Kitabı oku: «Anatomía de un imperio»
ANATOMÍA DE UN IMPERIO
ESTADOS UNIDOS Y AMÉRICA LATINA
BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS
http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com
DIRECTORAS
Carme Manuel
(Universitat de València)
Elena Ortells
(Universitat Jaume I, Castelló)
ANATOMÍA DE UN IMPERIO
ESTADOS UNIDOS Y AMÉRICA LATINA
Ed. Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Anatomía de un imperio: Estados Unidos y América Latina Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo, ed.
1ª edición de 2019
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-502-2
Ilustración de la cubierta: Sophia de Vera Höltz
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Índice
PRESENTACIÓN
Pablo Pozzi
INTRODUCCIÓN
Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo
PRIMERA PARTE
LOS ORÍGENES DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO. EXPANSIONISMO TERRITORIAL Y VISIONES CRÍTICAS DESDE AMÉRICA LATINA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX
Presentación
¿Un imperialismo excepcional? Reflexiones sobre el excepcionalismo estadounidense a la luz de la guerra hispano-cubano-estadounidense (1898)
Malena López Palmero
La guerra filipino-estadounidense (1899-1902). Un “laboratorio de ensayo” hegemónico
Darío Martini
Las Escenas norteamericanas en la “era del imperio” o la porosidad del pensamiento martiano
Ariela Schnirmajer
Carlos Pereyra y la interpretación latinoamericana de ‘El o Los mitos de Monroe’
Mariana Mastrángelo
SEGUNDA PARTE
IMPERIALISMO CULTURAL ESTADOUNIDENSE. EXPANSIONISMO IDEOLÓGICO, HEGEMONÍA Y RESISTENCIA ANTIMPERIALISTA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX
Presentación
Más allá de las armas. Guerra, cultura y diplomacia en las relaciones entre Brasil y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial
Francisco César Alves Ferraz
El imperialismo norteamericano y el sindicalismo latinoamericano (1961-1976)
Pablo Pozzi
Estados Unidos, el radicalismo negro estadounidense y la lucha antimperialista en el Tercer Mundo: un análisis de la visita de Stokely Carmichael a Cuba durante la Organización Latinoamericana de Solidaridad (1967)
Valeria L. Carbone
Imperialismo estadounidense y reacción popular en Argentina. Tres casos de una historia invisibilizada
Leandro Morgenfeld
Absolutismo cultural, cine y la dominación de Estados Unidos desde mediados del siglo XX
Fabio Nigra
Los autores
Presentación
Pablo Pozzi
En 2017 se cumplieron tres décadas desde que la Universidad de Buenos Aires (UBA) inauguró lo que fue, durante bastante tiempo, la primera y única cátedra de Historia de los Estados Unidos de América en Argentina. Desde aquel momento, y hasta el día de hoy, la UBA ha producido una cantidad notable de especialistas y obras que estudian a la potencia del norte. Al mismo tiempo, el objeto de estudio demandó planificar y desarrollar estrategias especiales para su abordaje. Estudiar a Estados Unidos desde América Latina necesariamente implica el planteo de objetivos, hipótesis y perspectivas distintos a los que se plantea la historiografía norteamericana. Eso no significa algún tipo de ponderación o valoración, ya que ambas perspectivas tienen mucho que aportar. De hecho, la interrelación entre ambas sugiere nuevas aproximaciones y enfoques.
Esta obra presenta una selección de trabajos cuyos autores se formaron en la discusión de esas perspectivas. Cada uno contribuye con su enfoque particular, tanto en postura como en hipótesis, a que América Latina mejore su comprensión global de la principal potencia del continente. La riqueza de los artículos no reside solo en la amplitud temática, sino en la variedad de enfoques y aproximaciones. Al mismo tiempo, todos tienen como objetivo dialogar con potenciales lectores latinoamericanos y contribuir a la comprensión de los Estados Unidos.
Tras cada uno de estos estudios subyacen algunos conceptos claves: la idea de que la realidad latinoamericana sugiere nuevas hipótesis; el supuesto de que sin investigación original estas hipótesis no pueden ser puestas a prueba; el postulado de que sin conocer en profundidad la realidad nacional no lograremos explicar los vericuetos de la política exterior que llevan a cabo los diversos gobiernos norteamericanos; la tesis de que la historia de América Latina es incomprensible sin tomar en cuenta la tensión y los conflictos con Estados Unidos. En la base de todo lo anterior existe la convicción de que la relación entre ambas zonas geográficas puede ser correctamente caracterizada como imperialista. Este es un término que ha caído en desuso desde el colapso de la Unión Soviética (URSS), por suponerse que era un concepto derivado de la teoría marxista, y las diversas teorías del imperialismo han dejado de ser centrales en el discurso académico-político mundial. Sin embargo, las usinas propagandísticas norteamericanas no han dejado de promover una visión que ubica a su propia nación como una potencia que jamás fue imperialista. Por último, más allá del silenciamiento del fenómeno imperialista que permea la historiografía actual, lo que hay que considerar es que ha cambiado el mundo. La era de la globalización y de la transnacionalización implica también la gestación de estados supranacionales y de un sustancial incremento en el flujo de capitales. En este sentido, el fenómeno imperialista, detectado por John A. Hobson, Nikolái Lenin y muchos otros entre 1900 y 1916, sigue siendo central para la comprensión de las relaciones internacionales. Asimismo hay que considerar que sus características se han agudizado y quizás hasta mutado, si bien retiene su esencia.
En realidad, más allá de que el término fuera originalmente acuñado por Hobson en 1902, “imperialismo” es un término analítico utilizado para describir una realidad existente, y no un adjetivo tomado de la lucha política. Contamos con una inmensa bibliografía científica que discute, estudia y analiza lo que significó, desde fines del siglo XIX, un nuevo fenómeno histórico, caracterizado por el reparto del mundo entre pocas potencias y los grandes flujos de capitales. Entre los marxistas Karl Kautsky, Nikolái Bujarin, Nikolái Lenin, Rosa Luxemburgo, Paul Baran y Paul Sweezy hicieron importantes contribuciones al debate. Las posturas contrarias tuvieron como protagonistas a importantes pensadores como Joseph Schumpeter, Pierre Renouvin, Leonard Woolf, David Landes y David Fieldhouse. Indudablemente, la postura más influyente en la historiografía norteamericana ha sido la de John Gallagher y Ronald Robinson, formulada originalmente en 1953. Su planteo hace eje en que, si bien el imperialismo es una función de la expansión económica, no es una función necesaria (1951: 2). Esto permite argumentar que Estados Unidos puede expandirse económicamente a través del mundo pero sin ejercer de potencia imperialista, lo cual sirvió como base de apoyo para que diversos historiadores norteamericanos diferenciaran entre la expansión norteamericana y la de otras potencias.
Estados Unidos llegó tardíamente al reparto del mundo, y recién se convirtió en una “potencia imperial” a partir de la guerra hispano-cubano-estadounidense (y filipina, podríamos agregar) de 1898. Esto le permitió producir formas imperialistas que tomaron cierta distancia de las tradicionales potencias europeas. De hecho, se desarrollaron nuevos métodos del imperialismo norteamericano, con expansiones territoriales que no se reconocieron como coloniales. La coerción económica se apoyó en el imperialismo cultural capitalista que homogeneiza deseos y consumos, y los conforma con el american way of life. Por detrás de un discurso republicano y democrático, y de una capacidad de cooptación notable de las elites locales, el imperialismo norteamericano se basó en lo mismo que sus pares europeos: la intervención militar y los flujos de capitales, combo destinado a poner la economía de las zonas dominadas en función de las necesidades de sus empresas y sectores dominantes. En este sentido, las definiciones planteadas por Hobson se aplican perfectamente a los Estados Unidos.
Como demuestran varios de los autores aquí presentados, el imperialismo norteamericano fue un fenómeno ligeramente diferente del europeo, porque sus objetivos se hallaron determinados por el hecho de haber llegado tardíamente en comparación con las potencias europeas. Su expansión fue territorial, pero sobre todo fue económica. La combinación de imperialismo y momento histórico (tardío) le otorgó a la expansión norteamericana una flexibilidad escasamente similar a la que tuvieron las potencias europeas. Esta flexibilidad se ha mantenido hasta nuestros días, e incluye conceptos como el “imperialismo de los derechos humanos”, el uso de las ONG como formas de penetración, el accionar de los organismos supranacionales (del tipo Fondo Monetario Internacional o Banco Mundial), la ocupación territorial vía bases militares de ultramar, e inclusive el ejercicio de su poder a través de subimperialismos, como en el caso de Israel. Dichos conceptos avanzan en paralelo a un imperialismo cultural mediante el cual la dominación de la potencia se ve reforzada a través de la penetración y difusión de sus criterios y de sus valores morales y políticos. Según los propios norteamericanos, es tan importante la Séptima Flota (destacada en el Pacífico) como Hollywood. En síntesis, el hard power siempre va acompañado del soft power. En este sentido, el imperialismo norteamericano ha sido singularmente consciente de que su poderío depende de dos apoyos centrales. El primero es el de su propia población, dentro de la cual algunos sectores se benefician directamente de la relación imperial (desde empresarios hasta estratos medios profesionales) y otros son fuertemente influenciados por construcciones ideológicas y culturales, como por ejemplo el racismo. El segundo apoyo es el de ciertos sectores sociales pertenecientes a las naciones dominadas. Estados Unidos se ha mostrado singularmente adepto a la idea de que el imperialismo no es una relación de dominación externa a la nación, sino un proceso que se desarrolla en alianza con la clase dominante local, la cual se beneficia en lo económico, y también encuentra un apoyo central en el poder imperial para reforzar y mantener su propia dominación. Esta relación simbiótica, donde el imperialismo es posible solamente por su articulación con los sectores dominantes de las naciones dominadas, demuestra que, como nuevo fenómeno histórico, el imperialismo no está vinculado a la expansión territorial sino más bien al flujo de capitales y a la dominación de una burguesía que se ha ido convirtiendo en una clase mundial.
El ex presidente George W. Bush señaló que el mundo tiene la suerte de estar dominado por una potencia relativamente benigna como lo es Estados Unidos (Grondin, 2006). Esto revela una visión imperialista que se remonta a la “misión civilizadora” por la cual los europeos eran obligados, por razones sobre todo humanitarias, a tomar el control de distintas partes del mundo. Bush dejó esto muy en claro al insistir en 2004 con que “Estados Unidos es una nación con una misión, y esa misión proviene de nuestras creencias fundamentales. No tenemos ningún deseo de dominar, ninguna ambición de imperio. Nuestro objetivo es una paz democrática, una paz fundada en la dignidad y los derechos de cada hombre y mujer”. Ningún primer ministro británico podría haberlo dicho mejor: bajo su percepción, el imperialismo se construye y se lleva a cabo como una misión civilizadora.
Bibliografía
Bush, G. W. (2004). XLIII President of the United States. Address Before a Joint Session of the Congress on the State of the Union, 20 de enero. En línea: <http://www.presidency.ucsb.edu/ws/index.php?pid=29646> (consulta:10-10-2018).
Gallagher, J. y Robinson, R. (1953). The Imperialism of free trade. En Economic History Review, segunda serie, vol. 6, núm. 1.
Grondin, D. (2006). Hegemony or empire? The redefinition of US power under George W. Bush. Nueva York, Routledge.
Introducción
Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo
The flag follows the investor.1
Debemos contextualizar los orígenes del imperialismo moderno en lo que Eric Hobsbawm (1999b) denominó la “era del imperio”, que se dio entre 1875 y 1914. Siguiendo al autor, la era que se inauguró estuvo signada por un nuevo tipo de imperialismo: el imperialismo colonial. Por tratarse de instituciones antiguas, no podemos atribuirles a los imperios y los emperadores el mismo significado que cobraron desde la década de 1870. Una nueva acepción se le atribuyó al concepto de imperialismo (que durante mucho tiempo fue considerado como un neologismo) y fue producto de los debates que se generaron en la época en torno a la conquista colonial sobre el mundo no civilizado. El nuevo objetivo era llevar la civilización y el progreso a lo ignoto, a lo que por definición era “atrasado” y “bárbaro”. Significaba “vestir la inmoralidad de la salvaje desnudez con camisas y pantalones que una benéfica providencia fabricaba en Bolton y Roubaix” (Hobsbawn, 1999a: 63). De esta manera, el concepto de imperialismo adquirió una dimensión económica, que no ha perdido desde entonces.
A partir de 1880, la supremacía económica y militar de los países capitalistas se tradujo en la conquista, anexión y administración de tipo formal e informal sobre los países no desarrollados. Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Bélgica, Estados Unidos y Japón se lanzaron a la conquista de África, Asia, Oceanía, América Latina y el Caribe. El acontecimiento más importante del siglo XIX fue la creación de una economía global y la división internacional del trabajo, que penetró de forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con un nivel acelerado de transacciones económicas, comunicaciones y movimiento de productos, dinero y seres humanos que vinculó a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado (Hobsbawn, 1999a: 71). Las necesidades económicas de los países desarrollados requerían cada vez más de mercados para colocar su excedente de producción y fundamentalmente de materia prima, en especial las relacionadas con la combustión, como el petróleo y el caucho, propios de este período. El petróleo provenía casi en su totalidad de Europa (Rusia) y de Estados Unidos. Pero ya en ese momento los pozos petrolíferos de Medio Oriente fueron objeto de enfrentamientos y negociaciones diplomáticas. El caucho era un producto netamente tropical, que se extraía de la explotación de los nativos del Congo y del Amazonas y que luego se cultivaría en Malasia. El estaño procedía de Asia y Sudamérica; el cobre, fundamental para las industrias automotriz y eléctrica, se encontraba en Chile, Perú, Zaire y Zambia. Asimismo, existía una gran demanda de metales preciosos y de oro, lo que convertía a Sudáfrica y sus minas en un lugar muy apreciado por las grandes potencias.
Además de las demandas vinculadas a la nueva tecnología, el crecimiento demográfico en las grandes metrópolis significó la expansión del mercado de productos alimentarios. En principio, las demandas eran de productos básicos que provenían de zonas templadas, requiriendo carnes y cereales que se producían a muy bajo coste y en grandes cantidades en diferentes zonas de asentamiento en Norteamérica, Sudamérica, Rusia y Australia. Pero con las transformaciones y la rapidez del transporte se incorporaron productos exóticos y tropicales, como el azúcar, el té, el café, el cacao y las frutas tropicales (Ibíd.: 72-73).
Para las modernas sociedades industriales, según sugieren Scott Nearing y Joseph Freeman (1966: 12-13), no solo era necesario asegurar mercados para vender sus productos o controlar las fuentes de materias primas necesarias –como la comida, el petróleo o los minerales–, sino que había que garantizar las oportunidades en los negocios para las inversiones del excedente del capital. Hasta 1914, los países imperialistas habían establecido sus dominios en los continentes menos desarrollados y, siguiendo la máxima de la “bandera sigue a las inversiones” (Ibíd.: 13), organizaron una maquinaria militar y naval lo suficientemente poderosa como para proteger sus tratados y sus inversiones de los intereses de las potencias rivales.
Estos son los orígenes y las características del imperialismo moderno; ahora es necesario conceptualizarlo. ¿Cómo definimos entonces qué es imperialismo, un término tan complejo que fue tema de discusión durante más de un siglo? Dos versiones marcaron gran parte del debate sobre el tema. Una de ellas la planteó el autor liberal inglés John A. Hobson, quien consideraba que el imperialismo implicó el uso de la maquinaria gubernamental (o estatal) para satisfacer intereses privados, en su mayoría capitalistas, y asegurarles ganancias económicas fuera de sus países de origen (1929: 100). Como bien observó este autor, uno de los primeros en definir y nombrar este término, el imperialismo comenzó a estar en boca de todos y se utilizó para indicar el movimiento más poderoso del mundo contemporáneo. Los debates subsiguientes fueron muy variados y apasionados, y como señala Hobsbawn, no se centraron en el período 1875-1914, sino en las discusiones en el seno del marxismo. Fue el análisis del imperialismo realizado por Lenin en 1916 el que se convirtió en un elemento central del marxismo revolucionario de los movimientos comunistas a partir de 1917 (Hobsbawn, 1999b: 71-72). Para Lenin, el “nuevo imperialismo” tenía sus raíces en una nueva fase específica del desarrollo del capitalismo que, entre otras cosas, conducía a la:
[…] división territorial del mundo entre grandes potencias capitalistas y una serie de colonias formales e informales y de esferas de influencia. Las rivalidades existentes entre los capitalistas que fueron causa de esa división engendraron también la Primera Guerra Mundial. (1917: 66)
En este sentido, nos interesa aquí ampliar la visión economicista del concepto de imperialismo. Dado que este libro se centrará específicamente en imperialismo norteamericano, la temporalidad es amplia: parte desde 1898 y recorre casi todo el siglo XX. Para este fin, proponemos incorporar a su análisis otros elementos de índole cultural e ideológica. Siguiendo a Edward Said, el imperialismo se define como la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un territorio distante (1996: 43). El imperio deviene así en una relación formal o informal, en la cual un Estado controla la efectiva soberanía de otra sociedad política. Esta puede lograrse por la fuerza, la colaboración política, la dependencia económica, social o cultural. El imperialismo no es simple acumulación y adquisición, sino que se asienta en una estructura ideológica que incluye la convicción de que ciertos territorios y pueblos “necesitan” y “ruegan” ser dominados, así como en nociones que son formas de conocimiento ligadas a tal dominación: el vocabulario de la cultura imperialista clásica está plagado de palabras y conceptos como “inferior”, “razas sometidas”, “pueblos subordinados”, “dependencia” y “expansión” para justificar la dominación. Asimismo, ni la cultura ni el imperialismo están inertes; por lo tanto, sus experiencias históricas son dinámicas y complejas. Un análisis del imperialismo, en este sentido, debe partir de la idea de culturas híbridas, mezcladas, impuras, haciendo énfasis en el vínculo establecido entre la cultura dominante y la cultura dominada (Ibíd.: 51).
Podemos, de esta manera, afirmar que el imperialismo se define como un proceso o una política de establecer o mantener un imperio (Doyle, 1986: 45). La experiencia norteamericana se basó desde un principio en la idea de un Imperium, un dominio, un Estado soberano que se extiende en población y territorio, aumentando su fuerza y poder (Van Alstyne, 1974: 1). En este sentido, la geografía se modificó. En una primera instancia, se proclamó que había que construir el territorio norteamericano. Para tal fin, se combatió, desterró y exterminó a los pueblos originarios de este a oeste en tan solo un siglo. Y ya cuando la República crecía en el tiempo y en poder hemisférico, aparecieron esas tierras lejanas que se convertirían en vitales para los intereses norteamericanos, en las que había que intervenir y luchar: las islas del Pacífico, el Caribe, América Central, Vietnam, Corea y Medio Oriente. Paradójicamente, tan influyente había sido el discurso que insistía en la idiosincrasia norteamericana, en su altruismo, que el imperialismo como concepto o ideología dejó de estar presente en sus textos de historia.
La cultura imperialista norteamericana puede así palparse en su lenguaje, en su discurso, en su insistencia de llevar la libertad y la democracia a cada rincón del mundo. Es en este sentido que el imperialismo norteamericano se prefiguró también como un proyecto de expansión cultural y dominación ideológica que implicó no solo la construcción de un “otro” subalterno en los términos de la cultura dominante, sino de la configuración de una ideología de dominación de esos “otros inferiores”. Michael Hunt es uno de los historiadores que ha sabido destacar el peso de la ideología y de los valores culturales en la visión del “otro” y, en consecuencia, la definición de la política exterior estadounidense. Específicamente para el caso latinoamericano, Hunt ha resaltado que la política exterior estuvo plagada de nociones de dominación, tutelaje, supervisión y de la misión de “no permitir que [los latinoamericanos] corrompieran sus propias sociedades, impidieran el avance de la civilización en el Nuevo Mundo y causaran la intervención de potencias externas exhibiendo su derrumbe moral” (1987: 131).
Según la visión norteamericana, habría países diferenciados; sin embargo, no encontramos una unidad entre ellos, aunque sí una política basada en intereses estratégicos según la época y la cercanía con los Estados Unidos. En ese sentido, América Latina fue considerada como “el patio trasero” y área de influencia por excelencia, justificando su expansión y penetración en el destino manifiesto, la doctrina Monroe, el corolario Roosevelt, la política del gran garrote y la doctrina de seguridad nacional. Por ello mismo, en el presente libro los artículos seleccionados se estructuran en torno a la expansión de los Estados Unidos sobre Centroamérica, el Caribe y Latinoamérica, sumándose el caso de Filipinas, en el contexto de la guerra con España por los territorios de ultramar que esta perdió a fines del siglo XIX.
Podemos trazar una breve cronología de la expansión norteamericana sobre su “patio trasero”. El primer período se extiende desde 1898 hasta 1947. El eje central en esta etapa fue la intervención militar directa, la subyugación económica y financiera, la presión diplomática a favor de empresas estadounidenses y una pugna por imponer sus criterios e intereses e ir desplazando a otras potencias, fundamentalmente a los españoles, ingleses y rusos.
En un segundo período, desarrollado entre 1947 y 1959, Estados Unidos se enfocó en fortalecer la dominación que ejercía sobre la región en el complejo contexto de los cambios que se estaban produciendo en el orden internacional con el fin de la Segunda Guerra Mundial. El Gobierno norteamericano se propuso cooptar el apoyo de la región a sus políticas de Guerra Fría, patrocinando la firma de un tratado de seguridad colectiva suscripto por las naciones americanas (el Pacto de Río, 1947) y la creación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). En 1948 impulsó la concertación del Pacto de Bogotá, el cual aportó un componente de seguridad y cooperación colectiva “en caso de agresión externa” que quedó institucionalizado en la formación de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y fue reforzado en 1952 con la elaboración de una doctrina de seguridad nacional hemisférica de “contención global del comunismo”. El objetivo era imposibilitar la entrada y expansión del comunismo en una región que era considerada coto privado norteamericano desde la formulación de la doctrina Monroe, en la que los inversionistas norteamericanos jugaban un papel central en las economías de Centroamérica y Sudamérica, y donde su influencia era prácticamente indiscutible.
Un tercer período comienza en 1959. Este año se convirtió en un parteaguas por el acercamiento de la Revolución cubana a la Unión Soviética (URSS), lo que significó un peligro para la intención de hegemonía continental de Estados Unidos. Una vez establecida la hegemonía continental norteamericana, en la coyuntura de un crecimiento económico vertiginoso y de las postrimerías de la Revolución cubana, John F. Kennedy lanzó la Alianza para el Progreso. A partir de un planteo por el cual los Estados Unidos eran “socios” de América Latina, la Alianza fue un proyecto de desarrollo y reforma regional que –excluyendo a Cuba– abarcaba créditos para la conformación de industrias dirigidas a suplir necesidades regionales, la conformación de mercados comunes, la integración americana en un mercado único y la reforma agraria. Esto se combinaba con la creación de un sector técnico y capacitado para efectivizar este desarrollo, por lo que la educación recibiría un fuerte incentivo. Asimismo, se promovería la democracia (en versión norteamericana) como forma de gobierno. Los instrumentos privilegiados de esta política fueron: el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la OEA, el Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (IADSL) y la Agencia de Información de los Estados Unidos (United States Information Agency, USIA).
Identificamos un cuarto período entre 1964 y 1976. Este “ciclo de dictaduras represivas” se inicia en 1964 con el golpe de Estado en Brasil y culmina con el golpe en la Argentina, en 1976. Esto le permitió a Estados Unidos eliminar físicamente los “proyectos políticos alternativos” y profundizar el proceso de reorganización de los aspectos socioeconómicos del continente. A partir de ese momento, se inició un período de democracias restringidas (proyecto de la Comisión Trilateral), en el cual, anulado lo que se entendía como “peligro anticapitalista” y eliminadas las posibles oposiciones, el planteo consistía en liberar el juego político. De lo contrario, se suponía que mantener la presión podría generar una renovada ronda de radicalización. Por ende, lo ideal eran regímenes electorales tutelados, cuyo modelo fue la reforma electoral chilena de 1980. Esta se basó en la reorganización política brasileña de 1979, con nuevos partidos oficialistas instrumentados desde el poder y presidentes nombrados de forma indirecta (como Tancredo Neves y José Sarney). De ahí la política de derechos humanos de Jimmy Carter (1977-1981), cuyo eje principal fue la relegitimación de la presidencia ante su propio electorado, pero que a su vez sirvió para generar presión en torno a las aperturas restringidas.
El surgimiento en 1977 de una nueva ronda de movimientos revolucionarios, esta vez en Centroamérica, y el éxito de la revolución sandinista obligaron a Estados Unidos a repensar su táctica antisubversiva. A partir de 1980, aprendiendo de la experiencia argentina y analizando el problema de la revolución, Estados Unidos decidió que no había que aplastarla, sino desangrarla. El objetivo era demostrarle a la población que la revolución social no solo no resuelve nada, sino que empeora las cosas. Tanto en Nicaragua como en Guatemala y El Salvador se aplicó la denominada “guerra de baja intensidad”. Otro eje importante del gobierno de Carter fue la modificación de la política de enfrentamiento con el comunismo. El criterio era que, en lugar de ser una confrontación Este-Oeste, debía ser un enfrentamiento Norte-Sur. Así como se buscó la distensión con China (diplomacia del ping-pong) también se generaron aperturas hacia Cuba y la URSS. La idea básica era que la superioridad de la vida cotidiana estadounidense (niveles de consumo) generaría contradicciones en estos países. Uno de los efectos fue la liberación de la posibilidad de viajar a Cuba, y el resultado fue el eventual éxodo del Mariel (1980).2 Esta política, a su vez, generó contradicciones en el seno de los sectores dominantes norteamericanos, por lo que la política osciló entre la agresión abierta (de bloqueo/invasión) y el ataque indirecto bajo el disfraz de aperturas. Como telón de fondo estaba el tema de la deuda externa: elemento clave no solo para comprender las relaciones con América Latina, sino también las estrategias de acumulación de Estados Unidos y la propia debilidad del sistema.
Un quinto período comienza con la década de 1980, cuando en el marco de la Segunda Guerra Fría lanzada por el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989) se apuntó a dirigir y consolidar las democracias restringidas. Estados Unidos no vio a América Latina como una unidad, o sea un bloque de países, sino como naciones con intereses claramente diferenciados. Eso le permitió privilegiar a algunos, como es el caso de Chile, y aislar a otros, por ejemplo, a Perú durante el gobierno de Alan García. En esta época, Brasil se perfiló como un desafío regional autónomo con una política exterior propia a partir del poderío económico generado por el “milagro brasileño”. La contrapartida fue Chile con una política exterior fuertemente ligada a Estados Unidos, dada su creciente participación en las exportaciones hacia el mercado interno norteamericano. En menor grado, Argentina intentó una política no alineada de acercamiento a Estados Unidos. Ante la iniciativa venezolana-brasileña para renegociar la deuda, Argentina participó para después hacer un acuerdo bilateral. El tema de la deuda externa (sobre todo en el caso latinoamericano) va ser fundamental para mantener el flujo de remesas de capitales que equilibran la balanza de pagos. En otras palabras, a partir de 1975 la balanza comercial de América Latina con Estados Unidos va a ser ampliamente favorable al primer sector, y se verá equilibrada por la balanza de pagos, que a partir de ese momento será ampliamente deficitaria.
Esta lectura hizo que durante los conservadores años ochenta, Estados Unidos orientara su política exterior latinoamericana en dos direcciones. Por un lado, apoyó a los grupos de cubanos exilados. Por el otro, reorganizó su “ayuda” exterior para que fuera otorgada en forma “indirecta”. Esto derivó no solo en fuertes presiones para que América Latina se alineara con la política de la Casa Blanca en la nueva y renovada Guerra Fría, sino que creció la incidencia de los organismos financieros internacionales para lograr el primer objetivo. Los contratos y asesorías generados por organismos como el Banco Mundial crearon un sector social propenso a mantener y profundizar esta relación y, al mismo tiempo, a difundir políticas económicas y sociales vinculadas a las estrategias norteamericanas.
La década de 1990 trajo serios problemas tanto para América Latina como para Estados Unidos. La caída de la URSS y la desaparición del campo socialista implicaron un desplome abrupto en el comercio exterior de los países latinoamericanos, puesto que la URSS era comprador de cantidades importantes de alimentos y materias primas. A su vez, las posibilidades especulativas y de inversión en estos nuevos mercados hicieron que el flujo de capitales hacia los países latinoamericanos, que ya venía en baja, se encontrara aún más restringido. Estados Unidos se convirtió en la única superpotencia de un mundo unipolar, aunque pronto debió enfrentar el desafío de países como Alemania y Japón (cada uno con sus expansivas áreas de influencia en la Comunidad Europea y en la Cuenca del Pacífico, respectivamente) a su hegemonía en solitario. Estados Unidos respondió a este nuevo escenario con la política de George Bush (padre) y con su propia propuesta de integración americana: primero el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y en 2005 el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). Esto implicó implementar esfuerzos para reorganizar las economías latinoamericanas con el fin de que fueran más compatibles con la estadounidense, y también impulsar la apertura de mercados y la privatización de empresas del Estado.
En torno a esta propuesta, para América Latina surgieron varios “problemas”:
a. el día de la firma del NAFTA, apareció la insurgencia del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional);
b. Brasil organizó el MERCOSUR y, a partir de ahí, intentó negociar el ingreso al ALCA en condiciones más ventajosas;
c. en Colombia se fortaleció la insurgencia guerrillera;
d. el proceso de privatizaciones desestabilizó buena parte del subcontinente y generó un auge de movimientos nacionalistas (como, por ejemplo, el de Hugo Chávez en Venezuela) y de conflictos sociales;
e. Brasil giró levemente a la izquierda con la elección de Lula da Silva;
f. los “imperialismos competidores” (Alemania, Japón y China) comenzaron a invertir fuertemente en ciertos países latinoamericanos (sobre todo Brasil) como reaseguro de estar dentro del área comercial del ALCA y sus barreras proteccionistas;
g. establecida durante la presidencia de Bill Clinton (1993-2001), la política de generar crecimiento con especulación dio lugar hacia el año 2000 a una crisis cada vez más aguda, que se fue profundizando hasta hacer eclosión en 2008.
Dado que el futuro solo augura mayores conflictos en un proceso cada vez más rápido de integración de las Américas, que traerá aparejada la mayor intervención de Estados Unidos en los asuntos internos latinoamericanos, es que proponemos repensar las clásicas nociones con las que se aborda la relación imperialista que Estados Unidos mantiene con América Latina. Así, a través de una serie de artículos especialmente producidos y revisados para este libro, proponemos salirnos de las conceptualizaciones esquemáticas tanto del imperialismo estadounidense como de las críticas y las formas de resistencia a la dominación que emergieron desde América Latina.
La presente compilación se compone de dos secciones. La primera parte, denominada “Los orígenes del imperialismo norteamericano. Expansionismo territorial y visiones críticas desde América Latina en la primera mitad del siglo XX”, reúne producciones que giran en torno a dos grandes ejes. Uno de ellos explora los orígenes del expansionismo territorial estadounidense, la retórica imperialista y su carácter de “excepcionalidad”. El otro analiza algunas de las respuestas que surgieron en Latinoamérica sobre el avance del “coloso yanqui” y que se conformaron en los movimientos críticos denominados “antimperialismo latinoamericano”.
La segunda parte, titulada “Imperialismo cultural estadounidense. Expansionismo ideológico, hegemonía y resistencia antimperialista en la segunda mitad del siglo XX”, compila una serie de artículos que se centran en la complejidad que adoptó el imperialismo estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. A través de lo que podríamos denominar “estudios de caso”, se analizan el accionar imperialista de Estados Unidos en Centroamérica y Sudamérica antes y después de la Segunda Guerra y la compleja dinámica entre el reforzamiento de la hegemonía norteamericana y la resistencia antimperialista de distintos actores regionales.
Bibliografía
Bennett, S. H. y Howlett, C. (2014). Antiwar dissent and peace activism in World War I America. A documentary reader. University of Nebraska Press.
Doyle, M. (1986). Empires. Ithaca, Cornell University Press.
Hobsbawn, E. (1999a). La era del capital, 1848-1875. Buenos Aires, Crítica.
______.(1999b). La era del imperio, 1875-1914. Buenos Aires, Crítica.
Hobson, J. A. (1929). Imperialism. Nueva York, James Pott & Co.
Hunt, M. (1987). Ideology and US foreign policy. New Haven, Yale University Press.
Lenin, V. (1917). Imperialism, the final stage of capitalism. Boston, Progress Ptg.
Nearing, S. y Freeman, J. (1966). Dollar diplomacy. The classic study of american imperialism. Nueva York, Monthly Review Press.
Said, E. (1996). Cultura e imperialismo. Barcelona, Anagrama.
Van Alstyne, R. (1974). The rising american empire. Nueva York, Norton.
PRIMERA PARTE
LOS ORÍGENES DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO. EXPANSIONISMO TERRITORIAL Y VISIONES CRÍTICAS DESDE AMÉRICA LATINA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX
Presentación
Inicia esta sección el artículo de Malena López Palmero “¿Un imperialismo excepcional? Reflexiones sobre el excepcionalismo estadounidense a la luz de la guerra hispano-cubano-estadounidense (1898)”. En este texto, la autora se plantea como objetivo central analizar y caracterizar la noción de excepcionalismo norteamericano, definiéndolo como la construcción de un consenso hegemónico que tuvo sus orígenes en la política exterior de Estados Unidos durante la guerra hispanocubano-estadounidense de 1898. Para este fin, la autora divide su artículo en dos partes: por un lado, realiza un exhaustivo estudio de las diferentes corrientes historiográficas sobre el tema; y por el otro, analiza las distintas estrategias imperialistas que se aplicaron en esta guerra desde 1898 hasta 1902. Lo que López Palmero logra demostrar son las continuidades y las rupturas que ha tenido la idea de excepcionalismo norteamericano, llegando a la conclusión de que “en 1898, y desde entonces hasta nuestros días, el Gobierno estadounidense se atribuyó el derecho –e incluso la responsabilidad o “misión”– de exportar libertad al mundo entero. Tal vez lo más excepcional del imperialismo sea, entonces, que solo un estadounidense puede formular el imperialismo de este modo, y solo otro puede creerlo. En el resto del mundo ‘la dominación jamás es benigna’”.
En segundo lugar, se sitúa el artículo de Darío Martini, “Guerra filipino-estadounidense (1899-1902). Un ‘laboratorio de ensayo’ hegemónico”. En esta línea de análisis sobre el excepcionalismo y expansionismo norteamericano, el autor estudia la guerra hispano-cubano-estadounidense de 1898, donde España tuvo que abandonar sus demandas sobre Cuba, mientras que Filipinas, Guam y Puerto Rico fueron cedidas a la nueva potencia vencedora. Específicamente, Martini analiza el caso de Filipinas y aplica el concepto de “laboratorio de ensayo” de Alfred McCoy, tomando este ejemplo para explicar qué implicancias tuvo y cómo se desarrollaron estos métodos de dominación que luego fueron aplicados en diversos escenarios a nivel mundial y utilizados frente a la disidencia política en el escenario político doméstico. Tras la ocupación militar en Filipinas, Martini estudia de qué modo se dio la cooptación política, económica y cultural, asentada en una clase dirigente “amiga y dócil”. El autor concluye en que Estados Unidos enriqueció y perfeccionó las técnicas de dominación imperialista, colaborando activamente en la creación de un “estado policial” que aparece de manera recurrente a lo largo de toda la historia filipina reciente. Por último, lo interesante del abordaje del artículo radica en que incorpora el estudio de la resistencia filipina, primero encarnada en los nacionalistas filipinos, por medio del Katipunan, y luego en diversas guerrillas independentistas.
A continuación, la producción de Ariela Schnirmajer, “Las Escenas norteamericanas en la ‘era del imperio’ o la porosidad del pensamiento martiano”, en donde la autora analiza las publicaciones periodísticas de José Martí desde su exilio neoyorquino para diversos diarios de América Latina. Una ciudad, Nueva York, en pleno proceso de urbanización (1880-1895), fue el escenario para que el escritor cubano realizara Escenas norteamericanas. Allí quedó plasmada la gestación del nuevo orden imperial estadounidense. Schnirmajer se centra en el marco de las luchas obreras en Estados Unidos y de la crítica de José Martí al monopolio, a la ganancia desmedida y a los desajustes en la sociedad norteamericana –puntualmente del capital y el boicot–, y en la relación entre capital y trabajo durante las huelgas ferrocarrileras de 1886. La autora parte de la hipótesis de que las transformaciones del juicio crítico martiano respecto de los conflictos entre capital y trabajo entran en sintonía con los cambios en la representación caricaturesca efectuada por la revista Puck de los actores involucrados. Lo interesante del trabajo de Schnirmajer es cómo cruza diferentes estilos y formatos de textos o, como ella lo denomina, la “intertextualidad” entre los escritos de Martí con el fotoperiodismo de Jacob Riis, la tragedia shakespeariana y el realismo de Charles Dickens.
Cierra esta primera sección el artículo de Mariana Mastrángelo, “Carlos Pereyra y la interpretación latinoamericana de ‘El o Los mitos de Monroe’”, en el que la autora hace un recorrido por la vida y obra del escritor mexicano Carlos Pereyra. Particularmente, analiza la visión que el autor desarrolló del imperialismo norteamericano en su libro El mito de Monroe, escrito en el año 1914. En esta obra, el escritor se plantea ir derrumbando los distintos mitos y tabúes en torno a la doctrina Monroe, la cual para Pereyra no es doctrina, ya que “tiene la apariencia y la realidad de un tabú, es decir, de una prohibición esencialmente mágica”. De esta manera, en un libro estructurado en tres capítulos, se van derribando uno por uno los tabúes que el autor plantea, dando como ejemplos las distintas intervenciones de Estados Unidos en América Latina y el modo en que fue virando la ideología imperialista del “coloso americano” desde mediados de la década de 1880 hasta inicios del siglo XX. Lo interesante del análisis de la obra de Pereyra, que queda plasmado en este artículo, es el lugar que ocupó el escritor mexicano como protagonista contemporáneo de los hechos que narra, constituyéndose como uno de los ejemplos del antimperialismo surgido desde las entrañas de Latinoamérica.
¿Un imperialismo excepcional? Reflexiones sobre el excepcionalismo estadounidense a la luz de la guerra hispano-cubano-estadounidense (1898)
Malena López Palmero
La noción de excepcionalismo estadounidense, en tanto construcción histórica, es un tópico en constante discusión y de especial preocupación en la actualidad. Mientras se escriben estas líneas, otro ataque perpetrado por un ciudadano estadounidense, esta vez en Las Vegas, anota un lamentable récord en el ranking de tiroteos en ese país.3 El mundo se pregunta cómo puede ser posible una atrocidad semejante. Irónica o paradójicamente, esto ocurre en el país que “inventó” la libertad en 1776, junto con sus indisociables valores republicanos: la democracia, la igualdad y el individuo.
¿Puede pensarse como un condenable efecto de estos valores, siguiendo la metáfora de la espada de doble filo presentada por Seymour Martin Lipset? En su libro American exceptionalism. A double-edged sword, de 1996, este reconocido sociólogo y politólogo afirmaba que Estados Unidos seguía siendo cualitativamente diferente, un caso aparte, que no necesariamente era mejor, pero sí el país “más religioso, optimista, patriótico, orientado a la derecha e individualista”. Pero también el país con uno de los índices más altos de delito y de encarcelación, y definitivamente con el mayor índice de abogados per cápita del mundo, además de destacarse por “la desigualdad de los ingresos, los altos índices de delincuencia, los bajos niveles de participación electoral, y una poderosa tendencia a moralizar, que a veces es rayana a la intolerancia hacia las minorías políticas y étnicas” (2006: 15).
En la medida en que la noción de excepcionalismo constituye el argumento más importante en los debates sobre las identidades de los ciudadanos de Estados Unidos (Madsen, 1998: 1), ha sido utilizada para explicar fenómenos tan disímiles y complejos como la distinción de las tradiciones culturales, la evolución del movimiento obrero, las diferencias entre Estados Unidos y Europa y una peculiar política de bienestar social, entre otros. La noción cobró plena vigencia desde que Alexis de Tocqueville afirmase, a mediados de la década de 1830, que “la situación de los norteamericanos es, pues, enteramente excepcional”, a tal punto que “ningún pueblo democrático la alcanzará nunca” (1996: 416). La historiografía se ha detenido, en su mayor parte, en los aspectos que hacen a la construcción de la hegemonía en el interior del país, pero son escasos y relativamente recientes los análisis que articulan la noción de excepcionalismo con el imperialismo estadounidense.
La propuesta de este trabajo consiste precisamente en analizar el excepcionalismo en relación con lo que tradicionalmente se ha considerado el origen del imperialismo: la guerra hispano-cubano-estadounidense de 1898. Ello implica volver sobre la noción de excepcionalismo, en sus aspectos principales y en sus tratamientos historiográficos, para analizar la intervención militar de Estados Unidos en el Caribe a partir de la guerra en Cuba contra el dominio colonial español. Como resultado de la “espléndida guerrita”,4 Estados Unidos consiguió un dominio informal, aunque legal, sobre Cuba. Pero otras acciones militares paralelas en el Caribe y en el Pacífico dieron como resultado un dominio formal sobre otros territorios que habían pertenecido al ya extinto imperio español, como Puerto Rico y Filipinas, además de las islas del Pacífico Guam y Wake.5
La visión más extendida ha considerado a la guerra hispano-cubanoestadounidense como un punto de inflexión en materia de política exterior, argumentando que a partir de 1898 Estados Unidos abandonó su tradicional aislacionismo para intervenir activamente en territorios ajenos a sus fronteras nacionales, convirtiéndose así en una potencia internacional de la talla de los grandes poderes de Europa. Sin embargo, se ha insistido en distinguir a la política exterior estadounidense del colonialismo propio de Europa Occidental y del imperialismo de la Rusia autocrática. Muchas de las lecturas que admiten una nueva condición de tipo imperial para los Estados Unidos se esmeran por amortiguar su significado en términos morales. Ello se expresa en una fuerte tendencia, tal como señala Thomas Bender, que “estima que los acontecimientos de 1898 fueron una aberración, una desviación de la tradición norteamericana, impulsada por el deseo de participar en la carrera imperial europea de fines de siglo” (2011: 231).6
Bender reconoce que el imperialismo estadounidense de fines del siglo XIX se diferenció del colonialismo europeo en tanto se desechó la opción de un gobierno formal en favor de otros métodos más innovadores, como la figura jurídica del “territorio no incorporado” o mecanismos informales de dominio económico a través de inversiones y del control del comercio. Estas características son precisamente las señaladas por aquellos que han resaltado el carácter excepcional de la política exterior de los Estados Unidos, morigerando sus efectos más reprobables. La mayor parte de los estadounidenses, agrega Bender, “tiene reparos en reconocer el papel central que le correspondió al imperio en su historia, y mucho más en admitir que el imperio norteamericano fue uno entre muchos” (Ibíd.: 21). Al colonialismo europeo, los estadounidenses contraponen un tipo de imperio que, si se quiere, garantiza la apertura, mientras que los antiguos imperios insistían en la exclusividad (Ibíd.: 246).
Eric Foner, en su libro La historia de la libertad en EE.UU., ha visto las políticas de intervención de Estados Unidos en el exterior en términos de la expansión de la idea de libertad que fuera dominante en cada período histórico. Los proponentes de una política exterior imperial habrían adoptado un lenguaje de la libertad marcadamente racista. En sus palabras, “la triunfal irrupción de Estados Unidos en la escena mundial como poder imperial en la guerra hispano-estadounidense ligó aún más el nacionalismo y la libertad americana a las nociones de la superioridad anglosajona y desplazó, en parte, la anterior identificación de la nación con las instituciones políticas democráticas” (1998: 232). Más adelante se retomará el aspecto de las continuidades y rupturas que supuso el imperialismo de 1898. Basta destacar, por ahora, la propuesta de Foner para pensar otra posible condición excepcional del imperialismo vigente desde finales del siglo XIX: una creencia extendida y fuertemente arraigada en la conveniencia presuntamente ecuánime de exportar la libertad al resto del mundo.
La noción de excepcionalismo a través de la historiografía
La noción de excepcionalismo se remonta a los tiempos de la revolución de la independencia, como parte de un discurso de una elite que buscaba diferenciarse de la metrópoli, pero fue Alexis de Tocqueville el que le dio su impronta, todavía vigente, en su alabanza al sistema democrático estadounidense. El despliegue fenomenal de la democracia observado por Tocqueville se basaba en instituciones libres que se remontaban a la época colonial y en una participación política igualitaria, desprovista de “gérmenes” aristocráticos (lo cual entra en evidente contradicción con la situación del sur esclavista) que se sustentaba a la vez en condiciones materiales especialmente ventajosas: el acceso a tierras del Oeste y la ley de sucesión igualitaria que permitirían una cierta homogeneización económica y social entre los habitantes (1996: 67-71). En sus palabras, “Norteamérica presenta, pues, en su estado social, el más extraño fenómeno. Los hombres se muestran allí más iguales por su fortuna y por su inteligencia o, en otros términos, más igualmente fuertes que lo que lo son en ningún país del mundo, o que lo hayan sido en ningún siglo de que la historia guarde recuerdo” (Ibíd.: 72).
La escuela patriótica, la primera historiografía profesional que tuvo sus orígenes tras la Guerra Civil y se consolidó hacia la década de 1890, subrayó el carácter providencial del pueblo norteamericano. Aunque bajo el ropaje del objetivismo, sus exponentes George Bancroft y Francis Parkman escribieron la historia de la nación en clave de paradigma del progreso y la libertad, conducida por grandes hombres o “padres fundadores” de la patria. Esta interpretación histórica, nacionalista y fundamentalmente WASP,7 “entroncó con las necesidades de la clase dirigente de construir una genealogía democrática y popular en un período de competencia salvaje y concentración de la riqueza” (Pozzi, 2013: 16). Asimismo, daba coherencia a la doctrina del destino manifiesto, un sistema de valores que “funcionó de manera práctica y estuvo arraigado en las instituciones” (Abarca, 2009: 44). La escuela patriótica exaltó las cualidades excepcionales de los estadounidenses para apoyar y justificar la expansión territorial, tanto en la guerra contra México por la anexión de Texas (1846-1848) como en la guerra contra España de finales de siglo, la cual se desarrolla en el próximo apartado.
La escuela progresista (1890-1920) coincide temporalmente con la denominada “era progresista”. Se llamó así al período caracterizado por un notable crecimiento de las funciones reguladoras del Estado, a partir de una mayor inversión en servicios públicos y cierta extensión de derechos, como el voto femenino. En el contexto de la consolidación del modo de acumulación monopolista, estas reformas sirvieron como contención ante una sociedad cada vez más polarizada y con altos niveles de conflictividad. Durante este período tuvo lugar la expansión imperialista en el Caribe y el Pacífico a través intervenciones militares, pero también a través de la diplomacia del dólar o de acuerdos comerciales, como fue el caso de la política de puertas abiertas con China de 1901.
En contraposición a la escuela patriótica, los intelectuales de la escuela progresista, cuyos exponentes fueron Charles Beard, Frederick Jackson Turner y Vernon L. Parrington, hicieron foco en las transformaciones que habían dado lugar a esa sociedad tan heterogénea en la que vivían, aunque sus análisis tomaron sendas divergentes. Mientras Beard (1913) hizo una crítica de los fundamentos económicos de la Constitución, Turner presentó su tesis sobre las virtudes de la frontera, proveyendo así un marco “científico” para la idea de destino manifiesto. Parrington, por su parte, estudió el desarrollo de la cultura y el pensamiento estadounidense en relación con la estructura económica y social en general y con los intereses materiales concretos de los pensadores en particular. De este modo, enfatizaba el orgullo y la ganancia como móviles de los pensadores que forjaron la idea de democracia, y no el determinismo geográfico, a diferencia de Turner (Pozzi, 2013: 18). Este último fue sin dudas quien más colaboró en la construcción de la noción de excepcionalismo.
En El significado de la frontera en la historia estadounidense (1893), Turner puso el foco en la alta movilidad geográfica sobre las tierras aparentemente baldías del Oeste y en la capacidad del trabajador para adquirir propiedad. Este argumento abonaba aquel otro más difundido que sostenía que el éxito del capitalismo estadounidense descansaba en la creación de una clase obrera complaciente. Pero más contundente fue su afirmación sobre la contribución decisiva de la frontera en la creación de un sistema democrático, alejado de las influencias europeas, que se alimentaba del individualismo extremado por “la iniciativa personal y la capacidad de improvisación en la organización de la nueva sociedad” (Ratto, 2001: 105). En palabras de Turner, “el avance de la frontera significa un continuo alejamiento de la influencia de Europa, una firme progresión hacia una independencia según planteamientos estadounidenses” (1961: 189).8
Richard Hofstadter señaló que la viabilidad de la tesis de Turner radicaba en ver la frontera como “válvula de seguridad”, la cual habría permitido acceder a una “tierra prometida de libertad e igualdad” a los oprimidos por restricciones políticas o por bajos salarios (1970: 150). En línea con Hofstadter, Daniel Rodgers llamó la atención sobre el “renacimiento permanente” que suponía para Turner la experiencia de la frontera: “Como Marx, Turner propuso una ley histórica de desarrollo, de lo simple a lo complejo, de la economía primitiva a la economía manufacturera, de lo salvaje a lo civilizado […] en un esquema donde la frontera es emancipadora porque allí no se cumplen esas leyes del desarrollo” (1998: 25).
En cuanto a la conformación de un carácter nacional típicamente estadounidense, Turner remarcó que el dominio de la naturaleza y el hecho de hacer frente a los riesgos exigieron un alto grado de individualismo y pragmatismo, el abandono de regionalismos previos y la creación de instituciones plurales de gobierno. La expansión de la frontera era, pues, espacio vital para el florecimiento de una democracia sin precedentes. De este modo, Turner propuso una justificación “científica”, o más bien material, para el expansionismo estadounidense. Si bien la validez de la tesis de Turner ha sido paulatinamente descartada, sus efectos ideológicos son perdurables, en tanto ubica al excepcionalismo estadounidense en la frontera, la cual permitiría extender las virtudes del sistema democrático descripto por Tocqueville.
La noción de excepcionalismo fue dejada de lado por la historiografía de la vieja izquierda de las décadas de 1930 y 1940. La impronta nacionalista de la noción del excepcionalismo chocaba con la ideología de historiadores en su mayoría vinculados al Partido Comunista, que no buscaron la peculiaridad de los casos analizados, sino la articulación con tendencias más generales del cambio histórico. Un historiador prolífico de esta corriente fue Philip S. Foner, quien además de su vasta producción relativa al movimiento obrero estadounidense analizó años más tarde el nacimiento del imperialismo norteamericano. En La guerra hispano/cubano/americana y el nacimiento del imperialismo norteamericano (1972), Foner hizo un exhaustivo análisis de la lucha cubana por su independencia a fines del siglo XIX y de las tempranas aspiraciones y maniobras imperialistas de Estados Unidos sobre ese territorio. Como resultado de la guerra, Estados Unidos impuso un nuevo tipo de imperialismo, sustituyendo a los británicos como fuerza dominante en Latinoamérica (1972, vol. 2: 391). El argumento de Foner indica que los móviles del neocolonialismo resultante en nada se distinguían de los de un imperialismo entendido como fase superior del capitalismo.
Desde la Segunda Guerra Mundial se desarrollaron nuevas teorías y perspectivas de las ciencias sociales, con anclaje en la interdisciplinariedad. Durante los años cincuenta y principios de los sesenta, en el contexto de la Guerra Fría, la renovación historiográfica puso nuevamente al excepcionalismo norteamericano en el centro del debate (Molho y Wood, 1998: 10). Esta historiografía rotulada como escuela del consenso se caracterizó por celebrar la estabilidad de las instituciones de Estados Unidos y elogiar su participación en las guerras mundiales y en la Guerra Fría.
Tal como se desprende de su rótulo, la escuela del consenso evitó el tratamiento del conflicto en la historia de los Estados Unidos. Para ello insistió en la inexistencia de clases sociales o su contrapartida, la existencia de una clase media amplísima. Los historiadores del consenso subrayaron los elementos aglutinantes y perdurables de los valores fundantes de la nación, tales como la libertad, la democracia y la igualdad. Louis Hartz, Daniel Boorstin, Perry Miller, Robert Brown y Richard Hofstadter, para nombrar algunos de los más importantes referentes, se volcaron a un análisis esencialista de las instituciones estadounidenses. Enfatizaron el valor del pragmatismo en contraposición a la pugna ideológica y filosófica, típica de Europa.9 Revitalizaron la tesis de Turner al resaltar las oportunidades sin precedentes de una frontera en expansión y reconocieron la validez de la escuela patriótica al destacar el “espíritu pragmático” de la identidad estadounidense.
Quizá el académico más comprometido con la noción del excepcionalismo fue el politólogo Louis Hartz. En La tradición liberal en los Estados Unidos (1955), retomó los postulados de Alexis de Tocqueville respecto a la ventajosa ausencia de una herencia feudal, que habría hecho imposible la existencia tanto de una aristocracia hereditaria como de una clase de desposeídos. Ese excepcional pasado colonial, según Hartz, se proyectó históricamente en una resistencia típica del socialismo y de la derecha conservadora, como así también en el afianzamiento del individualismo. Si la sociedad estadounidense había sido excepcionalmente homogénea, entonces las ideologías y políticas clasistas no tenían razón de ser. La ausencia del pasado feudal implicaba, para Hartz, que no había lugar para un Robespierre, un De Maistre, un Marx, un Goebbels o un Stalin, sino para un “eterno Locke” (Rodgers, 1998: 28).
Louis Hartz ubica el origen del excepcionalismo estadounidense en la propia colonización de lo que será luego Estados Unidos, ejecutada por “hombres que huían de las opresiones feudales y clericales del Viejo Mundo” (1994: 19). La inexistencia de estas opresiones llevó, según Hartz, a la inversión de “una suerte de ley trotskista de desarrollo combinado: los Estados Unidos se saltan la etapa feudal de la historia, tal como Rusia, supuestamente, se saltó la etapa liberal” (Ídem). Su propuesta, como la de tantos otros historiadores de la escuela del consenso, fue adoptar el método comparativo “no para negar nuestra singularidad nacional” sino, por el contrario, para demostrar su “singularidad nacional” (Ibíd.: 20). En su embate contra el marxismo, sostuvo que la estabilidad institucional y el amplio consenso en torno a ella descansaban en una amplia sociedad de sectores medios fuertemente cohesionada. La amalgama era, para Hartz, de índole ideológica: el excepcional lenguaje de libertad estadounidense, a la sazón basado en la idea de John Locke sobre el gobierno limitado y, consecuentemente, un grado particularmente elevado de individualismo y pragmatismo.10
Siguiendo a Hartz, Estados Unidos fue el espacio para la mayor realización y cumplimiento del liberalismo. Por lo tanto, su consenso era infranqueable, insuperable, exportable. Un liberalismo “cuya fuerza ha sido tan grande que ha planteado una amenaza para la libertad misma”, como por ejemplo durante “la histeria de miedo al rojo”.11 J. G. A. Pocock criticó el peso que Hartz le confirió a la tradición lockeana y sostuvo en cambio la influencia republicana. Sin embargo, reconoció la fuerza del planteo de Hartz al notar que en la academia estadounidense se puede criticar el carácter del liberalismo pero de ningún modo impugnar que este haya sido el basamento ideológico de los Estados Unidos (1987: 338-339).
La escuela del consenso tiene su propia tendencia dedicada a los estudios de las relaciones exteriores, llamada escuela realista. Este enfoque presta atención a las relaciones de fuerza entre Estados Unidos y sus rivales en determinados contextos, pero sin abandonar la convicción de que el móvil principal de la política exterior es idealista. Abstracciones tales como la ley internacional se anteponen ante la evidencia de políticas de poder (LaFeber, 1997: 377).
Los postulados de la escuela del consenso fueron cuestionados por la nueva izquierda desde finales de la década de 1960 y hasta finales de la década de 1970. Esta historiografía se nutrió ideológicamente del movimiento antibélico en tiempos de la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana y el movimiento estudiantil, convocando así a historiadores marxistas militantes. Estos propusieron una historia radical vista “desde abajo”, atendiendo a la cultura popular y el rol de las minorías, y enfatizando la cuestión del conflicto en la historia de los Estados Unidos, particularmente el conflicto de clase. Algunos estudios sobre el movimiento obrero que indagaron sobre la fragmentación de la clase obrera y su incapacidad para llevar adelante su transformación social terminaron por admitir la inviabilidad del socialismo en los Estados Unidos. Con diferentes desarrollos y puntos de partida ideológicos, acabaron por coincidir con la escuela del consenso respecto a esta condición presuntamente excepcional de los Estados Unidos.12
La nueva izquierda contó con una vertiente denominada “revisionista” dedicada al análisis de las relaciones internacionales. Los revisionistas tomaron distancia de los imperativos ideológicos y evidenciaron, en cambio, los móviles económicos del intervencionismo estadounidense en distintos contextos. El representante más radical de esta corriente fue William Appleman Williams, quien en La tragedia de la diplomacia norteamericana (1959) denunció que el problema fundamental de la diplomacia, que los historiadores “realistas” se negaban a admitir, radicaba en el “conflicto entre los ideales de Norteamérica y la práctica de ellos” (1960: 14). Para Williams, no habría nada excepcional en la creencia generalizada sobre la incapacidad de ciertas poblaciones para solucionar “realmente” sus problemas, a menos que se recurra a una intervención por parte de Estados Unidos. Por el contrario, esta creencia es en todo consecuente con la ideología dominante de cualquier país imperialista (Ídem). La norteamericanización del mundo, despojada de su retórica liberal y hasta humanitaria, dejaría al desnudo una característica de la política exterior que había comenzado en la década de 1890: la reacción ante la amenaza del estancamiento económico y el miedo a las conmociones sociales (Ibíd.: 17).
Los historiadores de la nueva izquierda se caracterizaron, pues, por ofrecer una vehemente denuncia del imperialismo estadounidense, señalando sus más condenables efectos sobre las poblaciones afectadas en el exterior, desde luego, pero también denunciando los mecanismos de explotación, segregación y persecución que supuso a nivel doméstico. Al igual que los historiadores de la vieja izquierda, destacaron los móviles económicos del imperialismo, aunque algunos aportes más actuales, como el de Walter LaFeber, complejizan el análisis con factores políticos e institucionales.13
El revisionismo de la nueva izquierda ha sido atacado en el seno mismo de su materialismo histórico por historiadores más heterodoxos, quienes adujeron falta de evidencia para asociar las políticas imperialistas con los intereses económicos hacia fines del siglo XIX. Una síntesis preparada por Andrés Sánchez Padilla muestra que las objeciones se apoyaban en una amplia gama de aspectos, desde el carácter errático de la política exterior hasta los imperativos electorales del partido republicano (2016: 155).14 No obstante la pretensión crítica de este denominado “posrevisionismo”, no se ha logrado eclipsar la importancia historiográfica que siguen manteniendo los revisionistas respecto de su capacidad explicativa y los realistas respecto de su pervivencia ideológica.
En cuanto a la noción del excepcionalismo, los nuevos aportes de la historia global –como es el caso del ya mencionado Thomas Bender–, de la nueva historia atlántica y de las historias conectadas proponen interpretaciones complejas, de carácter trasnacional. Estas descentran al excepcionalismo del análisis y lo presentan en una compleja interrelación de fenómenos históricos a escala global, en clara contraposición con las historias nacionales.
Hasta aquí se ha trazado un recorrido de las distintas escuelas historiográficas respecto del tratamiento de la noción de excepcionalismo que, como se ha visto, tiene sus adeptos más destacados en la escuela patriótica y la escuela del consenso, de corte liberal, conservador y expansionista. Por su parte, corrientes radicales como la vieja y la nueva izquierda procuraron en buen grado evitar al excepcionalismo en sus análisis. En los casos en que el excepcionalismo cobra importancia, como por ejemplo en el estudio del movimiento obrero para la nueva izquierda, tiene un tratamiento crítico que incluye a las clases sociales y sus conflictos.
También se han tratado las corrientes historiográficas dedicadas al estudio de la política exterior estadounidense, con los “realistas”, adeptos a la escuela del consenso y su énfasis en la ideología, y los “revisionistas” de la nueva izquierda y su predilección por lo económico en su crítica al imperialismo estadounidense. Los nuevos enfoques de la historia global, la historia atlántica y las historias conectadas son heterogéneos tanto por su perspectiva crítica como por su capacidad explicativa, pero todos comparten su desconfianza por la noción de excepcionalismo y la necesidad de indagar en conexiones, espacios comunes y confluencias, que requieren de la agencia de otras sociedades y culturas en la definición de los procesos históricos.
La guerra hispano-cubano-estadounidense
Una primera aclaración corresponde a la terminología utilizada para referirnos a la guerra desatada entre Estados Unidos y España por la independencia de Cuba en 1898. El uso corriente que se le ha dado en Estados Unidos es “guerra hispano-americana”, lo cual oblitera la lucha de los cubanos por su independencia. Es por ello que Philip S. Foner propuso hablar de “guerra hispano-cubano-americana” para dar cuenta del conflicto entre Cuba y España a partir de 1895, el cual implicó la intervención de Estados Unidos desde principios de 1898 (1972, vol. 1: 8).15 Aquí se retoma esta última propuesta, con la debida adaptación de traducción, para referirnos entonces a la “guerra hispano-cubano-estadounidense”.
Una segunda aclaración corresponde al recorte temático que propone este trabajo, al centrarse en la intervención de Estados Unidos en el conflicto en Cuba, lo cual deja fuera del análisis otros frentes de la guerra contra España, como la invasión a Filipinas y la ocupación de Puerto Rico (López Palmero, 2009). Esta selección de contenidos permite detectar cuáles fueron los mecanismos políticos e ideológicos, como así también sus móviles económicos, que se pusieron en marcha en 1898 para dar rienda suelta al intervencionismo de manera decisiva a partir de entonces. Las invasiones de Filipinas y de Puerto Rico estuvieron amparadas en las iniciativas y decisiones que suscitó la guerra de independencia de los cubanos. El Tratado de Paz de París, de diciembre de 1898, terminó por legitimar el estatus semicolonial de Puerto Rico, Filipinas y Guam, que pasaron a ser “territorios no incorporados” de los Estados Unidos. Paralelamente a la intervención de Estados Unidos en Cuba, tuvieron lugar otros procesos de expansión, como la anexión de Hawái –resultado de varios años de presión política por parte de los colonos estadounidenses por convertirla en un estado más– o los tratados comerciales con China.16
Indudablemente, la guerra contra España le concedió a Estados Unidos una condición imperialista que no haría más que aumentar conforme avanzara el siglo XX. A partir de 1898 las exportaciones superaron por primera vez a las importaciones (Bender, 2011: 232). LaFeber sostuvo que “la década de 1890 fue un parteaguas para la política exterior de los Estados Unidos. […] sus eventos clave fueron parte de desarrollos de largo plazo que empezaron mucho antes en el siglo, pero la década también atestiguó cambios que marcan los comienzos de la moderna política exterior estadounidense” (1997: 387). Tal como se indicó en la Introducción, la irrupción de Estados Unidos en el concierto de potencias imperialistas ha sido señalada como el punto de ruptura en la historia de las relaciones internacionales, sin distinción de corrientes historiográficas.
Sin embargo, algunos historiadores subrayaron la continuidad que representaba la extensión de la política expansionista de corte jeffersoniano, la cual había tenido pleno desarrollo con la expansión de la frontera interior, en detrimento de la población originaria, que resultó en la incorporación de los territorios del Oeste como nuevos estados. La formulación de la doctrina del destino manifiesto en la década de 1840 sirvió como justificación –argumentos racistas mediante– para la guerra contra México. También los misioneros protestantes y ciertos acuerdos comerciales con países asiáticos habían traspasado las fronteras nacionales muchos años antes de 1898. La doctrina Monroe, de 1823, había declarado cualquier intento por parte de las potencias europeas de “extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad” (Boorstin, 1997: 213).
La intervención de los Estados Unidos en la guerra contra España no estuvo, sin embargo, necesariamente relacionada con amenazas a la paz y la seguridad. Tampoco el interés de los estadounidenses por el control de Cuba se despertó con el grito de Baire, en febrero de 1895, sino que tuvo manifestaciones bien anteriores a la insurrección. Como demuestran algunos alegatos de la prensa estadounidense, ya en 1891 se especulaba con la posibilidad de anexionar la isla para convertirla en una “verdadera colmena de la industria, a la vez que en uno de los jardines más fértiles del mundo”, y al país “proveerle un mercado para el superávit de la producción y del capital”.17 Algunos apoyaban “la extinción de la soberanía española en Cuba a cambio de un reembolso financiero razonable” (Foner, 1972, vol. 1: 31).18 Las presiones por la anexión provenían de un grupo pequeño pero económicamente poderoso ligado a la producción y el comercio del azúcar cubano. Se creía que una unión orgánica con el coloso norteamericano liberaría las tarifas aduaneras, tal como ocurría paralelamente en Hawái.19 Consciente de la necesidad de desbaratar los designios y ambiciones imperialistas de Estados Unidos sobre Cuba, el líder revolucionario José Martí llamó a la guerra por la independencia para librarse tanto de España como de los Estados Unidos. La guerra cubana, escribió en mayo de 1895, “ha estallado en América a tiempo de prever la anexión de Cuba con los Estados Unidos” (Ibíd.: 34).
Durante esta segunda guerra por la independencia cubana (la primera transcurrió entre 1868 y 1878), el Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí en 1892, contó con el apoyo de organizaciones de emigrados en Estados Unidos, principalmente en Nueva York, pero también en Key West y Tampa. El gobierno del demócrata Grover Cleveland (en su segundo mandato, entre 1893 y 1897) se declaró neutral en el conflicto entre Cuba y España, pero en la práctica favoreció a los españoles con la venta de armas y a través de ciertas operaciones “aduaneras” destinadas a impedir el aprovisionamiento a los rebeldes (Ibíd.: 52). Además, se negó a admitir la condición de beligerantes a los cubanos, de modo que tampoco se dio un reconocimiento diplomático al Gobierno revolucionario cubano. Ello se debía a que Cleveland desconfiaba de la capacidad de los cubanos para autogobernarse, aunque también eran fuertes las presiones de la Secretaría de Estado, que confiaba a los españoles la protección de las propiedades estadounidenses en la isla.
Mientras tanto, la guerra de guerrillas iba logrando importantes avances sobre las fuerzas españolas, a pesar de la clara desventaja militar y la falta de apoyos extranjeros, lo que la convierte en una de las grandes epopeyas de la historia militar moderna (Ibíd.: 56). La causa independentista cubana rápidamente cobró adhesiones entre la opinión pública estadounidense, y fue en el Senado donde más repercusión tuvo. Luego del estallido revolucionario, el Senado aprobó una resolución reconociendo los derechos beligerantes. Cleveland se abstuvo de vetar la resolución, pero la ignoró en la práctica, continuando con sus maniobras para evitar el abastecimiento de armas a los cubanos y robustecer a España. En rigor, el presidente se inclinó más bien por lograr un acuerdo de autonomía, algo que los propios cubanos habían rechazado, para evitar daños mayores a España.
Su sucesor republicano William McKinley (1897-1901) le dio, en un primer momento, continuidad a la política de Cleveland en Cuba. Pero si las demandas del Congreso por el reconocimiento de la beligerancia cubana resultaron insuficientes, fueron las presiones de ciertos grupos económicos estadounidenses, con resonantes ecos en la prensa, las que torcieron la política exterior de McKinley. Armadores, compañías comerciales, banqueros, fabricantes y propietarios de barcos, todo ellos afectados por la destrucción del comercio del azúcar con la isla, peticionaron por una intervención militar en Cuba para terminar el conflicto. McKinley insistió con un plan de autonomía, negándose como su predecesor a aceptar la independencia de Cuba. Un plan que no descartaba la posibilidad de anexar la isla a cambio de una compensación económica.
Esta última opción fue fuertemente rechazada por España, y en octubre de 1897 se firmó un acuerdo diplomático entre Estados Unidos y España que ponía en vigor el plan de autonomía para Cuba. El plan era una reforma que implicaba nada menos que una soberanía simbólica para los cubanos, mientras España mantenía su control económico y militar. El acuerdo fue, naturalmente, rechazado por los rebeldes cubanos, que insistían y seguían luchando por su independencia. Lo curioso es que el plan fue rechazado también por los “integristas”, criollos que apoyaban la causa colonial e incluso los métodos atroces para mantenerla, como los practicados por el jefe del ejército español, Valeriano Weyler.
Weyler, más conocido como “el carnicero”, había impuesto, desde su asunción como capitán general en febrero de 1896, la política de “reconcentración” de la población campesina en poblados militarizados, junto con sus caballos y recursos, con el objetivo de impedir su colaboración con los rebeldes. Se trató de verdaderos campos de concentración que diezmaron a la población local, por hambre y enfermedades, a la vez que causaron el deterioro de la agricultura. Un estudio de caso –la reconcentración en Güira de Melena, a unos cuarenta kilómetros al sureste de La Habana– demuestra un aumento de enfermedades digestivas y respiratorias, producto del hacinamiento las primeras y de la deficiente nutrición las segundas. La fiebre amarilla y la malaria se dispararon, debido a que los fosos defensivos construidos por los españoles se convirtieron en letales criaderos de mosquitos (Pérez Guzmán, 1998: 284).20
El plan de autonomía entró en vigor el 1 de enero de 1898. España destituyó a Weyler e implementó un plan de ayuda a las poblaciones reconcentradas –que incluyó el envío de alimentos desde Estados Unidos–, pero los efectos fueron irrelevantes. La tasa de mortalidad se volvió a elevar cuando Estados Unidos declaró la guerra a España y ejecutó el bloqueo naval, el 22 de abril de 1898. La escasez de alimentos que produjo el bloqueo “suprimió las diferencias de condiciones de vida entre reconcentrados y gran parte del resto de la población”, y predominó la deficiencia nutricional como causante de muerte (Ibíd.: 287).21
Volviendo a la cuestión de la autonomía, resulta curioso que fuese la oposición de los “integristas”, y no la lucha independentista de los cubanos, lo que terminó por decidir una participación directa de los Estados Unidos en Cuba. El cónsul estadounidense en Cuba, Fitzhugh Lee, reportó a McKinley las pocas posibilidades de éxito que tenía el plan de reforma, no solo porque no resolvía la crisis de hambre entre los reconcentrados, sino también porque la resistencia ya sumaba a oficiales del ejército y a burócratas de esta nueva modalidad de gobierno español. Ello convenció a McKinley para que enviase a La Habana el buque de guerra Maine con el objetivo de proteger “las vidas y propiedades estadounidenses”,22 mientras el Departamento de Marina reclutaba hombres. El 12 de enero, un motín antiautonomista en La Habana, por el que se atacaron las sedes de tres periódicos autonomistas al grito de “Viva Weyler”, fue rápidamente sofocado.
El episodio sirvió de justificación para el arribo del Maine, el cual fondeó en La Habana unos pocos días después. El 15 de febrero de 1898 el Maine explotó, causando la muerte de doscientos sesenta y seis oficiales y otros heridos, sobre un total de trescientos cincuenta y cuatro a bordo (Trask, 1981: XII). La explosión del Maine aceleró la decisión de McKinley de intervenir en Cuba, a pesar de que no se había comprobado (y nunca se hizo) que se hubiera debido a una mina submarina instalada por los españoles.23 Primero se logró la aprobación de un presupuesto de cincuenta millones para gastos de defensa a principios de marzo. Pese a que España, muy debilitada por el costo de la guerra que libraba en dos frentes, Cuba y Filipinas, anunció por vía diplomática una posible rendición, no se hizo nada por frenar la guerra dado que toda su maquinaria intelectual, política y militar ya estaba en pleno funcionamiento. McKinley envió su mensaje de guerra al Congreso el 11 de abril. El 22 anunció el bloqueo a Cuba, lo cual es considerado un acto de guerra según el derecho internacional, provocando la declaración de guerra por parte de España el 24 de abril. Al día siguiente hizo lo propio el Congreso estadounidense, pero con fecha retroactiva al 21 de abril de 1898 (Tindall y Shi, 1989: 579). La declaración de guerra fue posible tras conceder a los antimperialistas (demócratas) del Congreso la promulgación de la Enmienda Teller, del 19 de abril.
La Enmienda Teller fue un conjunto de cuatro resoluciones por las que Estados Unidos declaraba: 1) el reconocimiento de la libertad e independencia del pueblo de Cuba; 2) la exigencia a España de que renunciase a toda autoridad en la isla y retirase sus fuerzas; 3) la autorización para desplegar las fuerzas militares estadounidenses con el propósito de llevar adelante estas resoluciones. La última resolución de la Enmienda Teller comprometía expresamente a Estados Unidos a no anexionarse Cuba: 4) “Estados Unidos declaran en esta que no tienen ninguna disposición ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o fiscalización sobre dicha isla, excepto para la pacificación de la misma; y afirman su determinación, cuando ella se haya realizado, de entregar el gobierno y el dominio de la isla a su pueblo” (Brockway, 1958: 61).
La prensa estadounidense fue un medio de presión para lograr el ingreso de Estados Unidos en la guerra. Se destacaron el New York Journal, de William Randolph Hearst (inmortalizado como el ciudadano Kane en la película de Orson Welles de 1941), y su rival, el New York World, de Joseph Pullitzer. Ambos coincidían en sus editoriales “amarillas”, dedicadas a denunciar las atrocidades de los españoles en Cuba. Como ya se ha visto, la aparente “neutralidad” que atacaban los periódicos era en la práctica falaz, porque Estados Unidos hizo intervenciones diplomáticas, administrativas (las requisas para prevenir abastecimiento a los insurrectos) e incluso militares, con el envío del Maine, mucho antes de declarar la guerra. La importancia de la prensa fue más bien exagerada por historiadores que negaron las razones imperialistas de la guerra y propusieron, en cambio, verla como el resultado de una histeria de masas producida por la propaganda de la prensa amarilla.24
La “espléndida guerrita” en Cuba tuvo un bajo saldo de víctimas estadounidenses25 y duró menos de cuatro meses desde la declaración de guerra, a fines de abril, hasta la firma del armisticio, el 12 de agosto. El desembarco de las fuerzas estadounidenses (compuestas por diecisiete mil hombres al mando de William R. Shafter)26 en el suroeste de Santiago de Cuba, el 22 de junio, dio inicio a unos enfrentamientos que se concentrarían en esta región oriental de la isla y que dieron como resultado avances rápidos sobre posiciones españolas en Las Guásimas (24 de junio), El Caney y el cerro de San Juan (ambas el 1 de julio). Con estas victorias y un golpe efectivo a la armada española el 3 de julio, se logró la rendición de Santiago de Cuba el 16 de julio. Diez días más tarde, Estados Unidos invadía Puerto Rico a un costo imperceptible.
El Ejército de Liberación cubano había cumplido un rol fundamental en la defensa de las cabezas de playa (Daiquiri y Siboney), con cinco mil hombres formando un anillo entre los españoles y el ejército expedicionario (Foner, 1972, vol. 2: 23). También fue decisiva la participación militar de los mambises, como se llamaba a los integrantes del Ejército de Liberación cubano, con Calixto García y Máximo Gómez como sus principales figuras en 1898. Los mambises colaboraron con la toma de El Caney y el cerro de San Juan, y también impidieron el arribo de refuerzos españoles a Santiago de Cuba.
Sin embargo, los militares estadounidenses obraron deliberadamente en la construcción de una ausencia cubana, siguiendo la perspicaz interpretación de Louis Pérez (1998: 76-95). El general Shafter tomó decisiones inconsultas durante el curso de los sesenta días que duró el enfrentamiento contra los españoles, apartando intencionalmente a los cubanos de las acciones militares y falseando los hechos por la “repugnancia de los norteamericanos por compartir el honor de la victoria con los cubanos” (Foner, 1972, vol. 2: 29). Los Rough Riders, el cuerpo de infantería compuesto por voluntarios y comandado por los coroneles Leonard Wood y Theodore Roosevelt, se lanzaron a su “pequeña guerra independiente” (Ibíd.: 27). Los reportes de los estadounidenses demostraban un profundo desprecio racial contra los cubanos, a los que en el mejor de los casos se los vio como indolentes, mientras se exaltaba el valor de los estadounidenses. Shafter impidió que los cubanos participaran de las discusiones encaminadas a conseguir la rendición de Santiago, como así también de las ceremonias que oficializaron la rendición. Incluso les prohibió que entrasen en Santiago, so pretexto de evitar posibles saqueos, “y como un último insulto informó a García que todas las autoridades civiles españolas continuarían al frente de sus cargos municipales hasta que pareciera conveniente sustituirles por otros” (Ibíd.: 37).
El 10 de diciembre de 1898, los Estados Unidos y España suscribieron al Tratado de París, no sin antes desencadenar una profunda agitación en el Senado de Estados Unidos, con fuerte resonancia en la opinión pública, respecto de los términos de la paz. Si Cuba no era susceptible de anexión, a causa de la Enmienda Teller, sí lo era Filipinas. Un importante movimiento antimperialista que aglutinó trasversalmente a la sociedad estadounidense denunció la intervención estadounidense en el archipiélago y los métodos atroces por los que se aniquiló a la población local (y que fueran comparados con las carnicerías de Weyler en Cuba).27 Los antimperialistas condenaban la anexión, mientras que un poderoso grupo que representaba intereses económicos, políticos, militares y religiosos estaba a su favor. Sea por los beneficios económicos que traerían los nuevos mercados de Oriente, por una mayor presencia política y militar del país o por la propagación de misiones religiosas, los imperialistas impusieron sus condiciones. El Tratado de París concluyó con la posesión para Estados Unidos de Puerto Rico, la isla de Guam y Filipinas (por las que se pagó una compensación de veinte millones de dólares) bajo la fórmula legal de “territorios no incorporados”.
La ocupación militar estadounidense en Cuba
Que la Paz de París desmanteló el imperio español y abrió paso a un imperialismo de nuevo tipo quedó demostrado cabalmente en el caso de Cuba, que pasó a ser, sin solución de continuidad, una suerte de protectorado estadounidense. Los dirigentes de la revolución disolvieron la Junta de Gobierno revolucionaria –bajo la presidencia de Bartolomé Masó– en favor de una Asamblea, a modo de gobierno provisional. A principios de diciembre de 1898, mientras los diplomáticos estadounidenses y españoles (no así cubanos, que fueron excluidos) deliberaban los términos de la paz en París, una comisión de la Asamblea cubana en Washington, encabezada por Calixto García, negociaba una insuficiente suma (tres millones de dólares) para licenciar a las tropas rebeldes. Dado que al finalizar la guerra los estadounidenses habían acaparado la recaudación de las rentas, los cubanos no dispusieron de sus propios recursos para poder pagar a los soldados que habían luchado desde 1895, por lo que la “ayuda” de Washington se volvió inevitable.
De esa manera resolvieron disolver un ejército que los estadounidenses veían como amenazante para sus propios intereses en la isla. Más allá de que hubo posiciones más conciliadoras dentro de la comisión cubana, fue vehemente su reclamo por la independencia cubana, al tiempo que en el Senado hasta los “antimperialistas” rechazaban su autodeterminación.28 Una rápida pulmonía acabó con la vida de Calixto García en Washington el 11 de diciembre, y con él cesaron los reclamos de los cubanos por su independencia. La comisión se retiró y unos días más tarde se disolvió el Partido Revolucionario Cubano por decisión de su jefe, Tomás Estrada Palma. También se cortaron los lazos con los clubes revolucionarios de Tampa y Key West. De este modo se separaron los elementos más radicales de la lucha cubana, debilitando la unidad revolucionaria “en el momento en que era más necesaria” (Foner, 1972, vol. 2: 82).
De esta manera se dio paso a la ocupación militar estadounidense en Cuba, que reemplazó inmediatamente a los españoles a partir de su retiro definitivo, fechado el 1 de enero de 1899. Se reforzó al ejército con el envío de nuevos contingentes de soldados y oficiales,29 y se designó como gobernador militar al comandante general John R. Brooke, quien tendría a su cargo los poderes civiles y militares del Gobierno de Ocupación. La mayor parte de la renta cubana, proveniente de las tarifas al comercio exterior, pasó a control estadounidense. Pero quizá el mayor logro fue, como apunta Philip S. Foner, la liquidación del Ejército cubano y el debilitamiento de la Asamblea cubana, tras conseguir la adhesión de su dirigente Máximo Gómez al plan de ocupación. Brooke dispuso decretos para prohibir ciertos hábitos, como los juegos de azar, y dio prioridad al inglés en las escuelas. También se replicaron ciertas prácticas estadounidenses de segregacionismo racial en lugares públicos y se impuso la censura de la prensa en Santiago y La Habana (Ibíd.: 113-135). En diciembre de 1899, Brooke fue depuesto en favor del todavía más firme general Leonard Wood.30
Durante la ocupación, pero especialmente bajo la gobernación de Wood, la penetración de los capitales estadounidenses en Cuba fue fenomenal, incluso contradiciendo una resolución sancionada por el Senado, la Enmienda Foraker, de enero de 1900. La Enmienda Foraker prohibía la concesión de contratos o franquicias de cualquier tipo mientras durase la ocupación. Pero las autoridades militares la evadían con distintas argucias,31 lo cual permitió que los capitales estadounidenses se concentraran en la inversión ferroviaria. La Cuba Company, por ejemplo, construyó una red ferroviaria entre La Habana y Santiago de Cuba tras acceder preferencialmente a la compra de tres veces más de la cantidad de tierra que se necesitaba para el proyecto. La minería tuvo un enorme desarrollo con la concesión de doscientas dieciocho licencias de explotación otorgadas por Wood, la mayoría de ellas a inversores estadounidenses que estaban exentos del pago de impuestos. De los cien millones de dólares que se invirtieron en la isla durante la ocupación, cuarenta y cinco estaban destinados a la producción de tabaco y veinticinco a la de azúcar. También tuvo un desarrollo notable la producción frutícola; solo en el año 1900 la United Fruit Company compró treinta y seis mil hectáreas de tierra (Thomas, 2013: 331-336).
Los beneficios económicos que los grupos más concentrados del capital estadounidense extraían de sus inversiones en Cuba, junto con la pretensión del Gobierno de instalar allí una base militar permanente, reavivaron la presión de los imperialistas, con sus representantes en el Congreso, para anexar la isla. La reacción no se hizo esperar entre los antimperialistas, pero mucho menos entre los cubanos, cuya Convención Constituyente sesionaba desde principios de noviembre de 1900. La Constitución de la República de Cuba fue aprobada el 11 de febrero de 1901, allanando el camino para una soberanía totalmente independiente de los Estados Unidos. El retiro de las fuerzas de ocupación era tan inminente como resistido desde Washington.
La solución para extender la soberanía estadounidense sobre Cuba, sin perjuicio de la Enmienda Teller, fue provista por el senador republicano Orville H. Platt. Firmada por el Congreso en marzo de 1901, la denominada Enmienda Platt admitía la conformación de un gobierno independiente de Cuba, habida cuenta de que la Constitución había sido sancionada un mes antes. Pero Platt expuso los siguientes condicionamientos:
Art. 1. Que el Gobierno de Cuba nunca debe concretar pacto alguno u otro convenio con ninguna potencia o potencias extranjeras que dañen o tiendan a dañar la independencia de Cuba […].
Art. 2. Que el Gobierno de Cuba no deberá asumir ni contratar deuda pública alguna para pagar los intereses de la ya existente […].
Art. 3. El Gobierno de Cuba consiente en que los Estados Unidos puedan ejercer el derecho de intervenir para preservar la independencia cubana, el mantenimiento de un gobierno apto para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual […].
Art. 6. La Isla de Pinos será omitida de los límites de Cuba especificados en la Constitución […].
Art. 7. […] El Gobierno de Cuba deberá vender o arrendar a los Estados Unidos las tierras necesarias para establecer estaciones navales o carboneras en ciertos puntos específicos […]. (Núñez García y Zermeño Padilla (eds.), 1988, vol. 5: 333-334)
El Gobierno de los Estados Unidos presionó para que la Enmienda Platt fuese incorporada a la Constitución cubana. De este modo, tomaba la cesión de la soberanía cubana al Gobierno de Estados Unidos como un requisito ineludible para dar fin a la ocupación militar. La Convención rechazó la Enmienda, en medio de una “tormenta de protesta y descontento que se extendía por Cuba” (Foner, 1972, vol. 2: 308), e intentó por todos los medios institucionales, comisiones en Washington mediante, revertir sus términos. Sin obtener resultado alguno, y tras ásperas deliberaciones, la Convención aprobó la incorporación de la Enmienda Platt por dieciséis votos contra once el 28 de mayo de 1901 (para entrar en vigor a partir del 12 de junio de ese año). Al terminar la sesión, José Lacret Morlot, representante de la Convención y ex general del Ejército de Liberación, exclamó: “Tres fechas tiene Cuba. El 10 de octubre de 1868 aprendimos a morir por la patria. El 24 de febrero de 1895 aprendimos a morir por la independencia. Hoy, 28 de mayo de 1901, día para mí de luto, nos hemos esclavizado para siempre con férreas y gruesas cadenas” (Pichardo, 1969, t. 2: 122).
La República de Cuba –con su primer presidente, Tomás Estrada Palma (1902-1906)– asistió a un aluvión de inversiones en tierras y a la aplicación de tarifas preferenciales para el azúcar cubano y la importación de manufacturas. A pesar de que la política del buen vecino de Franklin Roosevelt llevó a la disolución de la Enmienda Platt en 1934, se mantuvieron las cadenas de una economía dirigida por capitales estadounidenses y una soberanía limitada según las prerrogativas de Washington hasta 1959. La base militar de Guantánamo puede verse como vestigio de la dominación neocolonial de Estados Unidos en Cuba y símbolo de su poder imperial de más largo alcance.
A modo de conclusión
La guerra hispano-cubano-estadounidense y su desenlace de intervención retratan el funcionamiento del imperialismo estadounidense desde finales del siglo XIX. Un imperialismo formulado, paradójicamente, con premisas antimperialistas. El ingreso de Estados Unidos en la guerra que los cubanos venían manteniendo desde 1895 contra el dominio colonial español se justificó en nombre de la libertad. La sistemática negación de la autodeterminación del pueblo cubano se plasmó a nivel diplomático, excluyendo su participación del Tratado de París, y a nivel político, impidiendo el ejercicio de su soberanía a través de la ocupación militar primero y de la imposición de la Enmienda Platt después. No faltaron los argumentos racistas que adujeron no solo una supuesta incompetencia de los cubanos para autogobernarse sino también la inminente peligrosidad de una sociedad compuesta por gran cantidad de población afrodescendiente. La “espléndida guerrita” produjo espectaculares beneficios económicos con la afluencia de inversiones y el control de los mercados de importación y exportación. La Enmienda Platt además concedió al “bando vencedor” bases militares que serían cabeza de puente para posteriores intervenciones en el Caribe, como las que Theodore Roosevelt ejecutaría desde los primeros años del siglo XX bajo la modalidad del “gran garrote”.
Una vez más, ¿qué tuvo de excepcional el imperialismo estadounidense inaugurado en 1898 a partir de la guerra hispano-cubano-estadounidense? A juzgar por los resultados, ubicó a Estados Unidos como potencia mundial, a partir de la obtención de nuevos mercados para mercaderías y finanzas que sirvieran como válvula de escape del capitalismo monopólico ante las recurrentes crisis de sobreproducción. También Estados Unidos se convirtió en árbitro necesario de la diplomacia mundial, y su ejército en gendarme de sus intereses económicos. No habría nada excepcional en este punto.
Tampoco resulta excepcional si se tiene en cuenta la continuidad de la dinámica expansionista de un estado que, una vez cerrada la frontera interna en la década de 1890, volvió su mirada hacia la frontera externa. Esto fue señalado por Thomas R. Hietala, quien ubica el origen del expansionismo en la era jacksoniana, cuando los sectores dirigentes creían que los Estados Unidos podrían expandirse rápidamente sin caer en las prácticas que habían debilitado a los imperios tradicionales (1985: 177). Por su parte, Philip S. Foner interpretó la continuidad del expansionismo estadounidense de fines del siglo XIX del siguiente modo: “Con la guerra con España, las fuerzas en desarrollo del imperialismo norteamericano maduraron. El ‘nacimiento’ fue, así, el producto de un largo período de gestación” (1972, vol. 1: 11).
El carácter excepcional, para Hietala, radica precisamente en una expansión que es entendida, justificada y estimulada por la contraposición con el modelo imperialista europeo: “Al atacar el engrandecimiento europeo y diferenciarlo del propio, los estadounidenses basaron su fuerte sentido de excepcionalismo y lo combinaron con una definición de su carácter nacional cada vez más estridente y chauvinista” (1985: 177). Lo excepcional encuentra su fundamento, pues, en el terreno de la ideología. En la construcción de un consenso sobre la supuesta superioridad moral de los Estados Unidos a partir de sus valores republicanos fundamentales: la democracia y el despliegue inusitado de la libertad individual. Una libertad cuya expresión más inquietante es, en nuestros días, la vigencia de la segunda enmienda de la Constitución estadounidense sobre “el derecho del pueblo a tener y portar armas” (Boorstin, 1997: 135).
La historiografía conservadora, a través de la escuela patriótica y la escuela del consenso, ha encumbrado la noción de excepcionalismo, colaborando así con la construcción de una identidad nacional cuyos valores se han pretendido universalizar.
Thomas Bender, desde una perspectiva global y crítica del excepcionalismo, destacó su dimensión moral, entendida como una elevada conciencia del bien y del mal, pero a la vez elástica, adaptable, pragmática (2011: 201). También Eric Foner identificó en clave crítica la cualidad excepcional del imperialismo estadounidense: una pretendida potestad de exportar la libertad, recurriendo a prácticas de intervención militares que precisamente niegan la libertad en toda la amplitud del término, sin siquiera “sentir conciencia alguna de contradicción por ello” (1998: 232).
Tal como ha quedado demostrado para el caso de la guerra hispano-cubanoestadounidense, la intervención de los Estados Unidos en la guerra por la libertad de los cubanos terminó por enajenarla por completo. Ello se hizo acudiendo a recursos legales tales como la Enmienda Platt, que rompió con los tradicionales métodos imperialistas de control directo de las poblaciones sometidas. Con todo, los estadounidenses experimentaron esa suerte de dominio durante la ocupación militar entre 1898 y 1902 y se valieron, como sus correligionarios europeos, de una retórica xenófoba para la construcción del consenso imperialista. En 1898, y desde entonces hasta nuestros días, el Gobierno estadounidense se atribuyó el derecho –e incluso la responsabilidad o “misión”– de exportar libertad al mundo entero. Tal vez lo más excepcional del imperialismo sea, entonces, que solo un estadounidense puede formular el imperialismo de este modo, y solo otro puede creerlo. En el resto del mundo “la dominación jamás es benigna” (Pozzi, 2009: 83).
Bibliografía
Abarca, M. G. (2009). El “Destino Manifiesto” y la construcción de una nación continental, 1820-1865. En Pozzi, P. y Nigra, F. (comps.). Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Buenos Aires, Maipue.
Arriaga, V. (1991). La guerra de 1898 y los orígenes del imperialismo norteamericano. En Moyano, Á. et al. (comps.). Estados Unidos visto por sus historiadores, t. 2. Ciudad de México, Instituto Mora.
Bemis, S. F. (1939). La política internacional de los Estados Unidos. Lancaster, Lancaster Press.
Bender, T. (2011). Historia de los Estados Unidos. Una nación entre naciones. Buenos Aires, Siglo XXI.
Boorstin, D. J. (comp.). (1997). Compendio histórico de los Estados Unidos. Un recorrido por sus documentos fundamentales. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
Brockway, T. (ed.). (1958). Documentos básicos de la política exterior de los Estados Unidos. Buenos Aires, Ágora.
Brown, R. (1955). Middle-class democracy and the revolution in Massachusetts, 1691-1780. Ithaca, Cornell University Press.
Foner, E. (1998). La historia de la libertad en EE.UU. Barcelona, Península.
Foner, P. S. (1972). La guerra hispano/cubano/americana y el nacimiento del imperialismo norteamericano (1895-1902), vol. 1 y 2. Madrid, Akal.
Hartz, L. (1994). La tradición liberal en los Estados Unidos. Una interpretación del pensamiento político estadounidense desde la Guerra de Independencia. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
Hietala, T. R. (1985). Manifest design. Anxious aggrandizement in late jacksonian America. Ithaca y Londres, Cornell University Press.
Hofstadter, R. (1970). Los historiadores progresistas. Turner, Beard, Parrington. Buenos Aires, Paidós.
Kammen, M. (1993). The problem of american exceptionalism. A reconsideration. En American Quarterly, vol. 45, núm. 1.
LaFeber, W. (1997). Liberty and power: U. S. diplomatic history, 1750-1945. En Foner, E. (ed.). The american history. Filadelfia, Temple University Press.
Lipset, S. M. (2006). El excepcionalismo norteamericano. Una espada de dos filos.Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
López Palmero, M. (2009). La guerra de 1898 y el imperialismo norteamericano. En Nigra, F. y Pozzi, P. (comps.). Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Buenos Aires, Maipue.
Madsen, D. L. (1998). American exceptionalism. Jackson, University Press of Misisipi.
Miller, P. (1967). Nature’s Nation. Cambridge, Harvard University Press.
Millis, W. (1965). The martial spirit. A study of our war with Spain. Nueva York, The Viking Press.
Molho, A. y Wood, G. S. (1998). Introduction. En Molho, A. y Wood, G. S. (eds.). Imagined histories. American historians interpret the past. Princeton, Princeton University Press.
Núñez García, S. y Zermeño Padilla, G. (eds.). (1988). Documentos para su historia política. Imperialismo y sociedad (1596-1920), vol. 5. Ciudad de México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
Offner, J. L. (1992). An unwanted war. The diplomacy of the United States and Spain over Cuba, 1895-1898. Chapel Hill, University of North Carolina Press.
Pérez, L. (1998). The war of 1898: The United States and Cuba in history and historiography. Chapel Hill, University of North Carolina Press.
Pérez Guzmán, F. (1998). Los efectos de la reconcentración (1896-1898) en la sociedad cubana. Un estudio de caso: Güira de Melena. En Revista de Indias, vol. LVIII, núm. 212.
Pichardo, H. (ed.). (1969). Documentos para la historia de Cuba, t. 2. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.
Placer Cervera, G. (1998). Las campañas de Santiago de Cuba en 1898. En Anuario de Estudios Atlánticos. “Coloquios de historia canario americana”, vol. 13.
Pletcher, D. M. (1978). Reciprocity and Latin American in the 1890s: A foretaste of dollar diplomacy”. En Pacific Historical Review, núm. 47-1. Glendale.
Pocock, J. G. A. (1987). Between Gog and Magog: The republican thesis and the ideologia americana. En Journal of the History of Ideas, vol. 48, núm. 2.
Pozzi, P. (2009). La “democracia del deseo”: hegemonía y consenso. En Nigra, F. y Pozzi, P. (eds.). La decadencia de los Estados Unidos. De la crisis de 1979 a la megacrisis del 2009. Buenos Aires, Maipue.
_________(2013). Historia y política en Estados Unidos. En Pozzi, P. y Nigra, F. (comps.). Huellas imperiales. De la crisis de 1929 al presidente negro. Buenos Aires, Imago Mundi/Ciccus.
Ratto, S. (2001). El debate sobre la frontera a partir de Turner. La “New Western History”, los “Borderlands” y el estudio de las fronteras en Latinoamérica. En Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, tercera serie, núm 24.
Rodgers, D. T. (1998). Exceptionalism. En Molho, A. y Wood, G. S. (eds.). Imagined histories. American historians interpret the past. Princeton, Princeton University Press.
Sánchez Padilla, A. (2016). La política exterior de los Estados Unidos en el último tercio del siglo XIX: una revisión historiográfica. En Revista Complutense de Historia de América, vol. 42.
Thomas, H. (2013). Cuba. La lucha por la libertad. Barcelona, Vintage.
Tindall, G. B. y Shi, D. E. (eds.). (1989). America. A narrative history. Nueva York, Norton & Company.
Tocqueville, A. de (1996). La democracia en América. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
Trask, D. F. (1981). The war with Spain in 1898. Nueva York, MacMillan.
Turner, F. J. (1961). La frontera en la historia americana. Madrid, Ediciones Castilla.
Tucker, S. C. (ed.). (2009). The encyclopedia of the spanish-american and philippine-american wars. A political, social and military history, vol. 1. Santa Bárbara, ABC-CLIO.
Van der Linden, A. A. (1996). A revolt against liberalism: american radical historians, 1959-1976. Amsterdam, Rodopi.
Washington Post. (2 de octubre de 2017). En línea: <https://www.washingtonpost.com/local/a-scary-turn-lasvegas-may-be-first-mass-shooting-using-an-automatic-weapon/2017/10/02/0b7e0a50-a79f-11e7-b3aac0e2e1d41e38_story.html?utm_term=.34969adafff1> (consulta: 2-10-2017).
Williams, W. A. (1960). La tragedia de la diplomacia norteamericana. Buenos Aires, Grijalbo.
La guerra filipino-estadounidense (1899-1902). Un “laboratorio de ensayo” hegemónico
Darío Martini
Que la presencia estadounidense en Filipinas se originó en un baño de sangre y violencia fue, si no olvidado, al menos dejado de lado. La guerra filipino-estadounidense se convirtió en una guerra olvidada durante el siglo XX.
David Silbey (2007: 210)
En 1898 Estados Unidos se metió de lleno en la competencia interimperialista mundial. La guerra hispano-cubano-estadounidense duró poco más de cien días, y culminó en la Conferencia de París en diciembre de ese año, donde una humillada España tuvo que renunciar a su dominio colonial sobre Cuba, mientras que Filipinas, Guam y Puerto Rico fueron cedidas a la flamante potencia por veinte millones de dólares. En palabras de John Hay, el secretario de Estado del presidente estadounidense William McKinley (1897-1901), la guerra contra España había sido “una espléndida pequeña guerra; iniciada por los más altos motivos, conducida con inteligencia y espíritu magníficos y favorecida por la fortuna, que ama a los bravos” (Morison, Commager y Leuchtenburg, 1995: 599). A los filipinos, que venían sosteniendo un movimiento independentista en estado de insurrección permanente contra los españoles, se les negó la posibilidad de asistir a la conferencia que decidía su futuro.
A continuación, el Congreso estadounidense estableció que la población filipina era “inmadura” para ejercer cualquier tipo de autogobierno, e incorporó al archipiélago filipino en calidad de “comunidad dependiente”. Esto se ejecutó bajo el amparo de una legislación segregacionista utilizada en el continente con las reservaciones indígenas, sobre las que se ejercería una “dominación benévola” (López Palmero, 2009: 66).
Pero a diferencia del escenario en el Caribe, donde la guerra había terminado, los estadounidenses tuvieron que desarrollar una ocupación colonialista sobre el “archipiélago magallánico”, enfrentando en una guerra convencional al partidoejército de los nacionalistas filipinos, el Katipunan, entre abril de 1899 y julio de 1902, y luego a diversas guerrillas independentistas activas hasta 1913.
Lo que comenzó como la extensión colonialista “natural” de la guerra contra México de 1846-1848 y de las diversas indian wars continentales, derivó en la hegemonía total sobre la que sería una de las primeras y más extensas colonias estadounidenses de ultramar en Asia. Una vez derrotada la insurrección nacional, la castellanizada clase dirigente filipina dio por cerrado su capítulo independentista, comenzó a hablar el inglés de los agentes de la nueva administración colonial y fue gradualmente incorporada en los asuntos públicos y políticos, o directamente asimilada como socia menor. Durante las primeras décadas del siglo XX y el período de entreguerras, se cimentó entonces la imagen de una “dominación benévola” sobre esta “nueva frontera” asiática (Filipinas fue incorporada por Estados Unidos en 1935 como “Estado libre asociado”).
Sin embargo, la ocupación japonesa de Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1942 y 1945, aceleró la obtención un año más tarde de la independencia, oficialmente “cedida” por Estados Unidos nada menos que en la alegórica fecha del 4 de julio. Producto de la resistencia y la movilización del pueblo filipino contra la invasión japonesa, y presentada al mundo por los estadounidenses y sus aliados locales como un “premio” a la incondicionalidad demostrada hacia la “madre América”, Filipinas logró, cincuenta años después del levantamiento nacionalista contra España, una maniatada independencia.
Ya en la posguerra, y frente a un escenario de revoluciones triunfantes y guerras civiles dirigidas por partidos comunistas en China, Corea y Vietnam entre otros procesos, Filipinas fue exhibida en occidente como una “democracia estable” del Pacífico (por lo menos hasta el autogolpe de Ferdinand Marcos en 1972) y se convirtió en la frontera natural de la Pax americana en esta parte del mundo.
El historiador y especialista en política estadounidense en el Pacífico Alfred W. McCoy plantea que además de establecer su hegemonía sobre Filipinas, esta guerra finisecular le sirvió a Estados Unidos como un “laboratorio de ensayo” para desarrollar los métodos de dominación aplicados luego en diversos escenarios a nivel mundial y utilizados frente a la disidencia política en el escenario político doméstico (2009: 35).
La repetición y readecuación de estos “experimentos” de imposición imperial fueron en parte fruto directo de esta primigenia experiencia colonialista. La trama hegemónica desplegada por Estados Unidos en Filipinas despliega una ocupación militar seguida de la cooptación política y la imposición cultural, con su legado en la generación de una clase dirigente local (re)convertida en anglófona y dispuesta a colaborar con la nueva metrópolis.
Si bien este pacto de dominación corrió serios riesgos durante la ocupación japonesa, los estadounidenses fueron capaces de generar previamente los instrumentos que les garantizaron la colaboración de Filipinas como aliada. Estados Unidos enriqueció y perfeccionó las técnicas de dominación imperialista, colaborando activamente en la creación de un “estado policial” que aparece de manera recurrente a lo largo de toda la historia filipina reciente (Ibíd.: 37).
Estados Unidos en Filipinas
Durante el apasionante debate nacional que se suscitó en la década de 1890 sobre si Estados Unidos debía convertirse o no en una potencia imperialista, ambos bandos usaban esta palabra con naturalidad, y triunfaron aquellos que orgullosamente se denominaban imperialistas.
Bruce Franklin (2008: 113)
Aunque poco y nada se sabía sobre Filipinas antes de su ocupación, el “bando” imperialista impuso un sentido común que dictaba que había mucho por ganar con una aventura colonialista. Ejemplo de esto es la revista National Geographic, que declaró en su editorial que:
[…] es menester tomar la posición que merecemos entre las naciones del globo […]; el bienestar de nuestra nación depende en gran medida del desarrollo del comercio con el hemisferio sur y las naciones del Lejano Oriente […]; de ahora en más nuestra política debe ser agresiva. (Silbey, 2007: 50)
A fines del siglo XIX, el destino manifiesto era un concepto tanto racial como político sobre los derechos –y también las responsabilidades, según se creía– de las naciones “civilizadas” de gobernar a los pueblos menores, “incivilizados”. Alfred Thayer Mahan (marino y estratega que escribió en 1890 un libro muy influyente para la época: The influence of sea power upon history, que se tradujo al español como Influencia del poder naval en la historia), sostenía que el derecho de “una población indígena” a conservar su tierra “no depende del derecho natural” sino más bien de su “aptitud política”, la cual debía demostrarse en el trabajo político de gobernar, administrar y desarrollar dicha tierra de manera tal que quedara garantizada en el mundo la inexistencia de recursos naturales inactivos. La posesión local, en otras palabras, estaba sujeta al uso más productivo (Ibíd.: 222-223).
Justificándose en la concepción de Estados Unidos como una nación con un destino manifiesto, el presidente McKinley decidió que a los filipinos había que “educarlos y cristianizarlos”. Se olvidaba del hecho de que la enorme mayoría católica de filipinos se consideraban cristianos. Para McKinley, los filipinos no estaban preparados para gobernarse y pronto caerían en el desorden, en peores condiciones que bajo la dominación española. Y agregaba McKinley: “[…] no podemos traspasar [Filipinas] a Francia o Alemania, nuestros rivales comerciales en Oriente, ya que constituiría un descrédito y un mal negocio” (Bender, 2015: 220).
Estados Unidos declaró la guerra a España el 25 de abril, bajo el pretexto de ayudar a los revolucionarios independentistas cubanos y aduciendo un ataque sobre un buque de su bandera en el puerto de La Habana (episodio del Maine, ocurrido el 15 de febrero de 1898). A los pocos días, los modernos cruceros norteamericanos sorprendieron anclada en Manila a la vetusta flota española del Pacífico, dejando un saldo de cuatrocientos ibéricos muertos contra ninguna baja norteamericana. La flota, bajo el mando del almirante George Dewey, estaba estratégicamente posicionada en las cercanías del archipiélago por orden del entonces secretario adjunto de la Armada (y futuro presidente) Theodore Roosevelt.
Este ataque sorpresa, la batalla de la bahía de Manila o batalla del golfo de Cavite, que tuvo lugar el 1 de mayo de 1898, fue el enfrentamiento inaugural de la fugaz guerra de Estados Unidos contra España. Los estadounidenses controlaron entre mayo y agosto la estratégica isla de Corregidor y la fortaleza amurallada del puerto de Manila. A sus espaldas tenían unas tropas españolas con muy baja moral, sitiadas en Manila por un cerco de insurrectos filipinos (Silbey, 2007: 54).
La competencia interimperialista de la época hizo que parte de la flota alemana del Pacífico, estacionada en las islas Marianas, apareciese en la entrada del golfo de Manila para desembarcar provisiones a los españoles. Esto aceleró los planes de ocupación estadounidense del archipiélago. Tras recibir refuerzos del continente, montaron un simulacro de batalla con los españoles, quienes se negaban a rendirse a los insubordinados filipinos. Estados Unidos ondeaba ahora su bandera sobre toda la ciudad. Rodeados por una línea circundante de trincheras filipinas, los norteamericanos ocuparon la totalidad de la ciudad entre mediados de agosto de 1898 hasta el 4 abril de 1899, cuando se renovaron las hostilidades, esta vez contra los nacionalistas filipinos (Ibíd.: 56).
De la insurrección filipina a la ocupación estadounidense
Para Estados Unidos era imperioso aplastar al Katipunan, cuestión que se presentaba un tanto espinosa, ya que este partido-ejército había acumulado experiencia de combate durante un período de más de dos años y contaba con un refinado aparato de inteligencia curtido en luchar contra la brutal policía española (McCoy, 2009: 66).32
Los filipinos vivían en estado de guerra desde 1896. En agosto de ese año, el Katipunan lanzó, con más éxito en el campo que en las ciudades, un llamamiento a la insurrección. Con el martirio del médico y escritor José Rizal en diciembre, la revuelta original se elevaría a la categoría de revolución nacional. Tan solo Manila se mantuvo en manos españolas bajo una fuerte dominación policial (Silbey, 2007: 42).
Rizal había fundado la Liga Filipina en 1892, una asociación civil cuyos miembros (muy a pesar suyo) se radicalizaron. Proponía la incorporación de Filipinas como provincia española, abandonando el estatuto de colonia imperial, con plena representación en las cortes peninsulares e igualdad de derechos ante una misma ley. Este programa democrático mínimo fue considerado subversivo, y bajo la presión de los clérigos católicos, las autoridades españolas fusilaron a Rizal.33
La Liga Filipina aglutinó a todo el amplio y multiétnico abanico de fuerzas independentistas que fundaron en 1895 el Katipunan, cuya dirección estaba a cargo de Andrés Bonifacio y Emilio Aguinaldo. El primero fue asesinado en un confuso episodio en mayo de 1897 por subordinados del segundo, que terminó detentando el poder de manera verticalista sobre todo el movimiento.
Luego de unas primeras batallas victoriosas contra España, la situación se tornó adversa para los filipinos. Acorralado por el gobernador Fernando Primo de Rivera, Aguinaldo aceptó un armisticio a cambio de cuatrocientos mil pesos y el autoexilio en Hong Kong, más la promesa por parte de los españoles de no tomar represalias contra los filipinos que participaron en el levantamiento, consignada en el pacto de Biak-na-Bató en diciembre de 1897. Ninguna de las partes cumplió con el mismo. Aguinaldo compró armas para el Katipunan, mientras que Primo de Rivera continuó con una dura campaña represiva. Una vez aniquilada la flota española del Pacífico, en mayo de 1898, Aguinaldo volvió a las Filipinas, ahora como un aliado “informal” de los estadounidenses.
Aguinaldo sostuvo siempre que el almirante Dewey en persona le había prometido en abril en Hong Kong “una República filipina independiente bajo protectorado estadounidense” una vez derrotados los españoles. Aunque este encuentro efectivamente ocurrió, Dewey y el cónsul estadounidense que contactó a Aguinaldo en Hong Kong aducirían luego no recordar pacto alguno, ya que las supuestas promesas se hicieron de palabra y mediante traductor, nunca por escrito (Wright, 1936).
Lo cierto es que el regreso de Aguinaldo renovó las fuerzas y la extensión de la insurrección, y el Katipunan cercó a Manila con un cinturón de trincheras de entre doce mil y quince mil hombres. En un exceso de confianza, Aguinaldo declaró la independencia el 12 de junio de 1898.
España se negaba a ser humillada por sus “subordinados” filipinos, por lo tanto, el 13 de agosto de 1898 se montó, con ayuda del cónsul belga en Manila como intermediario, una falsa batalla contra los estadounidenses. La simulada refriega no escatimó cañonazos, heridos e incluso, producto de una confusión, unos cincuenta muertos peninsulares y seis yanquis. Les sirvió a los españoles para cumplir su deseo de no ser derrotados por los filipinos, y a los estadounidenses para “tomar” la capital y cerrar, a punta de fusil, la entrada de las tropas nacionalistas filipinas, negándoles los frutos de su victoria sobre los españoles y la asistencia a la coronación de su propia independencia (Silbey, 2007: 50).
El ambiente se tornó sumamente hostil, con la ciudad ahora bajo bandera estadounidense rodeada de soldados de la naciente República Filipina. La relación entre ambos bandos ya se venía deteriorando, y la “falsa batalla” de Manila del 13 de agosto no hizo más que caldear los ánimos (Ibíd.: 52).
A partir de ese momento, comenzó una brusca carrera hacia la guerra protagonizada por militares, diplomáticos y políticos. El general del Ejército, Wesley Merritt, un veterano de la Guerra Civil que sería nombrado el primer “gobernador militar” de Filipinas, manifestó de manera tajante que Estados Unidos pasaba a controlar la totalidad del archipiélago. Sin embargo, buscó negociar con los insurgentes, ya que la ciudad necesitaba agua y los filipinos controlaban una represa cercana. Estos accedieron a cederla a cambio de la potestad de entrar a la ciudad portando revólveres y armas de mano (Ibíd.: 54).
Los estadounidenses venían a la contienda con la mayoría de sus generales formados en la guerra de Secesión (1861-1865) y estaban profundamente imbuidos de racismo y concepciones de superioridad blanca. El 87% de los generales en servicio en Filipinas había luchado en las indian wars, y la mayoría de los regimientos provenían de los estados del Oeste, con un anecdotario muy vívido de dichos enfrentamientos, que continuaban en los territorios de Arizona y Nueva México contra los “apaches” (Bosch, 2005: 304; Roberts, 2005). Un soldado describió para un periódico del continente lo que reflejaba la opinión de la mayoría de la tropa sobre los filipinos:
Imaginen a un indio cruzado con un negro, el producto de esa unión júnteselo con un chino, y lo que aflore de esa extraña mezcla no tendrá comparación alguna, ni siquiera a nivel cognitivo ni menos aún moral, con lo que conocemos por un filipino. (Silbey, 2007: 50)
Las opiniones y descripciones estadounidenses sobre la disciplina de los insurgentes no escapaban a la norma: en los testimonios y documentos nos encontramos con un extendido uso de epítetos racistas y un marcado menosprecio. Es común en el vocabulario del ejército y la prensa del continente la descripción de los nacionalistas como “turba de malhechores”, “granujada” y “ladrones”. En palabras de un oficial, “los insurgentes no son más que todos los delincuentes de Luzón juntos, deseando asesinar al primer hombre blanco que se les cruce por el camino” (Ibíd.: 51).34
La frágil tregua lograda por Merritt fue afectada por la decisión del presidente McKinley de tenerlo a su lado en las negociaciones del Tratado de París, dejando al frente del ejército a su segundo al mando, el general Elwell Otis, un racista que inflamó la animosidad de los filipinos. Otis comenzó demandando a Aguinaldo un retiro inmediato de las tropas; este accedió a replegar la línea de trincheras, aunque no se retiró. Aguinaldo a su vez estaba siendo presionado, por un lado, por una “Junta de Hong Kong”, un conglomerado de facciones de la clase dirigente filipina que lo financiaba; y por el otro, por muchos de sus comandantes, especialmente los que estaban apostados en el sitio de Manila, frustrados frente al desenlace de la situación (Silbey, 2007: 59).
La moral de las tropas estadounidenses tampoco era la mejor. Muchos soldados pensaban que la guerra había terminado al derrotar a los españoles, y que ya era hora de regresar. El factor que empeoró la situación fue el aburrimiento liso y llano. Los hombres empezaron a apostar en riñas de gallos, se emborrachaban con tuba, un licor de palmera, y sobrevino un brote de enfermedades venéreas. Las peleas y reyertas entre filipinos y norteamericanos pasaron a ser moneda común. En diciembre de 1898, un soldado escribió: “[…] creo que es cuestión de tiempo para que el próximo malentendido se transforme en guerra abierta” (Ibíd.: 64).
Una guerra desigual
El enfrentamiento entre los marines y las tropas filipinas comenzó la madrugada del 4 de febrero de 1899, tras un encuentro entre patrullas de ambos bandos en donde hubo un tiroteo (cuyo inicio los dos le adjudicaron a su enemigo) que se convirtió en una enorme balacera seguida de fuego de morteros a lo largo de todo el frente circundante a Manila.
Sobre los inicios de la contienda, las diversas explicaciones se concentran en dilucidar qué lado lanzó el ataque, si fue Aguinaldo tratando de cimentar su débil posición o si McKinley decidió ejecutar una acción que presionase al Senado para apurar la aprobación del Tratado de París. Lo cierto es que cualquier posibilidad de diálogo se cerró cuando las noticias de la Conferencia de París llegaron a Filipinas.
Es también muy probable que la batalla haya tomado por sorpresa a los altos mandos filipinos (Aguinaldo ni siquiera estaba en el frente cuando comenzaron las hostilidades), ya que no pudieron contener a sus tropas que se cansaron de esperar un levantamiento insurreccional en Manila.
Fueron los norteamericanos los que sacaron mayor provecho del enfrentamiento inicial. El brigadier general Arthur MacArthur, quien comandaba las tropas en el norte de Manila, preocupado por lo disperso de sus fuerzas sobre el terreno decidió que, en caso de un ataque, la mejor respuesta sería no esperar, sino contratacar de inmediato. Era esta una salida razonable a un problema táctico, pero garantizaba que cualquier disturbio gatillase una embestida estadounidense en toda la línea, como efectivamente ocurrió (Ibíd.: 66).
La mañana del 5 de abril, ambos bandos reunieron a sus tropas luego del enfrentamiento. Los combates habían sido entre escuadrones y pelotones que atacaron y contratacaron. Los altos comandos no contaban con suficiente información sobre lo que efectivamente había ocurrido. Ottis tenía alrededor de trece mil soldados. Once mil estaban en el frente circundante a Manila y los restantes dos mil en la ciudad. Ese día, siguiendo un ataque atenazado contra las fortificaciones filipinas, los estadounidenses forzaron el repliegue hacia el interior de las fuerzas de Aguinaldo. Sufrieron poco más de cincuenta bajas y doscientos heridos, contra unas trescientas bajas filipinas y más de quinientos heridos. Si bien todos estos números varían según las fuentes, está claro que los filipinos sufrieron una derrota contundente (Ibíd.: 67).
Tendrían que pasar casi dos meses para que se declare formalmente la guerra, lo cual se produjo el 2 de junio, y fueron los filipinos los que se vieron obligados a hacerlo, denunciando la invasión estadounidense y la situación general, ya que Estados Unidos negaba la conflictividad en el archipiélago ante la opinión pública mundial y nunca habló abiertamente de una guerra, sino de una “rebelión” filipina (Wright, 1936: 13).
Las principales batallas de la guerra convencional entre Estados Unidos y Filipinas fueron la batalla de Caloocan, entre el 22 y el 24 de febrero de 1899; la captura de Malolos, la capital de la Primera República, por parte de los estadounidenses el 31 de marzo; la derrota del Katipunan en la batalla de Quinga, el 23 de abril, y en la batalla de San Jacinto, en noviembre, que forzó la orden de Aguinaldo de pasar a librar una guerra de guerrillas. Todas estas batallas las perdieron las fuerzas filipinas, y se libraron en Luzón, la principal isla del archipiélago (Silbey, 2007: 87).
Derrotadas por un ejército que las superaba tecnológicamente, las tropas filipinas tuvieron que replegarse para continuar una guerrilla coordinada desde la Cordillera Central de Luzón. Esto empujó a los estadounidenses a ensayar una áspera campaña antisubversiva en el camino del control absoluto de las islas. Mientras tanto, en la retaguardia y sobre todo en Manila, ejercieron un meticuloso y agresivo control policial para enfrentar cualquier tipo de resistencia (Ibíd.: 89).
Aguinaldo tuvo que escapar con las tropas enemigas sobre sus talones durante casi un año, y fue finalmente capturado en marzo de 1901, tras una arriesgada operación ideada por el general Frederick Funston, que simuló rendirse y, disfrazando a scouts filipinos como soldados republicanos, entró en el campamento del poblado de Pelanan y tomó prisionero a Aguinaldo. Se lo presionó para que desmovilice a sus tropas, a lo que, resignado, accedió. El 19 de abril de ese mismo año, Aguinaldo juró lealtad a Estados Unidos y decretó el fin de la Primera República. Poco tiempo después declararía:
Mi captura, junto con la traición que la acompañó, me dejó enfurecido, anímicamente destruido, y casi por completo paralizado. […] Por otro lado, me sentí aliviado. Yo ya sabía que nuestra resistencia estaba destinada al fracaso, todo había terminado, y yo estaba vivo. (Ibíd.: 119)
Esta guerra contra las fuerzas dirigidas por el Katipunan es lo que los estadounidenses denominan la philippine-american war (1899-1902), y en Filipinas se la denomina la Primera República (1898-1902).
Sin embargo, la conflictividad persistió. En una primera fase, hasta 1907, cuando los norteamericanos asesinaron en la clandestinidad al general del Katipunan, Macario Sacay, que negaba la rendición y había asumido la presidencia filipina tras la captura y el arresto domiciliario de Aguinaldo. Sacay, engañado por políticos filipinos con una falsa oferta de amnistía, fue entregado y ahorcado de inmediato por los militares estadounidenses.
En una segunda fase represiva, se desarrollaron una serie de “revueltas mesiánicas” entre 1903 y 1908, disipadas en alianza con sectores de las elites locales, que muchas veces dirigían personalmente la represión. Un tercer movimiento se llevó a cabo al enfrentar y reprimir duramente una serie de huelgas y a un activo movimiento de masas con influencia socialista en Manila entre 1907 y comienzos de 1911. Por último, en 1913 se doblegó la aislada y combativa minoría musulmana, denominados “moros”, de la isla de Mindanao, en el sur del archipiélago (Ibíd.: 131).
Desde temprano, y para reforzar la flota estacionada en Manila, los estadounidenses movilizaron gran cantidad de tropas. Para evitar el aprovisionamiento de las fuerzas filipinas, ya a comienzos de 1899 se aseguró un bloqueo casi total sobre el archipiélago. Desde San Francisco, en la costa oeste del continente, partían mensualmente buques con tropas compuestas por batallones del Ejército, brigadas de voluntarios (muchos de ellos reclutados en las universidades) y batallones afroestadounidenses de Buffalo Soldiers.35
La batalla por Manila y la victoria contra las fuerzas nacionalistas catapultaría a los norteamericanos por todo el territorio. La ocupación efectiva del mismo se completaría recién a comienzos de 1903, y para ello se necesitarían setenta mil soldados, cuatro mil doscientos de los cuales morirán, muchos de ellos debido a pestes tropicales (Ibíd.: 124).
La brecha del poderío y la tecnología militar entre ambos bandos fue determinante, y se midió desde lo básico para el combate: la munición. Los mandos norteamericanos notaron que eran muy pocas sus bajas si atacaban “a la carga” y frontalmente a las trincheras nacionalistas. Se comprobó que las balas del armamento filipino estaban compuestas de una pobre aleación de metales livianos, dado que las armerías locales eran más bien “herrerías móviles” que fábricas propiamente construidas y pertrechadas. Al ser disparada, la munición se elevaba rápidamente, errando la mayoría de las veces el blanco. Los estadounidenses dieron la orden de ataque directo sobre las trincheras, instaurando una psicología triunfalista en las tropas, que muchas veces desbandaban con sus asaltos a los filipinos. El hecho no menor de que la geografía de las islas, a través de sus canales y estrechos, facilitase la cercanía a los campos de batalla de los buques de la flota fue una enorme ventaja para los invasores, que convirtieron las trincheras nacionalistas en verdadera “carne de cañón” (Ibíd.:132).
La fuerza invasora derrotó en una serie de batallas convencionales a un ejército filipino compuesto en su mayoría por caciques locales que sostenían con sus tropas fuertes lazos clientelares. Estos “jefes” (en español, tal como se los denominaba) se irían rindiendo uno tras otro. Ya para comienzos de 1901 y luego de la temporada de los monzones, Aguinaldo afrontaría una amplia defección en las filas del propio Katipunan. Tan solo en enero de ese año se presentaron ante los estadounidenses más de ochocientos desertores (Ibíd.: 136).
Por otro lado, a la composición caciquil del ejército nacionalista se le sumaba el hecho de que Emilio Aguinaldo dirigía al Katipunan de manera dictatorial, fusilando a generales subordinados que se venían destacando en el conflicto, como el general Antonio Luna en mayo de 1899, tras la derrota de Malolos, la capital de la Primera República. Cualquier tipo de desafío a la disciplina impuesta por el Katipunan era tratado como traición y sujeto a serias represalias, incluyendo los reclamos y huelgas de trabajadores asalariados dentro de los territorios republicanos. Esto último jugó un papel desmovilizador en los principales centros urbanos, que temían las sanciones y castigos de Aguinaldo, produciendo escepticismo sobre las medidas democráticas prometidas por los nacionalistas, cuando no la defección directa hacia el bando contrario (Ibíd.: 139).
Luego de que los rifles de repetición, la artillería pesada y la rápida guerra de maniobras destruyeran las formaciones regulares del ejército filipino (entre febrero y noviembre de 1899), los estadounidenses pasaron los siguientes dos años y medio concentrados en operaciones contrainsurgentes de desmoralización (McCoy, 2009: 92).
Sin embargo, el sentimiento nacionalista no decaía. Reinaba en el ambiente una sensación de rotunda injusticia; la lucha independentista materializada en la Primera República estaba siendo arrebatada de manos de sus protagonistas. La resistencia, sobre todo en el campo y en los pequeños poblados, se mantenía expectante y lista para actuar.
En Balangiga, una pequeña villa portuaria crucial para la navegación de la isla de Sámar, los estadounidenses dispusieron una fortificación. Los aldeanos parecían colaborar solidariamente; demostraban sus habilidades en el arnis, el arte marcial nacional, practicado con un machete curvo de nombre bolos, o jugaban al béisbol con los soldados extranjeros y bebían tuba.
La guerrilla republicana, activa en la zona, visitó a los pobladores de Balangiga para expresarles su desacuerdo con las expresiones de confraternización hacia los estadounidenses, pero dejaron en claro que no tomarían represalias. El que sí tomó revancha al enterarse de la visita de los rebeldes del Katipunan fue el comandante estadounidense de la guarnición, Thomas Connel, que mandó encerrar a todos los hombres del poblado durante varias noches sin comida y confiscó las raciones de arroz de todas las familias locales. También quemó las plantaciones de los alrededores para asegurarse la hambruna entre los guerrilleros (Silbey, 2007: 189-196).
Esto provocó la furia de los habitantes locales, que organizaron (sin ayuda de la rama local del Katipunan) una emboscada bajo una fachada de festividad católica. A la espera de una visita de oficiales superiores, Connel autorizó el festejo para demostrar el grado de “entusiasmo” del poblado. La noche previa a la emboscada, hombres disfrazados de mujeres ingresaron con pequeños ataúdes llenos de machetes. Los soldados de la guardia se negaron a abrir los cofres por temor a que portasen pestes tropicales. La fiesta había empezado temprano por la tarde, y los filipinos se aseguraron de que los estadounidenses bebiesen mucho alcohol. La mañana del 28 de septiembre de 1901, sonaron las campanas de la iglesia, anunciando el ataque. Rápidamente los pobladores entraron al campamento, y en pocos minutos ultimaron a treinta y seis soldados norteamericanos, incluidos Thomas Connel y toda la oficialidad. Ocho quedaron gravemente heridos, y cuatro desaparecieron. Solo treinta alcanzaron a llegar a la orilla y escapar en las canoas que encontraron. Cuando volvieron las tropas, Balangiga había sido abandonada por sus habitantes. Los soldados destruyeron el poblado y se llevaron las campanas de la iglesia (Ibíd.: 197).36
A partir de ese momento y bajo las órdenes del comandante Jacob H. Smith, se llevó adelante la infame campaña de Sámar. Smith despachó una orden con una frase que sería ampliamente repudiada por las crecientes manifestaciones antimperialistas que por ese entonces se estaban desarrollando en Estados Unidos: “Maten a todo aquel mayor de diez años”.
Smith era un veterano de la masacre de Wounded Knee (ocurrida en Nebraska el 29 de diciembre de 1890), donde fueron ametrallados y semienterrados en una fosa común ciento treinta y cinco indios lakotas (entre ellos, setenta y dos mujeres y niños). Las tropas a su mando se ensañaron con los civiles filipinos. Los antimperialistas estadounidenses denunciarían entonces la “masacre de Sámar” y la adecuación de verdaderos “campos de concentración” en las islas (Ibíd.: 201).
El resultado de todo esto sería una catástrofe demográfica de proporciones descomunales. Mientras las tropas rebeldes apenas podían sobrevivir en las montañas, sus pares morían de a miles en los poblados y los nuevos campos de concentración, que de hecho no eran más que alambradas bajo vigilancia fuertemente armada. En los mismos se desarrolló rápidamente una epidemia de cólera. En brutales condiciones de hacinamiento, y con las cosechas de kilómetros a la redonda arrasadas en nombre de la lucha antisubversiva, los alimentos comenzaron a escasear. En abril de 1902 estalló la epidemia, que azotó a todo el archipiélago y se cobró más de doscientas mil víctimas.37
Theodore Roosevelt, elegido presidente luego de la muerte anticipada de McKinley, aprovechó la situación de absoluta zozobra en las filas nacionalistas para decretar unilateralmente (un simbólico 4 de julio) el fin de la guerra en Filipinas.38
Un “laboratorio” de dominación
Desde 1898 y durante los años que duró la guerra, el Ejército estadounidense combinaría operaciones de combate, innovaciones técnicas aplicadas a tácticas policiales y reformas civiles para aplastar la resistencia filipina. El resultado fue la creación de un gobierno de ocupación confiado a sucesores civiles, que forjó un nuevo estado colonial de molde coercitivo (McCoy, 2009: 103).
Una vez completada la dominación militar, la tarea del momento fue crear una nueva administración que legitimase la ocupación y sostuviera sus aspiraciones de gobierno impuesto. Se abrieron rápidamente llamados a licitación para inversores y contratistas privados que cubrieran los servicios básicos de las principales ciudades. El ejército abrió el acceso a negociados de todo tipo llevados adelante por militares y representantes políticos del Gobierno estadounidense. Se fundaron firmas que administraron los ferrocarriles, las empresas públicas y las nuevas obras de infraestructura. Esto atrajo a los hombres de negocios filipinos, que pronto pasaron a ser parte de estas sociedades, legitimando de paso la presencia de los capitales norteamericanos.
Cada vez más filipinos tomaban parte en los asuntos administrativos, posponiendo la lucha por la independencia hacia una fecha no determinada. Además de sustraer la lucha independentista, la hegemonía estadounidense logró cercenar toda posibilidad de cambio de régimen en las Filipinas, estableciendo la superioridad sobre su nuevo “hermanito marrón” y remodelando de ahí en más el carácter y el perfil de esta nación. William Howard Taft, primer gobernador civil de Filipinas, le aseguró al presidente McKinley que en Filipinas “[…] nuestros hermanitos marrones (little brown brothers) necesitarían unos cincuenta o cien años de estrecha vigilancia para poder desarrollar algo parecido a las habilidades políticas anglosajonas” (Miller, 1984: 134).
Esta nueva gimnasia hegemónica demandó de la naciente potencia imperialista una rápida puesta a punto en su estrategia colonial. De manera tortuosa, la guerra contra los nacionalistas reconfiguró el escenario político de Filipinas. Los estadounidenses abrieron nuevas parcelas de poder que minaron la cohesión política interna que los sectores dominantes locales demostraron poseer cuando enfrentaron a España (Ibíd.: 135).
Con la captación y cooptación de ciertos sectores de la elite incorporados en forma subordinada a los beneficios del imperialismo (y sobre los cuales se estableció una hegemonía ideológica y cultural) y el aplastamiento con mano de hierro de la resistencia de sectores sociales y étnicos marginados (que nunca lograron ser absorbidos en el régimen establecido), Estados Unidos facilitó la tarea de la imposición de su poderío y construyó una hegemonía frágil y conflictiva. Se liberaron los obstáculos burocráticos del viejo imperio español y se readecuó el sistema judicial, instrumentando una nueva legislación en inglés basada en preceptos puritanos de corte prohibicionista. Esto redefinió nuevos espacios de poder listos para ser “repartidos” entre aquellos filipinos dispuestos a colaborar con los recién llegados (McCoy, 2009: 107).
A las tempranas controversias entre imperialistas y antimperialistas en el escenario doméstico estadounidense, prosiguió un panorama en el que se publicitaban las inversiones en el archipiélago y se alentaban diversos negociados para sociedades comerciales beneficiarias directas de la ocupación. En el continente, el emporio de la prensa sensacionalista del magnate William Randolph Hearst atizó la causa imperialista, demonizando a los independentistas filipinos, exhibiéndolos siempre como simples “bandidos” y “malhechores” (Ibíd.: 127).
En las islas se recurrió entonces a una represión desembozada, que se apoyó sobre toda una serie de instituciones creadas durante la invasión. Como ejército de ocupación en una nación lejana y desconocida, los estadounidenses tuvieron que reelaborar muchos de los enfoques a los que estaban acostumbrados en el continente.
Los altos mandos persiguieron el objetivo de desarrollar cuerpos de represión internos y un ejército filipino compuesto por tropas nativas dirigidas por estadounidenses. Se fundaron el temido Constabulario filipino y diversas agencias de inteligencia, como así también policías municipales, cantonales y un ejército nacional (los Philippines Scouts), todos ellos formados y dirigidos por oficiales estadounidenses.
Frente al racismo exacerbado en las tropas, se abogó por un tipo de soldado diferente sobre el terreno. En una carta de mayo de 1904, el capitán W.C. Rivers demandaba a sus superiores que ahora “[…] los requisitos para ser un buen oficial de tropas nativas serán: poseer una educación liberal, tacto y versatilidad. Sobre todo no debe ser un racista o alguien que considera el ‘asunto filipino’ como un segundo ‘frente indio’” (Ibíd.: 129).
En un primer momento, el desconocimiento del archipiélago y de las fuerzas sociales que operaban en el proceso obligó a un rápido despliegue de fuerzas para materializar un avanzado aparato de espionaje, que fusionaría la inteligencia militar con la vigilancia y la extorsión a los políticos opositores. A los avances registrados por la inteligencia del Ejército se les sumaron nuevas técnicas de manejo de datos (se confeccionaron cartillas de información sobre todo el arco político de la isla y se tomaron las huellas dactilares de la mayoría de la población masculina).
Fue necesario hacer uso de nuevos métodos y maniobras coercitivas. Se destacó la División de Información Militar (DMI por sus siglas en inglés), parte de la Unidad de Reconocimiento y de la Unidad de Inteligencia, dos organismos fundados en Filipinas y primeros de su tipo en el Ejército estadounidense. El DMI se dedicó de lleno a la “identificación y disrupción” de “objetivos políticos antagónicos”, y estableció un archivo sobre los independentistas filipinos, el Bureau of Insurgent Records (Ibíd.: 113).
Luego de tres meses de operar en el terreno, el DMI comenzó a recolectar y diseminar información a lo largo de todos los mandos, provocando el arresto de unos seiscientos individuos sospechados de “subversivos” y de doscientos cincuenta oficiales nacionalistas en el área de Manila solamente. En 1901 se haría cargo de esta unidad el capitán Ralph Van Deman, conocido posteriormente como “el padre de la inteligencia militar estadounidense” (Ibíd.: 116). Van Deman innovaría en este terreno, transformando los archivos e informes en actividades operativas que pronto se convertirían en una guía sobre cada aspecto de la resistencia filipina (y en un verdadero manual de contrainsurgencia), que incluía tareas tales como: diferenciar las guerrillas activas; incluir el apoyo civil, las finanzas, sus armas, su ideología, el tipo de propaganda; interferir sus comunicaciones, identificar movimientos y descripciones del terreno de operaciones, personajes, agentes y colaboradores, y actuar de forma expeditiva allí cuando fuese necesario. Desde un comando en Manila se combinaron reportes de los más de cuatrocientos cincuenta puestos de información del Ejército con data provista por agentes encubiertos, para así producir un nuevo tipo de inteligencia, ejecutable en el terreno de operaciones mismo. Las unidades del DMI tenían completa libertad y se las alentaba a tomar la iniciativa. Pronto demostraron ser ágiles a la hora de perseguir grupos revolucionarios y determinar con exactitud los momentos para atacar campamentos y puestos de la retaguardia enemiga (Ibíd.: 133).
La “experiencia filipina” ayudó al ejército ocupante a desarrollar un elaborado sistema de contrainteligencia con el que no contaban los estadounidenses antes de la guerra, y capacitó a sus fuerzas represivas en las “artes” de las operaciones de espionaje y represión interna. Estas verdaderas “lecciones” coloniales arribaron a la metrópoli durante la Primera Guerra Mundial para proveer las innovaciones y el personal que precedieron a la formación de las agencias de inteligencia estadounidenses y que eventualmente ayudaron a fundar el FBI (Federal Bureau of Investigation). El capitán Van Deman sería puesto a cargo del Comando de Inteligencia Militar durante la Primera Guerra Mundial, y se ocuparía sobre todo del terreno político doméstico, atacando de manera predilecta a los militantes de los Industrial Workers of the World (IWW) y a miembros del Partido Socialista de Estados Unidos, preferentemente de su ala izquierda, fundadora del Partido Comunista (Ibíd.: 137). En la periferia, y liberado de las ataduras democráticas, el régimen colonial fusionó el uso de la nueva tecnología (el telégrafo, el teléfono y la máquina de escribir, tres inventos estadounidenses de la década de 1870) para transmitir y recolectar información en tiempo récord. La conquista de Filipinas demostró el potencial de estas nuevas tecnologías para conformar un nuevo tipo de régimen capaz de brindar apoyo logístico y darle la delantera a un ejército que estaba enfrentando a un enemigo que incluía desde un ejército regular como el Katipunan, pasando por sindicatos militantes y movimientos mesiánicos hasta separatistas musulmanes (McCoy, 2017: 46).
El reacomodamiento de la dirigencia filipina
Bajo una serie de resoluciones de la Suprema Corte, los gobernadores estadounidenses de Filipinas ejercían de hecho un poder considerablemente más profundo que cualquiera de sus colegas en la madre patria. Ya en 1901, el nuevo gobernador civil de las Filipinas (y futuro presidente de los Estados Unidos), William H. Taft, impuso un rígido control sobre la información, utilizando leyes draconianas para restringir el debate público y una policía secreta habilitada para monitorear comunicaciones privadas (Silbey, 2007: 115). Luego de la captura de Aguinaldo y la caída de la Primera República, silenciada la resistencia abierta tras el episodio de Balangiga y las masacres en Sámar, la cohorte del régimen estadounidense consiguió aceptación al principio y posteriormente legitimidad en una parte no mayoritaria pero sí significativa de la población de Manila y de los principales centros urbanos.
Para cimentar sus objetivos de dominación, los estadounidenses concentraron sus esfuerzos en tres áreas que consideraron críticas: educación, salud y la promesa de “orden” materializada en un nuevo sistema judicial de carácter prohibitivo. Cerca de la mitad del presupuesto colonial fue destinado a estos propósitos, con la educación llevándose más de un millón de pesos filipinos por sobre fuerzas de represión como el Constabulario (McCoy, 2009: 142). Fueron clave en el relato fundacional que inscribe como “benévola” la dominación estadounidense los famosos thomasitos, los seiscientos docentes norteamericanos que llegaron a bordo del navío USS Thomas para enseñar inglés a los hijos de la clase dirigente manilense. Estas medidas, que estaban destinadas a mejorar la ocupación, influyeron positivamente sobre una parte de la población. Las elites locales fueron pactando eventualmente su incorporación y reacomodamiento bajo el nuevo régimen. A medida que negociaban separadamente su rendición (el general Daniel Tirona tempranamente en 1899, Emilio Aguinaldo en 1901, llamando a deponer las armas, y el guerrillero Miguel Malvar en 1902), aceptaban retirarse de la contienda en términos, más que de sumisión, de total integración, y siguieron ejerciendo parte del poder económico y político sobre sus respectivas áreas territoriales y administrativas de influencia. Además, pusieron a disposición de los recién llegados las publicaciones y periódicos que poseían, muchos de los cuales habían ganado popularidad, prestigio y una mayor tirada durante la lucha contra España (Ibíd.: 161).
Los estadounidenses cedieron puestos administrados por militares a civiles filipinos, sobre todo en las áreas legislativa y sanitaria. La prohibición del opio de 1907 fue producto de una iniciativa moralista de misioneros protestantes, pero contó con el apoyo de los comerciantes chinos y los mayores terratenientes de Luzón. No era para nada un gobierno representativo como al que aspiraron durante la lucha independentista, pero por otro lado los negocios que fluían con el libre comercio y los nuevos espacios administrativos que surgían con la naciente burocracia colonial permitieron a los sectores acomodados y a la incipiente clase urbana encontrar un lugar común bajo el nuevo régimen (Miller, 1984: 136).
Muy ilustrativo de esto último es el siguiente episodio. En abril de 1903 llegó a Manila el vicegobernador Luke E. Wright:
Wright fue escoltado por los navíos del puerto, saludado por las sirenas y bocinas de todos los barcos de la bahía. En el puerto, una marquesina con banderas estadounidenses esperaba por el mandatario, que desde el púlpito expresó: ‘Se siente uno aquí como en su casa’. Los cañones del Fuerte Santiago fueron disparados, dando inicio al desfile. Pasaron frente al palco el mayor Henry T. Allen dirigiendo a las tropas nativas del Constabulario, el 13.o Batallón de Infantería, dos compañías de scouts filipinos y el jefe de la policía de Manila, John E. Harding, delante de dos compañías, una de ella con algunos filipinos. Luego, los carros de la nueva división de bomberos y detrás de ellos unos cientos de trabajadores con las banderas representativas de sus sindicatos, más veinticinco carruajes sobrecargados de políticos filipinos, tanto del Partido Nacionalista como del Federalista. (McCoy, 2009: 59)
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.