Kitabı oku: «Entre niños, adolescentes y funciones parentales»
Índice de contenido
Portadilla
Prólogo. Mario Waserman
Introducción. Adrián Grassi
Parte I: El entretiempo adolescente
Niñez y adolescencia. Nuevos paradigmas, sus nombres y escritura. Adrián Grassi
La primavera del significante. Néstor C. Córdova
Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad. Adrián Grassi
Metamorfosis de la pubertad: el hallazgo (?) de objeto. Adrián Grassi
Del pictograma al pentagrama. Néstor C. Córdova
La creación del cuerpo adolescente. Néstor C. Córdova
Parte II: La subjetividad articulada a las funciones parentales
La investigación histórica familiar. Adrián Grassi
Laberintos de la paternidad. Néstor C. Córdova
La familia, cuna de sentidos. Liliana Grandal
Niños y adolescentes en búsqueda del paraíso. María Eugenia Otero
Situaciones familiares difíciles que “hacen morder el polvo”. Mariana Soler
Parte III: Clínica psicoanalítica e intersubjetividad
(In)conclusiones. María Eugenia Otero
Violencia y estructuración psíquica. Adrián Grassi
Retoños del trabajo clínico en la intersubjetividad
I- Adolescentes: sus fronteras, sus trincheras. Mariana L. Stella
II- Cruzando el desierto materno con la guía de un padre errante. Agustina Guaragna
III- Soltar antes de sostener. Martina Foulkes y Liliana Grandal
Figuras de la violencia en la escena familiar
I- Violencia y goce femenino. Mariana Carnevale y Liliana Grandal
II- Variaciones en dispositivos terapéuticos: coterapia y vínculo fraterno. Cristina M. Blanco y Mariana L. Stella
Revinculación y transferencia. Mariana Soler
Paternidad: interrogantes de una visión jurídica. Entre la constitución subjetiva y un ADN. Cristina M. Blanco
Sobre los autores
Bibliografía
Entre niños, adolescentes y funciones parentales
Psicoanálisis e interdisciplina
Adrián Grassi - Néstor C. Córdova
Cristina M. Blanco
Mariana Carnevale
Martina Foulkes
Liliana Grandal
Agustina Guaragna
María Eugenia Otero
Mariana Soler
Mariana L. Stella
Entre niños, adolescentes y funciones parentales. Psicoanálisis e interdisciplina
Adrián Grassi - Néstor C. Córdova
ISBN: 978-987-47608-0-7
Dirección editorial y edición: Marcela Pereira
Corrección de estilo: Itatí Rolleri
© Editorial Entreideas
www.editorialentreideas.com.ar
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Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723
Grassi, Adrián
Entre niños, adolescentes y funciones parentales : psicoanálisis e interdisciplina / Adrián Grassi ; Néstor C. Córdova. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Entreideas, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-47608-0-7
1. Psicoanálisis. I. Córdova, Néstor C. II. Título.
CDD 150.195
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, en castellano o en cualquier otro idioma.
Digitalización: Proyecto451
Prólogo
Mario Waserman
Se cree que aquellos que se interesan en estudiar la adolescencia de un modo continuo, y de alguna manera obsesivo, están aún transitando por sus laberintos sin conseguir encontrar el camino de salida. No por ser psicoanalistas de adolescentes estamos exentos. En tanto que hacemos de la adolescencia un punto central de nuestro interés clínico y teórico, mostramos subrepticiamente que estamos entre aquellos que permanecen atados a esta condena mitológica, a este castigo impuesto por los dioses de transitar una y otra vez un trayecto que parece contener múltiples salidas pero que finalmente nos termina conduciendo sólo a nuevas entradas. La investigación de la adolescencia es cerrar un interrogante creando otro.
Asimismo, es bueno preguntarse, ¿puede alguna vez alguien salirse completamente de esa experiencia sísmica que ha conmovido las bases de nuestra organización? ¿Es bueno para la salud de la subjetividad hacerlo? ¿O se hacen necesarias una suerte de entradas y salidas a los enigmas que en esa época se suscitan? A los psicoanalistas, autores de este libro, parece pasarles lo que también me sucede a mí. No podemos escapar de los enigmas que esa etapa de la vida abre a nuestros jóvenes pacientes, la que a su vez reenvía a enigmas que se suscitaron en la nuestra, trabajo necesario al analista de adolescentes para no quedarnos rígidamente fijados en una caracteropatía adulta.
Recibimos púberes paralizados por el terror o grandes paranoicos incestuosos y perversos que inundan el mundo de poesía, canto e ideología. Se podría decir que mis colegas, autores de este libro, y yo estamos unidos a la manera de Borges del siguiente modo: “No nos une el amor sino el enigma”. No quiero dejar afuera el significante espanto, que es muy caro a Borges, ya que bien podríamos decir que el amor, el enigma y el espanto forman una tríada que alcanza su acmé en el desarrollo adolescente. En la adolescencia vuelve el terror. Un terror que es sacado de la torre del castillo y revivido por el flujo puberal que arrasa con el castillo entero. No en vano Freud postula que es en la adolescencia que se termina de cerrar el inconciente, un inconciente que la pubertad, como un sismo, deja aparecer sobre la tierra su magma significante y pulsional, rompiendo las construcciones que lo precedieron para que se proceda a una reconstrucción-construcción. Está demás aclarar que es en la misma adolescencia donde la creatividad adulta comienza a generar sus canales. Es la edad donde las vocaciones se consolidan. La edad del proyecto. Pero es justamente la intriga y el espanto, tan bien reflejados en casos clínicos presentados en este libro, los sentimientos que interfieren la aparición del proyecto y la acción de la realización personal que se gesta en la adolescencia. Es el hallazgo del amor y el hallazgo del trabajo lo que rápidamente se instala en el horizonte adolescente. Para lograr ese fin necesitamos conocer el proceso adolescente y sus laberintos y este libro está aquí para ayudarnos.
Adrian Grassi hace del enigma un punto central de la indagación adolescente. Un enigma sobre ese segundo y fundamental nacimiento. Haciendo un giro de gran fineza nos muestra que la pulsión epistemofílica que en la niñez se abocaba, como sostenía Freud, a encontrar el secreto de la creación de bebés, se impulsa en la adolescencia a un interrogante sobre su propio origen. Siendo el origen un punto central de indagación como epicentro de la construcción de su propio yo, es la investigación familiar del analista la que se dice debe acompañar la búsqueda de lo que sus síntomas significan. Con gran acierto Grassi lo denomina investigaciones genealógicas: creo que es un término que quedará inscripto en el estudio de la adolescencia. Esta observación delicada, una de las características del pensamiento de Grassi, también se hace presente cuando, haciendo un ejercicio de magia, le devuelve a la palabra hallazgo su impronta de sorpresa. El hallazgo del objeto —dice el autor— es un encuentro inesperado. A la manera de Picasso, en el adolescente de Grassi, no se debe buscar, se debe encontrar. La investigación familiar lleva al autor a investigar la patología de la época, la patología de la separación. Mientras el siglo XIX era el siglo de las familias; el siglo XX, a partir de su segunda mitad, es el siglo del divorcio, el siglo de las ausencias y las separaciones. Y esta nueva realidad, sobre todo cuando los casos se judicializan, organiza una nueva psicopatología adolescente, que este libro trata de investigar a fondo. Grassi introduce otro concepto que se hará de uso continuo en el estudio del enigma adolescente: el des-orden. El des-orden es una propuesta que alienta a no psico-patologizar el momento adolescente, ya que tendemos a asimilar orden con salud mental y nombramos la enfermedad mental como un desorden psíquico. Grassi hace del des-orden una función positiva y necesaria:
La peculiaridad de la escritura “des-orden” es utilizada aquí para destacar varios sentidos del término. En lo que a producción subjetiva y adolescencia se refiere, des-orden no es mera oposición a orden ni dicho des-orden aparece por descuido, desgano, negativismo o rebeldía adolescente (aunque todo esto pueda estar presente en alguna medida). Des-orden no es producto de una carencia del sujeto ni deviene por “evolución natural” del desarrollo. Des-orden es meta a alcanzar mediante un esfuerzo de trabajo psíquico y su realización comporta un rédito positivo en la producción de subjetividad, afirmación esta que acompaña los desarrollos del presente trabajo. En otro sentido, diferenciamos des-orden de desorganización o batifondo (Balandier, 2005), de su antítesis anti-órden, como de la negación simple no-orden. Existen procesos adolescentes que pueden tomar esas derivaciones en la medida en que aparezcan importantes interferencias (intra o intersubjetivas) que obstaculicen el procesamiento o metabolización de los elementos nuevos que se presenten.
Por su parte, Néstor Córdova se apuntala en Gutton, un autor que ha hecho contribuciones muy importantes a la metapsicología adolescente, para estudiar el impacto de lo puberal en el psiquismo, lo que Freud llamaba las transformaciones psíquicas de la pubertad y hace un recorrido exquisito de ese itinerario:
Lo puberal somete al sujeto adolescente al ardor de sus llamas. Es el exceso de sensualidad que se derrama como lava incandescente inundando cuerpo y psiquismo, creando representaciones incestuosas que dan sustento a una intensa actividad autoérotica. Lo adolescente está representado por la metáfora del mar, que podrá atenuar esa ardiente sensación puberal, desexualizando el exceso de sensualidad, enterneciéndolo mediante los procesos de elaboración, sublimación e idealización de esas representaciones edípicas incestuosas, fantasías de seducción infantil creadas por interpretación aprés-coup, desde lo genital puberal.
Córdova piensa la poesía de la música como un material analítico, ya que su análisis se sostiene en la lírica de las canciones del rock nacional. Hace de las letras un análisis apropiado y exhaustivo mostrando cómo se procesa con la poesía el devenir adolescente, sus cismas y quebrantos y sus hallazgos. Todos fuimos poetas en la adolescencia. Sin lugar a dudas, esto nos señala la necesidad imperiosa de la poesía para tratar con nuestra realidad psíquica. Hacer del quebranto, el terror y el amor: palabra. Y también todos hemos sido músicos. Pero: ¿qué es la música? La música adolescente es el latido de una generación, el latido de una época que se construye en la adolescencia y la identifica diferenciándola de la música de la generación que la precede. Es un real de la adolescencia. La música no se puede explicar. Arrasa y contiene al significante, y como lo señalan Córdova y muchos otros, la adolescencia de la segunda mitad del siglo XX es rock, más allá de todo significante. Pura pulsación, puro cuerpo atravesado por la experiencia. Pura pasión, puro goce. Fuera de sus límites, los músicos del rock patean y rompen sus instrumentos, así como la adolescencia debe romper con el sostén que la domina. Consumirse hasta el instrumento: ser pura pulsión-pasión.
Me parece necesario volver al espanto del cual hablé al comenzar este prólogo cuando mencioné la tríada: amor, enigma y espanto. Espanto que directamente hacen presente los padres del pequeño paciente de Otero, cuando confiesan que los une más el Espanto que el Amor. Dura tarea para este pequeño. Con acierto, Otero observa:
El arte y sus variadas expresiones revolotean como mariposas en las cenizas. Así, las producciones como gráficos, modelados y collages de niños y adolescentes inmersos en situaciones familiares difíciles son el reflejo de entramados vinculares donde el odio, el desamparo y la vulnerabilidad de las funciones familiares se tiñen en grises y negros para transmitir los efectos de la violencia de una generación en otra.
Otero muestra a través de un sueño los fantasmas del espanto en una chica de 19 años: “Gusanos negros y enroscados se desparraman en una superficie blanca e inhóspita, al lado, mariposas de colores se alzan en pleno vuelo”. Así se siente Julieta de 19 años, después de haber pasado por la experiencia de un aborto. Esto nos recuerda que el amor adolescente está travesado por angustias traumáticas frente a la procreación, angustias presentes en la clínica de cualquier adolescente mujer que siente su cuerpo implicado deunmodomuchomásdirectoqueeldelvarónenlosriesgosdelasexualidad.
Stella, por su parte, hace trabajar clínicamente el operativo y el concepto de las investigaciones genealógicas que son llevadas a cabo simultáneamente por el analista en su trabajo con la historia familiar, y por el adolescente mismo en su proceso de historización, buscando allí los puntos de conflicto para la construcción del sí mismo. Kaës es un autor de referencia trabajado por Stella a partir de su afirmación de que una familia que no logra historizar su pasado repite su drama sin transformarlo. Es importante la introducción del concepto de un aparato psíquico familiar (André-Fustier y Aubertel, 1998). Este aparato impide que los contenidos aparezcan en crudo, traumáticamente, y sean transmitidos sin metabolizar. Este aparato psíquico familiar de capacidad contenedora extendería a toda la familia la función continente de Bion, ejercida por la madre y su capacidad de reverie.
Soler nos recuerda con acierto que la paradoja es un elemento con el cual el psiquismo debe tratar. Las aporías acosan al adolescente y hacen fracasar una y otra vez su tendencia a dicotomizar lo bueno de lo malo de un modo absoluto: por ejemplo, los padres malos, los amigos buenos, esto en el mejor de los casos. Esta tendencia, el uso de las disyunciones escindentes (descripto por Grassi) dificulta de un modo persistente el proceso de historización, a partir de una simplificación excesiva que el analista deberá trabajar. El caso que presenta Soler es en sí mismo paradojal, puesto que en la adolescencia se trata más bien de una desvinculación parental y este adolescente debe iniciar recién una vinculación con su padre después de una ausencia de 10 años. Ella lo denomina re-vinculación, un término que podría incorporarse al proceso adolescente en cuanto trabajo de desvinculación y revinculación constante. Al igual que en otros autores, los dibujos juegan un papel importante en el análisis de los adolescentes. Se podría decir que los adolescentes muestran más que hablan, tanto con sus dibujos como con sus actos.
Me disculpo si no he nombrado aquí a todos y cada uno de los autores, o de haberme extendido en unos más que en otros, lo que para hacer justicia, me llevaría a una descripción más extendida de cada capítulo. En su lugar, he elegido mencionar sólo algunos aspectos del libro, que obviamente pertenecen a algunos autores que son elegidos por enunciar ideas fuertes que se reiteran a lo largo de este volumen y marcan su identidad. Esta misma identidad es reflejo, creo, de la gran cohesión grupal de este grupo de colegas en los cuales se percibe la comunión de pensamiento y el tiempo transcurrido pensando juntos como equipo de trabajo. Este libro ayuda a los analistas de adolescentes a afrontar las peripecias más crueles de la clínica y también nos muestra las potencialidades terapéuticas que el mismo adolescente aplica a sus angustias.
Introducción
Adrián Grassi
Hace ya unos cuantos años —diez, por poner un punto algo ficticio a un inicio que no tiene fechas exactas—, con la intuición de que se podía hacer un aporte a ese nicho conceptual que nos hace de referencia en la Clínica Psicoanalítica con niños y adolescentes, (me) propuse impulsar, muy bien acompañado por un grupo de colegas que supo interpretar y empujar con creatividad, un trabajo cuyo resultado se puede encontrar también en este libro. Mi agradecimiento a ellos por lo que de otra manera no hubiera sido posible.
Desarrollamos, a través de un Programa de Extensión Universitaria e Investigación, un dispositivo de intervención psicoterapéutica en la Consultoría de la Facultad de Psicología (UBA), articulado con escuelas, hospitales, instituciones comunitarias y juzgados. A través del mismo se atienden niños y adolescentes en situación familiar difícil (el término resultó sugerente). Una de sus ideas centrales es la articulación entre la estructuración psíquica en niños y adolescentes y las funciones parentales. Teniendo en cuenta los cambios que se vienen produciendo en las familias contemporáneas, aparecía como un espacio potencialmente productivo tanto clínica como teóricamente.
¿Cómo se desarrollan las funciones simbólicas donde enraíza el psiquismo en la infancia? Funciones de sostenimiento, de contención, de fusión y co-fusión, de diferenciación, de transmisión: ¿se mantenían habiendo cambiando las condiciones de su estructura clásica?, ¿se preservaban unas y aparecerían nuevas funciones?
Las transformaciones de la familia conyugal —sus nuevas formas de organización, que no se corresponden necesariamente con las nominaciones (que todavía no encuentran su justa medida)—, si bien se presentan como momento propicio para organizar y crear nuevos vínculos, nuevas formas de parentalidad, también por las dificultades que acarrean pueden presentar desorganizaciones y procesos de desparentalización. Un capítulo especial lo constituye la judicialización de los casos de divorcios, hecho que nos condujo hacia la investigación de una clínica y una psicopatología que tienen sus particularidades. Aquí realizamos algunas puntuaciones. Estos son cambios epocales, a los que, como lo planteara Lacan, un psicoanalista no debe ser ajeno y estar a su altura.
En el devenir de este trabajo, muchos inconvenientes fueron superados, apoyados en conceptos ya conocidos y aceptados por la teoría psicoanalítica que balizaron el recorrido. Otros nos dejaron más solitarios y huérfanos, en un terreno que presentaba tanto carencias teóricas como dificultades propias de la práctica clínica. El trabajo en grupo, la invitación a colegas de otros ámbitos, el trabajo con profesionales de otras disciplinas, la presentación y discusión de los casos, todo ello posibilitó que surgieran nuevos conceptos, que quedan ya inscriptos en distintos espacios de enseñanza y transmisión. En estas actividades llevadas adelante en materias de grado de la carrera de Psicología, como Psicología Evolutiva: Adolescencia y la Práctica Profesional: Problemáticas Clínicas en Niñez, Adolescencia y Familia y a la vez en seminarios de posgrado y extensión universitaria, el aporte de los alumnos formó parte de la producción obtenida. Nuestro reconocimiento también a ellos.
El asunto era hacer producir al psicoanálisis en los intersticios de las subjetividades; ahí, en ese tiempo y espacio entre lo intrasubjetivo y lo intersubjetivo. Entre niños, adolescente y funciones parentales, el psicoanálisis trae esa topología articulando teoría y clínica. Ya sabemos que los bordes en estas espacialidades son difusos. Nuestro trabajo trata de poner alguna luz en lo difuso, entre diferenciación y confusión. Ese tiempo y espacio del entre nos permitió abrirnos a nuevos pensamientos y marcar un territorio conceptual.
En esta introducción no puede faltar una mención y nuestro agradecimiento a quienes fueron maestros señeros, y que rendimos homenaje en los diferentes capítulos de este volumen, mostrando el uso que hicimos de sus producciones. A partir de Freud, en un más allá y no sin él, entre deuda y propia producción, el trabajo produjo. Para comenzar nuestro homenaje a quienes resultaran imprescindibles: Piera Aulganier y D. Winnicott.
En los orígenes del sujeto psíquico —reconociendo el aporte de Silvia Bleichmar con su libro casi fundacional— como también en momentos más avanzados, la estructuración requiere de las funciones parentales donde la subjetividad echa sus raíces y se produce. Entre tyché y automaton, entre azar y determinación, entre espontaneidad y repetición —nos dice R. Rodulfo en sus estudios sobre repetición y diferencia— es donde el sujeto encuentra su libertad y su límite. Metabolizando la historia y su transmisión, entre pictograma y genealogía, el sujeto es sujeto de grupo, si nos atenemos a las palabras de R. Kaës. Si bien sujeto es (como agregado nuestro) también sujeto de grupo, la subjetividad pide trabajos relativos a cómo devenir otro con otro(s), para decirlo en palabras de I. Berenstein.
Finalmente, la adolescencia y sus trabajos traen otro costado de la estructuración psíquica y dejan entrever nuevos pliegues de la constitución de la sexualidad. Ya no la infancia, ya no la adultez, sino su entretiempo puberal adolescente, afirma otro de nuestros maestros, P. Gutton.
Mi saludo y agradecimiento especial a Néstor Córdova coautor, co-compilador, quien trabajó arduamente para que este libro sea posible.
…Y, last but not least, en algún momento de este recorrido ingresó Marcela Pereira con su Entreideas, lo mejor para quien hace una apuesta a este nuevo proyecto editorial.
PARTE I:
EL ENTRETIEMPO ADOLESCENTE
Niñez y adolescencia. Nuevos paradigmas, sus nombres y escritura
Adrián Grassi
Primera parte: Sobre las nominaciones “minoridad” y “niñez/adolescencia”
El siglo del niño, a la hora de realizar un balance, ha dejado más sinsabores que beneficios (1). Un repaso de los últimos años de la historia de los conceptos niñez/adolescencia permite apreciar correspondencias y tensiones en los discursos que construyen su representación en el imaginario social. Saberes y prácticas se entrecruzan e imprimen matices diferentes a los términos que circulan. Si nos detenemos en el terreno de las nominaciones y significaciones que se han acuñado dentro del campo jurídico, en particular, y de las ciencias sociales en general, podríamos afirmar que se ha producido un cambio sustancial a lo largo del siglo XX, producto de un trabajo colectivo llevado a cabo en lo que G. Bachelard (1978) denominó la “ciudad científica”, que culminó con las reformas de los derechos de la infancia (2). A partir de allí, es creciente el uso de los términos niñez/adolescencia, y la caída en desuso de “el menor”. En este sentido, los términos menor y niñez/adolescencia guardan una relación directa con dos paradigmas epocales diferentes (3).
Tras haber atravesado una diversidad de obstáculos y resistencias, niñez/adolescencia tardíamente ingresó en la categoría sujeto. Pero, ¿qué decimos cuando decimos sujeto? Dado lo controvertido de la noción, sus usos y proveniencias de diferentes disciplinas, nos proponemos contextuar sentidos. A la vez, establecemos relaciones con otros términos asociados y de uso habitual en el vocabulario psicoanalítico, tales como el aparato psíquico, el inconciente, el ello, el yo, el deseo, el objeto. ¿Cómo y dónde ubicar esta categoría mencionada en varios campos del saber? ¿Qué relaciones guardan con conceptos del psicoanálisis? Se trata de algo que tendríamos que circunscribir.
Son conocidos distintos y diferentes usos del término, para la lingüística, la lógica, la filosofía, el discurso jurídico. También se puede proponer una definición biológica de sujeto, “yo diría bio-lógica ya que corresponde a la lógica misma del ser vivo” (Morín, 1994: 67-89). Todas estas inflexiones en las cuales no nos detendremos, acompañan y matizan el sentido que toman en el presente trabajo.
Sujeto y psicoanálisis
Desde una tópica prefreudiana a partir del cogito cartesiano, el yo piensa y no duda de su propia existencia por la consciencia del pensar. Yo (sujeto/conciente/cognocente) toma existencia, y en ese nivel es donde, para la filosofía clásica, se ubica el sujeto.
Con Freud —el pensamiento inconciente y las (primera y segunda) tópicas— habrá un giro en las relaciones entre el pensar, la consciencia y el yo. Con la llegada del psicoanálisis, el sujeto queda del lado del pensamiento inconciente. Y si bien es cierto que Freud no ha desarrollado particularmente este concepto, se desprenden indicaciones del mismo en gran parte de su obra. Las seguiremos primero con el estudio de las relaciones entre inconciente, preconciente, conciente (1915), retomadas y retrabajadas luego bajo las relaciones entre ello, yo y superyó (1923).
Sabemos que la idea de movilidad y comercio entre los sistemas es propia del aparato psíquico:
El Icc es más bien algo vivo, susceptible de desarrollo, y mantiene con el Prcc toda una serie de relaciones; entre otras la de la cooperación. A modo de síntesis debe decirse que el Icc se continúa en los llamados retoños, es asequible a las vicisitudes de la vida, influye de continuo sobre el Prcc y a la vez esta sometido a influencias de parte de este (Freud, 1976: 187).
Esta idea de movilidad e intercambio acompaña al concepto de sujeto. Sujeto y, desde esta perspectiva, sujeto psíquico es actividad de intercambios entre los sistemas de la organización del aparato psíquico, pero también “asequible a las vicisitudes de la vida”; es sistema en intercambio con el medio, con la cultura.
Al introducir sujeto del inconciente, el psicoanálisis se abre a la cuestión de las relaciones que el término guarda con el deseo. El sujeto es sujeto de deseo inconciente. Lacan con la escritura del sujeto barrado señala su división y descentramiento, establece la subversión del sujeto y la dialéctica del deseo. Más que una instancia, el sujeto es materia viviente, productividad, que lleva la marca de lo Icc.
Sujeto e historización
Hay, decíamos, provenientes del campo del psicoanálisis otros términos cercanos a la noción de sujeto para los cuales se hace necesaria una diferenciación. Para comenzar con uno muy controvertido y a la vez cercana a sujeto: el yo. Instancia psíquica de la tópica freudiana que ha generado muchas polémicas en la historia del psicoanálisis, produjo divisiones entre grupos y llegó a conformar distintas corrientes y escuelas de psicoanálisis. Seguiremos algunos señalamientos que encontramos en distintos autores. Destacamos los aportes de Lacan (1983), quien remarca su carácter alienante y traza diferencias entre sujeto y yo. Mientras que el yo forma parte del orden imaginario, el sujeto es parte del orden simbólico. Mantiene esta distinción fundamental entre “sujeto verdadero” del Icc y yo, en tanto núcleo de identificaciones alienantes, su vinculación con el narcisismo y el estadio del espejo. Piera Aulagnier (4), por su parte, realiza otros aportes importantes con relación al tema. Propone un modelo de aparato psíquico complejizado y otorga nuevas funciones al yo, entre las cuales destaca la de historización, específica de procesos adolescentes donde se realizan operaciones relativas a la articulación con la temporalidad (5):
(...) la función del yo como constructor que jamás descansa e inventor si es necesario, de una historia libidinal de la que extrae las causas que le hacen parecer cohabitar el mundo exterior y ese mundo psíquico que, en buena parte permanece ignoto para él. Y más adelante (...) esta función de historiador es propia del yo (…) Es una necesidad de su funcionamiento situarse y anclar en una historia que sustituye un tiempo vivido y perdido por la versión que el sujeto se procura merced a su reconstrucción de las causas que lo hicieron ser, que dan razón de su presente y hacen pensable e investible un eventual futuro (Aulagnier, 1986: 14-15).
Nos anticipamos a lo que retomaremos más adelante para remarcar este trabajo del sujeto o producción de subjetividad y procesos de temporalidad e historización. Winnicott (1972: 189) destaca con relación a la inmadurez (6) adolescente que “lo único que la cura es el paso del tiempo”. Nuestro aporte es que no se trata tanto del paso del tiempo como quien dice “ya va a crecer, y va a madurar”, sino del paso del tiempo por el aparato psíquico, la marca que el paso del tiempo deja en el psiquismo; es decir, su inscripción. La inscripción psíquica de la temporalidad como “cura”. Nos referimos a la inscripción de lo pasado, lo vivido como perdido, el paso del tiempo como límite. Lo ya vivido, pasado, en simultáneo con la inscripción del presente como fugacidad, como algo que tiene fin, que no dura siempre y, a la vez, la necesidad de (construir) un porvenir, entonces es cuando la adolescencia se liga a la juventud. Inscripción subjetiva del tiempo, subjetivación de la temporalidad. En este período resuenan frases características que aluden a no tolerar más la pérdida de tiempo.
El yo requiere de inscribir y dar continuidad a su existencia a través del paso del tiempo. Ahí la subjetividad trabaja, inscribiendo tiempo e hilando entre pasado, genealogía y proyecto identificatorio. Subjetividad es historización en varios sentidos:
en la medida en que produce la categoría tiempo;
produce con la historia, la genealogía y el devenir como proyecto;
produce en y con el contexto histórico y la cultura contemporánea. Producción subjetiva es movimiento articulado con las marcas de la época.
Sujeto es función psíquica, entidad no corpórea (7)
Para la ciencia clásica, la metafísica occidental y una serie de prácticas contemporáneas, la disociación mente-cuerpo, pone al sujeto en un callejón sin salida: ¿de qué lado se encuentra en esta escisión? ¿El sujeto es cuerpo o mente?
Desde otro costado de las funciones del yo más allá de la temporalidad, la historización y genealogía, y entrando ya en el terreno de las relaciones entre subjetividad, cuerpo e historia, es fundamental tener en cuenta que del bebé al adulto, pasando por la niñez, pubertad y adolescencia, el desarrollo corporal implica un trabajo continuo del yo.
¿Cuáles son las relaciones entre sujeto y cuerpo? Para abordar esta problemática vayamos en principio a El yo y el ello (Freud, 1923): “el yo es sobre todo una esencia-cuerpo, no es sólo una esencia superficie, sino él mismo la proyección de una superficie” (1986: 27), (se refiere a la superficie corporal). Y agregado en nota al pie (pág. 27, n.º 16): “O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones corporales”. Cabe entonces considerarlo como la proyección psíquica de la superficie del cuerpo, además de representar como se ha dicho, él mismo la superficie del aparato.
Teniendo en cuenta que el desarrollo corporal es una transformación constante, esto le impone al psiquismo un trabajo. Hablar de cuerpo en psicoanálisis implica hablar de cuerpo erógeno, del yo y de su imagen. ¿Qué trabajo le compete al sujeto en estas relaciones entre el cuerpo (erógeno), sus transformaciones, su imagen y el yo?
Gracias a los avances producidos por el psicoanálisis y otras disciplinas que piensan en términos de la integración psicosomática —referencia fundamental que hace a las relaciones en trabajo constante—, dado el crecimiento y cambio del cuerpo entre su imagen y el yo, entendemos que la función sujeto es trabajo de integración. Si para el cuerpo, el crecimiento es signo de salud, su correlación para la vida psíquica es la integración. Pero, ¿integración de qué?
Un trabajo de anudamiento o trabajo de integración psicosomática. El crecimiento corporal impone al psiquismo un trabajo de ligazón constante entre la proyección de la imagen del cuerpo reformulada por el crecimiento, la propia mirada, las sensaciones corporales y las miradas del Otro.
Un trabajo de integración en relación a la fantasía correlativa del crecimiento.Crecer en la fantasía es un acto agresivo Winnicott (1972: 186). Integración amor-odio por la destructividad que implica crecer (8).
Un trabajo de integración del aparato en cuanto la fantasía Icc, aun hundiendo sus raíces en lo corporal, tocando lo originario, será territorio exclusivo de la otra escena y, por lo tanto, escena de juego (Rodulfo, 1989).
El cuerpo, en su desarrollo y procesos de maduración, respeta una cronología y depende del medio para que este lo posibilite y estimule, depende de condiciones alimentarias y habitacionales, de la salud física como de funciones de investimento libidinal, de condiciones culturales. Todos elementos de la sexuación del desarrollo, fundantes del cuerpo erógeno.
La maduración neurológica y endocrinológica, la maduración de los centros superiores, la motricidad, etc., a la vez que también las funciones psicológicas que hacen al desarrollo de distintos tipos de habilidades, aprendizajes e inteligencias requieren para su funcionamiento normal de años que son de maduración. Pero además, requieren de intercambios (con el medio ambiente) e intervenciones de las funciones parentales. Así cuerpo (erógeno), el psiquismo y las funciones parentales se van constituyendo articuladamente, entrelazados.
Sea en sus versiones freudianas, como en otros modelos de aparato psíquico propuestos, no puede dejar de pensarse los fundamentos del psiquismo articulados a momentos del crecimiento corporal y las funciones parentales (9). Cuando todo transcurre por los carriles de la salud (es decir, si no hay patología grave o fracasos importantes en su organización), todo el aparato está en intercambio en sus procesos de constitución, organización y reorganización, desde los inicios de la vida pasando por la pubertad-adolescencia y más allá de la misma.
Hay mojones en la constitución del aparato psíquico, y sólo a los efectos de una rápida y breve puntualización los enunciamos sucintamente:
En concordancia con ideas de P. Aulagnier (1977), el proceso originario pone en marcha la actividad psíquica en relación con las primeras inscripciones corporales, pictogramas (primeros meses de vida).
Luego, el proceso primario con la constitución de lo Icc. Poco tiempo después se pone en funcionamiento el proceso secundario y la constitución del yo (durante el primer año).
Desde otra perspectiva mencionada más arriba, el estadio del espejo y la constitución del yo como funciones que comienzan a instalarse entre el 8º mes y el 1º año de vida, y por la cual se vuelve a pasar, luego en la pubertad (en torno a los 13-15 años) con las transformaciones del cuerpo puberal.
El superyó con sus imperativos categóricos que son herencia (10) del complejo de Edipo (desde los 3-4 años) hasta su sepultamiento (entre los 7 y 9 años). Su revisita con el nuevo cuerpo puberal, la exploración del cuerpo, (Waserman 2009), propio y el ajeno en general y primero por un período homosexual entre los 10, 11 hasta los14, 15 años y a partir de los 15, 16, 17 en adelante ampliando las diferencias genitales.
Las transformaciones de yo ideal en ideal del yo propias de lo adolescente mucho más difusas en cuanto a su ubicación en la cronología del desarrollo.
La escritura adrede ambigua de las edades responde a varios motivos, a saber: por un lado, que dichas “fases del desarrollo” no evolucionan unidireccionalmente, se producen con progresiones y regresiones, tal como Freud (1976 [1916-1917]) lo pensaba con la libido, a la vez que no tienen fechas fijas ni exactas y, además de las variaciones individuales, familiares y epocales, están las de género, sociales, culturales. Por lo tanto, no son momentos “naturales” fijos provocados por el desarrollo.
Esta compleja articulación entre la cronología del desarrollo y la constitución del psiquismo encuentra referencias importantes en distintos autores que trabajan en psicoanálisis con niños/adolescentes. Una referencia que sitúa muy claramente la problemática, en concordancia con nuestro planteo: “(esta) no pretende ser una clasificación evolucionista, ni una descripción cronológica empírica, en la cual las nociones psicológicas de desarrollo, maduración, crecimiento siguen actuando dentro del campo psicoanalítico sin que se ponga en tela de juicio su función” (Bleichmar, 1984). El nexo entre la cronología del desarrollo y la función que esta cumple en el psiquismo está dado por el trabajo de la subjetividad. Actividad no mensurable ni registrable en ninguna planilla, sujeto es un sistema que no se corresponde directamente con la edad, no es ni pequeño ni grande (11).
Es cierto que la estructuración psíquica en el niño/adolescente depende (relativamente) de su desarrollo corporal, como también de los sentidos diversos que provienen del Otro familiar (12). El yo pendiente del crecimiento está tomado desde los inicios por la búsqueda alienada y, más tarde, por la transformación de las identificaciones que lo modelan.
La idea de que la subjetividad “depende de…” es congruente para el pensamiento de lo complejo con la noción de que la subjetividad es autoorganización y autonomía (13). Si bien pendiente del cuerpo, de lo parental, del medio ambiente, no quiere esto decir determinado por alguna de estas instancias. Falta aún el producto de un trabajo combinatorio, personal; trabajo que es potencial despliegue de una capacidad que lleva al sujeto, sobre todo en la niñez/adolescencia, “de una dependencia absoluta a una dependencia relativa” (Winnicott, 1972), y como agregado nuestro, hacia una relativa independencia.
Segunda parte: Subjetividad y adolescencia
Que la adolescencia implica una crisis de identidad (Mannoni, 1986) es un saber tan difundido como cerrado. Lo reabrimos ampliando a los trabajos de la subjetividad relativos a la identidad en su relación con las identificaciones. Lo propio del sujeto en la adolescencia es crear sentidos que enriquezca al yo, en un juego de identificaciones-desidentificaciones. La adolescencia transcurre en lúdica adquisición de nuevas identificaciones y cancelaciones de otras caducas, obsoletas. Cuando este juego queda obstaculizado o detenido, vemos el alto precio pagado por el niño/adolescente por su alienación en el otro, con la fijeza de identificaciones reactivas y/o defensivas (14). La pregunta ¿quién soy?, signo de que existen procesos adolescentes en marcha, se refiere a las identificaciones que habitan al yo y que comienzan a estar cuestionadas por el sujeto.
El yo no es el sujeto aunque se produce y anida en el yo
Producción de subjetividad es la acción de dar sentido, de significar y poner una marca de origen (firmar) un proceso de metabolización. Dar un sentido personal (15), un “made in my name” o “in my way” acompañado del acto que siempre implica.
La subjetividad es materia psíquica viviente que se produce en el intercambio entre otros sistemas (intrapsíquico), por el intercambio con los otros (intersubjetivo), por el intercambio con el medio (transubjetivo). Su actividad por ser intercambio entre sistemas es inacabada. Mientras hay vida, hay vida psíquica y, consecuentemente, posibilidad de producción subjetiva. Si bien el aparato psíquico encuentra momentos de origen y relativo acabamiento en cuanto a la diferenciación de sus instancias, no así la subjetividad, cuyo leitmotiv es su no culminación abierta a lo porvenir.
Muchos de estos desarrollos desplegados en esta segunda parte, en que se tratan cuestiones relativas a sujeto y producción subjetiva, responden a una idea de Freud expresada con la justeza y belleza con que el maestro acostumbraba en sus escritos: “Donde ello era, yo debo devenir” (1933). Proponemos este yo debo devenir, como el trabajo de transformación propio de la subjetividad que encuentra en la niñez/adolescencia ya una orientación. Yo, entonces, no como una instancia cosificada, acabada, sino en movimiento en intercambio con ello, con el mundo exterior, con los otros, con la cultura. Ese devenir yo es trabajo psíquico, producción subjetiva. Luego del recorrido por el sujeto y la producción subjetiva que nos llevó a la formulación freudiana “donde ello era”, preguntamos: ¿qué es ello? Término que en clara alusión al impersonal (16) propone: donde era el impersonal, yo debo devenir.
Donde estaba el impersonal, debiera haber un acto de firma y afirmación subjetiva. Está claro que los procesos adolescentes llevan a una batalla para lograr (auto)afirmaciones mediante (pseudos)actos que no obstante tienen el valor de ensayos. Pero, como en el teatro y otros espacios, el ensayo es y origina, deja sus marcas, verdaderas inscripciones en busca de esa combinatoria única que personaliza y empuja a apropiarse del nombre. En la adolescencia donde ello(s) eran, donde ellos estaban, el pasaje de firma es apropiación del nombre propio, personal. El yo afirma su consistencia desgajado de ello(s), el Icc impersonal, familiar. Ese yo debo devenir es la apuesta adolescente que se afirma más allá de lo familiar.
Si uno de los trabajos adolescentes consiste en hacer caer identificaciones inconcientes, parentales infantiles, donde ello(s) eran garantes, donde ellos estaban, donde el Otro investía los objetos privilegiados de su deseo, yo debo devenir. Pero ellos, ¿quiénes? ¿Los padres, los antecesores, el grupo que precede, las voces ancestrales, los habitantes de la Otra escena, el coro de los ancestros? Ahí la adolescencia transita por su auto-afirmación. Sujeto es autoafirmación, autoorganización, autonomía, pero en red. La producción de subjetividad esta en-red(ada) con el cuerpo, con la historia, con el medio, con la cultura, con la genealogía. No determinada ni fijada de antemano por la cronología del desarrollo, como no fijada (aunque no sin) el deseo del Otro. Es un devenir que se produce con el cuerpo, con el Otro, con los otro(s) (17). Donde ello(s) eran, donde ello estaba, con mediación del Otro, de los otro(s), debo devenir yo sujeto. Tal la respuesta adolescente al imposible cumplimiento de la promesa infantil.
1. Esta idea puede seguirse en el libro El niño del siglo del niño, de J. C. Volnovich (1999). Buenos Aires: Lumen.
2. Dos grandes etapas se hacen notorias especialmente en América Latina y en nuestro país. Una primera que puede situarse aproximadamente entre los años 1919-1939, que introduce la especificidad del derecho de menores y crea un nuevo tipo de institucionalidad: “la Justicia de menores”. En ese contexto, la denominación de “el menor” es representativa de un paradigma epocal que da lugar (aunque más en teoría que en la realidad de la práctica jurídica) a una segunda etapa, iniciada en 1959 con los derechos del niño. En 1989 la ONU redacta la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN), a la cual la Argentina junto con casi todos los países del mundo adhiere, y se constituye de este modo un nuevo paradigma. Para el discurso jurídico, como se puede apreciar con la CIDN, el niño/adolescente es persona jurídica, sujeto del derecho, sujeto en la ley, sujeto a la ley.
3. A la vez, cuestiones relacionadas con las políticas de género nos llevan al uso de los términos “niñez/adolescencia” ya que aluden e incluyen simultáneamente la nominación en masculino y femenino, por lo cual no se tornan discriminatorios ni expulsivos de uno de los géneros (generalmente el femenino), como cuando se utiliza la expresión “el niño” para hablar simultáneamente de niños y niñas.
4. Formada en un principio en la Escuela Francesa de Psicoanálisis, especialmente con Lacan, luego fundadora del Cuarto Grupo y la Revista Topique (1969). Produjo desarrollos propios que posibilitaron el planteo de un modelo de aparato psíquico con significativos aportes (1977) en cuanto a las condiciones de su puesta en funcionamiento, sus relaciones con el cuerpo, la historia, la genealogía.
5. Por nuestra parte, desarrollamos otras funciones otorgadas al yo que se adicionan, como la de la investigación histórica familiar (Cfr. Grassi, 2005) que amplía su trabajo en relación con la temporalidad.
6. En las clases teóricas como profesor titular de la materia Psicología Evolutiva Adolescencia, en la Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, desarrollamos la diferencia entre inmadurez-no madurez y antimadurez o des-madurez. Como así también las diferencias entre irresponsabilidad-no responsabilidad- y des o anti-irresponsabilidad (subjetiva) como trabajo de negatividad adolescente.
7. Inmediatamente que decimos sujeto entidad no corpórea, aclaramos aunque no se produce por fuera del cuerpo, debe pasar por allí, es una de sus materias obligatorias.
8. Integración que no se produce antes de la adolescencia. En la niñez la fantasía que acompaña al crecimiento es de muerte (Doltó, 1974) que culmina en la adolescencia cuando toma al cuerpo con la fantasía de asesinato.
9. Funciones simbólicas ejercidas en los primeros años de vida y hasta fines de la adolescencia, fundamentalmente por el grupo familiar el cual toma a su cargo la crianza.
10. Aunque ya con el destete, el control de esfínteres y la adquisición de la lengua materna se dejan escuchar las voces de los ancestros.
11. Parece una ironía, pero aun así, en no pocos textos y referencias psicoanalíticas se nombra al niño/adolescente como el pequeño sujeto. El pequeño (si así se lo quisiera denominar) es el niño, no el sujeto, capaz de ser producido por él. Dicha equivalencia reduce una genuina producción psíquica por asociación con el crecimiento corporal. La subjetividad en la niñez/ adolescencia trabaja, produce y se produce cuando encuentra las condiciones adecuadas tanto como en el adulto. Pensar el sujeto más pequeño en la niñez/adolescencia, en relación con el adulto, más grande, pleno sujeto, es pensar con el paradigma evolucionista mas biologista.
12. Valga la aclaración, ya que no encuentro otra manera de expresar todo lo que contienen los “sentidos diversos del Otro”. Son las múltiples significaciones con las que tiene que vérselas todo sujeto por el hecho de haber nacido en un grupo que lo antecede y que va señalizando posibles significaciones a su cuerpo, su sexo, a su historia. Pero a la vez “sentidos diversos del Otro”, se refiere a que hay distintas vías sensoriales, del sentido de la vista, del oído, del gusto, del tacto, del olfato, por las cuales esas significaciones a modo de enigma a descifrar le llegan al niño para su metabolización.
13. Para los sistemas complejos “la auotoorganización significa autonomía, pero un sistema autoorganizador es un sistema que debe trabajar para construir y reconstruir su autonomía (…) es decir que para ser autónomo hay que depender del mundo exterior (…) pues el ser vivo extrae información del mundo exterior a fin de su propia organización” (Morín, 1994: 69).
14. El clima de terror que respiraba en la casa un muchacho cada vez que entraba con el así llamado “amigo peligroso”, por su vinculación con las drogas, lo exponía a interminables discusiones con sus padres que culminaban en históricos ataques de asma de uno de los progenitores. Esta situación lo llevó a decidir no ir al viaje de egresados, por temor a lo que pudiera pasarles. Sin viaje de egresados, se consuela en el encuentro y repetición de una inamovible y segura identificación con lo peligroso: “…qué le voy a hacer si ella es asmática”, se respondía como explicación a la inhibición del deseo de irse.
15. No debiera confundirse esta marca personal de lo subjetivo como opuesta a objetivo, ya que allí queda lo falso del lado de la subjetividad y lo verdadero de lado de la objetividad. Las marcas originales de la subjetividad ni se oponen ni están disociadas al principio de realidad; contrariamente, se articulan. Puede seguirse esta idea con la diferencia trazada por Winnicott (1972: capítulo 2) de los distintos tipos de fantaseo.
16. Freud recuerda en El yo y el ello (1923: capítulo 2, nota al pie nº 12) que la expresión ello ya es usada por Nietzsche para lo que es “impersonal”.
17. La escritura otro(s) se refiere a los conceptos “otro y vínculo”, que implican la consideración por la categoría de alteridad y, en ese sentido, se diferencia del otro como especular y del Otro como lugar simbólico. Nos sumamos a las ideas de algunos autores (Kaes R. Puget J. Berenstein I. Kleiman S.) que se ocupan de este concepto que ha cobrado un desarrollo importante dentro del psicoanálisis en los últimos años.
La primavera del significante
Néstor C. Córdova
Introducción: los adolescentes y los significantes de su tiempo
En 1904, el psicólogo norteamericano Stanley Hall publica Adolescencia, libro con el que presenta a la consideración general el estudio de la adolescencia como una fase evolutiva con características específicas. Más allá de su posición marcadamente evolucionista, el título elegido por Hall constituye el equivalente de un nuevo acto simbólico de nominación que impulsa el estudio de la temática adolescente en EE. UU. y más allá de sus fronteras. Por ese entonces, la adolescencia y los adolescentes comienzan a ser con frecuencia creciente motivo de investigación y debate por parte de intelectuales de diversas disciplinas. Casi simultáneamente, en 1905, Freud publica Tres Ensayos, trabajo que incluye el capítulo “Las metamorfosis de la pubertad”, ensayo con el que inaugura la indagación psicoanalítica acerca de los procesos psíquicos que se ponen en juego con el advenimiento de la pubertad.
En 1914, Walter Benjamín afirma que la juventud se sitúa en el centro de donde nace lo nuevo (Levi y Schmitt, 1996). A partir de la década del 50, acompañando los profundos movimientos sociales de posguerra, el fenómeno se acelera y expande; a la par de la creciente consideración adulta, los propios adolescentes comienzan a diferenciarse y crear los signos de una cultura propia. El contexto social epocal de los años 50 y 60 es el espacio-tiempo en que la juventud de posguerra toma conciencia de sí misma y pone en crisis, des-ordena y cuestiona lo socialmente establecido.
Con la creciente difusión de los entonces nuevos medios masivos de comunicación surgen y se imponen globalmente los primeros íconos adolescentes. Nacen expresiones musicales lideradas por el rock que tensan las diferencias generacionales enunciando la ruptura del orden sexual vigente. A la vez que corporizan —ante el creciente desconcierto social causado por los vertiginosos cambios en ciernes— el cuestionamiento a lo establecido y el inquietante acontecer de lo nuevo, los adolescentes portan los significantes de su tiempo.
Nos interrogamos en este escrito sobre la relación significante/adolescencia. Para ello, iniciaremos recorrido con el análisis de la etimología e historia de los vocablos adolescente y adolescencia, revertiremos la flecha del tiempo para rastrear en la antigüedad el origen de los sentidos antitéticos que porta esta palabra. Sentidos que se vinculan con la inquietante extrañeza que genera lo adolescente y que promueven concepciones erróneas como adolecer. Concluiremos con un análisis del lenguaje adolescente, que nos lleva a la formulación de la adolescencia como “la primavera del significante”.
La relación significante/adolescencia. Etimología e historia
Desde su progresiva aparición en el universo simbólico de la antigüedad, hasta emerger con su forma actual, el término adolescencia ha debido recorrer un largo camino. Pese al complejo contexto cultural epocal, signado por cambios vertiginosos que inciden permanentemente en el campo del lenguaje, el significante adolescencia arriba a la actualidad con una notable eficacia simbólica; esto es, la capacidad potencial de producir nuevos efectos de sentido.
Los vocablos adolescencia y adolescente tienen su raíz latina en el verbo adolescere (Corominas, 1990). Este verbo está compuesto por el prefijo ad- y el sufijo incoativo –scere, que denota el principio de una acción progresiva: comenzar a crecer, estar creciendo. Adolescente deriva de adolescens –entis, participio presente de adolescere y significa esencialmente “el que está creciendo”.
Se sostiene en trabajos sobre etimología e historia de las palabras (Fernández López, s/f; Valentini, 2003; Soca 2002/2007) que adolescencia proviene de la raíz originaria al-r, que significaría (acrecentar, elevar, o “mover hacia arriba, levantar, alzar”.) perteneciente a la protolengua indoeuropea, muy anterior a la aparición de la lengua latina.
Con el transcurrir del tiempo al-r derivó en la voz latina alere (nutrir, alimentar, criar) para dar lugar después a alescere (crecer, aumentar de tamaño). Posteriormente alescere, con la unión del prefijo ad-, dio origen a la forma verbal adolecere: crecer, desarrollarse. Finalmente, el participio presente de adolescere, adolescens –entis (el que está creciendo) en el siglo XIII se transformó en los términos del idioma francés adolescens y adolescence.
Del francés arribó al español transformándose respectivamente en adolescente y adolescencia. Siguiendo su peregrinación lingüística, el vocablo adolescere, tras varios siglos, llegó al idioma inglés como adolescence, al portugués como adolescência y al italiano como adolescenza.
En los dos últimos siglos, el término adolescencia se fue extendiendo y adquiriendo una vigorosa presencia en las distintas lenguas de la cultura occidental, coincidiendo con la notoria emergencia de “lo adolescente” en la escena social.
Lo adolescente y las inquietantes figuras de la alteridad
El crecimiento implícito en el significante adolescente es un puro devenir, con sus sentidos de cambio, transformación, acontecer y transcurrir. Crecer es un proceso de subjetivación, que conlleva una fantasía inconsciente agresiva. (Winnicott, 1986). Lo adolescente arriba a la posmodenidad con su bello mascarón de proa, portando el admirado fuego sagrado de cada nueva generación junto con la inquietante extrañeza de la alteridad.
Durante la antigua Roma, en los templos religiosos se realizaban rituales funerarios consistentes en cremaciones o se quemaban inciensos dedicados a los dioses. El creciente tamaño de las llamas se elevaba, el ascenso hacia el cielo del humo y olores de inciensos simbolizaban el camino a la morada de los dioses en las alturas. El “crecer” de las llamas y el arder eran signos de lo sagrado que correspondían a una misma voz: adolecere, derivada de adoleo (término relacionado antiguamente con ad-oleo y luego ad-olezco que significó, primero, “quemar” y también “oler” a humo o a inciensos, lenguaje de los rituales religiosos (Valentni, 2003). Más adelante, este uso probablemente cesó en el lenguaje cotidiano y subsistió sólo con el significado “crecer”
La homonimia de adolescencia y la polisemia resultante permitieron coexistir significados que dieron lugar en la antigüedad a ironías, eufemismos y juegos de palabras (de las Brozas Sánchez [1597], citado en Sánchez Salor y Chaparro Gómez, 1995) con estos dos significados diversos y enlazados.
El crecer adolescente y el arder de las cremaciones funerarias eran sentidos antitéticos expresados por una misma voz: adolescere, expresión oculta de la ambivalencia de los antiguos ante el sagrado acontecimiento adolescente.
Estos sentidos arriban a la actualidad por vía de la palabra, enunciado portador y vehículo de transmisión de historias, mitos y experiencias generacionales.
El significante adolescencia, desde un tiempo inmemorial, connota para el mundo adulto, además de su significación vital, el amenazante sentido de anunciar el advenimiento inexorable del recambio generacional. Los adolescentes al crecer, agitan los espectros de las tres figuras de la alteridad en su versión más radical: el extranjero, la muerte y la sexualidad.
Una sustracción de sentido: adolecer
Por estos inquietantes sentidos, que desde la antigüedad se asocian al acontecer de lo nuevo en crecimiento, la palabra adolescencia ha sido objeto de manipulaciones lingüísticas que dieron lugar a verdaderas “sustracciones etimológicas” (Valentini, 2003). Estas manipulaciones generaron una falsa relación del término adolescencia con adolecer, muy extendida en ámbitos culturales y científicos: “La deriva etimológica se ha dado históricamente a través del verbo castellano <adolecer> que ha venido a significar, carecer, faltar algo y que se lo hace derivar de dolesco: afligir, dolerse, caer enfermo” (Valentini, 2003: 286).
Esta muy difundida y errónea definición constituye una malversación lingüística que tiende a negativizar los sentidos de la voz adolescencia y contribuye al malentendido, a desmentir el potencial transformador y creativo de los adolescentes.
El significado ‘adolecer’ pone en juego una concepción ideológica con consecuencias fácticas en los ámbitos legislativo, judicial, de la salud. La interpretación de adolescencia como derivada de adolecer es el fundamento de ciertas ideologías de corte discriminatorio y teorías evolucionistas dogmáticas, que consideran a los niños y adolescentes como seres inacabados, imperfectos, a medio camino respecto a un ideal de perfección y completud, al cual se arribaría en la adultez, según un programa de desarrollo predeterminado, seccionado en rígidas etapas cronológicas.
Esta idea genera criterios clínicos y pedagógicos adaptativos, que apuntarán a completar esas carencias (Valentini, 2003), vigilar y disciplinar para corregir cualquier desvío del desarrollo, que podría ser considerado anormal, inmoral o patológico. Posición en las antípodas de ideas psicoanalíticas como las de Winnicott (1986) con su confianza en el potencial creativo del crecer adolescente. Lo que en términos pedagógicos y terapéuticos, significa esencialmente generar las condiciones para “la puesta en juego” de esa potencialidad.
Cierto pensamiento intenta sectorizar el universo y a los sujetos en sistemas cerrados para amoldarlos a sus leyes. Dado que no puede admitir el desorden como condición para los procesos saludables, intentará mutilarlo o segregarlo como anómalo, atípico o perturbador.
Es más tranquilizador calificar el desorden que la adolescencia promueve, como dolencia, sufrimiento o carencia, que pensarlo como una condición necesaria, facilitadora de los procesos de subjetivación de una generación aún vulnerable, intentando arribar y hacerse un lugar en el mundo adulto.
Adolescencia: la primavera del significante
La adolescencia es la novedad radical que arriba al contexto familiar y social en una oleada generacional, que revuelve las aguas del litoral (literal) adulto, para dejar su marca significante en la roca del tiempo.
Grassi (2009) sostiene que los procesos puberal y adolescente se ponen en juego en lo que denomina el “entretiempo de la sexuación”. Afirma que la adolescencia es urgencia de transformar y crear, es puesta en desorden del cuerpo, de la identidad infantil, del orden familiar y la posición generacional.
En esta dirección aportaremos que la urgencia de transformar(se) y crear(se), y el imprescindible empuje a la puesta en desorden de sí y del contexto, se verifican también en el campo del lenguaje.
Al adolescente le urge poner en desorden el lenguaje, tanto como el cuerpo infantil, constituido a partir del encuentro originante con el deseo y sexualidad inconscientes del Otro materno. Operación de implante de los significantes de la sexualidad y deseo inconsciente parental que inaugura y pone a trabajar los procesos de sexualización y sexuación.
En respuesta al silencioso embate de la pulsión y las vertiginosas transformaciones en lo real del cuerpo, los adolescentes necesitan recurrir a significantes propios, a veces inéditos para apalabrar e inscribir ese íntimo acontecimiento y subjetivarlo.
Con esta finalidad, trabajan para des-ordenar las convenciones del lenguaje adulto y des-alienarse de los significantes parentales del tiempo de la infancia, que no dan respuesta, ni les permiten expresar sus íntimas, inéditas e inexplicables vivencias.
El adolescente, para apropiarse de los recursos del lenguaje, debe recurrir a su creatividad no exenta de hostilidad para transgredir los códigos preestablecidos y explorar nuevas palabras y nuevos sentidos.
Durante el entretiempo de la sexuación se ponen de manifiesto novedosas y crípticas formas de expresión grupal, de apariencias meramente oposicionistas e “insignificantes” en el nivel del enunciado, pero frecuentemente de una gran densidad expresiva en el plano de la enunciación.
El adolescente no cuenta aún con un “discurso apropiado” (aún no se ha apropiado de un discurso), está en proceso de desasimiento y desalienación del Otro parental, debe entonces crear recursos expresivos en la grupalidad, para representar ciertos estados emocionales que devienen del encuentro cara a cara con lo real inaccesible al lenguaje: “bolú, estoy re heavy”.
Tampoco encuentra muy a menudo en el adulto la escucha que le otorgue legitimidad y sentido a esos estados para poder figurarlos y ligarlos.
El recurso de la acción es bastante frecuente en el proceso de subjetivación, cuando el adolescente no puede decir en palabras ni expresar con el cuerpo. La actuación como intento de poner el cuerpo donde falta la palabra y la escucha precisa, es pensable como un intento de inscripción subjetivante y puesta en escena dirigida al Otro parental.
Los adolescentes, para ser tales, deben establecer una novedosa relación con las palabras, desacralizarlas poniendo al descubierto su vaciamiento y empobrecimiento, devolviéndoles un novedoso valor significante, desamarrándolas de la rigidez del significado convenido.
Desordenan el lenguaje, escandalizando a los adultos, al exhibir crudamente la arbitrariedad de la relación significante/significado.
Una operación característica “en” la adolescencia es la manipulación de las sílabas y fonemas, creando apócopes y acortamientos a veces originales, que configuran lo que se denomina metaplasmos: alteraciones de la escritura o pronunciación de las palabras sin modificación del significado: “Na, bolú”.
El fruto inmediato de este trabajo de puesta en desorden del lenguaje es el juego de creación de frases no convencionales, la adjudicación de nuevas significaciones a los viejos términos, la utilización de neologismos... Siendo coherentes con este tema, podríamos dis-torsionar el lenguaje una vez más y ficcionar que los adolescentes crean sus propios “matemas”, con los que intentan formular y transmitir aquello no expresable por medio de las palabras a su alcance.
Como los poetas, juegan con las palabras y las frases, las desordenan y vuelven a ordenar, generando nuevos sentidos de características insondables para los adultos. Se trata de un momento del trabajo creativo de puesta en desorden y apropiación de un lenguaje al que han permanecido sujetados y alienados. Es un modo de intentar transcribir en lo simbólico la íntima experiencia con lo real de un cuerpo, cuya imagen es alterada por las vertiginosas transformaciones. El desafío a las reglas gramaticales y la alteración de los códigos del lenguaje adulto les confiere a ciertas expresiones un carácter poético, a veces dramático.
“La adolescencia es la primavera del significante”, sus delicadas y bellas floraciones caerán con el tiempo, probablemente, también el carácter incondicional del grupo y las primeras experiencias amorosas, exploraciones en y desde el otro, que dejarán sus poéticas e indelebles escrituras en el cuerpo, decisivas para su subjetivación.
El fruto será el cavado de un ínfimo lugar propio en el orden simbólico, habiendo previamente jugado con él y desafiado sus leyes. Apropiarse del lenguaje le permitirá intentar materializar sus deseos y decir algo en nombre propio, dejando la impronta de su paso en el lenguaje adulto.
Adolescencia: reorganización y nuevos modelos de subjetividad
Adrián Grassi
El des-orden
Teniendo en cuenta que el título del trabajo anticipa la adolescencia como momento de transformaciones y cambios, algunas precisiones conceptuales provenientes de la epistemología del “pensamiento de los sistemas complejos” darán el trasfondo sobre el cual se plantean estos desarrollos.
Veamos el alcance de los términos organización, reorganización y lo que se denomina nuevas o neoorganizaciones. En un sentido amplio, reorganización implica que un orden o “estado de la cosa” es cambiado, transformado por reacomodamientos, reordenamientos, por des-orden de lo existente. La incorporación de nuevos elementos des-ordena lo establecido dando lugar a organizaciones neo.
Para el pensamiento de los sistemas complejos, un orden organizacional puede nacer a partir de un proceso que produce desorden. La complejidad de la relación orden/desorden/organización surge, entonces, cuando se constata empíricamente que fenómenos desordenados son necesarios en ciertas condiciones, en ciertos casos para la producción de fenómenos organizados, lo cual contribuye al incremento del orden (Morín, 2003).
La peculiaridad de la escritura “des-orden” es utilizada aquí para destacar varios sentidos del término. En lo que a producción subjetiva y adolescencia se refiere, des-orden no es mera oposición a orden ni dicho des-orden aparece por descuido, des-gano, negativismo o rebeldía adolescente (aunque todo esto pueda estar presente en alguna medida). Des-orden no es producto de una carencia del sujeto ni deviene por “evolución natural” del desarrollo. Des-orden es meta a alcanzar mediante un esfuerzo de trabajo psíquico y su realización comporta un rédito positivo en la producción de subjetividad, afirmación esta que acompaña los desarrollos del presente trabajo.
En otro sentido, diferenciamos des-orden de desorganización o batifondo (Balandier, 2005), de su antítesis anti-órden, como de la negación simple no-orden. Existen procesos adolescentes que pueden tomar esas derivaciones en la medida en que aparezcan importantes interferencias (intra o intersubjetivas) que obstaculicen el procesamiento o metabolización de los elementos nuevos que se presenten. También son conocidas distintas resistencias al des-orden, más allá de las de los padres e instituciones, las propias del mismo adolescente.
Lo puberal-lo adolescente
La vida psíquica encuentra distintos momentos en los cuales se trata de inscribir, incorporar, metabolizar lo heterogéneo y así re-organizar, re-ordenar, des-ordenar lo previo. Movimientos inaugurales constitutivos del psiquismo. En su devenir, la subjetividad trabaja la adolescencia produciendo transformaciones. Estos trabajos denominados lo puberal-adolescente implican un potencial saludable (no siempre desarrollado) de cambio. Lo puberal-adolescente, al encontrar condiciones de desarrollo, es una puesta en des-orden del statu quo promotor de neoorganizaciones. Distintos autores plantean la adolescencia como segundo nacimiento, aquí destacamos cuáles son esas nuevas organizaciones psíquicas de las que ella es origen y génesis.
Siendo que desorden, reorganización y neo organizaciones aparecen ante la incorporación de lo nuevo, de lo distinto, de lo hetero; lo puberal-adolescente trabaja para su incorporación y homogenización, lo proveniente de distintas fuentes:
a) Un campo estrictamente intra-subjetivo como son los cambios corporales y las vicisitudes de la historia personal.
b) Un campo de inter-sujetividad que abarca las relaciones familiares, al conjunto de los coetáneos y un círculo más amplio, con quienes se comparte un período histórico-político-social.
c) Un campo que, vía transmisión generacional de la vida psíquica, toma una dimensión trans-subjetiva que conecta con las generaciones precedentes.
Puntualizamos distintos elementos heterogéneos a metabolizar en este período:
1) Crecimiento y desarrollo que jaquean la identidad
Los cambios corporales relativos al desarrollo y nuevo funcionamiento endocrino y hormonal, que producen el crecimiento del cuerpo y la aparición de los caracteres sexuales secundarios, imponen al psiquismo un trabajo de simbolización. La maduración biológica (bruscos cambios de estatura, peso y proporciones corporales, aparición de vellosidad, cambios de voz, etc.), que irrumpe en ambos sexos entre los 12 y los 16 continuando durante varios años, replantea en simultáneo las identidades enraizadas a lo somático. A la vez, el crecimiento del aparto genital, la maduración de sus órganos sexuales internos y externos (producción de líquido seminal, la ovulación y la llegada de la menstruación, el desarrollo de los senos, aparición de vello pubiano) son elementos que anuncian al psiquismo un trabajo de metabolización de las diferencias de género sobre el desarrollo de la identidad sexual. La maduración biológica con todo este nuevo funcionamiento endocrino y hormonal, el crecimiento corporal con sus transformaciones y metamorfosis son la materia prima, lo hetero a metabolizar.
Los cambios corporales piden una revisita de la imagen especular. Un nuevo pasaje por el estadio del espejo como formador de la función del yo (Lacan, 1975), el cual no es sin su imagen corporal, anuncia la importancia que toma la mirada, el tacto y el tiempo dedicado a decorar sus cambios. A la vez que con la apertura hacia la genitalidad, el cuerpo pre-genital queda chico y limita al/la adolescente para registrar sus nuevas experiencias y exploraciones (Wassermann, 2005). Con el erotismo ligado a la genitalidad, la eyaculación y lo orgásmico en general, se registran nuevas vivencias, experiencias y sensaciones que requieren de inscripciones psíquicas para su significación (1).
Es común en los años de pubertad y adolescencia la aparición de fenómenos de alteración de funciones corporales, tales como trastornos digestivos y alimentarios, las alteraciones de los ritmos del sueño, trastornos corporales producidos por el exceso en la ingesta de bebidas alcohólicas y otras sustancias, las actuaciones sobre el terreno de lo corporal con autoagresiones y automutilaciones, las diversas marcaciones (voluntarias e involuntarias) sobre la superficie de la piel, la aparición de enfermedades psicosomáticas, fenómenos conversivos y angustia hipocondríaca. Todos estos desarreglos funcionales acompañados además de temores, cuando no terrores referidos a lo corporal y sus límites, son una muestra suficiente para dimensionar que la subjetividad requiere de trabajos de integración psicosomática y que no alcanza con el decurso del proceso de maduración biológica per se para que esta quede establecida.
La subjetividad demanda encontrar nuevos ordenamientos, re-ordenar, des-ordenar las relaciones del cuerpo infantil con la propia historia, con los padres de la infancia, con la infancia de los padres, con su lugar en el circuito de deseo familiar. Demanda replantear las identificaciones infantiles enraizadas en lo somático y en la familia. Se requieren nuevas organizaciones que signifiquen, que den sentido al crecimiento y la genitalidad. La simbolización del crecimiento del cuerpo (erógeno) con su naciente genitalidad implica trabajos psíquicos en relación con el estadio del espejo y sus categorías (narcisismo e identidad, “lo extraño”, fort-da) y del complejo de Edipo (identificaciones sexuales, de género y generacionales) que comprometen toda la estructura del aparato psíquico.
Es conocido y aceptado el planteo de la adolescencia como un período de crisis y duelo. Crisis de identidad, duelo por el “ser infantil”. Son los duelos por los padres de la infancia, por la historia de las relaciones infantiles de objeto, por la mismidad, por el self si se quiere, que toman un carácter distintivo respecto de otros duelos como la pérdida de un objeto. Aberastury y Knobel (1971) se han ocupado ampliamente de describir los trabajos de duelo del adolescente. No obstante, no puede soslayarse un planteo que contenga la idea de que los duelos y las crisis de la adolescencia se juegan en un terreno que es el de un sistema de relaciones, en este caso familiares. De allí que creemos más apropiado nombrarlas no tanto como crisis de, sino en la adolescencia, para incluir todo lo que comprometen de circuitos libidinales de “lo puberal de los padres” (Gutton, 1993) y del reposicionamiento generacional (Kanciper, 2007), punto que retomaremos más adelante.
Los trabajos de duelo en la adolescencia son paradojales (Rodulfo, 2004). El fin de la infancia requiere de una caída, una muerte, pero a la vez de una conservación superadora, transformación de lo infantil. Algo se pierde pero los referentes simbólicos de la identidad son resignificados (nombre, apellido, filiación, pertenencia a un sexo, a un grupo de origen, a una generación). Los nexos con el cuerpo de la infancia, con la historia de las elecciones libidinales y de la relaciones objetales familiares, con la genealogía entran en un proceso de resignificación e historización aun incierto en cuanto a su devenir y que se inicia con los procesos adolescentes (Rother de Hornstein, 2006). Sabido es que para el psicoanálisis, la temporalidad no se plantea como una continuidad lineal entre pasado, presente y futuro. “La historia es el pasado historizado en el presente, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado” (Lacan, 1981: 27). El psicoanálisis ha desarrollado conceptos (retroactividad, series complementarias, repetición, por ejemplo) que muestran la complejidad de las relaciones entre el pasado y el devenir, relación que puede plantearse entre temporalidad y causalidad psíquica.
2) Los dos tiempos o fases de la sexuación (y el entretiempo)
Dada esta peculiaridad de la sexualidad humana de constituirse en dos tiempos o fases (Freud, 1905), cabe preguntarse por la relación entre la sexualidad infantil (historia libidinal, historia de las relaciones de objeto en la infancia) y la sexualidad adulta (con su hallazgo de objeto y procreación como nuevo fin). ¿Cómo se articulan pasado, presente y futuro en lo que a identidad sexuada, identidad de género, hallazgo de objeto y nuevo fin se refiere?
Vaya en esta cita nuestro homenaje a Silvia Bleichmar, de quien tomamos su planteo sobre los dos tiempos de la sexualidad humana:
(...) no corresponden a dos fases de una misma sexualidad, sino a dos sexualidades diferentes: una desgranada de los cuidados precoses, implantada por el adulto, productora de excitaciones que encuentran vías de ligazón y descarga bajo formas parciales y otra con primacía genital, establecida en la pubertad y ubicada en el camino madurativo que posibilita el ensamblaje genital, no constituyendo entonces una simple reedición del acmé de la sexualidad infantil, sino un modo de recomposición ordenado y guiado por la existencia de una primacía de carácter genital (Bleichmar, 2006: 95).
Respecto de estos dos tiempos o formas de la sexuación, nuestra proposición: lo puberal-adolescente es el entretiempo de la sexuación, en la medida en que la culminación de la sexualidad (infantil) no se produce (si es que alguna vez lo hace) automáticamente y deviene en su conformación normal definitiva (adulta). Requiere de estaciones de recambio de su identidad infantil, de des-orden del cuerpo, del objeto familiar, del reposicionamiento generacional. Entre re-edición y repetición, lo puberal adolescente tiene urgencia de transformar y crear. Urgencia por la inscripción de un cuerpo que conlleve una identidad diferenciada de lo infantil, de lo conocido y parental, con rasgos originarios y que contenga el deseo genital ligado a un objeto no-familiar (2). Entre repetición de lo viejo e inscripción de lo nuevo, lo puberal adolescente demanda un proceso identificatorio que se debate entre principio de permanencia y principio de cambio (Aulagnier, 1991).
Sabido es que la pubertad y adolescencia requieren de un tiempo de maduración, período variable más o menos prolongado y duradero, intervalo con diferentes capítulos como finales abiertos e inciertos. Estación de recambio del cuerpo, del objeto, del emplazamiento generacional. Si bien es momento propicio para las repeticiones de los modelos de las relaciones de objeto de la infancia, del narcisismo, del complejo de Edipo, de la historia infantil y el pasado familiar, también es empuje y oportunidad para el origen y los nuevos comienzos.
No habría que olvidar que la conclusión del momento infantil de la sexualidad, final del complejo de Edipo previo a la latencia, plantea varias posibilidades respecto del destino de la libido:
No veo razón alguna, para denegar el nombre de represión al extrañamiento del yo respecto del complejo de Edipo, si bien las represiones posteriores son llevadas a cabo la mayoría de las veces con la participación del superyó que aquí recién se forma. Pero el proceso descripto es más que una represión; equivale cuando se consuma idealmente a una destrucción y cancelación del complejo. Cabe suponer que hemos tropezado aquí con la frontera no muy tajante entre lo normal y lo patológico. Si el yo no ha logrado mucho más que una represión del complejo, éste subsistirá inconciente en el ello y más tarde exteriorizará su efecto patógeno (Freud, 1986: 146).
En este sentido, no es menor la diferencia que puede establecerse entre desplazamiento de la libido por represión de deseos incestuosos y desasimiento o remoción de la libido por sepultamiento del complejo de Edipo. Así, en la adolescencia, no habría necesariamente una mera transferencia o desplazamiento automático (represión mediante) de libido desde los objetos incestuosos, de lo familiar hacia el afuera de lo familiar. Con la aparición del deseo genital —tanto fuente como objeto y fin de la pulsión— se requiere de nuevas inscripciones, de nuevas organizaciones psíquicas.
Dicha operatoria, sepultamiento del complejo de Edipo mediante, se produce no sin conflicto, no sin las marcas de la historia familiar (libidinal) infantil y no sin la consideración por lo nuevo y no familiar del objeto. El conflicto, que como anticipamos puede tener resoluciones diferentes (3), se expresa en términos de un cuerpo pre-genital que conlleva las marcas del deseo del Otro familiar, la sexualidad del adulto inscripta en el cuerpo del niño y que ahora, con el devenir puberal adolescente, el cuerpo constituye deseo genital en un vínculo no-familiar. Lo puberal-adolescente es ese entretiempo de trabajos específicos, lugar de transformación e inscripción del cuerpo (erógeno) pre-genital en cuerpo genital y de objeto familiar en objeto de deseo no-familiar.
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