Kitabı oku: «Silencio»
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ISBN: 978-84-1114-110-9
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INTRODUCCIÓN
A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un sacerdote que se encontraba cerca me salvó con un grito: «¡Cuidado!». El ciclista cayó al suelo. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio usted lo que es el poder de la palabra?». Gabriel García Márquez cuenta en este relato de su infancia que ese día supo lo importante que puede llegar a ser el valor de la palabra.
Hay palabras bonitas, palabras feas, también existen palabras que pasan desapercibidas o palabras que te pueden salvar la vida como en el caso que le ocupó a Gabriel García Márquez.
Esta novela tiene por título Silencio, otra de ese tipo de palabras que tienen una gran connotación; un significado no directo pero que se puede asociar al secretismo o al misterio.
Se han escrito muchas frases a lo largo de la historia sobre el concepto de esta palabra: «El comienzo de la sabiduría es el silencio», expresión puesta en boca de Pitágoras. «Nada fortalece la autoridad tanto como el silencio» dijo Leonardo Da Vinci o Beethoven cuando dicen que propuso la siguiente consigna: «Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo», y volviendo a García Márquez, cuentan que de su boca también brotó la máxima: «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio»…
En el caso que nos ocupa, en esta novela, a lo largo de toda la trama existen muchos tipos de silencios; pero todos con esa relación o ese vínculo con la intriga. El silencio no es simplemente la ausencia de ruido, es mucho más que eso.
¿Si Hitler se hubiera quedado en silencio cuando sus militares más allegados le preguntaron si invadían Polonia? ¿Qué hubiera pasado? ¿Se podría haber evitado la Segunda Guerra Mundial?
¿Si el despertador de Lee Harvey Oswald hubiera permanecido en silencio aquella mañana del 22 de noviembre de 1963? ¿Hubiera llegado tarde a la plaza Dealey? ¿Kennedy no hubiera sido asesinado?
¿Y si Jesús de Nazareth, en vez de quedar «en silencio», se hubiera defendido con sus palabras delante de Caifás? ¿Le hubieran perdonado? ¿No hubiera sido crucificado?…
La novela que tiene usted delante es una simulación de la realidad, lo que se denomina ficción. ¿O quizá no?…, todo depende del silencio. ¿Si hubiera un hallazgo que pudiera cambiar la historia de la humanidad y, sin embargo, desde el principio, ese descubrimiento estuviera abocado al silencio? ¿Se arriesgaría usted a desvelarlo? Hay muchos ojos puestos encima. Tenga cuidado.
¿Se atreve? Adelante.
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La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia. Las leyes de la ciencia bastan para explicar el origen del universo. No es necesario invocar a Dios.
Stephen Hawking.
PRÓLOGO
Aquella mañana se realizaron varias llamadas telefónicas. A las 10:45 la primera, desde París con destino a Roma. La segunda, quince minutos más tarde, de Roma al Vaticano y veinticinco minutos después, del Vaticano a Madrid. Tres llamadas con un mismo mensaje. Un mensaje que podría cambiar la historia de la humanidad.
Tardó muy poco en levantarse del caro sillón del despacho de su enorme chalet ubicado en una de las zonas más acaudaladas de Madrid, cuando unos segundos antes había atendido una llamada del teléfono móvil. Hacía tiempo que no recibía ninguna indicación de tal magnitud directamente del Vaticano. Simplemente se dedicó unos minutos a escuchar el mensaje que una voz le iba dictando al otro lado de la línea. El Cuervo, como le conocían, siempre sabía cómo mantenerse calmado ante cualquier situación. Sin embargo, después de escuchar atentamente lo que le acababan de trasmitir, no pudo evitar una sonrisa mezclada con un ápice de nerviosismo. Y en unos segundos, ya de pie, procedió a realizar la cuarta llamada de la mañana. Destino Londres. Al otro lado de la línea, una voz contestó.
—Monasterio de la Segunda Orden Eclesiástica de Londres, dígame.
—David, buenos días. Avisa al padre Jacob, junta extraordinaria urgente esta noche a las 22:00. Que prepare a los miembros, le transmites estas palabras: «Batalla Blanca», él sabe qué hacer…
David no estaba preparado para escuchar ese mandato de parte del temido Cuervo, presidente de la Hermandad. Una persona enigmática, con tez muy pálida, triste y delgada, frente amplia y ojos impenetrables, de boca firme y labios herméticos. Irradiaba carácter y poder. Un ser misterioso que sabía persuadir y manipular hasta al más acérrimo ateo, cuanto más a los miembros y fieles de la Hermandad. Era capaz con unas pocas palabras que cualquiera se condicionara incluso su propia existencia.
David, siempre que hablaba con él, le conseguía poner nervioso, sin embargo, se armó de valor y respondió:
—De acuerdo, señor, traslado la orden y espero noticias.
El Cuervo colgó el teléfono sin despedirse siquiera. En su conciencia sabía que había activado el protocolo «Batalla Blanca», exclusivo para que la Hermandad se pusiera en marcha con lo estipulado cuando el código se activara. Pronto se empezaría a convocar a los miembros elegidos y comenzarían a acudir a la sede de la Hermandad cristiana, ubicada en un antiguo monasterio del siglo XVII a las afueras de Londres, que, aunque restaurado por fuera, una vez en el interior, te podías trasladar al más insólito y extraordinario mundo del cristianismo, herejías y todo tipo de esquemas misteriosos y extravagantes.
El contenido de los mensajes que se reportaron aquella mañana entre las diferentes llamadas, era, en principio, de magnitudes altamente peligrosas para los que mantienen la fe en Dios y, por lo tanto, para la Hermandad.
David descolgó el teléfono y marcó el número del padre Jacob, uno de los tres clérigos que formaba la élite de la congregación para trasladarle la noticia que había recibido unos minutos antes del Cuervo. El padre Jacob era un clérigo mayor de Austria, una persona simpática y atenta, muy diferente y prácticamente opuesto al tercer miembro de los que formaban el poder superior de la Hermandad, el padre Hubert, un clérigo belga, y persona huraña y maliciosa.
El padre Jacob respondió al tercer tono.
—¿David?
—Sí, padre Jacob, le traslado la orden «Batalla Blanca» de parte del Cuervo, que prepare a los miembros elegidos para una junta urgente esta noche aquí, en la Hermandad.
El clérigo quedó unos segundos en silencio…
—Bien, David, escúchame, me pondré en contacto con una serie de personas que se irán personando a lo largo del día en el monasterio, ¿de acuerdo?, según vayan llegando, los acomodas a cada uno en una estancia, no serán muchos, en cuanto yo llegue, organizamos la velada. —El padre Jacob hablaba de forma atropellada. David notó en su voz matices de nerviosismo.
—De acuerdo, padre, ¿algo más?
—Nada más —dijo tajante el sacerdote.
—¿Qué significa «Batalla Blanca»? —se atrevió a preguntar David.
El padre Jacob volvió a permanecer en silencio, al instante, con voz de circunstancia sentenció:
—Nada que tú debas saber, hijo. Limítate a acondicionar las salas y habitaciones. Luego nos vemos. —Y colgó el teléfono.
David se recostó inquieto en el sillón de su despacho situado en el ala oeste del monasterio. Llevaba trabajando en el sitio poco más de un año y su labor para los componentes de la organización católica era la de seguir el uso práctico y cotidiano del día a día en la Hermandad, contratado como un simple becario; recibía a los fieles, realizaba gestiones de mantenimiento de las instalaciones, atendía el correo y demás acciones cotidianas sin gran importancia, sin embargo, su misión real, no consistía en eso…
Miró a un lado y a otro, salió del despacho hacia el pasillo, todo parecía en calma, se encaminó hacia una sala donde se encontraban unos cuantos feligreses rezando hacia la figura de Jesús en la cruz, volvió hacia el despacho y se aseguró de que nadie lo escuchaba, volvió a descolgar el teléfono, marcó, e hizo una segunda llamada.
—Agencia Central de Inteligencia, buenos días, le atiende Lindsay.
—Hola, buenos días, Lindsay, soy el agente encubierto CJV, código 6986, llamando desde Londres para reportar información a superiores, con Jeff Taylor por favor.
—Sí, un momento.
David estaba intranquilo, era la primera vez que iba a reportar un indicio en aquel puesto en todo el tiempo que llevaba en la Hermandad como agente encubierto y no dejaba de mirar por encima de su hombro a la puerta mientras sujetaba el teléfono con fuerza. Una gota de sudor le resbalaba por la frente. Al cabo de unos segundos apareció la voz de nuevo.
—De acuerdo, agente, le transfiero la llamada.
Al momento, se oyó un tintineo en el teléfono.
—Aquí Jeff Taylor.
—Señor, soy el agente 6986, del departamento de Actividades Especiales en cubierto, mi sobrenombre para esta misión es David.
—Adelante, David.
—Señor, llamo para reportar supuesto indicio de actividad dudosa en una hermandad cristiana ubicada en Londres. Solicito permiso para actuar.
—De acuerdo, David, ¿de qué se trata?
—Hablan de un código llamado «Batalla Blanca», se procederá a una reunión de miembros esta noche a las 22:00 en el mismo monasterio.
—Muy bien, mándame ubicación del sitio y apunte un número de teléfono, estará en línea directa conmigo, facilíteme el suyo también. ¿Necesita apoyo, agente?
—No, en principio no —respondió David mientras llevaba la mirada de nuevo al pasillo por si alguien lo podía escuchar. Después de intercambiarse los teléfonos, su jefe sentenció—: Estamos en contacto. Suerte, agente. —Y se despidió.
David colgó, tenía que empezar a investigar qué significaba esa misteriosa consigna que habían llamado «Batalla Blanca» y el porqué de la urgencia de la reunión extraordinaria. Como agente encubierto, llevaba muchos años con ese tipo de trabajo y sabía que era muy difícil, a la par que peligroso, actuar en una investigación una vez que encontraba la primera señal de sospecha. Hasta ese día, el tiempo que había permanecido en la Hermandad había sido trabajo fácil, pero ahora tendría que actuar con muchísima cautela, analizar e investigar sobre el acontecimiento que se iba a producir aquella noche. A lo mejor, y con suerte, la velada no sería importante y reportaría, de nuevo a su jefe, una falsa sospecha. Sin embargo, David tenía un mal presentimiento y lejos de estar equivocado, se presentaba la mayor misión de su vida en la CIA.
1
El día estaba gris, una pequeña neblina se apoderaba del aire y pronto empezaría a llover. En realidad, a James le encantaban estos días, nostálgicos, tristes, melancólicos e incluso con una pizca de romanticismo. Más aun estando en la que dicen, la ciudad del amor. París se extendía bajo sus pies. La verdad es que muchos parisinos y visitantes lo encontraban de lo más fantástico y apasionado. Sin embargo, para James, el cementerio de Montmartre, era, sin duda, el lugar donde menos le apetecía estar en ese momento, aunque las condiciones climatológicas fueran de película y en realidad, esto fuese de su agrado. Le gustaba el invierno con su ambiente mágico, el frío, la nostalgia… De hecho, siempre pensaba que un día, o una noche, con esas características se iba a encontrar cara a cara con su propia muerte. La negra dama le llevaría entre la niebla agarrando con fuerza su mano, sintiendo la llovizna en su rostro…
Entrando por el camino, entre los cipreses que habitaban aquel camposanto, James se subió el cuello del abrigo y siguió caminando entre las tumbas por los inmensos recorridos y diferentes itinerarios que ofrecía esa desmedida necrópolis. Al fondo pudo, a pesar de la niebla, divisar un grupo de personas cabizbajas y vestidas de negro. Se acercó manteniendo las distancias, tampoco quería llamar la atención entre los asistentes, con lo que se quedó a unos metros de donde, lamentablemente, estaban enterrando a la que fue su compañera de departamento. Julia White se ubicaba dentro de aquel féretro que poco a poco iba perdiendo de vista mientras se adentraba con cuidado dentro de la tierra.
«Es imposible que Julia esté dentro de ese ataúd», pensó James mientras recordaba que hacía no mucho habían estado conversando por teléfono. Hablando del último caso que habían resuelto.
Pero ahora estaba metida en esa caja de madera. Una mujer joven, sana, siempre enérgica, impecable en su trabajo, capaz de resolver los casos más horribles que podía recordar, querida por todos.
La mañana del día anterior, caminando por la calle, cerca de la comisaría, un paro cardiaco se la había llevado para siempre.
En el escenario del sepelio se encontraba una mujer de unos setenta años mirando hacia el suelo agarrada del brazo de una chica de unos treinta. James pudo figurarse que la joven era la hija de Julia y supuso que la señora contigua podría ser la abuela, la madre de Julia. Un grupo de personas de avanzada edad se arremolinaban alrededor del escenario recitando plegarias, algunas mirando al cielo, otras al ataúd, y alguna hacia el suelo. Y bajo un gran sauce se encontraban algunos compañeros del departamento, habían volado desde Virginia, donde se encuentra la sede de la CIA a París, para dar el último adiós a Julia. Incluso al fondo, pudo ver a su jefe, Jeff Taylor. Una persona en la que se podía confiar. A lo lejos había más gente vestida con trajes negros que James no conocía. Serían amigos, quizá vecinos, o algún familiar más lejano. En ellos se encontraba fijando cuando sintió que alguien le toco la espalda, y cuando se giró, se encontró con Susan Hill mirándole con gesto alicaído:
—James, ¿qué tal?
—Hola, Susan, bueno, bien, dentro de lo que cabe… —le respondió James advirtiendo los ojos enrojecidos de Susan—. ¿Al final has podido venir?
—Sí, he dejado a los niños con su padre, reservé el billete de avión en cuanto pude.
—Pobre Julia —exhaló un suspiro James mientras abrazaba a Susan.
—La quería mucho, James, la adoraba… ¿Sabes que ayer mismo estuvimos hablando varias veces? —dijo Susan mientras se le cristalizaban los ojos—. Es increíble. —Susan empezó a llorar apoyándose en el hombro de James—. ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Por qué siempre se van los mejores? —Susan susurraba con respiraciones entrecortadas.
Susan era una chica de treinta y nueve años, ojos negros, pelo rizado a media melena, afroamericana, con un tono de voz muy dulce y una auténtica superdotada con los ordenadores, tecnología, inteligencia artificial, robots, una gran hacker y un fichaje perfecto para la organización. Amable e inteligente, comenzó hace bastante tiempo a trabajar para la CIA y allí fue donde se conocieron y trabajaron hasta el día de hoy. Susan le había sacado de más de un apuro con sus dotes de informática para rastrear móviles, pichar teléfonos, espiar a delincuentes terroristas, y un sinfín de triquiñuelas solo aptas para el mejor de los informáticos…, pero, sobre todo, era íntima amiga de Julia. Y ahora, desgraciadamente, allí se encontraban, en su funeral.
Susan dio un beso en la mejilla a James y se acercó a dar el pésame a la hija de Julia, que cuando se giró, se fundieron en un sentido abrazo mientras las lágrimas de ambas corrían por sendas caras e iban a parar a un pañuelo mojado mientras escuchaban al clérigo expresar sus plegarias y su ofrecimiento a Dios de la difunta Julia.
El entierro no duró mucho y pronto llegó a su término y poco a poco los asistentes fueron partiendo hacia la salida. En primer lugar, iban unos cuantos compañeros del departamento, algunos con sinceras lágrimas en los ojos y afligidos, abatidos por la pérdida. James quiso enfilar sus pasos hacia ellos, pero una voz le paró en seco:
—¿James? ¿Eres James Miller?
—Sí, hola, tú debes de ser Amelie, ¿verdad? —dijo James volviéndose—, siento mucho la muerte de tu madre. Te doy mi más sentido pésame.
—Gracias, James, gracias por haber venido. Sabía que te encontraría aquí. —Amelie hablaba un perfecto inglés, aunque era francesa al igual que su madre, había estudiado en un colegio bilingüe en París por obligación de Julia, aunque eso le llevara cada día dos horas de camino a la escuela entre tantos atascos, algún día se lo agradecería, le decía su madre…
—Esta es mi abuela Margaret —Amelie le tendió el brazo y apuntó a su abuela—. Este señor es James Miller, abuela, compañero y amigo de mamá.
—Gracias por venir, caballero —consiguió decir la anciana entre sollozos con gran acento galo.
—La acompaño en el sentimiento —contestó James con un francés que en aquel momento le hubiera gustado que hubiese sido más perfecto y fluido. Se encorvó hacia delante y le dio un beso en la mejilla a la abuela, que le devolvió una mueca de sonrisa.
Amelie cogió la mano a James haciendo ademán de despedirse y mientras le guiñaba el ojo le pasó un pequeño papel arrugado. James miró confuso a la chica cuando esta le respondió moviendo los labios con un gesto que abocaba al silencio a la vez que abría los ojos un poquito más de la cuenta, y seguidamente, tirando suavemente del brazo de su abuela dijo:
—Hasta pronto, James, gracias por venir, has sido muy amable, mi madre te quería mucho. Gracias. —Y le volvió a guiñar un ojo.
La abuela se despidió con un «au revoir et merci» y se encaminaron hacia la puerta de salida del cementerio.
James se retiró un poco de los allí presentes y disimulando, abrió la nota, en la que rezaba lo siguiente:
Te espero a las 15:00 en las escaleras de la basílica del Sacré Coeur
Frunció el ceño y, perplejo, se llevó la nota al bolsillo del abrigo. Confirmó que nadie le había visto y, escoltado por los numerosos y diferentes sepulcros y panteones que se expandían a su lado, ensimismado por el acontecimiento que acababa de presenciar y el húmedo frío que se filtraba en su cuerpo, se dirigió hacia la puerta del cementerio. Quería salir de allí cuanto antes, pero en ese momento, Jeff, su jefe, le paró el paso saludándolo.
—James, ¿qué tal?
—Bien, señor.
—¿Estás mejor desde el último caso?
—Sí señor, cada día mejor, gracias.
—Me alegro —afirmó Jeff con una sonrisa—. Sabía que vendrías al entierro de Julia. ¿Cuánto tiempo estarás en París?
—Pues tenía pensado regresar mañana a Nueva York, señor.
—No estás trabajando en ninguna misión ahora, ¿verdad? —le preguntó Jeff con un indicio de ansiedad.
—No, señor, después del último caso, he necesitado un par de meses de tranquilidad. —James miró hacia el suelo negando con la cabeza.
—Sí, fue un caso bastante duro… Pero sabes que estáis preparados para dejar atrás el pasado. Sé que a veces es muy difícil, pero hay que superarlo. Y ahora te necesito aquí, en París. Cancela el vuelo de mañana y estate atento a este teléfono. —Jeff le tendió un terminal móvil—. Te llamaré aquí, dentro viene guardado mi número. Están pasando cosas un poco sospechosas y quiero que estés preparado por si te necesito, ¿de acuerdo?
—Sí, señor, pero… ¿Hay algún problema? —preguntó James pensativo.
—Bueno…, en la misión en la que estaba trabajando Julia están pasando cosas un poco extrañas y además hay un agente encubierto en Londres que no consigo hablar con él desde hace un par de días y creo que los dos casos están relacionados.
—De acuerdo, señor. Cuente conmigo —dijo James con gesto seguro.
—Bien, pues quédate en París. —Jeff atajó la conversación y se despidió con mano firme.
James había estado muchas veces con Jeff y lo conocía bastante bien, o al menos eso creía. Jeff no era como los demás jefes que había tenido anteriormente en el departamento. Era un hombre sensato, trabajador, amable y educado, le había encargado más de un caso, pero esta vez le encontró un poco diferente. Preocupado. Quizá se debiera al entierro de Julia y al escenario donde se encontraban… Abandonó el pensamiento y se encaminó hacia el restaurante más cercano. Necesitaba tomar un café y pensar en lo que había sucedido en los últimos minutos. Amelie, la hija de la difunta Julia, le había dado un pequeño papel arrugado donde le citaba a las 15:00 y Jeff, su jefe, le había pedido que se quedara en París. Se empezaba a temer que otro caso se iba a apoderar de él en breve.
2
Julia se había levantado temprano, saliendo a pasear al alba y de vuelta a casa había pasado a comprar el periódico como hacía cada mañana desde hacía un par de meses. Justamente el tiempo que había pasado desde el último caso que había conseguido resolver junto a su compañero incondicional James Miller. Un caso bastante difícil. Sin embargo, al final, todo se solucionó y ahora sentía que necesitaba estar otra vez en acción. Detestaba tener que llevar una vida aburrida y cotidiana. Necesitaba que Jeff, su jefe del departamento, la llamara y le encomendara cualquier caso por insignificante que fuera. Necesitaba estar activa, sentía que la casa se le caía encima. Echó mano al periódico y se sentó frente a una taza de café humeante. Hacía demasiado frío en la calle y la navidad estaba siendo muy fría en la ciudad parisina.
En la portada del periódico pudo leer que se habían producido tres asesinatos la tarde del día anterior de dos científicos y una recepcionista que trabajaban en un laboratorio que no quedaba lejos de su casa. «Vaya forma de empezar el día», pensó mientras miraba por la ventana. El cielo estaba a punto de empezar a llorar. Su madre, cuando ella era pequeña, siempre le decía que cuando llovía eran las lágrimas de los ángeles que estaban llorando porque a veces los niños se portaban mal, y desde entonces siempre que llovía, se proclamaba la broma del llanto de los ángeles. En ese momento le salió una mueca de sonrisa pensando en la historia y le sorprendió Amelie que estaba entrando a la cocina.
—Buenos días, mamá, ¡uy!, ¿a qué viene esa sonrisa?
—Nada, el llanto de los ángeles, ya sabes, siempre me hace gracia esa historia. —Las dos rieron mientras miraban por la cristalera de la cocina hacia el cielo gris…
—¿Y la abuela? —dijo Amelie—, ¿todavía está dormida?
—No creo, seguro que ha ido a comprar unos bollos de anís para desayunar. Yo acabo de venir de pasear un ratito y he pasado a por el periódico como todos los días —dijo Julia entornando los ojos.
—Tranquila, mamá, seguro que pronto te llaman para otra misión de esas de película, ahora disfruta un poco de nosotras mientras tanto, sabes que la abuela está muy feliz de tenerte en casa y luego, siempre que te vas, pasas demasiado tiempo fuera.
—Lo sé, hija, pero ya sabes, el trabajo es el trabajo…
En ese momento se abrió la puerta de casa y entró Margaret con una bolsa en la mano.
—¡Abuela!, buenos días. ¡Has ido a comprar bollos de anís!, mmmmm…, ¡me encantan, son mis preferidos!
—Buenos días, hija, hace un frío espantoso. Anda, siéntate que te prepare un café.
—Buenos días, madre —dijo Julia dirigiéndose a Margaret—. ¿Todo bien?
—Si no contamos con el dolor de espalda que tengo —dijo la abuela—, la mala noche que he pasado y la vejez que se empeña en abalanzarse sobre mí cada día más…, sí, todo bien, hija —dijo con una sonrisa irónica.
—Está bien, mamá, ¡deja de quejarte, si estás echa una quinceañera! —le espetó Julia con una sonrisa de oreja a oreja.
—Venga vamos a sentarnos y a disfrutar de estos bollos calientes.
Se sentaron a la mesa y después de unos segundos en silencio, Margaret dijo:
—¿Os habéis fijado que los ángeles están a punto de llorar? —Julia y Amelie cruzaron sus ojos con una mirada tierna y cómplice y dedicaron una sonrisa a la abuela.
El desayuno fue agradable entre conversaciones y risas por parte de las tres mujeres. Después de recoger la mesa, Julia, más que harta por todo el tiempo que tenía y consumida de aburrimiento, tomó, como cada día, asiento en la butaca cerca de la ventana donde últimamente se había dedicado a leer y leer sus novelas favoritas de misterio, era una de sus pasiones. Aunque necesitaba por todos los medios una llamada de la Central de Inteligencia para ponerse, cuanto antes, a trabajar. El interminable descanso se hacía demasiado pesado. Por otro lado, Amelie subiría a su cuarto y empezaría a estudiar, los exámenes finales no tardarían en llegar y se jugaba mucho. Las clases de ciencia en el laboratorio eran complicadas, pero Amelie se sentía perfectamente capacitada para conseguir aprobar la carrera. Inteligente y trabajadora, se desvivía por lo que, en un futuro no muy lejano, iba a ser su profesión. De hecho, antes de lo que pensaba…
Aunque rozaba los treinta años, era toda una persona consciente y responsable. Muy consecuente con su labor y contaba con la cabeza perfectamente amueblada, aparte de ser muy trabajadora y aplicada. La ilusión de su vida era ser como su madre, una persona fuerte, inteligente y desvivida por su trabajo, pero sin despegarse de la familia, como hacía Julia, estuviera donde estuviera, porque, aunque el trabajo que tenía se lo demandaba, todos los días hablaban por teléfono, y ahora, que estaban juntas tanto tiempo en casa, todavía no había resultado una riña entre las dos. Mejor dicho, entre las tres. Su abuela tenía el mismo carácter afable y risueño. De hecho, Amelie sentía una envidia sana hacia aquellas dos mujeres. Su madre era su heroína, la protagonista de su vida. Siempre se había portado muy bien con ella y mientras iba haciéndose mayor, la confianza entre ambas aumentaba. En cuanto a la abuela, siempre trasegando en la cocina y coqueta como nadie, era una persona que te escuchaba y podían pasar horas y horas al calor de la chimenea hablando y hablando hasta altas horas de la madrugada.
Esa mañana, como todas, la abuela se dedicaría a hacer las cosas de casa entre tarareos y siempre con una sonrisa en la boca, su principal cometido era que la casa estuviera constantemente reluciente, prepararía la comida y se arreglaría, como de costumbre, sin importar el día de la semana. Así se sentía activa y pasaba el tiempo hasta las 12:00, que era cuando quedaba con un par de amigas para ir a su restaurante favorito y tomarse su humeante té verde, charlar de lo de siempre con esas señoras que habían sido uña y carne durante mucho tiempo y volver hacia las 14:00, poner la mesa y disfrutar del almuerzo con su hija y su nieta. Margaret era una persona sobradamente independiente y muy feliz. En realidad, abuela, madre y nieta eran felices.
Y en eso estaba Julia, envuelta en mitad del libro que tenía entre las manos, sin embargo, ese día algo le rondaba en la cabeza, un presentimiento no la dejaba concentrarse en el agradable ejemplar, ya era la tercera vez que tuvo que volver hacia atrás retomando la lectura. ¿Eran esas apresuradas ganas que tenía de volverse a incorporar al trabajo? Estaba perfectamente recuperada de su anterior misión. Vivir con su madre y su hija era todo un privilegio, por supuesto, pero algo muy dentro de ella exigía volver a la acción, su actitud requería el peligro que suponía ser una agente de la CIA, la adrenalina quería volver a formar parte de su día a día, y aquel presentimiento, mientras pasaban los minutos, se hacía más grande, cubriendo sus sentimientos, algo estaba a punto de ocurrir porque sin darse cuenta, había dejado el libro encima del sillón y ya se encontraba de pie, mirando por la ventana, caían los copos de nieve queriendo pintar la calle de blanco y a Julia le vino el recuerdo de su marido, murió una mañana idéntica a la que se presentaba ante sus ojos, una mañana blanca y fría y con ese punto nostálgico que transmite la nieve trajeando las avenidas… pero de eso ya habían pasado casi siete años y había sido fuerte, superándolo, sí es verdad que se había centrado en el trabajo y eso le había servido más de lo que creía y fue en ese tiempo cuando en verdad se dio cuenta verdaderamente de lo fuerte que era.
Julia abandonó el pensamiento que la llevaba a su difunto marido y se centró en un par de niños jugando entre la nieve, que poco a poco se iba haciendo más espesa. Su deseo de estar activa le hizo desear salir a la calle y empezar a jugar con aquellos niños, en unos segundos rechazó la idea mientras sus labios se tornaban en una sonrisa amable agitando la cabeza, pero se sentía como un león enjaulado. Necesitaba estar dentro de una misión ya. Y la casualidad o el destino o simplemente el azar, caprichoso, hizo sonar su móvil. Rápidamente, Julia dejó sus pensamientos, que se situaban jugando en la calle con aquellos niños, y fue hasta el teléfono. Miró la pantalla y no pudo más que dibujar una sonrisa. Al otro lado de la línea le reclamaba Jeff Taylor, su jefe, ¡bien!, algo estaba a punto de cambiar.
—¡Buenos días, señor! —Julia se sorprendió del tono tan efusivo que puso a la frase y llegó a avergonzarse un poco al hablarle así a aquel trajeado hombre, aunque la relación era buena, se trataba de su superior y la cadena de mandos en la CIA era muy estricta y contemplaba un respeto exhaustivo, pero Julia estaba eufórica, le urgía esa llamada…
—Buenos días, Julia, estás muy contenta por lo que puedo intuir en tu saludo…
Julia se sonrojó, pero salió del paso.
—Sí, señor, llevo bastante tiempo esperando su llamada, estoy lista para incorporarme al trabajo. ¡Dígame!
—Me alegro, Julia, me alegro de que estés ya preparada para volver al cuerpo. Ha pasado ya tiempo desde la última misión.
—¡Sí! —le interrumpió Julia—, y aunque la vida familiar sea agradable, se echa de menos trabajar de verdad.
—Muy bien, Julia, me agrada escuchar esa noticia. Y me alegro de que te encuentres con fuerza y ánimo para volver.
Julia no cabía en sí de gozo, la nieve se había paralizado en su cabeza, las agujas del reloj corrían segundo tras segundo de forma veloz; el cuadro, que colgaba encima del sillón de abuela, madre e hija sonriendo, la miraba, alegre. Y el libro que había dejado en la mesita se cerró, quizá pensando que la lectura iba a pasar a un segundo plano…
—Te llamaba, Julia —prosiguió Jeff—, para preguntarte si se encuentra en París.
—Sí señor. En casa, con mi familia.
—Bien, resulta que, no sé si lo que te voy a contar lo has visto en las noticias o has leído el periódico… el caso es que ha habido tres asesinatos en París, ayer, se trata de unos científicos y la recepcionista del laboratorio donde trabajaban. ¿Estás al tanto?
—Bueno sí, algo he leído en el diario, ¿qué ha pasado?, ¿tiene más información?
—No, por eso justamente te llamo. Necesito que te acerques a la comisaría que está llevando el caso, la de Montmartre con L’Opéra y L’entrepôt, alrededor del Distrito XVIII, e investigues qué es lo que ha ocurrido, ¿de acuerdo?
—Sí, señor, sé que comisaría es.
—Bien, perfecto, pero Julia, importante, nada de que te asocien con la CIA, no lleves credenciales ni nada, simplemente te acercas como si fueras una ciudadana curiosa e intentas sacar toda la información que puedas, que te conozco…, no debe saber nadie que la CIA se está interesando por esos asesinatos.
Julia se quedó unos segundos en silencio, ruborizada, pensando aquellas palabras que le transmitía su jefe: «no debe saber nadie que la CIA se está interesando por esos asesinatos», y la voz de Jeff interrumpió los pensamientos:
—Cuando sepas algo me llamas.
—De acuerdo, señor —dijo Julia reprimiendo un grito de alegría, al instante, el teléfono se colgó y Julia estalló de júbilo «¡Bien, empieza la acción!», se dijo.
3
El doctor Robert se encontraba en su consulta atendiendo al último paciente del día. Una sonrisa se dibujaba en su cara por dos motivos; el primero era el resultado favorable de las pruebas médicas que acontecían a su paciente, situada frente a él, al otro lado de la mesa, risueña y animada por la revisión positiva que le estaba transmitiendo el doctor. La simpática y afable señora se sentía radiante tras las últimas comprobaciones que evidenciaban que estaba recuperada. Robert se había volcado mucho con la paciente y había alentado con sus ánimos a aquella mujer que tan grave había llegado a su consulta hacía casi un año. Se sentía feliz al ayudar a las personas y, cuando un paciente le devolvía la sonrisa, se sentía el hombre más afortunado del mundo. El segundo motivo de su alegría en aquella agradable mañana, se debía a que, cuando acabara de dar las buenas nuevas a su último paciente, pasaría lo que quedaba de la navidad descansando, tranquilo y quizá perdiendo el tiempo en su casa. Se lo había ganado después de varios meses trabajando duro en su clínica situada en una de las zonas más pudientes de Londres.
Con lo cual, acabaría la consulta, desearía una buena semana a los demás médicos, enfermeras y personal clínico y se encaminaría, dando un lento paseo, a su restaurante favorito a deleitarse con una buena comida, y una vez acabada y apurada una exquisita copa de licor, se dirigiría deambulando y sintiendo todo lo que acontecía a su alrededor por las calles de Londres, que casualmente, aquel día, unos pequeños rayos de sol habían conseguido filtrase por la nubes dando una atmósfera bastante complaciente.
Antes de ir a casa, se pasaría por la visita obligada a la parroquia de St Dunstan para rezar unas plegarias, al igual que siempre hacía cuando el tiempo se lo permitía, allí, en aquella tranquila iglesia, ideal para relajarse y respirar paz, había ejercido como sacerdote su padre. Después de pasear por su bello jardín, se encaminaría hacia la catedral de San Pablo deleitándose como tantas veces con aquel estilo barroco inglés, enmarcada por las dos torres de la fachada principal. Se volvería a fascinar, una vez más, por su apasionante presencia y tras unos minutos de reflexión, encarrilaría sus pasos a casa. Una vez allí, al calor del hogar, y frente a la chimenea, se sumergiría en un buen libro acompañado por una suculenta copa de vino…; sin embargo, todo ese sueño estaba a punto de desmoronarse cuando, despidiéndose de su paciente, con esa sonrisa tan encantadora que le caracterizaba, sintió cómo dentro de su bata blanca, en el bolsillo derecho, el teléfono móvil le reclamaba con su angustioso tono de llamada. Mientras el aparato seguía sonando, se despidió de la risueña señora levantándose del sillón y tendiéndole la mano con un gesto amable, un par de segundos más tarde, tentó su bolsillo y entre varios papeles y tarjetas, consiguió sacar el teléfono. Esperó hasta que la puerta de la consulta se cerrara y una vez solo en el consultorio, miró la pantalla del móvil. Un número desconocido le apremiaba gritando. Descolgó.
—¿Dígame?
—¿Robert? Soy el padre Jacob, te llamo desde la Hermandad…
Robert, al escuchar aquellas palabras, en un acto reflejo, colgó el teléfono. Rápidamente, su juicio le reveló que sus planes de pasar unos días de vacaciones tranquilo, se podrían venir abajo en un abrir y cerrar de ojos mientras observaba el teléfono en ese momento. Dirigió la mirada del móvil a la fotografía que tenía situada en la mesa de la consulta con la imagen de su padre, en la que aparecía vestido con su inseparable hábito negro y su constante y eterna sonrisa en los labios.
A Robert se le pasó un abanico de pensamientos por la cabeza a una velocidad tan apresurada, que un pequeño vahído se apoderó de su cuerpo y tuvo que dejarse caer en el sillón. En ese momento, volvió a sonar el teléfono y, temblándole el pulso, acertó a rechazar la llamada entrante y volver a depositar el móvil en su bolsillo con un ademán de nerviosismo.
No esperaba que ningún miembro de la Hermandad se pusiera en contacto con él después de tanto tiempo sin ir por allí. La última vez, fue hacía unos siete u ocho años para poder presenciar una misa de aquel señor tan enigmático y misterioso al que llamaban el Cuervo y que fue gran amigo de su padre tiempo atrás…
Robert seguía posando los ojos en la fotografía del escritorio y se centró en el rostro de aquel hombre que, con su carácter amable y risueño, le devolvía la mirada. Le había prometido, hasta la saciedad, que si algún día la Hermandad necesitara de su ayuda iba a dársela sin ninguna restricción. Fuera lo que fuera. Su padre, recordaba, era una persona inteligente, atenta y cariñosa con cada uno de sus fieles y volcado en la Hermandad con todas sus fuerzas y con todo el tiempo que poseía. Robert rememoraba cómo su padre, un sencillo y afable sacerdote, le llevaba siempre que el tiempo se lo permitía a aquel lugar lleno de gente que rezaba, donde había personas vestidas con túnicas negras que hablaban de temas que él, cuando era pequeño, no podía entender.
Su padre le hacía asistir a todo tipo de misas, ceremonias y celebraciones religiosas. En realidad, a él le gustaba; se sentía a gusto en ese ambiente lúgubre, silencioso, incluso a veces tenebroso. Robert se envolvía y gozaba de aquel sitio, recordaba que había más niños como él y que jugaban cuando acababan las celebraciones por las estancias y montones de pasillos de aquella especie de monasterio convertido en la sede de la Hermandad, hasta que se topaban con ese hombre, el Cuervo, y que, con su mirada y su casi imperceptible sonrisa, les ordenaba sosiego y calma al encontrase en un lugar sagrado. Cuando Robert y los demás niños se ubicaban ante aquel extraño, y casi siempre malhumorado señor, poco tardaban en volver junto a sus padres, cabizbajos y afligidos por el fin del juego… Sin embargo, poco a poco, Robert se fue distanciando de la Hermandad y se centró en sus estudios de medicina, y aún más, si cabe, al morir su padre, cuando él contaba con dieciocho años… Ahora, lo llamaban de la Hermandad.
El padre Valentino se hizo cargo de Robert cuando este era todavía un bebé, al fallecer sus padres biológicos en un fatídico accidente y al no tener quien se hiciera cargo de él, le confiaron al convento de monjas situado no muy lejos de la Hermandad. Un procedimiento que contaba por costumbre en aquellos primeros años de la década de los setenta. Una de las monjas y conocida del padre Valentino, al que tenían, con razón, como un hombre honesto, culto y demasiado ocupado por el devenir de la iglesia, pensó que sería una fabulosa idea ofrecerle al pequeño bebé para que sintiera el poder paternal y educara al niño con su buena enseñanza en los oficios y la palabra del Señor. Así que un buen día, la religiosa mujer, aquella anciana y menguada monja, enigmática y misteriosa, con su hábito pulcramente limpio y una cofia que apenas dejaba entrever sus pequeños ojos azules, se encaminó a la pequeña iglesia donde el padre Valentino consagraba cada día la misa y sin dejarle objetar nada ni oponerse, le ofreció al pequeño Robert con sus manos arrugadas diciendo:
—Se llama Robert y será tu hijo, entiéndelo como «un regalo caído del cielo».
El padre Valentino, con cara de sorpresa y asombro, le preguntó a la monja el porqué de aquel ofrecimiento.
La monja, confiada y en silencio, tocó la frente del pequeño, llevó sus ojos a los del clérigo y le dijo:
—Padre, este niño le necesita tanto como usted a él; serás su padre en la Tierra y bajo los ojos del padre de los cielos, le ilustrarás, le adoctrinarás y le guiarás por el sendero de la vida del Señor.
El padre Valentino, durante unos segundos dudó de tan gran encargo, pero, mirando los ojos de aquel niño, no pudo más que asentir a las pablas de la religiosa y cogiéndolo en brazos, se giró hacia el altar para mostrárselo a Jesús en la cruz que se alzaba a su espalda en lo alto de aquella modesta iglesia. Sin pensarlo, aquel humilde clérigo, aceptó encantado la educación, la custodia y el cuidado de la inocente criatura. Cuando se volvió para agradecer tan enorme presente a la vetusta monja, las puertas que daba al exterior de la parroquia emitieron un sonido recio que hizo temblar el eco del pequeño templo, no volviendo a ver jamás a la susodicha hermana. Sin darle mayor importancia y con gesto gozoso, se encaminó hacia el altar, lo colocó encima de este y se lo presentó a Jesús, que lo miraba desde lo alto. El padre Valentino exclamó:
—Señor, dale a este niño salud, amor, protección, sabiduría y sobre todo dale un corazón creyente para la glorificación de tu gloria, amén. —Y orgulloso se encaminó hacia la sacristía con su hijo en brazos.
En los años venideros vivieron en un pequeño apartamento del centro de Londres y cada día, el padre Valentino, llevaba a Robert al colegio y seguidamente se encaminaba a consagrar la misa en la pequeña iglesia del barrio. El padre Valentino era un hombre inteligente y volcado por la causa. Una persona humilde sin grandes pretensiones. Su obsesión era la de ayudar a la iglesia en todo lo que fuera necesario, asistir a los desamparados, colaborar con el impulso de la fe en Dios…, pero, sobre todo, proteger a la Iglesia católica contra las amenazas que pudieran trastocar la espina dorsal de su religión.
Afanado en este empeño, fue incorporado a la Hermandad por el propio Vaticano a sus treinta y cinco años…; otro de los anhelos del sacerdote era que su hijo Robert fuera educado en la doctrina cristiana, que fuera buena persona y que estudiara para poder ser «alguien en la vida», como siempre decía. Aun así, si un día, la Hermandad tuviera que contar con él, tendría que deberse a ella y encomendarse a la razón por la que la Hermandad fue creada…
Esas palabras sonaban en la cabeza de Robert: «algún día, hijo mío, la Hermandad requerirá de tu ayuda y no podrás negarte, pues en cierta medida, le debes toda tu vida».
Robert, dejando a un lado los pensamientos que le conducían a su padre, cerró los ojos y entrelazando las manos procedió a rezar una pequeña plegaria mientras la mirada de la fotografía seguía inmersa en su figura. Una vez acabada la pequeña oración y presintiendo, quizá por una fuerza extraña y divina, que «algo» eminente estaba a punto de suceder cuando devolviera la llamada a la Hermandad, respiró hondo, se acercó a la ventana situada tras él, y después de abrirla y sentir cómo una brisa fresca rozaba su rostro, volvió a inspirar el aire hasta llenar sus pulmones y en un aspaviento rápido, echó mano al bolsillo de la bata para coger el móvil y devolver la llamada. Con pulso tembloroso acertó a marcar el número que minutos antes había repudiado y, al otro lado de la línea, pudo oír la misma voz que antes lo había llamado…
—¿Robert?
—Sí, señor.
—Buenos días, soldado. Soy el padre Jacob, espero que te encuentres bien. Te necesitamos en la Hermandad para una misión. ¿Estás preparado? —Aquellas palabras le zumbaron a Robert como avispas entrando por sus oídos y revoloteando en su cabeza.
Dudó, pero al final, con un hilo de voz dijo:
—Sí, señor, ¿qué debo hacer?
—Perfecto, se ha activado un protocolo llamado «Batalla Blanca», la Hermandad solicita tu ayuda inmediata. Reunión en la sede a las 22:00 de esta noche. Debes venir con tiempo y esperar a que el Cuervo tome posesión en la junta. ¿Entendido, soldado? Por cierto, tráigase una maleta con ropa, puede ser que la misión se alargue unos días.
—Sí, señor, allí estaré —respondió Robert con un pánico aterrador cuando escuchó que el Cuervo iba a encontrase en aquella apresurada reunión.
—De acuerdo soldado —aligeró el padre Jacob, y esperando unos segundo en los que se hizo el silencio, el sacerdote se deshizo del tono autoritario que requería la situación y añadió—: Robert, te conozco desde que eras un crío, es importante que estés presente en este caso y nos ayudes con todo lo que te pidamos, te convocamos como soldado a esta misión y debes comprometerte con la Hermandad como lo hizo tu padre, descanse en paz, y nos prometió que tú estarías a la altura de las circunstancias y darías hasta tu vida, si hiciera falta, por la razón, cualquiera que sea, si la Hermandad así te lo requiriera. «Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él»; era una de las frases de la Biblia que siempre decía tu padre cuando se refería a ti. Robert, tu padre te educó conforme la Hermandad exige y por eso sabemos que tu responsabilidad es máxima y que te implicarás, así como él te enseñó. —Y despidiéndose, dijo—: Sabes que él estaría muy orgulloso de ti, esta noche se requerirá de tu fortaleza y tu devota fidelidad. —Colgando nada más acabar la frase, sin dejar siquiera que la expresión «de acuerdo, señor» saliera de la boca de Robert, que sintió cómo aquel hombre, un sacerdote respetuoso y comprometido, quizá en exceso, por la doctrina que aplicaba la Hermandad, colgaba el teléfono.
Durante unos pocos segundos se quedó desplomado en el sillón, comprendiendo que el momento había llegado y como juró a su padre, estaría dispuesto a defender la causa, obedecer y acatar la misión que, como «soldado», le encomendase la Hermandad… Lejos quedó la ansiada comida, la plegaria en la parroquia y el paseo de aquella tarde por San Pablo, así como las ansiadas vacaciones que tanto deseaba; ese «algo», le decía que ahora, más que nunca, iba a trabajar por una causa extrema, así lo notó en las palabras del padre Jacob y, desde luego, no se equivocaría lo más mínimo…; ahora debía acudir cuanto antes a su casa, comer algo, si el estómago se lo permitía, y prepararse para acudir a tan misteriosa reunión.
Después de despedirse del personal médico de la clínica, salió a la calle y donde antes parecía que el sol se filtraba por las nubes, una capa gris plomiza se extendía en lo alto, todo había sido un espejismo, ahora el cielo estaba completamente cubierto…
4
El profesor Friedrich se encontraba solo en el laboratorio que compartía con su compañera la doctora Anna, en el Instituto Paleontológico de París. Nervioso, acababa de llamar al periódico más sensacionalista de Roma para, de forma secreta, hablar con el director del mismo y pedirle una elevada compensación económica por contarle lo que, a proiri, habían descubierto en el laboratorio. Se encontraba valorando si había hecho bien o no en sacar a la luz tan importante noticia, rememorando la conversación que había mantenido con aquel famoso y ruin director.
—Buenos días, ¿hablo con Vicent Giambanco? —Había dicho impaciente Friedrich cuando se puso en contacto con la sede del diario en Roma.
—Vicent Giambanco al aparato, dígame —le contestó apresurado el director—. Me comenta mi secretaria que tiene una noticia importante para publicar en mi periódico, no tengo mucho tiempo, con lo que le pido rapidez, por favor. ¿De qué se trata? —Giambanco pensaba que era otro lunático que quería difundir a través de su diario alguna noticia trivial y llevarse un pellizco económico por ello. De un tiempo a esta parte, cada vez más, se ponían en contacto con él para todo tipo de primicias y reportajes que a fin de cuentas solo servían para hacerle perder el tiempo sin obtener ningún tipo de beneficio. Además, aquella mañana no estaba de humor y se lo transmitió desde la primera palabra al profesor Friedrich.
—Perdone, señor Giambanco, me llamo Friedrich y trabajo como investigador científico en el Instituto Paleontológico de París, no quiero robarle mucho tiempo, solo pido que escuche lo que tengo que ofrecerle…
—Cuando quiera —dijo el director mientras tornaba los ojos.
En los siguientes minutos, según iba hablando el profesor Friedrich, el rostro de Giambanco se iba transformando en una actitud poderosa y enérgica. Se sentía encantado por las palabras que le llegaban a sus oídos… Una vez acabó de contarle la noticia. El director solo pudo exclamar:
—¿Está completamente seguro de ello, profesor?
—Al cien por cien —contestó Friedrich con una gran sonrisa en la boca—, de todas formas, hemos mandado una prueba a un colega de la Academia de Ciencias de París para que la analice y nos dé una segunda opinión —añadió—, pero estoy seguro de que lo que le estoy diciendo es completamente verídico.
—Necesito que me lo cuente con total detenimiento, profesor, va a ser una gran primicia, por cierto —paró Giambanco—. ¿Cuánto dinero pide?
Al ver la actitud del director del diario, Friedrich exigió una suma muy elevada, transmitiéndosela sin pensar. Giambanco quedó en silencio y dijo:
—Eso es mucho dinero, profesor.
—La noticia lo vale —protestó Friedrich.
—De acuerdo, deme unas horas para pensarlo, ¿lo llamo a este número?
—Sí, sí, de acuerdo, sin problema. —En ese momento Friedrich, orgulloso, pensó en la cantidad de dinero que iba a recibir por la noticia. «Quizá no vuelva a trabajar en la vida», pensó. Lo que no sabía es que, a veces, el destino es caprichoso…
Vicent Giambanco se quedó unos segundos apoyado en el escritorio de su despacho, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar de boca de aquel científico. Esa primicia era muy importante, incluso la noticia más valiosa y transcendental que habría publicado desde que era el director del periódico, hacía más de veinte años. Aunque aquel hombre pedía demasiado dinero, en verdad se lo podía permitir, además, los beneficios podían duplicar la cantidad demandada. Pero rápidamente se le formó otra idea en la cabeza. Volvió a coger el teléfono y marcó un número, seguidamente una voz respondió.
—Despacho papal, dígame.
—¿Padre Baldini?, soy Giambanco.
—¡Vicent! ¿Qué tal?, cuéntame
—Buenos días, padre, tengo algo que le puede interesar…
El padre Baldini, uno de los asesores directos del papa, escuchaba con atención cada una de las palabras de Giambanco. Cuando acabó de expresar lo que quería, Baldini, inquieto, le dijo que esperara unos segundos al otro lado de la línea. El sacerdote se alejó del teléfono. Al instante, retomó la conversación.
—¿Eres la única persona que sabe lo que me acabas de decir? —le preguntó con voz atropellada.
—Sí, padre, el científico que me ha facilitado la información y yo.
—Está bien, necesito que vengas al Vaticano lo antes posible.
—Estaré ahí en quince minutos, padre.
Giambanco no se lo podía creer, la mañana había empezado mal en la redacción y ahora, conocedor de la primicia desvelada, se entrevistaría en unos minutos con algún miembro importante de la Santa Sede, sí es verdad que conocía a muchas de las personas que comprendían las altas esferas pontificias, pero el poseer tan gran y reveladora noticia, le otorgaría aún más poder y reconocimiento en toda la ciudad. Además, no importaba que desvelara la primicia al Vaticano, seguidamente llamaría al científico y le pagaría el dinero que pedía y al instante, lo publicaría en su periódico. Era fácil. Empezó a frotarse las manos, se colocó con ímpetu la corbata y cogiendo el abrigo, se dispuso a salir a la calle, destino, la Santa Sede.
Friedrich, según iban pasando los minutos, se sentía más nervioso, incluso llegó a pensar si había hecho bien en contar el hallazgo de su laboratorio a aquel perverso director del famoso periódico, la verdad es que no había sido una postura muy ética, además, su compañera Anna desconocía la revelación al diario de Roma, pero el olor del dinero que iba a percibir le produjo, al instante, un bienestar en el cuerpo.
En eso estaba cuando Anna, también conocedora del descubrimiento, entró al laboratorio e interrumpió su reflexión.
—¡Friedrich, no paro de pensar en todo esto! —dijo Anna con una gran sonrisa—. ¿Te das cuenta de que si Franz confirma nuestras sospechas, será todo un éxito para la ciencia lo que hemos descubierto? —se apresuró Anna alegre y emocionada mientras se quitaba la bata y la colocaba en el perchero—. No he podido pensar en otra cosa en estos días, apenas he dormido y… ¡me encuentro fenomenal! —dijo riéndose a carcajadas.
—Anna, no cantes victoria todavía. A lo mejor todo es un error de medición y nos estamos adelantando a los acontecimientos. Esperemos a ver qué nos dice Franz desde la Academia de Ciencias, quizá nos hayamos confundido… —Friedrich hablaba con Anna dándole la espalda mientras encendía el ordenador—. Todavía es pronto para hacerse ilusiones.
—¡Pero Friedrich! —atajó Anna—, lo has visto como yo, la ciencia vuelve a ganar, ¿sabes lo que esto significa?, la Iglesia se tambalea por instantes, la razón gana a la fe. Es lo que siempre hemos querido, ¿no? Soñaba con esto desde mucho antes de empezar a estudiar la carrera. —Anna miraba al techo con la misma sonrisa mientras meneaba la cabeza, estaban a punto de salirle lágrimas de los ojos—. Esto es increíble Friedrich, para científicos como nosotros, poder echar un pulso a la religión y ganar es toda una satisfacción, ¡una felicidad enorme! Tú lo has visto como yo —volvió a repetir—, realizamos las pruebas tres veces, ¡tres veces!, y los resultados no mienten, Friedrich.
—La Iglesia se opondrá, Anna, y acabarán con todo. Con el hallazgo, las pruebas, incluso con nosotros. —Friedrich no era capaz de mirar a su compañera a la cara, por instantes, al ver la alegría que desprendía Anna, pensaba que, quizá, no hubiese sido buena idea llamar al periódico. Si aquel director aceptaba la oferta, se llevaría todos los logros y una buena cantidad de dinero, cuando, en realidad, el hallazgo lo habían descubierto los dos.
—Friedrich —le interrumpió Anna—, no puedes ser tan negativo. ¿Cómo van a acabar con algo que se puede demostrar? ¡Esto es ciencia! Y está por encima de la fe. Para ellos, Dios es la explicación de lo inexplicable. Pero para nosotros, la ciencia, es la única que consigue demostrar, Friedrich, demostrar, que al fin y al cabo es lo que cuenta.
Friedrich enarcó las cejas mirando a Anna.
—Ojalá tengas razón, Anna, ojalá tengas razón…
5
Robert acertó a pedir un taxi una vez fuera de su clínica, su cuerpo estaba paralizado y su cabeza no dejaba de preguntarse una y otra vez para qué le requeriría la Hermandad. Las palabras del padre Jacob le auguraban un mal presentimiento; «¿Batalla blanca?», no entendía nada… y por otra parte, estaba la imagen de su padre rondando su razón cada vez que le decía que algún día tendría que contribuir con su doctrina en la Hermandad. ¿Habría llegado aquel día?, pensaba mientras el taxi iba sofocando el espantoso tráfico y zigzagueaba eternamente por las callejuelas.
El conductor del vehículo le había interrogado sobre las típicas preguntas triviales de dos individuos que no se conocen y deben permanecer a solas un tiempo, sin embargo, Robert estaba tan ensimismado en sus cábalas que no consiguió contestar a aquel fatigoso taxista con sus nimiedades de cuestiones sobre el clima o las desafortunadas medidas que el Gobierno había tomado últimamente…, Robert solo alcanzaba a responder con monosílabos y entre tanto y tanto, deseaba llegar a casa cuanto antes.
La ansiedad se apoderaba de él y sentía un hormigueo cada vez más concentrado en la boca del estómago. Pasaron un cúmulo de minutos interminables y, por fin, después de una serie de maldiciones espetadas por el renegado conductor a causa del vasto tránsito de coches en aquella hora punta del mediodía, el taxi paró frente a la casa y Robert, dejando unos cuantos billetes encima del asiento del copiloto, sin ni siquiera preguntar a cuánto ascendía el importe del servicio, se dirigió con paso largo hasta las verjas que guardaban su vivienda, mientras tanto, el taxista, asombrado por la propina, esculpió un gesto de sumo gozo que Robert no alcanzó a ver.
Entró rápidamente sin detenerse a contemplar, como cualquier otro día, las flores y la vegetación del frondoso jardín y tras un portazo, dejó tras de sí la puerta principal. Se dirigió al salón para alcanzar el mueble bar, llenó una copa de licor que quemó su garganta cuando la bebió de un solo trago, y se apresuró a llenarla otra vez y tomando asiento en la butaca con la mirada perdida en el cielo a través del ventanal que se abría delante de él, advirtió, una vez más, las dos palabras a las que el padre Jacob había aludido en la conversación que habían mantenido. «Batalla Blanca». ¿A qué se referiría aquel clérigo con esa consigna?, ¿por qué me llamó soldado?, ¿alguna vez había escuchado a su padre llamar de esa forma a algún miembro de la Hermandad?, Robert negaba con la cabeza cuando sus ojos ya se habían depositado en el suelo de la sala. Sintió cómo el amargo brebaje se iba depositando en su cuerpo y comenzó a sentirse más tranquilo. Intentó respirar de forma sosegada y poco a poco lo fue consiguiendo. Se empezó a encontrar más calmado y mirando al reloj, que marcaba las 15 horas y 10 minutos, echó unos cálculos cuadrando el horario. Todavía tenía tiempo para ir a la iglesia de St Dunstan esa misma tarde, necesitaba desahogar esa preocupación que le consumía en aquel santo lugar. Contando con el tráfico, parando para poder comer algo, estar de vuelta a las 18:00 para ducharse, acicalarse y prepararse para la reunión y poder llegar a la Hermandad a las 22:00 siempre que el tráfico no lo impidiera, ya que el sitio se encontraba a las afueras de Londres y tardaría cerca de una hora en llegar…, tras unos segundos de suposiciones y conjeturas internas, afirmó decidido, y procedió a encaminarse hasta el garaje para sacar el coche y dirigirse hasta la tranquila parroquia. Lo necesitaba.
El reloj marcaba las 15:40 horas cuando entraba por el pórtico, se santiguó y tomó asiento en uno de los bancos mirando hacia la cruz que se alzaba grandiosa frente a él. Entrelazó las manos y despacio, se fue dejando caer hasta que sus rodillas tocaron la parte trasera del banco de enfrente y cerrando los ojos, mientras bajaba la cabeza y su barbilla acariciaba su pecho, empezó a rezar cada una de las tantas y tantas plegarias que su padre le había enseñado… otra vez su padre se dibujaba en su cabeza, sus pensamientos iban y venían con palabras de amor, sinceras. Palabras verdaderas que siempre le revelaba cuando era pequeño, términos religiosos, vocablos fieles hacia la imagen de Jesús en la cruz. Y siguió pensando sin abrir los ojos, la Hermandad le ordenaba su ayuda, requería de su colaboración, pero, ¿para qué? ¿Y si le pedían hacer cosas que él no quería? ¿Y si no estaba preparado?, o a lo mejor, ¿y si estaba exagerando las expectativas y simplemente era una reunión informal para tratar algún tema de mediana importancia?
Siempre recordaba que su padre se preocupaba demasiado por los asuntos que afectaban a la Iglesia, sabía que el objetivo de fundar la Hermandad era acabar, erradicar cualquier amenaza que pudiera ser peligrosa para la religión católica. Robert no olvidaba cuando su padre le contaba los peligros que desafiaban la fe en Dios. Desde otro tipo de religiones que pretenden imponerse mediante la violencia en algunos países musulmanes o los regímenes autoritarios de conveniencia atea o religiosa que prohíben la práctica de todo tipo de culto como China y Corea del Norte. Así, su padre mediaba entre países para conseguir la paz religiosa difundiendo sus creencias, captando adeptos, albergando la posibilidad de una coexistencia pacífica de grupos religiosos de diversas denominaciones en diferentes sociedades… Recordaba que viajaba mucho, por todo el mundo, y siempre que lo veía venir, le traía la mejor de las sonrisas y las mejores anécdotas de esos diversos lares. A lo mejor era eso. ¿Y si me encomiendan la misión de trasladarme a algún país que necesite la ayuda de un médico? Además, recordó, el padre Jacob me ha dicho que preparase una maleta con ropa…, a lo mejor me mandan a otra ciudad o a otro país como declarante de alguna tesis médica o quizá a ofrecer apoyo religioso a jóvenes no creyentes como un adulto criado en el seno del cristianismo por un sacerdote… mil ideas se volcaban en su juicio, pero siempre le llegaban las mismas dos palabras: «Batalla Blanca», un término así no podía significar o llevar consigo un cometido grato. Sin embargo, no era oportuno dejarse llevar más por el pesimismo hasta que no llegara la hora del acto. Así que se irguió y tras una pequeña inclinación hacia la cruz, salió al jardín para dar un paseo y que todas las agoreras ideas que se le iban formando en su cabeza, se fueran alejando poco a poco con el leve viento que se tejía en el exterior de la iglesia.
Fue paseando durante largo rato prácticamente sin pensar en nada y pensando en todo a la vez mientras saludaba a los diferentes turistas que iban deambulando por los jardines con sus cámaras de fotos y sus móviles, sus risas y sus abrazos, ajenos a cualquier atisbo de ansiedad que pudieran percibir de la estampa de Robert. Después de unos minutos y sintiendo cómo sus piernas empezaban a flaquear, se sentó en un banco al lado de un imponente árbol y respiró alejando ahora sí, de una vez por todas, todos los malos augurios que le rondaban, miró el reloj y viendo que el tiempo se le echaba encima, se levantó decidido y armado de valor, se dijo: «soy fuerte, el Señor está conmigo, el Señor me protege y estoy en este mundo para servirle». Con paso atrevido se encaminó hacia la salida y tomó el coche para dirigirse a su casa. Eran las 18:00. La reunión se iba acercando.
Después de comerse un sándwich con una ensalada, procedió a una ducha relajada, calmado se puso uno de sus mejores trajes y con firmeza condujo a la reunión, el reloj marcaba las 20:00 horas y la noche ya hacía rato que se había apoderado del cielo londinense.
Por el camino y percibiendo la agradable sintonía que fluía de la radio, se encontraba tranquilo, los malos pensamientos y las ideas que le habían consumido toda la tarde las había rechazado, como si se hubieran esfumado y disuelto en el aire. De hecho, Robert se sentía con fuerzas, tenía ganas de saber qué era lo que la noche le traería en aquel lugar donde tantas veces se halló contemplando sus muros, sus estancias, su claustro, su iglesia, la capilla, los largos laberintos que se perdían por sus pasillos en ese misterioso monasterio. Ya no sentía miedo, ya no sentía angustia, la fe hacia Dios y el amor a su padre le daban la fuerza suficiente para poder enfrentarse a cualquier desafío, como tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida.
Tras más de una larga hora conduciendo, llegó a la puerta del viejo monasterio, aparcó el coche y se dirigió a la puerta principal, que extrañamente estaba abierta pese al frío que se estaba forjando en la calle. Entró con aire desconfiado, divisando palmo a palmo cómo las luces encendidas en lo alto del techo proyectaban sus alargadas sombras en las paredes llenas de cuadros con ilustraciones y figuras antiguas. El lugar, desde luego, parecía sacado de una película de miedo.
Robert siempre había estado allí de día, en muchas ceremonias, misas y eventos, pero nunca se había encontrado allí de noche. Además, había pasado mucho tiempo desde la última vez.
Con paso asustadizo se fue adentrando en tan lúgubre espacio, pero enseguida, la voz de un hombre le sacó de su cautela:
—Hola, ¿Robert?
—Hola, buenas noches, sí soy yo —respondió Robert carraspeando la garganta.
—Te estábamos esperando. Soy David. ¿Nos hemos visto antes?
—No me suena tu cara —incidió Robert sopesando el rosto de aquel hombre.
—¿Quizá en alguna misa de la Hermandad o en alguna ceremonia?
—No, lo siento, hace demasiado tiempo que no vengo por aquí.
—Ajá, yo hace escasamente un año que me dedico en cuerpo y alma a la Hermandad, los padres me dieron una oportunidad al contrastar que mi fe era inmensa —dijo David mientras de sus labios afloraba una risa cariñosa. Y añadió con un gesto amable que indicaba una cordialidad quizá un poco excesiva—: ¿te parece si me sigues donde están los demás miembros?
Robert, que hacía un par de minutos se encontraba dividido entre el miedo y la intriga, pudo disipar esos sentimientos cuando el tal David le colocó la mano derecha sobre su hombro y le indicó con la izquierda el lugar donde tenía que desplazarse y donde se ubicaba la sala en la que se encontraban los demás asistentes a la velada.
—Gracias —dijo con actitud cordial Robert, y se dirigió hacia donde David le señalaba.
David realizó idéntico ademán y detrás de Robert, le acompañó hasta la susodicha estancia.
Sin embargo, según Robert iba desplazando sus pasos, una figura encorvada emergió del otro lado del pasillo, y se le quedó mirando fijamente, clavando los ojos en este y ahogando un grito, llevándose la mano a la boca, desapareció, rápidamente, entrando en una sala contigua. Robert, en estado de confusión, se dirigió a David y sin abrir la boca le preguntó con un gesto quién era aquel extraño ser que acababan de ver y que con tanto misterio se había ocultado ante sus ojos. David, quitando hierro al asunto, le respondió que era el viejo Ernst, un hombre que había dedicado toda su vida a la Hermandad. El viejo Ernst ayudaba a David en sus quehaceres diarios, mantenía el jardín trasero del monasterio, las calderas, se encargaba de la leña… de hecho, ni siquiera dormía en el monasterio, cada noche se acomodaba en una pequeña cabaña de madera que hace tiempo le habían construido…; era un hombre entrado en años, su cara delataba surcos de arrugas y sus manos, demasiado trabajadas, ya no eran las mismas de un tiempo atrás, vergonzoso como nadie y cabizbajo y encorvado siempre, de su espalda superior había emanado una corcova, un hombre solitario y distinto a cualquier fiel de la Hermandad que cada día que pasaba, sus fuerzas iban menguando… Robert se quedó helado al ver la actitud y sobre todo, el físico de aquel individuo, pero estaba demasiado nervioso y excitado por lo que le esperaba, que pronto olvidó lo que acababa de pasar y siguió andando hasta la sala que le había apuntado David.
Cuando Robert dejó atrás el frío y claroscuro pasillo medio iluminado por una especie de lucernas colgadas en sendas paredes a derecha e izquierda, sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrase a la claridad que manifestaba aquella gran sala donde se hallaban una serie de hombres con copas en la mano y vestidos con impecables trajes de tejidos costosos. Una mezcla de perfume e incienso se masticaba en el aire de aquella habitación.
Mientras Robert se adentraba, un sinfín de ojos se posaron en su imagen y contemplando la mirada de cada uno de los espectadores, saludó con un «buenas noches, la paz sea con vosotros». La misma consigna fue replicada por los miembros, y acercándose a una de las mesas que se encontraba en el centro del habitáculo, estableció, en su mente, un cálculo aproximado de los sujetos que allí se ubicaban, contó seis componentes alrededor de la mesa central y un individuo al otro lado de la sala, al que se le unió David después de animarle a que tomara una copa antes de empezar la reunión, que gustosamente Robert agradeció con un guiño.
Cuando David se acercó al sujeto, Robert pudo distinguir que lo conocía, era el padre Jacob, el mismo que horas antes le había llamado por teléfono para darle la noticia de la reunión. Con un gesto alzando la copa le saludó y el padre hizo lo mismo mirando a Robert.
Unos segundos más tarde, una mano se apoyó en su hombro izquierdo y, con un pequeño sobresalto, Robert se giró y consiguió reconocer a los dos tipos que se situaban a su espalda. Hacía mucho tiempo que no se veían y tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para recordar a ambos hombres, pero la sonrisa les delató y Robert viajó por sus recuerdos hasta atisbar en su memoria a los dos hermanos pícaros que ahora veía.
—¡Los gemelos Collins!, ¡Bern y Harry! —Sonrió con gran fuerza al recordad a aquellos dos niños que junto a él y contando con unos ocho o nueve años correteaban incansables por la Hermandad.
—¡Robert!, ¿qué tal estás? —acertaron a decir casi al unísono los dos hombres.
—¡Muy bien!, ¿y vosotros?, ¡cuánto tiempo!
—¡Sí!, es verdad —dijo Bern Collins, que contaba con una abrigada y larga barba que le cubría los labios, sin embargo su cabeza aparecía rapada y casi brillante a la luz que caía sobre la misma—. Todo muy bien, gracias a Dios —declaró apretando fuertemente su mano con la de Robert.
Harry Collins, por su parte, aunque también contaba con vello en su cara, la barba no era tan prominente como la de su hermano gemelo, aunque sí le imitaba con la misma testa carente de pelo. Los ojos de ambos eran de un negro impenetrable y sus fornidos músculos, los cuales se apreciaban bajo los trajes y que con su altura, cerca dos metros, les daban un aspecto dominante, incluso temeroso.
Robert, por su parte, y después de un gran abrazo con ambos, se dedicó a observar y canjear las típicas preguntas de los dos intimidantes sujetos mientras intercambiaban recuerdos alternándose con las sensaciones de duda que discernían en la velada.
Los tres individuos coincidían en la extraña y peculiar reunión a la que habían sido invitados. Los dos hermanos también fueron convocados como soldados y ninguno de los tres sabía exactamente a qué se refería aquel término. Discurriendo sobre tal asunto, se les unió un hombre, que se fue acercando con un ridículo disimulo, transmitiendo pinceladas de nerviosismo. Estaba pálido y se hizo llamar Thomas Greene. Con la cabeza ladeada y gran ansiedad en la mirada consiguió presentarse y, tras unos segundos de inquietud manifiesta en su cuerpo, logró advertir la cuestión que estaba atrapando su juicio.
—¿Saben ustedes el porqué de tan apresurada asamblea en la Hermandad? ¿Son ustedes soldados?, yo soy un escudo, encantado, caballeros.
Los tres negaron con la cabeza y se miraron. Aquel hombre, con actitud enfermiza, acababa de preguntarles si eran soldados, además se presentó como escudo. ¿A qué diablos se refería ese individuo tan extraño?, e intentando desnudar la incertidumbre que les poseía, los tres, a un mismo tiempo se encogieron de hombros y el misterioso hombre desanduvo sus pasos y se postró en la pared, a la espera. En unos instantes, todos los asistentes de la sala dirigieron la mirada al lugar donde se encontraban el padre Jacob y David, que hablaban en voz baja turnándose la mirada entre los presentes.
En ese instante apareció el clérigo belga Hubert. El reloj marcaba las 22:15. Para preguntar si estaban todos los miembros que habían sido llamados a la reunión. Se acercó al padre Jacob y le preguntó si los soldados estaban tranquilos y si los escudos parecían sosegados, pues pronto llegaría el Cuervo para darles la bienvenida. El padre Jacob miró a David y le trasladó la pregunta.
—¿Están todos, verdad, David?
—Sí, todo en orden, señor —respondió.
—Muy bien, aunque veo poca gente entre los asistentes —exclamó el padre Hubert.
—El padre Jacob es quien se ha encargado de convocar a cada uno de ellos —dijo David.
—Los suficientes —repuso Hubert mientras miraba a David a los ojos, y añadió—: Es un asunto bastante peligroso para que haya demasiada gente involucrada. Sabemos que son fieles a la Hermandad pero no me gustaría que se fueran de la lengua. Tendríamos que acabar con sus vidas. —Entornó los ojos con un gesto malicioso y una sonrisa sádica—. Y no me apetece mancharme las manos de sangre.
David se quedó absorto, inmóvil. El clérigo belga había dicho esa frase con una parsimonia que relucía templanza, como si fuera algo frecuente, normal. David llevaba muchos años en la CIA, además, como agente encubierto había visto muchas cosas y algunas demasiado fuertes, pero los ojos de aquel clérigo, que se encontraba a un metro escaso de él, rezumaban una malicia terrible. Estaba seguro de que sería capaz de acabar con los asistentes si la palabra de Dios o del mismísimo demonio se lo pedía. Se sentía superior, aquellos a los que estaba clavando la vista simplemente eran subordinados, solamente servían para la causa que se les encomendara y no debían objetar nada. A David le invadió un ataque de angustia, ya que, al que llamaban el Cuervo, el mismo que le había dado la noticia aquella mañana sobre la reunión, los miembros le trataban como un Dios, nadie hablaba a su paso, si fuera preciso, se arrodillaban ante él, incluso el padre Hubert le rendía pleitesía.
David, en poco más de un año que llevaba en la Hermandad realizando la misión encubierto, solamente le había visto una vez, las pasadas navidades, que fue a la Hermandad a celebrar una misa, lo vio de lejos, pero detrás de él se producía un aura de divinidad y todos los fieles caminaban cabizbajos como si fueran su sombra. David no pudo asistir a esa misa pues se lo tenían prohibido. Solamente podían acudir un número reducido de fieles y la élite de los clérigos. Por lo demás, exclusivamente había hablado con él unas cuantas veces por teléfono. Eso sí, tenía una voz confiada, educada y con una pincelada oscura, sobria. Esa era la sensación que le transmitía. Además, hablaba lo justo y nunca se despedía. David pensó en mitad del ataque de pánico que si el clérigo Hubert, que ahora se encontraba a su lado, ese ser despiadado, le guardaba sumisión al Cuervo, no quería pensar cómo debía de ser el Cuervo…
En ese momento habló el padre Jacob, al que se le veía un poco más nervioso que su compañero Hubert e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Están todos. Solamente falta el Cuervo —dijo mirando a Hubert para animarle a exponerlo a los miembros. Sin un segundo de dilación, el padre Hubert anunció con voz alta y clara para que escucharan todos los presentes, como si se estuviera transmitiendo el anunciado a niños de edad infantil.
—Está bien —dijo palmeando las manos—. En unos minutos vendrá el Cuervo y procederemos a la misa y la reunión. Esta noche será recordada por todos, ya que la Iglesia, una vez más, sobrevivirá a cualquier amenaza. —Levantó la voz en las dos últimas palabras de la frase y las volvió a repetir despacio y pausada entre sílabas—. Cualquier amenaza. —Se hizo el silencio durante unos segundos mientras los congregados afirmaba con la cabeza. Y aguantándoles la mirada, añadió—: Alabado sea Dios. —Un segundo después, todos los individuos, con los ojos como platos, le respondieron con la misma frase. Volvió la cara hacia Jacob y David enarcando una ceja, haciendo una mueca de sonrisa y negando con la cabeza—: Un rebaño de ovejas que vive pensando que su pastor les va a perdonar la vida. Fieles e ignorantes, una combinación bastante arriesgada. —Dijo en voz baja y sonrió.
David volvió a pensar en el Cuervo, si el padre Hubert tenía esa malicia. El Cuervo debería de ser el mismo demonio.
Los minutos fueron pasando entre, por una parte, las atentas y desamparadas almas de los ocho individuos del centro de la sala, cada vez más preocupados por lo que intuían que se podía avecinar y el alternativo ir y venir del padre Hubert, el padre Jacob y David, titubeantes, entrando y saliendo del habitáculo por la puerta norte mientras esperaban y aguardaban la presencia del Cuervo. Consultando, cada vez por un espacio más reducido de tiempo, cada uno de sus relojes.
La realidad en el trance de espera por la demora de aquel hombre, significaba alzar la expectación de la reunión, pero también la impaciencia de los diferentes protagonistas de la velada. Hasta que por fin y tras varios minutos de silencio apareció por la puerta contraria a donde creían que iba a presentarse, un hombre con una sotana negra cubierta en la parte superior por una muceta o prenda corta que llegaba hasta la altura de los codos de color roja, unida por unos botones dorados en la parte delantera y, adornando en el centro de la misma, el típico alzacuellos sacerdotal, llevaba también un cordón de oro, que en cuyo extremo se podía divisar una hermosa cruz dorada luciendo algunas piedras preciosas; la vestimenta se acababa con un cinturón y unos zapatos, ambas prendas de color negro y como decoración a su imagen, un gran sello de oro en el dedo anular de su mano derecha. Robert, echando rápidos y atropellados cálculos, observó la fisionomía y los rasgos del hombre y sabiendo que había sido amigo de su padre y que contaban prácticamente con la misma edad, supuso que aquel señor debería de rondar los setenta años, sin embargo y a pesar de su semblante, estaba erguido, prominente y proyectaba una seguridad y firmeza con pasos decididos y ambiciosos. El Cuervo, con gesto serio, se encaminó hasta el centro del habitáculo, calculando cada uno de sus movimientos, sabiendo que los ojos de todos los asistentes estaban clavados en su figura. Llevaba una cuartilla en la mano, una lámina en la que se adivinaba una caligrafía escrupulosamente bien definida.
6
El Cuervo iba traspasando la sala con paso fijo, pasando entre los espectadores sin mediar una sola palabra, se colocó al lado de la pared del fondo, que contaba con un gran tablón de madera donde se ubicaban diferentes estampas, plegarias escritas a mano y algunas ilustraciones religiosas. Mirando a cada uno de los individuos que permanecían atentos a su maniobra, sacó de dentro del hábito una pequeña daga con puñal dorado y sujetándola con fuerza, dio un golpe fuerte y seco en la madera, dejando clavada en la tabla la cuartilla escrita a mano, donde relucía la brillante empuñadura en la parte superior de la cartulina, en la que se divisaba la excelente caligrafía. El clérigo se apartó unos metros y tendiendo las manos, invitó a los asistentes a leer tan misterioso pliego, ese reclamo les hizo presagiar, llenos de incredulidad, una tertulia que, en principio y en esencia, resultaba, cuanto menos insólita y caprichosa, pero sobre todo, enigmática.
Viendo el severo y escrupuloso semblante del extravagante sujeto vestido con tan delicado hábito, un hombre alto con cuello delgado, los ojos claros y la piel pálida, y el imperturbable rostro fijándose en cada uno de los asistentes, le daba una especie de celebridad casi divina a la par que temerosa. Robert, junto con los gemelos Collins, el tal Thomas, que seguía con la cabeza ladeada, dubitativo y en definitiva, muerto de miedo, así como los demás miembros, se fueron acercando al grueso papel que con tanta efusividad y poca discreción había clavado el sacerdote en aquel tablón colgado en la vieja pared de fría piedra grisácea del interior de la sala del monasterio.
Acercándose con una pincelada de temor y cobardía, todos observaron en silencio la frase que el extraño sacerdote había depositado en el tablón; un versículo de la Biblia en el que rezaba:
«Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, vivamos o muramos, somos del Señor».
Una vez dejados unos segundos para que los miembros reflexionaran sobre tal afirmación bíblica, el Cuervo habló por primera vez y con una voz grave y autoritaria concluyó:
—En verdad vivimos y morimos para el Señor y por el Señor, no tengamos miedo a la vida pues es obra y gracia del Señor nuestro Dios, pero menos tengamos miedo a la muerte pues somos del Señor y una vez que nuestro cuerpo físico carezca de vida, Él nos llevará consigo a su morada de los cielos. —Y añadió—. Si hay que morir por el Señor, por el Señor moriremos, pues Él nos está aguardando.
Esas palabras revolotearon por el ambiente incrustándose en cada uno de los pensamientos de los asistentes, que con incertidumbre y titubeo acertaron a mirarse entre ellos sin comprender lo que el altivo hombre quería manifestar con tales palabras. Tras otros cuantos segundos, en los que solamente se oía un pequeño e insignificante murmullo de los presentes, la voz del clérigo volvió a tomar posesión en la sala diciendo:
—No temáis, hermanos, todos estáis aquí por la causa que desde pequeños habéis vivido, unos de una forma, otros de otra, pero todos tenéis algo en común, vuestra vida se debe a la Hermandad y por la Hermandad viviréis o moriréis como así os enseñaron y como así es vuestro cometido por la deuda que cada uno de vosotros mantenéis, directa o indirectamente, con esta congregación. —Las palabras del sacerdote eran firmes, imperturbables y no admitían ningún tipo de réplica. Eran órdenes.
Los asistentes, clavando sus miradas en las del clérigo y con una ansiedad que se repartía por cada milímetro de sus cohibidos cuerpos, asintieron dubitativos a las palabras del hombre, dejando entrever algún atisbo de perplejidad ante tales afirmaciones.
En ese momento, el Cuervo dio media vuelta y encaminándose a la salida de la sala, declaró:
—En breve sabréis a qué me refiero, pasemos a la celebración religiosa para calmar vuestro enredado y turbado estado confundido.
Todos, en silencio, fueron tras el Cuervo, que inclinó la cabeza en gesto afirmativo al pasar delante del padre Jacob, el padre Hubert y David, que esperaron al final, hasta que los asistentes salieron del salón para dirigirse a la capilla que se encontraba enfrente del monasterio donde se concentraban, cada día, los fieles para asistir a las diferentes misas y celebraciones. Esa noche estaría desierta, únicamente los señalados presenciarían el culto.
Cuando Robert pasó al lado de David se miraron durante un par de segundos y este último con cara de circunstancia solo pudo inspirar una bocanada de aire en actitud de acatamiento, mientras disimuladamente colocaba las palmas de las manos hacia arriba a ambos lados de su cuerpo. David tampoco sabía lo que les deparaba esa noche, de hecho, su misión era saberlo, de eso se trataba el trabajo encubierto que tenía en la Hermandad, ya que lo único que conocía, al igual que los asistentes, exceptuando a los dos clérigos situados a su lado, era la enigmática consigna «Batalla Blanca» que como por orden divina se había establecido como mandamiento y decreto en aquel confuso y consternado día. Robert, una vez depositada la mirada en David y sintiendo no haber podido extraer ninguna información de sus facciones, únicamente un rasgo de incomprensión ante las palabras del Cuervo, procedió rápidamente a colocar su mirada en los rostros de los dos clérigos al lado de David para intentar, quizá, esta vez con más fortuna, sonsacar algún tipo de información sobre lo que había sucedido minutos antes, sin embargo, los dos hombres con gestos altivos y firmes no dejaban entrever ningún argumento, por mínimo que fuera, sobre lo que estaba aconteciendo esa noche. Robert, preocupado, miró hacia atrás donde le seguían los dos hermanos y otros dos o tres miembros más rezagados con aire de desconfianza, depositando, al igual que él, sus ojos en aquellos tres sujetos sin percibir con éxito cualquier aclaración o advertencia sobre las palabras del extraño sacerdote. Solamente incertidumbre.
Una vez abandonado el salón, se dirigieron a la iglesia para proceder con la misa, y David, con una mínima esperanza de poder asistir a la celebración, y poder saber lo que allí iba a acontecer para más tarde poder informar, si fuera necesario, a Jeff, su jefe de la CIA, hizo el amago de irrumpir en la nave, pero un brazo se situó a la altura de su pecho negándole el paso, el padre Hubert interrumpió su ingreso con un movimiento hacia ambos lados de su cabeza y con gesto consistente procedió a cerrar las puertas de la nave dejando a David en el apagado pasillo, que con mueca de desilusión, se encaminó al exterior del monasterio para poder pensar un plan con la intención de escuchar, por poco tiempo que fuera, lo que dentro de aquel gran habitáculo iba a ocurrir. Las palabras del Cuervo le habían calado intensamente y, aunque lejos de verse involucrado como los demás asistentes a la cometida reunión y posterior causa o misión que les fuera encomendada, se encontraba pálido y preocupado, incluso un pequeño mareo se rindió en su cuerpo al recordar la voz del sacerdote. Solo deseaba que todo pasara rápido y no hubiera ningún altercado por el que tuviera que participar de forma presurosa, aunque, si así fuera, estaba completamente preparado y adiestrado, como otras tantas veces, para corresponder al principio y el fundamento de la paz y la concordia como objetivo de sus misiones.
Cada uno de estos pensamientos fue recorriendo su juicio hasta salir a la calle y observando la espesura de la noche y sintiendo el frío que depositaba pequeñas partículas de lluvia sobre su cuerpo, se dedicó unos minutos a pensar qué podía determinar para colarse en la ceremonia, sin embargo, una débil y taimada voz le sacó de sus cavilaciones, era el viejo Ernst, el de mantenimiento:
—Perdone, señor.
—¡Qué susto! —le grito David al achacoso hombre.
—No era mi intención, perdone. —El viejo Ernst nunca miraba a los ojos a causa de su gran timidez y estuvo a punto de darse la vuelta hacia la cabaña cuando, con un poco de tristeza hacia aquel hombre, que siempre le transmitía ternura, David, con voz apesadumbrada, le dijo:
—Dime, viejo Ernst, ¿qué se te ha perdido?, ¿en qué puedo ayudarte?
El encogido viejo, al lado de David, le preguntó sin rodeos:
—¿Quién es el último hombre que ha llegado al monasterio?
David, frunciendo el ceño, recordó a Robert.
—Es un médico, se llama Robert. ¿Por qué lo preguntas?
El viejo Ernst se quedó helado, y al cabo de unos segundos, con voz quebrada preguntó:
—¿El hijo del padre Valentino, que Dios le tenga en su gloria?
—No sé —declaró David—, creo que su padre sí que era miembro de la Hermandad hace tiempo, como muchos de los que están esta noche ahí dentro. ¿Qué te preocupa, viejo Ernst?, te noto más intranquilo que de costumbre.
—Nada, señor, la última vez que vi a ese hombre era un niño y recuerdo mucho a su padre, era un gran hombre, el padre Valentino no era como los demás sacerdotes, me ayudaba en todo lo que le pedía, lástima que Dios se lo llevara tan pronto…
—Viejo Ernst, deja el pasado atrás, no te tortures con el ayer, eres demasiado sensible, mírame, ahora soy yo el que te ayudo, ¿verdad?, y hacemos un gran equipo trabajando en el jardín y el huerto del monasterio, ¿o no?
—Sí, señor —dijo Ernst con la mirada en el suelo, y dando las buenas noches, dio media vuelta hacia su cabaña.
David, que tenía que investigar sobre cualquier asistente a la velada, le vino una idea a la cabeza…
—¡Viejo Ernst!, acércate, no te vayas, cuéntame cómo era ese hombre, el padre del médico, de Robert.
El hombre, con los ojos cristalizados, solamente pudo expresar lo sincero que era aquel sacerdote con él, sus palabras amables y los consejos que le daba, y ya con las lágrimas recorriendo las mejillas, le contó que ese hombre se había ganado el cielo, sin embargo, otros, como él, estaban más cerca del infierno. Y ahora sí, sin volver la vista atrás, se encaminó hacia la ajada cabaña.
David, callado, vio cómo aquel hombre se alejaba y moviendo la cabeza de lado a lado, pensó: «viejo Ernst, qué persona más triste y buena, no se merece cómo le tratan los jefes de la Hermandad» —y de repente cayó en que estaba entumecido de frío y que dentro se estaba celebrando el misterioso encuentro. «Y yo perdiendo el tiempo con este hombre», se dijo, «tengo que pensar cómo poder entrar en esa maldita reunión y tengo que preparar un informe para Jeff».
7
Robert, mientras tanto, en comandado por el sacerdote y mezclado entre los demás miembros, entró en la nave donde tantas veces, de pequeño, había asistido a celebraciones religiosas, todos quedaron de pie observando aquel lugar, para todos era conocido, aun así, todos quedaron fascinados por la iluminación, mirando a todos lados, desde la puerta principal hasta el altar pasando por las diferentes ubicaciones de bancos, imágenes de mármol, cuadros, y la altiva cúspide en el techo de la gran capilla, la iluminación en este lugar era asombrosa, en una hilera a ambos lados de los diferentes bancos, se situaban grandiosas lucernas encendidas tintineando las llamas y provocando siluetas con vida en las distintas paredes. Robert se estremeció al vislumbrar tan misterioso espacio y siguiendo con su mirada a los frescos de la iglesia, depositó sus ojos en la figura que empezaba a hablar en lo alto del altar. El Cuervo alzó la voz.
—Queridos hijos míos —empezó—. Quiero que toméis asiento. Relajaos. Estáis en la casa del Señor.
Entre tanto, el padre Hubert y el padre Jacob se afianzaron a colocarse a la derecha e izquierda respectivamente del sacerdote en el altar.
—Estamos aquí reunidos —prosiguió—, tanto clérigos, como soldados, como escudos, para luchar con las amenazas que retan a nuestra Iglesia. El desafío al que nos enfrentamos no es nuevo para nosotros, llevamos muchos años luchando contra esa lacra que pretende acabar con esta, nuestra religión. Siempre, y digo siempre, hemos salido victoriosos con las distintas provocaciones enfundadas por presuntuosos ateos y fanáticos de otras religiones, hemos luchado contra los conflictos de la era digital que intentan terminar con nuestra doctrina apoyándose en la ciencia con diversas provocaciones desafiantes para finalizar las creencias de nuestro Dios, el único y verdadero Dios y su hijo Jesucristo. —Hizo una breve pausa para escudriñar a los presentes y tras unos segundos en silencio, reanudó—. Está bien, como digo, siempre hemos creído en el objetivo de esta Hermandad, que fue creada, como tantas otras, por nuestro sumo pontífice, dándonos un voto de confianza para que, a lo largo de los años, nos uniéramos por la causa y aniquiláramos todo tipo de atisbo de intimidación, advertencia o ultimátum de cualquier índole que quiera poner en duda el cristianismo. —El Cuervo se movía a derecha e izquierda por el altar—. Y, como sabéis, ha habido lamentos justificados por muertes de antiguos compañeros de la Hermandad, pero siempre defendiendo la causa y orgullosos deben estar, Dios los tenga es su gloria, de haber pertenecido y aportado, con su vida en la Tierra, la ayuda necesaria para fulminar a tan enormes enemigos que quieren zanjar la única idea verdadera de nuestro Dios.
El sacerdote, con paso lento y observando fijamente a cada uno de los asistentes, tanto soldados como escudos, se fue acercando a ellos y empezó a tocar suavemente la cabeza de cada uno.
—Hermanos —continuó—, no temáis a la muerte, y cito un versículo de nuestras sagradas escrituras: «Esta doctrina es digna de crédito: si morimos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos con Él, también reinaremos con Él», así pues, hermanos, no tengamos miedo a morir, porque Dios nos aguarda, vivimos para Él y luchamos en su nombre. —Y dejando unos segundos entre frase y frase, retomó—: Ahora bien, y escuchad con atención una de las normas inquebrantables y más importantes de esta velada. Al igual que esos desarmados de corazón que acaban con las vidas de tantos y tantos fieles a la palabra del Señor, con el consecuente derramamiento de sangre sincera, devota y leal. Nosotros no dudaremos, escuchad bien, ni nos temblará el pulso, en el caso de tener que acabar con la vida de cualquier individuo que se oponga a nuestras creencias. Los escudos ya saben de lo que hablo, ahora, es el turno de los soldados y repito: nadie, ningún miembro de esta Hermandad se amedrantará, opondrá ni tendrá arrepentimiento alguno si, en el caso que fuera necesario, tuviera que terminar y mandar al infierno a sujeto alguno. —Se hizo el silencio, todos asentían—. Esta Hermandad tiene la licencia, por parte de la Santa Sede, de acabar con cualquier amenaza que pueda hacer tambalear siquiera la Iglesia católica, aunque a vidas de personas se refiera. Y esta vez, el santo padre y la corporación papal han confiado en nosotros para esta contienda que hoy nos une. Ahora, rezaremos unas plegarias en silencio para rememorar a los ausentes que dieron la vida por la causa y cojamos la fuerza del espíritu de Dios que necesitamos para hacer frente a lo que nos ocupa.
Robert, como todos los miembros, estaba boquiabierto con las palabras del sacerdote, que desprendía una seguridad en su oratoria que convencía a cualquiera con sus vocablos; aunque hablara de matar, de asesinar, de acabar con la vida de personas si fuera necesario, aquel hombre era como Dios, y si Dios manda, nosotros debemos obedecer. Mande lo que mande, llegó a pensar Robert.
David seguía pensativo en el exterior del monasterio y todavía con la imagen del viejo Ernst caminando hacia su cabaña… desechó las pocas ideas, absurdas, que le llegaban a su mente para poder acceder a la reunión, optó por el camino más fácil, volvió dentro y se acercó a la iglesia por la parte interior, se postró al lado de la pequeña puerta que daba al altar de la iglesia, justamente a la izquierda del lado norte de la nave, y con mucho cuidado comenzó a abrirla unos centímetros rezando para no ser visto por ningún asistente, y mucho menos por los clérigos, con la esperanza de poder escuchar cualquier información que dentro se estuviera celebrando. La puerta emitió un leve ruido acompañado de un crujido al entreabrirse. David apretó los dientes maldiciendo unas palabras ahogadas en su interior, cerró los ojos y después de un par de segundos y creyendo que había sido descubierto, procedió, con la mayor cautela, a inspeccionar el interior de la gran capilla; todo estaba en orden, nadie se había inmutado de su presencia al otro lado de la puerta. Empezó a observar qué ocurría en lo íntimo de aquel acto. Desde esa posición podía contemplar, aunque con una visión limitada al coincidir con dos columnas de granito que impedían la percepción general del espacio, la espalda del Cuervo y a su izquierda, la del clérigo belga, ambos en una posición más elevada que el resto, ya que estaban situados en el altar. Supuso que a la derecha de estos dos se encontraría el padre Jacob, pero al situarse detrás de las columnas no podía alcanzar a verle, así como a la mitad de los demás miembros que estaban situados en los diferentes bancos de las primeras filas de la iglesia. Sí pudo distinguir a Robert, que se hallaba inmerso en las palabras del Cuervo, afirmando levemente con la cabeza cada enunciado que expulsaba la boca del sacerdote. Los demás miembros a los que David lograba distinguir desde su posición, asentían de forma idéntica a Robert. Hechizados por aquellas palabras que retumbaban en las paredes de la nave. David afinó el oído y comenzó a prestar atención a las palabras del clérigo mayor, el Cuervo. Sin embargo, su posición le impedía escuchar con nitidez las palabras que se decían entre esas grandes paredes de la capilla. Después de unos pocos minutos y renegado por no percibir con claridad la locución del sacerdote al no poder abrir más la puerta por temor a ser visto, se dio cuenta de que, lo casi poco audible que lamentablemente y de una forma no muy clara llegaba a sus oídos; eran órdenes, exigencias y mandatos mezclados con versículos bíblicos, pero sin llegar a ninguna conclusión transparente que le permitiera hilar un tema concreto.
Además, esas graves palabras del Cuervo combinadas con las altas llamas de las cuantiosas velas esparcidas por el sitio, hacían del lugar una velada un tanto siniestra. Tétrica. En ese momento, el Cuervo habló del Vaticano…
A David le recorrió un escalofrío por el cuerpo y una incomprensión se apoderó de su mente. Ensimismado, excesivamente confundido y esperando otro par de minutos intentando comprender las consignas que allí dentro se pronunciaban, un desafortunado mareo le acometió de los pies a la cabeza y agarrándose al marco de madera, emitió un breve gemido y se dio un pequeño golpe contra la puerta, los asistentes al acto se sobresaltaron y el Cuervo, tornando los ojos rápidamente hasta donde se encontraba David detrás de la puerta escondido, paró de hablar, y con un gesto, convino al padre Jacob que fuera a ver qué había acontecido tal ruido, este se encaminó rápidamente hacia donde se encontraba David y una vez que abrió la puerta no pudo divisar nada fuera de la iglesia por los pasillos escasamente alumbrados. David, al ver que se fue acercando el padre Jacob a la posición donde él se encontraba, obligatoriamente se tuvo que recuperar del pequeño vahído a causa de las palabras del sacerdote, y cerrando despacio la puerta, se escondió en la sala contigua rápidamente. Unos segundos más tarde, al observar que el padre Jacob no le había descubierto, se encaminó a su despacho con paso decidido. Tenía que exigirse informar cuanto antes a su jefe, era de suponer que un nuevo caso estaba a punto de nacer para la CIA en el que se vería completamente involucrado.
En sus pensamientos se mezclaban el Cuervo y sus palabras, el jefe de la CIA, el temor de haber estado a punto de ser descubierto espiando tras la puerta, la mirada prendada de lealtad de aquel singular y educado médico llamado Robert y los inocentes que iban a morir a manos de esos desalmados como había intuido decir al sacerdote si él no se ponía a trabajar lo antes posible, y el primer paso era informar a su superior. Decidido y revisando a su alrededor para confirmar que nadie lo veía, entró en el despacho y echando mano al teléfono móvil marcó el número correspondiente.
—Aquí Jeff Taylor.
—Buenas noches, señor, agente David en cubierto, para reportar desde la Hermandad en Londres —dijo David de una forma atropellada.
—Adelante, David.
—Señor, se está llevando a cabo la reunión secreta de los miembros de la Hermandad en estos momentos, con la mayor de las cautelas he conseguido infiltrarme, aunque no con mucho éxito, en el lugar donde se está produciendo el acto, y tras escuchar durante unos pocos minutos, he alcanzado a oír la presentación del clérigo mayor para con los asistentes, hablando de una causa que amenaza a la Iglesia en estos momentos y que urgentemente deben tomar cartas en el asunto antes de que sea demasiado tarde. Lo que me ha sorprendido, señor —dijo David con tono alarmado—, es que el sacerdote exclamaba de una forma altiva y confiada que tenían una especie de licencia para acabar con la vida de personas que se postulan en contra de la Iglesia, si hiciera falta, para salvaguardar la causa que les acontece, haciendo referencia a versículos bíblicos sobre la muerte… Además, señor —apresuró David en un tono más bajo—, ha mencionado al Vaticano en un par de ocasiones. —David seguía hilando las palabras de forma precipitada.
—¿Al Vaticano?
—Sí, efectivamente, señor. Y como digo, haciendo alusiones a la muerte…, y algo así como que deben estar preparados para la batalla que se aproxima. Además, a los miembros les ha llamado soldados.
—¿Soldados?
—Sí, señor, soldados.
—¿Pero van vestidos de militares o algo así?
—No, todo lo contrario, visten con elegantes trajes dando la impresión de pertenecer a familias pudientes, lo he podido intuir cuando he estado con ellos en el breve lunch antes de comenzar reunión.
—Perfecto, agente, ¿algo más?, ¿ha podido identificar a algún sujeto?
—Sí señor, a casi todos los asistentes los he podido reconocer de sus visitas con anterioridad a la Hermandad. Prácticamente todos han pasado por aquí antes o después a lo largo del año. Tengo información, creo que de todos los presentes, señor.
—Muy bien, David, mándame la documentación de cada uno: nombre completo, dónde viven, dónde trabajan, si es necesario ponte en contacto con Susan para concretar más detalles de cada uno de esos hombres en la base de datos, estará a tus órdenes, ¿de acuerdo? Toma nota de su número.
—Sí, señor, enseguida. —David cogió papel y lápiz y apuntó el número de la agente Susan.
—Por cierto, agente, ¿algo que añadir de algún miembro en concreto?
David quedó pensando unos segundos y afirmando con la cabeza, dijo:
—Hay un hombre que me parece interesante, un tal Robert, médico, me da la impresión, no sé si errónea, de que es bastante inteligente pero fácil de manipular, le he visto cómo miraba al sacerdote cuando estaba emitiendo el mensaje de la Hermandad y en sus ojos he podido ver un trazo de fanatismo mientras asentía con fervor a las palabras del clérigo, no sé, tengo que investigar más acerca de los miembros… Por otro lado hay un par de hermanos de una altura y complexión considerables… Pero por supuesto, y sin lugar a dudas, el individuo que más llama la atención, a parte del padre Jacob y el padre Hubert, con sus miradas maliciosas y sus aspectos arrogantes, más este último, es el sacerdote mayor, señor, un hombre despiadado, al que llaman el Cuervo, un ser al que le manifiestan un respeto excesivo, el jefe, digamos, de la Hermandad. La retórica con la que cuenta es digna de cualquier líder y se exhibe como tal. Muy arrogante como cabeza de la Hermandad, pero tratando a los miembros con un afecto peculiar, como si mandara sobre ellos, como si les debieran la vida…
—Es extraño —masculló en voz baja Jeff y añadió en tono seguro—: De acuerdo, agente. Investiga sobre cada uno de los individuos y prepara el informe para mandármelo lo antes posible, tenemos que saber qué se está conspirando en esa Hermandad e intervenir lo antes posible si fuera necesario.
—Así lo haré, señor —dijo David mientras colocaba los papeles que había en el escritorio con información de los miembros, y despidiéndose, colgó el teléfono.
El Cuervo, una vez incorporado el padre Jacob al acto y después de anunciar que no había nada ni nadie detrás de la puerta con un gesto de despreocupación, empezó a explicar la razón por la que estaban reunidos en la Hermandad en ese momento, así como el esquema a seguir para terminar con la causa que les comprometía y para la que fueron llamados al acto. Lástima que David se hubiese ausentado de su escondite en la puerta con la mala fortuna de no alcanzar a conocer el motivo que consignaba la reunión y la frase «Batalla Blanca»…
Robert cada vez estaba más impresionado con las palabras del Cuervo, y notando una voz interior que le reclamaba venganza por la muerte de su padre, a causa de su gran devoción a la Hermandad, como Robert creía, y alternando con las frases que, de forma concisa, declaraba el sacerdote, un espíritu combatiente le inundó su cuerpo y poniéndose de pie frente al altar donde se encontraban los clérigos, juntó las manos en forma de plegaria y anunció para todos los presentes:
—Jesús que estás en la Cruz, revísteme con la coraza de la justicia y envíame a la contienda para salvar tu fe. —Y quedó ensimismado clavando los ojos en la imagen del crucificado. A esto le siguió el levantamiento de los demás fieles congregados en el acto, lanzando alabanzas a la imagen que se alzaba detrás del altar.
Los clérigos, en especial el padre Hubert y el Cuervo, se miraron asombrados y dichosos con esa huella en los ojos que intuía malicia, al reconocer que las palabras emitidas habían resultado el efecto deseado entre los presentes, y sin perder tiempo, el Cuervo se encaminó hacia el altar donde al comenzar el acto, había depositado la daga con el puñal dorado que había utilizado en la sala anterior para clavar la consigna bíblica. Agarrándola fuertemente mientras sonreía con disimulo a los dos clérigos, la sujetó con ambas manos y con los brazos extendidos al cielo, la colocó, con un lento movimiento, encima de su cabeza y mirando al techo dijo con voz ronca y firme:
—¡Robert!, hijo de nuestro querido y difunto hermano Valentino, Dios lo tenga en su gloria, te encomiendo como soldado a la primera misión que nos acontece. —De nuevo bajó los escalones que separaban el altar de los primeros bancos y depositó la daga dorada entre las manos del hombre—. Soldado, estás preparado para la lucha. Eres el primer elegido para comenzar la batalla que tenemos que lidiar contra la infame multitud de fanáticos que desean el deterioro, el perjuicio y la destrucción de esta santa religión.
A Robert se le empezaron a cristalizar los ojos cuando aquel imponente sacerdote le depositó el arma en sus manos y poniéndose de rodillas mientras las lágrimas caían por sus mejillas, agradeció con gesto solemne la decisión del Cuervo.
Este, llevando la mirada a los demás miembros de la Hermandad, les dijo:
—Podéis abandonar la iglesia hacia vuestras habitaciones, se os llamará si se os necesita. Mientras tanto, rezad para encomendar la fortuna a vuestro hermano Robert.
Los asistentes se pusieron de pie e inclinando sus cabezas hacia Robert, deseándole una suerte que iba a necesitar, uno a uno fueron desalojando la nave. Robert se quedó con los tres clérigos en la soledad de la iglesia y después de limpiar sus lágrimas, con voz codiciosa y llena de garra, surgió de sus labios la pregunta:
—¿Decidme, señor, cuál es mi misión?
El Cuervo, tras unos segundos en silencio y mirando con entusiasmo a Robert, le dijo que debería quedarse en la iglesia durante un tiempo, tranquilo y calmado, rezando hasta que fuera llamado por el padre Hubert a su despacho y entonces le aclararía el objetivo del encargo a ejecutar. Robert asintió despacio, y los clérigos, sin mediar palabra, procedieron a salir de la nave, quedando únicamente la figura de aquel soldado que con una solidez ilustre se volvía a arrodillar de cara al altar, esperando ser llamado por el padre Hubert para esclarecer, cuando antes, el objetivo de su misión.
8
Vicent Giambanco se despertó en un lugar frío y húmedo, la cabeza estaba a punto de estallarle. La primera imagen que le vino a la mente fue la de su mujer. No sabía dónde se encontraba. Intentó abrir un poco los ojos, pero al hacerlo le ardían; los sintió hinchados e irritados, no pudo divisar más que unas cuantas luces y sombras, y seguido, una oleada de dolor punzante se depositó al lado de la sien, se palpó la cabeza y notó una herida. La boca le sabía a sangre. La ansiedad se hizo patente cuando supo que estaba encarcelado, se encontraba al lado de unas rejas, alcanzó a tocarlas y estaban heladas. Distinguió una figura al otro lado. Intentó hablar, pero las palabras no querían salir de su boca. Volvió a cerrar los ojos para consolar el ardor, así se encontraba mejor, incluso menguaba el dolor de cabeza cuando sentía la oscuridad. «¿Qué es lo que ha pasado?», pensó, y le vino el vago recuerdo de aquella mañana cuando, estando en su oficina, recibió una llamada de un tal Friedrich, un científico. Una llamada procedente de París. Había encontrado algo en un laboratorio, un descubrimiento que podría cambiar la historia. Le había llamado a él porque era el director del periódico. «Me pedía dinero por contarme el hallazgo».
Giambanco tenía grandes amigos influyentes en las esferas vaticanas y quizá al contarles la amenaza que se les venía encima podía obtener un buen reconocimiento e incluso sacar un pellizco económico al respecto. Había transmitido la noticia del científico, el tal Friedrich, al padre Baldini. Y este le había citado en la Santa Sede al momento. Sin embargo, ahora se encontraba encarcelado y no sabía por qué. Cuando llegó al Vaticano, se encontró con el padre Baldini y se dirigieron por un pasillo muy largo, atravesaron la Capilla Sixtina, luego siguieron por unas escaleras que daban a otro inmenso pasillo y al final de este había un despacho, pero justamente antes de entrar en él, lo vio todo negro. No se acordaba de más. Intentó volver a alcanzar las rejas que estaban frente a él para dirigirse a la silueta del hombre que se encontraba fuera, pero fue en vano. Los ojos se le cerraron y cayó al suelo de piedra y arena mientras sentía el frío colándose furtivamente por sus huesos.
9
David se encontraba en su despacho organizando toda la información que tenía a mano de cada uno de los hombres que habían asistido a la Hermandad. Tenía nombre y apellidos, el puesto de trabajo de varios, la edad aproximada de todos, e incluso se atrevió a realizar un perfil psicológico potencial de cada hombre por lo que a priori había podido observar de cada uno; los gestos, el aspecto, la actitud, el semblante, postura, expresión, apariencia…, sin embargo, necesitaba más información, tendría que llamar a Susan, como le había dicho Jeff, su jefe, para conseguir más averiguaciones de los sujetos… Sumergido en sus pensamientos estaba, cuando una sombra pasó despacio por delante de su despacho, sigilosa. David, extrañado, se levantó del sillón y salió al pasillo poco iluminado, efectivamente, un hombre encorvado traspasaba de un lado a otro la galería.
—¡Perdone! ¿Quién anda ahí? —espetó David a la sombra que se iba alejando—. ¡Oiga! —volvió a repetir. El hombre, sorprendido y vergonzoso rehusó de salir corriendo y se quedó paralizado al lado de las escaleras, David se le acercó entrecerrando los ojos para intentar reconocer aquella misteriosa silueta, sin embargo, según se iba a cercando, vislumbró la inequívoca figura encorvada del viejo Ernst—. ¡Por Dios, Ernst!, ¿qué haces aquí?, hace un rato te vi yendo hacia tu cabaña, me has dado un susto de muerte. ¿Qué ocurre?
El viejo Ernst se encontraba cohibido por haber sido descubierto en plena noche por los pasillos del monasterio y no le brotó palabra alguna de sus labios. David, esperando descubrir qué diablos hacía allí aquel hombre doblado y miedoso, le dio unos segundos para que se justificara, pero Ernst, desprovisto de vocablo alguno, seguía sumiso mirando fijamente al suelo. David, esperando otros cuantos segundos, dio por perdido el asalto y pensó que el viejo Ernst simplemente tenía curiosidad, al igual que él, por la misteriosa reunión, se habría dejado llevar por la intriga y una curiosidad le hizo recorrer los pasillos del monasterio para ver si averiguaba o descubría cualquier cosa relacionada con la enigmática velada.
—Está bien, viejo Ernst, vete a descansar, no andes merodeando a hurtadillas por el monasterio, si te vieran los jefes te caería una buena bronca. Es mejor que vayas a dormir, yo también tengo interés y curiosidad por la reunión, pero nosotros no debemos mezclarnos en estos asuntos, ¿de acuerdo?, seguramente mañana nos cuentan de qué va todo esto…, te acompaño a la puerta. —Al viejo hombre solamente le salió un ruego de sus labios:
—Por favor, David, no digas a los sacerdotes que me has visto.
—Tranquilo, Ernst, soy una tumba, descansa. —El viejo, en un tono inaudible, le dio las gracias a David mientras salía al exterior camino a la cabaña.
David, respirando profundo un par de veces y recomponiéndose del susto, se encaminó de nuevo hacia su despacho a reorganizar la información que tenía esparcida por la mesa. Se dejó caer en el sillón todavía con un poco de ansiedad del sobresalto que le había provocado aquella situación, cuando tras unos minutos eclipsado en la pantalla del ordenador empezó a oír un ruido que provenía de la capilla donde estaban todos los presentes reunidos. Despacio, se levantó del escritorio y echó un vistazo al reloj, las manecillas revelaban que la medianoche se iba acercando. Salió al pasillo y vio cómo cada uno de los hombres iba dejando atrás el oratorio donde había tenido lugar la reunión e iban derechos hacia las escalinatas que daban al piso de arriba donde se encontraban las habitaciones que habían sido asignadas para la pernoctación de los mismos. «Tengo que hablar con alguno y sacar información de lo que ha ocurrido ahí dentro», se dijo David, y sin ningún plan meditado, se encaminó hacia el conjunto de hombres para indagar y sacar información, pero antes, tendría que asegurarse de que ningún clérigo venía acompañando al grupo, si así fuera, no podría preguntar nada para no levantar sospechas. Si cualquiera de aquellos sacerdotes albergara una mínima duda de su oculto trabajo en la Hermandad, no tardaría en ser un cadáver flotando en el río más cercano… esa imagen le sobrecogió, y sacudiéndose la idea de la cabeza, se dirigió con paso decidido al grupo de hombres mientras confirmaba que ningún clérigo se encontraba entre ellos. Los diferentes rostros delataban una mezcla de confusión y excitación, no se escuchaba palabra alguna saliendo de sus bocas, un par de ellos iban cabizbajos, pensativos, los demás, con los ojos abiertos de par en par, manifestaban ese nerviosismo de haber asistido a un acontecimiento significativo, un acontecimiento quizá revelador.
—Buenas noches de nuevo, ¿qué tal ha ido? —dijo David expresando una sonrisa de oreja a oreja.
—Buenas noches —dijeron al unísono los dos hombres que encabezaban del grupo, y pasando por alto la pregunta de David, siguieron su camino, dirigiéndose hacia el primer peldaño de las escaleras.
—¿Qué tal? —volvió a insistir David al grupo más rezagado.
—Hola, bien, gracias —dijo el primer hombre con gesto formal y seco, lo mismo prácticamente consiguió expresar el segundo. Los demás, como si no fuera con ellos, se dispusieron a rebasar a David sin ni siquiera percatarse de su presencia y sorteando una pequeña mesa donde había situada una escultura de mármol, se dispusieron a ascender al igual que los dos primeros.
David, con cara decepcionada, posó la mirada en el reverso de los hombres mientras subían al piso superior, sintiendo cómo su esperanza de lograr cualquier testimonio se venía abajo. Sin embargo, se dio cuenta que faltaba un hombre… Robert.
«¿Dónde estaría?, ¿quizá todavía con los clérigos?», se acercó lentamente a la puerta de la capilla y escuchó una voces en el interior. «¿Por qué aún estaban dentro?, ¿por qué los demás habían abandonado el lugar y Robert seguía allí con los sacerdotes?».
De repente, la puerta más lejana emitió un chasquido y a David se le empezó a helar la sangre, los tres clérigos salían de la capilla y era cuestión de segundos que le vieran allí. Giró sobre sus pasos para dirigirse a su despacho, pero ya era tarde, una voz lejana le llamó la atención:
—¿David?, ¿qué se supone que estás haciendo aquí?
David dio media vuelta y, blanco como la nieve, quedó inmóvil mientras los tres hombres se plasmaban a un metro de su figura.
—Nada, señor —se atrevió a decir David—. Había escuchado un ruido y pensé que pasaba algo, los demás miembros han subido a sus respectivas habitaciones, está todo en orden.
—¿Qué haces todavía en la Hermandad? —le preguntó el padre Hubert con gesto severo mientras su rostro quedaba a un palmo escaso del rostro de David—. ¿No deberías estar ya en tu casa?, las órdenes eran claras, la reunión se realizaría de forma privada. Nadie podía estar en el monasterio, ¡Nadie!, ni siquiera tú. ¡¿Quién te crees?! —dijo el clérigo rechinando los dientes.
—Lo siento, señor, estaba adelantando trabajo, la semana que viene tenemos varias celebraciones en la iglesia y bueno, también —acertó a decir David—, como estabais tantos miembros esta noche, pensé que a lo mejor ibais a necesitar algo…
—¿Has estado espiando, David? —La voz del Cuervo, limpia y suave, se clavó en el pecho del agente como si de una espada se tratase.
—No, señor, faltaría más. Sé muy bien lo que no debo hacer, padre.
—Está bien, vete a descansar, es tarde.
—Sí, señor, hasta mañana —dijo sin mirar a nadie. A grandes zancadas llegó hasta su despacho, recogió el montón de papeles que tenía en la mesa con la información de los asistentes, los metió en una carpeta que cerró bajo llave en el armario y deprisa agarró su abrigo saliendo a la calle.
La temperatura exterior le paró en seco y trajo consigo la extraña pregunta: «¿Dónde estaba Robert?»… Esa duda le llenó cada parte de su cerebro, se temía lo peor, y sintiendo cómo el frío se filtraba por sus huesos, decidió, en un par de segundos y con un instinto arriesgado, volver dentro. Tenía que saber por qué Robert no estaba con los demás, tenía que obtener más información, era su deber. Y desandando el camino que le condujo a la calle, volvió hacia su despacho y haciendo caso omiso al Cuervo, que con su imponente voz le dijo que se fuera a casa, se despojó del abrigo, que dejó encima de la mesa y, después de asegurarse de que los clérigos se encontraban en la parte superior del monasterio, se encaminó hacia la capilla tentando a la suerte.
A oscuras se fue deslizando por el pasillo, arriba, se podían escuchar murmullos de los asistentes a la reunión, pero su concentración estaba sometida al deseo de encontrar a Robert, y de encontrarlo vivo. No sabía por qué, pero mientras sentía miedo y angustia, pensó en que aquel médico podría estar en un aprieto. No era normal que un solo hombre se quedara en la capilla cuando los demás ya habían abandonado la reunión… Un sinfín de especulaciones le vinieron a la cabeza mientras recorría con paso lento aquel camino que daba a la nave, y sin poder ver prácticamente nada, estuvo a punto de tirar una de las esculturas que decoraban el sendero hacia la capilla. «¿Seguiría allí dentro Robert?, ¿por qué estaría solo?, ¿o quizá había alguien más con él?», hizo un breve recuento en su cabeza de los asistentes y afirmó: «Solo falta Robert».
A unos metros de la puerta se quedó inmóvil, intentando escuchar algún sonido que viniera de lo íntimo de aquel sitio. Una lejana lucerna, al fondo del pasillo, con una leve llama, emitía un pequeño crepitar y David se concentró en ella mientras colocaba su cabeza en la puerta que daba al interior de la capilla. No se oía nada y maldiciendo en silencio, supo que no le quedaba otra alternativa, entrar dentro.
Abrió despacio la puerta que se situaba detrás del altar, donde antes había estado escondido cuando intentó escuchar lo que pudo de la misteriosa reunión, y una vez abierta, no sin antes repudiar un hilo de nerviosismo, pudo divisar a Robert en la primera fila de bancos, de rodillas. Las luces de la capilla ya no eran tan abundantes como antes y David quedó asombrado por las dos simples antorchas a cada lado de los muros de la iglesia y una pequeña luz encima de la cúspide cayendo encima de Robert, dándole un aspecto tenebroso. David carraspeó acercándose a la parte posterior del altar clavando los ojos en Robert, este último se sobresaltó y saliendo de sus pensamientos y oraciones, le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
David solo pudo excusarse.
—Perdón, pensaba que no había nadie, solamente iba a apagar las antorchas y las luces antes de irme a casa —se disculpó David—, lo hago cada día, aunque un poco más temprano —dijo con una sonrisa, intentando congeniar con el médico. Y con la mano en el pecho en acto de disculpa, añadió—: Siento si te he asustado.
—No, tranquilo, simplemente estaba rezando, ¿cómo te llamabas?, perdona, olvidé tu nombre —dijo Robert mientras se incorporaba y tomaba asiento en el banco.
—David, me llamo David, y tú Robert, ¿no? —preguntó mientras se acercaba.
—Sí, exacto, perdona es que no soy muy bueno para los nombres. —Sonrió.
—No importa —dijo David, y pensando quizá que podía sonsacar información, se sentó a su lado en el banco—. ¿Qué tal?, ¿cómo ha ido la reunión? —David miraba al altar, distraído, haciendo ver a Robert que la pregunta era puramente cordial, sin deseo de sonsacar ningún tipo de testimonio.
Robert quedó en silencio y alzó la mirada al techo, respiró y la volvió a bajar posando los ojos en la cruz que se ubicaba, grandiosa, frente a él.
—¿La reunión? —dijo Robert sin mirar a David—. La reunión ha sido reveladora, David. La reunión de esta noche es el motivo por el que soy. Es el deber de un soldado. Es la llamada de la Hermandad.
David no entendía nada, e intentando comprender qué es lo que decía aquel hombre, le intentó extraer algún dato, alguna declaración de lo que se había expresado en el acto.
—¿Reveladora, dices?
—Sí, reveladora —dijo Robert clavándole la mirada—. Las palabras del Cuervo me han hecho ver el camino. Ahora sé qué quería decir mi padre cuando hablaba de la causa de la Hermandad, ahora entiendo todo. Mi destino está atado a la doctrina que impone este lugar. Soy un soldado, David. Soy un soldado —repitió—, al que han llamado a combatir y esa llamada la siento en cada parte de mi cuerpo. Estoy preparado. Puedo pelear en esta guerra. —Y sonriendo levemente, apartó los ojos de David para depositarlos, otra vez, en el techo de la cúspide. Y volvió a añadir, entre suspiros:
—Estoy preparado.
—No entiendo, Robert. Perdona. ¿Preparado para qué?
—Claro que no lo entiendes, tú no eres un soldado. Tú sigues el camino del Señor y, como buen cristiano, actúas según sus palabras y ojalá sea así hasta el fin de tus días, hasta que te reúnas con nuestro padre en los cielos, pero nunca sabrás el motivo que mueve a esta Hermandad.
«Justamente es lo que necesito saber, idiota» pensó David reprimiendo el zarandeo del cuerpo de Robert. «¡Eres médico!, ¿qué estás diciendo de estar preparado, de combatir en una guerra, de una llamada y no sé cuántas cosas más…». Sin embargo, tuvo que contenerse, y haciendo oídos sordos a lo que sus pensamientos le decían, animó a Robert a que siguiera hablando…
—Perdona, Robert, sigo sin entender.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó Robert—, ¿un año?, ¿dos?… —Y sin dejar que David contestara a la pregunta, añadió rápidamente—. Yo, nací aquí, yo me he criado entre estos muros, mi padre, que Dios lo tenga en su gloria, siempre tuvo un propósito, una meta. Luchar por la fe, y desgraciado de mí, hasta hoy no lo he podido comprender —Y ahogado en sus pensamientos colocó la cabeza entre las rodillas y empezó a recitar una plegaria mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia adelante y hacia atrás.
David, lleno de paciencia y dando por perdida la batalla de sonsacar información a ese pobre hombre, se dio por vencido. En ese momento era imposible averiguar las reflexiones de aquel ser sumido y enfrascado en unas ideas remotas.
—Muy bien, Robert, que pases buena noche, no quiero molestarte más. ¿No te vas a descansar?
—No, todavía es pronto y la noche es larga —exclamó en un tono casi inaudible mientras seguía balanceándose. Y procedió el silencio.
David, que cada segundo que pasaba allí dentro le envolvía más una sombra de enfado e impotencia con aquel hombre. Añadió:
—Por favor, cuando salgas de la capilla apaga las luces, ¿de acuerdo?, y bueno, me gustaría, que, si pudiera ser, mañana y más tranquilos, podamos tomar un café y me siguieras contando y explicándome tu misión, tus palabras son demasiado sólidas e incomprensibles para un simple devoto como yo… —dijo David con una ínfima esperanza de que Robert pudiera confiar en él. Necesitaba informar a su jefe, necesitaba actuar, y para colmo, le invadía la idea, cada vez más segura, de que un extraño e inminente suceso estaba germinando allí esa noche. Y con paso titubeante y con rabia de no haber conseguido indagar en las cavilaciones de aquel sujeto, se dispuso a abandonar el lugar deseando nuevamente las buenas noches a Robert, que permanecía sumido en sus meditaciones y ni siquiera le respondió. David, rechinando los dientes a causa de una mezcla de irritación y enojo, cerró de un golpe la puerta de la nave, lo que hizo retumbar el eco del pasillo, a lo que, con un rápido arrepentimiento por si alguien lo hubiera oído, con paso presuroso para no ser visto, salió a medio correr hacia su despacho para recoger su abrigo, las llaves e irse a casa de una vez. Mañana sería otro día e intentaría, por todos los medios, conseguir sonsacar información a ese infortunado médico, sin embargo, la noche todavía le traería una nueva sorpresa…
Cuando entró en su despacho, sintió que había algo que no le cuadraba. El abrigo no estaba donde antes lo colocó y paseando rápidamente la mirada por la dependencia, atisbó una nota encima del escritorio. Vertiginosamente se abalanzó sobre ella y cogiéndola fuertemente con ambas manos, pudo leer:
«En esta Hermandad, como al gato, la curiosidad, aunque sea más grande que el temor, puede matarte. Ten cuidado».
David quedó paralizado ante aquella hoja de papel, y con la sangre bombeando cada centímetro de su cuerpo, miró hacia todos los lados de la habitación e incluso salió al pasillo ojeando de izquierda a derecha. No había nadie. Entró de nuevo en el despacho con el papel en las manos y volvió a leerlo. Cuando acabó la consigna, las evidentes preguntas se depositaron en su cerebro. «¿Quién lo habría escrito?, ¿sabrían de la misión que tengo?, ¿sabrán que soy un agente infiltrado?». Negó con la cabeza pensando que si le hubieran descubierto, no le hubieran dejado una simple nota de papel… pero alguien sabía algo. Respirando y pidiéndose calma, metió el papel arrugado en el bolsillo y ahora sí, cogiendo el abrigo, salió a la calle aceleradamente, invadiéndole una combinación de miedo y desconcierto. El frío le volvió a quemar la cara y aligerando cada vez más el paso, montó en el coche. Arrancó mientras maldecía en secreto y se dirigió a su casa. Durante el camino no paró ni un segundo en pensar las consecuencias que acarreaban que hubiese sido descubierto, además, la nota parecía sacada de una película de suspense, no entendía nada, y entre diferentes y maniáticas cavilaciones consiguió, al fin, llegar a casa.
Una vez apurada esa copa de licor que el cuerpo le estaba pidiendo a gritos y sintiéndose un poco más sosegado, se tumbó en la cama y volvió a leer el papel arrugado. «¡Joder!, me han pillado». Abrió el cajón de la mesita de noche y se metió un par de somníferos en la boca apresurándolos por su garganta con la quemazón del brebaje. Y con el pretexto de no pensar en nada, cerró los ojos y con suerte, la mezcla del medicamento, el licor y el susto que se había apoderado de cada rincón de su cuerpo, se quedó dormido…
10
Robert, mientras tanto, vislumbrando el manto de los frescos que adornaban el techo de la iglesia y pensando nuevamente en su padre; la sonrisa, la figura, las palabras y también el disgusto y la pena por su muerte, dio un sobresalto saliendo de su reflexión cuando al cabo de poco más de media hora volvía a aparecer, esta vez en solitario, el padre Hubert, animando con voz autoritaria a que despejara la nave y le acompañara a su despacho. Robert se recompuso y tras santiguarse, se encaminó detrás del clérigo a su dependencia. Una vez allí, se encontró con el Cuervo, que estaba postrado en la mesa principal del despacho de su aliado y, tendiendo los brazos hacia Robert, le concedió un abrazo invitándole a que se sentara en la silla contigua. El Cuervo volvió a apoyarse en la mesa del despacho y cruzó los brazos, el padre Hubert lo imitó colocándose a su lado y sin ningún preámbulo, preguntó:
—¿Alguna vez has matado a alguien, Robert?
Tras unos segundos de confusión, Robert, desconcertado parloteó:
—No, por Dios, no, por supuesto que no, señor, soy médico, ayudo a la gente —apresuró Robert a decir como si le estuvieran culpando de asesinato.
—Tranquilo, Robert —dijo el Cuervo—, cálmate, no te estamos acusando de nada. Más bien te estamos trasmitiendo la necesidad que tiene la Hermandad de acabar con la vida de alguna persona, y sinceramente, eres el más indicado y preparado para establecer el trabajo, por eso te hemos elegido antes, Robert, porque eres la persona perfecta para esta misión, el soldado seleccionado para luchar por esta causa eres tú. Dios así lo ha dispuesto y debemos hacer su voluntad.
—Pero, señor, yo… yo nunca he matado a nadie, no podría…
—¡Silencio, soldado! —replicó tajante el padre Hubert—, aquí estás para acatar las órdenes que se te impongan, como en su día las acató tu padre, al que Dios le tenga en su gloria, tu padre siguió lealmente las indicaciones que se le exigieron por parte de la Hermandad sin rechistar una sola orden. Si tuvo que luchar, luchó, si tuvo que enfrentarse a esa escoria de científicos o al mismísimo demonio, se enfrentó, si tuvo que contraponer sus intereses a los intereses de las distintas misiones a las que fue delegado, se contrapuso y por supuesto si tuvo que matar, mató. Sin replicar, sin contradecir. Obedeció órdenes y punto.
Robert, con la boca abierta, sin saber qué decir, solo pudo que llevar la mirada al otro hombre, que imponente y de brazos cruzados se situaba frente a él. Se encogió de hombros esperando una objeción, quizá, a las palabras del padre Hubert por parte del Cuervo.
—Disculpa a este viejo clérigo —interpuso el Cuervo irguiéndose hacia Robert—. Quizá le falte un poco de… ¿cómo se dice?… tacto, para con los siervos de la Hermandad. —Y miró fulminante a su aliado para seguidamente posar sus ojos de nuevo en los de Robert.
—Hijo mío —prosiguió el Cuervo—, lo que quiere decir este pobre diablo es que la vida, como la conocemos, no vale nada si no estamos junto al Señor, la vida de los infieles está hueca de sentido en este mundo. Desde siempre se persigue a los farsantes que con sus calumnias y mentiras quieren hacernos desaparecer, y antes de que consigan intimidar con su verborrea, su dialéctica alterada o sus proyectos científicos…, el Señor nos manda terminar con ellos, está impuesto en nuestras vidas de siervos de Cristo, ¿lo entiendes, Robert? Tu padre lo hizo y tú lo harás como él, y tus compañeros, y los que vendrán en el futuro también lo harán, ¿o acaso quieres que la Iglesia desaparezca?, ¿acaso quieres que los ideales, los principios que nos unen a la palabra de Dios caigan en el olvido en poco tiempo?, ¿acaso Robert, estás dispuesto a que unos cuantos hipócritas difamen las santas escrituras y deshonren con sus esquemas de falsos eruditos lo que hasta día de hoy fue la misión de nuestro santo padre?, ¿quieres que toda la familia cristiana se vea amenazada?, ¿que se fulmine?, ¿que tantos y tantos fieles se vean espiritualmente condenados a no creer en Dios después de toda una vida rezando aliviados a su infinita misericordia? No, Robert, eso no será así, y tú nos ayudarás para que eso no ocurra, como tantos hombres han hecho a lo largo de los siglos para que pueda subsistir la religión católica. Y sí, querido hermano, si la causa implica acabar con la vida de traidores y herejes, así se dispondrá.
Los pensamientos en la cabeza de Robert iban a una velocidad tan alarmante que su cuerpo quedó inmóvil en el sillón, sin saber qué decir y alternando la mirada entre los dos hombres, solamente pudo asentir en silencio. De nada le hubiera servido protestar a tan fuertes afirmaciones del Cuervo.
Se puso lentamente de pie ayudándose del brazo del sillón y una vez erguido, inspiró fuerte y dejándose caer, hincó la rodilla derecha en el suelo, y con las palmas de la mano hacia arriba, resignado, miró a los dos hombres con tristeza y desconcierto y con los ojos vidriosos, preguntó:
—Mi padre, señor, ¿mató a gente? —Y en ese momento, una carcajada clamorosa y resonante salió de la boca del padre Hubert, que incorporándose y clavando los ojos en Robert, le gritó:
—¿Tu padre?, ¡tu padre fue un matón de Dios! ¡Tu padre mató a más infieles que la mismísima hoguera, imbécil!
—¡Ya basta, Hubert! —replicó el Cuervo. Y dirigiéndose hacia Robert, le afirmó con tono suave que su padre simplemente acataba órdenes.
—¡Y lo hacía muy bien! —volvió a gritar el padre Hubert entre risas.
—¡Hubert!, ¡por el amor de Dios!, ¡¿puedes cerrar el pico de una maldita vez?!, ¿no te das cuenta de que tus palabras son imprudentes?, ¡eres un necio! ¡Mantén la boca sellada por favor!, ¡y discúlpate con este siervo de la Hermandad ahora mismo!
—Pero, padre —dijo Hubert—, es un soldado, no tiene que preguntar, tiene que obedecer, tiene que…
Y sin poder acabar la inoportuna afirmación que estaba expresando, una mano le agarró del cuello apretándole con fuerza.
—O le pides perdón a este soldado o será la última noche que respires en este mundo. —Y cada vez con más energía, el Cuervo iba apretando la garganta del clérigo, que se negaba a pedir perdón mientras el color de su cara se enrojecía y los ojos cristalinos y ensangrentados se le empezaban a salir de las órbitas.
Pasando unos interminables segundos, con un hilo de voz, alcanzó a emitir un sonido que parecía una disculpa y cuando el Cuervo aflojó la mano su cuello, una convulsiva tos explotó de su boca. Inclinándose hacia delante y todavía rojo por la asfixia, se tomó un rato mientras la sala permanecía en silencio. Tanto Robert, cautivo en su asombro y el Cuervo, con cara iracunda, inspeccionaban a Hubert, este se recompuso como pudo y con repugnancia y desagrado emitió un leve: «perdona, soldado», mirando rápidamente hacia otro lado y negando con la cabeza por la vergüenza que le apoderaba al haber tenido que someterse a un siervo.
Tomando la palabra el Cuervo y volviendo su cuerpo hacia Robert, le preguntó:
—¿Y bien, Robert?, ¿tienes algo que decir?
A Robert le vino una arcada que detuvo tragando saliva y viendo lo que el Cuervo hizo a su aliado, a su mano derecha, no quiso pensar en lo que le esperaba si se negaba a realizar la misión encomendada, y sabiendo que su padre, ese hombre bueno que cada día le regalaba una sonrisa, había acabado con la vida de tantas personas, no le quedó otra opción…
Robert se puso de pie y con voz firme y clara y mirando a los dos sujetos, declaró:
—Estoy dispuesto a morir y también a matar por la razón que me une a esta Hermandad, por la memoria que guardo hacia mi padre, que antes que yo, también dispuso su vida por la causa. Está decidido, ¿cuál es mi misión?
Tanto el Cuervo como el padre Hubert se apoderaron de una disimulada y maléfica sonrisa y sin nada más que añadir al respecto, invitaron a Robert a que se volviera a sentar y procedieron a explicarle paso a paso el propósito del caso que les acontecía mientras se deslizaba por la fría noche la siguiente larga hora.
El reloj marcaba las 2:30 cuando se derramaba la madrugada y el frío se colaba al interior de la habitación, y Robert, con el corazón en un puño, cada vez estaba más involucrado en la misión. Fundamento que fue solícito por cada una de las acomodadas, decididas y sistemáticas advertencias y los testimonios y enunciados de aquellos clérigos sobre la tragedia que se encaminaba contra la Iglesia católica, que fueron convenciendo a Robert con una palabra tras otra, de que era la persona perfecta para tal fin, y volviendo a repasar una y otra vez el plan, dieron por finalizada la velada.
Robert, alejando de sí, poco a poco, cada uno de los miedos que había sentido a lo largo de la noche, concluyó afirmando que estaba completamente dispuesto y preparado para lo que sobrevenía. Ya no sentía temor y así se lo hizo conocer a los dos sujetos que, satisfechos por su persuasión, emitieron un gesto de aprobación despidiéndolo y deseándole suerte.
—Si llevas a Jesús en tu corazón, no temerás a nada ni a nadie —sentenció el Cuervo.
Robert salió del despacho y fue directamente a su habitación, se sentía excitado, impaciente. Se tumbó en la cama y cerrando los ojos, comenzó a rezar pidiéndole a Dios que le acompañara en su misión. Sin embargo, no pudo acabar la primera oración, una penumbra le invadió su cuerpo y el sueño se apoderó de su mente. El día siguiente se adivinaba demasiado difícil y agotador.
Cuando amaneció, la mañana se abría desde las montañas de la periferia de Londres y daba paso a una leve luz que tímidamente atravesaba la espesa niebla que el día había traído consigo. Robert, ya despierto y nervioso antes de que saliera el sol, se levantó de la cama, fue directamente a la ducha y después de sentir cómo el agua tibia recorría su cuerpo, procedió a afeitarse y acicalarse. Se puso uno de sus trajes caros que había confeccionado en la maleta. Sin embargo, la ansiedad también se había vestido con él y se hallaba enfundada en su figura, haciendo hincapié en su estómago. La misión era tan arriesgada como inhumana y, aunque el plan había sido meditado minuciosamente la noche anterior en el despacho del padre Hubert, aquel trabajo se le presentaba demasiado despiadado. «Seguro que habría otra forma de solucionarlo», pensó Robert. Pero la decisión ya estaba tomada y él se había comprometido. La labor tendría que ser meticulosa, perfecta. No podía fallar ni en el más mínimo detalle y, volviendo a repasar el plan en su cabeza, procedió a dejar su habitación encaminándose al comedor a desayunar. La verdad es que, extrañamente, se encontraba con hambre, raro en él cuando le esperaba un día ajetreado. Y este, por supuesto, iba a ser el día más agitado de toda su vida, él lo sabía.
Entró en el salón, saludó a los pocos asistentes que estaban sentados a la mesa. Extrañado por el silencio que reinaba en la estancia y la distancia que mantenían unos con otros, con una voz tímida y retraída dio los buenos días a todos y a nadie en particular. Los presentes mascullaron lo mismo y clavados en el desayuno, se volvió al infinito silencio.
Robert se paró frente al mostrador donde se encontraba el almuerzo. Se sirvió un par de huevos y unas lonchas de beicon acompañado por un café doble y humeante. Pasó la mirada por entre las diferentes mesas y se dio cuenta que en la primera se encontraba, madrugadora, la prensa del día. Agarró un periódico de entre los diferentes que había y tomó asiento situando la bandeja a su izquierda y el diario a la derecha. Según iba pasando las hojas del mismo, leyendo todo y a la vez sin leer nada, los enunciados de las noticias, aunque a simple vista, y para cualquier ciudadano parecían sucesos en primicia desconsolantes: un avión estrellado con varios muertos, un coche bomba en Irak explotado por un camicace, una copiosa borrasca que vaticinaba vientos huracanados en el norte de Inglaterra…, para Robert eran simples minucias para lo que estaba a punto de acontecer. Esperaba que el periódico del día siguiente no mostrara su cara en la portada… y entre sus pesimistas pensamientos, los concurrentes del comedor, poco a poco, fueron desalojando el mismo, Robert miró el reloj, que estaba a punto de arrastrase con sus manecillas a las 8:00.
«Está bien», se dijo. Empieza la función. El primer paso era llegar antes de las 9:30 al aeropuerto para tomar un avión con destino a París. Una vez en la cuidad, reservaría noche en un hotel no muy lejos del laboratorio donde tendría que actuar con la misión, seguidamente se encaminaría a ver a un contacto de la Hermandad en la ciudad que tenía un paquete para él, así se lo había manifestado el Cuervo… y, concentrado, volvió a estudiar el mapa parisino para justamente, después de esa cita, llegar al laboratorio. Observó la nota que tenía apuntada en el móvil: «Friedrich, científico. Instituto de Paleontología. París». Respiró hondo y cerró a la par el mapa de París y la prensa que escasamente había conseguido leer.
Sin más dilación y apurando el café de un trago, se encaminó a la calle. Pero mientras seguía el pasillo hacia la puerta principal, una voz le llamó desde el otro extremo.
—¡Robert!, ¿qué tal?, ¡buenos días!
—¡Hola, David, buenos días! Muy bien, ¿y tú?, ¿todo bien?
—Sí muy bien, ¿cómo se avecina el día? —dijo David con actitud servicial.
—Un día duro, mucho trabajo —respondió Robert sin dar más explicaciones de las que debía.
—¿Te vas a algún sitio? —preguntó David mientras fijaba su mirada en la maleta.
—Sí, he de tomar un avión, como digo tengo bastante trabajo —concretó Robert mientras alcanzaba la puerta de salida.
—¿Por la reunión de ayer? —se apresuró a decir David con una leve sonrisa educada.
—Bueno sí, tengo trabajo y llego tarde. Que tengas un buen día, David. —Y cerró tras de sí saliendo al exterior.
—¡Joder! —se maldijo David, y salió tras él a la calle—. ¡Robert!, perdona, un segundo, siento molestarte, sé que tienes prisa, pero la conversación que tuvimos anoche en la capilla me dejó un poco, no sé, perplejo… Si regresas pronto, me gustaría retomar la charla si no te importa. Me agradó mucho hablar contigo pero no comprendí apenas lo que me contabas. —Y cruzando los dedos, esperó una respuesta complaciente por parte del médico. Sin embargo, la desilusión voló hacia él envolviendo su cuerpo, ya que Robert simplemente convino a decir:
—Hay cosas que es mejor que se mantengan en silencio, David. Además nunca lo entenderías, o quizá lo entiendas sin que yo te lo explique… Tengo que irme. —Y entró en el taxi que le esperaba en la puerta del monasterio.
David se quedó nuevamente maldiciendo su suerte y pensando cómo aquel hombre podría ser tan hermético. Pero, por supuesto no se daría tan pronto por vencido. Al darse la vuelta para volver a entrar en el monasterio, sus ojos se posaron en el viejo Ernst, que se encontraba parado a pocos metros donde antes estaba el taxi. El hombre se encontraba estático e indeciso.
—Buenos días, Ernst —le dijo David mientras entraba por la puerta sin esperar siquiera que le devolviera el saludo—. El viejo, abstraído, preguntó a David por el destino de Robert pero este ya había entrado dentro del monasterio y ni siquiera alcanzó a escuchar al hombre, que se quedó pasmado viendo cómo el taxi se alejaba y, resentido, dio media vuelta y siguió hasta su cabaña.
David, una vez dentro, dejando afuera al frío de la mañana, sus maldiciones y al viejo Ernst, fue hasta su despacho. Había que ponerse a trabajar ya, pero antes tendría que tomarse un buen café doble, se sentía cansado, ya que durante la madrugada se había despertado varias veces discurriendo entre estos y aquellos pensamientos acerca de lo que intuyó la noche anterior.
Además, tuvo que levantarse muy temprano, como hacía cada día, para recoger la prensa y llevarla al monasterio antes de que los fieles, clérigos y demás personal afincados en el lugar, se levantaran a tomar el desayuno. Sin embargo, ese día era diferente. Los habituales feligreses, sacerdotes y personal no se encontraban en el sitio. La reunión de la noche anterior obligaba a dejar el monasterio con todas sus respectivas habitaciones vacías para los asistentes al evento. Esa idea le hizo sonreír levemente ya que Robert no era el único que había asistido a la reunión. Había en el monasterio otros seis individuos, sin contar los clérigos, a los que podría sacar información. Y después de atajar el cálido café, que lo reconfortó de una forma extraordinaria, procedió a dispersar por la mesa toda la información de los miembros que tenía enfrascada en el armario con llave donde la había guardado la noche anterior.
Pero de repente, cuando se sentó en el escritorio, una oleada de pánico se apoderó de sus entrañas. La nota que alguien le había dejado en su mesa apareció en su cabeza:
«En esta Hermandad, como al gato, la curiosidad, aunque sea más grande que el temor, puede matarte. Ten cuidado».
Y volvió a debatir para sus adentros qué le querían insinuar con ese mensaje tan extraño, y sobre todo, quién podría haber sido el autor de esa nota. Reflexionando durante unos pocos segundos, llegó a la conclusión que podrían existir dos opciones; la primera era que la persona que había escrito la frase, le ordenaba que dejara de indagar, que se abstuviera de rastrear información sobre la velada, o tal vez, una segunda opción, que alguien le estuviera advirtiendo que corría peligro si seguía por esos cauces. O quizá las dos opciones eran ciertas…; ahora quedaba el quién. ¿El Cuervo?, imposible, desechó la idea, si ese perverso ser supiera de su cometido en la Hermandad, ya estaría muerto. ¿El padre Hubert?, absurdo, se dijo, ese individuo no se anda con mensajes escritos ni avisos, ya hubiese acabado conmigo…, rechazó también el planteamiento. ¿Quizá el padre Jacob? Difícil, pertenece a la élite eclesiástica de la Hermandad y está muy volcado por la causa al igual que los demás sacerdotes. El padre Jacob, aunque menos astuto y más ingenuo que los otros dos, no podría encomendar a la suerte toda una carrera sacerdotal y poner en riesgo su estatus para avisar a un «enemigo de la Iglesia». Le matarían. Entonces, y desechando a los superiores, solamente podría ser un miembro de los asistentes a la reunión o el viejo Ernst, al que descartó enseguida. Esa idea, le dejaba un poco más tranquilo, mientras no se fuera de la lengua quien fuera, antes de que diera con él, no tendría ningún problema…, pero ¿por qué un miembro de la Hermandad iba a saber de mi misión encubierta? ¿Y si fuera otro agente infiltrado como elemento a un plan que ignoraba?, inviable, impracticable, impensable… «Me estoy volviendo loco». Y desechando esas pesimistas reflexiones, se obligó a empezar a trabajar y acabar la misión cuanto antes.
11
Respiró hondo y expulsando el aire lentamente durante un par de veces, se dijo: «soy agente de la CIA, nada ni nadie puede amedrentarme, estoy entrenado para cualquier objetivo».
Y animándose al esfuerzo y la concentración en la documentación que tenía en el escritorio con la información de los asistentes a la reunión, empezó a ordenar sus ideas. Tenía que saber de cada uno, era esencial conocer si alguno de esos miserables le podría delatar. Y también necesitaba esclarecer qué tipo de sujetos eran los «elegidos» por los sacerdotes, por qué ellos y no otros y sobre todo, para qué.
Y haciendo caso a la recomendación que le hizo su jefe, cogió el teléfono y llamó a la CIA, necesitaba hablar con Susan. Necesitaba que aquella gran agente, especializada en todo tipo de «información ciudadana», le diera el reporte que precisaba para dar en la clave y conseguir lo que no encajaba en el puzle.
—Buenos días, soy Susan, dígame —dijo la voz en el teléfono.
—Buenos días, Susan, soy un agente encubierto, sobrenombre David. Creo que se ha puesto en contacto Jeff contigo. Te llamo desde Londres, ¿estás al tanto?
—Sí, adelante, David, Jeff me comentó que necesitabas información sobre algunos sujetos, ¿verdad?
Los labios de David emitieron una sonrisa.
—Sí, sí, eso es, necesito información sobre unos individuos que pertenecen a una especie de asociación ubicada aquí, en Londres, relacionada con el Vaticano para defender los interesas de la Iglesia católica y de otros tres sujetos que son, digamos, los líderes de la misma. ¿Podrías ayudarme?
—Por supuesto, David. Entre otras cosas, ese es mi trabajo —dijo efusiva Susan—. Cuéntame, ¿quiénes son esos hombres a los que hay que investigar?
—Bien, veamos —dijo David—. En principio me interesa mucho un tal Robert Hawking, médico, unos cuarenta y cinco años, creo que tiene una clínica privada en la ciudad.
—¡Ajá!, tomo nota, sigue…
—Por otra parte, hay un par de hermanos gemelos, prácticamente de la misma edad que el tal Robert, se llaman Bern y Harry, de apellido Collins.
—¿Gemelos dices?
—Sí, gemelos y si te sirve de algo son enormes, creo que pertenecen a un grupo de activistas o algo así, trabajan como guardaespaldas he creído escuchar…
—Perfecto, apuntado, ¿más?
—Sí, un tal Thomas Greene, irlandés, bajito, parece un demente por su forma de moverse, siempre va con la cabeza ladeada, tiene visiblemente poca movilidad, seguramente a causa de un accidente o una enfermedad. Entre cincuenta y cinco y sesenta años. Médico también, como Robert, creo que especializado en cardiología para ser exactos.
—Bien, David, sigue.
—Vale, a ver —dijo David removiendo los papeles mientras miraba de soslayo la puerta para comprobar que no había nadie en el pasillo y se encontraba solo—. Hay un par de sujetos franceses, con un marcado acento pero una forma de hablar muy educada, Alan Dumont y Antoine Feraud. El primero, Alan, es más joven, debe contar con unos treinta años. Creo que es profesor de matemáticas en un instituto al sur de París. Pero no recuerdo el nombre del centro. Lo siento.
—No pasa nada, agente, ese es mi trabajo. ¿Y el segundo?, ¿el tal Antoine?
—Sí, Antoine Feraud, como digo, también francés, de unos cincuenta años. Creo que psicólogo clínico. Extremadamente delgado, incluso me atrevería a decir que rozando algún tipo de enfermedad terminal. Por cierto, es uno de los miembros de la Hermandad que más la concurre. En el año escaso que llevo aquí, ha frecuentado el monasterio como mínimo una vez al mes, aumentando las visitas progresivamente en los últimos meses. Ya sé que no es mucho, pero justamente por eso te necesito, Susan.
—No te preocupes, David, tenemos ordenadores que en un par de minutos te revisan todos los vuelos de París a Londres de ese tal Antoine Feraud. No será difícil.
—Perfecto, Susan —dijo David con una mezcla de vergüenza y satisfacción—. El siguiente hombre es un gran empresario, tengo entendido, estadounidense pero residiendo en Canterbury, al sureste de Inglaterra, a unos setenta kilómetros de Londres. Ken Parker, gerente de la empresa Parker & Co., un hombre que junto al tal Thomas, el cardiólogo, son los más longevos, debe de contar con los setenta años. Un hombre bastante respetado aquí en la Hermandad y al igual que podrido de dinero creo que también está podrido por dentro, si me permites el atrevimiento, porque al igual que el anterior, también presenta síntomas enfermizos, está muy delgado y de un tiempo a esta parte se le ve desmejorado…, no sé si te servirá de algo.
—Ese será el más fácil de todos —dijo riendo Susan—, ¿un empresario de unos setenta años que es el gerente de una empresa y además sabemos el nombre de la misma?, ¡por favor, David, te puedo decir hasta qué tipo de ropa interior usa e incluso dónde la compra! —exclamó entre carcajadas Susan—. A veces, los agentes encubierto olvidáis para quién trabajáis… en fin, ¿algo más?
—Perdona, Susan —dijo David disculpándose—, entre el tiempo que llevo en Londres y los días eternos entre las paredes de un monasterio perdido a las afueras de la ciudad, a veces olvido hasta quién soy.
—Sé de lo que hablas, David, os pasa a todos, debe de ser un trabajo bastante estresante, ¿verdad?
—Ni te imaginas, tienes que tener todo calculado, es como si fueras el actor de una película las veinticuatro horas del día. Agotador.
—La verdad que sí… —dijo Susan—. Y bueno, ¿qué me dices de los jefes de esa asociación? ¿Algún dato?
—Ah sí, perdona, es que llevo tanto tiempo sin hablar con alguien de verdad. Quiero decir —se avergonzó— alguien que sepa quién soy y a qué me dedico, que me dejo llevar por la situación. Te ruego que me disculpes.
—Nada, no te preocupes, dime, cuéntame —animó Susan a David para que siguiera.
Pero el silencio se apoderó de la conversación durante unos interminables segundos.
—¿David?, ¿estás ahí?… ¿David?
—Un momento, Susan, creo que he escuchado algo —dijo David—. Ahora vuelvo, dame un minuto.
—Vale, David, ten cuidado. Espero.
David, lentamente, se levantó del escritorio y clavando los ojos en la puerta del despacho, que se encontraba entreabierta, salió fuera. Un ruido proveniente de la galería le había puesto en alerta y despacio recorrió el pasillo de un lado a otro. No vio a nadie. Corrió rápido al piso de abajo y encontró a los asistentes en el gran salón conversando los unos con los otros. Sin perder tiempo se encaminó hacia la iglesia, un número indefinido de fieles rezaba hacia el altar, concentrados en sus plegarias entre el zumbido de sus murmullos. Rápidamente dejó atrás aquellos susurros y fue hacia la sala más cercana, nadie. Abrió la puerta contigua. Nadie. Y volviendo a subir a la planta superior observando todo a su alrededor, pensó que habían sido alucinaciones suyas y, recorriendo el pasillo, volvió a entrar en el despacho cerrando la puerta tras de sí.
—Perdona, Susan, había escuchado algo…
—Tranquilo, David, el estrés, de vez en cuando, os juega malas pasadas. Los jefes de la Hermandad.
—¿Cómo? —dijo David con un pequeño sobresalto.
—Los jefes de la Hermandad, los sacerdotes. Me ibas a comentar sobre ellos para investigar.
—Cierto, cierto, Susan, vuelve a perdonarme por favor, me siento intranquilo, como si me estuvieran vigilando, como si estuvieran haciendo mi trabajo pero a la inversa, «el observante observado». —Y rio con una sonrisa nerviosa.
—¿Necesitas refuerzos, David?, podemos desplazar a un agente a la Hermandad si así lo necesitas, si piensas que han podido descubrirte, quiero decir, si crees que está en peligro…
—No, no, tranquila, Susan, te lo agradezco. Simplemente, que a veces me siento un poco… ¿Cómo se dice?… paranoico, pero nada, olvídalo, ¿seguimos?
—Sí claro, háblame de esos tres sacerdotes, a ver qué puedo averiguar.
—Bien, a ver, el padre Jacob. Un hombre que roza los sesenta años. En realidad es el más respetuoso de los tres, incluso a veces tímido. Creo que es una buena persona, aunque parece raro afirmar esta frase cuando se habla de un sacerdote —rio David—, ha estado en diferentes iglesias en Londres durante toda su vida, no te será difícil conseguir información sobre él. Infinidad de viajes a países en vías de desarrollo para apoyo humanitario, ayuda a gente sin techo…, y bueno, no creo que esconda nada malo. Como rasgo principal; muy educado y amigable.
—Está bien, tomo nota.
—El padre Hubert —exclamó David exhalando el aire de los pulmones—. Es un sacerdote belga. Lleva muchos años en este sitio y siempre se enorgullece de que fue designado a la Hermandad por el propio papa…, una persona también que cuenta con unos sesenta años y aparenta, te aseguro, menos de cincuenta; una persona mezquina, altiva, despreciable, arrogante, me gustaría saber un poco más de su pasado, a ver si podemos averiguar algo oscuro, estoy seguro de que lo tiene.
—De acuerdo, David, no será ningún problema.
—Bien, perfecto. Y nos encaminamos al último sujeto. El jefe de los jefes. Desgraciadamente no sé ni su nombre, todos lo llaman el Cuervo.
—¿El Cuervo?, ¿será por las alas o por el hábito negro? —Sonrió a carcajadas Susan—. Perdona, David, una simple broma, dime los datos que sepas de él, veré qué puedo hacer…
—¿Por las alas o por el hábito negro? —exclamó una risotada David—. ¡Qué ingeniosa eres!
—Volvió a reír —Pero lo que me preocupa es que soy un poco supersticioso y el animal, el cuervo es augurio de mala suerte, sobre todo cuando le ves posado mirándote…
—Sí claro, ¡y no creo que este vuele! —dijo Susan riendo a carcajadas—. Perdona, David, tengo un día risueño hoy. Al contrario de lo que enseñan en las películas, los agentes de la CIA no somos perfectamente cuadriculados mientras hacemos nuestro trabajo, hay momentos de risas.
—Qué graciosa eres, me encanta, además, te aseguro que me hace bastante falta un poco de humor…, pero vamos a centrarnos, Susan, que me distraigo —dijo David mientras movía de arriba abajo los papeles que tenía esparcidos por toda la mesa— El Cuervo, más de setenta años, también nombrado por el papa como uno de los primeros que formaron la Hermandad junto con otro sacerdote ya fallecido llamado Valentino a finales de la década de los ochenta. El Cuervo es calculador, tiene mano con los fieles, tiene alma de líder y una oratoria única. Sé que vive en España, en Madrid. Tengo su número de teléfono, de hecho me llamó ayer por la mañana para que preparara la reunión que se produjo anoche, a ver si podéis sacar información llamando a su compañía de teléfono o algo así.
—¿De veras, David?, ¿llamando a su compañía podemos tener acceso a las llamadas que ha realizado?, ¿estás seguro? —Y volvió a reír descaradamente—. Disculpa, David, no hace falta llamar a las compañías de teléfono, de hecho, nosotros custodiamos las llamadas de las compañías de teléfono…
—Susan, eres alucinante, tienes un trabajo súper agobiante, todo el día investigando la vida de los demás, y aun así en cada frase que dices la acompañas de una broma, sencillamente un ejemplo para la Agencia, tiene que ser un lujo trabajar contigo. Espero conocerte algún día.
—Eso está hecho, y por cierto, no solo investigo a personas por todo el mundo sentada en una silla delante de un ordenador, ¿vale?, también soy hacker, analista informática, técnica de hardware, administradora de sistemas, gestora de configuración, optimización y explotación de bases de datos, experta en seguridad informática, profesora de formación tecnológica para agentes de la CIA, desarrolladora de gestión técnica de proyectos…, entre otras muchas cosas. Ah sí, ¡se me olvidaba!, madre de dos niños de siete y diez años y esposa de un marido inspector de policía, ¿qué te parece?, ¿es para reír todo el día, verdad? —Y David tuvo que apartarse el auricular del teléfono del oído al escuchar la alborotada carcajada de Susan al otro lado de la línea.
—Está bien, David —dijo por fin—, me pongo con ello, en breve tendrás información por correo en línea interna ¿de acuerdo?
—Perfecto, Susan, un placer conocerte y hablar contigo, hacía demasiado tiempo que no me reía tanto. Muchas gracias.
—¡De nada, David!, estamos en contacto, ¡un saludo!
—Hasta luego, Susan.
Poco duró la leve sonrisa que permanecía en los labios de David después de colgar el teléfono con aquella risueña agente. Los ojos se desviaron al ordenador portátil que se encontraba a su lado y en una hoja de papel, al lado de la pantalla, leyó:
«David, te lo repito, olvídate de la reunión de anoche y sigue haciendo tu trabajo. La curiosidad puede matarte».
«No puede ser, imposible… ¡Otra vez!, ¡otro aviso!, pero… ¿cuándo?, no me lo puedo creer, cuando he bajado a ver si había alguien espiándome». —Y le llegó a la mente la pregunta que Susan le acababa de realizar: ¿necesitas refuerzos, David? Negó con la cabeza. «Tendré que apañármelas solo, tengo que darme prisa en acabar este trabajo y largarme de aquí cuanto antes». Y el rostro se le tornó pesadumbre.
Los siguientes minutos los dedicó, nervioso y sobresaltado, a pensar quién podría estar detrás de aquellas frases avisadoras, pero como en las incontables veces anteriores, no llegó a ninguna conclusión, «necesito un poco de aire». Y salió a la calle. La mañana estaba fría, el suelo seguía mojado y las copas de los árboles se tambaleaban con el recio viento que silbaba en lo alto.
Inspiró y exhaló, tres, cuatro veces, y sentándose en un poyete cerca de la entrada de la iglesia, se subió el cuello del abrigo mientras veía el ir y venir de los fieles entrando por la puerta exterior a la capilla; «tranquilo, toma calma y piensa un plan», se dijo.
12
El vuelo de Robert a París llegó a la hora estimada, el reloj del aeropuerto de Charles de Gaulle marcaba las 12:20 de aquel frío miércoles y la multitud iba y venía; unos despistados, otros con prisas, otros esperando, unos riendo, otros abrazados, unos sonrientes y tranquilos, otros malhumorados e impacientes…; pero Robert, ni triste ni contento, sabía perfectamente cada paso que tenía que dar. Se lanzó hacia la máquina expendedora más cercana y compró una pequeña botella de agua, una reducida angustia se había apoderado de su cuerpo cuando bajó del avión quedándole la boca seca, bebió mientras por el rabillo del ojo examinó una puerta de salida al exterior y ataviado con una gorra y unas gafas de sol se condujo hacia fuera. El lugar estaba lleno de cámaras de vigilancia y el acto que debía cometer le obligaba a mantener la cautela de no ser conocido en un futuro, si el trabajo no salía como estaba calculado, nadie podría ubicarle en París, de ahí el disfraz que le envolvía. De hecho, el vuelo fue adquirido con otro nombre y en su documentación rezaban unos datos personales que nada tenían que ver con los suyos. Como dijo el Cuervo; toda precaución es poca. Y con paso firme y lanzado, transportando ágilmente la pequeña maleta, salió al exterior, a la parada de taxis y, tras exponer la dirección de destino al taxista, en unos segundos ya estaba dirigiéndose al centro de París.
Tuvo suerte, y una ligera sonrisa, leve, se le dibujó en el rostro cuando descubrió que extrañamente el taxista no hablaba inglés. El traslado sería de lo más tranquilo, y el tiempo que tardaría en llegar a su destino; uno de los mejores hoteles de París, donde había reservado una suite para pasar la noche con nombre falso, se la pasaría divisando por la ventana. La ciudad parisina se alargaba bajo su inconfundible cielo gris y su nostálgico encanto.
Era increíble cómo, tanto el Cuervo como el padre Hubert y el padre Jacob, estaban acostumbrados a estos quehaceres, contaban con un sinfín de documentación ficticia, credenciales y pasaportes amañados, identificaciones simuladas. «¿Cuántos y cuántos viajes habrían hecho u ordenado hacer, quizá a mi padre, o quizá mi padre era también el que ordenaba realizarlos?», pensaba Robert. En ese sentido, se encontraba bastante confuso, de repente su padre, había sido uno de los sicarios de la Hermandad en palabras del padre Hubert con la confirmación del Cuervo, ¿sería cierto? Su padre, que era incapaz si quiera de dar una voz más alta que otra, que era incapaz de enfadarse… Robert salió de sus cavilaciones y echó mano de su pequeño neceser de viaje y observando que el taxista no le veía ni curioseaba por el retrovisor, se llevó un ansiolítico a la boca, dejando que se deshiciera debajo de la lengua y tomando un pequeño sorbo de agua, se recostó en el asiento trasero del coche en el momento que se quitaba la gorra y las gafas que camuflaban su rostro, ubicándolas en el interior de la bolsa de viaje que llevaba consigo. Necesitaba que la tranquilidad se apoderara positivamente de su mente.
Unos minutos pasaban de las 13:00 cuando el taxi le dejó en la puerta del hotel y después de pagar al taxista, se encaminó hacia dentro como un turista más, con la maleta en la derecha y la bolsa de viaje a la izquierda, se postró en el mostrador de recepción dando los buenos días y presentando la documentación ficticia cruzando los dedos.
Nunca había hecho algo así, ¿suplantar su identidad? Increíble, se dijo mientras disimuladamente se limpiaba de la frente el sudor frío a causa de la inquietud al ser descubierto.
Al cabo de unos pocos segundos, eternos para Robert, la chica de la recepción le indicó el número de suite y le deseó un agradable hospedaje devolviéndole los documentos. Aliviado, Robert le contestó con una sonrisa y se dirigió con sus enseres al ascensor.
Una vez entró en la habitación, dejó la bolsa de viaje y la pequeña maleta encima de la cama y pasó al cuarto de baño para refrescar la cara y recuperarse del pequeño y absurdo teatro que tuvo que realizar en recepción. Tras unos minutos inspeccionando la habitación, se volvió a poner el abrigo, cogió la cartera, el móvil, y se encaminó a las calles parisinas.
Después de unos cuantos pasos al sur, introdujo el destino en el teléfono: la Rue de Rivoli, una calle muy transitada por turistas y con todo tipo de tiendas. El móvil le marcaba unos escasos diez minutos andando hasta el sitio. «Al fondo de la avenida», le había dicho el Cuervo, que apareció en su cabeza con esa mirada penetrante: «Ve hacia una pequeña tienda de souvenirs situada al fondo de la avenida, en las traseras de la calle principal, consta de un letrero blanco y rojo en el que dice “Souvenirs de la ville de l’amour”. Entra en el diminuto establecimiento donde se venden recuerdos de París, te acercas al mostrador de la derecha y dices al señor que te va a atender, que eres Robert y que te manda la Hermandad. No hables más, no mires a tu alrededor, no intentes observar más allá de lo que ven tus ojos, no hables con nadie y no preguntes nada. Recoge la caja que te va a dar y sal de la tienda. Sin más. Te acercas a un lugar solitario, trata de no ser visto y mira dentro de la caja, te guardas lo que hay en el interior y vas hacia el siguiente objetivo, ¿entendido?» Robert, iba detallando en su cabeza las órdenes.
Mientras caminaba, lo hacía como cualquier visitante, divisando todo a su alrededor y haciendo hincapié disimuladamente en los diferentes letreros expuestos en las fachadas. Después de unos segundos de búsqueda y apresurando por que el cielo amenazaba lluvia, localizó la puerta del comercio y se postró junto a la entrada, debajo del letrero blanco y rojo y, con mano temblorosa, empujó la puerta al interior de la tienda, que emitió un breve tintineo mientras Robert se adentraba dubitativo…
Se acercó, como le había dicho el Cuervo, al mostrador situado en la parte derecha. La tienda estaba oscura y sin vida, pequeños artilugios recordando la ciudad se postraban en las diferentes estanterías a su alrededor y Robert, con paso lento, se fue acercando a su destino, sin embargo, un escalofrío le paró en seco delante del tablero donde se encontraba el que se supone era el dueño del lugar; un señor mayor con barba blanca e irregular, unas gafas redondas que amenazaban con escurrirse nariz abajo y un pelo enmarañado y pobre de color blanquecino se postraba ante él, que con la mirada fija en un periódico y una taza de un brebaje maloliente en su mano derecha, alzó la mirada hacia Robert y este pudo observar cómo las cuencas de los ojos estaban demasiado hundidas encerrando una oscura mirada. El hombre, sin mediar palabra, le hizo un gesto con la cabeza, invitándole a hablar. Robert, nervioso pero decidido, le dijo las palabras mágicas: «Soy Robert, de la Hermandad». El viejo, torpe y lentamente, escudriñó de arriba abajo a Robert y tras un gruñido acompañado de un gesto inapetente, acertó a levantarse del anticuado taburete y, mudo como una tumba y con paso negado, se introdujo en la trastienda.
Robert se quedó unos inagotables segundos escuchando el ruido del ajetreo de cajones y pequeños muebles que se percibía dentro, hasta que por fin y con gesto malhumorado, apareció el anciano portando en sus manos una caja de tamaño mediano que introdujo en una bolsa con unos movimientos que evidenciaban una tiritona habitual en pacientes con Parkinson. Robert, como médico, estuvo a punto de interrogarle por la enfermedad que reflejaba aquel hombre, sin embargo, las palabras del Cuervo deambulaban por su cabeza como escorpiones amenazantes: «no hables con nadie, recoge lo que te den y vete».
Así pues, después de agarrar la bolsa con la caja dentro, dio media vuelta y se encaminó hacia la salida, pero antes de abrir la puerta, una voz ronca y débil le llamó la atención:
—Oye, chico. —Rápidamente Robert miró hacia el mostrador.
—¿Si?, dígame. —Aquel hombre, sacándose un pañuelo del bolsillo y llevándoselo a la boca para limpiarse la comisura de los labios, le espetó con gruñidos lentos pero irritados, cogiendo aire prácticamente en cada palabra:
—Tú no has estado aquí, tú no me has visto y yo no te he dado nada, ¿de acuerdo? —Y entre un ataque de tos, pudo gritar a Robert unas palabras inaudibles que evidenciaban la inminente orden de retirada del cochambroso establecimiento. A lo que Robert, asombrado e inquieto, obedeció y salió rápidamente de la tienda con la bolsa en la mano donde se encontraba el paquete, dando un portazo no meditado tras de sí. «Este hombre necesita ayuda médica urgentemente», pensó, pero dejando atrás su faceta de médico, se dijo: «lo siento, pero estoy aquí para otros menesteres»…
Caminó durante algunos minutos por los aledaños de la calle entre el gentío, que aun con el tiempo desapacible, deambulaban de un lado para otro paraguas en mano, hasta llegar a la plaza del Museo del Louvre, y admirando la pirámide de cristal mientras una leve capa de llovizna se dejaba depositar en su rostro, decidió colarse en alguna cafetería para entrar en calor y averiguar qué escondía tan misterioso paquete.
El primer establecimiento lo rechazó al divisar en la entrada un cartel informando que el lugar contaba con cámaras de vigilancia. «Toda precaución es poca», se dijo rememorando las palabras del Cuervo. Y siguió calle abajo hasta encontrar una segunda cafetería, esta más pequeña, en la que no se divisaba ninguna información sobre que el sitio estuviera videovigilado.
Decidió entrar y fue directo al mostrador dejando la bolsa en un taburete a su lado. Mientras frotaba las manos para descongelarlas a causa del frío exterior, pidió un café y tomó asiento en la mesa más cercana. La cafetería no estaba concurrida; un par de turistas en la barra, un camarero limpiado las cuatro mesas que se esparcían por el pequeño lugar y una pareja de jóvenes ceñidos y risueños al fondo… no había peligro. Y dejando a un lado el café humeante junto al teléfono móvil, se despojó del húmedo abrigo y, una vez sentado, se dispuso, con disimulo, a romper la curiosidad que le envolvía al ignorar lo que acontecía dentro del extraño paquete.
Después de sacarlo de la bolsa, permaneció unos instantes observándolo, lo entreabrió unos centímetros, tres, cuatro a los sumo. Y al cabo de dos segundos la cerró apresuradamente. No hacía falta que lo destapara entero. No hacía falta más tiempo para adivinar lo que escondía aquel paquete. Una pistola de color negro, pequeña y brillante, con la empuñadura de aluminio y un silenciador contiguo era todo lo que se ocultaba en el interior.
Un escalofrío le recorrió como un rayo el cuerpo de los pies a la cabeza y el corazón le apremiaba con salirse del pecho, pero resignado y sin más alternativas, se obligó a calmarse y un pensamiento dudoso le traspasó el cerebro: «¿Estoy preparado?», se preguntó varias veces. Y meneando la cabeza para disolver en el aire los malos augurios y las preguntas que se iba formulando, yendo y viniendo la imagen, otra vez de su padre, otra vez del Cuervo y otra vez los pequeños puntos de saliva que se desperdigaban de la boca del padre Hubert cuando le espetaba las órdenes de esa forma tan macabramente peculiar, se concentró en la taza de café, que llevó a los labios agarrándola con ambas manos y reconfortándose con el calor que desprendía.
Se imaginó empuñando el arma que acababa de ver y representando la escena en su pensamiento con la pistola en la mano, delante de un hombre que no conocía, tendría que apretar el gatillo… en décimas de segundo, la respiración se le aceleró y otro ansiolítico fue a parar del bolsillo a su boca, en poco tiempo y por el efecto del medicamento, se sintió un poco más sosegado. Pero los sustos y los sobresaltos acaban de empezar.
Un hombre, larguirucho y decidido, envuelto en una oscura gabardina impermeable, entró en el establecimiento y observando a los asistentes, se dirigió al mostrador, alternando unas frases en francés con el camarero. Este último, le señaló con la cabeza hacia donde estaba Robert. El hombre, resuelto, se encaminó a la mesa y Robert, que con cada segundo que pasaba, desconfiaba más de todo a su alrededor, se puso a la defensiva, esperando qué le iba a acontecer la presencia de aquel extraño cuando se acercara a su lado. Pensando que podía ser algún miembro de la Hermandad afincado en París y que tal vez le buscaba por alguna cuestión relacionada con el plan que estaba ejecutando, quizá mandado por el Cuervo para hablar con él, con suerte anular el cometido y largarse de nuevo a Londres… o tal vez, teniendo en cuenta lo acontecido en las últimas horas, aquel hombre venía a matarle. Estaba seguro, por su forma de caminar; animado, atrevido, lanzado. Le sacaría allí mismo un cuchillo y acabaría con su vida. Ese individuo le traía un mal presentimiento y quedaban menos de cuatro metros para que llegara al punto donde Robert se encontraba, y un aviso de su cuerpo le puso en guardia, y tenso como un resorte, listo para saltar en cualquier momento y defenderse de tan insólito personaje, se irguió sacando pecho. El hombre, al llegar a su mesa, le saludó con una sonrisa muy amable y en un fabuloso inglés con acento francés, le dijo:
—Buenos días, señor, ¿es usted inglés?
Robert, sin fiarse ni un ápice de aquel hombre y con actitud protectora, abrió la boca para gritar, primero un monosílabo:
—Sí. —Y seguidamente, con aire desconfiado y recolocándose en el incómodo sillón le gritó—: ¿Por qué lo dices?, ¿quién eres?, ¿quién te manda?
—Tranquilo, señor, tranquilo. —El hombre hizo amago de posar su mano derecha en el hombro de Robert, a lo que este, con un gesto despectivo, acertó a darle un manotazo en el brazo.
—¡No me toque! —dijo Robert, y volvió a preguntar—: ¿Quién eres?
El hombre, con cara de sorpresa y frunciendo el ceño, le contestó:
—Tranquilo, señor, simplemente soy un guía, no autorizado, eso sí, pero me dedico a enseñar los bellos lugares de esta encantadora ciudad a los turistas y como cada día, vengo por estas cafeterías para ofrecer mis servicios a viajantes que quieran saber de estos lugares próximos, como el Museo del Louvre o el jardín del Palacio Real que perteneció al cardenal Richelieu, La place Vendôme o quizá el Centro Pompidou con su museo de arte moderno: Picasso, Miró…
—¡Basta! —le dijo Robert tajante—. No quiero sus servicios, vaya a engañar a otro turista, ¡lárguese! —Siguiéndole una sarta de improperios.
Dicen que la cara es el espejo del alma. Pues después de las palabras malsonantes que le descargó Robert al pobre guía, le tuvo que romper en mil pedazos el espejo, porque su cara se desconfiguró en cuestión de segundos, retrocediendo asustado y atemorizado después de tantos insultos.
Pero la reacción inesperada de aquel hombre mirando su rostro desencajado, a Robert le hizo restablecer la compostura, que tras décimas de segundo se arrepintió e, intentando pedirle disculpas, se levantó del asiento mientras estiraba el brazo hacia el buen hombre para disculparse con unas palabras atropelladas que intentaban salir de su boca. Pero ya era tarde, la puerta de la cafetería emitió un estruendo y el humilde e infortunado guía corría con paso presuroso calle abajo.
Los ojos del camarero, que había presenciado todo el espectáculo, al igual que los dos turistas en la barra y la pareja del fondo, permanecían en silencio clavando los ojos en Robert, que directamente y sonrojado, se levantó de su asiento dejando un billete encima de la mesa y cogiendo el paquete y el móvil, con paso rápido y sin mirar a los susodichos, se encaminó a la calle, muerto de vergüenza.
Una vez fuera y caminando sin mirar atrás, maldijo para sus adentros, «¿cómo podría ser tan estúpido?». La ansiedad le estaba ganando la partida y todavía no había empezado el trabajo.
Recomponiéndose de tan bochornosa situación, alzó la mano para pedir un taxi. Y una vez dentro del vehículo, tuvo «la mala suerte» de que, esta vez sí, el taxista dominaba el inglés. Lo que hacía prever una serie de conversaciones triviales, a lo que, en principio, podría servir para dejar de pensar en la misión y en lo que acababa de suceder y conseguir desviar la atención a otros menesteres con las preguntas del conductor. Fue en vano. Aunque el hombre se desgañitaba por el retrovisor preguntando e intentando dar conversación a Robert, la concentración y las cábalas de este le impedían llegar a buen puerto para la relación con el taxista, que al cabo de unos minutos, dio por perdido el intento de comunicación entre emisor y receptor, quedando lo que faltaba de trayecto en un incómodo silencio, antes, le había ordenado ir a una de las calles aledañas al Instituto Paleontológico de París, cerca de la Torre Eiffel, su objetivo era el lugar de trabajo de aquel científico llamado Friedrich. En aquel laboratorio tendría lugar lo que, por todos los medios, Robert querría no ejecutar, pero imperiosas órdenes le encaminaban a cometer tan malvada misión.
Durante un rato, en el taxi, estuvo pensando qué hubiera pasado si se hubiese negado a realizar el trabajo. Y después de que su mente le jugara la mala pasada al imaginarse aquellos ojos del Cuervo, su semblante serio y la figura del padre Hubert acosándolo, llegó a una conclusión: «Era la vida de aquel pobre científico, al que no conocía, o la suya»
Una vez llegado al destino y despidiéndose del ya malhumorado taxista por la falta de empatía con su cliente, ahora sí, era la hora de que empezara el juego. Todos los sentidos unidos en uno solo para que el cometido saliera a la perfección. Acabada la misión no volvería a pisar por la Hermandad, se olvidaría de todo, se centraría en su trabajo y se diría una y otra vez que lo sucedido ese día en París fue síntoma de una pesadilla que con el tiempo podría olvidar, lo que tenía claro es que no querría volver a ver ni al padre Jacob, ni al padre Hubert y por supuesto, menos todavía, al Cuervo… Sin embargo, el destino, a veces, es caprichoso.
Sin darse cuenta se ubicó en la entrada del Instituto. Una bocanada de aire, mirada hacia la izquierda, mirada hacia la derecha. Y seguidamente, sus ojos hacia la entrada del edificio.
Recolocándose la gorra, ajustando las gafas de sol, subiéndose el cuello del abrigo…; tres segundos, dos segundos, un segundo… primer paso, segundo paso, hacia dentro. Los nervios a flor de piel y en su cabeza la firme mirada del Cuervo «ya no hay marcha atrás Robert», se dijo armándose de valor.
Abrió la puerta. Un bullicio de personas iba y venía por el hall, unos deprisa, otros despacio y despistados. Robert miró el reloj. Se acercaban las tres de la tarde. «¿Fin de jornada laboral?, quizá» y entre mil pensamientos acompañados de un nerviosismo cada vez más angustioso, se acercó al mostrador que estaba situado a la derecha, a unos siete u ocho metros de la entrada. La cámara ya le había captado, tarde o temprano alguien sabría que había estado allí; y ese alguien sería la Policía, siempre y cuando todo saliera bien. Al cabo de una hora, más o menos, el lugar estaría lleno de agentes.
—Buenas tardes —dijo dirigiéndose a una mujer joven escondida detrás del mostrador, a la que solo se la podía ver poco más del cuello de la camisa para arriba a causa de su pequeña estatura, que envuelta en unas gafas enormes, permanecía ensimismada en el ordenador que tenía delante.
—Buenas tardes —le respondió la mujer sin dejar de posar los ojos en la pantalla—. Un momento —añadió.
Los diez o quince segundos se hicieron interminables mientras que, como por arte de magia, los individuos que revoloteaban por el vestíbulo ya habían desaparecido rumbo a la calle. Solamente quedaban un puñado de cinco o seis sujetos que entre risas, al otro extremo de la sala, y con paso lento y remolón, se encaminaban a la salida, Robert sentía cómo la cámara que le vigilaba, se clavaba en su espalda.
—Perdone, dígame —dijo la voz al otro lado del mostrador. La chica, de unos treinta y cinco años, morena con el pelo recogido, una bonita camisa blanca con pequeños motivos que Robert no llegó a interpretar; le repitió—: Dígame, señor. —La voz se chocó de frente con el mutismo de Robert, que enfrascado en su misión, no logró escuchar a la primera a la recepcionista.
—Sí, perdone, soy Benjamin Clark, columnista de una revista de ciencia que apenas está viendo la luz —dijo Robert sorprendido por la seguridad de sus palabras—. Tenía cita con el profesor Friedrich, que me iba a brindar unos minutos para una entrevista sobre fósiles para publicar un artículo en nuestra humilde revista.
—¡Ah muy bien! —le anunció la joven colocándose las enormes gafas.
Sin embargo, unos segundos incómodos se depositaron en el ambiente y una pequeña mueca de desconfianza se asentó en la cara de la chica mientras se centraba en la cara de Robert.
—¿Algún problema? —dijo Robert mientras unos pequeños nervios iban entrando otra vez en juego.
—Tengo que tomarle nota —expresó por fin la chica—, ¿me ha dicho que se llama Benjamin?
—Sí, Benjamin Clark, paleontólogo y columnista, como digo, de la revista Fósiles, nuestro patrimonio, no sé si queda un poco cutre, no fue idea mía el título de la revista se lo aseguro —anunció Robert entre risas asfixiando los nervios que intentaban, una vez más, apoderarse de sus entrañas.
La chica le devolvió la sonrisa y con un gesto amable le indicó que se quitara las gafas.
—Lo siento, no puedo quitarme las lentes oscuras, sufro un glaucoma ocular, una enfermedad que se acerca a su fase más avanzada, desgraciadamente, provoca que el nervio óptico tenga una sensibilidad extrema… en fin, una faena. —Robert se acordó de un paciente en ese momento, primera prueba superada…
—Perdone, señor Benjamin, lo siento. No sabía…
—No pasa nada, estoy acostumbrado, me lo dicen muchas veces, sobre todo en sitios cerrados —añadió Robert entre risas. Los nervios se estaban evaporando delante de aquella agradable joven y Robert se sentía más seguro. Todo iba bien, de momento.
—Está bien, señor Benjamin, el laboratorio del profesor Friedrich está en la tercera planta, no tiene pérdida, puede coger el ascensor aquí, a la derecha.
—Muchas gracias. Muy amable. —Robert se encaminó al susodicho ascensor.
No dio más de tres o cuatro pasos cuando la joven le llamó la atención y un sudor frío se depositó en su nuca.
—Señor Benjamin, perdone, ¿hoy es miércoles, verdad?
—Eh, sí, efectivamente, miércoles.
—Lo digo porque el profesor Friedrich, los miércoles sale antes de las 15:00 para comer con su mujer en el centro, pero con el gentío que se forma a la salida, no he alcanzado a verlo. De todas formas, si ha quedado con usted, seguro que le está esperando. O quizá esté la profesora Anna, pregúntele a ella si no se encuentra Friedrich.
—¡Ah!, vale gracias, voy a ver si hay suerte, gracias de nuevo.
Y volviendo a respirar hondo y maldiciendo por esa última información, entró en el ascensor pulsando el botón que lo llevaba al tercer piso del edificio. «¿Anna?, ¿quién es Anna?, yo vengo a por el tal Friedrich», pero se tuvo que animar, el trabajo no podría ejecutarlo si se encontraba nervioso, así que se obligó, mientras subía el ascensor, a decirse unas palabras de aliento: «Tranquilo, todo está bien, todo saldrá bien, Dios me protege» Y se llevó la mano a la parte baja de la espalda, y allí palpó el hierro. El arma estaba escondida bajo el abrigo y lista para usarse.
El ascensor paró en el piso acordado y Robert se quedó fijo en la cámara que le apuntaba situada en el techo, a unos metros de él. Intentando hacer caso omiso a la videovigilancia, encaminó sus pasos por el largo pasillo, leyendo los carteles ubicados en cada una de las puertas que se iba encontrando. La primera rezaba «Almacén», nada. Siguió. La segunda, a la parte izquierda, a seis o siete metros. «Histórica. Profesor P. Bonnet», nada. Siguió. La tercera puerta, esta vez a la derecha. «Sala de juntas». Nada. Siguió, la cuarta estancia, a la izquierda. «Profesora Charlotte C. y profesor B. Gauthier». Nada. Unos pasos más adelante y esta vez volviéndose a la izquierda, lo encontró. En el cartel rezaba: «Profesor Friedrich P. y Profesora Anna B».
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