Kitabı oku: «Retrato hablado»





Presentación
A principios del año 2004 propuse al entonces periódico Público, hoy Milenio Jalisco, la realización de una serie de entrevistas con personajes de Guadalajara. El propósito era conocer mejor el quehacer de estas personas, su manera de ser y su forma de pensar. Con ello buscábamos también mostrar la riqueza y diversidad de la ciudad, elaborar una “acuarela” de la actual Guadalajara a partir de algunos de sus habitantes más emblemáticos. Serían entrevistas “juguetonas”, ágiles y en formato pregunta-respuesta. No se trataba de elaborar una galería de celebridades, aunque también las hubiera, sino de elegir a personas que cumplieran dos condiciones: arraigo en la ciudad (no necesariamente nacidos en ella) y una trayectoria interesante y consolidada.
Así nació Retrato hablado. Fueron 202 entrevistas que se publicaron los sábados en la página tres del diario. La primera apareció el 1 de mayo de 2004; la última se imprimió el 26 de abril de 2008.
Salir cada semana a la calle a buscar el encuentro con otra persona, con la emoción, el gusto y también el miedo que implicaba, fue para mí una experiencia especialmente significativa porque un buen diálogo rara vez nos deja indiferentes.
Durante la publicación de la serie, y también posteriormente, recibí sugerencias de varias personas para compilar las entrevistas en un libro. Me decían, cada una a su manera, cosas que coinciden con esta reflexión de la periodista española Rosa Montero: “La entrevista, además de su valor puramente literario, que implica una recreación de los límites y modos de ser a través de la palabra, ofrece también un elemento notarial, la riqueza de una visión próxima y contemporánea al entrevistado. Quiero decir que las entrevistas antiguas nos acercan al pasado como ningún libro de historia puede hacerlo: nos reconstruyen al personaje contemplado desde su época, con total ignorancia y, por tanto, total inocencia de lo que vendría después […] En las entrevistas, en las preguntas de los periodistas, en sus comentarios, en sus añadidos, late el contexto histórico y social. Son la voz y la mirada del testigo”.1
Gracias a la Universidad de Guadalajara, al iteso y al periódico Milenio Jalisco podemos presentar ahora en un libro cien entrevistas de la serie.
Resultaba inviable publicar los 202 textos. El proceso de selección me fue sumamente difícil y en cierto sentido hasta doloroso dadas las implicaciones afectivas que le guardo a cada una de las entrevistas. Recurrí entonces al consejo de varios colegas, entre ellos al de mi apreciado amigo Sergio René de Dios Corona, quien me ayudó a elegir. Las cien entrevistas que quedaron no son necesariamente las mejores ni implican una mayor valoración de los entrevistados. Buscan, solamente, mostrar la diversidad de temas y la variedad de personajes.
El orden en que se presentan es el mismo en que se publicaron. Renunciamos a la opción de agruparlas por temas para mantener el espíritu de la serie, que buscaba mostrar cada semana a un personaje distinto. Cada entrevista incluye un pequeño texto en el que se indican los datos básicos de la persona. Están actualizados al día de su publicación. La vida de varias personas ha cambiado y algunas incluso ya murieron.
Por sugerencia de mis colegas profesores del Departamento de Estudios Socioculturales del iteso, elaboré un texto sobre la entrevista que aparece al principio del libro. En él comparto algunas reflexiones a partir de lo que me enseñaron queridas y queridos profesores, de lo que he aprendido de otros periodistas, y de las experiencias, a veces duras, que me ha dejado mi propia práctica de reportero. Cristina Romo me enseñó en las primeras etapas de la universidad una lección que nunca olvidé y que ya he repetido a algunos estudiantes: hay que atreverse a interrumpir al entrevistado. Javier Darío Restrepo me ayudó a tener presente la dimensión ética que implica siempre una entrevista. A Miguel Ángel Bastenier, gran periodista y profesor de muchas generaciones de reporteros en España y América Latina, le debo mucho de lo que sé sobre este tema. Con frecuencia, cuando yo hacía las entrevistas, recordaba las lecciones que generosamente nos brindaba a sus alumnos de la Escuela de Periodismo Universidad Autónoma de Madrid-El País. Él sostiene que este oficio “se puede aprender, pero no se puede enseñar”. Por eso lo que presento aquí no es un tratado sobre la entrevista, ni un “método”. Intentarlo sería, además de pretencioso, inútil. Los periodistas sabemos que la realidad es tan compleja que escapa a cualquier fórmula y que el periodismo es un quehacer que se aprende en la práctica. Lo que escribí son sólo algunas pistas que pueden ser útiles a quienes comienzan este camino.
La serie “Retrato hablado” y este libro han sido posibles gracias a mucha gente, además de la que ya he mencionado. En primer lugar mi gratitud a las personas que me otorgaron generosamente su tiempo y su confianza para que las entrevistara y a la gente que cada sábado leía mi trabajo. A quienes me sugirieron personas para entrevistar o me ayudaron a encontrarlas. Gracias a los directivos del periódico que me permitieron ocupar durante cuatro años la página tres del periódico y apoyaron después la publicación del libro. A los fotoperiodistas que hicieron los retratos de las personas entrevistadas: Iván García, Rafael del Río, Gabriela Hernández, Paula Islas, Humberto Muñiz, Abraham Pérez, Antonio Romero, Felipe Salgado, Oswaldo Sevilla, Marco A. Vargas, Luz Vázquez y Giorgio Viera. Años después, varios de ellos hurgaron en sus archivos para recuperar algunas fotos. Gracias a Mariana Hernández León por la búsqueda de las imágenes en el archivo de Milenio Jalisco. Mi gratitud a los editores y diseñadores que cada semana convertían mi texto en una página de periódico. A Enrique Alonso Cervantes que me ayudó a transcribir en aquella época muchas entrevistas y a Elba Castro que las revisó cuidadosamente.
Ella, Sergio René de Dios y Rubén Alonso González me ayudaron además a corregir el texto introductorio y aportaron valiosas sugerencias.
Gracias a Sayri Karp, de la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara, y a Manuel Verduzco, de la Oficina de Publicaciones del iteso, quienes con sus respectivos equipos transformaron las empolvadas páginas de periódico en este libro.
Muchas gracias a usted por leerlo.
Notas
11 Rosa Montero, “La mirada del testigo”, en Christopher Silvester, Las grandes entrevistas de la historia, El País–Aguilar, México, 1999, p. 11-12.
Cómo entrevistar a Guadalajara
Miguel Ángel Bastenier
Juan Carlos Núñez era un joven periodista mexicano que apareció un día por la sede del diario El País de Madrid, con el propósito de cursar el master del periódico. El curso, de un año de duración, viene impartiéndose desde 1987, y entre los 40 alumnos que la institución admite sistemáticamente en sus aulas —de un plantel que en los años de esplendor para la prensa de papel llegó a pasar de 300— hay una media constante de alrededor de una media docena de latinoamericanos. Y, sin que falle ni un solo año, siempre entre ellos ha habido mexicanos, en ocasiones hasta tres el mismo año. Argentinos suele haber bastantes, colombianos muestran alguna afición por Madrid, los países andinos, Centroamérica, hasta Cuba, y muy recientemente Paraguay, envían con regularidad representantes al máster de periodismo de El País. Pero sólo México ha estado siempre presente en nuestra escuela, hasta el punto de que hoy no menos de medio centenar de másters del periódico, contando españoles y mexicanos, trabajan o han trabajado en la prensa del país azteca. Y ello es algo que nos enriquece a unos y otros, los de aquí y los de allá (y que el lector decida donde están el aquí y el allá). No se trata, por supuesto, de fabricar clasificaciones ni cuadros de honor, entre otras cosas porque un joven tan pudoroso como Juan Carlos se horrorizaría si lo hiciéramos. Digamos tan sólo que, de nuevo para ambas partes, la experiencia ha valido la pena.
Juan Carlos venía de Guadalajara y al terminar el máster volvió a su ciudad para incorporarse a Siglo 21, el diario que de la mano de Jorge Zepeda, Diego Petersen y Luis Miguel González había sido en etapas sucesivas y cambiando de nombre, como en la actualidad formando parte de la cadena Milenio, uno de los grandes revulsivos modernizadores del periodismo mexicano.
Juan Carlos Núñez diríase que se ha pasado una vida de entrevista en entrevista y de 202 instantáneas, publicadas semanalmente en su periódico, cuyo actor central es siempre Guadalajara, ha elegido un centenar para hacerlas antología en este libro, que es en sí misma una exclusiva: la entrevista a una ciudad. Para ello ha hecho una selección de protagonistas entre los que las personas predominan sobre las personalidades, donde no faltan artistas pero se ven gloriosamente superados por los artesanos; donde figuran quienes podríamos calificar de intelectuales, aunque los que predominen sean por encima de todo seres inteligentes, sensibles y con algo que aportar; y en el campo de las presuntas excentricidades, donde con frecuencia se encuentran más respuestas que en la sabiduría o el conocimiento convencionales, encontramos a un chino “nacionalizado” tapatío, una bailarina exótica, un monje budista, un podólogo y toda una galería de representantes de lo más vivo de una ciudad, lo que está muy lejos de significar que tengan que ser sus representantes oficiales. Por eso no es exagerado decir que nos hallamos ante un retrato hablado de una Guadalajara tan auténtica como escasamente mostrada por la información institucional.
Y luego, pero no menos importante, hay que anotar también una cuestión de técnica, con la que quien esto firma no puede sino estar muy de acuerdo porque es la que se practica en la Escuela de El País, de la que uno acontece que es profesor. Juan Carlos no compite con el entrevistado a ver quién es más listo, a ver quién tiene razón, sino que tiene como misión hacer que hable, se revele a sí mismo y a la ciudad en la que vive. Preguntas incisivas, breves, directas conforme al carácter de médium casi invisible que debe de tener el periodista, tal como nosotros entendemos su función; preguntas que no necesariamente fueron formuladas de la manera exacta en que se reproducen en el libro, sino que en el papel aparecen quintaesenciadas, convertidas en el reclamo inteligible de sí mismas, dejando todo el protagonismo al personaje, aunque para que cristalizaran una a una esas respuestas haya sido preciso preguntar y repreguntar, perseguir al personaje para que, como decimos en el argot de la prensa española, no se nos “escapara vivo” y sacáramos todo lo que esperábamos obtener de él.
Muy acorde con todo lo anterior es, asimismo, la introducción al volumen que en una treintena de páginas imparte una auténtica lección de periodismo. ¿Qué es una entrevista?; ¿Cómo se prepara? ¿A quién debo hacérsela y para qué? hasta componer ese fresco o mural por el que desfila toda una ciudad con lo que tiene, con lo que le falta, con aquello a lo que aspira, a lo que sueña, a lo que luchará por conseguir. Y un gran mérito que redondea la obra es que siendo 100 entrevistas muy distintas a personajes muy diferentes, el conjunto posee una unidad pasmosa, que es la de una realidad viva, de un organismo real, activo, un tanto antropomórfico como si la ciudad acabara por tener cara, extremidades, complexión social y política y fuera una abstracción pero de carne y hueso. Si México existe y, aún con las dificultades de todos conocidas, es una gran nación, es porque existen colectividades como Guadalajara.
Juan Carlos Núñez califica al periodista, y sobre todo al periodista entrevistador, de paleontólogo, pero yo prefiero, sin alejarme apenas del modelo, decir espeleólogo, porque el profesional ha de bucear en todo lo que en el encuentro se ha dicho y hallar en sus profundidades la verdadera entrevista, el arcano que valdrá la pena exhumar para conocimiento y aprovechamiento del lector. Un tesoro que ni siquiera aparecerá de una sola pieza, sino que tendremos que recomponerlo en el taller de la redacción, con la ayuda de los instrumentos que sea menester, la grabadora sin duda, pero sobre todo nuestra memoria, sin la cual la palabra hablada sería sólo una serie de agregaciones alfabéticas, faltas de la vida de la entonación, de la intención, de la finalidad. Y con ello llegamos a otro punto crucial, quizá el más importante, de lo que debe poseer una buena entrevista: el mérito de la utilidad, porque todo lo que se escribe no puede ya justificarse a estas alturas del progreso tecnológico única o básicamente por criterios de belleza o de calidad literaria, aunque en modo alguno los menospreciemos, sino que, para que esté justificada su publicación, ha de servirle a alguien de algo. De una buena entrevista el lector tiene que aprender, adquirir información que le sea relevante para la vida; el buen periodismo, especialmente en estos tiempos digitales de comunicación que nunca cesa, ha de constituir el electrodoméstico número 49 del hogar. Leemos periódicos porque nos sirven para la vida. Y eso Juan Carlos Núñez Bustillos lo sabe y lo practica tan bien como el mejor.
En la Escuela de Madrid somos muchos los que por todo ello le recordamos como gran alumno y mejor amigo.
La entrevista, un retrato pintado con palabras
Un juego, una pelea, una herramienta. Un arte, una mentira, un género. Las maneras de entender y de hacer entrevistas para ser publicadas como escritos periodísticos son muchas y variadas. Algunos la defendemos por las posibilidades que nos brinda para obtener y publicar información de interés público que difícilmente podríamos conseguir de otra manera. Otros la consideran no sólo un recurso facilón sino incluso una farsa. Ya en 1895 el periodista y diplomático estadounidense W. L. Alden, decía:
El entrevistador es la fuerza más poderosa que jamás haya existido a la hora de fabricar mentirosos e hipócritas. El hombre que se presta a una entrevista sabe que cualquier cosa que diga será publicada. Así pues, expresa toda clase de hermosos y falsos sentimientos que piensa serán del agrado del público. Por otra parte, se abstiene de formular sus convicciones reales porque el público podría no aprobarlas. En otras palabras, miente de manera persistente y es el entrevistador quien le incita a hacerlo. Por lo que se refiere al entrevistador, su oficio es mentir.2
Hay, qué duda cabe, entrevistas como las que describe Alden. Las encontramos con frecuencia en algunos medios de comunicación. Sin embargo, podemos ver muchas otras entrevistas en las que no aparecen los más “hermosos y falsos sentimientos del entrevistado”, sino que, por el contrario, el personaje se muestra en su complejidad y con sus claroscuros. La entrevista es un encuentro con el “otro” mediante el diálogo y como tal es una oportunidad para asomarse en su forma de estar en el mundo y de interpretarlo. El buen entrevistador lleva al entrevistado a autoexplorarse y a profundizar en temas que no necesariamente le resultan cómodos. Federico Campbell, dice:
Lo que no hay que perder de vista es que el entrevistador irrumpe con sus preguntas en el flujo mental del entrevistado, quien expresa sus ideas y hace declaraciones que de otra manera no hubiera hecho. Y es que la entrevista es una interlocución, el encuentro de dos inteligencias: una relación humana —cada uno llega con su personalidad y su bagaje cultural— de la que surge un texto distinto al que elaboraría una persona en la intimidad de su escritura.3
Ese es el gran valor de la entrevista periodística, esa es su magia, la posibilidad creadora que tiene el diálogo de dos personas que al ser únicas hacen también único el resultado. Las mejores entrevistas son aquellas en las que tanto el entrevistado como el entrevistador descubren cosas que al comenzar el encuentro no habían previsto. Si el periodista termina la entrevista sin haber descubierto nada nuevo, habrá cumplido con la tarea, pero no podrá sentir el gozo del paleontólogo que descubre un fósil. Para el entrevistado, el diálogo con un periodista es una oportunidad que le permite generar nuevas reflexiones, profundizar en sus convicciones y ordenar algunos puntos de vista.
“El ser entrevistado”, le dijo en una ocasión el escritor Tennessee Williams a su colega y periodista Charlotte Chandler, “lleva aparejada la ventaja de la autorrevelación. Me veo obligado a articular mis sentimientos y puede que aprenda algo sobre mí mismo. Me hace conocerme mejor y ser más consciente de mi propia desdicha”.4
Eso solamente ocurre con las buenas entrevistas en las que los periodistas logran convertirse, como dice Miguel Ángel Bastenier, en “agentes que desatan lenguas”.5 Para Campbell el trabajo del periodista “consiste en hacer hablar a la gente. Todo el mundo tiene algo que decir y, con algunas excepciones, desea que alguien venga y se lo pregunte”.6
La entrevista escrita además puede recrear la frescura de la conversación porque lo que importa no es sólo lo que se dice sino también cómo se dice. “El diálogo”, dice Jorge Halperín, “es estrella en sí mismo, no es un simple vehículo para transmitir ideas. Divierte, atrae, casi permite al lector vivir lo que fue el encuentro del periodista con el personaje”.7
Al hablar expresamos lo que somos. El periodista que relata la conversación con el entrevistado lo delinea a partir de sus propias respuestas. Cuando el decano de los forenses habla de cuando se ganó sus primeros “centavos”, no solamente se refiere a su primer sueldo sino que nos remite a la época en que los centavos eran de uso común. En una entrevista que le hice al escritor español Arturo Pérez Reverte hablamos sobre su experiencia como reportero de guerra. Le pregunté:
—¿Y el miedo?
—El miedo a qué.
—A morir, por ejemplo.
—O a que le vuelen a uno los huevos, sin morir. O a perder una mano o una pierna. El miedo existe continuamente, pero forma parte del trabajo y hay trabajos que llevan el miedo incluido en el salario. Lo importante es que no te paralice, que no se convierta en pánico.
La entrevista permite recrear esa frescura del diálogo que no es común en otro género. La misma respuesta del escritor puesta en formato de texto noticioso podría decir: “El escritor español Arturo Pérez Reverte considera que el miedo forma parte del trabajo de un reportero de guerra, pero que éste debe saber controlarlo para que no lo paralice”. En esencia el contenido es el mismo, pero la recreación del diálogo le da mucha mayor viveza.
La entrevista con el sacerdote confesor Anastacio Aguayo, que aparece en este libro, comienza así:
—¿Qué tan pecadores somos los tapatíos?
—De eso no puedo decir nada; de pecados, no.
—No me diga nombres, sólo si somos más pecadores que en otros lados.
—No puedo decirlo porque cualquier insinuación puede dar origen a faltar al sigilo y eso es muy delicado ante Dios. De pecados, ni una palabra.
—¿Ni aunque me diga el pecado y no el pecador?
—Ni en general.
Este texto en formato de noticia podría quedar así: “Anastacio Aguayo, sacerdote confesor, rehúye comentar qué tan pecadores somos los tapatíos”. Aunque la información es prácticamente la misma, el diálogo no solamente nos remite al contenido sino que al mismo tiempo nos deja ver el talante del personaje, nos muestra parte de su personalidad, nos dice lo que dice y otras cosas más.
Desde este punto de vista, procesar una entrevista periodística para publicarse en un medio escrito consiste en tejer, con las propias palabras del entrevistado, un relato que resalte algunos de sus rasgos más distintivos. No se trata de hacerle una fotografía con la pretensión de mostrarlo tal cual es, cosa que además resulta imposible. Se parece más bien a delinear una acuarela que permita al lector hacerse una idea de la esencia de la persona. Es plasmar un retrato trazado con sus propias palabras, un retrato hablado.
La entrevista como herramienta
Algunos autores coinciden en que la entrevista periodística tiene una doble función: es una herramienta básica del reportero y es también un género. Dice Bastenier que ella “se halla en la misma base de todo el quehacer periodístico. La inmensa mayoría de las informaciones que obtenemos han tenido como base una entrevista, el encuentro en estado puro entre el periodista y la fuente. Es como la materia prima a partir de la cual es posible nuestra profesión”.8
La entrevista es una herramienta muy útil, que bien manejada, nos permite obtener con cierta facilidad, en poco tiempo y a bajo costo, información clave para la elaboración de una noticia, una crónica o un reportaje. Un buen reportero es capaz de identificar con prontitud a la persona que tiene la información que necesita, es hábil también para hacer las preguntas pertinentes y así obtiene los datos que requiere. Se parece, si es bueno, a la mariposa que puede identificar a la distancia la flor que tiene el néctar, podrá llegar hasta ella y no se perderá en las ramas sino que sabrá exactamente cómo obtener lo que persigue. Un periodista que trabaja un reportaje sobre migración buscará, por ejemplo, a los académicos que desde hace años estudian el tema y en aproximadamente una hora, si no es que menos, habrá obtenido los datos y las conclusiones más relevantes que a ellos les han llevado años conseguir. Podrá “extraer” en un momento y de manera relativamente fácil el “néctar” de la información.
En este caso, lo importante es que el reportero pueda llegar pronto a la fuente de información aunque no necesariamente la conozca de antemano. Y por supuesto, deberá tener muy claro qué quiere saber para poder plantear las preguntas pertinentes. Si volvemos al caso del supuesto reportaje sobre migración, el reportero podría decir al investigador: “¿Me puede hablar sobre el tema de su investigación?”. En este caso el periodista habrá llegado a la fuente, pero una pregunta mal elaborada le dificultará, o incluso le impedirá, conseguir los datos relevantes.
La entrevista nos ayuda a focalizar la búsqueda de información. En ese sentido, nos permite tener el control sobre los temas y la información que nos interesa y no sólo depender de lo que algún personaje o institución quieren decir.
Es, pues, una herramienta muy útil, pero no es la única ni resuelve todo. Como cualquier instrumento de trabajo requiere destreza y responsabilidad. Tiene también sus riesgos. Su abuso y su mal empleo fomentan uno de los peores vicios del periodismo mexicano: la “declaracionitis”. Muchos periodistas se conforman con que alguien les diga algo y creen que ese “algo” es siempre periodístico. Son reporteros “ponedores” de grabadoras que se preocupan solamente por “cachar” algún dicho para reproducirlo sin más.
La entrevista es un recurso recomendable cuando importa el quién dice y el cómo dice, cuando la declaración es fundamental porque la pronuncia alguien que está en relación directa con algún hecho de interés público. Es aconsejable acudir a ella cuando la coyuntura pone al personaje en una situación clave, cuando interesa mostrar a una persona o cuando la prominencia del personaje hace que sus declaraciones sean relevantes.
Habrá que evitar la entrevista y acudir a otros géneros cuando queramos presentar el panorama completo de lo que ocurrió o de cómo ocurrió. En esas situaciones lo recomendable es recurrir al reportaje o a la crónica, aunque en ambos casos la entrevista podrá ser una herramienta básica para obtener la información que nos servirá de materia prima al elaborar esas piezas. La entrevista es desaconsejable, sobre todo, cuando el entrevistado no tiene nada nuevo que decir y el entrevistador, nada nuevo que preguntar.
La entrevista como género
Definiciones de entrevistas hay tantas como personas han escrito sobre ella. Para Manuel del Arco “no es, ni más ni menos, que una conversación llevada a la letra impresa”.9
Federico Campbell afirma:
Es un diálogo entre un periodista y un sujeto transcrito en forma de preguntas y respuesta […] Este formato lo reserva para un trabajo de redacción de mayor despliegue en el que importa la personalidad y la significación social del entrevistado. La idea de mostrar por escrito cómo se fueron eslabonando las preguntas y las respuestas pretende hacer ver ante el lector cómo es el entrevistado, qué piensa y cómo razona lo que piensa; es decir, el periodista trata de hacer un retrato”.q
Para Bastenier, la entrevista es un “subgénero” periodístico al que define como “un reportaje, pero efectuado a una persona”,w y agrega: “Una entrevista es siempre una auscultación, una interpretación del personaje por medio, en gran parte, del diálogo, y si es realmente buena ha de tener bastante de análisis y de perfil. ¿Qué mejor biografía que una entrevista donde el personaje diga lo que no estaba seguro de querer decir, y tenga que convencer al periodista de que lo que dice es verdad?”.e
Jorge Halperín afirma que la entrevista “es el arte del vínculo. La más pública de las conversaciones privadas”.r Hay otras definiciones con diferentes énfasis. A mí me parece que una entrevista como género periodístico en un medio impreso puede definirse como el relato que recrea una conversación entre un periodista y otra persona en torno a un tema de interés público.
Aparecen en esta definición tres elementos clave que explicaré a continuación: relato, conversación e interés público.
A diferencia de los medios electrónicos que pueden transmitir en directo la conversación entre el periodista y su interlocutor, la prensa escrita está obligada a convertir ese diálogo oral en un texto. Esta conversión implica necesariamente una transformación porque el lenguaje oral y el escrito están sujetos a formas y reglas distintas. Como veremos más adelante, es prácticamente imposible que una buena entrevista sea una transcripción de la charla. Por esta razón, la entrevista no es la reproducción de la conversación sino el relato escrito de ésta. El trabajo del periodista consiste entonces en recrear el diálogo y no en plasmarlo tal cual. En este sentido, Bastenier sostiene que la entrevista “es el género de ficción veraz por antonomasia. Difícilmente encontraremos nada más literario, más directamente creativo que la entrevista. Las entrevistas en alguna manera se inventan todas, pero no por ello tienen que dejar de responder a la verdad”.t
El segundo elemento es la conversación. Podemos obtener información de una fuente por muchas vías: comunicados, estudios, conferencias, discursos, textos, etc. Pero lo propio de la entrevista es la posibilidad que tiene el periodista de hacer preguntas, lo que no ocurre en los otros casos.
Si las preguntas del entrevistador son buenas, llevarán al entrevistado a decir cosas que no había dicho (si ya las ha dicho, entonces la entrevista será poco periodística porque lo propio de este oficio es la novedad) o a profundizar en ellas. La entrevista permite al periodista fijar los temas de la conversación y dirigir la charla, situación que no sucede con la noticia ni con algunas crónicas donde el periodista está sujeto a lo que ocurra y no interfiere en el desarrollo de los hechos. En la entrevista, en cambio, es el periodista el que provoca que ocurran ciertas cosas que de otro modo no sucederían. Si un reportero va a trabajar la noticia sobre el informe de un alcalde, su trabajo básicamente consistirá en narrar lo que ocurre y eso que ocurre será, no única pero sí principalmente, el discurso del funcionario que es controlado por él mismo y por su equipo. En cambio, en una entrevista el alcalde no puede decir solamente lo que él quiere porque se ve “obligado” a responder las preguntas de su interlocutor.
El periodista es en este sentido una especie de representante del lector no sólo para decirnos lo que pasó sino para preguntar a quien haga falta lo que suponemos le interesa saber a una persona común. El lector no tiene posibilidad de estar en todos los lugares en donde suceden los hechos que le atañen. Si yo soy un profesor, no podré ir al Congreso para presenciar la discusión de una ley importante porque estoy a esa hora impartiendo clase. Espero entonces que el periodista vaya “en mi lugar”, me diga qué ocurre y no sólo eso, sino que además pregunte lo que yo quiero o necesito saber. El reportero sí tiene tiempo para estar allá, le pagan por eso, es su trabajo y además sabe hacerlo.
Así entra en escena el último elemento de la definición, el interés público. La entrevista, decíamos antes, es la recreación de un diálogo, pero no de cualquier conversación sino de la que sostienen formalmente un periodista y una persona sobre un asunto de interés público. Señala Campbell: “Lo específico y distintivo de la entrevista periodística es su finalidad: el entrevistador entrevista al entrevistado con el propósito de recabar información y publicarla”.y
Y eso que publican los medios que pretenden ser serios no es cualquier cosa sino información de interés general. Entendemos por interés no solamente lo que resulta atractivo, lo genera curiosidad. Hay muchas cosas que nos atraen y no son periodísticas. El interés público se refiere a lo que atañe, a lo que incumbe al lector en tanto miembro de una comunidad. Los textos periodísticos, las entrevistas en este caso, se ocupan de asuntos de actualidad que no son privados sino públicos. Por supuesto que el periodista deberá preocuparse porque su texto sea atractivo, eso se da por descontado.
Ahora bien, muchas de las entrevistas se ocupan de mostrarnos aspectos de la vida personal del entrevistado por lo que se podría pensar que estos casos contradicen lo recién dicho. Sin embargo, esa información tiene que ver con la vida comunitaria, ya sea por la trascendencia de esa persona en la sociedad, por lo que le ha ocurrido, por los hechos de los que es protagonista o porque su manera de ser y de pensar son expresiones en que se muestran el momento y la cultura de una comunidad. Dice Rosa Montero:
La entrevista siempre ha sido un género muy literario, y hay piezas periodísticas que aspiran tanto a la eternidad como un buen cuento. Son esas entrevistas que se pueden leer cincuenta años después de su publicación con el mismo interés e idéntico placer que en el momento en que fueron hechas, porque no responden a nada accidental, no se deben a la fugacidad de una noticia pasajera, sino a la sustancia misma de la vida.u
Tres etapas
La palabra “entrevista” evoca el momento en que el periodista y el entrevistado se encuentran frente a frente en un diálogo. Ese es sin duda el momento medular del proceso, pero no es el único. Elaborar una entrevista implica además un trabajo previo y uno posterior. Si estos dos procesos no se consideran con seriedad y no se les dedica tiempo suficiente, será difícil que la entrevista salga bien.
Elaborar una entrevista requiere entonces tres etapas: la preparación, la realización y la edición. Las tres son muy importantes y los descuidos en cualquiera de ellas repercuten en el resultado final.
Primera etapa. La preparación
Dedicar tiempo y trabajo a la preparación de la entrevista es fundamental. Aunque no garantiza un buen resultado, sí lo acerca y disminuye el riesgo de errores. Dice Halperín:
Los más experimentados sostienen que por cada minuto de una entrevista hay que gastar unos 10 minutos en su preparación, según John Brady […] Enric Norden se pasó unas seis semanas estudiando al ex arquitecto de Hitler, Albert Speer, antes de entrevistarlo durante cerca de diez días […] Cornelius Ryan exagera: “Nunca entrevistes a alguien sin conocer el sesenta por ciento de sus respuestas”.i
A veces el reportero se ve obligado por las circunstancias a entrevistar a alguien en el momento y sin ninguna preparación. En esos casos, será su conocimiento previo y su cultura general lo que le permitirá salir dignamente de la situación. Lo que es claro es que entre mayor sea la preparación, disminuyen las posibilidades de formular preguntas tontas y de aburrir a los lectores.
Hay al menos seis aspectos que hay que considerar antes de presentarse con el entrevistado: elegir a la persona, pactar las condiciones de la entrevista, documentarse, preparar las preguntas, diseñar el cuestionario y realizar algunas previsiones prácticas.
Elegir al entrevistado
En muchos casos el reportero no tiene oportunidad de escoger al entrevistado. Recibe una orden de información en que se le indica a quién buscar o va a un suceso donde es claro que debe hablar con los protagonistas de esa noticia. Sin embargo, en otras ocasiones sí tiene la posibilidad de elegir. Habitualmente el reportero busca entrevistar a los “famosos” y a quienes por su prominencia marcan la agenda pública, los llamados newsmakers. Eso está muy bien y hay que hacerlo. No obstante, algunas de las mejores historias están en la gente común. Suelen ser entrevistas “frescas” y con menos respuestas “prefabricadas”. Es básico asegurar que el entrevistado sea la persona que tiene la información que nos interesa. Para ello es fundamental que el reportero se pregunte: ¿Qué quiero saber? ¿Quién tiene la información que necesito? Si lo que le interesa es saber lo que significa estar en el fragor de un combate, buscará a un soldado raso que haya peleado en una batalla; si lo que le interesa es conocer cuál fue la estrategia para ganar esa batalla, deberá buscar al general que estuvo a cargo. En las instituciones existe la tendencia a “que hable el jefe”. Las oficinas de comunicación suelen responder a la petición del entrevistador con esta lógica. Si el reportero pide entrevistar a un embalsamador de cadáveres, probablemente lo mandarán con el dueño de la funeraria. El periodista debe estar atento para ser claro sobre a quién quiere entrevistar y por qué. Así se evitará la incómoda situación de estar frente a alguien que piensa que va a ser entrevistado y a quien hay que decirle que en realidad queremos hablar con otra persona.
Pactar las condiciones
Es importante acordar con el entrevistado, o con su equipo, las condiciones bajo las que se realizará el diálogo. ¿Cuánto tiempo? ¿En qué lugar? ¿Habrá entrevistas con otros periodistas antes o después? No es lo mismo tener quince minutos que disponer de dos horas, es distinto entrevistar a alguien en su domicilio que en una camioneta en un trayecto rumbo al aeropuerto. En ocasiones el entrevistado otorga varias entrevistas a diferentes medios un mismo día. No es igual ser el primero en tener la entrevista que ser el último. Es distinto saber que es una entrevista exclusiva y que dispongo de suficiente tiempo para editarla que tener que publicarla al día siguiente. Algunos entrevistados no quieren ser fotografiados. Hay que considerar el tiempo que requieren los fotógrafos cuando harán retratos posados o cuando desean llevar al entrevistado a un escenario distinto para tomar las imágenes. Conocer todas estas condiciones nos permite adecuar la entrevista a las circunstancias y obtener el mayor provecho.
Es fundamental que quede claro que, en principio, toda la información será publicada y atribuida al entrevistado. En caso de que éste tenga alguna razón para que no sea así se tendrá que pactar qué información no es para publicar (off the record) o cuál no se le puede atribuir directamente a la fuente.
Documentarse
Conocer, en la medida de lo posible, con quién vamos a hablar es básico. Hacerlo es una muestra de consideración por la persona, por el lector y por nosotros mismos. Es, a fin de cuentas, el respeto por nuestro oficio. Pero además es una protección al propio reportero. El trabajo de documentación e indagación previa sobre el personaje permite conocer aspectos importantes de su persona. Con ello se ahorra la formulación de preguntas básicas, puesto que ya las conoce, lo que le da la oportunidad de aprovechar el tiempo para indagar sobre aspectos desconocidos de la persona y a plantear ángulos distintos y más originales.
Por otro lado, la documentación le da la oportunidad al reportero de encontrar aspectos que él desconocía hasta entonces y que se pueden volver temas interesantes para incluir en la entrevista. Lo previene también de preguntar lo que otros colegas ya le han planteado antes. Ayuda además a prever, aunque sea vagamente, cómo puede reaccionar el entrevistado, “de qué pie cojea”, qué tan dispuesto puede estar para encarar preguntas complicadas. La preparación hace más difícil que el entrevistado pueda engañar al reportero. Se trata a fin de cuentas de averiguar con quién se va a encontrar uno y de hacerse una idea del terreno sobre el que se moverá.
Para obtener esta información podemos indagar a través de la internet además de buscar en otros archivos. Las personas que conocen al entrevistado nos pueden proporcionar valiosa información sobre él. Si tiene cuentas en las redes sociales, entonces habrá que revisarlas. ¿Qué información “subió”? ¿Con quién se comunica?, ¿Con quién aparece en las fotos?
De algunas personas sobra información, hay cientos de páginas web y notas de prensa referentes a ellas e incluso libros y biografías completas. En cambio, sobre otras no hay nada escrito. Cada caso es especial.
Si la entrevista no tendrá como eje la persona misma sino otro tema, es obvio que el reportero se debe documentar sobre la materia, conocer los aspectos básicos, los términos más comunes y la situación actual de la cuestión.
Indagar sobre el personaje y sobre el tema es fundamental para definir el asunto central de la entrevista y para plantear adecuadamente las preguntas que guiarán la conversación.
El cuestionario
Es conveniente elaborar un cuestionario escrito. Esto ayuda a tener claridad no sólo sobre el tema del que queremos saber sino sobre cómo vamos a formular las preguntas. Por ejemplo, a un torero podríamos preguntarle: “¿Qué es para usted estar en el ruedo?” o “¿qué se siente estar frente a un toro?” o “¿el toro es su enemigo?” Las tres preguntas están “emparentadas” y se refieren a un mismo tema. Sin embargo, el alcance y el tono de cada una es diferente por lo que la respuesta será distinta. ¿Cuál nos interesa? ¿Qué queremos escuchar? De ahí la importancia de precisar cada pregunta y de no acudir a la entrevista sólo con una idea general.
En algunos casos, sobre todo cuando se trata de entrevistas complicadas, conviene incluso probar las preguntas con algún colega para ver si están bien planteadas.
El cuestionario posee varias ventajas aunque si no se utiliza adecuadamente tiene también sus riesgos. Como decíamos, sirve para “afinar la puntería antes de disparar”. Además nos protege de la posibilidad de que olvidemos preguntar algo importante. En ocasiones la intensidad del diálogo, las circunstancias o el simple descuido hacen que se nos pase hacer una pregunta relevante. Llevarlas por escrito nos permite antes de dar por concluido el encuentro revisar que no nos haya hecho falta algo. También resulta un apoyo en caso de que las respuestas del entrevistado nos desconcierten. En alguna ocasión lo que nos dice la persona es tan distinto a lo que habíamos previsto que nos deja “mudos” por un momento porque corta abruptamente la ruta prevista. Tener a la mano un respaldo inmediato con otras preguntas sobre otros temas nos da un respiro mientras nos recomponemos.
El riesgo del cuestionario es que a algunos reporteros les puede “tapar los oídos”. Por estar atentos a seguir el guión no escuchan lo que está respondiendo el entrevistado y clausuran cualquier posibilidad de explorar otros rumbos que se abren a partir de lo que les están contando. En lugar de establecer un diálogo aplican una encuesta o hacen un interrogatorio. Hay reporteros que piensan que su trabajo consiste en conseguir las respuestas a todas y cada una de las preguntas que llevan. Ni una más, ni una menos. En casos extremos, el entrevistador, siguiendo su cuestionario, pregunta algo que el entrevistado acaba de responder en una pregunta anterior.
El cuestionario no es una camisa de fuerza ni un contrato que deba cumplirse, es un simple apoyo que nos permite trazar rutas y tener cierta claridad sobre por dónde queremos ir, pero con frecuencia las propias respuestas de los entrevistados dan pie para entrar a rumbos imprevistos. Por ellos hay que transitar, aunque no estén en la guía.
Es recomendable llevar el cuestionario por escrito en una pequeña tarjeta, no en la libreta. De esta manera no tendremos que interrumpir la entrevista para buscar la página donde llevamos escritas las preguntas. El cuestionario debe quedar a la vista del periodista, pero no del entrevistado. Durante la entrevista se consulta de “reojo”, no se detiene el diálogo para revisar qué sigue.
Algunos colegas consideran que si no se prepara un cuestionario detallado al menos habrá que llevar un “temario” que simplemente nos recuerde los asuntos que no debemos olvidar. A partir de ahí el periodista formula las preguntas “sobre la marcha”.
Las preguntas
Como casi todo en periodismo, las preguntas deben ser “precisas, concisas y macizas”, y no “confusas, profusas y difusas”. Claras y de preferencia, cortas. Hay que formular una a la vez. De otra forma, el entrevistado responderá la que le resulte más cómoda. Hay que evitar inducir la respuesta y formular las preguntas cerradas que se responden con un “sí” o con un “no”. Pero no es regla, a veces incluso lo que debemos buscar es el “sí” o el “no”. Por ejemplo, cuando es importante conocer si un funcionario público sabía, o no, algo. Si participó en un hecho o realizó una acción. “¿Firmó usted la autorización de tal cosa?”. Otro caso en el que el monosílabo es importante tiene que ver con los políticos. Especialmente cuando están en campaña no quieren comprometerse claramente con alguna postura y entonces suelen responder con evasivas. En esas situaciones las preguntas cerradas los obligan a expresar su postura sobre algo. Si preguntamos qué piensa sobre la despenalización del aborto, probablemente responda con una larga disertación en la que no queda clara cuál es, a fin de cuentas, su posición. Podemos entonces preguntar: “¿Votaría a favor de tal propuesta ley?, ¿sí o no?”.
Las preguntas formuladas inadecuadamente nos llevan a respuestas igualmente inadecuadas, muy especializadas o muy ambiguas, intrascendentes, impertinentes, obvias o repetidas.
¿Cuántas preguntas hay que hacer? Las que sean necesarias, según el alcance de la entrevista. En ocasiones unas pocas preguntas bastan para elaborar una noticia breve. Si vamos a trabajar una entrevista que se llevará cuatro páginas en una revista, obviamente necesitaremos más. En cualquier caso, siempre más de las que necesitemos para cubrir el espacio asignado y siempre menos de las que aburran al entrevistado. Preguntar más de lo que estrictamente requerimos nos da margen de maniobra para seleccionar las mejores respuestas. Por otro lado, no deben ser tantas que atosiguen y cansen a nuestro interlocutor. Más vale dejarlo con ganas de seguir conversando con nosotros que harto de hacerlo. Es cuestión de sentido común y de hacer caso a la sabiduría popular que dice: “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.
Halperín dice: “Una sólida retaguardia es contar con diez buenas preguntas, unos tres o cuatro temas diferentes y un firme conocimiento del personaje.”o
En este proceso, el periodista tendrá claridad sobre el objetivo de su entrevista. Puede ser que lo más importante sea obtener información que tiene el entrevistado. Tal vez lo que queramos sea conocer su opinión en torno a algún asunto. Una tercera opción es centrarnos en conocer a la persona. No son excluyentes, pero sí tenemos que elegir una línea dominante. Si el tema es la discusión del presupuesto federal, resulta irrelevante preguntar al entrevistado sobre sus pasatiempos. En una entrevista de semblanza suelen sobrar las preguntas que tienen que ver con asuntos coyunturales. Es importante tener un hilo conductor claro para dar fuerza a la entrevista y evitar que las respuestas se diluyan en un mar de preguntas inconexas.
Previsiones prácticas
Revisar los asuntos prácticos es también parte muy importante de la preparación. Conozco algunas historias de entrevistas frustradas no por la negativa del entrevistado o por la incapacidad del reportero para plantear una buena conversación, sino por descuidos en temas aparentemente menores en los que no solemos poner atención por estar concentrados en los aspectos mayores. No está mal considerar la máxima que dice: “Si algo puede salir mal, va a salir mal”. Eso nos mantendrá más atentos.
Hay que asegurar que el bolígrafo funcione y que la libreta tenga suficientes páginas en blanco. Tenemos que verificar que la grabadora tenga batería, que cuente también con espacio suficiente para registrar toda la conversación y que no vayamos a hacerlo sobre una grabación previa importante. Muchos de los momentos más incómodos que he pasado en las entrevistas tienen que ver con esto. Pocas cosas hay tan vergonzosas como tener que pedirle al entrevistado que nos preste su bolígrafo o que nos regale unas hojas para escribir.
Verificar la dirección o el sitio donde se llevará a cabo la entrevista y saber cómo llegar al lugar es también fundamental. Sobre todo en ciudades en las que hay cinco calles que tienen el mismo nombre y en las que la numeración no es consecutiva sino aleatoria. Si la cita es en un café o en un restaurante con varias sucursales, habrá que precisar en cuál de ellas será. Yo siempre prefiero llevar a cabo la entrevista en la casa o en el lugar de trabajo de la persona porque ahí podemos encontrar elementos más significativos que los que puede haber en un establecimiento comercial, aunque si el entrevistado elige ese lugar también nos estará hablando de sus preferencias y de los sitios que encuentra cómodos y “familiares”.
Salir a la cita con más tiempo del requerido es también importante. Hay innumerables imprevistos que se pueden atravesar en nuestro camino. Es probable también que estando ya muy cerca del lugar no lo encontremos. Más vale estar en el sitio con anticipación y esperar tranquilamente a que llegue la hora de la cita, que llegar tarde, sudando, con el corazón a punto de explotar y más preocupados por las excusas que tendremos que dar que por las preguntas que queremos hacer.
Hay que considerar la posibilidad de que el entrevistado cancele la cita a última hora. Tener un “plan b” nunca está demás. Ya en 1966 Manuel del Arco nos alertaba sobre esto.
Empieza el calvario. Localizarlo, dar con él, entablar contacto y concertar la entrevista. Aparentemente esto parece fácil, ¿verdad? Pues bien: la inmensa mayoría de las veces, en una gran ciudad, es tarea de muchísimos pasos y de interminables esperas. ¡En cuántas ocasiones mandaríamos a paseo esta tarea que nos hemos impuesto, cuando estamos esperando!
Recuerdo una de ellas, que cuento para ilustrar. Un día que ya había decidido que la figura sería la artista María Félix, que debía llegar en automóvil a la ciudad por la mañana a las once, estuve a esa hora en el hotel donde tenía la habitación reservada. Pero la famosa mujer no llegó a la hora prevista; esperé y pasaron las horas una tras otra, y yo, armado de paciencia “esperando que de un momento a otro llegaría”, aguanté el plantón hasta las once de la noche. Pero lo malo no fue eso, sino que por culpa de su demora yo de cuando en cuando avisaba al periódico que “llevaría el original de un momento a otro”. Y he aquí que al fin, la buena señora llega al hotel, dadas las once, doce horas después de la prevista, “viene cansada” y se mete en la cama. ¿Y qué hacer? Pues, señores, hice lo que cualquiera en mi lugar habría hecho: remover todo lo removible —en este caso a su empresario Cesáreo González— y exponerle la situación angustiosa. Total, María Félix, a altas horas de la noche, recibió al periodista, y lo recibió en precioso “salto de cama” verde… El objetivo fue cumplido; pero ¡diablos! Si lo llego a saber, cambio de tema”.p
La grabadora
Sobre el uso de la grabadora en la entrevista hay una añeja discusión. Algunos periodistas están en contra. Consideran que intimida y cohíbe al entrevistado, que el reportero pierde concentración y no escucha con suficiente atención a su interlocutor porque le delega esta tarea al aparato. Con ello, pierde la oportunidad de lanzar nuevas preguntas a partir de las respuestas y de comenzar a jerarquizar la información en el mismo momento en que se produce. Además, se pierde mucho tiempo en transcribir la conversación. Existe además un gran riesgo; la tecnología no tiene palabra de honor y el periodista se puede llevar la sorpresa de que al momento de querer escuchar la entrevista, ésta simplemente no se grabó o resulta inaudible. Uno de los más acérrimos enemigos de la grabadora es García Márquez. Dice:
Un buen entrevistador, a mi modo de ver, debe ser capaz de sostener con su entrevistado una conversación fluida, y de reproducir luego la esencia de ella a partir de unas notas muy breves. El resultado no será literal, por supuesto, pero creo que será más fiel y, sobre todo, más humano, como lo fue durante años de buen periodismo antes de ese invento luciferino que lleva el nombre abominable de magnetófono. Ahora, en cambio, uno tiene la impresión de que el entrevistador no está oyendo lo que se dice, ni le importa, porque cree que el magnetófono lo oye todo. Y se equivoca: no oye los latidos del corazón, que es lo que más vale de una entrevista”.a
Campbell es de la misma opinión. “Me siento un mero transcriptor pasivo y servil, abrumado por un trabajo monótono e insoportablemente mecánico y por tanto estéril. Me vivo haciendo una labor que muy bien podría llevar a cabo un taquimecanógrafo”.s
En contraparte, quienes defienden a la grabadora sostienen que no necesariamente el periodista se distrae. Si eso ocurre es problema del entrevistador, no del aparato. Si graba, el periodista puede mantener el contacto visual y estar más atento al entorno y a las reacciones del entrevistado. Además, en caso de duda se puede recurrir al registro de la conversación para confirmar datos y evitar errores. Ayuda también a captar algunas de las frases importantes que por ser largas o complejas no se pueden anotar con fidelidad en el momento. En asuntos delicados, la grabación registra con precisión las palabras del entrevistado y sirve además como prueba en los casos en que la fuente se quiere desdecir o acusa al periodista de haber tergiversado sus declaraciones. A favor de la grabadora está, por ejemplo, Halperín:
Tomar notas no es un buen método para mí. Primero, porque no tengo buena relación con mi letra y luego no entiendo lo que escribí. Por otro lado, durante la charla me parece que si escribo no puedo prestar suficiente atención al personaje: anotar supone dejar de mirarlo, él sigue hablando y uno no puede estimularlo sosteniéndole la mirada. El grabador efectivamente encierra el peligro de adormecer la atención, puede pasar. Pero a un entrevistador atento no le ocurre y, en cambio, lo ayuda mucho.d
En mi experiencia, lo mejor es tomar notas y grabar. Me ha pasado todo lo malo que puede ocurrir con el uso de la grabadora, pero me ha ayudado también en muchas ocasiones. Por eso creo que hay que encender el aparato, pero imaginar que no existe. Al respecto, Alex Grijelmo afirma:
Muchos periodistas recurren a la grabadora para tomar íntegras las declaraciones de un entrevistado. Se trata de un medio irrenunciable, por supuesto. Pero no debemos fiar una misión tan importante a un mero artilugio. Durante la conversación —y más si atendemos a las respuestas que nos vaya ofreciendo el personaje, para preguntarle cuanto resulte necesario— pueden ocurrir inadvertidamente algunos desastres [técnicos]… Seguramente, todos los entrevistadores del mundo pueden contar alguna anécdota parecida. Yo también.
Por eso conviene tomar notas mientras desarrollamos la entrevista. Al personaje le sorprenderá, y tal vez nos pregunte por qué hacemos algo tan raro, si ya disponemos de la grabación. Bastará con responderle que los buenos trapecistas también trabajan con red.
Pero ese truco de tomar notas tiene un efecto añadido: una vez que hayamos regresado a nuestra redacción para transcribir la entrevista, haremos bien en seguir en primer lugar los apuntes. Porque a través de ellos podremos encontrar en la grabación los mejores pasajes, los que nos van a servir para el titular o la entradilla; y siguiendo el camino trazado en las anotaciones podremos prescindir de la reproducción de cuantos párrafos anodinos haya soltado nuestro personaje.f
En caso de usar la grabadora habrá que tomar en cuenta algunos puntos que se presentan en el siguiente apartado.
Segunda etapa. La realización
Llega el momento crucial, el encuentro con el entrevistado. Todo lo que hayamos hecho previamente será inútil si no logramos establecer una buena comunicación. Dice Gabriel García Márquez: “Las entrevistas son como el amor: se necesitan al menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren. De lo contrario, el resultado será un sartal de preguntas y respuestas de las cuales puede salir un hijo en el peor de los casos, pero jamás saldrá un buen recuerdo”.g
Yo diría que, si no se quieren, al menos deben tener una mínima disposición a dialogar. Incluso en los casos en que la entrevista será ríspida. Si un boxeador no quiere pelear, no hay pelea. Si el ajedrecista rehúye el tablero, no hay juego.
Nunca está de más recordar al entrevistado quiénes somos y a qué vamos. Nosotros lo tenemos muy presente, decidimos con antelación el tono del diálogo y hasta nos imaginamos las respuestas, pero no necesariamente ocurre lo mismo con nuestro interlocutor. Ayuda recordarle qué tipo de entrevista será y confirmar los acuerdos previos. Agradecer el tiempo y la disposición no es sólo un asunto de buenas costumbres sino que contribuye a establecer un buen ambiente. No se trata de adular a la persona ni de hacerse su amiga, sino simplemente de generar las condiciones de una mínima cordialidad que permita el encuentro.
Analizar el lugar
Es importante analizar el lugar, especialmente cuando estamos en el terreno del entrevistado. Su casa, su oficina, su jardín o su celda tienen detalles significativos que nos hablan de la persona y que luego podrán dar viveza al texto. Pero la revisión del espacio tiene también una función práctica, y es la de procurar las mejores condiciones para realizar bien nuestro trabajo.
En el momento de la entrevista, el reportero tiene que escribir, en muchas ocasiones también graba, lleva su cuestionario y probablemente otros documentos. Maniobrar con todos esos elementos sumido en un sillón en el que las rodillas quedan casi al nivel de las orejas puede ser muy cómodo en una relajada charla de amigos, pero dificulta mucho el trabajo. Nos faltan manos para apoyar la libreta, escribir, sostener la grabadora y revisar los documentos.
Por eso, cuando sea posible, podremos pedir al entrevistado trasladar el diálogo a un mejor lugar como la mesa del comedor o el escritorio de la oficina. Si vamos a grabar tenemos que estar atentos a los sonidos ambientales. Las grabadoras no hacen la discriminación de sonidos que sí realizamos los humanos. Los nuevos dispositivos electrónicos suelen interferir unos con otros, tendremos que asegurarnos de que esto no ocurra. El ruido que en el momento es imperceptible, en la grabadora se amplifica de modo que escuchar la grabación resulta una pesadilla. Peor todavía cuando sobre la cifra que nos da el entrevistado y que no anotamos con claridad, se superpone el ladrido de un perro o el timbre del teléfono. (Recordemos la máxima: si algo puede salir mal, saldrá mal.) La música, el aire acondicionado, los ventiladores, la fuente, los perros, la televisión y los niños que juegan o lloran, son algunos de los sonidos ambientales a los que habrá que estar atentos. En algunos casos podemos suprimirlos solicitando educadamente a la persona que suspenda momentáneamente alguna sinfonía, más complicado resulta cuando se trata de su mascota o su familia. Si no es posible callar a la concurrencia, lo que sí podemos hacer es estar más atentos a las anotaciones que hagamos y a corroborar en el momento los datos más relevantes. Obviamente en el caso de entrevistas para medios electrónicos el buen sonido es imprescindible, por lo que no podremos comenzar la entrevista hasta asegurarnos de que contamos con las condiciones adecuadas para hacer registro nítido de la voz del entrevistado y, en su caso, también de la imagen.
Los primeros momentos
Antes de lanzar la primera pregunta es conveniente entablar una conversación breve y trivial que ayude a “romper el hielo” y favorezca la creación de un ambiente más relajado.
Al comienzo de la entrevista suele haber nerviosismo en alguno de los actores o en ambos. A veces mucho, a veces muy poco. Los dos tienen que perder. El periodista está expuesto al fracaso de la entrevista, porque el encuentro es la materia prima de su trabajo y si sale mal, saldrá mal su texto, o no saldrá. Y el entrevistado también está nervioso porque pone su ser y su quehacer en manos del periodista. Si el reportero no es bueno, no podrá comprender el sentido de las respuestas, no las jerarquizará adecuadamente, no podrá discriminar tonos, ni editará correctamente. Podrá incluso, con intención o sin ella, tergiversar la conversación. En lugar de delinear un retrato de la persona, el entrevistador hará una caricatura de ella o, peor aún, la deformará de tal manera que quedará irreconocible. En la entrevista ambos actores exhibirán ante los lectores lo mejor y/o lo peor de sí mismos.
En todo caso, “la última palabra la tiene el periodista. Eso es lo que alimenta la paranoia del entrevistado y, en consecuencia, demanda de un periodista de oficio la habilidad para hipnotizarlo. Se trata de suavizar para el sujeto la delicada circunstancia que está viviendo: que está siendo examinado públicamente y que lo que dice y lo que calla será expuesto a miles de personas”.h
Los nervios aumentan cuando la entrevista será grabada en video y entonces el lugar se convierte casi en un estudio de televisión. Las luces, los micrófonos y un grupo de personas que se mueve alrededor de los entrevistados propician que aumente la tensión y el diálogo pierda naturalidad. En el caso de las entrevistas trasmitidas en directo, la situación se vuelve todavía más compleja porque no hay posibilidad de editar, y lo dicho, dicho está.
Calma y tranquilidad. El periodista no debe asustar al entrevistado y tampoco debe asustarse. En el momento inicial establecerá las condiciones para favorecer un diálogo entre iguales. No en el sentido de camaradería, sino en el de libertad para preguntar en función del interés público. En ese momento, el periodista no es súbdito, ni feligrés, ni admirador; pero tampoco es profesor de moral, defensor de la nación, ni juez. Es un representante de los lectores que preguntará, siempre con respeto, lo que con conocimiento y honestidad considere que incumbe a los lectores.
Los primeros minutos son fundamentales y suelen marcar la pauta del resto del diálogo. Daphne Keats dice: “Las primeras etapas son una mutua exploración de la tarea que se requiere y el establecimiento de conductas favorables”.j
Manuel del Arco afirma: “En este primer contacto físico hay de repente una mutua observación que tiene mucho de disección anatómica. El personaje me escruta a mí y yo diagnostico en el acto. Y uno toma sus precauciones. El saludo preliminar tiene algo de tanteo. Según responde a nuestras palabras, así nos preparamos para la conversación”.k
Pero no se trata sólo de lograr empatía para que el diálogo fluya bien. Es, sobre todo, el momento en el que el periodista se sitúa como un profesional. Bastenier lo explica así: Establecer “buenas cartas credenciales es como decirle [al entrevistado] que ese tiempo de su vida no va a ser en vano, que aspiramos a algo más que cumplir el expediente; que hemos hecho los deberes antes de presentarnos ante su persona”.l
Esto además servirá para advertir al entrevistado que se encuentra frente a un periodista profesional que sabe del tema y al que, por tanto, no será fácil tomarle el pelo.
La actitud es fundamental. Si el entrevistado percibe que tiene al frente un interlocutor de nivel e interesado en el tema se sentirá más motivado a responder que cuando nota que el entrevistador está ahí porque lo mandaron. En una ocasión una persona llamó al periódico para decir: “La próxima vez que manden a esa reportera a entrevistarme, por favor denle antes un café”. Luego explicó que la reportera había pasado toda la entrevista recostada sobre el escritorio y bostezando.
La humildad es otra actitud que favorece el diálogo. La preparación del tema tiene como objetivo la posibilidad de sostener un diálogo de altura en función del público, pero cuando el entrevistador plantea la conversación en términos de un coloquio entre eruditos corre el riesgo de que su entrevista no sea interesante para el público en general. Si el periodista ya lo sabe todo sobre el tema o sobre la persona que tiene enfrente, se puede ahorrar la entrevista y pasar directamente a escribir un libro. Es, de nuevo, un asunto de equilibrio. El periodista tiene que saber mucho del tema, pero al mismo tiempo debe ser humilde y mantener una cierta dosis de ingenuidad. Con ello conseguirá que su texto contenga los elementos básicos que le permiten a cualquier lector entender el tema a la vez que le aportará al lector enterado datos novedosos.
Rudos y técnicos
Algunos periodistas consideran que una buena entrevista es un pleito. Creen que su tarea es hacer enojar al entrevistado, cuando de lo que queremos es hacerlo hablar. Por supuesto que no se trata de ser condescendiente con él ni que nuestra principal preocupación sea que pase un buen rato. En muchos casos habrá que hacerle preguntas duras que no le gusten y tal vez se moleste, pero no es su enojo lo que buscamos de entrada. Otros periodistas confunden su tarea y buscan ridiculizar al entrevistado o intentan convencerlo de algo. Pero no es tarea del periodista convertir a nadie sino conocer qué piensa y por qué piensa así una persona, por qué hizo o dejó de hacer algo. Es mostrar un punto de vista que puede ser distinto del suyo.
Además, la rudeza es poco productiva en términos informativos. Con preguntas agresivas “lo más probable es que se produzcan respuestas hostiles, agresivas, distorsionadas y limitadas y no producirán la “verdad”.;
Bastenier afirma que las entrevistas “no son justas de gladiadores en las que el periodista centra todo su esfuerzo en demostrar al lector —al entrevistado sí que ha de demostrárselo— lo inteligente que es, lo mucho que sabe del asunto, cómo acorrala al personaje y le obliga a confesar sus culpas; entre otras cosas, porque si se le acorrala es seguro que no confesará nada”.z
Rosa Montero tampoco está de acuerdo con los “boxeadores” de la entrevista. Se inclina, en cambio, por los entrevistadores
que quieren entender a sus entrevistados, que se esfuerzan en atisbar sus interiores, en deducir cuál es la fórmula íntima del interlocutor, el garabato esencial de su comportamiento y su carácter, y en esto, el afán de comprender y de saber, el periodista es como el novelista que, al desarrollar sus personajes, está explorando los extremos del ser e intentando desentrañar el secreto del mundo. Esta vertiente literaria es la que a mí más me interesa de las entrevistas, tanto a la hora de leerlas como a la de hacerlas. Por eso detesto al periodista enfant terrible, al reportero fastidioso y narciso cuya única ambición consiste en dejar constancia de que es mucho más listo que el entrevistado cuando en realidad siempre es mucho más tonto, porque no aprende nada […] Prefiero el tono íntimo, y esos momentos casi mágicos en los que, por quién sabe qué rara y efímera armonía de las voluntades, te parece haber podido conectar con el interior del otro. Son instantes en los que los entrevistados suelen decir cosas que jamás han dicho, en los que el tiempo parece suspenderse y las palabras construyen mundos.x
El diálogo
“El entrevistador es el responsable de la dirección que tiene que tomar la entrevista”,c afirma Keats. Por ello debe conducirla activamente en una aparente paradoja que consiste en llevar al entrevistado por el camino que hemos previsto, pero al mismo tiempo estar alerta porque suelen aparecer nuevas rutas a veces mucho más interesantes que las que habíamos diseñado. Habrá momentos para dejarlo hablar y salirse del tema y tendremos también que forzarlo a regresar y conducirlo al meollo del asunto. De ahí la necesidad de estar interesado y mantenerse atento, de preguntar, repreguntar y devolver respuestas. A algunos entrevistados les cuesta expresar con claridad sus ideas. Otros, en cambio, dan rodeos intencionalmente para no decir lo que piensan. En ambos casos es de gran ayuda plantear: “Lo que usted me quiere decir es tal cosa” o “Si yo escribo que usted dice tal cosa ¿sería correcto?”. Así los obligamos a precisar.
Si las evasivas sobre un tema son constantes, podemos confrontar directamente: “¿No quiere hablar de este tema?”.
Con muchas personas la conversación fluye de manera muy natural. Pero algunos entrevistados padecen de incontinencia verbal y otros, en cambio, sufren de estreñimiento oral y responden con monosílabos. Hay los que pretenden impresionar al mundo con respuestas rimbombantes o exageradamente técnicas. Otros buscan entrevistar al entrevistador y no falta el que quiere tomarle el pelo. En cada caso el periodista tendrá que ser hábil para maniobrar y llevar la conversación a buen puerto.
Se trata de generar una interacción creativa entre el entrevistador y el entrevistado que cuando funciona bien los sorprende a ambos porque aparecen cosas que ninguno de los dos habían imaginado y que fueron posibles gracias a ese ir y venir de las ideas. Una buena entrevista establece un diálogo auténtico. El periodista logra que el entrevistado reflexione, que producto de ese proceso descubra cosas que no había expresado y, sobre todo, que las diga.
Normalmente comenzamos con preguntas básicas y ligeras. Luego, vamos profundizando paulatinamente hasta llegar a las preguntas más difíciles en las que se abordan los temas más complejos. De ahí regresamos a preguntas más suaves para terminar el encuentro. Pero no es regla. En algunas ocasiones tendremos que empezar con las preguntas más incómodas. Saber plantear el ritmo de la conversación es una de las habilidades que debe desarrollar el entrevistador.
El momento de la entrevista es complejo pues el reportero debe estar concentrado en muchas cosas a la vez. Tiene que escuchar, analizar lo que le están diciendo, procesarlo, anotar, pensar en la siguiente pregunta, vigilar que la grabadora funcione, estar atento a la reacción del entrevistado y al entorno. “Al mismo tiempo, tanto entrevistador como entrevistado, están tratando de sacar las implicaciones de lo que se está diciendo, y ambos están reaccionando el uno ante el otro social y afectivamente. La tarea del entrevistador es balancear estas exigencias”.v
Dice Grijelmo:
Una vez metidos en la conversación, el entrevistador no debe permanecer pendiente sólo de formular la siguiente pregunta, sino que ha de escuchar con atención los argumentos de su entrevistado, para repreguntar cuantas veces le parezca necesario. Cuando tenga transcrita la charla para su publicación, no puede toparse en ningún momento con la sensación de que el entrevistado “se ha escapado vivo”, como dice la jerga […] Nada más dramático que reproducirla y no encontrar, por ejemplo, un buen titular. Si no ha dado aún con el título, el entrevistador no puede levantarse de la silla ni permitir que lo haga su interlocutor”.b
Durante el proceso, el reportero deberá registrar no sólo las respuestas del entrevistado sino también las reacciones que sean significativas: sus pausas, sus énfasis, sus titubeos, su tono de voz, sus risas. Igualmente irá “leyendo” su lenguaje no verbal.
Cuando nosotros interactuamos con otra persona no nada más comunicamos un contenido sino que también indicamos cuáles son nuestros sentimientos hacia la otra persona. Las respuestas no verbales son poderosas transmisoras de actitudes y emociones. Nos informan sobre qué es lo que cada persona siente hacia la otra: frialdad o calor, hostilidad o amistad, cercanía o distancia, dominación o sumisión, etc. En nuestros propios encuentros sociales cotidianos inferimos del lenguaje corporal de la otra persona —tal como la postura, proximidad, gestos, mirada y más— una actitud interpersonal hacia nosotros. Así también, al mismo tiempo, la otra persona está interpretando nuestras respuestas no verbales”.n
El reportero deberá también registrar algunos elementos significativos del entorno. No se trata de hacer una relación notarial de la vestimenta del entrevistado o de su oficina, sino de recuperar únicamente aquellos elementos que resulten importantes porque “nos hablan” de quién es el entrevistado. La corbata con dibujos de esqueletos que lleva el forense, los tres gatos sobre las piernas del escritor, al águila disecada en la oficina del policía…
El entrevistador está obligado a conseguir una buena información en relativamente poco tiempo, en mi experiencia ese lapso es de más o menos una hora. De ahí la necesidad de conducir con claridad el rumbo de la conversación y de insistir. Debe pulsar el ritmo de la entrevista para saber también cuándo es momento de terminar. Para Sergio René de Dios la entrevista “es como una danza, un ir y venir, que tiene su ritmo y su tono. El periodista debe saber llevarla”.m No conviene finalizar abruptamente, ni terminar con una pregunta difícil. El final, lo mismo que el inicio, tiene que fluir “naturalmente”. En ese ritmo que imprime a la conversación el entrevistador va dejando claro que el final se acerca. Es importante antes de retirarnos asegurar que los nombres, fechas y cifras sean correctas además de dejar la puerta abierta para un nuevo contacto con el entrevistado en caso de que en el proceso de redacción aparezca alguna duda o haya necesidad de precisar algún dato. Si sabemos la fecha de publicación hay que informársela a la persona y si aún no está definida comprometernos a avisarle.
Tercera etapa. El texto
La tercera y última parte del proceso es la elaboración del texto. Es una etapa fundamental y al igual que a la preparación se le suele dedicar menos tiempo y atención de la que requiere. La más espléndida de las entrevistas sirve de poco si el periodista no hace bien el trabajo de transformar la conversación en un texto bien escrito, pues como hemos reiterado, no se trata de transcribir tal cual lo que dijeron uno y otro, sino de convertir la materia prima que son los apuntes y la transcripción de la entrevista en un texto ajustado a las normas, el ritmo y el estilo del lenguaje escrito que es diferente al lenguaje hablado.
La redacción de la entrevista consiste en elaborar un texto que dé cuenta y respete el eje fundamental de la conversación, sus elementos centrales y, por supuesto, el sentido de lo que el entrevistado dijo. Es un trabajo artesanal que requiere, como ya decíamos, de tiempo y pericia.
Dice Bastenier: “La misma idea de la entrevista es una utopía periodística: llevar a cabo una transcripción del lenguaje hablado al escrito, como si eso fuera posible, y, sobre todo, como si pudiera tener algún sentido”, y añade: “Lo que nos dice el entrevistado es siempre literalmente inmanejable […] no soñemos con que es posible o conveniente transcribir, porque lo que hay que hacer es escribir”.,
Por esta razón, afirma:
La entrevista no es el espacio de tiempo consumido con alguien con quien conversamos, sino algo que luego publicamos después de una ardua interpretación de lo que nos han dicho. La entrevista en el sentido físico, material, es un encuentro con otra persona que se prolonga, habitualmente, de media hora a una hora, tiempo durante el cual la grabadora ha registrado una tormenta sonora, un tráfago de ruidos, ambiente, voces e interrupciones, repeticiones, equivocaciones, en cuyo seno se halla oculta, agazapada, esperando, incluso, que no reparemos en ella la entrevista. Como un minero o un espeleólogo, el periodista tendrá que zambullirse en ese magma, preferentemente con la ayuda de un bloc en el que ha tomado las notas imprescindibles, para seguir las huellas de la entrevista —de una de las varias posibles, hasta relativamente distintas entre sí, que se contienen en la conversación— y darle caza para su publicación. Hallar el rastro de migas que ha dejado Pulgarcito para que podamos encontrar el camino de vuelta de la conversación al papel..
Halperín señala que la transcripción no sirve sino como materia prima porque “tiene más palabras que las necesarias (balbuceos, reiteraciones, medias palabras) y menos información de la que hace falta (no trae gestos, los climas, la modulación de la voz, los énfasis, la elocuencia de los silencios)”./
Para Janet Malcom, este trabajo de “traducción” es un imperativo:
Cuando un periodista tiene que citar al sujeto al que ha entrevistado tiene la obligación, no sólo para con el entrevistador sino también para con el lector, de convertir en prosa sus discursos. Sólo el más despiadado (o inepto) de los periodistas reproducirá literalmente sus manifestaciones sin reescribir lo que en la vida real nuestro oído transforma de manera automática e instantánea.Q
¿Qué pasa con la fidelidad a las palabras del entrevistado si intervenimos la transcripción? La pregunta es recurrente y vale la pena responderla porque alguien podría malinterpretar y creer que esta labor de transformar la conversación en un texto es una licencia para que el periodista invente y haga lo que quiera. Nada más alejado de lo que proponemos. Por el contario, si este trabajo se hace bien, la fidelidad a lo que dijo el entrevistado se potencia porque su decir resulta más claro y contundente. No es inventar ni añadir nada. No significa modificar el sentido de lo que dijo sino ordenarlo para que se entienda mejor. La fidelidad es al sentido de la conversación no al código oral si éste resulta confuso para el lector. Perdemos fidelidad si se omite información relevante o por el contrario si ésta se exagera, si se tergiversa algún dicho o si se saca de contexto una expresión. Se pueden cometer atrocidades éticas manteniendo la literalidad de las expresiones, pero trastocando por completo el sentido de una entrevista y es posible también conseguir una total fidelidad aunque la manera de enunciar las palabras no sea absolutamente literal.
Dice Halperín:
Existe un compromiso ineludible con el lector de ser fiel al espíritu del diálogo, pero la verdad no habita en la suma de palabras, frases y balbuceos emitidos por periodista y entrevistado durante su conversación. Los periodistas no somos aparatos de grabación y videos; somos personas a quienes se nos confía la tarea de oficiar de nexo entre el personaje y el público […] Cortar, sintetizar, amalgamar, relacionar, recompaginar, a veces hasta reconstruir muy cuidadosamente una expresión —cuidando estrictamente de no desvirtuar la personalidad del entrevistado— son tareas cotidianas del entrevistador”.W
Es muy importante cuidar que en esta intención de dar orden no se cometan atropellos. Advierte Grijelmo: “En cualquier caso, las respuestas no pueden perder la naturalidad con que seguramente fueron pronunciadas. Nunca ha de reelaborarse el estilo del hablante de modo que se escriban frases que nadie usaría jamás al expresarse verbalmente”.E
Un ejemplo puede ayudar a aclarar este tema. En la entrevista al podólogo que aparece en este libro la primera pregunta es:
—¿Qué sintió la primera vez que tocó los pies de un desconocido?
La respuesta literal fue: “Bueno pues… este… La primera sensación fue como todo, asco, y jovencito como estaba era medio escandaloso, agarrar los primeros pies y en cuanto se fue el paciente me tallé hasta con tierra las manos y cuanta cosa, por el asco de agarrar pies”.
La respuesta editada quedó así: “La primera sensación fue de asco y como estaba jovencito era medio escandaloso. En cuanto se fue el paciente me tallé las manos hasta con tierra”.
Vemos que el sentido de la respuesta se mantiene, que se presentan sus propias palabras y que no se inventó nada, solamente se trabajó en la redacción para que su dicho quedara más claro y legible.
El orden
Una conversación siempre tiene su dosis de caos. De lo que se trata entonces es de extraer lo mejor de ella en función de lo que pueda interesar al lector, de darle orden, de quitarle lo mucho que sobra, de añadirle lo poco que debe faltarle (un verbo, un artículo, algún dato) y presentarla de manera interesante y legible en un escrito. Para ello, dice Bastenier, el periodista
tendrá que hacer corte y confección, buscar, recortar, repelar, adjuntar lo que nos han querido decir, aquello que nos ha llegado de la manera caótica que corresponde al lenguaje hablado. Por eso, la entrevista es una obra hasta cierto punto de ficción, porque prácticamente nada ha ocurrido tal y como lo contamos; pero lo que debería haber ocurrido, lo que de verdad expresa lo que los protagonistas querían que ocurriera, eso es lo que contamos”.R
Alex Haley, entrevistador de grandes personajes en la época previa a las computadoras, decía:
Una vez reunido el material, tomo las tijeras y empiezo a cortar. Muchas veces corto sólo un párrafo o un renglón, muchas veces una página entera y lo que saco lo voy poniendo en cajas de cartón. Luego vuelvo a las cajas, veo de nuevo el material y lo pongo en el suelo (que es donde realmente se confecciona la entrevista); después monto las piezas, como hacen con las películas, y las redacto a máquina.T
Diversos autores coinciden en que el orden cronológico en que se realizó la entrevista no necesariamente tiene que coincidir con el orden en que se plantea el texto. Si habíamos dicho que normalmente las primeras preguntas se refieren a cuestiones más generales y ligeras es probable que no nos ayuden a elaborar una entrada interesante, pero en algunas ocasiones sí funciona la secuencia original.
En cualquier caso, el texto debe seguir una lógica narrativa. No puede ser la concatenación de temas desarticulados. Por eso decíamos que el periodista debe analizar la información, agruparla, tejer los temas y las transiciones entre ellos, ligar los párrafos, recrear un diálogo fluido. Tendrá que elegir cuáles de los elementos que no formaron parte del diálogo (ambiente, entorno, vestimenta y reacciones del entrevistado, etc.) son significativos, y cómo y dónde hay que colocarlos. La redacción del texto implica elaborar secuencias, mantener el ritmo, enfatizar y marcar pausas. Por eso, antes de escribir, el periodista debe tener clara la estructura; por dónde empezará, cómo se ligarán los temas y cuál será el final. No hay recetas. Depende del propósito de cada caso.
Antes de escribir, el periodista habrá también decidido, o asumido, cuál será el formato que dará a la entrevista. Esta decisión dependerá de la combinación de diversos factores: el medio de comunicación y sus normas, la sección en que se publicará, el tema, el entrevistador, el espacio disponible, etc. De los tipos de entrevista y su clasificación se han ocupado diversos autores y sus propuestas tienen una utilidad más bien analítica. En términos prácticos me parece que el planteamiento de formatos que hace Bastenier resulta muy útil.
Las dos modalidades principales de la entrevista son: (a) pregunta-respuesta, que no necesita mayor explicación, y puede hacerse con entradilla (presentación o lead) o sin ella, aunque prefiero la primera fórmula, y (b) lo que llamo “romanceada”, en la que el periodista describe ambiente y personaje, es él quien nos cuenta lo que le ha dicho la persona entrevistada, y sólo cuando lo considera necesario entrecomilla algunas de sus declaraciones”.Y
Sea el formato que sea, la entrevista debe incluir los datos básicos: el nombre completo del entrevistado, su ocupación, su edad o fecha de nacimiento y algunos elementos relevantes de su biografía. Conviene también establecer, si lo hay, el motivo de la entrevista (acaba de publicar un libro, está en la ciudad para participar en un congreso, recibió un premio, fue protagonista de un hecho relevante, etc.).
La entrevista comparte los principios básicos de cualquier texto periodístico. Un título atractivo y claro. (En este caso suele ser una frase entrecomillada del entrevistado.) Una entrada que “enganche” al lector, que marque el tono y que establezca con claridad de qué va el texto. Un desarrollo fluido y articulado. Un remate que tenga “sabor” a final, esto es, que produzca en el lector la sensación de que ya terminó y que no dé vuelta a la página para buscar la continuación del relato. El último párrafo es el postre que brindamos al lector por haber llegado al final de nuestro texto. Se trata de una frase concluyente, pero sin moraleja ni sermón.
En la entrevista a la señora Zárate (récord Guiness por el programa de televisión sobre cocina más longevo) la última pregunta es:
—¿Seguirá en la cocina?
—Sí, hasta donde Dios quiera que aguante. Dicen que Dios no me va a llamar hasta que no se le acabe la cocinera que tiene.
Estos últimos párrafos dan una mayor sensación de cierre que una pregunta como: “¿Cuál es el platillo de su niñez?”.
La parte final del proceso es la puesta en página. Es un trabajo que recae en el editor y los diseñadores, pero nunca está demás que el reportero se involucre en montar su texto, elegir los pies de foto, proponer entresacados y revisar pruebas.
La ética
A lo largo de todo el proceso de la entrevista periodística hay una dimensión ética que debemos considerar, pues como dice García Márquez: «La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón».U
Kapuscinski afirma que los periodistas
trabajamos con la materia más delicada de ese mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida […] Desde este punto de vista nuestro criterio ético debe basarse en el respeto a la integridad y la imagen del otro. Porque, insisto, nosotros nos vamos y nunca más regresamos, pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de su vida.I
Desde el momento que nos planteamos realizar una entrevista aparecen las preguntas éticas: ¿para qué?, ¿para quién?, ¿cómo?, ¿con qué finalidad? La manera en que la solicitamos y en que diseñamos las preguntas, en que nos presentamos ante el entrevistado y nos relacionamos con él, el modo en que le hacemos las preguntas, especialmente cuando son difíciles o dolorosas, la forma de editar sus respuestas, la elección de la fotografía. Todo el proceso está atravesado por esta dimensión ética. Lo sepamos o no, lo queramos o no. Porque la persona a la que entrevistamos se pone en nuestras manos, y por lo tanto adquirimos una responsabilidad en torno a ella. Nosotros somos los mediadores de su voz. Lo que dice por medio de nosotros y lo que nosotros decimos de ella, tiene consecuencias. Es un imperativo mantener en todo momento el respeto por la persona, incluso en aquellos casos en los que lo que haya hecho o lo que haya dicho nos resulte hasta detestable. Debemos considerar en todo momento los principios fundamentales de la ética periodística: veracidad, independencia y responsabilidad.
Javier Darío Restrepo nos recuerda que en periodismo no podemos separar ética y técnica. Si trabajamos con profesionalismo a lo largo del proceso de elaboración de la entrevista periodística, y si lo hacemos con el cuidado debido tendremos al final una buena entrevista. No sólo porque está bien hecha, sino porque al estar bien hecha ayudará al lector a conocer mejor su entorno, a hacerse una mejor idea de los hechos y de las personas que la rodean. Con ello tendrá un buen insumo que le ayudará a tomar decisiones y a asumir posturas más informadas sobre lo que ocurre a su alrededor. Habrá pasado además un buen rato.
Notas
22 Christopher Silvester, Las grandes entrevistas de la historia, El País-Aguilar, México, 1999, p. 25.
33 Federico Campbell, Periodismo escrito, Ariel, México, 1994, p. 25.
44 Christopher Silvester, op. cit., p. 71.
55 Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, curso de periodismo, Ediciones El País, Madrid, 2001, p. 144.
66 Federico Campbell, op. cit., p. 25.
77 Jorge Halperín, La entrevista periodística, intimidades de la conversación pública, Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 145.
88 Miguel Ángel Bastenier, op. cit., p. 136.
99 Manuel del Arco, “La interviú”, en Enciclopedia del Periodismo, Noguer, Madrid, 1966, p. 405.
qq Federico Campbell, op. cit., p. 25.
ww Miguel Ángel Bastenier, Cómo se escribe un periódico, el chip colonial y los diarios en América Latina, Fondo de Cultura Económica-Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Bogotá, 2009, p. 87.
ee Ibid., p. 198.
rr Jorge Halperín, op. cit., p. 13.
tt Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, curso de periodismo, p. 136.
yy Federico Campbell, op. cit., p. 24.
uu Rosa Montero, “La mirada del testigo”, en Christopher Silvester, Las grandes entrevistas de la historia, El País-Aguilar, México, 1999, p. 10.
ii Jorge Halperín, op. cit., p. 63.
oo Ibid., p. 20.
pp Manuel del Arco, op. cit., p. 407.
aa Gabriel García Márquez, “¿Una entrevista? No, gracias”, en El País, 15 de julio de 1981, Madrid, http://elpais.com/diario/1981/07/15/opinion/363996011_850215.html (vi:12 febrero 2012).
ss Federico Campbell, op. cit., p. 30.
dd Jorge Halperín, op. cit., p. 258.
ff Alex Grijelmo, El estilo del periodista, Taurus, Madrid, 1997, pp. 55-56.
gg Gabriel García Márquez, op. cit.
hh Jorge Halperín, op. cit., p. 25.
jj Daphne Keats, La entrevista perfecta, Editorial Pax, México, 1992, p. 44.
kk Manuel del Arco, op. cit., p. 407.
ll Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, p. 143.
;; Daphne Keats, op. cit., p. 15.
zz Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, p. 144.
xx Rosa Montero, op. cit., pp. 10-11.
cc Daphne Keats, op. cit., p. 12.
vv Ibid., p. 63.
bb Alex Grijelmo, op. cit. p. 51
nn Daphne Keats, op. cit., p. 81.
mm Conversación con el autor. 30 de marzo de 2012.
,, Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, pp. 135-136.
.. Ibid., pp. 137-138.
// Jorge Halperín, op. cit., p. 35.
QQ Christopher Silvester, op. cit., p. 64.
WW Jorge Halperín, op. cit., p. 151.
EE Alex Grijelmo, op. cit., p. 54.
RR Miguel Ángel Bastenier, El blanco móvil, p. 138.
TT Federico Campbell, op. cit., p. 41.
YY Miguel Ángel Bastenier, Cómo se escribe en un periódico, pp. 87-88.
YU Javier Darío Restrepo, El zumbido y el moscardón, taller y consultorio de ética periodística, Fondo de Cultura Económica-Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, México, 2004, pp. 10-11.
II Ryszard Kapuscinski, Los cinco sentidos del periodista, Fondo de Cultura Económica – Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, México, 2004. p. 17.
Bibliografía
Bastenier, Miguel Ángel. Cómo se escribe un periódico, el chip colonial y los diarios en América Latina, Fondo de Cultura Económica-Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Bogotá, 2009.
_______. El blanco móvil, curso de periodismo, Ediciones El País, Madrid, 2001.
Campbell, Federico. Periodismo escrito, Ariel, México, 1994.
Del Arco, Manuel. “La interviú”, en Enciclopedia del Periodismo, Noguer, Madrid, 1966.
García Márquez, Gabriel. “¿Una entrevista? No, gracias”, en El País, Madrid, 15 de julio de 1981.
Grijelmo, Alex. El estilo del periodista, Taurus, Madrid, 1997.
Halperín, Jorge. La entrevista periodística, intimidades de la conversación pública, Paidós, Buenos Aires, 1995.
Kapuscinski, Ryszard. Los cinco sentidos del periodista, Fondo de Cultura Económica-Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, 2004.
Keats, Daphne. La entrevista perfecta, Editorial Pax, México, 1992.
Montero, Rosa. “La mirada del testigo”, en Christopher Silvester, Las grandes entrevistas de la historia, El País-Aguilar, México, 1999.
Restrepo, Javier Darío. El zumbido y el moscardón, taller y consultorio de ética periodística, Fondo de Cultura Económica-Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, México, 2004.
Silvester, Christopher. Las grandes entrevistas de la historia, El País-Aguilar, México, 1999.
Lilia Ruiz Chávez
Dirigente de la Asociación Abril en Guadalajara

© Humberto Muñiz
Iba en un camión urbano cuando la calle explotó. Era el 22 de abril de 1992. Hacía ocho años que no se subía a un autobús y cada Semana de Pascua salía de Guadalajara. Pero ese día estaba justo ahí. Quedó bajo los escombros. Perdió una pierna y lleva 19 cirugías. Oriunda de Tlalpujahua, Michoacán, se integró a la Asociación Abril en Guadalajara y se convirtió en dirigente de los afectados.
Mi vida se parece a la de Frida
El 22 de abril usted pasaba casualmente por una calle que explotó. ¿El destino le jugó chueco?
Las cosas pasan porque tiene que pasar. No sé por qué me tocó a mí, podría también preguntarme por qué no. Simplemente me tocó.
¿Es una mujer con mala suerte?
Al contrario. Siempre he sido afortunada, la vida me ha dado mucho. Me dio unos padres de los que me siento muy orgullosa. Me permitió el privilegio de elegir como pareja a un hombre en toda la extensión de la palabra. Tengo unos hijos que son mi orgullo y mi motivo para seguir viviendo. Todo esto le debo agradecer a la vida y al creador.
¿Quién sería Lilia Ruiz sin la tragedia?
La misma activa de siempre, la que no se queda quieta, aunque en otras circunstancias. Yo daba clases de primeros auxilios, de cocina, iba a correr todas las mañanas, participaba en los comités de padres de familia. En cualquier otra situación estaría dando guerra porque soy de las personas que si se quedan sentadas más de diez minutos le empiezan a hormiguear los pies. Dice Alicia mi hermana que a mí me quitaron una pierna porque me sobraba.
Hay quien piensa que hay que darle vuelta a la página.
Son aquellos a los que no les conviene que se siga recordando porque quedan muy mal parados. Otros porque no saben lo que es vivir en carne propia una tragedia. Esa gente sí puede hablar de olvido. Nosotros, aunque quisiéramos, no podemos olvidarlo, pero además no queremos porque el olvido permitiría que volviera a suceder.
¿Cómo se imagina en el 25 aniversario de las explosiones?
Me veo rodeada de muchos nietos y con más problemas físicos. Lo que me da mucho miedo es que con una sola pierna y con más años, mi vida se va a dificultar y no quisiera ser una anciana inactiva.
¿Se habrán resuelto las demandas de los afectados?
Espero que sí. Para entonces me veo con mis compañeros, la mayoría ancianos, hablando nada más de nuestras cosas y recordando lo que nos convirtió en una familia.
¿Hubo beneficiados de la tragedia?
Sí. Muchos que ni resultaron lesionados recibieron casa cuando algunos sobrevivientes hasta la fecha no la tienen. Otros, mientras estábamos en los hospitales, pedían para nosotros y ni nos enterábamos. Hubo mucha rapiña. También el pan se benefició.
¿Qué es lo más divertido que le ha pasado en su lucha?
Hemos tenido muchos momentos divertidos. Siempre que nos juntamos nos reímos y bromeamos hasta de lo que nos pasó. Eso nos ha llevado a continuar en la lucha, no nos tomamos muy en serio. Ayer le dije a una compañera: “Quítate de la ventana, no te vayas a suicidar”. Ella me dijo: “Cómo me voy a suicidar. Yo soy una rebelde sin casa, pero no sin causa”.
¿Cuál ha sido el momento más triste?
Ha habido muchos también. Cuando alguno se ha dejado convencer y manipular. La desunión, la traición, la hipocresía de algunas personas que finalmente sólo vieron por sus intereses en una lucha tan limpia.
Si fuera animal ¿cuál sería?
Un águila. Me gustaría ver desde las alturas y volar para llegar hasta donde quisiera.
¿Cuál es el objeto que más quiere?
Mi carro porque me permite andar de un lado para otro.
Cuando no es dirigente de los lesionados, ¿qué hace?
Lavo, plancho, cocino, leo mucho.
¿Qué lee?
Biografías, sobre todo de mujeres que han pasado a la historia.
¿Cuál le ha gustado más?
La de Frida Kahlo. Me atrevo a decir que su vida y la mía se asemejan en muchas cosas; sufrió la pérdida de una pierna, fue luchadora social. A su manera de pensar y de ser con los demás le encuentro semejanzas con la mía.
¿Qué epitafio escribiría para usted?
Aquí yace una persona que dedicó su vida a ayudar a los demás y que en pago recibió ayuda para ella.
Luz María Villarreal de Puga
Botánica. Profesora emérita de la UdeG

© Rafael del Río
Acaba de cumplir 91 años. Despacha en el herbario de la UdeG que fundó en 1960 y que guarda la tercera colección de plantas más completa del país. Participó en expediciones que llevaron al descubrimiento del maíz perenne y al establecimiento de la primera reserva de la biosfera de Jalisco, en Manantlán. Doce plantas han sido bautizadas con su nombre. Fundó laboratorios especializados para el estudio de cactáceas, de hongos y de usos culturales de las plantas. Ha recibido cerca de 40 distinciones. Es profesora emérita de la UdeG y directora honorífica vitalicia del Instituto de Botánica esa institución.
Somos iguales a las plantas
¿Qué es la vida?
Es el milagro de la naturaleza.
Una definición muy filosófica para una científica.
Pero eso es: el milagro de la vida. La vida surgió de una reacción química, por accidente, y una vez que apareció su fin es la reproducción. En las plantas, la semilla germina para crecer, reproducirse y servir, porque todo tiene el fin de servir, todos tenemos que producir algo que justifique nuestra presencia.
¿Cuál es su fin?
Enseñar y también, como la de todos los seres vivos, la reproducción.
¿En su afán de reproducción el ser humano se convirtió en una plaga?
Sí cómo no, el hombre ha ido reproduciéndose desordenadamente en todo el planeta.
Si todo ser vivo tiende a reproducirse ¿por qué las plantas no son plaga?
Porque ellas son más sabias. Ellas saben cuándo hay que detenerse.
¿Qué tanto nos parecemos los humanos a las plantas?
Somos exactamente iguales. Es decir, cae una semilla en la tierra y aunque sea en una hendidura, germina y se desarrolla. Lo mismo ocurre en la especie humana. Es el mismo impulso.
¿No se supone que los humanos somos superiores a las plantas?
Claro, nosotros tenemos cerebro aunque no todos los cerebros son iguales, hay muchos que no sirven.
¿Lo que nos hace iguales es el impulso reproductor?
Sí, pero además la conducta, porque la conducta de las plantas es igual que la nuestra. Para reproducirse, la planta tiene, como los humanos, recursos para llamar la atención. Sus flores son de color para atraer a las aves o a los insectos que las polinizan. Los colores, las fragancias, la miel y el néctar son un reclamo sexual. También ellas tienen su ciclo sexual y tienen las mismas estratagemas que nosotros para lograr los fines de la naturaleza: la reproducción.
¿Las plantas seducen a otras plantas?
Sí y además ¿quién les dice a las plantas que es malo hacer el amor? ¡Nadie! Es válido. Desde que germina la semilla ya traen el mensaje de que su fin es reproducirse y van a ver cómo le hacen.
¿Existe el machismo en la naturaleza?
No, porque el concurso es idéntico para los dos. El polen está puestísimo para hacer el amor y la hembra también está esperando la ocasión de practicarlo pues es un mandato de la naturaleza. No hay machismo ni feminismo.
A usted, ¿el machismo de los humanos le dificultó su vida?
Nunca.
¿Por qué eligió estudiar plantas y no otros seres vivos?
Lo más valioso que tienen las plantas es que son las únicas que pueden capturar la energía del sol y guardarla en su cuerpo. Si un toro se alimenta de pasto, está comiendo la energía del sol. Si uno come carne de ese toro está comiendo también energía solar. El calor que tenemos en el cuerpo es el calor del sol procesado por las plantas que son las únicas que pueden hacer ese milagro.
Una docena de plantas han sido bautizadas científicamente con su nombre, ¿qué se siente tener nombre de planta?
Me da mucho gusto, pero lo que me da más gusto es tener el regalo de que a mis alumnos les haya gustado la botánica, que tengan doctorados y que ahora sean mis jefes. Mis alumnos están encontrando nuevas plantas y a algunas les pusieron mi nombre, pero para mí el mayor orgullo es el haber formado recursos humanos para la ciencia.
¿Por qué sus alumnos la quieren tanto?
Porque yo los quiero y ellos me corresponden.
¿Es cierto que les regala dulces?
Sí, esa ha sido mi técnica; regalar dulces a mis niños si aciertan.
Sus niños están bigotones.
Pero siguen siendo mis niños.
Le gusta la política
No, pero la practicamos hasta en nuestro propio hogar. Hay política siempre, hasta en las amistades.
¿Cuál es su planta preferida?
Los encinos. Tienen unas hojotas muy grandes y dan una madera muy fina. Los hay en todo el mundo y no todos son iguales.
Si Jalisco fuera una planta ¿cuál sería?
Un pino. De los 40 pinos que hay en el país, 18 están en Jalisco.
Y si usted fuera planta, ¿cuál escogería?
Hay una florecita que crece hasta en las banquetas y que da un trébol. Se llama Oxalis corniculata. Es una platita chiquita que da florecitas rosas. Los niños del campo se comen la raicita y las muchachas creen que es el trébol de la buena suerte.
¿Por qué esa planta?
Se me hace muy sencilla, muy modesta y muy sabrosa.
Arnulfo Castorena
Campeón paralímpico de natación

© Rafael del Río
Pronto irá a Atenas a competir en los Juegos Paralímpicos. Ya lo hizo en Sidney 2000 donde ganó medalla de oro en los 50 metros pecho. Con un tiempo de 1:00.56 instauró marca mundial y olímpica. En los Juegos Parapanamericanos ganó ocho medallas. Nació en Guadalajara el 27 de mayo de 1978. Antes de ser atleta, vendía chicles en la calle.
Viví entre fuego y no me quemé
¿El agua transformó su vida?
Yo soy una persona que siempre ha luchado. Antes de estar en el deporte me dedicaba a vender chicles, a cuidar carros o a lavarlos. Desde pequeño he luchado, a veces me negaban la comida y yo tenía que sacar dinero para comer. Dios me ha dado el valor para salir adelante. En la natación poco a poco comencé a dar frutos y gracias a Dios tengo una posición mundial.
¿Cómo llegó a la natación?
Antes me dedicaba a los clavados. Me gustaba muchísimo aventarme y no quería salir del agua, pero en los clavados no hubo oportunidad para una persona discapacitada y entonces me dediqué a la natación.
¿Qué lo ha hecho fuerte?
Mi coraje. Siempre que quiero hacer una cosa y no la puedo hacer, estoy insistiendo, insistiendo, hasta lograrlo. Eso ha sido mi coraje y estoy orgulloso de mí mismo.
¿Cuál es la situación más difícil que ha enfrentado?
Mi papá no me aceptó cuando nací. No quiso hacerse cargo de mí. Yo siento un rencor hacia él. Lo siento como una persona que no es mi padre, aunque, si lo veo, le digo padre por respeto. Es lo que más me ha agüitado. Soy de bajos recursos y tengo familia que es viciosa. No me avergüenzo de ellos porque tuve valor: vivía entre fuego y no me quemé. Veía cómo se enviciaban, se peleaban y hacían todo por conseguir droga. Tengo hermanos que andan dejando los zapatos por el vicio. Ahora que siento que soy alguien hablo con ellos para que agarren el consejo. Si yo quería comerme un taco tenía que conseguir dinero para mi alimento. Siempre les he dicho que se fijen en ese detalle, que tuve el valor para salir adelante.
¿Cómo le fue en la escuela?
Una tía que se hacía cargo de mí como si fuera mi mamá me llevó a una escuela, pero no me quisieron. Tenían el temor de que me pasara algo porque había escaleras. Yo le preguntaba: ¿por qué no me reciben si soy como cualquier niño? puedo correr, jugar, patear un balón, aventarme chilenas, puedo subirme a los árboles. Qué pueden hacer ellos que no pueda hacer yo. En otra escuela me recibieron. Terminé hasta segundo de secundaria y nomás pasando esto quiero seguir estudiando porque nunca es tarde para aprender. Espero en Dios lograrlo.
¿Cuál es el mejor halago que ha recibido?
Los de los amigos, mi entrenadora, mi familia. A veces he querido tirar la toalla, pero ellos me dicen que estoy joven, que puedo llegar a otra olimpiada además de Atenas.
¿Por qué le gusta tanto la música?
Porque me hace olvidar todas las penas y hace que me vengan cosas buenas. Como en Sidney, iba muy nervioso, pero oí música y se me quitaron los nervios. Salí contento y me imaginé llegar a la meta para romper el récord. Y se logró.
¿Compró un equipo de luz y sonido?
El dinero que he ganado lo he invertido en un equipo de sonido, para trabajar. No es gran cosa, pero se oye bien y gracias a Dios he tenido tocadas. El deporte se va a terminar y yo voy a dedicarme al estudio y al trabajo para sacar a mi familia adelante.
Usted es un campeón, ¿por qué no sale en la tele como Ana Guevara?
Siempre he buscado patrocinio y no se me ha dado la oportunidad. Pero si fuera ese Arnulfo con el brazo que le hace falta, si fuera ese Arnulfo que tuviera las piernas grandes y si fuera ese Arnulfo que estuviera bien, obtendría todo.
Si pudiera pedirle tres deseos a un genio, ¿qué pediría?
Yo no creo en eso. Si fuera mi mamá, que falleció cuando nací, un hermano, un ángel o Dios, pediría que los seres humanos nos quisiéramos, que no hubiera tanta discriminación y tanta pobreza.
¿Cuándo fue la última vez que soltó una carcajada?
La última carcajada no se me ha acabado. La risa es algo medicinal para mí porque sacas lo malo y te entra lo positivo. Me río de muchas cosas. Cuando la gente nos discrimina, me sale una sonrisa y digo: ¡chale! Al burlarse de nosotros, ellos tienen un defecto más grande.
¿Qué le gusta comer?
Soy fanático de los mariscos. Siempre me pido mi copota de camarones, con pulpo y cebiche y mis patas de mula con ostión y de todo, para cruzarme de una vez. Soy de buen comer.
¿Está listo para las olimpiadas?
Me estoy preparando. Va a ser una competencia muy difícil. Mi rival principal es Arnulfo, el de Sidney. Y espero que el Arnulfo de Atenas supere al Arnulfo de Sidney porque es mi rival más fuerte.
¿Qué es lo mejor de la vida?
Lo que me ha dado. Este corazón que tengo aquí adentro que me ha dado esa gran felicidad y mi familia. Gracias a Dios tengo a mis dos hijas y lo que quiero es luchar para ellas, que salgan adelante y que estén orgullosas de su padre.
Mario Rivas Souza
Director del Servicio Médico Forense

© Giorgio Viera
El decano de los forenses jaliscienses nació el 10 de mayo de 1923. Comenzó a trabajar en el Servicio Médico Forense en 1951 y es su director desde 1959. Es profesor emérito de la UdeG. Tiene cinco hijos. Ha revisado más de 90 mil autopsias, entre ellas la del cardenal Posadas, tras lo cual desmintió la versión oficial al afirmar que los disparos contra el prelado fueron “directísimos”.
Todas las muertes trágicas son iguales
¿No se siente mal porque, siendo médico, nadie quiere venir a consulta con usted?
No te creas, muchas personas hasta piden que nosotros hagamos la autopsia. Por ejemplo, ayer nos trajeron a uno de Ciudad Guzmán, de una exhumación, para que certifiquemos lo que dijeron allá. Eso da gusto porque consideran que uno tiene la razón de lo que dice.
¿Algún muerto le ha quitado el sueño?
Bueno, sí le quitan a uno muchas veces el sueño. Hay problemas graves que uno tiene que decidir y en los que tiene que aventar su conciencia por delante para solucionar los problemas.
¿Cuál es el caso que le ha costado más trabajo resolver?
Hay muchos casos difíciles. ¿Tú crees que el del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo era muy fácil? ¿Tú crees que el del periodista Philip True fue cosa muy fácil? ¿Tú crees que la muerte del procurador Leobardo Larios fue muy fácil? No son fáciles, son problemáticos y te meten en apuros para decir tu verdad.
Esos fueron difíciles por razones políticas. En términos técnicos ¿cuál le ha resultado complicado?
Ninguno, afortunadamente solucionamos más o menos las cosas.
¿Qué es lo que más le molesta?
Las necedades de la gente.
¿Cuáles?
Muchas personas creen que nos prestamos a falsas interpretaciones de lo que vemos. Por ejemplo, esta señora que acaba de salir venía porque nosotros pusimos que su hermano, que se ahorcó, traía 140 miligramos de alcohol en la sangre. Y viene a protestar porque dice que lo colgaron. No es cierto eso. Entonces, esas dudas, que la gente piense que nosotros estamos obrando mal, es lo que lo saca a uno de quicio.
¿Qué es lo que lo pone más contento?
Me da gusto cuando me dan el triunfo a mí. Recuerda tú nada más la muerte de True. No obstante que se llevaron al muerto al Distrito Federal, donde dicen que hacen puras cosas bien hechas y allá desmintieron lo que yo había dicho, al final me están dando la razón.
¿Alguna vez se arrepintió de decir que los disparos al cardenal fueron directísimos?
No. Tan es así que ¿cuándo me lo han contravenido? Yo no me arrepiento de lo que digo.
¿Es usted muy valiente?
Bueno, cuando menos honesto sí soy. Valiente, pues yo nunca me he peleado con nadie. Nomás de chiquillo me peleaba con los chiquillos, pero con nadie más.
¿Cuál es su mayor virtud?
Responderle a mis padres, responderle a mi Universidad de Guadalajara y al lugar donde trabajo: el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. Que lo tengan catalogado a uno como gente honesta. Tú le puedes preguntar en Guadalajara a toda la gente que quieras si me consideran honesto o no.
¿Su mayor defecto?
Yo no te voy a decir mis defectos porque los defectos los debes buscar tú, no yo.
Si no hubiera sido médico ¿qué le hubiera gustado ser?
Yo desde chiquillo pensé que podría ser médico.
¿Cuál es la muerte más extraña que le ha tocado ver?
Hay muchas. Como la del narcotraficante que mataron enfrente de Plaza del Sol que le dieron 125 balazos ¿qué te parece?
¿Cuál es su frase favorita?
No tengo.
¿Y su canción preferida?
Yo soy partidario de todas las canciones antiguas, a mí las canciones modernas no me llegan por los años que tengo.
¿Cuál es la peor forma de morir?
Todas las maneras trágicas de morir son iguales, no hay buenas ni malas.
¿Hay alguna manera buena de morir?
Yo creo que morirte en tu casa sin ningún problema y sin estar causando problemas. Una muerte natural, normal a las circunstancias de tu edad y tus enfermedades.
¿Celebra el Día de Muertos?
Relativamente. No soy muy partidario de eso.
¿Qué hace cuando no es forense?
Me voy a mi casa, leo, escribo y hago algo de ejercicio porque me gusta hacer ejercicio todavía.
¿Su deporte favorito es el basquetbol?
Jugué basquetbol muchos años, incluso estuve en la selección Jalisco. Lo practiqué hasta que ya no me podía mover. El futbol lo jugué en la escuela, pero no fui un gran jugador. Me gustaba verlo, tenía hasta palco en el estadio. Soy partidario del Atlas y de las Chivas.
¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
Es un trabajo importante que ayuda a la justicia. Un dictamen bien hecho te dice si a una persona la mataron o se suicidó; si no lo haces bien puedes meter a la cárcel a un inocente o sacar a un criminal. Es de mucha trascendencia.
Es importante, pero ¿es bonito?
Bueno, le da a uno satisfacción más que otra cosa.
Adolf Horn
Empresario

© Humberto Muñiz
El creador de Helados Bing nació en La Habana el 26 de febrero de 1911. Vivió en Cuba 38 años. Fue diplomático de Estados Unidos durante 21 años y en 1958 fue asignado a la embajada estadounidense en México. Llegó a Guadalajara como cónsul en 1960. Tras jubilarse, decidió quedarse a vivir en esta ciudad. Fundó la Cámara Americana de Comercio en Guadalajara y promovió el establecimiento de empresas extranjeras. Además de su actividad empresarial en Helados Dolphy, apoya a diversas fundaciones sociales.
Soy como un padre confesor
A los 88 años participó en la fundación de una empresa. ¿Por qué?
Porque no podía vivir con lo que recibía de retiro y nos interesaba muchísimo establecer algún negocio.
¿Fue por los ingresos?
Sí y también por la necesidad de trabajar.
¿Le gusta mucho trabajar?
Eso me enseñó mi padre que nació en Alemania y se trasladó a los Estados Unidos con su familia. Él era muy disciplinado, una persona con mucha iniciativa y me lo inculcó.
¿Nunca es tarde para empezar?
Nunca. Bueno, depende, ahora a mi edad no voy a empezar ningún negocio nuevo. Ahora me dedico a ayudar en todo lo que puedo a organizaciones benéficas.
Cuando se convirtió en empresario, ¿por qué eligió los helados?
Por una sencilla razón. Investigué varios negocios buscando algo que no existiera en México y entonces decidí establecer este negocio con un sistema no conocido aquí.
¿Sabía de helados?
De chico, mi madre me hacía helados. Desde entonces, me interesaba mucho la comida y si uno tiene iniciativa, busca asociarse para tener buen resultado.
¿Por qué vendió Bing?
Porque mi esposa en aquel tiempo se había enfermado mucho y yo quería estar lo más cerca posible de ella.
¿Qué hace en Dolphy?
Estoy como padre confesor de la empresa. En 1983 le vendí helados Bing a José Luis González. Después él se separó y quiso apoyar a todos los que a su vez lo habían apoyado a él en Bing por lo que decidió establecer Dolphy. Y yo soy como un padre confesor.
¿Cuál es su helado favorito?
Los pruebo todos, pero se puede decir que la vainilla, el chocolate y la fresa. Siempre los estoy probando para ver cómo están.
¿Es más heladero que diplomático?
La experiencia diplomática me ayuda muchísimo en todo lo que tiene que ver con relaciones. Una de las cosas que veo es que el mundo se ha vuelto muy materialista. Estamos descuidando mucho la ética y el diálogo.
¿En algún momento se siente extranjero?
Francamente no. Soy ciudadano americano y lógicamente conservo mis raíces y lo que me inculcaron mis padres. Pero me siento muy afortunado de haberme podido quedar en México y ayudar en lo que puedo.
¿Cuál es su rasgo más tapatío?
Una de las cosas que admiro mucho de México son los lazos familiares y sociales. En Estados Unidos la gente no tiene todo el tiempo para disfrutar las relaciones personales.
¿Hay algo a lo que no se ha podido acostumbrar?
Cuando llegamos Guadalajara era una ciudad totalmente tranquila. Aquí no se robaban coches ni había asaltos y mira ahora.
¿Es cierto que hace los ejercicios de Charles Atlas?
Sí, esos son los que hago. Hay que cuidar el cuerpo. Cuando yo era chico, todos los días al levantarme mi padre me llevaba a hacer calistenia. Desde entonces en donde quiera que esté hago media hora de calistenia.
¿Dónde consigue sus corbatas de moñito?
En los Estados Unidos. Mi padre fue el que me enseñó a usar la corbata. Yo también usaba la corbata larga, pero a veces se derramaba la comida.
¿Cuántas tiene?
¡Caramba, yo que sé! Muchas, una acumulación. Hasta tengo corbatas que me compró mi madre y que yo usaba en Cuba hace más de 60 años. Imagínese.
Usted vivió muchos años en Cuba, ¿conserva alguna costumbre cubana?
Claro. En mi casa siempre comemos los plátanos machos fritos. Eso viene de Cuba. Y hay otros platos de allá que también son deliciosos, aunque no siempre lo hacemos.
¿Ha vuelto a Cuba?
Fui hace tres años porque quería ver cómo estaban atendiendo los restos de mi padre, dos hermanas y un tío. Eso sí, los están cuidando muy bien. Yo anhelo que desaparezca Fidel Castro y que los cubanos vuelvan a abrirse.
¿Qué opina de México?
Está empezando a desarrollarse una forma de pensar y de actuar democrática en un país, como todos los de América Latina, que heredaron de los españoles el derecho divino de los reyes o el de arriba manda. El autoritarismo se ha asentado en todo Latinoamérica y cambiarlo a un sistema democrático no es fácil. México va a tardar bastante tiempo para lograrlo, pero en ese sentido está progresando más que América Latina.
Las oficinas de los empresarios suelen ser muy ostentosas. ¿Por qué la suya es tan sencilla?
Cada uno lo hace a su manera, pero yo pienso que no necesito contar con más de lo necesario para trabajar.
¿Cuál ha sido la etapa más difícil de su vida?
Francamente no pienso que haya habido ninguna etapa difícil. A mí me enseñaron a pensar siempre en el futuro, en lo que se puede hacer y en participar en todo aquello que mejore lo que se está haciendo.
Edmundo Estrada
“Hacedor” de tesis

© Humberto Muñiz
HT Edmundo Estrada. Eso dicen sus tarjetas de presentación y su publicidad. “HT” significa Hace Tesis. Un oficio, que afirma, es único en el mundo. Nació en el df, en 1959. Llegó a Guadalajara como contador de una empresa. Cuatro años después, en 1989, dejó la compañía “porque iba a nacer mi hijo y no me iban a dar vacaciones. Yo quería tener hijos para estar cerca de ellos”. Esto sumado a la “estupidez de la novia de un amigo” que no tenía idea de cómo hacer una tesis lo llevó a pensar: “como ésta ha de haber muchas que no entienden qué es lo que tienen que hacer y a lo mejor yo las podría ayudar”. Desde hace quince años ese es su trabajo.
La tesis no sirve para nada
¿Para qué sirve una tesis?
Para nada. Realmente sirve para que hagas tu examen profesional. Lo veo como un trámite. La verdad, es una estupidez.
¿No se supone que aportan conocimiento?
Muchas son un bodrio que nadie entiende y que no sirven para un demonio. Podrían servir para atender un problema si se les permitiera a los alumnos una mayor intervención. Pero haces tu tesis, haces tu examen y adiós: la tesis se va a la biblioteca. Se le da al traste a la poca utilidad que pudiera tener. Son millones de horas hombre que se van a la basura.
¿Cuántos licenciados tienen su título gracias a usted?
A esas alturas no te podría hablar de títulos, porque no voy hasta ese punto, pero creo que he hecho como 3,500 tesis.
¿Cómo las asesora?
La persona me dice el tema, yo hago toda mi investigación, elaboro el protocolo y el proyecto. Una vez que se aprueba el tema, lo desarrollo y entrego la información haciendo todas las correcciones que surjan.
¿Usted las hace?
Sí. No es ilegal, a lo mejor alguien lo pudiera calificar de inmoral, pero ilegal absolutamente que no es.
¿Es inmoral?
Es una alternativa para cumplir con un requisito.
¿Sus clientes son los alumnos “burros”?
No necesariamente. Los recién egresados no son mi mayor mercado sino los rezagados. Tengo clientes de todas las edades, incluso de 70 años y de maestría.
¿También de maestría?
Sí, claro y también de doctorado.
Se supone que quien hace un posgrado le gusta investigar.
Pues se supone. Tantas opciones de titulación que hay ahora han minado mi trabajo a nivel licenciatura, pero gracias a Dios viene gran cantidad de posgrados. Yo espero que entre maestrías y doctorados me caigan algunos.
Con tantas tesis que ha hecho, será ya un sabio.
Te queda mucha cultura y mucha información que a final de cuentas te sirve para resolver de manera muy ágil los problemas de tu trabajo, pero sabio no soy. Soy, como decía un amigo mío, pendejo pero tesonudo.
Después de las tesis de Derecho ¿ya puede litigar?
No podría respaldar un juicio, pero sí te puedo hacer una tesis al respecto porque lo que hay que hacer es investigar y en eso soy bueno. Hace quince años que desarrollo este trabajo. Cuauhtémoc Blanco es bueno por el tiempo que ha pasado jugando futbol, no porque sea tan bueno.
¿En medicina es más difícil?
No. En términos de grado de dificultad es lo mismo una tesis de medicina que una de educación básica, tienes que encontrar un problema sobre el cual hablar y encontrar la metodología con la cual vas a resolver un problema.
¿Teóricamente usted ya tendría cualquiera de esos títulos?
Pues sí, pero quién sabe si hubiera podido con las materias.
¿De qué carreras le piden más tesis?
Principalmente de educación y derecho. Y de ahí pa”l real vienen todas las demás carreras.
¿De cuáles le llegan menos?
De filosofía y medicina. Evito las de arquitectura y las de ingeniería química, civil y mecánica.
¿Cuánto tiempo le lleva hacer una tesis?
El tiempo que tú me digas. Hasta media hora.
¿Un “fusil?
Sería muy inocente pensar que no recurra a mis acervos de investigación, pero en la mayoría de las veces los clientes escogen el tema. Tardo dos o tres semanas.
¿Cuál ha sido el tema más extraño?
Un día me llamó un doctor y me pidió que lo asesorara. Pensé que sería sobre asuntos médicos. Cuando llega, me dice que el tema es policiología. Al principio creí que era una infección que yo no conocía. Luego me explicó que es la técnica con la que se estructura un departamento de policía. Era médico, pero que estaba haciendo una maestría en seguridad pública.
¿Y usted hizo la tesis de policiología?
Ya que entiendes de qué se trata te vas de pecho.
¿Cuántas tesis lleva al mismo tiempo?
Como unas 20, sin ningún problema.
¿Alguna le ha roto la cabeza?
Muchas. La primera que hice de filosofía fue para un cuate que estudiaba en un seminario y me costó mucho trabajo. Todos mis primeros trabajos fueron muy difíciles. Las de filosofía me cuestan mucho trabajo.
¿Tiene clientes de fuera de Guadalajara?
Sí. Ha venido gente de Ciudad Juárez, Aguascalientes, Puebla, León. Me acaba de llamar uno de Córdoba, Veracruz. Otros son de aquí, pero sus tesis son de universidades de otros lados, he hecho algunas de gente que hizo el doctorado en España.
¿Tiene ayudantes?
No, todo lo hago yo solo.
¿Sabía que es usted muy famoso?
Será porque he gastado mucho dinero en publicidad (Risas).
Takashi Shiguema
Vendedor de tortas ahogadas

© Humberto Muñiz
En los años 30 sus padres salieron de Japón rumbo a Estados Unidos. Llegaron luego a Mexicali y se establecieron en Guadalajara donde nació hace 57 años. En su vida desempeñó diversos oficios. Trabajó en Sistecozome donde “hice de todo menos chofer y director”. Al mismo tiempo tenía una paletería. Abrió un restaurante de comida japonesa y después estableció un puesto de hamburguesas hasta que en 1986 comenzó a vender tortas ahogadas en la esquina de Pedro Moreno y Enrique Díaz de León.
Yo no pruebo el picante
¿No debería usted estar haciendo sushis?
Hace 30 años puse un restaurante japonés, pero fracasé porque en aquella época a mucha gente no le gustaba, estaba más acostumbrada a la comida china. Entonces se me quitaron las ganas de hacer comida japonesa.
Un experto en mercadotecnia no recomendaría que un japonés pusiera un puesto de ahogadas.
Al principio a la gente se le hacía raro ver a un japonés preparando un platillo auténtico de Guadalajara, claro que es algo curioso. Pero a la gente le gustaron mucho las tortas y volvieron.
¿Por qué se le ocurrió vender ahogadas?
No era mi intención. Yo antes tenía un puesto de hamburguesas y pensé que sería más fácil hacer las tortas que las hamburguesas así que cambié a las ahogadas, pero no fue más fácil, fue al revés.
¿Es más difícil hacer una torta ahogada que una hamburguesa?
Al momento de despachar es más rápido aquí en las tortas, pero tiene más trabajo dentro de casa.
¿Quién lo enseñó a preparar tortas ahogadas?
Nadie. Pregunte por aquí y por allá y me dieron como cinco recetas diferentes del chile. Yo hice experimentos hasta que encontré lo mejor.
¿Le gustan las tortas?
No, lo curioso es que no me gustan, el picante no lo pruebo.
¿Y entonces cómo sabe si la salsa que prepara está buena?
No sé si será por la mano, como dicen por ahí. La cosa es que yo sé que está bueno.
Quienes se comen una torta y se enchilan hasta llorar ¿son unos masoquistas?
No. Es gente que lo disfruta.
¿Se divierte al ver moquear a los enchilados?
No, nunca hay que burlarse del dolor ajeno.
¿Le sorprende la cantidad de chile que pueden soportar algunas personas?
Sí, muchas mujeres me han sorprendido. A veces llegan parejas y piden dos tortas, una media ahogada y la otra completa. Yo las preparo y le entrego la media a la mujer y la completa al hombre, pero resulta que es al revés. Entonces sí me sorprende.
¿Comida mexicana o japonesa?
Las dos, pero más la japonesa.
Algunos dicen que una buena torta ahogada es una obra de arte. ¿Está de acuerdo?
La verdad no sé si sea una obra de arte o no.
¿Qué es?
Un antojo.
¿Cuál es el mayor enemigo de su negocio?
La lluvia. Aunque no es para tomarla como enemigo. Sólo hay esperar que pase.
¿Aplica los sistemas de producción japoneses a la elaboración de tortas?
Yo me levanto desde las 6 de la mañana y trabajo en promedio de doce a catorce horas.
¿Requiere tanto tiempo un puesto callejero?
Sí, porque yo hago todo, yo cocino todo, yo preparo todo, yo lavo todo. Lo hago así para evitar problemas y hacer las cosas como a mí me gusta.
¿Entonces sufre mucho?
No, al contrario, me divierto mucho. El trabajo hay que tomarlo como un juego. Si no lo tomo con esa filosofía, me la pasaría muy mal. Yo me divierto de verdad, platico con la gente y si todavía me pagan, pues ¡a todo dar!
¿Un mexicano tendría éxito vendiendo sushis en Japón?
No creo.
¿Por qué?
Porque el japonés es muy especial. Aquí han aceptado muy bien mis tortas, pero no creo que pueda ocurrir al revés, que un mexicano venda comida japonesa allá.
¿Abrirá una sucursal en Japón?
No. Hace años vino un japonés, quería aprender a preparar comida de mexicana, especialmente tacos, para poner algo allá, pero ya no supe de él.
¿Cómo se dice torta ahogada en japonés?
No hay traducción.
¿Cómo le diría usted?
Lo mismo, torta ahogada.
¿Qué significa Takashi?
Depende cómo se escriba. Uno de los significados es: lo que se propone se logra.
¿Y es cierto?
No es fácil, pero sí se puede. Todo es cuestión de querer. Hace poco vino un cliente y me dice: “el día que llegas a los 50 años y no hiciste nada ya estás mal”. Pero no es así, todo se puede hacer y es cuestión de que tú quieras.
¿Cuál es la petición más rara que le ha hecho un cliente?
Una vez vino un señor y me pidió tacos dorados. Me dijo que les pusiera salsa en medio, pero sin quebrarlos. Y yo pensé: “¿pues cómo le hago?”. Si hubiera podido, pues sí, con mucho gusto. Entonces me quedé un rato así pensando cómo hacerle y él me dijo: “No me los quieres vender o qué”. Entonces le conteste que sí, “nomás dígame cómo” y no me pudo decir.
Anastacio Aguayo Zaragoza
Sacerdote confesor

© Humberto Muñiz
Es uno de los sacerdotes más buscados por los fieles que acuden a confesarse al templo de La Merced. Nació en Degollado, Jalisco, y tiene 84 años de edad. Fue periodista. Es autor, entre otras publicaciones, de Oraciones a Jesús y María y El pecado. También es responsable de Misa Diaria. En 2003, la Secretaría de Gobernación le hizo un extrañamiento por un comentario sobre las elecciones que apareció en la publicación.
Lo peor es pecar.
¡Que Dios me libre!
¿Qué tan pecadores son los tapatíos?
De eso no puedo decir nada; de pecados, no.
No me diga nombres, sólo si somos más pecadores que en otros lados.
No puedo decirlo porque cualquier insinuación puede dar origen a faltar al sigilo y eso es muy delicado ante Dios. De pecados, ni una palabra.
¿Ni aunque me diga el pecado y no el pecador?
Ni en general.
¿A cuánta gente confiesa en un día?
A un promedio de 20 personas, pero duro mucho confesándolas.
¿Qué siente al oír tantos pecados?
Como todo trabajo, se cansa uno. A veces uno se pone de mal humor porque no sabe la gente lo que es pecado, entonces a veces da un poquito de enfado. Pero en general, es muy agradable ayudar a los fieles.
¿No se asusta al oír tantas cosas malas?
No, porque no me lo dicen a mí, se lo dicen a Dios. Yo nomás soy intermediario.
¿Se queda preocupado?
Muchos me dicen alguna cosa que consideran que es muy seria, muy grave, muy fea. Pero así que me escandalice, que me asuste, que ¡ay que feo!, no.
¿Qué características debe tener un buen confesor?
Ser muy humano, nomás con eso.
¿El confesor es un juez?
Hasta cierto punto. Porque uno juzga si algo está bien o mal, pero Dios es el que define. El juez es Dios, uno es un instrumento que le sirve más o menos a determinar si hay gravedad o no. Es todo.
Algunas personas temen al regaño de los confesores.
A veces nos falta comprender al penitente. Pero aquí tenemos mucha gente, a veces hay cien que quieren confesarse y ¿qué hace uno? Pues échame lo que puedas y ya; y Dios sabrá. Ayudarlos más profundamente es problemático porque hay que comprender su situación civil, de salud, su cultura, etcétera.
¿Dar mordida es pecado?
Bueno, eso depende mucho, depende mucho de la moral pública.
¿La gente que se confiesa lo ve como malo?
Unos, otros no.
Le han confesado alguna vez algún acto de corrupción.
De eso no puedo decir nada, párele por ese lado.
¿Se confiesan más los pobres que los ricos?
De todo.
¿Políticos también?
También políticos.
¿Y a poco se arrepienten?
Eso sí no sé. Si él trae pecados, él lo sabe, y me los dice, si quiere. Yo no voy a estar buscándole, preguntándole ¿usted es político y anda de baquetón? No, me dice lo que quiere y lo que puede.
¿Los confesores no deben preguntar detalles?
No, nada más lo que la gente quiera decir. Si yo sé que usted está en pecado, pero usted me dice que no, pues depende de usted, no de mí.
¿Se le ha antojado cometer algún pecado de los que le han dicho?
¡Ay caramba! Oiga no, cambie de disco.
¿Es un trabajo muy pesado?
Sí, es muy pesado. A veces sale uno muy cansado porque hay mucho frío, mucho calor o se desveló y entonces hay que despejarse. O empieza uno a dormirse y eso para mí es trágico. Yo les digo a los fieles: vámonos poniendo de pie porque me estoy durmiendo.
Muchos quisieran confesarse con un sacerdote dormido.
Eso sí yo no sé. Yo no busco a quién esté dormido.
¿Es un trabajo agradable?
Es útil y muy agradable, ojalá pudiéramos ayudar totalmente a los fieles, sobre todo a los que vienen con problemas serios.
¿Sufre?
No, al contrario, es muy agradable porque estamos cumpliendo como pastores. Esto no se sufre. Sufro yo con los políticos.
¿Por qué?
Por baquetones que son.
Pues regáñelos cuando vengan a confesarse.
No, no. Sólo que ellos me digan, si no, no. ¡Qué esperanzas, cómo voy yo a sacarle sus trapitos al sol!
¿La gente está dispuesta a oír consejo?
Sí, mucho. Consejo, porque no es dar respuesta. Uno dice: a mí me parece esto y se acabó.
¿Cómo le hace para estar tan seguro de lo que tiene que decir?
Seguro que yo diga la verdad, pues no. Yo digo lo que puedo y lo que sé. La verdad, sólo Dios sabe. Ahí sí se la dejamos a Él.
¿Él le ayuda a dar el consejo?
Todo depende de Dios. A veces dice uno cosas que luego piensa: ¡Ah caray! ¿Cómo se me ocurrió? Dios es el que dirige, se convierte uno casi en títere de Dios.
¿Cuál es la diferencia entre un buen confesor y uno malo?
Eso lo sacan los fieles, no uno.
¿Por qué tiene usted tanta clientela?
Eso depende de los fieles. Es como las tiendas, aquí me atienden muy bien pues aquí vengo.
¿Qué es lo mejor de su trabajo?
Ser sacerdote, mejor no se puede.
¿Y lo peor?
Lo peor es pecar. ¡Que Dios me libre!
Trinidad López Rivas
Director de la Unidad Estatal de Protección Civil

© Marco A. Vargas
De niño no soñó con ser bombero. “En ese tiempo ni existían”, bromea. Conoció el oficio a los 20 años cuando presenció un incendio en Ocotlán. En 1961 ingresó al cuerpo de Bomberos de Guadalajara con la intención de pasar unos meses y se quedó 38 años. En 2001 dejó la dirección de bomberos para convertirse en director de la Unidad Estatal de Protección Civil. Tiene 64 años de edad y ocho hijos. Nació en el estado de Zacatecas, pero desde los doce años reside en Jalisco.
Nunca he llorado en la batalla
¿Qué sintió en su primer incendio?
Miedo, como todo bombero nuevo. Cuando no has estado en un incendio viviendo la intensidad del fuego, el calor, los gases, claro que tienes miedo, pero con el tiempo, con conocimiento y con práctica lo vas superando.
¿Se puede controlar?
El miedo se supera, pero no se olvida. Hay que buscar la forma de dominarlo porque un bombero con miedo va al fracaso. Hay que pensar con la mente fría porque en un incendio no te puedes echar para atrás.
¿Cuándo ha sentido más miedo?
Un miedo terrible que no he vuelto a sentir fue cuando se cayó la juguetería Ramar. Yo estaba en el sótano y nos ordenaron salir. Ya afuera, le pedí al jefe que me dejara volver. En eso, el edificio de seis pisos se desplomó. Me temblaba desde la punta de los pies hasta la cabeza. El miedo fue terrible porque yo no quería salir del sótano, donde cayó todo el edificio. Es la única vez en mi vida que tuve mucho miedo, pero hasta que vi lo que pasó porque cuando estaba adentro no lo sentía.
¿Cuántas veces se ha salvado?
Creo que ya le llegué a la siete; esa fue la primera en incendio, pero hubo otras. Además, varias veces estuve a punto de ahogarme y otra vez me arrolló un tren.
¿Tiene un buen ángel de la guarda?
Dios ha sido muy grande conmigo, nunca me ha abandonado. Ya fueron muchas veces en que me salvé por muy poco. A veces no lo creo.
¿Anda cucando a la muerte?
No lo diría de esa forma. Exponerte es parte del trabajo. Nomás hay que pedirle a Dios que nos ayude.
¿Alguna vez pensó en tirar la toalla?
En varias ocasiones, pero sólo el primer año. Enseguida del edificio que se derrumbó hubo otro incendio muy duro. Fue la segunda vez en que pensé: llegando al cuartel, aviento lo que quedó de las botas y ahí nos vemos.
¿Por qué se quedó?
Después de darte un baño y platicar con los compañeros vuelves a las mismas. Y sobre todo cuando le salvas la vida a una persona. Eso fue lo que propició que nunca me saliera de bombero. Jamás me he arrepentido de haber sido bombero durante 38 años.
¿A cuántas personas ha salvado?
Me ha tocado rescatar muchos cuerpos y muchas personas con vida. En el incendio de una panadería entré a sacar a un hombre. Estaba muy oscuro. Lo tomé de los brazos y yo sentía que se le caía la piel cocida ya por la temperatura. Como pude lo saqué. Pensaba que lo que sentía en las manos era su piel quemada y la sangre. Hasta que llegué a la luz vi que era pura harina con manteca que él traía en los brazos porque era el panadero.
¿La lucha contra el fuego es personal?
Recuerdo bien a un bombero, un muchacho de Yahualica. Él le gritaba al fuego: “Te voy a partir la...”. Entraba al incendio enojado, con coraje, como si anduviera peleando con un león. Es una lucha cuerpo a cuerpo y eso es lo bonito, que sientas el coraje para entrar, pero con conocimientos. Es rabia, pero también inteligencia.
¿Lo ha vencido algún incendio?
He perdido batallas. Se prolonga el combate, pero le tenemos que ganar siempre. Muchas veces cuando estás a punto de apagarlo, te falla la motobomba o algo. Da mucho coraje porque el fuego resurge a veces hasta con más fuerza, como si se estuviera burlando de ti.
El humo hace llorar al bombero, ¿también el sentimiento?
Yo nunca he llorado durante la batalla, creo que afloran las lágrimas después cuando lo platico. Me acostumbré a ser fuerte en el momento y me jacto de actuar con la mente fría.
¿Si pudiera regresar el tiempo, qué haría?
Volver a lo mismo aparejado con una profesión que siempre me gustó y no tuve la oportunidad de seguir: yo debería haber sido ingeniero militar, además de bombero.
¿Cuál ha sido la mayor quemada de su vida?
Con eso de que me he mantenido al margen de la política, creo que nunca me he quemado.
¿Es más fácil sobrevivir a un incendio que a los trienios?
Es más fácil vivir y salir avante de una emergencia que estar sujeto a los planes de las diferentes administraciones, eso es un hecho. Al final de los tres años era una angustia saber qué iba a pasar conmigo. Pero nunca le pedí a ningún presidente que me diera chamba. Afortunadamente, los siete con los que trabajé me invitaron, y yo, encantado de la vida.
¿Es cierto que entre bomberos no se pisan la manguera?
Tampoco nos la acariciamos.
¿Es verdad que la Minerva es el monumento de los bomberos?
Es la madre de los bomberos, así lo dice la gente.
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