Kitabı oku: «Inhalación profunda»

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INHALACIÓN
PROFUNDA

HISTORIA DEL POPPER Y FUTUROS QUEER


Primera edición: marzo de 2022

Deep Sniff: A History of Poppers and Queer Futures

All Rights Reserved

Text copyright © Adam Zmith 2021

First published in the UK and USA in 2021 by Repeater Books, an imprint of Watkins Media Limited

www.repeaterbooks.com

© de la traducción: Joan Daròs

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-124665-3-9

eISBN: 978-84-125123-1-1

Depósito legal: M-5248-2022

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Inhalación profunda. Historia del popper y futuros queer es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

I. Propósitos indeseables

II. Dos innovadores del cuerpo

III. ¿La creación del hombre?

IV. Sexo / muerte

V. Utopía momentánea

VI. Un placer culpable

VII. YA / AGUANTA / SUELTA

VIII. Antídoto

IX. Los siguientes cuarenta y cinco segundos

Agradecimientos

Notas

Bibliografía

I. Propósitos indeseables

Una mujer elegantemente vestida lee en la exposición, cuando se fija en la criatura. Da un paso atrás y la observa con atención. La figura que la acecha tiene la piel pálida y cubierta de vello negro y lleva un maillot rojo decorado con pedrería brillante. En el este de Londres sería un tío normal con barba. Pero, esta noche, en la galería, es un gimnasta peludo completando una serie de movimientos rodeado de desconocidos.

Una persona con gafas redondas interrumpe su conversación para observar cómo el artista se agacha sobre las manos y las rodillas, presiona el estómago contra el suelo, estira los pies y luego las manos, reproduciendo la extensión de la línea. Una tira blanca y estrecha pegada al suelo. Mide 16,97056274847714 metros y divide el espacio de la galería. Un par de personas beben de vasos desechables y tratan de ignorar al artista, pero se dan cuenta de que están en su trayectoria y este se mueve en su dirección. El gimasta-criatura parece equilibrarse y ser capaz de integrar los giros, las contorsiones, los pies en punta y las rodillas flexionadas en esa línea.

Se trata de la rutina de un gimnasta, sí, pero también la de un bailarín, la de una actriz sobre el escenario, la de una persona intentando vivir, un alma desesperada por llegar a su marca sobre la línea. La longitud es la misma que la de la diagonal de doce por doce metros sobre suelo acolchado en la que las gimnastas suelen exhibir su destreza. La línea es un corsé para su poder, pero también un canal. La criatura aporta todo este significado a la galería en esta noche, la de la inauguración de una exposición colectiva compuesta, en su mayoría, por fotografías y objetos. Mientras los visitantes hablan entre ellos con las obras de arte como decorado, el gimnasta los penetra vestido de licra brillante y sudorosa. Concentrado, sereno, travieso, el artista es Luis Amália y nos muestra una vida sobre la barra de ejercicios.

Amália concibió esta pieza como parte de su continuo trabajo performático, que se desarrolla en varias disciplinas. Su idea es prestar su cuerpo para encarnar a gimnastas y actrices. Lo que siente por ellas es más que afinidad o admiración. Su trabajo no es satírico, ni drag. Cuando sus obsesiones se fusionan en estas maniobras precisas y ensayadas, ya sea en un plató cinematográfico o en un pabellón deportivo, se mueven siguiendo las emociones de Amália. Nunca lo suficientemente bueno. Desesperado por conectar. Esperando a ser juzgado. Y, aun así, completar esta serie de movimientos sobre la línea elimina de alguna forma los sentimientos negativos. Por un momento se libera de ellos.

Si hay algo queer aquí, es una actitud. Cuando observamos a Luis, nos movemos con él, sobre la línea, seccionando el espacio oficial.

Investigar la historia del popper requiere la misma actitud, y por eso este libro empieza con la actuación de Amália de la pieza que llamó «16.97056274847714», que tuvo lugar en Londres durante la exposición colectiva Queer Art(ists) Now en marzo de 20201. La historia del popper está llena de docenas de personajes como Amália: diferentes, osados, complicados. Cada vez que Amália actúa, algo en él está «mal». Su cuerpo no binario es velludo, pálido, percibido como masculino. Por el contrario, la textura de su alma es otra: luz y oscuridad, todos los géneros y ninguno. La criatura es hipnótica: una utopía del ser, libre de categorías, destruyendo las expectativas puestas sobre él. Ojalá hubiera visto la actuación de Amália en mi adolescencia, aunque probablemente la hubiera rechazado. Durante mi juventud di demasiado poder a las categorías y a las expectativas y no tenía la valentía de Amália para explorarlas artísticamente o tratar de quitármelas de encima. Hubiera visto la libertad implícita en Amália y le hubiera dado la espalda con preocupación adolescente. Pensar en a quién deseaba me llenaba de pánico. Sentía la presión por ser un «hombre», significara aquello lo que significase. Era extraño ver que los cuerpos de hombre que quería para mí eran también los que quería tocar. Sabía que eso significaba que los demás me pondrían en una categoría concreta y eso me molestaba. La gente me ve como «gay» y como un «hombre». Estas categorías se crearon mucho antes de que yo existiera. Las heredé y tuve que ajustarme a ellas a mi pesar. Hoy en día no me siento cómodo con ellas, pero al menos tengo «queer», que es mucho mejor. En este libro quiero rastrear la multiplicidad contenida en esa palabra y cómo esto nos podría ayudar a encontrar nuestro camino hacia un futuro de potencial y cuerpos desinhibidos. Para hacerlo, necesito saber de dónde viene la idea de las etiquetas «gay» y «hombre» y poder hacerles algunas preguntas. La historia del popper tiene unas cuantas respuestas.


«16.97056274847714» de Luis Amália.

Durante algunos años y hasta 1976, el año en que mis padres se casaron, el sitio en el que encontrar popper en Londres era la farmacia Roland Chemist, en Praed Street. Esta zona, llamada Paddington por la estación de tren, era un barrio populoso lleno de tiendas, autobuses rojos de dos alturas, Ford Cortinas y Austin Allegros. Grandes carteles anunciaban productos de masas como Guinness y Levi’s. Puedo hacerme una idea de cómo era el consumo de popper en aquellos días si me asomo a la ventana de una farmacia pequeña situada en este barrio. Roland Chemist, como cualquier otra farmacia en el Reino Unido, podía vender nitrito de amilo legalmente. El producto era manufacturado por Burroughs Wellcome y se destinaba a la población con problemas cardiacos. El nitrito de amilo se vendía en ampollas de cristal selladas, y sus usuarios tenían que partirlas para que soltaran los vapores del líquido que guardaban en su interior. Esta acción producía un «pop». Así era como el nitrito de amilo y otras sustancias similares se envasaban y usaban antes de la llegada de las botellitas marrones con cierre de seguridad. También fue así como se llegó al nombre con el que se conocería, «popper».

Mientras Roland Chemist era conocida por vender amilo, la farmacia Boots Chemist, en Piccadilly, almacenaba veinticuatro ampollas de nitrito de amilo, que se agotaban en unas cuatro o seis semanas. Esto supone una venta de doscientas cincuenta ampollas al año2. Por su parte, la cantidad de nitrito de amilo que se vendía a través de Roland Chemist en Paddington era extraordinaria. En un periodo de doce meses entre 1975 y 1976, en el punto álgido del negocio del popper para esta farmacia, vendió ciento ochenta y cinco mil setecientas ampollas de nitrito de amilo3. Debería haber una placa de oro con los nombres de Peter Beaton Lucas y Paul Roland Fletcher, los dueños del negocio, por su contribución a la proliferación de placer.

Fletcher y Lucas tenían dos farmacias más en Earl’s Court Road, cerca de un grupo de pubs gais entre los que estaba el Coleherne, muy apreciado entre algunas tribus gais, incluidos los fetichistas del cuero. Suministraban a sus otros establecimientos desde Roland Chemist en Paddington. El grueso de sus clientes estaba formado por hombres homosexuales. Los farmacéuticos y los dueños no estaban haciendo nada incorrecto al vender nitrito de amilo a quienquiera que lo solicitara. Ninguna ley ni regulación hacía necesario pedir una receta. Uno de los farmacéuticos dijo, algún tiempo más tarde, que «no hacía preguntas» cuando alguien pedía nitrito de amilo y que normalmente solo «se fijaba en quién lo pedía y, si tenía buena pinta», se lo vendía4. Pero sabían quiénes eran sus clientes. Algo después, un auxiliar de uno de los establecimientos, comentó que el nitrito de amilo solía venderse a homosexuales. Una caja de doce ampollas tenía un precio de coste de no más de sesenta y cinco peniques y se vendía por una libra y diez peniques.

Lucas y Fletcher caminaban sobre la misma línea en la que Amália lleva a cabo su trabajo performativo. Nadie les había dicho que no pudiesen hacer lo que estaban haciendo. Pero sus acciones incomodaban a quienes los rodeaban, en especial a aquellos en posiciones de poder. El problema empezó en 1975, cuando dos hombres de visita en Brighton entraron en una farmacia y pidieron nitrito de amilo. El farmacéutico les pidió la receta y los visitantes respondieron que en la farmacia Roland Chemist de Praed Street en Londres se lo vendían sin receta. Bien hecho, caris. Esto desencadenó una denuncia a la policía y una investigación de la Pharmaceutical Society, un organismo industrial. La plantilla de Roland se asustó. Empezaron a preguntar a los clientes que pedían nitrito de amilo si tenían receta. Esto debió ser un engorro para los gais que lo consumían habitualmente. El 29 de diciembre de 1975, un voluntario de Gay Switchboard, una línea telefónica de apoyo, informó a sus compañeros sobre este problema. Lo llevó a las páginas del registro que usaban para comunicarse unos con otros entre los diferentes turnos. El voluntario preguntó: «¿Dónde se puede conseguir Nitrato de Amilo [sic] SIN receta ahora que Roland Chemist la pide?»5.

Para cuando hubieron pasado seis meses, los voluntarios de Switchboard, extremadamente bien informados, estaban al tanto de lo que estaba ocurriendo. El 7 de junio de 1976, uno de ellos escribió en el registro:

Para aquellos a los que les gusta el «Popper» y les cuesta comprarlo en Chemists, el motivo es que Chemists ha recibido una carta, creo, del Ministerio de Sanidad en la que les informan del uso incorrecto y les piden que empleen su criterio a la hora de dispensarlo. Parece que pronto será añadido a la lista de drogas peligrosas6.


Perlas de nitrito de amilo en el Museo de la Ciencia de Londres.

Los hechos se precipitaron. En septiembre de 1976, un comité de la Pharmaceutical Society evaluó lo que Fletcher y Lucas habían estado haciendo. El comité concluyó que, al vender grandes cantidades de nitrito de amilo, habían decidido hacer la vista gorda con el uso inadecuado del producto. Ambos fueron expulsados del colegio de farmacéuticos. Les costó dos años, pero Fletcher y Lucas consiguieron revocar el veredicto. Los jueces del Alto Tribunal no dictaminaron que el popper fuese fantástico y seguro y debiera ser conseguido con facilidad. En su lugar, aceptaron la apelación de Fletcher y Lucas basándose en que los miembros del comité de la Pharmaceutical Society habían sido injustos al evaluar un caso anterior. Para documentarse sobre el nitrito de amilo, los miembros del comité consultaron la edición de William Martindale de Extra Pharmacopoeia of Unofficial Drug and Chemical and Pharmaceutical Preparations, pero prefirieron no decirlo. Se trata de un libro gigantesco, publicado por primera vez en 1883, que sintetizaba todos los avances recientes en terapéutica7. Es un catálogo alfabético de medicamentos, cada uno de ellos anotado junto a una referencia de evidencia publicada y guía de administración. En esta obra, el nitrito de amilo aparecía como un medicamento muy seguro que se podía emplear para tratar diversos problemas, entre los que se encontraba la angina, pero que podía ser perjudicial para la salud de ser usado de forma incorrecta8.

No era la primera vez que el establishment británico se preocupaba por el nitrito de amilo. En 1956, el ministro del Interior Gwilym Lloyd George había escuchado que «algunos farmacéuticos en el West End de Londres habían estado vendiendo nitrito de amilo en circunstancias que no hacían pensar en usos legítimamente médicos»9. Sin embargo, se abstuvo de tomar ninguna acción al respecto. Lloyd George y un organismo gubernamental encargado de intervenir en asuntos relacionados con sustancias tóxicas llamado Poisons Board acordaron que, en principio, no era correcto hacer uso de las recetas médicas para controlar productos que no eran tóxicos en exceso «solo porque existe la posibilidad de que sean usados para propósitos indeseables». Puede que este fuera el primer episodio en la historia de carta blanca para el popper. (No fue tan indulgente con Ruth Ellis, una asesina cuya sentencia de muerte se negó a conmutar en 1955).

Pero siempre hay alguien en algún sitio que necesita ver el sexo como algo malo. Veinte años después del enfoque progresista de Lloyd George, los miembros del comité de la Pharmaceutical Society que dirimieron el caso de Fletcher y Lucas decidieron que inhalar amilo durante el sexo no era un uso correcto de la sustancia y que quien lo hiciera podría hacerse daño. Al inferir lo que les pareció conveniente del Extra Pharmacopoeia de Martindale sin admitir el texto como prueba, el comité había hecho su propio uso inadecuado del libro. Esto privó a Fletcher y Lucas de la posibilidad de debatir las afirmaciones del comité. De haber tenido la oportunidad, podrían haber argumentado que por «uso inadecuado» los editores del libro de Martindale se referían a su ingesta o a su uso como colirio. Por ese motivo el Alto Tribunal aceptó la apelación de los farmacéuticos en el verano de 1978.

Llegados a este punto, el negocio del popper en Estados Unidos era mucho más agresivo. Aunque los dependientes de Roland Chemist sabían que sus clientes eran hombres homosexuales, no publicitaban el producto en esa dirección. En Estados Unidos, sin embargo, las empresas habían empezado a manufacturar, distribuir y anunciar el popper como un producto especialmente dirigido a este nicho de mercado. Algunas de las marcas más famosas de este periodo, Rush y Locker Room, han aguantado hasta hoy bajo el paraguas de una empresa llamada Pacific Western Distributing Corporation (PWD), fundada en 1976. Es el mismo año en el que otras longevas empresas estadounidenses echaron a andar: Microsoft, Apple, Starbucks… Desarrollar estos negocios requirió de mentes obsesivas que se centraron de forma simultánea en el producto y en la experiencia del usuario, incluyendo el marketing del artículo. En el caso del popper, el mérito es de un hombre llamado W. Jay Freezer. Al año de fundar PWD, afirmaba en el Wall Street Journal que Rush, su marca de popper, debería venderse junto al champú y los macarrones. «Si los clientes del supermercado Safeway quieren el producto, no veo por qué no se podría acabar vendiendo allí». La cita es de un artículo del 10 de octubre de 197710.

Freezer fue un pionero de la publicidad del popper en periódicos y revistas gais como Drummer. Con sede en Los Ángeles, esta publicación se dirigía a la comunidad leather (fetichistas del cuero) y, según Jack Fritscher, que se convirtió en su editor jefe en 1977, fue fundada por John Embry simplemente como una forma de promocionar su negocio de venta por correo de popper y pulseras de cuero11. La idea era rodear los reportajes y columnas de opinión sobre la escena leather con anuncios de productos orientados al público gay. Y funcionó. «El popper permite a Drummer volar alto», escribió Fritscher en su historia de la revista, Gay Pioneers12. «Los distribuidores de popper pagaban un porcentaje importante de los ingresos en publicidad, encargando anuncios de una página entera, portadas interiores y contraportadas».

Con Rush, Freezer estaba entre los grandes anunciantes de Drummer y otras revistas gais. El negocio florecía. Cualquier cantidad de ampollas que Fletcher y Lucas vendieran en su farmacia del Reino Unido palidecía frente a lo que ocurría en Estados Unidos, donde el popper ya se vendía en botellas de 10-15 mililitros etiquetadas y con el logotipo de su marca, como Rush. Una fuente da la cifra de cuatro millones de botellas vendidas en 197713. Cuando Freezer habló aquel año con el Wall Street Journal dijo poseer el 60 % del mercado. Pudo ser una fanfarronada, pero sería creíble. Inhalar popper en los setenta era una parte muy importante de la vida gay por lo fácil que era enviar por correo un producto tan pequeño y por la concrentración de consumidores en Nueva York, Los Ángeles y San Francisco. En Nueva York, el activista y escritor Pete Fisher acudía a clubs de sexo gay en los que «el popper perfumaba el aire turbio y espeso»14. La cita es de la novela de Fisher publicada en 1980, Dreamlovers, basada en su relación con su amante Marc Rubin, también activista gay.

Así que el popper llenó el aire que sobrevolaba Estados Unidos, y, como en el Reino Unido, las autoridades se inquietaron. El estado de Connecticut prohibió la venta de popper en base a la presunción de un uso inadecuado. La misma razón por la que los farmacéuticos fueron apartados en Londres. Como emprendedor, Freezer no tenía dudas. Una gran parte de su estrategia era vender el popper como «ambientador de interiores», no como una sustancia inhalable. Y, en paralelo a la publicidad agresiva con imaginería erótica y afirmaciones extrañas sobre masculinidad aumentada, le echó morro y creó una nueva empresa llamada Pharmex Ltd. Lo que ganaba era un nombre con la sonoridad de una empresa médica de verdad sin alejarse demasiado del que había sido su modelo de distribución. A través de Pharmex, Freezer contrató a un puñado de expertos para que redactaran un informe que concluyese que el popper era seguro, y más tarde citó ese mismo informe en sus conversaciones con la prensa.

El informe lo firmaba un equipo encabezado por Mark Nickerson, un profesor del Departamento de Farmacología de la McGill University en Montreal15. De entrada, el informe de Nickerson parece muy científico y razonable en su análisis del nitrito de amilo y sus usos. Pero a lo largo del texto no se menciona a su patrocinador, Pharmex, ni al negocio de Freezer con el popper, salvo por un agradecimiento especial a PWD por colaborar con el estudio suministrando información confidencial sobre sus productos. Esta omisión se pudo deber a que muchas de las afirmaciones de Nickerson sobre la inocuidad del consumo por inhalación de popper se apoyaban en investigaciones llevadas a cabo con los empleados de la planta embotelladora. Los sujetos solo habían inhalado el nitrito de amilo del aire de la planta. La investigación completada con ellos era torticera porque asumía que el popper sí se iba a usar para lo que se estaba vendiendo. Esto es, como «ambientador de interiores».

Pero eso es bastante diferente de cómo los usuarios suelen inhalarlo, sosteniendo la botella con el líquido bajo un orificio de la nariz mientras tapan el otro, e inhalando profundamente el vapor que asciende desde la botella. El informe de Nickerson concluye que «es complicado imaginar un producto con un mejor historial de seguridad pública». A Freezer le debió entusiasmar: un informe firmado por científicos respaldados por una empresa de resonancia médica y apariencia benévola que exoneraba su producto. Citó el informe en una entrevista con Jane See White, una periodista de Associated Press, para una pieza que salió en el Desert Sun, el periódico de Palm Springs, el 17 de septiembre de 197916. La percha para el tema de White era la muerte de un hombre de treinta años que falleció después de beber nitrito de isobutilo, otra sustancia con el mismo efecto que el nitrito de amilo. Freezer desaconsejó beber la «droga de la discoteca», como se refería a ella la pieza, diciendo que el estudio de Pharmex describió el dolor de cabeza como único efecto secundario posible. La pieza de White no mencionaba que Freezer había encargado el estudio.

Las prácticas de negocio de Freezer son paradigmáticas de la incipiente industria del popper. Pasaba desapercibido para la mayor parte de la gente, e incluso los consumidores de Rush probablemente no se paraban a pensar de dónde salía lo que les proporcionaba el subidón. En cualquier caso, un activista gay llamado Hank Wilson estaba en ello, autoeditando panfletos contra el popper y Freezer. Ambos se enfrentaron en un artículo publicado en un periódico gay de San Francisco en 198117. Tanto Freezer como Wilson escribieron una pieza corta a favor y en contra, respectivamente. Al equipo de Nickerson también se le dio espacio y de nuevo no se hacía mención a la conexión entre Freezer y el informe de Nickerson. Cuando a principios de la década de los ochenta empezaron a producirse muertes entre hombres homosexuales de un modo que rápidamente se asoció al sexo, Wilson se dedicó incluso más a fondo, publicando más y más trabajos en los que estas muertes se conectaban con el popper. Incluso en la actualidad es posible encontrar los textos de Wilson en páginas web que niegan que el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) cause las enfermedades agrupadas bajo el paraguas del sida (más en el capítulo 4).

Freezer murió a los cuarenta y cinco años, el 27 de marzo de 1985, de una enfermedad asociada al sida18. Fue un empresario grandilocuente, pero el emprendedor que creó un imperio aún más grande basado en el popper tenía, por el contrario, una personalidad más discreta. Joseph Miller empezó a manufacturar popper en la década de los setenta. Llegados los ochenta y noventa, ya se había enriquecido y convertido en una figura poderosa en el ambiente de los negocios de Indianápolis, donde estableció su empresa, Great Lakes Products, que absorbió la empresa de Freezer tras su muerte. Miller incluso registró la empresa inicial de Freezer, Pharmex, en el estado de Indiana.

Miller conocía, y financiaba, a políticos demócratas locales. Se pueden encontrar fotos de Miller junto a Bill Clinton, el presidente estadounidense. Donó dinero al Damien Center, fundado en 1987 para cuidar a personas que vivían con VIH y enfermedades asociadas al sida en Indianápolis. Hoy da servicio a más de cuatro mil personas, muchas de ellas a través del Centro de Pruebas Joseph F. Miller. Podríamos preguntarnos si los miembros del consejo, o incluso Clinton, sabían de dónde salía el dinero de Miller. La verdad es que muchas personas se hicieron esa pregunta. Miller fue objeto habitual de rumores e investigaciones. En la década de los setenta hubo un caso de pedofilia, que fue finalmente desestimado, en el que se le señalaba como sospechoso. Cuando se suicidó, en 2010, era un personaje controvertido en Indianápolis. Tanto los artículos sobre su muerte publicados en blogs como los comentarios que los seguían iban desde los tributos a su calidez, generosidad y consideración con los demás hasta alegaciones sobre pedofilia y la afirmación, algo excesiva: «JOE MILLER FUE UNO DE LOS MEJORES HOMBRES QUE JAMÁS HA EXISTIDO».

El rumor más poderoso sobre Miller, reflejado en la prensa local, afirmaba que murió en un momento en el que su negocio estaba siendo investigado por las autoridades federales, según algunos de sus amigos, que sabían que las instalaciones habían sido registradas. De hecho, la muerte de Miller y las habladurías que la rodearon fueron suficientes para obstaculizar el suministro de popper al mercado en 2010. En apariencia, el negocio de Miller se tambaleaba como un bailarín sobre una barra. Durante algunos meses después de su muerte en agosto de 2010, los consumidores de popper tuvieron dificultades para hacerse con alguna botella de Rush, la marca de Freezer, que para ese momento estaba produciendo la empresa de Miller, además de Quicksilver y Hard Ware. Los vendedores, tanto online como en establecimientos, retiraron los productos que les quedaban y la consiguiente escasez llegó a los foros de internet. Miller ya había sido multado en 1994 por la Dirección General de Consumo de Estados Unidos por exportar popper19 y ahora, al parecer, su negocio volvía a estar amenazado. ¿Cómo saber cuál sería el siguiente objetivo? ¿Los vendedores? ¿Los consumidores?

Es complicado saber si los vendedores actuaron por su cuenta al retirar los productos de Miller o si, además, la empresa se vio en dificultades para continuar con el suministro justo después de su muerte. En cualquier caso, durante un tiempo los vendedores actuaron con cautela. A finales de 2010, el suministro ya había vuelto a la normalidad. La página web de Rush, que incluye enlaces a vendedores autorizados, aún en 2021 anuncia «Las marcas de PWD han vuelto». PWD, recordemos, es el acrónimo de Pac-West Distributing, la empresa original creada por Freezer.

El objetivo de esta breve historia de la industria y las personas detrás del popper es revelar algo sobre la relación entre comercio, regulación y placer. La gran historia del negocio en el siglo XX es cómo el capitalismo y los desarrolladores de productos crearon identidades colectivas a las que poder dirigir su publicidad. De amas de casa a adolescentes, de bebedores de Guinness a conductores de coches Ford. Los emprendedores como Freezer y Miller hicieron lo mismo con los homosexuales y el popper. Quizá empezó siendo un medicamento victoriano (capítulo 2), pero evolucionó hasta convertirse en un elemento perteneciente a una subcultura sexual y, para algunos, una identidad (capítulo 3).

Esta breve historia también sugiere una de las características más distintivas del popper: la forma en la que su identidad, su uso y su categorización existen fuera de la ley. Las botellitas marrones con etiquetas llamativas son de venta libre en sex shops y supermercados del Reino Unido y Estados Unidos. Pero esto es solo gracias a un pacto entre las autoridades y los vendedores. Todo el mundo está de acuerdo en que este producto no es apto para el consumo humano, lo que significa que se etiqueta presumiendo usos ficticios como «ambientador de interiores» o «limpiador de calzado». De esta forma se vende, compra y posee legalmente. Las autoridades miran hacia otro lado ante la evidencia de que cada botella contiene un vapor que es inhalado por los humanos que las compran. Excepto en el caso de los humanos que las compran por error. Debe ser el único producto cuya venta permite el Estado amparándose en una mentira. Quizá Lloyd George inició este secreto a voces en su oficina en Whitehall cuando miró en otra dirección después de enterarse de que se estaba comprando nitrito de amilo con «propósitos indeseables».

Se podría decir que el vapor del popper se adhirió al corpus de la comunidad gay; su omnipresencia influyó incluso en quienes no lo consumían. Igual que los medicamentos, los cosméticos, las hormonas o los alimentos procesados, el popper penetraba en la gente. Como mínimo, los anuncios de las revistas que mostraban a los consumidores de popper como hombres musculosos montados sobre motocicletas se introdujeron en la mente de los lectores y ejercieron una especie de poder biopolítico, afectando a cómo algunos de nosotros nos percibimos como objetos sexuales y como hombres (más en el capítulo 3).

Al igual que en las ilustraciones de Tom of Finland, estos anuncios retrataban a hombres con pectorales como timbales, pantalones de cuero y deseosos de ser follados. Puede parecer una combinación subversiva, pero creó un estándar de hombre homosexual casi tan limitador como el estándar de ser fuerte y heterosexual. «La estructura biomolecular y orgánica del cuerpo es el último escondite de estos sistemas de control biopolítico», escribe Paul B. Preciado en su libro Testo yonqui. «Este momento contiene todo el horror y la exaltación del potencial político del cuerpo»20.

Que la afirmación de Preciado de que esto es a la vez horror y exaltación resuene a través de estas páginas. Como cualquier otra droga, el popper es bueno y es malo. O quizá ni una cosa ni la otra, excepto cuando el pensamiento lo hace ser así. El objetivo de este libro no es argumentar a favor o en contra del popper. Mi deseo es trascender esa y otras dualidades. Tal y como veremos en los próximos capítulos, los vapores del popper están presentes en nuestras vidas, nos guste o no, normalmente en forma de algo de diversión. Poca gente se lo piensa dos veces antes de consumir popper. La mayoría no sabe que existe, y sin embargo lo consume. El informe anual sobre el uso inadecuado de medicamentos del Ministerio del Interior británico recogía que en 2016 una de cada doce personas había consumido nitrito de amilo21. (El Ministerio del Interior dejó de preguntar por el nitrito de amilo en los siguientes informes).

Las botellitas marrones están entre nosotros. Quizá las conociste porque Chantelle, la de tu calle, se trajo una a la esquina del patio del colegio y todos inhalasteis y os sentisteis raros y fue gracioso y ya está. O porque trabajabas en un bar gay y el popper te ayudaba a relacionarte con tus compañeros. O porque necesitarás inhalarlo para que se te relaje el ojete y puedan penetrarte esta noche. Puede que lo inhales bailando en una discoteca. Este uso ha estado de moda y en declive cíclicamente durante décadas. Puede que lo hicieras a finales de los noventa cuando el éxtasis perdió protagonismo. Podrías haber estado oliéndolo en un club de sexo en los setenta en San Francisco sin imaginar que el entusiasmo por el popper duraría tanto y que incluso habría un libro al respecto. Podrías haber vertido una botella en un gran vaso de Coca-Cola, haberlo agitado para que burbujeara y después haber inhalado el vapor dulce para aumentar el subidón. O quizá te guste derramarlo en un calcetín que luego enrollas y te metes en la boca. Puede que hagas eso si eres un fetichista de pies y usas el calcetín de alguien después de haberlo llevado durante unos cuantos días. Las personas y sus filias son versátiles. Podrías tragarte el líquido, pero entonces estarías muerto.

Podrías ser una mujer, o una persona no binaria, intersexual o transgénero, queer o asexual, heterosexual, poliamorosa, monógama… o simplemente estar abierta a inhalar tus sentimientos para transportarte a un futuro al margen de descripciones y categorías. Quizá tengas un ritual privado. Guardas tu botellita escondida en el fondo del frigorífico. La sacas unas horas antes de cuando planeas usarla, acumulando las ganas de una noche reservada solo para ti, inhalando y pajeándote. O quizá te encuentres con otros, conectados y haciendo lo mismo, observándolos a través de la pantalla.

Los bares están para beber alcohol, las discotecas para bailar, las gasolineras para repostar. El único momento en el que el popper es el centro de la actividad es en las habitaciones de videochat compartidas entre usuarios que se lo toman en serio (capítulo 7). En la mayoría de las ocasiones, el popper es periférico. Incluso en un sex shop de un país en el que su venta es legal, es discreto: botellitas que se suelen guardar tras un plástico o detrás del dependiente. Las marcas se esfuerzan por gritar a su público potencial con nombres como FIST (puño), BRAIN FUCK (follada mental) y BANG!!. Usan una imaginería estridente o extrema. Pero sus diseñadores gráficos se ven constreñidos a una etiqueta pequeñita que no tiene mucho poder en una tienda llena de dildos desproporcionados y trajes de látex. Estas obras de arte en miniatura se abren paso a través del espacio oficial de la tienda con etiquetas que mienten. Los vendedores confían en que quien tiene que saber, sabe.

El popper es divertido, pero también es una presencia importante en muchas vidas, en la mesita de noche y en el historial de compras por internet. Es sorprendente que el vapor que sale de una botellita pueda convertirse en parte de alguien, pero espero que estos capítulos muestren cómo esto llega a ocurrir. No son una carta de amor al popper, ni tampoco una advertencia. Son solo una recopilación de hechos y pensamientos. Este libro empezó como una charla que di en el sótano del edificio Rose Lipman en Dalston como parte del Fringe! Queer Film & Arts Festival en 2019. El edificio fue concebido como biblioteca, pero yo usé el espacio para contar una historia que aún no era un libro. Seis meses más tarde Amália pegaría su línea blanca en el suelo del mismo espacio, que fue transformado en galería para la exposición de Queer Art(ists) Now. La contribución de Amália fue usar el edificio como escenario y pabellón deportivo. El recinto no es lo único que conecta el trabajo de Amália y este que tienes entre manos. De hecho, es la consecuencia de un espectáculo de una hora que él y yo escribimos juntos y llamamos «Stigma». Es mi compañero y conocer su cuerpo y su alma me hizo pensar. Abrí este capítulo con su performance «16.97056274847714» porque fue una inspiración de lo que sería el tema de este libro.

Me lancé con la historia del popper porque quería saber más sobre su origen, sobre cómo pasó de ser un remedio contra la angina a ser «popper» y para documentar el lugar que ocupa en nuestra cultura. Todo tipo de personas usan popper. Así que esta historia es sobre personas queer, indecisas, intersexuales, lesbianas, transgénero, bisexuales, asexuales y/o gais. Esto es, aquellas que encontramos nuestra comunidad en el QUILTBAGi además de otros humanos e incluso extraterrestres. Pero el popper está especialmente asociado a hombres homosexuales de países ricos de Occidente como el Reino Unido y Estados Unidos gracias a emprendedores como Miller y Freezer. Estas etiquetas también son parte de mi historia, y por eso me centraré en ellas en este libro. Así que mi mirada está puesta en los hombres homosexuales. Si quiero problematizar nuestras etiquetas, tengo que empezar por aquellas que aplico conmigo mismo. Ser un hombre gay es mi linaje, y artistas como Amália me inspiran para salirme de la línea sobre la que se supone que debo caminar. Si puedo estar en aquella galería, como estuve, y observar cómo el alma libre y queer de Amália se manifestaba, quiero ser capaz de hacer lo mismo con la mía. Quiero usar la forma en la que el popper me libera durante cuarenta y cinco segundos de ideas sobre ser «gay» u «hombre». Amália puede encontrar un alma queer atrapada en el cuerpo de una gimnasta que sonríe incluso si aterriza con un dedo del pie fuera de la línea. Quiero encontrar lo mismo en muchos más de nosotros.

Puedo haber sido alguien que ha usado su cuerpo con propósitos indeseables. Si ellos lo dicen… El proyecto tras este libro es pensar en el objetivo de nuestros cuerpos, cómo los usamos y cómo nos situamos en la línea de Amália. El establishment ha pervertido los propósitos indeseables de las personas queer, o los ha excluido. Es por eso que muchos nos sentimos como «cuerpos marcados» suspendidos en la «niebla de popper» descrita por Richard Scott en su poema épico de la vida gay, Oh my Soho:

Estoy atragantado de vergüenza, desgarrado a golpes en callejones oscuros, mapa del tesoro de traumas enterrados. En ti he gastado mi vida — borracho, colocado de popper, mancillado, manchado de [lágrimas, Eros oxidado -como22.

No creo que Scott, su voz poética, esté oxidada cuando da pasos adelante en la historia con este brillante poema. Lo veo lleno de potencial, lleno de su poder biopolítico. Su cuerpo está colocado de popper, presente y dispuesto a conectar. Que sea ese otro tema en estos capítulos. Placer tras placer a través de conexiones insospechadas. Quisiera ofrecer a vuestra mente la experiencia que tantos cuerpos tienen al estar colocados de popper: llenos de potencial, buscando conectar y con la idea del ego alejándose. Las drogas buenas nos ofrecen esta experiencia, por supuesto, como los mejores artistas. Como Amália, avanzando sobre su línea en maillot, incomodando a la gente en la galería. Rechazando la categorización como hacen nuestros cuerpos en sus días de mayor libertad, Amália representó un momento de potencialidad queer. Puede que los emprendedores la hayan comercializado al envasar en botellitas subidones de libertad y utopía momentánea, pero el potencial siempre estuvo en nuestros cuerpos.

Tras la multitudinaria noche de estreno, Amália tendría que haber repetido la serie de ejercicio cada día a las 16:00:09, revelando su alma queer dieciséis veces durante dieciséis minutos. Pero era marzo de 2020 y Londres había empezado a intentar frenar un virus. Apareció a la hora acordada durante unos cuantos días, desesperado por conectar, con cada vez menos visitantes y al final la exposición acabó de forma prematura. Londres se confinó. La utopía queer de Amália se esfumó y cada uno huyó a su compartimento privado. Solo, en el mío, empecé a escribir estas páginas.

iQUILTBAG es una alternativa a LGTBIQ+. Además de jugar con la combinación de las palabras «quilt» y «bag», que permite imaginarlo como una bolsa hecha a mano cosiendo pedazos de diferentes materiales, el acrónimo está compuesto por Queer & Questioning, Unidentified, Intersexual, Lesbian, Transgender & Transexual, Bisexual, Asexual, Gay & Genderqueer. (N. del T.)

El cantante prefiere la penumbra. Apenas puedo ver su cara. Cuando el espectáculo tiene luz, brilla desde detrás de él. Estoy a treinta metros del escenario, cuerpos que chocan con el mío, preparados para un subidón. Me he traído popper porque la primera vez que escuché esta música fue introducida ilegalmente en una recopilación de porno. El editor del vídeo había superpuesto los cortes con textos e instrucciones cronometradas que indicaban cuándo inhalar. Ya llega ese mismo pulso, ahora en directo. El humo del escenario coagula el aire. En la oscuridad, los tres músicos producen un sonido llamado TR/ST.

La letra serpentea, habla de la vergüenza que toma el control y la promesa de esperanza sin vergüenza. La música es nítida, pura, despreocupada. El sonido es un rayo láser atravesando el humo. Dejo de intentar usar los ojos y siento la multitud creciendo a mi alrededor. Uno de ellos es José, cuyo cuerpo se mueve con el mío. Recibimos golpes de otros cuerpos y del sonido del escenario. Oscuridad y dicha.

El extraño falsete del cantante es comodidad y es conexión. Dice que es misericordia y músculo y que así es como toca a su público. José y yo inhalamos popper. Nuestros cuerpos se aprietan el uno contra el otro. Todo es irresistible. Las manos de José, sus labios, su piel. José y yo nos metemos mano mientras el subidón inunda nuestros cuerpos. Es un mundo momentáneo, los pocos segundos del subidón, los noventa minutos del concierto; todo se disipará y el aire de fuera lo nublará todo una vez más. Por ahora, en este momento, es un mundo sin vergüenza imaginado por las figuras oscuras del escenario, nacidas del humo, una promesa hecha realidad.

Es como traerse algo del futuro, traerse unos cuantos segundos de quien queremos ser. Nos convertimos en nuestro potencial. Sin sufrimiento, solo placer. La sensación es tan, tan breve.

II. Dos innovadores del cuerpo

¿Habéis visto alguna vez algo de bromo? Es un líquido antipático, del color de la sangre cuajada. A temperatura ambiente es necesario almacenarlo en un recipiente sellado, como una ampolla de cristal. De esta forma se detiene el proceso que lo convierte en vapor. El bromo es tan volátil que, de verter el fluido marrón rojizo, podrían verse vapores de color naranja elevándose, buscando movida. El bromo es un elemento natural en busca de conexión. Parece estar vivo y lleno de potencial.

El bromo y el popper tienen en común a un hombre llamado Antoine Jérôme Balard. En 1826, Balard descubrió una sustancia en el agua del mar cerca de su pueblo natal en Montpellier, Francia, y tras algunas investigaciones concluyó que esta sustancia era un nuevo elemento, el bromo. (Había sido aislado en Alemania más o menos al mismo tiempo por Carl Jacob Löwig, con quien comparte el título de descubridor). Balard era un científico excéntrico que vivía en un desván desprovisto de calefacción sobre su laboratorio. Comenzó como farmacéutico de pueblo y ascendió hasta la Sorbona, la institución académica más prestigiosa de Francia.

Algunos años después de descubrir el bromo, Balard hizo pasar vapor de nitrógeno a través de alcohol de amilo. Este proceso produjo un curioso líquido del que emanaba un vapor penetrante. Balard debió acercar la nariz a este vapor e inhalarlo. Y se ruborizó. «Nada antes me había producido este efecto», dijo a un colega, según Thomas Dormandy en su libro El peor de los males: la lucha contra el dolor a lo largo de la historia1. «Soy un caradura, no me ruborizo con facilidad».

Era el año 1844. Balard supuso que inhalar el vapor había dilatado sus vasos sanguíneos y disminuido su presión arterial. No se le ocurrió qué uso darle. De eso se encargaría otra persona. Del mismo modo en que compartió la paternidad del bromo con Löwig, también compartiría la del nitrito de amilo, pero esto llegaría más tarde. Mientras Balard codescubría el nitrito de amilo en 1844, un bebé llamado Thomas Lauder Brunton nacía en Escocia. Este bebé crecería hasta convertirse en un médico e investigador que partiría del descubrimiento inicial de Balard.

Brunton es uno de los dos innovadores del cuerpo sobre los que me gustaría reflexionar aquí. No me parece exagerado decir que nos ha dado todos y cada uno de los subidones de popper que tenemos hoy.

En 1866, Brunton era el tipo de estudiante de Medicina brillante e impaciente que simplemente quiere que la gente se sienta bien. En la época de Brunton, el proceso por el que una terapia pasaba del laboratorio al paciente era muy largo y, a menudo, era aplicado por médicos que no tenían claro cuál sería el resultado. Para Brunton, la terapéutica era una ciencia endeble y esto le fastidiaba mientras recorría los pasillos del Edinburgh Royal Infirmary durante su formación médica.

La dedalera, o digital, por ejemplo, fue considerada un remedio casero para las afecciones cardiacas durante mucho tiempo. En 1785, el científico William Withering publicó el primer trabajo sobre esta planta como medicamento. Y aunque los médicos habían usado la digital antes de que Brunton empezara sus estudios, la forma exacta en la que funcionaba aún no se conocía. Tampoco se usaba como tratamiento de forma sistemática. Así que Brunton hizo de la digital el objeto de su tesis y llegó a probarla con él mismo. A la vez que buscaba entender el funcionamiento de la digital aplicada a las afecciones cardiacas, Brunton se buscó problemas con la totalidad de la profesión a la que intentaba unirse. Su tesis afirmaba que la terapéutica avanzaba de forma más lenta que la fisiología o la patología, como podía apreciarse en el ejemplo de la digital. Los médicos se limitaban al sistema de prueba y error administrando medicamentos diferentes a una variedad de pacientes, argumentaba, sin establecer protocolos terapéuticos estandarizados. «Abandonando este método insatisfactorio», escribió Brunton, «nos disponemos a buscar ansiosamente otro de una orden mucho más racional, que estará basado no solo en el conocimiento de los cambios inducidos por la enfermedad, sino en un estudio pormenorizado de la acción de los remedios prescritos para su curación».


Thomas Lauder Brunton en 1881 fotografiado por G. Jerrard.

Su atrevimiento fue recompensado. Su universidad premió su tesis con una medalla de oro. Aquello debió disparar la confianza del joven médico. El potencial para convertir hallazgos en tratamientos basados en conocimientos fisiológicos era inmenso. Tras la digital, otra sustancia esperaba a ser explotada. En particular, Brunton buscaba algo que ayudara a los pacientes que sufrían dolores en el pecho cuando la cantidad de sangre que fluía hacia su corazón no era suficiente. El problema recibía el nombre de «angina pectoris» y los médicos carecían de una forma fiable de aliviarlo. En aquellos días, los pacientes de angina eran tratados con sangrías controladas, pero no siempre funcionaban. Brunton escribió lo siguiente acerca de estos pacientes de angina: «Hay pocas cosas más frustrantes para un médico que sentarse junto a un paciente que sufre y lo mira con ansiedad esperando un tratamiento que le alivie un dolor que siente que ya no va a poder soportar»2. Esta frustración lo llevó hasta el nitrito de amilo, que fue producido por Balard en el mismo año en que nació Brunton. Todavía no se había dado con un uso para aquel vapor de olor penetrante, salvo hacer que los químicos se ruborizasen al inhalarlo. Pero Brunton había estado leyendo los trabajos de un químico en concreto, Benjamin Ward Richardson, que había pasado algún tiempo observando su efecto en conejos, ranas, gatos y perros. Incluso en sus amigos.

No todos los que inhalaron el nitrito de amilo de Richardson fueron objetos de estudio por voluntad propia. Un amigo suyo vio la botella con la sustancia sobre la estantería de Richardson, habiéndose ausentado el científico brevemente de la habitación, e inhaló un poquito. Cuando aquel volvió, el amigo seguía inhalando cada vez más profundamente y su cara y su cuello se habían puesto del color de la ternera cruda. Richardson intentó quitarle la botella de las manos. Ese hombre, quizás el primer vicioso de popper de la historia, acabó por ceder, de repente, sin palabras y buscando a tientas una mesa cercana para apoyarse. «Nunca olvidaré cómo galopaba el corazón de aquel hombre», escribió Richardson. «Cuando se apoyó en la mesa, esta vibró y reprodujo visiblemente las pulsaciones». Llevó a su amigo al aire libre y, tras unos instantes de decaimiento y bajón —todos hemos estado ahí—, se recuperó.

Richardson estaba perplejo. Él mismo lo había inhalado más de cuarenta veces; para investigar, supongo. Convenció a sus amigos para que se apuntaran. Y, por supuesto, lo probó con todo tipo de animales. Empezó por meter conejos en cajas saturadas de vapor de nitrito de amilo e incluso inyectó el líquido en gatos. Al administrar la sustancia de diferentes formas a sus objetos de estudio de cuatro patas, advirtió una «excitación temporal» que parecía disminuir en cuestión de minutos. Algunos animales murieron, en especial aquellos a los que les hizo beber el líquido. Y algunas veces volvieron a la vida. Una rana que Richardson había dado por muerta después de administrarle nitrito de amilo se reanimó después de nueve días.

Pero fueron en concreto los efectos en los músculos y en los vasos sanguíneos lo que interesó a Brunton mientras leía el trabajo de Richardson. Este documentó sus observaciones acerca de un gato que había estado atrapado en una campana de cristal junto con una determinada cantidad de vapor de nitrito de amilo. «Su muerte llegó en dos minutos», escribió. Sin embargo, desconocemos cómo definía la muerte. La respiración del animal se había detenido, las pupilas se habían dilatado y Richardson y su colega no esperaron mucho tiempo antes de abrir el pecho de la pobre criatura. «El corazón se contraía vigorosamente», escribió en sus notas. Pronto, los músculos respiratorios empezaron a contraerse de manera espontánea, moviendo las costillas y el diafragma. Un músculo del muslo del animal también se contrajo. Estas señales de vida continuaron durante una hora y veinticuatro minutos.

Los vasos sanguíneos y los músculos se veían claramente afectados por el nitrito de amilo, y eran el objetivo que Brunton buscaba: una forma de bajar la presión sanguínea de los pacientes sin recurrir a las sangrías. «Ya que creo que el alivio producido por las sangrías se debe a la disminución que ocasiona en la tensión arterial», escribió, «se me ocurrió que una sustancia con el poder de disminuir [la tensión arterial] en un grado tan considerable como el nitrito de amilo probablemente tendría el mismo efecto y podría repetirse tantas veces como fuera necesario sin perjudicar la salud de los pacientes»3. Por eso las ranas eran tan importantes. La piel de sus ancas membranosas es tan fina como para poder observar los capilares. Quizá las ancas de rana permitieron la observación científica del efecto del nitrito de amilo en los vasos sanguíneos de una criatura viva.

Brunton, el médico que buscaba una forma de aminorar el torrente sanguíneo hasta el corazón de los pacientes con angina, leyó que Richardson vio cómo los capilares de las ancas de rana se dilataban cuando les hacía inhalar nitrito de amilo. «La velocidad a la que la sangre fluye se acelera enormemente», escribió Richardson. Esto debía ser lo que les pasaba a Richardson y sus amigos cuando inhalaban. Se dio cuenta de que la cara de las personas que lo probaban se enrojecía por la acumulación de sangre. Cuando se lo administró a un hombre calvo, pudo ver el mismo efecto prácticamente en la totalidad de la cabeza. Algunos humanos dicen sentir calor; otros, cosquilleo. «Cuando estos síntomas alcanzan su punto álgido se nota una sensación peculiar en la cabeza, una sensación de presión en la frente, de plenitud, de vértigo, un golpe de calor, pero sin dolor agudo», escribió Richardson. Estas palabras le dieron a Brunton la idea para una innovación corporal.

Al describir los efectos del nitrito de amilo, los investigadores victorianos no hicieron mención alguna a la excitación sexual o la repentina necesidad de ser follado. Pese a observar un «golpe de calor» en alguno de los sujetos de estudio humanos, Richardson no amplió sus investigaciones hasta considerar los efectos en los músculos del ano. Dejó un reguero de cadáveres de gatos y conejos espídicos, pero ningún diagrama de bonitos ojetes fruncidos. Brunton tampoco exploró ese camino, al menos a tenor de sus notas. Pero en el invierno de 1866, mientras estudiaba en el Edinburgh Royal Infirmary, conoció a un paciente llamado William H. Este joven solo tenía veintiséis años, pero se había formado como herrero y más tarde había trabajado como cobrador en un peaje. Su primer trabajo debió ser demasiado exigente para él, porque las notas de Brunton revelan que William sufría problemas cardiacos. Cuando Brunton lo conoció, William había padecido recientemente un dolor sordo e intenso cerca del pezón izquierdo que se repetía cada tres días durante al menos media hora. El dolor ocurría tras años de ataques poco frecuentes después de haber sufrido reumatismo de niño. Después de un ingreso hospitalario de tres semanas en la primavera anterior, William había regresado al hospital justo antes de Navidad. Los médicos le administraron aconitum, que ralentiza la frecuencia cardiaca, y digital. Ninguno funcionó, y Brunton le dio brandi. Este remedio, más fuerte, tampoco ayudó, así que ya solo quedaba una opción.

En su experimento, Brunton no dio palos de ciego: actuó de forma coherente con sus deseos de llevar las investigaciones del laboratorio al paciente solo en caso de contar con un entendimiento aceptable de los efectos de dicho tratamiento en el cuerpo. Había leído en el trabajo de Richardson que el nitrato de amilo dilataba los vasos sanguíneos e incluso había debatido sobre sus efectos con su colega de Edimburgo, Arthur Gamgee, que había hecho algunas pruebas sobre ello que no había publicado. Brunton obtuvo el permiso para el experimento por parte del médico supervisor, y Gamgee produjo para él una pequeña cantidad de nitrito de amilo. Así es como Brunton pudo administrar a su paciente, William, nitrito de amilo. El 12 de marzo de 1867, Brunton observó:

El dolor volvió, como de costumbre, a las 03:00. Rocié una toalla con unas gotas de nitrito de amilo y el paciente las inhaló. El primer efecto visible fue enrojecimiento de la cara, y el paciente sintió ardor en la cara y el pecho. El dolor desapareció casi simultáneamente a la aparición de estos fenómenos, pero regresó a los tres minutos. Entonces, inhaló cinco gotas más y el dolor volvió a desaparecer y no regresó4.

El remedio no hizo nada por resolver el problema subyacente, pero, sin duda, alivió el dolor. El médico parecía debatirse entre hacer que William inhalara nitrito de amilo y darle unos deditos de brandi. Pero, por supuesto, el nitrito de amilo funcionó. Brunton escribió que el dolor volvía cada noche y que siempre desaparecía cuando William inhalaba el vapor que salía de la toalla empapada en nitrito de amilo. En un mes ya habían encontrado un nuevo método de inhalación. Uno que los viciosos contemporáneos del popper quizá reconozcan. El 10 de abril Brunton observó: «El paciente continúa teniendo el dolor cada noche, y en vez de inhalar el nitrito de amilo de una tela, lo hace de la botella. Dos o tres inhalaciones suelen ser suficientes para aliviar el dolor».

El efecto del nitrito de amilo en el paciente de Brunton parecía magia. Como médico, debió sentir el alivio de su propio sufrimiento al observar las dificultades de su paciente. Y, como científico, debió sentirse satisfecho al ver que la aplicación del cada vez más extenso conocimiento sobre el nitrito de amilo podía mejorar la vida de un paciente. Brunton acudió directo al Lancet con la noticia del tratamiento de William. Su artículo «On the use of nitrite of amyl in angina pectoris» se publicó en 1867.

No había nada gay en el nitrito de amilo en 1867. De hecho, no había nada gay en Edimburgo, donde Brunton vivía y trabajaba. Por supuesto que los hombres follaban entre ellos, y las mujeres también, a pesar de la famosa falta de imaginación de la reina Victoria. Pero hay pocas pruebas de estas actividades privadas. La única señal de lo que hoy llamaríamos vida gay es una pequeña cantidad de acusaciones por sodomía entre hombres. En realidad, faltaban décadas para que algo que se pudiera llamar vida gay floreciera en Escocia, y unas cuantas más hasta que el vapor que William inhaló fuera parte de esa vida.

Y, aun así, Brunton comparte el año del descubrimiento del nitrito de amilo como tratamiento contra la angina con un salto adelante en los derechos de los homosexuales. El artículo de Brunton salió en 1867, el mismo año en que tuvo lugar el momento más importante en la historia de la libertad sexual.

A la vez que Brunton se presentaba ante sus colegas con el avance clínico que acababa de protagonizar, otro hombre, en otro país, también se levantó ante sus iguales. Karl Heinrich Ulrichs era un abogado del reino de Hannover. Ulrichs pensaba que las leyes que regulaban la decencia pública criminalizaban los actos sexuales entre hombres de forma injusta y estaban fundamentadas en prejuicios. Le preocupaba que una eventual expansión de Prusia que se anexionara el reino de Hannover extendiera la prohibición absoluta de la sodomía. Ulrichs llevó su argumento a una conferencia de la Asociación de Juristas, celebrada en Múnich en 1867. Se levantó ante quinientos abogados y, entre abucheos, hizo su declaración. En efecto, dijo: «Soy gay, y la ley es gilipollas».

Lo que une a estos dos notables hombres de nombre triple, Thomas Lauder Brunton y Karl Heinrich Ulrichs, es que en el mismo año ambos vieron el potencial de nuestros cuerpos para ser liberados del sufrimiento y vivir vidas más plenas. Brunton y Ulrichs fueron innovadores que ayudaron especialmente a las almas queer a disfrutar de sus cuerpos, de manera individual y en comunidad. Hemos visto cómo el enfoque experimentalista de Brunton encontró el primer uso para el nitrito de amilo. Así que ahora miraremos atrás para ver cómo Ulrichs llegó a dar su famoso discurso de 1867. A los veintitrés años, Brunton estaba a las puertas de una carrera prometedora. Sin embargo, la carrera que Ulrichs había escogido ya estaba acabada, a pesar de que solo tenía cuarenta y dos años.

Ulrichs nació en una familia conservadora, cristiana y burguesa. De un joven como él se hubiera esperado que se formara como burócrata u hombre de la Iglesia. A los diecinueve años se matriculó en la Universidad de Gotinga. Estudió Derecho y se mostró partidario de la idea de un estado germanófilo unificado que incluyera los distintos reinos, como el suyo, Hannover. Esto le colocó en contra del expansionismo de Prusia. Ulrichs se adentró en este debate en la universidad, donde también descubrió sus deseos:

Me encontraba en un baile, y entre los asistentes había unos doce alumnos de Forestales, jóvenes, bien desarrollados y muy elegantes con sus uniformes. Aunque en otros bailes nadie había llamado mi atención, sentí una atracción tan fuerte que quedé fascinado. Me hubiera lanzado sobre ellos. Cuando me retiré tras el baile, me sentí realmente ansioso en mi habitación, solo, sin ser visto, únicamente preocupado por el recuerdo de aquellos jóvenes tan guapos5.

Ulrichs, sin embargo, seguía centrado en sus objetivos: recibir buenas notas y honores por sus ensayos. Tras la universidad encontró un trabajo respetable como burócrata y empezó a subir en el organigrama. En 1845 ya era un juez auxiliar en el Ministerio de Justicia de Hannover. Y fue entonces cuando se vio obligado a dimitir. «Se dice que a Ulrichs se le ve a menudo en compañía de personas de clase baja en circunstancias que permiten concluir una relación estrecha», rezaba un informe que se hizo llegar a sus superiores. «Se me llamó la atención sobre un rumor que decía que Ulrichs practicaba lujuria antinatural con otros hombres». Las leyes de Hannover permitían la encarcelación de cualquiera que fuera sentenciado culpable de «lujuria antinatural bajo circunstancias que causen ofensa pública». Aunque Ulrichs nunca cometió ningún crimen, un agente de la policía confirmó el informe y esto fue suficiente para preocupar a sus superiores. Las habladurías sobre uno de los suyos cayendo en la lujuria antinatural afectarían a la reputación de todo el ministerio. Su cuerpo era demasiado peligroso; su posición, insostenible.

Ulrichs, que aún no había cumplido treinta años, poseía una mente brillante con potencial para servir al ministerio durante décadas, pero ya había sido expulsado. Durante la siguiente década trabajó un poco como abogado rural y cada vez más como escritor, involucrado en la campaña a favor de la unificación alemana. En privado, comenzó a escribir a miembros de su familia sobre sus deseos sexuales por los hombres, afirmando que se trataba de una parte «inherente» a él. Empezó a publicar panfletos sobre este tema bajo seudónimo. En dos panfletos de 1864 introdujo su idea de categorías distintas: urning, u hombres que desean a otros hombres; dioning, o personas que se sienten atraídas por el sexo opuesto, y urninden, o mujeres que desean a otras mujeres. Durante el año siguiente publicó tres panfletos más, también bajo seudónimo, en los que reclamaba tolerancia y cambios legales. Aunque ninguna ley en Hannover castigaba formalmente el sexo entre personas del mismo sexo, este se veía afectado por leyes sobre decencia pública combinadas con prejuicios, tal y como el mismo Ulrichs había experimentado en el ministerio. Sus atrevidos panfletos indujeron debates y se distribuyeron en Baden y Sajonia, y también en Italia, Francia, los Países Bajos e Inglaterra. Incluso se intercambió correspondencia con Karl-Maria Kertbeny, otro escritor que había empezado a anotar en su diario entradas apresuradas sobre su gusto por los hombres.

Durante los siguientes cinco años, Ulrichs continuó desarrollando su teoría sobre lo innato del deseo entre personas del mismo sexo y la interconexión entre género y sexualidad. Entre sus ideas estaba la noción de un tercer género, formado por el cuerpo de un hombre y el espíritu de una mujer. Dejaba claro que él, el autor anónimo, se identificaba en ese tercer género. Su amigo Kertbeny también siguió escribiendo sobre el asunto y de hecho acuñó los términos y conceptos de homosexualität y heterosexualität como parte de la naturaleza de cualquier persona.

En este periodo, Prusia, que tenía en su legislación leyes contra la sodomía, estrechaba el cerco sobre Hannover. Fue en ese momento de 1867 cuando Ulrichs tomó el estrado en Múnich, durante el sexto congreso de la Asociación de Juristas Antiprusianos. Se trataba de una organización que se encargaba de convocar a los especialistas en Derecho para tratar, entre otros asuntos, la unificación germana, de la que se mostraba a favor. En 1867, la situación era precaria. Prusia acababa de formar la Confederación Alemana del Norte y buscaba seguir expandiéndose. Ulrichs debió tener la esperanza de poder confiar en el sentimiento antiprusiano del auditorio cuando se dirigió al escenario para explicar su audaz punto de vista: los Estados Germánicos tenían leyes que causaban el sufrimiento de personas inocentes, su suicidio, incluso, declaró Ulrichs. Una potencial expansión prusiana introduciría leyes aún más duras contra este grupo de inocentes. Cuando reveló que estaba hablando de las personas que se sentían atraídas por otras personas de su mismo sexo, empezaron los abucheos. Los gritos que llegaban de la multitud formada por quinientos abogados decían cosas como «¡Para ya!» y «¡Crucifixión!». Ulrichs estuvo a punto de abandonar el estrado, pero algunas personas de mente más curiosa le animaron a seguir. Explicó al público que las personas a las que defendía sentían sus deseos como parte de su naturaleza. El discurso causó sensación, pero no llegó a ningún puerto.


Grabado de Karl Heinrich Ulrichs.

Ulrichs echó el resto. En el año posterior a su discurso, publicó un panfleto en el que describía la experiencia de dirigirse a un auditorio tan hostil. «Levanté mi voz en oposición libre y clara contra mil años de injusticia», escribió. Sus palabras, finalmente firmadas con su propio nombre, eran feroces y firmes. «Hasta ahora, un debate desprejuiciado, público y abierto sobre el amor de hombre a hombre ha estado secuestrado. Solo el odio ha disfrutado de libertad de expresión. He atravesado estas barreras con todas mis fuerzas y sin ofender mi deber de respetar la moralidad pública». Tituló su panfleto «Espada furiosa», que sería un nombre estupendo para una marca de popper. El texto concluía con Ulrichs creando una identidad colectiva, usando el pronombre «nosotros» para representar a otros como él. «[Nosotros] no desfalleceremos», prometió. «[Nosotros] nos negamos a que se nos siga persiguiendo».

Los argumentos principales contra Prusia fallaron y esta continuó su expansión y, por tanto, asimilando el país natal de Ulrichs, Hannover. Durante los preparativos para la revisión del código penal, el Consejo Médico Prusiano se mostró contrario a una ley para la sodomía. Muchas de las casi cien peticiones al ministro de Justicia también se oponían (cinco de ellas eran de Ulrichs). Kertbeny también se opuso en dos publicaciones anónimas. Pero, en mayo de 1870, la ley fue promulgada. El párrafo 175 del código legal de la Confederación Alemana del Norte ilegalizaba la sodomía, definida como la penetración de un hombre a otro o la práctica de conductas sexuales entre un hombre y una bestia. Tendrían que pasar ciento veinticuatro años, hasta 1994, para que el párrafo fuera eliminado por completo de la legislación alemana.

La ley antisodomía se aprobó pese a la apasionada campaña de Ulrichs. Observando desde nuestra perspectiva lo que hizo, no puedo evitar pensar que vino desde el futuro. Por supuesto, como Ulrichs teorizaba, el deseo entre personas del mismo sexo es atemporal, forma parte de la naturaleza humana, es mundano por omnipresente. Y, sin embargo, le tocó una época y un lugar en el mundo en los que las actitudes que no lo aceptaban se habían convertido en leyes. Habría que esperar más de un siglo para que la escritora Audre Lorde apuntara que las herramientas del amo no sirven para desmantelar la casa del amo.

Así que, quizá, lo que demuestra que Ulrichs visitó Hannover y Múnich desde el futuro es cómo usó su potencial, y a sí mismo. Estaba familiarizado con el placer del que su cuerpo era capaz y tenía la suficiente confianza en sí mismo como para saber que aquello era natural y no tenía nada de malo. De tal manera que permitió que sus sentimientos permearan sus razonamientos legales. Aguantó frente a la hostilidad e hizo una defensa del placer. En su discurso a sus colegas, y en sus publicaciones, Ulrichs se convirtió en el primer defensor público de la emancipación de los cuerpos queer. En su libro Gay Berlin, Robert Beachy lo describe como «un innovador improbable». La innovación que mostró fue, en realidad, una performance. Cuando subió al escenario en un auditorio repleto de quinientos cuerpos alterados y molestos, Ulrichs era una visión de libertad.

Dos años después de la alocución fallida de Ulrichs en Múnich, Brunton llegó a Alemania. Envalentonado por el éxito de haberse licenciado y haber publicado un estudio innovador sobre el tratamiento de la angina, se mudó a Leipzig para profundizar en su investigación en un laboratorio dirigido por un científico llamado Carl Ludwig. Allí, Brunton presenció la forma exacta en la que el nitrito de amilo dilataba los vasos sanguíneos. Otros investigadores, en otros lugares, también estaban difundiendo el conocimiento existente sobre aquella sustancia de olor penetrante.

En los años en los que Ulrichs publicó los panfletos firmados con su nombre para reclamar las reformas legales que los cuerpos queer necesitaban, no muy lejos de allí, Brunton avanzaba en el conocimiento de lo que luego sería el popper. Me gusta imaginarme a Brunton y a Ulrichs cruzándose, quizá en un puesto ambulante de bratwurst durante una escapada de fin de semana a Berlín. Aunque la verdad es que Brunton no se quedó mucho tiempo en Alemania. Volvió a Londres e inauguró su propio laboratorio en el University College. También empezó a trabajar como profesor de Medicina en St. Bartholomew’s Hospital y continuó tratando con pacientes, alternando periodos de atención a una y otra faceta de su carrera. Encarnaba su convicción de que la medicina sería mejor si los médicos tuvieran un entendimiento claro del resultado de las terapias administradas.

A lo largo de su carrera, Brunton sacó partido de su potencial. Se convirtió en experto en terapéutica del Comité de Farmacopea del Colegio Farmacéutico de Gran Bretaña y en profesor habitual en la Asociación de Auxiliares de Farmacia, y en su necrológica de Chemist and Druggist en 1916 se le describió como un «gran médico». «Era maravillosamente encantador con sus pacientes», explicaba, «y, a menudo, sus palabras hicieron tanto bien como la medicina»6.

El nitrito de amilo también continuó sacando partido de su propio potencial. Cuando Brunton presentó la sustancia en una reunión del Colegio Farmacéutico de Gran Bretaña en diciembre de 1888, creó «mucho interés», según un artículo en Chemist and Druggist7. El uso del nitrito de amilo se extendió a lo largo de la profesión médica y otros doctores empezaron a probarlo para tratar todo tipo de dolencias. Uno de ellos era el doctor James Crichton-Browne, ubicado en Yorkshire. Descubrió que el nitrito de amilo era de utilidad para las mujeres, en especial para aliviar los dolores menstruales y también el dolor posparto. Observando los efectos en los pacientes, Crichton-Browne quedó fascinado por el rubor que causaba.

«Experimentando con el nitrito he comprobado repetidamente cómo cada vez que el enrojecimiento remitía los pacientes se mostraban estúpidos, confundidos y desconcertados», escribió en una carta fechada el 16 de abril de 1871. El receptor era un científico que estudiaba los aspectos biológicos de las emociones humanas, como, por ejemplo, por qué nos ruborizamos al experimentar ciertas emociones. Crichton-Browne dijo a su amigo que haría lo que fuera para ayudarle en sus investigaciones, así que le envió un paquete con las notas de sus observaciones. La carta continuaba: «Una mujer a la que administré nitrito de amilo en diferentes ocasiones me aseguró, me aseguró [sic] que tan pronto se le enrojecía la cara, se quedaba atontada». El científico que recibió la carta era Charles Darwin. No está claro, atendiendo al siguiente libro de Darwin, si probó el nitrito en él mismo o en sujetos de estudio, aunque Crichton-Browne le aconsejó: «Pienso que experimentar con esta materia arrojaría una luz valiosa sobre tus investigaciones, pero esto requeriría mucho cuidado y precaución y no estaría exento de peligro».

Inhalara o no, parece claro que Darwin se interesó por el trabajo de Crichton-Browne. Es fácil darse cuenta de por qué a un científico que reflexiona sobre la respuesta emocional que es el rubor le atrajo el enrojecimiento de la cara como respuesta física a la inhalación del nitrito de amilo. Darwin incluso escribió sobre el nitrito de amilo en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre en 1872, citando el trabajo de su amigo al describir cómo el enrojecimiento causado por la inhalación de nitrito de amilo se parecía al rubor «casi en cada detalle».

Los diferentes usos de los que Crichton-Browne dejó constancia probablemente llegaron a oídos de los autores de la edición de Martindale de Extra Pharmacopoeia of Unofficial Drug and Chemical and Pharmaceutical Preparations, en cuya entrada sobre el nitrito de amilo se decía de él que era «un líquido etéreo y amarillento de olor peculiar y no desagradable». El libro recoge su uso para el tratamiento de los dolores menstruales y el sangrado abundante tras el parto, tal y como lo describió Crichton-Browne, pero también para aliviar el asma, la migraña e incluso los mareos al navegar. En 1883, cuando se publicó por primera vez el tratado de farmacopea de Martindale, el nitrito de amilo aún era conocido principalmente por su aplicación en casos de angina y su efectividad ya se había extendido a lo largo de la profesión, llegando a otros países. Un artículo en el Boston Medical and Surgical Journal definía el nitrito de amilo como «el remedio por excelencia para la angina pectoris»8.

Sin embargo, apareció un rival al nitrito de amilo. En 1879, William Murrell describió el éxito obtenido al aliviar el sufrimiento de los pacientes de angina tras administrarles nitroglicerina. De hecho, esta sustancia ya había sido estudiada previamente en animales, pero causó un dolor de cabeza tan intenso al investigador inicial, que no quiso probarla en humanos (aquel investigador era Brunton). Otros persistieron y la nitroglicerina llegó a ocupar el espacio del nitrito de amilo en el tratamiento de la angina. Hoy en día aún se prescribe en diferentes formas. Si alguna vez has jugado al Trivial, sabrás que la nitroglicerina también es un ingrediente clave en la producción de dinamita. Este uso sorprendente lo patentó Alfred Nobel en Alemania en 1867, el mismo año en el que tenían lugar los descubrimientos de nuestros dos innovadores del cuerpo. El trabajo inconexo de Ulrichs y Brunton en 1867 apuntaba a un futuro queer que ninguno de los dos hombres imaginó. No digo que haya una fecha en concreto a partir de 1867 en la que el futuro queer llegase. «Lo queer aún no está aquí», escribió José Esteban Muñoz9. «Aún no somos queer».

Muñoz escribió esto en 2009, pero esa fecha es irrelevante. Lo que afirmaba es que lo queer está para siempre fuera de nuestro alcance. Muñoz está muerto, como Brunton y Ulrichs, y hoy las personas queer persisten en la búsqueda para nuestros cuerpos de nuevas formas de ser, de actuar, de follar. Lo queer es una actitud, un deseo de cuestionar, de experimentar en direcciones sorprendentes. Es desde este espíritu de innovación constante desde el que debemos pensar en el discurso de Ulrichs y el descubrimiento de Brunton.

Pasaron muchos años antes de que la gente empezara a inhalar nitrito de amilo para follar. Seguro que Brunton se hubiera sorprendido al ver pasar las botellas de mano en mano entre gais. Un elemento de tantos en una subcultura que también se nutre de pantalones de cuero y pañuelos de colores. Pero me gusta pensar que hubiera recibido con alegría la experimentación de los hombres homosexuales y su descubrimiento de un uso alternativo para la sustancia que él popularizó. Después de todo, era un científico, y le encantaba estudiar la interacción entre las sustancias y el cuerpo humano.

Ulrichs performó un futuro que todo queer tiene que performar, normalmente, mil veces: declarar «esto es quien soy y no tiene nada de malo». Nadie había completado ese rito antes que Ulrichs. Fue un uso queer de su cuerpo, y me hace pensar en los usos queer de nuestros cuerpos que aún nadie ha experimentado. Pienso en estos dos hombres de la misma forma en la que pienso en el bromo a temperatura ambiente. Es imparable. Es una fuerza de la naturaleza elemental que altera lo que le rodea: apasionado, reactivo, siempre buscando una conexión.

Mi cuerpo es reconocible: piel rosa, pelo marrón, dos brazos, dos piernas, pene, ano, ombligo, esas cosas. Símbolos. No me reconozco en «tío» o «macho». Para el papeleo, soy un hombre, pero no hay nada en esa palabra que haga de ella una categoría más específica que «humano». Me reconozco en «gay», un eco que recorre siglos, pronunciado por los disidentes sexuales que son mis mayores. Si tengo que usar una palabra, usaré «queer» y me quedo con esa. Me miras a los ojos, ¿o qué?

Las etiquetas declaran un nombre en cada una de las botellitas: Jungle Juice, Everest, Blue Boy, Iron Horse, Double Scorpio, Oink!. Solo los símbolos las diferencian. Tipografía, color, diseño, ilustración, marcas, logotipos. La sustancia que hay dentro de las botellas se nos oculta. Nitrito de isoamilo, nitrito de isobutilo, nitrito de isopropilo, nitrito de isopentilo. Una técnica llamada espectroscopia de resonancia magnética nuclear puede identificar la combinación de líquidos de cada botella. Pero el vapor invisible que se eleva desde su interior es lo único que cuenta. «Iron Horse» es solo exhibición.

Al desenroscar el vapor pueden olerse sus notas. Puede sentirse su efecto latiendo a través de nosotros.

III. ¿La creación del hombre?

El popper, como los hombres, se inventó en Estados Unidos. Cada cultura parece crear las categorías de «hombre» y «mujer» y establecer ciertos patrones. En algunos lugares, aquellos que se dedican a los negocios convierten estas ideas en bienes que puedan vender. Esta es la historia de cómo, durante el siglo XX, las ideas sobre los hombres, y sobre los hombres homosexuales, se utilizaron para hacer del popper un producto que hoy en día mantiene su popularidad.

La historia empieza en el siglo XVII, cuando un barco llegó a lo que hoy es Estados Unidos llevando a bordo a una familia de lo que hoy son los Países Bajos: las hijas, Geertien y Sara; el hijo, Douwe; la madre, Hester Jans; y el padre, Jellis Douw1. Su apellido era Fonda, y en 1651 se establecieron en Fort Orange, actual Albany, Nueva York. Los Fonda estaban entre las ochenta y dos familias que empezaron a labrarse una nueva vida, que, de hecho, acabaría por ser una forma de vida completamente nueva. Los colonos blancos se apropiaron de la tierra de los americanos originarios y la familia Fonda incluso fundó un pueblo con su nombre en el asentamiento de la aldea de Caughnawaga.

Jellis Douw Fonda destilaba brandi, trabajaba como herrero y se convirtió en el patriarca de una dinastía norteamericana. Los Fonda proliferaron por todo Estados Unidos; incluso podemos rastrear el crecimiento del poder blanco y su expansión a través de la familia Fonda. Después de Jellis Douw llegaron fabricantes de pistolas, granjeros, soldados y jueces. Comenzado el siglo XX, la mayoría de los Fonda vivían en Nebraska. Entre ellos, un bebé llamado Henry, que sería una de las más grandes estrellas de Hollywood y que fundaría la dinastía de los Fonda actores a través de Jane, Peter y Bridget.

Pero es otro Fonda, nacido solo unos años antes de Henry, cuya historia se cruza con la del popper. Howard Breese Fonda nació en 1896 en el seno de una de las familias Fonda que se habían quedado en el este, en New Rochelle, Nueva York. Howard creció y sirvió como médico en la Primera Guerra Mundial. Después cimentó su carrera en el ámbito farmacéutico e incluso inventó un inhalador para consumir nitrito de amilo. Su plataforma era Burroughs Wellcome, la empresa farmacéutica que ya era conocida por haber encontrado la forma de administrar algunos medicamentos. En la década de 1880, una empresa joven de Londres había crecido tras tomar la delantera vendiendo medicamentos en forma de comprimidos. Cuando Howard se unió a ellos en 1921, se habían expandido internacionalmente y abierto una base de operaciones para Norteamérica en Tuckahoe, un pueblo a algo menos de veintiséis kilómetros de Manhattan.

En ese lugar, no muy lejos de donde sus antepasados holandeses iniciaron su dinastía, Howard empezó como empleado médico en Burroughs Wellcome. En este momento el nitrito de amilo se producía y vendía en ampollas de cristal. Las ampollas eran unas cápsulas pequeñas y cilíndricas de solo unos centímetros de longitud que en uno de sus extremos se estrechaban. Era en este extremo donde la cápusla se sellaba aplicando calor. Cada cápsula contenía unos mililitros de nitrito de amilo líquido. Se vendían para uso médico, por prescripción facultativa, en lotes pequeños envasados en latas marcadas. A los pacientes de angina se les indicaba que partieran el cristal de la ampolla para inhalar el vapor que desprendía el líquido de su interior. Al abrir la ampolla de esta forma, hacía el famoso «pop». Esta distribución tan cómoda en formato de ampolla llevó a una cantidad masiva de prescripciones médicas que solo Thomas Lauder Brunton podría haber soñado cuando usó nitrito de amilo por primera vez en un paciente de angina. Entre otras cosas, el hecho de que cada ampolla contuviera solo una pequeña cantidad de la sustancia ayudó a evitar el tipo de desgracia que sufrió esta pobre chica en 1880:

La chica expulsaba grandes cantidades de fluido de su estómago, que saturó la habitación de un olor similar al del amilo. Su cara cobró un tono entre pálido y gris, las pupilas en extremo dilatadas, los ojos vidriosos, moviéndose sin rumbo en las cuencas. La boca estaba abierta de par en par, la respiración, espasmódica e irregular.

Este es el relato de un médico en Evansville, Indiana, después de tratar a una joven que por error tragó el equivalente a una cuchara de postre de nitrito de amilo. El antídoto fue café, opio y un masaje2. Así que las ampollas eran eficaces en la prevención de hechos como este, en el que la joven de Evansville bebió nitrito de amilo, pero tener que partir cristal para soltar el vapor no siempre era seguro. Howard se propuso solucionar este problema.

Doce años después de empezar en Burroughs Wellcome como empleado médico, Howard fue nombrado administrador de los laboratorios de investigación. Poco después se convirtió en el vicepresidente a cargo de la producción. Durante este periodo desarrolló un aparato sofisticado que haría que inhalar nitrito de amilo fuera más fácil y seguro. A pesar de que ya había muchas ampollas en el mercado y muchas empresas farmacéuticas las usaban para llevar su nitrito de amilo hasta la nariz de sus pacientes, el de Howard estaría contenido en un inhalador.

En su solicitud de patente, registrada el 23 de diciembre de 1942 a nombre de su empresa, Howard afirmaba que su innovación protegía al usuario de cualquier daño, evitaba fugas del contenido y podía ser producido en grandes cantidades. Es un objeto pequeño y discreto. El líquido se contiene en una ampolla de cristal lo suficientemente fina como para partirse bajo presión. La ampolla queda envuelta en papel secante, dispuesto en espiral alrededor del cristal dejando huecos en diagonal para permitir la salida del vapor una vez se haya roto el cristal. A continuación, se encuentra una capa exterior de papel encerado también dispuesto en espiral con huecos diagonales. Cuando el paciente aprieta el artilugio, el cristal se parte y el líquido se vierte en el papel secante, que lo absorbe. La capa de papel encerado sujeta los fragmentos de cristal. Los huecos que dejan ambas capas de papel permiten que el vapor del líquido ascienda hasta la nariz del paciente.

La solicitud de patente de Howard apunta incluso a que el papel podría estar revestido de alguna sustancia que cambiase de color si hubiera una fuga del contenido, y de esta forma el paciente podría identificar una ampolla defectuosa. Como inventor, estaba pensando en el futuro y en quienes le sucedieran en el laboratorio, añadiendo con entusiasmo que «la invención puede aplicarse a diferentes usos y es susceptible de cambios y modificaciones, como será evidente para cualquier experto en la materia». Howard continuó trabajando en diferentes puestos ejecutivos en Burroughs Wellcome, que tuvo la patente de su inhalador hasta que caducó en 1963. El mismo Howard «caducó» un año más tarde.


Dibujo de la patente del inhalador de nitrito de amilo.

Si leyerais su necrológica en el Bronxville Review Press and Reporter3, un periódico local del norte del estado de Nueva York, podríais apreciar un hilo conector que llega a Howard desde los Fonda que se establecieron desde lo que hoy son los Países Bajos en el siglo XVII. Es una historia de creación de conexiones, de un nombre, de trabajo y una vida respetable. El texto repasa los logros de Howard, incluyendo sus servicios al ejército y a la ciencia, su éxito como ejecutivo comercial y como hombre de familia (pero se deja la patente del inhalador de popper). A Howard le sobrevivieron su viuda, su hijo, su hija y cuatro nietos. La familia Fonda continuó tras la muerte de Howard, igual que su contribución a Burroughs Wellcome, que hoy sigue viva dentro de GlaxoSmithKline.

Howard Fonda es el tipo de persona que Estados Unidos creaba en el siglo XX: un hombre de negocios, un innovador, un marido, un padre. Un hombre vestido con un traje elegante que se dirige a algún sitio. Había pocas formas aceptables de ser un hombre en los años dorados de Howard, aproximadamente entre 1920 y 1960, pero Howard pareció encarnarlas. Es fácil ver que la vida que llevó Howard es la vida a la que muchos hombres aspiraban en aquellos años.

Podría ser Dan Brown en Las horas, la novela de Michael Cunningham. Aunque Dan es un personaje muy secundario en una historia que se centra en las mujeres, es un claro ejemplo de lo que era ser un hombre. Vive en la parte de la novela situada en 1949, y el lector lo conoce a través de los ojos de su esposa, Laura. En realidad, es su historia, la de Laura, una exposición agónica de lo que era ser un ama de casa con un marido que hace todo lo que la sociedad piensa que debe hacer. Como Howard, Dan estuvo en el ejército y ahora tiene un trabajo fijo. Todo lo que quiere es una familia satisfecha en un hogar en paz. Mientras Dan es la encarnación de la estabilidad, Laura cree que se está perdiendo otra vida. «¿Por qué se casó con él?», se pregunta el libro, y durante el transcurso de un día Laura encuentra la respuesta. «Se casó con él por miedo, por miedo a estar sola, por patriotismo». Laura pasea por su casa perfecta y espaciosa mientras Dan trabaja en la oficina, tratando de recordarse que aceptar lo que se tiene es una virtud. Y, pese a ello, se rebela contra este ideal, especialmente en lo que concierne a su marido. «¿Por qué él no desea nada, más allá de lo que ya tiene?». Tiene el trabajo, la esposa, la casa, el hijo. Y eso es suficiente. Laura anhela más, y por eso conduce hasta una habitación de motel para leer La señora Dalloway, de Virginia Woolf.

El tipo de agitación que Laura siente en su interior se exterioriza en otra novela situada en el mismo periodo. Pero en Revolutionary Road, de Richard Yates, los personajes explotan, enfadados. El hombre de esta novela es Frank Wheeler, que quiere parecer agradable, interesante y excepcional. Como Dan Brown y Howard Breese Fonda, Frank sirvió en el ejército. Cree estar destinado a algo mayor que estar sentado en un escritorio. No quiere admitir que le gusta su trabajo de oficina en Knox Business Machines en Nueva York, pero se da cuenta de que se le da bien. Es una de tantas paradojas con las que Frank tiene que convivir en el hogar de zona residencial que comparte con su esposa April.

April y Frank son retratados como monstruos por culpa de sus circunstancias. Se maltratan mutuamente, frustrados por no haber alcanzado la grandeza que esperaban. Cuando ella le dice que se siente prisionera de una trampa, Frank grita «¡no me hagas reír!». Más tarde, cuando se reconcilian tras una discusión, April se disculpa y dice lo que él quiere escuchar. «Y le pareció que ningún otro momento de su vida había contenido nunca una prueba mejor de su hombría, si es que era necesaria. Abrazar a aquella chica domesticada, sumisa, diciendo “cariño mío” mientras ella prometía que gestaría a su hijo».

Pero en otra batalla dialéctica, April le llama infeliz. Le pregunta: «¡Dime cómo, a cuento de qué, se te ocurre llamarte a ti mismo un hombre!». Pienso en las pocas opciones que un hombre tenía para pensarse en las décadas de 1940 y 1950 en Estados Unidos. Estos hombres ficticios son, evidentemente, simbólicos. Pero creo que son representaciones ajustadas de lo que se sentía al ser un hombre de clase media en Estados Unidos mientras los negocios florecían, los barrios residenciales se multiplicaban y los cuerpos se agrupaban en familias. Tras el final de la guerra, esta era la forma de construir un futuro. Pero esa visión se basaba en ideas muy reduccionistas de lo que era aceptable que un hombre hiciera. Los personajes de Las horas y Revolutionary Road no hubieran sufrido tanto si no fuera por la idea de «hombre».

Solo hay que preguntar a otro Frank cómo de limitantes eran estas expectativas. Este Frank es real y en 1957 lo echaron de su trabajo estable como astrónomo en el Departamento de Mapas del Ejército de Estados Unidos. Frank Kameny fue despedido por ser homosexual, algo que se creía poco apropiado para un servidor público. Pero este maltrato acabó siendo más molesto para el establishment de lo que hubiera sido mantenerlo en su puesto de trabajo, ya que Kameny se convirtió en una de las figuras más importantes en la lucha por los derechos civiles de los homosexuales en Estados Unidos protestando, litigando, ejerciendo presión e incluso presentándose como candidato al Congreso. Su historia resuena con la de Karl Heinrich Ulrichs, con su campaña a favor de los derechos de los homosexuales y por ser obligado a dejar su trabajo en el gobierno de Hannover.

Kameny no era el tipo de hombre que se ajustaba al modelo de Dan Brown, Frank Wheeler o, quizá, Henry Fonda. Su representación de lo que suponía ser un hombre no era aceptable para quien le daba empleo, el gobierno, o para la mayoría de los que el gobierno describiría como «mis conciudadanos». Al llevar un tipo de vida alternativo, Kameny fue uno de los miles de hombres que amplió la idea de lo que podía significar ser un hombre en Occidente, incluyendo la posibilidad de pervertir la idea misma. Homosexuales como Kameny empezaron a crear un nuevo tipo de hombre desde mediados de siglo, un hombre al que a veces se podía ver inhalando popper mientras follaba.

Es imposible señalar con exactitud el momento en el que el nitrito de amilo se convirtió en una droga recretiva, usada especialmente por hombres homosexuales para rebajar las inhibiciones e intensificar los orgasmos. Pero es posible afirmar que los esfínteres se relajaron bien de verdad en la década de 1960.

En 1960, la Secretaría de Estados Unidos para la Alimentación y los Medicamentos (la FDA por sus siglas en inglés) decidió que el nitrito de amilo era lo bastante inocuo como para que la necesidad de ser administrado por prescripción médica se eliminase. Desde ese momento los pacientes de angina podrían encontrar las ampollas de nitrito de amilo de venta libre en las farmacias. Pero en un margen de cuatro años, las empresas farmacéuticas presentaron a la FDA pruebas de que se estaba haciendo un uso abusivo del producto. A los farmacéuticos y a las empresas farmacéuticas les llamó la atención que hombres jóvenes de aspecto sano solicitaran este producto, dado que no estaban en la franja de edad de los pacientes de angina. A las empresas farmacéuticas les inquietaba que o bien ellas o bien sus clientes se vieran afectados si el producto se usaba para otros propósitos.

Para cuando aquella década acabó, dos hombres habían llegado a la Luna y muchos más vivían vidas gais en Nueva York y San Francisco. Estos hombres eran más libres que nunca, pero aún se les intimidaba con violencia frecuentemente, incluso por parte de la policía. En 1969 se unieron a otros disidentes del sexo y del género para, por fin, responder a los golpes. El levantamiento de Stonewall Inn propagó el movimiento por los derechos de los homosexuales que Kameny y otros llevaban años impulsando y le aportó una energía nueva, rabiosa y contracultural. Ese mismo año, la FDA se doblegó ante la insistencia de las empresas farmacéuticas y los grupos de presión preocupados por el nitrito de amilo. La FDA recuperó la obligatoriedad de la prescripción médica. Por supuesto, era demasiado tarde. Cuando haces pop, ya no hay stop.

De la misma forma en la que el Departamento de Policía de Nueva York fracasó en su intento de impedir que las personas queer se unieran para bailar y follar y vivir, la FDA fracasó en su intento de hacer que dejaran de inhalar popper.

Vale la pena repasar ahora las ideas en liza sobre lo que podía ser un hombre. A finales de la década de 1960, los Franks y Dans de barrio residencial aún eran numerosos, pero, desde luego, ya estaban de retirada. Estaban siendo atacados por la proliferación de diferentes formas de ser un hombre. De los hippies a los Panteras Negras, rebeldes, beatniks y poetas. En particular, la subcultura floreciente de pervertidos y maricas también les ponía las cosas difíciles. Activistas bien organizados exigían el derecho de los homosexuales a trabajar para el gobierno y en el ejército, así como la eliminación de la homosexualidad de la lista de desórdenes psiquiátricos en 1973. Simultáneamente, personas queer ávidas de placer vivían sus vidas desafiando aquello que Dan Brown hubiera considerado normal.

La revuelta de Stonewall de 1969 dio a los homosexuales confianza para vivir abiertamente su sexualidad y su identidad de género. El historiador Jim Downs escribió en su libro Stand by Me que el número de noviembre de 1970 de la revista Gay Sunshine sacaba a tres hombres desnudos con el pelo por los hombros y maquillaje tendidos en muebles cubiertos de peluche. Esto se consideraba «femenino», pero la representación en estas imágenes de hombres gais de principios de la década de 1970 era positiva, carente de la «vergüenza» de la feminidad o de la debilidad de la que se había acusado a los hombres homosexuales en el pasado. Aquella revista fue una de las tantas que se fundaron en la nueva y floreciente subcultura gay. Juntos, los activistas encorbatados que defendían los derechos de los homosexuales y sus hermanos queer, que propugnaban el amor libre, crearon periódicos, librerías y cafés, iglesias y comunidades. Algo que surgió de todas estas innovaciones sociales fue la norma sobre el aspecto y el comportamiento de los hombres homosexuales, gracias a productos vendidos para obtener beneficios.

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