Kitabı oku: «Análisis sociológico del discurso»

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El Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC) y el Instituto Universitario de Creatividad e Innovaciones Educativas (IUCIE) de la Universitat de València, han colaborado en la edición de este libro.


© De los textos: los autores, 2019

© De las traducciones (caps. 1, 3, 4, 6, 8 y 10): Benno Herzog, 2019

© De esta edición: Universitat de València, 2019

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa Corrección: Letras y Píxeles S.L. Cubierta:

Ilustración: Mural en espacio público (zona Marina Real, Valencia)

Fotografía: Susana Parra Beneyto

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-468-1

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: El análisis del discurso en sociología, Benno Herzog, Jorge Ruiz

1. El análisis del discurso basado en la sociología del conocimiento, Reiner Keller

2. Sociohermenéutica: fundamentos y procedimientos para la interpretación sociológica de los discursos, Jorge Ruiz, Luis Enrique Alonso

3. Análisis Posfundacional del Discurso, Emilia Palonen, Taavi Sundell

4. Análisis del discurso después del estructuralismo: los enunciados polifónicos en el espacio social, Johannes Angermuller

5. Análisis del discurso como crítica social: aportaciones desde la teoría crítica frankfurtiana, Benno Herzog

6. Métodos cuantitativos del análisis del discurso. Aplicaciones a la investigación de sociedades del conocimiento en la era digital, Ronny Scholz

7. Análisis reticular del discurso, Joan Miquel Verd

8. Análisis etnográfico del discurso, Felicitas Macgilchrist, Tom Van Hout

9. El análisis sociológico del sistema de discursos, Marina Requena i Mora, Fernando Conde Gutiérrez del Álamo, José Manuel Rodríguez Victoriano.

10. Análisis de dispositivos: reflexiones sobre la relación entre discursos, sujetos, objetos y prácticas, Andrea D. Bührmann, Werner Schneider

PERFIL DE LOS AUTORES

INTRODUCCIÓN:

EL ANÁLISIS DEL DISCURSO EN SOCIOLOGÍA

Benno Herzog Jorge Ruiz

Tanto en el ámbito académico, especialmente en las Ciencias Sociales y Humanidades, como en el espacio público-político, se habla últimamente mucho de discursos. Cuanto más se escucha esta noción, más puede parecer que se trata de un concepto autoevidente, como si discurso y lo dicho o lo escrito fueran sinónimos. No obstante, quien tenga este monográfico entre las manos probablemente ya tiene una primera idea, por poco desarrollada que sea, de que discurso es más que texto, de que discurso y análisis de discurso tienen que ver, además de con lenguaje, también con poder y conocimiento. Probablemente haya oído hablar de Michel Foucault y tiene la todavía difusa sensación de que los estudios del discurso, en general, pueden ser de ayuda para desentrañar mecanismos sutiles de poder en nuestras sociedades.

Ahora bien, quien se adentra con interés en el ámbito del estudio de los discursos, es decir, tanto en la teoría del discurso como en su análisis, advierte fácilmente la diversidad que reina en este campo específico. Observa que se trata de un campo emergente que ha suscitado el interés de múltiples disciplinas. Y aunque es probablemente la lingüística la que en las últimas décadas más ha trabajado estos temas, hoy en día la noción del discurso se utiliza con éxito también en ciencias políticas, historia, psicoanálisis, ciencias de la educación, trabajo social y sociología, por nombrar solo algunas. Cada una de estas disciplinas aporta sus tradiciones, temas de interés, métodos y técnicas, y de esta forma crea el campo inmensamente rico, pero difícilmente penetrable, de los estudios del discurso. A esta variedad de disciplinas podemos añadir la variedad de tradiciones intelectuales que traspasan los campos particulares. El postestructuralismo, la pragmática y la hermenéutica son quizá las tradiciones más importantes que han influido y siguen influyendo en los estudios del discurso. Del postestructuralismo, el análisis del discurso toma la comprensión de que la complejidad del mundo se puede reducir a una serie de reglas constitutivas que preceden al individuo y que le limitan en su libertad de creación. La pragmática, por su parte, nutre el análisis del discurso con la idea de que el significado y el orden social son el resultado de una constante negociación entre actores que tienen que esclarecer situaciones socialmente subdeterminadas. Y de la hermenéutica, finalmente, el análisis de los discursos toma la comprensión de que quien busca un acceso al mundo inevitablemente tendrá que pasar por un proceso de constante interpretación de signos que a menudo son ambiguos.

Lo más normal es que el/la principiante en materia de discurso se desoriente fácilmente. Estudiosos/as en el campo, que ya no solo es inter o transdisciplinario sino que con alguna razón podemos denominar posdisciplinario, necesitan por regla general varios años para generarse una visión panorámica. Algunas publicaciones pueden ayudar a establecer esta visión general (por ejemplo, Angermuller et al., 2014). Otras, por el contrario, están inmersas en las luchas académicas de definiciones, delimitaciones y fronteras, por lo que presentan un enfoque particular como la forma emblemática de teoría del discurso o de hacer análisis del discurso. Esta lucha en el ámbito académico sobre el contenido de los estudios de discurso fácilmente puede desconcertar a quien busca información estandarizada y canónica. En el ámbito de los estudios del discurso, por el momento encontramos menos consenso que diversidad.

1. LA POLIFONÍA DE LA NOCIÓN DEL DISCURSO

La noción de discurso es uno de estos conceptos que se suelen utilizar a diario en el espacio público. Etimológicamente viene del latín discursus, que es el participio perfecto de discurrere y que significa ‘discurrir’ o ‘ir por ahí’ o ‘transitar’. Hace referencia entonces a la capacidad inventiva y creadora del discurso y a su carácter de camino o proceso. Hablamos del discurso de algún político o del discurso de la profesora en clase. Aquí parece que simplemente se quiere decir que el político o la profesora en cuestión han dicho algo y que este algo tiene una cierta extensión. Como ocurre también con otros conceptos, en el ámbito científico la noción de discurso suele utilizarse de manera ligeramente diferente. No obstante, lo primero que salta a la vista cuando uno se adentra en el campo multidisciplinario de los estudios del discurso es que parecen coexistir de manera relativamente pacífica varias nociones de discurso. Incluso cuando limitamos nuestra búsqueda por definiciones al campo de la sociología, todavía existe una enorme pluralidad que a veces incluso dificulta la comunicación entre los miembros de una misma comunidad científica.

En su surgimiento, en todas las nociones del discurso destaca una característica fundamental que diferencia discurso de otros conceptos colindantes, como texto o lenguaje. Todas las nociones de discurso tienen en común que lo entienden como un acto, más en concreto como un acto de habla, el cual incluye por supuesto la escritura. Fue el filósofo británico John Austin (1971) quien estableció las bases de esta comprensión con su libro Cómo hacer cosas con palabras.

Una jueza que declara culpable a un acusado no solo pronuncia palabras en un espacio vacío, sino que dicta una sentencia. También cuando una jueza o un cura declara que, a partir de ahora, dos personas forman un matrimonio, está haciendo algo que tiene amplias consecuencias para los/as implicados/as. Otro ejemplo muy claro de hacer algo con palabras es cuando prometemos algo. No solo pronunciamos palabras, sino que creamos una obligación normativa frente a otra(s) persona(s). En definitiva, los discursos son más que signos que pertenecen a la esfera de lo simbólico. Tienen consecuencias para las prácticas de las personas, para sus relaciones sociales, para la realidad material e incluso para otros discursos. Podríamos ofrecer entonces con Austin una primera definición de discurso. Este sería un intercambio de actos de habla.

Pero no solo hay un cierto consenso en que los discursos, en tanto que actos, tienen efectos. También existe consenso en cuanto a la idea de que los discursos tienen causas, es decir, que son producto de personas, relaciones sociales, prácticas, materialidades y también de discursos precedentes. Son seres humanos e instituciones los que pronuncian palabras, los que participan en la creación de los discursos. Sus prácticas y la infraestructura material de la que disponen influyen en la elaboración y la distribución de los discursos. Los discursos, por tanto, siempre tienen que ver con texto, prácticas y contextos.

A continuación, presentamos una gran cantidad de definiciones que no hay que entender como mutuamente excluyentes. Más bien ponen el foco en diferentes aspectos del discurso y deben animar a la mirada investigadora a elegir sus propios aspectos de interés. Iñiguez Rueda (2003: 104) ofrece no menos de seis definiciones de discurso para Ciencias Sociales y Humanidades:

a) «Discurso como enunciado o conjunto de enunciados dicho/s efectivamente por un/a hablante».

En este sentido podríamos hablar del discurso de un profesor o del discurso de la ministra de Agricultura, sin olvidar que lo que dice tiene causas y efectos y que es resultado de prácticas y contextos que a su vez influyen en prácticas y contextos.

b) «Discurso como conjunto de enunciados que construyen un objeto».

Como ejemplos podríamos mencionar aquí el discurso sobre la energía nuclear o el discurso sobre la inmigración. Mientras que en algunos casos de discursos especiales el conjunto de enunciados está bastante bien delimitado, en la mayoría encontraremos demasiados enunciados como para llegar a conocerlos todos.

c) «Discurso como conjunto de enunciados dichos en un contexto de interacción».

d) «Discurso como conjunto de enunciados en un contexto conversacional».

Estas dos definiciones parecen casi idénticas. No obstante, para Iñiguez la primera hace referencia a la capacidad de acción de los individuos, de los/as participantes (siempre en un contexto específico). La interacción subraya la simultaneidad y la capacidad creativa de los actores sociales. El término conversacional en la segunda definición hace referencia a un espacio normativo. En una conversación los/as participantes ya se reconocen previa y mutuamente como interlocutores/as. Teniendo en cuenta que una conversación consiste en algo más que solo el texto y que abarca también la disposición de los/las hablantes en el espacio, gestos, entonación, etc., para algunos enfoques conversación y discurso vienen a significar lo mismo.

Además, respecto a la noción de contexto encontramos también importantes diferencias nacionales y según corrientes académicas. En el ámbito anglosajón y en la etnometodología, el contexto a menudo se refiere a interacciones concretas y presenciales en las que se crean orden, significados y posicionamientos. En España esta sería también la comprensión del contexto en el «Análisis sociológico del sistema de discursos» de Fernando Conde (2009; véase también el capítulo de Requena, Conde y Rodríguez en este libro). Por el contrario, en gran parte de las corrientes influenciadas por Foucault, contexto se refiere a algo que va más allá de la situación concreta, haciendo referencia a comunidades de discurso más amplias que generan sentido social.

e) «Discurso como conjunto de constricciones que explican la producción de un conjunto de enunciados a partir de una posición social o ideología particular».

En esta definición ya no son los enunciados los que definen un discurso, sino las condiciones que explican su creación. También en las definiciones anteriores, enunciados y contexto formaban parte de la definición de discurso. No obstante, aquí su orden parece invertido. Ahora bien, el resultado tampoco es tan diferente. Así, podríamos hablar de un discurso de izquierdas o un discurso neoliberal. No sería esto lo mismo que el discurso sobre la izquierda o el discurso sobre el neoliberalismo. Más bien parece que hay que seguir ciertas reglas de producción para que los enunciados sean percibidos como parte de un discurso de izquierdas o de un discurso neoliberal. Esta lógica nos lleva un paso más hacia las condiciones de producción, centrales en la última de las definiciones ofrecidas por Iñiguez:

f) «Discurso como conjunto de enunciados para los que se pueden definir sus condiciones de producción».

El problema (o la ventaja) aquí es que condiciones es un término muy amplio y puede remitir a condiciones ideológicas, materiales, prácticas, discursivas, etc., para definir qué es un discurso. Puede referirse a condiciones muy concretas en un momento histórico específico o a las condiciones sociales de toda una época. La Edad Media tenía unas condiciones de producción de discurso sobre la verdad distintas a las de la Modernidad. Pero igualmente una clase universitaria de introducción a la sociología puede tener unas condiciones muy diferentes a las de un tribunal de defensa de un trabajo de fin de grado.

Jürgen Link (1986) ofrece una muy elegante y sencilla definición que englobaría las anteriores, según la cual un discurso es una forma institucionalizada de habla. Con el término institucionalizada hace referencia a que existen ciertas reglas que estructuran, aunque no determinan, los actos de habla, dejando de lado si las estructuras pertenecen a un contexto, un objeto, una ideología, un hablante, etc.

Como venimos diciendo, discurso siempre es más que solo texto, enunciados o lenguaje. Incluye la referencia a actos, prácticas mediante las cuales los/as implicados/as hacen algo. Igualmente incluye contextos que pueden ser momentos histórico-sociales, hablantes, ciertas normas, situaciones, etc. Para Angermuller et al. (2014) es justamente este triángulo de lenguaje, prácticas y contexto lo que perfila el análisis del discurso. E independientemente de si hablamos de lenguaje, prácticas o contexto, se hace referencia a un cierto orden, una cierta regularidad, una estructura por muy frágil que sea.

Como deja entrever la referencia a la existencia de un conjunto de enunciados, no podemos detectar un discurso a partir de muy pocas palabras o unas pocas prácticas o unos pocos elementos de contexto. Para poder hablar de una regularidad, un discurso debe tener una cierta dimensión, aunque conocemos discursos de extensiones muy variadas. Al mismo tiempo, la mayoría de las definiciones hacen referencia también a que hay varios elementos que componen un discurso como unidades discursivas. Esto pueden ser palabras, frases, afirmaciones, actos de habla, enunciados, textos completos... En este sentido Michel Foucault también habla de formaciones discursivas como conjuntos dispersos pero relacionados de enunciados.

Ahora bien, también existe una serie de definiciones que aluden al resultado del discurso. Así, Angermuller define por ejemplo discurso como «una relación comunicativa o de sentido producido mediante enunciados» (Angermuller, 2014: 75). Destaca aquí que la relación comunicativa o el objeto/tema no existe previamente a los actos de habla, sino que se crea a través de ellos. El discurso sería entonces esta relación específica o un sentido (social). El sentido, o los sentidos, no serían inherentes a los objetos, sino el resultado de un uso específico de signos. Estos pueden ser textos orales o escritos o todo tipo de signos no-lingüísticos. Una definición parecida ofrece Keller (2005) cuando entiende discurso como sentido compartido intersubjetivamente. Y Angermuller y Nonhoff ofrecen una definición más amplia de discurso específicamente para las Ciencias Sociales como «la producción de sentido social, entendido como representación, trasmisión y constitución simbólico-lingüística de objetos sociales en procesos comunicativos» (Angermuller y Nonhoff, 2014: 82).

Ahora bien, si antes hemos hablado de signos y comunicación que crean sentido social, no nos tenemos que limitar al ámbito lingüístico. Consecuentemente, Ruiz define en un sentido muy amplio discurso para la sociología como «cualquier práctica por la que los sujetos dotan de sentido a la realidad» (Ruiz, 2009). Ahora, también actos como pasear, cocinar o poner flores en un despacho pueden ser entendidos como actos comunicativos que dotan de sentido a una situación, un espacio o, en general, a un objeto social.

En este enfoque, los signos lingüísticos no necesariamente constituyen el centro de la atención. El lenguaje solo es un medio para llegar a otros objetivos, y estos objetivos suelen estar relacionados con los tres grandes tópicos de la investigación del discurso:

1. Saber, es decir, el sentido, los conocimientos y su relevancia práctica.

2. Poder, que solo raras veces es un poder personal sino que generalmente se entiende como un poder estructural, supraindividual.

3. Procesos de subjetivación, es decir, mecanismos y procedimientos que crean posiciones de sujetos en el campo social.

Una distinción que se puede hacer también respecto de la investigación empírica es entre discursos naturales y discursos provocados. Serían discursos naturales todos aquellos que se producen con independencia del/de la investigador/a. Debates parlamentarios, discusiones sobre la educación de los propios hijos/as o artículos periodísticos son solo algunos ejemplos de actos de habla que se producen con regularidad y que podrían ser objeto de un análisis del discurso. Por otra parte, a menudo los/as investigadores/as provocamos la producción lingüística haciendo entrevistas, grupos de discusión, grupos focales o utilizando otras técnicas de investigación social. En este caso hablamos de discursos provocados. Hay que advertir aquí que provocado no es lo mismo que creado por un/a investigador/a. Por un lado, siguen siendo los sujetos participantes quienes formulan palabras y frases, quienes crean y relacionan enunciados. Por otro lado, con frecuencia discurso hace referencia a algún tipo de estructura impersonal. Sería entonces como si el discurso hablase a través de los/as participantes de una investigación. En los macroenfoques hacia el discurso incluso se suele intentar abstraer la situación artificial de la creación de este tipo de textos –algo que por otro lado se le puede criticar–. Aquellos enfoques más cerca del análisis conversacional son los que en mayor medida se interesan y prestan mayor atención por la situación concreta, generalmente artificial, con sus micromecanismos de poder.

2. LIMITACIONES DEL DISCURSO

Ahora bien, con estas definiciones tan amplias que incluyen lenguaje, prácticas, texto, contexto, saberes y sus respectivas relaciones, se puede tener la sensación de que prácticamente todos los fenómenos de la vida social podrían incluirse de una u otra forma en un concepto de discurso. Por ello, en el análisis del discurso también nos debemos preguntar por los límites del discurso. Esto significa plantearnos dos cuestiones básicas: por un lado, qué no es discurso, es decir, para qué fenómenos sociales necesitamos otra terminología y otros enfoques teóricos para describirlos, y, por otro lado, que puede haber distintos discursos. Si no es lo mismo el discurso sobre la energía nuclear que el discurso sobre la excelencia académica, entonces debe haber delimitaciones entre los discursos, fronteras más o menos identificables que separen un discurso de otro. La segunda cuestión sería, entonces, qué constituye las fronteras de un discurso o qué diferencia un discurso de otro.

Quizá esta segunda pregunta sea más fácil de responder. Si un discurso está relacionado con unas reglas que producen conjuntos de enunciados –independientemente de si las reglas se definen por el contexto en que se producen, el objeto que constituyen, los saberes que crean, etc.–, entonces las fronteras del discurso son las fronteras del contexto, del objeto, del saber... Otro discurso se produciría entonces en otros contextos y constituiría otros objetos o saberes. Lo que en la teoría parece fácil en la práctica resulta casi imposible, ya que puede parecer que podemos casi arbitrariamente definir las fronteras. Podemos analizar el discurso político en el contexto de los parlamentos o podemos definir que el contexto incluye también otros escenarios en los que los/as políticos/as se pronuncian, como ruedas de prensa o programas de televisión. ¿Y quién dice que el contexto del discurso político solo incluye contextos en los que aparecen políticos/as? ¿No sería interesante incluir también en nuestra definición de contexto a actores no gubernamentales tales como medios de comunicación, ONG y la sociedad civil, y por tanto incluirlos también en nuestra definición de discurso político?

Los mismos problemas surgen cuando intentamos delimitar un discurso con referencia a un objeto (de saber). ¿Cómo delimitar por ejemplo un objeto como la energía nuclear? Este objeto tiene relaciones con el medio ambiente y la sostenibilidad. Tiene relación con el uso militar de la tecnología y, por tanto, con cuestiones de guerra y paz. Igualmente está relacionado con la soberanía energética y con los modelos de producción basados en el uso masivo de energía. Y también aparecen aspectos como la vulnerabilidad de las instalaciones frente a los desastres naturales o a los ataques terroristas. Además, cada uno de estos aspectos incluye una gran cantidad de nuevos subaspectos y ramificaciones.

En la práctica investigadora raras veces encontramos fronteras claras entre los discursos. Más bien encontramos un centro, definido por nuestro interés, y una serie casi infinita de aspectos relacionados. No existen delimitaciones naturales. Los/as investigadores/as tienen que justificar por qué establecen el límite de un discurso de una forma y no de otra, en plena conciencia de que otras delimitaciones son también posibles. Por ejemplo, resulta perfectamente posible incluir el antisemitismo como parte del discurso racista. Igualmente encontramos buenos argumentos para decir que el antisemitismo tiene otras reglas de producción diferentes al racismo y, por tanto, que se trata de dos discursos diferentes.

Si la pregunta por los límites de un discurso frente a otro siempre se muestra débil y está sujeta a la presentación de argumentos y reglas de producción, aún resulta más compleja la cuestión de qué no es discurso. ¿Qué espacio social no está construido discursivamente? A veces encontramos el discurso en singular como sinónimo de «dimensión simbólica o semiótica de la generación de orden social y cultural y de la producción de sujetos por antonomasia» (Angermuller, 2014: 75). Paradigmáticamente la famosa lección inaugural de Michel Foucault (1999) se llamó «El orden del discurso», y no tenía en mente discursos particulares, sino el discurso como (frágil) principio estructurante de lo social.

En este caso, hablaríamos de discurso como principio de orden social que puede abarcar la totalidad de la vida social. Pero existe otra perspectiva que parte de la pluralidad de discursos y que al mismo tiempo niega un espacio fuera de los discursos, y con ello niega también la distinción entre lo discursivo y lo nodiscursivo. Estamos hablando aquí de la oferta teórica relacionada con Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1987), quienes afirman que todo es discurso o, más correctamente, que los objetos no pueden constituirse fuera de las condiciones discursivas. Con otras palabras, puede haber fenómenos fuera de los discursos que se producen con independencia de ellos, como un terremoto o un tsunami, pero en el momento en que los seres humanos intentamos aprehender estos fenómenos lo hacemos con palabras, incluyendo estos fenómenos en nuestros preconocimientos, estructuras sociales de sentido, etc. Es decir, los incluimos en discursos. En este sentido, un objeto puede encontrarse fuera de un discurso específico, pero siempre forma parte de otros discursos. En nuestro ejemplo, el tsunami no formaría parte del discurso sobre el arte del baile contemporáneo, pero sí de los discursos sobre la naturaleza, el cambio climático o sobre los riesgos.

3. PRESUPUESTOS, CRITERIOS Y PRINCIPIOS TEÓRICOS Y EPISTEMOLÓGICOS DEL ANÁLISIS DEL DISCURSO

De las distintas aportaciones de la teoría del discurso, podemos extraer una serie de principios o presupuestos epistemológicos que guían y fundamentan su aplicación a la investigación social. Además, hay otros principios que derivan directamente de su uso como método de investigación social cualitativa, como son la flexibilidad como criterio en la aplicación de los métodos de análisis y la peculiar relación de conocimiento entre el sujeto investigador y su objeto de estudio, al que se le reconoce también su condición de sujeto, al menos en parte. Así, podemos formular al menos nueve principios o presupuestos en los que está basada la práctica del análisis del discurso:

a) El análisis del discurso, tanto en sociología como en otras ciencias sociales, se centra en los lenguajes en uso, esto es, en las distintas formas de habla entendidas como actualizaciones contingentes de distintos lenguajes verbales y no verbales.

Se trata, por lo tanto, de un análisis de los usos del lenguaje, más que de los aspectos formales o estructurales de este. En este sentido, aunque también puede interesarse por aspectos estructurales del lenguaje, lo hace de una manera complementaria o subsidiaria. Por lo tanto, es un tipo de análisis más cercano a la lingüística funcional y pragmática, que a la lingüística estructural. No se interesa tanto por el lenguaje como sistema de signos y conjunto de reglas formales, sino más bien por el uso que de este lenguaje hacen los sujetos sociales en sus interacciones cotidianas (comunicaciones, expresiones, etcétera).

b) El análisis sociológico del discurso es necesariamente contextual.

La referencia de los textos a su contexto es una característica específica del análisis del discurso en Ciencias Sociales y, más concretamente, en sociología. De hecho, el análisis del discurso que interesa al/a sociólogo/a consiste básicamente en poner en relación los textos analizados con los contextos en los que han surgido y/o en los que funcionan, esto es, con sus contextos de uso.

El discurso está condicionado por el contexto en el que se formula y en el que funciona, tanto en un sentido inmediato, micro o situacional, como en un sentido meso o institucional y en un sentido macro o propiamente social. La comprensión del discurso requiere atender al contexto inmediato (o micro) en el que se produce: las intenciones de los interlocutores, la situación en la que se da la enunciación... La consideración de este contexto micro del discurso o situación de la enunciación nos permite comprender (o comprender mejor) su sentido. Quizás sea Van Dijk el autor que más y mejor ha estudiado este contexto situacional del discurso desde la lingüística. En este sentido, ha propuesto una aproximación sociocognitiva al contexto discursivo, recalcando la importancia no tanto del contexto inmediato en sí mismo, como del modo en que los actores sociales representan mentalmente estas situaciones (2001: 70 y ss.). Así, centra el análisis en los modelos mentales que los sujetos utilizan para representar sus propias experiencias y las situaciones en las que se ven involucrados, y que incluirían tanto aspectos puramente cognitivos como también valorativos y emotivos.

El contexto meso o institucional, por su parte, ha sido estudiado respecto al análisis del discurso sobre todo desde la sociolingüística, especialmente, la interaccional. Los marcos de la experiencia de Goffman (2006) serían, en este sentido, un ejemplo de contexto meso en la medida en que incorpora a los esquemas mentales que estructuran las situaciones e interacciones sociales, las constricciones normativas y emotivas propias de las instituciones en las que participan los sujetos.

Por último, el contexto macrosocial es quizá el que tiene una influencia más difusa o más indirecta sobre los discursos de los sujetos, pero no por ello menos importante. De hecho, esta referencia al contexto macrosocial como explicación o condicionante de los discursos es lo que confiere un mayor valor sociológico a los discursos, al aportarnos una conexión entre lo dicho y las condiciones sociales necesarias que explican su emergencia. Dentro del carácter vago o evanescente de este contexto macrosocial, hay una dimensión del contexto macro que presenta una mayor concreción y que, en consecuencia, adquiere gran importancia para el análisis sociológico de los discursos. Se trata del llamado contexto intertextual. En efecto, todo texto surge en un contexto que también es en parte textual. Esto es, todo texto surge en diálogo con otros textos que le preceden, que coexisten y que compiten en un mismo momento sociohistórico. El análisis del discurso se realiza, por tanto, necesariamente de manera comparativa: lo que dota de valor social a un discurso es su diferencia/distancia respecto a otros textos/discursos que se encuentran en el mismo medio social y con los que dialoga.

c) El análisis del discurso en Ciencias Sociales siempre es interpretativo.

Para las Ciencias Sociales, el discurso no tiene un interés en sí mismo, sino solo como vía de acceso al conocimiento de aspectos relevantes de la sociedad en la que ha surgido y en la que funciona. Nos interesa el discurso como síntoma de otra cosa distinta al propio discurso, por lo que el análisis para establecer esta relación entre el texto y su contexto necesariamente debe dar un salto interpretativo (Ruiz, 2009): en el análisis del discurso se parte de la materialidad del texto, pero para luego ir más allá y establecer su significado social.

Las interpretaciones del discurso en Ciencias Sociales pueden ser muy diversas. Unas de las más fructíferas para la sociología son aquellas que conectan los textos con la acción social dentro de una concepción comprensiva de esta. Los textos constituyen una vía de acceso, por vía de la interpretación, a la subjetividad de quienes los producen, ofreciéndonos con ello una explicación de las acciones sociales. El interés por la acción social, la comprensión de esta en referencia a la subjetividad de los actores sociales y el acceso a las subjetividades sociales mediante el análisis de las expresiones de los sujetos sociales serían, por lo tanto, presupuestos epistemológicos fundamentales del análisis del discurso como método de investigación social (Navarro y Díaz, 1994). Vale decir que la interpretación sociológica de los discursos busca establecer el sentido subjetivo que tiene la acción para los propios actores sociales.

Otras interpretaciones que vinculan los discursos con la acción social son las que los consideran como prácticas sociales. En este sentido, se habla de prácticas discursivas como estrategias o jugadas que despliegan los actores sociales dentro de los contextos en los que se desenvuelven, con el objetivo de obtener beneficios simbólicos o cualquier otra ventaja moral o material.

Sostenemos que todo análisis del discurso que tenga interés para la sociología y para otras Ciencias Sociales implica interpretación. Ahora bien, hay que reconocer que también encontramos prácticas analíticas que se plantean desligadas de cualquier pretensión interpretativa, en un intento de alcanzar la pretendida objetividad propia de los procedimientos estandarizados. Desde nuestro punto de vista, estas prácticas analíticas más que eliminar la interpretación, lo que hacen es desplazarla y desligarla del análisis. De hecho, una vez obtenidos los datos textuales, estos son interpretados de acuerdo con teorías preestablecidas que les dan sentido. Esta desvinculación de análisis e interpretación, en nuestra opinión, en lugar de alcanzar una mayor objetividad, lo que hace es impedir el diálogo fluido entre teoría y datos empíricos, sustrayendo la interpretación a cualquier posibilidad de crítica, al quedar blindada en un plano preanalítico.

d) La interpretación sociológica del discurso implica una hermenéutica social.

El propósito último del análisis del discurso es establecer el sentido social del discurso que se analiza. Pero a diferencia de la hermenéutica clásica, que busca establecer el sentido único y verdadero de los textos, la hermenéutica social es más modesta y débil. Así, el sentido social que establece ni pretende ser el verdadero, ni mucho menos el único posible. Por el contrario, se trata de un sentido débil y dialógico. Conectando el discurso con sus antecedentes y sus consecuencias sociales, la hermenéutica social pretende contribuir a una mejor comprensión de los textos que analiza y al conocimiento del contexto social en el que han surgido y funcionan. Pero más que establecer un sentido definitivo del texto, lo que pretende la hermenéutica social es aportar una interpretación más que se incorpore al debate social, enriqueciéndolo. La interpretación sociológica de los discursos no es más que una de las interpretaciones posibles, si bien es una interpretación especialmente relevante y valiosa en la medida en que conecta el texto con el contexto histórico y social en el que ha surgido y en el que funciona.

e) El análisis del discurso tiene un valor esencialmente instrumental para la sociología y otras Ciencias Sociales, esto es, un valor derivado de su uso como una de las principales herramientas o técnicas del método cualitativo de investigación.

Para la sociología, el análisis del discurso no es un fin en sí mismo, sino más bien una perspectiva o un enfoque que incluye técnicas o herramientas para investigación de carácter cualitativo. Los métodos cualitativos de investigación ponen en práctica los presupuestos del paradigma interpretativo, cuyo fundamento radica en la necesidad de comprender el sentido de la acción social en el contexto del mundo de la vida y desde la perspectiva de los/as participantes (Vasilachis, 2009).

Esta estrecha relación entre investigación cualitativa y análisis del discurso hace que algunas de las características de la investigación cualitativa sean también presupuestos epistemológicos del análisis sociológico del discurso. Por un lado, la flexibilidad en la aplicación de las técnicas de análisis; por otro lado, el (mayor) protagonismo del sujeto conocido, dentro de una relación más simétrica entre el/la investigador/a y los sujetos a los que se orienta la investigación.

f) Flexibilidad en la aplicación del análisis del discurso a las investigaciones cualitativas.

Las técnicas cualitativas de investigación se caracterizan por su flexibilidad, entendida como una adaptación a los problemas o preguntas de investigaciones concretas que se plantean, y a las circunstancias y contextos específicos de su aplicación. Esta misma flexibilidad en el uso se refiere también al análisis del discurso como caja de herramientas de la investigación social cualitativa. Así, más que la aplicación automática de una técnica formalizada o un procedimiento estandarizado, el análisis del discurso en la investigación social se desarrolla de manera pragmática y estratégica, con el objetivo de obtener respuestas a las cuestiones concretas planteadas (Alonso, 2013).

Esta flexibilidad del análisis del discurso aplicado a la investigación social implica la articulación en cada caso concreto de las distintas herramientas disponibles, maximizando los recursos disponibles y respondiendo a los retos de la investigación de manera creativa, y siempre desde el rigor metodológico y la justificación de las decisiones de investigación adoptadas. Así, lejos de comprometer o cuestionar el rigor de los análisis, esta adaptación de la técnica a cada caso concreto obliga a una reflexión metodológica específica e impide, de esta manera, la aplicación automática o mecánica de las técnicas de análisis.

g) La adopción del punto de vista del sujeto.

En su aplicación a la investigación social cualitativa, el análisis de discursos se orienta también hacia los actores sociales, interesándose por sus puntos de vista en detrimento de los preconceptos y posicionamientos del/de la investigador/a. En cierto sentido, constituye un medio de recuperar al sujeto conocido en su capacidad propositiva, de dotar de voz y autonomía a las personas sujetos de la investigación. Este interés por el sujeto conocido que caracteriza a la investigación cualitativa y, por extensión, al análisis sociológico del discurso implica una redistribución, redefinición o reequilibrio de los papeles en la investigación y en la relación de conocimiento entre el/la investigador/a y los/as investigados/as (o sujetos conocidos).

Ahora bien, este reequilibrio puede ir desde un simple acercamiento respetuoso del/de la investigador/a a los sujetos sociales, dotándolos de una mayor capacidad de interpelación, hasta una construcción colaborativa del conocimiento dentro de una epistemología del sujeto conocido (Vasilachis, 2009). Los discursos, por lo tanto, no solo constituyen un medio para acceder a los sujetos sociales (a la subjetividad social), sino que en mayor o menor medida su análisis e interpretación debe realizarse en un diálogo del/de la investigador/a con sus productores/as, ya sea efectivo o virtual.

h) El acceso a la intersubjetividad social como objetivo del análisis del discurso.

Una de las principales críticas que se formula a la investigación cualitativa, en general, y al análisis del discurso, en particular, es la de caer en un excesivo subjetivismo al privilegiar en exceso el punto de vista de los sujetos conocidos, en detrimento de los controles y el distanciamiento que, supuestamente, favorecerían la necesaria objetividad de la actividad científica. Las prácticas analíticas formalizadas o estandarizadas a las que nos referíamos antes serían, en este sentido, un intento de responder a esta crítica garantizando la objetividad del análisis. No obstante, como también veíamos, más que alcanzar una mayor objetividad, lo que se consigue es a lo sumo una mayor apariencia de objetividad y a costa del empobrecimiento o limitación de la capacidad del análisis del discurso como técnica de investigación social.

Por otro lado, esta crítica solo está justificada en parte. Es cierto que en el análisis del discurso conlleva un cierto riesgo de subjetivismo al potenciar la capacidad propositiva de los sujetos sociales, pero este riesgo está limitado por el interés y la orientación del/de la investigador/a hacia la intersubjetividad propia de la vida social. Esta intersubjetividad se logra mediante el recurso a mecanismos dialógicos: tanto los discursos que se analizan como el propio análisis e interpretación de estos se producen en diálogos. Así, en la producción de los discursos que analiza el/la sociólogo/a con frecuencia hay implicados procesos dialógicos (entrevistas, dinámicas grupales, etcétera); del mismo modo, la interpretación de los discursos implica siempre en algún momento un diálogo entre el/la investigador/a y los sujetos investigados, así como entre el/la investigador/a y otros potenciales analistas. De esta manera, las subjetividades involucradas en el proceso de investigación devienen en intersubjetividad social al verse confrontadas sistemáticamente unas con otras tanto en el proceso de producción de los discursos como en su análisis e interpretación. A esto es a lo que se refiere Alonso como doble interpretación o doble hermenéutica, y Díaz-Bone como hermenéutica de segundo orden: la tarea interpretativa debe incorporar a la propia interpretación la interpretación del otro (Alonso, 2013; Díaz Bone, 2005).

i) La validez y calidad del análisis del discurso responde a criterios propios de la investigación social cualitativa.

Otra de las críticas más frecuentes al análisis del discurso es la supuesta discrecionalidad, o incluso arbitrariedad, del/de la analista a la hora de interpretar los discursos. Según esta crítica, el análisis del discurso como técnica de investigación carecería de los criterios y los controles necesarios para garantizar su validez y fiabilidad y, mucho menos, su calidad. El salto interpretativo y la flexibilidad a la hora de aplicar el análisis del discurso a los problemas o preguntas concretas de investigación serían, en este sentido, factores adicionales que contribuyen a este juicio crítico a las prácticas de análisis del discurso.

Es cierto que encontramos prácticas de análisis poco rigurosas y de calidad muy dudosa con mayor frecuencia de la deseable (Antaki et al., 2003). No obstante, la atribución de poco rigor de manera generaliza a las prácticas de análisis del discurso se deriva en buena medida de una incomprensión de sus criterios específicos de validez y calidad, cuando no de la aplicación de criterios propios del paradigma positivista. En este sentido, la adopción de criterios de credibilidad o consenso comunicativo entre los agentes implicados, criterios de transferibilidad o la capacidad de aplicación de los resultados a otros contextos, y criterios de coherencia o la medida en que las interpretaciones formuladas permiten explicar las microsecuencias o fragmentos discursivos de nuestro material empírico, serían algunos de los criterios específicos que permiten juzgar la validez y calidad de los análisis. Además, explicitar el posicionamiento del/de la analista o investigador/a, esto es, desde donde se hace el análisis, adoptar la comunidad como árbitro de la calidad del análisis, o adoptar una actitud de reflexividad crítica hacia la propia actividad investigadora, serían otros criterios y mecanismos de control de la calidad y la validez de los análisis del discurso (Sisto, 2008).

Por su parte, Alonso (2013) nos habla de un enfoque pragmático a la hora de juzgar la validez de las interpretaciones del discurso formuladas por el/la investigador/a: que reconstruya con relevancia el campo de fuerzas sociales estudiado y que la clave interpretativa sea coherente con los objetivos de la investigación. Se trata, por lo tanto, de una lógica alternativa o distinta al formalismo lingüístico o matemático, que en cualquier caso nos permite evitar los riesgos de la sobreinterpretación o la interpretación abusiva.

4. LOS ENFOQUES TEÓRICOS Y EMPÍRICOS DE ESTE LIBRO

Sería demasiado ambicioso para un único libro pretender convertirse en una introducción completa de la inmensa diversidad de los estudios del discurso. Al mismo tiempo, no sería intelectualmente honesto presentar el análisis sociológico del discurso como el más original, verdadero, mejor o más importante enfoque sobre los discursos. Es más, teniendo en cuenta los múltiples enfoques y tradiciones en el campo de los estudios del discurso, sería presuntuoso querer reducir su análisis sociológico a una única manera de investigar. Asimismo, la propia sociología, como ciencia multiparadigmática, incluye una gran cantidad de tradiciones intelectuales, de métodos y técnicas, y casi todas ellas pueden enriquecer el creciente campo del análisis del discurso. Además, para su desarrollo, la sociología ha estado en estrecho contacto con otras disciplinas de las Ciencias Sociales y Humanidades.

Entonces, ¿qué justifica hablar de un análisis específicamente sociológico del discurso? La sociología es la disciplina que tiene como objeto principal de sus estudios la sociedad o lo social. Consecuentemente, un análisis sociológico del discurso no está interesado en los discursos per se, sino en el estudio de la sociedad y de relaciones sociales mediante (el análisis de) los discursos. Ahora bien, la sociología dispone de muchos más enfoques, no solo del análisis del discurso. A menudo puede combinar elementos de análisis del discurso con otros enfoques, teorías, métodos y técnicas. El análisis sociológico del discurso por tanto significa analizar relaciones sociales analizando discursos y eventualmente otros elementos no-discursivos.

Se ha prescindido conscientemente de la idea de llamar a este libro Análisis del discurso para sociólogos/as porque no solo se dirige a este colectivo. A menudo, el interés de investigadores/as de otras disciplinas por el análisis del discurso se justifica justamente por su interés en descubrir reglas, relaciones y aspectos de lo social. Por ello, el presente libro se dirige a todos/as aquellos/as que quieren hacer análisis social y que creen que el análisis del discurso les puede ofrecer herramientas valiosas para ello. Ofrece tanto a sociólogos/as como a no sociólogos/as una perspectiva fundamentada y coherente sobre lo social. Si bien es cierto que la lingüística dispone de herramientas mucho más finas para el análisis del lenguaje, la sociología aporta instrumentos teóricos y metodológicos para la comprensión de prácticas y de contextos sociales. Es precisamente esta interrelación entre lenguaje, prácticas y contexto lo que caracteriza la noción del discurso que manejamos en sociología.

Este libro surge de la insatisfacción generalizada en Ciencias Sociales en relación con los enfoques meramente lingüísticos. En las últimas décadas se ha consolidado la idea de que si queremos comprender la realidad social no nos debemos centrar exclusivamente en el ámbito lingüístico, en el ámbito de lo simbólico. Si bien el lenguaje en forma de signos textuales resulta de una gran relevancia para prácticamente todos los procesos sociales, también tienen relevancia otros aspectos, prácticas o materiales. Por ello, todos los enfoques presentes en este libro se interesan por la realidad social, y lo hacen analizando la relación entre lo simbólico y lo material. Para la sociología el análisis de enunciados lingüísticos solo es un medio para el análisis social, nunca es un fin en sí mismo. Por ello, a todos/as los/as autores/as de este libro nos interesan (también) las realidades extradiscursivas, las infraestructuras y efectos no-discursivos, relacionándolo al mismo tiempo con análisis del lenguaje, del contenido y del significado de los discursos.

Además, somos conscientes de la relación entre los niveles micro, meso y macro, y nos interesa cómo se reproducen o modifican en las interacciones cotidianas grandes órdenes sociales. Los discursos pueden ser entendidos como grandes macroestructuras, que producen y requieren el nivel intermedio de instituciones y, finalmente, la actualización permanente mediante actos de habla y otras prácticas no-discursivas. Así, todos los textos aquí reunidos alumbran cómo lo macro se plasma en lo micro y cómo actividades aparentemente pequeñas, como actos concretos de habla, pueden reproducir sistemas completos de ordenamiento simbólico y material.

BIBLIOGRAFÍA

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1. EL ANÁLISIS DEL DISCURSO BASADO EN LA SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO

Reiner Keller

El análisis del discurso basado en la sociología del conocimiento (ADSC) es un enfoque que comencé a desarrollar a partir de finales de los años noventa, como una perspectiva de la investigación de los discursos desde la sociología del conocimiento, y que expuse ampliamente en 2005 como programa de investigación para el análisis de relaciones y políticas sociales del conocimiento (Keller, 2010a [2005], 2010b, 2011, 2012a, 2013).1 En la actualidad, este enfoque se ha establecido ampliamente en el espacio germanohablante y, de forma creciente, también en el ámbito internacional. Se utiliza asimismo en múltiples estudios de disciplinas vecinas (ciencias políticas, pedagogía, criminología, sinología, filología japonesa y muchos más). Además, existen publicaciones propias respecto a desarrollos y preguntas más específicas (Keller y Truschkat, 2012; Bosancic y Keller, 2016; Keller, Hornidge y Schünemann, 2018).2

El ADSC surgió en torno a la reflexión sobre una investigación de análisis del discurso que realicé acerca de los debates públicos, y más concretamente acerca de la pregunta sobre el trato adecuado de residuos domésticos y de los recursos en Alemania y Francia, centrado entre los años 1970 y 1995 (Keller, 2009 [1998]). La denominación del enfoque es al mismo tiempo el programa. Propone una doble acentuación: primero destaca la relación con la noción (foucaultiana) del discurso, la cual resulta central para el ADSC; y en segundo lugar enfatiza que la investigación sociológica de los discursos o de las ciencias sociales debería conceptualizarse –de nuevo en referencia a Foucault– como análisis (crítico) de regímenes de poder/conocimiento, y que por ello puede recurrir especialmente a fundamentos teóricos, metodológicos y técnicos de la tradición de la sociología del conocimiento.

Esta orientación hacia la sociología del conocimiento en la investigación de discursos surgió de un cierto malestar entre las perspectivas corrientes de los análisis del discurso de la lingüística o de ciencias políticas. Así, enfoques de la lingüística del corpus y enfoques pragmático-lingüísticos siguieron planteamientos lingüísticos que en Foucault se querían superar. El Kritische Diskuranalyse y el Critical Discourse Analysis, que son justificados de forma diferente en el ámbito de habla alemana e inglesa, se centran, a pesar de algunas conexiones con teorías sociológicas (en el caso de Norman Fairclough), en un conjunto relativamente recurrente de crítica reveladora de ideología y del uso del lenguaje. Hasta su giro actual hacia la teoría de la argumentación ciertamente puede fomentar sensibilizaciones correspondientes, pero en su totalidad queda bastante lejos de la noción foucaultiana de crítica y de sus intereses de investigación. Además, existe una discrepancia importante entre fundamentación teórica y realización empírica.

La investigación de discursos en la tradición de la teoría de la hegemonía, según Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (véase también el capítulo de Palonen y Sundell en este libro), queda vinculada en sus herramientas de análisis a su contexto de surgimiento, el de la investigación de movimientos populistas. Utiliza un enfoque analítico relativamente estrecho hacia construcciones semánticas de la diferencia entre nosotros y los otros que se describe mediante la formación de cadenas de equivalencia y diferencia, con un concepto nuclear problemático (el significante vacío), así como con elementos psicoanalíticos e incluso metafísicos (por ejemplo, el exterior constituyente). Con ello fomenta descripciones de discursos que siguen solo parcialmente a una multitud de procesos discursivos, pero que en todo caso sirven para planteamientos muy limitados en la investigación de movilizaciones políticas. Aunque se evocaron una y otra vez los contornos de un análisis foucaultiano del discurso, que a mi entender no existe como tal, casi no produjeron desarrollos metodológicos.

Finalmente, los Cultural Studies y sobre todo Stuart Hall plantearon preguntas importantes en la investigación de los discursos y de la relación de conocimiento, poder y cultura, pero sin desarrollar una perspectiva propia del análisis del discurso. La propuesta de Hall de relacionar la sociología weberiana del significado con el programa de Foucault resultó determinante para el desarrollo del ADSC. Propone leer a Michel Foucault como sociólogo histórico del conocimiento y como pensador pragmático. Muchos puntos vacíos de su obra se corrigen así mediante la inclusión o recontextualización en la tradición sociológica interpretativopragmática y en la de la sociología del conocimiento.

La sociología del conocimiento, como disciplina específica de la sociología, se dedica al papel, las formas, las funciones, las distribuciones y las estructuraciones del conocimiento en las relaciones sociales. El concepto de conocimiento se considera de forma muy amplia y muy heterogénea dependiendo de los diferentes paradigmas teóricos; solo raras veces se refiere a la pregunta por la verdad del conocimiento, en el sentido de un conjunto de enunciaciones sobre el mundo, realizado de forma positiva o demostrado, confirmado o falsado por la experiencia. Una máxima del paradigma interpretativista de la sociología (Keller, 2012a), el llamado teorema de Thomas, dice que cuando los seres humanos definen una situación como real esta definición tiene consecuencias reales –independientemente de si desde nuestra perspectiva exterior parece adecuada o no–. Tal definición de situación es un proceso de adscripción de significado en el marco de un universo discursivo, entendido como horizonte de relaciones de significado colectivamente producido.

El ADSC investiga relaciones y políticas de conocimiento. Los discursos son entendidos como prácticas relacionadas de enunciación y procesamientos de órdenes colectivos de conocimiento. Las referencias a las tradiciones interpretativistas y constructivistas sociales ofrecen una fundamentación teórica básica: la posibilidad de la existencia de un uso de signos en el que se basa la producción de los discursos, un uso que a su vez recibe instrucciones de los discursos. Además, estas referencias permiten enfocar el papel de los actores sociales, de forma más diferenciada. Y, finalmente, se conecta con los procedimientos metódicos de la investigación social empírica interpretativa, en forma de una analítica interpretativa: desde la perspectiva del ADSC, la investigación de los discursos es necesariamente trabajo interpretativo (reflexivo) en forma de una hermenéutica (re-)constructiva.

1. FUNDAMENTOS TEÓRICOS DEL ADSC

En su Arqueología del saber, Foucault (1988) esbozó contornos y terminologías heurísticas de un análisis de formaciones discursivas en el que los discursos eran definidos como prácticas materiales y controladas del uso del lenguaje. La introducción de la noción de discurso apuntó al análisis de la constitución discursiva del conocimiento, e incluso a regímenes de poder/conocimiento, a pesar de que ello no quedó explicitado en aquel momento. Foucault concibe el saber como:

conjunto de elementos formados de manera regular por una práctica discursiva y que son indispensables para la constitución de una ciencia [...]. Un saber es aquello de lo que se puede hablar en una práctica discursiva que así se encuentra especificada: [...] toda práctica discursiva puede definirse por el saber que forma (Foucault, 1988: 259 y ss.).

La Arqueología del saber formuló una posición general teórico-metodológica. Los discursos consisten sobre todo en enunciados. Así se denomina el nivel de lo típico, que puede aparecer de forma concreta en una multitud de enunciaciones situadas histórica y socialmente. Los enunciados y las prácticas de enunciación correspondientes conforman un discurso si están formados según el mismo principio de formación. Con la perspectiva genealógica, esto es, con su dedicación explícita al análisis de los transcursos y sucesiones de configuraciones de conocimiento/poder como luchas o juegos de verdad, introdujo en el enfoque conflictos dentro y entre discursos, así como dentro y entre configuraciones sociales de actores. También estudió los procesos vinculados con la implementación de verdades, tales como la exclusión y el no-saber, o la concurrencia de exigencias de conocimiento (Foucault, 2002).

Mediante tal acentuación el concepto de discurso cobró atractivo para la sociología. Esto se muestra todavía más claramente en los análisis materiales de Foucault, como por ejemplo en la colección de documentos editados por él respecto al caso del asesinato histórico y espectacular de Pierre Rivière. Aquí su interés ya no se dirige a la génesis general de campos históricos del conocimiento. Más bien se dirige, con un enfoque microscópico, a la lucha por la definición entre discursos con diferentes posicionamientos históricos y sociales respecto a un acontecimiento que requiere interpretación, en este caso por razones de determinación del castigo.

... el [discurso] del juez de paz, el del procurador, el del presidente de los tribunales, el del ministro de justicia; el del médico rural y el del Esquirol; el de los aldeanos con su alcalde y su cura; y al fin, el del criminal. Todos hablan, o parecen hablar, de lo mismo: todos se refieren, sin lugar a dudas, al acontecimiento del 3 de junio. Pero todos ellos, y dentro de su heterogeneidad, no forman ni una obra ni un texto, sino una singular querella, un enfrentamiento, una relación de poder, una batalla de discursos y a través de los discursos. Y decir una batalla no es suficiente; muchos combates tuvieron lugar al mismo tiempo y se entrecruzaron (Foucault, 1975: 9 y ss.).

Y Foucault continúa:

b) Documentos como los del asunto Rivière permiten analizar la formación y el juego de un saber (como el de la medicina, la psiquiatría, la psicopatología) en su relación con las instituciones y los papeles que de antemano deberán desempeñar (como la institución judicial, el experto, el acusado, el loco-criminal, etc.).

c) Permiten descifrar las relaciones de poder, de dominio y de lucha en cuyo seno se establecen y funcionan los razonamientos; de modo que permiten un análisis del discurso (incluso de los discursos científicos) de orden político, y de los hechos, es decir de orden estratégico.

d) Y finalmente puede apreciarse el poder de trastorno, propio de un razonamiento como el de Rivière, y el conjunto de tácticas mediante las que se intenta recubrirlo, insertarlo y conferirle una valoración según sea discurso de un loco o de un criminal (ibíd.).

Estas citas ilustran el objetivo científico central que Foucault relaciona con el concepto de discurso y también con el de dispositivo. No obstante, quedan abiertas algunas preguntas respecto al fundamento teórico: ¿cuál sería una teoría adecuada para el uso (humano) de signos, puesto que este uso es la condición de cada práctica discursiva?; ¿qué lugar ocupan los actores que hablan en nombre de los discursos?; ¿qué significa comprender a los propios/as investigadores/as del discurso como actores que interpretan y que están integrados discursivamente?; ¿cómo se puede describir una metodología de investigación de discursos que no se dirige a datos muy históricos, sino a su contexto contemporáneo y por ello puede utilizar datos de formatos muy diversos, incluso procedimientos de etnografía del discurso? (2010 [2005], véase también el texto de Macgilchrist y van Hout en este libro). El ADSC se basa en la tradición de la sociología del conocimiento y en la interpretativopragmática para responder a estas cuestiones.

En primera instancia resultan importantes las teorías de signos de Peirce surgidas a principios del siglo XX y la psicología social de Mead, que cuenta como fundador teórico del interaccionismo simbólico. Peirce acentuó, a diferencia de Saussure, el uso concreto de signos, es decir, la componente pragmática del lenguaje. Mead elabora una teoría general del surgimiento del uso humano de símbolos, siguiendo la pregunta de cómo los símbolos adquieren un carácter socialmente significativo, esto es, cómo pueden ser estabilizados socialmente, de tal forma que cobren un significado suficientemente congruente para la persona que utiliza los signos y para su interlocutor/a. En su teoría social indagó sobre la pregunta de cómo los/as lactantes desarrollan competencias correspondientes al uso de símbolos significativos, sobre todo el uso del lenguaje, en el proceso de socialización. Con ello quedan descritas también las condiciones elementales de la ejecución de las prácticas discursivas. Tanto Peirce como Mead, entre otros pragmatistas, ya hablaron de universos discursivos (Mead, 1963) creados colectivamente (por ejemplo, Mead, 1963). En ellos resuenan diferentes significados contemporáneos, tanto la estabilización de significados como la posibilidad de entablar discusiones sobre ellos. También Charles Morris escribió a finales de los años treinta sobre especializaciones del lenguaje, o tipos de discursos científicos, religiosos, poéticos (Morris, 1981).

De forma paralela a esta introducción del concepto de discurso, junto a la teoría de signos y lenguaje en la sociología interaccionista, también el fenomenólogo social vienés Alfred Schütz desarrolló, primero en el ámbito germano hablante y posteriormente en el contexto de EE. UU., una teoría de signos sociológicamente relevante. Schütz no se interesó por el desarrollo histórico-evolutivo de los sistemas humanos de símbolos y tampoco por la mediación sociohistórica del uso de símbolos. Su atención se dirigió más bien a la fundamentación sociofenomenológica de la sociología comprensiva weberiana. Se interesó por la respuesta a las cuestiones sobre qué puede significar comprender, desde un punto de vista sociológico, y en qué procesos se basa esta comprensión. Comienza en los años cuarenta con una reflexión intensa en torno a la teoría de signos de Saussure y las teorías pragmatistas (Schütz, 1973, 1974). En referencia a la teoría fenomenológica de la constitución de la experiencia, que analiza de forma muy concisa la relación entre acceso a la conciencia y el objeto de experiencia, Schütz subraya que una vivencia corporal de impresiones sensibles solo se convierte en experiencia mediante la dedicación reflexiva, pasando por síntesis pasivas, no conscientes, pero que nunca puede llegar a la complejidad de la vivencia. Para ello la conciencia recurre a esquemas de interpretación (tipos) socialmente constituidos que escoge del acervo social del conocimiento. De esta forma puede diferenciar, por ejemplo, humano y mesa, y se puede constituir tanto a sí mismo como a estas materialidades mundanas como existencias históricas específicas. Este acervo o bagaje de conocimientos creado socialmente se mantiene disponible mediante sistemas de signos (Schütz y Luckmann, 1979) en los que se basa la comprensión del comportamiento propio y ajeno. A partir de los años cuarenta, Schütz también habla de universos de discursos que guían, posibilitan y limitan las interpretaciones individuales, por ejemplo, en su análisis de los contextos de sentido en los que se mueven los científicos:

Por supuesto, el/la pensador/a teórico puede elegir a su arbitrio, determinado únicamente por una inclinación arraigada en su personalidad íntima, el terreno científico en el que desea intervenir y quizá también el nivel (en general) en el cual desea efectuar sus investigaciones. Pero tan pronto como se ha decidido a este respecto, el/la científico/a entra en un mundo preconstituido de contemplación científica que le trasmite la tradición histórica de su ciencia. En adelante, participará de un universo del discurso que abarca los resultados obtenidos por otros/as, problemas enunciados por otros/as, soluciones sugeridas por otros/as y métodos elaborados por otros/as. [...] todo problema que surge dentro del campo científico debe participar del estilo universal de este campo y ser compatible con los problemas preconstituidos y su solución aceptándolos o refutándolos (Schütz, 1973 [1945]: 250).

El entrelazamiento de la teoría de signos, comunicación y conocimiento en Schütz se puede resumir de la siguiente manera: los colectivos sociales son comunidades de comunicación que tipifican y objetivizan sus órdenes simbólicos y prácticos del mundo (es decir, su conocimiento) en sistemas de signos. Crean un universo discursivo común o universos especializados (provincias de sentido). Estas tipificaciones se guardan como acervo colectivo de conocimiento (por ejemplo, en institucionalizaciones de disciplinas científicas, en trayectorias de formación, en archivos reales, en instituciones, normas, etc.) y son adquiridas de forma subjetiva en los procesos de socialización. Respecto a la vivencia individual funcionan como esquemas de la experiencia activa o la percepción y al mismo tiempo como esquemas de interpretación que van más allá del signo concreto. Por ejemplo, perro evoca de forma interpretativa la referencia empírica de un animal, de sus características, etcétera, pero Schütz señala que los actos de apresentación correspondientes no se refieren solo a un signo u objeto aislado, sino a una red discursiva de referencias en la que están integrados.

En su teoría realista de la sociología del conocimiento, Berger y Luckmann (1980) siguen tanto a Schütz como al pragmatismo y a varios sociólogos clásicos. Para estos autores, el conocimiento es todo lo que es reconocido en la sociedad como tal. La construcción social de la realidad es descrita como un proceso permanente de la objetivación interactiva y de la estabilización performativa (institucional), y como la adquisición mediante la socialización de órdenes de conocimiento. La categoría general de conocimiento incluye patrones de acción y de interpretación, normas, reglas, lenguaje, clasificaciones, instituciones, profesiones, sensaciones y sentimientos percibidos, conocimiento de expertos y de profesionales, conocimiento rutinizado y de referencia y mucho más. El acervo social de conocimiento es complejo. En modo alguno es homogéneo y consistente. Hay jerarquías y diferenciaciones en la distribución del conocimiento y también posibilidades desiguales de producir conocimiento, de imponerlo socialmente o de adquirirlo individualmente. Según los lugares sociales y las pertenencias a grupos, las diferentes partes de este acervo de conocimiento son adquiridas subjetivamente y cobran relevancia. Los procesos de objetivación social del sentido desplegado histórica e interactivamente –por ejemplo, mediante sistemas de signos, instituciones, lenguaje u objetos materiales– son determinantes en la percepción social de la realidad: «Conocimiento sobre la sociedad es realización en el doble sentido de la palabra: la captación de la realidad social objetivada y la producción permanente de justamente esta realidad al mismo tiempo» (Berger y Luckmann, 1980: 71).

Este stock social de conocimiento forma un repertorio de sentido que se presenta al individuo como un a priori sociohistórico, es decir, como dado históricamente e impuesto socialmente. Los procesos básicos en la construcción del conocimiento se desarrollan como pasos para la externalización situacional de ofertas de sentido, para la solidificación interactiva de acciones e interpretaciones en los procesos de la tipificación mutua por diferentes actores, de la repetición ritualizada y de la objetivación mediante la formación de instituciones –por ejemplo, en forma de roles– y de su transmisión a terceros en forma de apropiaciones mediadas por la socialización. Este proceso de apropiación forma la base general para la acción humana en sociedades históricas, concretas. Desde su nacimiento los seres humanos tienen una disposición hacia la sociedad e interiorizan, especialmente en procesos de la socialización primaria, las estructuras básicas de conocimiento de la realidad social (Berger y Luckmann, 1980). El mantenimiento de las referencias respectivas de sentido en la conciencia individual requiere un intercambio comunicativo constante:

El vehículo más necesario para el mantenimiento de la realidad es la conversación. La vida cotidiana de las personas es como el traqueteo de una máquina de conversación, que le garantiza constantemente su realidad subjetiva, la modifica y reconstruye. [...] El intercambio de algunas palabras como: «Ahora es hora de irme a la estación de tren» y «Tienes razón, cariño. ¡Que te vaya bien en la oficina!» presupone todo un mundo dentro del cual estas afirmaciones, aparentemente tan sencillas, tienen sentido. Por esta característica, tal intercambio confirma la realidad subjetiva del mundo (ibíd.: 163).

Siguiendo a Peirce, Mead y Schütz hasta Berger y Luckmann, la conciencia individual se considera siempre como estructura social. Al mismo tiempo, los actores que se posicionan como enunciadores, en el marco de las modalidades de enunciaciones disponibles tanto discursiva como institucionalmente, son remitidos a los procesos de socialización que los convierten en actores del discurso competentes (por ejemplo, socializaciones académicas). Con ello, disponemos de las piezas restantes para una teoría del discurso en la que solo falta el enfoque de Foucault. Estas piezas tienen una relevancia fundamental porque, desde su perspectiva, «la constitución y el tratamiento discursivo del conocimiento solo son un caso específico dentro de otras formas de prácticas y de realización del conocimiento». Al mismo tiempo remiten a metodologías de la investigación en las que se tienen en cuenta los datos de investigación organizados por secuencias de sentido, y por ello tienen que ser interpretados y analizados de forma reconstructiva. El programa foucaultiano, por su parte, proporciona a estos enfoques la especificación del campo de los objetos (discursos, formaciones discursivas y luchas).

2. PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN Y CONCEPTOS BÁSICOS

El ADSC no es un método, sino un conjunto integrado que incluye teoría, metodología y método; es una agenda y una perspectiva de investigación para examinar la construcción discursiva de las realidades que tienen lugar en forma de relaciones sociales de conocimiento en conflicto y de políticas de conocimiento. Las relaciones sociales de conocimiento son constelaciones sociohistóricas y complejas de producción, estabilización, estructuración y transformación del conocimiento dentro de una variedad de esferas sociales. Dentro de estas se encuentran las doctrinas religiosas, las ideologías políticas, el conocimiento científico positivo, las cosmovisiones, las teorías sociológicas, el conocimiento interpretativo sobre situaciones sociales y las concepciones más amplias de globalización, libertad, sostenibilidad, etcétera.

El ADSC examina los discursos como prácticas performativas de enunciación que constituyen órdenes de realidades, y también efectos de poder, en una red en la que abundan los conflictos entre los actores sociales, dispositivos institucionales y sistemas de conocimiento. Sostiene que el discurso es concreto y material; no se trata de una idea abstracta o de una línea de argumentos flotando libremente. Esto significa que el discurso aparece como habla, texto, debate, imagen visual y uso de símbolos que tienen que ser actualizados por los actores siguiendo instrucciones sociales; por ello los discursos son prácticas sociales reales. El ADSC trata de reconstruir los procesos de construcciones sociales, objetivaciones, comunicaciones y la legitimización de estructuras de significado o, en otras palabras, de estructuras de interpretación y actuación en el nivel institucional, organizacional o de los actores sociales. Ello incluye varias dimensiones de reconstrucción: creación de sentido y también formación de sujetos, maneras de actuar, contextos institucionales/estructurales y consecuencias sociales. Por ejemplo, la manera en la que se manifiestan en forma de dispositivos, esto es, una infraestructura establecida para resolver problemas, que puede adoptar la forma de leyes, regulaciones administrativas, recursos humanos e incluso objetos como coches, ordenadores, etcétera. O también en la adopción o el rechazo de determinadas prácticas por parte de los actores sociales en su vida cotidiana, como por ejemplo actores negándose a comportarse de forma respetuosa con el medio ambiente.

El ADSC utiliza elementos de deconstrucción, esto es, de partición y recombinación de datos y de cuestionamiento de lo asumido, de lo dado por hecho. No obstante, también considera los límites de la interpretación (Umberto Eco), frente al tipo de deconstrucción defendido por Derrida. Dichos límites vienen establecidos tanto por reglas sociales (discursivas) como por la resistencia de la realidad material de los datos y del mundo. Finalmente apunta a las materialidades del discurso, independientemente de si aparecen como dispositivos que realizan la producción de los discursos o en las objetivaciones y consecuencias de las demandas discursivas que se manifiestan como artefactos, prácticas sociales, procesos de comunicación y posiciones de sujetos.

El ADSC concibe los discursos como prácticas reguladas y estructuradas del uso de signos que se manifiestan en prácticas, estructuras institucionales, objetos y documentos textuales. Por ejemplo, un discurso científico se manifiesta en textos, conferencias, artículos, conversaciones, asociaciones, etcétera, todo lo cual puede ser estudiado como dato. El propio término discurso apunta a un contexto de estructuración más o menos institucionalizado, resultado o efecto de un proceso histórico de la combinación de interacciones humanas y que funciona como base de diversos eventos discursivos en el presente y el futuro. Los órdenes discursivos son el resultado de una producción comunicativa continua que, no obstante, no se entiende como espontánea o caótica, sino que más bien tiene lugar dentro de prácticas entrelazadas y estructuradas que se refieren las unas a las otras. Los discursos se realizan por las acciones comunicativas de los actores sociales. Un panfleto, un artículo de periódico o una charla en el contexto de una manifestación actualizan, por ejemplo, un discurso de política medioambiental de forma diferente, y con diferente alcance empírico. La materialidad de los discursos simplemente significa que la manera en la que los discursos existen en las sociedades se convierte en real, de forma que pueden ser utilizados como posibles datos empíricos.

En el ámbito micro, los eventos discursivos (eventos de enunciado) crean la forma material de enunciaciones en las que aparece un discurso. Una enunciación (Äußerung/utterance) es el evento discursivo concreto, en todo caso individual, singular y no repetible. Por otro lado, un enunciado (Aussage/statement) es el núcleo típico de la enunciación y puede ser identificado como tal en esta; el mismo enunciado puede contenerse en diferentes enunciaciones y formas situadas, y puede existir como texto, imagen, gráfico o dato audiovisual. La relación entre discurso y eventos discursivos se corresponde con la relación entre estructura o acción estructurante y acción individual, esto es, con la dualidad de estructura (Giddens, 1986). Los eventos comunicativos no son un efecto directo de reglas estructurales, sino más bien el resultado de cómo los actores sociales articulan, interpretan y tratan activamente una formación discursiva dada. Las estructuras discursivas son estructuras de poder y los conflictos discursivos son luchas de poder sobre la capacidad de interpretación y acción.

Para articular interpretaciones, los actores sociales utilizan las reglas y los recursos que están a su disposición como discursos, a saber, no como determinaciones sino como instrucciones, o reaccionan a ellos como destinatarios. Solo si la investigación de los discursos tiene en cuenta esta capacidad de agencia de los actores se puede entender cómo ocurren las implementaciones más o menos creativas y las trasformaciones históricas de tales prácticas. Los actores sociales son encarnaciones configuradas socialmente de acción, según las condiciones sociohistóricas y situacionales. Cuando realizan enunciados discursivos participan en el fuego cruzado de discursos múltiples, heterogéneos e incluso contradictorios, e intentan manejar las situaciones y los problemas del mundo real con los que se encuentran. El vocabulario sociológico de instituciones, organizaciones, roles y estrategias de los individuos o colectivos –pero siempre de actores sociales– puede ser utilizado para el análisis correspondiente de la estructuración de las posiciones de los/as hablantes en los discursos. Mediante sus interpretaciones reflexivas y prácticas de las condiciones estructurales también pueden causar su transformación. Los dispositivos juegan un papel central aquí como infraestructuras institucionales y organizacionales que ofrecen arreglos concretos situacionales, por los esfuerzos correspondientes de programación en forma de edificios, entrenadores/as, seminarios, tecnologías del Yo, normas de prácticas, leyes, participantes, etcétera. En resumen, el ADSC describe una relación triple entre discursos y actores:

• Posiciones de hablantes, que describen las posiciones de actos legítimos de habla dentro de los discursos que pueden ser asumidas e interpretadas por los actores sociales bajo condiciones específicas como portador de roles, por ejemplo, después de la adquisición de cualificaciones específicas.

• Posiciones de sujetos/ofertas de identidad, que describen los procesos de posicionamiento, modelos de roles, categorías de personas expresadas y patrones de subjetivación que son generados en discursos y que a menudo se refieren a (campos de) destinatarios. Las tecnologías del Yo, por ejemplo, se entienden así como instrucciones elaboradas, aplicables y disponibles, ejemplares y como planes de subjetivación.

• Actores sociales, individuos o colectivos que ocupan la posición del hablante o modelos de rol para los sujetos mencionados antes. Siguiendo sus interpretaciones (de rol) y competencias más o menos propias, aceptan, efectúan, traducen, adaptan, utilizan o se oponen a estas posiciones de hablante, y por ello las realizan de una manera versátil y que puede ser investigada empíricamente.

Desde una postura foucaultiana no hay grandes diferencias entre discursos y prácticas: realizar discursos es una práctica particular. El término práctica(s) describe, de forma muy general, unos patrones de acción convencionales, disponibles en acervos colectivos de conocimiento como un repertorio para la acción; en otras palabras, como una receta o un guión de conocimiento más o menos popular, a menudo incorporado, sobre la forma correcta de actuar. Las prácticas discursivas son eventos de comunicación realizados dentro del contexto del discurso. Pueden ser descritas como maneras típicas de desempeñar la producción de enunciados, cuya implementación requiere competencia interpretativa y una modelación activa por parte de los actores. El procesamiento social de los discursos también tiene lugar mediante maneras de actuar que no utilizan signos en una primera instancia, pero que son esenciales para los enunciados de un discurso: por ejemplo, la construcción o el ensamblaje de instrumentos de medición para demostrar enunciados específicos sobre la polución del medio ambiente. El ADSC diferencia entre estas prácticas y prácticas modélicas generadas en los discursos. Las prácticas modélicas serían aquellas generadas por patrones o plantillas ejemplares para la acción que son constituidos en discursos para sus destinatarios. Por ejemplo, en discursos medioambientales, estos pueden incluir recomendaciones para el comportamiento ecológico: «cerrar el grifo mientras enjabonas tu pelo», «utilizar tu bicicleta», «preparar slow food».

Los actores sociales que son movilizados por un discurso establecen la infraestructura correspondiente de producción de los discursos y de resolución de problemas, que puede ser identificada como un dispositivo. Por dispositivo aquí se entiende una infraestructura establecida por actores sociales o colectividades para resolver una particular situación con sus inherentes problemas de acción. Consideremos, por ejemplo, la necesidad del Estado de recibir algo de dinero propio: legislación financiera, regulaciones administrativas, autoridades fiscales, asesoramiento fiscal, investigadores fiscales... Todo ello, unido a textos, objetos, acciones y personas, constituye el dispositivo en cuestión, un conjunto estratégico de elementos heterogéneos, recopilados y organizados para gestionar una situación, para responder a un tipo de urgencia (Michel Foucault).

El ADSC distingue entre dispositivos de producción del discurso y dispositivos o infraestructura de intervención e implementación que surgen de uno o varios discursos, con el objetivo de responder a fenómenos planteados por el propio discurso. Consideremos por ejemplo el campo temático de la crisis de refugiados. Como dispositivos de producción y reproducción del discurso podemos considerar la intervención discursiva de los diferentes comités de gerencia, portavoces, ONG y prensa, y también los centros de investigación que producen, difunden y legitiman enunciaciones de problemas, folletos, etcétera. Respecto a la implementación se pueden incluir por ejemplo la regulación legal de responsabilidades, los procedimientos formalizados, objetos específicos, tecnologías, sanciones, programas de estudios, recursos humanos y otros fenómenos producidos para intervenir en este caso de urgencia, como los barcos de Sea Watch en el Mediterráneo. Los dispositivos son aquí los medios para la realización de los efectos de poder externos de un discurso, esto es, los cambios que introduce o que provoca en la situación y el campo de acción en cuestión, independientemente de si estos cambios son intencionados o no. Por ello, el ADSC no solo es el análisis del uso de signos, la investigación de la comunicación, textos o imágenes. Al mismo tiempo es el estudio del caso, la observación e incluso una descripción etnográfica densa que considera la relación entre eventos de enunciados, prácticas, actores, arreglos organizacionales y objetos como procesos históricos, socioespaciales, de largo alcance.

Para enfocar el análisis de los discursos a la producción en serie de enunciados, el ADSC amplía las dimensiones de las formaciones discursivas formuladas por Foucault, esto es, los conceptos, las estrategias, las modalidades de enunciación, los objetos... A ellos se añaden varios conceptos del análisis del conocimiento que serán presentados a continuación. Como formas de enunciados procesados de forma específica en discursos, conforman el repertorio de interpretación típico de los discursos.

Patrones de interpretación

El ASDC adopta el concepto patrón de interpretación, bien conocido en la tradición cualitativa-interpretativa germanohablante, para denominar las ofertas o posibilidades de interpretaciones en el fenómeno de referencia. Estas ofertas suelen ser socialmente generadas y pueden ser tipificadas de forma modélica en el análisis, y por regla general están relacionadas con patrones de acción típicamente sugeridos. A diferencia del concepto de marco, más bien cognitivista, aquí se percibe la construcción estratégica solo como un posible caso límite de los patrones de interpretación en circulación. Por otro lado, estos patrones también se diferencian del marco en que pueden tener configuraciones concretas muy diferentes y, en consecuencia, no pueden ser identificados por sus características retóricas, sino que se requiere un análisis secuencial detallado. Un ejemplo para ello sería el patrón de interpretación riesgo tecnológico, que puede ser utilizado en referencia a tecnologías más bien diversas y que alude a subrayar la incertidumbre y la imperfección general que pueden estar vinculadas con la tecnología. Otro ejemplo es la representación de la buena madre o del amor de madre, que apunta a las relaciones y modos de actuar específicos entre madre e hijo/a (y a veces también el Estado, etcétera).

Yvonne Schütze (1992) analizó por ejemplo el desarrollo del patrón o los patrones de interpretación amor de madre desde mediados del siglo XVIII hasta la actualidad, de manera que

desenmascara el instinto maternal como una construcción cultural que se formó en el marco de los procesos sociales de modernización con el inicio de la sociedad burguesa. [...] En la interpretación del amor de madre como condición natural de la mujer, se fusionan varios aspectos: exigencias normativas, posicionamiento social, legitimación del sistema de género y esbozo de identidad. En la medida en la que las madres perciben su situación en el marco de este patrón de interpretación y actúan según el contenido normativo de este, crean exactamente aquella realidad que confirma la vigencia del patrón (Lüders y Meuser, 1997: 65 y ss.).

Los patrones de interpretación pueden manifestarse en múltiples configuraciones lingüístico-materiales, así como en visualizaciones, gráficos, fotografías, etcétera. En los discursos se entretejen, de forma específica, diferentes patrones de interpretación para los fenómenos mundanos de referencia. Al mismo tiempo se trata de un concepto puente hacia el análisis de subjetivaciones, que surgen de la apelación discursiva.

Clasificaciones

Las clasificaciones son procesos de tipificación social más o menos elaboradas, formalizadas y estabilizadas institucionalmente. No solo ordenan la realidad encontrada en categorías adecuadas, en el sentido de una perspectiva de representación, sino que además crean la experiencia de esta realidad. En este contexto resulta importante no solo la contingencia y el trabajo de estructuración de las clasificaciones, sino también su efecto performativo. Por ejemplo, cuando las categorías administrativas étnicas se convierten en la base de las autodescripciones y las políticas de identidad de grupos étnicos, o cuando tales grupos son creados mediante el proceso de clasificación, tal como se describe, entre otras, en las investigaciones sobre la política de identidad (Keller, 2010; Bowker y Star, 2000). Los discursos mediante las clasificaciones establecen calificaciones de los fenómenos, los hechos o los objetos de los que tratan.

Estructura del fenómeno

Junto a los patrones de interpretación y las clasificaciones, el concepto de estructura del fenómeno facilita un tercer acceso complementario al contenido de los discursos. Ya en los inicios de la sociología del conocimiento, Mannheim introdujo la noción de estructura del aspecto para denominar la manera en la que se construyen las circunstancias, es decir, aquello que se comprende con relación a un fenómeno. Los fenómenos constituidos mediante estructuras de fenómenos no tienen que aparecer como problemas: aunque en términos generales siempre se trata de problemas de interpretación y actuación, no se refiere necesariamente a problemas sociales. Así, por ejemplo, las posiciones de un sujeto que constituye un discurso y que pueden ser diferenciadas de múltiples maneras son de una importancia central, de manera que los discursos efectúan los posicionamientos de los actores sociales, tales como nosotros/as frente a los otros/as, como héroes/heroínas, salvadores/as y villanos/as... El concepto de la estructura del fenómeno retoma tales reflexiones y las aplica al hecho de que los discursos denominan, en la constitución de su relación referencial o tema, los diferentes elementos o dimensiones de un objeto y las vincula con una configuración específica, una constelación del fenómeno. Con ello no se denominan las cualidades esenciales del objeto del discurso, sino las adscripciones discursivas correspondientes. La reconstrucción analítica de la estructura del fenómeno se dirige a dos aspectos: el alumbramiento dimensional, que se refiere a la composición general de la configuración del fenómeno y que a lo largo del tiempo aparece más o menos fijo o cambiante; y la ejecución de su contenido, en forma de patrones de interpretación, clasificaciones, argumentos, etcétera. Por lo tanto, los componentes reales de la estructura del fenómeno de un discurso tienen que ser inferidos desde los datos, es decir, desde los fragmentos discursivos particulares, que normalmente solo contienen elementos parciales (véase como ejemplo Keller, 2009).

Estructuras narrativas

Estructuras narrativas son aquellos momentos estructurantes de los enunciados y los discursos que se ponen en relación específica mediante los diferentes patrones de interpretación, clasificaciones y dimensiones de la estructura del fenómeno, como por ejemplo actores, definiciones de problemas... No son solo técnicas de relación de los elementos lingüísticos, sino un modo básico del ordenamiento humano de la experiencia del mundo en forma de mise en intrigué (Ricoeur, 1983), como acto configurativo de entretejer signos diferentes y enunciados en forma de relatos. Los componentes del conocimiento constituidos en discursos son reunidos en la práctica enunciativa específica de un discurso en una narrativa particular y son integrados mediante un hilo conductor, una story line. En las disputas sobre las definiciones públicas de los problemas, los actores colectivos de contextos diferentes, por ejemplo de la ciencia, de la política o de la economía, entran en coaliciones mediante el uso de un relato básico común. En él se formulan representaciones específicas de responsabilidades causales y políticas, urgencia y solución de problemas, víctimas y culpables. Los problemas se pueden dramatizar o desdramatizar, racionalizar, moralizar, politizar o estetizar; los actores son revalorizados, ignorados o denunciados.

Argumentativos

Otro componente del análisis del conocimiento de los enunciados en los discursos son los argumentativos. Schünemann (2014) denomina así a los vínculos si-entonces o inferencias repetidas y jerarquizadas en textos. A diferencia de una concepción del discurso basada en Habermas o de la versión más reciente del análisis crítico del discurso, la investigación del ADSC no trata de la prueba relativamente sencilla de inconsistencias, contradicciones y espacios vacíos de la argumentación. Más bien investiga el funcionamiento discursivo de las argumentaciones, a pesar de los omnipresentes errores de la argumentación o quizá precisamente por ellos.

3. PROCEDIMIENTOS

La investigación en el marco de un ADSC no trata simplemente uno o varios discursos en forma de recetas y en referencia a los conceptos de análisis presentados, entre otros. Más bien requiere, en un primer momento, la formulación de un planteamiento o de un interés de conocimiento –similar a la pregunta básica de Foucault por las constituciones del sujeto moderno, aunque en un nivel más modesto– que deje claro el porqué, para qué y en referencia a qué se debe analizar una relación discursiva, un proceso o una problematización o no-problematiza-ción. Esto implica dedicación con y referencia a la literatura existente sobre un tema, un compromiso o una motivación sobre el objeto de estudio. El análisis real de datos discursivos y de dispositivos constituye entonces un segundo paso de la investigación. Este paso requiere al final una nueva reflexión e interpretación de los resultados en referencia al planteamiento, nuevos conocimientos, etcétera. Los conceptos de análisis propuestos son por tanto un medio para alcanzar el fin de la investigación; como mucho son un objetivo intermedio importante para los resultados. Con la reconstrucción de un patrón de interpretación o de una estructura del fenómeno, por tanto, no se llega al final del proceso de investigación, ya que se tiene que aclarar, de forma teórico-diagnóstica, lo que hay que hacer con ello. También aquí se trata de experiencias, en el sentido de la experimentalidad foucaultiana: «Una experiencia es algo de lo que se sale transformado, [...] En este sentido, me considero un experimentador [...]. Cuando escribo, lo hago sobre todo para cambiarme a mí mismo y no pensar lo mismo que antes» (Foucault, 1996 [1980/1978]: 24).

Después de una determinación aproximada, provisional, que puede ser revisada y ampliada, del objeto y de las preguntas de investigación, se recomienda utilizar acontecimientos discursivos mayores, como por ejemplo catástrofes, ratificaciones de leyes, escándalos, etcétera, como puntos de partida en la recogida de datos. El ADSC utiliza sobre todo datos naturales, es decir, textos e imágenes del campo de investigación, ampliados mediante entrevistas y observaciones participantes, en el marco de la investigación etnográfica de dispositivos. Los corpus de datos pueden ser desarrollados y ampliados entonces en el marco de un muestreo teórico, según criterios de contraste mínimos y máximos. En estas estrategias de búsqueda se concentran, cuando se trata de sondear la amplitud del campo discursivo, datos muy diversos respecto por ejemplo al tiempo de la enunciación, al contenido o a los hablantes; o por el contrario se enfoca hacia datos muy similares, cuando se trata de determinaciones finas.

Los datos incluidos así, de forma sucesiva, pueden ser utilizados como fuentes de información para generar conocimiento sobre actores, instituciones, campos de conocimientos, puntos esenciales temáticos, involucrados e invocados, y su diferencia a lo largo del tiempo, en diferentes niveles de expansión, en comparaciones internacionales, etcétera. Esto se puede relacionar directamente con estrategias del mapeo o cartográficas que captan constelaciones de actores, posicionamientos, relaciones de interacción... (véase Keller, 2009 [1998], 2012); o también en el sentido del análisis de la situación de Adele Clarke (2005). Por otro lado, los datos o documentos particulares también son objeto de un análisis secuencial fino, con el objetivo de formar categorías. Estos análisis pueden utilizar, además, el conocimiento de los estudios sobre ciencia, tecnología y sociedad, así como también de la etnometodología temprana (véase Prior, 2003). Las interpretaciones secuenciales siguen a la preparación configurativa y en forma de embudo del significado que se puede encontrar en documentos discursivos (véase, respecto a este procedimiento, Keller y Truschkat, 2015).

Con este punto también se quiere hacer un alegato a favor de la interpretación o la inevitabilidad de la hermenéutica en las ciencias sociales (véase también el texto de Ruiz y Alonso en este libro). A diferencia de las formas de hermenéutica de corte marxista o psicoanalítico, así como de la hermenéutica arbitraria de la deconstrucción, se trata aquí de una revelación metodológicamente reflexionada sobre los pasos de la interpretación, es decir, de estrategias de interpretación de datos que apuntan a la comprensibilidad y la objetivación social de los pasos seguidos para la interpretación del objeto de investigación, y que problematizan una comprensión ingenua. Ronald Hitzler y Anne Honer formularon concisamente esta posición:

Los enfoques de la hermenéutica en las ciencias sociales incluyen decididamente dudas en el proceso de comprensión: dudas frente a los pre-juicios de la persona que interpreta, dudas frente a la certeza subjuntiva en la vida cotidiana y la ciencia, y dudas finalmente también respecto a explicaciones reduccionistas. [...] Su exigencia consiste [...] en eliminar la ingenuidad epistemológica en las operaciones básicas de la investigación y formación de teoría en ciencias sociales, en reconstruirlas y alumbrarlas (Hitzler y Honer, 1997: 23 y ss.).

El análisis interpretativo y hermenéuticamente reflexionado de los datos empíricos obtenidos en forma de texto, o que pueden ser traducidos a textos, presenta un proceso reconstructivo y al mismo tiempo constructivo. Se puede llamar reconstructiva a esta interpretación porque quiere atestiguar algo sobre la relación y las particularidades (como esquemas de interpretación, estructuraciones de sentido...) contenidas en los datos a los que se refiere. Cada análisis del discurso procede necesariamente de forma reconstructiva en este sentido general. Pero procede también de forma constructiva porque se genera a partir de los datos interpretados, esquemas categoriales, etcétera, y con ello de formas de enunciados que así no eran, y que podían no estar contenidos en los datos. El proceso de construcción se rige en primera línea por las relevancias –es decir, las preguntas, conceptos y estrategias analíticas– del análisis social, incluso cuando estas apuntan a dar una oportunidad a la relevancia propia o insubordinación del campo; o, tal como lo expresa a menudo la nueva prosa de las ciencias sociales, incluso cuando se contempla la participación del objeto de investigación. Las interpretaciones del mundo, procesadas en discursos, solo se pueden alumbrar interpretando. Hablo de analítica interpretativa para subrayar que la investigación de los discursos pone en relación diferentes formatos de datos y pasos en el análisis; por ejemplo, estrategias sociológicas más bien clásicas del análisis de casos, combinado con un análisis detallado de datos textuales. También hablo de analítica interpretativa porque el ADSC, a diferencia de otros enfoques de la investigación social cualitativa, no se interesa en sí mismo por la unidad de significado de un documento particular (por ejemplo, de un texto), sino que supone que tal dato solo articula fragmentos (Jäger, 1999) de uno o varios discursos. Por ello se rompe la unidad material de los textos y se atribuyen los resultados de la división analítica y del análisis interpretativo fino, a veces, a distintos discursos. De ahí surge, paso a paso, el mosaico del discurso o de los discursos investigados –seguramente una modificación importante de la investigación social cualitativa convencional.

Mientras que el análisis del discurso puro hace referencia al conjunto de datos disponibles en forma de signos, enfoques de la etnografía del discurso se prestan especialmente para alumbrar a dispositivos, es decir, a las infraestructuras de producción de los discursos o las infraestructuras de intervención discursiva en el mundo (Keller, 2011 [2005]; Lippelt, 2014). Las etnografías del discurso son etnografías enfocadas temáticamente que se dirigen, en el marco de la multiplicidad del story telling etnográfico, a preguntas acerca de la producción de enunciados o de intervención en el mundo, es decir, a preguntas que enfocan hacia secciones específicas de una práctica discursiva o dispositiva (véase también el texto de Macgilchrist y Van Hout en este libro).

4. EJEMPLOS DE ANÁLISIS

Hoy en día disponemos de múltiples aplicaciones del ADSC que se relacionan también de manera diversa con otras tradiciones teóricas (por ejemplo, Keller y Truschkat, 2014; Bosančić y Keller, 2016). En conjunto predominan los procedimientos interpretativo-cualitativos. En el contexto de Augsburgo hemos realizado investigaciones sobre culturas de conocimiento de la investigación social cualitativa en Alemania y Francia desde los años sesenta (Keller y Poferl, 2016). Otros análisis se han enfocado hacia la subjetivación de los/as trabajadores/as no cualificados/as (Bosancic, 2014), la construcción de evidencias en procedimientos de asilo (vom Hofe y Oschwald, 2015), los discursos populistas de derechas de Pegida (Paukstat y Ellwanger, 2016) o el trato actual del racismo en la denominación de las calles (Hoevelman, 2015) o en la publicidad (Schwarz, 2016). Actualmente se está realizando un estudio comparativo internacional sobre órdenes de justificaciones ecológicas en referencia al fracking (Keller, 2015) y un proyecto de investigación sobre políticas de conocimiento en la prostitución (Keller, 2016).

Aquí se presenta como ejemplo un análisis propio, en el marco de una investigación comparativa de los debates públicos sobre el problema de la eliminación o el reciclaje de residuos urbanos, en Francia y en Alemania, a lo largo de veinticinco años, en concreto entre 1970 y 1995 (Keller, 2009 [1998]). En un primer plano se hallaron preguntas acerca de los conceptos de naturaleza, la comprensión de la sociedad y la técnica, así como ideas sobre consumo y valores. Ante el trasfondo del debate sociológico sobre la sociedad del riesgo y la modernidad reflexiva, también se debía resolver, de forma empírica, si se pueden comprender adecuadamente los transcursos observables de los debates y de las políticas, y en qué forma concreta aparecen.

Varios formatos de datos compusieron la base del estudio. En el núcleo se situó una recopilación de textos procedentes de los medios de comunicación impresos a lo largo del periodo de investigación. Con ello se creó un corpus de datos siguiendo una cadena de acontecimientos seleccionados, por regla general consultas y ratificaciones de leyes y directrices nacionales, los escándalos de residuos más importantes, etcétera, y haciendo uso del servicio de archivos. Este corpus se componía de aproximadamente 1.500 textos de diarios y semanarios, así como de publicaciones especiales. A ello se añadieron documentos de los procesos políticos de toma de decisiones (peritajes, protocolos de audiciones, etc.) y documentos de acciones de movilización política y de titulares de instalaciones. La muestra se complementó mediante 38 entrevistas con expertos/as del campo de estudio: representantes de la administración y de la política, de asociaciones económicas y ONG, de partidos políticos, así como científicos/as. También se asistió a eventos muy diversos sobre política de residuos, tales como congresos, ferias o exposiciones. No obstante, el análisis se concentró en la muestra de los medios impresos, mientras que los demás formatos de datos se utilizaron sobre todo para fines orientativos. En el marco del trabajo sucesivo de lectura, el corpus total se redujo a aproximadamente ochenta artículos. Estos formaron la base de una explotación detallada de un análisis secuencial según procedimientos de contraste y codificación de la investigación social interpretativa. Con ello se reconstruyeron los patrones de interpretación, las estructuras del fenómeno y las estructuras narrativas de los discursos, que conjuntamente formaron el repertorio de interpretación.

Se pueden resumir los resultados del trabajo en cuatro puntos: primero, se reconstruyeron, de forma objetiva, los datos obtenidos en el transcurso de los respectivos debates y de las regulaciones políticas de residuos; segundo, se analizaron los patrones de interpretación, las estructuras de los fenómenos y story lines centrales, que, en forma de mapas, se pusieron en relación con los actores involucrados en los discursos y el espacio público mediático; tercero, se relacionaron los procesos nucleares de la transformación en discursos, con referencias al debate en las ciencias sociales sobre la modernidad reflexiva y su significado; y en cuarto lugar se debatió la aportación de la investigación del discurso para el análisis de las estructuras institucionales en ambos países. A continuación se explican brevemente el segundo y el tercero de estos pasos.

La investigación diagnosticó la competencia pública de dos posiciones del discurso en el ámbito germanohablante. Estas pueden ser descritas como discurso estructuralmente conservador, por un lado, y discurso crítico con la cultura, por otro. En el discurso estructuralmente conservador, la autonomía de los procesos económicos se estableció como variable central indispensable. Con este patrón de interpretación se relacionaron aquellos de la casi-naturalización del problema de los residuos, de la expectativa de continuidad en referencia al progreso social, una confianza en el control tecnológico, el carácter inagotable de la naturaleza como recurso y la autopercepción de esta posición ética de la responsabilidad en contra de la ética de la convicción. En el discurso opuesto, el de la crítica a la cultura, la escasez de la naturaleza representa el patrón nuclear de las interpretaciones; a ello se añade la insistencia en el riesgo general de los procesos técnicos, en la socialización o la inmanencia del surgimiento de problemas, en la politización de lo económico, en la salida del modelo actual de desarrollo y en el autoposicionamiento como ética de la responsabilidad contra intereses económicos.

En el caso francés solo se encontró un discurso hegemónico en los medios de comunicación de masas, cuyo protagonista es el Gobierno central francés. También aquí existe un discurso contrario, pero este se queda fuera o en los márgenes del espacio político. En el discurso francés dominante sobre la modernización social y técnica, el Estado aparece como defensor del interés general nacional. Desde esta interpretación nuclear, el problema del surgimiento de residuos se naturaliza. El Estado promueve un desarrollo civilizador. Además, queda fuera de duda la posibilidad de un control social, técnico y administrativo de los residuos. Mientras que las instituciones estatales representan a la razón pragmática, la ausencia de razón de Estado por parte de la ciudadanía, la economía y los municipios les impide aportar una solución real a los problemas.

Respecto al tercer paso, se debatieron por ejemplo los procesos de la individualización de la responsabilidad por los residuos, es decir, de la obligación moral de los/as consumidores/as, o el papel del riesgo general frente a las promesas de seguridad tecnológica. Con ello, también se mostró que los procesos discursivos cambian significativamente a lo largo de las décadas, por ejemplo mediante la pujanza de la argumentación del riesgo, que aumentó fuertemente el potencial conflictivo y las disputas en el ámbito germanohablante. Asimismo, se muestra la diferencia existente entre ambos países: mientras que los medios impresos sirven en el caso francés como órgano de difusión de la posición hegemónica defendida por el Gobierno nacional, en el caso alemán se utilizaron como arena o escenario de debates. Quedó patente que los actores políticos intervinieron como interlocutores en momentos muy diferentes en tales discursos y que podían aparecer también en posiciones discursivas diferentes e incluso opuestas. Como diagnóstico se entendió, finalmente, el caso francés como un ejemplo de modernización lineal y el caso alemán como ejemplo de modernización reflexiva.

El ADSC se ha utilizado en muchos otros estudios. Bechmann (2007) analizó el debate público y político sobre la reforma del seguro sanitario; Biermann (2014) trató el conflicto sobre la construcción de una mezquita en colonia; Elliker (2013) analizó el debate suizo sobre la integración; Klinkhammer (2014) observó las representaciones de la infancia en la política de educación y de cuidados. Schünemann (2014) comparó los procesos de argumentación política con motivo de las votaciones sobre la constitución europea en varios países. Las investigaciones que utilizan el marco del ADSC también se han ocupado de la producción simbólica del espacio y de paisajes urbanos (Christmann, 2004), el reconocimiento de las competencias en estrategias de empleo (Truschkat, 2008), los discursos públicos sobre satanismo (Schmied-Knittel, 2008), la creación de identidades en movimientos de izquierda en Alemania y Gran Bretaña (Ullrich, 2008), las comunidades de migrantes chinos en Rumania (Wundrak, 2010), controversias televisivas sobre los matrimonios del mismo sexo en EE. UU. (Zimmerman, 2010), el mapeo del terrorismo suicida en ciencias políticas (Brunner, 2010), los ambientes creativos (Renout, 2014), las intervenciones educativas como consecuencia del informe PISA (Sitter, 2015), los discursos sobre abuso sexual (Hoffmann, 2012), la relación entre sistema sanitario y reproducción de desigualdad (Kessler, 2016), los desarrollos de diagnósticos médicos (Schübel, 2015) y estrategias de prevención sanitaria étnicoclasificatorios (von Unger et al., 2016). En el ámbito castellanohablante se ha investigado, por ejemplo, la exclusión discursiva de la población inmigrante (Herzog, 2009) o la reproducción de estructuras coloniales mediante el trabajo asistencial en Colombia (Heiss, 2016).

5. LÍMITES Y PERSPECTIVAS

La heurística conceptual del ADSC desatiende intencionalmente planteamientos lingüísticos en el sentido más estricto. Hasta ahora se han desarrollado, solo de forma muy rudimentaria, estrategias de análisis de visualizaciones, al igual que estrategias cuantificadoras para el análisis de grandes cantidades de datos que, al mismo tiempo, tienen en consideración las suposiciones básicas de la sociología del conocimiento y de la hermenéutica sobre la construcción secuencial de figuras de sentido. Y el enfoque aquí presentado tampoco sirve para desarrollar explicaciones causales, tal como a menudo se busca en las ciencias políticas: más bien se orienta hacia la concepción de Max Weber del enlace entre comprender y explicar. Finalmente, el enfoque defiende la utilidad crítica de una analítica y heurística interpretativas, que tienen en cuenta las diferentes preguntas y procesos discursivos y que por lo tanto se sitúan en una posición media entre la indeterminación total del análisis y su sobredeterminación por el enfoque de la investigación. Los análisis que apuntan a una toma de posición política anticipada o crítica para desenmascarar malos documentos y malas intenciones difícilmente se pueden realizar con este enfoque, ya que tampoco es su pretensión. El ADSC se orienta, por el contrario, tal como se ha señalado, hacia la comprensión foucaultiana de un análisis y de una ilustración flexible y crítica que renueva permanentemente su tarea a causa de la transformación constante de los regímenes de poder/conocimiento.

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1. En ingles, The Sociology of Knowledge Approach to Discourse, SKAD. Respecto a publicaciones y eventos en inglés, véase en línea: <http://kellersskad.blogspot.de>; y para el espacio germanohablante, también en línea: <www.diskurswissenschaft.de>.

2. Véanse también Keller et al. (2005, 2010, 2011, 2012, 2015) y Viehöver et al. (2013).

2. SOCIOHERMENÉUTICA: FUNDAMENTOS Y PROCEDIMIENTOS PARA LA INTERPRETACIÓN SOCIOLÓGICA DE LOS DISCURSOS

Jorge RuizLuis Enrique Alonso

1. REFERENTES TEÓRICOS

Si consideramos los comportamientos sociales como acciones y no como meras conductas reactivas, debemos atender al sentido que tienen para los sujetos que las realizan, esto es, debemos basar nuestras explicaciones en la subjetividad de los actores sociales. La importancia de esta dimensión subjetiva de los comportamientos sociales nos remite a una cuestión metodológica fundamental con relación a cómo podemos investigar la subjetividad, cómo podemos captar y analizar este sentido de la acción para los propios sujetos implicados.

Podemos considerar dos fuentes para el conocimiento de la subjetividad: 1) el registro de las respuestas a las preguntas del/de la investigador/a en el contexto de distintas situaciones de investigación (cuestionario cerrado, entrevista más o menos abierta, dinámica grupal, etcétera); o 2) la recolección de productos sociales de diversa índole (libros y otros documentos principalmente, pero también conversaciones informales, obras de arte, desperdicios, etcétera). En la mayoría de las ocasiones estos materiales o bien tienen una forma textual directamente, o bien son susceptibles de adquirirla sin excesivas dificultades. Así, los textos de distintos formatos y de múltiples procedencias son una vía fundamental de la que disponemos para acceder a la subjetividad de los actores sociales, en la medida en que expresan esta subjetividad y, a la vez, la objetivan. Los textos pueden ser considerados, por lo tanto, como expresiones-objeto, objetos producidos en actos expresivos de sujetos y, en este sentido, interpretables como discursos que reflejan la subjetividad de los actores sociales (Navarro y Díaz, 1994).

Pero sería muy ingenuo y aventurado suponer que los textos expresan a los sujetos que los han producido de una manera directa e inmediata. Los sujetos no se expresan de manera transparente en los textos que producen. Por un lado, no siempre decimos lo que pensamos o lo que creemos por distintas circunstancias. Por otro lado, con frecuencia nos comportamos de manera poco consecuente o abiertamente inconsistente con nuestras creencias y valores, de manera que se rompe esa continuidad postulada entre subjetividad y comportamiento. Los textos no solo contienen la expresión de la subjetividad de las personas, sino también sus inconsistencias, incongruencias, ambivalencias e incluso sus eventuales mentiras o versiones interesadas (Martín Criado, 2014a). Los discursos de los actores sociales y los textos en los que están objetivados responden tanto a sus opiniones, a sus normas y sus valores, como a las características y circunstancias de las situaciones en las que están implicados. Además, estas normas y valores sostenidos por el sujeto no siempre forman un todo homogéneo e inequívoco, sino que, por el contrario, con frecuencia incluyen contradicciones y ambigüedades que admiten una gestión más o menos interesada por este mismo sujeto.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que si bien los discursos sociales expresan a los sujetos que los producen, rara vez tienen una intención exclusivamente expresiva, ni siquiera principalmente expresiva. Por el contrario, los discursos sociales, en la mayoría de las ocasiones, tienen una intencionalidad más comunicativa que expresiva, por lo que contienen elementos o aspectos directamente relacionados con esta situación y esta intención. Producir un determinado efecto en los interlocutores, ofrecer una imagen determinada de uno mismo o mantener o finalizar la propia comunicación son, entre otros muchos, aspectos de los discursos que se encuentran junto a la subjetividad en los textos que analizamos. Pero, más que contaminar o invalidar los discursos como medio de acceso a la subjetividad, estos elementos extraños o adicionales nos advierten de la complejidad y dificultad de esta derivación. De hecho, si bien no son expresión directa de la subjetividad, estos aspectos comunicativos de los discursos pueden ser considerados síntomas de la subjetividad de los actores sociales implicados.

Una tercera consideración sobre la compleja relación entre discurso y subjetividad es que, en nuestra pretensión de explicar los comportamientos sociales por el sentido subjetivo que tienen para los actores, nos interesa la intersubjetividad social más que la subjetividad personal (Beltrán, 2013). De los textos y discursos sociales no solo podemos derivar la subjetividad de los actores sociales, sino también, o sobre todo, la matriz intersubjetiva en la que se desenvuelven y en función de la cual construyen su propia apuesta o jugada discursiva.

Derivar de los discursos sociales la subjetividad y la intersubjetividad social no es algo que pueda hacerse de manera directa. Por el contrario, es una tarea que implica necesariamente un salto interpretativo (Ruiz, 2009). Los discursos de las personas y los textos en los que se objetivan reflejan su subjetividad, pero lo hacen de manera indirecta y compleja, por lo que para elucidarla y ponerla de manifiesto se requiere interpretación. Y es en este punto en el que los procedimientos y las lógicas de la hermenéutica resultan muy útiles a una sociología con pretensiones comprensivas, en la medida en que permiten recuperar al sujeto que se encuentra tras los textos que ha producido. Un sujeto que construye su discurso en función de las normas y valores propios, pero también en función de sus intereses, de las circunstancias en las que se encuentra o de las expectativas que percibe en otros sujetos que considera significativos.

Parece claro que no siempre se dice lo que se piensa; ni mucho menos siempre se hace lo que se dice. Pero entre el pensar, el decir y el hacer social hay un hilo en el que se puede explorar, mediante el análisis y la interpretación de los textos, la presencia y la insistencia de un sujeto social. También en sus incongruencias y en sus contradicciones; si no especialmente en ellas. En este sentido, la hermenéutica proporciona a la sociología una herramienta muy potente y útil para extraer o derivar de los discursos que analiza la subjetividad de los actores sociales y la intersubjetividad social. En ocasiones se ha asociado esta práctica interpretativa con una orientación posmoderna de disolución de los referentes sociales de los textos en favor de un relativismo interpretativo radical. Sin embargo, desde un punto de vista sociohermenéutico la interpretación de los textos responde más a una pretensión moderna de comprensión de los comportamientos sociales, remitiéndolos a una subjetividad subyacente (Alonso, 2013). En este sentido, entronca más con la tradición comprensiva en sociología que con las derivas deconstruccionistas y los abusos interpretativos de la posmodernidad.

Además, la hermenéutica social tiene muchas semejanzas con la hermenéutica clásica, de la que adopta sus métodos, pero también presenta importantes diferencias. Por un lado, está su carácter eminentemente instrumental: las interpretaciones sociológicas de los textos no constituyen un fin en sí mismo, sino que más bien son un paso intermedio para la comprensión de los comportamientos sociales. Por otro lado, la hermenéutica social presenta unos objetivos específicos diferentes respecto a los de otras hermenéuticas. Así, la hermenéutica histórica tiene una pretensión de fidelidad al sentido original de los textos, al sentido pretendido por su autor/a, comprendiéndolos desde el tiempo actual; la hermenéutica jurídica persigue la aplicación recta y estricta de la norma a cada caso concreto; la traducción implica también una interpretación que comparte la pretensión de fidelidad al sentido original de los textos, adaptándolos en este caso a otros contextos culturales y lingüísticos; la etnografía interpreta con la pretensión de comprender el punto de vista del otro cultural, y la lectura de los textos literarios, por último, supone una interpretación co-constructiva o creativa del sentido (Gadamer, 2002).

Frente a estos objetivos de otras hermenéuticas, la sociohermenéutica se plantea como objetivo interpretar los textos en función de la huella que ha dejado en ellos un sujeto subyacente y de las implicaciones que tienen dichos textos en relación con una intersubjetividad compartida por los distintos actores sociales. No se trata por lo tanto de establecer, rescatar, reivindicar o, ni siquiera, reformular un sentido primigenio u original de los textos para quienes lo han producido, una verdad de los textos. Se trata más bien de desvelar o de poner de manifiesto las subjetividades y las intersubjetividades implicadas en ellos. No se trata de establecer qué nos dicen o qué nos quieren decir los textos, sino más bien qué implicaciones tienen respecto de las características y circunstancias de los sujetos que los han producido, y respecto de las coordenadas intersubjetivas en las que han surgido y en las que se insertan (Ruiz, 2014).

En esta visión sociohermenéutica de la sociología, la interpretación no se plantea como un sistema hipotético deductivo que permite la verificación o falsación de un conjunto de categorías predeterminadas y codificables, excluyendo como ruido todo lo que no se adapta al modelo de validación. Por el contrario, lo que se defiende es la captación de productos discursivos reales para tratar de determinar, en ellos, el sentido de la acción de los sujetos como sujetos sociales (Alonso, 1998). Las percepciones tanto de los actores como del/de la investigador/a son, por lo tanto, elementos fundamentales de la interpretación. Y el ruido, lejos de ser excluido, es contemplado como una parte de lo real que puede ser fundamental como síntoma para el análisis, al ser algo que entra en el campo continuo de lo analógico y que, sin embargo, queda literalmente fuera de las oposiciones binarias, verdadero/falso, de lo digital. Frente a la orientación fuertemente subjetivista que ha tenido la hermenéutica tradicional, la sociohermenéutica que aquí defendemos no busca tanto intuir o reconstruir el sentido auténtico y último que otorga un sujeto sublimado a sus enunciados simbólicos, sino los efectos reales que los discursos producen.

2. RELEVANCIA DE LA SOCIOHERMENÉUTICA PARA EL ANÁLISIS SOCIOLÓGICO

La sociohermenéutica proporciona un procedimiento de análisis de la subjetividad y la intersubjetividad social a partir de la interpretación de textos como discursos sociales. En este sentido, resulta muy útil para la comprensión de la acción social, para la explicación de los comportamientos sociales en términos de acción. Habría un encaje o correspondencia de los planteamientos de la hermenéutica aplicada a los discursos sociales, por un lado, y los planteamientos de la sociología comprensiva, por otro. Mientras que la sociohermenéutica plantea el acceso a la subjetividad social a partir de la interpretación de los discursos sociales, la sociología comprensiva plantea la explicación de los comportamientos sociales a partir de la referencia al sentido que estos tienen para los sujetos. Para la sociohermenéutica, la subjetividad social y la intersubjetividad aparecen como objetivos de la interpretación, mientras que para la sociología comprensiva la subjetividad y la intersubjetividad es aquello que permite interpretar los comportamientos sociales como acción. La sociohermenéutica interpreta el discurso social como producto de un sujeto concreto, así como de sus circunstancias y las condiciones sociales en las que se ha producido y de la matriz intersubjetiva específica en la que se encuentra este sujeto; la sociología comprensiva explica los comportamientos sociales como productos del sentido subjetivo que tienen para los actores. Se establece así un nexo entre los discursos, la subjetividad social y los comportamientos sociales, mediados por una interpretación sociológica.

En la formulación clásica de Max Weber, la sociología comprensiva plantea una explicación de los comportamientos sociales en términos subjetivos, esto es, en función del sentido que los sujetos sociales atribuyen a su propio comportamiento como un medio racional para la consecución de determinados fines (Weber, 1958). Se trata de una explicación subjetiva de la acción social que pretende cumplir con los requisitos de objetividad de la ciencia, evitando los problemas del idealismo y del psicologismo. En este sentido, nos remite a una explicación del comportamiento social basada en los motivos de los actores sociales, pero entendidos estos motivos no como predisposiciones o preferencias individuales o personales, sino como cursos de acción socialmente establecidos y compartidos que se actualizan en función de circunstancias y situaciones concretas (Mills, 1981).

La sociología de orientación cualitativa recoge esta pretensión comprensiva en la medida en que busca siempre situarse en el campo de las relaciones cotidianas, ya sea entrando en su espacio comunicativo a partir de sus productos icónicos o textuales, ya sea reconstruyendo la dinámica interpersonal de acciones y comunicaciones que crean y recrean la realidad social (Beltrán, 2016). Así, los discursos pueden ser interpretados como productos de un conjunto de prácticas situadas, como un sistema de métodos y rituales difusos que utilizan los miembros de la comunidad para construir permanentemente su mundo. No serían un simple conjunto de respuestas u opiniones que surgen de posiciones estáticas e individualizadas, derivadas de la posición prefijada en la estructura formal de las organizaciones sociales. Desde esta perspectiva, los discursos no son productos de una subjetividad absoluta o soberana, sino más bien de una intencionalidad limitada de los actores, en el sentido de estar acotada o condicionada por su contexto sociohistórico y por una reflexión previa sobre los fines de la acción. Esta intencionalidad limitada es lo que permite hablar de sentido de la acción social y es por lo que el sentido, como búsqueda consciente o preconsciente por parte de los sujetos de efectos en sus acciones fácticas y/o simbólicas, desborda la significación como representación limitada en un sistema lingüístico y/o informático. Como señala Bauman, «la comprensión del símbolo consiste en referirlo en vez de a la intención de quien lo emplea, a sus usos basados en la comunidad» (2007: 208). Los discursos nos informan sobre todo de las circunstancias y determinantes de su uso en un determinado contexto; vale decir, de una intersubjetividad que informa y conforma la acción social de los sujetos, en mayor o menor medida.

No hay comunicación abstracta, sino que las expresiones concretas de los intercambios comunicativos toman el cuerpo de relatos, de narraciones, en las que los sujetos sintetizan en un punto de vista elementos temporales, sociales y referenciales para causar efectos en otros sujetos, dentro de situaciones históricas que tanto confieren como reciben sentido de esos mismos relatos (Ricoeur, 1996). El mundo de las representaciones no solo se impone a los actores sociales como imágenes, sino que también es la forma en la que los actores se representan a sí mismos y en las que tratan de expresar su propia vida (Habermas, 1996). Antes que un análisis formalista, este análisis sociohermenéutico, guiado por la fenomenología, la etnología y la teoría crítica de la sociedad, trata de encontrar una forma de escritura o reescritura (Richardson y St. Pierre, 2017) que dé cuenta de las posibilidades de representación y de comprensión del texto concreto en su contexto social y en los usos prácticos, intersubjetivos y consensuados que los sujetos le dan a sus enunciados, dentro del marco de la historicidad de sus planteamientos. Esto supone la reconstrucción de los intereses de los actores que están implicados en el discurso, incluido/a el/la investigador/a (Habermas, 1982).

El enfoque sociohermenéutico se fundamenta en un análisis contextual donde los argumentos toman sentido en relación con los actores que los enuncian, enmarcados en un conjunto de fuerzas sociales que los originan, frecuentemente en conflicto. El hacer interpretativo de la investigación social es un querer saber sobre el hacer de los discursos, esto es, una práctica de atribución de sentido de los discursos centrada sobre lo que los discursos hacen en sociedad. Esto representa justamente lo contrario de una lectura analítica de los textos que trata de encontrar un perfil estructural dividiéndolos en partes y subpartes; es una lectura activa en la que las preguntas que se le hacen al texto se realizan desde una polifonía de las diferentes posiciones sociales que entran en el campo social de referencia (Eco, 1992). Toda interpretación se efectúa en un conflicto de interpretaciones, porque toda interpretación se hace en la encrucijada de la pluralidad de sentidos de lo social (Ricoeur, 1995).

La interpretación sociológica se sitúa así en el plano de la fundamentación de los enunciados: intención, motivación, sentido... (Ricoeur, 1988). Fundamentar las acciones conlleva averiguar qué significan para quienes las realizan y, con ello, tratar de situarse en el lugar de los actores sociales. Ponerse en el lugar de los actores no significa, por un lado, usurpar el papel de esos actores ni, por otro, adoptar la posición única de alguno de los actores en juego, sino entrar en un campo de fuerzas que no es armonioso sino conflictivo; es un campo comunicativo y, por ello, es un juego de poderes y un juego de lenguajes. El sociólogo francés Jean Phillipe Bouillourd define la sociología como una hermenéutica de lo real «en tanto que real social y este real social procede en sí mismo de la interpretación del mundo por los individuos» (1997: 247). Por esta razón considera que la categoría básica de interpretación es el sentido o, aún más, lo que él denomina el eco del sentido, pues no es solo el enunciado manifiesto lo que tiene relevancia en la comprensión, sino también su percepción, recepción y retroacción en los públicos concretos.

En este sentido, la hermenéutica plantea unas prácticas interpretativas muy similares a las que utilizamos las personas en la vida cotidiana. En efecto, es un método científico, pero además y primero es una capacidad que forma parte de la naturaleza social del ser humano (Gadamer, 2002). En nuestra vida cotidiana interpretamos continuamente lo que nos dicen aquellos con quienes interactuamos, así como el material discursivo al que accedemos, de diversa procedencia y de diversa índole. Estas interpretaciones nos permiten comprender, en cierta medida, el espacio social en el que nos movemos y orientar nuestro propio comportamiento en función de esta comprensión. Simmel (1977) señaló de manera pionera, a la vez que certera y sugerente, esta dimensión interpretativa de las interacciones sociales (Alonso, 2013). Pero también la encontramos en la fenomenología social de Schütz o en la etnometodología de Garfinkel (López, 2008). En el ámbito alemán, la sociología hermenéutica del conocimiento, conocida también en sus inicios como hermenéutica sociológica, aborda esta dimensión interpretativa de la interacción social, al ocuparse de establecer el significado social de toda forma de interacción, lingüística o no lingüística, así como de cualquier tipo de productos de estas interacciones, ya sea del arte, la religión, el entretenimiento, el consumo, etcétera. Dentro de esta corriente, podemos destacar la obra de Hans-Georg Soeffner (Reichertz, 2013).

Nuestra visión de la hermenéutica social se encuentra por lo tanto muy cercana a la sociología comprensiva y también al proyecto de sociología cognitiva de Cicourel (1979), que nos remite a la manera en la que los actores sociales adquieren y utilizan procedimientos interpretativos para formalizar vínculos sociales concretos. Una sociología definida como un conjunto situado de procedimientos interpretativos refinados sobre procedimientos interpretativos espontáneos, en una triple dimensión: la del lenguaje, la de la significación y la del conocimiento. Una explicación de la acción social y una interpretación de los discursos, en definitiva, que reconstruyen la imbricación de contextos en los que se producen, superando la tajante y artificial división entre lo micro y lo macrosociológico (Cicourel, 2011). También presenta múltiples conexiones y puntos en común con los presupuestos e intereses del análisis del discurso basado en la sociología del conocimiento (ADSC), tal y como ha sido formulado y desarrollado por Keller y sus colaboradores/as (véase Keller, 2010; o en este libro, el texto de este mismo autor).

Pero sobre todo este enfoque responde a una sociología pragmatista, como ha sido formulada, entre otros, por la Escuela de Chicago o por el interaccionismo simbólico. Así, la interpretación sociohermenéutica se fundamenta y encuentra su principal campo de aplicación en la teoría social del pragmatismo y, más concretamente, en una teoría creativa de la acción, en la que la creatividad no aparece como un tipo específico de acción, sino como una dimensión inherente a toda acción social (Joas, 2013). Esta interpretación no se limita a determinar la pluralidad de valores o fines alternativos de acción implicados en los discursos sociales; tampoco se agota en la exploración de los acuerdos o consensos intersubjetivos entre los sujetos respecto de los componentes normativos de la acción, ya sean estos acuerdos actuales o potenciales. Además, y de manera central, los discursos se vinculan a las situaciones o circunstancias en las que se encuentran los sujetos y a las soluciones creativas que estos formulan para responder a los problemas prácticos que se plantean en estas situaciones concretas. Dicho de otro modo, los discursos se interpretan en clave de la definición de cursos de acción alternativos en función de los valores estimados, los medios disponibles y la adecuación entre unos y otros, en las situaciones problemáticas concretas a las que se enfrentan los sujetos. Esto es especialmente relevante si tenemos en cuenta que, si bien el reconocimiento de estas situaciones problemáticas se sustrae al arbitrio subjetivo, «su reconocimiento se produce siempre dentro de una imagen del mundo constituida subjetivamente, cuya realidad la aporta el sujeto» (Joas, 1998: 4).

En tanto que teoría sobre la constitución práctica del conocimiento en situaciones problemáticas, el pragmatismo vincula dicha constitución a la sociedad y a las condiciones requeridas para el consenso entre los sujetos. Ahora bien, a la intersubjetividad comunicativa centrada en el lenguaje, el pragmatismo añade o incorpora una intersubjetividad práctica centrada en la acción (Joas, 1998). Así, la sociohermenéutica explora en los discursos una triple dimensión de la subjetividad social, a saber, la pluralidad de posiciones subjetivas existentes en la sociedad, la intersubjetividad comunicativa basada en el lenguaje (Habermas, 1981) y, sobre todo, la intersubjetividad práctica centrada en la acción, esto es, en el modo de resolver de manera creativa problemas planteados en situaciones concretas.

3. PROCEDIMIENTO METODOLÓGICO

Podemos identificar tres procedimientos por los que opera la interpretación sociohermenéutica: el círculo hermenéutico, la espiral hermenéutica y la descripción densa. A continuación, vamos a referirnos a cada uno de ellos de forma detallada.

El círculo hermenéutico

La interpretación textual se plantea como un proceso en el que las partes del texto se comprenden en referencia al todo, al texto íntegro, y a su vez el todo se comprende a partir de las partes que lo componen. Esta referencia recíproca entre el todo y las partes es lo que se conoce como círculo hermenéutico: es en el ir y venir entre el texto en su totalidad y sus partes constitutivas como se produce y se aumenta progresivamente la comprensión del texto. El círculo hermenéutico tiene diversas implicaciones de cara al modo de proceder en la comprensión de los textos. Por un lado, nos invita a una primera lectura de los textos en su totalidad, y solo después de esta comprensión inicial del texto íntegro a proceder a su fragmentación o descomposición en sus partes constitutivas. Frente a las prácticas analíticas marcadas por la codificación (análisis de contenido, grounded theory, etcétera), la hermenéutica se muestra mucho más prudente a la hora de proceder a la fragmentación de los textos y, lo que es aún más importante, concibe esta fragmentación como una tarea reversible, de manera que no se pierda la referencia a la totalidad del texto y pueda volverse de manera recurrente al texto en su integridad. Por otro lado, las partes del texto se comprenden en referencia a su contexto, a las relaciones que mantienen con otras partes del texto y con el texto en su totalidad. Por último, la totalidad del texto se comprende desde cada una de sus partes, pero no como una mera suma o agregación, sino atendiendo también a las relaciones que mantienen unas partes con otras; vale decir, considerando la estructura textual como un aspecto fundamental que le confiere su sentido.

Respecto al carácter contextual de la comprensión sociohermenéutica es importante hacer alguna puntualización. Así, mientras en otras disciplinas esta comprensión contextual se refiere a una comprensión dentro del texto, es decir, a la comprensión de cada uno de los fragmentos textuales según su relación con otros fragmentos y con la totalidad del texto, la sociohermenéutica plantea una consideración más amplia del contexto, que transciende o supera los límites del propio texto. Por ello, el texto en su totalidad se comprende también en referencia a otros textos que se encuentran en el espacio social y con los que entra en diálogo: el contexto intertextual o el sistema de discursos (Conde, 2009; o en este libro, el texto de Marina Requena). Y también se toma en consideración el contexto situacional en el que el texto ha sido producido, e incluso el contexto social más amplio. Podemos decir que el círculo hermenéutico, en el caso de la sociohermenéutica, se amplía y diversifica, planteando la comprensión en función de distintos niveles contextuales. En la sociohermenéutica es más apropiado, por lo tanto, hablar de círculos hermenéuticos en plural.

Por otro lado, este procedimiento del círculo hermenéutico puede parecer problemático en la medida en que sugiere un razonamiento defectuoso, una cierta circularidad en la argumentación o círculo vicioso. Pero no se trata de un defecto lógico, ya que no se pretende deducir una cosa de la otra. No es un razonamiento deductivo lo que se plantea, sino más bien la descripción de la estructura y el proceso de la comprensión (Gadamer, 2002). Comprender el texto implica dar vueltas en torno a su consideración parcial y a su consideración integral y viceversa, pero en ningún caso supone una pretensión de explicación recíproca. Además, la diversificación y ampliación de los círculos en los que se comprende el texto evitarían en la sociohermenéutica cualquier posibilidad de vicio autorreferente.

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