Kitabı oku: «Descentrando el populismo»

Yazı tipi:


Descentrando el populismo

Descentrando el populismo. Peronismo en Argentina, gaitanismo en Colombia y lo perdurable de sus identidades políticas

Reseña

Pensar y discutir «la cuestión populista» hoy se asemeja al eterno trabajo de Sísifo: cargar la roca de reflexión del populismo una y otra vez, frente a la pendiente inalcanzable de los lugares comunes. Como la de Sísifo, la nuestra es una labor —a todas luces— interminable. Por ello, este libro no pretende saldar o cerrar el debate, sino alivianar un poco la roca de reflexión; más que descifrar la naturaleza del populismo, nos proponemos pensarlo como una categoría analítica operativa y productiva para el estudio de procesos histórico-políticos particulares tales como el peronismo argentino y el gaitanismo colombiano. Y para estos fines, este libro colectivo recoge y ofrece distintas indagaciones sobre una perspectiva sobre los populismos que llamamos «descentrada». El primer descentramiento que proponemos, pone de relieve a las experiencias políticas concretas a la hora de hablar de los populismos (en plural) y toma distancia de los modelos arquetípicos en clave anómala producidos a propósito de dos de ellas. El segundo, coloca en primer plano la pregunta por el papel que ocupan los procesos de constitución y de redefinición identitarios en los populismos latinoamericanos. El tercero, se relaciona con un particular modo de introducir el enfoque histórico en el estudio de los populismos, pues no se intenta buscar en el pasado un momento originario o esencial de constitución de una identidad popular sino visibilizar, en el transcurso del tiempo, distintos momentos de constitución del peronismo y del gaitanismo; momentos que, ciertamente, fueron resignificados o intervenidos en sus respectivos países desde la emergencia de los populismos hasta nuestros días.

Palabras clave: populismo, ciencia política, gobierno, peronismo, Argentina, gaitanismo, Colombia, América Latina, siglo XX.

Decentering populism. Peronism in Argentina, Gaitanism in Colombia, and the long-lasting nature of their political identities

Abstract

Thinking about and discussing “the populist question” today resembles the endless work of Sisyphus: carrying the rock of reflection on populism time after time, facing the impossible slope of commonplaces. Like Sisyphus’s work, ours is—clearly—interminable. For this reason, this book does not aim to settle or close the debate, but to make the rock of reflection a bit lighter. Rather than deciphering the nature of populism, we propose to think of it as an operative and productive analytical category for the study of specific historical-political processes such as Peronism in Argentina and Gaitanism in Colombia. To the effect, this collective book gathers different inquiries about what we call a “decentered” perspective on populism. The first decentration that we propose highlights concrete political experiences when talking about populisms (in plural) and, in relation to two of them, distances itself from the anomalously produced archetypal models. The second one places in the foreground the role of the processes of identity constitution and redefinition in Latin American populisms. The third is related to a particular way to introduce the historical approach in the study of populisms, since the idea is not to seek in the past an initial or essential constituting moment of a popular identity, but to make visible, over the course of time, different constituting moments of Peronism and Gaitanism; moments that, certainly, have been resignified or intervened in their respective countries from the emergence of populisms to the present day.

Keywords: populism, political science, government, Peronism, Argentina, Gaitanism, Colombia, Latin America, 20th century.

Citación sugerida / Suggested citation

Magrini, Ana Lucía (coord.). Descentrando el populismo. Peronismo en Argentina, gaitanismo en Colombia y lo perdurable de sus identidades políticas. 2021. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario - Editorial Universidad Católica de Córdoba. https://doi.org/10.12804/urosario9789587846256

Descentrando el populismo

Peronismo en Argentina, gaitanismo en Colombia y lo perdurable de sus identidades políticas

Ana Lucía Magrini

—Coordinadora—

Descentrando el populismo. Peronismo en Argentina, gaitanismo en Colombia y lo perdurable de sus identidades políticas / Ana Lucía Magrini, coordinadora. – Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, Editorial Universidad Católica de Córdoba, 2021.

ilustraciones

Incluye referencias bibliográficas.

1. Populismo – América Latina – Siglo xx. 2. Ciencia política – Argentina –Colombia. 3. Peronismo – Argentina. 4. Gaitanismo – Colombia. 5. Argentina – Política y gobierno – Siglo xx. 6. Colombia – Política y gobierno – Siglo xx. I. Magrini, Ana Lucía. II. Universidad del Rosario. III. Título.

320.5 SCDD 20

Catalogación en la fuente – Universidad del Rosario. CRAI


DJGRJunio 28 de 2021

Hecho el depósito legal que marca el Decreto 460 de 1995

© Editorial Universidad del Rosario

© Universidad del Rosario

© Editorial Universidad Católica de Córdoba

© Varios autores

© Sebastián Barros, por el Prólogo

Editorial Universidad Católica de Córdoba

Obispo Trejo 323 X5000IYG

Córdoba, Argentina

Tel: (+54) 351 4286171, (+54) 9 3512 08-0432

librosucc@ucc.edu.ar

Editorial Universidad del Rosario

Carrera 7 No. 12B-41, of. 501

Bogotá, Colombia

Tel: (+571) 2970200 Ext. 3112

editorial.urosario.edu.co

Primera edición: Bogotá D. C., 2021

ISBN (Colombia): 978-958-784-623-2 (impreso)

ISBN (Colombia): 978-958-784-624-9 (ePub)

ISBN (Colombia): 978-958-784-625-6 (pdf)

ISBN (Argentina): 978-987-626-464-8 (impreso)

https://doi.org/10.12804/urosario9789587846256

Coordinación editorial: Editorial Universidad del Rosario

Corrección de estilo: Juan Fernando Saldarriaga Restrepo

Diseño de cubierta: César Yepes y Luz Arango

Diagramación: Precolombi EU-David Reyes

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Los conceptos y opiniones de esta obra son responsabilidad de sus autores y no comprometen a los editores ni sus políticas institucionales.

El contenido de este libro fue sometido al proceso de evaluación de pares, para garantizar los altos estándares académicos. Para conocer las políticas completas visitar: editorial.urosario.edu.co

Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo escrito de los editores.

Contenido

Un prólogo atiborrado de interrogantes

Sebastián Barros

A modo de presentación: Sísifo y el problema del populismo

Ana Lucía Magrini, Cristian Acosta Olaya

PARTE 1(PRE)TEXTOS PARA UN CONTRAPUNTO ENTRE PERONISMO Y GAITANISMO

1. Identificaciones populares y articulaciones populistas. Apuntes teóricos para el análisis de experiencias latinoamericanas en el siglo xx

María Virginia Quiroga, Ana Lucía Magrini

2. Populismos en los puntos de cruce de Cipriano Reyes y José Antonio Osorio Lizarazo como figuras mediadoras del peronismo en Argentina y del gaitanismo en Colombia

Ana Lucía Magrini

PARTE 2PERONISMO Y “MOMENTOS POPULISTAS”. UNA MIRADA (RE)VISITADA DE SU EMERGENCIA Y DE LO PERDURABLE DE SU IDENTIDAD POLÍTICA

3. Entre dos tramas: historiografía, populismo y la pregunta por la identificación política en el peronismo histórico

Mercedes Vargas, Juan Manuel Reynares, Mercedes Barros

4. Usos del olvido. Identidades, antagonismo y amnistías en la Argentina posperonista (1955-1958)

Nicolás Azzolini

5. Símbolos y tradiciones en la militancia de La Cámpora: un análisis de los desplazamientos identitarios del peronismo durante el kirchnerismo

Aarón Attias Basso

PARTE 3GAITANISMO Y “MOMENTOS POPULISTAS”. UNA MIRADA PROBLEMATIZADA DE LA VIOLENCIA EN COLOMBIA

6. Ante las compuertas del dique. Populismo, violencia política e identidad gaitanista en Colombia (1946-1948)

Cristian Acosta Olaya

7. Sendas del populismo y la identidad gaitanista durante el Gobierno militar de Rojas Pinilla (1953-1957)

Adriana Rodríguez Franco

8. Gaitán, gaitanismo y nueva izquierda en Colombia (1948-1969)

José Abelardo Díaz Jaramillo

A modo de cierre: un epílogo metodológico, con comprensiones plausibles y nuevas rutas de indagación

Ana Lucía Magrini

Los autores

Un prólogo atiborrado de interrogantes

Sebastián Barros

Cuando el populismo parece estar en el centro de la atención académica en las ciencias sociales y de los discursos políticos en el mundo, nos encontramos con un libro que propone su descentramiento. Sin embargo, no es esta la única instancia en la que los textos que vamos a leer nos “descentrarán” como lectores.

En el sentido común proferido por los medios de comunicación y las redes sociales respecto del populismo, toda experiencia política es pasible de quedar bajo el paraguas protector de un concepto que cobija básicamente cualquier cosa: desde el Movimiento al Socialismo–Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos de Bolivia, pasando por el Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía, Podemos en España, el Partido Republicano en Estados Unidos, el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Morena y el cardenismo en México, el peronismo y el yrigoyenismo en Argentina, el varguismo en Brasil, Gaitán y Rojas Pinilla en Colombia, entre muchos otros.

En cierta medida, la producción académica no transita por avenidas muy diferentes. Los intentos por analizar los fenómenos mencionados se esfuerzan por diferenciar tipologías, pero sin poder quitar del centro de la escena su carácter “populista”. Así, encontramos distinciones entre populismos inclusivos o excluyentes, de izquierda o de derecha, populismos a secas o populismos atemperados, etc. Puede variar la evaluación normativa que cada uno de estos análisis lleva adelante, pero su atención sigue centrada en el punto que condensa la homologación de todos estos fenómenos políticos bajo un mismo rótulo: “populista”. Es que, fundamentalmente, toda experiencia política que se desvía de la media de los discursos que proponen como objetivo el consenso entre élites y se sostienen en una racionalidad instrumental ligada al funcionamiento del mercado global es pasible de ser tratada como una anomalía populista.

Desde su inicio mismo de este libro, con el capítulo 1 de María Virginia Quiroga y Ana Lucía Magrini, los textos que siguen descentran el populismo contraponiendo tres ideas al sentido común: en primer lugar, quitan del centro de la discusión la posibilidad de entender el populismo como una anomalía de la política. Eso permite a los autores alejarse del rótulo fácil del “hecho maldito” o de la “experiencia fallida”. Pensar al populismo “en plural” y apuntar a sus experiencias concretas, lejos de normalizarlo ubicándolo como punto necesario de algún tipo de teleología histórica, permite focalizar en la pluralidad y la heterogeneidad de las experiencias antes que en la homogeneización forzada por la utilización de un concepto.

De este modo, el peronismo y el gaitanismo fueron experiencias históricamente distintas y con resultados considerablemente diferentes, pero al mismo tiempo compartieron formas discursivas y lógicas articulatorias que nos permiten compararlas. Este primer descentramiento quita el foco de atención de la necesariedad de los procesos históricos y sitúa a los populismos como una forma posible más de identificación política.

El segundo descentramiento se desprende del primero. La heterogeneidad de las experiencias peronista y gaitanista, así y todo, nos deja ver una forma de identificación con ciertas características particulares. Una de sus marcas es la perdurabilidad, en tanto oportunidad de identificación para una multiplicidad de discursos diversos en momentos históricos distintos. Esto nos muestran varios de los capítulos que siguen cuando analizan los vínculos entre el gaitanismo y el discurso de Rojas Pinilla, o con la izquierda posterior a la Revolución cubana, o la particular forma de articulación que suponen las redes sociales en la experiencia de la juventud al interior del kirchnerismo. De este modo, la mirada propuesta se corre de la equiparación entre populismo e identidad política. No toda identidad política supone populismo. Por el contrario, los populismos, en plural, se definen como una especie acotada de identificación política. Su rasgo fundamental es, como bien afirma ya la introducción de esta obra, “la persistencia, iteración y constante resemantización de las identidades populares”.

El tercer descentramiento se refiere a los cambios que esas identificaciones pueden sufrir a lo largo del tiempo. Los populismos dejan de ser entendidos como regímenes de identificación plenamente constituidos e inalterables, para ser captados como “momentos populistas”, que son siempre resignificados o intervenidos. Este tercer descentramiento tiene una consecuencia teórica importante: nos deja ver que dichos momentos populistas nunca son iguales a sí mismos. Los sucesivos capítulos de este libro encaran la tarea de mostrarnos esas variaciones, esas heterogeneidades que habitan a cada uno de los discursos analizados y que impiden su cierre definitivo en algún tipo de identificación reificada. Por ende, las identificaciones populistas estarán siempre marcadas por tensiones entre aquellas heterogeneidades, “micro o subfronteras políticas” al interior de los procesos identificatorios —según las define el primer capítulo—, que les son constitutivas.

El conjunto de textos aquí reunidos dirige su mirada hacia las tensiones entre los elementos heterogéneos que habitan toda identificación y ello es una de las razones que ameritan su lectura. Una razón, por otra parte, central para dar precisión a aquello que venimos llamando “populismo”, ese concepto que siempre nos lleva a comenzar nuestras reflexiones con la consabida y repetida salvedad de las dificultades para su definición. Asimismo, enfatizar en las tensiones entre esas heterogeneidades es de importancia vital para un análisis preciso de los procesos identificatorios.

Los diferentes trabajos que constituyen este libro nos dejan ver distintas caras de la construcción populista de cierta unidad entre esas heterogeneidades: las tensiones entre las particularidades que habitan la identificación gaitanista o peronista, entre esas particularidades y el momento unificador del liderazgo, o las tensiones provocadas por la novedad que suponían procesos de subjetivación sorprendentes y desestructurantes. Todas ellas son tensiones que dejaron su trazo y operan aún hoy como restos que vuelven a aflorar como tradiciones políticamente disponibles y recuperables. De modo similar, también encontramos, en los sucesivos capítulos, los intentos por negar dichas tensiones y añorar una sociedad reconciliada consigo misma, ya sea a través del olvido o de los usos de la violencia.

¿Qué nos deja ver este libro sobre las tensiones antes mencionadas? Los estudios identitarios complejizan algunos presupuestos básicos de una teoría de la hegemonía que se sostiene en el análisis político del discurso. Dicha teoría plantea que los procesos que articulan identificaciones particulares se desenvuelven a través de lógicas. Como señalan Jason Glynos y David Howarth, una lógica “comprende las reglas o la gramática de una práctica como también las condiciones que hacen a la práctica tanto posible como vulnerable” (2007, 136). Estos autores mencionan tres lógicas posibles para esos procesos de articulación: la lógica social, la política y la fantasmática. La que me interesa destacar en este prólogo es la lógica política, en la que, siguiendo a Laclau y Mouffe (1985), incluyen a la lógica de la diferencia y de la equivalencia. Estas dos lógicas serían las dos caras de la moneda que estructuran el carácter, la intensidad y la extensión del vínculo entre las diferencias.

Ahora bien, si volvemos a la lectura de este libro, encontramos que la pregunta más general que lo atraviesa es sobre el carácter del lazo político en procesos que hacen equivalentes una pluralidad de posiciones discursivas heterogéneas que cobran nuevos sentidos en la práctica articulatoria. De este modo, la obra añade complejidad al análisis desde la teoría de la hegemonía y deja ver, desde mi punto de vista, la necesidad de reconocer que existe una pluralidad de lógicas que actúan en un proceso identificatorio y que no se limitan a la dualidad equivalencia-diferencia.

En cada capítulo leeremos modulaciones diferentes del lazo político, que dependían de una multiplicidad de factores: de las diferencias que, a pesar de compartir un espacio identitario, mantienen un grado de autonomía que hace difícil analizar su ubicación precisa en la práctica articulatoria (las figuras de José Antonio Osorio Lizarazo y Cipriano Reyes, en el capítulo 2, de Magrini); de la emergencia de nuevas diferencias (como muestra el capítulo 3, de Mercedes Vargas, Juan Manuel Reynares y Mercedes Barros, sobre las cartas a Perón); de la existencia de un espacio de representación intensamente antagónico en el que se produce el proceso identificatorio (como propone el capítulo 4, de Nicolás Azzolini); de la inestabilidad identificatoria que supone la reformulación constante del nosotros y de la alteridad (como lo hace el capítulo 6, de Cristian Acosta Olaya) y de la permanencia de ciertas identificaciones y su disponibilidad como oportunidad identificatoria (como se desprende de los capítulos 5, 7 y 8, de Aarón Attias Basso, de Adriana Rodríguez Franco y de José Abelardo Díaz Jaramillo, respectivamente, sobre el peronismo y el gaitanismo).

Desde ya, habría que decir que tranquilamente podríamos hacer una lectura estandarizada de estos trabajos y detenernos en la simplificación del campo identitario que los populismos generan, o centrarnos en rastrear las relaciones de equivalencia y diferencia entre las posiciones discursivas, o destacar la persistencia de cierta tendencia a la polarización política en las experiencias populistas, o mostrar cuáles eran los significantes que operaban como puntos nodales de ciertas articulaciones.

Pero ¿no radica la relevancia del análisis del capítulo sobre las cartas a Perón, por ejemplo, en las formas novedosas en las que se cuelan nuevos sujetos que hasta ese momento no contaban como diferencias políticamente articulables? ¿No hay en el delicado trabajo de desempolvar casi arqueológicamente los sentidos políticos de esas nuevas subjetividades algo más que la equivalencia y la diferencia? Estas dos lógicas, ¿nos dicen algo sobre la emergencia de esas nuevas diferencias, su carácter y del tipo de lazo político que esta facilita?

Del capítulo de Vargas, Reynares y Barros se desprende que la manera de gestionar la tensión que supone la emergencia de nuevas subjetividades está abierta a distintas posibilidades articulatorias. Una de ellas es la posibilidad populista, que les otorga ciertos rasgos que nos permitirían distinguirlas de otras. En el caso del peronismo, y de otras experiencias en los populismos latinoamericanos, esas nuevas subjetividades emergen al campo de una representación simbólica desplazada que —en ese desplazamiento— expande los límites del demos legítimo.

Las demandas en esas cartas por ser escuchadas por el Estado y exigir en pie de igualdad a un peronismo que no parecía llegar a todos los rincones con la misma potencia igualadora, ¿no expanden los límites de una formación política a través de las dos premisas institucionales que definen a la democracia, la isonomía y la isegoría? ¿Ayuda a entender mejor y precisar su análisis disponer de dos lógicas que destacan esos vínculos, sin mirar a su novedad ni a los efectos más amplios que ella produce sobre la comunidad política? La lectura más estandarizada es quizá lo que no permite dilucidar claramente que los llamados “populismos” parecen transitar en Europa la avenida opuesta: desplazan diferencias hacia fuera del campo de representación simbólica, “heterogeneizan” ciertos elementos que hasta ese momento aparecían como diferencias articulables a través de muros, campos de refugiados y deportaciones masivas. En estos casos, los límites del demos se restringen antes que expandirse.

En simultáneo a la expansión del demos, esas mismas diferencias novedosas, como las que analiza Magrini en las figuras de Reyes y Osorio Lizarazo, mantienen un grado de heterogeneidad entre sí, que impide su total inclusión en un “nosotros” definitivo. La inestabilidad del demos no es una novedad para una teoría que sostiene que los cierres hegemónicos nunca son plenos ni perfectamente suturados. Sin embargo, el análisis que brinda Magrini de las trayectorias de Reyes y Osorio nos plantea el interrogante sobre cómo precisar los vínculos al interior de la identificación populista misma. La autora sostiene que se requiere un análisis procesual del conjunto de actos identificatorios y señala la persistencia de tensiones internas a la unificación populista del demos. Debemos preguntarnos teóricamente por las lógicas que atraviesan esas tensiones y que no parecen agotarse en la equivalencia y la diferencia.

Azzolini sostiene, en las consideraciones finales de su capítulo, que la nominación política es una forma de “dar identidad” y de “distribuir o redistribuir lugares sociales”. Me gustaría arriesgar que la nominación teórica también. En un análisis político que se precie, la precisión en el estudio empírico debe ir de la mano con la precisión teórica. Los capítulos de Acosta Olaya, de Rodríguez Franco y del mismo Azzolini nos dejan ver esta cuestión, que de igual modo puede leerse paralelamente a la emergencia de nuevas subjetividades y los efectos que esto genera en el demos. Los tres capítulos mencionados nos muestran los efectos que producen esas demandas que reclaman ser escuchadas por un espacio del poder que las niega o las evade.

El capítulo de Acosta Olaya ilustra que la relación entre gaitanismo y violencia política fue tensa, y que se resolvió discursivamente a favor del procesamiento de la alteridad mediante las urnas, aunque de una manera “beligerante”. La beligerancia, se desprende de la lectura, quedaba denotada en el uso intermitente de la amenaza de la potencial explosión violenta de lo popular.

En este caso, podríamos detenernos en la relación amigo-enemigo que el bipartidismo colombiano disparaba y el populismo exacerbaba; es decir, podemos retornar a la mirada estandarizada que resalta la dicotomización y simplificación del campo político que generan los populismos respecto de su alteridad. Sin embargo, esto nos dice poco sobre los efectos que la beligerancia tenía sobre la conformación del lazo político en Colombia y el carácter del discurso gaitanista.

Lo que aparece claramente en el texto de Acosta Olaya es que la condición de posibilidad del gaitanismo, para funcionar como el discurso que tenía la llave maestra para abrir o cerrar las esclusas de contención de la violencia, era la presencia amenazante de un pueblo descrito como una “fuerza ciega”. Frente a la estabilidad institucional que podía ofrecer el bipartidismo, la figura del pueblo era presentada como el elemento que resistía el orden impuesto y se salía del lugar que debía ocupar en la política colombiana.

Acosta Olaya encuentra que el líder liberal jura vengar las muertes de sus seguidores con un triunfo electoral que traería “los fueros de la paz y la justicia en Colombia”. La condición de posibilidad de los desplazamientos entre la venganza, que en un contexto de violencia política como el colombiano no significaba otra cosa que tomar represalias, y el triunfo democrático popular, ¿no es también la aparición de un sujeto popular descrito como una “simple fuerza ciega”? Si la particularidad del discurso gaitanista es un regeneracionismo beligerante, porque la beligerancia era la modalidad que encausaba la violencia política por medio de la amenaza, ¿cuál es la condición de esta última si no el sobrevuelo de una presencia espectral, ciega e irracional que se encarnaba en esas nuevas subjetividades movilizadas alrededor de la idea de pueblo?

Como bien marca Acosta Olaya, son la inestabilidad y la reconstrucción constante del demos legítimo, provocadas por este sobrevuelo, lo que le dio un carácter particular al gaitanismo. Para dar cuenta de ese sobrevuelo, necesitamos revisar la manera en que procesamos teóricamente los efectos de la dislocación producida por la emergencia de nuevas demandas y subjetividades, hasta ese momento inexistentes como diferencias políticas significativas.

En este sentido, muchos de los elementos constitutivos del discurso de Gaitán, que toma Acosta Olaya, coinciden con algunos hallazgos del capítulo escrito por Rodríguez Franco. Los desafíos a los que el populismo se enfrentó en Colombia, señala la autora, fueron, por un lado, la desconfianza de las élites hacia a la organización y la movilización de los sectores populares, masas “catalogadas como irracionales”, y, por otro, el bipartidismo, que obstaculizaba la aparición de oportunidades identificatorias alternativas.

Rodríguez Franco identifica con precisión los elementos que sostienen el vínculo entre la identidad gaitanista y la rojista, entre los cuales se destacan las iniciativas por actualizar el discurso político antioligárquico. La manera teórica de encarar estas continuidades podría resaltar el antagonismo como constitutivo de toda identificación y desprender de allí las lógicas diferenciales y equivalenciales que se produjeron a partir de la emergencia de esas masas irracionales. Sin embargo, cabe preguntarnos también sobre la permanencia de la identificación gaitanista y su disponibilidad como oportunidad identificatoria. Quizás en la respuesta a este interrogante resida la precaución que Rodríguez Franco menciona en el cierre de su capítulo. La pregunta sobre la permanencia de la experiencia populista como oportunidad identificatoria contribuiría a repensar ciertos contenidos de la historiografía colombiana (y podríamos extender esto a la argentina), que, de no hacerlo, no alcanzarían a dar cuenta de la capacidad histórica de organización y expresión de las identificaciones populares.

La permanencia de las oportunidades identificatorias que ofrecen estas experiencias de populismo en Colombia y Argentina también es una de las cuestiones que atraviesa el capítulo de Azzolini. Su trabajo se orienta expresamente a revisar las marcas y los efectos políticos de la emergencia del populismo sobre las articulaciones políticas posteriores al golpe militar que derrocó al peronismo. Dichos efectos operaron de forma directa sobre la distribución de lugares sociales a las que dio lugar la articulación peronista de toda una serie de identificaciones, ya existentes o novedosas, como veremos en el capítulo de Vargas, Reynares y Barros, o el de Rodríguez Franco, y el de Díaz Jaramillo para el gaitanismo. Y de nuevo podemos entrever la manera en que el análisis empírico desnuda a la teoría y la fuerza a apropiarse de nuevas herramientas que permitan dar cuenta de aquello que la desafía.

Una de las preguntas que levantan los hallazgos de Azzolini es sobre el carácter del olvido en los estudios identitarios. Más específicamente, el punto que me interesa resaltar es el de los usos del olvido y su dimensión instituyente. ¿Se trata el olvido solo de una forma que pueden adquirir los discursos en pos de privilegiar la idea de diferencia o la lógica equivalencial? Si el uso del olvido es instituyente, ¿no opera también como un diluyente de ambas lógicas? De ser así, ¿cuál es la lógica que opera sobre el vínculo entre diferencias?

Azzolini muestra que “lo olvidable” de la cuestión peronista son precisamente los efectos de la inclusión de esas nuevas identificaciones y subjetividades que mencioné en el principio de este prólogo. El olvido aparecía como condición de la desperonización de ese nuevo sujeto y se encarna institucionalmente en las amnistías, como un recurso normativo, a la vez que operaba también como recurso identitario. El olvido es instituyente, porque muestra el conflicto acerca de la existencia de un escenario para la vida común, por lo cual es central para los estudios identitarios. Decir “olvido instituyente” implica que el borramiento que el olvido supone, en el mismo movimiento tiene que hacer lugar a una nueva ficción que reinstituya ese escenario y los sujetos que pueden ocuparlo.

La perdurabilidad de algunos contenidos identitarios es lo que les permite funcionar como oportunidad identificatoria. Esta premisa, trabajada en los capítulos de Díaz Jaramillo y Attias Basso, abre un interrogante interesante, que no ha sido muy elaborado desde los enfoques teóricos en los que nos situamos. Sabemos que la hegemonía requiere una expresión positiva, a pesar de que la totalización parcial de la comunidad que edifica se define en torno a las exclusiones que postula. En la experiencia del kirchnerismo en Argentina y en la condición de objeto de disputa de la figura de Gaitán en la nueva izquierda colombiana, se resignifican una serie de experiencias para ponerlas en sintonía con contextos novedosos. Por lo tanto, estas identificaciones perdurables, como las del peronismo y el gaitanismo, tienen que pasar necesariamente por procesos de olvido, como señala Azzolini, y por momentos instituyentes de nuevas ficciones, que les permita ser una ausencia presente en los espacios identitarios que ellos mismos dislocan. ¿Cómo podemos precisar el análisis de las maneras en que cada identificación “hereda”, por decirlo de algún modo, las modulaciones de los discursos disponibles a los que apela? En otras palabras, ¿cuál es la lógica que habilita la perdurabilidad y estructura la herencia? Creo que la idea de Ernesto Laclau de relativa estructuralidad se acerca a una respuesta que puede ayudarnos a precisar el análisis empírico.

Por último, quisiera remarcar otro efecto importante que tienen las articulaciones populistas y que se deja ver en todos los capítulos del libro. En ellos puede percibirse que, cuando ciertos significantes, como “justicia social”, “pueblo”, “oligarquía”, etc., comienzan a adquirir centralidad en el discurso político y a funcionar como puntos nodales de ciertas articulaciones, rápidamente disparan reminiscencias a los populismos. Cuando eso sucede, además, la formación política se desestabiliza, como puede percibirse en la seguidilla de golpes de Estado en Argentina, el alejamiento o acercamiento al bipartidismo en Colombia, como consecuencia de un aumento en la intensidad de la polarización. Es decir, la reactivación de las demandas identificadas con ciertos contenidos populistas, en el caso del peronismo y el gaitanismo, desestabilizan los límites del demos e intensifican la polarización y el antagonismo.

En definitiva, el interés por este libro parte de las preguntas que incita el excelente análisis de la multiplicidad de procesos que abarca la constitución de identificaciones políticas. Estos análisis nos ayudarán sin duda a complejizar teóricamente las lógicas políticas que atraviesan a toda práctica hegemónica y a todo proceso identificatorio. Un libro que despierta todos estos interrogantes no puede ser sino un libro que merece ser leído. Mi total agradecimiento a Ana Lucía Magrini por la invitación a escribir sobre él.

En mi caso, además, este libro guarda una fuerte afinidad afectiva. Mi propia formación como investigador se ha nutrido durante muchos años de diálogos e intercambios con buena parte de quienes escriben aquí. Estos textos no hacen sino continuar esas conversaciones atravesadas por aquello con lo que nos identificamos: la práctica generosamente colectiva y colaborativa de crear conocimiento.

Referencia

Glynos, Jason y David Howarth. 2007. Logics of Critical Explanation in Social and Political Theory. Londres: Routledge.

A modo de presentación: Sísifo y el problema del populismo

Ana Lucía Magrini

Cristian Acosta Olaya

La falta de un consenso conceptual frente al término “populismo” es la advertencia siempre presente al inicio de todo estudio sobre experiencias tipificadas como “populistas”. Dicha discrepancia ha llevado a creer que la palabra misma y el juicio valorativo desde la que es emitida devela per se su contenido y significado. Incluso, se ha convertido actualmente en el vocablo más conveniente para “mentar al demonio”, bautizando la ignominia acerca de un “deber ser” de la política y la democracia contemporáneas.

Dos ejemplos ayudan aquí a ilustrar lo anterior. El primero es la viralizada frase del expresidente argentino Mauricio Macri, quien en medio de la multicrisis global de carácter inédito, signada por la actual pandemia, sostuvo que el populismo era más peligroso que el corona-virus.1 El segundo, más reservado al ámbito académico, es la constante insistencia en pensar al populismo como una amenaza a la democracia moderna. Ya sea como lo expusieron Ghita Ionescu y Ernest Gellner en la frase de apertura de su conocida compilación sobre el populismo: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (Ionescu y Gellner 1970 [1969], 7),2 o bien como lo propuso Margaret Canovan, quien, retomando los postulados de Michael Oakeshott, considera al populismo como un fenómeno inherente a la democracia: esta tendría dos dimensiones o dos caras (una pragmática y otra redentora) en permanente tensión, y es en la brecha entre dichas facetas democráticas que emerge “un constante estímulo para la movilización populista” (Canovan 1999, 3).3

Aunque producidas en contextos de discusión muy diferentes, estas definiciones sobre populismo refuerzan los sentidos convencionales del término, el cual devino en un insulto que remite a toda clase de anatemas políticos, que comienza por la idea de manipulación, cooptación, demagogia, reificación; pasa por el señalamiento de la heteronomía obrera (o ausencia de conciencia de clase de los trabajadores que sustentaron los populismos clásicos), y va hasta las perspectivas más recientes, como la de Canovan, que intentan “normalizar el concepto”, mostrando su condición de interioridad a la democracia, pero sin dejar de enfatizar que, al fin de cuentas, el populismo es su propia sombra o, lo que es lo mismo, una práctica política contraria a la democracia liberal.

Para entender esto, antes de presentar nuestro argumento, conviene hacer un pequeño paréntesis y precisar de manera sucinta algunos momentos clave que han atravesado las diversas definiciones sobre populismo en América Latina. No sin estar conscientes de la multiplicidad de estudios sobre el tema, así como de los problemas políticos e intelectuales a los que este concepto ha estado asociado, los distintos esfuerzos por sistematizar las variantes de investigación en torno al populismo han coincidido, en cierto modo, en la existencia de tres perspectivas de pensamiento y tres momentos del debate latinoamericano, que dieron vida al populismo como un significante del cual científicos, intelectuales y académicos podían echar mano para explicar el pasado y comprender el presente en nuestras sociedades.4 Agregamos aquí un cuarto momento, que describe el estado actual de las discusiones sobre el tema, en el que, como veremos a continuación, conviven, se yuxtaponen, contaminan y mezclan una multiplicidad de teorías, métodos y enfoques muy diversos.

Las primeras formulaciones del populismo, en clave científica, se produjeron de la mano de la renovación de la sociología a mediados de los años cincuenta. Las teorías de la modernización y la estructural-funcionalista fueron los principales enfoques que alimentaron conceptualizaciones ciertamente peyorativas sobre los procesos populistas. A grandes rasgos, desde estas teorías, el populismo era definido como un fenómeno propio de sociedades en proceso de modernización,5 de países subdesarrollados o en vías de desarrollo, producto de la rápida transición de una sociedad tradicional a una moderna, donde las masas “en disponibilidad” eran persuadidas por movimientos y líderes políticos con una fuerte ideología anti statu quo (Di Tella 1973 [1965]; Germani 1962; Stein 1980). Desde este clivaje analítico, el populismo era básicamente un proceso social anómalo y un desvío de otro (tomado como parámetro de normalidad): el modelo de integración de las masas en Europa durante el siglo xix. Para estas teorías, el problema radicaba en que la matriz modernizadora europea no habría de tomar entidad en América Latina, por lo que se supondría que sus élites, influidas por el nuevo clima histórico del siglo xx, manipularon a “las masas recién movilizadas por sus propios objetivos”; la mentalidad de dichas masas, por ende, se caracterizaría “por la coexistencia de rasgos tradicionales y modernos” (Laclau 1986 [1977], 174).

Un segundo momento de producción de las definiciones de populismo, que también se alimentó de connotaciones peyorativas, fue el enfoque de la dependencia y sus diversos vínculos con la perspectiva marxista. Si bien la llamada “teoría de la dependencia” no es en efecto una teoría unificada y homogénea, sino una hipótesis que permeó casi todo el pensamiento social latinoamericanista durante la década de los setenta, podemos sintetizar sus principales caracterizaciones sobre el populismo, como: 1) una alianza desarrollista y, en este sentido, una respuesta limitada al problema de la dependencia en la región (Cardoso y Faletto 1971 [1969]); 2) como una etapa de la contradicción capitalista que surge con la crisis del año 1929 (Ianni 1972), y 3) un producto de la crisis de la hegemonía conservadora y el surgimiento de una alianza de diversos sectores sociales, donde la lucha de clases como tal es obliterada (Murmis y Portantiero 1971; Torre 1989; Weffort 1968).

Lo que resaltan estas diversas posturas es el entendimiento del populismo como un fenómeno que solo puede ser analizado si se lo encuadra en una época determinada y en condiciones sociales, culturales, políticas y económicas específicas, donde hechos como la crisis oligárquica de principios del siglo xx y las tradiciones sindicalistas, entre otros, son la condición sine qua non para el surgimiento del populismo. En el discurso dependentista, el populismo primordialmente es entendido como período específico del capitalismo periférico y condicionado especialmente por este.

Un tercer momento de la discusión es el propiciado por el análisis político del discurso, de la ideología y por la denominada “perspectiva no esencialista del populismo”, propuesta por Ernesto Laclau. Su pensamiento tuvo, a su vez, varios giros, comenzando por su ensayo seminal sobre populismo, publicado en 1977, hasta su última obra más sistemática sobre el tema, del 2005.6

Básicamente, para Laclau, el populismo adquiere el carácter siempre precario y contingente de un discurso que, en principio, divide a la sociedad en dos campos antagónicos, “los de abajo”, el pueblo, y “los de arriba”, la oligarquía. La perspectiva sobre el populismo propuesta por el autor ha sido con frecuencia presentada como no esencialista, por varias razones: en primer lugar, porque el populismo es aquí una forma y no un contenido; una lógica, un tipo de discurso que se basa en la configuración de “un pueblo”. En segundo término, porque los contextos son relevantes, pero no determinantes, pues los procesos populistas no pueden definirse apriorísticamente o sin tener en cuenta sus condiciones de posibilidad, pero tampoco pueden ser disueltos en ellas. Al definirse al populismo como una lógica de lo político, se requiere analizar en cada coyuntura y en cada circunstancia concreta, si estamos o no ante una esa forma o lógica política, más allá de los contenidos con que esta pueda manifestarse (políticas económicas de corte keynesiano, desarrollistas o neodesarrollistas, tipos de liderazgo carismáticos, entre otros). Y en tercer lugar, si el populismo remite a una forma más que a una serie de características inmutables y reducidas a un espacio-tiempo específico, entonces este es, en definitiva, un proceso flexible y constantemente disputado, es decir, contingente.

Ciertamente, el debate sobre el populismo no terminó allí y está lejos de ser “saldado”. Numerosos investigadores retomaron algunos supuestos formulados por Laclau y críticas muy diversas realizadas a su teoría,7 para nutrir y enriquecer este enfoque. Estas disquisiciones produjeron como principal resultado el surgimiento de perspectivas no peyorativas en torno a algunos procesos populistas concretos de nuestra región.

Por último, hablamos de un cuarto momento del debate sobre el populismo, al que asistimos actualmente. Este, nuestro tiempo, es uno signado por la convivencia de todas estas perspectivas, teorías, corrientes de pensamiento, axiomas y valoraciones, juntas. La pluralidad de enfoques hoy disponibles y la lúcida intervención de las perspectivas discursivas no han contribuido a depurar las valoraciones más elementales. Es que, en definitiva, la pregunta sobre qué es el populismo resulta ser tan engorrosa, que parece preferible tomar atajos valorativos: ya sea como modo o forma general de la política o de lo político, para decirlo en términos de su autor (Laclau 2005), o como un estilo de hacer política con rasgos similares al autoritarismo (Weyland 2004, por ejemplo). Estamos remotamente distantes de haber contrarrestado los sentidos comunes que todavía prevalecen en investigadores, periodistas, actores políticos y la ciudadanía en general.

Si no resulta errado sostener que hoy el tema ha estallado a un punto casi estrafalario, llegándose a producir “manuales” sobre el populismo a nivel global,8 resulta también cierto afirmar que la amplitud del término ha conducido a cierta abdicación de la especificidad misma del fenómeno. Asiduamente se encuentran “nuevas definiciones” que utilizan, sin reparos, eclécticos mix en los que confluyen rasgos formulados por autores clásicos (como Germani, Di Tella, Ípola, Laclau, entre otros), los cuales luego son utilizados para sostener conclusiones diametralmente distantes a las tesis centrales de dichos autores. No se trata de que las definiciones y teorías no sean susceptibles de “complementarse”; lo que señalamos es que asistimos a un uso irreflexivo de los recursos y las herramientas disponibles. Frente a este dilema, algunos investigadores han optado por esquivar el término; sin embargo, cuando se trata de analizar procesos harto pensados a través del lente del populismo (como el peronismo, el varguismo, el cardenismo, entre otros), sus trabajos no pueden sino desarrollar concienzudos esfuerzos por decir lo mismo —que “populismo”— sin pronunciarlo.

En contraste con la descalificación —o su revés, la apología— y el renunciamiento definitivo al uso del concepto, otros tantos investigadores sociales provenientes de campos disciplinares muy diversos han venido destacando que el populismo puede resultar sumamente productivo para la comprensión de acontecimientos y procesos históricos y políticos de variada índole. De manera reciente, por caso, la llamada “nueva historia intelectual” y la historia conceptual han proporcionado algunos aportes para comprender los contextos de debate y las discusiones político-intelectuales concretas mediante los cuales el populismo —como concepto político polivalente— ha emergido en distintos países desde hace ya más de una centuria.9 Asimismo, desde ciertas miradas socioculturales, se han realizado valiosas contribuciones para la comprensión de las dimensiones simbólicas y afectivas involucradas en los procesos populistas.10 Por último, algunos trabajos producidos actualmente en América Latina han marcado desde un comienzo su posicionamiento a “contracorriente” de las miradas canónicas —muchas de ellas peyorativas— sobre las experiencias populistas en la región y han llamado la atención respecto a establecer un diálogo entre los estudios históricos y sociológicos y las disquisiciones propias de la teoría política.11

En este contexto de discusión, nuestra tarea (debemos decirlo) se asemeja al eterno trabajo de Sísifo: cargar la roca de reflexión del populismo una y otra vez, frente a la pendiente inalcanzable de los lugares comunes. Como la de Sísifo, la nuestra es una tarea —a todas luces— interminable.12 Por ello, no pretendemos aquí saldar o cerrar el debate, sino alivianar un poco la roca de reflexión; más que descifrar la naturaleza del populismo, nos proponemos pensarlo como una categoría analítica operativa y productiva para el estudio de procesos histórico-políticos particulares como el gaitanismo colombiano y el peronismo argentino. Y para estos fines, este libro colectivo recoge y ofrece distintas indagaciones acerca de una perspectiva sobre los populismos que, en esta presentación, llamamos “descentrada”.

Tres descentramientos. Una apuesta analítica

Este libro propone revalorizar al populismo como una categoría analítica plural, contingente y que logra aprehender la heterogeneidad propia de las experiencias históricas que busca auscultar. Claramente, ello supone modificar los ejes centrales (teóricos y epistemológicos) con los que el concepto ha sido construido en América Latina. A continuación especificamos los argumentos, aún dominantes, en torno al populismo, que lo asumen como forma anómala y desviada de la política en la región, y los tres descentramientos conceptuales y analíticos que se despliegan en los capítulos que siguen.

Lejos de haberse construido deductivamente —como podría en apariencia pensarse—, el concepto de populismo fue producido como en un “gran cajón categorial”, dentro del cual se colocó una multiplicidad de rasgos, intencionadamente seleccionados, de algunas experiencias políticas concretas. Por caso, el peronismo constituye uno de los referentes históricos que aportó gran parte de esos aspectos que luego se generalizaron en las definiciones de los llamados “populismos clásicos”. En cambio, el gaitanismo ha funcionado como ejemplo contrafactual, que permitió reafirmar la anomalía del populismo latinoamericano en un país en donde este proceso no se habría producido acabadamente, cuestión de la que podían advertirse sus consecuencias.

Cada una de estas experiencias dio vida a conceptualizaciones “ejemplares” —al decir de Acha y Quiroga (2012)— y arquetípicas del populismo latinoamericano. Ciertamente, el peronismo ha servido como uno de los principales referentes para construir una definición del populismo como un hecho anómalo, “maldito”13 y edificado desde el Estado. Esta tipología ha sido usada con frecuencia como parámetro para medir (por similitud o por contraste) cuán populistas han sido otros procesos políticos, tanto en la región como en la Argentina misma.

Por su parte, el gaitanismo es el principal caso utilizado para nutrir una conceptualización del populismo no acontecido, “fallido” o incompleto, pero, al fin y al cabo, tan anormal y amenazante como el argentino. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, cuando se esperaba que fuese el siguiente presidente de Colombia, dio pie a la construcción de un concepto de populismo que, sin perder su connotación de desvío histórico, colocó al país andino en el escenario latinoamericano como uno marcado por la excepción de no haber atravesado una “verdadera” experiencia populista, o bien, de haber experimentado un populismo a mitad de camino. El gaitanismo ha sido erigido, además, como el drama causal de una Violencia (en mayúscula inicial)14 e insistentemente ha sido vinculado a la emergencia de guerrillas de izquierda radicalizada durante los años sesenta y setenta en Colombia. Dicho de otro modo: las cuestiones irresueltas que dejó un gaitanismo trunco habrían marcado las huellas inaugurales del conflicto reciente.

El populismo, entonces, en su acepción peyorativa acontecida y fallida, hace parte de esa construcción del peronismo y del gaitanismo como un asunto acechante, que es imprecada como cuestión explicativa de los problemas del presente en cada comunidad política. Y esto se relaciona con el primer descentramiento del populismo que este libro propone, pues pone de relieve estas dos experiencias políticas concretas a la hora de hablar de los populismos (en plural) y toma distancia de los modelos arquetípicos en clave anómala producidos a propósito de ellas. En este orden de ideas, cuando decimos que queremos hablar de los populismos en plural y con relación a sus experiencias concretas —el peronismo y el gaitanismo—, lo hacemos porque cada uno de estos procesos sirvió de base y dio origen a una interpretación “ejemplar”, peyorativa, teleológica y aún persistente del populismo latinoamericano.

El segundo descentramiento conceptual y analítico que este libro ofrece tiene que ver con colocar en primer plano la pregunta por la función que desempeñan, en los populismos, los procesos de constitución y de redefinición identitarios. Aunque el capítulo 1 de este libro se aboca de lleno al tema, adelantamos aquí que pensamos las identidades como procesos constitutivamente históricos, eminentemente políticos, contingentes y signados por diversas formas de heterogeneidad. Lo anterior, en efecto, supone que no es posible definir de manera inmutable (ni esencial) aquello que una identidad política fue en el pasado o es en el presente, ya que dicha identidad se compone de sucesivos modos, actos, prácticas, acciones identificatorias de sujetos individuales y colectivos. Esto abarca no solo movimientos o grupos, sino también actores provenientes de sectores diversos, trayectorias individuales de mandos medios, militantes, “segundas, terceras o cuartas líneas” de liderazgo al interior de los movimientos políticos, figuras mediadoras entre arenas políticas, culturales e intelectuales, “hombres y mujeres de a pie”, entre otros múltiples actores.

Como advertíamos antes, es a partir de contribuciones teóricas recientes, producidas desde revisiones críticas a la perspectiva analítica de Ernesto Laclau, que argumentamos que las experiencias populistas pueden ser pensadas como un tipo específico de gestión de identidades políticas y populares. Como lo han destacado algunos trabajos producidos por los llamados “estudios poslaclausinos” (Aboy Carlés 2001; Aboy Carlés, Barros y Melo 2013; Barros 2002; Groppo 2009; Stavrakakis, 2007, entre otros), lo que nos permite hablar aquí de “lo popular” no tiene que ver con una condición de clase, estrato social o el estatus de los sujetos o de los colectivos de un campo identitario determinado; tampoco remite siquiera a la recurrente evocación del significante “pueblo” en una discursividad particular (en realidad, como es sabido, casi todas las identidades políticas modernas apelan al “pueblo” de alguna u otra manera). Lo que “convierte” en populares a las identidades políticas se vincula con cómo llevan a cabo operaciones de sentido orientadas a dislocar un orden establecido (Aboy Carlés 2013). Lo propio de las identidades populares es, pues, que apelan al sujeto popular para desnaturalizar el orden vigente, la vida pública, la cotidiana y el sentido común, mostrando su condición de miembros no plenos de la comunidad, negativamente privilegiados o simplemente excluidos (material o simbólicamente) de la vida comunitaria (Barros 2013).

Como se verá en algunos capítulos de este libro, apelamos a la tipología sobre las identidades políticas propuesta por Gerardo Aboy Carlés (2001; 2013) para caracterizar a los populismos como un tipo de identidad popular con pretensión hegemónica, esto es, como un proceso de constitución identitaria que busca realizar una eventual agregación, inclusión y articulación de las alteridades a la solidaridad propia. Los fenómenos populistas, por ende, no pueden equipararse a toda construcción identitaria de la política (Laclau 2005), ni mucho menos pueden ser caracterizados como una constitución de solidaridades políticas de tipo autoritario o totalitario. Dicho sin ambages: en este libro, los populismos son un tipo bastante acotado y particular de constitución discursiva de identificaciones políticas.

¿Lo anterior implicaría, entonces, que es posible considerar como procesos populistas algunas experiencias históricas que, por diversas razones, no alcanzaron el Poder Ejecutivo? Nuestro enfoque abocado a lo identitario no podría sino responder afirmativamente a este interrogante. Aquí, por lo tanto, marcamos otro descentramiento (puntual) respecto de los “modelos ejemplares” del populismo: nuestra caracterización no tendría como condición sine qua non experiencias que ocupen un lugar específico en el poder político del Estado, pues, con o sin solio presidencial, es la persistencia, la iteración y la constante resemantización de las identidades populares el elemento decisivo para comprender a los populismos de nuestra región. Colombia y el gaitanismo son un ejemplo ilustrativo de este punto.

El tercer descentramiento de los populismos que planteamos se relaciona con un particular modo de abordar la dimensión de la temporalidad. Y es aquí donde el enfoque histórico se vuelve crucial para el estudio de los populismos, no para buscar en el pasado un momento originario de constitución de una identidad popular (peronista o gaitanista en este caso) que haya permanecido inalterada a lo largo tiempo, sino para visibilizar, en el transcurso del tiempo, distintos momentos de constitución de estas propuestas identitarias; momentos que, ciertamente, fueron resignificados o intervenidos en sus respectivos países. En suma, y sin perder de vista el interés teórico y la indagación de las experiencias históricas y políticas concretas, el presente libro, en sus diversos capítulos, brinda aproximaciones analíticas que destacan la contingencia propia en la temporalidad de dos populismos latinoamericanos.

Así pues, la obra se divide en tres partes. La primera está conformada por dos textos que, sin la pretensión de comparar de manera exhaustiva o sistemática el peronismo y el gaitanismo, invitan a leer estas experiencias —ciertamente singulares y diversas— en contrapunto, esto es, tomando a cada una de ellas como un punto de comparación con la otra. Esta aproximación metodológica (que se encuentra en especial argumentada en el capítulo 2 y que recuperamos en el epílogo) fue construida para analizar experiencias políticas disímiles o no evidentemente homólogas, prestando especial atención a las formas de producción social de sentidos en torno a la política, más que a los contenidos de cada proceso histórico-político en sí.15 La segunda parte reúne tres trabajos que realizan análisis específicos sobre algunas dimensiones significativas en el proceso de constitución y redefinición de las identidades peronistas. La tercera y última se ocupa, por su parte, de lo propio en torno al gaitanismo y a la experiencia colombiana.

El capítulo 1 reconstruye los hilos argumentales en torno a las identidades políticas y a los populismos desde dos clivajes que atraviesan transversalmente toda la obra: una perspectiva no sustancialista en torno a las identidades políticas y un enfoque no esencialista y no peyorativo sobre los populismos. Con ese interés teórico, María Virginia Quiroga y Ana Lucía Magrini afinan ambos conceptos, al tiempo que especifican y ejemplifican la productividad analítica y metodológica del tipo de operaciones que esta perspectiva —no sustancial y no esencial— de los populismos y de los procesos identitarios brinda para la comprensión de las experiencias peronista y gaitanista.

En el capítulo 2, Magrini propone un análisis en contrapunto entre dos actores controversiales, segundas líneas y figuras mediadoras (entre los campos político e intelectual) del peronismo y el gaitanismo, al momento en que estos últimos se constituyeron como movimientos a gran escala. Focalizado en las trayectorias individuales y en los procesos identificatorios de Cipriano Reyes y José Antonio Osorio Lizarazo, el texto se propone ilustrar el carácter constitutivamente heterogéneo de los movimientos, en coyunturas precisas.

El capítulo 3, y que inaugura la segunda sección en torno a la experiencia peronista, explora dos registros analíticos que han dado forma a este fenómeno social y político argentino: los estudios sobre populismo y los abordajes historiográficos. El texto de Mercedes Vargas, Juan Manuel Reynares y Mercedes Barros establece un juego intertextual entre ambas tramas argumentales (como los autores las denominan) y brinda una mirada atenta a la complejidad histórica de los procesos de identificación política, como también al tipo de lógica populista que estructuró el espacio comunitario durante el primer peronismo.16 Finalmente, los autores realizan un análisis del peronismo “desde abajo” y en clave local, tomando como eje los modos de identificación política de personas comunes o “sujetos de a pie”.

El capítulo 4, escrito por Nicolás Azzolini, profundiza en los usos del olvido y los efectos que la emergencia del populismo peronista imprimió en las articulaciones políticas posteriores a su derrocamiento en 1955. El autor especifica cómo la dislocación que produjo el peronismo durante sus primeros años y el modo en que se constituyó el antagonismo, entre las identidades peronistas y antiperonistas, signaron de manera contundente las formaciones comunitarias venideras. Para mostrar esto, Azzolini se vale de un minucioso análisis de las amnistías de 1955 y 1958, así como de las políticas de olvido con las cuales se buscó gestionar, borrar o trascender la “cuestión peronista” en ese período.

La segunda parte del libro finaliza con el capítulo de Aarón Attias Basso dedicado al análisis de los desplazamientos identitarios del peronismo durante los años kirchneristas. El autor indaga una serie de símbolos y prácticas de movilización social mediante los cuales una organización kirchnerista específica (La Cámpora) resignifica e interviene el peronismo en tanto tradición política heredada.

Respecto a la experiencia gaitanista, la tercera parte del libro comienza con el trabajo de Cristian Acosta Olaya (capítulo 6). El investigador colombiano rastrea las complejas relaciones entre gaitanismo, populismo y violencia, entre 1946 y 1948. En contraste con posturas que sostienen que el movimiento gaitanista significó una simple prolongación del enfrentamiento bipartidista y desde el estudio de las identidades políticas, el autor argumenta que el gaitanismo se erigió como dique inestable frente a un contexto de violencia, dada la prelación que dicho movimiento les atribuyó a los procesos electorales y a la integración de pretéritos adversarios en esos años. Específicamente, el estudio sugiere que la función del dique —esto es, la reconducción de la violencia a través de la amenaza— es una dimensión constitutiva de los populismos latinoamericanos de mediados de siglo xx.

En el capítulo 7, Adriana Rodríguez Franco analiza cómo se forjó el vínculo identitario entre dos de las experiencias más importantes de identidad popular en Colombia durante el siglo xx, el gaitanismo y el rojismo. La autora hace un seguimiento a la vigencia que tuvo una de las demandas propias del populismo gaitanista en el discurso y la práctica política del Gobierno de Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), a través de la Secretaría Nacional de Acción Social y Protección Infantil (Sendas), y puntualiza el papel que desempeñó el periódico gaitanista Jornada en la redefinición de la identidad de este grupo luego de la muerte de Gaitán y en los años rojistas.

El tercer apartado finaliza con un trabajo abocado al estudio de las resemantizaciones del gaitanismo en la “nueva izquierda” colombiana entre 1948 y 1969. El capítulo de José Abelardo Díaz Jaramillo precisa cómo diversas organizaciones, distantes del Partido Comunista y bajo la influencia de la Revolución cubana, asimilaron, se identificaron, a la vez que construyeron su propia interpretación del movimiento gaitanista. El autor argumenta que la condición de objeto de disputa del gaitanismo condujo al surgimiento y la articulación de múltiples formas de identificación, así como a desplazamientos (y redefiniciones) al momento de representarlo en un contexto político bastante posterior a la desaparición física de Jorge Eliécer Gaitán.

A modo de cierre, se incluye un epílogo metodológico que recoge algunas ideas clave trazadas a lo largo del recorrido propuesto. El texto se detiene especialmente en la productividad analítica de la ruta metodológica emprendida (el contrapunto y la lectura cruzada entre peronismo y gaitanismo), al tiempo que identifica aspectos e interrogantes que deberán profundizarse en futuras pesquisas.

Esbozado el contenido del libro, finalmente queremos hacer una breve mención a la trastienda de la investigación y a la artesanal y al colaborativo proceso de producción de este trabajo colectivo. Esta labor fue posible gracias a la activa participación de los autores aquí reunidos, a la intensa discusión interna de versiones preliminares de los textos en un workshop sobre populismos e identidades políticas realizado en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internaciones de la Universidad Católica de Córdoba, el 9 y 10 de octubre del 2019, y a la contribución de varios colegas e investigadores que oficiaron de lectores y comentaristas de borradores de todos los capítulos.

Agradecemos, igualmente, el imprescindible apoyo del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCYT-Argentina), que financió el Proyecto de Investigación Científica y Tecnológica (pict 2017-3955)17 en el que se enmarca esta iniciativa; a los investigadores nacionales, internacionales y externos que participaron en todas las actividades e instancias que nos permitieron concluir el libro, y a los miembros del Grupo Colaborador del pict.18 A los evaluadores anónimos de la obra y a las casas editoriales de la Universidad del Rosario (Colombia) y de la Universidad Católica de Córdoba (Argentina) queremos agradecerles, por supuesto, por darle vida a este libro.

Referencias

Aboy Carlés, Gerardo. 2001. Las dos fronteras de la democracia argentina. La reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Rosario: Homo Sapiens.

______. 2004. “Repensando el populismo”. En Releer los populismos, Kart Weyland, Carlos de la Torre, Gerardo Aboy Carlés y Hernán Ibarra, 79-125. Quito: Centro Andino de Acción Popular.

______. 2013. “De lo popular a lo populista o el incierto devenir de la plebs”. En Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo, 17-40. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

Aboy Carlés, Gerardo, Sebastián Barros y Julián Melo. 2013. Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

Acha, Omar y Nicolás Quiroga. 2012. El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo. Rosario: Prohistoria.

Acosta Olaya, Cristian y Ana Lucía Magrini. 2017. “‘Palabras malditas’: gaitanismo, violencia y populismo en Colombia”. Papel Político 22 (2): 279-310.

Aibar Gaete, Julio. 2013. “La miopía del procedimentalismo y la presentación populista del daño”. En Vox Populi. Populismo y democracia en Latinoamérica, coordinado por Julio Aibar Gaete, 31-62. Avellaneda: UNDAV Ediciones.

Arditi, Benjamín. 2004. “El populismo como espectro de la democracia: respuesta a Canovan”. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, 47 (191): 105-120.

Barros, Sebastián. 2002. Orden, democracia y estabilidad. Discurso y política en la Argentina entre 1976 y 1991. Córdoba: Alción.

______. 2013. “Despejando la espesura. La distinción entre identificaciones populares y articulaciones políticas populistas”. En Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo, 41-64. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

Bushnell, David. 2004. Colombia: una nación a pesar de sí misma. Bogotá: Planeta.

Cadahia, Luciana, Valeria Coronel y Franklin Ramírez. 2018. Introducción a A contracorriente: materiales para una teoría renovada del populismo, compilado por Luciana Cadahia, Valeria Coronel y Franklin Ramírez, 9-18. La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

Canovan, Margaret. 1999. “Trust the People! Populism and the Two Faces of Democracy”. Political Studies 47: 2-16.

Cardoso, Fernando H. y Enzo Faletto. 1971 [1969]. Dependencia y desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica. México: Siglo XXI.

Cooke, John William. 2010 [1972]. Peronismo y revolución: el peronismo y el golpe de Estado. Informe a las bases. Buenos Aires: Papiro.

Devoto, Fernando. 2002. Historia de la inmigración en la Argentina. Buenos Aires: Sudamericana.

Di Tella, Torcuato. 1973 [1965]. “Populismo y reformismo”. En Populismo y contradicciones de clase en Latinoamérica, Gino Germani, Torcuato Di Tella y Octavio Ianni, 38-82. México: Ediciones Era.

Germani, Gino. 1962. Política y sociedad en una época de transición. Buenos Aires: Paidós.

______. 2003 [1978]. Autoritarismo, fascismo y populismo nacional. Buenos Aires: Temas.

Grimson, Alejandro. 2019. ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.

Groppo, Alejandro. 2009. Los dos príncipes: Juan D. Perón y Getulio Vargas. Un estudio comparado del populismo latinoamericano. Villa María: EDUVIM.

Ianni, Octavio. 1972. A formacão do Estado populista na América Latina. Río de Janeiro: Civilizacão Brasileira.

Ingerflom, Claudio. 2017. El revolucionario profesional. La construcción política del pueblo. Rosario: Prohistoria.

Ionescu, Ghita y Ernest Gellner. 1970 [1969]. Populismo. Sus significados y características nacionales. Buenos Aires: Amorrortu.

Kalmanovitz, Salomón. 1985. Economía y nación. Una breve historia de Colombia. Medellín: Siglo XXI Editores, CINEP, Universidad Nacional de Colombia.

Laclau, Ernesto. 1986 [1977]. Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo y populismo. Madrid: Siglo XXI.

______. 2005. La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

López-Alves, Fernando. 2003. La formación del Estado y la democracia en América Latina (1830-1910). Bogotá: Norma.

Mackinnon, María Moira y Mario Alberto Petrone. 2011 [1998]. Populismo y neopopulismo en América Latina. El problema de la cenicienta. Buenos Aires: Eudeba.

Magrini, Ana Lucía. 2018. Los nombres de lo indecible. Populismo y violencia(s) como objetos en disputa. (Un estudio comparado del peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia). Buenos Aires: Prometeo.

______. 2019. “Populismo y revolución en México: reflexiones en torno a los lenguajes políticos en América Latina durante los años setenta”. Revista Historia Autónoma (14): 195-212.

Modonesi, Massimo. 2012. “Gobiernos progresistas y desmovilización. ¿Revoluciones pasivas en América Latina?”. Anuari del Conflicte Social (2): 1367-1384.

Murmis, Miguel y Juan Carlos Portantiero. 1971 [2011]. Estudios sobre los orígenes del peronismo. Buenos Aires: Siglo XXI.

Ostiguy, Pierre. 2009. “The High and the Low in Politics: A Two-Dimensional Political Space for Comparative Analysis and Electoral Studies”. Working Papers (360). https://kellogg.nd.edu/documents/1670

______. 2014. “Exceso, representación y fronteras cruzables: ‘institucionalidad sucia’, o la aporía del populismo en el poder”. POSTData: Revista de Reflexión y Análisis Político 19 (2): 345-375.

Oszlak, Oscar. (1999). La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional. Buenos Aires: Planeta.

Palacios, Marco. 2003. Entre la legitimidad y la violencia. Colombia entre 1875 y 1994. Bogotá: Norma.

Palacios, Marco y Frank Safford. 2002. Colombia: pais fragmentado, sociedad dividida. Bogotá: Norma.

Pécaut, Daniel. 2001. Orden y violencia. Evolución socio-política de Colombia entre 1930-1953. Bogotá: Norma.

Portantiero, Juan C. y Emilio de Ípola. 1988 [1981]. “Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes”. En El Estado periférico latinoamericano, compilado por Juan Carlos Rubinstein, 203-214. Buenos Aires: Eudeba.

Rabotnikof, Nora. 2018/2019. “Populismo: conceptos, vocabularios y experiencias”. Diánoia 63 (81): 3-22. https://doi.org/10.22201/iifs.18704913e.2018.81.1571

Rosanvallon, Pierre. 2020. Le Siècle du populisme. Histoire, théorie, critique. Paris: Seuil.

Rovira Kaltwasser, Cristóbal, Paul Taggart, Paulina Ochoa Espejo y Pierre Ostiguy, eds. 2017. The Oxford Handbook of Populism. Oxford: Oxford University Press.

Sánchez, Gonzalo. 1983. Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia. Bogotá: Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán.

Stavrakakis, Yannis. 2007. Lacan y lo político. Buenos Aires: Prometeo-UNLP.

Stein, Steve. 1980. Populism in Perú. Wisconsin: University of Wisconsin Press.

Svampa, Maristella. 2016. Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo, dependencia y populismo. Buenos Aires: Edhasa.

Torre, Juan Carlos. 1989. “Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo”. Desarrollo Económico 28 (112): 525-548.

Torre, Juan Carlos y Elisa Pastoriza. 2002. “Capítulo 5: La democratización del bienestar”. En Nueva Historia Argentina. Tomo VIII: Los años peronistas (1943-1955), dirigido por Juan Carlos Torre, 257-313. Buenos Aires: Sudamericana.

Weffort, Francisco. 1968. “O Populismo na Política Brasileira”. En Brasil: Tempos Modernos, editado por Celso Furtado, 49-75. Río de Janeiro: Paz e Terra.

Weyland, Kurt. 2004. “Clarificando un concepto cuestionado: ‘el populismo en el estudio de la política latinoamericana’”. En Releer los populismos, Kart Weyland, Carlos de la Torre, Gerardo Aboy Carlés y Hernán Ibarra, 9-50. Quito: Centro Andino de Acción Popular.

1Redacción Clarín. “Mauricio Macri: ‘El populismo es mucho más peligroso que el coronavirus’”. Clarín, 4 de marzo de 2020. https://www.clarin.com/politica/mauricio-macripopulismo- peligroso-coronavirus-_0_LinBbvjM.html

2Nos referimos al libro compilado por los autores, titulado Populismo. Sus significados y características nacionales. Como sabemos, esta es una clara reminiscencia al inicio del Manifiesto comunista de Marx y Engels. De manera similar, Julio Aibar Gaiete inicia su muy sugestivo texto sobre el populismo afirmando que “un fantasma recorre Latinoamérica: el populismo” (2013, 31).

3No podríamos dejar de mencionar la crítica a Canovan de Benjamín Arditi (2004), quien, haciendo una lectura derridiana, considera al populismo ya no como una sombra, sino como un “espectro” de la democracia; para el autor paraguayo, algunas de las manifestaciones del fenómeno populista pueden llegar a ser contraproducentes para las democracias mismas. Pese a sus diferencias analíticas, tanto Arditi como Canovan analizan cómo el populismo —in toto o parcialmente— puede minar el régimen democrático liberal.

4Recuperamos, en nuestra caracterización de las perspectivas y corrientes de pensamiento en los estudios sobre populismo, el aporte de Moira Mackinnon y Alberto Petrone (2011 [1998], 11-55).

5Esta es la tesis central de Gino Germani (1962; 2003 [1978]), quien formuló la primera explicación científica del populismo en Argentina. Para Germani, el populismo es un proceso de integración autoritario (aunque efectivo) de las masas en contextos de sociedades en transición y de industrialización acelerada. Una perspectiva receptora de esta y que profundizó aspectos puntuales del populismo (como su ideología y relación líder-masa, entre otros) fue la de Torcuato Di Tella. Conforme con este autor, el populismo designa “un movimiento social complejo, multiclasista y socialmente heterogéneo, sostenido en un liderazgo heterónomo proveniente de las clases medias y altas y con apoyo popular hacia un proyecto de tipo reformista” (Di Tella 1973 [1965], 44).

6Sobre el particular, invitamos a leer el capítulo 1 de este volumen.

7Señalamos solo algunas críticas célebres, como la de Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ípola (1988 [1981]). Estos autores consideraron errónea la línea de continuidad que Laclau establecía entre populismo y socialismo, sosteniendo que este último se basa en una concepción pluralista de la hegemonía, la cual se diferencia de manera radical del proceso populista. En palabras de los autores, los populismos “realmente existentes” parten de una concepción organicista de la hegemonía (en oposición a la concepción de hegemonía pluralista del socialismo) y procesan las demandas nacional-populares desde lo nacional-estatal, con lo que generan una suerte de “fetichización del Estado”, por la cual “lo nacional-estatal” usurpa “lo nacional-popular” (Portantiero e Ípola 1988 [1981], 205). Esta crítica sería replicada recientemente por Modonesi (2012) y Svampa (2016), por ejemplo. Para estos autores, el populismo representaría una “revolución pasiva” que, pese a sus esfuerzos progresistas, no logra transformar radicalmente la sociedad. Como resulta evidente, el parámetro de comparación de estas posturas es una idea particular de revolución socialista, prisma desde el cual se desestiman experiencias políticas populistas tanto clásicas como —según estos autores también— contemporáneas.

8Como The Oxford Handbook of Populism (Rovira et al. 2017). Esta extensa obra recoge tres abordajes teóricos sobre populismo, para luego plantear análisis empíricos que abarcan regiones, períodos y temáticas muy diversas alrededor del globo.

9Es común colocar el origen del concepto a fines de siglo xix en Rusia, contexto en el cual emergió una corriente filosófica y política que proponía a los intelectuales “descender” hasta la base social: “ir hacia el pueblo” (Narodnichestvo). A la vez que se venía produciendo el llamado narodnik en Rusia, durante el siglo xix, en Estados Unidos, también se identificaba como populista al Partido del Pueblo (“People’s Party”), el cual contaba con una fuente de apoyo de sectores agrícolas del sur y medio oeste del país. En su libro más reciente, titulado Le Siècle du populisme, Pierre Rosanvallon (2020) añade, a la trayectoria anterior, el ingreso de Francia al debate sobre el populismo, hacia 1929, a través de la literatura, y advierte el carácter inconexo entre estos tres contextos de discusión (Rusia, Estados Unidos y Francia). Entre los estudios que han realizado contribuciones significativas desde la “nueva historia intelectual” y la historia conceptual se encuentran: el libro de Claudio Ingerflom (2017), centrado en el pensamiento leninista y en el papel que en él ocupa el concepto de populismo; el artículo de Nora Rabotnikof, “Populismo: conceptos, vocabularios y experiencias” (2018/2019), y algunos trabajos de Magrini (2018; 2019).

10Posiblemente la mirada más sistemática de este enfoque se encuentra en los trabajos de Pierre Ostiguy (2009; 2014), quien autodenomina a su teoría del populismo como “relacional-cultural”.

11Hacemos aquí alusión al libro compilado por Luciana Cadahia, Valeria Coronel y Franklin Ramírez (2018), titulado A contracorriente: materiales para una teoría renovada del populismo. Dicho trabajo propone tomar distancia de “los típicos abordajes sobre el populismo”, los cuales, por lo general —según sus autores—, “oscilan entre un historicismo o sociologicismo positivista demasiado apegado a los hechos y una teoría formal poco proclive a mancharse con los procesos políticos realmente existentes” (Cadahia, Coronel y Ramírez 2018, 14).

12El debate en torno a la constante definición (o indefinición) del término “populismo” puede caracterizarse por tres personajes literarios o épicos: la Cenicienta, Penélope y Sísifo. Como lo sugirieron Mackinnon y Petrone (2011 [1998]) al retomar las reflexiones de Isaiah Berlin, el populismo adolece del “complejo de la Cenicienta”; en analogía al cuento de hadas, sus múltiples reenvíos conceptuales hacen del “populismo” un término que deambula, como el príncipe y su zapato de cristal, en búsqueda de una experiencia política pura con la cual “calzar”. Posteriormente, Gerardo Aboy Carlés (2004) ha descrito el dilema conceptual del populismo como uno semejante al de Penélope. En similitud a la tarea propia de ese personaje de la Odisea de hacer y deshacer un tejido como estrategia para prolongar un desenlace, para Aboy Carlés, en las usuales definiciones sobre el fenómeno se suele soslayar precisamente el “inestable juego entre el borramiento y la reinscripción de su propio origen”, lógica primigenia del populismo como tal (Aboy Carlés 2004, 121). Más modestamente aquí, por nuestra parte, sugerimos que el interminable dilema conceptual que enfrenta el populismo es muy parecido al eterno y abrumador castigo de Sísifo en la mitología griega: el de cargar por una pendiente cuesta arriba una pesada roca, que antes de llegar a la cima, vuelve a rodar hacia abajo.

13La idea de “hecho maldito” asociado al peronismo ha tenido una potencia simbólica significativa no solo en el discurso político, sino también en el académico. John William Cooke, activista político e intelectual de la denominada “tradición nacional y popular argentina”, sostuvo que el peronismo había sido “el hecho maldito de la política argentina” (2010 [1972], 103). En un magistral estudio historiográfico sobre peronismo, Acha y Quiroga argumentaron que “[l]a frase [de Cooke] ya no tiene referencia, ya que ha abandonado su momento de enunciación para ganarse un lugar en los manuales peronistas, posee […] una impronta que puede introducirse en las melodías académicas” (Acha y Quiroga 2012, 12). Recientemente, Alejandro Grimson (2019) ha proporcionado lúcidas interpretaciones sobre la actual vigencia de esta idea en Argentina. Parafraseamos aquí la famosa frase para visibilizar que el populismo —en su acepción generalizada— ha servido como vehículo conceptual y explicativo de esa suerte de maldición asociada a la experiencia peronista. Sobre este punto, véase también Acosta Olaya y Magrini (2017).

14En alusión al 9 de abril como mito fundacional de la Violencia. El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, producido el 9 de abril de 1948, ocasionó un gran levantamiento popular, en el que se produjeron disturbios, saqueos, destrozos e incendios, principalmente en Bogotá, aunque también en el resto del país. Luego los enfrentamientos entre liberales y conservadores se radicalizaron y adoptaron nuevas dinámicas. De allí que la Violencia (en mayúscula inicial) remite a un período histórico y a un proceso bastante específico en Colombia. Sobre el debate por la nominación del acontecimiento como “Bogotazo” o “9 de abril” y los sucesos desarrollados en el interior del país, remitimos al conocido trabajo de Gonzalo Sánchez, Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia (1983). Otras referencias sobre el tema se encuentran en los capítulos 1 y 8 de esta obra.

15Las operaciones de lectura intentan, así, sortear comparaciones vis a vis entre presencia y ausencia de variables frecuentemente referenciadas en el ámbito de las ciencias sociales sobre cada experiencia histórica. Los argumentos generalmente esgrimidos por investigadores y académicos para marcar las distancias y a veces el carácter incomparable entre cada comunidad son: 1) la mayor diversificación cultural y fragmentación territorial que presenta Colombia; 2) la temprana formación de un Ejército nacional en Argentina y la temprana inclusión del Estado en el ideario moderno; 3) la presencia de movimientos migratorios masivos de origen europeo en Argentina, en especial hacia la segunda mitad del siglo xix; 4) la temprana formación del sistema bipartidista en Colombia; 5) la mayor presencia e injerencia política de las Fuerzas Armadas en Argentina; 6) la escasa presencia de golpes de Estado en Colombia; 7) la relativa integración de demandas sociales de sectores populares en el seno del Estado argentino a mediados del siglo xx, la emergencia del populismo y sus consecuencias venideras, y 8) el carácter fallido o inconcluso del populismo en Colombia y la herencia de esta frustración en el conflicto armado interno. Remitimos a algunas de las principales referencias bibliográficas a partir de las que construimos esta breve sistematización. Entre los estudios históricos sobre Colombia, se encuentran: Bushnell (2004), Kalmanovitz (1985), Palacios (2003), Palacios y Safford (2002) y Pécaut (2001). Sobre Argentina, valen mencionar los trabajos de Devoto (2002), Oszlak (1999), Torre y Pastoriza (2002), y la investigación comparada de López-Alves (2003), en cuanto allí se realiza un análisis del proceso de formación del Estado en Argentina, Colombia, Paraguay, Uruguay y Venezuela, a través del método de la analogía profunda y el de las mayores diferencias.

16En alusión al llamado “peronismo histórico” o al período que comprende los dos primeros gobiernos de Perón (1946-1955), aunque en ocasiones la expresión abarca también a algunas transformaciones sociales producidas durante el proceso de emergencia del movimiento (entre 1943 y 1945).

17Proyecto titulado “Populismos, identidades políticas y violencia(s) en Argentina y Colombia”, financiado por el FONCYT de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Investigadora responsable: Ana Lucía Magrini.

18Aarón Attias Basso, Cristian Acosta Olaya, David Santos Gómez, Juan Ignacio González y María Virginia Quiroga.

PARTE 1(PRE)TEXTOS PARA UN CONTRAPUNTO ENTRE PERONISMO Y GAITANISMO

1Identificaciones populares y articulaciones populistasApuntes teóricos para el análisis de experiencias latinoamericanas en el siglo XX *

María Virginia Quiroga

Ana Lucía Magrini

Introducción

En América Latina asistimos a un uso cada vez más frecuente de la categoría de “identidad” y a la presencia de sentidos un tanto ambiguos para definirla. Identidad de los trabajadores, de las mujeres, de los pueblos originarios; identidades de clase, étnicas, biológicas, culturales, políticas; modos identificatorios; identidades colectivas, disidentes, subalternas, son algunas de las tantas expresiones que solemos encontrar en el vocabulario académico sobre el tema.

En general, es posible advertir el predominio de enfoques sustancialistas en los estudios identitarios, los cuales buscan dar cuenta de la esencia-fundamento sobre la que se define o construye una identidad determinada. Estas interpretaciones exhiben algunos presupuestos básicos, entre los que resultan recurrentes: 1) que las identidades constituyen un punto de llegada homogéneo y muchas veces estático; 2) que las mismas se encuentran sustentadas por una serie de principios que las autodefinen; ejemplo de ello es el caso de las identidades nacionales, que suelen delimitarse desde atributos tradicionales como la historia común, la música, la lengua, el territorio, entre otros; y 3) generalmente no se establece un análisis capaz de dar cuenta de las dimensiones conflictivas y simbólicas de los procesos de constitución y reconstitución identitarios, esto es, de la lucha por la definición de las identidades en sí mismas.1

Frente a ello, numerosas perspectivas contemporáneas (desde el campo del psicoanálisis, las teorías políticas posfundacionalistas,2 la sociología posestructuralista, los estudios culturales, entre muchos otros) han advertido la necesidad de comprender las identidades desde abordajes no sustancialistas, a partir de reconocer su carácter conflictivo, relacional e incompleto. Nos centramos aquí en uno de estos enfoques, la teoría política del discurso, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe,3 precisamente porque, en ella, la construcción identitaria remite a procesos no esenciales y eminentemente disputados. Al mismo tiempo, dicha perspectiva postula una especial e interesante vinculación entre el abordaje de las identidades políticas y populares, y el análisis del populismo como lógica de articulación política.

La preocupación central de este capítulo gira, entonces, en torno a dos asuntos o interrogantes clave: ¿de qué modo podría relacionarse una noción no sustancialista de las identidades políticas con una conceptualización no esencialista ni peyorativa del populismo? Y ¿qué aportes puede proporcionar este enfoque para el estudio de dos experiencias latinoamericanas concretas, el peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia?

Dichas preguntas ofician de guía para los apartados que componen este capítulo. La primera parte está centrada en recoger y sistematizar los aportes de la teoría política del discurso para la compresión de la mutua imbricación entre la cuestión identitaria y la cuestión populista. La segunda proporciona algunos elementos que permiten profundizar el abordaje de las identidades, las identificaciones populares y las articulaciones populistas. En tercer lugar, se ensayan algunos ejercicios analíticos sobre las dinámicas específicas del peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia, a partir de las disquisiciones teóricas introducidas en los apartados previos. Por último, incorporamos una breve conclusión, que retoma los aspectos destacados del escrito y abre posibles sendas de indagación en torno a las identidades y los populismos en general.

En definitiva, las líneas que se despliegan a continuación procuran trazar una suerte de mapa de problemas y operaciones analíticas en torno a la constitución y la redefinición de las identidades peronista y gaitanista, que luego se desarrollan con mayor especificidad a lo largo del libro. Con ello se pretende contribuir a los estudios identitarios en el campo de las ciencias sociales, subrayando una idea central: que la constitución y la redefinición de las identidades remiten a procesos eminentemente políticos, relacionales, históricos y contingentes. Es desde ese entendimiento que se hace posible emprender el análisis de experiencias políticas concretas, resguardando su complejidad, heterogeneidad y dinamismo.

Aproximaciones teóricas para un abordaje no esencialista de las identidades políticas y los populismos

Conforme con los aportes de Laclau y Mouffe, un grupo social o político particular no “adquiere” una identidad única a partir de la presencia de rasgos universalmente compartidos como el género, la clase, la edad o la etnia. Por el contrario, las identidades se construyen a partir de procesos de disputa por los sentidos que esos rasgos (biológicos, sociológicos, demográficos, etc.) asumen. Ello supone que las identidades no se conforman de manera autónoma, sino que siempre están configurándose en interacción con otras; son procesos constitutivamente relacionales y políticos. En esa línea, Laclau (2000) se refiere a las “identidades políticas” como la fijación parcial de una configuración discursiva resultante de una práctica articulatoria que implicará la construcción de lazos de solidaridad y pertenencia común, como también el establecimiento de vínculos de oposición y antagonismo (operaciones que, en el lenguaje teórico laclausiano, se denominan como “cadenas de equivalencia” y “de diferencia”).

Estas premisas en torno a la cuestión identitaria y su carácter político son de suma importancia para la comprensión de los populismos desde un abordaje no esencialista ni peyorativo; es decir, tomando distancia del hiato entre nociones “apocalípticas e integradas”.4 Mientras que los primeros enfoques entienden el populismo como sinónimo de demagogia, de clientelismo político o como desvío de la democracia, los segundos reivindican el fenómeno como un proceso per se capaz de expandir los canales de participación. A contravía de estas caracterizaciones, que suponen axiomas previos al análisis de las experiencias concretas, la teoría política del discurso resalta la imposibilidad de definir de modo preestablecido el contenido de un proceso político. Habrá que indagar, para poder comenzar a analizarlas, cómo las experiencias políticas se constituyeron, qué condiciones las hicieron posibles, cuáles las limitaron, qué transformaciones, virajes, sedimentaciones, innovaciones y desplazamientos (entre otras posibilidades) se produjeron.

En esa senda, las primeras enunciaciones que Laclau desarrolló en su ensayo seminal, publicado en 1977,5 procuraron analizar el populismo dejando de lado el reconocimiento de características sustanciales establecidas de antemano. Para Laclau, el populismo designaba un tipo de discurso, caracterizado por construir

[…] a los individuos como sujetos desde formas de interpelación bajo las cuales los sectores dominados no se identifican a sí mismos en tanto clase social, sino como “lo otro”, “lo opuesto” al bloque de poder dominante, como los de abajo. (1980 [1977]: 220)

Desde la publicación de aquel polémico texto, la definición propuesta por Laclau fue variando. Básicamente, la conceptualización anterior había sido pensada para el análisis de experiencias políticas concretas, con énfasis en las dimensiones ónticas de los fenómenos populistas; mientras que en el abordaje del populismo propuesto por el último Laclau (el de 2005, con la obra La razón populista), el término remite a una forma o lógica de lo político, esto es, a una ontología política específica, basada en la construcción de un pueblo. En consecuencia, el populismo carece de especificidad histórica (no refiere a un período determinado del desarrollo capitalista), de especificidad geográfica (no es propio de los países del llamado “Tercer Mundo”, por ejemplo) y de especificidad sociológica (no está asociado exclusivamente a una clase, a un grupo social o a una ideología en particular).

Ahora bien, más allá de este desplazamiento —de lo óntico a lo onto-lógico—, tres elementos subsisten en la primera y en la última definición propuesta por el autor. Se trata de nudos centrales de su argumentación, que permiten tomar distancia de lecturas canónicas que procuraron identificar la esencia o el fundamento de los populismos latinoamericanos a partir de vincular su emergencia con ciertos estilos de liderazgo, el apoyo de determinadas bases sociales, o el impulso de un modelo económico preestablecido en el marco de una etapa específica de desarrollo del capitalismo.6

Entonces, en primer lugar, las definiciones que Laclau elaboró en 1977 y en el 2005 comparten el hecho de no anticipar una caracterización axiológica de los populismos sin analizar sus modos de constitución y sus efectos políticos concretos; por lo tanto, inicialmente, el populismo no es un fenómeno eminentemente peyorativo. En segunda instancia, persiste en estas disquisiciones la idea de que no existe una esencia capaz de definir de manera unívoca al populismo, ya que su especificidad se encuentra en el plano del discurso; de ahí que no podría producirse al margen de los procesos de construcción y de lucha social por los sentidos. Por último, los populismos guardan una especial relación con las identidades políticas, pues son fundamentalmente modos de construirlas.

Laclau se detiene a explicar el proceso de constitución de identidades políticas, y especialmente de identidades populares, en los discursos populistas, a partir de dos operaciones que ya mencionamos: la construcción de equivalencias y el trazado de fronteras políticas. La lógica de la equivalencia alude a la solidaridad que se teje entre una pluralidad de demandas diversas, pero comúnmente insatisfechas; mientras que la frontera política representa la diferenciación de esas demandas con aquello que las niega, la institucionalidad que no les hace lugar y es responsable de su insatisfacción. En consecuencia, el espacio social se dicotomiza: por un lado, el campo de la institucionalidad excluyente, el lugar de los poderosos; por el otro, el lugar de los excluidos, “los desamparados”, los que no obtienen respuesta, figuras que Laclau resume en la idea de “los de abajo” (underdogs).7 Llegados a esta instancia, estaríamos frente a la presencia de dos de las precondiciones del populismo: una articulación equivalencial de demandas y una frontera interna antagónica (Laclau 2005, 102).

El tercer requisito refiere a la consolidación de la cadena equivalencial, mediante la construcción de una identidad popular, que es cualitativamente algo más que la suma de los lazos equivalenciales. El pueblo —diferente de la masa— supone la existencia de una particularidad con pretensiones hegemónicas; es decir, una parcialidad que aspira a recomponer un orden social que califica como injusto. El populismo es precisamente el nombre de esa operación tropológica por la cual se construye, de manera discursiva, un pueblo en tanto identidad popular.

Como hemos anticipado, las identidades (individuales, colectivas, políticas, populares) no designan, para este prisma teórico, un “punto de llegada” ni la “cara detrás de toda máscara” (Arditi 2009), es decir, no son un núcleo duro ni un ethos común que subsiste a pesar de las apariencias y de los cambios circunstanciales. Aunque ciertamente tampoco se alude a una constante fluctuación, en la cual no hay ningún elemento al que aferrarse, al menos parcialmente y en momentos y circunstancias específicas.

La noción de identificación podría contribuir a zanjar ese dilema entre el permanente dinamismo y la parcial fijación de las identidades. La identificación supone el autorreconocimiento en algo, en alguien, o en algún elemento que ese algo o alguien represente, es decir, designa el momento específico de “enganche” con algún rasgo que reconocemos como propio (Navarrete-Cazales 2015). Son las sucesivas identificaciones las que estarían en la base de un proceso de construcción identitaria. Dicho en otras palabras, la pregunta por la identidad solo podría responderse a partir de las sucesivas identificaciones que nos constituyen en un momento particular y específico, y que variarán con el tiempo y en función de las diferentes circunstancias históricas y contextuales.

De modo que los actores que componen un colectivo social determinado pueden apelar a diversas identificaciones de acuerdo con el escenario en el que se desenvuelven. Por ejemplo, un movimiento u organización social podría identificarse con algún rasgo en particular (podrían reconocerse como mujeres, mestizas, ecologistas u obreras), dependiendo de las relaciones de equivalencia y alteridad que se vayan trazando. A su vez, alguno de estos clivajes podría sobredeterminar, amarrar o anudar a otros (el género femenino, por ejemplo), identificación que será “bandera” del accionar del grupo (la lucha por la igualdad en contra del sistema patriarcal), y que primará, parcialmente, sobre el resto de los atributos (la raza, la clase, la edad, entre otros posibles).

Los denominados “estudios poslaclausianos”8 han contribuido a esclarecer y especificar esta cuestión. Siguiendo los supuestos básicos de la teoría política del discurso, estos abordajes toman distancia de la búsqueda de un fundamento o esencia capaz de explicar “la identidad” de un grupo, al tiempo que no renuncian al reconocimiento de algunos —varios y cambiantes— elementos capaces de articularse en un proceso identitario y, en ciertas condiciones contextuales, en un discurso populista. La clave se halla en dar cuenta de las relaciones de poder específicas que inciden en que un elemento, rasgo o característica particular logre erigirse como un universal que pueda definir —temporal y parcialmente— la identidad de un sujeto político, ya sea un actor, un colectivo, una organización, un movimiento, entre otros.

En consecuencia, las sucesivas identificaciones (o procesos identificatorios), que están en la base de las identidades políticas, van estableciendo no solo cierta coherencia discursiva (que se hace visible en una serie de demandas y repertorios compartidos), sino también un “investimento o apego afectivo” (Schaufler y Passerino 2014), una “ jouissance” (Mouffe 2009),9 que se traduce en imágenes de sí mismo y del mundo, en proyecciones y “fantasías”10 capaces de movilizar acciones y emociones.

Ahora bien, como venimos señalando, el correlato lógico de los procesos de identificación es la diferenciación con algo más. Es decir, reconocernos en algún elemento-rasgo-característica de algo o alguien, supone también desconocernos en otros elementos-rasgos-características, al tiempo que tomamos distancia y trazamos fronteras políticas respecto de los mismos. De allí que todo proceso identificatorio es, a la vez, un proceso de desidentificación, que supone la expulsión de aquello que no somos, con el fin de constituirnos (Laclau 2005).

En esta línea de entendimiento, los estudios poslaclausianos han procurado abarcar tanto los procesos de identificación como de desidentificación que se ponen en juego en la constitución y redefinición de las identidades políticas. Ello quedaría en evidencia en las propuestas de diversos autores que, inspirados en la perspectiva laclausiana, procuran operacionalizar la categoría de “identidades políticas”. De allí que establecieron dimensiones y claves de análisis que facilitaron y, en efecto, promovieron numerosos estudios empíricos. En ocasiones, dichas disquisiciones permitieron ir “más allá” de los postulados iniciales de Laclau, al profundizar y especificar asuntos y problemas no del todo explícitos en la teoría; entre ellos, las posibles o eventuales diferenciaciones entre la lógica del populismo, la de lo político y los modos de constitución de un pueblo. En la siguiente sección avanzamos sobre estos temas; aquí nos centramos en sistematizar la operacionalización de los procesos identitarios de dos investigadores formados con Laclau y que intervinieron su perspectiva.

La propuesta de Aboy Carlés (2001; 2007) incluye tres dimensiones a tener en cuenta para estudiar las identidades políticas: en primer lugar, la dimensión representativa que implica toda identidad; es decir, el proceso de construcción de equivalencias de demandas diversas en torno a un significante que subvierte su contenido particular para asumir la representación de un universal que las amarra, anuda o aglutina. En segunda instancia, la dimensión de la alteridad frente a otras identidades; esto es, la diferenciación radical (el trazado de una frontera) con un otro excluido. Finalmente, la dimensión de las tradiciones, que alude al contexto-horizonte que enlaza el presente de la identidad con un pasado y un porvenir.

En sintonía con esta formulación, Barros (2002; 2017) ha destacado cuatro elementos centrales para estudiar la constitución y la redefinición de las identidades políticas: relativa estructuralidad,11 contenido particular, promesa de plenitud y otredad. El primero de estos factores remarca el carácter incompleto de toda estructura discursiva e identitaria, ya que la única posibilidad de un cierre, aunque precario y contingente, deriva de la presencia de un “exterior constitutivo” (Laclau 2005); como la estructura nunca termina de completarse, resulta incapaz de determinar al sujeto en forma absoluta y solo lo haría parcialmente. El segundo elemento alude a la propuesta y la reivindicación específica que una identidad representa, es decir, su contenido, en tanto respuesta a una demanda insatisfecha. En relación con ello, emerge un tercer factor, ya que todo contenido particular lleva dentro de sí una promesa de plenitud más amplia, que trasciende la demanda concreta para asumir un carácter más general. En cuarto lugar, la otredad supone la existencia de algo de lo cual diferenciarse, para establecer la propia identidad. Ese “otro” genera tensiones constantes y cumple dos papeles paradójicos: impide la plena constitución de la identificación a la que se opone, pero, a su vez, es parte de sus condiciones de existencia (Laclau 2000). Es decir, bloquea la identidad plena/cerrada, pero permite su constitución de modo parcial/precario.

Los elementos mencionados por Barros se vinculan estrechamente con las dimensiones presentadas por Aboy Carlés para los estudios identitarios. Así, la relativa estructuralidad se contempla en la dimensión de las tradiciones; mientras que el contenido particular y la promesa de plenitud se acercan a la dimensión representativa; y, por último, la otredad remite a la dimensión de la alteridad. Vale subrayar la especial importancia de tales procesos para analizar la trama de relaciones en que se inscriben las identidades, las regularidades que logran afirmar —al menos parcialmente— y las rupturas de esas sedimentaciones a partir de la emergencia del conflicto.

Los aportes de Jacques Rancière (1996; 2004) —especialmente recuperados en los trabajos de Barros (2006; 2010; 2017)— destacan, justamente, la implicancia mutua entre las nociones de conflicto y de desacuerdo, y los procesos de identificación política. Esa profunda vinculación se expresaría, al menos, en tres sentidos fundamentales: primero, la constitución de una identidad política supone la diferenciación y la negación de un nombre impuesto por otro, esto es, el distanciamiento de aquellos lugares y roles a los que “naturalmente” estaríamos destinados (“las mujeres para la vida privada en el hogar”, “los indígenas para las labores del campo”, “los ‘cabecitas negras’ para el trabajo manual”, por mencionar algunos ejemplos). En palabras del autor, se trata de resistir a la lógica policial que marca “la asignación de las personas a su posición y su trabajo” (Rancière 2004, 30).

En segundo término, la identificación/desidentificación marca la diferenciación con un “otro” al que los sujetos dirigen sus demandas. Ello se produce aun cuando ese otro es quien niega la legitimidad de dichas demandas para tomar parte en la definición de lo público. Así, por ejemplo, identificarse como un movimiento social o político determinado implicaría desidentificarse del Estado, que muchas veces se presenta como el principal demandado y, a la vez, como responsable de que las demandas de ese colectivo permanezcan insatisfechas.

Tercero, todo proceso de identificación política muestra su carácter imposible, explicitando algo que se es, pero que, al mismo tiempo, no se logra ser. Por ejemplo, me declaro como “obrero y ciudadano argentino”, pero ¿puedo serlo cuando las desigualdades socioeconómicas me impiden un ejercicio pleno de mis derechos civiles?; o, en otro caso hipotético, me declaro “argentina y perteneciente a un pueblo originario, o afrodescendiente y colombiana”, pero ¿puedo serlo cuando en la experiencia histórica nacional se pretendió invisibilizar esas identidades mediante un proyecto de nación homogénea y mestiza?

En consecuencia, lo interesante es que las identificaciones y desidentificaciones —que estabilizan en forma parcial una identidad— podrían, en determinados contextos, enlazarse de un modo polémico, esto es, de manera que cuestionen los lugares “naturalmente” asignados —y los disloquen—,12 explicitando el carácter desigual de la comunidad y, fundamentalmente, al inscribir esa crítica en una posibilidad de transformación. Es esa potencial capacidad dislocatoria de las identidades políticas la que cobra especial relevancia a la hora de pensar en las identidades populares (y en los populismos). A continuación ahondamos en esta línea de análisis.

Profundizaciones y disquisiciones analíticas para el estudio de identidades populares y articulaciones populistas

La pregunta clave que atraviesa este capítulo —y que, a su vez, se despliega a lo largo del libro— en torno al vínculo entre las ideas precedentes sobre las identidades y los modos identificatorios con la cuestión de los populismos requiere algunas precisiones. De ellas nos ocupamos en seguida.

Desde algunas contribuciones más recientes que han avanzado sobre los postulados de la teoría política del discurso, se ha advertido una posible limitación en la obra de Laclau, pues en ocasiones se equiparan nociones centrales de la teoría, como las categorías de lo “popular”, el “populismo” y la “política”.

En un libro colectivo titulado Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo (2013) se detuvieron en abordar las vinculaciones y distinciones entre las identidades populares y los populismos. La tesis que atraviesa dicha obra y que cada autor indaga de manera distinta, afirma que las identidades populares, en tanto identidades políticas específicas, no necesariamente suponen procesos populistas, pues habría diversas posibilidades articularias de “lo popular”. En otros términos, los populismos son una posibilidad articulatoria más entre otras alternativas ciertamente infinitas, pero de las cuales conviene comenzar a indagar, precisar e investigar.

Conforme con los señalamientos de Aboy Carlés (2013), las identidades populares básicamente designan un

[…] tipo de solidaridad política que emerge a partir de cierto proceso de articulación y homogenización relativa de sectores que, planteándose como negativamente privilegiados en alguna dimensión de la vida comunitaria, constituyen un campo identitario común que se escinde del acatamiento sin más y la naturalización de un orden vigente. (Aboy Carlés 2013, 21)

Estas identidades, que no son per se mayoritarias ni objetivamente subalternas, se caracterizan por su oposición a un orden establecido, ya sea político, social, sexual, económico o de otra índole.

El autor ensaya tres formas o tipos posibles de las identidades populares: totales, parciales o con pretensión hegemónica.

Las identidades populares totales se caracterizan por aspirar a un tipo reducido de unidad política; una unidad que no deja de ser un universal, pero en esa aspiración no hay espacio posible para algún tipo de intercambio con el “otro” antagonista o con los adversarios, pues estas identidades se autopresentan como “el todo comunitario”. Un ejemplo característico mencionado por el autor para explicitar el procesamiento “total” de las alteridades es la estrategia delineada por Frantz Fanon en Los condenados de la tierra (1965 [1961]), una obra de amplia difusión en América Latina, África (especialmente en Argelia) y en el denominado “Tercer Mundo” durante las décadas de los sesenta y los setenta. En su libro, Fanon argumentó el exterminio o la expulsión de los colonizadores por medio del uso de la violencia como un método legítimo (y necesario) para emprender una lucha anticolonial a gran escala. De modo que la estrategia de Fanon podría entenderse como la constitución de una identidad popular, en la cual una parte del pueblo, la plebs (en este caso, todos los excluidos y explotados por el orden colonial), “buscaron intransigentemente convertirse en populus”13 (Aboy Carlés 2013, 29). Ciertamente, otras experiencias totalitarias como el nazismo, el estalinismo, las operaciones de limpieza étnica de la antigua Yugoslavia, entre tantas otras, entrarían también en esta caracterización (p. 29).

Las identidades populares parciales son la contracara de las anteriores, pues en ellas prima una suerte de “encierro endogámico” en sus reivindicaciones particulares, elemento que les impide articularse con otras y aspirar a producir alguna forma de unidad política. Nótese que la ausencia del recurso de la violencia no constituye aquí un elemento fundamental; la violencia puede o no estar presente, ya que lo sustancial en estas identidades “es que no hay conversión de la plebs en populus” (Aboy Carlés 2013, 30). Entre los ejemplos señalados por el autor se encuentran diversas experiencias “obreras, étnicas, sindicales y campesinas” que construyeron solidaridades estables, que se definieron por su enfrentamiento al poder establecido, pero que no pretendieron “representar más que su propio espacio” (p. 31). Podrían ubicarse aquí algunos casos como el Partido Socialista argentino durante su fundación (1896) e identidades segregativas como las Panteras Negras en Estados Unidos, por mencionar dos ejemplos especialmente distintos que estarían alcanzados por esta dinámica identitaria.

Por último, Aboy Carlés distingue las identidades populares con pretensión hegemónica, las cuales comparten, con las totales, la aspiración a representar el todo comunitario, pero, a diferencia de estas, el tipo de unidad que buscan no es reducida, pues intentan negociar su propia reivindicación particular con sus adversarios o con parte de ellos (2013, 34-40). Claramente, las identidades con pretensión hegemónica son el tipo de identidades que se ven involucradas en los procesos populistas. Y este es precisamente el elemento característico de los populismos, su regeneracionismo o constante búsqueda (no necesariamente amistosa ni por completo violenta) de negociar su propia identidad, al tiempo que intentan representar una universalidad o un tipo de comunidad relativamente amplia. Se trata, en efecto, de una tensión constitutiva de los populismos, de un mecanismo pendular —dice Aboy Carlés—, en el que en circunstancias precisas alguno de los dos momentos del péndulo (exclusión-inclusión) puede primar sobre el otro; pero lo relevante es que los populismos nunca renuncian a esta dinámica (2014, 40).

El autor se detiene a mencionar algunas experiencias latinoamericanas en las que es especialmente perceptible la inconmensurable tensión entre la particularidad de la plebs y la universalidad del populus; entre ellas se encuentran: el yrigoyenismo14 y el peronismo en Argentina,15 el varguismo en Brasil16 y el cardenismo en México.17 Si bien estos casos podrían, superficialmente, ser definidos como identidades totales (como buena parte de los estudios sobre populismo lo ha hecho), para Aboy Carlés, “esa apariencia totalizante está lejos de constituir una marca definitoria” (2013, 38), pues los intentos de los populismos de cubrir el espacio comunitario se ven rápidamente signados “por la presencia de fuertes oposiciones que demuestran su irrevocable carácter de parcialidad” (p. 38).18

Los procesos políticos que se abordan en este libro (esto es, el peronismo y el gaitanismo) también aportan interesantes ejemplos que pueden contribuir a ilustrar la tensión entre plebs y populus en los populismos latinoamericanos.

En Argentina, en vísperas de las elecciones de 1946, se incorporaron al entonces Partido Laborista —plataforma electoral que llevó a Juan Domingo Perón a la presidencia y que pronto fue desmantelada por él mismo— miembros de un sector de sus adversarios, los radicales renovadores (Unión Cívica Radical – Junta Renovadora). Algo similar ocurrió en el seno del gaitanismo, cuando Jorge Eliécer Gaitán se constituyó como jefe único del Partido Liberal, en 1947, y el movimiento comenzó a incorporar a sus filas a militantes anteriormente adversos (como los liberales que se opusieron a Gaitán en la contienda electoral de 1946, que finalmente llevó a la presidencia al Gobierno conservador de Ospina Pérez).

Este tipo de incorporaciones no se produjeron sin tensiones. Al respecto, en el capítulo 2 de este libro, Ana Lucía Magrini da cuenta de cómo la requerida amplitud de los movimientos peronista y gaitanista, en contextos de nacionalización y de construcción a gran escala de los mismos, produjo férreos enfrentamientos con militantes “de primera hora”, como los laboristas y los gaitanistas más intransigentes. Desde estos sectores internos a cada movimiento (y particularmente críticos), los líderes fueron duramente señalados por su desvío ideológico y por la repentina inclusión de pretéritos adversarios. De modo que estos actores no perdieron del todo su carácter particular y pusieron en discusión articu laciones y solidaridades construidas por el peronismo y el gaitanismo, al mismo tiempo que estos movimientos asumían procesamientos de las alteridades propios de las identidades populares con pretensión hegemónica y de los movimientos populistas.

En una dirección analítica similar, en el capítulo 6, Cristian Acosta Olaya se detiene en precisar cómo operó la lógica pendular entre inclusión y exclusión de los adversarios en el movimiento gaitanista entre 1946 y 1948. A contravía de una tendencia generalizada en los estudios sobre el populismo colombiano, centrados en hacer del gaitanismo un causante del violento enfrentamiento entre liberales y conservadores que siguió al asesinato de Gaitán en 1948, el texto muestra que el movimiento se erigió como un dique inestable frente a un contexto de violencia previa.

Retornando a la pregunta que inaugura este apartado, Barros (2013) ensaya una respuesta adyacente a la formulada por Aboy Carlés, aunque focaliza en otras dimensiones. El autor discute la asimilación sin más entre populismo, lo popular y lo político, cuestión que, como anticipábamos, no logra saldar la obra de Laclau. Para decirlo en los términos del investigador, “lo popular” remite a algunos rasgos —varios de ellos en coincidencia con los mencionados anteriormente por Aboy Carlés (2013; 2014)— que caracterizan a las identificaciones populares en tanto identidades políticas con capacidad para subvertir un determinado orden de cosas. Los atributos que señala Barros no son generalizables ni exhaustivos, pero sí resultan recurrentes a la hora de establecer un análisis de experiencias políticas concretas.

Entre esas notas características de las identificaciones populares sobresale, en primer lugar, el cuestionamiento de los papeles socialmente asignados, tema que hemos introducido en el apartado anterior y que ha sido abordado por la historiografía de los populismos latinoamericanos como la denominada “quiebra de la deferencia social”.19 Para Barros, el cuestionamiento de los roles social o culturalmente asignados tiene un sentido especialmente disruptivo en los procesos de identificación popular que involucran los populismos, pues esos mismos cuestionamientos habilitan un reordenamiento de las posiciones sociales. Este reordenamiento vendría aparejado a un autorreconocimiento con “orgullo”, “gallardía” —como suele aparecer en algunos testimonios de militantes peronistas, por ejemplo— o estima-de-sí. Conforme con el autor, estas expresiones no pasaron desapercibidas para los estudios sobre los populismos latinoamericanos, pero fueron “tomadas literalmente […] como muestra de la exclusión que caracterizaba a las crisis de participación previas a dichas experiencias” (Barros 2014, 332). A contramano, Barros argumenta que estos testimonios pueden ser leídos de otro modo, como un verdadero efecto de dislocación de la deferencia habitual (y naturalizada, por cierto) de la vida comunitaria.

Un segundo rasgo de las identificaciones populares remite al propio reconocimiento de la capacidad (no necesariamente nueva, pero sí públicamente visible) de “poner el mundo en palabras” (Barros 2013; 2014). En esa toma de palabra, nos interesa especificar un elemento característico en torno a los modos de decir y de tramar aquello que se cuenta, pues los testimonios, los relatos del yo, las autobiografías y las memorias por lo general apelan a estructuras narrativas similares, como la épica y el romance.20 Las historias personales son introducidas en historias más grandes, en las cuales cada experiencia individual adquiere un carácter heroico. Un heroísmo que, lejos de mitificar las vivencias propias alrededor de un líder, lo que hace es revalorizar el lugar que cada sujeto tiene, al reconocerse (a sí mismo) como “trabajador, peronista, gaitanista, poeta, narrador, escritor popular”, entre muchas otras posibilidades.

En tercer lugar, esas transformaciones en la estima-de-sí respaldan la demanda por ser escuchada o escuchado, lo cual supone una obligación de escucha para las instituciones públicas, los líderes o el Estado. Dos ejemplos que hacen parte de la experiencia peronista permitirían iluminar “desde arriba” (esto es, desde una mirada más oficial) y “desde abajo” (a través de la enunciación de “sujetos de a pie”) esta cuestión —y de alguna manera también el segundo de los rasgos mencionados—. El primer ejemplo remite a la famosa autobiografía de Eva Perón, La razón de mi vida,21 relato en el que se advierte un modo de contar el mundo que habilitó el peronismo a través de la enunciación de una figura y una líder política clave. El segundo ejemplo recoge parte del análisis que se encuentra en el capítulo 3 de este libro, centrado en la enunciación de hombres y mujeres comunes, muchas veces anónimos, cuyos testimonios visibilizan modos de contar, representar y exigir “desde abajo”.

Mucho se ha dicho sobre el escaso contenido político del libro de Eva Perón, sobre la imprecisión de ciertos hechos históricos, la omisión de su origen familiar o su dudosa autoría. Sin embargo, más allá de estos debates y cuestionamientos que exceden nuestro trabajo, creemos que su testimonio permite ilustrar cómo un relato autobiográfico posicionado como “fanáticamente peronista” (como ella misma se definía) es narrado desde una trama épica y romántica particular: el melodrama.22 Lo interesante del testimonio de Eva Perón es que, lejos de presentarse como un elemento “cursi”, las angustias y el dolor de los humildes, las historias personales de los desposeídos y de los pobres se tratan como un objeto de denuncia y como una verdad históricamente desoída. Y es allí donde el peronismo se construye narrativamente como una expresión política de la justicia y la reparación, frente a una serie de daños y perversidades infringidas en la vida cotidiana de las personas pobres. El papel del Estado es, entonces, para Eva Perón, responder a reivindicaciones realizadas por la gente común, por medio de soluciones universales (políticas asistenciales y de conciliación entre patrones y empleados, por ejemplo), ya que dichas demandas, por más personales que se manifiesten, remiten a reales derechos incumplidos.

Luego, algunos pasajes del presente libro permiten ilustrar “desde abajo” cómo sujetos de a pie, que se identificaban como peronistas, tomaron la palabra para demandar, contar e intervenir en su entorno inmediato. En el capítulo 3, Mercedes Barros, Juan Reynares y Mercedes Vargas subrayan un testimonio, entre los muchos que circularon en cartas enviadas a Juan y a Eva Perón, durante sus dos primeros gobiernos, desde diversos rincones del país. Como se verá en profundidad en ese capítulo —en el apartado titulado “Hacia nuevas tramas para el análisis del peronismo desde abajo y en clave local”—, aquella demanda de escucha estatal es perspicazmente analizada por los autores en una solicitud enviada por una santiagueña oriunda de la localidad de La Banda, doña Emilia, quien, apelando a las políticas emprendidas por el Gobierno nacional en Buenos Aires, exige “pie de igualdad” ante los derechos que si bien el peronismo promovió, todavía faltan en Santiago del Estero.

Finalmente, conviene precisar que el elemento específicamente populista de estos rasgos o características de los modos de identificación popular se encontraría en la forma de articularlos en un discurso. Articulación a la que asistimos, dice Barros, cuando estamos en “presencia de un discurso que pone un nombre al carácter excluyente del orden comunitario y crea retroactivamente una nueva comunidad legítima” (Barros 2013, 55). Es notorio de nuevo aquí el aporte de Rancière. Es “en nombre del daño que las otras partes le infringen” al pueblo, en tanto parte no privilegiada (plebs), que esta “se identifica con el todo de la comunidad” (populus o pueblo en tanto conjunto pleno de ciudadanos) (Rancière 1996, 23). Lo significativo de los populismos es que la disrupción que supone la emergencia de las identificaciones populares no puede pensarse como una simple ampliación de la ciudadanía, porque lo que queda al desnudo es la necesidad de desarticular las relaciones hegemónicas y de configurar una nueva comunidad (Barros 2013; 2014).

En definitiva, más que a contenidos inalterables, los populismos estarían refiriendo a formas o lógicas de articulación política que, en determinados contextos, pueden ser habilitadas por identidades o identificaciones populares que buscan modificar la distribución de roles y lugares en un orden social determinado.

Ejercicios analíticos para repensar los populismos durante el siglo xx en Argentina y Colombia

Conviene considerar algunas precauciones sobre las disquisiciones teóricas que venimos señalando, pues la aplicación automática o irreflexiva de la operacionalización propuesta en torno a las identidades o identificaciones populares y las articulaciones populistas podría suscitar algunos problemas a la hora de emprender análisis de situaciones y de experiencias políticas concretas. Como advierte Barros, “no puede preverse una secuencia temporal del tipo, ‘primero emerge una identidad popular [y] luego aparece el discurso populista que la articula’”, ya que la “dislocación que provocan los conflictos por la distribución de lugares y que lleva a la necesidad de nuevas identificaciones puede tener orígenes diversos” (2013, 5). Este resguardo no se orienta simplemente a evitar periodizaciones de cierto tipo, sino que el privilegio de una secuencia lineal entre emergencia de identidades populares y articulaciones populistas pone de manifiesto un problema más profundo, de orden teórico, al que en ocasiones se asiste en algunos estudios empíricos producidos desde la teoría laclausiana. Esa dificultad deriva del tratamiento divorciado entre procesos identificatorios o identitarios y prácticas articulatorias, cuando en efecto ambas instancias se encuentran íntimamente imbricadas.

Tomemos las experiencias políticas que nos convocan como ejemplos para explicitar este tema y para mostrar el posicionamiento de los análisis que circulan a lo largo de este libro. Si utilizáramos la operacionalización de las identificaciones populares propuesta por Barros, en una “versión lineal”, presentaríamos al peronismo como una identidad popular que emergió el 17 de octubre de 1945 y que se articuló de manera populista cuando Perón llegó a la presidencia en 1946. En 1955, el populismo fue derrocado, restablecido en 1973 y, luego de la última dictadura militar, se rearticularía sucesivamente hasta abarcar experiencias, no exentas de debates, como los Gobiernos menemistas y los kirchneristas. Si bien esta afirmación no es del todo equívoca, deja entrever varios asuntos problemáticos que pretendemos explicitar.

La primera dificultad deriva de suponer que en la coyuntura de 1945 se produjo la emergencia de una identidad popular unívocamente peronista. Una profusa literatura se ha ocupado de mostrar cómo el 17 de octubre23 fue posible gracias a una multicausalidad de factores para nada previsibles,24 y que de ese acontecimiento no emergió “la identidad peronista” como entidad homogénea.25 El capítulo 2 repara en esta cues-tión, al interrogar las tensiones internas al movimiento, como un nivel específico de heterogeneidad que se ve involucrado en las identificaciones populares al momento de articularse en un discurso populista.26 Dicho en otras palabras, el análisis allí desplegado por Magrini no se concentra en la necesaria, pero no única, dimensión de la alteridad, marcada por las fronteras políticas y las desidentificaciones que se producen con los adversarios, sino en las micro o subfronteras políticas que pueden reconocerse al interior de un mismo proceso identitario y que, en definitiva, hablan del carácter constitutivamente heterogéneo de las identidades populares.

Hecha esta salvedad respecto a la emergencia del peronismo como identidad homogénea en un momento fundacional de su constitución, nos encontramos con el segundo problema: el de suponer que esa identidad se articuló de manera populista en el Estado durante las dos primeras presidencias de Perón. Algunos argumentos que circulan en el capítulo 3 muestran que si bien la dislocación que produjo el peronismo tuvo un carácter inédito hacia octubre de 1945, el peronismo (en el Estado) habilitó nuevas formas de identificación popular que dislocaron los roles socialmente asignados. De ese modo, algunas políticas sociales emprendidas durante los dos primeros años de gobierno, e incluso antes de la primera presidencia de Perón —como las medidas adoptadas por la entonces Secretaría de Trabajo y Previsión: el estatuto del peón, vacaciones pagas, aguinaldo, tribunales laborales, entre otras—, pueden ser vistas como dislocaciones en sí mismas y como prácticas articulatorias que permitieron la emergencia de nuevos procesos de subjetivación popular.

La tesis aludida recupera y avanza sobre un argumento expuesto por Alejandro Groppo en un lúcido trabajo comparativo entre peronismo y varguismo. Allí, Groppo argumentó que el peronismo habilitó una operación “de nominación o nombramiento de un sujeto que nunca antes había sido nombrado de esa manera”, y que este proceso fue posible porque “el Estado explícitamente [asumió] como suyos intereses de un sector marginado, simbólica o realmente, de la sociedad” (Groppo 2009, 41).27 La dislocación que supuso ese disruptivo proceso de nominación fue parcialmente “suturada” gracias a una segunda operación política, “la producción de un concepto o una visión no condicionada de justicia social, esto es, una idea de justicia social que es presentada independientemente de cualquier predicación condicionante” (p. 41). En consecuencia, el carácter disruptivo de las identificaciones populares también se produjo durante los procesos articulatorios, de modo que más que a operaciones de emergencia-causa y articulaciones-consecuencias, asistiríamos aquí a lógicas marcadas por la simultaneidad y la yuxtaposición entre dislocaciones y suturas.

Si es evidentemente problemático reconocer linealidades entre dislocaciones primigenias y posteriores suturas institucionales durante los primeros años peronistas, con el derrocamiento de Perón y los sucesivos avatares, desplazamientos y retornos que esta identidad atravesó entre 1955 y la actualidad, el asunto se complejiza aún más. Y ello nos conduce al tercer problema, el de suponer gruesas líneas de continuidad de un fenómeno, rotundamente persistente, pero del que conviene trazar, delimitar, precisar y profundizar cómo vuelve y se reactualiza, es decir, ¿cómo retorna el peronismo en determinada coyuntura política? ¿Qué elementos se borran o se intentan borrar de él y cuáles perduran? ¿Qué proyectos de país están en la base de esas “borraduras” o de esos retornos de una identidad que se resignifica y se resemantiza iterativamente? ¿En qué contextos de discusión vuelve el peronismo, qué usos se hace de él?

Esas inquietudes resultan clave para que, sin perder de vista la característica laxitud del peronismo, este, a su vez, no “se aplane” al punto de equiparar procesos y coyunturas muy diversas como el neoliberalismo menemista de los años noventa o el neodesarrollismo kirchnerista del siglo XXI. En este sentido, el texto de Nicolás Azzolini, capítulo 4 de este volumen, contribuye a iluminar este punto en una coyuntura específica, el complejo período que se ubica entre 1955 y 1958, es decir, entre la denominada “Revolución Libertadora” y el Gobierno de Arturo Frondizi. El autor focaliza momentos en que la pluralidad de identificaciones populares producidas bajo el extenso arco del peronismo se vio especialmente amenazada y condicionada por las prácticas y los sentidos que intentó imprimir un sector no menos heterogéneo que el peronista, el antiperonista.

En diálogo con esta línea argumental, el capítulo 5, de Aarón Attias Basso, precisa algunos usos del pasado nacional, en una organización militante kirchnerista específica, La Cámpora. El texto particulariza cómo, por medio de símbolos y soportes materiales concretos, el peronismo (en tanto tradición heredada) fue resemantizado e intervenido por la organización y por los y las militantes camporistas, al tiempo que construyeron su identidad política.

Si lo anteriormente señalado vale para el peronismo, también lo hace para un sinnúmero de procesos políticos latinoamericanos. En analogía con el ejercicio anterior, desde una aplicación “directa” de la teoría laclausiana, el gaitanismo podría presentarse como una identidad popular que emergió entre 1928 y 1944, con la actividad y los diversos cargos públicos que ocupó Jorge Eliécer Gaitán durante la hegemonía liberal. Entre 1933 y 1935, el gaitanismo experimentó un proyecto revolucionario y popular al margen del liberalismo, la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, movimiento que fue disuelto por el líder, en 1935, cuando este retornó a las filas del Partido Liberal. Luego, la identidad gaitanista tuvo su momento de mayor articulación popular entre 1944 y 1948, y finalmente, el 9 de abril de ese año, cuando Gaitán fue asesinado, aquellas articulaciones habrían quedado fracturadas como consecuencia del Bogotazo,28 acontecimiento signado por la brutal represión a las multitudes movilizadas, y cuyo saldo para el proceso político del país sería la frustración, la incompletitud, el carácter fallido o imposible del populismo en Colombia. Y ese yerro del populismo explicaría, al fin de cuentas, una Violencia (en mayúscula inicial) sin precedente, que se extendería hasta nuestros días.

De nuevo, no todo lo expresado en el párrafo previo resultaría una interpretación forzada, pero algunos elementos de esa lectura, dominante en los estudios sobre gaitanismo, son, por cierto, problemáticos. Este libro propone algunos entendimientos alternativos sobre esos puntos. Inicialmente, como referimos para el caso del peronismo (o “los peronismos”), resulta necesario matizar la idea de emergencia homogénea de la identidad gaitanista. Dicho proceso no debería ser reducido a la biografía de Gaitán, sino analizado desde una multiplicidad de intervenciones en las que, si bien el líder ocupó un papel protagónico, su trayectoria no explica en forma exclusiva la del movimiento. De modo que para dar cuenta del proceso identificatorio del gaitanismo, con Gaitán en vida, deberíamos indagar, entre otras cosas,29 la trayectoria de diversos actores, algunos de ellos mediadores, que intentaron intervenir en el sentido que el movimiento tenía, que cuestionaron duramente al líder, y que no por ello simplemente “se pasaron al bando opositor”.

Operaciones analíticas de este tipo se despliegan en el capítulo 2, a través de la controversial figura de José Antonio Lizarazo, por ejemplo.

Otra dimensión a considerar para sortear aquella representación homogeneizante de la identidad gaitanista refiere a la antes aludida lógica pendular de inclusión y exclusión de los adversarios en el seno del gaitanismo, pues ello también contribuye a dar cuenta del carácter no reducido de la unidad o articulación política que por momentos produjo el movimiento. Este análisis está argumentado en el ya mencionado capítulo 6 de este libro.

Quizás el punto de mayor contraste entre la imagen del gaitanismo esbozada en las líneas anteriores y la comprensión que esta obra colectiva ofrece se vincula con la consecuencia argumental que se desprende del 9 de abril, esto es, la gruesa continuidad entre populismo y violencia. En este sentido, los trabajos incluidos en este volumen continúan con una tesis ya introducida por conocidos estudios históricos,30 que desde hace ya varias décadas vienen insistiendo en que el clima de violencia, los asesinatos y las masacres no emergieron del 9 de abril, sino que precisamente el asesinato de Gaitán fue un síntoma de violencias que venían perpetrándose con anterioridad.

Ahora bien, nos interesa precisar aquí un aspecto crucial del vínculo entre populismo y violencia: los diversos usos del eventual “fracaso” del populismo gaitanista. Por un lado, la lectura en clave fallida del populismo parecería diluir (en su consecuencia argumental) su carácter esquivo, ya que sería el carácter incompleto del populismo o la imposibilidad del gaitanismo de edificarse en el Estado, lo que finalmente explicaría la Violencia. Por otro lado, no es menos cierto que esta mirada sobre el populismo no fue en absoluto dominante en Colombia. En efecto, algunas interpretaciones no dudaron en señalar las bondades que supuso para Colombia no haber atravesado por una “verdadera” experiencia populista.31 De modo que no primaron lecturas “democratizantes” del populismo gaitanista,32 sino una interpretación de su fracaso como causante del enfrentamiento armado, primero bipartidista y, hacia los años sesenta y setenta, según esta mirada peyorativa del populismo, la identidad gaitanista habría mutado a una identidad guerrillera y de izquierda radicalizada.

Frente a esos enfoques, este libro propone explicaciones mucho menos generalizables y más contextualizadas. En efecto, el capítulo 7, de Adriana Rodríguez Franco, repara precisamente en el debate sobre el gaitanismo sin Gaitán, en los años posteriores al 9 de abril y en la coyuntura del Gobierno del general Rojas Pinilla, un proceso que ha sido con frecuencia calificado como un populismo efectivo (en oposición al “fallido de Gaitán”), porque llegó al Estado y compartiría algunos rasgos propios de los populismos si los entendemos en clave esencialista y peyorativa (líder carismático y miembro de las Fuerzas Armadas, políticas públicas orientadas a la protección del mercado interno, tradición nacionalista, entre otras características que suelen incluirse).

Distanciándose de este clivaje sobre el rojismo y el gaitanismo, la autora sigue el rastro a las trayectorias de los gaitanistas durante el rojismo. Algunas ideas explayadas en ese texto permiten responder: ¿cómo volvió el gaitanismo durante esos años? ¿Cómo hicieron sus militantes, especialmente los nucleados en Jornada, para sobrevivir a los avatares del proceso político colombiano luego de la muerte de Gaitán? ¿Qué tomó y resignificó el rojismo del gaitanismo?

Finalmente, el capítulo 8, que cierra este libro, se aboca por completo a la apropiación del gaitanismo en la nueva izquierda colombiana. Creemos que las contribuciones allí desplegadas por José Abelardo Díaz Jaramillo permiten complejizar la peligrosa mirada, al extremo continuista, entre populismo, violencia y lucha armada.

Palabras finales

Asumir una perspectiva no sustancialista de las identidades y una mirada no esencialista de los populismos supone, en primer lugar, tomar distancia de algunas lecturas canónicas que vincularon exclusivamente la constitución de las identidades con el apego a un rasgo en particular o a una situación contextual específica, y que procuraron explicar la emergencia de los populismos a partir de ciertos atributos característicos que definían una suerte de “esencia populista”. En otras palabras, los argumentos que se desarrollan a lo largo de este capítulo ponen en cuestión aquellos abordajes con pretensión objetiva que buscaron identificar la naturaleza última del populismo, mediante una serie de características inalterables orientadas a sostener una conclusión (definida a priori): la anomalía de los procesos populistas, su dimensión autoritaria, su rechazo a las instituciones, la demagogia intrínseca en sus medidas económicas y sociales, entre tantos otros atributos que harían del populismo siempre un desvío de la democracia.

En segundo lugar, el reconocimiento del populismo como un modo específico de articulación política, especialmente vinculado con las identidades populares, hace eco en las implicancias de entender los procesos identitarios a partir de su carácter relacional, histórico y conflictivo. Cuando decimos que las identidades son constitutivamente históricas, no nos referimos a ellas como un “hecho del pasado” (en sentido esencial), sino a que se construyen de manera procesual, en determinados contextos, y que estos son susceptibles de transformaciones y cambios. Conviene señalar también que cuando hablamos del carácter eminentemente conflictivo del populismo nos referimos a que, en definitiva, los discursos populistas se producen desde la disputa entre diversos sentidos e identidades en juego. Por último, la politicidad de las identidades está dada por su constitución relacional, por lo que no es posible definir una identidad colectiva o individual sin alusión a otras; relaciones que, a su vez, están mediadas por el poder.

Desde el punto de vista explayado en este capítulo, (pre)ocuparnos por la constitución y la redefinición de experiencias y procesos populistas supone plantear inquietudes e interrogantes (que hacen parte de problemas de investigación propios o colectivos de los autores que confluyen en este libro) y que remiten a la dimensión identitaria de la cuestión: ¿cómo emerge una identidad popular que amalgama múltiples demandas diversas? ¿Qué condiciones habilitan u obstaculizan esos procesos? ¿Cuáles son las experiencias y los sentidos que se ponen en juego cuando actores, sujetos o colectivos se identifican como parte de un “pueblo”? ¿Cómo es que una identidad, desde los márgenes de un discurso, logra trastocar un orden previamente sedimentado? ¿Cómo y por dónde transitan, se recepcionan, intervienen, resignifican y mutan dichas identificaciones populares? O, en otras palabras, ¿cómo logran perdurar? Estas, entre otras preguntas, circulan en los capítulos que siguen. Si bien se ensayan allí algunas respuestas, queremos resaltar el valor de los interrogantes en sí, pues ellos abrevan en la pregunta mayor en torno a la conformación de las identidades populares y su posible articulación populista, procurando evitar generalizaciones, miradas universalizantes y homogeneizantes. Bajo esa pretensión, se analizan dos experiencias políticas claramente singulares, pero iluminadoras (cada una respecto de la otra), tomando distancia, o descentrándolas, de las interpretaciones dominantes en cada comunidad académica y política.

Entre las conclusiones preliminares que se desprenden de ese descentramiento se encuentra la idea de que no existe tal cosa como una identidad peronista y gaitanista, sino identidades y modos identificatorios en plural. El segundo asunto, especialmente crucial para el gaitanismo, es que el hecho de que se trate de un proceso que no llegó a producir articulaciones políticas desde un gobierno nacional, no hace de este una experiencia fallida, incompleta, ni una “no populista”, como con frecuencia se ha argumentado. De ello da cuenta su carácter perdurable, pues con la desaparición física del líder, las “promesas incumplidas” del gaitanismo se recuperaron y resignificaron reiteradamente (y de diversas maneras) a lo largo del siglo xx.

Luego cabe advertir que tanto el peronismo como el gaitanismo están marcados por la iteración de su retorno, cada uno a su modo. De allí que no puedan ser definidos de una vez y para siempre, son procesos constitutivamente históricos. En efecto, debemos aproximarnos a ellos de manera contingente y cuidadosa, abordando resignificaciones, sedimentaciones y recepciones de actores y tradiciones políticas muy variadas que los recuperaron e intentaron intervenirlos. El peronismo es un proceso peculiar, pero no único; como veremos en este libro, muchos de sus rasgos se pueden encontrar en una experiencia tan disímil como la gaitanista. El gaitanismo es singular, pero no incomparable; su latencia y sus promesas de plenitud inconclusas pueden también alertarse, aunque de manera distinta, en algunas coyunturas políticas que atravesó Argentina sin Perón.

Referencias

Aboy Carlés, Gerardo. 2001. Las dos fronteras de la democracia argentina. La redefinición de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Rosario: Homo Sapiens.

______. 2007. “Los movimientos sociales y los estudios de identidades”. Ponencia presentada en el Coloquio Abierto Movimientos sociales, identidades y ciudadanía, organizado por el Centro de Estudios sobre Democratización y Derechos Humanos de la Escuela de Posgrado de la UNSAM. Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, 21 de mayo.

______. 2013. “De lo popular a lo populista o el incierto devenir de la plebs”. En Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo, 17-40. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

______. 2014. “El nuevo debate sobre el populismo y sus raíces en la transición democrática: el caso argentino”. Colombia Internacional (82): 35-44.

Aboy Carlés, Gerardo, Sebastián Barros y Julián Melo. 2013. Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

Aibar Gaete, Julio. 2009. Lázaro Cárdenas y la Revolución mexicana. Buenos Aires: Capital Intelectual.

Alape, Arturo. 1985a. El Bogotazo: memorias del olvido. Bogotá: Planeta.

______. 1985b. La paz, la violencia: testigos de excepción. Hechos y testimonios sobre 40 años violencia y paz que vuelven a ser hoy palpitante actualidad. Bogotá: Planeta.

Aprile Gniset, Jacques. 1983. El impacto del 9 de abril sobre el centro de Bogotá. Bogotá: Centro Gaitán.

Arditi, Benjamín. 2009. Política en los bordes del liberalismo. Barcelona: Gedisa.

Ayala, César, Óscar Casallas y Henry Cruz, eds. 2009. Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Ayala Diago, César Augusto. 2013. Democracia bendita seas: Gilberto Alzate Avendaño, liberado. 1950-1960. Bogotá: Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

Barros, Sebastián. 2002. Orden, democracia y estabilidad. Discurso y política en la Argentina entre 1976 y 1991. Córdoba: Alción.

______. 2006. “Espectralidad e inestabilidad institucional. Acerca de la ruptura populista”. Estudios Sociales año XVI (30): 145-162.

______. 2010. “Terminando con la normalidad comunitaria. Heterogeneidad y especificidad populista”. Studia Politicae (20): 121-132.

______. 2013. “Despejando la espesura. La distinción entre identificaciones populares y articulaciones políticas populistas”. En Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo, 41-64. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

______. 2014. “Momentums, demos y baremos. Lo popular en los análisis del populismo latinoamericano”. POSTData: Revista de Reflexión y Análisis Político 19 (2): 315-344.

______. 2017. Elementos para una teoría de la (des)identificación. Manuscrito inédito para investigación. Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Patagonia, Comodoro Rivadavia.

______. 2018. “Polarización y pluralismo en la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau”. Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos (67): 15-38.

Braun, Herbert. 2008 [1985]. Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia. 2.a ed. Bogotá: Aguilar.

Buenfil, Rosa Nidia. 1994. Cardenismo. Argumentación y antagonismo en educación. México: DIE-CINVESTAV-CONACYT.

Eco, Umberto. 1968. Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas. Barcelona: Palabra en el Tiempo.

Fanon, Frantz. 1965 [1961]. Los condenados de la tierra. México: Fondo de Cultura Económica.

Gaitán, Gloria. 2020. “El ‘fenómeno Gaitán’”. Cambios y Permanencias 11 (1): 39-215.

Grimson, Alejandro. 2019. ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.

Groppo, Alejandro. 2009. Los dos príncipes: Juan D. Perón y Getulio Vargas. Un estudio comparado del populismo latinoamericano. Villa María: EDUVIM.

Guzmán Campos, Germán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna. 2005 [1962]. La violencia en Colombia. Tomos I y II. Bogotá: Taurus.

Habermas, Jürgen. 1999. Teoría de la acción comunicativa. Tomo I. Racionalidad de la acción y racionalidad social. Madrid: Taurus.

James, Daniel. 2004. Doña María: historia de vida, memoria e identidad política. Buenos Aires: Manantial.

Laclau, Ernesto. 1980 [1977]. Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo y populismo. Madrid: Siglo XXI.

______. 2000. Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

______. 2002. Misticismo, retórica y política. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

______. 2005. La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe. 1987 [1985]. Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Madrid: Siglo XXI.

Lorio, Natalia y Mercedes Vargas. 2015. “Sujeto y deseo”. En Sujeto: una categoría en disputa, Emmanuel Biset et al., 169-202. Buenos Aires: La Cebra.

Luna, Félix. 1971 [1969]. El 45. Crónica de un año decisivo. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

Magrini, Ana Lucía. 2018. Los nombres de lo indecible. Populismo y violencia(s) como objetos en disputa. (Un estudio comparado del peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia). Buenos Aires: Prometeo.

Marchart, Oliver. 2009. El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Melo, Julián. 2013. “La frontera invisible. Reflexiones en torno al populismo, el pueblo y las identidades políticas en la Argentina (1946-1949)”. En Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo, Gerardo Aboy Carlés, Sebastián Barros y Julián Melo, 65-90. Buenos Aires: UNGS-UNDAV Ediciones.

Milne, Natalia y Cristian Acosta. 2018. “Yrigoyenismo, gaitanismo y los populismos latinoamericanos de la primera mitad del siglo xx”. Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos (67): 95-118.

Mouffe, Chantal. 2009. En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

______. 2018. Por un populismo de izquierda. Buenos Aires: Siglo XXI.

Navarrete-Cazales, Zaira. 2015. “¿Otra vez la identidad? Un concepto necesario pero imposible”. Revista Mexicana de Investigación Educativa 20 (65): 461-479.

Oquist, Paul. 1978. Violencia, conflicto y política en Colombia. Instituto de Estudios Colombianos, Biblioteca Banco Popular.

Palacios, Marco. 1971. El populismo en Colombia. Bogotá: Siuasinza.

Plotkin, Mariano. 1993. Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1954-1955). Buenos Aires: Ariel.

______. 2007. El día que se inventó el peronismo. La construcción del 17 de Octubre. Buenos Aires: Sudamericana.

Quiroga, María Virginia. 2017. Identidades políticas y movilización social. Un estudio comparado de la CTA en Argentina y del MAS-IPSP en Bolivia en la transición del siglo XX al XXI. Villa María: EDUVIM.

Quiroga, María Virginia y Ana Lucía Magrini. 2014. “La constitución de un concepto iterativo en América Latina. Tensiones y polémicas en torno al populismo”. Fundamentos en Humanidades año XV (2): 27-40.

Rancière, Jacques. 1996. El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.

______. 2004. “Política, identificación, subjetivación”. Metapolítica 8 (36): 26-32.

Rawls, John. 1994. Liberalismo político. Buenos Aires: Paidós.

Sánchez, Gonzalo. 1983. Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia. Bogotá: Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán.

Sánchez, Gonzalo y Ricardo Peñaranda, comps. 1986. Pasado y presente de la Violencia en Colombia. Bogotá: Editorial CEREC.

Schaufler, María Laura y Leila Martina Passerino. 2014. “Identificaciones políticas y subjetividad: discurso, imaginario y afectividad para una relación con lo cultural”. Revista Sujeto, Subjetividad y Cultura (7), 5-14.

Stavrakakis, Yannis. 2007. Lacan y lo político. Buenos Aires: Prometeo-UNLP.

Torre, Juan Carlos. 1990. La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo. Buenos Aires: Sudamericana, Instituto Torcuato Di Tella.

______, comp. 1995. El 17 de Octubre de 1945. Buenos Aires: Ariel.

Urrutia, Miguel (1991) “On the absence of economic populism in Colombia”. En The macroeconomics of populism in Latin America, editado por Rudiger Dornbusch y Sebastian Edwards, 369-391. Chicago: University of Chicago Press.

Žižek, Slavoj. 2003. El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires: Siglo XXI.

*Agradecemos las valiosas observaciones y recomendaciones realizadas por Juan Manuel Reynares y Cristian Acosta Olaya a una versión preliminar de este texto.

1Ejemplos ampliamente referenciados en el campo académico podrían encontrarse en las perspectivas marxistas ortodoxas, que entienden la identidad como un derivado de la posición de los actores en la estructura económica, esto es, como variable dependiente de la condición de clase; o en los enfoques de la llamada “democracia deliberativa” que, desde John Rawls a Jürgen Habermas, parten de la comprensión de los actores como sujetos racionales e igualmente capacitados para un intercambio codificado en torno a la definición de los principios de justicia (Rawls 1994) o la delimitación de la esfera pública (Habermas 1999).

2Este término ha sido acuñado por Oliver Marchart (2009) para caracterizar un conjunto de perspectivas recientes en la teoría política contemporánea, como las reflexiones de Alain Badiou, Chantal Mouffe, Ernesto Laclau, Jacques Rancière, Jean Claude Nancy, Judith Butler, Slavoj Žižek (entre otros), que se ubicarían entre dos posturas extremas, la fundacionalista y la antifundacionalista. El fundacionalismo, propio de la narrativa moderna, afirma la posibilidad de establecer fundamentos últimos de lo social, mientras que el antifundacionalismo, característico del posmodernismo “vulgar” (como el autor lo define), anuncia la ausencia de todo fundamento. Es, entonces, entre estos dos extremos que se dirime el posfundacionalismo, el cual postula una crítica a ambas narrativas, debilitando el estatus ontológico de “los fundamentos últimos”, aunque afirma la posibilidad de construir fundamentos relativos, precarios y contingentes.

3En el presente capítulo se subrayan los puntos en común y las líneas de investigación compartidas entre ambos autores, sustancialmente explayados en la obra Hegemonía y estrategia socialista (1987 [1985]). No obstante, cabe reconocer los singulares aportes de cada uno de ellos en el campo de estudios sobre las identidades, el populismo, la ciudadanía y los movimientos sociales. Laclau se ha mostrado centralmente preocupado por el análisis del populismo como una peculiar lógica política basada en la construcción de un pueblo; en ese sentido, trabajó sobre nociones clave como dislocación, antagonismo y hegemonía. Por su parte, Mouffe se enfocó en la perspectiva agonal de la política, el rechazo a la pospolítica, la reivindicación del feminismo y las luchas sociales como bases para un populismo de izquierda. Sobre este último punto, remitimos a la obra más reciente de la autora (Mouffe 2018).

4Parafraseando a Umberto Eco (1968).

5Nos referimos a Politics and Ideology in Marxist Theory: Capitalism, Fascism, Populism. La obra fue editada por primera vez, en inglés, hacia 1977. En 1978, la editorial Siglo XXI publicó la primera versión en español, en Madrid.

6El modelo arquetípico de esta mirada son los postulados de la sociología de la modernización de Gino Germani y el estructural-funcionalismo de Torcuato Di Tella, dos perspectivas de profusa difusión en América Latina. Para ampliar las referencias a algunas interpretaciones esencialistas y peyorativas sobre el populismo, y su particular distinción con la obra Laclau, puede revisarse Quiroga y Magrini (2014).

7En otros escritos hemos apelado también a la figura de las “víctimas del daño”, de Jacques Rancière (1996), para distinguir a quienes justamente se sienten dañados por un orden comunitario que consideran injusto y que no hace lugar a sus demandas (Quiroga 2017). Para una profundización de los posibles vínculos entre la teoría laclausiana y la perspectiva del autor francés, véanse los trabajos de Sebastián Barros (2006; 2010).

8Dentro de la vasta bibliografía sobre el tema, producida por los estudios poslaclausianos, nos interesan aquí en particular los trabajos de Benjamin Arditi (2009), Gerardo Aboy Carlés (2001; 2013), Sebastián Barros (2002; 2010; 2013; 2017) y Yannis Stavrakakis (2007). Los textos de Aboy Carlés y de Barros son especialmente sugestivos, en cuanto operativizan la teoría política del discurso mediante la imbricación de la reflexión en torno a las identidades, los modos de identificación política y la lógica de los populismos. En una perspectiva adyacente, Stavrakakis propone repensar los cruces entre el psicoanálisis lacaniano y la noción de identidad en Laclau. Los aportes de Arditi son importantes para tomar distancia del entendimiento esencialista de las identidades, como del relativismo absoluto; en ese sentido, el autor incorpora la noción de identificaciones metaestables.

9Si bien el tema no es objeto de este escrito, conviene precisar que hay un estrecho vínculo entre las consideraciones de la teoría política del discurso en torno a los procesos de identificación y subjetivación política, y los aportes del psicoanálisis lacaniano. Siguiendo a Lacan, Laclau (2000) argumenta que el sujeto se constituye como sujeto de una falta. Falta o vacío de un fundamento último, de un origen esencial o primario sobre el cual los procesos de subjetivación emergerían. Sin embargo, si la falta constituye un límite para toda constitución plena del sujeto, esta es al mismo tiempo aquello que tracciona al sujeto a la constante búsqueda (siempre imposible) por suturarla. Para decirlo en términos psicoanalíticos, el radical vacío de la falta motoriza el deseo o la búsqueda siempre errática del sujeto por cerrar su identidad de una vez y para siempre. Para una profundización de las dimensiones afectivas y el papel del deseo en los procesos de subjetivación política, remitimos al trabajo antes referido de Stavrakakis (2007) y al texto de Lorio y Vargas (2015).

10Nuevamente, aquí es perceptible la recepción de la teoría lacaniana, pues la fantasía no opera como un mero “enmascaramiento de la realidad”, sino como un mecanismo, ideológico y sintomático, que la hace posible. “El nivel fundamental de la ideología […] no es el de una ilusión que enmascare el estado real de las cosas, sino el de una fantasía (inconsciente) que estructura nuestra propia realidad social” (Žižek 2003, 61). En otros términos: “la operación distorsiva consiste precisamente en crear esa ilusión, es decir, en proyectar en algo que es esencialmente dividido la ilusión de una plenitud y auto-transparencia que están ausentes” (Laclau 2002, 17; resaltados propios).

11La relativa estructuralidad supone el fracaso de la constitución plena de toda estructura, es decir, ni total indeterminación ni total determinación estructural, sino estructuralidad fallida.

12Se utiliza la expresión “dislocación” como cambio de posición o lugar, es decir, para mostrar una ruptura o fisura con el orden vigente y una proposición alternativa. Véase el tratamiento especial de esta noción en Laclau (2000).

13Conviene precisar que en la obra colectiva de Aboy Carlés, Barros y Melo (2013) que aquí estamos siguiendo, los autores recuperan dos figuras o acepciones del término “pueblo” precisadas por Jacques Rancière (1996): plebs y populus. De acuerdo con el filósofo francés, esa distinción remite a una doble valía del vocablo: el primero refiere al pueblo como una parte de la comunidad, parte que además se presenta como excluida o dañada, la parte que no ha sido contada en el todo comunitario, “los menos privilegiados”, “los pobres”, “las víctimas del daño”, “la multitud”, “el populacho”, “los postergados”, entre otras figuras posibles. Mientras que el segundo sentido, el populus, remite al pueblo como el cuerpo de ciudadanos o conjunto de miembros de una comunidad.

14Para un estudio comparado entre yrigoyenismo y gaitanismo, que recupera las formulaciones de Aboy Carlés, véase: Milne y Acosta (2018).

15Retomando parte de estas reflexiones teóricas, Julián Melo se detuvo en formular algunas preguntas y ensayar respuestas plausibles, en torno a si es posible observar “en un determinado campo de disputa política la lucha entre varias formas de populismo” (Melo 2013, 75). El autor analiza allí la especial porosidad de las fronteras políticas del peronismo durante los primeros años de emergencia y advirtió más de un campo identitario con rasgos populistas en competencia.

16Remitimos al lector al libro de Alejandro Groppo, Los dos príncipes: Juan D. Perón y Getulio Vargas. Un estudio comparado del populismo latinoamericano (2009), una obra receptora de la teoría laclausiana, que realiza un estudio comparado entre varguismo y peronismo.

17Para un interesante análisis del cardenismo y la recepción del discurso revolucionario mexicano en su proyecto educativo, referimos al trabajo de Buenfil, Cardenismo. Argumentación y antagonismo en educación (1994). Sobre las articulaciones políticas en torno al cardenismo, véase también Aibar Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana (2009).

18Nótese aquí el aporte de la perspectiva posestructuralista, y de la teoría política del discurso en particular, al subrayar la diferencia entre el rasgo totalitario y el hegemónico como vía para indagar la potencialidad y el límite de las experiencias históricas analizadas. Agradecemos esta pertinente observación a Juan Manuel Reynares.

19En el capítulo 2 de esta obra se encuentran referencias específicas sobre este asunto en los estudios sobre peronismo y gaitanismo.

20Es ineludible la mención del trabajo de Daniel James (2004) sobre este punto. Para el investigador británico, una forma “épica implica la identificación del individuo con la comunidad y sus valores, y deja poco lugar a la expresión de la identidad individual. Este modelo básico se complementa con la presencia de otra estructura narrativa, la del romance, por medio de la cual puede contarse una historia más específicamente individual del yo” (p. 166).

21Se trata de un texto ampliamente difundido durante los años peronistas, publicado por primera vez en 1951 por Peuser, reeditado por la misma editorial en 1952 y 1954, y establecido como lectura obligatoria en las escuelas en los días próximos a la muerte de Eva Perón. Luego de la caída del peronismo, el libro fue censurado.

22Para una profundización sobre la cuestión narrativa y su vínculo con los populismos, remitimos a otro trabajo propio (Magrini 2018) y al capítulo 2 de este volumen.

23El 17 de octubre de 1945 se produjo una multitudinaria movilización popular y obrera, que se concentró en Plaza de Mayo, para exigir la liberación del entonces coronel Perón, quien había sido detenido y apartado de sus cargos de secretario de Trabajo y Previsión, y vicepresidente y ministro de Guerra, funciones que ejercía en el marco de la Revolución de Junio (Gobierno de facto). Vale subrayar que la denominación y el sentido del acontecimiento son objeto de un profuso debate político e intelectual en la Argentina, debate que por su extensión y diversidad de posicionamientos no podemos abarcar aquí. No obstante, conviene adelantar que el 17 de octubre fue representado por el discurso oficial del peronismo (el justicialismo) como “el día de la lealtad” del pueblo y de los trabajadores a Perón, y que ese sentido fue cuestionado entre 1946 y 1947 por un sector inicialmente articulado al movimiento y posteriormente desplazado (el laborismo). Por otra parte, desde el arco de los antiperonismos, los sucesos del 17 de octubre también fueron objeto de cuestionamiento y, en efecto, algunas interpretaciones antiperonistas llegaron a negar que Perón se encontrara recluido, y a significar a Perón y al pueblo movilizado bajo figuras especialmente peyorativas del pueblo. Para un análisis historiográfico de las interpretaciones sobre el 17 de octubre y las figuras del pueblo en contrapunto con las representaciones sobre el 9 de abril en Colombia, véase Magrini (2018). Para los lectores interesados en el tema, remitimos a dos textos históricos sobre el 17 de octubre como mito fundacional del peronismo: Mariano Plotkin, Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1993) y del mismo autor, El día que se inventó el peronismo. La construcción del 17 de Octubre (2007). Un trabajo que cuestiona algunas ideas desarrolladas por Plotkin, en las que se imbrican dimensión simbólica, ritualidad y manipulación durante el primer peronismo, es el libro de Groppo (2009) antes referido. Otros aportes valiosos son el clásico libro de Félix Luna, El 45. Crónica de un año decisivo (1971 [1969]); el trabajo de Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo (1990), y la obra compilada por el autor que recupera diversas miradas sobre el acontecimiento, El 17 de Octubre de 1945 (1995).

24Entre esos factores se encuentran el apoyo de gremios autónomos a Perón, la masiva espontaneidad de miles de trabajadores y trabajadoras que se plegaron a la movilización para llegar a Plaza de Mayo, el papel no protagónico, aunque sí decisivo, de la Confederación General del Trabajo, que “sirvió para comunicar [el paro] a los sindicatos que estaban en estado de alerta […], y a los trabajadores, en general” (Torre 1990, 136); y si bien hubo represión por parte del Gobierno de facto, contribuyó al éxito de la extensa jornada el hecho de que, en las horas decisivas del 17 de octubre, la acción represiva no derivó en un feroz enfrentamiento con las multitudes, como sí sucedió en Colombia durante el 9 de abril, por ejemplo. Esta es precisamente la hipótesis contrafáctica sobre el 17 de octubre que recientemente ensayó Alejandro Grimson (2019).

25En la obra de Grimson (2019, 13-14) se remarca la pertinencia de pensar al peronismo en plural, como “los peronismos”, dado que este no podría entenderse sin dar cuenta de sus matices y variaciones en diferentes situaciones históricas y en permanente vinculación con su contrario: los antiperonismos. Otras referencias a estudios recientes en torno al arco opositor al peronismo se encuentran en el capítulo 4 de este libro.

26Siguiendo la distinción de diversos niveles de heterogeneidad propuesta por Barros (2018).

27En adelante, los resaltados (cursivas) de las citas son nuestras.

28La expresión “Bogotazo” circuló inicialmente en la prensa nacional e internacional en la coyuntura del magnicidio de Gaitán y es el sentido que, hasta nuestros días, ha tenido mayor difusión mediática dentro y fuera de Colombia. Sin agotar la multiplicidad de aspectos que se discuten cuando en Colombia se habla del 9 de abril, del Bogotazo y del día en que mataron a Gaitán, conviene precisar que las primeras representaciones sobre el levantamiento popular estuvieron sobredeterminadas por las figuras del “pueblo monstruo”, “pueblo chusma” y el “pueblo turba”. Dichas representaciones, especialmente peyorativas, que circularon en libros, ensayos, testimonios, artículos periodísticos y discursos públicos de la época y que fueron formuladas, entre 1948 y 1953, por actores asociados al antigaitanismo, no desaparecieron por completo en el transcurso de los años, sino que permearon y se fundieron con las construidas por las ciencias sociales (Magrini 2018, 229-275). En los años ochenta, de la mano de la renovación científica producida por los estudios sobre las violencias, los sucesos del 9 de abril fueron reinterpretados y algunas ideas bastante sedimentadas (como la supuesta reducción de los hechos de abril de 1948 a la capital del país) fueron objeto de revisión. De la abundante bibliografía sobre el tema, para los lectores interesados, remitimos a los siguientes trabajos: los libros de Arturo Alape que reconstruyen polifónicamente los sucesos del 9 de abril: El Bogotazo: memorias del olvido (1985a) y La paz, la violencia: testigos de excepción (1985b); los trabajos de Jacques Aprile Gniset, El impacto del 9 de abril sobre el centro de Bogotá (1983) y de Gonzalo Sánchez, Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia (1983); el libro de Herbert Braun, Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia (2008 [1985]), y la compilación de Sánchez y Peñaranda, Pasado y presente de la Violencia en Colombia (1986), que reúne diversas interpretaciones sobre el 9 de abril y la violencia. Una publicación que recoge aportes recientes en torno al 9 de abril es el libro editado por César Ayala, Óscar Casallas y Henry Cruz, Mataron a Gaitán: 60 años (2009). Para una perspectiva crítica respecto al uso que en Colombia se le da a la expresión “Bogotazo”, véase el trabajo de Gloria Gaitán (2020).

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
465 s. 9 illüstrasyon
ISBN:
9789587846249
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar