Kitabı oku: «Universidades, colegios, poderes»


Col·lecció Cinc Segles
Edita: Publicacions de la Universitat de València
© Los autores, 2021
© de esta edición: Universitat de València, 2021
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Coordinación editorial: Maite Simón
Ilustración de la cubierta: Silla ceremonial del Paranimf de la Universitat de València (1850-1900)
Maquetación: Inmaculada Mesa Corrección: Iván García Esteve
Edición digital
ISBN: 978-84-9134-816-0 (ePub) ISBN: 978-84-9134-817-7 (PDF)
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto químico,
ÍNDICE
PRÓLOGO, por Mariano Peset, Yolanda Blasco Gil y Jorge Correa
UNIVERSIDAD, IGLESIA Y PODER POLÍTICO
Notas sobre las relaciones de la Universidad de Salamanca con el papado y la monarquía en el siglo XVI
M.ª PAZ ALONSO
La Universidad ante las fiestas conmemorativas de la consumación de independencia (1921)
M.ª DE LOURDES ALVARADO
¿Escuela de Salamanca o escuelas de la monarquía? Letras y letrados, siglo XVI
ENRIQUE GONZÁLEZ GONZÁLEZ
Los jesuitas en la Salamanca universitaria (1570-1668). Etapa de consolidación
CRISTO JOSÉ DE LEÓN PERERA
Dentro de la guerra. Las universidades sicilianas y el primer conflicto mundial
DANIELA NOVARESE
La Inmaculada en la Universidad de Valencia del XVIII
ARMANDO PAVÓN y YOLANDA BLASCO GIL
Universidad y enseñanza en el círculo salmantino de José Cadalso
JOSÉ LUIS PESET
Monarquía, universidad y élites académicas: dinámicas legitimadoras en la Salamanca del siglo de oro (1556-1621)
FRANCISCO JAVIER RUBIO MUÑOZ
Adolfo Posada y la política de un buen gobierno
MÓNICA SORIA MOYA
CATEDRÁTICOS Y DOCTORES. COLEGIOS Y ESTUDIANTES
Fray Marcelo Marona, catedrático del Estudi General de Valencia
EMILIO CALLADO ESTELA
Constituciones del colegio y seminario de Corpus Christi de Valencia
JORGE CORREA
La obra espiritual del maestro Arnau de Vilanova, y su intento por que la continuara el futuro teólogo y obispo fray Bernat Oliver (c. 1280-1348)
MANUEL VICENTE FEBRER ROMAGUERA
Francisco Luis Pastor y Bertrán (¿-1711) y el frustrado acceso a una pavordía de leyes
AMPARO FELIPO ORTS
Los jesuitas en Puebla de los Ángeles según los informes trienales (1580-1708), siglos XVI y XVII
VÍCTOR GUTIÉRREZ RODRÍGUEZ
Los colegios menores seculares de la Universidad de Salamanca en la Edad Moderna. Una aproximación
OMAR GÓMEZ-CORNEJO AGUADO
Norma y ficción en el movimiento colegial español del Antiguo Régimen
DÁMASO DE LARIO (embajador de España)
El Dr. Gómez de Angulo, obispo de Antequera, Oaxaca, 1744-1752. Apuntes sobre su carrera eclesiástica, su librería y sus bienes
MARGARITA MENEGUS BORNEMANN
Estudiantes hispanos en la Universidad de Aviñón (ss. XV-XVII)
RAFAEL RAMIS BARCELÓ
CÁTEDRAS Y TEXTOS
Algunos apuntes sobre la génesis de una enseñanza: los prolegómenos del derecho, o introducción general al estudio de la ciencia legislativa de Carmelo Miquel (Valencia, 1844)
ALESSANDRA GIULIANI
Las «tres cátedras de Cirugía» como revulsivo a la crisis académica de la facultad valenciana de Medicina (1830-1838)
TELESFORO M. HERNÁNDEZ
La criminología en la Universidad de Valencia: Enrique de Benito y de la Llave (1920-1930)
MARÍA PILAR HERNANDO SERRA
Incorporación de cursos y grados en la Universidad de Salamanca del siglo XVIII. La crítica de Pérez Bayer
JUAN LUIS POLO RODRÍGUEZ
Leyes y cánones en la Real Audiencia de Quito
CARLES TORMO CAMALLONGA
II REPÚBLICA, GUERRA Y DICTADURA
Un apunte sobre la editorial España, 1929-1935
SALVADOR ALBIÑANA HUERTA
La Universidad de Valencia durante la Guerra Civil
MARC BALDÓ LACOMBA
Resistencias en la Academia frente a las dictaduras ibéricas de los años veinte (1923-1932)
MARGARITA IBÁÑEZ TARÍN
La Universidad de Valencia primorriverista y centralista: la cátedra Luis Vives
JULIO LÓPEZ ÍÑIGUEZ
La enésima fundación. Notas sobre la génesis y el desarrollo de la historia del derecho como disciplina jurídica
MANUEL MARTÍNEZ NEIRA
La depuración de la Administración de justicia durante la Segunda República
PASCUAL MARZAL RODRÍGUEZ
Sobre docentes y escolares de la Facultad de Derecho de Sevilla durante la Segunda República (1931-1936)
ANTONIO MERCHÁN
La Universidad de Primo de Rivera y Luis Jiménez de Asúa: una trinchera frente a la dictadura
ENRIQUE ROLDÁN CAÑIZARES
La facultad de Derecho salmantina entre 1900 y 1931: un primer acercamiento
EUGENIA TORIJANO PÉREZ
LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN Y POLÍTICAS UNIVERSITARIAS
Los diez de la Taula. Profesores valencianos en los inicios de la transición democrática
RAMON AZNAR I GARCIA
Instituciones forales valencianas en las primeras tesis de doctorado en Derecho
PILAR GARCÍA TROBAT
La Universidad de Kikwit de la República Democrática del Congo: evolución histórica
EVA M.ª JURADO CEPAS
Una aproximación a los Anales de la Universidad de Valencia
GERMÁN PERALES BIRLANGA
Líneas de investigación sobre la Universidad de Salamanca. Década 2007-2018/19
LUIS E. RODRÍGUEZ-SAN PEDRO BEZARES
PRÓLOGO
En los años de cambio de siglo –a comienzos del segundo milenio– la historiografía sobre las universidades alcanzaba cotas elevadas. Apareció entonces una ambiciosa historia de las europeas, bien informada y construida: los cuatro volúmenes de A History of the University in Europe,1 editados por Walter Rüegg y Hilde De Ridder-Symoens, con otros colaboradores. De Ridder-Symoens fue profesora de historia medieval en la universidad libre de Ámsterdam y de moderna en Gante. Walter Rüegg, hombre de varia formación, estudió filología clásica y economía y enseñó en Zúrich historia de las ciencias del espíritu –humanidades–, después sociología en Frankfurt.
En paralelo, se iban publicando los volúmenes de Le università dell’Europa, coordinados por Gian Paolo Brizzi y Jacques Verger, profesores de Bolonia y París, notables especialistas, junto a otros investigadores. Una edición ilustrada, lujosa, también de alto nivel.2
Era imprescindible una visión europea general, porque las ciencias y saberes que las universidades investigan y enseñan son universales. No cabe reconstruir desde un centro aislado, ni siquiera desde todas las universidades y escuelas de un país o nación, porque el conocimiento se intercambia y complementa a nivel internacional, aunque algunas estén a la cabeza y otras en la cola. Hoy sería necesaria una perspectiva mundial, aunque ya desde la antigüedad y la edad media algunos conocimientos y técnicas procedían del Islam, la India, China…3
Había precedentes en esa dirección hacia el estudio conjunto de las universidades. Cuando a fines de los sesenta empezábamos a investigar su pasado, nos pusimos en contacto con la International Comission for the History of Universities, creada por el profesor de Ginebra Sven Stelling-Michaud, y pronto integrada en el comité internacional de ciencias históricas. Estaba presidida por Domenico Maffei y Antonio García y García representaba a España.4 Gracias a esa conexión pudimos conocer tendencias y avances de la historiografía europea en diversas reuniones, en Bad Homburg, Eichstätt o en Alcalá. En 1990 este grupo organizó una mesa sobre universidades en el XVII congreso internacional de ciencias históricas de Madrid, donde Mariano Peset presentó los modelos de su estructura y poderes en la edad moderna: universidades claustrales, municipales, colegiales y conventuales o de órdenes regulares, aunque cada una sea un mundo diferente con vida y caracteres propios.5
También conectamos –a través de Johannes-Michael Scholz– con el profesor Helmut Coing, fundador del Max Planck Institut für europäische Rechtsgeschichte de Frankfurt, un proyecto europeísta de gran alcance, sobre las universidades y el derecho común, la codificación liberal…6 Su intento se enmarcaba en el presente, por la consolidación de la comunidad europea; pero además abría amplias vías de cooperación a los historiadores del derecho, acantonados en sus reductos nacionalistas, y superaba la dicotomía entre germanistas y romanistas. Su análisis del derecho común –un sistema vivo durante siete siglos– destruía falsos esquemas e ideologías interesadas… Salvando las distancias, algo semejante hizo Savigny al revisar y reelaborar la historia del derecho romano, aunque para negarla y superarla mediante una dogmática nueva, que conduciría a la codificación del derecho civil alemán. Ahora se trataba de entender y reconstruir una historia europea conjunta…
***
El profesor Rüegg vino a Valencia en 1999 a nuestro congreso «Aulas y saberes», donde habló sobre el auge de las universidades durante el siglo XIX. Suprimidas muchas a inicios de siglo en Francia, en Alemania o España, se multiplican sobre los modelos de Napoleón –centralizado– o de Humboldt, de autonomía y libertad de cátedra…7 Una primicia del tomo tercero de A History of the University in Europe que estaba terminando. Entonces había dinero para celebrar el quinto centenario de nuestra universidad y pudimos remunerar su asistencia, así como a otros tres ponentes –único caso en nuestros congresos, donde todos los investigadores somos iguales–.
Salvador Albiñana coordinó una excelente exposición sobre el pretérito de nuestra universidad, que acompañó con un brillante catálogo, Cinc segles i un dia.8 También apareció el Procés a Joan Peset Aleixandre, con estudios de Marc Baldó, M.ª Fernanda Mancebo y Salvador Albiñana.9
En la Col·lecció cinc segles se publicó –y siguen publicándose– libros y tesis dedicados a la universidad, aunque se ha colado alguno extraño. En ella se editó, a iniciativa del rector Pedro Ruiz, la Historia de la universidad de Valencia,10 en la que participaron numerosos especialistas, buenos conocedores de la materia. Eran profesores de distintas facultades y disciplinas, porque la historia de las universidades y las ciencias requiere distintas cronologías y campos del saber. Valencia, universidad municipal, posee un archivo histórico exiguo; hay que acudir a los fondos del ayuntamiento, que nombraba los rectores y profesores, promulgaba constituciones, la financiaba. También a la catedral, los fondos de pavordías o la renta de Orihuela…
En aquellos años se defendieron varias tesis y aparecieron algunos trabajos sobre nuestra universidad, entonces viva y creciendo con fuerte anhelo de reforma. ¡Qué diferente la situación actual! Las tesis doctorales de Sebastián García Martínez,11 Amparo Felipo y José Seguí12 cubrían el siglo XVII; sobre los siguientes continuaban Salvador Albiñana y Marc Baldó.13 Yolanda Blasco Gil analizó la última etapa del ochocientos, la gloriosa revolución y la restauración,14 mientras Daniel Comas investigaba las primeras décadas del XX.15 María Fernanda Mancebo trazó la vida universitaria desde Primo de Rivera a la república y la guerra «incivil».16 La investigación básica estaba en las tesis, al tiempo que avanzaban otros trabajos sobre el estudi general.17 La investigación histórica es la consulta de fuentes documentales, interpretación y esfuerzo para entender la vida del pasado; la bibliografía facilita y completa… No es mera opinión ni una propuesta original, atrevida.
El primer volumen de la Historia de la universidad de Valencia está dedicado a los siglos XVI y XVII, estudiados por Amparo Felipo, José Seguí, Mercedes Vico… Sobre facultades y saberes contábamos, entre otros, con André Gallego Barnés y Alfonso Esponera, José María López Piñero y José Luis Peset, Víctor Navarro, Antonio Mestre, Pablo Pérez García… Terminaba con una galería de universitarios destacados: Vives y Joan de Salaya por Enrique González; Pere Joan Olivar por Miquel Almenara y Manuel Vicente Febrer Romaguera,18 y sobre Miguel Jerónimo Ledesma y Pedro Juan Núñez escribía Ferrán Grau i Codina… El segundo tomo abordaba la ilustración, desde las penurias de la nueva planta a las reformas del rector Vicente Blasco, incluido el reinado de Fernando VII, aunque ya entonces había brotado la semilla liberal en Cádiz y en el trienio. M.ª Cruz Cabeza Sánchez-Albornoz estudiaba la biblioteca, que inició Pérez Bayer. Y el tercero estaba dedicado a la época liberal, centralizada y uniforme, a las ciencias y facultades: Marc Baldó la facultad de letras, Víctor Navarro Brotons y Jesús Catalá Gorgues la de ciencias, López Piñero medicina y Jorge Correa y Yolanda Blasco derecho. De la dictadura nacionalcatólica de Franco, solo fragmentos, apenas empezaba a ser estudiada. Vicente Salavert recuerda la ocupación en 1939, que estudió con Sebastián García Martínez.19 Luego los exilios, las depuraciones, movimientos estudiantiles… Daniel Benito Goerlich describe el patrimonio artístico, el jardín botánico Manuel Costa, Cristina Sendra y Jaime Güemes, M.ª Ascensión Lluch el archivo… Hace poco pudimos abordar con amplitud este periodo en La facultad de derecho de Valencia 1499-1975.20 Era posible reconstruir la vida reciente de nuestra facultad, las fuentes son abundantes, además vivimos aquellos años de desaliento y esperanza.
Coincidía el centenario con Lleida –fundada dos siglos antes–, que supuso un avance en el conocimiento de aquella universidad, decana de la corona de Aragón: creada en 1300 por Jaume II –bula de Bonifacio VIII de 1297–. El rector Jaume Porta y el profesor Joan Josep Busqueta impulsaron su estudio, con la edición de los viejos estatutos que recogían la tradición boloñesa.21 Aunque calcaba la organización de Bolonia –la asamblea de escolares– fue modelo de las universidades municipales aragonesas, porque el rey la encomendó a los paers, hombres buenos del municipio, aunque se reservó la alta jurisdicción y el nombramiento de un canónigo como canciller…22
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Más voluminosa es la reciente Historia de la universidad de Salamanca, coordinada por Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares, quien ha investigado sobre el estudio salmantino durante cerca de medio siglo. Es la universidad hispana más antigua –la primera, Palencia, desapareció pronto–. Fundada por Alfonso IX en torno a la escuela catedralicia y el obispo, se forma una corporación o asamblea de graduados y escolares, que acuerda estatutos y elige sus rectores, que serían escolares, por ser mayoría… Sin duda fue también la más notable en los reinos hispanos durante seiscientos años, por su dimensión, su prestigio y saber.
En Bolonia se habían formado dos universidades de escolares juristas –cisalpinos y transalpinos o ultramontanos–, ayudadas por la comuna. En París acudían a la escuela catedralicia de Nôtre Dame, así como a la colegiata de Santa Genoveva y a San Víctor de los canónigos regulares, junto al Sena. En torno a 1200 los graduados de artes se organizaron en naciones, que elegían su rector, al que se sometieron las otras facultades… Dos modelos que –desde luego, con variantes– se extendieron por Europa. En Salamanca se unieron unos y otros en una asamblea colectiva, mixta de escolares y graduados.
Los pontífices protegieron y favorecieron a las universidades. Honorio III nombró canciller para colacionar grados en Bolonia y en París; su sucesor Inocencio III intervino en París y en Oxford. En 1217 el papa Honorio había incitado a los maestros de París para que enseñasen religión en la Toulouse albigense, tierra desierta y llena de espinas y ortigas, cubil de dragones, tinieblas y sombras, concupiscencias y olvido de la justicia… Luis IX obliga al conde de Toulouse Raimundo VII, tras su derrota en la batalla de Muret, a crear un estudio, que confirmaron Gregorio IX e Inocencio IV. En Salamanca Alejandro IV resolvió conflictos, otorgó el sello común y confirmó el estudio general por bula de 6 de abril de 1255, que excluía sus grados solo respecto a París y Bolonia, más independientes, como Nápoles, fundada por Federico II Staufen en 1224. Las reformas de Benedicto XIII y Martín V restringieron la asamblea, para evitar tumultos estudiantiles, creando diputados: diez catedráticos de propiedad –elegidos entre ellos– y diez escolares, designados cada año por la asamblea congregada, en personas nobles, de dignidad, licenciados, bachilleres o escolares, que junto al rector y el maestrescuela decidían los asuntos ordinarios.23
En la edad moderna intervinieron los reyes católicos, mediante visitadores, y se reservaron el nombramiento del maestrescuela salmantino; los sucesores continúan la vigilancia, se atribuyen patronato regio. Nuevos poderes dominaron también Bolonia, integrada en los estados pontificios, o Padua, sometida a Venecia. En Salamanca se formaría un claustro general con amplio poder, que reunía rector y maestrescuela, los doctores con el primicerio, los consiliarios y diputados, aunque se mantiene la elección del rector por los consiliarios salientes y la votación escolar en la provisión de cátedras…24
Salamanca guarda un riquísimo archivo, todavía no estudiado por entero –en el catálogo REBIUN también está en primer lugar–. Su bibliografía es copiosa. La Historia pragmática e interna (1914-1917) del rector Enrique Esperabé de Arteaga –con ayuda del archivero Amalio Huarte y Echenique– sería superada en la posguerra por un grupo de clérigos estudiosos: el dominico Vicente Bertrán de Heredia, Luis Sala Balust, operario diocesano, el canónigo Florencio Marcos, el franciscano Antonio García o la dominica Águeda Rodríguez Cruz… Desde la cátedra de historia moderna Manuel Fernández Álvarez dirigió tesis sobre la universidad; algunas trascribían e interpretaban claustros,25 otras estaban más elaboradas, las de Ana M.ª Carabias y Pilar Valero,26 Rodríguez-San Pedro hasta el fondo.27 Este dirigió luego a Juan Luis Polo y otros doctorandos.28 En 1989 había coordinado una primera historia de la universidad en dos volúmenes, junto a Fernández Álvarez y Laureano Robles,29 en la que colaboró Antonio García de la pontificia y Águeda Rodríguez Cruz, de la facultad de pedagogía.
Las facultades de pedagogía procedían de las antiguas escuelas normales, creadas en el reinado de Isabel II, fueron incorporadas a la universidad por la ley Villar de 1970. Se organizaron departamentos de teoría e historia de la educación, un ámbito extenso que la investigación delimita; suelen atender los primeros tramos de la educación, pero también las universidades, aunque apenas las ciencias y saberes que enseñan, su esencia.30 Formaron en 1989 una sociedad de historia de la educación, con una revista y un boletín de noticias y bibliografía.31 Reúnen numerosos congresos y encuentros, relacionados con el exterior, en especial con América.32
Por otra parte, un grupo de historiadores del derecho investigaba sobre la universidad y la doctrina jurídica en la estela de Tomás y Valiente: Salustiano de Dios y M.ª Paz Alonso Romero sobre el antiguo régimen, Javier Infante y Eugenia Torijano sobre etapas recientes –después nos ocuparemos de sus aportaciones–. Cercano, desde la facultad de económicas, Ricardo Robledo, buen conocedor del periodo último del esplendor salmantino, también de los años franquistas, ha publicado La universidad española de Ramón Salas a la guerra civil (2013), donde profundiza acerca de la asignatura de economía y las finanzas universitarias.33
La reciente Historia de la universidad de Salamanca,34 coordinada por Rodríguez-San Pedro, recoge cuanto sabemos de aquella universidad. Han colaborado numerosos investigadores, es imposible describir con detalle sus contenidos. El primer volumen recorre la trayectoria de Salamanca a través de siglos, encabezada por Antonio García, el medievo, Manuel Fernández Álvarez, Rodríguez-San Pedro y Juan Luis Polo, Mariano y José Luis Peset, Ricardo Robledo y José María Hernández… Luego, más amplio el siglo XX, y se añaden las instituciones vinculadas o relacionadas: la catedral y el ayuntamiento, los colegios, órdenes religiosas y conventos… Una primera y amplia mirada sobre la universidad y las instituciones o grupos que la rodearon y colaboraron en su tarea. El segundo volumen está centrado en la estructura interna del estudio general y los poderes a que está sometido: pontífices y reyes. La corporación o asamblea originaria de escolares y graduados, restringida por los papas, evoluciona –como un ser vivo–, y el estudio general es gobernado por claustros, con sujeción al rey, según exponen Mariano Peset y Pilar García Trobat. Las constituciones y estatutos se analizan por Rodríguez-San Pedro y M.ª Paz Alonso Romero, quien trata también el fuero universitario. Las autoridades académicas por Águeda Rodríguez Cruz y los oficiales por Francisco Javier Alejo Montes. De la estructura de poderes en la etapa liberal se encarga Javier García Martín y de los últimos años Miguel Ángel Perfecto… Luis Enrique Rodríguez-San Pedro y Juan Luis Polo abordan juntos sucesivamente las bases económicas, los estudiantes –la matrícula y la vida escolar– y los profesores en la edad moderna, sectores esenciales de la universidad, que continúan otros autores sobre los siglos contemporáneos…
El tercer tomo –en dos volúmenes– está dedicado a los conocimientos o saberes. Un acierto, pues Salamanca era el centro hispano del conocimiento y enseñanza en derecho y en teología, medicina, humanidades… Se presentan las distintas facultades: leyes por Mariano Peset y Paz Alonso, cánones por Antonio García, teología Isaac Vázquez Janeiro y José Barrientos, medicina Antonio Carreras Pachón, ciencias Cirilo Flórez Miguel, filosofía, humanidades o lenguas, música… Una sección sobre la biblioteca, a cargo de Oscar Lilao y Margarita Becedas, impresores y libreros por Lorenzo Ruiz Fidalgo y lecturas por Ángel Weruaga… A continuación, se examina la relación de Salamanca con otros espacios. La cercanía a Coímbra y la presencia de colegiales en Italia. Se insiste en la proyección de Salamanca en América, idea que procede del nacionalcatolicismo, que en 1940 quería restaurar un imperio hispano; aunque luego se moderó, conformándose con proyecciones de España en el mundo. Antonio Tovar en su discurso de clausura del séptimo centenario en mayo de 1954 afirmaba:
resonó el mensaje de tantas Universidades hijas de la nuestra, que en las de ellas calcaron sus constituciones primeras y que de Salamanca se llevaron a Lima, a Santo Domingo o a Bogotá, a las altas mesetas de los aztecas, los primeros maestros, para fundar lo que luego serían nuevas patrias.35
Un tono y unas ideas nacionalcatólicas que se siguen arrastrando…36 No se puede estudiar las universidades americanas como trasuntos de Salamanca: aunque se les conceda en parte sus constituciones su realidad es bien distinta.37
Los dos últimos tomos pueden considerarse instrumentales y complementarios de la narración. El cuarto recoge las fuentes y bibliografía, que suelen acompañar las tesis o algunos libros. Como es una síntesis, no una monografía, en lugar de relacionar archivos y fondos utilizados, opta por descripciones del archivo catedralicio, ampliamente el de la universidad, junto a otros –su contenido y organización–. Las fuentes impresas que redactan Juan Luis Polo y Jacinto de Vega, las dividen en historiadores, legislación, reformistas ilustrados y memorias y viajeros. Aparte, la prensa en los últimos siglos… La bibliografía, desde 1800 a 2007 reúne casi tres mil entradas –se ayuda con un índice temático–. Y aún se añaden estudios del pasado arqueológico y se proyecta un futuro centro de documentación… Sin embargo, la crisis acechaba, un año después llegó, cuando el gobierno aseguraba que nuestra banca era fuerte y destinaba unos exiguos fondos para paliarla, como un recuerdo de Keynes…
Era un proyecto minucioso y bien articulado, aprovechando tanto a autores como a colaboradores. Lamentablemente, por cuestiones de política académica –quién sabe–, fue cerrado el centro de historia universitaria Alfonso IX en 2013. Es curioso, una universidad que ensalza tanto su lejano pasado elimina el centro donde se estudia, un instituto con una valiosa biblioteca de unos cinco mil libros y publicaciones, mientras gasta dinero a porrillo para conmemorar su octavo centenario. Parece que las autoridades académicas gustan de propagandas y papel cuché, pero la investigación –barata en historia– les importa menos… Los libros se almacenaron o apilaron en un almacén –increíble–. En vísperas del centenario se destruía el Alfonso IX y se nombraba una comisión que de inmediato publicó un libro un tanto pretencioso…38
El quinto tomo tardó unos años en publicarse, se completó la obra aprovechando el centenario, gracias al esfuerzo de Ángel Weruaga, que confeccionó los índices, general y onomástico. Se añadió el extenso repertorio de profesores que se contiene en el segundo tomo de Esperabé de Arteaga y del archivero Amalio Huarte y Echenique. No se había podido realizar un estudio detallado de los catedráticos, y se quiso remediar de este triste modo. Como en todos los volúmenes, las ilustraciones elegidas por Rodríguez-San Pedro dotaban este con un precioso elenco de vítores y cabezas de medallones renacentistas y barrocos universitarios.
La investigación sobre universidades se encadena en una tradición que acumula y va profundizando en diversos sectores: poderes internos y externos –reyes y pontífices–, sus miembros –escolares y doctores–, su enseñanza y estudio, su patrimonio, sus ritos y costumbres… La inserción en la sociedad de sus profesores y graduados, de sus saberes… Exige especialistas diversos, que aporten su conocimiento sobre diversas épocas y disciplinas. Intercambio y crítica… Contacto con la comunidad científica a través de la lectura y de relación con otros investigadores. Esta comunidad se divide en sectores, no cerrados, sino amplios, flexibles; cada investigador se relaciona con quienes cultivan su campo y otros cercanos. Son como «colegios invisibles» que se reconocen entre sí; no incluyen a todos los titulares de una asignatura, sino a quienes laboran con resultado en un sector –que se extiende al plano internacional–. Por razones geográficas y cercanía del campo investigado se forman grupos –los programas del ministerio también cohesionan equipos, a veces una revista–. Nada que ver con los grupos de presión y reparto de puestos que había en nuestras universidades; menos aún con las antiguas cátedras jerarquizadas… En historia de las universidades se formaron varios grupos, con una investigación continuada, crítica, sin apologías provincianas –cosa que no suele ser usual–.
En Valencia hubo dos etapas: en la primera conectamos con especialistas de historia de otras facultades y universidades. La segunda se inició en el congreso de 1987 –Claustros y estudiantes– gracias a la concesión de un programa del ministerio, conectado con el CSIC, que nos permitió reunirnos y viajar a México, Argentina, Chile… Se fijaron objetivos39 y se alcanzó un buen nivel de investigación sobre la historia de Valencia y de otras universidades… El grupo se consolidó, relacionado con otros centros. Ahora abordamos la primera etapa, dejamos la segunda para el futuro, donde veremos la formación y trabajo de estos grupos en distintas universidades.
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Recordaremos la prehistoria del grupo surgido en Valencia. En fecha temprana Mariano y José Luis Peset iniciaron sus estudios sobre las estructuras y enseñanzas de Valencia y Salamanca. Leyeron, ordenaron materiales de archivo y publicaron primeros resultados.40 Eran buenos tiempos para los historiadores, aunque por aquel entonces arreciaba la rebeldía de los estudiantes contra Franco. En la facultad de letras había profesores valiosos, Joan Reglà, Emili Giralt… Jóvenes doctorandos, Alfons Cucó, Sebastián García Martínez, Manolo Ardit, que creían y colaboraban en investigación. José María López Piñero formaba un grupo de medicina y ciencia, de bibliografía.41
En 1969 López Piñero convocó a todos los historiadores al tercer congreso de historia de la medicina –con puertas abiertas, ponencias libres–.42 En él aparecieron algunos trabajos sobre historia universitaria. Un par de años después se convocó el primer y único congreso de historia del país valenciano, también abierto a todos.43 El almirante Julio Guillén Tato, conocedor de la historia náutica, abrió las sesiones para respaldar el uso del valenciano o catalán. Hubo de nuevo ponencias sobre historia de la universidad… Es curioso que en estos congresos se admitiera hasta tres ponencias por persona, señal de la dificultad de publicar que había. La universidad además de vigilada carecía de medios… A finales de la década, Juan García González mejoró las publicaciones, hasta entonces reducidas a mínimos: los discursos de apertura y los Anales.44
Por estas fechas los hermanos Peset analizaron los índices condenatorio y expurgatorio del cardenal Gaspar de Quiroga para precisar el aislamiento y decadencia de la ciencia hispana.45 La inquisición contra judíos, erasmistas y protestantes limitó la circulación de libros, de ideas y pensamiento. Por otra parte, las universidades sufrieron honda caída de sus rentas, la corona no fundó ya nuevos estudios generales. Las cátedras de Salamanca, Valladolid y Alcalá eran ocupadas por los colegiales mayores, que pasaban pronto a mejores destinos en los consejos y audiencias, en cabildos y prelaturas: a fines del XVII se elimina la votación por los estudiantes… En Valencia se crearon pavordías en leyes, cánones y teología, clérigos con altos salarios de diezmos de la catedral que brillaron poco, aspirantes a canónigos y obispos. Decadencia y aislamiento en un marco general de crisis económica y guerras interminables,46 que culminarán con la invasión napoleónica y la independencia americana, y continuarán con guerras carlistas, alzamientos y juntas en los cambios de partido –en el XX, dos dictaduras y la guerra civil–. Brevísimo resumen de la historia de España.
En la Europa del XVII se formaron academias científicas, contrapuestas al viejo saber, amurallado en las universidades. Hubo academias filosóficas y de arte desde el renacimiento en Florencia o Roma, pero los primeros avances de la nueva ciencia se debieron en buena parte a hombres aislados, como Copérnico o el canciller Francis Bacon, Descartes… La filosofía moderna surgió en estrecho contacto con las matemáticas y la física fuera de las aulas: Kepler, Gassendi, el oratoriano Malebranche y Pascal, Spinoza y Leibniz… En 1589 Gian Battista Della Porta reunió en Nápoles la primera Academia secretorum naturae. Años después el príncipe Aquasparta creó en Roma la Academia dei Lincei, más ambiciosa, que pretendía extenderse por todo el continente. La condena de Galileo las condicionó, aunque se fundaron otras, en 1714 la academia de ciencias romana en el palacio Poggi… Hubo tertulias o reuniones de científicos en los colegios de Oxford y Cambridge. En 1662 se unieron en la Royal Society of Sciences, aprobada un año después por Carlos II Estuardo «para gloria de Dios creador y utilidad del género humano», bajo la presidencia de Isaac Newton –solo Holanda y Estados Unidos adoptaron el modelo inglés–. En 1666 Luis XIV funda la Académie des sciences de París, más centralizada. Ambas instituciones orientarán las ciencias, junto a otras numerosas academias –también las escuelas militares–. En Alemania se crea en 1657 una academia en Schweinfurt, sin sede fija, itinerante; aceptada por el emperador se denominaría «Leopoldina». En Berlín, Federico I –a propuesta de Leibniz– erige la academia prusiana de las ciencias (1711), que engrandecería Federico II –en Gotinga otra ligada a la universidad–. En Rusia Pedro I inicia la academia imperial de las ciencias en San Petersburgo, aprobada por Catalina I en 1725. Después, la academia sueca en 1739 y la danesa en 1742; siguieron Múnich (1759), Bonn (1777). Portugal abrió su academia de ciencias en 1779. Víctor Amadeo III de Saboya en 1783 erigió la Accademia delle scienze. Una red múltiple y extensa, mientras las universidades procuraban introducir en sus aulas las nuevas ciencias.47
En España hubo algunas tertulias o academias que se reunían y debatían sobre la nueva ciencia. La Regia sociedad de medicina y demás ciencias de Sevilla fue aprobada por Carlos II en 1700 y revalidada por Felipe V. El primer Borbón fundó las reales academias de la lengua y de historia, y aparecieron otras, la academia de medicina matritense o la medicopráctica de Barcelona, en Valladolid la Real academia de medicina y cirugía; en el colegio jesuita de Cordelles se reunían alumnos en una conferencia de física experimental, que con la expulsión se convirtió en academia de ciencias y artes. Pero hasta 1847 no se creó una academia de ciencias central, aunque hubo intentos del marqués de la Ensenada y del conde de Floridablanca. Se construyó el edificio del Prado, que al fin fue museo de bellas artes.48 La ciencia pugnó por entrar en las universidades, en los planes de Olavide o de Blasco, con escaso resultado; hasta Pidal no se separa una sección de ciencias en la facultad de filosofía, Moyano crea la facultad. Las polémicas de la ciencia española no deben ser desdeñadas, a pesar de las exageraciones en uno y otro bando.49
Fue importante que José Luis Peset fuera a doctorarse a Salamanca, que trabajase sus claustros y papeles durante el reinado de Carlos IV.50 Y en 1974 Mariano y José Luis publicaron La universidad española (siglos XVIII y XIX),51 época que no alcanzaban las viejas historias de nuestras universidades, Vicente de la Fuente o Ajo Zúñiga; solo Antonio
Álvarez de Morales había cubierto ese periodo.52 En aquel libro, tras una primera caracterización de las principales universidades, examinaban las reformas ilustradas –después las liberales–, centrados sobre todo en las facultades, en los profesores y escolares, en las ciencias y saberes que enseñaban y aprendían… En derecho sirvió de ayuda Gregorio Mayans, sus cartas, escritos y planes de estudio,53 junto a Vinio o Heinecio, mientras que en medicina se enfrentaron con Andrés Piquer, Herman Boerhaave o Cullen; el padre Tosca proporcionó física y matemáticas, mientras que en teología recurrieron a la bibliografía. En el XIX liberal, se orientaron a través de manuales y apuntes, Juan Sala o Pedro Gómez de la Serna, Pedro Mata o Letamendi, Bails… Una universidad no es solo una estructura –una osamenta institucional–, ni las biografías de sus profesores, sino unos conocimientos que aprenden y enseñan, su actividad conforme a derecho, o mejor, en la realidad, que puede ser distinta… Interesa en todo caso la ciencia que cultiva, con mayor o menor altura, ya que su proyección social, como juristas o teólogos, como médicos o ideólogos se hace por sus conocimientos. Por lo demás las universidades requieren una hacienda o finanzas, que también abordaron.
Luego fueron completando, retocaron algún punto, y ampliaron las consecuencias de la nueva planta en la universidad de Valencia.54 Es más, tuvieron que plantearse los métodos de la historia del derecho, carentes de crítica y hondura. Se centraba en las leyes, cómo se generaban y regulaban las instituciones, un positivismo trasladado a la historia que limitaba la investigación. Si a esto añadimos su dedicación a los siglos medievales y su escaso trabajo de archivo, su horizonte era bien corto. Hubo que destruir todo el montaje nacionalcatólico de la «escuela de Hinojosa».55 Debatíamos entonces sobre la miseria de la historia del derecho; ahora hemos tenido hasta un rector y director del Anuario que plagia sin vergüenza alguna –remitimos a Sebastián Martín y Bartolomé Clavero, a Manuel J. Peláez, en la red–. La decadencia o entropía hispana no cesa…
La historia de las instituciones, originaria de Francia, había enriquecido el relato tradicional de reyes, batallas y santos, con nuevos enfoques. Eduardo de Hinojosa la cultivó en sus monografías, mientras que Rafael Altamira la recogió en su Historia de España y de la civilización española (Barcelona, 1900-1911), extendiendo el relato a clases sociales y organización del poder, la legislación, la iglesia, la economía y la cultura, ciencias y artes, en distintos apartados. Historia de la civilización, denominada también historia interna o de las instituciones…56 Jaume Vicens Vives había estudiado como Hinojosa las guerras de remensa en torno a su tesis doctoral sobre Fernando el católico en Cataluña;57 en 1950 asiste al décimo congreso internacional de París, e introduce en parte avances de los Annales d’histoire économique et sociale, fundados en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre, que continúa Fernand Braudel.58 Una historia geográfica, social y económica bien trabada, que se impone –en Inglaterra desde la revista Past and Present–.
En aquel tiempo de historia social y económica, cuantitativa, Lawrence Stone, buen conocedor de la aristocracia y la historia inglesa, analizó la matrícula de Oxford y Cambridge, su notable incremento en el siglo XVI –una «revolución educativa»–, con máximos a mediados del XVII y descenso posterior. La nobleza abandona las aulas, quedan los clérigos…59 Surgen seminarios o colegios de nobles en Inglaterra y en los demás países europeos, con una formación más adaptada, equitación, matemáticas, derecho… En España se encargaron los colegios jesuitas, el más notorio, el imperial de Madrid fundado en 1623.60
Tiempo antes, en 1904, Franz Eulenburg había elaborado con técnica estadística la curva de las matrículas alemanas, que no coincidía.61 Richard L. Kagan62 analizó el número de escolares en las universidades castellanas modernas: Salamanca era la primera, su prestigio indudable atraía contingentes de toda la península, aunque escasos del exterior, salvo portugueses. Estos estudios se prodigaron aquellos años,63 y en esta línea se analizó la peregrinatio escolar medieval64 o se contaron estudiantes de Valencia y de México,65 comparando con otras peninsulares para determinar su respectivo tamaño, su tendencia: México y las de la corona de Aragón ascienden, mientras que bajan las castellanas; las oscilaciones en todo caso no presentan correlación con las crisis de precios del maíz o el trigo… Son universidades de clérigos, con predominio de teología y cánones, frente a leyes y medicina. Mortalidad o fracaso escolar: porciento de graduados respecto a matriculados. Origen geográfico… Salamanca va perdiendo su vis atractiva.66 En estos trabajos participaron María Fernanda Mancebo y Fernanda Peset, se puede decir que era una especie de empresa familiar.67
En ocasiones se recogen listas o datos de graduados que pueden aportar referencias sobre personas más o menos conocidas, quizá de menor valor para ponderar la dimensión de la universidad.68 Porque hay fugas académicas, desplazamientos para obtener el grado con mayor facilidad: Mayans estudió y se examinó de bachiller en Salamanca, pero el doctorado de leyes lo hizo en Valencia.69 Otro sector o ámbito en que no nos detendremos ahora es la vida y costumbres de los estudiantes universitarios.70
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Hemos hablado de alumnos o escolares, veamos ahora los catedráticos o profesores universitarios. Su número es menor, pueden rastrearse sus huellas en los archivos universitarios; y para tiempos más cercanos sus expedientes se guardan en el archivo de Alcalá de Henares. Salamanca y Valladolid cuentan con amplios repertorios,71 del rector Esperabé y de Mariano Alcocer Martínez. Es posible reconstruir sus grados y estudios, la carrera académica, publicaciones, cargos y prebendas que alcanzaron…
Los colegiales mayores, por su lado, han sido recogidos también en varios catálogos, ordenados alfabéticamente o por siglos, separados, como disecados, en espera de una consulta… Significa un paso más el reciente estudio de conjunto de Dámaso de Lario sobre los siete colegios mayores.72 Los presenta sobre un fondo de los colegios europeos, fundados para acoger estudiantes pobres, mientras que los de órdenes facilitaban a los regulares el estudio en las aulas universitarias. Pronto suavizaron la exigencia de pobreza e introdujeron el estatuto de limpieza de sangre, lo que les convirtió en un grupo poderoso, que copaba cátedras de leyes y cánones y desempeñaba altos cargos de la administración real y de la iglesia. En las facultades de artes y teología dominaban las órdenes, con cátedras separadas de cada opinión o escuela para evitar enfrentamientos. Colegiales y frailes opositaban y alcanzaban la cátedra en las universidades mayores, que conducía a los mejores puestos de la monarquía y de la iglesia, aunque las familias poderosas los obtenían directos. Las familias juegan cierto papel, numerosos colegiales son parientes; incluso hay afinidades regionales o de naciones: San Bartolomé estaba dominado por vizcaínos y montañeses o santanderinos. El autor reconstruye su presencia y carrera en los diversos reinos de la península, en Italia o en las Indias…
Pues bien, al igual que los colegiales, los demás catedráticos de estas u otras universidades aspiran a disfrutar cargos y prebendas en la iglesia –en Valencia hubo obispos y hasta un cardenal–; o colocarse en la administración de la monarquía, en los consejos y en las secretarías de estado y despacho, en las chancillerías y audiencias, incluso en corregimientos que despreciaban los colegiales.73 Es más, los bachilleres y doctores graduados en las facultades de teología, cánones y leyes también pretendían hacer carrera en la iglesia o la corona; los juristas, al menos ejercer como abogados de mayor o menor categoría.74 Margarita Menegus y Rodolfo Aguirre buscaron fuentes apropiadas para abordar este colectivo más amplio de graduados en algunas series del archivo general de la nación. Pronto encontró Margarita la vía adecuada: las relaciones de méritos del archivo de Indias en Sevilla, y analizó una muestra para conocer carreras, aspiraciones y cargos.75 Dirigió la tesis de Rodolfo Aguirre sobre los graduados de la Nueva España en el setecientos, y firmó con él Los indios, el sacerdocio y la universidad en Nueva España. Siglos XVI-XVIII (2006).76
Esta biografía colectiva o prosopografía enlaza con los estudiosos de la administración real y eclesiástica, de los consejos y audiencias, de los intendentes y corregidores o alcaldes, colegios de abogados…77 Los altos cargos de virreyes o capitanes generales se reservan a poderosas familias nobles en una sociedad estamental –con frecuencia militares–. En las audiencias hay cierta presencia, aunque la mayoría de los novohispanos comprasen el cargo. En el ámbito eclesiástico logran obispados, pero sobre todo canon jías y curatos…78 El ayuntamiento de México hizo una representación a Carlos III en 1771 en queja por los escasos nombramientos de americanos que consideraba más convenientes que peninsulares; la universidad se dirigió al rey en 1777 en ese sentido.79 Vísperas de la independencia…
Los políticos ilustrados, Campomanes desde el consejo real y Manuel de Roda, secretario del rey –ambos manteístas–, quisieron abatir aquel sistema cerrado, dominado por los jesuitas y los colegiales, que habían conseguido un turno en las cátedras salmantinas, de cada cinco solo una quedaba para manteístas. Desde el poder, promovieron hondos cambios en las universidades; Francisco Pérez Bayer presentó su memorial Por la libertad de la literatura española al rey Carlos III, quien reformó los colegios y quebrantó su fuerza.80 Mientras, la expulsión de los jesuitas y la supresión de la alternativa liberaron las aulas, lo que propició la intervención y reformas regias. Apenas se alteró la organización de algunas universidades –en Alcalá o Gandía–, aunque regularon los grados y oposiciones, y establecieron planes de estudio en cada una de las universidades americanas o peninsulares, impusieron manuales, versiones sencillas y panorámicas de la materia… O al menos lo intentaron.81
Sin duda los universitarios poseían unos conocimientos que favorecían sus aspiraciones y carreras. Las disciplinas académicas y los grados fueron comunes en todos los estudios generales desde su fundación medieval. Una misma lengua, el latín, unos mismos textos para la enseñanza, un método… Su materia procede de viejos textos, completados o reinterpretados: la Biblia y las sentencias de Pedro Lombardo, con las distintas escuelas, Hipócrates y Galeno, el corpus iuris de Justiniano, completado por libros canónicos y feudales, la glosa y la postglosa, la doctrina canónica… Las cátedras llevaron nombre de los viejos textos –Digesto o Código–, que se exponían conforme a constituciones.82 Los escolares aprendían a manejarlos, a interpretarlos y alcanzar soluciones… Bártolo o Baldo explicaban el derecho común, junto al particular de un reino o ciudad, que consideraban estatuto con menor importancia, aunque tuviera aplicación preferente. Pero los reyes pretendieron un orden propio: primero sus preceptos, incluso si faltaba se recurriría al bon seny e egualdat83 o se consultaría al monarca, para que diera solución.84 Es evidente que no logran imponerse, domina el derecho común y los autores, que se citan en las clases y en los pleitos con frecuencia hasta el setecientos, ya que la communis opinio era determinante.85 Aunque los historiadores del derecho español se creyeron el mandato real y relegaron el derecho común y los autores a mínimos en sus manuales y publicaciones.86
Los diccionarios, en la línea desde Nicolás Antonio hasta la Enciclopedia Espasa o Wikipedia, poseen un valor secundario. Hasta la academia de la historia pensó que un diccionario suponía una gran investigación, y nos obsequió con una apología de Franco… En derecho se han publicado varios, de distinto valor;87 solo son breves vidas aisladas con algunos datos del autor, la relación de sus libros y publicaciones. La tarea del historiador no es amontonar datos, sino comprender y explicar.
Mayor interés tiene la biografía bien hecha sobre algún jurista, por ejemplo, las de Mayans sobre Francisco Ramos del Manzano o José Fernández de Retes, porque se ocupa de sus obras,88 aunque es más frecuente que se ocupen de detalles y aspectos externos de sus vidas, sin apenas entrar en sus escritos, que sería más esencial para entenderlos.89
Con todo, la ciencia del derecho o doctrina de autores ha ido logrando presencia en nuestra asignatura. Se utilizan sus obras para construir la historia jurídica, de instituciones y universidades,90 aun cuando no se alcancen los niveles de Alemania, Wieacker o Coing, o de Italia.91 La historia de la medicina o de las ciencias están más centradas en sabios y descubridores.92
En Salamanca se ha hecho un gran esfuerzo por recuperar la voz de antiguos catedráticos, manejando sus viejos infolios latinos. Esta universidad, como Bolonia, fue el centro de leyes y cánones durante siglos. M.ª Paz Alonso Romero afirma que el olvido en el que están los juristas castellanos modernos es todo un reto para el historiador del derecho, un deber casi para quien vive en Salamanca, donde aprendió historia del derecho con Valiente. Habrá que continuar afrontándolo. Y así lo ha hecho durante años, con buenos resultados, contraponiendo el derecho común y las leyes reales.93 Es imprescindible conocer esa savia jurídica que nutre a los juristas e inerva la administración y los pleitos de viejos siglos. Mientras, Salustiano de Dios repasa las ideas de numerosos juristas en torno al poder del príncipe,94 que justifican, como el jesuita Rivadeneira frente a Maquiavelo, o el dominico Vitoria en sus reelecciones acerca del dominio sobre las Indias…
Mayans estudió en Salamanca a inicios del setecientos, cuando todavía estaba viva la tradición de Ramos del Manzano y sus sucesores. Propugnaban el humanismo jurídico o mos gallicus en las facultades, como verdad histórica –teoría–, mientras los viejos juristas tradicionales deformaban y adaptaban el derecho común romano, con referencias al derecho regio –la práctica–. Primero los gramáticos Lorenzo Valla o Nebrija, después los juristas Antonio Agustín, Andrea Alciato o Jacques Cujas abrieron el camino hacia una interpretación histórica y crítica del derecho común. Sin embargo, la tradición bartolista no se pierde, indispensable para la vida y práctica del derecho. Los humanistas no se interesan por el derecho real, aunque puedan utilizarlo en algunas obras –nunca Cujas–, mientras que los prácticos citan con profusión a los noviores o humanistas como adorno o erudición –jurisprudencia mezclada, la llamaría Mayans–.95
Por estas fechas empezaron a introducirse manuales, inspirados en la instituta. La materia en sus líneas más generales, que servía de introito para después sumergirse en la riqueza de los Digestos, se convierte ahora en el centro de la docencia. El derecho común empezaba a resquebrajarse. Lutero había roto la unidad de la iglesia católica –la otra, la ortodoxa, estaba dominada por los turcos–. El derecho canónico romano deja de regir en la Europa septentrional; cada iglesia tendrá su religión, su teología y su derecho, su organización, ritos y plegarias… Las monarquías absolutas se distancian del emperador y del papado. La guerra se extiende durante treinta años por Europa… El derecho común había llegado a una enorme complejidad, los comentaristas se multiplicaban y se buscó versiones más ordenadas y sistemáticas: manuales de instituta, aunque los grados continuaron siendo tesis y argumentaciones. Fueron escritos manuales por Vinnen, Hotman y Minsinger… Mayans utilizó el Theophilus renovatus de Daniel Galtier, cuando el rector le obliga a explicar instituta, aunque era catedrático de código.96 Luego lo echaron de la facultad en una oposición a pavorde…
La misma didáctica se impone en otras facultades hacia el setecientos –en medicina Herman Boerhaave de Leiden–, y se multiplicaron los manuales –el sistema– en los planes de Carlos III… La mayoría son extranjeros, de otros países europeos. Alguno propio, de Juan Sala, copia a Vinio, castigado y luego plagiado. Más original fue su Ilustración del derecho real de España (1802), que alcanzó presencia durante décadas en los planes liberales, incluso se adaptó para las nuevas naciones americanas.97
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En verdad, hemos trabajado bastante sobre los siglos XIX y XX, el hondo cambio desde el antiguo régimen al liberalismo, una época de hundimiento de nuestras universidades. Ya en Cádiz se pretendió sujetarlas al nuevo poder bajo una dirección de estudios, compuesta de notables, y transformarlas de acuerdo con moldes franceses. Manuel José Quintana, poeta e intelectual del momento, inspiró el primer modelo liberal aprobado por el reglamento de 1821.98 Siguieron años de guerras civiles y desencuentro hasta que asumieron el poder los moderados. El ministro Pedro José Pidal en 1845 impuso otro modelo universitario, diseñado por Antonio Gil de Zárate –primer historiador de las universidades españolas y dramaturgo mediocre–. Sometida al poder político, empobrecida, en decadencia…99 Claudio Moyano confirmó el modelo, vigente casi hasta nuestros días. Los catedráticos formaron un escalafón nacional, funcionarios del estado tras opositar en Madrid.100 Y el ministro nombraba los rectores y regulaba hasta el último detalle, los planes de estudio, los programas y los manuales que debían explicar. 101 Madrid, universidad central, monopolizaba el doctorado, un simple discurso sobre un tema de una lista fijada cada año por los profesores, sin apenas valor. Hacia fines de siglo mejoraron un tanto, supusieron un estudio individual, aunque salvo excepciones, parecen de escasa valía.102 Fue una etapa de decadencia indudable, tanto en la ciencia jurídica, como en otros ámbitos del saber.103 Eugenia Torijano ha ido investigando con minucia los últimos fulgores de los profesores salmantinos en el siglo XIX.104
Sin embargo, España se fue recuperando un tanto, había en las facultades estudiosos que creían y cultivaron la ciencia. En pugna con integristas, carlistas y conservadores, se afirma una corriente krausista, inaugurada por el viaje de Julián Sanz del Río a Alemania.105 En 1865 Emilio Castelar escribió un artículo, «El rasgo», donde reprochaba a la reina que, al ceder el patrimonio real al estado, se había reservado el veinticinco por ciento. Fue destituido de su cátedra y los estudiantes de Madrid le dedicaron una serenata y manifestación la noche de San Daniel. Estalla la primera cuestión universitaria por el decreto de 22 de enero de 1867 del ministro Orovio, que exigió a los profesores, bajo pena de separación de cátedra, declarar que no enseñarían «doctrinas erróneas o perniciosas en el orden religioso, moral o político…». Se negaron a firmar algunos, los más de filiación krausista, y perdieron sus cátedras. En 1868 la reina fue expulsada por la gloriosa revolución, que los repuso. En la restauración Orovio exigió de nuevo ortodoxia política y religiosa, fueron separados krausistas –repuestos en 1881–, que crearon la Institución Libre de Enseñanza, que adoptó nuevos métodos pedagógicos e impulsó la investigación.106 Esta minoría, cuyo símbolo y cumbre sería Santiago Ramón y Cajal, investiga en circunstancias adversas. El médico aragonés presidiría la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, creada por el ministro de Instrucción Pública Amalio Gimeno en 1907 y administrada y ampliada por los hombres de la institución con laboratorios y centros: el centro de estudios históricos de Ramón Menéndez Pidal, el de Cajal, el laboratorio de Negrín, el instituto Rockefeller de física.107 Los políticos siguieron diciendo que iban a mejorar los estudios universitarios…108 Sin duda, la aspiración más común entre catedráticos era crear buenos despachos y clínicas, alcanzar algún escaño o entrar en el senado por su universidad, participar en el gobierno… Lucirse en un retórico y colorido discurso de apertura y redactar su manual para completar ingresos. Con todo, hay en los claustros un ambiente de mejora, de cierta esperanza…109
Las dos dictaduras de Primo de Rivera y después de Franco truncaron aquel despertar prometedor. El estudio de la época franquista, que era historia y a la vez vida reciente, se ha demorado un tanto. En las actas del congreso de Zaragoza de 1989, organizado por Juan José Carreras Ares y Miguel Ángel Ruiz Carnicer, muestra ya su vigor la investigación sobre universidades y movimientos estudiantiles; sobre la ley de Ibáñez Martín de 1943 –su exposición de motivos es delirante–, que recoge la tradición de Moyano, con aditamentos totalitarios.110 Después se entraría en el estudio de las depuraciones111 y en el exilio de los profesores112 por Europa y América: en suma, la brutal represión de la dictadura, la destrucción de aquella universidad que había alcanzado un notable nivel. Javier Infante evoca el claustro de Salamanca en la postguerra113 con viejas eminencias conservadoras –algunos se llamaban pudorosamente demócratas cristianos–, falangistas y miembros del Opus Dei –los tecnócratas de Franco–. Unos y otros habían entrado mediante oposiciones «patrióticas», que atendían más a la ideología y fidelidades políticas que a los conocimientos, docencia o publicaciones. Las empezó a estudiar Yolanda Blasco Gil, luego junto con M.ª Fernanda Mancebo o Jorge Correa continuó esta fecunda brecha.114 Bartolomé Clavero ha valorado sus trabajos frente a la falsa cantinela de que el Opus no es un grupo o facción política.115 Monseñor Escrivá buscaba sin duda formar universitarios, estudiosos e intelectuales católicos, frente a los hombres de la institución libre: basta leer sus consejos en Camino. Aunque luego vieron mejores posibilidades en la política, la empresa, en Roma…116
La ley franquista de 1943, la ideología nacionalcatólica más cerril cubre todo el periodo, con retoques menores. En cambio, el ministro Villar Palasí, cercano al Opus, cambió el escenario por su ley general de educación de 1970, que dotaba a las universidades y financiaba nuevas, reorganizaba su administración y los estudios. Un camino que seguiría la transición con varias reformas… Los profesores universitarios encontraron entonces acceso a puestos políticos, en el gobierno central o en las autonomías… Después descendió su presencia sin duda; pero la complejidad de la organización universitaria, la excesiva burocracia, les proporcionó poderes y podercillos de los que siguen disfrutando, mientras tejen la tela de Penélope –una futura perfección, que nunca llega–; otros prefieren sus despachos y clínicas, pocos están dedicados a la investigación. Como participar en esa burocracia está remunerado y bien valorado, puede decirse que existe una prima por no investigar y ahorrarse docencia –y no es una paradoja–. Las últimas crisis han limitado la financiación y el número de cátedras y titularidades –muchos son asociados y contratados–, se ha producido un corte en la continuidad de la investigación, que costará remediar, si es que algún día se intenta… Un desperdicio de inteligencias, tan usual en España…
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Con este congreso continuamos en la brecha que empezamos hace tanto tiempo. Esta es nuestra verdadera historia de la historiografía de las universidades hispanas, desde nuestra perspectiva y convicciones. Un detallado balance de los primeros años de esfuerzo, junto a otros aspectos y cuestiones de su historia. Una exposición clara, crítica, que pronto esperamos completar…117
MARIANO PESET, YOLANDA BLASCO GIL, JORGE CORREA
1. Cambridge University Press, 1992-2004, traducción castellana de los dos primeros, Universidad del País Vasco, 1995-1999. La edición alemana, Geschichte der Universität in Europa, 4 vols., München, 1993-2004.
2. Le università dell’Europa, a cargo de Gian Paolo Brizzi y Jacques Verger, 6 vols., Milán, 1991-2002; también Storia delle università in Italia, a cargo de Gian Paolo Brizzi, Pietro Del Negro y Andrea Romano, 3 vols., Messina, 2007.
3. Stephen D’Irsay: Histoire des universités françaises et étrangères des origins á nous jours, 2 vols., París, 1933-1935. Las medievales fueron abordadas conjuntamente por Heinrich Denifle, Hastings Rashdall o Cobban.
4. Desde mediados de los ochenta apareció en Oxford la revista History of the Universities con aportaciones sobre distintos países y listas de la bibliografía reciente, impulsada por John M. Fletcher, quien ya desde 1977 la recogía en el folleto Work in Progress and Publications; después pasó a la revista; Antonio García colaboraba con la española y portuguesa; José Luis y Mariano Peset le ayudaron.
5. «La organización de las universidades españolas en la edad moderna», I poteri politici e il mondo universitario, Convegno internazionale, Madrid 1990, Messina, 1994, pp. 67-116. Versión definitiva en Studi e Diritto nell’area mediterranea in età moderna, a cargo de Andrea Romano, Messina, 1993, pp. 73-122. En colaboración con Margarita Menegus: «Localización y espacio de las universidades hispánicas», Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 3, 2000, pp. 189-232; con Enrique González: «Modelos historiográficos de las primeras universidades» y «En busca de universidad. Santo Domingo, México y Lima en el siglo XVI», Universidades, México, UDUAL, 65, 2015, pp. 9-21 y 23-40.
6. Handbuch der Quellen und Literatur der neueren europäischen Privatrechtsgeschichte, herausgegeben von Helmut Coing, 3 tomos en 8 volúmenes, Max-Planck Institut, Frankfurt, 1973-1988. Peset reseñó los tres primeros volúmenes en Hacienda pública española, 55, 1978, pp. 552-554; hizo una estancia en 1979 y fue miembro de su Beirat o consejo científico desde 1983 hasta 1988. Apoyado en estas obras y otra bibliografía, intentó una síntesis en La universidad: una historia ilustrada, dirigida por Fernando Tejerina, Madrid, 2011, pp. 70-157.
7. «L’essor de l’Université moderne au dix-neuvième siècle», Aulas y saberes, VI congreso internacional de historia de las universidades hispánicas (Valencia, diciembre de 1999), 2 vols., Universitat de València, 2003, I, pp. 71-84.
8. Cinc segles i un dia. Centenario de la universidad de Valencia, 2000.
9. Universitat de València, 2001. Años antes, por iniciativa del rector Joaquín Colomer, se publicaron Estudios dedicados a Juan Peset Aleixandre, 3 vols., Universidad de Valencia, 1982.
10. Historia de la universidad de Valencia, Universitat de València, 3 vols., 1999-2000. Història de la universitat de València, 2000, coordinada por Mariano Peset, quien había ensayado ya unos años antes dos síntesis, que prepararon el camino. La primera con María Fernanda Mancebo, en el primer volumen de la Historia de las universidades valencianas, 2 vols., Alicante, 1993, iniciativa de Mario Martínez Gomis, que redactó el segundo dedicado a la universidad de Orihuela, y Pilar García Trobat, la jesuita Gandía; uno y otra habían estudiado en sus tesis doctorales aquellos centros, sus archivos. En la segunda síntesis, Cinc segles de la universitat de València, un año después, participó Salvador Albiñana.
11. Una parte: Els fonaments del País valencià modern, Valencia, 1968; el resto treinta años después: Valencia bajo Carlos II: bandolerismo, reivindicaciones agrarias y servicios a la monarquía, Valencia, 2001 –dirigida por Joan Reglá–. Citamos con preferencia en notas la edición de las tesis.
12. Amparo Felipo Orts: La universidad de Valencia durante el siglo XVII (1611-1707), Universidad de Valencia, 1991, dirigida por Sebastián García Martínez y Carmen Pérez Aparicio; también La universidad de Valencia durante el siglo XVI (1499-1611), Universidad de Valencia, 1993; José Seguí Cantos: Poder político, iglesia y cultura en Valencia (1545-1611), dirigido por Antonio Mestre, 1991. Mercedes Vico sobre los colegios valencianos, tan descuidados…
13. Salvador Albiñana: Universidad e ilustración. Valencia en la época de Carlos III, Valencia, 1988, director Mestre. No publicó el segundo volumen de biografías académicas. Marc Baldó Lacomba: Estudiantes y sociedad en la época romántica, Valencia, 1984, dirigida por Pedro Ruiz Torres. No llegó a término otra tesis sobre el reinado de Isabel II.
14. La facultad de derecho de Valencia durante la restauración (1875-1900), 1996, dirigida por Mariano Peset. No publicó el segundo volumen, biografías de profesores y análisis de manuales.
15. El IV centenario de la universidad de Valencia, Universitat de València, 2002, y Autonomía, reformas y movimientos en la universidad de Valencia (1900-1922), Universidad Carlos III, 2001, dirigida por Mariano Peset, en colaboración con Pascual Marzal.
16. La universidad de Valencia de la dictadura de Primo de Rivera a la guerra civil. La F.U.E., dirigida por Alfons Cucó y Marc Baldó, 4 vols., Universitat de València, 1990, publicada en La universidad de Valencia en guerra. La F.U.E. (1936-1939), Universidad de Valencia-Ajuntament de València, 1988, y La universidad de Valencia. De la monarquía a la república (1919-1939), Universitat de València-Instituto Juan Gil Albert, 1994, prólogo de Manuel Tuñón de Lara.
17. Laureano Robles publicó viejas páginas inéditas del dominico José Teixidor y Trilles, en Estudios de Valencia [historia de la universidad hasta 1616], Universidad de Valencia, 1976. También aparecieron las Bulas, constituciones y estatutos de la universidad de Valencia, 2 vols., Universitat de València, 1999; después Pascual Marzal: Doctores y catedráticos. Los claustros del estudio general de Valencia (1675-1741), Universitat de València, 2003; Yolanda Blasco Gil: Claustros de catedráticos de la universidad de Valencia 1775-1779, Universitat de València, 2012. En prensa, con Armando Pavón Romero, los de 1780-1797.
18. Años después, Manuel Vicente Febrer publicaría Ortodoxia y humanismo. El estudio general de Valencia durante el rectorado de Joan de Salaya (1525-1558), Universitat de València, 2003.
19. «La ocupació de la universitat de València pel quintacolumnista Manuel Batlle, catedràtic de Múrcia», Afers, 3, 1986, pp. 124-198. Edición exenta con prólogo de Salvador Albiñana, Valencia, 2008.
20. La facultad de derecho de Valencia 1499-1975, coordinado por Mariano Peset y Jorge Correa, 2018. Valencia ha historiado otras facultades, como Ernest Sánchez Santiró: Cientifics i professionals. La facultat de ciències de València (1857-1939), 1998, y 50 años de la facultat d’economía de la universitat de València, coordinada por Pablo Cervera Ferri, 2017; José María López Piñero: La facultad de medicina de Valencia (1502-2002). Breve historia de medio milenio, 2002. Pronto aparecerá otra sobre esta facultad, coordinada por Josep Lluís Barona.
21. Llibre de les constitutions i estatuts de l’Estudi general de Lleida, Universitat de Lleida, 2000; Les universitats de la corona d’Aragó, ahir i avui, coordinado por Joan J. Busqueta y Juan Pemán, Barcelona, 2002.
22. Ramón Gaya Massot: Miscelánea de trabajos sobre el estudio general de Lérida, 3 vols., Lérida, 1949-1954; Mariano Peset: «La fundación y el fuero universitario de Lérida», Hispania, 58(2), 199, 1998, pp. 515-536. Los estudios de Francesc Esteve Perendreu: El régimen jurídico del estudio general de Lleida: s. XIII/XVIII, 1992; Mestrescoles i rectors de l’Estudi general de Lleida (1597-1717), 2007, y El coll·legi universitari de l’Assumpció de Santa Maria de Lleida (segles XIV-XIX), 2010; Roser Gort Riera: L’Estudi general de Lleida al segle XIV, 2016, todos editados por Universitat de Lleida; Rafael Ramis Barceló: Estudios sobre la universidad de Lérida (1561-1717), Universidad Carlos III, 2018.
23. Mariano Peset: «La corporación en sus primeros siglos (XIII-XV)», Historia de la universidad de Salamanca, II, pp. 19-35; «Sobre los orígenes de la universidad de Salamanca», Permanencia y cambio. Universidades hispánicas (1551-2001), 2 vols., México, 2005, I, pp. 31-51. Sobre la universidad portuguesa: «Orígenes de la universidade de Coimbra», Homenagen a José Adriano de Carvalho, Península. Revista de estudos ibéricos (Oporto), 0, 2003, pp. 75-85. Fernando Taveira da Fonseca: «História da universidade de Coimbra», Miscelánea Alfonso IX, 2005, pp. 109-137.
24. Mariano Peset y Pilar García Trobat: «Poderes y modelos universitarios (siglos XV-XIX)», Historia de la universidad de Salamanca, II, pp. 37-91; Mariano Peset: «Organización y poderes en las universidades hispanas de la edad moderna», Arzobispos de Toledo, mecenas universitarios, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2004, pp. 63-92.
25. Daniel Sánchez Sánchez: La universidad de Salamanca a través de sus claustros 1555-1575, Salamanca, 1980, publicada en 2003, y Teresa Medina-Mora Icaza: La universidad de Salamanca en la época de los reyes católicos, 1475-1516, Salamanca, 1990, inédita.
26. Pilar Valero García: La universidad de Salamanca en la época de Carlos V, Universidad de Salamanca, 1988; Ana M.ª Carabias Torres: Colegios mayores: centros de poder. Los colegios mayores de Salamanca durante el siglo XVI, 3 vols., Salamanca, 1986. Catálogos de colegiales de Oviedo y San Bartolomé…
27. La universidad salmantina. Período barroco, 1598-1625, 3 vols., Salamanca, 1986.
28. Juan Luis Polo Rodríguez: La universidad salmantina del antiguo régimen (1700-1750), 1993; Agustín Vivas Moreno: Fondos documentales del archivo histórico de la universidad de Salamanca. La colección de papeles varios, Salamanca, 1999; Ángel Weruaga Prieto: Libros y lecturas en la Salamanca de la edad moderna (1600-1789), 2007; Miguel Anxo Pena González: La Escuela de Salamanca. Proyecciones y contextos históricos, 2007, y otras.
29. La universidad de Salamanca, 2 vols., Universidad de Salamanca, 1989; un tercer tomo, sobre arte y tradiciones, de Julián Álvarez Villar, 1990.
30. Águeda Rodríguez Cruz: Historia de las universidades hispanoamericanas. Período hispánico, 2 vols., Bogotá, 1973; Salmantica docet. La proyección de la universidad de Salamanca en Hispanoamérica, Universidad de Salamanca, 1977. Dirigió la tesis de Francisco Javier Alejo Montes: La pedagogía de la universidad de Salamanca en el siglo XVI: 1575-1598, Universidad de Salamanca, 1993. También Jean-Louis Guereña sobre catedráticos y escalafones, León Esteban sobre el humanismo y la ilustración, el krausismo… Planteamientos en Nuevas miradas historiográficas sobre la educación en la España de los siglos XIX y XX, editado por Jean-Louis Guereña, Julio Ruiz Berrio y Alejandro Tiana Ferrer, Ministerio de educación, 2010; la parte de Guereña: «Los actores de la vida universitaria en la España de los siglos XIX y XX. Una revisión historiográfica (1981-2009)», en línea.
31. Historia de la educación. Revista interuniversitaria, fundada en 1982, que dirige José M.ª Hernández Díaz: «Los estatutos de la sociedad de 28 de enero de 1989», en Boletín de historia de la educación, 15 de octubre de 1989.
32. Entre otros, 7th International Standing Conference for the History of Education: Higher Education and Society. Historical Perspectives, coordinado por Agustín Escolano, 2 vols., Universidad de Salamanca, 1985; L’Université en Espagne et Amérique latine du moyen âge à nos jours, en Jean-Louis Guereña, Èva-Marie Fell y Jean-René Aymé (eds.), 2 vols., Université de Tours, 1991-1998; La universidad en el siglo XX (España e Iberoamérica), X coloquio de historia de la educación, Murcia, 1998; Formación de élites y educación superior en Iberoamérica (ss. XVI-XXI), X Congreso de historia de la educación latinoamericana, coordinado por José María Hernández Díaz, 2 vols., Salamanca, 2012.
33. La universidad española de Ramón Salas a la guerra civil, ilustración, liberalismo y financiación (1770-1936), Junta de Castilla y León, 2014; Orígenes del liberalismo. Universidad, política, economía, edición de Ricardo Robledo, Universidad de Salamanca, 2002.
34. Cinco volúmenes, en seis tomos, Universidad de Salamanca, 2002-2018, en los últimos volúmenes participó en la coordinación Juan Luis Polo.
35. Revista de educación, III, VIII, 21, mayo de 1954, pp. 1-3, también el discurso de Franco abunda en estas lindezas, pp. 3-6. La ley de ordenación universitaria de 1943, en su preámbulo, incoherente todo él, decía: «La Universidad salmantina, colocada desde su nacimiento en la vanguardia de los estudios generales de la cristiandad, fue el prototipo de la floración universitaria castellana, a la que el Rey Sabio asignó un canon y un destino… Cuando adviene la unidad nacional y suena la hora universal de España, nuestra Universidad, representada junto a la gloriosa tradición de Salamanca por la egregia fundación del Cardenal Cisneros, aparece en la plenitud de su concepto para servir los ideales de su destino imperial».
36. Véase Cándido M.ª Ajo González de Rapariegos y Sainz de Zúñiga: Historia de las universidades hispánicas. Orígenes y desarrollo, desde su aparición hasta nuestros días, 11 vols., 1957-1979, con dedicatorias a Franco y otros insignes personajes, y Águeda Rodríguez Cruz: Historia de las universidades hispanoamericanas y Salmantica docet, citadas en la nota 30; la última se completaría con otros dos tomos, una sinopsis comparativa de constituciones y el tercero «los hombres formados en Salamanca que pasaron a América, e hispanoamericanos en la universidad de Salamanca», a los que dedicó unas páginas en Las universidades hispánicas: de la monarquía de los Austrias al centralismo liberal, 2 vols., Universidad de Salamanca, 2000, I, pp. 433-448. Colón y la junta de la universidad es otro tópico académico cultivado, véase Salamanca, Revista de estudios, 54, 2006.
37. Mariano Peset: «Poderes y universidad en México durante la época colonial», La ciencia y el nuevo mundo. Actas I reunión de historia de la ciencia y la técnica de los países ibéricos e iberoamericanos, Madrid, 1985, pp. 57-84; segunda edición en La universidad novohispana: corporación, gobierno y vida académica, México, 1996, pp. 49-73; «Un modelo colonial: la real universidad de México», Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, I, 1998, pp. 245-288, con colaboración de Javier Palao. Luego, La adaptación del modelo salmantino en las fundaciones de Lima y México (1551), Universidad de Salamanca, 2003; reproducido en Miscelánea Alfonso IX, 2002, pp. 37-61. Peset pronto comprobó en el archivo de la nación las diferencias, en «Las primeras oposiciones en México», Claustros y estudiantes. Actas del congreso internacional de historia de las universidades americanas y españolas (Valencia 23-25 noviembre 1987), 2 vols., Universidad de Valencia, 1989, II, pp. 213-236; Mariano Peset Mancebo, sobre el proceso de una cátedra de medicina, pp. 237-259; Clara Inés Ramírez y Armando Pavón, sobre otras, pp. 278-289.
38. La universidad de Salamanca en el siglo XIII, Universidad de Salamanca, 2011. Otro lujoso libro conmemorativo es La universidad de Salamanca. Ochocientos años, dirigido por Luis E. Rodríguez-San Pedro, Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de cultura y turismo; Ediciones Universidad de Salamanca, 2018, con retazos del primer volumen de la historia.
39. Prólogo de Mariano Peset a Claustros y estudiantes, citado en la nota 37, I, XI-XXXII.
40. Reunieron materiales en sendas series de artículos en Medicina española (1968, 1969, 1970), Anuario de historia del derecho español (1968, 1969, 1970) y Saitabi (1969); también El reformismo de Carlos III y la universidad de Salamanca. Plan de estudios, Universidad de Salamanca, 1969.
41. Luego se crearon cátedras de historia de la ciencia; desde los años ochenta una sociedad, que edita Llull y ha reunido varios congresos.
42. Actas del III congreso nacional de historia de la medicina, 3 vols., Valencia, 1969.
43. Actas del I congreso de historia del País valenciano (1971), 4 vols., Universidad de Valencia, 1973-1980.
44. María Fernanda Mancebo: «Los Anales de la universidad de Valencia y los discursos de apertura durante el primer franquismo», Permanencia y cambio, II, pp. 445-461; antes, en tiempos del rector Blasco, sus páginas «Mayans y la edición de libros», Mayans y la ilustración. Simposio internacional en el centenario de la muerte de Gregorio Mayans, 2 vols., Valencia, 1981, pp. 185-236. Pedro Ruiz Torres: Discursos sobre la historia. Lecciones de apertura de curso de la universidad de Valencia (1870-1937), Valencia, 2000.
45. «El aislamiento científico español a través de los índices del inquisidor Gaspar de Quiroga de 1583 y 1584», Anthologica Annua, 16, 1968, pp. 25-41. Completó José Pardo Tomás: Ciencia y censura. La inquisición española y los libros científicos en los siglos XVI y XVII, Madrid, 1991.
46. Sobre la decadencia Cánovas del Castillo hasta Domínguez Ortiz y tantos otros, la reciente tesis de Jaime Hernán-Pérez Aguilera: La decadencia española del siglo XVII: monarquía, intervencionismo e inflación, expone sus causas con amplio apoyo de datos y bibliografía.
47. Vincenzo Ferrone: «Le accademie scientifiche», en Le università dell’Europa. Dal rinascimento scientifico all’età dei Lumi, pp. 147-169, y Sciensa, natura, religione. Mondo newtoniano e cultura italiana nel primi Settecento, Nápoles, 1982; James E. McClellan: Science reorganized: Scientific Societies in the Eighteenth Century, Columbia University Press, 1985.
48. Josep Balari y Jovany: La academia de ciencias y artes. Memoria inaugural del curso 1893 a 1894, Barcelona, 1895; José María López Piñero: La introducción de la ciencia moderna en España, Barcelona, 1969 y Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, 1979; José Luis Peset y Antonio Lafuente: Carlos III y la ciencia de la ilustración, Madrid, 1988 (2.ª ed., 1989).
49. Ernesto y Enrique García Camarero: La polémica de la ciencia española, Madrid, 1970.
50. José Luis y Mariano Peset: Carlos IV y la universidad de Salamanca, Madrid, 1983. Su tesis versó sobre la facultad médica, pero recogió materiales de las otras y colaboraron en la publicación. También, George M. Addy: The Enlightenment in the University of Salamanca, Durham, 1966.
51. Mariano y José Luis Peset: La universidad española (siglos XVIII-XIX). Despotismo ilustrado y revolución liberal, Madrid, 1974.
52. La ilustración y la reforma de la universidad en la España del siglo XVIII, Madrid, 1971 y Génesis de la universidad española contemporánea, Madrid, 1972.
53. Epistolario IV. Mayans y Nebot (1735-1742). Un jurista teórico y un práctico, preliminar y notas de Mariano Peset, Valencia, 1975; años después, con ayuda de varios colaboradores, Epistolario XXIII, Mayans y Nebot. 2 (1742-1744), Teórica humanista y práctica en el foro, 2009; José Luis Peset: «Andrés Piquer y la enseñanza de la medicina», I congreso de historia del País valenciano, III, pp. 725-730; Mariano y José Luis Peset: Gregorio Mayans y la reforma universitaria. Idea del nuevo método que se puede practicar en la enseñanza de las universidades de España, Valencia, 1975.
54. «Los gastos públicos de enseñanza en España (1842-1875). Una rectificación de datos anteriores», Hispania, 39(143), 1979, pp. 671-683; Bulas, constituciones y documentos de la universidad de Valencia I. (1707-1724) y II. (1725-1733), edición y estudio preliminar de Mariano Peset, M.ª Fernanda Mancebo, José Luis Peset y Ana M.ª Aguado, 2 vols., Universidad de Valencia, 1977.
55. Mariano y José Luis Peset: «Vicens Vives y la historiografía del derecho en España», en Johannes-Michael Scholz (ed.): Vorstudien zur Rechtshistorik, Frankfurt del Main, 1977, pp. 176-262, donde estudiaron también la obra de don Antonio Domínguez Ortiz, su admirado amigo, gran cultivador de la historia social, a quien las camarillas académicas no permitieron acceder a la universidad. El estudio preliminar de Mariano Peset a Eduardo de Hinojosa y Naveros en El régimen señorial y la cuestión agraria en Cataluña durante la edad media, Pamplona, 2003, pp. VIII-CXIV. Hubo que criticar los trabajos sobre fueros medievales, como Fuero de Úbeda, con estudio preliminar de Mariano Peset y Juan Gutiérrez Cuadrado, edición y notas de Juan Gutiérrez y estudio paleográfico de Josep Trenchs Odena, Universidad de Valencia, 1979.
56. Mariano Peset: «El exilio de Rafael Altamira en México», Estudios y testimonios sobre el exilio español en México. Una visión sobre su presencia en las Humanidades, Congreso internacional 70 años del exilio español en México, 16-20 de febrero de 2009, coordinado por Armando Pavón Romero, Clara Inés Ramírez González y Ambrosio Velasco Gómez, México, 2016, pp. 200-229. Andrés Lira ha publicado su correspondencia con Silvio Zavala entre 1938 y 1951, El Colegio de México, 2012, que refleja aquellos difíciles años. Sobre historiografía española, Ignacio Peiró Martín: «La divulgación y la enseñanza de la historia en el siglo pasado: las peculiaridades del caso español», y Gonzalo Pasamar Alzuria: «La historiografía profesional española en la primera mitad del siglo actual: una tradición liberal truncada», Studium. Geografía. Historia. Arte, 2, 1990, pp. 107-132 y 133-156. Del último, sobre época posterior: Historiografía e ideología en la posguerra española: la ruptura de la tradición liberal, Universidad de Zaragoza, 1991; de ambos: Diccionario Akal de historiadores españoles, Madrid, 2002.
57. Ferran II i la ciutat de Barcelona, 1479-1516, 3 vols., Barcelona, 1936-1937; Historia de los remensas (en el siglo XV), 1945; El gran sindicato remensa (1488-1508). La última etapa del problema agrario catalán durante el reinado de Fernando el católico, 1954.
58. Peter Burke: La revolución historiográfica francesa. La escuela de los Annales, 1929-1984, Barcelona, 1999; André Burguière: La escuela de los Annales. Una historia intelectual, Universidad de Valencia, 2009.
59. Lawrence Stone: «Oxford and Cambridge from the 14th to the Early 19th Century», The University in Society, 2 vols., Princeton University Press, 1974, I, pp. 3-110; inició en Past and Present, 28, 1964, pp. 41-80, 1969; pp. 69-139; The Crisis of the Aristocracy, 1558-1641, Oxford, 1965.
60. José Simón Díaz: Historia del colegio imperial de Madrid, 2 vols., Madrid, 1952-1959. Vicente León y Telesforo M. Hernández Sempere: «El plan de estudios de mayores del seminario andresiano de nobles de Valencia», Ciencia y academia, IX congreso internacional de historia de las universidades hispánicas, 2 vols., Valencia, 2008, I, pp. 529-547.
61. Die Frequenz der deutschen Universitäten von ihrer Gründung bis zur Gegenwart, Leipzig, 1904, basado en las publicaciones de las matrículas de universidades alemanas de Heidelberg, Viena, Múnich, Colonia, Berlín, Gotinga, Erfurt, Jena, Basilea, Altdorf, Helmstedt e Innsbruck.
62. Students and Society in Early Modern Spain, Baltimore, 1974; traducción, Universidad y sociedad en la España moderna, Madrid, 1981. Un resumen en «Universities in Castille», Past and Present, 49(1), 1970, pp. 44-71.
63. Willem Frijhoff: La société neerlandaise et ses gradués, 1575-1814, Amsterdam, 1984; Les Universités européennes du XVIe au XVIIIe siècle. Histoire des populations universitaires, edición de Dominique Julia, Jacques Revel y Roger Chartier, 2 vols., París, 1986-1989; Margarita Torremocha: Ser estudiante en el siglo XVIII: la universidad vallisoletana de la ilustración, Junta de Castilla y León, Valladolid, 1991; Federico Sanz Díaz: El alumnado de la universidad de Valladolid en el siglo XIX (1837-1886), Universidad de Valladolid, 1978.
64. Mariano Peset: «Interrelaciones entre las universidades españolas y portuguesa en los primeros siglos de su historia», Boletim da faculdade de Direito de Coimbra, 58(2), 1982, pp. 875-940, y «Estudiantes hispanos en las universidades francesas. Siglo XIV», Estudios dedicados a Juan Peset Aleixandre, III, pp. 273-294; Pilar Codonyer Sòria: Estudiants valencians al «Studio fiorentino» (1473-1494), Universitat de València, 2003.
65. Mariano Peset, José Luis Peset y M.ª Fernanda Mancebo: «La población universitaria de Valencia durante el siglo XVIII», Estudis d’història contemporània del País valencià, 1, 1979, pp. 7-42. Marc Baldó recontó los siglos XIX y XX: «La població de la universitat de València al segle XX», Saitabi, 49, 1999, pp. 17-60.
66. Mariano Peset, M.ª Fernanda Mancebo y Fernanda Peset: «La matrícula universitaria de México durante el siglo XVIII», Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 2, 1999, pp. 83-110. Un planteamiento general, en Mariano Peset: «Historia cuantitativa y población estudiantil», Historia de las universidades modernas en Hispanoamérica. Método y fuentes, México, 1995, pp. 15-31.
67. También Mariano Peset Mancebo, su tesis con López Piñero de 1997: Juan Bautista Peset y Vidal y la transición de la medicina anatomoclínica a la de laboratorio (1821-1885); participó en Claustros y estudiantes, II, pp. 237-259, provisión de cátedra de medicina en México; en Doctores y escolares, II, pp. 267-278, sobre la historia de la medicina de Peset y Vidal; en Aulas y saberes, II, pp. 331-339, el real protomedicato en Valencia; en el V congreso en Salamanca, II, pp. 305-316, sobre el tratado de medicina legal de Pedro Mata; en Colegios y universidades, II, pp. 237-249, sobre la cátedra de prima médica en México; y en Derecho, historia y universidades, II, pp. 453-460, «Los catedráticos de la facultad de medicina y la peste de 1647-1648». «Perfil biográfico científico de Rafael Méndez», María Fernanda Mancebo, Marc Baldó y Cecilio Alonso (eds.): L’exili cultural de 1939, seixanta anys després, 2 vols., València, 2001, pp. 469-490.
68. Amparo Felipo Orts, Francisca Miralles y Francisco Javier Peris: Estudiantes y probanzas de cursos en la universidad de Valencia (1561-1707), Universidad de Valencia, 2013; Estudiantes y grados de cursos en la universidad de Valencia (1650-1707), Universitat de València, 2013. Rafael Ramis Barceló ha recogido grados de Barcelona, Solsona, Tarragona, Irache, grados de españoles en La Sapienza, algunos con Pedro Ramis Serra. También Mallorca, con Albert Cassanyes Roig y con Antonio Planas…
69. Era frecuente desde Valencia acudir a doctorarse a Gandía. Pilar García Trobat: «La universidad de Gandía: ¿fuga académica?», Doctores y escolares, I, pp. 183-193.
70. Las estudiaron Bonilla San Martín o García Mercadal, Mariano y José Luis Peset: La universidad española, capítulos VII y XX; José Luis Peset y Elena Hernández Sandoica: Estudiantes en Alcalá, Alcalá, 1983; Margarita Torremocha: La vida estudiantil en el antiguo régimen, Madrid, 1998; Mariano Peset y Javier Palao: «Escenas de la vida universitaria», Sapientia aedificavit, coordinado por Daniel Benito Goerlich, Universitat de València, 1999, pp. 19-95; Vida estudiantil en el antiguo régimen, coordinado por Luis Enrique Rodríguez-San Pedro y Juan Luis Polo, Salamanca, 2008; el primero editó el diario de Gaspar Ramos Ortiz (1568-1569), 1987, 2.ª edición, Universidad de Salamanca, 1999; George Haley el de Girolamo de Sommaia, Salamanca, 1977. Sobre la F.U.E. remitimos a M.ª Fernanda Mancebo: La universidad de Valencia, citada en la nota 16; Juan Germán Perales Birlanga: Católicos y liberales: sociología y vida de la comunidad escolar universitaria de Valencia, 1875-1939, tesis, Valencia, 2003; Juan Luis Rubio Mayoral: Disciplina y rebeldía. Los estudiantes en la universidad de Sevilla (1939-1970), Universidad de Sevilla, 2005.
71. Enrique Esperabé de Arteaga: Historia pragmática e interna de la universidad de Salamanca, 2 vols., 1914-1917, vol. I; Mariano Alcocer Martínez: Historia de la universidad de Valladolid, 7 vols., Valladolid, 1918-1931, vol. III. En las tesis de Albiñana, Mancebo o Yolanda Blasco, se recogen biografías de Valencia; también en Luis Miguel Gutiérrez Torrecilla y Pedro Ballesteros Torres: Cátedras y catedráticos de la universidad de Alcalá de Henares en el siglo XVIII, Universidad de Alcalá, 1996; ambos, junto a Manuel Casado Arboniés (eds.): Profesores y estudiantes. Biografía colectiva de la universidad de Alcalá (1508-1836), Universidad de Alcalá, 2013; Antonio Planas Rosselló y Rafael Ramis Barceló: La facultad de leyes y cánones de la universidad literaria de Mallorca, Madrid, 2011. Los listados de catedráticos tienen menor interés, pero a veces solo quedan nombres. Mariano Peset y Juan Gutiérrez Cuadrado: «Clérigos y juristas en la baja edad media castellanoleonesa», Senara, Vigo, 3, 1981, Anexo pp. 7-110.
72. Escuelas de imperio. La formación de una elite en los colegios mayores (siglos XVI-XVII), Madrid, 2019. Catálogos, Antonio Pérez Martín: Proles aegidiana, 4 vols., Bolonia-Zaragoza, 1974, los de Ana M.ª Carabias Torres en la nota 26; M.ª Ángeles Sobaler Seco: Los colegiales de Santa Cruz (1484-1670): una elite de poder, Valladolid, 1987 y Catálogo de colegiales del colegio mayor de Santa Cruz de Valladolid (1484-1786), Universidad de Valladolid, 2000; Isabel Pendás: «Los colegiales mayores de Santa Cruz de Valladolid. Estudio sociológico», Cuadernos de historia, 4, 1984, pp. 123-158; Luis Miguel Gutiérrez Torrecilla: Catálogo biográfico de colegiales y capellanes del colegio mayor de san Ildefonso de la universidad de Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 1992.
73. Mariano Peset: «Catedráticos juristas: formación y carrera», La culture des élites espagnoles à l’époque moderne, Bulletin hispanique, 97(1), 1995, pp. 261-278, y «La carrera de los profesores de leyes y cánones», en Margarita Menegus (ed.): Universidad y sociedad en Hispanoamérica. Grupos de poder siglos XVIII y XIX. III congreso internacional sobre las universidades hispánicas, México, UNAM, 2001, pp. 41-61; Armando Pavón y Clara Inés Ramírez estudiaron en sus tesis catedráticos y escolares, como en El catedrático novohispano. Oficio y burocracia en el siglo XVI, México, UNAM, 1993, junto a otras publicaciones. Sobre la etapa posterior, Mariano Peset; «Estudios de derecho y profesiones jurídicas», El tercer poder. Hacia una comprensión histórica de la justicia contemporánea en España, Max-Planck Institut, Frankfurt, 1992, pp. 349-380; Francisco Villacorta Baños: Profesionales y burócratas. Estado y poder corporativo en la España del siglo XX, 1890-1923, Madrid, 1989.
74. Remitimos a la Historia de la abogacía española, dirigida por Santiago Muñoz Machado, 2 vols., Madrid, 2015, con páginas sobre América; también a Jean-Marc Pelorson: Les letrados juristes castillans sous Philippe III. Recherches sur leur place dans la société, la culture et l’état, Université de Poitiers, 1980, y Richard L. Kagan: Pleitos y pleiteantes en Castilla, 1500-1700, Valladolid, 1991.
75. Historia de las universidades modernas en Hispanoamérica, pp. 83-94; Margarita Menegus: «Las carreras de los graduados en leyes y cánones. La Nueva España en el siglo XVIII», Doctores y escolares, II, pp. 81-91, una muestra de 166; a diferencia de catedráticos y colegiales, no es posible abarcar el colectivo completo, que se halla en los libros de grados, recontados por Guillermo Fernández de Recas, así como por Peset, Mancebo y Peset Mancebo, citado en la nota 66, y por Rodolfo Aguirre. Convocó en 1995 Universidad y sociedad en Hispanoamérica.
76. Reseñado por Mariano Peset y Yolanda Blasco Gil: CIAN, 10, 2007, pp. 313-318. Rodolfo Aguirre: Universidad y sociedad: los graduados de la Nueva España en el siglo XVIII, tesis de doctor, México, UNAM, 2000; la de maestría sobre catedráticos, en 1995; El mérito y la estrategia: clérigos, juristas y médicos en Nueva España, 2003.
77. Pere Molas y otros: Historia social de la administración española, Estudios sobre los siglos XVII y XVIII, Barcelona, 1980, en especial pp. 9-18; completa en Cuadernos de investigación histórica, 6, 1982, pp. 151-168; Salvador Albiñana: «Biografía colectiva e historia de las universidades hispánicas», Historia de las universidades modernas en Hispanoamérica, pp. 33-82; Joseph Pierre Dedieu, Juan Luis Castellano y María Victoria López-Cordón (eds.): La pluma, la mitra y la espada: estudios de historia institucional en la edad moderna, Madrid, 2000. Las bases de datos, las claves de familia, amistad, influencias políticas…
78. No podemos recoger la amplia bibliografía existente sobre estas instituciones. Véase Guillermo Lohman Villena: Los ministros de la audiencia de Lima, Sevilla, 1974; en conjunto, Mark A. Burkholder y Dewitt S. Chandler: De la impotencia a la autoridad: la corona española y las audiencias en América 1687-1808, México, 1984, y La iglesia en el México colonial, coordinado por Antonio Rubial, México, 2013. Sobre la venta de cargos, véanse Francisco Tomás y Valiente y la tesis de Antonio García y García en 2015. Solo observaremos que algunos autores al estudiar una audiencia hacen prosopografía o biografía colectiva, como Teresa Canet o Pere Molas sobre Valencia y Barcelona; cuando son juristas insisten en organización y procedimientos, como Antonio Planas Rosselló: La real audiencia de Mallorca en la época de los Austrias (1521-1715), Universitat Pompeu Fabra, 2010, aunque identifica a sus miembros. En todo caso, no suelen examinar pleitos y doctrina, y las sentencias no están motivadas en Castilla ni en la corona de Aragón tras la nueva planta. Las alegaciones jurídicas dan cuenta del pleito y a veces son muy voluminosas. Mariano Peset: «Mayans y la práctica jurídica: su intervención en el pleito de sucesión del ducado de Gandía», Mayans y la ilustración, citado en la nota 44, II, pp. 539-571.
79. Salvador Bernabeu Albert: El criollo como voluntad y representación, Madrid, 2006, representación de 1771, pp. 77-166; Dorothy Tanck de Estrada: «El común lamento del reino… La representación de la universidad de México a Carlos III, 27 de mayo de 1777», Memoria del segundo encuentro sobre historia de la universidad, 1986, pp. 50-67, y «Aspectos políticos de la intervención de Carlos III en la universidad de México», Historia mexicana, 38(2), 1988, pp. 181-197. Mariano Peset: «La ilustración y la universidad de México», La real expedición botánica a Nueva España, 1787-1803, Madrid, 1987, pp. 131-146; Enrique González y González: «El rechazo de la universidad de México a las reformas ilustradas», Estudios de historia social y económica de América, 7, 1991, pp. 94-124.
80. Mariano y José Luis Peset: La universidad española (siglos XVIII-XIX), pp. 85-116, sobre los manuscritos de Bayer en Valencia, que después editaría Mestre y colaboradores. Mariano Peset: «Campomanes y las universidades», Campomanes doscientos años después, Instituto Feijoo de estudios del siglo XVIII, Universidad de Oviedo, 2003, pp. 117-135. Luis Sala Balust: Reales reformas de los antiguos colegios de Salamanca anteriores a las del reinado de Carlos III (1623-1770), Valladolid, 1956 y Visitas y reforma de los colegios mayores de Salamanca en el reinado de Carlos III, Valladolid, 1958.
81. Mariano y José Luis Peset: «Política y saberes en la universidad ilustrada», Carlos III y la ilustración, 3 vols., Madrid, Ministerio de cultura, 1990, III, pp. 30-135; Mariano Peset y Pilar Mancebo: Carlos III y la legislación sobre universidades, Documentación jurídica, 15(57), Madrid, Ministerio de justicia, 1988, pp. 5-263; con Mariano Peset Mancebo: «Las reformas universitarias en el siglo XVIII», Les universitats de la corona d’Aragó, citada en la nota 21, pp. 321-349. También Inmaculada Arias de Saavedra: Chronica nova, 24, 1977, pp. 7-34.
82. Mariano Peset: «Método y arte de enseñar las leyes», Doctores y escolares, II, pp. 253-266; en colaboración con Paz Alonso Romero: «Las facultades de leyes», Historia de la universidad de Salamanca, III, pp. 21-73; «Enseñanza en la facultad de leyes de Valencia: explicaciones de Mateu Rejaule a inicios del XVII», Ciencia y academia, II, pp. 260-321; Las viejas facultades de leyes y cánones del Estudi general de Valencia, Universitat de València, 2006, pp. 37-61; se conserva el inventario de la biblioteca de Rejaule, en Josep Sanchis Sivera: Estudis d’història cultural, Valencia-Barcelona, 1999, pp. 159-177, que hemos identificado mejor con la ayuda de Mateu Rodrigo Lizondo.
83. Mariano Peset: «Els Furs de València. Un texto de leyes del siglo XIII», Los valencianos y el legado foral, Javier Palao y Pilar Hernando (coords.), Universitat de València, 2018, pp. 27-51.
84. Ordenamiento de Alcalá de 1348 y en ley primera de Toro. Véase Mariano Peset: «Derecho romano y derecho real en las universidades del siglo XVIII», Anuario de historia del derecho español, 45, 1975, pp. 273-339; también las leyes de citas de Juan II o de los Reyes Católicos de 1499 pretenden esa meta.
85. En torno a Mayans puede verse cómo se engarza el derecho común con el patrio, la teórica con la práctica, en su correspondencia con José Nebot editada, que citamos en la nota 53, y en las cartas que siguen inéditas. Colaboran en algunos pleitos; el erudito proporciona opiniones y materiales y el práctico los usa en sus alegaciones.
86. En cambio, ya en el siglo XVII, Juan Lucas Cortés proyectaba una historia de las leyes y de autores de los distintos reinos peninsulares, que un diplomático danés, que seguramente la había adquirido en la subasta post mortem de sus libros, editó a su nombre, Gerhard Ernest de Franckenau, Sacra themidis hispanae arcana, Hanover, 1703. Mayans, en carta a Nebot de 1740, sospechaba que había usado sus papeles, y años después demostró, con un análisis de crítica interna, en la vida de Ramos del Manzano: Novus Thesaurus, citado en la nota 88, V, pp. 27-30, que había plagiado en buena medida, como también otra obra en curso de Cortés: Bibliotheca hispanica historico-genealogicoheraldica, Leipzig, 1724; Cerdá y Rico reprodujo sus páginas en la segunda edición, Madrid, 1780. Después no hubo demasiado interés por los autores. Román Riaza Martínez-Osorio: Historia de la literatura jurídica española, ciclostilada hace años y publicada por Lourdes Soria Sesé, Madrid, 1998. Ureña no pasó de los árabes en su Historia de la literatura jurídica, 2 vols., Madrid, 1906. El arabismo desapareció de la historia del derecho, las últimas investigaciones son del agustino López Ortiz; parece renacer con María Magdalena Martínez Almira: Derecho procesal malikí hispanoárabe, prólogo de Agustín Bermúdez, Nápoles, 2006.
87. Manuel J. Peláez (ed. y coord.): Diccionario crítico de juristas españoles, portugueses y latinoamericanos (hispanos, brasileños, quebequenses y restantes francófonos), 4 vols., Madrid, 2005-2011; Carlos Petit Calvo (dir.): Diccionario de catedráticos españoles de derecho (1847-1943), Universidad Carlos III, en línea; Rafael Domingo (ed.): Juristas universales, 4 vols., Universidad de Navarra, también en la red. De más importancia resultan las bibliografías, como las de Martin Lipen: Bibliotheca realis juridica, Frankfurt, 1679, Augustinus Fontana: Amphitheatrum legale, seu bibliotheca legalis amplissima, 5 vols., Parma, 1688, o nuestro Palau Dulcet.
88. En Novus Thesaurus juris civilis, et canonici, de Geert Meerman, 7 vols., La Haya, 1751-1753, V, pp. 21-35, y VI, pp. 5-20; también las que escribió de Juan de Puga o de Antonio Agustín. Hace unos años, Manuel Vicent Febrer Romaguera: Humanisme polític i teorització del pactisme en la València del segle XV. Vida, obra i ideari del jurista misser Pere Belluga (1392-1468), Universitat de València, 2017.
89. En contraste, Juan Carlos Domínguez Nafría: El jurisconsulto Benito Gutiérrez, entre la historia y la razón, 1997, pasa como sobre ascuas por sus volúmenes de Códigos o estudios fundamentales sobre derecho civil español. A veces, es mejor un especialista que un historiador, por ejemplo, el histólogo José Gómez Sánchez: Luis Urtubey. Un maestro olvidado, Valencia, 2008.
90. Tomás y Valiente los utilizó en sus estudios de derecho penal y Bartolomé Clavero en Mayorazgo. Propiedad feudal en Castilla 1369-1836, Madrid, 1974. La primera publicación de Mariano Peset fue sobre Dorado Montero: Almena, 2, 1963, pp. 65-126, en colaboración con su hermano Rafael; con José Luis, Lombroso en la escuela positivista italiana, Madrid, 1975. En su tesis doctoral sobre François Gény analizó su obra, así como otros autores, Rudolf von Jhering, Maurice Hauriou, Léon Duguit…; los grandes historiadores del derecho, Hinojosa, Altamira, Sánchez Albornoz, Ots Capdequí, Tomás y Valiente… También Pascual Marzal o Dolores Guillot en sus tesis sobre sucesiones y régimen matrimonial en Valencia.
91. Ya desde Savigny, Theodor Mommsen, Paul Krüger… Franz Wieacker: Privatrechtsgeschichte der Neuzeit unter besonderer Berücksichtigung der deutschen Entwicklung, 2.ª edición, Göttingen, 1967; Helmut Coing: Europäisches Privatrecht 1500 bis 1600, 2 vols., Frankfurt, 1985; abarca ámbito europeo. En Italia, Francesco Calasso: Introduzione al diritto comune,1951, 2.ª edición, 1970; Domenico Maffei: Gli inizi dell’unanesimo giuridico, 3.ª impresión, Milán, 1972; Manlio Bellomo: L’Europa del diritto comune, 3.ª edición, 1989; Mario Ascheri: I consilio dei giuristi medievali, 1985; Tribunali, giuristi e istituzioni. Del medievo all’età moderna, 1989; Paolo Grossi: El orden jurídico medieval, Madrid, 1996.
92. La historia de la medicina o de las ciencias es universal, autores que son cimas y avances. Pedro Laín Entralgo dirige la Historia universal de la medicina, 7 vols., Barcelona, 1972-1975, y René Taton una Historia general de las ciencias, 5 vols., Barcelona, 1971-1975; pero, cuando se circunscribe a un país o nación baja el nivel, Julio Rey Pastor, Los matemáticos españoles del siglo XVI, Madrid, 1934; José M.ª López Pîñero, Thomas F. Glick, Víctor Navarro Brotons y Eugenio Portela Marcos: Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, 2 vols., Barcelona, 1983. Véanse otras referencias en la nota 48.
93. Salamanca, escuela de juristas, Universidad Carlos III, 2012, donde reúne, entre otros sus estudios: «Theoría y praxis en la enseñanza del derecho: tratados y prácticas procesales en la universidad de Salamanca a mediados del siglo XVI», Anuario de historia del derecho español, 61, 1991, pp. 451-548; «Lectura de Juan Gutiérrez (c. 1535/1540-1618), un jurista formado en Salamanca», Initium, 2, 1997, pp. 447-484; «Del «amor» a las leyes patrias y su «verdadera inteligencia»; a propósito del trato con el derecho regio en la universidad de Salamanca durante los siglos modernos», Anuario de historia del derecho español, 68, 1998, pp. 156-195; «Ius commune y derecho patrio en la universidad de Salamanca», El derecho y los juristas en Salamanca (siglos XVI-XX). En memoria de Francisco Tomás y Valiente, Salamanca, 2004, pp. 43-48.
94. Sobre Juan Gutiérrez, Gregorio López Madera, Antonio Pichardo de Vinuesa, Alfonso Hojeda de Mendoza, Diego Espino de Cáceres, Juan de Orozco, Bartolomé de Humada Mudarra Mercado, Luis de Mexía Ponce de León y García de Gironda, en Anuario de historia del derecho español y otras revistas; también en El poder del monarca en la obra de los juristas castellanos (1480-1680), Universidad de Castilla-La Mancha, 2015, y en Estudios sobre jurisprudencia y juristas en la corona de Castilla (siglos XV-XVI), Valladolid, 2016. Sobre Ramos del Manzano, Juristas de Salamanca: siglos XV-XX, Salamanca, 2009, pp. 173-234.
95. Mariano Peset: «Mayans y el método del humanismo jurídico», El conde de Aranda y su tiempo, José Antonio Ferrer Benimeli (dir.) y Esteban Sarasa y Eliseo Serrano (coords.), 2 vols., Zaragoza, 2000, II, pp. 477-492, y «Humanismo en las facultades de leyes (siglos XVI a XVIII)», en Francisco L. Lisi (ed.), Tradición clásica y universidad, Universidad Carlos III, 2010, pp. 305-364; mejoró una parte: «Nebrija y Vives, dos humanistas que escriben sobre derecho», Matrícula y lecciones, XI congreso internacional de historia de las universidades hispánicas (Valencia, noviembre 2011), 2 vols., Universitat de València, 2012, II, pp. 219-235; «Humanismo tardío en Salamanca», Studia historica. Historia moderna, 14, 1996, pp. 63-83, en colaboración con Pascual Marzal. Salustiano de Dios los ordenó en distintos niveles: «Tendencias doctrinales en la época de la jurisprudencia clásica salmantina», Salamanca. Revista de estudios, 47, 2001, pp. 285-311. La etapa anterior: «Los juristas de Salamanca del siglo XV», Cultura política y Práctica del derecho. Juristas de Salamanca siglos XV-XX, Universidad de Salamanca, 2012, pp. 13-70, y «Alfonso Díaz de Montalvo: juez y jurisprudencia en Castilla durante el siglo XV», Glossae, 13, 2016, pp. 108-164.
96. «Omitiendo una grande muchedumbre de comentadores de las Instituciones de Justiniano, los más aventajados han sido Joaquín Minsingero, Francisco Hotomano y Arnoldo Vinnio […] yo introduje los comentarios en nuestra Universidad y en las Academias que tuve, además de la lectura del Código de Justiniano […] Pero la experiencia me enseñó que era menester un extraordinario trabajo para que mis discípulos me entendiesen aun explicando sus comentarios cláusula por cláusula y preguntando del mismo modo», Cartas morales, militares, civiles i literarias de varios autores, 5 vols., Valencia, 1773, V, pp. 232-233. Mariano Peset: «L’introduction des manuels d’enseignement dans les universités espagnoles au XVIIIe siècle», De l’alphabétisation aux circuits du livre en Espagne, XVIe-XIXe siècles, París, 1987, pp. 163-185; Pascual Marzal Rodríguez: «Docencia en leyes y cánones (Valencia, 1707-1741)», Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 3, 2000, pp.165-188, que reproduce en Colegios y universidades, II, pp. 163-183; Laura Beck: Literatura jurídica y censura. Fortuna de Vinnius en España, Valencia, 2013.
97. Mariano Peset escribió sobre el derecho en tiempos del pavorde Sala y Jorge Correa acerca de su carrera académica, en II jornades d’estudis de Pego i Les Valls, 2007, pp. 17-48 y 131-148. Del primero, también «Sala mexicano: un libro jurídico para una transición», Cuadernos de investigaciones jurídicas, 2(4), 1987, pp. 61-78, y «Novísimo Sala mexicano o el final del viejo derecho hispano», Memoria del IV congreso de historia del derecho mexicano (1986), 2 vols., México, Universidad nacional autónoma, 1988, II, pp. 895-912.
98. Mariano Peset: «El primer modelo liberal en España (1821)», Università in Europa, Messina, 1995, pp. 601-624, y «Los dos modelos de la universidad liberal», Història del pensament jurídic, edición de Tomàs de Montagut, Barcelona, 1999, pp. 283-298; «La constitución de Cádiz y las universidades», El legado de las cortes de Cádiz, Valencia, 2011, pp. 229-259. Albert Dérozier: Manuel Josef Quintana et la naissance du libéralisme en Espagne, 2 vols., Besançon-París, 1968-1970; Natividad Araque Hontangas: Manuel José Quintana y la instrucción pública, Madrid, 2013.
99. «El plan Pidal de 1845 y la enseñanza en las facultades de derecho», Anuario de historia del derecho español, 40, 1970, pp. 613-651.
100. Mariano y José Luis Peset: La universidad española, capítulo XIX; Jean-Louis Guereña: «El primer escalafón de catedráticos de Universidades (1847) y la creación del cuerpo de catedráticos de universidades en España», Doctores y escolares, I, pp. 231-250; «Aproximación sociológica al cuerpo de los catedráticos de universidad a finales del siglo XIX», Las universidades hispánicas: de la monarquía de los Austrias al centralismo liberal, citado en la nota 36, II, pp. 169-181.
101. Yolanda Blasco analizó manuales decimonónicos en su tesis La facultad de derecho de Valencia durante la restauración, en el tomo II; publicó algunos: Santamaría de Paredes y Olóriz, Rafael Rodríguez de Cepeda, apuntes de Eduardo Pérez Pujol y otros varios; sobre la introducción de la parte general de Savigny: Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 2, 1999, pp. 11-36. En el congreso Colegios y universidades. Del antiguo régimen al liberalismo, Enrique González y Leticia Pérez Puente (coords.), México, 2001, hubo una sección en que intervino, así como Jorge Correa y Pilar García Trobat. Adela Mora y sus colaboradores organizaron un congreso, Manuales y textos de enseñanza en la universidad liberal, Madrid, 2004, pero ante su absurda orientación preferimos no asistir.
102. El profesor alemán Julius Freiherr von Minutoli relató un doctorado, en Mariano y José Luis Peset: La universidad española (siglos XVIII-XIX), pp. 376-379; Carlos Petit: «La administración y el doctorado: centralidad de Madrid», Anuario de historia del derecho español, 67, 1997, pp. 593-613; Manuel Martínez Neira y José María Puyol Montero: El doctorado en derecho 1930-1956, 2008, una introducción y un catálogo o lista de tesis, sin leerlas. Manuel Bermejo trajo otra lista a este congreso, pero no entregó la comunicación. Listas de la etapa anterior, 1847-1868, en Aurora Miguel Alonso y Antonio Calderón Rehecho: Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 12(1), 2009.
103. Mariano Peset: «Humanismo en las facultades de leyes…», citado en la nota 89, y «Cuestiones sobre la investigación de las facultades de derecho durante la segunda mitad del siglo XIX», I seminario de historia del derecho y derecho privado. Nuevas técnicas de investigación, Universidad autónoma de Barcelona, 1985, pp. 327-396.
104. Eugenia Torijano estudió los penalistas de Salamanca y el código de 1822, en Juristas de Salamanca siglos XV-XX, pp. 259-310; los civilistas y su informe sobre el proyecto de Goyena, en Cultura política y práctica, pp. 317-381; recientemente, Los estudios jurídicos en la universidad salmantina del siglo XIX, Universidad de Salamanca, 2018, centrada en la docencia.
105. Mariano Peset: «Julián Sanz del Río und seine Reise nach Deutschland», en K.-M. Kodalle (ed.), Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832). Studien zu seine Philosophie und zum Krausismus, Hamburgo, 1985, pp. 152-173; también: «Autonomía y libertad de cátedra (Dos siglos de historia universitaria», Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 5, 2002, pp. 17-56; Charles E. McClelland: «Más allá de Krause: Julián Sanz del Río en Heidelberg y la subcultura académica en la nueva universidad de Madrid», Matrícula y lecciones, II, pp. 15-28.
106. Pierre Jobit: Les éducateurs de l’Espagne contemporaine, 2 vols., París, 1936; Juan López Morillas: El krausismo español. Perfil de una aventura intelectual, México, 2.ª edición, 1980; Vicente Cacho Viu: La Institución libre de enseñanza I. Orígenes y etapa universitaria (1860-1881), Madrid, 1962; Dolores Gómez Molleda: Los reformadores de la España contemporánea, Madrid, 1966; Eloy Terrón: Sociología e ideología en los orígenes de la España contemporánea, Barcelona, 1969; Antonio Jiménez-Landi: La Institución libre de enseñanza y su ambiente, 3 vols., Madrid, 1973; nueva edición, 4 vols., 1996. Alberto Jiménez Fraud, director de la residencia de estudiantes, desde su exilio en Oxford dedicó muchas páginas a las universidades: La ciudad del estudio, Selección y reforma y Ocaso y restauración, El Colegio de México, 1944-1948, en España se publican juntos, Madrid, 1971, y se reimprimen por la Fundación Jiménez Cossío, 2006. En el tercero evoca a la Institución Libre de Enseñanza y a su espíritu, a sus maestros…
107. Francisco Javier Laporta, Alfonso Ruiz Miguel, Vicente Zapatero y Javier Solana dedicaron a la Junta dos números de Arbor, 493 y 499-500, en 1987, resumen de su investigación inédita en la Fundación March, 5 vols., 1978; 1907-1987. La junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas ochenta años después. Simposio internacional, coordinado por José Manuel Sánchez Ron, 2 vols., CSIC, 1988; La universidad de Córdoba en el centenario de la junta para ampliación de estudios, Enrique Aguilar Gavilán (coord.), Universidad de Córdoba, 2008; 100 JAE. Centenario de la junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, II congreso internacional, José García Velasco y José Manuel Sánchez Ron (coords.), Madrid, 2010; Tiempos de investigación. JAE-CSIC. Cien años de ciencia en España, coordinado por Miguel Ángel Puig-Samper, CSIC, 2010, publicación oficial, de gran tamaño y en papel cuché, que establece continuidad entre ambos organismos, cuando los antiguos investigadores trabajaban exilados en otros países, sustituidos por falangistas y opusdeístas; destaca la venida de Severo Ochoa, jubilado, o coloca a los presidentes de la democracia, a continuación de Cajal, extraños guiños de la manipulación.
108. Mariano Peset: «Los orígenes de la autonomía universitaria y el proyecto de García-Alix de 1901», L’Université en Espagne et Amérique latine, citado en la nota 32, II, pp. 185-201; con María Fernanda Mancebo: «Un intento de autonomía universitaria: el fracaso de la reforma Silió de 1919», Homenaje a Juan Vallet de Goytisolo, Madrid, 990, VI, pp. 507-557.
109. Prueba son sus asambleas, desde Valencia en 1902, que estudió Daniel Comas: El IV centenario de la universidad de Valencia, citado en la nota 15; José-Carlos Mainer: «La redención de los paraninfos: asambleas y regeneracionismo universitario», La crisis del Estado español, 1898-1936, Madrid, 1978, pp. 213-244.
110. Mariano Peset: «La Ley de ordenación universitaria de 1943», La universidad española bajo el régimen de Franco, Actas del congreso celebrado en Zaragoza, 8-11 nov. 1989, Zaragoza, 1991, pp. 121-158. Sobre Ibáñez Martín, en contraste con el exiliado Mariano Ruiz-Funes, véase Tomás Saorín y Yolanda Blasco Gil: Revista de Indias, 77(269), 2017, pp. 263-304. La tesis de Ruiz Carnicer: El sindicato español universitario (SEU), 1939-1965, Madrid, 1996; Mariano Peset: «Los estudiantes contra Franco», Studenti per la democrazia. La rivolra dei joveni contra il nazifascismo, a cargo de Gian Paolo Brizzi, Bolonia, 2005, pp. 97-116; Elena Hernández Sandoica, Miguel Ángel Ruiz Carnicer y Marc Baldó Lacomba: Estudiantes contra Franco: oposición política y movilización juvenil, Madrid, 2007.
111. Sobre la depuración en Valencia, Marc Baldó y María Fernanda Mancebo: La segunda república, una esperanza frustrada. Actas del congreso Valencia capital cultural de la república, Valencia, 1987, pp. 269-292 y 293-320; Juan Luis Rubio Mayoral: «El profesorado de la universidad de Sevilla. Aproximación a un proceso de depuración política (1936-1939)», Universidad y poder, María Nieves Gómez García (coord.), 1993, pp. 57-113; Jaume Claret Miranda: El atroz desmoche: la destrucción de la universidad española por el franquismo, 1936-1945, Barcelona, 2006; Manuel Álvaro Dueñas: «Por ministerio de la ley y voluntad del Caudillo», La jurisdicción especial de responsabilidades políticas (1939-1945), Madrid, 2006; La destrucción de la ciencia en España: depuración universitaria en el franquismo, coordinado por Luis E. Otero Carvajal, Universidad complutense, 2006; La depuración de funcionarios públicos bajo la dictadura franquista, coordinado por Josefina Cuesta, Madrid, 2009.
112. La bibliografía del exilio es extensísima, con grupos de trabajo y publicaciones como Aemic o Gexel; no la podemos recoger aquí. Remitimos a José Luis Abellán: El exilio español de 1939, 6 vols., Madrid, 1976-1978; María Fernanda Mancebo: La España de los exilios. Un mensaje para el siglo XXI, Universitat de València, 2008; Universidades y exilio: homenaje a María Fernanda Mancebo Alonso, Fundación Max Aub, Segorbe, 2018; Yolanda Blasco Gil: 1943: La transición imposible. Edición del Libro de la primera reunión de profesores universitarios emigrados, Valencia, 2018. Yolanda Blasco Gil y Armando Pavón Romero: «Las mujeres de la UPUEE, México. Universidad, derecho y sociedad», Anuario de historia del derecho español, 90, 2020, pp. 559-601.
113. Javier Infante Miguel-Motta: «Por el imperio hacia Dios bajo el mando del Caudillo. Profesores de la facultad de derecho de Salamanca», Cultura política y práctica, pp. 473-567, en línea; Carolina Rodríguez: La universidad de Madrid en el primer franquismo. Ruptura y continuidad (1939-1951), Universidad Carlos III, 2002, tesis dirigida por Elena Hernández Sandoica. La figura de Unamuno, sus últimos meses, tiene amplísima bibliografía.
114. Yolanda Blasco inició en su tesis el estudio de oposiciones a cátedra sobre expedientes del archivo general de la administración; después, junto con Jorge Correa, las oposiciones «patrióticas» en la facultad de derecho, la pugna entre familias del régimen, falangistas y opusdeístas, que Manuel Martínez Neira no alcanzó a percibir o prefirió omitir, en Cuadernos del instituto Antonio de Nebrija, 6, 2003, pp. 135-219; ha tenido que completarle un compañero del estudio general de Navarra, Onésimo Díaz: «Las oposiciones a cátedras de profesores miembros del Opus Dei en la posguerra española (1939-1945)», en línea. Las de historia, Yolanda Blasco Gil y María Fernanda Mancebo: Oposiciones y concursos a cátedra de historia en la universidad de Franco, 1939-1950, Universitat de València, 2010; una presentación de primeros resultados en Spagna contemporanea, 36, 2009, pp. 119-141. Una reseña sobre este libro, tendenciosa según Clavero, muy confusa, apareció en CIAN, 16(2), 2013, pp. 198-202, y fue recogida en la Biblioteca virtual de José María Escrivá de Balaguer y Opus Dei. Mejor otras de historiadores, como la profesora de Valencia M.ª del Carmen Agulló Díaz: Historia de la educación, 30, 2011, pp. 353-356, Luciano Casali de Bolonia: Historiografías: revista de historia y teoría, 2, 2011, 140-142, y Armando Pavón Romero de la UNAM: Revista de hispanismo filosófico, 16, 2011, pp. 249-253. También sobre estas oposiciones: La universidad nacionalcatólica. La reacción antimoderna, coordinado por Luis E. Otero Carvajal, Universidad Carlos III, 2014, con muchos datos y algunos errores, interpretaciones superficiales…
115. Bartolomé Clavero: «Francisco Tomás y Valiente y la historia del derecho como profesión», en M.ª Paz Alonso (ed.): Francisco Tomás y Valiente. Memoria y legado de un maestro, Universidad de Salamanca, 2017, pp. 17-47.
116. Véase Josemaría Escrivá de Balaguer y la universidad, Pamplona, 1993, de varios autores. Seguía el ejemplo de los propagandistas de Ángel Herrera y de la obra del padre Corbató, su coetáneo en Valencia, Mariano Peset: «Carlismo y nacionalismo valenciano. Dos idearios dispares: Aparisi y Guijarro y el Padre Corbató», Nations et nationalités en Espagne XIXe-XXe siècles. Actes du colloque international organisé du 28 au 31 mars 1984, a Paris, par la Fondation Singer-Polignac, París, 1984, pp. 213-239. Recientemente, la tesis doctoral de Javier Esteve Martí sobre el padre Corbató y Manuel Polo y Peyrolón, Universitat de València, 2017, dirigida por Jesús Millán García-Varela y María Cruz Romeo Mateo.
117. Proyecto del Ministerio de Ciencia y Tecnología, Dirección General de Investigación: «Alma mater totius Hispaniae: Proyección social, historia y pervivencia de las universidades hispánicas (siglos XVI-XX)», DER201678166-R, dirigido por Jorge Correa.
UNIVERSIDAD, IGLESIA Y PODER POLÍTICO
NOTAS SOBRE LAS RELACIONES DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA CON EL PAPADO Y LA MONARQUÍA ENTRE 1480 Y 1561
M.ª PAZ ALONSO ROMERO Universidad de Salamanca
Desde sus orígenes la Universidad de Salamanca entabló una especial relación con la monarquía, al ser su propia creación obra de un rey, el monarca leonés Alfonso IX, quien en el año 1218 decidió fundar en esta ciudad un nuevo centro de estudios. No lo estableció ex novo, sin embargo, sino a partir de la floreciente escuela catedralicia que existía allí y de donde procedían varios de sus inmediatos colaboradores. Erigida por un rey, y por tanto fundación regia, tal circunstancia no impidió que su naturaleza inicial fuera la de un centro eclesiástico y que la sombra de la Iglesia, bien patente ya en esos comienzos, acabara marcando su historia durante siglos.
No puede extrañar por eso que la primera reglamentación jurídica de su actividad que se conserva, obra de Alfonso X el 8 de mayo de 1254, se hiciera en la corte regia «con mi conseio e mi acuerdo con los obispos e con arçidianos e con otros clerigos buenos que conmigo eran», o que en ella se ordenase «que los escolares de la vniuersidad non ayan sello comunal de la vniuersidad sinon por mandado e por complacer del obispo de salamanca». Fue el propio rey sabio quien, igualmente con el consejo y el consentimiento del obispo y el cabildo salmantinos, solicitó al papa Alejandro IV su confirmación pontificia, obtenida por medio de la bula dada en Nápoles el 6 de abril de 1255. A partir de entonces, los privilegios papales desempeñaron una función decisiva en la regulación del régimen institucional del Estudio, que también gracias a una bula de Alejandro IV al poco tiempo pudo disponer ya de sello corporativo y afianzar su vinculación jurisdiccional con la Santa Sede por medio del maestrescuela catedralicio, convertido en su juez propio. Una relación con Roma que alcanzó su momento culminante en el siglo XV, sobre todo a raíz de la acción llevada a cabo por los papas Benedicto XIII y Martín V, quienes, entre otras cosas, dotaron a la Universidad de sendos cuerpos normativos generales: las constituciones de 1411, obra del primero de ellos, y las que, a solicitud expresa de la Universidad y concedidas por el segundo, las sustituyeron en 1422.1
Hasta el siglo XIX las constituciones pontificias de Martín V de 1422 se mantuvieron como el núcleo esencial del régimen jurídico propio de la Universidad de Salamanca, completado luego en el curso del tiempo con nuevas bulas, disposiciones reales y estatutos generados por la propia corporación. Con esos diversos componentes se fue conformando un orden jurídico de composición plural y vigencia secular sobre cuya historia pretendo hacer aquí algunas reflexiones, teniendo como telón de fondo el juego de poderes dentro del que se desenvolvía el Estudio salmantino: el pontificio, el regio y el corporativo. Para ello me centraré en el periodo anunciado en el título de esta contribución y utilizaré como hilo conductor el cambio en las relaciones de la Universidad con sus dos poderes superiores experimentado a lo largo de esos años, cuando aquella fue distanciándose significativamente del papado y acercándose a la monarquía en el curso de un proceso de intervencionismo regio creciente que no solo matizó su inicial naturaleza eclesiástica sino que también mermó de forma decisiva una vida corporativa que resultó a la postre más impulsada y reconocida por los pontífices que por los reyes. Las visitas de los comisionados regios y el ejercicio de la facultad normativa por parte de la Universidad hasta los estatutos de 1561 serán los temas principales sobre los que basaré estas notas.
A tales efectos partiré del día 1 de marzo de 1480, cuando el arcediano de Toledo, Tello de Buendía, el primer visitador regio del que hay noticia, se presentó ante el claustro de la Universidad exhibiendo una cédula de los Reyes Católicos en la que, con el motivo inmediato de investigar y castigar a los culpables de los graves disturbios ocurridos en la última elección del rector, y en respuesta a la expresa petición de ayuda por parte de aquella, se le encomendaba también la tarea de reformar el Estudio.2 La carta de nombramiento imponía como condición de su cometido el respeto a los estatutos, privilegios y constituciones del centro, algo que también él mismo se ocupó de dar por sentado al hacer acto de presencia ante la Universidad que, con esa advertencia expresa, se mostró dispuesta a obedecer y cumplir el mandato regio. Su orden normativo, y más en concreto el dispuesto por Martín V en 1422, hacía del maestrescuela de la catedral salmantina su ejecutor y le atribuía también la decisión de las controversias ocasionadas en la elección del rector y los consiliarios, pero, bien fuera por su ausencia en esos momentos (de hecho, no aparece en los libros de claustros), bien por la magnitud de los acontecimientos, el caso es que la Universidad en esa ocasión debió de sentirse inerme y necesitada de auxilio externo, que solicitó de sus patronos los reyes.
Lo que por aquel entonces los monarcas no tenían muy claro era si sus atribuciones sobre el Estudio fundado por uno de sus antecesores les permitían también ese tipo de intervención por iniciativa propia. Lo ponen claramente de manifiesto las instrucciones con las que pocos años después, en 1485, enviaron a su embajador Francisco de Rojas a Roma con el encargo de solicitar del papa la licencia para actuar cuando fuera necesario en bien del Estudio, a la vista de la impunidad en que parece que seguían quedando los responsables de lo que se denunciaba como un continuo desgobierno e incumplimiento de la normativa universitaria, y en concreto de la pontificia, amparados los transgresores en los privilegios del centro («lo qual fasen porque hallan que non pueden ser por nuestro mandado visitados e reformados para que hayan de guardar las constituciones del dicho Estudio»).3
No conozco la respuesta del papa en tal ocasión y ni siquiera sé si hubo alguna, pero testimonios posteriores procedentes del propio reinado demuestran que las dudas de Isabel y Fernando acabaron resolviéndose pronto a su favor. Pese a que la falta de los libros de claustros correspondientes a los años 1481 a 1503 nos priva de una importante fuente de información, junto a algún indicio de una visita ordenada ya en 1486 sabemos que en 1501 nombraron como nuevos visitadores al obispo de Ávila, Antonio Silíceo, y al doctor Juan Díaz de Alcocer, ambos miembros del Consejo Real.4 En este caso, y sin más justificación que la que haga referencia a «algunas cabsas justas que a ello nos mueven conplyderas al servicio de dios nuestro señor e nuestro», enviaron a sus dos consejeros a Salamanca con el triple encargo de comprobar el grado de cumplimiento de las constituciones apostólicas y las disposiciones regias que reglamentaban la vida de la Universidad, examinar in situ su actividad y averiguar «todo lo otro que para la reformaçion del dicho estudio vieredes que cumple e es nesçesario», para lo cual les dieron su poder cumplido. Facultados asimismo para «remediar todas las cosas que buena mente les pudiesedes proueer», el resultado de sus pesquisas, junto con su parecer, debían enviarlo al Consejo para que los reyes ordenasen «proueer sobrello como entendieremos que cunple a nuestro seruiçio e al bien general del dicho estudio e de sus personas». Visitadores y reformadores se llamaría luego de ordinario a quienes los sucedieron en tales cometidos.
De ese modo quedaron perfilados en la visita de 1501 los términos en los que se desenvolvieron las realizadas a lo largo del siglo XVI, con mayor o menor énfasis en alguno de esos tres objetivos, aunque aún faltaban elementos importantes para el perfil institucional que acabaría implantándose. Sobre todo dos: la mención del fundamento jurídico que justificaba las visitas de comisionados regios y la actividad estatutaria que se fue desarrollando al hilo de varias de ellas, gracias a su acción conjunta con delegados del claustro y que acabó convirtiéndose en la principal vía de renovación y complemento de las constituciones pontificias en el desarrollo del ordenamiento jurídico de la Universidad de Salamanca en los siglos modernos. Aunque ya el propósito reformista de las visitas quedó anunciado desde la de 1480, no me consta que se concretara tan pronto en esta línea.
El primero de esos elementos se puso de manifiesto en la visita que el obispo de Málaga, Diego Ramírez de Villaescusa, llevó a cabo en 1512 por orden de la reina doña Juana. Faltan los libros de claustros inmediatamente posteriores, pero conocemos muchos de sus pormenores gracias a la publicación por Manuel Fernández Álvarez en 1984 de una parte importante de su documentación, conservada en el Archivo General de Simancas.5 Entre esos papeles, la real provisión dada en Burgos el 12 de agosto de 1512 por la que se le encomendaba la visita contenía ya la cláusula, repetida luego en ulteriores nombramientos, que daba la razón del intervencionismo regio, una vez afirmada la necesidad de hacerla: «porque a mí, como a patrón que soy del dicho Estudio e Vniversidad, conviene proveer e remediar lo susodicho».6 Solventados de ese modo los reparos que antaño habían expresado los Reyes Católicos ante el miedo a invadir ámbitos ajenos de poder en una universidad que uno de sus predecesores había puesto bajo la tutela directa de la Santa Sede, a partir de entonces la relación de patronazgo que unía la Universidad con los reyes, por el hecho de haber sido fundada y dotada por ellos, fue la causa con la que se justificaron expresamente las visitas de comisionados regios. Se consideraba parte de su función protectora del estudio. Algo que en esta visita de Villaescusa provocó el asombro del claustro salmantino, que en un primer momento llegó a negar la relación y que la reina doña Juana fuese su patrona («pues no hauia fundado ni dotado la Vniversidad», le dijeron) e incluso a afirmarse como «comunidad eclesiástica» frente al enviado regio para, en definitiva, sostener «que sus Altezas non tienen poder de visytar ni reformar el dicho Estudio».7 Demostrada al cabo por el visitador tal relación, que los reyes eran los patronos de esta universidad y que tal condición les permitía ordenar las visitas, fue desde entonces algo admitido.
La visita de 1512 abarcaba el triple objetivo al que se ha hecho referencia y, por consiguiente, el obispo de Málaga llegó a Salamanca facultado para investigar la situación del Estudio y el grado de cumplimiento de sus constituciones, privilegios y estatutos, así como para proponer las reformas que estimase convenientes. Y las propuso. Desde una actitud de intervencionismo a ultranza, presentó en el Consejo su particular relación de «Las cosas en que paresçe que las Constituçiones del Estudio se deuen reformar».8 Afectaban a las condiciones que en la constitución I de Martín V se disponían para el nombramiento del rector; no le convencía tampoco la inmediata vinculación jurisdiccional del maestrescuela con el papa y que careciese de un prelado superior en estos reinos, como se establecía en la VI; discutía el modo de obtener el grado de bachiller en Artes (XVI y XXI) y se mostraba contrario al carácter perpetuo de los catedráticos (XXIX) por la negligencia que podía derivarse de él (proponiendo a cambio su temporalidad por un máximo de tres años, con la ventaja añadida de que de ese modo «podríanse traher lectores solepnes de Ytalia a lo menos en Derecho y Humanidades, y de París en Artes y Theología»), así como a la jubilación tras veinte años de ejercicio. Junto a la denuncia de algunas irregularidades en la observancia de las constituciones que había podido constatar (caso, por ejemplo, del preceptivo uso del latín), sugería, entre otros cambios, imponer la obligación de cursar al menos tres años en Lógica y Humanidad para graduarse en Derechos, alojar a los estudiantes en casas organizadas al estilo de los colegios parisinos para poder vigilar su aprovechamiento y moderar el número de doctores examinadores y el gasto de los grados («los ricos, aunque no sepan, los resçiben, y los pobres, sabiendo, non los pueden alcançar», decía).
Por lo que sabemos, esta visita no generó de inmediato reformas normativas, si bien sobre varias de las propuestas que hizo su autor se centró luego el ejercicio de la facultad estatutaria por parte de la Universidad y la tutela de la monarquía sobre ella, de manera que al menos sirvió para poner sobre la mesa la necesidad de hacer algunos cambios en un régimen jurídico que en lo fundamental seguía estando integrado por disposiciones pontificias. Villaescusa las presentaba como reformas en las constituciones del Estudio, pero estas habían sido obra de papas, dadas auctoritate apostolica, y el visitador era un comisionado regio, que había sido aceptado en él a condición de respetarlas. ¿Qué efectos podían tener sus propuestas? Evidentemente, no era lo mismo vigilar y garantizar el cumplimiento de las constituciones, o incluso sugerir la conveniencia de hacer algunas alteraciones en ellas (algo que podía encajar en la función de los reyes como patronos del estudio), que corregirlas y, en definitiva, derogar lo dispuesto en ellas. El propio maestrescuela, al responder a uno de los requerimientos del visitador, le replicó que, una vez enviado el resultado de la visita al Consejo Real, dicho organismo tendría que dirigirse a él para el castigo de los que pudieran resultar culpables de algún comportamiento punible, habida cuenta de que eran «personas eclesiásticas los de la dicha Universydad», que gozaban «del previllegio eclesiastico, por manera que por ninguno pueden ser punidos ni castigados ni pueden litigar ante juez ninguno syno ante mí, segúnd las Constituciones deste dicho Estudio».9 Este aspecto estaba claro en la normativa universitaria, pero ¿qué ocurría con su propia reforma, con la posibilidad de modificar lo ordenado por los papas? En principio cualquier alteración debía contar con su expreso consentimiento, y de hecho, como enseguida podrá verse, llegó un momento en el que la Universidad consiguió de Roma una llamada «bula general» con la que Paulo III le otorgó amplia facultad para hacerlo, pero ni hasta entonces las modificaciones fueron siempre precedidas de la autorización apostólica ni tampoco los efectos de la bula fueron tan concluyentes, como enseguida comprobaremos.
Pese a la inicial resistencia a su acción, el obispo Villaescusa se fue de Salamanca con muestras de la buena disposición del centro para implantar algunos cambios. Varios de ellos se abordaron en otra de las visitas más relevantes, la que en 1529 realizaron por orden del rey Carlos I el deán de Santiago, Pedro Pacheco, y el licenciado Alonso Mexía, canónigo de Toledo, donde el segundo de los elementos indicados tuvo ya un papel destacado. Algunos de los documentos resultantes de la acción de ambos visitadores fueron publicados en su día como nuevos estatutos, pero lo cierto es que no llegaron a ser aprobados y a adquirir tal condición.10 Las propuestas que se hicieron en esa línea se quedaron en proyecto, de manera que a esos efectos la visita de 1529 a corto plazo puede decirse que resultó también infructuosa, aunque, igual que ocurrió con la anterior, apuntaron hacia cambios normativos que se consolidaron más tarde, como si de un mismo proceso reformista se tratase. Además de eso, la visita reviste un especial interés para el tema que nos ocupa, pues en su transcurso la Universidad salmantina tuvo ocasión de fijar posturas y hacer alarde de fortaleza corporativa para reivindicar su facultad estatutaria y afirmar posiciones frente al intervencionismo regio.
Presentados en el claustro del 15 de enero de 1529 como «visitadores que dixeron ser de su magestad en este dicho estudio e vnyversidad» y admitidos con la misma condición del respeto a su normativa, a mediados de junio quedó ya claramente de manifiesto que parte de sus trabajos iba a orientarse a la redacción de nuevos estatutos, elaborados con el concurso de una comisión expresamente nombrada por el centro para luego ser examinados y, en su caso, refrendados por el claustro.11 Se concretaron los asuntos que debían tratarse y se fueron tomando diferentes acuerdos en relación con algunos de ellos hasta que a finales de agosto, concluido su trabajo, los visitadores se marcharon.12
Inicialmente esta visita resultó muy conflictiva, y en su curso Pacheco y Mexía llegaron a ordenar el destierro del rector y el encarcelamiento de varios doctores y estudiantes, desde una actitud que el centro consideró una intromisión y un agravio intolerables. Al igual que había ocurrido en el caso de Villaescusa, sus acciones obligaron al maestrescuela a recordarles por vía de requerimiento que «conforme a los estatutos y constituçiones e previllegios apostolycos y reales» del Estudio él era su juez ordinario y su conservador, y que en consecuencia tenían obligación de respetar su jurisdicción para que fuese él quien procediese en las causas de sus miembros en caso de ser necesario y siempre de conformidad con la normativa propia. Frente a eso, para justificar sus actuaciones frente a las fuerzas y violencias de quienes perturbaban la actividad del centro con infracción de sus normas, los visitadores apelaron a las facultades que, como patronos de la Universidad y también como reyes y señores, le correspondían sobre ella a los monarcas en cuyo nombre actuaban.13 Pero, evidentemente, no era lo mismo recomponer y garantizar un orden que trastocarlo con nuevas disposiciones resultantes de lo que ya estaba empezando a quedar claro que no se trataba de una simple función protectora de una normativa ajena; la condición de reyes se superponía a la de patronos y solucionaba las viejas dudas sobre el alcance del intervencionismo monárquico en esta sede.
Tras la marcha de Pacheco y Mexía, las propuestas de nuevos estatutos acordadas con la comisión claustral continuaron siendo debatidas en diferentes sesiones, donde asimismo, desde una bien palpable desconfianza, el 6 de septiembre de 1529 la Universidad acordó personarse por medio de delegados en las gestiones que a ese respecto aquellos pudieran hacer en la corte.14 La razón de la medida la dio el rector, al recordar que tales estatutos aún no se habían examinado en su totalidad aquí ni contaban con la aprobación del claustro, y que había que evitar que se confirmaran o hicieran otros en el Consejo Real sin consultar a la Universidad o a las personas que esta enviase en su nombre, opinión a la que se adhirió la mayoría. Aunque puede resultar aventurado decirlo, dada la escasa información que manejamos acerca de los avatares de las anteriores visitas, es muy probable que esta fuese la primera ocasión en la que intervinieran de algún modo comisionados del Estudio en el Consejo dentro del proceso de elaboración de nuevos estatutos. Con ello la Universidad reivindicaba su protagonismo en dicha tarea, lo cual con mucha más rotundidad dejó sentado por medio del acuerdo adoptado en el claustro del 30 de enero de 1530: «que no se pueda haser ny declarar nyngund estatuto ny mudar ny enmendar ny inpugnar syno por claustro pleno de la Unyversidad».15 Y en la misma línea se pronunció un mes más tarde, tras reenviarse desde la Corte el texto de los estatutos para su nuevo examen.16
Como parte de lo que debería haber sido el cuerpo estatutario resultante, la disposición se incorporó a sus capítulos iniciales, precedida de la justificación de su propia necesidad:
1. Primeramente, hordenamos y mandamos, que por quanto en esta universydad e estudio ay mucha diversydad de estatutos e mucha confusyon dellos y unos contrarios a otros, y por que para la buena gobernacion de la dicha universydad y estudio ay necisidad de hordenar e hazer algunos estatutos, e los questan fechos enmendallos e aclarallos y reduzillos y ponellos todos en un bolumen, por los quales se govierne y rija la dicha universydad, y mandamos y hordenamos, que se guarden e cumplan e sean cumplidos e guardados y executados los estatutos siguientes.
2. Primeramente, hordenamos y mandamos, que despues de fechos estos dichos estatutos, no se puedan declarar ni añadir ni enmendar ni ynterpretar ni hazer otro estatuto de nuevo, syno fuere por toda la universydad en claustro pleno, y que si de otra manera se hiziere que no sea valido.17
Ambos capítulos se reprodujeron años después en los estatutos de 1538, que pueden considerarse la continuación de todo ese proceso anterior, pues recogieron buena parte de las propuestas que habían venido apuntándose desde años atrás. La Universidad los aprobó en el claustro pleno del 14 de octubre de ese año, en presencia de un nuevo visitador regio, el también clérigo don Juan de Córdoba, deán de esa ciudad y abad de Villanueva de Rute. Un mes antes, y a su requerimiento expreso como «reformador de su magestad en este estudio», el claustro nombró una comisión de ocho miembros para trabajar con él y «averiguar las dudas de la constituçion sobre lo de retor e maestrescuela», pero la tarea conjunta acabó con la redacción y aprobación de un nuevo cuerpo normativo de Estatutos hechos por la Uniuersidad de Salamanca, que con ese título esta mandó imprimir.18 En el texto impreso se dejó muy claro que eran los miembros del claustro quienes «querian y ordenauan y estatuyan y estatuyeron que los dichos estatutos y lo en ellos y en cada vno dellos contenido de aquí adelante se guardassen y cumpliessen en todo y por todo como en ellos y en cada vno dellos se contiene como estatutos hechos y ordenados por la dicha vniuersidad».19 Con el mismo carácter, el 5 de julio de ese año el claustro había aprobado y mandado guardar unos nuevos preceptos para los bachilleres de pupilos llevados ante él por el visitador a fin de que «leydos los aprouassen e ouiessen por buenos e los estatuyesen por estatutos en nombre desta dicha vniuersidad para el bien e gouernacion delos pupilos e bachileres de pupilos della por quanto esto era seruicio de Dios nuestro señor e de sus magestades e bien del dicho estudio».20
Sabemos que Juan de Córdoba se llevó los estatutos a la corte y que recibió instrucciones de la Universidad acerca de lo que le convenía que hiciera allí, pero no hay testimonios de que fuesen confirmados por el rey.21 Sabemos también que, cuando le interesó, la Universidad dejó en suspenso alguno de los aprobados en 1538, con el argumento de que necesitaban una mayor deliberación.22 Y tenemos asimismo testimonios de que en los años posteriores fue acordando otros varios, sin que en ninguno de esos casos las fuentes consultadas proporcionen noticias sobre si de inmediato la monarquía tuvo o no alguna intervención en el proceso.23
Entre ellos reviste un especial interés el que en 1540 elaboró una comisión del claustro (con Francisco de Vitoria y Antonio Gómez entre sus integrantes), dotada de plenos poderes para decidir acerca del número de doctores que en lo sucesivo deberían entrar en los exámenes para licenciados y percibir las propinas correspondientes.24 Las constituciones de Martín V permitían la participación en estos actos de todos los doctores que quisiesen, y, como por entonces su número era muy alto y esto encarecía mucho la obtención del grado, el nuevo estatuto limitó esa intervención a los doctores y maestros catedráticos de propiedad, autorizándola también en el caso de Cánones y Leyes a sus sustitutos y a quienes ocupasen una cátedra cursatoria. Si me interesa destacarlo es por el hecho de que el poder concedido por el claustro a la comisión se extendía a las gestiones necesarias «para que ante su santidad e los del su sacro palaçio puedan pedir e pydan conformaçion de qualesquier estatuto o estatutos» que se hicieran sobre dicho asunto en contra de alguna constitución, así como para pedir la revocación de esta y de cualquier juramento que obligase a su observancia; por eso el texto resultante finalizaba disponiendo que del estatuto se trajese el beneplácito y la confirmación de su santidad «e que desde luego valga e se vse».25 No se hacía ninguna mención del rey. Estaba claro a quién entendía la Universidad que debía dirigirse para la autorización de cualquier cambio en la normativa pontificia que la regía, como también demostró dos años después cuando, previa la pertinente licencia de Roma, decidió reducir a un año de lecturas públicas los cinco que la constitución XVIII disponía para adquirir el grado de licenciado.26
Receptivo a la petición de la Universidad con la que se solicitó la aprobación de esas y otras reformas concretas apelando a que la variedad de los tiempos obligaba a corregir su régimen jurídico, el 1 de noviembre de 1543 el papa Paulo III, yendo mucho más allá de lo pedido, mediante la bula plomada Solicita consideratione le concedió facultad para modificar, reformar, derogar, ampliar, disminuir o completar con otros nuevos sus estatutos, usos y ordenamientos, aunque estuviesen jurados o tuviesen la confirmación apostólica, con el acuerdo de las dos terceras partes del claustro pleno y la condición de respetar los sagrados cánones.27 Eso podría haber supuesto para la Universidad de Salamanca el pleno goce de facultad normativa para regularse a sí misma sin tutelas externas, pero las cosas no fueron tan sencillas. Si con su bula Paulo III levantó los límites que pudieran venir de parte de los papas, no puede decirse lo mismo de los reyes, como enseguida veremos, pues con ellos su petición en esa línea no obtuvo el éxito deseado.
La bula tuvo una acogida curiosa en el Estudio salmantino. Recibida en marzo de 1544, se discutió sobre su validez y aceptación en varios claustros y desde un principio contó con el apoyo manifiesto del rector, pero el rechazo del maestrescuela (salvo en lo relativo a la reducción de los cursos de lecturas exigidos para el grado de licenciado), junto con el de algunos catedráticos, que anunciaron su propósito de apelar contra ella ante la Santa Sede, obligó a designar una comisión de doctores «para hexaminar la dicha bula si es valyda e fue bien espedida».28 Nada de lo cual, sin embargo, fue óbice para que a su amparo una nueva comisión solemnizara en julio de ese año por medio de una «Declaracion» leída en la capilla de San Jerónimo el estatuto acordado el año anterior, que rebajaba a uno los cinco cursos de lecturas exigidos en las constituciones a los bachilleres para hacerse licenciados, «vsando de la avtorydad appostolica que para esto tenemos», como se indicaba.29
Ese era todo el alcance que le reconocía el maestrescuela a esta llamada «bula general». El maestrescuela era el delegado del papa en el Estudio, pero a estas alturas su nombramiento había pasado a ser ya asunto del monarca, y esta proximidad a la monarquía quedó bien clara en su actitud ante la bula y el anuncio de las medidas que debían tomarse, expresados sin rodeos ante el claustro pleno a los cuatro días de tal declaración:
que por quanto sin poder de la Vnyversidad ni mandamiento suyo se traxo de rroma vna bula ganada de nuestro muy sancto padre paulo papa terçio para en fecto que la dicha Vnyversidad pueda mudar alterar derogar las constituçiones antiguas por que se an governado tantos tiempos atrás lo qual es en grave perjuyçio de la dicha Vnyversidad e por nynguna cosa se debe dar lugar a hello por tanto dixo que contradeçia e contradixo la dicha bula y el vso della en qualquyer cosa tocante a las dichas constituçiones e reqyrio al señor rector e alos otros señores en el dicho claustro contenydos que no vsen de la dicha bula e dixo que protestava e protesto aziendo lo contrario que el guardara toda via sus constituçiones e dara noticia del daño que se sigue de aver traydo la dicha bula a la Vnyversidad a sus magestades e a los señores del su muy alto consejo presydente e oydores de la su real casa e corte e chançilleria para que lo remedien, e castiguen a las personas que tuvieron atrevymiento de traher la dicha bula e les condena en la costa que vbieren fecho en Roma e ansi lo pedio todo por testimonio signado la qual dicha apelaçion se leyo publicamente ante los dichos señores en el claustro contenydos.30
Desconozco el resultado inmediato de la controversia, pero lo cierto es que la bula acabó incorporada a la Recopilación de 1625, como se ha indicado. Sin embargo, su mantenimiento como parte del orden normativo del Estudio no tuvo el alcance que podría esperarse, pues no solo acabó imponiéndose la confirmación regia de las reformas estatutarias, sino que enseguida se puso de manifiesto la escasa eficacia del respaldo pontificio ante las órdenes del rey. Buena prueba de ello es lo ocurrido en 1546, cuando, a raíz de que un licenciado buscara el amparo del Consejo Real para eximirse del estatuto sobre el número de doctores y obtuviera de él una real provisión a su favor, la Universidad mantuvo un pulso con el alto organismo regio y suplicó por dos veces contra lo dispuesto, hasta que al cabo se vio obligada a cumplirlo.31 De acuerdo con el procedimiento habitual para la recepción de las disposiciones reales en Castilla, al llegar a la Universidad el rector y el maestrescuela las tomaban en sus manos, las ponían sobre su cabeza, declaraban que las obedecían en señal de respeto y obediencia a su rey y señor natural y ordenaban su cumplimiento, pero también podían dejarlo en suspenso y recurrir contra ellas ante el órgano emisor, confiando en que sus argumentos consiguieran su rectificación o anulación, si bien, cualquiera que fuera la decisión, la última palabra la tenía la monarquía. Así ocurrió en este caso, cuando a la tercera provisión del Consejo, «dada con conoçimyento de causa e hoydo el sindico de la Vnyversidad que fue a ello», el claustro ordenó ya su ejecución, en vista de que aquella había hecho «su poder e dever en el dicho negoçio e que sin enbargo dello se mando por terçero mandamyento e provisyon del Consejo real».32 El acatamiento era ya obligado, pero lo interesante del episodio es que, a continuación, los claustrales, en una clara toma de posición a favor de la autoridad monárquica en el conflicto de poderes que subyacía al contencioso,
Protestaron que su yntinçion no hera de deshobedeszer los mandamientos apostolicos salvo por los dichos mandamientos reales e a mayor abundamiento porque diz que en la confirmaçion appostolica ay çensuras dixeron que suplicavan e suplicaron para su santidad e su sede appostolica de las dichas censuras e apelaron dellas.33
La visita del obispo de Coria en 1550 supuso un gran paso adelante en esa línea. En los años inmediatos hay constancia de algún pronunciamiento del Consejo Real relativo a estatutos concretos, así como de la aprobación de otros en diferentes claustros, varios de los cuales se mandaron imprimir con la indicación expresa en su título de que se trataba de estatutos hechos por la universidad de Salamanca.34 En el caso de alguno, como fue el que fijaba el programa de lecturas de todos los catedráticos de Cánones y Leyes en contra de la determinación ad vota audientium que disponían las constituciones, su aprobación fue el resultado de un proceso arrastrado durante años, que en 1538 había empezado por las catedrillas o cátedras menores y ahora se extendía también a las de propiedad a raíz de un acuerdo adoptado en el claustro pleno del 14 de octubre de 1548. Convocado «para que se aga por estatuto el repartimiento de toda la lectura del derecho Canonico y Civyl», en la nueva normativa resultante de él se hizo constar de modo expreso que se disponía de bene plaçito sedis appostolicae, a cuyo objeto el claustro otorgó el pertinente poder al doctor Álvaro Pérez de Grado para suplicar ante el papa su aprobación (cosa que logró a los pocos meses), pese a que la bula general hacía innecesaria esa conformidad expresa.35 E incluso así, con todas las bendiciones claustrales y apostólicas, hubo quienes se resistieron a cumplirlo y apelaron contra él ante el papa, alegando que iba contra las constituciones y la práctica continuada.36
Desde el interior de la Universidad se cuestionaba el alcance de su facultad estatutaria, hasta el punto de que el maestrescuela se vio obligado a recordar imperativamente los términos que ella misma había dispuesto para su ejercicio. En el claustro del 9 de noviembre de 1548, ante la propuesta de revocación del estatuto relativo a la elección del rector en vista de las dificultades para encontrar persona que cumpliese los requisitos exigidos, el maestrescuela Juan de Quiñones, «como hexecutor e conservador que es de los dichos estatutos e constituçiones desta Vnyversidad», prohibió semejante acuerdo, alegando, entre otras cosas, «mayormente que para derogarse el dicho estatuto u otro qualquier es menester y se requyere que toda la Vnyversidad junta e conforme lo derogue e revoque e no basta la mayor parte como dize el prymero estatuto del volumen de los estatutos».37 Seguía sin aceptar la bula de Paulo III y daba por vigentes los estatutos de 1538, que en ese punto resultaban más exigentes. De igual modo, cuando en el claustro del 23 de abril de 1550 el vicerrector presentó un memorial con las dudas que planteaban esos estatutos de 1538 y se habló de nombrar una comisión para examinarlas, el vicescolástico Francisco Sancho, por sí y en nombre del maestrescuela, se opuso rotundamente a «toda mudança y declaraçion y alteraçion de qualquyera estatuto desta Vniuersidad».38
Por otra parte, algunos de los aprobados en los años inmediatos no dejaban de suscitar resistencias a su aplicación, caso del que regulaba las lecturas en Cánones y en Leyes, como se ha dicho, del que prohibía a los catedráticos dar tratados escritos o del relativo a los exámenes de los artistas para pasar a Medicina y Teología, que incluso fue revocado en el claustro pleno del 23 de mayo de 1550 con la mayoría que permitía la bula: «vysto que mas de las tres partes del dicho claustro vienen en que el dicho estatuto se reboque e anule e no valga dixeron que lo rebocavan e rebocaron e anulavan e anularon para que de ay adelante ny se guarde ny se vse del en cosa alguna».39
Todo eso provocaba una situación de inseguridad jurídica que, desde la corte del rey, se pretendió remediar mediante el envío de un nuevo visitador, el obispo de Coria, Diego Enríquez de Almansa, que se presentó en el claustro pleno del 30 de octubre de 1550 como reformador de la Universidad.40 La suya fue también una visita muy turbulenta, sobre todo por la resistencia del obispo a entregar una copia de sus poderes y por sus enfrentamientos con el rector (a quien llegó a encarcelar), así como por la falta de sintonía con el cuerpo universitario, que se aprecia en el rastro que dejó en los Libros de claustros.41 Pero lo que sobre todo me interesa destacar de ella es que, salvo error por mi parte, fue la primera vez en que los estatutos resultantes se confirmaron y ordenaron cumplir mediante real provisión, tras su examen y corrección en el Consejo Real. Igual que en las anteriores, el texto que el visitador llevó a este organismo fue fruto de su colaboración con una amplia comisión designada por el claustro para asistirlo «al hazer de los estatutos questa Vniversidad ha de hazer», de la que, junto al rector y el maestrescuela, formaban parte varios juristas, teólogos, médicos y artistas, con claro predominio numérico de los primeros; su cometido específico debía ser examinar el libro de los estatutos de la Universidad «para que los puedan mudar o alterar o de nuevo estatuyr» y presentar luego al claustro su trabajo, de modo que fuese ahí donde, tras examinarlo y debatir sobre él, se decidiera su versión final ad referéndum.42
Cumplida la tarea, en el claustro del 14 de julio de 1551, convocado por el visitador, él mismo se encargó de hacer la presentación del nuevo cuaderno de estatutos.43 Parece que su propósito, como denunció el rector al día siguiente, era considerarlos aceptados por la Universidad con el simple hecho de su lectura pública en el claustro, pero este, alentado por su cabeza, exigió que se diera una copia y tiempo a sus miembros para estudiarlos con detenimiento y decidir.44 Pese a todo, con observaciones, protestas, contradicciones y el rechazo de alguno de ellos, la lectura de los nuevos estatutos continuó en sesiones posteriores, hasta que el 21 de julio se despidió el reformador.45 Días después, el claustro dio su poder a los doctores Álvaro Pérez de Grado y Juan Ciudad, que se encontraban en la corte, para, entre otros encargos, «asestir en los estatutos e contradiçion dellos que el muy reverendo in Cristo padre obispo de Coria visitador que fue desta Vniversidad quiso façer para que puedan conferirlos e praticarlos con las personas que bien visto fuere e contradesir los que le paresçiere».46
No sé cuál sería la versión que se llevó al Consejo, pero en la que se trasladó al Libro de claustros quedó bien patente la firme posición de la Universidad en la reivindicación de su facultad para hacer estatutos, interpretarlos y revocarlos en los términos fijados por la bula de Paulo III, de modo que ya no se exigía la aprobación unánime del claustro, como en 1538 (el texto que servía de punto de partida), sino que se consideraba suficiente la de los dos tercios dispuesta en ella, si bien en el caso de los presentes se ordenaba también «que para mas authoridad destos statutos e seguridad de las consçiençias de la vniuersidad e personas que los han hecho y ordenado se traya confirmacion apostolica con derogacion de las constituçiones en lo que contra ellas se huuiere de nueuo proueido».47
En el Consejo Real el análisis de la visita y sus resultados se fue haciendo con lentitud. La Universidad envió a diferentes comisarios (al parecer, no todos suficientemente informados) e intentó también en algún momento buscar el favor de personajes influyentes, como era habitual en sus tratos con la corte.48 Allí se preparó un nuevo cuaderno de estatutos, remitido a examen de la Universidad por medio de una real provisión que en el claustro del 9 de septiembre de 1552 presentó el corregidor salmantino.49 Al tiempo que se leían, en los claustros siguientes se fueron anotando los añadidos, aprobaciones o modificaciones acordados, hasta que el 18 de marzo de 1553 terminó la revisión y se acordó ordenar y redactar «en buen romance» el texto resultante.50 No conformes con ese primer estudio, se nombraron comisiones para examinar de forma particularizada los estatutos de cada facultad.51 Todo eso, junto a nuevas correcciones que se fueron acordando, retrasó la conclusión del texto definitivo que la Universidad debía enviar al Consejo, a pesar de los insistentes requerimientos de este que urgían su remisión.52 Y aunque a mediados de febrero de 1554 se contaba ya con un texto puesto en limpio por el maestrescuela, aún continuaron haciéndose correcciones y adiciones.53
En ese proceso fue objeto de especial consideración el estatuto sobre las lecturas de los catedráticos, del que se acordó presentar una nueva versión al Consejo, a la vista de los inconvenientes que lo estatuido con anterioridad había puesto de manifiesto en la práctica.54 Su tramitación siguió un curso separado del resto, y de ella, a súplicas de la Universidad, resultó una nueva instrucción real sobre las lecturas, ordenada por el monarca en Valladolid el 6 de julio de 1554.55 De igual modo, otras reales provisiones fueron avanzando lo que el Consejo mandaba observar en puntos singulares de los estatutos, como los colegios de Gramática y el Trilingüe, las honras de los doctores, la cátedra de Retórica o el hospital.56 Y también, a mediados de 1556, otra anuló el estatuto aprobado por el claustro que permitía la opción desde la cátedra de Clementinas a la de Decretales, la cual, pese a la resistencia del centro a su cumplimiento, reiterada por tercera vez, tuvo que obedecer y ordenar su cumplimiento, sin que en el Consejo se atendieran sus palabras, «avisandoles y dandoles relacion de que la dicha Vnibersydad puede muy bien statuir de tal manera que lo que hiziere y statuiere de aquí adelante fuesse guardado como siempre asta aquí se ha hecho».57
Convertida esa afirmación en solicitud al rey, el Estudio salmantino la incluyó en las instrucciones con las que el maestro Gregorio Gallo viajó a Flandes a finales de 1556 (requerido expresamente por Felipe II), al concederle licencia para ausentarse de su cátedra de Biblia durante un año:
Yten que por quanto de poco tienpo aca en su alto consejo rreal se ha mandado que los estatutos de la Vnyversidad se ayan de conformar en el dicho consejo lo qual es contra la ynmemorial costumbre que la Vnybersydad ha tenydo y en ellos se hazen y harian adelante sy oviese de pasar muchos gastos a la dicha Vnyversidad que su magestad sea servido que la dicha Vnybersydad pueda estatuyr libremente como antes.58
Sin responder directamente a la petición, el rey, desde Bruselas, el 1 de marzo de 1557, remitió una cédula al Consejo Real donde le ordenaba estudiar el asunto y, con consulta de su hermana, la princesa gobernadora, proveer «lo que paresçiere convenir con la mas breuedad que ser pueda», pero el parecer del alto organismo no coincidió con los deseos de la Universidad, pues la orden deseada nunca llegó a emitirse.59 Estaba cada vez más claro quién tenía la última palabra.
El 3 de mayo de 1557 el claustro salmantino volvió a echar mano de la bula de Paulo III para eliminar la exigencia de hacer lecturas públicas los bachilleres que quisieran graduarse de licenciados, reducidas ya a un año, como se ha visto, y derogar en ese punto las constituciones, auctoritate apostolica. La bula se la había llevado consigo el obispo de Coria, pero, afortunadamente, el doctor Álvaro Pérez de Grado, al gestionarla en su tiempo en Roma, había tenido la precaución de traer dos ejemplares y se pudo disponer del otro.60
Mas cuando en febrero de 1560 otro claustro modificó el estatuto sobre la presencia de doctores en los exámenes para licenciados hecho en 1540 y revalidado por el papa, encargó ya al maestro Gregorio Gallo las gestiones para su aprobación en el Consejo Real, reconocida sin ambages como condición para su vigencia –«y que el estatuto se confirme para que tenga hefecto desde el dia de la confirmaçion»–, reiterada en la real provisión dada en Toledo el 27 de abril de 1560 que lo ordenaba guardar y ejecutar:
por quanto por parte de vos […] nos suplicastes le mandasemos confirmar e aprobar para que de aquy adelante se guardase y cumpliese ynbiolablemente pues era tan en seruiçio nuestro e hutilydad e probecho de la rrepublica o como la nuestra merçed fuese.61
Se solicitó y obtuvo también el beneplácito de Roma, y lo que sobre este informaba el maestro Gallo a la Universidad puede considerarse un buen testimonio del punto de inflexión en que se encontraba el asunto que nos ocupa:
La bulla para la confirmaçion deste estatuto he procurado aber y no me la daran ny esta ny nynguna otra que benga a manos destos señores y para la seguridad de la conçiençia de vuestras merçedes paresçeme que basta saber çierto que la ay y que sienpre se presupuso el beneplaçito sedis appostoliçe y quiza no fuera menor dificultad para no aberse confirmado antes aberse fundado tanto en la bula por consideraçiones que aca tienen que basta para tenernos adbertidos de lo que en algunas cosas conbendrá azer adelante de que daré de palabra quenta a vuesas merçedes a su tiempo plaçiendo a dios y entretanto vuestras merçedes hordenen su juramento y lo demas que conbiene para la hexecuçion deste estatuto que estando çiertos de que ay bula no resta todo por hazer y quando hobiese algund escrupulo se me enbie por mynuta lo que se a de probeer para rroma con todo secreto avnque yo pienso que no es menester abiendo aca la bula que vuesas merçedes dixeron quando yo ay estaba y con esto habre desenpeñado my palabra en lo que toca a este estatuto del qual a tenydo particular relaçion su magestad y le a paresçido muy bien.62
El filtro de la retención de bulas añadía un nuevo elemento al juego de poderes. Para entonces habían pasado ya por el Estudio salmantino nuevos visitadores regios con el encargo, entre otros, de supervisar el cumplimiento de los estatutos y constituciones. Fue uno de los más célebres, Diego de Covarrubias y Leyva, obispo de Ciudad Rodrigo, quien en el claustro pleno del 16 de noviembre de 1560 presentó la real provisión dada por Felipe II en Toledo el 23 de octubre de 1560 por la que se promulgaban finalmente los estatutos resultantes de la visita del obispo de Coria en 1551 que al rey y su Consejo les habían parecido «vtiles y provechosos y debian ser confirmados y mandados guardar».63 No se encontraban ya entre ellos los capítulos que prohibían modificarlos o hacer otros sin la participación del claustro y que hacían referencia a la confirmación apostólica; se iniciaban directamente con el título relativo al rector, como quedaría consolidado en los siguientes.
Convertidos de ese modo en normas regias, en lo sucesivo la autorización de la monarquía para su reforma resultaba incuestionable. En cuanto tales, sin embargo, el recurso al obedézcase pero no se cumpla permitía retrasar su cumplimiento, y a él se acogieron también en esta ocasión el rector y el vicescolástico, que obedecieron la provisión en nombre del claustro y anunciaron que, de encontrar en ellos algo en daño y perjuicio de la Universidad, suplicarían al rey su remedio.64 De acuerdo con eso, al hilo de su lectura en sucesivos claustros se fueron acordando correcciones o «apuntamientos» y se encargó a Antonio Gómez redactar el memorial con «las razones e allegaçiones que se deven de dezir e alegar en la suplicaçion que se a de hazer a su magestad», pero, aunque el catedrático cumplió el cometido, su inmediato fallecimiento dejó paralizado el recurso.65
Muy pronto comenzaron a leerse otros estatutos, los «nuevamente fechos por el muy ylustre e reverendisimo señor don Diego de Covarrubias y Leyba reformador desta Vnyversidad» junto con comisarios de ella ad referendum del claustro, el cual, sin embargo, parece que no mostró mucho entusiasmo en la tarea.66 El 7 de junio de 1561 se despidió el visitador Covarrubias con dos cuadernos donde se recogían, uno para la Universidad y otro para llevar al Consejo.67 Allí acudieron luego también comisarios del Estudio para seguir su tramitación, armados de un poder muy amplio que les facultaba, entre otras cosas, «para pedir e suplicar a su magestad real por el estado e libertad desta Vnyversidad e que no consienta se haga en ella cosa nueba ny en su perjuicio ny de las constituçiones tan antiguas y estatutos della».68 El 15 de octubre de 1561 Felipe II, por real provisión dada en Madrid, los confirmó (asimismo con las oportunas «moderaçiones y aditamentos» hechas en el Consejo Real) y la Universidad los admitió y mandó imprimir.69
No quedaba nada ya de la facultad estatutaria que Paulo III había concedido a la Universidad en 1543 con el amplio alcance que se ha visto. Y aunque incluso en un momento tan tardío como el año 1736 se quiso volver a echar mano de la bula, acabó convertida en reliquia por más que la recopilación de 1625 la incluyera como parte de la normativa vigente.70
1. Todos los documentos citados (la carta de Alfonso X de 1254 inserta por sobrecarta en una disposición de Enrique III en 1401) pueden consultarse en el Cartulario de la Universidad de Salamanca, fechado a finales del siglo XV, que, con la signatura AUSA –Archivo de la Universidad de Salamanca–, ms. 210, se encuentra accesible en la red. Como obra de referencia general para el tema abordado en este trabajo, remito a mi Universidad y sociedad corporativa. Historia del privilegio jurisdiccional del Estudio salmantino, Madrid, Tecnos, 1997.
2. AUSA, 30, ff. 120 y ss.
3. Beltrán de Heredia: Cartulario de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1970-1973, t. II, pp. 358-359.
4. En el Archivo General de Simancas –AGS–, Registro General del Sello –RGS–, legº 150110, 140, la cédula de su nombramiento, fechada en Granada el 15 de octubre de 1501.
5. En «La reforma universitaria», Stvdia historica. Historia moderna, 2 (1984), pp. 21-46. En la cita de los textos respeto la transcripción hecha por el autor.
6. «La reforma…», Apéndice documental n.º I, p. 30.
7. «La reforma…», Ap. III, con el proceso de la visita, y IV («Relación de la negociación mantenida entre el Obispo de Málaga y la Universidad de Salamanca», 29 noviembre/2 diciembre de 1512), pp. 33-34 y 36.
8. «La reforma…», Ap. II, pp. 31-32.
9. «La reforma…», Ap. V, pp. 37-44, esp. 41.
10. José Luis Fuertes Herreros: Estatutos de la Universidad de Salamanca, 1529: mandato de Pérez de Oliva, rector, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1984, con la transcripción del manuscrito de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca –BG–, ms. 218, bajo el título «Estatutos de la Universidad de Salamanca», en pp. 93 y ss. En contra de tal carácter, Pilar Valero García: «Un aspecto del rectorado de Fernán Pérez de Oliva: pretendidos estatutos de la Universidad de Salamanca bajo su mandato», Stvdia Historica. Historia moderna, 3, 1985, pp. 47-54, y La Universidad de Salamanca en la época de Carlos V, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1988, pp. 42 y ss.
11. Respectivamente, AUSA 9, ff. 94v y ss. y 124r y ss. (claustro pleno de 17 de junio de 1529, donde se precisaron los asuntos necesitados de reforma y se nombró la comisión encargada de abordar su estudio y de colaborar en «los estatutos que los dichos señores vesytadores an de faser ad referendum», f. 125r-v).
12. AUSA 9, ff. 126r y ss.; Fuertes: Estatutos, pp. 80 y ss.
13. AUSA 9, ff. 108r y ss., claustro pleno del 29 de abril de 1529; en ff. 100v-111r la respuesta del visitador Pacheco el 2 de mayo, a la que se adhirió Mexía.
14. AUSA 9, f. 161r, con la indicación «Sobre embiar a la corte sobre los estatutos» al margen. Fuertes: Estatutos, p. 81; Valero: «Un aspecto», pp. 62-64.
15. AUSA 9, f. 210v, con la indicación «estatuto» al margen.
16. En el claustro pleno del 2 de marzo, AUSA 9, f. 11v: «otrosy mandaron que los estatutos fechos por la Vnyversidad nuevamente se guarden los que son aprouados por la mayor parte desde que los traxeron de la corte y en lo demas se guarden los antiguos fasta tanto que se hagan o renueven por la Vnyversidad los estatutos que les paresciere por convinyentes al bien e buena governacion de la Vnyversidad y que los que se fizieren e aprovaren que sean guardados y se guarden y se prosiga el haser de los dichos estatutos».
17. En Fuertes: Estatutos, pp. 93-94.
18. AUSA 13, ff. 3r y ss., claustro pleno del 14 de septiembre de 1538, con Antonio Gómez y Domingo de Soto entre los nombrados. En el Repositorio documental Gredos (BG 57184_2), el texto impreso en Salamanca, s. i., s. a., con la referencia inicial al claustro del 14 de octubre de 1538, convocado «para ordenar y estatuyr lo que de yuso se dira» y presentado por el rector como fruto del encargo recibido en un claustro anterior por él mismo, el maestrescuela y varios doctores y maestros para asistir al reformador y estudiar qué estatutos había en la Universidad para ver cuáles interesaba mantener y cuáles reformar y, en su caso, completar con otros nuevos, reconociéndole así a su trabajo conjunto un alcance muy superior al que, en principio, quedó registrado en el claustro del 14 de septiembre. De ese otro del 14 de octubre no quedó constancia en los Libros de claustros.
19. Ibíd., al final y como cierre. En AUSA 13, f. 12v, el claustro de diputados del 19 de octubre de 1538 en el que se encomendó al dr. Benito de Castro la impresión de 250 ejemplares de «estatutos para la Vnyversidad de la manera que estan las constituciones». En BG 57184_1 (Repositorio Gredos) una edición de las constituciones de Martín V de 1422, junto con la bula de Eugenio IV dada a petición de la Universidad en 1431, por la cual se exigía el título de licenciado, maestro o doctor a los catedráticos en propiedad y se les permitía la jubilación a los veinte años, atribuida a 1538 (aunque va sin indicación de año), que quizá sea la impresión a la que se refería el claustro.
20. Se imprimieron también como El orden que la vniuersidad de Salamanca manda y estatuye y ordena que de aquí adelante los Bachilleres que an de tener pupillos an de tener y guardar so las penas que en lo que se ordena se contiene es el siguiente. M.D.XXXVIII (BG 57184_3, accesible asimismo en el Repositorio Gredos), con la referencia al claustro de aprobación en su parte final. No hay Libros de claustros desde el 16 de junio de 1535 hasta el 17 de agosto de 1538.
21. AUSA 13, f. 47v, claustro pleno de 13 de abril de 1539, donde el rector defendió la aplicación de algunos de los estatutos aprobados en el tenor literal con que Juan de Córdoba «lo dexó asentado y lo llevo con los otros estatutos al Consejo», y AUSA 13, f. 15r, claustro de diputados de 2 de noviembre de 1538, que encomendó a dos de sus miembros redactar «vna ynstruçion de lo que a de azer don Juan de Cordova reformador en la corte en que le digan que pyda e ponga lo que a ellos les paresçiere».
22. En el claustro mencionado en la nota anterior, AUSA 13, ff. 47v-48r, por decisión de la mayoría («e mandaron que no se guarden los dichos estatutos hasta que con mayor delyberaçion se vea sy los dichos estatutos se deven confirmar o rebocar para adelante»), en contra de algunos votos discrepantes, entre ellos el del rector, respecto a los que en el Título IX de los nuevos modificaban lo dispuesto por las constituciones de 1422 para la elección de los diputados.
23. Fue el caso, por ejemplo, del «Estatuto que fizyeron los doctores Juristas sobre llevar el medio ducado a los que se yzieren bachilleres en derechos» el 18 de diciembre de 1538 (AUSA 13, ff. 23r y ss.), o el que con el mismo objeto se aprobó para los médicos y artistas en el claustro de diputados del 7 de enero de 1539 (AUSA 13, ff. 27r y ss., «e lo estatuyan e estatuyeron que se guarde desde oy en adelante»).
24. AUSA 13, ff. 108r-109r, con la indicación al margen «estatuto que aya numero de doctores», con fecha de 17 de febrero de 1540, fruto de la comisión designada en el claustro pleno del 24 de enero anterior a propuesta del rector (íd., ff. 97v y ss.).
25. AUSA 13, ff. 101v-102r y 109r.
26. AUSA 13, f. 191r, claustro pleno del 21 de marzo de 1542, en el que se informó de que «esta ya vn brebe de Roma en que la Vnyversidad pueda dispensar con los que se ovyeren de hazer liçençiados en esta Vnyversidad en los cursos de letura con tal que lea vn año prymero en su casa o en las escuelas publycamente el tal que se oviere de azer liçençiado».
27. Se incorporó en 1625 a la recopilación editada en Salamanca en la imprenta de Diego de Cusio bajo el título Estatvtos hechos por la Vniversidad de Salamanca. Recopilados nueuamente Año de 1625 y, en su interior, el de Constitvtiones apostolicas, y estatvtos de la mvy insigne vniversidad de Salamanca. Recopilados nuevamente por su comision (BG 57182, también en el Repositorio Gredos), pp. 125-128.
28. AUSA 13, f. 310v, claustro pleno del 24 de mayo de 1544, convocado para tratar sobre ella (presentada ya en el del 22 de marzo, f. 303r), y ff. 311v y ss., del 25 de mayo, en el que se reiteraron las posturas y se nombró la comisión (f. 313v).
29. AUSA 13, ff. 318r y ss., claustro pleno del 11 de julio de 1544, con la «Declaracion» sobre dichos cursos obra de la comisión (compuesta por el rector, el maestrescuela y varios doctores y maestros, entre ellos Domingo de Soto), en 320r-321r, fechada el 13 de julio.
30. En el claustro pleno del 15 de julio de 1544, AUSA 13, ff. 321v-322r, dentro del debate y votación sobre la declaración «e lo tocante a la bula general», en relación con la cual se expresaron opiniones muy diversas, sin que se deje constancia de ningún acuerdo final.
31. AUSA 15, ff. 40-41, claustro pleno del 24 de septiembre de 1546 (cuando el licenciado Lorenzo Pérez de Cubillas presentó la primera real provisión a su favor, notificada por un escribano del número de la ciudad de Salamanca, y, tras discutirse sobre si se guardaría el estatuto y la bula confirmatoria o la provisión, se acordó que el síndico fuese al Consejo Real en defensa del estatuto), ff. 42v y ss., íd. 11 de octubre, y 45r y ss., 5 de noviembre, en el que se acordó su cumplimiento.
32. De igual modo, el 31 de julio de 1556 tuvo que obedecer y cumplir la tercera provisión por la que el Consejo Real anuló y revocó un estatuto que permitía la opción de la cátedra de Clementinas a cátedra de Decretales (AUSA 25, f. 86r-v), pese a su resistencia anterior, manifestada en los claustros del 31 de marzo y el 10 de junio (íd., ff. 46r-47v y 79v-80v).
33. AUSA 15, ff. 53r y ss., claustro pleno del 7 de noviembre de 1546, convocado para responder a la tercera real provisión.
34. En el claustro de diputados del 8 de julio de 1547 (AUSA 16, f. 49v) se encomendó al rector la respuesta a una real provisión del Consejo, relativa al estatuto sobre el número de doctores, que presentó un escribano real al final de la sesión, sobre cuyo contenido no se deja constancia. En cuanto a los estatutos impresos, Estatvtos hechos por la Vniversidad de Salamanca sobre el examen que an de hazer los estudiantes artistas, antes que passen, a Medicina, o Theologia, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1549 (BG 57184_7); Estatutos hechos por la Vniuersidad de Salamanca sobre la orden que se ha de tener en las lecturas que han de leer los cathedraticos, assi de propiedad como de cathedrillas, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1549 (BG 57184_4); Estatvtos hechos por la Vniversidad de Salamanca, de lo que an de guardar los cursos de Gramatica de menores que nueuamente se instruyeron, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1549 (BG 57184_5); Estatvto hecho por la Vniuersidad de Salamanca, que no se den tratados en escriptis so ciertas penas, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1549 (BG 57814_8); Estatvtos hechos por la Vniversidad de Salamanca en lo tocante a las honrras, y entierros de los doctores, y maestros que fallescieren en la dicha vniuersidad, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1549 (BG 57184_6).
35. AUSA 17, ff. 66v y ss., claustro pleno del 14 de octubre de 1548: «en lo de las lecturas los dichos señores dixeron que por quanto muchas e diversas vezes se avia platicado en la vniuersidad de dar horden en las lecturas e como se leyese e pasase de manera que los oyentes fuesen aprovechados e cerca desto se yzo vn estatuto entre los otros que se izieron en el año pasado de mil e quinientos e treynta e ocho años por el que se proveyo la horden que avian de tener los catredaticos de catredas cursatorias que llaman cathedrillas e por esperyençia se vio e vehe de cada dia que aquello no se podia guardar e tambien se dexo de proveher çerca de las lecturas que avian de leher los cathedraticos de propiedad […] porende queryendo remediar e proveher en cosa que tanto conviene al bien de la Vniversidad e provecho de los oyentes e a lo que mas conviene en lo que toca a las cathedras de propiedad hordenaron que de bene plaçito sedis appostolicae los dichos cathedraticos leyesen en la forma siguiente […]» (67v). «Los quales dichos estatutos que de suso van yncorporados cada vno dellos de verbo ad verbum fueron leydos en el dicho claustro y la dicha Vnyversidad e claustro congregado dixeron que queryan y ordenavan y estatuyan y estatuyeron que los dichos estatutos y lo en ellos y en cada vno dellos contenydo se aquy adelante se guardasen e cunplyesen en todo y por todo como en ellos y en cada vno dellos se contiene como estatuto fecho y ordenado por la Vnyversidad» (71r-v). En el claustro de diputados del 19 de mayo de 1549 (AUSA 18, f. 81v), el dr. Pérez de Grado presentó dos bulas confirmatorias, que se acordó guardar y cumplir. En AUSA 2867, 23, con la atribución al año 1551, letras del nuncio confirmando el estatuto sobre lecturas en Leyes y Cánones.
36. Resistencia que, por ejemplo, se expresó en los claustros del 27 de junio de 1550, f. 104r-v, y 8 de noviembre de 1550, f. 143r.
37. AUSA 17, ff. 87v y ss., con el auto del maestrescuela en f. 90r.
38. AUSA 19, ff. 75v y ss., esp. 76v, comisión que se nombró luego el 8 de mayo en el convocado para elegir las personas «que declaren los estatutos propuestos en el claustro pleno pasado» (íd., ff. 81r y ss.).
39. AUSA 19, ff. 88 y ss., pese a la oposición del maestrescuela y después de que en el claustro anterior, el 8 de mayo, se hubiesen manifestado las discrepancias al respecto, con predominio ya de la opinión favorable a la revocación, sin llegar a un acuerdo (íd., ff. 81r-82v). Resistencias al estatuto que prohibía dar teóricas y tratados in scriptis en AUSA 19, ff. 133v-134r, 19 de octubre de 1550, y al de las lecturas en AUSA 19, ff. 104r-05r, 27 de junio de 1550, y f. 143r, 8 de noviembre de 1550.
40. AUSA 19, ff. 137r y ss.
41. En AUSA, Fondo Ricardo Espinosa Maeso, detalle de su desarrollo en el manuscrito de este autor «La reforma universitaria de Don Diego Enríquez de Almansa, obispo de Coria en 1551», que puede consultarse en la red.
42. AUSA 20, f. 14, claustro pleno de 26 de enero de 1551.
43. AUSA 20, ff. 44v y ss.
44. AUSA 20, ff. 49r-50v, claustro pleno de 15 de julio.
45. AUSA 20, f. 53r-v, sin la presencia del rector, que se asomó brevemente para decir que estaba indispuesto.
46. AUSA 20, ff. 57v-60v.
47. AUSA 20, f. 113r; en ff. 113r-147v un borrador de los estatutos, en el que se aprecia con claridad que se parte del texto impreso de 1538, sobre el que se hacen nuevos añadidos, incorporaciones, correcciones y eliminaciones y se mantienen sin modificación otros capítulos. Termina con la indicación del orden conforme al cual «se an de imprimir los statutos nueuos para poder facilmente entender quales de los viejos quedan como estauan y quales se an mudado» (f. 147r-v).
48. En concreto, la del presidente del Consejo Real, el patriarca de Indias Fernando Niño (AUSA 21, f. 35r, diciembre de 1551 y 107v, junio de 1552). En f. 33v copia de la real provisión (Madrid, 27 de noviembre de 1551 –también en AUSA 2869, 70–), que ordenaba la vuelta de los dos comisarios presentes a la sazón y el envío en febrero de un doctor «de los que se hallaron en façer los dichos estatutos que estuviere mas ynformado para que entienda en ello».
49. AUSA 21, ff. 133v y ss.
50. AUSA 22, ff. 81v y ss.
51. AUSA 22, 87v y ss., claustro pleno del 11 de abril de 1553.
52. Así, por rp Valladolid, 20 de septiembre de 1553 (AUSA 22, f. 130v), y por su carta leída en el claustro de diputados del 2 de diciembre (AUSA 23, f. 9v).
53. AUSA 23, ff. 30r y ss., claustro pleno del 14 de febrero de 1554; ff. 33v y ss., del 26 de febrero; 35r y ss., 28 de febrero; 37v y ss., 4 de marzo.
54. AUSA 23, ff. 17r y ss., claustro pleno del 20 de enero de 1554.
55. Leída en el claustro pleno del 21 de julio (AUSA 23, ff. 74r y ss.; también en AUSA 2885, f. 19). En el del 22 de enero (íd., 18v y ss.) se nombraron comisarios para ir al Consejo sobre el asunto.
56. Copia de ellas, junto a otras, en AGS, Cámara de Castilla, Diversos, 48, 22, encuadernadas bajo el título «Libro de la vnyversidad de salamanca donde se asientan todos sus despachos» y en su interior «Estatutos y otras provisiones que se an despachado para la vniversidad de la ciudad de Salamanca. En este año de mill e quinientos e çinquenta y çinco años». Se comunicaron por el rector en los claustros plenos del 18 y el 21 de junio de 1554 (AUSA 23, ff. 58v-59r y 60r-61r).
57. Claustros plenos del 31 de marzo, 10 de junio y 31 de julio de 1556, AUSA 25, ff. 50v y ss., 79v y ss. –en 80v lo entrecomillado en el texto– y 86r-v.
58. AUSA 23, f. 117r, tras modificarse algo ese capítulo, que en una primera versión decía: «Yten que por quanto esta Vnyversydad de Salamanca de tienpo ynmemoryal a esta parte es libre para poder azer estatutos por donde se gobiernan e de pocos tienpos a esta parte que es desde la vltima visytaçion que hizo el muy reverendo yn Cristo padre obispo de Coria los señores del consejo a ynstanzia del dicho señor obispo se an querido meter en que los estatutos de la dicha Vnyversydad no valgan syn aprovaçion del consejo lo qual es cosa nueva se mande a los del consejo no se entremetan en mas de aquello que en los tiempos pasados se guardo e yzo con la dicha Vnybersydad». Entre las otras instrucciones se incluía la súplica de confirmación de los privilegios reales y el mandato de obedecer los concedidos a los doctores y maestros por el derecho común y regio.
59. La cédula, en AUSA 2870, 17. Se leyó en el claustro pleno del 31 de marzo junto a una carta del maestro Gallo en la que daba cuenta de la buena disposición del rey ante sus gestiones (AUSA 26, ff. 44r y ss., con copia de la cédula en f. 45v).
60. AUSA 26, ff. 39v y ss., con copia de la bula, que llevó personalmente al claustro ese doctor, en ff. 40r-41r.
61. AUSA 29 ff. 19r y ss., claustro pleno del 19 de febrero de 1560, con las instrucciones de lo que debía hacer el maestro Gallo en la Corte en ff. 23v y ss. Entre ellas, también la confirmación de otro estatuto que estaba en trámite («Yten si se ynbiare el estatuto de cómo se an de graduar los catredaticos entienda que se confirme», f. 24r), aprobado luego el 4 de marzo (ff. 26v y ss.). Por carta fechada en Toledo el 1 de mayo el comisionado informó de que el primer estatuto se había confirmado y separado del resto de estatutos que se iban resolviendo «para la vesita del señor obispo de Çibdad rrodrigo que andan ya al cabo en algunas cosas», pero que tenía muchas dudas sobre el segundo (ff. 66r y ss., claustro pleno del 6 de mayo). En ff. 67v-69r la real provisión, leída en ese claustro, que se obedeció y mandó guardar.
62. AUSA 29, f. 66v.
63. AUSA 30, ff. 4r y ss. La real provisión con los estatutos, en AUSA 2885, 1.
64. AUSA 30, f. 4v.
65. AUSA 30, ff. 5r y ss., 12r y ss., 15v y ss., claustro del 10 de enero de 1561 en el que Gómez presentó el borrador del memorial y se comprometió a entregarlo en limpio. El 12 de febrero su hijo anunció su muerte (f. 20v).
66. Como se deduce del auto proveído en la reunión del 28 de marzo de 1561 donde se reconocía que los claustrales «no se an querido ny quyeren juntar aun que se an llamado a muchos claustros con penas y con prestitos que avian e hobieron por leydos e por rreferidos los dichos estatutos» (ibíd., f. 36v; en ff. 24r y ss., claustro pleno del 26 de febrero de 1561 en el que comenzó la lectura).
67. AUSA 30, ff. 70v y ss.
68. AUSA 30, f. 78r, claustro pleno del 14 de junio.
69. En el claustro pleno del 24 de octubre, donde se presentaron (ibíd., ff. 117v y ss.). Manuscrita, en AUSA 2885, 2. En BG 57183_3, Estatvtos hechos por la muy insigne Vniuersidad de Salamanca. Año MDLXI, Salamanca, Juan María de Terranova, 1561.
70. Sobre el episodio y los argumentos esgrimidos a favor y en contra de la eficacia de la bula en el momento, M.ª Paz Alonso Romero: «Anotaciones sobre las reformas de los estudios jurídicos en la Universidad de Salamanca durante el siglo XVIII», en Jorge Correa Ballester (coord.): Universidad y sociedad: historia y pervivencias, Valencia, Universitat de València, 2018, t. I, pp. 45-62, esp. pp. 55 y ss.
LA UNIVERSIDAD NACIONAL ANTE LAS FIESTAS CONMEMORATIVAS DE LA CONSUMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA (1921)
M.ª DE LOURDES ALVARADO
IISUE, UNAM
I. INTRODUCCIÓN
Once años después de que el Gobierno de la República celebrara a nivel nacional y con gran derroche de recursos materiales y humanos el primer centenario del inicio de la guerra de la independencia de México, a lo largo del mes de septiembre de 1921, bajo el mandato de un gobierno emanado de la revolución, se llevó a cabo una segunda conmemoración de dicho suceso. Solo que en esta ocasión se festinaba la consumación de esa gesta, encabezada cien años atrás por Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide.
Los motivos que animaron al presidente Álvaro Obregón a llevar a cabo tal homenaje, a solo nueve meses de haber asumido la presidencia de México y en medio de graves problemas en espera de urgente solución, son varios y de no poco peso, entre los que destacaban la necesidad de unir y fortalecer el espíritu patriótico de los mexicanos y fomentar el sentimiento nacionalista de la población. Para lograrlo, se pensó en aprovechar el potencial educativo que brindaban eventos de este tipo pues, como afirmaba El Universal, «aparte de constituir una perenne fuente de ejemplos cívicos, señalan la génesis misma de nuestra nacionalidad».1 Pero al parecer la razón fundamental que animaba al presidente era otra: trasmitir a los representantes de los países invitados la imagen de un país próspero y que nuevamente gozaba de paz, aspecto fundamental para el futuro de su administración, ya que le urgía contar con el reconocimiento oficial a su gobierno por parte de Estados Unidos de Norteamérica.
Si bien entre ambas festividades patrias –1910 y 1921– se perciben ciertas coincidencias pese a las profundas diferencias características de los respectivos Gobiernos convocantes –el porfirista y el revolucionario–, predominan contrastes significativos, como es natural que sucediera por tratarse de contextos históricos, principios políticos y concepciones ideológicas y sociales opuestas. No es casual que Annick Lempérière haya calificado las festividades de la consumación de independencia como una «contracelebración», animada de un espíritu completamente nuevo, «cuyo discurso oficial subrayó sus caracteres “nacional” y “popular”», en oposición de las realizadas en 1910, que se caracterizaron «por su tono aristocrático y su indiferencia a nuestras tradiciones, artes y costumbres».2
Pero entre las múltiples divergencias de ambas celebraciones ha llamado especialmente mi atención una de ellas, seguramente motivada por mi interés en la temática educativa. Se trata del radical contraste entre la intensa y determinante participación de Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes en las festividades patrias del porfiriato, y la asumida por José Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional al tiempo del centenario de la consumación de la independencia y, a partir de octubre de 1921, titular de la secretaría de educación pública, quien se incorporó al programa oficial de festejos en forma por demás selectiva y a los cuales calificó, en tono desdeñoso, como una «humorada costosa».3 Analizar esta sorpresiva respuesta a la convocatoria oficial, inexplicable en una primera lectura de los sucesos septembrinos; explicar las razones que la motivaron e identificar y estudiar los casos excepcionales en los que el rector de la Universidad Nacional aceptó encabezar alguna de las actividades del centenario, representan el objetivo del presente trabajo.
II. ÁLVARO OBREGÓN Y LAS FESTIVIDADES CENTENARIAS DE 1921
Si bien durante largo tiempo la importancia de las celebraciones de la independencia nacional –inicio y consumación– fueron poco apreciadas por los estudiosos de Clío, con el paso de tiempo fueron cobrando el valor que sin duda les corresponde. Como respuesta a dicho interés, en los últimos tiempos han visto la luz pública diversos e interesantes trabajos sobre el tema que nos ocupa, los cuales abordan desde distintas perspectivas el sentido y riqueza de sendos acontecimientos. Y es que tal género de conmemoraciones representan un excelente recurso para analizar la visión de la historia oficial en un momento dado y las expectativas a futuro de sus respectivos gobiernos, al punto que, para el caso que nos ocupa, uno de los autores consultados plantea que la historia política y cultural de la gestión de Álvaro Obregón (1920-24) estaría incompleta si se ignoran las memorables fiestas de la consumación de la independencia.4 Tal es la importancia que le concede a dicho suceso, entre otras razones, porque –nos dice– dan cuenta del espíritu mestizo, incluyente y democrático que el gobierno en turno se propuso imprimir al evento, por la imagen progresista y exitosa que el régimen político emanado de la reciente lucha armada se afanó en proyectar, tanto al interior como exterior del país, así como por los vínculos de unión que al parecer logró establecer entre la población de México, en especial entre los habitantes de la capital, donde las celebraciones septembrinas tuvieron mayor esplendor.
Pese al propósito inicial por parte del Gobierno obregonista de mantener las fiestas conmemorativas del centenario de la consumación de la independencia dentro de un marco de austeridad, ajeno a los excesos cometidos en 1910,5 estas rebasaron los planes originales y se convirtieron en un conjunto abigarrado y heterogéneo de eventos múltiples, en los que hubo una respuesta satisfactoria para los diversos intereses, condición social y nivel cultural de la población. Como bien señala Clementina Díaz y Ovando, nadie fue olvidado, hubo actividades y espectáculos para todos los gustos, para todas las clases, tanto para la nostálgica aristocracia deseosa de revivir los antiguos ceremoniales que la distinguían del resto de sus paisanos, como para los nuevos ricos, los sectores medios y los menos favorecidos tanto económica como socialmente. Incluso, los indigentes gozaron de ciertos beneficios durante aquel mes de septiembre: alimentos gratuitos en los comedores públicos, ropa nueva para no deslucir en los festejos patrios, además de algunas actividades particularmente dedicadas a ellos. Del mismo modo se prestó atención a los presos, los ancianos de los asilos y a los niños pobres, quienes, entre otras acciones, tuvieron la posibilidad de dar un paseo en automóvil por la ciudad, a cuyo término recibieron dulces y frutas.6
Así, pese a la difícil situación política y económica por la que pasaba el país, secuela de la Primera Guerra Mundial y de la convulsa década de lucha armada que apenas llegaba a su fin, las festividades de 1921 se llevaron a cabo con gran profusión de brillantes ceremonias: bailes, recepciones, banquetes, cenas e inauguraciones de obras para beneficiar y embellecer la capital de la república, como monumentos, edificios, parques, jardines, calles, alumbrado, caminos y calzadas además de planteles escolares, entre los que destacaron las llamadas «Escuelas del Centenario». Hubo también exposiciones comerciales, industriales, educativas y artísticas, como las de «Pintura y Escultura», de la Academia de Bellas Artes, y la de «Arte popular mexicano», organizada por Gerardo Murillo –«Dr. Atl»–, Roberto Montenegro y Jorge Enciso y cuyo contenido significó toda una revelación para los asistentes, quienes pudieron apreciar la belleza de las artes manuales realizadas por las/los mexicanas/os, generalmente ignoradas cuando no abiertamente rechazadas.
Por supuesto, no faltaron los clásicos desfiles militares y de carros alegóricos, tan comunes en este tipo de programas, mientras que para los gustos más exigentes hubo conciertos, veladas literarias, juegos florales, conferencias, congresos, funciones de gala en los teatros principales de la ciudad, temporadas de ópera y de zarzuela, además de la ya clásica visita a Teotihuacán. Como una de las características de las fiestas fue la participación privada, con el pretexto de los festejos así como de la diversidad de intereses, no faltó quien contratara a las «Girls» de la compañía de revistas neoyorkina, quienes sorprendieron y alegraron al público capitalino.
Dado que una de las prioridades de estas celebraciones, claramente expresada en diversas ocasiones por el presidente Obregón, por los miembros del comité ejecutivo de los festejos7 y por la prensa en general, fue la de garantizar que estos tuvieran un perfil popular, el programa incluyó una amplia gama de actividades orientadas a dicho fin. Hubo funciones populares en los cines, carpas, corridas de toros, verbenas, jamaicas,8 fiestas charras, jaripeos, jura de bandera y una amplia gama de concursos como los de chinas y charros, cantadores, bailes regionales, poesía, himno del centenario, decoración de edificios con motivos alusivos a la ocasión y justas deportivas, entre otros.
Entre ese mar de actos llamó especialmente mi atención el concurso de la «India Bonita», por el interés que la élite gobernante y la población en general le otorgaron, pero sobre todo por el alto valor simbólico que se le asignó. Quizás por primera vez en el país, especialmente en un evento tan significativo como el referido, se eligió como una de sus reinas a quien les pareció que era una verdadera «representante de la raza».
Desde el 3 de agosto, María Bibiana Uribe, oriunda de San Andrés Tenango, distrito de Huauchinango, Puebla, fue declarada ganadora de este certamen porque, según explicaba el jurado respectivo, «reunía todas las características de la raza: color moreno, ojos negros, estatura pequeña, manos y pies finos, cabello lacio y negro, etcétera».9
A partir de entonces, pero en especial durante el mes de septiembre, la joven, considerada como símbolo de «la virgen morena de la raza de bronce, simiente del pueblo mexicano»,10 recibió todo tipo de halagos y homenajes. Si bien se convirtió en uno de los principales focos de atracción de las fiestas, y su presencia en los grandes salones atraía las miradas curiosas e incrédulas de la elegante concurrencia, tras bambalinas motivaba comentarios burlones y despectivos, los cuales –discursos aparte– mostraban con crudeza el verdadero rostro de la sociedad posrevolucionaria:
«Duro con María Bibiana»
Y… pare usted de contar
porque se va a celebrar
un merecido homenaje
a una india de linaje,
que sospecho va a acabar
haciendo el papel de guaje…11
A pesar de que todos los «elementos» del país fueron convocados para colaborar al mayor lucimiento posible de las solemnidades patrias, en el programa oficial de los mismos se observa una notable ausencia, inexplicable en un evento de tal importancia y cuyo óptimo desarrollo resultaba particularmente significativo para el Gobierno en funciones. Nos referimos a la del rector de la Universidad Nacional, el licenciado José Vasconcelos Calderón, miembro del círculo más cercano al presidente Obregón,12 además de figura clave en el programa educativo de su administración, quien al tiempo de las festividades estaba a punto de encabezar formalmente los destinos de la Secretaría de Educación Pública. Recuérdese que el decreto de creación de esta última dependencia gubernamental data del 29 de septiembre de 1921, el cual fue publicado el 3 de octubre del mismo año.
Ante este hecho, nos surgen varias preguntas: ¿cómo reaccionó la Universidad Nacional ante las celebraciones patrias de 1921? ¿Tuvo alguna participación significativa en estas y en qué consistió? ¿Por qué razón no se adelantó algunos días la fecha de inauguración de la Secretaría de Educación Pública para que constituyera el número estrella de las festividades patrias?
III. VASCONCELOS Y EL PROGRAMA DE FESTEJOS
Afortunadamente, el propio Vasconcelos dejó algunas pistas sobre el tema que nos ocupa en El Desastre, uno de los volúmenes de su autobiografía, en donde con toda claridad expone su posición frente al centenario e, incluso, precisa con exactitud los casos en los que decidió participar. De inicio, advierte al lector que dado que «el alboroto de las fiestas emborrachaba a la ciudad y deslumbraba a la república», contra sus intenciones originales, decidió intervenir de manera muy selectiva y aprovechar la oportunidad que la ocasión le brindaba para hacer «propaganda de la labor educacional», meta central de su quehacer público y que, sin duda, por entonces demandaba toda su atención y energías.13 Si bien se mantuvo firme en la negativa de asistir a los banquetes oficiales y recepciones, aceptó encabezar las sesiones del Congreso de Estudiantes Latinoamericanos y, vinculadas a este evento, presidir algunas «recepciones universitarias sencillas» en honor de los huéspedes distinguidos que acudieron al país con dicho motivo: José Eustasio Rivera, el novelista de La Vorágine; don Ramón del Valle Inclán y el ministro colombiano Restrepo.14
Llama la atención la actitud tan radical con la que el rector de la Universidad cumplió sus propósitos; pese a que durante las fiestas se realizaron diversas actividades directamente relacionadas con la temática educativa, sistemáticamente se mantuvo al margen. Así aconteció con la realización de la «Semana del Niño», actividad orientada a apuntalar la educación higiénica y cívica de los futuros ciudadanos,15 así como con la serie «Conferencias sobre arte y cultura coloniales», efectuadas en el anfiteatro de la escuela nacional preparatoria y cuya ceremonia inaugural contó con la presencia del presidente de la República. Igualmente sorprende su ausencia en la excursión a San Juan Teotihuacán efectuada el 14 de septiembre, a la que acudieron los embajadores extraordinarios y los jefes de las misiones especiales, los altos funcionarios de la Administración, los representantes de las cámaras, la prensa y algunos particulares. De acuerdo con la importancia histórica, cultural e incluso diplomática de este acto, la presencia de Vasconcelos era obligada, pero congruente con su decisión una vez más se mantuvo al margen.16
Sin embargo, localizamos dos excepciones a la regla general de conducta autoimpuesta por Vasconcelos. La primera de ellas es que aceptó inaugurar la sala de conferencias del antiguo cuartel de San Pedro y San Pablo, en donde descubrió la estatua de Dante obsequiada por la colonia italiana con motivo de las fiestas. El segundo caso es su asistencia a la premiación de los «Juegos Florales», torneo poético organizado por la Universidad, para cuya realización el propio rector convocó a todos los literatos de habla española residentes en la República.17 Pero la presencia del escurridizo Vasconcelos en este último caso no se debió a que dicho certamen fuera responsabilidad de la máxima casa de estudios, sino a que el general Obregón, quien debería presidir la ceremonia, se disculpó a última hora, por lo que delegó tal función en la figura del rector.18 Con todo y de acuerdo con las fuentes consultadas, incluido el álbum gráfico, el dirigente universitario no pronunció ningún discurso alusivo a la ocasión o, por algún motivo que desconocemos, los medios de información evitaron hacer algún comentario al respecto.19 En contraste, muy al estilo de la época, la prensa relató con lujo de detalles los momentos más representativos de la premiación, como podemos apreciar en las líneas siguientes: «Con voz pausada, el señor Torres Bodet recitó su poema escuchándose un estruendoso aplauso cuando terminó, mientras que el poeta, de rodillas, recibía la “Flor Natural” de manos de la reina, la señorita Hortensia Elias Calles».20
IV. LA EXCEPCIÓN DE LA REGLA: EL PRIMER CONGRESO INTERNACIONAL DE ESTUDIANTES
Así, tal y como lo había afirmado Vasconcelos al hacer el recuento retrospectivo de su participación en las fiestas septembrinas de 1921,21 esta prácticamente se concretó en un acto: organizar y presidir el primer congreso internacional de estudiantes, evento de grandes vuelos realizado en la ciudad de México entre el 20 de septiembre y el 8 de octubre.22
El momento era propicio para congregar a los estudiantes de distintos países e intentar la unión continental del gremio, aunque a juicio de Ciriaco Pacheco la premura con que este programa se organizó impidió la presencia de algunos de los delegados que contaban con mayor experiencia en la movilización estudiantil de sus respectivos países. Por supuesto que las inquietudes juveniles que afloraron en México no representaron un hecho aislado, sino que hubo expresiones del mismo género en casi toda Hispanoamérica: «en el ambiente –afirma el mismo escritor– flotaba un anhelo de unión y de conocimiento, de simpatía continental»,23 fenómeno que en el caso de Argentina desembocó en el movimiento de Córdoba de 1918 y cuyos logros presagiaron una nueva era para la juventud estudiosa del continente.
En cuanto a México, no tardaron en escucharse los ecos de voces inconformes y renovadoras, las que aprovechando el «arrebato triunfal» del momento político propicio, como señala Enrique Krauze, manifestaron su indignación en contra del presidente venezolano Vicente Gómez El Bizonte, quien había ordenado el encarcelamiento de aproximadamente setenta estudiantes por intentar fundar una federación estudiantil. Al conocerse en nuestro país esta noticia, gracias a Carlos Pellicer Cámara (24 de abril de 1921), se comisionó a la mesa directiva de la federación de estudiantes de México, recientemente nombrada y presidida por Daniel Cosío Villegas, para que solicitara el apoyo de las universidades del continente en contra de la injusticia sufrida por los hermanos del sur.
De inmediato, Vasconcelos olfateó los posibles beneficios políticos que le redituaría encabezar esta causa, ya que le permitiría extender su influjo moral a toda América Latina, por lo que decidió publicar una «excitativa» dirigida a «los intelectuales de todo el continente y a las Universidades de la América del Norte y de la América del Sur», con el fin de que presionaran a sus respectivos gobiernos y buscaran una solución al problema de los estudiantes venezolanos presos.24
A la acción de la rectoría se sumó el presidente Álvaro Obregón, quien siguiendo su fino instinto político accedió a que en medio de las fiestas centenarias se convocara la realización de un congreso estudiantil internacional. En última instancia, la función de este evento era «ganarle reconocimientos de la opinión culta internacional a un gobierno en dificultades»,25 o como más detalladamente señala Enrique Krauze:
La principal preocupación del gobierno era entonces obtener el reconocimiento diplomático norteamericano, pero sin necesidad de ceder en los puntos centrales de la Constitución. Cualquier presión era válida en esas circunstancias y Obregón discurrió organizar las fiestas del Centenario de la Consumación de la Independencia invitando a todos los países que habían reconocido ya a su gobierno y evidenciar de esta manera la injusta actitud de los Estados Unidos. Como parte del tinglado, el Presidente de México aceptó que el presidente de los estudiantes [Daniel Cosío Villegas] convocara a un Congreso Estudiantil Internacional que coincidiera con las fiestas.26
Fue así como desde julio de 1921 el rector convocó a todos los países amigos a participar en un sínodo estudiantil, al que acudieron trece países además de la Liga Panamericana de Estudiantes de Nueva York, el Grupo «Ariel», también de Nueva York, y una amplia representación de «delegados adherentes», cuya mayor parte eran mexicanos. Estos últimos estaban conformados27 por aquello estudiantes o exestudiantes, con no más de tres años de haber abandonado las aulas, que desearan inscribirse para las deliberaciones, aunque únicamente tendrían derecho a voz. Buena parte de ellos empezaban a destacar en los distintos ámbitos de la vida política y cultural del país.
Entre las representaciones que acudieron al primer congreso destacaron Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y, por supuesto, el país anfitrión, y todos ellos contaban ya con una Federación de Estudiantes. El primero de ellos estuvo representado por cuatro grandes figuras, entre las que sobresalen Héctor Ripa Alberdi, presidente de la delegación, y anteriormente miembro de la junta representativa de la federación universitaria argentina, y Arnaldo Orfila Reynal, quien había sido presidente del comité de la huelga grande de la Plata, secretario del comité pro afianzamiento de la reforma educacional y de la asociación de exalumnos de la Universidad de la Plata. Por Colombia estuvo el escritor José Eustasio Rivera, ampliamente conocido por su libro La Vorágine; mientras que Perú envió una representación formada por un grupo de jóvenes con varios años de actuación estudiantil, acompañados por el doctor Víctor Andrés Belaunde. Por lo que toca a México, el país anfitrión, tuvo como representantes a Daniel Cosío Villegas, Raúl J. Pous Ortiz, Rodulfo Brito Foucher, Francisco del Río y Cañedo y Miguel Palacios Macedo.28
Para orientar las deliberaciones de la asamblea se estableció un temario conformado por diversos puntos, los que dieron lugar a interesantes discusiones y resoluciones, tanto desde el punto de vista económico como político y moral. Particularmente importante es que se acordó hacer a un lado todas aquellas «cuestiones sentimentales y sin importancia», pues se consideró que únicamente darían lugar a discursos fáciles y sin contenido. La agenda concertada se constituyó de los siguientes puntos:
a) Función social del estudiante
b) Método más adecuado para establecer esa función
c) Objeto y valor de las asociaciones de estudiantes
d) ¿Convendría la organización de una federación internacional de estudiantes?
e) Bases sobre las que debieran descansar las relaciones internacionales en opinión de los estudiantes
f) Ejecución de las resoluciones del Congreso29
En atención a las características, antecedentes ideológicos y militancia universitaria con que contaba buena parte de los participantes, así como a las directrices que normaron los debates, estos condujeron a seis resoluciones sumamente ambiciosas y complejas, cuyo cumplimiento significaba cambios radicales en aspectos medulares de la organización del país. Al respecto, concluye Enrique Krauze: los delegados «llegaron a las regiones más sublimes de internacionalismo estudiantil […] Era una borrachera mística, la primera gran fiesta civilizada después de diez años de fiesta de las balas».30
Solo por dar una idea del tipo y nivel de las cuestiones abordadas, a continuación citamos algunos de los acuerdos que se alcanzaron, los que sin lugar a dudas rebasaron con mucho el temario original. El primero de ellos proclamaba que la juventud universitaria lucharía por el advenimiento de una nueva humanidad, fundada sobre los principios modernos de justicia, tanto en el orden económico como en el político. Para lograrlo, los estudiantes se proponían luchar por la abolición del «concepto de poder público», ya que este se traducía en el dominio de los menos sobre los más; por destruir la explotación del hombre por el hombre y el sistema vigente de propiedad y por la integración de los pueblos en una comunidad universal. De manera optimista, ante los graves problemas que entonces agitaban al mundo, prometían luchar por una nueva organización social, la que a su vez conduciría a la realización de los fines espirituales del hombre.
El segundo se refería de manera directa a la relación entre la escuela y la política, una de las principales motivaciones de los congresistas:
…debiendo ser la escuela la base y garantía del programa de acción social ya aprobado, y considerando que actualmente no es el laboratorio de la vida colectiva sino el mayor de los obstáculos, las asociaciones de estudiantes en cada país deberán constituirse en el censor técnico y activo de la marcha de las escuelas, a fin de convertirlas en garantía del presente y en institutos que preparen el advenimiento de una nueva humanidad. Al efecto, lucharán por la enseñanza en general, y en especial la de las ciencias morales y políticas.31
Dentro de la misma resolución se hacía hincapié en la importancia que significaba la difusión de la cultura a través de la extensión universitaria, al mismo tiempo que se convocaba a fortalecer la solidaridad estudiantil como el medio idóneo para constituir «una fuerza efectiva y permanente que sostenga e impulse, con el pensamiento y con la acción, todo movimiento constructivo o destructivo a favor de ideales proclamados antes y conforme al método que al efecto establezcan las federaciones o centros estudiantiles».32 A partir de entonces, sería obligación de los estudiantes el establecimiento de universidades populares, libres de todo espíritu dogmático y partidista, además de que se sancionaba la participación de los jóvenes en el gobierno universitario y la libre docencia.
Si creemos la versión de Pacheco Calvo, los resultados del congreso fueron bastante cuestionables; el desarrollo de las sesiones fue por demás irregular, primero por la inasistencia de un buen número de delegaciones y segundo por los festivales y ceremonias organizados en honor de los congresistas, lo que motivó que estos se distrajeran y avanzaran poco en sus respectivas tareas, además del problema que significó la comunicación entre los delegados europeos y los americanos, ya que de las universidades de Asia, Oceanía y África únicamente se presentó a la primera sesión un estudiante chino quien después «desapareció».33
Por último, expone el mismo autor, el congreso «fue francamente socialista», lo que le valió duras críticas por parte de la prensa estudiantil e incluso provocó que Benito Flores, presidente de la Federación de Estudiantes de México, desconociera públicamente las resoluciones adoptadas. Total, concluye el escritor, en la mayor parte de los países estas no pasaron de letra muerta, aunque en el caso de México las cosas tomaron tintes más graves, pues motivaron la escisión de los delegados locales y el que rechazaran los acuerdos del congreso bajo los siguientes argumentos:
Que las conclusiones, si fueran adoptadas por la Federación, crearían para ésta la obligación de luchar por destruir la actual organización política y económica de la sociedad, cosa que no solo estaba fuera de sus finalidades, sino que era contraria a las disposiciones expresas de los estatutos. Que estando la Federación integrada por individuos de todos los credos, no podía imponerse cualquiera de ellos.34
Krauze, en cambio, reconoce en la «romántica generosidad» del congreso internacional de estudiantes la influencia de Vasconcelos: la del tono, la emotividad y el énfasis en el latinoamericanismo. Vista de manera aislada, añade el historiador, no pasaría de ser una nueva versión, colectiva y algo teatralizada, del Ariel de Rodó. Añade que el ejemplo de Vasconcelos, expresado más en obras que en buenas razones, sirvió de contrapeso reduciendo el romanticismo juvenil a sus justas dimensiones. «Su herencia era en suma la del gran empresario, educativo y cultural, nacional y continental, herencia de acción que, llegado el momento, puso en guardia a la generación joven contra los primeros excesos románticos del propio Vasconcelos».35
V. REFLEXIONES FINALES
Calificar las celebraciones de la consumación de independencia como una «humorada costosa» no fue una expresión al azar, sino producto del convencimiento del dirigente universitario. Gracias a sus palabras conocemos su opinión sobre las «segundas fiestas de la Independencia», como algunos autores las llamaron, así como de su convicción de que estas habían resultado altamente perjudiciales para el país. En apoyo a sus palabras, Vasconcelos hacía notar que el propio ministro de Hacienda, Adolfo de la Huerta, le había indicado que no podría realizar nuevas obras pues se encontraba en serios «apuros de dinero». Pero no quedaron ahí los comentarios de este último, también le expresó que este grave desajuste presupuestal se debía a los excesivos gastos efectuados en «la fiestecita de Pansi», sobrenombre con el que ambos se referían a Alberto J. Pani, a cargo de la cartera de Relaciones Exteriores. Según cálculos del propio De la Huerta, las celebraciones patrias de 1921 habían tenido un costo de once millones de pesos, con lo que, según afirmaba, prácticamente se había agotado la reserva disponible.
Vasconcelos compartía las críticas hacia Pani, a quien culpaba de haber sido el principal promotor de las fiestas y causante del desequilibrio económico sufrido por el Gobierno obregonista. Era, afirmaba, el «malhora» de esa administración, quien por falta de trabajo en la cancillería se había inventado el negocio del «patriotismo retrospectivo». Además, concluía en tono descalificador que la conmemoración no había tenido ningún sentido, pues nunca antes se habían homenajeado los sucesos del plan de Iguala ni volvería a hacerse. Por tanto, concluía de manera contundente: «Aquel Centenario fue una humorada costosa y el comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde».36
Pero ¿qué había de cierto en las consideraciones del Rector? ¿Realmente las fiestas patrias del año de 1921 habían mermado las finanzas estatales? Si bien para entonces los ánimos revolucionarios se habían atemperado, las celebraciones provocaron malestar y descontento entre un sector importante de la opinión pública, ya que, entre otros motivos, las veían como una celebración del porfiriato pero sin don Porfirio. En las cámaras, por ejemplo, se criticaba acremente el uso de facultades extraordinarias otorgadas al ejecutivo, lo cual permitió los excesivos gastos aprobados para el centenario: «Ustedes creen, preguntaba el diputado por Querétaro, José Siurob, que si el Ejecutivo no tuviera facultades extraordinarias, se habrían atrevido [sic] a estar dando grandes cantidades de dinero para congresos fulanos y menganos, de los cuales no conocemos hasta la fecha ni sus resultados?».37 Por su parte, el diputado Uriel Avilés era más directo al calificar a las fiestas como un «solemne ridículo» que, a manera de epílogo, dejaría «sin un centavo las arcas de la nación».38
Aunque no todas las críticas provenían de la representación nacional. Federico Gamboa refiere en su Diario que la situación financiera era tan apremiante que el Gobierno de Obregón tuvo que imponer un gravamen especial para sortear los gastos que demandaban las celebraciones,39 recurso que seguramente generó malestar social y, por supuesto, mayores críticas a la decisión del presidente de llevar adelante las fiestas conmemorativas. Por su parte, Alberto J. Pani, en un recuento retrospectivo del estado de la hacienda pública en septiembre de 1923, explica que, al hacerse cargo de dicha secretaría, encontró un déficit de más de cuarenta y dos millones de pesos, cifra que no incluía los adeudos heredados de ejercicios anteriores. Es decir, de acuerdo con Pani, dos años después del centenario, el país se encontraba al borde de una inminente catástrofe financiera.40 Mucho más cercano a nuestro tiempo es la versión que nos brinda Leonardo Lomelí Venegas quien afirma que «casi todos los testimonios de la época coinciden en señalar a 1921 como el peor año de la depresión para la economía mexicana», lo cual explicaría los malabarismos que el Gobierno tuvo que hacer para costear los gastos de los festejos del centenario.
Si bien las conmemoraciones de la patria no fueron la única causa de la crisis hacendaria con la cual cerró la Administración del presidente Obregón, es claro que Vasconcelos nunca estuvo de acuerdo con los enormes gastos que aquellas significaron, pero ante la decisión del primer mandatario y la madeja de intereses vinculada a su realización, probablemente optó por la solución más conveniente: involucrarse lo menos posible para, desde esta posición, estar en posibilidades de enjuiciar, con total libertad, a quien o quienes considerara responsables del desajuste económico que provocarían. Pero aunque no lo confiesa de manera explícita seguramente temía que los cuantiosos recursos que demandarían las festividades redundarían en detrimento del capital disponible para echar a andar la Secretaría de Educación Pública, su verdadera obsesión.
Con motivo del discurso que pronunció en la toma de posesión al cargo de rector (1920), expresó el espíritu que lo animaba y el verdadero peso que para él tenía la universidad. Con toda seguridad sorprendió a los integrantes de la institución y a la comunidad en general al declarar que, de acuerdo con su conciencia, debía lograr la transformación radical de la ley de educación pública entonces vigente, producto de «la más estupenda de las ignorancias», y crear un ministerio federal abocado a dicha materia, fundamental para el futuro de México. Señalaba el rector en tono profundamente crítico que él no se conformaría con recibir un buen sueldo y ocupar un cargo que halagara su vanidad; tampoco justificaría su paso por la rectoría «conceder borlas doctorales a los extranjeros ilustres que nos visiten y presidir venerables consejos que no bastan para una centésima de las necesidades sociales».41
Su función rectoral tendría características muy distintas a las de sus predecesores; reprobaba las instituciones de cultura del país, las que desde su punto de vista se encontraban en el «período simiesco», ya que en lugar de servir al pueblo, como era su deber, únicamente pretendían engañar a los extranjeros. Por tanto, concluía de manera fulminante que él no trabajaría por la Universidad sino que le pedía a la «Universidad que trabajara por el pueblo». Había llegado el momento –aseguraba– de que la institución creada por Justo Sierra devolviera a los mexicanos algo de lo mucho que había recibido de estos. Por tanto esperaba que esta colaborara en la creación de un ministerio de Educación Federal, meta vertebral de su Administración. Para finalizar, invitaba a la Universidad a unírsele en la cruzada por la educación que planeaba llevar a cabo, a no permanecer ajena, como hasta entonces lo había hecho, a los anhelos populares, a que abandonaran su torre de marfil y que sellaran un pacto de alianza con la revolución.42
Ante tal desideratum podemos explicarnos, al menos en parte, los motivos por los que Vasconcelos reprobó de manera tan tajante el que, en 1921, la clase política se comprometiera a la realización de unas fiestas que, si bien emborracharían a la ciudad y deslumbrarían a la República como él dijera, no aportarían nada a la solución de los peores enemigos de México: la pobreza y la ignorancia de su pueblo.
1. El Universal, 9 de septiembre, 1921, en el «Suplemento conmemorativo del primer Centenario de nuestra Independencia». Citado por Clementina Díaz y de Ovando: «Las fiestas del “Año del Centenario: 1921”», en México: Independencia y soberanía, México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 1996.
2. Annick Lempérière y Lucrecia Orensanz: «Los dos centenarios de la independencia mexicana (1910-1921): De la historia patria a la antropología cultural», en Historia Mexicana, 45(2), pp. 320 y 346; citado por Virginia Guedea: «La Historia en los centenarios de la Independencia: 1910 y 1921», en Asedios a los Centenarios (1910 y 1921), México, Fondo de Cultura Económica, UNAM, 2009, p. 102. La idea es planteada tiempo atrás por Alberto J. Pani, ministro de Relaciones Exteriores de Obregón, considerado por sus contemporáneos como uno de los principales impulsores de las celebraciones. Véase Alberto J. Pani: «Del presidente De la Barra al presidente Obregón», en Apuntes Autobiográficos, tercera edición, Senado de la República, 2003, p. 282.
3. Pedro Castro: Álvaro Obregón: Fuego y cenizas de la revolución mexicana, México, Ediciones Era, 2005.
4. Pedro Castro: Álvaro Obregón: Fuego…, op. cit.
5. De acuerdo con Elaine C. Lacy, en una junta del gabinete que tuvo lugar en Chapultepec el 16 de abril de 1921, se determinó que debido a la escasez de fondos federales la celebración sería simple y poco onerosa, abierta a todas las clases sociales, y que se invitaría a los gobernadores a organizar las festividades apropiadas en sus Estados. Lacy: «Obregón y el Centenario de la consumación de la Independencia», Boletín, 35, Fideicomiso Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca, sep.-dic., 2000, p. 3.
6. Clementina Díaz y de Ovando: «Las fiestas del “Año del Centenario: 1921”», en México: Independencia y soberanía, México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 1996, p. 103; y Aurelio de los Reyes: Cine y sociedad en México 1896-1930. Bajo el Cielo de México, vol. II, 1920-24, p. 119, tomada de Miguel Alonzo [sic] Romero: Un año de sitio en la presidencia municipal, México, Editorial Hispano Mexicana, 1923.
7. La Comisión Organizadora de las Fiestas del Centenario se conformó desde el mes de mayo con el fin de atender con toda eficacia el programa oficial y armonizar los diferentes actos que llevarían a cabo las distintas secretarías y departamentos de Estado. Sus integrantes, designados por el Consejo de ministros, fueron: el general Plutarco Elías Calles, secretario de Gobernación, el ingeniero Alberto J. Pani Arteaga, secretario de Relaciones Exteriores, posición desde la cual presidió el Comité Ejecutivo o Técnico y, por último, Adolfo de la Huerta, secretario de Hacienda y Crédito Público. A la vez y para darle mayor eficacia a las tareas de organización, la Comisión nombró un Comité Ejecutivo, integrado por otras tantas distinguidas personalidades: Emiliano López Figueroa (presidente), Martín Luis Guzmán (secretario) y los diputados Carlos Argüelles (tesorero) y Juan de Dios Bojórquez (vocal). Con el fin de favorecer el sentido popular que se quería dar a la fiesta, se invitó a los gremios, asociaciones, ateneos, y toda clase de agrupaciones particulares, además de los representantes de los principales periódicos citadinos para que aportaran ideas, patrocinaran y desarrollaran algunos números del programa. Véase Díaz y de Ovando, op. cit, p. 104.
8. Durante el siglo XVIII se empezaron a realizar las «jamaicas», fiestas populares reprobadas por algunas autoridades civiles y eclesiásticas pues, según afirmaban, estaban constituidas por «escandalosos y sacrílegos» bailes como: La llorona, El rubí, El pan de manteca o El Jarabe. Véase Juventino Rodríguez Ramos: Historia de México, Grupo Editorial Patria, 2018, p. 163.
9. Aurelio de los Reyes: Cine y Sociedad…, vol. II, p. 119. El jurado del concurso estuvo conformado por prestigiadas figuras del medio político-cultural: Manuel Gamio, Jorge Enciso, «artista muy conocido por sus notables trabajos como dibujante de asuntos nacionales y especialmente indígenas; Aurelio González Carrasco, literato de justa reputación y uno de los autores teatrales que más se han distinguido en el género de zarzuelas populares; Carlos M. Ortega, autor teatral también que ha [compuesto] obras de marcado sabor vernáculo; y Rafael Pérez Taylor, antiguo redactor de La Convención junto con Heriberto Frías, crítico de cine y reportero de los aspectos sórdidos de la vida metropolitana». Véase: «Fue nombrado el Jurado calificador para el concurso de la India Bonita», en El Universal, 12 de julio de 1921, p. 9.
10. Aurelio de los Reyes: Cine y Sociedad…, vol. II, p. 120.
11. «Cómo vio “Martín Galas”, con todo su optimismo, las Fiestas Centenarias, el lujo y el cinismo», en México: Independencia y soberanía, p. 186.
12. Sobre este punto, Gabriel Zaid comenta: «José Vasconcelos no llegó a secretario de educación por las armas, ni por tener un paquete de votos importante en un régimen parlamentario, ni por los libros, sino porque quiso el general Obregón». Gabriel Zaid y Daniel Cosío Villegas: Imprenta y vida pública, México, Fondo de Cultura Económica, 2014, 182 pp.
13. Para entender las prioridades que en ese momento movían el ánimo de Vasconcelos, es importante recordar que apenas el 5 de septiembre de 1921 el Congreso había aprobado la Ley de Creación de la Secretaría de Educación Pública.
14. José Vasconcelos: «Un Centenario forzado», en El Desastre, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 42. También en La creación de la Secretaría de Educación Pública, presentación de Alonso Lujambio, México, INEHRM, 2011, 88 pp.
15. Memoria de la Semana del Niño, México, Departamento de Salubridad Pública, 1921, 264 pp. Particularmente a Alberto J. Pani le interesaba de manera especial dicha temática, sobre la que en 1916 publicó el texto denominado La Higiene en México, edición en castellano de la Biblioteca de Acción Mundial, 1916.
16. El espíritu popular que caracterizó a las celebraciones de 1921 estuvo presente en buena parte de los festejos, como puede observarse en la excursión a Teotihuacán de los visitantes extranjeros y los más destacados representantes del gobierno mexicano. Para que esta visita no quedara como una simple prerrogativa de las élites, el jueves 15 de septiembre a las 8:00, 9:00 y 10:00 AM salieron de la Estación del Ferrocarril Mexicana «trenes de recreo» para transportar a todas las personas que quisieran visitar esa zona arqueológica. Véase Álbum gráfico del centenario: 27 de septiembre de 1821-27 de septiembre de 1921, ed. por Vicente Gallegos Liceaga, México, Talleres del Hogar, [1921], [s. p.]
17. De acuerdo con las «Bases» establecidas para la realización de dicho certamen se registraron 4 temas, aunque desafortunadamente, nuestra fuente de información no los precisa con claridad. El premio, la «Flor Natural» concedida al primer tema fue para el autor del poema intitulado «El alma de los jardines», Jaime Torres Bodet. Cabe destacar que estos no fueron los únicos Juegos Florales que formaron parte del Programa de celebraciones; poco antes, el 9 de septiembre en el Teatro Arbeau tuvo lugar la premiación del certamen del mismo nombre, solo que en esta ocasión fue organizado por el periódico El Universal.
18. «Informaciones de la Prensa», en Boletín de la Universidad Órgano del Departamento Universitario y de Bellas Artes, IV Época, t. III, núm. 7, diciembre de 1921, pp. 140-142.
19. Por lo escueto de la información registrada en el Álbum Gráfico, la nota sobre este evento se asemeja a la redacción de un telegrama, como si no quisiera abundarse en sus detalles: «8:30 p.m. –Juegos Florales en el Teatro Iris. Organizados por la Universidad Nacional. Asiste el C. Presidente de la República».
20. El Demócrata, 23 de septiembre, 1921. Citado por Clementina Díaz y de Ovando, p. 153. El poema de Torres Bodet, denominado «El alma de los jardines», evocaba los distintos «jardines» o etapas que suele cruzar el hombre a lo largo de su vida: la niñez, el internado, la correspondiente a los primeros idilios y la de la muerte.
21. José Vasconcelos: «Un Centenario forzado», en El Desastre, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, pp. 39-43. La primera edición de este libro se llevó a cabo por Botas en 1938.
22. Boletín de la Universidad Órgano del Departamento Universitario, IV Época, t. III, n.º 7, diciembre de 1921, p. 59. Si bien en este impreso se mencionan las fechas arriba indicadas, en su página 76 se afirma que «el 20 de octubre clausuró sus sesiones la Primera Internacional de Estudiantes. Sus labores […] sin duda serán un estímulo para los compañeros que se reúnan en Buenos Aires, pues se distinguieron tanto por la animación de sus debates, que fue sostenida hasta el último momento, como por la gravedad de los temas resueltos, por la generosidad del lirismo que penetraba los espíritus nuevos en él congregados y por el verdadero acercamiento espiritual que se ha empezado a realizar en la juventud del mundo, ya consciente de la responsabilidad de su misión humana…».
23. Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional de Estudiantes celebrado en México en 1921», Revista de la Universidad, 14, México, UNAM, diciembre de 1931, p. 184.
24. Enrique Krauze: Daniel Cosío Villegas: Una biografía intelectual, México, Tusquets, 2001, pp. 39-42.
25. Gabriel Zaid y Daniel Cosío Villegas: Imprenta y vida pública, México, Fondo de Cultura Económica, 2014.
26. Enrique Krauze: Daniel Cosío Villegas…, p. 42. Si creemos en la palabras de Gabriel Zaid, aunque la figura central del Congreso fue Vasconcelos, el que realmente asumió el trabajo duro de la organización del evento fue Daniel Cosío Villegas, quien por entonces tenía veintitantos años de edad pero ya contaba con bastante experiencia en terrenos de política estudiantil.
27. Entre los delegados adherentes estaban: Ramón Beteta Quintana, Manuel Sandoval López, Manuel de la Torre, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Alfonso Caso y Octavio Medellín Ostos. Pacheco Calvo, op. cit., p. 186.
28. La convocatoria la firmaron los miembros de la Federación de Estudiantes: Daniel Cosío Villegas, presidente; Raúl J. Pous Ortiz, jefe del departamento de propaganda; Rafael Fernández del Castillo, secretario del exterior; Carlos Pellicer Cámara, jefe del departamento técnico y Francisco del Río y Cañedo, jefe del departamento social. Véase Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional de Estudiantes en México en 1921», Revista de la Universidad, 14, diciembre de 1931, México, UNAM, pp. 184-192.
29. Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional de Estudiantes celebrado en México en 1921», Revista de la Universidad, 14, diciembre, México, UNAM, 1931, pp. 184-185. Según este autor, se estableció que los debates serían públicos, las reuniones plenarias y al menos teóricamente, los idiomas oficiales del congreso serían inglés, alemán, francés y español, aunque en la práctica se concretaron exclusivamente a este último, tanto por la ausencia de asistentes que dominaran las demás lenguas como por las fallas organizativas del evento, cuya convocatoria se dio a conocer solo dos meses antes de la fecha inaugural del evento.
30. Enrique Krauze: Daniel Cosío Villegas…, pp. 42-43.
31. «El primer Congreso Internacional de Universitarios», Revista de la Universidad, 14, diciembre, México, UNAM, 1921, p. 70.
32. Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional…», pp. 70 y 188.
33. Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional….», pp. 186-187. El autor cita el caso de Alemania y Suiza, representadas por algunos profesores del Colegio Alemán radicados en México, cuyo escaso dominio del español les impidió captar la atención de sus pares.
34. Ciriaco Pacheco Calvo: «El Primer Congreso Internacional…», p. 191.
35. Enrique Krauze y Daniel Cosío Villegas: Una biografía intelectual, op. cit., p. 45.
36. José Vasconcelos: La creación de la Secretaría de Educación Pública, op. cit., 2011, pp. 88-89.
37. Diario de Debates, Legislatura XXIX, Año II, n.º 3, México, 2 de septiembre de 1921.
38. Diario de Debates, Legislatura XXIX, n.º 12, 23 de septiembre de 1921.
39. Carla Zurián: «Noticias oficiales y crónicas incómodas: La Prensa durante las fiestas del centenario (1910-1921)», en línea: <http://historiadoresdelaprensa.com.mx/hdp/files/256/pdf> (consulta: 26 de junio de 2019). Las palabras textuales de la autora son las siguientes: «Es ya un hecho el impuesto del Centenario que se mete en todos los bolsillos. Comercio, industria y tutti quanti, nadie ha dicho pío. Carencia absoluta de carácter, lo mismo en lo individual que en lo colectivo».
40. Alberto J. Pani: Apuntes autobiográficos I, México, Senado de la República, 2003, pp. 292 y 293.
41. José Vasconcelos: «Discurso con motivo de la toma de posesión del cargo de rector (1920)», en José Vasconcelos y la Universidad, México, Universidad Nacional Autónoma de México (primera edición, 1983). Introducción y selección de Álvaro Matute, pp. 57-62. Textos de Humanidades, 36.
42. José Vasconcelos: «Discurso…», p. 59.
¿ESCUELA DE SALAMANCA, O ESCUELAS DE LA MONARQUÍA?
LETRAS Y LETRADOS, SIGLO XVI
ENRIQUE GONZÁLEZ GONZÁLEZ
UNAM
Durante el presente siglo, la bibliografía acerca de la llamada Escuela de Salamanca ha crecido y aumenta sin cesar. Las recientes celebraciones, justificadas o no, por el octavo centenario de la Universidad dieron nuevo impulso a publicaciones sobre el tema. Diversos autores admiten como hecho incontestable la existencia de dicha Escuela, con mayúsculas, sin detenerse en precisiones, y bajo el rubro colocan a todo autor peninsular o americano del siglo XVI y parte del XVII, como cajón de sastre. Otros, al querer definirla histórica y temáticamente, suelen embarcarse –o empantanarse– en terrenos, a lo menos, problemáticos. De hecho, hay dos escuelas antagónicas en torno al significado y alcance de la Escuela de Salamanca. En España destaca –al menos en número de páginas– la bibliografía que la restringe a la Facultad de Teología, por no decir al convento de San Esteban. El bando opuesto, preferido por extranjeros, admite la teología, pero supeditada a sus aplicaciones en derecho, moral, y, muy en particular, a la economía. Por tanto, ensancha notablemente el universo de autores considerados miembros de la Escuela, y la cronología.
Antes de entrar en la cuestión, parece útil repasar un caso análogo, el de la llamada Escuela de Padua. A continuación, se hace un recuento sucinto de la historiografía en torno a la Escuela salmantina y las tesis de sus valedores. En tercer lugar se examina el concepto de escuela a lo largo del tiempo, para ver si procede vincularlo con las tareas intelectuales de la Salamanca del siglo XVI. Acto seguido, se indagará en la difusión impresa y la recepción de los autores tenidos por pilares de la Escuela. Por último, se hablará del gran número de universidades, colegios de órdenes regulares y otros centros docentes, en ambos lados del océano, vigentes o fundados en el siglo XVI, que se influyeron mutuamente y fueron semilleros de letrados. Se plantea, pues, como auténtico despropósito, explicar la actividad profesional y la obra escrita de tantos hombres de letras solo en función de la alma mater del Tormes. Antes de hablar de la Escuela de Salamanca, se plantea la necesidad de analizar en conjunto las escuelas de la monarquía y situarlas en su marco social.1
LA ESCUELA DE PADUA
En 1983, el historiador de la ciencia y las universidades renacentistas italianas Charles B. Schmitt alegó que la Escuela de Padua, a la que se atribuye un papel decisivo en el origen de la ciencia moderna, nunca existió como tal, así como que el aserto carecía de «any specific entity» y que recurrir a él obedecía a información deficiente y estrechez de miras.2 Asimismo, expuso que se trataba de un término acuñado apenas en 1940 por el historiador John Randall (1899-1980).3
Según Randall, era poco novedoso el interés de muchos autores de los siglos XVI y XVII por cultivar una ciencia que, a más de comprender la naturaleza, pretendía operar sobre ella, pues durante tres siglos se había cultivado en las universidades del norte de Italia y, de modo especial, en «the School of Padua». Tales academias desplegaron, desde el siglo XIV, «an experimentally grounded and mathematically formulated science of nature». Para el autor, antes que una tendencia difusa e intermitente –lo afirma dos o tres veces–, revistió sólida continuidad, una «cummulative and organized elaboration of the theory and method of science»; una «organized scientific tradition».4 La persistencia de la Escuela la garantizó una sucesión de maestros que captaron la importancia de la facultad de artes para desarrollar las ciencias naturales, las matemáticas y la medicina, dejando aparte la teología.
Gracias a que Venecia conquistó Padua en 1404 –prosigue Randall–, la Serenísima comunicó a esa universidad su tradicional espíritu de libertad y su anticlericalismo [sic]. En adelante, Padua atrajo «the best minds» de toda Italia, en especial del sur, y se convirtió en «the leading scientific school of Europe». Esa alegada continuidad trisecular llevó al profesor norteamericano a afirmar que Galileo había sido, «in Method and Philosophy, if not in Physics […], a typical Paduan Aristotelian».5
Historiadores como Paul O. Kristeller, Neal W. Gilbert y N. Jardine, entre otros, objetaron la tesis, retomada por discípulos de Randall como W. F. Edwards.6 Con los tres primeros, Schmitt admite que, desde el siglo XIX, autores como Renan dieron prestigio a Padua. Con todo, ulteriores trabajos probaron que aquel estudio, lejos de haber sido el único y más destacado, floreció junto a media docena de universidades, por solo hablar del norte de Italia. En todas se cultivaban los mismos métodos, saberes y autores, sobre todo en Bolonia, cuyo averroísmo –el gran timbre de identidad atribuido a Padua– precedió en tiempo y vigor al paduano. Esto sin hablar del gran centro tipográfico de Venecia, cuyos colosales impresos de Aristóteles y sus intérpretes árabes y griegos distaban de depender directamente del vecino estudio. Es más, anota Schmitt, la habitual ignorancia de la historia universitaria suele llevar a estudiosos como Randall a considerar una originalidad paduana el estudio de la filosofía natural como base de la medicina y no de la teología.
Algunos argumentos de Schmitt resultan aplicables a Salamanca y a toda España: solo el desconocimiento de la historia universitaria del Antiguo Régimen permite atribuir a un único centro académico el patrimonio compartido por múltiples instancias de una ciudad, un vasto territorio, un reino o toda la cristiandad. Por tanto, resulta insostenible afirmar que cierta continuidad, o los cíclicos momentos innovadores, son privativos de una institución, con exclusión del resto, o bien de un individuo o grupo, solo por haber tenido contacto, a veces breve, con ella. Antes bien, resultan del constante intercambio. Destaca que los maestros paduanos, con excepciones como Giacomo Zabarella,7 se formaron fuera de Padua, y su paso por la ciudad no era tan estable como para crear y sostener, de generación en generación, la pretendida «organized scientific tradition». Solían profesar en esas aulas luego de estudiar, y aun enseñar en otras partes, y al cabo de un espacio breve o largo de docencia paduana emigraban, llevados por sus intereses personales, en especial si tenían ofertas atractivas de otra universidad o un príncipe. Así, a más de difundir sus saberes, recibían influjo de las tradiciones locales. De ahí que la regla fuese el intercambio de «doctrinas» y no la pretendida singularidad de una estación de paso.
Resulta útil una mirada a dos casos concretos que suelen juzgarse paradigmáticos de la Escuela de Padua. El primero lo protagoniza Agostino Nifo (1469/70-1538). Inició sus estudios en el reino de Nápoles, su patria, de donde fue a Padua hacia los 14 años. En 1490 se graduó en artes y, pasados dos años, enseñó en su facultad hasta 1499, momento en el que dejó finalmente la ciudad. Reapareció en 1507 como lector en Salerno y, en 1509, en Nápoles. Se fue a Roma en 1514 y estuvo en Pisa de 1519 a 1521, año en el que volvió a Salerno por una década larga. Tornó a Nápoles de 1531 a 1532. Rehusó una invitación a Bolonia, y dedicó sus últimos años a escribir en su ciudad natal.8 De sus 68 años, siete estudió en Padua y otros tantos profesó. El resto divagó por Italia, de norte a sur.
Galileo, supuesto ápice de la Escuela de Padua, también revela vínculos, quizás no decisivos, con esa universidad. Nació en Pisa, en 1564. De 1581 a 1583 cursó medicina en su universidad, pero la dejó y estudió por su cuenta matemáticas, en especial a Arquímedes. De 1589 a 1592, enseñó la disciplina en Pisa. Huyó al Véneto, enemistado con los Médici. En Padua, la siguió dictando hasta 1610. Las universidades solían dar rango marginal a las matemáticas; tanto que muchas no exigían el grado doctoral al lector, quien quedaba fuera de los colegios –o claustros– doctorales. Así ocurrió en México, con Carlos de Sigüenza y Góngora, titular de Matemáticas en la Real Universidad, en el propio siglo XVII. Falto aún del grado de bachiller, el gremio doctoral lo desairaba.9 Quizás por razones análogas, Galileo, al mudar el horizonte florentino, volvió en 1610 a la corte medicea, donde vivió hasta su proceso en 1633. Condenado a reclusión domiciliaria perpetua, muere, prisionero, en 1642.10 De sus 67 años, menos de tres enseñó en Pisa, donde –según prueban sus manuscritos– ya exploraba los temas físicos y matemáticos que le darían fama. En Padua, falto de grados, no tuvo opción a impartir filosofía natural, y debió ceñirse a su disciplina casi dieciocho años. Antes de retornar editó su primera obra, Sidereus nuncius (Venecia, 1610). Las demás salieron en otros ámbitos, no derivan de cursos ni evidencian vínculos con Padua, pero Randall y sus adeptos tienden a explicar los aportes científicos que hicieron por su liga con la Escuela de Padua.
La propuesta de Randall, refutada por los principales historiadores del Renacimiento y la ciencia moderna italiana y extranjera, goza de cabal salud en tanto que contribuye a exaltar las glorias de la institución véneta, incluso si muchos de sus supuestos miembros carecieron de vínculos decisivos y estables con ella y circularon por toda la península, difundiendo y adoptando ideas. De ahí lo insostenible de la tesis de una tradición nativa y original, nutrida durante tres siglos por una secuela de maestros formados en ella, y transmisores fieles de su legado. Fuera de la Academia, muy poco valen las sólidas y argumentadas objeciones de Schmitt y otros: los mitos fluyen por canales ajenos a los del rigor histórico y crítico, inmunes a la razón. Por algo se sigue hablando de la Escuela de Padua.
LA ESCUELA DE SALAMANCA, UN NOMBRE, DOS INTERPRETACIONES
Todo indica que el nombre Escuela de Salamanca llegó del exterior. Lo emplea en 1933 el alemán Martin Grabmann en su historia de la escolástica.11 Da por hecho la Escuela y le atribuye unos cuantos calificativos vagos, pero llamó a Francisco de Vitoria (1496-1546) su fundador. Y con todo, líneas abajo incorpora en ella a fray Matías de Paz, muerto en 1513…12 Vertido al español en la posguerra, el apelativo tardó en ser admitido.
En cambio, el mote circula desde hace décadas con plena carta de ciudadanía en los ámbitos germánico y anglosajón, si bien se le admite casi en exclusiva desde una perspectiva social, política y, más aún, económica. Marjorie Grice-Hutchinson, activa entre 1952 y 2002, parece ser la extranjera que más páginas dedica al tema, e identifica siempre a la School con la economía. En The School of Salamanca. Readings on the Spanish Monetary Theory, 1554-1605 (1952)13 vincula con esa universidad a cuanto tratadista económico hispanoamericano logró identificar, sin importar dónde se formó y dónde actuó profesionalmente. Así, dedica un capítulo al dominico Tomás de Mercado, formado entre Sevilla y México, y lector en ambas ciudades… Por lo demás, revela incontables errores factuales: se refiere al «dominico» Martín de Azpilcueta, quien –asegura– fue llevado a Portugal por el rey Joao III cuando creó la Universidad de Coímbra, en 1538… En París, Vitoria enseñó «in the Sorbonne»,14 entre otras perlas. Glosando a Schmitt, solo una ignorancia tan supina de la historia universitaria le permite vincular a todo autor ibérico e indiano con la famosa Salamanca. ¿Sabía de la existencia de otras en los dominios hispanos?
El Instituto Max Planck ha iniciado la loable tarea de editar en línea las obras más representativas de noventa y seis autores, bajo el rótulo de la Escuela de Salamanca.15 Todos trataron de temas jurídicos y económicos entre 1522 y 1675. Algunos, desde la teología moral; otros, tomaban la Prima secundae, de santo Tomás, para sus tratados De iustitia et iure. A más de los teólogos salmantinos Vitoria, Soto, Cano y Báñez, la lista incluye a legistas y canonistas como Martín de Azpilcueta, Diego de Covarrubias o Antonio Pérez. Ellos, y sin duda otros, tuvieron indudables vínculos con el estudio del Tormes. Pero el listado también recoge a estudiosos o profesores de instituciones –tanto universitarias como colegios o estudios de órdenes regulares– complutenses, vallisoletanas, aragonesas, granadinas, portuguesas, limeñas o mexicanas. Es más, se incluye a dos de los autores italianos más citados por tratadistas católicos del siglo XVI: Tomás de Vio y Silvestre Mazzolino. El criterio de selección difícilmente podría ser más amplio y generoso; o, si se prefiere, más difuso. ¿Qué criterios o vínculos académicos o biográficos permiten ligar a ese heterogéneo centenar de autores con la llamada Escuela de Salamanca? ¿Todo el saber iberoamericano de los siglos XVI y XVII es «proyección» de tan ilustre estudio?
Si bien Grabmann mencionó la Escuela, con mayúsculas, el título poco atrajo en España, a pesar de que el alemán la delineó como un movimiento de renovación teológica. Con todo, las tesis del alemán poco embonaban con la actividad editorial que, desde el inicio del siglo XX, promovían los dominicos de San Esteban para recuperar a sus teólogos del Quinientos, reeditando impresos olvidados desde el siglo XVII y rescatando inéditos. Primero destacaron Justo Cuervo (1859-1921), Alonso Getino (1877-1946) –fundador, en 1910, de la revista emblema Ciencia Tomista– y Venancio Carro (1894-1972). Su objetivo, antes que la Universidad como tal y en su complejidad, era exaltar, con beligerancia, a los autores de la orden, en especial a Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano y Domingo Báñez.
Vicente Beltrán de Heredia (1885-1973) continuó esa línea apologética. Fruto de su pluma fueron, a partir de 1911, más de trescientas recensiones o «notas críticas», en especial en Ciencia Tomista, y más de cien artículos, que seleccionó y reeditó en la Miscelánea Beltrán de Heredia (1972): sesenta y ocho estudios en cuatro tomos con más de 2.500 páginas sobre la actividad de los teólogos dominicos, ante todo, de san Esteban. Lo propio hizo en sus libros: catorce títulos en treinta y dos nutridos volúmenes; ante todo, ediciones de obras inéditas de teólogos, con prefacios que rebasan 200 páginas: los comentarios de Vitoria a la Secunda Secundae, en seis tomos; en cinco, los de Báñez a la primera y tercera partes de la Summa. Un documentado libro sobre Soto. Su aptitud excepcional para recabar y editar fuentes culminó con el Bulario (1219-1549)16 y el Cartulario (1218-1600)17 de la Universidad, en nueve tomos.
Los dominicos, al rescatar la obra de sus ilustres ancestros, aportaron material invaluable a los futuros panegiristas de la Escuela. Dictaron también, en gran medida, el guion, centrado en la cuarteta de teólogos: Vitoria, Soto, Cano, Báñez. A la vez, evitaron referirse a la «Escuela». Algún estudioso halla «sorprendente» que Beltrán no disertara sobre ella.18 Él y los suyos parecían ver con recelo un enfoque que extendía a toda la universidad un mérito reclamado en exclusiva para los teólogos de su orden, claustrales de san Esteban.19
Es quizás Luciano Pereña (1920-2007) quien oficializó el término en el ámbito hispano. Sin embargo, él mismo, durante años, se vio reticente. Así, en 1954 publicó: La universidad de Salamanca, forja del pensamiento político español en el siglo XVI.20 Omitió, pues, a «La Escuela». Al parecer, en los sesenta aún prefería hablar de «Escuela española de la paz», o Corpus Hispanorum de pace, título de la serie bibliográfica que editó de 1963 hasta su muerte. Solo en 1984 adoptaría el mote, en Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. La ética en la conquista de América.21 En adelante tomó partido abierto por el nombre, pero en su serie aparecía después de su lema original. Con notable tenacidad publicó o promovió la edición de medio centenar de tomos con obras de autores de los siglos XVI y XVII. Al difundir otros nombres y diversificar enfoques, ensanchó el campo.
De hecho –y a diferencia de tantos coetáneos y antecesores–, su interés por la teología en sí parece nulo; prefiere sus derivaciones. Su enfoque lo acerca a nombres como Grice-Hutchinson, pero su tono es vindicativo, y abusa de anacronismos como democracia o internacionalismo. Ante todo, reclama para España la palma en la creación del derecho de gentes, y defiende la conquista de América como empresa civilizadora y moral. De Vitoria, le atrae su visión del Nuevo Mundo; de Cano, sus teorías sobre la guerra. Además, editó al menos veinte tomos del jesuita Francisco Suárez, quien, por cierto, jamás leyó en la Universidad salmantina.22 Al final de su vida, esbozó su idea de «La Escuela de Salamanca: notas de identidad».23 Consiste en un «sistema de principios éticos (de filosofía política, moral internacional y moral económica principalmente)». Su carácter «interdisciplinar» impide reducirla a escuela teológica, filosófica, jurídica, social o económica. Antes bien, conlleva «una comunidad de actitudes, de principios y de método». Señala que, frente a la imperante economía mercantilista de los tratos comerciales, los salmantinos promovieron una «economía humanista», utópica, que pretendía «la rehumanización, la pacificación y la reconciliación entre indios y españoles».24 Huelgan comentarios…
En 2000, Juan Belda Plans, de la Universidad de Navarra, estampó el voluminoso La Escuela de Salamanca y la renovación de la teología en el siglo XVI.25 Como el título sugiere, se limita al enfoque teológico y, en contraste con Pereña y Grice-Hutchinson, restringe al máximo el campo de la Escuela: los lectores de teología de prima y vísperas de Salamanca, desde el inicio de la enseñanza de Vitoria hasta la muerte de Báñez (1526-1604). Casi como concesión, acepta a los lectores de otras cátedras teológicas, tachados de «menores». En cambio, –sin explicar ni justificar– excluye la de la Biblia. Por tanto, fray Luis de León pasa a los «maestros menores», y ello porque leyó cátedras temporales. Resulta así que Melchor Cano, «teorizador del método teológico de la Escuela», lector efectivo en cátedra de prima durante algo más de un cuatrienio –sin contar los meses a cargo de suplentes–, merece a Belda doscientas cincuenta páginas, frente a las tres dedicadas a fray Luis, sin valorar sus treinta años de docencia teológica.26 Al hacerlo, además, obvia que el agustino era uno de los pocos teólogos que citan a Vitoria, de cuyos alumnos recopiló apuntes.27 Su visión, en extremo restrictiva, lo lleva a exigir «requisitos mínimos» para pertenecer a la Escuela, que reduce a una suerte de escalafón docente-teológico. Sobra añadir que también omite los derechos, medicina, filosofía y las humanidades impartidas por colegas de Vitoria. A la vez prescinde de los colegios y universidades donde leyeron, antes o después, los «maestros mayores».28
Alega, con razón, que deben delinearse los alcances del término, o pierde sentido. Define la Escuela –teológica– como «realidad unitaria y homogénea en una serie de aspectos: unidad de espacio y tiempo (un lugar y periodo concreto); unidad de personas que se suceden (un grupo cohesionado); unidad de fines, de espíritu, de medios (un proyecto y unos métodos comunes); unidad, por último, de doctrinas en puntos básicos (una cierta tradición doctrinal)». Todo se aplica –dice– al «grupo unitario de teólogos con unas notas comunes». Es decir, los sucesivos lectores salmantinos «a partir del magisterio de Vitoria y bajo su influencia (directa o indirecta)», y animados por «ideales y objetivos comunes»: renovar la teología desde una «tradición doctrinal común», cuyo centro es la Summa «como guía principal de los estudios y enseñanza teológica universitaria». Un legado, en fin, «que se transmite de unos a otros y que se va enriqueciendo progresivamente». Ellos formaron «un verdadero equipo colectivo» cuyos aportes personales enriquecían la labor conjunta, por ejemplo.29
Otros estudiosos, como los profesores salmantinos José Barrientos y Miguel Anxo Pena, asumen, por principio o de hecho, el restrictivo enfoque de Belda, si bien ambos se extienden hasta el siglo XVII. Barrientos declara sin atenuantes: «La Escuela de Salamanca debe quedar limitada a aquellos docentes de la Universidad, dominicos y no dominicos, en quienes concurren las dos notas que, entiendo, caracterizan o definen la Escuela: teología y tomismo».30 Fiel a su tesis, ha emprendido minuciosas pesquisas de archivo para reconstruir la docencia de los lectores salmantinos de teología entre el XVI y mediados del XVII, en una treintena larga de títulos, desde artículos a densos libros.31 Además, en su Repertorio de Moral económica (1526-1670). La Escuela de Salamanca y su Proyección (2011)32 presenta a diez catedráticos y, a continuación, a ochenta y cinco teólogos tratadistas de «moral económica», con los que acredita la «proyección» de la Escuela. Pero, por supuesto, excluye a los canonistas. Ni siquiera escapa Martín de Azpilcueta (1492-1586), el autor más influyente en temas de moral y economía, por sus popularísimos manuales de confesión y sus tratados sobre cambios, usura, etc. Lo omite, incluso si enseñó catorce años en el estudio y tuvo decisiva actuación en cánones. Prescinde de que hoy, el bando menos intolerante de los defensores de la Escuela lo sitúa al lado de Vitoria y lo considera el más agudo de los salmantinos en temas monetarios. Por supuesto, también deja fuera a su discípulo dilecto y sucesor en prima, Diego de Covarrubias (1512-1577), capital reformador de la universidad.
Si Barrientos estudió los archivos, Miguel Anxo Pena, la historiografía. Casi a la vez sacó dos libros. En el primero, Aproximación bibliográfica a la(s) Escuela(s) de Salamanca,33 bajo tan singular título ofrece 6.101 fichas bibliográficas relativas de algún modo con aquella. Añade a la lista alfabética un útil índice de «Descriptores temáticos», y una «Aproximación histórica al concepto “Escuela de Salamanca”», donde afirma: «nadie puede negar la existencia clara de una Escuela, que viene configurada por una manera de hacer y de pensar, donde la teología es el motor propio y singular que da sentido a la misma».34 Sin una definición mejor trabada, Pena se suma, de hecho, a quienes entienden la Escuela como teología, y esa visión dominará en su otro libro.
En La Escuela de Salamanca. De la monarquía hispánica al orbe católico,35 se advierte una constante vacilación. Si bien realiza un amplio repaso historiográfico sobre lo escrito del siglo XVI al XXI en torno a la «Escuela», muestra un empeño constante por presentarla como un hecho –o si se prefiere– como un concepto irrebatible, cuyas características busca precisar basándose en esa misma historiografía, tan heterogénea. En consecuencia, al supeditarse al punto de vista del estudioso que va glosando, hace de la Escuela un fenómeno exclusivamente teológico, o bien insiste, con el autor siguiente, en que se debe estudiar también su dimensión social, política y económica.
En la práctica –basta con repasar su índice– ni un solo capítulo se dedica a los juristas, a los filósofos o a quienes trataron el pensamiento económico; todo queda en teología –«motor» de la Escuela– y en repaso historiográfico. A la vez, su empeño por documentar la Escuela desde fechas muy tempranas lo lleva a manipular un tanto su exégesis de las fuentes. Apenas, si descubre la palabra escuela, la escribe en mayúscula, sin importar el contexto, quizás alterando el sentido del texto. Más aún, si aduce un pasaje del latín, amolda un tanto la versión española para adecuarla mejor a su empeño por aplicar una concepción de escuela del siglo XX a las circunstancias vigentes tres o cuatro siglos atrás. Un examen de su rico «Apéndice de textos», con setenta y ocho piezas documentales o extractos datados de 1512 a 2003, con varios que se contradicen o difieren entre sí, confirmaría la inconsistencia de las fuentes y argumentos compilados justo para defender la «irrebatible» existencia de la Escuela.36 Tanta heterogeneidad, lejos de aportar una imagen sólida de esta, la diluye entre opiniones dispares. El anexo documental y el desarrollo del libro, antes que responder, obligan a plantear qué se entendía por escuela en el Medievo y la primera modernidad.
LA VOZ ESCUELA EN LA HISTORIA
Expresiones como «La Escuela de Frankfurt» ¿tienen correlato en el siglo XVI, susceptibles de aplicarse con validez a Salamanca? Para los estudiosos del vocabulario académico medieval, la voz schola significaba, sin otra implicación, el espacio físico convertido en aula por las lecciones de un maestro a sus alumnos. De ahí, escolar y escolástico.37 El regente podía darle su nombre: la escuela de Abelardo en París, la de Irnerio en Bolonia; pero si el maestro se ausentaba o moría, el local perdía ese carácter, a menos que en él enseñara un nuevo profesor, cuyo nombre la escuela adoptaba. Podía recordarse con veneración a un maestro antiguo, pero solo se decían discípulos sus oyentes de viva voz. Así se desprende de un pasaje de un alumno de Vitoria, sucesor suyo en la cátedra de prima: Melchor Cano. El discípulo recuerda al maestro al evocar algo ocurrido después de dejar su escuela: «postquam ab illius schola discessi». Acto seguido, alaba magistro meo por varias razones, pero lamenta que aquel, de haber querido, «gravissime et copiossisime potuisset scribere. Sed quoniam nulla eius ingenii monumenta mandata littteris, nullum opus eruditionis, nullus doctrinae manus extat».38 A falta de testimonios escritos, quien no lo oyó se privó de su doctrina. Quizás el discípulo ignoraba la aparición de las Praelectiones en Lyon (1557), pero ni siquiera insinúa que él, heredero de su cátedra, hubiese tomado la estafeta de la Escuela de Vitoria, al menos según pretenden estudiosos actuales.39
Puesto que toda universidad era una societas, un gremio de estudiantes y/o maestros, el plural «las escuelas» aludía al aulario, conjunto de espacios físicos donde los miembros de la corporación universitaria enseñaban y aprendían. Una locución corriente en Salamanca y México. En las escuelas se impartía una o varias ramas del saber: gramática, artes, derechos, teología, medicina o cualquier otra disciplina; se las llamaba «mayores» o «menores» según el rango atribuido a las disciplinas impartidas. Como en las escuelas universitarias los lectores se sucedían unos a otros con regularidad, las aulas dejaron de evocar a un titular concreto y remitían a cierta facultad o a la universidad como tal.
En el Renacimiento, Aristóteles dejó de ser El Filósofo por antonomasia, al difundirse otros, algunos recién traducidos al latín, como Platón. Los humanistas relativizaron el cuasi monopolio aristotélico y retomaron el sentido clásico de schola como escuela filosófica, «secta» o familia. Emulando a Cicerón y Séneca, entre otros, hablaron de las «sectas» o escuelas platónicas, aristotélicas, epicúreas o cínicas.40 Luis Vives publicó un temprano esbozo histórico intitulado De initiis, sectis et laudibus philosophiae (1519).
A finales del siglo XVI, el término escuela se aplicó también a lo que en el Medievo se llamaba via: nominal, tomista o escotista. En 1531, el valenciano Juan de Celaya, doctor por París, siguió el uso tradicional en sus Scripta sobre el segundo de las Sentencias, secundum triplicem viam: Diui Thome, Realium et Nominalium.41 De modo gradual y casi imperceptible –como Ramis muestra–, el lugar de los nominales, sin caudillo definido, terminó siendo ocupado por los jesuitas.42 Inicialmente se habló de «doctrina»: en 1624, el dominico Domenico Gravina lamentó que ya nadie siguiera la pura doctrina tomística, escotista o nominalista, sino una mezcla de todas, incluidas las «Vazquez Suaristicam, Suarez Vazquiticam».43
Al cabo de unas décadas, el término escuela se impuso a los de doctrina o vía. En 1662, el jesuita Miguel de Elizalde deploró las demasiadas «scholas Theologorum vel Philosophorum» entre católicos: tomistas, escotistas, nominales, suaristas, vazquistas, vel mixti.44 Paso a paso, se empezó a hablar de la schola societatis, concepto que, al cabo de un complejo proceso, terminó por identificarse con Suárez. Pronto, varias universidades de España y América le abrieron cátedra, privilegio excepcional para un autor moderno. En ese marco, dado que los salmantinos (y más los dominicos) tenían a gala su tomismo, más aún, su «auténtico» tomismo, habrían juzgado un desatino imaginar una «Escuela de Salamanca», o «de Vitoria»; y menos, con mayúsculas. En el siglo XVI el término escuela aún no se aplicaba a la doctrina de las «sectas» teológicas. Y cuando la denominación «escuela jesuítica» se consolidó, la tríada o cuarteta salmantina de «maestros mayores» estaba ya olvidada, o casi, al menos por los impresores, y nadie los reivindicó como adalides de una escuela específica. En contraste, los escritos de Suárez, y en general de la llamada escuela jesuítica, se difundían masivamente por el orbe católico, en franca rivalidad con la tomista.
LA ESCUELA DE SALAMANCA. DIFUSIÓN Y RECEPCIÓN
Como se sabe, Francisco Suárez (1548-1617) escribió una ingente obra; a la vez, gozó de excepcional fortuna editorial que se mantuvo hasta el siglo XIX. De ahí, en parte, su aura como jefe de la escuela de su orden. Pasó de su natal Granada, donde estudió Latín y Retórica, a Salamanca, para cursar Derecho (1561-1564). Sin graduarse, ingresó en la compañía, y cursó en esa universidad Filosofía y Teología (1564-1570). En adelante, su vida fue una errancia como polemista y profesor en los colegios de Segovia, Valladolid, Roma, Alcalá y Salamanca (1593-1597), donde defendió las tesis de su orden en la controversia De auxiliis contra los dominicos. En Coímbra ocupó la cátedra primaria de Teología, pero en 1603 viajó a Roma, a defenderse de la condena papal debido a unas tesis suyas denunciadas por fray Domingo de Báñez, lector jubilado de prima en Salamanca. Volvió a Coímbra, y murió en Lisboa, en 1617.45 Empezó a publicar en 1590, pero alcanzó veintiuna ediciones en el siglo XVI; al menos ciento treinta en el XVII; treinta y tres en el XVIII, y todavía cuarenta y seis en el XIX.46
¿Qué ocurría entre tanto con los catedráticos teológicos de prima, todos dominicos en el siglo XVI? En abierto contraste con Suárez, Vitoria (1483-1546), lector de 1526 a 1546, no superaría, en total, diez ediciones de sus Relectiones theologicae: en Lyon, la príncipe (1557), más las de 1586 y 1587; una en Salamanca, 1565; una segunda española, en Madrid, 1765. En Ingolstadt se editarían tres veces: 1580, 1585 y 1696. Están, finalmente, la romana de 1614 y la veneciana de 1626.47
Tampoco Melchor Cano (1509-1560), sucesor de Vitoria en la cátedra por un escaso quinquenio (1546-1551), se compara con la fortuna del jesuita. Sus relecciones sobre los sacramentos y sobre la penitencia salieron tres veces cada una en el siglo XVI. Sus famosos Loci theologici, luego de la príncipe salmantina (1563), solo reaparecen en España dos siglos después, en sus Opera, Madrid, 1760. Entre tanto, ganaba terreno en el exterior. En el XVI, aparecieron los Loci en Lovaina, Venecia (dos veces), Milán y Colonia. Estos se incorporan a sus Opera en Colonia, en 1668 y 1675. El siguiente siglo marca su verdadero auge, con unas dieciséis ediciones desde los treinta; todo indica que su método fue bienvenido por el iluminismo católico. En España, se le asocia con las reformas borbónicas en el campo teológico.
El auge editorial de Soto (1495-1560), sucesor de Cano por otro cuatrienio (1552-1556), rebasó con mucho al de Vitoria, pero fue efímero: se le atribuyen sesenta y cuatro impresiones en el XVI, sobre todo el De iustitia et iure y otros escritos jurídicos, así como siete en el siglo siguiente, cuando cae en el olvido editorial. Como se verá, también fue el más citado de los salmantinos.
El siguiente titular de prima, Pedro de Sotomayor (1511-1564), leyó un cuatrienio, de diciembre de 1560 hasta su muerte. No publicó obra. Tampoco Mancio de Corpus Christi (inicios del siglo XVI-1576), lector por más de once años, desde 1564. Lo sucedió Bartolomé de Medina (1527-1580), un cuatrienio, desde 1576. Sus dos tomos de comentarios a la Summa se publicaron, separados, quince veces entre 1578 y 1618, en Salamanca, Zaragoza, Barcelona, Venecia, Bérgamo y Colonia. Paralelamente, su tratado sobre la confesión, en romance, superó treinta ediciones en esas mismas fechas; la última conocida, de 1626, en Pamplona.
Queda Domingo Báñez (1528-1604). Historiadores de todos los bandos coinciden en decir que marca el ocaso de la Escuela. Sucedió a Medina de 1581 a 1600, cuando se jubiló. A partir de 1584, sus comentarios a la Summa se imprimieron unas veinte veces en el siglo XVI, y ocho en el siguiente, la última conocida en Colonia, en 1618.
Frente a las doscientas treinta ediciones atribuibles a Suárez en más de tres siglos, sorprende la escasísima presencia editorial de Vitoria dentro y fuera de España. Lo más notable, porque sin excepción se le atribuye el origen de la Escuela, son un par de ediciones en su patria, con dos siglos de intervalo, y unas ocho en el extranjero. Las citas tampoco abundan. Su discípulo Cano lo recuerda, pero creía que sus enseñanzas no llegaron a la imprenta. Soto, quien lo conocería en París, y coincidió tantos años con él en Salamanca, lo pasa en silencio. Ni Sotomayor ni Mancio publicaron, pero parte de la obra del segundo se editó en 1998 y, al menos en ella, Vitoria está ausente.
De Bartolomé de Medina, Barrientos se limita a decir que «utilizó textos» de Vitoria, sin otra precisión.48
Queda, por fin, el último de los «mayores», Báñez. Del total de 1109 citas a 87 autores, Vitoria le merece 11 (1 %), frente a las 98 de Soto. Sintomáticamente, en el prólogo a su primer impreso, Scholastica commentaria in primam partem D. Thomae, publica una epístola Ad lectorem, datada en 1584, donde recuerda a sus maestros, todos de la orden: Soto, Bartolomé de Medina, Sotomayor y Cano, objeto de encendido elogio y de quien hace un resumen de su vida. Por fin, al lector sustituto de Cano, Diego de Chávez, quien –señala Báñez– se desempeñó con aplauso general en la escuela y el claustro: «communis scholae claustrique Salmanticensis aplauso».49 En la medida que Báñez ingresó en San Esteban en 1547, recién muerto Vitoria, era imposible que lo recordara o que se declarara su discípulo. Pero el ínfimo número de citas a su obra ¿obedece a que Báñez ignoraba que –según la historiografía– Vitoria era el fundador de esa Escuela que él se aprestaba a concluir con sus comentarios a la Summa?
Resulta incuestionable que la influencia de un autor sobre otros no se reduce al número explícito de citas, pero tampoco es un dato irrelevante. Y si Vitoria era mencionado de modo tan parco, ¿a quién citaban los miembros de la Escuela? De entrada –según cómputo de Barrientos–, Vitoria cita a 52 autores en 396 lugares. Después de Santo Tomás destacan: Aristóteles, 75 veces; Cayetano, 36; y Silvestre Mazzolino, 27. Los dos últimos, dominicos italianos contemporáneos suyos. No cita a Soto, ni a ningún español.50
Barrientos omite el cómputo de autores citados por Cano y Bartolomé de Medina. Señala, en cambio, que Soto cita 1.031 veces a 69 autores. A más de omitir a Vitoria, apenas si menciona 19 veces a españoles (1 %). Al lado de un centenar de citas a Santo Tomás, cuenta 38 a Cayetano y 29 a Mazzolino.51 En cuanto a la edición reciente de parte de la obra de Mancio, Barrientos sumó 39 autores y 263 citas: a Santo Tomás (27), a Cayetano (20) y a Mazzolino (13). De españoles, 1 vez a Bartolomé de Medina, 3 al complutense Juan de Medina y, sin citar a Vitoria, remite a Soto 24 veces.52 El caso de Báñez es más complejo. En su vasta obra publicada aparecen 87 autores, con 1.109 citas. Destacan Santo Tomás (143), Soto (99), Cayetano (88) y Mazzolino (33). Junto a ellos, Vitoria alcanza 11 citas, y Cano 6. Por otra parte, cita 28 veces al catedrático complutense de Teología, el clérigo secular Juan de Medina (1490-1544), para impugnarlo. Nombra 17 veces al canonista Martín de Azpilcueta, y 26 a su discípulo, Diego de Covarrubias: ¡más veces a los canonistas que a sus antecesores en la cátedra, salvo Soto! Los autores clásicos apenas si aparecen. Baste señalar que Vitoria, en una obra mucho más breve, citó 75 veces a Aristóteles; Báñez, apenas 17. El universo de los clásicos –la pasión de los humanistas– se aleja cada vez más del interés de aquellos teólogos ocupados en glosar al Aquinate.53
Barrientos cuenta las citas de algunos otros teólogos. Así, al agustino Pedro de Aragón (m. 1592), que revela –junto a alguna peculiaridad– análoga tendencia a la advertida en los catedráticos de prima. Aragón cita 137 veces a Tomás, 47 a Cayetano y 42 a Mazzolino. Y de los españoles, 1 vez a Vitoria, 1 a Cano y 5 a Bartolomé de Medina, frente a 72 de Soto. Además, 68 veces aprueba al complutense Juan de Medina (tan atacado por Báñez), y 9 a Tomás de Mercado.54 De este último, tratadista de asuntos económicos (m. 1575) cuya vida transcurrió en su mayor parte en Nueva España, Barrientos halló 195 menciones a Santo Tomás, 38 a Cayetano, 37 a Mazzolino y 48 a Soto, prácticamente el único español mencionado. Y, como puede verse, Aquino y Soto son sus autoridades.55
En suma, todos los autores analizados –activos durante la segunda mitad del siglo XVI, salvo Vitoria– muestran una rotunda tendencia a valerse, por sobre cualquier otro teólogo, de Santo Tomás, cuya Summa defienden, enaltecen, citan y glosan. A modo de complemento, recurren a la autoridad de los dominicos italianos Tomás de Vio, Cayetano y Silvestre Mazzolino de Prierio. El primero (1469-1534), a más de intérprete minucioso de la filosofía de Aristóteles, realizó sistemáticos comentarios a Santo Tomás, incluidos en las ediciones de Opera Omnia del Aquinate, promovidas por Pío V y por León XIII. Pero, además, fue general de su orden de 1508 a 1517, lo que le permitió promover la enseñanza de la teología a partir de Santo Tomás y no del Maestro de las Sentencias. Esa tendencia, fomentada primero por los predicadores, sería reforzada por el concilio de Trento. Estaba ya vigente en el colegio de Santiago de París durante los años de Vitoria (1508-1522) y Soto (1516-1519) en la ciudad. Así, el método pasó de París a Salamanca, como apuntó Azpilcueta. El polemista Silvestre Mazzolino (1456/7-1528) escribió una Summa summarum quae Sylvestrina dicitur (Roma, 1516), abultado diccionario alfabético de tópicos teológicos, reimpreso múltiples veces.
En relación con los autores españoles, las figuras más conspicuas de la Escuela omiten a Vitoria o le otorgan muy escasa relevancia. Y si a ello se suma la magra fortuna tipográfica de sus prelecciones, dentro y fuera de España, resultan difíciles de sostener asertos como: «en estos años [mediados del siglo XVI] las doctrinas y métodos de enseñanza de Francisco de Vitoria habían triunfado totalmente».56 En cambio, la valoración de la obra de Soto excede, de modo contundente, a la de cualquier otro teólogo salmantino del siglo, tanto que a veces supera a autores tan respetados y citados como Cayetano y Mazzolino. Si hay un maestro español en esa universidad, difundido por las prensas dentro y fuera del reino y claramente reconocido en el siglo XVI, es Soto. A reserva de ulteriores estudios, puede apuntarse que aquellos tomistas tenían la vista puesta, antes que en los teólogos locales, en los autorizados maestros de la orden, fuese cual fuese su nación.
¿ESCUELA DE SALAMANCA O ESCUELAS DE LA MONARQUÍA?
Salamanca fue la universidad más destacada de la península, en particular a fines del siglo XV y en todo el siguiente. La abundancia de rentas, sus numerosas cátedras y el gran flujo estudiantil, que frisó siete mil matrículas anuales, le dieron brillo indisputable.57 Y con todo, su época de oro ahondó también la escisión entre un estudiantado selecto, de élite, atrincherado en los llamados colegios mayores, y la masa estudiantil. Si bien el fenómeno colegial se documenta en la ciudad desde 1381, se trataba de hospederías. En cambio, en 1401 se inauguró el de San Bartolomé, espléndidamente dotado, para alojar y promover a becarios con grado de bachiller, dispuestos a licenciarse y doctorarse. Al inicio del siglo XVI se abrieron otros tres «mayores». En ellos, solo para seglares y miembros del clero secular, los becarios eran predominantemente juristas y canonistas, si bien los teólogos rondaban el tercio, sin que faltaran médicos.58 Sus becarios coadyuvaron a consolidar el prestigio de los emblemáticos estudios jurídicos de la Universidad, a la vez que abrieron espacio a clérigos seculares en una Facultad de Teología dominada por las órdenes, ante todo la dominica. Al propio tiempo, su carácter elitista hacía mella en el tradicional orden de Salamanca. Generaba, de una parte, estudiantes de primera, los colegiales «mayores», situados en la vía regia para alcanzar los altos cargos de gobierno;59 de la otra, en abierto contraste, una gran masa de escolares, llamados manteístas, quienes, luego de borlarse, debían buscar apoyos familiares o eclesiásticos para lograr alguna colocación. Una vez asentado en Salamanca, el fenómeno colegial cundió por el reino.
Valladolid, surgida a fines del siglo XIII, no parece que significara una competencia notable para Salamanca por sus recurrentes problemas financieros, y porque rara vez superaba el millar de alumnos.60 No obstante, a fines del siglo XV, la ciudad, sede de la Real Chancillería, hospedó a dos colegios paralelos que promoverían la formación de seglares y frailes selectos. Por una parte, el colegio de Santa Cruz, creado por el cardenal Mendoza en 1483 para formar en leyes, teología y medicina a un grupo de becarios laicos o del clero secular, a la manera del San Bartolomé de Salamanca. Se abrió también el colegio dominico de San Gregorio, fundado en 1487 por Alonso de Burgos, antiguo miembro de la orden y obispo de Palencia, para becar a un grupo escogido de jóvenes frailes de toda la provincia, que recibirían formación especial, sin distraerse en deberes conventuales como el coro.61 En él se dictaban lecciones regulares de artes y teología, y sus catedráticos fueron, entre otros, fray Bartolomé de Carranza, futuro arzobispo de Toledo, Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Pedro de Sotomayor… Salvo el primero, los otros ocuparon después la primaria de Salamanca. Ambas instituciones contribuyeron a dar vida a la Universidad y dotaron de numerosos letrados a la jerarquía eclesiástica y a la Corona.
En contraste con Valladolid, la Universidad de Alcalá, fundada en el primer cuarto del siglo XVI, con su colegio mayor de San Ildefonso y alrededor de veintidós menores seculares, y circundada por institutos de las órdenes franciscana, dominica, agustina, carmelita y jesuita, significó desde el inicio un verdadero reto para Salamanca. Espléndidamente dotado por su fundador, el cardenal Cisneros, sus primeros lectores en artes y en teología procedían en gran medida de París y pertenecían al clero secular. Además, Alcalá abrió cátedras para impartir ambas facultades según las tres vías, lo que cimbró el tomismo reinante entre los teólogos salmantinos, en su mayoría regulares.
Salamanca intentó ponerse al día, con todo y el virulento rechazo de los dominicos, detentadores de la cátedra de prima desde el último cuarto del siglo XV. Alarmado por la fuga de estudiantes a Alcalá, el claustro aprobó, en 1508, abrir tres cátedras nominales, de teología, lógica y filosofía natural, para las que se contratarían maestros externos. Así se abrió la puerta, como en Alcalá, a lectores venidos de París. Resulta ilustrativo el alegato de Martín de Azpilcueta, en 1589, de que el estudio se había enriquecido al incorporar a tres catedráticos formados en Francia. Primero habla de sí mismo. Tras cursar Artes y Teología en Alcalá, pasó a aprender y enseñar leyes y cánones en Francia. Al volver, impartió ese derecho pontificio en Salamanca por catorce años (1524-1538) y otros catorce en Coímbra. Cita también al perdoctus y perpius Vitoria, que trasladó (invexit) de París solidam utilissimamque theologiam (1526-1546). Por último, evoca al futuro arzobispo de Toledo, Juan Martínez Silíceo, quien, habiendo estudiado y enseñado utramque philosophiam en París, difundió ese saber en Salamanca (1518-1535).62
Las novedades introducidas en Valladolid, Alcalá y Salamanca eran parte de un vastísimo proceso de cambios, propios de la época moderna, con efectos de orden político, social y religioso. Baste apuntar la consolidación del poder monárquico en varias naciones, que acarreó un creciente centralismo y grandes demandas de personal con formación en letras.63 Al mismo tiempo se produjo la partición de Europa entre los territorios adeptos a una o más de las reformas religiosas y las naciones donde arraigó un catolicismo poco tolerante y muy jerarquizado en torno al romano pontífice y los obispos, con la exigencia de un clero mejor formado, apto para administrar los bienes eclesiásticos, gobernar y doctrinar a los fieles. Por fin, el arribo de europeos al Nuevo Mundo, y su conquista y colonización, conllevó la desaparición de pueblos enteros y una reestructuración drástica del régimen de vida de los sobrevivientes, sometidos al dominio de las nacientes potencias europeas. En Castilla, los descomunales territorios americanos ensancharon el imperio de la monarquía católica y demandaron ingente número de letrados para su gobierno secular y eclesiástico. A la vez, por tratarse de pueblos sin la menor noticia previa del cristianismo, surgían arduas dudas teológicas debatidas en universidades y colegios de seculares y regulares en ambos lados del océano.64
De ahí, en gran medida, la radical renovación del mapa universitario y de numerosas instituciones docentes, no solo en la península ibérica sino en toda Europa y en el Nuevo Mundo a lo largo del siglo XVI. Durante el Medievo, Salamanca y Valladolid bastaron para proveer de letrados a Castilla, más los que se graduaban en el sur de Francia, París e Italia, y los maestros que emigraban de esos lugares. En cambio, de 1490 a 1600 nacieron otras dieciocho universidades, en su mayoría vinculadas a un colegio, al modo de Alcalá, pero a mucha menor escala, y con el fin expreso de formar clérigos seculares. Sin embargo, también surgieron varias para el clero regular, como Santo Tomás, en Sevilla o Ávila.65
En la Corona aragonesa, menos poblada, varias ciudades ganaron cartas de fundación en el Medievo, pero solo funcionaron Lérida y Huesca, más Perpiñán, al norte de los Pirineos. Desde 1500 surgieron nuevas, como Valencia, o abrieron las erigidas tiempo atrás. Al cierre del siglo, funcionaban doce, casi todas sujetas a la autoridad municipal.
En el reino portugués (ocupado por Felipe II en 1580 y gobernado por los Austrias hasta 1634), Lisboa-Coímbra se consolidó desde fines del siglo XIII, si bien el rey patrocinó una reorganización profunda en 1537. En adelante la vieja corporación se asentó definitivamente en Coímbra. Solo se agregó la jesuítica de Évora (1558/1559).
En el Nuevo Mundo, durante el siglo XVI, se consolidaron las fundaciones regias de México y Lima, y en Santo Domingo abortó la de Santiago de la Paz. Durante el siglo XVII, proliferaron universidades a cargo de las órdenes: ocho jesuíticas, siete dominicas y dos agustinas; con frecuencia, bastante precarias. Además, surgió una nueva universidad real, en Guatemala, y tres más en el siglo XVIII, cuando nacieron otras tres, ligadas a seminarios tridentinos. Por fin, una última jesuítica en Santo Domingo, y una dominica en La Habana. En Filipinas, dominicos y jesuitas abrieron sus respectivas universidades.66
En suma, en ciento diez años, los territorios de la actual península ibérica pasaron de las seis universidades medievales a un total de treinta y cuatro, cifra que aumentó ligeramente más tarde. De modo paralelo, en América y Filipinas abrieron más de treinta universidades. Esto significa que todas daban instrucción literaria, de diversa calidad, a millares de estudiantes, en una o varias facultades. Todas, además, graduaron, y buen número de esos graduados tomaron parte en la gestión imperial; a más, algunos produjeron tratados escritos, impresos o no.
A las universidades en sentido estricto se agregaron los estudios conventuales, los colegios de élite de las órdenes religiosas en Valladolid, Alcalá, Sevilla…, los primeros seminarios tridentinos y, por fin, el gigantesco sistema de enseñanza jesuítica, cuya expansión por toda la Europa católica y la América hispano-lusa fue fulminante y creó verdaderas redes bajo la autoridad centralizada de los respectivos provinciales.
Por supuesto, ninguno de esos centros literarios, tuviesen o no carácter universitario, se autogeneró ni permaneció a salvo de toda influencia externa. Antes bien –como ocurría en Italia, y en concreto en Padua67– entre ellos hubo constante intercambio, no exento de conflictos; primero, por la migración estudiantil, dentro y fuera de la península; segundo, porque los maestros ni se formaron todos en un solo lugar, ni enseñaron solo en él, y no siempre se asentaron; y finalmente por la enorme circulación de los autores, en especial desde que se consolidó la imprenta.
Baste repasar, para Salamanca, que Vitoria pasó catorce de sus 63 años en París, donde estudió y enseñó; tres más como lector en san Gregorio de Valladolid; y los veinte finales en Salamanca.68 Cano, formado en esa ciudad, oyó a Vitoria durante un sexenio. A sus 22 años lo envió la orden a San Gregorio, donde enseñó durante once (1531-1542). Transcurrido un bienio en Italia, pasó a enseñar al colegio de la orden en Alcalá (1543-1546). Por fin, en 1546 volvió a Salamanca y ganó la cátedra de prima, a la que renunció antes de un quinquenio, en 1551; y los nueve años posteriores se alejó de la docencia.69 Domingo de Soto estudió Artes en Alcalá tres años, y se bachilleró. Partió a París un trienio (1516-1519), donde se hizo maestro en artes y, si bien era secular, oyó a Vitoria en el convento dominico. A su vuelta a Alcalá, leyó artes un quinquenio. Se hizo dominico a los 29 años, y pasó a san Esteban. Durante 12 (1532-1545) dictó vísperas de teología en Salamanca. Fue al concilio de Trento y se sumó a la corte imperial. De nuevo en España, en 1552 ganó la cátedra de prima, que jubiló al cuatrienio, sin cumplir los veinte estatutarios. En sus años finales, hasta 1560, abandonó las aulas.70 De sus 65 años, escasos dieciséis leyó en Salamanca. Báñez, nacido en 1528, no salió de Castilla en sus 76 años de vida, pero también leyó fuera de Salamanca. En ella estudió artes, y en 1547 ingresó en San Esteban. Dictó un curso en el convento (1552-1555), y obtuvo el magisterio por la orden en 1561. Leyó teología en Ávila hasta 1567, y un trienio en el estudio conventual de Alcalá. En 1570 se le envió a Salamanca. Ganó cátedras temporales desde 1573, y prima en 1581. Jubilado en 1600, pasó a Medina del Campo, hasta su muerte, en 1604.71 Baste nombrar, por fin, a Azpilcueta y Silíceo. ¿Resulta válido «congelar» sus años docentes en Salamanca como si no hubieran tenido un antes y un después, y al margen de un mundo cambiante y «recio»? ¿Bajo qué circunstancias de tiempo y lugar empezaban a ser intérpretes de la Escuela de Salamanca? Mientras leían en otro lugar, antes o después, ¿aún eran ajenos a la Escuela, o habían dejado de serlo?
Cabe, por último, preguntar si existió en la práctica, en la Salamanca del siglo XVI, ese «grupo unitario de teólogos con unas notas comunes»; «verdadero equipo colectivo», esa suerte de arcadia teológica cuyo legado «se transmite de unos a otros y […] se va enriqueciendo progresivamente», y cuya producción intelectual revistió tal originalidad y excepcionalidad que amerita otorgarle el título de escuela. Abundan los documentos que muestran a aquellos teólogos lejos de toda armonía, acosándose entre sí: dominicos contra agustinos, baste recordar la guerra a Fray Luis de León, uno de los más destacados teólogos y eruditos del periodo. Los dominicos contra otros hebraístas de la propia Salamanca. Los dominicos contra los jesuitas: Báñez contra Luis de Molina, contra Suárez… Disputas que no se resolvían en el claustro académico, e iban al Consejo de Castilla, a la Inquisición, a Roma, pues cada bando acusaba de herejía al contrario. Unos diferendos que no se limitaban a pugnas entre órdenes. Los propios dominicos se desgarraban entre sí. El venenoso Parecer de Cano al inquisidor Valdés fue, por así decir, la piedra que derribó al arzobispo fray Bartolomé de Carranza, largos años lector de teología en San Gregorio. La orden se escindió entre los partidarios del prelado, como Soto, a quien la muerte habría salvado de una suerte semejante a Carranza por resistirse a entregar a Valdés otro Parecer sobre su amigo en desgracia. Ya antes del proceso, Soto había declarado su antipatía por Cano.72 También cayó, por su afición a Carranza, el sevillano fray Domingo de Valtanás, con todo y haber fundado en San Esteban el Colegio de santa Cruz para dominicos andaluces…73
En aquel reino en que crecían aceleradamente los espacios universitarios y los institutos, donde incontables maestros se daban a la formación literaria de millares y millares de estudiantes, resulta difícil probar que toda la producción intelectual de un siglo tan rico, con tantos y tan variopintos autores, servidores de la monarquía, procedían de Salamanca o derivaban de su «proyección». Frente a la originalidad de un Vitoria, formado en París, académico de tiempo completo, atento escrutador de las Indias, se yergue la de otro dominico: Bartolomé de la Casas, sin formación universitaria ni lazos con Salamanca, pero con un universo de lecturas y, más aún, con décadas de experiencia en el Nuevo Mundo sin las cuales sería impensable su ideario. Pretender explicar toda la riqueza del pensamiento teológico, espiritual, jurídico, político, económico filosófico y científico de tan vasta monarquía en función de una llamada Escuela de Salamanca es querer –como el niño del relato agustiniano– vaciar el mar con una concha. En el riquísimo y complejo marco cultural de los siglos XVI y XVII, Salamanca fue indudablemente la universidad más destacada, pero de ningún modo la única. Al lado suyo, y en permanente interacción, se hallaban las decenas de «escuelas» de la monarquía.
1. Agradezco al Dr. Jorge Correa y a los organizadores del Congreso de Historia universitaria donde leí un avance de este trabajo, así como al apoyo del Proyecto Libros y Letrados en el Gobierno de las Indias, del PAPIIT, IN402218.
2. C. B. Schmitt: «Aristotelianism in the Veneto and the origins of Modern Science. Some considerations on the Problem of Continuity», Atti del convegno internazionale su Aristotelismo Veneto e scienza moderna, Padua, Antenore, 1983, pp. 104-123. Reproducido en facsímil en The Aristotelian Tradition and Renaissance Universities, 1, Londres, Variorum Reprints, 1984, p. 107.
3. John H. Randall, Jr.: «The Development of Scientific Method in the School of Padua», Journal of the History of Ideas, 1, 1940, pp. 177-206. Duramente criticado, el autor aún escribió, muy a la defensiva, «Paduan Aristotelianism Reconsidered», en Edward P. Mahonney (ed.): Renaissance and Humanism: Renaissance Essays in Honor of Paul Oskar Kristeller, Leiden, Brill, 1976, pp. 275-282.
4. Randall: «The Development…», pp. 177-178 y 182-183.
5. Ibíd., pp. 184-183.
6. Los críticos, en Schmitt: «Aristotelianism…», nn. 10 y 11, pp. 105-106. En el bando opuesto destacó William F. Edwards. Véase su «Randall on the Development of Scientific Method in the School of Padua-a Continuing Re-apprasisal», en J. P. Anton (ed.): Essays on the Philosophy of John Herman Randall Jr., Albany, 1967, pp. 53-68.
7. William A. Wallace y Jacopo Zabarella, en Paul F. Grendler (ed.): Encyclopedia of the Renaissance, VI, Nueva York, Charles Scribner’s Sons, 1999, pp. 337-339. Miembro de la nobleza paduana, su familia tenía fuertes intereses en la ciudad, y declinó generosas ofertas del rey de Polonia para mudarse a Cracovia.
8. Laurence Boulègue resume su vida en la «Introduction», en Agostino Nifo: De Pulchro et amore, I, París, Les Belles Lettres, pp. 22-35.
9. Enrique González González: «Sigüenza y Góngora y la universidad. Crónica de un desencuentro», en Alicia Mayer (coord.): Carlos de Sigüenza y Góngora. Homenaje. 1700-2000, I, México, IIH-UNAM, 2000, pp. 187-231.
10. P. Machamer (ed.): The Cambridge Companion to Galileo, Cambridge, CUP, 1998, en especial, pp. 18-24.
11. Historia de la teología católica. Desde fines de la era patrística hasta nuestros días, Madrid, Espasa Calpe, 1940. Quizás Grabmann solo recogió una tradición previa, por identificar.
12. Pena, en La Escuela…, transcribe el pasaje relativo a Salamanca, doc. 64, pp. 645-647.
13. Oxford, Clarendom Press, 1952. Versión española en Barcelona, Crítica, 1982.
14. Grice-Hutchinson: The School…, p. 635.
15. The School of Salamanca. Sources in the Digital Collection, en línea: <https://www.salamanca.school/en/sources .html>.
16. Bulario de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1966-1967, 3 vols.
17. Cartulario de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1970-1973, 6 vols.
18. Belda: La Escuela…, p. 154.
19. Discuto la obra de Beltrán en «Salamanca in the New World: University Regulation or Social Imperatives?», The School of Salamanca. A case of Global Knowledge Production?, Leiden-Frankfurt, Brill/Max Planck, 2020.
20. Salamanca, Universidad de Salamanca, 1954.
21. Madrid, CSIC, 1984.
22. E. Elorduy: «Suárez, Francisco», en Charles O. Neil y Joaquín M.ª Domínguez (eds.): Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús Biográfico-Temático IV, Roma, IHSI, Madrid, Comillas, 2001, pp. 3654-3656.
23. En Pena: La Escuela…, pp. 680-682.
24. Puede verse, Francisco Castilla Urbano: «Corpus Hispanorum de pace. Una valoración», Revista de Indias, 48, 1988, pp. 767-824. Aún aparecerían muchos títulos. El enfoque jurídico e internacionalista lo adopta. También A. Mangas Martín (ed.): La Escuela de Salamanca y el Derecho internacional, Salamanca, 1993.
25. Madrid, BAC, 2000.
26. Pena ofrece un cuadro con las cátedras leídas por Fray Luis, solo suspendidas durante el cuatrienio de cárcel (1572-1576). Empezó en 1561 y murió en 1591, leyendo la Biblia. La Escuela…, p. 103.
27. Barrientos: La Escuela…, p. 99.
28. Del casi millar de páginas de su libro, dedica tres al convento (más bien: colegio) dominico de San Gregorio, y cinco a la Facultad teológica de Alcalá.
29. Belda: La Escuela…, en especial, pp. 156-158.
30. José Barrientos García: «La Escuela de Salamanca: desarrollo y caracteres», Ciudad de Dios, 208, 1995, pp. 1041-1079 (esp. p. 1078).
31. El último, con 1.148 páginas, La Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca a través de los libros de visitas de cátedras (1560-1641), Madrid, Sindéresis, 2018. Ordena la información disponible en el Archivo Universitario (AUS) sobre cada cátedra, con sus lectores. Un auténtico y útil vademécum, poco analítico.
32. Pamplona, EUNSA, 2011.
33. Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 2008.
34. Pena: La Escuela…, p. 17.
35. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2009.
36. Pena: La Escuela…, pp. 496-685.
37. Olga Weijers: Terminologie des universités au XIIIe siècle, Roma, Ateneo, 1987, passim pp. 7, 139 y 312.
38. Melchor Cano: «Prooemium» al L. 12, De locis theologicis, en Pena: La Escuela…, pp. 514-515.
39. Lo propio se aplica al pasaje de Alfonso García Matamoros, en el que Pena ve la «prueba» de que Vitoria creó la Escuela. Matamoros lo llama splendor Instituti Dominicani –no de la Escuela de Salamanca– y agrega que aún viven (1553) incontables discípulos, cuya ciencia los hace dignos de admiración fuera de España: «ut sint hodie permulti illius discipuli, quos, propter admirabilem scientam, & exquisitam rerum copiam, externae nationes iure debeant admirari». Pro adserenda Hispanorum eruditione, Madrid, CSIC, 1943, p. 212. Pena, doc. 11, pp. 509-510. Nada hay aquí de la fundación de la Escuela; se alaba al gran maestro y a sus oyentes. Es más, acto seguido, elogia al teólogo complutense Juan de Medina, y lo equipara con Vitoria.
40. Charlton T. Lewis y Charles Short: A Latin Dictionary, Oxford, Oxford University, 1879, y Félix Gaffiot: Dictionaire Illustré Latin-Français, París, Hachette, 1934, coinciden en este punto. El primero señala: «The disciples or followers of a teacher, a school, sect: omnia gymnasia atque omnes philosophorum scholae […]». Cicerón, De oratore, 1, 56. Gaffiot cita el mismo pasaje. Agradezco a Pedro Rivera su gran ayuda para esta nota, que debí abreviar. Él agrega: «Ex eadem Platonis schola […]». Cicerón, De natura Deorum, I, 34. Además: «familia tota Peripateticorum». Cicerón, Divinarum institutionum, 2, 1, 3.
41. [Valencia], Jorge Costilla. Se consulta en la red.
42. Rafael Ramis Barceló: «La configuración y el desarrollo universitario del suarismo en el siglo XVII», en J. L. Fuertes, M. Lázaro Pulido, A. Poncela González y M. I. Zorroza (eds.): Entre el Renacimiento y la Modernidad. Francisco Suárez (1548-1617), Madrid-Porto, Sindéresis, 2018, pp. 267-291.
43. En Ramis: «La configuración…», pp. 270-271. La cita alude al teólogo jesuita Gabriel Vázquez (1549/51-1604).
44. Citado por Ramis: «La configuración…», p. 274.
45. E. Elorduy: «Suárez, Francisco…».
46. Pena, en La Escuela…, adjudica las ediciones antiguas de varios autores, con base en Palau. De él tomo los datos bibliométricos.
47. Pena, en La Escuela…, le atribuye más de setenta ediciones, pero otros catálogos no corroboran varias de ellas. Además, atribuye a Vitoria la Summa sacramentorum ecclesiae, de su discípulo fray Tomás de Chávez, que superó las cuarenta ediciones. Consulté los repertorios virtuales Worldcat y Catálogo del Patrimonio Bibliográfico Español.
48. Barrientos: Repertorio…, p. 151.
49. En Pena, La Escuela…, pp. 528-530. Sobre Chávez, véase arriba nota 47. Barrientos, sin precisar, atribuye a Báñez la afirmación de que Vitoria fue «communis praeceptor huius sholae…». ¿Lapsus? Repertorio…, p. 172.
50. Barrientos: Repertorio…, pp. 115-117.
51. Ibíd., pp. 131-135.
52. Ibíd., pp. 144-147.
53. Barrientos: Repertorio…, pp. 169-172.
54. Ibíd., p. 221.
55. Ibíd., pp. 157-161.
56. Ibíd., p. 149.
57. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro y Juan Luis Polo Rodríguez (eds.): Historia de la Universidad de Salamanca, 4 vols. en 5 t., Salamanca, Universidad de Salamanca, 2002-2009.
58. Ana M.ª Carabias Torres: Colegios Mayores: Centros de poder, II, Salamanca, Universidad de Salamanca, 3 vols., 1986, p. 490.
59. Dámaso de Lario: Escuelas de Imperio. La formación de una elite en los Colegios Mayores (siglos XVI-XVII), Madrid, Dykinson, 2019.
60. Historia de la Universidad de Valladolid, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1989, 2 t. En particular los dos capítulos iniciales del primero.
61. Una visión muy anticuada, pero con ricas referencias de archivo, en Gonzalo de Arriaga: Historia del Colegio de san Gregorio de Valladolid, Valladolid, Tipografía Cuesta, 2 vols., 1928-1930.
62. Carta apologética de Martín de Azpilcueta al duque de Alburquerque, gobernador de Milán, de 1589. Pena edita un fragmento en doc. 17. La Escuela…, pp. 518-520. Para la docencia de Silíceo, Enrique Esperabé Arteaga: Historia pragmática e interna de la Universidad de Salamanca, II, Salamanca, Francisco Núñez, 2 vols., 1914-1917, pp. 372-373. Fabrice Quero: Juan Martínez Silíceo (1486?-1557) et la spiritualité de l’Espagne pré-tridentine, París, Honoré Champion, 2014.
63. Lawrence Stone (ed.): The University in Society, Princeton, Princeton University Press, 2 vols., 1974. Richard L. Kagan: Universidad y Sociedad en la España moderna, Madrid, Tecnos, 1981. Fundamental, la obra de Mariano Peset sobre universidades modernas: «Espacio y localización de las universidades hispánicas», Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija de Estudios Sobre la Universidad, Madrid, Universidad Carlos III, 2000, pp. 189-232.
64. Un buen resumen en Antonio Rubial (coord.): La Iglesia en el México Colonial, México, IIH-UNAM, EEyC, 2013.
65. Véanse los cuadros de Hilde de Ridder-Symoens (ed.): Historia de la Universidad en Europa, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2 vols., 1994. En v. I: «Las Universidades en la Edad Media», pp. 72-82, y v. II: «Las Universidades en la Europa Moderna Temprana: 1500-1800», pp. 85-108. Para las del mundo hispánico, véase Mariano Peset.
66. Enrique González González y Víctor Gutiérrez Rodríguez: El poder de las letras. Por una historia social de las universidades de la América hispana en el periodo colonial, México, UNAM-BUAP-UAM-EyC, 2017.
67. Véase, arriba, el apartado sobre la Escuela de Padua.
68. Belda: La Escuela…, pp. 929-931.
69. Ibíd., pp. 934-937.
70. Ibíd., pp. 932-933.
71. Barrientos: Repertorio…, pp. 10-14.
72. José I. Tellechea (apenas citado por varios apologistas de la Escuela) ha estudiado y editado el dilatadísimo proceso contra Carranza (1559-1576) en que Azpilcueta perseveró como su leal abogado. En El arzobispo Carranza y su tiempo, Madrid, Guadarrama, 1968, recopila varios retratos de partidarios y detractores del arzobispo. Pena, en La(s) Escuela(s) de Salamanca…, pp. 374-379, recoge 84 títulos de Tellechea.
73. Clara I. Ramírez: Grupos de poder clerical en las universidades hispánicas I. Los regulares en Salamanca y México durante el siglo XVI, México, UNAM-CESU, 2001, pp. 128-138.
LOS JESUITAS EN LA SALAMANCA UNIVERSITARIA (1570-1668)
ETAPA DE CONSOLIDACIÓN
CRISTO JOSÉ DE LEÓN PERERA
Universidad de Salamanca
INTRODUCCIÓN1
La Orden de san Ignacio, aunque plantase cara a la institución universitaria, siempre tuvo conciencia de la necesidad de poseer vinculación con el gremio académico. Esto es una herramienta para poder continuar con su minucioso desarrollo formativo e intelectual.
De la misma manera que logró su incorporación –de forma lenta pero meticulosa–, fue su escalada y desarrollo dentro del propio fuero universitario; desde su primer registro en la matrícula del curso 1570-1571, hasta que se le dotase en menos de una centuria (1668-1669) de dos cátedras de Teología, propiedad de la Orden en una universidad que hacia 1600, de las treinta y dos existentes en el territorio peninsular, era la más potente gracias a su fuerte financiación.2
Pero para poder comprender todo este entramado y redes establecidas debemos ir por partes, y adentrarnos, posteriormente, en materia. Señálese que, durante algo más de dos décadas (entre 1551 y 1573), en la Salamanca universitaria se asiste a una verdadera transformación cultural, más aún si nos centramos en lo que respecta a su facultad teológica, lo cual es consecuencia directa de la multiplicación de los grupos de presión influyentes en sus cátedras.
Con anterioridad a esta metamorfosis, hasta los años sesenta del siglo XVI, en el fuero universitario salmantino se localizan siete órdenes religiosas: dominicos, agustinos, benedictinos, carmelitas, mercedarios y trinitarios. El contexto inmediato de la presente investigación pertenece a la inserción de los cistercienses, mínimos de san Francisco de Paula, premostratenses, jerónimos, canónigos regulares de santa María de la Vega y, cómo no, la Compañía de Jesús. Nos encontramos haciendo referencia a diferentes carismas dentro de un mismo prisma religioso (el catolicismo romano), pero con múltiples variantes.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, tanto la Universidad de Salamanca como su ejercicio académico repercutieron en un espacio que debe ser deslocalizado del inminente Patio de Escuelas. Para este período, la vida universitaria, sus relaciones e influencias no solo acontecían en el corazón de los generales de los actuales edificios históricos, sino que se distribuían en veintiséis domicilios seculares y diecinueve regulares.
El colegio de la Compañía corresponde a uno de estos referidos centros de estudio «conventual» en los que la erudición minoritaria de clérigos-profesores era acompañada por una profunda movilidad. En esta investigación pretendemos desentrañar una relación que combina numerosos intereses entre la Universidad y los jesuitas, durante 1570 y 1668. Una relación en la cual el equilibrio «amor-odio» se descompensará de forma continuada.
El gremio estudiantil recibió numerosos beneficios al vincular entre sus filas una orden internacional que llevaría su nombre, aún más si cabe fuera de las fronteras de la Corona tras insertar el método de Salamanca en la IV parte de sus Constituciones.3 A su vez los jesuitas recibían el ortodoxo respaldo de una institución afianzada, que utilizaría como modelo y guía en su organización interna.4
Sin entrar, más de lo obligatoriamente necesario, en los acontecimientos producidos con anterioridad a 1570, aspiramos a analizar la etapa de consolidación de un colegio vinculado a la Universidad, así como cuáles fueron las herramientas utilizadas en este período hasta llegar a la dotación de las cátedras de propiedad en 1668. Se corresponde con una centuria de suma importancia para la historia de la Compañía de Jesús, puesto que en ella se producen no solo transformaciones en el campo de lo académico, sino que tiene lugar la fundación del Colegio Real del Espíritu Santo por la reina doña Margarita de Austria-Estiria, así como la beatificación –por Paulo V– y posterior canonización –por Gregorio XV– del iniciador, padre y maestro Ignacio de Loyola.
JESUITAS, SALAMANCA Y SU COLEGIO UNIVERSITARIO
Como ya hemos señalado en otras ocasiones, los inicios de la andadura jesuítica en Salamanca tienen lugar el 9 de febrero de 15485 (nunca en una fecha anterior),6 bajo la prelatura de don Pedro de Castro.7 Estamos haciendo mención a un momento en el que se cumplieron los anhelos ignacianos8 de abrir un domicilio a la sombra de la Academia de la Corona.9 Salamanca, como parte del conjunto del Imperio hispano, posee similares tendencias al resto del territorio, dividiéndose, su población, en diversas esferas sociopolíticas.
Las peculiaridades de la urbe universitaria se dejaron notar en todo aquello relacionado con la evolución del colegio ignaciano. Inevitablemente fueron múltiples las características que actuaron, ejerciendo un papel preponderante. Como es de esperar, las corrientes políticas que se encontraron en auge con la monarquía católica ocuparon su lugar de importancia, hasta el punto de que entre la facción ideológica de los conocidos como «intimistas»10 se localiza al benefactor –que en ninguno de los casos debe ser tenido por fundador– de este primitivo domicilio.11 De esta manera se cerraban los intentos comenzados en períodos anteriores.12
A pesar de las importantes lagunas historiográficas por las cuales atraviesa la institución a la que hacemos referencia, sabemos que durante toda la trayectoria colegial (y notablemente durante sus primeras décadas) la demografía de estos religiosos estuvo marcada por la admisión entre sus filas de renombrados miembros del claustro universitario salmantino.13 Esto es consecuencia de la fuerte explosión originada dentro de la propia academia como resultado del estilo de vida llevado por los miembros de la Compañía de la ciudad del Tormes, y la figuración del ideal político-religioso existente en el período.
Es necesario que nos situemos en una facultad de Teología,14 con cátedras de Prima, Vísperas, Biblia, Santo Tomás, Escoto, Nominales y con el añadido, entre 1565 y 1581, de la de partidos. Pero aquí no queda la cosa. A partir de 1606 se multiplicaron notablemente estas proyecciones escolásticas.
Es decir, se trata de una ciudad en constante ebullición cultural; asunto del que también fueron partícipes los hijos de san Ignacio. La esencia era conocida por estos religiosos, para quienes, aunque al llegar al aula no les era presentada la inscripción del general de escuelas mayores, puesto que iban a las escuelas menores, la idea no difería: «Qua, rerum divinarum cognitione hominum mentes imbutae, terrena despiciant, coelum votis petant, beatamque jam nunc incipiant vivere vitam».
A pesar de la importancia académica que obtuvieron los jesuitas en Salamanca, previa a 1570, la situación de la institución distaba mucho de poseer el estatus propio de su repercusión intelectual. Esto fue verdadera consecuencia de desiguales pugnas gremiales a pesar de la repercusión lograda por la Compañía de Jesús al abrigo de la Universidad de Salamanca.
Desde el año fundacional hasta 1668 (ya en el domicilio de la actualmente desaparecida parroquia de san Isidro) la demografía posee una tendencia de ascenso, dando como resultado un verdadero déficit en el campo económico.15 El constante aumento del prestigio social de la Orden daba como resultado numerosos adeptos, pero una vida en verdadera y constante dificultad, lo cual no les impidió sobresalir entre el resto de los colegios vinculados al fuero universitario.
Igualmente, debe señalarse que Salamanca fue reconocida entre el conjunto internacional de la Orden por ser en ella donde se encontraba su centro formativo más importante (en todo aquello relacionado con la ciencia teológica) de los distribuidos por el conjunto del territorio de la Corona.
Una vez que han sido presentadas las características fundamentales de esta institución colegial, profundizaremos en los intentos de consolidación para poder presentarse ante el gremio académico como uno de los domicilios intelectuales de la ciudad universitaria.
REFLEJOS DE UNA TRAYECTORIA: MATRÍCULA UNIVERSITARIA
Volvamos nuevamente al año fundacional. Desde el mes de julio, el flamenco Maximiliano Chapelle, uno de los miembros escolares de la Compañía en Salamanca, señala que había escuchado a fray Melchor de Santa Marta, conocido comúnmente como Melchor
Cano, «[…] in scholis, dum publique doceret».16 Por tanto, desde los inicios de la Orden en la «Reina del Tormes» se comenzó a frecuentar (al menos por parte de algunos alumnos aventajados) a los generales de universitarios. Pero, como es obvio, dicha asistencia no significa que se matriculasen.
Tal acto correspondía al hecho por el cual se otorgaba la plena participación en el fuero y en los privilegios académicos. Hacemos referencia a un modo de proceder que se mostraba indispensable para poder optar a graduación, así como para votar en cátedra –beneficio no utilizado por los jesuitas, rompiendo de esta manera las relaciones universitarias establecidas a pesar de las primeras reticencias por parte del gremio– . Se trata de un acto que podía ser realizado a lo largo de todo el curso rectoral de san Martín a san Martín,17 aunque normalmente, salvo casos extravagantes, era realizado en los seis días posteriores a la elección del rector de la academia salmantina.18
La inscripción normalmente era realizada de forma personal, pero en el caso de las instituciones vinculadas, como son los colegios y conventos, solían utilizarse unas listas globales en las que, si era necesario, se señalaba la ausencia del aforado en cuestión. Como ejemplo de esta actuación para la institución que estamos analizando tenemos los ejemplos del padre Pedro Pimentel, siendo lector en el curso 1626-1627,19 o del padre Juan de Montemayor, rector durante el curso 1630-1631.20
Otro privilegio, aunque este más propio de las órdenes religiosas, era que el secretario (en compañía del escribano) acudía a sus domicilios a efectuar la matrícula. Pero dejémonos de generalidades y pasemos al caso concreto de la orden ignaciana.
Aunque anteriormente hemos mencionado a Maximiliano Chapelle como oidor de las lecciones dominicas de patio de escuelas, debe esperarse dos años, al curso 1550-1551, para que los jesuitas asistiesen en cuerpo y forma de comunidad a las aulas universitarias.21 Las lecciones impartidas dentro del paupérrimo colegio por parte del rector Torres no disminuyeron a pesar de la asistencia a la Academia.22 Se trata de un marco temporal en el cual el domicilio de Salamanca se estaba convirtiendo en un lugar fundamentalmente destinado a la erudición intelectual.
A partir de este momento, numerosas fueron las consultas sobre la conveniencia de realizar la matrícula universitaria por parte de la Compañía de Jesús como institución, entrando así en la órbita universitaria.23 La situación histórica encontrada más allá de la urbe universitaria afectó, más de lo que se podía esperar, a los movimientos de los mal llamados «teatinos» en la Universidad de la Corona.
Recuérdese que en 1546 Fernando de Valdés fue nombrado arzobispo de Sevilla. Un año después se prohíbe el acceso al cabildo capitular de la catedral primada a todos aquellos quienes no demostrasen –la preciosa y ansiada– pureza y limpieza de sangre, con todas las consecuencias que de esto se derivarán. Por si no fuera suficiente, en 1559 se prenden férreas hogueras en Valladolid y Sevilla buscando, amargamente, apagar la llama luterana y sus disidencias religiosas. De igual manera, en este mismo año, el inquisidor Valdés publicó su índice de libros prohibidos y, para elevar la compleja situación, el arzobispo Carranza es detenido por el Santo Oficio.
Pero la repercusión de este año no termina ahí. En noviembre, mediante una pragmática regia, se prohíbe que los súbditos hispanos realicen estudios fuera de los territorios de la Corona, salvo las excepciones de Coímbra, Roma, Nápoles y Bolonia. En 1562 Sevilla será la protagonista de otro auto de fe, con el expurgo de libreros y bibliotecas. Finalmente, en 1563 concluye el Concilio de Trento y Felipe II tan solo necesitó un año para promulgar sus conclusiones como leyes del reino.
Durante esta sucesión cronológica los jesuitas de Salamanca fueron avanzando en lo que respecta a su evolución intelectual. Múltiples visitas de los padres Araoz y Nadal acallaron las temidas denuncias de auxiliis y las reticencias por parte de sectores tradicionalistas del gremio universitario. Lenta pero decididamente, la Compañía solicitaba una situación acomodada a sus deseos dentro de la propia normativa académica, fraguándose la víspera de la epifanía de reyes de 1570, cuando Martín Gutiérrez, en nombre del conjunto de la Orden, solicitó formalmente la admisión gremial.24
En este momento, el claustro creó una comisión para que estudiase el caso, la cual volvió a reunirse cinco días más tarde, dictando una opinión favorable al deseo jesuítico, y un añadido del maestro Diego Cuadrado: la no intención ni pretensión de posesión de cátedra.25 Posiblemente, incitado por las redes de la Compañía, Cuadrado favoreció el cumplimiento de las ordenanzas internas de la Orden y así la aceptación por parte de la curia general.26
En la víspera de la Purificación de 157027 se llamó a claustro al rector de la Compañía. Nuevamente se reitera la solicitud de incorporación gremial del colegio, asumiendo esta lo propuesto por el maestro Cuadrado.28 El doctor Gutiérrez supo jugar con los acontecimientos; por su parte, Cuadrado, buscando que, en el caso de que la Compañía llegase a tener influencia dentro de la Universidad, no se pudiese ejercer el voto estudiantil, lo que facilitaría el camino hacia una nueva propuesta petición a los jesuitas.
Al aceptar el padre rector dicha propuesta, la respuesta del claustro fue la pretendida:
[…] luego, los dichos señores arriba tenidos, votaron el dicho pedimento de que arriba se haze mención, en la fee del dicho poder que tiene el dicho Martín Gutiérrez [rector] de la dicha casa e Compañía, e attendiendo el bien e aprovechamiento que ha fecho e haze e se espera que la dicha congregación a de hazer en esta çiudad e Universidad, dixeron que lo incorporaban e incorporaron, e agregaban e agregaron en esta Universidad al dicho colegio e casa e Compañía del Santísimo Nombre de Jesús desta dicha çiudad de Salamanca e a las personas e colegiales del, antes e avientes e por venir, para que, desde oy en adelante y para siempre jamás, como tal colegio incorporado en ella, pueda gozar e goze de los privilegios deste dicho Esttudio, según y cómo y de la manera que lo ha pedido e demandado el dicho padre Martín Gutiérrez. Y, en lo que toca al botar, que piden ser exceptos, e no pretender cátedras, en lo uno y en lo otro y en lo que toca a este artículo, se lo concede ad nutum Universitatis […].29
Se realizó la matrícula gremial de la Compañía de Jesús en la Universidad de Salamanca.30 Con la rúbrica del secretario, Andrés de Guadalajara, a partir de este momento los jesuitas gozaban ya de los privilegios existentes en la Universidad de Salamanca para el conjunto de sus instituciones vinculadas.
En el caso que nos atañe, dicha matrícula no era realizada por la totalidad de los habitantes del domicilio. A modo de aproximación sirvan los siguientes datos: en el primer año de matrícula, curso 1570-1571, la realizaron un 65,22 % de los habitantes, en 1597-1598 un 36,07 %, en 1625-1626 un 51,72 %, en 1645-1646 un 78,82 % y en 1669-1670 un 92,72 %.31
No hacemos referencia a una evolución constante, puesto que influyen numerosas variantes, como el crecimiento demográfico mencionado anteriormente. Así como las pugnas universitarias, también debe tenerse en cuenta que la matrícula no es realizada el mismo día en el que tenemos las referencias demográficas y, por tanto, pueden haberse dado traslados o recibos, por lo que los datos que acabamos de presentar deben ser tenidos como aproximativos y sujetos a diversas variantes.32
A nivel general, en la matrícula universitaria salmantina, fundamentalmente dentro de las órdenes religiosas, encontramos dos facciones. Por un lado, las reglas tradicionalistas que continuaban con el funcionamiento existente en la primera mitad del siglo XVI y, por otro, las innovadoras que rechazaban a las cátedras y sus provisiones –siguiendo la modélica praxis jesuítica–,33 aunque sustentasen actos académicos y su asistencia a las lecciones en escuelas fuese notable.
Las llamadas órdenes tradicionales son las de los benedictinos, dominicos, agustinos, carmelitas calzados, mercedarios, trinitarios, tercera orden de san Francisco, premonstratenses, mínimos de san Antonio de Paula y los canónigos regulares de santa María de la Vega. Entre los innovadores, además de los jesuitas, encontramos a los franciscanos, bernardos, carmelitas descalzos, jerónimos, recoletos agustinos, mercedarios y trinitarios. Hacemos mención a dos formas diferentes de tener vinculación gremial en el estudio universitario.34
Efectuar dicha matrícula tenía un coste. Según el profesor Rodríguez-San Pedro:
Los derechos de matrícula fueron actualizados en 1595 y fijados en 8 maravedís para dignidades y bachilleres; seis maravedís para estudiantes comunes; cuatro maravedís los gramáticos, y matrícula gratuita los hijos de doctores y maestros de la Universidad. Con los fondos así recaudados se financiaban las fiestas de san Nicolás y santa Catalina. No pagar dichos derechos suponía invalidación de la matrícula […].35
En esta ocasión no se señala la cuantía para los colegios y conventos vinculados a la Universidad. Lamentablemente no hemos encontrado dicho importe para todo el período que estamos estudiando, aunque sí para los cursos 1763-1764,36 1766-176737 y 1767-1768.38 Se trata de una relación en la que se indica, en reales, la aportación necesaria para la vinculación del grupo en la institución universitaria.
El colegio de los jesuitas aparece tachado en los cursos de 1763-1764 y 1766-1767, mientras que en el curso 1767-1768 ya no es necesario anularlo. Entendemos que esta es una de las consecuencias de la pragmática sanción de Carlos III. Al expulsarse la Orden también perdían sus miembros la vinculación gremial.
En las escasas referencias que tenemos, el coste al colegio de la Compañía es de quince reales, igual que en los colegios de Cuenca, Oviedo, El Rey, Alcántara, La Vega, San Vicente, San Jerónimo o la Merced Calzada, entre otros. Por encima de dicho coste encontramos, por ejemplo, el colegio del Arzobispo (con treinta reales) o el convento de San Esteban (veinte reales); y con un menor importe tenemos a San Bartolomé y el Trilingüe (ocho reales), Calatrava y San Basilio (doce reales) o a los Irlandeses y la Merced Descalza (siete reales y medio).
Los libros de matrícula, a los que nos encontramos haciendo referencia, poseen diversos errores, fallos de transcripción e incluso olvido de diferentes datos de diversa tipología. Un caso habitual que hallamos para los jesuitas es que no siempre se señalan los lectores o maestros de estudiantes, de Teología o de Artes. Los colegios regulares contaban con los suyos propios,39 así como con la distinción entre lógicos y teólogos, o incluso con el tiempo cursado por el estudiante en cuestión.
Son numerosos los datos de suma importancia para conocer de una manera más precisa la institución jesuítica en Salamanca y sus relaciones universitarias. A pesar de lo cual, en múltiples ocasiones hemos podido solventar estas deficiencias gracias a la utilización de otras fuentes documentales; aparentemente complementarias pero de gran importancia.
Continuando con los libros de matrícula se debe indicar que en ellos también localizamos una serie de deficiencias que no son producidas por errores del escribano. Como ejemplo, entre los datos reflejados sobre los jesuitas, al igual que en el resto de colegios regulares o seculares, no suele reflejarse la procedencia geográfica o social del matriculado;40 también debe ser añadida la destrucción parcial por arranque, correspondiente al curso 1627-1628.41
Como es evidente, tras lo señalado con anterioridad, el número de miembros aforados no siempre es el mismo. Hasta el momento encontrábamos que diferentes especialistas habían señalado el número correspondiente para períodos concretos.42 La tendencia al alza intuida no es errónea, pero sí necesita de diferentes matices.
Como media de todo el período en el cual estuvieron matriculados, poseemos cuarentaitrés jesuitas anuales, siempre aproximados . El primer inconveniente es que los libros de matrícula entre 1570 y 1650 poseen dificultades en once cursos, bien por destrucción parcial o bien por no conservarse.43
Se posee diferentes procesos y tendencias que, aunque no son armónicas, mantienen el mencionado ritmo de alza, remarcándose a partir del período que transcurre entre 1600 y 1650. Pero puntualicemos los datos. La primera subida notable se refleja entre la franja de 1610-1620, cae en la década siguiente y asciende en 1677-1678 a un total de sesenta y siete matriculados, para volver a caer en 1682-1683 a veintiocho matriculados y quedarse por debajo de la media, tanto de la cincuentena (50,7) como de la decena (50,9) anual. A partir de este momento continuará ascendiendo hasta llegar a la cúspide en los cursos 1757-1758 y 1760-1761, con noventa y tres jesuitas reflejados en la matrícula universitaria.
Intentando comprender la vinculación existente entre la matrícula jesuítica y la pugna universitaria, señalaremos, brevemente, algunos ejemplos que entendemos como fundamentales en las relaciones entre ambas instituciones. Con el acto del hermano Prudencio la matrícula parece descender tímidamente, pero como consecuencia de que en el curso 1593-1594 comenzaron las lecciones matinales de la Compañía de Jesús en las Escuelas, parece estabilizarse; no será hasta el curso 1603-1604, momento en el que se sume la licción de la tarde, cuando se evidenciará nuevamente el aumento de forma notable.
Por otro lado, en el trienio que transcurre entre 1625 y 1628, la matrícula vuelve a descender debido, a nuestro entender, a la prohibición del claustro universitario de que los maestros de Teología asistiesen a actos en colegios y monasterios con todas las repercusiones que esto conllevaba; situación de la Compañía que mejora tras la solución. En último lugar, conviene llamar la atención sobre cómo, en el curso 1669-1670,44 aumentará la matrícula casi de forma constante.
Aparecen, por tanto, los indicios del proceso de consolidación de la Compañía dentro del gremio académico. Todo esto debe ser puesto en relación con el testamento de la reina doña Margarita de Austria y la fundación del colegio real, lo que favorece la comprensión de los enfrentamientos entre 1625 y 1628.
A excepción de los períodos en los cuales carecemos de documentación, la evolución de la matrícula universitaria se encuentra profundamente relacionada con el trato existente con el resto del gremio universitario, y más concretamente con el rector y su claustro. Lamentablemente, comienza a realizarse este registro a finales del siglo XVI, cuando empieza la decadencia de la Universidad de Salamanca, por lo que no podemos comprobar si la situación de los jesuitas también se encontraba en detrimento.
Esto es una cosa que sospechamos como incierta, puesto que asistían a las lecciones colegiales y, una vez que poseían sus cátedras de propiedad, los matriculados se situaban siempre por encima de la media del conjunto demográfico del domicilio.
De esta forma queda patente que nos situamos ante una institución universitaria que, a pesar de realizar su vinculación foral, actúa como organismo paralelo a la Universidad de Salamanca. Se trata de una orden internacional que, aun perteneciendo al gremio, aspiraba a una formación propia, con su sistema pedagógico interno y unas aspiraciones concretas que de forma ocasional se mostraban en consonancia con las intenciones del claustro de la Universidad salmantina.
Es decir, con la incorporación en la Universidad de Salamanca, la Compañía de Jesús buscaba una mejora de sus beneficios. Esto se demuestra desde el curso 1593-1594, cuando en el domicilio de Salamanca se empezó a dar prioridad a la formación impartida intramuros frente a aquella que tenía lugar en los generales de patio de escuelas.
En octubre de 1620 se evidencia esta visión: «[…] a 19. Lee el padre Herize este año en Escuelas de Sacramentis ingenere, el padre Matute de justificare, el padre Francisco en casa después deste y, el padre Juan Antonio, prosigue la Epístola ad Pilipen».45
LA ESENCIA DE SALAMANCA
A pesar de que los jesuitas poseyeron un puesto en la Universidad, sus lecciones no dejaron de estar vinculadas a la Orden y a su ya fundado (que no construido) Colegio Real del Espíritu Santo. El auditorio era abundante; aparte del número de jesuitas que acudían, que había ascendido a varias decenas sobrepasando el medio centenar en diversas ocasiones, debía unirse un amplio grupo de seglares y clérigos seculares.
En abril de 1621, estas lecciones en Escuelas fueron interrumpidas por la muerte del primero de los Austrias menores y fundador del Colegio Real: Felipe III. La razón, más allá del luto, era que habían sido ocupadas las estancias por los ornamentos necesarios para el túmulo funerario. La solución tomada por los hijos de san Ignacio fue llevar al general de su domicilio las lecciones que, por norma general, debían perderse y, de esta manera, continuar tanto hermanos como seglares con su formación.46
El colegio de la Compañía podía formar a los miembros de su orden en cualquier momento, tiempo y modalidad, siempre que fuese de puertas para adentro y con asistencia restringida a los externos. Cuando tenemos noticia de que «[…] la Compañía empezó este año [1593] a pretender que se les diese general y hora para leer en la Universidad pues no se les permitía en su casa […]»47 a lo que se está haciendo referencia es a que no se permitía impartir lecciones a externos.
El 7 de febrero de 1622 las clases domésticas no sufrieron impedimento alguno y la matinal universitaria tampoco. Como era costumbre, los estudiantes jesuitas «[…] fueron a Escuelas a lección mañana y tarde, aunque por la tarde no se leyó porque faltaron los seglares».48 En la mayoría de escuelas los oyentes que tenían valor eran aquellos que no pertenecían a la Compañía: una orden que no solamente pretendía ofrecer auxilio a sus hijos, sino también a aquellos que eran externos a sus reglas y constituciones.49 No estamos haciendo referencia a un suceso ocasional, sino que se repitió nuevamente a los dos años.50
La Universidad entendía la dificultad de la situación a la que estamos haciendo referencia. Habían abierto la puerta aun pretendiendo cerrarla. Tal y como hemos señalado, intentaron remediar toda la situación, lo que ocasionó un trienio fuertemente convulso (1625-1628). Todo comenzaría con la determinación del claustro al disponer que los maestros de Teología no podían asistir a los actos celebrados en colegios y monasterios; los jesuitas, que habían realizado la matrícula para poder continuar con estas disputas académicas, se veían fuertemente perjudicados, aunque quedó solucionado en junio de 1627, por las mediaciones del conde duque de Olivares y del confesor real.
En respuesta, el claustro volvió a mover ficha,
A […] 16 [de octubre 1627]. Vino el secretario de Escuelas a notificar que, por quanto por los muchos lectores que concurren a pedir generales, auía inconveniente a tenerle fijo, pidiésemos general y asignatura de lecciones. Respondiose pidiendo traslado y que se oya.51
En el afán de impedir que los seglares escuchasen a los hijos de Ignacio, entendieron como solución la modificación del aula que, al menos desde 1603, sirvió de altavoz en el corazón del hemiciclo universitario. Tras veintitrés años consecutivos, en los cuales tuvieron lugar las dos lecciones en Escuelas, sin oposición, la brecha quedó evidenciada.52 La Universidad había tenido que revocar la determinación de su claustro. El equilibrio logrado tras la matrícula de la Compañía nuevamente entraba en quiebra; era necesario volver a plantear las relaciones mutuas tras la demostración de gallardía con este cambio de general de Escuelas, y la Compañía no se quedaría atrás, tal y como fue demostrado en abril de 1627, cuando fray Cristóbal de Lazarraga, en su acto presidido por el abad de San Bernardo, logró que se cerrase el general tras considerar que el tema discutido, la esencia de la corrección fraterna, atacaba el carisma de la orden ignaciana.53 El presidente de Castilla, así como el inquisidor general,54 tuvieron que tomar medidas. La Universidad recibió una serie de cartas con un tono elevado que evidenciaban tanto el pulso ante el cual se encontraban como sus múltiples repercusiones.
Aparentemente no existían razones para que actuase nuevamente la Universidad contra la Compañía de Jesús, pero tan solo se trata de apariencias. Si nos trasladamos a la capital del Reino encontramos cómo la emperatriz doña María de Austria, en sus últimas voluntades, mandó la creación del Colegio Imperial.55 El empeño de otorgar grados haría que Salamanca y Alcalá se aliasen frente a los jesuitas56 con las siguientes palabras:
[…] la Vniversidad de Salamanca y la de Alcalá acuden a los pies de Vuestra Magestad, suplicándole, humildemente, se sirua de fauorecerlas en la pretensión que los padres de la Compañía han mouido agora, de fundar en esta corte vna Vniuersidad o Estudios Generales, o como ellos la quisieren llamar, de que al Reyno y a todas las dichas vniuersidades y a esta República se le sigue tantos y tan notables perjuyzios, que la dicha fundación no puede ser en seruicio de Vuestra Magestad, como dueño y señor soberano de todo […].57
Una de las formas que encontró la Compañía de mostrar su autoridad y poderío fue, en Salamanca, este cambio de generales; y el apoyo a Jansenio y a la Universidad de Lovaina, en la disputa que internacionalmente se mantenía contra la Societatis Iesu, fue la solución tomada por la facción castellana.
El padre Alonso del Caño, rector del Colegio Real, no vaciló ante esta situación. Fue consciente del simbolismo que comportaban los acontecimientos contra los que se enfrentaba. La inseguridad quedaba demostrada en los gestos y, por ende, actuar con decisión era fundamental. Por tanto, cuando a comienzos del curso 1627-1628 solicitaron las lecciones, lo hicieron de materia, pero no de general, puesto que, tal y como dijeron en su alegato: «[…] ya que le teníamos nosotros señalado».58
La tradición de tan solo algo más de dos décadas se anteponía a la obediencia y respeto de la autoridad. Una situación que se agravaba por momentos, aún más si cabe, como consecuencia de las lecciones que se tenían de forma exclusiva en el domicilio de la Orden59 hasta que se les restituyese el general de escuelas menores.
La Universidad respondió con «[…] un decreto contra los Estatutos que mandaba no se prescribiese en la posesión de los generales aunque ubiese [sic] leído en ellos quince días para podérnoslo siempre quitar».60 A pesar de todos estos intentos, la Compañía demostró por segunda vez, pero no la última en este trienio, su poderío. El 11 de diciembre de 1627 llegó una sentencia de Madrid, en la que se mandaba que no se cambiase nada con respecto a las lecciones universitarias de los jesuitas, ni de aula ni tampoco de materia.61
Lograban imponerse ante el poder del claustro. El 3 de enero de 1628 volvieron a tener lugar las lecciones jesuíticas en Escuelas; por la mañana leyó el padre Hurtado y por la tarde el padre Pimentel. A dichas clases asistió un gran número de oyentes,62 lo cual fue una demostración de las «redes clientelares» establecidas.
Posiblemente, cuando la Universidad fue consciente de que nuevamente perdía el intento de subyugar a la orden religiosa intentó una nueva posibilidad, que tampoco tuvo mejor resultado. Mientras se esperaba una respuesta desde Madrid en relación con la decisión del general de la Compañía, se propusieron insertar un nuevo estatuto que obligase a defender las doctrinas de Santo Tomás.63
Recordemos que los jesuitas podían ser tachados de cualquier asunto, pero acerca de la duda sobre el conocimiento de Tomás de Aquino, máxima en Salamanca, no. Desde los inicios se encargaron de ostentar, incluso ante el maestro fray Pedro de Sotomayor, catedrático de Vísperas, el perfecto conocimiento del fraile dominico.64
El claustro pleno aprobó la propuesta del doctor Pedro de Vega y, rápidamente, actuó la Compañía entrecruzándose los memoriales puesto que, más allá del respeto a Santo Tomás, se pretendía actuar contra la innovación teológica propuesta por los iñiguistas. Esta vez el consejo regio y el pontífice dieron la espalda al Estudio General.
A partir de este momento la situación no pasó por mayores dificultades, pero las heridas abiertas tampoco cicatrizaron y supurarían con el mínimo roce. Los jesuitas continuaron disfrutando de su general en Escuelas, así como de las lecciones impartidas tras la normal solicitud del evangelista Lucas,65 primando siempre para la Orden la asistencia y aprendizaje de estudiantes seglares.
Miércoles [11 de febrero de 1648]. No fueron a Escuelas los hermanos estudiantes por los gastos. Por consulta se determinó leyesen los maestros en casa, y tubieron sus quatro liçiones. Los maestros que leen en Escuelas, leyeron diferente liçión, por no haçer mala obra a los estudiantes seglares, y tubieron liçión asta sábado, víspera de domingo gordo.66
La Compañía continuaba entendiendo las lecciones colegiales como un repaso o ampliación de lo presentado en el general de Teología de la Universidad. Se trata de una situación que ya se daba en diciembre de 1647, tras los incidentes acaecidos por los enfrentamientos entre las naciones de estudiantes,67 o la víspera de la celebración de Corpus en San Isidro que, por estar corriendo novillos a la hora que debían salir a Escuelas, se tuvieron las lecciones en el general del colegio.68
El Colegio Real logró demostrar a todo el gremio universitario que podía defender sus intereses frente a cualquier dificultad. En el siglo XVII supo asentarse notablemente y con autoridad institucional, la cual no pudo ser puesta en entredicho. Logró permanecer y perseverar hasta llegar a la creación de las cátedras de Prima y Vísperas de la Compañía de Jesús en la Universidad de Salamanca en 1668 y posteriormente la de Francisco Suárez en 1721.
CULMINACIÓN DE UNA TRAYECTORIA: LAS CÁTEDRAS DE PROPIEDAD
[Cruz]
La Reyna Governadora.
Venerable rector y Universidad de Salamanca. El licenciado Ioseph González, como protector del Collegio [Real de la Compañía de Jesús], me han suplicado, tenga por bien de interponer mi real autoridad, a fin de que las dos chátedras de Theología, que en el mismo collegio fundó la sereníssima reyna doña Margarita, mi abuela, de gloriosa memoria, y regentan los maesstros de esta sagrada religión en aquella Universidad, sean la una de Prima y la otra de Vísperas y, ambas, de curso, igual en todo a las demás de esta calidad, señaladamente a las dos que poco ha, erigieron y concedieron a mi interposición en la Universidad de Alcalá a esta religión: y estando yo en quenta de que la fundación referida es de patronato real y que, en favorecer y engrandecerla en honores y grados, cooperare al real ánimo, y tanto intento de mi abuela que fue, según consta en su testamento, instituir en ella, uno de los mayores seminarios de la christiandad y, reconociendo que esto mismo redundará en aumento de lustre, crédito, auctoridad y fama de esta Universidad y conveniencia pública de todos estos Reynos, y particular de cada uno de los que acudieren a aprenderla doctrina y enseñanza de aquellas Escuelas, y que será mayor estimación, decoro y adorno de una religión, que tan dignamente está bien recibida, aplaudida y célebre en todo el orbe por sus grandes letras, virtud, prudencia, modestia, obediencia, erudicción y religioso proceder, y que por tantos títulos y méritos tiene grangeado mi cariño y veneración, a exemplo de la que le tubieron mis gloriosos progenitores y, singularmente por lo que en esto desseo gratificar y alentar a Iuan Everardo Nidardo, mi confesor, hijo de la misma religión, en muestras de lo bien servida que me hallo de él; y por el anhelo y fatiga con que se desvela por los intereses del Rey, mi hijo, y desta Monarchía; y últimamente, por considerar que, todo esto se encamma a la mayor honra y gloria de Dios, exaltación y propagación de su santa fee y, por las demás razones que a ello me mueven, he resuelto significaros, como lo hago, que me hallo tan persuadida y satisfecha de vuestras atenciones a darme gusto en todo, que entendiendo le recibiré de que las referidas cáthedras se coloquen en el grado, título y igualdad antes mencionada, no sólo vengais en ello con promptitud y resignación, sino que también, encaminareis los medios y disposiciones que pueden conducir a adelantar y facilitar su execución, como lo fio de vuestro zelo a mi servicio, asegurandoos que, en esto, me le hareis muy agradable y de particular estimación. De Madrid, 10 de enero de 1668.
Yo, la Reyna.69
Las numerosas transformaciones que se han anticipado con los sucesos presentados a lo largo de esta investigación llegaban a su culmen. La gloria universitaria del Colegio Real había llegado. Un domicilio ilustre, solemne y ostentoso lograba su sueño de poder, saliendo victorioso.70 La paz dentro del gremio universitario no será ya un deseo sino que, manteniendo y perpetuando la contradicción, se logrará en el devenir de los años.
Estamos seguros de que ni Ignacio de Loyola, ni Miguel de Torres, ni Antonio Araoz, ni Francisco de Mendoza, entre otros, llegaron a pensar ni tan siquiera a soñar que podría darse tal situación en Salamanca. No solo lograban salvar las dificultades propias por el voto de estudiantes y las consecuentes problemáticas, enfrentamientos e intrigas, sino que recibían la dotación de dos cátedras, una de vísperas y otra de prima, intento que habían perseguido desde 1627.71
Como se observa en la carta de fundación, estas no fueron las únicas creadas para una orden religiosa. Con anterioridad a los jesuitas tenemos a los dominicos (1605 y 1608) y, tras la Compañía, aparecen la de los benedictinos (1692) y la de los franciscanos (1734),72 sin olvidarnos de la jesuítica de Francisco Suárez.73
El Colegio Real había sustentado lecciones en su general de Teología siguiendo las cláusulas testamentarias de su fundadora.74 Lo venía haciendo ya desde el domicilio primitivo, el problema fue que en la nueva fundación, bien por cercanía o bien por poseer reputación, los jesuitas obtenían mayor audiencia que la Universidad.
Nos encontramos ante una doble solución. Los estudiantes no se alejaban de las cátedras universitarias y la Compañía no tenía que temer nuevamente por problemas a la hora del reparto del general o de las materias. Fueron setenta y cuatro los doctores consultados de los que tan solo nueve votaron en su contra.
El diario interno de la institución jesuítica nos narra cómo comenzaron las lecciones con su nuevo estatus:
[el 27 de abril de 1668,] viernes. Vinieron las cédulas reales en forma para poder tomar la posesión de las cátedras.
29. Domingo por la tarde. Se presentaron en claustro pleno dichas cédulas y se tomó la posesión de dichas cátedras. El padre Lynce tomó la posesión de su cátedra de Vísperas y, por el padre Barbiano, la tomó el padre [Elgeta,] ministro.
30. Lunes. Se comenzaron a leer nuestras cátedras a la misma hora que las demás de la Universidad y en el general señalado por la Universidad y confirmado por el consejo.75
La Universidad aceptó sin dificultad. Se lograban equilibrar ambos poderes, quedando vinculados mutuamente en múltiples beneficios, reflejados en las condiciones establecidas.
Las referidas cátedras debían leerse a las mismas horas que sus correspondientes, tanto de la Universidad como de la orden de los predicadores;76 la competencia debía ser notable, pero se partía de una igualdad de condición por el hecho de leerse a la misma hora y en el corazón universitario, algo –que no debe ser olvidado– tan deseado por los hijos de san Ignacio.
Tampoco quedaron atrás al tener como condición:
[…] que dichas dos cátedras de Prima y Vísperas como cátedras de propiedad, gozen y deban gozar de todos los honores y perrogativas y exenciones que tienen y gozan las cátedras de Prima y Vísperas de la universidad y las de la orden de santo Domingo.77
No sólo dos miembros del Colegio Real serían catedráticos sino que, también, lo parecerían y disfrutarían de honra, incluso, en el salario de «[…] ciento y cinquenta florines altos o baxos, como saliexen por el valor de la Universidad, de que ha de dar testimonio su secretario cada año, poniendo para ello renta competente».78 En una sociedad tan dedicada a la ostentación y necesitada de la apariencia, estamos ante un punto de suma importancia.
A cambio de todo esto, la Universidad se aseguraría:
[…] que se han de graduar los padres prouistos de esta religión de lizenziados por la capilla de Santa Bárbara y de maestros de Teulugía [sic], por esta Universidad, dentro de dos años que dispone el Statuto más nuevo.79
De esta manera, quedaban cerradas las puertas para continuar yendo a realizar este proceso a territorio abulense, en la Universidad de Santo Tomás. Posiblemente se trata de un asunto pretendido, no solo por costes, sino también por visibilizar aún más el enfrentamiento con el gremio.
Estas no fueron las únicas condiciones, pero sí las que contenían mayor enjundia. Incluso el escribano Diego Antonio Nieto Cañete llegó a señalar que debían ser aceptadas las dichas cátedras: «[…] con estas y con todas las demás condiciones de las cátedras de santo Domingo que se han [sic] aquí por expresadas […]».80
La situación de las cátedras de propiedad de la Compañía mejoró notablemente en 1675 con la cédula real de Mariana de Austria, en la que permitía al prepósito general de la Orden y, en su nombre, al asistente de España, así como al provincial de Castilla, señalar quiénes debían ser los que optaban a ocupar dichas dignidades.81
A partir de este momento,
[…] quando se hace la renunciación por jubilación, etcétera, imbía el colegio al padre provincial un testimonio del secretario de la Universidad. Item para el nombramiento que remite el padre provincial al Rey, nuestro señor. Imbía el padre rector al mismo padre provincial un tanto de estos nombramientos, los quales con los otros papeles de las cátedras, se hallan en el archivo de la librería, el segundo de la mano derecha, en el caxon «cáthedras de la Universidad».82
CONCLUSIONES
La presente investigación no debe ser entendida como una totalidad culminada e independiente. Hace referencia a una presentación temática que debe ser situada en un conjunto de publicaciones que aspiran a presentar a la Compañía de Jesús y sus relaciones con la Universidad en su período antiguo, es decir, entre 1548 y 1767.
Hemos reflexionado sobre el vivero de la provincia jesuítica de Castilla; un lugar que, a pesar de ser paso obligatorio para todos aquellos que aspiraban a realizar una carrera intelectual, no poseyó sus vistas exclusivamente entre los hijos de san Ignacio. Abierto a estudiantes universitarios que, sin vinculación jurídica con la Compañía, disfrutaban de la IV parte de las constituciones, favoreciendo que dicha institución gozase de una importancia más que notable en el conjunto del fuero académico.
Ignacio Tellechea señaló que «un jesuita podía ser catequista o profesor universitario, confesor de príncipes o portero». En Salamanca se dieron todos estos carismas con importantes repercusiones sociales. Nosotros hemos profundizado en el académico por múltiples razones, entre la que destaca la vinculación gremial del domicilio desde 1570 hasta la dotación de las cátedras de propiedad casi una centuria después –fechas de inicio y de conclusión de este análisis–.
Por todo esto, aun siendo conscientes de la limitación temporal que estamos presentando, poseemos plena seguridad de que este estudio es imprescindible para poder comprender uno de los numerosos factores que elevaron al mito a la Universidad de Salamanca durante la clásica Edad Moderna.
1. Trabajo realizado en el marco del proyecto PAPIIT IN 401417 «La Corona y las Universidades en el mundo hispánico. Siglos XVI-XVIII» de la Universidad Nacional Autónoma de México; durante una estancia posdoctoral en el GIR «Sociabilidades e Prácticas Religiosas» do Centro Trasdisciplinar Cultura, Espaço e Memória (CITCEM) da Facultade de Letras da Universidade do Porto.
2. Luis E. Rodríguez-San Pedro Bezares: «Estructuras económicas y financiación de las Universidades Españolas en la Edad Moderna», Studia Historica. Historia Moderna, 12, 1994, pp. 189-204.
3. «[…] Quanto para el dar las cartas de grados a los que aquí se graduaren, he deseado que tuviésemos la forma, sobre lo que he escrito a Alcalá y a Salamanca a los hermanos, que nos embiasen vn traslado de las cartas de grados de aquellas vniversidades […]». Monumenta Historica Societatis Iesu (MHSI). Epistolae mixtae ex variis Europae locis (Epp. Mixtae), II, pp. 318-320.
4. En una epístola de Andrés de Oviedo destinada a Ignacio de Loyola, fechada en Gandía el 10 de julio de 1549, se nos señala lo siguiente: «[…] para el docttor [sic] Torres: a Salamanca y a Villanueva, a Alcalá, tengo escrito sobre que nos embien vn traslado de las cartas de grados, así de Salamanca como de Alcalá, en Artes y Theología, Medicina, Cánones y Leyes, así de bachilleres como de licenciados, maestros y doctores, y de encorporaçión de alguno en alguna Vniversidad; porque aquí se graduaron algunos, y se encorporado algunos doctores en Theología, y vn doctor [Melchor Ruíz] se encorporó en Medicina, que es el médico del señor duque [Francisco de Borja]». MHSI, Epp., Mixtae, II, pp. 248-249.
5. Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI), Collegia 303, Sig. 1588, n.º 4, f. 1r; cf. MHSI, Epp., Mixtae, I, p. 491.
6. Hasta el momento, algunos autores, sin indicar la fuente consultada, adelantan dicha fecha. Nosotros, según la información obtenida a lo largo de nuestra investigación, consideramos esta propuesta un error. Cf. Alfonso Rodríguez de Ceballos: «El primitivo Colegio de la Compañía de Jesús en Salamanca (1545-1665)», Miscelanea Comillas, 46, 1966, p. 104; Benigno Hernández Montes: «El Colegio de la Compañía y la Universidad de Salamanca. Desde los orígenes hasta la incorporación a la Universidad», Studia Historica. Historia Moderna, 7, 1987, p. 724.
7. «[Pedro de Castro] fue vno de los mayores y más doctos prelados que en aquel tiempo tuuo la Iglesia de España. En el año segundo de su prelancia, don Francisco de Mendoça, cardenal de Roma y obispo de Coria, fundó en Salamanca el colegio de la Compañía de Iesvs, de religiosos del mismo orden». Gil González Dávila: Historia de las antigüedades de la ciudad de Salamanca: vidas de sus obispos y cosas sucedidas en su tiempo, Salamanca, Artus Taberniel, 1606, p. 488.
8. Cristo José de León Perera: «Miguel de Torres: la elección humanista del primer rector jesuita de Salamanca», en Miguel Anxo Pena e Inmaculada Delgado Jara: Humanistas, Helenistas y Hebraístas en la Europa de Carlos V, Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 2019, pp. 361-372.
9. «[…] Dos cosas principalmente encendía en su pecho este deseo, la memoria de las persecuciones, que por el servicio de Dios nuestro Señor avía en ella padescido, a las quales quería responder con servicios y beneficios, en la más alta manera que pudiese, y en el conocer de quanto augmento podía ser a su religión y de quanto fructo en las almas el darse a conocer y exercitar la Compañía sus ministerios en el más noble y frequentado seminario que entonces tenía la nobleça y juventud christiana por que en esto, los árboles tiernos y pequeños, son transplantados con mayor fructo y enxertos con grandes ventajas». ARSI, Provincia castellana 35.I, f. 131r.
10. Las peculiaridades políticas de este período fueron determinantes para la formación internacional de los jesuitas, así como para su establecimiento de la Orden en Salamanca. Fundamentalmente, nos encontramos haciendo referencia a dos facciones: una con inclinaciones espirituales renovadoras, formada por sujetos cercanos a Isabel I, y otra que defendía la esencia de la tradición racionalista. Desde mediados del reinado de Carlos V «castellanos» (o «albistas») y «ebolistas» (o «papistas») remarcarán sus diferencias como consecuencia del inevitable rasgamiento de la túnica de la cristiandad occidental. Esther Jiménez Pablo: La forja de una identidad. La Compañía de Jesús (1540-1640), Madrid, Ediciones Polifemo, 2014, p. 66
11. Alfonso Rodríguez de Ceballos: El primitivo Colegio…, pp. 110-129.
12. El 29 de junio de 1545, desde Valladolid, Araoz le escribe a Ignacio lo siguiente: «[…] vn estudiante, hijo de vn conde que conosçimos en Salamanca, ha venido a vernos. Es vuelto con yntençión de procurar cómo algunos estudiantes nuestros tengan cómo estudiar en Salamanca […]». MHSI, Epp., Mixtae, I, p. 225.
13. Como representación sobre lo que estamos haciendo referencia, a modo de ejemplo de los primeros cincuenta años, nombraremos al bachiller Diego Hernández (catedrático de Griego), al padre maestro Francisco de Toledo (futuro cardenal de la Iglesia), Francisco de Abreo (colegial de Oviedo y catedrático de Código), el maestro Esteban de Ojeda (colegial de Cuenca y catedrático de Filosofía), el doctor Agustín Mendiola (colegial de Cuenca y catedrático de Filosofía) y, entre otros, el doctor Alonso del Caño.
14. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco. Período 1598-1625, II, Régimen docente y atmósfera intelectual, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1986, pp. 63-95. Para un contexto general de la Península, Melquiades Andrés Martín: «Facultades Eclesiásticas», en Aldea Vaquero (dir.): Diccionario de Historia Eclesiástica de España, II, Madrid, CSIC, 1972, pp. 893-899.
15. A modo de ejemplo sirva cómo en 1678 –a partir del año 1675 se observa una disminución demográfica– mantiene algo más de dos decenas de jesuitas de los que puede permitirse, lo que crea una deuda de, aproximadamente, doscientos ochenta mil reales anuales, cf. ARSI, Provincia Castellana 19, f. 106r.
16. MHSI, Epp., Mixtae, II, p. 178.
17. «En general, los Libros de matrículas responden no tanto a los cursos académicos como a la duración del oficio rectoral (de mediados a mediados de noviembre)». Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco. Período 1598-1625. III. Aspectos sociales y apéndice documental, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1986, p. 76.
18. «La constitución IV de 1422 establecía la obligación de jurar obediencia (in lictis et honestis) al rector anualmente elegido, en los seis días siguientes a su nombramiento». Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco…, III, p. 700.
19. Archivo Histórico de la Universidad de Salamanca (AUSA) 334, f. 10r.
20. AUSA 338, f. 12r.
21. Chron., II, pp. 118-119; ARSI. Provincia Castellana 35.I, f. 148v.
22. MHSI, Epp., Mixtae, II, p. 413.
23. Recuérdese que nuestra intención no es plantear las diversas pugnas por las que pasaron los jesuitas y la Universidad de Salamanca hasta formalizar la matrícula y las condiciones en las que esta sería realizada. Tan solo señalemos que la orden religiosa, desde marzo de 1551, se encontraba analizando las ventajas y repercusiones obtenidas por tal acto. Chronicon Societatis Iesu (Chron.), II, p. 323.
24. AUSA 38, f. 29v.
25. AUSA 38, f. 38r.
26. Estamos haciendo referencia a la I Congregación General de la Compañía (de junio a septiembre de 1558), en la cual se prohibió la pretensión a cátedras. Monumenta Paedagogica Societatis Iesu, III, p. 6. Esta prohibición no era exclusiva de los jesuitas ya que los hijos de san Benito o san Francisco, entre otros, también la poseían.
27. Epistolae Hisaniae Societatis Iesu, 1570, f. 102.
28. AUSA 39, f. 46v.
29. Ibíd.
30. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares, Juan Luis Polo Rodríguez y Francisco Javier Alaejo Montes: «Matrículas y grados, siglos XVI-XVIII», en Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares (coord.): Historia de la Universidad de Salamanca. II. Estructuras y flujos. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2006, pp. 607-663.
31. Para completar la evolución, aunque vaya fuera del período de la presente investigación, indicaremos que en 1690-1691 un 95 %, en 1715-1716 un 96,77 % y, finalmente, en el curso 1766-1767 un total de 97,65 %.
32. En todos los casos que observamos en la documentación dichos desajustes, propios de la diversidad temporal en la que eran tomados, han sido tenidos en cuenta a la hora de realizar tales estadísticas. De igual manera, cada una de las cifras ha sido baremada, teniendo presentes otros manuscritos y las movilidades internas propias de la Compañía de Jesús.
33. En una carta fechada en Roma, el 4 de septiembre de 1548 y destinada al padre Araoz, se nos dice: «[…] sobre votos y grados en las vniuersidades, nuestro padre dize que él querría que vniuersalmente que se obseruase que los nuestros no votaren por otros ni tomasen lugares por votos de nadie». MHSI, Epistolae et instructiones (Epp. Ign), II, p. 221.
34. Clara Inés Ramírez González: La Universidad de Salamanca en el siglo XVI: corporación académica y poderes eclesiásticos, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2002, pp. 181-187.
35. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco…, II, p. 701.
36. AUSA 471, f. 1r.
37. Ibíd., f. 1v.
38. Ibíd., f. 11v.
39. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: Universidad Salmantina del Barroco…, III, p. 78.
40. Incluso, en el caso de la Compañía, encontramos en los años 1598-1599 (cf. AUSA 311, f. 13v), 1599-1600 (cf. AUSA 312, f. 8v), 1612-1613 (cf. AUSA 320 ff. 15v-16r), 1620-1621 (cf. AUSA 328, f. 10v), 1632-1633 (Cf. AUSA 340, f. 5v), 1641-1642 (cf. AUSA 349, f. 8r), 1644-1645 (cf. AUSA 352, f. 7r-v), 1645-1646 (cf. AUSA 353, f. 6r), entre otros, la mención sobre el curso al cual corresponde dicha matrícula. Para profundizar sobre esta particularidad, Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco…, III, p. 79.
41. Por ejemplo, el AUSA 335 comienza en el folio veintiséis con los estudiantes y bachilleres de la Facultad de Cánones.
42. El doctor Rodríguez-San Pedro lo presenta y contextualiza para el período que transcurre entre 1598 y 1625 (Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La Universidad Salmantina del Barroco…, III, pp. 106-177). Con posterioridad la doctora Ramírez González hizo lo propio para 1555-1606 (cf. Ramírez González, Clara Inés: La Universidad de Salamanca en el siglo XVI…, op. cit., pp. 394-395).
43. De igual manera, aunque vaya más allá del marco temporal de esta investigación, cabe señalar que, en el curso 1763-1764, la Compañía de Jesús no realizó matrícula; la importancia de este dato se debe a que corresponde a la única vez anterior a la expulsión en que se produce esta salvedad desde que fueron incorporados en 1570.
44. Las cátedras de propiedad de la Compañía de Jesús en la Universidad de Salamanca son otorgadas el 10 de enero de 1668; tema sobre el cual profundizaremos más adelante.
45. Biblioteca General Histórica (BG). Universidad de Salamanca (USAL). Manuscrito (Ms.). 576, f. 7v.
46. «Por espacio de un mes, antes de Spíritu Santo, no hubo lección en Escuelas a causa de estar ocupadas con las prevenciones del túmulo y, porque los hermanos no careciesen de ellas, prosiguieron los dos padres lectores en casa, y acudieron también a oyrles los seglares sin reparo alguno». BG. USAL. Ms. 576, f. 120v.
47. RAH. Ms. 9-3780/32, s. f.
48. BG. USAL. Ms. 576, ff. 17v-18r.
49. Constituciones, 440.
50. Referencia tomada del 19 de febrero de 1624, cf. BG. USAL. Ms. 576, f. 53r.
51. BG. USAL. Ms. 159 ff. 130r-131v.
52. RAH. Ms. 9-3780/32, s. f.
53. BG. USAL. Ms. 576, f. 103v.
54. Ibíd., f. 105v.
55. José Simón Díaz: Historia del Colegio Imperial de Madrid, I, CSIC, Madrid, 1952, pp. 33-43.
56. Archivo Privado. Memorial del hecho del pleito que está visto en el conseio en el grado de la segunda suplicación de la ley de Segouia, entre los señores testamentarios de la magestad católica y cesárea de la señora emperatiz doña María y sus criados con el Colegio Imperial de la Compañía de Iesús desta villa de Madrid (1627).
57. AUSA. PV. 28/12, f. 251.
58. Referencia tomada del 17 de octubre de 1627, cf. BG. USAL. Ms. 576, f. 103v.
59. BG. USAL. Ms. 576, f. 104r.
60. Ibíd.
61. Ibíd., f. 106r.
62. Ibíd., f. 107r.
63. Cf. RAH. Ms. 9-3780/32, s. f.
64. En la carta de Antonio de Córdoba a Ignacio de Loyola, fechada en Salamanca a 29 de diciembre de 1554 localizamos lo siguiente: «[…] algunos maestros acuden a nuestras Conclusiones, que sustentan cada quince días, y van admirados de lo bien que se haze, y alauan la diligencia en el disputar, y admíranse de la molestia con que los hermanos lo hacen; en special el maestro fray Pedro de Sotomayor, que lee la cáthedra de Vísperas, que, hauiendo estado en vnas Conclusiones, fue a Sant Steuan diciendo, que venía espantado de nuestro collegio; que pensó que eran ceremonia nuestros studios, y que auía visto que entendía la doctrina de santo Thomás los hermanos, mejor que sus frayles, y que la tratauan con más modestia […]». MHSI, Epp., Mixtae, IV, p. 486.
65. Un ejemplo es el de 1649, cf. BG. USAL. Ms. 577, f. 96r.
66. BG. USAL. Ms. 577, f. 67r.
67. Ibíd., f. 62r.
68. Ibíd., Ms. 578, f. 11v.
69. Archivo Histórico del Santuario de Loyola (AHL). Colegio. Legajo (Leg.). 60. N.º 2d.
70. Para ver la repercusión que poseía la existencia de cátedras de propiedad de la Orden véase Luis E. Rodríguez-San Pedro Bezares y Juan Luis Polo Rodríguez: «Cátedras y catedráticos: grupos de poder y promoción, siglos XVI-XVIII», en Luis E. Rodríguez-San Pedro Bezares (coord.): Historia de la Universidad de Salamanca. II. Estructuras y flujos, Ediciones Universidad de Salamanca, 2006, pp. 767-801.
71. Benigno Hernández Montes: «Colegio de la Compañía de Jesús. Estado de la cuestión, trayectoria histórica y proyecciones», en Manuel Fernández Álvarez (dir.): La Universidad de Salamanca. I Trayectoria histórica y Proyecciones, Universidad de Salamanca, Salamanca, 1989, p. 402.
72. Cf. AUSA. 2108/13.
73. Creada el 31 de diciembre de 1720 por don Francisco Pereas, arzobispo de Granada, cf. Archivo Histórico Nacional de Madrid (AHN). Clero-Jesuitas. Leg. 291. N.º 1.
74. ARSI. Fondo del Gesù 203/4. N.º 45, s. f.
75. BG. USAL. Ms. 578, f. 47v.
76. AUSA. 2108/13, f. 30v.
77. Ibíd., f. 50r.
78. Ibíd., f. 50v.
79. Ibíd., f. 31v.
80. Ibíd., f. 51v.
81. BG. USAL. Ms. 376, ff. 271r-271v.
82. Ibíd., Ms. 578, ff. 396r-397r.
DENTRO DE LA GUERRA
LAS UNIVERSIDADES SICILIANAS Y EL PRIMER CONFLICTO MUNDIAL
DANIELA NOVARESE
Università degli Studi di Messina
EL SUR Y LA GRAN GUERRA: UNA HISTORIA DE LUGARES COMUNES1
En los días que siguieron a la emoción de las «espléndidas jornadas», que caracterizaron la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, el Corriere della Sera del 24 de mayo de 2015, al describir el «escenario de la guerra», informaba de que las operaciones militares se referían especialmente «al Trentino, al Cadore, a la Carnia, y al valle del Isonzo».2
Además, teniendo en cuenta que el periódico más famoso y de mayor difusión del país situaba el desarrollo de las acciones armadas en el noroeste, no sorprende que, en el imaginario colectivo, esos kilómetros de trincheras en las que los días transcurrían interminables, como narra Emilio Lussu en Un anno sull’altipiano, hayan constituido el escenario representativo de la Gran Guerra en Italia. Y precisamente la altiplanicie que Lussu, claro intervencionista, encontraba «insoportable» ya desde finales de mayo de 1916 se transmitiría a la memoria de la posteridad como lugar fundamental de ese primer conflicto mundial.
El historiador Alberto M. Banti ha afirmado que la Gran Guerra ha representado en los últimos treinta años «uno de los arsenales de obras históricas más ricos e interesantes, tanto por las interpretaciones que ofrece como por las elaboraciones metodológicas que propone».3
Sin duda, ese arsenal se ha enriquecido recientemente, gracias a los múltiples actos del centenario, merecedores de haber tratado fuentes, enfoques y narraciones diferentes del panorama historiográfico y de interpretaciones más tradicionales.4
Si hasta hace un año solo era posible encontrar escasas referencias, por ejemplo, de países que permanecieron al margen de la guerra, como España,5 esas celebraciones provocaron el nacimiento de un conjunto de escritos con la intención de señalar cómo, aun fuera del escenario bélico con todo su significado, los efectos de la fractura producida por la Gran Guerra, evidentes en «el largo siglo XIX»,6 y de sus códigos (culturales, políticos, sociales, de comportamiento, económicos) influyeron también en esos ordenamientos considerados neutrales.
Con relación a Italia, que decidió entrar en la guerra casi un año después del estallido de las hostilidades, en mayo de 1915 junto a la Entente, las iniciativas fuera del centenario afectaron a la imagen tradicional de un país en el que guerra y altiplanicie han representado un binomio inseparable, destacando quizá por primera vez la implicación, aunque con modalidades diferentes, de otras zonas geográficas de la nación, sobre todo de la participación del sur de Italia.7
Al respecto, hay que recordar otro dato reciente acerca del elevado número de insumisos en Sicilia, considerada desde siempre un «refugio peligroso de rebeldes y desertores»,8 y que según análisis minuciosos de los datos aportados por el Ministerio de la Guerra, por lo menos parcialmente, explicaría el fenómeno de la emigración masiva que entre finales del siglo XIX y principios del XX caracterizaba a las regiones del sur de Italia, con la problemática de localizar a los emigrantes.9 Este hecho llevaría al presidente del Gobierno, Vittorio Emanuele Orlando, acabada la guerra, a promover una amnistía a favor de quienes no se habían presentado al reclutamiento por haber sido deportados.
Por otra parte, ya a finales de los años sesenta del siglo pasado, Piero Melograni señalaba, «en cuanto a la noticia de la rendición de los tres regimientos sicilianos», en los días difíciles de Caporetto, que el propio general Cadorna reconocía «en las cartas a sus familiares que esa había sido exagerada por algunos mandos militares para ocultar sus responsabilidades».10
Lo mismo puede decirse acerca de la actitud con la que durante bastante tiempo la historiografía italiana ha subrayado «los escasos enfrentamientos políticos entre intervencionistas y neutralistas en el Mezzogiorno, y en particular en Sicilia», mientras que recientemente se ha señalado cómo «el debate sobre la guerra contribuyó no poco a redefinir el escenario político de la isla».11
En particular, refiriéndose a Sicilia, de las regiones italianas la más lejana del Trentino, del Cador, de la Carnia y del valle del Isonzo, nuevas investigaciones han destacado cómo la isla, con sus casi 53.000 caídos y 250.000 entre heridos y mutilados, pagó un precio muy alto en cuanto a vidas humanas, rotas, durante la Gran Guerra, lo que desmiente una vez más el estereotipo de un sur poco implicado en aquella tragedia.
Por otro lado, ese conflicto no sería solamente un peso en la vida diaria de todas las comunidades sicilianas grandes y pequeñas, que esperaban ansiosas el regreso de esos 440.000 hombres llamados a filas y que marcharon a ese altiplano remoto, si bien menos distante de la isla de lo que se suele creer.
Por ejemplo, el estrecho de Messina, con sus tropas costeras ocupadas en la acción contra los sumergibles alemanes, con Real Decreto del 14 de septiembre de 1917, n. 1511, se convertía realmente en un frente de guerra, pues declaraba en «estado de guerra el territorio de los alrededores de Messina y de Reggio Calabria», y transformaba así la isla en «una frontera sin trincheras»:12 no es casualidad que en ese brazo de mar se contaran miles de muertos, particularmente en el bienio 1917-1918.13
Además, la presencia de campos de prisioneros en la parte suroriental de la región, que acogieron a miles de presos, especialmente austriacos y húngaros, determinó una imagen posterior y poco conocida de la Sicilia «zona de guerra».14
Entre las líneas de investigación que han propuesto nuevos elementos de reflexión no podía faltar una mirada al mundo universitario.
Han sido numerosas las ocasiones en las que se ha tratado de reconstruir la compleja situación de las universidades italianas y del apoyo que dieron a la Gran Guerra. Un contexto rico en matices en el que se mezclan motivos como el de la «espera» de la guerra en los intelectuales italianos y, al mismo tiempo, la desaparición de la koiné científica y literaria europea, que Giulio Cianferotti ha reconstruido cuando se refiere a las relaciones entre universidades italianas y alemanas tras la declaración de guerra a Alemania.15
Exaltada ya como «escuela de energía nacional»,16 ya como fragua de «artes et arma»,17 considerada por el régimen fascista un lugar de entrenamiento para «miles de militares de los pelotones»,18 en general, la Universidad italiana apoyaba, convencida, el esfuerzo bélico del país.
Las tres universidades sicilianas también se unieron a lo que el mundo académico percibía como una misión. Aunque con formas y rechazos diferentes, condicionadas por contextos para nada diversos, como los ofrecidos por Palermo, Catania y Messina a finales de la era giolittiana, esas universidades se propondrían y se verían, al igual que otras universidades italianas, como lugares «de referencia de la propaganda intervencionista» (si bien no faltaron opiniones contrarias a la intervención), para asumir al final de las hostilidades la función de espacios privilegiados de la memoria, del culto de una juventud heroica y de sus maestros, y que a aquellas aulas jamás regresarían.
Las tres universidades sicilianas se hallaron totalmente «dentro de la guerra»,19 como indica el título de mi intervención, y en el clima que se respiraba en el país no solo buscaron y dieron su tributo de muertos, sino también su apoyo ideológico al esfuerzo militar y a la conclusión de la unificación italiana.20
Sin embargo, no faltaron en la isla, como en otras partes, voces discordantes. Coherentes o contradictorios, no fueron ni pocos ni insignificantes los itinerarios de quienes se alejaron de la retórica demasiado fácil de apoyo a la nación, o llegaron en un momento posterior, después de haber sacrificado en el altar de la patria vocaciones culturales y convicciones políticas.
Así pues, trataré de reconstruir aquí algunos itinerarios tras los que se intuye un mundo complejo de motivos que ponen difícil establecer un límite claro entre las razones del intervencionismo y las del neutralismo,21 precisamente para indicar la gama de matices y de posiciones manifestadas, y los daños que el país sufrió entonces, dentro y fuera de las aulas universitarias.
PALERMO: GOLIARDIA Y CIENCIA PARA APOYAR A LA GRAN GUERRA
Stamane, celebrandosi un servizio religioso nella chiesa evangelica […] pel compleanno dell’imperatore di Germania, gli studenti universitari, in numero di 300, si riunirono nell’atrio dell’Università. Al cancello era affissa la scritta «oggi festeggia il compleanno il sacrificatore della umanità». Gli studenti, dopo bruciate alcune bandiere, dai colori germanici, fischiarono all’imperatore e all’Austria, cantando in coro l’inno di Garibaldi, di Mameli e la Marsigliese. Poco dopo tentarono di uscire, in corteo, all’Università, ma ne furono impediti dai cordoni dei militari dell’arma e guardie di città.22
Así, un informe de la prefectura de Palermo, uno de los muchos de ese periodo, registraba la participación de los estudiantes universitarios en las manifestaciones antialemanas y antiaustriacas del 27 de enero de 1915. En Palermo, donde se habían concentrado las manifestaciones más significativas que habían tenido lugar en la isla,23 el clima incandescente que estalló en las «espléndidas jornadas» de mayo había servido como telón de fondo a un contexto académico en el que se había pasado del Gobierno de la academia representado por Federico Raffaele, catedrático de Anatomía Comparada y Zoología, cercano al grupo de Coenobium24 –la revista de Lugano fundada en 1906 por Enrico Bignami y Arcangelo Ghisleri, y rector desde 1911 a 1914–, al del profesor de Historia Antigua Gaetano Mario Columba, que dirigió la Universidad25 durante todo el conflicto armado, comprometido en numerosas actividades colaterales a la acción bélica.26
Ya con ocasión de la inauguración del curso académico 1914-15, el rector Columba había pronunciado un discurso en el que se notaba su inquietud al constatar que:
L’Europa è sconvolta da una guerra di cui non si è vista mai l’eguale. Dalle rive della Vistola a quelle della Marna scorre in copia il sangue umano. L’Italia, nell’immane conflitto, ha potuto tenersi in disparte, seguendo i suoi diritti senza venir meno ad alcuno dei suoi doveri. Ma noi non sappiamo che cosa prepari l’incerto domani.27
Las preocupaciones de Columba se harían realidad al poco tiempo. De hecho, algún mes después, la situación empeoraría y los disturbios callejeros, también en Sicilia, marcarían el final de la actitud de espera de la clase política italiana.
En Palermo, durante los enfrentamientos que caracterizaron las «espléndidas jornadas», casi 20.000 personas, atravesando el casco antiguo de la ciudad, llegaron a la entrada de la Universidad, donde Benedetto Migliore, periodista y crítico literario, daba un apasionado discurso.
Giovanni Alfredo Cesareo, profesor de Literatura Italiana y uno de los primeros intervencionistas28 recordaría ese momento con estas palabras:
Un sole velato di maggio del 1915; la città animata di gente […] di qua e di là […] una duplice siepe aerea di bandiere nazionali […] E davanti questa nostra Università si formava il corteo degli studenti, serii, disciplinati, giocondi, e pur consapevoli dell’improvvisa responsabilità che già pesava su di loro. C’era un comizio in piazza delle Croci. Il governo, incerto d’interpretare la volontà della Nazione, dichiarando la guerra, aveva chiesto una manifestazione collettiva che giustificasse e sorreggesse il suo atto. E Palermo si accingeva a rispondere, in nome della Sicilia.29
Las fuentes disponibles subrayan la masiva participación de los estudiantes palermitanos en esos eventos, pero era en las aulas de la Universidad donde el profesorado analizaba conscientemente los ritmos de una universidad en guerra, a pesar de que no faltaban estudiosos, como el catedrático de pedagogía Giovan Antonio Colozza, el romanista Salvatore Riccobono y Federico Raffaele, que se unían al grupo identificado con el neutralismo de la revista de Enrico Bignami.30
Así, Erminio Troilo, catedrático de Historia de la Filosofía, pronunciaba un discurso titulado La Filosofia e la Guerra, con ocasión de la ceremonia de apertura del curso académico 1915-16. Al año siguiente, el filósofo del derecho Vincenzo Miceli daría una conferencia sobre La filosofia della pace, y si en 1917-18 no tenía lugar la ceremonia, el curso 1918-19 lo inauguraría Giuseppe Oddo con un discurso sobre La chimica nella guerra e nel dopoguerra, en el que, considerando la indudable calidad de la industria química alemana, se preveía una fuerte recuperación económica del país vencido. Bastante distinta era la opinión expresada acerca de la industria química italiana, despreciada a causa de estar constituida por «…reventas de mercancía retirada del extranjero».31
La identificación de esos profesores y de esos asuntos demuestra ser el fruto de una estrategia inteligente para indicar el papel que Palermo y su universidad, en sintonía con el rector Columba, querían desempeñar tanto en el contexto siciliano como nacional, en aquel trágico momento.
No es casual que precisamente un grupo de docentes de materias filosóficas de esa universidad (Miceli, Troilo, Colozza, Guastella, Orestano), en las páginas de la Rivista di Filosofia de 1915, hiciera «un llamamiento muy noble […] a sus colegas italianos ante la inminente participación de Italia en la gran guerra para la defensa de su derecho y la preparación de una Europa más civilizada y más libre».32
En cuanto a Giuseppe Oddo, representante de relieve de la ilustre escuela química palermitana fundada por Stanislao Cannizzaro, su situación demuestra la laceración que produjo la Gran Guerra en muchos intelectuales italianos. Ya se ha mencionado la admiración expresada por ese estudioso sobre la industria química alemana con ocasión de la inauguración del curso 1918-19, acabada la guerra, cuando en el tiempo el restablecimiento de las relaciones entre los diferentes países volvería a establecer la koinè científica europea y a dar fuerza a esos paradigmas científicos internacionales, que el conflicto había destruido en nombre del principio que anteponía el espacio limitado de la nacionalidad al de la pertenencia a la comunidad internacional de científicos, bastante más amplio.33
De hecho, ya en septiembre de 1915 Oddo había denunciado la total dependencia de la química italiana de la alemana, y con una carta al ministro había pedido el despido de la Commissione per i Gas Asfissianti, ya que estaba dominada por germanófilos. Respecto a Emanuele Paternò, alumno de Cannizzaro y maestro del propio Oddo, este último afirmaba que «viéndose cada día más rodeado de alemanes, él también buscó un apoyo alemán y creyó hallarlo en el germano-catanés Peratoner».34
En esos años, Oddo se había comprometido seriamente a contribuir de forma concreta a la movilización y ha enviado al Ministerio de la Guerra una serie de propuestas sobre medios de defensa y de ofensiva como dotación a nuestros soldados. Igualmente lo haría Emanuele Paternò, presidente de la Commissione per i Gas Asfissianti y fundador de la Gazzetta Chimica Italiana, contrario al conflicto pero que, junto a otros «después de la entrada de Italia en la guerra», participaría «activamente en la movilización científica del país».35 Una orientación y un itinerario similar caracterizarían también las decisiones tomadas por Emanuele Olivieri Mandalà, famoso por sus investigaciones sobre los gases asfixiantes, en servicio como oficial de ingenieros.
En definitiva, la Universidad de Palermo expresaba su compromiso a favor del conflicto en un contexto urbano en el que el estallido de la Gran Guerra parecía volver a impulsar una economía desde hacía tiempo débil, como lo demuestra la patente de un camión para el transporte de municiones y víveres en las carreteras de montaña, obtenida en 1916 precisamente en Palermo y usada con éxito en esa circunstancia, y donde los importantes pedidos de ácido cítrico empleado como desinfectante hacían que la fábrica de Arenella trabajara a tope.36
CATANIA, UNA UNIVERSIDAD PREPARADA PARA LA GUERRA
Al observar en esos años la realidad de la Universidad de Catania, la universidad siciliana37 más antigua, se constata que esa institución desde el principio y por diversos motivos desempeñaba un papel determinante dentro del espacio urbano, proponiéndose como «centro de agregación para las muchas almas de la lucha etnea».38
De hecho la Universidad se mostraba como «plataforma virtuosa capaz de gestionar la movilización […] distinguiéndose así el epicentro político –antes que cultural– de una ciudad lejos del conflicto, pero no por ello sin interés por su destino».39
En un informe de abril de 1915 enviado al presidente Salandra, como ministro de Interior, el prefecto Minervini escribía: subrayando, además para Sicilia, un apoyo a la guerra preferentemente burgués o medio burgués.
Mi pare potersi affermare che lo spirito pubblico, in questa provincia, non sia sinceramente e ponderatamente favorevole ad un’entrata in guerra del nostro paese. Una guerra per assicurare i futuri destini della Patria […] qui non è generalmente compresa dalle masse. Esse si commuoverebbero, se qualche potenza straniera minacciasse l’integrità della patria o la vilipendesse. Ma una guerra, dirò così, per misura preventiva, non le appassiona.40
El final de la década giolittiana coincidía para Catania con el final del empuje fuertemente innovador que el alcalde Giuseppe De Felice Giuffrida había sabido dar a la Administración local, a partir de 1902.41 La parábola política del primer ciudadano, exponente de relieve de la democracia cristiana siciliana y nacional, luego partidario de la empresa en Libia y de la intervención en la guerra, parecía coincidir con el itinerario emprendido por la universidad de la ciudad, y si después de las «espléndidas jornadas» el prefecto Minervini señalaba con prudencia la tímida actitud de las masas, en cambio la Universidad se mostraba, desde el principio, ciertamente a favor de la intervención.
Un personaje clave, capaz de gestionar e interpretar la función que desempeñaba en aquellas circunstancias el antiguo Siculorum Gymnasium, era el rector Giuseppe Majorana, representante de una verdadera dinastía, cuyo tiempo lo ocupaba entre «academia, foro y poder político».42
A propósito del relevo de Vadalà Papale con Majorana para dirigir la Universidad de Catania, Corrado Dollo ha señalado cómo ello implicaba una nueva configuración de los equilibrios anteriores, incluso académicos:
prima Vadalà Papale e poi Giuseppe Majorana» –ha scritto lo studioso– «diventano Magnifici, e non è a dire che l’involuzione, nel primo, non fosse abbastanza visibile: bisogna essere forti «per vivere e vincere», diceva, nel mentre ricordava «le epiche lotte delle regioni italiane dell’Istria per avere una università italiana». Ma l’appello alla pubblica opinione e il cauto ricorso all’inventario della topica nazionalista è nulla se si paragona con l’atteggiamento di Giuseppe Majorana, rettore durante gli anni della prima guerra mondiale […].43
En 1890 Majorana, profesor de Estadística en Messina, se trasladaría a Catania, su ciudad natal, donde desarrollaría su vida profesional.44 En 1894 pasaba a la cátedra de Economía Política, hasta entonces ocupada por su padre, Salvatore. Decano durante dos mandatos de la Facultad de Derecho, Majorana dirigiría sin interrupción la Universidad de Catania entre 1911 y 1919, motivado por un fuerte sentimiento de pertenencia a la institución universitaria.45
Durante los años del conflicto, primero demostró ser firme partidario de la agresión a Libia y luego ferviente intervencionista, además de presidente de un Comitato di resistenza civile (junto al prefecto Bonomo y al alcalde Sapuppo), creado en febrero de 1917 para vigilar la difusión de noticias falsas sobre el desarrollo de la guerra.46
En torno al rector Majorana se concentraban, concretamente, todos los miembros de la Universidad de Catania, y no es una casualidad la circunstancia del reclutamiento de 30 docentes y 46 unidades del personal técnico administrativo. Entre los estudiantes resultaba alistado el 60 % de los matriculados en el curso 1915-16, y casi el 80 % de los del curso siguiente, cómplice en parte, una actitud de apertura de las autoridades académicas hacia los estudiantes soldados.47
Sin embargo, es indudable que esos jóvenes que marcharon al frente voluntariamente conocieron dentro de las aulas universitarias una continua llamada a la guerra. De hecho no deja de sorprender la centralidad que el conflicto había asumido en la vida de esa universidad, no solo en las intervenciones de su rector, sino también en los discursos inaugurales, en las conferencias y en otros discursos celebrados en el aula magna de la Universidad en aquellos años. Sirvan de ejemplos el Discorso del profesor Francesco Saverio Giardina Sulla Tripolitania, en 1911-12, y el leído por el internacionalista Eduardo Cimbali, en junio de 1915, sobre I miei quattordici anni di campagna contro la triplice alleanza. La sospirata nostra guerra santa.
L’arte di dopo la guerra es el título del discurso de inauguración del curso académico 1915-16, del docente de Arquitectura Francesco Fichera, y de Inutilità, calamità ed ipocrisia del presente diritto internazionale in pace e in guerra hablaba Eduardo Cimbali en 1915. Con una lección titulada La pace antipacificatrice dei socialisti ufficiali e la pace pacificatrice del nuovo diritto internazionale, Cimbali inauguraría el curso académico 1916-17.48
El itinerario de Eduardo Cimbali, cuya actividad de conferenciante en esos años es frenética, indicaba el paso del rechazo absoluto de la guerra a posiciones totalmente opuestas. Aunque en abril de 1912, o sea, en medio de la agresión a Libia, Cimbali seguía promoviendo la fundación de la Società Universale dei Diritti d’Indipendenza, per la Libertà la Giustizia, la Pace e il Disarmo, sus convicciones necesitaban experimentar una evolución repentina al estallar la Gran Guerra, de manera que el ferviente neutralista se transformaba en un animado intervencionista.49
Del intervencionismo al fascismo el paso sería breve y, precisamente en Catania, Cimbali fundaría en octubre de 1919 la primera organización fascista siciliana, el Fascio dei Combattenti Universitari ed ex Universitari.
En cambio, muy diferente era el itinerario de Achille Pellizzari, pugliese, docente de literatura italiana en Catania entre 1915 y 1919. Durante los años de su magisterio en esta ciudad, Pellizzari, futuro partisano Poe, antifascista, medalla de plata al valor militar y diputado en la constituyente,50 era considerado un sujeto peligroso y gran parte de la comunidad académica51 lo miraba con recelo. Su caso, que debía convertirse en asunto nacional, estaba relacionado con su posición bastante crítica, en 1917, sobre las ayudas para favorecer a los estudiantes militares, respecto a las que Pellizzari había enviado una carta abierta al ministro de Educación Agostino Berenini. Diferentes artículos publicados por Pellizzari en las páginas del Giornale d’Italia, entre 1917 y 1918, posteriormente se reunirían en un librito caracterizado por su sagaz ironía y por su título emblemático, L’Ignoranza obbligatoria, editado en Bolonia en 1920.52
En un artículo titulado «Gli studenti soldati», el profesor de literatura italiana, aun declarando abiertamente su «simpatía más conmovedora» hacia los jóvenes universitarios en el frente, al igual que para los otros combatientes, rechazaba admitir cualquier «equivalencia entre heroismo y cultura».53 En la inevitable bagarre que se producía, a Pellizzari lo calificaban de desertor, yerno indigno de ese Guido Mazzoni, docente de literatura italiana en Padua y en Florencia, que por sentimientos irrendentistas e intervencionistas había solicitado y obtenido su reclutamiento como voluntario, por lo que mereció nada menos que dos cruces de guerra.54
Destinatario de todo tipo de calificativos, además de cartas anónimas,55 Pellizzari, trabajando junto a un grupo de estudiantes de distintas facultades de la Universidad de Catania, desarrollaba un proyecto de ley a favor de los estudiantes militares,56 antes de dejar en 1919 la ciudad del Etna.
El asunto podía dividir la Universidad de Catania, que hasta ese momento el rector Majorana había conseguido presentar como una institución unida y firme en su papel de luz defensora de la guerra y de la patria. La «calma» en la Universidad, según se ha escrito recientemente, volvía «solo en los meses siguientes, con el eco de las noticias del frente».57
MESSINA, UNA UNIVERSIDAD EN CRISIS, ENTRE TERREMOTO Y GRAN GUERRA
A diferencia de las universidades de Palermo y de Catania, la Universidad de Messina se preparaba para enfrentarse a la guerra, junto con la ciudad, en condiciones precarias.
Ante el estallido inminente de la Primera Guerra Mundial, la ciudad del Estrecho mostraba de manera evidente las heridas abiertas provocadas por el desastroso seísmo de 1908 y por los atrasos que caracterizaban por distintos motivos su reconstrucción. En una realidad urbana que había perdido casi el 40 % de sus habitantes, la Universidad había pagado con el terremoto nada menos que un tributo de 29 profesores, 12 empleados y un número impreciso de estudiantes.58
A pesar del contexto bastante difícil, la Universidad había continuado su propia actividad en estructuras precarias, después de que en 1913 se decidiera derribar el antiguo edificio de los jesuitas, sede de la Universidad, que había sufrido daños a causa del seísmo.59
A aquella sede llegaba el joven Piero Calamandrei, para volverse a marchar al frente, como voluntario, apenas nombrado catedrático de Derecho Procesal Civil en Messina.60 Movido por un «purísimo espíritu mazziniano de origen risorgimentale […] ahora convertido en pasión irredentista»,61 renunciaría a estar exento del reclutamiento que le consentía su fuerte miopía.
También el romano Adolfo Marco Ravà, que llegó en octubre de 1911 a la ciudad del Estrecho como profesor de filosofía del derecho,62 se hallaba frente a una ciudad en ruinas. En el diario local L’Avvenire, Ravà publicó en noviembre de 1914 un artículo, «Germania e libertà», donde «la actitud neutral presentaba una connotación característica: la germanofilia».63
Las reflexiones expresadas por Ravà en el periódico de Messina representaban la coherente consecuencia de la adhesión, compartida por otros profesores universitarios italianos, al llamamiento lanzado el 27 de septiembre de 1914, en el Giornale d’Italia, por el arqueólogo Richard Delbruck, que invitaba «a suspender la opinión sobre la noticia del bombardeo alemán de la catedral de Reims, hasta no haber recogido documentos ciertos».64 A pesar de que formara parte del grupo romano de los militantes neutrales» pro Italia nostra, animado por De Lollis, Croce, Jemolo e Chiovenda, al estallar la Gran Guerra Ravà se alistaría y obtendría una «cruz al mérito y otras condecoraciones»,65 siguiendo la visión que el propio Croce, en octubre de 1915, había indicado en las páginas de Italia nostra en una nota titulada «Germanofilia».
Aun expresando, de hecho, su neutralidad y la de los intelectuales que se agrupaban en torno a ese periódico, el filósofo napolitano no había dejado de subrayar que «la última decisión correspondía a quien representaba el estado y que con cualquier decisión tomada, todos obedeceríamos y colaboraríamos en la empresa nacional. Y así hicimos».66
El neutralismo germanófilo declarado por Adolfo Ravà en las páginas de L’Avvenire, fundamentalmente unido a la idea de una comunidad europea de estudiosos amenazada por vientos de guerra, no se podía exportar fuera del ámbito exclusivamente universitario e intelectual, teniendo en cuenta, por otra parte, que en septiembre de 1914, durante una demostración improvisada en Messina, se había silbado fuerte contra las embajadas austriaca y alemana.67 Por el contrario, en enero de 1915 los ciudadanos de Messina, especialmente muchos estudiantes,68 aplaudían con entusiasmo la intervención de Cesare Battisti en el Teatro Mastrojeni, único lugar de discusión y de debate sobre temas tan graves en la Messina de las chabolas.69
Un año después de esa conferencia, el haber dedicado una arteria importante del centro de la ciudad del posterremoto al diputado de Trento apenas ajusticiado,70 y siempre en 1916, el haber dado los nombres de Trento y Trieste a dos calles,71 dice mucho del entusiasmo que despertó Battisti y de la madurez del irredentismo en Messina, donde la asociación «a favor de la Italia irredenta» estaba muy enraizada, uniéndose a la tradición democrática post risorgimento.72
También el filósofo Giuseppe Rensi daba un discurso en el Teatro Mastrojeni, Per la mobilitazione civile, en abril de 1918. El estudioso veneto había vivido la experiencia de Caenobium. Rensi sería colaborador y jefe de redacción hasta 1914 de ese periódico, que ya a comienzos de 1913 había abierto una columna significativa con el título «Guerra a la guerra».
Él mismo reconoció más tarde, mientras ejercía su labor como docente de la universidad peloritana hacia 1916, cómo a causa de la guerra había llegado a ser consciente de su total escepticismo. En los Lineamenti di filosofia scettica, publicados en 1919, definiría la guerra como «el inevitable producto y la necesaria expresión sanguinaria del choque de dos razonamientos opuestos […] de dos “evidencias” […] sobre las cuales […] para establecer cuál de ellas es ciertamente el producto de la “síntesis a priori” no hay […] ningún juez».73 Además, Pasquale Coppa Zuccari,74 abrucés, catedrático de Derecho Civil en Messina desde 1911 a 1918,75 se uniría al «comité international pour la ligue des pays neutres», que desde Lugano en agosto de 1914 Bignami publicaba en las páginas de Coenobium.
Aunque entre los docentes de la Universidad de Messina no faltaran opiniones bastante diferentes respecto al momento que el país estaba viviendo, esta no se propuso como sede para la elaboración y la discusión de ideas y de reflexiones. De hecho, era el Teatro Mastrojeni, hacía poco construido de madera, y no la universidad de chabola, la que acogía un ciclo de conferencias sobre la guerra, promovido por el Comitato pro Interessi Nazionali, presidido por el profesor de Oftalmología Sebastiano Tornatola.
Al contrario de lo que ocurría en esos mismos años en Palermo y en Catania, en la universidad peloritana el único discurso inaugural, entre los del periodo 1914-1918, que ya en su título Guerre e civiltà se refería concretamente al conflicto, era el del abrucés Ettore Ciccotti, docente de literatura latina, con ocasión de la apertura del curso académico 1917-18.
En aquella alocución pronunciada justo después de los días terribles de Caporetto, Ciccotti, ferviente socialista y convencido defensor del intervencionismo democráti co,76 consideraba un deber suyo hablar «de la guerra como se habla de una institución de estudios y de enseñanza, para adentrarse en su sentido más profundo y tratar de comprender su trágica función».77 Calamandrei, Ravà, Coppa Zuccari, Rensi y Ciccotti expresaban algunas ideas a favor y en contra de la intervención en la guerra, en un contexto, hay que decirlo, totalmente peculiar respecto al resto del país.
En la reconstrucción de ese asunto de Messina, tras el terremoto de 1908, es necesario tener en cuenta la difusión de un clima cultural de vanguardia que, precisamente en ese escenario de ruinas y sumido en la emoción que provocaban en toda Italia las tremendas consecuencias del seísmo,78 hallaba una gran inspiración.79
En la Messina de las chabolas el fundador del movimiento futurista, Filippo Tommaso Marinetti, tras la guerra italo-turca decidía difundir el programa político futurista en el que se alababan «todas las libertades excepto la de ser villacos, pacifistas, antitalianos».80 Una vez más, fuera de la Universidad, oponiéndose clara y despectivamente a la academia, Marinetti, con su artículo «La guerra elettrica», y con la llamada «Agli studenti futuristi…», publicados en mayo de 1915 en el periódico mesinense La Balza, órgano oficial del futurismo,81 incitaba a la juventud universitaria a superar cualquier división «con un único objetivo: Italia y su guerra contra Austria».82 Palabras que desde la Messina destruida llegarían a los estudiantes de toda Italia.
CARTAS DESDE EL FRENTE. LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS SICILIANOS Y LA GRAN GUERRA
È stato detto […] che alla nostra vittoria tutte le classi sociali hanno contribuito e tutte le armi; ma […] v’è fra tutte le armi una che della guerra ha avuto le maggiori glorie ma anche i maggiori orrori, ed è la fanteria; e vi sono due classi sociali che alla fanteria hanno dato il maggior numero di gregari, e sono da una parte i contadini, che hanno formato i plotoni […] e dall’altra gli studenti, che hanno formato i comandanti dei plotoni… Permettete che questa affermazione sia fatta con orgoglio da me, ufficiale di fanteria e modesto insegnante universitario. Oh, per tre anni l’Università ha mandato su alle trincee un fiotto inesausto di giovinezza, di ardimento, di fede! Li vedevamo arrivare a gruppi, ogni tanto, questi ragazzini […] che la sorte da un giorno all’altro improvvisava guerrieri, comandanti di plotone […] e questi ragazzini […] erano capaci di scavalcare, pochi istanti dopo il loro arrivo, il parapetto della trincea e di guidare saldamente i loro uomini.83
Con estas palabras llenas de emoción Piero Calamandrei recordaría más tarde la contribución de los estudiantes universitarios italianos a la Gran Guerra.
Si, como se ha observado,
La Grande Guerra sembra produrre una «cultura» basata su un incessante gioco di contrasti che non è prodotto solo dal carattere traumatico della guerra in quanto tale ma anche dal fatto che la guerra scardina le coordinate concettuali, linguistiche, narrative e mentali dell’anteguerra,
resaltando la desconexión entre «las expectativas de la guerra y su concreta experiencia»,84 ¿de qué forma influía en los estudiantes sicilianos que estaban en el frente el final de la «inocencia», provocada por el brusco impacto con la realidad de la vida en la trinchera, de la muerte masiva, del sufrimiento, de la brutalidad del conflicto?
¿Cómo vivían esos jóvenes, tras los primeros entusiasmos, el choque con una realidad durísima, la de una guerra real y no soñada, pretendida, buscada, quizá al ritmo insistente y fascinante de palabras libres futuristas dentro y fuera de las aulas universitarias? ¿De qué manera y cuánto sentían la elección del reclutamiento voluntario, el enfrentamiento entre la poderosa retórica de sus maestros y el desprecio diario de la dignidad humana, el frío, el hambre, el aburrimiento, la suciedad, el dolor, el miedo y la muerte?
A las continuas peticiones de una universidad profundamente convencida de su propia misión patriótica, la población estudiantil respondía con la generosa disponibilidad de la juventud, y no es casualidad que incluso en las cartas desde el frente de muchos estudiantes-soldados sicilianos, el recuerdo de esos días, del asistir a las clases, de los profesores, esté presente constantemente.85
Rivedo l’Università che ho lasciato nel novembre del 1915. Qui non c’è più nulla! […] ma anche prima della guerra! Sapessero gli Italiani a quale punto eravamo ridotti! […] Che orrore a tornarci e a ritrovar tali e quali quelle facce, quei musi di scolari, quelle pretese di scienza e di verità! […] Si faceva la guerra da tanto nelle aule in nome di qualcuno! […] A rifare con coscienza quei momenti, quelle ansie, quei dolori ci sarebbe da scrivere le vere pagine della cultura e dell’anima italiana […] Ma gli scolari, i ribelli sono poi partiti per la vera guerra.86
Estas eran las reflexiones que provocaban el choque con la realidad de la trinchera en Luciano Nicastro de Ragusa, estudiante de Filosofía en Catania, que marchó voluntario al frente, y futuro cofundador del periódico futurista La Balza.
Para el joven de Ragusa, el impacto con la guerra tenía que causar dolor, y tras la derrota de Caporetto, escribía:
Mamma, ho il cuore infranto! Dovevo essere proprio io a subire tanto martirio, a vedere proprio quello che ho visto […] c’era puzzo, odore di sangue e terra, zaini, panni, stracci, cartacce, parapetti buttati, ricoveri cascati, mosche, sole, puzzo di orina… Ed io correvo, saltavo, portavo il fazzoletto alle narici; poi si entrò nel terreno smosso voltato dalle granate […] Misi il piede su un fardello pesante che sembrava uno zaino… No! […] era il tronco d’un uomo, senza braccia, con una gamba coperta di terra […].87
«La mia vita» –scriveva Salvatore Serretta– «è molto diversa da quella che conducevo a Palermo ne’ portici dell’Università, in biblioteca o al caffè. Il corpo soffre […] per le fatiche e le privazioni. Eppure adesso mi sento così superiore a quello ch’ero prima, che proverei vergogna, come d’un castigo, se mi costringessero per qualunque ragione, a tornarmene a casa mia, dove pure ci ho la mamma e la sorella che adoro.88
Vincenzo Giuffrida, estudiante de medicina en Catania, y fallecido algunos años después tras haber regresado del frente, maldeciría aquella guerra que había roto para siempre su sueño de llegar a ser médico. En sus cartas, la petición a su familia de una «camisa resistente» y «buenos guantes de lana» para protegerse del frío, y todo el asombro, aunque entre tanto horror, de quien por primera vez veía la nieve.89
«Desde el agujero en el que vivía como un topo»90 Giannino Ferrari, estudiante de la Facultad de Letras enviaba un abrazo a Achille Pellizzari, su profesor de literatura italiana en Catania, uno de los pocos profesores que, como se ha mencionado antes, jamás había escondido «su rechazo a la guerra como solución a las controversias entre los pueblos» y valientemente se había puesto en contra de los favoritismos a los estudiantes militares, aislándose dentro de la Universidad de Catania.
Esa narración de la guerra, en todo caso rechazada, nos permite conocer la experiencia de Giovanni Antonio Di Giacomo (Vann’Antò), de Ragusa, licenciado en Letras en Catania en 1914, futurista y convencido intervencionista, que marchó voluntario en 1916, fue herido en Bainsizza y luego enviado en 1917 al hospital militar de Siracusa para su recuperación. Sin embargo, pronto
i suoi entusiasmi risorgimentali ed irredentistici sarebbero stati messi a dura prova dalla tremenda esperienza della battaglia e della trincea […] ne nacque una sorta di breve diario in francese, Tablettes, dove non c’è alcuna traccia di bellicismo patriottico ma solo l’incubo di un «lieure affreuse de bataille», e la scrittura diventa esplicitamente uno strumento d’evasione, una regressione al gioco infantile.91
DE INSTITUCIONES DENTRO DE LA GUERRA A LUGARES DE CULTO DE LOS HÉROES DE GUERRA. ALGUNAS CONCLUSIONES
Así pues, las tres universidades sicilianas, aunque con diferencias determinadas, además de su historia por sus contextos urbanos muy diferentes, contribuyeron con hombres y apoyo ideológico al primer conflicto mundial.
Esas instituciones fueron conscientes de estar «dentro de la guerra», uniéndose a un conflicto imaginado para completar esa acción del risorgimento de construcción del Estado unitario, que precisamente había nacido en la isla hacía unos cincuenta años: una inclusión marcada por el sacrificio de 258 estudiantes universitarios inmolados por ese ideal y reivindicada posteriormente, en nombre de esas jóvenes vidas aniquiladas, para prevenir nuevos y viejos peligros de que fuera eliminada (Messina)92 o transformada de manera significativa (Catania).93
En cuanto a las convicciones, a las orientaciones expresadas y adquiridas dentro del profesorado, en Sicilia, como en otros lugares, las voces contrarias serían minoritarias y se encontrarían «al final aisladas y abrumadas por el grupo de intervencionistas surgido, sobre todo, en las universidades».94
Al final de la Gran Guerra esas universidades, como las del resto del país, se integrarían sin demasiados problemas en el clima cultural y político transformado, condicionado por el ascenso del fascismo, convirtiéndose en lugares de «culto perenne de la memoria por los gloriosos Caídos»95 y «templo austero de la […] perenne devoción a los héroes»,96 asumiendo la tarea de conservar para siempre, a través de lápidas y monumentos conmemorativos, el recuerdo de sus mártires97 y transmitirlo, junto a los saberes, a las futuras generaciones.
1. Traducción de la Dra. Ana María Bermudo Gonzalez de la Universidad de Messina.
2. Este trabajo representa una reflexión y reelaboración posteriores sobre la relación entre las universidades sicilianas y la Gran Guerra, cuyas primeras ideas aparecen en Novarese: «L’Europa è sconvolta da una guerra di cui non si è mai vista l’eguale. Gli atenei siciliani di fronte al primo conflitto mondiale», en G. P. Brizzi y E. Signori (eds.): Minerva armata. Le università e la Grande guerra, Bolonia, 2017, pp. 109 y ss.; íd.: «Fra interventismo e neutralismo. Le università siciliane e la Grande Guerra», en G. Astuto y A. Nicosia (eds.): La Sicilia e il Mezzogiorno dall’impresa libica alla Grande Guerra, Nápoles, 2017, pp. 243-257.
3. A. M. Banti: Le questioni dell’età contemporanea, Roma-Bari, 2010, ed. digital citada, 2014.
4. Por ejemplo, se ha tenido muy en cuenta la «necesidad de la escritura» determinada por ese acontecimiento, la llamada «iconología del caído» como legitimación posterior de la Gran Guerra mediante la institución del culto de sus héroes, el empleo de un registro lingüístico nuevo e inusual y el tema de la «muerte masiva» percibido por primera vez precisamente en esa ocasión, con un enfoque interdisciplinar en los múltiples problemas relacionados con el tema.
5. El aniversario del estallido del primer conflicto mundial sirvió para promover la publicación de reflexiones acerca de la percepción y los efectos de la Gran Guerra en España. Al respecto pueden consultarse los numerosos artículos de algunas revistas, como el número 18 de Historia y Comunicación (2013) y el 43 de Pasajes (2013-2014). Para una reconstrucción general, véase M. Martorell Linares: «No fue aquello solamente una guerra: fue una revolución»: España y la Primera Guerra Mundial», en Historia y Política, 26, 2011, pp. 17-45.
6. La continuidad entre los siglos XIX y XX, destinada a romperse precisamente con el estallido de la Primera Guerra Mundial, ha llevado a considerar el siglo XX un «siglo breve». Así, E. J. Hobsbawn: Il secolo breve: 1914-1991: l’era dei grandi cataclismi, Milán, 1995. Para puntos de vista diferentes, véase G. Barracloug: Guida alla storia contemporanea, Roma-Bari, 1999, 5.ª ed.
7. Recientemente se le ha quitado importancia al estereotipo de la Gran Guerra como conflicto concretamente «septentrional», poniendo de relieve la implicación del sur y de Sicilia en aquella tragedia. En particular, véanse las observaciones de M. Bonomo y G. Poidomani: L’Italia chiamò. La Sicilia e la Grande Guerra, Roma, 2017.
8. Comentario del general Luigi Cadorna al presidente del Consiglio Paolo Boselli (cfr. P. Melograni: Storia politica della Grande Guerra, 1915-1918, ed. digital citada, Milán, 2015).
9. Sobre esto, cfr. M. Saija y F. Cordaro: «L’emigrazione siciliana nelle Americhe e la Grande Guerra», en La Sicilia e il Mezzogiorno dall’impresa libica alla Grande Guerra, op. cit., pp. 136-146. Véanse las estadísticas en Mobilitazione e smobilitazione degli emigrati italiani in occasione della guerra 1915-1922, Roma, 1923.
10. Melograni: Storia politica della Grande Guerra, op. cit.
11. T. Baris: «Sicilia», en Abbasso la guerra! Neutralisti in piazza alla vigilia della prima Guerra mondiale in Italia, edición de F. Cammarano, Florencia, 2015, p. 589.
12. Así, L. Caminiti: «Una frontiera senza trincee. La mobilitazione civile nella Grande Guerra», en A. Baglio, R. Battaglia, L. Caminiti, M. D’Angelo y S. Fedele (eds.): Da queste sponde sicule che stan di fronte a Scilla. Messina e la Grande Guerra, Messina, 2015, pp. 9 y ss.
13. V. Caruso: Messina nella Prima guerra Mondiale, Messina, 2008, pp. 27-40; ibíd.: Spionaggio e controspionaggio nello Stretto di Messina, en línea: <www.messinaierieoggi.it>, 2008.
14. F. e V. La Ferla: L’ex campo di concentramento di Vittoria, Roma, 1999; A. Tortaro: «Prigionieri degli italiani», en Gli italiani in guerra. Conflitti, identità, memorie dal Risorgimento ai giorni nostri, III, La grande guerra: dall’intervento alla «vittoria mutilata», edición de M. Isnenghi y D. Ceschin, Turín, 2008, pp. 253 y ss.; R. Keglovich: «Prigionieri di guerra ungheresi in Sicilia dopo la prima guerra mondiale», en Verbum, 7I(I), 2005, pp. 293 y ss.
15. G. Cianferotti: 1914. Le Università italiane e la Germania, Bolonia, 2016.
16. M. Moretti: «Essa dev’essere scuola di energia nazionale. Un testo del 1914 sull’Università italiana», en A. Arisi Rota, M. Ferrari, M. Morandi (eds.): Patrioti si diventa. Luoghi e linguaggi di pedagogia patriottica nell’Italia unita, Milán, 2009, pp. 85 y ss.
17. G. Albini: «Artes et arma», en La nostra guerra, Florencia, 1915.
18. B. Mussolini: «All’Ateneo di Padova» (1923), en Opera Omnia, edición de E. e D. Susmel, XIX, Florencia, 4.° rist., 1972, pp. 229-230.
19. Sobre las universidades sicilianas y la Gran Guerra, A. S. Granata: «Forza dello spirito ed arma del pugno. L’Università in trincea», en G. Barone (ed.): Catania e la Grande Guerra. Storia, protagonisti, rappresentazioni, Acireale-Roma, 2014, pp. 55 y ss.; Novarese: «L’Europa è sconvolta da una guerra di cui non si è mai vista l’eguale», op. cit.; íd.: Fra interventismo e neutralismo. Le università siciliane e la Grande Guerra, op. cit.; G. Speciale: La Facoltà di Giurisprudenza di Catania: dal primo Novecento all’avvento del Fascismo, en La Sicilia e il Mezzogiorno dall’impresa libica alla Grande Guerra, op. cit., pp. 258-288; G. Poidomani: «L’Università militante. L’Ateneo di Catania tra colonialismo, Grande Guerra e Fascismo», en Annali di Storia delle Università Italiane, 22(2), 2018, pp. 179-206.
20. Para una interpretación diversa de la gran guerra, V. De Caprariis: Momenti di storia italiana del ‘900, edición de G. Buttà, Messina, 1988.
21. Para las posiciones asumidas en la isla a favor y en contra de la guerra, cfr. C. Mancuso: «Abbasso l’Austria! Abbasso Giolitti!. Il “maggio radioso” in Sicilia», en Zapruder, 32, 2013, pp. 106 y ss.; Baris: «Sicilia», op. cit., pp. 589 y ss.
22. Así se lee en un informe de la Prefectura de Palermo, recordado en R. Raspaglieri: «Giovanni Colonna di Cesarò, diario della neutralità», en Intrasformazione. Rivista di storia delle idee, 3(2), 2014, pp. 18-30, en línea: <http://www.intrasformazione.it>.
23. Mancuso: «Abbasso l’Austria! Abbasso Giolitti!», op. cit., pp. 106 y ss.; Baris: «Sicilia», op. cit., pp. 589 y ss.
24. Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 121.
25. Para una reconstrucción de los asuntos de la Universidad de Palermo, la última que se fundó en Sicilia (1806), cfr. O. Cancila: Storia dell’Università di Palermo dalle origini al 1860, Roma-Bari 2006.
26. P. Treves: «Columba, Gaetano Mario», en Dizionario Biografico degli Italiani, 27, 1982, ad vocem.
27. Allí, donde se subraya el compromiso concreto del rector de la Universidad palermitana, como presidente de la oficina de asistencia jurídica gratuita a las familias necesitadas de quienes fueron llamados a filas (a partir de 1916), y también presidente de la comisión provincial para el servicio de voluntariado civil.
28. «El estallido de la Guerra Mundial encontró en C. un claro partidario con los versos I canti armati (publicados en “Nuova Antologia” en 1915, luego integrados en Canti di Pan, Bolonia 1920), llevando los conceptos de heroísmo y de superhombre a niveles muy exagerados. Pero la muerte de su hijo Ugo, ocurrida en un accidente durante el entrenamiento militar, el 15 de febrero de 1918, causó en C. un repentino encerrarse en su angustia interior. La siguiente colección, o sea I canti di Pan, fue una señal de estas dos tendencias existenciales opuestas, la de la euforia belicista y la del dolor paterno: al inicio del libro la misma figura del dios Pan, recuerdo dannunziano, es símbolo del contraste entre los instintos y la malinconía decadente» (F. Muzzoioli: «Cesareo, Giovanni Alfredo», en Dizionario Biografico degli Italiani, 24, 1986, ad vocem).
29. Annuario della R. Università di Palermo, curso académico 1925-1926, Palermo, 1926, p. 12.
30. Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 121.
31. R. Noto: «Giuseppe Oddo», en Bollettino dell’Accademia Gioenia di Scienze Naturali, 371, 2010, pp. 51 y ss.
32. M. A. Rancadore y M. Portale: «La “Rivista di Filosofia” (1909-1926), organo della Società Filosofica Italiana», en P. Di Giovanni (ed.): Un secolo di filosofia italiana attraverso le riviste 1870-1960, Milán, 2012, p. 168.
33. Sobre esto Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 131.
34. Ibíd., pp. 137-138.
35. Ibíd., 138, n. 138.
36. O. Cancila: Storia dell’industria in Sicilia, Roma-Bari, 1995, pp. 297 y ss.
37. El Siculorum Gymnasium etneo había sido fundado por Alfonso el Magnánimo en 1434.
38. Así, en Granata: «Forza dello spirito…», op. cit., p. 56.
39. Ibíd., p. 57.
40. El informe respondía «a la petición del jefe de la Policía, que hizo llegar de forma reservada a todas las prefecturas, sobre la actitud de las distintas clases sociales respecto a la posibilidad que Italia participara en una guerra». El fragmento se puede leer en L. Chiara: «La Sicilia e la modernizzazione incompiuta (1880-1960)», en L. Chiara, L. D’Andrea y M. Limosani (eds.): La Sicilia nel secolo breve. Modernità e Sottosviluppo, Milán, 2013, p. 55, nota correspondiente.
41. En este complejo y controvertido personaje, F. M. Biscione: «De Felice Giuffrida, Giuseppe», en Dizionario Biografico degli Italiani, 33, 1987, ad vocem. Recientemente y con relación a los años de la Gran Guerra, G. Astuto: «L’interventismo di De Felice e le amministrazioni locali», en G. Astuto: La Sicilia e il Mezzogiorno, op. cit., pp. 151-180.
42. Así en Speciale: La Facoltà di Giurisprudenza, op. cit., p. 263.
43. C. Dollo: «Strutture e ideologie in Sicilia: la funzione delle università: Primi appunti sull’Ateneo catanese (1880-1920)», en N. De Domenico, A. Garill y P. Nastasi (eds.): Scritti offerti a Francesco Renda per il suo settantesimo compleanno, I, Palermo, 1994, p. 525.
44. Giuseppe Majorana había obtenido en 1981 la cátedra de Economía en dos oposiciones, convocadas respectivamente por las universidades de Palermo y de Padua.
45. F. Conti: «Majorana, Giuseppe», en Dizionario Biografico degli Italiani, 67, 2006, ad vocem.
46. «Giornale dell’Isola», 1 de marzo de 1918.
47. Granata: «Forza dello spirito…», op. cit., pp. 74-75.
48. En 1917, en el Aula Magna de la Universidad y en el Real Collegio Capizzi di Bronte, su ciudad natal, tendría lugar una conferencia titulada Il prestito per la Vittoria della guerra abolitrice della guerra. Contro la falsa pace dei pacifisti a ogni costo.
49. B. Busacca: «Cimbali, Eduardo», en Dizionario Biografico degli Italiani, 25, 1981, ad vocem. Sobre Cimbali, cfr. Speciale: La Facoltà di Giurisprudenza, op. cit., pp. 282 y ss.
50. Vite ritrovate. Achille Pellizzari un educatore nella Resistenza, edición de A. Mastrodonato, Parma, 2015.
51. Hay que recordar que en la convocatoria del 30 de noviembre de 1917 la propia Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Catania, reconocida «la total y absoluta justicia» de las observaciones del docente, esperaba que el Gobierno pusiera fin «al desorden moral que se manifiesta en la escuela italiana y la anula en su deber educativo y científico» (A. Pellizzari: L’ignoranza obbligatoria, Bolonia, 1920, p. 109). Un mes después, la Facultad de Filosofia y Letras de Palermo haría suyas las peticiones de los colegas de Catania y lo mismo sucedería en Nápoles y en Florencia (ibíd., pp. 109-110).
52. «Convocatorias de exámenes extraordinarias (y por tanto indulgencias extraordinarias) […] maravillosas compensaciones entre escritos y orales (y pues, aprobados inesperados para quien conozca, por ejemplo, de memoria La vispa Teresa pero sea incapaz de pensar y por consiguiente de escribir en la lengua nacional) […] cursos universitarios válidos sin obligacion de asistir, licenciaturas con tesis opcionales, es más con tesis orales (o sea […] payasadas indignas y vergonzosas […]) esta ha sido, por lo que respecta a nuestra educación pública, nuestra legislación de guerra», escribía Achille Pellizzari al ministro Berenini (ibíd., p. 21).
53. Ibíd., p. 44. Pellizzari desafiaba de forma provocatoria a las «señoras madres sentimentales y a los señores padres indignados», por la posición que había asumido a que llamaran, por coherencia, junto al lecho de sus hijos, a «médicos que hayan conseguido la licenciatura de guerra y no a los que hayan renunciado a esa, para prepararse mejor al ejercicio de la profesión, con un poco de estudio intensivo, tras el regreso de la paz» (ibíd., p. 46).
54. Ibíd., p. 11.
55. Véase, en particular, la carta con la que un presunto comitato segreto anonimo studenti le ordenaba que no se dejara «ver por la noche en la calle Stesicoro», si deseaba evitar el justo castigo por su comportamiento irrespetuoso (ibíd., pp. 9-10).
56. Ibíd., pp. 67 y ss.
57. Granata: «Forza dello spirito…», op. cit., p. 82.
58 A. Romano: Studi e cultura nella Messina del primo Novecento. L’Università fra crisi e terremoto, en Studi e diritto nell’area mediterranea in età moderna, ed. de A. Romano, Soveria Mannelli, 1993, pp. 7 y ss.; Novarese: «L’Europa è sconvolta da una guerra di cui non si è vista mai l’eguale», op. cit..
59. Véase D. Novarese: «Alla ricerca dell’identità perduta. La ricostruzione dell’Università di Messina fra traumi post-terremoto e politiche di regime», en M. A. Romani, A. Monti, O. Selvafolta, A. Silvestri (eds.): Costruire le università, Bolonia, 2020, pp. 77-92.
60. S. Rodotà: «Calamandrei, Piero», en Dizionario Biografico degli Italiani, 16, 1973, ad vocem.
61. A. Galante Garrone: Calamandrei, Milán, 1987, p. 34.
62. G. Leotti: «I Professori della Facoltà Giuridica di Messina (1908-1946)», en G. Pace Gravina: La Facoltà di Giurisprudenza della Regia Università degli Studi di Messina (1908-1946), Messina, 2009, p. 269. A. Pintore: «Ravà, Adolfo Marco», en Dizionario Biografico degli Italiani, 86, 2016, ad vocem.
63. S. Fedele: «Messina dalla neutralità all’intervento», en Da queste sponde sicule che stan di fronte a Scilla, op. cit., pp. 79 y ss.
64. Así en Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 119.
65. Pintore: «Ravà, Adolfo Marco», op. cit.
66. G. Cotroneo: «Croce e la Grande guerra», en L. Chiara y D. Novarese (eds.): 1914-1918. Storie, protagonisti, istituzioni e voci della Grande Guerra, Roma, 2016, p. 104; R. Gherardi: «Il problema della guerra e della pace (1932) di Adolfo Ravà: concetti e dottrine della politica moderna», en Scienza e politica, 27, 2002, pp. 83 y ss.
67. Fedele: Messina dalla neutralità all’intervento, op. cit., p. 88.
68. «Gazzetta di Messina e delle Calabrie», 25 de enero de 1915.
69. G. Corsi: Il teatro Mastrojeni nella Messina delle baracche (1910-1930), Messina, 1989.
70. C. M. Ardizzone y P. Bruno: Stradario storico della Città di Messina, Messina, 1963, ad vocem.
71. S. Di Giacomo: «Il vento irredentista a Messina tra movimenti democratici e legami con l’Alto Adriatico», en L. Chiara (ed.): L’irredentismo e l’Associazione «In Pro dell’ Italia Irredenta». I Comitati di Calabria e Sicilia, 2010, pp. 121, n. 95, y 127. Íd.: «La toponomastica messinese relativa alla Grande Guerra», en Caruso: Messina nella prima guerra mondiale, op. cit., pp. 99 y ss.
72. Di Giacomo: Il vento irredentista a Messina, op. cit., p. 127.
73. G. Rensi: Lineamenti di filosofia scettica, Bolonia, 1919, pp. 45-46.
74. Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 121.
75. Leotti: I Professori, op. cit., p. 256.
76. P. Treves: «Ciccotti, Ettore», en Dizionario Biografico degli Italiani, 25, 1981, ad vocem; G. Pascarelli y G. Campane: Ettore Ciccotti. Sud e politica tra realismo e utopia, Potenza, 2016.
77. E. Ciccotti: Guerre e civiltà, in Le prolusioni accademiche dell’Università degli Studi di Messina, 1838-1993, II, 1909-1933, edición y Prefazione de A. Romano, Messina, 1997, pp. 189-190.
78. Al respecto, J. Dickie: Una catastrofe patriottica. 1908: il terremoto di Messina, Roma-Bari, 2008.
79. D. Tomasello: Oltre il Futurismo percorsi delle avanguardie in Sicilia, Roma, 2000.
80. Tomasello: «Tra Liberty, Paroliberismo e Fascismo: le avanguardie a Messina», en A. Baglio y S. Bottari: Messina dalla vigilia del terremoto all’avvio della ricostruzione, Messina, 2010, p. 100, n. 5.
81. Cfr. D. Tomasello: «La Balza futurista e le avanguardie in Sicilia tra liberty e paroliberismo», en Rivista di Letteratura Italiana, 33, nn. 1 y 2, 2005, pp. 235 y ss.
82. F. T. Marinetti: «Agli studenti futuristi», La Balza, 3, Messina, 12 de mayo de 1915, p. 14.
83. B. Primerano: La formazione di Piero Calamandrei. Scritti di guerra, con un’Appendice sulla corrispondenza con Ernesta Bittanti Battisti e Bice Rizzi, tesis doctoral, tutor profesor Diego Quaglioni, Scuola di Dottorato in Studi Giuridici Comparati ed Europei, Università degli Studi di Trento, a.a. 2009-2010, p. 125.
84. Banti: Le questioni dell’età contemporanea, op. cit., citando P. Fussel: La Grande Guerra e la memoria moderna, Oxford, 1975.
85. Sobre la «necesidad de escritura» determinada por la Gran Guerra, véanse F. Caffarena: Lettere dalla Grande Guerra. Scritture del quotidiano, monumenti della memoria, fonti per la storia. Il caso italiano, Milán, 2005; A. Baglio: «Voci dalle trincee. L’esperienza della grande guerra nelle lettere e nei diari dei combattenti siciliani», en Da queste sponde sicule che stan di fronte a Scilla, op. cit., pp. 47-76.
86. El fragmento del diario de Luciano Nicastro, escrito en 1917, está tomado de A. G. Ricca: «Figure della mascolinità nell’immaginario della Grande Guerra», en L. Guidi (ed.): Vivere la guerra. Percorsi biografici e ruoli di genere tra Risorgimento e primo conflitto mondiale, Nápoles, 2007, p. 63. Cfr., además, L. Nicastro: La nostra salvezza, lettere di guerra 1915-1918, Florencia, 1918.
87. Cfr. Ricca: Figure della mascolinità nell’immaginario della Grande Guerra, op. cit., p. 91.
88. Léase el fragmento en Annuario della R. Università di Palermo, a.a. 1925-1926, Palermo, 1926, p. 20.
89. F. Lamiani: Lettere ‘siciliane’ dal fronte. La Grande Guerra vista da qui, en línea: <www.archivio..blogsicilia.it/lettere-dalla.trincea-della-grande-guerra-così-il-siciliano-vincenzo-racconta-la-neve>.
90. Cfr. Granata: «Forza dello spirito…», op. cit., pp. 79-80.
91. R. M. Monastra: «Di Giacomo, Giovanni Antonio(Vann’Antò)», en Dizionario Biografico degli Italiani, 40, 1991, ad vocem.
92. El asunto ha sido tratado ampliamente en Romano: Studi e cultura nella Messina del primo Novecento, op. cit.
93. Conti: Majorana, Giuseppe, op. cit., p. 650.
94. Cianferotti: 1914…, op. cit., p. 125.
95. Así se expresaba el rector de la Universidad de Messina, Gaetano Vinci («Relazione letta dal Magnifico Rettore On. Prof. Comm. Gaetano Vinci per l’inaugurazione dell’anno accademico 1929-30 il giorno 10 novembre 1929-A. VIII», en Annuario della Regia Università di Messina per l’anno accademico 1928-1929 […] e per l’anno accademico 1929-1930, Messina, 1930, p. 32).
96. Así, Francesco Ercole, rector de la Universidad de Palermo, en «Discorso […] per l’inaugurazione dell’anno accademico e per lo scoprimento delle targhe in memoria degli studenti caduti in guerra», en Annuario della R. Università di Palermo, a.a. 1924-1925, Palermo, 1925, pp. 5-8.
97. Sobre la iconología del caído y en particular del estudiante universitario, F. Caberlin: «Legittimazione della grande Guerra e culto dei caduti: il caso delle università toscane», en Quaderni su guerre e memoria del 900, 1, 2010, p. 124; para observaciones interesantes al respecto, véase F. Tamarzio: «Innoxia Corpora. Il corpo del soldato nei monumenti celebrativi di Giuseppe Guerrisi tra il 1918 e il 1923», en Crepuscoli dottorali. Quaderni di arte, musica, spettacolo, en línea: <www.opuscoli.wordpress.com/2012/05/06>.
LA INMACULADA EN LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA DEL SIGLO XVIII
ARMANDO PAVÓN ROMERO
Universidad Nacional Autónoma de México
YOLANDA BLASCO GIL
Universitat de València
LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA Y LA DOCTRINA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
El Reino de Valencia se afirmó como cristiano después de la conquista de Jaime I. El rey intentó la creación de una universidad, por medio de una bula de Inocencio IV en 1245. El proyecto no se llevará a cabo y en los Fueros de Valencia se establecerá una cierta libertad de enseñanza: «Atorgam que tot clergue o altre hom pusque francament e sens tot servii e tribut, tener studi de gramàtica e de totes altres arts, e de fisica e de dret civil e canònich en tot loch per tota la ciutat».1
Esta libertad significaba el fracaso de la creación de la Universidad y de una institución que otorgara grados válidos en toda Europa. Hasta el siglo XV no se darán los elementos necesarios para su creación. En 1498 el Consell General de la ciudad se reúne y aprueba la remodelación de la casa de estudios y la redacción de nuevos estatutos: las constituciones de 1499. El Consell Municipal, de acuerdo con el arzobispo, solicitará la bula en agosto de 1498: bula pontificia de 1501 y privilegio real de 1502. El 13 de octubre de 1502 se inaugura el Estudio General. Se aprovecha la buena coyuntura con el papa valenciano para que surja una universidad de patronato municipal. Su estructura y poderes durarán, con matices menores, hasta la revolución liberal. Habrá cambios en 1611, 1660, 1673, 1733, 1720, 1786…, y constituciones en 1499, 1561, 1563, 1611, 1651, 1674, 1733 y 1787… Las primeras constituciones de 1499 comenzaban con una invocación a dios y a la virgen:
Los capítols e ordinacions per lo legir en lo Studi General
En nom de la Sancta Trinitat Pare, e Fill, e Sanct Sperit, e de Jesús, redemptor nostre, e de la gloriosa e intemerada Verge Maria, mare sua, Sàpien tots que dimarts, comptant trenta del mes de abril de l’any mil quatre-cents noranta-nou, los magnífichs mossèn Jaume Vallés, cavaller, en Damià Bonet, en Bernat Vidal, en Luís Amalrich, e en Pere Belluga, ciutadans, jurats en lo any present de la insigne ciutat de València, ensemps ab lo magnífichs mossèn Joan de Vilarasa, absent per sa indisposició de aquest acte, en Gaspar Amat, ciutadà, racional, en Bernat de Assió, notari, sindich de la dita ciutat, ajustats en lo studi de la casa del dit magnifich racional, la qual té en la parròquia de Sent Martí, davant la ecclésia de Sent Martí…2
Más tarde, en 1530 –refiere Ortí Figuerola–, la Universidad de Valencia sería la primera en el mundo hispánico en establecer el juramento de defensa de la Inmaculada Concepción de la Virgen para la colación de los grados.3 París impondría un juramento semejante, le siguieron Colonia y Maguncia.
En el derecho valenciano será en cortes de 1645 cuando por primera vez aparezca la imposición del misterio de la Inmaculada, declarando el día festividad en el primer fuero aprobado:
Primerament la devoció que los vehins y habitadors de la present ciutat y regne sempre han tengut y tenen a la Inmaculada Concepció de la gloriosa sempre Verge Maria, Mare de Deu, nostre Senyor, és molt gran, y per la molta reverència que se li deu. Supliquen a vostra magestat los tres braços sia servit intercedir ab sa Sanctedat per a que lo dia de la festa de la Concepció sia de precepte en la dita ciutat y regne manant a son embaixador que assistix en Roma obtinga lletres o breu per a dit efecte. Plau a sa magestat.4
Veremos la gran devoción de los valencianos a la Inmaculada y cómo piden que sea precepto su dogma ante su santidad el papa.5
En el siglo XVIII, Felipe V impondrá la nueva planta borbónica a los reinos de la Corona de Aragón… Unos días después de la victoria en Almansa, el rey suspende el patronato de la ciudad sobre el estudio general. En un primer momento pretendió la reforma de las universidades de la Corona, suspendió su funcionamiento y en Cataluña trasladó las existentes a Cervera, que funda en 1717 aplicando el modelo castellano de Salamanca.6 Valencia, a pesar de sus dificultades, mantuvo su organización municipal; pasó años difíciles aunque no sufrió cambios tan profundos. El decreto de 30 de mayo de 1707 suspendía el patronato de la ciudad; en lo sucesivo no podría nombrar catedráticos, pavordes, ni rector, mientras no decidiese el rey. La Universidad atravesó años de penuria, el cierre de sus aulas desde 1705 a 1708 y, cuando se abrieron, no pudo funcionar con normalidad. La ciudad, el Ayuntamiento, se hará cargo de profesores y gastos, para que sigan los estudios. Nombraría vicerrectores, examinadores y profesores interinos, les pagaría los salarios. Finalmente, en 1720 el rey devuelve el patronato a la ciudad, para evitar, según el municipio, que se perdiesen las rentas y se extinguiesen las pavordías. Cuando en 1733 se den nuevas constituciones se traducen las antiguas sin apenas retoques. Los acontecimientos políticos dieron lugar a la pérdida del derecho foral valenciano y, en un principio, del patronato municipal sobre la Universidad. Pero fue devuelto. Más tarde, se verá afectado por la tendencia centralizadora de Carlos III, con sus reformas universitarias. Se darán nuevos planes de estudio, con una concepción diferente. En los claustros de Valencia se intentó presentar un plan de estudios al rey, con falta de acuerdo entre tomistas y antitomistas. Con ocasión de la provisión de cátedras, el Consejo de Castilla impugnó en 1776 el patronato municipal sobre la Universidad… En 1784 se recuperó, gracias al rector Vicente Blasco. En diciembre de 1786 el rey aprueba su nuevo plan de estudios, notificado al claustro en marzo. Se concedía una dotación fija de renta anual del Ayuntamiento y de la mitra que administraría la Universidad. En 1827 se incorporará el patronato a la Corona.7 Sin embargo, pese a todos los avatares sufridos por la Universidad, la advocación a la Virgen permanecerá hasta 1854, año en que se decreta el dogma de la Inmaculada Concepción, mediante la bula de Pío IX Ineffabilis Deus.
LOS CLAUSTROS UNIVERSITARIOS
Una de las series documentales más importantes en los archivos universitarios es la de los libros de claustros. La Universidad de Valencia cuenta con los claustros de catedráticos; permiten conocer y comprender la Universidad, su modelo, organización y poderes, relación con la Corona, fiestas académicas y religiosas, planes de estudio, cursos, exámenes, cargos académicos, nuevas asignaturas y demás noticias o datos concernientes al estudio.8 No puede prescindirse de su análisis si se quiere hacer una historia de la Universidad no superficial. Los claustros recogen reales cédulas o disposiciones dadas por el rey y mandadas acatar por los claustrales… Son útiles para reconstruir los grupos académicos, para averiguar los juegos de poder en la Universidad, en conexión con la enseñanza en las aulas, la ciencia o los saberes, disciplina escolar, pleitos con los síndicos del Ayuntamiento, exámenes, grados, vestimenta académica, asientos. Así como aspectos de la economía de la Universidad, matrícula de alumnos, gastos o salarios del personal universitario. En muchos casos, núcleos principales de la historia de las universidades.
En estas reuniones se tratan problemas y cuestiones que afectan a los estudios. Sus actas son importantes para conocer la vida diaria. Son una fuente rica por los datos que aportan, con muchas posibilidades, sobre todo hasta el silgo XIX, en el que el poder centralizado de los reyes controla la vida de los claustros, ya iniciado con los últimos reyes del XVIII. De ahí la importancia de su transcripción para una universidad, pues facilita el estudio a investigadores. No obstante, podrían aplicarse técnicas que maximicen este arduo trabajo, lo completen y saquen el mayor rendimiento a su estudio, aportando facilidades de conocimiento al investigador y simplificando su estudio, técnicas que permitan el acceso al conocimiento de estas transcripciones, como son los estudios bibliométricos.9 Por otra parte, aunque los temas tratados por los claustros son muy variados, nuestro objeto en este trabajo partió de la obvia invisibilidad de la mujer. Consideramos que una manera de abordarlo era a través de la representación de la Inmaculada. Presentamos algunos de los esfuerzos que realizamos, y luego nos centramos en una polémica que nos devolvió a la ciencia y al juego de poderes internos y externos propios de las universidades hispánicas del XVIII.
Cabe volver a mencionar que hay varios tipos de claustros, que pueden recogerse en el mismo libro o en varios. En el siglo XVIII encontramos un claustro mayor que aprobaría o dispensaría las constituciones de las universidades, un claustro de examinadores de cada facultad que se reúnen, presididos por un prior, para establecer acuerdos o repartir propinas de los grados, así como reuniones de pavordes eclesiásticos para administrar sus rentas y distribuirlas. De otra parte, está el claustro general de catedráticos, que será el órgano de representación que recibirá reales órdenes, pero también hará llegar a instancias superiores el sentir de la Universidad y resolverá asuntos menores sobre el estudio. Estará presidido por el rector de la universidad o por el vicerrector y se celebrará en la capilla de la Universidad. Estaba formado por todos los catedráticos de esta. Además había claustros o juntas de catedráticos de las distintas facultades: claustros particulares de catedráticos de medicina, teología, filosofía y leyes y cánones.10
En definitiva, a través de los claustros podemos estudiar la composición, tipología y materias o asuntos del estudio, depositados en el archivo de la Universidad, desde el XVIII. No obstante, un tema como el que ahora nos ocupa no ha sido suficientemente tratado.11
LA INVISIBILIDAD DE LA MUJER
Es sabido que la Universidad era una institución masculina. No había mujeres universitarias… Sin embargo, a partir de nuestro trabajo de transcripción de claustros hemos determinado qué presencia de mujeres hay en las actas, fundamentalmente a través de la Inmaculada. Hemos utilizado los dos volúmenes –78 y 79– y recontamos 62 palabras referentes a las mujeres, tales como: «mujer» –y con variantes como «mujeres», «muyer», «muier»–, «princesa», «reina» –en castellano o valenciano–, «Santa» –con la variante «santes»–, virgen –con la variante «verge»–, «Ynmaculada» –con sus variantes «Inmaculada» e «Ymmaculada»–, e «infanta», «señora», «señorita», «doncella», «dama», «doña» o «Doña», todas incluyendo sus plurales.
Al mismo tiempo, y para contrastar, hemos elegido tres palabras en masculino: doctor, catedrático y señor –todas con sus plurales–. El resultado es el siguiente:
| Palabras | Número total |
| Señora | 457 |
| Sapiencia | 360 |
| Santa | 196 |
| María | 66 |
| Merced (Señora de la) | 43 |
| Princesa | 36 |
| Ynmaculada (y variantes) | 32 |
| Divina | 30 |
| Puríssima | 22 |
| Señor | 3.732 |
| Catedrático (s) | 492 |
| Doctor (es) | 445 |
La comparación es abrumadora a favor de las palabras en masculino. La diferencia entre «Señor» y «Señora» es de 8 a 1. La palabra sapiencia aparece 360 veces porque alude a la capilla donde se celebraban los claustros y las actas establecen siempre el lugar donde se realizaban las reuniones, mediante fórmulas tales como: «Junta de Claustro General de Cathedráticos… celebrada en la Capilla de Nuestra Señora de la Sapiencia…» y, por lo que toca a la otra palabra más numerosa, «Santa», podemos decir que siempre refiere a la «Santa Iglesia». La mayor parte de estas palabras tienen un carácter religioso o vinculado a la Iglesia, pero algunas aparecen en tanto que familiares del rey, casi siempre para hacer rogativas por el embarazo o el buen parto de las princesas.
EN TORNO A UNA CONCLUSIÓN SOBRE LA INMACULADA
Acerca de la Inmaculada, destaca en estos libros de claustros una polémica surgida a propósito de un doctorado en teología. Se trata del caso del bachiller Manuel de Noé y Guas, que presentó entre las conclusiones que defendería una que resultó polémica y que desbordó al claustro de catedráticos. La primera mención aparece en el claustro de junio de 1777.12
Claustro de 26 de junio de 1777
El acta da cuenta de que el vicerrector, Luis de Adamdrat, a requerimiento del síndico del claustro general, Joseph Escrig, mandó suspender el acto de conclusiones para el doctorado en teología del bachiller Manuel de Noé y Guas, debido a la proposición siguiente:
Rationabiliter Creditur Beatam Virginem Mariam, quod genuit Unigenitum a Patre, plenum gratiae, et veritatis, fuisse in utero Sanctificatam. La qual parecía opuesta al Juramento que en esta Universidad se presta en confeción y defensa del Ministerio de la Puríssima Concepción Ymmaculada…13
El vicerrector, como se ha dicho, suspendió el acto el mismo día en que se hallaba convocado y citó a junta de claustro general para oír al claustro de teología. El primero en hablar fue el doctor Manuel Miralles, presidente del acto de conclusión y, en consecuencia, padrino del bachiller Noé. Dijo, en primer lugar, que él había hecho el juramento de defender el misterio de la concepción. También dijo «que la Conclusión ni habla ni se propone hablar del Misterio, ni en toda ella [la proposición] hay una palabra que se oponga a él…».14 Explicó que «Rationabiliter» significa: «en fuerza y peso de la razón» y por tanto, acompañado de «Creditur»: «En fuerza y peso de la razón se cree». Y que la última parte, «fuisse in utero Sanctificatam», al ser una oración indefinida abarca todos los instantes del útero. Miralles se salió del claustro para que «pueda con más libertad resolver lo que Juzgare Justo». El claustro de teología, excepto Adamdrat, concluyó:
Que la referida Propossición no es digna de Censura theológica, pero sí necesita de reforma y mayor explicación, en orden al Misterio de la Ymmaculada Concepción de María Santíssima, según la fórmula que para ello tiene de Juramento la Universidad de Valencia.15
Una vez escuchada la opinión del claustro de teología, el claustro general de catedráticos, excepto Adamdrat, acordó nombrar comisarios –Joseph Escrig, catedrático de leyes, y Sebastián Sales, pavorde y catedrático de teología– para que avisaran al fiscal Thomás Sanz de Velasco, en tanto censor regio. Si este estuviera de acuerdo se procedería a cumplir los siguientes acuerdos del claustro:
– Preguntar al impresor de las conclusiones cuántos ejemplares se imprimieron y se entregaron al bachiller.
– Pedir al bachiller Noé recoger todos los ejemplares y entregar el total al archivo de la universidad.
– Informar al bachiller de que para graduarse debe defender la tesis con la corrección formulada por el claustro de teología. De lo contrario, se le prohíbe defender la tesis como la ha presentado.
El claustro general también consignó la posición del vicerrector Adamdrat, el único en contra de la propuesta del claustro de teología. Pidió una resolución más contundente. Sostenía que la tesis era contraria al misterio y que implícitamente le negaba. Con ello, se aborda «el Misterio como Proposición theológica [e iba] contra la virtud de la religión en el Juramento del Misterio». También señaló que la expresión genuit Unigenitum a Patre, tenía sentido herético y estaba prohibida en el «expurgatorio de España». Por tanto, decía, la tesis no debe reformarse para poder defenderse, sino que debe prohibirse.16
La polémica radicaba, primero, en que al decir que la virgen «fue santificada en el útero» no se establecía que fuera santificada en el instante mismo de la concepción. Entonces, podría haber sido santificada en cualquier otro momento mientras estuvo en el útero. El segundo punto fue si la expresión quod genuit Unigenitum a Patre ponía más el énfasis en la generación temporal que en la eterna. Para salvar el problema, Adamdrat y seguidores sostendrían más adelante que si se cambiaba la expresión y en lugar del ablativo se cambiara por un genitivo se salvaría el problema. Esto, en castellano, significaba cambiar la proposición «que engendró del padre al unigénito» por otra que dijera: «que engendró al unigénito del padre». El tercer punto que estuvo en los primeros momentos de la polémica –y luego apenas se mencionó– fue la expresión: «Se cree muy razonablemente», pues hubo quien interpretó que esa expresión debía leerse «muy probablemente», lo cual restaba certidumbre al misterio.
Claustro de 3 de julio de 1777
El claustro general volvió a reunirse el 3 de julio para conocer el informe de los comisarios Escrig y Sales.17 Estos relataron que se habían impreso 300 ejemplares y que el pavorde Sales había hablado con el bachiller Noé. Le pidió recoger los que se habían distribuido «y que reformase la Conclusión treinta y nueve», objeto de la polémica. Escrig le propuso que, para reformar su conclusión, el bachiller usara una proposición del papa Benedicto XIV. Entonces, según los comisarios, Noé y Guas «quedó convencido con las razones que se le dixeron».18
Se buscó a Miralles, presidente del acto de conclusiones, para que aceptase también modificar la tesis original. El pavorde Sales proponía la fórmula: «fuisse in utero santificatam in primo instanti conceptionis» e insistía en dos aspectos más de la tesis: Una en torno a la expresión: «Rationabiliter creditur», diciendo que disminuía «muchos grados» el misterio; y la segunda fue sobre la expresión: «quod genuit unigenitum a Patre», pues «confunden la generación temporal y eterna».19
El acta dice que se le enviaron tres recados durante los días 27 y primera hora del 28. Al no localizarlo, el pavorde y comisario Sales dijo al bachiller Noé que tenía de plazo hasta el día 28 a las 8:30 horas de la mañana para que «dixese su última resolución». El bachiller no apareció a la cita, ni tampoco al día siguiente, 29 de julio. Entonces, el día 30, el pavorde Sales habló con el bachiller y le llamó la atención por su conducta. El bachiller entregó solo once ejemplares de las tesis, de las cuales solo había recogido una, las demás las tenía en su casa.
El pavorde le dio unas horas más para tomar su última resolución. El acta da cuenta de que el bachiller compareció en compañía de su padre e insistió en mantener su tesis original con la interpretación de Miralles, presidente de su acto de conclusiones. Sales trató de persuadirlo de aceptar la proposición del claustro, sin embargo, el bachiller Noé dijo que «estava determinado a no graduarse». Aun así, Sales insistió y le hizo ver el escándalo que esa tesis causaría en la ciudad. Sin embargo, el bachiller se mantuvo firme en su posición. Dos días más tarde, el 2 de julio, entregó seis ejemplares, más de las conclusiones.
Terminado el relato del pavorde Sales, se hizo saber al claustro que el bachiller Noé había retirado ya el depósito que había hecho por los derechos del grado. Entonces, la asamblea de catedráticos, atendiendo al orden de la convocatoria, abordó el asunto en tres aspectos: ver la manera de recoger los ejemplares restantes, que por supuesto eran la mayoría; impedir que el bachiller Noé «vaya a otra Universidad a graduarse»; y, por último, evitar que esta situación se repitiera una vez más.20
El claustro acordó informar el asunto al rey, tomar en sus manos la recogida de los ejemplares restantes, escribir a las universidades ofreciéndoles una «breve y sencilla relación» de lo sucedido, incorporando un ejemplar de las conclusiones, y escribir también al municipio «y a quien convenga».21
Para cumplir con estos acuerdos, la asamblea de catedráticos decidió mantener a los mismos comisarios –Sales y Escrig– pero añadir otros dos, a saber, el canonista Joseph Madroño y el médico Joseph Marín, «con las mismas facultades que los primeros tienen». La idea era fortalecer a la comisión y, como puede verse, ahora había un comisario por cada una de las facultades mayores –teología, leyes, cánones y medicina–.
Tras estos acuerdos se asienta el voto, minoritario, del doctor Francisco Guimerá, catedrático de Filosofía. Este comentó que tal vez debía darse más tiempo al bachiller Noé para recoger los ejemplares de la tesis, pues el bachiller había hecho un gran esfuerzo tratando de recoger los ejemplares. Asimismo, Guimerá dijo que el bachiller entregó al vicerrector Adamdrat un memorial en que quitaba toda duda acerca de la Inmaculada Concepción de María. Sin embargo, el claustro no lo había revisado. Guimerá pedía que se revisara para ver si con ese texto se resolvía el problema, o bien que el claustro decidiera, pero con base en la lectura de ese memorial. Por ello, decía, no era necesario informar al rey de semejante asunto, pues se trataba de algo que el claustro podía resolver «con la mayor cencilles». Como hemos podido ver, estas sugerencias, prudentes, no prosperaron y se mantuvieron los acuerdos que terminaron por desbordar a la Universidad.22
Fueron notificadas todas las universidades, el municipio y el rey. Además, y como uno de los acuerdos del claustro era escribir a quien conviniese, los comisarios escribieron también al inquisidor general y, como se recordará, desde el 26 de junio se acuerda escribir al regente de la real audiencia, en tanto que censor real. Las respuestas no se hicieron esperar. En claustro de 16 de julio se leyó la respuesta del inquisidor.
Claustro de 16 de julio de 1777
En esta reunión el rector Juan Antonio Mayans presentó la respuesta que había mandado el inquisidor general y obispo de Salamanca Felipe Beltrán.23 Comenzaba diciendo que la contienda suscitada en la Universidad es «de poco gusto» y que le ha producido mucha pesadumbre «porque otra unión y más sólida paz deseara en los ánimos de los Cathedráticos y Professores de esa Universidad…». Dice que recibió la carta donde se le informa de la disputa, pero también se le entregaron las actas de dos claustros generales –de 26 de junio y 3 de julio– y las diligencias practicadas. Opina «que la Universidad podía haverse contentado con la satisfacción que dio el Dr. D. Manuel Miralles, y con la promesa de añadir a lo último de la conclusión: fuisse in utero sanctificatam in primo instanti conceptionis». También considera «que aquellos Cathedráticos que han proferido que la expresión Genuit Unigenitum a Patre tiene sentido herético», y confunde la generación temporal y eterna del hijo, «son dignos de seria reprehención y deven ser obligados a retractarse de su dicho».
De igual manera, la valenciana debe informar a las otras universidades acerca de las retractaciones que se producirán al obedecer su carta, para que entiendan que no es la Universidad la que ha dado semejante censura, sino catedráticos particulares. Y si la tesis del bachiller Noé fuera digna de reprensión también lo serían otras expresiones autorizadas por la Iglesia que enunció. Tras la lectura de esta carta siguió la votación. Era evidente que el inquisidor estaba tomando partido por la opinión generalizada del claustro de teología expresada el 26 de junio, en el sentido de que la tesis no era digna de censura, pero sí de mayor explicación. Esta posición influyó en el ánimo de los catedráticos y puede verse en la votación que siguió. El acta recoge cada uno de los votos expresados por los 25 catedráticos presentes en aquella reunión. Cada voto es diferente a los demás, aunque en varias ocasiones se dice que votan como lo hizo algún doctor, casi siempre añaden matices. Nosotros hemos hecho una clasificación, hubo 6 tipos de opiniones expresadas:
| Sentido del voto | N.º de votantes |
| Que se escriba al inquisidor, pero sin determinar el contenido (Escrig, Madroño, Gombau y Camarasa). | 4 |
| Que se cumplan las disposiciones del inquisidor, pero que también se le escriba aclarándole algunos aspectos que completan mejor la historia (Mañez y Llombart). | 2 |
| Que se escriba al inquisidor diciendo que solo hubo uno que contradijo a los demás. En este tipo de voto también se incluye la propuesta de notificar a las universidades. Pero habrá cuatro posiciones sobre escribir o no a las universidades. Que se haga, que no, que de qué manera, que se escriba para desagraviar a Miralles y Noé, pero no se cuente la retractación (Sales, Cavades, Sidro Villaroig, Sala, Adalid, Vicens, Pérez Gómez y Querol). | 8 |
| Que Miralles fue agraviado y se pide la retractación y que se avise a las universidades (Miralles, Pascual Carbonell, Joseph Marín, Carlos Cipriano Marín, Joseph Gascó, Durá, Castelló, Agut y Guimerá). | 9 |
| La retractación de Adamdrat. | 1 |
| Que el tema se resuelva en otro claustro. Por ahora que solo se junte la documentación que se ha generado (este parecer prudente fue de Manuel Locella). | 1 |
| TOTAL | 25 |
El claustro no contó votos, acordó volver a reunirse para «tratar y cumplir lo prevenido en la Carta del Ilustrísimo Señor Obispo Ynquisidor General».24 Vicente León Navarro nos cuenta que este asunto era un capítulo más de las disputas entre tomistas y antitomistas que se ventilaban en la Universidad y en la Iglesia. La tesis del bachiller Noé debe afiliarse a la causa de los tomistas, mientras que la opinión de Adamdrat a los antitomistas. Además, el bachiller Noé era familiar del arzobispo Fabián y Fuero, conocido por su celo antijesuita, y tomista declarado. Luego de la carta del inquisidor nos dice Vicente León: «la postura de Adamdrat frente a Noé y Miralles, y por extensión al arzobispo, tuvo sus consecuencias. Fue castigado, suspendido de sus funciones sacerdotales, y encerrado en el convento de la Corona». Si bien Vicente León Navarro nos relata que el gobernador del Consejo, M. Ventura Figueroa, mandó liberar al preso, y que «fray Juan Ferrer, lector del convento donde estaba recluido Adamdrat, escribía al arzobispo para que le levantar la suspensión según ordenaba el Rey».25
La prisión de Adamdrat debió de ocurrir casi después de este claustro, pues ya no aparece en la lista de asistentes del siguiente de 19 de julio. Y debió de terminar antes del 17 de septiembre. Finalmente se llevó a cabo el doctorado del bachiller Noé y Adamdrat figuró como objetor. Salvador Albiñana recoge que Adamdrat continuó con su docencia unos años más, hasta su muerte en 1782.26
Claustros de 19 y 21 de julio de 1777
Se trata de la sesión más larga relativa a esta historia. De hecho, la votación no terminó ese 19 de julio27 y fue necesario continuar dos días después, el 21. En total votaron 27 personas, pero más de uno tomó la palabra en dos ocasiones. El claustro comenzó tratando la renuncia del doctor Jayme Pastor, por estar enfermo. Renunciaba a unos poderes que le había concedido la Universidad.
Después se leyeron dos cartas. La primera fue la del inquisidor, que se leía una vez más, y luego la de Francisco Pérez Bayer, preceptor de los infantes, fechada en Madrid el 8 de julio. Pérez Bayer decía que, de haberse hallado en la sesión del 26 de junio, se hubiera adherido a la opinión del claustro, en el sentido de que la conclusión del bachiller Noé necesitaba de reforma y mayor explicación, pues la tesis confunde y hace común el privilegio singular de la virgen, amén que fue un argumento que también se usó en contra del misterio:
porque las solas palabras Mariam fuisse in utero Sanctificatam, confunden y hacen común el Privilegio singular de la Madre de Dios, con el de Jeremías y el Bautista, de quienes también se dice con verdad que fueron sanctificados en el Vientre de sus Madres; como porque la expreción Sanctificata fuit in utero es la misma mismíssima que usavan, y de que se valían para explicar su sentir, antes y en el tiempo de Juan Escoto, los opuestos a este Misterio o piadosa opinión, como puede verse en Inocencio Quinto, en San Antonio de Padua, en Álvaro Pelagio, en Alex. de Ales y otros muchos.28
En post scriptum señala que la expresión «Genuit unigenitum a Patre» no es problemática («me parece puede salvarse la Propossición, sin confundir la generación eterna del verbo con la temporal»).29 Y dice que el genuit no genera duda, porque para referirse a una mujer normal en gestación se usa: «consipere». Pérez Bayer se declara preocupado porque considera que el asunto tendrá consecuencias, aunque desea lo contrario, que se serenen los ánimos. Y se ofrece por si puede ayudar en algo.
Luego se dio paso a la votación.30 En esta sesión votaron los siguientes catedráticos: José Escrig; Cayetano Aragonés, Joseph Madroño, Basilio Romá, Sebastián Sales, Joaquín Antonio Gombau, Jaime Camarasa, Manuel Miralles, Pedro Pasqual Carbonell, Agustín Cavades y Facundo Sidro Villarroig. Aquí se suspendió la sesión del claustro, pues era tarde, las 12.30 horas, y se acordó reanudar la sesión el día 21 de julio. El doctor Joseph Marín dijo que no podría asistir a la siguiente reunión, por lo cual dejaría su voto por escrito.
El 21 de julio de 1777 continuó la votación, que comenzó con el voto escrito del ausente Joseph Marín y Navarro. Siguieron: Manuel Locella, Jaime Belda, Carlos Cipriano Marín, Juan Sala, Joseph Gascó, Manuel Mañez, Rafael Llombart, Mariano Durá, Vicente Adalid, Gaspar Pérez Gómez, Joaquín Castelló, Vicente Agut, Miguel Alamá, Francisco Guimerá, Agustín Cavades y Facundo Sidro Villarroig.
Votaron en total 27 personas, aunque como se ha dicho alguno tomó la palabra dos veces, como Agustín Cavades. Desde luego, hubo una multitud de pareceres, pues como se ha comentado antes los que votaban igual que otro añadían aclaraciones que, a veces, eran muy largas. Pero si tratamos de sintetizar las diferentes propuestas, podemos decir que se debatieron cuatro puntos: si se debía contestar al inquisidor ya; si para contestarle se debía esperar a la respuesta del rey, pues como se recordará la Universidad también había escrito al monarca; el tercer punto, si se debía escribir a las universidades y, finalmente, un deslinde de Adamdrat. Los dos primeros eran los de mayor fuerza, pero el distanciamiento y, en consecuencia, el aislamiento de Adamdrat fueron casi unánimes. Los catedráticos decían que debía informarse al inquisidor de que la posición en contra de la tesis del bachiller Noé había sido sostenida por una única persona. Algunos, como Manuel Locella, opinaban que también debía comunicarse esto a las universidades. Aunque el deslinde era de Adamdrat, el propio Locella dijo que Sales se había excedido en sus funciones de comisario al señalar más objeciones a la tesis. También señaló como contrario a la conclusión al síndico Madroño, pero su queja no prosperó. El acuerdo solo se centró en Adamdrat, ante un intento de curarse en salud, al ver el castigo a Adamdrat.
El resultado dio once votos a favor de esperar la respuesta del rey, quince a favor de informar al inquisidor y el resto es el voto escrito de Pérez Bayer que, al llegar con retraso, no opinaba sobre el debate más actual. A favor de esperar la respuesta del rey votaron los siguientes catedráticos: Vicente Adalid, Jaime Camarasa, Mariano Durá, José Escrig, Joaquín Antonio Gombau, Joseph Madroño, Manuel Mañez, Joseph Marín y Navarro, Gaspar Pérez Gómez, Basilio Romá y Sebastián Sales. Por el contrario, a favor de escribir al inquisidor votaron los siguientes: Vicente Agut, Miguel Alamá, Cayetano Aragonés, Jaime Belda, Joaquín Castelló, Agustín Cavades, Joseph Gascó, Francisco Guimerá, Manuel Locella, Carlos Cipriano Marín, Manuel Miralles, Pedro Pasqual Carbonell, Facundo Sidro Villarroig, Juan Sala y Rafael Llombart.
Podría parecer que se dirimía quién detentaba la jurisdicción en este asunto, el rey o el inquisidor. El doctor Carlos Cipriano Marín dijo, por ejemplo, que al ser competencia del inquisidor el rey tendría que opinar en el mismo sentido. Pero en el interior de la Universidad lo que parecía debatirse era quién había tenido la razón, si el vicerrector y los escasos catedráticos que opinaron como él o el bachiller y su presidente. Si atendemos a la propuesta de Vicente León, se estaría expresando el conflicto entre tomistas y antitomistas, e incluso una toma de partido frente al arzobispo. Los partidarios de escribir al inquisidor eran quienes consideraban agraviado al presidente del acto, el doctor Miralles y, por tanto, deseaban una satisfacción para él, incluyendo una notificación a las universidades. Podríamos pensar que estos doctores también se posicionaban a favor del arzobispo y que eran tomistas. Sin embargo, es posible que el asunto fuera más allá de la posición frente al tomismo, pues siguiendo la caracterización de Vicente León podemos ver que algunos «de los más furibundos defensores de la escuela suarista»31 se dividieron en la votación. Madroño y José Marín pidieron esperar la respuesta de rey; mientras que Llombart y Aragonés eran partidarios de contestar ya al inquisidor.
Tras recontar los votos, donde se impuso la idea de escribir al inquisidor, el claustro acordó una versión moderada, a saber, escribir al inquisidor dándole cuenta de la retractación de Adamdrat, diciéndole que nadie más había opinado como él. También se le debía informar que a las universidades solo se les había escrito acerca de la última parte de la tesis del bachiller Noé (y nada sobre el quod genuit unigenitum a Patre), y para mayor detalle que se le añadiera copia de la carta a las universidades. Sobre los demás asuntos no se le escribiría, se esperaría a la respuesta del rey.
Claustro de 29 de julio de 1777
Este día se reunió el claustro para obedecer la resolución del consejo de Castilla y para conocer la respuesta de la Universidad de Cervera.32 La resolución está fechada en Madrid el 25 de julio. Ofrece una relación de los hechos y de los documentos generados. Es interesante porque amplía la información que hemos reseñado a partir de las actas anteriores:33
– Se remitieron al consejo de Castilla dos textos: uno del municipio y otro de la Universidad. Ambos a causa del intento de defensa de conclusiones para obtener el grado de doctor por parte del bachiller Manuel de Noé y Guas.
– Otra «representación» de la Universidad de Valencia al fiscal de la Real Audiencia y censor regio, el señor Thomás Sanz de Velazco. El texto relata lo ocurrido antes y después de la impresión de las conclusiones.
– Dos «representaciones» más. Una de Manuel de Miralles y otra del propio bachiller Noé. También relatan su versión de los hechos.
– Otra «representación» del doctor Luis Adamdrat, catedrático perpetuo de teología.
– La real orden da cuenta de que se remitieron otros documentos anexos a tales representaciones.
Con todos esos documentos, la real orden da cuenta de los acontecimientos. Así como hemos visto referidos algunos documentos que no se habían mencionado en las actas del claustro, también vamos conociendo algunos datos que no se habían reportado. Por ejemplo, que las conclusiones del bachiller Manuel Noé tuvieron el permiso del rector y el reconocimiento del fiscal de la real audiencia, en calidad de censor regio. Acerca del acuerdo del claustro de explicar con mayor precisión la tesis, el Consejo dice: «por ser esta una materia en que siempre ha sobresalido la pía devoción de los españoles».34
Resulta también novedoso saber que el bachiller Noé y su presidente Miralles estuvieron de acuerdo si se añadía «a primo instanti suo concepcionis, vel sine macula conceptam», pero fue el comisario del claustro quien no quedó satisfecho con esta propuesta. Por ello fue que el sustentante decidió retirar su solicitud del grado.
La real orden sigue con el relato del claustro del 26 de junio, pero añade que, además de la Universidad, la ciudad acordó informar al rey «para que se digne tomar la Providencia que fuere más de su agrado».
El documento también nos dice que el fiscal de la real audiencia, en su calidad de censor de la Universidad, estableció en su «representación» cuáles fueron los motivos que lo movieron a dar su permiso para la celebración del acto. En primer lugar, dijo que la tesis estaba reconocida «por teólogo de esa Universidad» (supongo que se refiere a Miralles), que tenía el visto bueno del rector, que una similar se había «defendido dos años antes sin oposición alguna» y dijo también que al ser «materia estraña de su inspección», pues que solo examinaba si se «perjudican o no las regalías».
La real orden señala que en sus textos, tanto el presidente como el sustentante explicaron y fundamentaron el sentido de la tesis y, en virtud de ello, solicitaban que se admitiera al sustentante al grado de doctor, «guardándosele la antigüedad que le pertenecía», si no se le hubiera puesto tal objeción.
Por su parte, el vicerrector Luis Adamdrat explicaba, en su documento, los motivos que lo habían llevado a «separarse del Dictamen de los demás profesores, graduando dicha Proposición de contraria al Misterio, y que no debía correr».
Con toda esa información, el consejo se pronuncia de la siguiente manera:
– Informa al claustro de «que ha sido de su desagrado se intentase defender la referida conclusión, a vista de lo mandado en Auto Acordado diez y seis, Libro primero, título séptimo».
– Ha sido de su desagrado que el bachiller Noé «no se hubiese allanado a defender en su lugar la acordada por el Claustro, ni menos recogido los referidos exemplares como se le previno».
– Ordena que se recojan y archiven las conclusiones y señala que se está dando esta orden al regente de la audiencia para ejecutar dicha orden.
– También que el regente de la audiencia llame al bachiller Noé y al doctor Miralles y les haga saber que el consejo desaprueba la tesis treinta y nueve, y que en su lugar defiendan la siguiente: «Beata Virgo Maria, ab originali pecato servata fuit». Y, en caso de no cumplirse:
les borre de los Libros de la Universidad, y prive de los honores y exercicios de ella, y de cuenta al Consejo para tomar contra ellas la Providencia correspondiente, como trasgresores del Juramento que huviesen prestado con arreglo al referido auto acordado de defender la Puríssima Concepción de la Virgen Nuestra Señora, en el primer instante de su animación.
– Para no repetir semejantes disputas, que se despachen órdenes, como lo está haciendo, a todas las universidades del reino y a los censores regios «que no permitan Conclusiones que nieguen o impugnen directa o indirectamente en manera alguna la Puríssima Concepción de María Santíssima en el primer instante de su animación».
– Por último, ordena que esta resolución se asiente en el archivo de la Universidad y que cada año se lea a principio del curso para que nadie alegue ignorancia. Termina pidiendo acuse del documento.
Después de leerse esta real orden todo el claustro estuvo de acuerdo en obedecerla y cumplirla puntualmente. El doctor Miralles también dijo que «estaba promto a cumplir por su parte todo quanto al mismo toca».
El segundo punto del claustro del 29 de julio era la correspondencia de la Universidad de Cervera. Finalmente, se leyó la carta dirigida a la de Valencia. Con ella comenzaron a llegar las respuestas de las universidades que habían recibido la información sobre la tesis del bachiller Noé. La carta de Cervera de 26 de julio señala que la defensa de la Inmaculada Concepción es también su prioridad:
… no podemos dexar de manifestar la satisfacción que nos cave, por ver conservados en el día los esfuersos con que V.S. ya de muy antiguos tiempos se ha esmerado en pensar y trabaxar, en defensa del Misterio de la Puríssima Concepción de Nuestra Señora. Éste es igualmente el primer punto a que esta Nuestra Universidad deve dirigir, y constantemente dirige todos sus pensamientos y trabaxos, assí por la hora que logra de tener a la Divina Señora por Patrona titular y Blasón de sus Reales Armas, como por jurarla Immaculada, todos sus Doctores y Profesores.35
Claustro de 2 de agosto de 1777. Cartas de Alcalá y Santiago
Para esta fecha el claustro valenciano conocía ya la resolución del consejo de Castilla y había decidido obedecerla. Sin embargo, seguían llegando cartas de las universidades.36 Para los valencianos estas misivas llegaban con retraso, pues el conflicto estaba resuelto por el consejo de Castilla y, de hecho, el Estudio de Valencia preparaba ya las acciones para cumplir con la resolución del consejo de Castilla, entre las que se incluiría escribir nuevas cartas a las universidades para solicitar, ahora, la devolución de las conclusiones del bachiller Noé.
En general y como en el caso de Cervera que se vio ya, las cartas de las universidades felicitaban al rector y Estudio valenciano por las medidas tomadas en el caso del bachiller Noé. Se hace saber que las universidades valoran el esfuerzo de la valenciana por defender el misterio de la Inmaculada Concepción. La de Alcalá está fechada el 28 de julio. Muy corta. Dice que la Universidad de Valencia había escrito a Alcalá el 8 de julio. Acusa recibo de las conclusiones impresas y repartidas del bachiller Noé, e informa únicamente que dará cuenta de esta carta en el primer claustro siguiente:
He recibido las Conclusiones impresas y repartidas a nombre del Bachiller en Theología Manuel Noé, para el Grado de Dr. en esta facultad, que V.S.S. me remiten con fecha de ocho del corriente. Y quedo enterado de la determinación de los dos Claustros Generales celebrados por esa Universidad, sobre la Proposición treinta y nueve, Página veinte y una de dichas Conclusiones; cuya determinación haré presente a esta Universidad en el primer Claustro que congregaré.37
La carta de Santiago, fechada en 21 de julio, muestra que el claustro conoció la misiva valenciana. El documento da idea del texto con que se redactó la misiva del claustro valenciano:
haver observado algunos Cathedráticos de essa Muy Ilustre Universidad, ser poco decorosa y conforme al Misterio de la Ymmaculada Concepción de Nuestra Señora, la Proposición treinta y nueve, Página veinte y una de las Conclusiones impresas y repartidas a nombre del Bachiller en Theología Manuel Noé, para el Grado de Doctor en la misma facultad, y de las que acompañava un exemplar, presedido maduro examen en dos Claustros que a este efecto se havían celebrado, se havía determinado el impedir o no permitir se defendiese la referida Proposición, y que se escriviese a las demás Universidades del Reyno, para que estuviesen enteradas de la pureza con que V.S.I. pienza, siempre ha pensado y trabaxado en defensa del Misterio de la Concepción.
Entonces, el claustro de Santiago: «ha acordado se manifestase a V.S.I. la suma complasencia con que ha recibido la de V.S.I. y aplaudido una resolución tan acertada y conforme a la más sana Doctrina y estatutos de ésta y de las más de las Universidades de España».
Claustro de 14 de agosto de 1777
El rector recordó al claustro que por resolución del consejo se debían recoger las conclusiones del bachiller Noé.38 El asunto había pasado a la Real Audiencia y lo estaba viendo. El rector recordó que ya en su momento se le había pedido al bachiller la recolección de aquellas conclusiones; que este había manifestado que no había podido recoger dieciséis, pues las había entregado al pavorde Sebastián Sales, el cual las había remitido a las universidades. Por lo cual, decía el bachiller, debía quedar exonerado de la recogida y encargar dicha tarea a Sales. El rector decía que el regente de la audiencia estaba de acuerdo con esta propuesta. Sales, por su parte, había presentado «descargo» explicando que había enviado esos 16 ejemplares a las universidades en su función de comisario del claustro y cumpliendo el acuerdo de este. Decía que al terminar sus funciones de comisario ya no estaba obligado a recogerlas y que, más bien, era tarea del claustro. Entonces el claustro acordó escribir a las universidades para solicitar la devolución del texto, explicando que las pedían en cumplimiento de una real orden. También acordó que los ejemplares recuperados se entreguen al regente de la audiencia. La tarea se encargó, en esta ocasión, a Juan Sala, catedrático de Leyes.39
Luego se presentaron dos cartas de las universidades de Huesca y Sevilla. La primera estaba fechada en 27 de julio y firmada por el rector, dos consiliarios y el secretario. En ella se establece que recibieron carta de Valencia junto a un ejemplar de las conclusiones del bachiller Noé. Dicen que la Universidad de Huesca tomó conocimiento de la «sabia, bien premeditada determinación de V.S.», en defensa del misterio de la concepción.40
La carta de Sevilla, fechada el 23 de julio, da cuenta de haber recibido la carta valenciana, así como un ejemplar de las conclusiones. Explica que la suspensión de las conclusiones, «que por Acuerdo de sus Cathedráticos tuvo V.S. a bien mandar se suspendiesen, por juzgar poco decorosa y conforme al Misterio de la Ymmaculada Concepción de Nuestra Señora…», da cuenta del esfuerzo de la Universidad de Valencia por defender «siempre con tanta aplicación, celo, ternura y devoción a este Misterio». Para terminar, el claustro trató todavía un asunto más, sobre las rogativas para el feliz parto de la princesa.41
Claustro de 9 de septiembre de 1777
El claustro de catedráticos42 se reunió «para acordar el modo de presentar las conclusiones que han debuelto las Universidades».43 El catedrático de leyes, Juan Sala, informaba que había cumplido con su comisión y presentaba a la Universidad quince respuestas, doce de las cuales eran de las siguientes universidades: Alcalá, Cervera, Granada, Huesca, Orihuela, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Sigüenza, Valladolid y Zaragoza; tres más eran del inquisidor general, de Francisco Pérez Bayer y de Pablo Ferrandiz Bendicho, miembro del consejo de Castilla. Con ellas, Sala presentaba trece ejemplares de las conclusiones del bachiller Noé, pues dos no habían sido devueltas. Eran las del inquisidor general y de Pérez Bayer. A continuación veremos sus razones. Finalmente, Sala pedía al claustro resolver sobre el particular.44
El claustro acordó formar un expediente que incluiría copia de la carta en que se solicitaba la devolución de las conclusiones; las dos cartas originales de negativa a la devolución, las trece respuestas restantes más los trece ejemplares devueltos de las conclusiones. Se ampliaba la comisión a Sala para ejecutar esta tarea y para recibir cualquier notificación del regente sobre tal asunto.
Se incorporó al acta el texto de la carta en la que se solicitaba la devolución de las conclusiones. Esa carta va fechada el 15 de agosto de 1777.45 Se anexó también cada una de las respuestas, tanto de las universidades como de los individuos que habían recibido un ejemplar de las conclusiones. Como ya se ha dicho, dos personajes no entregaron sus ejemplares. El inquisidor dijo que las requería por tratarse de cuestiones dignas de su oficio y el doctor Francisco Pérez Bayer porque no las encontraba, debido a que en esos días había estado en dos casas diferentes, pero aseguraba que cuando las encontrara las haría llegar al claustro valenciano. De las respuestas de las universidades podemos decir que todas son breves y dan cuenta de la devolución. Es importante decir que llegaron dos cartas de la Universidad de Granada, una en la que se devolvían las conclusiones y otra retrasada, pues era respuesta al primer envío valenciano. Está fechada el 8 de agosto y va firmada por dos doctores y por el secretario.
El claustro de catedráticos granadino se pronuncia a favor de la suspensión del acto de conclusiones del bachiller Noé. Es un texto largo en que reflexiona sobre el fallo del bachiller y, entre otras cosas, dice que este no debe pensar que tiene a santo Tomás de su lado (suma teológica, 3.ª parte, cuestión 27, art. 1), pues si el santo viviera no hubiera opinado como aparece en la suma teológica, sino que se habría pronunciado por la inmaculada concepción:
No tiene de su parte a Santo Thomás, hemos dicho poco. Le está opuesto, no ha reflexionado el Argumento et contra de su mismo Artículo. Allí muestra lo que hablará el Santo si viviera en el tiempo que logra el Bachiller. Allí prueva la natividad en gracia de la Señora, porque la Yglesia Santa la celebra, y nada celebra sino lo santo. Qué diría de su concepción si huviera alcanzado estos tiempos quando la Yglesia no ya la tolera, como lo dice del suyo, sino que manda gustosa se celebre? Ha! si ahora nos hablara aquel entendimiento tan humilde como Angélico, con que gusto retractaría lo dicho en la suma (como lo hace en otras materias? Qué alegre respiraría su devoción con aquel, la Reyna amable, a quien tanto devió?, sin duda nos remitiría a su exposición del primer Libro de las Sentencias y ohiríamos con el mayor Júbilo de aquella boca órgano celestial, estas dulcíssimas palabras: talis fuit puritas Beata Virginis, quo a pecato originali, et actuali immunis fuit, tenemos el gusto de que este modo de pensar es puntualmente del profundíssimo theólogo, grande Ynterprete de Santo Thomás, el Muy Reverendo Padre Juan de Santo Thomás, en el tratado de la aprovación de la Doctrina de Santo Thomás.46
El texto granadino recupera también la idea de que, si se tratara de una santificación que no hubiera sido en el primer instante de la concepción, se estaría equiparando a la concepción del Bautista y de Jeremías. Esta fue la última carta que revisó el claustro y, tras la lectura, se dio por terminado.
Doctorado del bachiller Noé
El 17 de septiembre de 1777 el bachiller Manuel Noé y Guas, subdiácono, realizó su acto de conclusiones para doctorarse.47 El doctor Manuel Miralles, presbítero y catedrático de Teología, fue el presidente del acto. Este día, dice el acta, para llevar a cabo la ceremonia, se suspendieron los actos de oposición para las cátedras anuales de filosofía.
La tesis del bachiller Manuel Noé ya no fue la original, sino la que había ordenado el consejo de Castilla: «Beata Virgo Maria ab originali pecato servata fuit». El acta insiste en que esta tesis sustituía a la anterior «que quiso defender, y empesava: Rationabiliter creditur…».
El acto se desarrolló en dos partes: una por la mañana y otra por la tarde. Arguyeron por la mañana Vicente Peris, fray Agustín Font (religioso calzado de la Trinidad), Domingo Crespo y el bachiller Mariano Calabuig. Por la tarde, Luis Adamdrat, fray Joseph Giner (religioso mínimo de San Francisco de Paula), el doctor Matheo Fabregat y el bachiller Francisco Barruguer. El acta pone especial cuidado en señalar que el acto se celebraba cumpliendo lo dispuesto por el consejo de Castilla:
en cumplimiento de lo mandado por el Real y Supremo Consejo de Castilla, en su orden que se comunicó a la Universidad literaria de dicha Ciudad, con fecha de veinte y cinco de Julio de este año, y se halla incerta en este Libro, en el Claustro que se celebró el veinte y nueve de los mismos.48
Termina con la firma del secretario Francisco Hilario Cavaller, por orden del rector Juan Antonio Mayans.
Epílogo. Claustro de 19 de octubre de 1777
Este día se reunió el claustro de catedráticos para cumplir con la prohibición, del consejo de Castilla, de defender conclusiones que
nieguen o impugnen directa o indirectamente en manera alguna la Puríssima Concepción de María Santíssima en el primer instante de su animación; leyéndose esta resolución todos los años en esta Universidad a principios del Curso; la que haviéndose leído por mí, el infrascrito Escrivano, como queda dicho y manda el real consejo.49
Tras la lectura, el estudio acordó cumplir con la orden.
SOBRE ESTA HISTORIA Y LA DE LAS MUJERES
De esta manera finalizaba una polémica en torno a la doctrina de la Inmaculada Concepción de la virgen. Aunque se trataba de un acto académico, el tema traspasaba fácilmente las aulas universitarias y alcanzaba distintas esferas de la sociedad. En un primer momento, el asunto pudo parecer un conflicto entre tomistas y antitomistas. El bachiller Manuel de Noé y su presidente Manuel Miralles parecen alineados con los tomistas, en tanto que el vicerrector Adamdrat estaría en el otro bando. Sin embargo, este antagonismo no está del todo claro. Al consultarse al claustro de teología no encontró que la conclusión fuera digna de censura ni mucho menos herética, solo se pedía una mayor explicación; y en aquel claustro había tomistas y antitomistas. Esto es, la diferencia doctrinaria no fue impedimento para que se emitiera una opinión de conjunto. Esa fue también la opinión del claustro general de catedráticos. Hasta aquí no parece que las posiciones frente al tomismo generaran una gran división entre los catedráticos, solo aparecen opuestos Adamdrat, un síndico y, probablemente, Sales. Este, en opinión de Locella, se había excedido en sus funciones de comisario. Probablemente eso radicalizó la posición del bachiller Noé y de su presidente.
Aunque hubo una voz, la del catedrático Guimerá, que llamó a la serenidad y a la búsqueda de una solución dentro de los muros universitarios, el claustro decidió sacar el conflicto y llevarlo a los distintos poderes: el inquisidor general, el censor regio, el Ayuntamiento de la ciudad, las distintas universidades, el consejo de Castilla y el monarca. De hecho, en uno de los primeros momentos, cuando el comisario Sales habló con el bachiller Noé, le expresó el escándalo que la tesis podría causar en la ciudad, es decir, podría haber alcanzado la devoción popular y, sin declararlo, se intuye el temor de un posible motín.
Por parte de las autoridades más altas, como eran el inquisidor general y el consejo de Castilla, también se presentó un desacuerdo que se resolvió en función del poder del segundo. El inquisidor, como el claustro de Teología, no veía ninguna falta a la doctrina e impuso la retractación de los que cuestionaron la tesis. El peso de su autoridad hizo obedientes a todos los doctores. Esto generó un equilibrio de fuerzas que obligó a la retractación, el aislamiento por parte del claustro y la prisión de Adamdrat, y en consecuencia dio enjundia a Miralles y a los que coincidían con él. Sin embargo, la resolución del consejo de Castilla fue contraria a la del inquisidor, entonces, el equilibrio de fuerzas dio otro giro y volvió a hacer obedientes a los doctores, especialmente sumisos a Miralles y al bachiller Noé. El consejo, en virtud de su real autoridad, impuso la tesis que debía defender el bachiller bajo la presidencia de Miralles, so pena de expulsión de la universidad. El bachiller y su presidente obedecieron y presentaron la conclusión tal y como la había redactado el consejo. Es decir, más allá de la cuestión académica o religiosa, quedaba claro que se trataba de un asunto de poder: el control del monarca para intervenir en la universidad o para someter a su inquisidor…
Cien años después del dogma de la Inmaculada en 1854, aún se congregará todo el claustro de la Universidad de Valencia –con el rector José Corts Grau– para apoyar el dogma de la asunción de la virgen a los cielos –establecido por Pío XII en 1950– y aprovechará para pedir la declaración de la mediación de la virgen ante su hijo Jesús…50
El giro que dio nuestra investigación sobre la presencia de la mujer en la Universidad no solo nos habla de una universidad masculina –sujeta a extensos debates religiosos…–, sino que también revela la necesidad de seguir buscando perspectivas metodológicas y documentos que nos permitan encontrar esa veta que enlace la historia de las universidades con la historia de las mujeres.
1. Fur CXLIV. 2, en Pedro López Elum: Los orígenes de los Furs de València y de las Cortes en el siglo XIII, Valencia, Generalitat Valenciana-Conselleria de Cultura i Educació-Direcció General del Llibre, Arxius y Biblioteques, 2001, p. 348. Se edita el manuscrito de 1329 del Ayuntamiento de Valencia.
2. Transcripción en Bulas, constituciones y estatutos de la Universidad de Valencia, 2 vols., edición de Manuel Vicente Febrer, Amparo Felipo, Jorge Correa, Pilar García Trobat, Pascual Marzal, Mariano Peset, José Luis Peset, Salvador Albiñana, María Fernanda Mancebo, Javier Palao y María Fernanda Peset, Valencia, Universidad de Valencia, I, 1999, cita en p. 209.
3. Francisco Ortí y Figuerola: Memorias históricas de la fundación y progressos de la insigne universidad de Valencia, Madrid, Imprenta de Antonio Marín, 1730, pp. 96-106. También Manuel V. Febrer Romaguera: Ortodoxia y humanismo. El Estudio General valenciano durante el rectorado de Joan de Salaya (1525-1558), Valencia, Universitat de València, 2003, pp. 185-189.
4. Edición facsímil con estudio preliminar de Lluís Guía Marín: Cortes del Reinado de Felipe IV. Cortes valencianas de 1645, Valencia, Universidad de Valencia, 1984, p. 207.
5. Emilio Callado ha dedicado numerosos trabajos a la Inmaculada en Valencia en el XVII, aquí referimos su obra Sin pecado concebida. Valencia y la Inmaculada en el siglo XVII, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2011. Más adelante citaremos un libro coordinado por él mismo. Un texto más antiguo, en Modesto Hernández Villaescusa: La inmaculada concepción y las universidades españolas, 2.ª ed., Oñate, Establecimiento tipográfico de M. Raldúa, 1901.
6. Joaquim Prats: La universitat de Cervera i el reformisme borbònic, Lleida, Pagès editors, 1993. Salamanca posee extensa bibliografía, véanse Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares: La universidad salmantina del barroco, período 1598-1625, 3 vols., Salamanca, Universidad de Salamanca, 1986, y Juan Luis Polo Rodríguez: La Universidad salmantina del Antiguo Régimen (1700-1750), Salamanca, Universidad de Salamanca, 1996. Ambos autores han coordinado la Historia de la Universidad de Salamanca, 5 tomos, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2003-2006. Luis Enrique Rodríguez-San Pedro: «Universidad y Monarquía católica, 1555-1700», I, pp. 97-146; «El corpus normativo. Siglos XV-XVIII», II, pp. 109-130; «Cátedras y catedráticos: grupos de poder y promoción. Siglos XVI-XVIII», II, pp. 767-801; «Sobre proyección de Salamanca», III.2, pp. 1009-1028 y 1087-1100; su bibliografía, IV, pp. 129-388 y 639-834. También Clara Ramírez: Grupos de poder clerical en las universidades hispánicas. Los regulares en Salamanca y México durante el siglo XVI, 2 vols., México, CESU-UNAM, 2001, y Armando Pavón Romero: El gremio docto. Organización corporativa y gobierno en la Real Universidad de México en el siglo XVI, Valencia, Universitat de València, 2010.
7. Javier Palao Gil: «Crisis y extinción del patronato municipal sobre la universidad de Valencia a raíz de la abolición de los Fueros (1707-1827)», Facultades y Grados. X Congreso Internacional de Historia de las Universidades Hispánicas, 2 vols., Valencia, Universitat de València, 2010, II, pp. 110-143. En general, Mariano Peset (coord.): Historia de la universidad de Valencia, 3 vols., Valencia, Universitat de València, 1999-2000 –versión en valenciano, 2000–. Hace poco se completó con la obra coordinada por Mariano Peset y Jorge Correa: La facultad de derecho de Valencia, 1499-1975, Valencia, Universitat de València, 2018. Ernest Sánchez Santiró ya había estudiado la Historia de la facultat de ciencies (1857-1939). Orígens i desenvolupament d’una comunitat científica i professional, tesis doctoral inédita, Universitat de València, 1995.
8. Mariano Peset: «Los archivos universitarios: sus contenidos y posibilidades», Estudios en recuerdo de la profesora Sylvia Romeu Alfaro, 2 vols., Valencia, Universidad de Valencia, 1989, I, pp. 759-772.
9. Un resultado, en Yolanda Blasco Gil, Luis Millán González, Armando Pavón Romero, Mariano Mercado Estrada, Carlos Pavón Romero, Ana María Cabrera, Fernanda Garzón Farinós y Fernanda Peset: «Enriqueciendo la investigación en humanidades digitales. Análisis de los textos de los claustros académicos de la Universidad de Valencia (1775-1779) con KH Coder», Revista Española de Documentación Científica (REDC), 43,1 (enero-marzo 2020), e257. DOI:doi.org/10.3989/redc.2020.S1, 12 páginas.
10. Pascual Marzal ha realizado una aproximación a los diferentes tipos de claustros valencianos en Doctores y catedráticos. Los claustros del Estudio General de Valencia (1675-1741), Valencia, Universitat de València, 2003. También lo hizo Fernanda Monserrat Morales Guevara en «Los claustros de la universidad de Valencia 1793-1797», tesis de licenciatura en historia por la UNAM, 2013, inédita.
11. Continuamos con la transcripción de los libros de claustros de la Universidad de Valencia. Se ha transcrito y publicado el volumen 78 (1775-1779). Le sigue el 79 (1780-1797), que hemos transcrito y preparamos para su publicación. Como se ha mencionado, la Universidad de Valencia editó hace años Bulas, Constituciones y Estatutos de la Universidad de Valencia, en 1999; después, Historia de la Universidad de Valencia, 1999-2000; Pascual Marzal transcribió claustros inéditos de medicina en Doctores y Catedráticos…, en 2003. Faltaban la transcripción y el estudio crítico de todos los claustros de la Universidad de Valencia para ir completando la historia universitaria. Yolanda Blasco Gil publicó Claustros de catedráticos de la universidad de Valencia, 1775-1779. Estudio preliminar y transcripción, en 2012, que seguiremos en este trabajo. Continúan el libro 79 Armando Pavón y Yolanda Blasco, en prensa.
12. Este claustro en Yolanda Blasco Gil: Claustros de catedráticos de la universidad de Valencia, 1775-1779…, pp. 81-84. Advertimos que las referencias a los demás claustros que citamos también están sacados de esta obra.
13. Claustro 26 de junio de 1777, cita en p. 82. Agradecemos la ayuda de Mariano Peset y de Rosa Lucas en la traducción al castellano de la mayor parte de las proposiciones latinas. En este caso, la traducción de Peset es la siguiente: «Se cree muy razonablemente que la Santa Virgen María, que engendró del padre al unigénito, lleno de gracia y verdad, fue santificada en el útero».
14. Esta y las siguientes citas de Miralles, en Claustro 26 de junio de 1777, cita en p. 82.
15. Claustro 26 de junio de 1777, p. 83.
16. Claustro 26 de junio de 1777, pp. 83-84.
17. Claustro 3 de julio de 1777, pp. 84-91.
18. Claustro 3 de julio de 1777, p. 85.
19. El relato del pavorde Sales y citas siguientes, Claustro 3 de julio de 1777, pp. 85-86.
20. Claustro 3 de julio de 1777, p. 86.
21. Claustro 3 de julio de 1777, pp. 86-87.
22. Claustro 3 de julio de 1777, pp. 87-88.
23. Claustro 16 de julio de 1777, pp. 94-101. La carta está inserta en el acta; citas en pp. 95-96.
24. Claustro 16 de julio de 1777, p. 101.
25. Vicente León Navarro: «Conflictos ideológicos durante los primeros años de Don Francisco Fabián y Fuero en la Mitra Valenciana», en Emilio Callado Estela (ed.): La catedral ilustrada. Iglesia, sociedad y cultura en la Valencia del siglo XVIII, Valencia, Institució Alfons el Magnànim-Diputació de València, 2015, vol. 3, p. 167. Sobre los conflictos entre tomistas y antitomistas véase también Salvador Albiñana: Universidad e ilustración. Valencia en la época de Carlos III, Valencia, Universitat de València-Institució Valenciana d’Estudis i Investigació, 1988.
26. Salvador Albiñana: La universidad de Valencia y la ilustración en el reinado de Carlos III, 3 vols., tesis doctoral, Valencia, Universidad de Valencia, 1986-1987, II, p. 10.
27. Claustro 19 y 21 de julio de 1777, pp. 101-110.
28. Claustro 19 de julio de 1777, p. 105.
29. Sesión 19 de julio de 1777, pp. 105-106.
30. Sesión 19 de julio de 1777, pp. 106-110.
31. Vicente León Navarro: «Conflictos ideológicos…», p. 165. Sesión del claustro 21 de julio de 1777,
32. Claustro 29 de julio de 1777, pp. 125-129.
33. Texto de la real orden en claustro 29 de julio, pp. 126-128.
34. Claustro 29 de julio, pp. 126-127, también para las citas de dicho documento.
35. Claustro 29 de julio de 1777, pp. 128-129.
36. Claustro 2 de agosto de 1777, pp. 129-132.
37. Claustro 2 de agosto, p. 131. Misma referencia para las siguientes dos citas.
38. Claustro 14 de agosto de 1777, pp. 132-137.
39. Claustro 14 de agosto, p. 133.
40. Sigue claustro 14 de agosto, p. 134. Es la misma referencia para las siguientes citas de este claustro.
41. También el 14 de agosto, pp. 135-137.
42. Claustro 9 de septiembre de 1777, pp. 140-150.
43. Claustro 9 de septiembre, p. 140.
44. También el día 9, pp. 140-141.
45. Mismo claustro, p. 141.
46. Claustro 9 de septiembre, p. 148.
47. Doctorado del bachiller Noé, 17 de septiembre de 1777, pp. 149-150.
48. Doctorado del bachiller Noé, 17 de septiembre, p. 149.
49. Claustro 19 de octubre de 1777, pp. 156-157.
50. Mariano Peset: «Los años de espera», La facultad de derecho de Valencia, 1499-1975…, p. 360.
UNIVERSIDAD Y ENSEÑANZA EN EL CÍRCULO SALMANTINO DE JOSÉ CADALSO
JOSÉ LUIS PESET
IH – CCHS – CSIC
A mis hermanas Amparo y Gloria
El siglo XVIII supuso la llegada de una nueva dinastía francesa, que intentó renovar un imperio desfalleciente. Sus coronas iniciaron amplias reformas, sobre todo en la época próspera del rey Carlos III. Se renovaron las universidades, con la introducción de estudios modernos, libros de texto y enseñanzas más prácticas, más cercanos al menos a la realidad. Se protegieron las ciencias, buscando aquellas que suponían mejoras en riqueza, felicidad y convivencia. En medicina se apoyó la enseñanza hipocrática, práctica y más inocua que la galénica. En derecho se introdujo el derecho natural y de gentes y el mandato regio; en teología y en la Iglesia, tras la expulsión de los jesuitas, se impuso el tomismo, así como una mayor tolerancia. En filosofía y física, se conoció a Descartes y Newton. Con la defensa del heliocentrismo, la astronomía ganó en importancia. Pronto llegaron el empirismo y el sensualismo. Fueron respaldadas la geografía y la historia, la lengua y los escritores en castellano, que podían apoyar la nueva nación y la monarquía novata. Miguel de Cervantes se pone de moda. La historia natural y las bellas artes también contaron con el apoyo del trono, y así aparecieron hermosas producciones. También la técnica, como la arquitectura y la ingeniería, la cirugía, la náutica y la artillería. Las universidades, el ejército y la marina tuvieron un gran papel. Además de la Iglesia, desde luego. Sin duda, son tres los cuerpos que proporcionaban la sabiduría necesaria en la época: el ejército, la Universidad y la Iglesia. Cadalso conoció bien todos ellos, a través de su vinculación con Cádiz, el Seminario de Nobles, el círculo amistoso salmantino y su dedicación a la caballería. Además fue un ilustrado viajero.1 Pero además la enseñanza, la transmisión del saber se hizo de una manera más rápida y directa. Y no solo por la aparición de revistas y periódicos. En la época tuvieron una gran importancia las tertulias, las academias y los salones, además del cortejo. Como Wolf Lepenies mostró tiempo atrás, la nobleza, alejada de la corte, y la burguesía no aceptada en ella empezaron a crear sus espacios físicos y sociales. Entre nosotros será buen asistente a esos salones el poeta y militar José Cadalso. Busca el ejército y el ennoblecimiento, es feliz cuando llega a la corte, a los salones de los Aranda o los Osuna, o en los encuentros con sus amigos en Salamanca. Se debate entre su origen burgués y la nobleza, si bien ya ridícula esta en esa época, tal como señalará Chateaubriand, pues ya tan solo defiende viejos privilegios ganados con la sangre de sus antecesores y la explotación de sus siervos. Entre el cosmopolitismo y la nación con su rey se debate Cadalso, a través de ciclos depresivos, lo que tal vez le lleva al suicidio ante Gibraltar, preso de los intereses de la corona. Cuando está lejos de esos salones nobles o burgueses sufre, se lamenta, escribe poesías o teatro románticos, y da su vida en la batalla.2 Terminó tal como quiso, siendo como Garcilaso un buen poeta muerto en el campo de combate.
Su posición ante Madrid es ambivalente, la detesta por los mismos motivos que la adora, es corte, es rica y elegante, también derrochadora y haragana, despótica y cruel. Es la misma situación de Cervantes (y luego Pedro Gatell, su plagiario ilustrado) en la corte ducal, o de Rousseau en París.3 Se trata del joven que llega a la capital para hacer fortuna, conseguir poder, o encontrar saber y acomodo, el ascenso social y el desclasamiento. Será en todo momento forastero, un viajero que busca inútilmente fortuna en una sociedad nueva –sin olvidar la propia– que tristemente no encuentra. Es el paso o cambio de lugar, de tiempo, de sociedad. Siempre, sin embargo, la novela picaresca nos recordaba que estos cambios no nos alejaban de nuestro origen y condición.
La crítica de la ciudad –que viene desde la de Roma en los clásicos latinos– hace resurgir en el siglo que nos ocupa la vieja alabanza de la aldea de fray Luis de León o Garcilaso de la Vega, herencia de clásicos anacreónticos, bucólicos y pastoriles. Es un tema universal y eterno de la literatura, poesía, drama o novela, también de la autobiografía. Las ciudades son ahora núcleo de riqueza, poder y cultura, con enormes posibilidades para quienes allí viven o llegan. Ya no se cree en las universidades en lugares amenos como Alfonso X o Cisneros quisieron; y lo advirtieron los jesuitas, cuando pretendieron crear universidad en Madrid a imitación de otras capitales europeas como Roma o París, pero se contentaron con el Colegio Imperial y más tarde con el Seminario de Nobles, donde estudiará nuestro personaje.4
La Universidad de Salamanca, en la Ilustración, tuvo todavía un preponderante papel. Los monarcas consultaban a sus sabios, juristas y médicos, y muchas veces enviaban los claustros opiniones e informes más o menos atendidos.5 Está situada esa universidad en un núcleo urbano, pero pequeño y con tareas agropecuarias.6 En comparación con Madrid podía recordar todavía un mundo de pastores y zagalas, en el que se desarrollará la segunda escuela poética de Salamanca, a la vez que las facultades conocen un proceso de mejora, apoyadas tanto desde el exterior como desde el interior. Las reformas de Carlos III en las universidades españolas fueron bien conocidas por nuestros personajes. Serían temas de conversación, pues muchos transitaron las aulas, estas o bien otras.
Tiempo atrás los viajes continuos de Diego de Torres Villarroel entre las dos ciudades –por diversión, sabiduría o medro– son buena muestra de esa atracción de la capital, que también se ejercerá sobre Alcalá de Henares y su núcleo universitario.7 Hay cierta semejanza con los viajes de Cadalso, aunque estos son motivados además por los destinos militares y los castigos y destierros. Alejados de Madrid, tanto el castellano como el andaluz son infelices, se hunden en la melancolía, y no prosperan si faltan buenas relaciones. Pero, como a otros nos ha sucedido, Salamanca será para Cadalso motivo de cambio, de amistad y de disfrute literario. Pronto se entusiasma, siguiendo a fray Luis y a los pastores del Tormes.
Señaló J. A. Maravall (de forma semejante a su propuesta para el teatro barroco, en época Austria) la Canción de un patriota, en que se junta el entusiasmo pastoril con el patriótico, esos aldeanos que deben defender la nación borbónica en la estela de Pelayo o Rodrigo, de los viejos reyes y ahora de los nuevos.8 Pero en la Arcadia (o en el Paraíso) está la muerte, tal como Cervantes señaló en el comienzo y en el final del Quijote, en el episodio de Grisóstomo y en la muerte de Alonso Quijano. Y si este caballero enloqueció con la lectura, el estudiante aquel se formó en Salamanca, siendo buen conocedor de estrellas. Esos astros que sirvieron para la náutica, la agricultura y la medicina, pero que también enloquecieron o amargaron a muchos. Saturno devoró a sus hijos. Así quizá al estudiante enamorado de las imaginadas tierras cervantinas.9
Para R. P. Sebold la causa de este entusiasmo de José Cadalso por Salamanca sería el encuentro con amigos distintos a los encontrados en la milicia y en la corte –y en los círculos jesuitas–, distinguidos caballeros, con los que ha tenido problemas y a los que a la vez halaga y critica. Los entornos de los poderosos políticos condes de Floridablanca y Aranda, o bien los más elegantes Osuna siempre fueron motivo de deseo para él. Estos amigos en Salamanca, bien distintos, responden al estilo de Ovidio, Horacio o Garcilaso, pero también a la nueva sociabilidad –y sensibilidad– de la que nos hablara Wolf Lepenies, o bien señaló Varela en Jovellanos. Se evidencia el cambio del neoclasicismo hacia el romanticismo, en nobles y burgueses. No es extraño que se leyera en Salamanca el manuscrito de Noches Lúgubres, o bien frecuentes textos sobre la muerte, así un fragmento del poeta Iglesias de la Casa.10
Estos afectos parecen consolar la melancolía y la cercanía a la muerte que se anuncia en versos y se consigue en Gibraltar.11 Porque allí se encuentra el camino a la naturaleza, a la que por entonces se desea ordenada, razonada, como mostrará el Informe en el expediente de Ley Agraria de Gaspar Melchor de Jovellanos.12 Así, en estos poetas salmantinos, pero también en los jardines de Osuna que recuerdan a la María Antonieta pastorcilla en Versalles.13 La naturaleza es ordenada en jardines, colecciones y gabinetes, en hospitales y encierros y en libros y bibliotecas.14 Se oponen (o complementan) el cortesano petimetre y el pastor del Tormes, pudiendo ser las obras de Cadalso un retoque de Rousseau, pues ahora la naturaleza y la poesía de Anacreonte son ilustradas o racionalizadas.15
A la entrañable conversación y al influjo poético –de Jovellanos sobre el círculo, y de Cadalso también en especial sobre Meléndez Valdés– se une el interés por la enseñanza. Bastantes son universitarios, estudiantes, graduados o profesores, todos conocían bien el mundo de las aulas. Por tanto, ahora el contemplar el reflejo de la Universidad, de los universitarios en el círculo cadalsiano, será recordar los espejos del callejón del Gato ante los que se pasearon los héroes clásicos. Aquí los clásicos y los románticos, pues tenemos a los autores de El delincuente honrado y Noches lúgubres. Antonio Ponz ha dejado recuerdo de una juventud salmantina preocupada por el saber, distinto del aportado por algún detractor de la ciencia española.16 Las reformas carolinas habían introducido prácticas y saberes modernos, de los que fueron testigos en las aulas estos contertulios. Señalemos entre sus amigos y contertulianos a Forner, Arroyal y Meléndez, algún sobrino de Torres, así como al poeta Iglesias de la Casa, personaje que comparte sus aficiones y por tanto las críticas de costumbres y el placer pastoril. Es la vuelta a la Arcadia que va de Cervantes y Garcilaso a Gatell y Cadalso.
Piensa el poeta viajero Cadalso haber encontrado una verdadera amistad, distinta a las propiciadas por las cortes y las modas. Señala estas en sus críticas a la falsa amistad moderna, universal, que obliga a frecuentarse con tanta asiduidad que retrasa o dificulta temas importantes, como las tareas de los políticos o las obligaciones domésticas, pero también –y aquí más nos interesa– el estudio. Si se hace difícil leer, también sufren pensar o sentir, tareas esenciales para el ilustrado. Nos señala a esos nietos jocosos y siempre alegres, muy distintos en su actitud de la seriedad que se suponía en el Siglo de Oro de sus ancestros; ahora todo es fingimiento, producto de modas, lujos e inutilidad.17 Está así –como muchos ilustrados– contra el malgastar superfluo para evitar la fuga de metales preciosos por culpa de las modas, recomienda justamente –como es norma en la época– el apoyo a la industria nacional. Los militares tendrán un buen papel en la promoción de esta. Sin duda en esa alegría, en ese paraíso, está el et in Arcadia ego de la pintura de Nicolas Poussin Los pastores de la Arcadia.
El siglo XVIII supuso una profunda reforma de la Universidad, que conocen bien todos los contertulios de Cadalso en Salamanca. Saberes modernos, libros de texto, enseñanza ágil y práctica, uso del castellano, curricula cerrados, compactos y prietos como un corsé. Ya no era posible el hacer cursos sueltos, cambios de universidades, fáciles dispensas…, ahora se pretendía una rígida formación que hiciera que los estudiantes supieran todo lo posible de sus carreras y lo más al día posible. Por eso en Los eruditos a la violeta presenta el poeta los cambios académicos del momento con gracia y cierta amargura, como siempre.18 No desconocía las novedades en las aulas salmantinas (y españolas, incluso en Coimbra), que suponían la entrada de los saberes modernos en la Universidad. Una teología positiva o el derecho real, y más en filosofía, ciencia y medicina. Así Descartes o Newton, Boerhaave o Piquer.
Además la ciencia moderna se transmite de otra forma, por nuevos cauces, no solo varía el contenido, sino el continente y los destinatarios. Está de moda el saber y así surge en las conversaciones, los cafés, las tertulias, incluso en los cortejos. El jesuita Vicente Requeno nos hablaba de coqueteos entre damas y petimetres, cuando junto a peligrosas chanzas sobre la nobleza o la religión aparecen saberes científicos.19 Y si este clérigo escribió su manuscrito para una dama, Cadalso imagina sus cursos para «violetos» para que los petimetres pudieran aprender de forma rápida y cortejar incluso más velozmente. En ambos casos se trata de una caricatura de la entrada de la nueva ciencia en las aulas hispanas, pero con un sentido negativo en el jesuita, con esperanza en el militar escritor. No podía ser menos en un personaje que conoce las novedades que están surgiendo en el saber, en el seno de las instituciones más importantes de la época, que son la base de las necesidades científicas y técnicas de la corona. Me refiero a la Iglesia –estudió con jesuitas–, el Ejército –fue militar de caballería–20 y la Universidad, que conoció bien durante su estancia en Salamanca, a través de sus amigos y contertulios. La Universidad cambiaba, se producían extrañezas en la sociedad –y en los reales Consejos– y en el propio cuerpo universitario.
Por tanto, se burla Cadalso –como Iglesias, en la tradición de Francisco de Quevedo y Diego de Torres Villarroel– de la nueva Ilustración, que entra en las universidades, pero también de charlas, tertulias, academias y escritos sobre ciencia, a la vez vehículos y obstáculos de nuevos saberes.21 Pero algunas academias científicas funcionaron, aunque él se burle de ellas, pues se refiere más a las literarias, así marcharon las de Barcelona y una tertulia matemática militar. Si algunas fracasaron –no hubo de ciencias, como las hubo sobre lengua o historia–, la amistosa de Juan y Ulloa en Cádiz funcionó gracias a la presencia de cirujanos y marinos.22 La enseñanza se estaba abriendo a saberes modernos y sobre todo más prácticos; la técnica empieza a ser de primera importancia, como la figura de Jorge Juan muestra. No es extraño que la aparición del castellano en la enseñanza –para cirujanos y militares, con normalización y control en la ciencia– también repercuta y se señale en Los eruditos a la violeta con sus neologismos burlones (culebrinal, cañonal, morteral), o bien con el renacimiento y elogios del Quijote.
Sin duda, como señaló Lepenies, es además un problema de espacios y de aburrimiento. La corte y la aldea de fray Luis, Madrid y Salamanca. La capital –como con Felipe II– está interesada en saberes y técnicas, es la cabeza de un gran imperio, si bien decadente; es espejo de moda y de poderío económico, político y centro de ascenso social. En Salamanca florece la segunda escuela salmantina de poesía,23 y es lugar de ideas y charlas sabias, en ciencia y en literatura. José Iglesias de la Casa participa en ellas, conoció las aulas pues en ellas estudió humanidades, fue protegido por Felipe Beltrán, al que dedica una canción pindárica. Sin duda es interesante su participación en la poesía del momento, tanto en sus aspectos pastoriles y anacreónticos, como en la herencia satírica y atrevida de Quevedo o Torres Villarroel. Su humor melancólico, su enfermedad, su miedo a la
Inquisición, que no gustaría de sus escritos, le hizo ingresar en la Iglesia.24 Arcadio, como se llamó en ese mundo de pastores quijotescos, presenta amplios paisajes bucólicos, llenos de reminiscencias de los clásicos grecolatinos y castellanos. Pastores junto al río salmantino alaban paz y sosiego, pasiones dichosas o doloridas. La melancolía reconforta al amante de desdenes, desmemorias y mortales destinos, como los de Grisóstomo, y el propio Cadalso.
Se editan sus Poesías póstumas en 1793 y 1798, con dudas –por fortuna apartadas– sobre la edición de su obra jocosa. Letrillas, canciones, elegías…, difieren de su postrer ánimo clerical…25 Las sátiras salmantinas siguen caminos trillados, quizá con poca originalidad, tanto en Iglesias como en los sobrinos de Torres Villarroel. Mujeres y maridos, cuernos e infidelidades, médicos y clérigos, abogados y jueces; tal vez más originales fueran las chanzas dedicadas a la nobleza ociosa o a las aulas y sus enseñanzas. Si bien personajes como el estudiante, vago, pobre o pícaro, son eternos en nuestras letras. Torres Villarroel ha introducido la crítica a la forma de enseñanza y a la arrogancia y tontería de los maestros. Muestra de esa doble actitud –cercana y distante– ante las aulas de estos escritores son los elogios de Iglesias al pequeño Picornell. Fue examinado este chico por su padre en aulas salmantinas, en busca de un saber más natural, digno del filósofo Rousseau. Es muestra del antagonismo que la naturaleza proporciona a este círculo contra la Universidad salmantina.26 Se critica la Universidad vieja y la nueva, así sus vanos conocimientos y su parloteo inocuo.
Los contertulios se dieron bien cuenta de que estaba cambiando la Universidad, con Salamanca a la cabeza. El modelo universitario tradicional, basado en Aristóteles y los clásicos, estaba dejando paso a una institución en que los saberes modernos tenían gran cabida. Y era un camino hacia una universidad útil, más práctica, relacionada con la sociedad moderna. Uno de los aspectos más importantes es que se tratará de una universidad con un carácter más profesional. Por tanto, a la primacía de las facultades de teología y cánones sustituirá la de medicina y derecho y, con más dificultad, la de filosofía y ciencias. Este reflejo del interés de la Corona por controlar y mejorar las universidades se adelantará a la influencia de la Universidad francesa, que será también más profesional que la alemana, más teórica y científica.
Se pudo así escribir: «Y en siete días/ La Violeta/ Le embute a un tonto/ Todas las ciencias».27 Mientras la universidad endurece sus condiciones, más años y estudios, nuevos saberes y enseñanza práctica, se burla –en cita afectuosa de Iglesias a Cadalso– de esos «violetos» que sin esfuerzo se gradúan. La duda es doble, sobre el aprendizaje rápido y sobre el difícil de la nueva Universidad, pues se abandonaba la enseñanza escolástica y vacía tradicional, que solo servía para puestos en la Iglesia, tribunales, consejos o para las adulaciones cortesanas. Derecho y medicina, luego ciencias y filosofía debían ser los caminos por los que transitara la nueva Universidad. En general se burla de los sabios que solo conocen la escuela, tildándolos de tinajas que imparten inútiles saberes. También tiene en cuenta la vieja idea, ahora renovada, del daño que el estudio y la lectura producen. Es un saber que viene de Aristóteles e Hipócrates, pasando por Galeno, Ficino, Huarte, Cervantes o Lennox y que llegará a Mme. Bovary. Con claridad escribe Iglesias de la Casa: «Diz que el estudio,/ Con sus tesones,/ Mi tez de rosa/ Fuerza es que robe».28
El poeta asesta lanzadas a la Universidad, por su poco útil cometido, y al afán de riqueza, lo que le otorga beneficios y puestos eclesiásticos. «Diz que la Filosofía/ De algún Escolar no aprecio,/ Que me debo dar de recio/ A estudiar la algaravía/ De tanta distinción fina,/ Que usa el sofístico bando:/ Ya voy que me estoy peinando./ Notan que el dinero hacer/ No sé qual mil de mi estado./ Que más que un obligado/ Pudiera yo enriquecer,/ Solo con apetecer/ Lo mismo que me están dando:/ Ya voy que me estoy peinando».29 Se trata de una idea aristocrática, de aburridos salones, como pensara Lepenies, con menosprecio del dinero y las actividades consideradas propias de gentes viles o minorías. Se aspira a niveles de distinción en una época –como Chateaubriand señaló– de declive, inutilidad y ridículo de la vieja nobleza. Unas líneas al parecer del Semanario de Salamanca señalan esa decadencia de una nobleza manirrota e inútil, críticas que en Cadalso también se muestran. «La decadencia pues, de la industria en España, no consiste en la poca aplicación, o en la ignorancia de los Artesanos, o en el Gobierno, sino en la mala versación de los caudales de los poderosos, o por mejor decir en su educación, que es el principio de donde dimana este mal…».30
La gloria de la edición y el retrato será el camino que estos personajes quieran, así Meléndez jurista quedará en el retrato de Goya; o en completa y brillante edición tardía tras exiliarse como afrancesado. También Iglesias conseguirá póstuma edición y grabado. No deja de criticar al poeta –herencia que viene de Platón–, así como a la nobleza, la Iglesia o los universitarios. «¿Ves aquel Señor Graduado,/ Roxa borla, blanco guante,/ Que nemine discrepante/ Fue en Salamanca aprobado?/ Pues con su borla, su grado,/ Cátedra, renta, y dinero,/ Es un grande majadero». Se ríe, es cierto, incluso de sí mismo: «¿Ves al que esta satirilla/ Escribe con tal denuedo,/ Que no cede ni a Quebedo,/ Ni a otro ninguno en Castilla?/ Pues con su vena, Letrilla,/ Pluma, papel, y tintero,/ Es mucho más majadero».31 Una fama que Jovellanos –en su Carta a Jovino– señalará en la búsqueda de temas elevados, pero que ellos gustarán además perseguir con sus pastores y sus tristezas, sus críticas y burlas. Anuncian desde luego –como Alessandro Malaspina en sus cartas,32 en que se siente en un vórtice por las prisiones y despotismos– cambios esenciales ya próximos.
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