Kitabı oku: «Lo que el 20 se llevó»

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Lo que el 20 se llevó

Carlos Velázquez / Alonso Pérez Gay

Coordinadores



Desde la mazmorra

A year gone with the wind

La realidad la escribe un guionista malaleche de Hollywood. Los dosmiles nos han puesto cada vapuleada. Donald Trump ganó la presidencia, un terremoto cimbró a la Ciudad de México y la trama de Doce monos se materializó. Un virus, el Covid-19 que ha diezmado la población mundial más rápido que las plagas de la diabetes, la hipertensión, el vih y la guerra contra el narco. Sólo en nuestro país han muerto más de 600 mil personas.

El ideal romántico de un futuro de bienestar auspiciado por los avances tecnológicos se fue a la basura por culpa de la pandemia. Nos obligó a enfrentarnos a nuestras peores pesadillas. Aquellas que teníamos soterradas en lo más profundo de nosotros mismos, las que habitaban, como en una película de terror, en una casa embrujada que nos rehusamos a visitar. Aquellas que no convocamos ni siquiera por diversión una noche frente al tablero de una ouija. Nuestros peores temores despertaron por culpa del confinamiento.

El 2020 nos arrebató nuestras vidas, prácticamente. La actividad social se canceló, el contacto humano se prohibió y se nos impidió despedir a nuestros muertos según nuestras tradiciones. Fuimos condenados al encierro. Millones atendimos al llamado de permanecer en casa, para evitar que el virus continuara propagándose. Pero millones ignoraron las medidas sanitarias y continuaron con sus rutinas. Esto causó la polarización de la población. Se conformaron dos bandos, los que creyeron fervientemente en la reclusión como forma de contener al virus y los conspiranóicos, que aseguraban que el virus era un invento, pese a las cifras de mortandad que día con día aumentaban en el país.

La nueva cotidianidad impuesta por la nueva normalidad nos orilló a diseñar nuevas técnicas de supervivencia para no perder la cordura. Cada uno se tuvo que enfrentar a sí mismo en soledad o en compañía del núcleo familiar más cercano. Ante la proliferación de la ansiedad y la depresión buscamos refugio en el deporte, en la meditación, en los ansiolíticos, en el alcohol. Los primeros meses de encierro total, cuando la tasa de contagios era más baja que los índices de sodio en un platillo vegano, desconcertados, penando en nuestras propias viviendas, deambulamos unos, arañamos las paredes otros y tratamos de no romper la conexión con el mundo a través del zoom y el whatsapp.

El aburrimiento, la necesidad de retomar la actividad económica y la desesperación nos empujaron a intentar recuperar ese paraíso recién perdido. Vivimos algo parecido a un despertar. Mientras comenzamos a realizar el recuento de los daños y ser conscientes de lo que el año se había llevado, el semáforo estaba en su rojo más fulgurante y nos dimos cuenta que las cosas estaban lejos de terminar. Había que seguir resistiendo. Continuar metidos en una mazmorra en contra de nuestra voluntad.

Lo que el 20 se llevó trata sobre el acto de resistir. Aguantarte las ganas de salir, de abrazar a tus seres queridos, de asistir a una fiesta, a un partido de futbol, a un sauna público, a un concierto, a cualquier lugar donde el calor humano reinara. Nada se nos antojaba más que una fiesta con los cuates. Pero no una peda por zoom. Una pary real. Donde pudieras platicar con tus amigos sin broncas. Estábamos bastante cansados de sentir nostalgia por el contacto. Fue por ello que decidimos invitar a veinte autoras y autores a que nos contaran desde su propia experiencia lo que el 20 nos chingó.

Más que una antología de textos sobre el tema, este libro es una fiesta. Esa reunión que se antojaba imposible antes de que se distribuyera la vacuna. Si piensan que ya se ha escrito todo sobre la pandemia basta asomarse a estas páginas para encontrarse con historias que todavía no habían sido contadas. La música, el cine, el sexo, los meseros, etcétera, conviven aquí sin necesidad de ser sanitizados. Entre la crónica, el ensayo personal y el reporte emocional, los testimonios que el lector tiene entre las manos son un vistazo al mundo interior propiciado por el alineamiento.

Lo que el 20 se llevó es el abrazo que sí podemos darnos sin miramientos, el abrazo de papel.

Carlos Velázquez y Alonso Pérez Gay J.

Lo viral

Jorge Carrión

Jorge Carrión (Tarragona, España, 1976) es escritor, cronista de viajes y crítico literario. Es autor de la trilogía Los muertos (2010), Los huérfanos (2014) y Los turistas (2015); y de los libros de crónica y ensayo: Australia. Un viaje (2008), Viaje contra espacio (2009), Teleshakespeare (2011), Librerías (2013), Crónica de viaje (2014), Barcelona. Libro de pasajes (2017) y Contra Amazon (2019).

Colabora en The New York Times (edición en español), el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia y la revista Letras Libres.

18 de marzo de 2020:

Ha empezado a suicidarse gente en Italia a causa del virus físico y del virus mental. Las residencias de ancianos se han convertido en leprosarios y cementerios. Los crematorios de Madrid trabajan las veinticuatro horas del día. Después del colapso sanitario ya ha llegado el colapso del sistema funerario. Se habla poco de la muerte, menos todavía de lo que se habla en circunstancias normales, en estos días en que todos buscamos salientes del precipicio para agarrarnos a la esperanza y no caer en el abismo. Pero no tengo ninguna duda de que detrás de todos esos tuits, de todas esas fotos, de toda esa textura de pixeles que no para de crecer a nuestro alrededor hay muchísimo miedo, tanto miedo, demasiado miedo, un pánico que se difunde al mismo ritmo que lo hacen el patógeno y su sombra viral. En ese contexto, ante la imposibilidad de despedirte de tus difuntos en persona, de abrazar a quienes también te quisieron, las redes sociales se están convirtiendo también en tanatorios y en cementerios, en espacios de despedida y de duelo, en espejos de sombra donde buscar los abrazos que no llegan.

19 de marzo de 2020:

En las películas y las series de zombis nadie ha visto películas ni series de zombis. Eso fue lo primero que pensé el jueves 12 de marzo, después de recoger a mis hijos en el colegio, mientras esperábamos el bus número 6 hacia la cuarentena. En esas ficciones apocalípticas los protagonistas aprenden lentamente que la cabeza es el punto débil de los muertos vivientes o que no puedes tener compasión de ninguno de ellos, ni siquiera de ese que diez minutos antes era tu hermano pequeño o tu abuelita, porque ahora solamente quiere comerse tus vísceras, el muy glotón.

Al igual que esa ausencia en la biografía de los personajes es fundamental en el género zombi, ¿lo será de la condición humana la ausencia de relatos que nos hayan preparado para los grandes acontecimientos históricos? Que yo sepa no existían novelas sobre guerras mundiales antes de 1914 ni películas sobre atentados terroristas que derribaran rascacielos icónicos antes de 2001. He leído y he visto muchas ficciones post-apocalípticas, incluso escribí una: ninguna de ellas tramó una pandemia que en pocas semanas se volvía global y nos encerraba a todos.

Durante la primera semana de confinamiento, en que fui el único miembro de la familia que salió —a comprar y a tirar la basura—, sentí constantemente la derrota de la imaginación, de la literatura, de la lectura. El virus no era culpa de nadie, pensaba en bucle, pero sus consecuencias estarían siendo menores si la crónica o la ficción nos hubieran preparado para ello. Si hubiéramos leído y digerido los libros o los documentales sobre el ébola o la gripe aviar, cuando las epidemias dejaron de ser noticia. Si en vez de tanto zombi y tanto desastre espacial, hubieran circulado —por nuestras librerías y plataformas— narrativas sobre virus, contagios y colapsos de sistemas sanitarios.

No salí de la espiral hasta el jueves en el supermercado, cuando casi rompo a llorar ante la estantería vacía de desinfectantes. De pronto vi las mascarillas de los empleados, la distancia de seguridad que separaba a la gente en las colas, el compacto silencio, y me di cuenta de que me encontraba en la asepsia y el miedo de las tiendas de El cuento de la criada. Una ficha de dominó empujó a la otra: de golpe fui consciente de que no salimos de casa durante el fin de semana porque hemos leído, de que sabemos diferenciar los bulos de los hechos porque hemos leído, de que hemos sido capaces de organizar una rutina de actividades y lecturas en el encierro porque hemos leído, de que todas las personas que estábamos en el supermercado respetábamos los protocolos porque, aunque muchos ya no lean, todos hemos leído, de que nuestros enfermeros y nuestras médicas no serían quienes son sin nuestros profesores y profesoras, de que pese a las mezquindades de una minoría, el aplauso lo merecemos la gran mayoría. Y de que para todo eso sirve la lectura.

20 de marzo de 2020:

Amazon, Netflix y YouTube han bajado la calidad de sus emisiones en Europa. Se trata de una estrategia de la Comisión Europea, que pidió a los consejeros delegados de las plataformas que eliminen temporalmente la alta definición, para de ese modo no colapsar el sistema de las telecomunicaciones. En nombre del estado de alerta o de alarma o de emergencia, también se empiezan a controlar los teléfonos móviles y los desplazamientos en coche o a pie. Nos vamos a acostumbrar a todas esas devaluaciones.

21 de marzo de 2020:

Como cada sábado y cada domingo desde que nos conocimos, Marilena y yo leemos los diarios en papel mientras desayunamos. Babelia publica hoy un texto histórico de Yan Lianke, el discurso que dirigió hace poco a sus estudiantes de creación literaria de Hong Kong, donde leemos: “Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. Si nuestro talento, valor y determinación no nos convierten en escritores como Fang Fang, que nuestra sombra ni nuestra voz se encuentren al menos entre quienes la envidian y se mofan de ella. Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de consciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles. Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma”.

22 de marzo de 1912:

Antes de su entrada del diario de este día, Franz Kafka escribe entre paréntesis: “En los últimos días he escrito fechas falsas”.

23 de marzo de 2020:

Tras la primera noche de insomnio llamé a Jaime y le dije que quería que me ayudara a coordinar un taller de crónica y de ensayo por WhatsApp, porque era un momento histórico para el periodismo iberoamericano, porque el trabajo me ayudaría a sobrellevar el encierro y porque el dinero no nos vendría mal. Pero enseguida la fiebre alta, los problemas para respirar, el cansancio, el dolor de cabeza, la cama necesaria, el Covid-19 en el cuerpo de Jaime, Jaime en la ambulancia y Jaime en una silla durante horas y Jaime, al final, en la cama del hospital.

En nuestro mundo de pantallas, la enfermedad no es real hasta que se realiza en el cuerpo de un amigo, de un pariente, de un compañero de trabajo, de un vecino. Pero entonces entramos en un bucle, porque aunque viva en nuestro barrio no podemos visitarlo ni ayudarlo, nos relacionamos con él igualmente a través de pantallas. Un bucle que se parece bastante a la locura. En los audios que les envío a los alumnos de Buenos Aires, Lima o Guayaquil, sobre la enfermedad y sus metáforas o sobre la generosidad como rasgo principal del periodismo, les hablo de Jaime, porque la medicina y la literatura comparten la genética de la fe en el poder de la palabra, supongo.

23 de marzo de 2020:

La oms ha afirmado que “la pandemia se está acelerando”.

Geles Hermanos

Rogelio Garza

Rogelio Garza (Satélite, Edomex, 1969) empezó haciendo los fanzines La Duda y El Picahielo en los años noventa. Ha sido colaborador en diversos medios como el suplemento La Barda Cultural, La Mosca en la Pared, la sección cultural de El Financiero y El Ángel Exterminador de Milenio. Escribió los libros Las bicicletas y sus dueños (2008), Zig-Zag, lecturas para fumar (2014) y Bicicletas y otras drogas (2020). Actualmente colabora en Gunk, escribe crónica y la columna musical La canción #6 en el suplemento El Cultural del periódico La Razón.

Yo sólo quería ayudar a mi madre, pero terminé embotellado en La guerra del gel. Bastó con que empezara a caer el dinero para que la nobleza y el deber moral se convirtieran en codicia. Mi madre tiene 79 años y las rodillas acabadas, necesita una operación. Su vitalidad es tal que le impide estarse quieta e insiste en ir y venir con un bastón, pese al dolor. Desde hace cincuenta años distribuye una marca de productos de limpieza doméstica e industrial y normalmente ocupa un asistente en el negocio. Pero lo tuve que correr.

Desde que aterrizó el coronavirus en México hemos vivido días de confusión, incertidumbre y agandalle. Ante lo insólito hacemos cosas que tiempo atrás no imaginábamos. La pandemia es como una bola de nieve que se hace más grande y nos aplasta a todos. En la agencia de publicidad donde tenía el jale atendíamos dos cuentas de turismo que pagaban los sueldos: una cadena de hoteles y un outlet de viajes. Se fueron en picada y nos lanzaron como lastre. En un estornudo de murciélago terminé en la calle con un finiquito que me daría cuerda para tres meses. Pude imaginar cualquier cosa, menos lo que estaba a punto de suceder.

El domingo 8 de marzo visité a mi madre para celebrar su cumpleaños. Quedamos en salir a comer, así que fui por ella en el marco del Día Internacional de la Mujer, al fragor de las marchas y la lucha de género. En su casa encontré una veintena de cajas estorbando. Los del camión de la compañía las apilaron a la entrada, pero del asistente ni sus luces y mi madre no podía moverlas. Las acomodé y le dije que pasaría el martes porque ella se uniría al #ElNueveNingunaSeMueve. El 10 y el 11 el movimiento perdía vuelo porque el coronavirus ya era el foco de atención mediática, mientras yo me daba cuenta de que al asistente de mi madre se le pegaba el flotador con la bebida. Ella lo toleraba por ser hijo de una conocida. Lo peor es que lo sorprendimos robando. Entregó un pedido en la camioneta sin hacer nota y sin avisar. Pero lo entregó incompleto y cuando llamaron para hacer la aclaración lo tiraron de cabeza. Le quité la licencia y lo eché a la calle; si quería recuperarla tenía que pagar lo que se había birlado, poco más de mil pesos. Quién sabe cuántas veces lo habría hecho. Ya encarrilado, viendo la situación de mi madre —a su edad, tener que trabajar y lidiar con gente así—, le dije que la ayudaría a vender esa mercancía mientras encontraba otro asistente. Entonces revisé las cajas y descubrí el tesoro en tiempos del coronavirus: un pequeño embarque de gel antibacterial, solución desinfectante y jabón para manos.

el gel era el rey

Con el celular le tomé fotografías a los productos e hice unas fichas de prevención, precios y los datos de mi madre. Las enviamos a sus contactos de WhatsApp y de correo, también las posteamos en el Facebook de su negocio. Fue como si esparciéramos pan molido en el estanque, los peces empezaron a marcar y a escribir en montón. Mi mamá se puso tan contenta que se le olvidó lo del infeliz aquel. Y a mí me brillaron los ojos.

En la noche le conté lo sucedido a mi novia y al final sólo me dijo: “¿Tienes las fichas?” Ahí descubrí su lado duro para la venta. Claudia tiene dos hijos adolescentes y divide su tiempo entre el hogar, ser diseñadora y productora de eventos, maestra de ballet, se encarga del perro, dos gatos y, a veces, de mí. A la agencia donde labora le cancelaron los lanzamientos. Le envié las fichas a su teléfono, les corrigió el dato con nuestros números de teléfono/Whats y las empezó a reenviar a sus grupos de mamás del colegio, amigas de la preparatoria y la universidad, primos, vecinas y proveedores. La cosa nos explotó en la cara como zepelín de Coca-Cola con Mentos. Los mensajes y las llamadas de gente que necesitaba los productos nos cayeron toda la noche como sos. El gel era el rey. Era como si vendiéramos drogas.

Al día siguiente nos fuimos directo a la casa de mi madre para surtirnos de merca. Nos dio todo a consignación porque era una lana y no teníamos morralla. De lo vendido, el 30 por ciento era para nosotros. Si nos pedían factura, ella podía hacerla para las versiones comerciales e industriales. Esas ventas eran las que buscábamos. Aquella tarde terminamos con todo. Me disponía a contar el dinero cuando entró una llamada: era un tipo que preguntó si yo vendía gel para industrias. Le dije que sí. “Es que necesito 28 toneladas para exportar.”

Aquella tarde, Claudia fue a recoger a sus hijos a la secundaria. Afuera estaba estacionada una amiga que también iba por su hijo y traficaba gel, la parte trasera de su camioneta era un mostrador repleto de cajas con botellas de un litro a 120 pesos. Era más barato que el nuestro y lo agotaba de volada. En vez de liquidarla, Claudia le sacó la sopa. La mujer conocía al fabricante y le pasó su contacto con la esperanza de mediar y sacar comisión. Aquella noche, durante el insomnio de las tres, me pregunté qué pensarían mis amigos al verme convertido en conecte de gel e imaginé sus caras.

Volvimos a surtirnos de material antibacterial con mi madre. Ahí empezó a escasear, alcanzamos las últimas botellas que volaron de nuestras manos y nos quedaron varios pedidos por entregar. Casi todo lo vendió Claudia en sus grupos de Whats y con sus vecinos, yo sólo iba y venía resurtiendo. Cundió el pánico a nivel papel sanitario. Se desató una fiebre del gel. Al día siguiente se había agotado en todas partes. Apenas alcanzamos a resurtirnos de jabón y desinfectante antes de que se le terminara todo a mi madre. Y a Claudia le seguían pidiendo más.

Los geles hermanos

Le devolví la llamada al tipo de las 28 toneladas, se llamaba Carlos. Su apellido era particular pero lo reconocí porque así se apellidaba el Beto, un amigo de la preparatoria que vive en Los Ángeles. Resultó ser su hermano. El contenedor para exportar a Estados Unidos era un negocio con Beto. Me dio más detalles y quedamos en llamarnos mientras yo investigaba cómo estaba el show para conseguir las 28 tons con el proveedor de mi madre. Nos comunicamos a Monterrey y pedimos hablar con el director, pero nos desinfló de inmediato: no, no podían surtirnos esa cantidad porque dejarían a los demás distribuidores sin producto. De hecho, ya no había producto. La demanda rebasaba la producción y distribución de la empresa.

En seguida me comuniqué con Claudia para pedirle los datos del otro proveedor, el de la díler escolar. Le escribí al señor R3 por Whats y le puse la solicitud por delante. Me contestó que sí podía surtirme esa cantidad en cubetas de 19 litros, pero yo tenía que poner el transporte. Empecé a frotarme las manos. Si todo salía bien, nos iba a tocar una comisión por hacerle al conecte. Necesitábamos el transporte y un contenedor. Carlos dijo tener eso resuelto. Siento que ahí perdí el rumbo. Los dos estábamos metiéndonos en un vuelo de zopilotes carroñeros cazando la oportunidad. Ya enfriábamos las cervezas porque al parecer sí se iba a hacer, cuando supimos que además del gel se requerían los certificados y permisos para exportarlo. R3 no los tenía porque su venta era local. Ahí se atoró, al menos por el momento, nuestro negocio dorado.

A partir de este pedido recibimos unos diez semejantes. Las curvas de ventas del jabón y el desinfectante tampoco detenían su ascenso, pero nos hundíamos más en el tráfico de gel. Ya éramos Los Geles Hermanos. En las redes sociales de mi madre las cosas se salían de control. A Claudia se le desbordaban los pedidos. Las fichas de productos le habían dado la vuelta a las redes y quién sabe cómo llegaron a la red más godín de todas: LinkedIn. Uno de esos pedidos era de otro amigo, el Edgar, que necesitaba diez toneladas de gel para un gobierno estatal. Yo preguntándome qué pensarían los amigos cuando llegara a conectarles gel y descubrí que los amigos y sus novias estaban en lo mismo. Al Edgar lo vi el año pasado y volvió en forma de gel, geloaded. Dijo que él tenía un proveedor con todos los permisos y documentación para exportar, pero su precio triplicaba el tope que el gobierno estatal les había puesto. Las diez toneladas se las podía despachar a través del fabricante R3 con una comisión de por medio. Ésa se volvió nuestra palabra favorita: comisión. Su proveedor nos servía y el nuestro les servía a él y a su novia. Optamos por intercambiar contactos y desearnos buena suerte, que Rico McPato nos bendijera con bisne y una lana desinfectada para enfrentar la putiza que viene.

La situación en la calle arreciaba. La gente estaba histérica por comprar gel. De repente, Claudia me llamó para decirme que tenía 400 botellas de gel de un litro, etiquetadas y disponibles a 150 pesos. Me quedé frío. Mi novia se había convertido en La reina del gel. Para salir del paso, se quedó con la mitad. A esas alturas tuve conflicto, empecé a sentir que traicionaba a mi madre, que le hacía competencia desleal. Pero su proveedor se había colgado para resurtirnos y los solicitantes nos acosaban. Me comuniqué con el tercer proveedor para plantearle lo de las 28 toneladas. Aseguró que sí las podía fabricar y tenía todo en regla porque ya vendía en Estados Unidos. De nuevo salivamos. Carlos y yo hicimos cuentas y, efectivamente, no sólo era tres veces más caro, también se disparaba por la demanda y el dólar, que en la Fase 1 llegó al cielo. El gel se vendía a precio estratosférico. Según los fabricantes, la materia prima traía nuevo precio.

Mientras tanto, los pedidos de toneladas seguían llegando como favoritas en La Z. Claudia y yo tratábamos de resolver por lo menos uno de ellos. Entonces Carlos llamó para decirme que ahora tenía cubrebocas y mascarillas. Tan solo unas horas después recibí la llamada de un tipo que trabajaba en Coca-Cola, necesitaba 10 mil mascarillas kn-95. Se las conseguí con Carlos, pero el tipo ya no respondió el correo de la cotización. Las 28 toneladas se evaporaban porque no alcanzábamos el precio. De los últimos pedidos grandes que recibimos, uno era de mil 500 cubetas y otro de una tonelada. Eran ilusiones deslumbrantes. Por diversos motivos no se lograba ninguna. La demanda continúa y el gel se sigue cotizando en la calle junto a las mascarillas.

Del tic toc al tik tok

Fueron semanas confusas. Las personas escribían o llamaban sin importar la hora. Así debe ser la vida del díler, le decía a Claudia. Imagínate lidiar con la ansiedad de los erizos, todos los días, a cualquier hora, cuidándose de la ley y sin poder meterse la merca. Se necesitan nervios de acero.

Por fin un día salí y empecé a ver en las calles coches estacionados que vendían botellas de gel. En el trayecto a la casa de Claudia vi cuatro camionetas así, con sus cartulinas chillantes que anunciaban gel $150 lt, y eso fue suficiente para dejar el negocio. Me había metido en esto para ayudar a mi madre y de pronto estaba en una guerra de acaparadores y revendedores. Tuve la impresión de que el México Piraña estaba enfrascado en Las guerras del gel, del papel de baño, del jabón, del Ibuprofeno, el Paracetamol, las mascarillas y todo aquello que nos genera un tic de limpieza, gracias al pánico, al exceso de información/desinformación, y el famoso trastorno obsesivo compulsivo, el toc por lavarnos y desinfectarnos.

Al llegar a la casa de Claudia le dije que ya no quería seguir en esto, pero me motivó para entregar quince botellas de aquel otro gel que consiguió. ¿Y quién era la mula de esas entregas? Pues yo. No iba a ser tan fácil zafarme, ella seguía vendiendo sin cuartel. Mi apoyo era logístico y espiritual. Seguí a su lado en esto por solidaridad y estábamos a la espera del siguiente pedido para surtirnos. Entonces vimos la noticia de que Ron Bacardí y Cerveza Corona hicieron gel para donar en estupendas movidas de mercadotecnia social. Por el momento, la única opción será cocinarlo nosotros, necesitamos la caravana de Breaking Bad.

Después de la cuarentena todo será incierto y aunque los Sex Pistols no son santos de mi altar, aquí sí cabe su no hay futuro. Tampoco creo que vayamos a ser mejores personas ni que el nuevo mundo TikTok —el reguetón de las redes— será un mejor lugar, todo lo contrario. A pesar de que en la cuarentena las denuncias domésticas por violencia de género han aumentado en 60 por ciento, deseo que en los días por venir, como en esta crónica, las mujeres como mi madre y Claudia sean quienes controlen la situación y administren la operación. Mientras tanto, ustedes dirán a dónde les despachamos sus pedidos. Los Geles Hermanos siempre tenemos una solución para desinfectar.

Una “manzanita”

Yael Weiss

Yael Weiss (Ciudad de México, 1977) es escritora y conductora del programa de televisión Mextranjeros, junto con Ixchel Cisneros en tv unam. También es editora digital de la Revista de la Universidad de México, coautora de la antología Constelación de poetas francófonas de cinco continentes. Diez siglos de relatos (2010) y autora del libro de relatos Hematoma (2019).

El 2020 se llevó mi autenticidad. Hacia el final del año me quedaba muy poco de la antigua confianza para decir lo que pienso y relatar lo que hago. Es decir que ahora disfrazo mis verdaderos sentimientos para que no me arrastren ante el tribunal ético de una población aterrada.

En diciembre busqué a mi amiga Sandra porque no la había visto desde el inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia. La cuarentena nos había separado de la gente querida como lo hacen las guerras.

—¿Te estás cuidando? —me preguntó Sandra al teléfono. Traté en vano de encontrar alguna pista en la entonación de su voz.

—¡Obviamente! —respondí.

A esta altura de la conversación aún no era posible sincerarse, había que navegar con precaución. No estaba mintiendo, pero tampoco sabía si teníamos el mismo concepto de lo que significa “cuidarse” y preferí dejarlo en lo vago. Si se refería a quitarme la ropa y bañarme cada vez que entro a mi casa, o desinfectar con Lysol las bolsas del súper, no me estaba cuidando tanto. Para los puristas que han tomado las tribunas públicas, era seguro que yo no estaba haciendo lo suficiente.

—Pero estás yendo a grabar tu programa de tele, ¿no? —preguntó de nuevo Sandra con un tono alegre, como si no le importara.

Comprendí de inmediato que sí importaba.

—Sí, una vez por semana. Pero hay protocolos de sanidad muy estrictos —le aclaré.

Tampoco era mentira. A la entrada de la televisora un vigilante medía la temperatura sobre las manos —porque corría la voz de que hacerlo sobre la frente te dejaba turulo—, el cubrebocas era obligatorio y la ocupación del edificio estaba al 20 por ciento. Eso no cambiaba la cantidad de técnicos necesarios dentro del estudio ni que el virus se veía inocuo bajo la cara de un colega querido. Nos abrazábamos al estilo Covid-19, o sea: con el codo, pero cuando un amigo del canal perdía a su madre o tenía un problema, nos encerrábamos en alguna oficina para darnos un beso en la mejilla y un largo abrazo de los de verdad.

En el sótano de la televisora existe un diminuto camerino sin ventilación donde sin falta me espera Yvette. Se trata de una mujer pequeña, muy platicadora, que se protege del virus con careta así que puede verse a detalle su boca bien delineada con bilé. Me quito el cubrebocas y dejo que me ponga todo el maquillaje que ella quiera. Me han recomendado bajar un poco la cantidad de pintura, pero disfruto demasiado cómo Yvette dibuja con pinceles otra cara sobre mi cara original. Me olvido de mí misma y de mi estrés mientras escucho con atención a esta chica de 26 años que se dice de derecha y católica pero muestra escotes atrevidísimos. No es su única contradicción, pero como es malhumorada me da confianza. Me entrego muy fácilmente a la autenticidad del gruñón.

A causa de la discrepancia entre lo que ella cree correcto y lo que hacen los demás, ha librado numerosas batallas callejeras a lo largo de la pandemia. Su más reciente trifulca sucedió en el súper. Iba con su novio, lo cual estaba prohibido, pero me explicó que circulaban por diferentes pasillos y así salían más rápido de aquel lugar de contagio. Alrededor del mes de septiembre, en el Superama de la colonia vecina —pues en la suya eran más estrictos— se topó adentro de la tienda con una familia de madre, padre, dos niños y una abuela que se movían en manada. En el pasillo de los cereales el señor se atrevió a mover el carrito de Yvette que estorbaba y ella, harta de esta gentuza altamente contagiosa, le gritó que debería ponerse desinfectante antes de tocar lo ajeno. Se hicieron de palabras hasta que un agente de seguridad los sacó a todos por incumplir las reglas.

Otra de las obsesiones de Yvette consistía en desenmascarar a los portadores de Covid-19 en la televisora. Su camerino, aun si escondido, se encontraba cerca de los baños de empleados, así que podía escuchar los tosidos, los mocos y las respiraciones agitadas. Tenía el oído fino. No necesitaba ver quién entraba o salía, reconocía por el solo sonido de las pisadas a cada persona que circulaba por el pasillo. Hacia el mes de junio la esposa de un conductor había dado positivo a Covid-19. Sin embargo, el siniestro personaje siguió con su programa sin decir nada, poniendo a los empleados en riesgo mortal. Yvette se enteró por otro lado y lideró un paro hasta que el señalado comprobara con un test de los caros que estaba libre del virus. Como resultó que estaba infectado, quienes lo habían maquillado, grabado y saludado se fueron de cuarentena y la televisora quedó aún más desierta por dos semanas.

No comenté estos aconteceres del trabajo en la llamada decembrina con Sandra. Más por dar verosimilitud a la conversación que por una verdadera inquietud le pregunté si ella también se cuidaba.

—Muchísimo. No he salido de mi casa ni he visto a nadie –declaró.

Por supuesto que no le creí. Lo interpreté como que no había visto a casi nadie y casi no había salido, o que veía a menos gente y salía menos que antes de la pandemia.

Quedamos en ir a caminar al bosque, al aire libre, y respetar entre nosotras el protocolo de sana distancia. Debíamos vernos a la mañana siguiente en la entrada de un Parque del Ajusco adonde yo llegaría en mi coche y ella en el suyo.

Colgué con una sensación curiosa porque Sandra era una de las personas más metodistas con que me había cruzado en la vida, es decir que se metía cualquier sustancia que le pusieran frente a la boca o la nariz sin detenerse a meditar en la muerte por sobredosis. La he visto irse a moteles con desconocidos y sé que practica sexo sin condón cuando está borracha. En esta pandemia, sin embargo, se ha vuelto temerosa con su salud. Se negó, por ejemplo, a ver a una amiga en común porque se enteró que el novio de ella no se cuidaba “bien”. Me encabronaba porque me había sucedido una desventura similar unos meses atrás. Estábamos en semáforo naranja y planeábamos celebrar un cumpleaños entre cinco personas, con las precauciones en boga. En el chat de preparación del festejo mi novio se puso bromista y declaró que jamás usaba cubrebocas. No hubo manera de desmentir y quedamos excluidos los dos.

Después de que colgué con Sandra entró una llamada de mi madre. Suspiré y respondí. He tratado de estar más disponible para mis padres. De todas formas la vida se ha vuelto más lenta.

—¡Hola ma! ¿dónde andas?

—En la casa ¿y tú?

—En la casa también.

No sé por qué ahora nos preguntábamos eso en vez de “cómo estás”. Mi madre quería revisar conmigo una vez más su plan de fuga. Sus nietos vivían del otro lado del Atlántico y para ella la existencia no valía la pena si no los veía crecer, así que estaba dispuesta a enfrentar los peligros. Yo prefería la actitud de mi padre, estoicamente encerrado en su departamento donde no dejaba entrar a nadie y quien jamás tomaría un avión en estas circunstancias. Tenía la suerte de contar con el carácter adecuado, el que hoy se considera heroico, uno donde se mezclaban el miedo, la misantropía y la resignación.

A ambos, madre y padre, los dejaba ser. Nada me indignaba tanto como la crueldad con que algunos de mis contemporáneos tenían a sus viejos encerrados bajo un régimen de vigilancia y terror. Les hacían las compras, iban a la farmacia en su lugar, paseaban al perro, tomaban sus riesgos pero también el aire y el sol que les correspondían. En nombre del amor les quitaban incluso el derecho a decidir por sí mismos.

Para su evasión, la estrategia principal de mi madre consistía en la compra de dos boletos separados, uno de México a Canadá y otro de Canadá a Francia, donde es ciudadana por parte de su familia materna. El problema era que nació en México y jamás tuvo una dirección postal en ese país.

—En Canadá les demostraré que solamente estoy de escala. Y en París les diré que sólo vengo de Canadá, donde no hay tanto virus —me explicó.

Viajar desde México en estas épocas no era sexy: teníamos el peor ranking en cuanto a muertos por millón y estábamos en plena hecatombe.

—Si me preguntan por qué vengo, contestaré que necesito ver a mis nietos o me muero —argumentó mi madre, como si para cualquiera representara un argumento lógico y causa de fuerza mayor. Le sugerí que mejor dijera que su hijo y nuera trabajaban de médicos, lo cual era verdad, y que necesitaban ayuda con los niños en esta emergencia. Eso no era tan cierto pues la llegada de mi madre representaba más desorden que auxilio.

—¡Tienes toda la razón! —exclamó—

—¿Ves? Qué bueno que te llamé.

Me telefoneaba demasiado, pero no discutí. Repasamos su idea de llevarse comida en un Tupper y consumirla cuando los demás pasajeros terminaran de comer. Debía evitar el momento de impudicia en que todos se bajaban el cubrebocas y mezclaban sus alientos. Aunque sabía que mi madre no podría resistir a una comida caliente en el avión, hice como que le creí y le deseé suerte en su arriesgada empresa.

Me enteré más tarde que su elaborada estrategia para cruzar las fronteras no sirvió. Había tanto caos, tantas reglas cambiantes que ni siquiera las autoridades lograban comprenderlas. En Canadá le exigieron un papel del que no había oído hablar. Se escabulló en cuanto los agentes que detenían a los pasajeros se veían casi arrollados por la masa que escapaba de un avión donde no cabía ni un alfiler. En Francia ignoraron su costosa prueba pcr y le hicieron in situ una prueba rápida de Covid-19 antes de dejarla pasar en calidad de ciudadana libre pues aún no empezaban los confinamientos obligatorios en hoteles. Desde Francia, mi madre contaba con tomar un tren para Bélgica como una francesa cualquiera. Tiró por el escusado sus boletos de avión hechos pedacitos, pero se encontró con la desagradable sorpresa de que el software de registro del tren ya tenía sus datos gracias a Google y arrojaba su itinerario desde México pasando por Canadá. Afortunadamente, a los belgas, ese día y a esa hora, no les importó. Lo que más le dolió fue el rechazo de sus conocidos en Europa, quienes condenaron unánimemente su llegada y se negaron a verla, tachándola de irresponsable. Estaban furiosos de que trajera cepas mexicanas del virus al viejo continente. “¡Está renaciendo el fascismo!”, me escribió al Whatsapp con el corazón herido por el rechazo. Tenía miedo de que la señalaran en sus redes sociales y que llegara el chisme hasta la universidad donde laboraba.

Había rasgos de totalitarismo en todas partes. Quienes obedecían al pie de la letra las indicaciones del gobierno se creían moralmente superiores y llamaban a la policía si veían que alguien saltaba las rejas de un parque cerrado por pandemia o si escuchaban alguna música de fiesta en las cercanías.

Verme con Sandra me alivió del estrés de las últimas semanas del año. Junto a su cuerpo grande de más de un metro ochenta me sentía protegida. Nos dijimos hola sin tocarnos y nos adentramos en el bosque frío. No se quitó el cubrebocas de estampado de jirafas ni yo me quité el mío porque resguardaba mi calor. Después de un rato de avanzar entre los árboles, maravilladas con la libertad de movernos al aire libre, Sandra propuso que saliéramos del camino. Trepamos una gran piedra recubierta de líquenes para fumarnos un toque. La novedad fue que sacó dos churros de su cajita de metal, uno para mí y uno para ella. Me aclaró que se había lavado las manos antes de forjarlos. Le hice notar que debió traer dos encendedores. No se dejó vencer por este error de planeación y colocó una botellita de gel antibacterial entre las dos, para sanitizarnos después de compartir el fuego.

Fumamos sentadas en nuestra piedra y luego nos pusimos a platicar. Nuestro aliento se condensaba a unos centímetros de nuestra cara; me sorprendía su materialidad blanca cargada de virus y bacterias. Hablamos de la salud de nuestros padres y de nuestros amigos, la situación en los hospitales, los negocios en quiebra como el de Sandra y el de miles de ciudadanos más, la violencia a la alza, los tiempos de vacas flacas.

Al filo de la conversación fue saliendo a la luz que Sandra había visto a muchas más personas de las que pretendía al teléfono. Para cada contacto humano, se sentía obligada a dar explicaciones. Había recibido a clientes en su cafetería con la cortina metálica cerrada.

—Es que si no, quiebro —argumentó.

—Ya no pierdas tiempo en justificarte, neta. Hacemos lo que podemos.

Yo ya le había confesado mi más reciente viaje con otras dos parejas. Rentamos una cabaña relativamente aislada, pero todo el tiempo cometíamos errores sanitarios. En una ida por víveres, por ejemplo, me adentré sin pensarlo en un bazar turístico abarrotado. Entre empujones me probé aretes y negocié precios, pagué, recibí cambio, pisé a alguien. Me acordé demasiado tarde de que estaba rompiendo las reglas del viaje y me sentí tan irresponsable que no se lo conté a ninguno de los que me esperaban en la cabaña. Supongo que ellos tampoco me relataban las imprudencias que cometían sin querer.

Reencendí mi toque y se lo pasé a Sandra sin recordar que no debía hacerlo. Ella tampoco recordó que no debía tomarlo y puso sus labios donde habían estado los míos y aspiró.

—No hacemos lo suficiente —dijo expulsando el humo con calma— Mira en Japón y Corea, ahí la gente obedece y no hay tantos muertos.

—GÜey, ¡en Japón la gente no se tocaba desde antes de la pandemia! No quieres vivir ahí.

Guardamos silencio, respirando hondo, mirando el vaho que seguía formando nuestro aliento caliente al mezclarse con el aire frío del bosque.

Cuando caminábamos de regreso hacia los coches, le pregunté si le contaría a su novio que nos habíamos visto.

—No sé. Está muy nervioso con su trabajo en la farmacéutica. Y con la muerte de su primo que no consiguió respirador.

—¡Pero no hemos hecho nada malo! —argumenté. Ambas salimos de nuestra casa por una puerta que da directo a la calle, nos metimos a un coche privado y ahora estamos al aire libre.

Ante los tribunales de la opinión pública ahora me la pasaba mentando mi vehículo “privado” que me conducía sin contactos de un lugar a otro. Antes de la pandemia, prefería ni mencionarlo. Pero aún así, no servía de gran cosa presumir mi coche, pues una persona que se ha quedado herméticamente encerrada en su casa jamás perdonará un encierro más laxo que el suyo. Ni quienes tuvieron que salir a trabajar perdonarán a quienes salieron por razones menos apremiantes. En general, era mejor no contar nada.

—Ya sé —concedió Sandra—. Pero no se puede razonar con Gerardo. Se enoja si las privilegiadas como nosotras salimos de casa.

—Pues entonces no se lo digas.

—¿Y tú le dirás a Arturo? —me preguntó a su vez.

—Creo que no, porque tenemos cena de Navidad con su madre. Debemos cuidarnos más que de costumbre.

—¿Cena Covid-19?

—Ajá. Pero es secreto, ¿eh?

Cerca de la salida, pasamos frente a los cobertizos donde servían las famosas quesadillas del Ajusco. Daban servicio a pesar del semáforo. Nos miramos: la mariguana nos había dado sed y reconocí, por fin, el brillito delincuente de siempre en los ojos de Sandra.

—¿Una chelita? —me arriesgué a preguntar.

—Pues ya qué—aceptó.

Escogimos una mesa esquinada. Cuando pedimos nuestras micheladas nos informaron que a causa de la ley seca únicamente podían servir “manzanita”, o sea: la cerveza sola en vaso.

—Ok. Dos manzanitas, por favor —dije en cuanto comprendí el subterfugio.

Mientras esperábamos nuestras cervezas disfrazadas de refresco de manzana le conté a Sandra que el changarro había cambiado de dueño recientemente porque habían asesinado al propietario anterior en la puerta de su casa. Vivía en una de las colonias que bordean la carretera que sube al Ajusco.

—¿Cuánto miedo le pueden tener al virus los que arriesgan la vida todos los días sólo por salir a la calle? —preguntó Sandra filosóficamente.

Chocamos nuestros vasos. Por la cantidad y calidad de la espuma era imposible que estas bebidas engañaran a nadie, y menos a algún policía. Su disfraz se parecía al nuestro, mujeres ordinarias que a veces hacían trampa, como todos, pero actuaban de ciudadanas responsables.

Es importante decir, queridos lectores, que les he mentido a lo largo de este texto. No mucho, pero sí lo suficiente como para deslindar responsabilidades. Mi madre, que mencioné aquí, no es mi madre. Yvette trabaja en una peluquería. Tampoco tengo una amiga Sandra: su modelo en la vida real mide un metro cincuenta. Ni siquiera fumo mariguana porque desde hace años me da paranoia. Cuando quiero atentar contra mi salud soy el tipo de señora que prende un cigarro.

Miento porque no sé si mi relato puede ser usado en mi contra, en la de mi familia, empleadores o amigos. En 2020 perdí la confianza de decir la neta sin antes cerciorarme de quién es mi audiencia. Sin embargo, les puedo asegurar que la verdad se parece a lo que narro, y ustedes lo saben. Todos nos disfrazamos un poco y basta con rascar el discurso responsable de cada uno de nosotros para que se resquebraje. Hay demasiada confusión entre lo que se debe de hacer y lo que no, entre lo que sirve y lo que no, entre lo que en realidad nos va a matar y lo que no.

Por eso, esto no es una crónica. Es una “manzanita”. ¡Salud!

Mi noche oscura del alma

Sergio Zurita

Sergio Zurita (Ciudad de México, 1971) es actor, dramaturgo y director de las obras: No te preocupes, Ojos Azules (2005); la trilogía Los hermosos gitanos (No sea payaso, doctor, Tiro de gracia y Huerta se despierta, 2011); y Antes de irme, el amor (2015). También dirigió Homero, Iliada de Alessandro Baricco; Placer o no ser, de José Joaquín Blanco y Jaime López; y Aullido, de Allen Ginsberg. Actuó en una adaptación de Carmina Narro del Misántropo de Molière e interpretó a Winston Churchill en 3 días en mayo. Entre sus libros están: Pareja o matrimonio, decida usted (2012), Irse o dejar ir. La pérdida amorosa (en coautoría con el psiquiatra Mario Zumaya, 2013), y Aquí asaltan (Cal y arena, 2018), una reunión de textos breves. Condujo el programa de radio Dispara, Margot, dispara de 2009 a 2020.

Si me despierto de noche, el dolor llega de inmediato. Punzante. Acabo de dormir 36 horas y quisiera dormir más, pero no puedo. Las sábanas, que antes me protegían de todo mal, se convierten en un pantano. Empapado de sudor, puedo sentir anguilas viscosas escurriéndose entre mis piernas y una plaga de insectos zumbando dentro y fuera de mis oídos.

Si despierto temprano —temprano, para mí, son las once de la mañana— el dolor espera a que caiga la tarde. Siempre llega puntual a la cita, así que se toma su tiempo para instalarse en mi pecho, poco a poco, lanzando pequeñas descargas, hasta que patea muy fuerte, para que se sepa quién manda. La pata es de una especie de cabra, pero en el golpe se puede percibir claramente la intención de lastimar.

En septiembre de 2020, en plena pandemia y de un día para otro, me quedé sin trabajo. Nunca me habían despedido. Mi trabajo era conducir un programa de radio. “Una radiodifusora, como cualquier otro negocio, tiene derecho a despedir a quien le plazca.” “A veces hay que tomar medidas drásticas.” “No le guardo rencor a nadie.” Racionalizaciones, mentiras. El despido me dolió muchísimo, pero decidí ignorar ese dolor, que creció y creció hasta convertirse en lo único que podía sentir. En lo único que puedo sentir. Así, en tiempo presente.

Mientras escribo esto, las descargas de dolor son constantes. Y escribo para ver si puedo encontrar una manera de hacer que se vayan. El primer paso, como ocurre con los ataques de pánico, ha sido aceptarlas. Luchar contra ellas sólo las hace más fuertes. Lo segundo fue ponerles nombre. Llamarlas “descargas” o “golpes de dolor” sirvió, pero únicamente estaba nombrando los síntomas. No era suficiente, porque la sensación es que estoy atrapado en un solo bloque de tiempo. Un bloque largo, mucho más largo que una hora o un día. Entonces vino a mi mente aquella frase: La noche oscura del alma.

La primera vez que la leí, fue en un libro-disco de David Lynch y Danger Mouse. Entendí el concepto de inmediato, sin ninguna explicación, y sentí que ya la había oído antes. Pero estoy seguro de que eso le pasa a todo el mundo. Para Carl Jung, hay lugares de la mente que nos son comunes a todos: el famoso inconsciente colectivo. La noche oscura del alma es uno de ellos. Winston Churchill tiene, entre sus grandes frases, una que dice: “Si estás atravesando el infierno, sigue caminando”. Ese infierno no es otro que la noche oscura del alma. Cuando supe que ahí es donde estoy, me tranquilicé un poco. Suena raro, lo sé, pero películas como El exorcista nos han enseñado que es preferible el horror de saber que tu hija está poseída por un demonio, que la agonía de no saber qué tiene.

Yo sé que estoy en la noche oscura del alma y sé que debo seguir caminando. Tener la imagen de Churchill, a quien interpreté en teatro hace unos años, recorriendo la misma ruta, me da un poco de paz. Pero nadie más que yo puede vivir mi vida ni transitar mi descenso a los infiernos.

Haber perdido el trabajo me hace sentir desamparado, como el niño de Los olvidados cuyo padre lo abandona en el mercado. Ya han pasado seis meses, no encuentro empleo y me estoy acabando mis ahorros poco a poco. Cuando pienso en eso, siento que los muros de mi casa, de la que casi no he salido a causa de la pandemia, se van cerrando y terminarán por emparedarme, enterrado vivo, pero de pie. Sin embargo, creo que no recorro la noche oscura del alma por haber perdido el trabajo. Ese acontecimiento sólo le abrió la puerta a algo más oscuro. Dice Jung: “Las personas hacen lo que sea, no importa lo absurdo, para evitar enfrentarse con su propia alma”. Y ese enfrentamiento con mi alma, según lo que he leído, es el propósito de esta noche oscura.

En su libro El héroe de las mil caras, Joseph Campbell demuestra que todos los héroes de todas las mitologías recorren el mismo camino y tropiezan con los mismos obstáculos hasta alcanzar su objetivo. Esto se debe, por supuesto, al inconsciente colectivo de Jung. Los superhéroes recorren el mismo camino, por eso nos gusta ver, una y otra vez, cómo fue que Peter Parker se convirtió en el Hombre Araña. Somos como niños, queremos que siempre se nos cuente la misma historia, porque esa historia resuena muy adentro de nosotros y reafirma nuestra identidad. A esa historia que se repite constantemente, en todo el mundo, Campbell la llamó “el viaje del héroe”.

En un texto llamado, precisamente, “La noche oscura del alma”, la psicoterapeuta Ascensión Belart dice que este via crucis “es un proceso necesario para aprender a vivir desde el alma y no desde la tiranía del ego, con menos certezas sobre las cosas y más en contacto con las intuiciones y las emociones. Hemos de rendirnos y dejar que el dolor nos pula, nos forje, purifique y transforme en su fuego alquímico”.

El texto de Belart es una gran herramienta. Una linterna para transitar por la oscuridad infernal. Lo fascinante es que su ensayo comienza con un epígrafe de Campbell y, párrafos más tarde, afirma que la noche oscura del alma es el viaje del héroe. Esto me pareció revelador. La noche oscura del alma es un descenso a los infiernos, y los héroes mitológicos que menciona Campbell, como Orfeo, Ulises y Eneas, literalmente descienden al inframundo.

Estuve leyendo frases de Campbell en internet, todas brillantes. Pero ésta me estremeció cuando la leí y me sacudió aún más mientras la transcribía: “Debemos estar dispuestos a librarnos de la vida que planeamos, para así tener la vida que nos está esperando”.

Mi noche oscura del alma comenzó cuando empecé a buscar trabajo. La gente dejó de tratarme como antes, cuando tenía un programa de radio exitoso. La mayoría, simplemente ha decidido ignorarme. Tengo decenas de whatsapps que se quedaron en visto. Nadie me devuelve las llamadas. Por lo visto, no me merezco ni un “ahorita no, Sergio. Esperemos un tiempo, cuando las cosas mejoren”. Hace mes y medio, alguien me llamó preguntando si podía reiniciar el programa “lo más pronto posible”. Incluso me dijo cuánto dinero iba a pagar. Me puse en contacto con mis compañeros y todos aceptaron volver. Le avisé a quien me llamó, pero no hubo ninguna respuesta. Nada.

El colmo llegó cuando contemplé la posibilidad de transmitir el programa en alguna plataforma digital. No tengo idea de cómo hacerlo, pero me recomendaron a alguien. Le llamé. Del otro lado de la línea se oía un joven emprendedor y entusiasta, que conocía mi programa. Se le ocurrieron decenas de ideas y quedamos en hablar unos días después para que me diera un presupuesto. Al día siguiente me dijo que él y su equipo ya estaban trabajando en mi asunto. Fue la última vez que supe de él. Puedo entender que no me llamen los que saben que busco trabajo, pero al joven emprendedor yo le iba a pagar y ni así se comunicó. Me siento como un leproso.

Cuando me quedé sin programa, existía la posibilidad de regresar al aire de inmediato en otra estación. Parecía casi un hecho, pero no fue así. Luego pasé por una etapa en la que me imaginaba al aire, de regreso, como si no hubiera pasado nada. Pero cuando abría la boca… Nada. No me salía ni una palabra. Vuelvo a la cita de Campbell que me estremece: “Debemos estar dispuestos a librarnos de la vida que planeamos, para así tener la vida que nos está esperando”.

El miedo recorre mi espalda mientras me pregunto: “¿Acaso debo renunciar para siempre a la radio?”. Durante casi dos décadas, frecuentemente era capaz de dejar que mi voz fluyera, de manera casi inconsciente. El resultado solía ser una ráfaga de ocurrencias y comentarios delirantes que, en un buen día, arrancaban carcajadas. Pero ahora vivimos en una época en la que todo puede ser usado en contra de uno. Lo he vivido. Y eso me quitó frescura. A partir de entonces me autocensuraba todo el tiempo, y después de hacer una broma, me obligaba a explicar que estaba bromeando. Eso me hacía sentir como muerto en vida. Amordazado por miedo a perder el trabajo. Ahora ya lo perdí. Vivo mi peor miedo, pero no estoy muerto. Si lo estuviera, no podría sentir tanto dolor.

¿Qué será eso a lo que debo renunciar? Tengo una vida extraña. En el invierno voy a cumplir 50 años y no tengo hijos. Jamás he tenido una pareja que dure más de tres años y las fotos en mi casa son de Bob Dylan y Bruce Springsteen. Esos son mis seres queridos. Vivo en un laberinto de discos y libros. El resto de mi dinero se va, o se iba, en conciertos de rock. También voy, o iba, a Nueva York y a Londres a ver teatro. He ido solo y acompañado. Y la verdad es que solo se está mejor. Me asusta pensar que la vida de la que habla Campbell, ésa que me está esperando, me haga renunciar a todo eso. ¿Debo tomar la ausencia mundial de conciertos y teatro como una señal de que ya fue suficiente?

Dice Campbell que “el infierno es la vida secándose. Al acumulador, al que en nosotros quiere quedarse, aferrarse, debemos matarlo”. Yo, sin duda, soy un acumulador. ¿Debo dejar de serlo? No lo sé. Por lo pronto, tengo una certeza: estoy vivo. Y sigo caminando en el infierno, siguiendo las huellas de Churchill en mi noche oscura del alma.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
06 şubat 2026
Hacim:
131 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9786078564675
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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