Kitabı oku: «El sueño de Shitala»

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2011 by Agustín Pániker

© de la presente edición:

2011 by Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

© de las fotografías:

Agustín Pániker

Primera edición: Noviembre 2011

Primera edición digital: Diciembre 2011

ISBN: 978-84-9988-029-7

ISBN epub: 978-84-9988-124-9

Composición: Pablo Barrio

Todos los derechos reservados.

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A Flo, bien sûr

Sumario

Portada

Créditos

Dedicatoria

Sumario

Introducción

Itinerario de viaje

Agradecimientos

I. Topofilia

1. El sonido del Gran Erg

2. Mediterráneo

3. El retiro del ermitaño

4. Espiritualidad secular

5. ¿De qué color es el blues?

II. Sobre la religión

6. ¿Qué es la religión?

7. Ge-yi

8. ¿Qué es el hinduismo?

9. Las “tres religiones” de China

10. Reflexiones sobre el concepto “religión”

III. Religiones del mundo

11. El estudio de la religión

12. La religión del mundo Yoruba

13. Religiones afro-brasileñas

14. Religiones civiles

15. El maoísmo

16. El dao confuciano

17. El descenso del Espíritu Santo

18. Bön

19. La religión del provecho

20. A propósito de una Pascua en Lima

IV. Antropología de la religión

21. Lo que las religiones hacen

22. Conversión religiosa

23. Religiosidad sin Dios

24. ¿Evolución teológica?

25. Escrituras sagradas

26. La noche cae sobre los griots

27. Nacido sintoísta, muerto budista

28. El pico de Adán

29. Islams

V. La práctica religiosa

30. Más allá de la creencia

31. Ritual

32. El “último sacrificio”

33. El culto al Buddha

34. El bodhisattva de la compasión

35. No-violencia

36. Sara la Kali, protectora de los gitanos

37. Chamanes de Siberia

38. En busca del peyótl

39. El camino de Santiago

VI. Silencio

40. Monachós

41. Contemplación

42. Monjes y laicos en Thailandia

43. ¡Mu!

44. Sabiduría no-dual

VII. Inmanencia

45. El rugiente espíritu de lo Divino

46. Shasta

47. La peregrinación al pivote del mundo

48. El culto a la Kumari en Nepal

49. El tiempo de la ensoñación

50. Diosa-Madre y Madre de Dios

51. Malta: en el vientre de la Diosa

VIII. Símbolos sagrados

52. La casa de mi abuelo

53. Lo sagrado

54. Arqueología del espíritu

55. La danza del trance de los ju’hoansi

56. Construcciones megalíticas

57. El Muro de las Lamentaciones

58. El mito de la “Virgen” María

59. Esvástica

60. Cosmología de Borobudur

61. La sonrisa de Angkor

IX. Mestizajes

62. Ortodoxia y sincretismo

63. Sincretismo afro-cubano

64. Candomblé, macumba, umbanda

65. MaNawal de JesuKrista

66. La visión mestiza de Cristo

67. Rabí Yeshúa, el “africano”

68. Jah

69. El espíritu del Carnaval

70. La santidad en el islam

71. El culto a los nats

72. Iitoko-dori

X. Religión in-corporada

73. El cuerpo y lo sagrado

74. Desvelando a Francia

75. Jilbab

76. El turbante de los sikhs

77. No comerás

78. El mundo de Shitala

79. Tatuajes en los mares del Sur

80. Sagrada eutanasia

XI. Religión y política

81. Mongolia y el budismo tibetano

82. Estados “islámicos”

83. El espíritu yihádico

84. Locura del Mesías

XII. La religiosidad, hoy

85. La “revolución” espiritual

86. Los votos de las mujeres

87. Pluralismo religioso

88. Resiliencia y transformación

89. De sectas y nuevos movimientos religiosos

90. La mano de Dios

91. ¿A dónde va la religión?

Epílogo

Fin de viaje

Imágenes

Notas

Contraportada

INTRODUCCIÓN
Itinerario de viaje

Les invito a adentrarnos en el extraordinario mundo de las religiones y la espiritualidad. Un viaje al corazón de lo sagrado, tal y como se manifiesta en las tradiciones más conocidas del planeta, y en las menos reconocidas también.

A diferencia de un clásico libro de ensayo, El sueño de Shitala tiene un tono muchas veces personal, también periodístico, y una decidida vocación de divulgar la antropología; tratando siempre de entretener y aportar conocimientos nuevos. He prescindido, en la medida de lo posible, de sesudas elucubraciones filosóficas, aun a pesar de que se tocan temas de calado. Asimismo me he saltado la mayoría de protocolos académicos. El texto emana principalmente de mis experiencias de viaje y del estudio de las culturas. Por ello abarca un radio de acción mucho más amplio que el de anteriores textos míos, casi siempre centrados en el mundo índico. Viajaremos aquí por México y por China, por el Sudeste Asiático y por los países de Europa, por Sudamérica o la India, por África y por Japón, por las riberas del Mediterráneo u Oceanía. Recorreremos un verdadero pluri-verso de tradiciones, prácticas, cosmovisiones, sociedades, identidades, símbolos, funciones o fenómenos religiosos.

Les anticipo algo del itinerario. Este peregrinaje comienza con una serie de pensamientos y relatos de corte intimista sobre la espiritualidad y la forma en que algunos hoy la vivimos. Será nuestro punto de partida para reflexionar luego sobre el concepto “religión”. El hinduismo y la religión china nos ayudarán en la tarea. El objetivo es que estas consideraciones sirvan para revisar nuestras premisas y prejuicios. Y es que el universo de las religiones (ya en plural) es enrevesado y cromático. Por ello abordaremos tradiciones que normalmente no aparecen en los tratados generales: religiones africanas o afro-americanas, religiones “civiles” –de EE.UU. o China–, el pentecostalismo, el bön, entre otras. Si definir lo que la religión es resulta problemático, aparentemente más accesible parecería describir lo que la religión tiene o hace. Pero resulta que de lo que hacen o tienen los fenómenos religiosos también nos hemos formado un tropel de aprioris que trataremos de poner a prueba: ¿qué es una frontera religiosa?, ¿y la ortodoxia?, ¿qué significa convertirse?, ¿cuál es el papel de los textos sagrados?, ¿existen religiones ateístas? En nuestro periplo indagaremos en infinidad de prácticas y rituales: ¿qué hay detrás del culto a una imagen del Buddha?, ¿y de un vuelo chamánico?, ¿y de la peregrinación a Santiago de Compostela?, ¿o de un festival gitano en el Sur de Francia? Tocaremos valores como la contemplación, los koans del Zen, el monasticismo o la mística hindú de la no-dualidad. Y reflexionaremos sobre la inmanencia, esto es, la percatación de lo Divino en montañas, paisajes, árboles, personas o cavernas, ya sea en Nepal, en Australia, en el Mediterráneo o en California. Dicen que el ser humano es un animal eminentemente symbolicus. Las pinturas rupestres, las danzas extáticas en el Kalahari, las construcciones megalíticas, el Muro de Jerusalén, las ruinas de Angkor o el stupa de Borobudur lo atestiguan. Visitaremos todos estos espacios. Y un montón más. Si la religión constituye uno de los aspectos más longevos, conservadores y universales de la humanidad, al mismo tiempo las tradiciones están en diálogo, hibridación y transformación permanentes. Lo comprobaremos con la santería, la umbanda o el rastafarismo, con diferentes visiones “mestizas” de Cristo, o con los cultos populares del Sudeste Asiático. Para pasar a examinar cómo la religión se in-corpora constantemente. Lo sagrado tiene que ver con nuestro cuerpo, las vestimentas, los alimentos, nuestra salud: ¿qué significa un turbante para un sikh?, ¿por qué el Estado francés prohíbe el velo en las escuelas?, ¿cuáles son los significados del ayuno?, ¿de qué trata el sueño de Shitala? También tocaremos temas de máxima actualidad, como el de la relación entre la religión y el Estado o el ascenso de los fundamentalismos. Finalmente, abordaremos algunas de las transformaciones más importantes de la religiosidad contemporánea: la aparición de nuevos movimientos religiosos, el pluralismo religioso o la moderna renovación espiritual, en gran medida liderada por mujeres.

Que el itinerario no lleve a engaño. Esto no es una guía para hacer sacro-turismo. Tampoco es un manual de coaching o autoayuda espiritual, ni ninguna crítica o apología de la religión. No hay recetas sobre crecimiento interior, ni se pretende sentar cátedra en las materias y culturas que se abordan. Más allá de mi convicción de que en lo más profundo del ser humano existe un anhelo de trascendencia, ni siquiera se insinúa ninguna unidad fundamental de las religiones o una gran teoría de lo religioso. Que cada cual saque sus conclusiones.

El sueño de Shitala consiste más en una invitación al conocimiento del “otro”, un diálogo con las tradiciones espirituales; una indagación que quiere ser amena en las infinitas facetas y manifestaciones del fenómeno religioso, evitando los extremos de la banalidad y la verborrea. Desde luego, ni se afrontan todas las religiones ni todos los ámbitos de lo religioso, pero he pretendido que el abanico de este libro sea amplio y elocuente. Aunque hay empatía por las tradiciones espirituales, y creo que ello permite acercarlas a los lectores y favorece el conocimiento interreligioso, he tratado de dejar que los rituales y fenómenos religiosos hablen por sí mismos. Ciertamente, la descripción viene salpicada de observaciones personales y refleja tanto mis inquietudes, mis preconceptos, como mi prisma; no puede ser neutral. El autor nunca acaba de desaparecer. En lo que sí me he esforzado, no obstante, es en enjuiciar lo mínimo posible y dejar que cada cual extraiga sus corolarios. Por eso he evitado las comparaciones.

Aunque algún apartado procede de obras anteriores y de alguna conferencia, buena parte del material que aquí se expone fue publicado en forma de artículos breves en mis secciones de la revista Altaïr, en la que he colaborado desde sus inicios. Sin embargo, todo el conjunto ha sido concienzudamente revisado, enriquecido y reelaborado. He refinado los materiales más ligeros y he añadido muchos textos inéditos que ayudan a hilvanar y dar consistencia a los temas centrales. El resultado es, por tanto, completamente novedoso y original. El sueño de Shitala no es una recopilación de artículos, sino un viaje con coherencia propia al asombroso mundo de lo sagrado.

Con este formato híbrido entre el ensayo, el relato de viaje, el artículo periodístico o el estudio antropológico, puede que la principal finalidad de esta obra resulte más plausible; a saber: que el conocimiento de otras sociedades y religiones nos enriquezca y abra nuevos interrogantes.

Agradecimientos

En este texto nos zambulliremos en múltiples sociedades y religiones. Abordaremos ámbitos y tradiciones que no son mi especialidad. En aras de mantener el rigor he recurrido a la opinión de reconocidos expertos y connaisseurs, muchos de los cuales son asimismo buenos amigos. Ellos y ellas han tenido la gentileza de aportar comentarios, hacer agudas matizaciones y aconsejarme reescribir algún párrafo desafortunado. Quiero expresar mi agradecimiento a todos ellos. Alfabéticamente: Josep Lluís Alay, Carmen Arnau Muro, Fernando Bermejo, Florence Carreté, Vicente Haya, Vicente Merlo, Yaratullah Monturiol, Pawel Odyniec, Víctor Pallejà de Bustinza, Xabier Pikaza, Laureano Ramírez, Josep Maria Romero, Mario Saban, Giulio Santa, Mario Satz, Mathilde Sommeregger y Anne-Hélène Suárez Girard.

Como suele decirse en estas circunstancias –pero no por trillado menos sincero–, todos los errores, interpretaciones dudosas e incoherencias que puedan aparecer son enteramente de mi responsabilidad. Aunque no aporto una bibliografía final, hay intertextualidad y apropiación de ideas, como en cualquier ensayo. Por tanto, es justo también reconocer mi deuda con los sabios y especialistas de los que he bebido y me han inspirado.

Mención especial de agradecimiento debo hacer a Albert Padrol y Pep Bernadas, directores de la revista Altaïr y grandes amigos, así como a Pepe Verdú, su redactor jefe, por su gentileza a la hora de permitirme reutilizar materiales que en su día fueron publicados en la revista.

I. TOPOFILIA
1. El sonido del Gran Erg

Todo el mundo conoce lugares que le han cautivado o impactado profundamente. No es necesario –y puede que hasta inconveniente– que tales paisajes sean idílicos o monumentales. Nuestros lugares pueden estar cerca, formar parte de lo cotidiano… o de nuestro lejano pasado familiar. Sospecho que estos espacios están relacionados con determinados estados de ánimo, con ciertas compañías, con unos contextos, en definitiva, propicios para el goce topográfico.

Creo que alguien acuñó el término “topofilia” para referirse a la sensación mágica que se tiene al rememorar esos lugares visitados. Yo dispongo de mi pequeño tesoro de espacios topofílicos. Y quiero compartir, ya desde estas primeras páginas, uno que, si me apuran, probablemente sea el primero que acude a mi mente cuando me atosigan con aquella farragosa pregunta: “¿cuál es el lugar del mundo que más le ha impresionado?”

Un pequeño rincón del Gran Erg Occidental, en Argelia. Y subrayo lo de pequeño rincón. Pues no fue el inmenso desierto de arena lo que me cautivó, sino un diminuto espacio que recorrí a camello, durante una memorable semana, el invierno de 1990. Tres amigos, un beduino, cuatro camellos y una tienda de campaña tradicional. Salida en Timimoun. Hay que decir que en diciembre el desierto no es ese paraje tórrido y asfixiante que puede devenir en otras épocas del año. La temperatura diurna suele ser suave; y por la noche hay que cubrirse bien con mantas.

Reconozco que en estas recreaciones topofílicas resuenan ecos de nuestro bagaje cultural. Ecos de las gestas de Lawrence de Arabia, de los hermanos Hernández y Fernández alucinando espejismos a diestra y siniestra; y aún diría yo más: de retales bíblicos –posiblemente ilustrados– perdidos en algún rincón de mi memoria. Toda experiencia, admitámoslo, está enraizada en nuestra biografía, en nuestras expectativas y en contextos específicos.

En esos lugares que inexplicablemente nos han maravillado aparece casi siempre (aunque no tengo pretensión de alzar ninguna teoría al respecto) un elemento de “sorpresa”. Avanzando por las crestas de las dunas; o mejor, navegando por el oleaje de dunas, al paso –ligeramente más rápido que el humano– del camello, cuando el infinito cielo africano se sonroja, de repente, ¡el sonido del agua!

No fue tanto la visión como la audición del desierto. Con una sorprendente nitidez (la ausencia de ruidos artificiales en el desierto es de sobras conocida), se oye el agua corretear por las acequias. Y el ladrido de un perro. Lentamente, la duna va adquiriendo una tonalidad crepuscular, espejo de la bóveda celeste. Las huellas de algún roedor se distinguen con nitidez. ¿Quizás al amanecer pasó un jerbo por ahí? La sutileza del desierto me asombra. Tras la gran duna, ocre y granate, un valle verde, denso de palmeras y cultivos. Sí, es un oasis, de pocas hectáreas, compacto, surcado por las canalizaciones acuíferas que oía hacía escasos minutos. Algunas casas de adobe esparcidas entre la verdura. Voces de niños. El sempiterno sonido de las aguas. Los vecinos nos avistan y salen a recibirnos. ¡Ah!, la hospitalidad.

Cenamos couscous, y pan horneado en brasas enterradas bajo la arena, y dátiles, cientos de exquisitos deglet nour. Aquí nadie habla francés; pero a la vera del fuego, qué importa eso. De repente, una voz grave clama al cielo: “¡Allah es grande…!” No me había percatado de la pequeña mezquita. Sin micrófonos, como antaño; es la hora del rezo: el canto a la armonía de todas las cosas, a la magia o baraka que reside en lugares, objetos y personas, a eso que es lo sutil aquí abajo, entre las arenas, las huellas de camellos, fénecs y escarabajos; el mundo entero en una pupila oscura; y el agua que no cesa de manar.

2. Mediterráneo

El oasis en el Gran Erg es solo uno entre los muchos lugares topofílicos que ya forman parte de mi ser. Me remite a cierto goce estético y plenitud de ser, pero aquella experiencia no puso en cuestión mis esquemas conceptuales. O no demasiado.

Algo distinto me sucedió en Turquía, después de quince años sin visitarla. Recorrí varios miles de kilómetros de la geografía turca en cuatro semanas inolvidables. Me reencontré con las famosas mezquitas, plácidos mares, ruinas monumentales y rincones perdidos… disfrutando, como en mi infancia, del genuino sabor del tomate y la zanahoria; dejando pasar –confieso– las horas con cargados çays (tés) entre las manos.

Regresé de Turquía con una sensación bastante reconfortante: más que español o catalán, indio o barcelonés, me sentí profundamente mediterráneo. Insisto en que se trata de una sensación subjetiva y no de una identidad; o, como máximo, una identidad muy difusa y contextual; una que sospecho puede percibirse tanto en Toulouse como en el Rif, en Creta o en el Mar Muerto.

La zona mediterránea de Turquía, tantas veces banalizada en los folletos turísticos, retiene tempos, fragancias, sonidos o miradas que ya parecen extrañas en Barcelona, Estanbul o Tel Aviv. Me refiero tanto al olor de la pineda, el índigo del mar o el sabor de la berenjena, como a la hospitalidad con el forastero, la mirada de la lagartija o un canto lejano al atardecer. Más allá de las lenguas, de las religiones, de los climas o de las fronteras, son sensaciones y emociones comunes las que conectan las riberas de este continente. Los antiguos lo llamaron, con bastante presunción por cierto, el Medio-de-la-Tierra (Medi-Terráneo). Pero es que los antiguos siempre fueron –excusablemente– etnocéntricos. Lo mismo en China o Arabia que en estas latitudes entre el Bósforo y Gibraltar.

No reniego de mi pasaporte mediterráneo, pues. Uno que, por definición, no excluye dobles, triples y hasta séxtuplas nacionalidades. Porque este continente ha sido y es un magma de idiosincrasias, dialectos, éticas o microclimas. Y en ello me reconozco. Ahí, en la península de Datça, avistando la isla de Rhodas, la de los cruzados, rodeado de ruinas licias, griegas y romanas, no muy lejos de santuarios de la Diosa-Madre de inconfesable antigüedad, de mezquitas otomanas, iglesias bizantinas y sinagogas de los que huyeron de Sefarad… allí, digo, uno siente que lo sagrado está en la olivita picante que acabo de engullir. (La “gracia divina”, lo veremos, suele entrar por la boca.)

Sé que estas cosas de la mente panteísta no agradan a algunos clérigos, tan celosos de sus dioses, recintos sacros y rituales establecidos. Y menos aún a los teólogos. Mis más respetuosas postraciones. Que no decaiga el rito; ni el mito. Pero creo que cada vez somos más los que –por estos lares– disfrutamos de una espiritualidad secular escasamente congregacional [véase §4]. Turco-mediterráneos incluidos. Una religiosidad heterodoxa; plagada de oliveras más que de dioses, y de goces estéticos más que extáticos o ascéticos. Y en esto de una vía sin dogma, Iglesia o nombre, los viejos mediterráneos, de todas las orillas, nos movemos con soltura. Muy a pesar de nuestra historia.

Ya ven, en Turquía, junto al mar, además del canto del muecín, de la siesta al mediodía, de los giróvagos de luenga barba o del eco de un salvador laico, sobresalen las ramas de los olivos y el croar de ciertas ranas. Que ahí anda escondido lo sagrado.

3. El retiro del ermitaño

Todas las culturas han imaginado paraísos o rincones topofílicos. Lo ilustraré ahora con una imagen ciertamente honda en el poso cultural hindú. Me refiero al espacio que la tradición sánscrita llamó ashrama: el “retiro”, “ermita” o “refugio” donde moran los sabios. Ninguna paisajística moderna ha logrado desplazar la poética y las resonancias que el ashram es capaz de evocar. (Como en hindi, vamos a eliminar la -a muda final del sánscrito.)

Puede acusárseme de escoger una imagen esencialmente literaria y estática. Pero no se podrá negar que los textos han proporcionado valores, utopías y modelos que han calado en profundidad en determinadas comunidades y sensibilidades. La del ashram es solo una de las posibles visiones ecosóficas indias. Un imaginario que ha entretejido con finura ideas cosmográficas, espirituales, éticas y sociales, que puede ser interesante escuchar.

Las antiguas literaturas de la India gustaron de dividir el mundo habitable en dos espacios en cierta manera opuestos: el poblado (grama) y el bosque (aranya). Si el poblado simboliza lo social y ritualmente ordenado –es decir, el dharma–, el bosque representa lo caótico y hasta lo terrorífico –o sea, el adharma–; un lugar de amenaza permanente para la sociedad. El “bosque” designa, en verdad, el “otro” respecto al “poblado”. Es un espacio allende lo social, sí… pero de ilimitadas posibilidades. El bosque –que, por cierto, bien puede ser un desierto, una selva o una cima montañosa– es, en esencia, una imagen de lo Absoluto. O mejor, del lugar desde el que se anhela lo Absoluto.

Aunque el arquetipo del asceta solitario o renunciante del mundo que mora en el espacio ignoto del bosque ha sido muy considerado, lo cierto es que la India entendió que el espacio perfecto sería aquel que fuera simultáneamente del poblado y del bosque. Este paisaje ideal constituye, sin duda, la más recurrente utopía india. Y ese es precisamente el refugio o ashram de “el que se ha ido al bosque” (vanaprasthin), el eremita que se aleja de la vida socialmente ordenada y se adentra en la jungla en pos de lo Absoluto. A diferencia del renunciante, el ermitaño no corta completamente sus lazos con lo social. Parte al refugio con esposa e hijos (el modelo clásico es, por supuesto, androcéntrico), quizá en compañía de otros eremitas, tal vez cautivado por la sabiduría de un maestro o un vidente.

El refugio es un espacio autónomo, al que se accede únicamente por la iniciación espiritual, pero que refleja permanentemente los ecos de la sociedad. Por ello el ermitaño no rompe con los ritos prescritos. El retiro es la solitud gobernada por el dharma.

La mayoría de las veces el ashram es representado como un pequeño claro en el bosque, en las afueras de alguna aldea. Los humos de los fuegos sacrificiales denotan la entrega sincera y auténtica de quienes anhelan lo Eterno. Los eremitas meditan, practican el yoga, cultivan los saberes, no cesan jamás en sus austeridades. El ambiente de paz y ascesis hace germinar las plantas, amansa las fieras… hasta el punto que siquiera los tigres acechan. Aquí las gacelas tienen confianza plena, van y vienen sin temor, canta el poeta Bhasa (siglo III). Los ermitaños desisten de violar la tierra con arados. Viven de los frutos caídos, las limosnas de los lugareños o el agua del rocío.

La literatura jainista también abunda en esta imagen de la noviolencia y la quietud. Lo mismo que la budista. En bastantes aspectos, el monasterio budista es homologable al ashram del eremita hindú. No extrañará que también las tradiciones de cuentos y fábulas populares se hayan explayado con este paisaje utópico.

Aunque los ashrams de los modernos gurus intenten transplantar este paisaje y modo de vida arquetípicos, esta fusión entre el poblado y el bosque es tan hermosa –y hoy tan irrealizable– a los ojos de los autores indios, que la han descartado del reino de lo posible en nuestra presente Edad Corrupta (kali-yuga).

4. Espiritualidad secular

Estas elucubraciones acerca de cierto inmanentismo (la percatación de lo sagrado en el mundo de lo cotidiano), panteísmo (lo sagrado lo interpenetra todo), utopía ecosófica (como la del ashram) o goce topofílico (mis experiencias subjetivas en el desierto o junto al Mediterráneo) plantean interrogantes atractivos. Al grano: ¿podemos considerar este tipo de ideales o emociones como experiencias de tipo religioso?, ¿espiritual? ¿Es eso que llamamos “sagrado” un sustituto de “Dios”? Me sinceraré.

Yo me crié en un contexto excepcionalmente laico. Eso no era aún la norma en la Barcelona de la década de los 1960s, pero tanto en el medio familiar como en el escolar estuve rodeado de un tamiz cristiano francamente discreto, y, a medida que transcurrieron los años, plenamente ausente. A diferencia de amigos, parientes o conocidos de otras generaciones, no he sentido ningún rechazo visceral por la religión; ni por sus instituciones. Yo no tuve que matar a Dios ni hacer el duelo por su deceso; entre otras cosas, porque otros ya lo habían hecho antes que yo.

No he desertado de ninguna Iglesia, porque nunca la tuve. Por tanto, no me cuesta reconocer que no soy creyente en Dios. No lo digo ni con vergüenza ni con petulancia. Soy ateísta. Evidentemente, no lo soy porque sepa que Dios no existe, sino porque no lo necesito. La hipótesis “Dios” me resulta innecesaria y muchas veces ininteligible. La ciencia puede proveernos hoy de nuevos mitos y de metáforas plausibles. Provisionales, desde luego, y contingentes; pero suficientemente válidas y enriquecedoras.

¡Ojo! no creo en Dios, como tampoco en la Razón, en la Ciencia, en el Progreso, en el Espíritu, en la Nación, en el Estado, en la Justicia… ni en nada que tenga propensión a la Mayúscula. Por eso tampoco comulgo con la mayoría de dogmas religiosos e ideologías políticas. No me atraen los -ismos.

Nunca he creído en un Dios Padre, Creador, Omnipotente, Eterno, Increado y Trascendente. Este Dios me resulta o demasiado lejano o sospechosamente humano. En un caso o en el otro, no creíble. Él, Eso o Ello nunca me ha contactado ni enviado señales. No he tenido experiencia Suya. (¿Cómo habría de tenerla si en el marco en el que crecí esa figura fue siempre remota?) En cualquier caso, si, como dicen tantos sabios, ello es inconcebible, o ello es todo –plus algo más de– lo que hay, ¿a santo de qué, entonces, concebirlo de forma personal? Además, un Dios así ni resiste bien el problema de la teodicea (el mal en el mundo), ni el del libre albedrío, ni el de las diferentes revelaciones inconsistentes entre sí. Creo que, hoy por hoy –aunque uno nunca sabe lo que puede ver, pensar o sentir mañana–, la figura de un Padre Todopoderoso tiene los días contados. No me seduce ninguno de los argumentos lógicos que tratan de justificarlo.1

No practico ninguna religión conocida. Soy bastante alérgico a la mayoría de movimientos espirituales. No me fío de los predicadores, ni del Este ni del Oeste. Pero me interesa poderosamente el fenómeno religioso. ¡Este libro es fehaciente prueba! No ceso de estudiar, profundizar, conferenciar y hasta dar clases sobre las religiones. A pesar de mi escepticismo, reconozco en mí cierta verticalidad u hondura espiritual.

Por eso mi ateísmo ha de cualificarse y no ha de entenderse como una devaluación de las religiones o las emociones espirituales.2 Mi posición se parece más al trans-teísmo de algunas tradiciones, que no necesitan ni de Causa última ni de Arquitecto inteligente, o a ciertas concepciones de un Absoluto impersonal. Soy un ateísta, pero no lo que vulgarmente se conoce como ateo, muy a pesar de la utilización que les otorga el Diccionario de la lengua española, que los emplea como sinónimos. (Y me resisto al adjetivo agnóstico –con el que simpatizo en su escepticismo–, que es quien deja la cuestión en suspenso.) No. Yo no creo en Dios. Me siento, en todo caso, más cómodo con el dao, la Naturaleza, el brahman… o el jerbo brincando por las dunas del Gran Erg.

Lo “divino” sería para mí esta realidad, este mundo vivo, natural, social, finito, contingente, simbólico, abstracto, cambiante, en interrelación. Un mundo que –si uno afina el oído– se abre a dimensiones profundas de las emociones, del cuerpo, la mente y la consciencia. De lo real a fin de cuentas. José Antonio Marina defiende que el poder en lo real está detrás de la mayoría de hierofanías, teofanías y epifanías (manifestaciones de lo sagrado). Los indios algonquinos lo llamaron manitú, los árabes, baraka… Lo real es que los árboles crezcan y las aguas del río fluyan. Eso es el dao, el rita, el kosmos, el maat… Me resisto a llamar el “Ser”, “Dios”, la “Divinidad” o la “Energía” a esa realidad, aunque entiendo que haya quien así quiera designarla. Para mí, “Dios” es una idea vaga y ambigua, pero no lo es la luminosidad de un día de primavera, el amargo sabor del chocolate, la consciencia de pertenecer a una realidad que todo lo interpenetra, la nota de la tampura que reverbera en mi estómago, una tremebunda sucesión de acordes bachianos, el silencio que los sutura, la infinitud en unos guijarros mojados, el dolor de la enfermedad, el cariño de los muy próximos, la alegría en una mirada, el sufrimiento en otra… y ese endiablado jerbo, que sigue saltando por ahí.

Mi posición se acercaría a lo que algunos han llamado espiritualidad ateísta (André Comte-Sponville), agnosticismo místico (Salvador Pániker), secularidad sagrada (Raimon Panikkar), espiritualidad trans-religiosa (Vicente Merlo), etcétera; que son posiciones menos paradójicas de lo que aparentan. Por naturaleza, sospecho de la Trascendencia, tan desprestigiada por las propias religiones. Un Dios absolutamente trascendente es impensable, contradictorio e irrelevante. Y no me siento cómodo con la idolatría y la religiosidad popular. Ni me parece necesaria la filiación a ninguna religión institucional o cuerpo doctrinal establecido. Ni haber tenido grandes experiencias cumbre. Me muevo más a mis anchas con un trans-teísmo de corte “oriental”, con alguna forma de inmanentismo (porque, en todo caso, es en la inmanencia de lo Real donde podemos hallar algo que trasciende) o con cierto tipo de panteísmo.3 Dependiendo del contexto. (Y a sabiendas de que estas posiciones no son equivalentes.)

Creo que fue Martín Lutero uno de los primeros en definir al ser humano como homo spiritualis. Estoy de acuerdo. Casi que más que homo religiosus (la expresión es de Mircea Eliade), somos espirituales; seres ávidos de apertura hacia lo infinito… o hacia lo infinitamente íntimo. Lo decía el propio Eliade: lo sagrado forma parte de la consciencia humana. Pero discrepo de quienes solo asocian lo sagrado a Dios, o de quienes lo cosifican y lo transforman en Dios. Lo sagrado es un enigma. Por ello hoy en día muchos suscribimos una espiritualidad que únicamente queda llamar secular.

Puede tomar la forma de la experiencia estética, normalmente a través de artes como la música, la danza, la pintura… o la poesía. O puede cultivarse con la ciencia (que no el cientifismo o el tecnologismo, que no dejan de ser otro tipo de -ismos sospechosos). La ciencia o el saber filosófico, en efecto, pueden constituirse en vías para abordar los grandes misterios. Asimismo, la acción social se torna camino de espiritualidad secular, ya sea a través de un proyecto político, medioambiental o altruista. Y qué decir de la mística, que es tan proclive a contextos religiosos como seculares. Lo que me lleva a admitir que también puede darse ¡una espiritualidad religiosa! En fin, no es necesario hacer ningún inventario de caminos y dimensiones de dicha espiritualidad. Únicamente deseo mencionar que puede adoptar multitud de formas. El goce topofílico podría ser otra de sus facetas.

Lo que no suele faltar en muchas de estas formas de espiritualidad secular –igual que en muchas religiones primales– es la experiencia de sentirse parte de un todo; partícula divina, si se quiere. Esa sensación, emoción y cognición solo es plenamente accesible cuando hemos trascendido nuestro pequeño “yo”, cuando nos hemos vaciado de nuestras tendencias, nuestros instintos, nuestro lenguaje. En eso, las tradiciones con hondura espiritual o vocación mística tienen mucho que decir. Cuando vamos más allá de nosotros mismos –sea en la creación, la contemplación o la acción–, puede reconocerse una dimensión trascendente de lo cotidiano.

Ahora bien, desde mi óptica, no está tan claro que pueda alzarse un muro entre religión y espiritualidad. Aunque para muchos “religión” es sinónimo de religión social institucionalizada (con toda la parafernalia que comporta la asociación) y “espiritualidad” está libre de esas connotaciones y se constituye como una actitud o un núcleo subjetivo experiencial (y, con frecuencia, allende la religión), prefiero no contraponer los términos en exceso. Creo que el homo spiritualis y el homo religiosus no son tan distintos, aunque en muchas ocasiones las religiones hayan tratado de “domesticar” lo espiritual o sagrado. Porque sin ir más lejos, la mayoría de religiones llamadas primales son cien por cien espirituales y seculares. Son seculares en el sentido de que lo temporal (el saeculum, este mundo contingente en el que habitamos) pertenece a la esfera última de la realidad. El mundo no es ilusorio; la materia no es inferior a un supuesto espíritu; ni lo temporal (la historia) es meramente provisional. El mundo es sagrado. Lo comparto. Han sido las grandes religiones las que han tendido a devaluar lo secular; simbolizado en la Naturaleza, la mujer y el cuerpo.

Algo que muchas de estas formas de religiosidad o espiritualidad tienen en común es, como decíamos, la ausencia de un Dios trascendente. En verdad, bastantes religiones del mundo son abiertamente ateístas. Digámoslo bien claro: el concepto “Dios” no es universal. Puede que en muchas tradiciones aparezcan espíritus, seres angélicos u otros entes sobrenaturales, pero ni ocupan un lugar destacado ni, desde luego, tienen que ver con lo que en otras partes ha sido llamado “Dios”. Para alcanzar la felicidad o la sabiduría, para escapar del sufrimiento y la ignorancia, Dios no es realmente necesario. Me atrevería a decir que también muchos cristianos son quasi ateístas. Para estos, la figura relevante es Jesucristo y no un remoto Dios. Es cierto que, al ser aupado al pedestal de “Hijo de Dios”, Jesús acabó por tomar los atributos del Padre [véase §67]; pero para bastantes cristianos de a pie eso son vagas elucubraciones teológicas. Como decía Martin Heidegger, el Dios de los filósofos es un ídolo creado por el logos. Es este Dios de la metafísica el que ha muerto. La gente sospecha de esas frías abstracciones. Lo que persiguen es participar en el Amor de Cristo. Y para ello, ni Dios ni la Iglesia son necesarios; y hasta puede que sean un estorbo.

La experiencia de lo sagrado puede tomar muchas formas y darse en infinidad de contextos. El que la consideremos religiosa, trascendental, secular, espiritual, estética, panteísta o lo que sea, dependerá de nuestra cultura, de la ideología, de si –por caso– tengamos aversión o empatía por las religiones institucionalizadas, o si esta se da en un contexto íntimo o ritual, etcétera. Pero está claro que remite a un tipo de sensibilidad. Hay quien la posee –como el oído musical– y quien no la cultiva y la tiene solo de forma latente. No todo el mundo tiene propensión a la mística o al goce estético. A pesar de lo que se insinúa a lo largo del libro, no pienso que seamos –malgré nous– seres inevitable y genéticamente religiosos. Muchas personas viven hoy sin religión y son tan felices o infelices como sus vecinos creyentes. Pero sí percibo que poseemos una sensibilidad espiritual o anhelo por la trascendencia. El misticismo no es ninguna anomalía. Puede manifestarse bajo la forma de un cultivo filosófico, un goce artístico, una práctica ritual o una forma de estar en el mundo y la Naturaleza. Pienso que esa sensibilidad o cognición nos constituye en mayor o menor grado, como personas y como especie; y nos aproxima a la idea de un homo –y fémina, huelga decir– más o menos spiritualis.

En mi caso no es la devoción a un Ser Supremo, ni la acción social; ni la filosofía o la investigación científica. Confieso que no tengo demasiada vocación mística. Vínculos amorosos aparte, y topofilias también, mi vehículo “natural” de espiritualidad ha sido y es principalmente la música. Lo mismo cuando la interpreto como cuando la escucho: ya sea el jazz, el canto dhrupad, Johann Sebastian Bach, el reggae, una rachenitsa balcánica, Claudio Monteverdi, Franz Schubert, un solo de ut, el blues o el flamenco. Para mí, los grandes artistas tocan o reflejan la Realidad de forma tanto o más profunda que los filósofos o los místicos. Y, desde luego, lo comunican mejor. Lo del símil con el oído musical no era gratuito. A veces, cuando me siento al piano e improviso, siento y percibo un plus que me trasciende. Siempre me he sentido cómplice de los músicos. Porque mi experiencia de lo sagrado ha estado muchas veces ligada al goce musical. (Una herencia, sin duda, paterna.) La música es de las pocas actividades que uno hace por el puro disfrute de crear o escuchar. No necesitamos explicarla, atribuirle significado: uno simplemente escucha y disfruta. Por eso con la música es tan fácil salirse de uno y devenir “médium” o “canal”. Recuerden a Miles Davis, Bob Marley, Camarón de la Isla o Jimi Hendrix. Acabaré con un ejemplo pertinente que además nos abre a otros horizontes.

5. ¿De qué color es el blues?

Hace unos años estuve en Chicago, que es un fascinante ingenio urbano. Una noche me deslicé en uno de esos clubs que abundan en Clark Street, a dos pasos de mi hotel. Un club emblemático de la capital mundial del blues, un local que había visto circular a leyendas como Memphis Slim, Willie Dixon, Champion Jack Dupree o John Lee Hooker. Fotografías suyas, cuidadosamente descoloridas, adornaban las paredes del bareto.

La banda era reducida: una batería, un bajo eléctrico y dos guitarras. Durante media hora se les unió una gruesa dama de ronca voz. El público (parcialmente sobrio) abarrotaba el antro, la cerveza se bebía sin vaso, el humo de los cigarrillos todavía no había sido prohibido. La música era trepidante. Se pasaba del boogie al gospel sin fisuras. Cuando la señora del blues no clamaba al dolor, atacaba Johnny B. Moore, el de cráneo pequeño y dedos infinitos. Virtuoso de la guitarra, heredero de los mayestáticos King del blues. En fin, la atmósfera contenía todos los ingredientes para una velada arquetípica. Nos precipitábamos a una época, quizá de la década de los 1940s o los 1950s, cuando esa música era la máxima expresión de la negritud, de las alegrías y sufrimientos del pueblo hoy llamado afro-americano.

Pero algo desconcertante sucedía. Algo que rompía los esquemas de los presentes. El guitarrista rítmico, la sombra de Johnny B. Moore, se me antojaba extraño al cuadro. ¿Por qué? Porque era japonés. Sí, un fino japonés, de arpegio elegante y sincopado sentido del ritmo. Entonces me pregunté: ¿podía sentir aquel extremooriental todo el lastre emotivo, social y pasional que rodea el blues?, ¿o era un síntoma del a veces sorprendente melting pot estadounidense?, ¿o simplemente del descafeinado paso de los tiempos? Miré a mi alrededor. Apenas había negros entre el público. ¿Dónde estaban? Quizá estarían escuchando gangsta-rap en un local de las afueras de la ciudad. Tal vez se habían alejado irremisiblemente del blues. La negritud anda hoy por otros gemidos.

Así me di cuenta de mi propia trampa. ¿Acaso no era yo, amante incondicional del buen blues, un indo-europeo –casi– tan alejado cultural y antropológicamente del blues como el japonés? ¿Me impedía esa condición disfrutar del frenético ritmo que propulsaba la banda?, ¿es que, en otras palabras, había algo en esa música que no pudiera ser sentido, captado y amado por los que no son negros? Debo decir que cuestiones similares pueden plantearse sobre otras músicas “populares”; léase el reggae, el flamenco, el son, el klezmer, el tango, la salsa africana o el propio rock’n roll.

Creamos unas esencias inmutables que colgamos sobre las personas, los pueblos, las religiones o las músicas y nos negamos a desviarnos del cliché establecido. Y en este código invisible, no está registrado –de momento– que un extremo-oriental sienta el blues.

Toda música es un lenguaje, con su gramática, su vocabulario, su sintaxis y hasta sus géneros poéticos. Y no me refiero únicamente a las peculiaridades técnicas. No, la música “popular” no posee Real Academia. Es un lenguaje que se aprende con los sentidos y las emociones además de la boca y los dedos. Por eso, porque no tiene carga semántica es un idioma que todos podemos interpretar o, para el caso, amar y disfrutar. En otras palabras, el lenguaje del blues, aunque naciera del gospel, de la negritud y la esclavitud, aunque esté anclado en Memphis, Chicago o el delta del Mississippi, posee un alcance que traspasa barreras culturales o genéticas. Al fin y al cabo, tiene casi tanto de africano como de americano. Y los instrumentos son europeos. Cuando el pie se dispara al ritmo de la batería, y cuando el quejido que susurra

“Whoa, there’s no one

To have fun with

Since my baby’s love

Has been done with

All I do is think of you

I sit and cry and sing the blues”,

cuando ese lamento –entonado por Willie Dixon– punza en el corazón, es que la música ha trascendido al intérprete y puede ser amada por todos.

¡Ojo!, entiendo que el afro-americano reivindique el blues –o el jazz– como “suyo”, lo mismo que el gitano el flamenco, pues son músicas que dimanan de su sensibilidad, su idiosincrasia, su gueto y su particular fisura. Es, precisamente, la fuerza emocional de su creatividad la que permite que otros la adoptemos también como “nuestra”.

Sospecho que lo que hace del blues una música universal es su espontaneidad. Es un canto que arranca de la más honda humanidad: melancolía, alegría, amor, abandono, dolor, humor… acompasada con un ritmo y unas cadencias sueltas. Es música que surge del sufrimiento, pero que, sin pretender nada, con la sencillez propia de lo genuino, es catártica y es agente emancipador. No extrañará que naciera en los campos de algodón y en las iglesias de los exesclavos. Ni que sea la “madre” del jazz, el soul y, naturalmente, del rythm & blues. Sé que es horroroso hablar de música. Pero no deja de ser interesante: siguiendo el ritmo del perpetuo aquí y ahora, siento que me trasciendo y algo (no yo) accede a otro plano. La música evoca lo que no puede decirse, conceptualizarse y afirmarse. Al final, en la inmanencia se encontraba la trascendencia. Y no necesariamente con música sacra.

¡Ah!, el bueno de Johnny B. ataca una nota sin piedad, mientras el japonés la sostiene con acordes densos. El baterista marca impertérrito el tempo presente. Los oyentes lo emulamos desde una cavidad en el estómago, con la punta de los pies. A eso me refería. Es el cuerpo, es la vida desgarrada, en su faceta más humana. De nuevo, lo sagrado, lo espontáneo.

II. SOBRE LA RELIGIÓN
6. ¿Qué es la religión?

“Religión” es un término muy difícil de definir. Es algo de lo que todos tenemos una cierta idea, pero que –como los términos “tiempo” o “arte”, por ejemplo– resulta muy esquivo cuando tratamos de explicar.

Por lo general, se piensa que eso tiene que ver con la relación entre los humanos y una realidad que los trasciende. Todas las religiones remiten a un nivel de la realidad más profundo. Pero un dictamen en estos términos es siempre vago y acaba por ser banal. No refleja la riqueza y complejidad del tema.

Dado que el asunto me viene fascinando ya desde hace unos cuantos años, he dedicado bastante tiempo a escuchar a místicos, teólogos y maestros de distintas tradiciones y culturas. Y he estudiado lo que decían sociólogos, antropólogos y expertos en ciencia de las religiones. Por supuesto, he leído a cantidad de filósofos, intelectuales e historiadores, antiguos o contemporáneos. Recientemente también se han pronunciado neurólogos, psicólogos y biólogos. Y después de tanta inmersión, lo único que saco en claro es que existen mil definiciones y abordajes. Cada vez estoy más convencido de que la religión es lo que cada uno de estos mortales ha creído y conjeturado que es. Y punto.

Entiendo a la perfección que en el mundo académico algunos hayan abandonado ya la ingenua pretensión de dar con el significado de lo que la religión –o cualquier concepto– es. Como si ello poseyera un significado único, esencial, universal e inmutable.

Más prometedor sería concentrarse en algunas generalizaciones e ideas que nos hemos forjado y, a partir de ahí, zambullirse en las estructuras, funciones, dinámicas y dimensiones del fenómeno que llamamos religioso; en lo que la religión hace. Aunque la tarea es igualmente gigantesca. Téngase en cuenta que las religiones quieren dar explicación a los grandes interrogantes (el sentido de la vida, el problema del mal, el origen del mundo…), pero también ordenan y legislan (lo político, la moral, la identidad social…) y proponen liberar (de la ignorancia, del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte…). La religión no solo tiene que ver con “dioses” –o “Dios”– ni únicamente trata de explicar lo enigmático. La religión ha tenido y tiene que ver con la medicina y la danza, con la agricultura y la pintura, con la filosofía y la ciencia, con el derecho y la política, con el rito y la poesía, con la ética y la gastronomía, con la psicología y la sexualidad; y me detengo ya.

El fenómeno religioso es tan potente que lo encontramos en todas las sociedades y en todas las épocas, lo que obviamente obliga a preguntarse el porqué de su persistencia y atractivo. La humanidad es impensable sin la religión (aun sin saber qué es lo que le da a eso la coherencia que aparenta). Igual que el ritmo y la música satisfacen una sed emocional interna, la religión parece satisfacer nuestra ansia de significado, la necesidad de sentirnos interconectados, la sed de totalidad, de trascendencia. La experiencia ritual es capaz de generar formas inverosímiles de éxtasis o énstasis y levantar emociones y sentimientos muy poderosos. Posiblemente, sin lo que llamamos “religión” estaríamos en una condición bastante semejante a nuestros primos los bonobos y los chimpancés. Es más: el ser humano parece constituirse como “hombre” en relación a los “dioses”.

Sea eso lo que cada uno considere que es, la religión parece capaz de lo mejor y de lo peor. En su nombre se han cometido genocidios culturales, guerras santas, sangrientos atentados, torturas infames o sacrificios animales; y bajo sus auspicios se han construido civilizaciones, obras de arte sublimes y fuentes de sabiduría inigualables. La religión tiene que ver con la violencia y con la paz. Para algunos, es lo más precioso de sus vidas. Para otros, cuanto antes nos desembaracemos de esa lacra, mejor. Las religiones pueden apoyar las jerarquías establecidas, pero también incitar a la rebelión. Las religiones pueden devenir inmundos negocios, pero también fuentes de caridad y ayuda al necesitado. La religión es, además, un fenómeno extraordinariamente dinámico. Se calcula que únicamente en los tiempos recientes se han formado unos 40.000 movimientos religiosos. Tan amplio resulta el espectro del concepto, que es lícito preguntarse si la religión es una sola cosa o un montón de fenómenos que arbitrariamente hemos subsumido bajo esa palabra.

Dado mi talante pluralista, mi abordaje tenderá a ser multidisciplinar y multiperspectivista. Eso quiere decir que estoy de acuerdo con los que dicen que la religión es un hecho social (aunque no un mero hecho social); y cumple determinadas funciones dentro de los grupos sociales. O con los que rastrean en las bases cognitivas y sociobiológicas de las religiones (como si los homínidos no fuéramos animales), bien que sin reducir lo religioso a una pura cuestión darwiniana o neuroquímica. Y concuerdo con quienes sostienen que los símbolos religiosos se dan en contextos históricos precisos y suelen conformarse al patrón cultural y las expectativas religiosas prevalentes en cada sociedad. Es harto improbable que un chamán siberiano se comunique con canguros australianos, o que a una pastora de los Pirineos se le aparezca la diosa Durga. La experiencia religiosa está moldeada por el lenguaje, la cultura o el período histórico en el que vive una persona en particular. Incluso puedo afirmar que el símbolo religioso es lo que dice ser (por lo menos, otorgarle esa posibilidad). Y también reconocer el componente ideológico –muchas veces opresivo– de las religiones organizadas; lo mismo que su capacidad transformativa y su potencial de llegar a lo más profundo de lo Real.

Que nadie se asuste. No soy capaz de ensamblar todos estos abordajes teóricos, muchos de los cuales se contradicen fieramente entre sí. Pero sí pueden utilizarse con discernimiento para atender a ese talante pluralista. El multiperspectivismo (propio de escépticos, como el autor) no proporciona una teoría sobre la religión, pero puede contribuir a ofrecer una visión más transversal, cromática y no reduccionista de la religión [véase el Epílogo].

Siguiendo a una importante escuela teórica, sostengo que para adentrarnos en el universo religioso de las distintas culturas de la humanidad, es terapéutico poner en tela de juicio nuestras creencias y prejuicios. Lo mismo que cultivar cierta empatía por la posición religiosa del “otro”. Si algo he aprendido de algunos de estos enfoques es que para captar el poder de la religión uno debe entender el mundo que propone y en el que sitúa a sus actores. Hay que esforzarse en escuchar las prácticas, juicios y experiencias de las gentes que uno pretende entender. Esto es, recurrir a las categorías que los seguidores reconocen (lo émic, lo de “adentro”) y minimizar la imposición de nuestras categorías interpretativas (lo étic, lo de “afuera”). Dejarse enseñar e integrar el punto de vista del “otro” es congruente con el enfoque pluricultural. Este proceso –no siempre factible, hay que reconocer– debe ser autocrítico, esforzándonos en superar el etnocentrismo o la miopía intelectual. Por ello propongo proseguir este capítulo con un ejercicio.

7. Ge-yi

Sabido es que el budismo es una de las grandes aportaciones índicas a la humanidad. En la India brilló con potencia al menos durante 1.500 años. Sus desarrollos más antiguos, los de sus primeros 500 años, por seguir con cifras redondas, se exportaron al Sudeste Asiático. Los desarrollos intermedios, los de los segundos 500 años, fueron a parar al Este de Asia. Sus últimos desarrollos, los de los siguientes 500 años, viajaron a la región himaláyica. Luego, el budismo desaparecería de la propia India.

La primera y tercera fases, es decir, el budismo Theravada del Sudeste Asiático y el budismo Vajrayana del Tíbet, representan básicamente formas budistas indias. Por supuesto, se dieron transformaciones y aclimataciones, pero el espíritu ha sido y es de preservación, de fidelidad a la tradición índica. Pero el budismo del Este de Asia, aunque contiene lo esencial de la doctrina budista india, ha conocido modificaciones muy profundas. La razón es sencilla. Cuando el budismo llegó al Sudeste Asiático o al Himalaya topó con culturas bastante permeables, deseosas de importar la “alta” cultura índica; pero cuando se encontró con China dio con una civilización muy estructurada, letrada y que ya era milenaria. A medida que el budismo fue estableciéndose en China, y como no podía ser de otra forma, fue sinizándose. De allí pasó a Corea, Japón y Vietnam.

El proceso de sinización del budismo es uno de los casos de préstamo cultural más fascinantes de la historia. Se trata de uno de los tipos de relación con el “otro” más sutiles y sofisticados que conozco. Por ambas partes implica el reconocimiento del “otro” (ausente en una colonización o una evangelización, por ejemplo), junto a un deseo de mantener la identidad propia. Lo muestra también el hecho de que la absorción del budismo no produjo una indianización de China. Este trasvase revela procesos que pueden ser muy ilustrativos. Veamos.

Cuando los primeros monjes, comerciantes y viajeros budistas indios y centroasiáticos llegaron a China, a principios de la era cristiana (o común), toparon con un país singularmente distinto. El lenguaje, los valores, la filosofía… todo era diferente. A los chinos les sucedía lo mismo. La fascinación que siempre han mostrado los indios por la abstracción, por la metafísica, por el escolasticismo, sus ideales de renuncia al mundo y liberación… todo ello resultaba extraño a los chinos, pueblo sumamente práctico y basado en principios morales y tradicionales bien distintos.

Una de las tareas principales de estos monjes itinerantes fue la de traducir los textos sagrados en sánscrito y pali al chino. La empresa requería un enorme esfuerzo de interpretación y flexibilidad cultural. Así, los primeros traductores al chino de los Sutras budistas recurrieron a un estilo conocido como “equiparación de conceptos” (ge-yi). Es decir, buscaron en la tradición nativa que más se asemejaba al budismo, el taoísmo filosófico en ese caso, aquellos términos y conceptos que pudieran ser equiparables. (Sigo a Roger Jackson.)

Por ejemplo, los Sutras decían que el “Buddha alcanzó la iluminación”. La palabra sánscrita original para “iluminación” es bodhi, que significa “despertar”. Por supuesto, no se trata de un despertar cualquiera, sino del gran despertar. Aunque existen verbos chinos para “despertar”, necesitaban un término que pudiera abarcar la naturaleza absoluta de la bodhi. Y lo hallaron en el concepto tao (pinyin: dao). Como resultado, tradujeron “el Buddha alcanzó la bodhi” por “el Buddha alcanzó el dao”.

Dao, que significa “camino”, también fue utilizado para traducir dharma y, en ocasiones, para yoga. El nirvana búdico pasó a ser otro concepto taoísta: la “no-acción” (wuwei). El karma halló su contrapartida en la palabra ming, que suele traducirse por “mandato”. En fin, cualquiera que esté familiarizado con estas tradiciones se habrá percatado de las desemejanzas entre dao y las sánscritas bodhi, dharma o yoga, o entre wuwei y nirvana. Y es que una traducción pura, una traducción que sea transcultural no es posible. Ni los euroamericanos del siglo XXI ni los chinos del siglo IV podemos desasirnos de nuestro lenguaje.

Desde siempre, el budismo ha puesto mucho énfasis en la necesidad de adaptarse a las capacidades e idiosincrasias de las nuevas audiencias (lo que técnicamente se denomina doctrina del upaya-kaushalya). En lo que nos concierne, quiere decir que el budismo permite y autoriza las libertades del método ge-yi. En cierto sentido, los traductores al chino ya buscaban la equivalencia homeomórfica de la que Raimon Panikkar hablaba. Y, como decíamos, la equivalencia nativa a las ideas sánscritas budistas se hallaba en el vocabulario taoísta.

Como resultado, el budismo fue insuflado de ideas taoístas, a la vez que el taoísmo se enriqueció con la integración de la metafísica budista. Un experto como Heinrich Dumoulin ha dicho que el trasplante del budismo de su tierra natal a la cultura y la vida de China puede considerarse uno de los eventos más significativos en la historia de las religiones. El uso de términos taoístas para creencias y prácticas budistas no solo ayudó a la tarea de traducción, sino que portó las enseñanzas budistas más cerca de la gente.

Las dificultades de traducción y acomodación generaron un budismo sinizado asombrosamente fructífero. Este encuentro civilizacional dio lugar, por poner un caso ilustrativo, a uno de los textos más fascinantes de todos los tiempos: el Avatamsaka-sutra, originado en la India, expandido en Asia Central y “acabado” y “compilado” en China.

Un encuentro que precisó de un par de siglos para dar con las formas apropiadas; para realizar la fusión de horizontes. Es decir, el proceso de “equiparar conceptos” (ge-yi) inevitablemente forma parte de cualquier traspaso importante de ideas de una cultura a otra. Sin embargo, aunque necesario en una etapa inicial, el método ge-yi puede resultar en un obstáculo si se pretende ir un poco más allá. Y eso es lo que aquí quisiera destapar: los riesgos del geyi, que no son pocos. Y los lectores entenderán que ahora ya no estoy hablando de cuestiones lingüísticas en su sentido restringido, sino sobre todo de los supuestos, las metas, las asociaciones, los valores, los comportamientos, los conceptos o las cosmovisiones de otras culturas. No son siempre trasladables con facilidad.

Obviamente, no quiero criticar el enorme valor del ge-yi. El geyi se asienta precisamente sobre la universalidad de los mensajes y es responsable de muchas de las transformaciones y dinámicas de las culturas. Lo decíamos. La labor de traducción de los Sutras aportó al sánscrito y al chino ecos, sensibilidades y asociaciones nuevas. Podría decirse que el Chan (Zen) en su totalidad es un caso de ge-yi magistral. Es la sinización plena del budismo. Pero pudo serlo, y atención a lo que digo, una vez el budismo chino ya había dado con las formas de traslación apropiadas (algo ya patente con Kumarajiva, en el siglo V). Por tanto, no podemos decir que fuera una equiparación, pues el ge-yi ya había sido trascendido. El Chan representa una magistral fusión de horizontes, fruto de cierto bilingüismo [véase §43].

El interrogante que deseo plantear en este capítulo es si acaso no estamos realizando una traslación de conceptos apresurada, un geyi poco crítico, cuando hablamos de los fenómenos religiosos fuera del ámbito donde el concepto religio apareció y en los que estuvo incrustado durante siglos. No me refiero a que estemos realizando una mala traducción, sino a si la mismísima traslación es lícita. ¿Es el concepto “religión” universal? ¿Podemos hablar de teologías, de filosofías o de religiones en el mundo yoruba, malgache, japonés o zoroastriano? ¿No proyectamos nuestras ideas de lo religioso sobre otras tradiciones y comportamientos? ¿Podemos equiparar el nirvana al wuwei o brahman a Dios? ¿Estamos superponiendo conceptos judeo-cristianos sobre otras dimensiones?

Voy a tratar de arrojar algo de luz a través de dos ejemplos: la religión que llamamos hinduismo, y las religiones del mundo chino.

8. ¿Qué es el hinduismo?

Existe amplio consenso en que el vector que ha apelmazado la civilización índica ha sido la religión hinduista. No en vano puede que la practiquen 900 millones de personas. Pero lo cierto es que a muchos indios y, desde luego, a los no hindúes, les cuesta aprehender qué diantre es eso tan elusivo. Y es que lo que hemos llamado “hinduismo” plantea interrogantes preciosos para nuestra reflexión intercultural. (Lo haremos deliberadamente via negativa.)

Las religiones más conocidas del planeta suelen tener detrás algún nombre propio. Al decir detrás nos referimos tanto a sus orígenes como a su retaguardia. Las religiones famosas (porque también las hay de anónimas) parecen haber sido fundadas por alguien; al menos así lo han recogido algunas de ellas. Honradamente, tengo mis dudas acerca de muchos supuestos “fundadores” de religiones. A Jesucristo no le interesaba el cristianismo, sino el Amor. No obstante, piense yo lo que quiera, la gente hoy tiende a imaginar a un hombre llamado Jesús fundando o conceptualizando la “religión cristiana”.

Normalmente, esa figura de los orígenes sirve de faro que ilumina y de arquetipo que invita a ser emulado. Piénsese en el Buddha para el budismo y los budistas; y en Jesucristo para sus seguidores; o en Laozi para el taoísmo. Y la lista podría proseguir con Moisés, Zarathushtra, Mahavira, Kongfuzi, Mani, Muhammad, Guru Nanak… y hasta con Mao Zedong. El hinduismo es la gran excepción a la regla. No existe fundador del hinduismo. Ni hay un gran profeta, ni hijo de Dios, ni iluminado que pusiera en marcha la Rueda de la Ley. Cierto, santos, videntes, maestros, sabios y avatars los hay a miles, y todos pueden ser modelos a imitar, pero ninguno institucionalizó nunca una nueva religión.

Ahora, fíjense en que esa religión infundada no posee Iglesia ni institución de la máxima autoridad. No existen papas, obispos, dalai-lamas, ayatolás… jamás se ha visto una fumata, ni se lanzan encíclicas; ni nadie tiene potestad para llamar a la guerra santa, para excomulgar, ni nada por el estilo. Es verdad que existe la vaga noción de “ortodoxia” (aquella encarnada en ciertos círculos y maestros de renombre), pero ninguna organización ha osado monopolizar la tradición. El hinduismo está repleto de corrientes filosóficas, grupos religiosos, fraternidades espirituales, asociaciones de culto, tradiciones locales… Alguien lo comparó una vez con el Ganges: una vastísima cuenca alimentada por miles de riachuelos y arroyos, por grandes ríos y afluentes; un caudal descomunal que desemboca en un intrincado delta en el Golfo de Bengala. De ahí la variedad, su asombrosa capacidad de adaptación y la colorida anarquía del hinduismo. Pero una anarquía que funciona. Al fin y al cabo, algo que después de 3.000 años sigue en espléndido estado de salud, es porque debe hacer las cosas más o menos bien.

Si no existe institución que defina la ortodoxia, habrá que olvidarse también de la noción de dogma. No se cree en el hinduismo. Un hindú puede ser un teísta, un panteísta, un ateísta y creer lo que le venga en gana, porque lo que lo convierte en hindú son las prácticas rituales que lleva a cabo y las reglas a las que se adhiere. De ahí que se insista en que existe antes una ortopraxis que no una ortodoxia. Toda corriente religiosa hindú posee sus propias normas, mitologías, cosmogonías, ritos o filosofías. Muchas de ellas compartidas, desde luego. Existen ideas recurrentes y prácticas comunes; pero ningún grupo se molestó lo suficiente como para imponer sus reglas sobre los demás. Por ende, no puede haber “secta” en el hinduismo; esto es, secesión de una Iglesia. Ni siquiera cabe la “herejía”. A lo sumo, cabría hablar de heterodoxias. Empero, esta calificación ha quedado reservada en la India a los grupos muy disidentes (budistas, jainistas, sikhs); es decir, a los que se mostraron tan disconformes con no se sabe muy bien qué, que acabaron por dar forma a lo que son “religiones” distintas y diferenciadas.

Puesto que ningún punto de vista ha monopolizado la tradición, existe una larga historia de debates, polémicas y préstamos entre las escuelas. De ahí, también, la tremenda vitalidad y sofisticación de las corrientes filosóficas hindúes. Es cierto que, una vez más, existen algunos rasgos comunes a muchas teologías-filosofías. Pero, en cualquier caso, está claro que las filosofías siempre han ido a remolque de las prácticas. Ante todo, prima lo que el hindú hace y practica por encima de lo que piense o crea.

Como ya podrán suponer, tampoco existe una forma de culto universal en el susodicho hinduismo. Este varía sustancialmente de una región a otra; y dentro de una misma comarca hallamos asombrosas variantes entre aldeas, castas o linajes. Ni siquiera hay nada semejante a la llamada a la oración diaria, ni obligatoriedad de asistencia al templo algún día de la semana. Por supuesto, el peso de las costumbres familiares o regionales es poderoso, pero el hinduismo no parece alejado de aquella máxima que dice que hay tantos hinduismos como hinduistas existen. La libertad a la hora de practicarlo es absoluta. El hindú escoge sus creencias, sus divinidades, sus maestros, su forma de religarse con lo Real o de desligarse de lo mundano. Y decide su forma de culto: vegetariano, sacrificio animal, ofrenda al fuego… Y su finalidad: liberación, purificación, prosperidad, felicidad, descendencia, expiación, conocimiento, amor… Y puede combinar las modalidades según el contexto: culto vegetariano en el gran templo de liturgia brahmánica para venerar a su divinidad, sacrificio animal en otro santuario para protegerse de un mal de ojo, consulta a un hombre santo de poderes milagrosos para conseguir mundanal provecho, etcétera.

La forma más extendida de culto, que genéricamente llaman puja, puede realizarse donde a uno le plazca y cuando a uno le apetezca. El culto es un asunto estrictamente personal. A lo sumo, familiar. Ninguna escritura ni nadie obliga a hacerlo. Siquiera exige la presencia de sacerdotes.

Sin duda, uno de los tópicos que más asombra a los crecidos en medios laicos o monoteístas es el famoso politeísmo hindú. (Yo preferiría llamarlo pluralismo mitológico; y aún mejor: hospitalidad teológica.) Vaya lío con las genealogías, las gestas y los atributos de semejante cantidad de dioses, diosas, espíritus semidivinos o personajes etéreos. Falta orden en el panteón. Pero ¿cómo iba a haberlo si para muchos hindúes no existe Dios? Para otros, en cambio, el cosmos está repleto de seres numinosos. Y para los más existe un Ser Supremo. Pero curioso es este Ser que puede concebirse de miles de formas distintas: como una colérica dama, como un apuesto joven de tez morena, como un rey mayestático, como una piedra junto a un árbol, como un sonido que reverbera en nuestro interior… Además, ocurre que los seguidores del Supremo no niegan la existencia de otras deidades o manifestaciones de lo Divino, por lo que su latente monoteísmo no elimina la pluralidad de dioses. Todas las sensibilidades poseen sus “Crónicas” (Puranas) donde se expone su riquísimo patrimonio mitológico. Y a nadie le importa si las tramas de un purana se contradicen con las de otro. La India jamás tuvo un Hesíodo que llamara al orden celestial, por lo que las mitologías de los cientos de miles de divinidades son susceptibles de reescribirse y modificarse. Al fin y al cabo, para muchos hindúes este mundo no es más que el juego –o el sueño– del Dios o la Diosa.

Curioso es esto del hinduismo que ni siquiera posee un texto o cuerpo de escrituras sagrado consensuado. No existe canon hinduista, ni nada comparable al Libro (Torah, Biblia, Corán), a pesar de que existe en la India algo parecido a la noción de revelación (shruti). El Veda –lo revelado– tiene un enorme prestigio, hay que admitirlo; pero aparte de que la inmensa mayoría de hindúes apenas lo conoce, existen grupos religiosos que rechazan su autoridad y no por ello dejan de ser considerados hinduistas. Para muchos, los poemas de “sus” santos o las grandes epopeyas contienen todas las enseñanzas dignas de recitar y recordar.

La tradición letrada que se ha expresado en sánscrito ha conformado un centro alrededor del cual se han tejido numerosas periferias, pero hace ya muchos siglos que la tradición hindú optó por la inclusión y no por la exclusión. Y el proceso de absorber no se apoya en ninguna escritura, texto o canon revelado. El hinduismo, ciertamente, no es una religión del Libro.

Por si esto fuera poco, eso tampoco ha destilado una ética universal. La noción existe, claro, pero siempre a remolque de la idea de “deber propio” (sva-dharma). Y esta pauta de comportamiento ético y moral varía según la edad, el género, la casta, la región, el reino, el estadio de progresión espiritual y hasta la divinidad de elección. En otras palabras, según cada contexto e individualidad. Para la India las personas son distintas; ¿a santo de qué gobernar nuestras vidas según un mismo patrón ético? La idea gandhiana de insuflar a la política y la vida cotidiana con los ideales de la renuncia (no-violencia, vegetarianismo, castidad, austeridad, veracidad…), que es lo más próximo a una ética universal versión hindú, chocó de bruces con la arraigada noción de sva-dharma.

Tampoco se da en el hinduismo una única soteriología o camino místico. Existen quienes se decantan por el ritual, otros por los yogas psicofísicos, y hay los que siguen vías gnósticas o meditativas, y los millones que optan por el camino de devoción y entrega amorosa a su divinidad de elección, o los que practican ordalías y adquieren poderes vertiginosos. La libertad a la hora de escoger la vía (yoga, marga) vuelve a ser completa. Y complementaria; porque una mayoría combina distintas modalidades de yoga. Para fastidio de los expertos. Y es que si la meta difiere (identidad, unión, comunión, aislamiento…), la senda invariablemente recorre otros territorios y dispone de otras marcas y señales en el camino.

Por no tener, hasta el siglo XIX el hinduismo no tenía ni nombre. Lo acuñaron los británicos por omisión pura. A medida que fueron delimitando distintas tradiciones religiosas en la colonia, hindoos pasaron a ser aquellos súbditos que no profesaban el islam, el cristianismo, el budismo, el jainismo, el sikhismo, el zoroastrismo, el judaísmo o las religiones “tribales”. O sea, hindoos eran los que previamente habían sido designados como gentiles (gentoos) y demás alternativas a la despectiva “pagano”. Tengamos presente que en los textos clásicos que han sido considerados “ortodoxos” por decreto, los Dharma-shastras, no se aprecia noción de una categoría “hinduismo”, sino el reconocimiento de una pluralidad de contextos de casta, de costumbre, de región, de gobierno, etcétera. El concepto “hindú” empezó a fraguarse durante las invasiones turcoafganas (siglo XIII); pero no fue hasta la imposición de los filtros europeos cuando se plasmó definitivamente lo del hindú-ismo. Los censos coloniales tampoco fueron ajenos a la cuestión. En ellos se delimitaba una “mayoría” frente a otras minorías religiosas. Lo novedoso del censo fue la utilización de un único término (“hindú”) para designar a una población tan variada en creencias, prácticas o identidades.

Les diré más. Hasta esa fecha, los hindoos no tenían clara noción de que existiera una parcela acotada de la vida que fuera religiosa (por oposición a otra que entonces sería secular), y mucho menos que eso estuviera delimitado por algún tipo de dogma, institución, bautismo, nombre o signo de identificación pan-indio. Ni existía el “hinduismo”, ni siquiera –y eso es lo más notable– el concepto de “religión”; y menos aún que eso pudiera desgajarse de la gastronomía, de la salud, de la sexualidad o de la arquitectura.

La ironía de esta historia es que uno de los pueblos considerados más “religiosos” del planeta desconocía el mismísimo concepto “religión”. Hoy, nos gusta ver la continuidad entre el vedicismo, el brahmanismo, el hinduismo llamado “clásico” o el hinduismo moderno. Y postular, como hice antes, 3.000 años de fecunda anarquía. Inmersos como estamos en nuestra apreciación historicista, casi nadie ha reparado en que, cuando los surasiáticos gustosamente aceptaron la etiqueta hinduismo (atestiguada solo en la edición del Oxford Dictionary de 1829), tenían más en su mente las nociones de indianidad o de religiosidad índica que otra cosa. Los indios no pusieron demasiado empeño en protestar ante esta crasa semitización ya que la unidad religiosa y cultural “descubierta” por los orientalistas sería muy bienvenida en el contexto de su búsqueda de la identidad nacional y su lucha en pos de la independencia. En definitiva, el concepto hinduismo le debe seguramente más al inglés orientalista que a cualquier utilización vernácula.

Visto lo anterior, se entenderá lo resbaladizo y amorfo que resulta eso que hemos convenido en llamar “hinduismo”. Aunque me atrae poderosamente la idea de concluir que existen hindúes pero no hinduismo, como han hecho algunos expertos, creo que tampoco es necesario abandonar la etiqueta. Al menos, los que dicen practicarlo no la han desechado. Desde hace bastantes décadas existen movimientos que se corresponden con este término, tal y como fue entendido por el orientalismo y la intelectualidad india del siglo XIX. Hay que conceder que el hinduismo posee cierto “parecido familiar” con una “religión”. Pero como el Mahabharata, que es a mi entender su texto más representativo, se me antoja más un proceso; un proceso que hilvana una serie de prácticas, panteones, creencias, teologías, sectas, textos y soteriologías que tienen en común diferentes grupos de las tradiciones brahmánicas, las tradiciones de renunciantes y las tradiciones populares de la India.4 Hinduismo sería aquel paraguas bajo el que se cobijan las tradiciones védicas, las vishnuistas, las shivaístas, las shaktistas, las smartas, las tribales, las de castas subalternas, el neohinduismo, la nueva era hindú, etcétera. Cada una de estas corrientes posee sus textos sagrados, sus divinidades y mitologías, sus clérigos y linajes de santos, sus sectas, sus valores, sus filosofías, y, por encima de todo, sus prácticas y ritos.

Eso, en fin, sería como una macrorreligión o una familia de religiones en cierto modo equiparable a lo que los expertos llaman “religión china”, ya en boga entre los sinólogos, advertidos de que la separación en China de tres religiones (san-jiao) es otro caso de semitización y ge-yi indiscriminado. Prosigamos con nuestro ejercicio.

9. Las “tres religiones” de China

Un caso fantástico de proyección de categorías sobre el “otro”, que debemos a Matteo Ricci (1552-1610) y los jesuitas del siglo XVII, es el de las “tres religiones” de China. Si la posición de Ricci es justificable dada la incomprensión mutua de su época (y aun así su apertura y esfuerzo por entender al “otro” es digno de resaltar), cuatro siglos después seguimos cayendo en las mismas trampas. ¿Cuáles?

En época de Ricci existían en China tres “cánones” identificados con tres religiones: el Daozang o canon taoísta, el gigantesco cuerpo de Sutras budistas y los Clásicos (Jing) confucianistas. Para Ricci era normal pensar que Laozi habría “recibido” los textos más antiguos del taoísmo; los Sutras budistas se corresponderían con los sermones del Buddha; y los Clásicos habrían sido escritos por Kongfuzi (Confucio) y recogerían unas prácticas rituales muy antiguas. En otras palabras, cada fundador habría recibido o creado unos textos que formarían la doctrina fija de su religión. Ricci delimitó, así, las “tres religiones” de China de forma compatible con el modelo abrahámico de religión. Un buen caso de ge-yi conceptual.

Lo cierto es que ni Kongfuzi ni Laozi fundaron sus “religiones”, ni sus textos fueron revelados divinamente, siquiera el maestro Kong escribió los Clásicos, ni los Sutras budistas son unos “Evangelios”. Los cánones orientales siempre han sido provisionales [véase §25]; de ahí que constantemente aparecieran más Sutras y se añadieran tratados y comentarios, o se prefiriera destacar algunas parcelas en lugar de otras.

Ricci transformó lo que eran “tres enseñanzas” (budismo, taoísmo y confucianismo) en “tres religiones”. Consideró las instituciones que estaban fuera del Estado, es decir, el budismo, el taoísmo y la religión popular, como oponentes del confucianismo (en su época, la tradición ligada al Estado). Lo artificial de este razonamiento se hace patente cuando –para nuestra sorpresa– descubrimos que en China no se conocía el término “confucianismo” [véase §16].

Para un europeo como Ricci lo normal era y es que una persona se declare o bien cristiana, o bien musulmana, o budista, o atea, o lo que sea; esto es, que exprese su filiación a una determinada religión. Al monoteísta le cuesta comprender que esa persona pueda declararse creyente y practicante de dos o tres religiones a la vez. El hecho es normal porque el cristianismo ha sido históricamente excluyente: o se cree o no se cree en el dogma cristiano; solo hay dos alternativas, pues solo hay una Verdad; ergo, cualquier cosa que no sea la verdad cristiana, es la mentira. Algo semejante podría decirse del islam. Pero el planteamiento extremo-oriental es distinto. Para empezar, ninguna tradición se autoproclama poseedora de la única verdad; por lo que son doctrinalmente abiertas. Característica de la espiritualidad extremo-oriental es su marcado carácter integrador [véase §70]. Desde el momento en que el budismo arraigó sobre suelo chino, hacia el siglo IV, se dio una tendencia a integrar las “tres religiones” (san-jiao), es decir, el confucianismo, el taoísmo y el budismo, en un todo religioso. (Un tridente en perpetua interacción con una cuarta pata: la llamada religión popular china.) Las tres –o cuatro– enseñanzas se enmarañaron de tal forma que hoy se plantea si no es acaso más pertinente hablar de una “religión china” o de un “sistema religioso chino”. Eso que nosotros llamamos “budismo”, “taoísmo” o “confucianismo” no representan en China sino tres aspectos de una religiosidad china. Por tanto, la noción de las “tres religiones” de China sería inapropiada. Más allá de sus preferencias –y, por supuesto, al margen de sacerdotes, monjes y demás profesionales de lo religioso–, todo chino suscribe, en mayor o menor grado, las tres –o cuatro– enseñanzas. Lo que para un occidental son claramente varias religiones separadas, en China representan aspectos de una religiosidad sínica o un sistema religioso chino.

10. Reflexiones sobre el concepto “religión”

Si algo nos ha permitido ver la historia de las religiones es, con perdón, que las religiones tienen historia. De donde la imposibilidad de esencializar, definir, fijar o cosificar algo vivo y en perpetuo flujo. Es lícito hablar de una corriente principal del hinduismo, por ejemplo, pero a sabiendas de que esa vaga generalización no define ninguna esencia o naturaleza. Es un recurso semántico para agrupar un abanico de prácticas.

La pregunta pertinente no sería ni qué es el hinduismo, o si hay una, tres o cuatro religiones en China, siquiera si el hinduismo existe. La que se me antoja reveladora sería: ¿podemos aplicar nuestras categorías a otros ámbitos y espacios culturales? Es inevitable que tendamos a ver las cosas desde la perspectiva cultural en la que hemos crecido. Nuestras predisposiciones o prejuicios culturales nos llevan a ver el mundo desde ángulos particulares. Pero… ¿hemos de fabricar por ello o reducir a un nuevo -ismo un cúmulo de procesos sociorreligiosos?, ¿no es eso un ge-yi precipitado?, ¿se puede hablar de “religión” cuando hablamos de Japón, de la selva amazónica o del Sur de Asia? Claro que una pregunta más certera sería: ¿qué es la religión?

Para algunos antropólogos no puede haber una definición universal o transcultural de religión porque una definición en estos términos sería en sí misma el producto del universalismo europeo (ergo, algo contextual y local, y, por tanto, una contradicción en sí misma). Entiéndase: los fenómenos llamados religiosos existen; hasta el punto de que todavía falta por descubrir una sociedad sin lo que hoy entendemos por “religión”. Sabido es que la humana es una especie religiosus. Pero la idea de que estos fenómenos forman una entidad que podamos llamar transversalmente “religión” ya es más problemática. Nótese que existen muy pocas lenguas no europeas a las que podamos traducir dicha palabra.

En efecto, en las sociedades tradicionales hay nombres para “ritual”, para “espíritu” o para “piedad”, pero no hay equivalente para el moderno concepto de “religión”. Es algo irónico que una de las palabras que evoca ecos más profundos y arcaicos sea tan moderna. La mayoría de sociedades del planeta no separaba, hasta la entrada de las cuadrículas modernistas, una parcela de su vida que pudiera ser llamada “religión”, susceptible entonces de ser analizada y descrita. Al final, resulta que… ¡los hindoos no eran tan raros!

Un somero repaso al proceso de cosificación (o reificación; es decir, hacer de algo abstracto una “cosa”) del concepto religio en Occidente puede arrojar cierta luz.

En la Roma de Cicerón (siglo -I), religio (de re-legere) se utilizaba como sinónimo de traditio; de forma no muy distinta de nuestro genérico “cultura”. El discurso exclusivista del cristianismo, empero, exigía distinguirlas. De modo que Lactancio (siglos III-IV) halló una nueva etimología (de re-ligare) y contrapuso el culto verdadero o religio a la superstitio. Con esta transformación, la adoración a otros dioses fue “alterizada” como pagana y supersticiosa. En este contexto, la religión pasó a ser una cuestión de adhesión a ciertas doctrinas; una visión que enfatiza poderosamente el credo en Dios en lugar del cumplimiento de ciertas prácticas rituales. Más adelante, y en especial en el ámbito protestante, siguió el proceso de cosificación de la palabra “religión”, que ya se define estrictamente en términos de creencia. Esto queda claro cuando comprobamos que en el mundo cristiano se utilizan los nombres “fe” o “creencia” como sinónimos de “religión”.

Este bagaje cristiano ha quedado tan arraigado que un prejuicio clásico entiende que el corazón de cualquier religión está formado por un sistema de creencias más o menos sólido. Tan importante es para un cristiano su sistema doctrinal que aquellos que quieren iniciarse en el sacerdocio pasan muchos años estudiando teología y sumergiéndose en los intrincados vericuetos de la dogmática cristiana. Pero si nos desplazamos hacia otras áreas culturales y religiosas comprobaremos que –aparte de un puñado de filósofos– muy pocos sintoístas, musulmanes o yanomamos piensan que su actividad religiosa tenga que ver con ningún sistema de creencias. La dogmática del islam puede reducirse a unas escuetas frases. Muhammad siempre sospechó de la teología. En el islam, mucho mayor énfasis se pone, por ejemplo, en el estudio de la Ley Sagrada (shari’a). Un japonés, que es probable que suscriba simultáneamente el sintoísmo y el budismo, no le presta la más mínima atención a la teología y a las creencias (que no gozan de muy buena reputación allá, como veremos en §30).

Cosificamos una religión hinduista, cristiana o yoruba basándonos en dogmas abstractos y aspectos ahistóricos que trascienden todo contexto. Tanto el estudio comparado de las religiones como la apreciación popular acerca de lo que estas son permanecen anclados en un universo de discurso básicamente teológico y cristiano. De ahí el sobrepeso otorgado a aquellos puntos de la religión comparables y conmensurables con los elementos universalistas del cristianismo (doctrinas, textos sagrados, teología, ideas de salvación y liberación, etcétera). Se entenderá que muchos indianistas, africanistas o sinólogos hayan protestado ante la mala costumbre de aplicar los conceptos occidentales de religión a las tradiciones de Asia o África.

Claro que hay espacio para matices. El sentido común me obliga a no llevar la deconstrucción a su conclusión última. Al fin y al cabo, las categorías son móviles y elásticas, y la de “religión” se ha mostrado particularmente dúctil para acomodarse a ámbitos muy diversos. Además, los portavoces de las religiones no han descartado el término; y un estudio de la “religión” ha de tener forzosamente en cuenta lo que los miembros de las distintas religiones dicen, sienten y creen.

Está claro que a resultas de la colonización y el encuentro con Occidente muchas de las ideas cristianas acerca de la religión han sido incorporadas, tropicalizadas y hasta emuladas. De suerte que han aparecido “religiones” por doquier y la “religión” deja de ser una dimensión que interpenetra todos los aspectos de la sociedad, la vida y la persona y se ha convertido en un compartimento acotado del grupo o de la vida privada del individuo. Muchos presupuestos intelectuales de Occidente han sido globalizados y las religiones del mundo han sido bastante ecualizadas por ese prisma. Debido a esta cierta “colonización intelectual”, todas parecen poseer su núcleo doctrinal, sus textos sagrados, sus Iglesias u organizaciones que velan por la ortodoxia, su teología, etcétera. Pero el que se utilice a la ligera el concepto y se haya tratado de semitizar indiscriminadamente cualquier tradición espiritual (léase a Wilfred Cantwell Smith) creo que no nos obliga a eliminar el término. Si en lugar de “religión” utilizamos sustitutos como religiosidad o espiritualidad (que no remiten tanto a dogmas e instituciones), la cosa es más fácil de entender. A mi juicio, la religión sería –como los conceptos “cultura”, “lenguaje” o “sociedad”– una dimensión que interpenetra a la persona, la sociedad, la cultura, el cosmos y el ultracosmos, y no una simple función, un compartimento estanco o una cosa dentro de la sociedad, el cosmos o la cultura.

III. RELIGIONES DEL MUNDO
11. El estudio de la religión

En los últimos 200 años, muchos pensadores se han esforzado en tratar de responder a la cuestión que planteábamos en el capítulo anterior: ¿qué es la religión? Pensemos en Georg W.F. Hegel, Ludwig Feuerbach, Karl Marx, Edward B. Tylor, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, Émile Durkheim, Edmund Husserl, Max Weber, Rudolf Otto, Carl G. Jung, Talcott Parsons, Mircea Eliade, Claude Lévi-Strauss, Clifford Geertz, Peter Berger, y un largo etcétera. Y solo por citar nombres consagrados y no confesionales del hemisferio occidental.

Después de lo visto hasta aquí estarán de acuerdo en que dicho concepto resulta fastidiosamente difícil de definir o trasladar a otras culturas. Y si algo me ha quedado claro después de leer a estos pensadores ha sido –como ya se dijo en el capítulo anterior– que la religión es lo que cada uno de estos mortales ha pensado que es.

Lo que sí se puede constatar es que la experiencia colonial (el encuentro de Occidente con otras culturas y la posibilidad de comparar el cristianismo con otras tradiciones) tuvo un impacto enorme en las concepciones europeas acerca de lo religioso. En David Hume, el barón de Montesquieu, Voltaire y otros pensadores de la Ilustración, la comparación puso a Europa ante un alud de críticas y bajaba del pedestal al cristianismo, ya solo una más entre muchas religiones. A medida que los viajeros, exploradores, científicos y etnólogos coloniales iban reportando mitos, rituales y pintorescas costumbres de lejanas tierras, se tenía la sensación de que los episodios del “Viejo Testamento” eran tan inverosímiles como las prácticas y creencias de salvajes y paganos. O que la idea cristiana de “Dios” no difería tanto de otras concepciones de lo Divino. De suerte que se pasó de aquella religio que se oponía a la superstitio a las incontables religiones del mundo. El concepto se pluralizó de forma irremisible. Y fue aislado de otros conceptos omniabarcantes y complejos como “cultura”, “economía” o “sociedad”.

Es precisamente en este contexto donde nació el estudio científico de la religión. Con el nuevo conocimiento de las religiones no solo se establecía un control sobre las sociedades colonizadas (sabido es que el “conocimiento es poder”), sino que en tanto ciencia, el estudio de las religiones buscaba los patrones subyacentes a todas ellas, trataba de discernir las dinámicas de sus transformaciones y hasta miraba de gradarlas en jerarquías evolutivas o civilizacionales.

Ocurre que observar, describir, interpretar y catalogar algo como religioso implica asumir una categoría “religión” que –insistamos– es escurridiza y no tan universalmente aplicable como parece. No es que debamos prescindir de una teoría de la religión. (Todo el mundo tiene su vaga idea del término y sus implicaciones.) Por ejemplo, existen hoy enfoques muy interesantes que derivan lo religioso de las capacidades cognitivas del ser humano (Pascal Boyer, Scott Atran); o de sus funciones cerebrales (Andrew Newberg); y otros que establecen la religión como sistema de comunicación (Niklas Luhmann); más las tesis sociobiológicas (Walter Burkert); y quienes postulan que se trata de un raro meme o “gen” cultural que se autorreplica por deriva genética (Daniel Dennett, Richard Dawkins). Etcétera. Si en el pasado el estudio de la religión estuvo en manos de teólogos, filólogos e historiadores, a los que luego vinieron a añadirse sociólogos, antropólogos o fenomenólogos, hoy abundan los neuropsicólogos o los biólogos evolutivos. A pesar del indudable interés de estas nuevas líneas de investigación, permítanme también manifestar mi escepticismo ante estas nuevas narrativas y teorías universales.

Frente a tanta proliferación de religiones y enfoques, otros expertos han aparcado la búsqueda de una gran teoría y únicamente tratan de poner algún orden. Han postulado bloques como religiones “proféticas”, religiones “místicas” y religiones “sapienciales”; o de unas ontológicas y otras cosmológicas; etcétera. Cada estudioso ha confeccionado su esquema. Léase a Robert C. Zaehner, Hans Küng, Paul Tillich, Ninian Smart, Ken Wilber o Eugenio Trías. Todos me parecen dignos. Ocurre que dotar a las religiones de propiedades específicas va contra el antiesencialismo que hoy algunos suscribimos. Las religiones han sido excesivamente cosificadas, esencializadas, teologizadas… e intelectualmente ecualizadas. Pienso que es más saludable entender estas clasificaciones como lo que son: conceptualizaciones estratégicas. Verlo así constituye una buena forma de integrar la crítica postmoderna sin necesidad de abandonar la búsqueda de generalizaciones. (Me adhiero, pues, a la crítica postmoderna “débil” que apremia a tornarnos más conscientes de las cargas ideológicas que los conceptos esconden; pero no comparto la crítica “radical” que pretende eliminar el concepto.)

Dicho esto, quisiera ahora poner de relieve otro aspecto. Cuando uno compra un libro acerca de las “religiones del mundo”, no hallará dos o tres bloques, sino que es casi seguro que se encontrará con las siguientes tradiciones: judaísmo, cristianismo, islam, zoroastrismo, hinduismo, jainismo, sikhismo, budismo, taoísmo, confucianismo, sintoísmo y baha’i. Bien, y es muy posible que alguna de las mencionadas siquiera aparezca, o tal vez salga como apéndice de alguna de las mayores. En cambio, puede que las más grandes se subdividan, por ejemplo, en cristianismo católico, ortodoxo y protestante, o en budismo Hinayana, Mahayana y Vajrayana. Si el texto posee cierta solvencia, se añadirá un capítulo sobre las religiones “primitivas”, “animistas”, “tribales”, “primales” o “chamánicas”. De necesidad: postular unas “religiones universales” exige crear una categoría de pequeñas “religiones no universales”. De esta forma, un montón de tradiciones espirituales del planeta, practicadas por cientos de millones de personas, van a parar a esos cajones de sastre llamados “animismo”, “chamanismo”, “religiones tribales” o “religiones indígenas”. Como los sociólogos e historiadores de la religión saben que estos conceptos no son ni por asomo sinónimos, ya es frecuente el recurso más políticamente correcto de hablar de tradiciones de África, Oceanía, las Américas o Asia. En cualquier caso, existen unas religiones del mundo con nombre y entidad propia (aun cuando algunas de ellas son practicadas por unos pocos millones de personas), y otras de segunda división, porque al parecer no sintieron la necesidad de ir a dar la tabarra por ahí.

Y aún quedan los llamados “nuevos movimientos religiosos”, muchos de los cuales tienen siglos –y hasta milenios– de existencia, pero que son todavía considerados “nuevos” para la sociedad que los acoge [véase §89].

Puesto que no tengo intención de hacer un inventario de todas las religiones del mundo, vamos a indagar en este capítulo sobre algunas de las que no suelen aparecer con nombre propio, y, no obstante, son de importancia capital en el mundo de las religiones.

12. La religión del mundo Yoruba

Poca gente ha oído hablar de la sagradísima ciudad de Ife. Y sin embargo, allí es donde se llevaron a cabo los primeros actos de la creación. Obra de Obatalá, también conocido como Orisá-nla.

Al menos así lo aseguran los yorubas, uno de los múltiples colectivos que forman el riquísimo panorama lingüístico, cultural y antropológico del África Occidental (sobre todo de Nigeria, pero también presentes en Togo, Benin y zonas de Ghana). Por ello Ife es el centro del poder religioso de los yorubas. El resto de ciudades, santuarios, cuevas, árboles y demás lugares sagrados del país Yoruba derivan su sacralidad de Ife.

Quizá por la solidez de su cultura (muy compacta y coherente), o por su peso específico (unos 15 millones practican la religión yoruba), tal vez por la calidad de su expresión artística (sencillamente exquisita), quizá por su carácter eminentemente urbano (compuesto por un gran tejido de ciudades-Estado), o por su antigüedad (Ife fue fundada hace unos 1.200 años, época de apogeo de la civilización yoruba), o porque sus prácticas y creencias están detrás de las más importantes religiones afro-americanas (de Brasil, Haití, Estados Unidos o Cuba), el caso es que el sistema religioso yoruba ha recibido cierta atención por parte de los expertos. Lo que contrasta con el grado de desconocimiento del gran público. Ahí va una breve pincelada (me disculparán los africanistas) introductoria.

La principal cosmogonía yoruba dice que en los comienzos solo existía la ashé, la fuente de energía del universo, el espacio y el tiempo. La ashé se reconoció a sí misma como Olodumare, Dios único y Supremo. Como en muchas religiones africanas, este Dios total es inaprehensible y está más allá de nuestra capacidad de comprensión y representación.

Los cosmólogos yorubas dividen el mundo entre el Cielo y la Tierra. El Cielo es la morada de esa gran “Divinidad” (orisá), Olodumare, también conocido como Olórun, el “propietario del Cielo”. Además de este Ser trascendente, el espacio celestial está poblado por una cantidad indeterminada de orisás. Estas divinidades son como extensiones de Olodumare y personifican aspectos suyos.

Olodumare-Olórun es remoto. Ya no interviene en los asuntos de este mundo; así que –aparte de algunos rezos– no posee santuarios, no recibe sacrificios y apenas participa en el complejo ritual yoruba. Su actitud es propia de cantidad de dioses celestiales en muchas tradiciones del mundo. Una vez concluida su obra, estos dioses se retiran a lo más hondo del firmamento y dejan que algún demiurgo complete su obra o intervenga en los asuntos humanos. A los dioses remotos se les conoce en latín como dei otiosi, “ociosos”, y son frecuentemente olvidados por los devotos. Algunos expertos proponen que este Dios yoruba es un préstamo monoteísta (del islam o el cristianismo). Otros piensan que se trata de un concepto africano de mucha antigüedad. Esto no nos incumbe aquí. Pero sí el hecho de que orisás, ancestros, humanos y demás formas de vida debemos nuestro poder y existencia a Olodumare-Olórun.5

Los orisás son deidades mucho más próximas a los humanos y, junto a los antepasados y ancestros, constituyen los verdaderos objetos de veneración y culto. Están cargados de la ashé o fuente energética de Olodumare, y la utilizan para gobernar sobre las cosas y los procesos. Los humanos precisamos de ellos para lograr salud, longevidad, amor, prosperidad, protección… Nos podemos comunicar y dirigir a ellos por medio del sacrificio y la ofrenda. Una vez satisfecho, el orisá nos dona parte de su ashé. Significativamente, los orisás necesitan a su vez de los humanos. Olodumare los concibió como seres mortales, de modo que tienen que recibir ashé de las personas a través de las ofrendas del ritual. Hay reciprocidad entre los planos.

Orisás los hay a centenares, algunos regionales, otros ligados a algún clan. El más conocido e invocado en el culto es Obatalá (u Orisá-nla, el “gran orisá”), creador de la Tierra y los humanos. Posee muchos santuarios a lo largo y ancho del país Yoruba y una categoría de sacerdotes propia. Algunas leyendas atribuyen la creación de facto a Oduduwa, un orisá que curiosamente había sido un humano. Al morir se convirtió en ancestro con rango de orisá. Orunmila es el orisá asociado a la adivinación. Un orisá particularmente complejo es Esu, el “tramposo” (que contiene las fuerzas del bien y el mal, de la sabiduría y el engaño). Ogun es a la vez divinidad del metal y la guerra y un ancestro humano; se encuentra a caballo entre el mundo de los orisás y el de los antepasados. Muy interesante es Onile, diosa-madre del estado caótico, que tiene la misma edad que Olodumare-Olórun y no está sometida a él. Etcétera.

En el Cielo también moran los antepasados familiares y los ancestros deificados de la localidad. Para “cualificar” como antepasado, uno debe haber vivido una vida digna (en armonía con nuestro potencial), haber llegado a una edad avanzada, tener descendencia –masculina, aunque a veces también femenina– y tiene que recibir, tras el fallecimiento, los ritos mortuorios pertinentes para facilitarle el acceso a la parcela apropiada en el Cielo. Los antepasados familiares están ritualmente presentes en los egungun, los famosos danzantes enmascarados. Los ancestros deificados están ligados a la historia de las ciudades y de la civilización yoruba. A destacar: Sango (asociado al rayo), Ayelala, Orisáoko, etcétera.

Si estos orisás y antepasados son los habitantes del Cielo, la Tierra, por su parte, es el hábitat de los humanos, los animales o “los hijos del mundo” (omoraiye), esto es, los brujos, adivinos y chamanes.

Cielo y Tierra están conectados por el ritual, en el que intervienen mediadores como el rey, el cabeza de familia o clan, el adivino, el médium, el médico-chamán o el danzante enmascarado. Orisás, humanos y mediadores espirituales estamos todos interconectados por el espacio ritual.

El rito puede llevarse a cabo en diversos lugares y contextos. Si es en la capilla familiar, es el cabeza de familia quien asume el papel de comunicante con las divinidades o antepasados. Otro contexto ritual, en el ámbito de la aldea o la ciudad, está constituido por los festivales del calendario anual, que requieren la presencia del gobernante. De todas las prácticas rituales de los yorubas, la de la adivinación (ifá; conocida como afá por los igbos) merece especial atención.

Aunque en la Modernidad las prácticas de adivinación gozan de poco prestigio, se trata de una de esas persistentes constantes etnológicas que hallamos en todas las culturas y civilizaciones. En el mundo Yoruba es parcela del adivino (babalawo, literalmente “padre del misterio”) que se comunica con el orisá Orunmila y es capaz –gracias a un procedimiento similar al del Yi-jing (I-Ching) chino– de “redescubrir” el destino del consultante. Para ello utiliza 16 huesos de kola que, por un complejo procedimiento, permiten hasta 256 combinaciones posibles. Cada combinación remite a varias parábolas que el babalawo recitará al consultante. Un babalawo experto puede conocer hasta 4.000 parábolas tradicionales. Cada uno de estos proverbios enseña una serie de valores (el trabajo duro, el buen carácter, el cuidado de la naturaleza, etcétera). El adivino es tan esencial al mundo yoruba para expresar sus verdades culturales como el legislador, el filósofo o el sacerdote lo son en otras latitudes. Decimos que el destino se “redescubre” porque según la concepción yoruba venimos al mundo con un destino predeterminado; una ventura de la que, tiempo atrás, habíamos sido conscientes. La cosa remite a la concepción yoruba de la persona.

Dicen los yorubas que cada ser humano posee un cuerpo físico (ara) y un cuerpo espiritual, compuesto por el “respiro” (emi) y la “cabeza” (ori). Sin emi, el poder que insufla vida al cuerpo, no habría persona. El emi es como el hálito del Dios Supremo, una cratofanía o manifestación de su fuerza, muchas veces simbolizado en la “sombra” (odjidji) de cada individuo. Sin ori, el cuerpo humano no podría pensar ni comunicarse con los planos divinos. El ori –muy parecido al concepto cristiano de “alma”– también es responsable del curso de la vida que –y esto es importante– Olodumare ha escogido para él antes de nacer. Ocurre que con la llegada al mundo nos asalta un estado de amnesia total. Al consultar al adivino, el devoto simplemente quiere redescubrir y armonizarse con el destino que el Dios Supremo escogió para él. Por tanto, una persona es un ser vivo con un destino predeterminado en el Cielo.

Al morir el individuo, el emi vuelve a su fuente, mientras que el ori pasa a otro cuerpo, con frecuencia el de un descendiente. Por tanto, toda persona es la encarnación de un antepasado. Este es seguramente el motivo por el cual los antepasados son, de todos los seres celestiales, quienes muestran mayor interés por el bienestar de la comunidad. Se preocupan de que todo el mundo respete las normas, los valores y los ritos. Aunque la idea de que el ori reencarna en otro cuerpo invita a pensar en una supervivencia individual, lo que realmente se subraya es la perpetuación de la comunidad. Ello queda patente cuando se dice que tal antepasado ha vuelto en uno –¡o varios!– de sus descendientes pero, al mismo tiempo, continúa viviendo en su parcela celestial.

Pero el ori también puede escoger quedarse en un plano intermedio y actuar –benévola o malévolamente– en el mundo de los humanos. Muy temidos son los no admitidos en la morada de los antepasados, pues su muerte significa la exclusión definitiva de la red de relaciones sociales.

Olodumare ha creado un número limitado de oris, cada uno con un destino concreto asignado. De ahí la importancia de la adivinación, que es un poderoso medio para llevar una vida conforme a nuestro destino y alcanzar sabiduría, salud, prosperidad y felicidad. Con la adivinación no se trata tanto de leer el futuro como de conocer la trayectoria personal de vida y determinar las acciones en armonía con la misma. Como puso el africanista Emmanuel Chukwudi Eze, el ifá es, en verdad, un procedimiento por el que se intenta entender la esencia de la ashé. Más que una exótica “mancia”, la adivinación yoruba pretende averiguar el sentido y significado de la vida. Por tanto, es una tarea de pura naturaleza filosófica.

Tras la muerte retornaremos al Cielo bajo la forma de un antepasado y seguiremos en contacto con nuestra gente a través del poder del rito. Un día regresaremos, amnésicos, a esta Tierra.

13. Religiones afro-brasileñas

La aportación yoruba traspasa, con creces, las fronteras continentales, ya que muchos afro-americanos de Brasil, Cuba o Estados Unidos participan de numerosos aspectos de esta cultura. Aunque en otro capítulo tocaremos cuestiones de globalización, sincretismo y mestizaje, me parece muy saludable incluir entre las “religiones del mundo” alguna de estas religiones afro-americanas tradicionalmente devaluadas a la categoría de “sincretismo”.

Sabemos que a lo largo de varios siglos fueron llegando a Brasil miles y decenas de miles de esclavos africanos. En las plantaciones (más tarde en los suburbios de las ciudades), estos esclavos de distintas procedencias africanas fueron “reencontrando” a paisanos de sus mismas zonas de origen. A lo largo del siglo XIX se formaron distintas “naciones” de afro-brasileños. Los nombres que recibieron solían denotar su origen: congo, malé, yoruba, moçambique, fon, angola o dahoman. Gradualmente se desarrolló una complejísima estructura social con reyes, reinas, embajadores o cortesanos de dichas “naciones”. A su manera, el gobierno brasileño alentó la formación de estas “naciones”, ya que pensaba que la rivalidad étnica ayudaría a mantener la población afro-brasileña dividida.

Aunque los primeros cultos religiosos debieron retener mucho de su origen tribal africano, a medida que los afro-brasileños fueron mezclándose entre sí y con otros grupos raciales, las diferencias entre las “naciones” quedaron básicamente relegadas al culto. Si bien en zonas del Norte la influencia indo-amazónica fue –y es– patente, en la mayor parte de Brasil la jerarquía ritual y las formas de culto prevalentes fueron las de la “nación” yoruba, de origen nigeriano. Lo muestra la afro-brasileña orixá (“deidad”) que deriva de la yoruba orisá.

Como ya sabemos, la divinidad principal yoruba es OlodumareOlórun. Por debajo tenemos, en Brasil, una serie de orixás como Oxalá (Obatalá en Nigeria o en Cuba), Xangó o la diosa Yemanjá, que son ancestros, héroes y reyes divinizados que interceden entre Olórun y los humanos. El ritual consiste en el sacrificio animal y suele haber danzas extáticas. Existe una clase sacerdotal que, con frecuencia, es femenina.

Durante siglos, y aun abolida la esclavitud, los cultos afro-brasileños fueron perseguidos. De modo que muchos rituales, mitos y creencias adoptaron la estrategia del camuflaje bajo guisa cristiana. Por ejemplo, Oxalá solía identificarse con Jesucristo (o el Espíritu Santo), Yemanjá con Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, el orixá guerrero Oguan se transformaba en san Jorge, mientras que Exu, el dios de la venganza, se homologaba al Diablo. Algo muy parecido ocurrió en Cuba [véase §63].

Solo en la zona del Nordeste (donde la población de origen africano ha sido siempre muy elevada), la divisoria entre el componente africano y el cristiano pudo mantenerse de forma consciente. Allí, en estados como Pernambuco o Bahia, la religión afro-brasileña recibe el genérico de candomblé. Más hacia el Sur, la distinción entre lo africano y lo católico es mucho más difícil de establecer. Con el paso del tiempo, estas tradiciones fuertemente hibridadas dieron lugar a los cultos de la macumba y, en tiempos más recientes, de la umbanda [véase §64]. Cuanto mayor es la participación “blanca” en estas formas religiosas, más nos alejamos de los cultos africanos, más hincapié se pone en la magia que ayuda al individuo y menos énfasis se pone en la red de relaciones sociales y en la solidaridad de grupo.

14. Religiones civiles

En su proceso de pluralización, el término religión se ha ensanchado de tal manera que se habla de una “religión civil”, del “cientifismo como religión”, de “religión humanista”… y hasta de una “religión del dinero”.

Siempre que viajo a Estados Unidos me llama la atención la profusión de banderas ondeando. Y la no menos numerosa cantidad de iglesias que hay por doquier.

La asociación entre la bandera nacional y la Iglesia no es casual. El cristianismo es la religión preponderante en Estados Unidos. Aunque su Constitución realiza una clara separación entre la religión y el Estado (de hecho, este texto fue una de las piezas clave en el proceso de secularización de Occidente), al mismo tiempo se refiere a Dios en diversas ocasiones. La retórica política y la atmósfera pública de Estados Unidos están muy entrelazadas con los símbolos y mitos religiosos. Hasta tal punto, que se habla de una “religión civil” que sustituye al cristianismo como vector de cohesión social y como fundamento moral de la nación.

Los paralelismos son asombrosos. Por ejemplo, la Guerra de Independencia de Estados Unidos replica la huida del pueblo de Israel de Egipto (y este último vale por el inmoral yugo europeo). La Guerra Civil es como la redención –por sangre y sacrificio– que Jesucristo realizó del género humano con su pasión y muerte. La bandera nacional, el himno y el juramento de lealtad son las contrapartidas civiles a la cruz, el salmo religioso y la recitación del credo. Existe una escatología obvia: Dios guía a la nación estadounidense de forma providencial hacia el Progreso. América es la nueva Tierra Prometida y los (norte-)americanos, el nuevo pueblo elegido, cuyo destino es dirigir el resto del mundo hacia la salvación colectiva.

La teología civil tiene como doctrinas fundamentales los derechos individuales, la democracia y la igualdad de oportunidades. Estos dogmas crean un universo de significado en el que el individuo encuentra sentido a la vida y gracias al cual el orden social se legitima. En el espacio público estadounidense se invoca constantemente a Dios (pero no a Jesucristo ni a ninguna Iglesia en particular), que hasta aparece en el billete de un dólar. Las ceremonias y protocolos políticos son verdaderas liturgias, como el infinito proceso electoral presidencial, verdadero ritual colectivo de la religión civil norteamericana.

Podemos considerar esta apropiación un burdo “simulacro” (Jean Baudrillard) o un “sustituto”; un suplente que –para más inri– utiliza con descaro las más modernas técnicas de márketing comercial para persuadirnos de los mensajes de salvación de sus apóstoles políticos. Pero el que esta esfera “civil” haya sido designada como “religión” por los expertos es revelador de su alcance (y de la intemporal necesidad de anclar lo mundanal en lo trascendente).

El fenómeno no es intrínsecamente norteamericano, aunque es allí donde mejor ha sido estudiado y donde ha sido aplicado con más eficacia. De hecho, el término “religión civil” fue acuñado por Jean-Jacques Rousseau en el siglo XVIII; en un contexto parejo.

Se tiene a la República Francesa como el primer Estado laico, verdugo del ancien régime. Pero por mucho que se autoproclame laica, las referencias sacro-políticas son constantes. La República se convirtió en una verdadera Iglesia de sustitución, con sus dogmas (Constitución, Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano), sus símbolos venerados como reliquias sagradas (la bandera, la patria, la Marianne) y sus rituales (fiestas cívicas, con plegarias, cánticos, santos y mártires). Uno puede preguntarse si, en Estados Unidos o Francia y en cantidad de países que más o menos siguen su estela, no se está dando una sacralización del capitalismo o de la laicidad. Está claro que lo religioso y lo político no son entidades separadas. Siempre han mantenido relaciones, tensiones y, lo que es menos conocido, correspondencias (la burocracia celestial angelical, por ejemplo, ha servido muchas veces de arquetipo para la administración terrenal).

Habrá quien proteste y no admita como religión algo que no parece preocuparse por elevarnos a lo trascendente. O que no postula la existencia en un plano sobrenatural. Son razones de peso. (Pero no olvidemos nunca que la trascendencia no es obligatoriamente un sine qua non de la religión.) Al postular una “religión civil” estamos reduciendo el fenómeno religioso a un conjunto de símbolos, una moral y una cosmovisión. Según esta concepción, entonces cualquier ideología puede ser una religión. Lo cual se me antoja asimismo plausible. Sí. La idea invita a reflexionar.

15. El maoísmo

Indaguemos en una curiosa religión china, algo moribunda, pero indiscutida durante muchos lustros. Porque cómo tildar sino también de religioso el intrincado cúmulo político, ideológico, económico, institucional, moral y ritual que fue –y, en parte, todavía es– el maoísmo.

En efecto, esta religión tiene su propio fundador, Mao Zedong (1893-1976), apodado el Gran Timonel (un título que remite al Primer Emperador, con quien Mao se identificaba plenamente). Desde la perspectiva maoísta puede hablarse de profetas como Marx, Engels, Lenin o Stalin, cuyos retratos solían aparecer en paradas y vallas públicas mostrando el linaje o sucesión profética.

Existen escrituras canónicas, como el famoso Libro rojo. Hay una filosofía oficial: el materialismo dialéctico. Y una Iglesia institucionalizada (el PCCh) que vela por la ortodoxia, la ley y el orden. Una Iglesia, por cierto, sumamente jerárquica y con poder para excomulgar, ejecutar o llamar a la guerra santa (Revolución Cultural).

El maoísmo, por supuesto, posee su mitología particular. Ahí está la Larga Marcha, la gran epopeya del comunismo chino y su mito central. O la victoria de 1949, conocida como la Liberación (y que marca un tiempo prey otro post-Liberación, un poco al modo del a. de C. o el d. de C. de otras tierras). Incluso los planes quinquenales, como el Gran Salto Adelante, forman parte del mythos. Todo este bagaje épico y mítico se reactualizaba periódicamente en obras de teatro, verdadero ritual colectivo del maoísmo “popular”, o, más solemnemente, en las liturgias o sesiones del Partido, accesibles tan solo a la élite burocrático-clerical.

El componente escatológico del maoísmo es muy acusado: promete una revolución permanente en pos de una sociedad igualitaria y justa; o sea, el Cielo aquí, en esta tierra. La moral maoísta, la llamada “moral revolucionaria”, tan celosamente instigada por la guardia roja durante la Revolución Cultural, está muy ligada a esta meta última. Ya que la Larga Marcha no había conducido al prometido paraíso material para los trabajadores y los agricultores, la meta se transmutó en la moralidad revolucionaria desnuda, convertida en un fin en sí mismo, mientras la expectativa revolucionaria de un futuro glorioso se pospuso para siempre, siendo su lugar ocupado por el heroico presente.

Por todos estos rasgos podemos considerar el maoísmo como una “religión” en el sentido más convencional de la palabra. Y, desde luego, tiene más números para serlo que aquello que llamamos “hinduismo” [véase §8]. No le falta ninguno de los componentes que se les supone a las religiones. ¿Cierto?

Bueno, quizá no. Algo fallaba en la religión maoísta. Algo faltaba, como en la “religión civil” estadounidense o en el “laicismo” francés. Me aventuro a insinuar el qué: la experiencia de lo sagrado. Y una religión sin un plus de trascendencia o que no nos desligue de lo condicionado, esto es, una religión –o Iglesia– sin cierta dimensión espiritual o mística, entonces se convierte en un vástago parricida de la religión (la expresión es de Juan Antonio Marina), cae en la mera ideología, en el puro dogmatismo y, con frecuencia, se convierte en el opio del pueblo.

¿O fue el maoísmo otra manifestación de la religiosidad china? De esa que puede adoptar la forma del taoísmo, el confucianismo, la religión popular o el budismo [véase §9]. Pues también podría ser correcto. Aunque yo no soy experto en sinología, aventurémonos una vez más en el universo ritual de China. La distancia con el mundo abrahámico permite hacer aflorar interrogantes interesantes para seguir indagando en el fenómeno que llamamos religión.

16. El dao confuciano

En la jerga común, los conceptos “Extremo Oriente”, “civilización china” o “mundo confuciano” son virtualmente equivalentes. De forma automática los asociamos al universo de los ojos rasgados y la piel levemente aceitunada: China, Taiwán, Corea, Japón y Vietnam.

¿Quién fue este Confucio al que le otorgamos la paternidad cultural de la mayor parte de la humanidad? ¿A qué se asemeja eso que llamamos confucianismo? ¿Alguien tiene idea de qué van los famosos valores confucianos?, ¿y qué tienen que ver con la China de hoy? Aquí solo vamos a esbozar algunas reflexiones.

En realidad, el confucianismo no nace con el maestro Kongfuzi (-551/-479), que solemos latinizar en Confucio. Él no cesó de repetir que era únicamente el custodio de un saber antiguo. Sin embargo, dado que desde hace 2.500 años Kong ha sido honrado como el maestro más venerado, algo así como la “encarnación” de la senda confuciana (la Ru-jia o “tradición de letrados”, como más certeramente habría que denominarla), es lícito otorgarle el honor.

Todo el mundo tiene cierta noción acerca de lo que hicieron o enseñaron hombres como el Buddha, Jesucristo o Muhammad (Mahoma). Pero del maestro Kong existe en Occidente una estrepitosa ignorancia. Tal vez porque no se sabe muy bien dónde encajarlo. ¿Fue el maestro Kong un sabio?, ¿un líder religioso?, ¿un humanista? Se oye con frecuencia que el confucianismo no es una religión. Lo cual podría ser correcto. El confucianismo, es cierto, no es una religión institucionalizada, ni es un sistema centrado en el culto, aun a pesar de la importancia que históricamente ha otorgado al ritual. Hablando estrictamente –y al hilo de lo que escribíamos en el capítulo anterior–, el término “religión” solo puede aplicarse a aquella tradición en la que nace y se incrusta el concepto religio. Pero dado que el término ha sido pluralizado, entiendo que la enseñanza de Kong podría concebirse como una potente dimensión de la religiosidad china.

El confucianismo es una visión del mundo, conforma una ética personal y social, es una ideología política, una tradición de letrados y una forma de vida. Por tanto, es una tradición que abarca política, sociedad, familia, educación…, esto es, todos los niveles de la existencia humana.

El eje de la tradición confucianista podría comprimirse en la idea de aprender a ser humano. Y ser humano, para el maestro Kong, significa ser y estar en armonía con la Naturaleza y con el Cielo (tian). Fíjense que el sentido estricto de “religarse” le viene como anillo al dedo. Esta armonía o plenitud del ser se da en la red de relaciones que el individuo establece con su familia, la comunidad local, la nación, el mundo entero y el más allá. Kong insistió una y otra vez en que la potencialidad o virtud (de), entendida como perfección moral y como potencia de transformación, es inherente al ser humano. Todos tenemos la responsabilidad de desarrollarnos a través del estudio (xue). A medida que cultivamos esa potencialidad, la virtud se manifiesta en el comportamiento y en las actitudes de benevolencia (ren), sentido de justicia (yi) y respeto a las formas sociales y ritos (li).

Este aprendizaje, cultivo o autorrealización no es un medio para alcanzar algo divino o trascendente, sino que es el fin en sí mismo. El confucianismo –o mejor, la enseñanza de Kongfuzi, ya que la ideología confuciana que cuajaría varios siglos después de la muerte del maestro mantiene importantes diferencias con su mensaje– entiende que si uno no se entrega al cultivo personal, entonces solo queda parapetarse tras las apariencias externas, el poder material o cualquier cosa distinta a nuestras capacidades internas; y eso es algo de lo que aborrece el confucianismo antiguo. En cambio, el aprender a ser humano es un proceso que no tiene fin. Todos somos sabios en potencia, todos podemos llegar a ser un “hombre superior” (jun-zi) o un “hombre espiritual” (shen-ren). Este es el dao o “camino” confuciano.

Podemos llamarlo humanismo, religión, espiritualidad… Y al maestro Kong tildarlo de sabio, hombre superior o lo que queramos. Al final, estas etiquetas nos revelan ante todo nuestra propia posición y óptica del mundo. Desde mi ángulo personal puedo ver esta enseñanza como uno de los desarrollos más poderosos de lo que hoy llamamos espiritualidad ateísta o secular [véase §4]. Y de lo que nadie puede dudar es de la incidencia de estas ideas y valores en la sociedad que –en honor al maestro Kong– hemos designado como “confuciana”. Aunque China transite hoy por otras lindes.

17. El descenso del Espíritu Santo

Me pasa lo que a muchos jóvenes de hoy: un creciente analfabetismo teológico del cristianismo. (¡Lo cual no me ha impedido escribir un libro sobre religiones!) Nunca entendí muy bien el esotérico concepto de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (Aunque siempre es un consuelo saber que eso tampoco lo captan musulmanes y otros estrictos monoteístas.) No tuve problema con la encarnación del Padre en el Hijo. Al fin y al cabo, se parece mucho al concepto hindú de avatar, con el que estoy familiarizado. Pero confieso que me cuesta asir la tercera parte: el Espíritu Santo. (Y eso que conozco tanto la teología trinitaria de Raimon Panikkar como la análoga doctrina de los “tres cuerpos” del Buddha.) Hasta que un día caí de forma casual en una pequeña iglesia de la periferia de Bogotá.

Según los expertos, las dos religiones que crecen con mayor rapidez en el mundo son el islam y el cristianismo “carismático”. Se calcula que unos 250 millones de personas profesan en la actualidad esta modalidad de cristianismo, también conocida como pentecostalismo.

El fenómeno es muy palpable en Estados Unidos, Latinoamérica (Brasil, Puerto Rico, México o Argentina), en África Sudsahariana (Congo, Sudáfrica o Nigeria), en Europa del Este (Rumanía) y en zonas de Asia (Corea, China o Filipinas).

Esta variedad de cristianismo nació a principios del siglo XX en los “márgenes” de sociedades principalmente cristianas. Comparte algunos rasgos con el fundamentalismo; en especial, su aversión por las formas más liberales de cristianismo, la idea de infalibilidad de la Biblia, una moral muy estricta y la creencia en la segunda llegada de Jesucristo. La principal diferencia es el peso que las iglesias pentecostalistas otorgan al carisma milagroso del Espíritu Santo; de ahí su nombre. Para los cristianos carismáticos, el bautismo en el Espíritu constituye la experiencia cristiana cardinal. Los que han sido salvados por el Espíritu manifiestan con frecuencia signos raros, extáticos y maravillosos (capacidades curativas, exorcismo o glosolalia, es decir, hablar un idioma desconocido). Para los carismáticos, el catolicismo no es siquiera cristianismo, y reniegan del ritual tradicional, al que consideran vacío.

Los carismáticos trazan sus orígenes a partir de las comunidades cristianas de la antigüedad. En concreto, las descritas en los primeros capítulos de los “Hechos de los Apóstoles”. Este texto, que es una continuación de los “Evangelios”, narra la expansión del cristianismo por toda la zona mediterránea, propulsado por el Espíritu, que otorga el don de lenguas (de ahí que algunos hayan calificado el libro como el “Evangelio del Espíritu Santo”), hasta que el vendaval cristianizante llegó a Roma.

La fiesta de Pentecostés, que marca el descenso del Espíritu Santo cincuenta días después del Domingo de Resurrección y pone fin al tiempo pascual, celebra en rigor el nacimiento de la Iglesia cristiana, la comunidad de personas reunidas y transformadas por el Espíritu Santo. Para los grupos carismáticos, Pentecostés constituye el evento principal; de ahí su nombre más común de pentecostalistas.

Es lógico, por tanto, que los carismáticos crean fervientemente que están restaurando la prístina y poderosa religión del “Nuevo Testamento”. Al recibir hombres y mujeres de cualquier raza y por igual el carisma del Espíritu Santo, y al ensalzarse el papel de la familia o el rol de la madre, los pentecostalistas se muestran resueltamente igualitaristas. Mi experiencia con ellos, si bien no me aclaró del todo el concepto de Trinidad, sí me mostró una intensidad religiosa que hacía tiempo que no había visto en el mundo cristiano.6 Por mucho que me haya referido aquí a los “Evangelios”, el pentecostalismo marca con rotundidad el reemplazo del “libro” por la inspiración y el carisma divinos.

El pentecostalismo nace, se desarrolla y ha arraigado entre los más desfavorecidos. Aparece en 1906 en una misión periférica de Los Ángeles, fundada por un predicador negro originario de Louisiana, de nombre William Joseph Seymour (1870-1922). Es más que evidente la influencia de las formas de cristianismo evangélico afro-americano. Casi simultáneamente, el pentecostalismo también vio la luz en Gales, en los márgenes del Reino Unido; y muy poco después aparecía en multitud de poblaciones del África Sudsahariana y de América Latina. Hoy, poderosas Iglesias africanas, como el movimiento Aladura de África Occidental, la Iglesia de Sión de Sudáfrica o la Iglesia de Dios en la Tierra de África Central, proceden del cristianismo carismático.

Curiosamente, el pentecostalismo se ha ido desplazando de las periferias al “centro”, influyendo hoy en las principales corrientes cristianas. En la actualidad existen metodistas, baptistas, anglicanos y católicos de clara orientación “carismática”. Todos comparten la primacía de la experiencia personal.

Hasta tal punto este último punto me parece cardinal que me atrevo a vaticinar que aquellas espiritualidades que prioricen la experiencia personal y propugnen una vía igualitaria son las que acabarán siendo más vitales.

18. Bön

Si me preguntaran qué región del globo creo que despierta los anhelos místicos más profundos no dudaría en apuntar al Tíbet. Pocos países del mundo remueven ecos –y estereotipos– tan imponentes como la tierra de los yaks y raros entes levitantes.

Lo que ya es menos conocido es que, además de la extraordinaria tradición budista, el Techo del Mundo ha producido una religión fascinante: el bön; bien que es otra de las que no suelen figurar en el club de las “religiones del mundo”.

El bön comparte numerosos puntos en común con el budismo. Doctrinalmente, adopta la doctrina del karma y el renacimiento, el ideal del bodhisattva, la iluminación como meta, la vacuidad (shunyata), etcétera. El propósito religioso para la mayoría de bön-pos es adquirir mérito kármico en esta vida gracias a la conducta virtuosa, las peregrinaciones y circunvalaciones (a montañas sagradas y monasterios), las plegarias (en banderas, en piedras grabadas, haciendo girar molinillos) y los cánticos de mantras. El mérito adquirido propiciará eventualmente un renacimiento en un paraíso celestial. La práctica externa no se diferencia, pues, de la budista. Como la iconografía es similar, a primera vista un lego difícilmente pueda distinguir entre budismo y bön. Las semejanzas pueden ser tantas que los expertos han tendido a comprender el bön, o bien como una forma heterodoxa de budismo, o como los resquicios de la religión autóctona del Tíbet antes de la introducción del budismo, allá por el siglo VII.

Sin embargo, estos rasgos remiten a un común trasfondo cultural tibetano y a intercambios entre ambas tradiciones. En ningún caso puede decirse que el bön sea una forma corrupta de budismo o un animismo teñido de budismo. El bön posee rituales propios, que están minuciosamente detallados en sus textos (algo que no siempre ocurre en el budismo), su particular mitología y una soteriología única. Lo que hoy conocemos como bön más bien parece la tradición religiosa que emergió en el siglo XI en el Tíbet Central y que se jactaba de continuar la religión pre-budista ancestral.

Según la tradición, el fundador del bön habría sido Tönpa Shenrab, el “Maestro Shenrab”. Su biografía, aunque presenta alguna similitud con la del Buddha histórico, proviene del mismo género que las hagiografías de Padmasambhava (siglo VIII) y otros maestros tántricos (siddhas) de la región indo-tibetana. Es verosímil, como sostiene la tradición, que Shenrab fuera originario de un país llamado Tazig (que ha sido identificado con Irán, con Tayikistán o con el Sudoeste de Tíbet). Para el bön, ese país al occidente del Tíbet es la tierra de la “verdadera religión”.

Shenrab era de familia real y, a diferencia del Buddha, llegó a reinar en su tierra. Según el bön, era un ser plenamente iluminado, el buddha de nuestro período cósmico. Más adelante, Shenrab propagaría su doctrina por todas las direcciones. Al final de su vida se ordenaría y acabaría retirado como ermitaño.

Tönpa Shenrab es el maestro de nuestra era cósmica. No obstante, él es solo uno de los cuatro seres trascendentes postulados por el bön. Junto al “maestro” (tönpa), la tétrada está compuesta por una diosa o “madre” (yum), un dios (lha) y un “procreador” (sipa). La diosa es Satrig Ersang, otro ser plenamente despierto, que simboliza la sabiduría, de forma parecida a la budista Prajñaparamita. El dios es Shenla Wökar, que viene a representar algo así como el “cuerpo doctrinal del bön”. Per Kvaerne, una de las grandes autoridades en esta tradición, ha detectado que se trata de una variante del buddha Amitabha y que parece presentar influencias iranias, posiblemente maniqueístas. Finalmente, el procreador de nuestra era es Sangto Bumtri, la deidad que da a luz a los habitantes de este mundo. Además de estos “cuatro trascendentes”, el bön posee un riquísimo panteón de deidades. Algunas son manifestaciones de estos cuatro, otras son guardianes protectores, hay divinidades tutelares (yidam), también dioses locales, etcétera. Cada deidad posee su iconografía precisa y su ritual asociado.

Cuentan que la doctrina bön arribó al Tíbet a través de la misteriosa lengua de Zhang-zhung, otra zona difícilmente identificable, pero que apunta a la región próxima al monte Kailash. Allí habría cuajado siglos antes que el budismo, hasta que –siempre según la tradición bön– fue suplantado por la “falsa religión” (budismo) y sus sacerdotes expulsados por los reyes budistas. Durante esos años oscuros de persecución budista, los sabios del bön ocultaron sus “tesoros” (termas), es decir, sus enseñanzas o textos sagrados, para que en su debido momento fueran redescubiertos por los respectivos tertön o “descubridores de tesoros”.

Buena parte de este material –indudablemente influenciado por la tradición tántrica india– pertenece a una enseñanza llamada dzogchen; un saber que, significativamente, es compartido con la “escuela [budista] de los antiguos” (Nyingma-pa), la primera en implantarse en el Tíbet.

Con el paso del tiempo, el bön fue desplazándose de la zona del Tíbet Occidental hacia el Tíbet Oriental. La mayoría de monasterios y comunidades bön se encuentra hoy en las provincias nororientales de Kham y Amdo, en Sichuan, Yunnan y en ciertas regiones de Nepal. No hay rastro de bön-pos en Zhang-zhung, si bien la peregrinación al Yungdruk Gu Tseg (monte Kailash) es popular [véase §47]. Propia de los bön-pos es la peregrinación al Bönri, la “montaña del bön”, en la zona de Kongpo.

La comunidad sufrió duramente la ocupación china del Tíbet. Buena parte de los monjes se refugió en Dolanji (Himachal Pradesh, India), donde se encuentra su principal centro y monasterio en el exilio. Tras su visita a Dolanji en 1978, el XIV Dalai-lama reconoció el bön como quinta escuela del budismo tibetano. Un gesto significativo de hacia dónde soplan los vientos en la actualidad.

19. La religión del provecho

Igual que el Tíbet, la India es archiconocida como tierra de sabios, yoguis y maestros espirituales. Hasta tal punto inspira trascendencia que algunos imaginan que, al aterrizar en Nueva Delhi, encontrarán a sus habitantes levitando a medio metro sobre el suelo.

Es cierto que ese espacio también acapara noticiarios por las catástrofes naturales, el conflicto social o sus lacras tercermundistas; pero la India como tierra de proverbial sabiduría es tal vez la imagen que ha quedado mejor arraigada en el imaginario occidental (y en el indio, dicho sea de paso). No voy a ser yo quien desmonte el estereotipo. Al fin y al cabo, del continente índico han brotado infinidad de fábulas, cuentos y hermosas leyendas. Es más, soy de los que piensan que, efectivamente, eso que llamamos “India” es una tierra de asombrosa religiosidad. Ocurre que la espiritualidad de los indios puede tomar carices no siempre accesibles al viajero casual y formas que tampoco aparecen en los libros de “religiones del mundo”. Oigan.

Desde hace muchos siglos, en el Oeste de la India (lo que hoy son los Estados de Maharashtra, Gujarat, Rajasthan o Sind, que actualmente se encuentra en Pakistán) han existido comunidades de comerciantes y mercaderes muy dinámicas. Forman parte de las castas genéricamente llamadas vaishya, bania, mahajan, marwari o chettiar. La mayoría son hindúes vishnuistas, pero con importantes secciones de jainistas, y hasta con minorías de sikhs, parsis y musulmanes.

Un buen amigo editor de Delhi pertenece a una de esas castas; a la oswal en concreto. Me avisa que acuda al día siguiente, muy temprano, a su casa. Se llevará a cabo un culto (puja) especial, propio de las castas de mercaderes en estas fechas del calendario. Mi colega es de religión jaina, pero me explica que los oswals hindúes realizan pujas similares. Todo el mundo acude vestido con las ropas apropiadas (falda y camisa blancas de algodón), tras el baño y las abluciones purificadoras del alba. Va a ser una puja en toda regla. Pero cual es mi sorpresa cuando compruebo que, tras haber realizado algunas oraciones a imágenes de Mahavira (último guía del jainismo) y de Lakshmi (diosa de la prosperidad), el culto se dirige a… ¡los libros de contabilidad! Se marcan las páginas de cuentas y tesorería con bermellón y símbolos auspiciosos, se menea incienso, de nuevo se reza a la diosa de la fortuna, etcétera. Mi amigo me dice que en esos libros están encapsuladas todas las transacciones del negocio familiar (y hasta las miserias y secretos del clan) en un alfabeto propio de los mercaderes (al que, por cierto, otras comunidades atribuyen misteriosos y no siempre muy benignos poderes). Para mí todo resulta increíblemente prosaico. ¿No era esta la tierra de los místicos y los desapegados? ¿Y no era precisamente Gandhi, el campeón de la austeridad y la no-violencia, uno de estos comerciantes banias? Correcto.

Son mis prejuicios los que me impiden captar otras formas de religiosidad. Mi amigo me aclara que su dharma o deber religioso consiste en cultivar el provecho material (artha). Desde que se levanta hasta que se acuesta, el devoto del regateo vive para cumplir su dharma de comerciar. Doy fe. Ganar dinero y tener éxito no está mal visto. Sino todo lo contrario; se sospecha que ello es fruto del buen karma. Esto es una característica de la religiosidad índica. A diferencia del mundo judeocristiano o islámico, en el índico el dinero no constituye la raíz del mal.

A pesar del cliché “ultramundano” promovido –tanto en la India como– en Occidente, la espiritualidad surasiática no se opone al capitalismo o la cultura económica (como tampoco se opone a la política, la violencia o el bienestar material). El comerciante indio boyante es considerado un bien social, y su familia, una encarnación del éxito. Lo específicamente denostable es el gozo ignorante de la posesión. De ahí la proverbial austeridad del comerciante indio “tradicional” (que distingo del “moderno” businessmen, cuyo afán de ostentación à la nouvelle riche es notorio).

En el contexto tradicional, la adquisición de riqueza ha de ir acompañada por la práctica de la generosidad. El magnate vishnuista o jainista destinará una parte de sus beneficios a ayudar a las instituciones religiosas, costeando peregrinaciones, haciendo construir templos o imágenes, mandando copiar los textos sagrados, donando alimentos y ropas a los ascetas (monjes), financiando la construcción de escuelas, hospitales y albergues, etcétera.

Gracias a la generosidad (dana) con la religión y el servicio a la comunidad, los comerciantes ganan reputación (pratishtha). Dicho prestigio tiene que mostrarse públicamente con un comportamiento ejemplar. Ello consiste en seguir una dieta estrictamente vegetariana, mantener siempre un tono temperado y equilibrado, no hacer ostentación indebida, no incurrir en escándalos, evitar inmiscuirse abiertamente en política, regular las alianzas matrimoniales con cuidado y manejar los negocios con cautela.

Solo en las últimas décadas, el mundo se está percatando del potencial económico de este pujante universo paralelo de la India, que recibe la absurda y patética etiqueta de “potencia emergente”. Porque no olvidemos que ya hace miles de años las ciudades del valle del Indo comerciaban cómodamente con Mesopotamia; que los persas recaudaban de su satrapía índica un tributo equivalente al de todos los demás pueblos juntos; que Plinio se quejaba de la sangría anual de decenas de millones de sestercios en la balanza comercial entre Roma y la India; sin menospreciar el fortísimo intercambio con Asia Central y China (vínculo que acabaría por trasplantar el budismo hacia el Este de Asia). Recordemos que, antes de la aparición del islam, los gremios mercantiles de castas chettiars estaban implantados sólidamente en Malacca y hasta en la provincia china de Fujian. Léase al viajero luso Duarte Barbosa para palpar el pujante ambiente mercantil de Gujarat en el siglo XVI. El activo comercio interregional se sostenía en un sistema de créditos y letras de cambio que impresionó profundamente a los europeos. La presencia de mercaderes banias en puertos africanos, como Malindi, Zanzíbar o Mombasa, en enclaves como Adén, Hormuz o Malacca, era notoria. Los portugueses comparaban a los banias con los mercaderes italianos. Los magnates marwaris (zona del Rajasthan de la que son originarias bastantes de estas comunidades) eran auténticos multimillonarios; de tal manera, que un solo comerciante indio del siglo XVII podía “pesar” tanto como toda la British East India Company.

Los Birla, los Tata, los Mittal, los Ambani… y demás apellidos ilustres de magnates indios son únicamente la punta del iceberg de un mundo comercial de incalculable poder y largo pedigrí. Un microcosmos cuya ambición por lograr utilidad económica es –o era– casi directamente proporcional a su pietismo. ¿Quién dijo que la religión y la moderna economía de mercado no tienen nada que ver la una con la otra? La religión en la India, ciertamente, puede encarnar bajo guisas insospechadas.

20. A propósito de una Pascua en Lima

Esta incapacidad para “ver”, esos prejuicios que me impiden captar una religiosidad que rinde culto a los libros de contabilidad, constituye –en verdad– el meollo de la cuestión. Lo experimenté de nuevo en un contexto y desde un ángulo completamente diferentes.

Desfilo con la muchedumbre por las escalinatas de la catedral. Es Semana Santa y es Lima, Perú. Avanzamos lentamente, con orden, y entramos en la basílica, de evidente alcurnia hispana. No hay solemnidad en el ambiente; tampoco jolgorio; mas una devoción austera. Algunos rezan a los santos, otras a la virgen, hay quien toma los algodoncitos con los que unas empleadas del templo restriegan la imagen del Cristo apaleado. Muchas mujeres y niñas posan sus manos en la imagen de un límpido niño Jesús, imagino que de poderes salvíficos. Después de participar de la expresión de la fe y la devoción sigo mi periplo por el centro histórico de la ciudad. Dicen que el Viernes Santo también hay que acudir a la iglesia de la Merced, que está cerca. La escena se repite. Cabellos oscuros y facciones mestizas, en fila india, rezos murmurados, manos que tocan imágenes milagrosas. Mujeres que se empapan de lo sagrado. La Pascua en Lima me transporta a otras idiosincrasias. Pero lo que en esta ocasión más me ha sorprendido de la experiencia ha sido mi propia autorreflexión.

Me descubro a mí mismo buscando lo auténtico de la escena. Esperaba ritual encorsetado, folclore, “guiris” (turistas). Y lo que descubro, aparte de la callada religiosidad indígena, es mi propio anhelo por lo “auténtico”. Extraño. Como si otras escenas y lugares fueran menos genuinos. ¿Acaso los peruanos o las peruanas que viven en Madrid o en Buenos Aires son menos genuinas que las que acuden a venerar al Cristo de la catedral barroca de Lima o las que visten los atuendos tradicionales en el Cusco?

Me pillo, en fin, etnificando a las limeñas, tratando de hacer de ellas arquetipos de la indigeneidad (o de la espiritualidad, o de la superstición, que para el caso no varían el axioma). Y saco fotos. Me duele confesarlo, pero no estoy tan lejos del colonizador que veía al nativo –en Papuasia, en Rhodesia o en el Paraguay– como el exótico (ya fuera de la modalidad del “buen salvaje” o la del “primitivo caníbal”, que tampoco varían el axioma). O ya puestos, no estoy tan alejado del antropólogo que presume que es capaz de situarse en un punto de observación equidistante. (Ingenuo.) O del cooperante solidario, que prolonga la mirada y la empresa misionera: la conquista por la caridad. Cuando, en cambio, no voy mucho más allá del turista, es decir, de aquel que fue allí para confirmar en su experiencia –y sus fotos– aquello que ya traía consigo: un denso bagaje de lecturas, documentales de televisión, revistas de viajes, museos visitados, folletos turísticos, y demás.

¡Ojo! No reniego del viaje. Que se me entienda bien. Nadie es capaz de relacionarse con el mundo sin pre-conceptos, sin pre-juicios. Estamos formados por anhelos, historias y clichés. Uno es fruto de su lengua, de su tiempo y de la biografía personal. Los prejuicios nos constituyen.

Para los hermeneutas estos prejuicios –que podemos llamar constructivos– son propensiones para abrirnos al mundo. Conforman las condiciones por las cuales experienciamos las cosas. No se trata de obstáculos, ni son intrínsecamente negativos. Todo lo contrario: son indispensables para la comprensión. Pero, como todo el mundo sabe, existe otro tipo de prejuicios que pueden resultar sordos o ciegos. Son los que precisamente nos impiden “escuchar” o “ver”, los que nos llevan a grandes malentendidos.

Por ejemplo, el extendido hábito de proyectar sobre el “otro” o asimilarlo a nuestras categorías. La negación de la diferencia es lo que suele denominarse imperialismo cultural. O la tendencia a despreciarlo, normalmente al amparo de alguna narrativa grandiosa (como el Progreso, Dios, la Historia o la Razón). O la más banal y provinciana de exotizarlo, y subrayar la diferencia, como en mi experiencia limeña. Por no hablar de las subrepticias formas de esencializarlo y hacer del “otro” un cliché inmutable.

Lo que me parece importante es hacer aflorar esas latencias. Este es uno de los propósitos de este libro. Presiento que la sabiduría consiste, por un lado, en aceptar los prejuicios constructivos y olvidarse del ideal abstracto y vacuo de una comprensión neutra. No existe conocimiento sin pre-conceptos y sin pre-juicios porque no podemos evaluar o representar sin categorías y convenciones. Pero, a la vez, el reto consiste en hacer aflorar los prejuicios negativos y ponerlos a prueba. Y, en eso, el viaje puede resultar asombrosamente terapéutico. Nos permite conocer nuestros recovecos, y los de la cultura que nos configura. La reflexión sobre la “indigeneidad” resultó ser autorreflexiva. La experiencia de la Semana Santa en Lima me hizo más consciente de mi cultura y de cómo el impacto de la actitud del viajero transforma el mundo que visita. Lo que era un lugar (un mundo local) se transforma en escenario turístico… o en campo antropológico… o en parque temático… o en repositorio de lo auténtico. En cualquiera de los casos, yo me he quedado fuera del cuadro. Debe de ser la edad. O que no soy demasiado creyente.

IV. ANTROPOLOGÍA DE LA RELIGIÓN
21. Lo que las religiones hacen

A la hora de visualizar lo que las religiones son o tienen, la mayoría seguimos bastante prisioneros de un prisma y unas coordenadas cristianas. (Incluso los no cristianos.) Dado que en el cristianismo la definición de religio se entiende en términos de Verdad y exclusividad, a la hora de concebir “otras” religiones se otorga primacía a los dogmas, las teologías, los textos o las instituciones clericales [véase §10]. Ya hemos visto que en sociedades no cristianas las cosas no funcionan necesariamente así; hasta el punto de que hay quien duda de que podamos aplicar legítimamente este término a ámbitos alejados del mundo monoteísta. Comparto la provocativa idea de que las llamadas grandes religiones del mundo no son más que categorizaciones útiles para la administración y el interés periodístico. Y, simultáneamente, soy de los que piensan que no sería malo devolver a la categoría “religión” las viejas concepciones romanas (pre-cristianas) de religio como traditio, y olvidarse de las definiciones eclesiásticas y modernistas en términos de Verdad y exclusividad. Pero, de todas formas, es absurdo eliminar el término. Entre otras cosas, porque desde hace un par de siglos ha ganado aceptación en todos los rincones del globo. Ya pueden decir los académicos lo que quieran, que el concepto circula libremente por doquier. Salvo en ciertos ámbitos de la pequeña Europa, en la mayor parte del mundo la gente piensa y dice que tiene una “religión”; y una distinta a la de otras personas. De lo que se trata es de no caer en universalismos miopes y despejar la mente de proyecciones apresuradas. Aunque resulte muy difícil decir lo que la religión es, con tiento uno puede tratar de ver algo de lo que la religión hace. Y hasta lo que uno hace con la religión.

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