PARTE II
Ex DT de la Roja femenina condenado por violación de menor siguió trabajando en una escuela de fútbol de la UC
En 2009, Sergio Rojas Loyola fue condenado a siete años de presidio por violación de menor. Cumplió cinco años y siete meses. Aunque se le prohibió trabajar con menores durante diez años tras cumplir la pena, se hizo cargo de niños y niñas de 14 a 16 años en una escuela filial de la UC en Maipú. En el juicio se presentaron dos testimonios de abusos de exalumnas de un colegio donde hizo clases en los años 90. Él reconoce que ha tenido relaciones con menores. En la UC aseguran que no conocían sus antecedentes.
Desde 2016 la Escuela Filial de Universidad Católica en Santa Ana de Chena (Maipú), para niñas y niños, contó con Sergio Rojas Loyola (65) como entrenador de la categoría 14 a 16 años. Rojas es exjugador de fútbol y exdirector técnico de la Selección de Fútbol Femenino de 1994, la segunda en la historia de Chile. “Siempre ha sido muy respetuoso de todos, de los niños y de los papás”, describe un apoderado de la escuela. “Llama la atención que esté trabajando ahí con la capacidad profesional que tiene”, comenta otro. Lo que ellos no saben es que Rojas fue condenado por violar a una menor de edad y asumió en la filial de la UC aunque tenía prohibido trabajar con niños.
Sergio Rojas volvió a Chile en 1989 con 34 años, luego de haber jugado en Argentina, Italia, Inglaterra y Suiza. Al llegar instaló una fuente de soda en calle Chile España (Ñuñoa). A pocas cuadras vivía una niña de 13 años que caminaba frente al local en su recorrido al colegio. Según lo que relata él, fue con un par de piropos y comentarios al pasar, que comenzaron a conversar. De a poco establecieron una relación amorosa, pese a la enorme diferencia de edad. Para Rojas eso nunca fue un impedimento: “Salí con 200 menores de edad”, afirma.
En 1990 fue contactado para hacerse cargo de la Escuela de Universidad de Chile en La Reina y luego del equipo de mujeres del mismo club. Ese año la Asociación Nacional de Fútbol Amateur de Chile (ANFA) decidió comenzar con un proyecto: la primera Selección Nacional de Fútbol Femenino. Un fútbol entonces desconocido por la mayoría, poco respetado y tampoco valorado. Para los hombres de la época solo era atractivo por el “cambio de camisetas”, recuerda Ada Cruz, delantera de la primera selección.
Mientras Sergio Rojas se instalaba como director técnico, su relación con la niña de 13 años se fue estableciendo. “Yo sé que la cosa no es muy racional, muy equilibrada, pero son cosas que se dan”, dice Rojas, respecto a la diferencia de 19 años. “Son cosas que pone la sociedad. Yo le gusto, ella me gusta, está bien”, dice.
Ella no alcanzaba los 16 años cuando lo acompañaba a los entrenamientos en La Reina y luego a Quilín, cuando lo eligieron como técnico de la selección. Las jugadoras la recuerdan. Al rato formalizaron y oficialmente la presentó como “su mujer”.
Paralelamente a su trabajo como director técnico, Sergio Rojas hizo clases de educación física entre 1992 y 1995 en el Colegio Terra Nova de La Reina, donde asistían sus dos hijos mayores. Su salida se debió a una acusación por abuso y acoso sexual a una alumna de octavo básico. La menor nunca quiso hacer la denuncia formal, pero sí informó a las autoridades del colegio, las que desvincularon a Rojas.
“Yo no lo eché, él se echó solo”, recuerda Raimundo Ramos, director del Colegio Terranova en esos años. Ramos explica que Rojas nunca tuvo problemas dentro del colegio, era después del horario escolar que él establecía relación con las alumnas. “Les ofrecía el oro y el moro, como hacen todos los pedófilos”, dice.
En 1994, la ANFA recibió una invitación para participar en el torneo internacional Jayalalitha Cup en Madrás, India. El equipo quedó en manos de Sergio Rojas, que a la vez seguía a cargo de la Escuela filial de Universidad de Chile en La Reina. El que también dirigió, como una suerte de asesor técnico, fue Carlos Encinas González. También era parte del equipo técnico de Universidad de Chile femenino y por ende conocía a muchas de las seleccionadas. A pesar de que Sergio Rojas dice haber sido escogido por Miguel Nasur, en ese entonces presidente de la ANFA, Encinas se adjudica su reclutamiento: “Yo lo elegí, a Miguel Nasur le gustó también”.
Carlos Encinas y las jugadoras nunca supieron de la diferencia de edad entre Sergio Rojas y su pareja. En ese entonces ella recién tenía 18 años. Cuando se les consultó si estaban al tanto de que la mujer que él llamaba su señora era menor de edad, las exseleccionadas se mostraron sorprendidas. Carlos Encinas lo pone en duda: “¿13 años? No, era una mujer”, dice.
Cuando seleccionó al equipo que fue al campeonato en India, Rojas tenía el criterio claro. No solamente tomó en cuenta el talento y la habilidad de las jugadoras, sino también el físico. “Tenía su prototipo de jugadora, monstruos en la cancha. Y las prototipo de jugadoras para la foto, las guapas”, recuerda Juana Astudillo, exjugadora que no fue elegida para conformar el grupo en esa ocasión por su baja estatura y delgadez. Años después Astudillo llegó a ser capitana de la selección.
El equipo tuvo un gran rendimiento en India, donde jugó con Hungría, Uzbekistán, Rusia y la selección local. “Regresamos con un tercer lugar. Muchas entrevistas, nos invitaron a programas y cocktails. Tuvimos harta difusión”, comenta Ada Cruz, destacada jugadora.
Las seleccionadas recuerdan la forma en que Rojas daba charlas y hablaba del nuevo proyecto que armaría en la selección. Frases inadecuadas y algunas acciones no hacían sentir cómodas a todas. “Tenía un comportamiento que no debiese ser el de un líder de una selección deportiva”, declara Alexandra Benado, exseleccionada nacional. “Mucha cercanía, mucha conversa”, agrega.
Él mismo recuerda que cuando asumió el puesto sus cercanos bromeaban. “Todos me echaban tallas: pusieron al zorro cuidando a las gallinas, decían”.
“Él tenía una personalidad bien coqueta, le gustaba conversar harto, era cariñoso”, agrega Ivonne Lobos.
En la actualidad Rojas se sigue jactando de su fama de galán. “Tenía una increíble fama con las mujeres. Yo tenía mi facha”, afirma. Y asegura que nunca tuvo relaciones con jugadoras que entrenó, menos con las seleccionadas. Según cuenta, jamás ha estado con mujeres que no cumplan un estándar físico tipo “modelo”. Y pone como ejemplo a su segunda pareja: “Si yo tengo de esposa a la reina del sector 5 de Reñaca, a la que le ganó el concurso a las hermanas Parsons, ¿Puedo acostarme con (menciona a una seleccionada) o la (nombra a otra)? No po’, es irracional. No tiene comparación”.
En junio de 2008 se ingresó una denuncia contra Sergio Rojas por violación a una menor de la familia. Rojas recuerda el día de la formalización: “Me presenté con pantalón blanco y chaqueta piel de camello Zara, una polera en V y zapatos con punta, pensando que era un trámite más”. Pero el juez dictó prisión preventiva.
En el juicio hubo dos testimonios claves desde el pasado del entrenador: exalumnas del colegio Terra Nova de La Reina. Entre ellas la mujer que en 1995 lo había denunciado a las autoridades del establecimiento. La testigo no llegó por casualidad al caso, fue la hija mayor de Sergio Rojas quien la llevó para testificar en contra de su papá. Se conocían del colegio, pero la hija de Rojas se enteró de este episodio en medio del proceso. No ha vuelto a tener contacto con él.
Otra testigo dijo que él la llevó a un parque e intentó abusar de ella. Él no niega lo que ocurrió. Cree que llamó la atención de las jugadoras por el auto que tenía y su físico. “Me decían: Checho regálame una minifalda. Y yo les decía: ya, pero te la quiero ver puesta, vamos al Parque Intercomunal. Ahí atraqué con ella”, relata Sergio Rojas.
Otra prueba fue la carta que le envió el acusado a la madre de la menor, mientras estaba en prisión preventiva. En ella pedía que lo disculpara por un “error de segundos”. Fue presentada en el juicio.
La sentencia fue clara: culpable de violación en grado consumado. Sergio Rojas Loyola fue condenado a siete años de prisión efectiva el 6 de febrero de 2009. Además se le dictó una medida accesoria: inhabilidad de diez años para trabajar con menores una vez cumplida la pena. Al día de hoy, según el Registro Civil, Sergio Rojas sigue inhabilitado para trabajar con niñas y niños.
Por buena conducta, cumplió cinco años y siete meses. Los registros muestran que en septiembre de 2014 salió en libertad.
Hasta hoy piensa que lo que le hicieron fue una “maldad”. Afirma su inocencia férreamente. Dice que cuando salió de la cárcel encaró a la madre de la menor. “Le dije: mira, te voy a decir una pura cosa la reconcha de tu madre, yo te iba a matar a voh’ y ¿sabes quién te salvó? Dios. Dios no quiere que me pase para el lado de los malos”, relata.
Sergio Rojas está seguro que esto truncó su carrera como entrenador. “Yo como técnico tendría que estar en la Selección Chilena nuevamente o en un gran club”, asegura.
Cuando salió, decidió volver a trabajar en lo mismo, ignorando la sentencia vigente que le prohibía trabajar con menores. Él asegura que “lo taparon en pegas” en distintas escuelas de fútbol. Según cuenta, lo primero que hizo fue recurrir a Miguel Nasur para pedirle algo de plata para comprarse un auto y empezar a rehacer su vida.
A finales de 2015 contactó a Fernando Astudillo, exjugador de Universidad Católica y coordinador de varias escuelas filiales de ese club. Eran viejos conocidos. Rojas le había dado trabajo a Astudillo como entrenador en los años 90, en la Escuela de Universidad de Chile en La Reina. Le tocaba a Astudillo devolverle la mano.
Según Astudillo, se enteró después sobre la condena que cumplió Sergio Rojas. Dice que por muchos años “le perdió la pista”. Astudillo aceptó trabajar con él porque lo consideró inocente al escuchar la versión de Rojas. Lo que cuenta es lo mismo que relata el exentrenador de la selección femenina. Afirma que lo contrató para que dirigiera equipos en las escuelas porque lo conocía hace tiempo y nunca habían tenido ningún problema. “Dije: bueno, lo voy a tener en la mira”, explica.
Sobre los papeles para hacer el contrato y formalizar el trabajo, Astudillo dice que desde el club Universidad Católica solo le piden el currículum y no un certificado de antecedentes. “Los técnicos nos conocemos casi todos”, justifica.
Desde 2016 Sergio Rojas estuvo a cargo de niños y niñas de 14 a 16 años en la sede de la UC en Santa Ana de Chena. En agosto pasado se consultó a un funcionario de Universidad Católica sobre esta situación y afirmó que no estaban enterados (*). Los papás de la escuela se muestran sorprendidos al preguntarles acerca de la inhabilidad de Sergio Rojas: “Me toma por sorpresa”, dice uno de ellos, quien tiene cuatro años como apoderado. “Nunca he visto nada, ningún tipo de esbozo de algo, nada”, agrega.
Rojas señala que no cree en la justicia chilena, que volvió a trabajar con menores porque quiso “pasar por encima de las reglas” y que todo le da lo mismo. ¿Si es que ha pensado trabajar con mayores de edad para no tener problemas con la ley? Dice que no.
El 4 de octubre de 2018, el periodista Rodrigo Retamal lanzó su libro “La batalla de las pioneras”, la historia de la primera selección femenina. En una de las sillas del parque de Providencia llegó, para sorpresa de muchas, Sergio Rojas Loyola, quien no fue oficialmente invitado. La última vez que las exfutbolistas supieron de él, a través de rumores, era que había estado preso por casi seis años.
Llegó por invitación de Ada Cruz, figura y goleadora de la Roja femenina. Vestido con corbata, y chaqueta y pantalón en tonos claros, se acercó a Retamal antes que empezara el evento y le preguntó si su libro incluía la “hazaña” en la India, cómo él la llama. Pidió la palabra en la ronda de preguntas para hablar de su increíble trabajo, como él lo describe, con el equipo del 94. Cuando terminó la presentación, algunas jugadoras conversaron entre ellas. La presencia de Rojas las incomodó. “¿Y tú no me vai a saludar?”, recuerdan algunas asistentes que les dijo a las que prefirieron no hablarle después de enterarse de los motivos de su condena.
PARTE III
Un intento de suicidio en Unión Española: jugadora sub 17 fue acosada por un funcionario del club
Guissel Carrasco se integró a la sub 17 de Unión Española en 2019. Pero su sueño de ser futbolista se hizo pedazos. No quiso seguir jugando y cayó en una depresión que desembocó en un intento de suicidio. Los mensajes grabados en su teléfono indican que fue acosada por Branko Zitkovich, entonces coordinador del Fútbol Formativo del club. Esos pantallazos fueron prueba suficiente para que el gerente de Unión Española lo despidiera de inmediato. Pero los padres de la adolescente dicen que no fueron alertados por el club, por lo que la falta de contención oportuna habría agravado su estado emocional.
Unión Española cerró su rama femenina en 2015 por problemas económicos, pero tres años después se vio obligada a rearmarla debido a una nueva regla de la Conmebol: todos los clubes que quisieran jugar un torneo internacional tenían que tener el equipo de mujeres activo. La Unión, entonces, suscribió un convenio con la Corporación de Deportes de Cerro Navia que le entregó un espacio donde entrenar, camarines y una parte del cuerpo técnico, mientras que el club puso el nombre, la vestimenta, materiales para los entrenamientos y el resto del cuerpo técnico.
Branko Zitkovich, de 29 años, recién había terminado de estudiar Administración de Empresas en el Duoc UC cuando entró a Unión Española en noviembre de 2018. Lo hizo como coordinador del Fútbol Formativo y en 2019 incluyó en sus funciones la rama femenina en las categorías sub 17 y adulta. Este fue su primer trabajo relacionado con el deporte, anteriormente había sido cajero en un banco y tuvo un cargo de administración en una empresa de servicio al cliente.
El 5 de enero de 2019 se realizaron pruebas masivas para el equipo femenino. Entre las decenas de mujeres que asistieron estaba Guissel Carrasco. Participó de los entrenamientos durante todo el verano para lograr el primer paso hacia su sueño: llegar a la selección chilena. El 22 de enero, el día que cumplió 17 años, le informaron que había pasado la primera prueba y a fines de febrero fue formalmente admitida en la categoría sub 17 del club.
Su mamá, Marilyn Pizarro, cuenta que toda la familia viajó a Quillota para apoyarla en su primer partido oficial. “La alegría de mi hija antes y después de cada entrenamiento era mucha”, dice.
El domingo 25 de marzo, tras un partido, Guissel Carrasco volvió muy cansada a su casa. Tenía dolor de cabeza y se olvidó, en la cancha, de avisar al cuerpo técnico que ese día no asistiría al estadio a apoyar a sus pares hombres, como acostumbraban. Le escribió a su director técnico, Cristóbal López para excusarse.
Guissel logró recuperar algunos pantallazos de su celular y en ellos se lee que a las 00:45 de la madrugada, ya era el lunes 26, recibió un mensaje de Whatsapp: “Hola. Cómo está??”. El número no estaba registrado, pero ella se dio cuenta que era Branko Zitkovich, coordinador del club. Hasta ese día solamente habían compartido mensajes por un grupo que tenía el equipo con su cuerpo técnico. Guissel Carrasco pensó que Zitkovich le escribía por su inasistencia al partido de hombres y sintió que debía justificarse: le respondió que luego del entrenamiento no se sintió bien, que tuvo que ir al médico donde la pincharon y que ahora estaba mejor.
La jugadora creyó que la conversación llegaría hasta ahí, pero continuó hasta las 2:41. Branko Zitkovich le preguntó en que curso estaba, el liceo en que estudiaba, la comuna donde vivía y cómo se componía su familia. “Creí que a todas mis compañeras les hacía las mismas preguntas y por eso se las respondí. Como él era el encargado de esas cosas, pensé que era rutinario”, explica. Pero cuenta que empezó a sentir extrañeza cuando Zitkovich preguntó sobre sus gustos, pasatiempos y cosas más íntimas. “Pensaba que si no le respondía, él podía sacarme del equipo. Por eso le respondí las preguntas”, afirma.
Además, recuerda que él le insistía en que debía responderle porque necesitaba saber de ella. Branko Zitkovich se despidió esa madrugada y le dijo: “Sueña con una locura. Si la sueñas me la cuentas”. Guissel ya estaba dormida.
El lunes 26 de marzo Guissel Carrasco entraba temprano al liceo y a las 7:57 recibió un nuevo mensaje, un saludo de Branko Zitkovich. Ella le respondió horas después. El cuestionario continuó: le preguntó si estaba pololeando. “Me dio la sensación que él buscaba algo más. Me asusté mucho”, relata.
La joven cuenta que sin que ella hubiese preguntado, Branko Zitkovich le contó de su vida privada y sus fracasos amorosos. Le insistió con que a él le gustaba la locura y le preguntó a ella si le entretenía ser loca en otros sentidos. “Sus preguntas me hacían sentir súper incómoda y yo no tenía ganas de seguir hablando”, aclara Guissel Carrasco. “Por miedo a perder mi puesto en Unión Española, le seguí respondiendo”.
La rama femenina entrenaba tres veces a la semana en Cerro Navia. Cynthia Marambio, arquera del equipo adulto, comenta que nunca había visto un coordinador que visitara tanto los entrenamientos. “De los tres días, Branko iba a uno por lo menos”, detalla. Su compañera Nicole Tobar concuerda: “Pasaba muy metido en los entrenamientos y entre las jugadoras nos preguntábamos por qué”.
Un martes, a principios de abril, Guissel Carrasco estaba en el recinto deportivo de Cerro Navia y se cruzó con Branko Zitkovich. Ella cuenta que se saludaron amablemente y que siguió su camino hacia la cancha. Ese misma tarde él insistió con los mensajes. Según recuerda la joven, Branko Zitkovich le escribió: “¿Te gustaría escaparte conmigo?”. Luego le detalló que le gustaban las mujeres menores y que a ella la encontraba hermosa. “Me dio terror. Cambió totalmente el tono”, comenta.
Los mensajes eran constantes. Los pantallazos muestran que a las 18:07 Branko Zitkovich no tuvo respuesta e insistió a las 19:03:
—Cómo va el estudio??
Tampoco fue respondido. A las 23:03 sonó el teléfono nuevamente:
—Hola. Cómo estás. ¿Cómo estuvo tu día? —escribió Zitkovich.
Guissel le respondió y la conversación continuó.
—Yo igual soy muy de piel. Doy mucho cariño. Me excedo jajaja —comentó Branko Zitkovich a la 1:52 de la madrugada.
—Yo también… soy muy mamona no solo con mi familia si no con mi chico y mis amigos —respondió Guissel.
—¿Qué es lo que más te prende? —preguntó Branko Zitkovich.
—¿A qué te refieres? —respondió la futbolista.
—Lo que más te activa —dijo él.
En ese minuto, a las 2:01 Branko Zitkovich la llamó por videollamada pero ella le cortó.
Un jueves, a mediados de abril, día de entrenamiento, Guissel Carrasco se acercó a dos compañeras del equipo, entre ellas Anaís Novoa, para preguntarle si Branko Zitkovich les había hablado alguna vez en privado por WhatsApp. Ambas dijeron que no. Entonces siguió conversando con Anaís Novoa, porque le tenía más confianza. Le contó lo que le estaba pasando con Branko Zitkovich. La compañera le aconsejó que le dijera a alguien del cuerpo técnico.
Antes del entrenamiento, Guissel Carrasco quiso ir al baño y una compañera le pidió que le llenara su botella con agua. Al salir del baño la jugadora se encontró con Branko Zitkovich de frente. “Me asusté”, dice, y explica que bajó la mirada de inmediato, pasó por el lado y siguió su camino. “Pero Branko me siguió, me agarró el brazo, me giré y quedé mirándolo. Me preguntó cómo estaba y le respondí”, relata. Decidió continuar su camino, pero “Branko me tomó por la espalda, se me acercó al oído y me preguntó: ¿Quieres hacer cosas locas conmigo?”. Ella dice que quedó paralizada. Cuenta que se le resbaló la botella con agua y que comenzó a llorar. En ese momento personas que se encontraban alrededor comenzaron a mirar, Branko Zitkovich la soltó y para no llamar la atención, le dijo: “tranquila, todo va a pasar”. Guissel cuenta que agarró la botella y corrió a la cancha.
Nadie se dio cuenta de lo que había ocurrido. Guissel Carrasco dice que se secó las lágrimas para evitar preguntas. “No pude entrenar bien. Tenía mucho miedo, Branko estaba mirando a todas las niñas”, explica. En medio de la práctica se alejó de sus compañeras. Anaís Novoa se acercó y le preguntó qué le pasaba. No logró ocultarlo. Le contó lo que había sucedido.
Anaís Novoa la impulsó para que le contara a alguien del equipo técnico. “Siempre pensé que Branko tenía más poder que yo y me daba mucho temor que no me creyeran”, explica Guissel Carrasco. Pero la futbolista decidió hablar. Se acercó a Ignacio Cancino, preparador físico y le mostró los mensajes que le había mandado Branko Zitkovich. Cancino le dijo que hablara con Liliana Díaz, la paramédica del equipo. “Como ella era mujer, me podía entender mejor”, fue el argumento que le dio el preparador físico, recuerda la joven.
Según Guissel Carrasco, contarle a Liliana Díaz fue una muy mala decisión. La jugadora recuerda que la paramédica le dijo que no le contara a su mamá ni a sus compañeras porque ella lo iba a solucionar. Liliana Díaz hizo que Guissel le tomara fotos a las conversaciones con Branko Zitkovich y que se las enviara a su celular. “Después me dijo que borre las fotos, también las conversaciones con Branko y que bloquee su número. Confié y le hice caso”, cuenta.
Liliana Díaz niega haberle dicho a Guissel Carrasco que eliminara los registros. Luego cuenta que se dirigió a Elian Rosales, jefe técnico de la rama femenina y director técnico de la categoría adulta, y que mientras le mostraba las fotos le dijo: “Hay un problema muy serio y necesito resolverlo ahora. Branko se mandó este condoro”. Elian Rosales recuerda que le pidió que le enviara las pruebas, porque a la mañana siguiente iba al club. “Recibí la información en la noche y a la mañana ya estaba reunido con el gerente”, detalla Elian Rosales.
Ese jueves la jugadora terminó la práctica entre las 20:00 y 20:30. Recuerda que salió entre las primeras futbolistas que
abandonaron el recinto. Su padre solía estar esperándola, pero esa noche se demoró. Al salir, se encontró con Branko Zitkovich. Ella cuenta que él la tomó fuerte del brazo y le dijo: “No seas sapa. Sé todo de ti, dónde estudias y dónde vives. Te voy a ir a buscar por lo que me estás haciendo”. Guissel dice que se puso a llorar, que estaba asustada y que le pidió reiteradamente que la soltara. Relata que él dijo que la dejaría ir solo si ella le aseguraba que no diría nada más. En ese momento, cuenta, otras jugadoras comenzaron a salir del estadio y Zitkovich se fue.
Guissel Carrasco recuerda que estaba muy asustada. Le habían recomendado no decirle a nadie y la angustia, dice, se acumulaba. Esa noche recibió el último mensaje de Zitkovich. Como lo había bloqueado, él le insistió por mensajes de texto. La conversación quedó archivada en un pantallazo.
—Oye no te enojes, solo quise ser buena onda, que estés bien un abrazo nos estamos viendo— escribió Zitkovich a las 23:40.
—Por favor déjame tranquila… yo solo quiero cumplir mis sueños no te interpongas en ellos —le respondió.
Guissel Carrasco cuenta que lloró toda la noche.
La denuncia contra el coordinador avanzó en Unión Española. Elian Rosales le mostró las pruebas a Luis Baquedano, gerente general del club. Branko Zitkovich fue despedido de inmediato.
Después de contarlo en el club, durante una semana Guissel se guardó el acoso ante su familia. Pero, como inventaba excusas para no ir a los entrebamientos y no salía de su habitación, su mamá empezó a sospechar. El 30 de abril la familia estaba sentada en la mesa. Marilyn Pizarro decidió conversar con su hija y le comentó que era raro que no quisiera ir a entrenar, que la notaba diferente. Le dijo: “No me digas que pasó algo con algún profe”. La cara colorada de Guissel Carrasco la delató. Decidió contar todo.
“Tuvieron a mi hija una semana aguantando todo sola, porque en el club le recomendaron que no me dijera nada”, reclama Marilyn Pizarro. El jueves 2 de mayo fue al estadio de Cerro Navia a encarar al director Elian Rosales. Entró sin permiso a la práctica, cruzó la cancha y lo enfrentó: “Sentí que me estaban esperando”, cuenta Marilyn Pizarro. Ella piensa que él tenía preparadas las respuestas: “El club lamenta lo ocurrido y no te preocupes, Branko fue despedido”, recuerda que fueron las palabras de Rosales.
Para la madre, el despido no era la solución para su hija, porque estaba sufriendo y su estado emocional se agravó con la semana en que enfrentó sola lo vivido.
Marilyn Pizarro recuerda que Elian Rosales le pidió que no le contara a nadie, porque no querían que las jugadoras se enteraran y deseaban mantener la situación bajo perfil. El DT Cristóbal López, que por esos mismos días fue cesado en su cargo por rendimiento, concuerda en que el club “no quería que saliera a la luz pública”.
Pero Marilyn Pizarro estimó que era relevante advertir a los apoderados y esa noche les escribió al grupo de WhatsApp que también integran los miembros del cuerpo técnico del equipo.
Luego de recibir la denuncia y desvincular a Zitkovich, la gerencia de Unión Española informó a Felipe Rivera, encargado del área social del club. Rivera revisó los mensajes de WhatsApp que, según relata, “no correspondían al horario laboral y el contenido no se vinculaba a una relación entre coordinador y jugadora”.
Felipe Rivera y un psicólogo externo reunieron los antecedentes y conversaron con Guissel Carrasco y su madre. Además, presentaron una denuncia al área de protección del Servicio Nacional del Menores (Sename) de la comuna donde reside la joven. “Nosotros no podemos entrar en profundidad, ni somos expertos. Lo que la ley dice es que recurramos a estas áreas proteccionales de la comuna y derivar el caso a ellos”, explica Felipe Rivera.
El funcionario de Unión Española dice que se contactó con la familia para explicarles que buscarían la mejor alternativa para derivar el caso de su hija y que le ofrecieron apoyo psicológico, pero que les informaron que Guissel ya estaba en terapia. Según Felipe Rivera, luego de informar al Sename de la comuna, él hizo seguimiento y Guissel Carrasco nunca asistió a las reuniones programadas. Marilyn Pizarro explica que jamás se enteró que el club se había comunicado con el Sename y que ellas no fueron contactadas por ese servicio.
Jugadoras de la sub 17 de Unión Española cuentan que el club citó a sus apoderados a una reunión y luego las convocaron a ellas para explicar el despido de su coordinador. Belén Politis, jugadora de esa categoría, cuenta que les explicaron que el coordinador fue despedido y que la compañera afectada no volvería. “También nos pidieron que no divulguemos el tema”, comenta.
La categoría adulta también tuvo una reunión, debido a que Branko Zitkovich era su coordinador. La capitana Andrea Cerda comenta que el club no tuvo buen manejo en general, por falta de experiencia, empatía y recursos.
La familia Carrasco Pizarro se contactó con el abogado Fernando Álvarez para analizar las opciones legales que tenían. El abogado se reunió dos veces con Luis Baquedano, gerente de Unión Española. El club entregó los papeles que pidió el abogado para una posible acción legal, la que nunca ocurrió porque “la expectativa de justicia de Guissel no podía cumplirse con las pruebas que teníamos”, explica Álvarez.
Luis Baquedano confirma las dos reuniones con el abogado y dice que hicieron todo lo que pudieron haber hecho como club. “Leí las conversaciones y despedí a Branko de inmediato”, afirma. Agrega que “Guissel no debió seguirle el juego a Branko y debió haber denunciado antes”. Al consultarle por las versiones que indican que hubo peticiones para mantener en reserva lo ocurrido, Luis Baquedano dice que el club nunca tuvo esa intención y aclara que desconocía que funcionarios de la institución hubiesen solicitado eso a Guissel Carrasco y su familia.
Marilyn Pizarro dice que Branko Zitkovich frustró el sueño a su hija de jugar profesionalmente y aclara que las consecuencias las vive hasta hoy.
Una mañana de mediados de 2019, el padre de Guissel Carrasco la dejó en la puerta del liceo y siguió a su trabajo. Minutos después, profesores de la joven se comunicaron con Marilyn Pizarro para preguntarle por qué su hija no había asistido. Recién al mediodía, recuerda la madre, recibió una llamada de un número desconocido. Era una señora que dijo haber encontrado a Guissel Carrasco perdida. “Estaba en una avenida lejos de su liceo”, cuenta Marilyn Pizarro. Sin saber lo que hacía, Guissel Carrasco había caminado y no se acordaba de nada.
La adolescente iba a terapia de psicólogo y psiquiatra. Ambos coincidieron en el diagnóstico: depresión. “Tenía mucho miedo de cruzarme a Branko en alguna parte. Lo que sufrí fue muy fuerte para mí. No quería vivir más. Me quise suicidar dos veces”, cuenta Guissel. Su madre se estremece al recordar el día que escuchó llorar a su hija en su pieza con la puerta cerrada: “Decidí entrar y la encontré con los brazos cortados, llenos de sangre”.
Marilyn Pizarro debió renunciar a su trabajo como vendedora de ropa para acompañar a Guissel durante el día. A veces, cuenta, no podía dormir por la preocupación de que pasara algo con su hija en la noche.
Desde pequeña, Guissel fue fanática del fútbol. Siempre quiso ser parte de un club para llegar a la selección. Tras el acoso que sufrió, Guissel Carrasco no podía ver un balón. “Ese fue uno de los mayores daños, abandonó totalmente su interés por lo que más quería”, dice su mamá. Pasaron meses de terapia para que su hija pudiera ver una pelota nuevamente. Pero la joven es enfática y aclara que no quiere jugar fútbol profesionalmente.
Branko Zitkovich fue contactado para este reportaje, pero no quiso participar.
PARTE IV
Diez años de malos tratos para las futbolistas de Everton
Mario Vera es uno de los entrenadores más exitosos del fútbol femenino chileno. Al mando de Everton fue bicampeón nacional y finalista de la Libertadores. Pero su registro contrasta con el maltrato que denuncian algunas de sus dirigidas. Gritos destemplados en los camarines, insultos y comentarios homofóbicos son parte de los episodios que varias de ellas hoy se atreven a revelar. Tras zamarrear a una joven sub17, la asociación nacional de jugadoras le abrió una investigación. Everton solo lo cambió de puesto y lo dejó a cargo del fútbol joven.
En 2007 Mario Andrés Vera Bazáez de 29 años, junto a Antonio Bloise, entonces presidente de Everton, crearon la rama femenina del club. Mario Vera fue su director técnico y no solo eso, fue durante tres años el entrenador de fútbol femenino más exitoso de Chile.
Everton salió campeón en 2008 y 2009, mismo año en que participó de la primera edición de la Copa Chile. Llegó a la final y se enfrentó a Colo-Colo. Cuatro a dos fue el resultado a favor de la escuadra de Mario Vera. Everton fue el primer equipo chileno femenino en participar en la Copa Libertadores en 2009 y 2010. En 2009 logró el cuarto lugar y en 2010 perdió la final por uno a cero frente al Santos de Brasil.
Nicole Tobar llegó a Everton en 2009, tenía 18 años y fue su primer club profesional. Ella junto a cinco compañeras, que venían del Lago Rapel, vivieron con Mario Vera en una cabaña en Quilpué. Como eran jóvenes y el fútbol femenino no es profesionalizado, había jugadoras que no tenían dónde vivir. Nicole Tobar entró a Everton con la promesa de recibir $ 60 mil mensuales y que sus servicios básicos estarían cubiertos: comida, transporte y residencia. El compromiso era con Mario Vera, pero no todo se cumplió. El dinero pactado no llegó hasta su tercer mes en Everton y Nicole Tobar recuerda: “Muchas veces pasamos hambre, no teníamos dinero, tampoco había almacenes cerca de la casa, porque quedaba en un lugar retirado y Mario no siempre nos tenía comida para cocinar”.
Mario Vera explica que en esta época muchas jugadoras querían ir a jugar a Everton porque era el equipo campeón. Pero reconoce que “al fútbol femenino jamás le han dado la importancia que merece”. Entonces, dice, él trataba de ayudarlas. Mario Vera no vive del fútbol femenino, desde 1999 es dueño de una empresa de arriendo de maquinarias y ese es su principal ingreso. Según Vera, su mamá le daba la comida diaria a las jugadoras, pero Nicole Tobar lo desmiente y cuenta que “cuando Mario se olvidaba de abastecernos con comida y andaba apurado, nos dejaba en la casa de su madre antes de ir a entrenar y nos daba once. Porque sabía que ella siempre nos daría algo”.
Además de incumplir compromisos económicos, el maltrato como director técnico es lo primero que recuerdan las jugadoras al preguntarles por sus años en el club. Gloria Cantillana también entró a Everton en 2009. Ella era de Rancagua, se integró con 15 años al equipo sub 17 y se quedó hasta 2012 en una primera etapa. “La relación con Mario era mala. Yo no tenía a nadie que me fuera a defender, alguien que fuera a decir: Oye, ¿qué te pasa con mi hija? De repente una se equivocaba en un pase y te echaba del entrenamiento”, recuerda.
Mario Vera estaba a cargo de la rama femenina del club y era director técnico de la sub 17 y de la adulta. Sobre el trato, Gloria Cantillana es enfática: “Hacía lo que quería con nosotras en la sub 17, como sabía que nos gustaba tanto el fútbol, nos podía tratar mal y siempre estaríamos ahí”.
Nicole Tobar recuerda el partido contra Colo-Colo en 2009: “Era el entretiempo, íbamos perdiendo y nos fuimos al camarín. Mario Vera le preguntó gritando a una compañera: ¿Qué te pasa? Ella respondió que nada y trató de excusarse cuando Mario le dijo que se pusiera de pie, le puso la mano en el short y le gritó: ¡Mira, estás toda cagada! ¡Avísame cuando sepas jugar a la pelota!”. La protagonista de ese episodio, que prefirió no dar su nombre, confirmó lo ocurrido: “Me gritó que tenía un mojón en el short”.
Una compañera que fue testigo, agrega: “Me acuerdo que hizo que se parara, le tocó el poto y le gritó. Todas quedamos paralizadas y nadie se atrevió a decirle algo”. Mario Vera niega haber tocado a la futbolista. Según su versión, en la cancha debe sacarle los miedos a sus jugadoras, pero asegura que nunca usó esas palabras. Nicole Tobar reflexiona que en el equipo había mucha normalización de los comentarios y gritos de Mario Vera.
Constanza Villanueva jugó en Everton como refuerzo para la Copa Libertadores de 2010 y en 2011, con 21 años, entró oficialmente al club. Se quedó hasta 2013 en una primera etapa. Ella coincide con Nicole Tobar y asegura que normalizaba el trato y lo trataba de justificar, pensando “Mario es así”. Hoy está en su último año de pedagogía y reflexiona: “Ahora entiendo que ese no debiera ser el trato a un deportista y pienso ¿cómo aguanté tanto?”.
“Para mí ha sido el DT que más me ha marcado. Me enseñó en la parte técnica súper bien, pero como persona, siempre falló”, explica Gloria Cantillana. En los primeros cuatro años que ella estuvo en Everton, la actitud de Mario Vera no cambió: “Nos decía que éramos malas y que no servíamos para el fútbol”. Agrega que ni su madre conoce todo lo que le tocó vivir en Everton en esos años: “Me gustaba tanto el fútbol que me la comí sola y me dejé pasar a llevar mucho”. A Gloria Cantillana le afectó psicológicamente lo vivido con Vera. “Creo que hasta hoy me afecta, porque me cuesta creer en mis capacidades. Pienso constantemente la frase que Mario me decía sobre que no iba a lograr nada”, detalla.
Verónica Riquelme jugó solo en 2013 por Everton y recuerda episodios donde le tocó ver gritos y comentarios hirientes a compañeras. “¡Sácate los pañales, estás toda cagada jugando! ¡Empieza a despertar!”, son algunos de los gritos que recuerda Riquelme en su año con Mario Vera. El director técnico justifica que el dicho de los pañales se lo ha escuchado a 20 técnicos del fútbol femenino, explica que “es una expresión, no es una humillación” y que todo depende del contexto. Pero Javiera Moreno, vicepresidenta y jefa de Género y Desarrollo de la Asociación Nacional de Jugadoras de Fútbol Femenino (ANJUFF) es enfática:
“Es una frase inaceptable. Es un ataque directo y una humillación. Además traspasa el límite de lo que sí corresponde como frases de motivación para las jugadoras. Urge hacer un cambio cultural para erradicar ese tipo de frases”.
Esos comentarios, dice Verónica Riquelme, generaban miedo en sus compañeras: “Las que eran débiles de mente cagaban. Mario se las comía. Pero las que éramos más fuertes, tratábamos de no pescarlo ni caer en su juego”.
En 2013, Gloria Cantillana vivió un proceso de selección para representar a Chile en la categoría sub 20, equipo dirigido por Ronnie Radonich. Cuando asistió a entrenar, el seleccionador le dijo que la habían llamado dos veces antes y le preguntaron por qué no había asistido. “Quedé en blanco”, dice la jugadora. Nunca supo de los dos llamados previos. Constanza Villanueva asegura que le pasó lo mismo por lo menos una vez. Mario Vera se justifica y explica que “deben haber más de 100 llamados y dos se me pasaron… todas las demás fueron”. Él reconoce que no le gustaba el manejo de Marta Tejedor, entrenadora de la selección entre 2007 y 2011, porque a su juicio armaba un grupo de amigas y no una selección. Pero las jugadoras no opinan lo mismo.
Cuenta Gloria Cantillana que a Mario Vera no le gustaba que fueran a la selección chilena y filtraba a las que podían asistir. “La selección es para ir a huevear, es para volverse lesbiana”, recuerda Cantillana que eran las palabras de Mario Vera. Lo confirma Nicole Mariñelarena, actual jugadora de Everton. Mariñelarena y Sofía Rojas, quien también integra el plantel del club, cuentan que se burlaba de las seleccionadas en sus charlas de entrenamiento. Ambas recuerdan que se refirió a una jugadora (cuya identidad Ciper mantiene en reserva) como “mongólica”.
Sofía Rojas llegó en 2014 con 15 años al equipo y tiene marcada una escena que vivió en el camarín. Fue en un entretiempo de un partido sub 17 contra Santiago Morning en la cuarta fecha del Torneo de Apertura de ese año. Jugaban en Viña del Mar y perdían por tres goles a cero. Entraron a los vestidores y Mario Vera estaba enfurecido: “Se descontroló y comenzó a pegarle a las paredes y a gritarnos cagonas”, dice Sofía. A algunas jugadoras, agrega, les gritó directamente en la cara: “¡Eres una cagona de mierda!”.
Karime Orozco, compañera de Rojas, tenía 14 años y confirma la escena. Ella cuenta que en la fecha siguiente, contra Ovalle, en un partido de la categoría adulta pero donde jugaban en su mayoría niñas de la sub 17 por falta de equipo, ocurrió algo similar. En el entretiempo Mario Vera entró gritando al camarín, le pegó a la pared y se quebró la mano, detalla Karime Orozco. Vera entrega su versión: “No golpeé a nadie, ni le grité a nadie. Perdimos y por la rabia le pegué a la pared y me quebré la mano”.
A fines de 2014 Everton cerró su rama femenina y Mario Vera se hizo cargo del fútbol joven del club. Pero un grupo de hinchas y apoderados crearon Deportes Viña del Mar Fútbol Femenino. En 2015 hicieron un trato con Everton que les permitió jugar en el campeonato nacional y llevar su nombre. Varias exbasquetbolistas de la zona se sumaron para poder armar un equipo. En 2017, quienes dirigían el equipo le pidieron a Mario Vera hacerse cargo de la escuadra y le ofrecieron un sueldo. Según afirma Cristián Díaz, dirigente de la época, desconocían las actitudes de Mario Vera hacia las jugadoras.
El entrenador consiguió una cancha donde entrenar, reorganizó el plantel, fichó nuevas jugadoras y dejó fuera a otras. Uno de los fichajes fue el de Gloria Cantillana. Ella dice que retornó porque Mario Vera la convenció de que estaba más calmado y decidió darle una segunda oportunidad. Carolina Berkhoff era una de las
basquetbolistas que se sumó al plantel, sobre la vuelta de Vera asegura que “muchas veces cedimos en el trato por tener una persona que nos podía ayudar a surgir. Porque ser Mario Vera te abre puertas y dejamos que hiciera lo que quisiera”.
Nicole Mariñelarena fue entrenada por Mario Vera en 2008 y volvió al club diez años después. Ella comenta que en ese primer año el director técnico solía comentar y burlarse de la orientación sexual de las jugadoras. “¡No la vas a dejar pasar porque te la comiste!” y “no se corten el pelo como hombre”, recuerda Mariñelarena y Gloria Cantillana que eran algunas de las frases que decía Mario Vera. Al reflexionar sobre su segundo período en el equipo, Nicole Mariñelarena dice: “Volver fue revivir todo, pero diez veces más”.
Una de las jugadoras que fichó en 2019 en Everton fue Carol Negrón. Volante con más de diez años de experiencia en el fútbol, llegó desde Puerto Montt a los 29 años. Las negociaciones las hizo con Mario Vera. Él le ofreció alojamiento y $ 300 mil mensuales. “Todo quedó en nada, las 300 lucas me las pagó dos meses, después 100 lucas, luego 50 y finalmente, nada”, dice Negrón. Con la casa sí cumplió. Ella cuenta que vivió en una cabaña de Mario Vera al oriente de Quilpué. Le quedaba lejos del centro de entrenamiento y no tenía transporte. Vera la llevaba y traía.
Carol Negrón fue testigo de constantes gritos a sus compañeras. Cuenta que generalmente gritaba “marca a la negra, a la guatona o a la huevona”. Ella se preguntó por qué nadie le respondía y sus compañeras le dijeron que siempre había sido así.
El jueves 4 de abril de 2019, Pía Zamorano, segunda arquera de Everton, se lesionó. La falta de apoyo del club a la jugadora indignó a Nicole Mariñelarena, capitana de la época, quién denunció ese mismo fin de semana por redes sociales lo ocurrido.
La denuncia tuvo repercusiones. Una fue la respuesta del club en relación a la cobertura de las lesiones. Gustavo Dalsasso, gerente deportivo de Everton, dijo que desde ese momento la institución iba a correr con los gastos de las lesiones del plantel. Otra consecuencia la vivió Nicole Mariñelarena, porque en el entrenamiento siguiente, Mario Vera la castigó por la publicación y le quitó la capitanía a ella y a la segunda capitana, Joanna Osorio. “Por reclamar por lo justo, Mario me gritó y me dijo que nunca más sería capitana”, cuenta Mariñelarena. Agrega: “Mario siempre nos decía que con poco debíamos hacer mucho y ese pensamiento nos estancaba”.
Tras la conversación en que Mariñelarena y Osorio perdieron la capitanía, Carolina Berkhoff dio su opinión. Mario Vera la quedó mirando fijo y empezó a encararla: “¿Tú, quién eres? Primero debes rendir en la cancha para hablar. No sirves para nada, no puedes opinar”, recuerda Berkhoff que fueron algunas de las palabras del director técnico. Ella le respondió que esa discusión no era para ese momento, pero él continuó gritando. Nicole Mariñelarena junto a otras compañeras la defendieron. Sofía Rojas cuenta que “la empezó a atacar y menospreciar. Le decía que era mala”. Carolina Berkhoff comenzó a llorar y Mario Vera dijo que ninguna estaba obligada a estar ahí. Eso provocó que varias jugadoras abandonaran el entrenamiento, entre ellas Nicole Mariñelarena, Sofía Rojas, Carolina Berkhoff, Tania Hidalgo y Gabriela Herrera.
Al preguntarle a Mario Vera por el conflicto con Carolina Berkhoff, dice que nunca le gritó, solo le explicó que ella no estaba en los planes del equipo y que entrenaba para hacerle un favor.
Tras lo ocurrido, Mariñelarena, Rojas, Berkhoff y Herrera se ausentaron por varios días y fueron eliminadas del grupo de Whatsapp del equipo. Gustavo Dalsasso se comunicó con ellas y las citó a una reunión. Las cuatro le relataron lo que pasó en ese entrenamiento y cuentan que Dalsasso desconocía la real discusión. En consecuencia, se disculpó por lo ocurrido y les pidió que se reintegraran. Pero ellas le explicaron que Mario Vera era el que no quería su retorno. Según las jugadoras que estaban en la reunión, el gerente deportivo decidió llamar a Mario Vera frente a ellas y le dijo:
—Mario, tengo cuatro chicas acá que el lunes vuelven a entrenar.
Mario Vera no entendió a quienes se refería y Dalsasso decidió darle los nombres. Las jugadoras confirman que escucharon claramente la respuesta, aunque Dalsasso no tenía su teléfono en altavoz.
—¡Sofía Rojas, esa concha de su madre no vuelve a entrenar! —respondió Mario Vera.
Gustavo Dalsasso y otros directivos del club fueron contactados, pero no quisieron participar del reportaje. “Everton de Viña del Mar está en un proceso de reestructuración de su área femenina”, respondió el club.
Después de unas semanas Sofía Rojas, Carolina Berkhoff y Gabriela Herrera, abandonaron el club. “No me daban ganas de entrenar. Me fui de Everton por Mario Vera”, aclara Sofía Rojas. Para Carolina Berkhoff su salida fue difícil y relata: “Tenía 32 años, Mario siempre se dedicó a denigrarme, a pesar de mi esfuerzo por mejorar. Psicológicamente me dejó muy mal”. Por motivos económicos Berkhoff no asistió a un psicólogo, a pesar que sintió la necesidad.
El 14 de septiembre de 2019 Everton enfrentó a Santiago Wanderers, el clásico regional, en el estadio de Villa Alemana. Primero fue el partido de la sub 17 y a continuación jugó el plantel adulto. En el entretiempo del equipo juvenil, el marcador estaba igualado sin goles y las adultas ya estaban en los vestidores preparándose para su partido. Las jugadoras dicen que Mario Vera ingresó golpeando las paredes y gritando. Según cuentan Nicole Mariñelarena, Carol Negrón y otra entrevistada que prefirió no ser mencionada por miedo a represalias, el DT se paró frente a Trinidad Bernales, la tomó de los hombros, la zamarreó contra la pared y le gritó al oído: “¡Corre, corre, corre!”. La joven lo empujó para alejarlo, comenzó a llorar y se fue a los baños.
Las jugadoras juveniles quedaron paralizadas. Fueron algunas de la categoría adulta las que alzaron la voz para pedirle a Mario Vera que se detuviera, que se calmara. “Mario, ¿qué estás haciendo? ¡Para! ¿Cómo tomas así a una cabra chica!”, le gritaron.
Mario Vera cuenta su versión de lo ocurrido con Bernales: “Cometí un error. No eludo mi responsabilidad. Yo le grité más o menos cerca del oído, pero jamás la toqué”, explica. Cuenta que en esa ocasión puso su cargo a disposición, que habló con la jugadora y sus papás, que les explicó que estaba pasando por un mal momento, porque se estaba separando de su pareja y que ellos lo entendieron. Tras lo sucedido, reflexiona: “Cada día creo que no estoy para dirigir niñas chicas”.
Lo ocurrido el 14 de septiembre hizo que las jugadoras se cuestionaran el actuar que Mario Vera ha tenido por años. “Yo soy profe, el día de mañana voy a ejercer mi profesión y no puedo quedarme con eso en mi cabeza”, pensó Carol Negrón. Fue ella, junto a Nicole Mariñelarena y otras jugadoras, las que se organizaron. Recopilaron información, audios y contactaron a la Asociación Nacional de Jugadoras de Fútbol Femenino (ANJUFF).
En mayo de 2019 la ANJUFF estrenó su Protocolo de Abuso y Acoso Sexual, documento pionero dentro del fútbol femenino de Latinoamérica. Este protocolo comienza a operar una vez recibida la denuncia en la página web de la ANJUFF o a través de un correo electrónico que se dispuso exclusivamente para ello. Luego, la asociación se contacta con la denunciante para reunir antecedentes y entregar apoyo jurídico, comunicacional o emocional. La ANJUFF asesora y acompaña a la denunciante, protegiendo su identidad.
Javiera Moreno fue la encargada en la ANJUFF de llevar la investigación sobre Mario Vera. Desde que recibieron la denuncia hasta diciembre pasado se reunieron 13 testimonios bajo reserva de identidad. Se redactó un informe donde se enumeraron las conductas inapropiadas del director técnico y a mediados de diciembre lo presentaron a los dirigentes de Everton. Javiera Moreno cuenta que los directivos ya estaban al tanto de algunas de las actitudes de Mario Vera y que quedaron en hacer una investigación interna.
Hasta febrero de 2020 la ANJUFF no tuvo noticias de Everton. La primera semana de ese mes, la asociación insistió y la dirigencia le respondió que decidieron desvincular a Mario Vera de la rama femenina. El club no lo despidió, sino que lo dejó a cargo del fútbol joven. Según Mario Vera, él no fue cambiado de función por la denuncia y le quita valor a la investigación. De acuerdo con su versión, el real motivo sería una disputa interna con un compañero que quería su puesto.
LOS 12 DE LA FLORIDA:
CRÓNICA DE UNA MATANZA FRUSTRADA

Claudio Pizarro y Sebastián Palma
18 de mayo
El Desconcierto
No era una tarea fácil: para cumplir rigurosamente con el ambicioso plan, había que recoger las historias de una docena de personas desperdigadas, temerosas y probablemente con pocas ganas de salir en la prensa.
Pero al leer este trepidante relato se comprueba que la combinación de lectura profunda de los clásicos, investigación a fondo y pericia narrativa rinden frutos como este. El 27 de abril de 2020 en La Florida ocurrió un hecho insólito, que al mismo tiempo era representativo de lo desorbitada y perdida que estaba tras el estallido gran parte de la fuerza pública chilena.
En la plaza donde había alrededor de 30 manifestantes, una pareja de carabineros de franco disparó más de una decena de balas que dejaron12 heridos y, milagrosamente, ningún muerto. La balacera fue un episodio que afortunadamente no terminó en masacre, y que Pizarro y Palma cuentan tras entrevistar a cada uno de los heridos. Aquí relatan cómo lo vivieron, qué les pasó luego, qué sienten ahora. Está armado como el clásico Hiroshima de John Hersey, pero en vez de seis víctimas de la bomba atómica, aquí hay el doble de civiles atacados por los que supuestamente están encargados de defenderlos.
Se enteraron por un flyer de Instagram, al igual que todo el mundo. Nayareth (23) pasó a buscar a Jocelyn (30) a su casa y de ahí partieron juntas al metro Trinidad. Eran las siete y media de la tarde del 27 de abril. En el camino se toparon con más gente. Personas que agitaban banderas y que en teoría se dirigían al mismo lugar que ellas. Carolina Adasme (33) no tenía muchas ganas de ir. Había pintado un lienzo en la tarde, previo al día del trabajador, y se sentía cansada. Pensó en un momento subirse a la bicicleta, pero luego se arrepintió. Así que se devolvió a su casa, tomó una mascarilla y partió a pie rumbo a la manifestación. Ahí se encontraría con sus amigos de la asamblea territorial Santa Raquel.
Alrededor de las ocho de la noche llegó Ricardo Rubio (36), un trabajador social del Hogar de Cristo que trabaja con personas con discapacidad mental, haciendo sonar su trutruca acompañado de tres amigos, entre ellos Gonzalo, un joven soldador de 21 años que comenzó a agitar una bandera con la frase “ni perdón ni olvido”. Se veían pocos manifestantes. La convocatoria parecía destinada al fracaso.
—Esto no prendió —bromeaba Nayareth.
A César Herrera (42) y Gabriela Collinao (42) los invitó su hijo mayor al “cacerolazo” y tuvieron casi la misma impresión cuando llegaron al lugar. “No hay nada, parece que te equivocaste”, le dijeron. Hasta que vieron a un lote que se aproximaba con una bandera y unas mujeres que conversaban en la esquina norponiente de Vicuña con Trinidad.
—Somos pocos pero locos —le dijo Nayareth a Jocelyn, intentando subirle el nivel a la convocatoria.
Al otro lado de la calle, en un local de Pizza Hut, Javier (20) y Luca (20) acababan de comerse el último trozo de pizza. Eran compañeros del colegio y se volvieron a encontrar en una marcha, un mes después del asesinato de Camilo Catrillanca. Desde entonces empezaron a ir juntos a las manifestaciones.
—Escuchamos bulla, cacerolas, un compadre con una trutruca, empezaron a golpear unas latas, así que apuramos las pizzas y partimos caminando hacia donde estaban todos —recuerda Javier, estudiante de enfermería.
Diego López (26) nunca tuvo planes de estar ahí, se encontró con dos amigos en la calle que lo invitaron, pero terminó cantando en la misma esquina que todos. Allí se encontró con Carolina Adasme, una amiga suya de la Garra Blanca, que conversaba con Ricardo Rubio. “Era una manifestación pacífica, alegre”, recuerda. “Yo he ido a manifestaciones donde se espera el enfrentamiento, pero aquí no. Había una sensación media vecinal”, dice el joven de 26 años que vende flores de goma eva en Bellavista.
La tarde estaba nublada, hacía frío y Juan Carlos (27) pensó que hasta se podía largar a llover. Pero como vivía tan cerca, a solo un par de cuadras, decidió ir aunque fuera un momento a sacar fotografías. “Mi forma de protestar es sacando fotos y luego subirlas a redes sociales”, cuenta.
Al llegar sintió el ruido de un instrumento mapuche y comenzó de inmediato a sacar fotos con su celular. Recuerda que había gente cantando consignas contra Piñera y que lentamente se fueron sumando más personas.
—Se empezaron a armar grupitos de dos o tres, en total no éramos más de treinta. Era como un carrete fome. Una manifestación bien pobre, con decirte que se armó una fogata con cartones y cajas de pollo, dejando un lado para que pasaran vehículos. La gente tocaba la bocina —describe Jocelyn.
La última en llegar fue Thiare Korner, una joven malabarista de 18 años que no tenía idea que la convocatoria en contra del día del carabinero, se realizaría en la misma esquina donde acordó juntarse con su mamá. Mientras la esperaba se puso a conversar con un amigo que estaba protestando en el mismo lugar.
Todos fueron testigos como la improvisada manifestación comenzó a animarse. Los cánticos se escuchaban cada vez más fuertes, junto al sonido de silbatos y el estruendo de piedras sobre los postes metálicos. En eso estaban, cuando sintieron el primer disparo, y luego otro y otro. Todos recuerdan escenas difusas. Gritos. Llantos. Sangre. Uno a uno, comenzaron a caer al pavimento. Fueron doce en total. Los doce baleados de La Florida.
La balacera
Cuando sintió los disparos, Gonzalo Gómez (21) pensó que se trataba de unos tronadores que alguien había tirado a la fogata. Empezó a caminar, tapándose los oídos, hasta que todos comenzaron a correr en estampida.
—Pensé que eran perdigones, arranqué, vi a una niña tirada. Ricardo venía cojeando. Llegué a un colegio en Trinidad, ya no aguantaba el dolor. Me senté en un paradero, me bajé el pantalón, me toqué, tenía la mano llena de sangre —recuerda.
Carolina Adasme estaba revisando su celular, con un grupo de amigos, cuando escuchó el estruendo de unos “petardos”. Eso fue lo que pensó al comienzo, antes de ver caer a varias personas a su lado. “Estaba arriba de la vereda y sentí que algo me golpeó fuerte en la espalda, me tiró hacia delante y quedé agachada. Pensé que era una lacrimógena, pero no había ni carabineros, ni guanacos, nada. Alcancé a dar unos pasos y empecé a vomitar sangre”, cuenta.
César Herrera sintió un golpe fuerte en la pierna, primero, y luego un dolor intenso. Cayó al suelo, intentó levantarse, dio otro paso y volvió a caer. Otras veces había recibido perdigones en
protestas, pero esta vez era diferente. “Sentía la pierna muerta y perdí la sensibilidad en los dedos, me tomaba el pantalón y la pierna se me doblaba sola”, explica. Gabriela, su esposa, yacía en el suelo unos metros más allá. También había recibido un impacto de bala en la pierna. Su hijo apareció a los minutos y ayudó a trasladar a sus padres a una camioneta.
Fue todo tan rápido —sin enfrentamiento previo, ni voces de alerta— que Diego López pensó, mientras corría despavorido, que podía tratarse de algún sociópata o seguidores de Sebastián Izquierdo, el líder de Capitalismo Revolucionario, quien advirtió por redes sociales que saldrían a “matar a todos”. La hipótesis no le pareció tan rara, luego de verse el dedo meñique colgando y comenzar a sentir un dolor agudo en la pelvis.
—Seguí arrancando, me veo la mano y quedé en shock, ahí empiezo a sentir un dolor fuerte en la entrepierna y comencé a cojear. Tuve que parar. Empiezo a mirar para todos lados, dándome cuenta que había mucha más gente herida —recuerda.
Apenas Javier vio la mano lastimada de Diego, abrió su mochila y le ofreció un guante para que pudiera afirmarse el dedo. Fue tanta la adrenalina que el estudiante de enfermería corrió a una bencinera y le pidió al conductor de una camioneta que trasladara a los heridos a un consultorio, sin reparar que él también tenía en su cuerpo alojadas dos municiones, una en la pierna y otra en la cadera.
—Yo era uno de los más cercanos al auto que nos disparó, sentí que me llegaban cosas en el cuerpo, pensé que eran perdigones. Me acuerdo que me cubrí la cara porque me acordé de los heridos con trauma ocular. Ahí empecé a escuchar los gritos de la gente y partí a buscar ayuda —recuerda.
Ricardo Rubio sintió el estruendo y luego escuchó gritos por todos lados. Dice que perdió la visión periférica y avanzó unos metros hasta donde Gonzalo Gómez. “El cabro estaba desbordado, tenía mucho más dolor que yo, lo empezamos a auxiliar. Yo tenía algo acá en el muslo, pero no le di mucha importancia, pensé que podía ser un perdigón. Me preocupé en ese momento de la Carolina que también estaba herida y que al parecer era algo grave”, cuenta.
—Yo no entendía lo que estaba pasando realmente, todo fue así como de la nada, veo al Diego que se estaba sujetando los dedos, tenía el hueso hacia afuera, era tremendo, y yo lo único que hacía era vomitar sangre. Empezaron a subir a varias personas a una camioneta y en eso se baja una mujer del asiento del copiloto y me dice hueona, súbete, mira como estai —relata Carolina Adasme.
Jocelyn y Nayareth arrancaron juntas por avenida Trinidad hacia el poniente. Justo le estaban respondiendo un whatsapp a la mamá de Nayareth, cuando sintieron los primeros disparos. Jocelyn, en plena carrera, sintió como un hilo de sangre saltaba de su pierna, mientras Nayareth gritaba desde más atrás: “Me llegó, me llegó”.
—Unos locos en bicicleta nos dijeron que eran pacos, otros decían que era un ajuste de cuentas entre narcos y otros que era como estos grupos de extrema derecha —cuenta Jocelyn.
Lo cierto es que no todos sabían con exactitud que era lo que les había pasado, pero en el traslado al consultorio comenzaron a sospechar que se trataba de balas de verdad.
Juan Carlos también se subió a la camioneta, donde ya estaban Diego, Carolina, César y Gabriela. Los otros heridos fueron trasladados a diversos consultorios del sector y luego derivados al nuevo Hospital de La Florida. Carolina estuvo a punto de morir. La bala, supo después, estuvo a punto de perforarle el pulmón. Ninguno, milagrosamente, murió.
Regreso a casa
La vida en la casa de los Herrera-Collinao no es la misma desde el 27 abril. César Herrera, se encuentra postrado en una cama de una plaza con su pierna en altura, tras permanecer una semana internado en el Hospital de La Florida. Pese a que le recetaron dos potentes fármacos para evitar el dolor, tramadol y metadona, desde hace dos días que no puede dormir.
La bala le destrozó una pierna y las dos operaciones a las que fue sometido para reconstruirla le quitaron dos centímetros de largo: quedará cojo de por vida. Además de eso, el equipo médico le informó que varias cicatrices desfigurarán su extremidad para siempre, a menos que le injerten piel de sus glúteos. Él, en su cama, dice que ya no le importa cómo lucirá y que no quiere volver a entrar a un quirófano en su vida.
En otra cama en la misma habitación, está Gabriela Collinao, su mujer, que también recibió un impacto de bala en una de sus piernas. “Me quedaron restos adentro”, dice. Las tareas en el hogar las realizan ahora sus hijos mayores, de 14 y 17 años, quienes van a comprar al almacén y a pagar las cuentas. Ella se traslada a duras penas en una silla de escritorio para ir al baño y su hermano que vive cerca les trae la comida todos los días.
La familia se acaba de reunir por primera vez luego de una semana en la que César estuvo internado. La recuperación se demorará seis meses y no podrá trabajar en su oficio: la desabolladura de automóviles. Se viene tiempos difíciles. Herrera está planificando qué hacer, mientras asimila todo lo que ha pasado. “Pudimos haber muerto o haber matado a algunos de mis hijos. Además, voy a quedar cojo y teniendo tres hijos que mantener. Todo por culpa de un hueón cagado de la cabeza que va y dispara dejándonos así”, se lamenta.
A pocos metros de la casa de los Herrera, Javier, estudiante de enfermería, muestra las heridas en su cadera y su pierna. Las dos balas de 9 mm que recibió siguen alojadas en el interior de su cuerpo y lo más probable es que se queden allí por un buen rato. “Las balas solos las sacan en las películas de vaqueros”, le dijo un doctor en el hospital. Si se quedan aquí, dice, que al menos tengan algún sentido.
—Quiero que estas balas que tengo en el cuerpo valgan la pena y metan presos a estos pacos —reclama.
Junto a él está su amigo Luca Pineda: flaco, alto y de look punketa, estilo que no impide camuflar el miedo que aún mantiene tras el tiroteo. No ha podido dormir y los ruidos de balas, petardos y fuegos artificiales —los que son pan de cada día en su barrio de La Florida— lo hacen evocar el tiroteo donde una bala le rozó la mano.
Para Gonzalo Gómez la situación no es muy distinta. Debe desplazarse por su casa en una silla de ruedas que le prestó un vecino. En su celular, muestra una fotografía de su muslo abierto por el roce una bala que le dejó una cicatriz de 12 puntos de sutura.
El joven soldador, fanático de Colo-Colo, se encuentra terminando la enseñanza media en un 2 x 1. Hoy, en casa de su madre, reflexiona tras el tiroteo: “Estos dos carabineros de civil dispararon para matarnos. Si no hubiese sido así hubiesen disparado al aire, como para asustarnos, echarnos. Ellos nos querían matar”, reflexiona.
En el pasaje paralelo al de la casa de Gonzalo vive Ricardo Rubio, el asistente social que tocaba la trutruca el día de la manifestación. Rubio tiene una bala alojada en su canilla y aún no sabe si podrá volver a jugar a la pelota o incluso a caminar normalmente. “Yo espero que esta bala me la saquen, no sé si alguien puede vivir de forma digna con una bala dentro del cuerpo”, dice sentado en el living de su casa.
El dirigente de la Asamblea Santa Raquel, añade que no puede desprenderse de su profesión a la hora de reflexionar sobre los carabineros que lo atacaron a él y a otras once personas, entre ellos varios de sus amigos y compañeros de la asamblea territorial.
“Yo no creo que estas personas hayan tenido intención de ir a matarnos. Estoy convencido de que estaban conmemorando su día y se tomaron una botellas de whisky y quedaron raja de curados, llegando a un punto donde se sintieron amenazados por nosotros que estábamos manifestándonos en contra de su institución, la misma que les dio la oportunidad a ellos de ser alguien. Yo de verdad creo que estos gallos también son víctimas de la injusticia del sistema, o sea de la institución de Carabineros de Chile”.
Carolina Adasme, otra integrante de la asamblea Santa Raquel, fue otra de las más afectadas por la balacera. El proyectil que recibió ingresó por su espalda, rebotó en una de sus costillas y salió por la parte superior de su pecho. Su paleta y varias costillas están fracturadas, además de una leve perforación pulmonar. El impacto del proyectil, relata, estuvo a siete milímetros de causarle una herida mortal.
Carolina se mueve lento y pausado, jadea al respirar y no puede tomar a sus pequeños gemelos en brazos. A uno de ellos debieron enviarlo donde unos parientes en el campo, para que no la viera en ese estado. A su hijo mayor que alcanzó a ver algunas imágenes en los matinales, Carolina le explicó que recibió unos balazos de unas personas malas, pero omitió quienes eran realmente.
“He tratado de mantenerlo al margen, él no tiene por qué sentir odio”, recalca. Luego agrega: “¿Qué hubiera pasado si nosotros hubiéramos baleado a Carabineros? El Gobierno nos hubiera acusado de terroristas. A ellos en cambió no les pasó nada, pero lo que hicieron con nosotros, yo al menos lo veo como un acto terrorista, un acto de odio”, dice.
Para Diego López, amigo de Carolina, la situación también es delicada. El joven artesano y guitarrista estuvo a punto de perder uno de sus dedos. López se encuentra haciendo reposo en la casa de su hermana en el centro de Santiago.
—Lo único que quiero es recuperar la movilidad de la mano para poder seguir tocando guitarra y para no estar recordando esto toda la vida, porque me imagino que cada vez que me vea mano, si no la puedo ocupar, va a estar ese fantasma. Pero no quiero echarme a morir —recalca.
Tampoco Thiare Korner, la malabarista de 18 años que ni siquiera participaba de la manifestación cuando una bala le atravesó el muslo. A días del ataque, en su casa junto a su pololo y sus parientes, cuenta que es muy difícil “sacarse de la cabeza que intentaron matarnos”. “Más aún si se supone que es alguien de una institución que debe cuidarnos y resguardarnos. Me quedó marcada la bala, esto no es para la risa, creo que ellos son unos delincuentes”.
Para Nayareth y Jocelyn, las amigas que fueron juntas el 27 de abril, la vida también les ha cambiado. Pese a que una de las balas les dañó el muslo, Nayareth piensa que seguirá manifestándose una vez que se normalice la situación sanitaria.
Jocelyn tiene una bala alojada en una pierna y, a diferencia de su amiga, dice que no va a volver a salir a manifestarse por miedo a dejar a su pequeño hijo solo. Al igual que Carolina Adasme, ha preferido no contarle quiénes fueron los que la hirieron en el pie. “Solo le dije que tuve un accidente corriendo. No tiene para que saber esas cosas; después les va a tener miedo a los carabineros”, dice.
Para Juan Carlos, el fotógrafo aficionado que recibió un balazo en su glúteo, el recuerdo de la balacera siempre estará allí. Vive a escasas cuadras de la estación Trinidad y pasa casi todos los días por el lugar. Dice que no tiene odio, ni sed de venganza contra los culpables del tiroteo, pero qué si se los encuentra algún día, no se iría a las manos con ellos. Haría algo mucho más simple y directo. Los miraría a los ojos, dice, y les preguntaría: ¿Por qué lo hicieron?
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