Kitabı oku: «Sexo, género y gramática»

Yazı tipi:

Academia Chilena de la Lengua

SEXO, GÉNERO Y GRAMÁTICA

Ideas sobre el lenguaje inclusivo

Academia Chilena de la Lengua

Sexo, género y gramática. Ideas sobre el lenguaje inclusivo / Academia Chilena de la Lengua

Santiago de Chile: Catalonia, 2020

ISBN: 978-956-324-782-4

ISBN Digital: 978-956-324-785-5

LINGÜÍSTICA

410

Diseño de portada: Ximena Morales

Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Edición al cuidado de: Marcela Oyanedel Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados.Esta publicación no puede ser reproducida,en todo o en parte, ni registrada o transmitidapor sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro,sin permiso previo, por escrito,de la editorial.

Primera edición: marzo 2020

ISBN: 978-956-324-782-4

ISBN Digital: 978-956-324-785-5

©Academia Chilena de la Lengua, 2020

© Catalonia Ltda., 2020

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Sexo, género y gramática: presentación, Por Adriana Valdés, Directora de la Academia

Son demandas que nadie podría desconocer, Ascanio Cavallo

¿Lenguaje para todes? Por Alejandra Meneses

De alguna manera, los periodistas hemos “pisado un poco el palito”, Patricia Politzer

Género gramatical y sexismo lingüístico Por Carlos González

Me gusta esa detención. Nos hace vacilar, Mercedes Ducci

Género gramatical, sexo y género social Por Guillermo Soto

En una sociedad machista, perpetuar es discriminar, Lucía López

El Diccionario de la lengua española (DLE) ¿Cómo se actualiza? Por Victoria Espinosa

Cuidar constantemente el discurso, para evitar que sea discriminatorio, Adriana Valdés

Desde un punto de vista periodístico: algunas consideraciones básicas Por Abraham Santibáñez

El léxico es, en la lengua, lo más permeable a los cambios, Marcela Oyanedel

Crónicas de una lengua anunciada: informe en verso Por Ana María del Río

Los autores

Anexo | Muestra representativa de enmiendas relacionadas con el lenguaje inclusivo en el DLE

Notas

SEXO, GÉNERO Y GRAMÁTICA Presentación

¿Queremos darle varias vueltas más a un término como género? ¿Podremos encontrar alguna que sea inesperada, sorprendente, que ilumine y divierta, en ambos sentidos, el conjunto de expresiones y de sentimientos sociales que envuelven hoy esa palabra, tan cargada de sentidos contradictorios y de pasiones?

La Academia Chilena de la Lengua, como las otras academia de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), tiene por pasión propia la de las palabras del idioma español y las formas en que el español articula, entiende y divide el continuum del pensamiento humano. Dicho de manera exageradamente simple, cada lengua es un modo de ver y captar el mundo, un sistema en que cada término solamente se entiende plenamente si se comprende su “valor”, es decir, su lugar en un sistema de oposiciones cambiante, pero a la vez relativamente cristalizado, que nos sirve para poder entendernos.

No hablamos solos; el “idiolecto” no es un idioma, sino un lenguaje que únicamente comprende uno o tal vez varios, siempre pocos. En la vida social necesitamos más que eso; necesitamos una lengua, un idioma que responda a un enorme colectivo. Hoy los hablantes de español en el mundo se acercan a los 600 millones de personas. ¿Qué tipo de estructura es capaz de sostener la comunicación entre todos ellos? ¿Qué parte de esa estructura es más dúctil, más fácil de cambiar para responder a los tiempos, a las circunstancias?

¿Qué tipo de oportunidades y también de dificultades nos ofrece la lengua que hablamos, hoy, en relación con una demanda social cada vez más urgente, la de la igualdad simbólica de las mujeres? Digo simbólica porque los cambios de la condición de las mujeres en las sociedades occidentales son de todo tipo: tenemos derecho a voto, somos ciudadanas, aunque sea de manera muy reciente; estamos incorporadas a la fuerza de trabajo y a la vida económica visible como nunca antes; tenemos una fuerza colectiva y una convicción, digamos un poder, que nunca tuvimos en la polis clásica y tampoco en la vida pública y política.

El siglo pasado, el siglo XX, cambió el “valor” de la mujer, entendiendo en este caso por valor (una vez más) su lugar en un sistema de oposiciones. Las demandas de las mujeres son ahora básicamente un reconocimiento simbólico y real de algo que es socialmente verdadero: desempeñan funciones iguales (no solo equivalentes) en gran parte de la vida social, política y económica, y desempeñan además las funciones tradicionalmente “femeninas” relacionadas con una vida familiar que durante siglos tuvo como centro el bienestar del padre proveedor. Hay mucho desajuste entre la realidad de las mujeres y el discurso social que se refiere a ellas. El desajuste suele perjudicarlas por su anacronismo. De ahí la demanda de cambios en el lenguaje, sistema simbólico por excelencia; de ahí que esa demanda se refleje en cambios que se introducen de manera intencional, voluntarista, y esperan ser comprendidos por colectivos cada vez más amplios.

El fenómeno no se limita, por cierto, ni al día de hoy ni al idioma español. Desde los años setenta o antes el inglés —lingua franca para muchos— empezó a advertir incomodidades, y sobre eso se ha escrito muchísimo. Ambos idiomas, y muchos otros occidentales, casi todos, se estructuran en torno a la noción de dos sexos, y se considera que al hablar de “el hombre” estamos hablando de ambos. No así si hablamos de “la mujer”, que señala un subconjunto, por mucho que sea el de la mitad de la humanidad. Comenzó a sentirse que esta forma de referencia —el masculino por lo humano, que es tanto masculino como femenino— constituía una de las formas en que la vida social invisibilizaba a las mujeres, un indicio más del carácter discriminatorio de la sociedad. Más aún, perpetuaba simbólicamente un orden de cosas caduco, ajeno a la realidad de la vida de las mujeres actuales, y favorecía una discriminación cotidiana, habitual y la mayor parte de las veces inconsciente, que es probablemente lo más grave y lo más difícil de cambiar en términos culturales.

Vinieron entonces los llamados de atención. En el inglés primero, en las organizaciones internacionales después, producto de presiones de grupos organizados y del desarrollo de una reflexión sofisticada y compleja sobre el tema del género. En los estudios de historia y humanidades adquirió una relevancia académica que lleva por lo menos treinta años, con la creación de numerosos programas, cursos, cátedras, centros y departamentos que surgieron en los países de habla inglesa y crearon epónimos en todo el mundo occidental. Hoy la situación es diferente, sobre todo en Iberoamérica; lo que estaba encapsulado en estudios universitarios ha llegado a la calle, a la demanda social legítima y legitimada, a todas las esferas de la vida ciudadana.

¿Hay un conflicto, hay tensiones entre esta demanda social y el uso del español en Chile? Tras reconocer y describir una situación, esta es la pregunta que se plantea la Academia Chilena de la Lengua, para darse una respuesta que cae por su propio peso: sí hay conflicto, sí hay tensiones, sí hay exigencias y solicitudes. Las universidades chilenas preguntan a lingüistas de la Academia acerca de ellas. El periodismo no deja de preguntarme lo mismo, por ser la primera mujer que llega a la dirección de una Academia que cumplirá 135 años de vida. La Academia ha planteado el tema en sesiones internas durante 2019 (y antes), muy especialmente tras la masiva manifestación del 8 de marzo de ese año. Surgió entonces la idea de hacer una conversación pública entre académicos —lingüistas y periodistas— y público, en un formato renovador tratándose de nuestra Academia; de recibir los comentarios y las preguntas de los asistentes; de filmar lo que allí sucedió y dejarlo a disposición de quien no pudo seguirlo directamente. Calculamos en 80 los que estuvieron presentes y más de 100 lo siguieron directamente por streaming, sin contar los cientos de visitas recibidas posteriormente por la página. De esta historia surge el presente libro.

*

Una de las víctimas del debate occidental sobre la noción de género es algo llamado género gramatical. En gramática, el género es un elemento formal, como el número, que rige fundamentalmente la concordancia: no es un concepto antropológico ni sociológico, y sus relaciones con el sexo no son ni “naturales” ni “simétricas”, como lo demuestran los muchos ejemplos que nos dieron nuestros expositores sobre el tema, Alejandra Meneses, Carlos González y Guillermo Soto, todos miembros de la Academia y profesores de lingüística en las principales universidades del país. Al usar una misma palabra, género, para referirse a dos conceptos de índole muy diversa, se instala un malentendido que ha dado origen a gran cantidad de consignas y a notables confusiones en el pensamiento.

El título de este libro, Sexo, género y gramática, (fuera de recordar al cineasta Stephen Soderbergh y su notable película Sexo, mentiras y video), está hecho para captar la atención del lector, hacerlo sonreír un poco y luego proponerle un trayecto entre tres términos crecientemente especializados. El sexo biológico de los animales, incluidos los seres humanos, con sus variantes y deslizamientos; el género, como construcción cultural relacionada con el sexo pero que a su vez depende de las características, creencias y prejuicios de las diversas sociedades y del lugar que dan a las mujeres y a lo femenino dentro de sus sistemas de valores sociales, y la gramática, como sistema formal de un idioma.

Con esas variables juegan nuestros tres expositores y despliegan un amplio abanico de ejemplos y de posibilidades de pensarlos: sus miradas nos proponen la lingüística como un territorio de exploración. Somos todos hablantes. No todos pensamos en el lenguaje que usamos. Tal vez este debate sobre lenguaje inclusivo sea para algunos una puerta de entrada a una manera rigurosa y acotada de pensar en nuestras habilidades idiomáticas, en gran medida inconscientes, y a empezar a ver cómo se organiza el pensamiento humano en el lenguaje articulado. Tal vez sugiera por qué la lingüística es y puede ser una disciplina fascinante e indispensable para el pensamiento.

El libro incluye también un minucioso trabajo de la académica Victoria Espinosa, de la Comisión de Lexicografía de la Academia Chilena, acerca de cómo se producen las modificaciones a los diccionarios: quiénes intervienen y cómo. Encuentra su complemento perfecto en el apéndice, donde reproducimos una muestra representativa de las enmiendas relacionadas con el lenguaje inclusivo en el Diccionario de la lengua española, DLE, 2019.

¿Cómo fue recibida la conversación pública de la Academia sobre lenguaje inclusivo? A ello responden varias apostillas iluminadoras tomadas de la conversación que siguió a las exposiciones, y que fue presidida por los académicos Ascanio Cavallo y Abraham Santibáñez, de nuestra comisión de periodismo y medios de comunicación. Van intercalándose entre los textos de ponencias, para recuperar el carácter de la conversación. Agradecemos a las destacadas periodistas Mercedes Ducci, Lucía López y Patricia Politzer sus contribuciones, y también la de la escritora Luisa Eguiluz y otras participantes en la reunión. Asimismo, por cierto, las apostillas de nuestros propios académicos.

Presentamos además dos respuestas, escritas después de la conversación. Una recoge la visión del premio nacional de Periodismo y académico Abraham Santibáñez, y se relaciona con las dificultades que encuentran los medios para incorporar algunas innovaciones propuestas, sobre todo en el lenguaje oral. La segunda, algo sorprendente, festivo, inteligente y preciso como todo lo suyo: el recuento de la jornada, en verso, que nos envió la escritora Ana María del Río. Estas dos intervenciones, y las apostillas, dan muestras de la intención original de nuestra iniciativa: abrir instancias de diálogo con la sociedad. Una parte importante de nuestra intención se está concretando en este volumen, realizado en coedición con Editorial Catalonia, cuya participación agradecemos y celebramos.

La académica Marcela Oyanedel ha sido el alma de esta conversación y de este libro. No solo es la excelente editora del volumen, sino que también fue activa participante en la conversación de entonces, donde recogió y resumió las ideas expuestas y abordó, en la discusión, un tema decisivo: el lugar y la función de la Academia y de las academias en la renovación del léxico.

*

Retomo, para terminar, dos ideas que surgieron tanto en las exposiciones como en el diálogo que las siguió. La primera tiene que ver con normatividad. Quedan todavía muchas personas convencidas, contra toda evidencia, de que los diccionarios son una especie de código civil y que rigen los comportamientos lingüísticos de los hablantes; y de que basta un dictamen académico para que la lengua se comporte a gusto de alguien o adopte usos dictados desde una autoridad. Ya en tiempos del Imperio romano alguien tan lúcido como Horacio sabía que eso no era cierto. “El uso es más poderoso que los césares” es una frase suya célebre, a la que recurren muchos autores.

Los lingüistas actuales no tienen semejante ilusión de poder. A lo largo del libro se encontrarán muchas referencias a la función del diccionario, que es registrar correctamente el uso, no imponerlo. Varias innovaciones propuestas por las academias se han estrellado contra el muro del rechazo de los hablantes y, por cierto, no ha habido manera de instalarlas.Por otra parte, el uso puede llegar a imponer vocablos o construcciones que no parecen correctas a los académicos, y a la larga prevalece sobre la opinión de estos. Hablamos, como quería don Andrés Bello, del “uso culto de la gente educada”, con toda la relatividad histórica y geográfica que esto implica. Como dice una de nuestras autoras, hay que saber leer el diccionario, que junto a la palabra da cuenta del ámbito y el registro en que ella se utiliza.

Otra cosa es que los registros del uso de la lengua lleven rémoras, capas geológicas de prejuicios históricos sexistas que reaparecen en sus definiciones aun cuando nada tengan que ver con las realidades contemporáneas, y que sea tarea de las academias adecuar tales definiciones a los tiempos. En el apéndice incluimos una lista representativa de tales adecuaciones, que se vienen haciendo constantemente por parte de los lexicógrafos de las academias que integran la ASALE. Celebramos la coincidencia de la aparición del documento oficial de la RAE sobre lenguaje inclusivo en los momentos en que entregábamos a imprenta nuestro libro, y agradecemos la posibilidad de incluir este apéndice.

El léxico es, como se dice en estos trabajos, el elemento de la lengua que resulta más fácil de modificar. La gramática, por su parte, se aprende y se utiliza en gran parte de manera inconsciente, y la mera voluntad y la información no bastan para alterarla; si se llega a producir un cambio, será mucho más lento y probablemente abarque un tiempo superior al de una generación.

Esto nos lleva a una idea final para esta presentación. Al terminar el acto público, hubo ocasión de repetir y subrayar la diferencia entre la lengua y el discurso. La discriminación sexista se aloja sobre todo en este último, es decir, en el uso que los hablantes hacen de su instrumental, que es la lengua. En los prejuicios y frases hechas que reflejan el ancestral desprecio por la mujer, en la repetición irreflexiva e insensible de fórmulas que ya no corresponden a nada objetivo. Las academias resisten la idea de que sea la lengua misma la que aloja los prejuicios; más bien sostienen que la lengua, como instrumento, refleja males que no se arreglarían modificando la gramática. Para ello sería necesario modificar los hábitos de la sociedad.

No hay duda, sin embargo, de que se ha introducido una inquietud más en el ámbito del lenguaje al incorporarse al debate el tema del género, no ya en términos gramaticales, sino sociales. Lo demuestran los usos de la x, la arroba @ o la “e” para indicar una especie de género neutro. Se dijo muy bien en la conversación final con el público: es “un espacio que perturba, que hace vacilar”. Ese espacio da testimonio de una incertidumbre, de una sospecha, de una interrogante. En torno a ese espacio se ha armado este libro.

Adriana Valdés

Directora de la Academia Chilena de la Lengua

Enero 2020

* * *

Son demandas que existen, que nadie podría desconocer y que tienen una fuerza, una ansiedad tal que se expresan en formas poco racionales o muy improvisadas, como esto de las arrobas o de las equis; el primer problema que tienen todas esas soluciones es que son impronunciables, ¿verdad? Los que trabajamos en la radio tendríamos severos problemas para enfrentarnos con eso y con las e.

Cualquier uso que signifique dificultades de comunicación es, para nosotros los periodistas, una barrera infranqueable.

Ascanio Cavallo 1

¿LENGUAJE PARA TODES? Por Alejandra Meneses

En el 2018 ha resurgido el debate sobre el lenguaje inclusivo. Nuevamente, las y los universitarios chilenos se han movilizado para dar voz y vida, esta vez, a una nueva versión del movimiento feminista. En los petitorios se ha demandado el uso de un “lenguaje inclusivo”, en particular, no sexista. Estamos, sin duda, viviendo transformaciones sociales y culturales notables que problematizan la construcción de la identidad a partir del sistema formal binario hombre-mujer.

Como plantean Stahlberg, Braun, Irmen y Sczesny (2007), el debate sobre una lengua no sexista no es un tema actual, sino que se ha sostenido por más de 30 años y convoca no solo a la lingüística, sino también a disciplinas de las ciencias sociales tales como la sociología, la antropología, la etnografía, entre otras. Valdivia (2019) señala que la cuestión del lenguaje inclusivo “trata de políticas de identidad que atraviesan y cuestionan esencialismos basales de nuestras sociedades patriarcales. Es la demanda por el derecho de ser nombrada y, por lo tanto, de existir. Esto en el entendido del poder y potencia constructiva y performática del lenguaje”.

El debate sobre el lenguaje, entonces, nos interpela a cada uno de nosotros en cuanto ciudadanos a hacernos conscientes de las palabras con que nombramos y nos nombramos. En la construcción de la realidad social, las representaciones, relaciones e identidades están permeadas y son constantemente producidas y (re)construidas por las elecciones lingüísticas que hacemos. Cada vez que producimos un discurso, consciente o inconscientemente manifestamos y materializamos nuestros preconstructos, los que se han ido formando intersubjetivamente. Solo desde una visión estructuralista la palabra es aséptica y objetiva. Como plantea Álvarez (2006), “no hay palabra neutra. Solo en el silencio de las relaciones sistémicas abstractas, las oraciones no comprometen a nada ni a nadie. En la comunicación real, toda palabra es compromiso” (p. 169).

Las movilizaciones estudiantiles del 2018 no solo han instalado la necesidad de prácticas y políticas que promuevan mayor visibilización de las mujeres, sino que también establecen la necesidad de mayor reconocimiento para la diversidad de géneros. Como plantea Matus (2018), la conceptualización del género —no a partir de diferencias de sexo biológico—provee un espacio para cuestionar el modo en que representamos y construimos nuestras identidades en la sociedad actual, tensionando una visión patriarcal y jerarquizada y proponiendo una perspectiva transformadora. Por tanto, las reivindicaciones de colectivos y sectores reclaman el derecho de que todos los cuerpos sean reconocidos y puedan circular libremente en nuestra sociedad.

Los petitorios universitarios resonaron hasta alcanzar la prensa en junio de 2018. Los titulares centraron el debate del lenguaje inclusivo en el uso de la “e”: “Compañeres y alumnes: álgido debate sobre el lenguaje inclusivo”, “¿Todos juntes? El lenguaje inclusivo como batalla cultural”, “El habla que viene: el lenguaje inclusivo en disputa”. En marzo de 2019, vivimos una de las mayores marchas para el 8M con una Alameda repleta de colores y voces mostrando la envergadura de este proceso histórico y cultural de transformación social.

Algunas distinciones: lengua, discurso y género

Desde la lingüística, se requieren algunas distinciones para participar en este debate. En primer lugar, no es lo mismo lengua que discurso. Como plantean Charaudeau y Maingueneau (2005), la lengua es definida como un sistema histórico y compartido por una comunidad lingüística para representar la realidad social, para establecer relaciones sociales y para construir discursos en distintos contextos. La lengua es utilizada y continuamente (re)creada por sus hablantes a través de los discursos construidos que responden a una variedad de propósitos sociales y comunicativos.

Por su parte, el discurso refiere a los distintos usos de la lengua para la construcción de sentidos en contextos particulares y a través de los cuales se materializan las prácticas sociales y culturales. Por lo tanto, podemos afirmar que en un cierto sentido la lengua —como sistema— no discrimina, sino que somos nosotros, sujetos hablantes, quienes en los discursos que construimos hacemos elecciones lingüísticas discriminadoras. ¿Qué le decimos a una mujer cuando la denominamos “niña”? ¿Qué representación tenemos de las mujeres cuando por años les hemos dicho que deben ser “discretas” y que “calladitas más bonitas”?

En los lienzos y pancartas alzados durante las movilizaciones, las universitarias han cuestionado estas representaciones: “calladita no me veo más bonita”, “las niñas nunca deben tener miedo a ser inteligentes”. A estos ejemplos podemos sumar todos los estereotipos de género, “los hombres no lloran”, “a ese se le quema el arroz”, y así podemos seguir y seguir. En las conversaciones que sostenemos a diario en los espacios públicos y privados, en los contextos de mayor formalidad, así como en las interacciones más cotidianas, vamos —a través del discurso— construyendo imágenes de lo que significa el género. En el caso de la mujer, históricamente se ha ubicado en el espacio del silencio o en el de la copucha, que es otro modo de dejarla sin la posibilidad de tomar la palabra. En estos ejemplos se evidencia la desigualdad en los modos en que nos relacionamos: el género masculino ha ocupado históricamente una posición de poder que se materializa en las prácticas que buscamos desnaturalizar.

Por lo tanto, requerimos cuestionarnos sobre los discursos que construimos y ampliar las posibilidades más allá de las normas para expresar nuestras diferencias problematizando los binomios hombre-mujer, adulto-niño, rico-pobre. ¿Acaso no existen muchas formas de ser mujer o de ser niño? Como nos hace ver Chimamanda Adichie en El peligro de la historia única, necesitamos salir de estas categorías que simplifican nuestra experiencia. “Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso” (Adichie, 2009).

En segundo lugar, no es lo mismo género social que género gramatical. Estas categorías operan en distintos planos: mientras en un caso corresponde a una construcción social, cultural y política que tensiona las diferencias definidas solo desde las condiciones biológicas, la otra “es una propiedad de los nombres y pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores, los adjetivos y, a veces, con otras clases de palabras” (NGLE, 2009, ∮2.1a). Como se desprende de esta definición, el género gramatical es una categoría formal de todos los sustantivos y que se proyecta en las palabras que determinan a ese sustantivo, pero no refiere necesariamente a categorías sexuales. Ahora bien, como plantean Stahlberg et al. (2007), todos los seres sexuados se representan de alguna manera en la lengua, pero esto no significa que la presencia de los morfemas “-o” y “-a” necesariamente indiquen la presencia de un ser animado de sexo masculino o femenino. Sin embargo, lo que aún no se ha proyectado en la lengua es cómo referirse a las distintas identidades desde una perspectiva de género.

Si volvemos a enfocarnos en la categoría de género gramatical, podemos afirmar que en español todos los sustantivos poseen un género gramatical, pero no en todos los casos este es usado para diferenciar entre sexos. Pensemos en los siguientes tres sustantivos: ciudadana, mano y varianza. Todos estos sustantivos poseen género gramatical femenino. ¿Cómo podemos comprobarlo? Al agregar un adjetivo calificativo, podemos observar que el género gramatical se proyecta en el adjetivo a través de la forma “-a” para lograr la concordancia.

Ejemplo 1: Sustantivos de género gramatical femenino


Laciudadanacontenta …
Lamanohermosa …
Lavarianzaamplia …

En el ejemplo 1, entonces, solo en el sustantivo ciudadana se expresa en la forma “a” una oposición entre femenino-masculino vinculada con el sexo. En efecto, al decir “la ciudadana contenta” nos estamos refiriendo a una persona de sexo femenino, mientras que en el sintagma “el ciudadano contento” aludimos a una persona de sexo masculino y estas diferencias se proyectan en la oposición morfológica correspondiente al género gramatical. Sin embargo, en el sintagma “la mano hermosa”, podemos observar que la forma “o” no refiere a un género gramatical, sino que en este caso el género gramatical es inherente al sustantivo y se proyecta a través del morfo “-a” en el adjetivo hermosa.

Por otra parte, necesitamos considerar que la oposición entre sexos en seres animados no se proyecta solo a través de la oposición de las formas “-o”, “-a” (niño-niña), sino que puede darse a través de un sustantivo con morfo ∅ para masculino y la presencia de morfo “-a” para femenino, como en escritor-escritora, presidente-presidenta. Es más, pueden diferenciarse entre sexos a través del uso de palabras con raíces distintas (hombre, mujer), entre otras posibilidades. Por lo tanto, cada lengua posee un conjunto de formas para una determinada función y, asimismo, una forma puede cumplir una variedad de funciones en la lengua.

Estrategias discursivas para la promoción de la equidad de género

Una vez descrito el contexto social, cultural y político actual y hechas las distinciones necesarias, tres consideraciones son aquí desarrolladas para comprender las estrategias discursivas que las distintas comunidades e instituciones están utilizando para una promoción equitativa de los géneros.

(1) El desdoblamiento de la forma masculina no marcada

La disputa por el lenguaje inclusivo se genera, en gran parte, por el uso de la forma “o” para designar no solo a individuos, sino para referirse a una clase o especie. El mecanismo de uso no marcado es frecuente en las lenguas en pos de la economía lingüística y la construcción de efectos de sentido particulares. En español, entonces, en la oración “Los ciudadanos quieren una democracia plena”, la elección del sustantivo ciudadanos como opción no marcada puede referir a personas del sexo masculino y femenino.

Figura 1: Opción no marcada


En cambio, en la oración “Las ciudadanas quieren una democracia plena”, el sustantivo ciudadanas solo refiere a personas del sexo femenino.

Figura 2: Género gramatical femenino


Sin embargo, muchos sectores y colectivos consideran que la opción no marcada del masculino genérico no visibiliza a la mujer y, por lo tanto, no es una estrategia que promueva la equidad de género. De ahí la propuesta del desdoblamiento.

Figura 3: Estrategia de desdoblamiento


En la actualidad, con frecuencia, participamos en la apertura de eventos en que llaman la atención a “señores y señoras”, “académicos y académicas” para visibilizar a las mujeres en esos espacios públicos institucionales.

Si bien la estrategia del desdoblamiento explicita en las oraciones la presencia de las mujeres, no favorece la economía del lenguaje; lleva a que los textos se vuelvan extensos y, en ocasiones, pierdan su efectividad comunicativa.

(2) La elección de léxico genérico

Otra estrategia que los hablantes han comenzado a usar para promover la inclusión es optar por formas léxicas genéricas en las que no se cristalizan las diferencias según sexo.

Figura 4: Estrategia de léxico genérico


Esta ha sido una de las estrategias más extendidas a nivel institucional. En los últimos años, organismos gubernamentales, instituciones educativas y organizaciones culturales han elaborado manuales de orientaciones para el uso de un lenguaje inclusivo, no sexista. Si bien esta estrategia tiene una amplia aceptación en los contextos de comunicación institucional formal, no siempre los sujetos hablantes pueden optar por formas genéricas, ya que algunas de estas poseen un mayor nivel de abstracción. Por ejemplo, si queremos referirnos de manera específica a un docente, resulta enrevesado e intricado la elección de una forma genérica: “La persona que ejerce el rol de docente es …” vs. “El docente es…”.

(3) El uso de la forma “-e”

Sin duda, la forma “e” es el símbolo de las disputas por un lenguaje inclusivo y es usada como acto de resistencia y subversión frente a la normatividad establecida. Para algunos grupos la “-e” representa una forma neutra, usada en la modalidad oral y escrita —“niñes”, “todes”, “compañeres”— y que provee de materialidad para la comunicación oral que los signos gráficos @, x, - no poseen. Para otros, en cambio, la forma “-e” amplía el paradigma del género gramatical y propone una forma que representa a los géneros que no quedan representados en lo masculino y lo femenino. Por lo tanto, estos grupos proponen triplicar la denominación de las personas: “niños”, niñas”, “niñes”.

La presencia de la “-e” en los espacios universitarios y en las redes sociales se ha extendido y tensiona nuestros modos de construir las identidades. Más aún, tensiona la estructura interna de la palabra, puesto que la aparición de esta forma en los sustantivos tiene implicancias en el resto del sintagma: “Les ciudadenes estén actives y comprometides”. Esta forma aún no está incorporada en la lengua como sistema y su elección conlleva desafíos en la comprensión y producción de los discursos, pues hemos aprendido una lengua en la cual ya hemos automatizado la concordancia entre las formas.

Nos podemos, entonces, preguntar si son legítimas estas estrategias discursivas. Desde una mirada funcional, la respuesta es sí, porque son formas de construcción de sentido y de identidad en distintos espacios sociales y culturales. ¿Son efectivas para la comunicación? La respuesta depende de los propósitos comunicativos que persigamos como hablantes. La siguiente pregunta que nos surge es si la lengua española puede cambiar. Sin duda, la lengua ha cambiado y va a seguir cambiando, puesto que estamos en una búsqueda constante de formas que puedan expresar y representar las experiencias que tenemos. Si miramos cómo han cambiado las lenguas a través del tiempo, podemos observar que los cambios léxicos son los más fáciles de incorporar, mientras que los morfológicos son lentos y complejos porque operan al interior de la palabra. Los hablantes de una lengua tienen total derecho de buscar formas que expresen sus experiencias. No olvidemos que la lengua —desde una visión funcionalista— es un repertorio de recursos de los que disponen los hablantes para construir sentidos. Es cierto que la lengua se actualiza en los usos y que estos pueden, entonces, modificar la lengua; por lo tanto, los cambios lingüísticos están motivados por las necesidades comunicativas de los hablantes. Sin embargo, dichos cambios se incorporan en el sistema una vez que los usos son reiterados, empleados en una diversidad de contextos comunicativos de manera extendida.

La voz de los jóvenes sobre lenguaje inclusivo

Una pregunta final que surge es cómo explican las personas, en particular las y los jóvenes —no los lingüistas— las estrategias de lenguaje inclusivo. Dos jóvenes activistas de 16 y 19 años compartieron sus visiones sobre el lenguaje inclusivo. Ayún plantea que el uso de la “e” es “una nueva forma de llevar a la práctica la inclusión desde una mirada de género; así como el nombre lo indica, lo que intenta es incluir a todas las personas con sus diferentes identidades en el habla cotidiana. La forma de la letra ‘e’ como lenguaje inclusivo, no conozco el origen ni el fundamento del porqué esa letra y no la ‘u’ como en el latín, pero estoy de acuerdo en que exista una forma de incluirnos a todos desde la comunicación, el habla, la escritura, el lenguaje”. Por su parte, Agus señala: “Me parece relevante, pues el no usarlo deja a muchos grupos de lado, ya sean disidencias o plenamente mujeres. Al menos yo en mi vida ocupo lenguaje inclusivo, siento que cada uno ocupa el lenguaje inclusivo a su manera, el ‘e’ lo ocupo de vez en cuando, al escribir ‘chiques’, por ejemplo. Pero no soy de poner ‘todes’ y no porque me moleste ni nada, solo que prefiero el ‘todxs’ y así muchas otras personas prefieren ‘tod@s’, ‘todes’ y hasta el ‘todis’. Lo importante es implementar el lenguaje inclusivo en nuestra manera de hablar y escribir”.

Las demandas por un lenguaje no sexista nos llevan a reflexionar sobre la relación entre el lenguaje y la construcción social de la identidad. Hoy los y las jóvenes nos invitan a desnaturalizar las lógicas instaladas y normalizadas sobre el género. Como plantea Ibáñez (2019), “este lenguaje inclusivo, como se le ha denominado, buscaría la posibilidad de recuperación y politización del carácter fluido del lenguaje instalando grietas, quiebres y otras posibilidades de hacerse presente ante una cristalización opresiva de las identidades de género: ausencias (femenino, disidencias, diversidades) y presencias (masculino)”. Por lo tanto, la cuestión del lenguaje inclusivo en el contexto de profunda fractura social en el que nos encontramos pone de relieve la demanda por políticas y prácticas de reconocimiento y participación para todos los cuerpos que forman nuestra sociedad sin exclusión.

Referencias

Álvarez, G. (2006). Un enfoque discursivo textual para la enseñanza de idiomas. Onomázein, 14 (2), pp. 163-169.

Charaudeau, P. y Maingueneau, D. (2005). Diccionario de análisis del discurso. Madrid: Amorrortu editores.

Adichie, Ch. [Ted Global]. (2019). El peligro de la historia única. Recuperado de https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es

Ibáñez, M. J. (Comunicación personal, 28 de septiembre de 2019).

Matus, C. (2018). The production of the gender norm: intersectional analysis in contemporary educational institutions in Chile, research proposal presented to the Concurso Nacional de Anillos de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades 2018, CONICYT # 18070300.

Real Academia Española. (2009). Nueva gramática de la lengua española. Morfología y sintaxis I. Madrid: Espasa.

Stahlberg, D., Braun, F., Irmen, L. y Sczesny, S. (2007). Representation of the sexes in language. En K. Fiedler (ed.), Social communication. A volume in the series Frontiers of Social Psychology (pp. 163-187). (Series Editors: A. W. Kruglanski & J. P. Forgas). Nueva York: Psychology Press.

Valdivia, A. (Comunicación personal, 17 de septiembre de 2019).

* * *

La distinción entre la gramática y el discurso me parece fundamental. Nuestra gramática, a pesar de lo “cristalizada”, permite perfectamente un discurso inclusivo y no sexista. De alguna manera los periodistas hemos “pisado un poco el palito” dándole importancia a la e o a la arroba, y hemos dejado un poco de lado el tema del discurso inclusivo, que es lo que verdaderamente importa. Pretendo empezar a practicarlo en la medida de lo posible.

Patricia Politzer 2

GÉNERO GRAMATICAL Y SEXISMO LINGÜÍSTICO Por Carlos González

“¿Es sexista el idioma español?”; “Ellos, ellas y la RAE: el debate del sexismo y el lenguaje”; “Lenguaje inclusivo de género: ¿es o no el castellano una lengua sexista?”. Esta es solo una pequeña selección de titulares de prensa reales3 que son muestra de un interés que desde hace ya más de 10 años viene dándose con fuerza en el debate público y que nos hacen preguntarnos si las lenguas tienen sesgos sexistas y si, en específico, el español es una lengua machista y lo manifiesta en su sistema gramatical, particularmente en el género de sus palabras.

Las lenguas son, entre muchas otras cosas, construcciones de las sociedades que las hablan y, como estas, son también enormemente complejas. Así, el debate entre sexismo y lenguaje tiene muchas dimensiones que sería imposible abordar en un texto breve. Por esto, me limitaré aquí a tratar de responder tres preguntas: ¿qué es el género gramatical?, ¿es sexista el uso del masculino como forma genérica?, y ¿qué puede decirse desde la lingüística frente a iniciativas de uso no sexista como “chilenos y chilenas”, el uso de la arroba o propuestas como “todes”?

¿Qué es el género gramatical?

¿Es lo mismo el género de una palabra que el sexo de la entidad que representa? Álvaro García Meseguer, lingüista español, se plantea si es posible decir una frase como “Todas fueron hombres” y qué significado puede atribuírsele4. En principio, parece tratarse de una expresión incoherente; sin embargo, si la situamos en un contexto como “La noche de Año Nuevo nacieron tres guaguas en el hospital de Rancagua. Todas fueron hombres”, podremos darnos cuenta de que es una oración perfectamente construida. ¿Por qué funciona? La clave está en que guagua es un sustantivo de los llamados epicenos, lo que quiere decir que (al igual que otros como víctima, personaje y muchos nombres de animales, como cebra o paloma) es una palabra que, independientemente del sexo biológico de la entidad a la que se refiera, toma siempre un solo género gramatical, en este caso el femenino. El pronombre todas, por lo tanto, no hace referencia en el ejemplo al sexo de los recién nacidos (que, se nos informa, fueron hombres), sino al género gramatical de la palabra guaguas, que está en su contexto inmediato: femenino. Este sencillo ejemplo sirve para cuestionar la identidad entre género gramatical y sexo biológico, que es frecuente dar por asumida.

La verdad es que el género en las lenguas es otra cosa. Fijémonos en este otro texto: “Llegué con mi bicicleta al parque. Estaba más suci_ que de costumbre”. En él el rasgo de la suciedad al que alude la segunda oración puede referirse a dos cosas: a mi bicicleta o al parque. ¿Cómo soluciono esta ambigüedad? Fácilmente. Si digo sucio me estaré refiriendo al parque, mientras que si digo sucia estaré hablando de mi bicicleta. El juego entre estas tres palabras, sucia/o, parque y bicicleta (ninguna de las cuales se refiere a una entidad sexuada, nótese al pasar), nos muestra que el género gramatical es una marca que comparten ciertas palabras (como sustantivos, adjetivos y pronombres, entre otras), que permite establecer vínculos entre ellas, en una relación conocida como “concordancia”, y que nos posibilita construir textos extensos y complejos, pero que mantengan un alto grado de cohesión interna. El género gramatical tiene muy poca relación con el sexo biológico. De hecho, es una escasa minoría de sustantivos la que en nuestra lengua manifiesta esa relación (hombre, mujer, algunos nombres de parentesco como tío/tía, nombres de profesiones y oficios, una fracción de los nombres de animales). En la mayor parte de los otros, como lo muestra el ejemplo anterior, el género de un sustantivo como parque no tiene relación alguna con el dimorfismo sexual; menos aún en el caso del adjetivo sucio/a, ya que las cualidades son de por sí rasgos abstractos y, por lo tanto, no sexuadas. El género en las lenguas, entonces, tiene poco que ver con el sexo.

Otro hecho que confirma esta afirmación es la observación de que la categoría de género es muy variable en las diferentes lenguas del mundo y o bien no siempre existe o, cuando sí, no siempre se relaciona con el sexo. Así, tenemos lenguas sin género gramatical (como el armenio o el rapanui), otras con dos géneros pero no basadas en el sexo, sino en otros criterios (como la distinción animado/inanimado en el georgiano o el elamita), lenguas con tres géneros (como el latín, el alemán o el tamil), cuatro (como el dyirbal, el checheno o el eslovaco), cinco (como el polaco) o incluso más: en ganda (lengua africana de la familia bantú) se ha descrito la existencia de al menos 10 géneros distintos basados en criterios que nada tienen que ver con el sexo (algunas de sus clases son, por ejemplo: personas, animales, nombres de masa, idiomas, objetos largos y cilíndricos, etc.). En consecuencia, si revisamos el conjunto de lenguas del mundo, veremos que las diferencias sexuales no son necesariamente la motivación para las categorías de género que en ellas se encuentran. Más aún, en lenguas cuyas categorías de género sí se basan (al menos nominalmente) en distinciones sexuales, la identidad entre género y sexo no siempre se cumple. Ya hemos revisado el caso del español. Volvamos la mirada ahora hacia el alemán. En esta lengua existen tres géneros: femenino, masculino y neutro. Se da en ella, entonces, una situación ideal (al menos en principio), en la que lo esperable sería que las palabras femeninas se usaran para hablar de entidades femeninas, las masculinas para denotar entidades masculinas y las neutras, en fin, se refirieran a objetos no sexuados. La realidad, sin embargo, es muy diferente. Solo por citar un par de ejemplos, en alemán la palabra Mädchen (‘muchacha’) tiene género neutro y no femenino, mientras que Tisch (‘mesa’) y Tür (‘puerta’) son masculina y femenina, respectivamente, y no neutras como cabría esperar. Una vez más, la identidad entre género y sexo se muestra, entonces, como inválida.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
165 s. 9 illüstrasyon
ISBN:
9789563247855
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar