Kitabı oku: «Texto, edición y público lector en los albores de la imprenta»
TEXTO, EDICIÓN Y PÚBLICO LECTOR
EN LOS ALBORES DE LA IMPRENTA
COLECCIÓN PARNASEO
23
Colección dirigida por
José Luis Canet
Coordinación
Julio Alonso Asenjo
Rafael Beltrán
Marta Haro Cortés
Nel Diago Moncholí
Evangelina Rodríguez
Josep Lluís Sirera
TEXTO, EDICIÓN Y PÚBLICO LECTOR
EN LOS ALBORES DE LA IMPRENTA
Edición de
Marta Haro Cortés
José Luis Canet

©
De esta edición:
Publicacions de la Universitat de València,
los autores
Octubre de 2014
I.S.B.N.: 978-84-370-9615-5
Imagen original de la portada:
© Imprenta Municipal-Artes del Libro. Ayuntamiento de Madrid
Diseño de la cubierta:
Celso Hernández de la Figuera y J. L. Canet
Maquetación:
Héctor H. Gassó
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Parnaseo
http://parnaseo.uv.es
Esta colección se incluye dentro del Proyecto de Investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, referencia FFI2011-25429
Texto, edición y público lector en los albores de la imprenta / Edición de Marta Haro Cortés, José Luis Canet
Valencia : Universitat de València, Publicacions de la Universitat de València, 2014 320 p. ; 17 × 23,5 cm — (Parnaseo ; 23)
ISBN: 978-84-370-9615-5
Bibliografía
1. Literatura espanyola Història i crítica . 2. Impremta Història Origen i antecedents. I. Haro Cortés, Marta. II. Canet, José Luis. III. Publicacions de la Universitat de València
821.134.2)”15/16”
655.11(460)”15/16”
ÍNDICE GENERAL
PRELIMINAR
Fernando BOUZA, Falsos, sin licencia, contra privilegio. La actuación de Lorenzo Ramírez de Prado como juez privativo de impresiones a mediados del siglo XVII
Juan Manuel CACHO BLECUA, Hacia un catálogo de los textos medievales impresos (COMEDIC): el ejemplo de la Crónica popular del Cid
José Luis CANET, A vueltas con las ediciones de la Comedia de Calisto y Melibea
Marta HARO CORTÉS, Motivos iconográficos y su difusión en la imprenta valenciana: las portadas de los libros de caballerías
Víctor INFANTES, Poesía dramática detrás del grabado. Haz y envés de una prueba de imprenta (1505-1510)
Mª Jesús LACARRA, El Libro de las propiedades de las cosas de Bartolomé Ánglico: éxito y fracaso de Enrique Mayer (Tolosa, 1494)
Josep Lluís MARTOS, La editio princeps del Repertorio de los tiempos de Andrés de Li: el proyecto editorial y la recuperación del incunable
Miguel Ángel PÉREZ PRIEGO, Égloga nueva (de Diego Durán)
Fermín de los REYES GÓMEZ, Editores en busca de impresores, impresores en busca de editores en el siglo XV
Anastasio rojo Vega, Nuevos datos para la historia de la imprenta y del comercio de libros impresos en Valladolid (1481-1545)
Elisa RUIZ GARCÍA, Avatares de un manuscrito de autor
BIBLIOGRAFÍA
Preliminar
Texto, edición y público lector en los albores de la imprenta nace como continuidad de una serie de propuestas y trabajos sobre la imprenta y su relación con la filología dentro del proyecto de investigación Parnaseo, que desde sus orígenes, allá por los años 1999, ya incorporó la base de datos Producción de la imprenta en Valencia s. XVI <http://parnaseo.uv.es/Bases.htm> y más recientemente, en 2012, Tipobibliografía valenciana siglos XV-XVI <http://parnaseo.uv.es/tipobibliografia/Tipobibliografia.html>, en un intento de organizar y difundir a través de Internet toda la información dispersa relativa a los libros valencianos y los trabajos tipobibliográficos sobre incunables y postincunables de la capital del Turia.
La relación con la Bibliografía y la Historia de la imprenta se inició en 1988 con las I Jornadas Bibliográficas Valencianas, organizadas por el Departament de Filologia Espanyola en colaboración con la Confederación Española de Centros de Estudios Locales y la Asociación Española de Biblografía. Esta línea de investigación ha fructificado no solo en diferentes tesis de doctorado relacionadas con la imprenta valenciana, sino también en la creación de bases de datos bibliográficas: Teatro valenciano contemporáneo, Teatro Escolar Hispánico, Teatro español, Literatura sapiencial, Ars magica, Novela contemporánea de tema medieval, y recientemente sobre La Celestina.
Pero ante todo, gracias a estos primeros estudios, jornadas y asistencia a congresos sobre la imprenta, este grupo de investigación ha consolidado las relaciones con otros especialistas (en la actualidad amigos) interesados en la Bibliografía y Tipobibliografía, en la Historia de la Imprenta, en la Crítica textual o Bibliografía textual, que han ampliado enormemente las posibilidades interpretativas de la literatura y la edición de textos clásicos.
Y son estos amigos los que han querido colaborar en este volumen: Texto, edición y público lector en los albores de la imprenta, donde se da cuenta del proceso de transformación del texto manuscrito al ejemplar destinado a la imprenta, de la producción y difusión literaria impresa y del proceso que convierte el libro en un producto comercial y cultural. Se dan cita en este monográfico los principales aspectos relacionados con los cambios textuales, la técnica, composición y talleres de impresores; los agentes que participan en el proceso de elaboración, difusión, financiación y venta de incunables e impresos (editores, mecenas, libreros); así como la legislación y censura, los géneros editoriales y las bibliotecas. Sin olvidar, los proyectos y líneas de investigación sobre los primeros tiempos de la imprenta española.
El manuscrito de autor preparado para ser impreso es abordado por Elisa Ruiz García, dando a conocer las características técnicas aplicadas en el proceso de convertir un texto escrito a mano en letra de molde y trazando la historia de un ejemplar inédito de las Disputas y de la Lumbre de fe contra la secta macométicha del clérigo valenciano Joan Martí Figueroa (1457c. 1532).
Las maculaturas de la tirada de un grabado de la Anunciación, utilizadas para reforzar los planos de la encuadernación, han conservado en una de sus caras la impresión de textos poéticos; este pliego suelto es estudiado por Víctor Infantes quien, a lo largo de su trabajo, da noticia de la fecha de impresión, entidad literaria, diagrama métrico y fuentes textuales del Diálogo de la pasión, interesante y desconocido ejemplo de teatro paralitúrgico castellano.
La traducción castellana del Sumari d’astrologia o Llunari de Bernat de Granollachs se llevó por segunda vez a la imprenta precedida del Repertorio de los tiempos de Andres de Li en un volumen conjunto que fue objeto de múltiples ediciones. Josep Lluís Martos justifica el origen de este proyecto editorial y reconstruye la historia del ejemplar único recientemente recuperado de la editio princeps, salida del taller de los hermanos Hurus el 13 de agosto de 1492. Su investigación le permite constatar que Andrés de Li redactó su tratado ex professo para este proyecto por encargo de Pablo Hurus y motivado por estrategias comerciales de mercado.
La difusión peninsular del tratado De proprietatibus rerum de Bartolomeo Ánglico es el objeto de estudio de Mª Jesús Lacarra, centrando su atención en la edición realizada en Toulouse por Enrique Mayer en 1494, destinada al público hispano. La impresión castellana del Libro, con cuidados grabados inspirados en modelos franceses, fue la mejor obra producida en los talleres de Mayer, pero el esfuerzo económico de este negocio no le reportó los beneficios deseados. Los sucesivos impresores hispanos, Hurus o Gaspar de Ávila, no producirán ejemplares de la belleza del incunable tolosano.
Los grabados que ilustran las portadas de los libros de caballerías impresos en Valencia, su difusión y reelaboración son analizados por Marta Haro Cortés. A lo largo de su trabajo traza la evolución del modelo iconográfico del caballero jinete armado con la espada desenvainada que tiene su origen en la imprenta valenciana, en concreto, en la edición de Diego de Gumiel del Aurem opus (1515); la labor de este impresor y grabador fue la base de lo que podría considerarse el estilo editorial de las portadas de los libros de caballerías valencianos, modelo que será continuado tanto en la Corona de Aragón, como en otras imprentas nacionales.
José Luis Canet aborda de nuevo el estudio de las tres ediciones de la Comedia de Calisto y Melibea, pero esta vez a partir de los talleres de impresion y los probables editores. Se analizan las estampaciones de Estanislao Polono, Fadrique Biel y Pedro Hagembach en las fechas de publicación de la Comedia, las características específicas de cada uno de los tres ejemplares y la manipulación burda del de Burgos, así como las relaciones entre dichos impresores con la curia eclesiástica y la nobleza a través de libreros y mercaderes. Finalmente, se examinan los escudos reales de las ediciones toledana y sevillana, la estrofa final de Proaza en la que se indica el tiempo y lugar de impresión, y los posibles libreros, mercaderes y mecenas que financiaron las ediciones casi simultáneas de la Comedia en un intento de proponer y defender una nueva religiosidad y modelo educativo para una juventud escolar-universitaria.
La Égloga nueva es editada y estudiada por Miguel Ángel Pérez Priego. Dicha obra forma parte de un volumen facticio de piezas dramáticas impresas procedente de la biblioteca del banquero y bibliófilo Johann Jakob Fugger, hoy en la Bayerische Staatsbibliothek. Pérez Priego identifica el texto con la Égloga nueva de una pastora y un santero de Diego Durán, pieza que, a su juicio, es una versión ampliada y modificada de la Farsa de una pastora y un hermitaño, obra que no se conserva, pero que formó parte de la biblioteca de Hernando Colón.
La documentación del Archivo Histórico Provincial de Valladolid sobre impresores y libreros, así como la concerniente a los oficios paralelos al libro como iluminadores, pergamineros, encuadernadores, papeleros o estamperos es compilada y analizada por Anastasio Rojo Vega, que también aporta transcripción de interesantes documentos de contratos de impresión, acuerdos administrativos, inventarios de bienes donde se detallan los instrumentos de los talleres de imprenta, las herramientas del encuadernador o el contenido de una librería.
La labor editora de la Iglesia es el objeto de estudio de Fermín de los Reyes Gómez. En su trabajo atiende a los principales sistemas de edición promovidos por las autoridades eclesiásticas, principalmente el asentamiento de un taller, aportando numerosos e interesantes ejemplos; o la impresión de las bulas de Cruzada que, además de generar abundantes beneficios, supuso un modelo de edición a gran escala, favorecido por los privilegios otorgados a distintos monasterios. También la Iglesia encargó ediciones a impresores independientes y, asimismo, profesionales del libro ejercieron de intermediarios entre editor e impresor.
La figura y actuación del juez superintendente de libros e impresiones Lorenzo Ramírez de Prado en el Consejo de Castilla es detallada por Fernando Bouza, quien analiza su actividad como comisario en la concesión de licencias de impresión para escritos de petición e información que particulares o comunidades dirigían al monarca; así como su labor judicial para evitar que ediciones contrahechas circulasen sin los permisos pertinentes de impresión.
Los proyectos de investigación en torno a la imprenta también tienen cabida en nuestro monográfico. Juan Manuel Cacho Blecua, tomando como ejemplo la Crónica popular del Cid, describirá la funcionalidad y características principales de la base de datos COMEDIC, destinada a la catalogación de obras medievales impresas en castellano desde las últimas décadas del siglo XV hasta finales del XVI, tanto ediciones redactadas en castellano, como obras traducidas antes de 1500 y de las que se conserve algún testimonio impreso anterior a 1600.
«Entre las artes e invenciones subtiles que por los hombres han sido inventadas se debe tener por muy señalada invención la arte de imprimir libros».1 Y, por nuestra parte, también con la impresión de un libro, hemos pretendido contribuir al conocimiento e investigación de los primeros tiempos de la imprenta, contando con la valiosa e inestimable colaboración de reconocidos especialistas, a quienes agradecemos su participación y apoyo.

1. Apéndice final de la edición de la Visión deleitable de Alfonso de la Torre de 1526, impresa en Sevilla por Jacobo Cromberger; la cita procede de Clive Griffin, Los Crombergers: la historia de una imprenta del siglo XVI en Servilla y Méjico, Madrid, Fondo de Cultura Hispánica, [1988] 1991, p. 96.
El colofón original pertenece a la obra Alcáçar imperial de la fama de Alonso Gómez de Figueroa, edición de Valencia, Diego de Gumiel, 1514.
Falsos, sin licencia, contra privilegio.
La actuación de Lorenzo Ramírez de Prado como juez privativo
de libros e impresiones a mediados del siglo XVII
Fernando Bouza
Universidad Complutense de Madrid
Ut fraudes fregisti [Laurentius] animosus iniquasHorae succisivae del Conde de Santisteban
En un pasaje justamente célebre de su respuesta a la carta valenciana del Duque de Veragua y a propósito de los muchos agravios de impresores y libreros que había sufrido, Pedro Calderón de la Barca lamentaba en 1680 la desestimación y el poco caso que los jueces privativos de imprentas y librerías «tal vez han hecho de mis quexas».1 El dudoso privilegio de haber protegido tan mal la obra del dramaturgo durante los últimos años de su vida les correspondería a los «señores» Lorenzo Santos de San Pedro, Cristóbal del Corral y Alonso Márquez de Prado, los tres consejeros de Castilla encargados sucesivamente de esa superintendencia entre 1672 y 1681.2
Todavía es poco lo que se conoce sobre esta particular magistratura de comisión que habría aparecido en la práctica del Consejo Real de Castilla desde inicios del reinado de Felipe IV.3 Entre sus titulares destacó, sin duda, el consejero Lorenzo Ramírez de Prado, autor de ingenio erudito, protector de teatros, dueño de una rica biblioteca,4 encomiásticamente retratado como «el más estudioso Asilo de la Professión literaria» por el impresor Carlos Sánchez Bravo.5
El estudio de algunas de las actuaciones de Ramírez de Prado como juez superintendente y comisario de libros e impresiones en torno al año 1650 puede ayudar a conocer mejor esta figura de despacho y gobierno mucho menos conocida que el juzgado de imprentas dieciochesco.6 Al mismo tiempo y en último término, dicho estudio permite acercarse a la pujanza del fenómeno impreso, revelada por la existencia de una magistratura como aquélla, cuandovenían a cumplirse los dos siglos de su aparición en Europa.
Algunos de los más expresivos testimonios de la fuerte penetración social y cultural lograda por la tipografía a mediados del XVII ibérico podrían tomarse de sus críticos, reales o fingidos. Si en 1677 se pudo asegurar que «se han atrevido las boberías a las Imprentas, y el estar de molde ya no es mucha aprobación»,7 en 1659 el canónigo lectoral de la Seo zaragozana Juan Antonio Lope de la Casa creía que había demasiados autores y, además, que imprimían en exceso. Por ello, juzgaba que «no sería mala política» si «en el camino de las imprentas mandasse la Ciudad poner un estanque, o fuente muy copiosa para templar algunos ardores». A la espera de este impagable enfriador de autores que se acaloran rumbo a las oficinas tipográficas, Lope de la Casa confiaba en que «a lo menos hasta llegar las guindas Valencianas no tomassen la pluma algunos».8
De hecho, tales críticas y otras similares, que cabría extraer de la larga y bien asentada tradición áurea de vejámenes de lo tipográfico, no hacen más que testimoniar la extraordinaria vitalidad de lo impreso. Para entonces, había terminado por convertirse, velis nolis, en una realidad absolutamente cotidiana, forjadora de públicos y autores nuevos y capaz de levantar un más que lucrativo mercado con la mediación de los interesados agentes de la edición, ante todo impresores y libreros.
La excelencia del oficio entero quedó solemnizada con la visita que, en 1651, el propio monarca Felipe IV realizó a las «caxas y prensa» que el maestro Diego Díaz de la Carrera había instalado en el Buen Retiro madrileño para servicio del Duque de Medina de las Torres. Que, además, el rey se detuviese a hablar con componedores y tiradores constituyó un honor tenido por hito memorable para la dignidad del arte tipográfico.9 Poco antes, en 1648, un auto del Consejo Real de Castilla (19 de diciembre) imponía controles nuevos para la impresión de los memoriales de particulares dirigidos al soberano, testimoniando una vez más la voluntad de control monárquico,10 y ponía en evidencia el creciente recurso a la tipografía para establecer una (nueva) comunicación política en el seno de la Monarquía.11
En términos generales, en el siglo XVII los escritos de petición e información que los particulares o comunidades encaminaban a los monarcas estaban regulados por las pragmáticas o provisiones sobre tratamientos y cortesías de palabra o por escrito.12 Frente a las disposiciones otorgadas por Felipe II (1586,13 1597)14 o Felipe III (1611),15 que no hacían referencia expresa a la impresión de memoriales de particulares, el auto del Consejo de Castilla de diciembre de 1648 se ocupaba específicamente de su llegada a las prensas. De hecho, intentaba frenarla, dando a este respecto evidentes señales de preocupación.
A partir de entonces, la impresión de memoriales debía venir precedida de licencia del Consejo para todos aquellos textos que no fueran «simples Relaciones de Servicios de los Pretendientes». El auto señalaba la urgencia de actuar así indicando que «con pretesto de darse Memoriales a su Magestad, se inprimen sin Licencia algunos, [...] que tocan al Gobierno General, i Político, i a la Causa Pública, mezclando también la Iustificación, i Calificación de Regalías, i Derechos Reales».16
Repárese en que, de un lado, el auto prueba el avance considerable de la tipografía como soporte de la comunicación política entre gobernantes y gobernados, puesto que revela que éstos últimos recurrían a la imprenta, y no sólo al manuscrito, para hacer conocer sus pretensiones a la Corona. Pero no sólo a ella, porque, de otro lado, la disposición del Consejo testimonia que los particulares no acudían a la imprenta únicamente para presentarle al rey sus intereses a título individual, sino que algunos de sus memoriales al rey se habían convertido en textos de alcance y valor comunitarios, que «tocan al Gobierno General, i Político, i a la Causa Pública», ganando difusión y presencia general gracias a la reproducción que hacían posible las prensas.
Para evitar los «graves inconvenientes» que resultarían de ello, el Consejo ordenaba que:
[...] aora, i de aquí adelante, ninguna Persona, ni Comunidad, tocando en todo, o en parte los dichos Memoriales en lo referido, los dé a Inprimir, ni los Inpressores los inpriman, sin que primero preceda Mandato, i Licencia espressa del Señor Iuez Superintendente, que tiene a su cargo la Comissión de los Libros, e Inpressiones.17
El propio auto no tarda en identificar a Lorenzo Ramírez de Prado como el consejero de Castilla entonces encargado de la superintendencia de libros e impresiones. Al corresponderle a él dicha comisión, desde entonces pasaría a ocuparse de manera privativa de la concesión de las licencias de impresión para esos memoriales que se dirigían al monarca, pero en los que en realidad se trataban asuntos relativos, nada menos, que al gobierno general y político, la causa pública, la justificación y calificación de regalías y de derechos reales. En efecto, D. Lorenzo empezó a actuar en el sentido indicado por el auto del Consejo Real y, así, concedió algunas licencias para escritos o papeles a los que se vino a atribuir dicha naturaleza.
Por ejemplo, es Lorenzo Ramírez de Prado quien concede la licencia para el «papel» Alma de la gloria de España, el epitalamio en prosa sobre el matrimonio de Felipe IV y de Mariana de Austria que José de Pellicer de Tovar publicó en 1650.18 La obra se abre con unos paratextos absolutamente inusuales en el panorama castellano de las aprobaciones,19 pues el Alma lleva impresa unacensura realizada por fray José Laínez en la que se señala que ha sido hecha a instancia de Ramírez de Prado.20
Como se sabe, en las aprobaciones del ordinario o vicariato se identificaba por su nombre a la dignidad eclesiástica de quien provenía el encargo de proceder a la censura de tal o cual obra. Por su parte, los censores se refieren únicamente al Consejo o a Vuestra Alteza, conforme a las pragmáticas de las cortesías, en el caso de las aprobaciones reales. Sin embargo, además de que Laínez expone que ha sido Ramírez de Prado quien le ha encargado que apruebe el «papel» de Pellicer, al frente del Alma de la gloria de España se publican tanto el mandamiento de remisión que había originado dicha censura como la definitiva licencia concedida por el consejero.
El texto de la que expresamente se encabeza como «Remissión del S. D. Lorenzo Ramírez de Prado, Cavallero del Orden de Sant-Iago del Consejo Supremo de Castilla» era muy sucinto:
El Señor Obispo de Solsona, Don Fray Ioseph Laýnez, del Consejo de su Magestad, Se Sirua de ver Este Papel; Y con la Atención devida al Assunto; y a la Persona que le Celebra, dé su Parecer.21
Por su parte, la rotulada «Licencia del S. Don Lorenzo Ramírez de Prado» era sumaria y concluyente:
Esto se Imprima; y con la Aprobación del Señor Obispo; por Calificar la Obra, y el Sujeto, Dignamente, a sus Excelentes Partes, y Letras, Rubricada.22
Poco después, D. Lorenzo se ocupa de la llegada a las prensas de otro papel, las Advertencias, o preceptos del torear de Pedro Jacinto de Cárdenas que Gregorio de Tapia y Salcedo llevó a la imprenta en 1651. En este caso, se publica una «Suma de la aprobación» que explica que:
Por Comisión del señor D. Lorenzo Ramírez Prado, censuró este papel D. Diego de Oribe y Manrique, Caballero del Orden de Santiago, y Caballerizo de la Reina nuestra Señora.23
Y al año siguiente, el Memorial inmaculista del jesuita José Guarnizo, impreso en Madrid en 1652 incluye esta «Licencia»:
Imprímase, con que también en parte se cumple con lo que tanto desea el piadosíssimo zelo, y la entrañable deuoción del Rey nuestro señor a este santo Misterio, y la Protección de su Magestad solicita, sin perdonar medio para que se consiga. El Lic. D. Lorenço Ramírez de Prado.24
Era, por tanto, el consejero como juez privativo el que concedía licencia para la impresión de estos papeles y memoriales. Sin que, por otra parte, se requiriera para ellos aprobación del ordinario, podrían llegar a las prensas por una sola vez, ya que Ramírez de Prado otorga sólo una suerte de imprimatur, pero nunca privilegio. Además, estos pequeños impresos no parecen sometidos a tasa puesto que no deberían haber sido editados para ser vendidos, sino para su mera distribución impresa.
Frente a la idea, antaño extendida, de que era el número de pliegos el elemen to que siempre marcaba la hipotética frontera entre la necesidad de pedir o no licencia de impresión, parece demostrado que la intencionalidad venal era el criterio que permitía distinguir entre los textos para los que se tenía o no que pedir licencia. De esta forma, aquella parte de los llamados géneros menores no estancada en virtud de privilegios, al estilo de las cartillas o el nuevo rezado, no habría quedado exenta de la exigencia de solicitar licencia al Consejo porque, como sucedía con relaciones, coplas o almanaques, estaban pensados para ser vendidos como mercancía.25
Aunque no hubieran sido impresos con intenciones venales, el auto del Consejo de Castilla de 19 de diciembre de 1648 venía a sacar también a los impresos en memorial al rey del grupo de obras que se podían publicar sin solicitar previamente licencia, teniendo en cuenta los «graves inconvenientes» que se temían de su proliferación. De hecho, el cuerpo de textos exentos de licencia era cada vez más reducido y en él todavía encontraban espacio las relaciones de servicios y las alegaciones fiscales o porcones. No obstante, en algunos lugares su impresión también estuvo estancada, es decir se vendieron al mejor postor títulos perpetuos de impresores privilegiados de memoriales o informaciones en derecho.26
Es importante destacar que la concesión de licencias por parte de Lorenzo Ramírez de Prado quedaba estrechamente limitada a los términos del auto de 1648. De hecho, la mecánica cotidiana general de los expedientes de aprobación de libros en el seno del Consejo no llegó a interrumpirse en modo alguno. Valga como ejemplo un expediente de las escribanías de cámara fechado que nos revela el proceso de aprobación para el San Felipe Neri. Epítome de su vida de Antonio Vázquez, publicado en Madrid en 1651.27
En el reparto de asuntos entre los consejeros, el memorial con la petición de licencia y privilegio presentado por el Padre Vázquez acabó en las manos del consejero Francisco Ramos del Manzano, quien pasó a actuar como encomendero de la aprobación.28 Sobre esta base, fue el célebre letrado quien decidió que el manuscrito del provincial de los clérigos menores fuese censurado por José de Pellicer y fue a él a quien el cronista hubo de remitir su aprobación, fechada en Madrid a 27 de marzo de 1651.29 Por tanto, la mecánica de aprobaciones de imprenta en el seno del Consejo de Castilla continuó de forma ordinaria, compaginándose la superintendencia privativa de Lorenzo Ramírez de Prado con el habitual sistema de consejeros encomenderos, que siguieron ocupándose de hecho de la mayor parte de los expedientes relacionados con la impresión.
La reserva de un espacio jurisdiccional para un consejero de Castilla con atribuciones comisariales para ocuparse en unas suertes específicas de impresos se remontaría a 1627, cuando una orden regia establecía que:
[...] no se impriman ni estampen relaciones ni cartas, ni apologías ni panegíricos, ni gazetas, ni nuevas ni sermones ni discursos o papeles en materias de Estado ni Gobierno, ni arbitrios ni coplas, ni diálogos ni otras cosas, aunque sean muy menudas y de pocos renglones, sin que tengan ni lleven primero examen y aprobación en la Corte de uno de los del Consejo que se nombre por Comisario de esto.30
Según esto, ya desde 1627 se habría dejado sentir la necesidad de especializar, valga la expresión, a un consejero para que se ocupase en exclusiva de los «papeles» en materias de Estado y gobierno. El mencionado auto de 1648 se debería colocar en esta misma estela, aunque no se conocen que sepamos las acciones de ningún juez privativo o comisario para imprentas en el seno del Consejo con anterioridad a Lorenzo Ramírez de Prado. De hecho, las órdenes que apremiaban a poner en control los impresos a los que ahora cabe atribuir un calado comunitario —«papeles en materias de Estado ni Gobierno», en 1627; que «tocan al Gobierno General, i Político, i a la Causa Pública» en 1648— no cesaron en la segunda mitad del siglo. Así, en 1682, se insistía en que debían examinarse todos los «libros, memoriales y papeles en que se trate o discurra de ella o cosa que toque a su [de estos reinos] constitución universal ni particular por vía de historia, relación, pretensión, representación o advertencia».31
La relativa ambigüedad de la comisión que recaía en Lorenzo Ramírez de Prado, cuya competencia era sólo parcial en materia de concesión de licencias, supuso que se levantasen algunas contradicciones por parte de otros oficiales de gobierno que parecen haberse preguntado cuál era su ámbito jurisdiccional exacto. Estas contradicciones salieron a relucir en una causa sobre el cargamento de cuarenta y nueve arrobas de libros, encuadernados y en pliegos, que el mercader Manuel Antúnez había comprado en Sevilla y hecho traer a las mismas puertas de la corte en 1650.32
Una parte principal del contenido de las balas compradas por Antúnez eran ediciones contrahechas y toda la carga se quería introducir en Madrid sin registrar y, por tanto, sin pagar sus derechos preceptivos, habiendo sido aprehendidas por orden del corregidor de Madrid en la casa mesón de Sebastián Salgado sita en el lugar de Carabanchel.
La causa iniciada en 1650 es un enrevesado proceso múltiple.33 En una de sus partes, lo que se resuelve es una cuestión de competencias jurisdiccionales que se ha abierto entre dos oficiales reales: Lorenzo Ramírez de Prado y Juan Antonio de Tapia. Éste era un fiscal de millones que había requisado el cargamento de libros y papeles de Antúnez, para después pregonarlo en subasta pública y terminar vendiéndolo al impresor madrileño Mateo Fernández. En la segunda parte, una vez que Ramírez de Prado ha avocado a sí el procedimiento con éxito, se produce la condena del mercader Manuel Antúnez. Pero no tarda en abrirse un nuevo episodio procesal cuando éste, una vez satisfecha la multa pecuniaria impuesta, reclama que se le devuelva la carga requisada y que había pasado de manos de Tapia a poder de Mateo Fernández, quien se resiste a entregarla hasta que no se le reintegre el precio que por ella ha pagado al fiscal de millones.
El interés del pleito es, por tanto, doble. De un lado, permite aquilatar el contenido de la comisión de Ramírez de Arellano en materia de libros e imprentas y, de otro, nos ofrece un buen número de noticias sobre impresiones contrahechas en la época. En el conjunto de mercancías de una u otra forma ilegítimas adquiridas en Sevilla, había, como veremos, obras de Góngora, Quevedo, Cervantes, Pérez de Montalbán o Vélez de Guevara, así como, entre otras suertes, cientos de docenas de comedias, coplas, cartillas, catecismos y catones.
En primer lugar, en cuanto a la jurisdicción del consejero Ramírez de Prado, éste insiste en presentarse como «Juez Particular sobre lo tocante a la impresión de libros destos Reynos», o «que se hacen en estos Reynos», así como en general «Comisario de los libros e inpresiones». Según esto, la causa le correspondería plenamente, porque a él «le toca y pertenece el examinar las licencias de los dichos libros y ver la forma cómo se an hecho» o, en otro momento de su argumentación, «la calidad de dichos libros y en dónde están impresos y por qué personas y quién los ha traído a esta corte».
Por el contrario, Juan Antonio de Tapia, el fiscal de millones del corregimiento madrileño, se oponía a que la causa recayese en el consejero de Castilla porque la jurisdicción de éste era «sólo para dar o no licencias para imprimir los libros». Señalaba, asimismo, que Ramírez de Prado tiene comisión «sólo para dar licencia para que se impriman dos o tres pliegos de papel», pero no para «castigar a los que entran en esta corte libros y comedias de mala ympresión y de fuera del Reyno». Lo mismo arguye su superior, el corregidor de Madrid y su tierra, Luis Jerónimo de Contreras, Vizconde de Laguna de Contreras, quien se hizo presente en la causa de competencias alegando que «el conocimiento v castigo de las impresiones falsas tocan a la justicia ordinaria como lo es el dicho corregidor» y no a Ramírez de Prado, «que dize tener comisión para las licencias de las ympressiones [y que] a adbocado a sí la causa».
En suma, el fiscal de millones y el corregidor de Madrid pretenden que la jurisdicción de Ramírez de Prado se limitaba a la concesión de licencias, siendo especialmente interesante la observación de Tapia a propósito de su comisión en el Consejo es «sólo para dar licencia para que se impriman dos o tres pliegos de papel», lo que parece remitir estrictamente al auto del 19 de diciembre de 1648 y, en su caso, a sus antecedentes de 1627. Sin embargo, el consejero presenta su competencia jurisdiccional en una dimensión mucho más amplia, la de un «Juez Particular sobre lo tocante a la impresión de libros que se hacen en estos Reynos», lo que lo colocaría en el privilegiado horizonte institucional que conduciría a los jueces de imprenta del siglo xViii. Aunque no podemos dejar de evocar la contradicción de competencias, el consejero de Castilla consiguió avocar la causa a sí, lo que supone que se interpretó que, en efecto, su comisión como superintendente o juez privativo de libros e impresiones le facultaba para ocuparse de mucho más que de obrecillas de pocos pliegos.
Una vez dirimida la cuestión de competencias, como se ha dicho, la causa se presenta como una serie de autos contra el mercader de libros, Manuel Antúnez, que había comprado y hecho traer libros impresos vulnerando la normativa vigente, bien porque careciesen de licencia del Consejo, bien porque se hubiesen impreso quebrantando el privilegio concedido a terceros. Gracias, de un lado, a las diligencias hechas con este motivo y, de otro, a la parte del proceso abierto en atención a la reclamación de Antúnez contra Fernández, es posible conocer el contenido del cargamento del medio centenar de arrobas de libros y papeles venidos de Sevilla a Madrid.
El impresor Mateo Fernández aportó al proceso un ilustrativo Memorial de los libros y papeles que compré del Corregidor desta villa [Luis Jerónimo de Contreras, Vizconde de Laguna de Contreras] y defetos que padecen en el que se recogían:
Primeramente, ¶ comedias sueltas sin licencia del Consejo ni título donde se imprimiesen.
¶ Cartillas falsas contra el privilegio que la iglesia de Valladolid tiene.
¶ Oratorios de fray Luis de granada contra privilegio que V.A. ha dado a la hermandad de los mercaderes de libros desta corte.
¶ Marco bruto y otros libros de Quevedo y otros asimismo sin licencia del Consejo de todos los quales no se han pagado los libros que de cada impresión se dan a V.A. ni se ha pedido tasa ni fee de erratas y otras falsedades que constan que me ofrezco a probar.
Mateo Fernández.
He aquí una magnífica presentación de los «defectos» del cargamento: obras sin licencia, contra privilegio, sin tasa ni fe de erratas y, además, impresiones que no habían satisfecho los ejemplares que se entregaban a los miembros del Consejo.
Las actuaciones de Ramírez de Prado van haciendo posible que se desvele que del traslado de las balas de Sevilla a Madrid se había ocupado el arriero Pedro Martín, cuyo testimonio documentaba que había cobrado 912 reales por traer de Sevilla a Carabanchel las cuarenta y ocho arrobas que pesaban. Que, en marzo de 1650, el mercader de libros Antonio de Ribero fue requerido para estimar el volumen de las mercancías rematadas a Mateo Fernández y que había declarado que «le parecía abría en dichos libros y coplas y comedias asta zinqüenta resmas poco más o menos», por las que Fernández habría pagado 3000 reales a la fiscalía de millones. Así como que, por último, la pena pecuniaria impuesta a Antúnez por Ramírez de Prado como condena por haber mercadeado con estampas y obras encuadernadas y en pliegos sin licencia o contra privilegio se elevó hasta los 20.000 maravedíes.
Hay que destacar que la condena de Antúnez no le supuso la pérdida del cargamento, porque el mercader logró convencer a Ramírez de Prado de que había adquirido en Sevilla las distintas suertes de libros, pliegos y estampas cuando ya estaban vendiéndose públicamente. Por tanto, no habían sido impresos a petición suya, lo que suponía que no se le aplicasen las penas a las que debían hacer frente quienes i imprimían vulnerando obras cuyo privilegio estuviese vigente. Siendo así, el juez privativo requirió a Mateo Fernández que devolviese la carga a Antúnez, cuando éste, en mayo de 1650, satisfizo la pena de condenación que le había sido impuesta. Por supuesto, además de resistirse a entregar los libros hasta que se le devolviesen los 3000 reales que había pagado al fiscal de millones, por lo que hubo de ingresar en la cárcel de corte, Mateo Fernández presentó un inventario del que habían desaparecido no pocas piezas a juicio de Manuel Antúnez.
Gracias a las sucesivas requisitorias y declaraciones que se fueron haciendo al hilo de todas estas vicisitudes procesales, es posible saber qué había sido comprado en Sevilla y, en ocasiones, a quién y en qué cantidad. Así, Manuel Antúnez identifica como proveedores a los sevillanos Pedro Gómez de Pastrana, Francisco de Lira o Nicolás Rodríguez de Ábrego, para los libros y pliegos, y a Francisco de Campolargo, corredor de lonja, para la adquisición de las estampas.34 Resulta sorprendente, o acaso no tanto, que los impresores sevillanos con los que tuvo sus tratos Manuel Antúnez fueran Gómez, Lira y Rodríguez, cuyas prácticas ilícitas habían sido objeto del sonoro proceso en 1641 que fue estudiado por Calvo Poyato en 1987.35
La memoria del mercader de libros Antúnez es o se finge frágil y, si bien recuerda algunos títulos y autores, no acierta con las cantidades, quizá porque mantuvo su particular duelo de inventarios con Mateo Fernández. De esta forma, su referencia a Gómez de Pastrana es, por desgracia, demasiado genérica. Una mayor concreción tiene la declaración de que «en casa de Lira [compró] 150 docenas de comedias». Por último, las noticias sobre sus tratos con la casa de Nicolás Rodríguez son más explícitas, pues allí recuerda, por ejemplo, haber adquirido entre otras obras «12 tesoros de pobres. 82 docenas de comedias. 12 don quixotes y seis obras de Góngora».
No todos los libros comprados por el mercader madrileño tuvieron que ser necesariamente ediciones contrahechas. Por ejemplo, declara que había comprado «seis obras de Góngora» en casa de Nicolás Rodríguez de Ábrego, que han de identificarse como Todas las obras en la edición de Gonzalo de Hocescon el pie de imprenta: «En Seuilla, por Nicolás Rodríguez, calle de Génoua, en este año de 1648, y a su costa».36 Mayores posibilidades de haber sido contrahechos tienen los doce cuerpos del Libro de medicina llamado tesoro de pobres que también compró en casa de Nicolás Rodríguez, pero que el sevillano sólo imprimió con licencia en 1655. O los cuarenta ejemplares, veinte y veinte, de la Primera parte de la vida de Marco Bruto y de La caída para levantarse. El ciego para dar vista. El montante de la Iglesia, en la vida de san Pablo apóstol de Francisco de Quevedo, cuyo privilegio por diez años había vendido su autor a Pedro Coello en 1644.37 De una forma u otra, de esta Sevilla, activo centro tipográfico, pero también auténtico emporio de la producción de falsos, sin licencia o contra privilegio, salieron hacia la corte ediciones de pliegos y de libros, a su vez, encuadernados o en pliegos.
Como juez superintendente de impresiones en el pleito de 1650 que venimos siguiendo, Lorenzo Ramírez de Prado actuaba sobre el comercio de impresos comprados en Sevilla para satisfacer la demanda del mercado lector en la corte. Hubo de ocuparse de «coplas diferentes sueltas» y otras menudencias o pliegos, por desgracia muy mal descritos. No obstante, entre ellos se puede asegurar que se encontraban la Historia del esforzado caballero Conde Dirlos y la Historia del emperador Carlo Magno, sin olvidar a la Doncella Teodor o a Roberto el diablo, así como «jácaras», «romanceros variados», «entremeses sueltos», medio centenar de fábulas de Esopo, doscientas docenas de comedias sueltas, veinticuatro docenas de oratorios de fray Luis de Granada y dos resmas de cartillas.
También se ocupó el consejero de Castilla de obras de Juan Pérez de Montalbán [Sucesos y prodigios de amor en ocho novelas ejemplares; Vida y purgatorio de San Patricio], Miguel de Cervantes [Novelas ejemplares; Don Quijote, primera y segunda partes], Francisco de Quintana [Experiencias de amor y fortuna], Alonso de Castillo Solórzano [Las harpías en Madrid], Luis Vélez de Guevara [El diablo cojuelo], Gonzalo de Céspedes y Meneses [Historias peregrinas y ejemplares], Alonso Núñez de Castro [Espejo cristalino], Baltasar Porreño [Dichos y hechos de Felipe ii], Ginés Pérez de Hita [Historia de los bandos de los zegríes y abencerrajes], Jerónimo Cortés [Lunario y pronóstico perpetuo; Libro de fisonomía natural y varios secretos de naturaleza], Juan de Palafox [El pastor de Noche Buena], José de Valdivielso [Romancero espiritual], Luis Remírez de Arellano [Avisos para la muerte], Roberto Bellarmino [Declaración copiosa de la doctrina christiana de Roberto Bellarmino], Francisco de Castro [Reformación del christiano, assí del pecador como del virtuoso], Comptentus mundi, Alonso Romano [Recopilación de toda la teoría y prácticade cirugía], Melchor de Santa Cruz [Floresta española], Juan de Escobar [Romancero del Cid], Jerónimo Rosales [Catón cristiano] o las Epistolae de san Jerónimo.
A su contrahecha manera, el pleito de 1650 constituye también un testimonio del éxito alcanzado por determinados géneros y autores, cuyo ascenso al parnaso literario encuentra aquí una fehaciente prueba, aunque fuese para disgusto de los autores y de los propietarios de las licencias y privilegios que no se respetaban. Y, a este respecto, conviene ahora recordar que por esos mismos años Lorenzo Ramírez de Prado se ocupaba activamente de la organización del programa decorativo que la villa y corte desplegaba para la solemne entrada de Mariana de Austria en 1649.38
Durante su recorrido jalonado por grandes arcos de arquitectura efímera, la nueva reina podría ver una representación del Monte Parnaso en el que se asentaban «nueve Estatuas de nueve Poetas ESPAÑOLES [...] Tres d´el Tiempo de los Romanos [...] Tres de la Anciana Edad nuestra [...] i Tres de la más cercana a los que oy viven».39 En este Parnaso, sobre el que llamó la atención Eugenio Asensio,40 se mezclaban Séneca, Lucano y Marcial con Mena, Garcilaso y Camões, para concluir con Lope de Vega, Góngora y Quevedo.41 Como se ve, el particular Parnaso de los falsarios hispalenses compartía luminarias con el de los letrados.
Asimismo, resulta interesante comparar el cargamento requisado en 1650 a Manuel Antúnez con los expedientes de petición de licencia, en muchos casos por sólo una vez, que los costeadores de impresiones estaban presentando esos mismos años. Así, en 1649, Francisco de Robles quería que se le ampliara el privilegio para su edición de Esopo.42 Un año después, Domingo de Palacio se interesaba la Recopilación de toda la teoría y práctica de cirugía de Alonso Romano, más conocido como Romanillo.43 En 1651, era el mercader Juan de Valdés quien presentaba un memorial al Consejo por el que pedía licencia paravolver a editar tanto la Vida y purgatorio de San Patricio de Pérez de Montalbán como los Avisos para la muerte de Remírez de Arellano.44 Por último, en 1653, de nuevo Palacio se interesa ahora por el Romancero del Cid de Juan de Escobar;45 y Mateo de la Bastida, como mayordomo de la Hermandad de San Jerónimo de la corte consigue renovar el privilegio real para la impresión del oratorio de Luis de Granada.46
Si los memoriales presentados por los interesados en las reimpresiones ante el Consejo de Castilla reflejan una parte crucial de la demanda del mercado lector, su comparación con el cargamento de Manuel Antúnez revela coincidencias que sólo cabe interpretar como elocuente ratificación de que los falsarios sabían apreciar a la perfección las tendencias del mercado al que surtían. Al fin de cuentas, también ellos —impresores y libreros— eran costeadores de ediciones, que en ocasiones recurrían a la petición de licencias y privilegios y en otras, muchas, ocasiones simplemente no lo hacían.
1. Madrid, 24 de julio de 1680. Cito por Gaspar Agustín de Lara, Obelisco fúnebre, pyrámide funesto que construía a la inmortal memoria de D. Pedro Calderón de la Barca, En Madrid, Por Eugenio Rodríguez, 1684, s.f. Esta investigación se ha realizado en el marco del proyecto «Prácticas y saberes en la cultura aristocrática del Siglo de Oro: comunicación política y formas de vida», MINECO HAR2011-27177.
2. Fernando Bouza, «Dásele licencia y privilegio». Don Quijote y la aprobación de libros en el Siglo de Oro, Madrid, Akal, 2012, pp. 92-93.
3. Javier García Martín, El juzgado de imprentas y la utilidad pública. Cuerpo y alma de una Monarquía vicarial, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2003.
4. Joaquín de Entrambasaguas, La biblioteca de Ramírez de Prado, Madrid, Instituto Nicolás Antonio, 1943, 2 vols; y Una familia de ingenios. Los Ramírez de Prado, Madrid, CSIC, 1943; Óscar Lilao Franca, «De Córdoba a Madrid: gustos, gastos y libros en la biblioteca de Lorenzo Ramírez de Prado», en La memoria de los libros. Estudios sobre historia del escrito y de la lectura en Europa y América, eds. Pedro M. Cátedra y María Luisa López Vidriero, Salamanca, Instituto del Libro y de la Lectura, 2004, I, pp. 761-780; Nieves Pena Sueiro, «América en la librería de Lorenzo Ramírez de Prado, consejero de Indias», Revista Chilena de Literatura, 85 (2013), pp. 247-270.
5. Carlos Sánchez Bravo, «[Dedicatoria] Al Señor D. Lorenzo Ramírez de Prado […]», en Luis de Granada, Dotrina christiana en la qual se enseña todo lo que el christiano deve hazer, desde el principio de su conversión hasta el fin de su perfección repartida en quatro libros, En Madrid, por Gregorio Rodríguez, a costa de Domingo de Palacios, 1650, preliminares, s.f.
6. Ángel González Palencia, El sevillano don Juan Curiel, juez de imprentas, Sevilla, Diputación Provincial, 1945; Vanesa Benito Ortega, «El Consejo de Castilla y el control de las impresiones en el siglo xviii. La documentación del Archivo Histórico Nacional», Cuadernos de Historia Moderna, 36 (2011), pp. 179-193.
7. Juan Cortés Osorio, Reparos historiales apologéticos […] propuestos de parte de los missioneros apostólicos del Imperio de la China, En Pamplona, por Tomás Baztán, s.a. [1677], f. 18 v.
8. Juan Antonio Lope de la Casa, Memorial al Rey nuestro Señor, y alegación apologética, en que se responde a otro que salió a la luz en nombre de un canónigo del Pilar. Sobre la catedralidad, antigua y primitiua de Çaragoça en la Iglesia del Saluador, En Çaragoça, Por Diego Dormer, 1659, p. 144.
9. Melchor de Cabrera, Discurso legal, histórico y político en prueba del origen, progressos, utilidad, nobleza y excelencias del arte de la imprenta, Madrid, en la oficina de Lucas Antonio de Bédmar, 1675, f. 23r.-v.
10. Fermín de los Reyes, El libro en España y América. Legislación y censura (siglos XV-XVIII), Madrid, Arco/Libros, 2000. 2 vols.
11. Autos i acuerdos del Consejo de que se halla memoria en su Archivo desde el año mdxxxii hasta el de MDCXLVI, Madrid, por Diego Díaz de la Carrera, 1649, § cclxxvi, 19 de diciembre de 1648.
12. Faustino Gil Ayuso, Noticia bibliográfica de textos y disposiciones legales de los reinos de Castilla impresos en los siglos xvi y xvii, Madrid, Biblioteca Nacional, 1935; Antonia Heredia Herrera, Recopilación de estudios de diplomática indiana, Sevilla, Diputación, 1985.
13. Pragmática en que se da la orden y forma que se ha de tener y guardar en los tratamientos y cortesías de palabra y por escripto y en traer coroneles y ponellos en cualesquier partes y lugares, San Lorenzo de El Escorial, 8 de octubre de 1586. La pragmática fue editada en Alcalá, Amberes, Granada, Madrid, Sevilla, Zaragoza y en Portugal sin indicación de lugar de impresión.
14. Prouisam del Rey nosso senhor de como se ha de falar & escreuer [Lisboa, 15 de septiembre de 1597]. Pedro Caruso, «Sobre o estilo e modo de falar e escrever», Alfa, 37 (1993), pp. 205-216.
15. Pragmática de tratamientos, y cortesías, y se acrecientan las penas contra los transgressores de lo en ella contenido, Madrid, 2 de enero de 1611. Fue editada en Madrid, por Juan de la Cuesta, 1611.
16. Autos i acuerdos del Consejo…, ob. cit. (nota 11), § cclxxvi, 19 de diciembre de 1648.
17. Ibid.
18. José de Pellicer, Alma de la gloria de España. Eternidad, magestad, felicidad, y esperanza suya en las reales bodas. Epitalamio. D.O.C. al rey nuestro señor, En Madrid, por Gregorio Rodríguez, 1650.
19. Anne Cayuela, Le paratexte au Siècle d´Or. Prose romanesque, livres et lecteurs en Espagne au xviie siècle, Genève, Droz, 1996.
20. José Laínez, «Censura», Madrid, 2 de abril de 1650, en J. de Pellicer, Alma de la gloria de España, cit. (nota 18), s.f. La censura se conserva manuscrita en Biblioteca Nacional de España [BNE], Ms. 897, f. 109r.
21. Lorenzo Ramírez de Prado, «Remissión [al censor]», sin fechar ni datar, en Pellicer, Alma de la gloria, cit. (nota 18), s.f. Cursivas en el texto.
22. Lorenzo Ramírez de Prado, «Licencia», sin fechar ni datar, en Pellicer, Alma, cit. (nota 18), s.f. La licencia manuscrita original de D. Lorenzo en BNE, Ms. 897, f. 109r., al pie de la censura de José Laínez.
23. «Suma de la aprobación», sin fechar ni datar, en Pedro Jacinto de Cárdenas y Angulo, Advertencias, o precetos del torear con rejón, lanza, espada, y iáculos. La obligación en que se ponen, i cómo se ha de salir della en las ocasiones que se pueden ofrecer, En Madrid, por Diego Díaz de la Carrera, 1651, preliminares, s.f.
24. Lorenzo Ramírez de Prado, «Licencia», sin fechar ni datar, en José Guarnizo, Memorial al eminentísimo señor D. Baltasar de Moscoso y Sandoval […] sobre el próximo estado que tiene para que se defina por dogma de Fe la opinión Pía, que afirma, que la Madrid de Dios fue concebida sin pecado original, En Madrid, En la Oficina de Domingo García y Morrás, 1652, preliminares, s.f. En este caso, se incluye la aprobación (Madrid, 2 de julio de 1652) de Francisco Sánchez de Villanueva, Arzobispo de Taranto, pero en ella se emplea la fórmula habitual que justifica la realización de la censura por mandamiento del Consejo.
25. Fernando Bouza, «Dásele licencia y privilegio». Don Quijote y la aprobación de libros en el Siglo de Oro, Madrid, Akal, 2012, pp. 57-61 y 112-113.
26. Así sucedía en la Chancillería de Valladolid, donde Felipe iv había vendido a Jerónimo Murillo en 1640 por novecientos ducados el oficio perpetuo de impresor de informaciones en derecho, memoriales y árboles para pleitos civiles y criminales con la condición de que mantuviera abierta dos casas de imprenta vinculadas a dicho oficio. Más tarde, Murillo se deshizo de ellas mediante sendas ventas: una a Antonio de Rueda; y la otra a Antonio Suárez Solís. Cuando éste murió en 1672, sus herederos vendieron la imprenta vinculada al oficio a José de Rueda, quien, por tanto, reunió en un único propietario las dos imprentas privilegiadas para componer las informaciones y memoriales en la Chancillería vallisoletana. Este complicado proceso puede conocerse gracias a dos pleitos: de un lado, el que Bartolomé, José y Francisco Portolés siguieron contra José de Rueda en 1674 acusándole de haber provocado un auténtico estanco en la impresión de estos papeles al haber acumulado las dos casas de la primitiva venta de oficio de 1640; de otro, la causa seguida en 1716 por Alonso de Riego contra Manuela de Arenas, viuda de Rueda, quien actuaba como impresora de memoriales e informaciones en nombre de los hijos y herederos de José de Rueda. Archivo Histórico Nacional, Madrid, [AHN], Consejos suprimidos, legajo 26417, 2, para el pleito de los Portolés contra Rueda; Consejos suprimidos, legajo 26615, 5, para el de Riego contra la viuda Arenas. Sobre la actividad de los impresores de la Chancillería, Anastasio Rojo Vega, Impresores, libreros y papeleros en Medina del Campo y Valladolid en el siglo xvii, Salamanca, Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, 1994.
27. Antonio Vázquez, San Felipe Neri. Epítome de su vida, sacado de lo que della han escrito autores diuersos, en Madrid, por Gregorio Rodríguez, 1651.
28. AHN, Consejos suprimidos, legajo 47327.
29. Como en el volumen impreso únicamente se publicó una «Suma del priuilegio» [Madrid, 28 de marzo de 1651], en la que se indicaba que la censura previa por orden del Consejo había sido realizada por Pellicer, la aprobación manuscrita conservada en el AHN puede tener cierto interés para el acervo literario de D. José. Por ello, se transcribe a continuación: «Muy Poderoso Señor. He visto por mandado de V.A. la vida del glorioso San Felipe Neri, compuesta por el Padre Antonio Vázquez de los Clérigos Regulares Menores: i está escrita con toda verdad, i alteça de estilo; i no sólo he hallado (sic) cláusula contraria a nuestra Santa Fe, i Decoro de costumbres; sino todas respirando Dotrina Evangélica, para exemplo de los que con fervor de Espíritu quisieren imitar la Vida, i Acciones de tan gran Santo; i para edificación de los Fieles i Confussión de los Hereges. Con que V.A. puede servirse de concederle licencia para que se publique obra tan del servicio de Dios Nuestro Señor, i que se vean las Maravillas, que obra en sus siervos. Este es mi sentir, en Madrid 27 de Março 1651. Don Joseph Pellicer de Tovar [rubricado]». AHN, Consejos suprimidos, legajo 47327.
30. Javier García Martín, El juzgado de imprentas y la utilidad pública. Cuerpo y alma de una Monarquía vicarial, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2003, pp. 210-211. [13 de junio de 1627] Fermín de los Reyes, El libro en España y América. Legislación y censura (siglos xv-xviii), Madrid, Arco/Libros, 2000, vol. i, pp. 316-320. Jaime Moll, «Diez años sin licencias para imprimir comedias y novelas en los reinos de Castilla. 1625-1634», Boletín de la Real Academia Española, 54 (1974), pp. 97-104.
31. Para que no se dé licencia para imprimir libros ni otros papeles sin que proceda exsamen de los tribunales a que tocare, Aranjuez, 8 de mayo de 1682, AHN, Consejos suprimidos, legajo 50627, 121.
32. AHN, Consejos suprimidos, legajo 28225, 16. Para las referencias a continuación a las distintas actuaciones dentro del pleito se remite a esta nota y signatura.
33. Los pleitos de impresores y libreros constituyen una fuente de extraordinario valor para la historia del libro. El proceso abierto por Ramírez de Prado en 1650 puede ser comparado con otros recogidos en distintos artículos: Ángel González Palencia, «Pleito entre Lope de Vega y un editor de sus comedias», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, 3 (1921), pp. 17-26; Cristóbal Espejo, «Pleito entre ciegos e impresores (1680-1755)», Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo. Ayuntamiento de Madrid, 2-6 (1925), pp. 206-236; Víctor Infantes, «La apología de la imprenta de Gonzalo de Ayala: un texto desconocido en un pleito de impresores del Siglo de Oro», Cuadernos bibliográficos, 44 (1982), pp. 33-47; José Calvo Poyato, «Un proceso a impresores y libreros en la Sevilla del Barroco», Archivo hispalense, lxx-215 (1987), pp. 60-76; Jaime Moll, «De impresores y libreros: un pleito de 1651», en Varia bibliographica. Homenaje a José Simón Díaz, Kassel, Edition Reichenberger, 1988, pp. 483-490; José María Torres Pérez, «Juan Pedro Musete, mercader de libros, en Medina del Campo», Revista General de Información y Documentación, 17-1 (2007), pp. 81-94; Carlos Santos Fernández, «Pesquisas realizadas en Sevilla para identificar al autor y al impresor de la contradicción a la carta del arzobispo Pedro de Castro en defensa del patronato de Santiago», Historia. Instituciones. Documentos, 35 (2008), pp. 321-353; Javier Ruiz Astiz, «Más útil para la enseñanza de los niños: dos impresores ante los tribunales reales de Navarra (1607-1608)», Anales de Documentación. Revista de Biblioteconomía y Documentación, 17-1 (2014), 14 pp. Disponible en http://dx.doi.org/10.6018/analesdoc.17.1.188371
34. «De estanpas grandes de coloradas y negras dos mil y quinientas, 2500 de cartón dose gruesas 12 otras muchas de emperadores y Sevillas y otras muchas particulares que compré a un corredor de lonja. Seiscientas estampas de vitelas, de dos géneros».
35. José Calvo Poyato, «Un proceso a impresores y libreros en la Sevilla del Barroco», Archivo hispalense, lxx-215 (1987), pp. 60-76.
36. Crosby y Pablo Jauralde, Quevedo y su familia en setecientos documentos notariales (15671724Rodríguez había obtenido licencia en Madrid, a 13 de febrero de 1648, Jaime Moll, «Las ediciones de Góngora en el siglo xvii», El Crotalón. Anuario de Filología Española, 1 (1984), pp. 921-963.
37. James O), Madrid, Universidad Autónoma, 1992, § 731.
38. Para la entrada, María Teresa Zapata Fernández de la Hoz, «La entrada en la corte de Mariana de Austria. Fuentes literarias e iconográficas», en Fuentes y modelos de la pintura barroca madrileña, eds. Benito Navarrete Prieto, Antonio Martínez Ripoll y María Teresa Zapata Fernández de la Hoz, Madrid, Arco Libros, 2008, pp. 105-204. Sobre la designación de Ramírez de Prado como «Superintendente i Protector» encargado de los «Aparatos», Noticia del recibimiento i entrada de la reyna nuestra señora doña María Ana de Austria en la muy noble i leal coronada villa de Madrid, S.l. [Madrid], s.i., n.a. [1650?], p. 2.
39. Noticia…., cit. (nota 38), p. 8. Cursivas en el texto.
40. Eugenio Asensio, La fortuna de Os Lusíadas en España (1572-1672), Madrid, Fundación Universitaria Española, 1973.
41. Sobre la construcción del parnaso poético, Julio Vélez Sainz, El parnaso español. Canon, mecenazgo y propaganda en la poesía del Siglo de Oro, Madrid, Visor Libros, 2006.
42. AHN, Consejos suprimidos, legajo 47599.
43. AHN, Consejos suprimidos, legajo 45526.
44. AHN, Consejos suprimidos, legajo 47359.
45. AHN, Consejos suprimidos, legajo 47320.
46. AHN, Consejos suprimidos, legajo 47449; y sobre la pérdida del privilegio renovado en 1653, legajo 47313.
Hacia un catálogo de los textos medievales impresos (COMEDIC):
el ejemplo de la Crónica popular del Cid1
Juan Manuel Cacho Blecua
Universidad de Zaragoza
Para Fernando Carmona
Keith Whinnom dedicaba la «Inaugural Lecture» de la Universidad de Exeter (1967) a examinar tres formas de distorsión habituales en la historiografía literaria española, una de las cuales afecta directamente a mi punto de partida: la discontinuidad en la recepción de la literatura medieval. Tradicionalmente, la producción de esta época ha sido analizada como si hubiera sido conocida en una sucesión ininterrumpida que llegara hasta nuestros días, sin tener en cuenta las variaciones producidas a lo largo del tiempo. El fenómeno es bien perceptible en los textos de la Edad Media que pudieron ser leídos impresos, objeto de mi trabajo. Dejando a un lado las obras históricas y los códigos legales, las pervivencias resultaban excepcionales. Según Whinnom, las únicas obras anteriores a 1400 en verso editadas a fines del siglo xV y en el siglo xVi fueron los Proverbios en rimo del sabio Salomón y el Tratado llamado espejo de dotrina, de Pedro de Veragüe, y en prosa, el Bonium o Bocados de oro, el Libro de los doce sabios, el Calila y Dimna y el Sendebar, «that strange pseudo-chivalresque tale El caballero Cifar, and, with certain reservations (since it was extensively rewritten), Amadís de Gaula. And that is all».2
Si con Francisco Rico situamos la obra de Veragüe en el segundo tercio del siglo xV,3 los resultados todavía serían más pobres. La división entre textos anteriores o posteriores a 1400 venía propiciada por una de las principales fuentes utilizadas, el tomo iii de la Bibliografía de la Literatura Hispánica de Simón Díaz, quien en 1986 catalogó en un trabajo específico las obras medievales que habían pervivido hasta 1560.4 Distribuyó su información en dos grandes apartados: a) en función de la cronología de su creación distinguía entre autores y obras anteriores o posteriores a 1400; b) según la fecha de su publicación diferenciaba los textos impresos hasta 1500 (incunables) de los que vieron la luz entre 1501 y 1560. Sintéticamente, los resultados que obtuvo fueron los siguientes:
| Ediciones hasta 1500 | Ediciones entre 1501 y 1560 | |
| Autores y obras anteriores a 1400 | 17 de 10 autores u obras | 77 de 19 autores u obras |
| Autores y obras posteriores a 1400 | 92 de 27 autores u obras | 347 de 46 autores u obras |
Utilizaba los primeros frutos de una empresa colectiva en marcha que, decidida en 1984, pretendía realizar un inventario de la bibliografía española a partir de 1501, complementario del Catálogo colectivo de las obras impresas... ya existente. El trabajo debía desembocar en una Tipobibliografía Española, cuya primera etapa abarcaba de 1500 a 1560, fechas elegidas no por azar. Se dejaban al margen los incunables por el convencimiento justificado de que los numerosos catálogos nacionales e internacionales existentes permitían localizarlos e identificarlos, pese a la posibilidad de nuevos descubrimientos. El límite de 1560 se había fijado a propuesta de Odriozola como el final de la tipografía gótica, de modo que pudieran tener acogida los numerosos impresos góticos carentes de datación. En la primera fase, los testimonios medievales recogidos no fueron muy abundantes, pero en su artículo daba cuenta de cinco impresiones ignoradas, de otras recuperadas y de 91 nuevos ejemplares de ediciones ya conocidas.5
Unos años después, desde otra óptica, Alan D. Deyermond examinó el paso del manuscrito a la imprenta, centrándose en la incidencia del nuevo inven-to en la recepción y configuración de las obras literarias durante su etapa de transición. El alusivo título con referencia a dos grandes estudiosos, Chaytor y Goldschmidt, señalaba la orientación de su propuesta.6 Con excelente información repasaba la bibliografía, al tiempo que destacaba aportaciones interesantes no muy frecuentadas por los hispanistas.7 También proponía nuevas tareas, entre ellas la necesidad urgente de realizar un «registro de todas las obras españolas que existen en manuscrito y en ediciones impresas hasta mediados del siglo xVi, como base para estudios detenidos»,8 de modo que pudiera verse de forma más clara cómo se había producido «la transición from script to print» en España. Sus sugerencias no han caído en saco roto y coincidían con un creciente interés de los estudios por el tema, de forma paralela a la extraordinaria evolución que en España han tenido la ecdótica, la llamada bibliografía textual, la cultura del manuscrito y del libro, o los estudios bibliográficos. De especial interés para nuestro trabajo y excelentes puntos de partida han sido la base de datos PhiloBiblon, heredera del pionero BOOST (Bibliography of Old Spanish Texts), impensable sin el impulso de Charles Faulhaber y el gran trabajo de un extraordinario grupo de colaboradores, y el más reciente Diccionario Filológico de Literatura Medieval Española, coordinado por Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías.9
En 1991 Simón Díaz podía afirmar que «ni una sola población española dispone hoy de una relación completa y solvente de su producción tipográfica»,10 aunque los cambios producidos en las dos últimas décadas han sido sustanciales, algunos de ellos relacionados con la colección de Arco/Libros que prologaba, en la que se han publicado monografías excelentes. El panorama ofrecido por Julián Martín Abad sobre la producción tipográfica entre c. 1471 y 1520 y los principales avances en la historia del libro,11 los numerosos catálogos existentes de la producción impresa en el siglo XVI,12 los abundantes trabajos sobre el libro en el Siglo de Oro,13 los excelentes Coloquios Internacionales sobre «El libro Antiguo Español», dirigidos por María Luisa López Vidriero y Pedro M. Cátedra,14 del mismo modo que los avances en el mundo digital,15 dan cuenta de los múltiples progresos que se han producido en los últimos años. Los medios tradicionales con los que contamos, sumados a las posibilidades de la red, facilitan extraordinariamente nuestra labor de recopilación bibliográfica,16 aun así con más obstáculos los previstos.
El Iberian Books de Wilkinson, incluido en el USTC (el Universal Short Universal Short Title Catalogue), una base de datos colectiva de todos los libros publicados en Europa desde la invención de la imprenta hasta fines del siglo xVi, en teoría debería suministrarnos la información primaria para los textos de nuestro Catálogo.17 La idea de realizar una obra de este tipo, ausente en el mundo hispánico, sin duda alguna constituye una plausible novedad, pero su resultado en muchos casos llega a ser decepcionante. Al ser, en buena parte, suma de catálogos, impresos y en línea, sin que se haya producido ninguna discriminación, entre las referencias se acumulan numerosas ediciones inexistentes, o una información muy incompleta o defectuosa, dejando aparte sus anómalos criterios clasificatorios temáticos y lingüísticos; no obstante, también incorpora de vez en cuando datos novedosos ignorados en repertorios impresos, como algunas referencias a ejemplares no catalogados por lo general procedentes de los OPAC de bibliotecas menos frecuentadas, por lo que cada una de las entradas requiere su completa revisión.18
Un Proyecto de Investigación en marcha: COMEDIC
Retomando el trabajo de Simón Díaz y la propuesta de A. D. Deyermond, un grupo de profesores de la Universidad de Zaragoza, en colaboración con otros colegas de Toulouse y Catania, nos propusimos realizar un «Catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600» con el acrónimo de COMEDIC, subvencionado con fondos públicos (FFI2012-32259). Esta base de datos estará disponible en red en un futuro, con acceso libre, a través de la página del grupo investigador (http://grupoclarisel.unizar.es/).19 Como último objetivo nos proponemos estudiar la difusión, transformación y recepción de la literatura escrita antes de 1501 en las prensas del siglo xVi con la pretensión de obtener una visión de conjunto y analizar con mayor profundidad algunas obras y géneros. Los textos impresos constituyen exclusivamente nuestro material de trabajo, con independencia de que las obras hayan contado también con transmisión manuscrita, limitando el arco cronológico de su difusión desde los primeros impresos hasta 1600. Se trata de una tarea realizada al margen de cualquier finalidad estrictamente catalográfica.
Para conseguir nuestros propósitos, pretendemos inventariar los textos redactados originariamente en castellano y los traducidos a esta misma lengua siempre que cumplan dos requisitos: a) por su creación, que hayan sido concebidos, escritos o vertidos al castellano antes de 1501; b) por su difusión, que se conserve algún testimonio impreso anterior a 1601. Como única excepción consideraremos globalmente toda la producción castellana de autores que hayan publicado alguna obra en periodo incunable y continúen escribiendo con posterioridad como Nebrija o Juan del Encina. De acuerdo con nuestras restricciones lingüísticas, del primero solo introduciremos los textos castellanos o íntegramente bilingües, por ejemplo el llamado Diccionario latino-español (Salamanca, 1492), o en el conocido como Vocabulario español-latino (Salamanca, ca.1494-1495), de los que existieron ediciones conjuntas y una segunda redacción. Tendremos en cuenta sus propias traducciones, por ejemplo las dos de las Introducciones latinas contrapuesto el romance al latín, Salamanca: [Juan de Porras], ca. 1488, y Zamora, Antonio de Centenera, ca. 1492-1494. Por el contrario, no añadiremos las 201 ediciones restantes de las Introductiones latinae, magníficamente estudiadas por Martín Baños,20 con independencia de que en ellas se incluyan fragmentos o apéndices adicionales en castellano, propios y ajenos, de extraordinario interés lexicográfico y bibliográfico. También dejaremos al margen la llamada «literatura gris» —leyes, ordenanzas, constituciones sinodales, bulas etc.—, un tipo de obras que ocupaba una buena parte de la producción.21 Del resto de textos editados no excluimos ninguno por su contenido, pero nuestra preocupación primordial se centra en la literatura y, en una primera fase, atenderemos prioritariamente a las obras en prosa.
Los textos poéticos plantean dificultades de otro tipo porque coexisten en el tiempo sus canales de difusión impresos, orales y manuscritos de manera reiterada, no aislada, como en ningún otro género literario. Labrador y DiFranco elaboraron un índice con 200 poemas que sobrevivían en el Siglo de Oro, del mismo modo que un listado de 100 manuscritos en los que quedan huellas de una pervivencia que llega hasta el siglo xVii,22 a los que debe añadirse su transmisión oral. «Se constituyó comunalmente una amplia y selecta antología oral de aquellas letras que por motivos diversos cautivaban los ánimos y los oídos de unas gentes que casi con exclusividad cantaron un único tema: el amor».23 La «bella malmaridada» o la canción manriqueña «Quien no estuviere en presencia» constituyen un buen adelanto de los múltiples testimonios que directa o indirectamente muestran la pervivencia.24 Todos ellos podrán ser consultados en la base de datos BIPA (Bibliografía de la Poesía Aurea),25 incluida en PhiloBiblon y que esperemos que pronto pueda estar finalizada. De este modo, el arduo trabajo previo de recogida de datos está ya realizado, con la particularidad de la existencia de varios equipos de investigación interesados por la poesía cancioneril, como el dirigido por Josep Lluís Martos titulado «La variante en la imprenta: hacia un canon de transmisión del cancionero y del romancero medievales», que podría converger con el nuestro.26 En definitiva, lo relacionado con la poesía o está bastante bien realizado o en vías de solucionarse, por lo que no constituirá nuestra principal preocupación, para evitar confluencias evitables sobre un tema especialmente frecuentado por los críticos y cada vez mejor estudiado.
Incorporamos tanto la producción que vio la luz en talleres hispanos como la procedente de otros países europeos, principalmente Portugal, Francia, Italia y los Países Bajos. Cada ficha va dedicada a una obra, subdividida en diversos campos habituales en este tipo de trabajos; así, distinguimos el nombre de su autor —y sus variantes—, un segundo autor —editor literario, glosador, prologuista, etc.,— y el mecenas o dedicatario, si los tuviere. Seguidamente detallaré las peculiaridades de algunos de sus campos, que ejemplificaré finalmente con el texto de la Crónica popular del Cid.

Fig. 1. Inicio de la base de datos
Muchas veces los textos omiten el nombre de su creador, que restituiremos para su catalogación si lo conocemos, o rectificaremos en el caso de atribuciones falsas, bastante frecuentes. Los textos se catalogan por un título normalizado, registrando en campo diferente las variantes que pudieran figurar en la portada, en el interior y en el colofón, del mismo modo que en las distintas ediciones. Partimos de la especial importancia de las imágenes iniciales y de su título,27 que presentan la obra y la proyectan también sobre un horizonte de expectativas.28 Para contextualizar la evolución de los textos, señalaremos las fechas de composición, o de su traducción en su caso, del mismo modo que la materia, o materias, a las que puede adscribirse la obra por su contenido.
Aunque el objetivo del Proyecto no se centra en los testimonios manuscritos, incluimos una escueta relación de los mismos, creada, en gran parte, gracias a los datos ofrecidos en PhiloBiblon, instrumento indispensable. Mayor importancia tiene para nuestro trabajo la relación de testimonios impresos, que a veces plantean más dudas de las que podríamos pensar incluso en obras cuya difusión ha sido bien estudiada, como veremos en la Crónica popular del Cid. Incluimos en apartado diferenciado las ediciones facsímiles existentes y se facilitan los enlaces a ejemplares digitalizados, mientras que para su descripción tipobibliográfica se remite abreviadamente a un repertorio especializado. Sólo referiremos ejemplares que no figuren en las bibliografías consultadas; por ejemplo de la Suma de las corónicas cidianas se conservan al menos tres ejemplares conocidos: los custodiados en la Biblioteca Nacional de España, R-12192* y en la Russian State Library de Moscú, reseñados en USTC, y el consignado en el OPAC de la Staatsbibliothek de Berlín con la signatura 2” Qr 4192, que no se recoge en catálogos u obras especializadas.
Examinaremos los paratextos autoriales y editoriales, algunos muy importantes para entender el texto y proyectarlo sobre su entorno cultural. Así, la versión confrontada de las Introducciones latinas había sido encargada por la reina Isabel «porque las mugeres religiosas i vírgines dedicadas a Dios, sin participación de varones, pudiessen conocer algo de la lengua latina», y en ella se incluye una importante dedicatoria, considerada «menos el prefacio a un libro que un verdadero prólogo al Renacimiento español».29
Del mismo modo, consignaremos los datos y referencias bibliográficas que conozcamos sobre sus imágenes y la información que hayamos podido reunir sobre de su recepción, sea de poseedores, precios e incluso marcas de lectura. Todo lo anterior nos permitirá conocer mejor las principales modificaciones y reescrituras que se hayan producido durante su transmisión. La Crónica particular del Cid servirá para ejemplificar las dificultades ante las que nos encontramos.
Los avatares de una ficha: la Crónica popular del Cid
Desde su princeps la llamada Crónica popular del Cid, (Sevilla: Tres Compañeros Alemanes [Juan Pegnitzer, Magno Herbst y Tomás Glockner], 1498, mayo), se edita como anónima, aunque, como es bien conocido, todos sus materiales proceden de la Crónica abreviada de España,30 conocida también como Valeriana por su autor Mosén Diego de Valera (1412-1488).31 Ahora bien, en varias ediciones de la crónica cidiana subsisten ecos de su autoría, como en una supuesta edición de Sevilla, Alonso de la Barrera, 1546, según apuntaba Palau y sugería José Manuel Lucía Megías.32 Más recientemente, Cristina Moya ha destacado que en las dos últimas ediciones del texto, La corónica del muy valeroso e invencible cavallero el Cid Ruy Díaz (Sevilla, Alonso de la Barrera, 1587 y 1596), surge tímidamente la voz del autor, a diferencia de las anteriores: «Quise yo, mossén Diego de Ualer, principiar su historia desde que començó a reynar en España el muy noble y christianíssimo rey don Fernando, primero deste nombre».33 En coherencia con sus orígenes, avalados por su pervivencia, daremos un paso más adelante y la atribuiremos a su principal responsable, Diego de Valera, informando en nota del proceso.
Es habitual que los editores por motivos generalmente comerciales agrupen dos o más obras en una misma impresión, bien por su tamaño o bien por considerar que se trata de textos que comparten afinidades genéricas, temáticas, materiales, formales, etc., de lo que constituyen una buena muestra la Summa de las corónicas de los muy valientes y esforçados cavalleros castellanos el Cid Ruy Díaz de Bivar y el conde Fernán González, Alcalá de Henares, Sebastián Martínez, 1562.34 La imagen caballeresca inicial, la unión de ambos protagonistas, héroes en sus lides contra los infieles, los calificativos de «valientes y esforçados» además de «castellanos» suponen una propuesta editorial ininteligible sin los libros de caballerías, pero sustentada en otro registro ideológico en el que los protagonistas no pertenecen a países exóticos y lejanos. En el título se ha recuperado el término de «Suma», presente ya desde el inicio de la princeps, «Aquí comiença un libro llamado suma de las cosas maravillosas que fizo en su vida el buen cavallero...» (1498, fol. aijr), término aplicado «siempre a obras de rigor científico, geográfico, teológicas, legales, etc.».35 Retomando palabras de Pedro Cátedra, «nos sorprende la paradoja de una renovada popularidad de los héroes españoles de la caballería de papel en los momentos de ruina abierta de los códigos caballerescos».36 Por los años de esta edición, Felipe ii trató de renovar la caballería de cuantía ante las necesidades internas de defensa, lo que dio pie a dos pragmáticas o leyes de 1562 y 1563 que establecían la necesidad de «actualizar esa institución de pequeña nobleza ciudadana»,37 un transfondo sociopolítico y cultural propicio para la publicación del libro.
En cuanto a su fecha de composición, la crónica cidiana es posterior a 1481, fecha de la edición de la Valeriana, y anterior a su propia impresión, mayo de 1498, una época propicia para la exaltación del personaje. La publicación constituía el lógico colofón de la trayectoria de una figura como la del Cid, que había adquirido renovada importancia durante el siglo xV y primeros años del XVI.38 Como no tratamos de realizar ningún repertorio específicamente bibliográfico, registramos las obras con unos datos editoriales mínimos: ciudad, nombre del editor o editores así como si ha sido costeada por algún mercader de libros, acompañados de la fecha de edición y su formato, dato significativo para algunos de nuestros objetivos. En este sentido, en la portada de la Suma de las corónicas se indica el lugar de su venta («véndese en casa de Luis Gutiérrez, mercader de libros»), lo que nos permite insertar el libro en su imprescindible contexto comercial en el que se invierte un dinero con el objetivo de obtener unos beneficios.39 El mencionado, significativamente apodado el Rico, fue uno de los libreros más importantes de Alcalá, interesado especialmente en obras de espiritualidad,40 y aunque el libro que comentamos no cabe en este apartado, sin duda en la biografía de los dos castellanos varios hitos subrayan la especial protección que les dispensó Dios.
Editó la Suma de las corónicas en folio y a dos columnas, datos relevantes desde la perspectiva de su recepción porque implica que se ha dignificado el texto, asimilándolo desde la imagen de su portada y en su mise en page a las crónicas y libros de caballerías frente a las ediciones anteriores de la Crónica popular del Cid y del Fernán González, que salieron de los talleres impresores en 4º y a plana entera. La unión de ambas obras venía favorecida por su tamaño, temática afín, etc., y suponía un reto comercial: ofrecía las crónicas de dos personajes históricos a un precio más barato por su tamaño que la edición de la Crónica particular del Cid de mediados de siglo, también editada en folio y a dos columnas: Crónica del famoso e invencible cavallero Cid Ruy Díaz Campeador, agora nuevamente corregida y enmendada (Medina del Campo, Francisco del Canto,1552, 24 de octubre, con dos emisiones, Juan Maria Terranova y Jacome de Liarcas y Alexo de Herreras, mercader de libros).
En su conjunto, la Crónica popular del Cid obtuvo un gran éxito editorial, como lo avalan los numerosos impresos que se sucedieron a lo largo del siglo XVI, no siempre bien catalogados. Simón Díaz en su artículo mencionado indicaba que hasta 1560 la Crónica popular del Cid había visto la luz en nueve diferentes ocasiones, sin detallarlas, número que no coincide con las catalogadas en su Bibliografía, III, II, núms. 5412 y ss., aunque resulta coherente con otros datos complementarios que a buen seguro utilizó. Basándonos en sus referencias, Nieves Baranda, José Manuel Lucía y yo mismo aceptamos que la obra se publicó durante el siglo XVI en catorce ocasiones,41 si bien con los datos actuales deben contabilizarse 16 o 17, enumeradas a continuación, solo con alguna referencia bibliográfica además de la de Simón Díaz:42
(1) Sevilla: Tres Compañeros Alemanes, 1498, mayo [Haebler, núm. 173; Simón, núm. 5421].
(2) Sevilla: [s. i.], 1509, 8 de enero [Norton, núm.1005; Simón, núm. 5422; Martín Abad, Post-incunables, núm. 529].
(3) Sevilla: Jacobo y Juan Cromberger, 1525, 22 de noviembre [Simón, núm. 5423; Griffin, núm. 254].
(4) Toledo: Miguel de Eguía, 1526 [Pérez Pastor, núm. 118; Simón, núm. 1526].
(5) Sevilla: Juan Cromberger, 1533 [Simón, núm. 5425; Domínguez, núm. 345].
(6) Sevilla: herederos de Cromberger, 1541, mediados de noviembre [Simón, núm. 5426; Griffin, núm. 450].
(7) Salamanca: Juan de Junta, 1546 [Simón, núm. 5427; Ruiz Fidalgo, núm. 287].
(8) Sevilla: Alonso de la Barrera, 1546 [Palau, núms. 348861 y 54490; Simón Díaz, núm. 5428].
(9) Sevilla: Dominico de Robertis, 1548, 25 de octubre [Simón, núm. 5429; Lucía Megías, iii, 2, iii].
(10) Alcalá de Henares: Sebastián Martínez, 1562 [Summa de las corónicas; Simón, núm. 5430; Martín Abad, núm. 563].
(11) Burgos: Felipe de Junta, 1562 [Simón, núm. 5431; Fernández Valladares, núm. 494].
(12) Alcalá de Henares: Sebastián Martínez, 1567 [Summa de las corónicas].
(13) Burgos: Felipe de Junta, 1568 [Simón, núm. 5432; Fernández Valladares, núm. 557].
(14) Sevilla: viuda de Sebastián Trujillo, 1571, octubre [Heredia, iii, núm. 3118; Simón, núm. 5433].
(15) Sevilla: Alonso de la Barrera, 1587 [Gayangos (Gallardo), núm. 528; Simón, núm. 5434].
(16) Bruselas: Juan Mommaerte, 1589 [Simón, núm. 5436; Lucía Megías, iii, 2, IV].
(17) Sevilla: Alonso de la Barrera, 1596.
La núm. 12 reproduce la xilografía de la 10, con un título modificado, pero retomado de la anterior, también a dos tintas, roja y negra: El Cid Ruy Diaz. Summa de las Coronicas del muy valeroso y esforçado cauallero castellano el Cid Ruydiaz de Biuar. Agora nueuame[n]te sacada de las coronicas generales d[e] España. En la qual breuemente se tratan las grandes Batallas y Victorias que ouo. Agora nueuame[n]te impressa con licencia en Alcalá de Henares, en casa de Sebastián Martínez. Año de mil quinientos y sesenta y siete años. La impresión plantea demasiados problemas para resolverlos ahora con rigor, pues nuestro ejemplar es defectuoso y, además, la impresión necesariamente requiere ser cotejada con la núm. 10 habiendo tenido ambas en la mano, no a través de reproducciones. El texto corresponde exclusivamente a la Crónica popular del Cid, sin la de Fernán González. Se conserva un ejemplar en la Biblioteca de Cataluña, sign. Bon. 9-III-20.
Por otra parte, de esta relación, han suscitado o suscitan ciertas dudas los números (5), (8 y 17) y (11) por muy diferentes razones, como veremos. Las dificultades surgidas en los testimonios 8 y 17 (Sevilla, Alonso de la Barrera, 1546 y 1596) se resuelven con facilidad. Domínguez Guzmán advertía que la edición sevillana de 1546 debía ser confusión con la de 1596, puesto que Alonso de la Barrera imprimió en el último tercio del siglo xVi.43 Hijo de Sebastián Trujillo, su actividad se documenta desde 1569 hasta 1599,44 por lo que los datos pueden subsanarse fácilmente, teniendo en cuenta además la existencia de ejemplares remendados, como indicaba Palau.45 La hipótesis se refuerza porque los bibliógrafos remiten a la Biblioteca Nacional, R-5858, la misma signatura que en la actualidad corresponde al mismo título publicado en «la Imprenta de Alonso de la Barrera, Iunto a las casas de Don Pedro de Pineda, 1596». Respecto a la edición número 11 (Burgos, Felipe de Junta, 1562), Mercedes Fernández Valladares, núm. 494, aceptaba la referencia dada por Palau, advirtiendo que lo hacía con muchas dudas, actitud muy razonable. Para su conservación, solo puedo aducir que figura en el listado preliminar de R. Foulché-Delbosc, un estupendo bibliófilo y bibliógrafo.
Mayores dificultades plantea la número 5, por lo que me remontaré a los inicios de su catalogación. Tras describir la edición sevillana de Jacobo Cromberger, 1541, Graesse indicaba la existencia de otras anteriores y posteriores, entre ellas la de Sevilla, Cromberger, 1533.46 Poco tiempo después, Brunet argumentaba que como en su información existían dos equivocaciones, la referencia que nos interesa podría ser errónea: «Quant aux éditions de Burgos, 1516, de Séville, 1545, que cite ce bibliographie, il paraît les avoir confondues avec celles de la Cronica de Fernan Gonçales, dont il fait mention à la même page. Si cette erreur vient, comme nous le croyons, d’un déplacement de note, elle existerait peut-être également à l’égard des deux éditions suivantes comprises dans le même paragraphe, savoir celle qui est annoncé ainsi: Seville por Juan Cromberger. Fue impresso…el postero (sic) dia del mes de Junio, 1533 [...] et celle de Salamanca por Juan de Junta Florentino, 1546».47
El argumento de Brunet solo es válido para la primera referencia de Burgos, 1516, y la tercera de Sevilla, 1545, ambas correspondientes a la Crónica del conde Fernán González, con la muerte de los siete infantes de Lara (unifico el título), conservadas en la British Library con las signaturas G.11024 (1.) y G.6340, respectivamente,48 pero no para las dos últimas, Sevilla, 1533 y Salamanca, 1546. Lo sustancial de esta información pasó a Escudero, quien indicaba que la edición de 1533 había sido considerada «como dudosa por Brunet con referencia a Mr. Graesse»,49 por lo que explica las cautelas mantenidas por bibliógrafos posteriores. Así, Simón Díaz la califica también de dudosa, mientras que Griffin la excluye de su relación en su extraordinario libro sobre los Cromberger, si bien a través de un inventario de 1540, que después comentaré, suponía la existencia de una edición posterior a la de 1525 y anterior a la de 1541.
Ahora bien, la información de Graesse era demasiado precisa para que no fuera verídica, y me parece difícil que pudiera producirse una confusión como en los casos anteriores; menciona la existencia de grabados, habituales en la Crónica popular del Cid y, que yo sepa, inexistentes en las impresiones del Fernán González con la muerte de los infantes de Lara, salvo su portada. De dicha edición pudo dar cuenta Simón Díaz entre las novedades que estaba aportando el trabajo en marcha de la Tipobibliografía. Conservada en la Österreichischen Nationalbibliothek, sign. 48.P.43, puede consultarse en la red o acceder al texto completo.50 Su formato y disposición es similar al de Sevilla, Juan Cromberger, 1525 y Sevilla, Jácome Cromberger, 1541, descritos minuciosamente por Clive Griffin en su apéndice a la edición inglesa, núms. 254 y 450, respectivamente, a quien seguiré en algunos de sus apartados.
Debajo de la xilografía (fig. 2), idéntica a la de la edición previa, aparece el título enmarcado en sus laterales y en la parte inferior con una orla formada por cuatro piezas, distintas de la impresión de 1525 (en este caso respecto sus grafías): Cronica del muy | esſorçado caualle | ro el Cid ruy diaz | campeador.
Su colofón dice así: ‘¶ Aquí feneſce el breue tratado delos fechos y batallas que | el buen cauallero Cid ruy diaz vencio con fauor τ ayuda de | nueſtro ſeñor. El qual ſe acabo el postrero dia del mes de Ju | nio de mil τ quinientos τ treynta τ tres años. Fue imp[re]ſſo en | ſeuilla por Juan cromberger.’
No me aventuraré en su descripción material exacta, pues solo dispongo de una reproducción, pero salvo algunas iniciales su impresión sigue prácticamente a plana y renglón la de 1525, con la misma fórmula para sus signaturas, a renglón seguido, con 35 líneas por página y sin cabeceras ni reclamos. También es idéntico su contenido, desde su introducción en el a1V : ‘AQuí comiença vn Li=|’, del mismo modo que su capítulo inicial a2r, con unas mínimas variaciones en el desarrollo de las abreviaturas y de las f-, sustituidas por h-: ‘¶ Cap. .j. del noble rey do[n] herna[n]do | primero deſte nombre que crio al Cid. | DOn ferna[n] do fijo d[e] do[n] sancho [...]’. El texto abarca los folios a2r-f11v, dividido en 62 capítulos, cuya numeración está confundida en el XXVI numerado como ‘XXXVI’. El f11v finaliza ‘[...] y traſlado el cuerpo d[e]l Cid y de doña ximena: | τ puſo los en muy nobles monumentos a par del altar d[e] san | pedro de Burgos ala p[ar] te derecha. Y puso aſſi miſmo el cuer | po del conde ferna[n] gonçales ala otra parte. | A dios gracias. |’, a lo que le sigue el colofón. El folio f12r y v, en blanco.

Fig. 2. Portada de la edición de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]
Salvo varias innovaciones, que luego detallaré, sus xilografías interiores son las de la impresión precedente, muy bien analizadas por José Manuel Lucía,51 quien señala sus características y cómo corresponden a la reutilización de unas imágenes bien conocidas en la literatura caballeresca surgida de los talleres cromberguerianos. En su nuevo uso se produce un cierto desajuste espacial porque estaban pensadas para ilustrar libros impresos a dos columnas, mientras que ahora se emplean en un formato de dimensiones superiores por corresponder a la plana entera. Para solucionarlo, el impresor emplea diversas piezas de adorno a modo de orla que enmarca las xilografías del mismo modo que sucede en la edición de 1525, si bien estos materiales ornamentales son distintos en ambas impresiones.
Las imágenes permiten analizar unas prácticas editoriales y las expectativas sobre las que el impresor proyecta la obra, sus relaciones con otros géneros y textos, sin olvidar que, al no emplear imágenes en todos los capítulos, los seleccionados resultan destacados visualmente, indicio de la importancia que les han concedido. La impresión de 1533 continúa editoramente la precedente con varios cambios como puede comprobarse en la siguiente tabla, en la que se combinan informaciones de Griffin y de José Manuel Lucía,52 quien diferencia entre grabados referenciales R, genéricos, y específicos E, realizados ex profeso para ilustrar el texto. Las diez xilografías interiores son las siguientes (identificadas de acuerdo con el apéndice que acompaña a la edición inglesa del libro de Griffin, aunque no sus materiales ornamentales, señalamos las primeras ediciones en las que aparecen idénticas viñetas):

Predominan los grabados genéricos, referenciales en la terminología de Lucía Megías (R), utilizados a veces con variantes de unos mismos modelos existentes siempre en la imprenta (426 y 465; 423 y 423b),53 (figs. 3, 4, 5 y 6). La mayoría proceden de las primeras impresiones del taller de los Cromberger, de las que me ocupé en otra ocasión.54 La reiteración de unos esquema iconográficos, en los que la relación entre texto e imagen se ha diluido por su carácter invariable y recurrente, convierte la ilustración en un elemento convencional, representativo menos de un libro específico que de un género editorial,55 destinado a un amplio público, menos restrictivo que el de los libros de caballerías por su formato y dimensión. La reproducción de las mismas imágenes en crónicas históricas, libros de caballerías e historias caballerescas breves reafirma sus relaciones,56 diluye sus borrosos límites, al mismo tiempo que formalmente acrecienta la sensación de que ciertas obras son «todo lo mismo», una óptica cervantina que ha pesado como una losa posteriormente, sin tener en cuenta sus diferencias. Por otro lado, el hecho de que en una misma imprenta tuvieran más de un grabado confeccionado sobre modelos similares, utilizado indiscriminadamente, todavía acentúa su carácter estereotipado. En el caso que nos ocupa se repiten escenas de combates entre caballeros y del asalto a una ciudad con mínimas variaciones.

Fig. 3. Capítulo XXII de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1525]

Fig. 4. Capítulo XXII de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]

Fig. 5. Capítulo XXXIX de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1525]

Fig. 6. Capítulo XXXIX de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]
Más significativos resultan los cambios que se producen en las ilustraciones de los capítulos xxiV (De cómo el Cid llegó a Alcocer y de la batalla que ende venció) y lVii (De cómo doña Ximena, muger del Cid, y todos sus cavalleros y gentes salieron de Valencia con el cuerpo muerto del Cid y dieron la batalla al rey Búcar, en la qual él fue vencido y veinte y dos reyes muertos y gente sin cuenta de los suyos, assí en la batalla como ahogados en la mar yendo huyendo), dos hitos fundamentales en la biografía victoriosa del Cid incluso después de muerto, para los que se reclama atención. En estos casos he dejado un hueco en mi identificación porque soy incapaz de adivinar la imagen a la que remiten las referencias de Griffin por la nula calidad de estas ilustraciones en las microfichas, y me parece significativo que el autor, siempre tan preciso, se refiera a ellas con varios números. Como es previsible, dichos grabados pueden documentarse en los talleres de Cromberger con antelación. Limitándome a fechas muy próximas, la del cap. xxiV (fig. 7) fue utilizada en La Trapesonda, que es tercero libro de don Renaldos, y trata cómo por sus cavallerías alcançó a ser emperador de Trapesonda y de la penitencia t fin de su vida, Sevilla, Juan Cromberger, 1533, 25 de mayo, cap. 74, fol. 92v. La segunda, cap. lVii (fig. 8), fue también empleada en el mismo texto en reiteradas ocasiones, cap. 18, fol. 28r, cap. 25, fol. 35v, cap. 47, fol. 62r, cap. 79, fol. 100v.57 En ambos casos la viñeta se acomoda mejor a la situación elegida que en la impresión de 1525, sin que se hayan realizado ex profeso. Se explican más por el desgaste de materiales que por otras razones, y reflejan los cambios de grabadores y la necesidad que han tenido en los tallares de Cromberger de variar las representaciones de las múltiples acciones bélicas de los libros de caballerías. La insistencia en este tipo de imágenes en la Crónica del Cid refuerza la interpretación bélica que prevalece en todo el conjunto, desde su portada.

Fig. 7. Capítulo xxiV de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]

Fig. 8. Capítulo lVii de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]
Las xilografías específicas (E) ilustran idénticas escenas desde la princeps, síntoma de que fueron lo suficientemente significativas para realizarlas ex profeso, asunto que ya analicé en otra ocasión. Solamente añadiré que la del león para 1533 se ha estropeado, por lo que se completa con material ornamental (figs. 9 y 10). Por otra parte, respecto a la princeps se ha modificado la figura del Cid en la portada pues ha desaparecido el monje que despide al héroe, mientras que sí aparece un perro con sus patas delanteras alzadas, al tiempo que también se sustituye el edificio, ahora un castillo. El protagonista ya no se presenta con un yelmo cerrado que le impide ver el rostro, sino con uno abierto, por lo que se divisa su cara poblada de una espesa barba. Desde esta perspectiva, la imagen del Cid en actitud de extraer la espada de su vaina para impedir que un judío le mesara la barba adquiere un nuevo valor, quizás más exaltador de su figura que de su valor hagiográfico, que evidentemente lo sigue teniendo.

Fig. 9. Capítulo XXXVII de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1525]

Fig. 10. Capítulo xxxVii de la Crónica del Cid [Sevilla: Juan Cromberger, 1533]
Los testamentos o los inventarios de algunos libreros nos proporcionan valiosos testimonios acerca de la difusión de la obra, sus precios, su público lector o nos facilitan pistas sobre impresiones perdidas. Así, el inventario de Juan Cromberger, fallecido en 1540, registra dos entradas del «Cid Ruy diaz», núm. [161] y [208], la primera con 320 ejemplares y la segunda con 55. Al comentar la [161] señalaba Griffin que en los talleres de la imprenta de Cromberger se imprimió esta obra en 1525 y 1541. «Aquí se trata, sin duda, de una ed. posterior, hoy desconocida, impresa por Juan Cromberger, o de un producto de otro taller».58 A mi juicio, los ejemplares mencionados debían corresponden a la impresión de 1533.
Del paso de la Valeriana a la Crónica popular puede advertirse la selección de sus materiales, la modernización lingüística y su literalidad, que propiciaba la transmisión de errores existentes ya en la obra de Diego Valera y que podrían corregirse con las fuentes anteriores.59 Las posibles variaciones posteriores quedan por estudiar. Mencionaremos las ediciones facsimilares indicando a qué impreso corresponde, como la Coronica del muy esforçado e invencible cavallero el Cid Ruy Díaz, campeador de las Españas (Toledo: Miguel de Eguía, 1526, reproducida en [New York], De Vinne Press [1903]), y las modernas más sobresalientes, que en esta ocasión se limitan a dos transcripciones rigurosas de la princeps destinadas a públicos muy diferentes. La primera fue publicada por Foulché-Delbosc en la Revue Hispanique, mientras que la segunda corresponde a la que Nieves Baranda incluía en las Historias caballerescas del siglo xvi.60 Finalizaremos con una bibliografía referida exclusivamente a los problemas suscitados, a lo que añadiremos una sección de notas sobre la obra en general o sobre las ediciones concretas con observaciones que no hayan tenido cabida en los apartados anteriores. Por ejemplo, en la relación de ediciones que antecede a su transcripción de la princeps, Foulché-Delbosc advertía que «il existait à la Colombine un exemplaire de la deuxième édition [Sevilla, 1509]; je ne saurais dire ce qu’il est devenu».61 Del mismo modo, la edición de 1541 incluye en el reverso de su primer folio un fragmento de la edición de la tercera parte del Renaldos de Montalbán, conocida también como La Trapesonda, explicable por el proceso material de impresión en una imprenta manual.62
Conclusión
A priori, el ejemplo elegido no planteaba especiales problemas, que han surgido por informaciones erróneas y por otras nuevas, en un principio fuera de nuestras previsiones. En resumen, la falta de ejemplares, una descripción poco precisa, la mayor o menor autoridad de quien procede la innovación bibliográfica y la posible coincidencia con otras obras de título similar en idénticas fechas e impresor constituyen datos suficientes para adoptar una actitud cautelosa, conclusiones extrapolables a otros textos. No obstante, el ejemplo de La Crónica popular del Cid y la de Fernán González no son representativos puesto que desde sus inicios las carreras de ambos impresos corren paralelas, lo que implica unas expectativas de recepción similares hasta el punto de que incluso un mismo impresor las edita en el mismo año, por ejemplo Cromberger en 1525. Lo ideal sería contar también con estudios previos sobre su transmisión, con descripciones de sus testimonios impresos o con una rigurosa edición crítica que hubiera revisado y descrito los testimonios existentes, de lo que tenemos excelentes ejemplos. El Diccionario Filológico de Alvar y Lucías constituye un excelente punto de partida, pero no están todos los textos que nos interesanpor su tipo de transmisión. Ante su ausencia y sospechas de ediciones inexistentes, en múltiples ocasiones necesariamente debemos rehacer su camino bibliográfico. En síntesis, Comedic pretende convertirse en una herramienta útil que posibilite futuros estudios sobre diversos ámbitos de la difusión del libro y de la cultura, al permitir recuperar información sobre aspectos no habitualmente recogidos en otros repertorios, aunque un análisis tan minucioso como el ejemplificado no podrá llevarse a cabo con todas las obras del Catálogo. A partir de datos previos como los expuestos, podemos iniciar nuevos trabajos específicos, que en nuestro caso se centrarán en la recepción y reescrituras de las obras medievales impresas desde sus orígenes a 1600.
1. Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto de Investigación FFI2012-32259, concedido por el Ministerio de Economía y Competitividad. Se inscribe en el grupo investigador “Clarisel”, que cuenta con la participación económica tanto del Departamento de Ciencia, Tecnología y Universidad del Gobierno de Aragón como del Fondo Social Europeo. No hubiera sido posible sin la infinita generosidad de Marta Haro y Pedro Martín Baños.
2 Keith Whinnom, Spanish Literary Historiography: Three Forms of Distortion. An Inaugural Lecture delivered in the University of Exeter on 8 December 1967, Exeter, University of Exeter, 1967, p. 10.
3 Francisco Rico, Texto y contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo xv, Barcelona, Crítica, 1990, p. 51.
4 José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, 2ª ed., tomo 3 [Edad Media], 2 vols., Madrid, CSIC, 1963-1965, y “La literatura medieval castellana y sus ediciones españolas de 1501 a 1560”, en El libro antiguo español. Actas del primer Coloquio Internacional (Madrid, 18 al 20 de diciembre de 1986), ed. María Luisa López-Vidriero y Pedro M. Cátedra, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, Biblioteca Nacional de Madrid y Sociedad Española de Historia del Libro, 1988, pp. 371-396.
5 Había expuesto sus primeros logros en José Simón Díaz, «Los impresos españoles de 15011560: tres años de búsqueda», Stylus. Cuadernos de filología, 2 (1987-1989), pp. 11-24. Para una visión global, véase José Simón Díaz, Introducción a la «Tipobibliografía Española», pórtico del excelente libro de Julián Martín Abad, La imprenta en Alcalá de Henares (1502-1600), vol. I, Madrid, Arco/ Libros, 1991, pp. 7-15 (12). Para un panorama de conjunto posterior, véase Fermín de los Reyes Gómez, «El proyecto “Tipobibliografía española”», Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, 78 (2002), pp. 171-197.
6 Alan D. Deyermond, «From Script to Print: de Chaytor y Goldschmidt a la actualidad británica», en Los códices literarios de la Edad Media. Interpretación, historia, técnicas y catalogación, dir. Pedro Cátedra, ed. Eva Belén Carro Carbajal y Javier Durán Barceló, [Salamanca] Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, D.L., 2009, pp. 209-223.
7 Destaca sobre todos dos, el librito de B. H. Rasmussen, The Transition from Manuscript to Printed Book, London, Oxford University Press, 1962, y especialmente el de Ernst Philip Goldschmidt, Medieval Texts and their First Appearence in Print, Maisenheim, Hain, 1965 (1ª ed., London, 1943).
8 Alan D. Deyermond, «From Script to Print...», p. 223.
9 URL: <http://bancroft.berkeley.edu/philobiblon/>, y Diccionario Filológico de Literatura Medieval Española: textos y transmisión, Madrid, Editorial Castalia, 2002.
10 José Simón Díaz, Una introducción a la «Tipobibliografía Española», ob. cit., p. 10.
11 Julián Martín Abad, Los primeros tiempos de la imprenta en España (c. 1471-1520), Madrid, Laberinto, 2003, pp. 202 y ss.
12 Juan Delgado Casado y Julián Martín Abad, Repertorios bibliográficos de impresos del siglo xvi (españoles, portugueses e iberoamericanos) con su fórmula abreviada de referencia, Madrid, Arco/Libros, 1993.
13 Véase Juan Montero Delgado y Pedro Ruiz Pérez, «El libro en el Siglo de Oro. Estado de la investigación (1980-2005)», Etiópicas: revista de letras renacentistas, 2 (2006), pp. 15-108.
14 Para una visión general de los primeros tiempos de la imprenta resulta imprescindible de ambos autores, La imprenta y su impacto en Castilla, Salamanca, 1998, libro que va más allá de sus límites geográficos y es de especial interés para nuestros propósitos.
15 Véase, por ejemplo, el muy bien informado trabajo de José Luis Canet Vallés, «Hacia una tipobibliografía digital», en De re typographica. Nueve estudios en Homenaje a Jaime Moll, Madrid, Calambur, 2012, pp. 41-56, o el de Jon Zabala-Vázquez, «Utilidad y vigencia de las tipobibliografías y su ausencia en el mundo digital», El profesional de la información, 22, 1 (2013), pp. 68-73, síntoma de unas nuevas tendencias. Las pioneras bases de datos sobre la imprenta valenciana incluidas en Parnaseo <http://parnaseo.uv.es/Bases.htm>, dirigidas por José Luis Canet, constituyen una muestra de las ventajas de su inclusión en la red, por sus constantes actualizaciones. Resulta también de extraordinario interés la mantenida por Pedro Martín Baños sobre Nebrija, próximamente de nuevo en funcionamiento.
16 Desde la perspectiva del mundo digital, con independencia del ya citado PhiloBiblon, resultan muy valiosas las informaciones del magnífico Proyecto Boscán para los textos italianos URL: (<http://www.ub.edu/boscan>), o el CHTAC (Catálogo Hipertextual de Traducciones Anónimas al Castellano, URL: <http://www.catalogomedieval.com/>) para las obras anónimas traducidas al castellano existentes en bibliotecas de España, Italia y Portugal, aparte de otras que iré citando a lo largo del trabajo.
17 Alexander S. Wilkinson, Iberian Books. Books Published in Spanish or Portuguese or on the Iberian Peninsula before 1601 / Libros ibéricos. Libros publicados en español o portugués o en la Península Ibérica antes de 1601, Leiden; Boston, Brill, 2010. Ahora puede consultarse incluido en la página de USTC (The Universal Short Title Catalogue): <http://ustc.ac.uk/index.php>.
18 En palabras de Mercedes Fernández Valladares, «Una edición valenciana desconocida del Espejo de ilustres personas (1532) a la luz de una primera lectura tipobibliográfica», Lemir, 17 (2013), pp. 101-112 (106, nota 6) «carece de autoridad bibliográfica». La recepción del IB entre los expertos dio pie a críticas demoledoras como la de Marcelo Grota (pseudónimo), «La península de los libros», Hibris. Revista de Bibliofilia, 61 (enero-febrero 2011), pp. 53-54.
19 Véase <http://grupoclarisel.unizar.es/comedic/>.
20 Pedro Martín Baños, Repertorio bibliográfico de las «Introductiones Latinae» de Antonio de Nebrija (1481-1599) o Hilo de Ariadna para el Teseo perdido en el laberinto de la gramática latina nebrisense, Vigo, Academia del Hispanismo, 2014, obra que he podido consultar gracias a su generosidad. Para moverse en el complejo mundo de las ediciones del profesor salmantino, véase Antonio Odriozola, «La caracola del Bibliófilo Nebrisense o La casa a cuestas indispensable al amigo de Nebrija para navegar por el proceloso de sus obras», Revista de Bibliografía Nacional, 7, 1 (1946), pp. 3-114, mientras que Julián Martín Abad, El enredijo de mil y un diablos (De manuscritos, incunables y raros, y de fondos y fantasmas bibliográficos), Madrid, Ollero y Ramos, 2007, recoge importantes trabajos sobre el tema.
21 Para hacerse idea de su importancia, entre 1501-1520, «ciento veintitrés ediciones, más del nueve por ciento del total, pueden clasificarse como materia oficial originada por la Corona o por las autoridades civiles de carácter local», mientras «ciento sesenta y cuatro ediciones, más del doce por ciento del total, pueden considerarse como publicaciones oficiales eclesiásticas», según Frederick J. Norton, La imprenta en España 1501-1520, edición anotada, con un nuevo «Índice de libros impresos en España, 1501-1520» por Julián Martín Abad, Madrid, Ollero & Ramos, 1997, pp. 193-194.
22 José J. Labrador Herráiz y Ralph A. Difranco, «Del xv al xvii: doscientos poemas», en Nunca fue pena mayor (Estudios de Literatura Española en homenaje a Brian Dutton), ed. Ana Menéndez Collera y Victoriano Roncero López, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1996, pp. 367-418.
23 Alberto Blecua, «Juan Sánchez Burguillos, ruiseñor menesteroso del siglo xvi», en Estudios sobre el Siglo de Oro. Homenaje al profesor Francisco Ynduráin, Madrid, Editora Nacional, 1984, pp. 69103 (82).
24 Ralph A. Difranco y José J. Labrador Herráiz, «Continuidad de la poesía del xv en cancioneros del XVI», en Juan Alfonso de Baena y su ‘Cancionero’. Actas del I Congreso Internacional sobre el Cancionero de Baena (Baena, del 16 al 20 de febrero de 1999), ed. J. L. Serrano Reyes y J. Fernández Jiménez, Baena, Ayuntamiento de Baena, 2001, pp. 54-84 y «Bibliografía de la Poesía Áurea. Nota bibliográfica de la canción de Jorge Manrique “Quien no estuviere en presencia”», eHumanista: Journal of Iberian Studies, 4 (2004), pp. 51-118.
25 BIPA (Bibliografía de la poesía áurea): <http://bancroft.berkeley.edu/philobiblon/bipa_ es.html>.
26 Josep Lluís Martos (ed), La poesía en la imprenta antigua, Alacant, Universitat d’Alacant, 2014, y la página web CIM: Cancioneros impresos y manuscritos (<http://www.cancioneros.org/>)
27 Inició el estudio sistemático Víctor Infantes en una serie de artículos sobre los principales enunciados, obra, libro, tratado, crónica, historia, cuento, etc., trabajos reunidos ahora en Del libro áureo, Madrid, Calambur, 2006. Para una visión de conjunto de las portadas, véase recientemente Mónica Morato Jiménez, La portada en el libro impreso español: tipología y evolución (1472-1558), tesis doctoral dirigida por Fermín de los Reyes Gómez, Madrid, Universidad Complutense, 2014.
28 Para la Crónica popular del Cid, véase el excelente trabajo de José Manuel Lucía Megías, «Las dos caras de un héroe: las Crónicas del Cid en la imprenta hispánica», en L’épopée romane au Moyen Âge et aux temps modernes. Actes du xiv Congrès International de la Société Rencesvals (Naples, 24-30 juillet 1997), ed. Salvatore Luongo, Napoli, Friderician Editrice Universitaria, 1999, pp. 705-736, y «Leer el Cid en el siglo xvi», en El Cid: de la materia épica a las crónicas caballeresca. Actas del Congreso Internacional «ix Centenario de la muerte del Cid», celebrado en la Univ. de Alcalá de Henares los días 19 y 20 de noviembre de 1999, ed. C. Alvar, F. Gómez Redondo y G. Martin, [Alcalá de Henares], Universidad de Alcalá, 2002, pp. 407-416. Por mi parte, me limité a las xilografías de la princeps en Juan Manuel Cacho Blecua, «Texto, grabados y configuración genérica de la Crónica Popular del Cid», en El Cid: de la materia épica a las crónicas caballerescas..., ob. cit., pp. 339-363.
29 Francisco Rico, «Un prólogo al Renacimiento español. La dedicatoria de Nebrija a las Introducciones latinas (1488)», en Seis lecciones sobre la España de los Siglos de Oro. Homenaje a Marcel Bataillon, Sevilla; Bordeaux, Universidad, 1981, pp. 59-94 (85). El texto, en la 94.
30 Esta obra tuvo extraordinario éxito desde su primera edición publicada en Sevilla: Alfonso del Puerto, 1482 [a costa de Miguel Dachauer y García de Castilla]. Véase Cristina Moya García, «Sobre la edición príncipe de la Valeriana», Revista de Literatura Medieval, 21 (2009), pp. 309-314, quien también publicó el texto: Edición y estudio de la ‘Valeriana’ (‘Crónica Abreviada de España’ de Mosén Diego de Valera), Madrid, Fundación Universitaria Española, 2009.
31 Para la biografía y entorno cultural de su autor, véase Jesús D. Rodríguez Velasco, El debate sobre la caballería en el siglo xv. La tratadística caballeresca castellana en su marco europeo, [Salamanca], Junta de Castilla y León, 1996, pp. 195-274.
32 Antonio Palau y Dulcet, Manual del librero hispano-americano. Bibliografía general española e hispano-americana desde la invención de la imprenta hasta nuestros tiempos con el valor comercial de los impresos descritos, ed. 2ª ed. corr. y aum. por el autor, t. xxv, Barcelona; Oxford, Librería Palau; The Dolphin Book, 1973, núm. 348611, y José Manuel Lucía Megías, «Las dos caras de un héroe...», art. cit., p. 706, nota 2.
33 Cristina Moya García, «Anonimia y omisión de autor en la Crónica popular del Cid», en El autor oculto en la literatura española. Siglos xiv a xviii, ed. Maud Le Guellec, Madrid, Casa de Velázquez, 2014, pp. 53-62 (62).
34 Para su descripción tipobibliográfica, véase J. Martín Abad, La imprenta en Alcalá, ob. cit., vol. II, núm. 563.
35 Nieves Baranda, Historias caballerescas del siglo xvi, vol. i, Madrid, Turner, 1995, p. XXXIX.
36 Pedro M. Cátedra, El sueño caballeresco. De la caballería de papel al sueño real de D. Quijote, Madrid, Abada Editores, 2007, pp. 94.
37 Ibíd., p. 99.
38 Para este contexto, aparte de los trabajos citados de Lucía Megías y Cacho Blecua, véase Angus Mackay, «Un Cid Ruy Díaz en el siglo xv: Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz», en El Cid en el Valle del Jalón. Simposio Internacional, Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, Institución «Fernando el Católico», 1991, pp. 197-207; María Jesús Díez Garretas, «El Cid Díaz como exemplum en la historiografía y en los espejos del siglo xv: la Anaçefaleosis y el Memorial de virtudes de Alonso de Cartagena», en El Cid, poema e historia. Actas del Congreso Internacional (12-16 de julio, 1999), Burgos, Ayuntamiento de Burgos, 2000, pp. 329-333, María Jesús Lacarra, «La ejemplarización de la materia cidiana en Diego Rodríguez de Almela: el episodio de Martín Peláez», en El Cid, de la materia épica a las crónicas caballerescas, ob. cit., pp. 365-382; Fernando Gómez Redondo, «El Cid humanístico: la configuración del paradigma caballeresco», Olivar: revista de literatura y cultura españolas, 10 (2007), pp. 327-345. Más específicamente, Mercedes Vaquero, «La Crónica del Cid y la Crónica de Fernán González entre editores, copistas e impresores», 1498-1514», Romance Philology, 57 (2003), pp. 89-103, con excelente síntesis y nuevas aportaciones.
39 Todo su proceso de confección y venta debemos necesariamente integrarlo en un circuito comercial, en el que los libreros —muchas veces también impresores— adquieren importancia fundamental, como muy bien destacó Jaime Moll, «El impresor y el librero en el Siglo de Oro», recogido en Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro, Madrid, Arco / Libros, 2011.
40 Julián Martín Abad, La imprenta en Alcalá de Henares (1502-1600), vol. i, ob. cit., pp. 138-141.
41 Nieves Baranda, «Compendio bibliográfico sobre la narrativa caballeresca breve», en Evolución narrativa e ideológica de la literatura caballeresca, ed. M. E. Lacarra, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1991, pp. 183-191 (184); J. M. Lucía Megías, «Las dos caras de un héroe» art. cit., p. 707; J. M. Cacho Blecua, «Texto, grabados y configuración...», art.. cit., p. 339.
42 Remiten a los siguientes obras: Domínguez = Aurora Domínguez Guzmán, El libro sevillano durante la primera mitad del siglo xvi, Sevilla, Diputación provincial, 1975. Fernández Valladares = Mercedes Fernández Valladares, La imprenta en Burgos (1501-1600), 2 vols., Madrid, Arco / Libros, 2005. Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una Biblioteca Española de libros raros y curiosos, Madrid, 1863-1869 [está incluido revisado el Catálogo de Gayangos]. Griffin = Clive Griffin, The Crombergers of Seville. The History of a Printing and Merchant Dinasty, Oxford, Clarendon Press, 1988. Haebler=, Konrad Haebler, Bibliografía ibérica del siglo xv. Enumeración de todos los libros impresos en España y Portugal hasta el año de 1500, con notas críticas, 2 vols., La Haya, etc., Martinus Nijhoff, etc., 19031917. Heredia = Catalogue de la Bibliothèque de Ricardo de M. Heredia, 4 vols., Paris, Em. Paul, L. Huard et Guillemin, 1891-94. Martín Abad = Julián Martín Abad, La imprenta en Alcalá, ob. cit. Martín Abad-Post-incunables = Julián Martín Abad, Post-incunables ibéricos, Madrid, Ollero & Ramos, 2001. Norton= Frederick John Norton, A Descriptive Catalogue of Printing in Spain and Portugal, 1501-1520, Cambridge, Cambridge University Press, 1978. Lucía Megías = José Manuel Lucía Megías, Libros de caballerías castellanos en las Bibliotecas Públicas de París. Catálogo descriptivo, Alcalá de Henares; Pisa, Universidad de Alcalá; Università degli Studi di Pisa, 1999. Palau, Manual del librero..., ob. cit. Pérez Pastor = Cristóbal Pérez Pastor, La imprenta en Toledo. Descripción bibliográfica de las obras impresas en la imperial ciudad desde 1483 hasta nuestros días, Madrid, [s. n.] (Imprenta y Fundición de Manuel Tello), 1887. Ruiz Fidalgo = Lorenzo Ruiz Fidalgo, La imprenta en Salamanca (1501-1600), 3 vols., Madrid, Arco / Libros, 1994. Simón= José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, ob. cit.
43 Aurora Domínguez Guzmán, El libro sevillano..., ob. cit., núm. 000.8. Lógicamente, resulta sospechosa la datación de La Coronica de el muy valeroso y esforçado cavallero el Conde Fernan Gonçalez aludida antes y conservada en la British Library.
44 Juan Delgado Casado, Diccionario de impresores españoles (Siglos xv-xvii), vol. i, Madrid Arco/ Libros, 1996, núm. 59. Añádase los datos aportados por Pedro Cátedra, «Notúnculas sobre impresores viejos y nuevos del siglo xvi», en De libros, librerías, imprentas y lectores, dir. Pedro M. Cátedra y María Luisa López-Vidriero; edición al cuidado de Pablo Andrés Escapa, [Salamanca], Ediciones Universidad de Salamanca, Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas, pp. 67-72.
45 Antonio Palau y Dulcet, t. iii, Barcelona, Palau, 1950, núm. 54490.
46 Jean George Théodore Graesse, Trésor de livres rares et précieux ou Nouveau dictionnaire bibliographique, t. ii, C-F., Dresde, Rudolf Kuntze, 1861, p. 144, tras describir la edición de 1541 decía: «Il y en a deux éd. antérieures, savoir: Burgos por maestro Fadrique Aleman de Basilea 1516, in 4º. (dans la bibl. Grenville) et Seville por Juan Cromberger. Fue impresso ...el postrero dia del mes de Junio 1533. in-4º. Av. fig. en bois. Goth. et deux postérieures, savoir: Sevilla, Alonso de Barrera 1545. in 4-º (dans la bibl. Grenville) et Salamanca por Juan de Junta Florentino 1546. in-4º. (à Munich, bibl. roy.)».
47 Jacques Charles Brunet, Manuel du libraire et de l’amateur de livres, 5ª ed., vol. 1, Paris, Firmin Didot Frères, Fils et Cie, 1860, col. 1882.
48 Véase [Dennis E. Rhodes], Catalogue of Books Printed in Spain and of Spanish Books printed elsewhere in Europe before 1601 now in the British Library, 2ª ed., London, The British Library, 1989, s. v. González, Fernán.
49 Francisco Escudero y Pedroso, Tipografía hispalense. Anales bibliográficos de la ciudad de Sevilla desde el establecimiento de la imprenta hasta fines del siglo xviii, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1894, núm. 329.
50 URL: <http://digital.onb.ac.at/OnbViewer/viewer.faces?doc=ABO_%2BZ156778602>.
51 Véase también Anthony Cárdenas-Rotunno, The 1525 Cromberger Crónica del Cid: From Press to Lap, Alburquerque, New Mexico, The University of New Mexico, 2008.
52 J. M. Lucía Megías, «Las dos caras de un héroe», art. cit., p. 725.
53 Mínimos detalles me llevan a añadir una nueva identificación, la 423b, para diferenciarla de la anterior.
54 Juan Manuel Cacho Blecua, «La configuración iconográfica de la literatura caballeresca: el Tristán de Leonís y el Oliveros de Castilla (Sevilla, Jacobo Cromberger)», Letras, 50-51 (2004-2005), pp. 51-80.
55 Véase Víctor Infantes, «La prosa de ficción renacentista: entre los géneros literarios y el género editorial», Journal of Hispanic Philology, 13 (1988-89), pp. 115-124, y «La narración caballeresca breve», en Evolución narrativa e ideológica de la literatura caballeresca, ob. cit., pp. 165-181, y José Manuel Lucía Megías, Imprenta y libros de caballerías, Madrid, Ollero & Ramos, 2000.
56 Ya advirtió el empleo de unas mismas xilografías un excelente conocedor de los libros de caballerías, Sir Henry Thomas, «Antonio [Martínez] de Salamanca, Printer of La Celestina, Rome, c. 1525», The Library, 5ª serie, 8 (1953), pp. 45-50, publicado póstumamente.
57 En la reproducción que manejo, procedente de la Mazarine: 2º 369A [Res], han sido recortadas las xilografías de los folios 73r, 83r, 95v y 107r. Véase José Manuel Lucía Megías, Libros de caballerías castellanos..., ob. cit., núm. 88.
58 Clive Griffin, «El inventario del almacén de libros del impresor Juan Cromberger: Sevilla 1540», en El libro antiguo español. iv. Coleccionismo y Bibliotecas (Siglos xv-xviii), dir. María Luisa LópezVidriero y Pedro M. Cátedra, ed. M.ª Isabel Hernández González, [Salamanca], Ediciones de la Universidad de Salamanca,; Patrimonio Nacional; Sociedad Española de Historia del Libro, 1992, pp. 257-373 (301).
59 Juan Manuel Cacho Blecua, «Texto, grabados y configuración genérica...», art. cit.
60 Raymond Foulché-Delbosc, ed., «Suma de las cosas marauillosas (Coronica del Çid Ruy Diaz.— Sevilla 1498)», Revue Hispanique, 20 (1909), pp. 316-427, y Nieves Baranda, ed., Corónica del Çid Ruy Díaz, en Historias caballerescas del siglo xvi, vol. i, Madrid, Turner, 1995., pp. 1-109. Por vez primera el público interesado, no el especialista, disponía de una edición fiel con otros textos del mismo «género editorial».
61 R. Foulché-Delbosc, ed. cit., p. 316.
62 Véase C. Griffin, The Crombergers..., ob. cit., núm. 455
A vueltas con las ediciones de la Comedia de Calisto y Melibea1
José Luis Canet
Universitat de València
Los talleres de impresión
Como es bien sabido, conservamos tres ediciones de la Comedia de Calisto y Melibea. Empezaré por la edición de Toledo, que fue estampada por Pedro Hagembach2 en el año de 1500 (al parecer en el mes de mayo-junio, según se indica en el paratexto final de Alonso de Proaza). No hace falta repetir aquí que la edición toledana no contiene referencia al impresor, pero se puede deducir por la tipografía utilizada así como por el escudo de los Reyes Católicos de la página final, incluido también en el frontis de El arcipreste de Talavera que fabla de los vicios de las malas mugeres e complexiones de los ombres (20 de julio de 1500), impreso posiblemente algo después de la Comedia, y en la obra de San Jerónimo, Vita divi Hieronymi Pauli primi eremitae, [Toleti, Petrus Hagembach, ca. 1500-1503], en donde aparecen las mismas grecas que enmarcan el grabado del escudo real, y se utilizan las mismas capitulares y letra gótica.

Fig. 1. Capitular P Comedia

Fig. 2. Capitular P Vita divi Hieronymi Pauli

Fig. 3. Capitular Q Comedia

Fig. 4. Capitular Q Vita divi Hieronymi Pauli

Fig. 5. Gótica con letra M, portada de la Comedia

Fig. 6. Gótica con letra M, de Vita divi Hieronymi Pauli

Fig. 7. Escudo final contraportada Comedia Calisto y Melibea

Fig. 8. Escudo final contraportada Vita divi Hieronymi Pauli... 1500-1503?

Fig. 9. Ambrosio Montesino, Cancionero, Sucesores de Hagembach, 1508
Es curioso que a partir de esta edición (o de otra anterior probablemente de Salamanca) los impresores en sus reediciones modifiquen la primera parte de la estrofa final de Alonso de Proaza que remite al año: «El carro de Phebo después de aver dado / mill y quinientas bueltas en rueda...», así como el último verso, en donde se indica el lugar de impresión: «fue en Toledo impresso y acabado.», pero mantienen la alusión al mes de mayo-junio de los versos 3 y 4: «ambos entonce los hijos de Leda, / a Phebo en su casa tienen posentado», referencia que alude a Cástor y Pólux, los gemelos hijos de Leda, y por tanto al signo de Géminis y a las fechas de 21 de mayo-21 de junio3 (excepto la edición de Burgos, que carece de paratextos iniciales y finales).4
Este dato nos debería hacer pensar en que todas las ediciones siguen prácticamente un ejemplar impreso que incluía el paratexto final de Proaza con el año y lugar de la impresión (que no tendría ningún sentido en los manuscritos ni tampoco en los originales de imprenta), a no ser que pensáramos que las imprentas se pusieran de acuerdo en hacer las reediciones de la Celestina en los meses de mayo y junio. Referencia temporal que se modificará años más tarde con la edición valenciana de 1514, al incorporar un colofón posterior a las estrofas del corrector Proaza en el que se indica el impresor, lugar y año de la edición: «Tragicomedia de Calisto & melibea. Agora nueuamente revista & corregida con los argumentos de cada auto en principio. Acabasse con diligencia studio impressa en la insigna ciudad de valencia por Juan joffre a .xxi. de febrero de .M. y .d. y .xiiij. años», colofón indispensable puesto que la estrofa final de Proaza remite a Salamanca y al año de 1500. Otras ediciones más tardías, caso de la de Medina del Campo de 1536, Amberes 1545 etc., suprimen la última estrofa de Proaza porque ya no tiene sentido describir y repetir el «tiempo en que la obra se imprimio» al incorporar los colofones del impresor.
Así pues, muy probablemente la mayoría de las ediciones conocidas de la Comedia y de la Tragicomedia procedan de la copia de impresos anteriores (conpequeñas modificaciones realizadas por los correctores y editores),5 excepto el ejemplar de Burgos, falto de los paratextos iniciales y finales (muy probablemente mutilados por algún librero con la intencionalidad de hacer parecer esta edición como la más antigua y por tanto venderla a precios mucho más elevados al considerarse la princeps).6 Además, esta edición burgalesa no podría incorporar los versos finales de Proaza en el caso que fuera de 1499, puesto que es imposible construir el verso de la octava con dicha fecha, ya que quedaría así:
El carro de Phebo después de aver dado
mill y cuatrocientas noventa y nueve bueltas en rueda [...]
Pero volvamos al impresor Pedro Hagembach. Una vez asentado en Toledo, publicó en el año de 1500 los siguientes ejemplares conocidos:
– Fernando Díaz de Toledo, Las notas del relator con otras muchas añedidas, Toledo, Pedro Hagembach, 7 de enero de 1500. 144 f.
– Missale mixtum secundum regulam beati Isidori, dictum mozarabes, 9 de enero de 1500. A cargo de Melchioris Gorricii. 480 f.7
– Lucio Anneo Séneca, Proverbios de Séneca glosados por Pedro Díaz de Toledo, Toledo, Pedro Hagembach, 10 de febrero de 1500. 10+144 f.
– Antonio García de Villalpando, Instrucción de la vida cristiana, impresa en Toledo, el 25 de febrero de 1500 por Pedro de Hagembach. 57 h.8
– Oraciones sacras ad plenum collecte summaque vigilantia emendate insuper et alique que defuerant addite que per totum aunum in Ecclesia cantant, cum lectionibus et responsorijs de Iob, Toledo, Pedro Hagembach, 13 de abril. 88 f.
– Juan Gerson, Libro de remedar a Christo e del menosprecio de todas las vanidades del mundo, Pedro Hagembach, 31 de mayo de 1500. 110 f.
– Comedia de Calisto y Melibea, [Toledo, Pedro Hagembach, mayo-junio 1500]. 80 h.
– Diego de San Pedro, Cárcel de amor, Toledo, Pedro Hagembach, 2 de junio de 1500. 112 h.
– Martínez de Toledo, Alfonso, El arcipreste de talavera que fabla de los vicio de las malas mujeres e conplexiones de los onbres, Pedro Hagembach, 1500 (20 julio). 52 f.
– Juan Infante, Los libelos del doctor Infante. Forma Libelandi, Toledo por maestro Pedro Hagembach, 5 de agosto, 1500.9 22 h.
– Petrus Dorlandus, Viola Animae, seu Dialogus de hominis natura. 31 de agosto de 1500 (lleva escudo del arzobispo de Toledo al fin). 140 f.
A estos ejemplares podemos añadir otros dudosos en cuanto a la fecha:
– Abad Don Juan de Montemayor, Comie[n]ça el Libro del abad don Juan señor de Mo[n]te Mayor en el qual se escriue todo lo que le acontescio con don Garcia su criado... [Toledo, Pedro Hagembach, ca. 1500-1503]. 40 h.
– San Jerónimo, Vita divi Hieronymi Pauli primi eremitae, [Toleti, Petrus Hagembach, ca. 1500-1503]. 12 h.
– Historia del emperador Carlomagno (Carlos Mayñes), [Toledo, Pedro Hagembach, ca. 1500-1503]. 78 h.
– Leyes del estilo y declaraciones sobre las leyes del Fuero, [Toledo, Pedro Hagembach, c. 1500-1502].10
– Proceso de la vida de Ángela de Fulginio, [Toledo, 1500?, Pedro Hagembach?]
– Historia de la Donzella Theodor, [Toledo, Pedro Hagembach, ca. 1500-1503]. 32 h.; 4º.
A partir de estos datos podemos deducir que la imprenta de Pedro Hagembach estaba en pleno funcionamiento en el año 1500, fecha de la edición de la Comedia de Calisto y Melibea. Según Cristóbal Pérez Pastor:11
aparece en Toledo Pedro Hagembach, imprimiento de 1498 a 1502 varios libros de condiciones tipográficas excelentes, que se pueden comparar, sin desmerecer, con los mejores incunables, no sólo de España, sino de fuera de la Península. Además de usar siempre un papel magnífico y de las mejores marcas, inmejorables tintas y fundiciones nuevas, sus obras ofrecen la particularidad de estar exentas de erratas, hasta el punto de ser sumamente difícil encontrar una de ellas. Tuvo la suerte, además de encontrar un editor entendido y rico en Melchor Gorricio, y ambos la protección de un Mecenas tan espléndido como el Cardenal Cisneros.
Efectivamente, gran parte de su producción es excelente y con muy pocas erratas, sobre todo las obras religiosas y las financiadas por Gorricio y el Arzobispo de Toledo. Sin embargo, la Comedia de Calisto y Melibea es un impreso compaginado rápidamente, con muchísimas erratas y con fallos en la cuenta del original,12 lo que obligó a los operarios a la inclusión de palabras y frases ajenas al texto al final de ciertas formas para completar la caja,13 e incluso en el papel no se encuentra marca alguna, según la descripción que hace del original Daniel Poyán.14 Lo que nos puede hacer pensar que muy probablemente las prensas de Hagembach estaban saturadas de trabajo y tuvo que incorporar a algún cajista (o componedor) no demasiado curtido en las artes tipográficas para la realización de esta comedia, probablemente considera como obra menor en relación a los otros encargos. Apoyaría esta idea el que en las Actas Capitulares de la Catedral de Toledo, el 12 de agosto hay un acuerdo capitular para dispensar a Alfonso Ortiz de su presencia en el coro por estar corrigiendo el Misal mozárabe (véase nota 6).
Veamos lo que propone Alonso Víctor de Paredes15 sobre los componedores y correctores:
Capitulo Dezimo
De la Correccion, y obligaciones que deven observar, assi el Corrector,como el Componedor, y el de la prensa.
...hallo quatro suertes de Correctores diferentes, que el tiempo, y el poco util de las impressiones ha ocasionado algunos. El primero es, quando el Corrector es buen Gramatico, y entendido en la Teologia, Iurisprudencia, ò otra qualquiera ciencia; pero no ha sido Impressor: este tal corregirà admirablemente Latin y Romance, con toda perfeccion: mas si le ponen una plana traspuesta, un folio errado, ò una signatura trocada, como lo corregirà si no lo entiende? El segundo es, quando el Corrector es Impressor, y juntamente Latino, y algo leido en historias, y en otros libros, como yo he conocido algunos; y no ay duda sino que estos son mas a proposito. El tercero es, quando el poco util de las impressiones no da lugar a mas, y es preciso encargar la correccion al mas experto Componedor, con quien se halla en su casa el maestro, aunque no sea Latino; este tal puede suplirse si en hallando alguna dificultad en el Latin lo consulta con el Autor, ò con personas entendidas, y se sujeta al mejor parecer. El quarto es, quando el dueño de la Imprenta no es Impressor, sino Mercader de libros ò son viudas, ò personas que no lo entienden; y no obstante quieren corregir, ò lo encargan a personas que apenas saben leer... (42r y 42 v).
En el caso de la comedia toledana, muy probablemente la función de corrector de pruebas se le haya encargado a un componedor por las erratas que posee y que no fueron subsanadas parando la tirada; es decir, en esta edición la imprenta de Hagembach no utilizó un corrector que revisara en el propio taller cada página salida de la prensa. Si fue así, ¿cuál sería la función de Alonso de Proaza, que aparece como corrector en el paratexto final? Posiblemente ninguna, porque se estaría realizando la edición a partir de otra existente (quizás la de Salamanca de 1500, que es la que copiaría el impreso valenciano de Jofré de 1514). En dicho caso, la fecha de impresión de la Comedia de Toledo no tendría que ser la de mayo-junio, pues estaría reproduciendo otra edición anterior, como así harán gran parte de las reediciones posteriores de la Comedia y de la Tragicomedia.
La Comedia sevillana fue impresa por Estanislao Polono en 1501. Tanto Polono como su compañero Meinardo Ungut llegaron a España en 1490 llamados por los Reyes Católicos, procedentes posiblemente de Nápoles, dada lasimilitud de sus tipos con los del napolitano Mathias Moravus.16 Después de la muerte de Meinardo en 1499, Estanislao siguió su actividad en Sevilla hasta 1502, año en que se traslada a Alcalá de Henares donde residirá hasta 1504, esta vez requerido por el arzobispo Francisco Jiménez de Cisneros, para quien llevó a cabo varios trabajos. En 1503, al mismo tiempo que desarrollaba su labor en Alcalá, volvió a establecerse en Sevilla junto a Jacobo Cromberger.17 Cabe resaltar la amplia producción de obras literarias de estos impresores que ocupa casi un 25% de sus estampaciones.
De entre sus impresos de los años 1500-1501 selecciono:
– Juan Infante, Forma Libelandi, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (20 marzo).
– Fernando del Pulgar, Claros varones de España, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (14 abril).
– Santillana, Marqués de (Iñigo López de Mendoza), Los proverbios. Tractado de providencia contra fortuna, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (3 junio).
– Capítulos de lo que han de guardar los gobernadores, asistentes, corregidores..., Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (9 junio).
– Liber formalitatum... vulgo nominatum Metaphysica, atribuido a Pedro Dagui, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (22 junio).
– Pedro Dagui, Ianua artis Raymundi Lulli, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (26 junio).
– Ordenanzas reales sobre los paños, hechas por Fernando V e Isabel I de Castilla. Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (26 septiembre).
– Summa errorum et haeresium per inquisitiores haereticae pravitatis damnatarum, Sevilla, Estanislao Polono, 1500.
– Formalitates breves, Sevilla, Estanislao Polono, 1500.
– Ordenanzas reales sobre los paños, hechas por Fernando V e Isabel I de Castilla, Sevilla, Estanislao Polono, 1501 (1 marzo).
– Agustín, Santo, Doctrina cristiana, Sevilla, Estanislao Polono, 1501 (26 agosto).
– Roberto Gaguin, De puritate virginis marie cum aliis operibus, Sevilla, Estanislao Polono, 1500-1501.
– Comedia de Calisto y Melibea, Sevilla, Estanislao Polono, 1501.18 Al ser un ejemplar poco conocido y descrito, quisiera resaltar que al igual que el de Toledo, termina la obra con un escudo real de los Reyes Católicos.

Fig. 10. Contraportada Comedia Calisto y Melibea, Sevilla, 1501
Este grabado es el mismo que el de las Ordenanzas reales de Castilla o Libro de las leyes de Alfonso Díaz de Montalvo [Sevilla], a costa de Lazaro de Hazanis, Menardo Ungut Alleman y Lançalao Polono compañeros, 1498, 29 de marzo y el de las Ordenanzas Reales sobre los paños hechas por Fernando V e Isabel I de Castilla Granada, 15 sep. 1500, Estanislao Polono a expensas de Niculoso de Monardis, 26 de noviembre de 1500.

Fig. 11. Portada Ordenanzas reales, 1498

Fig. 12. Ordenanzas reales sobre los paños, 1500
Y finalmente, la Comedia de Burgos, ¿1499-1502?, realizada por Fadrique Biel, alemán de Basilea, residente en la ciudad de Burgos a partir de 1482. Este impresor trabajó sin interrupción hasta 1502-1503 y sus obras son en general de gran perfección, debido sobre todo al gran número de letrerías que poseía (hasta un total de 15 góticas y una redonda); lo mismo podríamos decir de sus materiales ornamentales y xilografías.19 A partir de 1501 se produce un periodo de menor actividad en la imprenta de Fadrique (relacionada con la crisis que afecta prácticamente a todo el país). Gracias a los encargos realizados por el obispo de Burgos D. Pascual de Ampudia y por el Cabildo pudo sobrevivir hasta 1509, en donde vuelve a recuperar su ritmo de trabajo. Cabe reseñar que en 1512 recibirá encargos del impresor Arnao Guillén de Brocar, con sede en Alcalá y al servicio de Cisneros (posiblemente al tener saturada su imprenta con la estampación de la Biblia Políglota).
Entre sus producciones, recojo aquellas más importantes entre los años 14991502 (posibles fechas de estampación de la Comedia):
– Leyes por la brevedad y orden de los pleitos. Burgos, Fadrique de Basilea, 1499 (26 junio).
– Antonino de Florencia, Suma de Confesion llamada Defecerunt, Burgos, Fadrique de Basilea, 1499 (julio).
– Homiliarius doctorum, vel diversorum auctorum in Evangelia quae cantantur dominicis diebus, Burgos, Fadrique de Basilea, 1499-1500.
– Flor de virtudes, Burgos, Fadrique de Basilea, 1499.
– Nebrija, Antonio de, Muestra de las antigüedades de España, Burgos, Fadrique de Basilea, 1499.
– La historia de los nobles cavalleros Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe, Burgos, Fadrique de Basilea, 1499.
– Bade, Josse, Stultiferae naves, Burgos, Fadrique de Basilea, 1500, 18 de febrero.
– Leyes del cuaderno nuevo de las rentas de las alcabalas, Burgos, Fadrique de Basilea, 1496-1499.
– Confesional del Tostado, Burgos, Fadrique de Basilea, 1500.
– Nebrija, Antonio de, Vafre dicta philosophorum, cum glossematis, Burgos, Fadrique de Basilea, c. 1500.
– Respuesta del obispo de Ávila a una petición del Conde don Álvaro de Estúñiga sobre la exposición de la misa, Burgos, Fadrique de Basilea, 1500.
– Juan Infante, Forma libelandi, Burgos, Fadrique de Basilea, 1500.
– Lucio Marineo Sículo, De Hispaniae laudibus, [Burgos, Fadrique de Basilea, 1500]
– Leyes del cuaderno nuevo de las rentas de las alcábalas, Burgos, Fadrique de Basilea, 1500.
– Proba Falconia, Vergilii centones Veteris et Novi Testamenti, [Burgos, Fadrique Biel de Basilea, c.1500]
– Fernández de Villegas, Pedro, Flosculus sacramentorum, Burgos, Fadrique de Basilea, 1498-1500.
– Publio Léntulo, Epistola Publii Lentuli ad Senatum Romanum de statura et forma Christi, [Burgos, Fadrique Biel de Basilea, c. 1500].
– Manuale Burgense, Burgos, Fadrique de Basilea, 1501.
– Lectiones quorundam sanctorum nunc denuo summa cura ac diligentiae correctae..., Burgos, Fadrique de Basilea, noviembre de 1501 y julio de 1502.
– Coplas hechas por mandado de un señor el qual tenía un mozo adivino «Tengo un moço mentiroso». Coplas a una señora que pasaba por la pertenencia del enamorado «Señora quando passays», [Burgos, Fadrique Biel de Basilea, c. 1500-05].
– Comedia de Calisto y Melibea, [Burgos, Fadrique de Basilea, 1499-1502].20
Ya traté del estema de la Comedia en mi edición de la Comedia de Calisto y Melibea, pero insisto de nuevo en otro artículo, que tengo muy avanzado, en el que posiblemente pueda demostrar fehacientemente que la edición de Burgos no sirvió de original a las de Toledo y Sevilla.
Los que defienden el año de 1499 se basan, ante todo, en el escudo final, que ya hemos indicado, como hizo Francisco Vindel y otros, que es una mixtificación, al parecer una impresión facsimilar realizada en 1795, como propone Charles Brunet:
Toutefois il fut constaté alors que le dernier feuillet, portant la marque (reportée) de l’imprimeur, avec la date 1499, était d’une impression moderne imitant d’anciens caractères, mais sur un papier, dont les vergeures laissent apercevoir la date de 1795, preuve trop certaine d’une fraude qui probablement avait déjà été reconnue a la vente Heber, ce qui aura empéché les enchères de s’élever.21
Aunque dicho escudo del impresor resultara cierto, no implicaría que la edición fuera de ese año por diversas razones. La más importante es que el escudo empezó a usarse en 1499, pero el impresor lo siguió utilizando sin modifi hasta 1502. Por ejemplo, se incluye en la última página del Confesional del Tostado, 1500.

Fig. 13. Confesional del Tostado, Fadrique, 1500
Como colofón en Lectiones quorundam sanctorum nunc denuo summa cura ac diligentiae correctae... noviembre de 1501 y julio de 1502:

Fig. 14.Colofón Lectiones, Fadrique, 1501
En años posteriores modificará el escudo el impresor al borrarle el año y quitar algunas sombras para resaltar más las iniciales de su nombre, que deberían haberse estropeado por el uso, como aparece, por ejemplo en La tradución del Dante de lengua toscana en verso castellano, por el Reuerendo don Pedro Fernández de Villegas arcediano de Burgos y por el comentado, allende de los otros glosadores, 1515: o en el Tractatus de penitentiis et actibus pentitentium et confessorum, 1516:

Fig. 15. Colofón La traducción del Dante de Villegas, Fadrique, 1515

Fig. 16. Tractatus de pentientiis, Fadrique, 1516
Hay que resaltar, además, que Fadrique Biel cuando utiliza su escudo de impresor lo suele incluir en el colofón. Pero si el escudo va solo, caso del Confesional del Tostado del año 1500, entonces lo coloca en la última página del libro, correspondiente al vuelto de la hoja final (contraportada), cosa que no se da en la Comedia de Calisto y Melibea, lo que nos hace dudar cada vez más de este ejemplar, ya que la manipulación que se hizo seguramente a fines del siglo XVIII fue a conciencia, pero no por verdaderos profesionales de la incunabulística europea, quienes no hubieran cometido tantos errores: desde raspar las letra de las signaturas aij, aiij y aiiij para convertirlas en ai, aij y aiij, y así asimilar la primera página a la portada (enmarcando la página inicial con líneas rojas) y presentar el libro como completo, hasta el corte del cuadernillo final, quitándole un folio o más (dejándolo de tres hojas, formato imposible en la imprenta de la época) y añadiéndole una hoja con papel moderno en la que se imprime el escudo tipográfico del impresor de Basilea facsimilado junto con los mismos marcos rojos de la portada, pero colocándolo todo en un lugar inapropiado.
Mecenas, mercaderes y libreros
Al parecer, entre estos tres talleres hay una serie de conexiones que tienen que ver con los mercaderes y libreros así como con su relación con los poderes religiosos y monárquicos. Pedro Hagembach, impresor de origen alemán y residente en Valencia, fue llamado a la ciudad de Toledo para ponerse al servicio del arzobispo Cisneros; Estanislao Polono llegó a España en 1490 a petición de los Reyes Católicos; posteriormente, en 1502 se traslada a Alcalá de Henares requerido por Cisneros; Fadrique Biel, trabajó continuamente para el Cabildo y el Obispo de Burgos, D. Pascual de Ampudia, y años más tarde colaboró con el impresor del Cardenal Cisneros, Arnao Guillén de Brocar. Además, estos impresores entraron al servicio de grandes prelados por mediación de mercaderes y libreros, quienes financiaron muchas de sus ediciones. Este sería el caso de Melchor Gorricio, una figura clave en las relaciones entre las diferentes imprentas y la curia diocesana.
El cardenal González de Mendoza (1428-1495) conoció a Melchor Gorricio en Venecia, cuya profesionalidad como editor había comprobado al ser el encargado de la edición del Breviario toledano en 1483 y 1492, por lo que lo hizo venir a España, en donde estampó muchos libros en Toledo y Sevilla.22 Años después, en 1499, Cisneros patrocinó y costeó el Missale mixtum, secundum ordinem et regulam sancte ecclesie Toletane hispaniarum metropilitane cuyo editor fue Melchor Gorricio, y el canónigo Alonso Ortiz el encargado de corregir los errores y la modernización de la edición anterior veneciana.23

Fig. 17. Missale, 1

Fig. 18. Missale, 2

Fig. 19. Missale, 3
Melchor Gorricio en 1500 patrocinó el Missale mixtum secundum regulam beati Isidori, dictum mozarabes, cuyo revisor fue también Alfonso Ortiz. Este mercader y librero tenía dos hermanos, Gaspar y Francisco. El Padre Fray Gaspar Gorricio llegó a ser procurador del convento de la cartuja de Santa María de las Cuevas en Sevilla, y hombre de confianza y tesorero de Cristóbal Colón y de sus herederos. Fue también autor de unas Contemplaciones sobre el Rosario, que el canónigo de Sevilla, Juan Alfonso de Logroño, tradujo al castellano y se estamparon por Ungut y Polono en 1495.24 Francisco Gorricio actuó como editor de las Constituciones del Arzobispado de Toledo, ordenadas por Fr. Francisco Jiménez de Cisneros. E la Tabla de lo que han de enseñar a los niños, a expensa de Francisco Gorricio, 22 diciembre, 1498 [Salamanca, Tip. de Nebrija].

Fig. 20. Incunable Constituciones del Arzobispado de Toledo
Santiago Aguadé Nieto25 comenta la estrecha relación entre Melchor Gorricio y el Cardenal Cisneros a través de las Cuentas encontradas en la BNM sobre los pagos a libreros y editores por el Arzobispo de Toledo y del primer inventario de la biblioteca del Colegio de San Ildefonso en Alcalá. En dichas cuentas aparecen asientos por entregas de libros realizadas por el librero Melchor Gorricio a diferentes personalidades, pero también los pagos recibidos por la financiación de ediciones:
Las entregas de cantidades en metálico ordenadas por Cisneros a los Gorricio con vistas a la financiación de ediciones de libros comienzan, de acuerdo con las Cuentas, en 1497, año en que se da orden a Juan de Viana de pagarle a Francisco 4.100 maravedíes, a los que se suman otros 2.750 maravedíes de las rentas del receptor de Toledo dos años más tarde, en 1499, sin que se especificara de qué libros se trataba ni quién habría de recibirlos, aunque lo lógico es pensar que iban destinados a la impresión de las Constituciones.
Pero el flujo de dinero culmina en 1498, cuando el prelado ordena hacer entrega a Melchor de 150.000 maravedíes como anticipo del pago de los 40 misales y otros tantos breviarios que el mercader editor entrega a lo largo de los años 1501, 1502, 1503, 1504, a la reina Isabel, al propio Cisneros, a la Capilla Mozárabe, al camarero don Carlos de Mendoza, al Vicario general, doctor Villalpando y a la iglesia de San Marcos de Toledo.
Por consiguiente, la información contenida en las Cuentas pone de relieve el hecho de que el auténtico financiador de la edición de los misales toledanos de 1500 había sido Cisneros, que había adelantado en 1498 los fondos necesarios a cargo de las rentas de la diócesis, y recuperaba su inversión años después en libros cuyos precios, variables en función de sus características, se hacen constar, pero que, además, había pagado una parte del costo de la edición del Breviaro Toledano llevada a cabo en Venecia por su predecesor. En realidad ambos hermanos actúan como sus agentes, tal como indica Alvar Gómez de Castro, que se refiere únicamente a Melchor.
Sin embargo, este último no interviene sólo en las ediciones litúrgicas del cardenal, que aparece ordenando, el 18 de febrero de 1505, el libramiento a su favor de 12.980 maravedíes, 2.580 destinados a sufragar los gastos de impresión de algunas obras de san Juan Clímaco, y los 10.400 restantes los de 104 ejemplares de las obras de la beata Ángela de Foligno y otros 104 volúmenes de otras obras de san Juan Clímaco en romance y otros 106 en latín, con la particularidad de que los 4 y 6 respectivamente que sobrepasan la centena impresos en pergamino.
Es importante entresacar la fi de libros de literatura mística por el Cardenal, pero también el pago a Francisco Gorricio para la impresión, probablemente, de las Constituciones del Arzobispado de Toledo, impresas en Salamanca, pero con un claro afán de enseñar a los niños dependientes de su arzobispado.
Pedro Sainz Rodríguez ya hizo un avance de las publicaciones cisnerianas, con obras como las de San Antonino, Confessionale «Defecerunt» (en castellano), Summa de confesion, [Burgos, Fadrique Biel de Basilea, c. 1497]; Constituciones del Arzobispado de Toledo, ordenadas por Fr. Francisco Jiménez de Cisneros. E la Tabla de lo que han de enseñar a los niños, a expensa de Francisco Gorricio, 22 diciembre, 1498 [Salamanca, Tip. de Nebrija]; Missale Toletanum, Toledo, Pedro Hagembach, Melchioris Gorricii, 1 de junio de 1499; Petrus Dorlandus, Viola Animae, seu Dialogus de hominis natura, 31 de agosto de 1500 (lleva escudo del arzobispo de Toledo al fin); Missale mixtum secundum regulam beati Isidori, dictum mozarabes, 9 de enero de 1500, a cargo de Melchioris Gorricii; Proceso de la vida de Angela de Fulginio, [Toledo, 1500?, Pedro Hagembach?]; Antonio García de Villalpando, Instrucción de la vida cristiana, impresa en Toledo, el 25 de febrero de 1500 por Pedro de Hagembach; Alfonso Balboa, Dechado de religiosas, Toledo, Pedro Hagembach, 10 septiembre, 1501; Breuiarium secundum regulam beati hysidori, [Al fin]: Toleti, impensis Melchioris Gorricij, per Petrum Hagembach, 1502; etc. Únicamente he intentado centrarme en los años 1498-1502, periodo que nos interesa por ser cercano al de las impresiones de la Comedia.
Todo ello sin tener en cuenta otras posibles ayudas a impresores y libreros de otras ciudades, que posiblemente algún día lleguemos a saber, como indicaba Pedro Sainz Rodríguez, si conseguimos descubrir todas las cuentas del arzobispo y después cardenal Cisneros.26
En relación al mercader y librero Melchor Gorricio es intersante su predilección por la edición de libros literarios y docentes, caso de Los Comentarios de Julio César (Toledo, Pedro Hagembach 1498, a costa de Melchior Gorricio); Egidio Romano, Regimiento de Príncipes, trad. de Juan García de Castrojeriz, e impreso en Sevilla por Meynardo Ungut y Estanislao Polono, 1494, a costa de los mercaderes de libros Conrrado Alemán y Melchior Gurrizo; Julián Gutiérrez de Toledo, Cura de la piedra y dolor de la yjada, Salamanca, Pedro Hagembach a costa de Melchor Gorricio Mercader, Toledo, 1498; etc.
Resalta en estos mercaderes-libreros su relación con altos cargos políticos y religiosos a los que ofrecen sus servicios (Reyes Católicos, Cristóbal Colón, cardenal Mendoza, cardenal Cisneros, obispo de Burgos, etc.), así como su interés por obras docentes y religiosas (la mayoría de las veces financiadas por los reyes, arzobispados u obispados). Las obras religiosas tiene mucho que ver con la nueva espiritualidad, caso de las Meditaciones de la vida de Christo del Cartujano, traducidas por fray Ambrosio de Montesino, estampadas por Polono en Alcalá de Henares en cuatro volúmenes, y patrocinadas por Isabel la Católica.
¿Por qué los Gorricio u otros libreros y comerciantes al servicio del Arzobispo de Toledo o incluso de los Reyes Católicos no pudieron ser también los editores y financieros de la Comedia de Calisto y Melibea, tanto de las estampaciones de Toledo, Burgos y Sevilla, como la más que probable de Salamanca? Por los datos que poseemos, parece ser que sí. Aspectos que retomaré más adelante.
Reflexiones finales
Como ya dije en varios trabajos anteriores, la Celestina nació en el seno de la universidad y posiblemente buscó el editor (o editores) al público escolar como posible comprador, si bien unos pocos años después este texto ampliaría enormemente su público receptor, convirtiéndose en un canon literario y cultural, pero aun así, no queda resuelto el problema de las cuatro ediciones en el plazo de un año, más o menos (una en Salamanca —perdida—, otra en Toledo, e inmediatamente otras dos, una en Sevilla y otra en Burgos —o al revés—). Algo más tuvo que ocurrir en este periodo que va de 1500 a 1502, para que al menos estuvieran en el mercado cuatro ediciones.27
A partir de lo analizado sobre los talleres de impresión de las tres ediciones conocidas de la Comedia, podemos establecer una serie de paralelismos con otras obras más o menos literarias, que probablemente pasaron a ser modelos imitativos en la educación, junto con otras específicamente universitarias (pleitos de derecho, manuales de medicina, leyes y fueros, etc.) y, finalmente, aquellas potenciadoras de una cristiandad renovada, las cuales tuvieron varias ediciones por los mismos impresores:
– López de Mendoza, Iñigo, Marqués de Santillana, Bías contra Fortuna, Sevilla, Estanislao Polono, 1502; Toledo, Pedro Hagembach, 1502?.
– López de Mendoza, Íñigo, Marqués de Santillana, Los proverbios. Tractado de providencia contra fortuna, Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (3 junio); Toledo, Pedro Hagembach, c. 1500.
– El doctor Juan Infante, Forma libelandi, Sevilla, Estanislao Polono, 1497; Sevilla, Estanislao Polono, 1500 (19 marzo); Toledo, Pedro Hagembach, 1500 (5 agosto); Burgos, Fadrique Biel de Basilea, ca. 1500; es un libro de procedimientos de derecho.
– Séneca, Proverbios, Toledo, Pedro Hagembach, 1500 (10 febrero); Sevilla, Ungut y Polono, 1495. Existen otras ediciones anteriores de Zaragoza (Pablo Hurus, 1491) o de Zamora (Antonio de Centenera 1482).
– Arcipreste de Talavera, El arcipreste de talavera que fabla delos vicios delas malas mugeres E complexiones de los hombres, Sevilla, Meinardo Ungut y Estanislao Polono, 1498 (10 mayo); Tratado contra las mugeres que con poco saber mezclado con malicia dicen e facen cosas no debides, Toledo, Pedro Hagembach, 29 octubre 1499; El arcipreste de talavera que fabla delos vicio dlas malas mujeres E con lexiones de los onbres, Toledo, Pedro Hagembach, 1500 (20 julio).
– Alonso de Madrigal, el Tostado, Confessional, Burgos, Fadrique Biel de Basilea, 29 enero 1500; Toledo, Pedro Hagembach, 1501-1503.
– Bocados de Oro, Sevilla, Meynardo Ungut y Estanislao Polono, 1495; Toledo, Pedro Hagembach, 1502.
– San Antonino de Florencia, Confessionale «Defecerunt». Suma de confesión, Sevilla, Meinardo Ungut y Estanislao Polono, 7 abril 1492; Burgos, Fadrique de Basilea (1492) y Fadrique de Basilea, 6 julio de 1499; [Salamanca, Hans Gysser, ca. 1500]; Sevilla, Ladislao Polono y Jacobo Cromberger, 1503; Toledo, Sucesor de Hagembach, 1504.
– Leyes del estilo y declaraciones sobre las leyes del Fuero, Pedro Hagembach, 1498; Burgos, Fadrique de Basilea, 1498; Salamanca, Tipografía de Nebrija, 1500; [Toledo, Pedro Hagembach, c. 1500]28, Salamanca, Juan Gysser, 1502.
– Juan de Mena, Las trezientas, Sevilla, Ungut y Polono, 1496, 12 de enero; Sevilla, con la glosa de Fernán Núñez, por tres alemanes, 1499; Toledo, Pedro Hagembach, 1501 (7 diciembre).
– Juan de Mena, Coronación, Sevilla, Estanislao Polono, 1499, 12 de noviembre; Salamanca, s.i., 1499; Zaragoza, Pablo Hurus, 1499; Toledo, Sucesor de Pedro Hagembach, 1504.
Si a ello añadimos que Estanislao Polono fue el impresor de varias obras de Pere Deguí o Daguí sobre Ramón Llull (quien murió en Sevilla en 1500 y dejó muchos discípulos, entre otros a Jaime Janer, Arnaldo Descós y el propio Cisneros),29 y que el único personaje real conocido de la edición de la Comedia de Calisto y Melibea fue Alonso de Proaza, gran lulista, al igual que el arzobispo de Toledo, quien potenció la edición de sus obras y la creación de las cátedras lulistas en las universidades de Valencia y Alcalá de Henares,30 nonos debería extrañar que en la estampación de la Comedia estuviera detrás un personaje tan ilustre como el Arzobispo de Toledo y/o los Reyes Católicos31 y que esta obra entrara dentro de sus esquemas educativos y potenciadores de una nueva religiosidad.
En 1510, Proaza editó la Disputatio Raymundi et Hamar Sarraceni primo habita inter eos in urbe Rugiae Sermone Arabico, postea translata in Latinium ab eodem Lullo, en la ciudad de Valencia, en el taller de Jofré, impresión en la que incluyó la Bartholomeo Gentili Epistola, una carta-prólogo muy similar a la «Carta del autor a un su amigo» que hallamos en Celestina y que sirve para agradecer al genovés su ayuda económica en la labor de la estampación.32 Volvemos otra vez a las relaciones entre editores-mercaderes-libreros italianos con la nobleza y curia eclesiástica para la edición de textos específicamente filosóficos y docentes.
Podríamos pensar, ¿qué tienes que ver toda esta escuela filosófica con la Celestina? Ya comenté hace tiempo que «en el texto del «antiguo Auctor» está compendiada la problemática entre las diferentes escuelas intelectuales de la época, donde se pone en cuestión la escolástica,33 el uso abusivo de las autoridades, la primacía de la razón sobre la fe de la escuela tomista, las falacias de la lógica tradicional, e incluso las fórmulas compositivas poéticas, invirtiendo todos los esquemas de la enseñanza tradicional».34 Tanto la Metaphysica de Daguí35 como el de Nova logica y el Ars inventiva veritatis (editados estos últimos por Proaza) reconstruyen una lógica crítica con la escolástica aristotélica, configurándose una síntesis escotista-lulista más de acorde con la tradición parisina y franciscana.36 Aspectos que resurgirán con fuerza a propuesta de Cisneros años después en la nueva universidad de Alcalá a través de las ediciones lulianas de Arnao Guillén de Brocar y financiadas de nuevo por el Cardenal.37 También sucederá lo mismo en el Estudio General de Valencia, con la figura de Proaza y posteriormente de su discípulo Joan Bonllaví, editor del Blanquerna, y de la Logica Nova. La edición valenciana del Blanquerna aparece en un contexto de relaciones estrechas y constantes entre los diversos núcleos peninsulares: Valencia, Alcalá, Barcelona, y el insular de Mallorca.38 Los gastos de impresión corrieron a cargo de Gregorio Genovart, canónigo mallorquín que había sido maestro de Nicolau de Pacs o Pax.39
Pero además de todos estos aspectos que relacionan la filosofía luliana con la Comedia de Calisto y Melibea, habría que incluir otros conectados con la filosofía moral (ética). A partir de la traducción de la Ética a Nicómaco por Leonardo Bruni en el siglo xV, se desarrolló una amplia controversia en los círculos nobiliarios y universitarios, en la que participaron grandes humanistas como Pier Cándido Decembrio, Filelfo, Lorenzo Valla, etc., y en España se escribieron muchos tratados morales pensados y dirigidos a los diferentes círculos nobiliario-eclesiásticos: corte de Alfonso el Magnánimo, corte de Juan ii y Enrique iV, círculo de los Mendoza y círculo del arzobispo Alfonso Carrillo, del arzobispo Cisneros, etc.40
Me centraré en Alfonso Ortiz, canónigo de la catedral de Toledo, personaje para mí de gran importancia en los últimos decenios del siglo xV. Desde 1496 colaboró con el arzobispo de Toledo en la recuperación del rito mozárabe de la diócesis, y fue el encargado de revisar las impresiones del Missale Toletanum (Toledo, Pedro Hagembach, a cargo de Melchor Gorricio, 1 de junio de 1499) y del Missale mixtum secundum regulam beati Isidori, dictum mozarabes (9 de enero de 1500, también a cargo de Melchor Gorricio). El propio Ortiz ya había colaborado en la reedición de muchos textos litúrgicos de obispos anteriores. Además, es autor de un Diálogo sobre la educación del príncipe don Juan, una Consolatoria por la muerte del príncipe Don Juan, Los tratados, publicados en Sevilla en 1493 y un Liber dialogorum, en manuscrito y nunca editado, escrito entre 1467-1475 y dedicado al Arzobispo Carrillo. Como ya comenté en otro trabajo,41 Ortiz ataca en el Liber dialogorum al De vita beata de Lucena, y tiene puntos en común con el De Vero Bono de Lorenzo Valla. Es un texto que entraría de lleno en ese intento de cristianizar de nuevo la filosofía moral peripatética, platónica y estoica, centrándose ante todo en la vida futura, pues el «bien» ha dejado de ser terrenal y únicamente se concibe como «sumo bien», y la felicidad se transforma en «bienaventurança». Aspectos que encontramos en la Comedia de Calisto y Melibea.42
Además, si aceptamos la tesis de Alphonse Vermeylen43 de que la frase en el parlamento de Sempronio del primer Acto, donde dice: «¿No has rezado en la festividad de sant Juan, do dize: Esta es la mujer, antigua malicia...?», que hace referencia al sermón de Pedro Crisólogo, pero en este caso relacionado con el comentario al capítulo 14 del evangelio de San Mateo (según la liturgia mozárabe), y no referido al de San Marco, como sería el caso en la liturgia romana; y si tenemos en cuenta, además, que los códices de esta liturgia en letra visigótica eran muy difi de leer y entender incluso por los clérigos, podemos pensar perfectamente que el que compuso la Comedia, al menos el primer Auto, debería tener una más que probable relación con el grupo de Alfonso Ortiz y/o los párrocos que le ayudaron en la confección del Misal mozárabe. Si bien no pienso, como hace Alphonse de Vermeylen, que el autor del primer Auto de la Comedia de Calisto y Melibea, por su conocimiento del latín y la perfecta traducción de la cita del misal mozárabe, sea un clérigo de las parroquias más antiguas de Toledo o de alguno de los conventos de los alrededores que todavía mantenían dicha liturgia.
Finalmente, quisiera resaltar el escudo real en la página final (contraportada) de las ediciones toledana y sevillana de la Comedia. Pienso que no es casual esta incoporación a las primeras ediciones de la Celestina (si exceptuamos la de Burgos, puesto que carecemos del folio o folios finales). Si analizamos la producción de las imprentas aquí estudiadas, sobre todo las de Pedro Hagembachy Estanislao Polono, podemos inferir que el uso de los escudos está muy delimitado. Así será usual encontrar el escudo de los arzobispos cuando las obras estén estrechamente relacionadas o financiadas por ellos. En la imprenta de Hagembach, y en los años que nos ocupan, se incluye el escudo real en El arcipreste de talavera que fabla de los vicio de las malas mujeres e conplexiones de los onbres (1500), en la Vita divi Hieronymi Pauli [1500-1503] (obra que ya había salido de las prensas de Fadrique de Basilea c. 1498), y en el Cancionero de Ambrosio de Montensino,44 franciscano que perteneció a la corte de los Reyes Católicos. Por tanto, textos de una nueva espiritualidad o de personas de confianza de los Reyes Católicos, sobre todo de Isabel, quien potenció sus ediciones.
Por su lado, el escudo de los Reyes Católicos usado en la Comedia de Calisto y Melibea sevillana de Polono se incluyó también en la última página de las Ordenanzas reales de Castilla o Libro de las leyes, Sevilla, 1498, y en las Ordenanzas Reales sobre los paños hechas por Fernando v e Isabel i de Castilla Granada, 15 sep. 1500, Estanislao Polono a expensas de Niculoso de Monardis, 26 de noviembre de 1500.45
Posiblemente, la edición burgalesa llevara un escudo real en la última hoja, ya que sería algo difícil que terminara con el colofón en página par. El propio Fadrique de Basilea también utilizó el escudo real en diversas Ordenanzas reales.
Pienso, pues, que las primeras ediciones de la Comedia tuvieron mucho que ver con mercaderes-libreros al servicio de los poderes civiles y/o religiosos, los cuales financiaron múltiples ediciones casi simultáneas a instancias de la realeza y de la curia (arzobispo de Toledo), en un intento de defender y proponer una nueva religiosidad y educación a los jóvenes, y la Comedia de Calisto y Melibea seguramente entró por su forma y contenido dentro de sus esquemas renovadores.
1 Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto de Investigación FFI2011-25429, concedido por el Ministerio de Economía y Competitividad.
2 Impresor de origen alemán, instalado en Valencia con seguridad en 1493, aunque posiblemente estuviera antes en dicha ciudad, puesto que existen varios documentos de 1491 que han sido asociados a su taller. En Valencia trabajó junto al impresor de origen alemán Leonardo Hutz. En la ciudad del Turia, gran parte de sus obras fueron financiadas por el mercader Jaime de Vila. Después de un periodo del que nada se sabe, aparece en Toledo en 1498, donde llegó llamado por el conocido comerciante italiano y librero Melchor Gorricio.
3 Existen diferencias sustanciales respecto a las fechas a las que alude la constelación de Géminis al ser recorrida por el sol. Según los astrónomos, hay un desfase que se produce por un fenómeno denominado precesión de los equinocios, y por tanto las fechas astrales serían entre el 21 de junio – 21 de julio; pero en el siglo xv-xvi posiblemente correspondieran al periodo mayojunio (como así aparecen relacionados dichos meses con Géminis en las puertas de la catedral de Chartres en París).
4 En la edición de Sevilla 1501: «El carro phebeo despues de auer dado / mill quinientas y una bueltas en rueda / ambos entonces los hijos de leda / a phebo en su casa tienen posentado / [...] fue en Sevilla impresso y acabado». En la Tragicomedia, Zaragoza, 1507: «El carro de Phebo despues de auer dado / mil quinientas y siete bueltas en rueda: / ambos entonce los hijos de Leda /a Phebo en su casa tenien posentado / [...] fue en çaragoça impresso acabado». Pero ya se modifica en Valencia, 1514: « carro phebeo despues de auer dado / mill & quinientas bueltas en rueda / ambos entonçes los hijos de Leda / a phebo en su casa tenien possentado / [...] fue en Salamanca impresso acabado», que hizo presuponer a la crítica de que se estaba utilizando una edición de Salamanca anterior a la estampación de esta copia y la siguiente valenciana.
5 Por ejemplo, la edición de la Comedia sevillana de 1501 para hacer resaltar la novedad de su versión incluye en la portada: «con sus argumentos nuevamente añadidos»; en la Tragicomedia de 1507 de Zaragoza: «nuevamente añadida lo que hasta aqui faltava de poner en el processo de sus amores»; en la de Valencia de 1514: «Tragicomedia de Calisto y Melibea, nuevamente revista con addicion de los argumentos de cada un auto en principio»; etc.
6 Ya Francisco Vindel puntualizaba sobre el ejemplar de Burgos: «¿Falta la portada? Comienza la signatura en ai. El ejemplar está incompleto, y la marca de Fadrique que figura al fin es una mixtificación. No creemos que este libro sea incunable, aunque sí impresión de Fadrique de Basilea, hacia 1501 a 1505», El arte tipográfico en España durante el siglo xv, editado por la Dirección Gral. de Relaciones Culturales, Madrid, 1951-1959, tomo iv, pág. 291, ficha 91.
7 Según las Actas Capitulares de la Catedral de Toledo, el 12 de agosto de 1500 hay un acuerdo para dispensar a Alfonso Ortiz de su presencia en el coro por estar corrigiendo este Misal mozárabe. Según Ramón Gonzálvez, la corrección del misal duró más de siete meses y la operación de impresión no había comenzado todavía en agosto de 1500. La fecha de enero corresponde al momento de la composición tipográfica. («Cisneros y la reforma del rito hispano-mozárabe», conferencia pronunciada en el Congreso sobre «Cisneros y la Biblia Complutense», celebrado en la Loyola University, Chicago (USA), 7 a 12 de junio de 1999, pp. 165-207; la cita en pág. 197. En línea: http://www.realacademiatoledo.es/files/anales/0040/05.pdf
8 No se conserva ejemplar. Lo citan: Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Vetus, Reedición facsimilar, Madrid, Visor Libros, 1996, 2 vol. ii, p. 351; K. Haebler, Bibliografía ibérica del siglo xv. Enumeración de todos los libros impresos en España y Portugal hasta el año de 1500, La Haya-Leipzig,1903-1917, item 291; Francisco Vindel, El arte tipográfico en España durante el siglo xv, Madrid, 1945-1954, t. 6, p.119, nº 33; A. Palau, Manual del librero Hispano-americano, Barcelona, Sub. anticuaria de A. Pa- lau, t. 6, p. 121; Francisco Méndez, Tipografía española..., Madrid, 1861, p. 148 y p. 308; Cristóbal Pérez Pastor, La imprenta en Toledo..., Madrid, Imprenta y fundición Manuel Tello, 1887, p. 17.
9 Vid. José María Torres Pérez, Catálogo de incunables de la Biblioteca de la Universidad de Navarra, con prólogo de Julián Martín Abad, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2003, núm. 37.
10 Frederick J. Norton, A Descriptive Catalogue of Printing in Spain and Portugal, 1501-1520, núm. 1030, piensa que es de 1502 y de los sucesores de Hagembach.
11 La imprenta en Toledo: descripción bibliográfica de las obras impresas en la imperial ciudad desde 1483 hasta nuestros días, Madrid, Imprenta y fundición Manuel Tello, 1887, p. XX.
12 Moll Roqueta, Jaime, «Un cuaderno mal contado en la Celestina de Toledo, 1500», Incipit xxvxvi (2005-2006), pp. 441-444, quien analiza la composición del pliego f, con un error en la cuenta de una página, lo que obliga al componedor a quitar dos líneas en el pliego externo y el añadido de palabras junto con el desarrollo de las abreviaturas de los personajes para completar la forma externa del pliego. Véase también a Francisco Rico, «Crítica textual y transmisión impresa (para la edición de La Celestina)», en Imprenta y crítica textual en el Siglo de Oro. Estudios publicados bajo la dirección de Francisco Rico, ed. de Pablo Andrés Escapa y Sonia Garza, Universidad de Valladolid-Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, Valladolid, 2000, pp. 223-241 y a Remedios Prieto y Antonio Sánchez, «Las abreviaturas en cuatro ediciones tempranas de la Celestina: Toledo 1500, Burgos 1499-1502 (?), Zaragoza 1507 y Valencia 1514. Catalogación, cuantificación y consecuencias editoriales», Celestinesca 38 (2014), en prensa, quienes descubren que la plana b vj r tiene 31 líneas, una menos de las 32 habituales.
13 José Luis Canet, «Introducción» a la Comedia de Calisto y Melibea, Valencia, PUV, 19, pp. 103 y 114-129.
14 La Comedia de Calisto y Melibea, Toledo, Pedro Hagembach, 1500 (edición facsimilar realizada por Daniel Poyán Díaz, Cologny-Ginebra, Biblioteca Bodmeriana, 1961), p. 9.
15 Alonso Víctor de Paredes, Institución y origen del Arte de la Imprenta y reglas generales para los componedores, Edición, prólogo y epílogo de Jaime Moll y Nueva noticia editorial de Víctor Infantes, Madrid, Calambur, Biblioteca Litterae, 1, 2002.
16 Sevilla, Libros Pórtico, 2009, Vol. 1, p. 198.
17 Martín Abad J., y Moyano Andrés I., Estanislao Polono, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá Centro Álvarez Márquez, MC., Impresores, libreros y mercaderes de libros en la Sevilla del quinientos: Impresores,Internacional de Estudios Históricos Cisneros, 2002, p. 22 y ss.
18 Para una descripción del ejemplar único conocido, encuadernado junto a unos versos manuscritos franceses, véase a Marta Albalá Pelegrín, «Un códice misceláneo: la Comedia de Calisto y Melibea, Sevilla, 1501, Rès Yg. 63, BNF», Bulletin of Spanish Studies lxxxvi-4 (2009), pp. 435-458.
19 Mercedes Fernández Valladares, La imprenta en Burgos (1501-1600), Madrid, Arco Libros, D.L. 2005, vol. i, p. 129.
20 Sobre la no aceptación de que esta edición sea de 1499, véase: Francisco Vindel, El arte tipográfico en España durante el siglo xv, editado por la Dirección Gral. De Relaciones Culturales, Madrid, 1951-1959, tomo iv, pág. 291, ficha 91; Luis Montañés, «El incunable toledano de la Comedia de Calisto y Melibea», Anales toledanos 8 (1973), pp. 131-180; Julián Martín Abad, Post-incunables ibéricos, Madrid, Ollero & Ramos Editores 2001, pp. 456-458; Mercedes Fernández Valladares, La imprenta en Burgos (1501-1600), Madrid, Arco/Libros, 2 vols 2005: i, pp. 352-368; Víctor Infantes, La trama impresa de Celestina. Ediciones, libros y autógrafos de Fernando de Rojas, Madrid, Visor Libros, 2010, pp. 28-46; Jaime Moll, «Breves consideraciones heterodoxas sobre las primeras ediciones de La Celestina», Voz y Letra. Revista de Literatura, xi, i, pp. 21-25 y Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro, Madrid, Arco/Libros, col. Instrumenta Bibliologica, 2011, pp. 263-268; o José Luis Canet (ed.) Comedia de Calisto y Melibea. Edición crítica, introducción y notas, Valencia, Universitat de València, 2011; quienes la han fechado, aunque con matices, entre 1500 y 1502.
21 Jean Charles Brunet, Manuel du libraire et de l’amateur de livres, Paris. F. Fidot, 1860-65 (5ème. ed.) vol. 1, pág. 1715 b.
22 Cristóbal Pérez Pastor, La imprenta en Toledo: descripción bibliográfica de las obras impresas en la imperial ciudad desde 1483 hasta nuestros días, Madrid, 1887, p. x.
23 Juan Manuel Sierra López, El misal toledano de 1499, Toledo, Instituto Teológico de San Ildelfonso, 2005, p. 58.
24 Baltasar Cuartero y Huerta, «Los Colón en la Cartuja», 1952. En red: <http://institucional. us.es/revistas/rasbl/16/art_9.pdf>.
25 «De la manuscritura a la imprenta. Formación de la biblioteca del Colegio de San Ildefonso», Civitas Librorum. La ciudad de los Libros, Alcalá de Henares 1502-2002, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 2002, pp. 55-82.
26 La siembra mística del Cardenal Cisneros y las reformas en la Iglesia, Discurso leído el día 10 de junio de 1979 en su recepción pública por Pedro Sainz Rodríguez... en la Real Academia Española, Madrid, Imp. Doserre, 1979; el listado de las obras cisnerianas en las pp. 134-150; la cita en p. 52.
27 José Luis Canet, «Celestina: ‘sic et non’. ¿Libro escolar-universitario?», Celestinesca 31-1 (2007), págs. 23-58.
28 Elisa Ruiz García, «El documento incunable: el gran desconocido», Documenta & Instrumenta, 2 (2004), pp. 57-67. Norton, n. 1030, piensa que este ejemplar de Salamanca es de 1502 y de los sucesores de Hagembach.
29 Pere Degui Janua artis Raimundi Lulli, Sevilla, Estanislao Polono, 26 junio de 1500; Pere Degui, Liber formalitatum, Metaphysica nominatus. De differentia, Polono, 22 junio; 20 mayo, 1500; Pere Degui, Incipit opus divinum continens in se quattuor videlicet methaphisicam, phisicam, logicam et plurificablem distinctionem, Sevilla, 1500.
30 Como ya comenté en otros trabajos, el lulismo entró en la Universidad Complutense a través de Nicolás de Pax y en Valencia mediante Alonso de Proaza. El cardenal Cisneros, que costeó las ediciones lulianas de uno y otro, escribía el 8 de octubre de 1513 a los jurados de Mallorca: «Tengo grande afición a todas las obras del doctor Raimundo Lulio, doctor iluminadísimo, pues son de gran doctrina y utilidad, y así, creed que en todo cuanto pueda proseguiré en favorecerle y trabajaré para que se publiquen y lean en todas las escuelas». Alonso de Proaza empezó su carrera editorial lulista colaborando en el Ars metaphisicalis (1506) de su maestro Jaume Janer, en la que el humanista asturiano incluye un Carmen endecasyllabum en glorificación al arte de Raymundi Lulli. La obra se estampó gracias a Bartolomeo de Gentili, mercader genovés, como otras muchas obras de Ramon Llull en Valencia y Barcelona.
31 Por ejemplo, Pere Daguí, denunciado por el inquisidor dominico mallorquín Fray Gabriel Cacellas, pero una vez absuelto, fue nombrado capellán de los Reyes Católicos. Daguí fue protegido de Fernando el Católico y extendió el lulismo por el reino de Castilla con la ayuda también de la reina Isabel. A él se debe la transformación del «Estudio» catedralicio luliano de Mallorca en Universidad. Por su parte, Jaime Janer, otro importante intelectual lulista, tenía privilegio, expedido por Fernando el Católico en Sevilla en 1500, de enseñar en Valencia la doctrina luliana, el cual intervino en la edición del Ars metaphysicalis en 1506 por Leonardo Hutz y reeditada en 1512, así como del Tractatus de ordine naturae del mismo año.
32 Jordi Pardo Pastor, Alonso de Proaza, «homo litterarum, corrector et excelsus editor», en línea: http://www.hottopos.com/convenit3/jordipar.htm#_ftnref10.
33 Raúl Álvarez-Moreno piensa también que en la Celestina se subvierten los componentes fundamentales de la escolástica referidos al «bien común» (virtud, caridad y justicia distributiva), hasta presentarlos con una redefinición irónica («Amarse a sí, procurar su interés y vivir su ley: los más de tres jaques al bien común en Celestina», en «De ninguna cosa es alegre posesión sin compañía». Estudios celestinescos y medievales en honor del profesor Joseph Thomas Snow, coord. Devid Paolini, New York, Hispanic Seminary of Medieval Studies, 2010, vol. i, pp. 36-53).
34 «Introducción» a la Comedia de Calisto y Melibea, ed. crítica y notas de J. L. Canet, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2011, p. 65.
35 No debemos olvidar que la Metaphysica, concluida en 1485 y publicada por primera vez en 1489, fue reeditada por Polono en 1500, a la que le añadió el Tractatus de differentia, de filiación claramente escotista, concluido por Pere Daguí en mayo de 1500 (Tractatus de differentia: prout est principium artis divi magistri Raymundi Lull (...) Metaphisica, Sevilla, Estanislao Polono, 1500).
36 Rafael Ramis Barceló, «En torno al escoto-lulismo de Pere Daguí», Medievalia 16 (2013), 235-264.
37 Ramóm Llull, Libellus de amico et amato, Alcalá de Henares, Arnao Guillén de Brocar, 1517 (5 agosto) [Escudo xil. del cardenal Cisneros]; Logicalia, Alcalá de Henares: Arnao Guillén de Brocar, 1518 (27 octubre) [Escudo xil. del cardenal Cisneros]; Opusculum. De anima rationali, Alcalá de Henares: Arnao Guillén de Brocar, 1519 (14 agosto).
38 Joaquín Carreras i Artau, Historia de la Filosofía Española. Filosofía cristiana de los siglos xiii al xv, vol. ii, Madrid, Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 1943, pp. 252-56.
39 José María Sevilla Marcos, «El lulismo en España a la muerte de Cristóbal Colón», Reial Academia Mallorquina d’Estudis Genealògics, Heràldics i Històrics, día 22 de febrero de 2007, en línea: http://www.ramonllull.net/comum/arq/ellulismoenespana.pdf.
40 Véase José Luis Canet, «Los humanistas y la filosofía moral: De la corte del Magnánimo a la de los Reyes Católicos», La Corónica, A Journal of Medieval Hispanic Languages, Literatures & Cultures, vol. 39.1 (2010), pp. 115-146.
41 Idem.
42 Vid. Jean-Baptiste Crespeau, «El concepto filosófico de felicidad en La Celestina», Celestinesca 32 (2008), pp. 109-129.
43 «Una huella de la liturgia «mozarabe» en el auto i de la Celestina», Nueva Revista de Filología Hispánica 32.2 (1983), pp. 325-329.
44 En 1512 fue nombrado obispo de Sarda por el Cardenal Cisneros por sus servicios prestados (actuaba como su obispo auxiliar). Por orden de la propia reina Isabel la Católica tradujo del latín la Vita Christi del cartujo Ludolfo de Sajonia durante los años 1499 a 1501, impresos los cuatro volúmenes en Alcalá de Henares, entre 1502 y 1503, en la imprenta de Estanislao Polono.
45 Para Elisa Ruiz García, «La presencia de la simbólica regia otorgaba un marchamo de escrito ‘oficial’ al soporte material y lo convertía en una pieza digna de crédito. Buena prueba de ello es la estampación de elementos heráldicos y emblemáticos en gran parte de los impresos transmisores de leyes y disposiciones» (p. 230). Y la autora incluye aquellas obras de contenido legal o dispositivo con el escudo regio. Sin embargo, tiene que precisar que: «no son tan evidentes las causas que motivaron la presencia de tales enseñas en libros de contenido muy variado» (p. 234), e incluye un listado de obras que incorporan el escudo de armas reales. Y termina diciendo que «Resulta explicable la presencia de la simbólica real en obras que estaban dedicadas a los soberanos, bien de manera explícita o tácita. En otras haya que presuponer cierto patrocinio de la Corona o un deseo de los autores —materiales o intelectuales— de manisfestar su voluntad de servicio» (p. 238). Los libros de Isabel la Católica. Arqueología de un patrimonio escrito, Salamanca, Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, 2004.
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