Kitabı oku: «La literatura medieval hispánica en la imprenta (1475-1600)»

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LA LITERATURA MEDIEVAL HISPÁNICA

EN LA IMPRENTA (1475-1600)

COLECCIÓN PARNASEO 28

Colección dirigida por

José Luis Canet

Coordinación

Julio Alonso Asenjo

Rafael Beltrán

Marta Haro Cortés

Nel Diago Moncholí

Evangelina Rodríguez

Josep Lluís Sirera

LA LITERATURA MEDIEVAL HISPÁNICA

EN LA IMPRENTA (1475-1600)

Edición de

María Jesús Lacarra

Con la colaboración de

Nuria Aranda García


©

De esta edición:

Publicacions de la Universitat de València,

los autores

Octubre de 2016

I.S.B.N.: 978-84-9134-069-0

Diseño de la cubierta:

Celso Hernández de la Figuera y José Luis Canet

Imagen de la portada:

Juan de Iciar, Ortografía práctica (Zaragoza: Bartolomé Nájera, 1548),

imagen manipulada, que sirve de logo del Catálogo COMEDIC.

Maquetación:

Héctor H. Gassó

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Parnaseo

http://parnaseo.uv.es

Este volumen se incluye dentro del Proyecto de Investigación del

Ministerio de Economía y Competitividad, referencia FFI2014-51781-P,

y del grupo investigador Clarisel, financiado por el Gobierno de Aragón.

La literatura medieval hispánica en la imprenta (1475-1600) / edición de María Jesús Lacarra, con la colaboración de Nuria Aranda García

Valencia : Publicacions de la Universitat de València, 2016

272 p. ; 17 × 23,5 cm — (Parnaseo; 28)

ISBN: 978-84-370-9998-9

1. Literatura castellana- -1475-1600. 2. Impremta--Història--Origen i antecedents. I. Lacarra, María Jesús. II. Publicacions de la Universitat de València

821.134.2.09”14/15”

655.11”14/15”

ÍNDICE GENERAL

PRELIMINAR

José ARAGÜÉS ALDAZ, Los legendarios medievales en la imprenta: la Leyenda de los santos

Juan Manuel CACHO BLECUA, La Estoria del noble Vespasiano: texto e imágenes de la venganza

Charles FAULHABER, PhiloBiblon and the Semantic Web. Notes for a Future History

Marinela GARCIA SEMPERE, Ordenat per lo discret en Miquel Ortigues, notari de València. Sobre l’autoria i les edicions de Lo plant de la Verge Maria fins al segle XXI

Mª Jesús LACARRA, Difusión y recepción del Libro de las propiedades de las cosas de Bartolomeo Ánglico (1494-1529)

Gaetano LALOMIA, La Fiameta nella tipografia spagnola del Cinquecento

Mª Carmen MARÍN PINA, La trayectoria editorial de la Cárcel de amor en el siglo XVI: avatares en la imprenta

Josep Lluís MARTOS, Un cancionero incunable valenciano: descripción bibliográfica, estructura y contextos

Antonio MORENO HERNÁNDEZ, La forma textual del ejemplar de la British Library, IB. 53296 de la edición del Bellum Gallicum de César (Burgos, 1491)

Manuel José PEDRAZA GRACIA, «Por George Coci, aleman»

Daniela SANTONOCITO, Los grabados del Libro de la montería (Sevilla: Andrea Pescioni, 1582)

María SANZ JULIÁN, La portadas de las ediciones castellanas del Baladro del Sabio Merlín (1498 y 1535)

Preliminar

Génesis de COMEDIC

(Catálogo de obras medievales impresas en castellano)

En 2012 un grupo de profesores de la Universidad de Zaragoza, con la colaboración de otros colegas de las universidades de Catania y Toulouse, decidimos abordar conjuntamente una investigación que atendiera a las «reescrituras y relecturas» que sufren las obras medievales en su paso por la imprenta.1 Los resultados se plasmarían en publicaciones y en una base de datos, en la que se recogerían estas transformaciones. Para ello contamos con una ayuda del Ministerio de Economía y Competitividad (FFI2012-32259), que en estos momentos concluye, cuando ya se ha puesto en marcha la base, pero queda mucho por hacer. Una parte de los integrantes del grupo contábamos con cierta experiencia previa, puesto que desde los últimos años de la década de los 80 nos habíamos iniciado en las bases de datos bibliográficas y en el trabajo en equipo. El resultado de esta labor previa es un portal (<http://clarisel.unizar.es/>) con tres ficheros independientes, «Amadís», «Sendebar» y «Heredia», dedicados respectivamente a reseñar la bibliografía sobre temática caballeresca, cuento medieval y literatura escrita en Aragón. A este proyecto, que ya es sobradamente conocido en nuestro ámbito de estudio, se vino a sumar «DINAM. Diccionario de nombres del ciclo amadisiano», resultado de la tesis doctoral de María Coduras.2

Los principios sobre los que se asienta este nuevo proyecto vienen a ser, resumidos, los siguientes.3 El principal objetivo es estudiar la difusión, evolución, transformación y recepción de la literatura medieval en los Siglos de Oro: el éxito de unos géneros en detrimento de otros (poesía, prosa didáctica, histórica y de ficción, frente a los cantares de gesta o las obras del ‘mester de clerecía’), la habilidad de unos impresores por atender los gustos de los receptores y saber remozar las viejas creaciones, los diferentes significados que adquieren las obras medievales en los nuevos contextos desde los que deben ser leídas y su capacidad para convertirse en paradigmas de series nuevas, su coexistencia en el panorama editorial con textos ‘modernos’, etc. Partimos del presupuesto de que los impresores condicionan la difusión, legibilidad, interpretación y el gusto literario gracias a sus ediciones e intervenciones, al crear divisiones en partes o capítulos, insertar paratextos, reordenar y reescribir contenidos, incorporar grabados, etc. Así dirigen y orientan a los nuevos lectores a interpretar los textos o a integrarlos en nuevas series genéricas. Combinando esta investigación con las humanidades digitales, el proyecto implica la plasmación de los resultados en una base de datos, COMEDIC, acrónimo de «Catálogo de obras medievales impresas en castellano», integrada a su vez en la web del grupo (http://grupoclarisel.unizar.es/). Como punto de partida se fijó el corpus objeto de estudio seleccionando los textos que cumplieran estos dos requisitos:

a) por su creación: obras concebidas, escritas o vertidas al castellano antes de 1501;

b) por su difusión: deberían contar con algún testimonio impreso anterior a 1601.

De este modo se abarca desde la primera obra impresa en castellano (el Sacramental de Clemente Sánchez, h. 1475) hasta cualquier testimonio publicado en el límite simbólico del 1600, año en el que, por ejemplo, se edita el Romancero general. Como únicas excepciones se incorporan las obras de autores nacidos antes de 1500 y con producción a caballo entre ambos siglos, como sucede con Juan del Encina o Rodrigo de Reinosa. Desde el punto de vista de la difusión, el catálogo se reduce a los cauces impresos en cualquier formato, dejando a un lado la tradición oral y la manuscrita, que seguirán siendo una vía para que la cultura medieval siga viva y, además, penetre en los ámbitos cortesanos, especialmente influyente en algunos géneros. Se limita a los impresos en castellano, con independencia de su lugar de producción (Tolosa, Roma, Venecia, Lisboa, Amberes, Lyon, etc.), prescindiendo también de que se trate de obras originales (crónicas, poesía cortesana, ficción sentimental) o traducidas (como ocurre con gran parte de la prosa didáctica, la ficción caballeresca breve, etc.). En este segundo caso, muy abundante a partir del siglo XV, como bien queda reflejado en el repertorio elaborado por Carlos Alvar y José Manuel Lucía,4 nuestro catálogo se centra en la obra y lengua de la que procede el texto castellano, que muchas veces es una intermediaria; por ejemplo, si atendemos a la difusión de la Ética de Aristóteles, la lengua de partida es el latín, al igual que sucede con las Vidas de varones ilustres de Plutarco.

Pese a que nuestro objetivo no son los testimonios manuscritos, se proporciona una relación de los mismos, creada, en gran parte, gracias a los datos ofrecidos en Philobiblon. Somos conscientes además de que, en muchas ocasiones, los testimonios impresos no guardan relación directa con los manuscritos conservados; así sucede, por ejemplo, con el manuscrito y el impreso del Decamerón, que representan dos traducciones diferentes, o con el impreso de El conde Lucanor preparado por Argote de Molina, quien dice contar para su edición con tres manuscritos, aunque el testimonio del que probablemente se sirvió se ha perdido. En cuanto al contenido solo quedará excluida la llamada «literatura gris» —leyes, ordenanzas, constituciones sinodales, etc.—, salvo que contenga otros materiales. Por ejemplo, el incunable de las ordenanzas Sobre el modo de medir y vender los paños ([Burgos: Fadrique Biel de Basilea, post. 1494]), dictadas por los Reyes Católicos, incluye al final unas Coplas a la Virgen («O Virgen y reina mía/ tú nos guía»), que serán objeto de nuestra atención. Por último, la base incorpora un planteamiento multidisciplinar al prestar también atención a las ilustraciones e imágenes, a su recepción o a los elementos paratextuales que acompañan a las ediciones. Pretende convertirse en una herramienta útil que posibilite futuros estudios sobre diversos ámbitos de la difusión del libro y de la cultura, al permitir recuperar información, por ejemplo, sobre los dedicatarios de las obras impresas, los testimonios de lectura a través de los inventarios, testamentos, etc., la transformación de los textos a lo largo del tiempo o las preferencias de las prensas por unos géneros y unas materias en detrimento de otros.

Con estos ambiciosos propósitos empezamos a trabajar en 2012 creando un fichero informatizado en Filemaker, del que surgieron los primeros problemas y que nos permitió adquirir conciencia del alcance de nuestro proyecto. Se trataba exclusivamente de una fase muy preliminar que tenía como único objetivo conocer el alcance de nuestro Catálogo, pero uno de los primeros obstáculos fue la dificultad para trabajar simultáneamente en él los distintos miembros del grupo. La primera opción fue continuar con Filemaker alojando un fichero en un servidor, creando así una base de datos estructurada con una interfaz determinada. Sin embargo, observamos que esta solución no era suficiente, a pesar de ser el programa al que estaban acostumbrados los miembros del equipo por las bases bibliográficas citadas. El equipo trabajaba con varios ficheros de Filemaker de datos sin sincronizar al no ser compartidos ni albergados en un servidor remoto, de tal forma que la edición del fichero en la máquina local de cada usuario favorecía la pérdida de información, la multiplicación de errores humanos, al mismo tiempo que hacía necesaria la presencia de una persona que debía dedicar mucho tiempo y esfuerzo en homogeneizar los datos con el riesgo, además, de malinterpretarlos.

Otra necesidad que surgió enseguida, asociada a la dificultad anterior, fue la de estandarizar los criterios para la introducción de datos, una vez establecidos los campos, pues corríamos el riesgo evidente de duplicar información o falsearla con la existencia de numerosas variantes, especialmente en los nombres de autores, impresores, etc. La primera solución consistió en la redacción de un Manual, documento base de los investigadores a partir de ese momento. Una vez contratado un ingeniero informático, necesario en el proyecto, este también construyó una base de datos que forzó a los usuarios a utilizar siempre los mismos estándares, al introducir unos listados internos de prácticamente cada uno de los campos para evitar duplicaciones. Además, la existencia de estos listados internos (autor, impresor, materia, ciudad de impresión…) posibilita a los usuarios su selección con el consiguiente ahorro de tiempo y la opción de realizar estudios no solo cualitativos, los más visibles a primera vista, sino también cuantitativos.

Tras sucesivas variaciones y reajustes del modelo de ficha, nuestro informático, Fergus Reig Gracia, quien ha trabajado con un código licenciado por el proyecto bajo GNU Affero General Public License, comenzó a construir los cimientos de COMEDIC. Es importante hacer constar aquí que diseñamos la base antes de tener los propios datos reales, por lo que los reajustes fueron numerosos. Gracias a su pericia, el equipo ha podido trabajar en la red volcando la información en un servidor alojado físicamente en la Universidad de Zaragoza, pero de uso exclusivo para el proyecto. Sus miembros acceden ahora mediante claves a un programa Manager para la introducción de la información. Cada usuario cuenta con un perfil (administrador, editor, etc.) y puede realizar diferentes acciones según sea su jerarquía en el proyecto con el fin de favorecer la seguridad y evitar la pérdida de información ante errores humanos.

Una vez proyectado el portal web que alberga y da acceso a los datos o fichas, hubo que buscar un diseño intuitivo, atractivo y de uso sencillo para usuarios no muy habituados al empleo de estas tecnologías para la visualización de los datos pero, sobre todo, para la inserción de los mismos. Desde el punto de vista del investigador, una de las facilidades que se le ofrecen es la escritura predictiva. Asociada al diseño, la principal dificultad ha sido la desigual extensión entre las fichas y su heterogeneidad, especialmente por el número de ejemplares tan dispar entre unas y otras obras. Esto se ha solucionado al crear un desplegable para cada uno de los impresos, de tal modo que se ha homogeneizado al máximo la estructura y el estilo de la ficha sea cual sea su cantidad de información.

En cuanto a los proyectos que nos sirvieron como referencia cabe mencionar algunos como Incunabula Short Title Catalogue (ISTC), Universal Short Title Catalogue (USTC), CICLE: clásicos latinos en los orígenes de la imprenta, Philobiblon o la Tipobibliografía valenciana siglos XV y XVI (Parnaseo), entre otros, cuyos modelos de ficha estudiamos concienzudamente. Sin embargo, estos presentaban una serie de problemas de muy diverso ámbito y calado si queríamos adaptarlos a nuestros objetivos: en primer lugar, la mayoría de sus fichas eran mucho más breves porque su propósito es bien diferente; en segundo lugar, en algunos casos, el diseño visual se hacía algo anticuado; además, algunas no ofrecían una posibilidad de búsqueda tan variada y, por último, muchos referentes eran inalcanzables a nivel económico dados los recursos limitados de los que disponíamos; esta escasez ha afectado especialmente al diseño visual, ya que no hemos contado con un diseñador gráfico, lo que nos gustaría solucionar en un futuro. Desde la perspectiva más técnica, se han empleado las siguientes tecnologías: MySQL, PHP, Zend Framework y JavaScript. Todas ellas son libres y estándares al ser las más utilizadas actualmente en el mundo web, con la idea de que otra persona pueda continuar el proyecto más adelante sin que este, además, presente problemas para funcionar adecuadamente en los servidores de la Universidad de Zaragoza.

Paralelamente, nuestro grupo investigador se sumó a la Red ARACNE, surgida de la coordinación de varios proyectos (BIESES, BIBLIOTECA SAAVEDRA FAJARDO, BIDISO, DIALOGYCA, PHEBO y nuestro grupo CLARISEL), que trabajaban en el ámbito de las humanidades digitales. El resultado de esta iniciativa ha sido la creación de un portal, denominado Red ARACNE (http://www.red-aracne.es), donde se han integrado todas las bibliotecas y bases en un metabuscador, lo que supone, en suma, un total de casi 30.000 recursos catalogados actualmente. Ello obligó a trabajar con los encargados de los servidores de la Universidad con el fin de poder compatibilizar nuestras bases bibliográficas con los criterios seguidos en este portal. Por ello, el nuevo Catálogo se ha preparado respetando la misma filosofía de desarrollo. Nuestro objetivo es unificar criterios y tecnologías que faciliten nuestro trabajo futuro y permitan la integración de COMEDIC en este portal.

En el Catálogo se incluyen actualmente 310 fichas, que corresponden a otras tantas obras que reúnen los requisitos anteriormente mencionados, aunque solo una mínima parte han sido ya elaboradas. Cada ficha consta de dos partes, de las cuales una recoge los elementos comunes y la otra es variable, puesto que atiende a las particularidades de cada edición:

a) Encabezado y pie reflejan los elementos básicos de la obra: autor (o autores), título normalizado, variantes del título que encontramos en los impresos, título original si se trata de una obra traducida, destinatario, fecha de composición y de traducción, lengua de partida, testimonios manuscritos, materia, edición moderna, reescritura donde se reflejan tanto las sucesivas transformaciones que el texto medieval va sufriendo a lo largo del tiempo como las supresiones o adiciones de materiales; la incorporación de grabados, etc., y testimonios de lectura, como resultado del rastreo de inventarios o de testamentos, que nos permiten conocer cómo se leyeron las obras, quiénes fueron sus poseedores, etc.

b) Un desplegable individualizado incluye la información de cada edición: sus datos tipográficos, principales repertorios que la describen, los testimonios conservados, facsímiles, los paratextos legales, como licencias de impresión o tasas; socioliterarios, como prólogos; o editoriales, como tablas, índices, colofones; y, por último, una descripción de los grabados, si los hay.

El trabajo realizado hasta ahora nos ha permitido conocer mejor la difusión de los textos medievales en la imprenta e incluso, en algún caso, rectificar, complementar o precisar algunas de las informaciones recogidas por los bibliógrafos. Pese a que nuestra tarea está realizada al margen de cualquier finalidad estrictamente catalográfica, gracias a la elaboración de las fichas hemos podido localizar nuevos testimonios y, lo que es más relevante, ediciones nuevas. A modo de conclusión provisional, podríamos decir que la literatura del siglo XV más novedosa continuó editándose en el siguiente con cierta pujanza, y en muchos casos fue asimilada por los lectores a las obras coetáneas, en cuyo panorama cultural se integra. Las deliberadas «manipulaciones» realizadas en los impresos (nuevos prólogos o dedicatorias, incorporación de grabados, capitulación, etc.) contribuyeron a insertar estos textos en el panorama histórico, político, cultural y literario de la época, y posibilitaron la creación de nuevos géneros literarios como resultado de la transformación de otros, dando paso a una continuidad no consciente de la tradición medieval en el siglo XVI.

En junio de 2016 dimos a conocer a través de la página web del grupo CLARSEL (http://grupoclarisel.unizar.es/) 22 fichas del Catálogo. Con ello y con este volumen se pone fin a la primera fase de nuestro proyecto, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, pero somos conscientes de que no hemos hecho más que culminar una etapa de un largo camino. Las colaboraciones que aquí se reúnen, todas seleccionadas y evaluadas de acuerdo con el sistema de arbitraje por pares, hacen referencia a las dificultades del recorrido. Junto a las aportaciones de los miembros del equipo investigador nos ha parecido oportuno sumar las de algunos responsables de otros grupos afines con los que hemos mantenido a lo largo de estos tres años un fructífero intercambio. Razones de tiempo o espacio nos han impedido contar con todos, pero agradecemos la participación de Charles Faulhaber (PHILOBIBLON), Marinela Garcia Sempere (LITHACAT), Josep Lluis Martos (CIM), Antonio Moreno (CICLE y CICLPOR) y Manuel Pedraza (SUMPTIBUS), así como la de Mercedes Fernández Valladares (DIALOGYCA), ausente de estas páginas, pero cuya orientación ha guiado nuestro trabajo. Nuestra gratitud también para los responsables del grupo ‘Parnaseo’, José Luis Canet y Marta Haro, que nos han brindado las prensas de la Universidad de Valencia, así como para Héctor H. Gassó, encargado de la maquetación.

1. El grupo está formado por los profesores y becarios de la Universidad de Zaragoza Juan Manuel Cacho Blecua, M.ª Carmen Marín Pina, Alberto del Río Nogueras, José Aragüés Aldaz, María Sanz Julián, María Coduras, Daniela Santonocito y Nuria Aranda, bajo la dirección de María Jesús Lacarra. En este proyecto colaboran también Amaia Arizaleta (Université de Toulouse) y Gaetano Lalomia (Università degli Studi di Catania). Para más información, véase la página del grupo <http://grupoclarisel.unizar.es/>, que sirve también de acceso a COMEDIC.

2. Vid. Juan Manuel Cacho Blecua y María Jesús Lacarra, «“Clarisel”. Bases de datos», en Actas del Seminario Internacional sobre Bibliotecas Digitales y Bases de datos Especializadas para la investigación en Literaturas Hispánicas (BIDESLITE), Madrid, 4-5 de julio de 2011, eds. María Casas del Álamo, Germán Redondo Pérez y Sara Sánchez Bellido, Madrid, IUMP (UCM), 2013, pp. 41-52; María Aurora García Ruiz, «Diccionario de nombres del ciclo amadisiano (DINAM). Universidad de Zaragoza. Departamento de Filología Española. Responsable María Coduras Bruna. ISSN 2341-1333 (Recurso electrónico)», Janus, 3 (2014), pp. 177-184.

3. Para una presentación más detallada del proyecto, vid. Juan Manuel Cacho Blecua, «Hacia un catálogo de los textos medievales impresos (Comedic): el ejemplo de la Crónica popular del Cid», en Texto, edición y público lector en los albores de la imprenta, eds. Marta Haro Cortés y José Luis Canet, Valencia, PUV. Universitat de València, 2014, pp. 29-52; Daniela Santonocito, «Reescrituras y relecturas: hacia un catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600 (Comedic)», en Le forme e la storia, I (2013), pp.175-187, y M.ª Jesús Lacarra, «Comedic: un “Catálogo de obras medievales impresas en castellano” en construcción», en En Doiro antr’o Porto e Gaia. XVI Congresso da Associação Hispânica de Literatura Medieval (Porto, 21 a 25 de setembro de 2015), en prensa.

4. Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías, Repertorio de traductores del siglo xv, Madrid, Ollero y Ramos, 2009.

Los legendarios medievales en la imprenta: la Leyenda de los santos1

José Aragüés Aldaz

Universidad de Zaragoza

Introducción

Dos grandes etapas definen la historia del legendario castellano o flos sanctorum entre los siglos XIV y XVIII. La primera de ellas corresponde a las versiones de la Legenda aurea latina de Iacopo da Varazze, nacidas a finales de la Edad Media y difundidas por la imprenta peninsular hasta 1579-1580. La segunda etapa está dominada por el influjo de un nuevo texto latino —las Vitae Sanctorum de Lipomano y Surio, de 1575—, fuente de los legendarios castellanos de Alonso de Villegas y Pedro de Ribadeneyra, redactados entre 1578 y 1604, y con una notable presencia en las prensas hasta finales del Setecientos.

Los santorales de la primera de esas etapas, por su parte, corresponden a dos familias netamente diferenciadas, nacidas de dos traducciones independientes de la citada Legenda aurea. La más conocida de esas familias es, seguramente, la representada por los manuscritos cuatrocentistas de la llamada Compilación A y por sus derivados impresos (las numerosas ediciones del Flos Sanctorum renacentista). De origen algo anterior —y, sin duda, más modesto— es la familia de legendarios conformada por los códices de la Compilación B y su doble herencia en las prensas: el incunable conocido como Flos Sanctorum con sus ethimologías y las sucesivas impresiones de la Leyenda de los santos.2 Merece la pena ver, con algún mayor detalle, la trayectoria de estos tres últimos textos.

Del manuscrito a la imprenta

La Compilación B constituye una traducción, notablemente abreviada, de la Legenda aurea. Siete manuscritos transmiten sus contenidos, testimoniando la existencia de dos estados de redacción diversos. El primero de esos estados —conocido como versión B1— se halla representado por tres manuscritos escurialenses (K-II-12, h-I-14 y M-II-6), un manuscrito de la Biblioteca de la Fundación Casa de Alba (31) y la sección final de un códice correspondiente a la Biblioteca Lázaro Galdiano (15001). La primera parte de este último manuscrito, sin embargo, corresponde a la versión B2, a la que se adscriben también dos testimonios ubicados en la Biblioteca de Menéndez Pelayo (8 y 9), los más tempranos de entre los conservados (ambos podrían haber sido copiados a finales del siglo XIV, o en los inicios del XV). La diferencia esencial entre la versión B1 y la versión B2 radica en el elenco de fiestas y vidas de santos asumido en una y otra, notablemente más copioso en el caso de la primera. Aunque existe un importante núcleo de capítulos comunes, son relativamente frecuentes las rúbricas presentes en B1 que no tienen su reflejo en B2 (frente a un escasísimo número de vidas abordadas en esta última rama y omitidas en aquella). Con todo, la versión B2 muestra una redacción algo más extensa en los capítulos comunes, fruto de la interpolación de algunos materiales ajenos a la Legenda aurea de Varazze y de la aclaración y glosa de otros pasajes. Todo parece indicar que, al tiempo que ofrecía una redacción más cuidada del texto, la versión B2 operó una selección en la nómina de sus capítulos, consolidando así su doble diferencia con respecto al primer estado de la obra.3

Sea como fuere, sería ese primer estado —la versión B1— la fuente esencial del impreso más temprano de la familia: el Flos Sanctorum con sus ethimologías. El incunable, custodiado en la Biblioteca del Congreso de Washington, se halla rodeado de numerosas incertidumbres, no solo en lo que se refiere a su fecha y lugar de composición, sino incluso en lo que respecta a su conformación textual. La obra transparenta, en efecto, un notable esfuerzo de lima, ampliación y mejora de aquellos contenidos aportados por la Compilación B, labor llevada a cabo sin duda a partir de una cuidada relectura del propio texto latino de la Legenda aurea. Pero es verdad que, en su estado final, aquel impreso se muestra lleno de erratas y errores, quién sabe si ocasionados en un hipotético proceso de copia, previo a su llegada a las prensas, o debidos a los propios avatares de su estampación. Quizá por ello, lo más oportuno sería establecer la distancia entre ese deturpado texto final del incunable y el que hubo de ser su punto de partida: un manuscrito mucho más correcto, fruto de una detenida labor de revisión textual, que aquí conoceremos como Proto-W.4

Ante la soledad de ese incunable temprano, la trayectoria editorial del otro texto impreso de la familia —la mencionada Leyenda de los santos— se muestra especialmente exitosa. Y no fue menos compleja, desde luego, su génesis. El análisis de la obra revela la existencia de al menos cinco impulsos diversos en su composición inicial, quizá no coincidentes en el tiempo ni debidos a una sola mano. La Leyenda de los santos es el fruto de la combinación de materiales procedentes de la versión B1 con algunos otros derivados de B2, a los que se unieron numerosos pasajes procedentes del Flos Sanctorum con sus ethimologías (aunque sin los errores propios de ese incunable, algo que invita a pensar en un influjo, inmediato o indirecto, del mencionado Proto-W). Todos esos materiales fueron revisados a partir de una nueva mirada a la fuente de toda la familia — la Legenda aurea de Varazze—, dando lugar a un conjunto aumentado además con algunos capítulos hagiográficos ajenos a ese legendario latino. Tan solo la lectura combinada de esos cinco tipos de materiales permite descifrar el origen de una obra que tiene algo de palimpsesto. Por las páginas de la Leyenda de los santos, en efecto, el discurso original de Varazze, rescatado a última hora en ese afán de restauración textual, se superpone a lo que no pasaban de ser sus «ecos»: la primitiva traducción ofrecida por B1, la glosa de esta última servida por B2, y la mejora de esa misma traducción con una primera relectura de la propia Legenda aurea aportada por el Flos Sanctorum con sus ethimologías. Todas esas voces concurren en la letra de la Leyenda de los santos, o, por mejor decir, en su «sección principal», dao que las sucesivas ediciones del texto irían añadiendo al conjunto nuevos apartados y materiales.5

El itinerario editorial

Conocemos seis ejemplares de la Leyenda de los santos, correspondientes a otras tantas ediciones de la obra. El más temprano de todos ellos es el debido a las prensas de Juan de Burgos, datado en ocasiones en 1499 o 1500, pero que quizá debamos retrotraer al menos hasta 1497.6 El ejemplar, custodiado en la British Library de Londres, se ha beneficiado de un permanente interés crítico. A su condición de incunable se une el hecho de transmitir el único estado de la Leyenda de los santos anterior a 1513, fecha en la que apareció la versión portuguesa de nuestra obra: Ho Flos Sanctorum em lingoagem portugues. Todo ello ha generado una interesante bibliografía del lado lusitano —inaugurada por un par de trabajos de Mário Martins y continuada, en fechas más próximas, por Harvey L. Sharrer y Cristina Sobral—, a la que se han sumado algunos estudios de propósito más general.7 La notable atención dispensada a un segundo ejemplar de la Leyenda de los santos —el impreso en Sevilla, por Juan Varela, en 1520-1521— guarda también relación con su condición de post-incunable, aunque parece deber algo más a la circunstancia de su actual ubicación: el Archivo del Santuario de Loyola. Conviene no olvidar, en efecto, que en ese mismo espacio —entonces, residencia familiar— tuvo lugar la famosa convalecencia de quien había de ser fundador de la Compañía de Jesús, y que una de las lecturas decisivas en la «conversión» del joven Íñigo fue un «libro de las vidas de los santos en romance», que, a buen seguro, hemos de identificar con nuestra Leyenda de los santos. Nada nos obliga a pensar que ese libro fuera exactamente el ejemplar custodiado hoy en Loyola (su llegada allí parece, de hecho, muy tardía), u otro correspondiente a la misma edición, pero esa feliz coincidencia explica, en buena medida, el interés despertado desde antiguo por el volumen, culminado en fechas recientes con una excelente edición debida al Padre Cabasés.8

Una menor fortuna crítica ha acompañado a los otros cuatro ejemplares conocidos de la Leyenda de los santos. El primero de ellos, custodiado en Munich, corresponde a una edición toledana culminada por Juan Ferrer en 1554. Otro ejemplar, ubicado en Praga, vio la luz en Alcalá de Henares, en las prensas de Sebastián Martínez, en 1567. Un año posterior fue la edición sevillana de Juan Gutiérrez, representada por un volumen conservado en Madrid, en la Biblioteca Nacional. Y en Oxford se halla un testimonio de la que fue, verosímilmente, la última impresión de la obra: la debida a Alonso de la Barrera, en Sevilla, en 1579.9

Por supuesto, la nómina de ediciones de la Leyenda de los santos fue mucho más amplia. Gracias al Regestrum colombino sabemos de la existencia de una impresión de la obra en Toledo, en 1511, quizá debida al mencionado Juan Varela. A este último, sin duda, cabe atribuir otra edición llevada a cabo en Sevilla hacia 1520, de la que se conservan algunos restos, y que no debe ser confundida con la representada por el citado volumen de Loyola, levemente posterior. Poseemos también la noticia bibliográfica sobre un ejemplar impreso en Zaragoza, por Juan Bernuz, en 1551, hoy lamentablemente desaparecido.10 Y en torno a 1567 hubo de ver la luz una edición del santoral en las prensas de Andrés de Angulo, en Alcalá de Henares, que no cabe identificar con la ya citada impresión de Sebastián Martínez, en la misma ciudad y en ese mismo año, a tenor de la información que sobre aquella aporta un valioso —y casi desconocido— paratexto.11

Con todo, las noticias acerca de esas impresiones perdidas son especialmente interesantes para el período anterior al primero de los volúmenes conservados: el impreso por Juan de Burgos en los últimos años del siglo XV. Como demostró en su momento Harvey L. Sharrer —y han corroborado con posterioridad Fernando Baños y Víctor Infantes—, el texto sacado a la luz por Juan de Burgos muestra numerosas lecciones separativas, que permiten descartarlo como fuente del resto de las ediciones conocidas y obligan a postular la existencia de al menos una impresión previa, de la que derivarían todas ellas.12 De hecho, ahora sabemos que no hubo una, sino varias ediciones anteriores a aquella burgalesa. Por lo pronto, dos zaragozanas, testimoniadas por un par de documentos exhumados por Miguel Ángel Pallarés, en los que se alude a un inespecífico «flos sanctorum», que, sin duda alguna, hemos de identificar con nuestra Leyenda de los santos. Según uno de esos documentos, fechado en enero de 1490, el maestro impresor Juan Hurus vendió setecientos ejemplares del santoral a Luis Malférit, asumiendo su transporte a Medina del Campo o Valladolid. Esa edición de la obra había sido iniciada por el propio Juan Hurus y sería culminada por su hermano Pablo, quien, a su vez, tendría comenzada en marzo de 1492 una segunda impresión del texto. Así lo muestra un nuevo documento, en el que Pedro Porras, mercader de Burgos, solicitaba el envío a Medina del Campo de ochocientos ejemplares «nuebament enprentados (...) en la present ciudat de Çaragoça». Pablo Hurus recibiría la suma de trescientos ochenta ducados por los libros, haciéndose cargo de nuevo de su transporte, y renunciando no solo a vender en Castilla los volúmenes que habían quedado en su imprenta, sino incluso a publicar más ejemplares de ese título en un plazo de dos años.13

Ambos documentos, así pues, confirman la existencia de ese temprano periplo de la obra por las prensas zaragozanas, intuido en su momento por Cristina Sobral desde la observación de la impronta local que muestran algunos de los materiales ubicados en los apartados que anteceden y suceden a la «sección principal» en todas las ediciones conservadas del texto. Entre los preliminares de la Leyenda de los santos figura, en efecto, un prólogo debido al Cronista de Aragón, Fabricio Gauberto Vagad, entre otras piezas relativas a la Pasión de Cristo. Y en la sección de «Santos extravagantes», incorporada como apéndice al texto, se hallan varios capítulos relacionados con algunas devociones locales, y algunos otros inspirados claramente en la traducción de las Vitae Patrum llevada a cabo por el humanista y jurisconsulto zaragozano Gonzalo García de Santa María, figura estrechamente relacionada con el taller de los Hurus.14

Todos esos materiales, por lo demás, parecen añadidos a una primitiva versión de la Leyenda de los santos más sencilla, verosímilmente carente de todos los preliminares y con un apartado de «extravagantes», en el mejor de los casos, mucho más reducido. Así parece confirmarlo el propio prólogo de Vagad, que alude de manera literal a su condición de preámbulo de un libro «nuevamente reconocido, corregido y enmendado». Por supuesto, resulta tentador suponer que todos esos materiales «aragoneses» fueron incluidos en la segunda de las impresiones de los Hurus —la aludida en el documento de 1492—, mejorando así su propia impresión de 1490, quizá carente de ellos. Pero la información que poseemos a propósito de la extensión de esta impresión más temprana invita a pensar que esos apartados adicionales figuraban ya en la misma, algo que obligaría a postular, claro está, la existencia de una edición previa al citado periplo de la obra por las prensas zaragozanas.15

A este último propósito, Fernando Baños ha defendido en fechas recientes la posible existencia de una primera impresión de la Leyenda de los santos en Burgos, debida a Fadrique de Basilea o a Juan de Burgos —si no a ambos—, anterior en cualquier caso a 1490. Algunos detalles refuerzan esa hipótesis. Entre otros, la especial vinculación con Castilla que manifiestan algunos otros capítulos incluidos en la sección final de «extravagantes», como los dedicados a san Víctores, san Antolín o san Atilano; estos dos últimos ubicados, quizá no por azar, justo al frente de la citada sección en las ediciones conocidas de la obra. En este mismo sentido, la idea de una primitiva edición burgalesa carente todavía del prólogo de Vagad —y del resto de preliminares— podría otorgar un nuevo sentido a dos enigmáticos testimonios relacionados con nuestra obra. Me refiero a los dos cuadernillos de preliminares de la Leyenda de los santos impresos en Burgos, por Fadrique de Basilea, en 1493, conservados hoy de modo exento en Londres y en Boston. Ambos cuadernillos —que, en realidad, corresponden a dos impresiones independientes, aunque muy próximas— han sido a veces contemplados como los únicos restos de una pretendida edición íntegra de la Leyenda de los santos en ese taller y en esa fecha. Pero no podemos descartar que dicha edición no hubiera llegado a realizarse nunca, y que los preliminares —copiados de las ediciones zaragozanas— hubieran nacido, justamente, para acompañar a una entrega de la obra todavía carente de ellos: por qué no, aquella primitiva versión que, hipotéticamente, habría visto la luz en la misma ciudad de Burgos antes de 1490.16

Los pasos de la Leyenda de los santos tras ese periplo castellano y aragonés se nos muestran especialmente inciertos, pero no faltan motivos para pensar que conducen hacia Sevilla. Así podría sugerirlo la presencia de una nueva nómina de santos de interés local entre los «extravagantes», sobre la que enseguida volveremos. Y así invita a pensarlo, sin duda con mayor motivo, el análisis de las xilografías que acompañan a algunos santorales tempranos. El punto de partida de ese análisis (emprendido por António-José de Almeida y culminado por Fernando Baños) es el juego de tacos utilizado para la edición de la Legenda aurea latina llevada a cabo por Mathias Huss, en Lyon, en 1486. Ese juego —que viajó después hacia Zaragoza, donde permaneció al menos hasta enero de 1492— constituye el modelo de un segundo conjunto de tacos, algo más trascendente al propósito que ahora nos ocupa. Las huellas de este último juego son algo dispersas en el tiempo, pero aparecen vinculadas invariablemente a la ciudad de Sevilla: un par de tacos fueron utilizados en las portadas de dos obras allí imprimidas (el Soliloquio de Meinardo Ungut y Estanislao Polono, de 1497, y el Speculum ecclesiae de Jacobo Cromberger, de 1512), y el juego entero sería empleado para la decoración del Flos Sanctorum renacentista sacado a la luz por Juan Cromberger en 1540. En cualquiera de los casos, es seguro que ese mismo juego sirvió para la estampación de una Leyenda de los santos mucho más temprana, y hoy perdida, toda vez que sus imágenes aparecen imitadas, por vías divergentes, en la edición de nuestro santoral debida a Juan de Burgos —elaborada, como sabemos, en torno a 1497— y en su traducción portuguesa (el también mencionado Ho Flos Sanctorum en lingoagem portugues, de 1513). Almeida sugiere que el juego de xilografías pudo ser fabricado en Zaragoza, sirviendo para la decoración de cualquiera de las ediciones de la Leyenda de los santos allí emprendidas, en 1490 y 1492, para viajar después a Sevilla, donde pudo ser utilizado para una edición de la obra hoy desconocida, antes de ser empleado en las obras consignadas. Fernando Baños, por su parte, se inclina a pensar que el juego pudo ser fabricado de manera específica para esa hipotética entrega sevillana (toda vez que hasta 1492 los Hurus disponían del juego original de Lyon), y que esa entrega sería la fuente, al menos desde el punto de vista iconográfico, tanto de la edición de Juan de Burgos como de la versión portuguesa de 1513.17


Fig. 1. Legendarios medievales y renacentistas.


Fig. 2. De la Compilación B a la Leyenda de los santos.


Fig. 3. La Leyenda de los santos: trayectoria editorial.

La transformación en las prensas

La evolución de la Leyenda de los santos no cesó en su recorrido por las prensas. Por el contrario, con cada nueva edición, la obra fue variando su aspecto. Esa evolución no se produjo merced a una transformación sustancial de los contenidos de su «sección principal» (aquella tejida sobre la herencia de la Legenda aurea y de sus derivados castellanos). Los cambios más notorios se gestaron al margen de esa sección, o, mejor dicho, en los «márgenes» de la misma: como hemos visto, desde sus primeras entregas la Leyenda de los santos fue acumulando nuevos apartados, antepuestos y pospuestos a ese núcleo original, alejándose así de sus fuentes medievales.

De ser ciertas las conjeturas apuntadas en las páginas precedentes, la Leyenda de los santos habría nacido en Burgos, sin preliminares y con una nómina de «extravagantes» reducida, a lo sumo, a dos o tres santos de interés local (san Antolín, san Atilano y acaso también san Víctores). De allí habría viajado a las prensas zaragozanas de los Hurus, donde, en 1492 o, más verosímilmente, en 1490, la obra habría incorporado todos o la mayor parte de sus exitosos preliminares: un anteprólogo anónimo, el prólogo de Gauberto Fabricio Vagad, una «Concordancia de la Pasión» (traducción, quizá debida al propio Vagad, del Monotessaron de Jean Gerson), una oración en latín («In Passione Domini...»), otra en castellano («Oración muy devota al crucifijo»), y dos cartas apócrifas (la «Carta de Poncio Pilato al emperador Tiberio» y la «Carta de Publio Léntulo a los senadores de Roma»).18 Como hemos comentado, todo parece indicar que en Zaragoza se incorporaron también varios capítulos al apartado final de «extravagantes». Así lo sugiere el indudable sabor local de algunos de ellos (los dedicados a san Braulio, san Valero, santa Engracia o la edificación de la Capilla del Pilar) y la citada deuda que algunos otros (las vidas de san Onofre y san Heleno y el relato sobre la ciudad de Oxirinco) mantienen con la Vida de los santos religiosos de Egipto, de Gonzalo de Santa María, obra impresa por Pablo Hurus en 1490-1491.19

Buena parte de los ejemplares de las dos impresiones zaragozanas fueron vendidos en Castilla, sirviendo de modelo a Fadrique de Basilea para la fábrica de una nueva versión de la obra o acaso simplemente para la impresión exclusiva de los preliminares, encaminados a «completar» algunos volúmenes antiguos carentes de ellos. Pero, muy pronto, la obra viajó también a Sevilla, donde quizá se añadieron algunos nuevos capítulos de interés local al apéndice de «extravagantes» (así, las vidas de san Isidoro, san Laureán y las santas Justa y Rufina, o el capítulo dedicado al «glorioso rey don Fernando, que ganó a Sevilla»), si es que estos no se hallaban ya en las dos entregas de los Hurus. Con ese mismo apéndice, pero extrañamente sin preliminares, la obra vio la luz en las prensas de Juan de Burgos hacia 1497, en una entrega excepcional y de algún modo aislada, dado que no manifiesta influjo alguno en las ediciones posteriores de las que se conoce ejemplar, según revela su análisis ecdótico e iconográfico.

Ni siquiera cabe la posibilidad de que la impresión toledana de 1511, de la que no se conservan testimonios, proceda de esa impresión de Juan de Burgos, toda vez que aquella sí contaba con los consabidos preliminares. Así lo sabemos gracias a la anotación del Regestrum colombino, que informa de muchos otros detalles de un texto que, a la altura de 1511, había crecido notablemente hacia su final. El volumen toledano —que costó a don Hernando Colón doscientos treinta y ocho maravedís en 1512— incluía en su sección de «extravagantes» cinco capítulos más que el ejemplar de Juan de Burgos (dedicados a los Diez Mil Mártires, san Nicolás de Tolentino, san Antonio minorita, san Buenaventura y santa Paula) y se veía rematado por un extensísimo apartado de «Milagros de Nuestra Señora». La génesis de este último apéndice es ciertamente curiosa. En sus estados de redacción previos, la Leyenda de los santos incluía como último capítulo de su «sección principal» un relato sobre santa Beatriz, con la intervención sobrenatural de la Virgen. Y es ese relato el que hubo de desplazarse hacia el final de la obra para inaugurar el nuevo apartado de milagros marianos (nutrido con secuencias procedentes de las obras de Vicente de Beauvais y de Cesario de Heisterbach, entre otros).20 El detalle acerca de la génesis del apartado no es trivial, pues permite saber algo más sobre la fuente castellana de la versión portuguesa de la obra, impresa en 1513. El relato sobre santa Beatriz figura en esta última traducción al final de la «sección principal», lo que demuestra que su texto no puede partir de la impresión de Toledo, sino de una Leyenda de los santos con un estado compositivo más primitivo: acaso de aquella hipotética edición sevillana realizada entre 1492 y 1496, de la que procedía también, según decíamos, el diseño de sus grabados.

El afán por la mejora y la ampliación del texto se advierte igualmente en el siguiente ejemplar conservado, correspondiente a la edición realizada por Juan Varela, en Sevilla, en 1520-1521 (que sucede, como sabemos, a la emprendida en el mismo taller en 1520, de la que apenas se conservan unos restos). Para esas fechas, la Leyenda de los santos había sumado a las cuatro secciones preexistentes (los preliminares, la «sección principal», los «extravagantes» y los «Milagros de Nuestra Señora») un nuevo apéndice, conformado por cinco capítulos: las vidas de santa Ana, san José y san Juan de Ortega, el Triunfo de la Cruz y la Visitación de Nuestra Señora. Se trata de una modificación tan leve como definitiva, pues esos cinco capítulos (que aquí conoceremos como «relatos añadidos») ya no abandonarán la Leyenda de los santos, aunque varíe un tanto su posición en el texto. Otra cuestión es si fue justamente esa edición sevillana de 1520-1521 la primera en incluir el apartado, como parece sugerir su portada («Leyenda de los santos (...), agora de nuevo empremida (...) y aun de las siguientes leyendas augmentada. Conviene a saber: la vida de sant Joseph, la de sant Juan de Ortega, la Visitación de nuestra Señora a santa Elisabet, el Triunfo o vencimiento de la cruz, la historia de sancta Anna...») y, de modo más diáfano, su presentación en el interior del texto: «Comiençan ciertas vidas de santos añadidas que hasta aquí no estaban en el Flos Sanctorum». La lectura de las portadas correspondientes a algunas impresiones muy posteriores (así, las llevadas a cabo en Zaragoza y en Toledo a mediados de siglo) invita a mantener un prudente escepticismo, toda vez que también allí se alude a una Leyenda de los santos «agora de nuevo corregida» y «augmentada» con esos cinco relatos. Y ese escepticismo se refuerza con algunas calas ecdóticas. Ya Fernando Baños observó en el capítulo dedicado a san Víctores en la edición sevillana de Juan Varela de 1520-1521 algunas lecciones individuales que la descartaban como fuente de dos impresiones más tardías (la de Alcalá de Henares de 1567 y la también sevillana de 1568) e idénticos resultados muestra nuestro análisis de algunos otros capítulos y de una edición adicional: la realizada en Toledo en 1554, que tampoco puede proceder de la de Juan Varela.21 La conclusión es evidente: por fuerza, hubo al menos una impresión anterior a esta última que no presentaba sus errores disyuntivos, de la que derivarían de modo remoto todas las mencionadas, y que había de incluir ya, como lo hacen estas últimas, los cinco «relatos añadidos». Claro que todo invita a identificar esa edición perdida con la que, según decíamos, había visto la luz en el propio taller sevillano de Juan Varela apenas unos meses antes.

No sabemos si la Leyenda de los santos gozó de alguna impresión entre 1521 y 1550, pero conocemos hasta seis ediciones posteriores a esa última fecha: dos de ellas perdidas (la zaragozana de Juan Bernuz, de 1551, y una en Alcalá de Henares, debida a Andrés Angulo, en torno a 1567) y cuatro con algún ejemplar conservado (la de Toledo, por Juan Ferrer, de 1554, la complutense de Sebastián Martínez, de 1567, y las debidas en Sevilla a Juan Gutiérrez y a Alonso de la Barrera, en 1568 y en 1579). La dilucidación de la filiación exacta entre todas ellas es asunto todavía pendiente, aunque quizá no esté de más adelantar algunos detalles de la misma. En su momento, Fernando Baños demostró la existencia de un ramillete de errores conjuntivos entre la edición complutense de Sebastián Martínez, de 1567, y la emprendida en Sevilla un año después, advirtiendo al paso en la primera algunas innovaciones que la descartaban como fuente de la segunda. Por nuestra parte, podemos añadir que los errores conjuntivos detectados por Baños —junto a muchos otros dispersos a lo largo de toda la obra— figuraban ya en la impresión toledana de 1554.22 Lógicamente, tan solo un análisis exhaustivo confirmará si esas tres ediciones proceden de un subarquetipo previo o si, por el contrario, la de Toledo es la fuente de las otras dos. Una posibilidad en absoluto descabellada, como tampoco lo es que esa edición de Toledo derive directamente de la zaragozana de 1551, hoy perdida, a tenor del paralelismo que, según sabemos, manifestaban sus portadas.

A la luz de ese conjunto de ediciones, parece evidente que la Leyenda de los santos mantuvo una cierta vitalidad en las décadas centrales del Quinientos. En esos momentos, con todo, la obra muestra ya un diseño un tanto diverso al que ostentaba en la lejana impresión sevillana de 1520-1521. El signo más evidente de esa transformación es el adelanto de los cinco «relatos añadidos» y de uno de los capítulos de «extravagantes» (el dedicado a san Jerónimo) al interior de la «sección principal», donde aparecen distribuidos en función de su posición en el calendario cristiano. Pero no fue ese el único cambio. En contrapartida, catorce capítulos de esa sección central desaparecieron de la obra, y algunos otros fueron trasladados al propio apéndice de «extravagantes». Tal es el aspecto que muestran la edición toledana de 1554 y la llevada a cabo en Alcalá de Henares, por Sebastián Martínez, en 1567. Las dos últimas impresiones sevillanas asumirán esas modificaciones, sumando algún nuevo capítulo y omitiendo un número superior de ellos. Claro que la modificación más sorprendente de esas dos entregas es la supresión de una sección completa de la obra: la de los «Milagros de Nuestra Señora». No resulta sencillo adivinar el sentido de esa omisión, que algo dice de la pervivencia, en esas fechas tardías, de aquel mismo afán de adaptación y reescritura mostrado por los impresores del texto desde sus mismos orígenes, a finales de la centuria anterior.

Epílogo

Esa voluntad de actualización de la Leyenda de los santos ha de entenderse en el contexto de su convivencia —en las prensas y en las bibliotecas— con el otro gran legendario del período: el Flos Sanctorum renacentista. La trayectoria de ambas obras ofrece un elocuente paralelismo (no menos de quince ediciones jalonan el itinerario de este último santoral, entre 1516 y 1580) y algún notorio punto de encuentro.23 En Alcalá de Henares, Andrés Angulo asumiría en 1566 la impresión del Flos Sanctorum, para ofrecer, un año después, una nueva entrega de la Leyenda de los santos. Esta última obra vería la luz de nuevo en Sevilla, en 1568, en las mismas prensas —las de Juan Gutiérrez— donde lo haría en 1569 una enésima impresión del Flos Sanctorum. La revisión de este último santoral vendría firmada, además, por Gonzalo Millán, autor, a la sazón, de las censuras aprobatorias otorgadas tanto a uno como a otro legendario en esos años cruciales.

A esa luz, parece evidente que la supervivencia de ambos santorales en el panorama editorial del Quinientos tan solo podía sustentarse en su «diferencia», en la respectiva especialización de sus contenidos y, quizás ante todo, de su propio público. La Leyenda de los santos es una obra notablemente más modesta que el Flos Sanctorum renacentista. Lo era ya su antecedente medieval —una Compilación B mucho más parca y arcaica que aquella ambiciosa Compilación A diseñada por los jerónimos a mediados del Quinientos. Y la distancia entre ambos textos no haría sino acrecentarse con su llegada a las prensas. Si la «sección principal» de la Leyenda de los santos se mantuvo en general fiel a sus contenidos medievales, la «primera parte» del Flos Sanctorum renacentista —concebida como una extensísima vida de Cristo— fue sometida a un cuidado proceso de actualización y mejora, cuyo primer signo fue la sustitución de los pasajes procedentes de una de las fuentes esenciales de la Compilación A —la Vita Christi de Francesc Eiximenis— por los episodios correspondientes en la más actual traducción de la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, debida a Ambrosio Montesino. Frente a la indudable querencia de la Leyenda de los santos por la hagiografía de corte más popular o novelesco, las páginas del Flos Sanctorum se nutren, por lo demás, de no pocas digresiones teológicas y litúrgicas, superpuestas a aquellos viejos pasajes de la Legenda aurea de Varazze que constituían su fuente última, cada vez más remota. Todo ello merced a un cuidado proceso de revisión, reescritura y actualización del texto dado sucesivamente a las prensas, en una labor iniciada por un anónimo padre jerónimo en 1516, completada de forma brillante por Pedro de la Vega en 1521 y 1541, y sostenida hasta 1580 por toda una pléyade de revisores: Martín de Lilio, el citado Gonzalo Millán, Juan Sánchez y Pedro de Leguizamo y, finalmente, Francisco Pacheco. Los nombres de esos autores se irían así añadiendo a las correspondientes entregas del Flos Sanctorum renacentista, prestigiando sin duda ese santoral incesantemente corregido, pero alcanzando también para sus responsables la notoriedad derivada de su participación en tan magno proyecto hagiográfico. Frente a esa profusión de nombres, frente a esa inflación autorial, se hace todavía más elocuente el silencio sobre los responsables de las sucesivas modificaciones de nuestra Leyenda de los santos, apenas quebrado por la referencia a dos revisores —el Dr. Carrasco y el Dr. Majuelo—, cuya intervención exacta en el texto se nos escapa.24

La propia materialidad de ambos textos —la Leyenda de los santos ocupaba la mitad de las páginas que un Flos Sanctorum impreso, además, en folio prolongado— delata toda su distancia. Todo parece indicar que el lugar del Flos Sanctorum renacentista se hallaba en los anaqueles de la biblioteca conventual, como lectura de refectorio incluso, como declaraba el citado Pedro de la Vega en la epístola que encabezaba la edición de 1521. A cambio, la Leyenda de los santos parece destinada a un público más amplio y menos exigente, en muchos casos seglar, como aquel joven Íñigo de Loyola convaleciente en la casa familia de Azpeitia. A esa luz cobran un nuevo sentido numerosos detalles de ambos legendarios. Por ejemplo, la presencia de un par de leves «imposturas» en dos ediciones de la Leyenda de los santos de mediados del Quinientos. La impresión de la obra debida a Juan Ferrer en 1554, en efecto, aparecía encabezada por un paratexto que nada tenía que ver con ella: la epístola proemial que el insigne corrector del Flos Sanctorum renacentista, Pedro de la Vega, había ubicado al frente de este último texto en su edición de 1521. La siguiente Leyenda de los santos de la que tenemos noticia —la impresa por Sebastián Martínez, en Alcalá de Henares, en 1567— aparecerá también adornada con un prólogo usurpado al Flos Sanctorum: el preparado por el franciscano Martín de Lilio para su revisión de este último texto, en 1556. La presencia de esos paratextos impostados al frente de la Leyenda de los santos no aspiraba, seguramente, a engañar a ninguno de sus lectores. Pero quizá sí a diluir un tanto toda la distancia existente entre ambos proyectos hagiográficos, cobrando para sí algo del prestigio ganado por el Flos Sanctorum renacentista a lo largo del siglo.25 A la altura de 1578, la aparición en el horizonte editorial de un novedoso santoral —el debido al maestro toledano Alonso de Villegas— cerraría para siempre esa tensión entre ambos proyectos hagiográficos, por la vía de su desaparición. Con ello, se abriría una nueva era en la historia de nuestro legendario, curiosamente tejida también sobre la competencia entre dos textos: el citado Flos Sanctorum de Villegas y el santoral homónimo —algo más tardío y sin duda más exigente— del jesuita Pedro de Ribadeneyra.

1. El presente trabajo forma parte del Proyecto de Investigación I+D FFI2012-32259 «Reescrituras y relecturas: hacia un catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600», concedido por el Ministerio de Economía y Competitividad. Se inscribe en el grupo investigador «Clarisel», que cuenta con la participación económica tanto del Departamento de Ciencia, Tecnología y Universidad del Gobierno de Aragón como del Fondo Social Europeo.

2. La distinción entre la Compilación A y la Compilación B (y el descubrimiento de la filiación de la primera con el Flos Sanctorum renacentista) se deben a Billy Bussell Thompson y John K. Walsh, «Old Spanish Manuscripts of Prose Lives of the Saints and Their Affiliations. I: Compilation A (the Gran flos sanctorum)», La Corónica, 15, 1 (1986-1987), pp. 17-28. Aunque fue Galo Francisco González el primero en diferenciar «dos grupos de manuscritos que se corresponden a dos traducciones distintas», como ha recordado recientemente Fernando Baños Vallejo, «Para Isabel la Católica: la singularidad de un Flos sanctorum (Ms. h.II.18 de El Escorial)», en Los códices literarios de la Edad Media. Interpretación, historia, técnicas y catalogación, eds. P. M. Cátedra, E. B. Carro Carbajal y J. Durán Barceló, Salamanca, Cilengua-Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, 2009, pp. 161-193, esp. p. 166, de acuerdo con María Mercedes Rodríguez Temperley. La vinculación entre la Compilación B, el Flos Sanctorum con sus ethimologías y la Leyenda de los santos aparecía ya insinuada en un trabajo de Carlos Alberto Vega, La «Vida de San Alejo». Versiones castellanas, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1991. Ofrezco un sucinto análisis de la trayectoria de ambas familias en José Aragüés Aldaz, «Los flores sanctorum medievales y renacentistas: brevísimo panorama crítico», en Literatura medieval y renacentista: líneas y pautas, eds. N. Fernández Rodríguez y M. Fernández Ferreiro, Salamanca, La Semyr, 2012, pp. 349-361. Para una visión de conjunto de ambas compilaciones medievales, añádanse los panoramas de Fernando Baños Vallejo, «Flos Sanctorum en castellano (o Leyenda de los santos)», en Diccionario Filológico de Literatura Medieval Española. Textos y transmisión, eds. C. Alvar y J. M. Lucía Megías, Madrid, Castalia, 2002, pp. 568-574, y Las Vidas de Santos en la Edad Media, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2003, pp. 102-106; 229-231; 240-245, José Aragüés Aldaz, «Para el estudio del Flos Sanctorum renacentista (I). La conformación de un género», en Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, ed. M. Vitse, Madrid, Iberoamericana, 2005, pp. 97-147, y Vanesa Hernández Ámez, «Censo bibliográfico de la hagiografía medieval castellana», en Boletín Bibliográfico de la AHLM, Cuaderno bibliográfico 26 (2004), pp. 369-439, esp. pp. 407-419; disponible en red, en F. Baños Vallejo, Coordinación de la Edición de Hagiografía Castellana [Web], Oviedo, Universidad de Oviedo, 2014, <http://www.unioviedo.es/CEHC/pdf/Censo/Censo.pdf> [Consulta: abril 2015]. A esta última autora se debe un estudio mucho más específico, Descripción y filiación de los «Flores Sanctorum» medievales castellanos, tesis doctoral dirigida por F. Baños Vallejo, Universidad de Oviedo, leída en 2006; disponible en red, en Hagiografía Hispánica [Web], dirs. M. García Sempere y F. Baños Vallejo, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014, <http://www.cervantesvirtual.com/obra/descripcion-y-filiacion-de-los-flores-sanctorum-medievales-castellanos> [Consulta: abril de 2015], donde se ofrece la datación de los testimonios, su descripción codicológica y una detallada presentación de sus contenidos, con útiles tablas de correspondencias (aunque sus conclusiones a propósito de la filiación de los testimonios eran, lógicamente, muy provisionales todavía). Para la posesión nobiliaria de los códices, vid. Fernando Baños Vallejo, «Para Isabel la Católica...», art. cit., y «Vidas de santos en manos de nobles: mecenas y coleccionistas», en Estudios sobre la Edad Media, el Renacimiento y la Temprana Modernidad, eds. F. Bautista y J. Gamba, San Millán de la Cogolla, Semyr-Cilengua, 2010, pp, 61-76. Un excelente análisis del santoral incluido en el ms. de la BNE 10252, ajeno a las dos familias aquí mencionadas, en Francisco Bautista, «Bernardo de Brihuega y la colección hagiográfica del ms. BNE 10252», Zeitschrift fur Romanische Philologie, 130 (2014), pp. 71-104. De los legendarios de Villegas y Ribadeneyra, por su parte, me ocupé en José Aragüés Aldaz, «El santoral castellano en los siglos XVI y XVII. Un itinerario hagiográfico», Analecta Bollandiana, 118 (2000), pp. 329-386. Y cf. también Helena Carvajal González y Silvia González-Sarasa, «Los Flos sanctorum: la impronta de la tradición manuscrita en la evolución de un producto editorial», en Literatura medieval..., ob. cit., pp. 433-442. Ofrezco una bibliografía más extensa y algunos materiales complementarios, en «Tendencias y realizaciones en el campo de la Hagiografía en España (con algunos datos para el estudio de los legendarios hispánicos)», en Actas del XVIII Congreso de la Asociación de Archiveros de la Iglesia en España = Memoria Ecclesiae, ed. A. Hevia Ballina, 24 (2004), pp. 441-560, y en Carlota Abad Asín y José Aragüés Aldaz, «Bibliografía áurea y dieciochesca», en Hagiografía Hispánica [Web], dirs. M. García Sempere y F. Baños Vallejo, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014<http://www.cervantesvirtual.com/obra/bibliografia-hagiografica-aurea-y-dieciochesca> [Consulta: mayo de 2015].

3. Ofrezco un análisis más detallado de la filiación entre esos testimonios en José Aragüés Aldaz, «La Leyenda de los santos: orígenes medievales e itinerario renacentista», Memorabilia, en prensa. Allí se encontrará una nómina de estudios consagrados al análisis individual de algunos relatos presentes en los manuscritos.

4. El texto del incunable (Washington, Library of Congress, X-F-59) puede leerse en la edición de Marcos Cortés Guadarrama, El «Flos Sanctorum con sus ethimologías». Estudio y edición, tesis doctoral dirigida por F. Baños Vallejo, Universidad de Oviedo, leída en 2010; disponible en red, en Hagiografía Hispánica [Web], dirs. M. García Sempere y F. Baños Vallejo, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014 <http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-flos-sanctorum-con-sus-ethimologias-edicion-y-estudio> [Consulta: abril de 2015]. Para su deuda con la versión B1 y la relectura de la Legenda aurea latina que transparenta su redacción, José Aragüés Aldaz, «La Leyenda de los santos...», art. cit. No faltan algunos acercamientos parciales a sus contenidos. Véanse, ante todo, Marcos Cortés Guadarrama, «Santo Toribio: una variante primitiva de la leyenda en el Flos Sanctorum con sus ethimologías», Medievalia, 37 (2010), pp. 431-448, «De la Transfiguración de nuestro Señor en el Flos Sanctorum con sus ethimologías», en Estudios sobre la Edad Media, ob. cit., pp. 117-128, «“Para saber del Anticristo e de otras cosas”: sobre un índice comentado en el Flos Sanctorum con sus ethimologías», en Actas del XIII Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval (Valladolid, 15-19 de septiembre de 2009). In Memoriam Alan Deyermond, eds. J. M. Fradejas, D. Dietrick, D. Martín y M. J. Díez, Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid-Universidad de Valladolid, 2010, I, pp. 583-598. Y añádanse los primeros trabajos de Fernando Baños Vallejo, «El Flos Sanctorum con sus ethimologías. Primer incunable del género», Natalia Fernández Rodríguez, «El Flos Sanctorum con sus ethimologías. Más allá de la Legenda aurea: San Julián y Santa Basilisa», Vanesa Hernández Ámez «El Flos Sanctorum con sus ethimologías: relaciones con la tradición manuscrita medieval», y José Aragüés Aldaz, «El Flos Sanctorum con sus ethimologías: el incunable, la Compilación B y la Leyenda de los santos», en Actas del XI Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval (León, 16 a 21 de septiembre de 2005), eds. A. López Castro y M. L. Cuesta Torre, León, Universidad de León, 2007, II, pp. 287-297; 543-550; 673-684 y 197-215.

5. Al respecto de esa mixtura de fuentes en la Leyenda de los santos y de la trayectoria de la obra en las prensas —resumida en las páginas que siguen—, vid., de nuevo, José Aragüés Aldaz, «La Leyenda de los santos...», art. cit. La reconstrucción de esa trayectoria debe mucho a un par de estudios interesados por un relato incorporado al texto (la Historia del glorioso mártir sant Víctores, escrita por Andrés Gutiérrez de Cerezo), debidos a Víctor Infantes, «Pormenores de la filología impresa. Hacia el texto editorial (I)», en Filologia dei testi a stampa (Area Iberica), eds. P. Botta, A. Garribba y E. Vaccaro, Módena, Mucchi Editore, 2005, pp. 282-308, y Fernando Baños Vallejo, «San Vítores en otro incunable (II): edición de Juan de Burgos (1499)», en Homenaje a Isabel Uría Maqua = Archivum, 54-55 (2004-2005), pp. 395-419. También analizan la presencia de ese relato en la obra Marco A. Gutiérrez, Pasión, historia y vida de San Víctor[es]. Estudio filológico, Cerezo del Río Tirón, Ayuntamiento, 2004, y Marino Pérez Avellaneda, San Vítores: iconografía y culto, Vitoria, Asociación Cultural Cerasio, 2009. Al citado propósito de la trayectoria editorial de la Leyenda de los santos, resultan igualmente imprescindibles los trabajos del mismo Fernando Baños, «La transformación del Flos Sanctorum castellano en la imprenta», en Vides medievals de sants: difusió, tradició i llegenda, eds. M. Garcia Sempere y M. À. Llorca Tonda, Alicante, Institut Interuniversitari de Filologia Valenciana, 2012, pp. 65-97, y de António-José de Almeida, «Vidas e ilustrações das santas penitentes desnudas no deserto e em peregrinação, no Flos Sanctorum de 1513», Via Spiritus, 16 (2009), pp. 109-158, detenidos en algunas de las xilografías que adornan los volúmenes. A ellos deben añadirse los conocidos trabajos de Carlos A. Vega sobre las hagiografías de San Alejo y San Amaro, con presencia también en la obra (Hagiografía y literatura. La Vida de San Amaro, Madrid, El Crotalón, 1987, y La «Vida de San Alejo»..., ob. cit.), y sobre otros aspectos de esta última: «Erotismo y ascetismo: imagen y texto en un incunable hagiográfico», en Erotismo en las letras hispánicas: aspectos, modos y fronteras, eds. L. López-Baralt y F. Márquez Villanueva, México, El Colegio de México-Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, 1995, pp. 479-499, y «La hagiografía popular del siglo XV: Santos, santas y travestíes», en Vides medievals de sants..., ob. cit., pp. 123-142. Otros capítulos de la Leyenda de los santos que han merecido la atención de la crítica son los dedicados a Santa María y San José, analizados en los trabajos de Laurentino María Herrán, «San José en las Vidas de Cristo y de María del siglo XVI», en Actas del II Simposio Internacional «San José en el Renacimiento (1450-1600)» (Toledo, 19-26 septiembre 1976) = Estudios Josefinos, 61-62 (1977), pp. 447-475, y «Santa María en los Flos Sanctorum», Scripta de María, IV (1981), pp. 211-260, y V (1982), pp. 349-381, y Simeón Tomás Fernández, «En el Flos Sanctorum del 1520 la primera Vida de San José en castellano», Actas del XVIII Congreso de la Asociación de Archiveros..., ob. cit., pp. 409-426, y el consagrado a Santiago Apóstol, estudiado por Fernando Baños Vallejo y Vanessa Hernández Ámez, «La más breve Vida de Santiago. Leyenda de los santos, Juan de Burgos (1499)», en Formas narrativas breves en la Edad Media, ed. E. Fidalgo, Santiago de Compostela, Universidade, 2005, pp. 93-122.

6. Esto último es lo que sugiere, en efecto, la reutilización de una de sus xilografías (la correspondiente a la vida de San Eustaquio) en una obra salida del mismo taller burgalés en febrero de 1498 (el Baladro del sabio Merlín). El dato fue apuntado en fechas recientes por Fernando Baños, quien anotaba de paso la coincidencia de esa datación temprana con las primeras observaciones de Vindel en «La transformación del Flos Sanctorum castellano en la imprenta...», ob. cit., pp. 85-86. El volumen, en Londres, British Library, IB 53312.

7. Mário Martins, «Santos “extravagantes”, num Flos Sanctorum de 1513», Brotéria, 60 (1955), pp. 264-276, y «O original em castelhano do Flos Sanctorum de 1513», Brotéria, 71 (1960), pp. 585-594, Harvey L. Sharrer, «The Life of St. Eustace in Ho flos sanctorum em lingoagem portugues (Lisbon, 1513)» en Saints and their Authors: Studies in Medieval Hispanic Hagiography in Honor of John K. Walsh, eds. J. E. Connolly, A. D. Deyermond y B. Dutton, Madison, The Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1990, pp. 181-196, y «Juan de Burgos: impresor y refundidor de libros caballerescos», en El libro antiguo español. Actas del primer Coloquio Internacional (Madrid, del 18 al 20 de diciembre de 1986), eds. M. L. López Vidriero y P. M. Cátedra, Salamanca, Universidad de Salamanca-Biblioteca Nacional de Madrid-Sociedad Española de Historia del Libro, 1993, pp. 361-369, Cristina Sobral, «Eremitas orientais na Leyenda de los Santos (Burgos, 1500) e no Flos Sanctorum (Lisboa, 1513)», en Medievalismo en Extremadura. Estudios sobre Literatura y Cultura Hispánicas de la Edad Media, eds. J. Cañas Murillo, F. J. Grande Quejigo y J. Roso Díaz, Cáceres, Universidad de Extremadura, 2010, pp. 589-610.

8. B. Iacopo da Varazze, O.P., Leyenda de los santos (que vulgarmente Flos Santorum llaman), ed. F. J. Cabasés, Madrid, Universidad Pontificia de Comillas-Institutum Historicum Societatis Iesu (MHSI, series nova, 3), 2007. Y léanse allí las pp. XXVI-XXXIX, para esa casi segura identificación de la Leyenda de los santos con el libro leído por San Ignacio, y al propósito de la tardía llegada del ejemplar actualmente custodiado en el Archivo (sign. 30-20 19). El libro procedería de la venta de los libros del Príncipe Borghese, en 1892. Como recuerda Simeón Tomás Fernández, «En el Flos Sanctorum del 1520...», art. cit., pp. 410-411, dicha procedencia resulta difícilmente compatible con otra hipótesis sobre el origen del ejemplar, que lo hacía formar parte de los libros aportados al Santuario por el Padre Arévalo tras el restablecimiento de la Compañía, en torno a 1816. El volumen de Loyola había merecido ya la atención del P. Leturia, quien ofrecía un cumplido análisis de algunos de sus contenidos en «El “Reino de Cristo” y los prólogos del Flos Sanctorum de Loyola», Manresa, 4 (1928), pp. 334-349; y cf., del mismo autor, El gentilhombre Íñigo López de Mendoza, Barcelona, Labor, 1941. Por lo que respecta al interés bibliológico despertado por el ejemplar, vid. Víctor Infantes, «Pormenores de la filología...», ob. cit., p. 302. La identificación del taller y de la fecha de impresión son asuntos muy recientes (y no coincidentes en el tiempo). La pertenencia del volumen al taller sevillano de Juan Varela fue señalada por Emília Colomer Amat, «El Flos Sanctorum de Loyola y las distintas ediciones de la Leyenda de los santos. Contribución al catálogo de Juan Varela de Salamanca», Analecta Sacra Tarraconensia, 72 (1999), pp. 109-142. La misma autora apuntaba la fecha de 1520 para el volumen, adscribiéndolo así a la misma edición postulada por Norton para algunos folios sueltos conservados, pertenecientes a otro ejemplar. Sin embargo, Julián Martín Abad, Post-incunables ibéricos, Madrid, Ollero y Ramos, 2001, n. 709-710, ha mostrado que se trata de dos ediciones distintas producidas en el mismo taller de Juan Varela, manteniendo para los folios sueltos la fecha de 1520 y asignando al volumen de Loyola una datación algo más tardía: 1520-1521.

9. Cf. respectivamente: Munich, Bayerische Staats Bibliothek, 2 V.ss.c.71; Praga, Národní knihovna, 21 F 59; Madrid, Biblioteca Nacional de España, R-520; Oxford, Balliol College Library, Spec. Coll. 0550 e 05.

10. La edición toledana de 1511 es citada en el Regestrum colombino con la entrada 2158: «Legenda seu flos sanctorum in lingua hispanica (...) Imp. en Toledo anno .1511. augusti .25.». La atribución a Juan Varela, en Víctor Infantes, «Pormenores de la filología...», ob. cit., pp. 302-303. Por lo que respecta a las ediciones sevillanas, cf. supra nuestra nota 8. La impresión zaragozana de 1551 fue descrita por Juan Manuel Sánchez, Bibliografía aragonesa del siglo XVI, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1913-1914: II, 5-7, nota 315, quien reproducía su portada. El propio Infantes, «Pormenores de la filología...», ob. cit., p. 303, recuerda que la obra no figura hoy entre los fondos de la Real Academia de la Lengua, donde la ubicaba Sánchez.

11. El paratexto es una aprobación firmada por el Dr. Millán a 12 de octubre de 1567, incluida en la última edición conocida del texto (la sevillana de 1579): «Vi el Flos Santorum impreso en Alcalá de Henares por Andrés de Angulo, y corregido por el Doctor Majuelo, y con licencia del doctor Valboa, vicario general de la dicha Alcalá, el cual tiene CCLXXVIII hojas, y comienza deste manera: “Comienza el prólogo, &c.”. Y acaba: “a los que con devoción a él han reclamado”. Y juntamente la Vida de los Cartujos, y la de sant Cosme y Damian, y la concepción de Nuestra Señora. Lo cual se añedió al dicho Flos Sanctorum para que quedase con más integridad y perfección». Los nombres del impresor y el corrector (Andrés Angulo y el Dr. Majuelo, respectivamente) y la referencia a esos tres capítulos añadidos permiten distinguir esta impresión de la ofrecida por Sebastián Martínez de un texto corregido por el Dr. Carrasco, en el que, por lo demás, tan solo se hallaba presente el capítulo sobre san Cosme y san Damián. Esta última —con licencia de impresión dada a 10 de octubre de 1566— es así levemente anterior.

12. Harvey L. Sharrer, «The Life of St. Eustace...» ob. cit., Víctor Infantes, «Pormenores de la filología...», ob. cit., pp. 299-304, Fernando Baños Vallejo, «San Vítores en otro incunable...», ob. cit. Y vid. además Cristina Sobral, «Eremitas orientais...», ob. cit.

13. Miguel Ángel Pallarés Jiménez, La imprenta de los incunables de Zaragoza y el comercio internacional del libro a finales del siglo XV, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2003, pp. 114-117.

14. Cf. infra nuestra nota 19.

15. Cf. infra nuestra nota 18.

16. Los ejemplares de los preliminares sueltos, en Boston, The Boston Public Library, Q.403.88, y Londres, British Library, IB 53235 (donde se hallan encuadernados, de modo facticio, con el volumen correspondiente a la citada edición de la Leyenda de los santos de Juan de Burgos). La constatación de que ambos preliminares corresponden a dos impresiones distintas es asunto reciente. Al respecto, Fernando Baños Vallejo, «La transformación del Flos Sanctorum castellano en la imprenta...», ob. cit., p. 83.

17. António-José de Almeida, «Vidas e ilustrações das santas penitentes...», art. cit., y Fernando Baños Vallejo, «La transformación del Flos Sanctorum castellano en la imprenta...», ob. cit.

18. Vagad había nacido en Zaragoza en el primer cuarto del siglo XV (según Latassa). Fue portaestandarte del arzobispo de Zaragoza D. Juan de Aragón. Profesó en el monasterio cisterciense de Santa Fe, de Zaragoza, y de allí pasó a San Juan de la Peña. Fue en 1495 cuando obtuvo el cargo de cronista oficial del reino, a instancias del arzobispo de Zaragoza, Alonso de Aragón. Al respecto, Mário Martins, «O original em castelhano...», art. cit., p. 589, y Carmelo Lisón Tolosana, «Vagad o la identidad aragonesa en el siglo XV (Antropología social e Historia)», en Culturas Populares. Diferencias, divergencias, conflictos. Actas del Coloquio celebrado en la Casa de Velázquez (30 de noviembre, 1-2 de diciembre de 1983), eds. Y-R. Fonquerne y A. Esteban, Madrid, Casa de Velázquez-Universidad Complutense, 1986, pp. 287-328, esp. pp. 96-100. El Monotessaron de Gerson constituía, en efecto, una narración concordada de los cuatro evangelios, desde la Encarnación hasta la Ascensión, aunque los capítulos sobre la Pasión también circulaban exentos en el siglo XV (al respecto, vid. de nuevo Mário Martins, «O original em castelhano...», art. cit., pp. 589-590). A propósito de la segunda de las cartas citadas, vid. Hugo Óscar Bizzarri y Carlos N. Sainz de la Maza, «La “Carta de Lentulo al senado de Roma”: fortuna de un retrato de Cristo en la Baja Edad Media castellana», Rilce, 10 (1994), pp. 43-58. La posibilidad de que la edición zaragozana de 1490 incorporara ya el apéndice de «extravagantes» viene sugerida por su propia extensión: cuarenta cuadernos conformaban la obra en esa impresión, según sabemos por el contrato entre Juan Hurus y Malférit, y treinta y ocho tiene, con ese apéndice y sin los preliminares, la Leyenda de los santos impresa por Juan de Burgos

19. La relación entre las Vidas de los santos religiosos de Egipto y la Leyenda de los santos fue desvelada por Cristina Sobral, «Eremitas orientáis...», ob. cit. Gonzalo García de Santa María, jurista, historiador y traductor, formaba parte del círculo de protegidos del arzobispo Alonso de Aragón, junto a Vagad y otros humanistas (como Lucio Marineo Sículo). Fue él quien convenció al impresor Hurus para que permaneciese con su taller en Zaragoza. En este sentido, son varias las obras debidas a su pluma que vieron la luz en los talleres del impresor. Al respecto, de nuevo Sobral, «Eremitas orientáis...», ob. cit. Y vid. también Carmelo Lisón Tolosana, «Vagad o la identidad...», ob. cit., p. 101, Robert B. Tate, «Gonzalo García de Santa María, bibliófilo, jurista, historiador», en Ensayos sobre la historiografía peninsular del siglo XV, Madrid, Gredos, 1970, pp. 212-227, y Ana Mateo Palacios ed., Las vidas de los sanctos religiosos de Egipto traducidas por micer Gonzalo García de Santa María, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 2015.

20. Al respecto de la sección, vid. Félix J. Cabasés, ed. cit., pp. XLIII-XLIV. Para la nota del Regestrum colombino, Víctor Infantes, «Pormenores de la filología...», ob. cit., pp. 301-302.

21. Véanse, de modo respectivo, Fernando Baños Vallejo, «San Vítores en otro incunable...», art. cit., pp. 401-402, y José Aragüés Aldaz, «La Leyenda de los santos...», art. cit.

22. De nuevo, Fernando Baños Vallejo, «San Vítores en otro incunable...», art. cit., pp. 402-403. Y cf. José Aragüés Aldaz, «La Leyenda de los santos...», art. cit., donde se hallará una descripción más pormenorizada de esos cotejos.

23. Al respecto de esa trayectoria, me permito remitir a un trabajo anterior: José Aragüés Aldaz, «Para el estudio del Flos Sanctorum renacentista...», art. cit.

24. Cf. supra nuestra nota 11.

25. Del trasvase de esos paratextos, y de la competencia entre ambos santorales, me ocupé en un estudio reciente: José Aragüés Aldaz, «La difusa autoría del Flos Sanctorum: silencios, presencias, imposturas», en El autor oculto en la literatura española. Siglos XIV a XVIII, ed. M. Le Guellec, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 21-40.

La Estoria del noble Vespasiano: texto e imágenes de la venganza1

Juan Manuel Cacho Blecua

Universidad de Zaragoza

En un trabajo anterior nos ocupamos del texto y de las imágenes relativas a la curación del emperador insertas en la Estoria del noble Vespasiano (Sevilla, 1499),2 al que por comodidad denominaremos Vespasiano, un librito en 4º, de 36 hojas, vertebrado en torno a tres ejes complementarios e interrelacionados: 1) la curación de la lepra de Vespasiano tras convertirse al cristianismo; 2) la destrucción de Jerusalén como venganza por la muerte de Jesucristo, que ocupa buena parte del texto; y 3) la condena de Pilatos. En esta ocasión, pondremos nuestro foco de atención en el discurso y las xilografías de la venganza, dejando aparte la muerte de Pilatos.

Los contextos editoriales y antisemitas

El trasfondo histórico del texto se remonta a la destrucción de Jerusalén por las tropas romanas comandadas por Tito en el año 70, un suceso de extraordinarias consecuencias sociales y religiosas tanto para los judíos como para los cristianos.3 Sus antecedentes literarios lejanos provienen de varios evangelios apócrifos medievales fechados entre los siglos V y XII, la Cura sanitatis Tiberii, la Vindicta salvatoris y la Mors Pilati. Sus materiales, con datos del De excidio urbis Hierosolymitanae atribuido a Hegesipo (c. 370-375), adaptación y abreviación del De bello judaico de Flavio Josefo (37-101), fueron acomodados y recreados en una «chanson de geste» de fines del siglo XII o principios del XIII conocida como La Venjance Nostre Seigneur. Esta tradición legendaria gozó de gran éxito en Europa, especialmente en alemán, inglés y francés, lengua en la que destacan sus numerosas prosificaciones. De una de sus familias textuales, la denominada Japhet,4 proceden los testimonios ibéricos representados por versiones medievales manuscritas en catalán e impresas en castellano y en portugués. Tienen la peculiaridad de recrear, adaptar e incorporar un breve episodio, el sueño alegórico de Vespasiano sobre el misterio de la Trinidad, procedente de la Estoire del Graal de Robert Boron.5 Como ha demostrado David Hook y tendremos ocasión de recalcar, de un arquetipo catalán procede el castellano, ambos perdidos, y de este último los tres incunables de [Toledo], [Juan Vázquez], [1491-1494], Lisboa, Valentino de Moravia, 20 de abril de 1496, y Sevilla, Pedro Brun, 1499, 25 de agosto.6 La relación entre ellos puede representarse con el siguiente estema de Hook:7


La revitalización e impresión de estos materiales, en Francia, Italia y España, debe entenderse en clave mesiánica,8 y sobre todo antijudía, en un ambiente cada vez menos tolerante acrecentado desde la segunda mitad del siglo XV. Una creciente ola de agitación antisemita barrió toda Europa «from Portugal to Brandenburg and from the Netherlands to Sicily», un proceso continuado hasta la década de 1570.9 La expulsión hispana fue un ejemplo de un fenómeno que iba más allá de la Península, en una «atmósfera escatológica del antisemitismo internacional, que veía en la presión contra los judíos la esperanza de la conversión de los mismos y el final de la lucha entre el cristianismo por un lado y, por otro, el Anticristo ayudado por el judaísmo y el Islam».10

Acertadamente D. Hook relacionó el Vespasiano con el decreto promulgado el 31 de marzo de 1492, y de forma razonable puede pensarse que Andrés Bernáldez tuviera en cuenta la obra a la hora de narrar algunos sucesos de la expulsión.11 Desde esta óptica, el hecho de que las ediciones hispanas conservadas se imprimieran en Sevilla y en Toledo no puede ser casual. Tras las matanzas de 1391, en la capital andaluza se produjo un considerable aumento de los cristianos nuevos, cuyo número en la segunda mitad del siglo XV ascendía a decenas de miles.12 Nueve años antes del edicto final, el 1 de enero de 1483 ordenaron «los inquisidores la expulsión de los judíos del arzobispado de Sevilla y del obispado de Córdoba, es decir, de toda la Andalucía cristiana».13 La animadversión antijudía fue extendiéndose hacia el centro, en donde durante el mes de mayo de 1485 «los inquisidores trasladaron su tribunal de Ciudad Real a Toledo»,14 en cuya provincia se produjo el proceso del «Santo Niño de la Guardia», un episodio paradigmático de la propaganda antisemita.

El anónimo autor del Alborayque diferenciaba entre los buenos conversos de Castilla frente a los «andaluzes —y aun toledanos», quienes serían condenados por malos herejes, «ca assí como en Castilla Vieja, Burgos, Palencia, Valladolid, Çamora, León, etcétera, a penas fallarán dellos, de los conversos naturales, hereges ningunos; así en el reyno de Tholedo e Murcia e Andaluzía, Estremadura, a penas fallaredes dellos ningunos christianos fieles, lo qual es notorio en toda España».15

La relación entre Torquemada, el primer inquisidor general, y el decreto de expulsión parece no ofrecer ninguna duda, y tanto Sevilla como Toledo constituían importantes epicentros de la actuación inquisitorial. Del mismo modo, la conexión entre la expulsión y la traducción de la obra resulta diáfana en Portugal.16

Los grabados del incunable sevillano

Las imágenes de la edición de Pedro Brun se remontan al arquetipo castellano perdido, del que también depende la versión portuguesa anterior, las únicas ibéricas conservadas adornadas con imágenes. Esto explica sus numerosas semejanzas y diferencias por la existencia de unos modelos comunes y unas realizaciones distintas; desde un punto de vista material ya vienen condicionadas por sus dimensiones, aunque ambas estén editadas en cuarto: en el texto castellano sus 15 xilografías ocupan la plana entera, mientras que la superficie de cada uno de los 27 grabados del texto portugués abarca 12 de sus 27 líneas, es decir el 44,44% de su caja de escritura.

Partiendo de un modelo preexistente, las estampas sevillanas han sido recreadas ex profeso para ilustrar los episodios considerados más significativos del libro, pues el número de imágenes (15) no se corresponde con el de sus capítulos (30, más la conclusión). Sus códigos visuales se complementan con los verbales a los que aluden, si bien se apartan con reiteración en pequeños detalles, indicio de que tratan de reflejar los aspectos esenciales del episodio, del que, por lo general, el entallador ha visualizado sus diversas etapas, sin mostrar con exactitud todas sus circunstancias. Esta multiplicidad sígnica complementaria —texto e imagen— tiene un objetivo estético que favorece su lectura de forma más placentera, pero además destaca y filtra determinados sentidos e interpretaciones. De cara al receptor, los grabados refuerzan el recuerdo de los sucesos que ilustran, acentúan la condición ejemplar de lo representado, que, a su vez, es visto con mayor intensidad que lo leído, estimulando las emociones. De forma directa e indirecta, en el libro no solo se recuerda la muerte de Jesucristo sino que los sucesos relatados son consecuencia de ella (la Vindicta Salvatoris), lo que acrecienta su emotividad. El recuerdo de los acontecimientos de la Pasión potenciaba sentimientos de tristeza, pesar, mortificación y espanto en consonancia con el dolor, el sufrimiento y la tortura padecidos.17

La incorporación de imágenes a la impresión del Vespasiano venía ya favorecida por su presencia en un arquetipo previo, un modelo que no puede ser muy anterior a la primera edición conocida, entre 1491-1494. Ahora bien, su utilización en un texto con tantas implicaciones religiosas tenía connotaciones adicionales en la España de la época. De acuerdo con Pereda, en esos años las imágenes se convirtieron en «símbolos de la discordia» en relación con los Otros (judíos y musulmanes) de tradiciones fundamentalmente anicónicas. Si «guardar imágenes devotas podía probar la devoción de su propietario, también se cumplía la ley inversa: carecer de imágenes religiosas en el hogar se convertía en una prueba más de criptojudaísmo, nunca de forma aislada, pero sí con fuerza probatoria en casos de religiosidad dudosa».18 En el Vespasiano, no se trata estrictamente de imágenes de culto, sino de tradiciones legendarias religiosas impresas, sin que podamos aplicar de forma mecánica estos postulados. No obstante, dado el contexto, los grabados reafirmaban una tradición cristiana y antisemita, sin que, por otro lado, su condición hispana fuera la que explicaba su empleo.

Martin Kurz describió muy brevemente las xilografías del texto, s. v. Vengeance de Nôtre Seigneur,19 con indicación de sus dimensiones y su localización en el impreso, datos que utilizaremos como punto de partida con algunas correcciones:

Sevilla, 1. Viaje del senescal Gais (Caius) a Jerusalén para encontrar remedio a la enfermedad de Vespasiano y reclamar a Pilatos el tributo debido (a4v). 156 x 95.

Sevilla, 2. Curación de Vespasiano con el paño de la Verónica (b3r). 159 x 97.

Sevilla, 3. Edificación de una iglesia en Roma para custodiar la Santa Faz (b4v). 155 x 98.

Sevilla, 4. Destrucción del castillo de Jafa y solicitud de perdón de Jafel (b6r). 152 x 98.

Sevilla, 5. Negociaciones entre Vespasiano y Pilatos, (b7v). 153 x 102.

Sevilla, 6. Suministro de agua a la hueste romana (c1v). 160 x 102.

Sevilla, 7 [12]. Liberación milagrosa de Jacob (c3r). 155 x 100.

Sevilla, 8. Combate campal a las afueras de Jerusalén (c5r). 154 x 101.

Sevilla, 9 [10]. La reina de África y Clarisa comen los cuerpos descuartizados de sus hijos (c8v). 152 x 100.

Sevilla, 10 [7]. Suicidio de Arquelao (d2r). 153 x 100.

Sevilla, 11. Venta de 30 judíos por un dinero a un romano, y desentrañamiento de uno de ellos para obtener el oro y la plata comidos (d3v). 154 x 98.

Sevilla, 12 [9]. Destrucción de Jerusalén (d5v). 153 x 99.

Sevilla, 13. Salida en barco de los supervivientes judíos (e1r). 153 x 101.

Sevilla, 14. San Clemente bautiza a Vespasiano (e2v). 153 x 101.

Sevilla, 15. Castigo y muerte de Pilatos (e5v). 154 x 93.

Los tres ejes argumentales del Vespasiano están reflejados desigualmente; la mayoría de los grabados, más del 60%, ilustran la aniquilación de Jerusalén y el castigo de los judíos, con imágenes preferentemente de destrucción de edificios y personas, núms. 4, 9, 10, 11, 12 y 15, y bélicos-caballerescos. En nuestro análisis nos detendremos más ampliamente en ellas señalando asimismo las principales relaciones que establecen, pues sus paralelismos y contrastes seleccionan y potencian ciertas lecturas, aunque algunas ya estuvieran fijadas en el modelo iconográfico perdido.

La mayoría son imágenes de destrucción en un amplio sentido que abarca los edificios, Jafa (4) y Jerusalén (12), la comida de los cuerpos de los hijos por sus madres (9), el desentrañamiento del judío para obtener el oro y la plata ingeridos (10), la muerte por sus propias manos de Arquelao (10) y la aniquilación de Pilatos, cuyo cuerpo, con el edificio que debía cobijarlo, será sepultado debajo de las aguas (15), que dejaremos para otra ocasión. En otros casos son el resultado de una confrontación bélica preliminar, visible en parte de la imagen (4); solo se dedica una viñeta al combate entre los ejércitos, el momento culminante, estratégicamente situado (8), pero debe tenerse en cuenta que es el resultado de unas negociaciones fracasadas (5), y de una (ingenua) estrategia bélica (6) para obtener agua y sostener logísticamente el cerco.

La salvación redentora: Jafel y Jacob

En su comienzo, la obra se ubica temporalmente en la historia mediante una referencia cronológica desde la que adquiere sentido el relato: «A cabo de cuarenta e dos años que Jhesucristo nuestro Señor fue puesto en la cruz, avía un ombre que era emperador en Roma, el cual avía nombre Vespesiano» (201).20 Se proyecta así sobre un lejano trasfondo, creíble para buena parte de lectores medievales, pero que también debe ser interpretado más allá de su (inexistente) historicidad. Con ciertas variaciones, su inicio prosigue las pautas de la tradición textual catalana: «Apres .xl. anys que Deus fon levat en creu en Jherusalem» (148), información idéntica a la francesa de Japhet: «Après quarante ans que Jhesu Crist fust mist en croys en Jherusalem» (39), si bien la edición toledana (1491-1494) se retrotrae unos años, «A cabo de treynta & tres años que Ihesu Christo nuestro señor fue puesto en la cruz» (201).

En todos los casos, el relato «needed to be presented as part of the one truly significant history, that is, the great narrative of the history of salvation. Hence it was dated with respect to the death of Christ by claiming that the events prophesied by Jesus in the Gospel reading began to come true on the fortieth year after his death».21 Desde otra óptica, la venganza de Vespasiano certificaba la veracidad de la profecía, confrontaba y desplazaba política y religiosamente Jerusalén / Roma, Sinagoga / Ecclesia, y encontraba un ejecutor, el emperador, que había vivido literalmente en sus carnes los poderes de Jesucristo, es decir su divinidad. Desde una perspectiva simbólica, la Salvación anunciada a través de la crucifixión se había plasmado materialmente en la salvación física y espiritual (desde la óptica cristiana) de Vespasiano.

Respecto a las fechas, si los treinta y tres años de Toledo podrían explicarse por una posible contaminación con la edad atribuida a Jesucristo en su muerte, los cuarenta años de las otras tradiciones registran los datos transmitidos por Eusebio de Cesárea en su Historia eclesiástica.22 A su vez, los cuarenta y dos años se remontan a un ajuste del monje Walafrid Strabon (808-849) al interpretar proféticamente el pasaje de 4 Reyes, 2, 23-24, en el que 42 niños se burlan de Eliseo («Ascende calve, ascende calve») a los que el profeta maldice, siendo devorados después por dos osos. Superponiendo los datos con los acontecimientos jerosolimitanos, a partir del complejo sistema de figuras las equivalencias eran sencillas: la homofonía de ‘calve’ y ‘Calvario’, los números y quienes se mofan del profeta podían aplicarse a la muerte de Jesucristo, a los judíos, y a la destrucción de Jerusalén realizada por Vespasiano y Tito, al cabo de 42 años. La interpretación profética prevalecía sobre la histórica.23

La proyección del Vespasiano sobre la Pasión se impone desde el principio, reiterándose textual e incluso gráficamente. La muerte de Jesús supone la clave de los tres ejes de la obra, curación de Vespasiano gracias a la reliquia de Cristo llevada por Verónica, la destrucción de Jerusalén como venganza del deicidio y la muerte de Pilatos, responsable de su ejecución. Este eje determina maniqueamente los mundos antagónicos confrontados entre seguidores de Cristo o enemigos suyos, con la particularidad de que con independencia de su religión inicial los personajes participan u obstaculizan la destrucción de Jerusalén. Como en el sistema de las analogías de la interpretación figural bíblica, la venganza pretende ser el correlato invertido de los sufrimientos de Jesús, una especie de ley del talión simbólica. De ahí que la obra diferencie entre quienes consistieron y participaron en su fallecimiento y quienes se apiadaron y le ayudaron al final de sus días y después de su muerte.

Desde esta perspectiva, llama la atención la ausencia iconográfica de José de Arimatea, explicable por el propio relato, las contradicciones y malas suturas de los textos empleados; a su vez, contrasta con la presencia de Jafel y de Jacob, a quienes se concede especial importancia. El primero se describe como primo hermano de José de Arimatea en la toma de Jafa, que augura lo que sucederá después en Jerusalén, de acuerdo con este sistema de paralelismos y anticipaciones, favorecidos por la exégesis bíblica, pero también habituales en otros ámbitos de la narrativa medieval. El proceso implica una notable gradación y contraste, de los que señalamos los más notorios: en Jafa apenas había gente porque la mayoría habían acudido a la fiesta de Jerusalén, donde se habían reunido todos los judíos; en la primera Vespasiano concede la vida a Jafel y a sus dos acompañantes por su relación con Jesucristo, mientras que los pocos supervivientes judíos que quedan en la capital son embarcados (13) en unos navíos sin víveres ni timoneles como castigo y recuerdo de su deicidio. Jafel pretende entregar la ciudad y su persona «a merced», sin que Vespasiano se lo conceda en una primera instancia, pero sí en la segunda por su conexión con Jesucristo, concesión suficientemente significativa como para ocupar una parte del grabado 4; en sentido inverso, el emperador será inflexible en la destrucción de los habitantes de la capital como castigo por la muerte de Jesús. En la toma del castillo de Jafa y Jerusalén se producen notables alteraciones de la naturaleza que ayudan a las tropas de Vespasiano. En la primera, la nieve y el viento difíciles de soportar, mientras que en la de Jerusalén, como veremos más adelante, no se oculta el sol. A su vez, tanto esta destrucción como la posterior de Jerusalén se contraponen a la erección de la iglesia en la que se guardará el paño de Verónica con el rostro de Cristo, que abordamos en nuestro trabajo anterior.

Tras la destrucción del castillo de Jafa, en un principio solo quedan diez personas, siete de las cuales prefieren matarse entre sí a morir de hambre. Los otros tres supervivientes, con Jafel a su cabeza, vuelven a entregarse a «merced» a Vespasiano, explicándole, además de su relación familiar con José de Arimatea, que pueden ayudarle a tomar Jerusalén, por lo que Vespasiano los nombra sus consejeros tras cerciorarse de que creían en Jesucristo. En definitiva, Jafel pasa de su condición de enemigo judío a aliado del emperador en su venganza.

El personaje se había salvado tras ocultarse en una cueva, circunstancia similar a la vivida y contada por Josefo en el De bello judaico (III, 340-391),24 con la que guarda ciertas afinidades, difícilmente explicables por la casualidad:25 tienen nombres similares, Josefo-Jafel; ambos son responsables de las obras que leemos, De bello judaico y el Vespasiano; ante la destrucción de ciudades cercanas, Jafa y Josapata, asediadas y aniquiladas por los romanos, se refugian en una cueva con otros acompañantes, algunos de los cuales se suicidan, y finalmente se entregan a los asediadores. También podríamos señalar notables diferencias entre el hipotexto remoto, Josefo, y el Vespasiano, que afectan al desarrollo narrativo, a la cosmovisión subyacente, a la complejidad de los personajes, con sus debates internos y externos, físicos y verbales, y al estilo, sobre todo en el empleo del discurso directo. En todos los casos el Vespasiano supone una pobre simplificación de un lejano modelo, con el que coincide en varios motivos concretos de la trama pero nunca en su desarrollo literario. En sus sucesivas transformaciones y traducciones intermedias, había perdido ya buena parte de sus valores.


Fig. 1 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. c3r). 155 x 100. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 600.

La salvación milagrosa de Jacob supone una gradación respecto a la de Jafel. Había aconsejado a Pilatos que entregara la ciudad, por lo que el «adelantado», ensañado, lo condenó a muerte, «por cuanto sin mi mandamiento acogiste al senescal del emperador en tu casa [Gais] e lo embiaste a la muger del diablo [Verónica] e con sorterías e encantamientos á guarecido al emperador. E por tanto yo tomaré vengança de ti» (228). Como castigo, será puesto en una cárcel que estaba «de fondón del palacio mayor de Pilatos» con una gran cadena (228). Un ángel lo rescatará para conducirlo a la tienda del emperador, situada en el real ubicado en el exterior de la ciudad. En la ilustración (fig. 1), en la parte superior izquierda, en un interior representado por su fondo oscuro se divisa un ángel, con alas y suspendido en el aire, que conduce a Jacob con intención de salir de la ciudad. Los mismos personajes, con el ángel que sostiene la mano derecha de Jacob, se acercan a la tienda del emperador, presidida por el águila bicéfala, símbolo imperial que Cristina González proyecta sobre las armas de Maximiliano I y sobre los matrimonios entre sus descendientes y los de los Reyes Católicos.26 En el interior del aposento imperial, visible por tener la entrada abierta, se sitúa el emperador, con la corona y la vara de mando, en un sillón plegable.

Dado el uso constante de la Biblia en la obra, esta salvación milagrosa permite proyectarla sobre una larga tradición, en la que pueden detectarse dos sustratos, uno implícito y otro explícito referido por la misma María Jacobi en su oración, un sistema similar al de las llamadas oraciones de agonizantes:27 del mismo modo que Cristo rescató a Josep [de Arimatea] de la prisión de Pilatos, en donde estaba por haber sepultado a Jesucristo, en contradicción respecto a lo relatado en el texto, se solicita la libertad de Jacob: está en idéntica situación, sin culpa alguna, por haber intervenido en la curación de Vespasiano indirectamente. Pero además, en un sustrato implícito, también se atisban modelos bíblicos de liberación de prisioneros,28 algunos de los cuales retrotraen el recuerdo a sucesos contados en el Nuevo Testamento, el más representativo de los cuales es el de Pedro (Act. 12, 3-11).

La trayectoria de Jafel y de Jacob, como la de José de Arimatea, es muy similar: pasan de una cercana muerte a su salvación gracias a su ayuda a Jesucristo, lo que se prestaba a una lectura simbólica, como sucede con Vespasiano. La elección de ambos personajes en las xilografías resulta significativa en el contexto hispano de su publicación, resaltando la posibilidad de integración de los judíos, para lo que se requerían varias condiciones: la colaboración con las fuerzas imperiales, vale decir con el poder, su apoyo o asentimiento en el castigo de los correligionarios «culpables» y, por último, su necesario bautismo final. Desde la perspectiva de la expulsión de los judíos en 1492 en el que el principal problema se planteaba con los conversos suponía todo un programa de actuación.

Las representaciones bélico-caballerescas

La destrucción de la capital hebrea se realiza tras un lento proceso bélicocaballeresco cuyo protagonismo recae en Vespasiano. Los títulos de la obra en otras lenguas primordialmente sintetizan las principales consecuencias del relato, La destrucción de Jerusalén, o su causa, La venganza de Nuestro Señor, o incluso las dos. A diferencia de ellas, la castellana y la portuguesa se identifican por el nombre del ejecutante, acompañado del adjetivo antepuesto (noble) y de su rango, Estoria del noble Vespasiano emperador de Roma. De este modo, el relato se proyecta sobre una de las tradiciones más fecundas a fines del siglo XV, la histórico-caballeresca, predominante en la historiografía y en la naciente ficción.

Este protagonismo se reflejará en su presencia en ocho de las quince estampas, en siete de las cuales se convierte en foco central de la imagen. De forma complementaria, las variadas xilografías relacionadas con la guerra reflejan todo un complejo proceso, regido formalmente por unos códigos éticocaballerescos, en el que predomina la condición punitiva de Vespasiano sobre la piadosa, ejercida solo en contadas ocasiones. Por su curación de la lepra el emperador había prometido vengarse de la muerte injusta de Jesucristo, pero la ejecutará también desde otros presupuestos jurídicos.

El primer grabado específico del tema pertenece al capítulo De la fabla qu’el emperador ovo con Pilatos cuyo contenido pretende reflejar la imagen. Se destaca en su primer plano la figura de Vespasiano, montado a caballo, distinguido por su mayor altura respecto a los demás, su corona y el elaborado manto que le cubre. Va custodiado por muy pocos guerreros con las lanzas en posición vertical, todos ellos subidos a sus respectivas cabalgaduras. Enfrente, y ocupando la parte superior de la estampa, se divisa la ciudad amurallada en la que sobresalen tres torreones; en cada uno de ellos, e incluso en el matacán del primero y en las almenas, asoman las cabezas de combatientes con sus yelmos y lanzas, sin que estén perfilados sus rostros. En la parte superior del primer torreón, visualmente enfrente del emperador, se distinguen las cabezas de tres personajes, uno de ellos con corona, el rey Arquelao, otro que extiende su mano, Pilatos, y un tercer acompañante, que pudiera ser Barrabás. De acuerdo con el texto, van sin armas, «vestidos sendos briales bermejos», que no se reflejan ni tampoco la señal diferenciadora de Pilatos, quien «tenía un palo en la mano», el equivalente al bastón del mando, en una pobre traducción.29


Fig. 2 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. b7v). 153 x 102. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 593.

Integrado en su discurso, el grabado refleja visualmente por un lado la confrontación dialéctica entre Pilatos y Vespasiano y, por otro, la inexpugnabilidad de la ciudad y la dificultad de un asalto con tales fortificaciones. Los personajes principales tienen sus manos extendidas, lo que implica que se ha representado la parte final de las negociaciones. En el texto, Vespasiano le reprocha que no le haya entregado el tributo debido durante siete años, que le haya negado su señorío y haya menospreciado a su mensajero, el senescal Gais. Por ello le solicita que le abra las puertas de la ciudad, para hacer de toda la gente «a la mi voluntad». Ante la petición, Pilatos se aconseja con Arquelao y con Barrabás; el primero, desde presupuestos caballerescos, le comenta que sería una vergüenza entregarse sin combatir, mientras que para Barrabás sus enemigos no podrán resistir mucho tiempo el asedio por falta de agua. Tras recibir los consejos, Vespasiano sube al adarve y le responde a Vespasiano que regrese a Roma, le amenaza y le desafía. La imagen reflejaría esta última parte porque las manos de los personajes, Vespasiano y Pilatos, sugieren el diálogo mantenido.

La entrada en Jerusalén y su entrega se plantea en primer lugar desde una perspectiva jurídica. Pilatos era el adelantado del emperador, como se recalca en el texto, por lo que su potestas era delegada. Tito, el hijo de Vespasiano, aplaude su negativa a cumplir los pactos porque de esta manera el traidor Pilatos ya no puede entregarse a «nuestra merced», es decir no podría solicitar su clemencia, perspectiva que aboca a la confrontación y hace más inexorable la venganza, pero queda en suspenso que el cerco pueda realizarse. La solución la proporcionará Jafel mediante la siguiente estratagema:

Señor nos avemos muchas bestias así como son bufanos e bueyes e azemila[s] e cavallos; fazed matar las que son demasiado, e los cueros dellos fazeldos adobar muy bien e coser el uno con el otro, e assí encoraran todo aquel valle de Josafad. E después, señor, fazed que dos mill azemilas traigan agua e assí abondaréis toda la hueste, e esto se faga de cada día (226-227).

En los últimos años, desde los trabajos pioneros de Ángel Gómez Moreno y de Jesús Rodríguez Velasco, se ha prestado especial atención a los tratados teóricos caballerescos,30 dentro de los cuales también a los De re militari. Entre ellos destaca la obra homónima de Vegecio, Epitome de re militari, cuya presencia se deja notar en el mundo europeo desde el siglo XII. «El general, dice Vegecio, debería evitar la batalla campal si es posible. Las maniobras, la diplomacia, la victoria por el hambre, casi todo es mejor que colocar a los hombres y a los reinos en manos del modelo de las fuerzas irracionales, la fortuna».31 La guerra no es solo cuestión de fortitudo sino también de sapientia, óptica desde la que adquiere protagonismo especial Jafel, quien era «un sabio judío e buen cavallero e sabía mucho de guerra» (221). De acuerdo con sus características, propondrá la estrategia señalada, reflejada en la xilografía (fig. 3). En ella se representan las diferentes fases de las tareas en planos superpuestos de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba: en primer lugar, un operario llena un recipiente de agua mientras otro sostiene el odre abierto; a su izquierda, vacían el cántaro con agua; en un estrato posterior, cargan los odres en las caballerías, que en planos sucesivos avanzan hacia el real, en donde se vacían las vasijas, con Jerusalén al fondo. El ilustrador carecía de referentes textuales que le sirvieran de soporte, salvo los ya aludidos que además se omiten.


Fig. 3 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. c1v). 160 x 102. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 596.

En el mismo sentido táctico debemos considerar la decisión de rodear la ciudad de grandes fosos, de modo que nadie pueda acercarse ni tampoco salir, circunstancia decisiva por cuanto en la ciudad se han reunido todos para celebrar la fiesta anual, dato recogido por Flavio Josefo al hablar del número de prisioneros y muertos: «se había concentrado gente de todo el país para la fiesta de los Ácimos, cuando de repente les sorprendió la guerra» (VI, 421). Dadas estas circunstancias, al cabo del tiempo los sitiados deberían entregarse por hambre, como recomienda Jacob, cuyo milagro se había contado poco antes y ahora cumple una función adicional: la intervención angélica había permitido que traspasara los infranqueables muros de la ciudad y llegara hasta el real de Vespasiano; de forma indirecta, podría pensarse que acceder a Jerusalén únicamente podía realizarse mediante un milagro. Jacob conocía de primera mano las circunstancias del interior de la ciudad, cuyos numerosos residentes no podían mantenerse durante mucho tiempo, por lo que recomienda lo siguiente:

mas, señor, vos mandad fazer enderredor del adarve grandes valles e fuertes bien anchos por que nigund judío no pueda salir ni se allegar a la hueste sin vuestras voluntades; e cuando las viandas les fallescerán, ellos se nos darán. Ca, señor, por fuerça no la podedes tomar, por que señor es menester que los valles se fagan luego (230).

Aunque en los diccionarios académicos no recogen el término ‘valle’ con el sentido del fragmento, su significado es diáfano teniendo en cuenta los hipotextos lejanos «vous fette fere grans foucés environ la cité» (Japhet, 127). El término procede del catalán, «vos farets en torn de la ciutat grans valls e pregons e amples» (172), con el sentido de la primera acepción del Diccionari catalàvalencià-balear, s.v.: «Excavació fonda feta longitudinalment al voltant d’una fortificació per a dificultar el pas de l’enemic des de fora fins al mur».32

En esas circunstancias, el rey Arquelao recomienda salir a batallar contra sus adversarios para evitar el cerco. Preparados los combatientes, se producirá el enfrentamiento entre los dos ejércitos, la única confrontación bélica recogida en las xilografías.

Los ejércitos adversarios, romanos frente a judíos, distinguidos por sus estandartes, se sitúan enfrente de la puerta de la Jerusalén amurallada, divisada en la parte superior del grabado. En la inferior, en el suelo, se representan dos combatientes muertos, junto a los pies de dos caballos enfrentados, se supone que de los principales por los jaeces de sus cabalgaduras.

El grabador ha procurado reflejar variaciones armamentísticas, con ataques con la lanza, con espada o con maza de cilindro con puntas. Montan en sillas de arzones vueltos, con estribos de aciones (correas) largas de modo que el jinete no dobla la pierna para introducir el pie en el estribo.33 Tanto la posición del caballo en corveta como las largas espuelas no son muy diferentes de las que se registrarán después en la literatura caballeresca.34

La representación de la batalla no falta en otros incunables que transmiten el texto francés, como sucede en el ginebrino (Adam Steinschaber, 1479) y en el lionés (Arnollet, 1499, fol. C3) con la salvedad de que en ambos la pelea se desarrolla en la misma puerta (Ginebra) o al lado de los muros (Lyon), al tiempo que en los dos predomina el desigual enfrentamiento entre caballeros y peones, y que entre los primeros por situación, tamaño y vestimenta la xilografía se centra en un caballero que lleva el peso del ataque desigual (Ginebra). Los modelos son diferentes.


Fig. 4 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. c5r). 154 x 101. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 604.

La destrucción de los cuerpos y de la ciudad: la tecnofagia

Este primer y único enfrentamiento encauza los resultados finales, pues Jesucristo «quiso que la muerte suya fuese vengada» (233), por lo que al venir la noche volvió a amanecer, pudiéndose prolongar la batalla, milagro que permitió la derrota de los judíos.35 A su vez, en la persecución de sus adversarios los romanos mataron a un hombre considerado profeta, episodio muy reelaborado respecto a su hipotexto remoto, las Guerras de los judíos (IV, 300 y ss.). Considerado loco, decía ‘ven, Vaspasiano, en Jerusalén’, palabras interpretadas como augurio de lo que iba a suceder. Finalmente, se terminaron de construir las fosas sin que nadie pudiera entrar ni salir de la ciudad. En esta situación, solo quedaba enterrar a los numerosos muertos —cuarenta mil según el texto— en «balsas» fuera de la ciudad entre el adarve y las fosas. No se trata, como pretende Flores,36 de la conversión del sitio de Jerusalén en ningún cerco naval, imagen suscitada por el agua llevada al valle de Josafat. El término corresponde a «deux grans foucés ou il mirent tous les morts» (Japhet, 143), o los «dos carners» (176) del texto catalán, voz definida en el DCVB como «4. Lloc on són llençats els ossos o els cossos morts. 5. Vas de morts, sepultura».37

El asedio resulta efectivo al cabo de muy poco tiempo, instalándose el hambre por la ciudad, sin ninguna escapatoria posible, hasta el punto de que las gentes «menudas se morían de fanbre» (235). De nuevo podríamos enfocar el tema desde una perspectiva táctica militar, resaltada por los tratadistas. Limitándome solo a una cita de Vegecio, las «Reglas generales de la guerra» señalan que «es mejor doblegar al enemigo con el hambre, con los ataques por sorpresa o con el miedo que en la batalla, donde suele tener mayor influencia el azar que el valor» (III, XXVI, 4).38

Con el fin de paliar la situación de carestía, Pilatos pregona que «los ricos omes» repartan su comida con los demás, decisión que provoca desórdenes y peleas para conseguir los alimentos, hasta que no queda nada de comer. Todo conduce a una extraordinaria inflación en el precio de los alimentos e incluso a que lleguen a comer los cueros con los que estaban guarnecidas las puertas. Los presagios funestos y proféticos pronto se cumplen «Y veyendo esto que grandes e menores se morían de hambre a tanto que los bivos no podían sofrir los muertos, tantos morían de cada día» (236).

En este contexto se inserta uno de los episodios más recordados y representados de la crueldad que se produjo en la destrucción de Jerusalén, el de María, viuda del «rey de África»: dejó su reino, no se volvió a casar, se hizo cristiana y se fue a Jerusalén para así honrar a Jesucristo, trayendo como acompañante a Clarisa. En los tiempos de gran necesidad, les roban sus viandas, viéndose obligadas a comer hierbas de su huerta, motivo hagiográfico. Al cabo de poco tiempo, muere su hija de inanición, como después el hijo de Clarisa, quien propone cortar un cuarto de su descendiente, asarlo y comérselo entre ambas. La reina cae amortecida, pero un ángel la reconforta indicándole que coman a sus hijos para que se cumpla la profecía de Jesucristo enunciada el domingo de Ramos, vaticinio ya comentado por María Jacobi ante Pilatos (219-220):

Dios me ha embiado a vosotras, e vos embía a mandar por mí que comades de vuestros fijos e será complida la profecía qu’ él dixo por su boca el día de Ramos cuando entró en esta cibdad cavallero en una asna, e los judíos le fizieron grande honra e le siguieron fasta el templo e dexáronlo así, que ni[n]guno no lo conbidó a comer. E luego él lloró sobre aquesta cibda[d] e dixo: «En esta generación de Jerusalem verná una grande pestilencia e tan grande fanbre que la madre comerá por fanbre a su fijo e la cibdad será destruida, que no quedara piedra sobre piedra, e assí es complido el duelo del pueblo».39 E así comed de vuestros fijos que ál no se puede fazer (238; las cursivas son nuestras).

La reiteración es señal de la importancia concedida a ambos episodios, con independencia de la exactitud de su combinación, pues mientras que la primera figura en tres evangelios canónicos, Mateo, 23, 37 y 24, 14, Marcos 13, 8-23, y Lucas, 19, 43-44; 21, 5-28, «nowhere, however, is it a question of mothers eating their children».40 No obstante, fue un motivo recurrente en «imprecaciones, profecías e historias del Antiguo Testamento» (Levítico, XXVI, 29, Deuteronomio, XXVIII, 52-58, Jeremías, XIX, 8 y ss., Lamentaciones, II, 20, y Ezequiel, V, 8-10).41 La primera de Lucas alcanzó especial resonancia, por cuanto llegó a convertirse en una de las lecturas del evangelio dominical: «One of the most interesting Sunday Gospel readings from the point of view of historical information was the pericope for the tenth Sunday after the Holy Trinity (Parisian or Dominican liturgy) or ninth Sunday after the Pentecost (Franciscan or Roman liturgy)».42 La lectura litúrgica favoreció que el acontecimiento fuera recordado por los cristianos desde el siglo IV, entre el noveno y el undécimo domingo después de Pentecostés, por lo general el décimo,43 una de las claves de la difusión de la destrucción de la ciudad.

La Biblia se convertía en referente primordial hasta el punto de que, según la mentalidad muy extendida durante la Edad Media, «la historia del hombre (incluida la de la propia Iglesia) hasta el final de los tiempos estaba anunciada o vaticinada en la Sagrada Escritura, aunque fuera de manera velada».44 En el Vespasiano la orden angélica se incardina en el desarrollo narrativo de los hechos no como un adelantamiento de los mismos, sino como su resorte generador, invirtiendo los pasos de la profecía, que así queda todavía más resaltada.

Como indica Xiomara Luna, quien acertadamente ve en el tema del hambre uno de los motivos recurrentes de la novela, «La profecía de la destrucción de Jerusalén es una profecía de muerte por hambre; se vincula así con el motivo del canibalismo que marca la inflexión del relato hacia la derrota y el castigo de los judíos, en la novela condenados igualmente por su traición como por su falta de hospitalidad (no dieron de comer a Jesús: “e dexaron lo assi que ninguno no lo conbido a comer”)».45 Con la mezcla de dos vaticinios diferentes, destrucción y tecnofagia, el autor sintetiza y aúna en el mismo discurso el futuro inmediato, la comida del hijo por la madre, y el más lejano, la destrucción de la Ciudad Santa. Esta unión no solo obedece a una economía narrativa, sino también a la asociación de dos hechos que tienen un mismo hilo conductor (el hambre), un mismo sentido y una misma causa: la muerte y venganza de Jesucristo. Desde la perspectiva del texto, la tecnofagia sobrepasa las fuerzas humanas, por lo que sus ejecutantes deben recibir algún impulso sobrenatural. De ahí que la madre se desmaye y aparezca el ángel que transmite la palabra divina, mensaje que podría proyectarse indirectamente como si fuera un antitipo de la Anunciación a María, cuyo nombre coincide en las dos madres: no se predice la buena nueva del futuro nacimiento, sino la desgracia de la ingestión del hijo.46

El episodio recalca lo insufrible de la situación, que va contra las normas de la naturaleza (canibalismo), y mucho más practicado con miembros de la propia familia; cuando Pilatos recibe la información, «entrose en el palacio e echose en la cama e dixo de su boca: “Aquí no podemos más fazer”» (239). Para ilustrar la excepcionalidad del episodio, de acuerdo con los esquemas medievales recordaremos la ley VIII, del título XVII de la cuarta Partida titulado «Por qué razones puede el padre vender o empeñar su fijo». Solo admite estas acciones en caso de gran hambre y de extrema pobreza, ya que en caso contrario podrían correr peligro de muerte ambos.

El texto se remontaba al fuero de España que determinaba lo siguiente: «seyendo el padre cercado en algún castillo que toviesse de señor, si fuesse tan cuitado de fambre que no oviesse ál que comer, puede comer al fijo, sin mal estança». En la glosa de Gregorio López a la edición 1555, de donde retomamos el texto, señala el antecedente de 4 Reyes, 6, 28, referido al asedio de Samaria, en el que dos mujeres se ponen de acuerdo en matar y comerse a sus hijos. La primera lo cumple, pero la segunda esconde al suyo. Añade en su comentario las atrocidades del hambre en los asedios, situación en la que el hombre es capaz de comer carne humana, incluida la de mujer e hijos:

nihil enim (ut ait Beatus Hier. lib. 3. super amos) fame durius, quae saepe compellit obsessos humanis vesci carnibus, et in suam saevire naturam, ita ut neque parentes parvulis liberia pareant, et maritalis affectus uxoris dudum amatae membra dilaceret.47

Saco a relucir estos pasajes por su proyección bíblica y por el comentario de Gregorio López, para quien la legislación permitía vender, pero no matar a los hijos, de acuerdo con los preceptos cristianos, un proceso similar que se percibe en el paso de Josefo a la Vengeance de Nostre Seigneur, de donde ha llegado al Vespasiano. El hipotexto lejano corresponde a la Guerra de los judíos (VI, 201 y ss.), en un episodio de tintes dramáticos, retóricamente dispuesto para «estremecer» y ser visualizado. «Todos se estremecían al poner delante de sus ojos esta atrocidad, como si ellos mismos se hubieran atrevido a cometerla» (VI, 212). La monstruosidad la había cometido la madre sobre un hijo que amamantaba, un alimento al que la mujer considera «como un espíritu vengador para los sediciosos y una leyenda para la humanidad» (VI, 207).

Sin entrar a detallar su recorrido,48 en los antecedentes del Vespasiano se han producido notables modificaciones: ahora intervienen dos mujeres, quienes se ponen de acuerdo para no morir de hambre en el asedio, como en los antecedentes bíblicos, con la diferencia de que su alianza es para comérselos muertos pues habían fallecido hijo e hija de inanición. Pero además, la reina de África y Clarisa cumplen las órdenes transmitidas por el ángel, modificaciones que dan un giro a su conducta, a las causas y a los propios hechos. Por otra parte, de acuerdo con la axiología de la obra, la viuda reina se presenta como cristiana, de comportamiento modélico en su prolongada viudedad, mientras que su acompañante Clarisa bautiza a su hijo, al tiempo que ambas «a menudo ivan a honrar a Jesucristo porque avían grande fe en él» (237). El cumplimiento de la profecía, «is indicative of the anxiety-provoking closeness of the connection between the two mothers [la Virgen y la reina de África], especially in the later Middle Ages, with its increasing devotional focus on the suffering body of Christ and on communion as the most direct road to salvation».49

La xilografía refleja tres secuencias, que deberían verse de abajo arriba y de izquierda a derecha. Cada una de ellas tiene diferente tamaño; las primeras se sitúan en el interior de una mansión, mientras que la tercera lo hace en el exterior, en el dintel de la puerta. Su dimensión, el número de personajes (uno, dos y tres), su situación y su contenido muestran una clara gradación entre las imágenes, en un proceso que trataría de reflejar una sucesión cronológica y un mayor dramatismo. Su disposición está invertida respecto a la edición lisboeta en la que todas las escenas están en el mismo plano.

En la parte inferior derecha del texto sevillano, una mujer, en solitario, ingiere un animal, al parecer una rata, detalle inexistente en la obra. En la parte superior, de nuevo una dama se lleva a la boca se supone que un trozo de carne de un niño, según se desprende de la escudilla con un bebé desnudo que tiene la otra acompañante, de inferior categoría por su vestimenta y su actitud servicial. En la tercera imagen, de mayor tamaño y con tres personajes, una mujer que por su tocado correspondería a quien se llevaba el alimento a la boca de la anterior, es decir la reina de África, presenta a dos soldados asombrados un niño desnudo e incompleto en una escudilla. Sin embargo, en el texto, guiados por el olor de carne asada y mandados por Pilatos, tres escuderos (no dos) serán recibidos por Clarisa (no por la reina viuda), quien los introduce en casa, les pide un cuchillo y se dispone a cortar otro cuarto mientras que se preparan para asar al otro bebé.

Estas divergencias son habituales a diferentes niveles. Como señaló Price,

The Maria motif is disseminated both independently of other Josephan material and embedded within versions of The Jewish Wars. Even within the latter, reconfigured as Vengeance of Our Lord texts, the motif assumes a disproportionate importance. With the exception of the popular Vindicta Salvatoris sequence of texts, every single version of the siege later than that of Walafrid Strabo focuses on, or at least features heavily, the episode of the devouring mother, even when this focus is at the expense of textual coherency.50


Fig. 5 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. c8v). 152 x 100. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 610.

Se trata de uno de los motivos más representados en la iconografía de la destrucción de Jerusalén, no solo en la transmisión de la Guerra de los judíos de Josefo. Dejando a un lado la coincidencia motivada por su identidad temática, ninguno de los que he podido consultar podemos considerarlo modelo del que nos ocupa, sin que tampoco proceda de las ediciones francesas consultadas. La edición princeps ginebrina ilustra el descuartizamiento del niño y el asado del brazo en una xilografía que refleja visualmente la crueldad del episodio. Sorprendentemente la edición lionesa de 1499 no incluye la escena, dejándose este capítulo sin grabado, mientras que sí recoge la visita del ángel de la rúbrica anterior. Comparativamente, tanto la edición sevillana como la portuguesa omiten los detalles más truculentos a los que se prestaba la escena, ya de por sí especialmente siniestra, que anunciaba la destrucción total a causa del hambre y ratificaba la veracidad de las palabras proféticas.

El suicidio de Arquelao

Ante la petición colectiva de entregar la ciudad al emperador, Pilatos se aconseja con el rey Arquelao y con los «otros buenos», a los que comenta su intención de cumplir la solicitud. En su interlocución con el emperador, pide misericordia y está dispuesto a permitir su entrada en Jerusalén; además, se disculpa por sus múltiples errores y le solicita que deje irse a Arquelao, libre de culpa. El rey se presenta a Vespasiano como hijo de Herodes, heredero del reino paterno, sin que nunca ni él ni su progenitor hayan ido «contra vos fasta agora, que yo vine en esta cibdad por honrar la fiesta» (241). En la versión francesa de Japhet, la respuesta del emperador con una interrogativa inicial —«Es tu donc filz de Herodes [...]?»— implica el desconocimiento de su linaje, ignorancia que desaparece en las versiones ibéricas. Todas ellas, catalana, castellanas y portuguesa, comienzan con una afirmación, si bien persiste el mismo sentido de sus palabras en su diálogo silogístico, puesto en boca de un Vespasiano «cristiano» antes de su nacimiento:

Bien vees tú que no es razón que nos te tomemos a merced, ca no es ora esto por cuanto tu padre a grand tuerto fizo matar los Inocentes porque acertase en el santo profeta Jesucristo, por miedo que cuando sería grande que le tiraría la tierra; ca los sus sabios le dixeron que el rey de los judíos era nascido, de lo cual ovo muy grande pesar, ca nos no queríamos que otro rey oviese sino él. E por esto que tu padre fue malo e no ovo merced de los infantes Inocentes, que fueron por cuenta ciento e cuarenta e cuatro mill, los cuales murieron por aquel santo profeta Jesucristo, e tú mercarás la su muerte e la su iniquidad (241-242; el subrayado es nuestro).

La voz ‘mercar’, con el sentido de ‘pagar’, proporciona la clave de la negativa del perdón, que puede abordarse con datos del texto a partir de perspectivas complementarias. Sin acumular citas bíblicas, desde un punto de vista religioso se podría recordar el modelo del Éxodo, 20, 5, 34, 7, etc., reiterado después, que prolonga los castigos de padres a hijos hasta la cuarta generación de quienes odiaron a Dios.51

Debe considerarse, además, que se ha producido una matanza colectiva «a tuerto», vale decir de forma injusta, con intención de que muriera Jesucristo, episodio recordado e importante en la tradición litúrgica y festiva de la Edad Media. En términos jurídicos (en óptica cristiana), Herodes es responsable de un crimen de lesa majestad, por cuanto ha sido realizado sobre la divinidad. Un crimen de esta naturaleza, de alta traición, se castiga con las máximas penas corporales, económicas y sociales,52 algunas de las cuales llegan a sus descendientes en varias tradiciones.

La falta merece la máxima sanción y la infamia de sus descendientes. Ahora bien, desde una óptica social y narrativa, Arquelao ocupa una de las máximas preeminencias dentro de la sociedad medieval, es rey, dignidad solo inferior a la del emperador y superior a la de Pilatos. Respecto a la viuda reina de África anterior, el personaje ocupa una categoría más elevada, en una calculada gradación. Debe ‘pagar’ la matanza de los Inocentes, lo que implica un castigo análogo al crimen cometido, y si bien no es responsable directo, tampoco lo fueron los niños muertos. Dada la imposibilidad de escapar con vida y su condición social y religiosa, le quedaban pocas posibilidades de salir airoso. En estas circunstancias, al ver que Vespasiano iba a entrar en la ciudad

donde morían de fanbre airose con sí mesmo, e delante de todos des[c]endió del cavallo e desarmose e sacó el espa[d]a, e como la sacó dixo así: .«A dios no plega que yo bivo me ponga en vuestras manos ni faga cosa que a mi sea desonra ni paganos se venguen de mí». E metiose la p[u]nta del espada por medio del coraçón e dexose caer en cima della e passose en manera que salía por las espaldas e luego cayó muerto en tierra (242).

La xilografía recoge este momento culminante, en el que Arquelao se suicida arrojándose a su espada puesta de punta en el suelo, fuera de Jerusalén, delante de sus acompañantes, que no van armados y expresan gestualmente su sorpresa. Lleva la corona, pero no desciende de ningún caballo como afirmaba el texto. Enfrente, separado por un foso (el valle del texto) construido por el ejército romano, se sitúa su ejército con Vespasiano de pie en el centro, coronado, uno de cuyos servidores porta el identificativo escudo imperial.


Fig. 6 (Sevilla, Pedro Brun, 1499, fol. d2r). 153 x 100. Foulché-Delbosc, art. cit., p. 614.

Excepcionalmente figura encima del grabado el título del capítulo: «De cómo desesperó el rey Arquileus». En terminología actual, que no en la medieval, ‘desesperar’ equivale a suicidarse, voz de la que puede encontrarse algún vestigio excepcional durante la Edad Media. No obstante, el sustantivo ‘suicide’ se registra en inglés en 1650 y en las lenguas románicas en la segunda mitad del siglo XVIII.53 En español se documenta empleado en primer lugar por Francisco Javier Clavijero, Historia Antigua de México (1780), y en España por Juan Pablo Forner, Discursos filosóficos sobre el hombre (1787), según los datos del CORDE.54

La incorporación del latinismo ‘suicidio’ implicaba no solo un cambio de registro sino de concepción en la que no voy a insistir. Para la Edad Media el suicida era la persona que se asesinaba a sí mismo, por lo que era a la vez pecador y su propia víctima,55 o desde otro ángulo, asesino y víctima.56 Para llegar a este límite, el sujeto debía encontrarse en una situación extrema que solía justificarse por dos conceptos, a veces superpuestos: la ira, como recoge el texto, y la desesperación, esgrimida en el título. Tanto en un caso como en otro tratan de explicar una situación en la que el afectado no es dueño de sí mismo, es decir pierde el control. Además, en muchas ocasiones ira y desesperación suelen ir unidos, si bien la terminología afecta a dos campos diferentes, complementarios: al de sus virtudes y vicios, ira / humildad / esperanza /desesperanza, y a sus relaciones con Dios y la sociedad.

La reacción de Arquelao resulta coherente desde su situación airada, uno de cuyos esquemas iconográficos se reflejaba con la ira clavándose a sí misma la espada.57 En este caso, todo venía propiciado por la situación y su condición de caballero y rey. No podía enfrentarse al ejército contrario (ya había sido derrotado), en Jerusalén moriría de hambre, y en cualquiera de los casos sería castigado, lo que equivale a deshonrado: en estas condiciones se inflige el castigo para salvaguardar, en parte, su honra, que, como en otros contextos, está considerada por encima de la vida.58 Desde la perspectiva medieval, la Desperatio no se consideraba ni un sentimiento,

ni un état psychique, mais un Vice, le doute de la miséricorde divine, la conviction de ne pouvoir être sauve, voire déjà le pèche mortel en acte puisque la «désespérance» pouvait designer aussi bien la cause immédiate du suicide que le suicide lui-même. A en juger par les actes de la pratique, le suicide apparaissait bien comme la victoire du diable, dont les tentations s’étaient insinuées dans l’âme au défaut de l’«espérance».59

Ahora bien, la conducta de Arquelao tiene un alcance diferente de la habitual victoria diabólica, e incluso podemos considerarlo como un escalón superior. No deseaba que «paganos» pusieran las manos sobre él, lo que desde una perspectiva cristiana implicaba que no asumía la acusación, persistiendo en su «obcecación». En este sentido, una de las voces empleadas para aclarar el contexto corresponde a la voz latina perfidia, la ‘porfía’ romance, aplicada a la «infidelidad judía». «Celle-ci est donc moins simple absence de foi qu’ antithèse de la foi ou qu’ opposition à la foi; elle est manque de foi chez celui que devrait croire»60. En este sentido, su orgullo caballeresco de no ser deshonrado, que podría considerarse de forma positiva, se ve corregido por su perfidia hasta la hora de su muerte. Desde la perspectiva medieval cristiana, su desesperación implicaba también su condena eterna. Había perdido la vida y el alma, sin que la obra desaprovechara ninguna oportunidad para mostrar su antisemitismo.

Los treinta dineros y el desentrañamiento

Tras el suicidio de Arquelao y antes de entregar la ciudad, Pilatos propone limar los objetos de oro y la plata y moler las piedras preciosas de sus habitantes para repartir el polvo obtenido entre todos, pobres y ricos; después, debían ingerirlo para que los romanos no encontraran ningún botín valioso. Les propone entregarse al emperador, quien acepta advirtiendo que nadie obtendrá su gracia (merced), del mismo modo que tampoco la obtuvo Jesucristo. Vespasiano manda cercar los fosos con el objetivo de impedir la salida de la ciudad, y se propone vender a los judíos supervivientes en grupos de treinta por un dinero. De esta manera, invierte lo sucedido con Jesucristo, entregado por Judas por treinta monedas.

La leyenda de esta venta tuvo larga difusión en las literaturas medievales. En las hispánicas ya se alude implícitamente en el Libro de Alexandre con la fanfarronada de Ménona de la hueste de Darío: «e que cuidava dar treinta por un dinero» (823d).61 Fradejas Lebrero llamó la atención sobre el pasaje, al tiempo que rastreó su presencia en la literatura española, trabajo que debe complementarse con el detallado de David Hook.62 En un sentido amplio se aplica la ley del Talión, que podríamos considerar como un principio jurídico mediante el que se impone un castigo identificado con el delito cometido. «En sentido estricto, no sería una equivalencia sino una auténtica identidad entre acción delictiva y sanción».63 Pero del mismo modo que existe un Talión simbólico podríamos hablar de un Talión invertido, que en su desproporción calculada acreciente la pena. La equivalencia se hace intercambiando dineros (30 /1) y personas (1/30), de modo que no importa tanto el valor, sino la venganza, con la diferencia sustancial de que esta se ejerce no sobre los mismos ejecutantes, sino genéricamente sobre los judíos.

En este sentido, conviene recordar ciertas prácticas sociales y legales asimilables. «Durante la baja Edad Media los judíos de Castilla estaban legalmente obligados a pagar una carga fiscal adicional a las iglesias diocesanas, la renta de los “treinta dineros”, sin que ello implicara algún tipo de dependencia jurídica de la Iglesia, ni un conflicto jurisdiccional entre ésta y la Corona». La renta, impuesta a comienzos del siglo XIII, «simboliza explícitamente los contenidos de la Pasión, y como tal, era justificada como parte de una vindicta salvatoris. Era vista también como el precio simbólico que los judíos debían pagar para ver sancionado su estatus dentro de la sociedad medieval».64

En la tradición del Vespasiano el motivo se une a la ingestión del tesoro convertido en polvo. El primer comprador que ‘mercó’ un grupo de treinta judíos, una vez en su tienda mató a uno, golpeándole en el vientre con su espada; al extraer el arma, salió con ella el oro y la plata que había comido, escena truculenta en cuya representación pueden diferenciarse varias fases.

En la parte superior, junto a las tiendas y con el que podemos suponer su comprador como imagen más sobresaliente, se divisa un grupo en teoría de 29 judíos atados con cuerdas, rodeados de soldados con las lanzas o picas enhiestas. En esta ocasión no figura el águila bicéfala del emperador, pero significativamente una cruz preside la tienda principal, a pesar de que el bautismo sucederá después. En la parte inferior se ha recreado el episodio posterior. Al encontrar el insólito tesoro escondido, un correligionario de los vendidos, se supone que el que está en la xilografía separado del grupo, le desvela al comprador el misterio a cambio de salvar su vida: cuenta cómo Pilatos había mandado comer el tesoro. Ello da pie a que su comprador ordene a dos escuderos que maten a los veintiocho restantes, haciéndoles abrir el vientre para así obtener las riquezas ingeridas. La xilografía se recrea en esta evisceración atroz, que durante la Edad Media tiene unas connotaciones muy negativas no solo físicas por cuanto «la integridad del cuerpo es la primera condición del valor de un ser humano y su evidencia».65 Si tenemos en cuenta que la carne y el cuerpo, formado por Dios, es uno de los lugares de la honra,66 los judíos además de muertos quedan deshonrados.

El antecedente último del episodio se remonta de nuevo a la Guerra de los judíos de Flavio Josefo, que alude en dos ocasiones al episodio. En primer lugar, tras el emotivo discurso del propio Josefo en el que les exhorta a la rendición, el pueblo se inclina por desertar, para lo que vendían sus posesiones y objetos más valiosos a un precio muy bajo, «tragavan los sueldos monedeados (sic) porque los ladrones no gelos tomassen. E los que se podían fuir para passarse a los romanos, al descargar del vientre tenían dinero para lo neçesario»67 (Guerras de los judíos, V, 421). Tito les permite ir a donde quisieran. Posteriormente, uno de los desertores fue sorprendido y supieron cómo

recogía moneda de oro del estiércol que lançava del vientre [...]. Ca avía en la cibdad muy grand quantidad de oro. E compravan por doze dineros atenieses (sic) lo que antes valía veinte e cinco. Mas descubierta la tal arte por uno, derramose fama por todo el real que los fuidizos venían llenos de oro. Así que muchedumbre de los árabes e los sirios rompían los vientres e menazavan muerte penosa. Creo que ninguna otra tribulaçión pudo recresçer a los judíos más fiera, porque en una noche abrieron las entrañas a dos mill personas.68

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