Kitabı oku: «Damnare silentium»

© del texto: Adrián Misichevici-Carp
© con ayuda de Tania Ayelén Sejudo
© Texto original en Rumano
© diseño de cubierta: Johnier Alberto Bermúdez
© corrección del texto: Equipo Mirahadas
© de esta edición:
Editorial Mirahadas, 2021
Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24 Edificio SEVILLA 2,
41018, Sevilla
Tlfns: 912.665.684
www.mirahadas.com
Producción del ePub: booqlab
Primera edición: noviembre, 2021
ISBN: 978-84-18996-66-5
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o scanear algún fragmento de esta obra»

Quiero agradecerle a Tania Ayelén Sejudo Pérez, por confiarme la historia de Emma y por toda su ayuda para que este proyecto vea la luz. Espero con ansias la novela que va seguir a “Damnare silentium” y comienza al final de esta. (Argentina 1998).
También quiero agradecerle a mi esposa por todo su apoyo.
Índice
(Silencio maldito) prólogo
Cartas
La partida
El hijo de Jacob
El matrimonio
La juventud hitleriana
El alistamiento
El nido de los cuervos
Fin de curso
Deambulaciones
Los estudiantes de la Biblia
El poder de la manada
Bergen Belsen; el principio del fin
Tenemos la misma sangre
Tan cerca y tan lejos
El encuentro
«Mi mundo»
Los últimos meses
Abril 1945
Notas
(SILENCIO MALDITO)
PRÓLOGO
Me despierto cada mañana sabiendo que un día duro me espera, esto sucede desde que tengo uso de razón y supongo que así será el resto de mi vida. Esta es mi normalidad, no voy a decir que me sea fácil o que la disfrute todo el tiempo, pero la acepto e intento disfrutar esos momentos que son más felices que otros. Pero no siempre fue así, cuando era joven creía que mi vida era la más difícil de todas las que conocía y solía lamentarme en mis pocos ratos libres hasta que ella me dejó conocerla realmente.
Emma fue valiente hasta el último de sus días, en el ocaso de su vida contó su historia para aliviar el alma cansada de una persona en la que se veía reflejada, marcó la vida de una joven quien, como ella, rompía los esquemas de su familia.
Durante mi infancia solía mirar su casa, se veía como un lugar de paz, con su césped bien cortado, su banco bajo el árbol en el que solía sentarse a la sombra, desde donde me saludaba cuando yo pasaba de camino a mi casa que me esperaba con un caos asegurado. Envidiaba la tranquilidad de su vida y deseaba ser ella en ese momento.
En un barrio donde todos provenimos de Europa, pero nadie cuenta el motivo de su llegada, ella fracturó las creencias preconcebidas (luego terminé entendiendo que lo había hecho toda su vida). Marcó mi vida, tanto que le di a mi hija su nombre. Hay un antes y un después de ella.
Esta es su historia, merece la pena conocerla... merece la pena contarla. A Emma y a esas mujeres que pasaron por mi vida demostrando el verdadero significado de la palabra valentía, a las que han sido mi familia por opción, maestras de vocación y amigas por decisión, gracias.
Tania Ayelen Sejudo Pérez
Me gustaría decir que escribir este libro ha sido una empresa agradable; pero no lo ha sido ni un solo momento en los dos años que me ha llevado terminarlo.
Philip Zimbardo. El efecto Lucifer.
Más o menos, lo mismo pasó con mi novela. En abril de 20191 conocí la historia de Emma, una biografía que me dio un fuerte impulso para adentrarme en el período más terrible de la humanidad. Una era de la que me mantuve alejado durante mucho tiempo, como si no quisiera creer que existió. Empecé a buscar información muy activo, y cuando saqué la Crónica del holocausto de la biblioteca, mi vida ya no ha vuelto ser la misma. Setecientas páginas de horribles asesinatos convirtieron mi sueño tranquilo en uno inquieto. Comencé a darme cuenta de que estamos obligados a no cerrar los ojos ante estos hechos, a no escondernos de ellos, porque tenemos el gran talento para olvidar la historia y repetirla. Al mismo tiempo, entendí que no solo los alemanes han sido los culpables de aquellos terribles hechos, sino todos aquellos que pudieron echar una mano y no lo hicieron. Solo si la conferencia de Evian hubiera tenido otro resultado, además de muchas charlas, se podría haber salvado mucha gente; la pasividad de todos empeoró la situación.
A través de este libro pretendía contarle al mundo la historia de una chica alemana, con una vida nada envidiable. Además de ella, traté de sacar de los estantes de la historia también otros terribles ejemplos, especialmente para aquellos como yo, que evitaron este período. Es muy difícil, pero estamos obligados a no olvidarlos y a no repetirlos, a recordar adónde nos puede llevar el odio.
Si durante la lectura, además de una creciente tristeza, aparecerán y aquellas preguntas que me las hice yo, consideraré que he alcanzado mi meta.
Adrián Misichevici-Carp
CARTAS...
En el fondo, toda religión es una religión de amor para sus fieles y, en cambio, cruel e intolerante para aquellos que no la reconocen2.
S. Freud. Psicología de las masas.
Era una noche fría de noviembre en 1938. El aire húmedo y frío penetraba hasta los huesos de los pocos transeúntes que se escondían apresuradamente en sus cuevas artificiales. La luna, como una linterna sucia y símbolo del amor eterno, aparecía de vez en cuando entre las nubes. Su rostro pálido y lleno de manchas de un morado enfermo, ahora, como hace miles de años, miraba impasible y fría las atrocidades humanas. Si tuviera lógica alguna, no la encontraría en lo que estaba sucediendo allí abajo; la gente continuaba odiándose y matándose en su lucha por una supremacía inventada. Para demostrarse el uno al otro quién es el más preponderante, utilizaban los argumentos más ridículos, así como: la raza, la sangre, la religión, el idioma, la ascendencia, la forma de la nariz, el color de los ojos o del cabello, etc. Lo hacían durante miles de años, engullidos por la esfera de la historia que ellos mismos habían construido, de la que no querían salir para nada. En otras palabras, hacían un trabajo sisifico: pisando todas las mañanas el mismo rastrillo. Cada generación se llamaba a sí misma más civilizada que la anterior, sin darse cuenta de que no había ganado nada en comportamiento; eran iguales o incluso peores, porque en las guerras modernas no morían miles, sino millones. Continuaban rompiéndose las cabezas unos a otros, pero modernizando continuamente sus armas. Desde Caín y Abel en adelante, nada nuevo: el mismo odio fraterno indómito...
Emma Muller, era el único ser que rompía el silencio asfáltico con sus pasos apresurados. Algún tiempo atrás, había atravesado algunos charcos con profundidades impredecibles y sentía los pies escabechados y endurecidos de frío. Un flis-flis que salía de sus zapatos a cada paso la habría molestado hasta la médula en un día normal. Pero ahora estaba feliz, muy feliz; estaba segura, de que pronto terminarían todos los problemas. Ella y David tenían planificada una nueva vida: lejos de la Alemania de Hitler, donde solo tenían lugar los rubios y sus fanáticos.
Cuando llegó a casa, se levantó sobre las puntas de los dedos y pasó rápidamente a su habitación, donde después de cambiarse de ropa, se acostó en la cama. Se sentía poseída por una energía desconocida, una alegría extraña e incomprensible porque no venía de lo material. La impresión de una fuerza sobrenatural le hizo pensar que no iba a poder dormir en toda la noche, y el deseo de confesarle a alguien todo lo sucedido, se volvía insoportable. El único que sabía escucharla y al que le habría contado todo, era su padre, que ahora dormía sentado en una silla de la cocina, con la cabeza encima de la mesa y con la mano aferrada a una botella volcada de shnaps. Desde que lo trajeron herido del frente de la Gran Guerra, ya no era el mismo, y después de la crisis de 1924 entró del todo en el mundo del falso mejoramiento del alcohol. A su madre no podía decírselo, porque hacía mucho tiempo que no hablaban como amigas. Esta, hasta cierto punto, apoyaba la política del Führer. Según lo que decía el padre cuando se mareaba, era: «la única de la casa que puede cambiar la Biblia con la Lucha del poseído y viceversa».
Soñaba con los ojos abiertos; planeaba un futuro lleno de alegría, puro y hermoso. De repente, se le ocurrió una idea. Abrió el cajón de la mesita de noche, de donde sacó una hermosa libreta envuelta en cuero; la había recibido como regalo hace unos años y en la que todavía le costaba empezar un diario. Estaba sentada en la cama, con la punta del lápiz entre sus labios y el cuaderno en las rodillas. Sus pensamientos volaban caóticamente y no podía captar ninguno para comenzar. En la primera página escribió en mayúsculas: CARTAS PARA LOS NIÑOS. Borró «los niños» y escribió al lado, con las mismas letras caligráficas: EL FUTURO.
Este comportamiento primitivo, de querer compartir con alguien los sentimientos más profundos, buenos o malos, de euforia o desastre interior, nos persigue todo el tiempo. Ya sea Dios, un pariente, un amigo, un sirviente de la Iglesia, un psicólogo, un animal o simplemente una hoja de papel, simplemente necesitamos a alguien a quien descargar nuestros sentimientos internos que, de no ver la luz, triturarían nuestra alma. Siempre estamos esperando una respuesta que nos anime en nuestros sueños, pero muchas veces, esta nos devuelve a la tierra, nos lleva a la verdad. Visto desde otra perspectiva, tiene el poder de destruir los muros falsos que hemos construido nosotros mismos. En ausencia del oyente de confianza, un lápiz y una hoja pueden reemplazarlo. Parece que, al releer las notas, repasamos con la mente más fría nuestra explosión interior, revivimos el momento en una dirección diferente, y cuando iniciamos la confesión, dejamos algunas de las dificultades en el papel.
Emma estaba en la cama y quería traspasar el flujo de su conciencia sobre el papel, pero como nunca lo había hecho antes, no sabía por dónde ni con qué empezar. Luchó con sus ideas durante unos minutos, después de lo cual, se dio cuenta que el diario es algo personal, y puede traspasar sus preocupaciones sobre el papel como quiere ella misma, sin grandes exageraciones de escritor. Empezó...
CARTAS PARA EL FUTURO
¡Dios, estoy tan feliz! Parece que, al final, habrá cambios para mejor en mi vida y en la de David. Vislumbro una luz tenue al final del túnel. Nos falta un día más y nos vamos de este país de fanáticos locos. Nos casaremos en la primera religión que nos reciba e intentaremos olvidar esta terrible pesadilla por la que pasamos. ¿De verdad es importante para ti en qué iglesia oramos, siempre que seamos sinceros? ¡No lo creo! Este hábito de demostrar todo tipo de supremacías, solo la tenemos nosotros, los humanos. Por culpa de ellos, Señor, de los que se creen una raza superior, debemos huir de nuestro país.
¿Y si alguien encuentra mi diario antes de salir de Alemania? ¡Estamos perdidos! ¿Significará esto que nuestros planes han fracasado, o todavía tendremos alguna oportunidad? En el mejor de los casos, (tú, aquel, alguien) puedes seguir siendo mi cómplice silencioso, o para protegerte, chivarte de mí al sistema, considerándome su enemiga. Si hicieras esto último, tendrás razón. Lo odio con todo mi corazón, y David, igual está destinado a la perdición en este régimen despótico. Tal como están las cosas, no veo ningún rayo de esperanza. Así que, «querido» amigo (la ausencia o la presencia de las comillas, depende completamente de ti) en busca de un futuro mejor, necesitamos salir de aquí lo antes posible.
¿De qué me acusarían estos servidores del nuevo orden? ¿Que amo a un enemigo del pueblo alemán, un «parásito», que nos odia de todo corazón y trata de destruirnos, desde la más vieja antigüedad? ¿Que encontré mi felicidad en algo estrictamente prohibido por un paranoico, seguido por una multitud aún más loca? ¿Violé, la llamada ley para la protección de la sangre y el honor alemán? ¡Dios, qué estúpido y falso suena! ¿Qué pueden tener en común la sangre y la ciudadanía? David, el pobre, me ama tanto a mí como a este país que lo margina cada vez más. Donde ya no cabe él, tampoco me detengo yo...
Sí, tú, el que encontrará mi diario, decides ser mi amigo, conoce por lo que he pasado y saca tus propias conclusiones. Si decides lo contrario, que sepas que odio a todos los nazis (incluyéndote a ti) y amo a un judío. Sí, amo a un «enemigo» del pueblo y por eso me «merezco» que me dispares, con picardía, junto a un muro agujerado por balas, lleno de historias tristes, como la que ahora escribo.
¡Si nuestra huida falla, ni siquiera sé qué hacer! Lo que sé es que estoy cansada de vivir en este miedo impuesto. Me pregunto, ¿por qué soy tan pesimista?
¡Futuro, te dejo un poco de información sobre mi pasado! Nací el 21 de marzo 1919 en esta ciudad alemana, en una familia una vez feliz (antes de la Gran Guerra, es decir, antes de mi nacimiento). Unos meses después de mi llegada a este mundo, el 28 de junio de 1919, se firmó el Tratado de Versalles. Un jaque mate de varios países contra nosotros. Un tratado devastador para el pueblo, que lo obligaba pagar una gran compensación a los aliados. Querían 1 132 000 marcos de oro, y nos declaraban culpables de todas las atrocidades de la guerra. Encontraron a su chivo expiatorio. Que sepas que no se conformaron solamente con el oro, recibían de todo, desde: vagones de tren, locomotoras, barcos, caballos, vacas, ovejas, hasta nuestro último abrigo. Está claro que yo no me acuerdo de todo esto, lo aprendí: en la escuela, de los mayores, de los libros y los periódicos y de lo que me lo contó mi padre. Hasta el momento del tratado, Alemania estaba de rodillas, y después de él, la pusieron con la cara en el barro, bajo un pesado zapato en la nuca. Por ejemplo: en 1923 ibas a por una barra de pan por la mañana y pagabas 7000 marcos, por la tarde la comprabas por 140 000 marcos y al día siguiente pagabas el millón. Mientras hacías cola, los productos podían subir de precio unas cuantas veces. El pueblo estaba sufriendo terriblemente y mi familia tampoco se encontraba mejor.
Mi padre luchó los dos primeros años en el frente, hasta que a fines de 1916 lo trajeron herido y con inicio de gangrena, en una pierna. No demoraron en cortársela, volviendo un poco a la vida, solo después que yo naciera. Aunque esta chispa de responsabilidad no duró mucho, volviendo a encontrar la paz en la botella. Hacia 1924, con la culminación de la crisis económica en nuestro país, tuvieron que vender la casa donde nací. Una grande, ubicada en pleno centro. La misma suerte corrieron todas las tierras agrícolas, que estaban en nuestra posesión. Compraron esta casa tranquila al borde de la llamada civilización. Mi padre era el que peor la llevaba, no podía salir del pasado glorioso. Se sentía impotente y una boca extra en la familia. La pensión de los veteranos se redujo a nada y el dinero que quedaba de la casa y la tierra vendida, pronto dejó de tener valor. En 1928, empezó la recuperación y mi padre, junto con el país que comenzaba a salir de una crisis impuesta. Entonces, nos hicimos muy buenos amigos.
Inmediatamente después del final de la guerra, los verdaderos culpables comenzaron a buscar chivos expiatorios de todas las desgracias del pueblo alemán. Fueron acusados de alta traición: los judíos (todos, desde los más jóvenes hasta los más mayores), los socialdemócratas y los empresarios. Luego, lento pero seguro casi toda la culpa pasó a los judíos, especialmente con la ayuda de la actual dirección nacionalsocialista. Lo peor es que la mayoría se lo creyeron y lo siguen creyendo, especialmente lo que concierne a los judíos. Pocos son los que piensan como mi padre que dice: «un hombre que realmente conoce al menos un judío, no puede creer tal cosa»...
Dejó cuidadosamente el diario y el lápiz sobre la cama y enseguida abrió el cajón de la mesita de noche, de donde sacó una pila de papeles, la mayoría de ellos cortados de periódicos. Desde que estaba enamorada de David, ha tratado de reunir la mayor cantidad de evidencia del odio del pueblo alemán hacia el pueblo judío: «Cuando esto termine y vivamos todos en paz y armonía, mostraré a nuestros hijos por lo que debía pasar su padre. Este adoctrinamiento absurdo del pueblo alemán, como dice mi padre, no puede durar mucho, se despertará de una vez y será muy doloroso por todos aquellos que lo alimentan con mentiras y lo incitan al odio». Se lo decía Emma, cada vez que cortaba frases antisemitas, de diversas fuentes de propaganda nazi. Creía sinceramente que este odio no iba durar mucho.
Eligió algunas citas de la pila de papeles, solo aquellas de hasta 1933, y pensó: «Las pegaré en mi diario, para el futuro». Comenzó con uno de 1918:
«Ahora nos gobierna nuestro enemigo mortal: Judas. Todavía no sabemos cómo terminará este caos, pero podemos adivinarlo. Vendrán tiempos de huidas, de grandes penalidades, ¡tiempos de peligro! Todos nosotros, los que estamos en esta lucha, corremos peligro, porque el enemigo nos odia con el odio infinito de raza judía. Es la hora del “ojo por ojo y diente por diente”3». Rudolf von Sebottendorff, 1918.
El odio infinito es nuestro, del pueblo alemán, y lo llevamos dentro desde los tiempos más antiguos. Aproximadamente desde que nos llamamos civilizados y nos reunimos en las iglesias, reanudó su escritura Emma. Desde que tengo memoria, en la iglesia se nos dice que el pueblo judío es culpable de la muerte de Jesús. Repiten y repiten lo mismo, sin cansarse nunca. ¿Es decir que mi David, el que no mata una mosca, es culpable de crímenes cometidos hace miles de años por quién sabe quién?... Igualmente, con todo el pueblo judío, ¿cuál es su culpa? El mayor enemigo del pueblo de David es el poder actual liderado por Hitler. Este último no se avergüenza en absoluto de acusarlos de todas las desgracias del mundo, por todos los medios posibles: «Hay que impedir que el judío socave nuestro Volk, si es necesario, confinando a sus instigadores en campos de concentración. En suma: hay que limpiar de veneno el Volk, de arriba abajo4». Hitler, marzo 1921, periódico Volkischer Beobachter.
Este hombre desalmado no ama a nadie y se venga de los judíos. Llama toda la atención hacia ellos, para que no veamos sus verdaderos planes. El pueblo alemán se queda en silencio, o aún peor, lo está ayudando. De su libro, publicado en 1925, si eliminamos el odio del pueblo de David, no queda casi nada. Es solo una aversión a todo lo que no sea «puramente alemán» y especialmente a los judíos, que, como dije antes, son acusados de todos los problemas de la humanidad. A mi madre, como a muchos de los alemanes, este libro reemplazó la Biblia. ¿No se dan cuenta que está loco de atar y que se cree la diestra del Señor? Cree que nos está haciendo un favor, que nos está ayudando a sobrevivir a una batalla imaginaria.
«De débil ciudadano del mundo, que era, me convertí en un fanático antisemita». O: «La naturaleza eterna sabe vengar en forma inexorable cualquier usurpación de sus dominios. De aquí que yo me crea en el deber de obrar en el sentido del Todopoderoso Creador; al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor»5. Mein Kampf.
¡Dios, qué loco está!... y mi madre... ¿Qué puedo hacer?... ¡Es mi madre!...
En aquel momento, una lágrima cayó sobre la palabra judíos. Quiso borrarla rápidamente, pero solo logró convertir la palabra en una mancha gris de la que no se entendía nada. Se quedó helada, miraba la mancha con los ojos llenos de lágrimas e, involuntariamente, se estremeció al pensar en el futuro. Por un momento lo vio como aquel sucio rastro en la hoja de papel: feo, incomprensible y terrible, para nada como se imaginaba en sus sueños. A la realidad la devolvió el reloj: dio las 00:00. Secó sus ojos, dejó caer el diario y el lápiz, se arrodilló pegada a la cama, juntó las palmas de las manos y murmuró una oración, como los marineros que se preparan para salir al mar. Cuando se calmó un poco, volvió a la escritura:
En unas horas huiremos de este país y construiremos nuestro futuro como dos personas normales. Dos personas que se aman independientemente de su: raza, religión, idioma y otras fronteras inventadas. Inicialmente queríamos huir a Polonia, al tío de David, pero hay todo tipo de rumores terribles sobre la situación de allí. Al final elegimos Holanda, donde vive mi tía. Por supuesto no le dije nada, si nos ayuda, bien, si no, nos arreglaremos...
¿Te aburrí con mis lamentos de chica enamorada? ¡Que sepas que no es fácil amar cuando te lo prohíbe hasta la ley! ¡Bueno! Volveré a la autobiografía. En 1935, cumplí dieciséis años y solo dos años después de que se estableciera el nuevo régimen, mi madre y yo tuvimos que buscar trabajo. Mi madre trabajaba desde casa, era costurera. Yo estaba lejos de este arte, así que tuve que buscar otra cosa. Finalmente conseguí un trabajo en un café, en la zona industrial de nuestro pueblo, con la ayuda de un conocido de un conocido de mi padre.
Éramos frecuentados por los trabajadores de las fábricas y los almacenes de la zona. En aquellos tiempos terribles, era un trabajo bastante monótono, todos los días la misma gente, las mismas bebidas y casi las mismas conversaciones. El primer año pasó desapercibido.
En 1936 empecé a interesarme por una mesa en particular. Me atraía cada vez más. Era la mesa de los zapateros, así la llamaba porque eran los trabajadores de la pequeña fábrica de zapatos dirigida por su jefe Jacob. Este era un hombre serio y muy amable al mismo tiempo. Lo conocían y lo respetaban todos los que frecuentaban nuestro café. Incluso la mayoría de los habitantes hablaban muy bien él. Si por casualidad entraba en el bar mientras las discusiones, de los de adentro, tocaban el tema del judaísmo, la discusión cambiaba de inmediato. Y si, calentado por el vapor del alcohol, alguien todavía seguía hablando de los judíos frente a él, inmediatamente se disculpaba: «Disculpa Jacob, tú eres normal, no tenemos nada en tu contra, estamos hablando del judaísmo internacional. De los que intentan destruir nuestro país».
¿Por qué esta mesa especialmente me atraía? Porque de vez en cuando, con Jacob, venía su hijo David. Después de todas las prohibiciones contra ellos, no le quedaba otra opción que aprender el oficio de su padre.
Cada vez que me acercaba a su mesa, sentía cómo se me subía la sangre a las mejillas. Mis mejillas rojas me delataban y me empezaban a temblar las manos, en las cuales las tazas de café bailaban caóticamente. Hice todo lo posible para no esparcirlos por el suelo, ¡pero nada! Un día, con mucho esfuerzo, llegué a la mesa con tres tazas de café. Nada más sencillo: el me miró, y yo, toda emocionada, las esparcí por el suelo. Me quedé como una piedra, no sabía qué hacer, solo deseaba tener el don de desaparecer. Me salvó David. Era la primera vez que me hablaba como persona, no como cliente: «Yo voy a recoger los fragmentos, usted busque un trapo para limpiar el café del suelo». Nunca hubiera imaginado que necesitaríamos una situación tan estúpida para hablarnos por primera vez. Estaba tan feliz y ni siquiera sabía por qué. Estábamos recogiendo fragmentos del suelo... Después del incidente, retomó su tono diario: una sonrisa educada cuando me acercaba a su mesa y nada más. El tiempo pasaba y su grupo disminuía continuamente. De los ocho, quedaron solamente tres: David y Jacob, acompañados por Oliver, uno de los pocos trabajadores «alemanes» que no pasaba del lado de los nazis y todavía aparecía en nuestro café. También fue el último valiente que quedaba en la pequeña fábrica de zapatos de Jacob.
Aquí tengo que hacer un pequeño paréntesis y recordarte que con la llegada al poder de los nacionalsocialistas (NS), la vida de los judíos en Alemania se volvía cada vez más difícil. Por ejemplo, una vez llegados al poder, empezaron a lanzar leyes cada vez más absurdas. Si el 30 de enero de 1933 Hitler asumió el mando del Estado alemán, en abril (que yo sepa) comenzaron a aparecer restricciones contra los judíos. Se les prohibió el ritual de la carne, el número total de estudiantes judíos no podía superar el 5 %, a los médicos judíos se les prohibió entrar en los hospitales estatales, se les prohibió sacar licencias para las farmacias, se les excluyó a todos de las asociaciones deportivas, los abogados eran muy limitados en sus movimientos, etc. Lo peor era que nuestro pueblo no era mejor que sus líderes. Las humillaciones públicas estaban a la orden del día. He oído casos en los que a los judíos ortodoxos se les cortaban las barbas en plena calle, y a las mujeres se les obligaba limpiar las calles con su ropa interior... Y después de todo esto nos llamamos civilizados.
Los camisas pardas, esta herramienta del diablo, no tienen ningún sentimiento humano. Aparte del odio por todo lo judío, ya sea anciano, mujer o niño, no saben nada. Nuestro pueblo los imita cada vez más. Azotar a una persona en la calle, solo porque es judío, se ha convertido en algo normal. Fui testigo el año pasado en Berlín, cuando llevé a mi padre a un médico. Un ciudadano tenía que recibir 50 latigazos por ser comunista y otros 50 por ser judío. Se desmayó el pobre después de los 30. Lo dejaron así inconsciente y extendido en la calle. Los niños del lugar le tiraban piedras, ante la orgullosa mirada de los padres. No pude dormir en toda la noche. ¡Dios, cuánto lloré! Lloraba y oraba por aquel pobre hombre y por todos los que corrían su misma suerte.
En septiembre del 33 se intensificaron las restricciones. Están excluidos de la prensa, el arte, la literatura, la música, así como de la profesión de agricultor, etc. ¡No tengo ni idea cómo resistió Jacob tanto tiempo!
Un día, mientras pagaba la consumición, Jacob me sonrió amablemente y me dijo: «Emma, cuídate mucho y gracias por todo. Para que no os traigamos problemas, no volveremos por aquí, ¡buen día!». Se dio la vuelta y se acercó a su hijo, que le estaba esperando junto a la puerta. David le abrió cordialmente la puerta y antes de irse, echó una última mirada hacia atrás. Nunca olvidaré aquel momento; nuestras miradas se encontraron. Durante unos segundos experimenté una sensación extraña, desconocida hasta entonces. He tocado un mundo sin sufrimientos inventados, un mundo buscado por los yoguis a través de largas meditaciones, un mundo interior fantásticamente hermoso. ¡Cómo y por qué, yo no puedo explicártelo! Te lo diré así: me tocó un ángel. A la dura realidad nos devolvieron: a mí los clientes impacientes y a David le despertó Jacob, quien aparentemente le llamó por su nombre varias veces.
Siguieron días de total decepción. Jacob no entraba más, así que David tampoco. Las discusiones políticas, de nuestro café, se intensificaban con cada día que pasaba. Algunos participantes, de los que no tenían opiniones «correctas» desaparecían. ¡Sí, estaban desapareciendo! Se dice que incluso fueron sacados de casa, en medio de la noche, por las «fuerzas del mal». Algunos regresaban sin personalidad, silenciosos y con la mirada en el suelo, y otros se disolvían sin dejar rastro alguno. Un amigo de mi padre fue sacado de casa, acusado de traicionar a su pueblo y no se sabe nada más de él. La esposa, en busca de la verdad, fue enviada de un tribunal a otro, y así durante varios meses. Sin embargo, no se acercó ningún paso hacia la verdad.
Yo me estaba poniendo cada vez más triste. No le podía ver a David en absoluto y ni siquiera podía buscarlo. En primer lugar, todavía éramos desconocidos; no nos acercamos más que algunas miradas fugaces. En segundo lugar y lo más importante, cualquier relación entre un «ario» y un judío estaba totalmente prohibida, desde el 15 de septiembre de 1935, por las leyes aprobadas en Nuremberg. Nos habríamos comprometido sin ningún sentido. Debo decir que, al aprobar esas leyes, nuestros líderes se han empeñado oficialmente en proteger sus intereses raciales y la marginación aún mayor de los judíos. Aprobaron dos leyes: la ley sobre la ciudadanía del Reich y la ley sobre la protección de la sangre y el honor alemán. Decidieron quién puede ser ciudadano alemán y quién no: la primera condición siendo la sangre (por supuesto, solo alemana) y la segunda, la lealtad al Reich. Dos cosas totalmente diferentes, pero si no eres leal a Hitler, tu sangre tampoco ayuda. Con la segunda ley, hicieron esfuerzos para asegurar la eternidad y la pureza de la raza germánica. Es decir, prohibieron las relaciones entre los «arrianos» y especialmente los judíos. El 14 de noviembre agregaron el primer decreto a la ley de ciudadanía del Reich: se hizo la clasificación legal, quién es judío y quién no. Después de eso, a los culpables se les dividieron en tres categorías: judíos plenos, mischlinge de primera y de segunda clase...
1936 fue el año en que me enamoré y el año de los Juegos Olímpicos en nuestro país. Los líderes políticos dirigieron casi todas las fuerzas en otra parte, tratando de enmascarar su gran odio por todo. Nosotros, la población, recibimos uno de los roles principales. Tuvimos que mostrar a los extranjeros lo felices que éramos, que bien estaba nuestro país bajo el liderazgo del Führer. Nos pusimos todos nuestras máscaras de alegría y a «pedido» de la dirección, aminoramos un poco la propaganda antijudía: de la radio, de los periódicos y sobre todo de las calles principales. Ya no aparecían los carteles o las frases escritas, sobre negocios judíos, así como: Sara, empaca tus maletas, eres un judío maldito, repugnante, mata a los judíos, lárgate de aquí, judío, etc. El ambiente era igual de falso, pero un poco más agradable. Las secuelas de este evento no tardaron en llegar a mi vida.
Era una noche como cualquiera; como de costumbre, después de terminar mi turno, echaba al último borracho del bar y cerraba la puerta principal. Daba la vuelta a las ultimas sillas sobre las mesas, terminaba de lavar el suelo y salía por la puerta trasera. Tenía que cerrar la puerta y desaparecer en la penumbra de la zona industrial. Aquella noche, sin embargo, mientras cerraba, vi una sombra mirándome desde la oscuridad. Estaba a unos pasos del único farol de la esquina del café, pero de tal manera que no fuera reconocido. Me asusté tanto que quise abrir la puerta y volver a entrar. La sombra notó mi agitación y salió rápidamente a la luz. «Emma, no te asustes, por favor, soy yo, David Stein, el hijo de Jacob». Me habló la sombra, la cual, en la luz recuperó su esplendor humano. «Disculpa mi atrevimiento, normalmente no hago esto, pero no puedo resistir sin verte. Tu mirada cambió mi vida más rápido que las leyes de Nuremberg. Si tienes miedo de hablar conmigo, o quieres denunciarme por mi proceder, sabiendo muy bien quién soy, hazlo sin el menor remordimiento. Pero antes de responder algo, escucha mi siguiente pregunta: ¿me permites acompañarte a casa?».
Le contesté asintiendo con la cabeza y casi corrí hacia la oscuridad. No quería que él viera que me sonrojé y que tenía los zapatos muy gastados y viejos; pertenecían a mi madre. Mi falda estaba llena de manchas de café, empezando desde donde terminaba el delantal de trabajo. Ya ni siquiera digo nada sobre mi cabello, era un desastre total. Así que no estaba en la situación en la que quería que me viera el hombre al que amaba.
Las noches en las cuales estaba sola, iba por la ciudad, luego entraba por la calle que conducía hacia fuera, hacia nuestra casa. Daba un gran rodeo, pero me sentía más segura. Tanto nuestra casa como el café estaban en las afueras de la ciudad; en línea recta hacía unos 3 kilómetros a través de la oscuridad, por la ciudad unos 5, pero a la luz. Con David, por supuesto, elegimos el camino recto, oscuro y lo más alejado posible de la gente. Las razones son más que conocidas: allí, ambos nos sentimos más seguros. De qué hablamos los dos aquella noche, no podría decirlo exactamente. Sé a ciencia cierta que habló más él, y que yo me reí como por todos los años anteriores. También sé con certeza, que no tocó el tema de la política, de la que se hablaba en aquellos momentos incluso en los sueños. No se quejó en absoluto de la situación en la que se encontraba. Aún recuerdo que no quería que se acabara el camino, que me pareció tan corto. Cuando lo pasaba sola, el camino parecía no tener fin, me asustaba por cada sonido de la noche y había muchos. Aquella noche, sin embargo, había alcanzado otro nivel existencial, otro lado del tiempo, del cual se dice que es el mismo siempre. ¡No es verdad! Al ser un invento humano, la velocidad del tiempo es directamente proporcional al estado de ánimo de la persona que lo mide.
Dios, qué feliz me sentía; por primera vez en tantos años era libre, me había olvidado de todo lo que nos rodeaba. Solo después de despedirnos, cuando estaba acostada en la cama y soñando con los ojos abiertos, volví a la realidad, con la ayuda del reloj, claro. Esta herramienta inventada tiene una extraña autoridad sobre mí. Inmediatamente me di cuenta de que David estaba solo, en la peligrosa oscuridad, con casi todo un país odiándolo. Estaba en peligro a cada paso. Giré mi rostro hacia la almohada, para que mi familia no me escuchara y lloré muy fuerte, hasta que me quedé dormida.
Desde siempre supe que era judío, porque ni él ni Jacob nos lo ocultaban. Desde pequeños nos enseñan a evitarlos como leprosos y también nos enseñan cómo distinguirlos en la sociedad, si de alguna manera intentan esconderse. En este «deber» hay que tener mucho cuidado a: la forma de la nariz, el pelo e incluso el olor. Aunque todo es una imposición oficial, esta disciplina es un mancha vergonzosa más sobre nuestra historia. David no es rubio con ojos azules y siempre es tomado por alemán, por quienes no lo conocen. Nos meten en la cabeza, por todos los medios posibles, que son los parásitos de nuestra sociedad, que quieren destruir nuestro país, que la raza aria sufre mucho por su culpa; bla, bla, bla. Mi David no es así en absoluto y creo que la mayoría de sus correligionarios igual. Correligionarios es mucho decir, él ni siquiera es un practicante. Una vez que lleguemos a Holanda, nos casaremos en la religión que realmente ame al hombre tal como es, si es que la encontraremos, por supuesto. La primera religión que realmente respete el Sermón de la Montaña, será la nuestra. (Mateo 5-7, si no lo sabes) Los nuestros lo han olvidado...
Gracias a mi padre, nunca odié a los judíos y en general, a nadie. «En el frente todos son iguales. La sangre de todos tiene el mismo color, independientemente del color de la piel, nacionalidad o religión y quien dice lo contrario es un tonto. He visto rubios con ojos azules cobardes, judíos valientes y viceversa. Mi mejor amigo en el frente era judío y me salvó la vida a costa de la suya. Me cubrió de una granada; él se hizo trizas, y a mí me hirieron en la pierna que luego cortaron. Esta estrategia política, que utiliza nuestro fanatismo y nuestra ignorancia como armas para arrodillarnos, primero a nosotros mismos y luego a los demás, nos costará muy caro». Eso es lo que solía decir mi padre a todos los que afirmaban lo contrario. A mí me explicaba de manera más simple: «Todos somos iguales, independientemente de la religión, el idioma o el color del cabello. No hay raza mejor ni peor, hay un hombre bueno o un hombre malo. Todos nacemos buenos, pero con el tiempo, especialmente si nacemos en circunstancias como las nuestras, bajo la presión de fracasados espirituales, nos convertimos en malos. Eso es todo».
Las horas pasaban como los días y los días como las semanas. Sufría muchísimo cuando no estaba con él. Cuando acababa el día, terminaban y mis sufrimientos secretos. Cerraba la puerta, a mucho tiempo de que saliera el ultimo cliente, y de la sombra aparecía él. Si las parejas «normales» podían estar en los bancos de los parques, en los cines, en los teatros, en las iglesias, en los autobuses, etc., nosotros estábamos privados de estos privilegios. Nos perdíamos en la noche, por senderos marginales ocultos a los ojos acusadores. Es por eso por lo que a cada momento que pasamos juntos ganaba encanto, era algo increíblemente hermoso y puro. Cuanto más sensacional nos sentíamos juntos, más arriesgada era nuestra relación. Nosotros lo sabíamos muy bien, nuestro amor era más puro y fuerte que el de Tristán e Isolda. No nos habríamos aburrido, el uno del otro, ni en mil años. Queríamos estar juntos todo el tiempo, y cuando estábamos lejos, ambos sufríamos. Entonces comprendí que la verdadera felicidad estaba en cosas pequeñas: una mirada, una palabra dulce, un toque, una flor en el pelo, un beso en la mejilla...
Después de medio año en la sombra, viendo que las restricciones se multiplicaban, llegamos a la conclusión de que en el país en el que estamos, simplemente estamos condenados a la muerte. Tarde o temprano, la verdad saldrá a la superficie, y en nuestro caso... Así nació la idea de emigrar; ambos elegimos Holanda.
¿Por qué estoy tan feliz esta noche? Porque hace unas horas, en la noche del 8 al 9 de noviembre de 1938, David me pidió la mano. Me regaló un anillo y me dijo que ya tenía todos los papeles, «en orden», para salir de aquí. El 10 de noviembre, a las 6:30, tenemos el tren hacia la felicidad. Hoy ya no nos veremos, nos encontraremos mañana en la estación de tren. (¡Yo, por supuesto, respondí un SÍ).
Un día más, Señor, un día más...
Cerró con cuidado el diario y lo escondió debajo de la almohada. Apagó la luz de noche y poco a poco se dejó llevar robada por el sueño. Se durmió con una sonrisa que solo los verdaderamente felices podían esbozar. Pero el subconsciente tenía otros planes. Inmediatamente después del pasaje completo, decidió mostrarle quién gobernaba realmente el reino de Morfeo.
Empezó a soñar. Parecía estar en algún lugar junto al mar. Un banco rocoso y muy empinado desde el que se extendía un puente de piedra hasta una roca clavada en el mar. Parecía un monstruo con escamas, petrificado por algún hechizo y dejado allí en mitad de las olas. Este dragón de piedra conectaba la empinada orilla con la roca que parecía rota, hace mucho tiempo, justo fuera de ella. Parecía que quiso huir de su cuna original, pero la gente la pillaron y la ataron allí. El monstruo de piedra servía de esposas al islote rebelde y de paso para quienes lo subyugaron. En su cuerpo rebelde cortaron cientos de escalones que conducían a la cima, y allí arriba, construyeron una pequeña iglesia, símbolo de la obediencia.
Mientras tanto, dos jóvenes aparecieron en el puente. No podía ver sus caras, pero estaba segura de que eran jóvenes y muy felices. Él, un moreno alto con traje negro, y ella, una rubia un poco más baja que él, con un vestido blanco y larguísimo. En su mano llevaba un hermoso ramo de flores, y su cabello envuelto alrededor de la cabeza en una especie de corona, estaba adornado con las mismas flores. El final del vestido serpenteaba detrás de ellos cogiendo la forma de las escaleras, mientras ellos subían felices hacia la cima. En un momento dado, el vestido se aferró a una piedra y ambos se volvieron para levantarlo. Cuando les vio las caras, se sobresaltó asustada, había dos manchas garabateadas como la lágrima del diario. El hombre tomó la parte de abajo del vestido en sus manos y siguieron su camino hasta la parte de arriba. Emma los miraba como un testigo oculto. A sí misma no se veía, pero sentía que estaba ahí, que era parte de la historia.
Al llegar a la cima de la montaña, los jóvenes se arrodillaron ante un clérigo que los esperaba humildemente junto a la puerta. Desde dentro de la iglesia se escuchaba una música de fondo, Emma se dio cuenta que era el Fausto de Wagner y no entendía qué tenía que ver con lo que sucedía. Trató de adivinar a qué religión pertenecía el pastor, pero fue en vano, el subconsciente no se lo permitía. Trató de escuchar lo que estaba diciendo, porque estaba de pie al final del vestido que se había vuelto aún más largo; pero el mismo resultado. Cuando el pastor le preguntó a la mujer de blanco si estaba de acuerdo en casarse con el hombre presente, ella escuchó todo menos sus nombres. Y cuando estaba a punto de preguntarle lo mismo al hombre, se dio cuenta que se encontraba en el cuerpo de la novia, y su compañero era David.
—Y tú, David —prosiguió el pastor su discurso—, ¿estás de acuerdo en casarte con Emma... —Se detuvo, frunció el ceño confundido y dijo con dureza—: ¡David!? ¿Cómo David? Ah, perro judío que eres, ¿cómo te atreves a contaminar la sangre aria? ¿Te estás burlando de mí y de nuestro pueblo? ¡Sacadlo de aquí ahora mismo y enseñadle lo que hacemos con parásitos como él!
En la iglesia se detuvo la música y cuatro hombres con uniformes de la Gestapo salieron del interior. Estos agarraron a David y empujándole se lo llevaron a algún lugar detrás de la iglesia. Emma quería gritar, llorar, golpearlos, morderlos, al fin y al cabo, pero estaba paralizada. De sus gestos salía solo un impotente ummm...
—No olvidéis de volver y a por esa traidora de su nación —gritó el pastor tras los cuatro que le arrastraban a David—. No os preocupéis, no tiene a dónde escapar. De aquí no escapa nadie sin nuestra aprobación. Después de todo, estamos en una isla.
—¿Por qué, padre? —gritó Emma y se despertó sudada. Se dio cuenta de que fue un sueño y que había gritado lo suficientemente fuerte como para despertar a sus padres. Escuchó con atención si alguien se movía por la casa y sin escuchar a nadie, puso su rostro en la almohada y estalló en un lloro histérico, repitiendo continuamente: «¿por qué, padre, por qué?...».
LA PARTIDA
Tarde tarde tarde, tardía hora, tarde demasiado tarde y podrido año; viento enemigo, mar amargo, cielo gris, triste triste triste6...
T. S. Eliot - ***
El 9 de noviembre de 1938 pasaba muy lento y opresivamente. Emma, sin ningún deseo, tuvo que ir a trabajar. Allí, al cabo de unas horas, bajo el pretexto de que se sentía mal, pidió permiso para irse a casa. Dijo que tenía temperatura y que se quedaría en la cama unos días; seguía los planes preestablecidos. Se pusieron de acuerdo con David en no decírselo a nadie, simplemente desaparecer. En aquellos tiempos de delatores fanáticos, este plan parecía el más seguro. No podían deshacerse de la sensación de que la gente ya no controlaba sus acciones, se habían vuelto completamente locos: se denunciaban entre personas desconocidas, se denunciaban vecinos, esposas, parientes, se denunciaban hasta los perros, por eso eran muy cautelosos. Una atmósfera incomprensible y extraña flotaba en el aire, intensificándose continuamente por todos los lados. Tanto Emma como David se enfocaban en la partida secreta y no querían observar nada más de todo lo que sucedía a sus alrededores.
El 7 de noviembre, en París, se produjo un atentado muy conveniente para los nacionalsocialistas. El joven judío Herschel atacó al diplomático alemán Ernst von Rath, que murió dos días después, a «causa de sus heridas». La máquina de propaganda nazi se alimentaba y ganaba fuerzas de tales iniciativas. Aclamaban por lo alto que fue un ataque organizado por parte de los judíos internacionales contra el pueblo alemán. Este último se tragaba toda esta basura propagandística, aumentando progresivamente su odio hacia el pueblo elegido como chivo expiatorio. La situación de los judíos en la nueva Alemania se estaba volviendo cada vez más difusa. Sin embargo, nuestros jóvenes, aunque estaban involucrados directamente en este ataque informativo, quedaban lejos de la actualidad del momento. Vivían en un mundo paralelo e imaginario; estaban enamorados y contaban las horas hasta el gran éxodo personal.
Los padres de David tampoco se quedaron con los brazos cruzados; esperaban que se les llamara desde Hamburgo, para actualizar sus visas para ir a Chile. Por supuesto, ellos no sabían nada acerca de los planes de su hijo y planeaban la emigración para la familia completa. David tenía la intención de dejarles una carta, deseándoles buen viaje y pidiéndoles que partieran sin él. Las explicaciones iban a impresionar por una ausencia casi total. En lo que puso más énfasis fue en que no lo buscaran y que no se preocuparan; sabía hacia dónde se dirigían y más tarde, cuando fuera un hombre libre y pudiese, los encontraría y daría cualquier explicación que ellos necesitaran. Los padres de Emma, al ser arios, no corrían peligro directo. Ella iba a dejarles una carta en la que les iba explicar, en la medida de lo posible, todo lo sucedido. Las nubes de la política nazi amenazaban con desatar una tormenta sin precedentes, y los jóvenes enamorados contaban las horas hasta la partida.
Se esperaba que el día previo a la salida fuera largo y sofocante. Emma no quería ver a nadie, por eso inventó una simple enfermedad y se evaporó del trabajo. Al entrar en casa, rápidamente besó a su madre que estaba dando forma a algo en el salón, también besó al padre que estaba leyendo un periódico no muy alejado y con el pretexto de una migraña se fue a su habitación. Después de acostarse en la cama, comenzó a soñar con los ojos abiertos, mirando al techo. Se imaginaba su vida feliz en Holanda. Veía a David, la cabeza de su nueva familia, regresando a casa del trabajo por la noche. Inmediatamente estaba rodeado por tres niños: uno más hermoso que otro, y él, aunque estaba muy cansado, se veía feliz y jugaba con ellos. «Dejad a vuestro padre en paz, traviesos», les decía ella con una sonrisa en su rostro, besándolos uno a uno. «Jugad fuera, vuestro padre está cansado y hambriento». Los niños salían ruidosamente, después de que David los besara y ella ponía sobre la mesa los platos preparados con tanto amor y cariño. «¿Vosotros comisteis?» preguntaba David, y solo después de que ella respondiera asintiendo con la cabeza, comenzaba a comer. Mientras él cenaba con ganas, Emma le contaba cómo habían pasado el día, tanto ella como los niños. En un momento dado, entraban los tres en casa, con la pequeña llorando y agarrándose de las rodillas. David se levantaba de la mesa, la cogía en su brazos y le besaba la rodilla. Emma se acercaba y seguía su ejemplo, después de que la pequeña dejaba de llorar. Estaban tan felices todos...
Soñando así con los ojos abiertos, ni siquiera se dio cuenta de cómo se quedó dormida. Eran las dos y media y ella dormía enamorada, vestida y sin ninguna preocupación. Se hundió directamente en un letargo profundo y sin sueños del que se despertó asustada, sin saber dónde estaba, qué hora era ni cuánto tiempo había dormido. Afuera era de noche, así que saltó de la cama, miró rápidamente su reloj para ver si no llegaba tarde al tren y exhaló un suspiro de alivio. Eran las nueve y cuarto y le quedaban algunas largas horas. Se calmó lo más que pudo y comenzó a ordenar sus pensamientos; qué tenía que hacer y en qué orden. «Antes que nada, tengo que escribir la carta para los míos y que no se preocupen después de mi desaparición», pensó Emma. La hoja de papel y el sobre estaban preparados sobre el escritorio desde hacía varios días. Mientras Emma comenzaba su carta, la calamidad racista del país adquiría proporciones inimaginables.
Queridos padres:
Si encontráis y leéis la carta, significa que ya me estáis buscando. Primero, sentaos. Papá, dale a mamá un vaso de agua y no os preocupéis. La carta léela tú, porque veo a mamá temblando seguramente por el cúmulo de emociones.
Intentaré explicaros brevemente lo que pasó. Sin demasiados detalles para no poneros en peligro. Aun así, cuando terminéis de leerla, tirarla al fuego, por favor, por vuestro bien. Si veis que tenéis problemas debido a mi desaparición, renunciar a mí por escrito. Firmar que soy moralmente decaída, una ramera y me escapé con un chico a Polonia. Sé que os será muy difícil hacer tal cosa, pero por el bien de todos, renunciar a vuestra hija y os dejarán en paz...
Hace bastante tiempo, me enamoré. Un amor puro y recíproco. Un amor magnético al que le es indiferente de la forma de la nariz, del color de la piel, del pelo o de los ojos, un amor que no hace política, por lo que no puede estar sujeto a las leyes externas. Nos amamos locamente y una persona normal preguntaría: «¿Cuál es el problema? ¿Por qué no os casáis y no vivís felices hasta que la muerte os separe?».
El problema es este país con todas sus normas absurdas y sus falsos ciudadanos. Aquí la muerte nos separaría de antemano y nosotros queremos vivir un poco más, queremos amar y ser felices, eso es todo. Aquí, donde ya no puedes confiar en nadie, porque todos se están delatando, nuestro amor está prohibido. Parece molestar a los que no saben amar, a los que tienen el corazón lleno de odio.
En un mundo artificial, el amor puro no es bienvenido y se sofoca. Está quemado de todos los lados. Su pureza y transparencia llenan las almas negras de odio y envidia.
Por lo tanto, queridos míos, estamos seguros de que aquí no tenemos futuro. Hay muchas razones y espero que algún día os enteréis de todo y así, estaréis de acuerdo con nosotros. Hemos decidido huir de aquí. Que sepáis que ambos oramos para que algún día podamos regresar y estar cerca de vosotros.
Por mí, no os preocupéis, cuando pueda, os haré saber más. Aun así, espero que no os traiga problemas. Os pido por favor que nos perdonéis y que nos bendigáis. Realmente lo necesitaremos mucho. En vuestras oraciones recordarnos a nosotros, vuestros hijos. Os queremos mucho...
Vuestros: Emma y ... su otra mitad.
Metió la carta en el sobre, la dejó sobre la mesa y se quedó como congelada, mirando hacía el infinito; pensaba en cómo terminaría su atrevida aventura. Si hasta entonces la había visto en color rosa, sin ningún obstáculo, en aquel momento se apoderaba de ella una especie de pánico, un miedo a lo desconocido. Cuando despertó, después de unos minutos, miró asustada su reloj. Tenía una sensación que estaba saliendo fuera del tiempo y solo el reloj la traía cada vez de regreso a la vida de la que quería deshacerse. Lo odiaba y por eso en el momento en que lo miraba, su subconsciente empujaba a la superficie una respiración dolorosa, después de lo cual continuaba su meditación.
La escrupulosidad alemana hizo que la ciudad de Emma tenga dos estaciones de tren. Para la comodidad de los pasajeros, una se construyó en la ciudad y otra en la zona industrial. El tren de los enamorados partía de la primera a las 6:15 y de la segunda a las 6:30. La estación de la ciudad, y la primera por donde pasaba el tren, no estaba lejos de la casa de Emma, a unos diez minutos a pie. Sin embargo, la segunda, la del polígono industrial, estaba cerca del bar donde trabajaba. David, del otro lado de la ciudad, tenía que viajar unos 30 minutos hacia las dos. Como lugar de encuentro, eligieron la de la zona industrial por dos motivos: porque estaba fuera del pueblo, así que podían llegar por caminos ocultos a las malas miradas. La segunda razón y las más importante: la mayoría de los trabajadores eran extranjeros. Los vendedores de billetes no eran originarios y no los conocían. Si iba buscarlos la policía, esto sería un pequeño obstáculo. Hasta Dusseldorf querían ir con los documentos reales, pero separados. Allí se reunirían, cambiarían los documentos y viajarían a Eindhoven, como Niklas y Aliz Gensler.
Emma no encontraba su lugar. Parecía el lobo de la jaula del zoológico que camina de un lado a otro con la mirada difusa y soñando con la libertad. Como el animal que no entendía cómo su mundo ilimitado se redujo al tamaño de la jaula, ella se sentía prisionera del sistema y del tiempo en que se encontraba, sin poder comprender qué había hecho mal. La pureza de su amor prohibido redujo su espacio vital al tamaño de una jaula. Al no ser libres de expresar sus sentimientos, de vivir como quisieran, eran los esclavos del sistema. Comenzó a llorar esperando que todo terminara lo antes posible. Sintió que se sofocaba, le faltaba el oxígeno. Abrió rápidamente la ventana y llenó su pecho con el aire frío y húmedo de la noche. Se secó las lágrimas y se quedó en silencio ante la oscura extrañeza. Desde muy lejos le llegaban sonidos extraños: una especie de mezcla de canciones, gritos de entusiasmo y desesperación. Filtrándose a través de la confusa y angustiosa oscuridad, la alcanzaban como unos sonidos extraños de otros mundos; algo raro y nada más. Sin saber la fuente de aquel retruécano de sonidos, rápidamente cambió su atención a otra parte. Cerró la ventana y continuó su caótico ir y venir por la casa. No sabía por dónde empezar ni qué hacer para que el tiempo pasara más rápido.
Después de aproximadamente media hora de deambular sin rumbo por la habitación y de abrir la ventana unas cuantas veces más, se detuvo y miró su reloj. Eran casi las 00:00. Hasta las cinco tenía un largo camino por recorrer; lo que no tenía en absoluto: eran paciencia y sueño. Estaba segura de que no iba a poder cerrar los ojos en toda la noche. La impaciencia, el miedo a lo desconocido y la tensión que aumentaba la consumían por dentro. Recordó el diario que había empezado la noche anterior y rápidamente lo sacó del cajón. Se sentó como de costumbre en la cama y se dejó llevar por su musa personal:
¡Dios, qué emocionada estoy! Todavía me quedan cinco horas hasta que salga el tren y me estoy volviendo loca. Por mi cabeza pasan muchos pensamientos que son cada vez más terribles; no los controlo más. Ya no son aquellas fantasías mías, llenas de optimismo. El miedo al desconocido me consume, siento que me estoy volviendo loca. ¡Me gustaría poder quedarme tranquila aquí donde nací y amar a quien quiero! ¿Por qué tengo que huir? ¿Qué tienen que ver ellos con mi sangre? Todos se volvieron locos, de pequeños a grandes. Si un adulto, que ha visto la vida, todavía se puede dar cuenta dónde están las fronteras de la locura, y aun así sigue el camino establecido por los de arriba, ¿qué puedo decir sobre los niños que crecen en esta demencia absurda? Lo natural, para ellos, se ha vuelto todo lo que se les mete en la cabeza, por todos los medios posibles. Esta generación me hace temblar; su séquito normal es el odio. Los pobres están tan mareados que no pueden pensar por sí mismos, el Führer y su malvada compañía piensa por ellos.
Mi primo, de solo diez años, delató a sus padres en la escuela. Los escuchó saludar a su vecino judío. Los padres fueron llevados a las oficinas de la Gestapo, de donde salieron obedientes y correctos. Han aceptado llevar sus máscaras y ya no saludan a sus vecinos, y siempre que tienen la oportunidad hablan sobre los temas de la propaganda nazi, por supuesto, totalmente a su favor. El pequeño recibió un premio y un diploma de agradecimiento por parte de la escuela, los padres tuvieron que colgarla en la pared. Los líderes saben que mientras estemos solos, nos pueden reeducar por los gabinetes subterráneos de la Gestapo.
¿Quién es el Führer para prohibirnos amar? ¿Un monstruo con rostro humano, sediento de sangre? ¿Un pobre hombre que no se ama ni a sí mismo, y su corazón negro se alimenta de nuestros sufrimientos?
¿Por qué el pueblo alemán guarda silencio? ¿Por qué se deja esclavizar? ¿Por qué convierte su sufrimiento en aversión, subyugando a su vez a otros? ¿De dónde viene tanto odio y enemistad en los corazones humanos? Algunas preguntas de las cuales no tengo respuestas. Quizás algún día entenderé mejor lo que está pasando en el alma humana y podré responder. Hasta entonces, te dejo con un montón de preguntas y espero, de todo corazón, que nuestro pueblo se recupere de este entumecimiento indiferente.
Cerró el diario y lo colocó, con cuidado, en su bolsa de viaje, pero lo sacó de inmediato. Pensó que, si tuviera un control más serio en el camino, se metería en problemas. Si alguien le abriera el diario, terminaría el viaje antes de que comience. Tenía que ser arrojado al fuego, cosa que no quería hacer, o camuflado con algo para que no parezca en absoluto lo que era. Recordó el montón de papeles con todo tipo de citas nazis, acumulados a lo largo de los años y lo sacó rápidamente del cajón. La primera hoja de papel era de un periódico que citaba a Hitler del Mein Kampf. Esto le dio una idea; irrumpió en el salón, sacó de la biblioteca el libro del ciudadano número uno y volvió a su habitación. Tan pronto como abrió el libro, recortó muy bien la foto del Führer. Hubiera querido cortarlo en pedazos, pero lo necesitaba para otra cosa. Abrió el diario y la pegó ligeramente en la portada. En la parte inferior de la página pegó la siguiente cita:
«Nosotros, los nacionalsocialistas, creemos que Adolf Hitler es el emisario de una nueva Alemania. Creemos que Dios lo ha enviado para liberar el pueblo alemán de la judería chupa sangre y todopoderosa»7.
Julius Streicher Der Sturmer ,1932.
En cuestión de minutos, las pocas páginas que había escrito se llenaron de las citas de los nazis que odiaba con todo su corazón:
«No se combate a las ratas con una pistola, sino con veneno y gas»8.
Reinhard Heydrich, 1934.
«Los alemanes, especialmente los jóvenes, saben apreciar de nuevo la valía de la raza; se han liberado de las teorías cristianas que han gobernado en Alemania durante más de mil años y han provocado la decadencia de la Volk alemana, y casi han provocado su muerte»9.
Himmler, 1936.
«Ninguna nación de la Tierra posee un solo metro cuadrado de territorio concedido por el cielo. Las fronteras se trazan y modifican conforme a la voluntad humana solamente»10.
A. Hitler. Mein Kampf, 1925.
«El diablo es el padre de los judíos. Cuando Dios creo el mundo, invento las razas; los indios, los negros, los chinos, y también una perversa criatura llamada judío».
Poesía en un libro infantil 1936.
Cuando terminó de leer la última cita, sus ojos se empañaron: «Libro infantil», pensó Emma y las lágrimas escaparon de su control bajando por el rostro. «¿Cómo manchar unas almas tan puras con semejantes tonterías? El niño cree todo lo que se le dice, porque confía en quienes le enseñan, ¿y qué hacemos nosotros? Le llenamos el cerebro de tonterías y lo criamos como un monstruo. Este pecado nos va a costar muy caro», pensaba Emma mientras camuflaba las últimas letras que podrían haberla traicionado. Después de terminar el maquillaje de su diario con frases y fotos políticamente correctas, lo cerró y lo tiró a un lado sobre la cama. Este cayó cerca de Mein Kampf. Emma lo miró con los ojos todavía húmedos, miró el libro del Führer y su rostro cambió instantáneamente. Se llenó de un odio abrumador. Agarró el libro y lo arrojó en dirección de la chimenea. No tuvo éxito, tuvo que ir y levantarlo del suelo. Esta vez lo puso, incluso con su mano, sobre las brasas adormecidas. Las reavivó un rato con el libro y luego, estas, ya despiertas, comenzaron a devorarlo. Ogro desalmado que eres, mi madre pensará que te llevé conmigo, pero yo te envío a casa, en el fuego del infierno. Mientras trataba de controlar su cuerpo perturbado por la adrenalina del crimen, se le ocurrió otra idea. Escribió en la cubierta de cuero del diario, con letras grandes y hermosas: «MI LUCHA». «Aun si alguien lo abriera, encontrará lo que hace falta», pensó Emma un poco más calmada.
Las pocas horas que le quedaba hasta ir al tren, pasaron como amargos tormentos. Estaba consumida por pensamientos cada vez más pesimistas y no podía ahuyentarlos de ninguna manera. Seguía caminando de un lado a otro de la habitación sin ningún sentido. No sabía qué hacer y tampoco podía quedarse quieta. Equipaje no tenía que preparar; acordaron que no llevarían nada más que una pequeña maleta con ropa. David le iba poner algunas joyas, para que no llamara demasiado la atención. Las necesitaban como el aire, las iban a vender en Holanda para empezar su nueva vida libre. También él, como era de una familia bastante adinerada, escondió algunas piedras preciosas en las suelas de sus zapatos. El dinero estaba escondido en varios bolsillos secretos de la ropa y de las bolsas de viaje. En la billetera iba dejar para las necesidades del camino.
Cuando el reloj dio las cinco, Emma estaba vestida junto a la puerta de su habitación. Estaba allí desde hacía más de quince minutos. Solo el miedo la mantenía en la casa. Pensaba que, si salía demasiado pronto, tendría que esperar más tiempo en la plataforma, y esto podría atraer atenciones no deseadas. Respiró hondo, como una persona a punto de hacer algo inimaginablemente peligroso. Abrió la puerta con cuidado para que nadie pudiera oírla, echó un último vistazo a su habitación y salió al salón. Pasó toda la habitación rápidamente, sobre la punta de los dedos, como un ladrón que sabe que los dueños están en casa. Una vez fuera, cerró la puerta principal, escondió la llave debajo de una piedra y se precipitó hacia lo desconocido. Debido a la niebla, la noche parecía mucho más oscura de lo habitual y ella parecía un fantasma restante rehén en este mundo.
Emma seguía su destino con su ropa de fiesta: la mejor y la que solo se ponía en raras ocasiones. Los zapatos de cuero negro resonaban en la noche quieta hasta muy lejos. El abrigo, de lana gris de camello con líneas oscuras y cuello negro de cordero se convertía en un mancha difusa en la espesa niebla. El cinturón, del mismo material que el abrigo, convertía la mancha en una figura anfórica. En lugares más luminosos se veía el cuello del suéter blanco de lana. Sobre su cabeza se puso su sombrero negro en forma de campaneta. Una cinta, también negra, estaba atada de una forma muy bonita alrededor de su sombrero y su cabello rubio estaba cuidadosamente recogido hacia atrás. Las manos se las protegía, del frío de la noche, bajo uno finos guantes de cuero. En una sostenía una pequeña maleta de madera y cuero marrón, y en otra un bolso de cuero negro. Se apresuraba por caminos ocultos a las vistas. Salió de la ciudad: todo alrededor eran campos. Iba rápido por la carretera bien conocida: la que conducía al café donde trabajaba. Otra vez habría temblado de miedo ante cualquier sonido que salía de la oscuridad, pero no ahora. Tenía prisa hacia un futuro mejor. Venció el miedo a lo desconocido y quería que todo terminara lo antes posible.
Tras cruzar el estrecho puente de madera, entró en la zona de las fábricas y almacenes. Unas farolas, arrojadas bastante separadas entre sí, rompían la oscuridad de la noche y revelaban los movimientos de la niebla. Conocía muy bien aquella zona y sabía que la mayoría de las fábricas aún no estaban funcionando, pero muchas abrían a las seis, por lo que la mayoría de los trabajadores ya estaban dentro. Le quedaba aproximadamente media hora, después de lo cual las calles se convertían en hormigueros humanos. La estación estaba cerca, aun así se dio prisa; cuanto menos la vieran, mejor. En un cruce de caminos, escuchó mucho ruido y sonidos de ventanas rotas. Se escondió tras la esquina del edificio cercano y asomó la cabeza para ver qué estaba pasando. Cerca de siete u ocho hombres, todos con palos, mazas, armaduras, cadenas, estaban destruyendo un almacén. Casi todas las ventanas altas, custodiadas por rejas, ya estaban rotas. Dos tipos golpeaban con las mazas una puerta de hierro y los demás gritaban como los hombres de Neandertal frente a los mamuts. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta cediera ante los salvajes, que desaparecieron gritando dentro del almacén. Emma sintió cómo un hilo de sudor le corría por la espalda. Le temblaban todas las articulaciones, pero apretó los dientes y decidió seguir su camino. Podía retroceder y dar la vuelta, pero perdía demasiado tiempo. Se adelantó por la calle devastada. Todos los malhechores estaban dentro desde donde salían los sonidos de los estragos. En la penumbra y la niebla restante todo parecía una pesadilla. Se acercó hasta a la puerta del almacén y se escondió detrás de un cubo de basura. Desde allí trataba de ver qué pasaba adentro. Los delincuentes no se percataban en absoluto, encendieron las bombillas y organizaban unas cajas, y lo que no les gustaba, lo destruían con la ayuda de las herramientas que trajeron consigo. Emma se pegó al cubo de basura y respiraba como si acabara de terminar una maratón. En aquel momento salió un hombre y les gritó a sus compañeros: «Yo voy a por el camión, vosotros hacéis limpieza a este judío inmundo. Que no prendáis fuego al almacén, porque los demás también pueden incendiarse».
—Y si viene la policía, ¿qué hacemos? —gritó uno tras él.
—No viene nadie, ¡te dije que no te preocupes! ¡Tenemos todo bajo control!
Se rio con euforia y desapareció tras la esquina, pasando justamente por al lado de Emma. Esta se cubrió rápidamente la boca y la nariz con las palmas de las manos, para que no se le escuchara ni la respiración. Cuando el joven ya no estaba en su campo de visión, se levantó temblando para ver lo que pasaba dentro. Todos estaban ocupados y nadie miraba hacia afuera. Emma sintió que era el momento y pasó rápidamente por delante de la puerta, sin que nadie la viera. Cuando estuvo detrás del edificio, en lugar de detenerse para recuperar el aliento, comenzó a correr. Así se mantuvo hasta llegar a la estación de tren.
Allí no había nadie, excepto un hombre que barría el andén. Hasta que arribara el tren tenía que esperar unos veinte minutos. Se sentó en una silla más protegida de las miradas de cualquier posible viajero, e intentaba hacer todo lo posible por no estallar en un llanto histérico. No entendía nada de lo que veía durante unos minutos. En su tranquila ciudad, no era nada habitual; estaba sorprendida. Sin querer se preocupaba por David, no sabía qué creer. Le molestaban muchísimas preguntas. Pasaban los minutos y él no aparecía, esto la puso aún más ansiosa. El vendedor de billetes ya abrió el mostrador, lo hacía siempre quince minutos antes de que saliera el tren. David no estaba por ninguna parte. Había llegado el tren, se quedó en la estación durante cinco minutos, tiempo en el cual subieron algunas personas y bajaron muchos trabajadores. Ni rastro de él. En pocos minutos la estación quedó desierta. Cuando vio que el tren comenzaba su viaje y él aún no aparecía, rompió a llorar. Inmediatamente saltó de su silla, se secó los ojos húmedos con un pañuelo y se puso a pensar, dando vueltas alrededor de la maleta sin darse cuenta: «¡Cálmate, Emma, céntrate y actúa con sangre fría! ¡Tendrás tiempo para llorar! ¿Qué le pasó a David? ¿Dónde está el pobre? ¿Y si me traicionó y ya no quiere que estemos juntos? ¡No! No puede, David no, le debe haber pasado algo grave, por eso no pudo venir y no me lo hizo saber. ¿Y yo qué debo hacer ahora? Necesito calmarme y hacer un plan. Primero y lo más importante, necesito averiguar qué le pasó y por qué no vino, ¡luego ya veré! No puedo volver a casa sin saber nada porque me volveré loca; le puede pasar cualquier cosa en este país salvaje. ¡Oh, Dios! ¡Por favor que esté bien! Iré a su casa. Sí, ¿y qué diré? Hola, soy Emma, amo a David, ¿por qué no vino al tren en el que ambos teníamos que huir? Mejor pienso en el camino lo que voy a hacer. El tiempo pasa y yo estoy aquí sin hacer nada. ¡Adelante, Emma, no pierdas el tiempo!».
Agarró su maleta y salió de la estación casi corriendo. Pasando por detrás del bar donde trabajaba, se dio cuenta de que la maleta era un lastre inútil y peligroso. En un pueblo tan pequeño, donde casi todo el mundo se conoce, no hay noción de vida personal; iban a preguntarle a cada rato a donde iba. Así que rápidamente se deshizo de ella, escondiéndola cerca del bar, debajo de unas tablas que estaban tiradas allí desde hacía años. Luego se dio cuenta de que su tía, la hermana de su padre, también vivía en el área donde vivía David, por lo que no tenía que explicarle a nadie nada. Iba con pasos rápidos, llena de confusión interior.
Pasando por el centro, su malestar aumentó; la perfumería y la farmacia, que pertenecían a dos familias judías, estaban destrozadas. Alrededor, un montón de bocas abiertas dando su opinión. Sin pensarlo mucho, tomó otra calle. No quería hablar con nadie y mucho menos comentar lo sucedido. Se sentía completamente desorientada, no entendía qué estaba pasando ni por qué. Aunque su corazón le decía que todo lo que había sucedido era contra los judíos, ella no quería y no podía creer que su David estuviera en peligro. Cuando le quedaban algunas calles más hasta la pequeña sinagoga, sintió un olor penetrante a humo. Al salir a la calle que conducía a ella, la vio solo como una pila de ceniza humeante. Se detuvo asustada, tratando de asimilar lo que había sucedido. Mucha gente, igual que antes, daban con sus opiniones políticamente correctas. A un lado, los bomberos terminaban de regar los edificios cercanos y algunos policías fumaban y se reían contándose chistes. Algunos niños tiraban piedras por los agujeros de lo que antes eran las ventanas de la sinagoga. En un camión se cargaban los últimos restos salvados del interior y en ninguna parte, ni rastro de los dueños. En esta zona vivían 11 de las 17 familias judías de la ciudad, incluso la de Jacob Stein; la casa de oración era solo cenizas, y de ellos no se veía ninguno.
Igual que la última vez, evitó la multitud y se dio prisa hacia la casa de David. Inmediatamente comenzó a reconocer las casas de las familias judías, especialmente según sus deplorables apariencias. Fueron vandalizadas de la peor manera posible: casi todas las ventanas rotas, muebles y cosas destrozadas por todas las partes, en las paredes y las vallas todo tipo de inscripciones, una más horrible que otra.
Mientras se acercaba a una de las casas destruidas, se intensificaba el ruido proveniente del interior. Hubiera querido no pasar frente a la casa en cuestión, pero no podía evitarla. Para llegar a la casa de David, habría tenido que saltar las vallas de los vecinos. Mientras pasaba frente a la puerta rota, vio una escena que le cambió su ser, sentía que algo sucedía en su alma, pero aún no sabía qué. En una silla, debajo de una bombilla, estaba sentada una mujer que amamantaba a un niño. Su ropa era solo harapos y su cuerpo estaba lleno de moretones y rasguños. Junto a ella estaba un policía, se veía que la vigilaba, pero de ningún modo en el sentido en que la policía tiene que vigilarnos. En el suelo, aferrada a los pies de su madre, lloraba fuertemente una niña de unos tres añitos. La pobre madre sostenía al bebé que amamantaba en una mano y acariciaba la cabeza de la niña del suelo con la otra, además se veía que le estaba diciendo algo. Intentaba calmarla. De otras habitaciones llegaban sonidos terribles; alguien era golpeado sin ningún remordimiento, o incluso torturado. Las voces de los inquisidores modernos repetían continuamente: «¿Dónde escondiste el oro, parásito judío que eres? ¡Dilo, inmundo, ahora!» seguían maldiciones, golpazos, gritos de dolor y algunas palabras incomprensibles.
—¡Mira, ha perdido la conciencia, el repugnante —gritó una voz ronca—. agarradle y llevémoslo con nosotros, ahí lo dirá todo! —Se echó a reír de buena gana y en acompañamiento se le unieron algunas voces más.
Emma se quedó congelada, no se le movía ni un músculo en todo el cuerpo. Su rostro se quedó al estilo giocóndico, toda su conciencia le decía que se tapara los ojos y que huyera llorando, pero ella estaba como de piedra mirando hacia adentro. En la puerta aparecieron dos hombres, seguidos por dos más, que arrastraban a alguien por las axilas. Era obvio que se trataba del atormentado; no tenía una parte reconocible en su rostro: lleno de sangre, los ojos hinchados y morados sin poder abrirlos. El labio superior, demasiado hinchado, caía muerto sobre el inferior, que colgaba roto. De su boca goteaba sangre y era fácil de ver que no tenía todos los dientes. La ropa la tenía rasgada y empapada de sangre. Lo estaban arrastrando detrás de ellos como a un trapo inanimado, y mientras sus piernas se movían caóticamente bajando los escalones, le saltó un zapato.
—Papá, papá —gritó la niña de tres añitos mientras se apartaba de su madre, bajaba corriendo aquellos escalones—, se te cayó el zapato, ¡tendrás frío, papá! —Recogió su zapato y quiso dárselo a su padre. En aquel momento, uno de los hombres la levantó en brazos y le dijo:
—Se lo daré yo a tu padre, tú corre donde tu madre, no tengas miedo, este es un juego de adultos. —Cuando quiso dejarla en el suelo, el otro hombre de afuera, que tenía las manos libres, le gritó al policía de la casa:
—Ni mamá ni nada, la bruja viene con nosotros, ¡tírala fuera, Kurtz! ¡A esta pequeña enciérrala en la casa Ancel! Vamos más rápido, enseguida tiene que aparecer Schulman con el camión.
El hombre de la casa agarró a la pobre mujer, que todavía estaba amamantando a su bebé, de su mano libre, la levantó de la silla y la empujó escaleras abajo. Esta corrió tropezándose por toda la longitud de las escaleras y cuando llegó al final de ellas, se quedó sin fuerzas; cayó aplastada al suelo. El instinto maternal la retorció de tal manera que todo el golpe con el suelo se lo llevó sola.
—Esto ya no es normal, sois unos sinvergüenzas —gritó Ancel, cubriendo los ojos de la niña.
Los demás se reían como bestias ante la debilidad de Ancel, mientras salían a la calle. En aquel momento, el que daba órdenes la notó a Emma, que estaba como de mármol en medio del camino. Rápidamente se dio cuenta que había sido testigo de todo lo que sucedió.
—No se preocupe, señorita, son judíos, y nosotros, verdaderos patriotas, limpiamos el país.
Emma murmuró algo incomprensible, sin siquiera mover los labios, pero sintió que podía mover su cuerpo. Le dio la espalda a su interlocutor y continuó su camino, con la misma sonrisa extraña.
El líder de los arios comenzó a cantar y los demás, excepto Ancel que sostenía a la pequeña en sus brazos, lo siguieron al unísono: «Cuando la sangre judía empape los cuchillos, ¡todo irá bien otra vez! Camaradas de la SA, ¡colgad a los judíos, plantad a estos cerdos frente al paredón!»11.
Estaba amaneciendo y Emma caminaba, devastada, hacia la casa de David. No podía creer lo que había visto, le parecía que estaba en una pesadilla y quería despertar lo antes posible. Hace unas semanas, después de tal escena, habría llorado amargamente, ahora no podía. Sentía un dolor en el pecho, que la sofocaba constantemente, pero no podía llorar. Una parte de ella mantenía las lágrimas cerradas y le decía que no había llegado el momento, tenía que ver qué le pasó a su novio. Cuando estaba a solo dos casas de la de David, la vio toda destruida y quemada. Era la única que ardió hasta la fundición y sacaba una tira fina de humo. En el portón de la entrada había dos policías. Sintiendo que se quedaba sin fuerzas, avanzó con dificultad hasta un banco, donde se sentó para recuperar el aliento. Se quedó inmóvil con los codos sobre las rodillas y la cara entre las palmas de las manos, tratando de encontrar una salida a la situación. «¿Qué está pasando? ¡Despiértame Dios, más rápido, si es que estoy en una pesadilla! ¡En nuestra ciudad todos se volvieron locos! Si atacan a mujeres con niños pequeños, ¿qué le habrán hecho a David? ¡No, no puede ser verdad! Tengo que hacer algo, tengo que ser fuerte, pero primero debo averiguar dónde está y qué le pasa».
Reunió sus fuerzas y se levantó de la silla. Se dirigió resueltamente a la casa de su querido David. Al llegar al portón, preguntó a los policías:
—¿Que pasó aquí, señores?
—Vigilamos la escena del crimen. Este nido de parásitos judíos atacó a la policía anoche. No se preocupe, señorita, ninguno se escapó, dos están con nosotros y dos... —respondió uno de los policías con una sonrisa sádica, volviendo la cabeza y apuntando con la barba la casa quemada.
Más tarde, Emma intentaba recordar lo que sucedió después de la respuesta del policía, pero en vano. Recuperó la compostura, solo dos días después, en casa, en la cama. Una vez que abrió los ojos, miró alrededor por la habitación y vio a su padre sentado en una silla a su lado. Estaba pensativo con un sobre en la mano. Entonces se dio cuenta que no era ninguna pesadilla del subconsciente, era una real y terrible. Rápidamente cerró los ojos y se quedó quieta, fingiendo estar dormida...
EL HIJO DE JACOB...
Si supiera que llegaría,
siempre el hombre lloraría.
Si supiera lo que le pasaría,
hombre a hombre ya no amaría12.
Folclore rumano
Como de costumbre, David acompañó a su novia hasta cerca de su casa. Este corto período de tiempo, del recorrido desde el bar hasta la entrada a la ciudad, era su único momento de felicidad pura. La aparición de las primeras casas era para ellos una especie de: ¡ALTO! ¡Estrictamente prohibido! Entonces recordaban dónde estaban y se separaban con tristeza para no ser vistos. Una simple mirada hostil podría haber significado incluso la muerte. La supervivencia en aquel mundo adverso requería guardar el secreto en la mayor discreción. Su relación era un pecado mortal en el nuevo orden. Aquella noche fría de noviembre no era nada común para los jóvenes enamorados. Después de cada despedida, David regresaba triste y perdido, pero no aquella noche. Le había pedido a Emma que se casara con él y ella le contestó que sí. Estaba tan eufórico que quería gritar de alegría para que todos se enteraran de la noticia. Pero algo le detenía, todo un país que no quería verlo feliz; al contrario: marginado, deshumanizado e incluso destruido. Lo paraba el mundo hostil que se burló de él desde los primeros años de su infancia. Estaba tan acostumbrado a la situación, que no exteriorizaba sus sentimientos desde hacía mucho tiempo. Tanto la alegría como la tristeza las manifestaba solo en su mundo interior, nadie sabía lo que realmente estaba sucediendo en su cabeza. Viviendo en un estado falso, andaba con la respectiva máscara, tratando de parecer fuerte, incluso cuando estaba aplastado. Sus verdaderas emociones las mantenía ocultas y bien protegidas. Se había prohibido tanto tiempo la exteriorización de sus sentimientos, que ni siquiera sabía comportarse en aquella noche especial. Por primera vez, en mucho tiempo, dio rienda suelta: retozaba en campo abierto, parecía un niño que acababa de enterarse de que le iban a comprar una bicicleta en lugar de un piano.
Aquella fría noche, ni los perros ladraban sin motivos urgentes, estaban escondidos en algún lugar cálido. El silencio mortal estaba perturbado solamente por David, que cantaba alegremente; tenía que caminar alrededor de una hora y era la primera vez en tanto tiempo, que no se asustaba ante cada sonido inexplicable. Para no meterse en problemas no deseados, siempre regresaba por caminos ocultos. Los conocía a todos, desde donde la dejó a Emma hasta la ventana de su habitación. Desde que la acompañaba por las noches no usaba más la puerta; salía y entraba por la ventana. Aunque sus padres lo hubieran entendido y ayudado, tampoco quería que lo vieran.
Una vez que llegó a la ventana, la abrió y se apresuró a entrar sin hacer ningún ruido; estaba acostumbrado. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y se puso rápidamente su pijama. Levantó con entusiasmo una tabla del suelo junto a la cama, de donde sacó unos papeles envueltos en un paño. Abrió el paquete del que sacó un fajo de dinero y unos documentos falsos que le habían costado una fortuna. Eran sus billetes hacia la libertad y los había pagado con oro del escondite familiar, sin decirle nada a nadie. Iba a contarles todo en el momento adecuado, un poco más tarde. Un documento era suyo con el nombre Gensler Niklas, y otro era de Emma con el nombre Gensler Aliz, su supuesta esposa. Quería asegurarse una vez más, antes de acostarse, que todo estaba en orden. Después de que se convenció, envolvió todo en el trozo de tela y lo escondió en el mismo lugar, debajo de la tabla del suelo. Se metió en la cama y empezó a soñar con la mirada en el techo.
Se veía en Holanda, casado con Emma, en una casa bonita y con dos niños como dos angelitos. Se amaban todos y estaban felices, vivían en un amor perfecto y nada les faltaba. Tenía los mismos ideales que Emma, nada fuera de lo común: edificar una familia en una sociedad libre y auténtica. En un mundo con aspiraciones nobles, donde el hombre es amado por lo que es: un ser con alma y no por el color de su piel o la religión. Saltando de un lado del ensueño al otro, se durmió sin darse cuenta. Se despertó al día siguiente al mediodía, animado y lleno de optimismo.
Sus padres y los tíos de Berlin, que vivían con ellos desde hace un tiempo, estaban ocupados con las preparaciones de la partida, así que no le prestaban mucha atención. Arreglaban los últimos preparativos antes del viaje. El tío Marc se había marchado temprano por la mañana a Hamburgo, donde debía actualizar las visas, abiertas en 1937 para Chile. Estaba arrojando mucho dinero para engrasar todos los bolsillos: tanto los legales como los ilegales, de lo contrario no podrías abandonar el área del Reich. Vivían en un país que los odiaba, pero de donde no podían salir con mucha facilidad. En primer lugar, costaba mucho dinero y, en segundo lugar, nadie los recibiría si no lo tuvieran en una cantidad considerable. La rueda de los vicios humanos comenzaba y terminaba en el ojo del diablo.13 La naturaleza humana no había traicionado sus intereses; muchos continuaban haciendo fortunas con el sufrimiento de los otros. La tía Rita y Jenny, la madre de David, estaban empacando. Su padre estaba ocupado con la venta de los objetos de valor que no podían llevar con ellos y que solo podían venderlos a cambio de nada. Las cosas cambiaban drásticamente cuando intentaba abastecerse de algo, los precios se volvían astronómicos.
Hace unos días, Jacob había «arianizado» su fábrica. La pasó al nombre del último trabajador alemán que se quedó con él a pesar de todas las restricciones. Este le pagó una suma simbólica, porque no tenía más, y Jacob no quería dejarla al Estado o a algún nazi convencido. Después de que se dieron las manos, se abrazaron como dos viejos amigos, Oliver dijo: «¡Gracias por todo, Jacob! Que sepas que, si un día la situación en este país se recupera y seguimos aún con vida, tu fábrica te estará esperando. Vuelve a casa y será tuya».
Cada uno estaba absorto en los preparativos para la partida, así que David se ocupaba de sus propios asuntos. Tragó algo rápidamente y desapareció en su habitación, donde comenzó a hacerse planes para su propia huida. En primer lugar, tenía que dejarles a sus padres la carta de despedida. Se sentó en el escritorio, sacó una hoja de papel y una pluma estilográfica del cajón y pensaba cómo empezarla para hacerlos sufrir lo menos posible.
Amados padres:
Primero que nada, si leéis esta carta, no os alarméis. Sentaros, calmaros y leer tranquilamente lo que os escribí. Me disculpo mil veces por tener que desaparecer y explicaros todo en estas condiciones. Espero sinceramente que aprobéis mi decisión, aunque sé que será muy difícil para vosotros.
Para comprender mejor lo que hay en mi alma, comenzaré por el principio. Hace unos años, una mirada fugaz cambió mi vida; si se le puede llamar vida a lo que estamos obligados a vivir aquí. En fin, me enamoré. Para no traer ningún inconveniente no deseado a nadie, no mencionaré su identidad, aunque, papá creo que se da cuenta quién es. Que sepáis que es un amor mutuo y verdadero. Un amor puro que en este país está condenado a perecer, incluso antes de nacer. Nos vimos y nos agradamos, este es nuestro pecado en este sistema injusto. Sin embargo, si nació, haremos todo lo posible para defenderlo.
Como bien sabéis, para nosotros los judíos, los marginados de esta sociedad bárbara, de momento no se prevé nada bueno en este país. Menos aún para nuestro amor, que es un crimen imperdonable en este estado inmoral, incluso mayor que ser judío. Aquí tenemos totalmente prohibido estar juntos y nosotros no podemos existir el uno sin el otro. No podemos separarnos y queremos vivir aún más, así que decidimos huir de este pantano de sufrimientos.
¿Por qué no os he contado todo antes, para que pudiéramos escapar juntos? Estoy seguro de que me habríais ayudado, pero no quiero comprometeros ni a vosotros ni a ella. Habría significado traer peligros adicionales y no deseados para todos. Tenemos suficientes ya sin eso. Consideramos que separados, tenemos más probabilidades de ver cumplido nuestro sueño a la vida.
Iros sin ninguna preocupación. En el momento que leáis la carta, nosotros estaremos de camino hacia nuestro futuro común. Espero sinceramente que todos tengamos éxito y de ninguna manera cambiéis vuestros planes por mi culpa; seguirlos exactamente al pie de la letra. Yo sé a dónde vais, y una vez que salgáis de aquí, os escribiré todo al detalle. Más tarde, quizás en un par de años, igual nos veremos.
¡Madre, te lo pido por favor, no llores! Tú me trajiste a este mundo y me enseñaste a ser como soy; ser bueno ante Dios y seguir mis sueños. Nosotros tenemos uno, que nos dejen vivir tranquilos en nuestro amor. Mientras en este país es un sueño utópico y no tenemos ningún futuro, estaremos condenados. Huimos con la esperanza de encontrar un lugar en este mundo rebelde contra el sentido común y las leyes de Dios. Queremos ser felices, eso es todo. No creo que sea un pecado.
Os lo vuelvo a decir, no os preocupéis por nosotros. Lo tenemos todo preparado y bien pensado. No somos los primeros y espero que tampoco los últimos de los que huirán de este país. Os ruego que no nos detestéis, que nos bendigáis y recéis por nosotros, así como nosotros oraremos por vosotros.
¡Os amo (amamos) mucho! ¡Buen viaje y que Dios nos ayude!
Vuestros: David y...
P.S: (Por el bien de todos, destruid la carta).
Metió la carta en un sobre y se dejó robado por los pensamientos. Estaba molido por sentimientos contradictorios. Se sentía extremadamente feliz, iba estar con Emma, en un futuro cercano, solo con ella y sin restricciones. Al mismo tiempo, estaba abrumado por una tristeza opresiva por dejar a sus padres a la buena suerte. Esta explosión interior le trajo en los ojos dos lágrimas juguetonas. Las secó rápidamente con la palma de la mano y se dijo: «Los hombres no lloran. Tengo que ser fuerte. ¿Qué tipo de llanto es este, un ojo llora de alegría y el otro de luto?». Sonrió de forma extraña, escondió la carta en el cajón y salió a ver si podía ayudar con algo por la casa.
A las ocho de la tarde estaban todos alrededor de la mesa. Solo faltaba el tío Marc, que debía presentarse en dos días con los visados. En la casa reinaba una atmósfera de ansiedad. Todos comían y miraban su plato, nadie hablaba. Una inquietud general se apoderaba de sus pensamientos; esta los estaba conquistando cada vez más.
El cabeza de la familia estaba atormentado por unas noticias desagradables, sentía que lo consumían por dentro durante meses: «Judíos a la venta a precio de ganga. ¿Quién los quiere? Nadie». Después de la conferencia de Evian el 13 de julio del mismo año, la mayoría de los periódicos alemanes escupían con frases horribles como estas: «Debates estériles en la conferencia de Evian sobre los judíos... nadie los quiere recibir14...». Jacob, no podía entender cómo se llegó a esta situación. Estas frases le conquistaban la existencia como lo hace un dolor de muela: cuando te agarra, solo en él piensas. El comportamiento de los nazis, de los ciudadanos alemanes, de los vecinos, al fin y al cabo, no lo asombraba ya hace mucho tiempo, pero del resto del mundo no esperaba tal cosa... Aquella vergonzosa conferencia le destruyó los últimos restos de tranquilidad espiritual. Estaba confundido y no sabía qué hacer. Vio todas sus esperanzas e ideales arruinados en un día. En aquel terrible día se pusieron todos de acuerdo en no ayudarlos, dejarlos en el foso de los leones. Hasta la conferencia vivía con la esperanza de que alguien les arrojara un salvavidas. No quería nada más que ser ayudado a salir a la superficie. No pensaba solo en él; se trataba de miles de personas inocentes, dejadas a la voluntad del ogro, y ellos, los políticos, seguían su rumbo establecido durante cientos de años: mucha charla y nada más. Fumaban, bebían y comían bien, luego volvían a empezar, y cuando había que tomar decisiones de las que dependían miles y miles de vidas, se encogían de hombros. «Dios, ¿qué mal les hicimos? ¿Por qué todos nos dieron la espalda?» pensaba el pobre Jacob con la mirada perdida en algún punto de la mesa, luego de lo cual, también él respondía en su mente. «Por otro lado, viejo Jacob, has pasado tiempo suficiente por esta vida para darte cuenta de que han hecho de la política un arte de la insensibilidad, una prostituta de los que tienen dinero y avaricia de poder. Necesitan un chivo expiatorio y en este momento nos han elegido a nosotros. ¿De los demás qué puedes desear? La gente se traga toda la propaganda de sus Gobiernos y se alegra de que no están ellos en nuestra situación. Si se les ha dicho que no merecemos ayuda, tal vez creen que así es. Mientras no sean ellos los proscritos, no pueden darse cuenta de que realmente necesitamos ayuda... Si Marc regresa con los visados, tal vez podamos salir de este maldito lugar, pero ¿qué harán los demás? ¡Dios, libera tu pueblo del cautiverio!...».
Jenny, la esposa de Jacob, estaba mucho más callada de lo habitual. Se encontraba muy preocupada; nunca había viajado más lejos que Francia, y ahora iban partir a otra parte del mundo. Para ella, Chile era sinónimo del fin de la tierra. Como verdadera esposa y madre, no podía evitar pensar en todos los peligros del viaje: si podrán salir de Alemania a salvo, si tendrán qué comer en todo el camino, si preparó la ropa adecuada para este éxodo forzado... Se preocupaba por todos, menos por ella. Ya no pensaba en sus sufrimientos, sufría por los demás. En aquel momento el propósito de su vida era salvar a su familia de las garras de Satanás y luego ayudar y a otros...
La tía Rita, la hermana de Jeannette, parecía la más preocupada. Su marido estaba en algún lugar lejano y le podía pasar cualquier cosa. La recorrían incluso los pensamientos más terribles. Uno de ellos era la posibilidad de que nunca volviera a verlo. Se veía que estaba muy afligida, aunque Marc intentó calmarla antes de irse: «No te preocupes, en Hamburgo no nos odian tanto como en otros lugares, estaré a salvo. Que sepas que me lo dijo el primo Joseph, así que no te preocupes. Regresaré sano y con las visas en regla. ¡Haz las maletas! Pone solamente lo más esencial...».
David los miraba a todos en silencio y se le rompía el corazón de dolor. Las personas que tanto amaba y que por lo general estaban llenas de vida, ahora estaban en la mesa sin vigor, tristes y miserables. A su vez, también estaba quemado por los pensamientos de los viajes: por un lado, lo consumía la idea de su viaje y Emma; y por otro, el éxodo de la familia.
El silencio ensordecedor solo era interrumpido por las cucharas que deslizaban suavemente sobre el fondo de los platos. Un fuerte traqueteo de cristales rotos sorprendió a todos. La fuente del ruido era una piedra que atravesó una ventana tocando un mechón del cabello de Jeannette. Siguiendo la trayectoria impuesta por una mano invisible, hizo añicos un jarrón de flores y fue detenido por una pared. Después del primero, a intervalos casi iguales, siguieron otro y otro. Parecía una lluvia ininterrumpida de meteoritos haciendo polvo todo a su paso. Jacob se levantó en un instante y cubrió a su esposa con su enorme cuerpo, luego la arrastró al refugio debajo de la mesa. Casi instintivamente, David hizo lo mismo con la tía Rita. Estaban acostumbrados, era la cuarta vez que alguien desde la oscuridad le rompía alguna ventana, y cada vez esperaban que fuera la última. Creían sinceramente que los autores de aquellas calamidades recapacitaran, se dieran cuenta que estaban atacando a personas inocentes. Estaban tan acostumbrados que nunca los odiaron, simplemente los creían las víctimas del régimen. Aquella noche, el 9 de noviembre de 1938, era otra cosa. Las piedras caían sobre ellos en grandes cantidades y eran arrojadas con un odio que no se ha visto nunca en aquella pequeña ciudad. Mientras toda la familia de Jacob estaba acurrucada y asustada debajo de la mesa, las piedras destruían todo lo que tocaban. Cuando cesó la locura del momento, se escucharon las voces de los culpables: «¡Estira la pata, carroña! ¡Fuera de Alemania! ¡Sara, haz las maletas! ¡Acaba con el perro judío!». Estas llenaban el silencio de la noche con todo tipo de expresiones inhumanas, salpicadas de risa bárbaras e hipócritas.
—¡Vamos, salid rápido y esconderos arriba, David y yo vamos a poner barricada en la puerta para que no entren en la casa! —ordenó Jacob asustado mientras salía de debajo de la mesa—. Este país se ha vuelto completamente loco.
David salió rápidamente de debajo de la mesa ayudando a su madre, mientras Jacob la ayudaba a Marta. Solo después de que todos salieron se dieron cuenta en qué condiciones se encontraba la habitación. Habían destruido todos los rincones: había piedras, cristales y comida por todas partes. Jenny al ver la casa de su familia destruida, el único lugar donde todavía se sentía segura, perdió el conocimiento. Al caer, se golpeó la cabeza con el borde de la mesa y se abrió una herida que inmediatamente empezó a sangrar. David la cogió rápidamente en sus brazos y se dirigió a Marta, mientras comenzó a subir las escaleras: «Tía, usted, traiga una toalla limpia, agua tibia y síganos. Tú, padre, tapa la puerta, yo inmediatamente vuelvo». Dejó a su madre en la cama al cuidado de su tía y bajó a ayudarle a su padre. Este trataba de hacer una barricada la puerta, pero en vano. Desde fuera la estaban destruyendo unas mazas laboriosas en manos fanáticas. Poco después, la puerta cedió y la sala se llenó de hombres con mazas, palos y barras de hierro. Alrededor de los brazos tenían envueltas unas esvásticas, estaba claro...
—¡H.H. y que mueran los judíos! —gritó uno, tras lo cual, se precipitaron todos sobre los hombres de la casa.
David cayó primero, logró ponerse en posición fetal, cogió la cabeza entre las manos y aguantaba la avalancha de pies que se derramó sobre él. Se le daba sin ningún remordimiento; estaban convencidos de que estaban extirpando un parásito que quería destruir su país. El que estaba cerca de Jacob se detuvo y vaciló por un momento. Se dio cuenta de que lo habían reconocido. Jacob cayó de rodillas con las manos en oración y lo miraba directamente a los ojos sin decir una palabra. Reconoció a su exempleado a quien solo le hizo bien y el cual ahora destruía su casa y golpeaba a la familia. En su rostro se leía una total decepción; era destruido, decepcionado y traicionado al mismo tiempo. Dos lágrimas temblaban en sus ojos, su respiración se hizo muy pesada y no veía nada más que la cara de quien había considerado antes un amigo. Entre sollozos, logró pronunciar unas palabras: «¿Por qué, Gunter, por qué?».
—¡No me mires así, parásito judío, eso es lo que eres! No te debo nada, entonces no sabía quiénes sois —contestó el chaval y le golpeó con toda su fuerza en plena cara. El anciano indefenso cayó al suelo perdiendo el conocimiento, pero no fue dejado en paz. Inmediatamente fue rodeado y golpeado sin piedad.
Cuando se cansaron de machacar a dos cuerpos inmóviles, comenzaron a destruir todo lo que encontraban por la casa. Pasaban de una habitación a otra con el mismo propósito. Cuando terminaron en la planta baja, subieron las escaleras en busca de nuevas conquistas. La puerta de la habitación donde estaban las mujeres se abrió de una patada. Marta, que estaba sentada en la cama, a la cabeza de su hermana enferma, se asustó y se puso de pie de un salto. Inmediatamente fue derribada al suelo por la palma del primer nazi que había entrado, el que derrumbó la puerta. Esta se arrastró hasta su hermana y la abrazó llorando. Rápidamente le cubrió la cara, temiendo que la golpeen también. Los de la raza superior destruyeron todo alrededor, las escupieron a ambas y las insultaron de todas las maneras, pero no las volvieron a tocar más. Bajaron cantando algo patriótico y antijudío. Al pasar cerca de David, que estaba tendido junto a las escaleras, le escupieron también y salieron orgullosos de sus hechos. Afuera, pararon para fumar y beber todo lo que encontraron en la casa. Después de arrojar las botellas vacías contra las paredes, desaparecieron en la oscuridad, cantando.
En la casa, primero se recuperó David. Le dolía todo el cuerpo y no podía abrir un ojo. Levantándose lento y sin fuerzas, trataba de averiguar qué había sucedido. Cuando vio a su padre tirado en el suelo, entre los fragmentos de cristales y lleno de sangre, corrió hacia él. Balanceándose, de un lado a otro, llegó junto a Jacob. Después de unos intentos fallidos este recuperó la conciencia, pero estaba muy débil. Inmediatamente quiso levantarse y subir las escaleras en busca de las mujeres. Trató de llamarlas pero no pudo, su boca y las cuerdas vocales estaban llenas de sangre seca. Había pasado casi una hora desde que la banda de los elegidos se había ido. Ayudándose mutuamente, llegaron arriba donde ambas mujeres se ahogaban en lágrimas. Jenny se recuperó y al ver todo destrozado, su hermana golpeada, estalló en un llanto incontrolable. Marta al ver a su hermana vuelta a la normalidad, también rompió a llorar de alegría, miedo, dolor y desesperación. Una explosión de sentimientos contrarios salía a la superficie en forma de lágrimas. Los hombres las encontraron abrazadas y llorando; Marta con el ojo amoratado y Jenny con la cabeza vendada y llena de sangre. Las mujeres cuando los vieron en qué estado entraron, apoyados uno contra otro y golpeados sin piedad alguna, se levantaron y se abrazaron todos en un círculo de sufrimientos.
Lloraban todos excepto David que no tenía lágrimas. Un fuerte dilema le rompía el corazón: dejar a sus padres e irse con Emma, o quedarse con ellos y dejarla sola en la noche llena de peligros. A sus padres no los podía dejar en absoluto, estaban completamente destrozados y necesitaban su ayuda. Habría querido avisar a su novia de alguna manera que no podía irse hasta que viera a sus padres a salvo, pero era imposible. Una vez sacados del foso de los leones podría haber escapado, pero en aquella situación era inimaginable. Sufría a causa de la impotencia que sentía más que por las heridas en todo el cuerpo. Tras ordenar un poco la habitación, dejaron descansar a los padres y empezaron, junto a Marta, a recoger los fragmentos de vidrio y los restos de objetos destrozados por toda la casa. Barricadaron la puerta destruida con la ayuda de la mesa de madera maciza y se fueron ellos a descansar un poco.
—¡Para aquí, esta es la última! —gritó Fritz señalando la casa de Jacob—. Nos quedan estos y podemos anunciar que tenemos una ciudad limpia de judíos.
El conductor se rio lleno de orgullo y sorbió unos tragos de la botella de coñac que sostenía entre las piernas, después de que se la pasó a Fritz. Este bebió también con una sed salvaje. Estaban muy borrachos, y atrás, en el camión, había cuatro más, ocupados con el mismo trabajo: vaciar las botellas de alcohol sacadas de casas y tiendas destruidas aquella noche.
—Para estos he preparado una sorpresa —continuaba expresando Fritz sus pensamientos—. En España, el año pasado, me enseñaron a hacer un juguete con el que los nuestros sacaban ratas comunistas de tanques o casas cuando ya no tenían granadas o algo más fuerte. Los sacaremos, como a unos parásitos que son, con fuego y humo.
—Como a ratones de campo —le interrumpió el conductor—. Cuando éramos pequeños, íbamos al campo a cazar ratones. Alguien metía un papel ardiendo en un agujero y los otros esperábamos junto a los demás. Cuando los dueños de la casa salían asustados por el humo, los atrapábamos y los convertíamos en leones. ¿Sabes cómo se hace?
—No —dijo Fritz sorbiendo con sed de su botella de coñac.
—Uno lo sujetaba de las patas traseras y otro la agarraba del pelaje y se lo tiraba hacia abajo. Le quitábamos la piel, sin ningún cuchillo. Se le desprendía todo menos el de la cabeza, tras lo cual lo dejábamos en el suelo, donde se arrastraban durante unos segundos hasta que morían. ¡Ahora no me digas que no hiciste eso!
—No, qué asqueroso eres —dijo Fritz con una náusea visible en su rostro—. ¡Bestia sádica, brutal canalla! Tengo ganas de vomitar, pero me gusta cómo piensas. ¿No teníais otro juegos, anormales?
—Tuvimos algunos interesantes con ranas o gatos, por ejemplo, ¿quieres escuchar? —respondió el chofer y sonrió con orgullo.
—¡No! ¡Cállate! Vamos a destruir esta guarida y vamos a dormir —dijo Fritz entusiasmado, golpeando la ventana que daba atrás, en el remolque del camión—. ¡Hemos llegado! ¡Bajaos, holgazanes, porque todavía tenemos un poco de trabajo por hacer! Llevaos también y la caja del rincón. Que no bebáis nada de allí, bestias, que se os quemarán los intestinos. Es shnaps barato, confiscado, mezclado con aceite para coches.
La noche resonaba de risas alcoholizadas. Seis hombres, atontados por los vapores del alcohol y la fuerza de la propaganda, se reían sin escrúpulos frente a la casa que estaban a punto de incendiar. Después de toda una noche de arrestos, por el bien de los arrestados, querían un espectáculo más fuerte. Los cerebros atolondrados exigían adrenalina y no les importaba para nada el destino de los de dentro.
—¡Escuchad! —resonó la voz ronca de Fritz sobre las risas de los demás—. Tomad una botella en la mano, encended el paño y arrojarlos por los agujeros de las ventanas. La puerta la dejamos libre para que tengan por dónde salir. De aquí los subimos al remolque y los llevamos al montón. Mañana si nos pregunta alguien por qué prendimos fuego a la casa, diremos todos que dispararon sobre nosotros. Vinimos a defenderlos y ellos empezaron a disparar, así que tuvimos que inventar algo para sacarlos de la casa sin pérdidas por nuestra parte. Una cosa más, si huyen por detrás de la casa, no hay problemas. Los atraparemos luego. No nos vendría mal tener una caza, así que no vigilad la parte trasera de la casa. Según los datos recibidos, adentro, debe haber cuatro personas en este momento, ¡así que adelante! —Después de terminar su monólogo, se rieron con ganas de nuevo y se reunieron alrededor de la caja para coger sus juguetes.
En casa, todos se encontraban reunidos alrededor de la chimenea. Estaban acostados sobre unos colchones junto al fuego, cubiertos con mantas. En las ventanas del salón, pusieron algunas alfombras para evitar el frío de la noche de noviembre. Después de que tomaron unas infusiones relajantes, el calor del fuego los calmó como un buen somnífero. Se adormecieron tan profundo por el agotamiento que no oían los gritos y las risas de la calle. El primero que se despertó fue David, cuando sintió muy caliente en las plantas de los pies; la manta con la que estaba envuelto estaba ardiendo. Abrió los ojos y vio que todo estaba en llamas. De las alfombras de las ventanas el fuego se extendió por las habitaciones y salía humo por debajo de todas las puertas.
De un salto se puso de pie asustado y comenzó a despertarlos a todos:
—Mamá, papá, tía, despertad que nos está ardiendo la casa, si no salimos rápido nos quemaremos también. Por el amor de Dios, levantaros —gritaba David mientras los sacudía violentamente y se ahogaba con el humo.
Los despertó uno a uno, pero estaban tan perdidos y cansados que no podía hacerles entender lo que estaba pasando.
—Este es el final —dijo Jenny, pero David la ignoró. Seguía empujándolos hacia la puerta y gritando—: ¡Salid más rápido, que si no, nos quemaremos vivos!
Cuando llegaron a la puerta, los empujó hacia afuera y recordó los documentos que había escondido en su habitación y sin los cuales no tenía ningún futuro.
—Alejaros de la casa, yo volveré en un momento —gritó tras ellos y regresó en la casa ardiente.
—¡No, David, no entres! ¡Vuelve, hijo! —gritaba la madre desesperada, y cuando lo vio desaparecer entre las llamas, se desmayó por segunda vez.
Jacob la agarró y cuando llegaron en la calle se dio cuenta quiénes eran los culpables del incendio. Estos se quedaron viendo la escena de la familia destruida. Marta lloraba tras su cuñado, Jenny yacía inconsciente sobre la hierba, Jacob se arrodilló junto a su esposa, llevó sus manos a la cabeza arrancando el cabello de la desesperación. Cuando Jenny abrió los ojos, ambos lloraban por David. El corazón materno lo entendió todo: su único hijo estaba adentro. Se levantó lentamente, miró a su alrededor y dijo ausente y casi en susurro:
—Este es el fin. Mi pequeño, tu madre no te dejará solo. ¡Estaremos juntos en el otro mundo si no es posible aquí! —Pasó junto a la gente de la Gestapo que la ignoró y entró en las llamas ardientes.
—Jenny —gritó su hermana y quiso correr tras ella, pero cuando llegó al umbral, dos policías la agarraron de inmediato y la tiraron al suelo.
—¡Jeannette, no hagas esto! —gritaba desesperadamente Jacob mientras se ponía de pie. Dio unos pasos hacia su esposa y cayó de rodillas. Una paliza en plena cara lo acercó a la muerte. Cayendo, se rompió la cabeza contra el duro asfalto. Lo dejaron así, inconsciente, tendido ahí mismo, respirando fuerte mientras se ahogaba en su propia sangre.
Todas las miradas estaban dirigidas a la casa que se derrumbaba bajo la abrasadora fuerza de las llamas. David y su madre estaban adentro.
—¡Esto es todo, se acabó la fiesta! —les gritó Fritz a sus hombres—. Vosotros dos quedaros en la escena del crimen, hasta la próxima disposición, el resto de vosotros cargad a estos dos en el remolque y nos largamos de aquí. Tenemos suficiente para hoy. Tú, saca el rifle oxidado de debajo de la silla de la cabina del camión y arrójalo a las llamas.
Después de tirar los cuerpos casi muertos en el remolque, subieron todos menos dos dejados de guardia y se fueron.
Subiendo rápido las escaleras, David sentía que se sofocaba. Ardía todo a su alrededor y apenas podía ver a través del humo. Llegado arriba quiso entrar en su habitación. Cuando abrió la puerta, una fuerte llama lo empujó a un lado. Se dio cuenta que no podía recuperar los documentos, la habitación donde creció estaba como un infierno en llamas. Por las escaleras no podía bajar porque se esparcían destruidas por el fuego. Irrumpió en una habitación que daba a la parte trasera de la casa. El fuego, sintiendo oxígeno, seguía sus pasos con una velocidad asombrosa, por lo que no tuvo más remedio que tirarse por la ventana. La abrió, se subió rápidamente al alféizar de la ventana y se arrojó lo más lejos posible de las llamas. Cayendo, se agarró de la rama del cerezo cercano. Esta se rompió y David cayó rodando entre las ramas hasta que se golpeó contra el suelo, extendido y boca abajo. Después de tanto golpes no podía respirar, y en ausencia del aire, parecía un pobre pez tirado a la arena. Solo sus labios se movían en busca del aire benéfico, pero era en vano; algo dentro de él se cerró y el oxígeno no podía penetrar hacia los pulmones. Sacaba un gruñido ronco y nada más. Poco a poco se recuperó y cuando logró ponerse de pie, empezó a derrumbarse la casa destrozada por fuego. Reunió sus últimas fuerzas y corrió hasta el final del huerto, donde comenzaba el bosque. No sabía lo que estaba haciendo ni hacia dónde corría, su cuerpo lo llevaba automáticamente lo más lejos posible de la casa. Tan pronto como llegó al borde del bosque, se quedó sin fuerzas. Atormentado y débil, cayó al suelo dormido. Hubiera sido un sueño benéfico y salvador de energía vital si hubiera sido en algún hospital cálido; pero fuera era el mes de noviembre.
Abrió los párpados, que parecían mucho más pesados de lo habitual, y se dio cuenta que no conocía el lugar. Estaba en una casa modesta y bien arreglada, hecha de madera maciza. Después de mirar alrededor por la habitación, vio una niña de nueve u once años de guardia a su cabeza. Esta, cuando lo vio despierto, saltó de la cama gritando lo más fuerte que podía: «¡Papá, papá, se despertó, se despertó!». Inmediatamente entró un hombre alto, de anchos hombros, con una barba larga y tupida, como la de un sacerdote ortodoxo. En una mano llevaba un plato de sopa caliente y en la otra un trozo de pan. En sus palmas tan grandes el plato parecía sacado del baúl de juguetes de la niña. Los colocó en un taburete junto a la cama y dijo seco, pero suavemente:
—¡Levántate y come! Tienes que salir de aquí, ¡te buscarán! Te esconderé en una antigua choza de caza, donde podrás recuperarte.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó David con voz perdida—. ¿Dónde estoy? ¿Qué le pasó a mi familia? Debo encontrarlos, ellos me necesitan...
—¡Come, partimos en media hora! Llevas aquí dos días. Nada más, las preguntas déjalas para luego —le interrumpió el desconocido a David, quien quería averiguar lo más posible—. ¡Ahora come rápido! Mientras estés aquí todos corremos peligro.
El desconocido salió de la habitación, y mediante la puerta entreabierta se veían dos ojitos azules y muy curiosos. David, después de un esfuerzo colosal, logró levantarse hasta quedar sentado, le dolía todo el cuerpo. Tragó unas cucharadas de sopa de pollo con la extraña sensación de que estaba comiendo brasas. Tenía todo el interior de su boca destrozado, lo que le provocaba un dolor y un escozor insoportables cuando la sopa entraba en contacto con las heridas. Apenas tomó unos sorbos y dejó la cuchara en el plato.
—¡Vístete! ¡Nos vamos de inmediato! —dijo el hombre arrojándole algo de ropa y agregó—: Te espero en cinco minutos fuera.
Unos minutos más tarde, David yacía en un carro de caballos, cubierto de heno. El destino de sus padres no le dejaba en paz y sus ojos se llenaron de lágrimas. Quería aullar de pena, dejar salir la explosión interior con un grito desesperado. Estaba listo para saltar del carro e ir en busca de los que le habían dado la vida, pero lo detenían aquellos ojos azules que lo han mirado a través de la puerta entreabierta. Los veía claramente fijados encima suyo y una voz como la de su madre le susurraba: «Descansa, hijo... no te preocupes... nosotros estamos bien... ya no sufrimos más...». Sin darse cuenta estaba entre dos mundos; aquella mirada angelical, la voz de su madre, el vaivén del carro y el olor de las hierbas secas calmaron su cuerpo débil y gravemente herido. Inmediatamente cayó en un letargo desierto y sin sueños.
Aquella noche del 9 de noviembre de 1938, iba pasar a la historia como «La noche de los cristales rotos». Lo peor era que no solo los habitantes de la pequeña ciudad, donde todos se conocían, se volvieron locos: se había vuelto loco todo un país. La familia Stein era una de las muchísimas familias que tuvieron que sufrir aquella noche. Miles de personas fueron detenidas, golpeadas, asesinadas, desaparecidas sin dejar rastro; comenzaba una nueva era.
Marc, al regresar de Hamburgo con visas para Chile, logró sacar a su esposa de las manos de la Gestapo. Intentó, con gran riesgo para su vida, sacar también a su cuñado, pero este le hizo jurar que lo dejarían en el país y que se irían ambos lo antes posible. El día 13 estaban ambos en el tren rumbo a Ámsterdam, donde los esperaba un carguero que los iba llevar al fin del mundo. Marta lloraba sin cesar, Marc intentaba calmarla, pero estaba con el corazón roto. La familia Stein estaba separada sin culpa alguna: el cuerpo de la madre yacía bajo los restos de la casa quemada, al padre que ya no tenía ninguna meta, se le extinguía la última chispa de vida camino a Dachau, mientras que David estaba exhausto, escondido en la casa de un desconocido. Tampoco se les hubiera pasado por la cabeza que en aquella noche maldita se iban a ver por última vez.
EL MATRIMONIO...
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.
I Corintios 13:13
Emma se quedó quieta y hacía todo lo posible para simular un sueño profundo y despreocupado. Habría sido perfectamente recibido si no hubiera recordado la noche del 9 al 10 de noviembre y el contenido de la carta en las manos de su padre. Intentaba con todas sus fuerzas parecer tranquila, mientras que por dentro estaba librando una terrible pelea. Sintiendo que, de un momento a otro, la iba perder, se aterrorizó tanto que escondió el rostro bajo el edredón y rompió a llorar frenéticamente. Realmente necesitaba un abrazo paterno, pero estaba avergonzada, no podía mirarlo a los ojos. Herman, su padre, sintiendo que era el momento, se levantó de su silla con la ayuda de la muleta que lo acompañaba a todas partes y, pegando su prótesis a la cama, se sentó junto a su hija.
—¡Emma, mi querida niña, cálmate! Estoy aquí, estoy contigo —dijo Herman entre lágrimas mientras levantaba suavemente el edredón del rostro de su hija. Pase lo que pase, que sepas que estoy de tu lado. Por favor, dime qué te molesta y te ayudaré en lo que pueda, y si lloras por la carta, que sepas que ni tu madre ni yo la hemos leído. Frederika ni siquiera sabe de su existencia. No se la mostré. La decisión es tuya, si quieres nos cuentas, si no, no. Si prefieres deshacerte de ella, la tiro al fuego de inmediato. ¡Dime algo, por favor!, no llores que me rompes el corazón de viejo padre.
—Tírala al fuego, papá, te contaré todo —respondió la niña entre hipos y sollozos.
El anciano se levantó pesadamente y cojeó hasta la chimenea. Arrojó la carta y un poco de leña al fuego, después de esto volvió a la cabeza de su hija enferma. Cuando se calmó un poco, Emma le contó todo sin olvidar detalle alguno, mientras Herman escuchaba cortésmente, con los ojos en lágrimas. Hasta entonces le parecía que había visto todo lo que pudo durante la guerra, pero en aquel momento, comprendió que no era así. La vida de su única niña había entrado en un torbellino de infortunios, y su impotencia al no haber podido ayudarla, le causaba un gran dolor paterno.
—Esto es, papá —continuaba la niña—, ahora estoy en la cama llorando, sin saber el destino de David. No sé qué le pasa, dónde está o si aún sigue con vida. Este estado de ignorancia me duele mucho, papá, me come por dentro. Ahora que lo sabes todo, dime, ¿qué debo hacer?
—Primero que nada, vamos a calmarnos —respondió el anciano secándose las últimas lágrimas—. Te voy a traer algo de comida, porque no has comido nada en dos días. A tu madre no le decimos nada, por lo menos durante un tiempo, porque parece que se está volviendo loca con toda esta propaganda. Ella te quiere mucho, pero de momento está un poco desorientada, como millones de conciudadanos. Se encuentra en una encrucijada y no sabe a dónde ir: por el antiguo y recto camino de la humanidad, o por el nuevo y terrible camino de este liderazgo actual. Le diremos que estuviste en una fiesta de estas vuestras, de las juventudes, de donde volviste con temperatura y sin fuerzas. No te dirá nada. Que sepas que descubriré qué le pasó a David, incluso si me costara la vida. Haré todo lo posible para un padre lisiado y un veterano viejo. Tengo un amigo del frente, que ahora trabaja en la policía. Ritter me ayudará sin demasiadas preguntas; si sabe algo sobre el destino del chico nosotros lo sabremos. —Besó a su niña en la frente y se fue a buscarle algo de comer.
Al día siguiente, al amanecer, Herman visitó a su amigo de las trincheras. Se conocían muy bien y tenían una gran confianza el uno en el otro. La guerra les enseñó a hablar directamente y al tema, sin estirarlo demasiado. Intercambiando algunas expresiones de cortesía, muy conocidas entre los veteranos de guerra, como, por ejemplo: «¿Como te va con tu salud? ¿Aún sufres de las antiguas heridas cuando cambia el tiempo? ¿Te sigue picando la pierna amputada? O ¿Te dejan dormir las pesadillas?». Se alejaron lentamente de las miradas curiosas para ir al grano. Una vez solos, sin hablar mucho, Herman le dijo que necesitaba su ayuda y que querría saber que le había pasado a la familia Stein. Ritter, sin realizar cuestionamiento alguno, comenzó a contar todo lo que sabía:
—El viejo Jacob fue enviado a Dachau, como miles de otros judíos durante este período. Jeannette, su esposa, se quemó viva en la casa, y su hijo David está siendo buscado. Parece que logró escapar. La noticia no es de las mejores si estas personas fueron tus amigos. Sus vidas fueron destruidas en muy poco tiempo, sin ninguna culpa. Herman, amigo mío, ten cuidado con quién hablas sobre estos temas. En los tiempos extraños que corren, solo por la pregunta que me hiciste puedes tener grandes problemas, y yo, por mi respuesta, aún más. Si hubiera sido otra persona en tu lugar, no le habría dicho nada. La gente ya no sabe qué es la amistad, está lleno de denuncias por doquier. Créeme, sé lo que digo. El marido chiva de su esposa, se chivan los hermanos, amigos, vecinos, personas que no se conocen. Algo terrible está sucediendo con nuestra sociedad. En el frente era mucho más sencillo, después de unos minutos de lucha feroz, sabías quién estaba a tu lado. En la vida civil, sin embargo, es muy complicado todo. Amigo Herman, té diré tonterías —continuaba su flujo de conciencia Ritter, mientras el interlocutor escuchaba con seriedad y sin interrumpirlo—. Extraño la vida en el frente. Ahora no creas que me he vuelto loco y no sé de qué estoy hablando. No echo de menos las matanzas sangrientas, a la suciedad, a las tripas por todos los lados, a los gases tóxicos en cualquier momento, al hambre, frío, enfermedades, ratas y barro, ¡no! Ten por seguro que las pesadillas no me dejan olvidar todas las barbaridades de la guerra. Echo de menos aquella seguridad en lo cercano, en la persona con la que compartes todo y puedes hablar lo que quieras, sin miedo a que te denuncien. La confianza que tengo en ti ya no la puedo tener en nadie, en estos inciertos tiempos. Hoy somos ciudadanos honorarios, mañana enemigos del pueblo, como la familia Stein. ¡Otra vez he cambiado de tema! No sé si te serví de algo, pero que sepas que estoy muy feliz por verte de nuevo y sano. Escuchaste mi monólogo sin decir nada, que sepas que te lo agradezco de todo mi corazón. ¡Me siento mucho mejor!
Hablaron un rato más como viejos amigos que eran, luego se dieron las manos y se separaron. El anciano veterano aceleró su paso mutilado para llegar cuanto antes a casa, donde lo esperaba su impaciente y enferma hija. Le traía una noticia relativamente buena: David había sobrevivido al pogromo, pero nadie sabía dónde estaba.
Sobre un lecho de tablas, en una choza abandonada, lejos de los ojos de la gente, sufría un joven. Le dolía todo el cuerpo: tenía algunas costillas rotas, no podía comer cómodamente a causa de su boca destrozada, un ojo casi no podía abrirlo en absoluto y estaba atormentado por pesadillas. El guardabosques y su hija le arreglaron la nueva casa, en la medida de lo posible, le dejaron algo de comida, encendieron el fuego, le prepararon una infusión y después de unas pocas instrucciones se marcharon. Al despedirse le prometieron que lo iban a visitar al menos una o dos veces por semana. La cabaña en la que lo dejaron, era muy pequeña pero cómoda: una cama, una mesita con dos sillas y un horno en un rincón eran todos los muebles. Sobre la mesa le dejaron: unas patatas y huevos cocidos, un pan casero, un trozo de carne ahumada y un cuchillo. Encima del horno, al calor, le dejaron una tetera llena de un líquido benefactor de hierbas. Abajo, cerca de la puerta del horno, colocaron una pila de leña para que le durara unos cuatro o cinco días. Al lado de la cama le pusieron un cubo de agua y una taza, para que no se levantara cuando tuviera sed. Cuando terminaron todos los preparativos, el hombre le estrechó la mano y le dijo que volverían pronto. El pequeño angelito lo besó fraternalmente en la frente, tras lo cual ambos desaparecieron en la noche.
Casi inmediatamente después de la partida de los rescatadores, David cayó en un sueño lleno de sufrimiento, un sueño que no le permitía descansar ni ganar fuerzas, por el contrario, lo atormentaba y lo dejaba exhausto. Primero se le proyectó una situación de la infancia. Estaba en el aula del colegio, cuando su compañero más travieso le regaló un trozo de cartón, que decía: «Billete a Palestina, de ida y sin regreso nunca»15. Miraba a sus compañeros confuso y asustado mientras estos lo rodeaban y gritaban sin el menor rastro de piedad: «¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!». Mientras los niños rugían a su alrededor, él se encogía continuamente y ellos se hacían más y más grandes. Alcanzó el tamaño de un botón e incluso los zapatos de los estudiantes le parecían enormes. Entonces el idiota de la clase levantó la pierna y con una risa satánica, lo aplastó como a un insecto. Inmediatamente, tras la oscuridad producida por la suela del zapato, se vio arrojado a otra dimensión donde estaba con Emma en una calle llena de personas, los cuales en lugar de hablar humano, ladraban. Emma estaba llena de moretones y sangre que recorría todo su cuerpo, y su ropa era solo harapos. Atado al cuello colgaba un cartel en el que decía: «Soy una cerda porque me junto con un judío»16. Los pequeños les arrojaban piedras mientras los padres ladraban cada vez más fuerte. Sus ojos estaban enrojecidos de odio y sus ladridos salían de bocas grandes y sonrientes, llenas de babas burbujeantes. Parecían bestias locas que se acercaban constantemente, e incluso habían empezado a rasgarlos. David abrazó a su novia tratando de llevarse la mayor cantidad de piedras y mordeduras posible. Sintiéndose impotente ante el inevitable final, le susurró a la chica al oído: «Emma, perdóname, no quería que nuestra relación terminara así, perdóname». En aquel momento, una piedra en la nuca lo trajo de vuelta a la cama de la choza; se retorcía en sudores y gritaba sin cesar: «¡Perdóname, Emma, perdóname!». Cuando recuperó la conciencia, recordó todo lo había sucedido en los últimos días. Se deslizó con dificultad desde el borde de la cama para caer de rodillas. Bajo la perturbadora influencia de las pesadillas y los acontecimientos recientes, comenzó a improvisar una oración: «Señor, no nos dejes...».
Desde otro lado del gran amor prohibido, Emma comenzó su vida diaria. Después de unos días en la cama, llenos de sufrimientos, lágrimas e insistencias paternas, el 15 de noviembre volvió a trabajar. El tiempo pasaba y ella no tenía ni idea del destino de David. Lloraba en su almohada todas las noches, recordando a su novio desaparecido. Lo peor era que no sabía qué hacer, de dónde ni cómo iniciar la búsqueda. Si su vida personal estaba en un gran estancamiento, entonces la vida política del país evolucionaba completamente al revés. Había entrado en un torbellino dramático que aumentaba su velocidad con cada día que pasaba, y «la noche de los cristales rotos» le fue un gran impulso. La caja de Pandora estaba arrojada en algún rincón del mundo, abierta y vacía, y todos los males recién liberados, tanto los imaginables como los inimaginables, buscaban silenciosamente a sus perpetradores, pisoteando la esperanza.
Una noche, sufriendo sin sueño, recordó el diario. Lo sacó del cajón de la mesita de noche y quiso empezar a escribir algo. Todas las ideas estaban bloqueadas en algún lugar por fuerzas invisibles. Las únicas libres eran las concernientes a David, sobre el cual no habría podido escribir nada, porque de inmediato se habría puesto a llorar. Se fue al armario y sacó del bolsillo de su abrigo un panfleto de propaganda nazi, que le fue entregado solemnemente en la calle, hace unos días, por un joven activista político. Aquellos mensajes satánicos, como los llamaba en sus diálogos con su padre, también un convencido antinazi, llenaban su mente de pensamientos e ideas ocultas. Algunas de las grandes cosas que Herman plantó en su mente, entre sus grandes agitaciones alcohólicas, fueron: el amor al prójimo, la semilla de la lectura y el poder de pensar por sí sola. Se sentó en la cama, desdobló el folleto y empezó a leer su contenido. Esperaba que el odio suscitado por su mensaje la hiciera olvidar sus propio problemas; no se equivocó:
«El 10 de noviembre de 1938, en el aniversario del nacimiento de Lutero, las sinagogas arden en Alemania»17. Nos cuenta el obispo de la iglesia luterana de Turingia, Martin Sasse, que en estos días difíciles, luchando contra los parásitos de la raza nórdica, no abandona a su pueblo. También nos recuerda lo que nos enseñó el gran padre espiritual, Martín Lutero. Ya en 1543, este nos advirtió con quién estábamos tratando y nos dejó las siguientes pautas para nuestra lucha contra estos gusanos venenosos de nuestra nación: Primero, sus sinagogas o iglesias deben quemarse. En segundo, sus casas deben asimismo ser derribadas y destruidas. En tercer lugar, deben ser privados de sus libros de oraciones y del Talmud, en los que enseñan tanta idolatría, mentiras, maldiciones y blasfemias. En cuarto lugar, sus rabinos deben tener prohibido, bajo pena de muerte, enseñar jamás. La furia de Dios contra ellos es tan grande que están cada vez peor. ¿Quién les impide a los judíos volver a Judea? ¡Nadie! Les proveeremos todas las provisiones para el viaje, para vernos por fin libres de este repulsivo gusano. Para nosotros, ellos son una grave carga, la calamidad de nuestra existencia. Son una peste enclavada en nuestras tierras. Yo les arrancaría la lengua de la garganta18.
¡Queridos compatriotas! ¿Qué pasa en nuestros días? Tenemos los mismos problemas de cuales nos advirtieron hace unos cuatrocientos años. Si nosotros no las vemos, nuestros líderes lo hacen por nosotros: «Todos queremos deshacernos de nuestros judíos, pero el problema es que ningún país quiere recibirlos». Nos dice Joachim von Ribbentrop. Nuestro gran Führer, que nos advierte durante muchos años, está muy sorprendido de lo que está sucediendo en torno al tema: «Es un espectáculo vergonzoso ver cómo todo el mundo democrático rezuma simpatía por el pobre atormentado pueblo judío, pero al mismo tiempo permanece insensible e inflexible cuando se trata de ayudarlos». Terminaremos con una cita del periódico Schwarzen Korps, del 24 de noviembre 1938, poco más tarde de nuestro gran despertar. Citamos: «Vamos a llevar el problema judío a su solución total. El programa es claro. Reza así: ¡Segregación total, separación total!, ¿qué significa esto? No solo la exclusión de los judíos de la economía nacional. ¡Significa mucho más! No cabe ni siquiera imaginar que un alemán siga viviendo con un judío bajo el mismo techo. Por tanto, los judíos deben ser expulsados de nuestras viviendas y de nuestros barrios, y llevados a determinados tramos de calles o bloques de casas, de modo que se concentren entre sí y tengan el menor contacto posible con los alemanes. Hay que marcarlos y cuando obliguemos —lo cual resultará necesario— a los judíos ricos a mantener sus correligionarios pobres, todos juntos, sucumbirán a la delincuencia. Así pues, en el proceso de la evolución nos hallamos, por tanto, en la dura necesidad de desarraigar el informado judío, de la misma manera que en nuestro Estado de derecho nos obligamos a desarraigar a los criminales con fuego y espada. El resultado sería el fin real y definitivo del judaísmo en Alemania, ¡su exterminio total19!».
¡Ha llegado el tiempo de los hechos! ¡Recuerda, pueblo alemán, tu futuro depende de ti y de tus acciones!
Después de leer la pequeña obra Lavadora de cerebros, Emma apenas pudo evitar llorar. Veía tanto a su novio, como a miles de personas inocentes en una situación desesperada. Recordó al mítico Sísifo empujando su piedra colina arriba sin interrupción. En su versión, una moderna, este, en la cima, habría necesitado un poco de ayuda de los lugareños. Tenía que encontrar a alguien que le ponga unas cuñas alrededor de la piedra, para no dejarla caer en el valle. El resultado de las expectativas era todo lo contrario. La cima de la colina estaba rodeada de alambre de púas, y los lugareños estaban de espaldas hablando entre ellos cómo ayudarlo. No reaccionaban de ninguna manera a los terribles gritos de desesperación del pobre.
Este, quedado sin fuerzas, dejaba caer su piedra en el valle, y el camino a por ella se volvía cada vez más peligroso.
¿Cómo podemos ser tan ingenuos como para volver a caer en las mismas trampas de la historia cada vez? ¿Cómo nos olvidamos tan rápido de los ideales humanos y nos convertimos en creyentes manipulados frente a personas visiblemente trastornadas? ¿Cómo podemos olvidar las enseñanzas del verdadero Pastor y seguimos como las ovejas a la peor? ¿Quién, de los miles que leerán este panfleto, se preguntará quién fue Lutero y quién es Hitler, cuál es el propósito de esta propaganda? ¿De verdad nuestros católicos (especialmente ellos) han olvidado quién era Lutero? ¿Han olvidado cómo a causa de este «borracho perverso» murieron miles de personas inocentes incluidos miles de pobres agricultores alemanes? Quién dijo, si no él, que: «El papa es el apóstol del diablo y enemigo de Jesucristo... La universidad de París es la maldita sinagoga del diablo, una puerta directa al infierno... Mis labios son los labios de Jesucristo, mis palabras son las palabras del Salvador». Nuestro «líder» actual nos dice continuamente que está cumpliendo la misión del Señor. ¿De verdad no ve nadie que son unos impostores? Estos pobres no aman nada más que su autoridad, por lo que no pueden cumplir la misión de Dios en la tierra de ninguna manera. ¿Por qué nadie recuerda: 1 Juan 4:20, Mateo 18:21, 5:22, 39, 44 del Sermón de la Montaña? ¿Por qué ninguno de ellos cita la definición del amor dada por el apóstol Pablo en la primera epístola a Corintios 13:4-9? ¡Aquí, por favor, perdóname! Sin estar segura de la supervivencia de la Biblia a las intervenciones humanas, te citaré la parte sobre el amor; es muy hermosa. Te dejo las otras menciones y espero que las conozcas, o aún las puedas encontrar. Si ya no las tenéis lo siento mucho por vosotros. Cito: «4. El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. 5. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. 6. No se regocija de la injusticia, sino que se alegra de la verdad. 7. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 8. El amor nunca dejará de ser; pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará. 9. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos»20. Terminé la cita. Entonces, ¿qué puede ser más hermoso que el amor?
Primero nos olvidamos de la historia, luego olvidamos quiénes somos, y cuando no sabemos a dónde ir, vamos a por los falsos profetas. Una vez más estoy quemada por muchísimas preguntas... ¿Nosotros, los católicos no deberíamos guiarnos por la Biblia?, ¿por qué necesitamos tanta sangre y sufrimiento? Si ya no quemamos brujas, ¿por qué necesitamos otros sacrificios?, ¿quién los pide? ¡Nadie! Los inventamos solos. ¿Por qué colaboramos con el régimen, dándole información sobre los que no pertenecen a la Iglesia? ¿Quién le ayuda a marcar y aislar a «Israel» y a «Sara»?21 ¿Quién me quitó a mi Israel y dónde escribió la última frase casi inconscientemente? Cuando se dio cuenta lo que estaba escribiendo tiró el diario, como si la hubiera quemado, dejando la frase sin terminar. Se levantó de la cama y caminó por la habitación hablando en susurro: «Tengo que ser fuerte, David me necesita, tengo que encontrarlo, tengo que...». Cuando se calmó un poco, levantó el diario, cortó con cuidado el folleto para que entrara justo en dos páginas y lo pegó sobre lo que había escrito. Debo tener cuidado, ahora no puedo dar ningún paso en falso, David me necesita, y sin él no tengo por qué vivir, pensaba Emma mientras se metía bajo el edredón.
Era un día caluroso de julio. Habían pasado más de ocho meses desde que había visto a David, pero ya sabía que estaba bien. Incluso habían intercambiado algunas cartas llenas de amor y añoranza. Durante cuatro meses y medio no había sabido nada de su destino. Hasta mediados de marzo, cuando un desconocido pagando su consumo, le deslizó una pequeña carta diciéndole que solo ella escuchara: «Es del que estás buscando». Estaba tan asustada que no la abrió hasta altas horas de la noche, después de encerrarse dentro del bar. Las palabras: «Estoy bien», la devolvieron a la vida, le dieron un propósito. Después de aproximadamente una semana, comenzaron una correspondencia, a través del desconocido. Más o menos una vez al mes, le traía una carta de David y tomaba una de ella. Ahora le estaba esperando impaciente y no podía imaginarse cómo habría podido fallar.
Estaba pensativa, con la mirada en ninguna parte, cuando una discusión le llamó la atención. En una mesa se encontraba sentada una señora de unos sesenta años, con un hombre aproximadamente de la misma edad. Eran los típicos clientes que bajaban del tren y entraban en su bar a comer o beber algo, antes de retomar su marcha. La mayor parte del tiempo entraban por primera y última vez. La señora parecía un poco sorda, hablaba bastante alto, como una persona que no oye y le parece que los demás tampoco pueden. En el bar, solo había unos tres hombres, por lo que se escuchaba bastante bien, especialmente las palabras de la dama. Hablaba de política y se veía bastante claro que no estaban de acuerdo. En un momento dado, la mujer le dijo a su compañero: «Que sepas que Mussolini tiene más sentido político en una bota que Hitler en el cerebro»22. La fuerte voz de la mujer resonó por todo el bar. Inmediatamente se produjo un silencio inquietante. Callaron todos asustados de algo invisible, pero presente en todas partes. Tenían razón, pasaron menos de diez minutos y entraron dos hombres que se identificaron como Gestapo. Invitaron a la mujer a acompañarlos y se la llevaron. Emma se quedó helada de miedo. Sabía muy bien lo que pasaba a su alrededor, pero no esperaba tal cosa en su café. Además de los dos hablantes, había solo caras conocidas. Este hábito con las personas presentes le daba una falsa confianza, de la que se dio cuenta que tenía que deshacerse de inmediato. Si querían sobrevivir en aquel mundo deberían tener mucho cuidado. Estos hechos la devolvieron a la cruda realidad, le mataron sus últimos vestigios de romanticismo. Se quedó asustada rezando mentalmente para que no apareciera el desconocido cartero, aunque este aparecía siempre antes del cierre. En aquel momento casi no había clientes y los restantes estaban borrachos.
El guardabosques no apareció hasta unos días después. Dejó la carta, como de costumbre, y se alejó apresuradamente llevándose la correspondencia de la chica. Unos minutos más tarde, después de su desaparición en la oscuridad, Emma echó diplomáticamente a sus últimos clientes y se encerró dentro. Abrió rápidamente el sobre y leyó todo sin aliento. Aquella carta traía algo nuevo. Aparte de sentimientos, añoranzas y frases románticas, tenía el día y el lugar del encuentro:
«... te extraño tanto que ya no soporto esta salvaje soledad en el medio del bosque. Si encuentras una forma segura, ven el domingo a las diez de la mañana a nuestro árbol. Allí donde nos hemos visto varias veces antes, en tus días libres. Yo estaré allí esperándote».
La alegría de Emma era indescriptible. Por fin volverían a verse. Conocía muy bien el lugar descrito anteriormente, estaba en lo profundo del bosque, junto a un árbol viejo derribado por los años y alguna tormenta implacable. Incapaces de encontrarse como una pareja normal del mundo civilizado, en un parque o un cine, tenían que atravesar kilómetros enteros, en el reino de los animales salvajes, para poder estar tranquilos. Solían quedarse durante horas, sentados en la hierba fragante, sentados en el tronco del árbol caído, confesando su amor.
A lo lejos se escuchaba el reloj de la iglesia católica anunciando las ocho de la mañana. Una joven de penetrantes ojos azules caminaba apresurada, casi corriendo, por un camino rural. Era muy hermosa, especialmente con su vestido de verano de un azul verdoso que acentuaba el color de sus ojos. El sol subía lentamente por la escalera celeste, destacando las innumerables especies de flores, tanto en los campos como las margaritas en el vestido de la chica. Un círculo negro brillaba en su cabello dorado que caía sobre su espalda. Aparte de aquellos dos centímetros de su altura, no le faltaba nada para ser denominada la mujer perfecta en la tan codiciada raza pura del nuevo régimen. Emma, sin embargo, no pensaba en tal cosa. Tenía prisa, quería llegar lo antes posible al lugar de encuentro para ver a su novio. No lo había visto en casi diez meses, estaba muy emocionada.
Cerca del árbol en cuestión, al cual llegó casi una hora antes de lo establecido, caminaba de un lado a otro emocionada e impaciente, sobresaltado por cada sonido desconocido del bosque. De repente, hubo un crujido más fuerte y mucho más cercano. Se volvió espantada hacia el lugar de donde salía aquel sonido y se asustó aún más. De entre las ramas secas del árbol caído salía lentamente un hombre del bosque: debilitado y lleno de pelo, tanto en la cabeza como en la cara, y su ropa parecía como en un espantapájaros.
—No tengas miedo, Emma, soy yo, David —dijo con voz familiar desde el espantajo salido de las ramas.
El corazón de la chica se rompía de dolor al ver cómo llegó el hombre del que una vez se había enamorado. Para que no se diera cuenta de su mirada llorosa, lo abrazó rápidamente, besándolo por toda su cara.
Estaban en el pequeño claro junto al tronco del árbol cortado por el tiempo, abrazados y llorando. Se besaban incesantemente, incapaces de saturarse el uno del otro. Parecían arrancados de un cuento de hadas, dos jóvenes locamente enamorados, abrazados en el medio del bosque y besándose sin parar al son de la música de los pájaros. Finalmente, la bella y la bestia eran felices en su mundo marginal, en algún lugar lejos del humano. Por unos momentos olvidaron dónde estaban y por qué. Eran felices...
El tiempo corría acelerando los eventos y el autoproclamado mundo moderno se había vuelto loco. Estaban anexados y divididos los países, los gulags y los campos de concentración crecían como los hongos después de la lluvia, y un odio general flotaba en el aire reuniéndose como las nubes antes de la tormenta. Para ocultar esta aversión mutua, los estados firmaban todo tipo de tratados de no agresión y paz. Pretendían creer en el poder de la firma. La realidad era otra: quien no tiene Palabra puede firmar cualquier pacto, lo violará sin escrúpulos. La Palabra estaba en ruinas.
Nuestros jóvenes llevaban más de un año desde que comenzaron a quedar en el bosque. En verano y primavera, se veían unas dos o tres veces al mes. En otoño y en invierno, a menudo no se veían apenas. Eran felices a su manera, se acostumbraron a apreciar cada momento que pasaban juntos. Después del gran fracaso de la fuga de Alemania, ya no hacían grandes planes. Soñaban con un futuro mejor, como cualquier persona normal, pero también habían aprendido a vivir en el presente. Emma ya sabía dónde vivía David y cuando iba se sentía como en su casa. Le llevó ropa de su talla que había conseguido, también comida y de vez en cuando le cortaba el pelo. En sus días libres, cuando podía visitarlo, salía de casa muy temprano y siempre por las carreteras fuera de la ciudad. Si se veía con algún curioso, le decía que iba a casa de su tía, a su madre que frecuentaba la juventud hitleriana, y su padre sabía la verdad.
El agosto de 1940 estaba llegando a su fin, dejando que el otoño despegara lentamente sus tonos ocultos. Toda la naturaleza se beneficiaba de la fuerza benéfica del sol, excepto la gente, que vivía cubierta por un odio inmenso. Emma se apresuraba a salir del mundo humano y caminaba por el bosque hacia la cabaña de su amor. No la había visto desde hacía una semana, pero parecía que había pasado una eternidad. Como de costumbre, en su bolso no se ausentaba la comida. Generalmente lo abastecía el guardabosques, pero ella tampoco se iba con las manos vacías; siempre le llevaba algo. Tenía prisa y estaba emocionada; esta vez algo nuevo la molestaba, había tenido una pesadilla que le produjo un cortocircuito en algún lugar de su personalidad. No se despertó la misma chica ingenua y locamente enamorada, insegura y que no sabe lo que quiere. Al llegar a la modesta casa, besó a su novio, puso su bolso sobre la mesa y sin dejar que él dijera una palabra, dijo:
—¡Vámonos a nuestro manantial, tengo que decirte algo muy serio! —Lo cogió de la mano y salieron fuera, yendo hacia el lugar donde a ambos les encantaba estar acostados, escuchando el sonido del agua y los trinos de los pájaros.
—Según lo sabes —comenzó Emma, sentada junto al manantial—, desde febrero nuestro pueblo está deportando familias enteras de judíos. Nadie sabe cuánto durará esta situación ni cómo terminará. Nosotros teníamos nuestros planes que fracasaron por completo, así como los de tu familia, de los que me sigo lamentando. Tú me pediste la mano, antes de aquella noche fatal y yo acepté...
—¡Cariño! —intentó David decir algo, pero la chica le puso un dedo en los labios.
—¡Espera un minuto, déjame terminar, por favor! ¿Dónde me quedé? ¡Ah, sí! Matrimonio... Teníamos unos grandiosos planes, llegar a Holanda y casarnos, pero no fue así. Anoche tuve un sueño, en el que alguien me dijo que debíamos casarnos. Como no podemos encontrar un pastor, nos casaremos solos, bajo la mirada del que nos creó. ¡No me mires tan asustado! Significa mucho para mí. Quiero que vivamos como marido y esposa el resto del tiempo que nos está escrito estar juntos. ¿Estás de acuerdo, cariño?
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