Kitabı oku: «Revistas para la democracia. El papel de la prensa no diaria durante la Transición»

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REVISTAS PARA LA DEMOCRACIA

EL PAPEL DE LA PRENSA NO DIARIA

DURANTE LA TRANSICIÓN

REVISTAS PARA LA DEMOCRACIA

EL PAPEL DE LA PRENSA NO DIARIA

DURANTE LA TRANSICIÓN

Jaume Guillamet (ed.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Proyecto de investigación competitivo CSO2015-67752-P «El papel de la prensa no diaria en la transición española. Información, política y partidos (1975-1982)», Universitat Pompeu Fabra, Barcelona.


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© De los textos: los autores, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Coordinación editorial: Maite Simon

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: David Lluch

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-601-2

Edición digital

IN MEMORIAM

A Josep Maria Sanmartí Roset

(Barcelona, 1945 - Madrid, 2017),

periodista, profesor e investigador,

que no ha podido completar la tarea.

A David Caminada Díaz

(Barcelona, 1967-2020),

periodista, profesor e investigador,

que ha completado la tarea

pero no ha podido verla publicada.

Añorados colegas y amigos

de quienes hemos aprendido tanto.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: EL MITO DEL «PARLAMENTO DE PAPEL»

I. REVISTAS GENERALES

1. La influencia de las revistas políticas: Cuadernos para el Diálogo, Triunfo y La Calle

Javier Muñoz Soro y Gloria García González

2. La novedad y el éxito de la información crítica: los modelos complementarios de Cambio 16 e Interviú

Jaume Guillamet y José Reig Cruañes

3. La inadaptación de las revistas ilustradas: La Actualidad Española y Gaceta

Ilustrada Gloria García González y Jaume Guillamet

4. La corrosión del humor: una historia de El Papus, Por Favor y El Jueves Francesc Salgado

II. LA DIFERENCIA NACIONALISTA Y REGIONAL

5. Destino, la revista de Jordi Pujol

Jaume Guillamet

6. El perfil combativo y nacionalista de las revistas en catalán: Canigó, Presència y Oriflama

Cristina Perales-García

7. Arreu, la revista del PSUC

Rita Luis

8. El relato del nacionalismo vasco de izquierda: Punto y Hora de Euskal

Herria David Caminada

9. El valencianismo político de Valencia Semanal

José Reig Cruañes

III. MEMORIA Y REFLEXIONES

10. Memoria colectiva sobre la función de los periodistas durante la Transición

Cristina Perales-García y Rita Luis

11. Tres miradas desde la sociología, la historia y la crítica cultural

Javier Muñoz Soro

12. El ejercicio periodístico en el reto democrático

Cristina Perales-García

13. El papel de los semanarios satíricos

Francesc Salgado

IV. REVISTAS INTERNACIONALES

14. «A reign again in Spain»: la Transición en las revistas políticas angloamericanas: Time, Newsweek y The Economist (1975-1978)

Christopher D. Tulloch

EPÍLOGO: LA DÉCADA DE LAS REVISTAS

Jaume Guillamet

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ÍNDICE ANTROPONÍMICO

ÍNDICE DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN

ÍNDICE ONOMÁSTICO GENERAL

INTRODUCCIÓN:

EL MITO DEL «PARLAMENTO DE PAPEL»

El mito del «parlamento de papel» adjetiva de forma general desde los años mismos de la Transición el rol desempeñado por la prensa española desde los últimos años del franquismo. Es una función atribuida a la prensa diaria casi desde la puesta en marcha de la Ley de Prensa e Imprenta, que, en marzo de 1966, acaba con la censura previa, si bien mantiene fuertes controles y limitaciones sobre la autorización y la existencia de los periódicos. Entre los mecanismos establecidos para ello, el más significativo es una especie de censura a posteriori en forma de la obligación de presentar diez ejemplares impresos ante las oficinas del Ministerio de Información y Turismo, que dispone de un breve periodo de tiempo para examinarlos –media hora para los diarios y semanarios, seis horas para las revistas de menor periodicidad– y autorizar su distribución.

Son las publicaciones semanales y mensuales las que sufren con mayor frecuencia el secuestro previo de la edición, con las pérdidas económicas consiguientes, y son objeto de expedientes administrativos, procesos judiciales y suspensiones temporales y definitivas. En menor medida sufren los rigores de la ley los diarios, que alcanzan un cierto «modus vivendi» con el Gobierno, con excepciones notables como el suprimido Madrid. De las peripecias de periodistas y periódicos para zafarse de estos controles, en el afán de ser tribuna de las voces y las realidades sociales que están ausentes de las Cortes de la dictadura, surge este concepto del parlamento de papel, formulado, entre otros, por el catedrático de Derecho Político Manuel Jiménez de Parga, futuro diputado por Unión de Centro Democrático, ministro con el segundo Gabinete de Adolfo Suárez, magistrado y presidente del Tribunal Constitucional (Guillamet, 2018a: 319-323).

Si algún «parlamento de papel» abierto a la oposición antifranquista hubo en los últimos años de la dictadura, lo formaron una serie de pequeñas y medianas revistas, ajenas las más significativas de ellas a las empresas editoras de diarios. Así se proclamó, años más tarde, en el título de dos obras publicadas sucesivamente por la historiadora francesa Isabelle Renaudet (2003) y por los periodistas españoles Ignacio Fontes y Manuel Ángel Menéndez (2004), frente a una interpretación de parte forjada desde la prensa diaria de los primeros años setenta. Esa idea, elevada a la categoría de mito por políticos y periodistas a lo largo de los años, citada en la historiografía (Fuentes y Fernández Sebastián, 1997: 317-322; Seoane y Sáiz, 2006: 297-301; Muñoz Soro, 2007), también discutida (Reig Cruañes, 2014), y refrendada por el mismo Adolfo Suárez, que condujo el Gobierno en el paso de las Cortes Españolas de Franco a las Cortes Generales de la monarquía parlamentaria, es de limitada aplicación en el comportamiento político de la prensa diaria, según ha demostrado la investigación (Guillamet, 2018a).

De acuerdo con Renaudet, sería la prensa de oposición al franquismo durante el último decenio de la dictadura y la Transición democrática la que, con toda propiedad, puede ser considerada un parlamento de papel donde tiene cabida la expresión de las voces críticas con la dictadura y a favor de la democracia. Y esa prensa, de acuerdo con la selección de cabeceras incluidas en su obra, la componen las revistas semanales y mensuales que no dejaron de ser vigiladas, castigadas, sancionadas y suspendidas por los últimos gobiernos de Franco: Triunfo, El Ciervo, Cuadernos para el Diálogo, Andalán, Serra d’Or, Asturias Semanal y Presència, como las más destacadas. La obra de Fontes y Menéndez aporta un panorama más exhaustivo de la prensa semanal y su evolución, que incluye también las revistas ilustradas, de humor, religiosas y femeninas, así como las nuevas revistas de información crítica como Cambio 16 e Interviú.

A dicha vigilancia y persecución de las revistas críticas –y también de otras que no lo eran tanto– se aplicaron, con diferentes grados de intensidad, Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo promotor de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 a cuyo amparo se publicaban, y sus sucesores, Alfredo Sánchez Bella, Fernando de Liñán, Pío Cabanillas Gallas y León Herrera Esteban. No dejaron de hacerlo también, una vez muerto Franco, los sucesivos ministros del ramo Adolfo Martín Gamero y Andrés Reguera Guajardo, en los primeros gabinetes de la Monarquía presididos por Carlos Arias Navarro y Adolfo Suárez. Valga como ejemplo de una doble vara de medir, incluso en el momento del relevo en la Jefatura del Estado, que, hallándose suspendidos dos semanarios de amplia difusión –Mundo y Triunfo–, el indulto dictado con motivo de la jura del rey solo benefició al primero.

Una aplicación más benévola del artículo 2 de la Ley de Prensa, que siguió en vigencia hasta las vísperas electorales de 1977, no impidió que el Gobierno continuara sancionando a diarios y revistas por motivos políticos, así como por faltas a la moral, un apartado de la ley que tomó importancia ante el fenómeno del llamado «destape» del cuerpo femenino en la prensa y en el cine. Solo en el primer trimestre de 1976 hubo hasta trece secuestros de ediciones de seis revistas por este motivo, a las que se añadió la recién nacida Interviú en mayo. Además, El Papus y Papillon fueron objeto de sendas suspensiones de cuatro meses. Esta variedad de censura moral a posteriori se mantuvo intensamente en los nueve primeros meses del Gobierno Suárez, incluyendo el cierre definitivo de la última citada.

¿Cómo se comportaron las revistas políticas y las de información general durante la Transición desde el punto de vista político? ¿En qué medida prestaron su apoyo a los partidos emergentes, a cuyos miembros en la clandestinidad sirvieron de tribuna durante los años anteriores? Es una pregunta de investigación paralela a otra y distinta, aunque con una fuerte analogía, planteada para los principales diarios, que pasaron de servir a las llamadas familias políticas del franquismo –Movimiento, monárquicos, católicos, tecnócratas e independientes–, a apoyar a las opciones reformistas surgidas del mismo régimen, que formulamos en un proyecto anterior.

Desentrañar el mito del «parlamento de papel» –es decir, conocer el verdadero comportamiento político del periodismo durante la Transición– ha sido un objetivo principal de los dos proyectos de investigación sucesivos llevados a cabo por el equipo del Grup de Recerca en Periodisme de la Universitat Pompeu Fabra sobre el papel de la prensa diaria y no diaria españolas durante la Transición, financiados por el Ministerio de Economía y Conocimiento en las convocatorias de 20121 y 2015.2 Tras el estudio individualizado de doce principales diarios3 y las reflexiones aportadas por diversos protagonistas en el volumen La transición de la prensa: El comportamiento político de diarios y periodistas (2018), publicado en esta misma colección, se obtuvo una aproximación significativa a en qué medida la prensa diaria ejerció esa función de «parlamento de papel». A su alcance, sus límites e incluso algunos excesos, de acuerdo con el título del epílogo. El estudio individualizado de diecisiete revistas y las reflexiones aportadas también por diversos protagonistas en este volumen nos permiten completar este análisis con notable precisión, aunque la obtención de un conocimiento más detallado y completo requerirá otros estudios.

La selección de revistas estudiadas ha seguido un criterio amplio, ceñido principalmente al periodo de los dieciocho meses desde el relevo en la Jefatura del Estado, de formulación de la reforma política, emergencia y legalización de los partidos políticos y de celebración de las primeras elecciones libres para la constitución de un parlamento democrático, tras lo cual la eventual función substitutoria de la prensa dejó de ser necesaria. En algunos casos, la mirada analítica alcanza hasta la aprobación de la Constitución y de los estatutos de autonomía del País Vasco y Cataluña, a los efectos de completar los comportamientos de algunas de las revistas.

Con un criterio amplio, aunque no exhaustivo por razones obvias de capacidad material del equipo de investigación, se han considerado los siguientes ámbitos:

a) Las revistas políticas, como Cuadernos para el Diálogo, Triunfo y La Calle, en las que se expresan los principales partidos de la izquierda demócrata cristiana, socialista y comunista. La particularidad del cisma del equipo de Triunfo que da lugar a La Calle, en la primavera de 1978, ofrece la oportunidad de ver cómo la evolución del naciente sistema de partidos influye en la vida de una de las revistas que más lucharon por hacerlo posible.

b) Las revistas de información crítica, personalizadas en Cambio 16 e Interviú, como mayores exponentes del éxito extraordinario de difusión e influencia de unos semanarios independientes que desbordan temporalmente el comportamiento conservador de la mayoría de los diarios.

c) Las revistas ilustradas de información general, como La Actualidad Española y Gaceta Ilustrada, que reaccionan tarde y torpemente a la renovación impuesta por las anteriores y desaparecen en pocos años, a pesar de la fortaleza de los grupos económicos que las sostienen.

d) Las revistas políticas del espacio nacionalista y regional que expresan las voces de sectores políticos muy dinámicos y característicos de Cataluña –Oriflama, Presència, Canigó y Arreu–, el País Vasco y Navarra –Punto y Hora de Euskal Herria– y el País Valenciano –Valencia Semanal–. Hemos incluido a Destino en este mismo grupo ya que, a pesar de su perfil más empresarial, una difusión muy superior y una cierta presencia en el mercado general español, adopta un comportamiento político en sintonía con los de las revistas catalanas citadas.4

e) Las revistas de humor, como Por Favor, El Papus y El Jueves, principales exponentes de un fenómeno novedoso también en el ámbito político de los años finales de la dictadura y de la Transición.

El estudio de dichas revistas se ha completado con dos sesiones de focus group, celebradas en Madrid y en Barcelona, en las que han participado dos grupos respectivos de seis y siete periodistas, cuyos resultados se ofrecen en el capítulo 10. Estas reflexiones, ofrecidas anónimamente de acuerdo con la técnica propia de los grupos de discusión, se completan en los capítulos 11, 12 y 13 con la transcripción de las ponencias presentadas por periodistas y académicos en tres seminarios llevados a cabo con los miembros del equipo de investigación.

El proyecto sobre la prensa no diaria que presentamos en este volumen ha incluido también un apartado sobre revistas internacionales, al que corresponde el capítulo 14, que estudia los semanarios angloamericanos Time, Newsweek y The Economist. Su presencia, junto al análisis de las revistas españolas, abre una perspectiva comparativa de sumo interés, además de completar la mirada sobre los principales diarios de Francia, Italia, República Federal de Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, obtenida en un primer proyecto5 sobre el que publicamos un primer volumen en esta misma editorial, Las sombras de la Transición: El relato crítico de los corresponsales extranjeros, 1975-1978 (2016).

Con este libro, completamos una primera aproximación al estudio del papel del periodismo durante la Transición, con un doble y complementario resultado. Por un lado, la comprobación de un relato crítico por parte de los principales órganos de la prensa internacional diaria y semanal, más selectivo, distante e incluso profesional que el de la prensa española, tras el que aparece el apoyo editorial al proceso de reforma política. Por otro, el relato más próximo, exhaustivo y comprometido de una prensa diaria española que ha de afrontar el doble reto de acompañar al país en su adaptación al futuro y de afrontar su propia renovación ante la inminencia de la liberalización del mercado informativo. El caso de las revistas analizado en este libro plantea otro horizonte: en qué medida un sector desarrollado de forma desigual bajo la dictadura acompaña a la sociedad en el proceso de cambio y es capaz de mantener posiciones en la nueva realidad política y periodística.

1. «El papel de la prensa diaria en la Transición democrática. El comportamiento político de periódicos y periodistas (1975-1978)» (MINECO CSO 2012-36774). Investigador principal: Jaume Guillamet. Equipo de investigación: Marcel Mauri, Carles Pont, Ruth Rodríguez-Martínez, Francesc Salgado, Christopher D. Tulloch, David Caminada, Rita Luis y Anna Nogué (Universitat Pompeu Fabra), Josep Maria Sanmartí (Universidad Carlos III) y Jezabel Martínez (Universidad de Sevilla).

2. «El papel de la prensa no diaria en la Transición española. Información, política y partidos (1975-1982)» (MINECO CSO 2015-67752-P). Investigador principal: Jaume Guillamet. Equipo de investigación: Francesc Salgado, Christopher D. Tulloch, Cristina Perales-García y David Caminada (Universitat Pompeu Fabra), José Reig Cruañes (Universidad de Castilla-La Mancha), Gloria García González (Universidad Pontificia de Salamanca), Javier Muñoz Soro (Universidad Complutense de Madrid) y Rita Luis (Universidade Nova de Lisboa). Formó también parte del equipo en el inicio Josep Maria Sanmartí (Universidad Carlos III), que falleció repentinamente en julio de 2017.

3. Se analizaron siete diarios procedentes de los años de la dictadura franquista –ABC, El Alcázar, Arriba, Informaciones, Pueblo y Ya de Madrid y La Vanguardia Española de Barcelona– y otros cinco

nacidos tras la muerte del Caudillo y la jura del rey Juan Carlos –Avui de Barcelona, El País y Diario 16 de Madrid, Deia de Bilbao y Egin de San Sebastián.

4. En 1972, Destino tenía un 25 % de la difusión fuera de Cataluña, sobre un total de 41.980 ejemplares, algo inferior al 29 % de Gaceta Ilustrada, sobre un total de 73.725 ejemplares, y al 37 % del semanario Mundo, sobre un total de 21.952 ejemplares (Guillamet, 1990: 20-28).

5. «Noticias Internacionales de España. La Transición, 1975-1978. La percepción exterior de la política española a través de la prensa internacional», Ministerio de Ciencia e Innovación, CSO 2009-09655. Investigador principal: Jaume Guillamet. Equipo de investigación: Marcel Mauri, Ruth Ro-dríguez-Martínez, Christopher D. Tulloch y Francesc Salgado (Universitat Pompeu Fabra) y Tobias Reckling (Universidad de Portsmouth, Reino Unido).

I.

REVISTAS GENERALES

1. LA INFLUENCIA DE LAS REVISTAS POLÍTICAS: CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO, TRIUNFO Y LA CALLE

Javier Muñoz Soro Gloria García González

Cuando en 1962 José Ángel Ezcurra trasladó la redacción del semanario cinematográfico Triunfo desde Valencia a Madrid para reconvertirlo en una revista cultural al estilo de Paris Match, no podía sospechar que en unos pocos años acabaría siendo una revista emblemática entre los muy diversos colectivos de la izquierda antifranquista (Alted y Aubert, 1995: 384). Que otra revista mensual fundada al año siguiente por un eminente miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), exembajador ante la Santa Sede y exministro de Educación Nacional, tuviera una evolución en gran medida paralela habría parecido aún más sorprendente, antes que a nadie, a su propio fundador, Joaquín Ruiz-Giménez. Su título, Cuadernos para el Diálogo, no podía ser más transparente sobre la naturaleza instrumental de aquella austera publicación y sobre el espíritu que la animaba, tras la muerte del papa Juan XXIII y el comienzo del Concilio Vaticano II.

DOS REVISTAS EN BUSCA DE UNA TRANSICIÓN

Triunfo y Cuadernos para el Diálogo eran revistas muy distintas en su lenguaje y sus contenidos. Si la primera se especializó en el comentario del panorama internacional, a menudo con una doble lectura interna para el cómplice lector, la segunda abordaba temas nacionales con abundantes citas de la doctrina católica que, junto a la personalidad de su fundador, la protegían de la censura hasta cierto límite nunca bien precisado.1 Triunfo fue una revista cultural muy atenta a las tendencias que llegaban del otro lado de los Pirineos; Cuadernos analizaba la legislación y las instituciones de la dictadura con un tono jurídico, sesudo y prudente, pero de gran fuerza deslegitimadora. Ambas fueron espacios de sociabilidad intelectual y puentes generacionales entre quienes habían vivido la guerra, como combatientes o como niños, y las cohortes nacidas después. Cada una con su estilo, las dos revistas se convirtieron durante los años sesenta en referentes imprescindibles de esa generación de jóvenes universitarios que empezaba a manifestar en público sus ansias de consumo cultural, de justicia social y de cambio político. Según la Encuesta sobre hábitos de lectura, radioaudición y televisión, elaborada por el Instituto de la Opinión Pública en 1970, aparecían como las de mayor difusión entre estudiantes, licenciados y profesores universitarios, en particular entre los menores de 35 años.2

Las revistas habían ocupado una parte del enorme vacío dejado por los diarios, controlados por el Estado o por los grandes grupos católicos y monárquicos integrados en el bloque de poder franquista. Su precariedad, paradójicamente, las hacía más fuertes para ejercer las funciones informativas y críticas propias de la prensa, aunque muchas sucumbieran en el empeño por los embates de la censura, las sanciones administrativas y las causas penales que se mantuvieron tras la nueva Ley de Prensa de 1966. Ello las convirtió en algo más, en señas de identidad de los jóvenes de orientación izquierdista, que conectaron con las inquietudes y las luchas de sus contemporáneos europeos y americanos. La España franquista se abría cada vez más al exterior por los intercambios económicos y culturales, por la emigración, el turismo y la dificultad cada vez mayor de impedir los flujos de información a través de los medios de comunicación modernos.

En esto coincidían con la multitud de revistas políticas que inundaban Europa por esos mismos años alentadas por el crecimiento económico y que, de manera algo contradictoria, servían de altavoz a una izquierda intelectual lacónicamente revolucionaria. La principal diferencia es que, mientras esa izquierda europea debatía sobre cómo superar la democracia burguesa impuesta tras la Segunda Guerra Mundial, Triunfo y Cuadernos para el Diálogo trataban de incorporar a sus lectores a una corriente de modernidad incompatible en la práctica con la dictadura aún vigente en España. Por ello, la historia de ambas revistas desde la década de 1960 también fue la de una generación de españoles que despertaron al pensamiento crítico y al compromiso político en compañía de sus páginas. Solo desde esta perspectiva puede entenderse el papel que jugó en Triunfo, especialmente, pero también en Cuadernos a través de su colección Los Suplementos y su editorial Edicusa, la cultura en todas sus expresiones –literatura, música, arquitectura, cine, teatro, arte, cómic− como una forma más de politización.

Como en otras situaciones de transición a la democracia desde un régimen autoritario, en España las revistas progresistas sirvieron de cauce de expresión a los sectores sociales más concienciados políticamente –las minorías «ruidosas» que coexisten con las mayorías «silenciosas»– para liberar espacios públicos de la hegemonía impuesta por un régimen de lejanos orígenes totalitarios. Una conquista cultural de espacios libres que precedió al cambio político y lo hizo posible (Guillamet y Salgado, 2014; Smith, 1980; Filgueira y Nohlen, 1994; Renaudet, 2003). Desde enero de 1976 hasta las elecciones de junio de 1977, la movilización social, y con ella el conflicto, ya fuera en su variante más política o laboral, marcó la agenda periodística de Triunfo y Cuadernos para el Diálogo. El amplio despliegue dedicado en sus páginas a cualquier forma de conflicto fortalecía la imagen pública de los movilizados y legitimaba la causa de su protesta, al tiempo que daba cuerpo a eso que se ha venido designando como «presión desde abajo» (Maravall, 1985: 199). Fue así con el movimiento obrero, eje primordial de la contestación, pero también con el estudiantil o el vecinal (Alonso, 1991: 85).

No puede decirse que estas revistas desarrollasen hacia las manifestaciones una simple labor de mediación informativa porque también desempeñaron un eficaz papel de reactivación social. Para los movimientos sociales, su afirmación y la garantía de su propia supervivencia dependían en una parte significativa del apoyo que les pudieran brindar los medios de comunicación, pues solo desde las páginas de papel impreso podían mantenerse la tensión necesaria y el interés público por sus actividades entre una acción colectiva y la siguiente. En este sentido, las revistas posibilitaron la continuidad de algunos movimientos sociales manteniendo vivo el interés por ellos mediante reportajes, artículos de opinión, entrevistas o mesas redondas, y ejerciendo una forma de participación pública no formalizada. Contribuyeron así a proyectar la actividad cívica de la contestación, en un verdadero ciclo de protesta que comenzó a dar sus primeras muestras de debilidad tras la aprobación de la Ley para la Reforma Política en diciembre de 1976, y de clara disolución en vísperas de las primeras elecciones democráticas de junio de 1977 (Tarrow, 2012). Las dos revistas se encontrarán entre las primeras víctimas de ese cambio de ciclo hacia la desmovilización.

Junto a altavoces de la movilización social, Triunfo y Cuadernos para el Diálogo se convirtieron en plataformas de diálogo y articulación de grupos y organizaciones políticas de cara al nuevo escenario abierto inevitablemente con la muerte de Franco, pese a la continuidad de las instituciones y aparatos de la dictadura. En sus páginas, las distintas alternativas ideológicas, presentadas ya al lector en forma de partidos o candidaturas políticas, debatieron las vías posibles de acceso a la democracia, así como las características y los requisitos que esta debería cumplir. Un debate que se representó en una dualidad política, pero también discursiva y simbólica: ruptura frente a reforma. Fueron medios de expresión semitolerados, pero fueron mucho más: medios de participación política, de recuperación pacífica del espacio público y de construcción de ciudadanía sin los cuales el final de la dictadura podía no equivaler al nacimiento de la democracia.

CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO, ENTRE LA RUPTURA Y LA REFORMA

Cuadernos para el Diálogo tenía la edición lista para su distribución cuando falleció Franco, aunque en el último momento pudieron añadirse cuatro páginas en el número correspondiente a ese mes. Un editorial comentaba «que una página del pasado de Europa se cierra con su muerte», la que iba de su ascenso al poder en una fase de guerra y totalitarismos a la presente de democratización y unidad europea. Muchas viejas heridas de la Guerra Civil estaban aún sin cicatrizar, pero la sociedad de 1975 no era la de 1936 gracias a las grandes transformaciones socioeconómicas de las décadas anteriores y «ahora es el pueblo español el que ha de pasar a primer plano como única fuente de legitimación posible». El balance de casi cuarenta años sería tarea de los historiadores, pero también de todos los españoles que «necesitan, como cualquier otro pueblo, analizar su pasado. Sobre todo, cuando éste pretende erigirse en piedra angular del futuro». Junto a ese editorial, un artículo de Ruiz-Giménez titulado «Los deberes del tránsito» señalaba la inaplazable tarea de promover la seguridad jurídica y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, los derechos de expresión, reunión y asociación, la soberanía popular y la «solución de los problemas reales», que en la terminología del momento equivalía a profundas reformas económicas.3

La portada del número de diciembre traía la foto de un cabo rompiéndose, en alusión a la frase de Franco sobre su legado «atado y bien atado», con un gran titular: «España quiere democracia». Asumiendo el papel de portavoz semitolerado de la oposición que se le atribuía, la revista publicaba una de sus habituales encuestas a varios representantes de las organizaciones todavía clandestinas. El acuerdo sobre los objetivos democráticos y sobre la prioridad de conceder una amnistía no ocultaba las diferentes actitudes ante la posibilidad de un cambio «desde arriba» o «desde abajo». Sin embargo, las llamadas del PSOE y del PCE al pragmatismo y a no desechar de antemano ninguna opción situaban el debate, en realidad, entre la credibilidad democratizadora concedida a un eventual proyecto reformista guiado por el rey y el escepticismo por parte de la izquierda marxista de que este pudiera ir más allá de una «democracia limitada». Hasta la izquierda radical, con Francisca Sauquillo en representación de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), consideraba que la cuestión no estaba en democracia «desde arriba» o «desde abajo», sino en «un compromiso organizado y sin exclusiones sobre unas bases claras». Como siempre, era la solución del problema regional-nacional la que planteaba mayores divergencias.4

En ese mismo número de diciembre un editorial titulado «El pueblo pide voz y voto» analizaba el primer discurso del Rey, que si bien «no amplió el margen de expectativa, tampoco lo disminuyó». El reformismo de Arias era ya insuficiente «para las aspiraciones de la sociedad española» y la muy parcial amnistía, que dejaba fuera desde los exiliados hasta los militares de la Unión Militar Democrática (UMD), constituía «la primera oportunidad desaprovechada».5 Sí se veían indicios de cambio en otras instancias, como la Iglesia, que había hablado por boca del cardenal Tarancón en su sentida homilía.6 Amnistía −«el fin de nada, sino el comienzo de todo»− era de nuevo la palabra más utilizada en la mesa redonda sobre «Reforma o ruptura» del número correspondiente a enero de 1976, donde toda la oposición se mostraba de acuerdo en no participar en el proyecto de Arias para una «democracia parcelada».7

Durante los primeros meses de 1976, Cuadernos reflejó, quizá mejor que ninguna otra publicación de la época, los tanteos y las reflexiones sobre las vías de salida del impasse provocado por un equilibrio de fuerzas entre el régimen y la oposición. Si Juan Carlos no había heredado el poder carismático de Franco ni podía conformarse con ejercerlo por medio de la represión, debía buscar una legitimidad democrática.8 A mediados de junio, con motivo de su discurso ante el Congreso de los Estados Unidos y sus declaraciones a la revista Newsweek, un editorial titulado «Otro gobierno para las promesas del Rey» reclamaba la dimisión de todo el Gabinete, pues «ni Arias ni Fraga están a la altura de las circunstancias».9 Cuadernos había apostado por Areilza y, cuando se llevó a cabo el deseado cambio de gobierno menos de dos semanas después, la inesperada designación de Suárez mereció una portada en negro, con una pequeña foto en el centro del nuevo presidente con la camisa azul de Falange y un expresivo titular: «El apagón». El coautor del rotundo editorial, Rafael Arias-Salgado, se convertiría poco después en jefe del Gabinete político de Suárez y en diputado, ministro y secretario general de UCD.10

Casi diez años después de la importante «Meditación sobre España» de 1967, Ruiz-Giménez escribía en la primavera de 1976 una «segunda meditación». Afirmaba en ella que «el verdadero dilema no es el de reforma-ruptura», sino «entre una micro-reforma, elaborada oligárquicamente y bajo veladuras, y una macro-reforma de alcance constituyente, realizada por cauces democráticos». Para el fundador de la revista y ahora presidente de Edicusa, debía formarse un «gobierno provisional de pacificación» y neutral que garantizase «el orden público, el diálogo político y la objetividad del proceso electoral constituyente».11 Una meta en la que coincidía con los representantes comunistas, como Ramón Tamames, y con socialistas como su discípulo Peces-Barba, aunque el PSOE de Felipe González ya empezaba a barajar la posibilidad de entrar en el juego siguiendo las reglas de la reforma Suárez.

De hecho, Cuadernos para el Diálogo valoró positivamente el anteproyecto de la Ley para la Reforma Política como «formalmente democratizador», a pesar de que abría «un proceso constituyente que, en el mejor de los casos, consumirá todo el año 1977, un largo lapso de tiempo de incertidumbre política, inseguridad e inestabilidad».12 También juzgó de manera favorable su aprobación en Cortes, «un paso para la salida no violenta del sistema franquista hacia uno democrático», reconociendo que el éxito del Gobierno Suárez «ha sido en ese campo indudable y sería mezquino y poco objetivo no reconocérselo». Aun así, faltaba todavía «dar credibilidad democrática al proyecto» y negociar con la oposición unas «reglas de juego» para el reconocimiento de todos los partidos políticos, la modificación de la normativa vigente sobre asociación y reunión, el acceso en condiciones de igualdad a los grandes medios de comunicación social, la amnistía total y una ley electoral de tipo proporcional para el futuro parlamento.13

Fue el incumplimiento por parte del Gobierno de esas condiciones de legitimidad democrática e igualdad de oportunidades lo que motivó su posición abstencionista, como del resto de la oposición de izquierda, ante el referéndum del 15 de diciembre de 1976.14 Además, incluyó en sus páginas publicidad sobre el referéndum de la mayoría de los partidos políticos de la oposición, incluidos los todavía ilegales, y de cinco asociaciones feministas. Dicho número a punto estuvo de ser secuestrado por las autoridades, que prohibieron la reproducción de los anuncios y anagramas de cuatro organizaciones: PCE, ORT, Partido del Trabajo de España (PTE) y Movimiento Comunista (MC). La revista, que abría el número con publicidad del Gobierno a favor del voto, decidió en solidaridad tachar visiblemente los anuncios del resto de fuerzas políticas de la oposición. No por ello dejó de admitir el «carácter relativamente inédito» del proceso democratizador español, «en que parte de la clase política perteneciente al viejo sistema autoritario ha intentado –y lo ha conseguido parcialmente– tomar la iniciativa política para protagonizar dicho cambio». Eso sí, siempre impulsada por la presión popular.15

El éxito gubernamental en el referéndum de 1976 lanzaba un reto a la oposición, pues «de ella puede depender, en parte, que la futura Constitución sea plenamente democrática».16 Cuadernos interpretó con acierto y moderación el proceso de transición a la democracia en su fase más difícil, sin ese dogmatismo que a veces se le ha atribuido, y en cierta medida contribuyó a su éxito con la más clamorosa y discutida decisión periodística del semanario: la publicación del borrador secreto de la Constitución a finales de 1977. El escándalo político fue mayúsculo: Manuel Fraga y Jordi Solé Tura acusaron a la revista de ser el órgano de expresión del PSOE, aunque Alfonso Guerra habló de «irresponsabilidad» y Gregorio Peces-Barba, «sorprendido e indignado», dimitió de su puesto en el consejo de administración y la junta de fundadores.17 Para la ciudadanía, por el contrario, la divulgación del borrador dio mayor transparencia a un proceso constituyente mantenido hasta entonces al margen del debate público, lo que permitía a los actores sociales valorar el texto según sus expectativas y participar, aunque solo fuera mediante presiones externas, en su redacción definitiva.18

CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO SEMANAL ERA OTRA COSA

Con la muerte del dictador había empezado una nueva etapa en la historia de Cuadernos para el Diálogo, donde la acumulación ideológica de los últimos años de la dictadura daba paso al pragmatismo obligado por las soluciones políticas concretas. Además, la reflexión teórica y el tenaz martilleo jurídico, plagado de citas de papas y autoridades de la Iglesia, que habían caracterizado a la revista estaban dando paso a una multiplicación exponencial de los acontecimientos, que parecían haber entrado en una fase de aceleración histórica. Pedro Altares escribía en el último número mensual: «España ha comenzado una etapa histórica en la que ya nos era imposible seguir aherrojados por una periodicidad que obligaba a distanciarse de los hechos y, lo que es mucho peor, imposibilitaba reflejarlos con asiduidad y rigor».19 En abril apareció el primer número semanal, que iba a distinguir netamente la primera etapa de Cuadernos para el Diálogo bajo la dictadura de la segunda en la transición a la democracia.

El semanario heredaba el espíritu democrático de su predecesor, pero ya no perseguía un proyecto político, sino convertirse en una buena revista de información. Se trataba de contrarrestar el «estilo sesudo y apostólico tan connatural a aquella casa» con «un tono desenfadado no exento de cierto sentido del humor», aunque ello conllevara en ocasiones una «sorda batalla» con los viejos miembros, sobre todo cuando se corregían sus textos por falta de sentido periodístico, como recordaba años después Luis Carandell (1997). Se copió el esquema del francés Le Nouvel Observateur, referente de la izquierda europea de posguerra, para ponerse en condiciones de competir con los nuevos semanarios de información general que adoptaban la fórmula −estilo ágil, agresividad informativa, ambigüedad ideológica y coexistencia de opiniones− de los newsmagazines americanos. En especial Cambio 16, que en 1976 tiraba 348.081 ejemplares, e Interviú, que tiraba 297.254 y llegaría a los 640.462 al año siguiente, cuando la tirada media de Cuadernos para el Diálogo no superaba los 80.000 ejemplares (Cabello, 1999: 115).20 Ya en julio de 1974, Altares declaraba a la agencia Europa Press que las pérdidas económicas en el último ejercicio habían sido de 783.007 pesetas, aunque se habían alcanzado los 18.500 suscriptores y se estaba planteando un cambio de periodicidad para competir con las nuevas revistas que «realizan excelentemente una labor política».21

Cuadernos semanal «se presentó como una excelente realización de moderno periodismo», con un «atractivo diseño» y una redacción de «competentes profesionales», como reconocía el director de Triunfo, José Ángel Ezcurra (Alted y Aubert, 1995: 641). Entre ellos, los periodistas Vicente Verdú, Ángel García Pintado, José A. Gabriel y Galán, Soledad Gallego, Joaquín Estefanía, Federico Abascal Gasset, Enrique Bustamante, María Dolores Vigil y el subdirector, Eduardo Barrenechea, hasta entonces redactor-jefe de Informaciones. Muy ligado desde el principio a la revista, Pedro Altares sustituyó como director a Félix Santos cuando este dimitió en desacuerdo con el cambio de periodicidad (dos años más tarde recalaría en la redacción del semanario La Calle) (Santos, 2019). En el consejo de redacción, Víctor Martínez Conde ejercía de secretario y Rafael Arias-Salgado, Eugenio Nasarre y Gregorio Peces-Barba como delegados de Edicusa, mientras que Rafael Martínez Alés se encargaba de la dirección comercial y de la gerencia junto a Javier Gómez Navarro, y Miguel Bilbatúa de la documentación con la ayuda del capitán «úmedo»,22 Antonio García Márquez.

Había una «redacción paralela» en Barcelona, integrada entre otros por Carmen Alcalde, Alfonso Carlos Comín y Josep Maria Huertas Clavería, y como muestra del nuevo estilo que deseaba imponerse se reunió un amplio equipo de humoristas, del que formaron parte en algún momento Nuria Pompeia, Cesc, Peridis, Ops, Perich, Layus o Al-Caín.23 Los editoriales, santo y seña del mensual, perdieron su papel preponderante y su número se redujo de una media de siete u ocho a uno, o dos excepcionalmente. Las fotografías, en su mayoría obra de Manuel López Rodríguez, aligeraron sus páginas, que en esta época se imprimieron en papel satinado, lo cual encareció notablemente su precio desde las 25 pesetas que costaba en 1963 a las 50 pesetas en 1977 y 60 en 1978.

No pasaría mucho tiempo para ver algunos de esos nombres pasar a la política activa en las filas de la UCD, el PCE o el PSOE. A pesar de su original proyecto democristiano, a esas alturas la revista era percibida como muy cercana al Partido Socialista, en el que se habían integrado varios de sus fundadores, como Elías Díaz, Gregorio Peces-Barba, Leopoldo Torres Boursault, José Félix Tezanos, Tomás de la Quadra, Fernando Ledesma, Virgilio Zapatero, Liborio Hierro, Menéndez del Valle, Julián García Valverde, Javier Gómez Navarro, Martínez Alés o, aunque fuera sin carnet de militante, Pedro Altares. Hasta los servicios de información consideraban Cuadernos para el Diálogo «abiertamente PSOE», mientras que situaban a Triunfo «en la línea más intelectual y analítica del PCE», por más que Altares insistiera a menudo en que «no somos los voceros oficiales u oficiosos de ningún grupo o partido político».24

En realidad, el semanario no dependió del PSOE ni financiera ni políticamente y, durante esos primeros meses de la Transición, la línea editorial apoyó los objetivos básicos de toda la oposición, reunida por fin en una plataforma única. Con el tiempo llegarían las divisiones internas, sobre todo en los meses previos a su desaparición. Así, un artículo de Altares en las páginas de El País contra la renuncia a «un sindicalismo de clase» y el abandono de los «principios marxistas» provocó una dura respuesta de Víctor Martínez Conde en la que recordaba la trayectoria de Cuadernos en la lucha por la democracia y reprochaba a su director su falta de compromiso político en el seno de la UGT y su «pseudoindependencia para desde ella atacar a izquierda o derecha a tenor de sus intereses personales».25 Pedro J. Ramírez comentaría a propósito: «¡País de locos éste, en el que lo que se le echa en cara a un periodista no es su militancia, sino su independencia!».26

CENSURA Y AMENAZAS

La Ley de Prensa e Imprenta siguió vigente tras la muerte de Franco y el Ministerio de Información y Turismo no renunció a hacer uso de los secuestros, suspensiones y sanciones administrativas. A su último titular, Andrés Reguera Guajardo, no se le ocultaba que llevaba todas las de perder si solo recurría a métodos coercitivos contra la prensa, así que reunió en Madrid a los directores de los principales medios y les pidió ayuda para instaurar la libertad de prensa, con especial atención a tres temas «delicados»: la Corona, el Ejército y la unidad territorial (Chuliá, 2001: 209). En abril de 1975 Triunfo había sido condenado a una suspensión de cuatro meses a comenzar desde septiembre por un artículo del psiquiatra José Aumente titulado «¿Estamos preparados para el cambio?». Esta larga suspensión privó a la revista de la oportunidad no solo de informar sobre la muerte del dictador, sino también de beneficiarse de los primeros indultos que el Rey concedió a otras publicaciones y periodistas sancionados por transgredir la vigente Ley de Prensa.

En el último número mensual, correspondiente a febrero-marzo de 1976, Cuadernos pudo publicar los artículos secuestrados desde 1970 hasta solo tres meses antes. Sin embargo, solo dos meses después, en junio, la revista se vio obligada a retirar un informe sobre torturas después de que la Dirección General de la Guardia Civil denunciara ante la jurisdicción militar otro previamente publicado por Cambio 16 acerca de malos tratos a detenidos en el País Vasco.27 A primeros de septiembre de 1976, el Ministerio de Información y Turismo ordenó el secuestro de la revista por una entrevista que Vicente Verdú había realizado durante las vacaciones a Reguera Guajardo, en la que el ministro hablaba nada menos que de la posibilidad de legalizar el PCE.28 Como la mayor parte de la edición había sido ya distribuida y solo quedaban unos tres mil ejemplares en el almacén, aparte de que el ministro no podía demostrar la falsedad de la entrevista, la solución fue comprar toda la edición con un talón del Ministerio y llamar uno a uno a los distribuidores para que, alegando «dificultades técnicas», devolvieran los ejemplares recibidos.29

Los expedientes y secuestros no cesaron, ni mucho menos, pero ya nadie podía sustraer a la prensa su función fiscalizadora sobre las actuaciones de la Administración. Las amenazas llegaron también por otras vías. Soledad Gallego Díaz y José Luis Martínez fueron conminados a salir del país en un plazo de cuarenta y ocho horas por un autodenominado Comando de Apoyo y Defensa de la Internacional Nacionalsocialista, a causa de un informe publicado en el número 170 sobre la presencia de terroristas fascistas italianos en Madrid.30 Durante meses, un coche de la policía tuvo que vigilar día y noche la sede de Cuadernos en la madrileña calle Jarama, porque a la redacción no dejaban de llegar anónimos de las nuevas organizaciones de extrema derecha, como Vanguardia de Lucha Antimarxista (VLA), Comando José Antonio de Orden Social (CJAOS), Partido Español Nacional-Sindicalista (PENS) o los Guerrilleros de Cristo Rey, en los que amenazaban de muerte a redactores del semanario por informaciones como la publicada sobre los republicanos represaliados en Granada.31

TRIUNFO Y EL ADIÓS A LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA

Tras la muerte del dictador en noviembre de 1975 y de los cuatro meses de suspensión, Triunfo reaparecía en enero de 1976 con José Ángel Ezcurra como director y Eduardo Haro Tecglen en la subdirección. Les acompañaban César Alonso de los Ríos y Víctor Márquez Reviriego como jefes de redacción en Madrid y Manuel Vázquez Montalbán en Barcelona. Casi una veintena de colaboradores engrosaban las filas de la redacción en este primer año de cambio, con nombres como Carlos Elordi, José Aumente, Antonio Elorza, Montserrat Roig o Nicolás Sartorius. Todos ellos con la disposición abiertamente política de contribuir desde la revista al cambio democrático en España por la vía de la ruptura, tal como había sido formulada por la Junta Democrática en París en 1974.

Atrás quedaba el interés preferente de Triunfo por los asuntos de carácter internacional y la cultura europea. Desde enero de 1976 y hasta las elecciones de junio de 1977, la prioridad sería la marcha de la política nacional y el impulso de un cambio político que parecía ineludible. A lo largo de ese año y medio la revista participó activamente en la construcción de un clima de protesta, dando espacio en sus páginas a las reivindicaciones laborales, vecinales, estudiantiles, ecológicas o feministas, a la campaña por la amnistía y a demandas como la objeción de conciencia.32 En ese proceso Triunfo jugó un papel determinante erigiéndose en plataforma de discusión pública y espacio privilegiado de formulación de demandas, a la vez que asumía funciones que en un contexto democrático normal desempeñan otras instancias, como los partidos y las instituciones. La cultura, y la contracultura, actuaron en Triunfo como una forma más de politización y de participación ciudadana de personas o colectivos no necesariamente implicados en otras formas de protesta.33

Tras las elecciones del 15 de junio 1977, la ruptura democrática dejó de ser un proyecto político aglutinante de la izquierda ideológica para convertirse en base de negociación de la nueva etapa constituyente. De «ruptura pactada» se acabó hablando en la prensa del momento para expresar el fin de la polaridad que había enfrentado a rupturistas y a reformistas hasta pocas semanas antes de las elecciones. Las elecciones abrieron una nueva etapa política que imponía el acuerdo sobre la confrontación, pero también el abandono del viejo ideal de la «unidad de la izquierda» en beneficio de la disparidad estratégica y de acción, particularmente del PCE y el PSOE. El resultado electoral favoreció las posiciones moderadas de la derecha, con la victoria de la UCD, el partido del presidente Adolfo Suárez, y de la izquierda, con el PSOE como segundo partido más votado. El resto de partidos, a la derecha y a la izquierda, incluido el PCE, alcanzaron resultados muy por debajo de sus expectativas. Como consecuencia, el Partido Comunista abandonó el proyecto de confrontación y ruptura, pasó a difundir la consigna de la desmovilización entre sus militantes y tomó la decisión de participar en cuantas mesas de negociación fueran convocadas por el Gobierno.

A partir de ese momento, Triunfo, tan comprometido hasta entonces con la movilización social y con su objetivo de tumbar las instituciones franquistas y liderar un proceso democrático, se quedó sin proyecto político y asumió la tarea de vigilar el sincero espíritu democrático del gobierno de Adolfo Suárez,34 de criticar la deriva eurocomunista del PCE35 y de advertir del peligro de la ultraderecha.36 A lo largo de ese segundo semestre de 1977, la situación no debió de ser fácil en la redacción de Triunfo. Urgía redefinir una línea editorial que diera coherencia a una cierta continuidad ideológica con las propuestas de izquierda defendidas hasta entonces y, al mismo tiempo, diera respuesta a las cuestiones abiertas por la nueva situación política. Las divergencias ideológicas dentro de la redacción entre Eduardo Haro Tecglen, muy crítico con el pragmatismo del PCE, y Nicolás Sartorius, leal a las posiciones oficiales del partido, empezaron a ser insalvables.

Por si fuera poco, la situación empresarial de Triunfo venía siendo dramática desde meses atrás. Fragilidad empresarial y turbulencias ideológicas no eran la mejor combinación para salvar un proyecto editorial, incluso de la trayectoria y renombre de Triunfo. Si en el tardofranquismo los lectores más exigentes se habían refugiado en las revistas de información general de mayor carga cultural y política como Triunfo y Cuadernos para el Diálogo, con la llegada de la democracia esos mismos lectores encontraron en la nueva prensa diaria, democrática, de calidad y mucho más influyente un espacio de información y deliberación acorde con los nuevos tiempos. Las viejas revistas de larga trayectoria antifranquista ya no resultaban ni tan atractivas ni tan funcionales en tiempos de democracia emergente. Al mismo tiempo, el aumento de las tensiones entre los distintos sectores de la izquierda era una «señal de que la progresía, fuertemente unida hasta entonces, se deshacía», como había advertido Pedro Altares al Consejo de Administración de Edicusa en junio de 1975.37

Los lectores demandaban más información que doctrina política, la militancia mediática daba paso a una relación más desapasionada con la nueva prensa diaria y lo que había sido en los últimos años de la dictadura un signo público de distinción, llevar bajo el brazo la revista Triunfo, ahora lo era llevar consigo el diario El País. Jóvenes profesionales de clases medias urbanas se incorporaban en masa a la democracia desde una nueva condición que no era ya la de ser de izquierdas, sino algo tan vago y difuso como ser «progresista». Y fue con ese sentimiento con el que conectó el diario El País desde que salió a la calle en mayo de 1976 como «un periódico sin pasado, que no tiene que arrepentirse de nada, porque de nada se siente responsable» (Seoane y Sueiro, 2004: 17).

Las viejas lealtades culturales y militancias políticas empezaban a sufrir una profunda crisis y la deserción de lectores en las emblemáticas revistas del antifranquismo corría en paralelo con el descenso de la cifra de afiliación a las formaciones políticas situadas a la izquierda del PSOE, particularmente del PCE (Treglia, 2011: 37). El marxismo, que había dado sentido durante décadas a la resistencia antifranquista, dejaba de resultar funcional en medio de un contexto de repliegue comunista en la Europa occidental y de desmovilización de las clases urbanas más politizadas durante la dictadura y que ahora optaban por alternativas más pragmáticas (Mayayo, 2018). La apertura del proceso de negociación salarial de los Pactos de la Moncloa en el otoño de 1977 acabaría por determinar la fractura política entre los que decidieron mantenerse firmes en sus posiciones ideológicas de izquierda marxista y los que viraron hacia posiciones más posibilistas. La redacción de Triunfo acabó convirtiéndose en un microcosmos donde la fractura entre los periodistas se hizo evidente.

La participación del PCE en los pactos con el Gobierno de Adolfo Suárez resultó controvertida para no pocos de sus afines. La contención salarial y la desmovilización social derivadas de esos acuerdos fueron interpretadas por muchos como una traición a la clase trabajadora y por otros como el precio necesario que había que soportar en beneficio de la estabilidad económica y la contención de las cifras de desempleo (Molinero e Ysàs, 2017: 237). En la redacción de Triunfo quien marcó la línea argumental sobre este tema fue Eduardo Haro Tecglen desde su artículo semanal, donde, a modo de editorial, denunciaba que «la mesa de negociación está usurpando a las Cortes su función legisladora porque, en la práctica, los partidos allí reunidos actúan como un Gobierno de concentración sin legitimidad democrática». Añadía que, para el PCE, firmar estos acuerdos significaba «acudir a la salvación del Gobierno Suárez».38 Y ni siquiera las declaraciones exculpatorias a Le Monde del secretario general del PCE, Santiago Carrillo, asegurando que la unidad de las fuerzas políticas era lo único que podría disipar el riesgo de un golpe de estado al estilo del de Pinochet en Chile, suavizaron en Triunfo su frontal oposición a los Pactos.39 Apenas faltaban unas semanas para que finalizara 1977 y para que algunos de los redactores y colaboradores más emblemáticos de Triunfo y más vinculados con el Partido Comunista abandonaran el semanario para emprender un nuevo proyecto, la revista La Calle.

EL LANZAMIENTO DE LA CALLE

El 15 de marzo de 1978, el diario El País anunciaba la inminente salida de La Calle como una revista que nacía «con el propósito de ofrecer una información viva, directa y plural de la actualidad política, social y cultural del país». César Alonso de los Ríos, futuro director de la nueva revista, declaraba a El País que «la idea de poner en marcha La Calle surgió hace un año de un grupo de profesionales que queríamos hacer la revista de izquierdas, coherente y de calidad periodística que, a nuestro parecer, todavía no se puede encontrar en el mercado».40 Reconocer públicamente que un grupo de redactores llevaba un año planificando la edición de una nueva revista constituía un muy serio golpe a la revista Triunfo, de la que provenían y a la que ya no reconocían su entidad como «una revista de izquierdas coherente y de calidad».

Lo que sí parece claro, a la luz de su línea editorial en 1977, es que las críticas de Triunfo al PCE debieron de ser el detonante para que los redactores más vinculados al partido decidieran abandonar la revista y fundar La Calle con el fin de reforzar la imagen pública del Partido, con mayúscula, tan debilitada a lo largo de ese año por los decepcionantes resultados electorales y por las renuncias programáticas que comportó la firma de los Pactos de la Moncloa. De este modo, recién iniciado 1978, el PCE se encontraba con dos importantes respaldos: la revista La Calle y el sindicato Comisiones Obreras (CC. OO.), ambos esenciales para compensar la situación políticamente debilitada del comunismo. De la revista y del sindicato se esperaba que contribuyeran a ganar en el espacio mediático y laboral la posición hegemónica que el PCE no había alcanzado en las instituciones a través de las urnas.

Finalmente, el primer número de la revista La Calle salió a la luz el 28 de marzo de 1978 con el resultado de una traumática escisión dentro del grupo que hasta entonces constituía lo más emblemático del equipo de redactores del semanario Triunfo: Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Lara, César Alonso de los Ríos, Nicolás Sartorius y Julia Luzán entre otros. Que Teodulfo Lagunero fuera su accionista mayoritario y Pilar Brabo la encargada de conseguir socios para la nueva empresa indican que detrás de la iniciativa de poner en marcha La Calle estaba, si no el PCE de manera orgánica, sí algunos de sus militantes más significativos. Alguno de ellos, como Nicolás Sartorius, fundador de CC. OO., ocuparía un lugar relevante en la nueva redacción tras su ruptura con Triunfo en octubre de 1977, y su hermano Jaime, un puesto en el Consejo de Administración de la empresa editora de la revista, Cultura y Prensa S. A., junto al propio Lagunero. Otros accionistas que también ocuparon un lugar de relevancia en el Consejo de Administración fueron Luis Larroque, abogado vinculado al PCE desde 1976, y Jesús Martínez Guerricabeitia, empresario valenciano y mecenas cultural, hermano del fundador de la editorial Ruedo Ibérico, otro emblema del antifranquismo. En el plano periodístico, la responsabilidad correría a cargo de César Alonso de los Ríos y de Carlos Elordi, ambos militantes comunistas, como director y subdirector respectivamente.

En su primer editorial, César Alonso de los Ríos justificaba la publicación de La Calle como la mejor manera de compensar la frustración de unos lectores de izquierda que demandaban una publicación «coherente» con sus ideas y unos redactores que ansiaban un medio donde «escribir a su aire». Insistía en que La Calle no iba a ser una revista neutral, pero tampoco una plataforma ideológica, ni por supuesto un órgano de partido. De acuerdo con este primer editorial, el equipo de redactores de la revista aspiraba a «replantearlo todo», proporcionando a sus lectores una visión política de la vida.41 Esta afirmación es la que con seguridad explica el interés y la extraordinaria carga profesional −atendiendo al número de periodistas y páginas ocupados− que la revista depositaba en las secciones de «Economía», «Laboral» y «Política». Para La Calle se trataba de un momento clave en la construcción de un modelo económico que consolidara la conquista de derechos laborales, a la vez que la influencia social de los sindicatos como agentes sociales imprescindibles en la interlocución laboral.42 En el plano político, del proceso constituyente no interesaba más que la estructuración territorial del Estado y la presión preautonómica, que se dejaba sentir tanto en las marchas populares como en las entrevistas en los despachos.43 En este sentido, a Cataluña se le reservó un destacadísimo peso informativo ya desde que, en el primer número de La Calle, Andreu Claret anunciara el viaje de Tarradellas a Madrid y se hiciera eco del temor advertido entonces por la izquierda del riesgo de presidencialismo que representaba su figura.44

«Reportajes» e «Internacional» constituyeron igualmente secciones de especial relevancia ideológica dentro de la revista, de manera no muy distinta a lo que habían supuesto en Triunfo. Los reportajes de La Calle configuraron una intensa agenda social desde la que se postulaba el asociacionismo vecinal, feminista, etcétera, así como la sensibilidad hacia los colectivos más vulnerables y los temas directamente relacionados con un potencial estado del bienestar: viviendas sociales, sanidad y enseñanza públicas, junto a aquellos otros vinculados a la urgente conquista de derechos como el divorcio, los anticonceptivos o la homosexualidad. Todo ello sostenido con las firmas de Maruja Torres, Jorge Martínez Reverte, Ricardo Gil Cañaveral o Raúl del Pozo.

Si los asuntos sociales demarcaban un claro programa político, no quedaba al margen la sección de «Cultura», a cargo de Javier Alfaya desde el primer al último número y acompañado por un amplio elenco de nombres como el de Javier de Cambra, Juan Manuel Bonet, Inma Julián, Fernando Lara, Antonio Elorza, Roberto Mesa o Ignasi Riera. La revista La Calle, fiel exponente de lo que venía representando la izquierda marxista desde los años sesenta, entendía la cultura como un espacio estratégico de ideas y valores desde el que hacer política. Por esta razón, la sección cultural de La Calle estaba tan comprometida con la ética de la izquierda como lo estaban los autores y las obras de las que daba cuenta. No había cultura sin compromiso político, ya se hablara del teatro de Brecht, de Strindberg o del cine de Buñuel, ya de la obra pictórica de Bacon o de la Feria de Abril de Sevilla, a la que se definía como una impúdica exhibición de las diferencias de clase.45 La Calle se hizo prescriptora cultural en la misma medida en que era prescriptora política o sindical: la cultura o era de izquierdas o no era, de ahí su aversión a esa otra cultura popular de arrastre masivo que ofrecía a su público «valores reaccionarios en envase moderno».46

Mientras tanto, desde la sección de «Internacional», La Calle empezaba a configurar un actualizado mapa del internacionalismo al gusto y conveniencia del que iba a salir del IX Congreso del PCE en abril de 1978.47 En este congreso, con el respaldo mayoritario de los asistentes, el Partido Comunista abandonó el marxismo-leninismo como doctrina oficial del partido para adoptar en su lugar el eurocomunismo y con él una nueva identidad, la de «partido marxista, revolucionario y democrático». El nuevo internacionalismo comunista dejaba atrás definitivamente la influencia del comunismo prosoviético para incluir a todas aquellas fuerzas revolucionarias y de izquierdas que pudieran contribuir a configurar «un frente anti-imperialista mundial» (Treglia, 2011: 27). En lógica consecuencia, La Calle amplió su agenda internacional más allá de Europa, donde le interesaban la socialdemocracia alemana, el socialismo en Italia o Francia y el movimiento sindical minero en Gran Bretaña. En América Latina prestó especial atención a las guerrillas centroamericanas y a la actualidad cubana, y en África a sus movimientos armados. Como contrapunto, se publicó una sección titulada, con evidente sarcasmo, «Las Cosas del Imperio», dedicada por supuesto a Estados Unidos. Todo ello dio como resultado una revista crítica de izquierdas, muy conectada con las aspiraciones de secularización y modernización radical del país compartidas por un colectivo de lectores instruidos y de arraigada conciencia política.

La deriva ideológica y estratégica del PCE, que había condicionado la fractura en Triunfo, influía ahora tanto en la línea editorial como en la agenda de La Calle y, con toda seguridad, en la cohesión del propio equipo de redacción. En el citado IX Congreso de abril de 1978, el PSUC, partido hermano en Cataluña, votó en contra del eurocomunismo y ello acabó abriendo una primera grieta entre los periodistas de La Calle afiliados al PCE y los afiliados al PSUC, como Manuel Vázquez Montalbán y Julia Luzán. Tras su legalización en 1977, el PCE había puesto de manifiesto su plural y a veces contradictoria composición interna, que incluía militantes prosoviéticos, activistas y una masa de afiliados que habían entrado en el partido no por firmes convicciones comunistas, sino por tratarse del partido más comprometido en la lucha antifranquista. Una vez caída la dictadura y cuando los resultados obtenidos en las elecciones de 1977 quedaron muy por debajo de las expectativas, esta pluralidad se tradujo en profundos conflictos políticos, ideológicos y de poder (Andrade Blanco, 2010: 439). Al final, las fricciones acabaron por traspasar la redacción y llegaron a los propios lectores. El 20 de enero de 1981, La Vanguardia anunciaba la querella de dos militantes de CC. OO. de Barcelona contra La Calle en la que acusaban al director, César Alonso de los Ríos, y al subdirector, Carlos Elordi, de tergiversar interesadamente la información en contra del PSUC.

CRISIS Y DECLIVE

El abandono de algunos de los nombres más significativos de su plantilla en 1978 había obligado a Triunfo a recomponer el elenco de firmas con algunas otras muy notables, pero ya sin el sello político de los que compartían dentro de la revista la experiencia vivida durante los difíciles años de la dictadura. Desde comienzos de 1978, su agenda volvió a sufrir una importante alteración, repartiendo su interés entre el proceso constituyente en España y la atención recuperada sobre el panorama internacional. Sin abandonar su posición de revista acostumbrada a enjuiciar estrategias políticas, Triunfo empezó a valorar muy positivamente el proceso de democratización entendiendo que la negociación con las fuerzas políticas de la derecha reformista procedentes de la dictadura estaba conduciendo a la «ruptura pactada».48

La gran preocupación de la revista era la fragmentación de la izquierda y, por ello, no dudó en advertir de que la responsabilidad de los partidos de izquierda era recuperar la unidad que había impulsado el cambio democrático en forma de plataformas unitarias.49 En efecto, la unidad de la izquierda había funcionado desde los años sesenta como un poderoso incentivo para lograr objetivos democráticos y había hecho de Triunfo una referencia ideológica insustituible. Avanzada la década de los setenta, la situación del país era otra muy distinta. La competencia electoral había disuelto toda posibilidad de estrategia conjunta y los esfuerzos de Triunfo por llamar a la unidad de la izquierda y recuperar ella misma el papel político que había desempeñado resultaban desesperados.

Ahora bien, si la política nacional no parecía prestarse a tácticas unitaristas, la agenda internacional quizá sí ayudara a ello. Después de dos años en los que había desatendido en su agenda periodística el panorama internacional, recuperó su atención sobre él en un intento de trazar el mapa de un nuevo internacionalismo ideológicamente funcional en el contexto de la Guerra Fría. La izquierda en Francia o en Italia, los movimientos insurreccionales en el Magreb o las guerrillas latinoamericanas ocupaban de nuevo las páginas y las portadas de Triunfo al igual que lo estaban haciendo en La Calle. El viejo antiamericanismo de la izquierda española ahora aparecía renovado en medio de la controversia política en torno a la OTAN. Tras dos años centrados en la actualidad interna española, en Triunfo se debió de percibir que la recuperación de un cierto internacionalismo antiimperialista podía atraer de nuevo el interés de los lectores hacia la revista y recuperar para ella el papel de liderazgo que había desempeñado en los años sesenta. Sin embargo, ninguna de estas estrategias funcionó y las cifras de tirada se desplomaban.

Su director, José Ángel Ezcurra, reconstruyó la memoria de aquel tiempo aludiendo a los intentos del PSOE por ejercer un control indirecto sobre la revista a partir de la compra de un abultado número de suscripciones. Ante semejante oferta, replicó Ezcurra que Triunfo «no podía ni merecía terminar en la condición de publicación subvencionada» (Alted y Aubert, 1995: 656). Mientras tanto, las reuniones en la redacción ponían de manifiesto lo que para los periodistas constituía una incomprensible deserción de los lectores, mientras los costes de producción de la revista no dejaban de aumentar a causa de la inflación y el descenso de ingresos por publicidad no encontraba freno. Desde esta posición de debilidad, el director de Triunfo recibió una nueva oferta, esta vez del círculo empresarial más próximo al presidente del Gobierno, que propuso a Ezcurra a través de Garrigues Walker efectuar una importante inyección de capital a cambio de que la redacción de Triunfo considerara «intocable» a Adolfo Suárez (Alted y Aubert, 1995: 657). No hubo respuesta al ofrecimiento. Sacrificar la esencia crítica e izquierdista de Triunfo en aras de la supervivencia debió de parecer un precio demasiado alto para su director y el resto de la redacción.

Tampoco Cuadernos para el Diálogo lograba remontar las dificultades económicas, que habían conducido al semanario a una situación crítica y hacían casi imposible su continuidad. Cada número semanal costaba entre tres y cinco millones de pesetas, con unas pérdidas que llegaron a los dos millones, con una redacción y plantilla que, en el último número, sumaban un director, dieciocho redactores, cinco administradores y más de ochenta colaboradores. En julio de 1976, Altares ya había explicado ante la Junta de Accionistas aquel «proceso lento, pero inexorable» que llevaba a la revista a perder lectores como resultado, apuntaba, de «la pérdida del papel protagonista que hasta entonces habíamos tenido como revista política de carácter democrático».50

En su caso, la vinculación directa al PSOE sí se contempló como una tabla de salvación y así, en el verano de 1977, Altares solicitó ayuda financiera a la socialdemocracia alemana a través de la Fundación Ebert (la misma que unos años después se convertiría en el centro de una intensa polémica sobre la financiación ilegal del partido). Envió para ello un informe en el que explicitaba las relaciones personales e ideológicas de la revista con el PSOE: «A lo largo de estos casi dos años últimos de periodicidad semanal, Cuadernos para el Diálogo ha logrado acreditar una imagen muy concreta de revista política de información y opinión cuya orientación ideológica es netamente socialista y próxima a las posiciones que mantiene el PSOE, aunque, como es evidente, defienda y sostenga su carácter independiente y pluralista».51

Esta gestión no tuvo éxito y el último paso fue dirigirse directamente al PSOE. La Comisión Ejecutiva trató el tema y acogió favorablemente la idea, pero bastante menos positivo debió de ser el juicio de la Comisión Económica ante las dificultades de inserir Cuadernos entre la restante prensa del partido, pues el proyecto tampoco salió adelante.52 Fue entonces cuando Enrique Sarasola, Carlos Zayas y otros accionistas de Cambio 16 ligados al PSOE abandonaron esa revista y decidieron invertir la cantidad abonada por sus acciones en Cuadernos, con el visto bueno de Felipe González. En una reunión con la dirección de Edicusa suscribieron el capital necesario, pero nunca llegaron a desembolsarlo en su totalidad.53 Altares intentó todavía una última gestión ante el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez:

He llamado a todas las puertas: gobierno, partidos, personalidades. En todas la misma respuesta alentadora: Cuadernos no puede morir porque es una institución que ha defendido y defiende valores que son imprescindibles en la España de hoy y de mañana, el futuro necesitará todavía más a la prensa libre... Pero las promesas no han encontrado cauce.54

Como afirmaba Altares en una entrevista, «sólo pedíamos dos semanas de lo que al Estado le está costando el diario Pueblo, cuya ayuda anual supera los 700 millones de pesetas».55 Tampoco los accionistas respondieron a la llamada de Altares para suscribir la ampliación de capital –35 millones– necesaria para no cerrar la revista. Al final la única ayuda llegó del Gobierno, al menos para amortizar parte de los gastos de liquidación del personal. El último número de la revista apareció en los quioscos en octubre de 1978.

Varios factores contribuyeron a este declive; algunos ya los hemos apuntado. Ahora los lectores podían elegir entre una oferta más amplia porque los viejos diarios habían recobrado sus funciones informativas y aparecieron otros nuevos, como El País y Diario 16 en 1976 y El Periódico de Catalunya en 1978. En particular, El País supo atraer a muchos lectores habituales de Triunfo o Cuadernos para el Diálogo con un lenguaje y unos contenidos que mantenían ciertas líneas de continuidad, como la altura intelectual y cierto didactismo de los artículos (Vázquez Montalbán, 1995: 171-179). Además, el mercado de revistas estaba saturado cuando, en cambio, el número de lectores no había crecido proporcionalmente.56 Las revistas de información general alcanzaron en 1978 la cifra récord de 69.378.885 ejemplares de difusión conjunta, con un incremento para la década de los setenta del 84,87 %, pero, a partir de ese momento, su difusión iba a bajar hasta los 48.386.272 ejemplares en 1980 y a estabilizarse en una media de 45 millones durante la década de los ochenta (Cabello, 1999).

También se produjo un transvase de lectores hacia las revistas especializadas y los suplementos de la prensa diaria, así como a la radio y la televisión, que habían mejorado notablemente la calidad de sus programas de actualidad. Es verdad que en los últimos años las revistas críticas habían ganado en credibilidad, pero llegaban solo a una minoría lectora. «El cambio político no ha comportado un interés creciente por la prensa. Los desheredados de la cultura, en este caso de la información, no han sido recuperados para la lectura», escribía César Alonso de los Ríos en La Calle a propósito de la desaparición de Cuadernos.57

La consolidación institucional de la democracia supuso el final de la oleada de movilización de la sociedad civil producida durante los últimos años del franquismo y los primeros de la Transición. En toda Europa, la resaca del 68 trajo consigo la desaparición de una parte de la prensa de izquierdas, y los medios que sobrevivieron tuvieron que aligerar sus contenidos políticos, haciéndose más moderados y sumándose al prestigio posmoderno de lo cultural (Van Noortwijk, 1995: 497). Si en algo se diferenció España fue en la intensidad del proceso, fruto de unas circunstancias excepcionales, de manera que al auge de la prensa progresista siguió en pocos años su crisis, con la desaparición de revistas semanales tan significativas como La Actualidad Española, Mundo, Doblón, Opinión o Posible. El propio Altares admitía entonces que «el desfase entre Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, La Calle y todas las revistas y la realidad es inmenso».58 Se empezaba a hablar de «desencanto». Cuando dos años después Triunfo cambió su periodicidad para intentar superar la crisis, El País escribía:

La forzada transformación de Triunfo de semanario en mensual no sólo es un acta de acusación contra la política informativa gubernamental y contra ese estado de libertad amenazada, vigilada, de la España de 1980 [...] También plantea, al igual que lo hizo la desaparición de Cuadernos para el Diálogo, un serio interrogante acerca de la capacidad de la vida española, al margen de las estructuras estatales, para alimentar y reforzar ese tejido social de instituciones y centros de poder autónomos del que tanto habla, pero al que tanto teme la clase política (Alted y Aubert, 1995: 669).

Triunfo, al igual que Cuadernos, se había dedicado durante el franquismo a la exploración posibilista de nuevos espacios expresivos, desplazando unos límites casi siempre implícitos y subjetivos, con abundante recurso a las metáforas y elipsis. Ese «semioperiodismo», como lo definió Ezcurra, explica en parte su desaparición tras el restablecimiento de la democracia, cuando el lenguaje recuperó su función denotativa y la política, la cultura o el periodismo parecían volver a ocupar su lugar. El psiquiatra Castilla del Pino lo explicaba para el caso de Triunfo: ese «criptolenguaje» se basaba en que el discurso no fuera explícito y el lector tuviera que descodificarlo gracias a la complicidad con el autor (o autores), pero eso «cesa cuando en España, inmediatamente después de la muerte de Franco, es posible un discurso político explícito, y se vuelve a hacer política por unos y por otros de la única manera que la política ha de hacerse: explícitamente» (Alted y Aubert, 1995: 72).

Es posible que los lectores de Triunfo ya no estuvieran interesados, ni necesitados de una revista que les proporcionara doctrina ideológica. Los tiempos de la doctrina habían pasado y los niveles de compromiso político con un partido o con una revista política estaban cayendo a velocidad de vértigo en la sociedad española. La situación económica dentro de la empresa empezaba a resultar dramática y la primera decisión que se abordó fue la de reducir su número de páginas para rebajar con ellas los costes de producción, pero no resultó suficiente. El 12 de julio de 1980 la edición de Triunfo se interrumpía para reaparecer renovada en noviembre del mismo año como revista mensual con una nueva numeración. El cambio de periodicidad traía aparejado un cambio radical en su concepción como revista de información general y una reestructuración de su plantilla de colaboradores, entre los que destacaban Montserrat Roig, de vuelta tres años después de su marcha de Triunfo, Fernando Savater, Rosa Montero, Cristina Peri Rossi, Manuel Vicent o Ignacio Ramonet. En noviembre de 1980, Triunfo abandonaba la condición política que le había acompañado desde 1962 y aparecía ante sus lectores reconvertida en una revista literaria con colaboraciones de carácter ensayístico y creativo desligados de la actualidad.59

Reconvertida en una nueva revista, Triunfo se las arregló para sobrevivir hasta agosto de 1982, dos meses antes de la victoria socialista. Para muchos, la Transición, con mayúscula, acaba aquí, y con ella la historia de Triunfo. La ruptura y el conflicto emprendieron su propio proceso de institucionalización, la soñada unidad de la izquierda no encontró forma de materializarse ni en el ámbito político ni en el sindical, los sucesivos procesos electorales acabaron marcando y estrechando los límites del escenario político y, finalmente, la propia dinámica del mercado acabó delimitando también sus propios márgenes en el ámbito periodístico. El País lamentaba, entonces, la desaparición de Triunfo, tras la de Cuadernos para el Diálogo:

... dos publicaciones periódicas que tan decisivamente contribuyeron, en el parlamento de papel de la última etapa del franquismo, a difundir los valores democráticos, los principios de la libertad y el compromiso con los derechos humanos no han podido mantenerse en esa España constitucional por cuyo advenimiento combatieron durante los tiempos difíciles (Alted y Aubert, 1995: 679).

Mientras tanto, la situación económica y laboral en La Calle empeoró muy significativamente desde 1980, apenas dos años después de salir al mercado. De acuerdo con lo publicado en El País, las oficinas de La Calle fueron embargadas en septiembre de 1980 y un año más tarde, en julio de 1981, de nuevo el diario El País anunciaba la «subasta de la cabecera La Calle» para sufragar la deuda contraída con Joaquín Francés, jefe de la sección de «Internacional», por despido improcedente. En la misma situación se encontraban otros seis trabajadores de la revista.

Finalmente, la cabecera no fue subastada.60 Se llegó a decir que estaba sufriendo un boicot publicitario, que explicaría el descenso brusco de publicidad en sus páginas, especialmente desde 1980.

Pero lo cierto es que La Calle estaba acusando el mismo declive que el PCE y por causas similares.61 Tras el fracaso electoral de 1977, este dejó de ser el eje en torno al que había girado el discurso de la izquierda durante décadas. De pronto, la sacudida electoral le colocó en los márgenes del arco parlamentario. A partir de ahí y reformando su discurso intentó recuperar posiciones institucionales pactando con el Gobierno y renunciando al leninismo en el Congreso de 1978. Esto provocó un verdadero terremoto dentro del partido, que lo fragmentó en, al menos, cuatro corrientes irreconciliables.62 Las luchas internas, la fuga de intelectuales y el descenso en la cifra de militantes acabaron por privarle de crédito político (Treglia, 2011: 34; Andrade Blanco, 2015). Mientras tanto, la revista La Calle, vinculada al sector reformista del PCE, asistía a la descomposición del partido y a la crisis de la cultura de izquierdas que lo inspiraba.63

Desde finales de los setenta y en el contexto de la Guerra Fría, la influencia del comunismo estaba retrocediendo y el marxismo como aparato teórico estaba siendo cuestionado. No es extraño que la cultura de izquierdas que se había respaldado en ambos y que se había consolidado en Europa al abrigo de los movimientos sociales entrara en crisis. En España, la revista La Calle se estaba quedando sin discurso, sin un proyecto político sólido que defender y sin unos lectores que, recién iniciada la década de los ochenta, desatendían su lectura, como también la de Triunfo, al mismo ritmo que abandonaban la vieja lealtad ideológica con el marxismo.

1. «Juicio crítico a Cuadernos para el Diálogo», Cuadernos para el Diálogo, enero de 1972, pp. 19-32.

2. Revista Española de la Opinión Pública, julio-diciembre de 1970, pp. 297-347.

3. J. Ruiz-Giménez: «Los deberes del tránsito», Cuadernos para el Diálogo, noviembre de 1975.

4. «España quiere democracia», Cuadernos para el Diálogo, diciembre de 1975.

5. «Marcha atrás: los límites del reformismo», Cuadernos para el Diálogo, 10-16 de abril de 1976; «La reforma que no reforma», Cuadernos para el Diálogo, 8-14 de mayo de 1976; «Fraga, giro hacia el búnker», Cuadernos para el Diálogo, 8-14 de mayo de 1976.

6. «El pueblo pide voz y voto» e «Iglesia: ¿con o sin el poder?», Cuadernos para el Diálogo, diciembre de 1975.

7. «Ruptura o reforma», Cuadernos para el Diálogo, enero de 1976.

8. R. Arias-Salgado: «En busca de una legitimidad democrática», Cuadernos para el Diálogo, 27 de marzo - 2 de abril de 1976.

9. «Otro gobierno para las promesas del Rey», 12-18 de junio de 1976 y «Franquistas: acoso al Rey», Cuadernos para el Diálogo, 22-28 de junio de 1976.

10. «El apagón», Cuadernos para el Diálogo, 10-16 de julio de 1976; R. Arias-Salgado: «Un apunte sobre Cuadernos y la transición democrática», en Las raíces de la democracia. 25 aniversario de «Cuadernos para el Diálogo», Madrid, Asociación de la Prensa, 1988, p. 33, y «Cuadernos, semilla de la transición democrática», en La fuerza del diálogo. Homenaje a Ruiz-Giménez, Madrid, Alianza, 1997, pp. 209-217.

11. J. Ruiz-Giménez: «España en la encrucijada. Segunda meditación», Cuadernos para el Diálogo, 20-26 de marzo de 1976.

12. «Una reforma para reformar», Cuadernos para el Diálogo, 18-24 de septiembre de 1976.

13. «Mayoría y proporción» y «Todavía no tenemos democracia», Cuadernos para el Diálogo, 6-12 de noviembre de 1976 y 27 de noviembre - 3 de diciembre de 1976.

14. «Un referéndum sin libertad no es válido» y Joaquín Estefanía: «Votar o abstenerse, esa es la cuestión», Cuadernos para el Diálogo, 4-10 de diciembre de 1976.

15. «Deben ser negociadas las reglas del juego», Cuadernos para el Diálogo, 11 al 17 de diciembre de 1976.

16. «Una reforma para reformar», Cuadernos para el Diálogo, 18-24 de septiembre de 1976.

17. P. Altares: «A mis amigos políticos» y F. Abascal, S. Gallego y J. L. Martínez: «El gran escándalo. Cómo conseguimos la Constitución», Cuadernos para el Diálogo, 3-9 de diciembre de 1977; «La Constitución y los políticos» y «Airadas reacciones por la publicación del borrador constitucional», El País, 24 de noviembre de 1977; «Cuadernos para el Diálogo comenta las declaraciones de Alfonso Guerra», El País, 11 de diciembre de 1977.

18. J. de Esteban y L. López Guerra: «Radiografía de la constitución», L. Carandell: «El borrador contra la gramática» y M. D. V.: «Los obispos, al ataque», Cuadernos para el Diálogo, 3 al 9 de diciembre de 1977.

19. P. Altares: «Una revista para la democracia», Cuadernos para el Diálogo, febrero-marzo de 1976.

20. Memoria 1975 para la Junta Ordinaria de Accionistas (1 de julio de 1976), Archivo Histórico de la Universidad de Navarra (AHUN), Fondo José M. Riaza.

21. Europa Press y Pueblo, 6 de julio de 1974.

22. Miembro de la clandestina Unión Militar Democrática.

23. Layus: Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937). Caín: Firma tras la que dibujan Felipe Hernández Cava (Madrid, 1953), guionista, y Federico Vicente del Barrio Jiménez (Madrid, 1959), dibujante e ilustrador.

24. «Publicaciones clandestinas», 20 de febrero de 1977, Archivo General de la Administración (AGA), Sección Cultura, caja 590; P. Altares: «Una revista para la democracia», Cuadernos para el Diálogo, febrero-marzo de 1976, y «Entrevista a Pedro Altares», Arriba, 16 de enero de 1976.

25. P. Altares: «Ya no hay dictador», El País, 13 de septiembre de 1978; V. Martínez Conde: «La diacronía del compañero Altares», El País, 3 de octubre de 1978.

26. P. J. Ramírez: «Salvar Cuadernos», La Actualidad Española, 16 de octubre de 1978.

27. Agencia Europa Press, 1 de mayo de 1976.

28. Entrevista personal a R. Martínez Alés, 2 de marzo de 2001.

29. Agencia Europa Press, 26 de agosto de 1976.

30. «Cita italiana en Madrid» y «Amenazas a Cuadernos», Cuadernos para el Diálogo, 14-20 de agosto de 1976.

31. E. Castro: «Granada: los “paseados” de Fonelas. Muertos sin sepultura», Cuadernos para el Diálogo, 6-12 de noviembre de 1976.

32. Los reportajes sobre movimientos sociales son muchos en Triunfo desde 1976, entre ellos Jaime Millás: «El movimiento reivindicativo de los PNN», 4 de febrero de 1976; Nicolás Sartorius: «El movimiento de la construcción», 21 de febrero de 1976; Carlos Elordi: «El nuevo movimiento obrero español», 27 de marzo de 1976; Francisco Almazán Marcos: «Los movimientos campesinos», 23 de julio de 1977; Julia Luzán: «Hacia la unidad del movimiento feminista», 13 de agosto de 1977; Tomás Bragado: «Los objetores españoles», 12 de marzo de 1977; o Gloria Otero: «Silencio y prohibiciones para los vecinos», 6 de marzo de 1976.

33. Montserrat Roig: «La poesía y su pueblo», Triunfo, 14 de febrero de 1976; José Monleón: «El teatro furioso de Nieva», Triunfo, 8 de mayo de 1976; Eduardo Haro Ibars: «Pi de la Serra y Ribalta en Madrid. La poesía catalana», Triunfo, 11 de diciembre de 1976; Julia Luzán: «Canet, de la política a la música», Triunfo, 30 de julio de 1977; o César Alonso de los Ríos: «Música, pero no celestial», Triunfo, 8 de octubre de 1977.

34. Eduardo Haro Tecglen: «El año Suárez», Triunfo, 9 de julio de 1977; Fernando López Agudín: «Adolfo Suárez, entre el quién de los fascistas y el qué de los demócratas», Triunfo, 9 de junio de 1979.

35. Eduardo Haro Tecglen: «La querella del eurocomunismo», Triunfo, 753, 2 de julio de 1977.

36. Eduardo Haro Tecglen: «El miedo al golpe», Triunfo, 10 de septiembre de 1977; Pablo Berbén: «La ultraderecha se explica», Triunfo, 23 de julio de 1977.

37. Informe de P. Altares al Consejo de Administración; 6 de junio de 1975; Archivo personal Pedro Altares (APA), Torrecaballeros.

38. Eduardo Haro Tecglen: «El Pacto de la necesidad», Triunfo, 15 de octubre de 1977; «El hurto de la democracia», Triunfo, 22 de octubre de 1977; o «Después del pacto, qué», Triunfo, 5 de noviembre de 1977.

39. Eduardo Haro Tecglen: «El pacto y el riesgo», Triunfo, 29 de octubre de 1977.

40. «La Calle, nueva revista de información general», El País, 15 de febrero de 1978.

41. César Alonso de los Ríos: «Punto de partida», La Calle, 15 de marzo de 1978.

42. Jaime Aznar: «El mayo de la unidad», La Calle, 2 de mayo de 1978.

43. «España se vertebra», La Calle, 18 de abril de 1978.

44. Andreu Claret: «Tarradellas en Madrid: Allí mando yo», La Calle, 28 de marzo de 1978.

45. «Feria de Abril», La Calle, 18 de abril de 1978.

46. «Un cero a la izquierda. Teatro de ultraderecha», La Calle, 18 de abril de 1978.

47. Miguel Salabert: «PCE. IX Congreso. I eurocomunista. Adiós a los dogmas», La Calle, 18 de abril de 1978.

48. Javier García Fernández: «La Constitución, expresión de la ruptura pactada», Triunfo, 7 de enero de 1978.

49. «La izquierda española. Los caminos de la libertad», Triunfo, 21 de enero de 1978.

50. Memoria 1975 para la Junta Ordinaria de Accionistas, 1 de julio de 1976; AHUN, Fondo José M. Riaza.

51. Proyecto de ayuda económica para impulsar la expansión de la revista semanal «Cuadernos para el Diálogo», anexo a una carta de Pedro Altares a Dieter Koniecki del 30 de agosto de 1977, APA, Torrecaballeros.

52. Carta de Javier Solana a Pedro Altares del 2 de mayo de 1978, APA, Torrecaballeros.

53. Entrevista personal a Pedro Altares, 11 de julio de 2000. Castellano acusa en sus memorias a Felipe González, con la ayuda de los exaccionistas de Cambio 16 Sarasola, Zayas y Rivera de la desaparición de la revista, después de hacerse con ella para «salvarla» (Castellano, 1994: 141).

54. Carta de Pedro Altares a Adolfo Suárez, s/f (otoño 1978), APA, Torrecaballeros.

55. «Se acabó el diálogo», Cambio 16, 29 de octubre de 1978; P. Altares: «Que nadie lamente nuestra suerte», El País, 11 de noviembre de 1978.

56. «España no lee», El País, 18 de octubre de 1978.

57. C. A. de los Ríos: «Del rojo al amarillo», La Calle, 10-16 de octubre de 1978. También el editorial «España no lee», El País, 18 de octubre de 1978.

58. Entrevista personal a P. Altares, 11 de julio de 2000; P. Altares: «Es triste desaparecer a las puertas de la democracia», El País, 13 de octubre de 1978.

59. Cristina Peri Rossi: «Del apocalipsis que no sobrevendrá», Triunfo, 12 de enero de 1980; Manuel Vicent: «La última forma de amar», Triunfo, 1 de febrero de 1981; Ignacio Ramonet: «La era de la telemática», Triunfo, 1 de diciembre de 1980; Fernando Savater: «El escepticismo como nueva fe», Triunfo, 1 de diciembre de 1981.

60. «Embargo preventivo de las oficinas de la revista La Calle», El País, 24 de septiembre de 1980; «Próxima subasta de la cabecera de La Calle», El País, 22 de julio de 1981.

61. «Viaje al interior de los partidos. El PCE por dentro», La Calle, 15-21 de enero de 1980.

62. Los oficialistas, los renovadores, los federalistas y los «duros», según Carlos Elordi: «X Congreso del PCE. Renovación, pero menos», La Calle, 4 de agosto de 1981.

63. Manuel Azcárate: «¿Qué tipo de partido?», La Calle, 15 de junio de 1981; «El PCE, campo de batalla», La Calle, 24 de noviembre de 1981; Manuel Vázquez Montalbán: «Entre la purga y la disciplina», La Calle, 23 de noviembre de 1981.

2. LA NOVEDAD Y EL ÉXITO DE LA INFORMACIÓN CRÍTICA: LOS MODELOS COMPLEMENTARIOS DE CAMBIO 16 E INTERVIÚ

Jaume Guillamet José Reig Cruañes

La no autorización de revistas de información general y política es una arbitrariedad llamativa en la aplicación de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966. Ya había sucedido en sus inicios con el semanario en catalán Tele/Estel (1966-1970), pero el caso más significativo es el de Cambio 16 (1971-), a la que solo se dio permiso de publicación como «revista de economía y sociología», siendo vicepresidente del Gobierno el almirante Luis Carrero Blanco, antes de que el «generalísimo» Francisco Franco renunciara al ejercicio directo de la presidencia. Una vez autorizada a tratar libremente la información general en 1974, siendo ministro de Información y Turismo Pío Cabanillas Gallas, en el primer Gobierno de Carlos Arias Navarro, nuevos semanarios siguieron el ejemplo –Doblón (1974-1976), Posible (1974-1978) y Opinión (1976-1978), entre otros–, pero ninguno alcanzó su difusión, impacto ni influencia. Las cifras de Cambio 16 en 1975 doblaron a las de las revistas ilustradas que en ese mismo año inician su decadencia y en 1976 casi las quintuplican, superando las de los principales diarios.

La rápida expansión de Cambio 16 –recreando el modelo de los newsmagazines estadounidenses Time y Newsweek, que Mundo (1940-1978) se había atrevido a adoptar en 1966, pagándolo con un secuestro y una suspensión de dos meses– la coloca en una posición delantera en influencia, difusión y popularidad, que solo será superada por una revista muy distinta y de éxito aún mayor como Interviú (1976-2018). Si algún precedente tuvo este último semanario de escándalos políticos, sociales y criminales, con portadas y reportajes de desnudos femeninos, sería Sábado Gráfico (1956-1983) –fundado por el periodista Eugenio Suárez Gómez, editor asimismo del semanario de sucesos El Caso (1952-1987)–, víctima también de suspensiones, secuestros y sanciones gubernativas que no cesaron durante la Transición.

La novedad de una información crítica en todos los aspectos de la vida pública es la gran aportación de la prensa semanal ya en vísperas de la Transición, antes de que la prensa diaria afronte la profunda renovación de temas, estilos y lenguajes que inaugurarán el matutino El País y el vespertino Diario 16, en el primer año de Monarquía. Ello explica, probablemente, unos picos de ventas muy superiores a cualquier diario y a las revistas ilustradas, que decaen rápidamente, como los 348.081 ejemplares (1976) de Cambio 16 y los 712.385 ejemplares (1978) de Interviú, así como las cuotas de mercado mantenidas durante la retracción del mercado semanal de los años siguientes.1 Ambos semanarios son el origen de sendos grupos editoriales, en los que destacan los diarios Diario 16 (1976-2001) y El Periódico de Catalunya (1978-) y la revista política Tiempo de Hoy (1982-2018), destinada a competir con Cambio 16. Ambos son objeto de sanciones, secuestros y denuncias gubernativas, así como de ataques y polémicas de la prensa más conservadora, que solo contribuyen a aumentar su popularidad. Ambos se caracterizan por un lenguaje directo, incisivo y atrevido, descarado incluso, que trasluce muy visiblemente desde portadas y titulares.

Con objetivos editoriales y estilos periodísticos muy distintos, Cambio 16 e Interviú ejercen una influencia política muy notable e inspiran los modelos de comportamiento de otras publicaciones. Cambio 16, fundado en Madrid por un grupo inicial de dieciséis accionistas2 procedentes de sectores profesionales y universitarios, tiene una vocación netamente política: «Hacemos periodismo porque no podemos hacer política», según el sociólogo y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Luis González Seara, presidente del Consejo de Administración de la empresa editora Información y Publicaciones S. A. (Fontes y Menéndez, 2004; Díaz Dorronsoro, 2012). Cambio 16 se inspira en Newsweek, a propuesta de Juan Tomás de Salas, consejero delegado, y Ricardo Utrilla, director de publicaciones (Díaz Dorronsoro, 2012: 9). El modelo adoptado se caracteriza por la autoría anónima de las informaciones, reservando las firmas para algunas colaboraciones regulares y tribunas de opinión, además de un comentario semanal de temas laborales de José Manuel Arija, una columna humorística de Carmen Rico-Godoy y una viñeta de Forges. Con honores destacados, Camilo José Cela, miembro de la Real Academia de la Lengua Española, publica una sección de comentario político a favor de la reforma política, en una línea parecida a los editoriales de la revista, desde enero de 1976 hasta junio de 1977.

Interviú, fundada en Barcelona por Antonio Asensio Pizarro, propietario de un taller de fotocomposición y grabado, es una revista con vocación popular alejada del modelo de las revistas políticas, si bien no renuncia a esa temática, que combina con la investigación de temas de actualidad, los sucesos y el llamado «destape» del cuerpo femenino, común al cine de estos mismos años. El modelo de revista se completa con la presencia de colaboradores ideológicamente diversos e incluso contrapuestos como Manuel Vázquez Montalbán, Emilio Romero, José Luis de Vilallonga, Xavier Vinader, Fernando Vizcaíno Casas y el dibujante Martín Morales, si bien los artículos del director, Antonio Álvarez Solís, procedente de La Vanguardia, expresan opiniones de centroizquierda. La revista no publica artículos editoriales.

Las diferencias de modelo entre ambas revistas –Cambio 16 cubre semanalmente la información política, mientras que Interviú ofrece reportajes, entrevistas y artículos de actualidad a un público más amplio, sin estar sujeta al seguimiento estricto de los hechos noticiables– permiten entender la compatibilidad de sus éxitos respectivos en el mercado. El estudio de los comportamientos políticos respectivos se adecúa a objetivos editoriales y contenidos periodísticos diferenciados. A través de las portadas y los artículos editoriales de Cambio 16 se obtiene un relato crítico y una tribuna abierta sobre los hechos y las actitudes de la Transición, mientras que a través de las portadas, artículos, reportajes y entrevistas de Interviú –que no ofrece artículo editorial ni un seguimiento continuado de la información– se obtiene una miscelánea de los temas, personajes, problemas, denuncias y escándalos que caracterizan críticamente el periodo. Podría decirse que, si aquella se especializa en el mundo político y sus actores, esta se orienta a lo social y se especializa en la crítica de las costumbres y la revisión de las actitudes.

CAMBIO 16, RELATO CRÍTICO Y TRIBUNA ABIERTA A LA IZQUIERDA

El análisis del comportamiento político de Cambio 16 permite ajustar con cierto detalle el juicio adelantado por Fuentes y Fernández Sebastián (1997: 321) según el cual esta revista, como los diarios El País y Diario 16,3 habría sido «más o menos» próxima al PSOE, aunque respaldó las líneas generales de la política de Suárez. Se trata, claramente, de una revista que va por libre, condicionada y perseguida por los gobiernos sucesivos de Arias Navarro, que apoya críticamente la reforma, con un relato nítido y transparente de los conflictos políticos y sociales. Lo confirma el análisis de la línea editorial, expresada sucintamente en los títulos de portada y los breves artículos editoriales que abren cada número, que muestra una pronta desconfianza y descalificación del Gobierno de Carlos Arias Navarro, un apoyo pragmático, a la vez que crítico, del Gobierno de Adolfo Suárez y una actitud abierta a la oposición democrática.

Ese último aspecto queda netamente perfilado en los dos editoriales previos a las elecciones del 15 de junio de 1977,4 en los que Cambio 16 se da por satisfecha con las encuestas que dan una previsión de victoria a la Unión de Centro Democrático (30-40 %), seguida de Partido Socialista Obrero Español (25 %), Alianza Popular (menos del 15 %) y Partido Comunista de España (cerca del 10 %).5 Esas son las opciones de voto que aconseja a sus lectores, de acuerdo con los principales perfiles, ya que lo demás son votos nacionalistas o «se los lleva el viento». Con un resultado así, «la democracia en España sería posible». Es cierto que hay una portada dedicada al «Huracán Felipe» y una inclinación por el PSOE al indicarlo como voto útil de la izquierda, pero las tomas de posición de los directivos de la empresa editora son a favor de Suárez. El presidente del Consejo de Administración, Luis González Seara, dimite para ser candidato de la UCD al Senado por Orense y el secretario, Alejando Muñoz Alonso, firma un artículo6 de neto elogio a Suárez.

A pesar de haber sido perseguido por el Gobierno anterior –con un reciente secuestro gubernativo el 12 de mayo de 1975–, Cambio 16 muestra cierta esperanza ante el primer Gabinete de la Monarquía también presidido por Arias. A diferencia de las declinantes revistas ilustradas, el semanario crítico despide a Franco con un número extraordinario en el que destacan la frialdad de una portada en negro con dos únicas palabras –«La muerte»– y los artículos de dos historiadores: el hispanista británico Hugh Thomas, autor de una celebrada historia de la Guerra Civil por entonces aún no traducida al castellano, y Manuel Tuñón de Lara, radicado en la universidad francesa de Pau. Pero la esperanza se transforma en decepción con el secuestro gubernativo del número siguiente por un editorial de claro apoyo al mensaje del nuevo Rey y un expediente administrativo posterior por un artículo de Alejandro Muñoz Alonso titulado «En el umbral del cambio».

La primera revista de información del país, con una tirada superior a los 300.000 ejemplares semanales y con más de un millón de lectores, fue secuestrada en la primera semana de este nuevo reinado que tantas esperanzas ha suscitado [...] El optimismo, a pesar de todo, no decae; pero se impacienta.7

La respuesta de Cambio 16 es la portada de la segunda semana de diciembre, en la que el Rey trata de zafarse del peso aplastador de un elefante, y el cuestionamiento sistemático de la voluntad reformadora de Arias en portadas, editoriales e informaciones. Aun así, el año 1976 puede ser saludado con el deseo de un «Feliz año libre»8 y el reconocimiento de que el nuevo es un Gobierno «como el que no habíamos tenido en cuarenta años» y que «tres años de guerra atroz y treinta y tantos años de postguerra sin remedio están llegando a su fin», con la apertura de «una puerta, una amplia puerta, al futuro y la esperanza».

Pero las portadas y los editoriales de los meses siguientes muestran una desconfianza y una invitación insistente a un cambio rápido: «Democracia, que se vea»,9 «Desafío al Gobierno»,10 «Bunker, bunker»,11 «Frenazo Arias»,12 «Todos contra Arias»,13 «Contra violencia, libertad»,14 «Está que arde»,15 «Semana trágica» y «Se acabó el tiempo»,16 «El Gobierno se rompe»,17 «Hipocresía de los reformistas de papel»,18 «El búnker no se rinde» y «Elecciones, por favor»,19 «A votar, ya»,20 «Socialistas, aquí estamos»,21 «El Rey se preocupa: Arias lo para todo».22 El editorial de este primer número de mayo motiva el secuestro de la primera edición y en la segunda se recomienda la lectura de Newsweek por unas palabras del rey descalificadoras de Arias:23 «Si sabe inglés, compre Newsweek».

Las portadas y los editoriales continúan siendo críticos: «Europa desconfía»,24 «A pesar de Arias, el Rey con la oposición»,25 «Violencia en España. Libertad que no llega»,26 «Don Juan no se fía»,27 «El rey que viajó» y «La dictablanda».28 Una caricatura del rey Juan Carlos bailando a lo Fred Astaire en Nueva York, firmada por Didot + Ortega, causa un gran enfado al presidente del Gobierno, que pretende suspender la revista por cuatro meses y ordena la retirada de publicidad oficial a la prensa crítica, según el testimonio de la discusión habida en el Consejo de Ministros, legado por el titular de Asuntos Exteriores, José María de Areilza (1977: 195-197). Cambio 16, que ya había pedido la supresión del Ministerio de Información y Turismo,29 defiende la necesidad de una prensa libre sometida tan solo a los tribunales ordinarios.30

En estas circunstancias, los apoyos internacionales son de gran relieve (Díaz, 2012: 9, 161). Además de Le Monde, tiene mucha relevancia que The Washington Post, recientes los ecos de su victoria sobre el presidente norteamericano Richard Nixon en el caso Watergate, dedique un editorial a Cambio 16. La editora Katharina Graham, que lo es también de Newsweek, aprovecha una visita a España por esos mismos días para ir a la redacción de la revista, que ya se presenta como la quinta de esas características, después de Time y Newsweek, la alemana Der Spiegel y la francesa L’Express.31

El estupor y la decepción con que se recibe el nombramiento por el rey de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, en España y en el extranjero, dejan paso a una expectativa sobre lo que pueda hacer. Reconociendo muy pronto su voluntad reformista, Cambio 16 le muestra un apoyo pragmático acompañado de una crítica vigilante y un apoyo visible a la actividad creciente de la oposición. La amnistía «dentro de un orden», que Arias se había negado a considerar, fortalece a ese Gobierno «nacido con mal pie».32 «Suárez pasó la prueba»,33 pero se le reclama una gestión más eficaz de la desarticulación del terrorismo de ETA y los GRAPO, así como un cambio en las fuerzas de orden público, tras las 30 víctimas mortales –cifra que irá creciendo– acumuladas en pocos meses y dos oleadas de bombas sin explicaciones.34 Hay que cambiar de arriba abajo la política de orden público, reformar la policía y la Guardia Civil,35 así como acabar con la «guerra civil larvada» que se desarrolla en el País Vasco, con semillas de hace 40 años y la extrema derecha campando descontrolada.36

Terrorismo, policía e, indirectamente, ejército conforman una línea de crítica abierta y sostenida de la acción del Gobierno que la revista hace compatible con el impulso y aplauso del progreso de la reforma política. La disolución de la Brigada Político Social hace desear que salga bien la reforma de unas fuerzas de orden público muy marcadas por su pasado dictatorial y represor.37 La atención prestada a las salpicaduras españolas de los sobornos militares de la empresa aeroespacial norteamericana Lookheed permite dar un toque de atención al Ejército.38 Con la crítica también clara a la esterilidad de las instancias unitarias de la oposición, que causan cansancio e irritación,39 la revista se siente autorizada a pedir al Gobierno que acoja las propuestas razonables que se le hacen.40

La posición ante el referéndum de la reforma no puede ser otra que favorable: tiene razón el Gobierno porque se trata de acabar con la dictadura, también la oposición que pide la abstención porque no se ha podido debatir libremente, pero «nadie puede encogerse de hombros».41 Tras una votación marcada por el extraño secuestro del presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, la «gran derrota del franquismo en las urnas» empuja al Gobierno hacia delante y carga de responsabilidad a la oposición.42 El balance de 1976 es que ha sido un año duro pero lleno de esperanza, con poco avance jurídico, pero mucho político y social, con el Rey fiel al discurso de la Corona. Buenos augurios, pero mucho camino por hacer.43

Ante la aplicación de la Ley de Reforma Política y la preparación de las elecciones previstas para junio de 1977, Cambio 16 insiste en la unión de Gobierno –que no puede con todo sin la transformación de los aparatos del Estado– y oposición, necesidad acentuada por el encadenamiento de los secuestros y atentados terroristas de los primeros meses, con los diez muertos de Madrid por la extrema derecha y la extrema izquierda, en apenas una semana. Tras el editorial conjunto de los diarios de Madrid del 29 de enero, Cambio 16 lanza un doble mensaje: «De paso atrás, nada» y «Lealtad»44 como requisito básico, con la calma de todos, para ganar la batalla contra la monarquía democrática. Y subraya el papel de la prensa, que «hizo lo que pudo en favor de la paz con una unanimidad probablemente inédita en el periodismo mundial».

La sospecha de una mano oculta que mueve las acciones del misterioso GRAPO se refuerza tras la resolución policial de los secuestros de Oriol y del presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, Emilio Villaescusa, lo que acentúa la necesidad de cambios en la policía, «cambiar de verdad».45 Una sospecha que, en cuanto a la extrema derecha, se señala en los aledaños de Fuerza Nueva y del sindicalismo falangista, «el sindicato del crimen». La bienvenida crítica y esperanzada a la legalización del PCE, con la desaparición simultánea del Movimiento y de la censura de prensa implícita en el artículo 2 de la Ley Fraga, son «dos enormes zancadas hacia la normalidad».46 El aplauso de la candidatura electoral de Suárez como garantía ante el retorno de los «brujos» Fraga y Arias47 es acompañada de la denuncia de la ceguera del Gobierno ante un «Euskadi en llamas». Con este sabor agridulce, Cambio 16 saluda los resultados electorales ya comentados con el deseo de «enterrar la guerra civil y volver los fantasmas a sus tumbas».

Ese relato crítico del proceso de cambio, con un apoyo al Gobierno acompañado de permanentes reproches, se complementa con una tribuna de opinión abierta de forma destacada a la oposición de izquierda, principalmente a las diversas formaciones socialistas, en menor grado a comunistas y a algunas formaciones de extrema izquierda. En cuanto al Partido Socialista Obrero Español, destacan tres artículos de Felipe González,48 otros tres de Julio Feo,49 cuatro de Ignacio Sotelo50 y dos de Pablo Castellano,51 uno en nombre de la Unión General de Trabajadores, además de artículos de Luis Solana,52 Luis Yáñez-Barnuevo,53 Enrique Barón,54 Luis Gómez Llorente55 y Enrique Múgica Herzog,56 así como uno firmado conjuntamente por Virgilio Zapatero, Francisco Bustelo y Ciriaco de Vicente.57 En cuanto al Partido Socialista Popular, dos artículos de Enrique Tierno Galván58 y uno Raúl Morodo,59 así como uno de Joan E. Garcés60 (Partit Socialista del País Valencià) y tres de los dirigentes de partidos catalanes Amadeu Cuito61 (Partit Socialista de Catalunya - Reagrupament), Isidre Molas62 y Ernest Lluch63 (Partit Socialista de Catalunya - Congrés).

En cuanto al Partido Comunista de España, hay sendos artículos de Pilar Brabo Castells,64 Ramón Tamames,65 Jaime Ballesteros66 y Santiago Carrillo,67 este último después de legalizada su residencia en España. Más a la izquierda, hay un artículo de Jaime Pastor,68 de la Liga Comunista Revolucionaria. En cuanto a formaciones nacionalistas, hay artículos de Ramón Trías Fargas69 de Esquerra Democràtica de Catalunya, del abogado de la izquierda vasca Juan María Bandrés70 y de Carlos Garaicoechea71 del Partido Nacionalista Vasco.

En la atención dedicada permanentemente al mundo laboral, Cambio 16 publica diversas tribunas de dirigentes de los sindicatos de izquierda en las que aparecen tres artículos de Nicolás Redondo72 y el ya citado de Castellano por la Unión General de Trabajadores, dos de Marcelino Camacho73 y dos de Julián Ariza74 por Comisiones Obreras, dos de José María Zufiaur75 y uno de Manuel Zaguirre76 por la Unión Sindical Obrera, uno de José Luis Fernández Naves77 de Plataformas Anticapitalistas y uno de Juan Gómez Casas78 de la CNT.

INTERVIÚ, REMOVIENDO LASTRES Y FALSOS CONSENSOS

Al igual que Cambio 16, la revista Interviú huyó siempre de los dos modelos al uso entre los semanarios de la España del final del franquismo y comienzos de la democracia: ni revista política al estilo de Triunfo; ni semanario del «corazón» o de sociedad, como las muy leídas Hola o Lecturas. Si acaso, se inscribe formalmente en el grupo de las llamadas «revistas ilustradas», como Gaceta Ilustrada o Sábado Gráfico, que puede considerarse como su verdadero precedente, salvo por que los fundadores de Interviú quisieron buscar su nicho de mercado en una orientación hacia temas «sociales» y «sucesos» de impacto, preferiblemente con un tratamiento que roza el sensacionalismo y unas portadas, también atrevidas, que cultivan el desnudo femenino.

Si nos atenemos a la filosofía que se proclama desde el editorial de presentación del primer número de la revista, el 22 de mayo de 1976, la opción queda meridianamente clara: «Lo de cumplir una misión social informando y orientando a la opinión púbica [...] ya no lo hace nadie [...] la actualidad es el conjunto de golpes que nos lanzan a la cara, al hígado o al corazón un consumado boxeador de completísima e imprevisible técnica que se llama la vida».79 He ahí todo un proyecto editorial centrado en la búsqueda del impacto. La fórmula tuvo tanto éxito que Interviú se convirtió durante muchos años en la revista más vendida y leída y con una notable influencia en aquello que podríamos denominar, con Gerard Imbert (1990), «los imaginarios sociales» de la Transición.

Al haber visto la luz el 22 de mayo de 1976, Interviú no puede dar cuenta del proceso de desaparición física del dictador, la proclamación del rey Juan Carlos ni los primeros pasos del Gobierno «aperturista» de Arias-Fraga. Pero ese primer número contiene la crónica de los sucesos de Montejurra,80 que da cuenta de la agresión ultraderechista contra la tradicional concentración del carlismo, recientemente convertido al socialismo por su jefe de filas Don Carlos Hugo, en ese lugar de Navarra. La acusación de connivencia del aparato del Estado con las fuerzas de seguridad se acompaña de alarmantes fotografías de los pistoleros y los heridos.

Esta primera pieza marca un poco la tónica de la revista en el futuro: denuncia valiente e imágenes escabrosas. Pero también, inequívoco posicionamiento democrático: para dejar las cosas claras, la firma del director, Antonio Álvarez Solís, que funcionará en adelante cuasi como artículo editorial, descalifica por continuista la política del tándem Arias-Fraga y condena la detención de miembros de la llamada Coordinación Democrática, el órgano unitario de la oposición. Otra pieza de gran despliegue en este primer número es la referida al fraude de la comercialización de aceite adulterado con connivencia de la Administración. Por último, y de forma también representativa de las opciones temáticas de la revista, aparece un reportaje sin firma bajo el título de «La rebelión de los homosexuales» y un expresivo subtítulo, «No debemos ocultar nuestro amor», que, aunque referido a Estados Unidos, expresa bien el compromiso «social» que mencionamos más arriba.

Este número inicial de la revista anticipa, pues, todas las claves de la fórmula de éxito de Interviú: erotismo en portadas y desplegables, enfoque sensacionalista, denuncia de las pervivencias franquistas, fotos impactantes o truculentas y atención a «temas olvidados» o realidades marginales. O, como lo definiría en su día Vázquez Montalbán (27 años de colaborador), una especie de «cesta de navidad o un cuerno de la abundancia del que salen todas las provocaciones a la curiosidad humana» (Montero, 2013). Pero lo cierto es que la revista se implicaba en algunos de los temas que el resto de la prensa tocaba con un exceso de cautelas: los horrores de la represión franquista, las fosas y desaparecidos, el mundo de la prostitución o la droga, el hampa y las redes criminales, la miseria y el atraso, la violencia sexual, los derechos de gais y lesbianas, conflictos obreros, las reminiscencias franquistas en el aparato del Estado o los ayuntamientos, etc., siempre nichos de escándalo, abordados con una mirada morbosa y un tratamiento gráfico discutible, aunque también, con un enfoque investigador del que carecían los demás medios y una mirada crítica o insumisa hacia las realidades brutales de la injusticia o la corrupción.

El estilo periodístico era, desde luego, mucho más libre e incisivo de lo acostumbrado en la prensa de la época. Al no obligarse a un seguimiento constante de los temas de la actualidad, la revista se permite un abanico temático extremadamente amplio y variado, lo que aumenta el atractivo popular de la publicación. Todo ello aderezado con abundante material erótico, portadas y desplegables de mujeres desnudas que, a veces, se legitimaban como una apuesta por la liberalización de las costumbres y la moral. La política de firmas de prestigio fue siempre una de las bazas de la publicación. Daba cabida a colaboraciones de un espectro ideológico tan amplio como contradictorio: desde Emilio Romero y su franquismo descreído, hasta el propio Vázquez Montalbán, comunista reconocido. Desde Manuel Martín Ferrand hasta Francisco Umbral.

La apuesta por esa especie de «populismo informativo» tuvo más respuestas desde la izquierda, en la que globalmente militaba la revista, que desde la supuestamente escandalizada derecha mediática. Las feministas protagonizaron protestas ante la redacción en octubre de 1977 y ataques desde la publicación teórica del movimiento, Vindicación Feminista, en los que señalaban que la utilización del cuerpo de la mujer nunca podía considerarse como una conquista de la libertad. Y La Calle publicó una investigación sobre la revista bajo el título «Desnudamos a Interviú»,81 en la que reducía su «modelo de éxito» a la combinación de «sexo, sangre, violencia y escándalo». Esta crítica mereció una airada respuesta de la revista bajo el título «¿A quién le duele Interviú?».82

Dado que la revista no publica artículo editorial y las portadas se dedican siempre a desnudos femeninos, no resulta fácil seguir la pista de sus posicionamientos ante el curso de los acontecimientos políticos. La carencia, sin embargo, se suple bien con la sección «Érase una vez un país...», firmada por su director, Álvarez Solís, y la elección de temas de actualidad a través de la sección de entrevistareportaje, central en la estructura de Interviú. Así, en un momento en el que, tras la sorpresa y enfado inicial de la prensa con el nombramiento de Adolfo Suárez para sustituir al cesado presidente Carlos Arias Navarro, la mayoría de los diarios se inclinaban por apoyar al recién llegado y sus anuncios liberalizadores, el artículo del director adopta una línea mucho más crítica. Se refiere al discurso de reentré de Suárez tras el verano:

Nos ha dicho el presidente: hay que contar con los partidos, con las organizaciones políticas. Pero ha advertido que esos partidos y esas organizaciones políticas no significarán nada hasta verse revalidados por aquellas elecciones que aún no tienen el bautismo de la fecha exacta.83

Es decir, ninguna intención de negociar en serio con la oposición y sí de mantener la hegemonía indiscutida durante todo el proceso. Esta será, precisamente, la gran cuestión del momento político: no tanto a dónde conduce la transición, que todo el mundo asume que ha de ser la democracia, sino quién conducirá el proceso. Gerard Imbert (1990: 25) explica que la dicotomía «continuidad/ruptura» sucede a la de «franquismo/antifranquismo y alcanza toda su agudeza en el momento de la dimisión de Arias Navarro en julio de 1976». Pues bien, en esa dicotomía, la posición de Interviú, compartida con algunas otras como Triunfo o Cambio 16, es no hacer cuestión de la hegemonía sino del modo en que se ejerce y, en este aspecto, es la negociación con la oposición lo que introduce la diferencia. En ese mismo número de septiembre del 76, la pieza central de entrevista-reportaje84 de la revista se ocupa de uno de esos temas «delicados» que con el tiempo acabarán provocando incómodos silencios: los militares demócratas de la UMD condenados por «conspiración para la rebelión», luego amnistiados juntos a los demás presos políticos, pero nunca reintegrados a sus puestos.

De cara al debate que se había de producir en las Cortes franquistas sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política, la revista analiza las palabras del presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda, pero da también visibilidad a los intentos de la oposición para reivindicar su papel en el proceso mediante una huelga general convocada para pocas fechas antes. En su columna, el director se muestra cada vez más preocupado por la falta de compromiso negociador del Gobierno Suárez y su constante esquivar a la Comisión que representa a la oposición democrática. «Últimamente, el Gobierno Suárez ha ido abandonando sus contactos con la oposición, situada más o menos extramuros del sistema, para consagrarse a unas negociaciones con la llamada oposición franquista u oposición que se sitúa dentro del sistema».85 Aunque puede entenderse que se trata de exigencias del guion, porque en esa fase se está tratando de hacer que las Cortes franquistas aprueben un proyecto de ley que, sencillamente, las liquide. En el número siguiente,86 Manuel Martín Ferrand, estudia primero el impacto de la huelga general y luego reconoce abiertamente que la estrategia de Suárez, una vez aprobada la reforma por las Cortes, está funcionando, pero advierte de que aceptar un sistema electoral mayoritario, como el que propone Fraga, daría al traste con todo ello.

La revista vuelve a pronunciarse críticamente87 sobre la conducción del proceso de reforma, cargando sobre la opacidad en torno a la primera sesión de negociación con la oposición. Esta será, de nuevo, una línea constante y que diferenciará progresivamente a Interviú de otras revistas políticas: más adelante, cuando tras las primeras elecciones de junio de 1977 se inicie el periodo llamado del «consenso», con la firma de los Pactos de la Moncloa y el secreto de las negociaciones sobre el proyecto de Constitución, la revista mantendrá una línea crítica y distante sobre dicho consenso.

En el número siguiente a la llamada semana sangrienta o trágica de Madrid, el 3 de febrero de 1977, cuando el GRAPO y la ultraderecha intentaron hacer descarrilar la transición, la portada de Interviú apenas acusa la crisis por la que se acaba de pasar: el desnudo de portada (Dominique Sanda) es como de costumbre. Apenas uno de los titulares menores alude a la tragedia. Pero el interior está repleto de excepcionalidad: un reportaje relata cronológicamente los sucesos de Madrid. Siete días, siete titulares: «brota la sangre», «masacre profesional», «tensa indignación», «puños en alto», «la caza», «en acto de servicio» y «País en vilo». La posición del director en su «Érase una vez un país...» revela la gravedad de la situación. Plantea el problema de que nadie tiene legitimidad para actuar sin haber pasado por las urnas, por lo que la convocatoria electoral es urgente, pero para llegar a ella se precisa un «gobierno de concentración nacional».88 No se trata de una idea ajena al debate del momento, aunque en general se venga planteando con el matiz de la exclusión del PCE, y volverá a ser moneda común tras las elecciones de junio, cuando la urgencia ya no sea responder a la ofensiva ultra, sino hacer frente a una economía en bancarrota mientras se elabora una Constitución. El sucedáneo de esa inaceptable «concentración» –inaceptable para las dos fuerzas mayoritarias, UCD y PSOE– acabarán siendo los llamados Pactos de la Moncloa, responsables del gran marco del consenso. La colaboración de Vázquez Montalbán89 en ese mismo número propone, tras una larga digresión sobre la posible intervención de la CIA en los sucesos recientes, una suerte de «gobierno de amplia unidad política», que no se encuentra muy lejos de aquella «concentración».

En la antesala de las primeras elecciones democráticas, Interviú incluye en forma de artículo cuasi-editorial de Álvarez Solís90 una llamada al voto al PCE/ PSUC, que acompañan de un dibujo de Carrillo puño en alto. Nada menos. Aunque también la revista Triunfo llamó a votar a la izquierda, resulta infrecuente un llamamiento tan explícito. En el mismo número se hacen previsiones («Elecciones ¿y después qué?») sobre el proceso constitucional, que no «constituyente», que se producirá tras las elecciones.

Una de las pocas ocasiones en las que Interviú incluyó un verdadero artículo editorial91 fue en el primer número compuesto tras las elecciones (el anterior se imprimía mientras estas se celebraban). Ese editorial celebra el triunfo de la democracia, pero advierte del peligro que las reminiscencias franquistas agazapadas en el aparato del Estado representan para el progreso de la libertad. La crónica electoral92 proclama que «ganó Suárez, pero triunfó Felipe», y el artículo del director93 sugiere que el socialismo ha de prepararse para gobernar, pero no apresurarse a hacerlo. Dando por hecho que habrá nueva Constitución, no se muestra muy optimista sobre su alcance, dado el enorme peso del franquismo dentro del partido de Adolfo Suárez.

En coherencia con el modelo de periodismo atrevido que le dio popularidad, la revista logró ser la primera en publicar una entrevista a Adolfo Suárez94 aunque la tuvo que comprar a una publicación francesa, porque el presidente no concedía entrevistas a medios españoles. Pero al mes siguiente aún fueron más lejos al publicar en rigurosa exclusiva unas fotos de Suárez en bañador95 sobre un yate fondeado en la Costa Brava, osadía que, en un país que apenas se había despedido de la más severa gama de grises, no tenía más remedio que consagrar su leyenda.

El debate periodístico sobre el secreto de las deliberaciones de la ponencia constitucional fue más bien sordo. De hecho, ni siquiera Interviú, que venía colocándose a las afueras del consenso constitucional e incluso de los Pactos de la Moncloa, hizo causa contra aquella decisión de los constituyentes de esconder sus trabajos adoptada en pleno agosto de 1977. Cuando sale a la luz, primero una parte del articulado (Cuadernos para el Diálogo) y luego la totalidad (La Vanguardia), solo un pequeño suelto, recuadrado en la página 116, se felicita por ello: «Bien por Cuadernos».96 El comentario del director es distante, «un texto gris, sin empuje alguno, espeso y municipal, pacto entre la cobardía y el egoísmo», y le augura un futuro igual al de los Pactos de la Moncloa, «que todo el mundo los ha firmado y al final nadie quiere cargar con la paternidad correspondiente».97

No solo el director, Álvarez Solís, sino a menudo algunas firmas de prestigio de la revista, como Fernando Claudín,98 advierten de que el consenso constituyente amenaza con retrasar sine die las imprescindibles y urgentes elecciones municipales. La visión crítica de los excesos del «consenso» se acompaña de una clara focalización sobre los conflictos laborales o los acuciantes problemas sociales, que desbordaban o amenazaban con desbordar los límites de dicho consenso.

A la hora de examinar el resultado de los trabajos de la Comisión Constitucional, el primer dato que se debe tener en cuenta es el referéndum de diciembre de 1978, que convirtió el proyecto de Constitución en vigente Carta Magna. Interviú, nuevamente, se desmarca de los entusiasmos generalizados por dicha aprobación, ya que no solo no encuentra tan indiscutible el resultado aprobatorio («no se trata ya de que cerca del 40 por 100 de los españoles –abstención y votos blancos–hayan vuelto la espalda a la Constitución»), sino que lamenta «el desangelamiento con el que fue vivida por la calle la “más alta ocasión que vieron los siglos”».99

El compromiso de Interviú con los «temas» sociales, aunque siempre con un enfoque más bien sensacionalista, fue una de sus constantes. Reportajes sobre los casi olvidados crímenes del franquismo: «Vitoria no olvida» o «Datos sobre el caso Puig Antich» (10 de marzo de 1977), «Galicia. Recuerdo de los crímenes fascistas» (9 de junio de 1977), «Las mujeres peladas, broma de Fraga» (4 de agosto de 1977), «Granada: las matanzas no se olvidan» (1 de diciembre de 1977) o «Masacre fascista en Arahal (Sevilla). La venganza fue terrible» (9 de febrero de 1978). También sobre la represión posfranquista que convive con la reforma: «Estampas de la reforma» (16 de junio de 1977), fotos de cargas policiales que han devenido icónicas o la historia de algunos «topos» escondidos durante el franquismo: «Cuarenta años de miedo» (14 de agosto de 1977).

Esta fue una línea de trabajo en la que la revista, si no estuvo sola, no tuvo demasiadas compañías. El tipo de transición que fue posible hacer en España condicionó una especie de sordina en torno a la oscura noche del franquismo que se tardó decenios en corregir. Denuncias sobre la corrupción, la fortuna de los Franco o los negocios privilegiados de la aristocracia franquista: «La finca fantasma de Pilar Franco» (9 de febrero de 1978), «Lo que chupan los aristócratas» (2 de marzo de 1978), «Los Rosón, azote de Galicia» (20 de abril de 1978) o «Rumasa al descubierto» (3 de febrero de 1977).

En medio de una época de politización rampante, Interviú presta mucha atención a algunas de las luchas sociales más destacadas, que otros medios olvidan, como «Los “güertanos” contra el Marqués de Mondéjar» (14 de diciembre de 1978). Y también a colectivos marginados o en riesgo de exclusión como «En busca del subnormal perdido» (4 de agosto de 1977), «Despedidas por lesbianas en una fábrica de Valencia» (14 de diciembre de 1978), «Mi vida en Carabanchel» (10 de marzo de 1977) o «Profesión delincuente. Los que no pueden elegir» (16 de junio de 1977).

Y, por supuesto, la incorporación, podríamos decir, desacomplejada de los nuevos personajes del mundo político, que contribuyó a visibilizar y dar realidad a una nueva clase política, antes incluso de que recibiera el refrendo de las urnas. Felipe González, Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Marcelino Camacho, incluso Dolores Ibárruri, La Pasionaria. De hecho, una de las escasas portadas de la revista que no lleva desnudo femenino fue la del 24 de junio de 1976, protagonizada por un Marcelino Camacho enfundado en su característico jersey de cuello vuelto. Este esfuerzo de visibilización o «normalización» de una nueva clase política para la democracia, la verdad es que fue compartido por otras revistas como Cambio 16 o Cuadernos, Triunfo y algunas ilustradas, y puede considerarse como una de sus contribuciones más decisivas a la transición democrática.

Todo ello configuró un tipo de oferta periodística peculiar que se caracteriza por una crítica valiente y desde posiciones democráticas al mundo político, aunque sin un verdadero seguimiento de los temas políticos, así como también una atención intermitente también a temas sociales y marginales y una apuesta por la libertad moral y de las costumbres que conectaba con las generaciones jóvenes más «post franquistas». Aunque el «populismo» y el sensacionalismo con los que se presenta y defiende todo ese criticismo, el enfoque escabroso y el desmedido interés por el escándalo y el impacto visual serían hoy muy discutidos y lo eran también entonces. Como señala Jorge Marí (2007: 136),

la relevancia de Interviú deriva en buena medida de que muchas de sus paradojas internas y de las posibles contradicciones entre su discurso oficial y su praxis –erotismo como liberación / erotismo como explotación comercial y como perpetuación de la dominación masculina, exaltación de valores democráticos / falta de ética periodística, etc.– pueden verse como contradicciones inherentes al propio destape e incluso al propio proceso transicional.

Lo cierto es que esa específica combinación de ingredientes funcionó a la perfección y tuvo el efecto, quizá no buscado, de incorporar lectores menos politizados o, por así decirlo, de ampliar los públicos de lo político en una España en transición que estaba necesitada, precisamente, de esa base social de apoyo.

1. El salto de Cambio 16 de 43.483 ejemplares (1974) a 199.623 (1975) y 348.081 (1976), para retroceder a 145.494 (1978), en contraste con el crecimiento sostenido por Interviú, que pasa de 297.524 ejemplares (1976) a 640.462 (1977) y a 712.385 (1978), ilustra la retracción de la revista política ante la renovación de la prensa diaria, que no afecta de manera inmediata a la línea popular sensacionalista de la segunda (Cabello, 1999: 114-116).

2. Los 16 accionistas fundadores de Cambio 16 son los siguientes, por orden de posesión de acciones de la empresa Información y Publicaciones S. A.: José Luis Barreiro Conde, industrial gallego (60); Luis María de la Fuente, empresario (55); Juan Tomás de Salas, periodista y fundador (55); Domingo Garnelo Vázquez, industrial gallego (55); Luis González Seara, catedrático de universidad (55); Alfredo Lafitta, abogado del Estado (55); Juan Huarte, empresario navarro (50); José Félix de Rivera, industrial sevillano (25); César Pontvianne, empresario salmantino (22); Romualdo de Toledo, periodista (14); Blas Calzada, economista (11); Antonio García Ferrero, economista (11); Miguel Ortega, abogado y funcionario del Estado (11); Enrique Sarasola, empresario vasco (11); Miguel Muñiz, economista (5), y Alejandro Muñoz Alonso, catedrático de universidad (5) (Díaz Dorrronsoro, 2010).

3. Para el posicionamiento de dichos diarios, véanse Seoane y Sueiro (2004), Sanmartí (2018) y Luis y Pont (2018).

4. «Puede salir bien» y «Qué hacer», Cambio 16, 6-12 y 13-19 de junio de 1977.

5. Los resultados de las elecciones redujeron el margen entre UCD (34 %) y PSOE (29 %) y dejaron al PCE (9 %) por delante de AP (8 %).

6. Alejandro López Muñoz: «Ha nacido una estrella», Cambio 16, 16-22 de mayo de 1977.

7. «Secuestro habemus», Cambio 16, 1-7 de diciembre de 1975.

8. «Feliz año libre», Cambio 16, 29 de diciembre de 1975 - 4 de enero de 1976.

9. «Democracia, que se vea», Cambio 16, 5-11 de enero de 1976.

10. «Desafío al Gobierno», Cambio 16, 19-25 de enero de 1976.

11. «Bunker, bunker», Cambio 16, 26 de enero - 1 de febrero de 1976.

12. «Frenazo Arias», Cambio 16, 2-8 de febrero de 1976.

13. «Todos contra Arias», Cambio 16, 9-15 de febrero de 1976.

14. «Contra violencia, libertad», Cambio 16, 16-22 de febrero de 1976.

15. «Está que arde», Cambio 16, 1-7 de marzo de 1976.

16. «Semana trágica» y «Se acabó el tiempo», Cambio 16, 15-21 de marzo de 1976.

17. «El Gobierno se rompe», Cambio 16, 22-28 de marzo de 1976.

18. «Hipocresía de los reformistas de papel», Cambio 16, 29 de marzo - 4 de abril de 1976.

19. «El búnker no se rinde» y «Elecciones, por favor», Cambio 16, 5-11 de abril de 1976.

20. «A votar, ya», Cambio 16, 12-18 de abril de 1976.

21. «Socialistas, aquí estamos» Cambio 16, 26 de abril - 2 de mayo de 1976.

22. «El Rey se preocupa: Arias lo para todo», Cambio 16, 3-9 de mayo de 1976.

23. «Si sabe inglés, compre Newsweek», Cambio 16, 3-9 de mayo de 1976. Arnaud de Borchgrave recoge una opinión del rey Juan Carlos sobre Arias, al que considera un «desastre sin paliativos, porque se ha convertido en abanderado de la poderosa banda de leales franquistas conocida como “el búnker”», en «Juan Carlos looks ahead», Newsweek, 26 de abril de 1976. El Gobierno desmiente que dicho periodista haya entrevistado al rey, pero la Casa Real guarda silencio.

24. «Europa desconfía», Cambio 16, 10-16 de mayo de 1976.

25. «A pesar de Arias, el Rey con la oposición», Cambio 16, 17-23 de mayo de 1976.

26. «Violencia en España. Libertad que no llega», Cambio 16, 24-30 de mayo de 1976.

27. «Don Juan no se fía», Cambio 16, 31 de mayo - 6 de junio de 1976.

28. «El rey que viajó» y «La dictablanda», Cambio 16, 7-13 de junio de 1976.

29. Juan Tomás de Salas: «Prensa libre», Cambio 16, 15-21 de diciembre de 1975.

30. «Lo evidente» y «Leer, ¿para qué?» Cambio 16, 28 de junio - 4 de julio y 5-11 de julio de 1976.

31. «Del Vaticano a Carrillo», Cambio 16, 5-11 de enero de 1976.

32. «Amnistía» y «Más pruebas», Cambio 16, 19-25 de julio y 2-8 de agosto de 1976.

33. «Amnistía, sí. Bombas, no», Cambio 16, 9-15 de agosto de 1976.

34. «Libertad y orden», Cambio 16, 30 de agosto - 5 de septiembre de 1976.

35. «Libertad sí, orden también», Cambio 16, 27 de septiembre - 3 de octubre de 1976.

36. «Paz para Euskadi», Cambio 16, 18-24 de octubre de 1976.

37. «Felicidades, España», Cambio 16, 8-14 de noviembre de 1976.

38. Juan Tomás de Salas: «Carta del editor», Cambio 16, 1-7 de noviembre de 1976.

39. «La oposición al poder», Cambio 16, 25-31 de octubre de 1976.

40. «Vivan los rojos», Cambio 16, 6-12 de diciembre de 1976.

41. «El abrazo de Europa», Cambio 16, 13-19 de diciembre de 1976.

42. «El GRAPO contra la amnistía», Cambio 16, 27 de diciembre de 1976 - 2 de enero de 1977.

43. «FELIZ AÑO... Nuevo», Cambio 16, 3-9 de enero de 1977.

44. «De paso atrás, nada», portada, y «Lealtad», editorial: Cambio16, 7-13 de febrero de 1977.

45. «Enhorabuena», Cambio 16, 21-27 de febrero de 1977.

46. «El milagro de los Pe-Ces», Cambio 16, 18-24 de abril de 1977.

47. «Le da la real gana», Cambio 16, 9-15 de mayo de 1977.

48. Felipe González: «A escena», Cambio 16, 8-14 de diciembre de 1975; «Un congreso para la democracia», Cambio 16, 20-26 de diciembre de 1976; «La estrategia del poder», Cambio 16, 31 de enero - 6 de febrero de 1977.

49. Julio Feo: «La segunda casa», Cambio 16, 5-11 de enero de 1976; «La socialdemocracia es socialismo», Cambio 16, 7-13 de junio de 1976; «PSOE: son todos los que están», Cambio 16, 28 de febrero - 6 de marzo de 1977.

50. Ignacio Sotelo: «Ventaja postfranquista», Cambio 16, 15-21 de marzo de 1976; «Victoria pírrica», Cambio 16, 12-18 de julio de 1976; «Lelio Basso en Madrid», Cambio 16, 8-14 de noviembre de 1976; «PSOE: crítica a un congreso», Cambio 16, 20-26 de diciembre de 1976.

51. Pablo Castellano: «Problemática sindical», Cambio 16, 1-7 de marzo de 1976; «Socialdemocracia - socialismo - comunismo», Cambio 16, 16-22 de julio de 1976.

52. Luis Solana: «Democracia o deshielo», Cambio 16, 19-15 de enero de 1976.

53. Luis Yáñez-Barnuevo: «Ruptura negociada», Cambio 16, 15-21 de marzo de 1976.

54. Enrique Barón: «Ruptura y negociación», Cambio 16, 28 de junio - 4 de julio de 1976.

55. Luis Gómez Llorente: «Un Congreso para la Historia», Cambio 16, 19 de diciembre de 1976.

56. Enrique Múgica Herzog: «El partido de todos los socialistas», Cambio 16, 19 de diciembre de 1976.

57. Virgilio Zapatero, Francisco Bustelo y Ciriaco de Vicente: «La socialdemocracia no es socialismo», Cambio 16, 21-27 de junio de 1976.

58. Enrique Tierno Galván: «Necesidades nacionales», Cambio 16, 22-28 de diciembre de 1975; «Hipótesis sobre un rumor», Cambio 16, 22-28 de marzo de 1976.

59. Raúl Morodo: «La articulación y convergencia del socialismo en España», Cambio 16, 2-8 de febrero de 1976.

60. Joan E. Garcés: «¿Gobierno provisional o elecciones libres?», Cambio 16, 15-21 de marzo de 1976; «A los socialistas», Cambio 16, 8-14 de noviembre de 1976.

61. Amadeu Cuito: «Socialismo catalán: Paso adelante», Cambio 16, 14-20 de junio de 1976.

62. Isidre Molas: «Socialismo catalán: Opción defensiva», Cambio 16, 14-20 de junio de 1976.

63. Ernest Lluch: «Economía para Estatutos de Autonomía», Cambio 16, 2-8 de julio de 1976.

64. Pilar Brabo Castells: «Ruptura democrática: el cambio negociado», Cambio 16, 15-21 de marzo de 1976.

65. Ramón Tamames: «Por una democratización de la economía», Cambio 16, 7-13 de junio de 1976.

66. Jaime Ballesteros: «La cuestión comunista», Cambio 16, 6-12 de diciembre de 1976.

67. Santiago Carrillo: «Sobre la cumbre eurocomunista», Cambio 16, 14-20 de marzo de 1977.

68. Jaime Pastor: «Ante las elecciones», Cambio 16, 21-27 de marzo de 1977.

69. Ramón Trías Fargas: «¿Qué decir del futuro, hoy?», Cambio 16, 8-14 de febrero de 1976.

70. Juan María Bandrés: «El decreto y la amnistía», Cambio 16, 21-27 de marzo de 1977.

71. Carlos Garaicoechea: «El momento político de Euskadi», Cambio 16, 4-19 de abril de 1977.

72. Nicolás Redondo: «Congreso Sindical Constituyente (I): Primero libertad», Cambio 16, 21-27 de junio de 1976; «Reforma y libertades sindicales (II)», Cambio 16, 7-13 de marzo de 1977; «Reforma y libertades sindicales (III)», Cambio 16, 7-13 de marzo de 1977.

73. Marcelino Camacho: «Necesidades nacionales», Cambio 16, 15-21 de diciembre de 1975; «Reforma y libertad sindicales (I)», Cambio 16, 21-27 de febrero de 1977.

74. Julián Ariza: «Por una central unitaria», Cambio 16, 8-14 de marzo de 1976; «Congreso Sindical Constituyente (II): Convocar a todos», Cambio 16, 28 de junio - 4 de julio de 1976.

75. José María Zufiaur: «El camino de la unidad», Cambio 16, 22-28 de marzo de 1976; «Reforma y libertad sindicales (II)», Cambio 16, 28 de febrero - 6 de marzo de 1977.

76. Manuel Zaguirre: «Congreso Sindical Constituyente (y III): Las razones de un no», Cambio 16, 5-11 de julio de 1976.

77. José Luis Fernández Naves: «Amnistía laboral», Cambio 16, 23-29 de julio de 1976.

78. Juan Gómez Casas: «Reforma y libertades sindicales (y IV)», Cambio 16, 14-20 de marzo de 1977.

79. «Editorial. La vida misma», Interviú, 22 de mayo de 1976.

80. J. M.ª Portell: «Montejurra. Yo estaba allí», Interviú, 22 de mayo de 1976.

81. «Desnudamos a Interviú», La Calle, 21 de noviembre de 1978.

82. «¿A quién le duele Interviú?», Interviú, 30 de noviembre de 1978, pp. 4-5. El debate no se ha cerrado nunca, ya que el feminismo ha seguido cuestionando el recurso al desnudo como una objetualización de la mujer. En un estudio reciente se incluye a Interviú, junto al El Papus y otras muchas revistas, en el ciclo de publicaciones que hibridan sexo y política como temas perfectamente «masculinos», y se afirma que se inserta en «una incipiente sociedad de consumo y cultura de masas que ya había hecho su aparición en los años sesenta mediante objetos claves como la televisión, el coche o la lavadora» (Naval y Carandell: 2016).

83. A. Álvarez Solís: «La sala de espera», Interviú, 16 de septiembre de 1976.

84. «Militares sin uniforme», Interviú, 16 de septiembre de 1976.

85. A. Álvarez Solís: «Elecciones para la exportación», Interviú, 11 de noviembre de 1976.

86. M. Martín Ferrand: «El Prisma», Interviú, 18 de noviembre de 1976.

87. A. Álvarez Solís: «La ignorancia y la alegría», Interviú, 20 de enero de 1977.

88. A. Álvarez Solís: «Legitimación para la paz», Interviú, 3 de febrero de 1977.

89. Manuel Vázquez Montalbán: «La internacional fascista», Interviú, 3 de febrero de 1977.

90. A. Álvarez Solís: «La libertad en un parque», Interviú, 9 de junio de 1977.

91. «Apuesta por la libertad», Interviú, 23 de junio de 1977.

92. A. Machín y C. Bosch: «Ganó Suárez, pero triunfó Felipe», Interviú, 23 de junio de 1977.

93. A. Álvarez Solís: «Ha empezado la democracia», Interviú, 23 de junio de 1977.

94. Y. Cau y A. Pautard: «Adolfo Suárez: España ya no es diferente», Interviú, 7 de julio de 1977.

95. M. Mora: «El presidente sobre fondo azul», Interviú, 18 de agosto de 1977.

96. «Bien por Cuadernos», Interviú, 1 de diciembre de 1977.

97. A. Álvarez Solís: «El PSOE listo para gobernar», Interviú, 1 de diciembre de 1977.

98. Fernando Claudín: «Antidemocracia», Interviú, 17 de octubre de 1977.

99. A. Álvarez Solís: «¿Dónde está el país?», Interviú, 14 de diciembre de 1978.

3. LA INADAPTACIÓN DE LAS REVISTAS ILUSTRADAS: LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA Y GACETA ILUSTRADA

Gloria García González

Jaume Guillamet

Las revistas ilustradas, nacidas al calor de la reactivación liberalizadora de la economía española a mediados de los años cincuenta, tuvieron serias dificultades de adaptación a la liberalización política iniciada tras la muerte del dictador Francisco Franco. Destacan los casos de La Actualidad Española (1952-1979), Gaceta Ilustrada (1956-1984) y Blanco y Negro (1957-1980) –vinculadas, respectivamente, a sectores empresariales próximos al Opus Dei y a los diarios La Vanguardia Española y ABC–, que hasta 1975 habían dominado el mercado semanal y en pocos años desaparecieron. La adopción de comportamientos políticos durante el año y medio transcurrido desde la jura del rey Juan Carlos hasta las primeras elecciones democráticas conllevaron cambios de director y de orientación editorial, acompañados en el caso de La Actualidad Española de serias tensiones internas.

El rápido éxito de los nuevos semanarios de información política y crítica surgidos en vísperas de la Transición pudo contribuir al súbito declive de las revistas ilustradas, en contraste con la resistencia de los principales diarios ante la competencia de otros nuevos en el marco de la crisis general de la prensa española que siguió al cambio político (Guillamet, 2018). Los movimientos internos en dichos diarios tampoco son ajenos al comportamiento de las revistas afines. Además de la desaparición de Nuevo Diario en enero de 1976, que dejó a La Actualidad Española como única cabecera de información general de los sectores periodísticos próximos al Opus Dei, junto al semanario especializado La Actualidad Económica, hay que referirse a los movimientos internos de ABC y sus efectos secundarios sobre Blanco y Negro.

A principios de 1975, Blanco y Negro había recibido un nuevo impulso bajo la dirección de Luis María Anson, que había sido desplazado de la subdirección del diario monárquico con ocasión del nombramiento como director de José Luis Cebrián Boné, procedente de La Actualidad Española. Sin duda el periodista monárquico más significado y próximo al jefe de la Casa Real y conde de Barcelona, Juan de Borbón, Anson se había formado periodísticamente en ABC y había sido galardonado con los premios Luca de Tena y Mariano de Cavia otorgados por el mismo periódico, que fue secuestrado y expedientado por la publicación de su artículo «La Monarquía de todos», el 21 de julio de 1966. La marcha de Anson a Gaceta Ilustrada a principios de 1976 no parece ajena al giro neofranquista impreso a ABC por el marqués Torcuato Luca de Tena desde la presidencia del Consejo Editorial (Guillamet, 2018b), en contraste con la conducta de La Vanguardia Española, que apostó de forma inequívoca por la reforma política promovida por el nuevo rey (Mauri de los Ríos y Nogué, 2018).

Los datos de difusión muestran un doble retroceso de las revistas ilustradas ante las nuevas; en términos absolutos, por la pérdida de ejemplares vendidos y, en términos relativos, por el crecimiento de un nuevo y potente mercado del que quedan excluidas. Llaman poderosamente la atención las oscilaciones encadenadas de las cifras de difusión de Blanco y Negro y de Gaceta Ilustrada, dirigidas sucesivamente por Anson. Entre abril de 1975 y de 1976, Blanco y Negro dobla sus cifras de difusión de 46.024 a 87.604 ejemplares, que bajan a 73.814 (1977) con el antiguo subdirector Adolfo Prego, y a 53.429 en 1978, año en el que es nombrado José María Martín Descalzo, procedente también de ABC (Iglesias, 1980: 458). Con la entrada y también breve estancia de ocho meses de Anson, Gaceta Ilustrada pasa de los 72.938 ejemplares de media (1975) a 81.477 (1976), para descender a 59.632 (1977) y 50.755 (1978), siendo en esos años directores, respectivamente, Jesús Picatoste y Ángel Gómez Escorial (Cabello, 1999: 114-116). La caída de difusión paralela de La Actualidad Española, en cuya dirección se suceden Manuel Fernández Areal (1975), Juan Pablo de Villanueva (1977) y Juan Caño (1978), se produce desde 70.816 ejemplares (1974), a 58.420 (1975) y 51.878 (1976).

Las caídas de las revistas ilustradas contrastan con el ascenso hasta cifras muy superiores de los dos grandes semanarios de la Transición. En primer lugar, Cambio 16 (1971), que pasa de 43.483 ejemplares (1974) a 199.623 (1975) y 348.081 (1976), su cifra más alta. En segundo lugar y más destacado, Interviú (1976-2018), con un registro de 297.524 ejemplares en 1977, su primer año completo, duplicados hasta 640.462 ejemplares al año siguiente, 1978. La crisis del mercado de prensa semanal acaecida en los años siguientes redujo la difusión de las nuevas revistas, pero acabó con la vida de las antiguas.

La falta de adaptación de las ilustradas ante las nuevas circunstancias de la Transición ya se había hecho visible con el éxito previo de revistas políticas como la izquierdista Triunfo (Alted y Aubert, 1995; García González, 2009) –que en 1974 ya vendía 70.274 ejemplares y en 1976 alcanzaría un máximo de 87.795 ejemplares– o Cuadernos para el Diálogo (Muñoz Soro, 2006), inspirada por demócrata-cristianos y socialistas, que en 1976 alcanza los 58.146. En términos opuestos evolucionó la revista catalanista Destino (Geli y Huertas, 1991), con una caída de 45.085 ejemplares en 1974 a 33.344 en 1977.

Aun siendo importante, no parece que la tardía incorporación de informaciones y opiniones políticas sea el único motivo de la pérdida de favor de los lectores de las revistas ilustradas. Hay que tener en cuenta sus comportamientos políticos, cuyo análisis proponemos a continuación, caracterizados por una toma de posición oficialista y la ausencia de cualquier crítica de calado al proyecto reformista del Gobierno.

LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA Y EL APOSTOLADO DE LA OPINIÓN PÚBLICA

A la muerte de Franco, La Actualidad Española no era precisamente una revista recién llegada al mercado editorial. Su trayectoria se había iniciado en 1952 al abrigo de la creación del Ministerio de Información y Turismo un año antes y de la determinación del nuevo ministro, Gabriel Arias-Salgado, de autorizar la solicitud por particulares de la edición de nuevas publicaciones periódicas no diarias. Fue entonces cuando José María Escrivá de Balaguer animó a Antonio Fontán, recién estrenado catedrático de Latín en la Universidad de Granada, a «abrir una revista o semanario para influir cristianamente en la opinión pública española» (Díaz Hernández, 2008: 388). La amistad personal de Fontán con el director general de Información, Florentino Pérez Embid, acabó por impulsar el proyecto. Fue él quien le recomendó a Jesús María Zuloaga, hasta entonces redactor en La Gaceta del Norte de Bilbao, como director de la nueva revista. Y en torno a él, Fontán se las arregló para constituir un equipo de jóvenes redactores procedentes de la Universidad de Navarra: Ángel Benito, Pablo José de Irazazábal, José Luis Cebrián Boné, Javier Ayesta, Gonzalo Redondo y José Luis Martínez Albertos entre otros (Cosyaga García, 2014: 147). Entre todos acabaron constituyendo lo que se conoció como «la escuela de La Actualidad Española» (Pérez López, 1994: 216). Mientras tanto, en diciembre de 1951 quedaba constituida la sociedad que iba a ser su editora, SARPE (Sociedad Anónima de Revistas, Periódicos y Ediciones), con un capital social de un millón de pesetas distribuido en mil acciones de mil pesetas cada una. El primer Consejo de Administración tuvo a Alberto Ullastres como presidente, Luis Valls Taberner como vicepresidente y Antonio Fontán como consejero delegado (Cosyaga García, 2014: 150). La Actualidad Española ya estaba en condiciones de salir a la calle. Y lo hizo al precio de 5 pesetas el 12 de enero de 1952, con una tirada de 10.000 ejemplares y 26 páginas en su primer número.

Parte de su atractivo inicial residió en la novedad de su poderosa carga gráfica, con abundancia de reportajes y noticias de interés humano. Buen conocedor de las revistas ilustradas europeas, Antonio Fontán entendió muy pronto que se trataba de una fórmula de éxito si se sabía adaptar a la realidad española (Cosyaga García, 2014: 157). Y de hecho así fue, porque dos años después de que La Actualidad Española abriera el mercado, se incorporaría Gaceta Ilustrada y en 1960 Sábado Gráfico. De acuerdo con la solicitud presentada ante la Dirección General de Prensa, La Actualidad Española aspiraba a ser un semanario de información gráfica nacional e internacional dirigido a un público familiar que la reconociera como un «medio de información objetiva y serena de la actualidad comentada según el espíritu y los principios fundamentales del Movimiento Nacional» (Cosyaga García, 2014: 147).

Lo que podría haber sido una mera declaración formal ante las autoridades quedó ratificado en su primer editorial: «Nos guían unos principios morales, sociales y políticos que son de todos los españoles [...] Queremos servir al sentido de la vida española que llamó un día, hace poco más de 15 años a todas las gentes de bien a reconquistar el Cuerpo y el Alma de la Patria» (Fontes y Menéndez, 2004: 465). Pese a la solemnidad institucional de estas proclamas, La Actualidad Española no tardó en ser conocida, incluso entre amplios sectores del régimen, como la revista del Opus Dei (Cosyaga García, 2014: 151). Su origen y la filiación a esta institución de los miembros de su plantilla, consejo editorial y primeros accionistas, reclutados entre los más cercanos a Fontán, no dejaban lugar a dudas. Y pese a la insistencia en que las iniciativas de los miembros del Opus Dei no involucraban ni a la Iglesia ni a la Obra como institución, el compromiso de todos ellos con el «apostolado de la opinión pública» convirtió sus proyectos periodísticos en una particular versión de prensa católica, en llamativa expansión a partir del lanzamiento de La Actualidad Española.

En su interés por afianzar la nueva revista, Rafael Calvo Serer hizo notar ese compromiso y la amistad que le unía con Antonio Fontán, animando a conocidos suyos extranjeros a que enviaran colaboraciones a La Actualidad Española (Redondo, 2009: 228). Era el momento en el que el círculo más próximo a Calvo Serer estaba tomando posiciones en el espacio publicístico más académico con revistas como Arbor o Ateneo, tratando desde ellas de desestabilizar el proyecto de Joaquín Ruiz Giménez en el Ministerio de Educación. En 1953, Calvo Serer publicaba en la revista francesa Écrits de Paris su teoría sobre la necesidad de articular dentro del Movimiento Nacional una «tercera fuerza» frente a la Falange y a la ACNP, encabezada por él e inspirada por el pensamiento de Maeztu, Pradera y Menéndez Pelayo. A raíz de este artículo, Calvo Serer fue destituido de la dirección de Arbor y de sus cargos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y el proyecto de la «tercera fuerza» quedó arrumbado para siempre (Juliá, 2004: 391).

Un año más tarde, en 1954 funda la revista cultural Nuestro Tiempo, vinculada a la Universidad de Navarra, y estrecha su relación con Antonio Fontán. En este contexto y a falta de influencia institucional, La Actualidad Española se encontraba en condiciones de constituirse en un estratégico foco de influencia social para este círculo opusdeísta cada vez más desvinculado de la ortodoxia ideológica del régimen y más afín a la figura de don Juan, en cuyo Consejo Privado se integraría el propio Fontán en 1956.1 La Actualidad Española, en estas últimas décadas de la dictadura, encarnaba el afán de las élites opusdeístas de liderar en España un proyecto de modernización económica basado en la racionalización y competitividad propias del capitalismo de mercado, una vaga reforma política en torno a don Juan y una concepción ultraconservadora de lo social. De este modo, a través de lo que sus promotores llamaron «vocación apostólica», La Actualidad Española asentaba su línea editorial sobre una concepción cristiana de la vida pública muy tradicional que explicaba su frontal oposición a esa otra vertiente del catolicismo cada vez más próximo a posiciones liberales que representaban la ACNP y revistas como El Ciervo (Pecourt, 2008: 90).

A medida que avanzaba la década de los sesenta y se multiplicaba el control de miembros del Opus Dei sobre medios de comunicación, Madrid, Nuevo Diario, La Actualidad Española, Telva, El Alcázar, Europa Press, la presión del ministro Manuel Fraga sobre ellos se intensificó con la convicción de que, debilitándolos, rebajaba la influencia de López Rodó y, por extensión, del Opus Dei en el Gobierno. Para entonces, la dirección de La Actualidad Española había pasado de Jesús María Zuloaga a Antonio Fontán en 1957 y a José Luis Cebrián Boné en 1960, que permaneció en el cargo hasta ser relevado por Manuel Fernández Areal en 1975. Cuando este último toma el testigo, La Actualidad Española no acababa de despegar en el mercado editorial y decide reestructurar su formato y actualizar su contenido en un remozado modelo de revista con la que afrontar un posible cambio de régimen (Fontes y Menéndez, 2004: 473).

DESCONCIERTO Y REAJUSTE ANTE LA NUEVA REALIDAD

Tras la muerte de Franco y en plena convulsión del mercado de revistas, La Actualidad Española se vinculó a la «solución monárquica» y, dado que la opción juanista había quedado descartada,2 sus páginas le rindieron caudaloso homenaje como figura arbitral capaz de hacer posible la reconciliación entre los españoles (Seoane y Sueiro, 2004: 31) y, por supuesto, como fuente de legitimidad histórica de la nueva monarquía.3 Sintiéndose obligada a dar respuesta a la convulsión nacional que sucedió a la muerte de Franco y su relevo en la Jefatura del Estado, La Actualidad Española optó por ensalzar la obra política del dictador, considerando su régimen un capítulo cerrado en la Historia de España, mientras volcaba toda su atención sobre la institución monárquica garante, desde su punto de vista, de estabilidad por encima de regímenes políticos.

Mientras La Actualidad Española se ocupaba en los primeros meses de 1976 de glosar en reportajes sin fin la figura de don Juan, los columnistas de opinión, asumiendo el papel de consejeros áulicos improvisados, se entregaban a la tarea de prescribir al joven rey Juan Carlos su deber como «celoso guardián del sistema constitucional», garantizando la continuidad e impidiendo disposiciones de Gobierno que atenten contra él.4 Conscientes de que el afianzamiento de la Monarquía necesitaba algo más que consejeros, en La Actualidad Española se hizo todo un esfuerzo por promover en la sociedad española el afecto a la institución a través del afecto hacia las personas que la encarnaban, los miembros de la familia real. Los reportajes gráficos sobre su vida privada –escenas cotidianas, juegos infantiles, viajes familiares, anecdotarios...– son incontables y reiterados en el empeño por acercar a los lectores la vida de una familia ejemplarmente normal.

Con la restauración de la Monarquía y la constatación de la debilidad creciente del régimen, la posibilidad de una reforma institucional pasó a situarse en el centro estratégico del debate y los sectores más flexibles de las esferas políticas y empresariales tomaron conciencia de que la supervivencia del régimen franquista y su propia supervivencia en los puestos de privilegio dependía del éxito de una reforma controlada «desde arriba» (Pecourt, 2008: 122-123). El proyecto de reforma proyectado por Manuel Fraga desde el Gobierno Arias se resumía en una reforma gradual de algunas leyes fundamentales y en la preservación del orden económico y de sus élites, entendiendo que la combinación de las instituciones propias del autoritarismo con algún procedimiento democrático como el del sufragio universal para una de las cámaras permitiría asentar una democracia limitada bajo control (González Cuevas, 2000: 427).

La agitación social y política que se vivía en las calles españolas en los primeros meses de 1976 y que pretendía ser acallada por el Gobierno a través de la represión era ignorada por La Actualidad Española. En su lugar, la revista optó por respaldar la reforma política parcial del Gobierno a través de la construcción de un marco de «pluralidad razonable» o, lo que es lo mismo, de lo que Manuel Fraga llamaba diálogo con las «fuerzas fiables» (Soto Carmona, 2017: 33). En su conjunto, eran las que componían el curioso muestrario de entrevistas de La Actualidad Española, del que formaban parte el falangista Cantarero del Castillo, autoproclamado representante del socialismo no revolucionario, Enrique Sánchez León, partidario de incorporar a la legalidad con «máxima urgencia» a la oposición democrática, o Enrique Tierno Galván, sentenciando crípticamente que «se han acabado las ortodoxias inmovilistas y se va a una mayor flexibilidad».5

A partir de esta estrategia político-informativa, en La Actualidad Española tan importantes fueron los silencios como los contenidos. Para La Actualidad Española la política no estaba en la calle, sino en algunos despachos y, en coherencia con ello, no hay en sus páginas rastro de oposición democrática, como tampoco existen el conflicto ni las protestas, ni movilizaciones o manifestaciones, y en las raras ocasiones en las que menciona la existencia de una huelga, la interpreta como fruto de una irresponsabilidad.6 El resto de su agenda lo compone una mezcolanza que oscila entre crónicas de carácter internacional, reportajes sensacionalistas sobre temas sociales, educación, alcoholismo, drogas o delincuencia,7 que no parecen más que una respuesta insegura a la acelerada transformación de la sociedad española, y una sección de ciencia, dedicada a asuntos como el sexo, el aborto o la eutanasia, tratados como temas de moral resueltos en los textos papales y episcopales.8 Más allá del planteamiento cristiano de su línea editorial, evidente desde su primer número, tras la muerte de Franco y abiertas todas las incertidumbres posibles en torno al futuro del país, lo católico se presentaba para La Actualidad Española y, por extensión, para los sectores más conservadores, como un aglutinante funcional con el que preservar, al menos, el orden social y de las costumbres.9

En apariencia, La Actualidad Española seguía siendo la que había sido desde 1952, una revista cuyo contenido, desde la sección de ciencia a la de internacional pasando por las entrevistas a personajes famosos de la televisión y los reportajes sobre sagas de actores, se somete a las reglas del entretenimiento. Sin embargo, siendo igual, La Actualidad Española ya no era la misma desde 1976. Ante el empuje de las fuerzas de oposición y su iniciativa de constituir plataformas políticas unitarias, el franquismo «reformista» se veía en la necesidad de reinventarse como opción en competencia, para lo cual necesitaba estructuras partidarias y mediáticas desde las que articular un discurso coherente, unos cuadros políticos influyentes y una base social suficientemente sólida. Y es aquí donde La Actualidad Española estaba en condiciones de cumplir un papel mucho más político que el que había desempeñado bajo la dictadura, adscribiéndose a la defensa del proyecto reformista diseñado por Manuel Fraga. No deja de extrañar el acercamiento de La Actualidad Española a las posiciones del viejo adversario político del Opus Dei si no fuera porque con toda probabilidad tuvo que ver con el progresivo acercamiento entre Manuel Fraga y el opusdeísta Laureano López Rodó desde la primavera de 1975 (Cosyaga García, 2004: 5) que finalmente culminó con la constitución de Alianza Popular en octubre de 1976.

Mientras tanto, La Actualidad Española se ocupó, durante el primer trimestre de 1976, de que la derecha reformista hiciera una demostración de fuerza ante las cuestiones que la oposición democrática estaba planteando en la calle y en medios afines: amnistía, derecho de huelga y legalización de partidos políticos. A todo ello se daba respuesta en las páginas de La Actualidad Española en boca de quien, a su juicio, debía darla: el Gobierno y aquellos a quienes la revista reconocía autoridad política para hacerlo. A estos se consultaba en lo que La Actualidad Española llamaba «encuestas» y que no eran sino un formulario de a lo sumo tres preguntas sobre una cuestión políticamente candente, ya fuera el derecho de huelga, la reforma sindical o la legalización de asociaciones políticas. En todos los casos, las «encuestas» generaban un simulacro de pluralidad plutocrática y una diversidad limitada de respuestas, siempre dentro de la legalidad.

En marzo de 1976, los sucesos de Vitoria y la constitución de la llamada Platajunta de la oposición hicieron tambalear las pretensiones de Arias. La oposición democrática parecía asumir la iniciativa y el proyecto reformista se estancaba, lo que evidenciaba la soledad del Gobierno ante una clase política fragmentada que, ya antes de la muerte de Franco, había evolucionado en todas las direcciones imaginables (Saz, 2007: 162). A fin de tomar el control de la situación, la Federación de Partidos Liberales, que Fontán había contribuido a fundar junto a Joaquín Garrigues Walker, solicitó al Rey la formación de un nuevo Gobierno que elaborase un proyecto de Constitución y convocara elecciones en un plazo no superior a doce meses. En ese momento y sin hacer la más mínima mención a ello, La Actualidad Española sufrió una convulsión; abandonó precipitadamente su apoyo a la reforma y sus páginas se llenaron de información sobre la Platajunta, disturbios en Madrid, pretensiones autonomistas en Cataluña con «el pueblo en la calle»,10 congresos del PSOE, PSDE, PSP, Izquierda Democrática, UGT, entrevistas a exiliados insignes –Claudio Sánchez Albornoz y Salvador de Madariaga– y, finalmente, las palabras de don Juan de Borbón desde Estoril: «Las dos Españas deben acercarse reconociendo su valores comunes».11 En medio de esta agitación, el cese de Arias Navarro sumió a La Actualidad Española en un desconcierto que no hizo sino anticipar el cese de Manuel Fernández Areal en la dirección de la revista. «El país se está acelerando y es natural que dentro de las empresas surja también el tópico contraste de pareceres».12 Su momento, como el de Arias, había pasado y el relevo al frente de la revista parecía ir en la misma dirección que la del nuevo Gobierno.

El nuevo director se presentaba en septiembre de 1976 como un joven profesional de apenas 33 años, pero con una sólida experiencia en el grupo de Prensa y Ediciones S.A., de cuyo equipo fundador había formado parte. Había sido gerente de Nuevo Diario y El Alcázar, director de las secciones de Nacional y Opinión de este último y subdirector de la Agencia EFE, además de profesor de periodismo en la Universidad de Navarra. A La Actualidad Española se llevaba a Luis Infante (exredactor en Nuevo Diario y El Alcázar) y a Ramón Pi (exredactor de Nuevo Diario, El Alcázar y ABC de Sevilla), que ahora ocuparían sus puestos como redactores jefes en La Actualidad Española, y a Sucre Alcalá Rodríguez, incorporado en octubre como adjunto a la dirección. Todos ellos habían sido compañeros de Villanueva en Nuevo Diario hasta finales de 1970, cuando salieron de la redacción precisamente en el momento en que el periódico pasó a manos de López Rodó. Todo indicaba que el colectivo opusdeísta más abierto a una reforma democrática –a todas luces distanciado de lo que representaba el antiguo ministro– se estaba imponiendo en la empresa editora de La Actualidad Española. Y, con ese respaldo, la revista emprendió un marcado viraje hacia el compromiso con el nuevo proyecto de reforma de Adolfo Suárez. Sus páginas se inundaron de contenido político y elevaron los nombres del reformismo suarista a protagonistas indiscutidos del proceso de transición.

La Actualidad Española abría la nueva etapa con un contundente «Adiós democracia orgánica» en portada y un primer editorial donde Villanueva, tras «la clausura del franquismo» y desde una «plataforma independiente del Estado, del Gobierno, de grupos políticos y económicos», se proponía «defender un tránsito pacífico hacia una España plenamente democrática». Para ello, aludía a su tarea: ofrecer información veraz, explicación de los asuntos de interés y cumplir con el periodismo entendido como servicio público.13 La revista se modernizaba en términos profesionales, pero también formales. Redujo su formato a 21 × 27, asemejándose al de las revistas europeas de información política que seguían la estela de Time, incrementó su número de páginas hasta acercarlo a las 90 e incorporó al equipo a jóvenes profesionales estrechamente ligados al liderazgo de Villanueva: Paola Arnaldo, Rosa María Echeverría, Pilar Cambra, Alberto Anaut, Javier Fernández o Margarita Belda.

Entre todos hicieron que La Actualidad Española dejara atrás su vocación por el entretenimiento, el reportaje gráfico y un papel vagamente político para erigirse en bastión de la reforma suarista. Partían de una constatación, la reconversión de las grandes revistas ilustradas europeas –Tempo, Paris Match, L’Express– en revistas de información política y de un diagnóstico que «nadie puede poner en tela de juicio la posición de La Actualidad Española de líder en el terreno de las grandes revistas ilustradas españolas, pero el momento de ellas declina porque los signos de España apuntan hacia nuevos tiempos». Añadían que la nueva revista se proponía «informar y ayudar a interpretar en un tiempo en que las vías que se abren hacia la democracia y la normalización del país son irreversibles». En este contexto mediático y político, La Actualidad Española asumía como «estricta y breve definición, la de ser un semanario informativo»,14 en definitiva, ser otra revista. El desafío, señalaban en ese primer número de septiembre de 1976, era la información. Obviaban que el principal desafío de una revista distinta era hacerse con un público diferente o confiar en que su público los acompañara en ese viaje de refundación.

De entrada, la fórmula periodística que ofrecían a sus lectores guardaba poco parecido con la de la etapa anterior. Con portadas siempre llamativas, cada número ofrecía una exclusiva acompañada de un informe y, eventualmente, de una encuesta. El nuevo equipo de profesionales, consciente de la importancia de los sondeos de opinión en los sistemas democráticos y del despegue en nuestro país de las primeras grandes corporaciones dedicadas al escrutinio político, utilizó las encuestas como no se había hecho antes en España, como material periodístico. Sus resultados fueron noticia, objeto de análisis y pauta de comportamiento político. La revista, gracias a las encuestas, se erigía en prescriptora política, pero también en legitimadora de la opinión mayoritaria.

Las encuestas le sirvieron a La Actualidad Española para refrendar sus propias posiciones, creando el simulacro de que, tras sus particulares propuestas políticas, había una mayoría social. Además, las encuestas dieron proyección a la propia revista. De ellas se hablaba en la prensa diaria, adquiriendo con ello La Actualidad Española una preeminencia mediática que, paradójicamente, no se correspondía con sus cifras de venta.15 De particular interés fue la primera encuesta de opinión sobre el presidente Suárez, cuyos resultados le sirvieron a La Actualidad Española para glosar su figura como un hombre común de costumbres austeras a quien los españoles reconocían «su honradez y falta de ambición y oportunismo político».16 El nuevo equipo de redactores estaba orientando La Actualidad Española en la misma dirección hacia la que avanzaba Antonio Fontán y, con él, el colectivo opusdeísta más proclive a abrir el camino y liderar el proceso de democratización del país. Sin presencia física en la revista, pero con autoridad indiscutible sobre los que fueran sus discípulos en la Universidad de Navarra (Villanueva, 2003), Antonio Fontán se encontraba próximo a las posiciones liberales de Garrigues Walker, precisamente las que inspiraban la línea editorial de La Actualidad Española desde los últimos meses de 1976 y a las que la revista se refería como «derecha democrática»17 frente a esa otra derecha de la recién constituida Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne y Laureano López Rodó, tachada en sus páginas de «franquista».18

Estaba claro que, con Adolfo Suárez en la presidencia del Gobierno, la cuestión central era quién iba a liderar el proceso de cambio. Y La Actualidad Española, descartadas para ella la oposición democrática y la derecha «franquista», se expresaba y actuaba con claridad: debían ser los círculos liberales y demócrata-cristianos más próximos a la figura y al proyecto reformista de Adolfo Suárez quienes encabezaran el proceso. Se trataba de un apoyo ideológico, pero, sobre todo, estratégico, dirigido a reforzar la posición mediática y social de las asociaciones políticas que comenzaban a organizarse en torno a Suárez. La Actualidad Española apoyaba indiscutidamente a estos grupos convirtiéndolos en objeto constante de información y análisis político, y a sus líderes como personalidades notables a las que dar voz.

A lo largo del último y trascendental trimestre de 1976, en el que Adolfo Suárez desde el Gobierno estaba trabajando por sacar adelante el Proyecto de Ley para la Reforma Política, la agenda de La Actualidad Española basculaba en torno a esas emergentes élites políticas, careciendo como ellas de una base social que aún no habían creado. La tirada de la revista seguía siendo preocupante y las cifras a la baja que se registraban desde octubre señalaban que quizá el viraje emprendido estaba siendo demasiado arriesgado o que sus efectos tardarían en llegar.19 En términos políticos, su apoyo a Suárez y a los grupos que acabarían integrándose en Unión de Centro Democrático era incondicional. El problema residía en que estos no eran más que cuadros políticos sin una base social que aportar a la revista. Se trataba de partidos de notables encabezados por figuras políticas de renombre y que hacían de la negociación y la alianza la base estratégica de su afianzamiento político. Aun así, La Actualidad Española se ocupó con entusiasmo de hacer llegar a sus lectores el significado de esa ideología inexistente que empezaba a sonar como centrismo, asociándolo a los valores del individualismo liberal, del humanismo cristiano, de la moderación y del reformismo (González Cuevas, 2005: 233). La revista acabó ejerciendo de este modo el valioso papel de vehículo de comunicación política con la vana pretensión de contribuir al ensanchamiento de la base social de estas nuevas formaciones y, por supuesto, de su propia audiencia.20

Tras la aprobación de la Ley para la Reforma Política, interpretada como un triunfo personal de Adolfo Suárez,21 se abría una fase decisiva en el tránsito político. Si en 1976 se dirimía un combate a tres bandas entre el inmovilismo, la ruptura y la reforma (en sus dos y sucesivas acepciones), 1977 iba a representar la verdadera prueba de fuego para el reformismo democrático, que el editorial del 3 de enero calificaba de «triunfante»,22 pero también para la propia deriva suarista de La Actualidad Española. Para entonces, recién iniciado el nuevo año con la convulsión de la semana trágica de final de enero en Madrid, la legalización de los partidos políticos y la convocatoria de elecciones a Cortes, la marea interna dentro de La Actualidad Española y el hecho de que sus cifras de tirada no remontaran contribuyeron a justificar un nuevo viraje; de momento, únicamente en su concepción periodística.

En el mes de febrero fue nombrado director adjunto Juan Kindelán, que, de inmediato, hizo notar su impronta en el empeño por reestructurar la revista para hacerla más atrayente. La Actualidad Española se «sensacionalizó» con portadas de impacto,23 «grandes exclusivas»,24 reportajes con abundante carga gráfica sobre las cuestiones más dramáticas de actualidad25 y entrevistas insólitas26 en un intento desesperado por elevar las cifras de tirada. El apoyo a Suárez seguía siendo firme y, particularmente, en el controvertido tema de la legalización del Partido Comunista.

Comenzaron normalizando la presencia pública de Santiago Carrillo en una extensa entrevista que llevaron a portada,27 para continuar con un artículo de opinión titulado «Sí a los comunistas»,28 donde Ramón Pi, temiendo los efectos del artículo 172 del Código Penal «made in Fraga», sostenía que «la cuestión es que esta democracia no se la va a creer nadie si no están presentes los comunistas». También en este tema las encuestas sirvieron para refrendar las propias posiciones. Una de ellas, elaborada por Metra-Seis para la revista, indicaba el aumento de los partidarios de la legalización del PCE antes de las elecciones29 y otra, encargada por el Gobierno para uso interno y cuyos resultados «inexplicablemente» manejaba La Actualidad Española, conjuraba todo tipo de temores al indicar que, de presentarse a las elecciones, los comunistas no pasarían del 7 % de los votos.30 Es bastante probable que este interés de La Actualidad Española por reforzar la iniciativa de Adolfo Suárez de legalizar el PCE desencadenara algo más que una tormenta en el Consejo Editorial porque de inmediato se impuso en la revista un brusco giro hacia Alianza Popular que debió de provocar, a su vez, no poca controversia en el Consejo de Redacción.

PRELUDIO DE DIMISIONES Y DESENLACE

Aparentemente, el equipo de redacción pareció plegarse a las nuevas directrices editoriales con una extensa entrevista a Manuel Fraga a la que le sucedieron incontables artículos críticos con el Gobierno, todos ellos denigrantes con la figura de Suárez y descalificadores del centro político. Sobre el Gobierno se arrojaron dudas de juego sucio, de «pasteleo electoral», se le tachó de contradictorio,31 a Suárez se le caricaturizó con titulares como «Adolfo, Ávila te espera»32 o con afirmaciones en algún editorial como «los banqueros americanos no han picado el anzuelo de Suárez»;33 del centro se dijo que «no acaba de cuajar»,34 mientras sus líderes, tan renombrados semanas antes, desaparecían de las páginas de La Actualidad Española como por ensalmo.

En su lugar, emergían los hombres de Alianza Popular, como Laureano López Rodó en la sección de «Líderes en La Actualidad», donde proclamaba con autoridad que «la legalización del PCE es un antojo presidencial».35 Hasta Ramón Pi, tan comprometido semanas atrás con el proyecto suarista, se hizo eco del «reto» de Fraga a debatir en TVE con Suárez y concluía que «Adolfo, como era de prever, ha declinado esta ocasión [...] porque malicio yo que lo del pim pam pum dialéctico no creo que sea el plato preferido del presidente de Gobierno».36 El caos se apoderó de las páginas de la revista y sin recato dejaron traslucir el conflicto interno que debió de vivirse en la redacción en la primavera del 77 y, mientras escribían al dictado de los accionistas, decidieron seguir encargando encuestas de apoyo a Suárez que, además de ser publicadas en la propia revista, eran difundidas por la agencia Logos en otras cabeceras –ABC, Ya, Diario 16 y Pueblo–.37 Toda una declaración de guerra de la Redacción contra los propietarios de La Actualidad Española.

Esta situación tan insostenible se resolvió finalmente con la dimisión de Juan Pablo de Villanueva y de sus más estrechos colaboradores el 24 de mayo de 1977. El día anterior había salido el último número bajo su dirección con el titular en portada «El País Vasco explota» y su último editorial, en el que, liberándose de las directrices fraguistas, defendía que «con claridad, lucidez y justicia es posible articular un nuevo marco de convivencia entre todos los pueblos de la nación, arrumbando definitivamente el centralismo y la secular tentación disgregadora».38 No hubo carta de despedida a los lectores ni más noticia de su marcha que un escueto comunicado de la revista una semana después donde se informaba a los lectores de la dimisión de Juan Pablo de Villanueva, director, Juan Kindelán, director adjunto, Sucre Alcalá Rodríguez, adjunto a la dirección, Luis Infante y Ramón Pi, redactores jefe, y Pilar Cambra y Alberto Anaut, redactores. Quien sí explicó las razones del desencuentro y la dimisión de este equipo fue el semanario Blanco y Negro pocos días después a partir de declaraciones de algunos dimisionarios a quienes no citaba.39 De acuerdo con lo publicado, ante los malos resultados económicos de la revista, Jaime Vicens, director general de SARPE, encargó una encuesta entre los accionistas que reveló que el 80 % de estos estaban en desacuerdo con la línea editorial de La Actualidad Española y preferían una revista más acorde con la ideología de Alianza Popular. Llegaron las presiones sobre la redacción, el intento fallido del equipo de Villanueva de comprar la revista40 y, finalmente, su dimisión.

Asumió la dirección en funciones Jesús Bernal, uno de los redactores más antiguos de La Actualidad Española, consciente, como declaró a Blanco y Negro, de que su posición era transitoria. No sabía entonces que fuera a ser tan breve, porque el 25 de julio de 1977 salió el último número de La Actualidad Española bajo la propiedad de SARPE y se despidió simbólicamente con una extensa entrevista a quien había sido su fundador, Antonio Fontán, recién elegido presidente del Senado.41 En septiembre, el diario El País publicó la lamentable noticia de que todos los trabajadores de La Actualidad Española habían sido despedidos.42

A partir de ese momento, se habló del interés de Andrés Reguera Guajardo, exministro de Información y Turismo en el primer Gobierno Suárez, por comprar la cabecera.43 Finalmente la adquirió un grupo de accionistas vinculado al empresario José Luis Sagredo y se relanzó en enero de 1978. Con los nuevos propietarios y bajo la dirección de Juan Caño, la revista se despolitiza, aligera llamativamente su contenido y se convierte en un magazine a medio camino entre el sensacionalismo y la trivialidad. Pese a que el grupo editorial Opinión Pública S.A. que se hace con su propiedad es afín a Adolfo Suárez, especialmente necesitado de respaldo mediático a lo largo de 1978, en pleno proceso constituyente, La Actualidad Española toma el rumbo de la despolitización, quizá urgida por la necesidad de buscar en esos contenidos un hueco en el mercado editorial que no acabó de encontrar y que precipitó su desaparición un año después.

LA IMPRONTA MONÁRQUICA DE GACETA ILUSTRADA

A diferencia de la inspiración confesional y política que caracteriza a La Actualidad Española, esta nueva revista fundada en 1956, cuatro años más tarde que la anterior, tiene un enfoque comercial y una mirada internacional inspirada en los grandes semanarios gráficos y en color, como el estadounidense Life y el francés Paris Match. El nombre adoptado, Gaceta Ilustrada, es ecléctico políticamente y conecta con la tradición de las antiguas revistas familiares ilustradas, como se puede ver en las grandes secciones del primer número: «La técnica en la industria», «La historia reciente», «Ingenios policiales», «El hombre y su mundo», «La mujer», «Los hijos y los estudios», «Deportes», «La medicina hoy» y «Tiempo menor».

Propiedad del conde de Godó, Gaceta Ilustrada se imprime en los talleres La Vanguardia Española, como se indica en la ficha técnica correspondiente, con administración y redacción en Barcelona y dirección y redacción en Madrid. Durante el primer año, es director Manuel Jiménez Quílez, procedente del diario Ya y la agencia católica Logos y hasta el momento comisario de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Nacional. En 1962 será nombrado director general de Prensa, tras acceder al Ministerio de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne. Manuel Suárez-Caso, inicialmente redactor jefe, será el director de Gaceta Ilustrada desde septiembre de 1957 hasta marzo de 1976.

Carlos Godó Valls –segundo conde de Godó y gentilhombre de cámara de Alfonso XIII– había recuperado la propiedad de La Vanguardia al final de la Guerra Civil, al precio de añadir al nombre del diario el adjetivo Española –mantenido hasta 1978– y de cargar con la imposición como director del biógrafo de Franco Luis de Galinsoga, que en 1960 protagonizará un incidente sobre la lengua catalana en una parroquia de Barcelona que culminará con su cese por el propio Caudillo. Con la fundación de Gaceta Ilustrada, Godó se adentra en el mercado español de revistas desde una posición de fuerza en el catalán, en el que también es copropietario de Diario de Barcelona y del semanario Destino, de los que se retirará años más tarde.

La imagen, el tema y la nota de explicación de la primera portada son indicativos de la mirada internacional de la revista: «Una hermosa mujer –y a Dios no le importan colores– da apertura a este primer número de GACETA ILUSTRADA, como anticipo del reportaje “Blancos contra negros” (páginas 14 a 18)». La forma como se resuelve la salutación fundacional al Generalísimo Franco, habitual en la salida de la mayoría de publicaciones, tiene un especial significado: «Cómo fue nombrado Franco Generalísimo y Jefe del Estado» es el primer reportaje de la sección «La historia reciente», coincidiendo la fecha del primer número, 13 de octubre de 1956, con el vigésimo aniversario de aquella fecha. Lo significativo es que el autor, el teniente general Alfredo Kindelán –escritor prolífico, además de uno de los nueve jefes militares que participó en aquella decisión el 1 de octubre de 1936–, había participado en 1941 en una conspiración monárquica contra Franco (Preston, 1993: 491).

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