Kitabı oku: «Mujeres poderosas: aduéñate de tu cuerpo, de tu mente y de tus deseos»


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Tener poder representa la oportunidad de hacer el bien, de construir y de dar. Así, mediante la influencia y la trascendencia, podrá ser compartido a los demás, generando un círculo positivo que nos ayude y aporte a todos.



INTRODUCCIÓN
Ser mujer no es sencillo. Sobre todo porque desde pequeñas aprendemos a seguir patrones de conducta que a veces nos limitan para alcanzar nuestras metas y desarrollar todo nuestro potencial. Y así el camino hacia el éxito se torna complicado, nos llena de dudas y frustraciones.
Este libro espera ser un reflejo de las experiencias tanto positivas como negativas que nos toca vivir en diversas áreas y etapas. Aquí encontrarás historias de niñas que nos dan ejemplos de valentía, mujeres que luchan por destacar en su profesión y ejercer liderazgo y madres que no se limitan a que su única función sea cuidar a sus hijos.
Me enfoqué en que Mujeres poderosas se centrara en el poder femenino y sus vicisitudes para que quien se adentre en sus capítulos conozca más de nuestro mundo. Pero también escribí este libro para que cualquier lector pueda entender un poco más sobre los hombres y lo que cada género aporta al otro.
Los ocho capítulos que lo componen son un recorrido por diversos aspectos en los que se ejerce el poder. Cada uno empieza con una historia en la que comparto algunas de mis vivencias como psicoanalista, entrenadora o simplemente como mujer, para así ejemplificar y dar la pauta del tema que se abordará en adelante.
Cabe mencionar que, por cuestiones de confidencialidad, en las historias donde se hace alusión a algún paciente su nombre es ficticio, al igual que otros datos personales, para cuidar en todo momento la verdadera identidad de las personas.
Después de la historia se realiza un análisis del tema a profundidad y, para reforzar las ideas y planteamientos, al final hallarás un apartado denominado Construyendo tu poder. Es donde te invito a realizar o poner en práctica los principales conceptos descritos.
Solo quiero hacerte una advertencia: al concluir la lectura del libro es probable que tu idea de ser mujer cambie o se modifique en algunos aspectos. Te conocerás, te amarás más y tendrás herramientas para construir una mejor versión de ti y convertirte en una mujer poderosa.
Espero de todo corazón que este sea un nuevo comienzo para ejercer tu propio poder, que empieces un legado y se lo traspasases a otras mujeres que se encuentran en tu vida. Contágialas y conviértete en su inspiración. Haz que cada niña, jovencita, mujer adulta o madura se sienta valiosa y empoderada.
Nos falta conciliar en más y mejores acuerdos entre los géneros para que seamos parte del cambio hacia una sociedad más justa e incluyente. Y me gustaría que Mujeres poderosas aportara un grano de arena en ese camino.
Tenemos que sentirnos orgullosas de quienes somos, plenas y contentas de pertenecer al maravilloso universo de aquellas que no se rinden, de las luchadoras incansables, de las que deciden sobre sí mismas y sus deseos.
¡Ven y sé una de nosotras!




Hace algún tiempo, una joven a la que llamaremos Juana solicitó mis servicios profesionales como psicoanalista. En cuanto llegó al consultorio cabizbaja, pude notar su dolor. Apenas conversamos y soltó en llanto.
Existía un gran vacío en su vida. No tenía ganas de nada. Acababa de terminar una relación de varios años de noviazgo debido a una infidelidad por parte de su expareja y la pérdida la había hecho pensar que la vida no valía la pena.
En una ocasión, dentro de su tratamiento, me dijo con lágrimas en los ojos: “Me gustaría ser tan fuerte como mi amiga Sara, ella siempre sabe cómo salir adelante, seguro a ella no le pasaría lo que a mí, yo soy débil y no hago más que llorar”.
Sabía que mi paciente estaba sufriendo mucho. Su frustración era absoluta y no podía encontrar cómo deshacerse de ese dolor, a tal grado que incluso deseaba ser otra persona. Me quedé callada por un momento y luego le dije que no necesitaba ser como su amiga Sara, que más bien se enfocara en su propia fortaleza y que la buscaríamos juntas en su interior.
Ante las dificultades que se nos presentan en la vida, sobre todo cuando el dolor nos invade, podemos creer que ya nada tiene sentido, que no vale la pena esforzarse o que otras personas las sobrellevarían mejor que nosotros. Sin embargo, es justo en esos momentos donde tenemos la oportunidad de conocernos a fondo, de ser más fuertes y sacar lo mejor de cada uno.
Definitivamente, el proceso de mi joven paciente no fue sencillo, ya que enfrentarse a sí misma, a sus miedos, a lo desconocido, lleva tiempo y muchas veces duele. Pero siempre valdrá la pena descubrir quién eres y saber de qué estás hecho.
Con frecuencia buscamos afuera las respuestas a lo que no entendemos y esa también es nuestra lógica ante cualquier situación que enfrentamos. Entonces aparecen los: “¿Por qué a mí?” o “¿Por qué no puedo?” o “¿Por qué siempre me pasa lo mismo?” o “¿Por qué no me quiere”, cuando en realidad, la respuesta a estas incógnitas las puedes encontrar en tu interior, en lo profundo de tu mente, conectándote con la persona que mejor te conoce, aquella que sabe tus temores, tus deseos, tus fortalezas, todas tus fantasías y sueños.
Esa persona eres tú y es precisamente de ti de donde surge todo tu poder.
¿QUÉ ES EL PODER?
Todos los seres humanos recibimos a lo largo de nuestro desarrollo distintos tipos de conocimientos que nos proporcionan nuestros padres, amigos, familiares, profesores o personas desconocidas. Así vamos valorando, adquiriendo habilidades y llegando a experimentar todo tipo de sensaciones: unas altamente placenteras y otras bastante desagradables. Pero todas nos proveen de enseñanzas y desde esas enseñanzas adquirimos poder.
Ganamos la primera batalla al nacer, cuando llegamos al mundo y nos aferrarnos a la vida, pues desde el vientre materno tenemos que contar con la fuerza suficiente para resistir los cambios de nuestro propio desarrollo. Solo imagínate todo lo que ya has superado en esos nueve meses de gestación. Antes del parto, pasaste de ser la unión de un óvulo y un espermatozoide ganador entre millones de ellos a una pequeña célula implantada en el útero.
Las respuestas las puedes encontrar en tu interior.
Aproximadamente el 70 % de los embriones no llega a nacer. Incluso antes de que la madre se entere de ello, el embrión tiene que estar saludable para que se pueda desarrollar. Entonces vamos creciendo en tamaño, nos aclimatamos a nuevas funciones dentro de ese pequeño cuerpo en formación, adquirimos la fuerza suficiente para hacerle frente a lo desconocido, adaptarnos a ello y, entonces, nacer.
Es por esta razón que estar en el mundo es nuestro primer acto de poder, pues tuvimos que usar nuestra facultad y potencia para sobrevivir a esos primeros embates. Y esto fue porque tuvimos la capacidad necesaria para superar los distintos procesos biológicos que se nos presentaron, a pesar de nuestra pequeñez y absoluta inexperiencia.
En este punto me gustaría detenerme a reflexionar respecto a las personas con algún tipo de discapacidad, problemas orgánicos, o bien, quienes pudieron haber nacido con alguna enfermedad congénita. El poder también es parte de ellos, ya que con la complejidad de su situación pueden construir cosas impresionantes y ser grandes ejemplos para el mundo. Hay quienes nadan sin brazos, corren sin piernas, leen sin ver o escriben sin dedos. Eso es romper las barreras de lo imposible y, en definitiva, es una manifestación magnífica de poder.
La palabra poder significa “ser capaz”o “ser posible”.
Como concepto, el poder puede ser abordado desde diferentes ámbitos. Desde lo social, lo filosófico, lo psicológico o incluso lo cultural. Y cada uno nos aporta aspectos relevantes, ya que como humanidad estamos vinculados a dichos ámbitos que repercuten en nuestras elecciones y en cómo decidimos actuar.
La palabra poder proviene del latín posere, que significa “ser capaz” o “ser posible”, por lo que su definición se relaciona con la capacidad que tiene una persona para realizar determinada labor, lo cual implica acrecentar habilidades intelectuales, físicas y emocionales.
En la historia de Juana podemos observar claramente como ella consideraba que no tenía las herramientas suficientes para salir de su tristeza y frustración. Se sentía poco capaz o, dicho de otra forma, sin poder. En su caso, fue a través del proceso psicológico que pudo encontrar los instrumentos necesarios para irse fortaleciendo. Y poco a poco el trabajo en terapia contribuyó a que lograra sentirse poderosa y capaz.
He tenido la oportunidad de conocer diversas experiencias que me dieron una visión de lo que es el poder, particularmente aquel asociado con lo femenino. Por ejemplo, en el deporte. Mientras trabajaba con niñas y jóvenes y ejercía como profesora de educación física, jugadora y entrenadora de básquetbol, el poder estaba relacionado con potencializar el dominio del cuerpo, competir y ganar.
Más adelante, al concluir mis estudios en Psicología, pude aprender acerca del funcionamiento de la mente humana, por lo que comencé a abordar la psicología del deporte con diversos equipos y atletas, entre los que destacaban gimnastas rítmicas, basquetbolistas, patinadoras y corredoras. El poder ahora estaba relacionado con el control mental y el buen manejo emocional para tomar decisiones asertivas.
Después, cuando comencé a formarme como psicoanalista y dediqué la mayor parte de mi tiempo a la psicoterapia individual y de pareja, encontré otras manifestaciones de la complejidad humana: el psiquismo, los conflictos existenciales, el dolor, los deseos inconscientes, la conciencia y un sinfín de principios psicológicos y psicoanalíticos que implica el descubrimiento de uno mismo.
Escuchaba a diario historias de mujeres tendidas en el diván explorando los conflictos que las aquejaban, cada una descubriendo sus deseos para alcanzar sus metas. Aquí el poder estaba centrado en la salud mental y en ser más conscientes de sus realidades, generando elementos que les permitieran resolver cualquier conflicto de la mejor manera.
Todas estas experiencias me han llevado a considerar que el poder se encuentra interrelacionado con dos aspectos fundamentales: la influencia y la trascendencia.
Algunas personas pueden ejercer su poder en un aspecto más que en otro, dependiendo de sus intereses, habilidades o hasta de sus necesidades. Habrá quienes lleguen a experimentar ambos aspectos y otros que, habiéndolos experimentado, los desconocían o no vivieron lo suficiente para ver sus alcances.
LA INFLUENCIA, UNA CAPACIDAD QUE VIENE DEL PASADO
La influencia tiene que ver, por una parte, con reconocer y analizar todo lo que nos ha marcado a lo largo de la vida.
El poder se encuentra relacionado con la influencia y trascendencia.
Quizá alguna persona nos dio una enseñanza que sigue vigente para nosotros, ya sea de forma positiva o negativa, y esto es a lo que apela la influencia. Es una forma de poder, ya que se trata de un cambio o un acto producido en una persona por intervención de otra. También se refiere a lo transgeneracional, es decir, a lo que nuestros padres, abuelos, bisabuelos y todo nuestro árbol genealógico ha aportado en nuestra línea de tiempo, ya que todo ello actúa en nosotros de una u otra manera.
A veces, aunque no hayamos conocido a algún integrante de la familia, como los bisabuelos o los abuelos, forman parte de nuestros pensamientos, ya que los conocemos a través de las historias que nos narran otros miembros de nuestra familia.
Mi abuela Chuy, por ejemplo, una de las mujeres más importantes en mi vida, solía contarme la historia de su padre, quien murió cuando ella tenía 13 años. Lo describía con tal precisión que yo sentía que conocía en persona al mismísimo don Isauro. Era apicultor y ganadero y mi abuela me decía que era un hombre muy culto, que hasta tocaba el piano en la iglesia. Vivió y creció en tiempos de la Revolución Mexicana, a principios del siglo xx, donde se creía que la función de la mujer únicamente era casarse y tener hijos.
Todo nuestro árbol genealógico actúa en nosotros.
Sin embargo, él pensaba distinto. Estaba a favor de que las mujeres tuvieran educación y gracias a ese pensamiento mi abuela fue de las pocas mujeres que aprendió a leer y a escribir en su pequeño pueblo llamado Victoria, ubicado en el estado de Guanajuato.
Quizá tú también puedas recordar alguna historia que te contaron en la infancia acerca de tus antepasados, quizá también la tengas muy presente. Alguien que dejó una huella muy profunda, tan profunda que sigue viva gracias a la transmisión de su historia de una generación a otra. Precisamente esto es un ejemplo de influencia, ya que un recuerdo ha prevalecido en el espacio y el tiempo.
Así como mi bisabuelo rompió con la concepción de que solo los hombres tenían derecho a educarse, Juana, la joven con la que comencé este capítulo, pudo romper con su idea de que era débil y que solo podía llorar. Esto cambió el rumbo de su narrativa personal y, por qué no, también de quienes la rodeaban.
Por eso, si se pretende experimentar la capacidad de influencia hay que salir de nuestros cautiverios, es decir, de las ataduras o cargas que no nos dejan avanzar, como aquellos mensajes que recibimos en la infancia de que no podíamos o de que no éramos buenos en algo. Tal vez en tu familia consideraban que las mujeres solo podían casarse y tener hijos para realizarse en la vida o que debían estudiar la carrera que el padre decía porque era la tradición familiar.
En cualquier caso, y como decía Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis: “De tus vulnerabilidades saldrán tus fortalezas”. Conocer más a fondo todo lo que consideramos debilidades o fracasos nos brinda la posibilidad de hacerle frente y mejorar. También aprendemos que las cosas pueden ser y hacerse desde otra perspectiva. Esto nos ayudará a iniciar de nuevo, pero más fortalecidos y con mayor sabiduría.
LA TRASCENDENCIA, TU LEGADO
Trascender es imponernos a nuestras limitantes y ser mejor de lo que éramos antes, desarrollando destrezas que no teníamos. Pero hay que tener cuidado con este aspecto, ya que desafortunadamente también se puede dejar una huella negativa y dañar a otros.
Por lo que responsabilizarnos de nuestros actos también es trascender, ya que, lo queramos o no, estos traerán consecuencias inevitables, positivas o negativas. Pero la decisión es personal y cada uno va construyendo la marca que dejará en este mundo.
La humanidad se encuentra en constante devenir, se crea y recrea en las distintas épocas. Debido a ello, existen maneras disímiles de trascender. Mujeres y hombres nos han legado grandes aportaciones en distintos terrenos y si algo nos ha quedado claro con el transcurso de la historia es que no necesitamos ser grandes científicos o personajes célebres para aportar algo valioso al mundo.
Ahora bien, es importante que observemos las pequeñas cosas que han dado forma a lo que vivimos en la actualidad y, yéndonos de fondo al tema principal de este libro, dónde las mujeres hemos aportado o dónde hemos logrado trascender. Por eso me gustaría compartirte un poco de esa labor femenina a lo largo del tiempo, sobre todo porque a veces los esplendores de la mujer han sido poco enunciados e, incluso, desapercibidos.
“De tus vulnerabilidades saldrán tus fortalezas”.
Desde la Prehistoria nuestro género asumía la labor de la recolección de semillas, frutos y vegetales, lo que provocó que la mujer se especializara en esa área y hasta se ha considerado que fueron las primeras agricultoras. Si reflexionamos al respecto, la agricultura fue uno de los pilares que llevó a los seres humanos al sedentarismo, pues así pudieron asentarse en un lugar, cultivar lo que comían y asegurar su alimentación.
Aunque hemos tenido avances en esto, por lo general a lo largo de la historia se han desconocido ciertos datos acerca de la intervención de la mujer y esta desigualdad ha generado menores oportunidades para participar en actividades de la vida pública, dirigirse de manera autónoma o vivir libres de prejuicios que obstaculizan su desarrollo. Y eso que fueron las mujeres, como buenas agriculturas, quienes contribuyeron a establecer las bases del desarrollo de profesiones u oficios como la alfarería, la química o la medicina con las curanderas o parteras.
Se han desconocido datos acerca de la intervención de la mujer.
Organizaciones e instituciones han constatado precisamente esas grandes colaboraciones y, por tanto, la trascendencia del género femenino en la historia de la humanidad.
ELIGE LA MUJER QUE QUIERES SER
Nuestra historia más reciente nos ha legado el hecho de que existen diversas formas de ser mujer y de que finalmente hemos logrado adquirir mayor autonomía para decidir sobre nosotras mismas. Esto puede sonar a una afirmación bastante retrógrada y negativa, pero lo cierto es que resulta verdaderamente asombroso reflexionar en torno a los avances que hemos adquirido en este aspecto en los últimos 100 años.
Y aunque todavía podamos encontrar ejemplos de mujeres que no pueden elegir con libertad quiénes quieren ser en la vida, estoy segura de que, con todo lo que se sigue avanzado en el tema, ese número se irá reduciendo con los años. Por eso, ahora mismo me gustaría concentrarme en las diversas formas de ser mujer. Porque cada una de nosotras se define de manera individual y es distinta a las otras. Por lo tanto, nuestro objetivo primordial ha de ser elegir el tipo de mujer en la que queremos convertirnos, sin miedos, sin prejuicios y con total autonomía.
Para poder decidir en quién te quieres convertir o qué aspiras ser, vale la pena escuchar tu voz interna. Y que puede ser “insonora”, como lo ve el psicoanálisis, porque la encontramos en nuestros pensamientos o en las conversaciones que tenemos con nosotras mismas. Esta voz interna es la que está cargada de conocimiento sobre ti y que conoce tus recuerdos, tus experiencias y todas las emociones que vas acumulando a lo largo de tu vida, por lo que escucharla se convierte en un diálogo interno genuino. Este diálogo te ayudará a que encuentres tu verdad y aquello que realmente quieres para ti, porque es parte de la conciencia y es tu conexión entre el mundo interno y el externo. Lo más importante es que tu voz interna no te dejará mentir.
Pregúntate: ¿qué es lo que más te gusta hacer? ¿Qué te motiva a levantarte en las mañanas cada día? ¿Qué es eso que no podrías dejar de hacer aunque te obligaran? ¿Con qué sueñas? ¿Cómo te imaginas dentro de diez años? A partir de estas preguntas, comenzarás a descubrir las respuestas claves para entenderte mejor y conocer a esa mujer en la que quieres convertirte.
Escúchate de forma genuina y no permitas que un estereotipo te limite. De esta manera, sabrás qué es lo que realmente te gusta, apasiona o, en definitiva, qué es lo que te entrega mayor alegría. Pero sin hacer caso a las distracciones limitantes que se presentan en forma de presión social, como cuando se dice que “los hombres no lloran”, prejuicio que contribuye a que no muestren sus emociones abiertamente, o bien, cuando a una mujer se le dice que “calladita se ve más bonita” y esa idea la orilla a no tener confianza para expresar sus opiniones en público.
Aquí está tu poder: en la libertad de escoger quién quieres ser, inspirando y trascendiendo. El poder nace en lo individual, pero se fortalece en lo colectivo, multiplicándose al inspirar a otros, logrando que los talentos de cada uno se complementen, derribando límites y siendo capaces de todo.
Lo importante es que tu voz interna no te dejará mentir.
Demostraciones sobran para verificar lo anterior. Por ejemplo, mujeres inspirando a otras para defender su derecho al voto, mismo que fue ratificado por la Organización de las Naciones Unidas como derecho universal en 1948. La unión de trabajadoras que exigían mejores condiciones laborales e igualdad entre hombres y mujeres también llevó a que en 1977 la Asamblea General de esta institución estableciera el 8 de marzo como fecha para conmemorar la lucha de las mujeres por la igualdad de género.
Estos y muchos otros acontecimientos han revolucionado el mundo y su curso, produciendo cambios significativos en áreas diversas: familia, trabajo, economía, sociedad, cultura, etc.
Yendo más allá de un reconocimiento en la historia, nuestros ancestros han sido motivo de inspiración para que el mundo consiga funcionar en equilibrio, paz y amor. Y tú eres parte de ello al colaborar con tus acciones y talentos en el plano de tu elección y preferencia.
ECUACIÓN DEL PODER
Querer es poder. He escuchado esta frase en diferentes ocasiones a lo largo de mi vida, en los más diversos lugares y de un sinfín de personas distintas. Por lo que siempre me causó curiosidad, sobre todo por lo reiterativa.
El poder nace en lo individual, pero se fortalece en lo colectivo.
Al principio, llegué a pensar que era cierta, que si deseabas algo con todo tu ser lo podías conseguir, incluso como si fuera algo mágico: “Si quiero, entonces claro que puedo”. Pero conforme fui creciendo me di cuenta de que había un elemento faltante entre el querer y el poder.
Si bien estoy de acuerdo en que el pensamiento y el deseo es el principio para que las cosas ocurran, se realicen o cambien, también estoy muy segura de que no lo es todo. Al estudiar la conducta humana, trabajando con pacientes, deportistas y alumnos de distintos niveles educativos, me percaté de que muchos individuos genuinamente querían lograr algo o dejar de hacer algo incómodo para ellos o los demás. Lo deseaban con todas sus fuerzas, pero no siempre lo conseguían.
Y al impartir clases en una escuela de ingeniería, influida por los números, intenté plasmar esta idea en una especie de fórmula matemática, donde había una incógnita por descubrir y lo único que tenía claro era que querer no era igual a poder. Por lo tanto, la operación matemática a resolver quedó así:
QUERER + X = PODER
Por ponerle un nombre la llamé Ecuación del poder y, buscando el componente “x”, llegué a la conclusión de que la variable faltante era el saber, es decir, el conocimiento en el sentido más amplio de la palabra: de sí mismo, del otro, de las causas, de las leyes del universo, etc.
Y así, la fórmula resultante quedó conformada de la siguiente manera:
QUERER + SABER = PODER
De ahí la importancia de haber esbozado en este primer capítulo lo fundamental que es conocernos, mirar a nuestro interior, escucharnos, comprendernos, saber aquello que nos une como humanidad, aprender de los demás, entender nuestro origen y el de nuestra familia.
De esta manera, te aproximarás a una mayor toma de conciencia, tendrás mayor noción de ti y entonces, solo entonces, podrás ejercer tu poder.
Querer y saber son elementos que favorecen y fortalecen tu capacidad para lograr que las cosas sucedan y esa es mi concepción del poder, porque ahí radica nuestra fuerza.
Tener poder representa la oportunidad de hacer el bien, de construir y de dar. Así, mediante la influencia y la trascendencia, podrá ser compartido a los demás, generando un círculo positivo que nos ayude y aporte a todos.
Es fundamental conocernos mirando a nuestro interior, escucharnos y comprendernos.
CONSTRUYENDO
TU PODER

Ahora me gustaría que busques un lugar tranquilo y realices el siguiente ejercicio.
1 Piensa en las ocasiones en las que te has dicho que no puedes o que no eres capaz de hacer algo. Si te es posible, plantéatelo de forma concreta en algún hecho relevante de tu vida, por ejemplo: “No puedo decidir correctamente” o “No puedo bajar de peso” o “No soy capaz de valerme por mí mismo” o “No voy a poder concluir mi carrera universitaria” o cualquier otra que te hayas dicho. Si deseas, puedes escribirlo en una hoja de papel.
2 Ahora, reflexiona desde dónde vienen esos pensamientos y busca generar un diálogo con tu voz interior. ¿Qué es lo que te impide lograr tus objetivos? Identifica si son paradigmas que te han dicho a lo largo de tu vida, como: “En esta casa las mujeres no estudian” o “En esta casa todos somos gordos, así que acostúmbrate a que nunca podrás ser delgado”.
3 A continuación, identifica qué es lo que en realidad quieres lograr, pero que sea tu deseo y no el que otros quieran o te impongan. Este sería el primer paso en la Ecuación del poder. Una vez que lo tengas localizado, siguiendo la ecuación, considera qué es lo que requieres para realizarlo. Por ejemplo: si quieres independizarte y vivir solo, puedes comenzar a revisar qué es lo que se necesita. Seguramente tendrás que ahorrar, además de revisar opciones de renta diariamente. El asunto de fondo es conocer todo lo que implica tu deseo para entonces hacer un plan de acción y, en este caso, poder mudarte.
4 Para cerrar este ejercicio, examina algún momento en el que hayas obtenido un logro en tu vida. No importa si fue pequeño o grande, del pasado o el presente. Puede ser cuando aprendiste a andar en bicicleta y no sabías si lo lograrías o quizá cuando sacaste la mejor calificación entre tus compañeros pese a que tenías un profesor complicado. Esas fueron muestras de tu poder. Esas fueron pequeñas demostraciones de que nada puede detenerte. ¡Ahora ve por las más grandes!




Conocí a Kendra un mes de septiembre, cuando ella tenía siete años apenas cumplidos. Era una niña graciosa, de tez muy blanca y mejillas rosadas. Sus padres habían solicitado una cita conmigo, ya que la pequeña le había confesado a su mamá que una persona cercana a la familia le “tocaba partes de su cuerpo”.
Estaban en shock. No podían creer lo revelado por su hija y se culpaban de no haberse dado cuenta. Su padre guardaba silencio, mientras que su madre lloraba desconsoladamente con el más profundo dolor.
Querían que se hiciera justicia y levantarían una denuncia formal. Como se hace en estos casos, Kendra tendría que dar su testimonio ante las autoridades correspondientes, contando detalles precisos y dolorosos y reviviendo escenas que muy probablemente había intentado olvidar.
Los escuché con toda mi atención y empatía. Fue un tiempo largo, o quizá no lo fue tanto, pero así lo sentí. No podía dejar de pensar en lo terrible de la situación, en el golpe tan duro para la familia, pero sobre todo en qué estaría pasando por la mente infantil de Kendra, pues el hecho marcaría su vida para siempre.
Llegó el momento de conversar con mi pequeña paciente. Le abrí la puerta del consultorio, la saludé con amabilidad y la invité a pasar. Ella decidió sentarse en uno de los sillones y quedamos de frente. Le pregunté si sabía por qué la habían traído a verme y, sin titubear, contestó: “Porque un amigo de mis papás abusó de mí y quiero prepararme para decir todo a unas personas que van a hacer que lo metan a la cárcel”.
Tuve muchos pensamientos a la vez: ¿por qué tuvo una niña que vivir esto? Era tan frágil e inocente. ¿Qué tipo tan enfermo fue capaz de abusar de ella? Pero los pensamientos cesaron, a excepción de uno que perduró en mi mente: ¡qué fuerte y valiente niña!
Kendra estaba decidida a enfrentar a ese “hombre malo”, como ella lo definió. Las sesiones pasaban y le gustaba jugar con acuarelas al tiempo que conversaba conmigo. Una vez hizo un dibujo en el que se esforzó especialmente y, al acabarlo, exclamó entregándome la hoja en mi mano: “Mira”. “Cuéntame qué dibujaste ahora”, pronuncié. El dibujo solo tenía dos colores, negro y rojo, y la figura dibujada era extraña, no tenía una forma específica. “Es el monstruo, Adriana, es feo, ¿no?”, me comentó.
Las emociones me invadían siempre al estar con esta paciente. Pero me quedó claro que ese dibujo era el reflejo de su inconsciente, de lo más profundo de su mente, del dolor, de la culpa y del miedo que le producía aquel monstruo que había abusado de ella.
“Sí es muy feo, pero tú puedes vencer a ese monstruo”, señalé. “¿Cómo?”, preguntó y le contesté: “Existen heroínas que luchan contra los malos, como la Mujer Maravilla o las Chicas Superpoderosas. Quizá también pueda existir SuperKendra”.
Tenía un nudo en la garganta, pero ella se emocionó al escuchar lo que dije y, al mismo tiempo que reía, anunció: “Ya sé, voy a dibujar a una SuperKendra”.
Jugamos en esa sesión a vencer al monstruo del dibujo y ella lo venció. Pero no todas las sesiones eran así. A veces llegaba enojada, otras triste o simplemente no quería jugar ni decir nada. A pesar de todo, no se rendía.
Iban a tomar su testimonio para iniciar el proceso de demanda, pero Kendra no podía recordar desde cuándo el monstruo abusaba de ella. Su madre pensaba que solo había pasado en dos ocasiones, las únicas en las que había estado totalmente a solas con el abusador, pero todo era confuso.
Un día que tengo muy grabado en mi mente, Kendra llegó a su hora habitual de sesión. Apenas abrí la puerta, corrió gritando desde el pasillo de la sala de espera: “¡Adry, ya lo sé, ya me acordé!”. Y la verdad es que no me esperaba lo que me dijo después: “Ya me acordé desde cuándo el hombre malo me hacía cosas”.
Mi corazón latió fuerte, sentí ese nudo ya habitual en mi garganta cuando estaba con Kendra. Veía su cara de felicidad, sus mejillas rosadas y su sonrisa inocente. “Fue desde que cumplí cinco años, Adry, ya puedo decirlo para que lo metan a la cárcel y no le haga daño a otros niños”, me confesó.
Más tarde, me dijo que quería decirle todo lo que pensaba a esa persona. Le señalé que una forma de expresar lo que sentía era escribir una carta. De inmediato buscó un espacio del consultorio donde acomodarse y empezó a escribir en una hoja en blanco. Pasaron varios minutos hasta que terminó y me dijo que quería leérlmela.
Recuerdo que en ella mencionaba lo mucho que confiaba en ese hombre, que no sabía por qué le había hecho tanto mal, pero que algún día ella iba a estar bien y feliz. Después de finalizar su carta, Kendra me miró diciendo: “Sí pude hacerlo, Adry, le dije todo en la carta”.
Me dieron ganas de llorar, pero pensé que sería muy injusto hacerlo frente a la niña, cuando ella estaba siendo tan fuerte. Era mi labor contenerla y así ayudarla a superar esa amarga experiencia.
Respiré profundo mientras me decía a mí misma: “Esta niña ha podido enfrentar algo tan duro como un abuso sexual y es mi deber proporcionarle toda mi fortaleza para que sane y deje de sufrir”.
Paradójicamente, Kendra me hizo ser más fuerte, por eso siempre la recuerdo como mi pequeña niña poderosa.
LOS ESTEREOTIPOS
Princesa, frágil, tierna, color rosa, bonita o delicada son algunas de las palabras utilizadas por la mayoría para describir a una niña. Sin embargo, muchas veces no se repara en que los mensajes estereotipados que se mandan a una persona a lo largo de la vida pueden limitarla para alcanzar sus metas o sueños. Lo mismo sucede en el caso de los varones cuando los asociamos con la fuerza y el color azul o con ser campeón, galán y muchas otras más.
Ahora, me gustaría que pensaras en el momento en que ves a una mujer embarazada. Quizá una de las primeras preguntas que hagas se refiera al sexo del bebé: “¿Es niño o niña?”. Imagina cuáles serían tus reacciones si te dicen que es niña. Tu tono de voz probablemente cambiará cuando te dirijas a su panza y hablarás de modo delicado, usando algunas de las palabras ya mencionadas en frases como: “Eres una princesa, qué linda”. Mientras que si es niño, de inmediato podrías decir: “Eres un campeón, qué fuerte vas a ser”.
Si hablamos de regalos, nos decantamos por el tono azul o el rosa, según sea el caso. Y, conforme crecen, asignamos a nuestros pequeños actividades y conductas que consideramos “adecuadas” para ellos, o bien, les asignamos roles: “Tú eres niña y haces esto, tú eres niño y haces esto otro”.
Los estereotipos son aquellas ideas predeterminadas que tenemos de los demás. Son una suerte de etiquetas que les ponemos a las personas y la mayor parte del tiempo aparecen de forma inconsciente, es decir, casi sin darnos cuenta, en automático. No solo perjudican a las niñas, nos afectan a todos porque nos limitan. Además, suelen provocar sufrimiento y sentimiento de culpa en nuestros niños cuando tienen deseos distintos a los asignados por los padres, maestros y la sociedad.
Los estereotipos son ideas predeterminadas.
Por ejemplo, hay niños a quienes les apasiona la danza y quieren ser bailarines, pero son juzgados porque bailar es una actividad asociada con un estereotipo femenino. Este fue el caso del mexicano Isaac Hernández, reconocido como el mejor bailarín de ballet del mundo en el año 2018. Otro caso es el de Lady Nascar, Danica Patrick, piloto estadounidense de automovilismo que se transformó en la primera mujer ganadora de una competencia en la serie IndyCar, la categoría de carreras monoplazas más importante de Estados Unidos, cuando este tipo de actividad forma parte del estereotipo masculino.
Si Danica o Isaac hubieran seguido los estereotipos de género asignados para cada uno, nunca hubieran alcanzado sus sueños. Por desgracia, hay muchas otras personas que siguen creyendo que no pueden realizar ciertas actividades porque no lo hacen las mujeres o no es propio de los hombres.
En el capítulo anterior, cuando mencioné la Ecuación del poder, señalé que no bastaba con querer para alcanzar el poder y que el elemento faltante era el saber. Pero si seguimos aceptando estereotipos no llegaremos a conocernos a nosotros mismos, porque estaremos siguiendo una imagen simplificada que dicta lo que tenemos que hacer o lo que debemos ser. Por lo tanto, no cultivaremos nuestra capacidad de poder, es decir, la facultad de hacer lo que realmente deseamos, sin estar influidos por los estereotipos.
Si aceptamos estereotipos no llegaremos a conocernos.
A pesar de lo negativos que puedan ser los estereotipos de género, la buena noticia es que los podemos modificar. ¿Recuerdas el momento en que mi pequeña paciente se trasformó mediante un juego en SuperKendra y logró vencer al monstruo? Este es un claro ejemplo de cuando un prejuicio se rompe. En ese momento ella ya no era la niña abusada, era la niña heroína.
CÓMO EMPODERAR A UNA NIÑA
Para formar niñas que ejerzan su poder es esencial cambiar la forma en que las percibimos, ya que para que un ser humano se empodere precisa sentirse valioso. ¿O no recuerdas algún momento de tu infancia en que recibiste un halago de forma verbal: “Eres muy buena armando rompecabezas” o “Qué rápido corres”?
Por mínimo que fuera ese reconocimiento, provocaba una sensación placentera, una gran motivación para seguir fortaleciendo la cualidad alabada. Esas frases se quedan en nuestra mente por mucho tiempo. Incluso puede que hoy tal vez sigas recordando algunas de ellas.
Para empezar a empoderar a una niña y romper las ideas estereotipadas que se tienen, resaltar sus cualidades por sobre la apariencia física es un buen inicio. Decirles frases como: “Eres muy fuerte” o “Qué inteligente” o “Campeona” o “Me encanta tu creatividad”. Al mencionarlas, estamos grabando en la mente de la pequeña un mensaje muy poderoso: ella es mucho más que una princesa. Así, ser bonita o tierna no será lo único por lo que se la valorará. Existe una infinidad de cualidades que podemos reforzar en las niñas para contribuir a un buen desarrollo de su autoestima. ¿Se te ocurre alguna otra frase? ¿Cuál sería?
Un aspecto fundamental para cualquier infante es que sepa que su cuerpo le pertenece, y que nadie tiene el derecho de tocarlo o lastimarlo. A veces, por vergüenza no les enseñamos a nuestros hijos a nombrar sus partes íntimas y utilizamos nombres raros para denominar los genitales, tales como: pajarito, cosita, palomita, pipí, entre otros.
Pero lo cierto es que anatómicamente los hombres tienen pene y testículos, mientras que las mujeres tenemos vagina y pechos. Como padres, tenemos el deber de dejarles claro estos conceptos, para que las niñas y los niños sepan que dichas partes del cuerpo son privadas.
Nombrar los genitales de forma directa es una manera de que se conozcan más y ayuda a prevenir el abuso sexual, ya que comprenderán que esas partes pertenecen a su intimidad, son solo de ella o de él.
Tristemente en el caso de Kendra, como sucede en el de muchos otros niños, hubo una persona que no respetó su intimidad y que abusó de ella hasta que la niña pudo reunir la fuerza suficiente para decirlo a sus padres, frenar aquel acto tan doloroso en su vida y lograr ser una niña poderosa.
Les confieso que justo por eso decidí ponerle como nombre ficticio Kendra, porque significa “la campeona más grande” y es así como yo la veo.
Esta pequeña logró vencer los estereotipos que la señalaban como mujer frágil, obediente y callada. Y qué alegría fue oírla gritar a los cuatro vientos: “¡Sí pude hacerlo, Adry!”.
Un aspecto fundamental para cualquier infante es que sepa que su cuerpo le pertenece.
Venció a su monstruo, lo enfrentó, se empoderó y de alguna manera evitó, como ella deseaba, que este individuo siguiera haciéndole daño a otros niños.
EL PODER DEL NO
Hemos visto en este capítulo la gran influencia que tienen las palabras en nuestra vida y cómo pueden motivarnos o dañarnos. Pero la palabra más importante que necesitan aprender a decir nuestros pequeños es no. Parece sencillo, pues solo la conforman dos letras, pero al pronunciarla adquiere un poder inmenso si se utiliza de forma correcta.
Decir “no” va más allá de un capricho cuando alguien es terco o quiere llevar la contraria: “No me gusta la sopa” o “No quiero hacer la tarea” o “No quiero tender mi cama”. El que necesitan practicar chicas y chicos es el que lleva mayúsculas, es decir, un NO rotundo, un NO grande, un NO que pueda frenar el daño al que están expuestos. Porque también les servirá en su vida adulta
Tal vez al leer esto puedas decir: “¡Caray! Yo tampoco he aprendido a decir no”. Por eso, hay que comenzar a practicarlo cuando nos veamos forzados a aceptar algo que no queremos solo por el qué dirán o cuando se nos dificulte poner límites a los otros.
Lo que necesitan aprender a decir es no.
Una niña poderosa hará valer su voz interna y sin titubeos dirá NO, entendiendo que no hay por qué complacer a todo el mundo. Una forma de trabajarlo es promover que solucione sus propios problemas y que se atreva a dar su opinión en distintos escenarios, como en la escuela, en casa o con sus amigos. De este modo, irá dando pequeños pasos, le quedará claro que sus palabras son muy valiosas y que merece ser escuchada.
Entonces, decir “no” la ayudará a protegerse y así sentirá cada vez más su poder.
LA AUTOESTIMA SE FORMA EN LA INFANCIA
En la práctica diaria como psicoanalista es común para mí escuchar frases referentes a la autoestima, que se relacionan con la falta o carencia de esta: “Tiene baja autoestima, por eso deja que la engañe su marido” o “Le bajó la autoestima con ese regaño” o “Tengo baja autoestima, por eso todo me sale mal”.
Pero ¿realmente sabemos qué es la autoestima? Hablar de autoestima es hablar del sentimiento más bello y profundo que tenemos como seres humanos: el amor. Y no de cualquier clase, porque es el amor más importante de todos: el que tenemos hacia nosotros mismos. Además, el nivel de este sentimiento será directamente proporcional a la autoestima.
La autoestima comienza a gestarse desde la infancia. Y para que una niña afiance su amor propio, requiere desarrollar confianza en sí misma y saberse capaz de realizar lo que desea, a pesar de las dificultades que se le presenten en la vida. Aunque parezca contradictorio, necesitamos del fracaso para fortalecer nuestra autoestima. El problema es que por lo general evitamos el fracaso, ya que nos atemoriza, nos frustra y nos hace pensar que no servimos para nada.
Sin embargo, lo que no hemos analizado del hecho de fracasar son los aprendizajes positivos que nos aporta y cómo pueden contribuir a la autoestima. Esto me recuerda una anécdota del gran inventor Thomas Alva Edison. Se dice que fue cuestionado cuando llevaba 999 intentos para crear la bombilla eléctrica o lo que hoy conocemos como el foco. “¿No te cansas de fracasar?”, le preguntaron. A lo que él respondió: “No fracasé, solo descubrí 999 maneras de cómo no se hace una bombilla, por lo tanto, ya estoy más cerca del éxito”.
Esta historia nos ayuda a entender que los fracasos en realidad son solo formas incorrectas de hacer algo, pero que si no claudicamos alcanzaremos la meta. Nuestros niños deben saber que no todo se puede conseguir al primer intento y que eso no quiere decir que su valía es menor o que no sirven para nada. Al contrario, podrán aprender un aspecto psicológico de suma importancia: la tolerancia a la frustración.
Desde el psicoanálisis, al tolerar la frustración estamos fortaleciendo a nuestro Yo, o sea, nuestra parte más consciente de la mente. De acuerdo con Freud, nuestro aparato mental se conforma de tres instancias psíquicas: el Yo, el Ello y el Súper Yo. El primero, como ya mencioné, es nuestra parte más consciente; el segundo se basa en el principio del placer, es decir, lo que nos gusta y disfrutamos en cualquier aspecto; mientras que el tercero se basa en los principios morales con los que hemos sido educados o, en otras palabras, todo lo que se considera bueno y lo que se considera malo para el individuo.
Necesitamos del fracaso para fortalecer nuestra autoestima.
A veces creemos que darle todo a los hijos es una buena idea y nos esforzamos por entregarles lo que a nosotros nos hizo falta en la infancia, como una forma de evitarles sufrimiento. Sin embargo, al tomar estas acciones, no los dejamos pelear sus propias batallas. Y, sin querer, los volvemos frágiles, ya que no dejamos que se pongan a prueba, que lo intenten, que fallen y que lo vuelvan intentar hasta que lo logren. Tal como le pasó a Edison.
Otro aspecto que fortalece la autoestima en la infancia es que nuestros hijos se sientan especialmente amados. Repetirles lo mucho que significan para nosotros, como padres, es dejar en su mente una fuente permanente de poder de la que podrán disponer en los momentos más complicados de su vida.
Finalmente, si quieres que tus hijas e hijos lleguen muy lejos, enséñales a pensar en grande. Que no teman ponerse metas muy altas y que luchen por sus sueños usando su fuente de poder interna.
Enséñales a pensar en grande, ponerse metas altas y luchar por sus sueños.
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