Kitabı oku: «Un beso atrevido - Las reglas del jeque»

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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

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28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 73

© 2004 Harlequin Books S.A.

Un beso atrevido

Título original: Expecting the Sheikh’s Baby

© 2010 Abby Green

Las reglas del jeque

Título original: Breaking the Sheikh’s Rules

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2004 y 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todoslos derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-600-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Un beso atrevido

Quién es quién

Prólogo

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Las reglas del jeque

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Si te ha gustado este libro…


Quién es quién

Ashraf ibn-Saalem: Tras sufrir una dolorosa traición, este jeque árabe decidió meter su corazón en hielo, pero no su libido. Sus ojos negros e inquisidores saben apreciar a las mujeres, pero su endurecido corazón ha jurado no volver a amar. Aunque hay algo que sí desea conseguir: Un hijo.

Karen Rawlins: Algunos aseguran que esta prima perdida de los Barone es orgullosa e indomable. Pero, según la propia Karen, es sencillamente dueña de sí misma. Tiene treinta y un años y ha empezado a escuchar el tic-tac de su reloj biológico. Por las noches sueña con tener un hijo, pero ha decidido que para ello no necesita un marido.

Maria Barone: Ella sabe mejor que nadie que no importa lo que uno quiera, porque no se puede escapar de lo que el destino nos tiene preparado.

Prólogo

Aquel hombre podía ser su padre, pero eso era imposible.

Su padre estaba muerto.

Karen Rawlins recorrió con dedos temblorosos la foto de Paul Barone que venía en el periódico de Boston ilustrando un artículo sobre la última reunión familiar de los Barone. Y también hablaban del misterio que llevaba años sin resolverse acerca del rapto del hermano gemelo de Paul, Luke. Todo aquello confirmaba lo que Karen había descubierto hacía poco tiempo en las páginas amarillentas del diario de su abuela.

Karen se sentó en una silla de la cocina del único hogar que había conocido, en el corazón profundo de Montana. Tenía la cabeza llena de demasiadas preguntas sin respuesta y demasiados recuerdos. ¿Conoció su padre la existencia del diario que Karen había encontrado entre las pertenencias de su abuela? ¿Habría sido consciente del engaño antes de morir? ¿Se habría enterado de que nació en una acaudalada familia de Massachussets y que la mujer a la que siempre consideró su madre lo raptó, y que no se llamaba Timothy Rawlins sino Luke Barone?

Karen dejó el periódico a un lado, consciente de que nunca obtendría todas las respuestas que ansiaba. Todos los que sabían la verdad estaban muertos: Sus abuelos, que habían fallecido con pocos meses de diferencia dos años atrás mientras dormían, y sus padres, muertos el año anterior en un tremendo accidente de tráfico.

Si Karen no hubiera roto su compromiso con Carl le habría resultado más fácil enfrentarse al dolor abrumador por tanta pérdida y a la aparición de un nuevo árbol familiar. Pero aquello había sido en realidad una bendición. Prefería vivir sola siempre que pudiera llevar la vida que quería. Pero Carl tenía otras ideas, ideas que incluían controlarla. Él quería una esposa que renunciara por él a tener una vida propia, no una esposa con sueños, opiniones y metas profesionales. Ella se había negado a decir adiós a sus ilusiones.

Karen colocó las manos en la taza de café para entrar en calor, a pesar de que en el exterior el mes de junio se mostraba cálido y maravilloso. Y sin embargo, ella sentía un frío que le calaba hasta los huesos incluso en aquella cocina tan hogareña y confortable que olía a limón. Porque se encontraba muy sola.

No hacía falta decir que aquel no había sido un año glorioso para Karen Rawlins. Se le ocurrió pensar entonces que no tenía ninguna razón para quedarse en Silver Valley. Aquel pueblo de un solo semáforo no tenía nada que ofrecerle excepto recuerdos agridulces y la certeza de que muchas cosas que pensaba de su familia, de su legado, eran falsas, a excepción del hecho de que sus padres y sus abuelos la habían querido sin reservas.

Tal vez en Boston la aguardaran más oportunidades. Oportunidades excitantes. Un lugar donde empezar de cero y crecer. Karen decidió entonces ir en busca de los Barone y contarles los detalles que sabía sobre su hijo desaparecido con la esperanza de que la recibirían con los brazos abiertos y la mente abierta.

Encontraría un buen trabajo y tal vez algún día podría fundar su propia empresa de decoración de interiores. Se construiría una buena vida. Una nueva vida. Y para llenar el hueco que tenía dentro del alma, intentaría también tener un hijo, alguien que la quisiera sin condiciones.

No, no había sido un año glorioso para Karen Rawlins, pero podía serlo a partir de aquel momento. Lo sería. Dependía de ella hacerlo realidad, y conseguiría todos sus objetivos sin la ayuda de ningún hombre.

Capítulo Uno

«Maldición, él otra vez».

Karen Rawlins se golpeó con el codo en la caja registradora de la afamada heladería Baronessa, perteneciente a los Barone, y reprimió un quejido que hubiera podido escucharse por encima de la música de ópera que salía a través de los altavoces de la tienda. También se contuvo de soltar una retahíla de palabrotas dirigidas al hombre que estaba sentado en el taburete de la esquina, al lado del ventanal. Un hombre que parecía un reflector de luz en medio de la decoración sencilla y tradicional de aquella heladería italiana.

Karen se jactaba de tener ojo de diseñadora, y aquel hombre estaba diseñado a la perfección. Su aspecto exótico componía el retrato perfecto de un extranjero misterioso.

Pero el jeque Ashraf Saalem no era un extraño para Karen. Lo había conocido hacía un mes en la fiesta de bienvenida que los Barone habían celebrado en su honor. Y sí, le había parecido educado, bastante carismático, por no decir muy carismático, pero demasiado seguro de sí mismo para el gusto de Karen. Por lo que ella sabía, el exceso de confianza era sinónimo de control. Y no estaba interesada en hombres controladores por mucho que pudieran hacer estremecer a una mujer con una mirada. Y eso que la última vez que estuvo cerca de él el jeque le había dedicado varias. Karen tampoco había sido capaz de olvidar la otra cosa que le había dado aquella noche.

Un beso.

Un beso de los que provocaban que una mujer perdiera el sentido. Un beso imposible de olvidar.

Pero Karen tenía que olvidarlo, e ignorar a aquel hombre, sobre todo en aquellos momentos. Tenía que ignorar sus miradas penetrantes y aquellos ojos tan oscuros como el café expreso de Baronessa. No era una misión fácil aunque él hubiera cambiado su atuendo tradicional árabe por la vestimenta occidental: traje de chaqueta en seda beige y jersey de cuello vuelto tan negro como su sedoso cabello. Tenía el aspecto de un hombre de negocios cualquiera tomándose un respiro en medio del agitado mundo de las finanzas. Pero no era cualquier hombre, un hecho que a Karen le había quedado meridianamente claro desde el momento en que lo conoció… y lo besó.

Tras dirigirle otra mirada furtiva, Karen volvió a colocar los cuencos de helado en línea bajo el mostrador. Su trabajo en la heladería, codo a codo con su maravillosa prima Maria era muy agradable. Hacía casi un mes que había sido recibida con los brazos abiertos por la familia, había aceptado el puesto de asistente de dirección y a cambio había ganado un buen puñado de parientes y un acogedor apartamento que había pertenecido a su prima Gina. Ahora que su vida estaba de nuevo encarrilada, no tenía desde luego tiempo ni ganas de distraerse con un hombre, ni aun cuando se tratase de un príncipe carismático.

Como si su fuerza de voluntad se hubiera ido de la tienda sin ella, Karen volvió a mirarlo a escondidas. ¿Cómo iba a ignorar su presencia si la tienda estaba prácticamente desierta a aquella hora de la tarde? La gente había regresado a sus trabajos después de la hora del almuerzo. Todos excepto el jeque. Él era el único cliente a excepción de una pareja que estaba en el otro extremo, haciendo manitas y susurrándose cosas al oído.

–Ya veo que tienes visita.

Karen apartó la vista del dúo romántico y la fijó en la sonrisa maliciosa de Maria.

–¿Por qué no me has avisado de que estaba aquí? –le preguntó Karen con más irritación de la que le hubiera gustado.

Pero la imagen de aquella pareja haciéndose arrumacos la había puesto de mal humor. Igual que la súbita aparición de Ashraf ibn-Saalem.

–Estabas abajo cuando llegó –dijo Maria–. Y no me imaginé que tuvieras tanto interés.

–Y no lo tengo –aseguró su prima limpiando con rabia el mostrador de mármol aunque estuviera impoluto–. Por lo que a mí se refiere es sólo un cliente más tomándose un café.

Maria avanzó hacia Karen y dirigió una mirada nada discreta en dirección al jeque.

–Tengo la impresión de que no ha venido sólo a tomar café, ni tampoco un helado –aseguró inclinándose hacia ella en un susurro–. Teniendo en cuenta el modo en que te está mirando, creo que está interesado en otro tipo de postre, no sé si me entiendes.

Karen entendía perfectamente lo que su prima quería decir, y no tenía intención de ser el caramelo del jeque, ni en aquel momento ni nunca. Se giró dándole la espalda a la barra y lanzó una rápida mirada por encima del hombro.

–No me está mirando de ningún modo. Está leyendo el periódico.

–Finge que lee el periódico, pero está mucho más interesado en ti.

Karen se subió las mangas de su camisa blanca y consultó el reloj, más por nerviosismo que por conocer la hora. Aunque tenía una cita. Una cita muy importante.

–¿Es que no tiene trabajo?

–Claro que sí, y muy bueno. Al menos eso me contó Daniel. Es consultor financiero o algo parecido. Viaja por todo el mundo.

Daniel, otro de los primos de Karen, era hijo del hermano gemelo de su padre, Paul, y el causante de que el jeque hubiera ido a su fiesta de bienvenida.

–Pero independientemente del trabajo es muy rico –aseguró Maria colocando los codos sobre el mostrador–. Y pertenece a la nobleza. Y viene hacia aquí.

Karen se quedó petrificada, como si se hubiera quedado pegada al mostrador por el escalofrío que le recorrió la espalda.

–¿En qué puedo servirle, jeque Saalem?

Karen escuchó el sonido del taburete del mostrador pero no fue capaz de girarse.

–Para empezar, me gustaría que me llamaras Ash. En América prefiero prescindir del título, al menos entre amigos. Y considero a los Barone mis amigos.

–Por supuesto –aseguró Maria–. Los amigos de Daniel son amigos nuestros, ¿verdad, Karen?

Karen sintió la punzada del codo de su prima en el costado. Dándose cuenta de que no tenía espacio para huir, terminó por darse la vuelta y mirar al jeque.

–Sí. Amigos. Por supuesto.

En lo que a sonrisas se refería, Karen tenía que calificar a Ash Saalem con un diez. ¿Por qué tenía que ser tan insoportablemente atractivo?

–Está usted muy guapa hoy, señorita Rawlins –dijo con voz tan suave y líquida como el mercurio.

Seguía con los ojos clavados en los suyos. Karen quería apartarlos, pero decidió mantenerle la mirada.

–Gracias.

–¿Te gusta trabajar aquí, Karen?

No podía creer que tuviera la osadía de tutearla y llamarla por su nombre. Tampoco podía creer que su pulso tuviera la osadía de acelerarse al escuchárselo pronunciar. Pero él había tenido las agallas suficientes para besarla la otra noche, así que por qué no iba a prescindir de toda formalidad.

–La verdad es que me encanta trabajar aquí –aseguró forzando una sonrisa y con los labios tensos–. Y hablando de trabajo: ¿Desea tomar algo?

–¿Qué se te ocurre? –preguntó el jeque inclinándose hacia delante e inundándola con su aroma a colonia y a seguridad en sí mismo.

Pero Karen no estaba de humor para jugar a las adivinanzas.

–Tal vez un poco de helado. Es muy refrescante. Y ayuda a enfriar los ánimos.

Helado era lo único que pensaba ofrecerle a aquel hombre, ese día y todos los días.

–¿Y si te pido algo de tu tiempo? Tal vez salir a cenar cuando hayas acabado con tus obligaciones…

–Señorita, por favor…

Karen miró hacia el final de la barra. Un hombre de mediana edad vestido con traje de chaqueta la miraba con expresión de impaciencia. Ella echó un vistazo alrededor en busca de Maria, que había desaparecido oportunamente.

–Discúlpeme –le dijo Karen al jeque dirigiéndose hacia el cliente–. ¿Qué desea tomar, señor?

–Un expreso –pidió el hombre con un gruñido–. Y rápido. Tengo prisa.

–Todavía no has contestado a mi pregunta, Karen.

Ella miró a Ash y le dedicó al señor gruñón la mejor de sus sonrisas.

–Discúlpeme un instante –le pidió mientras se acercaba de nuevo al jeque sintiéndose como una pelota de ping-pong–. No tengo tiempo para cenar. Tengo que ir a un sitio después del trabajo.

–¿Algo importante?

–Digamos que sí.

–¿Y no puedo acompañarte?

Karen pensó que sería más que bienvenido en la clínica de fertilidad, sobre todo si hacía una donación. ¿Quién en su sano juicio la rechazaría? Desde luego ella no. Pero tampoco tenía intención de contarle lo que iba a hacer.

–Tengo una cita. Una cita médica.

–¿Estás enferma?

–Es sólo un chequeo rutinario –aseguró sin mentir–. Estoy bien.

–Eso puedo asegurarlo yo sin necesidad de hacerte ninguna prueba –dijo Ash mutando su ceño de preocupación en una sonrisa–. Aunque no me importaría llevar a cabo una investigación más profunda.

–¿Está ya listo el café? –gruñó el cliente, malhumorado.

Karen agradeció la interrupción y se dirigió a servirle una taza a aquel hombre. En ese momento apareció Maria y vio entonces el cielo abierto para librarse del poder que ejercía sobre ella la mirada oscura del jeque.

–¿Todavía no ha llegado Mimi? Tengo que irme ya, Maria. Al médico.

–Sí, vete –respondió su prima con una mueca señalando la puerta–. Me las arreglaré hasta que ella llegue. Todavía falta bastante para que esto empiece a llenarse.

Karen se dirigió a la salida con las llaves en la mano antes de darle a Ash la oportunidad de insistir sobre lo de salir a cenar. Porque no estaba muy segura de volver a decirle que no.

–Estaremos en contacto, Karen –aseguró el jeque.

Ella agarró el picaporte de la puerta e intentó salir, pero se detuvo al escuchar el sonido encantador de su voz. Sólo fue un instante. Luego salió a toda prisa y corrió prácticamente hacia el coche para no caer en la tentación de aceptar su oferta. Para no rendirse ante aquellos ojos magnéticos y aquella voz pecadora. Para no olvidarse de su determinación de no mantener relaciones con ningún hombre.

Gracias a Dios que se las había arreglado para salir de allí a toda prisa.

Ashraf Saalem no tenía ninguna intención de permitir de Karen Rawlins se fuera. Desde el momento en que puso los ojos sobre ella en la fiesta de bienvenida, desde el instante en que la besó espontáneamente, la deseaba. Seguía deseándola y pretendía hacerla suya aunque para ello tuviera que ejercitar su paciencia hasta el límite.

La paciencia no era una de las virtudes de Ash. Nunca habría conseguido su fortuna personal si no hubiera sido persistente. Nunca habría dejado la seguridad del negocio familiar ni se hubiera marchado a América si hubiera estado dispuesto a aceptar las exigencias de su padre.

–Maldición…

La queja suave de Maria Barone captó la atención de Ash.

–¿Hay algún problema?

–Karen tenía tanta prisa que se ha dejado esto –dijo la joven mostrándole un bolso de cuero negro.

Ash vio el descuido de Karen como una oportunidad para continuar con su estrategia de convencerla para que volvieran a verse, a ser posible a solas.

–Estaré encantando de llevárselo.

–¿Ahora?

–Sí. Supongo que lo necesitará, seguramente tendrá ahí el carné de conducir y la cartera con el dinero.

–Tienes razón –reconoció Maria pensativa–, pero no estoy muy segura de que le haga gracia que te diga adónde va.

–Mencionó algo de una visita al médico –dijo sin especificar que aquella información se la había sacado con sacacorchos.

–Ayer me preguntó cómo ir al número doscientos de la calle Blakenship –intervino entonces una mujer menuda de cabello gris–, así que supongo que es allí dónde va.

–Mimi, no creo que a Karen le guste que des esa información –aseguró Maria mirando a la camarera con frialdad.

–Necesita su bolso, ¿no? –preguntó la mujer poniendo los ojos en blanco– Además, no creo que él le robe las tarjetas de crédito.

–Puedes confiar en que encontraré a la señorita Rawlins y se lo entregaré sano y salvo –intervino Ash agarrando el bolso que Maria le tendió vacilante–. Hasta pronto, señoras. Volveremos a vernos.

–De eso estoy segura –aseguró Mimi con una sonrisa–, ya que Karen trabaja aquí. Esa chica es muy guapa.

Sin decir nada más y despedirse con una inclinación de cabeza, Ash salió de la tienda con una sonrisa en la cara, agradecido por su buena fortuna. Tenía algo que Karen Rawlins necesitaba, y ella tenía algo que él deseaba. A ella. Al menos era un principio.

Con aquella idea en mente, Ash se metió en su Rolls-Royce plateado que estaba aparcado en la entrada y se puso en marcha. Notó cómo se iba impacientado mientras circulaba entre el denso tráfico de aquellas horas. Tras un rato que se le hizo interminable giró por la calle que la camarera había mencionado y se acercó a un edificio de ladrillo rojo que parecía una clínica.

Ash detuvo el coche en el aparcamiento y cuando leyó el cartel del Centro de Fertilidad Milam pensó que se había equivocado. Pero cerca de la entrada vio un coche pequeño de color azul que se parecía al que se había subido Karen cuando salió de Baronessa.

Aparcó, agarró el bolso de cuero y se sentó en un banco desde el que podía ver el coche azul. Pensó que Karen ya habría entrado y decidió esperar hasta que saliera aunque tardara varias horas. Tenía muchas preguntas que hacerle, sobre todo por qué había escogido una clínica en la que ayudaban a las mujeres a quedarse embarazadas. Entonces se abrió la puerta del coche de Karen y ella salió.

Ash vio el cielo abierto y atravesó el aparcamiento para ir a su encuentro. Se detuvo un instante para observar el balanceo de sus caderas y la belleza de sus piernas estirándose bajo la falda cuando ella se inclinó para buscar, al parecer, el bolso.

–¿Estás buscando esto?

Karen se golpeó levemente la cabeza al darse la vuelta bruscamente para mirarlo.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó tuteándolo casi inconscientemente.

–He venido a darte esto –dijo el jeque mostrándole el bolso.

–Gracias –contestó Karen agarrándolo–. No me di cuenta de que me lo había dejado.

–Ahora te toca a ti responder a la misma pregunta –afirmó Ash señalando hacia la clínica–. ¿Qué estás haciendo aquí?

–Ya te dije que…

–Que tienes una cita. Lo sé. ¿Pero qué te trae a un sitio así? ¿Has venido a una entrevista de trabajo?

–Por supuesto que no –aseguró ella cerrando la puerta del coche con un leve golpe de trasero–. Esto no es asunto tuyo –dijo algo molesta.

Ash se sentía frustrado por su reticencia. Sabía que no tenía derecho a interrogarla, pero tenía que saber por qué estaba allí.

–Tengo enorme interés en comprender la razón por la que has venido a este lugar.

–No tienes por qué comprenderlo. Esto es cosa mía, no tuya.

–Es cosa mía si tienes una relación con alguien con quien planeas tener un hijo, si esa es la razón por la que estás aquí.

–¿Y por qué sería eso cosa tuya?

–Porque entonces dejaría de insistir en quedar contigo. No quiero introducirme en el territorio de otro hombre.

–Para tu información, jeque Saalem, yo no soy el territorio de ningún hombre –aseguró Karen con sus ojos verdes y dorados encendidos en fuego–. En estos tiempos una mujer no necesita un hombre para tener un hijo, al menos no al hombre entero.

Ash se llevó la mano a la mandíbula y se la acarició pensativo, sin saber muy bien qué pensar de las palabras de Karen.

–Así que planeas tener un hijo tú sola…

–Así es –reconoció ella alzando la barbilla en gesto desafiante–. Inseminación artificial.

Aquello no le parecía bien al jeque. Entendía la necesidad del procedimiento en algunos casos, pero no en aquel.

–¿Quieres decir inseminación con el esperma de un desconocido?

–No tengo intención de hablar de esperma con un jeque –aseguró Karen sonrojándose.

–Pero tienes intención de tener el hijo de un hombre del que no sabes nada.

–Sí, esa es mi elección. Tengo treinta y un años y no me voy haciendo precisamente joven. Es el mejor momento de mi vida para hacer esto.

Ash sopesó sus palabras, su propósito. Sí. Estaba claro que él tenía algo que Karen necesitaba. Un servicio que estaría dispuesto a ofrecerle con gran placer. Y ella tenía también algo más que él quería. La habilidad de tener un hijo, los medios para que Ash consolidara una relación estable con una mujer a la que encontraba inteligente y encantadora. Había esperado muchos años para encontrar aquellas cualidades desde que su padre le frustrara el primer intento.

–Tal vez yo pueda ayudarte en este asunto –dijo.

–¿Quieres decir que estarías dispuesto a hacer una donación para que yo la utilizara? –preguntó Karen abriendo mucho los ojos.

–No tengo ninguna intención de compartir mi afecto con un recipiente de plástico. Prefiero hacer un hijo del modo en que la naturaleza tiene previsto que procreen un hombre y una mujer.

–De ninguna manera –respondió ella sacudiendo la cabeza–. No pienso permitir… eso.

Ash acortó la distancia que los separaba y le apartó un mechón de cabello castaño y ondulado del hombro. Tenía la sospecha de que a Karen le gustaban los retos tanto como a él, y si tenía que utilizar aquella arma, la utilizaría.

–¿Tienes miedo?

–Por supuesto que no –respondió ella mirándolo de modo tan salvaje, que Ash supo que había acertado–. ¿Por qué habría de tenerlo?

–Tal vez tengas miedo de lo que puedas llegar a sentir si me dejas hacerte el amor –aseguró él colocando una mano en el coche e inclinándose hacia delante–. De lo que podamos experimentar juntos.

Ash la escuchó emitir un leve suspiro, la única señal de que sus palabras le habían afectado.

–No es una buena idea, eso es todo.

–Es una idea estupenda. Hace tiempo que considero la posibilidad de tener mi propia familia. Esto nos beneficiaría a los dos.

–Yo sólo quiero un hijo, no una relación –respondió ella sin dudarlo un instante.

–¿Un hijo que no conocerá a su padre? Creo que si miras en el fondo de tu alma no querrás eso para él, teniendo en cuenta lo que recientemente has averiguado sobre el secuestro de tu padre.

–No tengo otra opción –aseguró ella mirándose los dedos de los pies que le asomaban por las sandalias–. No hay nada en este mundo que desee más que un hijo.

Con la yema de un dedo Ash le levantó la barbilla para obligarla a mirarlo. En sus ojos vio la indecisión, no la negativa total. Aquello fue suficiente para animarlo a seguir insistiendo.

–Yo te ofrezco otra opción. Estoy dispuesto a ser el padre de tu hijo.

–¿Y qué esperas exactamente a cambio? –preguntó Karen mirándolo con desconfianza.

Ash sólo le había entregado el corazón a una mujer en una ocasión, sólo una. Ya no tenía nada más que ofrecer en ese sentido. Pero podía darle a Karen el bebé que deseaba, un hogar confortable y un futuro seguro.

–Quiero que seas mi esposa.

–Eso es una locura –aseguró ella frunciendo el ceño–. No nos conocemos.

–¿Y qué mejor manera de conocernos?

–No quiero casarme. Casi cometo ese error no hace mucho tiempo –dijo Karen con tristeza, como para sí misma.

Ash no tenía motivos para sentir celos del hombre que hubiera gozado en el pasado del afecto de Karen, pero para su propia sorpresa los sentía. No importaba. Llegado el caso intentaría hacerle olvidar cualquier relación anterior, sobre todo aquella que parecía haberle causado dolor. Pero para ello tendría que convencer a Karen de que el matrimonio era algo conveniente para ambos.

–Tal vez podríamos llegar a un acuerdo. Si decides no seguir adelante con el matrimonio no tendrás ninguna obligación. Serás libre para marcharte tras el nacimiento de nuestro hijo.

–¿Estás hablando de divorcio?

Aquella palabra sonaba muy fuerte a oídos de Ash. Iba en contra de todas sus convicciones.

–Sí.

Karen se mordió el labio inferior repetidas veces antes de hablar.

–Si no he entendido mal, tú quieres formar parte de la vida del bebé aunque el trato termine.

Ash haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que no hubiera que discutir sobre la custodia del niño. Haría todo lo humanamente posible para evitar que su matrimonio fracasara.

–Por supuesto. ¿A ti te parece mal?

–Supongo que es lo mejor.

–Entonces, ¿trato hecho? –preguntó él sin poder evitar una sensación de victoria anticipada.

–No –respondió Karen estirándose y volviendo a colocar el asa del bolso en el hombro–. Tengo que hacerme la revisión y sopesar todas mis opciones antes de tomar una decisión.

Ash se apartó del coche y señaló con un gesto en dirección al edificio, aunque no estaba dispuesto a aceptar una derrota.

–Entra con mis bendiciones, Karen. Y mientras estés allí piensa en mí –dijo deslizándole el brazo por la cintura–. En nosotros. Considera lo que te estoy ofreciendo, un padre al que tu hijo conocerá. Y los medios para crear vida a través de un acto que nos proporcionará placer a ambos.

Ash la atrajo hacia sí y la besó. Era un beso destinado a convencer, a persuadir, a meterse en su cabeza para que Karen no se olvidara de él. Ella tenía los labios firmes contra los suyos, pero tras unos segundos de breve resistencia, se abrió finalmente a él y Ash aprovechó la oportunidad para deslizar la lengua en la suave humedad del interior de su boca. Fue sólo una vez, pero bastó para intuir cómo podrían ser las cosas entre ellos.

Haciendo un gran esfuerzo Ash dio un paso atrás para apartarse de ella, sacó una tarjeta de visita del bolsillo y se la puso en la palma de la mano acompañando el gesto con una suave caricia en la muñeca.

–Aquí están los números en los que puedes encontrarme cuando tomes tu decisión. Piénsatelo bien.

Karen se quedó quieta como una estatua mientras Ash se alejaba con la esperanza de que ella encontrara lógica su oferta y aceptara su proposición. En caso contrario tendría que seguir intentando convencerla.

Capítulo Dos

Aquel hombre no tenía vergüenza.

Karen no podía creerse que Ash Saalem la hubiera besado aquella tarde en un aparcamiento. No podía creer que se hubiera ofrecido a ser el padre de su hijo. Y no podía creer que ella estuviera considerando la posibilidad.

Se sirvió una copa de vino tinto, entró en el salón y se dejó caer sobre el sofá con la esperanza de aclararse la mente. Le encantaba aquel apartamento situado en la cuarta planta de la casa que los Barone le habían ofrecido generosamente. Gina había decorado el lugar con sofás de seda italiana, un escritorio antiguo y alfombras persas. Era precioso, pero aquellos muebles y complementos tan elegantes no casarían bien con un bebé que diera sus primeros pasos.

Pero estaba yendo demasiado lejos. Primero tenía que concebir, y luego ya pensaría en cambiar la decoración. En aquellos momentos la concepción tenía que ser su principal prioridad. Eso y la oferta de Ash, no su boca experta. Tenía que sacarse aquel beso de la cabeza para poder pensar con claridad, lo que no era en absoluto misión fácil. Como tampoco lo era decidir la mejor opción respecto al modo de tener un hijo.

Karen le dio un sorbo a su vaso de vino y recordó los acontecimientos del día. En la clínica la habían advertido del procedimiento que llevarían a cabo y de sus costes tanto emocionales como físicos si no conseguía quedarse embarazada tras los primeros intentos. Había estudiado los perfiles de los posibles donantes, y la mayoría eran estupendos. También había visto a varias parejas en la sala de espera con aspecto ansioso, esperanzado… y enamorado.

Tal vez Ash tenía razón. ¿De verdad quería ella traer al mundo un bebé que no conociera sus raíces, teniendo en cuenta que ella misma había crecido sin saber la verdad respecto a las suyas? ¿Podía confiar en que los donantes de esperma fueran completamente sinceros? Después de todo, había aprendido recientemente que muchas de las cosas que creía de su árbol familiar no eran ciertas.

Karen dejó el vaso sobre una mesita auxiliar y se tumbó en el sofá. Si decidía seguir adelante con la inseminación tenía que arreglarlo todo en menos de tres días, el tiempo que faltaba para el momento más fértil en su ciclo. Lo mismo ocurría si decidía aceptar la oferta del jeque.

El solo hecho de pensar en hacer el amor con Ash le provocó una mezcla de escalofrío y destello de calor. No podía negar que la idea le parecía atractiva. Tampoco podía negar que el beso que le había dado había dejado huella en su libido.

En ese instante sonó el timbre de la puerta. Karen se levantó del sofá precipitadamente sintiendo una punzada de pánico. Tal vez Ash había decidido ir a visitarla en busca de una respuesta que ella no estaba preparada para darle.

Pero cuando observó por la mirilla y distinguió a Maria, se sintió por un lado aliviada y por otro un poco desilusionada de que Ash no hubiera ido a verla para convencerla con más besos.

–Hola –saludó Karen a su prima con una sonrisa cuando abrió la puerta–. ¿Estás bien? –le preguntó con preocupación, al verla con un aspecto tan cansado–. ¿Qué te ocurre?

Maria se dejó caer sobre el sofá y al instante las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas, pillando a su prima completamente por sorpresa.

–¿Qué ocurre, Maria? –repitió sentándose a su lado en el sofá.

–Es una historia muy larga y muy triste, Karen.

–Tengo toda la noche –aseguró ella tomándola de la mano–. Por favor, dime qué te pasa. Me tienes preocupada.

–Esto es lo que pasa –respondió Maria levantándose la camisa blanca y colocándose la mano sobre el vientre.

Karen percibió un bulto prominente bajo la cinturilla de los pantalones negros de Maria. Al instante se dio cuenta de que aquello no tenía nada que ver con que su prima hubiera engordado un par de kilos tomando helado.

–¿Estás…?

–¿Embarazada? Así es. Nadie lo sabe. Nadie debe saberlo excepto tú.

Más confundida que nunca, Karen dejó transcurrir unos segundos para asimilar aquel impacto.

–¿Quién es él?

–Alguien a quien estoy viendo en secreto desde enero –respondió Maria con un suspiro.

–¿En secreto? ¿Está casado, Maria?

–Peor que eso. Es un Conti.

Karen se quedó de nuevo impactada y trató de asimilar la información. Su prima acababa de decirle que estaba embarazada de un hombre que pertenecía a una familia enemiga de los Barone desde hacía décadas. Ambos clanes, los Conti y los Barone, parecían decididos a continuar con las antiguas rencillas. No cabía duda de por qué Maria no quería que nadie se enterase.

–Se llama Steven –continuó diciendo la joven–. Es guapísimo y cariñoso y estoy totalmente enamorada de él.

–Suena maravillosamente, Maria. Aparte de la cuestión familiar, ¿cuál es el problema?

–El problema es la cuestión familiar. Últimamente han sucedido muchas cosas: el sabotaje del helado, el incendio de la fábrica… y algunos miembros de la familia creen que los Conti están detrás de esos incidentes. Nunca aceptarán nuestra relación. Si se enteran de la verdad, sólo servirá para separarnos y que las familias se separen todavía más.

–Tal vez vuestra relación y este niño sirvan para acabar con todo esto.

–No me imagino que eso pueda suceder, al menos no por el momento. Quiero marcharme una temporada de la ciudad para pensar bien en todo esto. Y quiero hacerlo ya mismo, porque empieza a notárseme. Estoy de cuatro meses.

Otra sorpresa para Karen. Pero pensándolo bien, Maria había empezado a sacarse la camisa por fuera del pantalón, algo a lo que ella no le había dado ninguna importancia hasta aquel momento.

–Si puedo hacer algo por ti, dímelo.

–Necesito que te encargues de la tienda en mi ausencia.

–Por supuesto –aseguró Karen al instante, satisfecha de poder corresponder en cierto modo a todo lo que su prima había hecho por ella–. ¿Le has contado a Steven tus planes de marcharte?

–Ni siquiera sabe lo del bebé. No sería justo cargarle con esto ahora, al menos hasta que yo decida lo que voy a hacer.

–No estarás pensando en deshacerte del bebé, ¿verdad? –preguntó Karen súbitamente alarmada.

–¡No! –exclamó su prima con gesto ofendido–. Quiero a este niño, y si las cosas no salen bien entre Steven y yo al menos tendré siempre conmigo una parte de él.

–¿De verdad tienes tan pocas esperanzas de que lo vuestro funcione?

–Me gustaría ser más optimista, Karen, de verdad que sí, pero me temo que esta relación está condenada al fracaso. Hay demasiados obstáculos.

–¿Y a dónde quieres ir?

–Por eso he venido. ¿Sigues teniendo tu antigua casa de Montana?

–Se la he vendido hace poco a un amigo de la familia –respondió Karen tomándose unos instantes para pensar una alternativa–. Pero tengo dos buenos amigos en Silver Valley, los Calderone. Poseen un rancho maravilloso y estoy segura de que les encantará tenerte como invitada el tiempo que te apetezca.

–¿De verdad? –preguntó Maria con expresión iluminada.

–Estoy casi segura, pero los llamaré mañana a primera hora para asegurarme.

–Me has salvado la vida, Karen –afirmó Maria poniéndose en pie tras darle un abrazo–. Te echaré de menos. Pero prométeme que no le dirás nada a Steven. Ni a nadie de la familia. No quiero que sepan que me he marchado.

–Pero todo el mundo se preocupará… –protestó su prima.

–Dejaré una nota a la familia explicándoles que necesito marcharme una temporada –aseguró dirigiéndose a la puerta–. Y a Steven también. Gracias por todo.

Karen cerró cuando Maria se hubo marchado y sintió lástima por ella, porque no podía compartir su alegría con el padre de su hijo y con su familia. Recordó los eslabones perdidos de su propio árbol genealógico y no pudo negar la importancia de que los dos progenitores se implicaran activamente en el proceso de ser padres. Tampoco podía negar que el jeque Ashraf Saalem sería probablemente un candidato de primera para producir lo que ella necesitaba. Y estaba claro que tampoco podía negar que sería sin duda un candidato de primera para proporcionarle placer también. Para su propio fastidio, esa idea la excitó.

Eran demasiadas las cosas en las que pensar y tenía muy poco tiempo.

–Siempre me has parecido un hombre de pocas palabras, pero esta noche estás más callado de lo habitual.

Ash levantó la vista de la bandeja que le había llevado el servicio de habitaciones y que seguía prácticamente intacta y se encontró con Daniel escrutándolo con mal disimulada curiosidad.

–Tengo muchas cosas en qué pensar –respondió el jeque evasivamente.

–Tu humor de esta noche no tendrá nada que ver con mis inversiones, ¿verdad? –preguntó su amigo con fingida alarma–. Porque estoy empezando a temer que en cualquier momento me digas que soy pobre, y que esa es la razón por la que estamos comiendo aquí en vez de en un restaurante.

Ash le había pedido a Daniel que se reuniera para cenar con él en su suite para asegurarse de estar disponible por si Karen llamaba. Pero eso no había sucedido. Cuanto más tiempo pasaba más se temía que ella hubiera decidido optar por la clínica de fertilización.

–Tus inversiones están a buen recaudo –le aseguró a Daniel–. Seguirás siendo un hombre rico.

–Me alegra saberlo –respondió su amigo con satisfacción, limpiándose la boca con la servilleta–. Aunque ahora tengo todo lo que un hombre puede necesitar al lado de mi esposa. Mi luna de miel con Phoebe no ha hecho más que empezar.

–Me alegro de que estés satisfecho con tu elección –aseguró Ash, sin poder evitar una punzada de envidia por la buena suerte de su amigo al elegir pareja.

–Y pensar que traté de emparejarte con Phoebe en la fiesta de Karen… –recordó Daniel con una sonrisa–. Menos mal que no funcionó.

–Todavía me sorprende que te hayas casado, teniendo en cuenta tus antiguas costumbres –bromeó el jeque.

–Si te refieres a las mujeres, más te vale no hablar –se defendió Daniel frunciendo el ceño–. Tú las has tenido a puñados.

–Es cierto, pero he conocido a una persona que puede poner fin a eso.

–¿Alguien especial?

–Tu prima Karen.

–¿Karen? –exclamó Daniel palmeándose la frente–. ¿Desde cuando salís juntos?

–No salimos juntos. Estamos negociando.

–¿Negociando? Curiosa forma de llamar a salir con una mujer.

–De hecho, hemos pasado por alto la etapa de salir. Le he pedido que se case conmigo.

–Tengo que reconocer que eres rápido –bromeó Daniel con una mueca–. De cero a cien en cuestión de segundos. Me alegro mucho. ¿Cuándo es la boda?

–Por desgracia todavía no me ha dado el sí. La cuestión es algo más complicada: Karen quiere tener un hijo y yo también, y hemos hablado de la posibilidad de tenerlo juntos. Yo he insistido en que nos casemos por el bien del niño.

–Entonces, ¿esto no tiene nada que ver con el amor?

–Soy un hombre realista, Daniel –aseguró Ash, sabiendo que la cuestión no era fácil de entender–. En ocasiones es necesario tomar decisiones basadas en lo que es mejor para todos, no en las emociones. Si nos casamos lo haremos para tener un hijo. No te niego que encuentro a Karen muy atractiva y que pretendo disfrutar también de ese aspecto de nuestra relación.

–Déjame decirte algo –dijo Daniel con expresión preocupada–. Los Barone nos tomamos las cuestiones familiares muy a pecho. Karen lleva poco tiempo en la familia, pero espero que no le hagas daño porque si no tendrás que responder por ello.

–Puedes estar tranquilo –aseguró el jeque–. Sabré cuidar bien de ella.

–Y hablando de familia, ¿qué va a pensar la tuya de que te cases con una americana?

Ash no veía razón alguna para contárselo de inmediato. Tal vez más tarde, tras el nacimiento de su hijo. O tal vez podría llamar a su padre nada más casarse para informarlo de que esta vez no había podido interferir.

Ash había esperado treinta y seis años a que llegara el momento de demostrarle al rey Zhamyr que ya no tenía control sobre la vida de su hijo.

–Ya no busco la aprobación de mi familia. Y no tengo obligaciones como heredero, ya que esa responsabilidad recae sobre mi hermano mayor.

El teléfono sonó en aquel instante y Daniel se levantó precipitadamente.

–Yo contesto. Le dije a Phoebe que me llamara cuando quisiera que regresara a casa.

–Ya veo que te tiene bien pillado –respondió Ash sin poder reprimir una sonrisa cínica, que era más de envidia que otra cosa.

Daniel descolgó y saludó. Luego dijo: «Dígale que suba» y colgó el auricular.

–Por lo que veo, tu esposa ha decidido escoltarte personalmente a casa –bromeó Ash.

–La que está subiendo no es mi mujer.

–¿Quién es entonces?

–La mujer con la que tú pretendes casarte.

Capítulo Tres

A Karen le latía el corazón a cien por hora mientras subía en el ascensor a la última planta del hotel New Regents. Cuando llegó a la puerta doble de la suite del jeque, se colocó la cinta del bolso en el hombro y llamó al timbre. Contuvo la respiración y se dispuso a encontrarse con Ash. Lo que no esperaba en absoluto era que fuera su primo Daniel el que saliera a recibirla.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó con un tono de voz asombrosamente tranquilo para la sorpresa que se había llevado.

–Estoy visitando a un amigo –respondió Daniel con una mueca, saliendo al pasillo–. ¿Y tú? ¿Negocios o placer?

Karen no tenía ni idea de lo que Ash le habría contado a su primo, y lo cierto era que prefería no saberlo. Desde el momento en que conoció a Daniel éste había adquirido el papel del hermano mayor que ella nunca tuvo. Un hermano mayor que se divertía tomándole el pelo. Por eso Karen no quería darle motivos para que lo hiciera.

–Estoy aquí por un asunto de negocios –aseguró, sin que fuera del todo mentira–. Saluda a Phoebe de mi parte.

–Claro –respondió Daniel inclinándose hacia ella y bajando el tono de voz–. No te olvides de poner el cartelito de No molestar.

Su primo se marchó con una mueca burlona en el rostro dejándola a solas con el jeque, que había aparecido en el umbral de la puerta. Su expresión era tranquila y confiada. Estaba guapísimo vestido con camisa y pantalones negros.

–Adelante –dijo haciendo un gesto con la mano.

Karen pasó al lado de Ash tan cerca que sin poder evitarlo lo rozó. La deliciosa fragancia que emanaba su cuerpo le despertó los sentidos. Era un aroma único a incienso, exótico pero no empalagoso, que provocaba en su imaginación imágenes de noches árabes, puestas de sol en el desierto y sexo en la arena.

Cielo santo.

Para evitar mirar directamente a Ash, Karen dirigió su atención a la ampulosa zona de estar de la suite. Una fila de puertas acristaladas se abría a una terraza bajo la que se divisaba el centro de Boston, iluminado a esas horas por cientos de lucecitas.

–Qué sitio tan agradable –comentó tras admirar el mobiliario de caoba con piezas únicas y el tresillo de cuero–. ¿Vienes aquí muy a menudo?

¿En qué estaba pensando? Parecía una buscona tratando de ligar en un bar en lugar de una mujer inteligente y sofisticada cumpliendo una misión. Pero Ash tenía la facultad de trabarle completamente la lengua y confundirla.

–Por el momento ésta es mi casa –respondió el jeque avanzando un par de pasos en su dirección.

–¿Y dónde vives normalmente?

–Donde me lleven mis negocios. No tengo una residencia permanente.

Como si Ash se tratara de un poderoso imán, Karen avanzó hacia él. Se sacó el bolso del hombro y lo abrazó, como si pudiera defenderla de su magnetismo.

–¿De verdad? Resulta extraño no tener un sitio al que llamar hogar.

–Espero instalarme en Boston.

Ash acortó aún más la distancia que los separaba. Estaban tan juntos como habían estado el día anterior en la barra de la heladería. Karen no tenía ninguna gana de dar un paso atrás, aunque sabía que debería hacerlo.

–¿Por qué has venido, Karen?

–Quiero hacerte un par de preguntas.

–¿Te gustaría tomar asiento antes? –preguntó el jeque señalando con un gesto hacia el sofá.

–Claro –respondió ella, pensando que sentarse era una idea excelente.

Karen tomó asiento en un extremo pensando que Ash lo haría en el sillón que estaba enfrente. Pero él se acomodó en el otro extremo del sofá, se cruzó de piernas y colocó el brazo en el respaldo. Parecía sentirse tan cómodo que Karen llegó incluso a molestarse. También le molestó el modo en que ella reaccionó a su cercanía, imaginándose que Ash la tumbaba sobre la suavidad de la alfombra que tenían a los pies.

Karen tragó saliva. Al menos tenía claro que las hormonas no le fallarían cuando llegara el momento de concebir un hijo con él.

–Si quieres habla tú primero –dijo Ash.

–Eso es –respondió ella señalándolo con el dedo–. Eso es exactamente de lo que quiero hablar contigo.

–Me temo que no te entiendo.

–Creo que debes saber que durante los últimos treinta y un años me he expresado siempre abiertamente sin que nadie tuviera que darme permiso.

–Encuentro que esa es una de tus virtudes más intrigantes –respondió Ash con una mueca que sacó a Karen de sus casillas–. Pero es que todo lo que rodea tu boca me parece de lo más intrigante.

Karen sintió cómo se ponía colorada hasta la punta de las orejas. Tenía que retomar el tema.

–Lo que quiero decir es que soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma y de mis necesidades en todos los aspectos.

–Yo he aprendido que algunas de esas necesidades las puede cubrir mejor otra persona.

–¿A qué te refieres? –preguntó ella entrando al trapo inconscientemente.

–A las necesidades íntimas –respondió Ash, cambiando la mueca por una expresión seductora.

–Creo que en eso tienes razón –aseguró Karen imaginándose a la perfección al jeque haciéndose cargo de esas necesidades.

–¿Ah, sí?

–En lo que se refiere a la concepción. Y eso me recuerda que tenemos que hablar de temas importantes relacionados con la salud. ¿Padeces alguna enfermedad importante o tienes antecedentes familiares de trastornos graves físicos o mentales?

–Mi salud es excelente. Hace dos meses me hice una revisión médica en Nueva York.

–¿Cuáles son tus aficiones? –siguió preguntando Karen mientras trataba de recordar más cuestiones que aparecían en los formularios de la clínica.

–Me gusta esquiar. Así fue como conocí a tu primo Daniel, en los Pirineos. En cuanto a mi educación, estudié en Francia.

–Entonces, hablas francés…

–Sí. Domino varias lenguas.

Karen sabía que al menos era un experto en el manejo de la suya.

–Si resulta que al final conseguimos que me quede embarazada, yo…

–Lo conseguiremos. Mi padre tiene cinco hijos y tres hijas, y muchos de mis hermanos han seguido sus pasos. Nosotros tampoco tendremos problemas en ese sentido.

–Espero que tengas razón –aseguró Karen, pensando que ella sólo quería un bebé, no un regimiento–. De ese modo sólo será necesaria una vez para que me quede embarazada.

–Admiro tu optimismo, pero creo que será mejor si lo intentamos en más de una ocasión.

En ese caso ella creía que no lograría sobrevivir, sobre todo si Ash hacia justicia a su calenturienta imaginación.

–Sólo si es necesario. Y cuando consigamos la concepción, yo preferiría que mantuviéramos una relación platónica –aseguró Karen pensando que el jeque tal vez retiraría su oferta ante aquella proposición.

–¿Quieres decir que no deseas tocarme después de quedarte embarazada?

–Creo que será lo mejor.

–Estaré de acuerdo en no tocarte –aseguró Ash aunque sus ojos aseguraban otra cosa.

–Bien. Muy bien –respondió ella pensando que aquello estaba resultando demasiado fácil.

–A menos que tú me lo pidas.

Karen decidió dejar pasar aquel comentario.

–Me gustaría hacerlo cuanto antes… me refiero a la ceremonia –se apresuró a aclarar.

–¿Por qué tanta prisa?

–Por… la fertilización –respondió ella sintiéndose algo incómoda–. El intento de concepción debe realizarse como muy tarde durante los próximos cuatro días. Creo que podríamos hacerlo en el juzgado… quiero decir la boda, no la concepción.

–Estoy de acuerdo en que sería completamente inapropiado hacer el amor en una sala del juzgado –respondió Ash con expresión divertida.

–Deduzco entonces que no tienes problemas para celebrar la boda en los próximos cuatro días…

–Estaré encantado de ajustar mi agenda para incluirte en ella.

Un servicio rápido en un juzgado no era precisamente lo que Karen soñaba cuando se imaginaba su boda, pero aquellos eran sueños antiguos y desgastados que ya no importaban. Lo importante ahora era ser realista y práctica.

–Quiero tenerlo todo por escrito.

–¿No confías en mí? –preguntó el jeque transformando su expresión seductora en un gesto solemne.

–Creo que es lo más sensato –respondió Karen pensando que era ella la que no confiaba en sí misma cuando estaba a su lado.

–Prepararé los papeles.

–¿Incluirás la cláusula de separación tras el nacimiento del bebé?

–Sí –aseguró Ash con expresión algo dolida–. Incluiré dicha cláusula en los términos acordados.

–Bien –dijo entonces ella, poniéndose rápidamente en pie–. Creo que eso lo cubre todo.

–Entonces, ¿has tomado ya una decisión? –preguntó Ash incorporándose a su vez.

–Así es, y mi respuesta es sí.

Ya estaba, ya lo había dicho. Después de todo no había sido tan complicado.

Ash se metió las manos en los bolsillos, como si necesitara tenerlas bajo control. Por desgracia la falda de Karen no tenía bolsillos, aunque por supuesto no estuviera pensando en tocarlo. Bueno, tal vez lo pensara un poco.

–¿Estás diciéndome que hay trato? –insistió el jeque sin terminar de creérselo.

–Sí.

–Me alegro de que veas las ventajas de nuestra unión –aseguró Ash con expresión triunfal.

–Una cosa más –dijo ella sin poder evitar pensar que la mayor ventaja estaba en la concepción–. ¿Podríamos celebrar la boda a la hora de comer?

–Me parece buena idea. Así podemos pasarnos el resto de la tarde cumpliendo con nuestros objetivos.

–Por las noches tengo que trabajar en la heladería.

–¿No podrías tomarte el día libre?

Karen pensó en Maria y en su idea de marcharse. Había hablado con los Calderone por la mañana y estaban encantados de recibirla. Karen veía la boda como la oportunidad perfecta para que su prima se escapara. Maria podía hacer de testigo y luego escabullirse. Era un plan perfecto.

Pero si Maria se marchaba ese día en concreto entonces Karen tendría que trabajar por la noche a menos que alguien estuviera dispuesto a doblar turno. Pero ya tendría tiempo de pensar en ello. Por ahora lo que tenía que hacer era regresar al trabajo antes de que la gente empezara a preguntarse dónde se había metido. Si ellos supieran…

–Karen, ¿te preocupa algo?

–Estoy pensando en el trabajo –respondió ella volviéndose hacia Ash, que la observaba con expresión pensativa–. Veré lo que puedo hacer para tomarme el día libre.

–Muy bien. No veo la necesidad de posponer la luna de miel.

¿Luna de miel? Bueno, en cierto modo podría calificarse así.

–Será mejor que regrese a Baronessa. Es muy tarde.

Karen ya estaba casi en la puerta a punto de escaparse cuando Ash la llamó.

–¿Sí?

–Tal vez deberíamos sellar nuestro trato con un beso.

Al menos aquella vez le había pedido permiso.

–¿De verdad crees que es necesario? –preguntó Karen frotándose inconscientemente las manos.

–Creo que sería conveniente que nos fuéramos familiarizando el uno con el otro antes de que nos metamos juntos en la cama. Si mis besos te siguen poniendo nerviosa cuando hagamos el amor será mucho peor.

–Tus besos no me ponen nerviosa –se apresuró a responder ella, aunque la traicionó un ligero temblor en la voz.

–Entonces no deberías poner ninguna objeción –contestó el jeque acercándose más.

–No compliquemos las cosas, ¿de acuerdo? Quiero decir, esto es más o menos un acuerdo de negocios y…

–Sigues estando nerviosa, Karen –afirmó Ash agarrándole ambas manos y besándoselas–. No tienes por qué. Te prometo que te trataré con mucho cuidado.

–No soy de cristal.

–De todas maneras, seré sumamente delicado con las manos –insistió él inclinándose hacia delante y colocándole los labios a escasos milímetros de los suyos–. Y también con la boca.

Aquella voz profunda y tentadora estuvo a punto de hacerla caer. Pero se puso muy recta, decidida a no dejarse llevar.

–Me parece muy bien, siempre y cuando cumplas con tu parte –aseguró con todo el desafío del que fue capaz.

–Tengo toda la intención de cumplir con mi trabajo de la manera más eficaz posible –susurró Ash.

Se quedó mirándola a los ojos en silencio durante largo rato. Karen se preparó para recibir un beso, pero él no la besó. Y entonces ocurrió algo absolutamente incomprensible. Ella lo besó primero. Apasionadamente, sin el menor titubeo.

Karen le introdujo la lengua en la boca con un deseo que ni siquiera sabía que sentía.

Y de pronto se vio con la espalda contra la pared y el cuerpo de Ash apretado contra el suyo. Tuvo que obligar mentalmente a sus piernas a que no se enredaran alrededor de la cintura del jeque. Ash deslizó las manos hasta hacerlas descansar en sus caderas, mientras que las de ella paseaban por el final de su espina dorsal y amenazaban con descender más para explorar su magnífico trasero.

La boca de Ash era dulce y firme al mismo tiempo. Con la lengua le hacía caricias de seda entre sus labios abiertos. Las yemas de sus dedos le acariciaban suavemente el trasero, la cintura, y luego trazó con los pulgares los contornos de sus senos en movimientos circulares y enloquecedores.

Cuando Ash se apretó contra ella, Karen fue consciente de que el jeque tenía un arma secreta escondida bajo la tela de sus pantalones. Si no detenía inmediatamente aquella locura tal vez experimentaría toda su potencia allí mismo, en aquel momento, sobre el suelo y sin ningún ceremonial. Sin el ceremonial nupcial.

Pero no fue Karen la que apartó la boca. Fue Ash. Sin embargo, mantuvo los brazos alrededor de su cintura.

–Creo que esto es mucho más efectivo que un apretón de manos –aseguró él antes de soltarla, dar un paso atrás y mirarla de arriba abajo.

Karen podía hacerse una idea del aspecto que tenía en aquel momento. Seguramente tendría los ojos vidriosos y los labios rojos sin el beneficio del lápiz de labios, porque dudaba mucho de que le quedara algo del que se había puesto. Varios mechones de cabello le caían por la cara, algunos incluso sobre los ojos. Y sin embargo no tenía ningún problema para ver a Ash allí de pie con las manos en los bolsillos y aquella sonrisa pícara dibujada en el rostro.

Karen se pasó la mano por el pelo, se estiró la camisa y recogió el bolso que había ido a parar no se sabía cómo al suelo.

–Tengo que irme. Gracias. Espero tener noticias tuyas.

Aquellas palabras sonaron frías y secas considerando el beso tan ardiente que se habían dado.

–Esperaré con impaciencia nuestro próximo encuentro, y confío en que tendrá lugar antes de que nos veamos en el altar –aseguró Ash, con una sonrisa tan amplia que podría detener un misil.

–Creo que no deberíamos vernos antes de la boda –contestó Karen, que no podía evitar sentirse como una marioneta.

–¿Temes que no nos conformemos sólo con besarnos?

–Voy a estar ocupada –aseguró ella, aunque Ash había dado justamente en el clavo.

–Como quieras, Karen –dijo él asintiendo con la cabeza–. Yo también me mantendré ocupado hasta el día de la boda, aunque no tengo ninguna duda de que pensaré a menudo en ti. En nosotros.

Karen sentía la necesidad de salir de allí a toda prisa. Buscó detrás de ella el picaporte de la puerta.

–Llámame cuando tengas todo el papeleo solucionado –dijo por toda despedida.

–Así lo haré.

Karen salió por la puerta y la cerró tras de sí sin volver a mirar al jeque. Pero en el fondo de su alma sabía que durante los próximos días le dedicaría a él, a la boda y sus besos más de un pensamiento.

–Puede besar a la novia.

Todos los momentos de ansiedad por los que había pasado los últimos tres días, las noches sin dormir y las dudas habían desembocado en aquel momento. Aunque habían firmado un acuerdo prenupcial que recogía los términos de su matrimonio unas horas antes, Karen seguía cuestionándose si había hecho bien aceptando aquella proposición. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Karen apartó la vista de la jueza y miró al jeque Ashraf ibn-Saalem. Su marido. Cielo Santo.

Había esperado en cierto modo encontrar en sus ojos una expresión que viniera a decir: «Ya te tengo». Pero en su lugar encontró un brillo de duda en sus ojos oscuros, como si viera sus propias preguntas reflejadas en su mirada, como si él también se estuviera preguntando si habían hecho lo correcto.

Karen esperó con nerviosismo el momento de sellar el trato ante la mirada atenta de sus primos Daniel y Maria. Pero Ash sólo le rozó los labios con un beso inocente y le apretó la mano para tranquilizarla, la misma mano en la que lucía una alianza de oro decorada con piedras preciosas multicolores, incluidos varios diamantes. Ash le contó que había pertenecido a su madre, la reina de Zhamyr. Y ahora estaba en el dedo de Karen, una mujer que desde luego no había sido arrancada de los brazos de la realeza.

Por otra parte, Ash no llevaba anillo. Karen había considerado la posibilidad de comprarle uno pero él había asegurado que no le importaba no llevarlo. Karen decidió no darle más vueltas. Los matrimonios de verdad requerían anillos, no así los constituidos con el único fin de procrear un hijo. De otro modo habría insistido en que Ash llevara algún tipo de alianza. Después de todo era su marido y querría que las mujeres supieran que estaba fuera de sus posibilidades. Pero aquel no era un verdadero matrimonio.

–Bienvenido a la familia –dijo Daniel avanzando un paso y dándole a su amigo una palmadita en la espalda.

–Estoy encantado de emparentar contigo –aseguró Ash estrechando la mano de Daniel.

Maria le ofreció a Karen el ramo de rosas que el jeque había llevado para la boda. Hacía unos días que su prima la había puesto al día de sus intenciones de casarse con Ash para tener un hijo, y Maria había decidido apoyarla plenamente en su decisión.

–Eres una novia preciosa –aseguró besándola en la mejilla.

–Tú también lo serás algún día –respondió Karen agarrando las flores y mirando a su prima con simpatía.

–Eso espero –susurró Maria mirando de reojo a Daniel y a Ash, que seguían conversando–. Tengo que marcharme.

–Claro –dijo Karen girándose hacia su marido–. Voy a pasar un momento al tocador de señoras. Nos encontraremos en la salida.

Así se aseguraría de que Ash no las seguiría a Maria y a ella.

–Como tú desees, mi adorada esposa –contestó el jeque.

«Esposa». Karen no estaba segura de que llegaría a acostumbrarse a ser su mujer. Pero lo era, aunque fuera temporalmente, y más le valía ir haciéndose a la idea. Y también al hecho de que aquella noche estarían juntos en todos los sentidos.

Karen siguió a Maria por el pasillo y se estremeció al considerar la idea de hacer el amor con Ash. Y se estremeció porque la idea le gustaba.

Por suerte el lavabo de señoras estaba vacío, lo que permitió que las dos primas disfrutaran de unos momentos a solas antes de que Maria partiera hacia Montana.

–Cuídate mucho y deja de llorar –le ordenó Karen abrazándola–. Me vas a estropear mi vestido de novia.

Era un sencillo modelo de satén que había comprado el día después de darle el sí al jeque, el día después de tomar la decisión de cambiar su vida y su futuro casándose con un hombre al que apenas conocía.

–Cuídate tú también –le pidió Maria–. Y mantén el corazón abierto, Karen. Nunca se sabe lo que puede resultar de esta unión.

–Espero que un bebé. Nada más.

Karen intentaría tener la mente abierta. Pero, ¿y el corazón? Aquello le parecía más peligroso. Tan peligroso como el agradable pensamiento de pasar unas horas en los brazos de Ash.

Su marido.

Capítulo Cuatro

–No me puedo creer que estés trabajando el día de tu boda, señorita.

Karen miró de reojo desde detrás del mostrador a Mimi, la camarera pequeñita de pelo gris que tenía el mismo encanto que la atmósfera anticuada de la heladería.

–Ha sido sólo una ceremonia civil. Nada del otro mundo, sólo un acto para oficializar la relación.

Para Karen, todo el concepto de estar casada con Ash seguía sin parecerle oficial. Tal vez su impresión cambiara a partir de aquella noche, después de estar en la cama de Ash, entre sus brazos, haciendo el amor con él. Procreando, se recordó a sí misma. Haciendo un bebé, no haciendo el amor.

–Deberías estar disfrutando de tu luna de miel –insistió Mimi cerrando la caja registradora con un certero golpe de cadera–. Una no se casa todos los días. Tendrías que estar con tu hombre, y no aquí trabajando.

–No se puede decir que esté precisamente deslomándome –aseguró Karen tras echar un vistazo a la tienda vacía.

–Podrías hacerlo si te fueras a casa con tu recién estrenado marido –contestó la camarera con un guiño–. Si es como los demás hombres, debe estar esperando ansiosamente la noche para cabalgar con su esposa.

Ashraf Saalem no era como la mayoría de los hombres que Karen conocía, y eso ya era motivo suficiente para asustarla. Muchas veces no sabía lo que pensaba y tenía que reconocer que su aire misterioso la intrigaba. La idea del jeque esperando por ella en la suite del hotel, esperando para hacerle el amor, le aceleraba el pulso. Eso si Ash no le había retirado la palabra. No se había tomado muy bien que al final no hubiera arreglado las cosas para tomarse el día libre.

Pero con Maria camino de Montana la tienda se quedaba en cuadro. Y Karen había prometido cuidar del negocio en ausencia de su prima.

–Mimi, tú y yo sabemos que esta noche esto va a llenarse hasta la bandera.

–Por eso he llamado a Verónica, la del pelo teñido de platino. Es un poco lenta, pero a los hombres les encanta.

–Cierto, Verónica no es muy rápida. Por eso tengo que quedarme al menos un rato más. Te prometo que me marcharé a las ocho, cuando esto esté más tranquilo.

Para entonces tal vez estuviera preparada para reunirse con Ash. Estaría menos nerviosa. Tras acabarse la taza de capuchino que tenía entre las manos tendría probablemente la dosis de cafeína suficiente como para afrontar la situación.

En ese momento sonó el teléfono y Karen agradeció la oportunidad de distraerse de sus pensamientos.

–Baronessa –dijo descolgando el aparato.

–Me estoy empezando a preguntar si mi mujer se reunirá conmigo alguna vez.

Karen dejó la taza sobre el mostrador y agarró con fuerza el teléfono. Le sudaban las palmas de las manos.

–Creo que tardaré al menos un par de horas más.

–Eso es mucho tiempo para que un hombre espere en su noche de bodas –respondió Ash exhalando un suspiro que se escuchó desde el otro lado de la línea.

–Lo siento, pero va a empezar a llegar la gente y la situación se va a volver incontrolable.

–Espero que cuando llegues las cosas se vuelvan también por aquí un poco incontrolables. En un sentido placentero.

Karen no quería reaccionar ante la insinuación, pero no pudo evitar la mezcla de escalofrío y calor que le recorrió el cuerpo. Al menos él no parecía enfadado. Al menos le hablaba.

–Estaré allí lo más pronto que pueda.

–Espero que no tardes. El champán está enfriándose, pero me temo que el hielo se derrite a medida que pasa el tiempo.

Igual que le sucedía a Karen al escuchar su voz profunda y ronca.

–No creo que yo deba tomar champán. Se me sube a la cabeza.

–No tengo ninguna objeción en que se te suba un poco. Tengo que reconocer que yo me siento un poco así en estos momentos al imaginarme que te quito la ropa.

Karen miró por encima de su hombro a Mimi, que fingía no estar escuchando.

–¿Algo más?

–Sí. Quiero advertirte que yo ya me he desnudado por completo. Y que he encendido el fuego de la chimenea para que estemos más a gusto.

La imagen de Ash desnudo ante las llamas irrumpió en el cerebro de Karen como una bomba.

–Eso suena… interesante –aseguró exhalando una leve respiración.

–Estoy convencido de ello. Más interesante de lo que tú o yo podamos imaginar.

La concepción debía ser la única preocupación de Karen, pero no podía evitar pensar en el placer que Ash le estaba sugiriendo. Así que, ¿por qué no se dejaba llevar y disfrutaba del proceso? Después de todo, ella era una mujer y él un hombre. Un hombre viril, seductor y misterioso.

Aquella noche, y sólo por una noche, se permitiría a sí misma la libertad de perder un poco el control para conseguir satisfacción y con un poco de suerte un hijo. Aquella noche, y sólo por una noche, se entregaría por completo al jeque, al menos físicamente hablando. Emocionalmente tendría que mantenerse fuerte.

–Karen, ¿quieres que te cuente qué más he imaginado?

Ella volvió a mirar a Mimi, que no paraba de hacer gestos. Karen colocó la mano en la puerta de la nevera que albergaba los helados y la retiró inmediatamente. En caso contrario corría serio peligro de derretir hasta el último gramo.

–No es realmente necesa…

–Tengo gran curiosidad por sentir tu piel desnuda bajo las manos. Y en averiguar cómo sabrás. Toda tú. Y en cómo te rendirás cuando te lleve hasta…

–Tengo que colgar.

Karen colgó bruscamente el auricular y se giró de golpe al escuchar la risa cínica de Mimi.

–Vaya, vaya, señorita… o el teléfono quemaba o has decidido que de repente tienes mucha prisa en marcharte de aquí.

El único fuego que había estaba en el rostro de Karen.

–Ash ha preparado la cena –se disculpó sonrojándose–. Creo que no me gustaría hacerle esperar, y…

–Vamos, márchate –la interrumpió Mimi haciendo un gesto con la mano–. Nos las arreglaremos perfectamente, igual que tú te las arreglarás perfectamente con tu marido. De eso estoy segura.

Otra carcajada acompañó a Karen durante el trayecto hasta la puerta de Baronessa.

Durante todo el camino, Karen fue charlando con sus ovarios. Si decidían colaborar entonces terminaría el trabajo aquella misma noche. Pero en caso contrario tendría que seguir haciendo el amor con Ash un poco más.

¿Y por qué no le parecía aquello una perspectiva terrible? Karen sabía por qué. Durante la conversación telefónica había conseguido excitarla con un par de palabras bien escogidas pronunciadas en un tono de voz capaz de convencer a un santo para que pecara. Por supuesto, Ash podría ser todo palabras y nada de acción… y seguro que también alguien podía aparecer en la puerta de su casa para regalarle un millón de dólares.

Karen llegó al hotel considerablemente pronto teniendo en cuenta el tráfico denso y su incapacidad para concentrarse en la conducción. Al llegar a la puerta de la suite dudó unos instantes. ¿Y si Ash no hubiera estado bromeando? ¿Y si le abría la puerta desnudo como vino al mundo? Si eso ocurría, trataría de mantener la vista arriba y no desmayarse en el pasillo.

Exhaló un profundo suspiro e hizo el amago de llamar a la puerta. Entonces recordó que Ash le había dado una tarjeta para abrir la habitación. Revolvió su bolso hasta encontrarla al fin. Entonces la introdujo en la cerradura con dedos temblorosos y abrió la puerta. La habitación estaba en silencio y prácticamente en penumbra a excepción de la tenue luz de la chimenea que había en la zona de estar.

Karen siguió el fuego con la mirada hasta detenerla en el sillón que estaba colocado enfrente y en el que estaba sentado su marido. Su marido desnudo.

Tenía que reconocer que era un hombre de palabra. Un hombre de palabra con un cuerpo capaz de derretir la nieve de Montana.

Karen posó los ojos inmediatamente sobre su pecho desnudo, un territorio de bronces interrumpido únicamente por unos mechones de pelo oscuro que al descender se transformaba en un sendero viril que viajaba por su vientre hasta…

Karen no quería mirar más abajo pero eso fue exactamente lo que hizo mientras trataba de respirar con normalidad, algo que le resultaba imposible. Ash estaba sentado con las piernas estiradas, los tobillos cruzados, una copa de champán en la mano y una expresión burlona que demostraba que le divertía la incapacidad de Karen para apartar la vista. Parecía tan cómodo con su desnudez como incómoda estaba ella.

Pero incómoda no era la palabra. Karen estaba fascinada. Fascinada por la estampa tan sensual que él componía. Fascinada porque estuviera ya absolutamente excitado.

Dejó su bolso de viaje en el sofá y se dirigió al cuarto de baño.

–Necesito darme una ducha –murmuró pensando que lo que le hacía falta era un tanque de oxígeno.

–Te tendré lista una copa de champán para cuando regreses –dijo Ash sujetándola por una muñeca cuando pasó a su lado.

–Bien –respondió ella sin atreverse a mirarlo por miedo a olvidarse de la ducha–. ¿Y te importaría poner algo?

–¿Música?

–No. Algo de ropa encima de tu cuerpo.

–Si eso es lo que quieres, llevaré la bata puesta cuando regreses. Y me encantará que me la quites.

–Regresaré en unos minutos –dijo ella por toda respuesta.

Al llegar al dormitorio, Karen cerró la puerta y apoyó el cuerpo contra ella. Se abrazó a sí misma para controlar los escalofríos, pero fue inútil. Tampoco estaba muy segura de que las piernas le respondieran, pero tenía que moverse. Tenía que ducharse y prepararse para la concepción. Prepararse para lo que Ash le tenía dispuesto aquella noche, fuera lo que fuera.

Ash no entendía por qué Karen estaba tardando tanto en el baño. Suponía que tal vez estuviera nerviosa. Tal vez la había escandalizado sin pensarlo con su desnudez, aunque lo cierto era que le había advertido. Pero quizá no debería olvidar que todavía no tenían confianza, aunque él se encargaría de cambiar aquello cuando Karen regresara.

Lo cierto era que estaba experimentando una cierta sensación de incomodidad a pesar de que ver a Karen entrar por la puerta, aunque fuera completamente vestida, había avivado su deseo por ella.

Ash recorrió de arriba abajo la habitación pensando en la razón oculta de su propia intranquilidad. Normalmente no tenía ningún problema a la hora de hacer el amor. Había aprendido a una edad relativamente temprana a proporcionar placer a una mujer y a recibirlo durante el acto amoroso.

Pero aquella noche temía no ser capaz de derribar la resistencia de Karen y que ella estuviera dispuesta a recibir sin tabúes lo que él le ofrecía. Ash tenía miedo de que sólo viera el acto como un medio para conseguir un fin, que no fuera capaz de verlo de otro modo que no fuera como un semental haciendo un servicio. Y él deseaba que lo viera como un hombre, no como un príncipe. Un hombre que quería tenerla toda entera, incluidos su confianza y su respeto.

Aquello era muy importante para él, y era algo que no deseaba desde hacía muchos años. Quince años para ser exactos. Pero aquella noche no pensaría en ello. Volcaría toda su energía en las necesidades de Karen.

–¿Ash?

El jeque se dio la vuelta y se encontró con su esposa vestida con un camisón de encaje del color de la rosa del desierto que dejaba entrever las curvas de su cuerpo. Llevaba el cabello castaño suelto, enmarcándole el óvalo de la cara en suaves ondas.

La visión de Karen de espaldas a la luz del fuego y la certeza de que era suya, al menos por aquella noche, provocó que Ash se pusiera duro como el acero bajo la bata que se había puesto. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron con el deseo de poseerla allí mismo.

Pero cuando vio la incertidumbre reflejada en los ojos de su esposa recordó que tenía que tranquilizarse, mantener el control y tratar de persuadirla suavemente, olvidando lo desesperado que estaba su cuerpo por vaciarse.

–Ven aquí –dijo estirando el brazo hacia ella.

Karen avanzó lentamente en su dirección y tomó la mano que le ofrecía. Cuando la condujo hasta el sofá y la sentó a su lado, ella frunció el ceño.

–¿Qué tiene de malo el dormitorio?

–Más tarde –aseguro Ash sirviéndole una copa de champán–. Tal vez deberíamos hablar un poco antes.

Cuando le ofreció la copa se dio cuenta de que a ella le temblaban ligeramente las manos. Él también experimentó un estremecimiento, pero no tenía nada que ver con los nervios. El suave pico de sus pezones se marcaba bajo la tela de encaje que cubría sus senos redondos. Ash se esforzó para ganar la batalla del control.

–¿De qué quieres hablar? –preguntó Karen mirando fijamente su copa de champán y recorriendo el vidrio suavemente con un dedo.

«De lo que voy a hacerte esta noche», pensó.

–Del día que has pasado –dijo moviéndose casi imperceptiblemente para guardar la distancia entre ellos y mantener atado su deseo–. Pareces cansada.

–Lo estoy –confesó Karen bebiendo un sorbo de champán–. Ha sido un día muy largo.

–Túmbate –dijo entonces el jeque sujetándole la copa.

–Ash…

–Sólo quiero ayudarte a que te relajes.

Los ojos de Karen, que parecían de oro bajo el reflejo del fuego, mostraban desconfianza cuando colocó la cabeza sobre el brazo del sofá y se cubrió los pechos con las manos. Ash le colocó las piernas encima de su regazo con cuidado de no acercarlas demasiado a su erección. El más mínimo contacto en aquella zona podría hacerle olvidar su voto de paciencia.

Comenzó entonces a masajearle los pies, aquellos pies tan finos con las uñas pintadas del mismo color rojo que el camisón. Trabajó el interior, los talones y aquellos pulgares delicados que encontraba tan intrigantes. Cuando comenzó a subir por las pantorrillas Karen se puso tensa. Y cuando le deslizó las yemas de los dedos en la cara interna de los muslos abrió los ojos de par en par.

–¿Estás más relajada? –preguntó Ash sin dejar de acariciarle las piernas con movimientos certeros.

–No exactamente.

–Dime qué puedo hacer para ayudarte.

–No lo estás haciendo mal –respondió Karen exhalando un medio suspiro cuando él subió los dedos unos milímetros.

¿Que no lo estaba haciendo mal? Aquello no iba para nada con Ash. Se bajó del sofá con gesto decidido y se puso de rodillas delante de ella. Tenía los labios dibujados de un rojo profundo parecido al de las uñas. Muy tentador, pero Ash no estaba todavía preparado para besarla. Al menos no allí.

–¿Qué hacemos ahora? –preguntó ella con incomodidad.

–Tienes que recordar dónde estás y disfrutar.

Ash le bajó uno de los tirantes y depositó suavemente los labios sobre el hombro desnudo. Luego procedió a hacer lo mismo con el otro tirante. Podía sentir el corazón de Karen latiendo con fuerza en el punto en que su pecho se encontraba con sus senos y supo que en cierto modo estaba triunfando con su seducción.

–Eres muy hermosa –susurró masajeándole suavemente los hombros desnudos–. ¿Estás más relajada?

–Me voy acercando –respondió Karen reprimiendo un gemido–. Lo estás haciendo muy bien.

Al menos sus esfuerzos habían pasado de no estar haciéndolo mal a hacerlo muy bien. Ash esperaba llegar a hacerlo maravillosamente pronto. Estaba deseando darle a Karen la satisfacción que se merecía, demostrarle que sus necesidades eran para él más importantes que las suyas propias. Pero todavía no. No hasta que supiera que ella estuviera completamente lista para él.

–¿Por qué te paras? –preguntó Karen desconcertada cuando Ash se fue al otro extremo del sofá.

–Necesitas descansar –aseguró él atrayéndola hacia sí y colocándole la cabeza sobre su hombro–. Cierra los ojos.

–Pero ¿y el bebé?

Tal y como sospechaba, concebir un hijo seguía siendo su prioridad. Y Ash pretendía desviar su atención de la concepción hacia el proceso de conseguir ese objetivo.

–Tenemos toda la noche. Ahora necesitas relajarte. Prefiero que estés bien despierta y cargada de energía antes de que vayamos más lejos.

–Bueno, si insistes… –accedió Karen reposando la cabeza sobre su hombro–. Pero no voy a dormirme.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que la respiración calmada de Karen se escuchara en medio del silencio de la sala y Ash se diera cuenta de que estaba dormida. Había querido que se relajara, quizá no hasta ese punto, pero, como él mismo había dicho, la noche era muy larga.

Si por él fuera pasarían juntos todas las noches de su vida. Pero a menos de que pudiera convencer a Karen de que lo dejara tocarla después de concebir, que le permitiera quedarse con ella después de que naciera su hijo, aquellos serían los únicos momentos que tendrían para estar juntos. Y la intención de Ash era sacarles el mayor partido posible.

El tiempo estaba de su parte. Por el momento.

Capítulo Cinco

Karen perdió la noción del tiempo y del espacio. Sólo sabía que estaba en una cama y que no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Cuando se espabiló por completo miró a la derecha y leyó en la pantalla verde del despertador que eran más las doce y media de la noche. Miró a su izquierda y vio una figura tendida a su lado.

Ashraf Saalem. Su marido. Desnudo de nuevo.

La ligera apertura de las cortinas permitía la entrada de las luces de la noche de Boston iluminado su cuerpo. Estaba tendido boca abajo con los brazos cruzados sobre la almohada y la cara vuelta hacia la ventana. Karen se puso de lado y observó las subidas y bajadas de su espalda poderosa, la fuerza de su columna vertebral y la curva de sus nalgas.

Era un hombre magnífico y estaba al alcance de su mano. O eso había pensado Karen. Ella esperaba que le hiciera el amor en el sofá, casi le había suplicado que siguiera adelante aunque su orgullo le había impedido pedírselo directamente. De acuerdo, estaba cansada, más de lo que se había imaginado, pero no tanto como para no haberle permitido encantada que siguiera. Y sin embargo se había sentido muy segura entre sus brazos descansando la cabeza sobre su hombro. Tan relajada que se había dormido en cuestión de minutos. Y Ash se las había arreglado para llevarla al dormitorio sin que ella se diera cuenta. ¿Qué más le habría hecho?

Karen se llevó la mano al pecho y se dio cuenta de que su camisón seguía intacto. Igual que su deseo por él. Que su deseo de concebir un hijo, se recordó a sí misma. Después de todo, aquella era la razón por la que estaba allí.

Sin dejar de darle vueltas en la cabeza a sus preocupaciones, Karen le puso la mano suavemente en la espalda y apoyó la palma entre los omóplatos. La temperatura del cuerpo de Ash era volcánica, y no le sorprendió. Todo en él hablaba de fuego, un fuego capaz de acabar con el sentido común de una mujer en cuestión de segundos.

Él no se movió ni un ápice, ni siquiera cuando ella trazó con un dedo el camino de su espina dorsal hasta la cintura. No podía detenerse allí. No podía dejar pasar la tentadora oportunidad de comprobar la firmeza de su trasero. Recorrió con la palma aquel territorio masculino y luego descendió por sus muslos para luego volver a subir.

Se sentía como un niño experimentando con barro por primera vez, o como una mujer llena de deseo mientras exploraba con indolencia, recorriendo levemente la zona con la yema de un dedo, deteniéndose allí donde los muslos se juntaban. Karen apretó sus propios muslos para prevenir el calor húmedo que la invadió al pensar en la posibilidad de ir más allá en su exploración.

Lo deseaba. Lo deseaba mucho. Deseaba descubrir qué se sentiría cuando él la convirtiera en puro e irracional deseo femenino. Armándose de valor, se acercó un poco más a él y le colocó los labios sobre la espalda. No pensaba despertarlo, pero pretendía desde luego disfrutar con su exploración.

–Ya veo que te has despertado.

–Lo mismo digo –respondió Karen apartándose un poco para comprobar que Ash se había dado la vuelta y la miraba.

–Todavía no me he dormido –aseguró Ash con una carcajada.

–Pero…

Karen no supo qué decir. Él había sido consciente todo el tiempo de sus caricias. La situación debería haberla avergonzado, pero por alguna razón no fue así. Le otorgó una extraña sensación de poder.

–¿Estás más descansada? –le preguntó Ash–. ¿Lo suficiente como para continuar con nuestra luna de miel?

–Si tú no estás cansado… –insinuó ella.

–Nunca en toda mi vida he estado más animado –aseguró él deslizándole un dedo entre los senos.

Cuando Ash rodó sobre sí mismo y se colocó encima de ella, Karen contuvo la respiración. Él estiró la mano para alcanzar la lámpara de la mesilla y la encendió, iluminando completamente la habitación.

–¿Qué haces? –preguntó ella con voz ronca.

–Quiero verte –aseguró Ash recorriéndole lujuriosamente el cuerpo con la mirada–. Quiero verte entera.

Karen podía verlo entero a él. Casi. Podía ver el volumen de su pecho esculpido, su vientre plano, pero no podía ver más abajo. Y sin embargo podía sentirlo. Podía sentir su «arma secreta» presionándole la cadera, y no le hubiera sorprendido que en cualquier momento hubiera ardido espontáneamente.

–Quítate el camisón –le ordenó él en voz baja.

–¿No quieres hacerlo tú?

–Lo haría de buena gana, pero prefiero ver cómo te desnudas para mí.

A Karen no le quedaba ni el más mínimo ápice de voluntad para protestar.

–Sal de la cama –le pidió Ash cuando comenzó a bajarse los tirantes–. Quiero ver cómo la tela resbala por tu cuerpo. Y creo que a ti también te gustará.

Ella no estaba tan segura. Nunca antes se había desnudado para un hombre, ni siquiera para Carl, su prometido. Él prefería la oscuridad. De hecho, Karen nunca lo había visto desnudo bajo la luz.

Pero si hacía lo que Ash le pedía tendría la oportunidad de ver todas y cada una de las partes de su cuerpo, y eso la impulsó a saltar de la cama. Ash se quedó donde estaba, con la cabeza apoyada en el codo y mirándola con aquellos ojos tan oscuros como el carbón.

Karen se forzó a mantenerle la mirada y deslizó lentamente los tirantes del camisón por los hombros hasta dejar sus pechos al descubierto. Sintió una corriente de aire fresco que, unida al calor que desprendían los ojos de Ash, provocó que la piel se le erizara.

Sólo entonces se aventuró a echar un vistazo más abajo de la cintura de Ash para comprobar su verdadera reacción. Una reacción evidente. Y mientras se quitaba lentamente el camisón, Karen experimentó una creciente sensación de poder mientras observaba cómo la virilidad de Ash se hacía más grande ante sus ojos. Se detuvo cuando la prenda llegó al abdomen para aumentar la tensión y luego, sonriendo levemente, deslizó el camisón por las caderas. La prenda cayó al suelo formando una bola de encaje a sus pies.

Ash se sentó y tocó con el suelo las piernas, sin dejar de mirarla.

–¿Te gusta lo que ves? –preguntó ella.

–Acércate más y te demostraré cuánto –respondió Ash escrutándola de arriba abajo con la mirada.

Karen se acercó y se detuvo justo a su lado. Él abrió las piernas y la atrajo hacia el centro de ellas.

–Eres preciosa –murmuró trazándole el contorno de un pecho con el pulgar antes de hacerlo con el otro.

Luego repitió la operación pero con los pezones y utilizando esta vez la lengua. Inconscientemente, Karen se inclinó hacia delante, ofreciéndose. Ash la saboreó y ella sintió la urgencia de su propio deseo en el centro de su cuerpo.

Ash la mantuvo sujeta por la cintura mientras ella se agarraba a sus hombros para evitar perder el equilibrio. Y entonces la besó en la boca. Karen sentía deseos de gritar debido a las sensaciones que estaba experimentando.

–Me encanta cómo sabes –susurró el jeque deslizando las manos para explorar el territorio de sus nalgas.

A cada caricia pasaba más cerca del punto en el que sus piernas se unían, el punto donde Karen necesitaba más atención. Como si le hubiera leído el pensamiento, Ash llevó la mano hasta su nido de rizos negros y la acarició suavemente sin dejar de mirarla. Un gemido que más bien parecía una súplica brotó de la garganta de Karen a pesar de sus intentos de controlarse. Nunca había estado tan cerca de rogarle a alguien que calmara aquel deseo. Nunca había estado tan cerca de llegar al orgasmo.

–¿Quieres que te toque, Karen?

–Sí –respondió ella suspirando.

–Entonces lo haré y tú mirarás.

Y ella miró. Y vio cómo Ash le separaba los muslos y cómo acariciaba los alrededores del núcleo de su cuerpo, primero suavemente, luego con más insistencia para volver a tocarla con dulzura, volviéndola completamente loca.

–También aquí eres preciosa –murmuró clavando la mirada en la parte que estaba acariciando.

Karen estaba absolutamente perdida en el erotismo del momento mientras él la acariciaba con una pericia con la que ella sólo había soñado hasta entonces. Le temblaban las rodillas y si no hubiera estado agarrada a sus hombros tal vez se hubiera caído. Pero eso no impidió el ataque carnal que Ash estaba llevando a cabo sobre su sentidos ni el clímax que iba abriéndose paso en el interior de Karen.

Y entonces Ash apartó las manos. Esta vez ella gimió de veras. ¿Acaso había decidido volverla loca? Si volvía a decirle que necesitaba descansar se vería obligada a golpearlo.

–No he terminado –la tranquilizó él–. Es que quiero sentirte cuando alcances tu clímax. Ven aquí –dijo tomándola de las manos y atrayéndola hacia sí.

Karen se apoyó en sus muslos y, con su ayuda, entró en él con movimientos muy lentos. Pero antes de que intentara introducirse por completo en su interior, Ash la detuvo agarrándola con firmeza de la cintura.

–Relájate un instante.

¿Relajarse? ¿Cómo iba a relajarse en aquella postura? ¿Y por qué quería él que se relajara?

–Estoy bien –insistió Karen.

–Estarás mejor dentro de un instante.

Manteniendo una mano en su cintura, Ash la acarició con la otra, la tocó sin piedad hasta que la llevó de nuevo hasta ese lugar en el que nada importaba, excepto aquella maravillosa sensación. El orgasmo la alcanzó de pleno en oleadas de placer húmedas y constantes.

Ash gimió y dijo algo que resultó incomprensible para ella, pero que sonó a súplica desesperada y luego le pidió:

–Haz conmigo lo que quieras. Ahora mandas tú.

–Será un placer.

Y lo fue. Un placer absoluto. Todas las ideas al respecto de aquella unión desaparecieron de la mente de Karen mientras se zambullía en el momento. Con las manos de Ash firmemente plantadas en las caderas se movió en un ritmo que dio comienzo lentamente antes de volverse salvaje y enloquecido.

Karen lo besó con toda la pasión que bullía en su interior, recorriéndole la boca con la lengua en embates frenéticos no muy distintos al acto amoroso que estaban compartiendo.

–Ahora –dijo Ash con voz ronca, dejando un instante de besarla.

Entonces la agarró de las caderas y se hundió con más fuerza dentro de ella, más profundamente de lo que Karen imaginó nunca posible. Ash tenía el cuerpo en tensión y el pecho pegado contra sus senos. Ella sintió el torrente de su clímax, sintió al jeque estremecerse con la fuerza del mismo.

Ash cayó rendido de espaldas atrayendo a Karen con él. Siguió temblando, o quizá era ella la que temblaba. No era posible saberlo teniendo en cuenta lo pegados que estaban.

Se quedaron así un rato, en silencio, hasta que Ash rodó sobre sí mismo y se incorporó sobre ella. Karen esperaba que dijera algo, pero en lugar de eso la besó con una dulzura que contrastaba con su incontrolada manera de hacer el amor. Fue un beso tierno, que despertó en Karen sentimientos en los que no quería ni pensar.

Ash se acomodó sobre la cama y apoyó la cabeza de Karen sobre la almohada sin dejar de mirarla. La estrechó entre sus brazos poderosos, le acarició el pelo y la hizo sentirse protegida y apreciada por primera vez en mucho tiempo. De hecho, nunca se había sentido así en toda su vida y eso la asustaba.

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