Kitabı oku: «El desafío de la cultura moderna: Música, educación y escena en la Valencia republicana 1931-1939»



Esta publicación ha contado con la colaboración del Aula d'Història i Memòria Democràtica y del Aula de Música, ambas de la Universitat de València.
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© de los textos: los autores, 2020
© de esta edición: Universitat de València, 2020
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Cubierta:
Ilustración: Ricardo Bastid Peris, Campesinos saludando al tren (ca. 1954), óleo sobre lienzo, 52x63 cm, Museu d’Art Contemporani Vicente Aguilera Cerni (MACVAC) Vilafamés.
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: David Lluch
ISBN: 978-84-9134-603-6
Edición digital
ÍNDICE
PRÓLOGO, Marc Baldó Lacomba
La capital inverosímil. Valencia, sede del Gobierno republicano (1936-1937), Javier Navarro Navarro
Reacción política conservadora también en la cultura: València, 1931-1939, Juan Carlos Colomer Rubio
La Universidad en guerra, Marc Baldó Lacomba
La educación en la Valencia de los años treinta: continuidades, cambios y rupturas, Sergio Valero Gómez
La enseñanza musical en la ciudad de Valencia durante la Segunda República, Ana María Botella Nicolás
Los espacios para la música en la Valencia republicana, Juan Miravet Lecha y Luisa Tolosa-Robledo
El Grupo de los Jóvenes: su incidencia sociomusical en la Valencia capital de la República, José Pascual Hernández Farinós
La divulgación de la música valenciana en los años treinta. Una aproximación a través de la figura de Eduardo López-Chavarri, Vicente Galbis López
Letra y música. La colaboración creativa entre los escritores y los compositores valencianos durante la Segunda República, Hilari Garcia Gázquez
Las bandas de música en la Valencia republicana, «Auténticos vehículos de cultura popular», Elvira Asensi Silvestre
Fiesta y cambio social. Las Fallas de la Segunda República, Gil-Manuel Hernàndez i Martí
Pintura, artes gráficas y escultura en la Valencia de la Segunda República y la guerra civil, Mireia Ferrer
El teatro en València durante la Segunda República y la guerra civil, Ramon X. Rosselló
Cine en Valencia durante la Segunda República. Buscando su voz, Daniel Gascó
ÍNDICE ANTROPONÍMICO
ÍNDICE ONOMÁSTICO
PRÓLOGO
Este libro nació para contextualizar un acontecimiento musical que protagonizó la Orquestra Filharmònica de la Universitat de València. En efecto, con el objetivo de conmemorar los ochenta años de la capitalidad republicana de Valencia (noviembre de 1936 a octubre de 1937), la Orquestra recuperó y grabó música de los años republicanos. Una de las directrices de esta es precisamente investigar, recuperar y difundir música valenciana olvidada o hasta desconocida. Y la ocasión de la capitalidad republicana de la ciudad era una excelente oportunidad para rescatar una selección de la obra de un grupo de compositores jóvenes, el Grup dels Joves, y ejecutar conciertos monográficos sobre estos compositores.
El Grup dels Joves, estudiado en este libro por José Pascual Hernández, emergió en 1934. Lo integraron Ricardo Olmos (1905-1986), Vicent Garcés (1906-1984), Luis Sánchez (1907-1957), Vicente Asencio (1908-1979) y Emilio Valdés (1912-1998). Estuvieron activos los años que aquí nos ocupan (también después, prosiguiendo sus biografías truncadas por la guerra y sus diversas trayectorias).
Al recuperar obras de estos compositores y esta época, la Orquestra Filharmònica de la Universitat no solo los reivindicaba, sino que, a su vez, reivindicaba el impulso cultural de los años republicanos, esmaltado de iniciativas culturales rompedoras como la que ofrecen estos maestros que entonces tenían entre 22 y 29 años. El proyecto fue impulsado por el musicólogo del Conservatorio Superior «Joaquín Rodrigo» Pasqual Hernández y el director de la Orquestra Filharmònica de la Universitat, Hilari García, y fue empujado por el Vicerrectorado de Cultura de la Universitat. Al Aula de Historia y Memoria Democrática y al Aula de Música nos pareció un acontecimiento importante, lo suficiente como para preparar un libro que contextualizase al Grup dels Joves, que es el que ahora sale a la luz: El desafío de la cultura moderna: música, educación y escena en la Valencia republicana (1931-1939).
La Segunda República es una estrella que sigue brillando en la memoria democrática de los ciudadanos. Esto se debe a su esfuerzo por desarrollar políticas de libertad e igualdad. Una parte importante de las políticas republicanas se centraron en la cultura, un frente por el que apostó con decisión aquel régimen, y lo hizo para ganar el porvenir, consciente de la importancia que tenía la cultura, o si se quiere la palabra, la educación, la creación artística en todos sus campos. Aportaron su esfuerzo gobernantes, partidos de la izquierda y sindicatos, y fue esencial la implicación de intelectuales, artistas y una parte muy activa de la sociedad civil. Los avances en el campo de la cultura constituyen un hito de la época republicana. No es extraño que fuese calificada como «República de intelectuales» por Azorín en 1931.
La cultura, en los años treinta, se apasionó por la modernidad. Venía haciéndolo desde antes, desde principios de siglo. Pero en los años treinta este interés explosionó, estimulado por la fuerza que inyectaban las libertades que se iban desgranando desde abril de 1931. Buscar apasionadamente la modernidad constituyó un aspecto de la cultura republicana. Otro, no menos perceptible y notorio, fue la politización.
En efecto, los agentes de producción y difusión cultural y educativa buscaron la transformación social. Los más –los jóvenes especialmente– entendían que con su trabajo creador contribuirían a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, a cambiar el país, a que se superase el ensimismamiento castizo, a que se europeizase el solar ibérico...
Durante los años de la República y la guerra, la cultura y la educación fueron preocupaciones esenciales que estuvieron en el centro de la política de los republicanos. Uno y otro aspecto eran factores estratégicos para construir una ciudadanía republicana, laica (en los años republicanos) y además antifascista (en los años de la guerra). Elementos clave, pues, para politizar, la educación y la cultura no fueron solo de un color: expresaban la pluralidad social y, en consecuencia, su compromiso no estaba solo al servicio de una idea, sino de muchas, y entre los años 1931 y 1939 los creadores de la cultura y los docentes tuvieron muchas opciones donde mirar y a las que aportar. Muy distintas unas de otras, y en sus polos de izquierda y derecha, antitéticas: fascismo, catolicismo tradicional, liberalismo, democracia, socialismo, comunismo y anarquismo. La politización de la cultura se manifestó con más fuerza cuando se llegó a la guerra, también de ideas, formas, expresiones artísticas y gustos. Y entonces la pluralidad se polarizó como el país que estaba cortado por trincheras, fue imposible disociar lo cultural de lo político, no en vano la guerra civil española fue una guerra total, por cuanto afectó al conjunto de la sociedad.
De todo esto trata este libro. En su título, El desafío de la cultura moderna: música, educación y escena en la Valencia republicana (1931-1939), hemos pretendido sintetizar su contenido. En sus páginas no se abordan todos los campos de la cultura, pero sí los suficientes como para reconstruir lo que fue un mundo efervescente de ideas, novedades, iniciativas e ilusiones. Educación, política, música, teatro, cine, artes gráficas, pintura, escultura de la Valencia republicana son aspectos que se tratan aquí. Se ensamblan aspectos de la alta cultura (como la producción musical del Grup dels Joves) y de la cultura popular, como las bandas de música (tan importantes como «puerta de acceso a la cultura musical»), la pasión por el sainete o las Fallas y sus transformaciones en los años republicanos.
Se vislumbran en este libro las conexiones entre política, intelectuales y artistas. Se señalan algunas de las estrategias que se seguían entonces para crear identidades colectivas o para integrar a miles de «forasteros» que arribaban a la ciudad en guerra; se analiza el analfabetismo y la contumaz lucha –nada sencilla– para vencerlo; se muestran los esfuerzos que se hicieron, especialmente en la guerra, para abrir la enseñanza secundaria y la superior a las capas populares. Se muestran también los espacios donde se hacía la cultura y su importancia: espacios para el teatro amateur, el universitario o el profesional. Se aborda el primer cine sonoro (de hecho, hablado), que amplió la oferta de ocio de las capas populares, dio a conocer otras culturas y produjo la primera película en valenciano (El faba de Ramonet, 1933).
Se manifiesta en estas páginas lo importante que era para la izquierda la creación de una conciencia republicana desde los más diversos ámbitos: el aula, el escenario, el teatro o el cine, la plaza pública, el cartel, la imprenta, el dibujo, las placas del callejero, la postal, el pasquín, el abanico, la octavilla, la escultura, el taller del pintor, la radio, la música popular y la sinfónica, la educación musical y la artesana...
Esta nueva fuerza que tomaba la cultura en los años republicanos debía servir para consolidar la democracia y profundizar, de ese modo, en un cambio social soñado que se procuraba encarnar cada día. Evidentemente, para consolidar la democracia se requería un pueblo instruido y con capacidad crítica y libre, para lo que era esencial la escuela primaria y la misión pedagógica, pero también el estímulo constante de todos los recursos que ponía a su alcance la cultura moderna. Y como no podía ser de otro modo, también se manifiesta en este libro el contrapunto a la política cultural de la izquierda republicana: «la reacción política conservadora en la cultura», o si se quiere, la estrategia política educativa y cultural de la derecha católica, sus medios de difusión, sus plataformas o escenarios y los diversos recursos con los que contó.
Cuando llegó la guerra, esta política cultural y educativa de la España republicana, en todas sus manifestaciones, prosiguió su trayectoria y se modificó para adaptarse a la coyuntura y a las exigencias de la polarización política, lo que requería muchos cambios, como por ejemplo llevar la instrucción primaria a los soldados, abrir el instituto y la universidad a las capas populares, adaptar las funciones de la cultura para defenderse del fascismo, politizar en clave antifascista y a la vez ofrecer una necesaria cultura de evasión.
Se trata, en resumen, de mirar la actividad cultural valenciana en la etapa republicana, tanto la de antes de la guerra civil como la que se llevó a cabo durante esta, con los cambios inmensos que se produjeron en todos los campos de la cultura.
MARC BALDÓ LACOMBA
Universitat de València
LA CAPITAL INVEROSÍMIL
Valencia, sede del Gobierno republicano (1936-1937)
Javier Navarro Navarro
Universitat de València
UNA EXPERIENCIA HISTÓRICA SINGULAR
Valencia, «capital artificial e inverosímil». Así la caracterizó Ilyá Ehrenburg, el conocido escritor ruso y corresponsal de Izvestia, en los meses en los que la ciudad se convirtió en sede del Gobierno republicano durante la guerra civil española. Ehrenburg, por cierto, fue uno de los pocos, de entre los más conocidos personajes soviéticos que visitaron España durante la contienda, que sobreviviría finalmente a las purgas de Stalin durante aquellos años (no así, por ejemplo, Koltsov, corresponsal de Pravda, el embajador Rosenberg o el cónsul en Barcelona, Antónov-Ovséyenko, todos ellos ejecutados entre 1937 y 1940). Sin embargo, pudo plasmar sus recuerdos de la ciudad en sus memorias, escritas muchos años después: Gente, años, vida (Ehrenburg, 1996).
Artificialidad e inverosimilitud, en palabras de Ehrenburg, quizás un tanto exageradas y retóricas, pero que aludían por otro lado a un hecho cierto. La condición de capital de facto de la España republicana y sede del Gobierno legítimo le sobrevino a Valencia de un modo repentino y accidental, una decisión del presidente de su Consejo de Ministros, el socialista Francisco Largo Caballero y sobre cuya causa exacta todavía nos interrogamos.1 En todo caso, la situación del Madrid asediado por las tropas sublevadas a principios de noviembre de 1936 resultaba caótica y su destino incierto, y la percepción de su inminente caída estaba muy extendida. No podemos detenernos aquí en el contexto político, social y militar de aquellos días, pero lo cierto es que la medida no estuvo ni mucho menos exenta de polémica, no tanto por la elección de Valencia (frente a Barcelona, por ejemplo, que acabaría convirtiéndose de hecho en capital desde noviembre de 1937) como por la salida del Ejecutivo de Madrid. En todo caso, la noche del 6 al 7 de noviembre de 1936 se inició el traslado que convertiría a Valencia durante once meses (hasta finales de octubre de 1937) en sede del Gobierno y en capital en la práctica de la Segunda República española.
Resulta difícil describir todas las dimensiones de lo acontecido en la ciudad a lo largo de ese año, un periodo complejo, en medio, además, de una contienda. En las guerras, con la proximidad de la muerte, el tiempo histórico y el ritmo vital se aceleran y todo parece adquirir un aura de excepcionalidad. No se trataba, por otro lado, de un conflicto cualquiera: era una contienda civil (con las consiguientes repercusiones sociales en las retaguardias y en el conjunto de la población) y, al mismo tiempo, una guerra marcadamente ideológica, y que, como es sabido, adquirió una relevancia internacional extraordinaria en el periodo de entreguerras, en medio de la crisis de la democracia y el auge de los fascismos y el comunismo.
A analizar lo ocurrido en Valencia durante ese año nos hemos dedicado, de una u otra manera, desde hace ya algún tiempo. La historiografía valenciana ha abordado el estudio de las diferentes facetas políticas, sociales, económicas y culturales de este periodo.2 La intensa politización que vivió la ciudad, el cambio de su fisonomía urbana, la llegada masiva de refugiados, los bombardeos fascistas, los problemas de abastecimiento o los grandes eventos culturales y propagandísticos que tuvieron lugar aquí son algunos de los fenómenos que han atraído la atención de los investigadores en las últimas décadas.
Lo cierto es que Valencia adquirió una relevancia nacional e internacional como tal vez en ningún otro momento de su historia contemporánea. En referencia a lo primero, no solo porque se convirtió por primera vez en capital en la práctica del Estado, sino también porque, precisamente, a lo largo de los once meses de estancia del Gobierno republicano en Valencia tuvieron lugar hechos decisivos en la trayectoria política de la España republicana durante la guerra. Se consolidarían entonces las tendencias generales que marcarían en adelante la evolución política en la retaguardia. Se vivirá en esos momentos, de noviembre de 1936 a octubre de 1937, el fin definitivo de la etapa revolucionaria, la desaparición de la opción de la hegemonía sindical que pudo pretender en algún momento Largo Caballero y el triunfo de la opción centralizadora y de orden que supondrán los gobiernos de Negrín hasta el final de la contienda, con los acontecimientos de mayo de 1937 como decisivo punto de inflexión.
El protagonismo de Valencia fue también sin duda internacional. Fue en esta etapa cuando se fijó definitivamente la dimensión europea y global del conflicto. Nunca antes se había hablado tanto de Valencia en la prensa internacional, con las menciones al «Gobierno de Valencia» que llenaban las páginas de los diarios de todo el mundo. Reporteros, fotógrafos o escritores extranjeros visitaron la ciudad en estos meses y sus impresiones acabarían plasmadas en los artículos que redactaron entonces o en sus ensayos, memorias, poemas, relatos o novelas escritos con posterioridad.3
En definitiva, fue un periodo breve pero intenso en la vida de la ciudad. El traslado del Gobierno a Valencia no solo situó a esta en el centro de atención nacional e internacional, desde donde viviría un periodo pleno de acontecimientos de gran trascendencia, sino que también cambió la imagen urbana y la vida cotidiana de sus habitantes. En primer lugar, y de manera muy visible ya desde las primeras semanas –fruto en buena medida del aire de improvisación y accidentalidad con el que se decidió y ejecutó el traslado, así como del momento crítico de aquellos días de noviembre–, la capitalidad transformó la imagen externa de la ciudad, haciéndola crecer en su protagonismo político de una manera brusca, casi de la noche a la mañana. Valencia pasaba a situarse ahora en primer plano del conflicto. La afluencia creciente de refugiados y evacuados de todo tipo, militares, burócratas, profesionales y técnicos, políticos, asesores, periodistas, intelectuales, delegados y diplomáticos extranjeros, convirtió Valencia en una gran urbe sobresaturada y cosmopolita, centro oficial de la República y objeto de atención internacional. Pero paralelamente, y tal vez a más largo plazo, la ciudad experimentó cambios sociales y culturales que muchos observadores recogerían en su momento, al tiempo que la guerra se instalaba poco a poco en la vida de los valencianos y se intensificaban las transformaciones que el conflicto iría trayendo paulatinamente al corazón de la ciudad.
VALENCIA, CAPITAL Y CRUCE DE CAMINOS
Desde que la noche del 6 al 7 de noviembre de 1936 comenzaron a llegar a Valencia, a través de la carretera de Madrid, los primeros efectivos de empleados y administrativos, así como todo el edificio humano de la maquinaria estatal, el centro de la ciudad y sus edificios más importantes empezaron a revestirse de un inevitable aire de oficialidad gubernamental. La tarea más urgente fue sin duda acomodar al Gobierno y, muy pronto, al cada vez mayor número de refugiados que huían de Madrid y de los frentes. Las instituciones republicanas, los distintos ministerios y sus departamentos, así como las sedes de los principales partidos y sindicatos, se instalaron en diferentes puntos de la ciudad. Para ello se utilizaron medio centenar de edificios emblemáticos que fueron habilitados en poco tiempo para servir de residencias oficiales, despachos o dependencias administrativas. Algunos de ellos ya funcionaban como oficinas estatales, ampliando así su uso o dándoles uno nuevo. Otros eran hoteles, sedes de partidos o entidades de signo conservador, así como edificios nobiliarios o residencias de grandes familias burguesas normalmente ubicados en el centro de la ciudad, y que fueron incautados en esos momentos. Estos últimos eran propiedad de aristócratas o representantes de la alta burguesía valenciana que o bien habían huido, o bien cedieron –dadas las circunstancias– estos inmuebles para tal fin.4
La nueva condición de capital, lógicamente, no solo trajo a la ciudad a los funcionarios estatales y responsables del Gobierno con sus respectivas familias, o las cúpulas de las diferentes organizaciones y entidades políticas y sindicales de la España republicana. Embajadas de distintos países se instalarían también en Valencia, con todo su personal administrativo y diplomático. Una de las más conocidas e importantes, por el peso específico que tendría en la España republicana, sería la de la Unión Soviética, ubicada en el Hotel Metropol, en la calle Xàtiva, frente a la Plaza de Toros y la Estación del Norte. Valencia pasaría a ser ciudad diplomática, escenario de encuentros, relaciones y rivalidades internacionales en torno al hecho que centraba en esos momentos la atención de la opinión pública y de los gobiernos de muchos países: la guerra civil española. Junto a los diplomáticos, no faltaron los asesores militares y espías, observadores de organismos internacionales, dirigentes políticos y periodistas y reporteros extranjeros, y a veces incluso todas esas cosas a la vez. Asimismo, numerosos intelectuales y artistas foráneos pasaron también por Valencia o residieron temporalmente en ella, como periodistas o simples testigos de los acontecimientos, a menudo para tomar partido y testimoniar su solidaridad con la República española. Conocidos hoteles, como el ya mencionado Metropol, el Inglés o el Victoria, albergaron a muchos de estos acompañantes del Gobierno de la República, entre ellos personajes tan célebres como Ernest Hemingway, Julien Benda, Ilya Ehrenburg, Alexei Tolstoi o Mihail Koltsov.
También acudieron a la ciudad numerosos intelectuales y artistas procedentes de otras zonas de la España republicana, evacuados de las zonas ya ocupadas o en peligro por el avance franquista. Muchos de ellos simpatizaban con la causa antifascista, aunque ni mucho menos todos. Los más conocidos serían aquellos procedentes del Madrid asediado por los rebeldes y amparados por el Ministerio de Instrucción Pública, en ese momento bajo la responsabilidad del comunista Jesús Hernández, cuyo partido se implicó a fondo en esta labor de agitación cultural entendida también como propaganda antifascista. El Ministerio habilitó un edificio de entre sus nuevas dependencias, el Hotel Palace (número 42 de la calle de la Paz), creando allí una «Casa de la Cultura» que sirviera también como refugio y lugar de confluencia de estos intelectuales, escritores, artistas y científicos. Los valencianos llamarían popularmente al inmueble el Casal dels Sabuts. En general, y a pesar del momento excepcional, las urgencias bélicas y la utilización de la actividad cultural como arma propagandística y de guerra (aunque también en parte gracias a todo ello), Valencia se convirtió en punto de encuentro de una pléyade de artistas plásticos, escritores e intelectuales en general que colaboraron en distintas iniciativas puestas en marcha durante estos meses: revistas, libros, congresos, exposiciones, actos públicos, etc. La nómina es extensa, pero podemos citar a Antonio Machado, Rafael Alberti, María Teresa León, León Felipe, Luis Cernuda o Rosa Chacel, entre otros muchos. A los españoles cabe sumar, como señalábamos antes, los procedentes de países americanos y europeos, de simpatías republicanas, que residieron durante un tiempo en Valencia o acudieron para participar en algunas de estas iniciativas, por ejemplo, el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, inaugurado en Valencia, probablemente el evento más conocido de entre los celebrados en la ciudad y al que haremos referencia posteriormente. Más allá del Congreso, lugares del entorno de la concurrida calle de la Paz, como los cafés Ideal Room o El Siglo, el ya citado Hotel Palace, las dependencias de la Universidad Literaria o la sede valenciana de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, en la calle Trinquete de Caballeros, fueron locales habituales de encuentro de muchos de estos creadores y artistas valencianos, españoles y extranjeros.
Pero no todos los recién venidos a Valencia fueron, por supuesto, políticos, funcionarios, escritores, periodistas o intelectuales. La inmensa mayoría de los refugiados eran gente anónima, que acudieron a la ciudad huyendo de la guerra, el avance de los ejércitos franquistas y la más que probable represión por parte de los golpistas: mujeres y hombres de todas las edades, con una presencia muy significativa de niños y niñas en muchos casos separados de sus familias en peligro o huérfanos de guerra. Procedían del Madrid sitiado y castigado por las bombas, pero también del sur de España, donde la ocupación del territorio por los sublevados resultó especialmente cruenta y represiva. A ellos se unían también las personas que acudían a la capital desde pueblos cercanos o la población flotante de paso por la ciudad. A lo largo de 1937 el número de refugiados se incrementó, primero con la llegada de más huidos del sur, tras la caída de Málaga, y posteriormente del norte, tras el desplome del frente del Cantábrico. La presencia creciente de estos refugiados de a pie, varias decenas de miles, que se ubicaron como pudieron por Valencia y sus alrededores, se convirtió hasta el final de la guerra en un hecho cotidiano en la vida de la ciudad. Se hizo palpable la solidaridad, pero también los inevitables problemas de vivienda, abastecimiento, salud o trabajo, o incluso los choques culturales con la población autóctona. Por otro lado, los registros no nos transmiten en absoluto la situación real de un incremento de la población que acudía a la ciudad y que escapaba a los recuentos y padrones municipales y que aumentaba notablemente el censo. La sensación general fue de una Valencia que se multiplicaba en sus efectivos demográficos, de unas calles sobrepobladas. La prensa recoge esta percepción, mostrándonos la imagen de unos tranvías repletos, la del conflictivo aumento de la mendicidad o la de los grupos de niños vagando por la ciudad.5
¿UN «LEVANTE FELIZ»?
La llegada de estos refugiados a la nueva capital republicana desde el otoño de 1936 se explicaba lógicamente por la segura ubicación de Valencia en la retaguardia, con un frente no lejano, pero todavía estable y en buena medida inactivo (Teruel), así como el hecho de que a esas alturas la ciudad parecía vivir en buena medida al margen de la guerra: ni los bombardeos ni los problemas de abastecimiento se habían hecho visibles todavía, como sí lo serían a partir de 1937. El contraste con la situación de Madrid resultaba evidente, así como su condición de refugio, lo que permitió que la prensa madrileña hablara de un «Levante feliz»: una ciudad aparentemente a espaldas del conflicto, donde todavía se podía comer bien y divertirse mejor. Así, se señalaba a los «antifascistas que habían montado sus trincheras en los cafés de Valencia», mientras que José Luis Salado, director de La Voz de Madrid, se refería al «placer antifascista de ahorcar el seis doble». La construcción de la imagen de esa Valencia servía en realidad para reafirmar el mito de la resistente y heroica Madrid. La alusión a su hedonismo ayudaba por otra parte, de una manera más general, a criticar la falta de compromiso de la retaguardia en el esfuerzo bélico y defender el mantenimiento de una adecuada moral de guerra. Valencia era por entonces la ciudad de las paellas y los banquetes en los restaurantes de la playa de las Arenas o en el Hotel Victoria, donde no faltaba comida, la de los mercados llenos de víveres o la del «frente de la calle Ruzafa», con sus teatros, clubs y cabarets, símbolos de la vida nocturna y la frivolidad. La prensa valenciana, mientras y desde otra perspectiva, interpretaba la situación como producto de la nueva presencia de los «señoritos» madrileños, militares, burócratas o diplomáticos extranjeros, y en general vividores y ociosos –por no decir también emboscados y quintacolumnistas– que habían proliferado por la ciudad, algunos sorprendentemente bien relacionados o situados, que tomaban el baño en la playa y gastaban su dinero a espuertas en los restaurantes y locales de moda. A menudo se les hacía responsables del incremento de los precios, mientras la mayoría de la población comenzaba a experimentar crecientes privaciones.
Fuera por la presencia de estos, por el aumento en general de su población de acogida o por las necesidades de evasión propias de un contexto de guerra, la oferta de ocio en Valencia (y pese a las demandas moralizantes de sindicatos y partidos en pro de una ética de sacrificio adecuada a las circunstancias bélicas) se incrementaría especialmente en los primeros meses de estancia del Gobierno en la ciudad. Las demandas de restauración y de espectáculos como el teatro o el cine, y en menor medida de deportes o toros, aumentaron. Estos últimos, aunque no desaparecieron ni mucho menos en un principio, sí que se vieron más tempranamente afectados por el conflicto y su actividad fue disminuyendo progresivamente hasta casi desaparecer (no ocurriría lo mismo con el boxeo o la pelota, por ejemplo, que sí tuvieron cierta regularidad). Sin embargo, los teatros y cines mantuvieron sus salas abiertas diariamente y de forma ininterrumpida durante toda la guerra; la afluencia de público no se resintió, ni tampoco los ingresos en taquilla. Por supuesto, intervino en ello el ya comentado aumento de la población, y por tanto de público, así como la necesidad sindical de asegurar los puestos de trabajo y los salarios en este sector; también el hecho de que teatros y cines sufrieron en menor medida las disposiciones restrictivas en horarios y actividad que sí incidieron en cabarets, music-halls e incluso en bares y tabernas. En definitiva, los siete teatros y la treintena de cines de Valencia continuaron funcionando y ofrecieron una programación en la que, como regla general, cabe señalar que acabó imperando la diversión y los espectáculos de entretenimiento –tanto en el cine como en los distintos géneros teatrales– frente a la minoritaria presencia de obras o películas de contenido social, adaptado a las circunstancias o revolucionario. En cuanto al ocio nocturno, los music-halls, night clubs o cabarets y la prostitución clandestina (siempre presente) volvieron a dar un tono de dolce vita a la ciudad coincidiendo con el traslado del Gobierno. Se hizo popular el ya citado «frente de Ruzafa» –en esta calle y en las adyacentes, como la de Ribera, se concentraban buena parte de los teatros y cabarets más famosos de Valencia– en la prensa o entre aquellos que visitaban la ciudad. Estos locales, sin embargo, verían muy condicionada su existencia, como ya se ha dicho, por la restricción de horarios, los toques de queda nocturnos y las campañas moralizantes, y su actividad iría disminuyendo progresivamente.
La realidad bélica difuminaría poco a poco, a lo largo de 1937, esa imagen del «Levante feliz», a medida que los efectos de la guerra se hacían palpables también en Valencia. Por un lado, los bombardeos navales y aéreos, desde principios del año. Por otro, la carestía de alimentos y de subsistencias. El alza en los precios de productos de primera necesidad y la necesidad del racionamiento, con el corolario inevitable del acaparamiento y el auge del mercado negro, se acabarían haciendo familiares entre la mayoría de la población, así como las colas para la compra. Si en los primeros meses del conflicto Valencia vivió por lo general bien abastecida, desde principios de 1937 fue haciéndose poco a poco palpable la carestía, que iría afectando progresivamente a artículos como la carne, los huevos, el azúcar, el aceite, las patatas, las legumbres, el arroz o el pan. Desde marzo de 1937 se hizo obligatoria la cartilla de racionamiento. Estrategias de supervivencia habituales fueron a partir de entonces, por ejemplo, los viajes fuera de la ciudad, a la huerta y pueblos cercanos, para hacerse con alimentos, o la cría de pollos, palomas o conejos en balcones y terrazas, que las ordenanzas municipales trataron de prohibir. Pronto la carencia de alimentos se convertiría –junto con los bombardeos– en la preocupación fundamental en la vida cotidiana de los valencianos. El mercado negro y las críticas a las políticas de abastecimiento que no consiguieron hacerlo desaparecer se sumaron a un panorama agravado por el incremento demográfico y las demandas de alimentos o servicios sanitarios, educativos o asistenciales por parte de una creciente población de refugiados llegados a la ciudad. Hacia otoño de 1937 la prensa reconocía en general que el tono frívolo de Valencia había desaparecido casi del todo, un panorama sombrío en el que la guerra se hacía progresivamente más presente y cercana y que fue alejando así cada vez más a Valencia del estereotipo del «Levante feliz».6
UNA CIUDAD INTENSAMENTE POLITIZADA
Aunque la intensa politización de la ciudad había comenzado ya tras el estallido de la sublevación militar y las transformaciones revolucionarias que lo siguieron, el dinamismo de Valencia en este sentido se incrementó notablemente con su nueva condición de sede del Gobierno a partir de noviembre de 1936, con la presencia de este y de las cúpulas de partidos, sindicatos y organizaciones republicanas de todo signo.7 Esta intensificación fue visible en primer lugar en las calles y plazas, llenas de carteles, pancartas y murales colocados por los ministerios, partidos o sindicatos en las fachadas de los edificios. Casi todas las calles de Valencia mostraron esta omnipresencia de la política a lo largo de estos meses, pero fueron lógicamente las vías y plazas más céntricas, las más próximas a los centros de poder, los ministerios y las dependencias estatales o las sedes de los principales partidos y sindicatos, las que lo hicieron de forma más visible. Ellas fueron también los escenarios de manifestaciones, concentraciones y encuentro habituales en esta Valencia. Destacan, en este sentido, lugares como la calle de la Paz (donde se ubicaban muchas de esas sedes) o, por supuesto, la plaza Emilio Castelar (actual del Ayuntamiento), reordenada urbanística y arquitectónicamente pocos años antes y convertida entonces en lugar de encuentro ciudadano. Allí, en el centro de la plaza, instaló el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes la famosa tribuna «de agitación y propaganda», inaugurada por Antonio Machado y León Felipe en diciembre de 1936. La plaza (así como sus calles aledañas: Periodista Azzati, Nicolás Salmerón –actual Marqués de Sotelo–, Barcas –rebautizada como Periodista Luis de Sirval–, etc.) sería escenario de las concentraciones políticas durante estos meses, así como paso obligado de las manifestaciones. Muchas de sus fachadas exhibirían enormes carteles y pancartas orientados a la promoción del esfuerzo bélico y la movilización de la retaguardia, como aquel tan célebre que mostraba el edificio Barrachina, junto al del Ayuntamiento: «¡Valencianos, el frente de guerra está a 150 kms. de Valencia! ¡No lo olvidéis!», u otros carteles expuestos en las fachadas del Rialto, el Ateneo o el edificio de la Adriática, reproducidos en diversas fotografías y algunos films de la época.
Y muy cerca de allí, los teatros Apolo, Principal o Tyris, entre otras salas, sirvieron como lugar de celebración de mítines por parte de las principales organizaciones antifascistas. O también el de la Metalurgia (antes calle Caballeros, sede del actual teatro Talía), el Coliseum, el Capitol, el Olympia, etc. Los teatros y cines valencianos actuaron, así, como auténticos espacios de la política. Allí se celebraban mítines, asambleas, plenos, conferencias o congresos de aquellas organizaciones, abundantísimos durante estos meses. Fueron muy frecuentes, asimismo, las concentraciones, los desfiles y las manifestaciones públicas en las calles, en defensa de la lucha antifascista y la causa republicana en sus más diversas tendencias políticas, en una actividad frenética que tendía a la ocupación permanente del espacio público. Y también los actos de homenaje a países solidarios con la España republicana (la Unión Soviética, México), a héroes caídos en la lucha contra el fascismo (Buenaventura Durruti), líderes históricos del movimiento obrero (Pablo Iglesias, Anselmo Lorenzo), lugares de resistencia al avance franquista (Madrid, País Vasco, Asturias) o incluso a cualquier episodio que pudiera servir para animar la causa del esfuerzo de guerra (los marinos del Komsomol). Otro fenómeno habitual en estos momentos fue la celebración –a medio camino entre la propaganda, la solidaridad, el ocio y el espectáculo– de las veladas y los festivales teatrales y musicales de carácter benéfico (en apoyo a los hospitales de sangre, las milicias, los refugiados, etc.), muchos de ellos organizados en los teatros y cines ya mencionados. Sin duda, tal como señalan Safón y Simeón (1986: 90), la vida de los valencianos fue, durante este periodo, un «constante reunirse y desreunirse».
Como apuntábamos, el despliegue de un ingente número de carteles, rótulos, pancartas o grafitis fue un elemento muy visible de esta omnipresencia de la política en la Valencia capital de la República. Las pancartas y los carteles no cubrían solo los edificios oficiales o las sedes de las organizaciones políticas o sindicales. También, como vimos, el Ministerio de Propaganda u otras entidades dedicadas a similares fines los exhibieron en emblemáticos inmuebles del centro de la ciudad. Los muros de muchos edificios urbanos se convirtieron en agentes de la movilización sociopolítica que se vivió en esos momentos. Toda una eclosión simbólica, gritos pegados a la pared que conformaron una variopinta polifonía de mensajes (en sintonía con la diversidad política característica de la retaguardia republicana) y un auténtico maremágnum semiótico; una sopa de siglas, pero también de iconos y representaciones. La producción de una abundante cartelística y propaganda de guerra en general, en ocasiones de gran calidad, fue uno de los sellos distintivos de la República durante la guerra. Y los muros de las calles valencianas así lo mostraron. También los rótulos y grafitis llegaron a otros espacios, como los transportes públicos… Es el caso, por ejemplo, de los tranvías, como recuerdo tal vez de la eclosión simbólica de los primeros meses revolucionarios, cuando las pintadas con las siglas de las principales organizaciones antifascistas se multiplicaron en el espacio urbano.
EFERVESCENCIA CULTURAL
También la vida cultural se intensificó en Valencia durante ese año de capitalidad, en sintonía con su nuevo protagonismo político, ofreciendo un rico y variado panorama pleno de iniciativas y experiencias. La actividad en este ámbito se multiplicó entonces frenéticamente, lo que dio lugar a una producción cultural no solo amplia, sino también, por lo general, de gran calidad. Ello se debió, en gran medida, a la aportación de destacados escritores, artistas e intelectuales valencianos, españoles y extranjeros que confluyeron en Valencia y que coincidieron en prestar así su servicio a la causa antifascista, y de todo ello acabaría beneficiándose la ciudad. Así, por ejemplo, la labor ya desplegada por los intelectuales y artistas valencianos se vio reforzada, sin duda, por la ya comentada presencia en Valencia de un nutrido grupo de pensadores, científicos y escritores republicanos evacuados de Madrid y acogidos temporalmente aquí, algunos ubicados en la ya citada Casa de la Cultura del Hotel Palace. La colaboración estrecha con las actividades desarrolladas por los Ministerios de Instrucción Pública o de Propaganda, la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura (AIDC) u otras entidades, en exposiciones artísticas, conferencias o actos literarios, contribuyó a hacer de Valencia la auténtica capital cultural de la República española durante este periodo (Aznar, 2007; Aznar, Barona y Navarro, 2008). Se partía, en general, de una concepción popular y revolucionaria de la cultura, considerada como arma y estandarte de la lucha contra el fascismo. Así pues, cultura y propaganda estaban estrechamente vinculadas y resultaban difícilmente diferenciables. Por otro lado, además de por su calidad, esta producción destaca por su diversidad: publicaciones en forma de revistas (recordemos, por ejemplo, Buque Rojo u Hora de España, en cuyas páginas escribieron Rafael Alberti, Luis Cernuda, Miguel Hernández, María Zambrano o José Bergamín, entre otros muchos) o libros; carteles, pinturas, dibujos; exposiciones; actos literarios y artísticos; montajes teatrales; conferencias o congresos (con el célebre Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, sin duda, como emblema), etc.
La multiplicidad de órganos emisores es asimismo manifiesta. En primer lugar, la labor cultural desarrollada por las instituciones estatales fue notable, y abarcó desde la salvaguarda del patrimonio histórico-artístico a la extensión educativa y las actividades de agit-prop. Así, por ejemplo, el Ministerio de Instrucción Pública (MIP) (en manos del PCE, con el ya mencionado Jesús Hernández como ministro) contaba en Valencia con una Sección de Propaganda donde se trabajaba en la publicación de carteles realizados por pintores y dibujantes de la talla de Josep Renau o Arturo Ballester. El MIP disponía asimismo, en la plaza de Emilio Castelar, como ya hemos señalado, de una tribuna desde la que solían dirigirse al público conocidos intelectuales y artistas y se proyectaban películas o se escenificaban piezas teatrales. Otro ámbito de actuación fue la protección del tesoro histórico-artístico valenciano durante los primeros meses de la contienda, a cargo de diversas juntas y comisiones constituidas a tal efecto por la Junta Delegada, el Comité Ejecutivo Popular, la Conselleria de Cultura o el Consejo Municipal. Por otra parte, la ciudad –gracias a la labor desempeñada entre otros por la Dirección General de Bellas Artes, que presidía Josep Renau– acogió también, coincidiendo con el traslado del Gobierno a Valencia en noviembre de 1936, las obras de arte del Museo del Prado y otros museos y palacios de la capital estatal, que corrían peligro en un Madrid castigado por las bombas franquistas. Las obras fueron depositadas provisionalmente en edificios como las Torres de Serranos o el Colegio del Patriarca. Asimismo, la labor ministerial se dirigió también a la puesta en marcha de algunos proyectos educativos y culturales esbozados en años anteriores. Es el caso de los Institutos Obreros, el primero de los cuales se inauguró en Valencia en noviembre de 1936, que pretendía acercar los beneficios de la enseñanza secundaria a los trabajadores jóvenes bajo la forma de un bachillerato abreviado. También pueden mencionarse en este sentido iniciativas como las Milicias de la Cultura, destinadas a la alfabetización de los soldados del frente, o las Brigadas Volantes de Lucha contra el Analfabetismo en la Retaguardia.
Por lo que se refiere a las instituciones específicamente valencianas, la obra emprendida por el Comité Ejecutivo Popular tuvo su continuación en el organismo que lo sustituyó a partir de principios de 1937: el Consejo Provincial de Valencia. De él pasó a depender una Conselleria de Cultura cuyo primer titular fue Francesc Bosch Morata, dirigente del Partit Valencianista d’Esquerra. Entre los objetivos del equipo de Bosch Morata figuraba la creación de una infraestructura cultural propia para el País Valenciano y la defensa decidida de la lengua y la cultura autóctonas. El primer paso fue la fundación, en febrero de aquel año, del Institut d’Estudis Valencians (IEV), que tenía como principal cometido la recuperación y la difusión del patrimonio cultural valenciano, y que se estructuró en cuatro secciones: Histórica-Arqueológica, Filológica, Ciencias y Estudios Económicos. El IEV editó libros y folletos, creó un archivo propio y organizó conferencias, concursos literarios y artísticos, proyectos de investigación científica, etc. Por su parte, la Universidad de Valencia, aunque vio obstaculizada –y paralizada en gran medida– su actividad docente habitual por causa de la guerra, incrementó su función como institución cultural pública durante este periodo, especialmente en el campo de la extensión educativa, mediante cursos y otras iniciativas extraacadémicas. Asimismo, se vio favorecida por su condición de refugio de profesores e intelectuales de otras universidades españolas, así como por el dinamismo de sus estudiantes agrupados mayoritariamente en torno a la Federación Universitaria Escolar (FUE). Esta organización puso en marcha un amplio abanico de actividades culturales que seguían la estela iniciada en años anteriores: publicaciones (Frente Universitario o El Estudiante en Armas), teatro universitario «El Búho», cine-estudio FUE, «Brigadas de Choque para el Estudio» en institutos, creación de la «Casa del Estudiante», organización de colonias infantiles y de la «Universidad Popular», etc.
Además de la labor institucional, no puede entenderse la efervescencia cultural vivida en Valencia durante este año sin hacer referencia a la actividad desarrollada por una serie de asociaciones vinculadas al mundo progresista y obrerista que desarrollaron un intenso trabajo de animación cultural. La sección valenciana de Cultura Popular –vinculada a las entidades del Frente Popular– puso en marcha un programa de difusión cultural que incluía la organización de servicios de lectura en los frentes y hospitales, bibliotecas ambulantes, guarderías y colonias, clases de cultura general, etc. Sin embargo, el caso más conocido es tal vez el de la AIDC de Valencia, fundada en los primeros días de la guerra, pero cuyo origen hay que remontar a la confluencia de grupos de intelectuales y artistas de sensibilidad marxista (por ejemplo, los agrupados en torno a la Unión de Escritores y Artistas Proletarios) con otros de carácter nacionalista (Acció d’Art), y que se había plasmado en proyectos como la publicación de la revista Nueva Cultura a partir de 1935. La AIDC, en cuyo proyecto (al igual que en otras iniciativas de este tipo) se comprometió a fondo el PCE como parte de su programa de movilización del mundo cultural e intelectual, nació con la pretensión de representar mayoritariamente el compromiso prorrepublicano de los intelectuales valencianos. Su presidente en Valencia era el catedrático José María Ots y Capdequí y entre sus miembros se encontraban Max Aub, Ricard Blasco, Ángel Gaos, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Eduardo Gilabert, Emili Gómez Nadal, Marcelo Jover, Regino Mas, Pascual Pla y Beltrán, Rafael Raga, Josep y Juanino Renau, Carles Salvador, etc. La AIDC desplegó una ingente actividad a través de sus distintas secciones: «Literatura», «Música», «Publicaciones» y «Artes Plásticas». Por mencionar solo como ejemplo esta última (subdividida a su vez en talleres de «Arte Popular», «Bocetistas», «Propaganda Gráfica» y de «Agitación y Propaganda»), cabe subrayar que desarrolló diversos proyectos. Uno de ellos –en colaboración con el Sindicato de Arte Popular de la CNT– fue la construcción de cuatro fallas «políticas» en marzo de 1937, con una clara orientación propagandística y de crítica a la sublevación franquista, que se exhibieron en la Lonja por aquellas fechas.
Como venimos diciendo, Valencia desempeñó, además, el papel de punto de encuentro cultural internacional con la celebración del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, auspiciado por el Ministerio de Instrucción Pública y la AIDC valenciana, e inaugurado oficialmente el 4 de julio de 1937 en el Salón de Sesiones del Ayuntamiento de Valencia (más tarde, los invitados se trasladarían a Madrid, Barcelona y, finalmente, París). Este Congreso fue la expresión más clara de la solidaridad de los intelectuales antifascistas de todo el mundo con la República española y en él se trataron temas como la función social de la literatura o el arte, el compromiso de los escritores, el humanismo revolucionario, etc. Entre los numerosos asistentes podemos recordar brevemente a André Malraux, Tristan Tzara, Octavio Paz, Alejo Carpentier o Pablo Neruda.
Un sector político antifascista con una especial confianza en las posibilidades transformadoras de la cultura había sido tradicionalmente el movimiento libertario, que había desplegado desde siempre un intenso abanico de actividades y prácticas culturales. También sucedió así durante este periodo, marcado, no obstante, como estamos viendo, por el fulgor de la acción cultural protagonizada sobre todo por los comunistas. Estos, que controlarían el Ministerio de Instrucción Pública hasta 1938, desarrollaron, como hemos venido contando, toda una batería de iniciativas culturales-propagandísticas, difícilmente superables en recursos materiales y humanos, bajo el patrocinio estatal, con apoyo internacional, métodos modernos, el concurso de buena parte de los intelectuales republicanos y su voluntad de representar a la totalidad del antifascismo. Todo esto se reveló eficaz desde muy pronto y, sobre todo, perfectamente adaptable a una situación de guerra. Frente a ello, los libertarios se encontraron, y también se sintieron, en una posición de inferioridad; intentaron adaptarse e incluso imitar aquellos métodos o tratar de centralizar su tejido asociativo y su entramado cultural. Sin embargo, gran parte de su actividad durante la guerra en Valencia siguió articulándose alrededor de los sindicatos, ateneos y agrupaciones libertarias existentes en la ciudad, que promovieron la creación de escuelas racionalistas y bibliotecas o la organización de conferencias, clases para adultos y veladas y festivales artísticos, prácticas culturales habituales entre los ácratas en años anteriores. Especialmente activas fueron, en este sentido, las agrupaciones de Juventudes Libertarias y de Mujeres Libres, sin olvidar la labor desplegada por los distintos comités de la CNT o de la FAI.
Cabe destacar, asimismo, la asociación Libre-Studio, que reunía a la intelectualidad valenciana afín a estos medios y que destacó en la celebración de exposiciones, la puesta en marcha de servicios de librería y bibliotecas para el frente e, incluso, la edición de una revista homónima de carácter cultural dirigida por el conocido escritor y ensayista Higinio Noja Ruiz. A esta hay que añadir otras publicaciones culturales ácratas aparecidas en Valencia en esas fechas: Estudios, Umbral, Semáforo o Nosotros (esta última próxima a los círculos individualistas), desde cuyas páginas se abordaban temas como la literatura, el arte, la ciencia, la sexualidad, el naturismo o la emancipación de la mujer. Algunas de estas publicaciones pusieron en marcha editoriales propias y llegaron a imprimir numerosos libros y folletos a lo largo de este periodo (Navarro, 2004).
EPÍLOGO. EL GOBIERNO SE MARCHA
A finales de octubre el gabinete de Negrín decidía su marcha a Barcelona; el 30 se firmaba el decreto que disponía un traslado que se realizará a lo largo de la primera semana de noviembre. Barcelona era un destino que se presentaba interesante políticamente dadas las características del nuevo Gobierno Negrín y su apuesta por la centralización política y económica. La presencia allí del ejecutivo central podía servir a la hora de poner freno a la autonomía del Gobierno de Companys en Cataluña y sumergir plenamente a esta, con todos sus recursos, en el esfuerzo de guerra. La nota gubernamental publicada en la prensa decía así:
El Gobierno ha decidido fijar su residencia oficial en Barcelona. Esta medida es un acto de interés público, cuya gestación responde a una política que se desarrolla con arreglo a un plan de previsiones, no a una eventualidad inesperada. Se trata de una vieja idea que data del gobierno precedente y que ha alcanzado su punto de sazón [...] los órganos del Estado iban ampliando su actividad, hasta el extremo de resultar angostas las posibilidades de Levante para acomodar todos los factores de una política de guerra […] El Gobierno tiene la convicción de que la región levantina no atenuará el entusiasmo que le concede la causa de la liberación nacional (Fragua Social, 31-10-1937).
Ilyá Ehrenburg, a quien hacíamos referencia al principio y al que de nuevo recurrimos en sus recuerdos, pasó por la ciudad unos meses después de haberse marchado el Gobierno. Encontró Valencia «extraordinariamente calma» e instalada en una «plácida vida de provincia». La percepción parece algo exagerada. Es cierto que la ciudad recuperaría una cierta tranquilidad, sobre todo desde el punto de vista político, y que el ritmo de la vida cotidiana se ralentizó algo, pero la vivencia de la contienda, cada vez más cruda, distaba mucho de la «placidez». Desde diciembre de 1937 se impuso una política de militarización de la retaguardia y los valencianos sintieron más cercano el conflicto con la cada vez mayor proximidad del frente, la intensificación de los bombardeos franquistas –con más víctimas–, la llegada de más refugiados y la movilización de nuevas quintas. Por otro lado, desde finales de 1937 las dificultades de abastecimiento, el racionamiento y las colas se acrecentarían hasta convertir el hambre en una realidad a lo largo de 1938. La sombra de la guerra había ido apoderándose ya de una ciudad que había sido temporalmente capital de la República.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARAGÓ, L., J. M. AZKÁRRAGA y J. SALAZAR (2007): Valencia 1931-1939. Guía Urbana. La ciudad en la II República, Valencia, Universitat de València, pp. 186-205.
AZNAR, M. (ed.) (2007): València, capital cultural de la República (1936-1937), 2 vols., Valencia, Consell Valencià de Cultura.
AZNAR, M., J. L. BARONA y J. NAVARRO (eds.) (2008): València, capital cultural de la República. Congrés Internacional, Valencia, Universitat de València / Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.
CALZADO, A. (2017): «Per a ofrenar solidaritat. Gestionar una crisi humanitària en un context extraordinari (refugiats i abastiment)», en J. Navarro y S. Valero (eds.): València, capital de la República…, op. cit., pp. 89-113.
CALZADO A. y J. NAVARRO (eds.) (2007): Valencia, capital antifascista: Visiones e impresiones de una ciudad en guerra, Valencia, Universitat de València.
EHRENBURG, I. (1996): Gente, años, vida (Memorias, 1891-1967), Barcelona, Acantilado.
FERRER, M., T. MORANT I ARIÑO, J. NAVARRO y N. PIQUERAS (eds.) (2016): Tot està per fer. València, capital de la República (1936-1937), Valencia, Universitat de València.
NAVARRO, J. (2004): A la revolución por la cultura. Prácticas culturales y sociabilidad libertarias en el País Valenciano (1931-1939), Valencia, Universitat de València.
— (2016a): «Ressons de la capital antifeixista. La València de 1936-1937 en la historiografia», en J. Navarro y S. Valero (eds.): València, capital de la República…, op. cit., pp. 279-318.
— (2016b): «La ciutat i la política. València, 1936-1937», en M. Ferrer, T. Morant i Ariño, J. Navarro y N. Piqueras (eds.) (2016): Tot està per fer…, op. cit., pp. 38-53.
NAVARRO, J. y S. VALERO (2016): «Dies de novembre: València, capital de la República», en J. Navarro y S. Valero (eds.): València, capital de la República…, op. cit., pp. 17-29.
NAVARRO, J. y S. VALERO (eds.) (2017): València, capital de la República, 1936-1937. Com es viu una guerra? La vida quotidiana d’una ciutat de rereguarda, Valencia, Ajuntament de València.
SAFÓN SUPERVÍA, A. y J. D. SIMEÓN RIERA (1986): Valencia 1936-1937. Una ciudad en guerra, Valencia, Ajuntament de València.
* El autor es miembro del Grupo de Investigación de Excelencia Prometeo GEHTID (GVPRO-METEO2016/108), de la Conselleria d’Educació de la Generalitat Valenciana.
1. Una valoración de las posibles causas, en Navarro y Valero (2016: 17-29).
2. Una aproximación al conjunto de esta bibliografía, con todas las referencias, en Navarro (2016a: 279-318). Entre los títulos de carácter global aparecidos en el último año, cabe incluir también Ferrer y otros (2016) y Navarro y Valero (2017).
3. Un análisis de las impresiones de estos observadores, con una selección de esos textos, en Calzado y Navarro (2007).
4. Puede encontrarse la relación de los inmuebles donde se ubicaron los distintos ministerios y dependencias gubernamentales en el ya citado Navarro y Valero (2016: 25-27). En las guías urbanas publicadas en esos momentos, como la Guía Popular de Valencia, Barcelona, Imprenta Altés, 1937-1938, o el Indicador de Retaguardia Activa, Valencia, Publicaciones Masenar, Imprenta Domenech (1938?), aparecen estas referencias. También resulta muy útil Aragó, Azkárraga y Salazar (2007: 186-205).
5. Para los distintos temas relacionados con la vida cotidiana en Valencia durante estos meses, a los que se hace referencia en este apartado y el siguiente, véanse los capítulos recogidos en el ya mencionado volumen de Navarro y Valero (2017).
6. Sobre estas cuestiones relacionadas con el abastecimiento en Valencia, los refugiados y las condiciones de vida durante estos meses, véase Calzado (2017: 89-113).
7. Un mayor desarrollo de este punto en Navarro (2016b: 38-53).
REACCIÓN POLÍTICA CONSERVADORA TAMBIÉN EN LA CULTURA: VALÈNCIA, 1931-1939
Juan Carlos Colomer Rubio
Universitat de València
Con la proclamación de la Segunda República en València, concretamente el 14 de abril de 1931, la ciudad experimentó una serie de cambios sustanciales que se escapan del ámbito de la política. Tal y como demostraron Aragó y otros (2007), la ciudad vivió, con este suceso político, transformaciones en su nomenclatura urbana y sus centros de ocio y sociabilidad y, lo que es más importante, nuevas manifestaciones culturales cuya incidencia ha sido lo suficientemente reflejada en monografías, documentales o exposiciones de diferente tipo (AA. VV., 2016).
A la proclamación de la nueva forma de gobierno republicana le sucedieron también otra serie de actos políticos y culturales que, ya fuera desde el republicanismo o por oposición a él, supusieron una respuesta ante los hechos que se iban produciendo. Esta contestación, proveniente de grupos conservadores y reaccionarios, se instrumentalizó políticamente a partir de determinados medios de comunicación –ahora ya de masas–, asociaciones culturales, partidos u otras manifestaciones culturales concretadas en casinos, cafés o tertulias. Unas reacciones que pusieron en jaque al Gobierno republicano y se situaron en la base de su derrumbe en julio de 1936.
El presente texto pretende reflejar, por medio de las aún escasas fuentes que tenemos a nuestra disposición, las diferentes formas de reacción conservadora que se dieron en el mundo político y cultural en València durante la Segunda República (1931-1939). Reacción que estuvo en la base de la formación de diferentes partidos, medios de comunicación y entidades culturales en ese contexto y que necesariamente llevaron a la creación de ámbitos y espacios diferentes en un mundo político y cultural ampliamente progresista.
SEGUNDA REPÚBLICA Y REACCIÓN POLÍTICA CONSERVADORA EN VALÈNCIA
Desde distintos barrios de la capital y de la Vega avanzaban hacia la Casa de la Democracia manifestaciones parecidas a la descrita, Valencia quedó cruzada en todas direcciones por interminables desfiles republicanos, compactos y ordenados. Conducían a modo de trofeos de victoria los títulos electorales que acreditaban su legitimidad. Empezaron a mezclarse con los vítores de la República otras aclamaciones de reparación. Ningún grito de odio,
¡Viva la República!
¡Viva España!
¡Viva Blasco Ibáñez!
¡Vivan Galán y García Hernández!
(Citado en Aragó y otros, 2007: 21)
Como comentábamos anteriormente, la proclamación de la República –con las esperanzas que pueden entreverse reflejadas en la descripción anterior– llevó también a cierta reacción política, no solamente desde los ámbitos de la izquierda, sino también desde grupos conservadores que, organizados tras el exilio del rey Alfonso XIII, expandieron su acción política en València durante esos años. Así sucedió en los inicios de la etapa republicana con la fundación de Juventud Monárquica Valenciana, que, encabezada por A. Larrea Sanz, publicaba, el 15 de marzo en el diario conservador Las Provincias, un llamamiento a la juventud valenciana en apoyo del monarca exiliado. Entre los firmantes del manifiesto se encontraban miembros de las familias monárquicas y de la alta burguesía como Rafael de Balbín de Luca, alumno de derecho, socio además de la Federación Regional de Estudiantes Católicos y del Centro Escolar y Mercantil. Con él, entre los jóvenes partidarios del monarca también firmaban Gonzalo Rodríguez Gay, de la Facultad de Medicina y afiliado a la Sociedad de Estudiantes Católicos, y Vicente Trénor de Arróspide, de la Facultad de Filosofía y Letras. Este grupo político estuvo presidido por el estudiante de derecho Rafael Luis Gómez y Carrasco y contó en la junta directiva, entre otros, con Adolfo Rincón de Arellano García (Perales, 2009: 303).
Como vemos, esta reacción conservadora vino de estudiantes, en su mayoría, aglutinados en torno a las facultades de Medicina y de Derecho y que encabezaron las primeras formaciones conservadoras en la ciudad, donde tuvieron gran peso las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Como demostró Ellwood (1984), en València, las JONS tuvieron un gran auge en los años treinta. Antes de su creación, varios grupos de jóvenes con nombres como «la Garra Hispánica» y el «Imperio Solar» ya se hacían ver por las calles; a estos les siguió la célula de la publicación La Conquista del Estado –fundada en 1931 por Ramiro Ledesma Ramos–, dirigida en València por el estudiante Bartolomé Beneyto Pérez. Entre sus componentes encontramos también a destacados miembros de la élite de la ciudad como Juan Beneyto, Maximiliano Lloret y Gaspar Bacigalupo. El peso de esta reacción conservadora se vio en el apoyo que tuvo en la ciudad el golpe militar de Sanjurjo en 1932 y que fue aplastado por las autoridades políticas con multitud de detenidos (Beneyto y Herrero, 1939; Colomer, 2013).
Junto con ello, a este grupo político le siguió la fundación de Falange, años después, heredera de las ideas de José Antonio Primo de Rivera y que se implantó rápidamente gracias a la asimilación de muchos de los militantes de las JONS. Tras la fundación del Partido en 1933 en Madrid, su implantación en València fue rápida gracias a las manos de Rincón de Arellano y sus contactos entre los jóvenes estudiantes de las facultades de Medicina y de Derecho, muchos militantes jonsistas. Falange y las JONS compartían, aparte de sus semblanzas ideológicas, vínculos de amistad entre sus miembros –Rincón de Arellano y Lloret, por ejemplo–, una misma sede física en el centro de la ciudad y la revista Patria Sindicalista. Esta publicación se constituyó como un órgano de expresión fundamental y constó de seis números hasta su desaparición. En ella se publicaron artículos de la más variada índole cultural y política de la mano de autores del mundo conservador y reaccionario de la ciudad como Bartolomé Beneyto, Maximiliano Lloret, José María Herrero Higón y el propio Adolfo Rincón de Arellano (Colomer, 2013). En marzo de 1934 se produjo la unificación definitiva de Falange y las JONS en la ciudad, no sin dificultad, pues una de las primeras reuniones celebradas tras esta fue desmantelada por la policía (Arias, 1996).
A partir de aquí, la nueva organización realizó una serie de actividades y reuniones públicas con una amplia renovación de sus dirigentes, muchos de ellos jóvenes que marcharon al extranjero por tema de estudios, abandonando la responsabilidad política. Este fue el caso particular del propio Adolfo Rincón de Arellano, que llegó a ser posteriormente presidente de la Diputación y alcalde de València durante el franquismo.
En el caso de la ciudad, Falange tendrá un peso fundamental también en el apoyo al golpe militar de 1936 con el asalto a Unión Radio y la radiación del siguiente mensaje:
¡España una! ¡España, grande! ¡España libre! Españoles: la Falange acaba de tomar militarmente la emisora de Unión Radio, para comunicarle que dentro de breves días se hará la revolución nacional-sindicalista. ¡España una!, ¡Grande! ¡Libre! (citado en Beneyto y Herrero, 1939).
Muchos de los asaltantes fueron detenidos a las pocas horas del suceso y otros aprovecharon para huir. El asalto trajo como consecuencia una manifestación de la ciudad al día siguiente encabezada por el alcalde Cano Coloma y una escalada de tensiones políticas que ya no tendría vuelta atrás. La propia Falange tomó posiciones, aunque no tuvo el protagonismo en la organización del golpe en la ciudad como sí tuvieron otros grupos, como Derecha Regional Valenciana (DRV) (Mainar, 1996; Safón y Simón, 1986).
De hecho, junto con los grupos políticos reaccionarios como fueron las JONS y Falange, no es desdeñable la creación y el desarrollo de otros grupos, de naturaleza conservadora, como la propia DRV, partido fundado por Luis Lucia Lucia en 1930, o el propio Partido Unión Republicana Autonomista (PURA), creado por el escritor Vicente Blasco Ibáñez en 1908. Por lo que respecta al primero, tal y como han demostrado las investigaciones del profesor Rafael Valls y hemos destacado recientemente (Colomer y Valls, 2017), estamos ante un grupo político republicano eminentemente conservador fundamental para entender la implantación de las ideas republicanas en la provincia de València. DRV, con gran presencia en las comarcas del interior, disputó tradicionalmente el electorado al PURA y representó un partido que concilió los intereses de la burguesía industrial y terrateniente con los de una clase media floreciente de la ciudad y próxima a los intereses regionalistas. Durante el golpe militar, se sitúo mayoritariamente a favor de los golpistas pese a que su líder, encarcelado, se oponía a este. En el caso del PURA, durante la Segunda República se vinculó con los intereses conservadores del Partido Radical de Alejandro Lerroux, lo que le supuso un descenso electoral considerable hasta prácticamente su desaparición en 1936. Su presencia política en la ciudad fue notable en un hecho: el poder de los sucesivos alcaldes desde la proclamación de la República, como fueron Agustín Trigo Mezquita, Vicente Alfaro Moreno, Vicente Lambies Grancha, Manuel Gisbert Rico y José Olmos Burgos, todos pertenecientes al PURA (Pérez, 1979).
VIDA CULTURAL CONSERVADORA EN VALÈNCIA (1931-1939)
Una vez presentados los principales grupos conservadores y reaccionarios que dominaron la escena política del momento en València, cabe destacar los espacios, lugares e instituciones que ayudaron en la difusión de su mensaje en diferentes capas de la población.
Por lo que respecta a la prensa escrita, encontramos en esta época medios como El Pueblo o El Mercantil Valenciano que convivieron con prensa más conservadora como Las Provincias, que durante la Segunda República actúo como uno de los medios de comunicación por excelencia. Desde su nueva sede en la Alameda, el diario fue foro de expresión de católicos, conservadores y monárquicos, como así también lo harían La Voz Valenciana o Diario de Valencia, este último cauce de las opiniones de DRV.
A estos medios escritos les siguieron otros lugares que registraron los ecos de la élite conservadora. Es el caso del Ateneo Mercantil de València, institución fundada en 1879 y que había reunido a la burguesía valenciana agrícola, financiera e industrial desde su sede en la plaza Emilio Castelar (hoy Ayuntamiento). Durante la Segunda República, sus intereses fueron muy próximos al PURA, que gobernó la ciudad por medio de diferentes alcaldes, como hemos destacado, durante todo este proceso histórico; o al Partido Radical de Alejandro Lerroux, del que el presidente del Ateneo, Ricardo Samper, fue también miembro, así como presidente del Gobierno de España en 1934.
Al peso político y cultural del Ateneo debemos unir otras instituciones sociales como el Casino de Agricultura de València, nacido en 1858 de la extinta Sociedad Valenciana de Agricultura, y que albergó tertulias y cafés de la alta burguesía valenciana de la época, especialmente vinculada a DRV o al PURA. Finalmente, otros grupos más liberales, como la Sociedad Económica de Amigos del País, se vieron envueltos en presiones por parte de la dictadura de Primo de Rivera, lo que redujo sensiblemente su actividad, aunque contó siempre con la presencia en su junta directiva y en órganos de decisión de conservadores como Joaquín Maldonado Almenar, entre otros (AA. VV., 2006).
En paralelo al desarrollo y la consolidación de estas instituciones, los cines y teatros vivieron su esplendor cultural durante esos años gracias al empresariado local, como es el caso de los cines Avenida, Doré, Tyris o Metropol. A este tipo de espectáculos se sumó el éxito de los teatros, algunos de ellos con obras de sentido religioso o conservador, como el de los Niños de la Calle San Vicente, próximo al actual Teatro Principal.
Al desarrollo de este tipo de espacios le siguió el de los cafés, en cuyo centro se sucedían tertulias diarias sobre los más variados temas políticos, también conservadores, como en el Bar Aparicio de la calle Ruzafa o en el propio Ateneo Mercantil (Arias, 1996). De hecho, algunos autores señalan que era en estos cafés donde se hacía la verdadera política de la época y donde se pactaban y negociaban aspectos que tendrían su trascendencia en decisiones concretas de ámbito local.
Dentro de las actividades culturales republicanas, orientadas políticamente a la defensa de valores conservadores y autonomistas, cabe destacar los acontecimientos sociales y políticos que tuvieron lugar entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre de 1932. Aquí un multitudinario desfile recibió los restos mortales de Blasco Ibáñez desde su traslado de Francia hasta la ciudad de València. El féretro estuvo varios días en el Ayuntamiento, donde fue visitado por miles de ciudadanos y finalmente depositado en el cementerio general. El acto, preparado concienzudamente por el partido fundado por Blasco, supuso una forma de prepararse para las elecciones que iban a tener lugar el 19 de diciembre y, de hecho, fue uno de los grandes actos culturales que se recuerdan para honrar al líder conservador republicano.
La actividad de estos centros culturales se mantuvo prácticamente inalterada hasta el golpe militar de julio de 1936. Tras este hecho, la mayoría de los centros cívicos, sedes de los partidos y medios vinculados a la élite conservadora o reaccionaria fueron incautados por los partidarios del Gobierno legítimo de la República. Los defensores del golpe o se exiliaron de la ciudad o mantuvieron sus actividades de forma clandestina en lo que se consideró desde ese momento la «Quinta columna».
Sobre esta, contamos con escasa información por la desaparición de multitud de fuentes, pero sabemos que se trataba de un grupo de civiles que pretendían desestabilizar las acciones de las fuerzas leales a la República mediante pequeños disturbios urbanos, pintadas, robo de material bélico o cartográfico y el suministro de información al enemigo. Cada vez conocemos mejor que sus actividades no se llevaban a cabo de forma aislada, sino que eran organizadas, sistematizadas, siguiendo las directrices del mando franquista, según la documentación con la que contamos en la actualidad (Paniagua y Lajo, 2002). Así, siguiendo las directrices franquistas, se constituyeron diferentes grupos de apoyo dentro de la ciudad con una función principal: aportar información sobre los principales enclaves estratégicos y lanzar mensajes derrotistas en forma de pasquines o pintadas, incluso el sabotaje de algunas actividades culturales.
Las actividades de la «Quinta Columna» fueron bastante efectivas de cara al exterior. La actividad de espionaje fue la más destacada y sobresaliente, como lo demuestra el informe desclasificado del Estado Mayor del Aire, emitido el 14 de marzo de 1938, donde se reflejaba un índice de objetivos con las correspondientes coordenadas en el plano para facilitar un futuro bombardeo aéreo. Su confección se realizó gracias a los informes elaborados por la «Quinta Columna» valenciana y no se dejaba de lado ningún elemento: centrales eléctricas, cuarteles, localización y tipología de la defensa antiaérea, centros militares y políticos, depósitos de armas, municiones, carburantes, fábricas y talleres. Algo que ayudó a estas actividades quintacolumnistas fue la libertad aparente con la que se vivía dentro de la ciudad, especialmente durante la capitalidad de la Segunda República. La prensa, por ejemplo, no tenía inconveniente en notificar la ubicación de ministerios o reuniones de ministros, lo que provocó el justificado enojo de Azaña, que hizo constar en sus memorias (Azaña, 1981: 164-165).
La creación del Servicio de Información Política y Militar (SIPM) en febrero de 1938 por parte de los sublevados consolidó la labor de estos grupos, y los quintacolumnistas focalizaron sus esfuerzos en señalar a determinadas personalidades leales a la República que posteriormente serán represaliadas por los tribunales franquistas. Como ha señalado el propio Javier Paniagua:
En los sumarísimos que se han podido consultar en el Tribunal Togado Militar de València, aparecen antiguos testimonios, a favor y en contra de determinados encausados, efectuados por antiguos confidentes del bando franquista, aquellos que formaban parte de la «Quinta Columna» en València y que en su mayoría se incorporaron a los servicios de información de Falange tras la guerra. Entre los miembros encontramos desde familiares de represaliados por los milicianos republicanos, antiguos militantes de DRV o de Falange y monárquicos (Paniagua y Lajo, 2002).
CONCLUSIONES
La proclamación de la Segunda República en València trajo la novedad de un tiempo político nuevo vivido también por culturas políticas conservadoras y reaccionarias cuyos espacios culturales y medios de difusión se compartieron con los de otras sensibilidades progresistas. Esta convivencia no fue fácil ni mucho menos pacífica y, en muchas ocasiones, la reacción conservadora incentivó el aumento del malestar político general. Las tertulias, cafés, espacios como el Ateneo o medios de comunicación de masas recogían parte de esa sensibilidad conservadora y la trasladaban a las diferentes capas de la población, constituyendo grupos de presión constante que hicieron tambalearse al régimen republicano.
La guerra civil iniciada en 1936 arrinconó esas sensibilidades y las llevó a la clandestinidad en la ciudad por medio de las actividades quintacolumnistas en colaboración con el grupo de militares sublevados. Esa colaboración fue constante y no decayó durante toda la contienda. Por tanto, no es de extrañar la trayectoria política posterior de muchos de los miembros de esa «Quinta Columna», que vinieron a desempeñar cargos políticos tras la victoria del franquismo. Desde el punto de vista cultural, aunque el exilio afectó a gran parte de los artistas e intelectuales que se habían mostrado partidarios del Gobierno de la República, muchos de los intelectuales conservadores y figuras próximas al falangismo continuaron teniendo presencia posterior a la guerra civil. De hecho, incluso el propio franquismo llegó a reivindicar la figura de Blasco Ibáñez años más tarde.
Desde el punto de vista político, la tradición de DRV fue recogida por parte de la élite franquista. Así, en las nuevas corporaciones municipales podemos encontrar numeroso personal perteneciente a este partido, algo que también sucederá con los miembros provenientes de la Falange de preguerra, como el propio Adolfo Rincón de Arellano. De hecho, muchos de los nuevos dirigentes tendrían un papel determinante en el nuevo Estado por el mero hecho de haber pertenecido a esa «Quinta Columna», y haber participado como informantes de los franquistas desde dentro. Esta es la explicación más evidente de la cantidad de salvoconductos y avales surgidos meses después del fin de la contienda, que vinieron a proteger a una parte de los habitantes de la ciudad.
Ideológicamente, los discursos reaccionarios y conservadores, presentes también en el mundo cultural, fueron explotados intensamente tras la victoria franquista en 1939. Así, el nuevo partido único (FET-JONS) asumió todo el marco conceptual trazado por los grupos conservadores y lo revistió de toda la simbología fascista tomando como modelos la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. A partir de 1939 «los enemigos España» quedaron claramente delimitados, también en la cultura, y ese discurso dejó una importante huella en varias generaciones de habitantes de la ciudad de València.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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AA. VV. (2016): Tot està per fer: València, capital de la República, 1936-37, Valencia, Publicacions de la Universitat de València.
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COLOMER, J. C. (2013): «Una izquierda del régimen: Adolfo Rincón de Arellano y el franquismo (València, 1939-1976)», Pasado y Memoria, 12, pp. 179-204.
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ELLWOOD, S. (1984): Prietas las filas: historia de la Falange Española, 1933-1983, Barcelona, Crítica.
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LA UNIVERSIDAD EN GUERRA
Marc Baldó Lacomba
Universitat de València
CONTINUIDAD CULTURAL Y NOVEDADES
Durante los periodos progresistas de la República y durante la guerra se consideró que la cultura era un arma de emancipación social. Uno de los rasgos principales del Frente Popular (FP) en guerra fue esforzarse en dar continuidad a la vida cultural modernizadora y ambiciosa que se había desarrollado en el primer tercio del siglo XX y aun reforzarla. La política universitaria de los ministerios de la guerra da cuenta de este interés por mantener abierta y viva la Universidad, pese a las precariedades y circunstancias nuevas que comportaba la situación bélica. Este empeño, logrado parcialmente, debe relacionarse con la estrategia del FP en guerra de acercar la cultura de la modernidad a ciudadanos que vivían ajenos a ella y servirse de esta para desarrollar la conciencia política.
No es difícil constatar esta voluntad de continuidad con la cultura progresista de la República en los años de la guerra si atendemos a hechos como la concentración de universidades en la retaguardia (como veremos) o la evacuación de artistas y científicos en el asedio de Madrid y su traslado e instalación en Valencia, así como el establecimiento en esta ciudad de la Casa de la Cultura, desde la que se inició una actividad de iniciativas y actuaciones diversas. También es detectable este interés por la promoción cultural en publicaciones diversas como Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura, Hora de España, El Mono Azul, Octubre, Nueva Cultura, Música… Otros ejemplos de este interés por la cultura son el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, la Exposición Internacional de París, la creación de la Orquesta Nacional de Conciertos o la antología Poetas de la España Leal.
En el II Congreso, la exposición de París, las realizaciones musicales y las revistas participaron artistas como Julio González, André Masson, Joan Miró, Pablo Picasso, Josep Renau, Josep Lluis Sert; músicos como Salvador Bacarisse, Robert Gerhard, Rodolfo Halffter, Otto Mayer-Serra, o escritores como Albert Camus, Alejo Carpentier, Ilyá Ehrenburg, Ernest Hemingway, Vicente Huidobro, André Malraux, Pablo Neruda, Octavio Paz, Stephen Spender, Alexis Tolstoi, Tristan Tzara, César Vallejo, Rafael Alberti, José Bergamín, Pompeu Fabra, José Gaos, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Ramón J. Sender, María Zambrano, Margarita Nelken, etc. Una imponente nómina que no resiste comparación posible con los intelectuales españoles o extranjeros que apoyaron al bando sublevado contra la libertad. No quedaron al margen de este empuje los intelectuales valencianos de la Generación de los 30, que antes de la guerra habían escrito en revistas como Taula de les Lletres Valencianes, El Camí, La República de les Lletres… y entre los que citaremos a escritores como Carles Salvador, Emili Gómez-Nadal o Manuel Sanchis Guarner; artistas como Josep Renau o Antonio Ballester (Tonico); músicos como Vicent Garcés, o dinamizadores culturales como Francesc Bosch i Morata (Aznar y Blasco, 1985; Ferrer, Morant y Navarro, 2017).
En cuanto a las novedades de la efervescente actividad cultural durante la guerra en la España leal, hay que discernir entre «veteranos» y «jóvenes» (Mainer, 2006). Los intelectuales veteranos que no confundieron el proyecto democratizador de la Segunda República con las turbulencias del verano del 36 se mantuvieron fieles a la República. Captaron la guerra, como Machado, como un «tajo fuerte», como una «sombra infecunda» (Machado, 1999: 327). O como Azaña, que le parece una «locura» (Azaña, 1992, t. III: 411). A los intelectuales veteranos que siguieron leales, los unía el antifascismo, la necesidad de resistir el atropello y conseguir que venciera el derecho, la ley, la legitimidad y la razón frente al golpe, la ilegitimidad, la fuerza y el oscurantismo. Se sintieron partícipes de la defensa de la República y de la causa popular, que vinculaban a las raíces españolas más auténticas. Les inquietaba, sin embargo, la improvisación y los montones de asesinatos y arbitrariedades de la retaguardia republicana, frente a los que se sintieron impotentes. Y también la predisposición de los jóvenes a resolver las diferencias ideológicas con el fusil, lo que no concebían.
Los intelectuales jóvenes de izquierda, en cambio, expresaron con fuerza el valor. Tenían el entusiasmo de construir un país con una democracia popular, regenerado y más justo. No combatían solo para derrotar a los rebeldes y defender la legitimidad republicana, sino además por sacar adelante la revolución (que no se ponen de acuerdo en definir y polemizan sobre sus contenidos). Sentían el afán de ser fieles y servir a la que consideraban la auténtica «masa espiritual española» (Sender, 1932), en cuyas «fuerzas anárquicas» buscan el sentido de la cultura, dirá Rosa Chacel (Hora de España, 1). Se proponían persuadir a sus conciudadanos (y también a los intelectuales del mundo entero) de estar al lado de la justicia y defender a un «pueblo atropellado» por «los bárbaros del crimen» (Hernández, 2017: 67). Para ellos, la lealtad a la República –además de una obligación de defenderse de la zarpa fascista– era fundamento de la misma condición humana. Era «la razón del mundo», dirá María Zambrano, para quien la lucha de los españoles es «afrontar un horizonte más allá de todos los que hemos contemplado» (2011: 141). Y así pues, se afanaban en sus tareas: el fusil, la escuela, la prensa, el artículo, el cursillo, la conferencia, el cartel, el teatro, la salvaguarda del patrimonio, el cancionero popular... «Un viento de deberes los sobrecogía a todos… Nadie dormía. Se vivía más y por adelantado», escribió Max Aub (1978: 41). Un ejemplo de esta hiperactividad nos lo ofrece el profesor de Ciencias de Valencia José Morera Arrix, que, además de participar en la docencia de su facultad y ser voluntario a disposición del mando, colaboró como químico de la Consejería Provincial de Sanidad, organizó y dirigió una unidad de instrucción y defensa contra gases, elaboró proyectos y sistemas de defensa antigás y trabajó en el laboratorio de su facultad adscrito al Servicio de Defensa (Archivo de la Universitat de València, AUV, Ciències, c. 756). Como él hubo otros muchos, en particular los médicos.
El grupo valenciano de la generación de los 30 antes citado pertenecía a la categoría de los intelectuales jóvenes. Colaboraron en la construcción y defensa de una cultura moderna para la cultura valenciana, se integraron en la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura (donde convivían sensibilidades diversas de izquierda) y publicaron en Nueva Cultura. En el II Congreso de Intelectuales, Carles Salvador, en nombre del grupo, presentó una «Ponencia» que los define:
És aquesta, indubtablement, la lluita final i decisiva dels valors absoluts del món. Juguen avui, sobre el tapís espanyol, dos valors absoluts, totals i definitius: l’ésser i el no-ésser. Amb poques paraules: l’afirmació i la negació de l’home i, per consegüent, el pervindre del món, el pervindre de la cultura (AA. VV., 1937: 177).
A medida que la guerra avanzaba, las bombas fascistas minaban la vida y la moral y la República perdía, aquellos jóvenes intelectuales radicalizaban su voz. Si los veteranos se parapetaban y elogiaban a los soldados que los defendían (Machado, 1999), los jóvenes, con frecuencia en la trinchera, llegaban más lejos. Ramón Gaya escribía en 1936: «No disparáis contra los cuerpos de unos hombres, sino contra los cuerpos de unas ideas que envenenaban la atmósfera y el aire» (2010: 717). Muñoz Suay decía en un congreso de estudiantes en febrero de 1938: «Cortemos de cuajo al enemigo. Aplastémosle contra las piedras de nuestro suelo nacional. Clavémosle en su corazón nuestra bandera de independencia. Ni un solo gesto de piedad» (Riambau, 2007: 83). Era la guerra.
Sin embargo, no debe ocultarse que este entusiasmo en el que participaban los jóvenes (intelectuales o no), animados por la propaganda, tenía su contrapunto y su pavor. Entre los intelectuales mayores hubo escepticismo y pesimismo por la guerra, como nos muestra el propio Manuel Azaña. Pero también hubo jóvenes que no quisieron hacerla. Muchos que sentían horror a la guerra, «psicosis de trinchera», «neurosis de guerra por miedo insuperable», como diagnosticaban a veces los médicos de campaña o como expusieron en ocasiones los comisarios. Y se produjeron huidas, deserciones, automutilaciones y un endurecimiento de la legislación en la zona republicana, especialmente a medida que avanzaba (y se perdía) la guerra (Núñez-Balart, 2012; Romeru y Rahona, 2017).
LA EDUCACIÓN EN GUERRA. VALENCIA EN EL NUEVO MAPA UNIVERSITARIO
Tras las elecciones de febrero del 36 y la victoria del Frente Popular, la política educativa republicana volvió a sus orígenes. Marcelino Domingo ocupó el Ministerio de Instrucción y se inició la revisión legislativa de los gobiernos de derecha. Cataluña recuperó la autonomía y su Universidad el patronato y al rector Bosch Gimpera. La prioridad de la escuela primaria volvió a relanzarse con un nuevo plan de creación de escuelas, así como el proyecto de desarrollar la enseñanza laica, creándose nuevos institutos y convocándose plazas de profesorado. Pero la guerra alteró las circunstancias y la educación en la zona republicana inició una nueva etapa muy distinta. El peso político de las organizaciones obreras y sindicales, la diversidad de poderes, las iniciativas educativas de las organizaciones sindicales y obreras, la lucha contra el analfabetismo, las milicias de la cultura, las Brigadas Volantes, los clubs de educación del ejército, las escuelas de militantes y, en fin, la difusión cultural de los medios de comunicación y propaganda nos sitúan ante una experiencia tan singular como excepcional (Fernández, 1984; Mayordomo y Fernández, 1993).
La educación, especialmente la primaria y la alfabetización de adultos, fue considerada como factor de articulación ideológica. De la escuela «neutral», con maestros liberales y respetuosos con la conciencia de los niños, se pasó a la escuela «antifascista», que se planteaba comprometerlos políticamente con la causa. Aunque no faltaron pedagogos anarquistas, como Joan Puig Elías, que no querían que «se envenenase» la conciencia del niño, la escuela que predominó estuvo politizada. Se incidió en la escolarización masiva y la alfabetización de adultos. Pese a la guerra, se crearon unas 7.000 escuelas, aprovechando confiscaciones de edificios religiosos, particulares y colegios confesionales, con lo que se consumaba de un plumazo la Ley de Congregaciones. Otra cuestión fue el problema de los maestros: muchos estaban movilizados y algunos habían sido depurados, por lo que hubo que improvisar personal para atender las necesidades mediante cursillos breves y certificados de aptitud, contratándose a personas procedentes de escuelas laicas o ligadas a las organizaciones de izquierda. Estas circunstancias repercutieron en la calidad, pero no empañan el esfuerzo por la escolarización de la población infantil y la alfabetización de adultos y soldados. La enseñanza secundaria también conoció experiencias similares de concepciones y planteamientos comprometidos con el antifascismo e iniciativas revolucionarias, como el intento de abrir este nivel educativo a trabajadores, preparándose bachilleratos abreviados e institutos para obreros (Ibáñez, 2018).
En la Universidad, la historia fue diferente. La juventud, en Europa, conoció el empuje de un protagonismo social inédito desde la posguerra de 1914-18. En España también: se politizó combatiendo el Plan Callejo. Nació entonces la Federación Universitaria Escolar (FUE), expresión de la politización izquierdista de muchos estudiantes, mientras otros reforzaron la obediencia católica intransigente u otros más se vieron, desde 1933, atraídos por el SEU, el fascio universitario español.
Pero, para la Universidad republicana en guerra, nos interesan los jóvenes de izquierda. «El artista joven –escribirá Ramón J. Sender en 1932 en Orto– espera la revolución a la que se entrega en cuerpo y alma». Miguel Hernández lo versificó con la fuerza de su palabra, ya en marcha la guerra (Viento del Pueblo, 1937):
Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte…
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente (1986: 336).
Al estudiante de izquierda le pasaba lo mismo que al artista joven que decía Sender (1932): se fue politizando, especialmente desde la llegada de Hitler al poder. La historia de la FUE así lo muestra. Nació contra Primo de Rivera en el curso 1926-27, se inspiraba en el humanismo de la ILE, se definió como organización estudiantil profesional, apolítica y aconfesional para defender la democratización de la Universidad, el progreso y la cultura, pero desde el primer día quedó como organización que agrupaba a los estudiantes de izquierda y como asociación alternativa a las confesionales. Con la marea ascendente del fascismo, la llegada de Hitler al poder, la reacción de la derecha católica española en el Gobierno radical y radical-cedista, la revolución de octubre del 34 y la represión subsiguiente, la FUE se radicalizó y devino «antifascista». A principios de 1934 nació Frente Universitario, portavoz de una organización (BEOR) cada vez más influyente en la FUE. Mientras, muchos de sus miembros se afiliaban a las Juventudes Socialistas y a la Unión de Juventudes Comunistas, y desde la fusión de estas en marzo de 1936, fueron militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) (Mancebo, 1988: 54).
Con el triunfo del FP, la FUE decidió acelerar el cambio de rector, cargo que desde 1934 ejercía Fernando Rodríguez Fornos. La junta directiva del sindicato de los estudiantes se encerró en la Universidad, tomó el Rectorado y solicitó al catedrático de fisiología José Puche que ocupase provisionalmente el cargo. Con la conformidad del ministro de Instrucción Pública, Marcelino Domingo, a quien llamaron los estudiantes para dar cuenta de su acción y propuesta, Puche fue nombrado interinamente hasta abril, cuando el Claustro lo eligió.1 Cuando se produjo el golpe de Estado, el nuevo rector envió un telegrama al presidente del Gobierno, Giral, en el que manifestaba lealtad a la República. Pero todo cambió desde ese día.
Con la guerra, la mayor parte de los estudiantes y los profesores jóvenes se presentaron voluntarios o fueron movilizados. Con todo, y pese a tan importante ausencia, como se ha indicado, hubo determinación y empeño de los gobiernos republicanos por mantener la institución en funcionamiento: prestando servicio en el aula, el hospital, el laboratorio o la salvaguarda del patrimonio. A ello se añadía la división territorial de España que comportaba el conflicto, con universidades en la zona leal y otras en la que controlaban los sublevados. Las autoridades republicanas reorganizaron el mapa universitario: la Universidad de Madrid, con sus instalaciones en la misma línea del frente, fue parcialmente trasladada a Valencia, aunque en Madrid quedaron la Facultad de Medicina completa y otras cátedras necesarias para las atenciones sanitarias; la de Murcia fue cerrada, sus instalaciones se habilitaron como hospital militar y cuartel de las Brigadas Internacionales, y sus profesores agregados a Valencia, como también fue el caso de otros que pertenecían a universidades de la zona franquista y se hallaban en la republicana cuando estalló la guerra, o se pasaron; en total, se incorporaron 37 profesores, de los que 24 eran catedráticos, entre los que cabe citar a Arturo Duperier en Ciencias o José Gaos en Letras. También se incorporó a Valencia personal de servicios como bibliotecarios, como fue el caso de María Moliner. En resumen, el mapa universitario republicano lo conformaban Valencia, sobredimensionada (al agregársele Murcia, parte de Madrid y catedráticos sueltos de otras universidades), Madrid (disminuida) y la Autónoma de Barcelona.
Todas las actividades académicas se llevaron a cabo con los profesores que permanecieron leales a la República. La depuración republicana empezó con el ministro Francisco Barnés, de Izquierda Republicana, que el 21 de julio de 1936 cesó a todos los funcionarios que habían participado en el golpe militar. A partir de agosto empezaron a aparecer las listas de cesados. Eran destacados conspiradores –Sainz Rodríguez, Enrique Suñer, etc.– o personas halagadas por los franquistas que firmaron manifiestos contra la República y a favor del sanguinario golpe de Estado (como hizo el contradictorio Unamuno, que aquel verano se dedicó a desafiar con bravuconadas a las autoridades republicanas). Con todo, no fue hasta el ministerio del comunista Jesús Hernández, del Gabinete Largo Caballero, cuando se asentó la depuración republicana. El decreto de 27 de septiembre de 1936 establecía el sistema para todos los funcionarios: quedaban en suspensión de sus derechos y se les obligaba a presentar una instancia con un cuestionario sobre sus actividades políticas en el plazo de dos meses (los que estaban en zona rebelde lo harían el mes después de ocuparla la República). Cada ministerio resolvería sobre sus funcionarios, pudiendo sancionar de tres formas: separándolos del servicio, jubilándolos forzosamente y declarándolos disponibles gubernativos (con pérdida de la tercera parte del sueldo) a la espera de un destino por determinar. La medida se tomaba a tenor de «las circunstancias» para «mantener el espíritu de este momento». En este aspecto conviene hacer notar la diferencia de la depuración franquista, que tenía «voluntad permanente». Más tarde, en agosto de 1937, en previsión del inicio del curso 1937-38, se requirió que los funcionarios se presentasen a sus puestos. A los que no se presentaron –por estar en el extranjero usualmente u ocultos– en los plazos previstos, se les aplicó el artículo 171 de la Ley Moyano de 1857, que preveía el cese del funcionario. Esta medida afectó a veinte profesores, muchos de ellos la flor y nata de la intelectualidad española –Ortega y Gasset, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Blas Cabrera, José A. Zubiri, etc.–, que se hallaban en el exilio. Se trataba de profesores que habían huido al extranjero, muchos de ellos destacados republicanos que siguieron en el exilio después de acabar la guerra y fueron depurados por los franquistas. A estas huidas, se añadieron otras en 1938, como es el caso de los profesores José Gaos y Medina Echeverría. El miedo y el instinto de conservación pesaban. El historiador Sánchez Albornoz, republicano moderado pero comprometido, presidente más tarde de la República en el exilio, era embajador en Lisboa cuando estalló la guerra. Allí estuvo hasta la ruptura con Portugal. Acosada la legación diplomática por el Gobierno de Salazar, temía ser deportado y entregado a los militares sublevados, como hicieron con muchos españoles. En estas circunstancias huyó a Francia, víctima del pánico. Luego, en 1937, Sánchez Albornoz atravesó la frontera de la España en guerra y se entrevistó con Azaña, correligionario político del medievalista. El presidente le reprochó el comportamiento: «¡Republicanos para ser ministros y embajadores en tiempos de paz; republicanos para emigrar cuando hay guerra!». El profesor aceptó la crítica: «Es verdad, no he sido un héroe» (Cabeza, 1992). Quienes no hemos afrontado el peligro de represión y muerte no debemos juzgar a estas personas.
Los catedráticos sancionados por la República fueron, en total, 155, de los cuales 109 serían separados definitivamente de sus puestos; la depuración franquista afectó a 193 catedráticos, de los que 140 fueron separados definitivamente. En la Universitat de València la depuración republicana afectó a 22 catedráticos y 16 auxiliares, en total 38 profesores (dos tercios separados definitivamente), lo que supone casi la mitad de la plantilla. La depuración franquista en esta Universidad, contando catedráticos y auxiliares, afectó a 13 y 6 respectivamente.
Estos elevados datos de depuración republicana o franquista, en Valencia o en España, perturban a quien parta del supuesto erróneo de considerar que los profesores universitarios estaban volcados con la causa republicana. La realidad era distinta: los profesores, como la misma sociedad, estaban ideológicamente divididos, polarizados. Desde mucho antes habían mostrado trayectorias ideológicas plurales: nunca faltaron liberales, republicanos o algunos socialistas, abiertos a la modernidad y a la utopía republicana que cautivó a una parte, pero nunca faltaron tampoco profesores de la derecha católica y algunos fascistas que defendían los valores católicos, tradicionales y hostiles al pensamiento laico y liberal (Baldó, 2011).
LOS ESTUDIOS
Con la guerra, que moviliza a los estudiantes y a los profesores jóvenes, se abre una dinámica nueva en la Universidad: las actividades ordinarias –la docencia y la investigación– se vieron modificadas y fueron capturadas por las emergencias del momento. Por cuanto a la docencia se refiere, durante el curso 1936-37, en un primer momento, mientras se esperaba una pronta resolución del conflicto, se suspendieron las clases. Sin embargo, pronto fue menester hacer mudanza, al convertirse el golpe de Estado en guerra civil. La Universidad, con la mayor parte de sus estudiantes movilizados, se planteó desde el verano del 36 una reorganización de estudios capaz de compatibilizar las obligaciones militares con el estudio. Esta tarea, que comportaba remodelar métodos, planes y calendarios de estudio, se aplazó unos meses. Se abrió la Universidad a aquellos alumnos alistados en el ejército republicano o que prestasen servicios en el frente o la retaguardia, para que pudiesen presentarse a cursillos extraordinarios, pruebas de suficiencia y pruebas de fin de carrera de diversos distritos en Valencia. La propuesta la hizo la FUE en octubre «por el deseo de utilizar para la causa de la República el mayor personal posible». A finales de ese mes, las facultades de Medicina y Ciencias, las más activas en estos años y las que mejores servicios prestaron a la situación bélica, por el carácter profesional (la clínica y el laboratorio) de sus especialidades, presentaron proyectos de cursillos para estudiantes que estaban movilizados (AUV, Junta de Gobierno, 5 de octubre de 1936 y 29 de octubre de 1936). Pronto se firmaron los decretos de 18 de noviembre de 1936 y 25 de enero de 1937, que regulaban los cursillos, y además se prepararon conferencias.
Hubo cursos de carácter general –para alumnos a los que les quedasen tres asignaturas para finalizar la carrera–, y otros de habilitación profesional, con una duración de dos, tres o seis meses, dándose permisos a los soldados con este fin. El énfasis se puso en los estudios que habilitaban provisionalmente para ejercer como «médicos de campaña» a estudiantes de medicina que tenían casi toda la carrera aprobada, y como «practicantes de campaña» a aquellos otros de esta facultad que tuviesen determinadas asignaturas aprobadas. Fueron 251 estudiantes de medicina los que siguieron estos cursos (AUV, Registro oficial 1936-37, Medicina),2 que se repitieron –a petición de los estudiantes de la FUE de Medicina– durante toda la guerra. En las demás facultades, los estudiantes fueron muy escasos: en Derecho constan 44, de los que 35 superaron los cursillos, y en Ciencias y Letras, aunque hubo alumnos, se desconoce el número. La procedencia, si atendemos a los datos de Medicina, se diversificó: la mitad eran valencianos y los demás del resto de España, mayoritariamente de la zona republicana.
A estos cursillos se añadieron los estudios de idiomas, reabriéndose el Instituto de Idiomas de la Universidad desde enero de 1937, bajo la dirección del profesor de Letras Dr. Gonzalvo, añadiéndose, en esta ocasión, a los cursos de francés, alemán, inglés, portugués, italiano y ruso, el de valenciano por vez primera, con estudios de lengua, literatura y cultura valenciana (AUV, Junta de Gobierno, 22 de enero de 1937). Se remodeló también en ese momento, a propuesta de la FUE de Magisterio, el Seminario de Pedagogía, dedicado a la formación continua del profesorado de primaria para «organizarlo y orientarlo con arreglo al nuevo espíritu social» (contaba, cuando empezó la guerra, con 350 maestros como alumnos que acudían a seminarios en verano, distribuidos en tres cursos). Los estudiantes que se hicieron cargo de este seminario entendían que la nueva pedagogía debía «sembrar» en el niño «la semilla» de unas nuevas ideas que los socializaran y «forjaran» hombres nuevos para una revolución popular que estaba en marcha.
También en enero de 1937 se reorganizó la Cátedra Luis Vives y la revista Anales de la Universidad de Valencia, que pronto publicó 3 tomos que, al modo como la revista Madrid antes citada, mostraba la actividad de los profesores universitarios. Publicó conferencias sobre diversos temas y profesores.3 Nos interesa mostrar una pincelada del texto de Julián Bonfante sobre La cuestión de los arios:
El nacionalsocialismo alemán ha fundado su doctrina –si se puede llamar doctrina sin ironía– en la superioridad de la raza germánica, rubia, dolicocéfala, sobre las otras razas. Esta raza superior estaría destinada a dominar el mundo, porque es más pura, más noble, más fuerte, más capaz que todas las demás razas. Esta seudodoctrina ha servido a los nacionalsocialistas para perseguir, robar, encarcelar, torturar y matar a los judíos que vivían en Alemania y a algunos cientos de miles de alemanes puros, Arios, que, a pesar de las ventajas evidentes que les proporcionaba, no estaban conformes con esta doctrina de la raza superior… La dificultad esencial del problema estriba en que la palabra Ario, que representa un concepto esencialmente lingüístico, ha sido empleada por los «nazis» para indicar un concepto racial (Anales, 1937, 3: 49).
Contrastaban con estos cursos y conferencias los que se organizaron en las universidades de la zona franquista, cuyo objetivo era propagar el discurso ideológico del Nuevo Estado, descalificar la obra republicana, alabar las excelencias de la España eterna y sobre todo justificar la sublevación militar.
Pero la guerra se alargaba y las autoridades republicanas, al acercarse el momento de iniciar el curso 1937-38, acordaron reabrir, al margen de los cursillos especiales, el sistema ordinario de cursos (Gaceta, 3-9-1937), aunque adaptándolos a los requisitos que imponía la guerra y recuperando algunas de las propuestas de las reformas universitarias republicanas desarrolladas en la Universidad Autónoma de Barcelona o en la Facultad de Letras de Madrid. Estas novedades eran esencialmente dos: darle a la enseñanza un carácter más práctico y hacer exámenes por grupos de materias y ante tribunales. Se buscaba cualificar especialistas con rapidez, sin duda, y a su vez seguir innovando el sistema docente universitario dándole el carácter práctico de seminario y laboratorio que venían planteando los institucionistas desde principios de siglo. Así pues, se dispuso la apertura de las universidades de Barcelona, Valencia y Madrid, con novedades tan significativas como transformar la Facultad de Derecho e incluir nuevos estudios como a continuación comentaremos.
La reorganización de los estudios fue lo más destacable del curso 1937-38. Las asignaturas se organizaron en semestres, más flexibles dadas las circunstancias; los exámenes se redujeron a grupos de asignaturas; se potenciaron las prácticas, y –lo más sorprendente– se modificaron los planes de estudios de Derecho y Medicina.4 La Facultad de Derecho de Valencia fue reconvertida en Facultad de Ciencias Jurídicas, Políticas y Económicas, y se organizaron las tres secciones indicadas siguiendo el modelo de la Facultad de Derecho y Ciencias Económicas y Sociales de Barcelona.5 Como señala Fuentes Quintana, «pese al acertado diseño del plan, la diligente designación de profesores y la rápida presupuestación de sus actividades docentes para 1937, no pudo funcionar por obvias razones» (1999: 252). Veremos que algo sí que funcionó.
El plan de estudios de Medicina, la otra novedad, organizaba la licenciatura, como había hecho Villalobos, en tres periodos, pero ahora –siguiendo el modelo de Medicina de Barcelona– se añadían muchas clases prácticas; cada asignatura tenía sus «trabajos prácticos» o sus clínicas. El primer periodo era un semestre preparatorio, donde se estudiaban Biología, Química, Física y Matemáticas. El segundo, llamado fundamental, duraba cinco semestres y se estudiaban las materias básicas de la medicina (Anatomía, Histología, Fisiología, Anatomía patológica, etc.). El tercero, el clínico, constaba de seis semestres, y en él se impartían las materias médicas con su clínica. Los exámenes, en fin, se organizaban por bloques: uno al final del preparatorio y otros –agrupando materias– se distribuían a lo largo de la carrera, para, finalmente, hacer una reválida de carácter clínico en hospital. Paradójicamente, el desarrollo de la reforma universitaria, tan esperada desde 1931, tomaba cuerpo en plena guerra, cuando era difícilmente aplicable.
Los estudios de Letras y Ciencias también se estructuraban en seis semestres (dos preparatorios, dos intermedios y dos de nivel superior), aunque no había novedades significativas en la organización y las materias. El de Ciencias, preparado por profesores de Madrid, Salamanca y Valencia, daba importancia al laboratorio. Ambos mantuvieron las secciones.
Sin embargo, la asistencia a las aulas fue escasa, pese a que se autorizó, excepcionalmente, a que pudiesen matricularse alumnos con estudios oficiales «suficientes» (magisterio, enfermería…) aunque les faltase el preceptivo grado de bachiller; se trataba, pues, de ampliar el público universitario, que se presumía escaso.6 El sistema de exámenes adoptado, muy parecido al de la Universidad Autónoma de Barcelona en los años de la República, se hacían por grupos de asignaturas y consistía en presentar la certificación de asistencia reglamentada a clase y dos pruebas: la primera, un examen escrito eliminatorio en el que se contestaba un tema por sorteo de una relación anteriormente conocida; la segunda, un ejercicio oral ante el tribunal de preguntas sobre las materias.
La marcha de la guerra, con todo, era adversa a la República. El segundo semestre del curso 1937-38, dada la evolución del conflicto y la movilización decretada por el Gobierno, fue interrumpido parcialmente en abril del 38, aunque siguieron los cursos de las viejas licenciaturas y el preparatorio de Ciencias y Medicina (AUV, c. Ciencias, 424. 7 de abril de 1938). Los semestres ordinarios de los nuevos planes de estudios se reanudarían después, ya en el periodo lectivo del curso 1938-39.
El curso 1938-39, en las universidades de la zona republicana, sí que fue irregular debido a la desfavorable situación y expectativas de la marcha de la guerra tras la derrota de la batalla del Ebro, a la que no pocos fiaban la recuperación de la República. A principios de septiembre de 1938, la FUE tanteó la posibilidad de organizar cursillos de «especialidades acopladas a los momentos actuales»: los estudiantes de preparatorio de Medicina estudiarían hemorragias, fracturas, vendajes, material sanitario, defensa de gases tóxicos, puestos de socorro y evacuación. Los de Ciencias, química de guerra (explosivos y gases), balística, emplazamiento artillero, fortificación… Las alumnas y alumnos de letras y bachilleres: hemorragias, facturas y vendajes, material sanitario de guerra… Los de artes y oficios harían «cursillos encaminados a preparar a los jóvenes obreros en la técnica de las industrias de guerra». Pero este plan no pasó de propuesta.
De hecho, se hizo una contrapropuesta para reanudar los estudios interrumpidos en abril. En efecto, el 28 de septiembre de 1938, doce mujeres solicitaron la apertura de los estudios tanto para mujeres, exentas del servicio de armas, como para varones no movilizados. La primera firmante era Carmen Conde. En el escrito argumentaban que la cultura «ahora más que nunca debe intensificarse» y que la apertura de los estudios servía también para cualificar a mujeres, que debían ejercer cada vez más «tanto en los trabajos manuales, como los intelectuales», así como a los varones declarados inútiles para el servicio de las armas. Unos días antes de esta petición se iniciaron las clases del Instituto de Idiomas.
En noviembre de 1938, el Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad optó por reabrir el curso semestral (el que se había suspendido en abril) y organizar cursillos y conferencias de «vulgarización», como venía sucediendo desde otoño de 1936. En diciembre de 1938, el Consejo Rector de la Universidad convocó a todos los alumnos que pudiesen asistir a una asamblea para tratar sobre la reanudación de las actividades universitarias y la continuación del segundo semestre interrumpido en abril de 1938. En esa asamblea y en las sesiones de la Junta de Gobierno de los días 19 y 20 de diciembre se acordó: a) proseguir los cursillos semestrales interrumpidos el pasado abril desde esa semana hasta el 31 de marzo de 1939 y empezar los exámenes de los grupos de asignaturas el 15 de abril de ese año, y b) realizar exámenes de ingreso para la primera quincena de abril del 39 y empezar el 16 de ese mes. Nos consta que en Filosofía y Letras empezaron las clases de cursos semestrales el mismo 19 de diciembre de 1938 y los cursillos de divulgación y ciclos de conferencias para el público, el mes de noviembre anterior.
Pero, evidentemente, nada de lo acordado pudo terminar. Había bombardeos, cortes de fluido eléctrico y los estudiantes se quejaban de deficiencias en la alimentación. Cataluña cayó pronto. El 30 de marzo la Universitat de València fue ocupada.
EL AUXILIO A LA GUERRA: LA PARTICIPACIÓN DE LOS ESTUDIANTES Y LA INVESTIGACIÓN
La FUE era la principal organización de los estudiantes de izquierda en los años de la República y la guerra. En los años del conflicto, el núcleo valenciano fue muy activo y su praxis se vio intensificada por la concentración en la Universidad valenciana de gran parte de la gestión de la Universidad republicana y el traslado a Valencia en noviembre de 1936 del comité ejecutivo de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos, que integraba a la FUE. Muchos afiliados marcharon voluntarios al frente y otros se dedicaron a tareas de transformación social y cultural que propugnaba la organización. En guerra, la organización tomó posiciones revolucionarias. Creyó que había llegado el momento de la génesis de una nueva sociedad socialista que comportaba crear una nueva universidad democrática «del pueblo y para el pueblo», que pusiera sus conocimientos al servicio del pueblo (la clase obrera) y los trabajadores (Souto, 2013).
Merece destacarse la participaron de los estudiantes en diversas actividades, más allá de acudir como voluntarios a los frentes de Madrid, Teruel o el Ebro, o como soldados movilizados. Actuaron, en el frente y en la retaguardia, en diversos campos: abrieron nuevamente la Universidad Popular, atendieron las colonias escolares y las ampliaron (Buñol, Canals, Godelleta y Paiporta), participaron en las milicias de cultura, dando clase en el frente y en la retaguardia en las Brigadas de Choque para el Estudio y en el Instituto), llevaron las representaciones del teatro universitario El Búho, que dirigía Max Aub, al frente y a la retaguardia, poniendo en escena obras (Cervantes, Calderón, Valle-Inclán…) para soldados y vecinos en distintos espacios de Valencia y en otras ciudades como Alicante, Castellón, Gandía, Requena, Almansa, Hellín o en los Llanos, para las Brigadas Internacionales. Los estudiantes de Bellas Artes contribuyeron a la elaboración de carteles, folletos y murales dirigidos por el profesor Vicente Beltrán, mientras los estudiantes de Medicina y especialidades sanitarias participaron en muchas de estas actividades como Brigadas Sanitarias, sin que faltasen los de otras especialidades técnicas que lo hicieron en fortificaciones. Políticamente, el rasgo característico fue la unidad de criterio político de la FUE con otras organizaciones juveniles de los partidos y sindicatos del Frente Popular, especialmente las JSU. Con su presión y militancia, consiguieron, a principios de 1938, crear una Residencia de Estudiantes para alumnos de fuera de Valencia, que acabó ubicada en la Casa de la Cultura de la calle de la Paz, cuando esta fue trasladada, con el Gobierno, a Barcelona. También consiguieron becas para estudiantes necesitados, huérfanos de guerra e inválidos, que se concedieron a partir del curso 1937-38, así como matrícula gratuita además de para los becarios, para otros que lo justificasen. Estas becas, que eran de 200 a 450 pesetas mensuales con 12 pagas, se abonaban periódicamente (aunque con retraso) en la caja de la Universidad, a la que le transfería el fondo el Ministerio. Las concedía, previa solicitud de los interesados, una comisión de cada facultad integrada por el decano, el secretario y un representante de la FUE, y se le exigía al solicitante que acreditara «de modo suficiente» la adhesión a la República si no eran hijos de combatientes o huérfanos de guerra.
La participación de la mujer en cargos de representación de los estudiantes debe señalarse como aspecto novedoso, común a otros ámbitos, aunque era debido a la marcha de los jóvenes al frente. En la Junta de Gobierno se sentaron Nieves Rivot, Isabel Picazo o Ángeles Carrasco, que sustituyeron a Ricardo Muñoz Suay o Luis Galán. También participaron en colonias escolares, clases en barriadas, fábricas de guerra y talleres, en el teatro universitario El Búho y en talleres de la Escuela de Bellas Artes (Mancebo, 2003).
En cuanto a la investigación, suspendidas las tareas ordinarias, se activaron proyectos y actividades relacionados con las emergencias bélicas: trabajos de apoyo logístico a la defensa y difusión cultural y propaganda. Las principales actuaciones afectaron a los profesores de Medicina y Ciencias, o a las escuelas de Ingeniería. Entre las aportaciones más destacables de la investigación universitaria se distingue el estudio y la praxis médica de los problemas de alimentación de la población civil, campo en el que trabajaron los fisiólogos José Puche, catedrático de Valencia y rector, su maestro Augusto Pi Suñer, de Barcelona, y Grande Covián, joven investigador y discípulo de Negrín. Cuando las tropas franquistas sitiaron Madrid, Puche fue nombrado director del Instituto Nacional de Higiene y Alimentación, y estudió, con otros colegas, los problemas planteados por la carestía alimentaria y la dieta mínima para atender a la población y a los soldados del frente (aporte de proteínas, etc.), cuestión de la que se ocupó al principio del conflicto. En los últimos meses de la guerra fue nombrado por el presidente Negrín para ocuparse de la Dirección General de la Sanidad de Guerra, con lo que se trasladó a Barcelona. En su ausencia, Ramón Velasco Pajares, vicerrector y catedrático de Letras, actuó como rector en funciones. Desde el nuevo cargo, Puche dirigió la organización sanitaria del frente, que consistía en la preparación de unidades de asistencia en primera línea que atendían de inmediato a los heridos para poderlos evacuar en condiciones a instalaciones hospitalarias próximas y de la inmediata retaguardia. Acabada la guerra, se dedicó a organizar la asistencia a los refugiados políticos (Barona y Mancebo, 1989).
Otros campos de interés científico fueron las innovaciones en el tratamiento de heridas, donde Joaquín d’Harcourt, médico militar y jefe del Servicio Quirúrgico del Ejército republicano, en colaboración con otros colegas, usó vendajes oclusivos con sulfamidas para el tratamiento de las heridas y publicó trabajos relevantes sobre las fracturas, los trastornos tróficos por enfriamiento y la aplicación de sulfamidas (Baldó, 2002; Otero, 2017; Sánchez, 1999).
Los profesores de Ciencias de Valencia o los agregados de otras universidades trabajaron en la preparación química del vidrio para su utilización en la fabricación de fulminantes, investigaron sobre tetranitroanilina, aparatos reconocedores de sonidos (fonolocalizadores de aviones, en colaboración con el Instituto Nacional de Física y Química), descifrado de telegramas y estudio de claves, investigación de combustibles o sobre cuestiones de meteorología. Atendieron diversas necesidades militares y civiles como la enseñanza de matemáticas de utilidad inmediata en la guerra a alumnos preparados de los reemplazos llamados a filas; formaron a alumnos para el ingreso en las escuelas militares; dieron cursos de trigonometría y topografía a militares, así como manejo, interpretación y levantamiento de planos; prepararon a ayudantes de ingeniería militar; dieron clases teóricas y prácticas sobre el uso de transmisiones, cursos sobre explosivos y sustancias antigás, balística y emplazamiento artillero y fortificaciones; trabajaron en industrias militares; dirigieron fábricas de armamento, e instruyeron a obreros. Y, por supuesto, atendieron funciones de laboratorio. El Laboratorio de Química Orgánica de la Facultad fue adscrito al Ejército.
Los profesores de Medicina valencianos trabajaron en hospitales, clínicas y laboratorios atendiendo a soldados y población civil, y constituyeron equipos médicos especializados, además de formar a médicos y practicantes de campaña en la Facultad. Dieron además cursillos de tres meses sobre hemorragias y fracturas, vendajes, material sanitario de guerra y nociones de anatomía y fisiología.
Los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras, en fin, atendieron la docencia en su facultad y en institutos de secundaria cuando se les asignó esta tarea, dieron ciclos de conferencias y clases en la Universidad Popular y explicaron «antifascismo» en centros militares; trabajaron en las oficinas de propaganda y, sobre todo, contribuyeron a la salvación del patrimonio artístico, bibliográfico y archivístico (a veces catalogando obras o documentos por vez primera). De la Facultad de Derecho no nos constan actividades de auxilio a la guerra, aunque no cabe duda que se hicieron.
En 1937 se crearon dos importantes instituciones culturales que, de haber continuado, hubiesen cambiado en profundidad el panorama cultural valenciano. La primera, en febrero de ese año, fue l’Institut d’Estudis Valencians, creado por la Conselleria de Cultura del Consell Provincial de Valencia a iniciativa y estímulo de Francesc Bosch i Morata y que presidió el rector José Puche Álvarez, con cuatro secciones: Histórico-Arqueológica (Ballester Tormo), Filología Valenciana (Gonzalvo París), Ciencias (Puche) y Estudios Económicos (Font de Mora) (AA. VV., 2014). La otra institución importante fue el Centro de Estudios Históricos del País Valenciano, que se creó en junio de 1937 (Gaceta de la República, 4-6-1937). Se instaló en el Colegio del Patriarca, y en su consejo rector tenía a profesores de la Universidad, a la que estaba adscrito: Luis Gonzalvo, José Deleito, José Ots Capdequí y Emili G. Nadal. Su función era la investigación de la historia del País Valenciano mediante seminarios y monografías, así como la divulgación de la historia y cultura mediante cursos, conferencias, exposiciones y estudios musicológicos (aprovechando y potenciando el rico fondo de documentación musical del antiguo Colegio del Patriarca). No menos destacables fueron las tareas que comportó la Junta de Patrimonio para el Traslado y Conservación del Tesoro Artístico en el Portall de Serrans y el mismo Colegio del Patriarca, en las que participaron los profesores del Centre d’Estudis Històrics del País Valencià. A estas instituciones debe añadirse la mejora del Museo de Ciencias Naturales, al incorporarle el Herbario del Dr. Carlos Pau Español, que fue comprado por el Ministerio al fallecer su propietario, adscrito a la Facultad de Ciencias y primer paso del Herbario del País Valenciano, creado en junio de 1938 (AUV, c. Ciències 424; 1938).
LA DERROTA DE LOS REPUBLICANOS
El 29 de marzo de 1939 la Universidad fue ocupada por el quintacolumnista Manuel Batlle, catedrático de Derecho de Murcia incorporado a Valencia. Se presentó en el rectorado con un grupo de profesores antirrepublicanos, estudiantes miembros del SEU y quintacolumnistas, y tomó posesión de la Universidad en nombre de Franco. Los militares franquistas que estaban ocupando la ciudad habían encargado a otros profesores esta tarea, pero Batlle, voluntarioso y sagaz, se adelantó. Inmediatamente empezaron las depuraciones, que recababan informes, avales, declaraciones y certificados, y se procedió a «sanear» la Universidad y ajustarla a la «nueva España». Paralelamente al proceso depurador, funcionaron el tribunal de responsabilidades políticas, que imponía multas (y que afectó a profesores como Mariano Gómez, Ots Capdequí o el propio Peset), y los consejos que guerra. En Valencia uno de ellos acabó en ejecución, el de Peset, pero los franquistas fusilaron a 28 profesores de enseñanza superior y profesional y a una bibliotecaria, que se reparten así: 8 de Granada; 5 de Madrid que, con Juana Capdeville, bibliotecaria, suman 6 víctimas en este distrito; 4 de Salamanca; 4 de Zaragoza; 3 de Valladolid; 1 de Oviedo (Leopoldo Alas), 1 de Sevilla; 1 de Alicante (Eliseo Gómez Serrano), y Peset en Valencia; más otros que murieron en la cárcel. La violencia política republicana fusiló a 9 profesores de enseñanza superior y profesional: 4 de Barcelona, 1 de las universidades de Madrid, Oviedo, Valladolid y La Laguna, y un profesor de la escuela de náutica de La Coruña. En Valencia, el emblema de la represión franquista en la Universidad y en la misma sociedad lo encarna el fusilamiento de Joan Peset Aleixandre el 24 de mayo de 1941.
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* El autor es miembro del proyecto de investigación del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad I+D+i DER2016-78166-R, «Alma mater totius hispaniae: proyección social, historia y pervivencias de las universidades hispánicas (siglos XVI-XX)», orientado a los Retos de la Sociedad, financiado con fondos FEDER.
1. Cambió también la Junta Directiva de la Universidad: Gonzalvo, vicerrector, y como decanos Ramón Ferrando (Ciencias), Ots Capdequí (Derecho), Urtubey (Medicina) y Velasco (Filosofía y Letras).
2. Cinco eran mujeres; aprobaron 99; además se habilitaron 49 «médicos de guerra» y 15 estudiantes no lo consiguieron.
3. «El primer golpe de Estado contra el régimen constitucional (Valencia 1814)» (J. Deleito Piñuela), «El pueblo en la obra de Goya» (Juan de la Encina), «Las individualidades y la situación de las conductas actuales» (J. Peset), «El elemento popular y las minorías gobernantes en la expansión española en América» (J. M. Ots Capdequí), «La cuestión de los arios» (Julián Bonfante), «La revolución y el derecho privado» (Demófilo de Buen), «La justicia militar en España» (Mariano Gómez), «Sobre la personalidad» (Gonzalo R. Lafora), «El concepto filosófico de inflamación» (Luis Urtubey), «El ducthus thoracicus y las vías linfáticas» (F. Orts Llorca). Bosch Gimpera, en este contexto, pronunció el conocido discurso «España», en el que abordaba la pluralidad cultural ibérica desde épocas prehistóricas.
4. Los nuevos planes de estudio se recogen en Anales de la Universidad de Valencia. Cursos y conferencias, 1, segunda época (1937), t. I; AUV c. 975(34; c. 975(36; 975(37; c. F 137.
5. Para los estudios de económicas, Lluch (1974: 173-183) y Mancebo (1988: 179-181).
6. En Valencia se matricularon 33 estudiantes de Filosofía y Letras (19 mujeres); en Medicina se hicieron 357 exámenes entre los diversos cursos del primer y segundo semestre (sin poder determinar aún el número de estudiantes) y otros 74 a estudiantes que tenían asignaturas pendientes de los planes de estudios anteriores. En Ciencias Jurídicas, Políticas y Económicas se matricularon 36 estudiantes en los semestres de ingreso, sin que sepamos los alumnos con asignaturas pendientes de planes anteriores que se examinaron, si es que hubo. En Ciencias se inscribieron 53 estudiantes (6 eran mujeres), de los que fueron becados 18 (3 becarias). De los 22 que iniciaban estudios, eran bachilleres todos menos 4 maestros y 2 practicantes (AUV, c. 1937; c. Ciències, 423, c. 424).
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