Kitabı oku: «Conceptos nómadas»
CONCEPTOS NÓMADAS
AUTO-DETERMINACIÓN
CONCEPTOS NÓMADAS
AUTO-DETERMINACIÓN
Faustino Oncina,
Nerea Miravet,
Héctor Vizcaíno (eds.)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación ha contado con una ayuda del Vicerrectorado de Investigación y Política Científica de la Universitat de València (UV-INV-OC13-112813) y se enmarca en el proyecto de investigación «Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales» (FFI2011-24473) del Ministerio de Economía y Competitividad.
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© De los textos: Los autores, 2014
© De esta edición: Universitat de València, 2014
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico C.B.
Cubierta:
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
Imagen: Eduardo Chillida, El peine del viento (San Sebastián)
ISBN: 978-84-370-9608-7
ÍNDICE
NOMADISMO CONCEPTUAL Y AUTODETERMINACIÓN COMO DESTINO. A MODO DE INTRODUCCIÓN, Faustino Oncina Coves
DESTINO Y DETERMINACIÓN EN EL PENSAMIENTO ANTIGUO, Juan de Dios Bares Partal
SOBRE LA CUESTIÓN DEL LIBRE ALBEDRÍO EN AGUSTÍN DE HIPONA Y LUTERO, Matthias Koßler
DESTINO Y AUTODETERMINACIÓN EN LA TRAGEDIA MODERNA, Giovanna Pinna
DE LA MIRADA ROMÁNTICA A LA MIRADA BIOPOLÍTICA. AUTODETERMINACIÓN Y LIBERTAD EN HEGEL Y SPINOZA, Vicente Serrano
DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA, DESOBEDIENCIA CIVIL, AUTODETERMINACIÓN. TÉRMINOS DE LA ESCRITURA CONSTITUCIONAL, Antonio Lastra
«CÓMO SE LLEGA A SER LO QUE SE ES». AUTODETERMINACIÓN EN EL PENSAMIENTO DE NIETZSCHE, Gaetano Rametta
LECTURAS Y PARADOJAS DE LA NOCIÓN DE AUTONOMÍA DEL ARTE EN LA TEMPRANA SOCIEDAD BURGUESA. IDEA DEL ARTE Y DE LA ESCRITURA EN PAUL VALÉRY, José Vicente Selma
AUTODETERMINACIÓN, UTOPÍA Y ACELERACIÓN, Nerea Miravet Salvador
LA LENTA RECUPERACIÓN DEL CUERPO: DE LA CORPOREIDAD A LA CORPORALIDAD, Karina Pilar Trilles
LOS LÍMITES DE LA AUTONOMÍA DESDE EL GÉNERO, Neus Campillo
LA AUTODETERMINACIÓN EN LAS SOCIEDADES MODERNAS. LOS ESTADOS-NACIÓN Y LA DEMOCRACIA, Vicent Flor
GOBIERNO, AUTOGOBIERNO Y AUTONOMÍA EN LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA DEL SIGLO XX, Manuel A. Bermejo
LA AUTONOMÍA EN LA POLÍTICA EDUCATIVA. NUEVOS PLANTEAMIENTOS, José Ignacio Cruz
LA AUTONOMÍA EN LAS ÉTICAS APLICADAS Y LAS PRÁCTICAS MÉDICAS, Margarita Boladeras
NOMADISMO CONCEPTUAL Y AUTODETERMINACIÓN COMO DESTINO
A MODO DE INTRODUCCIÓN
Faustino Oncina Coves Universitat de València
Este libro surge del Congreso Internacional «Conceptos nómadas: Auto-determinación», celebrado en Valencia entre el 14 y el 16 de octubre de 2013 y promovido por el proyecto de investigación «Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales». Como en eventos anteriores, no solo pretendimos dar juego a sus miembros formales, sino primordialmente a especialistas en el tema que nos convocó, de quienes podemos y debemos aprender. Desde luego, nos habría gustado servir de tálamo para una mayor promiscuidad, pero las estrecheces presupuestarias –que no es una simple cantinela– son un irritante cinturón de castidad. No obstante, nos esforzamos por romper modestamente con los clanes, también endémicos en el terreno de los proyectos a pesar de la insistencia oficial en configurar artificiosamente empresas coordinadas, lo que tan solo consigue ampliar el perímetro de una tumefacta endogamia, y por hacer de la exogamia y del mestizaje interdisciplinar nuestro hábitat natural. No es tarea fácil.
1.NOMADISMO CONCEPTUAL
Sin duda, el título escogido, como en los casos precedentes (cf. Oncina y Cantarino (eds.), 2013; Oncina (ed.), 2013), puede suscitar reacciones encontradas y hasta enconadas. Pero en este se mezclan una cuestión en boga, la del nomadismo conceptual, y otra de palpitante actualidad, pese a su veteranía, la de la autodeterminación y sus alias. Respecto a la primera, proliferan las tentativas de seguir el rastro a conceptos migratorios, a las traslaciones (cf. Müller, 2011) entre épocas y saberes. Tal trashumancia tiene lugar no solo entre disciplinas, sino también entre esferas prácticas y entre iconologías. Ese trasiego menudea entre metáforas y conceptos. Los conceptos, que Hans Blumenberg designa como cristalizaciones (Blumenberg, 2003: 47), se licuan así potencialmente una y otra vez. Recordemos que Joachim Ritter y Reinhart Koselleck excluyeron las metáforas de sus portentosos diccionarios histórico-conceptuales por razones meramente pragmáticas. No parecen, sin embargo, ser amos y señores en su propia casa cuando hay varias entradas en sus respectivos léxicos que se refieren nítidamente a metáforas.1 Desde 2010 disponemos de un Dictionnaire des concepts nomades en sciences humaines, dirigido por Olivier Christin, que, sin afán de exhaustividad,2 examina transferencias categoriales en el marco del programa de investigación esse (Pour un Espace des Sciences Sociales Européen), inspirado en Pierre Bourdieu. En el ámbito lingüístico asistimos a la pujanza a la par de la uniformización global y las especificidades vernaculares. En plena batalla de los puristas contra los barbarismos, Leopardi defendía hace dos siglos un «vocabolario universale» compartido por Europa entera, en particular en el campo científico, integrado por «europeismi» (Leopardi, 1921: 1213-1216). Más recientemente se han propuesto otras variantes, como «internacionalismos» o «transnacionalismos». Marc Bloch, en un famoso artículo de 1928 sobre historia comparada, exhortaba a sus colegas a «une réconciliation de nos terminologies et de nos questionnaires», para lo cual es indispensable orear los «impensés des sciences humaines et sociales», el inconsciente cognitivo de cada tradición o escuela (Bloch, 1928).3
Los contactos entre los diversos espacios y su deseable comparación autorreflexiva han de ser canalizados a través de la traducción, y en su peregrinaje la carga semántica de un término se ve inevitablemente alterada por el contexto de recepción. La pieza correspondiente al mundo ibérico ha quedado ya esbozada en el seno de una ambiciosa empresa, Iberconceptos, liderada por el incansable Javier Fernández Sebastián (cf. Fernández Sebastián (dir.), 2009).
Ernst Müller preconiza, desde el Centro de Investigación Literaria y Cultural de Berlín, y animado también por el proyecto mencionado al comienzo, una Historia Conceptual interdisciplinar. Por «conceptos interdisciplinares» entiende aquellos que se usan en muchas disciplinas, se resisten a agotarse en una definición, poseen una sobreabundancia constitutiva de significados que los hace tan controvertidos como productivos para la generación de nuevos discursos. Se trata de conceptos que:
1.Están en el cruce entre disciplinas y, en tanto que universalistas, atraviesan transversalmente disciplinas ya existentes que a su vez proceden de un tiempo anterior a la división disciplinar y que en los procesos de diferenciación científica y cultural han adoptado distintos significados (por ejemplo, herencia, sentimiento, generación, proyección).
2.Epistémicamente tienen una función catalizadora para todos los ámbitos del saber y en un proceso de migración o de difusión han derribado barreras disciplinares o culturales a la vez que adquirían distintos significados (por ejemplo, entropía, código, información, medio).
3.Pese a resultar de importancia central solo en una o en unas pocas disciplinas científicas, se han convertido sin embargo en figuras culturales de pensamiento (por ejemplo, contagio, analógico/digital, catálisis, subconsciente). (Müller, 2013: 45. Cf. Müller y Schmieder, 2012).
Un indicio para la identificación de un concepto interdisciplinar lo hallamos cuando el significante es idéntico, a partir de lo cual conviene indagar si tras una aparente continuidad se ocultan fracturas. Un reparo a este proceder ha sido condensado en la denuncia de un «fetichismo de los nombres»: «la persistencia de […] expresiones no nos dice nada fidedigno sobre la persistencia de […] con ceptos» (Skinner, 1969: 39).4 Pero la Historia Conceptual de factura koselleckiana no solo ha combinado programática mente onomasio logía y semasiolo gía, sino que ha llamado a «abando nar la ligazón a una figura verbal en favor de una explora ción […] de campos concep tuales y argumenta cio nes» (Knobloch, 1992: 9).5 En varias ocasiones ha abundado en la diferencia entre palabra y concepto. Si examinamos la genealogía de la Begriffsgeschichte, comprobamos que se ha afianzado en buena lid con la rancia historia terminológica. Los contextos prístinos de los conceptos cambian, como lo hacen los significados de estos. Por consiguiente, no desdeña en absoluto la dimensión tanto pragmática como semántica del lenguaje (cf. Koselleck, 1969: 88 y ss.).6
La Historia Conceptual filosófica se ha visto abocada nolens volens a adoptar una perspectiva interdisciplinar. En primer lugar, por la pérdida de su situación original privilegiada, de la que ha sido irremisiblemente desalojada. Durante mucho tiempo la filosofía fue un discurso rector o universal, pero, en la segunda mitad del siglo XIX, se apuntala una división del trabajo en la que sus dominios encogen irreversible y enormemente; la cesura metódica entre Ciencias de la naturaleza y Ciencias del espíritu se convierte en infranqueable y aquellas cobran un gran peso. Conceptos filosóficos respetables adquieren significados muy específicos en las ciencias particulares. En segundo lugar, le han salido serios competidores con aspiraciones transfronterizas, por ejemplo, los estudios culturales (en el ámbito anglosajón) o las ciencias de la cultura (en el alemán), que han acogido calurosamente tópicos que, aunque forjados en los talleres de la filosofía, luego los arrinconó o trató con poco disimulado desgaire. Estamos empezando a reaccionar, pero aún con escasos reflejos, acostumbrados a una atrofia autocomplaciente.
Una Historia Conceptual interdisciplinar se complica considerablemente cuando traspasa los confines de un idioma, siquiera sea porque los vehículos científicos cambian –desde el latín, pasando por las lenguas vernáculas, hasta el inglés como lingua franca–. Los conceptos, tanto por su ubicación dentro de una disciplina, como por quedar adscritos a una lengua nacional, quedan expuestos al problema de la mala comprensión y de la intraducibilidad. La forzosa internacionalización de la Historia Conceptual, por un lado, y la robusta relevancia de matices lingüísticos históricamente anclados, por otro, provocan estridencias inevitables.
Estas aporías han tejido una de las polémicas más enjundiosas entre partidarios y detractores de la Historia Conceptual. John G. A. Pocock, con reminiscencias skinnerianas, ha acusado a Reinhart Koselleck de haber focalizado su atención en ideas más bien que en sus usos sincrónicos. Una historia de ideas «inmutables», desarraigadas de agentes reconocibles, no puede dar cuenta de los diversos roles desempeña dos por ellas en contextos dispares (Pocock, 1996: 47, 51). Sin embargo, para el alemán, ningún autor puede crear algo nuevo sin retrotraerse al corpus establecido del lenguaje, amasado diacrónicamente en el pasado y compartido por todos los hablantes y oyentes. Con mayores o menores desviaciones de los primeros significados, los conceptos pueden seguir siendo reutilizados y tal reciclaje lingüís tico asegura un grado mínimo de continui dad, la cual debe ser apoyada por usos concretos e iterativos. En suma, Koselleck no presume ninguna reificación del concepto o identidad substancial resistente a todo cambio más allá del tiempo. Es incontestable que un concepto, con independencia de su empleo originario, ha ganado o abandonado paulatinamente en el proceso histórico una pluralidad de significados. Por tanto, resulta plausible escribir la historia de estos estratos temporales de significado.
La disputa con Pocock sugiere hiperbólicamente la indeterminación de la traducción intercultural, la inconmensurabilidad de los vocabularios de, por ejemplo, el mundo germano y el anglosajón, su imposible vigencia supranacional. La velada acusación a la Historia Conceptual de ser «histórica, cultural y nacionalmente específica» (Pocock, 1996: 58),7 de un distorsionador irredentismo conceptual, puede tener un efecto bumerán, al insinuar que cada país –u otras unidades geopolíticas menguantes– exige una estrategia peculiar de estudio, arrostrando el peligro del solipsismo o patriotismo metodológi cos. El propio Koselleck, como cuenta su albacea, Carsten Dutt, consideraba que la tarea futura más importante era la organización metodológica de las historias conceptuales comparadas internacionalmente (Dutt, 2006: 530).
Nosotros nos decantamos por una defensa de lo intraducible –entendido no tanto como aquello que no se deja traducir cuanto como aquello que no se deja de traducir, aquello sobre lo que se vuelve una y otra vez (cf. Cassin, 2004: XVII-XXII)–. Un concepto no es una antigualla, ni un fósil, sino un cúmulo de sedimentos o capas significativas que no cesan de estar en movimiento. Lo intraducible es equidistante tanto del universalismo lógico (lingua universalis, charachteristica universalis) como del nacionalismo ontológico; no conlleva la esencialización del genio de las lenguas, ni jerarquías (al modo heideggeriano). Humboldtianamente hablando, cada lengua es una cosmovisión. O, como sugiere Schleiermacher, el malentendido no es el síntoma de la derrota de la comunicación, sino su ambrosía; no es aquello ante lo que calla o encalla el lenguaje, sino lo que le insufla vida (cf. Humboldt, 1995; Schleiermacher, 1999 y 2000).
La intraducibilidad también se ha convertido en eje temático de un diccionario, el de Barbara Cassin, Vocabulaire européen des philosophies: dictionnaire des intraduisibles. Precisamente nosotros (y no es un plural mayestático, pues me refiero a Manuel Ramos y a mí mismo) sufrimos en nuestras propias carnes las tribulaciones que acompañaron a la traducción al castellano del término Bestimmung (cf. Fichte, 2000: 155, nota). Pero es sobre todo cuando se marida con el prefijo Selbst-, como autodeterminación, cuando burla todos los controles aduaneros y se lanza a conquistar nuevos continentes: arte, educación, política, ética, medicina, etc. Así, en este libro seguiremos de cerca los pasos de uno de esos conceptos viajeros que cruzan las fronteras políticas, lingüísticas, temporales y disciplinares, y evaluaremos si las experiencias que va acumulando y las culturas que va atravesando le imprimen su sello, si paga sus aranceles y peajes hasta tal punto que ese trasiego puede casi difuminarlo o transfigurarlo. La mayoría de los conceptos han sido tallados y pulimentados diversamente, según las épocas, las tradiciones y los ámbitos de aplicación, y este nomadismo ha dado lugar a transformaciones, reconversiones, metamorfosis o simples matizaciones que han enriquecido la historia del pensamiento y la capacidad de obrar del ser humano. Si ello es así para los términos en general, mucho más relevante es para el caso particular de la noción de autonomía.
2.LA AUTODETERMINACIÓN COMO DESTINO
El concepto que hemos escanciado es una especie de comodín, cuyo escrutinio exige atender a la sinonimia y a la polisemia. Es un haz de connotaciones semánticas procedentes de diferentes periodos históricos, pero que en la Ilustración alcanza su cénit erigiéndose en uno de los más rutilantes emblemas de la Modernidad. Una breve noticia sobre su abolengo evidenciará su pedigrí filosófico. El principal orfebre de esta noción es Kant, si bien ya acarrea un pesado bagaje desde la Antigüedad y no cierra él su historia efectual. En el autor de las Críticas pasan los conceptos por un alambique ético crucial. Si la inicial tentación es verter Bestimmung y Selbstbestimmung al castellano como destino y autodeterminación, reformateados en la moral como heteronomía y autonomía, respectivamente, por tanto malquistados, la Ilustración kantiana muta el cainismo que debería imperar prima facie entre ellos en términos siameses, como también luego ocurrirá en uno de sus delfines, Johann Gottlieb Fichte. En 1784 Johann Joachim Spalding atizó un debate epocal con su libro Consideración sobre el destino del hombre (Betrachtung über die Bestimmung des Menschen). Desde entonces se multiplicaron los libros mandados a las prensas con un título homónimo. Pero fue Kant quien, más allá de la letra –no hay ningún escrito kantiano con ese rótulo–, inoculó ese tema en el espíritu de su tiempo. En él convergen las tres Críticas, y ya en la primera declaraba que todos los esfuerzos de la filosofía apuntan al «destino (Bestimmung) práctico del hombre» (A 464 B 492). Pero el destino, en cuanto sino o fatalidad (Schicksal), nos afecta ciegamente desde fuera, mientras que, en cuanto vocación (Bestimmung se deriva de Stimme, que, como veremos más adelante, significa ‘voz’), reside en su razón y naturaleza.8 Y, sin embargo, ¿acaso Kant no le presta su asentimiento al adagio estoico «fata volentem ducunt, nolentem trahunt» (‘los hados conducen a quien se deja llevar, [pero] a quien se resiste lo arrastran’)? Por un lado, el fatum estoico no es caprichoso; es más bien el logos del cosmos. Por otro, la naturaleza es la palabra mágica del antiguo estoicismo, y su plan se formula con una paradoja: acorde con nuestra naturaleza nos emancipamos de la naturaleza. Pero todo lo que en el siglo XVIII es bueno, verdadero y bello es natural, desde la religión hasta el derecho. Kant recurre de buen grado al precitado proverbio latino acuñado por Séneca en sus Cartas morales a Lucilio.9 Conmina así a los «dioses de la tierra» (AA VIII, 313), esto es, a los gobernantes, a administrar su poder político conforme al derecho de los hombres (AA VIII, 380). Es un toque de atención a los dirigentes a fin de que se avengan a la condición de vasallos de un señor más poderoso. El destino irresistible de los estoicos, el fatum, es asimilado por Kant a la idea de justicia y derecho.10 El derecho justo, legítimo, el derecho natural (no el positivo, legal) guía la historia (Reflexión 1429; AA XV, 618), es la fuerza avizora («el ojo de Dios» [AA VIII, 353 n.]) que avisa a los soberanos de lo que les aguarda, la revolución, si no se atienen al contrato originario e introducen las reformas necesarias para aproximar la constitución vigente a la republicana (AA VII, 92 n.; VIII, 372).
Pero será Fichte quien extraiga todo el jugo del tándem determinación/destino y autodeterminación. El primer término aparecerá en los títulos de tres de sus obras más exitosas: El destino del sabio (por dos veces, en 1794 y 1805)11 y El destino del hombre (1800). Del hiato entre el Yo finito y el Yo absoluto, un hiato que, sin embargo, no oculta su afinidad ontológica, surge una tensión entre ser y deber ser, entre existencia y esencia, que es el vergel del esfuerzo infinito en pos del infinito, y que cincela las diversas facetas de la humanidad.
En el centro de la palabra Bestimmung se encuentra la voz (Stimme). Esporádicamente se ha traducido como ‘vocación’. Tener Stimme implica en el ámbito político poder hablar con libertad y poder votar, hacerse escuchar, ser mayor de edad. Be-stimmen equivale a expresar algo (por medio del lenguaje). En el terreno religioso el mundo ha sido llamado a la existencia mediante la voz de Dios.
En el contexto filosófico posee dos significados. El primero es el de destinatio, que apunta a una dirección, a un fin, a un telos. En el caso de Fichte se plantearía la meta o tarea del ser humano (o del estamento docto), el adónde, esto es, su lugar de destino. El segundo es el de determinatio. Por la determinación algo es definido, fijado. En Fichte se trataría de averiguar las condiciones del hombre (o del sabio), lo que constituye su esencia y sus límites, esto es, su conditio. Bestimmung como determinatio mienta menos el adónde que el de dónde. El último significado se interpreta pasivamente y el primero activamente. O bien el hombre es determinado o se determina.
La acepción específicamente fichteana está ligada al principio fundamental de la Doctrina de la Ciencia, la acción originaria, la «acción de hecho» (Tathandlung) en la que producción y producto coinciden y, por tanto, determinatio y destinatio han de pensarse procesualmente. El destino del hombre depende entonces de para qué se determine o se deje determinar, de qué voz siga y cuál desdeñe. Esto presupone la determinabilidad, esto es, la apertura del hombre a posibles determinaciones. La determinatio del hombre es su autodeterminación y esta es su destinatio. Su ser consiste en convertirse en lo que es esencialmente: (auto)determinación a la libertad. Describe la educación como una apelación recíproca a la libertad, como una determinación mutua a la autodeterminación.12 Esa coyunda entre educación y autonomía ha constituido un ideal pedagógico y nuestros colegas José Ignacio Cruz y Manuel A. Bermejo lo afrontan en sus respectivos capítulos.13 Fichte formó parte de la constelación humboltiana, que coadyuvó al esplendor de la Universidad berlinesa, para la que su autonomía no era susceptible de regateo.14
Si el destino del sabio en 1794 consiste en «la suprema supervisión del progreso real del género humano en general y la constante promoción de este progreso» (GA I/3, 54), en 1805, en el engarce entre Dios y la época, el docto es la encarnación sensible de la idea, que aniquila por completo su vida personal y la sustituye por la vida de la idea (GA I/8, 67-68), donde resuena la misión carismática. Además, en Fichte la autodeterminación se ensanchará hasta cuajar en una utopía política de futuro. Me refiero a la autarquía que propone en El Estado comercial cerrado (1800) contra el pillaje internacional, contra una globalización asimétrica en la que hay globalizadores y globalizados, explotadores y explotados. La autodeterminación fue reivindicada, también hoy se reivindica, como un derecho colectivo que puede franquear el umbral de la independencia nacional y estatal. Luego no se trata de un anacronismo, sino de un tema candente en el que hay muchos malentendidos para desbastar. ¿Tiene soporte jurídico el derecho a decidir, no ceñido ahora al plano individual (ahí reside, por ejemplo, una de las querellas entre abortistas y antiabortistas a propósito del derecho a la interrupción del embarazo), sino al colectivo con las miras puestas en un derecho de secesión? En caso de conflicto entre la legalidad y la legitimidad, ¿cuál debe primar? ¿Cabe la legitimidad fuera o a espaldas del Estado de Derecho? ¿Cómo debe reaccionar este ante una voluntad popular contraria (o mayoritariamente contraria) al marco constitucional vigente? De estos espinosos y apasionantes asuntos se ocupan Vicent Flor y Antonio Lastra.15
En el Idealismo la estela kantiana se diluirá con el resurgir del espinosismo, que en Schelling y Hegel galvanizará la dialéctica entre contingencia y necesidad (interna), positividad y autonomía, alienación y libertad, tal como pone de relieve Vicente Serrano.16 El Prometeo de Goethe es el heraldo de un mensaje de liberación que desafía a los Cielos, los asalta y los reta a instaurar el Reino de Dios en la tierra. La polémica del panteísmo se troca en la del democratismo. Ya no asistimos a una contienda meramente religiosa (con la manzana de la discordia de la doctrina de la predestinación, esto es, de la salvación por la gracia divina y no por las obras –como indica Matthias Koßler–)17 o hermenéutica (la antítesis entre la prerrogativa exegética de una casta de teólogos y el derecho inalienable de todo sujeto a interpretar las Escrituras sin mediaciones exógenas), sino a la revolución y a sus rebotes traumáticos.
En el Romanticismo la tradición aparece como «contrapartida abstracta de la libre autodeterminación» (Gadamer, 1991: 349). El lema ilustrado de pensar por sí mismo invita a desacreditar todo lo que proceda de cosecha ajena, esto es, los prejuicios y las autoridades. Pero Gadamer ha insistido en que, paradójicamente, Ilustración y Romanticismo emplean la misma balanza trucada, solo que una inclina el fiel del lado del mito y la otra hacia el logos. No todo es lustre en la Ilustración, al menos como categoría histórica. Entre los déficits de esta, déficits que pueden ser denunciados con el instrumental que ella misma pone a nuestra disposición, por lo que nolens volens continúa vigente como categoría cultural, destacamos su sesgo censitario e intelectual, la falta de consecuencia y radicalidad en su anhelo de emancipación. Neus Campillo y Karina P. Trilles18 inciden en este capítulo cerrado en falso por la época de las Luces.
El dilema entre determinación foránea o autodeterminación refulge primordialmente en el género de la tragedia y en ella alcanza su paroxismo. En el Wallenstein de Schiller, un simple botón de muestra, sus protagonistas se debaten entre delegar su destino en las estrellas o realojarlo en el pecho de los hombres. Juan de Dios Bares y Giovanna Pinna abordarán el sentido de los hados en la dramaturgia antigua y moderna y su ósmosis con la filosofía.19 Auto-nomos es una expresión de origen griego que se aplicó a las ciudades-Estado que se regían por sus propias leyes. A pesar de este origen, habrá que esperar a los siglos XVII y XVIII para que el concepto vuelva a resurgir con nuevos bríos como un pilar fundamental de la vida moral y de la legislación democrática (Kant es un hito) y desarrolle con posterioridad sus versiones prácticas en distintas esferas.
Se dice que el capitalismo le ha hurtado al arte su autonomía (esa preciada conquista frente al poder y la realidad) y con ella sus últimos potenciales de resistencia, cayendo en el remolino de la mercantilización. Las vanguardias intentaron sustraerse a la transfiguración engañosa de lo existente, pero la cultura de masas –la industria cultural (la visión de Adorno es indispensable)– capitularía a guisa de un entretenimiento producido con un propósito manipulador, y tales productos destacan por su carácter de mercancía, esto es, lo primariamente relevante es su valor de cambio, mientras que el resto de cualidades estéticas solo juegan un papel subalterno. José Vicente Selma estudia este fenómeno en el caso de Paul Valéry.20
Hoy se detecta una creciente incompatibilidad entre las identidades situacionales y el ideal moderno de autonomía. El dechado no es el individuo reflexivo, presto para proyectar y asumir compromisos a largo plazo, con la meta diáfana del progreso, y una personalidad que se fragua desde el pasado al futuro, sino el que vive a salto de mata, embargado por la sensación de un movimiento frenético y sin rumbo, que de facto es otra forma de inercia, hablando incluso algunos de un nuevo fatalismo. Estas biografías a remolque de las circunstancias han socavado el esquema curricular moderno triádico: educación-vida laboral-jubilación, infancia-adultez-vejez. Es la generación de los Nini, que tienen la percepción de vivir un «tiempo congelado», sin pretérito ni porvenir y, consiguientemente, de deprimente indolencia. Se ha hecho añicos la leyenda de la factibilidad de la historia.
La pérdida de la autonomía política y de la autonomía individual es una secuela de la tramoya temporal de la sociedad moderna, de su carácter líquido. Nerea Miravet es más prolija en este diagnóstico.21 Ciertamente estamos ante una encrucijada: la casi omnipotencia tecnológica disponible para tomar las riendas de nuestro destino choca con la impotencia para hacerlo. La promesa ilustrada de autonomía se ha vuelto obsoleta en la Modernidad tardía (cf. Rosa, 2013). Por no hablar de la avalancha de información que incesantemente nos llega (saber es poder, sostenía Francis Bacon), pero que somos incapaces de procesar, se nos acaba indigestando y a la postre nos condena a una suerte de parálisis grotesca y sutil, a merced, con arreglo a la dialéctica del amo y del esclavo hegeliana, de los servidores de tal información.
En nuestros días se afianza la postsocialidad, esto es, la tecnificación de la comunicación (Facebook, por ejemplo), que va reemplazando la comunicación cara a cara, inherente a la intersubjetividad canónica del Idealismo. Ha surgido un coetáneo que se siente como en casa en la red, en esa sociedad postsocial. Normas, modelos o valores sólidos son para él secundarios. El sujeto postautónomo ya no se pregunta cómo conduzco mi vida como ciudadano mayor de edad, sino cómo aguanto el tipo, cómo me adapto a un mundo que de todas maneras no se puede cambiar. El sujeto postautónomo se ejercita en la «creatividad de la adaptación» (cf. Menke y Rebentisch, 2011), en el automárketing, y ya pocos quieren saber lo que ello implica de autonegación.
En resumen, aunque el concepto circula ya desde la Antigüedad, el término autodeterminación es empleado por primera vez por Kant,22 elevándolo a las cumbres de la ética, donde debe demostrar su efectividad la razón y brillar la soberanía del sujeto. Gaetano Rametta meditará sobre ello.23 Es evidente que en las éticas aplicadas desempeña un papel insoslayable. Algunas cuestiones prominentes de la Bioética (el diagnóstico genético preimplantacional en tratamientos de fecundación in vitro, el aborto, la circuncisión,24 la ablación, la cirugía plástica, la mejora de las capacidades de los hombres [enhancement], la eutanasia y la muerte cerebral) plantean problemas candentes de la pretensión individual y colectiva a la autodeterminación. Margarita Boladeras posee una dilatada trayectoria en este campo, tal como acredita su aportación.25
El tema de la autodeterminación lo venimos rumiando desde hace varios años. Un destello se encendió en el Encuentro Internacional «La vigencia conceptual de la Ilustración para una Europa moderna»,26 que tuvo lugar del 12 al 14 de noviembre de 2008 en la sede del incomparable Istituto Italiano per gli Studi Filosofici de Nápoles. En el añorado Palazzo Serra di Cassano y al calor de las discusiones sobre las tres Críticas, bosquejamos Roberto R. Aramayo, Concha Roldán, Claudio La Rocca, Reinhard Brandt y yo mismo una todavía inmadura iniciativa para abordar las fricciones entre determinación y libertad. El último propuso incluso convocarnos en Marburgo para unas jornadas de estudio sobre el concepto de Bestimmung. Lamentablemente, diversos contratiempos y compromisos nos obligaron una y otra vez a demorar sine die la realización de ese plan, que fue languideciendo. Es una paradoja que, aunque todos nosotros nos hemos ocupado de esa cuestión (en Leibniz, Kant, Fichte y Schopenhauer), ciertamente uno de los problemas perennes, o más bien recurrentes, de la filosofía, ninguno de los mencionados colegas pudo estar presente en el foro valenciano. Sin embargo, queremos rendirles tributo en esta publicación por su inspiración y entrañable colaboración, que ha devenido en estimulante amistad.
Acabaremos con una salmodia frecuente en estos tiempos. La esponsorización en filosofía, posiblemente por fortuna, es una quimera. A la postre dependemos de ayudas públicas, siempre exiguas (incluso en épocas de bonanza), y del voluntarismo individual. Debemos subrayar, y lo hacemos profundamente agradecidos, la generosidad de todos los autores. Las contribuciones de las instituciones de la Universitat de València (Vicerrectorado de Investigación y Política Científica, Servicio de Publicaciones, Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación y, sobre todo, Departamento de Filosofía), aunque modestas, han sido decisivas para que viera la luz este libro. Todavía más lo han sido la dedicación y el esfuerzo ímprobo de Elena Cantarino, Nerea Miravet, Lorena Rivera y Héctor Vizcaíno.
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NOTA: Este trabajo ha surgido en el marco del proyecto de investigación «Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales» (FFI2011-24473) del Ministerio de Economía y Competitividad, y fue ultimado durante una estancia como Fellow en el Zentrum für Literatur-und Kulturforschung y en la Technische Universität de Berlín merced a una beca del Vicerrectorado de Investigación y Política Científica de la Universitat de València. Quiero manifestar mi agradecimiento a mis anfitriones en Berlín: Ernst Müller, Falko Schmieder y Thomas Gil. Nuestra publicación también se ha beneficiado de una ayuda del mencionado vicerrectorado (UV-INV-OC13-112813) para la edición de estos trabajos. Sin duda, echamos en falta en este volumen la cosecha de algunos conferenciantes (Luca Fonnesu y Carmen Morenilla) del encuentro valenciano. En todo caso, les hacemos constar nuestro reconocimiento por haber aceptado en su momento participar en él.
1. Ritter y Koselleck han subrayado, en sus respectivos diccionarios, los méritos de Blumenberg, para a continuación justificar, aduciendo el estado todavía bisoño de los estudios en este terreno, por qué han preterido el escrutinio metaforo lógico (cf. Ritter (1971, vol. i: VIII-IX) y Brunner, Conze y Koselleck (1972 y ss., vol. VIII: VIII)). Cabe, empero, constatar una tímida apertura a la historia de las metáforas, incluyendo ambos diccionarios algunas de ellas: Licht, Sprung, Theatrum mundi (HWP, vols. V, VI, X); y Öffentlichkeit, Organ, Organismus, Organisation, politischer Körper (GG, vol. IV).
2. De hecho, el concepto que hemos escogido, ni en su forma simple ni compuesta con el prefijo («auto-determinación»), ha sido recogido en dicho diccionario.
3. Entre esos elementos «impensados» Fernández Sebastián incluye «desde unos esquemas cronológicos y espaciales prediseñados, hasta las propias denominaciones de los saberes y áreas de conocimiento, el recorte de las subdisciplinas, e incluso su adscripción a determinados planes de estudio, facultades, escuelas, departamentos o unidades académico-administrativas» (Fernández Sebastián, 2011).
4. Skinner tacha la Begriffsgeschichte de reducirse a mera «historia de las palabras»: «me parece equívoco hablar de Koselleck como alguien que ha escrito sobre la historia de los conceptos. Esto no es lo que hizo: su tema fue la historia de las palabras» (Fernández Sebastián, 2006: 249).
5. La semasiología estudia los significados a partir de los significantes y la onomasiología los significantes a partir de los significados.
6. Ciertamente, no todos los colaboradores del léxico Geschichtliche Grundbegriffe se atienen a las líneas directrices de Koselleck. Para este la indómita polivocidad del concepto es irreductible a la defini ción unívoca a la que aspira la historia terminológica.
7. La contestación de Koselleck en ese encuentro de Washington fue muy atinada (Koselleck, 1996: 63-66). Cf. Koselleck (2002: 32, 37-38) y Brunner, Conze y Koselleck (1972: XIII-XXVII). Los cuatro cambios característicos en los conceptos atribuidos por Koselleck a la Sattelzeit (esto es, entre 1750 y 1850) en la Europa continental fueron temporalización, democratización, ideologización y politiza ción. Pero Pocock no los identifica como elementos cruciales de los discursos en liza en Gran Bretaña entre 1780 y 1830. Ni siquiera pueden servir de excusa las limitaciones voluntarias que trasluce el subtítulo del diccionario editado por el profesor de Bielefeld: Léxico histórico del lenguaje político-social en Alemania. Esas limitaciones, el privilegio concedido a la lengua alemana y a la llamada Sattelzeit, la franja cronológica de una centuria que va de 1750 a 1850, dejan una ristra de asuntos pendientes, tales como la trasposición de sus conclusiones a otros espacios idiomáticos y coordenadas temporales. Melvin Richter, el mediador por excelencia entre la escuelas de Cambridge y Bielefeld, entre la historiografía anglosajona y la germana, reconoce, tras establecer una tabla de equivalencias entre los conceptos del diccionario koselleckiano y su correlato inglés, que los equivalentes en inglés aquí propuestos son, por supuesto, semánticamente insuficientes (Richter, 1995: 161).
8. La pregunta por el destino (Bestimmung) parece excluir la especulación sobre el sino (Schicksal) o fatum, como se infiere de este pasaje: «Pero hay también conceptos usurpados como, por ejemplo, felicidad, destino (Schicksal), que, a pesar de circular tolerados por casi todo el mundo, a veces caen bajo las exigencias de la cuestión quid juris» (Crítica de la razón pura, A 84 B117 –aunque aquí no se respeta la diferencia entre ambos términos, citamos por la versión de Pedro Ribas en Madrid, Alfaguara, 1978, p. 120–). Como veremos, en el terreno político se aprecia una sinergia entre Bestimmung y Schicksal, y pueden operar de consuno bajo los auspicios del estoicismo. Mas no solo: en las líneas inaugurales de su primera Crítica desliza la tesis de que «La razón humana tiene el destino (Schicksal) singular, en uno de sus campos de conocimiento, de hallarse acosada por cuestiones…» (A VII) que remiten a la postre a las que plantea en el tramo final de la obra: ¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? y ¿qué puedo esperar?, las cuales recogen «todos los intereses de la razón» (A 805 B 833). El planteamiento de esos interrogantes define lo propiamente humano.
9. Cf. AA. VV. (2001: 95) y AA (XVIII, 4; VIII, 313; VIII, 365). Las obras de Kant serán citadas por la edición de la Academia berlinesa: Kants gesammelte Schriften, Königlich Akademie der Wissenschaften, Berlín, 1902 y ss. –que abreviaremos mediante AA y con la simple indicación del volumen y la página–. Como dice R. R. Aramayo: «al igual que los hados del estoicismo, ese destino sirve de guía para quien lo acata, pero arrastra violentamente tras de sí a quien se le resiste» (Aramayo, 2001: 106; cf. 104-105). Cf. Brandt (2007: 18 y ss.; 145 y ss.).
10. «La justicia, como el fatum (destino [Verhängniß]) de los antiguos filósofos, se halla incluso por encima de Júpiter y expresa la idea del derecho conforme a una férrea e inexorable necesidad que nos es inescrutable» (AA VI, 489). Estas líneas de la Metafísica de las costumbres se complementan con aquellas de Hacia la paz perpetua, en que el propio Júpiter, cifra del poder político supremo, ha de rendir pleitesía a ese fatum: «El confín divino de la moral no cede ante Júpiter, el confín divino del poder, al quedar este sometido al destino (Schicksal)» (VIII, 370).
11. Los títulos exactos fueron: Algunas lecciones sobre el destino (Bestimmung) del sabio (1794) y Sobre la esencia (Wesen) del sabio y sus manifestaciones en el dominio de la libertad (1805). Cf. Oncina (2013: CXXI-CXXIII). Una monografía exhaustiva y reciente sobre dicho concepto se la debemos a Macor (2013).
12. «La exhortación a la libre autoactividad (Aufforderung zur Selbsttätigkeit) es lo que se llama educación» (Fundamento del Derecho Natural [1796], GA I/3, 347). Si no se indica otra cosa, todas las referencias a las obras de Fichte consignadas en el texto remiten a esta edición crítica de la academia bávara, J. G. Fichte: Gesamtausgabe der Bayerischen Akademie der Wissenschaften, edición a cargo de R. Lauth, Stuttgart, Frommann, 1962 y ss. –que abreviaremos mediante GA.
13. Como sostiene J. I. Cruz, la autonomía de los centros educativos es una cuestión de rabiosa actualidad en la política educativa de nuestros días. Diversas comunidades autónomas –Cataluña, Madrid y la Comunidad Valenciana, entre otras– han formulado propuestas al respecto, llegando en algún caso a diseñar programas y aprobar normativas. Asimismo, el apartado sobre la autonomía de los centros docentes ocupa un lugar muy destacado en el proyecto de Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación (lomce). Tales planteamientos pueden tener amplias consecuencias en la dinámica cotidiana docente, tanto en lo que respecta a los mecanismos de organización como a los procesos de enseñanza y aprendizaje. En la base se localizan ingredientes del ideario conservador con influencias neoliberales. Pero, igualmente, una visión desde la historia de la educación nos confirma que aspectos vinculados a la autonomía de los centros resultaron claves para el desarrollo de numerosas experiencias de renovación pedagógica. Se trata de una cuestión ambivalente cuya valoración final dependerá en gran medida de los detalles concretos de su aplicación. En lo concerniente a las universidades, después de siglos de subordinación a la presencia dominante de poderes externos, públicos o privados, laicos o eclesiásticos, la idea de liberarlas de estas ataduras mediante la implantación de un principio de autonomía se convirtió en uno de los emblemas principales del modelo educativo liberal, que comienza a ganar terreno a partir del último tercio del siglo XIX. Sin embargo, tanto en este momento como a lo largo del siglo XX, la recurrente reivindicación de esta mitificada autonomía universitaria ha albergado en su seno una gran diversidad de perfiles, que es consecuencia de la pugna entre diferentes concepciones sobre la función, la estructura organizativa y las facultades propias de las universidades, y reflejo de la ausencia de una clara definición del contenido y el alcance de este pretendido régimen de autogobierno. En su minucioso trabajo Manuel A. Bermejo atiende a la configuración que esta escurridiza noción ha ido adquiriendo en España en sus sucesivas etapas: las políticas restrictivas de la Restauración; la revitalización de esta aspiración con el regeneracionismo y la Institución Libre de Enseñanza; el fallido intento representado por el decreto de Silió de 1919; el reforzamiento del control y la conflictividad universitaria que caracterizan a la dictadura de Primo de Rivera; los modestos y efímeros progresos conseguidos en la Segunda República; la prolongada etapa de mutilación y adulteración de la propia idea de autonomía con el franquismo y la Ley de Ordenación Universitaria de 1943, a pesar del débil ensayo aperturista de la Ley General de Educación de 1970; el complicado empeño por rescatar su significado y su vigencia durante el periodo de transición hacia la democracia, hasta llegar a su consagración como principio de rango constitucional; y finalmente, el papel asumido por el Tribunal Constitucional en la fijación precisa de su naturaleza y sus contornos.
14. En 1807 se le pidió que presentase una propuesta sobre la fundación de la Universidad de Berlín. A ese reto respondió con el Plan deductivo de un establecimiento de enseñanza superior. Aunque su propuesta fue desestimada en favor de la inspirada por Wilhelm von Humboldt (véase su celebrado texto de 1809 o 1810 Sobre la organización interna y externa de las instituciones científicas superiores en Berlín, traducido e introducido por Borja Villa Pacheco [Logos. Anales del Seminario de Metafísica, pp. 283-291] y Schleiermacher [Pensamientos ocasionales sobre Universidades de concepción alemana, de 1808]), Fichte acabó convirtiéndose en 1811 en el primer rector elegido en esta. Precisamente el discurso inaugural de su rectorado, «Sobre la única destrucción posible de la libertad académica», fue muy controvertido (cf. Engel et al. [1990] y Oncina [ed.] [2009]).
15. Vicent Flor analiza la interrelación entre las naciones como comunidades culturales y políticas propias de la Modernidad y los estados, en cuya legitimidad la autodeterminación colectiva ha tenido una importancia capital. En su construcción intervienen necesariamente ideologías nacionalistas que seleccionan los elementos culturales y retóricos al alcance para perfilar un determinado tipo de identidades colectivas que acostumbran a comportar un proceso –con luces pero también con sombras– de homogenización cultural y social. El autor apuesta por una gestión democrática de la diversidad nacional: más en términos de asociación que de jerarquía, más como un trato leal entre iguales que una acomodación del minoritario al mayoritario, más como una manera de negociar que de mendigar y, en definitiva, más como una cooperación que como una dominación. Antonio Lastra examina tres términos de la que llama «escritura constitucional americana» en comparación con la historia de los conceptos políticos europeos: «Declaración de Independencia» (el documento que configura el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, cuya representación más adecuada es el poder legislativo), «desobediencia civil» (que puede leerse en paralelo especialmente a la Enmienda XIV que define la ciudadanía) y «autodeterminación» (ligado fatalmente al poder ejecutivo).
16. En su capítulo Vicente Serrano parte de considerar el concepto de autodeterminación como la forma característica de pensar la libertad moderna. Señala, sin embargo, cómo la elaboración de ese mismo concepto conduce a resultados distintos, e incluso contrapuestos, en Spinoza y en Hegel. Mientras que en Spinoza la autodeterminación recae sobre la vida afectiva, en Hegel depende de una abstracción metafísica que subordina la vida afectiva a la voluntad de poder, encarnada en su noción de saber absoluto y que termina por convertir la autodeterminación en un modo de dominio encubierto. Este último le tiene un aire a la biopolítica de Foucault, frente a la cual, y a guisa de resistencia, el francés habría fraguado la idea de cuidado de sí a la vez como estética y como ascética de la existencia, que sería en ese sentido una actualización y reformulación, a finales del siglo XX, del concepto de libertad (y autodeterminación) elaborado por Spinoza.
17. en la filosofía cristiana Agustín de Hipona plantea el problema del libre albedrío en relación con la autodeterminación ante el pecado, esto es, ante la extraña circunstancia de que el bien sea considerado una aspiración valiosa que, sin embargo, no se quiere. Agustín atribuye esta contradicción de la voluntad consigo misma a una falsa autodeterminación que lleva aparejada una restricción del libre albedrío. Mientras que Agustín continúa afirmando a pesar de esto un libre albedrío de anclaje óntico, así como la posibilidad de una autodeterminación adecuada, Lutero llega a la conclusión de que, en sentido ético, no le corresponden al ser humano ni el libre albedrío ni una autodeterminación autónoma. A partir de aquí quedan en cuestión los requisitos fundamentales para un juicio moral de las acciones, a saber: la imputación, la posibilidad de elección y la responsabilidad. En su capítulo, Koßler presenta las diferencias entre Agustín y Lutero en cuanto al libre albedrío como consecuencia del cambio en la doctrina del conocimiento en el paso de la Edad Media a la Modernidad.
18. Neus Campillo reflexiona sobre los límites de la autonomía con relación al género. Parte de la ambivalencia del feminismo respecto de tal concepto y expone las consecuencias de dos alternativas contemporáneas: la redefinición de la autonomía moral desde el género propuesta por la ética del discurso de Seyla Benhabib y la constitución del self desde un afuera relacional de Judith Butler. Karina P. Trilles defiende la tesis de que solo es posible considerar el cuerpo como autónomo si este es considerado como sujeto capaz de saber(se) y su valencia ontognoseológica no procede de otra instancia dignificada culturalmente (alma, espíritu, mente, etc.). Repasa someramente algunos hitos por los que la corporeidad indigente mutó en corporalidad emancipada, deteniéndose en el tratamiento de la sensibilidad kantiana, en la fineza de Schopenhauer que vislumbra ambas facetas del cuerpo, en la reivindicación nietzscheana para culminar en Husserl, que no duda en elaborar una somatología que traspasaría los lindes germanos para asentarse con fuerza en la tradición francesa con Marcel y Merleau-Ponty.
19. Juan de Dios Bares trata el azar y el destino en la Grecia arcaica, clásica y helenística como expedientes explicativos de aquellos sucesos que escapan al control del sujeto. Examina los términos en la lengua griega que expresaban la predeterminación de los acontecimientos, y estudia el margen que ante ello tiene el sujeto desde Homero hasta la tragedia, y desde los primeros presocráticos hasta el estoicismo. En filosofía, las diferentes visiones sobre el destino se encuentran en el germen de importantes problemas físicos, lógicos, éticos y antropológicos cuyas consecuencias nos preocupan todavía hoy. En la gran mayoría de las posiciones que sobre este asunto sostuvieron los griegos, el sujeto no es en modo alguno un mero mecanismo desprovisto de iniciativa y responsabilidad. En el paso del siglo XVIII al XIX el debate en torno a la tragedia se convierte en un tema central de la discusión estético-filosófica. Se arrincona, por un lado, la cuestión del efecto y el significado moral de la representación trágica, buscándose más bien la definición de la esencia de lo trágico. Por otro lado, el discurso sobre la tragedia se sitúa en un contexto de filosofía de la historia convirtiéndose en parte constitutiva de la reflexión sobre la Modernidad. Giovanna Pinna reconsidera sintéticamente el debate sobre la tragedia moderna a través de las posiciones de cuatro autores: dos filósofos idealistas (Hegel y Solger), un autor trágico que lo es también de importantes textos teóricos (Schiller) y un escritor fuertemente influenciado por el debate filosófico de su época (Kleist).
20. Si bien José Vicente Selma no solo se refiere a este autor, pues despliega el concepto de autodeterminación con relación al concepto moderno de la autonomía del arte, a sus determinaciones sociales y a su carácter contradictorio y, a su vez, insustituible, aunque revisable en su lectura idealista, formalista o burguesa. Se hace eco de las críticas contemporáneas del concepto para acabar con una aproximación a la mixtura entre creación literaria y reflexión filosófica en Valéry en el rescate del lenguaje artístico como obra productiva y meditación sobre su génesis o construcción.
21. Partiendo de la constatación de varios autores (P. Virilio, Z. Bauman, H. Rosa, R. Koselleck, etc.) de que nos hallaríamos en tiempos de crisis en razón de una crisis del tiempo, Nerea Miravet analiza la relación entre la tríada autodeterminación, utopía y aceleración. Para ello toma como hilo conductor la novela de Edward Bellamy El año 2000 (1888), resaltando el modo como en ella se narra la transición a una sociedad utópica, a saber, en términos de rotunda celeridad a la par que, según los tópicos del historicismo y de la autocomprensión de sí misma de la Modernidad, como un tiempo nuevo y genuinamente humano.
22. «La voluntad es pensada como una capacidad para que uno se autodetermine a obrar conforme a la representación de ciertas leyes. Y una facultad así solo puede encontrarse entre los seres racionales. Ahora bien, fin es lo que le sirve a la voluntad como fundamento objetivo de su autodeterminación (Selbstbestimmung), y cuando dicho fin es dado por la mera razón, ha de valer igualmente para todo ser racional» (Fundamentación para una metafísica de las costumbres (1785), AA IV, 427, Madrid, Alianza, 2002, p. 113). Cf. el epígrafe «La autonomía de la voluntad como principio supremo de la moralidad» de esa misma obra, donde leemos: «La autonomía (Autonomie) de la voluntad es aquella modalidad de la voluntad por la que ella es una ley para sí misma (independientemente de cualquier modalidad de los objetos del querer). El principio de autonomía es por lo tanto este: no elegir sino de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal» (AA IV, 440; ed. cast., p. 131). Las raíces kantianas de este concepto han sido estudiadas en varios trabajos de Volker Gerhardt (1996, 1999a, 1999b y 2010) y Heilinger, King y Wittwer (2009).
23. Luca Fonnesu también lo hizo en el congreso mencionado con una ponencia titulada «Autodeterminación, voluntariedad, responsabilidad», que finalmente no hemos podido incorporar a este volumen.
24. El reciente debate en Alemania por una sentencia de un tribunal de Colonia que la equiparaba a un daño físico infligido con violencia ha obligado al parlamento a legislar una suerte de deontología específica para los casos judío y musulmán. El Consejo de Europa, en 2013, equiparó la circuncisión a la ablación, esto es, a una violación de la integridad física de los niños.
25. Margarita Boladeras muestra la proyección del concepto de autonomía en la Bioética, porque ahí se produce un entrecruzamiento muy especial y de gran trascendencia de distintas perspectivas: la ética, la política, la legislación, las prácticas profesionales, etc. La Bioética ha surgido de la necesidad de abordar los nuevos dilemas éticos aparejados al progreso científico y a sus aplicaciones. La tecnociencia ha ampliado extraordinariamente la capacidad de intervención, autogestión y manipulación de la vida humana, por lo que ha sido necesario profundizar en los derechos y deberes derivados del respeto a la autonomía y la dignidad de las personas. Diversas declaraciones de carácter internacional han subrayado la importancia del consentimiento informado y de los requisitos que debe cumplir para llegar a ser un verdadero instrumento de garantía de respeto a la autonomía. En esta misma línea se recomienda incentivar el recurso al documento de voluntades anticipadas o testamento vital.
26. La validità concettuale dell’Illuminismo per un’Europa moderna/Die begriffliche Gültigkeit der Aufklärung für ein modernes Europa/ La vigencia conceptual de la Ilustración para una Europa moderna (Istituto Italiano per gli Studi Filosofici, Nápoles).
DESTINO Y DETERMINACIÓN
EN EL PENSAMIENTO ANTIGUO
Juan de Dios Bares Partal Universitat de València
1. LA CONCEPCIÓN GRIEGA DEL DESTINO
El diccionario de la rae1 define el destino como «hado (fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos)». La segunda entrada reza: «encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal». El destino, de destinare, lo que le está reservado o predeterminado, es el fatum –hado– latino, lo que está dicho, lo que tiene que suceder. Por contra, el diccionario define el azar como «casualidad, caso fortuito (del ár. hisp. *azzahr, y este del ár. zahr, dado1, literalmente ‘flores’)». En principio son dos términos que parecen antónimos. Sin embargo, el modo como los griegos llegaron a forjar y entender estos conceptos nos desvela una historia de tensiones y solapamientos en la que ambos estuvieron estrechamente emparentados. En este trabajo nos proponemos hablar del destino y del azar en la Grecia arcaica, clásica y helenística, atendiendo sobre todo a cómo estos conceptos inciden en la idea que tiene el ser humano de la acción y la libertad, y de la determinación.
Como veremos, el azar y el destino operan como expedientes explicativos de aquellos sucesos que escapan al control del sujeto. De ellos se deriva una manera determinada de entender la condición humana y la actitud ante la vida y los imprevistos que nos asaltan.
En la filosofía griega, desde muy pronto se comenzó a atribuir también estas categorías a la estructura de la legalidad en la naturaleza, y se abrió el consiguiente problema de qué margen quedaba al sujeto en ese orden de cosas. De aquí deriva el problema del determinismo que continúa preocupando a los filósofos de la ciencia y de la conducta en la actualidad.
Comenzamos, pues, por el principio. Hay toda una pléyade de palabras en griego que dan expresión a eso que hoy llamamos destino.2 Muchos de estos términos eran concebidos como divinidades, aunque en muchos casos se trata de conceptos abstractos que no contienen una caracterización personal, y que no eran objeto de culto.
El más característico de estos términos es, sin duda, el de μοȋϱα. Este proviene de μóϱος, ‘parte’, ‘lote’, es lo que le toca a uno, lo que le está preparado. En la Ilíada y la Odisea aparece con frecuencia la expresión χατὰ μοȋϱαν, aquello que sucede «como tenía que pasar», o aquello que se hace como es debido. Muy usualmente, aparece vinculada con la muerte, y viene a ser un eufemismo del funesto destino que le está reservado al héroe. Idéntico uso tiene todavía hoy su equivalente latina, la Parca.
Tal vez lo más interesante del concepto de μοȋϱα, desde la perspectiva que aquí nos interesa, sea su complejo estatus frente a los dioses, y en particular frente al más poderoso de ellos, Zeus. En muchas ocasiones los dioses no pueden alterar lo que le está reservado a mortales que estiman porque está ya decretado por la Moira, y hasta el propio Zeus parece incapaz de salirse de su curso, una vez establecido. Zeus y la Moira aparecen otras veces como causantes de un mismo suceso, y en el canto XXIV es Zeus quien directamente asigna su lote a los mortales:
Pues lo que los dioses han hilado para los míseros mortales es vivir entre congojas, mientras ellos están exentos de cuitas. Dos toneles están fijos en el suelo del umbral de Zeus: uno contiene los males y el otro los bienes que nos obsequian. A quien Zeus, que se deleita con el rayo, le da una mezcla, unas veces se encuentra con algo malo y otras con algo bueno. Pero a quien solo da miserias lo hace objeto de toda afrenta, y una cruel aguijada lo va azuzando por la límpida tierra y vaga sin el aprecio ni de los dioses ni de los mortales.3
La Moira se puede trasgredir en ocasiones, y Zeus se queja en la Odisea de que los hombres, a veces, por querer enfrentarse a su destino, se procuran males mayores de los que les tocan en suerte. La proximidad entre Moira y los dioses hace que esta no sea siempre una losa ineludible de la que no cabe escapar en modo alguno. Zeus, sin embargo, puede engañar a los mortales, pero Moira, o las Erinias, las diosas vengadoras, nunca lo hacen.
A veces aparecen en Homero en plural, las Moiras, como tres hermanas hilanderas. Esta será la forma, más personalizada ya, que tendrá en Hesíodo y en sus ocurrencias posteriores. En Hesíodo, las Moiras son hijas de la noche, junto a otras divinidades oscuras y nefastas como Moros, Ker, Momos y Némesis.4 Sin embargo, más tarde, bajo la égida de Zeus, las Moiras serán hijas de Themis, y hermanas de las Horas: Dike, Eirene y Eunomía.5 Están próximas, por una parte, a las Erinias, y por otra al orden y la justicia. De esta vinculación del destino con la justicia nacerá el concepto de ἀνάγϰη, necesidad, que estará siempre íntimamente relacionado con las Moiras.
Hay otras muchas divinidades también abstractas en Homero vinculadas con el curso riguroso de los acontecimientos: μόϱος, μόϱσιμος, πότμος, ɛȋμαϱμένη (todos derivados de moros, ‘parte’, o del verbo μɛίϱομαι, recibir la parte que a uno le toca), y también Aἶσα, ‘porción’ –más personal–. En especial, Heimarmene se aplicará a la sucesión inexorable de los acontecimientos, vinculado con la justicia.
En la versión mítica tradicional, las Moiras son tres: Cloto, Láquesis y Atropos (o Aisa, la que hila, la que echa suertes –mide el hilo de la vida–, la inexorable).
Las decisiones de las divinidades responsables del destino son, por lo general, opacas a los hombres, y la actitud razonable ante ellas es soportar con entereza lo que a uno le toca.
Junto a μοȋϱα está τυχή, la latina Fortuna. No aparece en Homero, en quien sí que está el verbo τυγχάνɛιν. Aparece en el Himno homérico a Démeter como una Nereida, y vinculada con Perséfone. En la Teogonía es una Oceánida. Alcman la presenta como hermana de Peitho y de Eunomía, e hija de Promatheia (previsión). En Píndaro, Tyché es equiparada a las Moiras.6 Su dictamen es, como el de ellas, inescrutable a los hombres e inapelable.
En la lírica arcaica, tanto en Teognis, como especialmente en Arquíloco y Solón, la Moira y Tyché dan origen a toda una moral de moderación y aceptación de la adversidad que será profundamente característica de la mentalidad del hombre en la antigua Grecia. Solo este aspecto permite concederles ya un puesto de honor en el lugar de la filosofía. Valgan como muestra los conocidísimos versos de Arquíloco:
Corazón, corazón de irremediables penas agitado, ¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes, ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa. En las alegrías alégrate y en los pesares gime sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.7
A partir de aquí, la idea del destino como una fuerza superior ante la que debemos acomodar nuestras expectativas y acciones se convierte en parte de la mentalidad del hombre griego. Es la base sobre la que se producirá la posterior profundización de la noción de destino en la tragedia –en especial, la actitud del hombre ante el destino, y el juego de su conocimiento y desconocimiento–, así como su presencia en la historiografía, desde el supersticioso Jenofonte hasta el mundano Tucídides, en la tradición religiosa, en el pensamiento filosófico y en otras muchísimas manifestaciones de la cultura antigua. Aquí nos limitaremos a ofrecer solo algunas indicaciones sobre su papel en la tragedia y en la filosofía.
2. EL DESTINO EN LA TRAGEDIA GRIEGA
En el drama ático, el destino es uno de los componentes fundamentales. Está entrelazado en las acciones, eventos, reflexiones y afectos que aparecen en él, de un modo complejo y plural. Los héroes se enfrentan al destino, tratan de conocer lo que nos tiene reservado, lo aceptan e intentan soportarlo de la mejor manera posible, o lo ignoran y lo niegan.
En el curso de los acontecimientos y en la trama de las acciones humanas interviene un numeroso conjunto de factores que no están al alcance del ser humano y que son atribuidos al destino, el azar y a la voluntad de los dioses. Estas fuerzas no se presentan en la tragedia como una estructura unívoca ni homogéneamente estructurada. Aisa, Potmos, Daimon, Tyche, las Erinias, Zeus, Apolo u otras divinidades señalan lo que ha de suceder.8 A veces, estas fuerzas entran en conflicto y su enfrentamiento es un ingrediente esencial en la tensión dramática. Por ejemplo, en la pugna entre la Muerte y Apolo en el Alcestis de Eurípides, o en el temor del propio Zeus ante su destino, que le lleva a enviar a Hermes a interrogar a Prometeo encadenado. El caso paradigmático es tal vez el final de la Orestíada, donde las Erinias y Apolo comparecen en el Areópago a instancias de Atenea para defender sus pareceres opuestos sobre los trágicos acontecimientos que manchan de sangre la casa de Atreo, la muerte de Agamenón y la venganza de Orestes. Mientras las Erinias claman venganza por el matricidio, Apolo defiende el deber del hijo de castigar a los asesinos de su padre. No es, sin embargo, lo usual que las oscuras fuerzas de la venganza y los dioses se sometan al arbitraje de la razón para restablecer la justicia.
De ordinario, no obstante, el destino se suele equiparar con el designio divino y representa un sino del que resulta imposible escapar. Aunque no se excluya el capricho, la voluntad de los dioses no suele ser inmotivada, sino que está ocasionada por una falta del héroe o de su linaje, y tiende a imponer la justicia por encima del curso aparente de los acontecimientos. Sin embargo, las disposiciones de la divinidad tienen muchas veces un cruel cumplimiento.
Así, Agamenón, en la Ifigenia en Áulide, se lamenta por estar sometido al «yugo del destino»,9 y el coro, en la Antígona de Sófocles, canta: «Pero lo dispuesto por el destino es una terrible fuerza. Ni la felicidad, ni Ares, ni las fortalezas, ni las negras naves azotadas por el mar podrían rehuirla».10
Tecmesa, en el Heracles de Sófocles, habla del δαίμων que la ha sumido en la esclavitud, y que la arrastra a su placer,11 e Ión, en el drama de Eurípides, habla de él como de un perro de caza que le persigue.12
Aunque el hombre debe aceptar su sino y conformarse con lo que se le ha asignado, cabe también la rebeldía, aunque el resultado más que previsible es el fracaso: «quien trata de combatir el destino de los dioses es valiente, pero su valentía es insensata. Lo que tiene que ser, nadie puede hacer que no sea».13
Esta posibilidad de rebelión manifiesta que, aunque sostengamos que «yo, ciertamente, diría que estas, así como todas las cosas, las traman siempre los dioses para los hombres»,14 el hombre no se convierte en un títere inanimado. La capacidad agente del sujeto, su posibilidad de adoptar decisiones y llevarlas a cabo, se mantiene. El destino y las decisiones humanas cooperan como dos planos que no se anulan mutuamente. Normalmente, el destino opera a través de los actos de los hombres. Así, en la Orestíada, Clitemnestra perpetra el asesinato de Agamenón en venganza por el asesinato que este había cometido al sacrificar a Ifigenia, hija de ambos, pero el crimen es asimismo el resultado de una maldición. La casa de Atreo está poseída por un daimon funesto desde los terribles crímenes de Atreo y Tiestes, sus muros están manchados de sangre. Es este daimon el que se ha apoderado de Clitemnestra y le ha inspirado el sangriento deseo que anida en sus entrañas.15 Pero, por poderosa que sea, la maldición y la fuerza del hado no eximen a la parricida de su responsabilidad. Cuando Orestes va a vengar a su padre acabando con su vida, ella intenta detenerlo atribuyendo la culpa al destino: «Fue la Moira, hijo mío, la que me indujo a hacerlo».16
La respuesta de Orestes es terminante: «También ahora la Moira dispuso tu muerte».17
Tampoco está libre de responsabilidad Agamenón cuando decide sacrificar a su hija para que la divinidad permita que el ejército aqueo pueda tener vientos que lo lleven a Troya. Aquí el destino no predetermina la acción del caudillo aqueo, sino que consiste en situarlo ante una terrible encrucijada.18 Ante él se abren a su vez dos destinos, igualmente funestos, según cuál sea su decisión: «Grave destino lleva consigo el no obedecer, pero grave también si doy muerte a mi hija –la alegría de mi casa– y mancho mis manos de padre con el chorro de sangre al degollar a la doncella junto al altar. ¿Qué alternativa está libre de males?».19
El caudillo claudica ante los golpes de la mala fortuna,20 y se resuelve a matar a su hija. La tensión le lleva a tomar la decisión y llevarla a cabo con frenesí y desmesura: «¿Cómo voy yo a abandonar la escuadra y a traicionar con ello a mis aliados? Sí, lícito es desear con intensa vehemencia el sacrificio de la sangre de una doncella para conseguir aquietar los vientos. ¡Que sea para bien!».21
Una vez tomada la decisión, la subsiguiente tormenta en el alma del desgraciado Agamenón es inevitable:
Y cuando ya se hubo uncido al yugo de la ineluctable necesidad, exhaló de su mente un viento distinto, impío, impuro, sacrílego, con el que mudó de sentimientos y con osadía se decidió a todo, que a los mortales los enardece la funesta demencia, consejera de torpes acciones, causa primera del sufrimiento.22
Pero es él quien ha decidido uncirse al yugo de la necesidad. No estaba bajo su dominio al tomar la decisión.
Otro caso sorprendente de aceptación del destino se presenta en Los siete contra Tebas. Eteocles está presto a ir al encuentro con su hermano Polinices frente a Tebas. Sabe que el enfrentamiento entre ambos es consecuencia de la Erinia, que persigue a la familia a consecuencia de la maldición lanzada por Edipo sobre su estirpe. Sabe que ambos hermanos van a morir en el combate. Aun así, se niega a hacer un sacrificio para intentar aplacar a la Erinia,23 y prefiere asumir lo que le espera. Como soldado, «Si hay que soportar la desgracia, sea al menos sin deshonor; es la única ganancia que queda a los muertos, mientras que de sucesos infaustos y faltos de honra, ninguna gloria celebrarás».24
La maldición de su padre le nubla los ojos y le hace desear morir cuanto antes:
CORIFEO.– ¿Pero quieres segar tú la sangre de tu propio hermano?
ETEOCLES.– Nadie puede evitarlas, si los dioses envían desgracias.25
Aunque el destino se imponga, puede amortiguarse el golpe, o incrementarlo, con la actitud del sujeto. Como decíamos al principio, el hombre puede también intervenir en su destino. Rebelarse contra él, sin embargo, trae funestas consecuencias. Los persas estaban destinados al combate terrestre. Al cambiar al mar, labran su ruina.26
Los dioses son astutos y acaban imponiéndose frente a los esfuerzos de los hombres. La derrota de Edipo es el caso más paradigmático de cómo los esfuerzos del héroe por evitar el sino que la profecía de Apolo ha proclamado acaban sirviendo a la realización de este.
Como gustaba de señalar Eurípides, «Muchas son las formas de lo divino, y muchas cosas realizan los dioses contra lo previsto. Lo que se esperaba quedó sin cumplir, y a lo increíble encuentra salida la divinidad».27
El destino irrumpe muchas veces de manera inesperada,28 y resulta con frecuencia impenetrable e impredecible para los mortales: «Nadie sabe a quién le espera un destino así. Todo lo divino camina en la oscuridad y nadie conoce mal alguno, pues la Fortuna nos conduce en la ignorancia».29
Tyché, la fortuna, lo que no podemos prever, es a veces enviada por los dioses.30 Pero puede estar también por encima de ellos. Hay que contar con que el orden de lo que ha de suceder decretado por Tyché puede ser absolutamente impersonal, y su manifestación puede deparar una cadena de hechos forzados, ananké:
TECMESA.– ¡Oh Áyax, dueño mío, ningún mal hay mayor para los hombres que el destino que se nos ha impuesto! Yo nací de un padre libre y poderoso y rico cual ninguno entre los frigios. Ahora soy una esclava porque así les plugo a los dioses y, sobre todo, a tu brazo.31
La necesidad, hija de Tyché, es atribuida por Tecmesa tanto a los dioses como al brazo de Áyax. En el Prometeo encadenado, son las tres Moiras y las Erinias quienes la gobiernan, y son ellas quienes decretan ἡ πεπϱωμένη μοȋϱα que está por encima del propio Zeus.32
Pero Tyché puede también ser percibida como algo que escapa, al menos en apariencia, al control de los dioses, y así Taltibio se pregunta en la Hécuba: «Oh, Zeus, ¿qué he de decir? ¿Acaso que tú miras a los hombres, o que, sin motivo, tienen en vano esa creencia, y el azar se ocupa de todo lo de los hombres?».33
Desesperada por el curso de los acontecimientos, Yocasta apuesta también por el azar, y aconseja a Edipo: «Y ¿qué podría temer un hombre para quien los imperativos de la fortuna son los que le pueden dominar, y no existe previsión clara de nada? Lo más seguro es vivir al azar, según cada uno pueda».34
Es importante la posición del héroe ante la ineluctable voluntad divina. Al no coincidir con el orden de los acontecimientos previsible, resulta impenetrable para los mortales. A veces, el héroe confía en sus fuerzas por encima de Tyché, otras veces la tiene por aliada frente a la voluntad de los propios dioses. El propio Edipo se declara orgullosamente «hijo de la fortuna»35 cuando se entera de que no es hijo de quien creía ser y se siente libre de la profecía.
Azar y destino, por lo tanto, se entrelazan de un modo profundo en la tragedia. Lejos de anular la responsabilidad, conforman un factor fundamental en el complejo marco de las motivaciones, anhelos, decisiones y acciones de los hombres.
3. EL DESTINO EN LA FILOSOFÍA GRIEGA HASTA ARISTÓTELES
Pasamos a ocuparnos ahora de cómo evolucionó el concepto en manos de los filósofos.
Aunque encontramos alguna reflexión interesante en Heráclito, los primeros presocráticos, antes que plantear los problemas que hoy englobamos bajo el rótulo determinismo, fueron paulatinamente abandonando una visión animista de la naturaleza, y concibiendo esta como un ámbito sujeto a una estricta regularidad. Son las categorías hasta entonces usadas para comprender los acontecimientos humanos las que se aplicarán al mundo natural en su conjunto y entender de este modo la homogeneidad de sus procesos. Así, en el fragmento de Anaximandro, el texto filosófico más antiguo que poseemos, se lee: «Y se pagan recíprocamente justicia y reparación por la injusticia en el tribunal del tiempo».36
Esto sucede ϰατὰ τὸ χϱέων, según la necesidad. La necesidad a la que alude Anaximandro no es otra cosa que una proyección de la que impera en la legalidad del ámbito político. Los agentes de la ϕύσις alternan la comisión de injusticias y el hacer justicia en una trama sujeta a un orden necesario y legal.
Una expresión muy semejante, ϰατ’ ἔϱιν ϰαὶ χϱεών, aparece en un conocido fragmento de Heráclito, que afirma que la justicia es disputa, y que todo sucede según la discordia y la necesidad.37 El intercambio y la alternancia de los opuestos, que esconde bajo sí la unidad del logos, están sometidos a una rígida ley, comparable a la de la polis –que es comparable a su vez a los muros que la protegen–38 o a la enérgica coacción del látigo en las fieras.39 Son las Erinias, «ministras de la justicia»,40 las que hacen que el Sol no pueda traspasar nunca sus medidas, y mantenga siempre su curso.
Heráclito parece haber reflexionado ya sobre la compleja relación entre azar y necesidad –el tiempo, un niño que juega a los dados–.41 El azar una vez sucedido es inamovible y al mismo tiempo necesario. Parece haber reflexionado también sobre las consecuencias de todo esto para la acción humana. El cometido del hombre es identificar el logos que yace bajo lo real y vivir de acuerdo con él.42 Un conjunto de intuiciones que tendrán un peso importantísimo en el pensamiento posterior, muy especialmente en el estoicismo.
Afirmaba también que el daimon del hombre es su ethos.43 Anticipaba así el papel que tendrá el carácter en la ética aristotélica, o la educación en la perspectiva estoica.
También aparece la necesidad en el poema de Parménides, y es ella la que mantiene con inexorables cadenas al ser dentro de sus límites.44
Hay otras importantes alusiones al azar y la necesidad en los otros pensadores presocráticos. Destacaremos en este rápido repaso el papel del azar en la configuración de los seres vivos en Empédocles45 y, sobre todo, la aplicación de la necesidad a la causalidad mecánica en el seno del atomismo antiguo.
Esta última operación reviste un tremendo interés, porque es el germen del determinismo moderno. Los choques entre los átomos son la única causa que considera Demócrito a la hora de explicar el conjunto de procesos que tienen lugar en el mundo físico. Constituyen el logos que explica la realidad.46
El reduccionismo democriteano provocó una decidida reacción por parte de Platón y Aristóteles. Opusieron enérgicamente la finalidad a la dimensión meramente material, y rebajaron la necesidad al plano de necesidad ciega, y por tanto meramente azarosa.
El mundo, para Platón, es ininteligible sin un plan predeterminado. Es una inmensa obra de arte hecha por un artesano divino, y no un mecanismo sin objeto.
Demócrito había desarrollado un potente expediente explicativo del que resultaba, sin embargo, imposible desprenderse. Así, Platón explicará el modo como se producen los acontecimientos en el mundo físico como el resultado de la colaboración de dos tipos de causas, las auténticas causas, resultado de la ϕϱόνησις, y las causas coadyuvantes, que permiten que estas tengan lugar. Así, lo que explica que Sócrates esté esperando la muerte no es el movimiento de sus tendones, la disposición de sus miembros, etc., sino un complejo entramado de razones y decisiones.47 Paralelamente, en el Timeo, el mundo estará compuesto también a partir de dos principios, lo que se debe a la razón –el alma del mundo– y lo que se debe a la necesidad, la interacción de los elementos que conforman el cuerpo del mundo.48
A pesar de todo, Platón parece aceptar, aunque sea con propósitos más bien didácticos y sin pretender ser tomado en sentido literal, la imaginería del más allá del ambiente órfico. De ahí su magnífica descripción en el mito de Er en la República. Er el armenio, que ha estado entre la vida y la muerte, ha podido ver lo que les sucede a las almas cuando se desprenden del cuerpo. Describe cómo acceden a un paraje desde el que pueden ver a la Necesidad que maneja su huso del que depende el movimiento de todas las esferas cósmicas. Allí, junto a ellas, se encuentran las Moiras:
Había otras tres mujeres sentadas en círculo, cada una en un trono y a distancias iguales; eran las Parcas, hijas de la Necesidad, vestidas de blanco y con ínfulas en la cabeza: Láquesis, Cloto y Átropo. Cantaban al son de las Sirenas: Láquesis, las cosas pasadas; Cloto, las presentes, y Átropo, las futuras. Cloto, puesta la mano derecha en el huso, ayudaba de tiempo en tiempo el giro del círculo exterior; del mismo modo hacía girar Átropo los círculos interiores con su izquierda; y Láquesis, aplicando ya la derecha, ya la izquierda, hacía otro tanto alternativamente con el uno y los otros de estos círculos. Y contaba que ellos, una vez llegados allá, tenían que acercarse a Láquesis; que un cierto adivino los colocaba previamente en fila y que, tomando después unos lotes y modelos de vida del halda de la misma Láquesis, subía a una alta tribuna y decía: «Esta es la palabra de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: “Almas efímeras, he aquí que comienza para vosotras una nueva carrera caduca en condición mortal. No será el Hado quien os elija, sino que vosotras elegiréis vuestro hado. Que el que salga por suerte el primero, escoja el primero su género de vida, al que ha de quedar inexorablemente unido. La virtud, empero, no admite dueño; cada uno participará más o menos de ella según la honra o el menosprecio en que la tenga. La responsabilidad es del que elige; no hay culpa alguna en la Divinidad”».49
En Platón, ya no es Zeus quien reparte los lotes a los mortales. Es el alma la que elige su destino, que una vez decidido es inexorable. El destino consiste en el tipo de vida que debe llevar el alma encarnada en un cuerpo, pero no prescribe los actos concretos que el alma tiene que realizar. La necesidad que obliga a las inmensas esferas, seres divinos, en definitiva, no desciende a prescribir los hechos humanos, y no interfiere con la responsabilidad.
Sócrates y Platón, en los Diálogos, parecen, por lo demás, tolerantes, e incluso creyentes en los fenómenos adivinatorios. Sin olvidar el oráculo de Delfos en la Apología,50 en el Banquete se habla de que la mántica es una de las dimensiones en que los dioses toman contacto con los humanos,51 y en el Fedro se la trata de posesión –locura– divina.52 En el Timeo se da una justificación del papel que representa el hígado en las prácticas adivinatorias.53
Pero, en definitiva, más allá del respeto de Platón hacia estas creencias de su tiempo, su concepción del mundo no es la de un resultado de decisiones más o menos volubles de los dioses, ni la de un ciego entrecruzamiento de causas mecánicas, sino la de un cosmos ordenado y estructurado por la razón, en la que la causalidad inherente al sustrato material es una mera causa coadyuvante.
Aristóteles avanzará aún más en esta dirección, integrando la causalidad mecánica como necesidad hipotética en el seno de su física, y proporcionando una potente explicación del azar desde la base de su filosofía natural de matriz pluralista. El azar será explicado en términos de interacción de procesos, de interferencia entre cadenas causales, cada una de ellas teleológicamente orientadas.54 Así podrá dar cuenta de la regularidad en la naturaleza, y repetir, como ya lo hacía Demócrito, que la naturaleza no hace nada en vano.
Todo ello es necesario para poder hacer lugar a la contingencia en el seno del mundo natural. Sin contingencia es imposible el substancialismo. El mundo opera de manera ordenada, y podemos conocerlo, porque está hecho de sustancias. Y la clave de la sustancia es su distinción de lo accidental, el hecho de suceder siempre, o en la mayoría de los casos.
Sin embargo, Aristóteles no resolvió bien el problema de la necesidad en el plano lógico. Su lógica bivalente no tenía medios para responder a la ardua cuestión de los eventos particulares futuros, y su salida mediante la distinción entre el principio de bivalencia y el de tercio excluso no acabó de cerrar la cuestión. Los megáricos volvieron sobre ella, y prepararon el camino a la elaboración de este tema que realizó el estoicismo.
4. EL DESTINO EN EL ESTOICISMO
El conjunto de testimonios sobre el destino en el estoicismo es amplísimo.55 Aquí nos limitaremos a presentar la posición de Crisipo tomando como base el De Fato de Cicerón. Trataremos primero el aspecto lógico de la cuestión. Los problemas vinculados con el determinismo tienen su origen en un concepto fuerte de necesidad. Aunque la necesidad había operado primordialmente en un plano físico, el capítulo XIII del De Interpretatione obligó a considerar la cuestión también en su vertiente lógica. La consideración de los eventos particulares futuros obliga a distinguir entre posibilidad y necesidad, entre anankés y endekhómenon. Esto era precisamente lo que negaba Diodoro con su argumento vago: si estoy enfermo y ya está decidido por el destino si me he de curar o no, no tengo por qué acudir al médico.
Según Rist,56 en el argumento están implicadas las siguientes asunciones:
1. Cualquier verdad acerca del pasado es necesaria.
2. Lo imposible no se sigue de lo posible.
3. Lo que ni es verdad ni será verdad es posible.
Aristóteles habría aceptado las tres premisas. Sin embargo, Diodoro habría negado enérgicamente la tercera. Si algo ha sucedido en el pasado, no se puede cambiar. Si algo va a suceder en el futuro, del mismo modo, es también preciso que suceda. Para él, en realidad, solo existe la necesidad:
Pero volvamos a aquella discusión de Diodoro que llaman Peri Dynaton, en la que se investiga qué significado tiene aquello que puede llegar a ocurrir. Por tanto, según le parece a Diodoro, solamente puede ocurrir aquello que es verdadero o que va a serlo. Este tema enlaza con la siguiente cuestión: que no puede llegar a ocurrir nada que no fuera de carácter necesario; que, lo que puede llegar a ocurrir, o ya es, o será, y que las cosas futuras no pueden pasar de verdaderas a falsas en mayor medida que las que ya han sido.57
En realidad, Diodoro solo está interesado en el aspecto lógico de la cuestión. No pretende sostener que, de hecho, exista la providencia en el cosmos:
Y quienes dicen que son inmutables aquellas cosas que van a pasar, y que lo verdadero respecto al futuro no puede convertirse en falso, no están ratificando la necesidad del destino, sino interpretando el sentido de las palabras. Mas, quienes introducen una serie imperecedera de causas, esos están asociando la mente humana, una vez despojada de su libre voluntad, a la necesidad propia del destino.58
Crisipo, al contrario que Diodoro, está dispuesto a admitir el destino, pero no como consecuencia de una necesidad lógica. En ese plano, defiende enérgicamente la existencia de un ámbito de posibilidad:
Mas tú, Crisipo, no quieres aceptar tal cosa, y tu mayor enfrentamiento con Diodoro se refiere a esto precisamente, porque él dice que solo puede ocurrir aquello que es verdadero o que llegará a serlo, y dice que es necesario que ocurra aquello que llegará a pasar, y que no puede ocurrir aquello que no llegará a pasar. Tú dices que pueden ocurrir incluso las cosas que no llegarán a pasar, como que esta gema se rompa, aunque esto nunca llegará a pasar, y dices que no era de carácter necesario que Cípselo reinara en Corinto, pese a ser eso lo que se había revelado mil años antes a través del oráculo de Apolo.59
Cleantes, al parecer, aceptó este argumento con respecto a los eventos particulares futuros, pero lo negó respecto a los hechos del pasado, que sí son necesarios. Crisipo admite, con Aristóteles, que todas las proposiciones son verdaderas o falsas, y se niega a admitir que posible es lo que es o será verdadero, como sostenía Diodoro. Diógenes Laercio dice que algunos estoicos sostenían que lo posible es lo que puede ser verdadero si las circunstancias externas no lo impiden. Posiblemente se trate de la posición de Crisipo. Así, este habría negado la necesidad del pasado que sostenía su antecesor, y habría insistido en que lo posible puede no suceder jamás. Aun así, cabe para él la creencia en el destino y en la determinación de los acontecimientos. Una cosa es la necesidad simple de que algo ocurra, y otra la determinación recíproca de los hechos que pueden ocurrir en el futuro:
Crisipo rechaza este razonamiento. «Y es que entre las cosas –dice– hay unas que son simples y otras que son complejas. Es simple: “Sócrates morirá tal día”; para él –ya haga algo o no haga nada– está determinado el día de su muerte. Mas, si el destino consistiese en lo siguiente: “Edipo nacerá de Layo”, no podrá decirse “ya se acueste Layo con una mujer o no”, porque se trata de una cosa compleja y de destino compartido»; y la llama de este modo porque en eso consistía el destino: en que Layo durmiera con su esposa y en que de ella fuera engendrado Edipo. De manera que, si se dijera «Milón luchará en los juegos de Olimpia» y alguien replicase: «así que, tenga adversario o no, luchará», se equivocaría; pues «luchará» es de carácter complejo, ya que no cabe lucha alguna sin adversario. Por tanto, todas las trampas de esa clase se refutan de la misma manera. Resulta tramposo lo de «recurras tú al médico o no, sanarás», porque tan propio del destino es el recurrir al médico, como el sanar. Él llama a estas cosas –como dije– «de destino compartido».60
Más allá de esta determinación recíproca, hay una serie de hechos que, sin ser necesarios, sucederán de acuerdo con la cadena de causas que constituye el mundo. Para explicar esto tenemos que salir de la necesidad lógica y pasar al plano de la física.
El punto de vista en el pensamiento estoico es por completo diferente al aristotélico. Aunque parte de ella hereda importantes rasgos de la física aristotélica, como el concepto de materia, presente en la distinción entre sustancia y cualidad, no estamos ahora ante una filosofía centrada en la elucidación de procesos en los que se despliega una pluralidad de sustancias independientes, sino que el punto de vista es global: en todo el universo hay un principio activo y racional. Este principio actúa a la vez como causa material, formal, eficiente y final, y es material, pneuma (mezcla de aire y fuego). Junto a él está presente también un principio pasivo. Dentro de este planteamiento global no hay procesos particulares separados del todo. Por ello, aunque podamos hablar de procesos que suceden siempre, y otros que no son habituales, tanto unos como otros son perfectamente naturales, y hablar de azar o suerte es más bien asunto del punto de vista parcial en que nos situamos si no tenemos conciencia del todo. Desde una perspectiva global nada es azaroso.
El hado, Heimarmene, se identifica con la divinidad misma que permea todas las cosas. Consiste en una cadena de causas. Hay una importante diferencia entre esta concepción y el determinismo mecánico que sostenía el atomismo, más parecido al que impera en la ciencia moderna. En el caso de este último, la determinación radica en una cadena de causas que provocan unos efectos, que a su vez son causas de otros efectos. Por el contario, en el modelo estoico de causalidad, la causa, que es siempre un cuerpo, produce un efecto, y el efecto es una propiedad que se da en otro cuerpo. Así, Sexto
Empírico: «un cuerpo, como por ejemplo, un cuchillo, se vuelve la causa de que otro cuerpo, la carne, llegue a poseer un predicado incorpóreo, ser cortado».61
El efecto no es sino un predicado, y no está al mismo nivel que la causa, y el determinismo no opera en una secuencia lineal de causa efecto, sino como una serie de causas que actúan sobre otras causas. Es más bien una red de causas –cuerpos– que interactúan. El hecho de que el efecto no tenga por sí mismo eficacia causal complica el esquema. En cierto sentido, solo hay una causa, que es la divinidad, pero esta opera a diferentes niveles. Tenemos una amplia cantidad de textos que analizan los diferentes tipos de causa, y que no vamos a detenernos en analizar aquí.62 Básicamente son compatibles con la distinción que encontramos en el De Fato entre causas antecedentes y principales. Hay una cooperación entre las causas en la producción del efecto. La causa antecedente es la que hace que el proceso se desencadene, pero hay una causa previa (πϱοϰαταϱτιϰòς) que es la auténtica responsable del efecto, y frente a la cual la causa antecedente es una mera causa auxiliar.
Así, tal y como lo presenta Cicerón, en el De Fato, el interés de Crisipo reside en intentar mantener una noción de destino que le libere de la necesidad, ananké. Y lo hace volviendo a un esquema que recuerda la distinción entre causas coadyuvantes que hemos visto aparecer en el seno de la doctrina platónica:
Crisipo, por su parte, al rechazar la necesidad y pretender que nada sucede sin que existan unas causas preestablecidas, distingue entre los tipos de causa, de modo que, por una parte, pueda rehuir la necesidad, y, por otra, mantener la existencia del destino. «Pues –dice– unas causas son absolutas y principales, otras coadyuvantes y secundarias. Por lo que, cuando decimos que todo ocurre a consecuencia del destino, por causas antecedentes, no pretendemos que se entienda que es a consecuencia de causas absolutas y principales, sino de causas coadyuvantes y secundarias».63
Las causas principales serían aquellas capaces de provocar por sí solas sus efectos, aunque necesitan de ciertas condiciones, que son las que proporcionan las causas próximas. Dado que el esquema causal atomista, regido por la necesidad ciega, había sido contestado por Platón y Aristóteles mediante la toma en consideración de la finalidad y la razón, Crisipo dirige sus esfuerzos a mostrar que la pretendida necesidad es solo un aspecto del problema.
En concreto, debió de entender que la distinción entre la causa externa o antecedente y la causa perfecta y principal permite que exista un resquicio para la responsabilidad moral. La clave está en que el responsable principal de la acción es la causa interna, y no la externa. Al ser interna, la causa principal del acontecimiento no deja de residir en nosotros.
Es cierto que, aunque residan en nosotros, las mismas causas externas actuando sobre nuestra razón y carácter conformados de la misma manera producirían los mismos efectos. La salida de Crisipo deja perplejo al lector moderno, que entiende la libertad como ausencia de determinación en cualquier sentido. Para el estoico, el problema queda resuelto si establecemos que el papel de las causas antecedentes es solo iniciar el proceso, y que este está realmente en manos del pneuma interno del individuo. El ejemplo más famoso a este respecto es el que proporciona Cicerón en el De Fato, citando directamente a Crisipo:
Por tanto –dice–, del mismo modo que quien empujó el cilindro le dio el principio motriz, pero no le dio el movimiento rotatorio, así la visión ofrecida producirá aquella impresión, ciertamente, y casi dejará marcada en el espíritu su imagen, pero el asentimiento estará a nuestro arbitrio, y este asentimiento –del modo que se dijo en el caso del cilindro–, una vez ha sido provocado desde el exterior, seguirá moviéndose en lo sucesivo a consecuencia de su propia fuerza y de su propia naturaleza. Pues, si alguna cosa se produjese sin una causa antecedente, sería falso lo de que todo ocurre a consecuencia del destino, pero, si resulta verosímil que una causa antecede a todo aquello que ocurre, ¿qué puede aducirse para no declarar que todo ocurre a consecuencia del destino? Entiéndase tan solo cuál es la diferencia y la diversidad existente entre los tipos de causa.64
Ante una mirada no lo suficientemente atenta al mundo, se diría que todo sucede por una causa antecedente. Es cierto que no hay nada sin una causa de este tipo en el cosmos. Pero un examen más atento nos muestra que las auténticas causas no residen en tales causas antecedentes, al igual que el juicio y la muerte de Sócrates no se debe al mero juego de elementos, músculos y tendones en su cuerpo. De la misma manera, el auténtico responsable del comportamiento del cilindro no es el empujón inicial, sino la forma de ese cuerpo.
Crisipo proporciona una explicación psicológica del proceso. La clave, en cualquier caso, está en el asentimiento (adsensio), está completamente en nuestro poder. Las cosas externas provocan en nosotros una impresión, a la que el sujeto asiente. Una vez que asiente, se sigue la acción. Aunque un sujeto haga lo mismo en las mismas circunstancias, ello no es óbice para que no lo haga por sí mismo. La responsabilidad no reside entonces en tener la posibilidad de actuar de otra manera en una situación dada, sino en que la acción no se deba meramente a una compulsión externa, sino a algo que depende de nosotros y está en nuestro poder. En el momento de responder a la impresión externa, nuestro asentimiento no puede ser otro que el que es, y depende de cómo somos. Si nuestra disposición es la de un hombre virtuoso, responderemos de un modo totalmente distinto a como lo haríamos si estuviéramos dominados por el vicio. Nuestro carácter es el que determina cómo actuamos, al igual que la forma del cilindro es la que determina cómo se mueve a partir del impulso externo. De ahí la tremenda importancia que el pensamiento estoico concede a la educación. No solo se atiende a la convicción racional, sino muy especialmente al proceso educativo desde sus más tempranas etapas, puesto que en ellas se acuña el carácter. Lo que se juzga cuando se juzga moralmente a una persona no es lo que hace en una circunstancia concreta, sino la disposición interna de que dispone, y que la lleva a actuar como actúa.
La concepción griega del destino, por lo tanto, no se refiere a la rigidez o no de las condiciones internas, sino a la fuerza e importancia de las condiciones externas para la acción. Alejandro de Afrodisisas, en el De Fato, ataca esta doctrina negando la diferencia entre causas antecedentes y principales, esto es, negando que dentro de este esquema quede algo que «está en nuestra mano». Para él, todo estado de cosas previo es causa suficiente del que seguirá después.
No deja de ser cierto, sin embargo, que todo está regido por el destino, también la acción de las causas principales. Pero esto no inquieta al estoico, ni le hace sentirse una marioneta en manos de un poder inexorable, porque ese destino no es una mera necesidad mecánica, sino la acción de la razón en el cosmos, de la que la razón que hay en nosotros es una parte.65 No se trata de que al universo y a nosotros mismos nos gobierne una fuerza externa que nos coacciona, sino de que somos parte de esa fuerza. Es por ello por lo que tenemos que vivir de acuerdo con la naturaleza. Dicho de otro modo, la razón y la finalidad que gobiernan al todo son internas a él. Una decisión libre del individuo es un acto racional, y es al mismo tiempo libre y parte de la razón cósmica. No deja de ser por ello un acto responsable y moralmente relevante.
Así puede comprenderse que, aunque los estoicos insistan en la presencia del destino, este no se erija en una fuerza externa que impulse una moral de resignación ante el hado. La fatalidad no juega ningún papel en la doctrina estoica de la apatheia. No es el caso que tengamos que evitar las pasiones o considerar irrelevante el placer porque nada podemos hacer frente al destino, ya que, como hemos visto, en buena medida, el destino somos nosotros mismos. Esta es, en definitiva, la enseñanza profunda que anida en las reflexiones de Crisipo sobre este tema.
BIBLIOGRAFÍA
BARES PARTAL, J. de D. (1997): «El azar y la necesidad en la Física de Aristóteles», en J. Corbí y C. Moya (eds.): Ensayos sobre Libertad y Necesidad, Valencia, Pre-Textos, pp. 13-26.
BOBZIEN, S. (1998): Determinism and Freedom in Stoic Philosophy, Oxford, OUP.
DOROTHEA, F. (2003): «Stoic Determinism», en B. Inwood (ed): The Cambrigde Companion to the Stoics, Cambrigde, CUP.
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RIST, J. M. (1995): La filosofía estoica, Barcelona, Crítica.
ROISMAN, H. M. (2013): The Encyclopedia of Greek Tragedy, Londres, Blackwell.
STROM, H. (1944): Tyche. Zur schiksalsauffassung bei Pindar und den Frühgriechischen Dichtern, Stuttgart, J.G. Gottasche Buchhanbdlung Nachfolger.
NOTA: Este trabajo ha surgido en el marco del proyecto de investigación «Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales» (FFI2011-24473) del Ministerio de Economía y Competitividad.
1. Cito la 22.a edición, de 2001.
2. Una magnífica monografía sobre el tema es la de Esther Edinow (2011). Contiene un riquísimo elenco de referencias, en especial de la época arcaica, aunque cubre también el drama y la historiografía clásicos. También es útil W. C. Greene (1944).
3. ὡς γὰϱ ἐπεϰλώσαντο θεοὶ δειλοȋσι βϱοτοȋσι
ζώειν ἀχνυμένοις· αὐτοὶ δέ τ’ ἀϰηδέες εἰσί.
δοιοὶ γάϱ τε πίθοι ϰαταϰείαται ἐν Διὸς οὔδει
δώϱων οἷα δίδωσι ϰαϰῶν, ἕτεϱος δὲ ἑάων·
ᾧ μέν ϰ’ ἀμμίξας δώῃ Ζεὺς τεϱπιϰέϱαυνος,
ἄλλοτε μέν τε ϰαϰῷ ὅ γε ϰύϱεται, ἄλλοτε δ’ ἐσθλῷ·
ᾧ δέ ϰε τῶν λυγϱῶν δώῃ, λωβητὸν ἔθηϰε,
ϰαί ἑ ϰαϰὴ βούβϱωστις ἐπὶ χθόνα δȋαν ἐλαύνει,
ϕοιτᾷ δ’ οὔτε θεοȋσι τετιμένος οὔτε βϱοτοȋσιν
(Ilíada, XXIV.525-534. Traducción de Emilio Crespo).
4. Hesíodo, Teogonía, 217.
5. Ibíd., 904.
6. Todas estas referencias están ampliamente documentadas en el capítulo 2 de E. Edinow (2011). Para Píndaro y la poesía arcaica, es todavía útil la monografía de Hans Strom (1944).
7. θυμέ͵ θύμ΄͵ ἀμηχάνοισι ϰήδεσιν ϰυϰώμενε͵
†ἀναδευ δυσμενῶν δ΄ ἀλέξεο πϱοσβαλὼν ἐναντίον
στέϱνον † ἐνδοϰοισιν ἐχθϱῶν πλησίον ϰατασταθεὶς
ἀσϕαλέως· ϰαὶ μήτε νιϰέων ἀμϕάδην ἀγάλλεο͵
μηδὲ νιϰηθεὶς ἐν οἴϰωι ϰαταπεσὼν ὀδύϱεο͵
ἀλλὰ χαϱτοȋσίν τε χαȋϱε ϰαὶ ϰαϰοȋσιν ἀσχάλα
μὴ λίην͵ γίνωσϰε δ΄ οἷος ῥυσμὸς ἀνθϱώπους ἔχει
(D67a, 128W, trad. de Carlos García Gual).
8. Sobre el tema, cf. Stuart Lawrence, entrada «Fate and Chance», en H. M. Roisman (2013).
9. «¡Bajo qué yugo del destino estamos caídos!» (Eurípides, Ifigenia en Áulide, 445, trad. de Carlos García Gual).
10. ἀλλ’ ἁ μοιϱιδία τις δύνασις δɛινά·
οὔτ’ ἄν νιν ἄλβος οὔτ’ Ἃϱης, οὐ πύϱγος,
οὐχ ἁλίϰτυποι
ϰɛλαιναὶ νᾰɛς ἀϰϕύγοιɛν
(Sófocles, Antígona, 951-954, trad. de Lasso de la Vega).
11. ϰἀμὲ μὲν δαίμων ἐλᾷ, 504.
12. Eurípides, Ión, 1422.
13. τὰς τῶν θεῶν γὰϱ ὅστις ἐϰμοχθεȋ τύχας
πϱόθυμός ἐστιν, ἡ πϱοθυμία δ’ ἄϕϱων·
ὃ χϱὴ γὰϱ οὐδεὶς μὴ χϱεὼν θήσει ποτέ
(Mégara en Eurípides, Heracles, 309-311).
14. ἐγὼ μὲν οὖν ϰαὶ ταῦτα ϰαὶ τὰ πάντ᾽ ἀεὶ
ϕάσϰοιμ᾽ ἂν ἀνθϱώποισι μηχανᾶν θεούς
(Teucro en el Ayax de Sófocles, 1036-1037, trad. de Lasso de la Vega).
15. «esta pasión lamedora de sangre», ἔϱως αἱματολοιχὸς (Esquilo, Agamenón, 1479, trad. de B. Perea Morales).
16. ἡ Μοȋϱα τούτων, ὦ τέϰνον, παϱαιτία (Esquilo, Coéforas, 910, trad. de B. Perea Morales).
17. αὶ τόνδε τοίνυν Μοȋϱ’ ἐπόϱσυνεν μόϱον (ibíd., 911).
18. ἀπέϰλαγξεν μόϱσιμ’ ἀπ’ ὀϱνίθων ὁδίων οἴϰοις βασιλείοις (Calcante en Esquilo, Agamenón, 155-156).
19. βαϱεȋα μὲν ϰὴϱ τὸ μὴ πιθέσθαι,
βαϱεȋα δ’, εἰ τέϰνον δαί̈-
ξω, δόμων ἄγαλμα,
μιαίνων παϱθενοσϕάγοισιν
ῥείθϱοις πατϱῴους χέϱας πέλας βωμοῦ: τί τῶνδ’ ἄνευ ϰαϰῶν (ibíd., 206-211). Las kéres son las divinidades de la muerte, su nombre se empleaba también para referirse a las grandes desgracias.
20. ἐμπαίοις τύχαισι συμπνέων (ibíd., 187).
21. πῶς λιπόναυς γένωμαι
ξυμμαχίας ἁμαϱτών;
παυσανέμου γὰϱ θυσίας
παϱθενίου θ’ αἵματος ὀϱ-
γᾷ πεϱιόϱγως ἐπιθυ-
μεȋν θέμις. εὖ γὰϱ εἴη (ibíd., 212-217).
22. ἐπεὶ δ’ ἀνάγϰας ἔδυ λέπαδνον
ϕϱενὸς πνέων δυσσεβῆ τϱοπαίαν
ἄναγνον ἀνίεϱον, τόθεν
τὸ παντότολμον ϕϱονεȋν μετέγνω.
βϱοτοὺς θϱασύνει γὰϱ αἰσχϱόμητις
τάλαινα παϱαϰοπὰ πϱωτοπήμων (ibíd., 218-224).
23. οὐϰ
εἶσι δόμων Ἐϱινύς, ὅταν ἐϰ χεϱῶν
θεοὶ θυσίαν δέχωνται;
«La Erinis, de negra égida, saldrá de tu casa, cuando de tus manos acepten los dioses un sacrificio» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 700-701, trad. de B. Perea Morales).
24. εἴπεϱ ϰαϰὸν ϕέϱοι τις, αἰσχύνης ἄτεϱ
ἔστω· μόνον γὰϱ ϰέϱδος ἐν τεθνηϰόσι·
ϰαϰῶν δὲ ϰᾀσχϱῶν οὔτιν᾽ εὐϰλείαν ἐϱεȋς (ibíd., 683-685).
25. Χοϱός- ἀλλ᾽ αὐτάδελϕον αἷμα δϱέψασθαι θέλεις;
Ἐτεοϰλής- θεῶν διδόντων οὐϰ ἂν ἐϰϕύγοις ϰαϰά (ibíd., 718-719).
26. θεόθεν γὰϱ ϰατὰ Μοȋϱ’
ἐϰϱάτησεν τὸ παλαι-
όν, ἐπέσϰηψε δὲ Πέϱσαις
πολέμους πυϱγοδαί̈ϰτους
διέπειν ἱππιοχάϱμας
τε ϰλόνους
πόλεών τ– ἀναστάσεις.
ἔμαθον δ– εὐϱυπόϱοι-
ο θαλάσσας πολιαι-
νομένας πνεύματι λάβϱῳ
ἐσοϱᾶν πόντιον ἄλσος,
πίσυνοι λεπτοδόμοις πεί-
σμασι λα-
οπόϱοις τε μαχαναȋς.
«Por voluntad divina, el Destino ejerció su poder desde antaño, y a los persas impuso la guerra en que son derruidas murallas y dirigir los choques violentos de los caballeros y las devastaciones de ciudades. Y aprendieron a contemplar con respeto la sagrada extensión de las aguas del mar, de anchos caminos y blanca espuma debida al viento, confiados en los cordajes de lino trenzado y en artificios para hacer el transporte de tropas» (Esquilo, Los persas, 93-101, trad. de B. Perea Morales).
27. πολλαὶ μοϱϕαὶ τῶν δαιμονίων,
πολλὰ δ– ἀέλπτως ϰϱαίνουσι θεοί·
ϰαὶ τὰ δοϰηθέντ– οὐϰ ἐτελέσθη,
τῶν δ– ἀδοϰήτων πόϱον ηὗϱε θεός.
τοιόνδ– ἀπέβη τόδε πϱᾶγμα (Eurípides, Bacantes, 1389-1393, trad. de Carlos García Gual). De manera igual o similar acaban Andrómaca, Alcestis y Helena.
28. δύστηνος ἐγὼ στυγεϱᾶς μοίϱας
τῆσδε ϰυϱήσας ἀτεϰμαϱτοτάτης,
ὡς ὠμοϕϱόνως δαίμων ἐνέβη
Πεϱσῶν γενεᾷ.
«¡Desgraciado de mí porque obtuve este horrible destino que no pude prever! ¡De qué cruel modo atacó la deidad a la raza persa!» (Esquilo, Los Persas, 909-912).
29. τὰς τύχας τίς οἶδ– ὅτωι
τοιαίδ– ἔσονται; πάντα γὰϱ τὰ τῶν θεῶν
ἐς ἀϕανὲς ἕϱπει ϰοὐδὲν οἶδ– οὐδεὶς †ϰαϰόν†·
ἡ γὰϱ τύχη παϱήγαγ– ἐς τὸ δυσμαθές
(Eurípides, Ifigenia en Táuride, 475-479, trad. de José Luis Calvo Martínez).
30. Esquilo, Los Persas, 345.
31. ὦ δέσποτ᾽ Αἴας, τῆς ἀναγϰαίας τύχης
οὐϰ ἔστιν οὐδὲν μεȋζον ἀνθϱώποις ϰαϰόν.
ἐγὼ δ᾽ ἐλευθέϱου μὲν ἐξέϕυν πατϱός,
εἴπεϱ τινὸς σθένοντος ἐν πλούτῳ Φϱυγῶν·
νῦν δ᾽ εἰμὶ δούλη· θεοȋς γὰϱ ὧδ᾽ ἔδοξέ που
ϰαὶ σῇ μάλιστα χειϱί
(Esquilo, Áyax, 485-490). La misma expresión ἀναγϰαία τύχη en 803.
32. Χοϱός- τίς οὖν ἀνάγϰης ἐστὶν οἰαϰοστϱόϕος;
Πϱομηθεύς- Μοȋϱαι τϱίμοϱϕοι μνήμονές τ᾽ Ἐϱινύες
Χοϱός- τούτων ἄϱα Ζεύς ἐστιν ἀσθενέστεϱος;
Πϱομηθεύς- οὔϰουν ἂν ἐϰϕύγοι γε τὴν πεπϱωμένην.
«CORIFEO.– ¿Y quién dirige el rumbo de Necesidad? prometeo.– Las Moiras triformes y las Erinias, que nada olvidan. corifeo.– ¿Entonces, es Zeus más débil que ellas? prometeo.– Así es, desde luego. Él no podría esquivar su destino» (Esquilo, Prometeo Encadenado, 515-518, trad. de B. Perea Morales).
33. ὦ Ζεῦ, τί λέξω; πότεϱά σ– ἀνθϱώπους ὁϱᾶν
ἢ δόξαν ἄλλως τήνδε ϰεϰτῆσθαι μάτην
[ψευδῆ, δοϰοῦντας δαιμόνων εἶναι γένος],
τύχην δὲ πάντα τἀν βϱοτοȋς ἐπισϰοπεȋν
(Eurípides, Hécuba, 488-491, trad. de J. A. López Férez).
34. τί δ᾽ ἂν ϕοβοȋτ᾽ ἄνθϱωπος ᾧ τὰ τῆς τύχης
ϰϱατεȋ, πϱόνοια δ᾽ ἐστὶν οὐδενὸς σαϕής;
εἰϰῆ ϰϱάτιστον ζῆν, ὅπως δύναιτό τις
(Esquilo, Edipo Rey, 977-979, trad. de Lasso de la Vega).
35. ἐγὼ δ᾽ ἐμαυτὸν παȋδα τῆς Τύχης νέμων (ibíd., 1080).
36. ἐξ ὧν δὲ ἡ γένεσίς ἐστι τοȋς οὖσι, ϰαὶ τὴν ϕθοϱὰν εἰς ταῦτα γίνεσθαι ϰατὰ τὸ χϱεών· διδόναι γὰϱ αὐτὰ δίϰην ϰαὶ τίσιν ἀλλήλοις τῆςἀδιϰίας ϰατὰ τὴν τοῦ χϱόνου τάξιν (DK 12B1).
37. Fg. 80 ORIG. c. Cels. VI 42 (II 111, 11 Koetschau) εἰδέναι δὲ χϱὴ τὸν πόλεμον ἐόντα ξυνόν, ϰαὶ δίϰην ἔϱιν, ϰαὶ γινόμενα πάντα ϰατ– ἔϱιν ϰαὶ χϱεών.
38. DK22B44.
39. DK22A11.
40. DK22B94.
41. DK22B52.
42. DK22B2.
43. DK22B119.
44. τῶι ξυνεχὲς πᾶν ἐστιν· ἐὸν γὰϱ ἐόντι πελάζει.
αὐτὰϱ ἀϰίνητον μεγάλων ἐν πείϱασι δεσμῶν
ἔστιν ἄναϱχον ἄπαυστον, ἐπεὶ γένεσις ϰαὶ ὄλεθϱος
τῆλε μάλ– ἐπλάχθησαν, ἀπῶσε δὲ πίστις ἀληθής.
ταὐτόν τ– ἐν ταὐτῶι τε μένον ϰαθ– ἑαυτό τε ϰεȋται
χοὔτως ἔμπεδον αὖθι μένει· ϰϱατεϱὴ γὰϱ Ἀνάγϰη
πείϱατος ἐν δεσμοȋσιν ἔχει, τό μιν ἀμϕὶς ἐέϱγει,
οὕνεϰεν οὐϰ ἀτελεύτητον τὸ ἐὸν θέμις εἶναι·
ἔστι γὰϱ οὐϰ ἐπιδευές· [μὴ] ἐὸν δ– ἂν παντὸς ἐδεȋτο.
ταὐτὸν δ– ἐστὶ νοεȋν τε ϰαὶ οὕνεϰεν ἔστι νόημα.
οὐ γὰϱ ἄνευ τοῦ ἐόντος, ἐν ὧι πεϕατισμένον ἐστιν,
εὑϱήσεις τὸ νοεȋν· οὐδὲν γὰϱ <ἢ> ἔστιν ἢ ἔσται
ἄλλο πάϱεξ τοῦ ἐόντος, ἐπεὶ τό γε Μοȋϱ– ἐπέδησεν
οὖλον ἀϰίνητόν τ– ἔμεναι· (8, 25-38).
45. Así, al menos, lo interpretaba Aristóteles: ἀλλὰ μὴν οὐδ– ἐϰείνων γέ τι ᾤοντο εἶναι τὴν τύχην, οἷον ϕιλίαν ἢ νεȋϰος ἢ νοῦν ἢ πῦϱ ἢ ἄλλο γέ τι τῶν τοιούτων. ἄτοπον οὖν εἴτε μὴ ὑπελάμβανον εἶναι εἴτε οἰόμενοι παϱέλειπον, ϰαὶ ταῦτ– ἐνίοτε χϱώμενοι, ὥσπεϱ Ἐμπεδοϰλῆς οὐϰ ἀεὶ τὸν ἀέϱα ἀνωτάτω ἀποϰϱίνεσθαί ϕησιν, ἀλλ– ὅπως ἂν τύχῃ. λέγει γοῦν ἐν τῇ ϰοσμοποιίᾳ ὡς «οὕτω συνέϰυϱσε θέων τοτέ, πολλάϰι δ– ἄλλως”· ϰαὶ τὰ μόϱια τῶν ζῴων ἀπὸ τύχης γενέσθαι τὰ πλεȋστά ϕησιν. «Ciertamente, ninguno de los antiguos pensaba que la suerte fuese una causa como lo eran el Amor o el Odio, o la Inteligencia, o el Fuego u otras semejantes. Pero es extraño que no hayan hablado de ella, sea para admitirla o para rechazarla. Pues a veces algunos han hecho uso de ella, como en el caso de Empédocles, quien decía que el aire no está siempre separado en lo más alto, como si fuera un hecho fortuito. Y dice en su Cosmogonía: “así fue como a veces tuvo casualmente su recorrido, pero a veces fue de otro modo” (148). Y dice también que las partes de los animales se generan fortuitamente en la mayoría de los casos» (Física, 196a 18-24, trad. de Guillermo R. de Echandía). Ciertamente, Empédocles menciona a veces a Tyché, como en B102, pero no está claro que se refiera a un proceso meramente azaroso. En B115 se habla del «oráculo de la Necesidad», un «antiguo decreto de los dioses» de acuerdo con el cual aquellos que cometen faltas y crímenes se verán sometidos a un largo ciclo de reencarnaciones.
46. Leucipo, DK54B2 2, οὐδὲν χϱῆμα μάτην γίνεται, ἀλλὰ πάντα ἐϰ λόγου τε
ϰαὶ ὑπ’ ἀνάγϰης. «Nada sucede por azar, sino todo por una razón y por obra de la necesidad».
47. Fedón, 98d y ss.
48. Timeo, 47 y ss.
49. ἄλλας δὲ ϰαθημένας πέϱιξ δι’ ἴσου τϱεȋς, ἐν θϱόνῳ ἑϰάστην, θυγατέϱας τῆς Ἀνάγϰης, Μοίϱας, λευχειμονούσας, στέμματα ἐπὶ τῶν ϰεϕαλῶν ἐχούσας, Λάχεσίν τε ϰαὶ Κλωθὼ ϰαὶ Ἄτϱοπον, ὑμνεȋν πϱὸς τὴν τῶν Σειϱήνων ἁϱμονίαν, Λάχεσιν μὲν τὰ γεγονότα, Κλωθὼ δὲ τὰ ὄντα, Ἄτϱοπον δὲ τὰ μέλλοντα. ϰαὶ τὴν μὲν Κλωθὼ τῇ δεξιᾷ χειϱὶ ἐϕαπτομένην συνεπιστϱέϕειν τοῦ ἀτϱάϰτου τὴν ἔξω πεϱιϕοϱάν, διαλείπουσαν χϱόνον, τὴν δὲ Ἄτϱοπον τῇ ἀϱιστεϱᾷ τὰς ἐντὸς αὖ ὡσαύτως· τὴν δὲ Λάχεσιν ἐν μέϱει ἑϰατέϱας ἑϰατέϱᾳ τῇ χειϱὶ ἐϕάπτεσθαι. σϕᾶς οὖν, ἐπειδὴ ἀϕιϰέσθαι, εὐθὺς δεȋν ἰέναι πϱὸς τὴν Λάχεσιν. πϱοϕήτην οὖν τινα σϕᾶς πϱῶτον μὲν ἐν τάξει διαστῆσαι, ἔπειτα λαβόντα ἐϰ τῶν τῆς Λαχέσεως γονάτων ϰλήϱους τε ϰαὶ βίων παϱαδείγματα, ἀναβάντα ἐπί τι βῆμα ὑψηλὸν εἰπεȋν – Ἀνάγϰης θυγατϱὸς ϰόϱης Λαχέσεως λόγος. Ψυχαὶ ἐϕήμεϱοι, ἀϱχὴ ἄλλης πεϱιόδου θνητοῦ γένους θανατηϕόϱου. οὐχ ὑμᾶς δαίμων λήξεται, ἀλλ’ ὑμεȋς δαίμονα αἱϱήσεσθε. πϱῶτος δ’ ὁ λαχὼν πϱῶτος αἱϱείσθω βίον ᾧ συνέσται ἐξ ἀνάγϰης. ἀϱετὴ δὲ ἀδέσποτον, ἣν τιμῶν ϰαὶ ἀτιμάζων πλέον ϰαὶ ἔλαττον αὐτῆς ἕϰαστος ἕξει. αἰτία ἑλομένου· θεὸς ἀναίτιος (República, 616b-617e, trad. de Fernández Galiano).
50. Apología, 21a.
51. Banquete, 202 y ss.
52. Fedro, 244c.
53. Timeo, 71d y ss.
54. Cf. J. D. Bares Partal (1997: 13-26).
55. Parte de los testimonios están reunidos en el Stoicorum veterum Fragmenta de Hans von Arnim. Una presentación exhaustiva de materiales, con un amplio comentario, se encuentra en la monografía de Suzanne Bobzien (1998).
56. J. M. Rist (1995: 127).
57. «Sed ad illam Diodori contentionem, quam Peri Dynaton appellant revertamur, in qua quid valeat id quod fieri possit anquiritur. Placet igitur Diodoro id solum fieri posse, quod aut verum sit aut verum futurum sit. Qui locus attingit hanc quaestionem, nihil fieri, quod non necesse fuerit, et, quicquid fieri possit, id aut esse iam aut futurum esse, nec magis commutari ex veris in falsa posse ea, quae futura, quam ea, quae facta sunt» (Cicerón, De Fato, cap. 17).
58. «Nec ei qui dicunt inmutabilia esse quae futura sint nec posse verum futurum convertere in falsum, fati necessitatem confirmant, sed verborum vim interpretantur. At qui introducunt causarum seriem sempiternam, ei mentem hominis voluntate libera spoliatam necessitate fati devinciunt» (ibíd., cap. 20).
59. «At hoc, Chrysippe, minime vis, maximeque tibi de hoc ipso cum Diodoro certamen est. Ille enim id solum fieri posse dicit, quod aut sit verum aut futurum sit verum, et, quicquid futurum sit, id dicit fieri necesse esse et, quicquid non sit futurum, id negat fieri posse. Tu, et quae non sint futura, posse fieri dicis, ut frangi hanc gemmam, etiamsi id numquam futurum sit, neque necesse fuisse Cypselum regnare Corinthi, quamquam id millensimo ante anno Apollinis oraculo editum esset» (ibíd., cap. 13).
60. Haec ratio a Chrysippo reprehenditur. «Quaedam enim sunt, inquit, in rebus simplicia, quaedam copulata; simplex est: “Morietur illo die Socrates”; huic, sive quid fecerit sive non fecerit, finitus est moriendi dies. At si ita fatum est: “Nascetur Oedipus Laio”, non poterit dici: “sive fuerit Laius cum muliere sive non fuerit”; copulata enim res est et confatalis; sic enim appellat, quia ita fatum sit et concubiturum cum uxore Laium et ex ea Oedipum procreaturum, ut, si esset dictum: “Luctabitur Olympiis Milo” et referret aliquis: “Ergo, sive habuerit adversarium sive non habuerit, luctabitur”, erraret; est enim copulatum “luctabitur”, quia sine adversario nulla luctatio est. Omnes igitur istius generis captiones eodem modo refelluntur. “Sive tu adhibueris medicum sive non adhibueris, convalesces” captiosum; tam enim est fatale medicum adhibere quam convalescere. Haec, ut dixi, confatalia ille appellat» (ibíd., cap. 30).
61. Sexto Empírico, Adv. Math., IX, 211.
62. En cierto modo, solo hay una causa (Séneca, ep. VI), la divinidad, el pneuma que lo permea todo. Pero actúa, como hemos visto, a diferentes niveles, hasta tal punto que Alejandro de Afrodisias mantiene que los estoicos admitían todo un «enjambre de causas»: «Entre las causas existe alguna diferencia, que explican citando un enjambre de ellas: las iniciales, las concausas, las habituales, las sustentadoras y algún otro tipo, pues no es preciso extenderse más exponiendo todo lo que dicen, sin indicar lo que resuelven en lo que respecta a la doctrina del destino» (Strom. VIII 9.98.7 y ss.). Clemente de Alejandría presenta otra distinción causal en el seno del estoicismo: «Algunas de las causas son antecedentes (prokatartika), otras continentes (sunektik´), otras contribuyentes (sunerga) y otras son condiciones necesarias (hon ouk aneu)» (SVF 2. 346).
63. «Chrysippus autem cum et necessitatem inprobaret et nihil vellet sine praepositis causis evenire, causarum genera distinguit, ut et necessitatem effugiat et retineat fatum. “Causarum enim”, inquit, “aliae sunt perfectae et principales, aliae adiuvantes et proximae. Quam ob rem, cum dicimus omnia fato fieri causis antecedentibus, non hoc intellegi volumus: causis perfectis et principalibus, sed causis adiuvantibus et proximis”» (Cicerón, De Fato, cap. 41).
64. «Ut igitur», inquit, «qui protrusit cylindrum, dedit ei principium motionis, volubilitatem autem non dedit, sic visum obiectum inprimet illud quidem et quasi signabit in animo suam speciem, sed adsensio nostra erit in potestate, eaque, quem ad modum in cylindro dictum est, extrinsecus pulsa, quod reliquum est, suapte vi et natura movebitur. Quodsi aliqua res efficeretur sine causa antecedente, falsum esset omnia fato fieri; sin omnibus, quaecumque fiunt, veri simile est causam antecedere, quid adferri poterit, cur non omnia fato fieri fatendum sit? modo intellegatur, quae sit causarum distinctio ac dissimilitudo» (ibíd., cap. 43).
65. Este punto lo capta admirablemente Dorothea Frede en «Stoic Determinism», en B. Inwood (2003: 179 y ss.).
SOBRE LA CUESTIÓN DEL LIBRE ALBEDRÍO EN AGUSTÍN DE HIPONA Y LUTERO
Matthias Koßler Johannes Gutenberg-Universität Mainz
La libertad de la voluntad y la autodeterminación del ser humano están estrechamente ligadas. Esto no se aplica solo desde Kant, que identifica la libertad práctica con la autonomía, pues ya Agustín de Hipona equipara los actos de la voluntad con su autodeterminación cuando en el primer libro de De libero arbitrio pregunta: «¿Qué es lo que está en nuestra voluntad tanto como la misma voluntad?» (Quod enim tam in voluntate quam ipsi voluntate sita est?) (Lib. arb.i, 12, 26 [86]).1 Que la voluntad se determina por sí misma y no por medio de ninguna otra cosa es para Agustín un juicio analítico, puesto que en caso contrario deberíamos decir que «no queremos voluntariamente» (non voluntate volumus), lo cual es evidentemente una locura (delirius) (Lib. art. III, 2, 7).2 No obstante, esta paradójica suposición de una voluntad no autónoma se convierte precisamente en un tema central en el curso del desarrollo del pensamiento agustiniano, tema que Lutero retoma bajo la acuñación, más cruda, del «siervo albedrío».
La autodeterminación y el libre albedrío entran en relación problemática justo en el momento en que aparece en escena el obrar moral. La libertad de obrar –es decir, el hacer lo que se quiere– se topa con la libertad de la voluntad –esto es, el poder determinar la propia voluntad de acuerdo con las exigencias de la moral–. Para expresarlo con la concisa formulación de Schopenhauer: puedo hacer lo que quiero, pero no puedo querer lo que quiero (E 24). Para Agustín, sin embargo, la diferencia se hace patente en primer lugar ante un obrar que contraviene la ley moral, esto es, ante el pecado. En un obrar moralmente bueno o incluso solo neutro hay una identidad entre la libertad de hacer y la libertad de querer, dándose con ello la unidad analítica de autodeterminación y libertad. La cuestión de un querer del querer no se plantea, porque no se presenta el conflicto paradójico de la voluntad consigo misma.
Prescindiendo por el momento de explicaciones teológicas, es en la conciencia donde se observa una contradicción en la propia voluntad. La mala conciencia resulta de no haber querido el bien y de haber hecho intencionadamente el mal en su lugar. Esto, sin embargo, es a su vez un indicador de que la persona que tiene mala conciencia quiere el bien, puesto que de lo contrario de ningún modo se arrepentiría de haber querido y haber hecho el mal. La diferencia entre la angustia propia de la conciencia y el miedo al castigo reside en que en el primer caso el culpable, el juez y quien impone la pena son una misma persona. El problema es dónde está aquí la ley según la cual la conciencia juzga y condena. Sin duda, lo que realmente se quiere es el bien –realmente, porque si el bien se quiere y se hace, no surge en la voluntad ningún arrepentimiento ni protesta–. La conciencia se basa por lo tanto en un juicio de la voluntad buena y autodeterminada originariamente a propósito de un obrar intencionado que no se corresponde con ella.
Agustín explica esto teológicamente con los dogmas de la creación y del pecado original. En la Antigüedad precristiana apenas aparece el tema del libre albedrío, con la excepción de la discusión acerca de los actos voluntarios e involuntarios en la Ética a Nicómaco de Aristóteles. De este modo, el problema del libre albedrío –que es tratado con el trasfondo de una voluntad contradictoria en sí, de la «perversidad de una voluntad» (voluntatis perversitas) (Conf., VII, 16)–3 está ligado a la doctrina del cristianismo y es Agustín quien por primera vez lo aborda con detalle. Queda en el aire si la reflexión filosófica sobre el problema del mal, particularmente virulenta como fue en el neoplatonismo,4 encontró en los dogmas cristianos una continuación o si la nueva religión cristiana fue la que concibió en primer término el problema del libre albedrío. En cualquier caso, este se desarrolla en Agustín con la teodicea y la doctrina del pecado original.
En las obras de Agustín de Hipona, donde el concepto de libre albedrío aparece por primera vez, lo hace en conexión y armonía con el orden divino del mundo, aunque bien pronto se plantea el problema de cómo conciliar la perfección y bondad de este orden divino con la «perversidad de las cosas humanas» (perversitas in rebus humanis) (Ord. I, 1, 1).5 En De libero arbitrio la pregunta «Dime, te ruego, ¿puede ser Dios el autor del mal?» (Dic mi, quaeso te, utrum deus non sit auctor mali) (Lib. arb. I, 1)6 constituye el punto de partida cuya discusión lleva más allá del concepto de libre albedrío, hasta la doctrina del pecado original. En las Retractationes Agustín advierte de que el libro se redactó teniendo en cuenta la doctrina herética maniquea del mal como principio independiente. Él mismo había estado vinculado en sus años jóvenes a esta secta, de tal modo que, al desmarcarse ahora del dualismo, era especialmente favorable al libre albedrío como una posibilidad de conciliar la bondad de Dios con el mal en el ser humano. Más tarde fueron los también heréticos pelagianos quienes lo empujaron, en sentido contrario, a tener por crítico el significado del libre albedrío frente al poder de Dios. Estas influencias no deben sin embargo sobrevalorarse, pues ya en De libero arbitrio su concepción se basa en corrientes fundamentales. De hecho, la insistencia en aspectos concretos es distinta en los escritos tardíos, puesto que no estamos ya ante tratados puramente teóricos, sino ante cartas y tratados político-religiosos que, como indican sus títulos, estaban dirigidos a determinadas personas o grupos o contra estas.
En un primer momento Agustín considera el libre albedrío en relación con la creación. La bondad y la omnipotencia de Dios exigen que la voluntad del ser humano, que contiene de manera analítica la libertad, sea buena en tanto que creada. Así concibe teológicamente Agustín uno de los aspectos destacados de la conciencia, a saber, la conciencia realmente buena de todo ser humano, con la que se relacionan al mismo tiempo la libertad y una autodeterminación ilimitada. La naturaleza creada originaria del ser humano es hacer el bien por propia voluntad. Este es el estado de inocencia de Adán antes del pecado original, un estado en el que no hay ningún conflicto entre el libre albedrío y el orden predestinado por Dios. Si el orden divino prevé que el ser humano dotado de voluntad hará algo, entonces esa presciencia y predeterminación no suponen ninguna restricción para la libertad de la voluntad; más bien, ese orden divino hace justamente posible el acuerdo de la libertad de obrar con la libertad de la voluntad.
No obstante, en el concepto de voluntad libre queda comprendido también que esta pueda apartarse del bien e inclinarse hacia el mal. Con la desviación consumada, que queda ilustrada en el pecado original de Adán, todo cambia: no solo es que la voluntad se haga entonces contradictoria consigo misma y entre en conflicto con su propia naturaleza, sino que también ha de temerse que el orden del mundo quede desquiciado, puesto que el mal ha de integrarse en él, de tal manera además que la bondad del orden del mundo en su conjunto no se vea tocada. A este respecto hay que tener en cuenta que para Agustín el orden de la creación es dinámico: las criaturas construyen una escala desde los bienes inferiores, pasando por los intermedios, hasta los superiores, y el orden consiste esencialmente en que las criaturas aspiran a bienes cada vez más altos. El bien supremo al que tienden de forma natural todas las cosas es Dios. Esto es así hasta el punto de que las cosas inferiores se usan para alcanzar las superiores y disfrutar de ellas. Este orden depende por tanto de la adecuada relación entre uso (uti) y disfrute (frui) de las cosas creadas (De diversis quaestionibus octoginta tribus, qu. 30).7
Con el pecado original el orden se invierte: los bienes elevados y espirituales se utilizan para disfrutar de los más bajos y corporales. La causa de ello reside en la soberbia (superbia) con la que el ser humano ya no hace de Dios, sino de sí mismo, el fin de sus afanes (Lib. arb. III, 25, 76).8 Con esto se impide, por así decirlo, la dinámica del ascenso hacia Dios. Pero este impedimento desemboca inevitablemente en la inversión del movimiento, puesto que si el ser humano no se ama como criatura con la mira puesta en su creador, solo puede amarse con miras a la nada a partir de la cual fue creado. Hay pues en último término un amor a sí mismo y una autodeterminación invertidos que se basan en el pecado. Este amor a sí mismo es erróneo porque el ser humano fracasa constantemente al quedar desplazada de pronto la meta de su amor a lo que está por debajo de él. El ser humano no se sirve ya entonces de lo corporal para disfrutar, sino que se odia (Doctr. chr. I, 23, 23)9 a sí mismo y al prójimo para gozar de lo corporal. Esto caracteriza a la concupiscencia (cupiditas), que lo domina a consecuencia del pecado original. Que el amor a sí mismo esté equivocado y que el ser humano esté a merced de los apetitos y pierda su libertad es el castigo que lleva aparejado el pecado, por medio del cual se restaura el orden del mundo. En él somete Dios las buenas voluntades a sí mismo:
…las otras a las que le están sometidas a Él, a fin de que la mala voluntad soporte lo que por el mandato de Dios hiciere la buena, ya por sí misma ya por la mala; mas esto solamente sucede en las cosas, es decir, en los cuerpos que por naturaleza están sometidos también a las malas voluntades (Gen. Litt. VIII, 23, 44).10
Agustín de Hipona explica la problemática del libre albedrío con el trasfondo de un orden de la creación ideal que constituye a la buena voluntad en su libertad y con el trasfondo de un orden de la salvación real que incluye el pecado. A ambos órdenes corresponde la determinación de la buena voluntad como naturaleza del ser humano y de la voluntad tras el pecado original como disposición (adfectio) (Lib. arb. III, 9, 26).11 En comparación con Lutero cabe advertir de que Agustín, aunque considere en cierto modo el carácter pecaminoso del ser humano a raíz del pecado original como una «segunda naturaleza» (Lib. arb. III, 19, 54)12 de este, mantiene sin embargo siempre, como algo fundamental, que se trata de un estado contranatural: en tanto que criatura de Dios, el ser humano es en esencia bueno.
La voluntad libre es un «bien intermedio» (Lib. arb. III, 18, 52)13 en el orden de la creación, es decir, que el orden prevé que ciertos bienes –en particular las cosas corporales y las fuerzas– le estén subordinados, mientras que ella misma es un instrumento para subordinarse a los bienes superiores –Dios y los ángeles–. En el caso del pecado habla Agustín de un uso erróneo de este bien intermedio, conforme a la disposición del orden a partir de la relación entre uso y disfrute. Aflora enseguida con esto la problemática de la voluntad libre: ¿qué voluntad es esa –nos preguntamos– que se sirve o abusa de la libre voluntad como bien? Agustín distingue finalmente tres conceptos de voluntad, a los que les corresponden respectivamente tres formas de libertad: 1) la voluntad que, de acuerdo con el orden de la creación, se orienta hacia Dios; 2) la voluntad que puede decidirse entre dos alternativas: mantener esa orientación hacia Dios o apartarse de él, y 3) la voluntad que, tras haberse apartado de Dios, está sometida al dominio de los apetitos. A la primera voluntad le corresponde una libertad ilimitada, y lo mismo sucede con la segunda, puesto que la libertad de elección pertenece al concepto de voluntad. No obstante, está claro que Agustín traza una diferencia entre ambas, pues a la voluntad que se redimió del pecado gracias a la gracia divina le otorga el don de la perseverancia (donum perseverantiae)14 con el que pierde para siempre la posibilidad de apartarse de Dios. En la tercera de las voluntades mencionadas la libertad está reducida, pues al apetito carnal van unidas la ignorancia y la dificultad (ignorantia et difficultas) (Lib. arb. III, 18, 52),15 a consecuencia de las cuales el ser humano «no tiene libre albedrío para no pecar, sino solamente para no querer pecar» (Exp. prop. Rom. 12, 12).16 Dios da la ley moral a fin de abolir la ignorancia, pero no para que pueda hacerse el bien, sino para que se haga evidente la incapacidad de hacerlo y el ser humano busque por ello la gracia de Dios, pues solo por medio de esta pueden restablecerse el orden originario y la voluntad libre.
Con las tres voluntades que aparecen sucesivamente en la historia sagrada cristiana satisfizo Agustín los tres requisitos ligados al concepto del libre albedrío humano: 1) la voluntad creada y la restaurada por medio de la gracia en relación con la unidad de la libertad de obrar y de la libertad de querer (imputación de la acción); 2) la voluntad de Adán en relación con la libertad de elección (liberum arbitrium indifferentiae), y 3) la voluntad del ser humano bajo las condiciones del pecado original y de la ley en relación con la libertad, que se corresponde con la responsabilidad moral del ser humano. Sin embargo, las tres voluntades no pueden separarse realmente, pues representan aspectos de una y la misma voluntad humana. La dificultad reside sin embargo en conciliar estos momentos de la voluntad libre cargados de contradicciones. Esta dificultad se destaca en los desarrollos posteriores de la doctrina de la gracia en Agustín de Hipona.
En un principio el libre albedrío y la gracia no entran en contradicción, puesto que la gracia de Dios restaura el orden de la creación conforme a la perfección de la libertad de la voluntad. Pero los otros dos momentos, la libertad de elección y la responsabilidad, no se dejan armonizar. La libertad de elección es la piedra angular, puesto que sin ella no se pueden pensar ni la imputación ni la responsabilidad. Lutero muestra justamente esto cuando niega cualquier tipo de libertad de elección, y llega a la conclusión de que la voluntad es dirigida o por el diablo o por Dios. Agustín intenta sin embargo salvar la voluntad libre en su totalidad. Aun cuando tras el pecado original el ser humano ya sea incapaz de no pecar, puede sin embargo querer no pecar con el ánimo de estar dispuesto, en la fe en Dios, a aceptar la gracia divina y a tener así un mérito por propia voluntad. Pero está claro que con ello el problema solo se aplaza: si por medio de la fe son posibles las buenas obras y la fe tiene su origen en una decisión de la voluntad, entonces al final es esa decisión la causa del buen obrar. Pero si la fe voluntaria no causa la gracia, entonces la voluntad queda sin mérito. Además, la fe significa ya la orientación hacia Dios, que produce las buenas obras; y si la gracia debe jugar algún papel, en tanto que «vocación causadora» (vocatio effectrix) (Simpl. I, 2, 13),17 no debe solo provocar en el ser humano la fe en Dios, sino que ha de ser también causa de que este acepte la gracia de Dios, de modo que no quede ya nada para la voluntad libre.
En Ad Simplicianum Agustín intenta preservar un último resto de la libertad de la voluntad al concederle una intervención, a saber, que queremos, mientras que aquello que queremos es solo obra de la gracia divina (Simpl. I, 2, 10).18 Con esta reducción de la voluntad a una ciega causalidad eficiente (como corresponde a las fuerzas de la naturaleza) se intentan pensar la imputación y la responsabilidad sin libertad de elección. No obstante, Agustín subrayó siempre que esto era teoréticamente deficiente. En las retractaciones a Ad Simplicianum escribe: «Al solucionar esta cuestión [de la coexistencia de libertad y gracia] he trabajado ciertamente a favor del libre albedrío de la voluntad humana, pero ha vencido la gracia de Dios…» (Retr. II, 1, 2).19 Esto sin embargo no significa, como muestran los últimos escritos, que no haya libre albedrío, sino solo que no somos capaces de comprender la relación entre voluntad y gracia, o sea, el libre albedrío del ser humano en todos sus aspectos. De este modo, al final de Ad Simplicianum escribe Agustín: «Creamos solamente, aunque no podamos comprender» (Simpl. I, 2, 22).20
Esta última observación no significa simplemente una huida a un asylum ignorantiae, sino que debe verse en relación con la doctrina del conocimiento de Agustín y en particular con su interpretación del autoconocimiento y la autodeterminación. En la discusión sobre el pecado original se puso ya de manifiesto que Agustín distingue entre un auténtico amor a sí mismo y un amor a sí mismo mal entendido, que se relaciona a su vez con un autoconocimiento y una autodeterminación también trabucados. El falso autoconocimiento es aquel en el que el sí mismo se entiende como independiente de una relación con Dios, no obstante lo cual ese autoconocimiento se torna de repente una determinación del sí mismo hacia lo corporal. Por tanto, el ser humano se extravía siempre que cree que puede determinarse a sí mismo independientemente de Dios, pues no dispone de un saber sobre su naturaleza creada a partir del cual poder determinarse a sí mismo de manera adecuada. Por otro lado, para él es notorio que la orientación hacia Dios, al cual no puede comprender, pertenece a su esencia originaria. En De Trinitate Agustín explicó detalladamente esta forma de autoconocimiento. El punto de partida es la doctrina cristiana según la cual el ser humano fue creado a imagen de Dios (imago Dei), por lo cual su esencia es ser una imagen de Dios que mira dentro de sí para el verdadero autoconocimiento. Pero este espejo de Dios se ha empañado tanto a consecuencia del pecado original que en él no se divisa a Dios, de manera que puede solo buscársele. No obstante, gracias a la intención de dirigirse hacia Dios ligada a esta búsqueda, el espejo se hace cada vez más claro. Así pues, el autoconocimiento se basa únicamente en una aproximación asintótica al ser que permanece incomprensible en esta vida. En la medida en que este ser consiste en una unidad de voluntad divina y humana, su libertad y autodeterminación escapan al concepto; pero la fe, entendida como un tender intencional hacia Dios, así como las obras de caridad que resultan de ella, proporcionan la certeza de que la voluntad humana es libre, es decir, que se le deben exigir cuentas por sus actos, que le corresponde culpa o mérito y que es responsable de sí misma.
La unión de teología y filosofía, que caracteriza a la posición agustiniana en la cuestión del libre albedrío y que descansa en la idea de una participación del ser humano en el conocimiento divino en la fe, es decisiva para la Edad Media cristiana e influye más allá de ella. Aún en Spinoza, la scientia intuitiva está ligada al amor Dei intellectualis (Ethica v, prop. 33).21 También para Spinoza la libertad de autodeterminación del ser humano y la necesidad de la determinación causal de su obrar coinciden en el conocimiento ideal. A finales de la Edad Media se impone no obstante una interpretación del conocimiento según la cual se diluye la continuidad del conocimiento divino y el humano y con ello la posibilidad de una unión de teología y filosofía. La cosmovisión religiosa y la visión empírico-científica del mundo se distancian, lo cual tiene también consecuencias para la problemática del libre albedrío.
En cuanto a la libertad de la voluntad, ya no es posible una concepción de la verdad en Dios como la que subyace a la especulación en la teoría del conocimiento medieval. La alternativa entre predestinación y libertad se hace excluyente. Este planteamiento se pone claramente de relieve en Lutero, pues, en su opinión, para los cristianos es de importancia fundamental «poder distinguir con absoluta certeza entre el poder de Dios y el nuestro, entre la obra de Dios y la nuestra» (certissimam distinctionem habere inter virtutem Dei et nostram, inter opus Dei et nostrum) (Serv. arb. 614). Con esto Lutero se opone a Guillermo de Occam y a su escuela, la de los occamistas o moderni, que habían contribuido esencialmente al establecimiento de una nueva doctrina del conocimiento con la que defendían una nueva forma de pelagianismo. En Occam la separación de fe y saber da lugar a la suposición de una omnipotencia de Dios (potentia Dei absoluta) (Occam, Scriptum in librum tertium sententiarum, dist. 17, qu. 1 y 2) que escapa completamente a la comprensión y en la que se basa la contingencia del mundo cognoscible. Al no poder entrar aquí en el complicado debate medieval sobre causalidad, necesidad y mérito,22 me limitaré a exponer brevemente y a grandes rasgos la posición de Occam. Este considera que, a causa de la predestinación, el mundo está determinado en la forma de una relación causal universal y necesaria que incluye incluso la secuencia mérito-recompensa. Depende no obstante del poder absoluto de Dios si un mérito se toma o no como tal; el reconocimiento de las buenas obras es por tanto contingente, mientras que su recompensa se deriva necesariamente. La gracia de Dios actúa aquí solo como gratia acceptans, en tanto que establece de antemano qué será tomado como mérito. No existe una gratia auxilians, es decir, una gracia que intervenga en la relación causal respaldándola, tal y como le corresponde a la misericordia de Dios en Agustín. De ahí que la gracia divina no participe de manera necesaria en la realización de buenas obras, teniendo estas esencialmente su origen en el libre albedrío del ser humano. Así pues, el ser humano puede hacer el bien partiendo de su moral natural y hacerse con ello acreedor de la bienaventuranza que permanece sujeta a la impenetrable voluntad de predestinación de Dios.
Lutero, que había recibido su formación en el ámbito del occamismo y que se consideraba a sí mismo como uno de los moderni al haber adoptado buena parte de sus fundamentos en materia de teoría del conocimiento, combate sin embargo con vehemencia la tendencia pelagiana al negar radicalmente el libre albedrío del ser humano. No obstante, esta negación es solo válida para los asuntos que atañen a la salvación del ser humano y así, en un sentido más amplio, para las acciones éticas, mientras que en lo relativo a las «cosas inferiores» la libertad de la voluntad no se pone de ningún modo en cuestión (Römerbriefvorlesung [WA (Weimarer Ausgabe) 56], 385). Esta distinción equivale a algo que también era manifiesto para Agustín, a saber, que la libertad de la voluntad se convierte en un problema solo en cuanto a las acciones morales. En el caso de Lutero, la radicalidad de la separación entre el ámbito mundano y el ético-religioso repercute en la autodeterminación. Para Agustín el sí mismo natural y el sí mismo en disposición de pecado se conciliaban de tal modo que en este último aún se mantenía la libertad de la voluntad, aunque fuera en una forma menoscabada. A este respecto, Lutero le critica a Agustín su afirmación de que existe la libertad, aun cuando solo sirva para los pecadores, y llega así al resultado lógico de que el libre albedrío es una mera ficción, un figmentum in rebus seu titulum sine re (Assertio 36, 146).23 Esta conclusión casa con la nueva interpretación en materia de teoría del conocimiento, según la cual es imposible un conocimiento análogo, basado en la participación del saber divino. El conocimiento moderno exige evidencias y una clara fundamentación lógico-racional. Con este ideal científico, que más tarde será defendido de manera prominente por Descartes, tiene que ver también la insistencia de Lutero en la claridad de las Sagradas Escrituras, que no admiten ninguna oscuridad o ambigüedad en la cuestión del libre albedrío. En De servo arbitrio formula Lutero la siguiente alternativa:
… preguntamos si el hombre tiene un libre albedrío frente a Dios, de modo que Dios le obedece y hace lo que el hombre quiere, o si por el contrario, Dios tiene un libre albedrío frente al hombre, de modo que el hombre quiere y hace lo que Dios quiere, y no puede hacer nada sino lo que Dios quiera que haga.24
Lutero se decide por la última opción y no solo con respecto al ser humano del presente, sino también en cuanto a su naturaleza creada antes del pecado original y en relación con el pecado original mismo, que no se explica por el libre albedrío de Adán, sino porque Dios le retira a este su gracia, por la cual estaba provisto de una voluntad buena. Antes del pecado original el ser humano carecía de libre albedrío porque, en su inocencia pueril (puerilis innocentia) (Genesisvorlesungen I [WA 42], 84), estaba sometido a la voluntad de Dios y por eso se encontraba en íntima armonía con él. Tras el pecado original queda sometido del mismo modo al diablo. Para poder hacer plausible el paso de una a otra forma de falta de libertad al producirse el abandono de Dios, debe realmente aceptarse que el ser humano es malo en su naturaleza creada y que solo gracias a la ayuda de Dios es capaz de hacer el bien. Lutero revoca otra vez estas conclusiones de la negación del libre albedrío en la medida en que, tras la escisión de razón y fe, representan especulaciones inadmisibles sobre contenidos de fe, pero descarta con ello una interpretación del libre albedrío como la de Agustín.
Con su doctrina de la alienación y el restablecimiento del libre albedrío como esencia del ser humano, Agustín de Hipona había intentado explicar las exigencias éticas de la capacidad de imputación y responsabilidad de las acciones humanas. Lutero considera que ambas son dudosas si se desarrolla el pensamiento de Agustín de manera consecuente. Si, tal y como él lo ilustra con una imagen, la voluntad del ser humano debe ser considerada como un mulo montado, o bien por Dios o bien por el diablo (De servo arbitrio [WA 18] 635, 709), entonces no se entiende cómo pueden serle imputadas las acciones. Y si el ser humano no toma ni una sola vez parte –mediada como siempre– en una decisión entre el bien y el mal, no se entiende su responsabilidad. En el lugar de la imputación y de la responsabilidad por la acción, se coloca la doctrina de la justificación de Lutero, según la cual lo que conduce a la salvación no son las buenas obras, sino únicamente la fe. Ya por último debemos considerar, aunque sea brevemente, esta doctrina en relación con el problema de la autodeterminación.
El pecado se sigue de que Dios deja de dirigir la voluntad del ser humano, lo cual se expresa particularmente en que este se considera a sí mismo autónomo y capaz de cumplir las leyes divinas y de hacer buenas obras por propia voluntad. Por consiguiente, aceptar un libre albedrío a la vez que la imputación de las acciones y la responsabilidad por ellas no solo es teóricamente imposible para Lutero, sino también moralmente reprobable. Es cierto que esta idea de Lutero recuerda el papel de la soberbia (superbia) en Agustín, pero mientras que para este último la gracia de Dios restablecía el libre albedrío, de manera que el ser humano estaba en disposición de determinarse a obrar conforme al verdadero autoconocimiento, así como de realizar buenas obras, para Lutero en cambio solo se vence el pecado en la medida en que Dios ocupa el lugar del arbitrario sí mismo. La responsabilidad y la imputación de las acciones serán insignificantes solo en tanto en cuanto el ser humano vea en sí mismo únicamente a un pecador y en la fe en Dios su salvación. La «libertad cristiana» de la que habla Lutero en su escrito del mismo nombre no es la libertad de hacer el bien, sino la libertad de las buenas obras; más exactamente: la libertad «de la creencia en las obras, es decir, de la necia presunción de buscar justificación por las obras» (ab opinionibus operum, idest a stulta praesumptione iustificationis per opera quae sitae) («Epistola Lutheriana ad Leonem Decimum summum pontificem», Tractatus de libertate christiana [WA 7], 70).
La justificación tiene lugar mediante la fe en el punto neurálgico de la doctrina cristiana, esto es, mediante la fe en que Cristo cargó con los pecados de los seres humanos. Esta justificación les llega de fuera a quienes se confiesan pecadores al tiempo que Dios cubre (Röm. Vorl. 280) sus pecados. En la fe el ser humano es a la vez pecador y justo (simul iustus et peccator) (Röm. Vorl. 272): al considerarse a sí mismo pecador en la confesión es completamente injusto; en cambio es completamente justo cuando desde la fe considera que Dios no tiene en cuenta los pecados como tales. La autodeterminación es aquí doble. En el primer caso el creyente se define como un ser autónomo que se imputa los pecados y se responsabiliza; en el segundo, se define por medio de la comunión con Cristo, que actúa sobre él y cubre sus pecados. La fe hace, como escribe Lutero, de ambos «casi una persona» (quasi unam personam) (Gal. Vorl. 285), donde el concepto de persona en sentido propio solo se aplica al primer aspecto, mientras que en cuanto al segundo la persona se convierte en una simple máscara y en un instrumento (larva et instrumentum) de la voluntad divina (In epistolam S. Pauli ad Galatas commentarius ex praelectione [WA 40], 176). Semejante a la autodeterminación, en tanto que contradictorio, es en Lutero el obrar ético. Dado que la libertad de las obras no significa nada, los creyentes no realizan ninguna obra buena. Según Lutero, cuando al ser humano se le quita el peso de la responsabilidad, las buenas obras fluyen completamente de quien es justo; ya no se realizan por la propia dicha, sino únicamente por amor a Dios (Von der Freiheit eines Christenmenschen [WA 7], 36). Que las buenas obras como síntoma, por así decir –no como causa–, de lo justo son una prueba necesaria de la fe verdadera es algo que entra sin embargo de nuevo en cierta contradicción con su depreciación, así como con la doble autodeterminación. Por último y en relación con esto, también el concepto de conciencia es aporético. Por un lado, la buena conciencia tiene que ver con la obra buena particular como un signo de la fe, pero, por otro lado, se deriva de ese quedar cubiertos los pecados sobre todo por Cristo en la justificación y se refiere al individuo. La misma persona es a un tiempo justa y pecadora, de tal modo que la buena conciencia también tiene que ir siempre acompañada de una mala.
El análisis realizado hasta aquí ha mostrado que, con el paso de la doctrina del conocimiento especulativo medieval a la moderna doctrina del conocimiento empíricoracional, aparece ligada una agudización del problema del libre albedrío, que en Lutero lleva al rechazo radical de una libertad moral de la voluntad y con ello a una amplia disolución de la consistencia de los conceptos de imputación, responsabilidad, autodeterminación y conciencia. La estricta contraposición de determinación y libertad en la que se fundamenta este desarrollo es característica del pensamiento moderno hasta los debates actuales sobre el libre albedrío y la autodeterminación. Pese a que la determinación se presenta en las concepciones aquí tratadas como predestinación por medio de Dios, ya en Occam se señala que la providencia se piensa en la forma de una relación causal natural que después, sin la representación efectiva de Dios, todavía solo formal, se convierte en oposición a la libertad. Por el contrario, el pensamiento especulativo queda abierto a que Dios intervenga en la relación causal, posibilitando una reconciliación de predestinación y libertad. Estas consideraciones podrían también ser de interés para un compatibilismo moderno. Del mismo modo, la idea de que en lo relativo a la moral la autodeterminación ligada a la libertad no le concierne al sí mismo autónomo, sino al sí mismo en relación con otro (ya sea Dios u otro ser humano), ofrece un enfoque adicional en los debates actuales.
BIBLIOGRAFÍA
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KOßLER, M. (1999): Empirische Ethik und christliche Moral: Zur Differenz einer areligiösen und einer religiösen Grundlegung der Ethik am Beispiel der Gegenüberstellung Schopenhauers mit Augustinus, der Scholastik und Luther (Beiträge zur Philosophie Schopenhauers), Würzburg, Königshausen und Neumann.
SPINOZA, B. (1987): Ética demostrada según el orden geométrico, trad. de Vidal Peña, Madrid, Alianza.
NOTA: Esta contribución ha surgido en el marco del proyecto de investigación «Hacia una Historia Conceptual comprehensiva: giros filosóficos y culturales» (FFI2011-24473) del Ministerio de Economía y Competitividad.
Traducción del alemán de Lorena Rivera León. Título original: «Zur Frage der Willensfreiheit bei Augustinus und Luther». Agradezco a Faustino Oncina Coves su consejo en la resolución de algunos pasajes difíciles, y a José García Roca que haya compartido generosamente conmigo su sabiduría para que pueda ofrecer aquí traducciones fieles de los textos latinos citados (N. de la t.).
1. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1963, III: 232).
2. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 329).
3. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1979, II: 292).
4. Hay particularmente en Plotino (Eneida III: 3-4 y VI: 8) planteamientos a este respecto que se mantienen sin embargo todavía dentro del marco de la problemática de los actos voluntarios formulada por Aristóteles.
5. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1969, I: 594).
6. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1963: III: 200).
7. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1995, XL: 5-300).
8. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1963, III: 407-408).
9. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1957, XV: 87).
10. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 999).
11. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1957, III: 351-352).
12. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 382-383).
13. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 380-381).
14. Cf. el escrito De dono perseverantiae; trad. cast.: Agustín de Hipona (1956, VI: 571-674).
15. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1963, III: 380-381).
16. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1959, XVIII: 19).
17. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1952, IX: 99).
18. Trad. cast.: Agustín de Hipona (1995, XL: 95-97).
19. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 754).
20. Trad. cast.: Agustín de Hipona (ibíd.: 123).
21. Trad. cast.: Spinoza (1987: 230-231).
22. Cf. Koßler (1999: 324-331).
23. Una ficción en las cosas o un título sin contenido (N. de la t.).
24. «… hoc quaerimus, an erga Deum habeat [homo] liberum arbitrium, ut ille obediat et faciat, quae homo voluerit, vel potius, an Deus in hominem habeat liberum arbitrium, ut is velit et faciat, quod Deus vult, et nihil possit, nisi quod ille voluerit et fecerit» (Serv. arb. 781).
DESTINO Y AUTODETERMINACIÓN EN LA TRAGEDIA MODERNA
Giovanna Pinna Università degli Studi del Molise
1.INTRODUCCIÓN
En la teoría moderna de la tragedia tal y como se constituyó desde en torno al año 1800, destino y autodeterminación del sujeto representan la antítesis de fondo en la cual tiende a basarse la distinción entre tragedia antigua y tragedia moderna. Sin embargo, el corolario implícito de esta antítesis es que existe una tragicidad auténtica solo allí donde el sujeto se enfrenta con un hado incomprensible o donde (es el caso de Hegel) el conflicto atañe a la individualidad sustancial, esto es, a dos formas contrapuestas de la eticidad. Dicho de otro modo, la verdadera tragedia sería solo la antigua. Según la famosa tesis de Peter Szondi (1978: 150 y ss.), que remite a Hegel en varios aspectos, es justamente la filosofía de lo trágico la que habría sustituido en el mundo moderno a la tragedia, que habría dejado de ser la expresión literaria más significativa de la condición humana. El optimismo antropológico-metafísico de la tradición ilustrada habría puesto fuera de juego la visión trágica de la fragilidad humana, mientras que la centralidad del sujeto que se autodetermina habría debilitado la idea de la necesidad a la cual el individuo debe sucumbir.
La cuestión es más compleja de lo que se desprende de este esquema al cual se acogen, en nombre de un concepto clasicista de tragedia, autores como George Steiner.1 Ello es así en primer lugar porque, como se ha observado, la idea de lo trágico cobra forma a través del género literario de la tragedia y en realidad la cultura occidental ha continuado produciendo tragedias en los últimos dos siglos. La teoría no sustituye pues a la tragedia sino que, como mucho, tal y como sucede en general en todo el arte moderno, constituye la premisa autorreflexiva de la escritura trágica.2 En segundo lugar –y este es el punto central de la cuestión que nos interesa–, a partir de finales del siglo XVIII destino y autodeterminación no son simplemente antitéticos, sino que mantienen entre sí una relación que yo llamaría dialéctica o de determinación recíproca. Esto sucede en dos sentidos: en primer lugar, porque un componente para nada irrelevante de la producción trágica moderna viene dado por la exigencia de reelaborar en términos poscartesianos los modelos clásicos, y en segundo lugar, porque el elemento determinante de la acción se pone en relación directa con la autodeterminación del sujeto.
Dada la amplitud del tema y el hecho de que se entrelazan continuamente dos niveles de discurso –la teoría filosófica (que incluye a su vez cuestiones estéticas y de filosofía de la historia) y el análisis de textos literarios–, limitaré mis consideraciones al periodo de formación del discurso sobre lo trágico (a caballo entre los siglos XVIII y XIX) y al área cultural alemana, centrándome en cuatro autores –Schiller, Hegel, Solger y Kleist– en los cuales la relación entre el contenido filosófico de la tragedia y la forma literaria se articula de modos distintos, pero con un hilo problemático común. En Schiller la praxis dramática va constantemente acompañada de la reflexión sobre lo trágico, primero en términos de estética de la recepción y después, en el escrito Sobre lo sublime, como anticipación de la metafísica idealista de la tragedia. Desde los años de Jena, la tragedia es para Hegel parte integrante de la historia fenomenológica de la conciencia, hasta convertirse, en las lecciones berlinesas, ya sea en objeto de reflexión estética, ya en núcleo de la diferencia entre lo antiguo y lo moderno. El sistema filosófico de Karl Solger –traductor de Sófocles y consumación del romanticismo estético– se replantea el tema de la modernidad de la tragedia y acaba en una teoría de la ironía trágica. En las tragedias de Kleist, por último, la inspiración literaria interactúa, de una manera al mismo tiempo sutil y compleja, con la discusión filosófica contemporánea, sobre todo con los temas de la filosofía práctica de Kant.
2.SCHILLER
Quisiera comenzar con Schiller, puesto que desempeña un papel clave en la elaboración de la tragedia moderna, tanto como dramaturgo como en calidad de teórico de la tragedia. El problema de cómo la necesidad que determina el acontecimiento trágico puede encontrar expresión en un contexto histórico-antropológico dominado por la idea de la autodeterminación del individuo es central en la reflexión estética de Schiller, quien no cesa de enfrentarse, también en su actividad estrictamente literaria, con la forma de la tragedia antigua por un lado y con la idea clásica de destino por otro.
Curiosamente, en la voz autodeterminación (Selbstbestimmung) del Historisches Wörterbuch der Philosophie (Ritter, 1971-2007, IX: 335-346) se repara en que fue Schiller quien se refirió con mayor entusiasmo a la canonización kantiana de la autodeterminación como concepto central de la filosofía práctica. De él se cita una importante carta al amigo Körner: «Sin duda ningún mortal ha pronunciado palabras más grandes que estas de Kant, que son a su vez el contenido de toda su filosofía»: autodetermínate (bestimme Dich aus Dir selbst) (Apud Ritter, 1971-2007, IX: 341).3 Toda la reflexión filosófica de Schiller se basa en un originario modelo antropológico dualista, al que la filosofía de Kant provee de una estructura trascendental. La oposición entre la razón, que para Schiller es siempre razón práctica, y la constitución sensible del ser humano se manifiesta en el conflicto trágico como contienda entre ambos componentes, en la que la afirmación de sí como entidad moral pasa por la aniquilación voluntaria del propio componente sensible. Esto no significa que el héroe deba ser moralmente bueno, sino solo que la libertad de la voluntad prevalece sobre los vínculos de la sensibilidad o de la objetividad. Esta concepción de lo sublime trágico, típica de la dramaturgia juvenil de Schiller, tiene una clara inspiración estoica y se piensa como alternativa al concepto griego de destino.
Sin embargo, en el escrito tardío Über das Erhabene,4 Schiller va un paso más allá en la definición de lo sublime-trágico, al aplicar la figura del caos a la interpretación de la historia:
… la historia universal es a mis ojos un objeto sublime. El mundo, como objeto histórico, no es en el fondo más que el conflicto de las fuerzas de la naturaleza entre sí y con la libertad del ser humano, y el resultado de esta lucha nos lo refiere la historia. Hasta donde ha llegado hoy, la historia puede contarnos gestas mucho más grandes acerca de la naturaleza (en la que deben incluirse todas las emociones humanas) que sobre la razón autónoma… (Schiller: Über das Erhabene, NA XXI, p. 49).
El optimismo ilustrado de las obras juveniles se ha sustituido por una trágica resignación respecto a la posibilidad de que el orden que el ser humano intenta rastrear en los acontecimientos de la historia universal coincida con el sentido real que esos acontecimientos poseen.5 La idea de la incomprensibilidad sustancial de la historia entendida como un conjunto de acontecimientos subyace a la concepción de lo trágico desarrollada a partir del Wallenstein. En esta tragedia –cuyo final el joven Hegel consideraba, no azarosamente, horrible (entsetzlich) por la ausencia de una conciliación– está en juego no tanto la afirmación de la autonomía del héroe en sentido moral, como el resultado de la dialéctica entre la autoafirmación de la voluntad del sujeto y la amalgama de fuerzas que determinan los acontecimientos. El antagonismo entre sujeto y mundo es el verdadero protagonista de estas tragedias marcadas por un sublime que no es ya heroico. Por ello cualquier intento de guiar o incluso solo de comprender la ratio interna de los procesos históricos resulta, en su necesidad subjetiva, como ilusorio. De este modo, el sentimiento de lo sublime se ha transferido de la contemplación de la potencia destructora de la naturaleza a la representación (artística) de la incomprensible complejidad del universo humano. Lo que resulta esencial para el mecanismo trágico es el momento de la elección subjetiva, esto es, del proceso de autodeterminación, que se topa con el carácter incontrolable de las consecuencias de las acciones.
Un ejemplo singular de la reflexión sobre el concepto de destino trágico en Schiller se encuentra en la traducción-adaptación del Macbeth de Shakespeare, escrita para el teatro de corte de Weimar en el año 1800. Sobre el texto shakesperiano, uno de los pocos en los que aparece una idea de destino no muy distante de la clásica, Schiller interviene en varios niveles, ya sea con una fuerte homogeneización estilística por medio del uso del verso, ya sea con cortes o ajustes de las escenas.6 No obstante, la intervención más significativa para el tema que aquí nos interesa es el episodio de las brujas (acto i, escena i), que en homenaje al gusto de la época aparecen exteriormente como divinidades antiguas, pero que se interpretan sobre todo como encarnaciones de una tentación del poder al cual Macbeth puede sustraerse sin más.
Dort führt Macbeth sein Heer zurück.
Dort verkünden wir ihm sein Glück.
Aber die Meisterin wird uns schelten,
Wenn wir mit trüglichem Schicksalswort
Ins Verderben führen den edlen Helden,
Ihn verlocken zu Sünd und Mord.
Er kann es vollbringen, er kann es lassen;
Doch er ist glücklich, wir müssen ihn hassen.
Wenn er sein Herz kann nicht bewahren,
Mag er des Teufels Macht erfahren.
Wir streuen in die Brust die böse Saat,
Aber dem Menschen gehört die Tat.
Er ist tapfer, gerecht und Gut,
Warum versuchen wir sein Blut?
Strauchelt der Gute und fällt der Gerechte,
Dann jubilieren die höllischen Mächte.7
El concepto destino se reinterpreta explícitamente como autoengaño e incomprensibilidad del existente (das trügliche Schicksalwort)8 y la elección se pone enteramente en las manos del sujeto (wir streuen in die Brust die böse Saat, aber dem Menschen gehört die Tat).9 La necesidad de las circunstancias que llevan a la ruina del protagonista no coincide con un hado predeterminado, sino con la incapacidad del héroe trágico para comprender el sentido real de los acontecimientos. Reflexionando en paralelo sobre el caso de Wallenstein, Schiller le había escrito un poco antes a Goethe que en el Macbeth «… también el destino tiene bastante menos culpa que el ser humano en su ruina» (Carta a Goethe, 28-11-1796, NA XXIX: 15). Esta intervención específica sobre el texto shakesperiano no es simplemente una adaptación al gusto clasicista del teatro de Weimar, sino la consecuencia de una postura teórica de fondo respecto al problema del papel de la autodeterminación del sujeto en la tragedia moderna.
La problematización de la idea de destino es nuclear en la Braut von Messina oder die feindlichen Brüder (1803),10 una obra que, por distintos aspectos, se presenta como un experimento literario y teatral sobre la utilizabilidad de los modelos clásicos. Entre los numerosos motivos extraídos de la literatura dramática y la mitología griega, el elemento más relevante para nuestro tema es el oráculo adaptado al contexto histórico e incluso desdoblado en dos profecías ambiguas y aparentemente opuestas, a lo cual se añade una maldición lanzada por el abuelo sobre la progenie. Al reflexionar con anterioridad sobre la estructura dramática del Edipo rey de Sófocles, modelo de la tragedia analítica, Schiller había observado que precisamente el motivo del oráculo era irreproducible en las condiciones espirituales del mundo moderno.11 Lo que hace imposible el uso dramatúrgico del oráculo y consecuentemente del motivo del destino en el sentido de la tragedia clásica es la ausencia de un fundamento religioso que determine su necesidad efectiva. El poeta trágico se sirve –leemos en el prólogo a la tragedia– de la simbología religiosa para hablar «de la idea de lo divino […] en la forma que le parece más cómoda y adecuada en cada caso» (Schiller: Die Braut von Messina, Vorrede, NA X: 14), pero con esto debilita radicalmente la función en sí del destino en la tragedia. En el horizonte secularizado de la Modernidad el destino puede coincidir solo con la casualidad o, de manera más productiva, con el carácter individual. En la doble profecía, en realidad un sueño doble que se encuentra en el origen del desarrollo dramático de la Braut von Messina, el componente subjetivo y el alcance exclusivamente estético-simbólico de la religión convergen para minar en su base la idea metafísica de la predestinación. De hecho, los sueños necesitan de una interpretación y son un eremita cristiano, por un lado, y un sabio musulmán, por el otro, quienes proveen indicaciones fatalmente opuestas sobre el futuro de la familia reinante en la ciudad. Además, el motivo esquileano de la transmisión de la culpa a través de las generaciones aparece, tal y como sugiere el coro, más bien como el fruto de la arrogancia de los dominadores; el carácter violento que los hijos heredan del padre y que ha transformado los lazos familiares en relaciones de poder y sometimiento. De hecho, las reacciones opuestas a los presagios ponen en marcha una serie de circunstancias que hacen explotar las contradicciones internas a las relaciones familiares. Como en el Wallenstein y en la adaptación teatral de Macbeth, las presuntas señales del destino sirven en realidad para poner a prueba el carácter y la capacidad de elección del individuo, es decir, su autonomía moral.12 El suicidio de uno de los protagonistas, motivado conjuntamente por el sentimiento de culpa por el asesinato del hermano y por el sufrimiento derivado de la imposible pasión incestuosa por la hermana, debería ser el acto sublime gracias al cual la voluntad del sujeto rompiera las cadenas del destino. No obstante, el suicidio saca sobre todo a la luz las contradicciones inconciliables del sujeto, escindido entre sentimiento moral y pasión, y su dificultad para orientarse éticamente en la complejidad de la esfera de la existencia.
3.HEGEL
La interpretación hegeliana de la tragedia tiene como presupuesto la idea de la totalidad ética, condición dada históricamente solo en la Grecia del periodo de la polis. Únicamente aquí puede darse la necesidad del acontecimiento sin la cual el choque entre libertad y destino se reduce a un producto de la casualidad o del arbitrio subjetivo y la colisión no se eleva a la esfera de la sustancialidad de la cual depende la verdad de las acciones. Para Hegel el paradigma de lo trágico lo representa notoriamente la Antígona, donde tanto la heroína como su antagonista se reconocen también en la esfera de valores del otro: Antígona en tanto que miembro de la familia real y sujeta a la ley del Estado; Creonte en calidad de padre y esposo. La secuencia trágica de los acontecimientos está determinada por el hecho de que cada uno de los protagonistas se siente constreñido a seguir su propio páthos, afirmando pues una verdad solo parcial. Las fuerzas en lucha sucumben, por decirlo así, a su propia unilateralidad por acción de una Necesidad que no es
… un destino ciego, esto es, un hado meramente irracional, ininteligible, que muchos llaman antiguo, sino que la racionalidad del destino […] reside precisamente en el hecho de que el poder supremo que está por encima de los dioses y los hombres singulares no puede tolerar que alcancen subsistencia las potencias que unilateralmente se autonomizan y con ello sobrepasan los límites de su incumbencia, ni los conflictos que de estas se desprenden (Hegel, 1986, XV: 547).13
Lo que para Hegel está ausente en la tragedia moderna es justamente la garantía de la racionalidad inmanente representada por el destino. En este sentido la tragedia antigua es una forma de la objetividad, mientras que la tragedia moderna sustituye el hado por la individualidad, del mismo modo que el conflicto interno a la personalidad, condicionado por el albedrío y por la casualidad, sucede al conflicto de las potencias éticas.
Las observaciones sobre Hamlet ilustran a la perfección la concepción hegeliana del drama moderno. El caso de Hamlet, semejante de alguna manera al de las Coéforas o al de Electra, carece de una necesidad interna real a causa de la indignidad moral del antagonista de Hamlet, el asesino del padre. El tormento de Hamlet es totalmente prisionero de una debilidad de carácter que le impide la acción heroica. No habiendo pues violaciones de la eticidad sustancial, todo el conflicto atañe exclusivamente a la interioridad del sujeto.
Mientras que el héroe griego se consideraba responsable, como Edipo, no solo de los resultados predecibles de sus acciones, sino también de aquellos determinados por el hado, puesto que el carácter plástico griego no distinguía entre acción e intención, aquí la escisión entre la intención y la previsión del resultado es llevada a tal grado de reflexión que da origen a lo opuesto de la acción heroica, esto es, a la más absoluta inacción (Hegel, 1986, XV: 559). El conflicto en la tragedia moderna no es en definitiva realmente trágico porque no está internamente necesitado, ya que Hegel no les reconoce un valor vinculante ni a la determinación del carácter individual ni a la presión de acontecimientos externos sobre las acciones del sujeto, siendo considerada esta última producto de la casualidad.
Junto a Shakespeare es Schiller quien provee a Hegel de material de reflexión acerca de la tragedia moderna. Rosenkranz menciona un fragmento juvenil perdido consistente en «un análisis de la tragedia republicana Fiesko» (Rosenkranz, 1844: 13), así como un esmerado estudio del escrito schilleriano sobre la guerra de los treinta años, trabajo histórico preliminar al Wallenstein. La primera interpretación del Wallenstein se remonta a 1800 o 1801 y se configura precisamente como un intento de definir su especificidad respecto al modelo de la tragedia clásica, como muestra el Xenion schilleriano citado al final, que resume la diferencia entre tragedia antigua y tragedia moderna en el distinto efecto producido sobre el espectador: mientras que el resultado del conflicto trágico le permite al espectador antiguo dejar el teatro con el ánimo levantado, el moderno «sale turbado del espectáculo».14 Hegel distingue en el drama dos núcleos temáticos, o bien dos destinos de Wallenstein: por un lado, el proceso de definición y concretización de una decisión que tiene como punto neurálgico el largo monólogo en el que el protagonista reflexiona sobre las motivaciones de una posible revuelta contra su soberano, y, por otro, el desarrollo de los acontecimientos que conducirán a la muerte del general a manos de sus lugartenientes. En el centro de la tragedia está la subjetividad sublime de Wallenstein, cuya grandeza consiste en un impulso hacia lo absoluto que se manifiesta en la persecución de un fin grandioso –la unificación de Alemania– por el cual no consigue llevar a la práctica medios adecuados y sucumbe a su propia indecisión. En el primer caso entran en conflicto la indeterminación de una subjetividad «sin carácter» por exceso de potencialidad y la determinación exigida por la situación concreta; por tanto, dos determinaciones igualmente legítimas del sujeto agente. En cambio, la conjura con que todo concluye y que llevará a la muerte del protagonista no puede definirse como realmente trágica, sino solo como horrible en tanto que no atribuible a motivaciones de tipo sustancial, sino a la simple casualidad del resentimiento y del odio personal.
Lo que define para Hegel la forma de la subjetividad propia del universo artístico romántico es la categoría de la singularidad. En lo romántico, o sea, en lo moderno, se representa en general la acción de un individuo que aparece como autónomo, singular, definido en sí por el contraste entre la absoluta afirmación de la interioridad y la objetividad del mundo histórico. El concepto acción (Handlung) no se refiere por supuesto exclusivamente a la tragedia en cuanto género, pero indica la forma acabada de la subjetividad en su estructura procesual en relación con la realidad, que asume una riqueza particular justamente en la construcción trágica. Mientras que en el mundo antiguo la subjetividad se manifiesta en el obrar del individuo heroico, que tiene valor de fundación moral e institucional, en el mundo moderno nos encontramos con la acción de un sujeto individual que se mueve en un contexto de instituciones políticas consolidadas y presupone el reconocimiento de una situación histórica dada, pero situándose como independiente de ella.15 Este aspecto del caso de Wallenstein corresponde a lo que Hegel, en las lecciones de estética, definirá con una formulación que trae explícitamente a la memoria la teoría schilleriana de lo sublime patético, el núcleo de la tragedia moderna: la lucha de una gran individualidad con el destino y la afirmación de sí en la catástrofe.
La distinción analítica de los dos núcleos dramáticos del Wallenstein del ensayo juvenil anticipa la tendencia de las Lecciones a situar las tragedias schillerianas en una posición intermedia entre la representación de un conflicto entre sujetos que encarnan potencias éticas sustanciales y la representación de la oposición entre el particular y las reglas de la sociedad burguesa o, en otras palabras, entre el modelo estructural de la tragedia antigua y el del drama moderno. Ambas están animadas para Hegel por un páthos auténtico, por estar arraigadas en un interés de carácter general, que se manifiesta sin embargo en la arbitrariedad de las acciones de un individuo que sucumbe a pasiones subjetivas. Si, por un lado, justamente de esta autenticidad deriva el gran impacto emotivo de estos dramas, por el otro el carácter abstracto y la particularidad de las voliciones acaban por rebajar las acciones del sujeto a pura transgresión de las normas sociales. Así, en Die Räuber16 el protagonista Karl Moor transforma su revuelta personal en una condición heroica, que sin embargo se muestra frágil y veleidosa en sus resultados bandidescos. Central es en general en las primeras tragedias de Schiller la puesta en escena del condicionamiento de la vida individual respecto a las reglas impuestas por el orden político y la revuelta en contra de la opresión de esas reglas. La idealidad se manifiesta en estos casos justo en esa oposición. También en Don Carlos y en Fiesco, observa Hegel, entran en acción intereses políticos de gran envergadura (la lucha contra la tiranía, la libertad religiosa o la conquista de las libertades republicanas) que interactúan con pasiones individuales típicas del drama posclásico como el amor o la ambición personal. En general, en la interpretación contenida en las Lecciones de estética los personajes trágicos de Schiller representan ejemplarmente la condición del individuo moderno, cuyos ideales están destinados a chocar con la complejidad del mundo burgués. El fracaso de Wallenstein está inscrito en la pretensión del particular de producir, por sí solo, basándose en un carisma personal que se disuelve frente a la percepción colectiva del poder político, un cambio radical en el orden institucional, y esta conducta veleidosa impide un auténtico sentimiento de conciliación. En la Johanna de la Jungfrau von Orléans17 es sin embargo la interioridad la que está escindida en sí, entre un sentido del deber dictado por una vocación trascendente y una pasión que la empuja en una dirección opuesta. Hegel critica la tendencia demasiado subjetiva y romántica de esta obra, mientras que ve positivamente, por otra parte, lo que le parece el intento de reconstituir el páthos sustancial de la tragedia antigua en las condiciones históricas y sociales del universo burgués. No yerra cuando interpreta la confrontación de Schiller con la tragedia griega, no como expresión de una poética clasicista, sino como reflexión acerca de las condiciones histórico-ideales sobre las que se fundan el conflicto trágico y la idea de necesidad.18
4.SOLGER
La otra vertiente de la cultura idealista, el Romanticismo, tuvo una aproximación prevalentemente histórico-literaria a la tragedia, que fue tratada dentro del marco de una historia crítica de las formas poéticas antiguas y modernas. Naturalmente, en la base de esta concepción está Schelling, el primero en plantear en términos estrictamente filosóficos el problema del sentido de lo trágico, aunque concentre su discurso en la interpretación especulativa de la relación entre culpa y destino en el Edipo. Quien retoma el discurso romántico sobre la tragedia dialogando y quizá polemizando con Schelling y los Schlegel es Solger, cuya posición en el ámbito de la teoría idealista de la tragedia es parcialmente alternativa a la de Hegel.19 Solger busca una analogía estructural entre tragedia antigua y moderna que le permita volver a situarlas dentro de la categoría general de lo trágico, aunque conservando el sentido de la diferencia histórica. La necesidad no es ante todo para la religión griega la ley del desarrollo natural, ni el inescrutable abismo de la irracionalidad, sino más bien el principio vital que instila la esencia en toda manifestación particular del vivir y que se puede reconocer en la fuerza que aniquila lo que hay de casual y singular en las cosas.20 Si en cambio nos fijamos en Shakespeare –la propia encarnación del drama moderno para la cultura romántica e idealista–, el núcleo esencial de la tragedia es la autoconciencia, la reflexión, la presencia de un mundo histórico vivo incluso en sus elementos casuales, lejano ya del carácter concluso en sí y cristalizado del universo heroico griego. La estructura general de la conciencia y la historia entendida como lugar de un actuar libre representan las líneas de tendencia fundamentales de sus tragedias, que son al mismo tiempo principios de su clasificación. Su contenido esencial procede de la consideración filosófica de sí y del dominio sobre un pensamiento que no está nunca desligado del sentimiento individual. El sujeto es en este sentido el centro que permite reconstituir una unidad a partir de la abigarrada diversidad de las situaciones. La transparencia de significados que caracterizaba al mundo griego es, pues, posible –afirma Solger–, incluso en el más alto nivel de mediación que es propio de la conciencia moderna, para el artista que sepa penetrar las leyes de la conciencia humana. La interpretación de Hamlet es una síntesis significativa de las cuestiones debatidas. El eje de la obra, que Solger clasifica entre las tragedias que tratan de los caracteres generales del universo humano, lo constituye la intención, lo cual da valor a la acción y la convierte en moralmente libre. La cuestión de fondo es en qué sentido puede ser considerado necesario y por tanto trágico el desa rrollo de acciones que parecen depender de las inclinaciones y animadversiones de un individuo singular. Solger identifica el motivo fundamental de la tragedia de Hamlet ante la imposibilidad de conciliar el deseo obsesivo de realizar una acción heroica –la única que le permitiría restablecer el equilibrio roto– con la duda de que la acción pueda en cualquier caso corresponderse con el significado ideal del que parte y que, en definitiva, el orden no pueda sino ser perturbado. La inacción del héroe procede del terror de manchar la pureza, «el valor moral todavía virgen, por decirlo así», con el relativismo y la unilateralidad que la acción realizada acarrea necesariamente. La elevación del carácter de Hamlet, lo que lo impulsaría al acto heroico y la bellaquería moral que pesa en parte sobre sus acciones tienen la misma raíz. En su estimación de la tragedia moderna, Solger asume pues en principio la permanencia en esta de una idea de destino que, a pesar de haber mudado de forma a consecuencia de la fractura epocal determinada por el cristianismo, mantiene idéntica su esencia con relación a la Antigüedad clásica. El destino no es ya la necesidad del todo, oscura y violentamente experimentada por el héroe trágico bajo la forma de sanción inapelable por una elección que comporta la fractura del orden cósmico, sino la determinación interna del sujeto individual. La especificidad de la concepción griega consistía en el hecho de que en el individuo –que Hegel llamaría orgánico– no había distinción entre intención y acción, de modo que el acto realizado por aquel expresaba completamente su esencia. En la tragedia moderna, por el contrario, justamente la problematicidad de la conexión entre la intención subjetiva y su objetivación, infinitamente mediada por la reflexión, constituye la razón del acontecimiento trágico. Nadie como Shakespeare ha sabido expresar la escisión constitutiva de la conciencia cristiana: Hamlet es en este sentido el auténtico paradigma del hombre moderno.
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