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Colección Complejidad y Salud, Vol. 3
Salud pública y teoría cuántica:

| © Universidad El Bosque © Editorial Universidad El Bosque Rectora: María Clara Rangel Galvis Salud pública y teoría cuántica: un puente para la investigación Colección Complejidad y Salud, Vol. 3 Carlos Eduardo Maldonado Castañeda Editor académico © Adriana Lucía Acevedo Supelano © Patricia Arias Muñoz © Maximiliano Bustacara Díaz © Camilo José González Martínez © Carlos Eduardo Maldonado © Edwin Mauricio Millán Hernández © Rosalía Olaya Zúñiga © Karina Susana Pastor Sierra © Erika Marcela Quintero Hernández © Sandy Liliana Silva González © James Frank Trujillo Perdomo Facultad de Medicina Primera edición, noviembre de 2019 ISBN: 978-958-739-184-8 (Impreso) ISBN: 978-958-739-185-5 (Digital) Editor: Miller Alejandro Gallego Cataño Coordinación editorial: Nicolás Cuevas Alvear Dirección gráfica y diseño: María Camila Prieto Abello Corrección de estilo: Liliana Ortiz Fonseca Hecho en Bogotá D.C., Colombia Vicerrectoría de Investigaciones Editorial Universidad El Bosque Av. Cra 9 n.° 131A-02, Bloque A, 6.º piso +57 (1) 648 9000, ext. 1395 editorial@unbosque.edu.co www.unbosque.edu.co/investigaciones/editorial Impresión: Afán Gráfico S.A.S. Noviembre de 2019 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad El Bosque. Universidad El Bosque | Vigilada MinEducación. Reconocimiento como universidad: Resolución n° 327 del 5 de febrero de 1997, MEN. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 11153 del 4 de agosto de 1978, MEN. Acreditación institucional de Alta Calidad: Resolución 11373 del 10 de junio de 2016, MEN. | 613.6 A23p Maldonado, Carlos Eduardo Salud pública y teoría cuántica: un puente para la investigación / Adriana Lucía Acevedo Supelano, Patricia Arias Muñoz, Maximiliano Bustacara Díaz, Camilo José González Martínez, Edwin Mauricio Millán Hernández, Rosalía Olaya Zúñiga, Karina Susana Pastor Sierra, Erika Marcela Quintero Hernández, Sandy Liliana Silva González y James Frank Trujillo Perdomo -- Bogotá: Universidad El Bosque. Facultad de Medicina, 2019. 160 p.; 16 x 24 cm -- (Colección Complejidad y Salud; Vol. 3) Incluye referencias bibliográficas. ISBN: 978-958-739-184-8 (Impreso) ISBN: 978-958-739-185-5 (Digital) 1. Salud pública 2. Revolución científica -- Ciencias de la salud 3. Ciencias de la salud -- Fenomenología 4. Sociedad cuántica I. Acevedo Supelano, Adriana Lucía II. Arias Muñoz, Patricia III. Bustacara Díaz, Maximiliano IV. González Martínez, Camilo José V. Millán Hernández, Edwin Mauricio VI. Olaya Zúñiga, Rosalía VII. Pastor Sierra, Karina Susana VIII. Quintero Hernández, Erika Marcela IX. Silva González, Sandy Liliana X. Trujillo Perdomo, James Frank XI. Universidad El Bosque. Facultad de Medicina. NLM: WA 20.5 Fuente. SCDD 23ª ed y NLM. – Universidad El Bosque. Biblioteca Juan Roa Vásquez (Noviembre de 2019) - RR |
Colección Complejidad y Salud, Vol. 3
Salud pública y teoría cuántica:
Un puente para
la investigación
| Carlos Eduardo Maldonado (Comp.)Adriana Lucía Acevedo SupelanoPatricia Arias MuñozMaximiliano Bustacara DíazCamilo José González MartínezEdwin Mauricio Millán Hernández | Rosalía Olaya ZúñigaKarina Susana Pastor SierraErika Marcela Quintero HernándezSandy Liliana Silva GonzálezJames Frank Trujillo Perdomo |
Contenido
Prólogo: la vida es cuántica
Introducción: aprendiendo a pensar, una vez más
Cap. 1 Experimentos mentales, azar e incertidumbre
1.1 Introducción
1.2 El jugador de Fiódor Dostoievski: emociones y teoría de juegos
1.3 Teoría de juegos, azar y salud pública
1.4 Seres imaginarios y experimentos mentales
1.5 Bibliografía
Cap. 2 De la física clásica a la física moderna: una ruptura paradigmática
2.1 Introducción
2.2 El nacimiento de un nuevo paradigma
2.3 Primera revolución científica
2.4 Segunda revolución científica
2.5 La ruptura del paradigma
2.6 Bibliografía
Cap. 3 Hacia el universo cuántico de la salud
3.1 Introducción
3.2 La naturaleza en la teoría cuántica
3.2.1 Ápeiron de la física cuántica
3.2.2 Centrarse en la realidad
3.3 Espacio-tiempo cuántico
3.4 Gravedad cuántica. Teoría de cuerdas
3.5 Aproximación: salud y teoría cuántica
3.6 Bibliografía
Cap. 4 La salud entre el mundo clásico y el cuántico
4.1 Introducción
4.2 El mundo cuántico y el clásico: una mirada desde la complejidad
4.3 Límites entre el mundo clásico y el cuántico
4.4 Punto de encuentro entre el mundo cuántico y el clásico
4.5 Entonces, ¿qué hace al mundo cuántico tan diferente del mundo clásico?
4.6 Bibliografía
Cap. 5 Sociedad cuántica y salud pública
5.1 Introducción
5.2 Sociedad cuántica y salud pública: la utopía de la diversidad, un “baile” entre partículas y ondas
5.3 Bibliografía
Conclusiones
Los autores
Índice temático
Índice onomástico
Prólogo: la vida es cuántica
Sin la fenomenología cuántica la vida no sería posible. Existen muchos otros imposibles, de no ser por la cuántica. Mencionemos unos cuantos: i) sin ella el universo no podría ser lo que es (téngase en cuenta que hoy solo sabemos de qué está constituido cerca de un 5 %); ii) la materia, a nivel atómico y molecular, sería inestable; iii) la fotosíntesis, esencial para mantener la vida, en el supuesto de que alguna vez hubiera surgido sin ayuda de un mecanismo cuántico no trivial, es rigurosamente un fenómeno cuántico; iv) la evolución de la vida, desde las macromoléculas que permitieron la aparición de los protistas y los eucariotas hasta lo que llamamos hoy inteligencia natural, cualquiera que ella sea, no habría sido posible sin la cuántica; v) la denominada “inteligencia artificial” tampoco habría surgido, de hecho ninguna de las tecnologías que le dan soporte. La lista podría continuar, pero los ejemplos citados son suficientes para la hipótesis central, título de esta nota introductoria: la vida es cuántica.
Pensar en la vida desde la física cuántica es entender que el tema no se circunscribe a la física, mucho menos a la mecánica, una rama de aquella. La química es en rigor cuántica. Hoy se habla, cada vez con más fuerza, de la biología cuántica. Si bien la mayor parte de los fenómenos cuánticos que tienen que ver con la biología (o con la vida, para el caso da igual) son los denominados “fenómenos cuánticos triviales”, hay otros que son la esencia misma de la fenomenología cuántica, en particular los que caen en la categoría calificada por Einstein como “acciones fantasmagóricas a distancia” (“spooky actions at a distance”, lo decía sarcásticamente), en general los fenómenos no locales.
En Salud pública y teoría cuántica: un puente para la investigación, volumen editado por el profesor Carlos Eduardo Maldonado Castañeda, con capítulos escritos por estudiantes del Doctorado en Salud Pública, adscrito a la Facultad de Medicina de la Universidad El Bosque, los autores están asumiendo un reto mayúsculo que se sale de la ortodoxia: el mundo es cuántico. Yendo todavía más lejos, desde la perspectiva del físico estadounidense John Archibald Wheeler, el universo es producto del procesamiento cuántico de la información. Dicho esto, es necesario advertir también que lo que el lector encontrará en este volumen no guarda relación con los avances, ciertamente formidables, en las tecnologías de origen cuántico que favorecen el ejercicio de la medicina convencional, limitada casi siempre a la cura de las enfermedades. Tampoco el tema de la “sanación cuántica”, invocado por no pocos “curanderos”, se aborda en estas páginas.
Como menciona el editor en la introducción, la metodología (del seminario) no consiste, en absoluto, en técnicas de investigación. “Esto es herramental; aquello otro es fundamental, pues implica el cruce entre las ciencias y la filosofía”. La metodología de la investigación propuesta “es un laboratorio para aprender a pensar, siempre, de nuevo. Esto es, para arriesgar, apostar, exponerse, equivocarse, corregirse, y crecer siempre”.
De la mano de su maestro, como debe ser, el estudiante da un primer paso. El siguiente lo lleva a andar, bajo su propio riesgo. Para el caso, andar es pensar. El camino no es expedito. Quienes se atrevieron a recorrerlo por primera vez cometieron errores. Ahora sabemos que la interpretación que le dio Schrödinger a su función de onda no podía ser correcta. Tampoco Heisenberg estuvo en lo cierto cuando explicó con su microscopio mental el principio que lleva su nombre. La interpretación estadística que Einstein le dio a la nueva teoría no es la apropiada. ¿Por qué habría de ser correcta la interpretación de Copenhague, propuesta inicialmente por Bohr, a pesar de que haya sobrevivido hasta el presente? Un aliciente nuevo, los efectos no locales, es lo que impulsa la segunda revolución cuántica: la verdadera revolución en la energía, pero sobre todo en el manejo de la información.
La humanidad asiste, atónica, al derrumbe de sus máximas conquistas. La Cuarta Revolución Industrial amenaza con dejar sin empleo a tres cuartas partes de la población, mientras que el calentamiento global, acelerado desde la primera, parece no dar tregua: o se aborda el problema en forma definitiva, o no podremos resolverlo a tiempo.
Pensar la salud y no la enfermedad, como propone Maldonado, es un camino promisorio. El reto es grande, los riesgos son enormes. El resultado puede ser altamente satisfactorio, pero exige elaborar propuestas no convencionales desde puntos de vista que tampoco lo son.
En los dos asuntos que acabamos de mencionar, la investigación requiere de un trabajo inter- y transdisciplinario, como nunca antes tan siquiera se había intentado. Base fundamental de este proceso no ortodoxo de investigación, divulgación y difusión es fortalecer las relaciones de las ciencias de la salud, las sociales y las humanas con las ciencias cuánticas, en particular con la naciente biología cuántica. El beneficio es recíproco si se supera el reduccionismo y si se logra eliminar el determinismo mecanicista, tan dañino para todas.
Desde hace poco más de una década, el autor de esta nota “a modo de aperitivo”, ha adoptado parcialmente el criterio metodológico anterior en un curso de contexto que se ofrece a estudiantes de pregrado de todos los programas académicos de la Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá. Algunos estudiantes de posgrado se animan a tomar el curso, denominado “Cuántica para todos y para todo”. Con el segundo adjetivo (cuántica también lo es) se quiere expresar el hecho de que el curso se hace, rigurosamente hablando, sin matemáticas (valga la pena enfatizarlo con las cursivas). El “para todo”, si se quiere, se puede extender a la literatura. El Aleph de Jorge Luis Borges es un clásico ejemplo de cómo hacerlo con maestría sin mencionar el tema, como lo demuestra Alberto Rojo en su ensayo Borges y la física cuántica: un científico en la biblioteca infinita.
Casi desde el comienzo el profesor Maldonado Castañeda nos ha acompañado en el CPTPT (así abreviamos el curso para los estudiantes) con una conferencia invitada. Estas constituyen una parte esencial del curso: desde diversas disciplinas, participan especialistas en un campo de la física, de áreas relacionadas (química, biología, astrofísica, cosmología) y de otras que lo son menos. Es el caso de Maldonado, aunque no resulta fácil precisar su especialidad, pues ha sido renuente a dejarse identificar. De él puede decirse que es filósofo o complejólogo, lógico o naturalista, tal vez filósofo de la naturaleza en el estricto significado del término, sin que por ello deje de lado la metafísica, una ciencia en sentido kantiano que habría que reformular a la luz de las implicaciones cuánticas. La estética no le es indiferente y mucho menos la ética. Para decirlo sin tapujos, es la conferencia que los estudiantes del CPTPT más disfrutan. Dicho sea de paso, cada semestre su contribución es diferente a la del anterior y enormemente enriquecedora.
La alusión al curso de contexto, más allá de llamar la atención sobre la experiencia, tiene como propósito estimular este tipo de vínculos académicos que se puede establecer con los estudiantes y entre los estudiantes, y que tan exitosamente promueve Maldonado. Por otra parte, la relación entre la vida y la salud debería ser obvia. Usualmente se ha entendido esta última como ausencia de enfermedad, pero ese concepto a todas luces se queda corto si se piensa en la medicina preventiva, la más rentable de todas. Como lo afirma Maldonado, el concepto mismo de salud no ha sido pensado, solo la enfermedad. “La vida misma no ha sido pensada”, enfatiza categóricamente. “Enférmate que yo te curaré” parece ser el eslogan del mercado. Esto lo he aprendido participando en algunos seminarios en el Doctorado en que se inscribe esta reseña.
Bienvenido, pues, este singular llamado a pensar la vida y la salud y a buscar los vínculos naturales que a ellas les corresponden con las ciencias cuánticas.
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Jairo Giraldo Gallo Profesor titular Departamento de Física Universidad Nacional de Colombia
Introducción: aprendiendo a pensar, una vez más
Hasta la fecha hemos vivido tres revoluciones científicas: la primera, la ciencia clásica o moderna, que tarda alrededor de cuatro siglos para emerger y consolidarse; la segunda es la teoría cuántica (y como se afirma en este libro, no solo la física cuántica), y la tercera es la de la información. Existe una fuerte ruptura entre la primera revolución y las otras dos. Un rasgo psicológico, cultural y emocional que puede ser destacado es que la ciencia moderna es ciencia que se basa en el primado de la percepción natural. Por ello mismo es el resultado de un dúplice proceso: observación y experimentación. En contraste, las otras dos revoluciones científicas son alta y crecientemente contraintuitivas. Y existen fuertes imbricaciones, cada vez más, entre ellas.
Las dos teorías –clásicas, decimos retrospectivamente hoy–más sólidas en la historia de la humanidad son la teoría de la evolución y la teoría cuántica. La primera es la mejor teoría jamás desarrollada para explicar cambios, transformaciones. La segunda es, de lejos, la teoría más sólida jamás habida, probada, confirmada, verificada, falseada hasta el undécimo decimal.
La importante bióloga Evelyn Fox Keller sostenía que la teoría de la evolución es el punto arquimédico de toda la cultura y la civilización actual; hasta el punto de que, si se suprimiera, todo el armazón del mundo actual se caería en pedazos. Por su parte, la teoría cuántica es la mejor teoría desarrollada para explicar qué es el mundo, la naturaleza, la realidad. Esas que, clásicamente, fueron preguntas de la filosofía y de la metafísica lato sensu.
Sin embargo, existe una tragedia. Tres grupos de ciencias –¡grupos!– claramente sensibles e importantes para la vida en el mundo son a la fecha manifiestamente precuánticas. Se trata de las ciencias de la salud –dentro de la cual se incluye la medicina–, las ciencias sociales y las ciencias humanas. Emerge, en consecuencia, un imperativo al mismo tiempo epistemológico y ético: debe ser posible que estos tres grupos de ciencias se actualicen. Esto es, por decir lo menos, que aprendan. De un lado, de la teoría de la evolución, y de otra parte también de la teoría cuántica. Al fin y al cabo, lo que les compete a aquellos grupos de ciencias son aspectos tan determinantes como la salud, el convivio, la vida en sociedad y el cuidado, siempre, del individuo, además de sus relaciones con el medioambiente, esto es, con la naturaleza.
Este libro es el resultado de un seminario de investigación en el marco del Doctorado en Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad El Bosque. Bien entendida, la metodología no consiste, en absoluto, en técnicas de investigación. Esto es herramental; aquello otro es fundamental, pues implica el cruce entre las ciencias y la filosofía. La metodología de la investigación es el esfuerzo por entender cómo pensaron, trabajaron, investigaron e incluso vivieron científicos importantes en la historia de la humanidad, como Galileo o Newton, Vesalius o Leeuwenhoek, Pasteur o Koch, Einstein o Bohr, y así sucesivamente.
Dicho escueta y sucintamente, la metodología de la investigación es un laboratorio para aprender a pensar, siempre, de nuevo. Esto es, para arriesgar, apostar, exponerse, equivocarse, corregirse, y crecer siempre, en marcado contraste con esa idea insulsa y normalizadora que la ve como un asunto de técnicas y herramientas de investigación, que es como confundir los cubiertos con la cena o el camino con los zapatos, por ejemplo.
Los autores de este libro, todos estudiantes del Doctorado, se encontraron por primera vez en su vida con la teoría cuántica. Las dificultades fueron enormes, pero las sorpresas fueron aún mayores. Para decirlo en pocas palabras: el resultado del trabajo y el asombro es este libro, que representa, por lo demás, lo que un doctorado debe hacer: tratar de situarse en las fronteras del conocimiento y darse, denodadamente, a la tarea de correr esas fronteras. Un doctorado es, dicho en general, un salto cualitativo total comparado con los niveles de formación y de educación anteriores.
Las ideas que se tejen en este libro son dos: de una parte, sobre la base de la apropiación básica de la teoría cuántica, el hecho de que ella implica una nueva forma de ver la realidad. Si cabe, podríamos parafrasear esto en los siguientes términos: la belleza está en quien la mira; o lo que es equivalente, la realidad es lo que el cerebro interpreta que es real, pues “allá afuera” no sucede nada. El cerebro recibe datos permanentemente de los sentidos, incluida la piel –la piel del mundo–, pero es el cerebro quien interpreta y define qué sucede “allá afuera” o no. Lo hace gracias a esa dúplice capacidad que tiene y que se condensa en el nombre de “epigenética”: la herencia y el aprendizaje.
De otra parte, al mismo tiempo, así sea a título de metáfora, es la idea de que la sociedad puede ser diferente, mejor, para lo cual se acuña el adjetivo adecuado: “cuántica”. Pues bien, es exactamente en este punto donde se impone una advertencia.
Existe, allá afuera, en el mercado –el mercado de bienes y servicios; en la publicidad y en el sentido común, pero también en una parte de la academia–, mucho ruido acerca de la física cuántica y de la teoría cuántica. Es más: lo que más abunda es ruido y, perdón, cochinadas, acerca de la cuántica. Hay quienes hablan –siempre erróneamente– del yo cuántico, de la organización cuántica, del derecho cuántico, por ejemplo. Es lo que sucede con las teorías exitosas de siempre, de punta. Aparecen los “superficialistas” (como una especialización) que tienen solo ideas vagas acerca de la física cuántica, y dicen lo que les viene en gana para aprovecharse de los incautos, los neófitos o los desconocedores.
Y generalmente, como es efectivamente el caso, se concentran en la más popular –y ya hoy muy cuestionada– interpretación de Copenhague. No tienen ni idea de que esa es solo una de las interpretaciones acerca de la mecánica cuántica. Ignoran la mecánica de ondas, y tienen una idea muy superficial del entrelazamiento. Es lo que sucede, en el campo de la salud, con esos usurpadores que hablan de sanación cuántica.
Este libro quiere explorar, cuidadosa, prudentemente, puentes entre la teoría cuántica y la medicina a partir de un hilo conductor: la salud; y específicamente, la salud pública. Para nada aparece aquí, en ningún lugar, nada de “sanación”. Como observará un lector cuidadoso, parte de la bibliografía apunta a mejores desarrollos y comprensiones que la interpretación de Copenhague. Esto es, las ideas popularizadas de Niels Bohr.
A lo largo de los capítulos –cada uno de ellos, autocontenidos cautelosamente– se ve un proceso de apropiación, pero al mismo tiempo de reflexión que tiene un horizonte claro: contribuir a los problemas de la salud. La salud, que es quizá el caso más sensible de la vida misma. Pues una cosa es cierta y está en la base, por tanto, no visible, de este libro: el problema no es ya para nada la enfermedad. Debe ser posible pensar la salud, algo que no se ha hecho propiamente en la historia de Occidente.
Nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica. Las revoluciones científicas, una idea que hace popular Th. Kuhn, pero que en realidad se remonta a tres antecedentes menos conocidos, pero más fundamentales. Debemos la idea de revoluciones científicas, recientemente, a G. Canguilhem, A. Koyré y G. Bachelard. Pues bien, las revoluciones científicas –podríamos, de consuno, agregar la Cuarta Revolución Industrial en marcha–exigen absolutamente pensar. Y si es posible, transformar las estructuras con las que hemos vivido hasta la fecha. Pensar, una de las formas más nobles de existencia, pero también la más desconocida, pues lo que impera es el conocer.
Es evidente que el conocimiento es determinante en el desarrollo de los seres humanos. Ya varios autores –Maturana y Varela, Solé, Kauffman, y varios más– han puesto suficientemente de manifiesto que conocer y vivir son una sola y misma cosa. Lo más grande que puede hacer un sistema vivo en general es lo más peligroso al mismo tiempo: conocer, explorar nuevos territorios, adentrarse en espacios y experiencias desconocidas hasta el momento. Pues en esa exploración y apuesta se les puede ir la vida.
Pues bien, sobre la base del conocer, pensar es un asunto de una envergadura, riesgo y dignidad al mismo tiempo aún más fuertes. Formar investigadores, para decirlo de manera escueta, consiste ante todo en formar pichones de científicos; no simple y llanamente doctores. Y nadie puede llegar a ser científico si no osa pensar –pensar por sí mismo, pensar de manera crítica, pensar autónoma, en fin, radialmente–. Es, por lo menos, mi apuesta personal con mis estudiantes. Una apuesta sincera, desprevenida, abierta y sin tapujos o cartas escondidas. Pero siempre alegre y fruitiva. Como la vida, como la salud misma.
La salud no ha sido pensada; siempre solo, prioritariamente, y no sin buenas justificaciones, la enfermedad. Es tanto como decir que la vida misma no ha sido pensada; solo su ausencia, la soledad, el sufrimiento, la muerte. Toda la historia de la medicina está, dicho epistemológicamente, acompañada del primado de la percepción natural, y en muy buena medida, del sentido común. El sentido común que es esencialmente acrítico. Incluso el nacimiento y desarrollo de la medicina científica, con todo y sus ramas, anatomía, fisiología, etc., corresponde a esa historia.
La teoría cuántica plantea serios desafíos: por ejemplo, ver fenómenos contraintuitivos. La enfermedad se ve, y hay que verla. En contraste, nadie ha visto la salud, en el sentido de la percepción natural. Análogamente a como nadie ha visto la vida: la vida la imaginamos, la concebimos, la amamos, pero nadie la ha visto. De la misma manera, los fenómenos y comportamientos cuánticos ponen de manifiesto una dimensión que las ciencias de la salud, las ciencias sociales y humanas jamás habían adivinado: los tiempos microscópicos. Las cosas más importantes en la vida proceden siempre de escalas microscópicas, pero se plasman, al cabo, en tiempos macroscópicos: la salud, la enfermedad, la atención, la captación de una idea, el chispazo, el ¡ajá! (serendipity), el eureka, el recuerdo, el conocimiento, y muchos más.
Debe ser posible, por tanto, pensar también en tiempos microscópicos que son vertiginosos. El tiempo real es hoy y cada vez más el tiempo de las escalas microscópicas: en finanzas, en sistemas de seguridad, en sistemas de información, en el sistema inmunológico, en el funcionamiento del cerebro, en los plegamientos de proteínas, en la detección de anticuerpos y en la producción de antígenos, y en muchas otras escalas y dimensiones. Debemos poder aprender a pensar también de cara a estos otros tiempos.
Tenemos aquí el primer intento serio –to the best of my knowledge– por tender puentes entre la salud y la teoría cuántica; esto es, entre la medicina, en sentido amplio, y la más robusta y sólida de todas las teorías habidas jamás en la historia. Siempre, en la vida, en cualquier expresión que se quiera, el momento más difícil consiste en dar el primer paso. Otros vendrán, mejores, más seguros, como un bebé cuando aprende a caminar.
Hemos tomado una decisión: dar un primer paso en la exploración, seria, rigurosa, aunque tentativa y tímida, en la creación de puentes entre la medicina o las ciencias de la salud y la mejor teoría para explicar el mundo, la naturaleza, el universo.
Hay un lugar en el que para cada quien el mundo o el universo acaece: el propio cuerpo. Solo que el cuerpo es una sola cosa con la mente –y más allá, con la herencia y con la cultura–. No existen dos cosas: naturaleza y cultura, sino una sola. Pues bien, literalmente, el lugar donde se encarna (embody) la confluencia entre mente y materia, o entre naturaleza y cultura, o entre herencia y aprendizaje, o bien, igualmente, entre ontogénesis y filogénesis es en el cuerpo. El cuerpo viviente –Leib, en alemán; en oposición al Körper– es ese ámbito que nos desborda y en el que hundimos al mismo tiempo las raíces en la tierra, el que nos lanza a nuevos espacios recónditos –gracias a los sueños, la imaginación o la mente–, y sin el cual no hay experiencia alguna en el mundo. El objeto primario de una buena medicina, pero también, el misterio de haces de vivencia que no terminamos de atrapar o de comprender muchas veces.
Un solo tema nos convoca: pensar la vida, y hacerla posible, tanto como quepa imaginar. Solo que el momento más importante –no el único– es la salud. Y la salud no se sabe a sí misma: se explaya en el mundo, nos jalona, nos arrastra por montañas y valles. Debemos poder pensarla, eso es todo.
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Carlos Eduardo Maldonado Castañeda
1 Experimentos mentales, azar e incertidumbre
Adriana Lucía Acevedo Supelano
Rosalía Olaya Zúñiga
Camilo José González Martínez
Karina Susana Pastor Sierra
Maximiliano Bustacara Díaz
Tendemos a engañarnos con autonarraciones porque nos gusta simplificar, ver patrones y tejer explicaciones. Nassim Nicholas Taleb
1.1 Introducción
Prácticamente existe unanimidad ante el interrogante: ¿cuál es la relación entre la teoría cuántica y las ciencias de la complejidad? Esta inquietud surge para el lector desprevenido de un escrito resultado de un conjunto de ensayos basados en libros que hacen referencia a la teoría cuántica, puesto que es lógico preguntarse: ¿en qué punto se encuentran la teoría cuántica y las ciencias de la complejidad?
Para tener un panorama del tema es necesario pasar por este primer capítulo, el cual se desarrolla en el contexto de una de las principales herramientas científicas: “la imaginación, la fantasía” (Maldonado, 2015).
En este capítulo se atraviesa por los senderos de la ludopatía y de los seres imaginarios para terminar resaltando la importancia de los experimentos mentales, todo como el preludio de lo que es necesario para pensar como un verdadero científico, es decir pensar con fundamento en los cuatro rasgos epistemológicos de los “eventos raros”: ver lo no visto; pensar lo impensado; ver lo que (aún) no existe y lo posible; e incluso lo imposible mismo (Maldonado, 2016).
La importancia de las ciencias está relacionada directamente con sus consecuencias y resultados, es decir que no se encuentra en el aparato metodológico, teórico o matemático, por lo que no existe ningún elemento interno que permita distinguir –y menos jerarquizar–, por ejemplo, ciencia y mito, o religión o poesía. Existen múltiples formas de racionalidad humana, y la ciencia es una de ellas. Sus consecuencias se caracterizan por partir de un discurso o de una práctica, y cuando son mejores en comparación con otros, permiten validar su resultado.
La primera revolución científica tardó bastantes siglos en aparecer o en consolidarse, y se conoce como la ciencia moderna o clásica. Es la forma de racionalidad que corresponde a una nueva visión del mundo y a una nueva clase social llamada “burguesía”, la cual estaba siempre orientada a sus propios intereses. La ciencia moderna estableció una concepción de ciencia como control, predicción, intervención y manipulación, realizada por hombres, que nace al margen de la universidad, y tal vez en los institutos de investigación o en las academias.
Después surgen las “ciencias de frontera”, como resultado de los “problemas de frontera” que pudieron ser detectados cuando surgió el computador, con lo que se hizo el tránsito de la pequeña ciencia a la gran ciencia, coincidente con la emergencia de la sociedad de la información y el paso a la sociedad del conocimiento.
Esto llevó a un grupo de ciencias que no tiene un “objeto de estudio”; son ciencias como síntesis, ciencias que se definen por problemas en los que confluyen distintas metodologías, enfoques, disciplinas, ciencias y tradiciones, y problemas que no pueden ser resueltos por una sola ciencia o disciplina. Las ciencias de frontera se definen como ciencia en plural, “ciencias” (Maldonado, 2015).
Ahora bien, sin la menor duda, las ciencias de la complejidad son ciencias de punta, constituyen un nuevo grupo de ciencias que comportan una verdadera revolución científica en el más amplio pero preciso de los sentidos (Maldonado, 2016), y en este aspecto necesitan de los verdaderos científicos, con pensamiento que les permita aportar haciendo uso de la imaginación.
Para esto entraremos en el análisis de dos textos de la literatura que, en una primera mirada, pueden estar lejanos de las ciencias de punta, pero que dan cuenta de rupturas o quiebres que resultan en revoluciones científicas, específicamente durante la segunda revolución científica, la cual nace en el campo particular de la física cuántica, o teoría cuántica. Ello, con una puntualiza-ción, a saber: la medicina y todas las ciencias de la salud hoy son precuánticas; no se han enterado de la segunda revolución científica. Por su parte, las ciencias sociales y humanas, en el sentido amplio e incluyente de la palabra, son igualmente precuánticas.
1.2 El jugador de Fiódor Dostoievski: emociones y teoría de juegos
Hay autores que prefiguran y dan sentido a una época.
De esa estatura es sin duda Fiódor Dostoievski, el escritor que transformó la comprensión y la expresión de la condición humana.
Juan Villoro
Este apartado presenta la obra El jugador, de Fiódor Dostoievski, y un análisis crítico desde las emociones y los impulsos como un acercamiento a la emoción y la ludopatía desde el punto de vista de la toma de decisiones, y, sobre todo, del equilibrio de Nash y el dilema del prisionero, que son estrategias o tipos de juegos en la teoría de juegos. Se trata, por tanto, de considerar cómo las emociones y la connotación social juegan un papel fundamental en la descripción de realidades en las sociedades humanas y en la teoría de juegos no cooperativos.
La obra El jugador se debate entre sentimientos acumulados y escondidos, esperanzas de obtener beneficios a causa de decisiones y manejo de información, pero sobre todo entre las emociones de los personajes, que buscan constantemente cambiar su destino (supeditado a decisiones de factores altamente influenciadas que involucran decisión – algoritmo caótico).
Tanto el azar como su injerencia sobre las emociones de quienes toman decisiones juegan un papel muy importante, lo que Chóliz (2006) destaca al comparar las adicciones tóxicas y no tóxicas, las cuales presentan patrones similares: impulso a repetir una conducta desadaptativa, acumulación de tensiones hasta que se completa la conducta; luego se observa un alivio rápido –pero temporal– de la tensión, y finalmente el retorno gradual al impulso. Esto se refleja en el deterioro del entorno en que se desarrolla la novela y en las relaciones sociales basadas en el “golpe de suerte” y el azar del juego.
La asociación entre la investigación y la ludopatía es el componente central resultante del libro de Dostoievski; “trata de entender esa forma de vida que es la investigación, o el amor por el conocimiento, como esa experiencia en la que el científico se desboca a sí mismo, para alcanzar, ulteriormente, una gran obra” (Maldonado, 2018b). Se trata de una apuesta por alcanzar inventos, ideas que realmente transformen el conocimiento existente.
Las emociones se producen en el cerebro, es decir, en el paradigma encefalocéntrico, el cual establece jerarquías; por su parte, las pasiones implican al cuerpo; las emociones son susceptibles de ser controladas, pero las pasiones “conducen a lo espontáneo, a la ausencia de control, a la libertad misma, al final al azar y a la aleatoriedad” (Maldonado, 2019).
En relación con las emociones y pasiones como cuestión, surge en el debate el origen de las ciencias cognitivas. Para precisar, en el siglo XX aparecen las ciencias de la salud, de la vida, de la complejidad, las ciencias del espacio, del comportamiento, las ciencias cognitivas, entre otras, todas fundadas a partir de problemas de frontera1, los cuales no pueden ser resueltos por una sola disciplina. Puntos de encuentro, campos de abordaje, que no están presentes en otros, es lo que permite pensar en términos de interdisciplinariedad. Es este el punto en el que se encuentran distintas tradiciones y metodologías, por lo cual se es más científico cuando se trabaja en problemas de un calibre mayor y pensados en términos de interdisciplinariedad.
Los personajes de El jugador se encuentran en un ambiente al filo del caos, dado por las circunstancias del contexto social y económico del momento, como la posición social, la pobreza, la capacidad de riesgo y el azar en Rusia, tema fundamental del texto. Es precisamente el azar lo que la ciencia moderna no conoce; este nace a finales del siglo XVI, y es Gerolamo Cardano (1501-1576), médico matemático, quien ofreció la primera aproximación a la teoría de la probabilidad, que corresponde al control del azar, el cual es propio de la segunda revolución científica. Es un azar que no se puede controlar dado que es constitutivo de la realidad y la naturaleza. De ahí parten dos teorías de probabilidades: la teoría clásica de probabilidades, y más adelante la teoría discreta de probabilidades, la cual es una puerta de entrada al papel del azar en la teoría cuántica.
Es relevante comprender que la investigación no se define a partir de lo que se sabe, sino, por el contrario, de lo que no se sabe; lo que ya se conoce en la actualidad se denomina “ciencia normal”. La investigación requiere moverse hacia las fronteras del conocimiento, para lo cual debe existir la capacidad de apuesta y de riesgo al hacer investigación como una forma de ludopatía.
Se puede decir que existen dos clases de seres humanos: los que conservan el mundo y los que mueven el mundo; estos últimos, resolviendo problemas de frontera. Un ejemplo claro de mover el mundo a través de la ciencia es el de Max Planck, Nobel de Física 1918, quien creó la física cuántica. “Son pocos los investigadores que alcanzan a visualizar, y mucho menos a proponerse la realización de grandes síntesis. Pues, como queda dicho, la inmensa mayoría son minimalistas por técnicos” (Maldonado, 2018b).
Los elementos de la ciencia no son racionales, se traducen en inconformidad, pasión, necesidades, deseos, etc.; por consiguiente, la investigación no se hace con la razón, pero tampoco se hace sin la razón, es decir, no se cumple en la razón. La ludopatía, el juego, el riesgo y las revoluciones se presentan porque no hay otras opciones, suceden “por” y “como” anomalías.
El concepto de la investigación nace en el transcurso de la primera revolución científica y se consolida en el siglo XX. La ciencia se define hoy por la investigación, por tener capacidad de riesgo y de apuesta, esta última se ocupa de establecer cómo las decisiones son racionales. En cualquier caso, es importante atender al hecho de que –según la teoría de la decisión racional– las decisiones humanas se dividen en dos: las paramétricas, en las que existen los parámetros de mi decisión, literalmente es “ir a la fija”, y las estratégicas, que responden a la incertidumbre; la incertidumbre nunca proviene de mí, sino del “otro”. Hay un rasgo de incertidumbre en mi decisión que no va a depender de mí, sino de un factor externo.
1.3 Teoría de juegos, azar y salud pública
La situación desarrollada en el contexto social de El jugador de Dostoievski deja en evidencia que alrededor del juego de azar (la ruleta en este caso) hay un juego plenamente articulado entre los personajes de la obra literaria y sus decisiones. Esta situación se puede analizar desde la teoría de juegos que Kuhn et al. (1994) –en el marco del documento Seminario Nobel 1994– presentan como una teoría de decisiones interactivas.
Monsalve (2003) resume la teoría de juegos como el estudio del comportamiento estratégico cuando dos o más individuos interactúan y cada decisión individual resulta de lo que uno espera que hagan los otros, es decir: “[…] esperar que suceda a partir de las interacciones entre individuos” (p. 138).
Así mismo vale la pena mencionar que en El jugador se puede considerar el equilibro de Nash tanto como el “dilema del prisionero” (Equilibrium Points in n-Person Games, 1950, citado por Martínez, 2016), el cual se ejemplifica de la siguiente manera: dos delincuentes son detenidos y separados; a cada uno se le brindan dos opciones: confesar o no confesar, todo a cambio de reducir su sentencia en prisión. Las posibilidades son: ninguno confiesa y los dos van un año a prisión; uno confiesa, queda libre, y el otro tendrá tres años de prisión; los dos confiesan y pasan dos años en prisión; el equilibrio se presenta solo en el caso de que los prisioneros confiesen (ver figura 1).

Figura 1. Dilema del prisionero (Martínez, 2016).
La situación representa un dilema puesto que la mejor estrategia de cada jugador los lleva al peor de los resultados posibles, lo cual nos transporta de inmediato al final de la historia de Dostoievski, considerando que la participación de emociones humanas y las adicciones no tóxicas (psicopatologías diagnosticables) forman parte del equilibrio de Nash, y en el caso estas no forman parte de la mejor decisión por las partes.
Retomando a Monsalve (2003), esperar interacciones entre individuos conduce a establecer contacto con decisiones basadas en emociones, impulsos, gustos, relaciones sociales y aspectos humanos que van más allá del equilibrio. Por esta razón, la novela se enmarca en la teoría de juegos no cooperativos; en efecto, los individuos actúan de manera egoísta tratando de predecir lo que los otros jugadores harán.
Al respecto, Bautista (2018) plantea que “[…] los jugadores no cooperaban al carecer de mecanismos que les permitieran llegar a acuerdos vinculantes; no es que no quieran colaborar, es que no pueden” (p. 40).
Según lo anterior, se presenta una emergencia, la imposibilidad de que se alcance algún nivel de cooperación; en consecuencia, la competencia egoísta puede conducir a beneficios inferiores a los planteados en los estados cooperativos ideales. Es por esto que el “dilema del prisionero” no representa la mejor situación para los jugadores, socialmente hablando, y se enmarca en la estructura social, como se hace evidente en las jerarquías y estructuras en la época planteada por Dostoievski –plasmando, sin lugar a dudas, las actuales condiciones de nuestra sociedad.
Entre las teorías del siglo XX se encuentran la teoría de acción colectiva, la teoría de la decisión racional y la teoría de juegos; estas tres conforman una sola unidad perfectamente idónea para explicar los sistemas sociales humanos.
La teoría de la acción colectiva aparece en el marco de la política; gracias a esta se hace evidente que la cooperación –o también la acción colectiva– es fácil de alcanzar. La dificultad estriba en que siempre hay alguien que impide o limita la acción colectiva o que no está dispuesto a pagar el precio que requiere la cooperación. La teoría denomina a este actor como el gorrón (free-rider), y precisamente se ocupa de ese problema, o mejor, de ese obstáculo.
La teoría de la decisión racional se ocupa de establecer si las decisiones humanas son racionales, ya que usualmente no lo son. Se compone de decisiones paramétricas y decisiones estratégicas; las paramétricas resultan cuando alguien toma decisiones atendiendo solo a los parámetros de la propia decisión; coloquial-mente se puede decir entonces que “mi decisión va a la fija”. Las decisiones estratégicas se relacionan con la incertidumbre, la cual no proviene directamente del agente que toma las decisiones sino de los otros, de otras circunstancias; así, es el otro o el mundo los que introducen la incertidumbre, es decir que en las decisiones existe un rasgo de incertidumbre que no depende de cada quien, sino de un factor externo. El marco de la teoría de la decisión racional es la economía.
En estrecha relación con esta teoría se encuentra la teoría de juegos, en el contexto de las matemáticas. Esta busca establecer si, y cómo, juegos no cooperativos pueden dar lugar a juegos cooperativos. En el mundo, en efecto, priman las reglas de los juegos no cooperativos, ya que la desconfianza ocupa el primer lugar en las relaciones humanas en prácticamente todos los órdenes. Un tipo de juegos son las “loterías”, y estas no son racionales, y en determinados momentos una forma de ser racional es ser irracional.
La teoría de juegos se compone de cuatro modelos básicos de juego: “toma y daca” (tit-for-tat), “juego de la gallina” (chicken game), “juego del dilema del prisionero” y “juego del buen samaritano”. Para establecer la armonía en las anteriores teorías, existe el equilibrio de Nash, el cual consiste en el juego del “toma y daca”: con jugador A y jugador B, la mejor estrategia del jugador B de segundo turno consiste en repetir la estrategia del primer jugador. Hay equilibrio y cooperación cuando en una sola jugada el segundo jugador en el turno repite la jugada del primer jugador. Los otros juegos permiten otros tipos de equilibrio diferentes, de mayor complejidad.
El juego de la gallina consiste en hacerle creer al otro que es un gallina –es decir un perdedor– y juega con la autoestima del otro, y de quién gana más o quién gana menos. Uno de los dos gana, pero gana con diferencias, poniéndose acaso en el lugar del otro.
El dilema del prisionero muestra que la sociedad moderna es individualista y que la racionalidad individual no garantiza la racionalidad colectiva. La forma inversa del dilema del prisionero corresponde al problema del buen samaritano, en el cual, por ejemplo, alguien quiere a toda costa el bien del otro; así, resulta que ser un buen samaritano es también irracional. Para concluir, en un juego a largo plazo la mejor estrategia es la cooperación, que es mejor que el egoísmo. La comprensión de esto se logra mediante modelamiento y simulación, más exactamente mediante juegos iterativos, es decir juegos que se juegan no una sino varias veces, en una serie abierta e indeterminada.
Pues bien, considerar la salud pública es pensar en condiciones de población, más allá del individuo y de los juegos no cooperativos. Si consolidamos una teoría para innovar o mejorar la salud pública es pertinente establecer procesos de interacciones cooperativas, buscar la forma de propender al crecimiento conjunto minimizando los latentes determinantes sociales de la salud. En el capítulo 5 se establece una relación entre la posibilidad de aplicar la teoría cuántica a la sociedad, estableciendo un mecanismo para poner en evidencia juegos cooperativos que mejoren las condiciones de vida de todos y cada uno. Es por eso que utilizar la imaginación y lograr desarraigar los preconceptos y juicios de valor es un buen comienzo para desarrollar un experimento mental de una sociedad más cooperativa, que quizá después podremos denominar cuántica.
1.4 Seres imaginarios y experimentos mentales
Jorge Luis Borges (1899-1986) nació en Argentina, escribió textos que están perfilados en los géneros de ficción, poesía y cuento. Su obra El libro de los seres imaginarios fue publicada en 1957 y pretendía ser la primera de su tipo. En palabras de su autor, es una recopilación de seres extraños que han surgido de la invención humana; en la imaginación humana el mundo real es reemplazado por un mundo de fantasías, seres imaginarios de todos los lugares del planeta, objeto de fantasías por distintos hombres y mujeres, pero sobre todo por escritores, historiadores y algunos místicos de la historia, aquí y allá. Cabe resaltar el trabajo investigativo del escritor, con un recorrido por la literatura, la filosofía, las tradiciones históricas, culturales y teológicas, y una pasión por la imaginación para lograr tal recopilación.
Una obra literaria como la de Borges centra al lector en la imaginación, la innovación, la creatividad, los ejercicios de reflexión en la vida y los preconceptos propios, que conducen a experimentos mentales, en los que sin duda el tema central es la imaginación: “El experimento mental puede ser asumido como acción de pensamiento donde se valoriza la experiencia conservada por el recuerdo y el lenguaje, es decir, el experimento mental se constituye en un recurso de la imaginación que permite crear o visualizar muchos posibles”(Aguilar y Romero, 2011, p. 4).
En el siglo XVII se destacaron experimentos mentales como los de Galileo y Descartes, los cuales permiten hacer en ciencia la distinción entre lo trivial y lo no trivial; el sentido de la vida misma consiste en tratar de establecer si hay o no trivialidad; la no trivialidad conduce a la creatividad, la innovación y la genialidad.
Se está aquí frente a la más fundamental herramienta científica: la imaginación, la fantasía. El uso de experimentos mentales constituye la piedra angular de la actividad de un verdadero científico. Esto es que sus actos y procesos ideatorios están alimentados por experimentos mentales, pompas de intuición y juegos de fantasía (Maldonado, 2014).
El cimiento de la ciencia en el sentido más amplio de la palabra estriba en la capacidad de llevar a cabo experimentos mentales, y todo esto porque los grandes avances del conocimiento se han dado gracias a estos experimentos antes que a la formulación de hipótesis, observación, o de la misma descripción (Maldonado, 2015).
Los experimentos mentales son conocidos como “pompas de intuición”, que son un método heurístico, y es un trabajo con la imaginación creativa, no con la asociativa. En esto radica su dificultad (Maldonado, 2018a), ya que hasta la fecha la ciencia tradicional se ha fundamentado en su trabajo con dos tipos de métodos científicos: la inductiva y la deductiva, y por tanto simplemente con métodos cualitativos y cuantitativos, en contraste con la imaginación, la cual conduce a una tercera clase de ciencia: aquella que se hace por el modelamiento y la simulación propios de las ciencias de la complejidad. Las ciencias de la complejidad trabajan con su principal herramienta que es la imaginación, un trabajo en un esfuerzo de creación de diversas posibilidades, realidades, mundos, pero no bajo el esquema del método científico estricto, sino por medio de la elaboración de modelos, pensar lo no pensado y, en palabras del complejólogo Carlos E. Maldonado: “Nadie piensa bien si no piensa en todas las posibilidades porque alguna de las posibilidades tiene lugar, y adicionalmente suceden en el mundo independientemente de ti o de mí; ulteriormente, acontecen fenómenos imposibles”.
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