Kitabı oku: «La soberanía de Dios»

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Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org ISBN: 978-1-629462-58-5

© Traducción al español por Giancarlo Montemayor, Copyright 2020. Todos los Derechos Reservados. Edición por Armando Molina. El diseño de la portada y las páginas fue realizado por Francisco Adolfo Hernández Aceves.

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Las citas marcadas por un asterisco son la traducción del autor. Las itálicas en las citas de la Escritura indican un énfasis añadido.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Todos los derechos reservados.



Contenido

PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN

PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN

PREFACIO A LA CUARTA EDICIÓN

INTRODUCCIÓN

Capítulo 1 DEFINICIÓN DE LA SOBERANÍA DE DIOS

Capítulo 2 LA SOBERANÍA DE DIOS EN LA CREACIÓN

Capítulo 3 LA SOBERANÍA DE DIOS EN SU ADMINISTRACIÓN

Capítulo 4 LA SOBERANÍA DE DIOS EN LA SALVACIÓN

Capítulo 5 LA SOBERANÍA DE DIOS EN LA REPROBACIÓN

Capítulo 6 LA SOBERANÍA DE DIOS EN ACCIÓN

Capítulo 7 LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA VOLUNTAD DEL HOMBRE

Capítulo 8 LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD HUMANA

Capítulo 9 LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA ORACIÓN

Capítulo 10 NUESTRA ACTITUD HACIA LA SOBERANÍA DE DIOS

Capítulo 11 DIFICULTADES Y OBJECIONES

Capítulo 12 EL VALOR DE ESTA DOCTRINA

CONCLUSIÓN

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PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN

En las páginas siguientes se ha hecho un intento de examinar de nuevo, a la luz de la Palabra de Dios, algunas de las preguntas más profundas en las que pueda indagar la mente humana. Algunos han abordado estos problemas en días pasados y de su trabajo todos nos hemos beneficiado. Aunque no hace alarde de originalidad, el autor ha procurado examinar y tratar con el tema que le ocupa desde un punto de vista totalmente independiente. Hemos estudiado diligentemente los escritos de hombres como Agustín, Tomás de Aquino, Calvino, Jonathan Edwards, Ralph Erskine, Andrew Fuller y Robert Haldane. Entre aquellos que han tratado de la manera más útil la soberanía de Dios en los últimos años podemos mencionar a los doctores Rice, J.B. Moody y George S. Bishop de cuyos escritos también hemos recibido instrucción. Es muy triste pensar que estos nombres son desconocidos para la presente generación. Por supuesto, no compartimos todas sus conclusiones, pero felizmente reconocemos nuestra deuda hacia su trabajo. Intencionalmente nos hemos abstenido de citar libremente a estos teólogos porque deseamos que la fe de nuestros lectores no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Por esta razón hemos citado libremente a las Escrituras y hemos buscado fundamentar cada una nuestras declaraciones en textos bíblicos.

Sería necio de nuestra parte el esperar que esta obra sea aprobada por todos. La tendencia en la teología moderna —si le podemos llamar teología— es hacia la deificación de la criatura en lugar de la glorificación del Creador, y la levadura del racionalismo está permeando rápidamente en toda la cristiandad. Los efectos malévolos del darwinismo han tenido alcances más allá de lo que la mayoría nos percatamos. Muchos de nuestros líderes religiosos que todavía son considerados ortodoxos serían, con temor lo decimos, clasificados como heterodoxos si fuesen pesados en las balanzas del Santuario. Incluso aquellos que tienen claridad intelectual sobre otras verdades, rara vez tienen una doctrina sana. Pocos, muy pocos, hoy en día creen en la completa y total depravación del hombre. Aquellos que hablan del «libre albedrío» del hombre e insisten en su poder inherente de aceptar o rechazar al Salvador, solo muestran su ignorancia de la condición real de los hijos de Adán. Y si existen pocos que creen esto (que la condición del hombre es totalmente desesperada), hay incluso menos personas que creen en la absoluta soberanía de Dios.

Adicionalmente a los efectos de la enseñanza no bíblica, también debemos enfrentarnos con la superficialidad de la presente generación. Anunciar que cierto libro es un tratado de doctrina es suficiente para crear prejuicios en la gran mayoría de los miembros de las iglesias y los predicadores. El anhelo, hoy en día, es de algo ligero y entretenido, y pocos tienen la paciencia, mucho menos el deseo, de examinar cuidadosamente aquello que demandará toda su concentración y poder mental. También sabemos lo difícil que es encontrar, en nuestros días ajetreados, el tiempo que requiere el estudiar los temas profundos de Dios. Sin embargo, también es cierto que aquel que quiere algo, encontrará la manera de lograrlo y a pesar de las cosas desalentadoras a las que hicimos referencia, creemos que habrá un remanente piadoso que se deleitará en considerar cuidadosamente esta obra, y confiamos que tal deseo traerá «su fruto en su tiempo».

No olvidamos las palabras de alguien que dijo: «La censura es el último recurso de un oponente derrotado». El descartar este libro con el epíteto de «híper–calvinismo» no es digno de mención. No tenemos ningún gusto por la controversia y no aceptaremos ningún reto a entrar en un debate sobre las verdades discutidas en estas páginas. En cuanto a nuestra reputación, la dejamos en las manos del Señor, y a Él dedicamos esta obra y cualquier fruto que ella pueda producir, orando que Él la use para dar luz a Su amado pueblo (mientras sea acorde a Su Santa Palabra) y perdone al escritor, y guarde al lector, de cualquier falsa enseñanza que pudiera haberse infiltrado en ella. Si el gozo y el consuelo que el autor ha obtenido al escribir estas páginas son compartidos por el lector, entonces estaremos agradecidos a Aquel que nos da Su gracia para discernir las cosas espirituales.

—Arthur W. Pink, Junio 1918

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Han pasado dos años desde que la primera edición de esta obra fue presentada al público cristiano. Su aceptación ha sido más favorable de lo que el autor esperaba. Muchos le han hecho saber de la ayuda y la bendición que han recibido al examinar detenidamente su intento de dar claridad a un tema difícil. Por cada muestra de aprecio damos gracias a Aquel que nos ha dado Su luz. Algunos han condenado este libro con diversos términos; a estos los encomendamos a Dios y a Su Palabra, recordando que está escrito: «no puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo» (Juan 3:27). Otros nos han enviado críticas amigables, las cuales han sido consideradas cuidadosamente y confiamos que, en consecuencia, esta edición revisada sea, para los miembros de la fe, más provechosa que la primera.

Al parecer, se requiere una explicación sobre esto. Algunos queridos hermanos en Cristo sintieron que nuestro trato hacia la soberanía de Dios era demasiado extremo y unidireccional. Me ha sido señalado que un requisito fundamental para exponer la Palabra de Dios es la necesidad de preservar el balance de la verdad. En esto estamos de acuerdo. Dos cosas están fuera de discusión: Dios es soberano y el hombre es una criatura responsable. Pero en este libro estamos abordando la soberanía de Dios y, aunque la responsabilidad del hombre está implícita, no hacemos una pausa en cada página para insistir en ella; en lugar de ello, hemos hecho un esfuerzo para subrayar aquella verdad que en estos días es casi universalmente negada. Probablemente el 95 por ciento de la literatura contemporánea está dedicada a las tareas y las obligaciones del hombre. El hecho es que aquellos que exponen la responsabilidad del hombre son quienes han perdido «el balance de la verdad» al ignorar, en gran medida, la soberanía de Dios. Es correcto insistir en la responsabilidad del hombre pero, ¿qué hay de Dios? —¿no tiene Él ninguna demanda, ningún derecho? Cientos de obras como esta serían necesarias y diez mil sermones tendrían que predicarse sobre este tema si queremos obtener «el balance de la verdad». El balance se ha perdido debido a un énfasis desproporcionado en la parte humana y al minimizar, si no es que excluir, la parte divina. Entiendo que este libro es unilateral, pues solo pretende tratar un lado de la verdad, el lado olvidado y rechazado, el lado divino. Aún más allá, la pregunta que podría surgir es: ¿Qué es más deplorable —un sobre énfasis de la parte humana y un énfasis insuficiente de la parte divina, o un sobre énfasis en la parte divina y un énfasis insuficiente en la parte humana? Por supuesto, es más peligroso engrandecer al hombre y minimizar a Dios. La pregunta podría hacerse de la siguiente forma: ¿Podemos ser demasiado insistentes en cuanto a lo que Dios declara como cierto? ¿Podemos ser muy extremos al insistir en la absoluta y universal soberanía de Dios?

Es con profundo agradecimiento a Dios que, después de dos años de diligente estudio de las Sagradas Escrituras, con el profundo deseo de descubrir lo que al Dios Todopoderoso Le ha placido revelar a Sus hijos sobre este tema, no vemos razón alguna para retractarnos de lo que hemos escrito, y aunque hemos reorganizado el material de esta obra, la sustancia y la doctrina se mantienen sin cambios. Quiera Aquel Quien ha bendecido la primera edición de esta obra, complacerse en bendecir aún más esta revisión.

—Arthur W. Pink, Swengel, Pennsylvania, EUA, 1921

PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN

Que una tercera edición de esta obra sea necesaria es una razón para alabar fervientemente a Dios. Mientras la oscuridad se hace más profunda y las pretensiones del hombre van cada día en aumento, la necesidad de enfatizar las declaraciones de Dios se hace más grande. Mientras la Babel de la religiosidad desconcierta a tantos, es más evidente el deber de los siervos de Dios de apuntar hacia el único fundamento seguro para el corazón. Nada es más reconfortante como la seguridad de que el Señor mismo Se encuentra en el Trono del universo, haciendo «todas las cosas según el designio de su voluntad».

El Espíritu Santo nos ha dicho que en las Escrituras hay cosas difíciles de entender, pero recalcamos que son «difíciles», no «imposibles». Una espera paciente en el Señor y una diligente comparación entre textos bíblicos, frecuentemente resulta en una apreciación más completa de aquello que antes nos parecía oculto. Durante los últimos diez años le ha complacido a Dios el otorgarnos más luz en ciertas partes de Su Palabra y esto lo hemos utilizado para mejorar nuestra exposición de diferentes pasajes. Pero es con profundo agradecimiento que no vemos necesidad de cambiar o modificar alguna doctrina contenida en las primeras ediciones. Al paso del tiempo nos hemos percatado (por gracia divina) de la importancia y el valor de la soberanía de Dios que repercute en todos los aspectos de nuestras vidas.

Nuestros corazones se han regocijado al recibir una y otra vez cartas de todos los rincones del mundo, diciéndonos la ayuda y la bendición recibidas de las primeras ediciones de esta obra. Un amigo cristiano estaba tan conmovido al leerla y tan impresionado por su testimonio, que envió un cheque con el propósito de que enviáramos copias a misioneros en cincuenta países diferentes, «para que su glorioso mensaje circule por el mundo»; muchos de los cuales nos han escrito para decirnos cuánto han sido fortalecidos en su lucha en contra de las tinieblas. A Dios pertenece toda la gloria. Que Él se complazca al usar esta tercera edición para traer honor a Su nombre y para alimentar a Su grey.

—Arthur W. Pink, Morton´s Gap, Kentucky, USA, 1929

PREFACIO A LA CUARTA EDICIÓN

Es con profunda alabanza al Dios Altísimo que otra edición de este valioso libro es requerida. A pesar de que su enseñanza va directamente en contra de lo que es promulgado actualmente, estamos felices al decir que esta obra está fortaleciendo la fe, el consuelo y la esperanza de un gran número de los elegidos de Dios. Encomendamos esta nueva edición a Aquel en Quien nos deleitamos en honrar, orando que Él Se complazca en bendecir el alcance de este libro para llevar luz a Su pueblo, «para alabanza de la gloria de su gracia», y para brindar una comprensión más clara de la majestad de Dios y de Su soberana misericordia.

—I. C. Herendeen, 1949

INTRODUCCIÓN

¿Quién ordena los asuntos en la tierra hoy día —Dios o Satanás? Se admite generalmente que Dios reina en los cielos; pero se niega casi universalmente que lo haga en este mundo —si no directamente, sí indirectamente. Los hombres, en sus filosofías y teorías, tratan cada vez más de relegar a Dios a un segundo plano. Tomemos el asunto de lo material. No sólo se niega que Dios lo creó todo mediante Su acción personal y directa, sino que pocos creen que Él Se ocupe directamente de dar orden a las obras de Sus propias manos. El mundo supone que todo está ordenado conforme a «leyes naturales» impersonales e inconcretas. De esta manera se destierra al Creador de Su propia Creación. No debemos pues sorprendernos de que los hombres, en sus conceptos degradados, excluyan a Dios de la esfera de los asuntos humanos. En toda la cristiandad, con muy pocas excepciones, se sostiene la teoría de que el hombre determina su suerte y decide su destino por su «libre albedrío». Satanás tiene la culpa de gran parte del mal que existe en el mundo, según afirman alegremente aquellos que, teniendo mucho que decir de la «responsabilidad del hombre», niegan frecuentemente su propia responsabilidad, atribuyendo al diablo lo que de hecho procede de sus propios corazones malignos (Marcos 7:21–23).

Pero, ¿quién está dirigiendo los asuntos de la tierra en la actualidad —Dios o Satanás? Traten de observar el mundo de manera seria y en forma global. ¡Qué escena de confusión y caos se nos ofrece por todos lados! El pecado se comete descaradamente; abunda la ilegalidad; los malos hombres y los engañadores van de mal en peor (2 Timoteo 3:13). Hoy día, todo parece estar desconcertado. Los tronos crujen y se tambalean, las antiguas dinastías están siendo derribadas, las naciones se sublevan, la civilización es un fracaso demostrado; la mitad de la cristiandad estaba abrazada no hace mucho en mortal combate; y ahora, cuando el titánico conflicto ha terminado, en vez de tener un mundo «salvaguardado para la democracia», hemos descubierto que este sistema inspira muy poca seguridad para el gobierno del mundo. La inquietud, el desconcierto y la ilegalidad brotan por todas partes, y nadie puede decir cuándo comenzará otra gran guerra. Los estadistas están confundidos y aturdidos. «Desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra» (Lucas 21:26). ¿Dan a entender estas cosas que Dios lo dirija todo?

Concentremos ahora nuestra atención en el aspecto religioso. Después de diecinueve siglos de predicación del Evangelio, Cristo es aún «despreciado y desechado entre los hombres». Peor aún, muy pocos son los que proclaman y engrandecen al Cristo de la Escritura. En la mayoría de los púlpitos modernos se Le deshonra y niega. A pesar de los frenéticos esfuerzos que se hacen para atraer a las multitudes, la mayoría de las iglesias tienden a vaciarse en vez de llenarse. ¿Y qué diremos de las grandes multitudes que no asisten a la iglesia? A la luz de la Escritura nos vemos obligados a creer que la mayoría está en el camino espacioso que lleva a la perdición, y que pocos son los que están en el camino angosto que lleva a la vida. Muchos afirman que el cristianismo es un fracaso, y la desesperación embarga multitud de corazones. No pocos de los que son del pueblo del Señor están confundidos, y su fe se halla sometida a seria prueba. ¿Y qué decir de Dios? ¿Ve y oye? ¿Es impotente o indiferente? Algunos de los considerados como líderes del pensamiento cristiano nos han dicho que Dios no pudo evitar que viniera la terrible segunda guerra, como tampoco acelerar su terminación. Se decía abiertamente que la situación estaba más allá de Su control. ¿Dan estas cosas la impresión de que es Dios Quien está dirigiendo al mundo?

¿Quién gobierna las cosas de la tierra actualmente —Dios o el diablo? ¿Cuál es la impresión que sacan los hombres del mundo que a veces asisten a un culto evangélico? ¿Cuáles son los conceptos que se forman los que oyen a predicadores considerados como ortodoxos? ¿Acaso da la impresión de que los cristianos creen en un Dios decepcionado? Si oímos lo que dice el típico evangelista de nuestros días, ¿no está obligado cualquier oyente reflexivo a concluir que el tal profesa representar a un Dios lleno de intenciones benévolas, pero incapaz de llevarlas a cabo; que está deseando de veras bendecir a los hombres pero estos no Se lo permiten? Si es así, ¿no debe, acaso, el oyente ordinario deducir que el diablo ha sacado ventaja y que Dios es más digno de compasión que de culto?

¿No es cierto, pues, que todo parece indicar que el diablo tiene, en efecto, mucho más que ver con los negocios de la tierra que Dios? ¡Ah! Todo depende de si andamos por fe o por vista. Estimado lector: ¿están basados tus pensamientos sobre este mundo y la relación de Dios con el mismo, en lo que ves? Enfréntate seria y honradamente con esta pregunta. Y si eres cristiano, muy probablemente tendrás motivos para estar avergonzado y reconocer que efectivamente es así. Es lamentable que en realidad andemos tan poco por la fe. Pero, ¿qué significa andar por fe? Significa que nuestros pensamientos son formados, nuestras acciones reguladas, y nuestras vidas moldeadas por las Sagradas Escrituras, pues, «la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). Es por la Palabra de verdad, y solo a través de ella, que podemos aprender cuál es la relación de Dios con este mundo.

¿Quién está dirigiendo los asuntos de esta tierra hoy? ¿Dios o Satanás? ¿Qué dice la Escritura? Antes de pasar a considerar la respuesta directa a esta pregunta, notemos que las Escrituras predijeron exactamente lo que ahora vemos y oímos. La profecía de Judas se está cumpliendo. Explicar detalladamente esta afirmación nos apartaría demasiado del asunto que nos ocupa, pero lo que tenemos particularmente en mente es lo que nos dice el versículo 8 de dicha epístola: «de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores». Sí, «critican» a la Autoridad Suprema, al «solo Soberano, Rey de reyes y Señor de Señores». La irreverencia es el sello característico de nuestra época, y como resultado, el espíritu de desobediencia, que no conoce freno y que arroja de sí todo lo que impide el libre curso del propio albedrío, está invadiendo la tierra arrollándolo todo como un gran diluvio. Los miembros de la nueva generación son los transgresores más flagrantes, y en la decadencia y la desaparición de la autoridad de los padres sobre los hijos tenemos un precursor seguro del derrumbamiento de la autoridad cívica. Por tanto, en vista de la creciente falta de respeto por las leyes humanas y de la negativa a dar honra a quien se debe honra, no debemos sorprendernos de que el reconocimiento de la majestad, la autoridad y la soberanía del Omnipotente quede relegado cada vez más a segundo término y que las masas tengan cada vez menos paciencia para con los que insisten en tales cosas.

¿Quién ordena actualmente todo lo que ocurre aquí abajo? ¿Dios, o el diablo? ¿Qué dicen las Escrituras? Si creemos en sus declaraciones claras y positivas, no hay lugar para la incertidumbre. Afirman una y otra vez que Dios Se sienta en el trono del universo; que la autoridad está en Sus manos; que Él lo dirige todo «según el designio de su voluntad». Nos lo presentan, no solo como el Hacedor de todo lo creado, sino también como el Gobernante y Rey de las obras de Sus manos. Afirman que Dios es el Todopoderoso, que Su voluntad es irrevocable, que es soberano absoluto en todas las esferas de Sus vastos dominios. E indudablemente es preciso que así sea. Solo hay dos alternativas posibles: que Dios dirija o que sea dirigido; que domine o que sea dominado; que haga Su propia voluntad o que Sus criaturas se lo impidan. Si admitimos el hecho de que Él es el Altísimo, el Omnipotente y Rey de reyes, revestido de Su perfecta sabiduría y poder ilimitado, es ineludible entonces la conclusión de que el Señor debe ser Dios en los hechos, tanto como lo es de nombre.

En relación a todo cuanto hemos referido brevemente, hemos de decir que la situación actual exige a gritos un nuevo examen y una nueva presentación de la omnipotencia, suficiencia y soberanía de Dios. Es preciso que desde todos los púlpitos se predique a gran voz que Dios vive todavía, y que todavía reina. La fe está actualmente sometida a la prueba del fuego, y no hay lugar alguno de reposo firme y suficiente para el corazón y la mente sino en el Trono de Dios. Lo que ahora se necesita, como nunca antes, es un énfasis pleno, positivo y constructivo en el hecho de que Dios es Dios. A grandes males grandes remedios. Las congregaciones están hartas de palabras huecas y simples generalizaciones; es preciso que se les de algo concreto y específico. El jarabe tranquilizante quizá pueda servir para los niños de carácter nervioso; pero los adultos necesitan un tónico de hierro, y no conocemos nada mejor para infundir vigor espiritual en nuestro ánimo que una comprensión espiritual del pleno carácter de Dios. Está escrito: «El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará» (Daniel 11:32).

No cabe duda de que está a punto de producirse una crisis mundial y el miedo se apodera de los hombres, ¡pero no de Dios! A Él nunca Se Le toma por sorpresa. No tiene que tratar con una emergencia inesperada, pues Él es Quien «hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Efesios 1:11). Por eso, aunque el mundo esté sobrecogido por el terror, la palabra para el creyente es «no temas». Todas las cosas están sujetas a Su control directo; todas las cosas se desarrollan conforme a Su eterno propósito y, por tanto, «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28). Es preciso que sea así, pues «de él, y por él, y para él, son todas las cosas» (Romanos 11:36). Sin embargo, ¡cuán poco se comprende esto hoy, incluso por los del pueblo de Dios! Muchos suponen que Él es poco más que un espectador observando desde lejos sin tomar parte directa en los asuntos de la tierra. Es cierto que el hombre tiene voluntad, pero también la tiene Dios. Es cierto que el hombre está dotado de poderes, pero Dios es Todopoderoso. Es cierto que, hablando en general, el mundo material está regido por leyes; pero tras esas leyes está el Legislador y Ejecutor. El hombre no es más que una criatura. Dios es el Creador; y siglos incontables antes que el hombre viera la luz por primera vez, «el Dios fuerte» (Isaías 9:6) existía ya; y antes que el mundo fuera fundado trazó Sus planes. Siendo infinito en poder —y siendo el hombre finito— Su propósito y designio no pueden ser resistidos u obstaculizados por las criaturas de Sus manos.

Reconocemos que la vida es un problema profundo, y que por todas partes nos rodea el misterio; pero no somos como las bestias del campo, ignorantes de su origen e inconscientes de lo que está ante ellas. No; «tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones» (2 Pedro 1:19). Y es a esta Palabra de Profecía que ciertamente hacemos bien en «estar atentos», a esta Palabra que no tuvo su origen en la mente del hombre sino en la de Dios; «porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21). Al volvernos a la Palabra y ser instruidos por ella, descubrimos un principio fundamental que es preciso sea aplicado a todos los problemas: en vez de empezar con el hombre y su mundo y retroceder hasta Dios, es necesario que empecemos con Dios y descendamos luego hasta el hombre. «En el principio (...) Dios» (Génesis 1:1). Apliquemos este principio a la situación actual. Comencemos a partir del mundo tal como está hoy y tratemos de retroceder hasta llegar a Dios y todo parecerá demostrar que el Supremo Hacedor no tiene relación alguna con el mundo. Pero si empezamos con Dios, siguiendo después hacia abajo, la luz, y luz en abundancia, iluminará el problema. Debido a que Dios es Santo, Su ira se enciende contra el pecado. Debido a que Dios es justo, Sus juicios descienden contra los que contra Él se rebelan. Debido a que Dios es fiel, se cumplen las solemnes amenazas de Su Palabra. Debido a que Dios es Omnipotente, ninguno puede resistirse a Él con éxito y menos aun destruir Su Propósito. Debido a que Dios es Omnisciente, no hay problema que escape a Su conocimiento ni dificultad que confunda Su sabiduría. Es precisamente porque Dios es Quien es y lo que es, que ahora contemplamos lo que está ocurriendo en la tierra: el principio del derramamiento de Sus juicios. Conociendo Su inflexible justicia e inmaculada santidad, no podíamos esperar otra cosa que lo que hoy contemplan nuestros ojos.

Sin embargo, conviene decir muy enfáticamente que el corazón solo puede hallar consuelo y gozo en la bendita verdad de la soberanía absoluta de Dios en tanto que se ejercite la fe. La fe se ocupa continuamente de Dios, ese es su carácter; eso es lo que la diferencia de la teología intelectual. La fe se sostiene «como viendo al Invisible» (Hebreos 11:27); soporta los desengaños, las dificultades y todos los pesares de la vida, reconociendo que todo viene de la mano de Aquel que es infinitamente sabio como para errar e infinitamente amante como para ser cruel. Si atribuimos lo que ocurre a cualquier otra causa que no sea Dios mismo, no habrá reposo para el corazón ni paz para el espíritu. Mas si recibimos todo cuanto afecta a nuestras vidas como de Su mano, entonces, sean cuales fueren las circunstancias o lo que nos rodea, tanto si estamos en una choza como encerrados en una prisión o en la hoguera del martirio, nos será dado poder para decir: «Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos» (Salmo 16:6). He aquí el lenguaje de la fe, y no el de la vista ni de los sentidos.

Sin embargo, si en vez de someternos al testimonio de la Sagrada Escritura, si en vez de andar por fe, andamos en pos de la evidencia de nuestros ojos y razonamos sobre esta base, caeremos en el lodazal de un virtual ateísmo. Asimismo, nuestra paz se acabará si somos guiados por las opiniones y los puntos de vista de otros. Aún admitiendo que hay muchas cosas en este mundo de pecado y sufrimiento que nos desaniman y entristecen; aun admitiendo que muchos aspectos de la providencia de Dios nos sobrecogen y aturden, no es razón suficiente para que nos unamos al incrédulo y al hombre del mundo que dice: «Si yo fuera Dios, no permitiría esto ni toleraría aquello». Es mucho mejor, en presencia del misterio que nos deja perplejos, decir con el salmista: «Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste» (Salmo 39:9). La Escritura nos dice que los juicios de Dios son «insondables», y sus caminos «inescrutables» (Romanos 11:33). Así debe ser si la fe ha de ser probada, si la confianza en Su sabiduría y justicia ha de ser fortalecida, y la sumisión a Su santa voluntad ha de ser sostenida.

Esta es la diferencia fundamental entre el hombre de fe y el incrédulo. El incrédulo es «del mundo», todo lo mide por la vara de lo mundano, considera la vida desde el punto de vista del tiempo y los sentidos y todo lo pesa en la balanza de su propio entendimiento carnal. Mas el hombre de fe tiene la mente de Dios, todo lo mira desde Su punto de vista, valora las cosas según la medida espiritual, y considera la vida a la luz de la eternidad. De esta forma, acepta todo como proviniendo de la mano de Dios, su corazón vive tranquilo en medio de la tormenta y se goza en la esperanza de la gloria del Altísimo.

A continuación presentamos la línea de pensamiento que se sigue a lo largo de este libro: Nuestro primer postulado será, que debido a que Dios es Dios, Él hace lo que Le place, solo como Le place, siempre como Le place; asimismo, que Su interés máximo está puesto en el cumplimiento de Su deseo y la promoción de Su Gloria. Él es el Ser Supremo, y por lo tanto el Soberano del universo. Partiendo de este postulado contemplaremos el ejercicio de la soberanía de Dios, primeramente en la Creación; en segundo lugar en Su administración gubernamental sobre las obras de Sus manos; en tercer lugar en la salvación de Sus elegidos; en cuarto lugar en la reprobación de los impíos, y en quinto lugar, en la operación externa e interna en los hombres. En seguida consideramos la soberanía de Dios en cuanto a su relación con la voluntad humana en particular, y la responsabilidad humana en general, y mostraremos cuál es la única actitud apropiada que debemos tener a la luz de la majestad del Creador. Se ha apartado un capítulo separado para considerar algunas de las dificultades al respecto, y para responder a algunas de las preguntas que muy probablemente surgirán en las mentes de nuestros lectores. Otro capítulo se ha dedicado a una examinación más cuidadosa (aunque breve) acerca de la relación entre la soberanía de Dios y la oración. Finalmente, hemos tratado de mostrar cómo la soberanía de Dios es una verdad revelada en la Escritura para nosotros, con el fin de consolar nuestros corazones, fortalecer nuestras almas y bendecir nuestras vidas. Una comprensión debida de la soberanía de Dios, promueve un espíritu de adoración; provee motivación para la piedad práctica, e inspira celo en el servicio. Es profundamente humillante para el corazón humano, pero glorifica a Dios, pues rebaja al hombre hasta el polvo delante de su Creador

Sabemos perfectamente que lo que acabamos de escribir está en abierta oposición a la mayor parte de lo que normalmente se enseña hoy en día tanto en la literatura religiosa como en los púlpitos. Admitimos gustosamente que el postulado de la soberanía de Dios, con toda su consecuencia, contradice en forma directa las opiniones y pensamientos del hombre natural. En verdad, la mente carnal es completamente incapaz de pensar en estas cosas; no está capacitada para evaluar debidamente el carácter y los caminos de Dios, y es por esto que Dios nos ha dado una revelación con toda claridad: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Isaías 55:8–9). A la luz de este texto, solo cabe esperar que gran parte del contenido de la Biblia choque con el sentir de la mente carnal, que es enemistad contra Dios. Por consiguiente, no apelamos a las creencias hoy día populares, ni a los credos de las iglesias, sino a la ley y al testimonio de Jehová. Todo lo que pedimos es un examen imparcial y atento de lo que hemos escrito, y que esto se haga en oración, a la luz de la Lámpara de la verdad. Que el lector esté atento a la exhortación Divina: «Examinadlo todo, retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21).

Capítulo 1
DEFINICIÓN DE LA
SOBERANÍA DE DIOS

“Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos”

(1 Crónicas 29:11).

La soberanía de Dios es una expresión que en otros tiempos era generalmente entendida. Era una expresión usada comúnmente en la literatura religiosa, un tema frecuentemente expuesto en el púlpito, una verdad que consolaba a muchos corazones y daba estabilidad al carácter cristiano. Sin embargo, actualmente, mencionar la soberanía de Dios es en muchos sectores como hablar un idioma desconocido. Si anunciáramos desde el púlpito que el tema de nuestro mensaje será la soberanía de Dios, nuestro anuncio sonaría como algo totalmente ininteligible, como si hubiésemos sacado la frase de una de las lenguas muertas. Es lamentable que sea así. Es lamentable que la doctrina que es llave de la historia, intérprete de la providencia, trama de la Escritura y fundamento de la teología cristiana, sea tan poco entendida y se encuentre tan descuidada.

La soberanía de Dios. ¿Qué queremos decir con esta expresión? Nos referimos a la supremacía de Dios, a que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a Su voluntad, tanto en las huestes de los cielos como entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que Dios es soberano es declarar que es el Omnipotente, el poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede hacer fracasar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es soberano es declarar que «él regirá las naciones» (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según Le plazca. Decir que Dios es soberano es declarar que es el «solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores» (1 Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia.

¡Cuán diferente es el Dios de la Biblia del Dios de la cristiandad moderna! El concepto de la Deidad que hoy día predomina más ampliamente, aun entre los que profesan estudiar las Escrituras, es una pobre caricatura y una sentimental imitación de la verdad. El dios del siglo XX, es un ser impotente, frágil, que no inspira respeto a nadie. El dios que se percibe en la sociedad es creación del sentimentalismo. El dios predicado en muchos púlpitos de la actualidad es más digno de compasión que de temor reverente. Decir que Dios Padre se ha propuesto la salvación de toda la humanidad, que Dios Hijo murió con la intención expresa de salvar a toda la raza humana, y que Dios Espíritu Santo está ahora procurando ganar el mundo para Cristo, cuando podemos observar claramente que la gran mayoría de nuestros semejantes está muriendo en pecado y está pasando a una eternidad sin esperanza, equivale a decir que Dios Padre ha sido decepcionado, que Dios Hijo ha quedado insatisfecho, y que Dios Espíritu Santo está siendo derrotado. Quizá hayamos planteado el asunto crudamente, pero la conclusión es inevitable. Argumentar que Dios está «haciendo todo lo que puede» para salvar a la humanidad entera, pero que la mayoría de los hombres no deja que lo haga, equivale a decir que la voluntad del Creador es impotente y que la voluntad de la criatura es omnipotente. Echar la culpa al diablo, como muchos hacen, no resuelve la dificultad, pues si Satanás esta frustrando el propósito de Dios, entonces Satanás sería todopoderoso y Dios ya no sería el Ser Supremo.

Declarar que el plan original del Creador ha sido frustrado por el pecado, es destronara Dios. Sugerir que Dios fue tomado por sorpresa en el Edén y que ahora está tratando de remediar una desgracia imprevista, es degradar al Altísimo al nivel de un mortal finito y falible. Argumentar diciendo que el hombre es el que determina exclusivamente su propio destino y que por tanto tiene poder para oponerse a su Hacedor, es despojar a Dios del atributo de la omnipotencia. Decir que la criatura ha rebasado los límites impuestos por su Creador y que Dios es ahora prácticamente un impotente espectador del pecado y el sufrimiento acarreados por la caída de Adán, es rechazar la declaración expresa de la Sagrada Escritura: «Ciertamente la ira del hombre te alabará; Tú reprimirás el resto de las iras» (Salmo 76:10). En resumen, negar la soberanía de Dios es entrar en un sendero que, de seguirse hasta su conclusión lógica, lleva al ateísmo.

La soberanía del Dios de la Escritura es absoluta, irresistible e infinita. Cuando decimos que Dios es soberano, afirmamos Su derecho a gobernar el universo, el cual ha hecho para Su propia gloria, de la manera que a Él le plazca. Afirmamos que Su derecho es el derecho del alfarero sobre el barro; Él puede moldear ese barro en la forma que quiera, haciendo de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra. Afirmamos que Él no está sujeto a norma ni ley alguna fuera de Su propia voluntad y naturaleza, que Dios es ley en Sí mismo y que no tiene obligación alguna de dar cuenta a nadie de Sus acciones.

La soberanía caracteriza a todo el Ser de Dios. Él es soberano en todos Sus atributos. Él es soberano en el ejercicio de Su Poder. Lo ejerce según quiere, cuando quiere y donde quiere. Este hecho está probado en cada página de la Escritura. Durante largo tiempo ese poder pareciera estar dormido, pero de repente surge con potencia irresistible. Faraón se atrevió a poner impedimentos a que Israel saliese a adorar a Jehová en el desierto, ¿y qué ocurrió? Dios ejerció Su poder, Su pueblo fue liberado y los crueles capataces de Faraón fueron muertos. Pero poco después los amalecitas se atrevieron a atacar a estos mismos israelitas en el desierto; ¿y qué ocurrió entonces? ¿Interpuso Dios Su poder en esta ocasión y extendió Su mano como lo hizo en el Mar rojo? ¿Fueron estos enemigos de Su pueblo inmediatamente abatidos y destruidos? No, al contrario, Jehová juró que tendría «guerra con Amalec de generación en generación» (Éxodo 17:16). Asimismo, cuando Israel entró en la tierra de Canaán, el poder de Dios fue manifestado nuevamente de forma memorable. La ciudad de Jericó impedía el avance de los suyos; ¿qué sucedió? Israel no uso un solo arco ni dio un solo golpe: Jehová alzó Su mano y los muros cayeron. Sin embargo, ¡este milagro no se repitió jamás! Ninguna otra ciudad cayó de forma semejante. ¡Todas las demás tuvieron que ser tomadas a espada!

Podrían mencionarse otros muchos ejemplos para ilustrar el ejercicio soberano del poder de Dios. Dios interpuso Su poder y David fue librado del gigante Goliat; las bocas de los leones fueron tapadas y Daniel escapó ileso; los tres jóvenes hebreos fueron echados en el horno de fuego y salieron sin daño ni quemadura. Pero este poder de Dios no siempre se interpuso para liberación de Su pueblo, pues leemos: «Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados» (Hebreos 11:36– 37). Pero, ¿por qué? ¿Por qué estos hombres de fe no fueron librados como los demás? ¿Por qué a aquellos se les permitió seguir viviendo y a éstos no? ¿Por qué había de interponerse el poder de Dios y rescatar a unos y no a otros? ¿Por qué permitió Él que Esteban fuese apedreado hasta la muerte, y luego libró a Pedro de la cárcel?

Dios es soberano en la delegación de Su poder a otros. ¿Por qué dio a Matusalén una vitalidad que le permitió sobrevivir a todos sus contemporáneos? ¿Por qué concedió a Sansón una fuerza que nadie jamás ha podido igualar? Porque está escrito: «Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas» (Deuteronomio 8:18). Pero es evidente que Dios no derrama este poder por igual sobre todas las criaturas. ¿Por qué no? He aquí la única y suficiente respuesta a estas preguntas: porque Dios es soberano y por ser soberano, hace lo que Le place.

Dios es soberano en el ejercicio de Su misericordia. Es necesario que sea así, pues la misericordia está regida por la voluntad de Aquel que es misericordioso. La misericordia no es un derecho del hombre. La misericordia es el adorable atributo de Dios por medio del cual muestra compasión y socorro hacia los desamparados. Sin embargo, bajo el justo gobierno de Dios, nadie es infeliz sin merecerlo. La misericordia se derrama por tanto sobre los desgraciados; estos merecen castigo y no misericordia. Hablar de merecer misericordia es una contradicción de términos.

Dios concede misericordia a quién Él quiere y la retiene según Le parece bien. Una ilustración notable de esta verdad se puede ver en la manera que respondió a las oraciones de dos hombres, hechas bajos dos circunstancias muy diferentes. Se había decretado una sentencia de muerte sobre Moisés por un tan solo acto de desobediencia, y este buscó al Señor para ser perdonado. Pero, ¿fue cumplido este deseo? No; Moisés le dice a Israel: «Pero Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta» (Deuteronomio 3:26). Ahora toma nota del segundo caso: «En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. Y vino a él el profeta Isaías hijo de Amoz, y le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. Entonces él volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo: Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro. Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años». (2 Reyes 20:1– 6). Estos dos hombres recibieron una sentencia de muerte y ambos oraron al Señor sinceramente para ser perdonados, uno escribió «No me escuchó» y murió; pero al otro se le dijo: «He oído tu oración» y su vida fue perdonada. ¡Qué gran ilustración y ejemplo de la verdad expresada en Romanos 9:15! «Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca».

El ejercicio soberano de la misericordia de Dios —la compasión demostrada hacia los desventurados— se mostró cuando Jehová Se hizo carne y habitó entre los hombres. Tomemos una ilustración. Durante una de las fiestas de los judíos, el Señor Jesús subió a Jerusalén, llegó al estanque de Betesda donde se encontraban «multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua». Entre esta multitud se encontraba allí «un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo». ¿Qué sucedió? «Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?» La historia continúa: «Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo» (Juan 5:1–9). ¿Por qué este hombre fue escogido entre todos los demás? No se nos dice que clamara: «Señor, ten misericordia de mí». No hay ni una sola palabra en este relato que sugiera que este hombre poseía algo que le diese derecho a recibir un favor especial. Se trataba, pues, de un caso del ejercicio soberano de la misericordia divina, pues a Cristo Le era exactamente igual de fácil curar a toda aquella multitud, como a este hombre. Pero no lo hizo. Mostró Su poder aliviando la desventura de este hombre en particular; y por alguna razón, solo por Él conocida, Se abstuvo de hacer lo mismo por los demás. ¡Qué gran ejemplo de Romanos 9:15! —«Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca».

Dios es soberano en el ejercicio de Su amor. ¡Esta es una declaración dura! ¿Quién puede recibirla? Está escrito: «No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo» (Juan 3:27). Cuando decimos que Dios es soberano en el ejercicio de Su amor, queremos decir que Él ama a quienes elije. Dios no ama a todos (examinaremos Juan 3:16 posteriormente); si lo hiciera, amaría a Satanás también. ¿Por qué razón Dios no ama al Diablo? Porque no existe nada en él que pueda ser amado; porque no hay nada en él que atraiga el corazón de Dios. Tampoco existe nada que atraiga el amor de Dios en los hijos de Adán, ya que todos ellos son, por naturaleza, «hijos de ira» (Efesios 2:3). Si no existe nada en ningún miembro de la raza humana capaz de atraer el amor de Dios, y a pesar de ello, Él ama a algunos, entonces necesariamente concluimos que la causa de Su amor se encuentra en Él mismo, lo cual es simplemente otra forma de declarar que el ejercicio del amor de Dios para con los caídos depende solamente de Su buena voluntad. No ignoramos el hecho de que los hombres han inventado la distinción entre el amor de complacencia de Dios, y Su amor de compasión, pero este es un mero invento. La Escritura lo expresa más bien en términos de la «compasión» (Mateo 18:33 LBLA), y dice que Él «es benigno para con los ingratos y malos» (Lucas 6:35).

En el análisis final, el ejercicio del amor de Dios debe ser vinculado a Su soberanía, ya que de otra manera Él estaría amando basado en alguna regla; y si amara basado en una regla, entonces Él se encontraría bajo una ley de amor y si Él estuviera bajo una ley de amor, entonces no sería supremo, sino gobernado por una ley. Pero podrías preguntar: «¿Acaso estás negando que Dios ama a la raza humana?» A lo anterior contestamos, «Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí» (Romano 9:13). Si Dios amó a Jacob y aborreció a Esaú antes de que ellos nacieran y hubiesen hecho algo bueno o malo, entonces la causa de Su amor no se encontraba en ellos, sino en Él mismo.

Que el ejercicio de Su amor sea de acuerdo solamente a Su soberanía también queda claro en Efesios 1:3–5, en donde leemos: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad». Fue «en amor» que Dios nos predestinó para ser adoptados hijos Suyos por medio de Jesucristo. ¿Según qué? ¿Según alguna bondad que encontró en ellos? No. ¿Según Su previsión de lo que seríamos? No. Veamos detenidamente la respuesta: «Según el puro afecto de su voluntad».

Dios es soberano en el ejercicio de Su gracia. Es necesario que sea así, pues la gracia es el favor mostrado hacia el que nada merece, más aún, al que merece el infierno. La gracia es lo contrario de la justicia, ya que esta exige que la ley sea aplicada imparcialmente. Exige que cada uno reciba lo que legítimamente merece, ni más ni menos. La justicia no concede favores ni hace acepción de personas. La justicia, como tal, no muestra compasión ni muestra misericordia. Sin embargo la gracia divina no se ejerce sobrepasando la justicia, antes bien «la gracia reina por la justicia» (Romanos 5:21); y si la gracia «reina», por tanto es gracia soberana.

La gracia ha sido definida como el favor inmerecido de Dios; y si es inmerecido, nadie puede reclamarlo como derecho inalienable. Un amigo estimado quien gentilmente leyó el manuscrito de este libro (y a quien debemos abundantemente por varias sugerencias excelentes), ha recalcado que la gracia es más que «favor inmerecido». Alimentar a un vagabundo que me lo solicita es «favor inmerecido», pero no llega a ser gracia. Pero supongamos que ese vagabundo me roba, y después de ello yo le doy de comer —eso sería «gracia». La gracia es, pues, conceder favor a aquel que no solamente no tiene mérito, sino que presenta motivos para negárselo. Si la gracia no se gana ni se merece, concluimos que nadie tiene derecho a ella. Si la gracia es un don, nadie puede exigirla. Por consiguiente, puesto que la salvación es por gracia, don gratuito de Dios, Él la concede a quien quiere. Ni aun el más grande de los pecadores está más allá del alcance de la misericordia divina. Así pues, la jactancia es excluida y toda la gloria es de Dios.

El soberano ejercicio de la gracia se ilustra en todas las páginas de la Escritura. Se permite que los gentiles anden en sus propios caminos, mientras que Israel se convierte en el pueblo del pacto de Jehová. Ismael, el primogénito, es desechado relativamente sin bendición, mientras que Isaac, hijo de la vejez de sus padres, es hecho hijo de la promesa. Se niega la bendición al generoso Esaú, mientras que el gusano Jacob recibe la herencia y es convertido en vaso para honra. Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento. La verdad divina está oculta a los sabios y prudentes, pero es revelada a los niños. Se permite que los fariseos y saduceos vayan por sus propios caminos, mientras los publicanos y las rameras son atraídos por los lazos del amor.

La gracia divina actuó de manera notable en tiempos del nacimiento del Salvador. La encarnación del Hijo de Dios fue uno de los más grandes acontecimientos de la historia del universo, y, sin embargo, el hecho y el momento del suceso no fueron dados a conocer a toda la humanidad; en cambio, fueron especialmente revelados a los pastores de Belén y a los magos de oriente. Todos estos detalles tenían un sello profético que apuntaba al carácter de esta dispensación, pues aún hoy Cristo no es dado a conocer a todos. Habría sido cosa fácil para Dios enviar una legión de ángeles a toda nación a anunciar el nacimiento de Su Hijo. Pero no lo hizo. Dios pudo fácilmente haber atraído la atención de toda la humanidad hacia la estrella; pero tampoco lo hizo. ¿Por qué? Porque Dios es soberano y concede Sus favores como Le agrada. Observemos particularmente las dos clases de personas a quienes se dio a conocer el nacimiento del Salvador −las clases más inapropiadas: pastores y gentiles de un país lejano. ¡Ningún ángel se presentó ante el Sanedrín a anunciar el advenimiento del Mesías de Israel! ¡Ninguna estrella se apareció a los escribas y doctores de la ley cuando estos, en su orgullo y propia justicia, escudriñaban las Escrituras! Escudriñaron diligentemente para descubrir dónde había de nacer y, sin embargo, no les fue dado a conocer que Él ya había venido. ¡Qué demostración de la soberanía divina! ¡Humildes pastores escogidos para un honor particular, mientras los eruditos y eminentes son pasados por alto! ¿Y por qué el nacimiento del Salvador fue revelado a estos magos extranjeros y no a aquellos en medio de los cuales había nacido? Vean en esto una maravillosa prefiguración del proceder de Dios con nuestra raza a través de toda la dispensación cristiana; soberano en el ejercicio de Su gracia, otorgando Sus favores a quien Él quiere; frecuentemente, a los más inapropiados e indignos.

Notemos que la soberanía de Dios se muestra en el lugar que Él escogió para que Su Hijo naciera. No fue a Grecia o Italia que la Gloria del Señor descendió, sino a la insignificante tierra de Palestina. Y no fue en Jerusalén, la ciudad real, que nació Emmanuel, sino en Belén, la cual era «pequeña para estar entre las familias de Judá» (Miqueas 5:2). Y fue en la despreciada Nazaret que el Salvador creció. ¡Verdaderamente los caminos de Dios no son como nuestros caminos!

Capítulo 2
LA SOBERANÍA DE DIOS
EN LA CREACIÓN

“Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11).

Habiendo visto que la soberanía caracteriza a todo el Ser de Dios, observemos ahora cómo este carácter soberano imprime su sello sobre todos Sus caminos y Su proceder.

En el gran espacio de la eternidad, que se extiende antes de Génesis 1:1, el universo no había nacido aún y la Creación existía tan solo en la mente del Gran Creador. En Su majestad soberana, Dios vivía solo. Nos referimos a aquel período tan distante, antes de la Creación de los cielos y la tierra. Pero aún en aquel tiempo (si tiempo puede llamarse) Dios era soberano. Podía crear o no crear conforme a Su buena voluntad. Podía crear un mundo o un millón de mundos y, ¿quién habría de resistir Su voluntad? Podía llamar a la existencia a un millón de criaturas diferentes y colocarlas en absoluta igualdad, dotándolas de las mismas facultades y colocándolas en el mismo ambiente; o podía crear un millón de criaturas, todas diferentes entre sí, sin más característica común que su carácter de criaturas y, ¿quién habría de discutir Su derecho a hacerlo? Si quería, podía llamar a la existencia a un mundo tan inmenso que sus dimensiones escaparan por completo al alcance del cálculo finito, como crear un organismo tan pequeño que ni aún el más poderoso microscopio hubiera podido revelar su existencia al ojo humano. Quedaba dentro de Su derecho soberano tanto el crear al exaltado serafín para que brillara en torno a Su trono, como al diminuto insecto que muere en la misma hora en que nace. Si el Dios poderoso, en lugar de una uniformidad completa, hubiera decidido crear una vasta variedad en Su universo, desde el más sublime serafín al reptil que se arrastra silencioso, desde los mundos que giran en torno a sus ejes a los átomos que flotan en el espacio, del macrocosmos al microcosmos, ¿quién habría de disputar Su soberana voluntad? Consideren, pues, la acción de la soberanía divina mucho antes de que el hombre viera la luz. ¿Con quién consultó Dios en la Creación y disposición de Sus criaturas? Vean los pájaros volando por el aire, las bestias vagando por la tierra, los peces nadando en el mar y luego pregunten: ¿Quién los hizo diferentes entre sí? ¿No fue su Creador el que soberanamente les asignó sus diversos lugares y características?

Levanten los ojos al cielo y observen los misterios de la soberanía divina: «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria» (1 Corintios 15:41). Pero, ¿por qué? ¿Por qué había de ser el sol más glorioso que los planetas que giran alrededor suyo? ¿Por qué había de haber estrellas de primera magnitud y otras inferiores? ¿Por qué tan sorprendentes desigualdades? ¿Y por qué había de haber estrellas fugaces o estrellas errantes (Judas 13)? La única respuesta posible es la siguiente: «Y por tu voluntad existen y fueron creadas» (Apocalipsis 4:11).

Contemplemos ahora nuestro propio planeta. ¿Por qué dos terceras partes de su superficie habían de estar cubiertas de agua y por qué tan enorme extensión de la otra tercera parte restante había de ser inadecuada para el cultivo o la vivienda? ¿Por qué había de haber vastas porciones de pantanos, desiertos y bancos de hielo? ¿Por qué un país habría de ser tan inferior topográficamente a otro? ¿Por qué uno habría de ser fértil y otro casi estéril? ¿Por qué uno habría de ser rico en minerales y otro no producir ninguno? ¿Por qué el clima de uno habría de ser grato y saludable y el de otro todo lo contrario? ¿Por qué habría de abundar el uno en ríos y lagos, y otro estar casi desprovisto de ellos? ¿Por qué uno había de estar constantemente sacudido por terremotos y otro no conocerlos? ¿Por qué? Porque así agradó al Creador y Sustentador de todas las cosas.

Contemplemos el reino animal y observemos la maravillosa variedad del mismo. ¿Es posible comparar entre el león y el cordero, el oso y el cabrito, el elefante y el ratón? Algunos como el caballo y el perro, están dotados de gran inteligencia; mientras otros, como las ovejas y los cerdos, casi carecen de ella. ¿Por qué? Algunos están destinados a ser bestias de carga, mientras otros disfrutan de una vida de libertad. ¿Por qué la mula y el asno habían de estar encadenados a una vida de afanoso trabajo, mientras se permite que el león y el tigre vaguen por la selva a su gusto? Algunos sirven de alimento al hombre, otros no; algunos son hermosos, otros feos; algunos están dotados de gran fortaleza, otros parecen ser completamente impotentes; algunos son ligeros en el andar, otros apenas pueden arrastrarse; algunos son útiles al hombre, otros parecen carecer de todo valor; unos viven muchos años, otros unos cuantos meses; unos son mansos, otros son feroces. Y, ¿por qué todas estas variaciones y diferencias? Lo que hemos dicho sobre los animales cuadrúpedos, se puede aplicar igualmente a las aves y peces.

Pero ahora consideremos el reino vegetal. ¿Por qué las rosas habían de tener espinas, mientras los lirios no las tienen? ¿Por qué una flor había de exhalar aroma fragante y otra no tener ninguno? ¿Por qué un árbol había de llevar fruto comestible y otro venenoso? ¿Por qué una planta había de resistir la helada y otra marchitarse con ella? ¿Por qué un manzano había de ir cargado de manzanas, y otro árbol de la misma edad y en el mismo huerto ser casi estéril? ¿Por qué una planta había de florecer doce veces al año y otra sólo una vez cada siglo? Verdaderamente «todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Salmo 135:6).

Consideremos ahora las huestes angélicas. Cualquiera hubiera dicho que aquí encontraríamos uniformidad; pero no es así. Como en otros campos, también en este se muestra la misma voluntad soberana del Creador. Algunos de estos seres tienen un rango más elevado que otros; son más poderosos y están más cerca de Dios. La Escritura revela una jerarquía concreta y bien definida en las filas angélicas. De arcángel pasando por serafín y querubín, llegamos a los «principados y autoridades» (Efesios 3:10) y de los principados y potestades a los «gobernantes» (Efesios 6:12) y luego a los propios ángeles, y aun entre ellos leemos de «los ángeles escogidos» (1 Timoteo 5:21). De nuevo preguntamos: ¿Por qué esta desigualdad, esta diferencia en rangos y orden? Todo lo que podemos responder es: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho» (Salmo 115:3).

Por tanto, si vemos la soberanía de Dios desplegada en toda la Creación, ¿por qué ha de considerarse cosa extraña si la contemplamos actuando en la raza humana? ¿Por qué ha de tenerse por extraño que Dios se complazca en dar cinco talentos a uno y a otro solamente uno? ¿Por qué ha de tenerse por cosa extraña si uno nace con una constitución robusta y otro hijo de los mismos padres es débil y enfermizo? ¿Por qué ha de tenerse por cosa extraña que Abel muera en la flor de su juventud, mientras que se permite que Caín siga viviendo durante años? ¿Por qué ha de considerarse extraño que unos nazcan negros y otros blancos; unos discapacitados y otros con elevadas dotes intelectuales; unos pasivos y otros rebosantes de dinamismo; unos con temperamento egoísta, rebelde, ambicioso, y otros abnegados, sumisos y desprendidos? ¿Por qué ha de tenerse por extraño que la naturaleza dote a algunos para dirigir y gobernar, mientras otros son solamente aptos para seguir y servir? La herencia y el medio ambiente no pueden explicar todas estas variaciones y desigualdades. No; es Dios Quien hace la diferencia. ¿Por qué? «Sí, Padre, porque así te agradó» (Mateo 11:26), ha de ser nuestra respuesta.

Debemos aprender esta verdad básica: el Creador es soberano absoluto, ejecuta Su propia voluntad, efectúa lo que Le agrada y no considera sino Su propia gloria. «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo» (Proverbios 16:4). ¿Y acaso no tenía perfecto derecho a hacerlo? Puesto que Dios es Dios ¿quién pretenderá disputar Sus decisiones? Murmurar contra Él es solamente rebelión; discutir Sus caminos es contradecir Su sabiduría; criticarle es pecado de la peor especie. ¿Hemos olvidado Quién es Él? «Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?» (Isaías 40:17–18).

Capítulo 3
LA SOBERANÍA DE DIOS EN
SU ADMINISTRACIÓN

“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Salmo 103:19).

Primero, una palabra referente a la necesidad de que Dios gobierne el mundo material. Supongamos lo contrario por un momento. Supongamos que Dios creó el mundo, designó y estableció ciertas leyes (lo que los hombres denominan «las leyes de la naturaleza») y que, habiéndolo creado, se retiró abandonándolo a su suerte y a dichas leyes. Si así fuera, tendríamos un mundo sobre el cual no habría ningún Administrador inteligente que lo presidiera, un mundo controlado solamente por leyes impersonales; concepto digno del materialismo burdo y el ateísmo puro. Sin embargo, supongámoslo por un momento; y a la luz de tal suposición, ponderemos con detenimiento la siguiente pregunta: ¿Qué garantía tenemos de que en algún día cercano el mundo no sea destruido? Basta una observación superficial a «las leyes de la naturaleza» para percatarnos de que no trabajan uniformemente. Prueba de ello es que ninguna estación del año es igual a otra. Si las leyes de la naturaleza son irregulares en su operación, ¿qué garantía tenemos de que alguna catástrofe no azote nuestra tierra? «El viento sopla de donde quiere» (Juan 3:8), lo cual significa que el hombre no puede sujetarlo ni obstaculizarlo. A veces sopla con gran furor, y bien podría aumentar repentinamente en volumen e intensidad, hasta convertirse en un huracán de proporciones mundiales. Si no hay otras leyes que las de la naturaleza para regular el viento, quizá mañana pueda producirse un tornado tremendo que barra y destruya todo lo que existe sobre la superficie de la tierra. ¿Qué garantía tenemos contra semejante calamidad? En los últimos años hemos oído y leído mucho sobre nubes que se descargan e inundan comunidades enteras, causando espantosos estragos. Si el hombre es impotente ante estas cosas, si la ciencia no puede poner remedio alguno a que esto ocurra, ¿cómo sabremos que estas nubes no van a multiplicarse indefinidamente y que la tierra no será inundada por el torrente? De todas formas no sería nada nuevo; ¿por qué no habría de repetirse el diluvio de los tiempos de Noé? ¿Y qué decir de los terremotos? Cada cierto número de años, alguna isla o alguna gran ciudad es barrida de la faz de la tierra por uno de ellos; ¿y qué puede hacer el hombre? ¿Dónde está la garantía de que dentro de poco un terremoto de tremendas proporciones no vaya a destruir el mundo entero? Confiamos en que todo lector comprenda lo que estamos procurando demostrar: si negamos que Dios está gobernando la materia, si negamos que Él es «quién sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1:3), ¡desaparecería todo sentido de seguridad!

Sigamos un razonamiento similar en lo que respecta a la raza humana. ¿Está Dios gobernando este mundo? ¿Está Él rigiendo los destinos de las naciones, controlando la marcha de los imperios, determinando la duración de las dinastías? ¿Ha prescrito Él los límites de los malhechores diciendo: «hasta aquí llegarás»? Supongamos por un momento lo contrario. Supongamos que Dios ha dejado la dirección en manos de Sus criaturas y veamos a dónde nos conduce tal suposición. Supongamos que todo hombre viene a este mundo dotado de una voluntad completamente libre y que es imposible controlarlo sin destruir su libertad. Vamos a suponer que además del conocimiento del bien y del mal, tiene el poder de escoger entre ellos, y que es completamente libre para decidir su propio camino ¿que significaría eso? bueno, la conclusión sería que el hombre es soberano, porque él estaría haciendo según su voluntad, constituyéndose como el arquitecto de su futuro. Pero en tal caso no tendríamos seguridad de que por mucho tiempo el hombre rechazara el mal y escogiera el bien. Si así fuera, no tendríamos garantía alguna de que la raza humana no cometería un suicidio moral. Si se eliminaran todos los frenos divinos y el hombre quedara absolutamente libre para hacer lo que gustase, todas las distinciones éticas pronto desaparecerían, la barbarie predominaría universalmente y un caos infernal se enseñorearía de la tierra. ¿Por qué no? Si una nación quita a sus gobernantes y repudia su constitución, ¿qué impide que todas las naciones hagan lo mismo?

Si hace poco más de cien años la sangre de los revoltosos corría por las calles de París, ¿qué certeza tenemos que antes de terminar el presente siglo cada ciudad de este mundo no va a presenciar un espectáculo similar? ¿Qué impide que el desorden y la anarquía lleguen a ser universales? Y es debido a estos interrogantes que nos hemos propuesto demostrar la necesidad, la permanente necesidad, de que Dios ocupe el trono, tome el principado sobre Su hombro y controle las actividades y destinos de Sus criaturas.

¿Pero acaso tiene algún problema el hombre de fe en percibir el gobierno de Dios sobre este mundo? ¿Acaso no puede el ojo ungido discernir, incluso entre tanta confusión y caos, que la mano de Dios controla y dirige los asuntos de los hombres, incluso aquellos relativos a la vida cotidiana? Consideren por ejemplo al labrador y sus cultivos, ¿qué pasaría si Dios no los controlara? ¿Qué impediría que todos ellos sembraran pasto en sus tierras cultivables y se dedicaran solamente a la crianza del ganado? Si así fuera, ¡habría una hambruna mundial de trigo y maíz! Y en cuanto al trabajo del correo. Supongamos que a todos se les ocurriera escribir cartas solamente los lunes, entonces los responsables no podrían manejar el correo de los martes. Lo mismo con los que atienden en las tiendas. ¿Qué pasaría a cada ama de casa se le ocurriera hacer compras los miércoles y se quedaran en casa los demás días? Pero en lugar de que ocurran tales cosas, existen granjeros en diferentes países que crían el ganado y que cultivan granos de diferente tipo para proveer a las casi incalculables necesidades de la raza humana, el correo se distribuye casi uniformemente a lo largo de toda la semana, y algunas personas compran los lunes, otras el martes y así sucesivamente. ¿Acaso estas cosas no evidencian que la mano de Dios controla y domina sobre todas las cosas?

Habiendo demostrado de manera resumida la necesidad imperiosa de que Dios reine sobre este mundo, observemos ahora el hecho de que Dios efectivamente gobierna y que Su dominio se extiende a todas las cosas y todas las criaturas y es ejercido sobre ellas.

1. Dios gobierna la materia inanimada.

El hecho de que Dios gobierna la materia inanimada y que esta materia cumple Su deseo y lleva a cabo Sus decretos, se demuestra claramente en el propio hecho de la revelación divina. «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz (…) Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así (…) Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así». (Génesis 1:3, 9, 11) Como declara el salmista: «Porque él dijo, y fue hecho; él mandó y existió» (Salmo 33:9).

Lo que se declara en el primer capítulo de Génesis se ilustra después en toda la Biblia. Cuando las iniquidades de los hombres antes del diluvio habían alcanzado su plenitud, Dios dijo: «Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá» (Génesis 6:17); y en cumplimiento de esto leemos: «El año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los diecisiete días del mes, aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas, y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches» (Génesis 7:11–12).

Observemos también el control absoluto y soberano de Dios sobre la materia inanimada en las plagas de Egipto. A su mandato, la luz fue convertida en tinieblas y un río en sangre; cayó granizo y la muerte se apoderó del impío país del Nilo, hasta que su altivo monarca se vio obligado a clamar pidiendo liberación. Notemos particularmente cómo la Escritura hace énfasis aquí en el control absoluto de Dios sobre los elementos:

Y Moisés extendió su vara hacia el cielo, y Jehová hizo tronar y granizar, y el fuego se descargó sobre la tierra; y Jehová hizo llover granizo sobre la tierra de Egipto. Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo (Éxodo 9:23–26). La misma distinción se observa en conexión con la novena plaga: «Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe. Y extendió Moisés su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas sobre toda la tierra de Egipto, por tres días. Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones» (Éxodo 10:21–23).

Los ejemplos mencionados no son casos aislados. Ante el decreto de Dios, el fuego y el azufre descendieron del cielo y las ciudades del llano fueron destruidas, al tiempo que un fértil valle quedaba convertido en un nauseabundo mar de muerte. A su mandato, las aguas del Mar Rojo se dividieron para que los israelitas pasaran en seco y a Su palabra se volvieron a juntar destruyendo a los egipcios que los perseguían. Una palabra Suya y la tierra abrió sus fauces para tragarse a Coré y a su grupo de rebeldes. El horno de Nabucodonosor fue calentado «siete veces más» su temperatura normal y en él fueron echados tres hijos de Dios; pero el fuego ni siquiera quemó sus ropas, aunque mató a los hombres que se habían acercado a él.

¡Qué formidable demostración del poderoso gobierno del Creador sobre los elementos nos fue ofrecida cuando, hecho carne, habitó entre los hombres! Véanle dormido en la barca. Se levanta la tormenta, el viento ruge y las olas azotan con furor. Los discípulos están con Él, temerosos de que su pequeña embarcación se inunde, despiertan a su Señor, diciendo: «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?» Y entonces leemos: «Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza» (Marcos 4:38–39). Observen también cómo el mar, ante la voluntad de su Creador, lo sostuvo sobre sus olas. A Su palabra la higuera se secó; a Su contacto la enfermedad huyó instantáneamente.

Las grandes luminarias celestes son también gobernadas por su Hacedor y obedecen Su voluntad soberana. Tomemos dos ilustraciones. Al mandato de Dios el sol retrocedió diez grados en el reloj de Acaz para ayudar a la débil fe de Ezequías (2 Reyes 20:11). En tiempos del Nuevo Testamento, Dios hizo que una estrella anunciara la encarnación de Su Hijo, la estrella que se apareció a los magos de oriente, de la cual se nos dice que: «iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño» (Mateo 2:9).

¡Cuán descriptiva es esta declaración!: «El envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; soplará su viento, y fluirán las aguas» (Salmo 147:15–18). Las mutaciones de los elementos están sujetas al control soberano de Dios. Es Dios Quien retiene la lluvia y es Dios Quien la da cuando quiere, como quiere y a quien quiere. Los observatorios meteorológicos se atreven a predecir el tiempo, pero ¡cuán frecuentemente se burla Dios de sus cálculos! Las «manchas» solares, las actividades cambiantes de los planetas, la aparición y desaparición de los cometas, las perturbaciones atmosféricas, son simples causas secundarias, pues tras ellas está Dios mismo. Habla Su Palabra una vez más: «También os detuve la lluvia tres meses antes de la siega; e hice llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no hice llover; sobre una parte llovió, y la parte sobre la cual no llovió, se secó. Y venían dos o tres ciudades a una ciudad para beber agua, y no se saciaban; con todo, no os volvisteis a mí, dice Jehová. Os herí con viento solano y con oruga; la langosta devoró vuestros muchos huertos y vuestras viñas, y vuestros higuerales y vuestros olivares; pero nunca os volvisteis a mí, dice Jehová. Envié contra vosotros mortandad tal como en Egipto; maté a espada a vuestros jóvenes, con cautiverio de vuestros caballos, e hice subir el hedor de vuestros campamentos hasta vuestras narices; mas no os volvisteis a mí, dice Jehová» (Amós 4:7–10).

He aquí pues, que Dios gobierna verdaderamente la materia inanimada. La tierra y el aire, el fuego y el agua, el granizo y la nieve, los vientos tormentosos y los mares alborotados. Todos cumplen la palabra de Su potencia y realizan Su voluntad soberana. Por consiguiente, cuando nos quejamos del tiempo, estamos en realidad murmurando contra Dios.

2. Dios gobierna a las criaturas irracionales.

¡Qué ilustración tan sorprendente del gobierno de Dios sobre el reino animal encontramos en Génesis 2:19!: «Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre». Si se objetara que esto ocurrió en el Edén, y antes de la caída de Adán y la maldición consiguiente sobre toda criatura, acudiríamos al hecho histórico del Diluvio, donde otra vez Dios mostró evidentemente Su gobierno soberano sobre los animales. Observen en este texto cómo Dios hizo que viniera a Noé toda clase de criaturas vivientes: «Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida» (Génesis 6:19–20). Todos estaban bajo el control soberano de Dios. El león de la selva, el elefante del bosque el oso polar, la terrible pantera, el lobo indomable, el tigre sanguinario, el águila de altísimo vuelo y el cocodrilo que se arrastra, todos, con su ferocidad nativa, ¡se someten dócilmente a la voluntad de su Creador y vienen al arca de dos en dos!

Nos hemos referido a las plagas enviadas sobre Egipto como ilustración del control del Creador sobre la materia inanimada, pero volvamos de nuevo a ellas parea ver cómo hablan del perfecto dominio de Dios sobre las criaturas irracionales. A Su palabra, el río produjo ranas en abundancia que penetraron en el palacio de Faraón y en las casas de sus siervos; y, contrariamente a sus instintos naturales, se introdujeron en las camas, en los hornos y en las artesas (Éxodo 8:3). Enjambres de moscas invadieron la tierra de Egipto, sin embargo, ¡no las hubo en tierra de Gosén! (Éxodo 8:22). Después, el ganado enfermó repentinamente y leemos: «he aquí la mano de Jehová estará sobre tus ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con plaga gravísima. Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel y los de Egipto, de modo que nada muera de todo lo de los hijos de Israel. Y Jehová fijó plazo, diciendo: Mañana hará Jehová esta cosa en la tierra. Al día siguiente Jehová hizo aquello, y murió todo el ganado de Egipto; mas del ganado de los hijos de Israel no murió uno» (Éxodo 9:3–6). De manera semejante Dios envió una plaga de langostas a Faraón y a su tierra, designando el tiempo de su visitación, determinando su marcha destructora, y marcando los límites de sus destrozos.

No son los ángeles los únicos que obedecen los mandatos de Dios, sino que también las bestias hacen según Él quiere. He aquí que el arca sagrada, el arca del pacto, está en el país de los filisteos. ¿Cómo ha de ser devuelta a su tierra? Noten los medios que Dios utilizó y cuán completamente estaban bajo su control: «Entonces los filisteos, llamando a los sacerdotes y adivinos, preguntaron: ¿Qué haremos del arca de Jehová? Hacednos saber de qué manera la hemos de volver a enviar a su lugar (…) Haced, pues, ahora un carro nuevo, y tomad luego dos vacas que críen, a las cuales no haya sido puesto yugo, y uncid las vacas al carro, y haced volver sus becerros de detrás de ellas a casa. Tomaréis luego el arca de Jehová, y la pondréis sobre el carro, y las joyas de oro que le habéis de pagar en ofrenda por la culpa, las pondréis en una caja al lado de ella; y la dejaréis que se vaya. Y observaréis; si sube por el camino de su tierra a Bet–semes, él nos ha hecho este mal tan grande; y si no, sabremos que no es su mano la que nos ha herido, sino que esto ocurrió por accidente». ¿Y qué ocurrió? ¡Cuán sorprendente es lo que sigue! «Y las vacas se encaminaron por el camino de Bet–semes, y seguían camino recto, andando y bramando, sin apartarse ni a derecha ni a izquierda» (1Samuel 6). Igualmente sorprendente es el caso de Elías: «Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer» (1 Reyes 17:2–4). El instinto natural de estas aves de presa fue reprimido y en vez de comerse los alimentos, los llevaron al siervo de Jehová en su solitario retiro.

¿Son necesarias más pruebas? No hay que ir lejos para encontrarlas. Dios hace que una asna muda reprenda la locura del profeta. Envía dos osas de los bosques a devorar a cuarenta y dos de los atormentadores de Eliseo. En cumplimiento de Su palabra, hace que los perros coman la carne de la impía Jezabel. Sella las bocas de los leones de Babilonia cuando Daniel es echado en el foso, aunque más tarde hace que devoren a los acusadores del profeta. Prepara un gran pez para que trague al desobediente Jonás, y al llegar la hora ordenada, le obliga a vomitarlo en tierra seca. A Su mandato y en cumplimiento de Su palabra, un pez lleva a Pedro una moneda para el tributo. Así vemos que Dios reina sobre las criaturas irracionales, bestias del campo, aves del aire y peces del mar; obedecen Su mandato soberano.

3. Dios gobierna a los hijos de los hombres.

Nos damos perfecta cuenta de que esta es la parte más difícil de nuestro tema y, por consiguiente, nos ocuparemos de ella más extensamente en las páginas que siguen; pero de momento, y antes de entrar en detalles, vamos a considerar el hecho del gobierno de Dios sobre los hombres en general.

Nos vemos confrontados con ciertas alternativas entre las cuales hemos de escoger: Dios gobierna o es gobernado; Dios dirige o es dirigido; Dios hace lo que quiere o lo hacen los hombres.

¿Y es difícil escoger entre estas dos alternativas? ¿Diremos que el hombre es un ser tan rebelde que escapa al control de Dios? ¿Diremos que el pecado ha enajenado al pecador, apartándolo del Dios tres veces Santo de tal forma que ahora se encuentra fuera del ámbito de Su jurisdicción? ¿O diremos que, por haber sido el hombre dotado de responsabilidad moral, Dios ha de dejarlo enteramente sin control por lo menos durante el período de su examen? ¿Se desprende necesariamente, por el hecho de que el hombre natural es un proscrito enemigo del cielo y un faccioso que se opone al gobierno divino, que Dios es impotente para cumplir Sus propósitos por medio de él? Lo que queremos decir es, no solamente que Él puede encaminar a bien los efectos de las acciones de los malhechores, ni que traerá a los impíos ante Su tribunal para que se pronuncie contra ellos sentencia condenatoria (pues esto lo creen también muchas personas que no son cristianas); sino que cada uno de los actos del más desobediente de Sus súbditos está enteramente bajo Su control. Más aún, que dicha criatura, sin saberlo, está llevando a cabo los designios secretos del Altísimo. ¿No fue así en el caso de Judas? ¿Es posible escoger un caso más extremo? Por tanto, si aquel rebelde estaba efectuando el designio de Dios, ¿no hemos de pensar lo mismo de todos los demás?

Nuestro objetivo aquí no es llevar a cabo una encuesta filosófica ni llegar a una conclusión de tipo metafísico, sino cerciorarnos de las enseñanzas de la Escritura sobre este profundo tema. ¡A la ley y al testimonio!, pues solamente allí podemos aprender del gobierno divino: Su carácter, Su designio, Su modus operandi y Su alcance. ¿Qué es, pues, lo que ha agradado a Dios revelarnos en Su bendita Palabra referente a Su control sobre las obras de Sus manos y particularmente sobre aquella que, en su origen, fue hecha a Su propia imagen y semejanza?

«En él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hechos 17:28). ¡Qué afirmación tan impactante! Noten que estas palabras no iban dirigidas a una de las iglesias de Dios, ni a un grupo de santos que hubiera alcanzado un plano de elevada espiritualidad, sino a un público pagano, a los que adoraban al «Dios no conocido» y a los que se burlaban cuando oían hablar de la resurrección de los muertos. No obstante, el apóstol Pablo no vaciló en declarar enfáticamente a los filósofos atenienses, a los epicúreos y a los estoicos, que vivían, se movían y tenían su ser en Dios, lo cual no sólo significaba que debían su existencia y preservación a Aquel que hizo el mundo y todo lo que en él hay, sino también que sus mismas acciones estaban bajo la administración y control del Dios de los cielos y la tierra (cf. Daniel 5:23).

«Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua» (Proverbios 16:1). Observen que esta declaración tiene una aplicación general: se refiere a todo hombre, no simplemente a los creyentes. «El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos» (Proverbios 16:9). Y si Jehová endereza sus pasos, ¿no es prueba de que el hombre está siendo controlado o gobernado por Dios? Asimismo: «Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá» (Proverbios 19:21). Es decir, sea lo que sea lo que el hombre desee o planee, después de todo, es la voluntad de Su Hacedor la que se cumple. Tomen por ejemplo el caso del rico insensato. Se nos dan a conocer los pensamientos de su corazón: «También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate». Tales fueron los «pensamientos» de su corazón, sin embargo «el consejo de Jehová» permaneció. Las resoluciones del hombre rico no sirvieron para nada, pues «Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma» (Lucas 12:17–20).

«Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina» (Proverbios 21:1). ¿Hay algo que pueda ser más explícito? Del corazón «mana la vida» (Proverbios 4:23), «porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Proverbios 23:7). Si el corazón está en manos de Jehová y si Él lo inclina a donde quiere, ¿no está claro entonces que todos los hombres están bajo el control total del Todopoderoso?

Ninguna limitante debemos poner a lo establecido anteriormente. Insistir en que solamente algunos hombres hacen lo que Dios ha determinado es repudiar también otros textos bíblicos igualmente explícitos: «Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo» (Job 23:13). «El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones» (Salmo 33:11). «No hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo, contra Jehová» (Proverbios 21:30). «Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?» (Isaías 14:27). «Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (Isaías 46:9–10). No hay la menor ambigüedad en estos pasajes. Afirman, en los términos más inequívocos e incondicionales, la imposibilidad de que el propósito de Jehová no se cumpla.

En vano leemos las Escrituras si no descubrimos que los actos de los hombres, tanto de los malos como de los buenos, están gobernados por Jehová Dios. Nimrod y sus compañeros determinaron erigir la torre de Babel, pero antes de que su obra fuese acabada, Dios frustró sus planes. Dios llamó a Abraham «solo» (Isaías 51:2), pero su parentela lo acompañó cuando dejó Ur de los caldeos. ¿Acaso se frustró la voluntad del Señor? En ninguna manera. Si nosotros atendemos a la narración, nos daremos cuenta de que Taré murió antes de llegar a Canaán (Génesis 11:32); y aunque Lot acompañó a su tío hasta la tierra de la promesa, prontamente se apartó de él, y puso sus tiendas en Sodoma. Jacob era el hijo a quien se había prometido la herencia y aunque Isaac trató de alterar el decreto de Jehová y otorgar la bendición a Esaú, sus esfuerzos quedaron en nada. Esaú juró vengarse de Jacob, pero cuando se encontraron después de la separación, en vez de pelear llenos de odio, se abrazaron con lágrimas de gozo. Los hermanos de José planearon su destrucción, pero sus malos consejos fueron frustrados. Faraón pereció en el Mar Rojo al intentar oponerse a que Israel cumpliera las instrucciones de Jehová. Balac alquiló a Balaam para que maldijese a los israelitas, pero Dios le obligó a bendecirlos. Amán erigió una horca para Mardoqueo, pero fue él quien fue colgado en ella. Jonás resistió la voluntad revelada de Dios, pero ¿en qué pararon sus esfuerzos?

¡Ah, los paganos podrán enfurecerse antes esta idea! «¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas» (Salmo 2:1–3). Pero ¿acaso el gran Dios es perturbado o estorbado por la rebelión de Sus mezquinas criaturas? No, sino que «el que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos» (Salmo 2:4). Él está infinitamente por encima de todos y las más grandes confederaciones de los hombres, y los preparativos más vastos y enérgicos para derrotar Su propósito son, a Sus ojos, como un juego de niños. Él mira tan fútiles esfuerzos no solamente sin alarma, sino riéndose de la locura de ellos; trata su impotencia ridiculizándola. Sabe que puede aplastarlos como polillas cuando guste, o consumirlos en un momento con el aliento de Su boca. ¡Ah, qué vanidades que los «tiestos de la tierra» (Isaías 45:9) luchen contra la gloriosa Majestad del cielo! Tal es nuestro Dios; adórenle.

¡Considera también, la soberanía que Dios ha mostrado en Sus tratos con los hombres! Moisés, quien era torpe de lengua (en vez de Aarón su hermano mayor, quien no lo era), fue el escogido para ordenarle al monarca de Egipto, la liberación de Su pueblo oprimido. Asimismo, Moisés aunque era muy amado, pronunció una palabra arrebatada y fue excluido de Canaán; mientras que Elías, quien murmuró apasionadamente, solamente fue reprendido ligeramente ¡y después de eso llevado al cielo sin gustar la muerte! Uza apenas tocó el arca y fue matado instantáneamente, mientras que los filisteos se la llevaron en su triunfo insultante y no sufrieron daño inmediato. Las muestras de gracia que hubiera llevado al arrepentimiento a la condenada Sodoma, no movieron siquiera a la gran privilegiada Capernaum. Las obras poderosas que hubieran llevado sometido a Tiro y a Sidón, dejaron a las ciudades reprobadas de Galilea, bajo la maldición de un evangelio rechazado. ¿Si dichas muestras de gracia certeramente habrían tenido efecto en los primeros lugares, por qué no fueron dadas allí? ¿Si dichas muestras no iban a resultar en los otros lugares, por qué se dieron ahí? ¡Oh, qué exhibiciones de la soberana voluntad del Altísimo!

4. Dios gobierna a los ángeles, tanto a los buenos como a los malos.

Los ángeles son siervos de Dios, mensajeros Suyos. Escuchan siempre la voz de Su boca y cumplen Sus mandamientos. «Y envió Jehová el ángel a Jerusalén para destruirla; pero cuando él estaba destruyendo, miró Jehová y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía: Basta ya; detén tu mano (…) Entonces Jehová habló al ángel, y éste volvió su espada a la vaina» (1 Crónicas 21:15–27). Podrían citarse otros textos de las Escrituras para mostrar que los ángeles están en sujeción a la voluntad de su Creador y hacen lo que Él les manda: «Entonces Pedro, volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes» (Hechos 12:11). «Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto» (Apocalipsis 22:6). Así ocurrirá cuando nuestro Señor vuelva: «Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad» (Mateo 13:41). Asimismo leemos: «Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:31).

Lo mismo puede decirse de los espíritus malignos. También ellos cumplen los decretos soberanos de Dios. Un espíritu malo fue enviado por Dios para provocar la rebelión en el campamento de Abimelec: «envió Dios un mal espíritu entre Abimelec y los hombres de Siquem, y los de Siquem se levantaron contra Abimelec» (Jueces 9:23); otro para ser espíritu mentiroso en boca de los profetas de Acab: «Y ahora, he aquí Jehová ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, y Jehová ha decretado el mal acerca de ti» (1 Reyes 22:23); y aun otro para atormentar a Saúl: «El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová» (1 Samuel 16:14). En el Nuevo Testamento una legión entera de demonios no salió de su víctima hasta que el Señor la dejó entrar en el hato de puercos.

Por consiguiente, la Escritura aclara que los ángeles, buenos y malos, están bajo el control de Dios y qué, voluntaria o involuntariamente, llevan a cabo Su propósito. Sí, el propio Satanás está absolutamente sujeto al control de Dios. Acusado en el Edén, escuchó la terrible sentencia sin pronunciar palabra. No pudo tomar a Job hasta que Dios le concedió autorización. También tuvo que esperar el consentimiento de nuestro Señor antes de «zarandear» a Pedro. Cuando Cristo le mandó partir diciéndole, «Vete, Satanás», leemos, «El diablo entonces le dejó» (Mateo 4:10–11). Y como acto final, sabemos que será echado al lago de fuego que ha sido preparado para él y sus ángeles.

El Señor omnipotente reina. Su gobierno se ejerce sobre la materia inanimada, sobre las bestias, sobre los hijos de los hombres, sobre los ángeles buenos y malos y sobre Satanás mismo. Ningún planeta gira, ninguna estrella brilla, ni hay tormenta, ni movimiento de criatura, ni acto de un hombre, ni hecho de un ángel, ni acción del diablo, ni nada puede ocurrir en todo el vasto universo de forma diferente a como Dios ha determinado desde la eternidad. He aquí un auténtico fundamento para la fe. He aquí un verdadero lugar de reposo para el intelecto. He aquí un ancla para el alma, segura y firme. No se trata del destino ciego, del mal desencadenado, del hombre o del diablo, sino que es Dios mismo el que está gobernando el mundo, dirigiéndolo según Su propia voluntad y para Su propia gloria eterna.

Diez mil centurias antes que los cielosfuesen en sus cimientos afirmados,los mundos por venir, los luengos siglosestaban ya en Su mente planeados.El vil gusano, el ave pasajera,los tronos con sus reyes coronados,el fin de dinastías, pueblos, eras:todo estaba en Su mente decretado. (Isaac Watts)

Capítulo 4
LA SOBERANÍA DE DIOS
EN LA SALVACIÓN

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33).

«La salvación es de Jehová» (Jonás 2:10), pero el Señor no salva a todos. ¿Por qué no? Salva, sí, a algunos; y si salva a algunos, ¿por qué no a otros? ¿Quizá porque son demasiado pecadores y depravados? No; pues el apóstol escribió: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo 1:15). Por tanto, si Dios salvó al primero de los pecadores, no hay razón para que ninguno sea excluido por causa de su depravación. ¿Por qué, pues, no salva Dios a todos? ¿Quizá porque algunos tienen el corazón demasiado duro para ser ganados? No; porque aun de aquellos que tienen el corazón más endurecido, Dios ha dicho: «Les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne» (Ezequiel 11:19). Entonces, ¿será porque son tan obstinados, tan intratables, tan rebeldes, que Dios no puede atraerlos a Sí mismo? Antes de responder a esta pregunta formulemos otra; recurriremos a la experiencia de algunos, por lo menos, de los que forman el pueblo de Dios.

Estimado lector, ¿no es cierto que hubo un tiempo en que andabas en consejo de malos, estabas en camino de pecadores, te sentabas en silla de escarnecedores, y con ellos decías: «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14)? ¿Acaso no hubo un tiempo en que tú no querías ir a Cristo para tener vida (Juan 5:40)? ¿No hubo un tiempo en que unías tu voz a la de los que decían a Dios: «Apártate de nosotros, porque no queremos el conocimiento de tus caminos. ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? ¿Y de qué nos aprovechará que oremos a él?» (Job 21:14–15)? Avergonzado, tienes que confesar que sí. Pero, ¿cómo es posible que ahora todo haya cambiado? ¿Qué fue lo que te apartó de tu altiva autosuficiencia y te llevó a ser un humilde suplicante? ¿Qué te llevó de ser uno que estaba en enemistad con Dios a uno que está en paz con Él, de la desobediencia a la sujeción, del odio al amor? Como «nacido del Espíritu» responderás con prontitud: «Por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Corintios 15:10). Entonces, ¿no comprendes que el que otros rebeldes no sean salvos no se debe a falta de poder por parte de Dios, ni a Su negativa a forzar al hombre? Si Dios pudo someter tu voluntad y conquistar tu corazón, sin interferir con tu responsabilidad moral, ¿no puede hacer lo mismo con otros? Ciertamente que sí. Entonces, ¡cuán ilógico, cuán necio es de tu parte intentar explicar el actual proceder de los impíos y su destino final, argumentando que Dios no puede salvarlos, que ellos no Le dejan! Quizá puedas decir: «Pero llegó un momento en que yo quise, estuve dispuesto a recibir a Cristo como mi Salvador». Cierto que así ocurrió, pero fue el Señor Quien te hizo querer (Salmo 110:3; Filipenses 2:13). ¿Por qué entonces no hace que todos los pecadores quieran? ¿Por qué ha de ser, sino por el hecho de que Él es soberano y hace lo que Le agrada? Pero volvamos a la pregunta inicial.

¿Por qué no todos son salvos, particularmente todos los que oyen el Evangelio? ¿Respondes aún: «Porque la mayoría rehúsa creer»? Bien, es cierto, pero eso es solamente una parte de la verdad. Es la verdad vista desde el aspecto humano. Pero hay también un aspecto divino, aspecto que requiere ser tenido muy en cuenta, pues, de lo contrario, Dios sería despojado de la gloria que se Le debe. Los no salvos se pierden porque rehúsan creer, mientras los demás se salvan porque creen. Bien, ¿pero por qué creen? ¿Qué es lo que hace que unos pongan su confianza en Cristo y otros no? ¿Quizá porque los que se salvan son más inteligentes que sus semejantes y más rápidos en discernir la necesidad de su salvación? Desechemos tal pensamiento, pues, «¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4:7). Es Dios mismo Quien hace distinción entre el escogido y el no escogido, pues Él mismo ha mandado escribir: «Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero» (1 Juan 5:20).

La fe es un don de Dios. «No es de todos la fe» (2 Tesalonicenses 3:2); por lo tanto, vemos que Dios no otorga este don a todos. ¿A quienes, pues, concede este favor salvador? A Sus elegidos: «y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna» (Hechos 13:48). Es por esto que leemos sobre «la fe de los escogidos de Dios» (Tito 1:1). Pero, ¿es Dios soberano en la distribución de Sus favores? ¿Acaso no tiene derecho a serlo? ¿Hay aún quien «murmura contra el padre de familia» (Mateo 20:11)? Valgan, entonces, Sus propias palabras como respuesta: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?» (Mateo 20:15). Dios es soberano en la concesión de Sus dones, tanto en la esfera natural como en la espiritual. Esta es una declaración general de los hechos; pasemos ahora a particularizar.

1. La soberanía de Dios Padre en la salvación.

Quizá el pasaje de la Escritura que más enfáticamente afirma la soberanía absoluta de Dios respecto a la determinación del destino de Sus criaturas, es el capítulo nueve de Romanos. No vamos a tratar de repasar aquí el capítulo completo, sino que nos limitaremos a los versículos 21–23: «¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria?». Estos versículos presentan a la humanidad caída tan inerte y tan impotente como una masa de barro sin vida. Este texto bíblico es rico en contenido. Demuestra que no hay diferencia esencial entre los escogidos: son barro de la misma masa, lo cual concuerda con Efesios 2:3, donde se nos dice que todos por naturaleza somos «hijos de ira». Nos enseña que el destino final de todo individuo lo decide la voluntad de Dios, y bienaventurada cosa es que así sea, pues si se dejara a nuestra voluntad acabaríamos en el lago de fuego. Declara que Dios mismo hace una distinción de los destinos respectivos que dedica a cada una de Sus criaturas, pues un vaso es hecho para honra y otro para vergüenza; algunos son vasos de ira preparados para muerte, otros son vasos de misericordia, que Él ha preparado para gloria.

Admitimos francamente la humillación que supone para el orgulloso corazón de la criatura el contemplar a la humanidad entera en manos de Dios como barro en manos del alfarero; pero así es precisamente como las Escrituras presentan el caso. En esta época de jactancia humana, orgullo intelectual y deificación del hombre, es necesario insistir en que el Alfarero hace Sus vasos para Sí mismo. Que luche el hombre con su Hacedor cuanto quiera, ya que no por eso dejara de ser otra cosa sino barro en manos del Alfarero Celestial; y Él forma Sus vasos para Sus propios fines y conforme Le agrada. Aunque sabemos que procederá justamente con Sus criaturas, Dios afirma que tiene derecho indiscutible de hacer lo que quiera con lo que es Suyo.

No solamente Dios tiene derecho a hacer lo que quiera con las criaturas salidas de Sus propias manos, sino que en realidad lo hace, según vemos, más evidentemente que en cualquier otra parte, en la gracia de la predestinación. Antes de la fundación del mundo Dios hizo una selección, una elección. Ante Sus ojos omniscientes estaba toda la raza de Adán, y de ella escogió un pueblo y lo predestinó para ser adoptados como hijos, lo predestinó para ser conforme a la imagen de Su Hijo y lo ordenó para vida eterna. Muchos son los textos bíblicos que muestran esta bendita verdad, siete de los cuales van a ocupar nuestra atención.

«Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna» (Hechos 13:48). Se han empleado todos los artificios del ingenio humano para restar poder al agudo filo de este texto y descartar con explicaciones fáciles el sentido evidente de estas palabras; pero todo ha sido en vano, ya que nada podrá jamás reconciliar este pasaje y otros semejantes con la mente del hombre natural. Aprendemos aquí cuatro cosas: Primeramente, que creer es consecuencia y no causa del decreto de Dios. En segundo lugar, que solo un número limitado ha sido «ordenado para vida eterna», pues si todos los hombres sin excepción hubieran sido así ordenados por Dios, entonces las palabras «todos los que» constituyen una especificación carente de significado. En tercer lugar, que esta «ordenación» de Dios no consiste en meros privilegios externos, sino que es para «vida eterna»; no es designación para un servicio, sino para la salvación misma. En cuarto lugar, «todos los que» —ni uno menos— han sido ordenados por Dios para vida eterna creerán con toda certeza.

El comentario que el amado hermano C. H. Spurgeon hizo sobre el pasaje anteriormente citado, merece toda nuestra consideración: «Se han hecho ciertas tentativas para demostrar que estas palabras no enseñan la predestinación, pero tales tentativas violan el lenguaje tan claramente, que no voy a malgastar el tiempo en replicar a ellas (...) Leo así: «Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna» y no he de retorcer el texto, sino glorificar la gracia de Dios, atribuyéndole todos los casos de personas que creen (...) ¿No es Dios Quien da disposición para creer? Si hay hombres dispuestos a poseer la vida eterna, ¿no es Él en todos los casos Quien lo dispone? ¿Es injusto que Dios de gracia? Si es justo que la dé, ¿es injusto que Se haya propuesto darla? ¿Quisieras que la diera por accidente? Si es justo que tenga el propósito de dar gracia hoy, entonces también era justo que se lo propusiera antes de esta fecha — debido a que Él no cambia— desde la eternidad».

«Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra» (Romanos 11:5–6). Las palabras «así también», al inicio de esta cita, nos remiten al versículo anterior donde se nos dice: «Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal». Nótese particularmente la palabra «reservado». En los días de Elías había siete mil (una pequeña minoría) que habían sido divinamente preservados de la idolatría y traídos al conocimiento del verdadero Dios. Esta preservación e iluminación no provenía de ningún mérito que hubiera en ellos, sino exclusivamente de la especial influencia e intervención de Dios. ¡Cuán altamente favorecidas fueron tales personas al ser así «reservadas» para Dios! Ahora bien, dice el apóstol, de la manera que había un remanente en los días de Elías, reservado para Dios, también lo hay en la actual dispensación.

«Remanente escogido por gracia». Aquí se sigue la causa de la elección hasta su misma fuente. La base sobre la cual Dios escogió a este remanente no era la fe prevista en Él, porque una elección fundada en la previsión de buenas obras estaría exactamente tan basada en las obras como cualquier otra, y en tal caso no sería por gracia; pues, según dice el apóstol: «si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia». Ello significa que la gracia y las obras son opuestas, que no tienen nada en común, y que, como el aceite y el agua, jamás podrán mezclarse. De esta manera, la idea de bondad en la propia naturaleza prevista en los escogidos, o de cualquier cosa meritoria efectuada por ellos, queda rigurosamente excluida. «Remanente escogido por gracia», significa una elección incondicional, resultado del favor soberano de Dios. En resumen, es una elección absolutamente gratuita.

«Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia» (1 Corintios 1:26–29). Tres veces en este pasaje se hace referencia a la elección de Dios y elección supone necesariamente selección, es decir, tomar a unos y dejar a otros. Quien escoge aquí es Dios mismo. Se da una definición del número escogido: «no muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles» etc. lo cual concuerda con Mateo 20:16: «Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos». Esto es en cuanto al hecho de la elección de Dios; a continuación, obsérvense los objetos de Su elección.

Aquellos de quienes se ha hablado como escogidos de Dios son lo débil del mundo, lo vil del mundo y lo menospreciado. Pero, ¿por qué? Para demostrar y engrandecer Su gracia. Tanto los caminos de Dios como Sus pensamientos están en absoluta contraposición a los del hombre. La mente carnal hubiera supuesto que la selección habría de hacerse de entre las filas de los opulentos e influyentes, los amables y cultos, de modo que el cristianismo ganara la aprobación y el aplauso del mundo por su pompa y su gloria carnal. Pero «lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Lucas 16:15). Dios escoge lo vil y lo menospreciado. Así lo hizo en tiempos del Antiguo Testamento. La nación que escogió para ser receptora de Sus sagrados oráculos y canal por el cual vendría la Simiente prometida, no fue el antiguo Egipto, ni la imponente Babilonia, ni la altamente civilizada y culta Grecia. No; el pueblo sobre el que Jehová puso Su amor y consideró como «la niña de Su ojo» fue el de los despreciados hebreos. Así lo hizo también cuando nuestro Señor habitó entre los hombres. Aquellos a quienes recibió en Su agradable intimidad y encargó que salieran como embajadores Suyos, eran, en su mayor parte, pescadores ignorantes. Así ha sido desde entonces. Así sucede hoy en día; al considerar la tasa de aumento, no pasará mucho para que se manifieste que el Señor tiene más qué ver con los depreciados chinos que son Suyos, que con los estadounidenses altamente favorecidos; asimismo, tiene más que ver con los negros no civilizados de África, ¡que en la Alemania refinada! Y el propósito de la elección de Dios, la razón de ser de la selección, es que ninguna carne se gloríe en Su presencia. No habiendo nada remunerable en los objetos que Él eligió, toda la alabanza ha de ser tributada libremente a las riquezas abundantes de Su infinita gracia.

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (…) En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Efesios 1:3–5,11). Aquí se nos dice en qué tiempo (si podemos hablar así) Dios escogió a aquellos que serían Sus hijos por medio de Jesucristo. Esto no sucedió después de que Adán cayó, hundiendo a su raza en pecado y miseria, sino mucho antes de que Adán viera la luz; incluso antes de que el mundo fuera formado, Dios nos escogió en Cristo. Aquí aprendemos el propósito que Dios tenía delante de Él respecto a Sus elegidos: es decir, que ellos fueran «santos y sin mancha delante de él», que ellos fueran «adoptados hijos suyos», para que ellos tuvieran «herencia». Aquí descubrimos el motivo que le impulsó. Fue en amorque nos predestinó «para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo»; declaración que refuta la frecuente e impía acusación de que es tiránico e injusto que Dios decida el destino eterno de Sus criaturas antes de que nazcan. Finalmente, se informa aquí que, en cuanto a esto, no tuvo consejo con nadie, sino que somos predestinados «según el puro afecto de su voluntad».

«Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad». (2 Tesalonicenses 2:13). Hay aquí tres cosas que merecen especial atención. Primeramente, el hecho de que se nos dice explícitamente que los elegidos de Dios son escogidos para salvación. No podría darse un lenguaje más explícito. ¡Cuán descaradamente eliminan esta palabra quienes piensan que la elección se refiere solamente a privilegios externos o categoría en el servicio! Es para salvación que Dios nos ha escogido. En segundo lugar, se nos advierte aquí que la elección para salvación no menosprecia el empleo de los medios apropiados: la salvación se alcanza por la «santificación por el Espíritu y fe en la verdad». No es cierto que, porque Dios ha escogido a uno para salvación, este sea salvo a la fuerza, tanto si cree como si no. En ninguna parte lo representan así las Escrituras. El mismo Dios que predestinó el fin, designó también los medios; el mismo Dios que escogió para salvación, decretó que Su propósito habría de realizarse a través de la obra del Espíritu y la fe en la verdad. En tercer lugar, que Dios nos haya escogido para salvación, es causa profunda de fervientes alabanzas. Nótese cuán enérgicamente lo expresa el apóstol: «debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación». En lugar de retroceder horrorizado ante la doctrina de la predestinación, el creyente, cuando ve esta bendita verdad según se muestra en la Palabra, descubre un motivo sin par de gratitud y acción de gracias, solamente superado por el don inexplicable del bendito Redentor.

«[Dios] nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Timoteo 1:9), ¡Cuán claro y preciso es el lenguaje de la Sagrada Escritura! Es el hombre quien, con sus palabras, oscurece el consejo. Es imposible presentar el caso más claramente, o más enérgicamente que como se manifiesta aquí. Nuestra salvación no es «conforme a nuestras obras»; es decir, no es debida a nada que haya en nosotros, ni recompensa de algo que nosotros hayamos hecho, sino que es el resultado del propio «propósito y gracia» de Dios, gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo. Es por gracia que somos salvos y en el propósito de Dios esta gracia nos fue otorgada, no solamente antes de que viéramos la luz, o de que Adán cayera, sino aun antes de aquel lejano «principio» de Génesis 1:1. En esto se basa el consuelo inexpugnable del pueblo de Dios: ¡Si su elección ha sido desde la eternidad, durará hasta la eternidad! «Sólo podrá durar eternamente, aquello que ha venido de la eternidad. Lo que así ha venido, entonces perdurará» (George S. Bishop).

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