Kitabı oku: «Fantasmas de la ciudad»

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Aitor Romero Ortega


Aitor Romero Ortega nació en Barcelona en 1985. Estudió Ingeniería Industrial entre Barcelona y Lyon. Desde 2012 vive en Madrid. Ha obtenido una mención en la categoría de poesía experimental en el I Premio de Literatura Joan Brossa de la Universidad de La Habana y también es autor del poemario Avenidas de la Ciudad Desierta, inédito.

En 2015 publicó Deflagración, que fue seleccionada como finalista del Festival de Primera Novela de la ciudad francesa de Chambéry, en la categoría de lengua española.

Ha colaborado, con crónicas y ensayos, en revistas culturales y de viajes tan prestigiosas como Altaïr Magazine, Negratinta o Culturamas. Fantasmas de la ciudad es su primer libro de cuentos.

Candaya Narrativa, 51

FANTASMAS DE LA CIUDAD

© Aitor Romero Ortega

Primera edición impresa en la Editorial Candaya: mayo de 2018

© Editorial Candaya S.L.

Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles

08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)

www.candaya.com

facebook.com/edcandaya

Diseño de la colección:

Francesc Fernández

Imagen de la cubierta:

© Sérgio Rola

Maquetación y composición epub

Miquel Robles

BIC: FA

ISBN: 978-84-15934-86-8

Depósito Legal:B 8588-201

Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura y Deporte



Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.

La literatura se construye sobre las ruinas de la realidad.

Ricardo Piglia

Índice

Portada

Autor

Créditos

Cita

Índice

Prólogo inventado

Conexión Monserrat

El aeropuerto del sur

Naima

Hotel Torino

La Colmena

Spaghetti Western

Fantasmas de la ciudad

Puentes de Bosnia

Nota

PRÓLOGO INVENTADO

Al poco de regresar a la ciudad, tras muchos años viviendo fuera, el escritor se encaramó a lo alto de esa sierra que los autóctonos llaman Collserola. Lo que desde allí vio le permitió distinguir unas pocas calles cuyo trazado desciende casi perfecto atravesando la ciudad en canal hasta morir poco antes de alcanzar el mar. Como larguísimas grietas sobre el tapiz urbano; como venas abiertas y paralelas, se dijo. Pensó inmediatamente en una matriz que se descompone gradualmente en dos de sus cuatro lados para convertirse en un incomprensible conglomerado urbano, allí donde la ciudad olvida su sueño cartesiano para convertirse en suburbio. En otro de sus lados la matriz, sin embargo, era detenida por la propia cordillera desde donde él miraba. Allí la urbe dejaba de ser urbe para devenir montaña y bosque mediterráneo. Era, no obstante, difícil de precisar el momento con exactitud, ya que sucedía de forma paulatina y, en algunos barrios, metrópoli y montaña se confundían aún: una villa rodeada de vegetación, un monasterio, un barrio de autoconstrucción entre los árboles. En el horizonte, en cambio, la ciudad era interrumpida de forma mucho más abrupta por el mar.

El escritor no dijo a nadie que había regresado. Alquiló un pequeño estudio en el centro donde se encerraba cada noche a escribir. Tenía la impresión de estar viviendo como un extraño en su propia ciudad. Y esa pequeña grieta le pareció entonces llena de posibilidades. Por lo demás, la repetición diaria de las costumbres más insignificantes le hacía adentrarse en la pesadilla de un tiempo circular. Un eterno retorno claustrofóbico e insoportable pero que aun así juzgaba necesario, como precario anclaje a la realidad inmediata. Mientras escribía, por el contrario, tenía la percepción de habitar un tiempo rectilíneo. Algunas madrugadas, extasiado por la brega, llegó incluso a conjurar la vana esperanza, acaso desmesurada, de vivir en la multiplicidad de tiempos.

Fue en la barra de un bar donde el escritor vio por primera y única vez al fantasma de Gràcia. Hoy es una noche calurosa, empezó diciendo, una de las más cortas del año, perfecta para permanecer desvelado escuchando historias. Yo soy el fantasma de Gràcia y conozco todas las historias de esta ciudad, dijo después de posar la botella vacía sobre la barra. El escritor supo entonces que hay momentos para hablar y momentos para callar, que hay historias que se inventan y hay historias que se roban, pues el narrador es a veces un infiltrado, un espía, un topo; es decir, alguien que escucha oculto en la oscuridad. Yo soy el fantasma de Gràcia, repitió todavía una vez más. Y después habló hasta el amanecer. El escritor fingió ser uno de esos lectores que cada cierto tiempo tienen que volver sobre lo leído para no perder el hilo de la trama y rescatar a algún personaje que habían extraviado por el camino. Siempre se había enorgullecido de ser un lector lento y de memoria infalible. No le fue difícil, por lo tanto, anotar mentalmente todo lo que dijo esa noche en aquella barra el fantasma de Gràcia. Después volvió a casa. Estaba amaneciendo y tenía la percepción de andar (y también de vivir) a contracorriente.

Mientras escribía por las noches, combinando el material robado con una cruel reinvención de su propia experiencia, tenía a menudo la poderosa sensación de que, como Miles Davis con su trompeta, prefería escribir de espaldas al mundo para concentrarse mejor en lo que hacía. Eso le divertía muchísimo, casi tanto como estar en soledad en esa ciudad, la suya, y caminar como un completo desconocido, mezcla de despreocupado extranjero y viajero flotante, por esas calles que le eran tan familiares, pues eran las suyas: las calles que habían contribuido a configurar su propia individualidad en la decisiva época del aprendizaje juvenil.

Cuando el invierno llegó a la ciudad el escritor estaba completamente enfrascado en la escritura de su libro. Su único desahogo eran los paseos que daba por las mañanas; siempre con el temor de cruzarse con algún conocido, siempre con la secreta esperanza de no hacerlo. Solía modificar su itinerario a modo de prevención y como medida también contra el aburrimiento. Ver pasar los días y las semanas sin ser descubierto era una fuente inagotable de alegría; una alegría que a menudo, en un tenue reflejo de culpabilidad, a él mismo le parecía excesiva. Pasear y escribir son la misma cosa, solía decirse al regresar a su estudio para darse ánimo antes de retomar el trabajo. Con ello pretendía amortiguar el trauma cotidiano de tener que sentarse en una silla a escribir las ideas que se le habían ido ocurriendo con gran facilidad mientras andaba y que había olvidado con la misma facilidad mientras subía en el ascensor, abría la puerta de su estudio y andaba hasta su mesa de trabajo.

A veces el escritor recordaba la visión completa de la ciudad desde lo alto del monte. Un anfiteatro perfecto a los pies del caminante. Era una prueba definitiva de que no era infinita. Podía abarcarse con un solo golpe de vista y podía, por lo tanto, escribirse. No era imposible capturarla en unas cuantas hojas para encerrarla después entre dos portadas. Eso le consolaba en los momentos más difíciles, mientras veía por la ventana de su estudio la llegada de la primavera y sentía que su proyecto avanzaba penosamente, siempre un paso por detrás de lo previsto, siempre algo por detrás del veloz transcurrir de los días.

Pese a todo, el escritor sabía que, en el fondo, la ciudad es un artefacto narrativo de primer orden que se multiplica sin cesar ante el intento de ser delimitado. Una novela inagotable, capaz de poner en circulación miles de historias a un ritmo vertiginoso; historias que al empezar a propagarse están ya cambiando, deformándose, convirtiéndose en versiones de sí mismas, como si los modos de contar incidiesen desde el principio en lo que se cuenta. Sabía, por tanto, el escritor, que enfrentaba una empresa imposible y era eso, precisamente, lo que le llenaba de esperanza.

Al principio del verano empecé a pasear por el barrio de Gràcia por las noches. Naturalmente, prefería los días laborables, cuando todo funciona a medio gas. Me dejaba caer como haciéndome el muerto por plazas y callejuelas. Se parecía a flotar. Había un placer culpable en todo ese espectáculo de la desidia. Luego entraba en un bar y pedía una cerveza. Después otra y a veces otra. Un minotauro encerrado en su propio laberinto. El barrio de Gràcia era el mío. Puedo confesar ahora que no soy Colometa, ni Maria dos Prazeres, ni un personaje de Marsé dejando pasar el tiempo en un banco de la plaza Rovira. No soy tampoco Vila-Matas en gabardina. Ni siquiera soy una pobre versión local de Fernando Pessoa, paseando solo en las noches de verano. Tampoco estaría mal, ahora que lo pienso. Y, sin embargo, soy todos ellos al mismo tiempo, aunque solo sea un poco, aunque solo sea por un rato, cuando en un esfuerzo de invención, auxiliado por tres o cuatro cervezas, alcanzo una breve inmortalidad llena de voces que no son mías, y en parte me pertenecen. Soy el fantasma de Gràcia. Solo eso. Creo que no es poco. Después, al salir de aquí, vuelvo a ser nadie otra vez, que es lo mismo que volver a nacer transformado en cualquiera. Invisible en las líneas enemigas. Todo eso era lo que me gustaba contarles aquellas noches de junio en las barras de los bares a esos jóvenes tan crédulos y amables que se sentaban a mi lado confesándome, como si tal cosa, que querían escribir. En esta ciudad todos quieren escribir, les decía yo, antes de nada. Capturas sencillas, pobres versiones de Ariadna. En un momento de la noche, cuando ya todo era mejor y menos importante, me gustaba decirles: amigos, yo inventé todo esto. La ciudad y los locos que la pueblan. También a mí mismo.

CONEXIÓN MONTSERRAT
1

León Trostki estuvo en Barcelona. Fue a finales del año 1916. Llegó a la ciudad tras una peripecia peninsular que empezó en Irún, siguió en San Sebastián y Bilbao, para continuar en Madrid y Cádiz, desde donde se subió a un tren para ir a Barcelona. Allí se reunió con su familia, con la que poco después partiría en barco a Nueva York. En total fueron cinco días los que estuvo Trotski en Barcelona. Lev Davídovich Bronstein –así se llamaba Trotski en su vida civil, fuera de la revolución– le dijo a Sofía Casanova, enviada especial de ABC en San Petersburgo que consiguió entrevistarle en 1917: “Conozco España; es un hermoso país, del que tengo buenos recuerdos, aunque la policía comme de raison me trató mal. Visité Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un sanatorio. Sentí dejar España”. Sus palabras parecen indicar, al contrario que otras fuentes, que estuvo también en Valencia. Sorprende, sin embargo, la ausencia en su enumeración de las demás ciudades: San Sebastián, Bilbao y Cádiz. Por algún motivo Trotski renunció aquel día a ser exhaustivo en su relato, tal vez no consideró necesario mencionarlas, o simplemente las había olvidado. Es rigurosamente cierto, no obstante, que tuvo numerosos incidentes con las autoridades españolas. De hecho, Trotski llegó a España tras haber solicitado asilo en varios países, el cual, naturalmente, le fue negado. Se vio obligado a abandonar Francia, donde vivía refugiado, debido a las acusaciones del Gobierno francés de ser el instigador de un motín que los soldados rusos habían iniciado en Marsella. Europa estaba sumida en la Gran Guerra, y ante la escasez de tropas francesas, varias unidades rusas combatían en Francia. La Revolución Rusa, al mismo tiempo, estaba empezando a cocinarse y en el interior del ejército ruso ya se habían formado esas primeras asambleas que luego serían conocidas como soviets. El 30 de octubre de aquel año Trotski fue depositado en Irún sin que las autoridades españolas supiesen demasiado bien quién era ese ruso en apariencia tan peligroso, más allá de un revolucionario al que a menudo creían anarquista, situación que a Trotski –que en algún momento llegó incluso a definirse como pacifista para evitar mayores embrollos– le hacía mucha gracia. En Madrid fue detenido y encarcelado durante tres días en la Cárcel Modelo, para después ser conducido a Cádiz. Fue allí donde de alguna manera se fraguó la posibilidad de exiliarse a los Estados Unidos y para ello viajó a Barcelona, desde donde zarparía el barco que había de llevarle a Nueva York. Su paso por España tuvo algo de disparatada aventura llena de situaciones que podrían perfectamente haber inspirado, en caso de haber sido más conocidas, una película de Berlanga.

2

La primera vez que oí hablar de Trotski tenía yo catorce años. Sé con toda certeza que no me equivoco porque fue leyendo un manual de ajedrez que me habían regalado mis padres precisamente al cumplir esa edad cuando me encontré por primera vez con ese nombre extraño y magnético que tiempo después supe que había tomado de su primer carcelero en Odesa. En el último capítulo del libro había una colección de partidas de todos los grandes campeones de la historia del ajedrez, acompañada de una pequeña nota biográfica de cada uno de ellos. La redacción de las notas biográficas tenía, por regla general, un tono mesurado y neutro, en línea con el tono divulgativo del libro, aunque en ocasiones el escritor de aquellos textos no conseguía mantener a raya su pasión por las turbulentas vidas de los grandes ajedrecistas y se dejaba llevar por el entusiasmo del relato. Yo, como lector juvenil, agradecía esos momentos de desbordamiento. Descubrí un interés, del todo inesperado, por las vidas de los grandes ajedrecistas que me parecían vidas al límite, perfectamente encajadas en el arquetipo romántico que yo entonces buscaba en toda biografía. No tardé en darme cuenta de que las vidas de los ajedrecistas me interesaban más que el ajedrez mismo. Creo recordar que mis preferidos eran Emmanuel Lasker, Alexander Alekhine y Bobby Fischer. El que menos me llamaba la atención era el Doctor Max Euwe, delante de cuya estatua en Ámsterdam, en la plaza que lleva su nombre, curiosamente, me fotografié muchos años después junto a mi primo.

Aquel día leía yo la nota biográfica de Alexander Alekhine, en la que se decía que había luchado en el bando zarista durante la guerra civil rusa. En pleno conflicto fue hecho prisionero por los bolcheviques y se exponía al peligro de una condena a muerte. Mientras esperaba a que se resolviera su destino fue conducido a una prisión que estaba a cargo de León Trotski, en aquel momento máximo dirigente del Ejército Rojo. Fue el propio Trotski el que exigió una partida de ajedrez contra Alekhine, en la que el gran maestro ruso se impuso con claridad y tras la cual, asombrado por su talento, decidió perdonarle la vida. Tras leer aquella nota biográfica le pregunté a mi madre quién era ese Trotski, a lo que ella me contestó: un revolucionario ruso, concepto del que yo, en aquel entonces, lo desconocía todo. Después le expliqué a mi madre la anécdota que acababa de leer y ella me respondió que Trotski solía hacer ese tipo de cosas y que precisamente por eso mismo lo acabaron matando. Aquella segunda respuesta hizo que todavía entendiera menos quien era ese misterioso Trotski.

Muchos años después, sin buscarla, encontré la tumba de Alexander Alekhine paseando por el cementerio de Montparnasse. Se trata de una hermosa lápida levantada sobre un tablero de ajedrez de mármol y coronada por un retrato de perfil tallado sobre el propio mármol. Junto a su nombre aparece mencionado el hecho de que fue campeón del mundo, y los periodos en que ostentó la corona. Alguien había dispuesto los pequeños cuencos con flores como piezas de ajedrez, hasta trazar la apertura que él mismo había inventado: la Defensa Alekhine. Aquel encuentro casual hizo que me volviera a preguntar, de manera mucho más incisiva, cómo debió de transcurrir aquella partida que salvó la vida de Alekhine. Una partida, además, que no quedó anotada en ningún lugar y cuyos movimientos se han perdido para siempre tras la muerte del campeón, en cuya memoria estarían seguramente almacenados a fuego. Desconozco cuál era el verdadero nivel de Trotski. En ajedrez, cuando existe entre dos jugadores una importante diferencia de nivel –y conviene tener en cuenta que Alekhine fue el mejor jugador de su tiempo y uno de los méjores de la historia–, suele notarse mucho; a veces es hasta obsceno, ni siquiera parece ajedrez propiamente dicho, es una masacre rutinaria, un aburrido ejercicio de esgrima sin ninguna importancia. ¿Hasta qué punto el nivel de Trotski como ajedrecista era suficiente para que Alekhine tuviese que demostrar su talento? ¿Pudo entrever algo o simplemente se dejó deslumbrar por la habilidad de un jugador profesional? No lo sé, de hecho, nunca lo sabremos. Con el tiempo me he ido convenciendo, quizá sin razón, quizá por excesivo apego a la versión romántica, de que dicha historia solo podía suceder en Rusia, pues se trata de esa clase de asuntos de vida o muerte que los rusos dirimen a su manera.

3

En los cinco días que Trotski estuvo en Barcelona aprovechó para pasear junto al mar con sus hijos. Todo esto está narrado en su famosa autobiografía, Mi vida y también en el texto Mis peripecias en España, publicado en 1924 en traducción de Andreu Nin y que se lee como una frenética novela de aventuras salpicada de escenas cómicas. Al leerlo pienso en un Jack London menos trascendental con una marcada sensibilidad europea para el humor. La misma historia pudo leerse en el periódico El Sol, en 1919, donde se publicó un opúsculo en dos partes, escrito por él mismo, donde narraba todas sus peripecias españolas. Parece como si Trotski registrara cuidadosamente todo cuanto vivía en un diario y de ahí extrajera el material sin pulir que luego alimentó sus exhaustivas narraciones autobiográficas. Escribe cosas curiosas sobre Barcelona, que le parece una ciudad mitad española, mitad francesa. La compara con Niza. Escribe: “Niza en un infierno de fábricas. Humo y llamaradas, por un lado. Muchas flores y fruta, por otro”. Una versión industrial y sucia del balneario de la Costa Azul en opinión de aquel bolchevique que tanto creía en el progreso industrial.

Luego se ha sabido que su familia le esperaba en Barcelona mientras él realizaba su penoso periplo hispánico. Su hija estudió durante esos meses en el Colegio Alemán. Vivían en un entresuelo en el número 88 de la calle Balmes, es decir, en pleno Eixample, en la manzana situada entre las calles Mallorca y Valencia. Un lugar muy transitado. Todo esto lo contó años después, en un artículo en La Vanguardia, María Serrallach, que afirmaba haber sido compañera de la hija de Trotski en el Colegio Alemán. Y, en general, lo que se puede rescatar de sus apuntes, además de la narración central de su paso por España, son las impresiones que le dejó el país. A tenor de sus observaciones se podría concluir que no le gustó mucho España, a la que veía como una versión primitiva de Francia. Los catalanes le parecieron contrabandistas capaces de vender como catalán lo que importaban del extranjero; Madrid una vulgar imitación de París y los españoles en general, así a bote pronto, una versión más desaliñada y sin instrucción de los franceses. Se hace extraño, entonces, leer que solamente un año después, al recibir en su casa de San Petersburgo a Sofía Casanova, Trotski dijera que España era un país hermoso que sentía haber abandonado. Puede que quisiera ejercer de amable anfitrión o quizá el tiempo –aunque se hace difícil pensar eso, pues apenas había transcurrido un año, y sin embargo aquel fue un año plagado de acontecimientos, entre ellos la Revolución Rusa, sin ir más lejos– ablandó la severidad de sus primeras anotaciones, siempre más hostiles, siempre más apegadas a la fealdad urgente que el cronista registra a toda velocidad, y que por lo general impiden una composición más atemperada del lugar.

4

En una de mis últimas etapas en Barcelona descubrí una librería de viejo en el barrio de Gràcia a la que me aficioné especialmente. Podría decirse que la encontré un poco por casualidad. Era una época en que leía mucho. En lo tocante a ese aspecto me angustiaba la acumulación; es decir, que en mi habitación se amontonaran los libros en cantidades fuera de lo razonable. Creo que en algún momento llegué a soñar que se formaba una pared de libros delante de la puerta de la habitación que me impedía el paso, hasta quedar aprisionado. Otras veces soñaba que el suelo se venía abajo. Lo extraño de todo esto es que ni siquiera tenía demasiados libros en el apartamento donde vivía con un amigo frente a la Universidad Pompeu Fabra, cerca del parque de la Ciutadella, donde la calle Sardenya se dispone a morir y uno ya puede intuir el mar. Solía mantener una biblioteca mínima, mezcla de lo que pensaba leer y de aquellos libros que en aquel momento consideraba imprescindibles y de los que no estaba dispuesto a separarme. Como mis criterios son volátiles, solía haber un tráfico continuo entre la casa de mis padres, donde estaba la biblioteca familiar, la biblioteca-madre, por decirlo así, y mi apartamento. Tráfico, claro, que solo me tenía a mí como transportista, que cargaba en el metro con mochilas llenas de libros en un sentido u otro. Había algo divertido en todo aquello, ahora que lo pienso. El caso es que para mí, en aquel tiempo, no era divertido en absoluto; era más bien motivo de angustia.

Fue entonces cuando convertí en costumbre visitar las librerías de viejo, en busca de clásicos baratos y de libros imposibles de encontrar, a los que en un exceso de repetición llamaba “joyas”. Lamentablemente algunas de esas librerías ya ni siquiera existen, liquidaron sus existencias y desaparecieron para que su lugar fuera ocupado por tiendas de las grandes marcas internacionales de moda. En ocasiones ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme con una última adquisición. Al principio hubo algo de escándalo en la ciudad por lo que se estimaba una pérdida de identidad cultural. Luego la vida siguió su curso y todos, o casi todos, se olvidaron de aquellas viejas librerías y de los libreros que había dentro. Desconozco si la librería de Gràcia habrá desaparecido o seguirá en pie. No he vuelto desde entonces. Creo que ahora ni siquiera sería capaz de encontrarla en el laberinto de calles del barrio. A veces pienso que tuvo algo de aparición. Una alucinación de aquellos días de inquietud por la gestión de mis propios activos literarios y de extrema felicidad por lo que leía. Sí recuerdo, en cambio, como llegué hasta ella. Yo buscaba entonces un ejemplar de Ubik, la novela de ciencia-ficción paranoica de Philip K. Dick. Por algún motivo, más allá de la diferencia de precio, prefería a la edición actual, fácil de encontrar, la vieja edición de Orbis, una típica edición popular de los años ochenta, que me remitía directamente a los clubs de lectura de ciencia-ficción que brotaron en aquella década. Las ediciones baratas estimulan mi imaginación y me hacen pensar en esos clubs como reuniones clandestinas de iniciados, contubernios de fantasiosas minorías que se llevan a cabo en sótanos o en garajes, espacios donde siempre tienen lugar las mejores conspiraciones; es decir, aquellas que no conducen a nada. Llegué a la web de la librería realizando un itinerario por Internet que ahora sería incapaz de rehacer y me enteré de que acababan de recibir una remesa de viejos Ubiks editados por Orbis.

Después de aquello volví muchas otras veces en el corto periodo de unos meses, tal vez un año. Compré algunos libros que ahora forman parte de mi biblioteca más personal, aquella que siempre me acompaña allí donde vaya. En esa época solía ir todos los viernes por la tarde, al salir de trabajar. Formaba parte de mi itinerario cotidiano. Me veo ahora dirigiéndome hacia allí durante los meses de primavera y verano, cuando la luz adquiere ese tono amarillento del atardecer y todo parece ir más despacio, andando por las callecitas de Gràcia con los ojos entornados hasta penetrar en el interior sombrío de esa cueva húmeda para enfocar de nuevo la mirada ante una nueva oscuridad, donde al fondo brillaba arrugado y acuoso el morado de una bandera republicana. Con el tiempo fui estableciendo una relación con el librero. Siempre lo encontraba sentado en su escritorio, bajo aquella bandera que presidía la sala central. Solíamos hablar, fundamentalmente de libros, y nuestras conversaciones se alargaban a veces durante más de una hora. Qué raro, ahora que lo pienso; nunca vi a nadie más allí dentro. Es como si la librería hubiese sido concebida solo para mí. Me apetece pensar que todo fue un sueño, pues la librería, la figura desgarbada del librero, nuestras conversaciones y la palidez de aquellas tardes, compartían la textura temblorosa de los sueños. Sin embargo, todo se ha fijado en mi memoria con la serenidad de un recuerdo.

Una tarde el librero –he olvidado su nombre, si es que alguna vez llegué a saberlo–, en medio de una conversación, me explicó que había vivido en México DF durante una larga temporada. No sé en qué momento ni a santo de qué, mencionó que algunos domingos iba a visitar por fuera la casa de Trotski. Me contó entonces, como si se tratara de una confidencia sin importancia, que la casa azul de Frida Kahlo estaba justo al lado de la de Trotski, y ambas estaban al parecer comunicadas por un pasadizo secreto que uno u otro utilizaban indistintamente para sus encuentros amorosos. No pude, en ese momento, dejar de imaginarme a ese librero veinte o treinta años más joven, con su aureola de lector impenitente, allí plantado, un domingo por la tarde en Coyoacán, como un peregrino loco, observando desde lejos esas dos casas como el que mira un santuario desde la esquina; y haciendo volar su imaginación, fabulando acerca de todas las leyendas perdidas de la relación de Trotski con la extraña Frida, que en aquellos días debían de circular como la pólvora por todas las cantinas de la ciudad sin límites.

En algún recoveco de aquella conversación aclaró que él era trotskista, llegando incluso a mencionar el partido en el que militaba –un micropartido, más bien– cuyas siglas retuve durante algún tiempo y que ahora me doy cuenta de que he olvidado por completo. Un día, mientras hacía tiempo en un bar de la calle Verdi antes de entrar en el cine, le relaté a mi amigo Antoni la historia que me había contado el librero incluyendo el detalle de su militancia política. Antoni, con su habitual humor venenoso, apuntó que el librero y el administrador que mantenía a flote la página web de ese minúsculo partido eran posiblemente la misma persona. Y tenía razón Antoni en que aquel librero tenía algo de último superviviente de un naufragio, sosteniendo un negocio al que ya nadie entraba y un partido olvidado sin ninguna opción de hacer la revolución.

5

El barco que debía llevar a la familia Trotski a Nueva York zarpó de Barcelona el día de Navidad de 1916. Era un viejo vapor destartalado que navegaba con el nombre de Montserrat. Aun así, viajar en él era algo muy preciado en aquellos días, al navegar este con pabellón neutral, lo que en plena Gran Guerra suponía, tal vez no una garantía definitiva, pero al menos sí una salvaguardia contra los torpedos de las potencias en conflicto. El Montserrat hizo varias escalas antes de dejar atrás definitivamente la Península Ibérica. Se detuvo en Valencia, donde dos policías impidieron a Trotski descender al puerto. Se detuvo en Cádiz, donde Trotski logró descender a tierra firme, no sin problemas, para despedirse de la ciudad (y de España) por última vez. Y finalmente alcanzó el mar abierto con extraordinario buen tiempo, algo imprevisto para todos los expertos, según registra el propio Trotski en sus anotaciones. La tripulación del Montserrat, como podía preverse, estaba compuesta por un sinfín de nacionalidades europeas, principalmente desertores y apátridas de toda condición. Había rusos, franceses, centroeuropeos. También norteamericanos que regresaban a casa corriendo de su aventura europea mientras ardía el continente.

En ese mismo momento, Lenin, el camarada de Trotski, estaba refugiado en Zúrich, y muy especialmente en el Café del Odeón, como tantos otros antibelicistas europeos que hicieron de la ciudad suiza y de ese legendario café el centro mismo de la Europa menos cafre. Allí también estaba James Joyce, que tuvo que salir de Trieste por patas con su familia ante la falsa acusación de espía, lo que en esas circunstancias significaba una condena a muerte segura. Y también estaba Stefan Zweig, que retrató de forma sensacional todo ese ambiente de la Europa civilizada condensada en un café en un pasaje de su obra El mundo de ayer. Si uno lo piensa bien, el Café del Odeón en Zúrich y el destartalado Montserrat en medio del océano, eran en realidad una misma cosa: dos fragmentos desgajados de una Europa que se resistía a la automutilación absurda de la Gran Guerra. Aquel acontecimiento bélico, de una dimensión hasta entonces desconocida, cambió muchas cosas. Para empezar, recompuso el mapa de Europa y provocó un intenso repliegue nacional, a la vez que el fin de cierto cosmopolitismo cultural que hasta entonces había estado muy en boga. Aumentó los recelos, qué duda cabe, y abrió la herida, ya imposible de cerrar, como se demostró poco después, de la desconfianza y el nacionalismo. Hubo una Europa que después de la Gran Guerra desapareció para siempre por el sumidero de la Historia. He pensado muchas veces en el Café del Odeón y en el vapor Montserrat como los últimos restos de una Europa cosmopolita que ya estaba empezando a perecer. Tal vez el Montserrat carecía del glamour del Café del Odeón que describe Zweig. Los relatos de Trotski dibujan una tripulación que oscila entre la comicidad circense y la mediocridad. Además, el Montserrat fue mucho más efímero: solamente existió durante los diecisiete días que duró la travesía. Y sin embargo, era un pedazo itinerante y flotante de esa Europa ya casi extinta, compuesto por el sector más lumpen de la disidencia antibelicista, entre ellos un Trotski al que todavía le faltaba un año para convertirse en el verdadero Trotski.

Entre la tripulación del Montserrat también estaba uno de los personajes más enigmáticos de la escena artística de aquellos años y tal vez de la historia del arte: Arthur Cravan, el poeta-boxeador de dos metros que había incendiado el París bohemio con la revista Maintenant, en la que él mismo escribía todos los artículos firmando con distintos seudónimos, y donde se dedicaba a insultar a otros artistas. Cuando dichos asuntos merecían algún tipo de aclaración él mismo se ofrecía voluntario para resolverlos a puñetazo limpio en los cafés y en las salas de baile de la Ciudad de las Luces. Nunca como entonces las bizantinas polémicas de la vanguardia artística han tenido una traslación tan inmediata a la realidad material. Cravan fue un dadaísta avvant la lettre que hizo de su vida su verdadera obra de arte. En el momento en que coincidió con Trotski en el Montserrat salía disparado de Europa por desertor. Se subió al buque en Cádiz para evitar en Gibraltar la inspección inglesa. Aunque había nacido en Lausana y escribía en francés, era mitad inglés y sobrino de Oscar Wilde, figura que le obsesionaba hasta el punto de imitar sus gestos y su estilo de vestir. Además, también escapaba de Barcelona, pues acababa de ser vapuleado por Jack Johnson, campeón mundial de los pesos pesados y primer gran boxeador negro, en la Plaza Monumental de Barcelona en un combate que gran parte del público consideró una estafa. La pelea fue recibida como un gran acontecimiento para la ciudad. Cravan la promocionó como el gran publicista que era y se presentó con un record de victorias y unos cuantos títulos que eran todo un alarde de imaginación. Generó una gran expectación y las entradas se vendieron como churros. A Jack Johnson, que estaba de gira por Europa como excusa para salir de los Estados Unidos debido a problemas raciales, la cosa le encajaba de maravilla. El campeón vendió la filmación del combate y se comprometió a alargarlo como mínimo hasta el sexto asalto. Por lo visto, la pelea fue una broma. Cravan estuvo a merced de Johnson desde que sonó la campana. El campeón jugó un poco con Cravan para hacer tiempo y cuando llegó al sexto asalto lo noqueó sin ninguna dificultad. Las pocas imágenes de la filmación que he podido encontrar muestran algo que se parece más a un espectáculo de circo que a un combate de boxeo. La gente se sintió engañada y se montó una formidable algarabía. Volaron almohadillas por todas partes. Muchos años después se ha dicho que el público no entendió que estaba asistiendo al primer happening de la historia. El poeta y el boxeador comparten la doble condición de guerrero y chamán. Arthur Cravan fue además el primero en entender que el arte y el boxeo se mueven siempre en la delgada línea que separa la genialidad del fraude.

Cravan y Trotski, dos figuras que despiertan mi curiosidad. Hasta que me puse a escribir estas páginas pensaba que pertenecían a dos universos irreconciliables. Jamás habría imaginado que ambos, pese a ser contemporáneos, pudiesen haber coincidido en un mismo espacio e interesarse el uno por el otro. Parece que a Trotski también le llamó la atención la figura de Cravan, al que dedica mucho más espacio en sus notas que al resto de los tripulantes del Montserrat. Dice de él que propaga ideas nietzscheanas y menciona su derrota con Johnson. Al final de su descripción añade: él ha nacido para luchar en la arena de los circos, pero no en los campos de batalla. Se me ocurre ahora que son dos figuras especulares, perfectas en su asimetría. Cravan es el poeta que consiguió dejar atrás la contemplación para pasar directamente a la acción; la utopía de toda vanguardia que en última instancia anhela trascender lo artístico para hacer de la propia vida la verdadera materia compositiva. Trotski, por el contrario, es el hombre que ha elegido con pesar la acción en lugar de la contemplación por un fuerte sentido de la responsabilidad histórica, pero que, sin embargo, recuerda como periodos de felicidad extrema los años de reclusión en las prisiones del zar, cuando se pasaba el día tumbado en un catre leyendo.

Recientemente Arthur Cravan ha venido apareciendo y desapareciendo como una especie de misterioso espectro de la cultura en multitud de obras literarias y cinematográficas. Isaki Lacuesta le dedicó un falso documental: Cravan vs Cravan. Y también se puede seguir su rastro en la novela de Enrique Vila-Matas Bartleby y compañía como un miembro más de ese club de los escritores del No, formado por escritores que ya no escriben porque han decidido abrazar el silencio. Cravan es un miembro singular de esa extraña hermandad. En cierta forma, es un innovador en el campo de los escritores perdidos, pues apenas escribió y pasó directamente a la siguiente fase: la desaparición. De nuevo a bordo de un barco, esta vez en el Golfo de México en 1918, en una travesía rumbo a la Argentina. Y se convirtió en mito por la vía rápida, sin necesidad de enfangarse en la engorrosa tarea de escribir una obra.

6

En un pasaje de ese endemoniado laberinto de voces que es la segunda parte de Los detectives salvajes aparece una tal Verónica Volkow. De ella se dice que es la bisnieta de Trotski, y se la describe como una rubia potable (literalmente, ese es el término que emplea el personaje que narra la escena), perteneciente a la buena sociedad mexicana. La primera vez que aparece en el libro, la historia transcurre en las instalaciones del periódico El Nacional, donde los personajes y otros jóvenes hacen cola para ser atendidos por un viejo republicano español al frente de la Revista Mexicana de Cultura, suplemento cultural de El Nacional. Verónica Volkow viene a entregar unas traducciones del ruso y a cobrar por ellas.

Algún tiempo después de haber leído la novela, estaba yo una noche en la cafetería de un teatro de Barcelona con el poeta chileno Bruno Montané, a quien en Los detectives salvajes Roberto Bolaño rebautizó como Felipe Müller. Veníamos de un recital del poeta mexicano Orlando Guillén en el Aula de Escritores y éramos unos cuantos allí. Hablábamos de temas banales, hasta que en un momento me giré hacia Bruno y le pregunté si era cierto que habían conocido a la bisnieta de Trotski en sus años de juventud en México DF. Dibujó una sonrisa que evocaba algo, aunque no sabría decir exactamente qué, y dijo muy flojito: ah, Verónica. Por un momento su mirada se perdió en alguna esquina del Paseo de la Reforma o de la calle Bucarelli, como si acabara de traerle a la memoria algo muy lejano y agradable. Después le pregunté si Verónica era guapa, qué autores traducía del ruso al español, si todavía escribía poesía, aunque no sabría decir si formulé las preguntas en ese orden. Entonces alguien del grupo dijo algo muy gracioso que hizo reír a todo el mundo y la conversación se perdió por otros derroteros, dispersándose todas aquellas preguntas en el aire.

7

En el texto Ernesto Guevara, el último lector de Ricardo Piglia encuentro el siguiente párrafo:

“Philip Rieff ha trabajado la figura del político que surge entre las ruinas del escritor. El escritor fracasado que renace como político intransigente, casi como no-político, o al menos como el político que está solo y hace política primero sobre sí mismo y sobre su vida y se constituye como ejemplo. Y aquí la relación, antes que con Gramsci, es por supuesto con Trotski, el héroe trágico, “el profeta desarmado”, como lo llamó Isaac Deustcher. Hay también en Trotski una nostalgia por la literatura: “Desde mi juventud, más exactamente desde mi niñez, había soñado con ser escritor”, dice Trotski al final de Mi vida, su excelente autobiografía. Y Hans Mayer, por su parte, en su libro sobre la tradición del outsider, también ha visto a Trotski como el escritor fracasado y, por lo tanto, el político “irreal”, opuesto a Stalin, el político práctico.”

Cabe preguntarse, entonces, por el origen de la fascinación que ha ejercido y sigue ejerciendo la figura de Trotski en la cultura moderna. Más allá de su aspecto de erudito oriental con su perilla rabínica, Trotski encarna como nadie dos arquetipos que están ya presentes en la cultura clásica y que el Romanticismo consigue reforzar con nuevas lecturas: el derrotado y el exiliado. El héroe trágico; el proscrito. Guevara, por ejemplo, en los instantes finales se convierte también en un derrotado, pero a lo largo de su vida encarna sobre todo la figura del nómada perpetuo. El encanto del nómada es distinto que el del exiliado. El primero tiene la férrea voluntad del viajero, del que siempre anhela irse a otro lugar para empezar otra vez desde el principio, en un círculo eterno y a la postre fatal; el segundo, en cambio, es expulsado de la sociedad a la que pertenece, del estado que él mismo contribuyó a crear, y emprende entonces un viaje forzoso a ninguna parte, pues la memoria permanece siempre anclada en el lugar del destierro. Ambos, como escribe Piglia, son escritores frustrados, algo que tal vez responda al hecho de que eligieron la acción como forma de vida y la Historia como hoja en blanco donde cifrar la trama de su existencia. Ambos rechazan la transacción, el cálculo, el pragmatismo; y entienden la política como una cuestión de todo o nada, que es, en suma, algo opuesto a la noción misma de política, porque se aparta de toda idea de negociación. La revolución, en este sentido, es un planteamiento que se sitúa más allá de la política y que aspira a su abolición. Tiene algo de advenimiento religioso: impugna la totalidad del orden actual y viene a transformar el mundo, pero también a restaurarlo.

El mito que se ha ido construyendo alrededor de Trotski y que, como todos los mitos, hace tiempo que se ha emancipado del ser humano que lo alimentó en un principio, no habría resistido el ejercicio en primera línea del poder: se habría consumido sin remedio en contacto con la gestión de los conflictos cotidianos. Además, era imprescindible un contramito. Ese es el papel de Stalin en el engranaje de esta historia. No solo el de déspota sanguinario, sino también, como bien apunta Piglia, el de político maquiavélico que negocia con Hitler un pacto de no-agresión.

8

Pese a su accidentado viaje por España y a las impresiones, no siempre positivas, que le causó el país, en algún momento de su exilio itinerante, parece que Trotski exploró la posibilidad de regresar a España. Fue después de la muerte de Lenin, tras haber sido expulsado de la URSS, en los años treinta. Probablemente alrededor de 1936, después de pasar por Estambul y, cuando, estando en Noruega, las autoridades le mantuvieron en arresto domiciliario con el plácet de Moscú. De España tal vez le atrajo su situación política y una amable forma de nostalgia por el país de sus estrambóticas peripecias antes de ser el Trotski que todos conocemos. La cosa no resultó y en noviembre de 1936 el gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas, a instancias de Diego Rivera, le abrió los brazos y León Trotski partió hacia allí junto a su mujer, Natalia, a bordo de un petrolero noruego llamado Ruth (el segundo barco que cruza el Atlántico en esta historia). Como Cravan, podría añadirse, porque al final todos los caminos, de una u otra manera, conducen a México, con la diferencia de que al revolucionario lo recibieron con honores de Estado y el poeta-boxeador desapareció como un completo desconocido.

Fue leyendo a Hans Magnus Enzensberger, en su libro El corto verano de la anarquía (Vida y muerte de Durruti), como descubrí que a Trotski le había interesado tanto la Guerra Civil española. La obra de Enzensberger, que uno nunca llega a saber si se trata de una novela de no ficción o de un libro de historia, está construida en gran parte por una colección de testimonios de los protagonistas de la época. Los testimonios de Trotski, análisis políticos a menudo muy severos con las fuerzas obreras españolas, salpican gran parte del libro. En la Guerra Civil hay una figura que brilla como una suerte de reflejo pobremente autóctono, quizá la versión catalana de Trotski. Alguien de quien, con la tramposa visión panorámica que da observar el pasado desde el presente, se puede decir que incluso anticipa su destino. Se trata de Andreu Nin. La edición de Mis peripecias en España que leo mientras escribo este texto está traducida por Andreu Nin. Cuando leemos el relato en español, por lo tanto, la voz que nos habla no es la de Trotski, sino la de Andreu Nin, que a través de su voz nos cuenta la historia de otro. Esa es la magia de la traducción. Esa es, si uno se detiene a pensarlo, la magia de la literatura. Un relato que se filtra a través de otra voz. Siempre hay algo que se pierde ahí. Es irremediable. Quizá también hay algo que se gana. Todo relato se construye de revelaciones, pero también de omisiones y de olvidos. Y cada nueva versión alumbra un texto nuevo.

Es curiosa la vida de Andreu Nin, sobre todo si se superpone con la de Trotski. En 1921 fue elegido por la CNT como uno de los delegados que acudirían a la Unión Soviética con motivo de un congreso de la Internacional Sindical Roja. En 1922 la CNT abandonó la organización, pero Nin permaneció en Moscú. Se convirtió en un estrecho colaborador de Trotski, casi su secretario personal, y en 1926 pasó a formar parte de su Oposición de Izquierda para evitar el ascenso de Stalin en el partido. Aprendió ruso y volcó al catalán por primera vez a los grandes novelistas rusos del siglo XIX. Tradujo a Dostoievski y a Tolstoi. Tal vez Nin también soñaba en su infancia con ser escritor, quién sabe. Esas traducciones, según me cuenta un escritor catalán amigo mío, están hoy algo superadas. Es normal. El idioma literario envejece mucho más rápido que el idioma común, por eso es necesario volver traducir a los clásicos cada cierto tiempo. Sin embargo, se me ocurre ahora que esas traducciones ya prefiguraban entonces el destino vital de Nin. Es imposible no comparar a sus asesinos, oscuros funcionarios que cumplían con espeluznante diligencia la tarea que les había sido encomendada, con el Raskólnikov de Crimen y castigo cuya voz tradujo Nin, siempre tan inmerso en miedos y tribulaciones.

En 1930 Andreu Nin fue expulsado de la Unión Soviética y tras romper con Trotski en 1934, que abogaba en España por infiltrar al PSOE, fundó el POUM en 1935. Al principio de la Guerra Civil ocupó puestos de responsabilidad en la Generalitat republicana, para ser detenido después de los sucesos de mayo de 1937. Fue trasladado a Valencia, luego a Madrid y finalmente a Alcalá de Henares donde fue torturado y ejecutado por agentes rusos. No obstante, la muerte de Nin estuvo cubierta por un halo de misterio durante mucho tiempo. Según la versión oficial se pasó al bando nacional. El propio Negrín sostuvo que había sido liberado por sus amigos de la Gestapo. A grandes rasgos, esa es la vida de Nin. Todas las vidas, en realidad, incluso las de los grandes aventureros, están compuestas por unos pocos movimientos y pueden resumirse en un párrafo.

Durante una etapa de mi juventud, poco antes de entrar en la universidad, sentí cierta curiosidad por la figura de Nin. Ahora, con la distancia del tiempo, me da la impresión de que me interesaban más las circunstancias de su muerte que su propia vida. En mi cándido pensamiento de entonces creía que ese asesinato sin resolver tenía la facultad de ocultar un secreto providencial. Recuerdo la relación que establecí con el que en aquel entonces era mi profesor de historia. Yo tenía 17 años. De alguna manera, él percibió mi interés por la Guerra Civil, acontecimiento histórico que a él también le interesaba. A menudo nos quedábamos conversando después de clase sobre hechos que yo conocía vagamente de discusiones con mi madre, de los relatos de mi padre y de alguna lectura azarosa. Ahora me viene a la memoria como en un pasillo, tras terminar una clase, me explicó con todo lujo de detalles cómo habían matado a Andreu Nin. A veces piensa uno que en cuestión de crímenes, la sofisticación es más aterradora que la brutalidad. Aquello me pareció entonces una nueva forma de ingeniería del dolor. Creo que a partir de ahí, una vez resuelto el misterio, mi interés por Nin empezó a desfallecer. Apenas he pensado en él durante todos estos años. A veces he encontrado su rastro en artículos, en conversaciones con amigos, incluso en algún cartel, sin que me produjera grandes emociones. Podría decirse que lo había olvidado. O que había olvidado, al menos, el efecto de una curiosidad que se fue sin dejar huella. Sentí algo especial, sin embargo, cuando vi que era el traductor de Mis peripecias en España y a medida que iba avanzando en la construcción de este texto, se me fue apareciendo como una sombra latina, como una proyección meridional de Trotski, como si la historia fuese a veces una mera repetición de los mismos argumentos en distintas latitudes con ligeras variaciones. Un poco como la literatura. Y es que puede decirse que Nin fue el telonero de un destino trágico. Bien mirado, existe una simetría macabra entre ambas muertes. A Nin, que era catalán, lo mataron los rusos. Y a Trotski, que era ruso, lo mató un catalán.

9

Fue en Alicante, y yo debía de tener alrededor de quince años, cuando explorando en la colección de películas en formato VHS de mi tío Iñaki encontré una titulada El asesinato de Trotski. Mi tío Iñaki es uno de los más fieles coleccionistas que he conocido jamás de cualquier fascículo que entreguen con los periódicos, ya sean vólumenes de la literatura universal, del cine clásico o un montón de plásticos inservibles para montar el Titanic. Tenía en su habitación paredes repletas de libros y de películas. Explorando en esas colecciones populares encontré aquella película, de la que en primer lugar me extrañó el título, tan explícito, y después la carátula. La vimos aquella misma noche. Aquellos meses de agosto, en una Alicante canicular, Iñaki y yo veíamos una película cada noche, con todas las ventanas abiertas y un ejército de ventiladores. A menudo teníamos que hacer verdaderos esfuerzos para que la conversación familiar de mi abuela y mis tías no interfiriese en la propia trama.

De la película solo conservo unas pocas escenas vagas. La casa mexicana de Trotski protegida por voluntarios. Su capacidad de trabajo. Un fallido intento de asesinato. Y ese extraño personaje, un belga, alto y moreno, que se introducía con facilidad en el círculo de confianza de Trotski. Se me quedó grabada en la memoria la escena del asesinato. En un alarde de originalidad, el asesino empleó un piolet para agujerear el cráneo de Trotski, algo que seguramente ha contribuido a hacer del crimen uno de los más famosos de la historia. Recuerdo la escena como algo más bien desagradable. Y sangriento. Trotski sentado en su despacho, leyendo unos papeles que le ha entregado ese nuevo amigo que aguarda de pie a su espalda, hasta que de pronto el belga, que esconde el piolet en la chaqueta, percute por detrás el cráneo de su víctima. Trotski se queda estupefacto durante unos segundos, doblemente estupefacto: por el dolor físico y por el dolor del asombro, que es siempre el dolor de la traición. Bracea, después grita y el belga se queda paralizado unos segundos. Recuerdo todavía el alarido de Trotski que espantó a su asesino y evitó que lo rematase en el suelo en ese mismo momento. Un grito sobrecogedor: el grito del siglo XX. Mucho tiempo después he leído que a Trotski lo que más le obsesionaba mientras se desangraba en el suelo de su despacho mexicano, era que su nieto, todavía un niño, no presenciara la escena. Mantengan al niño alejado, no debe ver esta escena, dijo un Trotski agonizante. Ese niño era Estebán Volkow (en ese momento todavía Seva Volkow, antes de que cambiara su nombre), el padre de Verónica y el único descendiente de Trotski, después de que su madre se suicidase en Berlín en 1933, y de que Stalin asesinase al resto de sus hijos. El último superviviente de un linaje maldito que, lo que son las cosas, tras ser podado en Europa brotó de nuevo en México, y al casarse con una madrileña de Lavapiés y tener cuatro hijas se transformó en un linaje americano.

No sé cuando volví a pensar en el asesinato de Trotski. Creo que pasaron algunos años hasta que alguien me dijo o leí algo, da igual. El caso es que en algún momento adquirí conciencia de que el asesino de Trotski era Ramón Mercader. La imagen que tengo de Mercader, por mucho que busque fotos en Internet de su verdadero rostro, no puedo remediarlo, es siempre la imagen cada vez más borrosa de Alain Delon que lo interpretaba en aquella película, en particular en aquella escena final en el despacho de Trotski. La imagen gris y casi lateral de un hombre apuesto y elegante con un traje oscuro: un funcionario del asesinato político.

La historia de una vida puede mirarse desde muchos ángulos, pero vista desde uno en particular parece como si todos los datos encajasen y hubiese una trama secreta que orienta todos los giros para dotarla de un sentido y, en algunos casos, incluso de una impresión de circularidad. Un relato siempre se construye desde un lugar concreto, descubriendo algunos nudos y ocultando otros, porque las vidas en bruto no son más que un conjunto de espasmos y de huidas hacia delante, carentes de la arquitectura superior de una narración. Visto así, bajo una determinada luz, parece como si a Trotski le hubiese perseguido la ciudad de Barcelona. Aquella Niza en un infierno de fábricas en la que se reunió con su familia en el lejano 1916 para subirse al buque Montserrat y a la que ya nunca volvió. La misma ciudad en la que nació su asesino, Ramón Mercader, que empleó para asesinarle un piolet como los que se utilizan hoy en día para escalar las escarpadas paredes de piedra de la montaña de Montserrat, ahora que la escalada está tan de moda; mucho más, desde luego, que la revolución.

Mientas trabajaba en este texto me he dado cuenta de que Ramón Mercader nació en Barcelona el 7 de febrero de 1913. Yo nací el mismo día y en la misma ciudad, 72 años después. Durante toda la escritura del texto, mientras hacía memoria de todos los encuentros casuales y conscientes que he tenido con la figura de Trotski, pensaba que estaba en busca de su rastro en mi historia personal. Escribía sobre él para escribir sobre mí, como si este relato fuese en realidad una autobiografía cifrada en esas intersecciones. Una ciudad como origen de todo y una serie de escenas de las que debería desprenderse, aunque discontinua, una línea narrativa. Ahora empiezo a pensar que tal vez perseguía sin saberlo la figura de Ramón Mercader. A veces sucede que uno escribe hacia un lugar, buscando a alguien, aunque sin ser consciente está escribiendo hacia otro punto de fuga que permanece oculto, incluso para el que escribe (sobre todo para el que escribe) hasta que emerge al final. En ocasiones, ni siquiera emerge. Un cuento está compuesto siempre por dos historias. La primera es la historia visible y la segunda la invisible, que permanece escondida hasta que aparece al final por sorpresa o ni siquiera aparece, simplemente se intuye. Ramón Mercader es la segunda historia, la contrafigura que aparece de pronto y hacia la que me he dirigido sin saberlo desde el principio. Supongo que uno siempre quiere ser Trotski hasta que descubre que es Ramón Mercader. Uno siempre quiere ser el héroe, hasta que se da cuenta de que en realidad es su asesino.

10

Ahora desciendo por la calle Balmes desde la Diagonal. Es de noche. Atravieso el cruce con la calle Córcega. El Eixample de Barcelona sigue pareciéndome una ciudad extranjera. Nunca me he movido con familiaridad por sus calles. Algún día escribiré un texto titulado Mis problemas con el Eixample. Intuyo que será un texto terapéutico que aspirará a aliviar ciertos síntomas, porque mis problemas con el Eixample no tienen solución. Creo que solo podrían ser tratados por un psicoanalista con amplios conocimientos de urbanismo o por un urbanista metido a psicoanalista. Tal es la naturaleza de mi relación con esta cuadrícula que ocupa casi media ciudad y de la que solo retengo algunos fragmentos vinculados a mi propia experiencia, rodeados a su vez de vacíos inexplicables en los que la ciudad me parece un agujero negro. Atravieso el cruce con la calle Roselló. La ciudad propia empieza a languidecer en el momento en que la excesiva familiaridad hace que uno deje de recorrerla con mirada de asombro. Lo mismo sucede con el idioma. El escritor establece con su propia lengua una relación basada en la permanente tensión entre lo propio y lo ajeno, como si al escribir lo hiciese siempre en una lengua extranjera que conoce demasiado bien. Tal vez esto es así porque escribir y andar por una ciudad que nos es familiar y desconocida al mismo tiempo son dos actos que se parecen mucho. Atravieso el cruce con la calle Provenza. Al caminar cuesta abajo pienso en las huellas que dejó Trotski a su paso por el Eixample, que son las mismas que dejaré yo el día que me vaya: ninguna.

Atravieso el cruce con la calle Mallorca y llego al portal de Balmes 88, casi en el centro geométrico de la manzana. Un punto equidistante entre Mallorca y Valencia. En el entresuelo de este portal fue donde la familia Trotski agotó los últimos días de espera antes de que zarpara el Montserrat. Me gusta pensar que en Nueva York hay en este momento un doppelgänger mío escribiendo un texto como este sobre el paso de Trotski por Nueva York, titulado tal vez Trotski en el Bronx, y donde Barcelona es solo el punto de inicio de un viaje. Y así se va tejiendo una biografía oblicua y subterránea donde el mito es apenas un punto de fuga: una figura que aparece y desaparece en el texto de la página, así como en la historia personal de los que escribimos los diferentes capítulos.

En Balmes 88 no queda casi nada de lo que vieron los ojos de Trotski en 1916, salvo la bella fachada repleta de cenefas y los balcones de hierro forjado. Entonces había un gimnasio, el gimnasio Hércules, en los bajos del edifico. Ahora encuentro un supermercado de barrio. Un joven pakistaní está recogiendo la fruta y se extraña al verme ahí parado, mirando hacia el portal en plena noche. Hay algo de tráfico, un goteo suave. No se ven apenas paseantes ociosos, no queda nadie esperando en este punto de la ciudad. Se me ocurre pensar que tampoco quedan ya recuerdos de Ramón Mercader en Barcelona, como si nunca hubiera existido. Cuando Trotski estuvo aquí, Ramón Mercader tenía solo tres años y vivía con sus padres cerca del carrer Ample, casi al final del barrio gótico. La ciudad me devuelve un rumor de ruidos domésticos, conversaciones lejanas y algún coche, ahora que me pongo a escucharla con esmero. No sé muy bien qué he venido a hacer aquí, a Balmes 88, donde un día estuvo Trotski poco antes de ser Trotski y de entrar en la historia por la puerta grande. Parezco un loco ante el portal de su amada esperando a que suceda algo, un acontecimiento inesperado y maravilloso, tal vez. He venido a buscar algo, aunque no sé qué. Es posible que ese algo tenga más que ver conmigo mismo que con cualquier otra cosa. Me gustaría pensar que en el fondo albergo la esperanza de percibir una señal que pueda confundir con el fantasma de Trotski. O el miedo a percibir esa misma señal y confundirla con el fantasma de su asesino: el espectro de Ramón Mercader, cargando con un piolet como versión moderna y deportista de la guadaña. Pero, aunque ya han llegado los primeros días de septiembre, el verano se resiste a morir y ni siquiera hay una ligera brisa que uno pueda confundir con una aparición. Todo está detenido en este rincón de la ciudad. Casi estancado, diría yo.

EL AEROPUERTO DEL SUR

“Al principio la muchacha del Dauphine había

insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque

al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo.”

Julio Cortázar, La autopista del sur

X llegó pronto al aeropuerto. Tenía aún tiempo de tomar un café, con tranquilidad, tras atravesar el control de seguridad. Recorrió el corto trayecto bajo la luminosa bóveda de cristal, pensando de soslayo en la inmensidad del espacio y en la perfecta frialdad de sus superficies lisas. Antes de alcanzar las mesas que aguardan junto al control de seguridad se había desabrochado ya el cinturón y, rápidamente, con la misma mano, vaciado uno de los bolsillos de su pantalón. Colocó en un recipiente todos los objetos que flotaban perdidos alrededor de sus muslos, incluidos aquellos que habían sido olvidados en el fondo desde hacía tiempo, al haber perdido su utilidad, y que desde luego no constituían ninguna amenaza para la aviación comercial. Puso todo encima de la cinta transportadora, el ordenador portátil separado, y atravesó el arco de detección de metales sin incidencias. Mientras recogía sus efectos en una mesa especialmente habilitada para tal operación, se congratuló de su eficiencia, de su asombrosa diligencia para atravesar sin problemas los controles de seguridad en este mundo cada vez más saturado de controles de seguridad, de su vasto conocimiento de las enrevesadas reglas que rigen los aeropuertos; mientras observaba, con una mezcla de lástima y repulsión, a aquellos pasajeros para quienes las normas de seguridad constituían todavía un misterio insondable. Los veía regresar una y otra vez sobre sus pasos, de nuevo abatidos por la señal del pitido inflexible: el cinturón, el ordenador, los pendientes, un juego de llaves olvidado, cualquier descuido les marcaba de nuevo el camino de un eterno retorno engorroso, con una mueca cada vez más pronunciada de desconcierto y silencioso fastidio.

Se acomodó en una cafetería tras comprobar por enésima vez la hora del vuelo. Sorbió con suavidad el café con leche, entrometió su oído en conversaciones ajenas y se miró a sí mismo reflejado en las soledades de otros que también sorbían su café con leche. Tras escarbar en su pequeña maleta logró palpar el libro y lo colocó sobre la mesa: regular y flamante. Acarició su lomo y se sintió por fin reconfortado, más bien apaciguado por la potencialidad, todavía tensa, de una novela aún por empezar. De alguna forma la novela era una garantía contra cualquier contratiempo, una defensa infalible frente a la monotonía y el tedio de cualquier espera. Decidió empezar a leerla más tarde, tal vez en la puerta de embarque, en esos últimos momentos en que la espera se vuelve siempre más tediosa, para luego continuar en los primeros minutos de vuelo, justo antes de dormirse un rato. Leyó una vez más la contraportada, recorriéndola con la yema de los dedos, y se felicitó a sí mismo por lo que parecía ser una excelente elección. Apuró el café con leche y respiró sosegadamente mientras observaba el interminable goteo de personas. Una visión que podría resultar sugestiva para un principiante, pero que para la mirada experta de X era un paisaje habitual, casi cotidiano. Era media tarde y X, contemplado de lejos, era apenas una oscura silueta, un simple trazo vertical en la vastedad luminosa del aeropuerto.

Acudió a los monitores para averiguar la puerta de embarque. Poco después emprendió el camino hacia allí arrastrando con parsimonia su pequeña maleta rodante. El trayecto discurrió otra vez entre rectas agonizantes y paredes transparentes. Pensó que sentado en la zona de espera podría leer hasta que llegara la hora. Y así lo hizo. Inició por fin la lectura de la novela, sumergiéndose levemente en la ficción durante unos minutos; mirando hacia fuera de vez en cuando (estaba diluviando); comprobando la hora cada cierto tiempo; levantando la vista para contemplar la evolución del paisaje humano alrededor de la puerta de embarque. Todo muy calmado. El lento aumento de población flotante que se agolpa alrededor de una puerta de embarque de un aeropuerto cualquiera al acercarse la hora de salida de un vuelo y uno procede a escrutar los rostros de los que serán sus futuros compañeros de viaje.

Quince minutos antes de la hora prevista para el embarque X comprobó, mirando a través de los cristales, que no había ningún avión estacionado y pensó: hay retraso. Una mujer se acercó a la azafata de tierra que esperaba detrás del mostrador. X las vio hablar a lo lejos, sin oír nada. La mujer hizo un gesto de hastío, se giró con cara de pocos amigos mientras negaba con la cabeza, y arrastró, resignada, su maleta rodante de vuelta a la llanura de sillas. Algunos pasajeros se acercaron a la mujer parar tratar de averiguar lo que pasaba, en eso que X pensó que lo más conveniente sería interrogar directamente a la azafata de tierra para obtener información de primera mano. Preguntó de cuánto sería el retraso. Ella respondió que a esas alturas era imposible saberlo. ¿Ni siquiera una estimación? Nada. Y la azafata añadió algo acerca del mal tiempo y de la dificultad que entrañaba aterrizar en el aeropuerto en semejantes condiciones. Alrededor del mostrador se produjo un intenso goteo de pasajeros que encajaban la situación con impotencia. Algunos prefirieron resignarse en soledad; otros buscaron en los desconocidos un lugar propicio para compartir su enfado y enfadarse juntos. De pronto alguien profirió un insulto. Se trataba de un insulto previsiblemente dirigido a ese ente abstracto que es la compañía, aunque, disuelto en la indefinición y el desorden del momento, podría también apuntar a la azafata. Otro pasajero argumentó que la azafata era tan solo una empleada, sin culpa ni responsabilidad en lo que estaba ocurriendo y que, al fin y al cabo, se merecía un respeto. X pensó entonces que era solo otro retraso sin importancia. Logró contenerse sin esfuerzo y decidió esperar sentado en una butaca, leyendo el segundo capítulo de la novela. Toda una garantía para las inclemencias de una espera más dilatada de lo previsto.

La lluvia arreciaba. No muy lejos de allí se formó una gotera. Unos operarios acudieron de inmediato para cercar el charco con unas vallas de plástico. Un pasajero hizo un comentario sarcástico sobre el lamentable estado de la nueva terminal, de cuya construcción tan orgullosa se había mostrado la ciudad y que era una de las obras cumbre de un renombrado arquitecto local. La mayoría de los pasajeros buscaron un asiento donde masticar la espera o formaron improvisados corrillos para intercambiar impresiones sobre la situación. Poco tiempo después les fue comunicado por megafonía que el vuelo quedaba provisionalmente cancelado hasta nuevo aviso, debido a cuestiones climatológicas que imposibilitaban cualquier despegue o aterrizaje en el aeropuerto. El aeropuerto quedaba, por tanto, temporalmente cerrado. El anuncio provocó una avalancha sobre el mostrador de la azafata de tierra. X decidió también acudir allí con la esperanza de aclarar algo. La azafata de tierra siguió repitiendo como una letanía lo mismo que acababa de ser anunciado ante las infinitas preguntas de una gesticulante multitud de pasajeros. Insistió en que no tenía más información que la que había sido puesta a disposición de todos y que, como ellos, ella también estaba a la espera. Pasaron unos minutos en los que no consiguieron despejar ninguna incógnita. De pronto, un pasajero que estaba asomado a los ventanales viendo llover exclamó que había visto despegar a un avión y se acercó a la azafata, advirtiéndole que el aeropuerto estaba de nuevo en funcionamiento. Otro, que venía de realizar una excursión por la terminal para evaluar el estado general, afirmó haber visto a gente embarcando en aviones que, presumiblemente, estaban saliendo en ese momento. La gente empezó a exigir respuestas más concretas y la indignación creció. Algunos pasajeros empezaron a perder las formas, asegurando que la azafata les estaba engañando. X se dijo a sí mismo que era importante mantener la calma en medio del tumulto. Un ejecutivo calvo, visiblemente alterado, anunció al resto de pasajeros que él iba a hablar con un representante del operador del aeropuerto, pues era quien planificaba todos los vuelos, y estaba, por tanto, jerárquicamente por encima de la compañía aérea. Ellos, aseguró, tendrán información mucho más detallada de cómo anda la situación. El ejecutivo calvo hizo gala –todos lo percibieron– de un amplio conocimiento del negocio de la aviación comercial. Y también de un optimismo que a X le pareció un tanto irracional. Aun así, unos pocos creyeron en él y decidieron seguirle. X supo desde el principio que ese plan no llevaba a ninguna parte. Entonces apareció en escena un azafato de tierra dispuesto a ayudar a la azafata, cada vez más desbordada ante el alud de preguntas y peticiones de una multitud de pasajeros que empezaba a cercarla alrededor del mostrador. El uniforme y la actitud enérgica del nuevo azafato sugerían que ocupaba un rango superior en el escalafón de la compañía. Pidió que la circunferencia se ensanchara para dirigirse a todos con mayor claridad. Y la circunferencia entonces se ensanchó. Explicó que la situación era la que era: el aeropuerto había estado cerrado durante unas horas y ahora empezaba a reanudar su funcionamiento normal, pero la cosa llevaría tiempo y el avión que esperaban estaba todavía en un destino lejano. Tendría que volar hasta el aeropuerto, aterrizar, vaciarse y encontrar una ventana temporal para utilizar la pista y despegar sin problemas. No supo precisar cuánto tiempo sería necesario para ejecutar toda esa sucesión de operaciones, pidió disculpas por la situación, que era consecuencia de la pésima climatología, siempre incontrolable, según precisó, y anunció que la compañía había decidido compensarles por los perjuicios ocasionados con un ticket que podrían canjear por una bebida y un bocadillo en una de las cafeterías de la terminal. Después procedió a repartirlos. La gente se abalanzó sobre él como se abalanzan siempre los seres humanos ante la mínima posibilidad de obtener algo gratis. Las llamadas al orden, a la paciencia o las apelaciones cada vez más desesperadas a los principios básicos de educación y civismo por parte del azafato resultaron del todo infructuosas. X prefirió, sin embargo, no adentrarse en la turba para no dar ni recibir codazos y esperó a que el camino estuviese despejado, mientras contemplaba desde fuera el espectáculo. Obtuvo uno de los últimos tickets. Un pedazo de papel arrugado con una palabra neutra impresa en el centro.

Mientras iba a la cafetería entabló contacto con otros pasajeros. Un grupo que como él había esperado hasta el último momento para recoger el vale. Un grupo de rezagados, pensó, individuos que conservan la calma en el centro mismo del huracán. Intercambió algunas palabras con uno de ellos y enseguida fue invitado a acompañarlos. En el camino, desandando todo lo andado unas horas atrás, supo que el grupo se había formado en el fragor de todo el asunto. Una pareja que había quedado atrapada entre dos vuelos. Una mujer con acento extranjero que también viajaba sola y otros dos hombres: un joven bajito, que encajaba la situación con ingenioso optimismo, y un hombre pelirrojo con aire estoico, que debía andar por la cincuentena, y que oscilaba entre el catastrofismo y el humor negro. X pidió un bocadillo de jamón y queso y una cerveza para intentar desengrasar el fastidio de alguna manera. Sentados alrededor de la mesa, todos explicaron sus razones para viajar. El joven bajito regresaba a su ciudad de origen, tras una semana de trabajo fuera de casa. La pareja venía de unas largas vacaciones en otro continente, y ese vuelo era el último obstáculo que les quedaba antes de regresar a su vida ordinaria. La mujer con acento extranjero tenía que hacer un examen muy importante en la ciudad de destino, un examen al parecer crucial, y había decidido volar a media tarde para repasar con tiempo en el hotel, antes de descansar. El hombre pelirrojo iba a reencontrarse con un viejo amigo después de muchos años. X explicó que iba a la boda de unos amigos. Mostró su traje, que transportaba en una percha anudada en el mango de su maleta portátil, protegido por un plástico opaco. Evitó mencionar, no obstante, que atravesaba un momento difícil y que había depositado grandes esperanzas en esa leve ruptura de la monótona realidad diaria que suponía el viaje. Todos explicaron los perjuicios que les ocasionaba un retraso de semejantes proporciones. La más afectada parecía ser la mujer con acento extranjero. X compartió alguna de sus experiencias anteriores en situaciones similares. Todos reconocieron en X a un veterano de los aeropuertos y, aunque tuvo una tenue tentación de vanidad, admitió que la naturaleza del retraso en que estaban envueltos difería ligeramente de sus experiencias pasadas. El uso de la expresión “cancelado temporalmente” dotaba a toda la cuestión de una incertidumbre nueva y desconocida. El hombre pelirrojo expuso las hipótesis más pesimistas, hasta derivar en un panorama apocalíptico que a todos les hizo mucha gracia, incluso a la mujer de acento extranjero que se rio con ganas y pareció olvidar por un momento lo desesperante de su situación. El joven bajito le quitó hierro al asunto, soltando algunos comentarios ingeniosos como contrapunto y, a pesar de todo, la situación se relajó. Todos fingieron olvidar entonces por qué estaban allí y se dijeron sus nombres.

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