Kitabı oku: «Todos los monstruos de la Tierra»

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Adriano Messias

Todos los monstruos de la Tierra

Bestiarios del cine y de la literatura


Título original: Todos os monstros da Terra: bestiários do cinema e da literatura

Publicado originalmente por EDUC FAPESP, São Paulo

© Adriano Messias, 2016

© De la traducción, José Luis Sansáns, 2020

© De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2020

Todos los derechos reservados

Obra publicada com o apoio da Fundação Biblioteca Nacional / Obra publicada con el apoyo de la Fundación Biblioteca Nacional


Primera edición: enero, 2020

Publicado por Punto de Vista Editores

info@puntodevistaeditores.com

puntodevistaeditores.com

@puntodevistaed

Diseño de cubierta: Joaquín Gallego

Corrección: Maite Rodríguez

Coordinación editorial: Miguel S. Salas

Imagen de cubierta: El monstruo de Odilon Redon

ISBN: 978-84-18322-17-4

IBIC: JFCA, GTE, APF

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com

Sumario

Presentación. Monstruos y bestias juntos... por el bien de la humanidad

Prefacio. El mostrador de los miedos de la Tierra

Introducción. Tras las huellas de los monstruos

PARTE I. UNA ARQUEOLOGÍA DE LOS MONSTRUOS

1. Conceptualización

Fantástico: un concepto plural

Lo fantástico en la literatura

2. Una historia de monstruos

Unas alimañas fantásticas

De bestiarios y monstruos

Monstruos en el mundo antiguo

Polifemo y Escila: matrices de la monstruosidad clásica

Circe: la femme fatale griega

Los horrores y espantos del Medievo

Animales domésticos y salvajes

En el principio eran los monstruos...

La mujer como monstruo

De melusinas y madres del agua

Lo gótico, lo grotesco y lo quiroptérico

«Aquí hay monstruos»: los peligros del mar

Lo monstruoso y lo fantástico en la extrañeza de América

La influencia de los bestiarios en el Novus Mundus

Los miedos del mundo buffoniano-depauwniano

Noticias del bestiario brasileño

La sombra del monstruo en las luces europeas

Los terroríficos cuentos de hadas

Érase una vez el coco

La serpiente visceral y otros «invasores de cuerpos»

El cuerpo monstruoso en el siglo XIX

Los bestiarios del siglo XX

Cambio de paradigmas en relación con los animales

¿Qué so(m)bra de un hombre?

La urgencia de lo fantástico y lo fantástico urgente

3. De la instrumentación

El psicoanálisis como ojo para lo fantástico

La semiótica psicoanalítica

Breve psicoanálisis del miedo

Lo extraño familiar

PARTE II. LO FANTÁSTICO EN EL CINE

1. Un cuerpo tentacular

De las dificultades clasificatorias

La avant-garde de los estudios sobre el fantástico en Francia

Las dos vías de los mitos fantásticos

Fantástico, género evanescente

2. Un palimpsesto monstruoso

La narrativa cinematográfica

Origen y recorrido del cine fantástico

De la caverna platónica a las soirées parisinas

La precinematografía

El primer cine (1895-1907)

Del tren de los Lumière al Viaje a la Luna

Los vampiros de Louis Feuillade

El fantástico americano antes y durante los años veinte

Animaciones: un semillero para lo fantástico

Las animaciones en Brasil

La revolución Disney

El fantástico conquista Alemania

Los años treinta: la galería de los monstruos

Eclipse de los monstruos clásicos: los años cuarenta

La década de 1950: la llegada de los alienígenas

Monstruos gigantes y fantasmas resentidos: el cine japonés

Años sesenta: la Hammer y el nacimiento del gore

El reconocimiento de Hitchcock

El fantástico en los años setenta

Los inolvidables años ochenta

Años noventa: presagios de una tragedia anunciada

El cine fantástico en el siglo XXI

Remakes

Falsos documentales

Películas de violencia gratuita

El monstruo real: el 11 de septiembre

PARTE III. LO FANTÁSTICO EN EL CINE POS-2001

El mundo de hoy: la fantasfera

El bestiario de la fantasfera

Bienvenidos a Zombilandia

Alien, pasajero de primera clase

Las variadas criaturas biotecnológicas

Un avatar es un «cuerpo» segundo

Un avatar necesita mediación

El cuerpo de un avatar es animado por una mente a partir de un cuerpo matriz

Un avatar es, antes que nada, forma y no una función o representación

Quimeras contemporáneas

La actualización de las damas melusianas

Ogros, cocos y troles: todo lo que un niño quiere ser

Monstruos de talla grande

Seres crepusculares

Los fantasmas todavía nos divierten

El inferno está aquí: diablos en su salsa

Epílogo. Cuando la luz se apaga, ¿dónde nos escondemos?

Agradecimientos

Bibliografía

Filmografía

A mis padres.

A Fred.

Presentación

Monstruos y bestias juntos... por el bien de la humanidad

Adriano Messias es un integrado. En la década de sesenta, Umberto Eco definió ese término en oposición al que denominó «apocalíptico». Mientras que este último solo consigue ver la decadencia de la alta cultura, el integrado está al tanto de los movimientos de masa, de la «industria cultural», y la analiza con el mismo empeño, sin prejuicios. Adriano, siguiendo esa senda, en este libro, muestra cómo, tras el 11 de septiembre de 2001, el cine transformó las imágenes de horror, haciéndolas más realistas o hiperrealistas.

Como espectadores, muchos estudios del campo psicológico muestran que podemos hacernos más fuertes viendo imágenes de violencia. Si las soportamos, claro está. El privilegio del cine de terror viene siendo la degradación de los cuerpos, como las que vimos (o deducimos) en las espantosas imágenes de Nueva York. Y el cine regresa a lo grotesco de la Edad Media, a lo satírico, cuando el retrato del horror y del declive de lo humano también servían para recordar lo divino.

El monstruo le da voz al mal. No reconoce al humano; de ese modo, se reserva el derecho de destruirlo. El psicoanálisis aventura que el terror aniquila la figura narcisista idealizada. ¿Quién no vibra con el asesinato del típico chulito, creído y vacilón de las películas de miedo baratas? ¡Qué gozada presenciar cómo acaba literalmente despedazada la figura mítica que nos acosa en el colegio o en el trabajo!

Más que nunca, las bestias cinematográficas están al servicio de la catarsis. El monstruo nos recuerda nuestra finitud, pero también señala la continuidad. Siempre acaba regresando en secuencias interminables.

Así, Adriano Messias no se propone dar respuestas definitivas, ni examinar por completo este género fascinante del cine: el del terror. A fin de cuentas, prescindiendo de la solemnidad del cine, las películas forman parte continua de nuestra existencia: desde los enormes televisores domésticos hasta las pantallas de los móviles.

Algo está claro tras esta hercúlea investigación: necesitamos a los monstruos.

Cada vez más.

Para volvernos humanos.

JOSÉ PAULO FIKS

Psiquiatra y psicoanalista

Doctor en Comunicación, tiene un posdoctorado en Ciencias de la Salud, Investigador del Programa de Atención e Investigación en Violencia (PROVE) del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Federal de Sao Paulo

Prefacio

El mostrador de los miedos de la Tierra

En Halloween, típica festividad de los países nórdicos que el neocolonialismo globalizado implantó en el resto del mundo, muchas personas de las grandes ciudades, aprovechando la ocasión, salen a la calle a divertirse con disfraces de lo más variopinto. ¿Sería una orgía del mal —sin ángeles ni hadas, en versiones de la propia imaginación o del vestuario hollywoodiense de los famous monsters del cine— nuestro telón de fondo mental colectivizado? En cualquier caso, a los niños les encanta, en la domesticación de la angustia, percibir que nuestra especie es mortal, que moriremos natural o violentamente. Y, lo que es peor: también sus padres, tan poderosos como frágiles, podrían ser exterminados por… ¡un monstruo! En la actualidad, las sociedades de consumo y del espectáculo han cambiado completamente la significación de un término que antes solía denominar a algo horrible, pero que hoy se presenta de formas bastante diferentes a las anteriores: lo que era terrible se ha convertido en algo conocido, familiar, íntimo y éxtimo1 al unísono; así que, dialécticamente, hasta nuestra propia prole podría ser siniestra (¡todavía más si su apellido es Addams o Munster!). Freud ya había hablado de ello —mucho antes que la industria cultural—, destacando el hecho de que las palabras pueden tener dobles sentidos e, incluso, sentidos opuestos2.

«Mostrar» quiere decir «dar a ver», pero no todo debería ser visto: el límite es lo «obsceno», lo que nunca debería ser puesto en escena, ya sea por motivos morales, estéticos o ideológicos. Con todo, y desde tiempos inmemoriales, primero en la transmisión oral de historias y leyendas y, luego, potenciado hasta el infinito gracias a las mañas de las artes visuales y de los efectos especiales, los exotismos se apoderaron del escenario, de la programación y de la imaginación. En otras palabras e imágenes: a Michael Jackson no le hizo falta morir para ser un walking dead; junto con su música y estilo únicos, merecedores de aplausos póstumos, el secreto de su éxito fue «parecer un zombi». De poco sirvió, más tarde, lavar su imagen, intentar ser padre y blanquearse el semblante: ¡quien quiere ser visto como un monstruo, sin duda, lo consigue!

Lo que era para asustar y desagradar, ahora es campeón de audiencia y modelo de identificación: Frankenstein, el proletario mecánico; Drácula, el paradigma del elitismo y del parasitismo social; la Momia, la realización de deseos pendientes a lo largo de milenios; el Hombre Lobo, un ciudadano animal y pulsional, contrario a la civilización en las lunas llenas. Todos ellos son marginales y nocivos; fascinantes y, sin embargo, peligrosos y, nítida y especialmente, antisociales. Entretanto, todos estos, emblemáticos, aliados a una legión de réplicas y versiones, son cosas de un pasado remotamente reciente, porque ya estamos en el mañana; como decía Manoel de Barros, «Antes era peor; después, fue empeorando».

Hasta hace poco tiempo, había una carta de monstruos a disposición del cliente en los videoclubs (que ya no existen). En adelante, cualquiera puede ser uno, ya que los tópicos, arquetipos y mascaradas están harto disponibles para el parque humano. ¿Cómo saber todo lo que hay por ahí, sea en las tinieblas o a la venta como disfraces inofensivos? Aquí empiezan los méritos del trabajo de Adriano Messias de Oliveira. En estos «tiempos interesantes», hay tantos espantos nuevos que, en primer lugar, han de ser descritos, analizados y recensados como frutos recientes de la producción masiva: feos, sucios y malvados ahora pueblan nuestros sueños y realidades urbanas, proporcionado algunos deleites paradójicos, más allá del (políticamente correcto) principio del placer. He ahí la cuestión: ¿de qué forma los monstruos forman parte de nuestra economía libidinal, gustándonos o no?

Escribiendo este texto, escucho a los Ramones cantando «Cretin Hop», una oda a los descerebrados. Ellos mismos, y sus fans, fueron cariñosamente apodados pinheads. ¿De dónde vino eso? De una película clásica de... monstruos de verdad: La parada de los monstruos (1932). En efecto, su director, Tod Browning, también el del primer Drácula (1931), adaptó una historia ficcional, usando actores no profesionales —mejor dicho, atracciones circenses—. Junto a los personajes típicos —la mujer barbuda, el hombre sin huesos, los varios tipos de enanos de todos los sexos y demás troupe—, estaban también los oligofrénicos microcéfalos, «cabezas de alfiler». No obstante, tanto el film como aquel tipo de rocanrol son cosas antiguas; del siglo anterior, para ser más exactos: nuestra «antigüedad clásica». En el actual, más allá de la imaginación convencional, hay fruiciones desconocidas hacia eternos miedos, como el extraño placer de conocer, y vale la pena analizarlos como verdaderos indicadores de la cultura.

El exhaustivo estudio que tienes entre tus manos recopila la prolífica y fantástica fauna que habita en el «imaginario colectivo», alias público; es decir, todos los espectadores, empezando por los más pequeños y siguiendo por los adultos a los que, sin miedo, todavía les gusta llevarse sustos pasterizados. Y los hay para todas las edades, para todas las preferencias: en las fábricas de sueños, la manufactura en serie del cine no para nunca, con novedades y reciclajes de criaturas consagradas. ¿Cómo orientarse, para elegir o huir, en medio a tanta oferta y variedad? Pues de la manera tradicional: con los «bestiarios», es decir, los catálogos de monstruosidades, un género literario-clasificatorio que existe desde hace muchos siglos, con lo más destacado de cada época histórica y sociedad. Así pues, se puede decir que Adriano realizó, con mucho tino, dos tareas simultáneas: en los términos del discurso universitario, su tesis organizó semióticamente el universo de estos entes fabulosos que requieren estudio. Y, al hacerlo, se forjó un nuevo e inédito bestiario; necesario, porque, en el siglo XXI, de facto, los horrores pueden ser muy reales, nunca antes vistos. El hito traumático del 11 de septiembre inauguró la centuria con la violencia, partera de la historia, dando a luz insólitos terrorismos. A partir de entonces, los pavores nocturnos nunca más serían los mismos…

Como retorno de lo reprimido, muchos miedos vienen del pasado. El futuro, no obstante, también puede asustar, cuando las utopías insatisfactorias dan lugar a distopías aún «más peores», como diría Manoel de Barros. Es el caso paradigmático del zombi en la posmodernidad. Antes de él, la criatura del barón Víctor Frankenstein —bautizada metonímicamente como «el moderno Prometeo»— era considerada el único mito original producido en la modernidad. Pero él era un ser solitario y melancólico, preocupado en encontrar a otra con la que tener una relación; frustrado, buscaba vengarse del creador de su soledad. No se podía imaginar que, en el futuro, se le consideraría el precursor de la condición poshumana… Los zombis, al contrario, datan desde siempre —al menos antropológicamente— en Haití. Como en Haití podría ser por aquí, en cualquier territorio del capitalismo, los consumidores serán los candidatos apropiados para portarse como muertos vivientes, asolando y destruyendo centros comerciales y conjuntos residenciales, muertos vivientes con tarjetas de créditos. George Romero, el padre de todos, fue preguntado, alguna vez, en un making-of: «¿quién representaría, en los días de hoy, el papel del zombi, como alteridad absoluta?». El director, también ideólogo subversivo, contestó que podrían ser, por ejemplo, los palestinos, los refugiados, los migrantes, tomados como epígonos de lo que no puede ser asimilado: humanos, demasiado humanos; monstruosos, porque son diferentes.

Moraleja de la historia, de todas las historias: los monstruos son los otros, al ser, más que semejantes, diferentes. Por no ser iguales, serían peligrosos, portadores de una voracidad radical que destruiría nuestro narcisismo, ego y cuerpo, según sus voluntades avasalladoras. En definitiva, los semblantes del otro, capacitados para satisfacerse tanáticamente con nosotros, también pueden fascinarnos, en el masoquismo gozoso de las pantallas y de los disimulos, en el delivery de las intensidades, en las pesadillas prêt-à-porter.

OSCAR CESAROTTO

Psicoanalista y profesor de Comunicación y Semiótica (PUC-SP)

Encontrar lo que no buscábamos es lo que hace que avance el conocimiento.

CLAUDE-CLAIRE KAPPLER, Monstres, démons et merveilles à la fin du Moyen Âge

Introducción

Tras las huellas de los monstruos

Los monstruos siempre han sido, para mí, una inquietud personal, deliciosa e instigadora. Como tema de estudio, pedían un análisis intenso mediante miradas polifacéticas que pudieran rastrear su exterior e interior. El soporte cinematográfico se convirtió en algo obvio para tal acometida; a fin de cuentas, no hay ningún otro sitio en la contemporaneidad en el que un monstruo se muestre tan bien. Si la literatura forjó seres fantásticos profusamente en el siglo XIX, considero que, en los siglos XX y XXI, el cine ha sido el gran criadero de bestiarios. Su influencia ha sido tan avasalladora que la literatura denominada fantástica es hoy su gran deudora. En esta línea de raciocinio, me parece posible afirmar que, si la literatura expresó los síntomas de la cultura3 en el siglo XIX, el cine lo hizo en el siglo XX y lo viene haciendo en el XXI; al fin y al cabo, sus ingenios están mucho más cerca del sueño que los de una obra literaria, si pensamos que su materia prima es, básicamente, la imagen visual4.

Mi objetivo general en este trabajo ha sido el de analizar algunas películas de la primera década del siglo XXI —con una tolerancia de algunos años a más— en lo concerniente a la presencia de formas monstruosas provenientes de la imaginación en torno de lo fantástico, siempre contundentes y numerosas. En cuanto a un objetivo específico, he buscado entender cómo lo fantástico, en la materialidad de sus personajes, fue actualizado, reinventado y fabulado, mediante el soporte de una comprensión de base semiótico-psicoanalítica.

Por medio de la presentación de una cierta «arqueología» de diversas manifestaciones culturales de seres fantásticos (desde la Antigüedad, pasando por la Edad Media, por el Renacimiento, por el ultrarromanticismo del siglo XVIII, por la asunción de cuestiones del cuerpo cambiante en el XIX, hasta nuestros días), estudié la fuerza con la que determinadas representaciones de lo fantástico todavía se manifiestan, plasmadas en las cintas seleccionadas. También he intentado localizar, delimitar y explicar las manifestaciones del catastrofismo en el vasto panorama del cine fantástico como una de las tendencias dominantes en el periodo seleccionado5.

Si, en gran parte de las ficciones fantásticas, el personaje humano se vio o se sintió observado por algún monstruo que estaba al acecho, aquí he tenido la dedicación de mirar a la criatura que causa el pavor, diseccionar su conformación híbrida y, tantas veces, lo aparentemente innominable, tanto bajo la instrumentación de la semiótica psicoanalítica como de otros campos del saber, como los estudios cinematográficos, la filosofía y la antropología.

Llegué, concomitantemente con lecturas diversas y con el conocimiento previo de muchas películas, a seleccionar un corpus de temática fantástica producido durante la primera década del siglo XXI6. Establecí, no como criterio, sino únicamente como una variable de carácter simbólico para mi recorte, el 11 de septiembre de 2001. Esa fecha se convirtió, para toda la cultura mundial, en un antes y un después: tal vez ahí empezó el nuevo siglo. El fin del recorte temporal lo establecí en 2011, por lo que te encuentras ante diez años de cinematografía desmenuzada.

La profusión de films fantásticos lanzados durante el periodo elegido —lo que justifica la variada selección de los materiales estudiados— mereció una mirada que partiese de la localización y detección de los seres monstruosos que vinieron a poblar el universo cinematográfico de forma torrencial. Estudié las similitudes que tales seres mantuvieron entre sí, las formas por las que se presentaron, los niveles de invencionismo alrededor de ellos o, incluso, su vínculo con una cierta tradición de configuración en el amplio género fantástico. También, principalmente, busqué ver lo que esas películas —que inspiraron muchas veces series de vampiros, de seres de la mitología antigua y medieval, y de zombis famélicos, por ejemplo— pudieron decir sobre el mundo que se revelaba ante el nuevo siglo, desde 2001.

Al estudiar los monstruos —tanto en la cultura, de forma general, como en el cine y en la literatura, basándome, para ello, en investigadores de relevancia—, empecé señalando la existencia de un cierto bestiario cinematográfico contemporáneo constituido por monstruos que, mediante esfuerzos analíticos con respaldo teórico, vine a considerar paradigmáticos. Planteé, desde el comienzo, la hipótesis de que las representaciones de lo fantástico reflejan y demarcan las peculiaridades de la época enfocada y, por consiguiente, me sentí impulsado todo el tiempo a trabajar en torno a una cierta sintomatología de la cultura perceptible en el cine, inspirado por análisis que parten de ideas discutidas por Lacan y Žižek, por ejemplo, precipuamente. Al avanzar con las investigaciones, cuando analicé las películas, lograba, pues, encontrar ayudas para la elaboración de un «nuevo bestiario» que, a pesar de tener un fuerte y evidente matiz apocalíptico y catastrófico, proporcionó igualmente otras conformaciones que dicen mucho sobre la contemporaneidad. Los seres fantásticos —de los más horrendos a los más sutiles—, reavivados y recreados por la fuerza e ingeniosidad de las tecnologías del cine, ofrecieron mucho sobre el mundo comunicacional de nuestros días, de tal forma que propuse, en este trabajo, el término fantasfera (la gran esfera de lo fantástico), acuñado por mí, para denominar el vasto material disponible sobre las creaciones y criaturas de mi interés.

Presupuesta la analogía entre el sueño y el cine, anteriormente señalada, los análisis desarrollados fueron en gran medida formales y tuvieron, también como ya he subrayado, el apoyo de la semiótica psicoanalítica, hábil en ayudar a comprender las consecuencias de los signos culturales para el sujeto —el ser de la cultura—. Aquí me apoyo en las ideas de Žižek, cuando el filósofo escribe:

Se trata de eludir la fascinación propiamente fetichista del «contenido» supuestamente oculto tras la forma: el «secreto» a develar mediante el análisis no es el contenido que oculta la forma (la forma de las mercancías, la forma de los sueños), sino, en cambio, el «secreto» de esta forma7.

Žižek discurre sobre la forma utilizando a Marx y a Freud en sus ejemplificaciones, y coincide con el padre del psicoanálisis cuando este propone, acerca del análisis de los sueños, que «nos hemos de deshacer de la fascinación por este núcleo de significación, por el “significado oculto” del sueño —es decir, por el contenido encubierto tras la forma de un sueño— y centrar nuestra atención en esta forma»8.

Así pues, defiendo la propuesta zizekiana-freudiana de que lo que debe interesar es el secreto de la propia forma y no lo que presuntamente se oculta tras ella. En esa dirección, abordo las representaciones de los síntomas de la cultura encarnados en los seres monstruosos. Al fin y al cabo, el monstruo es siempre lo otro de lo humano, al igual que los animales9 y, ¿por qué no?, también los objetos. Por ejemplo: en los años cincuenta, lo «otro» de lo americano macartista se vio proyectado en las formas horripilantes y escarlatas de los marcianos de la ciencia ficción cinematográfica.

Desde el inicio de este estudio, me enfoqué en los múltiples seres a los que se les atribuyen características monstruosas10 y, con ello, se fue dejando de lado el matiz de las construcciones que se acercan más al humor y a la sátira. Debido a que las nomenclaturas que revisten lo fantástico son numerosas y contradictorias —ya que, entre otros factores11, se modifican de acuerdo con el contexto teórico—, no me adentré en el peligroso e infernal terreno de las subcategorizaciones. Explicito, por lo tanto, mi criterio formal en busca de las representaciones del monstruo y quiero dejar claro, desde este momento, que hui de la vana ambición de categorizar las diferentes manifestaciones del monstruo y de lo inverosímil para centrarme en el «protogénero de lo fantástico», el cual engloba géneros variados, como el terror y la ciencia ficción. Aun así, tuve el cuidado de presentar, a modo de estado del arte, algunos de los esfuerzos que invirtieron diversos estudiosos en su afán de establecer clasificaciones para lo fantástico y lo monstruoso, todas dotadas, no obstante, de fragilidades.

Este libro se divide en tres partes —organizadas en subcapítulos— y concluye con unas consideraciones finales. La primera parte tiene tres temas-guía: el primero se pasea por la problemática en torno al concepto y delimitación del género fantástico; seguidamente, se investiga una larga tradición en torno a los monstruos, empezando en la Antigüedad clásica y llegando hasta nuestros días. Con todo, el avance textual se realiza no solo cronológicamente, sino mediante comparaciones con formas y manifestaciones de lo monstruoso contemporáneo, además de discusiones de cariz psicoanalítico y semiótico, lo que anticipa, a menudo, algunos de mis sesgos analíticos. El tercer tema se encamina hacia la pertinencia de los estudios freudo-lacanianos en el marco del monstruo en el cine y en la literatura.

La segunda parte del libro trata específicamente de los recorridos de lo fantástico en el cine, arrancando con los espectáculos de fantasmagorías y los precines, y avanzando hasta el cine actual. También aquí se discuten, con más vigor, las dificultades clasificatorias de lo fantástico en el ámbito cinematográfico. El texto finaliza con comentarios sobre el terrorismo y el 11 de septiembre.

La tercera parte presenta los análisis de las películas estudiadas en el universo de la fantasfera. En ella, se incluyen capítulos que abordan de forma específica las cintas relacionadas. En ese momento es donde se piensan, de manera más contundente, las formas de lo monstruoso de acuerdo con la perspectiva de los síntomas culturales. Seguidamente, las consideraciones finales señalan el esfuerzo de síntesis de todo el estudio desarrollado alrededor del monstruo y de lo monstruoso.

PARTE I

UNA ARQUEOLOGÍA DE LOS MONSTRUOS

La proximidad con lo real es lo que engendra el miedo.

JEAN-LOUIS LEUTRAT, Vida de fantasmas. Lo fantástico en el cine

1

Conceptualización

Fantástico: un concepto plural

En este subcapítulo trato el concepto de lo fantástico y presento definiciones encontradas en diversos trabajos teóricos, con el objetivo de confrontar sus ideas. Empiezo con un investigador clásico del tema, Louis Vax (1960), quien, al comienzo de su libro Arte y literatura fantásticas, ya advierte sobre el riesgo de intentar definir el concepto de fantástico. En el transcurso de su obra, no obstante, nos presenta algunos puntos que pueden considerarse significativos para reflexionar. Escribe que «lo fantástico se nutre de los conflictos entre lo real y lo posible» y que la «narración constituye seguramente el género literario más adecuado, ya sea en forma de cuento, obra teatral o cinematográfica. […] en sentido estricto, lo fantástico exige la irrupción de un elemento sobrenatural en un mundo sujeto a la razón». Para él, el más allá de lo fantástico es, en verdad, un más allá bien cercano, puesto que el monstruo y la víctima encarnan dos partes de nosotros mismos: nuestros deseos inconfesables y el miedo que nos inspiran cuando somos conscientes de ellos. Vax también afirma que el hombre tiene, ante todo, miedo de sí mismo y de sus deseos, y teme la violencia del monstruo, que es él. Al fin y al cabo, «lo fantástico no quiere solo lo imposible, por ser aterrador, lo quiere porque es imposible».

Recuerdo aquí algunas propuestas más de Vax acerca del tema fantástico: «El monstruo atraviesa las paredes y nos espera donde quiera que estemos. Nada más natural, ya que el monstruo somos nosotros mismos. Él ya penetró en nuestro corazón en el momento que creemos que está fuera de nuestra casa». Y también: «Lo fantástico es lo equívoco, la presencia sorda del hombre en la bestia o de la bestia en el hombre». El investigador afirma que esa relación está presente en el hombre lobo, por ejemplo, y que el reino de lo equívoco está poblado por una multitud de híbridos. Hombres-cestos u hombres-cavernas, en el Bosco; retratos que cobran vida, en Edgar Allan Poe12; estatuas maléficas, en Prosper Mérimée, son algunos ejemplos que brinda.

Al discutir específicamente el arte fantástico, Vax busca una definición de fantástico del siglo XIX, cuando el término se aplicaba a «ciertas obras fantasistas, extravagantes, de efectos de luz bizarros, imprevistos, llegando a escenas extrañas en las que fantasmas y apariciones cobraban una presencia importante»13. El investigador también insiste en la idea de que lo fantástico es alusivo y, por ello, nos remite a otra cosa diferente a él, por lo que tiene, de esta manera, una gran fuerza metafórica. En un breve comentario, afirma que el cine fantástico es como una máquina de provocar miedo, pero también un ejercicio de virtuosidad, y menciona personajes fantásticos que adquirieron una gran fama, como Frankenstein, recreado en diversas obras.

En un enfoque complementario, también se puede proponer que lo fantástico no es aquello que se escapa de lo corriente y de lo cotidiano. Es un error etimológico derivarlo de la imaginación —de donde parecen también provenir el «fantasma», la «fantasía» y el «fantoche», según Lenne (1974)—. Para ese autor, lo fantástico es, en efecto, la confusión de la imaginación con la realidad: zona de encuentro y reencuentro y lugar poético entre lo imaginario y lo real, en el que se sustenta un carácter híbrido e inclasificable.

Observé repetidas veces la dificultad de llegar a categorizaciones definidas y definitivas, y sobre eso hablaré al adentrarme en el cine fantástico y sus problemas clasificatorios. De hecho, lo fantástico es una especie de «poética de la incertidumbre»: tiene una inestabilidad inherente que genera dudas, ofreciendo un sentido único, conforme explica Magalhães (2003).

A menudo, los límites entre lo fantástico y el llamado realismo son bastante porosos. El cine moderno nació del escándalo, según afirma Henry14. Y nació también del extrañamiento, de lo heterogéneo, del hiato, de la escisión. Como ejemplo de lo que hablo, destaco la película Los pájaros (The birds, Alfred Hitchcock, 1963)15: la señora Bundy, la ornitóloga que afirmó que las aves no serían capaces de atacar a las personas, escenas más tarde, será encontrada prostrada y enmudecida, vencida por el «escándalo» de lo que sucedía en la localidad de Bodega Bay. Sin embargo, ese escándalo no era más que la superficie de algo aún más profundo y avasallador: la llegada de la sofisticada Melanie Daniels a un paraje puritano de Estados Unidos, buscando al hombre que deseaba, pese a que solo lo había visto una vez en la vida. La incomodidad social provocada por el personaje se plasma en el castigo de la tortura de verse encerrada en un granero lleno de aves agresivas. De igual forma, Ingrid Bergman, años antes, había formado un alboroto al juntarse con Roberto Rossellini16: en Stromboli (Stromboli, terra di Dio, 1950), ya era excesivamente escandaloso ver a una nórdica en una comunidad de pescadores italianos. «Ya que, para ellos, ella no era más que un monstruo»17.

Lo fantástico en la literatura

Diversos escritores de ficción también reflexionaron sobre el cine, como Jorge Luis Borges, cuya obra se apropió de una filmografía. Como afirma Cozarinsky: «En 1935, en el prólogo a la Historia universal de la infamia, Borges reconocía que sus primeros ejercicios de ficción derivaban del cine de Von Sternberg»18. Con ello, el investigador demostraba las incursiones laberínticas que el escritor argentino haría por las producciones fílmicas, que se dieron con énfasis en la revista Sur, entre 1931 y 1944. Borges reconocía, ya a finales de los años veinte, el poder comunicativo del cine para romper fronteras y enriquecer la vida humana. Por otra parte, desconfiaba de la novela, cuya «prolijidad» podría caber perfectamente en una breve exposición oral. Muchas veces asumía en sus textos un afán de organización y montaje cinematográficos —continuidad y discontinuidad— puesto que, para él, algunos procedimientos narrativos eran comunes al cine y a la literatura, mientras que esta última parecía valerse bien de la sintaxis discursiva menos verbal de las imágenes en movimiento. Tal fue el diálogo del escritor argentino con el cine que, en «El sur», considerado por él mismo como su mejor cuento, la trama —a pesar de la apariencia realista y de verosimilitud estética— se impregna de lo fantástico hasta desaguar en un desenlace abierto, en el que el escritor le presenta al lector una no-conclusión, que se traduce formalmente en una especie de congelamiento cinematográfico. Eso va acorde con las ideas de Stam, quien discurre ampliamente acerca de las interfaces entre literatura y cine y sobre la adaptación de géneros, como es el caso de lo fantástico: «tanto las novelas como las películas vienen canibalizado constantemente géneros y medios antecedentes»19. Y esa canibalización se ha trasladado al propio paroxismo del cine.

Para Borges, en su texto «La postulación de la realidad»20, la literatura siempre es visitada por la imprecisión, con independencia de si se busca o no el realismo por medio de ella. Él entendía lo impreciso como una propensión del hombre escritor, ya que todo relato comporta preferencias, por una parte, y omisiones, por otra. Y tomó como ejemplo tanto el movimiento del hombre romántico en busca de la expresión, como el del clásico, que pretendía describir y retratar la naturaleza. En ambos, Borges percibía el fracaso. El segundo, en su intento de registrar y representar, creía relatar la realidad cuando, en verdad, estaba sumergido únicamente en conceptos. La hipótesis del escritor argentino era la de que toda atención a algún objeto o tema implicaba una selección, una elección. «Vemos y oímos a través de recuerdos, de temores, de previsiones». Así pues, la literatura, para él, no podía huir de lo inverosímil. Recuerdo que, con su característica ironía, creó un título para el pequeño ensayo, buscando ya decir que la literatura produce una simulación de la realidad. Le correspondió a Borges proponer que todo realismo era, en efecto, irrealista. Eso deconstruía el supuesto glorioso pasado clásico, que insistía en la regla de la verosimilitud en la literatura, de forma específica, y en las artes, de manera general.

De ese modo, tomando el raciocinio de Borges, puedo entrever que las narrativas son irrealistas, desde siempre. Contra la insistencia y la ingenuidad clásicas, señalo las construcciones de lo fantástico como opositoras a la pretensión de verosimilitud y, en el caso específico de este trabajo, me remito a un mundo en el que renunció a cualquier intención de dominar la naturaleza.

En otro texto21, Borges, 18 años más tarde en relación con su «La postulación de la realidad», hace una bellísima y elegante defensa de la literatura fantástica en una conferencia en Montevideo, el 2 de septiembre de 1949, para los Amigos del Arte. Algunos de sus comentarios trataban sobre la literatura fantástica como una manifestación mucho más antigua que la llamada literatura realista, esta última tan joven, para él, como el propio siglo XIX. Las obras fundantes de la literatura occidental serían, para el autor, todas de fundamentación fantástica, habida cuenta de las tramas de La Ilíada y La Odisea, por poner solo dos grandes referencias como ejemplo —aunque sea muy difícil precisar la aparición de esa clase de relatos fantásticos—. Hay quienes consideren como uno de los hitos de sus remotos orígenes El asno de oro22 (siglo II) y, tradicionalmente, la crítica especializada asume que la literatura fantástica resurgió con todas sus fuerzas a finales del siglo XVIII, revestida de tramas góticas, expresando el sentimiento de ambivalencia y paranoia en relación con lo otro en famosas novelas cortas y cuentos que ponían en primer plano los conflictos entre el bien y el mal y entre lo carnal y lo espiritual, por ejemplo.

Borges deja que el lector perciba, en su texto, que la literatura fantástica no sería menos importante que la llamada realista —al contrario de lo que siempre quisieron buena parte de los críticos y el propio pensamiento popular—, menos aún deshumanizada, irresponsable, gratuita, escapista23. La literatura fantástica —él bien lo sabía— sería capaz de superar el mundo superficial y ofrecerle metáforas a la realidad, lo que solo se daría mediante el rigor y la lucidez. El horizonte en el que Borges veía esa literatura, que sobreviviría aún durante muchos siglos, era aquel que alcanzaba la dimensión de lo transcendente, mientras que la novísima literatura, la cual anhelaba coincidir con la llamada realidad, podría incluso llegar a desaparecer en algún momento.

Bastante preocupado en concederle un espacio de valorización a la literatura fantástica —en una época en la que la izquierda argentina dirigía su mirada hacia un endurecido realismo socialista o a la littérature engagée de los existencialistas franceses—, Borges llegó a analizar cuatro procedimientos de los textos fantásticos, los cuales fueron posteriormente ampliados por él: a) la obra dentro de la misma obra, como en el caso de Don Quijote y Hamlet; b) la introducción de mensajes del sueño para la modificación de la realidad, asunto presente en diversas culturas; c) el viaje a través del tiempo (por ejemplo, La máquina del tiempo, de H. G. Wells); y d) la presencia de dobles (como en el cuento «William Wilson», de Poe).

Traigo, además de la de Borges, un aporte que hace referencia al propio Machado de Assis, tan insistentemente clasificado por los estudiosos más conservadores como un escritor «realista». Es Pereira24 quien va a recordar que algunos críticos consideraron, atrevidamente, que el «brujo de Cosme Velho» era bastante próximo a la literatura fantástica al abordar la sociedad de su época y acabó siendo identificado más tarde con los autores latinoamericanos de los años sesenta vinculados al llamado «realismo mágico»25. Machado fue tan antirrealista en algunos momentos que llegó a criticar ásperamente a Eça de Queirós por su «realismo implacable»26, quien a menudo buscaba, mediante el exceso descriptivo, una supuesta representación extremadamente fiel de lo social27. El gran escritor brasileño también mencionó que el propio Émile Zola, líder de la escuela naturalista, apuntaba peligros en el realismo. A esa crítica sobre las tendencias realistas, añado las palabras de Fischer:

El gusto [brasileño] acentuado por la fotografía de lo real tal cual se presenta, una voluntad de contar la historia verdadera o, más aún, de revelar la verdad que está oculta en alguna parte. […] Vista bien desde arriba, desde una altura panorámica, la literatura brasileña se muestra, en efecto, como un conjunto de libros dominado por una voluntad de realidad, de una parte, y por el menosprecio, tal vez incluso por el rechazo, a relatos imaginativos, fantasiosos28.

A mi juicio, dicha afirmación se aplica no solo a la literatura brasileña, sino también a su cine y, en gran medida y de forma generalizada, esa constatación sirve para las expresiones artísticas de otros pueblos29.

Siguiendo la estela de un pensamiento más tradicional y «escapista» sobre lo fantástico, Penteado, en el prefacio de una antología de cuentos, recupera a Pierre Castex, que escribió sobre el cuento fantástico en Francia. Escribe Penteado:

Lo fantástico, en literatura, es la forma original que asume lo maravilloso, cuando la imaginación, en vez de transformar en mito un pensamiento lógico, evoca fantasmas encontrados en el transcurso de sus solitarias peregrinaciones. Es generado por el sueño, por la superstición, por el miedo, por el remordimiento, por la sobreexcitación nerviosa o mental, por el alcohol y por todos los estados mórbidos. Se nutre de ilusiones, de terrores, de delirios30.

Y, más adelante, al hilo de la proliferación de lo fantástico en su época, Penteado continúa:

El hombre moderno, quizá procurando encontrar una evasión espiritual para los problemas cotidianos e insolubles que lo torturan, harto ya de la lectura de los noticiarios comunes, en los que los seres humanos dan rienda suelta a su desmedida ambición y egoísmo [...], se vuelve [...] al clima de misterio, a lo irreal, a la fantasía, lo que explica el gran número de escritores y publicaciones de esa naturaleza surgidos últimamente.

En el siglo XIX florecieron los cuentos fantásticos por toda Francia y por Europa, en general. Charles Nodier, en 1830, escribía su manifiesto Du fantastique en littérature y también vino a explorar la figura del vampiro, la alucinación y la criatura sobrenatural en varios de sus textos. Tantos otros siguieron ese camino en las letras francesas, como Théophile Gautier, Honoré de Balzac, Louis Lambert, Prosper Mérimée y Guy de Maupassant.

La literatura fantástica, a pesar del hito establecido por El diablo enamorado, del dijonés Jacques Cazotte (1772) —libro muy importante que comentaré en el subcapítulo «La sombra del monstruo en las Luces europeas»—, tuvo a Alemania como su importante centro irradiador, que influyó en otras literaturas de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, durante un buen tiempo, el texto de Cazotte fue considerado como una obra original en el país de Molière, teniendo en cuenta que lo que allí se producía, hasta entonces, en términos de literatura, recurría o a una fantasmagoría irrisible, o a lo satírico cercano a lo alegórico. El escritor que, de hecho, se considera iniciador de la literatura fantástica moderna es el alemán E. T. A. Hoffmann y la aparición de la expresión «cuento fantástico» fue involuntaria: el primer traductor de este autor en Francia, Loève-Veimars, publicó diversos textos hoffmannienses en 1829 con el título Contes fantastiques. No obstante, el propio Hoffmann los había agrupado con el nombre de Fantasiestüche, «obras de la imaginación»; por homonimia, Fantasie se convirtió en fantastique.

Hoffmann presentó varios elementos temáticos que serían retrabajados en adelante en literatura fantástica: el doble, lo sobrenatural, el ser humano artificial, la magia y las experiencias paracientíficas tan de moda en la Europa de aquellos tiempos, como la magnetización y el mesmerismo, un derivado de ella. La cuestión del doble aparecería tanto en la vertiente del autómata impulsado por engranajes como en la de los espectros y de las sombras. Perder la propia sombra o ser perseguido por ella forma parte de diversos textos literarios de la época.

Con todo, en tierras francesas, Charles Baudelaire traduciría a un autor que empañó el éxito de Hoffmann, imponiendo una nueva ola narrativa con sus Historias extraordinarias y Nuevas historias extraordinarias: Edgar Allan Poe, cuyos textos llegaron al lector francés en 1856 y 1857, respectivamente. Sus instigadoras páginas carecían de las conocidas figuras del terreno sobrenatural más clásico —como las ondinas, los gnomos, las salamandras, las brujas y la propia magia—, puesto que su objetivo fue sumergirse más específicamente en los estados de conciencia, la angustia metafísica y la locura.

Si los estudios literarios apuntan a la localización del denominado fantástico literario moderno en las letras de Alemania (y, en segundo plano, de Inglaterra), hay quienes defienden a Francia, por su parte, como la gran surtidora de novelas de vampiros, lo que se comprueba por medio de diversos literatos, como el propio Baudelaire, además de Alejandro Dumas, Théophile Gautier, Guy de Maupassant, Prosper Mérimée, Charles Nodier y Aloysius Bertrand, por ejemplo31, a pesar de una cierta crítica literaria prejuiciosa, desde entonces, en torno a sus textos.

Como bien nos recuerda Motta (2007), en la obra Proust: a violência sutil do riso [Proust: la violencia sutil de la risa], aunque Freud haya ejemplificado su famoso concepto de Unheimliche, lo siniestro o lo «extraño familiar» en el cuento de Hoffmann32, bien podría haberlo hecho a partir de algún texto de la literatura inglesa del siglo XIX. Para la investigadora, Baudelaire supo repudiar bien el espíritu francés y reivindicar el exceso nórdico en su conocido De l’éssence du rire33, verdadera defensa de lo grotesco. El escritor maldito consideraba que la risa —expresión que tantas veces desencadena la locura— era diabólica, en contraposición a los comedimientos del buen cristiano; y lo cómico sería uno de los signos más claramente satánicos del hombre —fenómeno monstruoso que remitimos igualmente a la temática de la obra El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

El autor de Las flores del mal menciona, en su breve ensayo, la extravagancia y las exageraciones de una subdivisión de la escuela romántica, la escuela satánica, para la cual la risa era la expresión de un sentimiento incierto, presente incluso en la convulsión. Él se deshace en elogios hacia los autores anglogermánicos y hacia Hoffmann, en particular, sin olvidarse de los dos doctos de lo grotesco y de lo cómico francés: François Rabelais y Molière. Su mirada, no obstante, se fija en las formas fuertes de la «enormidad británica, rebosante de sangre coagulada y sazonada con algunos goddam monstruosos»34. Su crítica a la poca apertura cultural de los franceses se manifestaba en el siguiente fragmento: «Al público francés no le gusta que se le descentre. No tiene el gusto muy cosmopolita y los desplazamientos de horizonte le enturbian la visión. […] Para encontrar lo cómico feroz y muy feroz, hay que pasar la Mancha y visitar los reinos brumosos del spleen»35.

Siguiendo en el contexto de esta discusión, conviene mencionar la opinión de la investigadora Célia Magalhães (2003), para quien lo fantástico es realmente un género que se propone investigar lo oculto para establecer una relación con la verdad y se presenta en manifestaciones diversas de la literatura —como el absurdo, el surrealismo y el realismo mágico—, que a la postre se convertiría, en la literatura hispánica, en heredero del surrealismo. Para la autora, lo fantástico va a abrazar la problematización de lo real mediante el enfrentamiento entre fuerzas antagónicas.

Queda evidente, por consiguiente, que el gran género fantástico, tal y como lo conocemos hoy, siempre se mostró un fuerte tributario de la literatura romántica europea de los siglos XVIII y XIX, mientras esta igualmente se inclinó ante él, de tal forma que puedo decir que hay mucho de fantástico en lo romántico y viceversa. Podría suponerse que el origen de ese género se había producido a partir del rechazo de la Ilustración para con el pensamiento teológico medieval y toda su metafísica. De esa forma, excluido el elemento religioso por acción del pensamiento de las Luces, lo fantástico había ejercido la función de fracturar un exceso de racionalidad en la cultura. Siebers, en el prefacio de su libro sobre lo fantástico, nos explica: «La literatura fantástica consagra las diferencias, poniendo de relieve aquellos aspectos de la experiencia que se aventuran más allá de lo estrictamente humano, hacia un ámbito sobrenatural»36. Para el autor, la literatura fantástica acercaría al hombre romántico aislado y a las supersticiones37 del hombre común. Y defiende que, paradójicamente, tanto la Ilustración como el propio Romanticismo asociaban las ideas románticas con lo sobrenatural y, por lo tanto, la ficción romántica se llenaba de horror y de seres fantásticos. Puede decirse, incluso, que el Romanticismo situó lo fantástico efectivamente en la categoría de género literario. Como ejemplo, tenemos su vertiente alemana, poseedora de una alucinante angustia existencial —perteneciente al nebuloso universo de lo Unheimlich, término discutido en el subcapítulo «Lo extraño familiar»—. Esa angustia migraría, más tarde, al plano corporal y la pérdida de identidad del cuerpo humano alcanzaría su auge en el arte —tal vez en el surrealismo—, con las repercusiones de los acéfalos descritos por Georges Bataille mediante el antropomorfismo dilacerado presente en el pensamiento de dicho investigador.

Asimismo, Siebers afirma que la literatura fantástica trata de literatura y superstición, pero igualmente de una conciencia de violencia social. Llega a criticar a Tzvetan Todorov38, autor clásico en torno a la problemática de lo fantástico, que no consideraba lo sobrenatural como un elemento pertinente a la literatura fantástica. Todorov, como es sabido, ni siquiera reflexionó acerca de las posibilidades sociopolíticas y psicoanalíticas de lo fantástico, conforme destacó Magalhães (2003). Esa misma estudiosa mencionará como «temas» de lo fantástico la invisibilidad, la transformación, el dualismo, el cuestionamiento de la posición bien frente al mal, los fantasmas, las sombras, los vampiros, los hombres lobo, los dobles, los monstruos y los caníbales, pero insisto en que todos estos, por sí solos, no expresan toda la pluralidad de significados que lo fantástico deja transbordar.

Cabe, aquí, presentar también algunas breves consideraciones acerca de las tentativas de dispersión de lo fantástico en las letras. En la tradición de los estudios literarios latinoamericanos, se hizo conocido un término bastante problemático a mi modo de ver —el «realismo mágico»—, empleado, de forma más generalizada, para referirse a aquellas obras en cuya trama un suceso o ser fantástico se hacía presente sin, no obstante, provocar el asombro y el desasosiego esperados en los personajes, por lo que pasaba a formar parte de los acontecimientos comunes del día a día. Voy a explicar brevemente lo innecesario que se convirtió, desde mi punto de vista, tal nomenclatura, la cual también intentó categorizar a un cierto «neofantástico».

Ya he expuesto que la literatura brasileña buscó, muchas veces, el prestigio de los textos realistas y naturalistas, desmereciendo a los autores que huían de los intentos de describir lo «real». Como recalcó Magalhães, la represión a la creación de monstruos literarios fue recurrente y, quizás, solo empezara a debilitarse en los años setenta y ochenta, cuando las temáticas del satanismo y de la sexualidad —todavía bajo influencia baudelairiana— ganaron terreno39. No obstante, desde unas décadas antes, el realismo mágico intentó, de algún modo, enmascarar un cierto aspecto de evasión que caracteriza a lo fantástico, buscando un recorte que lo encajase en un «real» permeado por el color local de las tierras y de las gentes americanas. En este esfuerzo, pese a ser valeroso y bienintencionado, se puede considerar que hubo un desvío con relación a las producciones de autores que podrían haber sido catalogados como escritores fantásticos —e, igualmente, un retraso en la concesión de un espacio adecuado para las producciones literarias de este cariz—. Se pasó a utilizar, igualmente, el término «maravilloso» para agrupar todos los elementos fantásticos introducidos en el mundo «real» retratado en los relatos. Hay, aquí, un esfuerzo paradójico: por un lado, se pretendía ahuyentar al realismo crudo y, por otro, romper con el racionalismo posIlustración. Uno de los primeros escritores brasileños que fue considerado por los estudiosos como perteneciente al realismo mágico fue Mário de Andrade, gracias a su obra Macunaíma (1928), a pesar de que el término recogía en especial las obras de los años cincuenta, en los que sobresalieron los libros de Jorge Amado y del colombiano Gabriel García Márquez. Con la fiebre de los superventas desde los años ochenta y, también, en parte debido a la denominada literatura infantojuvenil —que siempre ha aceptado mejor el género fantástico—, tal vez en el siglo XXI se esté viviendo el mayor esplendor del fantástico literario en Brasil (sin que ello, no obstante, indique necesariamente algún tipo de uniformidad cualitativa).

Como dejé claro en el texto inicial de este libro, los siglos XX y XXI señalan, en gran medida, la primacía de los medios audiovisuales que, sobre todo el cine, influyen en la literatura —y eso desde su aparición, a finales del siglo XIX, cuando pasa a ofrecerle a los escritores sugerencias estéticas, formales y temáticas—. Luego, no se puede, aun así, negar que la literatura fantástica universal haya tenido reflejos en el cine, que absorbió —y sigue haciéndolo— temáticas relevantes, muchas ellas de ambientación gótica, en sus recorridos por caminos expresivos. Si desde sus orígenes el cine ha abrazado lo fantástico —de forma casi vocacional—, este dejará huellas en la literatura, pero de ella igualmente recibirá aportes.

2

Una historia de monstruos

Unas alimañas fantásticas

Al adentrarnos en el origen de la relación entre el hombre y los demás animales, se pueden ver algunas pistas de los caminos que los unieron. Los interesados pueden atenerse a algunas fuentes clásicas y, entre ellas, aparece Vladimir Propp (1895-1970) como uno de los investigadores del siglo XX que más estudiaron la relación totémica entre las personas y los elementos del mundo, entre ellos, los bichos40. Me remonto aquí a los grupos humanos que consideraban a las personas, animales, plantas y minerales como constituyentes de un universo desprovisto de las separaciones modernas, tales como humano y animal, civilización y animalidad, cultura y naturaleza. Después de que los actos civilizatorios se instalaran en las primeras sociedades humanas, los animales siguieron siendo referencias fundamentales para los ritos y las ceremonias mágicas, e indicadores de buenos y malos presagios.

La obra de referencia en la que más me detengo en este texto es Las raíces históricas del cuento. En ella, Propp ofrece excelentes estudios sobre los seres fantásticos, a partir de sus escritos sobre el cuento popular —inicialmente el ruso— y, a la postre, haciendo comparaciones con narrativas de varios pueblos y épocas, en busca de elementos repetitivos originales y simples —fundando, así, una narratología propia—. Lo que quiero aprovechar de sus estudios —considerando el tenor estructuralista ruso que no se adecua tan bien a la movilidad de las formas contemporáneas del cine— son las referencias al origen de algunos elementos que todavía permanecen en los cuentos y relatos fantásticos41. Mi pensamiento se alinea con el de Propp cuando dice que «los investigadores cometen frecuentes errores, porque restringen su material a un asunto, a una cultura o a otras fronteras creadas artificialmente. Para nosotros, tales fronteras no existen». Ese punto de vista tiene resonancia en mis estudios, puesto que entiendo el mundo contemporáneo como una cadena subterránea de signos de lo fantástico, cada vez más enmarañados y multiplicados. De hecho, el ámbito de un análisis puede ser «internacional», término que el propio Propp utiliza en diversas ocasiones, demostrando que las repeticiones y recurrencias de los temas del cuento llamado «maravilloso»42 —el objeto de su obra en cuestión— se hacen notar entre diversos pueblos, en épocas distintas. Propp hará, entonces, incursiones detalladas por diversos temas, explorando la presencia de seres fantásticos (como el dragón y la Baba Yagá, la temida y polifacética hechicera rusa) y de animales en relatos populares. Son seres que, casi siempre, pululan por los bosques sombríos que inundan los cuentos de la gente del pueblo: «El bosque nunca se describe al detalle. Es denso, oscuro, misterioso, un poco convencional, no totalmente verosímil». Por él, recurrentemente, atraviesan los caminos hacia el «otro mundo».

Tras discurrir sobre isbas43 dotadas de piernas zoomórficas, sobre la relación entre muertos y vivos y las configuraciones plurales de la Baba Yagá y sus curiosas transformaciones, siempre reportándose a seres de mitologías diversas —por alusión y semejanza—, Propp encontrará un campo igualmente fructífero al tratar de animales auxiliares de los héroes. En el capítulo V de su libro, denominado «Los dones encantados», el águila y el caballo cobran importancia. La primera, por ser un animal que bendecía los campos tras el invierno al ser alimentada gentilmente por amables pastores, quienes le ofrecían diversos animales del campo. El segundo, por su relación con un mundo ya más civilizado —pues los equinos surgen cuando el hombre ya está desarrollando la ganadería—. Propp considera, así, que el caballo es el representante de una forma elaborada de «sociedad culta», reemplazando, tal vez, al reno y al perro. Es, tras ser alimentados, cuando generalmente estos animales —el águila, el caballo, pero también el dragón— logran ser generosos con su proveedor en los relatos recopilados. Surgirá, asimismo, la figura del caballo blanco —el color de los seres fantasmáticos que ya no tienen corporeidad—, muchas veces alado, con función de psicopompo, o sea, de guía del héroe por el mundo del más allá. También podrá ser rojo e ígneo, como el que montó san Jorge para luchar contra el dragón, revelando su naturaleza ctónica44, posteriormente acuática —en relatos de evolución más tardía (recuerdo aquí a Pegaso, que tenía relación directa con el agua)—. Es oportuno, en este punto, citar a Derrida:

Pegaso, caballo arquetípico, hijo de Poseidón y de la Gorgona, era por lo tanto hermanastro del propio Belerofonte que, descendiendo así del mismo dios que Pegaso, termina siguiendo y domando a una especie de hermano, otro sí mismo: yo estoy si(gui)endo a medias (a) mi hermano, diría este en suma, estoy si(gui)endo a mi otro y puedo más que él, le sujeto por el bocado. ¿Qué se hace cuando se sujeta a otro por el bocado? ¿Cuándo se sujeta a su hermano o su hermanastro por el bocado?45.

Entre esa plétora de alusiones bestiales, me encuentro con las relaciones totémicas entre los hombres primitivos y los animales: «De este rito formaban parte determinadas danzas que se ejecutaban tras haberse vestido con las pieles de varios animales: bueyes, osos, cisnes, lobos, etc., cuyas cabezas se usaban como máscaras [...]. Eso debía simbolizar la transformación en animales»46. La representación-transformación en hombre-animal es muy antigua y se suma a las búsquedas de las probables raíces de elementos fantásticos que pueblan diversas culturas.

En varias situaciones, los animales totémicos —fundadores de clanes— se convertían en especies de espíritus guardianes individuales y sociales, desempeñando funciones que, en gran medida, no decían nada de sus características de agresividad o bravura: «El animal no es importante por su fuerza física sino por su vinculación y su pertenencia al reino de los animales en general». Por tanto, el animal —espíritu protector— muchas veces va a orientar e inspirar a un chamán que, por sí solo, ya representa otra transformación que se dio en el transcurso de los siglos: de cazador de presas a cazador de almas y curandero.

En ese recorrido, de la figura general del animal se llega a su fragmentación en numerosos objetos mágicos que los portadores llevaban consigo, tanto en la forma de objetos protectores como de amuletos. Vestir la piel o llevar la garra de un animal le confería un poder mágico a su dueño. Propp llegó a afirmar que «la forma más antigua de objetos mágicos son las partes de los animales». Y también: «Son precisamente esos talismanes y amuletos, esencialmente vinculados a los animales, los que constituyen el prototipo de nuestros “dones encantados”».

Más allá del uso de las fuerzas del elemento animal por medio de un utensilio mágico, la transformación del hombre en un animal es otro punto de interés: la persona se transformaba generalmente en aquel que le sirvió como tótem. En los ritos funerarios, al difunto se le envolvía en la piel de la criatura totémica, según la tradición de algunos pueblos cazadores.

Para el investigador, un mito, al perder su significación social, podría transformarse en cuento popular. Este último era capaz de provenir también directamente de la religión, sin pasar por una fase mitológica. Y, aunque un animal viniera —a partir de su concepción primitiva— a ser sustituido por un dios, con el paso del tiempo esa divinidad sería inicialmente zoomorfizada, conservando rasgos animales. Es lo que Propp ejemplifica:

Con la aparición de la agricultura y de las ciudades, el variopinto mundo animal de origen totémico comienza a perder su realidad. Se verifica un proceso de antopomorfización. El animal adquiere el cuerpo de un hombre; en algunos casos, lo último en desaparecer es el morro del animal. Así aparecen divinidades como Anubis con cabeza de lobo47, Oros con cabeza de halcón y otras semejantes. Por otro lado, las almas de los difuntos adquieren una cabeza humana sobre un cuerpo de pájaro. Así, poco a poco, el animal, se va transformando en ser humano. El proceso de antropomorfización está ya casi realizado en la figura de ciertos héroes como Hermes con unas pequeñísimas alas bajo los talones, hasta que, por último, el animal se transforma en atributo del dios: Zeus es representado con un águila.

Aparte del aspecto fúnebre, hay un matiz sobrenatural que quiero destacar: aquel de cuando alguien tenía una parte del cuerpo zoomorfizada, por lo general los pies: «El hombre con el pie de animal es un grado de transición desde el animal al hombre»48. En ese caso, se trata de la fusión animal-ser humano. A menudo, tras la antropomorfización, solo quedaba una parte anatómica zoomorfizada. Se puede percibir esta característica —muchas veces asociada a la índole demoníaca— en leyendas medievales en las que el diablo tiene pies de pato o patas de chivo. Asimismo, vale la pena recordar la figura de Pan y de los numerosos faunos y silvanos que lo acompañaban por los bosques de Europa, cuyas formas fueron demonizadas por el pensamiento católico medieval (recuerdo aquí a san Agustín, que asociaba las pesadillas nocturnas a los faunos; y ya en el Nuevo Testamento, las cabras eran igualmente asociadas al diablo)49. Hay, también, varios enanos y elfos con pies de animales, sobre todo, de ganso y de pato50, además de numerosas figuras femeninas con esas anomalías.

Paralelamente al aspecto discutido antes, Propp presentará otro: aquel en el que un animal empieza a perder tanto su significación como su aspecto externo y se tiene, así, una fusión del estilo animal-animal/animales: «Son los que nadie ha visto jamás, pero que están investidos de un poder misterioso, ultraterrestre y extraordinario. Así se forman los seres híbridos, uno de los cuales es el dragón».

Otras veces, las deformaciones —como la presencia de un único ojo— podían ser atributos de lo diabólico o de lo profético —ya que la anatomía uniocular suele ser una variante de la ceguera, muchas veces presente en seres sabios y prestidigitadores—. Siempre han sido comunes las descripciones de mujeres-animales, ya sean diosas o hechiceras, como la cazadora Cibeles —madre de los dioses en Frigia y «señora de los animales» en la civilización minoica—, y la virgen Artemisa, diosa griega de la vida salvaje.

Remontándonos a los orígenes del cuento maravilloso, no puedo dejar de mencionar que el caudal y la multiplicidad de seres incorporados a las diversas culturas provienen más remotamente de las relaciones entre los llamados hombres prehistóricos con los fenómenos y seres del mundo natural al que pertenecían, los cuales, en gran parte, les causaban gran temor.

Propp tratará brevemente del miedo «a las fuerzas invisibles que rodean al hombre» como el más antiguo andamiaje para los fundamentos religiosos, los cuales erigirían una pléyade de representaciones zoomórficas y, posteriormente, híbridas y antropomórficas. Para el llamado hombre primitivo51 —e igualmente para muchos grupos humanos de nuestros días—, el aire, así como las aguas, el interior de la tierra y los bosques, estaban llenos de amenazas, siempre listas para arremeter contra el ser humano indefenso. El mundo conocido estaba poblado por seres misteriosos y, en su mayor parte, malos. Los primitivos les ponían nombre, contextualizándolos en sus tabús.

En las primeras concepciones religiosas —de origen fetichista y animista—, se encontraban reverencias, por ejemplo, a la piedra, al árbol, al rayo, a la luna, al agua, al pájaro y al lagarto. Posteriormente, también al perro y al caballo. Propp discurre sobre algunas suposiciones que crearon a los seres fantásticos —muchos de ellos híbridos—, a pesar de que hay más lagunas que completitudes en este incierto campo de investigación.

A algunos de los seres fantásticos, como al dragón, Propp le dedica muchas páginas, ya que es «un fenómeno extremadamente complejo y polifacético». El investigador ruso logró percibir versiones primevas y otras —posteriores— de un determinado mito, como el del dragón ctónico y telúrico que se transforma, en sociedades más tardías, en monstruo acuático.

Propp también estudiará el significado de estos seres del imaginario popular en la conducción y paso del héroe y del humano muerto hacia «el otro lado», el mundo del más allá, la tierra de los confines. Siempre se tiene la idea de la aparición de animales fantásticos cuando las personas están realizando una travesía, ayudándolas o mostrándose como un obstáculo. El dragón híbrido —casi siempre una mezcla de reptil y pájaro— es uno de esos animales, junto con los caballos voladores o, incluso, los grandes peces y ballenas (remontándonos a mitos como el del bíblico Jonás). Muchos héroes son tragados o regurgitados para ser transformados o para adquirir una nueva vida u ofrecer algún beneficio a la colectividad —traer el fuego y las primeras semillas, o inventar la cerámica, por ejemplo—. La relación héroe-animal, en su origen, es siempre totémica: se entra en comunión con el tótem, transformándose en él para, luego, formar parte de un clan. Esa fusión entre el hombre y el ser totémico se ponía de manifiesto igualmente tras la muerte, cuando los ritos funerarios preconizaban que se envolviera el cuerpo fallecido en la piel del animal del clan. Posteriormente, algunos dioses, como los de la Grecia Antigua, aparecerán también envueltos en pieles. Muchas veces, el animal se hacía presente en forma de espíritu protector al iniciado, quien solía llevar consigo objetos mágicos y protectores, como uñas, garras y pieles: «la forma más antigua de objetos encantados son las partes de los animales». Se aprecia, de esta forma, que los animales están en la base de iniciación ritualística y por qué no, en el puntal de la modificación de la horda hacia la estructuración de una tribu organizada52. Es por eso por lo que la investigadora Jacqueline Held (1980) afirmó que, para un niño muy pequeño —cuyo pensamiento se asemejaría, según ella, al del hombre «primitivo»—, todo animal le parecería, en principio, un hermano ancestral, una referencia al animal humanizado, al animal-hermano, a los que ese niño puede prestar sus pensamientos, lenguaje y deseos. Para Held:

Si el animismo infantil personifica la piedra, la planta, el astro, el objeto inerte fabricado por el hombre, su predilección –se dijo a menudo– se refiere ante todo al animal: sueño lejano, sueño ancestral de fusionarse con él; tótems de las denominadas sociedades primitivas; variantes religiosas o filosóficas metempsicosis; creencias que impregnan tan profundamente al hombre que se encuentran aún muy cerca de nosotros: en las leyendas bretonas, por ejemplo, que nos son transmitidas por Anatole Le Braz: en su muerte, el alma del difunto sale por su boca, en forma de mosca, de mosquito o de rata blanca, saluda a todos los objetos de la granja, pasea sobre los caballos en el establo, sobre las herramientas en el granero, diciendo, así, adiós a todo lo que amó53.

Siguiendo en el ámbito de esta discusión, cito a otro investigador que se esforzó por entender la cuestión de las relaciones mágicas entre seres humanos y animales: el astrónomo Carl Sagan. Le dedicó un libro al estudio de las falacias y manifestaciones pseudocientíficas de fenómenos y seres fantásticos y asombrosos. Con el tono bastante rígido con el que trata el tema, presentó su interpretación del miedo en relación con los monstruos, el cual, según él, se fundamenta en la relación ancestral entre humanos y animales feroces:

Parte de la razón por la que los niños tienen miedo de la oscuridad puede ser que, hasta hace poco en nuestra historia evolutiva, nunca han dormido solos, sino acurrucados y seguros bajo la protección de un adulto... usualmente la madre. En el Occidente ilustrado los dejamos solos en una habitación oscura, les deseamos buenas noches y nos cuesta entender por qué a veces lo pasan mal. Evolutivamente es totalmente lógico que los niños tengan fantasías de monstruos que asustan. En un mundo con leones y hienas al acecho, esas fantasías contribuyen a impedir que los niños pequeños sin defensas se alejen demasiado de sus protectores. [...] Los que no tienen miedo de los monstruos no suelen dejar descendientes. A la larga, supongo, en el curso de la evolución humana, casi todos los niños acaban teniendo miedo de los monstruos. Pero, si somos capaces de evocar monstruos terroríficos en la infancia, ¿por qué algunos de nosotros, al menos en alguna ocasión, no podríamos ser capaces de fantasear con algo similar, algo realmente horrible, una ilusión compartida, como adultos?54.

Por su parte, el historiador Robert Darnton escribió un texto que habla de la representatividad de algunos animales en diversas culturas humanas y destaca al gato. El autor nos recuerda que los pueblos escogen determinadas criaturas para ser portadoras de sentidos ocultos y sobrenaturales —como «cerdos, perros y ñandús, además de los gatos»55—. Por eso, según él, los judíos no comen cerdo y los ingleses suelen insultar a los demás con la expresión «hijo de perra» (son of a bitch). «Algunos animales se prestan a los insultos, de la misma forma que son “buenos para pensar”, en la famosa fórmula de Lévi-Strauss». Recojo algunos de los apuntes del investigador norteamericano sobre los gatos para reflexionar sobre la pluralidad sígnica que un animal puede asumir.

Parece que, desde hace muchos siglos, los gatos eran adecuados para una jarana, a la que no se prestaría una vaca, por ejemplo, hasta el punto de que los felinos se hicieron populares en Europa a principios de la era moderna, por ejemplo, cuando los niños los ataban en palos para asarlos en las hogueras. Durante siglos, los gatos sugerían hechicería y era señal de mal augurio cruzarse con algunos de ellos por la noche, más aún si eran negros o blancos. Al fin y al cabo, el felino bien podría ser un representante del diablo o, incluso, una bruja metamorfoseada. Para protegerse de los maleficios que ese bicho podría causar, tendría que ser mutilado. Si se enterrase vivo, un gato exterminaría las malas hierbas de un determinado terreno. El pan no crecería en las panaderías si algún minino estuviese cerca y la sangre de su oreja podría beberse con vino tinto para curar la neumoní, o sus heces ser ingeridas con vino para aliviar los cólicos. Comer el cerebro fresco de un gato causaría invisibilidad. Maltratar a ese animal significaba llevar infortunios a la casa de sus dueños, de igual forma que un minino en la cama de un moribundo podría ser el diablo esperando la nueva alma que sería conducida al infierno. En el ámbito del lenguaje, chatte y pussy, términos para «gata» en francés e inglés respectivamente, hacen alusión, todavía hoy, a los genitales femeninos. Y la figura del gato siempre ha estado asociada a la sexualidad «predatoria» del hombre. En algunos cuentos populares, las jovenzuelas que comían carne de gato generaban una camada de gatitos y el refrán «de noche todos los gatos son pardos» quería decir que cualquier mujer era, en horas más oscuras, suficientemente voluptuosa para mantener relaciones sexuales.

En este subcapítulo, empecé con Propp y termino con Morin (1969, 1997), investigador que siempre discutió con mucha propiedad los fenómenos vinculados a la cultura, en especial, la de masa, poniendo de relieve a menudo el cine, soporte que privilegió bastante en sus análisis.

Es innegable la aportación de este filósofo al pensamiento contemporáneo, aunque, en esta obra, yo no haya trabajado con sus conceptos como, por ejemplo, el del imaginario.

En el comienzo de El espíritu del tiempo: ensayo sobre la cultura de masas56, Morin estableció lo que llamó «segunda industrialización» como un nuevo momento, el de la industrialización del espíritu en el ámbito de la noosfera —la esfera del conocimiento humano (una tercera esfera tras la geo y la biosfera)—. Reconoció la llamada «tercera cultura» —la cultura de masas— como aquella que representaría mejor los valores de la sociedad de masas. Y la cultura de masas sería «cosmopolita por vocación y planetaria por extensión». Y en ella Morin ubicará lo imaginario, que «se constituye según arquetipos», el cual le ofrece al hombre común y toma de él —en un movimiento de dos direcciones— diversas representaciones que forjarán los contenidos de la sociedad de consumo. «La cultura de masa está [para el hombre común], animada por este doble movimiento de lo imaginario remendando a lo real y de lo real tomando los colores de lo imaginario».

En su concepción de imaginario, Morin se puso a localizar los mitos y hábitos de un presunto «hombre universal» que, si por una parte abdicó, durante siglos, de creencias paganas, por otra emergió en una sociedad mediatizada. Para él, esta última fue capaz de poner nuevos dioses y astros en los pedestales del cine, de la moda, de los medios impresos y —más contemporáneamente—, siempre de acuerdo con su raciocinio, de internet y de todo lo relacionado con la tecnología y medios virtuales.

Morin llamaría «hombre universal» u «hombre imaginario» —un «anthropos universal»— a este hombre curioso y audiovisual, puesto que «responde a las imágenes por identificación o proyección». En ese hombre, estaría el reconocimiento de la universalidad y de la puesta en común de los reinos imaginarios de diversos pueblos. «Un hombre puede más fácilmente participar en las leyendas de otra civilización que adaptarse a la vida de esta civilización». Desde esa perspectiva, esto podría ilustrarse, por ejemplo, con los primeros años del cine, en los que los por entonces nuevos soportes se reapropiaban de los elementos de la cultura popular, transformándolos en temáticas recurrentes en las producciones cinematográficas. «En otras palabras, mediante lo estético se establece la relación de consumo imaginario». Ya no mediante el rito chamánico, sino a través de la estética del espectáculo, se puede, para Morin, vivir los mismos procesos psicológicos que el hombre primitivo de pensamiento mágico experimentaba al encontrar lo fantasmagórico, lo sobrenatural y lo fantástico. Al fin y al cabo, el cine sería un real de lo imaginario, cuya cosificación siempre sería continua, diferente a la de la religión, por ejemplo. En otras palabras, la perplejidad que paralizaba al «hombre salvaje» ante una visión alrededor de una hoguera podría traducirse, según el filósofo francés, en el encantamiento que el hombre imaginario vivía en una película o, de forma aún más general, en todo lo que pasase por la imagen.

Para Morin: «Lo imaginario es el más allá multiforme y multidimensional de nuestras vidas y en cual estas se bañan». Según su pensamiento, lo imaginario tendría la fuerza, también, de libertar a los monstruos que nos habitan, junto con los sueños feéricos, y sería capaz de crear nuevos mundos en los que lo fantástico pasaría a ser la tónica. En este sentido, tendríamos un imaginario espectral, en el que el ser humano se vería capaz de vivir tanto la proyección como la identificación, en un movimiento dialéctico. En la tónica moriniana, se puede creer en la posibilidad de exorcizar el mal que habita en el mundo interno viendo una película sobre demonios, o sentir redención al contemplar una escena de sacrificio y expiación, en una especie de catarsis purificadora.

En los medios de la sociedad de masa, según Morin discutió, el hombre común podría vivir tanto la descarga como la recarga de pulsiones agresivas, al entrar en el estado de hipnosis voyeurista que es el propio acto de ver una película. Sobre este asunto, identifica un doble aspecto: un espectáculo puede tanto incitar como apaciguar al sujeto, pero nunca curarlo de su furia latente, puesto que «la civilización es una fina película que puede solidificarse y contener el fuego central, pero sin apagarlo». Lo imaginario, para él, surge, por consiguiente, repleto de figuras, muchas de las cuales renacidas y vivificadas a partir de antiguas mitologías, desafiadoras de la muerte y aptas para ir incluso más allá de esta. En ese movimiento, se recalca uno de los grandes miedos del hombre moderno: el del enfrentamiento de la realidad de la muerte, la antagonista de la felicidad en muchas mitologías. En este enfoque, si nuestro mundo real está lleno de riesgos, a pesar de la tecnología y de la ciencia, es posible que queramos refugiarnos en sitios donde el peligro no nos afecte hasta el punto de matarnos. A fin de cuentas, los monstruos de las películas ofrecen proyecciones y, a la vez, resguardan identificaciones de los sujetos, sin, no obstante, exterminarlos: «De hecho, la cultura de masas invoca las disposiciones afectivas de un hombre imaginario universal, cercano al niño y a lo arcaico, pero siempre presente en el homo faber moderno». Ella es capaz de crear una mitología para ese nuevo hombre, que ya no es sagrada, sino profundamente profana y realista. Por eso, conforme piensa el filósofo, no se miraría más al cielo buscando dioses, sino a los carteles de las películas y a las portadas de las revistas, así como a los programas de variedades —cada vez más repetitivos y banales—, a las fotos de los paparazzi y, yendo más allá, a los personajes de los videojuegos, a los jugadores del próximo campeonato de fútbol, a las imágenes que seducen a los navegantes y popularizan diversas webs cada día. Ahí es donde están las divinidades del complejo panteón laico que se consolidó en el siglo XX y se extiende durante el siglo XXI. Como afirmó Magalhães: «Todo ese pasado de oralidad poblado de monstruos ciertamente asombraría un día a un presente comandado por la literatura y, particularmente, por el cine».

Sin embargo, a mi juicio, se hace difícil pensar contemporáneamente en un «hombre universal» y que también se alíe a arquetipos. Ya nace en el seno de una sociedad de múltiples soportes, con un sutil o casi inexistente «espíritu del tiempo», tal y como el propio Morin defendió: «La cultura de masa no se aguanta en las espaldas del Zeitgeist, está adherida a las orlas de su vestido».

Sin embargo, aunque se reconozca el valor de las ideas de Morin, se hace inevitable considerar la relevancia de los estudios de lo poshumano para el pensamiento en torno a lo fantástico contemporáneo: no en vano, de la cultura de masas se llega a la cultura de los medios y, seguidamente, a la cibercultura, como tan bien explicó la investigadora Lúcia Santaella en uno de sus libros57. Según ella, en los tiempos actuales, la masa se multiplica por la velocidad en una condición absolutamente heterogénea. Debido a ello, mi trabajo se encamina igualmente por aportes derivados de los estudios del campo de lo poshumano.

De bestiarios y monstruos

Tras pasear por los estudios de los teóricos anteriores, llego a una breve discusión sobre mi elección del término «bestiario», central en este libro: viene a sumarse a mi interés de, por un lado, estudiar y, por otro, referenciar configuraciones del pasado y de otros pueblos sobre seres fantásticos, pues, en el «mundo de la palabra» —la logosfera—, no hay barreras temporales o espaciales. Por eso, me siento libre para, en mis enfoques, tratar de obras cinematográficas y literarias de varias épocas y países. Junto a la esfera amplia y aglutinante de los bestiarios, también me propuse discutir sobre los «monstruos» y el sentido de lo «monstruoso».

Etimológicamente, la palabra «monstruo» proviene del latín monstrum, evolucionando en francés antiguo a monstre y en inglés medio a monster, que originalmente significaba «mal presagio divino», un «mal augurio». El término también se relaciona con los verbos latinos monstrare, «mostrar», como una «señal» o «mensaje divino», y monere, «advertir», «prevenir»; en esa última acepción, generalmente sobre algo desastroso vislumbrado de forma prácticamente profética58. Como comentó Magalhães59, un monstruo, en varias épocas y lugares, siempre tiene algo o alguien que mostrar, que servirá para revelar el producto del vicio y de la falta de razón en la forma de un aviso (monere), ya que monitum es un aviso oculto de la naturaleza que los hombres han de adivinar.

El lector se dará cuenta, a lo largo de este capítulo, de que el monstruo fue adquiriendo sentidos y formas diversas con el paso de los siglos. En la mitología clásica, estaba formado por partes o por seres diversos. Era también fruto de la multiplicación desmedida, trayendo consigo ya uno de los principios de la teratología: un monstruo como aquello que excede (tanto de más como de menos). En el Nuevo Mundo, los seres monstruosos se sumarían a un complejo cultural que unió la tradición europea clásica y medieval con lo exótico oriental y africano, juntándolos a la imaginación autóctona de América. Y, mientras en el Renacimiento un monstruo era objeto de especulaciones cósmicas, en el siglo XVIII, estará vinculado a conflictos religiosos y morales. En cambio, desde el XIX en adelante, vendrá asociado a lo teratológico de la ciencia y extenderá sus reflejos ampliamente hacia cuestiones problemáticas ligadas al cuerpo humano.

En la contemporaneidad, se puede considerar que el cine ha bebido bastante de la fuente fértil de lo monstruoso y de lo teratológico, haciendo revivir criaturas que nunca han estado totalmente adormecidas o exterminadas, ofreciendo a pléyades de espectadores los «divertidos» pavores de lo oculto: vampiros, hombres lobo, seres extraterrestres, asesinos en serie, criaturas tectónicas, monstruosos causantes de catástrofes, epidemias de toda clase, zombis y muertos vivientes en profusión, animales descomunales, mutantes y proteiformes60. Ese conjunto, como dije, representa una especie de bestiario, en el sentido más amplio de la palabra, que se propaga por las culturas de los pueblos hodiernos, alimentado por el cine y por otros soportes.

A continuación, presento mi «arqueología de los monstruos», en la que abordo el monstruo en diversos periodos históricos y concepciones, hasta llegar a la época contemporánea.

Monstruos en el mundo antiguo

La multiplicidad de monstruos de la Edad Antigua mercería un estudio extenso y específico. Se pueden recorrer desde las civilizaciones orientales hasta los márgenes fértiles del Nilo, o la cuna mediterránea de varios pueblos. Aun así, sería una tarea hercúlea. Por eso, para adecuarme a la extensión de este libro, he seleccionado algunas criaturas que considero representativas, por un lado, de lo aterrorizante que poblaba el pensamiento clásico y, por otro, de su coincidencia con las características contemporáneas de la monstruosidad. Dichas criaturas pueden considerarse fomentadoras de mitos que completan la lista de los grandes seres primordiales —poseedores de una pluralidad sígnica realmente desafiante—. No obstante, en el transcurso del texto, señalo y referencio criaturas de épocas anteriores, posteriores y de otras civilizaciones, siempre que estas se muestren pertinentes a la discusión planteada.

Polifemo y Escila: matrices de la monstruosidad clásica

Como matrices de muchas narraciones, sitúo en el centro de esta explanación la figura masculina de Polifemo y el personaje femenino de Escila, una horrible pareja que colaboraba con los suplicios del valiente Ulises (u Odiseo). Ambos forman parte de la fantasía de la devoración y de la deglución, la cual expongo mejor en el punto «Érase una vez un coco».

La importancia de los dos monstruos griegos, según la investigadora Marina Warner61, está en su fuerza simbólica, que nutriría a la literatura y a otras formas artísticas.

Polifemo, con relación a Escila, parece haber tenido una participación más notable en la obra de Homero y sufrió unos reveses que jamás le sucederían a su terrible correspondiente femenina. En su condición de cíclope pastor de ovejas, hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa, asumió el prototipo de gigante caníbal. Vivía solitariamente en una cueva cercana a Sicilia, muy cerca del Etna, según el Canto IX de La Odisea. A pesar de la existencia de otros cíclopes en su región, todo apunta a que tenía predilección por vivir como un ermitaño. Su tranquila existencia se vio interrumpida cuando Ulises y sus navegantes desembarcaron en la isla de los Cíclopes en busca de alimentos para continuar el largo viaje de Troya hasta sus hogares. Entraron en la cueva de Polifemo sin saberlo y se quedaron atrapados dentro cuando el monstruo taponó la entrada con una enorme roca. La peripecia de los aventureros se saldó con la baja de varios hombres que, descubiertos por el gigante, fueron devorados de dos en dos. Ulises urdió un plan para escapar y le ofreció vino a la criatura, que, al preguntar quién le daba la bebida, obtuvo como respuesta: «Nadie». Embriagado, Polifemo cayó dormido y los hombres aprovecharon para clavarle una lanza en el ojo, dejándolo ciego. Acto seguido, huyeron. Polifemo, desesperado, empezó a gritar que «Nadie le había dejado ciego» pero, debido a ese malentendido lingüístico, los demás cíclopes de la isla no le dieron importancia. Después, el monstruo le pidió a su padre, Poseidón, que castigase a Ulises y maldijese a los griegos, lo que el gran dios de los mares hizo durante todo el resto del viaje. En la Eneida, de Virgilio, Libro III, los troyanos llegarían a la isla de los Cíclopes pocas semanas después de que Ulises y sus hombres hubieran partido y también serían mal recibidos por Polifemo que, incluso estando ciego, intentaría agarrar los barcos. También estaban las versiones de Dictis Cretense y de Ovidio; la de este último consta en su Las metamorfosis, Libro XIII. Lo que me interesa aquí, más que recordar la trama de las epopeyas, es pensar en lo que el famoso pasaje de Ulises dentro de la cueva puede asemejarse a las artimañas, por ejemplo, de Pulgarcito62 y de Jack, de Jack y las habichuelas mágicas63, y de tantos otros héroes emblemáticos de los cuentos de hadas de la era moderna y contemporánea. La figura del gigante se repetirá en otras muchas historias y, posiblemente, Polifemo tendrá sus correspondientes en las figuras de los ogros de los relatos boreales o, incluso, en el terrible gigante aislado en las nubes del cuento de Jack. Enclaustrado en su castillo, el monstruo reproducirá varias veces su grito quejumbroso por comida y sangre: «Fee, Fie, Fo, Fum», extravagancia verbal que fue adaptada en cuentos de hadas contemporáneos.

Los gigantes atraen el interés humano desde hace mucho tiempo: por ejemplo, la especie de primate más grande ya encontrada es el gigantopithecus, del periodo de Pleistoceno, que habitó casi toda la región oeste del continente asiático. Tenía cerca de tres metros de altura y pesaba entre 300 y 500 kilos, el doble o el triple que los gorilas de ahora. La medicina tradicional china usaba muy a menudo sus dientes fósiles. Los gigantes también pueblan la tradición bíblica, representados por una extraña raza que existió antes del presunto diluvio, mientras en las culturas árabes encontramos la figura enorme de los genios denominados djinns. El psicoanalista Marcio Peter de Souza Leite comentó que, según el apócrifo Libro de Enoc, «los ángeles caídos aparecieron en la tierra y se casaron con mujeres, lo que dio inicio a una raza de gigantes»64. En la genealogía de la ciudad de Londres, aparece la figura mítica de un par de gigantes protectores, Gog y Magog, cuyas imágenes desfilan por las calles en una fecha conmemorativa. Por su parte, san Cristóbal, el popular patrón católico de los viajeros, es representado algunas veces cinocéfalo y caníbal —por influencia pagana—, y gigantesco, transportando sobre sus hombros a un niño que, simbólicamente, sería el propio Salvador (de donde viene el nombre Cristóbal, «el que lleva a Cristo»).

La atracción por los colosos es, de facto, bastante larga. Durante mucho tiempo, osamentas de animales prehistóricos se consideraban la prueba de la existencia de gigantes y cíclopes, los cuales se asociaban a las razas preadámicas. En el año 758, se halló un esqueleto gigantesco en la región de Bohemia, en el corazón de Europa, mientras que, en el siglo XIV, se creyó haber encontrado, en Sicilia, los vestigios del temido Polifemo. En ese hallazgo, con estimaciones basadas en tibias de ocho metros, se afirmó que el gigante sostenido por poderosos huesos tendría 34 metros de altura. En 1342, también en Sicilia, se alardeó nuevamente del reencuentro de Polifemo, esta vez presentando más de cien metros. Tomando como base su cráneo, se supuso que tenía, en efecto, un solo ojo. Sin embargo, el quizá más famoso de los gigantes fue el que acaparó las curiosas miradas en la Francia de 1613. Fue descubierto en un castillo en ruinas, donde yacía un esqueleto con más de ocho metros de altura. A su lado, había una piedra con la inscripción Teutobochus Rex, alusiva al legendario rey Teutoboco, que habría derrotado a los romanos en la Galia. Tras causar mucho alboroto entre los nobles europeos, se constató que se trataba simplemente de huesos de elefante. Después, se confirmó que, en realidad, eran restos de un mastodonte. Como en los paquidermos, las aberturas nasales se asemejaban a una cavidad ocular central y eso provocó que se confundieran con los esqueletos de supuestos cíclopes.

La gigantomanía se hizo tan fuerte desde la Edad Media que las catedrales del Viejo Continente solían exhibir enormes huesos colgados, ya que la religión se valía muy bien de las ideas fundamentadas en relatos del Antiguo Testamento sobre los hombres muy grandes: «Había gigantes en la tierra en aquellos días y también después de que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre»65. El investigador Jan Bondeson escribió sobre algunas de esas ideas mitológicas:

Los gigantes recorrieron la tierra hasta que el diluvio la libró de ellos. Según algunos teólogos medievales, el único propósito del diluvio fue castigar a esas criaturas monstruosas; Dios consideró que valía la pena destruir a toda la creación con tal de librarse de ellas. Este elevado precio parece haber sido aún más alto si consideramos que el Viejo Testamento también menciona la existencia de varios gigantes posdiluvianos. Moisés destruyó a algunos de ellos hasta que, al final, solo quedaba uno de los viejos gigantes, el rey Og de Bashan. Se decía que tenía tres mil años de edad […]; había sobrevivido al diluvio vadeando junto al arca; el agua solo le llegaba a las rodillas. Cuando tuvo hambre, lanceó una ballena y la asó cerca del Sol66.

Contaba una leyenda que el fémur de Og tenía 80 kilómetros de anchura, lo que sirvió, tras su derrota, de puente para que el pueblo de Dios pasara. Comparado a ese coloso, el temido Goliat, con 3,22 metros, según la Biblia67, proveniente de una tribu de seres gigantescos y malvados, era muchísimo más pequeño. También hubo algunas hipótesis de que Noé y su prole eran bondadosos gigantes. Bondeson recuerda que la gigantología era corriente en la Europa de mediados del siglo XVIII gracias a un superventas de la época, Mundus subterraneus, del sacerdote Athanasius Kircher68. El libro versaba sobre todo lo relacionado con el interior del suelo y contenía una ilustración de varios gigantes. La gigantología también la investigó el académico francés M. Henrion, que reflexionaba sobre el declive de la estatura humana desde la creación divina: Adán tendría más de 40 metros; Eva, 39, Noé, casi 34, Abraham, 4,26 metros, mientras que Hércules y Goliat tenían la misma estatura, es decir, 3,35 metros. Henrion decía que los antiguos escritores rabínicos afirmaban que Adán era capaz de penetrar el cielo cuando se erguía y que, si abriese los brazos, tocaría los dos polos del planeta con los dedos.

Según dichos escritos, los ángeles se atemorizaron mucho al ver a este monstruo, y persuadieron a Dios para que lo redujera a un tamaño más apropiado, 9 metros de altura; Adán conservó esta altura hasta que comió de la fruta prohibida. M. Henrion consideraba la inevitable reducción del tamaño de la raza humana como un castigo divino y creía que si esa disminución no hubiera sido más lenta por el firme progreso del cristianismo entre los paganos, sus contemporáneos serían tan pequeños como pulgas y toda la Academia Francesa habría podido sesionar en una cajita de rapé69.

En el siglo XVIII, empieza el desinterés por la gigantología; no obstante, los religiosos jesuitas siguieron siendo sus principales defensores, insistiendo en vagas afirmaciones del Viejo Testamento sobre criaturas gigantescas.

Curiosamente, el ojo único del cíclope original en La Odisea no fue descrito por Homero, sino que aparecerá en las esculturas griegas del siglo VI a. C.: sin pupila ni iris, parece un gran orificio entre dos párpados que parecen labios —una boca famélica, tanto facial como vulvar—. Muchos monstruos ancestrales presentan, por tanto, la fuerza de la amenaza de la castración, otro tema muy recurrente en mitologías diversas. Varios de ellos son básicamente una polimorfia de orificios pulsionales, envueltos por sus respectivos bordes.

En cuanto a la terrible Escila, ¿de dónde habría surgido? Polifacética, escurridiza y tenebrosa, cuando se deja ver en las narraciones mitológicas siempre viene con una plétora de monstruosidades junto a su horripilante anatomía. En la Teogonía, de Hesíodo (siglo VIII a. C.), que fue el primero en sistematizar los antiguos mitos de la creación, Escila pertenece a una vasta prole de monstruos que nacieron de la unión de la tierra (Gea) con el mar, el agua primordial (Ponto). Pero, en otras teogonías, es hermana de Medusa y de las demás gorgonas (Esteno y Euríale), o surge de Forcis y Ceto, hijos de Gea y Ponto. Ceto era la representación de todos los peligros del mar, en especial de las ballenas, de los grandes tiburones y de toda suerte de monstruos marinos. Forcis y Ceto también fueron padres de las tres Grayas (Enio, Pefredo y Dino), las hermanas más mayores y más tranquilas de las gorgonas, las cuales compartían un único diente y un único ojo.

Según la mitología, Escila prefería vivir en el estrecho de Mesina, entre Sicilia e Italia. A pesar de su lindo torso femenino, alrededor de su cintura había seis cabezas de serpiente con tres hileras de dientes y un círculo de doce perros, que le avisaban cuando un barco se acercaba. De acuerdo con Homero, en La Odisea, Escila —que significa «perra»— era hija del río Crateide, mientras que, en otra tradición griega, ella estaba relacionada con Caribdis, también un monstruo marino, que habitaba el otro lado del estrecho de Mesina. O podría ser hija de Forcis y Hécate o de Lamia o, incluso, de Tifón y Equidna.

Canina y marina a la vez, Escila tenía cabezas que gañían como cachorros y no como su hermano mastín, Cerbero. «Escila es, así, una hembra maldita tanto por el género como por la apariencia, e infantil en su discurso sin palabras»70. Con ese murmullo, que tal vez reproduzca un sentimiento de desamparo, seduce al incauto y nos hace recordar el bello poema de John Keats, «La belle dame sans merci» [La bella dama sin piedad], escrito en 1819, en el que un caballero se apasiona por un hada, convirtiéndose en su melancólico amante. En cierta parte de la balada, el caballero se queda dormido en la «gruta encantada» donde habitaba su dama y llega a besarle sus ojos tristes, seducido por un dulce plañido, un sweet moan. Con todo, no se debe olvidar que Escila es la propia imagen del femenino insaciable —la «abominable dama» (Loathly Lady) de la tradición arturiana—, maldecida por la fealdad animal, más sutilmente presente en el «The Wife of Bath’s Tale» [Cuento de la esposa de Bath], de Geoffrey Chaucer, que le concede libertad de elección a la mujer como garantía de la felicidad de la pareja. O, asimismo, puede estar en el nivel de otras mujeres maldecidas con la falta de belleza física por alguna hada malvada, como Laideronnette, la heroína del cuento de hadas «Serpentin vert» [El serpentino verde], de la escritora francesa Marie-Catherine d’Aulnoy.

Para finalizar este tema, trato brevemente de la amorfa, inconstante y heterogénica Quimera descrita tanto por Hesíodo como por Homero, hermana de Escila. La palabra «quimera» pasó a significar, desde el Renacimiento en adelante, todo aquello que era de origen ilusorio. La residencia mítica de este monstruo era la región de Licia, en Turquía, y podría ser el resultado de la unión de Equidna —mitad mujer, mitad serpiente— y el gigantesco Tifón. Otras veces, presentaba la cabeza y el cuerpo de león y dos cabezas más —de cabra y dragón, que podrían ser igualmente de cabra y serpiente—. Su destino parece repetir el de los demás monstruos míticos: ser muerto por un héroe; en este caso, Belerofonte, montado en Pegaso. Acerca de la Quimera, Jacques Derrida escribió:

Khimaira, ya lo sabemos, ese nombre propio designó un monstruo que escupía fuego. Su monstruosidad se debía a la multiplicidad, justamente, de los animales, del animote en él (cabeza y pecho de león, entrañas de cabra, cola de dragón) [...]. Equidna, el nombre común [de su genitora], significa serpiente, más precisamente víbora y, a veces, figuradamente, mujer pérfida, una serpiente que no se podría encantar ni hacer erguirse al son de una flauta. [...] Es también el nombre, equidna (echidna en inglés), que se da a un animal muy singular que solo vive en Australia y Nueva Guinea. [...] Tenemos un mamífero ovíparo, por lo tanto, e insectívoro, monotrema también71.

Descartes también se refirió a la Quimera, pero se olvidó de una parte de su zoología híbrida: justo la viperina, aquella del trasero, vinculada al mal y al pudor. El filósofo permaneció solamente con las contribuciones del león y de la cabra. Para Warner:

Todos los monstruos son, de cierta forma, quimeras, imposibles en la naturaleza, explícitamente descritos también como inimaginables y la exacta representación de estas invenciones grotescas que inspira fuertes emociones de terror, contra las cuales la risa puede ser la mejor defensa72.

Y asimismo:

Si la Medusa inspiró una de las teorías más sintomáticas y duraderas del último siglo, el complejo de castración, la Quimera sigue en la raíz de otro estado mental contemporáneo fundamental, la fascinación para con lo fantástico, el ansia por la fuga y el alivio mediante la presencia vívida creada por el imaginario, aunque sea grotesco73.

De esa pareja de monstruos gigantes, paso a la sutil e ingeniosa Circe que, durante siglos, era conocida debido a sus encantamientos animalizantes.

Circe: la femme fatale griega

Desde La Odisea, la sabia hechicera Circe, dueña de los sonidos y los de aires y que vivía en una isla, es un personaje de suma importancia para una dilatada tradición de mujeres monstruosas y sensuales, las cuales abordaré más extensamente en el subcapítulo «De melusinas a madres de agua».

Circe despertó la atención de muchos hombres, de san Agustín a James Joyce. Tiene vínculos con las sirenas griegas, que no eran visiblemente seductoras como la fantasía moderna ha configurado: al revés, llevaban a los incautos a la tragedia mediante su canto desconcertante, un lullaby irresistible que, desde entonces, ya concedía a los seres femeninos acuáticos —especialmente a los marinos— un poder de aniquilación avasallador. Vale la pena recordar a Escila y Gréndel, el dragón de Beowulf, así como a Melusina e Ipupiara74.

Antes de nada, Circe, esa chamánica señora de las transformaciones, cuando quería burlarse de la pequeñez humana transformaba a sus adversarios en animales mediante algunos artificios: se valía de pociones y envenenamientos en la comida o empleaba su cayado mágico, antecesor de las fálicas varitas mágicas que varias brujas y hadas llevaban consigo en los cuentos de la era moderna y contemporánea.

Circe era capaz de ofrecer un desorden genérico a los fenómenos del mundo natural75. Junto a otras personalidades antiguas —Proteo y Minos, por ejemplo—, no pertenecía a la cúpula de los dioses olímpicos, sino que estaba circunscrita a un grado intermediario, por lo tanto, a un entre-deux que le convertía en una personalidad aún más interesante: sospechosa, inmoral, caprichosa, que transformaba a las personas en animales a su voluntad, y no por motivos morales, como sucedería si perteneciese a la lista de los dioses del Olimpo. Ella dejó una lección que merece un análisis: «La metamorfosis es posiblemente la maniobra más inventiva y gratificante que se puede hacer ante el miedo»76. Sí, puesto que, a diferencia de la tradición cristiana —que predicaba una vida única finita y luego el alma esperaba un juicio decisivo—, el conocimiento pagano consideraba que la metamorfosis era una rica posibilidad para que un ser adquiriera otras cualidades y formas, aprendiendo incluso las virtudes de un presunto enemigo77. Más allá, la metamorfosis tal vez alcanza una derivación en la metempsicosis —la reencarnación de un ser humano en otra envoltura, ya sea mineral, animal o vegetal, como creían varios pueblos orientales—. Las metamorfosis tienen una relación íntima con la teriantropía, la afinidad entre humanos y animales en un sentido a menudo místico y sobrenatural para muchas creencias. Forman parte de la teriantropía, a mi modo de ver, las variaciones como la licantropía y el vampirismo.

Circe, en La Odisea, metamorfoseaba a los hombres en diversas fieras. Otros escritores y mitógrafos irán más allá de los animales mencionados en la obra de Homero: no solo cerdos, lobos de la montaña y leones, sino también jirafas, ostras, avestruces o serpientes compondrán el alegre jardín zoológico78 de la hechicería. Sus hombres hechizados se convertían, además de en castrados, en criaturas desprovistas de subjetividad. Se volvían mansos y domesticados por la cruel dama fálica y famélica que se complacía presenciando una suerte de freak show particular79 y haciendo bricolaje con «piezas» proporcionadas por la naturaleza. Su práctica sigue la línea de las ideas aristotélicas sobre lo monstruoso, ya que el resultado híbrido confiere una condición de extrañamiento e, incluso, maldición.

Si Circe estaba al mando de monstruos que eran el resultado de sus magias, se puede inferir que quien tuviese tal poder sería igualmente clasificado con el adjetivo «monstruoso».

Difícil no asociar las prácticas de Circe a la novela del siglo XIX La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells (1896), ya llevada varias veces a la gran pantalla, en la que los humanos también eran transformados en animales, pero como resultado de intervenciones quirúrgicas. En ese contexto, cito el filme Splice: Experimento mortal (Splice, Vincenzo Natali, 2009), que combinó, en una única criatura, una variedad de partes de animales, producción cinematográfica que comento en la tercera parte. La fantasía de Circe, de esta forma, se muestra bastante actual: «La metamorfosis clásica prefigura, de este modo, pesadillas contemporáneas sobre posibles usos perversos del conocimiento científico, desde el trasplante de órganos hasta la ingeniería genética y la mutación de células por otros medios»80. En efecto, la influencia de dicha bruja fue vasta: sus acciones supusieron un punto de partida para discutir las diferencias entre humanos y animales. Quizá uno de los que lograron ir más lejos en ese enfoque fue Plutarco (46-126 d. C.), en su Moralia. Creó un cerdo llamado Gryllus que hablaba griego con fluidez y, al contrario que los demás hechizados de Circe, no quería retomar la forma humana. A pesar de que Plutarco estaba a favor del vegetarianismo y de que disertara sobre la influencia y las habilidades de los animales, su personaje porcino sirve más como una crítica a la índole humana que propiamente para incitar el respeto hacia los animales. Para el autor, la condición del animal superaba a la humana en términos de virtudes: el filósofo decía que los animales tenían alma (la psique) y que la fuerza de las hembras de varias especies acababa por sorprendernos.

Circe aún permanece hoy como figura contemplada en narraciones literarias y cinematográficas. Y ha de reconocerse que —no del todo perversa— su voz seductora acabó revelando a Ulises los secretos de la supervivencia en el largo viaje marítimo que iba a emprender.

Los horrores y espantos del Medievo

Toda la Edad Media es un buen ejemplo sobre la capacidad de desplazamiento de las proyecciones de lo monstruoso. En sus cerca de 1.000 años de duración, se puede afirmar que la intolerancia para con lo diferente provocó ataques a distintos grupos que representaban «el monstruo del momento»: los gitanos y los sarracenos, los cristianos nuevos y los judíos, los «turcos» y los negros están en el origen de muchas concepciones de lo monstruoso todavía en la actualidad. Los judíos —considerados en el periodo medieval los perseguidores implacables de Cristo— eran retratados con fisionomías monstruosamente distorsionadas81 y muchos de los «cocos» de nuestros días se describen como hombres de piel oscura, tal vez como herencia de aquellos tiempos de ignorancia en los que el enemigo muchas veces vestía turbante, pantalones mullidos y de colores y llevaba cimitarra82. Los hombres altos y las mujeres viejas fueron igualmente confundidos con monstruos diversos.

Monstruo era una palabra que provocaba aversión entre la gente en la Edad Media, ya que venía a demostrar algo que ocurriría por auspicio divino, como ha quedado evidente en una de las acepciones del término que comenté. Los monstruos formaban parte, en aquel periodo de la historia, de las llamadas mirabilia83, las cuales se componían de seres, objetos y monumentos (mira res o mira admirationis). Para san Agustín, en La ciudad de Dios, las obras de mirabilia se dividían en monstra (de «mostrar»), ostenta (de «ostentar»), portenta (de «ostentar» o «mostrar anticipadamente») e prodigia (de «predecir» algún futuro). Fonseca84 aclara que las mirabilia inspiradas por el divino se hicieron conocidas como prodigios. Los hombres viajeros del Medievo localizaban buena parte de esas mirabilia alrededor del supuesto local del Paraíso, cerca del Huerto Sagrado —y, muchas veces, la referencia geográfica era la zona más al este de Oriente—. Magalhães85 explica que las mirabilia, en suma, estaban relacionadas con las cosas admirables que presentaban un grado exagerado y no habitual con respecto a lo humano, ya fuera en cuanto a la dimensión de su belleza o a la de su fuerza y riqueza.

Animales domésticos y salvajes

Entiendo que la Edad Media fue un largo periodo de la humanidad, a menudo esplendoroso y crepuscular, del que aún hay rasgos culturales por descubrir y estudiar. Entre ellos, la relación del hombre medieval con los animales, sean domésticos o salvajes. Me valgo aquí, en gran medida, de las observaciones que figuran en el excelente Diccionario razonado del Occidente medieval (volumen I), organizado por Le Goff86, en el que el autor de la entrada sobre los animales, Delort, destaca la importancia de una zoohistoria que aproveche los recursos de la genética regresiva, de factores serológicos y de comparaciones entre especies de antaño y hogaño.

Cuando se piensa dónde habrían surgido los intercambios milenarios entre los hombres y los demás animales, se puede suponer que, en algunos casos, un cachorro descarriado en un bosque se apegaría al primer ser que encontrase en su camino y este podría ser tranquilamente un campesino arrancando, de esta forma, una relación duradera que podría variar entre la cría de una especie para fines de supervivencia y una cordial amistad.

En la Edad Media, los animales se criaban en cautividad, pero en un régimen prácticamente salvaje para su debido uso cuando fuese necesario: en viveros y reservas se mantenían aves, venados y liebres, por ejemplo. Los conejos llegaban a vivir en recintos vallados y un hurón los sacaba de sus túneles siempre que se necesitase carne o piel. Esa forma rústica de aprisionamiento evolucionó hacia una cría que buscaba la reproducción (breeding), llegándose también al desarrollo de la familiarización de los animales con sus dueños (taming), lo que antecede al comportamiento contemporáneo de tener mascotas en casa. Resumiendo, en la Edad Media, los animales servían de alimentación y vestimenta, pero también de decoración, tracción, adiestramiento (perros de caza), exterminio de plagas —como hacía el gato— y compañía personal. Y hay un aspecto que el lexicógrafo prácticamente no comentó y que es valioso para este trabajo: la fértil presencia de animales en la tradición, sobre todo campesina, en forma de creencias populares, supersticiones e historias transmitidas oralmente. Con todo, el diccionario organizado por Le Goff, pese a no darle mucha atención a los aspectos fantásticos de las alimañas, reservó un pequeño espacio para la convivencia entre animales reales e imaginarios:

El león, con aspecto sumiso, recostado a los pies de san Jerónimo o acompañado de Yvain, héroe novelesco de Chrétien de Troyes, destrona al oso como rey de los animales. El elefante, como el que le regaló el califa Harun al-Rasid Carlomagno, estimulaba la imaginación de los cristianos medievales. El unicornio, símbolo de la virginidad, aparecía como un animal completamente real en ese mundo que creía en lo maravilloso87.

Entre los animales domésticos, el cerdo tuvo importancia en el Medievo, ante todo por su capacidad de encontrar trufas y castañas en los bosques. Al comienzo de su domesticación, se diferenciaba poco del jabalí: presentaba una amplia musculatura, tenía colmillos prominentes y era más esbelto que los que se crían de hoy. Se temía a ese animal, en particular al bravo macho reproductor, porque devoraba a los niños, pero sus compañeras también solían ganarse la fama de infanticidas. En 1394, en una localidad normanda, un puerco fue juzgado y ahorcado por haber devorado a una persona. Un hecho similar sucedió ya en la era moderna, en 1547, cuando una cerda y sus lechones acabaron en los tribunales por el mismo crimen. La madre fue ejecutada por el mal ejemplo, según alegaron, que les dio a sus hijos, pero los cochinillos fueron indultados. Esta clase de incidente era más o menos frecuente en las aldeas medievales, cuando los cerdos vagaban en libertad y solían atacar a la gente, sobre todo, a los más pequeños88.

Del cerdo se aprovechaba, en la Edad Media, la carne, la grasa, la piel, la crin y se preparaba el jamón. Del carnero se obtenía la lana, la leche, el queso, la cuajada, el cuero e, igualmente, se aprovechaban los cuernos, los cascos, los huesos, la carne, las tripas (que se empleaban en instrumentos musicales) y hasta el estiércol, que fecundaba los pastos. Por su parte, el buey europeo descendía del buey romano que, a su vez, estaba relacionado con el bovino autóctono de las turberas. Simbolizaba la pasión de Cristo y san Lucas. Las aves se popularizaron principalmente entre el siglo VIII y el XII, proporcionando carne y huevos mediante la extensa familia gallinácea, a la que también pertenecían los patos, gansos, palomas y pintadas comunes. Los pavos reales y los cisnes se reservaban para la decoración, mientras el pavo no llegó hasta el siglo XVI, procedente de América.

Los caballos eran animales de uso bélico, destinados al combate, pero también había equinos robustos de carga y tracción, que solían emplearse hasta su límite de resistencia, unos trece años. El de paseo tenía su protagonista en la yegua —ideal para las damas— y con el popular rocín. Este el animal era el preferido en toda la tradición literaria caballeresca y trovadoresca. Debido al conocido tabú hipofágico, de los caballos muertos solo se podía aprovechar el cuero.

Los gatos, en aquella época, vivían dos años a lo sumo y parece que era común que se juntaran en manadas semisalvajes, ya que eran: «Mal cuidados, mal nutridos, mal amados, mantenidos en estado famélico que su función exige: cazar ratas». El felino se asociaba a la lujuria femenina, a las fiestas paganas y a los aquelarres, las hechicerías y al diablo, tal y como reforzó el lexicógrafo. El prestigio lo gozaban los perros que, desde la Edad Antigua, se clasificaban en razas (lebrel, spitz, bichón, dogo, moloso, pastor, basset...). Durante el periodo medieval, se sumaron los galgos como acompañantes de las damas, además de los perros cazadores, pastores y guardianes de rebaños, razas provenientes de pueblos distantes (fue san Luis, rezaba la tradición, quien había buscado el grifo tártaro directamente en Tierra Santa).

Darnton hace una bonita antología de la presencia de los gatos en la cultura:

Debe decirse de antemano que los gatos tienen un indefinible je ne sas quoi, algo misterioso que ha fascinado a la humanidad desde la época de los antiguos egipcios. Puede percibirse una inteligencia casi humana en sus ojos. Se puede confundir el maullido de un gato en la noche con el chillido humano, que brota de alguna parte profunda y visceral de la naturaleza animal del hombre89.

El conejo se hizo muy popular en la Europa medieval. Desde el litoral mediterráneo, subió hacia Inglaterra (siglo XII), a Bohemia y a Polonia (entre los siglos XI y XIII) y a Hungría (siglo XV), pero no llegó a tierras muy gélidas, donde no podría cavar. Asimismo, ha de mencionarse la presencia del gusano de seda de la morera (cuyo uso para la confección de tejidos de seda data de 3000 a. C. en la civilización china), que llegó a Asia Central en el siglo VI —según la tradición, vino dentro del bastón hueco de dos monjes del monte Athos— y, por eso, el nombre medieval del Peloponeso era Morea, según nos recuerda Delort. Fue a partir del año 1000 cuando esa oruga empezó a difundirse por el resto de Europa a través de Sicilia, arraigando mucho a la España musulmana. Desde el norte de Italia, alcanzó la Provenza, ya en el fin del largo periodo medieval. Otro invertebrado conocido desde la Edad Antigua era la abeja. En el Medievo, varios árboles eran considerados sagrados, pues abrigaban colmenas y enjambres, los cuales solían registrarse ante notario, con derecho incluso a ser heredados.

Aparte de los considerados de uso doméstico y rural, estaban los salvajes que, casi siempre por modismo o lujo, eran adaptados a la vida humana. Es el caso de los dos leopardos, que cobraron popularidad en Sicilia y en Italia, ya fuera para presentaciones artísticas, para la caza de prestigio o para mera compañía. También era común el empleo de aves rapaces —tanto las de vuelo alto (halcón) como las de bajo (azor), adiestradas para deportes de caza—. Y, en muchas situaciones, los animales de gran envergadura —bestias asiáticas y africanas, como el rinoceronte y el elefante— se convirtieron en personajes de episodios reales epopéyicos, como cuando eran objeto de regalo a reyes y papas.

No obstante, los animales salvajes también componían una rica tradición con fines moralistas: en Francia, la encarnación de la astucia estaba en el zorro (Renart)90, que solía conformar un trío con el tejón (Grimbert) y el gato montés (Tibert). El terror de los gallineros y graneros eran los mustélidos (la comadreja y la garduña, por ejemplo). La vida silvestre la poblaban las martas, los visones y las mofetas (estos últimos, malolientes), los linces y los ratones de campo, y las liebres, ardillas y ciervos. El ambiente acuático contaba con la presencia de nutrias, castores, percas, tencas, lenguados y truchas. Del mar, venían los arenques, la sardina, el atún, la ballena y el delfín. La mala reputación recaía generalmente en los sapos, ranas, salamandras y tritones y, también, en los réptiles —las maldecidas serpientes, cobras y víboras, como nos recuerda el siguiente texto—: «La serpiente, heredera de réptiles bienhechores y malhechores de las culturas tradicionales y de la Edad Antigua, es demonizada por el judeocristianismo»91. Asimismo, se temía a los saurios y a los lagartos cocodrilescos que podrían asemejarse a enormes dragones que escupían fuego.

Los pájaros estaban bastante presentes en la tradición medieval92 —el mirlo, el chochín, el pardillo, la cogujada, la golondrina, la cigüeña, el cuervo, el búho, la garza, la gaviota, el pelicano, entre otros—, mientras que los invertebrados nunca tuvieron una gran repercusión, salvo por las invasiones esporádicas de saltamontes y gorgojos —estos últimos, parásitos de plantas—. Sin embargo, el grillo disfruta de un estatus superior: «Un grillo es un insecto, pero tiene la condición de monstruo de otros insectos debido a su canto casi humano»93. No obstante, en la tradición hagiográfica de la Baja Edad Media, la presencia de los insectos es notoria y puede decirse que influyeron en las creaciones artísticas que retrataban demonios y diablos. Una ilustración representativa de ese aspecto es La tentación de san Antonio94, de Martin Shongauer (c. 1475), en la que se puede ver al santo siendo elevado por los aires y agarrado por varios demonios a la vez, en un enmarañado de rabos, alas con nervaduras, trombocitos, espinas, cuernos y picos dentados. Warner comenta la contemporaneidad de esas representaciones:

Las características, el carácter y los gestos de poder y terror se toman prestados actualmente con frecuencia del territorio próximo a las antiguas viviendas ctónicas cavernosas de los dragones primevos y medievales, así como del reino análogo de los insectos. A estos se les considera universalmente los más adaptados y adaptables: por eso son temidos y provocan pavor. El Bosco introdujo polillas, escarabajos y mariquitas en el paisaje del infierno; sus diablos son generalmente miniaturizados como insectos, y usan alas con venas, antenas y crestas frágiles. Aunque el Bosco también puebla sus mundos fantásticos con pájaros y mariscos espantosamente grandes, los insectos sugieren mundos inferiores ocultos, la búsqueda de submundos secretos de seres normalmente invisibles a los hombres, reinos esféricos escondidos dentro de montañas y territorios de duendes. Las metamorfosis de los insectos ofrecieron una especial conexión amenazadora para con los procesos aberrantes del infierno95.

Es esa autora la que recordará la presencia de rasgos y aspectos insectoides en diversos monstruos del cine, sobre todo, en robots híbridos. Yendo un poco más allá, se puede afirmar que buena parte de las invenciones en torno de los alienígenas, de monstruos mutantes y figuras del mundo biotecnogenético se inspira en la arquitectura exoesquelética de los insectos y en la conformación amenazante y extraña de diversos invertebrados. Por algo los seres diabolizados tienden a asumir el mimetismo espantoso de los insectos: son seres que logran, al igual que el diablo, disfrazarse. La capacidad de mimetizarse siempre ha sido motivo de sospecha, pues ofrece peligro, como los contemporáneos asesinos en serie de mil caras de las películas o los personajes que se camuflan como el monstruo de las películas Depredador (Predator, John Mc Tiernan, 1987) y Depredador 2 (Predator 2, Stephen Hopkins, 1990) o, incluso, Alien vs. Depredador (Alien vs. predator, Paul W. S. Anderson, 2004). El director de cine Tim Burton, obsesionado con los insectos, llegó a decir que los adoraba:

Están a nuestro alrededor [...]. Son nuestro día a día. ¡Insectos! [...] A lo mejor la explicación esté en haber crecido con tantas películas de insectos en los años setenta. ¿Recuerdas Ranas? Eso es ecología, empecemos a ver más esas películas, te lo aseguro. Una nueva tendencia horrible, como en los años setenta. Películas con la venganza de la naturaleza96.

También se puede destacar que diversos seres fantásticos tienen tamaños diminutos, que nos recuerdan a insectos y otros animales pequeños: las hadas, los hobbits, los pitufos y el E. T. de Spielberg, por ejemplo.

Entre los animales salvajes populares en la Edad Media, tres dejaron huella: el oso, la rata negra y el lobo97. El primero siembre iba con un bufón en las presentaciones de carácter circense —integrante del Roman de Renart, esa obra tan importante, probablemente anónima—. El segundo estuvo poco presente en la literatura medieval y su fama se debió a las pandemias, a pesar de haber provocado menos peste que rabia el lobo. Este último sí que puede ser considerado el gran animal de la imaginación campestre, combatido y diabolizado como representación del hombre hereje —redimido, no obstante, por san Francisco de Asís98—. Pero, a diferencia de los pequeños lobos autóctonos, como los que recogieron a Rómulo y Remo y estaban presentes en las lupercales, los grandes lobos siberianos de las estepas vinieron de la mano de las invasiones bárbaras y causaron un enorme pavor: «Cuando el hombre flaquea, el lobo acude y devora»99. Por ejemplo, en la guerra de los Cien Años, en París, se describió la aparición de lobos que parecían especializados en antropofagia. Tal vez a raíz de la presencia de estos cánidos más grandes provengan varias historietas que se hicieron populares en la tradición europea: lobos que raptaban y devoraban niños, que merodeaban las cabañas esperando un descuido para hacerse con su presa, figuras terribles trasladadas a las nanas, las cuales repetían su tibio «lu... lu... lu...»100, trasladadas a varias lenguas, probablemente, en parte en alusión al loup francés y también al abominable loup-garou101.

El lobo al acecho o el lobo en la puerta (tanto en Esopo como en La Fontaine) también asumían rasgos más atrevidos en el «lobo ya dentro de casa», aquel casi insospechado monstruo bajo la piel de un pariente, que podía ser la abuelita de Caperucita Roja o el propio padre que, tras transformarse, devoraba a su hija bebé, como sucede en una historia antigua recontada por mí102. En el afán de capturar al animal salvaje y exponer al mundo las curiosidades de un reino a menudo poco accesible, a finales de la Edad Media, se acaban volviendo populares los parques de animales —antecesores de los zoológicos—, como aquel que se hizo famoso en la Rue des Lions-Saint-Paul, en París, pero del que ya no queda nada. Para el escritor y reverendo Sabine Baring-Gould, el lobo fue el animal por excelencia en incorporar lo fantástico en Europa. Sus estudios sobre narrativas populares se destacaron en Escandinavia, con especial énfasis en la cultura noruega, como un espacio en el que los lobos migraban a formas humanas con cierta facilidad: «Vargr tenía su doble significado en noruego. Quería decir “lobo” y también “hombre impío”. Este vargr es el inglés were de la palabra werewolf, y el garou o warou francés. La palabra danesa para “hombre lobo” es var-ulf, la gótica vaira-ulf»103. La asociación entre lobo y bandido era tan común que los proscritos tenían que ser expulsados como «lobos» y perseguidos hasta donde los hombres pudiesen cazarlos. En Noruega se creyó durante mucho tiempo que algunas personas podrían estar hechizadas por hombres-troll, transformándose en lobos u osos, pero regresando en seguida a la forma humana104. Durante siglos, las brujas o personas que pactasen con el diablo conseguirían realizar varias proezas, como hacer llover granizo, raptar niños para los aquelarres o transformarse en lobos.

En suma, la teriantropía —término para las transformaciones parciales o totales entre hombre y animal— viene siendo un motivo sempiterno en los relatos, desde los más remotos registros, como Anubis, el dios egipcio con cabeza de chacal. Hay, en la Edad Antigua griega, dos extremos de la presencia lupina: mientas Circe transformaba en animales —entre ellos, en lobo— a los hombres que seducía, Zeus maldijo a Licaón porque dicho rey mató, cocinó y sirvió el cuerpo de un prisionero a sus invitados (otra versión dice que sacrificó un bebé al gran dios del Olimpo). En esa ocasión, el mítico soberano de Arcadia fue transformado en lobo por su acto de impiedad y salvajería. Licaón también fue citado en La República: para Platón, el hombre lobo era la metáfora del tirano. La literatura medieval también explotó el espeluznante tema: los hombres lobo de Ossory, en el texto del galés Giraldus Cambrensis; el lay de Bisclavret, de María de Francia (siglo XII) o, también, Li Roumans de Guillaume de Palerne (circa 1200), un poema que presentaba a un hombre lobo benevolente. En el siglo XVI, el libro La Démonolâtrie, de Nicolas Rémy, que vino a sustituir el éxito del Malleus Maleficarum, presentaba un pasaje en el que dos hombres, envidiosos de los rebaños de un vecino, se tiraron por los suelos y pronunciaron una fórmula mágica. Esta hizo aparecer un lobo demoníaco que atacó a una oveja, mientras que en Flagellum Maleficorum (1462), de Petrus Mamoris, el hombre lobo sería un lobo común poseído por el diablo.

De hecho, el lobo mantiene una estrecha relación con lo diabólico y en la cultura de varios pueblos y en diversas épocas: su domesticación probablemente se produjo alrededor de 15000 años a. C., en Asia Oriental, pero no fue suficiente como para convertirse en un animal simpático: jaurías salvajes siempre sembraban el pánico en los aldeanos robando y asesinando crías de animales y niños. Asociado a la luna llena y a la noche, el lobo se volvió copartícipe de una división maniqueísta del mundo, en la que la oscuridad se mostraba con atributos opuestos a los del día y el exceso de exposición a la luz de la luna podría llevar a la locura a las personas.

En el principio eran los monstruos...

Marcio Peter de Souza Leite discute brevemente acerca del hombre medieval y sus miedos ante lo fantástico. Según el psicoanalista, la lógica del Medievo era tal que aquello que los ojos veían alrededor, en la naturaleza, no era suficiente para explicar el extraño mundo que parecía que se acercaba en todo momento a los inseguros poblados:

Cuando el hombre de la Edad Media se preguntaba qué era la naturaleza, no bastaba simplemente mirar alrededor; tenía los ojos desenfocados por antiguas imágenes y le hizo falta luchar contra ellas para obtener un conocimiento más exacto del mundo. Lo que veía no era suficiente, puesto que había testimonios de formas humanas extrañas y faunas peculiares, tanto en las obras de escritores fantasiosos como en la de los viajeros que se aventuraban por caminos desconocidos. Los seres fantásticos aparecían en todas las imagini mundi y las listas de monstruos producían un repertorio que perdía su carácter asombroso por la constante repetición a la que fue sometido105.

De hecho, en la Edad Media, nombrar ya era suficiente para certificar su veracidad.

Así fueron imaginados seres como la santícora, con cuerpo de asno, patas de león, un cuerno en la cabeza y voz humana; la mantícora, semejante al hombre, roja, con ojos amarillos, cuerpo de león, tres hileras de dientes y cola de escorpión, silbando como una serpiente y pudiendo correr tan rápido como vuela un pájaro; el eale, con cuerpo de caballo, rabo de elefante y dos grandes cuernos, uno delante y otro detrás; la anfimenia, con dos cabezas, una situada en el rabo; una bestia anfibia con cuerpo de caballo, cabeza de jabalí, rabo de elefante y dos cuernos, uno de ellos móvil; la centícora, con cuernos de ciervo, pecho de león, patas de caballo, boca redonda como la apertura de un túnel, voz de hombre y ojos muy juntos106.

El historiador Jean Delumeau reservó un subcapítulo de su obra El miedo en Occidente a los fantasmas, un miedo no solo medieval, sino que ha acompañado todo el proceso civilizatorio de la humanidad. Los fantasmas, que transitan por un «entrelugar» habitado por toda clase de dobles y visiones, siempre han formado parte del mundo de los vivos, permaneciendo en esta especie de borderline entre el mundo material y el llamado mundo espiritual, aunque, para eso, tuviesen que competir en popularidad con los seres que el alquimista y ocultista Paracelso (1493-1541) bautizó como elementales.

En el caso específico de la Edad Media, las almas que aterrorizaban a los hombres parecían provenir, en su mayoría, del purgatorio (donde se encuadraban como expiatorias o en purgación) o, incluso, del infierno. A pesar de que las almas condenadas se instalaban de golpe en las provincias infernales, curiosamente, podían salir de ahí en determinadas situaciones para aparecérseles sombríamente a los vivos con el permiso del diablo. El miedo a estos seres, tal y como nos recuerda Delumeau, se volvió incluso epidémico, sobre todo cuando los fantasmas eran asociados con los vampiros —entendidos como criaturas ni vivas ni muertas, que vagaban por las noches nutriéndose de la sangre de sus víctimas—. Los vampiros fueron, en muchas ocasiones, chivos expiatorios de males que cayeron sobre la humanidad, como la peste negra. El historiador destaca la creencia de que a algunos seres fantasmagóricos —«hadas o fantasmas»— se les consideraba pestíferos y manipulados por el demonio. Como ejemplos:

En el Tirol, se hablaba de un fantasma de largas piernas y de capa roja que dejaba la epidemia en su estela. En Transilvania, y en la región de las Puertas de Hierro, ese papel era cumplido por una «madre viajera», misteriosa y eterna bruja, anciana y gimiente, de vestido negro y pañoleta blanca107.

Los fantasmas proliferaban en general en el crepúsculo, a medianoche, al amanecer y al mediodía, pero les gustaban especialmente las doce campanadas nocturnas, cuando deberían ser exorcizados y conjurados. Tal era su presencia entre el hombre medieval y moderno que no era de extrañar que las lápidas fueran tan pesadas108. A fin de cuentas, la convivencia —siempre muy presente, según relatos históricos de diferentes tradiciones— con seres que dejaron de coexistir materialmente con los llamados «vivos» no era muy agradable.

El investigador Carlos Roberto Nogueira (2002, p. 11) discurrió sobre el imaginario cristiano en una de sus obras, enfatizando especialmente la Edad Media: «La cristianización de la cultura europea trae consigo un giro decisivo para la historia de lo imaginario». Puntal ideal para el surgimiento de la tradición de los bestiarios y de diversos libros de contenido fantástico, el periodo medieval marcó las creaciones mentales en Occidente. En un mundo sombrío e inseguro, nada más obvio que crear animales monstruosos que pudiesen explicar parte de los miedos que rodeaban a los hombres, cuando incluso la presencia de algunos animales, a menudo, solía ser entendida como indicios de posesiones demoníacas. Por ejemplo, Cesáreo de Heisterbach (1180-1240) fue un monje cisterciense que buscaba advertir a los jóvenes sobre las artimañas del diablo, el cual podía aparecer metamorfoseado en varios seres: «un oso, un caballo, un gato, un mono, un sapo, un cuervo, un buitre [...] un dragón». Complementando, me remito aquí, una vez más, a las palabras de Leite:

El diablo es una de las expresiones más conocidas de ese imaginario [medieval] y, tal vez, la más representativa, pues, pudiendo adoptar cualquier forma, más que ser solamente un monstruo, funcionaría como un condensador de valores, que le atribuiría una significación moral a los más variados seres, ya fuesen terribles o bellos. Uno y otro, si fuesen diabólicos, representarían el mal y pasarían a ser indeseables109.

Es ese autor quien recuerda que el periodo medieval está repleto de los más variados diablos y que a lo mejor Dante fue quien produjo, literariamente, las representaciones más importantes para la época sobre los habitantes infernales.

En el ámbito de las monstruosidades medievales, es fundamental volver a recordar el lugar destacado de los bestiarios (término que proviene del latín besta, «animal»110), los cuales se dieron a conocer principalmente gracias el trabajo de los monjes ilustrados de la Baja Edad Media (siglos XII y XIII), quienes recopilaban información —generalmente con un propósito moralizador— sobre animales y seres fantásticos. Sus escritos se convirtieron en fuertes referencias que se tomaron muy en serio hasta el siglo XV. Un bestiario consistía, así pues, en un libro de sistematización y catalogación de una cierta zoología popular y, en general, se presentaba en dos versiones: una en latín, lujosa, y otra en lengua vernácula, bastante más sencilla.

El que suele considerarse el primero de los bestiarios conocidos es el Physiologus111, manuscrito griego probablemente del siglo II, que apareció cerca de Alejandría, proveniente de otro anterior, que había desaparecido, traducido a varios idiomas, entre ellos el latín. Desde él, se hicieron nuevas traducciones, siglos más tarde, a las lenguas neolatinas, adentrándose en sus respectivas literaturas. Inicialmente, el tomo tenía 49 capítulos, pero se desglosaba en bestiarios secundarios y algunos presentaban más de 150 entradas.

En segundo lugar, se puede mencionar la Etymologiae, de Isidoro de Sevilla (siglo VI), una gran enciclopedia que trataba de explicar el origen del nombre de los animales en efecto conocidos y aquellos de índole fantástica112. En realidad, la diferencia entre «animal natural» y «animal imaginario» no existía en aquella época tal y como la conocemos hoy. Casi todos los animales tenían tanto propiedades curativas como venenos misteriosos y estaban rodeados de supersticiones que ponían en el mismo nivel a un rinoceronte y a un unicornio. Un lobo voraz no era menos aterrador que un dragón, y viceversa. En ese universo de elementos admirables, había incluso quien optase por organizar colecciones de «maravillas». El abad Suger de Saint-Denis fue uno de los hombres interesados por lo pintoresco y lo inusitado. Llenaba sus baúles y salones de tesoros con las más absurdas curiosidades, según informa Eco:

Y ante colecciones de tres mil objetos, entre los cuales setecientos cuadros, un elefante embalsamado, una hidra, un basilisco, un huevo que un abad había encontrado dentro de otro huevo y un poco de maná caído durante una carestía, hay que dudar verdaderamente de la pureza del gusto medieval y de su sentido de las distinciones entre bello y curioso, arte y teratología113.

Y el intelectual continúa: «la sensibilidad medieval (…) unía, en el fondo, la conciencia crítica del valor material en el contexto de la obra de arte, por lo que la elección de la materia por componer es ya un primer y fundamental acto compositivo».

Las diversas versiones de bestiarios desde el Physiologus se hicieron populares principalmente en Francia e Inglaterra. Entre aquellas cuya existencia llegó hasta nuestros días, se puede mencionar la de Philippe de Thaon (del año 1125, escrita en verso), el Libro de las Aves (fechado en 1183, proveniente del Monasterio de Lorvão114, sin autor conocido, inicialmente escrito en latín y trasladado en el siglo XIV a la lengua vernácula), la de Gervaise y de Guillaume de Le Clerc (siglo XIII), el Tractatus de bestiis et aliis rebus (del siglo XII, en prosa, probablemente autoría de Hugo de San Víctor), la de Pierre de Beauvais, la de Richard de Fournival (el Bestiario de amor, del siglo XIII, uno de los pocos sin vínculos teológicos) y la De Animalibus (siglo XIII, probablemente de Alberto Magno). En Portugal, se encuentran, en los sermones de San Antonio115, referencias simbólicas a animales, así como a la obra anónima Horto do Esposo, del siglo XIV. Algunos libros de crónicas de viajes de los siglos XV y XVI también quedarían marcados por la presencia de animales fantásticos.

Siguiendo la tradición adámica de dar nombre a los seres, los bestiarios —esos manuales de pseudozoología— trataban de los animales que se consideraban regidos por los instintos y por la ferocidad, los que se defendían de los enemigos con uñas y dientes. El teólogo medieval Alberto Magno los describía como cuadrúpedos con «bajo calor innato» e inferioridad genésica, pero, paradójicamente, podrían servir como seres ejemplares, parabólicos y teofánicos, ya que también se encuadraban entre las criaturas de Dios. Los bestiarios seguían las tendencias de representación de una zoología real e imaginaria que se prolongaba desde la distante Edad Antigua mediante vertientes mitológicas, legendarias y fabulosas, buscando también una especie de rescate arqueológico de una fauna variada.

De cierta forma, todo bestiario medieval fue «una especie de acomodación escolástica de una mezcolanza de conocimiento heredado de la cultura de la Antigüedad», conforme afirmó Pedro Fonseca116 y que acompañó una larga tradición libresca de forma vertical, recibiendo influencias heteróclitas de Heródoto, Ctesias (400-300 a. C.), Aristóteles, Plinio, Solino, Aelio (c. 175-235) e Isidoro de Sevilla, por ejemplo. Para Fonseca, «a excepción de la Biblia, tal vez no exista ningún otro libro que haya sido más ampliamente difundido en cada lengua culta y entre toda clase de personas»117.

Lo que caracterizaba la composición de los bestiarios era el hecho de que el conocimiento utilizado no proviniera de observaciones con tal precisión como para acercarlos a un enfoque «precientífico», aunque tuvieran dicho objetivo. Los textos surgían, en realidad, a partir de la ebullición del lado fantasioso de las mentes de los recopiladores de información118. Al ser retratados en manuscritos ilustrados, los animales que realmente pertenecían al mundo natural eran a menudo descritos como seres que diferían bastante de su apariencia real, y ello se debía al puro desconocimiento de los monjes, que adornaban los textos con bonitas y delicadas imágenes, pero sin realizar ninguna averiguación de los datos recibidos. En la Baja Edad Media, todavía era común que se representara a los seres sobrenaturales de forma monstruosa, casi siempre reuniendo elementos diferentes en una única criatura, como resquicio de las visiones presentes en las tradiciones paganas que sobrevivían en algunos lugares:

El mundo antiguo contaba con una gran cantidad de seres fantásticos, reducidos por el cristianismo a la condición de demonios inferiores, y es precisamente en ese arte del paganismo donde esa fantasía de los cronistas y artistas buscará inspiración para describir y retratar a los agentes del Mal119.

Un bestiario, por consiguiente, era una obra no finalizada, en permanente ampliación y revisión, y tenía el propósito de presentarle diversos seres al lector curioso, pero sin buscar definirlos en profundidad ni explicar su comportamiento, su forma de vida y su fisiología profunda. En general, cada animal terrestre solía tener su representante en el aire y en el mar, una especie de doble equivalente, como es el caso del caballo, que se desdoblaba en caballito de mar y en unicornio. Otra característica era la presencia de seres mitológicos de la Edad Antigua adaptados a los bestiarios (como el minotauro, de la cultura cretense, por ejemplo). Y, como afirmé, junto a los animales del mundo natural, se situaban igualmente los fantásticos, como el fénix, el unicornio y la sirena. Detrás de la intención de catalogación y del mapeo de las criaturas, también había una apropiación zoológica por parte de escritores católicos, que intentaban atribuir características buenas o malignas a cada ser, con la expectativa de despertar la conciencia pía del cristiano pecador. Fueron los teólogos de la iglesia los que hicieron las trasposiciones entre lo pagano y lo sacro, con el objetivo de hacer de los seres fantásticos de los bestiarios ejemplos para los hombres, los cuales deberían, siempre humildes, esforzarse en la virtuosidad. Se puede incluso afirmar que había una especie de manipulación que imponía, a los seres descritos, conveniencias en el marco del didactismo religioso, haciendo las entradas de los bestiarios propicias para la retórica litúrgica. Y en la naturaleza —una infinita teofanía— es donde se podían encontrar los mayores ejemplos para los cristianos. Es posible, por lo tanto, decir que se intentaba poner a las bestias del pensamiento medieval en diálogo con los valores de los textos bíblicos.

También destaco, en este contexto, una obra titulada Codex Gigas, Códice Gigas120 o, como se hizo más conocida, La Biblia del Diablo, considerada aún hoy uno de los libros más misteriosos que jamás hayan existido, por el hecho de que su autoría se le atribuyó legendariamente al mismísimo señor de los infiernos. Se trata de una mole de cerca de 75 kilos —el libro más grande ya escrito—, cuya elaboración terminó sobre el año 1230. Actualmente, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Suecia, en Estocolmo. Aparte de diversos textos sagrados (contiene una Biblia entera) y apócrifos, así como hechicerías, medicinas de la época, conjuros y exorcismos para los malos espíritus, todo al gusto medieval, dicho libro guarda, en su interior, una imagen gigantesca de un diablo atrapado. Entre las diversas leyendas en torno al grandioso tomo de 89,5 x 49 centímetros, está la de un monje benedictino de la región de Bohemia, en la Europa Central, que, habiendo cometido un pecado imperdonable, se comprometió a escribir el mayor libro jamás escrito en una sola noche, buscando evitar la sentencia de muerte que le impuso su orden religiosa: ser emparedado vivo. Pero, a medianoche, al verse incapaz de terminar lo prometido, hizo un pacto con el diablo. Al día siguiente, el manuscrito estaba listo.

Los científicos afirmaron que dicho libro fue escrito por un solo hombre que empleó tinta hecha a base de nidos de insectos y que el recopilador tardó unos treinta años en concluirlo. Aun habiendo permanecido en posesión de los nobles, siempre oculto a los ojos del vulgo durante siglos, es innegable el poder de tal obra en el pensamiento medieval y moderno. La figura satánica que aparece en una de las grandes páginas se puede encontrar en internet y muestra a un diablo con los tradicionales cuernos y pies heredados de la tradición pagana de los faunos griegos, así como una turbadora lengua bifurcada, como la de las serpientes, además de ojos muy abiertos, una piel escamosa y garras amenazantes. También lleva puesto un refajo, que simbolizaba la alta jerarquía, afirmando su lugar de príncipe de las tinieblas a quien quiera que osase observarle. Es ese ser diabólico el que dio nombre al popular libro. El diablo era un ser comúnmente retratado en el arte medieval, pero este en particular es considerado probablemente el único en tener un protagonismo tan grande y en aparecer él solo en una única página121.

Entre los más sombríos seres de las antologías de los bestiarios, también estaba el lobo, animal temido y admirado, tal y como he comentado antes. Este habitante de los bosques estaba presente en la civilización feudal rural, matando ovejas y asustando a los vagabundos. Delumeau122 recordó a Lévi-Strauss, quien asoció al lobo con un emisario del mundo ctónico. Muchas de las muertes enigmáticas del periodo medieval —como las de los aldeanos devorados por algún animal, pero cuyas ropas quedaban intactas— no se achacaban específicamente a los lobos, sino a algo más terrible todavía: al hombre lobo (loup-garou123), que podría ser un soldado o hechicero transformado en fiera cruel, lo que hizo que los demonólogos franceses de los siglos XVI, XVII y XVIII reflexionasen largo y tendido sobre los fenómenos de licantropía, y que el pueblo invocase con frecuencia la protección de Saint-Loup (San Lobo) y recitase el «padre nuestro del lobo», por ejemplo.

Los animales fantásticos poblaban el pensamiento europeo y se puede decir que existía, de hecho, un movimiento de ida y vuelta: al tiempo que las culturas recibían la influencia del caudal fantasioso de los bestiarios, ellas también colaboraban para enriquecerlos. Fueron numerosas las referencias medievales a los seres fantásticos en relatos escritos y orales de fábulas y alegorías, en la iconografía del arte sacro y profano, y también en los componentes arquitectónicos, en la heráldica, en la artesanía y en los utensilios del día a día. En las catedrales de Europa, por ejemplo, el visitante encuentra una profusión de monstruos y seres mitológicos que ornamentan columnas, pórticos y torres. Los seres fantásticos proliferaron por las construcciones románicas y, posteriormente, por las góticas, representados en esculturas y frescos, vidrieras, arte funerario y vestimentas, y también en objetos de culto religioso.

Fonseca afirma124 que, con el tiempo, los bestiarios fueron perdiendo su retórica «finalista» y doctrinaria, buscando una relativa independencia estética y literaria. Desde la tradición bestialógica, se puede llegar a otras referencias a las criaturas fantásticas que habitaban el mundo material que, hasta cierto punto, se mezclaba con el espiritual. Paracelso, el polémico alquimista medieval-renacentista, precursor de estudios de química y biología, afirmaba categóricamente, basándose en tradiciones antiguas:

Dios pobló los cuatro elementos de criaturas vivientes. Creó las ninfas, las náyades, las melusinas y las sirenas para poblar las aguas; los gnomos, los silfos, los espíritus de las montañas y los enanos para habitar las profundidades de la tierra; las salamandras que viven en el fuego. Todo procede de Dios. Todos los cuerpos están animados por un espíritu astral del que depende su forma, su figura y su color. Los astros están habitados por espíritus de un orden superior a nuestra alma y esos espíritus presiden nuestros destinos125.

Al pensar en otras referencias que marcaron a la humanidad desde hace milenios y, en especial, la fértil imaginación del Medievo, se encontrarán, como ya he mencionado, pléyades de figuras fantásticas. No solo están en la mitología griega, sino que aparecen bastante antes, en las epopeyas que forman parte de las civilizaciones hindú y mesopotámica, llegando posteriormente a influir en la redacción de los libros del Pentateuco. La Génesis bíblica, por tanto, sería, en ese sentido, un aprovechamiento de parte de la tradición de la epopeya de Gilgamesh126. Los antiguos judíos también hablaban de clases de seres que no serían humanos, pertenecientes al fuego, al aire, a la tierra y al agua; los del fuego eran llamados salamandras; los del aire, silfos; las ninfas u ondinas ocupaban las aguas; y los gnomos o pigmeos, la tierra. Además, la Biblia hace varias menciones a «gigantes», como anteriormente se dijo en este trabajo. También se menciona a los sátiros en una profecía contra Babilonia: «Allí se agruparán las alimañas, ocuparán sus casas los mochuelos; habitarán allí las crías del avestruz y los sátiros brincarán»127. Más adelante, los sátiros son citados junto a los fantasmas128. En efecto, la Biblia es un repositorio de los más diversos seres fantásticos: además de legiones de demonios, algunos de los cuales tienen nombres propios bastante conocidos, hay referencias a dragones, brujas, serpientes, almas, ángeles ascendidos y ángeles caídos. Uno de los monstruos más destacados en la Sagrada Escritura sería el Leviatán, que aparece en el Libro de Job, capítulo III, versículo 8129, en el cual viene a ser retratado brevemente como «monstruo marino», representado en formas diversas —a veces asociado con una ballena o cocodrilo—, puesto que tiene la capacidad de fusionarse con otros animales. Leviatán también está vinculado al Tiamat de la tradición babilónica130. En el mismo libro bíblico, en los capítulos 40 y 41, Job describe a Leviatán como la mayor de las monstruosidades del agua, irresistible y aterrorizante. Su contrapeso terrestre sería el Behemot, nombre que, no obstante, no aparece en todas las versiones del Libro Sagrado. Está en el capítulo 40 de Job y, en algunas traducciones, se trata de una criatura similar a un «león herbívoro» (parecida a un dinosaurio); en otras, no pasa de un potente hipopótamo. Para los judíos ortodoxos, también existiría Ziz, un monstruo del aire, un ave tan gigantesca que podía eclipsar el sol cuando abría sus alas en vuelo.

En los Salmos, aparece la figura legendaria del Rahab: «Tú quebrantaste a Rahab como a un herido de muerte»131, ser de naturaleza marina como Leviatán. Asimismo, la Biblia se refiere a una divinidad quizá de origen sumeria, Baal, citada varias veces: «Y dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot»132. Esta última era la diosa de la fertilidad, del amor y de la guerra. Y el desfile de creaturas fantásticas continúa con el unicornio a veces traducido como «búfalo»133; y el basilisco, serpiente que mata con la vista o con su aliento134, o el Tannin, especie de dragón marino135. Estas referencias nos muestran que diferentes redactores se apropiaron de todo ese bestiario de origen bíblico y de otros mitos y leyendas de épocas anteriores. De ahí en adelante, esos monstruos siguieron teniendo vida en el pensamiento teológico y popular de la Edad Media, no solo debido al Libro Sagrado, pues aquí nos referimos, en su mayoría, a mitos antiquísimos, que se remontan a civilizaciones que muchas veces desconocían incluso la escritura.

Si yo fuese a establecer un corpus de estudio para los monstruos medievales, coincidiría con Fonseca en cuanto a las fuentes: tendríamos los relatos de viajes, los cuentos, los mitos, las leyendas y los textos literarios; las cosmografías y los tratados didácticos; las pseudohistorias zoológicas (como los bestiarios), los compendios enciclopédicos y teológicos y, también, las crónicas. El material de investigación es bastante vasto, lo que demuestra la riqueza de aquel periodo de la humanidad en torno a los seres fantásticos.

La mujer como monstruo

El hombre medieval externalizaba su paranoia femifóbica hasta el punto de, en ocasiones, sospechar de un fantasma ginocéntrico dentro de sí mismo; es decir, no solo existía el temor de la mujer como cuerpo, sino del cuerpo (masculino) como mujer —como si fuese posible una degeneración de orden teratológico en las entrañas del hombre—. Tanto asco hacia lo femenino ponía a la mujer136 en el camino hacia la desconfianza de la degeneración zoomórfica. Ya me referí a las asociaciones en torno a las mujeres fantásticas que, en varias leyendas medievales, presentan partes del cuerpo zoomorfizadas. Como ejemplos, tenemos a la ibérica dama del pie de cabra137 y la ofídica sirena celta, Melusina, símbolos del amor volátil e impositivo138. Ambas eran instauradoras de prohibiciones para que el hombre que las amara no viese su matrimonio hecho añicos: la demoníaca dama del pie de cabra vetaba el uso de los «Nombres del Padre» dentro del hogar139, mientras que la lasciva Melusina imponía la prohibición de mantener relaciones sexuales los sábados. Así, no había escapatoria: por una tradición, todas las mujeres tendrían rasgos melusianos y, por otra, medusianos. Tal como refuerza Fonseca: «monstruos con tronco humano, como Melusina y muchos otros de la tradición clásica (esfinge, centauro, sirena, sátiro) fueron considerados símbolos de una sexualidad fuerte y primitiva, generalmente maléfica»140.

Por si fuera poco, los temores con relación a la mujer —ser incompleto y fallido, de acuerdo con el pensamiento de la época— se centraban especialmente en dos partes del cuerpo: los ojos (gorgóneos, petrificantes) y la vagina que, de ser dentada, podría arrancar un pene en un acto castrador, la cual también sacaba a la luz el tabú mensual del menstruo venenoso, que hacía a la mujer impura por la sangre. Curiosamente, en diversos relatos siempre había héroes engullidos por monstruos ofídicos, capaces de guardar a sus víctimas en concavidades de aspecto uterino, mientras que en las mitologías paganas algunas diosas se representaban con penes, como la egipcia Mut, diosa madre de Tebas. Y, si la forma masculina era la más cercana a la perfección en el pensamiento medieval, su distanciamiento llevaba a presagiar lo monstruoso (en ese sentido, todas las mujeres tendrían indicios de monstruosidades, siguiendo el raciocinio aristotélico que estaba en vigor en la Edad Media). A esas suposiciones se le sumaba la consabida naturaleza metamorfoseante de la mujer, que combinaba asociaciones con peces, arpías y reptiles (en el caso de las sirenas), por ejemplo, o era hábil en transformarse en asquerosas sabandijas (en el caso de las brujas).

Con relación a la envidiada capacidad de quedarse embarazada y dar a luz, siempre ha habido varias informaciones supersticiosas bastante corrientes: entre ellas, el hecho de que copular con demonios —y también con faunos y silvanos, que se encuadraban, según la mentalidad católica, en la categoría de seres infernales— haría que las descendientes de Eva generaran monstruos, generalmente ctónicos. Además, la mujer —considerada más inclinada a los devaneos que el hombre— podría engendrar anomalías y monstruos en su embarazo debido a una «imaginación excesivamente fértil». A pesar de que abordo aquí el periodo medieval, creo que vale la pena discurrir un poco más, en los párrafos siguientes, acerca de esta característica que le fue históricamente tan atribuida a la mujer: una mente fértil.

La reprobación de la fertilidad de la imaginación femenina estuvo muy presente desde la Edad Antigua. Se creyó, durante mucho tiempo, que una embarazada podría parir otras criaturas que no fueran humanas —incluyéndose aquí la capacidad de poner huevos con poderes mágicos—, de tal forma que la reina Isabel I llegó a prohibir el consumo de cualquier cosa nacida de una mujer. Durante siglos, era común que las holandesas parieran pequeños animales llamados suyger o sooterkin, palabra que significa «chupador». Según la creencia popular, Mary Toft, una campesina inglesa del siglo XVIII, se hizo famosa por haber dado a luz a diecisiete conejitos tras haber tenido antojo de carne de conejo. Más tarde, su embuste fue desmentido, pero casos como ese se acabaron convirtiendo en deliciosos y disputados libros y folletos, que se vendían encuadernados con piel de conejo.

La presunta sugestionabilidad femenina explicaba, tanto en el ámbito popular como en el «científico», las modificaciones que un feto podía llegar a sufrir. Los ejemplos, en los registros realizados durante siglos, son muchos: las ganas de comer carbón y tierra generarían un niño con una marca negra en la cabeza; una voluntad gastronómica no satisfecha causaba marcas de nacimiento en forma de fresa, uva o frambuesa, dependiendo del alimento deseado; una mujer de Nápoles que se asustaba por algunos seres marinos tuvo un hijo con escamas; una gestante capturó un sapo y su hijo nació con una cabeza anfibia; ver un pato podía producir membranas entre los dedos de las manos y de los pies del recién nacido; el labio leporino se explicaba por la visión de liebres; un marido que se disfrazó de diablo antes del acto sexual tuvo un hijo con cuernos, rabo y pezuñas hendidas; una chica con cabeza de mejillón vivió hasta los 11 años, cuando mordió la cuchara de la sopa que tomaba, se rompió la concha y, en seguida, murió; una mujer perteneciente a la noble familia de Ursini dio a luz un niño con garras y piel de oso. Y más: espiar por el agujero de la cerradura acarrearía un hijo estrábico; caer o ver a un animal abatido ocasionaría epilepsia; mientras que comer huevos de pájaros manchados le originaría pecas al niño141. En el siglo XIX, en Alemania y Escandinavia se pensaba que los bebés tendrían unos penes enormes si, durante el embarazo, sus madres cargasen la leña en el delantal. También se consideraban consecuencias de madres deseosas o impresionables casos similares al del hombre elefante y al del hombre tortuga, que se popularizaron en dicho siglo. De igual forma, el hecho de que los niños naciesen con cola podría tener su explicación en alguna impresión más fuerte que había tenido su madre. Este último «aderezo» impresionaba notablemente a la imaginación popular: se creyó, durante mucho tiempo, en tribus y razas con rabo, en la existencia de bosques habitados por sátiros y en heréticos habitantes pirenaicos dotados de colas. Esa deformidad podría provenir tanto de la similitud con un rabo de perro, como de oveja, cerdo142 o, incluso, caballo. «En los tiempos medievales y durante el Renacimiento, se decía que las madres de los hijos con cola habían copulado con animales domésticos (perros o gatos)»143.

El decaimiento de la creencia en la «impresión materna» no se produjo hasta que comenzaron los estudios del teratologista Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, a mediados del siglo XIX, e igualmente a partir de los avances de la embriología; sin embargo, aún hoy, es posible encontrar a alguien que le dé algún valor a las supersticiones que circulan en torno al embarazo.

El gran creador de monstruos de fin del periodo medieval, Ambroise Paré (1510-1590), afirmaba que el diablo, la mujer y el monstruo no existirían los unos sin los otros. Entre las creaciones tardías de aquel periodo, había figuras demoníacas masculinas y bisexuales con senos, en clara alusión a la culpa femenina e, incluso, demonios totalmente femeninos de naturaleza viperina. De esta forma, ultrajada, a la mujer se le comparaba básicamente con las bestias, los monstruos, los demonios e, incluso, podía generar todas esas formas por medio de la fecundación. Siguiendo la estela de Plinio, Aristóteles y Lucrecio, Paré entendería a los monstruos como seres inacabados, los cuales presentarían alguna «falta» importante. Para él, todo lo que fuese más allá del curso de la naturaleza sería monstruoso. No obstante, quienes generaban seres abominables eran las mujeres. Así pues, se creía que, tras una cópula bestial por medio de prácticas de zoofilia, el nacido estaría necesariamente marcado por los rasgos de la aberración.

La misoginia medieval alcanzó su auge literario con el Malleus Maleficarum, el famoso Martillo de las brujas, que sirvió de viga maestra a buena parte del pensamiento inquisitorial. El compendio de absurdos decía que había cuatro cosas en el mundo que nunca dicen basta: la morada de los muertos (el sheol), la tierra que el agua nunca puede saciar, el fuego que nunca arde bastante y los labios vaginales, que se complacían en cópulas demoníacas. De acuerdo con el libro, las brujas tenían el poder de robar los penes de los hombres y guardarlos en nidos en las copas de los árboles. Hay, sin duda, una relación de El hombre de arena (1816), de Hoffmann, con esa acepción. La criatura que asustaba a los niños en el cuento alemán echaba arena a los ojos de los que no querían dormir, haciendo que saliesen de sus órbitas. Luego, los metía dentro de un saco y se los llevaba como alimento a los hijos del hombre de arena, en un nido que se encontraba en la lejana Luna. El psicoanálisis, a partir del texto de Freud sobre lo extraño familiar144, señaló la relación entre los genitales y los ojos y la presencia de la ansiedad ante el complejo de castración. Abordaré esa cuestión en el capítulo específico sobre el fundamento psicoanalítico de este libro.

De melusinas y madres del agua

En este apartado, presento algunas consideraciones sobre dos figuras legendarias de cariz medieval: la madre del agua y la dama del pie de cabra. Por medio de la semiótica de la cultura (o semiótica rusa), se pueden investigar las coincidencias culturales en el transcurso de periodos de la historia y entre sistemas semióticos (entiendo aquí tanto un cariz diacrónico como uno sincrónico). Lotman aborda esas coincidencias, que pueden ser «nombres, motivos, sujets e imágenes en las obras de literatura, mitologías y tradiciones de poesía popular distantes cultural e históricamente»145. En ese contexto, hay una puesta en valor de los estudios sobre coincidencias y repeticiones por medio de análisis comparativos, por ejemplo. El propio Lotman ejemplifica: «da mucho más resultado ver el parecido de motivos entre las leyendas persas y celtas que prestarle atención al trivial hecho de la diferencia existente entre ellas»146.

Câmara Cascudo, figura muy importante en los estudios sobre las tradiciones populares brasileñas e ibéricas, comienza así la entrada «Madre del agua» en su Diccionario: «En todo Brasil se conoce como madre del agua a la sirena europea blanca, rubia, mitad pez, que canta para atraer al enamorado que acaba muriendo ahogado en el fondo de las aguas en su deseo de casarse con ella»147. Asimismo, describe en varias líneas a las predecesoras de la madre de agua brasileña, destacando en especial a las sirenas de la poesía homérica, a las rusalkas eslavas y a las nixes148 del Rin, entre las cuales la más conocida es Lorelei, que canta hasta que el barco de su víctima se choca con las grandes piedras del río.

Efectivamente, en varios estudios e investigaciones de distintos autores, se percibe que la mujer encantada y peligrosa recorre la humanidad desde los más antiguos escritos: «La Odisea entera es una epopeya de la victoria sobre los peligros tanto de las olas como de la feminidad»149. Para Durand, las sirenas encarnarían, igualmente, el aspecto negativo extremo de la mujer hechicera y fatal, mientras que Borges (2008), al organizar su delicioso compendio de seres fantásticos, resaltó algunas curiosidades sobre ellas y llegó incluso a relatar la noticia de la «convivencia» de una sirena con los humanos:

Otra [sirena], en 1403, pasó por una brecha en un dique y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era un pescado porque sabía hilar y que no era una mujer porque podía vivir en el agua150.

Esa descripción contradictoria de la sirena —ni totalmente irracional, por saber desempeñar una actividad cultural humana, ni totalmente humana, por vivir dentro del agua y no sobre la tierra— hará de ella y, por ende, de todas las mujeres fantásticas de esa orden híbrida, seres que despiertan interés por evocar una representación muy arcaica de la mujer generadora, la cual llamo aquí «esposa y madre totémica», persiguiendo las discusiones del semiótico Meletinski (1979).

Serge Gruzinski, por su parte, también ubica a las sirenas como productos del mestizaje cultural ocurrido en América debido a la colonización europea:

Estas sirenas tienen primas en las montañas de los Andes, a orillas del lago Titicaca. En Perú y en Bolivia, el arte que llamamos «mestizo» explota los mismos repertorios: la sirena occidental se convirtió en motivo de inagotables variaciones. [...] Lejos, en el oeste [...], en el convento de san Antonio de João Pessoa, nereidas policromáticas acogían a los esclavos adoradores de la Virgen o de Yemayá, la diosa africana del océano. Esta vez, las hijas griegas del mar servían a los cultos venidos de África, que ellas introducían en el corazón de los santuarios cristianos151.

En contraposición a la sirena clásica, el pintor surrealista René Magritte152 creó una «sirena invertida», que subvierte la comprensión obvia de una nereida —mitad inferior pez, mitad superior mujer—, rumbo hacia una configuración opuesta toute neuve. Así, surgió la figura de una sirena recostada en una playa que, como alojaba el aparato respiratorio en su mitad no-humana, era incapaz de sobrevivir fuera del agua. Según Linardi: «Al combinar dos elementos familiares, [Magritte] produce un tercero, absolutamente sorprendente»153.

Como ya se dijo, los seres fantásticos híbridos, cuando su parte superior es humana y la inferior es bestial, siguen diversas configuraciones mitológicas de la antigüedad grecorromana: una cabeza humana solía representar la primacía de la razón sobre la animalidad. De igual forma, seres con partes inferiores zoomórficas y, en especial, muy desarrolladas —como centauros, sátiros y faunos— demostraban el poder de los instintos y de la sexualidad sobre el resto de la criatura. A mi modo de ver, las sirenas acuáticas no dejan de encajarse en esa descripción, ya que poseen, junto a la delicadeza y a la seducción —atributos humanos de su mitad superior—, el misterio de la sexualidad femenina en la mitad íctica, la cual tanto instigaba a los marineros. Es conocido el ejemplo de seres mitad mujer, mitad pájaro154 que traían la muerte a los marinos por medio de su irresistible manera de cantar. Se hizo célebre el pasaje del Canto XII de La Odisea, en el que Ulises, para poder oír sin peligro la voz de las sirenas, tuvo que ser amarrado al mástil de su embarcación tras haber taponado los oídos de sus compañeros con cera, ordenándoles que no le soltasen bajo ningún concepto hasta que las sirenas dejasen de cantar.

Se percibe, a partir de relatos en torno a lo fantástico en la cultura brasileña, que, aparte de nuestra sirena, la madre del agua —que se hizo bastante conocida gracias a las narrativas populares provenientes de la oralidad—, hay además figuras africanizadas, como las de los orishas femeninos Yemayá y Oshún, que Câmara Cascudo e investigadores como Reginaldo Prandi (2001) citan en sus obras como unas figuras que fueron adaptadas inicialmente de la cultura yorubana a la bahiana155.

En cuanto a la herencia indígena y jesuítica, la versión «clásica» de la madre del agua en Brasil, también popularizada como Iara, fue resultado, en cierta medida, de las invenciones caboclas para los monstruos acuáticos autóctonos. Con el paso de los siglos, la furtiva ipupiara fue amalgamada con las sirenas importadas. Por lo que permaneció en los relatos de los primeros colonizadores, podemos deducir que los nativos tenían usualmente por seres de las aguas a figuras tenebrosas y crueles, cuyas formas van apaciguándose por el cansancio de los siglos, para hacerse más blandas —aunque la «sirena nativa» permanezca ofídica en buena parte de las leyendas y cuentos populares—. Los indios, sobre todo los de la región norte de Brasil, tenían en sus famosas «cobras-grandes» a sus seres fantásticos de las aguas por excelencia. Por consiguiente, fue espontánea la asociación de la madre del agua cabocla a las características de dichos reptiles. A lo mejor por eso, la «madre del río» se describía con el pelo verde y el cuerpo plateado en muchas narraciones antiguas, aunque la versión de la rubia dama de ojos azules se haya convertido igualmente en referencia.

Reflexionando sobre el lento proceso de «ablandamiento» del carácter perverso de los monstruos acuáticos, me remito al trabajo del escritor brasileño Afonso D’Escragnolle-Taunay156, que escribió sobre el cronista Pero de Magalhães Gândavo, el cual acusó la presencia de ipupiaras —tanto machos como hembras— en São Vicente, en 1564. El colonizador Gabriel Soares de Souza también llegó a narrar la presencia de seres abominables que sumían a los pescadores hasta las profundidades de las aguas para morderles las «naturas» y después ahogarlos. La sexualidad se convirtió en un punto de perdición para los mortales; en este caso, una alusión tal vez indirecta al mito de la «vagina dentada», ya mencionado157.

Por lo general, las ipupiaras abrazaban a su víctima, besándolas en un estrangulamiento fatal. Muchos de los primeros habitantes de la costa brasileña llegaron a describir la presencia de numerosas osamentas de estos temidos seres. Es el propio Magalhães Gândavo quien da la noticia de una ipupiara encontrada en una playa en São Vicente158: «cabeza y hocico de can, senos femeninos, manos y brazos humanos y patas de ave rapaz. En medio del cuerpo, una cloaca»159. Priore también explica que el monstruo, en principio marino, pasará a ser fluvial y, poco a poco, tendrá pies rudimentarios.

Sin embargo, para llegar a la configuración de la madre del agua tal y como se le conoce hoy160, hay que hacer un viaje de siglos. La investigadora Irene Nunes (2010) explica que el Papa, en el siglo XII, al buscar un origen teocrático para las familias nobiliarias de Europa, impulsó el surgimiento de varias narrativas de orígenes mitológicos, las cuales eran «creadas» por aquellas familias y, a menudo, atribuidas a la tradición troyana, bretona y carolingia. La fuente de las invenciones era doble: tanto clásica, como popular —esta última, ligada a la oralidad—. Era común —en los cantares de gesta, en los libros de caballerías, en los cantares de los trovadores, en las genealogías y en las hazañas heroicas— el loor épico a un supuesto pasado grandioso de los linajes familiares. En lo que atañe a la cultura lusitana, eso se daba en galaico-portugués y fue en ese idioma en el que algunos de los más antiguos documentos de la Baja Edad Media llegaron hasta hoy161.

Lo sobrenatural surgía, en esas narraciones, como fuerza adyacente al poderío familiar. Eran frecuentes, por ejemplo, seres fantásticos femeninos que se unían a un noble para generar una prole. La estructura de esas leyendas siempre presenta una mujer hermosa y preparada que se le aparece, sea sobre la tierra o en el agua, a un leal caballero o hidalgo, que se enamora de ella. La boda es factible, siempre y cuando el marido respete una condición impuesta por la pretendiente —la cual, por lo general. es donante de fortunas y placeres—. Así, el matrimonio será estable mientras lo prohibido se respete. La mínima transgresión, no obstante, lo echará todo a perder y se convertirá en el detonante de la miseria, el hambre y de la vida tal y como era antes de la presencia de la esposa encantada o, peor aún, de un mundo al revés y en ruinas para el marido abandonado. Los llamados cuentos melusianos —término que está vinculado a Melusina162— siguen esa estructura.

Ampliamente asentados en la cultura folclórica universal, estos cuentos aparecen registrados en la literatura del Occidente medieval entre 1170-1210, en particular en las obras producidas por autores vinculados a la corte Plantagenet, en la que se forma un vasto corpus literario donde, a través del lirismo provenzal y de la materia de Bretaña, se pasa a valorar la temática amorosa y lo maravilloso pagano proporcionando la incorporación de temas y motivos propios de la cultura popular, desdeñados hasta entonces por una cultura marcada por los modelos de origen clerical163.

Melusina (también llamada Melusine o Melisande) presentaba, en sus representaciones medievales, cabeza y torso femenino, alas de dragón y la mitad inferior de serpiente gigante. A veces, era imaginada como una sirena con doble cola de pez. Su leyenda sobrevivió durante mucho tiempo gracias a la matriz oral y fue escrita por el trovador Jean d’Arras, en 1387. Tradicionalmente, Melusina sería hija de un hada de las fuentes, Presina, y del rey escocés Elinas de Albania. El hada, al casarse, le impuso una condición a su marido: que jamás la viese en el momento del parto. Al romper la promesa, Presina y sus tres hijas —Melusina, Melior y Palatina— lo abandonaron y volvieron al mundo féerico. Cuando las muchachas se hicieron poderosas, decidieron encerrar a su padre en una cueva al norte de Inglaterra, en Northumbria. Pero la madre, al descubrir el acto vil, maldijo a Melusina, atribuyéndole el sino de transformarse, en un determinado día de la semana, en serpiente de agua de cintura para abajo. Durante ese día fatídico, todo aquel que la amase tendría que aceptar la condición de no verla: de lo contrario, permanecería hechizada para siempre en la metamorfosis monstruosa. Más tarde, Melusina se casó con Guido de Lusignan, el conde Raymond de Poitou, y se fue a vivir al castillo de Lusignan, el cual le irguió con su magia a su amado. Sus hijos nacían con alguna deformación, pero los dos últimos tendieron a estar más cerca de lo que se consideraba «normalidad». En un determinado momento de una de las versiones de la leyenda, el conde decidió romper la promesa y la contempló desnuda, lo que hizo que su esposa saltara de las torres del castillo, encontrando la muerte en su condición de triste mujer-serpiente alada. Sus hijos siguieron vivos y se convirtieron, según la tradición, en descendientes de los antepasados de la monarquía francesa. En otra interpretación, Melusina sería un súcubo, die Melusina zu Lucelberg, conforme el cuento de Goethe, «Die Neue Melusine» [La nueva Melusina].

No obstante, en el caso brasileño, fue en la fusión de la forma acuática de la ipupiara con la sirena dulce y seductora de Europa —que llegó a Brasil a través de los portugueses— cuando se implantó la estructura mítica de las «esposas milagrosas», las cuales, como quedó patente, estaban presentes en la tradición lusitana desde hace siglos: es decir, la madre del agua americana pasaría a ser depositaria de referencias que la acercaban mucho a la configuración melusiana de la literatura medieval: la mujer mitad humana, mitad pez, promesa peligrosa para la felicidad matrimonial.

Así, por ejemplo, el argumento arcaico de las esposas milagrosas […] se vale de un lenguaje profundamente «mitológico»: las relaciones matrimoniales vienen dadas de manera literal en los términos de una mitología totémica (el cónyuge como representante de otro tótem). El lazo matrimonial es aquí normalmente exogámico164 y como tal une lo «propio» y lo «ajeno» bajo el aspecto de lo «humano» y de lo «animal». En algunas variantes (del tipo «princesa-sapo») todavía se añade la oposición de «superior» e «inferior»165.

Y, al igual que en el otro lado del Atlántico, aquí la madre del agua también sería siempre una mujer guapa que aceptaría casarse con un hombre y le ofrecería riquezas, poder y afecto, siempre que la prohibición fijada por ella nunca fuese violada. Este veto generalmente estaba vinculado al brío de la esposa, que no aceptaba ser humillada, desmerecida ni sufrir afrentas. Lo mismo valía para su prole y para todo aquello que, gracias a ella, le aportase prosperidad al compañero: «la esposa milagrosa (totémica) siempre le garantizaba al héroe una caza exitosa, una buena cosecha, etc.»166. Tal configuración tiene, en efecto, un amplio alcance: algunas leyendas decían que las tradicionales sirenas de Irlanda, llamadas merrows, podían ser persuadidas al matrimonio por los pescadores, quienes escondían, como parte del proceso de seducción, las capas que las mujeres-pez dejaban en la playa por descuido. Las merrows aceptaban unirse a un hombre por dos motivos: inicialmente, para perpetuarse en una especie híbrida167; en segundo lugar, para huir de la extrema fealdad por la que eran conocidos sus compañeros acuáticos. No obstante, los relatos decían que, a pesar de ser buena esposa, excelente cocinera y generadora de fortuna, la sirena irlandesa demostraba poco apego y simpatía por su marido y sus hijos168.

En el contexto de las mujeres encantadas, me valgo de una película brasileña para ilustrar lo que vengo discutiendo en este punto. El cine brasileño —con temáticas muchas veces inspiradas en elementos del fantástico medieval— de tiempo en tiempo abastece sus ficciones en el rico pensamiento popular. En Pequenas Histórias (Helvécio Ratton, 2007) hay cuatro tramas, todas ellas presentadas y narradas por la actriz Marieta Severo, que asume el rol de una costurera que confeccionaba retales que reproducen escenas de sus narrativas. La primera historia se titula «La boda del pescador con la sirena» y es un ejemplo de una relectura del cuento tradicional de la madre del agua, en el que un astuto pescador encuentra una sirena en las aguas de un riachuelo, la cual le acaba ayudando con faena. Una noche de luna llena, cuando él le pregunta a Iara cómo se lo podría agradecer, obtiene como respuesta una petición de matrimonio; pero, para ello, el novio tendría que acatar dos condiciones establecidas por la pretendiente: la primera, llevarle un vestido blanco o azul sin detalles metálicos, para que ella se lo pusiese; la segunda, nunca tratarla mal. Esa estructura también está presente en una trama que recogí de la cultura popular y que reproduje en un libro mío, en el cual, en el capítulo «El robo de las sandías y la madre del agua», se lee: «“¿Entonces te casas conmigo?”, le preguntó al hombre, que ya estaba encantado ante semejante hermosura. “Sí. Pero con una condición. Nunca blasfemes contra la gente que vive debajo del agua”»169. Tanto en la narrativa cinematográfica como en la literaria, el desenlace siempre es trágico cuando el marido decide desmerecer a su esposa. Mientras que en mi versión literaria la sirena disgustada se dirige hacia el río llevándose a sus hijos, a los esclavos, a los animales de cría, el tejado, el vallado y los objetos de la casa —y hasta la casa—, en la película de Helvécio Ratton el hombre se ve sorprendido por una repentina inundación que se lleva todo por delante. Se salvó porque se subió al tejado de su casa.

Por su parte, en el cortometraje de animación Iara170 (Sergio Glenes, 2004), de la serie Juro que vi [Juro que lo he visto], la narración se produce en torno a un buscador de oro pobre. Al huir de su capataz, entra en una gruta que presenta, en su formato rocoso externo, la silueta de una mujer. El pasaje sobre las rocas da acceso a un riachuelo a cielo abierto, una especie de refugio oculto y sereno, en el que encuentra una pepita de oro. Al escuchar un bello canto femenino, el muchacho entra en el río y ve a Iara abriendo la cortina de una cascada para aparecer al otro lado, como una cabocla de marcados rasgos indígenas y largos cabellos azulados, imitando el color y la textura de las aguas de alrededor. El idilio entre los dos lo interrumpe el capataz, que buscaba al fugitivo. Lo único que le quedaba al buscador de oro era saltar desde lo alto de un peñasco, donde caía la catarata que formaba un pozo. Cuando los dos se peleaban en el agua, apareció Iara para atraer al villano hasta una gigantesca pepita dorada que estaba en el fondo. Como no había nadie más, solo él podría sacarla a la superficie. La distracción del avaricioso, en su intento de cargar la piedra preciosa, hizo posible el reencuentro entre el garimpeiro y la mujer encantada. El narrador termina la historia con la escena del abrazo entre Iara y su escogido: «Nadie sabe decir qué sucedió con ellos. Hay gente que cree que vivieron felices para siempre».

Como dije, en esa versión, la elección de los creadores fue trabajar con una configuración tradicional y poética de Iara, plasmada como una sirena de aguas dulces que se une a un pobre hombre por amor espontáneo, ayudándolo a escapar de una persecución y, enseguida, dejando implícito que se lo llevaría a vivir con ella a su mundo mágico. El encuentro de la pareja dentro del agua puede remitir tanto a una alusión post-mortem como a una situación encantada del personaje humano —después de todo, no se sabe si se ahogó en la disputa o sobrevivió—. Sin embargo, como amado de la poderosa Iara, a buen seguro tendría los dones de lo sobrenatural.

En la trama de este cortometraje no hay ninguna donación de fortuna material, sino de amor —que suplanta, en ese caso, el interés por el oro—, que acaba siendo la ruina del segundo hombre de la historia. La salvación del buscador de oro ha sido siempre su posicionamiento a favor del aspecto sentimental y no de la seducción por las riquezas materiales. Esta era la prohibición de la historia: no preferir la pepita, sino escoger a Iara. Por eso mismo, el feliz desenlace se acercó al de los cuentos de hadas clásicos.

No obstante, esas «esposas donantes», grandes madres, poseedoras de sensualidad y erotismo, tienen también vínculos atávicos con las hadas medievales de la cultura celta que, a su vez, aluden a las figuras de las parcas171.

Su exceso de atractivo sexual hace que se las asocie con las figuras diabólicas femeninas, en el contexto católico de la época, reforzando la idea de Delumeau (2009). Las mujeres siempre han sido, en la fantasía masculina, seres ambiguos: unas veces rebosan atracción y encanto; otras, repulsa y hostilidad. El historiador cita a las diosas de la muerte, a los monstruos femeninos y a las madres-ogro como algunos de los tantos productos de la tradición, mencionando igualmente el mito de las vaginas dentadas, tan recurrente en varias culturas humanas. Es Bourdieu quien explica la representación de vaginas como falos invertidos, de manera que se puede percibir a la mujer históricamente comprendida como un negativo del hombre en muchos aspectos172.

Nunes, al reflexionar sobre los seres acuáticos, cita a san Martín de Braga, del siglo VI, en la obra De correctione rusticorum [Sobre la corrección de los campesinos]:

Además de todas estas cosas, muchos de estos demonios, que fueron expulsados del cielo, presiden o en el mar, o en los ríos, o en las fuentes, o en bosques, a los cuales los hombres igualmente ignorantes que no conocen a Dios los honran como a Dios y les ofrecen sacrificios. En el mar lo llaman Neptuno; en los ríos, Lamias; en las fuentes, Ninfas; en los bosques, Dianas; todas estas cosas no son más que demonios malignos y espíritus malos que pervierten a los hombres infieles que no saben protegerse con el signo de la cruz173.

La naturaleza, como región indomada por el hombre —repositorio de las emanaciones y proyecciones del inconsciente y de las pulsiones del ello—, fue considerada, en varios momentos de la Edad Media, el sitio privilegiado de los seres diabólicos. Por algo no solo las ninfas demoníacas residen en selvas, sierras, ríos y lagos, sino también toda clase de mujeres de origen «sospechoso», como las hechiceras y las «bellas damas» que misteriosamente aparecían desacompañadas por parajes y rincones desiertos. Este es el caso de la dama del pie de cabra, que se hizo conocida en la tradición del norte de Portugal desde el siglo XI174.

Como ya se dijo, el siglo XII impuso una erudición narrativa a los europeos, la cual proporcionaba la creación de tramas entre mortales unidos con mujeres sobrenaturales. En una de las tradiciones de aquella época —denominada «tradición morganiana», conforme sigue explicándonos Nunes—, la mujer encantada atrae a su enamorado al mundo del más allá, el espacio de la inmortalidad, y establece una prohibición que, de romperse, llevará al hombre de vuelta al reino de los mortales. Por lo que respecta a la segunda tradición, la «melusiana», citada hace poco por mí, es común la presencia de una mujer encantada que se enamora de un ser humano (o viceversa). Para el matrimonio siempre hay una prohibición que no hay que romper, para que la felicidad continúe entre la pareja. Sobre ese aspecto, la investigadora afirma: «Como es el caso en la Península Ibérica, donde la dispensadora de la abundancia surge en el Libro de Linajes del Conde [de Barcelos] Don Pedro, compuesto entre 1340-1344, con el nombre de dama pie de cabra. Es la antepasada mítica del linaje de los Haro de Vizcaya»175. Los Haro formaban un linaje real en Portugal, que fue responsable de la anexión de Vizcaya176 por parte de Alfonso XI.

De origen incierto —como es habitual en las leyendas—, se supone que la dama del pie de cabra está vinculada con la independencia de la región de Vizcaya. Para Nunes, un cierto buen y generoso señor Diego López, histórico, de inicios de siglo XIII, podría ser el protagonista de un bello relato cantado por trovadores y juglares. Estos artistas partían de Provenza, después de la presencia de debilidades en las cortes de Occitania provocadas por los movimientos de los cruzados contra la secta de los cátaros y, al otro lado de los Pirineos, llevaron sus narrativas a tierras castellanas, gallegas y portuguesas. Quizá eso justifique la relación entre la literatura oral vinculada al linaje de los Haro con las leyendas melusianas de Francia, sobre todo de la región de la Bretaña y Languedoc. Nunes continúa:

La propia Vizcaya montañosa, a orillas del océano, habitada por gentes que hablaban una lengua extraña y única y rendían culto a árboles y a divinidades silvestres y acuáticas, ofrece el escenario ideal para un episodio sobrenatural. El protector de los bosques, Busgosu, se describe con un cuerpo velludo y piernas terminadas como las de las cabras, perseguidor de cazadores, raptor de mujeres debido a una sensualidad salvaje177.

El presunto autor de la leyenda de la dama del pie de cabra debería ser conocedor de esa temática y del color local de la región de Vizcaya. Pero hay varias versiones de esa narrativa en Portugal. Una de ellas está ligada a la localidad de Marialva —nombre que se le atribuye a una dama musulmana que tendría esa terrible deformidad—, en el municipio de Mêda, distrito de Guarda. Hasta hoy, algunos creen que la dama puede ser vista vagando de noche y por la torre del homenaje178 de las ruinas de un castillo, víctima del suicidio provocado por el descubrimiento de su secreto anatómico. En esa versión, la dama del pie de cabra no deja de ser una víctima más de las famosas «mouras» que existían en las tradiciones orales lusitanas. Aquí, es Priore el que nos aclara:

De [padre Manuel] Bernardes a [Almeida] Garret, las mouras se desplazan desde las entrañas de la tierra a las aguas de los ríos y fuentes, a orillas de las cuales se peinan. No se sabe cuándo ocurrió dicha transición. Con todo, lo cierto es que durante la época moderna ellas aún no equivalían a las nixes germánicas, a las damas del lago inglesas, a las náyades griegas, o a las rusalkas eslavas, como aparecen posteriormente, en el folclore179.

Alejandro Herculano (1810-1877) consiguió mantener el tono de misterio y miedo desde el comienzo de su famoso cuento sobre la misteriosa figura femenina: «Vosotros los que no creéis en brujas, ni en almas en pena, ni en travesuras de Satanás, sentaos aquí al hogar, bien juntos, al pié de mí, y os contaré la historia de Diego Lopez, señor de Vizcaya»180. Y ese señor, que campaba por los montes para cazar cerdos, escucha una voz melodiosa cantando a lo lejos (aquí, una vez más, una mujer —parte humana, parte animal—, seduce al hombre con su canto). «Levantó los ojos hacia una peña que tenía enfrente; sobre ella estaba sentada una hermosa dama: era la dama quien cantaba». Y en cuanto él se predispuso a desposarla, la mujer le impuso una condición: «De lo que yo quiero que te olvides es de la señal de la cruz: lo que yo quiero que me prometas es que nunca más has de persignarte». Y, más adelante, Don Diego tuvo por bien persignarse; la esposa y la hija que tuvo con ella desaparecieron, y solo le quedó la maldición de vivir excomulgado. Sin embargo, un abad le puso por penitencia «ir a combatir a los perros sarracenos por tantos años cuantos viviera en pecado, matando tantos de ellos cuantos días hubiesen pasado en dichos años». Mi opción para el desenlace, al contar la misma historia, fue: «Solo tiempos después de lo sucedido decidió, un día cualquiera, recorrer el mundo peleándose contra los moros en las tropas del rey Ramiro»181.

Termino, así, este repaso a la figura de las monstruosas y siempre encantadoras mujeres sobrenaturales. El cine contemporáneo, como quedará evidente en este libro, no abandonó dicha temática. Al contrario: siempre tuvo a la mujer, ese otro del hombre, como una de las formas más instigadoras para la creación de personajes fantásticos.

Lo gótico, lo grotesco y lo quiroptérico

Siguiendo todavía en la Edad Media, a pesar de las variadas digresiones que creo que enriquecen este estudio, decidí abordar la presencia de lo grotesco182, que encarna, sin duda, todo un mundo representativo de diableries. En el Medievo, adquirió connotaciones que lo desprendieron de sus referencias más primordiales, aquellas relacionadas con las grutas romanas y, posteriormente, cuajó entre los artistas manieristas franceses e italianos, que se complacían engendrando criaturas híbridas, máscaras, motivos florales, formas decorativas sinuosas y roleos183, y tuvo bastante presencia en los trabajos del Bosco y Brueghel, pero llegó igualmente hasta Goya (1746-1828). Miguel Ángel, en el Renacimiento, defendía lo grotesco como un recurso de expresión artística de carácter metafórico, mientras que Alberto Durero (1471-1528) llegó a decir que la receta para un trabajo de proporciones oníricas era la mezcla de varias cosas diferentes. Se percibe, así, que el hibridismo es la base de lo grotesco en el arte e, íntimamente asociado a lo monstruoso, es la propia libertad de hibridación, presentando combinaciones impensables. Conforme escribió Leite:

Esa fauna tan peculiar [en el pensamiento de la Edad Media] no sorprendería solo al lector de las obras escritas en las que figuran, pues aparecían también en otros sitios, bastando recorrer las iglesias romanas para saber que ese bestiario también imponía su presencia en esculturas expuestas públicamente en ellas184.

Una de las variaciones del arte de los grotescos fueron los grilli. Para hablar de ellos, me remonto a Circe, la bella hechicera que seducía a los hombres y los convertía en animales. Gryllus, el cerdo, fue aquel que, por opción, decidió continuar en su forma animal. A partir de su presencia en la Historia natural, de Plinio el Viejo, el personaje cedió su nombre a fantasmagorías grecorromanas—imágenes pequeñas e híbridas—, que pasaron a ser llamadas grilli y se dibujaban en los márgenes de los manuscritos o se representaban en amuletos y piedras del amor. A pesar de que el animal de la leyenda griega era un puerco, el término cambió de acepción, ya que grillus es el término en latín para «grillo». Ahora bien, Warner (2000) recuerda que, pese a las grandes diferencias, los cerdos y los grillos se asemejan en su glotonería y carácter doméstico (ya que ambos están presentes en ambientes familiares e, incluso, los segundos se crían como mascotas dentro de pequeñas jaulas en algunos países de Oriente)185. El cerdo y el grillo también emiten un ruido individual fuerte y ya se ha descrito su chirrido como un sonido parecido al de la voz humana en algunos aspectos (entiéndase aquí no solo el grillo, sino, por extensión, sus afines en la tradición popular, como la cigarra). Ya famoso en las fábulas de Platón y Esopo, cobró importancia con La Fontaine en La cigarra y la hormiga y se convirtió en un consejero moralista en Carlo Collodi (il Grillo Parlante), revivido dulcemente en la película Pinocho (Pinocchio, Norman Ferguson et al., 1940), de Walt Disney.

Baltrusaitis, en su obra magna de 1955 sobre lo fantástico en la Edad Media, reserva un importante panorama arqueológico a lo grotesco y al arte gótico en los siglos XI y XII, sobre todo, y destaca especialmente las piedras grabadas llamadas grilli. En aquel periodo fueron resucitadas por toda Europa las constelaciones zoomórficas, orientalizadas por los árabes, las cuales adornaron catedrales. Una partida carolingia ya había despertado el interés por la glíptica, siglos antes186, y las figuras monstruosas cuyo cuerpo era reducido a partes anatómicas andantes se habían hecho famosas de Galia a Persia mucho antes, en los siglos II y III. Así, acostumbrados a tales piezas, los europeos apreciarían cada vez más el uso grabado de imágenes híbridas. El monstruo en el arte figurativo se propagaría especialmente después de 1250 y su auge estaría en la primera mitad del siglo XIV en Inglaterra, Francia, Flandes y Alemania. De esta forma, pequeños objetos esculpidos retratarían rostros humanos errantes en cuerpos de animales, a semejanza de aquellos dioses egipcios y cretenses que llenaron todo un fabulario de la Antigüedad. A lo largo de partes del cuerpo (barriga, pecho y piernas, por ejemplo), la cara desplazada, en una conjunción extraña, formaría un único bloque en diversas composiciones artísticas, presentando un renacimiento no solo de los temas grecorromanos, sino también de aquellos de las primeras civilizaciones que se levantaron alrededor del Mediterráneo y de Oriente Medio. La continuidad de los grilli también cobró fama en la Edad Media porque, aun estando despedazado, el monstruo parecía dispuesto a cobrar vida sobre la aspereza del material bruto.

Los hombres medievales, amantes de las piedras antiguas hasta el punto de coleccionarlas por sus virtudes sobrenaturales, pasaron a juntar las que presentaran grabados. Con el paso del tiempo, cobraron la misma fuerza que los exvotos187 cristianos, convirtiéndose incluso en piezas lujosas que estampaban en armas, cubiertos y cascos, en una mezcla de mitología bíblica y clásica. Igualmente se hicieron famosos los lapidarios: las piedras grabadas se consideraban vivas, machos o hembras, salvajes o domésticas, y serían bautizadas, sobre el 1300, con el nombre de «piedras de Israel». Serían consideradas obras de la naturaleza, no humanas, de ahí el poder mágico que tenían: por ejemplo, una piedra con la imagen de una sirena mitad mujer, mitad pez, con un espejo en la mano, podría hacer invisible a quien la tuviera. La piedra que tuviera grabada la escena de un hombre montado en un dragón le daría poder sobre los espíritus de las tinieblas a su dueño, obedeciendo sus órdenes y revelándole tesoros.

Desde el siglo XIII, esa creencia se alió a la astrología y la iglesia la toleraba. Los eclesiásticos, valiéndose de tal tradición, también solían sellar sus cartas con grilli acéfalos, gastrocéfalos, multicéfalos, bifrontes, trifrontes y tricéfalos. Así, los blemias de los remotos bestiarios romanos, antaño descritos en los tratados de viaje al Oriente, volvieron a ponerse de moda desde ese momento. Y los herreros y armeros que procuraban transformar hombres en guerreros temibles, exagerando sus proporciones, emplearon ese mismo sistema teratomórfico de la desmesura. Resurgieron las sirenas, las águilas bicéfalas, los dragones, los leones, los perros y los unicornios en la vestimenta de los caballeros y los cascos se decoraron con formas animales. Se puede afirmar que no es hasta el siglo XVI cuando tal modismo se deshace y la bestia, por fin, se desmonta de ese tipo de tradición de unión orgánica con lo humano188.

Uno de los animales clave para el periodo del arte gótico fue el murciélago. La presencia de lo diabólico siguió una bipartición en cuanto a un detalle anatómico: en el arte románico de las iglesias, el diablo se retrataba con una máscara animalesca, tronco esmirriado, patas peludas con garras; no obstante, también presentó, durante un buen tiempo, alas de pájaro que se proyectaban desde sus esqueléticas escápulas, aproximando ese monstruo a la condición angelical. Poco a poco, las plumas cedieron a la red nerviosa de las falsas alas de los quirópteros. Se puede incluso considerar el final de la Edad Media como una época en la que el mundo fue invadido por demonios alados y dragones, cuando diablos pictóricos velaban ruidosamente a los moribundos.

El arte románico retrató serpientes sin alas ni patas y pájaros con rabo de lagarto; el gótico, alas membranosas, que se fijarían incluso en el cuerpo del dragón (siglo XIII), el cual, además, recibiría una cresta. De esta forma se obtiene la conocida figura sauria de la lucha contra san Miguel o san Jorge, o de las representaciones apocalípticas o, incluso, de las imágenes en torno a santa Margarita, que sale de dentro de la barriga del Satanás-dragón que la había engullido cuando estaba encarcelada, según reza la tradición hagiológica. Las serpientes del Medievo estaban igualmente en las imágenes del pequeño Hércules al estrangular víboras con sus propias manos; en las temidas serpientes del Etna, que decían devorar niños; o en un extraño ser viperino al que mataron cerca de Bonn, en el siglo XV, sobre el cual no se encuentra mucha información.

Las alas del murciélago se convertirían en uno de los elementos visuales más llamativos del monstruo gótico, que parecía casi siempre salido del infierno subterráneo: estarían en los grifos189, en los basiliscos, en las sirenas con forma de pájaro, en los centauros y en otros arreglos teratomórficos bien diversificados, como puede verse, por ejemplo, en el fresco encontrado en el Camposanto de Pisa, titulado El triunfo de la muerte (1350-1360). Finalmente, el propio murciélago surgiría él solo como una figura recurrente, junto al búho y a la lechuza, esta última, un símbolo del pueblo judío amante de las tinieblas, según la creencia de aquel periodo. La etimología de chauve-souris («murciélago», en francés) se remonta al siglo VIII, proveniente del bajo latín calvas sorices (término en plural), bajo la influencia de calvus (calvo) y cawa (lechuza), y sorix (ratón). Literalmente, un murciélago sería una «lechuza-ratón»190.

Por otro lado, la cresta que apareció en el dragón adornó otras partes del cuerpo del diablo de los cuadros y frescos. Tal característica anatómica se repetiría también en las armas: apéndices dentados (siglos XIV y XV), aletas, placas nerviosas en las escápulas de los caballeros compondrían vestimentas que tendrían además máscaras con ojos muy abiertos y escamas en el cuello. Dicha costumbre llegó incluso a los componentes de la propia montura, el caballo. Hay, en la ropa, una influencia del gorgoneion191 profiláctico y apotropaico grecorromano en los adornos de los miembros inferiores; ese ornamento con representación de caras monstruosas ya se empleaba para proteger las rodillas en figuras griegas de los siglos VI y V a. C.

El murciélago, elemento privilegiado de lo macabro e insólito, también será el modelo de la máquina voladora de Da Vinci, ya que el aire pasaba por las alas de los pájaros, pero no por la piel membranosa de este mamífero que surcaba los cielos por la noche. Su origen en las representaciones artísticas puede estar relacionado con la tradición china, que se interpuso en las leyendas de la antigüedad clásica. A día de hoy, se sabe que Extremo Oriente influyó mucho más de lo que se imagina al arte europeo medieval. El inferno gótico se inspiraba, en gran medida, en demonios y genios búdicos, que se sumaban a otras formas fantásticas y a la temática escatológica. Occidente retomaría los monstruos por el testimonio de los viajeros, no solo por mediación de los textos de la antigua Europa, como por ejemplo con las figuras de múltiples brazos y cabellos de serpiente que eran importadas y aclimatadas en las tierras más al oeste.

En las diversas tentaciones pictóricas y danzas macabras, cada vez más recurrentes en la segunda mitad del siglo XV, así como en la literatura y en la pantomima, los llamados temas búdicos no faltaron a la cita. Uno de los embriones de las danzas macabras, las cuales se expresaban tanto en espectáculos teatrales de Oriente como en ceremonias de Occidente, eran los espectros y esqueletos gesticuladores de la Antigüedad clásica, pero la mayor influencia vino de Asia Central y de Extremo Oriente, con las tradiciones búdicas, según explica Baltrusaitis (1955). En aquellas «danzas», los esqueletos nos recordarían la igualdad que la muerte nos confiere a todos. No obstante, los bellos y jóvenes difuntos de las representaciones anteriores empezarían a modificarse desde mediados del siglo XIV para asumir el horror de la disección. Estas «momias» del arte pictórico se multiplicarán por Francia, ya fuera mostrando sus carnes descompuestas o sus escuálidos esqueletos, aunque, muchas veces, estos últimos no pasen de unos alegres raros, exhibiendo escenas de goce carnal. Se había instaurado, así, un importante tema que dominaría el llamado «ciclo de la muerte» y tendría un amplio uso en la poética franciscana. Los muertos, estuviesen tumbados en estado de descomposición o simplemente de pie o bailando, significarían una edificante advertencia para el apreciador de la obra de arte —el recuerdo de la muerte y de que todo se resumía en vanidades—. Esta era una influencia más de la tradición búdica192. Considero ilustrativa la siguiente cita, que presenta los denominados Nueve estados de un cuerpo después de su muerte, con diversas versiones en China y Japón del siglo XI, y que le causaba fuertes impresiones al hombre europeo:

Primer estado. El rostro lívido. Su belleza se desvanece como la de una flor.

Segundo estado: El cuerpo hinchado. El cuerpo, antaño tan bello, es ahora miserable.

Tercer estado. Cuerpo tumefacto. ¡Qué pasajera es la vida!

Cuarto estado. El cuerpo en putrefacción. Los esqueletos de la cabeza y del pecho se hacen visibles. ¿No sufriremos, a pesar de todo, el destino de este cuerpo?

Quinto estado. El cuerpo es pasto de los animales. Su vientre se abre. En ningún lugar nuestros cuerpos escaparán a la destrucción.

Sexto estado. El cuerpo está podrido y se vuelve verde. El esqueleto todavía teñido de sangre, es despojado de su carne. ¿Cómo podemos dejar de pensar que nuestro cuerpo será devorado por los perros?

Séptimo estado. El cuerpo es solo un esqueleto cuyos miembros todavía están reunidos. Solo la carne distingue al hombre de la mujer, sus esqueletos son los mismos.

Octavo estado. Los huesos del esqueleto se quiebran y esparcen. Todo lo que más nos gusta contemplar en un cuerpo se pudre y desvanece en polvo.

Noveno estado. Una vieja tumba en medio de la vegetación lujuriosa. Cuando acabamos de visitar una tumba sobre el monte Toribé, ¿vemos sobre ella algo más que gotas de rocío193?

Ese tipo de cita, con fines reflexivos, presenta los momentos de descomposición del cuerpo con el paso de los años. Sin embargo, como en las danzas macabras y en ciertas historias moralizantes, también a veces el muerto volvía como cadáver andante, muerto viviente, para darnos alguna advertencia, lo que difiere bastante de los contemporáneos zombis, que a lo único que nos llevan es a una devastación epidémica y vírica, tal y como discuto en la tercera parte de este libro. El zombi sería el monstruo en el estado intermedio de la descomposición, casi nunca solo esqueleto, pues su finalidad era horrorizar mediante la desintegración de lo orgánico en visiones que recurrían a lo escatológico. En cambio, los difuntos y esqueletos del gótico medieval tenían intenciones más epicúreas.

Las fuerzas que hicieron que lo monstruoso explotara en el periodo que aquí trato siguieron siendo evidentes en los encantamientos, en la atracción por lo desconocido, en la penetración estética de los arabescos y de las extravagancias orientales y grecorromanas por las tierras europeas. Durante mucho tiempo, aquel viejo continente rendiría culto a las peculiaridades chinas, a las rarezas y a los exotismos manifestados en variadas formas, muchos de los cuales, posteriormente, inspiraron incluso al movimiento renacentista.

«Aquí hay monstruos»: los peligros del mar

Delumeau comentó el empleo del «test del país del miedo y del país de la alegría»194, que los psiquiatras-pediatras aplican a los niños. En el primero de ellos, mediante frases y figuras, el paciente confirmaría su angustia en símbolos con carácter cósmico, ya fueran provenientes de instrumentos maléficos o derivados de un bestiario horrendo con seres asustadores, como lobos y búhos. De igual modo, al tratar uno de nuestros miedos más atávicos —el mar—, el historiador francés no solo reflexionó sobre los peligros de dicho insondable abismo, sino también de sus terroríficos habitantes, desde los monstruos marinos del orden de Leviatán y Behemot195 que, muchas veces, eran confundidos con islas sobre las cuales los incautos marineros arribaban para descansar y encontraban la muerte en su súbita inmersión, hasta el pulpo gigante —Kraken— y las numerosas criaturas míticas marinas: Escila196, la hermosa ninfa que se transformó en monstruo marino; Circe, la mítica diosa hechicera de la isla Eea; Polifemo, el cíclope hijo de Poseidón, que vivía en una cueva cerca de Sicilia; las sirenas y la propia Lorelei, que embrujaba a los capitanes de las embarcaciones que se atrevían a surcar el río Rin197. Por si eso fuera poco, también estaban los tenebrosos barcos fantasma y sus diabólicos timoneles, que se les aparecían sobre todo en noches de niebla o tempestad a los viajeros e isleños. Y hay que recordar que ninguna epopeya antigua se construyó sin una gran tempestad, la cual podría surgir repentinamente y casi siempre estaba asociada con la acción de brujas y demonios, que, muchas veces, deberían ser apaciguados.

El mar, ese abismo femenino en varios idiomas, siempre ha estado, al menos en el pensamiento occidental, asociado a lo negativo, a la perdición, a la propia locura. Esta, a su vez, solía vincularse con un lado líquido, húmedo y cerebral.

Durante las navegaciones de la época medieval y moderna, toda suerte de fuegos fatuos también se asociaba a los espíritus maléficos o malos augurios. Una muerte en el mar, sin unción sagrada y sin tierra santa para hacer reposar el cuerpo, era una de las más temidas, ya que frecuentemente el alma del ahogado se quedaba vagando entre las olas, asustando a los marineros y apareciéndose a los vivos en las playas desiertas. Por todos esos temores, la señal «Aquí hay monstruos», que se encontraba en muchos mapas de viajes marítimos, tenía un valor que iba mucho más allá de lo meramente expresivo para los temerosos navegantes.

Lo monstruoso y lo fantástico en la extrañeza de América

La revisitación y la presencia de los temas de la Antigüedad tuvo repercusiones en América, especialmente en la latina, debido a la colonización española y portuguesa y a las contribuciones del arte y del pensamiento manierista198.

La conformación «mezclada» de la globalidad, propiciada por las grandes navegaciones y por las expansiones marítimas europeas, se nutrió de la miscelánea de sistemas de valores y pensamientos del Viejo con el Nuevo Mundo, engendrando paisajes culturales inmersos en el entre-deux, cuyos reflejos se pueden apreciar en el arte y en la tecnología del siglo XVI. Para Gruzinski, ese tipo de fusión está en el dominio del «mestizaje», término mucho más amplio del que se aplica a las mezclas étnicas —puesto que se discute que las ambigüedades originarias del mestizaje cultural son más plurales que las del mestizaje biológico, en un mundo en el que el proyecto de la modernidad ilustrada nunca se llegó a hacer efectivo—. Así, el investigador enumera como verbos relacionados con el mestizaje: «Juntar, mezclar, tramar, cruzar, enfrentar, superponer, yuxtaponer, interponer, traslapar, pegar, fundir, etc.»199. El mestizaje, que me interesa para la discusión sobre las mezclas presentes en lo monstruoso, impone, antes de todo, una desconfianza de lo obvio que fluctúa en las formas superficiales de la cultura. «Es la presencia de lo aleatorio y de la incertidumbre lo que le confiere a los mestizajes su carácter impenetrable y paraliza nuestros esfuerzos de comprensión»200.

El Renacimiento fue el gran artífice de las fantasías en torno a las sirenas y centauros, entes fantásticos que convivían armónicamente con una historia natural todavía proveniente de bestiarios medievales y de relatos de aventureros y viajeros —en parte, vestigios de épocas remotísimas de civilizaciones extinguidas que tenían resonancia en el hombre del siglo XVI—. A modo de ilustración, estaban los famosos cuartos de coleccionadores de exotismos201 (los cabinets de merveilles/Wunderkammern), que presentaban, a crédulos y curiosos, una mezcla entre arte y naturaleza, en diversas presentaciones y montajes. En ellos había desde nautilos y corales a huevos de avestruces, de esqueletos y fósiles a cuernos y garras, objetos casi siempre dotados de un aura mágica y religiosa. En aquella época, dos animales distintos podían perfectamente unirse para formar un tercero, bastardo, ya que, para el hombre renacentista, lo bizarro y lo híbrido eran aceptables como marcas de la continuidad —y no del fracaso o de la imposibilidad— de la creación. Como bien dijo Montaigne: «Lo que llamamos monstruos no lo son para Dios, que ve en la inmensidad de su obra la infinitud de formas que allí englobó»202.

Asimismo, para Gruzinski:

En el siglo XVI, las curiosidades suscitadas por los grandes descubrimientos, los legados del paganismo antiguo, el gusto por lo maravilloso, la influencia de lo sobrenatural cristiano mantiene un estado de espíritu que prácticamente no se enmaraña en verosimilitudes y cree en las mezclas de las especies203.

A partir de ese contexto renacentista en Europa, llaman la atención los mestizajes que provienen de las mezclas que ocurrieron en América a partir del siglo XVI, fundiendo, al ideario indígena, los seres, los contenidos culturales y las formas de vida europeos, asiáticos y africanos204.

Para los colonizadores, el vasto continente que se desvelaba ya no era una tierra ignota e ignorada, sino «extraña», que carecía de acciones de occidentalización que pudiesen cultivar los pueblos y las tierras indígenas, incluidas ahí la reproducción de técnicas, valores y tradiciones —occidentalización que, paradójicamente, fue colaboradora directa de los procesos de mestizaje—. Nacía, así, una Europa duplicada en «nuevas»: Nueva Granada, Nueva España, Nueva Castilla, en definitiva, nuevos espacios de confrontación que exigirán el esfuerzo comparativo e interpretativo por parte de los europeos con relación a la flora y fauna exóticas encontradas.

Un buen ejemplo de ello está en el mestizaje de culturas de México —que, específicamente, vivió un Renacimiento propio—, Perú y Brasil. Todos ellos fueron factorías de interesantes combinaciones culturales, muchas de ellas de origen principalmente antiguo (como la intensa difusión del ideario y del moralismo presentes en los quince libros de las Metamorfosis, de Ovidio, durante el periodo quinientista y, en adelante; ciertamente, una excelente matriz impresa fomentadora de representaciones e imaginaciones). Como el nombre indicaba, las Metamorfosis trataban de transformaciones de las formas humanas y divinas en minerales, plantas, animales y ríos, de acuerdo con una concepción mitológica que iba desde los orígenes de los tiempos hasta el periodo en el que vivía el poeta (esa famosa antología de mitos probablemente fue escrita entre los años 2 y 8 de la era actual). Fue una obra muy adecuada para un mundo en mutación que experimentaba las más estupendas metamorfosis y que se abría hacia tierras inusitadas, encontrando en ellas el asombro y lo maravilloso. Los bestiarios y los dioses y héroes europeos (pero también los egipcios y orientales) repercutían notablemente en el pensamiento indígena, amalgamados a las propias creencias y fabulaciones de los nativos, ya fuese por medio de inserciones más directas (como dibujos de inspiraciones ovidianas que retrataban centauros, ninfas y sátiros) o mediante construcciones más indianizadas (como un Perseo mexicano o hasta un centauro que flirteaba con un mono de los trópicos). Monstruos sin referencias históricas ni geográficas exactas se trasplantaron en masa al Nuevo Mundo, en convivencias y arreglos contradictorios —un conjunto de animales fantásticos originario de la llamada «fábula»205, la cual se orientaba fuertemente hacia lo monstruoso:

Desde la Antigüedad, la transmisión de la fábula emprendió un recorrido plagado de sorpresas y metamorfosis, evolucionando tanto en el tempo como en el espacio. Con la Edad Media, la mitología se bifurcó, alimentando dos tradiciones cuyas etapas y meandros no coinciden siempre206.

Y el autor explica: por un lado, estaba la tradición plástica que reunió concepciones medievales sobre los seres fantásticos de la Edad Antigua; y, por otro, una tradición literaria coleccionaba el trabajo de los escritores y enciclopedistas, en comportamientos propios de la época que buscaban recopilar interpretaciones, reinterpretaciones, desprecios y ajustes207. El proceso de reproducir imágenes e historias en la época colonial era, antes, un engendrar de adaptaciones y relecturas más o menos libres por parte del artista o del artesano —absolutamente aceptadas en épocas anteriores a la prensa—. El estudioso encontrará, por ejemplo, murales en la Casa del Deán de la antigua Puebla mexicana, donde «centauros femeninos con grandes senos le ofrecen flores a monos que llevan pendientes y corte de pelo a cepillo»208. O, asimismo, el ejemplo del actual municipio de Ixmiquilpan, cuyo santuario tiene una larga y alta nave con 2.000 metros cuadrados, en la que:

Guerreros indígenas, desnudos o vestidos con piel de jaguar o de coyote, se enfrentan mientras otros luchan contra centauros en medio de un escenario de animales fantásticos e inmensas guirlandas vegetales que enredan a los indígenas heridos y agonizantes209.

Donde: «Caballos marinos, canes alados, pájaros con plumaje vegetal montados por putti pueblan las alturas»210. Muy pronto, especímenes americanos, como los reptiles, acabarían en los bestiarios fantásticos del Renacimiento, en un movimiento de alimentación mutua de tradiciones.

En el arte escultórico religioso, sobresalieron los grutescos, que estimularon la libertad creativa partiendo de Italia hacia toda Europa, cobrando fuerza en Castilla y poblando México con centauros que calzaban sandalias indígenas, hipogrifos211, monstruos fitomórficos, hombres desnudos con pieles de jaguar, coyote o plumas de águila, caballeros-tigre, etc.

De esta forma, podemos entender el monstruo como una construcción tanto mestiza como híbrida: «la mezcla de los seres y de los imaginarios se llama mestizaje»212. Y, si «todas las culturas “pueden mezclarse de manera casi ilimitada”»213, todos los monstruos, como invenciones culturales, también pueden214, ya que las fabulaciones se amestizan, considerando la porosidad y la permeabilidad de todas las fronteras, según sigue defendiendo el autor215.

La influencia de los bestiarios en el Novus Mundus

Insisto en que la importancia de los bestiarios superó ampliamente la geografía feudal de Europa. Quiero reforzar dos puntos que pueden considerarse moldeadores de la fusión de las tradiciones culturales entre los dos lados del Atlántico: el notable discurso androcéntrico en la representación de la femenina América y la virilidad épica y fálica con la que los descubridores pretendían «desvirgarla»; y la ambigüedad en ese discurso alocéntrico —unas veces disfórico, otras eufórico (que, por ejemplo, era capaz de ir del locus horribilis de los reptiles a la mirabilia de los pájaros)—, dotado de un antropocentrismo híbrido femifóbico y naturofóbico que tanto feminizaba como bestializaba y demonologizaba al Alter Mundus216.

La misoginia masculina dictaba el tono narrativo en torno a los indígenas y sus presuntas y temidas prácticas de canibalismo, además de los prejuicios en torno a la naturaleza deslumbrante y amenazante, conforme se discutirá después. Quedó bastante evidente la transposición de la feminización de Oriente —ya durante siglos realizada por comerciantes y aventureros europeos en tierras asiáticas— al nuevo continente y sus aborígenes.

En lo concerniente a la contribución de matrices bibliográficas, la influencia de la tradición pliniana en América fue muy intensa: se transmigró toda clase de cinocéfalos, amazonas, blemias, gigantes, además de la trasplantación del Dorado de los pueblos clásicos, así como de la figura del ogro y del bárbaro de los bosques europeos, plasmados en el salvaje americano, al cual también se sumó la desconfianza de la antropofagia polifémica.

Los miedos del mundo buffoniano-depauwniano

Si el periodo ilustrado, en parte, abandonó la mística medieval para buscar la primacía de la razón y la organización científica del mundo, por otro lado se encuentran diversos antagonismos pseudocientíficos y filosóficos en el Siglo de las Luces. Entre ellos, la controvertida visión que diversos estudiosos e investigadores presentaron en sus obras acerca del continente americano. Paralelamente al optimismo anterior de muchos jesuitas y de los habitantes de las trece colonias, por ejemplo, al menos tres siglos estuvieron atravesados por la convivencia de ideas que desmerecían el nuevo continente que Friedrich Hegel (1770-1831) consideró inmaduro e inferior a Europa. Había incluso tesis que decían que era un trozo de la extinguida y sumergida Atlántida, resquicio de una geografía preadámica.

Queda claro, al ir avanzando en este subcapítulo, que muchos emprendieron iniciativas para organizar una geografía zoológica del Nuevo Mundo. Siglos antes, Marco Polo217 y Cayo Julio Solino intentaron lo mismo con relación a las tierras del Viejo Mundo. En el siglo XIII, los cartógrafos europeos asociaban las imágenes de diferentes animales con los continentes de donde provenían —muchas veces con acierto—, en una convivencia pacífica con los seres fantásticos de los bestiarios. Pero, con relación a América, ese esfuerzo de identificación biológica se puede advertir modestamente en las observaciones del propio Cristóbal Colón y, de forma más sistematizada, en el Sumario de Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557). En 1648, Jean de Laët publicó su Historia Rerum Naturalium Brasiliae, ofreciendo apuntes zoológicos sobre las tierras brasileñas, mostradas por Georg Marcgraf y Willem Piso. Como afirma Marinho, «a finales del siglo XVI, lo maravilloso ya no desempeña un papel importante para la conquista de la América española»218. En parte, ello se debe a un cierto ostracismo en el que la categoría de lo fantástico y de lo maravilloso sucumbió, sobre todo tras el Renacimiento219, dando lugar a emprendimientos más racionalizados en torno al mito y a lo sobrenatural. Para la autora:

En los hallazgos de los nuevos mundos, los relatos de viajes apuntalan lo maravilloso y muchos de los elementos del repertorio mitológico europeo se transferirán a las tierras americanas. Cristóbal Colón escribe haber oído hablar de la existencia de personas con hocico de perro, que devoraban hombres y decapitaban a todos los que capturaban, bebiéndose su sangre y cortándoles los órganos genitales220.

Para el francés Georges-Louis Leclerc, más conocido como conde de Buffon (1707-1788) —creador de muchos prejuicios—, así como para sus seguidores, el llamado Nuevo Mundo era una extensa y última tierra posdiluviana, especie de reminiscencia pútrida, húmeda y frígida. Otras veces —como quiso Cotton Mather (1663-1728)—, se trataba de una región de la que el diablo se apoderó y a la cual atrajo hordas de salvajes.

Para Buffon, en escritos que datan de mediados del siglo XVIII, ese continente antagónico, repleto de extremos, pantanoso y hostil —pero también desértico y altísimo—, presentaba, como «animales melancólicos», a sus hombres imberbes y lampiños en todas las partes del cuerpo, de tamaño más pequeño que el de los europeos, menos fuertes, con menos ardor por las mujeres, productores de leche en las mamas, menos sensibles, con pequeños órganos reproductores, más crédulos y más cobardes, capaces —como cualquier otra bestia de esas tierras infelices— de expresar indocilidad y languidez, cuando no practicaban el canibalismo221. Lactíferos e impúberes, no había cómo vanagloriarse del hombre americano. Al contrario que los europeos, generalmente osunos y pilosos, los indígenas tenían una supuesta poca masculinidad, que sería semejante a la de los lisos eunucos y a la de los hombres tonsurados. Y, en el entorno en el que vivían —donde decían haber contraído la sífilis que se diseminó por Europa—, proliferaban los animales que eran, inicialmente, cercanos a los del Viejo Mundo. En el movimiento comparativo, las criaturas americanas estaban, sin embargo, en una gran desventaja, provocada por los prejuicios de la época: para los viajeros y colonizadores, en América no había los portentosos mamíferos africanos ni los elegantes animales domésticos de Europa, sino una abundancia de pequeños animales de sangre fría, gigantescas serpientes, anfibios de todas las clases e insectos monstruosos, todos ellos habitantes del clima lluvioso (Buffon prácticamente centraba su atención en la fauna sudamericana). Se decía que dichos seres germinaban del barro, casi por generación espontánea, una de tesis que se divulgó en aquellos tiempos pasados y que no fue desechada hasta las investigaciones de Pasteur relacionadas con la fermentación. De igual forma que san Agustín había afirmado que las ranas nacían de la tierra, herencia del pensamiento de Aristóteles y de Plinio, en América los sapos eran los hijos del suelo podrido, en el seno del cual aquellas «malvadas criaturitas» se reproducían rápidamente, con una espantosa prolificidad.

Los estudiosos de aquellos tiempos generalizaban todo lo que fuese específico —y cualquier charca se convertía en justificación para ciénagas sin fin, así como cada pequeño mamífero era una explicación para la inferioridad de los demás animales americanos (la misma crítica era válida para los animales de la Polinesia en el siglo XVIII)—. Siguiendo ese raciocinio, el puma se consideraba un león más chico, sin melena, más débil y cobarde222; el tapir era un elefantoide; la llama, un camello esmirriado; la alpaca, un camello aún más pequeño. Hasta los animales comunes al Viejo y al Nuevo Mundo se consideraban más pequeños en América, como los lobos, zorros, ciervos, alces y cabras montesas.

Como si eso no bastara, la distancia y el aislamiento de América en relación con el resto del mundo conocido hacían que los religiosos cuestionasen la situación de la fauna de aquel continente en el momento en el que el Arca de Noé se llenó de animales. El más prominente de estos hombres era el sacerdote José de Acosta (1540-1600), para quien los animales del Nuevo Mundo, si de hecho hubieran estado en el Arca, deberían, según la lógica de la teología, haber continuado en el Viejo Mundo al salir de ella. Se apoyaba en san Agustín, que decía que los animales de las islas tendrían diversos orígenes: los anfibios nacerían de la propia tierra, los domésticos podrían haber venido en barcos, pero los salvajes y nocivos —dada la distancia entre algunas islas y un continente— podrían haber sido enviados por los ángeles de Dios. El jesuita misionario Bernabé Cobo (1582-1657) también compartía dicha creencia: consideraba que los ángeles llevaron a los animales más distantes al zoológico flotante de Noé y, bajadas las aguas del diluvio, se devolvieron a sus lugares de origen. Lo que vino a atenuar esas angustias teológicas fue la hipótesis de un tránsito terrestre por el estrecho de Bering, suponiendo antaño una unión de tierras, que ya no existía; esta hipótesis ayudó a derribar las controvertidas teorías preadámicas que ponían en jaque la cronología de la Biblia.

Como los investigadores usaban también los mismos nombres para describir a los animales diferentes de los dos mundos —una actitud nada científica difundida por los primeros conquistadores—, los malentendidos se reforzaban: el jaguar era un tigre, el puma era un león y la alpaca era una oveja. En parte, era inevitable que los europeos hicieran comparaciones a partir de las referencias del mundo que conocían, al igual que, como recuerda Gerbi, los romanos antiguos llegaron a llamar oso al león africano, pájaro al avestruz y buey lucano al elefante. Muchos eruditos de la Ilustración se dejaron llevar por concepciones fuera de lugar. Por ejemplo, para Voltaire, los cerdos de México tenían el ombligo en la espalda; los carneros eran lentos y los leones, insignificantes, calvos y sin melena. El puma era «casi un extraño antepasado del Dragón Chiflado y del sentimental Ferdinand the Bull»223. Por el continente había, en vez de tamandúas, «osos hormigueros» de pequeña envergadura, mientras «pequeños jabalíes» era la palabra usada para referirse a los cerdos salvajes. Los ciervos no eran más que cabritos reducidos y los puercoespines tampoco recibían un tratamiento entusiasta. La danta (anta, ourignac o «alce») sería un elefante fallido. Y por aquel entonces era bastante conocida la información de que los perros de América ni siquiera tenían fuerza para ladrar. Todos los animales de la región del Orinoco, por ejemplo, se describían como una fauna de aspecto mezquino224.

Una explicación específica para tanto prejuicio proveniente del pensamiento buffoniano era la envergadura física enorme sumada a la altivez del investigador, que repudiaba cualquier minucia y variante en el mundo natural. Por lo tanto, queda claro que lo mutante y lo modificable —en el raciocinio del conde— era muy peligroso.

Pese al abandono, en el Siglo de las Luces, de las referencias a los bestiarios, los europeos todavía solían mitificar a los grandes animales como la ballena y el elefante. «Lo pequeño, lo mudable y lo degenerado son atributos alternativos y eslabones de una misma cadena maléfica»225. Se puede encontrar un resumen de tantas ideas toscas en el siguiente párrafo:

Puede decirse, en definitiva, que en esta fase de su pensamiento, Buffon consideraba inmaduro el continente americano e imperfectas, por degeneradas, muchas especies animales de su porción meridional y ve afligido al hombre por deficiencias que, sin impedirle la adaptabilidad al ambiente, le dificultan infinitamente la tarea de adaptar a sí mismo el ambiente, de dominarlo y modificarlo. Lo hace así, hasta cierto punto, partícipe de la triste suerte de los demás animales superiores226.

Los pájaros tampoco se salvaron de las numerosas críticas contra la avifauna del Nuevo Mundo. En general, se hablaba de su incompetencia para el canto, de la insistencia de especies diminutas —como el caso del colibrí—, de aves iridiscentes y coloridísimas, pero prácticamente mudas, y de la presencia de «ruiseñores» roncos y estridentes. Curiosamente, dos pájaros casi míticos, puesto que estaban presentes en varias leyendas de la humanidad, pero con los cuales muchos pueblos ni siquiera mantuvieron contacto directo, estaban presentes en el pensamiento que se consolidaba en el continente americano: el ruiseñor y la alondra.

El médico y escritor irlandés Oliver Goldsmith (1728/30-1774), que no sabía nada sobre la cara más occidental del mundo, se subió al remoto carro de las pseudotesis buffonianas, ayudó a difundir fábulas sobre la extrañeza del continente americano, presentes como curiosidades en los ocho volúmenes de su History of the Earth and animated nature, de 1774, en los que describía, por ejemplo, una Georgia infestada de escorpiones, murciélagos, culebras, tigres e indios feroces227; y, asimismo, había en América, para él, gigantes patagónicos; simios que daban sermones; ruiseñores que hablaban; un cuco brasileño que producía un sonido horrible; el imitador mocking-bird; las golondrinas que se escondían en los huecos de los árboles o se sumergían en bandadas en lagos de aguas profundas para pasar allí el inverno. Una gran atracción para el pensamiento de la época eran sin duda los presuntos gigantes de la región de la Patagonia, en el sur del continente, más específicamente en la Tierra del Fuego, que tanto eran descritos como seres idiotas e imbéciles como dotados de una inteligencia notable.

Aparte de la influencia de Buffon, otro clásico enciclopedista que ayudó a difundir ideas erróneas fue el holandés Cornelius Franciscus de Pauw (1739-1799), que resaltaba la naturaleza débil y corrompida de América, en la cual los caimanes y cocodrilos no tenían el furor de sus iguales africanos228. Alguno de los disparates que escribió fueron que la carne de iguana provocaba sífilis (el «mal francés») y que había ranas capaces de mugir como becerros. También relató que, de los numerosos pantanos americanos, brotó una casta de ranas a la que llamaron indios, especie intermediaria entre los hombres y los orangutanes.

Recuerdo también al escritor inglés John Hawkins (1719-1789), para quien, en el Nuevo Mundo, todo era «degenerado o monstruoso»:

[Él] había afirmado la existencia de leones en la Florida con este estupendo raciocinio, entre mitológico y heráldico: los naturales de la Florida llevan collares de cuerno de unicornio, por lo tanto, hay allí muchos unicornios […], tiene que haber también leones y tigres, leones especialmente, si es verdad lo que dicen de la enemistad entre ellos y los unicornios, pues no hay bestia sin su enemigo de modo que, donde se encuentra uno, el otro no debe estar ausente229.

Gerbi cita a un tal Schlegel que hablaba de gatos-tigres, de camellos pigmeos, de leones calvos y bastardos230, y el propio Schopenhauer hacía comparaciones entre el tapir y el elefante, el puma y el león, el jaguar y el tigre, la llama y el camello, y el mico con los simios. Junto a ello, los estudiosos decían que los animales europeos no se aclimataban bien a América, salvo el cerdo, que decían que había proliferado en México.

Uno de los hombres que colaboraron de manera bienintencionada para explicar los seres fantásticos que recorrían América fue el abad Ferdinando Galiani (1728-1787), que buscó explicar leyendas de la Antigüedad a partir de similitudes encontradas en el nuevo continente, confirmando las fantasías de los griegos antiguos en el mundo natural encontrado en América y en las Indias. Fue el caso de las sirenas que, para él, no era más que una confusión con los pingüinos de Magallanes, los cuales podrían parecerse a las mujeres desnudas cuando están fuera del agua; y las arpías, que se explicaban por la presencia de los guanays, una especie de los cormoranes. Hablaba también de los gigantes patagónicos, pero con un optimismo que los hacía «gigantes paladines de la grandeza del Nuevo Mundo»231. No obstante, se sabe de un episodio en la Patagonia, en el que Fernando de Magallanes y sus hombres, tras un atribulado viaje, encontraron un individuo que consideraron demasiado alto para los estándares ibéricos, con pies enormes. Para los navegantes, se trataba de un «gigante». Intrigados con la extraña tribu que acababan de descubrir, engañaron a uno de sus miembros para ir al barco, donde murió como un animal, con un par de esposas en las muñecas que ingenuamente creyó que eran un adorno232.

Con tantos desvaríos, Buffon y De Pauw sufrieron resistencias y reveses. Entre sus opositores, había muchos jesuitas que defendieron vehementemente las cualidades de América. En general, los religiosos divulgaban que en el continente había bestias ferocísimas y gigantescas como los tigres, que los pájaros eran melodiosos y los animales europeos lograban multiplicarse a sus anchas. Antoine-Joseph Pernety (1716-1801) relató que el conde D’Orcassidas, criollo hijo de un virrey de México, encontró a hombres inclinados al sexo entre los indígenas, pero ninguno con leche en las mamas, como algunos supusieron. La poca barba se justificaba por el hecho de que se la afeitaban. Los animales americanos eran tan excelentes que muchos se enviaron a España para que se reprodujeran también allí. El cura Francisco Javier Clavigero (1731-1787), en su Historia antigua de México (1780-1), en cuatro espesos tomos, repudió las ideas de De Pauw y desacreditó a Buffon al decir, por ejemplo, que había al menos 22 especies de ruiseñores en México, entre ellos el famoso cenzontle, de canto melodioso. «En una palabra, en el Nuevo Mundo los pájaros cantan mejor, cantan más, cantan todos, hasta los que no debieran…»233 era su conclusión más entusiasmada. Continuaba recalcando que las avestruces de América tenían dos dedos más que las de África y que el perezoso tenía 46 costillas. Para Clavigero, los animales del Nuevo Mundo no tenían nada que envidiarle a las fieras asiáticas en cuanto a ferocidad y cita en sus escritos a un ciervo que llegó a causar serios estragos en su residencia. Para los que decían que los animales de las tierras nuevas eran feos, les preguntaba con ironía que qué se podría decir del elefante en el Viejo Mundo.

Un cierto sacerdote Molina, en Chile, también destacaba con regocijo e incluso alivio a los «leones cobardes» que vivían únicamente en los bosques más densos y afirmaba que, en aquel país, solo se habían encontrado 36 especies de cuadrúpedos nativos. Él también aseguraba que podrían avistarse hipopótamos en los lagos y ríos del Arauco, pero que serían palmípedos, como las focas de la costa.

En la América anglosajona, Thomas Jefferson (1743-1826) también atacó a los polemistas en su Notes on Virginia, donde destacaba la grandiosidad del mamut fósil, mucho más portentoso que los elefantes del Viejo Mundo. Para Jefferson, los cuadrúpedos americanos eran cuatro veces más numerosos y no más pequeños que los de Europa.

Al encontrarse con Buffon en París, defendió al alce y al caribú y llegó a encargar astas y un esqueleto del primero para presentárselo al francés, aunque no tuvo mucho éxito en la obtención de un espécimen ejemplar del moose deer. Pero le enseñó al naturalista la piel de una enorme pantera, puesto que Buffon la confundía con el jaguar. El orgullo patrio de Jefferson fue lejos: «En el vestíbulo de su casa mando colgar, junto con armas y otros objetos de los indios, los cuernos y la cabeza de un alce y el cráneo de un mamut»234. Y llegaba al borde de lo fantástico:

Fundado en cierta osamenta fósil encontrada en Virginia —tal vez la de un oso hormiguero prehistórico—, inventaba en 1796-1797 un súper-león o un súper-tigre americano, tres veces más corpulento que el león africano y superior, por lo tanto, a estos felinos en la misma medida en que el mamut era superior al elefante, lo bautizaba y lo presentaba al mundo científico con el nombre de Megalonyx, el Uña Grande, que debió haber existido —mejor, que tenía que existir aún— en alguna parte de los Estados Unidos, aunque no fuera más que para intimidar y reducir al silencio a quienes negaban la existencia de tan grandes carnívoros en el Nuevo Mundo235.

Filippo Mazzei (1730-1816), amigo florentino aventurero de Thomas Jefferson, destacó la calidad de los bovinos criados en Rhode Island, de los caballos de Virginia y de los cerdos y ovejas, en general. El botánico italiano Luigi Gomes Castiglioni (1757-1832) relató los muchos pájaros amarillos y negros, y el querido mocking-bird, codiciado por su variado canto, además de las bellísimas plumas de tantas aves, aunque no fuesen canoras. Y el chileno Manuel de Salas (1754-1841), de propensión patriótica, escribió, en 1796, que en Chile no había fieras, insectos ni réptiles venenosos.

Siguiendo un movimiento pendular en las polémicas seculares, John Keats (1795-1821), en verso, habló del buey hambriento y sin alimento de las praderas norteamericanas, de los pájaros sin canto y sin gracia, de un burro parlante venido de Tahití y de los Monkey-men de los árboles, que eran de mala índole. En cambio, Percy Bysshe Shelley (1792-1822), en Oda al viento del Oeste, logró hacer un elogio a la alondra, en contraposición al ruiseñor aprensivo y mágico de Keats en Oda a un ruiseñor. El escritor francés François-René de Chateaubriand (1768-1848), por su parte, en cinco meses de viaje por América del Norte en 1791, pudo hablar sobre los insectos carnívoros, verdaderos «dragones alados» en el microscopio, además de la figura de grifos, hidras y otros seres que adquirían algún carácter fantástico.

Nikolaus Lenau (1802-1850), poeta de expresión germánica, dijo, sobre 1830, que en América «las bestias feroces son allí más [sic] temibles que los perros hidrófobos en Europa»236. Pero, cuando fue al Nuevo Mundo, el silencio de las selvas y la ausencia de ruiseñores le parecieron una maldición poética: «Vino no tienen, y tampoco tienen ruiseñores»237. Lenau no fue feliz en el continente americano, una tierra que consideró monótona y lánguida: «Yo no he visto aquí hasta ahora un perro bravo, un caballo fogoso, un hombre apasionado. No hay ruiseñores; peor aún, no hay verdaderas aves canoras»238. Esa cuestión del mutismo de las aves fue tan discutida que, más tarde, hasta Charles Darwin y Claude Lévi-Strauss se quejarían del silencio incómodo de los bosques brasileños. Darwin fue uno de los que pusieron a Buffon bajo revisión y al que le fascinaron los fósiles americanos de mastodontes, megaterios y elefantes, incluso junto a Robert Fritzroy, el capitán del Beagle que creía que los mastodontes eran demasiado grandes para haber entrado en el Arca de Noé.

Friedrich Hegel afirmaría que «entre las aves, las más multicolores y admirables son las de los trópicos, que parecen casi plantas, cuya esencia propia se expresa, gracias a la luz y al calor de esos climas, en su envoltura vegetativa, el plumaje»239, pero el filósofo alegaba que eran prácticamente afónicos debido al alarido ensordecedor de los salvajes brasileños; en contraposición, para él, los pájaros del Norte cantaban mejor, como el ruiseñor y la alondra. Henry David Thoreau lamentaba que los poetas americanos prefiriesen oír cantar a las alondras y a los ruiseñores de su tierra natal.

El entusiasmado Alexander von Humboldt (1769-1859), por otro lado, veía en el Nuevo Mundo esplendor y maravilla: «De día, plantas y animales resplandecen con mil colores: las aves, los peces, hasta los cangrejos, azules y amarillos»240. El tropicalista destacaría la existencia de aligátores, pero también de cocodrilos, con uno de ellos que llegaba a tener más de 20 pies de largo, además de simios domesticables y del gato doméstico agigantado. El evolucionista e historiador francés Edgar Quinet (1803-1875) escribió que la fauna «insular» de América solo era grande en los reptiles. Pero fue él quien descubrió la base de la naturaleza en los protozoos: «La naturaleza no se apoya en colosos, en monstruos como el Leviatán o el Behemot, sino en micro-organismos imperceptibles»241.

Varios apologistas discutirían la feliz ausencia de animales feroces en América, donde lobos, osos y panteras causaban pocas heridas notables. En la Wilderness norteamericana, Walt Whitman (1819-1892) describiría el pantano insalubre, el mocking-bird y el Great Dismal Swamp —en Virginia y Carolina del Norte—, con reptiles, caimanes, lechuzas, gatos salvajes, insectos en profusión y hasta el curioso cascabel de las serpientes crotalus. En los prados, ante la falta de pájaros canoros, el nuevo canto sería el de las crawling monsters, las máquinas recolectoras de algodón, moledoras de trigo, descascaradoras de arroz, empacadoras de heno, aviso de una nueva civilización.

Herman Melville (1819-1891) tuvo el atrevimiento de criticar el escudo y el estandarte de Estados Unidos, con su altiva águila calva que, por él y por otros, había sido acusada de ruin, perezosa y cobarde, un animal impuro desde el Pentateuco. Se llegó a sugerir su sustitución como emblema, poniendo en su lugar al pavo, ave autóctona y simpática, o —irónicamente—, incluso, a la hormiga, la cascabel, una mona ciega y sordomuda o hasta un cocker spaniel. «Un animal emblemático es portador de mitos, de esperanzas y de pretensiones no del todo desdeñables»242.

Drouin de Bercy adujo con satisfacción que Dios243 había impedido la proliferación de elefantes, rinocerontes e hipopótamos en América para poner en su lugar a antas, pecarís y osos hormigueros; divulgaba que las aguas no tenían remolinos ni monstruos marinos y que los tiburones eran capaces de nadar e, incluso, tocar a los nadadores sin hacerles ningún daño.

A finales del siglo XIX había quienes veían América como aquella creación divina del tercer día, poblada por los seres del quinto, un continente de hormigas feroces y cocodrilos voraces.

Como he apuntado en este subapartado del nuevo continente, hago aquí un pequeño añadido para mostrar que, en el novísimo continente y en las zonas próximas, los enfoques de la naturaleza y de los hombres nativos no eran muy diferentes. El reportero de viaje Fernando de Magallanes, el italiano Pigafetta, escribió sobre las islas Molucas:

También existe en las islas una especie de aves que, según las describen los nativos, se deben parecer a nuestros grajos. Estos pájaros van a la playa; allí, las ballenas se los tragan vivos. Cuando les ocurre esto, los pájaros entran en el corazón del cetáceo y se ponen a devorarlo. La ballena naturalmente muere; el viento y las olas las empujan hasta la orilla, los indígenas las trinchan; y así encuentran los pájaros todavía vivos, ocupados en comerse el corazón244.

Pero, a pesar de su suposición nada convencional, Pigafetta rechazaba los testimonios que consideraba fantásticos:

El hechizo del trópico lo predisponía a dar crédito incluso a cosas increíbles. A veces, sin embargo, objeta que, en su opinión, las historias de los salvajes no son más que fábulas; por ejemplo: la de que existían un poco al norte de aquella región, en el golfo de China, aves tan grandes que pueden cargar sin esfuerzo a un hombre adulto y a animales de mayor envergadura; o la del islote de las Molucas, cuyos habitantes, enanos, no alcanzan un codo de altura, pero tienen unas orejas tan descomunales que pueden acostarse cómodamente en una de ellas y taparse con la otra. Esto, para Pigafetta, solo podía ser una historieta de marineros245.

Los mares del sur a menudo adquirían un carácter ambiguo, extraño y arcádico. James Cook, en abril de 1770, en las proximidades de Sídney, hizo su apreciación sobre el canguro: «extraño animal de estatura de hombre y cabeza de ciervo, un animal de rabo enorme, que se mantiene erecto sobre las dos patas, pero que suele desplazarse con saltos de rana»246. La ciencia de Europa incluso llegó a dudar de un animal tan «improbable» en términos de combinaciones de formas —poniendo de manifiesto que sus conformaciones «a lo bestiario» generaban desconfianza y asco—. El navegador Wallis, en 1767, en Tahití, habla de los nativos asombrados con los clavos de hierro que los marineros europeos empleaban para intercambiar víveres locales, los cuales parecían brotar de algún espino milagroso, según la fantasía de quien aún vivía en la Edad de Piedra. Debido a ello, varios de ellos acabaron siendo plantados y regados en jardines. Cien años antes de las famosas especulaciones de la ocultista Helena Blavatsky, se creía que los aborígenes de la Isla de Pascua deberían haber sido muy altos, de tal forma que un humano normal podría pasar entre sus piernas, pero James Cook ayudó a terminar con ese mito247. Incluso en 1895, el libro de A. F. Calvert, La exploración de Australia, retrataba una fauna que provocaba malestar.

Ni en Asia ni en el Nuevo Mundo los descubridores se toparon con cuadrúpedos tan particulares como los que son característicos del continente austral. Por ejemplo: el canguro, un «animal que es medio ardilla, medio ciervo, con cinco garras en las patas delanteras y tres en las traseras, como los pies de las aves, en las cuales apoya su paso saltarín»; o el «topo que pone huevos y tiene pico de pato», como rezan los antiguos informes248.

A pesar de tan antagónicas y polares, esas visiones son útiles para entender el lugar que ocupó lo fantástico en diferentes momentos de la historia humana, principalmente cuando las atenciones se centraban en la zoología: «En definitiva, la furia iconoclasta de De Pauw ha dejado buenos resultados. Ha puesto fábulas y espejismos seculares bajo el ojo fríamente irónico de la razón»249.

Noticias del bestiario brasileño

¿Y qué decir de los monstruos brasileños, muchos de ellos verdaderamente gargantúas amerindios, a los que lo pedagógicamente correcto de las últimas décadas, unido a la carnavalización y a la folclorización del pensamiento, los ha transformado en meras figuras estáticas, casi siempre de honesta apariencia y baja peligrosidad? La edulcorada simplificación de la profusa hibridación cultural de Brasil redujo los diversos elementos monstruosos a una repetitiva y mal elaborada tríada étnica, de tal forma plasmada por muchos libros académicos y literarios que parece imposible añadir cualquier información diferente a este caudal de «conocimientos incuestionables»: se cree ciegamente, por ejemplo, que la sirena de los ríos, Iara, es de origen totalmente indígena, al igual que un primo suyo, el galanteador delfín rosado amazónico. Asimismo, se insiste en atribuirles a los nativos el origen de una teogonía que fue creada, en gran parte, por los jesuitas, en la que un ente abstracto muy secundario y que se metamorfoseaba en trueno —Tupá— pasó a ser considerado el dios supremo. Sin ninguna relativización, esos mitos se van solidificando y proliferando ad infinitum por los medios más diversos.

Los llamados mitos portugueses, indígenas y africanos, por ese orden de preponderancia, configuran una simplificación de los hibridismos culturales brasileños. Recuerdo que Câmara Cascudo criticaba buena parte de lo que menciono aquí ya en los años cuarenta, en su esencial Geografía dos mitos brasileiros, una obra que, a mi juicio, parece mucho menos envejecida de lo que podría suponerse. Evidentemente, ese es otro campo de estudio que se abre y que debe ser ampliado en un esfuerzo aparte. No obstante, considerando la amplitud tentacular de este libro, me incumbió la iniciativa de disertar en este subcapítulo, aunque sea brevemente, sobre los seres fantásticos tradicionales de Brasil.

Al igual que discutí anteriormente los muchos miedos del mundo buffoniano-depauwniano, se puede dibujar, en el caso del Brasil colonial, un cuadro muy parecido al del panorama del restante continente americano: de una parte, la fascinación; de otra, el extrañamiento. La colonia portuguesa representaba tanto el paraíso como el inferno, reunidos en una región de desafíos purgatoriales: los monos eran razas humanoides y los colibrís eran los «gansos de los árboles», por ejemplo, integrantes de un movimiento perceptivo del invasor que buscaba llevar lo desconocido al ámbito de lo que les era conocido. Nuestros tordos inquietaban a los ibéricos por frecuentar las palmeras, lo que, siglos después, se transpuso a la poesía nacionalista de Gonçalves Dias. El historiador A. d’Escragnolle-Taunay250 hace pintorescas descripciones al comentar diversas referencias sobre nuestra zoología fantástica. Por ejemplo, se dijo que, entre nuestras aves, las «mariposas» solían volar del campo a alta mar, donde se ahogaban; ya se sugirió el uso de apestosas mofetas para finalidades bélicas; se afirmó que la iguana se alimentaba del viento y que algunas culebras se nutrían con la leche de los senos de las mujeres mientras dormían. Los cronistas y jesuitas portugueses colaboraron enormemente, con su imaginación muy vívida, a la transposición, modificación y recreación de muchos mitos y leyendas. A sus ojos, ¿cómo no admirar la singularidad de un tucán y la lentitud de un perezoso? ¿Y cómo no horrorizarse con los rituales de antropofagia del «nativo pagano»? Aparte de las temidas amazonas, las selvas sudamericanas estaban pobladas por gigantes, espíritus errantes y almas bravías y gritadoras. Perderse en la jungla era casi siempre treta y obra de algún espectro, y ahogarse en un río se debía a las artimañas de la temida ipupiara, que en muy poco recordaba a las delicadas sirenas y a las bellas mouras peninsulares, como ya he explicado. La fusión de elementos de estas últimas produjo la figura seductora de Iara o madre del agua, prometedora de fortuna a quien con ella se casase.

Sin embargo, es a Câmara Cascudo a quien acudo cuando pienso en una cierta presentación mitológica de las leyendas de Brasil. En Geografia dos mitos brasileiros, en el capítulo «Ciclo de los monstruos», comenta aspectos generales de nuestros entes fantásticos. Para ello, se remonta a la tradición clásica de los cíclopes antropofágicos y de los gigantes, y se refiere igualmente a otras entidades de tierras orientales y africanas. Como ilustración, el Capelobo, el Mapinguarí y el Labatut brasileños tendrían un único ojo en muchos relatos. Otro ser que se clasificaba en la lista de los gigantes era Gorjala, de origen principalmente europeo: se llevaba a su víctima en sus fuertes brazos para luego devorarla a dentelladas. Esa criatura está en la matriz de la fructífera imaginación brasileña, pero enseguida se diluyó entre otros monstruos de gran estatura y ferocidad. Su lugar lo ocuparon el Mapinguarí y el Capelobo.

Hoy apenas conocido, el Mapinguarí —a pesar de su relativa Modernidad— era el monstruo más conocido en la Amazonia, verdadero asustador de siringueros. Lo describían como un enorme hombre de pelos negros que le cubrían todo el cuerpo. Sus manos eran largas y tenía garras. Vagaba no solo de noche, sino en la penumbra de los tupidos bosques, confundiéndose con las sombras densas de los árboles. Su boca era vertical, recorriendo su horrenda anatomía desde la nariz hasta el estómago, lo que le permitía tragarse prácticamente entero al hombre que atrapaba. Sus pies eran pezuñas al revés, dejando marcas que confundían la dirección que seguía a los ojos del caboclo asustado.

El mito del Capelobo circuló durante mucho tiempo por los ríos del estado de Pará: esa criatura tenía la misma ferocidad del Mapinguarí, pero guardaba cierto parecido zoológico con el tapir. Cogía a su presa por el cuello, ya fuese un animal de compañía o un hombre, y le chupaba la sangre. Era, así pues, una clase de hombre lobo indígena muy temido. Su versión en el estado de Maranhão lo presentaba como un gritador que abrazaba fatalmente a su víctima y le chupaba la masa encefálica por medio de su trompa. En ese feroz bestiario también estaba el Pé de Garrafa [Pie de Botella], cuyo nombre se debe a que tenía un único y enorme pie que dejaba huellas redondas en los bosques. Adoraba dar alaridos, pero los caboclos difícilmente lo veían. Equivalía al Bicho-Homem del estado de Minas, de igual brutalidad. Se supone que la pata única y redonda de dichos gigantes es un atributo de contribución jesuítica.

El Labatut, presente en la tradición de la sierra del Apodi, en Rio Grande do Norte, tenía un único ojo y era descrito como un hombre enorme con los pies redondos, cubierto por bastos pelos como los del puercoespín. Su nombre se debió a un terrible general de nombre Pedro Labatut que, allá por donde pasaba, dejaba un rastro de sangre y desgracia.

También como parte de esta selecta antología de monstruos brutales, menciono aquí a uno de los pocos remanentes africanos, el Quibungo bahiano que, como el distante Mapinguarí, tenía una boca en vertical o, a veces, en la espalda, la cual se abría como un saco para meter dentro a su prisionero, que casi siempre era un niño. Tal característica —una boca enorme que iba hasta el abdomen— estaba presente, desde la Edad Antigua, en las terribles figuras de los Blemias, supuesto pueblo acéfalo africano descrito por Plinio el Viejo en su Historia Natural, Libro V. La boca y los ojos de los Blemias se localizaban en el pecho y en la barriga. A medida que Brasil lentamente se urbanizaba, las figuras monstruosas migraban a los pueblos, como el Papa-Figo, un viejo andrajoso que raptaba niños para comerse sus hígados, lo que tenía relación con una terrible terapia en torno a la lepra, presente en tradiciones más antiguas.

El erudito y literario Tupá, originalmente un ente muy vago, se convirtió en nature god para usos catequísticos y dejó nublada la figura matricial del Yuruparí, el cual, por mera necesidad de conformación maniqueísta cristiana, fue asociado al diablo. En aquellos tiempos de los viajes coloniales, Satán era un ser omnipresente: se manifestaba en las aldeas, en las misiones, en los bosques, en el campo y en la costa. Si hubo una divinidad más amplia en la vasta colectividad de los tupi-guaranís del Brasil colonial, esa fue la figura prominente del popular Yuruparí. Si, por un lado, no pasaba de un ogro de los bosques, bestial y devorador, que mucho ayudó a la catequesis, por otro, se revistió de una función organizadora y totémica. A su versión de dios musical tupí-guaraní se le rendían misteriosos cultos en diversas tribus, en torno a las cuales había instrumentos musicales tabú y ritos de iniciación dolorosos y exclusivamente masculinos.

Yuruparí parece haber surgido como un mito solar y legislador: un género de héroe remoto, hijo del Sol, que habría descendido a la tierra durante un periodo matriarcal de determinadas colectividades amerindias. Fue a partir de él cuando se crearon algunos tabús indígenas en relación con las mujeres. En una de las leyendas de la época colonial, el cuerpo del Yuruparí no podía ser tocado por mujer alguna. Y aquella que valerosamente decidiera hacerlo era transformada en montaña. El Sol, solitario, quería una esposa y, por ello, decidió enviar a su hijo al mundo de los hombres para que le encontrara una pretendienta. Ella tendría que ser paciente, saber guardar secretos y no manifestar curiosidad. Yuruparí regresó bastante resentido y le dijo a su padre que ahí abajo tal mujer no existía. Argumentó que había indias pacientes, pero que no lograban mantener el sigilo. Y las que lo conseguían podían sentirse animadas por una aguzada curiosidad que parecía molestar mucho a los hombres. Así pues, su pesimista informe presentó a las indígenas como muy poco dotadas de aquellos tres deseados atributos a la vez.

Yuruparí solía ser asociada con ciertos animales nocturnos, como al ave urutaú, también llamada en Brasil madre de la luna, típica de la región del Nordeste, o a la chotacabras. Por consiguiente, en el transcurso de la colonización, las tierras brasileñas vendrían a ser habitadas por los temibles «pájaros del diablo». Ante la dificultad de explicarles a los indígenas el infierno cristiano, se fue adaptando el nombre de Yuruparí a la liturgia doctrinadora y el término se volvió un radical: el fuego eterno era el «Yuruparí-tatá», mientras que al diablo lo llamaban «Yuruparía-tatá-pora», o sea, el habitante del lugar de fuego eterno. El azufre exhalado por el maligno era «Yuruparí tepoti», es decir, el excremento de Yuruparí. Todo ese trabajo léxico tenía de hecho una función religiosa.

En el ámbito de los seres que agradaron mucho a los propósitos católicos, está el Añangá, ya presente en las cartas de José de Anchieta, Manuel da Nóbrega y Fernão Cardim. Él, a diferencia del Yuruparí ogro de los bosques que no encarnaba de ninguna forma, se asociaba a cualquier visión en el bosque, ya fuera de personas, de bueyes, de antas o de pacas. Su versión más clásica era la de un ciervo blanco, con pelos en la cornamenta, ojos de fuego y una cruz en la frente. Añangá se consideraba una cosa del otro mundo, alma que erraba, sombra y espíritu. Si se veía incorporado en algún animal, aquello pasaba a considerarse una señal de mal fario. También podría ser el alma de los antepasados y se comunicaba con los indios mediante las piadas tristonas de algunas aves noctívagas.

El estudioso brasileño Couto de Magalhães, cuya obra más conocida es O Selvagem (1876), también mencionado por Câmara Cascudo, trató de crear una cierta jerarquía mitológica que nos sirve en este tema como ilustración. Para él, había una tríada de dioses entre los tupí-guaraníes: Guaraci, el Sol; Jaci, la Luna; y Rudá, el amor. Seguidamente, clasificó los entes fantásticos inferiores: Añangá sería la entidad que se encargaba de la caza mayor; el Caapora se quedaba con la caza menor; el Boitatá gobernaba los pastos, arbustos y la vegetación; y el Curupira, finalmente, regiría todos los fantasmas de los bosques. No obstante, esos cuatro poco tenían que ver, en sus primeras versiones, con el edulcoramiento por el que pasarían posteriormente para ser adaptados a los programas escolares brasileños, diluyéndose al nivel de meras curiosidades folclóricas y adecuación ecológica.

En 1560, Anchieta escribía que el Curupira era capaz de matar indígenas y que estos le dejaban regalos para no sufrir sus castigos. En sus formas amazónicas iniciales, no pasaba de un niño, en general muy pelirrojo, bastante peludo, desprovisto de orificios excretores y de órganos sexuales, con los pies invertidos hacia atrás. Lo animaba una fuerza prodigiosa. Sin embargo, en otra versión, su comportamiento de dar golpecitos en los árboles —para verificar si podrían resistir a la próxima tempestad— se atribuía a su pene descomunal, capaz de percutir los troncos y enrollarse completamente alrededor del cuerpo de la víctima.

Al ir a otras regiones, saliendo de la Amazonia, el Curupira empezó a transformarse en Caipora o Caapora. Los dos entes parecían diferenciarse ya a mediados del siglo XVI; el Caipora adquiría, en muchas localidades, como consecuencia de su terminación en «a», el género femenino. A veces se describía con un solo ojo y una sola pierna. Se asociaba con las apariciones indefinidas que se percibían en el interior de las selvas: bultos y sombras que se movían, en ocasiones secundados por ruidos extraños. Solía ir en una pequeña cabalgadura, como un pecarí, escoltado por luciérnagas. Se hizo famoso por atacar a los cazadores de crías o de hembras preñadas. La tradición católica lo aproximaba al alma en pena de algún caboclo que hubiese muerto pagano.

Por su parte, el Boitatá fue anunciado por José de Anchieta en 1560 como una cosa toda de fuego, una luz errante, en forma de serpentina, que asustaba a los nativos. Câmara Cascudo llegó incluso a decir que es «totalmente un mito europeo» (1976, p. 121), ya que está asociado con las tradiciones de los fuegos fatuos, con los feux-follets251 de los franceses, y con las bolitas de luz deambulantes que, en Portugal, se creía que no eran más que almitas de niños paganos.

No obstante, de todos los monstruos brasileños, el Saci parece, de largo, el más popular y el más adaptado, acabando con el protagonismo que el Curupira ostentó durante siglos. Sin embargo, está ausente de las crónicas del siglo XVI, por lo que parece un mito más joven, quizá de finales del siglo XVIII. Originalmente ornitológico, se vinculaba a un ave de mismo nombre que tenía por costumbre posarse con una sola pierna, semejante a otro mochuelo que también se convirtió en fantasma: la Matinta Perera, una pequeña lechuza que se metamorfoseaba en una vieja bruja andante y que tenía que ser agasajada con tabaco y licor para dejar de merodear por las cabañas de los campesinos. Poco a poco, el Saci fue obteniendo la gracia popular y los atributos de diversos duendes europeos: no malvado de por sí, sino gamberro, indolente como un lutin; un trickster; diablillo familiar.

La vasta gama de monstruos brasileños todavía merece apuntes sobre sus proliferantes familias acuáticas, tanto marinas como fluviales, como las ipupiaras, los delfines rosados y las madres del agua, aunque ya haya tratado brevemente de esos seres. Câmara Cascudo resalta el hecho de que los portugueses, de fuerte tradición navegante, hubieran obviamente traído consigo sus mitos marinos: sirenas, tritones y serpientes, que también se manifestaban en muchas otras culturas. Las sirenas más tradicionales del pensamiento lusitano, desvinculadas de la forma ornitológica griega, pasaron a ser bellas mujeres recostadas sobre las rocas en las orillas de mares y ríos, no necesariamente con una anatomía natatoria específica. Ese aspecto que tanto se hace patente en las leyendas brasileñas de las iaras es realmente una herencia ibérica, referenciando específicamente a las mouras, mujeres mágicas y dadivosas muy presentes en la imaginación de la provincia de Minho, de donde, bien es sabido, salieron buena parte de los lusitanos que echaron raíces en Brasil. Después de Minho, Trás-os-Montes y Alentejo son las regiones más profusas en leyendas de mouras. Por lo tanto, se puede afirmar con seguridad que la Iara generalista de ríos y arroyos de Brasil era un ser convergente entre las melusinas y las mouras. El portugués del siglo XVI, oyendo noticias sobre un monstruo marino en las costas brasileñas —en especial, en la región de São Vicente—, el cual ahogaba y devoraba indios, lo asoció de forma inmediata con la sirena. Era, así pues, el fantasma que Anchieta detectaba en tantos ríos y que tenía como nombre «ipupiara». En su versión masculina y provinciana, parece haberse transformado en el Negro del Río o, incluso, en el Caboclo de Agua de Minas, o en el Minhocão, un portentoso animal subterráneo, responsable de los abarrancamientos y desmoronamientos que ocurren en los ríos, tan comunes en la naturaleza. Y Câmara Cascudo confirma:

La Iara (ig-agua, iara-señor) es un ropaje de la cultura europea. No hay ninguna leyenda indígena que haya registrado a Iara con largas melenas y voz melodiosa. Las leyendas indígenas más viejas siempre citan al viejo hombre marino. Nunca a Iara. La presencia de Iara denuncia al blanco o la influencia asimiladora del mestizo, irradiante y plástico252.

En el inmenso fabulario fantástico brasileño, no se puede dejar de citar a Cobra Grande —la Boyuna de las leyendas amazónicas—, probablemente inspirada en la anaconda y en la boa. Una serpiente también solía denominarse, en el siglo XVII, madre del agua. Las madres del agua brasileñas siempre fueron prolíficas, generosas, pero merecedoras de respecto, a ejemplo de las yabás del candomblé, como Oshun, de las aguas dulces, y Yemayá, del agua salada.

La Cobra Grande amazónica dio origen a un bonito ciclo de relatos, en el cual aparece preponderante Cobra Norato, la culebra buena, hermano gemelo de la maléfica Maria Caninana. Igualmente, el delfín rosado, que, en la Amazonia, era la explicación para las madres solteras ribereñas y se relaciona con las leyendas remotas: en tierras de la Antigua Grecia, el delfín seducía a los muchachos apuestos, en el mismo contexto del amor homoerótico entre Zeus y Ganimedes. Uno de los relatos afirma que uno de esos cetáceos murió de amor por un joven. En la antigua Hélade, se asociaba la forma de la cabeza del delfín al glande del pene. Su hocico también era de anatomía «obscena» y su nado cadencial recordaba a los movimientos de la cópula. Desde siempre, se convirtió en un fetiche ictiofálico. Trasplantado a los densos ríos amazónicos, en la forma de delfín rosado, se volvió el Don Juan de las aguas brasileñas, que se transformaba, en noches de fiesta, en un guapo muchacho con sombrero, escondiendo así el agujero de su cabeza que le quedaba de su forma animal. No obstante, desde siempre, este delfín brasileño puede estudiarse como una herencia erudita clásica.

En suma, tras las enumeraciones y descripciones encontradas por los investigadores, se puede afirmar que los mitos brasileños, en su mayoría, son mitos de convergencia y que los monstruos basales de este país eran, en efecto, voraces e insanos antropófagos, jamás dados al diálogo ni al intercambio para la preservación de la vida de la víctima. Mataban por matar. El paso de las épocas atenuó muchas formas monstruosas y algunas de ellas parecen cada vez más propensas a ausentarse de la memoria popular.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
11 aralık 2025
Hacim:
761 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788418322174
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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