Kitabı oku: «Desde la capital de la República»
DESDE LA CAPITAL
DE LA REPÚBLICA
NUEVAS PERSPECTIVAS Y ESTUDIOS SOBRE
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
DESDE LA CAPITAL
DE LA REPÚBLICA
NUEVAS PERSPECTIVAS Y ESTUDIOS SOBRE
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Sergio Valero Gómez,
Marta García Carrión (eds.)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
La edición de esta obra ha sido posible gracias a la financiación de la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana a través del programa destinado a la organización y difusión de congresos, jornadas y reuniones científicas (AORG2017-039).

© de los textos: los autores 2018
© de esta edición: Universitat de València, 2018
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Imagen de la cubierta: cartel ¡Valencia Nostra! Atrás los Invasores. Biblioteca Històrica.
Universitat de València (1936)
Diseño de cubierta: Celso Hernández de la Figuera ISBN: 978-84-9134-409-4
ÍNDICE
No dejes de recordarlo tú y no dejes de recordarlo a otros. Seguir historiando la Guerra Civil Española, Sergio Valero Gómez y Marta García Carrión
PRIMERA PARTE LA FLEUR AU BOUT DU FUSIL. POLÍTICA EN TIEMPOS DE GUERRA CIVIL
La guerra de la retaguardia: divergencias revolucionarias, José Luis Martín Ramos
Revisitar la Operación X: Stalin y la República Española, 1936-1939, Daniel Kowalsky
Juventud, solidaridad internacional y pacifismo en torno a la Guerra Civil española, Sandra Souto Kustrín
«Al servicio del Movimiento Nacionalista Español». La llegada al poder municipal de quintacolumnistas en la provincia de Valencia, Mélanie Ibáñez Domigo
¿Qué Iglesia? Perspectivas recientes sobre el papel de los católicos durante la Guerra Civil española, Gianmaria Zamagni
SEGUNDA PARTE TO BE OR NOT TO BE. IDENTIDADES NACIONALES EN LA GUERRA DE ESPAÑA
Antifascismo y discursos de nación en perspectiva comparada: España y Francia, Aurelio Martí Bataller
«Bastaría escuchar la voz de nuestra sangre valenciana para ser antifascista». Nación y nacionalismo en Valencia durante la Guerra Civil (1936-1939), Ferran Archilés Cardona
Dilemas del nacionalismo vasco en la Guerra Civil, Leyre Arrieta Alberdi
TERCERA PARTE EPPUR SI MUOVE. EDUCACIÓN, CULTURA Y OCIO EN LA ESPAÑA EN GUERRA
La educación en el arte de la guerra, Juan Manuel Fernández Soria
Mujeres y Guerra Civil: educar en femenino durante el contexto bélico, Vicenta Verdugo Martí
La Guerra Civil española en el cine del Frente Cultural: una perspectiva transnacional, Sonia García López
La escena comercial y la cuestión del público: las contradicciones del teatro de la guerra, Évelyne Ricci
La protección del patrimonio histórico-artístico durante la Guerra Civil. Enfoques y perspectivas de estudio, Rebeca Saavedra Arias
CUARTA PARTE ARRAN DE TERRA. PROCESOS Y PROTAGONISTAS DE LAS RETAGUARDIAS DESDE ABAJO
La vida cotidiana y las tensiones campo/ciudad en la Guerra Civil española (1936-1939), Michael Seidman
Los abastecimientos como eje central de la moral de guerra y de la simbología de los nuevos poderes en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil, Antonio Calzado Aldaria
La vida cotidiana de los católicos en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil española, José Miguel Santacreu Soler
¿Una guerra en miniatura? La Guerra Civil española escrita y dibujada por los/as niños/as, Verónica Sierra Blas
QUINTA PARTE MEMENTO. MEMORIA(S) DE LA GUERRA
La Guerra Civil española en los libros de texto de la democracia: apogeo y pervivencia de la narrativa equidistante, Carlos Fuertes Muñoz
Ahora que hace cuarenta años que hizo cuarenta años. La capital valenciana de la República y su recuerdo institucional en democracia, Toni Morant i Ariño
A propósito de Gernika: nota sobre las memorias, Chiara Bianchini
PRIMERA PARTE
LA FLEUR AU BOUT DU FUSIL.
POLÍTICA EN TIEMPOS DE GUERRA CIVIL
NO DEJES DE RECORDARLO TÚ Y NO DEJES DE RECORDARLO A OTROS. SEGUIR HISTORIANDO LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA1
Sergio Valero Gómez
Marta García Carrión*
Universitat de València
La Guerra Civil es el proceso histórico que más páginas ha generado en las cuatro últimas décadas en España y el momento de la historia de España que más ha interesado a los investigadores extranjeros.2 Durante los últimos cuarenta años, la historiografía ha avanzado de manera imparable en el conocimiento de dicho proceso, de forma que los relatos fundamentados en el odio y la manipulación han ido dando paso a una imagen mucho más compleja y completa de los 2 años, 9 meses y 13 días que duró el conflicto.3 En todo ello han supuesto un fuerte impulso los momentos de conmemoración, que propician una revitalización del interés por el tema y abren una ventana de oportunidad para proyectos editoriales. Así, en las últimas décadas, sucesivas conmemoraciones de aniversarios relacionados con la Guerra Civil han servido como contexto propicio para recuperar lo realizado hasta ese momento, ponerlo en debate y enunciar nuevas líneas de trabajo que marcarían las investigaciones de los siguientes años.
En ese marco se mueve la publicación que aquí presentamos: en el de la conmemoración del 80 aniversario del momento en el que la ciudad de Valencia se convirtió en la capital de la España republicana, entre el 6 de noviembre de 1936 y el 31 de octubre de 1937, hasta que el Gobierno decidió un nuevo traslado de la capital, en esta ocasión a Barcelona. Ese recuerdo ha servido para la celebración de una exposición organizada por la Universitat de València,4 institución que también acogió diferentes actividades académicas, científicas y de difusión sobre el tema;5 la publicación por parte del Ajuntament de València de tres volúmenes sobre diferentes aspectos que caracterizaron a la ciudad como capital del bando leal;6 el desarrollo de iniciativas para la recuperación y protección del patrimonio de la Guerra Civil, con la rehabilitación de refugios y la inclusión del mismo en la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano;7 la puesta en marcha de proyectos memorialísticos, con la instalación de placas que recuerdan el papel al que fueron destinados algunos emplazamientos durante el conflicto;8 y, finalmente, la celebración del Congreso Internacional Desde la capital de la República. Nuevas perspectivas y estudios sobre la Guerra Civil española,9 origen de este volumen.
En dicho Congreso Internacional se plasmó la voluntad de aunar distintas generaciones de investigadores interesadas en el estudio de la guerra, de forma que se combinaron las intervenciones de investigadores consagrados con aquellos que tienen una trayectoria más corta, e incluso algunos que están dando sus primeros pasos en este campo. Esto mismo se ha querido plasmar en esta publicación y se puede ver en las dos partes en las que ha quedado estructurada: por un lado, una parte en papel, con las ponencias que protagonizaron aquellas sesiones; y, por otro, en formato electrónico, los textos de los investigadores, mayoritariamente jóvenes, que mostraron las conclusiones de sus trabajos en desarrollo. Todos ellos, además, reflejan las nuevas inquietudes y perspectivas con las que se mira un tema que, a pesar de haber sido profusamente abordado, sigue siendo un campo fructífero de trabajo.
Con ello, este trabajo muestra, además, su voluntad de ser continuador de la larga tradición de estudios de la Guerra Civil desde los años setenta y ochenta, y, aunque no es lugar para hacer un balance completo sobre la historiografía del momento desde aquellos años,10 no podemos dejar de mencionar algunos trabajos colectivos, resultado de actividades conmemorativas, de los que este desea ser continuación.
El primero de ellos es la obra La II República. Una esperanza frustrada. Actas del Congreso Valencia Capital de la República, publicada en 1987 y consecuencia del congreso celebrado un año antes,11 en el que participaron un grupo de historiadores que entonces eran jóvenes investigadores –Aurora Bosch, Albert Girona, José Antonio Piqueras, Xavier Paniagua, José Miguel Santacreu, Mª Fernanda Mancebo, Marc Baldó, Rafael Valls, José Ignacio Cruz o Mercedes Cabrera–, junto a algunos de los ya consagrados especialistas del período: Edward Malefakis, Manuel Tuñón de Lara, Ronald Fraser o Josep Fontana, entre otros.12
Veinte años después, al calor del 70 aniversario del comienzo del conflicto, aparecieron dos obras más que aunaban el trabajo de diferentes investigadores de una generación posterior y que centraba su atención, en este caso, en los procesos desarrollados en el País Valenciano. Son La Guerra Civil en la Comunidad Valenciana, una magna obra en 18 volúmenes, coordinada por Albert Girona y José Miguel Santacreu,13 y Fa setanta anys. La Guerra Civil al País Valencià, 1936-1939,14 editada por Albert Girona y Javier Navarro y consecuencia de un congreso homónimo celebrado en Gandía en 2006.15 En ambos casos, se reunieron, como en 1986, investigadores de diferentes generaciones. Algunos de los jóvenes de 1986 eran ya historiadores consagrados, que compartían espacio con aquellos que se sumaba al trabajo historiográfico de la guerra. De este modo, Aurora Bosch, Albert Girona, José Miguel Santacreu y Miguel Ors Montenegro compartían páginas con investigadores como Javier Navarro, Mónica Moreno, Ferran Archilés, Antonio Calzado, Ricard Camil Torres y Eladi Mainar, entre muchos otros.
Con el volumen Desde la capital de la República se retoma esa voluntad de que puedan ser mostrados los caminos recorridos, los caminos únicamente iniciados y las nuevas vías por recorrer en torno a la historia de la Guerra Civil. En este sentido, varios fueron los ejes de interés que centraron aquellas jornadas, siempre con la intencionalidad de dar espacio a temas menos presentes tradicionalmente en los estudios generales sobre el conflicto: las identidades nacionales, con especial atención a la nación como eje de movilización y actuación –o no– dentro del conflicto; la guerra como conflicto internacional, desde puntos a veces poco atendidos, como el Papado y el Cultural Front de inspiración antifascista; la educación, la cultura y el ocio; la vida cotidiana, donde, además de la represión, punto de interés máximo en las investigaciones de los últimos años, cobran importancia los estudios sobre abastecimientos y economía política, y las vivencias de unos protagonistas muchas veces no considerados actores, sino meros agentes pacientes del conflicto, como son los niños; la memoria de la conflagración en diferentes ámbitos de la vida social del presente, como la conmemoración política, la educación, las calles y las plazas, los lieux de memoire; y la movilización política, atendiendo a agentes subsumidos habitualmente en los grandes grupos políticos del momento, pero que deberían recoger una mayor y particular atención: los jóvenes, las mujeres, los católicos en terreno hostil, y los poderes locales.
En muchos de estos estudios, además, como también sucede en el caso de las comunicaciones presentadas, coincide una preocupación: aumentar el peso de los estudios locales y regionales con el objetivo de construir análisis más amplios y completos con los que se puedan revisar y revisitar algunas consideraciones en torno al conflicto. Todo ello ayudaría a una mejor comprensión de unos hechos que, vistos desde la perspectiva tradicional, que tiende a homogeneizar las experiencias desarrolladas dentro del marco del Estado-nación, todavía mantienen algunas cuestiones faltas de una explicación más completa.16 Por tanto, el diálogo entre diferentes tipos de análisis, un mayor cuidado de los análisis locales, provinciales y regionales, y la construcción, paso a paso, de narrativas nacionales que atiendan a los factores comunes y distintivos de todos esos escenarios, son elementos imprescindibles.
Así lo demuestran, por ejemplo, los textos del presente volumen de José Luis Martín Ramos y de Antonio Calzado, que rompen explicaciones tradicionales y proponen una revisión al calor de nuevas perspectivas y formas de consideración de ese pasado, a partir de sus respectivos ámbitos. De este modo, la dinámica guerra/revolución, que aún se mantiene en los relatos de la Guerra Civil, puede dar paso a una explicación que sostenga la existencia de dos tipos de revolución en la retaguardia leal, tal y como Martín Ramos sostiene para la catalana. Seguramente sería interesante prestar mayor atención a dicha tesis para comprender los procesos que se iniciaron, a partir de julio de 1936, en la retaguardia republicana, pues, de este modo, cobran más sentido otros procesos que se pueden observar también en algunos otros análisis comprendidos en este volumen. Y del mismo modo sucede en el caso de Calzado, donde la mayor atención a los nuevos estudios regionales, provinciales y locales, además de la consideración de aspectos no tenidos en cuenta (tipos de dietas y, por tanto, la influencia en ellas de los cultivos que se realizan, extracción social de aquellos que dan testimonio de dichas dietas, la climatología, la gestión de los transportes y las comunicaciones, las acciones de resistencia de los cultivadores, la corrupción, etc.), suponen un cambio en las conclusiones en torno a la política y las acciones en torno al abastecimiento, la producción y la productividad, en este caso de la retaguardia republicana, rompiendo las argumentaciones en torno a la mayor o menor eficacia de cada una de las retaguardias. Bien oportuna es la pregunta que se hace Calzado en su texto y que reproducimos también aquí: si tan eficaces fueron los gestores franquistas durante la guerra, «¿se olvidaron de sus mecanismos cuando la guerra terminó y se conquistó la totalidad del territorio provocando miseria, hambre y corrupción generalizada hasta 1952?».17
Por ello, esa debe ser una vía fundamental para continuar los análisis del conflicto: intentar comprender y explicar desde abajo, con la interrelación de esferas, ámbitos, perspectivas y acciones, cómo y por qué se produjeron algunas cuestiones fundamentales del período. Todo ello, además, con el estudio de nuevas fuentes disponibles en archivos antes vedados o mal organizados, como los archivos militares, e incluso revalorizando, gracias a la posibilidad de contrastación que hoy existe, fuentes antes despreciadas como la Causa General o las fuentes procedentes de la justicia, tanto civil como militar. Igualmente, seguir profundizando en el conocimiento de los archivos locales, revisitándolos y analizando sus fuentes desde miradas renovadas, es también necesario para construir explicaciones que vayan más allá de lo conseguido en esta últimas y fructíferas cuatro décadas.
Resulta tremendamente complicado sintetizar el amplio abanico de temas y debates que se abren a lo largo de las páginas de este libro. Por eso, trataremos simplemente de esbozar algunas de las principales conclusiones que podemos extraer de su lectura y que nos ofrecen una radiografía (sin ninguna pretensión de que sea un estado de la cuestión exhaustivo) sobre los estudios de la Guerra Civil en la actualidad y los retos o perspectivas que, en nuestra opinión, quedan todavía por desarrollar.
En primer lugar, no puede sino resaltarse que la historia política continúa siendo el eje principal en las investigaciones sobre la Guerra Civil, si bien se han incorporado perspectivas poco abordadas hasta el momento y que son de un interés fundamental para completar la visión del conflicto. Resultan especialmente relevantes los análisis de los poderes locales que incluyen miradas novedosas, como la presencia de las mujeres en dichos poderes, las formas de abordar cuestiones como el abastecimiento, la corrupción, las influencias y redes políticas, y las continuidades –o no– entre el antes, el durante y el después de la guerra en dichos poderes, tan importantes, además, para la gestión posterior al 1 de abril de 1939.
Seguramente se echa de menos también un impacto mayor de perspectivas de una historia cultural y social de la política que abrieran el camino a la comprensión de cómo las experiencias y prácticas de muy diverso tipo en un contexto tan específico pudieron contribuir a que los individuos llegaran a construir o transformar una identidad (política o nacional, por ejemplo) que impulsara su actividad en los años del conflicto. Por otra parte, hay todavía análisis de historia política más tradicional que están por hacer. Si nos centramos en el ámbito valenciano, siguen siendo necesarios estudios sobre fuerzas políticas tan importantes como Izquierda Republicana, el PCE o el POUM, o sobre el sindicato creado por el PCE durante el conflicto, la Federación Provincial Campesina, cuya presencia fue esencial en la deriva marcada por CNT y UGT desde el golpe de estado18. Y, del mismo modo, nos falta un análisis global de la propia UGT y sus múltiples federaciones, más allá de la campesina,19 tan importantes para el desarrollo del conflicto bélico como del conflicto interno del socialismo español. También serían interesantes los análisis en profundidad de las fuerzas del valencianismo político, así como rastrear, desde el ámbito local, la evolución y deriva de las fuerzas políticas fundamentales de los sublevados, Falange y Derecha Regional Valenciana, sobre todo en aquellas comarcas donde habían tenido una gran fuerza durante el período de paz, como Horta Nord o Camp de Túria.20 Además, se hace cada vez más necesario el desarrollo de análisis sobre el funcionamiento e interacción de los diferentes niveles del Estado en territorios donde todavía no se ha profundizado en ello, como es el propio caso valenciano, así como la elaboración de biografías sobre los principales protagonistas en los ámbitos medios de la política de retaguardia.
En segundo lugar, cabe insistir en la necesidad de continuar desarrollando estudios sobre la educación y la cultura. En relación con la educación, el protagonismo debe pasar a instituciones y políticas aún abordadas con debilidad y fragmentación, sin olvidar el protagonismo de los niños en todo ello. Por resaltar únicamente una cuestión, si el Auxilio Social falangista cuenta con bastantes estudios desde su período de formación, ya en los años del conflicto bélico, debe comenzarse a caminar la senda que nos lleve a responder qué pasó con las instituciones de asistencia y beneficencia en el bando leal. Se insiste, muy oportunamente, en que los refugiados son un colectivo esencial en el devenir de dicha retaguardia, pero qué sucedió con los huérfanos –más allá de las evacuaciones y colonias escolares–, los ancianos asistidos, las instituciones existentes, sus trabajadores –muchas veces religiosos en período de paz.21 Como esta, son muchas aún las cuestiones en las que poder abundar y profundizar, como ya lo han ido haciendo otras historiografías europeas, como la italiana en torno a la Primera Guerra Mundial.22 En este caso, son esenciales análisis de la historia política de la educación23 que profundicen el carácter crítico de los análisis, más allá del factualismo, conectando estos aspectos con otros producidos en las retaguardias y que sufrieron mutaciones profundas desde julio de 1936. De hecho, en el caso de la retaguardia republicana, ayudaría a asentar explicaciones como las implementadas por Martín Ramos para lo político en este mismo volumen.
Por lo que respecta a la cultura, contamos ya con una sólida tradición de estudios sobre instituciones y producción cultural e intelectual que han puesto de manifiesto cómo los años de la guerra fueron momentos de una gran efervescencia cultural marcada, sin duda, por el conflicto y la politización. Un buen ejemplo de ello fue el Segundo Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, celebrado en julio de 1937, y sobre el que se han publicado numerosos trabajos desde los años ochenta.24 También contamos con investigaciones sobre el interés de grupos o asociaciones políticas por emplear la cultura como forma de socialización política y/o arma de propaganda.25 La prensa, el cartelismo, la producción literaria, teatral o cinematográfica son ámbitos trabajados, sobre todo desde los años noventa, si bien el interés por ellos parece haberse reducido notablemente en los últimos años.26 Seguramente quedan no pocos autores, obras, géneros, etc., sobre los que todavía queda mucho por investigar, pero más necesario todavía sería renovar las perspectivas a la hora de estudiar la cultura. La introducción de nuevos objetos de estudio y metodologías o la ampliación del propio concepto de «cultura» son perspectivas que han transformado la historiografía sobre la cultura en las últimas décadas, pero parecen haber tenido un impacto limitado en los estudios sobre la Guerra Civil. Resulta muy necesario, por ejemplo, pasar de los estudios que se centran en la producción y/o en las grandes figuras intelectuales a investigaciones sobre la difusión, circulación y recepción de los productos culturales.
En estrecha relación con esta última consideración, una tercera línea que consideramos imprescindible desarrollar es la comprensión de la vida cotidiana. Temas como el abastecimiento, las formas de trabajo, la economía política, el ocio, el deporte o la salud se sitúan como algunos de los ejes preferenciales. Es, sin duda, el ámbito local desde donde se han realizado las investigaciones al respecto más relevantes, y es desde una historia local ambiciosa desde la que podremos trazar interpretaciones más amplias, comparables y extrapolables a otros escenarios similares que puedan ayudar a que tengamos imágenes compresibles de aquel ayer. Asimismo, es de gran interés avanzar en el conocimiento de la vida de aquellos que quedaron en una zona que no consideraban la suya, más allá de la vivencia del miedo y la represión, para poder encontrar, si las hubo, estrategias de resistencia, conexiones con el otro bando, y, en el caso de la retaguardia republicana, la vivencia de la religiosidad en clandestinidad.
En cuarto lugar, hay aspectos militares del conflicto que no han sido abordados hasta el momento de una manera tan exhaustiva como cabría esperarse. Estas investigaciones ya han comenzado a realizarse, con casos como el estudio de la defensa pasiva de la ciudad de Valencia o el desarrollo de la batalla de Valencia,27 pero quedan aún ámbitos en los que la profundización es necesaria. Por ejemplo, las acciones militares del ejército republicano en forma de incursiones aéreas, es decir, si bien los bombardeos sobre ciudades de la retaguardia republicana, llevadas a cabo por las fuerzas integradas en el ejército golpista, ya sean españolas, alemanas o italianas, tienen un fuerte arraigo y tradición, menos lo son dichas acciones en sentido contrario. Empieza a corregirse dicha situación con las investigaciones de David Alegre, en el caso de Teruel, y de Juan Boris Ruiz Núñez, con los bombardeos llevados a cabo por la aviación republicana,28 pero es necesario insistir en dicha línea de que, aun siendo el ejército que perdió la guerra, el conocimiento de sus efectivos, estrategias y acciones es fundamental. Y del mismo modo cabría intentar realizar, en la medida que las fuentes lo permitan, una historia social de los ejércitos, a través del análisis de sus combatientes, los testimonios que estos puedan aportarnos, su extracción social, sus vestigios, y saber qué acabó pasando con ellos: si es que fueron heridos, hechos prisioneros, volvieron a sus casas tras el conflicto, o murieron en el frente, y, en este último caso, si sus restos fueron o no enviados a sus lugares de origen o no.29 Además, sería de gran interés intentar reconstruir el impacto y la evolución psicológicas del combatiente, como se ha hecho ya en otros conflictos de gran envergadura para los países afectados, como la Primera y la Segunda Guerra Mundial o la Guerra de Vietnam. Será complicado por la falta de testimonios orales que den cuenta de todo ello, pero, en la medida que el acceso a las fuentes sea posible, es necesario conocer cómo vivieron aquellos jóvenes, convertidos en soldados, la experiencia de la guerra, más allá de discursos heroicos y militantes, y qué supuso en sus vidas tras ella, si es que la tuvieron.30
Una quinta línea de trabajo es la centrada en los aspectos internacionales y transnacionales del conflicto, como el análisis del antifascismo como factor movilizador y su calado –o no– dentro de las concepciones de las diferentes fuerzas políticas y sindicales en lucha. Es mucho lo realizado en este campo, 31 pues junto a la represión y la violencia han sido aspectos de gran preocupación para la historiografía, pero nunca deben obviarse algunas cuestiones o aspectos a tener en cuenta, como las concepciones transnacionales que pueden afectar al conflicto en forma de movilización o desmovilización, cuestión esencial para el desarrollo de la misma guerra. Por tanto, dichas concepciones, incluso en escenarios no explorados –como los actores internacionales de segunda fila, pero presentes, por ejemplo, en la Sociedad de Naciones, y a los que España había encabezado desde los años veinte, y también más allá de sus gobiernos, las fuerzas políticas de dichos países–, y con nuevos parámetros no utilizados, deben ser tenidas en cuenta para, incluso en un campo con tanto desarrollo, continuar profundizando en el conocimiento de la Guerra Civil.
La represión y la violencia son, como ya se ha comentados, dos campos a los que se ha prestado, como es lógico, una atención preferencial desde los años noventa, con obras de una altísima calidad que siguen siendo de referencia. Pero, en todo caso, aún faltan obras que analicen de forma profunda, crítica y sin objetivos militantes y reivindicativos el funcionamiento del aparato judicial en la retaguardia republicana y de su/s aparato/s represor/es, muchas veces paralelos y poco interrelacionados, ya sea en forma de violencia descontrolada o en forma de checas, independientes del aparato judicial del Estado republicano.32
Además, es fundamental continuar profundizando el conocimiento de la represión hacia los propios aliados, es decir, cómo se producía, cuándo y por qué la acción represora hacia los miembros del propio bando: represión franquista hacia potenciales aliados, y represión contra socialistas, anarquistas, comunistas, republicanos y poumistas, dentro del republicano, y cuyas denuncias se sucedieron a lo largo del conflicto, sobre todo desde mediados de 1937. Del mismo modo, continúa siendo esencial profundizar en la represión y la violencia desde una perspectiva de género, atendiendo también, de forma interrelacionada, a otros tipos de características e identidades, más allá de las tradicionalmente abordadas (las políticas, las religiosas, e incluso las nacionales).
Por último, la memoria de la Guerra Civil es uno de los campos de estudio más fructíferos de la última década y que continúa despertando un notable interés. Con los debates (historiográficos y políticos) sobre la memoria histórica en torno a la guerra y el franquismo como escenario, en los últimos años se han publicado no pocas investigaciones que analizan el papel de las memorias y de producciones literarias, cinematográficas o artísticas en la recuperación, elaboración y transmisión de lo que representó el conflicto para la sociedad española. Cabría seguir profundizando en ello, sobre todo desde materiales menos trabajados. Tal y como demuestra Carlos Fuertes, el campo de la educación, sobre todo en torno a los productos que contiene y en los que muchas veces se basa, es esencial para contemplar cómo se producen y reproducen discursos en torno a la Guerra Civil que provocan que nuestros conciudadanos tengan ideas incompletas, falsificadas o falsamente neutrales sobre dicho conflicto, sus causas, su desarrollo y sus consecuencias.33
Es por ello que el análisis de la construcción de los discursos en torno a este conflicto, su conmemoración y su recuerdo debe abarcar nuevos terrenos poco transitados como, por ejemplo, la historia urbana. En íntima relación se sitúa la recuperación y puesta en valor del patrimonio. En este sentido, no sólo es fundamental el análisis de aquello que se hizo –o no– en el presente de los hechos acaecidos analizados, como hace magníficamente en este volumen Rebeca Saavedra,34 sino que comienza a ser fundamental también el estudio de aquello que queda, su recuperación y su puesta en valor. De este modo, el estudio del patrimonio en el período, el cambio en los entramados urbanos y en el paisaje, la transformación posterior y su conservación, o no. Y no debe quedar fuera del ámbito de los estudiosos de la Guerra Civil la preocupación por dichos vestigios, mejor o peor conservados, que pueden servir tanto para el estudio directo como para una de las que deben ser nuestras preocupaciones esenciales como historiadores: la difusión social del conocimiento, para lo cual este patrimonio es de una importancia crucial. De este modo, construcciones civiles y militares deben ser protegidas, recuperadas, conservadas, restauradas e incluso musealizadas. Su potencial didáctico, educativo y memorialístico es enorme y da posibilidades que no deben ser despreciadas.
Todo ello muestra cómo la Guerra Civil es aún un campo de gran potencialidad para los investigadores del presente y del futuro. Fijando la mirada en escenarios locales, provinciales y regionales, analizándolos de forma diferente, gracias a nuevas perspectivas y preguntas y gracias a las nuevas fuentes disponibles y a la revisión de las antiguas, e interrelacionándolos con otros ámbitos, donde también se han podido producir conflictos bélicos, los avances continuarán produciéndose. De este modo, ya encaminados al nonagenario aniversario del inicio del conflicto, dicha efeméride mostrará, como ha sucedido con las anteriores, todos estos nuevos pasos adelante en pro de una mejor y más compleja explicación y comprensión de la última de las guerras civiles españolas.
No podemos acabar esta introducción sin agradecer a los autores de todos los capítulos, tanto en formato papel como en formato electrónico, su colaboración para llevar adelante este proyecto. Ellos han hecho la parte más importante del mismo. Al igual que Aurelio Martí Bataller, Mélanie Ibáñez Domingo e Inmaculada García Contell, cuyo trabajo en la organización del congreso y en la edición de estos textos ha sido esencial. Sin ellos tres, todo este trabajo hubiera sido extremadamente más complicado y prácticamente imposible de asumir.
Por otro lado, no podemos olvidarnos de las instituciones que han hecho posible todo este proyecto, desde la celebración del Congreso a la publicación de estos resultados. En primer lugar, debemos agradecer la gran implicación de la Diputació de València, a través de su Delegació de Memòria Històrica y su diputada delegada Rosa Pérez Garijo, que hizo posible la celebración del congreso, así como también al Ajuntament de València, que, a través de su Regidoria de Patrimoni Cultural i Recursos Culturals, dirigida por Glòria Tello Company, colaboró para la realización de dicho encuentro científico. Finalmente, la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Esport ha hecho posible la publicación de estos resultados, gracias a una ayuda concedida a través del programa destinado a la organización y difusión de congresos, jornadas y reuniones científicas (AORG2017-039). Y, del mismo modo, dicha Conselleria ha colaborado también a través del Grupo de Excelencia del programa PROMETEO Grup d’Estudis Històrics sobre les Transicions i la Democràcia (GEHTID, GVPROMETEO2016-108) financiado por ella, ya que los miembros del comité organizador son miembros de dicho grupo y han contado en todo momento con el respaldo del mismo, sobre todo de su investigadora principal, Aurora Bosch Sánchez, a la que también queremos expresar nuestra gratitud.
Por último, no podemos olvidar a las diferentes instancias de la Universitat de València que han hecho posible el desarrollo de estas tareas: el Departament d’Història Moderna i Contemporània, la Facultat de Geografia i Història, y el Aula d’Història i Memòria Democràtica.
Gracias a todos porque con vuestro trabajo, ayuda y colaboración ha sido posible llevar adelante lo que hemos querido manifestar con el título de este capítulo: no dejar de recordar y no dejar de recordarlo.
1. Con este título, procedente del poema 1936, de Luis Cernuda, queremos hacer un doble homenaje tanto al poeta sevillano de la Generación del 27, exiliado tras el final de la Guerra Civil, como a Ronald Fraser, historiador pionero en el uso de las fuentes orales para el estudio de este conflicto en su obra Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la Guerra Civil Española, Barcelona, Crítica, 1979.
* Los autores forman parte del Grupo de investigación de excelencia PROMETEO de la Conselleria d’Educació de la Generalitat Valenciana, GEHTID (Grup d’Estudis Històrics sobre les Transicions i la Democràcia, GVPROMETEO/2016/108).
2. En 2007, la cifra de volúmenes dedicados a esta cuestión rondaba los 40.000, en J. Blanco Rodríguez: «La historiografía de la Guerra Civil Española», Hispania Nova, 7, 2007.
3. E. Moradiellos: «Ni gesta heroica ni locura trágica: nuevas perspectivas históricas sobre la guerra civil», Ayer, 50, 2003, pp. 11-39. Para el caso valenciano, A. Calzado, R. C. Torres: «República i Guerra Civil al País Valencià. Un estat de la qüestió», El contemporani: revista d’història, 17, 1999, pp. 38-44; A. Girona: «La historiografia valenciana de la guerra civil: inventari de propostes i resultats», en R. Monlleó (ed.): Castelló al segle XX. I Congrés d’Història Local Contemporània, Castelló, Universitat Jaume I, 2006, pp. 435-453; J. M. Santacreu Soler: «Els estudis locals de la Guerra Civil al País Valencià entre el 1986 i el 2006», en A. Girona, J. Navarro (eds.): Fa setanta anys. La Guerra Civil al País Valencià (1936-1939), València, PUV, 2009, pp. 191-204; J. Navarro, «Ressons de la capital antifeixista. La València de 1936-1937 en la historiografía», en J. Navarro, S. Valero (eds.): València, capital de la República (1936-1937). Vol. I. El món mira a València, capital de l’antifeixisme, València, Ajuntament de València, 2016, pp. 278-318.
4. J. Navarro, M. Ferrer, T. Morant (eds.): Tot està per fer. València, capital de la República, 1936-37, València, Universitat de València, 2016.
5. Ciclo de conferencias y actividades «València, capital de la República, 2016-1936», celebrado en la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València durante los cursos 2015-2016 y 2016-2017, dirigido a los alumnos y al público interesado. T. Morant: «Un incòmode record. Commemoracions (i oblits) institucionals de la València capital de la República, 1976-2016», en J. Navarro, S. Valero (eds.): València, capital de la República, cit., p. 272.
6. Ibid.; J. Navarro, S. Valero (eds.): València, capital de la República (1936-1937). Vol. II. Com es viu una guerra? La vida quotidiana d’una ciutat de rereguarda, València, Ajuntament de València, 2017; íd.: València, capital de la República (1936-1937). Vol. III. La ciutat de la saviesa. València, capital de l’educació i la cultura, València, Ajuntament de València, 2018.
7. E. Galdón Casanoves: «A València l’ataquen. València es defén», en J. Navarro, S. Valero (eds.): València, capital de la República (1936-1937). Vol. III, cit., pp. 356-357.
8. Valencia en la memoria, consultable en <http://www.museosymonumentosvalencia.com/valenciaenlamemoria/>.
9. Organizado por la Universitat de València y la Delegació de Memòria Històrica de la Diputació de València y celebrado entre el 25 y el 27 de octubre de 2017 en la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València.
10. Ver los balances reseñados anteriormente.
11. J. Fontana et al.: La II República. Una esperanza frustrada. Actes del congrés València Capital de la República (abril 1986), València, Edicions Alfons el Magnànim-Institució Valenciana d’Estudis i Investigació, 1987.
12. El congreso fue organizado por una comisión nombrada a iniciativa del Ayuntamiento de Valencia, dirigido entonces por Ricard Pérez Casado. De dicha comisión formaron parte los profesores de la Universidad de Valencia Jordi Palafox, Teresa Carnero, Alicia Yanini y Leticia Álvarez.
13. A. Girona, J. M. Santacreu (dirs.): La Guerra Civil en la Comunidad Valenciana, 18 vols., València/Alacant/Barcelona, Editorial Prensa Valenciana/Editorial Prensa Alicantina/Critèria, 2006-2007.
14. A. Girona, Javier Navarro (eds.): Fa setanta anys. La Guerra Civil al País Valencià (1936-1939), València, Universitat de València, 2009.
15. El coloquio se celebró entre el 14 y el 16 de diciembre de 2006 en el marco de la Cátedra Alfons Cucó de Reflexión Política, del Departament d’Història Contemporània de la Universitat de València.
16. Un análisis similar se hacía ya hace más de una década. Ver A. Girona: «La historiografia valenciana de la guerra civil: inventari de propostes i resultats», en R. Monlleó (ed.): Castelló al segle XX. I Congrés d’Història Local Contemporània, Castelló, Universitat Jaume I, 2006, pp. 438-439.
17. A. Calzado Aldaria: «Los abastecimientos como eje central de la moral de guerra y de la simbología de los nuevos poderes en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil», en este mismo volumen, pp. 295-314
18. Esta es una reclamación constante de la historiografía valenciana. Ver A. Girona: «La historiografia valenciana», cit., y A. Calzado: «La Guerra Civil des del País Valencià: un balanç historiogràfic, 2007-2017», Afers: fulls de recerca i pensament, 92 (2019), en prensa.
19. La FETT es analizada en A. Bosch: Ugetistas y libertarios. Guerra Civil y revolución en el País Valenciano, 1936-1939, València, Institució Alfons el Magnànim, 1983, y S. Valero: Republicanos con la monarquía, socialistas con la República. La Federación Socialista Valenciana durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1939), València, PUV, 2015, pp. 237-249.
20. En este sentido, es ejemplar el trabajo realizado por Antonio Calzado desde la Safor y la Vall d’Albaida. Ver A. Calzado: Segunda República y Guerra Civil. La Vall d’Albaida, 1931-1939, Ontinyent, Associació de Veïns el Llombo, 2012; íd.: Simat. Cent anys d’història, 1900-2000, Simat de la Valldigna, Ajuntament de Simat de la Valldigna, 2010, pp. 74-104; y A. Calzado, B. Martí: Revolució i Guerra a Gandia, Gandia, Papermuro, 2017.
21. Estas inquietudes también en J. L. Rubio-Mayoral, A. Durán Cotón; «Revolución, utopía y educación: la atención a la infancia durante la Guerra Civil española (1936-1939)», en Educar en temps de guerra. XXII Jornades Internacionals d’Història de l’Educació, València, Institució Alfons el Magnànim, 2016, pp. 331-342.
22. M. d’Ascenzo: «Istruzione popolare e assistenza a Bologna durante la Grande Guerra», en Cultura e sport a Bologna negli anni della Grande Guerra, 1915-1918, Bologna, Persiani, 2017, pp. 44-60; íd., «Teachers, propaganda, assistance and education during the Great War in Bologna«, Educar en temps de guerra, cit., pp. 211-220.
23. La sección monográfica de Educació i historia: revista d’història de l’educació, 32, 2018, coordinado por Juan Manuel Fernández Soria, está dedicada a la historia política de la educación.
24. Fundamentalmente las obras escritas y/o coordinadas por Manuel Aznar Soler, que han incluido tanto investigaciones como documentos de la época. Entre las más recientes ver M. Aznar: València, 4 i 10 de juliol de 1937. El Segon Congrés Internacional d’Escriptors per a la Defensa de la Cultura i la delegació del País Valencià, Sevilla, Renacimiento, 2017.
25. Entre las más sólidas cabe destacar la investigación desarrollada por Javier Navarro para el mundo libertario. Entre otras publicaciones del autor, ver J. Navarro: A la revolución por la cultura: prácticas culturales y sociabilidad libertarias en el País Valenciano (1931-1939), València, Universitat de València, 2004.
26. Dos obras colectivas recientes que muestran el desarrollo de este tipo de estudios son E. Peral, M. Olivas (eds.): Cultura y Guerra Civil Formas de propaganda dentro y fuera de España, Madrid, Escolar y Mayo, 2016; B. de las Heras (ed.): Imagen y guerra civil española. Carteles, fotografía y cine, Madrid, Síntesis, 2017.
27. J. Peinado Cucarella: La defensa de la ciudad de Valencia, 1936-1939. Una arqueología de la Guerra Civil española, Valencia, Universitat de València, 2015, tesis doctoral inédita; E. Galdón: La batalla por Valencia: una victoria defensiva, Valencia, PUV, 2012.
28. D. Alegre Lorenz: La batalla de Teruel. Guerra total en España, Madrid, La Esfera de los Libros, 2018; y J. B. Ruiz Núñez: «El bombardeo aéreo como atributo de la guerra total: la población de la retaguardia sublevada como objetivo de guerra del gobierno republicano», Revista Universitaria de Historia Militar, 6, 2014, pp. 54-67.
29. Un ejemplo a desarrollar sería el de R. Llopis Sendra, L. Botella Ivars: «Fer la Guerra. Diccionari i testimonis dels combatents de Benissa en la Guerra Civil (1936-1939)», en formato electrónico en esta publicación.
30. Algunas aproximaciones a través de la correspondencia se han realizado ya en J. Cervera Gil: «Historias mínimas: Las cartas en la Guerra Civil Española», Hispania nova, 15, 2017; y J. Matthews: Voces de la trinchera: cartas de combatientes republicanos en la Guerra Civil Española, Madrid, Alianza Editorial, 2015. Un buen ejemplo del uso de estas fuentes, aunque no específicamente para combatientes se puede ver en V. Sierra: Cartas presas. La correspondencia carcelaria en la Guerra Civil y el franquismo, Madrid, Marcial Pons, 2016.
31. Son estudios imprescindibles, entre muchos otros, E. Moradiellos: La perfidia de Albión. El gobierno británico y la guerra civil española, Madrid, Siglo XXI, 1996; íd.: El reñidero de Europa. Las dimensiones internacionales de la guerra civil española, Barcelona, Península, 2001; Á. Viñas: El honor de la República: entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin, Barcelona, Crítica, 2009; íd.: La soledad de la República: el abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Barcelona, Crítica, 2006; id.: El escudo de la República: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Barcelona, Crítica, 2007; I. Saz: Mussolini contra la II República: hostilidad, conspiraciones, intervención (1931-1936), Valencia, Alfons el Magnànim, 1986; A. Bosch: Miedo a la democracia: Estados Unidos ante la Segunda República y la Guerra Civil Española, Barcelona, Crítica, 2012; A. Espasa: Estados Unidos en la Guerra Civil Española, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2017; D. Kowalsky: La Unión Soviética y la Guerra Civil Española, Barcelona, Crítica, 2003.
32. Aún sigue siendo la obra de referencia la visión de conjunto sobre la justicia republicana en guerra, J. Rodríguez Olazábal: La administración de justicia en la guerra civil, Valencia, Alfons el Magnànim, 1996.
33. C. Fuertes Muñoz: «La Guerra Civil Española en los libros de texto de la democracia: apogeo y pervivencia de la narrativa equidistante», en este mismo volumen, pp. 359-378.
34. R. Saavedra: «La protección del patrimonio histórico-artístico durante la Guerra Civil. Enfoques y perspectivas de estudio», en este volumen, pp. 257-272.
PRIMERA PARTE
LA FLEUR AU BOUT DU FUSIL.
POLÍTICA EN TIEMPOS DE GUERRA CIVIL
LA GUERRA DE LA RETAGUARDIA: DIVERGENCIAS REVOLUCIONARIAS
José Luis Martín Ramos
Universitat Autònoma de Barcelona
Uno de los lugares comunes más extendidos en la historia de la guerra civil, y muy particularmente por lo que se refiere a Cataluña, es el que la divide en dos etapas: antes y después de los sucesos de mayo de 1937; y, a renglón seguido, el relato histórico se centra en la primera de ella, menospreciando –excepto para los principales acontecimientos militares: primera invasión de Cataluña por los sublevados, batalla del Ebro, y segunda y definitiva ofensiva– toda la segunda etapa. Ese lugar común es consecuencia de la pretensión de un enfrentamiento en la retaguardia entre un proyecto revolucionario, impulsado por los anarquistas y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), y su réplica contrarrevolucionaria por parte del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y Esquerra Republicana de Cataluña (ERC). Resuelto el enfrentamiento en mayo de 1937 con la derrota de los primeros, lo que viene después se considera poco más que un trámite militar, de desenlace inevitable, en el marco de un triunfo de la contrarrevolución o del fin del impulso revolucionario de julio de 1936; en otros términos, el fin de la política en la retaguardia catalana, subrayado por la insidiosa afirmación de un control comunista creciente –del PSUC– y la subordinación de Cataluña, y de la República, a los intereses de la URSS, en general, y de Stalin, en particular.1
Ese relato, que no refleja en absoluto la realidad, desprecia el hecho de que la segunda etapa es la más larga y en última instancia la decisiva de la guerra; que la guerra dura más de dos años y medio, en su naturaleza y en su evolución fáctica, y la dinámica y la confrontación política interna en la retaguardia también, y no solo los diez meses y medio que van de julio de 1936 a mayo de 1937. No cae en la cuenta de que la revolución, los procesos revolucionarios, siempre ha sido un hecho histórico que no tiene propietario único; ni en la inglesa, ni en la francesa ni en la rusa podemos sostener que hubo «una» revolución en el sentido de «un solo proyecto» revolucionario, ni siquiera un solo protagonista social o un solo agente organizado. Y, lo que es peor, falsea el proceso histórico de la sublevación militar y fascista y de la guerra civil, el hecho incontestable de que la propuesta y la acción contrarrevolucionaria correspondió a los sublevados. En el campo republicano, en Cataluña, la formulación de propuestas revolucionarias como respuesta a la sublevación y consecuencia de su derrota en ese territorio, tampoco fue única, ni predicha o prefijada, sino plural; puestas en práctica con la correspondiente diversidad de teorizaciones legitimadoras y el desarrollo de políticas diferentes, en congruencia con el contenido concreto de sus proyectos revolucionarios.
Esa pluralidad de proyectos, en la circunstancia extrema de una guerra civil, de una lucha a todo o nada, generó una intensa dinámica política notablemente conflictiva, por más que pudiera haber puntos de encuentro y momentos de compromiso, que llevó en el extremo a los enfrentamientos de mayo de 1936; una dinámica de conflicto que respondía y era a su vez condicionada por la evolución de la guerra y su incidencia efectiva sobre la población y el territorio catalán. La intensidad del conflicto político no se redujo después de mayo de 1937, cambió de protagonistas principales y de formas e instrumentos; e incluso se elevó y se hizo más compleja con la instalación del Gobierno de la República en Barcelona, octubre de 1937, y la conversión de la retaguardia catalana en principal retaguardia política de la República. La historia política de la retaguardia no se dividió en esas pretendidas dos etapas, una de afirmación y otra de negación; expondré aquí que en una primera aproximación puede considerar por los menos cuatro, y aún la última de ellas sería susceptible de dividirse.
DE JULIO A NOVIEMBRE DE 1936. SUBLEVACIÓN, RESPUESTAS REVOLUCIONARIAS Y PACTOS
La derrota de los sublevados en Barcelona, que determinó el desenlace en toda Cataluña, fue producto de la acción coincidente de las fuerzas de orden público, bajo el mando de la Consejería de Gobernación del Gobierno de la Generalitat, y los militantes de las organizaciones obreras, y en menor medida también las republicanas, que fueron sumándose a la lucha de manera creciente, a medida que pasaban las horas y los sublevados perdían iniciativa y quedaban sitiados. En el transcurso de los acontecimientos, del 19 al 21 de julio, el protagonismo de las fuerzas armadas, sufriendo bajas sin poder reponerlas, decreció al contrario del de los obreros que acabaron controlando las armas de los cuarteles y con ellas las calles de la ciudad. El resultado no solo fue el de la derrota de la sublevación, sino al propio tiempo un nuevo escenario social y político, imprevisto, de retroceso de la capacidad de control de las instituciones de gobierno y de fragmentación del ejercicio del poder, reclamado por centenares de comités territoriales y sectoriales constituidos durante y después de la lucha. Lluís Companys, Presidente de la Generalitat, consciente del cambio de escenario, propuso a las organizaciones sindicales y a las políticas del Frente Popular un pacto: constituir un Comité que asumiera la organización de la continuidad de la lucha, dirigida a renglón seguido hacia Zaragoza –donde sí habían triunfado los rebeldes–, y regulara la actividad de los comités y los hombres armados, mientras el Gobierno de la Generalidad mantenía en sus manos la administración civil. Contra ese compromiso, García Oliver, líder hasta entonces del Comité de Defensa de la CNT, propuso aprovechar el control de las calles por los obreros armados para proclamar la revolución social, pero su posición no tuvo eco y se materializó el pacto propuesto por Companys, si bien no en los términos que habría querido Companys, de subordinación del Comité a su autoridad, sino en los que impusieron las organizaciones obreras, de horizontalidad.
Entre el Comité Central de Milicias Antifascistas –que así se denominó finalmente– y el Gobierno de la Generalitat se configuró una dualidad de funciones, en la cual el CCMA asumió algunas que iban más allá de la promoción de la movilización miliciana y la lucha contra los sublevados en el frente de Aragón; en particular funciones de represión interna y la puesta en marcha de un nuevo sistema de abastecimientos de la población, sobre la base de la red de comités. No hubo, empero, dualidad de poder; por más que aquella actuación en la represión interna produjera conflicto, tanto más cuanto que las fuerzas de orden público estaban desarboladas de hecho y en parte movilizadas hacia el frente, lo que proporcionó una completa libertad de acción a las patrullas más o menos vinculadas a las organizaciones y una parte de ellas, las de Barcelona, teóricamente subordinadas a la autoridad del CCMA. A pesar de todo, este último no se alzó como contrapoder de la Generalitat; lo que es más, ni el Gobierno ni el CCMA, a pesar de la voluntad enfática de llegar a asumir esa centralidad que proclamaba, pudieron sustraerse e imponerse a la fragmentación del poder que significó la multiplicación de comités que, por su parte, tampoco llegaron a constituir una red general ni siquiera de coordinación. Esa insólita dispersión de la autoridad, prolongada a lo largo del verano, se vio favorecida por la creencia de que la guerra sería corta, así como por el hecho de que esta se mantuvo fuera del territorio catalán, sin afectar masivamente a la población catalana, con lo que no hubo sobre aquélla razones de fuerza mayor que obligaran a superarla y a imponer criterios firmes de unidad y de recuperación, aunque fueran limitadas a criterios de centralidad y autoridad en la toma de decisiones.
En esa etapa inicial, la lucha contra el faccioso se extendió, individual y colectivamente, a la lucha contra el sistema económico y social del que había sido base social dominante; la persecución del propietario, del patrón o del amo y la lucha contra el sistema de propiedad. La respuesta antifascista fue interpretada por todos sus protagonistas como una respuesta propositiva de transformación de las estructuras económicas, sociales y políticas existentes. La derrota de la sublevación produjo, estimulada por la dispersión de la autoridad y la fragmentación del poder, una reacción revolucionaria. Una en términos generales, pero diversa, plural, en sus contenidos y protagonistas. Los anarquistas y el POUM la entendieron como una revolución específicamente proletaria, fundamentada en el nuevo poder miliciano y patrullero –en la cuota de poder que habían obtenido–, con un programa colectivista –de colectivización sindical, hay que añadir– de todos los medios de producción y distribución; aunque diferían desde luego en el papel del partido político y del estado, ateniéndose el POUM a una lectura que pretendía ser ortodoxa del leninismo, algo que los anarquistas, obviamente, no podían compartir. Por otra parte, esa revolución proletaria era también concebida de manera diferente en el propio campo anarquista, en el que el proyecto del estado sindical no era el mismo que el de la confederación libre de los comités.
Esas concepciones –insisto en su heterogeneidad– de la revolución proletaria no era lo mismo que la revolución popular defendida por el PSUC, que constituía una prolongación de la propuesta frentepopulista, evolucionada de táctica de defensa ante el avance del fascismo a, tras la sublevación, programa de transición hacia el socialismo sobre la base de la alianza del proletariado, el campesinado pobre y no propietario, y segmentos de las clases medias que compartían el antifascismo y podían compartir la etapa de transición. Esta revolución popular no solo era frentepopulismo político. Había de asumir un programa de compromiso de intereses, que podían llegar a ser contradictorios, pero no antagónicos, entre clases trabajadoras, jornaleros del campo, pequeños propietarios de la ciudad y del campo y cuadros, técnicos y profesionales; por lo tanto, el punto de encuentro no podía ser el colectivismo sindical –ni el colectivismo, a secas–, sino una combinación de propiedad colectiva, pequeña propiedad privada, cooperativismo y propiedad pública, municipal o nacional. Ese era un programa diferente al de la CNT-FAI y al del POUM, pero no era un programa contrarrevolucionario, sino el de una revolución diferente, en sus términos y plazos. Y resultaba, además, un programa más adecuado para dar respuesta a la guerra, cuando éste dejó de ser la soñada rápida victoria del antifascismo, y se convirtió en un prolongado conflicto civil, todavía más complejo de lo que habitualmente son los conflictos civiles, por las implicaciones internacionales directas, no ya en el conflicto, sino en el sentido de su desenlace.
En esa pluralidad de propuestas revolucionarias, cabe incluir también la concebida por ERC, al menos hasta la primavera de 1937, no en los términos de cambio social –en que lo hacían la CNT, el POUM y el PSUC–, sino de cambio político combinado con un plan de reformas sociales; estas últimas encontraban inicialmente en el mundo campesino una amplia coincidencia –no total– con la propuesta de revolución popular del PSUC. Cambio político focalizado en una redefinición federal, y si llegaba a ser posible confederal, de la organización de la República, volviendo a su deseo inicial –de ERC– del 14 de abril de 1931; y cambio social, centrado en la defensa de la pequeña propiedad y rechazo del monopolio capitalista.
Todos esos proyectos se fueron concretando durante el verano, y aplicando parcialmente en la medida en que cada uno de sus defensores tuviera mayor o menor fuerza para imponerlo; sin que ningún poder central, institucional, ni siquiera ninguna autoridad, pudiese hacer otra cosa que contemplar el proceso disperso y contradictorio de transformaciones de hecho. Los sindicatos, muy particularmente la CNT, llevaron a cabo por cuenta propia colectivizaciones en la industria y el comercio; los rabasaires, y los arrendatarios en general, se posesionaron de las tierras y el producto que de ella obtenían, dejando de pagar sus rentas a los arrendadores; los inquilinos de fincas urbanas, con los sindicatos de la construcción de por medio, dejaron de pagar también los alquileres y pusieron en manos de aquellos –unos por convicción, otros porque no tenían otro remedio– el mantenimiento de las fincas urbanas; las patrullas marginaron por completo, en el control del orden interno, a las fuerzas de orden público, que solo subsistían en los cuarteles de las capitales de provincia; el Gobierno de la Generalitat, acuciado por la caída de los impuestos, que dejaron de pagarse, intervino los depósitos estatales de líquido y valores existentes en Cataluña, en las sucursales del Banco de España y del Ministerio de Hacienda, «confederalizando» de hecho las finanzas públicas. No obstante, de la misma manera que la multiplicación de comités no llegó a articular una nueva estructura administrativa y de poder general, la multiplicidad de cambios –en buena medida más reactivos que propositivos– en la base económica, en la seguridad interior o en las relaciones con la República, no alcanzaba a configurar un nuevo sistema y sí a generar nuevas tensiones, ahora en el seno mismo del antifascismo, de los sectores sociales que le daban soporte y de sus agentes políticos y sindicales.
El pacto de julio entre la Generalitat y las organizaciones antifascistas fue deteriorándose, desbordado por la dispersión de iniciativas y los cambios que se iban produciendo. Ninguno de sus dos polos, ni el Gobierno de la Generalitat ni el Comité Central de Milicias Antifascistas, consiguieron imponerse y por ellos mismos dar respuesta firme a la evolución de la situación, y ni tan siquiera consolidarse en los propios ámbitos que se adjudicaban, sumando a la fragmentación del poder y la toma de decisiones una creciente interinidad por parte de quienes estaban, teóricamente, en la cúspide. El CCMA no consiguió imponer su autoridad en el mundo de los comités, aunque lo intentó, ni entre las columnas milicianas de las que tuvo que limitarse a ser un promotor en compañía de las organizaciones antifascistas. Y la Generalitat no pudo sacar adelante la iniciativa, promovida por Companys y el PSUC, de recuperar autoridad formando un nuevo gobierno de corte frentepopulista, con el apoyo o el acatamiento de los sindicatos, con Joan Casanovas como Conseller Primer; no duró ni una semana en el tránsito del mes de julio al de agosto, derribado por la presión de una parte de la CNT (García Oliver) avivada por una maniobra política personal de Tarradellas. Desde comienzos de septiembre, la confirmación de que la guerra sería larga –tras el éxito del puente aéreo, servido y protegido por Hitler y Mussolini, que trasladó a la Península las tropas de África bajo el mando de Franco– dejó en evidencia que la interinidad no podría mantenerse y que era necesario un nuevo pacto político, que actualizara el improvisado en julio.
El segundo pacto tuvo dos componentes: la formación de un gobierno de la Generalitat de unidad, con Tarradellas como Conseller Primer en el que se integraban todas las organizaciones presentes en el Comité Central de Milicias Antifascistas, que se autodisolvía al propio tiempo; y el desarrollo por el nuevo ejecutivo de una política de recuperación de la autoridad institucional, tanto por lo que se refería al propio gobierno catalán –acatado por todas las formaciones que estaban representadas en él– como a los gobiernos municipales, con la disolución de los comités locales y la plena reposición de los ayuntamientos, con una nueva composición que ya no podía ser la surgida de las elecciones de 1934, y que fue, finalmente, la misma que existía en el Gobierno de la Generalitat. A ello se añadía la voluntad de acordar un programa de gobierno sobre las transformaciones en la estructura económica, la «nueva economía», el control del orden interno con el fin de la intensa violencia de retaguardia padecida en el verano, y la reorganización militar de las milicias y formación de un nuevo ejército, sumándole los contingentes producto de la movilización de las quintas más próximas. Esta última voluntad se concretó en el pacto previo entre la CNT, la FAI, el PSUC y la UGT, formalizado en el comité de enlace constituido por las cuatro organizaciones, asumido como programa propio por el Gobierno de la Generalitat y presentado públicamente por aquellas en el mitin de La Monumental, el 25 de octubre. Sus puntos principales eran: un compromiso sobre la política de colectivizaciones, que dejaba a salvo un segmento menor de pequeña propiedad sometida al control obrero e introducía una intervención supervisora de la Generalitat, cuyas formas y alcance habían de ser desarrolladas; la subordinación de las patrullas locales a los nuevos gobiernos municipales y del importante Cuerpo de Patrullas de Barcelona a una Junta de Seguridad Interior, integrada en la Consejería homónima; la recogida de armas largas y de guerra en la retaguardia para ser transferidas al frente; y el impulso de un Ejército Popular de Cataluña, que se coordinaría con el de la República.
El pacto de octubre fue el arranque para conseguir un punto de encuentro entre los diversos proyectos revolucionarios y una política de guerra unitaria; no obstante, su ejecución se enfrentó desde el primer momento a obstáculos múltiples: el rechazo de una parte de las bases anarquistas al compromiso sobre la colectivización; la falta de concreción sobre la reorganización económica y social del campo, donde se producían importantes enfrentamientos entre colectivistas y partidarios de la explotación familiar; la resistencia de las patrullas a someterse a la autoridad del Conseller y el mantenimiento de un contingente importante de hombres armados y organizados en comités de defensa o en organismo patrulleros; y la resistencia general a la incorporación a filas abonada por la CNT y el POUM, que seguían defendiendo un modelo miliciano y temían que fuera desbordado por una masiva incorporación de levas. En la segunda mitad de noviembre, el gobierno de unidad entró en lo que uno de sus componentes, Vidiella, del PSUC, calificó de «crisis de ejecución» y este último partido empezó a tomar la iniciativa, reclamando un cambio de gobierno que garantizara el cumplimiento del pacto de octubre.
DE DICIEMBRE DE 1936 A MAYO DE 1937. EROSIÓN IRREVERSIBLE DEL PACTO, DEBILIDAD INSTITUCIONAL Y ENFRENTAMIENTO ARMADO
La crisis de ejecución no consiguió resolverse. El extraño episodio de finales de noviembre que involucró a Joan Casanovas y al Director General de Seguridad, Rebertés, en una hipotética conspiración contra Companys, el gobierno de unidad y la CNT, prolongó la supervivencia del ejecutivo en crisis y facilitó a Tarradellas recuperar la iniciativa frente al PSUC, con el apoyo de la CNT. El problema de ejecución residía fundamentalmente en los comportamientos de una parte importante de esta última organización, en la que avanzaban las posiciones contrarias a la participación gubernamental y al cumplimiento del programa de octubre. No obstante, Tarradellas aprovechó que el propio PSUC estaba entonces en plena campaña contra el POUM –por sus críticas a la URSS, a los procesos de Moscú, pero también por las que hacía al pacto de octubre, en el que no había participado al haber sido excluido, contra su deseo, del comité de enlace de las organizaciones obreras– para focalizar en la exclusión del POUM del gobierno, reclamada por el PSUC, la resolución de la crisis. El PSUC cayó en la maniobra y aceptó un cambio de gobierno, en diciembre, en el que no se asumía por parte de la CNT ninguna garantía sobre la ejecución de los acuerdos por sus bases y en el que la CNT incrementaba su peso específico al asumir la Conselleria de Defensa, que pasó a manos de uno de los más fervientes defensores del modelo miliciano, Francisco Isgleas, al tiempo que mantenía el control de la de Economía, clave para interpretar el desarrollo del decreto de colectivizaciones.
El POUM podía haber sido una voz discrepante con el pacto de octubre, dentro y fuera del gobierno, y una de las «crisis de ejecución» notable había sido la tardanza por parte de Nin en la elaboración de un nuevo proyecto de Código de Justicia Militar, que los anarquistas habían puesto como condición para aceptar el nuevo Ejército Popular de Cataluña; a pesar de todo, no era el principal ni el más trascendente responsable de los incumplimientos. Fue el chivo expiatorio que impidió que se abordaran sus causas mayores. La división sobre la aplicación del programa de octubre se mantuvo en el seno del nuevo Gobierno de la Generalitat y aumentó fuera de él, en la calle, en las fábricas y sobre todo en el campo.
En la CNT, las federaciones locales de Barcelona, L’Hospitalet, Girona, Figueres y Sant Feliu de Guíxols y determinados sindicatos como los del transporte, la distribución, la alimentación y el de la madera, impulsaron abiertamente la colectivización integral de los sectores económicos, en nombre de una «socialización» que seguía considerándose en términos sindicales y en perjuicio de la pequeña propiedad o de los sindicatos rivales de la UGT. En el campo, el enfrentamiento a cuenta de la colectivización forzada desembocó en diversos enfrentamientos en las comarcas del Ebro, que culminó en el cruento episodio de La Fatarella a finales de enero de 1937, en el que se vio directamente involucrado –en una actuación irregular y fuera de su ámbito– el Cuerpo de Patrullas de Barcelona. Todo ello fue configurando una fronda de rebelión en medios anarquistas, cuyos diversos objetivos fueron sintetizados por una de sus figuras intelectuales, el doctor Félix Martí Ibáñez: era indispensable «dar gas a la revolución»; en Solidaridad Obrera, su director, Toryho, editorializó el 20 de enero con el inquietante título «Podríamos ganar la guerra y perder la revolución», respondiendo a las advertencias, justificadas, de Peiró sobre la precipitación anarquista en querer controlar ya toda la economía. El POUM, marginado del gobierno, se sumó a ella, por más que nunca consiguió ser acogido como un aliado por las bases de la CNT, más allá de la formación de un Frente de la Juventud Revolucionaria, integrado por las Juventudes Libertarias y la Juventud Comunista Ibérica.
La confrontación se focalizó a partir de febrero de 1937 en dos cuestiones particularmente sensibles en el ejercicio del poder: la reorganización de los servicios de Seguridad Interior y la constitución del Ejército Popular de Cataluña. En ambas se llegaron a acuerdos de principio en el seno del Gobierno; y sobre los servicios de Seguridad Interior llegaron a aprobarse y publicarse, a comienzos de marzo, la serie de decretos que establecían la unificación de todos los cuerpos policiales en un Cuerpo Único de Seguridad Interior, bajo la plena autoridad y control del Conseller correspondiente, en el cual se integrarían los patrulleros cuyos colectivos quedarían disueltos, sin más. A pesar de ello, un segmento creciente de la militancia anarquista rechazó ambos acuerdos y siguió bloqueando la movilización de las levas y la plena militarización de las milicias y su subordinación al mando militar único republicano. Isgleas, finalmente, precipitó la crisis del Gobierno de la Generalitat, presentando su dimisión como Conseller de Defensa a finales de marzo; una crisis que la CNT aceptó con el objetivo de rectificar a su favor la correlación de fuerzas en el seno del ejecutivo.
Las organizaciones que integraban el gobierno de unidad desde diciembre –ERC, PSUC, UGT, CNT, FAI y Unió de Rabassaires– no fueron capaces de conseguir un nuevo compromiso sobre el desarrollo efectivo del pacto de octubre, del que todas dijeron seguir partiendo como base, y sobre todo sobre la composición del nuevo ejecutivo y el reparto en él de las consejerías. La situación se bloqueó, con Cataluña sin gobierno efectivo entre marzo y abril y la incapacidad de encontrar una salida política a la confrontación, que puso sobre el escenario la eventualidad de una salida armada. La cuestión del control de la central de la red telefónica en Cataluña –en manos de un comité absolutamente dominado por los anarquistas–, intentado por fuerzas de la Conselleria de Seguridad Interior en los primeros días de mayo desencadenó una rebelión anarquista, no propiamente de la CNT, sino de diversos sectores de ella: comités de defensa de barriada y localidad, determinadas federaciones locales contrarias a la participación gubernamental, o a los términos en que se había concretado hasta entonces, las juventudes libertarias, etc. A ella se sumaron el POUM y sus juventudes con su propuesta de asunción del poder en exclusiva por los sindicatos, la FAI y el POUM.
La rebelión, rechazada por el Comité Nacional de la CNT y los sectores de la CNT catalana más implicados en la política de colaboración gubernamental, empezando por los ministros anarquistas en el seno del Gobierno de la República, no prosperó; sin embargo, las fuerzas de seguridad del Gobierno de la Generalitat y los grupos armados de los partidos que las apoyaron enfrentándose a la rebelión, el PSUC en primer término, así como Estat Català y ERC, tampoco consiguieron sofocarla, lo que finalmente propició la intervención, a petición del propio Companys, de fuerzas enviadas desde Valencia por el Gobierno de la Republica.
DE MAYO DE 1937 A MARZO DE 1938. RECOMPOSICIÓN POLÍTICA Y ARRIBADA PLENA DE LA GUERRA A CATALUÑA
El desenlace de los enfrentamientos de mayo significó un importante retroceso político de la CNT, que ella misma agravó al negarse a formar parte del nuevo Gobierno de la Generalitat, constituido al acabar el mes de junio y en el que ERC y el PSUC quedaron frente a frente. Como sucediera en diciembre, aunque existía por parte del PSUC, de los republicanos y de la dirección nacional de la CNT la convicción de la responsabilidad anarquista en la rebelión de mayo, ésta no fue reconocida oficialmente para no agravar la quiebra que se había producido en el campo antifascista; y, entonces se encontró en el POUM el chivo expiatorio sobre el que atribuir esa responsabilidad, lo que dicho partido facilitó con su imprudente comportamiento político durante los enfrentamientos de mayo, instando a apoyarse en los alzados en armas para promover un cambio de gobierno. La ilegalización del POUM no fue la consecuencia fundamental de los sucesos de mayo, sino una derivada, que culminó en el secuestro y asesinato de Nin por agentes soviéticos, actuando por propia cuenta y, a pesar de la complicidad obtenida por parte de determinados policías republicanos, sin el conocimiento del Gobierno de la República, que ya era el encabezado por Negrín. El asesinato de Nin no ilumina las consecuencias de la rebelión de mayo, de la misma manera que esta no se explica por la actuación del POUM.
La consecuencia fundamental fue la derrota de lo que había impulsado la rebelión, la heterogénea fronda anarquista, y la definitiva reafirmación de la autoridad institucional, inicialmente pactada en septiembre/octubre de 1936, que aquella fronda había impugnado y puesto en peligro. Que no se exigieran responsabilidades generales a la CNT por los sucedido evitó que esta organización sufriera un quebranto importante; solo algunos de los que en el pasado se habían destacado por sus comportamientos de violencia en la represión de la retaguardia, o en la rebelión de mayo, o los que se empeñaron –sobre todo entre las juventudes libertarias– en mantener su oposición armada, ahora forzosamente pasiva a la espera de una nueva oportunidad insurreccional, fueron objeto de represión gubernamental, que se tradujo más adelante en un trato judicial notablemente indulgente. No obstante, esos sectores que seguían contemplando el levantamiento y los que, simplemente, rechazaban la colaboración gubernamental presionaron sobre el conjunto de la CNT catalana, consiguiendo lo que no había producido su exoneración de hecho: que tras poner dificultades al mantenimiento de la CNT en el Gobierno de la Generalitat, acabaran rechazando seguir en él, con el pretexto de que Companys se había extralimitado al incluir en el nuevo ejecutivo a una persona independiente, de su confianza personal –Bosch Gimpera– en contra del criterio anarquista. Esta vez la presión anarquista no fue capaz de seguir bloqueando la situación ni desestabilizando la solución institucional y solo tuvo un efecto boomerang, dejando fuera a la CNT del ejecutivo que había de perdurar hasta el fin de la guerra. De esa decisión, abiertamente criticada por el Comité Nacional de la CNT, se arrepintió muy pronto el Comité Regional de Cataluña, que a la vuelta del verano pasó a reclamar su reincorporación al Gobierno de la Generalitat, en vano ante la oposición a ello del PSUC y de una parte de los republicanos que desconfiaban de ese retorno, entre ellos el propio Companys.
La nueva situación política quedó determinada por la relación entre ERC y el PSUC, que después de mayo pasaron a confrontar, en el debate político y en la gestión gubernamental, sus propias posiciones. El PSUC mantuvo su propuesta de revolución popular y ahora pasó a estar en condiciones de desarrollarla de manera concreta en el ámbito de las transformaciones sociales, al pasar a ocupar Comorera la Consejería de Economía que desde septiembre de 1936 habían ocupado los anarquistas; a su frente, el PSUC se dedicó a desarrollar el espíritu y la letra del pacto del decreto de colectivizaciones, impulsando la parte de intervención institucional contemplado en él, que la CNT había obviado. Por otra parte, el PSUC propuso completar el panorama de transformaciones sociales mediante la municipalización general de la vivienda y una ley reguladora de la explotación campesina que defendía la explotación familiar, aunque con límites, para evitar el surgimiento de una nueva burguesía agraria, un nuevo sistema de explotación cooperativa entre propietarios y asalariados, el carácter voluntario de las colectivizaciones, y una redistribución de la posesión de las tierras para mejorar la situación del campesinado más pobre.
Por el contrario, ERC hizo una revisión crítica del proceso de transformaciones revolucionarias iniciado en julio de 1936, postulando una «rectificación liberal», la congelación de nuevas medidas de transformación social, e incluso una posible revisión de los decretos de colectivización para mejorar la situación de la minoritaria propiedad privada; «rectificación liberal» que había de acompañarse con la reorientación de las prioridades en la relaciones exteriores en beneficio de un mayor acercamiento al gobierno francés y británico. Ni uno ni otro consiguieron la mayor de sus premisas: ERC boicoteó la municipalización de la vivienda y las propuestas agrarias del PSUC, y éste no permitió, con el apoyo en esta cuestión de la CNT, ninguna rectificación sobre el decreto de colectivizaciones. La proyección de la «rectificación liberal» al ámbito de la política exterior, por otra parte, resultó una quimera como consecuencia de la naturaleza de las posiciones de los gobiernos francés y británico sobre la guerra y la evolución de ésta.
La restauración de la autoridad institucional y la recomposición política post-mayo se vieron acompañadas con la plena introducción de Cataluña, de la población catalana, en la dinámica de guerra. La movilización de las quintas hizo que la guerra dejara de ser cuestión de voluntarios y generalizó sus trágicas consecuencias por toda la geografía catalana. Además, como consecuencia de la dinámica general del conflicto, en el verano de 1937, se activó el frente de Aragón con sucesivas acciones republicanas que perseguían reducir la presión de los sublevados sobre el frente del norte. No pudo conseguirse y, por el contrario, el combate de ejércitos empezó a aproximarse a tierras catalanas. Además, Cataluña empezó a ser objeto recurrente de bombardeos por parte de la aviación de los sublevados, que generalizaron el terror entre sus ciudades, muy particularmente en Barcelona, que padeció los ensayos de castigo de la población civil por parte de la aviación italiana. La muerte llegó desde el frente y desde el aire, y se sumó un creciente deterioro del suministro de abastecimientos y su encarecimiento por el bloqueo impuesto contra la República por Hitler y Mussolini, ante la condescendencia franco-británica, que no solo afectaba a los transportes de equipo militar sino también a los de alimentos o material combustible.
La total implicación de Cataluña en la guerra quedó subrayada y potenciada por el traslado del Gobierno de la República a Barcelona, al acabar el mes de octubre de 1937; traslado que, por otra parte, incrementó las tensiones entre ambos gobiernos por cuestiones de competencias y entre los partidos catalanes por su grado de identificación con la política de resistencia de Negrín, compartida por el PSUC, pero no por ERC, inclinada a perseguir soluciones de mediación internacional y alto al fuego, en la línea de las deseadas por Azaña. Paulatinamente, a partir de finales del otoño de 1937, las divisiones sobre el desarrollo de la guerra y la política militar y exterior que había de seguirse se fueron imponiendo sobre las que se habían producido en el pasado acerca de las transformaciones revolucionarias.
Por otra parte, la recuperación de competencias por parte del Gobierno de la República y la centralización de las políticas de guerra, también las del abastecimiento de la población, reforzadas por su instalación en Barcelona, generó un nuevo frente de conflicto sobre la gestión de la producción de guerra y, sobre todo, de los precios y el consumo urbano de subsistencias, que enfrentó parcialmente al PSUC con el Gobierno Negrín –en esos ámbitos sobre todo, no de una manera general–, abriendo una brecha en el seno del frentepopulismo. La política de tasa de precios impulsada por el Gobierno de la República, para proteger el consumo de las poblaciones urbanas castigadas por la carestía y el encarecimiento, repercutió negativamente en el productor campesino, que sintió que no se le remuneraba equitativamente, sumándose ese sentimiento de agravio al de que las levas desorganizaban sin paliativos el ciclo de explotación agraria; el campesinado, incluidos sus sectores populares (antiguos arrendatarios, pequeños propietarios), fue distanciándose de la defensa de la República y derivando su producción hacia un mercado negro favorecido por esa política de tasas, que la respuesta judicial y policial no pudo neutralizar.
El tobogán de la campaña republicana sobre Teruel, iniciada con euforia sobre las posibilidades del ejército republicano y acabada en el más absoluto desastre y decepción, marcaron el paso a una nueva etapa de la guerra, en la que los sublevados empezaron a poner pie sobre Cataluña, invadiendo hasta Lérida las comarcas orientales en marzo y abril de 1938 y dejando a todo el territorio sin el suministro de energía de las centrales hidroeléctricas pirenaicas. El apagón, paliado de manera insuficiente por las centrales térmicas de Barcelona y su comarca, fue la dramática imagen de una Cataluña cuyas energías frente a la sublevación iniciada dos años atrás fueron agotándose de manera irreversible.
DE MARZO DE 1938 A FEBRERO DE 1939. INVASIÓN Y DISYUNTIVAS FRENTE A LA CONTINUACIÓN DE LA GUERRA, AHORA EN TERRITORIO PROPIO
La derrota en Teruel abrió la opción del contrataque sublevado y generó una oleada de derrotismo en el campo republicano. En ERC cundió la idea de que no solo no se podía ganar la guerra, sino que era imposible la resistencia, y Tarradellas, elegido como su nuevo secretario general en febrero de 1938, se dispuso a impulsar una conspiración republicana contra el gobierno de Negrín en el que, cuestiones de competencias y agravios de gobierno aparte, la cuestión del desenlace de la guerra mediante la apelación a una intervención internacional había de ser el nudo central. Companys, por su parte, alentó o protegió otra opción, diferente a la de Tarradellas: la de perseguir por propia cuenta catalana –de los republicanos catalanes, se entiende, ya que ni el PSUC ni la CNT lo compartieron– una intervención franco-británica que o consiguiera el alto al fuego o sustrajera a Cataluña del conflicto bajo un estatuto de protección internacional.
En cualquier caso, una parte importante de la sociedad política catalana se dispuso a abandonar la política de resistencia, contra otra que la defendía –el PSUC–, y una tercera, la de los anarquistas, que se movía en un terreno intermedio, apoyando la resistencia y rechazando cualquier nuevo «abrazo de Vergara», al tiempo que penetraba en sus bases la idea de que después de lo sucedido en mayo de1937 aquella guerra era cada vez menos la suya. La división se extendió también al conjunto de la población catalana, con una desafección creciente en el mundo campesino y la reducción del espíritu de lucha a una parte del mundo urbano, de las principales ciudades. Por otra parte, el avance de esas divisiones, aún más profundas que las de los primeros tiempos de la guerra, se vio favorecido por las novedades que venían del exterior, de una respuesta internacional a la guerra ya adversa a la República desde el establecimiento de la falaz política de No Intervención y que todavía se volvió más en contra: la quiebra del Frente Popular en Francia y el ascenso de Daladier a la jefatura del gobierno galo, en abril de 1938, y la ruptura de hostilidades en Extremo Oriente entre Japón y la URRS por el control de Manchuria, que llevó al gobierno soviético a frenar temporalmente sus suministros a la República. El endurecimiento de la posición del gobierno francés contra los intereses de la República española no retrocedió y, aunque la URSS reactivó sus suministros tras haber frenado la ofensiva japonesa en agosto, su arribada a España ya no se pudo producir a tiempo para seguir sosteniendo la resistencia.
El contraataque franquista iniciado el 7 de marzo rompió el frente y tras la caída de la emblemática Belchite estalló una primera crisis en la retaguardia barcelonesa, con maniobras de los republicanos y el cónsul francés contra Negrín, la política que simbolizaba y en pro de una hipotética mediación. La movilización de la militancia del PSUC en Barcelona y otras localidades catalanas, el 16 de marzo, mientras el Gobierno Negrín se reunía con Azaña, para debatir la opción «mediacionista, que el Presidente de la República defendió, apoyó en la calle la firmeza de Negrín en su posición de resistencia. Éste consiguió salvar la situación, pero la ruptura entre el PSUC y ERC se hizo casi total, solo salvada por la posición de Companys, que tendía a asumir una posición arbitral y en todo caso de preservación de la supervivencia del ejecutivo catalán, en tanto que no tuviera una alternativa verosímil y viable.
La insistencia de la CNT en querer reintegrarse en el Gobierno de la Generalitat y el rechazo del PSUC a ello dobló la complejidad de la ruptura con la interferencia de una dinámica de confrontación triangular entre republicanos, comunistas y anarquistas, que solo tenía un perfil claro por lo que se refería a la cuestión de la composición del Gobierno de la Generalitat, pero resultaba variable en las líneas políticas concretas. CNT y PSUC coincidían en defender las colectivizaciones frente a ERC; pero ésta y la CNT en oponerse a la municipalización de la vivienda y los servicios públicos propuestos por el PSUC. Además, el cambio de la composición política de la Generalitat era concebido por Tarradellas en conexión con la adopción de medidas económicas que enfatizaran de manera pública el freno a las políticas de transformación social y el avance de la «rectificación liberal», entre ellas la devolución de la propiedad urbana incautada, siempre que no fuera a propietarios convictos de rebelión; medidas que sabía que no podía aceptar el PSUC y facilitarían por tanto la ruptura del gobierno formado en junio de 1937.
La primera ofensiva de los sublevados sobre Cataluña se detuvo por la decisión de Franco, después de haber tomado Lleida el 3 de abril, de no proseguir su marcha hacia Barcelona y desviar su ataque hacia el País Valenciano, dividendo el oriente republicano en dos al llegar a Vinaroz. El alivio de la presión militar directa no acabó con las disidencias y las conspiraciones internas; aunque la crisis que se produjo en Europa por la cuestión de los Sudetes y la inicial adopción por parte del gobierno Daladier de una supuesta posición de firmeza frente a la nueva iniciativa de expansión hitleriana –a costa del estado que Francia había patrocinado en 1919, Checoslovaquia– animó a Negrín a reforzar la política de resistencia y mostrar la capacidad de combate que todavía podía mantener el Ejército Popular desencadenando la Batalla del Ebro, el 25 de julio. El objetivo más que militar era político: estar presente en el desenlace de la crisis europea, ya fuera este mediante una negociación general o, en caso contrario, de desencadenamiento de una guerra general entre las potencias fascistas y las democracias a las que se sumaría la URSS y entre las que se contaría la República. Una batalla que había de recaer en sus esfuerzos y sus consecuencias materiales y humanas sobre la población catalana.
La apuesta, arriesgada, dio paso en agosto a una nueva conspiración interna en el campo republicano promovida muy directamente por Tarradellas y ERC, que esperaba arrastrar tras de sí a los partidos republicanos españoles, e incluso a una parte de los socialistas –desde marzo habían mejorado mucho las relaciones entre ERC y Prieto–, para sustituir a Negrín, minimizar la presencia comunista en un nuevo Gobierno de la República, y reorientar la política fuera de la línea de la resistencia. A Tarradellas le falló en el último momento el apoyo de los republicanos españoles y sobre todo de Azaña, que prefirió mantener a Negrín antes que beneficiar políticamente a ERC; de manera que el resultado de su conspiración no fue otro que la salida de ERC del Gobierno de la República, en el que fue sustituido por un representante del PSUC –mientras el del PNV, que sí secundó la maniobra, era sustituido por otro de Acción Nacionalista Vasca. La respuesta de Tarradellas, para compensar el revés y minimizar daños, fue reorganizar el Gobierno de la Generalitat en perjuicio del PSUC, con la reincorporación de la CNT o la formación de un ejecutivo estrictamente republicano si aquella no era posible; pero tampoco prosperó ante las dudas de Companys, que finalmente optó por dejar las cosas como estaban. La política empezó a encallarse en situaciones sin salida.
La inestable unidad política de la retaguardia catalana quedó rota, dando paso a una imagen pública de confrontación, doblada por la desconfianza definitiva de Negrín hacia el Gobierno de la Generalitat, al que identificaba por completo con las posiciones de Tarradellas y las maniobras exteriores de los allegados a Companys en busca de apoyos unilaterales del gobierno británico o del francés. La desazón social creció exponencialmente entre una población que empezaba a malcomer en las ciudades y se iba desentendiendo de la defensa de la República en el campo; expuesta a los bombardeos desde el aire, con su efecto de muerte y sensación de impotencia; en un país que se iba paralizando, reduciendo su producción por la carencia de energía, en la que la luz empezaba a ser también racionada y el transporte público de Barcelona se veía forzosamente detenido. La imagen del pacto de Munich entre Daladier, Chamberlain, Hitler y Mussolini, a espaldas de los checos y de la URSS, manifestó que la salida del conflicto europeo no era ni la negociación general ni la guerra, y que, en cualquier caso, si las democracias occidentales habían dejado caer a Checoslovaquia, qué no estarían dispuestas a hacer con la República española; si habían aceptado las exigencias de Hitler, a cambio de un compromiso de ejecución moderada y limitada de éstas –que incumplió al instante– qué no aceptarían de las de Franco, con amplias simpatías en el mundo conservador británico y al que la mayoría de los políticos franceses –a excepción de los comunistas, la mayor parte de los socialistas y una minoría de los radicales– estaban ya dispuestos a reconocerle, como mínimo, el derecho de beligerancia y con ello la legitimidad internacional de su aspiración a la victoria.
Cuando en diciembre de 1938 se inició la segunda ofensiva de Cataluña, la resistencia estaba quebrada por su base: la moral de lucha. Fue la definitiva, y aunque no fue un paseo militar, resultó rápida, sin que el Ejército Popular pudiera fijar líneas de resistencia ni se hiciera ya posible una movilización social que contribuyera a ello. La victoria de los sublevados no fue consecuencia de las divisiones del campo republicano, ni incluso del deterioro de la situación material de la retaguardia, sino de la superioridad militar que le proporcionaron sus patrocinadores fascistas, Hitler y Mussolini, garantizada por la actitud de los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, que la única ayuda soviética no estuvo nunca en condiciones de compensar. No obstante, esas divisiones, políticas y sociales, ese deterioro de la situación material, todo eso que fue agravándose en la segunda etapa de la guerra civil, sí contribuyó a que la victoria militar de los sublevados tuviera una rápida consolidación y una larga consecuencia en una dictadura, que no acabó sino cuando acabó la vida del dictador.
1. El presente texto es una exposición de síntesis de lo que he venido desarrollando, en detalle, sobre documentación de archivo y secundaria en cuatro libros: La rereguarda en guerra. Catalunya, 1936-1937. Editorial L’Avenç, Barcelona, 2012; Territori capital. La guerra civil a Catalunya, 1937-1939. Editorial L’Avenç, Barcelona, 2015; El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España. Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona, 2015; Guerra y revolución en Cataluña.1936-1939. Crítica, Barcelona, 2018. Remito a ellos al lector para el respaldo de fuentes que sustentan lo que aquí expongo y para un conocimiento más amplio de mi argumentación y mi interpretación.
UNA NUEVA MIRADA A LA OPERACIÓN X: STALIN Y LA REPÚBLICA ESPAÑOLA, 1936-1939
Daniel Kowalsky
Queen’s University, Belfast
Para la asediada República española, en guerra contra un levantamiento rebelde desde el 18 de julio de 1936, el último día de septiembre de ese mismo año se abrió un breve respiro de tristeza y pesimismo. Marcelino Pascua, de treinta y ocho años, estaba en el andén de la estación de Atocha de Madrid con destino a Moscú. El recién nombrado embajador español en la Unión Soviética fue acompañado al tren por casi todos sus vecinos de la calle Velázquez, así como por un conjunto formidable de simpatizantes y de representantes del gobierno de Madrid, incluido un representante personal del presidente Largo Caballero y miembros de la recientemente instalada embajada soviética.1 La misión de Pascua a Moscú fue una de las más abrumadoras en los anales de la diplomacia moderna: tenía que tratar de restablecer las relaciones con el Kremlin de Stalin y asegurar la ayuda militar para la República.
Los acontecimientos de julio en España habían comenzado como una rebelión de oficiales y los primeros éxitos de los rebeldes habían sido pocos. Si no hubiera sido por la inmediata y comprometida intervención de Hitler y Mussolini, la República habría triunfado rápidamente. Si el lado rebelde había ganado sin gran esfuerzo ayuda internacional –incluido el decisivo apoyo militar, económico y diplomático de los estados fascistas–, la República se encontró de inmediato aislada e incapaz de obtener ayuda extranjera. Aunque legalmente autorizada para adquirir armamento del exterior para sofocar la rebelión interna, la República española fue abandonada incluso por sus aliados tradicionales, Francia y Gran Bretaña. De hecho, tan firmes eran las democracias occidentales en no involucrarse en el embrollo español que se estableció un comité especial en agosto de 1936 para hacer cumplir un embargo internacional sobre la venta de armas a ambos lados de la guerra civil. El Comité de No Intervención, con sede en Londres, impidió que la República adquiriera legalmente la ayuda, pero demostró ser impotente para evitar que italianos y alemanes prestaran apoyo a los nacionalistas.2 Para compensar la desventaja de la República, se produjeron dos acontecimientos entre septiembre y octubre de 1936. En primer lugar, la Internacional Comunista (Comintern) comenzó a organizar un ejército internacional de voluntarios para luchar del lado de la República; en segundo, la Unión Soviética acordó suministrarle tanques, aviones y técnicos militares. Así, con la llegada de las Brigadas Internacionales y los hombres y equipos de Moscú, la internacionalización de la guerra española se lograría por completo.
La entrada de la Unión Soviética en la guerra civil española fue uno de los momentos decisivos de la larga lucha ibérica, pero en términos de relaciones internacionales, alianzas y diplomacia, fue una bomba que pocos hubiesen predicho. El tema de la participación soviética en España fue, durante muchos años, uno de los más polémicos y poco comprendidos de toda la historia contemporánea. Los nacionalistas y sus aliados alegaron que el levantamiento rebelde había sido una respuesta a la creciente influencia comunista en España. El bando republicano, por su parte, demonizó a los soviéticos por supuestamente adoptar severas políticas estalinistas durante la guerra y por jugar un papel clave en la destrucción de la izquierda revolucionaria española, cuyo desafiante espíritu de resistencia era la mejor esperanza de la República para la victoria. En resumen: la derecha usó el comunismo como su casus belli, mientras que la izquierda culpó a Stalin por la derrota de los fieles a la República.3
Hasta hace poco, el tema estaba embrollado por la controversia de la Guerra Fría y la inaccesibilidad de archivos, pero las últimas dos décadas han transformado las posibilidades de desarrollar un análisis más profundo de la participación soviética en la guerra, ahora basado en evidencias empíricas. El autor de este artículo trabajó en archivos españoles y de la Rusia postsoviética a partir de mediados de la década de los noventa y produjo la primera historia completa utilizando documentación oficial no publicada.4 Simultáneamente, el coronel ruso Dr. Yuri Rybalkin completó su disertación doctoral, en gran medida basada en fuentes desclasificadas del Archivo Militar, y continuó publicando su investigación en el cambio de milenio.5 A estos primeros estudios se agregaron pronto los de los historiadores continentales Antonio Elorza, Marta Bizcarrondo, Remi Skoutelsky y Frank Schauff.6 Sin embargo, el estudio más importante y profundo que se ha producido hasta ahora es la trilogía de Ángel Viñas, publicada entre 2006 y 2008, una obra de imponente erudición.7 Esta oleada de actividad académica que ha profundizado en fuentes hasta ahora no disponibles nos indica una transformación de este ámbito de estudio, que ahora se ha convertido en uno de los más meticulosamente investigados en la rica y multilingüe historiografía sobre la guerra española.
La Guerra Civil Española, que comenzó el 18 y 19 de julio de 1936, presentó a Moscú un dilema. Desde 1917, los bolcheviques habían fomentado la revolución y la guerra civil entre los fieles comunistas. Ahora había estallado la revolución y la guerra civil en España, pero, para el partido, 1936 no era 1917. La estrategia oficial soviética desde 1935 era la cooperación con partidos no revolucionarios en Europa contra la amenaza común del fascismo.8 En la República, el inicio de las hostilidades condujo a un vacío de poder, rápidamente llenado por los partidos revolucionarios. La revolución popular, centrada en las grandes ciudades aún bajo control republicano, llevó a cabo una redistribución de la propiedad y la colectivización generalizada. De forma decisiva, ese fervor revolucionario también proporcionó mano de obra y entusiasmo en los primeros enfrentamientos sin cuartel con los nacionalistas.
Para el Kremlin nunca estuvo claro cómo la ayuda soviética a la República no parecería un apoyo a la revolución en España y, por ello, Stalin respondió con extrema precaución. Documentos recientemente desclasificados del Archivo Presidencial sugieren que el Kremlin se sintió atraído por la movilización de julio, pero que no tenía ninguna prisa por mostrar sus intenciones. Ya el 21 de julio de 1936, el miembro de la Comintern Dimitri Manuelskii había enviado a Stalin la primera actualización desde el terreno.9 Al día siguiente, los soviéticos acordaron vender combustible con descuento a Madrid.10 Después, el 23 de julio, el jefe del Comintern, Georgii Dmitrov, imploró a Stalin, en una nota escrita a mano, que diera nuevas órdenes en respuesta a la evolución de la situación en la Península Ibérica.11
Para Stalin, la guerra se presentaba como una posible oportunidad, pero con la superposición de diferentes elementos. Hubo presión por parte del comunismo y la izquierda internacionales, que, desde los primeros días de la guerra, se movilizaron a favor de la República. Ignorar a España sería renunciar a la oportunidad de defender una causa muy popular y arriesgarse a alienar a la izquierda global. Esta justificación ideológica para la participación se vería complementada, si no reemplazada, por el imperativo geoestratégico.
Hacia el verano de 1936, cuando el ascenso de los poderes fascistas suponía un desafío a la seguridad soviética, ya no estaba en duda, España proporcionaba a Moscú una oportunidad no sólo para enfrentarse al fascismo, sino también para comprobar la viabilidad de una seguridad colectiva con los poderes occidentales.
Si Stalin intervino en España fundamentalmente por razones ideológicas y de seguridad, habría que añadir tres consideraciones adicionales a esta discusión. En primer lugar, la decisiva obsesión soviética con el desviacionismo trotskista, que alcanzó su cénit en el mismo periodo (agosto y septiembre de 1936) en el que Stalin deliberaba en torno a su decisión sobre España. Ciertamente, la purga de enemigos que se identificaban como trotskistas en el interior y en el extranjero fue al menos tan importante y destructiva como el combate contra el fascismo europeo. En segundo lugar, estaba la motivación financiera en forma del oro español, enviado desde Madrid a Moscú en el otoño de 1936, que aseguraba a los soviéticos una generosa remuneración financiera por su compromiso militar con la República. Y, finalmente, estaba el innegable beneficio que los soviéticos obtenían al tener la oportunidad de probar armamento de primera generación y nuevas teorías de combate. En España, los soviéticos hicieron debutar a combatientes, bombarderos y los mismos tanques con los que empezarían la Segunda Guerra Mundial. Los meticulosos informes de acción sobre equipamiento bélico, archivados por oficiales y técnicos y ahora alojados en el Archivo Militar Estatal Ruso, comprenden cerca de un millón de páginas. Estos documentos son hoy una lectura tediosa, pero dan testimonio de la importancia que dio Moscú a la experiencia bélica española tanto en relación con los hombres como con la maquinaria.12
La primera decisión política efectiva del Kremlin llegó el 2 de agosto de 1936. El decreto que abrió la política soviética hacia la República no se dirigía al acosado gobierno de Madrid, sino a un público cautivo en la URSS. Stalin aprovechó el alzamiento nacionalista como una oportunidad para conseguir apoyos domésticos para su régimen y sus políticas de frente popular contra el franquismo. Moscú actuó para convertir los acontecimientos en la lejana Península Ibérica en una causa para la que el pueblo estaba obligado a demostrar su apoyo ruidosamente y realizar significativas contribuciones individuales de ayuda humanitaria. Esta campaña de solidaridad fue intensamente coordinada, meticulosamente dirigida y escatimó pocos recursos.13 Se inició a partir del 3 de agosto con manifestaciones de un gran número de trabajadores en ciudades a lo largo de la URSS, que lanzaron llamamientos de solidaridad con la República española. Según la cobertura de la prensa soviética, y confirmado por algunos observadores extranjeros, estos actos de apoyo movilizaron importantes masas de trabajadores, entre los 10.000 de Tbilisi y 30.000 en Minsk hasta 100.000 en Leningrado y 120.000 en Moscú.14 A finales de 1936, las donaciones llegaron a sumar 115 millones de rublos (4.791.000 libras esterlinas).15 Estos fondos se utilizaron para comprar comida, ropa, medicinas y juguetes infantiles, que fueron enviados a España en embarcaciones soviéticas.16
Para apoyar las campañas de solidaridad, el Politburó autorizó el envío del corresponsal de Pravda Mikhail Kolstov para que empezara la cobertura de la guerra directamente desde la zona republicana. Kolstov fue seguido por dos periodistas más: Ilya Ehrenberg, de Izvestiia, y Ovadii Savich, corresponsal de TASS (la agencia de noticias estatal).17 La tarea de los periodistas fue proporcionar contenido para el creciente volumen de cobertura de la guerra civil española ofrecido en la prensa nacional soviética. Uno de los resultados de esta movilización de prensa fue que el espacio dedicado a España en Izvestiia pasó de un ya significativo 10% hasta un 25% del periódico.18
Mientras tanto, el Politburó envió a dos realizadores de cine a España: Roman Karmen y su asistente Boris Makaseev. Su emocionante bautizo en la cinematografía de guerra es indicativo del gran valor que el Kremlin estaba ya dando a la guerra española y su potencial de explotación en la URSS.19 El Politburó ordenó a los cineastas salir hacia España el 18 de agosto de 1936, exactamente un mes después del alzamiento.20 La pareja viajó por aire a París –pasando directamente por encima del estadio olímpico de Berlín donde se estaban desarrollando los famosos Juegos Olímpicos–, continuaron por tierra hasta la frontera española, y el 23 de agosto llegaron a la zona republicana, donde empezaron a rodar inmediatamente. Dos días después enviaron seiscientos metros de película expuesta sin editar a Moscú. Ésta se procesó rápidamente y el primer noticiario editado, K sobytiiam v Ispanii (Sobre los sucesos de España) se estrenó en las principales ciudades soviéticas el 7 de septiembre, apenas tres semanas después de que el Comité Central hubiera aprobado los fondos para los cineastas.
Dada la gran distancia entre los dos países, la rápida movilización de los soviéticos en el ámbito del cine fue sin duda impresionante. En tres semanas, el régimen estalinista había incorporado con éxito metraje cinematográfico editado de la guerra de España en las campañas domésticas de solidaridad en favor de la República. El ritmo vertiginoso de la primera producción cinematográfica se mantuvo durante varios meses, y se produjeron más episodios durante casi un año. Karmen y Makaseev estuvieron durante once meses en la España republicana21 y rodaron material para veinte noticieros, varios documentales, incluyendo Madrid se defiende (1936), Madrid en llamas (Madrid vogne, 1937) y el largometraje Ispaniia (España), que apareció tras el final de la guerra, en 1939.22 Su trabajo, junto con el de los periodistas soviéticos, llevó la guerra de España a un público soviético fascinado. Hacia principios de septiembre, los ciudadanos soviéticos estaban leyendo diariamente reportajes en primera página sobre la guerra de España y viendo en las salas de cine imágenes cinematográficas del conflicto. Así, entre las campañas de solidaridad y la intensa cobertura mediática, la guerra de España se había convertido en una causa de enorme importancia ideológica y emocional para los trabajadores de la URSS.
La siguiente fase en la creciente implicación de la URSS en los asuntos españoles fue la premura del Kremlin para conseguir un acercamiento diplomático con la Segunda República, a partir del cual promocionar al gobierno de Madrid a una inusual posición privilegiada de aliado y amigo.23 El 22 de agosto, el gobierno soviético nombró a Marcel Rosenberg como su embajador en Madrid.24 Rosenberg y su amplio personal, que incluía agregados económicos y militares, llegaron a España antes del final de ese mes. Vale la pena destacar que a pesar de una búsqueda coordinada, el Politburó mandó a la embajada española sólo un diplomático con conocimientos de castellano, Leon Gaikis, quien después sería promocionado a embajador.25 Sin duda, una importante función de los nombramientos en Madrid era proporcionar cobertura a los agentes de inteligencia de Stalin. Uno de ellos era Comisario del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) y representante de alto rango en España, Alexander Orlof, quien se presentó por primera vez ante el embajador Rosenberg el 16 de septiembre de 1936.26 Para completar el cuerpo diplomático inicial, el 21 de septiembre el Politburó nombró a Vladimir Antonov-Ovseenko, héroe de la revolución y uno de los líderes del asalto al Palacio de Invierno, como cónsul general en Barcelona.27 Estos viejos y fiables bolcheviques dieron a sus cargos un innegable prestigio y seriedad que subrayaba el compromiso soviético con la República. Y seguramente no se involucraron demasiado en la política republicana. Esa acusación, parte de una más amplia difamación sobre la participación soviética en la guerra, fue producto de una serie de memorias poco fiables de la posguerra del socialista Luis Araquistáin, que después fueron tomadas como un evangelio por varias generaciones de historiadores occidentales ciertamente tendenciosos.28 En cualquier caso, el consejo soviético fue frecuentemente ignorado con impunidad, y a principios de la primavera de 1937 tanto el embajador como el cónsul general fueron llamados a Moscú y ejecutados, víctimas del terror estalinista que coincidió con la guerra en España.29
Estaba todavía la cuestión de la recuperación de la embajada en la URSS, que nunca se había reestablecido, ni siquiera cuando se retomaron las relaciones diplomáticas en 1933. Que los soviéticos estaban preparados para dar a los representantes de Madrid un fuerte apoyo era una conclusión ineludible, dada la enérgica campaña de solidaridad decretada el 2 de agosto, la movilización de periodistas y cineastas destacados que proporcionaran contenidos a un fascinado público soviético, y el envío a Madrid de los más experimentados diplomáticos de Moscú. Para el final de agosto, todo esto sugería un cambio en las actitudes oficiales y públicas hacia la República y daba buenos augurios sobre la eventual efectividad de una misión diplomática. Sin embargo, a pesar de las condiciones positivas de ese momento para un acercamiento bilateral y del peligroso estado de las defensas de Madrid y la imperiosa necesidad de un rescate internacional, el gobierno republicano de Largo Caballero fue lento en responder a la apertura soviética. Hasta el 16 de septiembre el Presidente del Gobierno no aprobó la creación de una embajada en Moscú y no fue hasta el 21 de septiembre –un mes después de que Stalin hubiera nombrado a Rosenberg– cuando el gobierno español anunció el nombramiento del ya mencionado Marcelino Pascua, médico y socialista moderado, como embajador en Moscú.30
Nacido en 1897, Pascua no tenía experiencia diplomática cuando se inició la guerra civil en el verano de 1936. Era una promesa de la ciencia española que había cursado estudios de postgrado en Estados Unidos y Gran Bretaña, recibido una beca Rockefeller y dirigido una investigación científica en Sudamérica.31 En 1932, Pascua había visitado la Unión Soviética para observar la situación de la sanidad pública soviética, una experiencia que le abrió los ojos sobre el experimento soviético y también le motivó a aprender ruso.32 De hecho, los conocimientos lingüísticos de ruso de Pascua le convirtieron en un preciado elemento entre la élite gobernante española, y en el intento frustrado de intercambiar embajadores en 1933, su nombre estaba ya muy arriba en la lista de potenciales candidatos. Aunque Pascua siempre quitó relevancia a sus propias habilidades en ruso, en el verano de 1936 se le pidió que sirviera de intérprete entre Rosenberg y el presidente del gobierno español.33
Dado el empeoramiento de la situación militar de la República, el envío de la misión de Pascua, como hemos visto, abrió considerables esperanzas y expectativas entre miembros del gobierno y militares. Dos días antes de la salida de Pascua, el periodista socialista Julián Zugazagoitia asistió a una velada ofrecida por el recién nombrado embajador. Según Zugazagoitia, la atmósfera en Madrid en ese momento era pesimista, pero, en relación con la misión de Pascua, los presentes contaban con «la ayuda que puede que nos llegue del otro extremo de Europa». «En cuanto llegue», creía su amigo, «Pascua debe enviarnos la victoria, urgente y certificada, en forma de enormes cargamentos que repondrán en un abrir y cerrar de ojos todas nuestras necesidades civiles y militares».34
La paradoja del sentimiento colectivo de grandes esperanzas en la misión de Pascua en Moscú residía en la cuestión de una ayuda militar que ya había sido aceptada y decidida en los más altos niveles en Moscú.35 Así, desde el principio de la implicación militar soviética en la guerra de España, las etapas de planificación y la logística estuvieron separadas por completo del aparato diplomático. Esto no quiere decir que los soviéticos prestaran poco interés a Pascua. De hecho, en octubre de 1936, el gobierno soviético preparó una fastuosa recepción para el nuevo embajador español. Optimistas y esperando unas realmente cordiales relaciones, los soviéticos dieron a Pascua tratamiento VIP en Moscú, concediéndole beneficios poco habituales que incluyeron el alquiler de una casa independiente, perfectamente amueblada, situada en el centro, la asignación de una limusina propiedad del estado, el uso de comunicaciones y líneas de correo restringidas, así como el acceso sin restricciones no sólo a los ministerios clave soviéticos, sino también a los propios líderes –a Molotov, Voroshilov y, en diversas ocasiones, incluso a Stalin–.36Aunque puedan parecer muy magnánimas, las condiciones excepcionales de la misión de Pascua acabaron por dar al Kremlin una mayor influencia sobre el embajador y el esfuerzo bélico de la República. En este sentido, las propias notas de Pascua sobre sus encuentros privados con miembros del Politburó revelan una relación significativamente desigual –lejos de la que se esperaría entre estados soberanos–. En todas las discusiones, Pascua fue tratado como un subordinado, se le reprendía cuando su gobierno no cumplía la voluntad soviética y los funcionarios del Comisariado de Defensa le dictaban continuamente la política a llevar a cabo.37
Mientras, a pesar de las obvias oportunidades que podrían haber venido de la mano de la cooperación diplomática con los rusos, la República prestó poca atención a su embajada en Moscú, primero descuidándola para después estrangular el envío de fondos antes de finalmente transferir a Pascua a París a principios de 1938. La República no mandó un reemplazo a la embajada de Moscú, con lo que durante el resto de la guerra no tenía embajador en el único país que había salido en su defensa en 1936.38 Esta decisión tuvo graves consecuencias en la primavera de 1939, cuando el colapso de la República dejó a varios miles de refugiados españoles abandonados en la URSS sin ningún apoyo diplomático.39
Incluso antes de que se intercambiaran embajadores entre Moscú y Madrid, la diplomacia soviética se puso en funcionamiento en Londres, en el Comité de No-Intervención organizado a principios de agosto de 1936 bajo los auspicios de los líderes británicos y franceses. El propósito explícito del Comité era impedir la venta de armamento a ninguno de los dos bandos en la guerra y evitar su internacionalización, pero fracasó a la hora de limitar el apoyo fascista y nazi a los sublevados. La tarea de actuar como defensor de los intereses de la República podría haber recaído en el representante soviético, Ivan Maiskii, y, para ser justos, presentó protestas por la violación del acuerdo de neutralidad por Alemania e Italia.40 Pero básicamente Moscú fue cómplice en esa charada diplomática, dando legitimidad al Comité a través de su participación continua.41 No obstante, hasta en tres ocasiones diferentes –el 7, el 12 y el 23 de octubre de 1936– Moscú reiteró que, si los estados firmantes del Comité continuaban suministrando armas a los rebeldes, el gobierno soviético «se consideraría libre de las obligaciones» del Acuerdo de No-Intervención o «no se consideraría ligado» por el pacto.42 Palabras fuertes pero bastante hipócritas: ya a mediados de septiembre, el Kremlin había comenzado los preparativos para su propia ayuda militar a la República, y fue hacia esa ayuda hacia la que se traslada la discusión.
¿Cómo podría resumirse mejor el apoyo militar de Stalin a la defensa de la República? El momento álgido de esa ayuda se desarrolló en los diez meses que hay entre octubre de 1936 y julio de 1937, durante los que se enviaron con regularidad a España cargamentos de ayuda militar soviética; cerca de mil tripulaciones para tanques y pilotos, y unos seiscientos asesores estuvieron activos en el lado de la República y las Brigadas Internacionales financiadas por el Komintern entraron en combate junto al recién organizado Ejército Popular. Esta ayuda a la República, con el nombre en código de Operación X, fue el mayor desafío logístico que hasta el momento habían lanzado las fuerzas armadas soviéticas. Por no hablar de que suponía la más importante penetración de ninguna fuerza militar rusa en Europa Occidental en la historia. Utilizando medidas extremadamente secretas, la armada soviética envió sesenta y cuatro cargamentos de equipamiento, incluyendo unas seiscientas mil toneladas de material bélico, a una distancia de unos 4500 kilómetros.43
La logística del transporte, desarrollado completamente por mar, fue complicada y peligrosa, ya que requirió que lo soviéticos cruzaran aguas vigiladas y, en algunos casos, minadas, y tuvieran que hacer frente en varias ocasiones a embarcaciones alemanas, italianas, británicas y francesas.44 Por supuesto, al igual que Franco no recibió nada gratis de los estados fascistas, el envío de armamento soviético a la República no fue un acto de caridad, sino que se desarrolló como una operación comercial corriente entre estados soberanos. Como compensación por el armamento, el gobierno de Madrid transfirió al régimen soviético sus suministros remanentes de oro, valorados en 518 millones de dólares en precios de 1936.45 No puede dudarse de que la República obtuvo un buen beneficio de su oro. A finales de octubre de 1936, la Fuerza Aérea Roja, gracias al uso de cazas I-15 e I-16 y de bombarderos SB, permitió a la República recuperar la ventaja en los cielos que había perdido en las primeras semanas de la guerra. Las unidades mecanizadas dirigidas por soviéticos, que manejaban tanques T-26, tecnológicamente superiores, tuvieron un papel fundamental de apoyo a las operaciones del bando leal a la República en la mayoría de las batallas aéreas clave, y no menos en la batalla de Madrid, entre octubre y diciembre de 1936, pero también en Guadalajara, Brunete, Teruel y el Ebro.46 Debido a la dependencia de los republicanos de las armas de Moscú, los asesores soviéticos pudieron involucrarse en muchos aspectos del esfuerzo bélico republicano. Para unas fuerzas armadas republicanas cortas de personal y con muchos miembros de bajo rango, se buscó activamente el consejo soviético, que se siguió en ocasiones, sobre todo en la organización del Ejército Popular en octubre de 1936, que se desarrolló con la iniciativa soviética y que replicaba la estructura del Ejército Rojo. Más significativo fue el hecho de que en los tres últimos meses de 1936 la defensa de Madrid estuviera en gran medida dirigida por el agregado militar soviético Vladimir Gorev. También en las aguas republicanas dominaron los soviéticos: el comandante de facto de la acosada armada republicana fue el agregado ruso Nikolai Kuznetsov.47
Los resultados positivos de la ayuda soviética desde el momento de su llegada difícilmente pueden exagerarse. Los primeros envíos de aviones y tanques llegaron a Cartagena a mediados de octubre. Gobernados por pilotos y conductores de tanques soviéticos, este material de equipamiento se envió inmediatamente al frente central, donde las fuerzas nacionalistas estaban inmersas en un severo asalto a Madrid. La acción más decisiva que incluyó a pilotos soviéticos llegó en los últimos días de octubre de 1936. Antes de la llegada de los aviones soviéticos, la fuerza aérea rebelde tenía carta blanca en el aire y podría bombardear Madrid a baja altura y con completa impunidad. Hacia la segunda semana de noviembre, sin embargo, los cielos eran de los pilotos soviéticos y la ofensiva rebelde se había parado a las afueras de Madrid. Si los pilotos nacionalistas habían circulado sobre el centro de Madrid a alturas de 500-700 metros –la altura ideal para bombardeos a objetivos fijados–, después de que los soviéticos ganaran el control de los cielos, los aviones rebeldes se vieron forzados a operar a las mucho menos efectivas altitudes de 800-2000 metros.48 Pero la pericia aérea soviética dio a la República más que un beneficio táctico; igualmente decisivo fue el impulso dado a la moral de los civiles, un hecho destacado por muchos observadores contemporáneos y transmitido a Moscú por los representantes soviéticos en el terreno. Durante el final del otoño de 1936, el equilibrio en el poder aéreo se inclinó sustancialmente a favor de la República. La llegada de centenares de experimentados pilotos soviéticos y los voluminosos envíos de los más modernos cazas, bombarderos y aviones de ataque permitieron la creación de una formidable fuerza aérea republicana que, en ese estadio de la guerra, no tenía ninguna debilidad demostrable. La flota dominada por los soviéticos pronto eclipsó las fuerzas italianas y alemanas que volaban por petición nacionalista.
El bautismo de los blindados soviéticos en la Península Ibérica fue igualmente decisivo. El 26 de octubre de 1936 se formó la primera compañía con quince tanques y un grupo de instructores y especialistas soviéticos, apoyados por republicanos en proceso de entrenamiento. En Esquivias (Toledo), los tanques soviéticos e italianos se enfrentaron por primera vez durante la guerra. Un detallado telegrama enviado desde el frente central a Voroshilov indicó que los tanques soviéticos habían conseguido una importante victoria. Según el informe, las fuerzas de combate republicanas destruyeron dos tanques rebeldes, trece armas de artillería, dos baterías de artillería, dos vehículos de suministros que llevaban apoyo de infantería y seis vehículos legionarios que transportaban oficiales.49
Stalin autorizó el envío de oficiales, pilotos, conductores de tanque e ingenieros, pero se opuso a enviar al Ejército Rojo a España. En su lugar, el apoyo humano fue suministrado por las Brigadas Internacionales, organizadas, financiadas y abastecidas por el Comintern. El 18 de septiembre de 1936, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (CEIC) aprobó «el reclutamiento de voluntarios con experiencia militar entre trabajadores de todos los países, con el propósito de enviarlos a España».50 El principal punto para el primer reclutamiento para las Brigadas fue París, con los aspectos de organización manejados conjuntamente por el Partido Comunista Francés (PCF) y el Partido Comunista Italiano (PCI) en el exilio.51 El liderazgo estuvo encabezado por André Marty, líder del PCF, representante en la Cámara de Diputados y miembro del CEIC. Su ayudante fue el incondicional del PCI Luigi Longo (también conocido como «Gallo»), quien había estado activo en España desde poco después del alzamiento rebelde.52 Muchos otros comunistas extranjeros también participaron en la estructura de movilización internacional, enviando cuotas de reclutamiento a partidos nacionales y células por todo el mundo y supervisando su trasporte a la frontera española. Entre los más activos de los primeros organizadores estuvo el yugoslavo Josip Broz, «Tito».
Aunque muchos propagandistas comunistas se adhirieron con empecinamiento a la idea de que las Brigadas Internacionales se organizaron de forma espontánea, ya durante la guerra algunos miembros del Comintern reconocieron abiertamente el papel central jugado por el CEIC.53 Pero no fue hasta finales de la década de los sesenta cuando Moscú admitió que el CEIC había tomado la decisión en septiembre de 1936 «para localizar entre los trabajadores de diferentes países voluntarios con experiencia militar y enviarlos a luchar a España».54 Por supuesto, nada de esto supone negar que en las primeras semanas de la guerra, mucho antes de que el Comintern se involucrara, llegaran espontáneamente voluntarios para luchar del lado de los leales a la República.55 Fue el Comintern, sin embargo, el que convertiría ese goteo desorganizado en un flujo bien organizado de cuadros, cuyo compromiso dejaría una profunda huella en batallas clave del primer año del conflicto. La base de entrenamiento de las Brigadas en España se estableció cerca de la ciudad de Albacete. Fue allí donde los primeros 500 voluntarios comenzaron su servicio el 14 de octubre de 1936. La fecha es significativa, sólo dos días después de que el navío soviético Komsomol llegara a Cartagena con cincuenta tanques T-26 soviéticos y sus operadores.56 Durante el curso de la guerra, al menos 35000 extranjeros pasaron por la base de Albacete en su camino al frente.57. Estos voluntarios fueron supervisados por los agentes del Comintern que operaban a las órdenes de Moscú, de forma idéntica a la del aparato asesor soviético general bajo la Operación X. Los asesores soviéticos asignados a diversas secciones de la estructura militar de la República también trabajaron invariablemente con las Brigadas Internacionales.58 Entre los episodios más peculiares de este gran drama estuvo la evacuación de tres mil niños republicanos a la URSS. Rescatados de la región vasca según el frente norte se tambaleaba hacia el colapso a mediados de 1937, los niños evacuados vivieron de forma privilegiada con comodidades inusuales, alojados en buenos orfanatos y mimados por innumerables cuidadores soviéticos.59 Los niños evacuados de una España desgarrada por la guerra a la seguridad de las ciudades y pueblos soviéticos tuvieron la suerte de estar fuera de peligro, pero el régimen estalinista también tenía mucho que ganar.60 La recepción de niños españoles en la URSS ofrecía a Moscú un tema de propaganda fácil de utilizar y con la potencialidad de ser explotado infinitamente. La llegada, recepción y cuidado de los niños españoles fue fuente de innumerables reportajes en la prensa y radio soviéticas. El valor de esta propaganda, apoyada por frecuentes apariciones públicas de los niños, así como con fotografías publicadas, no puede exagerarse. De hecho, los reportajes positivos sobre jóvenes españoles estudiando y jugando felizmente dentro de las fronteras soviéticas no fue sólo un contrapunto al pesimismo general que envolvió a la sociedad soviética durante el momento álgido del terror estalinista, sino que contribuyó fuertemente a contrarrestar un viejo pero todavía no olvidado problema que había asolado a las Repúblicas soviéticas desde principios de los años veinte hasta la primera parte de la década de los treinta: la ola de besprizorniki o «niños sin hogar», consecuencia del caos general y la dislocación provocados por la revolución, la guerra civil, el hambre y los reasentamientos forzosos.61
La entrada soviética en la guerra de España se había desarrollado de forma fragmentada y por etapas. Primero llegó la movilización del pueblo soviético en las campañas y recaudaciones de fondos humanitarias. Esto sucedió en paralelo con el envío de periodistas y realizadores cinematográficos. A ello siguió el acercamiento diplomático, que abrió el camino para el apoyo militar, iniciado a mediados de septiembre de 1936 pero que sólo comenzó a utilizarse en el frente de Madrid unas seis semanas después. La pieza que faltaba era la ofensiva cultural, que seguiría pronto en los últimos meses de 1936. La presencia de representación soviética oficial en la zona republicana había transformado el potencial local para una amplia difusión de la propaganda bolchevique y del Comintern. Desde los primeros días de su llegada, el personal diplomático de Moscú en la República funcionó como un activo y efectivo agente para la importación y distribución de todo tipo de materiales culturales y políticos soviéticos. El personal de la embajada también hizo apariciones en actos de propaganda financiados por AUS.62
Sin duda, los intercambios culturales puestos en marcha a través de la alianza bilateral funcionaron en ambas direcciones. En la Unión Soviética como resultado de la activa dirección de las autoridades estatales rápidamente todo lo español comenzó a causar furor. Una exhibición española se añadió apresuradamente al venerado Museo de la Revolución, parada obligatoria para los escolares que rendían tributo a la religión secular del marxismo leninismo. Eventos literarios y teatrales de tema español dominaron los círculos culturales en las principales ciudades de la URSS.63 Pero no todos los intercambios culturales tuvieron éxito. La difusión de la literatura soviética en España, por ejemplo, estuvo muy limitada por un completo fracaso lingüístico. De los miles de libros, carteles, películas y grabaciones que los soviéticos enviaron a la República, casi todos estaban en ruso y no servían, por ello, para objetivos de propaganda.64 En otras ocasiones, el suministro de materiales desde la URSS resultaba difícil y poco fiable. A finales de octubre de 1936, la jefa de las actividades de propaganda en Barcelona estaba desesperada y rogaba a Moscú: «La tarea ante nosotros es amplia y posiblemente imposible de realizar. Pero por favor envíenos algo de material».65
Más éxito tuvo la movilización del cine soviético. En España, la cinematografía soviética estaría inextricablemente ligada a la movilización bélica del Kremlin. Moscú envió a la República largometrajes cuya función era a la vez propagandística y comercial. En otoño de 1936 una nueva compañía, Film Popular, se organizó para supervisar la producción de noticiarios de propaganda y versiones en español de films soviéticos.66 La primera película soviética distribuida por Film Popular fue Los marinos del Kronstadt (Efim Dzigan, 1936), que se estrenó en el cine Capital de Madrid el 18 de octubre de 1936. La elección de esta película para iniciar la serie soviética se basó en cuidadosas consideraciones sobre el valor de la película para el esfuerzo bélico republicano. Situada durante la guerra civil rusa, la película cuenta la transformación de una anárquica banda de marinos en una disciplinada unidad del Ejército Rojo. Según el corresponsal de Pravda, Mikhail Koltsov, al estreno asistieron el gobierno completo, los líderes de varios partidos políticos y muchos diputados, saludados en la sala por una gran multitud que gritaba «¡Viva Rusia!». Un noticiero rodado durante el estreno captura esa excitación, con anuncios de la película colgados por toda la ciudad y una larga fila de entusiastas cinéfilos que hacían cola para verla.67 Incluso más exitosa fue la presentación de Tchapaief (Gregorii y Sergei Vasiliev, 1934), que había sido lanzada en la URSS para conmemorar el setenta aniversario de la Revolución. Proyectada primero en Madrid el 2 de noviembre de 1936, Tchapaief, como el Kronstadt, era una historia bélica con ecos significativos para los soldados republicanos.68 La película narra la vida de Vasilii Chapayev, figura mítica de la guerra civil rusa que en 1919 aterrorizó a las tropas blancas en los Urales e inspiró al campesinado a defender la Revolución. En la película, el protagonista es promocionado a comandante, lidera brillantemente a sus hombre a una ofensiva y finalmente cae en la batalla de forma heroica.69 Tchapaief se convirtió en la película más vista en la España republicana, el Partido Comunista le dio gran valor pedagógico y muchos soldados la vieron repetidamente.70
Las relaciones entre los republicanos españoles y los soviéticos evolucionaron a buen ritmo a lo largo de 1936. En un año que empezó con una escasa movilización del Comintern en España, un PCE estancado y sin lazos diplomáticos de alto nivel, el arranque de la guerra civil transformó las posibilidades para una alianza bilateral, incluso para dos estados en la periferia de Europa. Los componentes de esta pujante amistad no eran pocos y afectaban a incontables vidas tanto en la República Española como en la Unión Soviética. El acercamiento diplomático sucedió de forma sorprendentemente rápida y el inicio de las campañas humanitarias soviéticas para ayudar a la República fue una gran inyección de moral para España. El apoyo militar de Moscú, que llegó en un momento clave de la Batalla de Madrid, insufló vida a una República casi quebrada. Este público cautivo, a cambio, fue explotado por los soviéticos en una ofensiva cultural con diferentes direcciones. Los meses finales de 1936 fueron el momento álgido del proyecto de colaboración soviético-republicano. Sabemos ahora que el destino de la República quedó determinado en los primeros meses de la guerra, en julio, agosto y septiembre de 1936. El compromiso de las potencias fascistas con el general Franco, la firma del pacto de No-Intervención por las potencias occidentales y la decisión de Stalin de ligar la ayuda militar soviética a las reservas de oro del Banco de España supusieron que el resultado de la guerra civil español dependería de un conjunto de condiciones internacionales que cambiaron poco, incluso dos años y medio después. La suerte de la República podía haber estado pendiente de un hilo durante el verano de 1936, pero el destino de Madrid estaba sentenciado unas semanas apenas iniciada la Operación X. Esto fue en parte por la difícil logística de suministro, pero también por el rechazo de Moscú a exponerse más en la causa republicana. En una guerra que vio cerca de un millón de personas tomar las armas en ambos lados, el contingente soviético fue comparativamente insignificante: todo el personal enviado desde Moscú fueron sólo 2082 hombres y mujeres.71 Además, que Stalin aconsejara a sus hombres en España «quedarse fuera del alcance del fuego de artillería»72 está confirmado con otras estadísticas: a finales de 1936, el Comisario de Defensa soviético, Kliment Voroshilov, envió una nota a Stalin informándole de que se ofrecería un pago único de 25.000 rublos a cada una de las familias de los veinticinco pilotos y conductores de tanque soviéticos que habían muerto en la guerra hasta ese momento.73
En los veintisiete meses de guerra que quedaban se reportaron sólo otro centenar de bajas soviéticas.74
Desde luego, la influencia militar soviética en la guerra llegó pronto a su mejor momento, pero la ventaja, una vez perdida, nunca se recuperó. El periodo de veintiún meses entre junio de 1937 y el final de la guerra, el 1 de abril de 1939, estuvo marcado por un continuo descenso en la implicación soviética con la República. Todos los indicadores importantes de la implicación soviética con la causa republicana estaban en declive: los suministros de armas se redujeron dramáticamente, las misiones diplomáticas se degradaron y retiraron, y los aviadores y las tripulaciones de los tanques se sustituyeron por republicanos. También se moderó la ofensiva propagandística inicial y, de hecho, en algunos ámbitos se eliminó. En el frente doméstico, el régimen soviético comenzó a desvincular a la población de los asuntos españoles. La guerra desapareció de las páginas centrales de los periódicos soviéticos estatales y en los discursos públicos los líderes soviéticos cada vez mencionaban menos la causa de la República. En los cines rusos, los noticieros dedicados a la segunda guerra chino-japonesa comenzaron a sobrepasar a la cobertura del conflicto en España. Durante los últimos veinte meses de la guerra, mientras que el Kremlin podía no haber abandonado totalmente sus esperanzas en una victoria republicana, el líder soviético no era tan optimista.
Stalin ha sido frecuentemente criticado por abandonar a la República a mitad del conflicto, pero documentación desclasificada recientemente sugiere una valoración más matizada de los patrones de suministro. La logística de la Operación X ciertamente se hizo mucho más difícil con el tiempo, con diversos factores conspirando para convertir los transportes desde la URSS en caros, muy arriesgados y en algunas rutas prácticamente imposibles. Según la disputa continuaba, el Comisariado de Defensa se angustiaba cada vez más porque los futuros envíos de armamento militar pudieran ser interceptados y no llegaran nunca a la zona republicana. Es más, después de que se agotara el oro de la República a principios de 1938, cualquier pérdida recaería directamente en los soviéticos. Pero una segunda cuestión fue igualmente relevante a la hora de determinar el volumen de los suministros. Incluso aunque se eliminara el problema del envío con éxito, la ventaja tecnológica soviética estaba definitivamente perdida hacia finales de la primavera de 1937. En esos momentos, los más sofisticados tanques y aviones soviéticos disponibles no podían ya competir con el armamento que se suministraba a los rebeldes. La llegada de los HE-111 y los ME-109 fabricados en Alemania convirtió a toda la flota de la Fuerza Aérea Roja de bombarderos, cazas y aviones de reconocimiento en prácticamente obsoleta.75 Mientras los nacionalistas nunca consiguieron igualar a los soviéticos en blindados, el envío de importantes contingentes de armamento antitanques alemán, insultantemente efectivo, convirtió esa cuestión en irrelevante.76 En definitiva, después de agosto de 1937, incluso aunque se hubiera abierto una ruta de tránsito segura y eficiente desde Rusia ningún material producido por la industria de defensa soviética hubiera podido socavar la cada vez más amplia posición de dominio tecnológico que tenían los rebeldes. En este sentido, sorprende poco que Moscú recortara su ayuda a mediados de 1937, si bien Stalin no la retiró completamente, sino que continuó comprometido con la República hasta prácticamente su final. Cerca del fin de la guerra, en una fecha tan tardía como diciembre de 1938, Moscú garantizó a la República una amplia línea de crédito y renovó los envíos de armas pero ya no pudo cambiar su curso.77 Al final, los soviéticos apostaron por el caballo perdedor en la guerra civil española.
El fin de la Operación X marcó no sólo el final de una era, sino también el inicio de nuevos capítulos en la misma historia épica. En muchos aspectos y por todo lo que conllevó, los últimos días de la guerra supusieron una genuina e implacable agonía. Estuvo, por supuesto, el terrible destino de los asesores soviéticos, un alarmante número de los cuales murió a su regreso a Moscú. Y también el de los brigadistas internacionales, que habían respondido a la llamada del Komintern y acabaron languideciendo en campos al sur de Francia.78 En ese momento Moscú los abandonó, a pesar de intentos al más alto nivel para motivar una actuación de Stalin. Una carta del 26 de agosto de 1939 al presidente soviético de los líderes del Comintern Georgii Dimitrov y Dimitrii Manuilskii fracasó en su intento de convencer a Stalin para que reconsiderara el caso de los exiliados. Dicho esto, sabemos ahora que el exilio en la Unión Soviética, incluso si estaba garantizado, no era una solución. Sólo hay que pensar en los pilotos españoles entrenados, estancados en la URSS al final de la guerra, o en los tres mil niños vascos y sus profesores, también abandonados. Su trayectoria es una de las más curiosas de todos los colectivos refugiados del siglo XX. No podían ser repatriados a la España de Franco sin consecuencias y su estatus estelar decayó rápidamente tras la caída de Madrid, con lo que perdieron inmediatamente su posición privilegiada. El inicio de la Segunda Guerra Mundial supuso, además, que, al igual que buena parte de la población urbana en la Rusia europea, los refugiados españoles fueran forzados a emigrar al este de los Urales. Aquellos que se habían casado con rusos se quedaron y algunos de ellos fueron enviados a Cuba en 1960 para proporcionar apoyo lingüístico a la segunda gran incursión de Moscú en el mundo hispánico. Pero simultáneamente hubo otros muchos miles de españoles viviendo contra su voluntad en la Unión Soviética hasta entrados los cincuenta, esto es, los restos de la División Azul, capturados en las batallas finales de la Segunda Guerra Mundial en Europa.79 El destino de la División Azul, de los niños refugiados vascos y del oro español abrió el capítulo más oscuro de las relaciones soviético-españolas, momento en el que Stalin condujo en 1946 una campaña que resultó inútil para establecer un embargo a España y así denigrar al dictador que había llegado al poder con la ayuda de los nazis y fascistas derrotados. Pero Franco superó a su enemigo pretérito y le sobrevivió durante más de dos décadas. El generalísimo que había contribuido a movilizar el levantamiento de julio enseguida consiguió rehabilitarse y situar a su país en esa fraternidad de países que eran las Naciones Unidas.
Desde luego, la promesa de la misión de Marcelino Pascua a Moscú en octubre de 1936, ese aparente descanso de la tristeza y el pesimismo, era una ilusión. Tres meses después, el cálculo de la noche de fin de año de 1936 de Voroshilov de veinticinco soldados soviéticos muertos suponía un crudo recordatorio de los límites de la contribución de Stalin al esfuerzo de guerra republicano. En una larga lucha de desgaste, separado de su aliado por 3.500 kilómetros, Moscú podría ganar algunas batallas en España, pero nunca la guerra civil española.
Traducción de Marta García Carrión
1. Archivo Histórico Nacional, Madrid (AHN), Diversos, M. Pascua, Leg. 5, Exp. 7, 1. La despedida en Atocha se comenta también en J. Zugazagoitia: Guerra y vicisitudes de los españoles, París, Librería Española, 1941, vol. I, p. 170.
2. Aunque ya cuenta con seis décadas de antigüedad, sigue siendo útil uno de los escasos informes del tan vilipendiado Comité de No Intervención, D. Cattell: Soviet Diplomacy and the Spanish Civil War, Berkeley, University of California Press, 1957. También son recomendables J. Edwards: The British Government and the Spanish Civil War, 1936-1939, Londres, Macmillan, 1979, y M. Alpert: A New International History of the Spanish Civil War, Nueva York, St Martin’s, 2004 (2ª edición).
3. El libro Homenaje a Cataluña de George Orwell (ed. original en inglés: Londres, Secker and Warburg, 1938) es una piedra angular de la interpretación ampliamente negativa de la izquierda sobre el papel soviético en España. Orwell creía que la guerra se situaba en el triángulo entre el fascismo, el comunismo y la democracia. Fue testigo de los «días de mayo» de Barcelona que vieron marchitarse al anarquismo catalán y la destrucción del no estalinista POUM.
4. Ver D. Kowalsky: La Unión Soviética y la Guerra Civil Española: una revisión crítica, Barcelona, Crítica, 2003 y Stalin and the Spanish Civil War, Nueva York, Columbia University Press, 2004 (edición en papel y e-book CUP Gutenberg).
5. Y. Rybalkin: Operatsiia ‘X’: Sovetskaia voennaia pomoshch’ respublikanskoi Ispanii (1936–1939), Moscú, AIRO-XX, 2000.
6. Ver A. Elorza, M. Bizcarrondo: Queridos camaradas: La Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999; R. Skoutelsky: L’espoir guidait leur pas: Les volontaires français dans les Brigades internationales, 1936-1939, París, Bernard Grasset, 1998; F. Schauff: Der verspielte Sieg. Sowjetunion, Kommunistische Internationale und Spanischer Bürgerkrieg 1936-1939, Frankfurt am Main, Campus Verlag, 2004.
7. A. Viñas: La soledad de la república: el abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Barcelona, Crítica, 2006; íd.: El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Barcelona, Crítica, 2007 e íd.: El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin, Crítica, Barcelona, 2008.
8. El ya clásico estudio sobre la seguridad colectiva de mediados de los años treinta es J. Haslam: The Soviet Union and the struggle for collective security in Europe, 1933-1939, Londres, Macmillan, 1984.
9. Arkhiv Prezidenta Rossiiskoi Federatsii (Archivo Presidencial de la Federación Rusa, APRF), f. 3, op. 65, d. 221, 1.33.
10. A. Viñas: La soledad, cit., p. 86.
11. APRF, f.3, op. 65, d. 221, 1.34.
12. Rossiskii Gosudarstvennyi Voennyi Arkhiv (RGVA, Archivo Militar Estatal Ruso), especialmente el fondo 33987.
13. APRF, f. 3, op. 65, d. 221, l. 44.
14. Sobre las campañas domésticas ver Academia de las Ciencias de la URSS: International Solidarity with the Spanish Republic, 1936-1939, Moscú, Progreso, 1974, y D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 73-95.
15. A. Arsen’tevich Komshukov: «Natsional’no-revoliutsionnaia voina ispanskogo naroda 1936-1939 gg. I sovetskaia obchshestvennost». Tesis doctoral, Kharkov, 1979, p. 179.
16. V.A. Tolmachaev, «Sovetskii Soiuz i Ispaniia: Opyt I uroki internatsional’noi pomoshchi (1936-1939)». Tesis doctoral, Leningrado, 1991, pp. 68-69.
17. Sobre el nombramiento de Ehrenburg, ver APRF, f. 3, op. 65, d. 217, l. 17. Los tres periodistas rusos que viajaron a España escribieron memorias de sus experiencias. En español, ver M. Koltsov: Diario de la guerra española, Madrid, Akal Editor, 1978 e I. Ehrenburg: Corresponsal en España, Barcelona, Editorial Prensa Ibérica, 1998. Sólo en ruso, O. Savich: Dva goda v Ispanii, 1937–1939, Moscú, Sovetskii Pisatel, 1981.
18. D. Allen: «The Soviet Union and the Spanish Civil War». Tesis doctoral, Stanford University, 1952, pp. 437-438.
19. Sobre el nombramiento de los cineastas, ver APRF, f. 3, op. 65, d. 221, l. 66. Ellos también escribieron memorias, pero ninguna se ha traducido del ruso, ver R. Karmen: No Pasaran!, Moscú, Sovetskaia Rossiia, 1972, y B. Makaseev: «Iz khroniki geroicheskoi respubliki,» en íd.: My internatsionalisty: Vospominaniia sovetskikh dobrovol’tsev-uchastnikov natsional’no-revoliutsionnoi voiny v Ispanii, Moscú, Izdat. Politicheskoi Literatury, 1986 (2ª ed.), pp. 158-64.
20. Protocolo del Politburó del 17 de agosto de 1936. RGASPI, f. 17, op. 3, del. 980, l. 235.
21. Las actividades de Karmen fueron también objeto de artículos ocasionales en la prensa republicana; ver por ejemplo la extensa pieza biográfica y la entrevista publicadas en Mundo obrero, 8 de mayo de 1937.
22. Para una panorámica de la producción de noticieros durante la guerra civil ver D. Kowalsky: «The Soviet Cinematic Offensive in the Spanish Civil War», Film History 19-1 (2007), pp. 7-19, e íd.: «La ofensiva cinematográfica soviética en la guerra civil española,» Archivos de la Filmoteca, 60-61 (2008), pp. 50-77.
23. D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 25-41.
24. APRF, f. 3, op. 65, d. 217, l. 22.
25. APRF, f. 3, op. 65, d. 217, l. 21.
26. B. Volodarsky: Stalin’s Agent: The Life and Death of Alexander Orlov, Oxford, Oxford University Press, 2015, p. 155.
27. Sobre los inicios de la Carrera de Antonov-Ovseenko, ver I. Deutscher: The Prophet Armed, Londres, Oxford University Press, 1954, p. 221, e íd.: The Prophet Unarmed, Londres, Oxford University Press, 1959, pp. 116-17 y 160–61. Sobre su nombramiento como cónsul, ver la Reunión de Protocolo de Politburó del 21 de septiembre 21 de 1936, RGASPI, f. 17, op. 3, del. 981, l. 213.
28. L. Araquistáin: La intervención de Rusia en el conflicto Español: Revelaciones de un Ex-Embajador de la República Española, San José, Costa Rica, [s.e.], 1939, p. 11. La referencia aparece también en P. Broué: Staline et la révolution. Le cas espagnol, París, Fayard, 1993, pp. 102–103. El periodista/historiador Burnett Bolloten estuvo entre quienes dieron un crédito no debido a la versión de Araquistáin sobre la participación soviética, ver B. Bolloten: The Spanish Civil War: Revolution and Counterrevolution in Spain, 1936–1939, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1991.
29. D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 36-41.
30. Ibid., pp. 47-148.
31. AHN-Madrid. Diversos. M. Pascua, legajo 16, expediente 3. El documento es el currículum vitae de Pascua desde 1939. El mismo archivo ofrece mucha información de la vida de Pascua tras la guerra. En la primavera de 1939, el embajador emigró a los Estados Unidos donde ocupó un puesto docente en sanidad pública en la Universidad John Hopkins. Terminó su carrera en Ginebra como un funcionario en las Naciones Unidas dedicado a la sanidad pública. Pascua murió en 1977.
32. Pascua escribió dos artículos favorables a la medicina soviética después de regresar de la URSS, ver El Socialista, 11 y 12 de noviembre de 1932.
33. A. Viñas: La soledad, cit., p. 264.
34. Julián Zugazagoitia: Guerra y vicisitudes de los españoles, París, Librería Española, 1941, vol. I, p. 170.
35. APRF, f. 3, op. 65, d. 221, l, pp. 97-101.
36. El establecimiento de la embajada de Pascua en D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 42-67.
37. Ibid., pp. 50-62.
38. Ibid., pp. 42-67.
39. Ibid.
40. Maiskii escribió con detalle sobre su época en el Comité de No-Intervención en dos ocasiones
41. Aunque tiene ya medio siglo, sigue siendo útil el único relato del tan denostado Comité de No Intervención, D. Cattell: Soviet Diplomacy and the Spanish Civil War, Berkeley: University of California Press, 1957. Otra fuente útil es H. Geiss: «Das ‘Internationale Komitee für die Anwendung des Abkommens über die Nichteinmischung in Spanien’ als Instrument sowjetischer Außenpolitik 1936–1938», Tesis doctoral, Frankfurt-am-Main, 1977.
42. DVP SSSR, vol. XIX, pp. 464-464, 470-471, 513-514.
43. Istoriia vtoroi mirovoi voiny, Moscú, Voennoe izdat., 1974, vol. II, pp. 54, 137.
44. La mejor información sobre la operación militar en I. E. Ribalkin: Operatsiia «X»: Sovetskaia voennaia pomoshch’ respublikanskoi Ispanii, Moscú, AIRO-XX, 2000.
45. La cuestión del oro ha sido tratada en numerosas ocasiones por Ángel Viñas. Ver A. Viñas: El oro de Moscú, Barcelona, Grijalbo, 1979; íd.: El oro español en la guerra civil, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1976; íd.: «The financing of the Spanish Civil War,» en P. Preston (ed.): Revolution and War in Spain, 1931-1939, Londres, Methuen, 1984, pp. 266–283; y de forma más reciente en íd.: La soledad de la República, Barcelona, Critica, 2006, pp. 373-398.
46. No hay ningún trabajo académico actualizado en ninguna lengua sobre el poder aéreo soviético durante la guerra. El trabajo más actualizado sobre el ejército soviético en España es S. J. Zaloga: Spanish Civil War Tanks: The Proving Ground for Blitzkrieg, Oxford, Osprey, 2010.
47. Las memorias de Kuznetsov apenas se han incorporado a la producción escrita sobre la guerra que no es rusa, aunque tienen un gran valor especialmente al clarificar los problemas logísticos a los que se tuvo que enfrentar la armada soviética para transportar material a España. Ver N.G. Kuznetsov: Nakanune, Moscú, Voenizdat, 1969; íd.: Na dalekom meridiane, Moscú, Nauka, 1988 (3ª ed.); y en inglés íd.: Memoirs of Wartime Minister of the Navy, Moscú, Progress, 1990.
48. D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 290-306.
49. Ibid., pp. 307-320.
50. Informe de Codavilla al CEIC, 22 de septiembre de 1936, RGASPI, f. 495, op. 2, del. 233, ll. 56-99.
51. La mejor introducción a la formación de las Brigadas Internacionales son los trabajos de R. Skoutelsky: Novedad en el Frente: Las Brigadas Internacionales en la guerra civil, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 2006; íd.: «The Comintern and the International Brigades,» The Volunteer XXIV-1, 2002, pp. 9-13; e íd.: L’espoir guidait leur pas: Les volontaires français dans les Brigades internationales, 1936-1939, París, Bernard Grasset, 1998.
52. Para la versión de Longo sobre las Brigadas Internacionales, ver L. Longo: Las Brigadas internacionales en España, México D.F., Ediciones Era, 1966.
53. En septiembre de 1937 el Daily Worker, órgano del Partido Comunista de Estados Unidos, reconoció que había reclutado cuadros activamente. Ver R. D. Richardson: Comintern Army: The International Brigades and the Spanish Civil War, Lexington, University of Kentucky Press, 1982, p. 32.
54. Komunisticheskii Internatsional: Kratkii istoricheskii ocherk, Moscú, Politizdat, 1969, p. 460.
55. Ver R. Skoutelsky: L’espoir guidait leur pas, cit., pp. 29-54.
56. Sobre la llegada de las Brigadas Internacionales ver H. G. Thomas: The Spanish Civil War, Nueva York, Simon & Schuster, 1994 (3ª ed.), p. 456. Sobre su establecimiento en la base de Albacete, ver R. Skoutelsky, L’Espoir guidait leur pas, cit., pp. 29-79, e íd.: Novedad, cit., pp. 76-84.
57. Esta es la estimación relativamente conservadora y en ningún caso definitiva de H. G. Thomas: The Spanish, cit., pp. 982-983. Documentos desclasificados soviéticos indican hasta 50000. RGASPI, f. 495, op. 76, del. 33, l. 18, citado en M.V. Novikov: SSSR, Komintern i grazhdanskaia, Iaroslav, Iaroslavskii gosudarstvennyi pedagogicheskii universitet, 1995, vol. II p. 100.
58. El papel de Moscú en la creación y supervisión de las Brigadas Internacionales es el tema de parte de R. Radosh, M. R. Habeck, G. Sevostianov (eds.): Spain Betrayed: The Soviet Union in the Spanish Civil War, New Haven/Londres, Yale University Press, 2001, pp. 233-260 y 431-473.
59. El primer estudio sobre el tema fue E. Zafra: Los niños españoles evacuados a la URSS, Madrid, Ediciones de la Torre, 1989, si bien no incorporaba materiales de archivos rusos. En D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 96-120, se utilizaban documentos inéditos de época soviética. Estas informaciones han quedado recientemente complementadas por diversos relatos como S. Castillo: Mis años en la escuela soviética, Madrid, Libros de la Catarata, 2009 e I. Colomina Limonero: Dos patrias, tres mil destinos: vida y exilio de los niños de la Guerra de España refugiados en la Union Soviética, Madrid, Cinca, 2010.
60. Para una revisión de la literatura reciente sobre el tema, ver G. Young: «To Russia with ‘Spain’: Spanish Exiles in the USSR and the Longue Durée of Soviet History», Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 15-2, 2014, pp. 395-419.
61. Sobre las condiciones de vida de los niños soviéticos durante la década de los treinta ver L. Siegelbaum, Andrei Sokolov: Stalinism as a Way of Life: A Narrative in Documents, New Haven, CT, Yale University Press, 2000, pp. 356–420.
62. Por ejemplo, Arthur Stachevsky, el agregado económico que llegó a finales de agosto de 1936, participó en una reunión AUS a mediados de diciembre de ese año. RGVA, f. 33987, op. 3, del. 853, l. 322.
63. D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., pp. 180-190.
64. Para los intercambios culturales entre los dos países, ver ibid., pp. 133-190.
65. Sofiia Antonov-Ovseenko a VOKS, 31 de octubre de 1936, Archivo Estatal de la Federación Rusa, Gosudarstvennyi arkhiv Rossiiskoi Federatsii (GARF). f. 5283, op. 7, del. 840, l. 180.
66. Sobre la historia de Film Popular, ver A. Perucho: «Una organización cinematográfico nacido en la guerra», Nuevo Cinema, 2, junio de 1938, pp. 12-14.
67. Ver el noveno episodio de K sobytiiam v Ispanii (Sobre los sucesos de España), conservado en la Filmoteca Española (Madrid).
68. Heraldo de Madrid, 4 de noviembre de 1936.
69. El origen de la película y su gran popularidad en la Unión Soviética se describen en J. Leyda: Kino: A History of the Russian and Soviet Film, Princeton NJ, Princeton University Press, 1983 (3ª ed.), pp. 314-321.
70. M. Koltsov: Diario de la Guerra española, Madrid, Akal, 1978, pp. 123.
71. D. Kowalsky: La Unión Soviética, cit., p. 255.
72. J. Erickson (ed.): The Soviet High Command: A Military-Political History, 1918-1941, Boulder CO, Westview, 1984, p. 430.
73. Archivo Presidencial de la Federación Rusa (APFR), f. 3, op. 53, d. 470, l. 109.
74. D. Kowalsk: La Unión Soviética, cit., p. 258.
75. Ibíd., pp. 295-298.
76. Ibíd., pp. 307-320.
77. El último envío de armas soviéticas por valor de cerca de 55 millones de dólares, trasladadas en siete barcos, fue durante muchos años considerado un mito, si bien hoy en día documentos desclasificados del Archivo Militar de Estado Ruso (AMER) confirman que sí que tuvo lugar. La logística de la operación y el contenido del envío, hasta la precisión del número de proyectiles (1,382.540) en RGVA f. 33987, op. 3, del. 1259, ll. 85-105.
78. El destino de los brigadistas y los republicanos en el exilo, muchos de los cuales acabaron en campos de concentración nazis, ha sido tratado por diferentes especialistas, entre ellos D. Wingeate Pike: In the service of Stalin: the Spanish Communists in exile, 1939-45, Oxford, Oxford UP, 1993.
79. La bibliografía sobre la División Azul es ya un subtema considerable en la investigación sobre la Segunda Guerra Mundial. El balance reciente más exhaustivo es W. H. Bowen, Spain during World War II, Columbia, Missouri, University of Missouri Press, 2006.
JÓVENES, ANTIFASCISMOS Y PACIFISMOS EN TORNO A LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Sandra Souto Kustrín *
Instituto de Historia.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
La movilización antifascista y pacifista, al igual que la solidaridad internacional, adquirieron en el periodo de entreguerras, como se reflejó especialmente en torno a la guerra civil española, un carácter de masas, abarcando a amplios sectores de población de diferentes países, más allá de la militancia política. Tuvo entre sus principales protagonistas a actores sociales que habían comenzado a organizarse de forma independiente principalmente en el siglo XX, como las mujeres y los jóvenes. Estos últimos fueron fundamentales en todas las movilizaciones sociales y políticas en el periodo de entreguerras, especialmente en Europa, pero también en otros lugares, como Estados Unidos, China o Japón.1
El conflicto bélico español galvanizó y generalizó la solidaridad internacional con manifestaciones de protesta por la intervención de las potencias fascistas, recogida de fondos y materiales (medicinas, alimentos,...), y de firmas de apoyo a la República Española, en lo que se planteó como una lucha antifascista, por la democracia y por la paz de carácter internacional: «Nuestra causa es la causa de toda la juventud, (...) la victoria de la República es condición primera para toda posibilidad de paz, de democracia y de libertad en el resto del mundo» y «la libertad y la democracia de Europa son también defendidas en los frentes de España».2
Produjo también debates y cambios en los movimientos pacifistas, que habían adquirido una gran fuerza desde el final de la Primera Guerra Mundial y que, durante toda la década de los años treinta, mantuvieron una compleja interrelación con los antifascismos –quizá un término más adecuado dado que la historiografía de las últimas décadas ha roto con la idea de un antifascismo estático y monolítico, partidista, para plantear la existencia de una cultura de masas antifascista, con gran variedad de representaciones y posiciones, solo unidas por el rechazo común a lo que los fascismos representaban.3
Este papel de la guerra civil española se reflejó claramente en los dos congresos mundiales de la juventud que se celebraron en Ginebra, en agosto-septiembre de 1936, y en Nueva York, en agosto de 1938, que son el centro de este trabajo. Dada la necesaria brevedad del texto, se realizará, en primer lugar, una muy breve síntesis de la evolución del pacifismo en el periodo de entreguerras, con unas notas sobre los canales y formas en que se produjo la solidaridad juvenil con la República en guerra,4 para, finalmente, analizar los dos congresos antes citados, la influencia de la guerra civil española en ellos y los cambios que provocaron en los movimientos pacifistas.
LOS PACIFISMOS DE ENTREGUERRAS
Las ideas antimilitaristas y pacifistas tienen una larga historia y había habido movimientos pacifistas antes de la Primera Guerra Mundial, al igual que campañas de solidaridad internacional. Por ejemplo, gran parte de las actividades de las juventudes socialistas europeas antes de la Gran Guerra se centró en lo que se llamaba «propaganda antimilitarista», influida por el rechazo tradicional del mundo obrero al servicio militar obligatorio, que se empezó a establecer en Europa tras la guerra franco-prusiana de 1870. También la guerra franco-prusiana vio la acción humanitaria de la Sociedad de los Amigos, más conocida como los cuáqueros, probablemente la más antigua de las asociaciones que desarrollan acciones humanitarias, que había jugado un importante papel en la gran hambruna irlandesa entre 1846 y 1849 y que actuaría también antes de la Gran Guerra en las guerras balcánicas y en la guerra de los Boers en Sudáfrica.5
Sin embargo, las consecuencias del conflicto bélico, que se había vendido casi como una cruzada por Dios y por la Patria en todos los países europeos y que se convirtió en una masacre sin precedentes, dieron un gran impulso a las ideas pacifistas: el never again! británico fue replicado por el plus jamais ça! francés. Se puede decir que el apogeo de las ideas pacifistas «puras», de rechazo a toda guerra, se produjo en los años veinte y a principios de los años treinta, cuando los jóvenes rechazaron el militarismo y se opusieron al rearme. Estos planteamientos tuvieron su colofón en el llamado Juramento de Oxford, la resolución aprobada por la Oxford Union el 9 de febrero de 1933, declarando que «no luchará por su rey y por su país en ninguna circunstancia», que fue seguido por mociones similares en otras universidades británicas y que tuvo su propia versión en los Estados Unidos, donde una encuesta realizada en el otoño de 1933 mostró que un 39% de los universitarios norteamericanos la apoyaba y que otro 33% decía que solo tomaría las armas si el país era invadido. Prácticamente cada 11 de noviembre, los estudiantes organizaban manifestaciones y/o actos públicos por el aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial que, por ejemplo, en el Reino Unido se convirtieron en los años treinta en centro de protesta contra la guerra. En Estados Unidos, a partir de 1934, se celebraron «huelgas por la paz» el 13 de abril, coincidiendo con el aniversario de su entrada en la Gran Guerra: en la tercera huelga, en 1936, participaron más de 350.000 estudiantes.6
Resultado también de la Gran Guerra y de la posterior creación de la Sociedad de Naciones (SdeN) fue el surgimiento, en 1921, de una organización civil internacional, la Federación Internacional de Asociaciones pro Sociedad de Naciones (IFLNS por sus siglas en inglés). Su objetivo era movilizar a la opinión pública en favor de la Sociedad de Naciones y presionar para que sus gobiernos asumieran los compromisos que se desprendían de ella. En general, y como ejemplifica el caso británico, los miembros de la IFLNS coincidían con la tendencia más liberal y progresista de la SdeN; exigían que sus organismos desplegaran más decisión e iniciativa; y eran apoyadas por partidos de centro y centro-izquierda (liberales y laboristas en Gran Bretaña, dado que los conservadores británicos nunca fueron muy partidarios de la existencia de la Sociedad de Naciones). En muchos países, como en el mismo Reino Unido, estas organizaciones tuvieron secciones juveniles y/o universitarias y jugaron un importante papel en la defensa de la paz.7
En los movimientos pacifistas participaron jóvenes de muy variadas tendencias políticas. Por ejemplo, en Francia se creó el Groupement Universitaire pour la Société des Nations (GUSDN), ligado a grupos católicos, que difundió en cánticos y periódicos las ideas de paz y reconciliación. Casi cada año se organizaban semanas por la paz, tanto por esta organización como por la Liga de Derechos del Hombre, los jóvenes del Partido Radical o los socialistas. Estos últimos se apoyaban en la «Fiesta de la Paz» (31 de julio), día de propaganda antibélica y antimilitarista fijado por la Internacional Juvenil Socialista (IJS) en recuerdo del asesinato, en 1914, del dirigente socialista y pacifista francés Jean Jaurès.8
Las organizaciones juveniles comunistas mantuvieron esta política antimilitarista, pero se oponían a lo que llamaban «pacifismo burgués». Para la Internacional Juvenil Comunista (IJC), mientras existiera el capitalismo no se podía estar contra toda guerra y distinguía tres tipos de conflictos bélicos: las guerras entre estados imperialistas; las de liberación nacional, sobre todo en las colonias; y las que los países y la «contrarrevolución» capitalistas hacían contra el desarrollo de la «revolución proletaria» y donde ésta había triunfado.9
Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial también dieron lugar al desarrollo de ideas pacifistas en unas organizaciones surgidas con un claro signo «militarista», como los Boy Scouts. Desde 1920, celebraron en diferentes estados europeos unos encuentros internacionales de unos 10 días de duración –llamados jamborees–, en los que participaban adolescentes de entre 14 y 17 años. Como se dijo en 1929, se buscaba con ello «fortalecer el espíritu de fraternidad y de amistad entre los jóvenes del mundo».10
Ya en 1928 se celebró en Holanda lo que se llamó «Primer Congreso Mundial de la Juventud por la Paz», que tuvo como anfitriona a la Federación Holandesa de Jóvenes por la Paz. Había sido precedido, entre otros, por un Congreso por la Paz celebrado en Bierville (Francia) en 1926, donde se formó un secretariado internacional para preparar el congreso juvenil. Sin embargo, no tuvo una amplia repercusión dado el contexto internacional: era todavía el periodo del «espíritu de Locarno» y los «felices años 20».11 La crisis de 1929 y la política agresiva de los movimientos fascistas en el poder aceleraron las movilizaciones pacifistas. La ocupación de Manchuria por Japón entre 1931-1933 no había producido una preocupación generalizada, pero a esta le siguió la de Etiopía por la Italia fascista en 1935, la crisis por la remilitarización de Renania realizadad por la Alemania nazi en marzo de 1936, el comienzo del conflicto bélico español en julio, el inicio de la guerra chino-japonesa en 1937, y el Anchsluss austríaco –la anexión por la fuerza de Austria a Alemania–, en marzo de 1938, que llevarían a ampliar las dimensiones y las relaciones de y entre los movimientos pacifistas.
En esta posibilidad de establecimiento de nuevas relaciones influyeron también los cambios en las organizaciones comunistas, que pasaron de la crítica a los socialistas como «socialfascistas» y de la política de clase contra clase a la política frentepopulista, establecida en los congresos que celebraron la Internacional Comunista y su equivalente juvenil, la IJC, en agosto-septiembre de 1935: una amplia alianza contra el fascismo que implicaba también tener en cuenta a amplios sectores liberales de clase media en la lucha por la paz, abandonando las críticas al «pacifismo burgués».12
El origen de lo que se llamó «Movimiento del Congreso Mundial de la Juventud» fue una resolución adoptada por la Federación Internacional de Asociaciones pro Sociedad de Naciones en junio de 1933, que mostraba la consciencia existente del fracaso del «espíritu de paz» que se había intentado introducir tras la Gran Guerra: había llegado el momento de que la generación que no había participado en aquella «actuara para reformar las políticas sociales e internacionales que sus mayores habían seguido con tan malos resultados».13 En el Primer Congreso Mundial de la Juventud, René Cassin planteó que las lecciones de la guerra mundial se habían olvidado y que los jóvenes estaban recibiendo –encubiertas bajo las «ideas nobles del patriotismo, el coraje y el heroísmo»– las viejas ideas que «ya han demostrado ser muy desastrosas».14 La importancia de la movilización juvenil del periodo de entreguerras hizo destacar el papel que los jóvenes podían jugar en la defensa de la paz. Ya en 1935 desde las organizaciones religiosas del Reino Unido se defendía que «la juventud puede parar la guerra. Si la juventud rechazara luchar, la guerra pronto quedaría relegada al limbo de las cosas fuera de moda». En el congreso mundial de 1938, el subsecretario de Estado de Estados Unidos dijo que «el mundo se ha dado cuenta con razón de que la voz más fuerte que se puede levantar contra la agonía de la indecisión que prevalece hoy en día es la de la juventud».15
Se planteaban como objetivos del primer congreso proporcionar a los jóvenes de todos los países una oportunidad para intercambiar ideas sobre los sucesos internacionales, discutir las posibilidades de elaborar un plan común para «prevenir la guerra y organizar la paz», y estrechar los lazos entre las organizaciones juveniles y entre éstas y las asociaciones pro Sociedad de Naciones. Su convocatoria coincidió con la celebración, en París, de un congreso mundial contra la guerra y el fascismo, promovido por Henri Barbusse con el apoyo del escritor pacifista francés Romain Rolland y organizado por los comunistas, en el que participaron intelectuales de izquierdas no militantes. Este congreso situó al fascismo como enemigo principal, vinculándolo con la posibilidad de una nueva guerra, y fue seguido por otro de jóvenes que se celebró también en París en septiembre de 1933.16
Este congreso y el llamado «Primer Congreso Mundial de la Juventud» parecen no solo iniciativas independientes, sino hasta en competencia, si tenemos en cuenta la política comunista en ese momento, que la URSS no entró en la SdeN hasta septiembre de 1934, y que en lo que se llamó «Presidium» del Congreso Mundial de Jóvenes contra la Guerra y el Fascismo no figuraba ninguno de los intelectuales que apadrinarían el otro. Sin embargo, el fracaso del comunismo alemán ante el ascenso de Hitler al poder ya había generado dudas sobre la eficacia de la política comunista, y es significativo que fuera tras los dos congresos contra la guerra y el fascismo comunistas cuando se constituyeron en Francia diversos comités que significaron la primera movilización específicamente antifascista impulsada por el Partido Comunista Francés, uno de los primeros defensores de la política frentepopulista.17
Y si bien es bastante conocido el acercamiento de la Juventud Comunista Francesa a otras organizaciones juveniles anterior a los congresos internacionales comunistas de 1935, entre los ejemplos juveniles destacados en ellos, aparte del francés, estuvo el más desconocido de Estados Unidos. Se explicó que la organización juvenil comunista de ese país había sido invitada a participar en el American Youth Congress, que celebró su primer congreso en 1934. Se reconoció que, anteriormente, se hubiera rechazado participar, pero se valoró muy positivamente haberlo hecho. Habían aprendido un nuevo lenguaje y nuevas tácticas más elásticas y reconocieron que el dinero que el gobierno destinaba a los jóvenes no era simple demagogia, sino que era muy útil para la juventud, que lo había logrado con sus protestas.18
En este contexto, se celebró en febrero de 1936, en Bruselas, una conferencia preparatoria del Primer Congreso Mundial de la Juventud a la que llamaron a participar catedráticos e intelectuales europeos destacados del momento, como Theodore Ruyssen (1868-1967), filósofo e historiador, secretario de la IFLNS, destacado pacifista francés y presidente de la Asociation de la Paix par le Droit (Asociación de la Paz por el Derecho).19
Y el Movimiento del Congreso Mundial de la Juventud fue mucho más allá en su capacidad unitaria que la política comunista y fue propuesto y apadrinado por sectores liberales y socialistas que apoyaban a la Sociedad de Naciones, como se refleja claramente en los ponentes que intervinieron en el primer congreso, de tendencias liberales o socialdemócratas y personalidades importantes de la Europa del momento y que continuaron siéndolo, en algunos casos, hasta bien entrada la segunda posguerra. Un ejemplo es Henri Rolin, que había participado en los trabajos preparatorios del Tratado de Versalles, en la creación de la SdeN y en el gobierno belga presidido por Émile Vandervelde en 1925. Había entrado en el Partido Obrero Belga (socialista) en 1931 y fue senador desde 1932 a 1965. Exiliado en Londres desde 1941, Rolin participó en la Conferencia de San Francisco en la que se creó la ONU, fue ministro de Justicia de Bélgica en 1946 y presidente del Senado entre 1947 y 1949.20
Desde el ámbito religioso, intervinieron el filósofo católico francés Emmanuel Mounier (1905-1950), que había fundado en 1932 el movimiento y la revista Esprit, uno de los que mejor refleja lo que Jean Touchard llamó «el espíritu de los años treinta»; y Emil Brunner (1889-1966), destacado teólogo protestante y catedrático de teología en la Universidad de Zurich desde 1924.21
Entre los 39 patrocinadores del segundo congreso estuvieron nuevamente Henri Rolin y Theodore Ruyssen, pero también los ministros de Asuntos Exteriores de Finlandia, México, Noruega, Checoslovaquia, Dinamarca y Suecia; el belga Louis de Brouckère, presidente de la Internacional Obrera Socialista; Diego Martínez Barrio, de Unión Republicana y presidente de las Cortes Españolas durante la guerra civil; Edouard Herriot, del Partido Radical Francés y presidente de la Cámara de Diputados francesa; el arzobispo de York (Gran Bretaña); Lord Robert Cecil, presidente de la LNU británica; o Pandit Jahawarlal Nehru (presidente del Congreso Nacional Indio, que sería primer ministro de la India independiente entre 1947 y 1964).22
La excepción a esta caracterización fue el secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas de la Unión Soviética, Aleksandr Kosarev, que intervino en el primer congreso en la que fue, probablemente, «la primera vez que los jóvenes soviéticos se reúnen con jóvenes de otros países y diferentes puntos de vista». Al segundo congreso la organización juvenil soviética ya no asistiría, quizá por las purgas que ella misma estaba sufriendo.23
Para organizar la participación española en este congreso, y no como «fórmula del acercamiento entre jóvenes políticos y universitarios», fue para lo que se creó en España el Frente de la Juventud,24 al igual que se había creado el American Youth Congress. En 1935, se reunió por primera vez el Congreso de la Juventud Canadiense y a partir de ese momento se reunió anualmente hasta 1940. Incluyó organizaciones juveniles de diferentes clases sociales, religiones y etnias, y, en su punto álgido, reunió a más de 400.000 jóvenes. Con el mismo objetivo y tras varias reuniones auspiciadas por la League of Nation Unions británica, se conformó, en marzo de 1936, la British Youth Peace Assembly. Desde la oposición a ella, la Economic League –un grupo de presión conservador– informó de que en su asamblea de constitución habían participado 39 organizaciones juveniles «de las más importantes de Gran Bretaña».25
En el Frente de la Juventud español se integraron las juventudes socialistas y comunistas (unificadas posteriormente en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU); las organizaciones juveniles de los diferentes partidos republicanos (Juventud de Izquierda República (JIR), de Unión Republicana (JUR), y de Izquierda Federal (JIF); y la Federación Universitaria Escolar (Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH).26
En la Conferencia de Bruselas participaron delegados de organizaciones de 23 países, la mayoría europeos, con la excepción de China, Indonesia y Estados Unidos, y 29 organizaciones internacionales de diferentes tendencias ideológicas y religiosas –entre ellas, la Young Men’s Christian Asociation (YMCA), la Young Women’s Christian Asociation (YWCA), el Buró Internacional de la Juventud Revolucionaria (BIJR),27 la Internacional Juvenil Comunista, la Confederación Internacional de Estudiantes (CIE),28 la Federación Internacional de Estudiantes Socialistas, la Federación Universal de Asociaciones Cristianas de Estudiantes, y las secciones juveniles de la Internacional Sindical Roja y el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo (comunistas).29
Los dos congresos destacaron por reunir a una gran cantidad de organizaciones juveniles de numerosos países y de ideologías, filosofías y religiones muy variadas: como se dijo sobre el de 1938, «jóvenes de prácticamente todo país importante, de casi toda Iglesia clave, de toda la gama de opiniones políticas». Hubo una mayor participación que en congresos anteriores: entre delegados y observadores en cada uno de ellos participaron unos 700 jóvenes, en su mayoría hombres.30 En el primer congreso hubo representantes de diferentes organizaciones juveniles de 33 estados, predominantemente europeos, y de dos territorios coloniales. A propuesta de la delegación norteamericana se aceptó realizar el siguiente congreso en Estados Unidos para que pudiera haber una mayor representación de Australia, América y el Lejano Oriente. Así, en el congreso de 1938 participaron 43 estados y 11 territorios coloniales, y la representación latinoamericana fue mucho más importante.31 Las organizaciones procedentes de países nuevos fueron principalmente estudiantiles (por ejemplo, las de Panamá, Perú, Nicaragua o China), lo que puede relacionarse con el hecho de que, entre los jóvenes, suelen ser los estudiantes quienes primero se organizan.
En ambos congresos fue en las delegaciones más amplias y/o de países con más larga tradición de organización juvenil en los que la variedad política y religiosa era mayor. Por poner algunos ejemplos, la delegación británica al primer congreso estuvo formada por once organizaciones políticas que incluían representantes de las organizaciones juveniles de los partidos más importantes (Conservador, Liberal, Laborista, Comunista, Partido Socialista Escocés y, en algunos casos, también de sus organizaciones estudiantiles, como la del Partido Liberal o el Laborista); 10 organizaciones religiosas –entre las que estaba el Consejo de la Juventud de la Iglesia de Inglaterra y el de la Iglesia de Escocia, la YWCA, la Federación Universitaria Judía, la Juventud Metodista o la Federación de Jóvenes Cristianos de Irlanda del Norte. Participaron también 11 organizaciones pacifistas -entre ellas los grupos juveniles de la LNU y las asociaciones pro Sociedad de Naciones de las principales universidades británicas– y representantes de ocho organizaciones definidas como «sociales», entre ellas la Unión Nacional de Estudiantes. En el congreso de 1938, la delegación argentina la conformaban, entre otras organizaciones, la Federación Universitaria Argentina, delegados juveniles de la Unión Cívica Radical y del Partido Socialista, la Federación Juvenil Comunista y la Federación Argentina de Asociaciones de Jóvenes Evangélicos. De Chile llegaron representantes de la YMCA, la Asociación de Jóvenes Judíos, las juventudes socialista, radical, liberal y comunista, o la Federación Estudiantil Chilena.32
En el primer congreso estuvieron presentes delegaciones de 10 organizaciones internacionales, entre ellas la YMCA, la YWCA, la IJC, la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, la Comisión de Jóvenes de los Movimientos Ecuménicos, o la Federación Internacional Universitaria de Mujeres. En el congreso de 1938 participaron 14: volvieron a estar presentes las citadas anteriormente, excepto la Comisión de Jóvenes de los Movimientos Ecuménicos y, entre las que participaron por primera vez, destacan la Internacional Juvenil Socialista (IJS), la Unión Mundial de la Juventud Judía, la Federación Internacional de Sociedades Universitarias pro Sociedad de Naciones o la Alianza Internacional de Estudiantes por el Socialismo, resultado de la unificación de la Federación Internacional de Estudiantes Socialistas y el Secretariado Internacional de Estudiantes Comunistas en 1937.33
MÁS ALLÁ DE LA SOLIDARIDAD: GUERRA CIVIL, GUERRAS JUSTAS Y GUERRAS INJUSTAS
Desde el comienzo de la guerra civil, las organizaciones juveniles españolas canalizaron la solidaridad juvenil a través de órganos internacionales afines, como la IJS y la IJC en el caso de la JSU, resultado de la unificación de la Federación de Juventudes Socialistas (FJS) y la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE), o el BIJR, en el de la JCI. Ya en agosto de 1936, la UFEH realizó un llamamiento a los estudiantes de todo el mundo para que apoyaran a la España republicana, que se extendió a través del Rassemblement mondial des étudiants pour la paix, la liberté et la culture (RME)34 y de la Federación Internacional de Estudiantes Socialistas. Las organizaciones republicanas y las anarquistas no contaban con organismos internacionales y, en el segundo caso, las organizaciones homologables eran escasas. Aunque la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), afecta a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), intentó crear una Internacional Juvenil Anarquista nunca lo logró.
Celebrado a partir del 31 de agosto, a poco más de un mes del comienzo de la guerra civil española, el Primer Congreso Mundial de la Juventud sirvió a las organizaciones juveniles que luchaban junto al gobierno republicano para presentar su primera «defensa» de la República. La delegación española, con más de 20 miembros, incluyó 8 militantes de la FIJL y 1 de la Juventud Nacionalista Vasca, aunque estas organizaciones no eran miembros del Frente de la Juventud, además de 3 miembros de la Comisión de Unificación entre la FJS y la UJCE, dos de la JUR, uno de la FCDO y otro de la UFEH, entre otros.35 La British Youth Peace Assembly informó de que «se produjo una gran conmoción por la entrada de 13 delegados más de España, que habían llegado recién del frente de Cataluña y venían uniformados». Manuel Vidal, presidente de la delegación, subrayó la «acogida entusiasta, fervorosa» que el congreso les dio, mientras que otro de los miembros de la delegación, Eugenio Imaz, escribió que los delegados al congreso «no tuvieron reparo en acercarse, en intimar con esos terribles incendiarios de iglesias que éramos nosotros, según la insinuación perseverante de los filofascistas [...]. Y nos escribieron cartas fervorosas de adhesión y hasta hicieron colectas».36
La delegación española destacó el apoyo de jóvenes españoles de diferentes tendencias políticas al gobierno republicano. Consciente de la información que llegaba al extranjero, planteó que la República luchaba «por el orden», la libertad y la cultura, y destacó su respeto por todas las religiones, a la vez que lamentó que hubiera gobiernos europeos que estuvieran permitiendo que sus ciudadanos ayudasen a los rebeldes. Henri Rolin, que actuaba como presidente del congreso, intervino diciendo que había realizado un discurso que se salía de los objetivos de aquel pero que era explicable por la situación que vivían. Y tanto en esta intervención como en la clausura del congreso expresó su deseo de que acabase la guerra en España y de que se «reconciliasen» todas las tendencias existentes.37
A partir del Congreso de Ginebra la solidaridad juvenil con la República se acrecentó: el 6 de septiembre, en la misma Ginebra y tras oír el informe presentado por los delegados españoles, se reunieron un centenar de congresistas de «juventudes socialistas, comunistas, anarquistas y otras» que representaban a 13 países y 33 organizaciones. Decidieron crear comités de ayuda locales y nacionales que agrupasen a todas las organizaciones juveniles que quisieran participar, dando así origen a comités juveniles de ayuda a la República en diferentes lugares; pedir a la Internacional Juvenil Socialista y a la Comunista que organizaran conjuntamente la solidaridad; y, cuando hacía pocos días que se había establecido la política de no intervención, presionar a los gobiernos de sus respectivos países para que cesase el bloqueo a la República y el envío de material a los sublevados. Procedente de Ginebra, una comisión juvenil formada por delegados de organizaciones juveniles americanas –un cubano, tres canadienses y seis estadounidenses– visitó Barcelona y Madrid y llevó al surgimiento de comités juveniles de ayuda en países como Estados Unidos, Canadá, Cuba y México.38
Las organizaciones juveniles españolas convocaron una «Conferencia Europea de la Juventud sobre los sucesos de España»,39 que se celebró en París el 19 de diciembre de 1936. En ella participaron representantes de más de 100 organizaciones juveniles, tanto internacionales como representantes de 23 países, incluyendo algunos extraeuropeos como Cuba o Estados Unidos. Representaban un amplio espectro ideológico y religioso, aunque predominaban las organizaciones socialistas y comunistas y, entre las organizaciones religiosas, las protestantes. Jóvenes españoles de diferentes organizaciones presentaron seis informes que trataban los temas más controvertidos a los que hacía frente el gobierno republicano: su posición internacional y la postura de los demás países hacia él, la cuestión nacional, el problema agrario, la educación, la formación del ejército republicano, y la cuestión religiosa. Los informes y la resolución aprobada hicieron hincapié en el carácter democrático del gobierno republicano y de los objetivos de su lucha. Mientras que las Juventudes Libertarias consideraron que la conferencia representó las posiciones de republicanos y socialistas, la JSU planteó que «los jóvenes del mundo, sin distinción de ideologías», querían ayudar a la República y que la «unidad de la juventud española» en el Frente de la Juventud se había considerado «el camino a seguir».40
En una segunda reunión, celebrada al día siguiente, se decidió formar la Comisión Internacional de la Juventud por la España Republicana, conocida como Comité de París, con el objetivo de «coordinar el trabajo de ayuda directa y de información». La importancia que le daban los políticos republicanos a esta acción internacional de los jóvenes se reflejó en que el gobierno subvencionó al representante del Frente de la Juventud estatal en esta comisión, mientras que la Generalitat hizo lo mismo con el Frente de la Juventud de Cataluña y, aunque no sabemos el resultado, se intentó gestionar que el gobierno vasco subvencionara al representante del Frente de la Juventud Vasca.41
Así, se sucedieron también viajes de miembros de organizaciones juveniles a España y de delegaciones juveniles españolas al extranjero, dando mítines y recogiendo fondos. Ya en marzo de 1937 se había anunciado que viajaba hacia París el profesor Gregorio Bergman, presidente de honor del RME y representante en éste de la Federación Universitaria Argentina. Una delegación juvenil española viajó a Estados Unidos, donde recolectó 18.000 dólares en mítines organizados por la American Student Union (Unión de Estudiantes Estadounidenses (ASU). El movimiento de solidaridad con la República se había extendido hacia América y Asia-Oceanía, especialmente a través de las Uniones Nacionales de Estudiantes, como en Costa Rica, Indonesia, India, Puerto Rico o China.42
En 1937, la ASU pidió al gobierno norteamericano que aplicara sanciones a los países agresores. En 1938, renunció al desarme y planteó que había que favorecer el rearme de su gobierno para defender la democracia, tras un debate entre aislamiento y seguridad colectiva que se había iniciado con la invasión italiana de Etiopía. La decisión de la ASU hizo que se formaron dos bloques en el movimiento pacifista estadounidense: los liberales y comunistas la apoyaron, mientras que aislacionistas, trotskistas, socialistas y pacifistas «puros» se opusieron y formaron el Comité Juvenil contra la Guerra. También en 1938, la Oxford Student Union anuló su «Juramento», adoptando una resolución que decía que «esta asociación defiende la alianza de las naciones pacifistas y está dispuesta a hacer la guerra contra la invasión fascista». Se abría paso la idea de que, en ciertas circunstancias, había que recurrir a la guerra para defender la paz.43
La Alianza Juvenil Antifascista fue la que representó a la «juventud española» en el Segundo Congreso Mundial, que se celebró en Nueva York entre el 16 y el 23 de agosto de 1938. Alianza lo definió como «congreso de unidad de todos los jóvenes para la defensa de la paz mundial», identificada con la «lucha contra los agresores, contra los fascistas que quieren destruir nuestra patria», por lo que la juventud española debía apoyar el congreso y defender su unidad, mientras que los adultos pidieron a los jóvenes que explicaran en Nueva York que en España se estaba defendiendo la paz con las armas porque no se podía hacer otra cosa, idea en la que coincidieron Ramón Lamoneda (PSOE), y Mariano Vázquez y Segundo Blanco (CNT), en entrevistas realizadas por el mismo periódico. La delegación de la AJA, presidida por el libertario Serafín Aliaga, estuvo formada solo por 13 miembros e incluyó, además de a las organizaciones que habían participado en el primer congreso, a una representante de la Unión de Muchachas –la organización juvenil femenina vinculada a la JSU–, y un miembro de la JEREC. Tuvieron representación independiente las Juventuts Socialistes Unificades de Catalunya y las Juventudes Libertarias catalanas.44
En ambos congresos internacionales se planteó la necesidad de la unidad de ésta para construir un mundo en paz, lo que se consideraba que sólo podía conseguirse con el fortalecimiento del sistema democrático y, en el segundo, se rechazó –en una referencia implícita a las organizaciones juveniles de los países totalitarios– que la juventud debiera expresar obediencia incuestionable hacia el Estado y/o sus dirigentes. Las organizaciones juveniles de Alemania, Italia y Japón habían intervenido en la preparación del primer congreso hasta el 10 de julio de 1936, pero finalmente decidieron no asistir, aunque los delegados italianos del exilio habían estado dispuestos a no participar si eso ayudaba a que lo hicieran representantes de las organizaciones juveniles fascistas. La ausencia de las organizaciones juveniles nazis llevó a la delegación francesa a presentar un «llamamiento a la juventud alemana», que fue aprobado por unanimidad, en el que se le pedía participar y desarrollar las labores aprobadas en el congreso, «convencidos» de que compartían sus objetivos de luchar por la paz porque «en una guerra todos acabarían perdiendo». En el segundo congreso se insistió en la necesidad de colaborar con los jóvenes de las potencias fascistas: «La juventud democrática no está enemistada con la juventud de los estados totalitarios y hará todo lo que esté en su mano para establecer un contacto amistoso con ellos».45
Sin embargo, la evolución de la situación internacional no permitió que los delegados del segundo congreso no pusieran nombres y apellidos a los problemas. Así, el mismo informe del segundo congreso destacó «la gran ovación dada a los delegados de China, España, Checoslovaquia, Austria y Etiopía» en el acto de inauguración del congreso en el que, según la revista Time, la delegación española fue la más aclamada.46
Se trataron uno a uno los principales conflictos existentes, destacando el español. La mayoría de los delegados afirmaron que España estaba «siendo víctima de un ataque alemán e italiano y que el éxito de este ataque sería una amenaza para la seguridad y la democracia del resto de países europeos». Se propuso que se restableciera el derecho que tenía el gobierno republicano, como gobierno legítimo, a comprar armas, acabando con la política de no intervención, aunque hubo dos delegados que defendieron mantenerla, pero haciéndola verdaderamente efectiva y logrando la retirada de las tropas y la ayuda extranjera, que era también la postura de la Internacional Juvenil Socialista.47
Se expresó la oposición al reconocimiento de la soberanía italiana sobre Etiopía; se pidió que las garantías de la independencia de Checoslovaquia, expresadas en el pacto franco-soviético-checo, fueran firmadas por otros países; se condenó la anexión de Austria por Alemania y la persecución racial, especialmente la de los judíos; se defendieron la integridad territorial y la soberanía de China; y se felicitó la política de buena vecindad iniciada por el gobierno estadounidense presidido por Franklin Delano Roosevelt. Se planteó específicamente que una tarea de la juventud era ayudar a las víctimas de la guerra, especialmente a los civiles de España y China; fomentar el boicot a los productos de los países agresores y promover la venta de los de los amenazados; enviar alimentos y medicinas a las víctimas; organizar mítines para promover la solidaridad con ellas; y defender que se extendiesen los derechos de asilo y que se hiciera cumplir la ley que prohibía bombardear objetivos civiles.48
Se consideraba que la paz no era solo la ausencia de guerra, sino también la inexistencia de injusticias sociales y de opresión política que, a la vez, eran las condiciones necesarias para una ausencia total de conflictos bélicos. De ahí que en ambos congresos se trataran numerosos temas relacionados con el bienestar de la juventud, como la educación, las condiciones laborales y el desempleo, la salud, el ocio o la delincuencia juvenil. En el segundo congreso se analizaron también las problemáticas particulares de los jóvenes del mundo rural y de las colonias, y de las mujeres jóvenes. Se desarrolló un programa muy elaborado sobre estos temas que conformaba un proyecto de estado del bienestar para todos los jóvenes, ya que se defendía explícitamente la igualdad de derechos sin distinción de sexo, raza o religión, y que las medidas propuestas se aplicaran también en las colonias, tras plantear que «las aspiraciones de los jóvenes son idénticas en todos sitios. Queremos disfrutar de seguridad, del ocio, de salud (...)» para lo que se necesitaba «mejorar la situación material de la juventud».49 La idea era elaborar una «carta internacional de derechos de los jóvenes», de forma similar a como lo estaban haciendo, desde perspectivas nacionales, los organismos unitarios juveniles de algunos países, como el American Youth Congress o la British Youth Peace Assembly. Y quizá las 10 reivindicaciones de la juventud aprobadas por la JSU, y que fueron, en gran parte, asumidas por la AJA, se puedan considerar también una «carta de derechos», en las particulares condiciones del conflicto bélico.50
Había, además, un convencimiento expreso de que la educación colaboraba al mantenimiento de la paz. Por esto, entre otras medidas, se defendió la «internacionalización de la educación» a través del Instituto para la Cooperación Intelectual de la SdeN, que debía colaborar con las autoridades educativas de los distintos países en la revisión de los «viejos libros de texto» y en la elaboración de nuevos en temas como geografía, historia y economía, para eliminar el «chovinismo».51
Se propuso que la SdeN estableciera un sistema de becas que favoreciera la movilidad de los estudiantes de diferentes países, al igual que campos de vacaciones y escuelas de verano internacionales, crease una agencia de noticias y un periódico propio, realizase emisiones radiofónicas en diferentes lenguas para «difundir noticias imparciales», y estableciese un estudio de cine para producir y difundir películas educativas y pacifistas.52
En el aspecto más estrictamente político,53 se defendieron medidas que ya se estaban planteando en la SdeN, como la separación del pacto de su creación de los tratados de paz, la eliminación de la necesidad de unanimidad a la hora de tomar decisiones o el establecimiento, a través de la Sociedad, de pactos regionales de asistencia mutua. Se pidió respetar las obligaciones internacionales y los tratados de las minorías, hacer obligatorio el arbitraje de una tercera parte en los enfrentamientos internacionales, y crear mecanismos para solucionar los conflictos internacionales. Se apoyó la nacionalización de la fabricación de armas y el control internacional de su tráfico, lo que ya había intentado la SdeN.54 Y, sobre todo, se defendió la política de seguridad colectiva: todas las naciones debían someterse al arbitraje de una tercera parte imparcial y quien fuera a la guerra por no aceptarlo se convertiría en enemigo de la comunidad internacional, que debía usar sus poderes para impedir la agresión, como defendió en el primer congreso el británico Norman Angell.55
Nunca se había negado que la SdeN pudiera ejercer presión moral y política, pero en ambos congresos se defendió reforzar el organismo internacional y que tuviera también poder para hacer cumplir las sanciones (diplomáticas y económicas), y se reconoció que «la fuerza militar puede tener que ser usada como último recurso para la supresión de la guerra». En ambos congresos hubo pequeños grupos de delegados que se opusieron a estas posiciones, especialmente a la última. Sin embargo, como planteaban los partidarios del rearme en la LNU británica, «el arbitraje seguía siendo un objetivo, pero había que distinguir entre la voluntad de solucionar los conflictos pacíficamente y rendirse ante la agresión».56
El primer congreso aprobó un llamamiento a la juventud del mundo en que se destacaba la variedad de tendencias presentes, unidas por el deseo común de vivir en paz y «evitar la guerra a nuestra generación», y se pedía la unidad internacional de la juventud para defender la paz.57 Frente al carácter general de este llamamiento, en el segundo congreso se aprobó el llamado «Pacto por la Paz de Vassar College», por el lugar en que se reunía el congreso, que fue firmado por los representantes de 48 de los estados y territorios coloniales presentes. Condenaba toda guerra de agresión dirigida contra la independencia o la integridad de un Estado y los bombardeos de ciudades y poblaciones civiles. Los firmantes se comprometían a presionar para que sus respectivos gobiernos colaboraran para prevenir y/o detener las agresiones, ayudaran de forma efectiva a las víctimas y no suministraran ni material bélico ni ayuda financiera al agresor, y a «hacer todo lo que esté en nuestro poder para garantizar que la juventud de nuestros países nunca participará en ninguna guerra de agresión contra otros estados», en lo que parece una reelaboración del Juramento de Oxford adaptado a las nuevas circunstancias.58
En la delegación norteamericana se formó un bloque minoritario contrario a las sanciones gubernamentales, considerando que «llevaban a guerras para preservar el statu quo», y el pacto fue firmado por el presidente de la delegación en nombre de la mayoría, pero lo rechazaron nueve organizaciones, entre ellas, el Consejo Nacional de la Juventud Metodista, el Comité Juvenil contra la Guerra y la Liga de Jóvenes Socialistas. Así, se dijo que los «socialistas europeos se separaron de sus jóvenes camaradas de Estados Unidos para apoyar la seguridad colectiva».59
Y, efectivamente, en la mayoría de las organizaciones, del pacifismo y el antimilitarismo se pasó al antifascismo, al rechazo a la política de apaciguamiento de los dictadores y a la defensa del rearme de las potencias democráticas, y de la oposición a toda guerra a la distinción entre guerras justas y guerras injustas. Se mantendría un «pacifismo puro» residual, que se extendió, por ejemplo, en Estados Unidos o los países neutrales europeos, por lo menos hasta 1941. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial los socialistas de la Universidad de Berkeley defendieron que lo más importante era mantener a EEUU fuera de la guerra; el American Youth Congress giró también hacia posiciones aislacionistas; y la ASU definió el conflicto recién iniciado como imperialista, como hicieron todas las organizaciones comunistas, pero también algunas organizaciones socialistas europeas de los países neutrales hasta la generalización de la guerra.60
EL FRACASO DE LOS PACIFISMOS
Y DE LA «UNIDAD DE LA JUVENTUD»
Algunos obispos suizos acusaron al Primer Congreso Mundial de la Juventud de ser una «empresa comunista subrepticia». Estos ataques se intensificaron con la extensión de las tensiones internacionales y, de cara al segundo congreso, insistieron en ello Alemania e Italia, la Iglesia Católica y los Boy Scouts de Estados Unidos, aunque eso no impidió que participaran organizaciones católicas y scouts. Probablemente esta acusación estaba relacionada con la campaña en contra de la Sociedad de Naciones, definida como «agente del comunismo internacional», realizada por los países autoritarios y fascistas y que se vinculaba al uso del organismo internacional como «caja de resonancia» por parte de los países atacados, su negativa a reconocer al Estado títere japonés de Manchukuo en China y la ocupación italiana de Etiopía, y sus críticas a la política expansionista de la Alemania nazi.61
También el American Youth Congress fue acusado de comunista, especialmente por algunos sectores del Partido Republicano, aunque sus propuestas y reivindicaciones no eran para nada comunistas, aunque sí radicalmente democráticas,62 y suponían un claro apoyo a las políticas hacia la juventud del New Deal de Franklin D. Roosevelt, representadas por la Administración Nacional de la Juventud, que se puso como modelo para otros países en el segundo congreso.63 En los países en que los organismos unitarios formados al calor del Movimiento del Congreso Mundial de la juventud tuvieron más importancia, como Canadá, Estados Unidos o Gran Bretaña, la influencia comunista parece que ni siquiera fue importante.64
Como escribió Eleanor Roosevelt, las propuestas del Movimiento del Congreso Mundial de la Juventud eran «bastante sensatas y serenas, quizá algo idealistas y verdaderamente muy optimistas».65 Defendieron, entre otras cosas, unas políticas del bienestar y un proceso de descolonización que se desarrollarían después de la Segunda Guerra Mundial, y un aumento del papel de los organismos internacionales, que sigue desarrollándose, y generando tensiones, desde entonces.
Especialmente idealista y optimista era su objetivo de mantener la paz: probablemente ni todo el esfuerzo posible de las organizaciones juveniles participantes hubiera impedido la nueva conflagración mundial, en la que influían muchos otros intereses y actores más poderosos. En el último semestre de 1938 –cuando el movimiento logró su mayor expansión y organización– era probablemente demasiado tarde para lograr su principal objetivo. Menos de un mes después del segundo congreso, Gran Bretaña y Francia entregaron a Hitler Checoslovaquia con el Pacto de Múnich. Al año siguiente, la República Española fue finalmente derrotada y la URSS realizó su segundo «gran viraje» de la década con la firma del pacto germano-soviético. Así, si la Guerra de España consumió a las organizaciones juveniles españolas, que llegaron al final del conflicto completamente divididas, tampoco el movimiento juvenil internacional unitario, solidario, antifascista y pacifista que se había desarrollado junto con ellas sobrevivió.
En último término, el Movimiento del Congreso Mundial de la Juventud representó a lo que fue posteriormente la gran coalición vencedora de la Segunda Guerra Mundial y se desintegraría igual de rápidamente que ésta. Cuando se recuperó la idea de coordinar internacionalmente a la juventud tras la nueva conflagración mundial se hizo bajo el influjo de la guerra fría y el movimiento juvenil reflejó esta división: en 1949 se creó en Londres la Federación Mundial de la Juventud Democrática, de la que se separaron la mayoría de las organizaciones juveniles de los países occidentales que formaron ese mismo año la Asamblea Mundial de la Juventud, a la que se sumaron, por ejemplo, muchas organizaciones británicas que habían participado en la British Youth Peace Assembly y en los dos congresos mundiales de la juventud de los años treinta.66
Y en el año en que se conmemora el 50 aniversario de los diferentes mayos del 68 no se puede concluir sin destacar que, históricamente, la movilización juvenil en general, y estudiantil en concreto, y los movimientos pacifistas ya habían adquirido un carácter internacional y de masas en los años treinta del siglo XX.
* Este trabajo ha sido posible gracias al proyecto CSIC 201510I026, Hacia una historia comparada de la juventud en la Edad Contemporánea y al proyecto HAR2015-65115-P, La violencia política de 1936 y el 18 de julio como punto de ruptura. Un análisis micro.
1. L. Branciforte: El Socorro Rojo Internacional en España (1923-1939). Relatos de la solidaridad antifascista, Madrid, Biblioteca Nueva, 2011; G. Pretus: La ayuda humanitaria en la Guerra Civil Española (1936-1939), Granada, Comares, 2015; K. Braskén, The International Workers’ Relief, Communism, and Transnational Solidarity. Willi Münzenberg in Weimar Germany, Basingstoke, Palgrave MacMillan, 2015; J.V. Gottlieb: «Guilty Women», Foreign Policy, and Appeasement in Inter-War Britain, Basingstoke, Palgrave-MacMillan, 2015; S. Souto Kustrín: «El mundo ha llegado a ser consciente de su juventud como nunca antes»: Juventud y movilización política en la Europa de entreguerras», Mélanges de la Casa de Velázquez, 34-1, 2004, pp. 179-215; íd.:«Jóvenes, marxistas y revolucionarios» en M. Álvarez Tardío y F. del Rey Reguillo (dirs.): Políticas del odio. Violencia y crisis de las democracias en el mundo de entreguerras, Madrid, Tecnos, 2017, pp. 115-165.
2. Alianza, órgano de la Alianza Juvenil Antifascista (AJA), 28/7/1938, s.p., «A los dos años de lucha. Posición de la juventud del mundo»; L’Internationale de la Jeunesse Socialiste. Son développement et son activité pendant les années de 1935 à 1938, París, Secrétariat de l’Internationale de la Jeunesse Socialiste, 1939, p. 5.
3. E. Collotti (coord.): Fascismo e antifascismo, Roma-Bari, Laterza, 2000; N. Copsey y A. Olechnowiez: Varieties of Anti-fascism: Britain in the Inter-War Period, Palgrave, 2010.
4. He analizado la solidaridad juvenil con la República en S. Souto Kustrín: Paso a la juventud. Movilización democrática, estalinismo y revolución en la República Española, Valencia, PUV, 2013, pp. 376-412.
5. Y. Cohen: Les jeunes, le socialisme et la guerre. Histoire des mouvements de jeunesse en France. París, L’Harmattan, 1989, pp. 167-216. A. González Quintana: «La primera organización de jóvenes proletarios españoles: las Juventudes Socialistas de España o el fracaso de una alternativa juvenil de clase (1903-1921)», Studia Historica. Historia Contemporánea, 5-4, 1987, pp. 21-46. G. Pretus: La ayuda..., cit., pp. 7-12.
6. J. Colton: «Définition de la Jeunesse et des Mouvements de Jeunesse. La Jeunesse et la paix», en J. Colton et alii : La jeunesse et ses mouvements. Influence sur l’évolution des sociétés aux XIXe et XXe siècles, París, Éditions du Centre National de la Recherche Scientifique, 1992, pp. 3-14, esp. pp. 8 y 10; G. Brewis: A Social History of Student Volunteering. Britain and Beyond, 1880-1980, Basingstoke, Palgrave MacMillan, 2014, pp. 112-113; A. Esler: Bombs, Beards and Barricades. 150 Years of Youth in Revolt, Nueva York, Stein and Day Publishers, 1971, p. 200. Courrier Universel de la Jeunesse, Bulletin d’information du Bureau d’Organisation d’une Reencontré Mondiale de la Jeunesse, diciembre de 1935 p. 10, «Les manifestations Estudiantines le 11 Novembre», recoge manifestaciones y actos en diferentes universidades en Estados Unidos, Canadá, Checoslovaquia, Holanda, Yugoslavia y Reino Unido. Frente estudiantil, órgano de la UFEH (Unión Federal de Estudiantes Hispanos) en el Frente (Zona catalana), 1 de noviembre de1938, s. p., recuerda los actos realizados en el Reino Unido en 1937.
7. La IFLNS tenía su sede, como la misma SdeN, en Ginebra. En el momento de su creación la formaban sociedades de 20 países y, en 1926, tenía ya organizaciones en 35, entre otros, casi todos los países de Europa Occidental, Argentina, Canadá, Haití y Estados Unidos y en todos los territorios de la Commonwealth británica. Thomas N. Davies: «Internationalism in a Divided World: The Experience of the International Federation of League of Nations Societies, 1919-1939», Peace and Change, vol. 37, nº. 2 (abril 2012), pp. 227-252; Time, 22/10/1923, “Exambassadorial Comment”; The International Federation of League of Nations Societies, Londres, League of Nations Union (LNU), [1926]. La LNU, la Unión de Sociedades pro Sociedad de Naciones británica, es considerada la asociación más importante de la IFLNS y, a pesar de que la creciente tensión internacional la hizo perder afiliados, nunca tuvo menos de un cuarto de millón en los años treinta. D. S. Birn: «The League of Nations Union and Collective Security», Journal of Contemporary History, 9-3, 1974, pp. 131-159.
8. N-J. Chaline: «Addendum. La jeunesse et le pacifisme en France», en J. Colton et alii: La jeunesse, cit., pp. 117-119. C. Bouneau: Socialisme et jeunesse en France, 1879-1969. Acteurs-Discours-Moments et lieux, Pessac, Maison des Sciences de l’Homme d’Aquitaine, 2009, pp. 359-367.
9. Programme of the Young Communist International, Londres, The Young Communist League of Great Britain, 1929, pp. 43-44.
10. J. Springhall: «Baden-Powell and the Scout Movement before 1920: Citizen Training or Soldiers of the Future?», The English Historical Review, 102-405, 1987, pp. 934-942; C.E. Harang: «Les Jamborees en Europe, 1920-1945», en G. Cholvy (ed.): Le Scoutisme. Un mouvement d’Éducation au XXe siècle. Dimensions internationales, Montpellier, Publications Montpellier 3-Université Paul Valery, 2002, pp. 43-55, la cita en p. 48. El creador de los scouts, Robert Baden Powell, apoyó a la SdeN en los años veinte, pero desde enero de 1933 la consideró fracasada, ver M. Sica: «Le rendez-vous manqué de Baden-Powell avec la Société des nations», en A. Bauberot y N. Duval (dirs.): Le scoutisme entre guerre et paix au XXe siècle, París, L’Harmattan, 2006, pp. 53-65.
11. Report of the World Youth Peace Congress, Bilthoven, Holland Continuation Secretariat of the World Youth Peace Congress, 1929. Se dice que participaron unas 450 personas entre las que incluye no solo jóvenes, sino también periodistas o traductores, y que asistieron jóvenes de 32 países (p. 3). J. Matthews: Youth Looks at World Peace: a Story of the First World Youth Peace Congress (Holland, 1928), Nueva York, American Committee World Youth Peace Congress, 1929.
12. The Young Communist International between the Fourth and the Fifth Congresses, 1924-1928, Londres, Communist Party of Great Britain, 1928, pp. 24-32. En el congreso por la paz de 1928, los delegados comunistas, en minoría, rechazaron que las diferentes iglesias pudieran trabajar por la paz y consideraron a la SdeN inútil como medio de evitar la guerra y una institución para la preservación del imperialismo (Report, cit., pp. 30 y 18).
13. J. Dupuy: «Vers le Grand Rassemblement de Genève», en Bulletin du Comité Français de Préparation.Congrès Mondial de la Jeunesse, nº. 1 (s.f.), pp. 1-2, Bibliothèque de Documentation Internationale Contemporaine (BDIC, acaba de cambiar su nombre por La Contemporaine), Documents de la Foundation S. Prudhonneux, La jeunesse et la paix entre les deux guerres mundiales, 1920-1938, Z 21. D, Congres mondial de la jeunesse. Youth Plans a New World. Being the Official Record of the First World Youth Congress, Geneva 31.viii-6.ix 1936, Organised by the International Federation of League of Nations Societies, Ginebra, International Federation of League of Nations Societies, 1937 (2ª. ed.), p. 5. B. Shields-Collins: «La jeunesse veut la paix», Les Cahiers de la Jeunesse, 1, 15 de julio de 1937, pp. 14-15, esp. p. 14, dice que la idea del congreso partió de un grupo de estudiantes de una escuela de verano de la SdeN. El segundo congreso fue organizado por una comisión de jóvenes elegida en el primero, dirigido por la misma Elizabeth (Betty) Shields-Collins, británica de sólo 23 años.
14. «The world we mean to make»: a report of the World Youth Congress held at Geneva, August 31st-september 6th 1936, Londres, British Youth Peace Assembly, 1936, p. 7. Cassin, (1887-1976), catedrático de Derecho, miembro de la Liga de Derechos del Hombre y del Partido Radical francés, era delegado de Francia en la Sociedad de Naciones, cargo que ocupó entre 1924 y 1938, cuando dimitió por su oposición al Pacto de Munich. A partir de 1940 fue uno de los portavoces del gobierno del general De Gaulle en Londres. Uno de los principales inspiradores de la Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1948, fue miembro del Tribunal Europeo de Derechos Humanos desde 1959 y su presidente entre 1965 y 1968. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1968. M. Long y F. Monnier (eds.): René Cassin (1887-1976), une pensée ouverte sur le monde moderne: hommage au Prix Nobel de la Paix 1968, París, H. Champion, 2001.
15. A.H. Bird: Youth can stop war, Londres, Arthur H. Stockwell, Ltd., [1935]. Youth Demands a Peaceful World, Report of the 2nd World Youth Congress. Vassar College, Poughkeepsie, New York, August 16-23, 1938, Nueva York-Ginebra, World Youth Congress, [1938], p. 53. Una copia de la edición en castellano (II Congreso Mundial de la Juventud. Vassar College, Poughkeepsie, N.Y., E.U.A., 18 al 31 de agosto [sic], 1938, s.l., s.e., [1938]), se conserva en la biblioteca de la Universidad de Stanford (California).
16. The world, cit.; pp. 3-4; Youth Plans, cit., p. 5. J.L. Martín Ramos: El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España, Barcelona, Pasado y Presente, 2016, p. 32.
17. Congreso Mundial de jóvenes contra la guerra y el fascismo. Manifiesto, juramento y crónica de un delegado, Madrid, s.l., Ediciones del Comité Nacional de Jóvenes contra la guerra y el fascismo, [1934], pp. 5-6. En esta última página se reconocía que había muy pocos delegados de «las grandes organizaciones de jóvenes». El juramento del congreso decía que los jóvenes declaraban su voluntad de «luchar contra la guerra, abatir el fascismo (y) combatir bajo la bandera del socialismo», «contra la preparación de la guerra imperialista en todas sus formas y por la defensa de la Unión Soviética» (p. 4). J.L. Martín Ramos: El Frente Popular, cit., p. 32.
18. El 14 de julio de 1935 se había creado el Rassemblement Populaire de la Jeunesse que reunía a una decena de organizaciones, entre ellas la juventud comunista, la socialista, las Juventudes Laicas y Republicanas y las Juventudes Radical Socialistas. C. Delporte: «Les jeunesses socialistes dans l’entre-deux-guerres», Le Mouvement Social, 157, 1991, pp. 33-66, pp. 50-54. O.V. Kuusinen: The Youth Movement and the Fight Against Fascism and the War Danger: Speech Delivered at the Seventh World Congress of the Communist International, 22nd Day, 41st Session, August 17, Moscú-Leningrado, Co-Operative Publishing Society of Foreign Workers in the U.S.S.R, 1935, pp. 15-20; M. Wolff: «Unamos las fuerzas de la nueva generación», Informe presentado al VI Congreso de la Internacional Juvenil Comunista, Bilbao, Editorial Joven Guardia, s.f., p. 33.
19. R. Fabre, «Un exemple de pacifisme juridique. Théodore Ruyssen et le mouvement <<La Paix par le Droit>> (1884-1950)», Vingtième Siècle. Revue d’histoire, 39, 1993, pp. 38-54. A la convocatoria de la conferencia, además de la IFLNS, se habían unido otros organismos internacionales, como la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones. BDIC, Q PIÉCE 2971, Conférence Internationale de la Jeunese Pour la Paix, Brussels, 29 fevrier-1er mars 1936. Documentation nº. 1, s.l., Bureau d’organisation de la Communauté Universelle de la Jeunesse pour la Paix, la Liberté et le Progrès-Centre de liaison mandaté par la Conférence de Bruxelles, s.f.
20. R. Devleeshouwer: Henri Rolin (1891-1973). Une voie singulière, une voix solitaire, Bruselas, Editions de l’Université de Bruxelles, 1994.
21. The world, cit., pp. 12-16; J. Touchard: «L’esprit des années 1930: Une tentative de renouvellement de la pensee politique française» (or. 1960), en P. Andreu: Révoltes de l’Esprit. Les revues des années trente, s.l., Kimé, 1991, pp. 195-232; J.A. Humphrey: Emil Brunner, Nashville (Tennesseee), World Books, 1976. Probablemente con las corrientes religiosas que representaban se relaciona Alfredo Mendizábal quien puede definirse como un personaje sui generis en la Iglesia española de los años treinta: X. Iturralde: «Alfredo Mendizábal Villalba. Un pacifista en la guerra», en P. Folguera et alii. (eds.): Pensar con la historia desde el siglo XX. XII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Madrid, UAM, 2015, pp. 2751-2770.
22. Youth Demands, cit., p. 2.
23. Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH), Político Social (PS) Barcelona 813, expte. 9, comunicado de prensa nº. 6. La intervención de Kosarev se publicó en España bajo el título La juventud soviética, vanguardia de la paz: bases morales, religiosas y filosóficas de la paz, Madrid, Ediciones Europa-América, s.f.
24. E. González Calleja: Rebelión en las aulas. Movilización y protesta estudiantil en la España Contemporánea (1865-2008), Madrid, Alianza, 2009, p. 203. La Asociación pro Sociedad de Naciones de cada país –y cuando no la había, un comité o delegado elegido por el secretariado de la IFLNS y el comité organizador del congreso formado por ella– debía crear órganos de coordinación nacionales que tenían que intentar incluir a todas las organizaciones juveniles y/o que trabajaran con los jóvenes.
25. R. Latta: They Tried. The Story of the Canadian Youth Congress, Ottawa, edición de la autora, 2006. The world, cit., p. 36. Communism and British youth: an analysis of the plans of the Communist Party for the penetration and capture of certain British youth organisations, Londres, Consejo Central de la Economic League, 1936, pp. 2-3.
26. Antes de la guerra civil también participaron la Federación Cultural Deportiva Obrera (FCDO), la Federación de Trabajadores de la Enseñanza de la Unión General de Trabajadores, las Universidades Populares y varias asociaciones de mujeres, entre otras organizaciones, pero el Frente de la Juventud se redujo a las organizaciones estrictamente juveniles con el inicio del conflicto bélico. A finales de agosto de 1937, a partir de él se creó la Alianza Juvenil Antifascista (AJA), que incluyó a los jóvenes libertarios. Courrier universelle de la jeunesse, junio de 1936, “Informations de Divers Pays. Genève – Un congres de la jeunesse mondiale», pp. 2-4, p. 4, «Espagne». Juventud. Diario de la Juventud en Armas (Juventud Socialista Unificada (JSU), 28/10/1936, p. 4. S. Souto Kustrín, Paso a la juventud..., cit., pp. 273-318.
27. El BIJR, fundado en 1934, era cercano a las posiciones trotskistas e incluía organizaciones escindidas del socialismo o del comunismo «oficiales», la mayoría con escasa fuerza, excepto la Guild of Youth del Independent Labour Party británico y la Juventud Socialista Revolucionaria de Alemania, aunque ésta última lo abandonaría al decidir apoyar la política de Frente Popular. De él formaba parte la Juventud Comunista Ibérica (JCI) española, del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Juventud Obrera (JCI), 11 de noviembre de 1937, 30 de noviembre de 1937 y 7 de diciembre de 1937 (s.p.).
28. La organización internacional de los estudiantes reconocida por la SdeN. Agrupaba a asociaciones estudiantiles de muy diversas tendencias políticas, incluidas las organizaciones estudiantiles de la Italia fascista y la Alemania nazi. R. Muñoz Suay (Comisario General de la UFEH): Los estudiantes en la guerra y en la vida social. Informe general sobre el primer punto del orden del día de la Conferencia Nacional de Estudiantes (U.F.E.H.). Valencia, 2, 3, y 4 de julio de 1937, Valencia, Editorial Frente Universitario, s.f. (1937), p. 17.
29. Entre las organizaciones nacionales había también una gran diversidad: por ejemplo, participaron 22 organizaciones socialistas, 33 cristianas (católicas y protestantes) y 16 comunistas. BDIC, Q PIÉCE 2971, Conférence Internationale, cit.
30. La cita en Time, 29 de agosto de 1938, «Youth Congress». En el congreso de 1936, 402 delegados eran hombres y 89 mujeres; y 100 observadores eran hombres y 72 mujeres. Las delegaciones en que eran más abundantes las mujeres eran Estados Unidos, Polonia y Gran Bretaña. Los datos de 1938 son incompletos, pero indican que había 315 delegados y 94 delegadas y 103 observadores y 69 observadoras. Los representantes de las organizaciones internacionales eran mayoritariamente hombres excepto en las organizaciones exclusivamente de mujeres y en las estudiantiles. Todos los datos de participantes en ambos congresos son una elaboración propia a partir de los datos de delegados por países y/u organizaciones recogidos en Youth Plans, cit., y Youth Demands, cit. Cuadro de delegados y observadores por territorios en ambos congresos en S. Souto Kustrín: «<<El mundo que queremos crear>>: los congresos mundiales de la juventud y la crisis de entreguerras», Actas de las XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 2007, pp. 24-25.
31. En 1937 los estados miembros de la SdeN eran 45 y, a finales de 1938, 54. D. P. Myers: «The League of Nations Covenant-1939 Model», The American Political Science Review, 33-2, 1939, pp. 193-218, p. 203.
32. «The world», cit., pp. 34-35. Youth Demands, cit., p. 52.
33. «The world», cit., p. 34; Youth Plans, cit., p. 196; y Youth Demands, cit., pp. 50-52. La IJS decidió no participar en el congreso de Ginebra y recomendar a sus federaciones que hicieran lo mismo, aunque algunas no le hicieron caso, como las organizaciones socialdemócratas del exilio alemán o la Liga de la Juventud Laborista británica. En 1937 decidieron enviar un observador al comité del congreso siguiente y dejar a las organizaciones libertad para participar en los comités nacionales. L’Internationale, cit., p. 50. Muchas de estas organizaciones internacionales ya habían participado en el congreso de 1928, al que la IJS también asistió solo como observador (Report, cit., p. 67).
34. El RME tenía su origen en el Comité Mundial de Estudiantes contra la Guerra y el Fascismo, creado en 1934 dentro de la política de frente único antifascista comunista, y había adoptado este nuevo nombre en 1936. Rassemblement Mondial des Étudiants Collection, International Institute of Social History (IISG), https://search.socialhistory.org/Record/ARCH01164 (última consulta: 12/5/2018). La CIE, por su parte, reaccionó con «tibieza» ante los llamamientos de la UFEH. R. Muñoz Suay: Los estudiantes, cit., p. 17.
35. Juventud, órgano de la Comisión Nacional de Unificación FJS-UJCE (JSU), 23 de septiembre de 1936, p. 6. Juventud Libre, órgano de la FIJL, 19 de septiembre de 1936, p. 6. En el congreso estuvieron también Antonio Muñoz –miembro del Comité Nacional de la JIR y responsable del Frente de la Juventud– como delegado de la Communauté Universelle de la Jeunesse pour la Paix, Carlos Robles en representación del Rassemblement Mondial de la Jeunesse y Trifón Medrano, secretario general de la UJCE, por la IJC. Youth Plans, cit., Lista de delegados, pp. 194-206. La JCI, que ya había rechazado participar en la Conferencia de Bruselas, definida como «inaceptable y utópica» y «concesión a la democracia burguesa», tampoco participó en el congreso de Ginebra: «El pacifismo pequeñoburgués y reformista nada tenía que ver con el comunismo». R. Casterás Archidona: La Juventud del POUM: Una juventud de la guerra civil española, Barcelona, edición del autor, 1983, pp. 80 y 83.
36. «The world», cit., p. 19; Juventud, 23 de septiembre de 1936, p. 4; y s.f., pp. 5-6, E. Imaz: «La Unión de los jóvenes», p. 5. El recibimiento lo recordaba un año después una participante en Ahora. Diario de la Juventud, Madrid, JSU, 5 de septiembre de 1937, p. 1.
37. Youth Plans, cit., pp. 40-41; CDMH, PS Barcelona 813, expte. 9, comunicado de prensa de 1 de septiembre (sin nº.), y comunicado de prensa nº. 8, p. 3; y Premier Congrès Mondial de la Jeunesse.Genève, 31 septembre 1936. Organisé sous les auspices et par les soins de l’Union Internationale des Associations pour la Societé des Nations. Geneve-Secretariat de l’Union Internationale des Associations pour la S. d. N., s.l., s.e. [Bruselas, Imp. & Heyvaert]), 1936, pp. 165-166. Las autoridades suizas habían permitido el congreso a condición de que los delegados se abstuviesen de criticar a países o gobiernos. Carta del Procurador General de la Confederación Helvética reproducida en hoja informativa del congreso, CDMH, PS Barcelona 813, expte. 9.
38. BDIC, F Piéce 4799, Aperçu de l’activité de la jeunesse de divers pays en favour de la jeunesse d’Espagne, établi par la Communauté Universelle de la Jeunesse pour la Paix, la Liberté et le Progrès, París, 15/12/1936, p. 6. E. Imaz: «La unión...», cit., p. 5, y J. Cadden: Spain 1936. Findings of an International Youth Commisssion, Nueva York, International Youth Commission, s.f., p. 2.
39. BDIC, Q Piéce 9.906, «Frente de la Juventud», carta de invitación a la conferencia. Además de las organizaciones juveniles del Frente de la Juventud, colaboraron las Juventudes Libertarias, las Juventudes Nacionalistas Vascas, las Juventudes Católicas Vascas y la JEREC (Joventut d’Esquerre Republicana-Estat Català). Véase también Juventud. Diario de la juventud en armas, 22 de diciembre de 1936, p. 1; y Nueva República (JIR), 4 de diciembre de 1936, s.p.
40. BDIC, F Delta 364 (1-5). Conférence Européene de la Jeunesse sur les Événements d’Espagne, París, Frente de la Juventud, 19 de diciembre de 1936; A declaration by the Basque Nationalist Catholic Youth on the Spanish War, Londres, The Press Department of the Spanish Embassy in London, s.f. (1937), Archives of the London School of Economics (LSE), COLL MISC 0091/14 Micro (Pamphlets), nº. 3. Un análisis de esta conferencia en S. Souto Kustrín, Paso a la juventud, cit., pp. 391-394. Las citas en Juventud. Diario de la juventud en armas, 26 de diciembre de 1936, p. 4.
41. Además de los delegados españoles, el comité quedó formado por representantes de Bélgica, Francia, Inglaterra y la Communauté Universelle de la Jeunesse pour la Paix. Era en estos tres países europeos donde se estaban de desarrollando más acciones de solidaridad juvenil con la República, como muestra BDIC, F Piéce 4799, Aperçu, cit. Joven Guardia (JSU de Euskadi), 26 de diciembre de 1936, contraportada; Pleno Nacional de Regionales de la FIJL de 1 de enero de 1937 (CDMH, PS Barcelona 1348); Nueva República, 1 de enero de 1937, s.p.; CDMH, PS Bilbao 200, expte. 10, f. 2, carta del 18 de enero de 1937 del Comité Ejecutivo del Frente de la Juventud de España al Frente de la Juventud Vasca. En abril de 1937 se incorporó al comité la IJS. L’Internationale, cit., p. 13.
42. BDIC, F Piéce 4799, Aperçu, cit.; Nueva República, 18 de diciembre de 1936, s.p.; Frente Universitario, órgano de la F.U.E. en retaguardia, 15 de marzo de 1937, 1 de mayo de 1937 y 1 de junio de 1937, s.p.; FUE (Murcia), 12 de abril de 1937, p. 2; 4 de mayo de 1937, p. 2; Avance (Caspe, JSU), 1 de mayo de 1937, p. 5.
43. R. Cohen: “Student Movements, 1930s”, en M.J. Buhle, P. Buhle y D. Georgakas (eds.): Encyclopedia of the American Left, Nueva York, Oxford University Press, 1998, pp. 799-802; F. Bennet: «Youth and Peace», Journal of Educational Sociology, 12-7, 1939, pp. 399-409, p. 404; «Positivo», Alianza, 9 de junio de 1938, s.p.
44. Alianza, 9 de junio de 1938, s.p., «La juventud del mundo por la paz», 10 de julio de 1938, s.p., «Opiniones sobre el congreso de Nueva York» y «La delegación española al congreso de Nueva York»; Youth Demands cit., p. 52.
45. Youth Plans, cit., pp. 6, 172, 196 y 206-207; «The world», cit., pp. 19 y 33-34; y CDMH, PS Barcelona, 813, expte. 9, comunicado de prensa nº. 8, p. 2, y reproducción del llamamiento. Youth Demands, cit., p. 23. La misma idea se repetía en p. 31, donde se hablaba de la «juventud de los países agresores».
46. Youth Demands, cit., p. 7. «Youth Congress», cit. El recibimiento y el trato dado a la delegación española los destacó Carlos Álvarez, dirigente de la JUR y miembro de la delegación, en Ahora, 13 de septiembre de 1938, p. 1.
47. Youth Demands, cit., pp. 7-8, la cita en p. 7; L’Internationale, cit., pp. 7-8.
48. Informe de la comisión sobre «la obligación internacional de la juventud», Youth Demands, cit., pp. 5-11.
49. La cita, en Youth Demands, cit., p. 11. He analizado todas estas medidas y su relación con las políticas y los cambios sociales y culturales producidos en el periodo de entreguerras en S. Souto Kustrín: «El mundo», cit. En ambos congresos se rechazó una afirmación que era común en esos momentos: que las «virtudes viriles» se satisfacían a través de la guerra y el uso de la fuerza. En el segundo congreso se defendió desarrollar un nuevo «heroísmo» en los jóvenes que tomara como ejemplo a misioneros, doctores o reformadores sociales (Youth Demands, cit., p. 22). G.L. Mosse: The image of Man. The Creation of Modern Masculinity, Londres, Oxford University Press, 1996, pp. 107 y ss.
50. Youth in Britain today: a survey in six parts: a programme for advance - «for peace and social justice», Londres, British Youth Peace Assembly, 1937, pp. 5-7; Why do we need a charter?, Londres, British Youth Peace Assembly, 1938, p. 8; «Declaración de derechos de la juventud estadounidense», American Youth Congress, 4/7/1936 (colección personal de Robert Cohen, New Deal Network, Columbia University (<www.newdeal.feri.org>, consultado en 2007). Las diez reivindicaciones de la juventud, Valencia, Editorial Guerri colectivizada, s.f. [1937], Boletín de la Federación Nacional de las J. S. U., febrero de 1938, pp. 3 y 6-7.
51. The world, cit., p. 28. No eran planteamientos nuevos: el mismo año de su creación (1924), el Instituto –dependiente del Comité de Cooperación Intelectual de la SdeN– había formado un grupo de «expertos» que intentó reformar los libros de texto de historia. F. P. Walters: Historia de la Sociedad de Naciones, Madrid, Tecnos, 1971, pp. 196-198.
52. «The world, cit., p. 27, de donde es la cita, y p. 28. También defendía esta política educativa el Comité de Cooperación Intelectual de la SdeN: «El acuerdo entre los pueblos por medio de la juventud», Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, LVIII (1934), pp. 75-79, 104-109; 128-132 y 153-158. En septiembre de 1936, la SdeN aprobó un convenio sobre «radiodifusión a favor de la paz» («The Progressive Development of International Law by the League of Nations», The American Journal of International Law, 41-4, Supplement: Official Documents, octubre 1947, pp. 49-65, p. 57.
53. Estos temas fueron tratados en ambos congresos en comisiones con el nombre de «Juventud y orden político internacional», cuyos informes se pueden ver en «The world, cit., pp. 21-22; y Youth Demands, cit., pp. 5-11.
54. D.R. Stone: «Imperialism and Sovereignty: The League of Nations’ Drive to Control the Global Arms Trade», Journal of Contemporary History, 35-2, 2000, pp. 213-230.
55. La intervención de Angell en The world cit., pp. 5-7. Angell (1872-1967) había sido diputado por el Partido Laborista entre 1929 y 1931. En este último año fue nombrado Caballero del Imperio Británico y en 1933 recibió el Premio Nobel de la Paz. En el periodo de entreguerras buscó promover la política de seguridad colectiva contra los dictadores. Después de la Segunda Guerra Mundial apoyó la política de defensa de las potencias occidentales frente al bloque del este. J.D.B. Miller: Norman Angell and the Futility of War: Peace and the Public Mind, Londres, MacMillan, 1986.
56. «The world, cit., p. 22; comunicado de prensa nº. 6 (CDMH, PS Barcelona, 813, expte. 9). D.S. Birn: «The League», cit., pp. 138-139.
57. «The world, cit., p. 32.
58. Youth Demands, cit., pp. 32-33. No lo firmaron Bulgaria, Hawai, Hungría, Filipinas y Turquía. Este pacto se reprodujo, por ejemplo, en Les Cahiers de la Jeunesse, 13-14, 15 de agosto-15 de septiembre de 1938, p. 7; y, de forma resumida, en Ahora, 31 de agosto de 1938, p. 2 o Mundo Obrero, 31 de agosto de 1938, p. 1. En el segundo congreso se dio más importancia al papel internacional de los jóvenes, como muestra la mayor amplitud del informe y de las propuestas planteadas para continuar las labores del congreso por parte de la comisión «El papel internacional de la juventud» (Youth Demands, pp. 23-24 y 29-31).
59. Youth Demands, pp. 32-33; F. Bennett: «Youth and Peace», cit., pp. 404 y 406. La cita en «Youth Congress», cit., idea que también se recogió en J. Starobin: «Voici le Congrès», Les Cahiers de la Jeunesse, 13-14, 15 de agosto-15 de septiembre de 1938, pp. 9-10.
60. A. Hartman: «Youth Finds Its Own Answers. The American Youth Congress of 1939», Survey Graphic, 28-8, 1939, pp. 492 y ss. S. Souto Kustrín: «Democracia, antifascismo y revolución. Las juventudes obreras en la Europa de entreguerras», en A. Bosch, T. Carnero y S. Valero (eds.): Entre la reforma y la revolución. La construcción de la democracia desde la izquierda, Granada, Comares, 2013, pp. 69-87, pp. 83-85.
61. Documentos de la sesión del Comité de Preparación del Primer Congreso Mundial de la Juventud, 10 y 11 de julio de 1936. BDIC, Z 21. D, cit. Por el Frente de la Juventud de España participaban Manuel Azcárate y Manuel Tuñón de Lara. Entre los organismos internacionales que formaban parte del comité estaban la Federación Internacional Cristiana de Estudiantes, el YWCA internacional, la Federación Universitaria Internacional pro Sociedad de Naciones, el RME y la IJC. F. P. Walters: Historia de, cit., p. 680.
62. Youth Plans, cit., pp. 6-7, Les Cahiers de la Jeunesse, 13-14, 15 de agosto-15 de septiembre de 1938, pp. 3-4, «Nuremberg-New York», Time, 29 de agosto de 1938, «Youth Congress». Acusaciones de comunismo a británicos y estadounidenses en Communism and British, p. 3. En su última asamblea, celebrada el 4 de julio de 1939, el American Youth Congress expresó su defensa de los principios democráticos y las libertades constitucionales norteamericanas y «su oposición a toda forma de dictadura, independientemente de que sea comunista, fascista, nazi o de otro tipo, o tenga cualquier otro nombre» en una resolución aprobada con una sola abstención. El congreso decía representar a más de cuatro millones y medio de jóvenes. A. Hartman: «Youth Finds», cit.
63. Creada en 1935, la Administración Nacional de la Juventud tenía como objetivo proporcionar cursos, empleos, ofertas recreativas y asesoramiento a los jóvenes de entre 16 y 24 años. Sus programas más importantes eran los que concedían ayuda financiera a los estudiantes desde la educación secundaria, a cambio de trabajos para la comunidad, y los que proporcionaban trabajo a tiempo parcial a los jóvenes licenciados que no conseguían empleo, y cuyos presupuestos el Partido Republicano defendía recortar. P. Dogliani: «Cuestión juvenil y crisis económica en los Estados Unidos en los años del New Deal», en M. Bartolucci y B. Favero (coords.): «Historia de la juventud en el siglo XX: aportes metodológicos e historiográficos para su estudio», Pasado Abierto. Revista del CEHIS, 7 (enero-junio 2018), pp. 34-53. R.A. Reiman: Planning the National Youth Administration, Athens, University of Georgia Press, 1992. Youth Demands, cit., p. 14.
64. No se puede negar que muchos movimientos pacifistas del periodo de entreguerras recibieron apoyo y/o inspiración desde la Internacional Comunista, cuyos objetivos estaban en primer lugar determinados por las necesidades de la política exterior soviética. Pero la gran amplitud social, política e ideológica que alcanzaron venía determinada por los verdaderos deseos de paz de una proporción importante de la población. J. Colton: «Définition», cit., p. 11. G. Brewis: A Social History, cit., p. 114.
65. Eleanor Roosevelt: «Keepers of Democracy», Virginia Quarterly Review, 15, enero de 1939.
66. D. Cooke: Youth Organizations of Great Britain, Londres, Jordan & Sons Ltd., 1962, pp. 63-64. Entre las organizaciones miembros de la British Youth Peace Assembly que participaron en la constitución de la Asamblea Mundial de la Juventud estaban la Juventud Metodista, la YWCA, la Unión de Estudiantes Liberales, la reorganizada juventud laborista (Jóvenes Socialistas), la juventud del Partido Liberal o la Unión Nacional de Estudiantes.
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