Kitabı oku: «Volt»
Alan Heathcock se crió en un suburbio de clase obrera del sur de Chicago, estudió periodismo en Iowa y actualmente reside e imparte clases de escritura creativa en la Universidad de Boise, Idaho. A los tres años un gato callejero estuvo a punto de dejarle sin ojo. La secuela de aquel incidente, un ligero estrabismo que durante años le proporcionó un espeluznante parecido con Popeye, le hizo quedar finalista para el papel de Danny, el chico «Redrum», de la película El Resplandor. Escribe en la VOLT-mobile, una caravana Roadrunner de 1967 que durante mucho tiempo perteneció al departamento de policía de Idaho. Hoy está llena de libros, premios y cachivaches. Dentro huele a bosque y llega el wifi de casa. Ha empapelado la encimera y una de las paredes con páginas de sus autores favoritos (siente especial debilidad por la carta que le escribió Joy Williams después de leer VOLT). Robert Mitchum, en el papel del reverendo Harry Powell, con AMOR y ODIO tatuado en los nudillos, le vigila desde un póster en la pared: «Mirad estos dedos, queridos hermanos, tienen venas que corren hasta el alma del hombre y están siempre luchando los unos con los otros». Al final de la jornada, Alan hace lo posible por desconectar de los traumas de sus personajes antes de que su mujer y los niños lleguen a casa del colegio. Por lo general, funciona salir a correr escuchando lo último de Wilco, hacer una paradita en el Gyros Shack y darse una buena ducha. Le aburre pescar, es aficionado a la frenología y Ashley Roshitsh, la encargada y jefa de camareros del Saint Lawrence Gridiron de Boise, ha creado un cocktail con su nombre. The Heathcock.
VOLT
VOLT
Alan Heathcock
Traducción Javier Lucini

Título original:
Volt
Graywolf Press
Minnesota 2011
Primera edición:
Abril 2016
© Alan Heathcock, 2011
© 2016 de la traducción: Javier Lucini
© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: Iban Sainz Jaio
Corrección de estilo: Marta Velasco Merino
El traductor desea expresar su agradecimiento a Tomás González Cobos por su atenta lectura y sus siempre certeros consejos.
ISBN: 978-84-19288-02-8
Producción del ePub: booqlab
Para Rochelle
Índice
El mercancías detenido
Humo
La pacificadora
De permiso
Fort Apache
La hija
Lázaro
Los renacidos
Voltio
Agradecimientos


1
El crepúsculo incendiaba los cerros y el polvo que se arremolinaba desde los discos del arado formaba un manto de niebla sobre el campo. Parpadeaba, no podía evitarlo. No tenía nada limpio con lo que enjugarse los ojos. Mañana tocaba sembrar el trigo de invierno y aún quedaba mucho por hacer. Treinta y ocho años, muy respetado, en su granero nunca faltaba grano seco, podías fiarte. Ese era Winslow Nettles.
Winslow no vio a su chico cruzar el campo a la carrera. No vio a Rodney encaramarse a la parte trasera del tractor con el pastel de carne y el maíz tierno envueltos en papel de aluminio. No vio la bota de Rodney resbalar en el enganche.
Winslow se restregó los ojos con un pañuelo mugriento. Los discos del arado dieron una sacudida. Se giró para ver qué había provocado aquel zarandeo y ahí atrás, como algo caído del cielo, un niño tendido sobre la tierra.
Winslow saltó del tractor y corrió hacia su hijo. Le apretó con el cinturón el tajo de la pierna. Le presionó el cuello con la palma de la mano. La sangre fluyó entre sus dedos. Winslow acunó a su hijo en su regazo y observó cómo el tractor seguía su marcha dejando un arco de polvo descendente hacia las vías del tren que marcaban el límite septentrional de todo lo que poseía.
2
Las luces parpadearon y la campana repicó. Winslow detuvo la camioneta en el cruce. Del bosque emergió un mercancías, la locomotora se estremeció al tomar la curva. Winslow miró primero las ruedas de hierro del tren, luego la ladera que se alzaba al otro lado de las vías, su vieja casa de tablones, el granero de techado curvo, los silos alzándose por encima de los campos de cebada. El tren resopló, cada vez más cerca. Tardaría en pasar unos veinte minutos. A Winslow le faltaban treinta y siete acres por segar, había perdido demasiado tiempo con la muerte de su hijo, con el funeral y los parientes, con las largas horas consolando a su mujer, Sadie, cuántas lágrimas había vertido, cuánta agua en una sola mujer.
El cruce se puso a temblar. La sirena del mercancías bramó, su quejido cada vez más alto, más próximo. Winslow pisó el acelerador. La camioneta entró dando tumbos en las vías, el morro de la locomotora inundó la ventanilla. Dio un volantazo y la camioneta giró bruscamente, se tambaleó pero no se salió de la carretera. Siguió acelerando colina arriba, los furgones centellearon en el espejo retrovisor, los frenos del tren chirriaron y los enganches aullaron hasta detenerse del todo.
Desde su posición elevada en la cosechadora, Winslow contemplaba el tren detenido, la locomotora distante al oeste, los vagones de carbón perdiéndose en las profundidades del bosque oriental. Había pasado una hora y allí seguía. Winslow tenía lo nervios a flor de piel. Desvió la mirada hacia los rodillos que iban cortando la cebada. Una bandada de mirlos levantó el vuelo. Por el rabillo del ojo percibió un destello blanco entre el sembrado, acto seguido surgió un hombre agachado que se lanzó delante de la grada.
Winslow pisó el freno y se golpeó la cabeza contra la ventana trasera. El pulso le latía con fuerza en el cuello cuando desactivó la cosechadora. Entonces alguien se puso a dar golpes en la cabina, un hombre sin aliento, camisa blanca bajo un mono gris lleno de manchas. Winslow abrió la puerta y saltó al terreno.
–¡Oiga! ¿Qué diablos hace? –exclamó Winslow.
El hombre se encaró a Winslow. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiese estado llorando, el pelo blanco como la luna y una cicatriz que le partía el labio y se le enroscaba en la mejilla como el rabo de un cerdo.
–Podría haberle matado –balbuceó.
Winslow echó una mirada a la cosechadora.
–Soy yo el que podría haberle matado.
–Hijo de puta –ladró el hombre–. Le estoy haciendo probar su propia medicina.
–Mida sus palabras, señor –dijo Winslow–. No me conoce de nada.
El hombre agarró a Winslow de los tirantes del mono y lo arrojó al suelo. Se inclinó sobre él, el sudor de su cicatriz brillaba a la luz del mediodía.
–Lo dejo –dijo el hombre del tren apuntando a Winslow a la cara con un dedo–. Así que por mí puede irse al infierno.
El viento le revolvía el cabello transformándolo en llamas blancas. Winslow apretó las mandíbulas, pensó que iba a golpearle. En lugar de eso, el conductor del mercancías se irguió, se subió la cremallera del mono y se largó corriendo.
Winslow lo vio ascender la pendiente, lejos de las vías, lejos de su tren. Corrió alzando las rodillas a través del campo de cebada hasta dejar atrás la casa de Winslow, el granero y los silos, sin detenerse ni mirar atrás. Pronto no fue más que una mota casi irreconocible en el horizonte; al coronar la cumbre, como deslizándose por un diminuto agujero en el cielo, desapareció.
3
Winslow se quedó un buen rato sentado entre la cebada, decidido a concluir su faena. Pero le sobrevino un temblor en las manos y una pulsación en los ojos, y se vio superado por la fiebre. Solo tuvo fuerzas para volver a la casa.
Intentó recomponerse en el recibidor. Se desplomó contra la pared y escuchó el crujido de una silla. En el salón, una estancia con revestimiento de madera y oscura a pesar de los ventanales, Sadie bordaba una manta de lana para el sofá; retales violetas, rojos y dorados cubrían su mecedora.
–Me voy a tomar un descanso –anunció Winslow antes de apresurarse a la cocina en la parte posterior de la casa. Le ardían los ojos. Las sienes le palpitaban. Al abrir la puerta del congelador se le cayó una bolsa de guisantes. Winslow se dejó resbalar hasta las baldosas. Se llevó los guisantes congelados a la cara.
–¿Hambre, Win? –preguntó Sadie desde el pasillo, sus pasos se acercaron y al rato apareció en la cocina–. ¿Win?
Winslow cerró los ojos, la sintió a su lado, su mano caliente en la nuca, la otra en la frente.
–Oh, Win –dijo ella–. Estás ardiendo.
Sadie era como una estufa que le acababa de estallar encima. Sus dedos le quemaban las mejillas, la garganta. Le rogó: «Déjame en paz», y luego, «Por favor, cariño», pero ella no se movió y el calor se intensificó, los hombros y los brazos comenzaron a temblarle.
Winslow la apartó con brusquedad. Ella se tambaleó, fue a dar contra la mesa de la cocina y se cayó. Se quedó tendida en el suelo, agarrándose el cráneo.
Winslow corrió a su lado.
–Cariño –dijo con miedo a tocarla–. De verdad que lo siento, cariño.
Sadie apoyó una mejilla contra una baldosa y retiró la mano de su pelo. Tenía la palma teñida de sangre.
Winslow yacía despierto con plena consciencia de sus músculos, de su respiración, de los gemidos del somier. El médico le había recetado unos analgésicos a Sadie y ahora ella dormía profundamente a su lado. Le habían afeitado una franja del cráneo y los puntos se le habían teñido de naranja a causa del yodo.
Ahora y siempre seré el hombre que mató a su hijo. El hombre que empujó a su mujer. Winslow quiso despertar a Sadie y disculparse una y otra vez. Estaba muy alterado. Se bajó de la cama procurando no despertarla y avanzó a tientas por la oscuridad con su mono y sus botas.
Recorrió el pasillo a trompicones hasta una puerta que ahora mantenían cerrada. Como el borracho que evita una taberna, él siempre eludía aquella habitación. Apoyó la frente en la puerta y trató de recordar el rostro de Rodney. Pero solo le vino a la mente el hombre del mercancías, sus cabellos blancos, corriendo por el campo de cebada, perdiéndose en la lejanía.
Tenía la frente empapada en sudor. Se precipitó al baño y se roció la cara con agua fresca. Volvió a recordar al hombre del mercancías empequeñeciéndose en la colina, desapareciendo.
Winslow se dirigió a la puerta. Desde el recibidor la luz de la luna trepaba las escaleras. Recorrió el pasillo, se asomó al resplandor. Sadie había retirado de la escalera todas las fotografías de Rodney y, al bajar, Winslow, fue deslizando la punta de los dedos por los clavos donde habían estado colgadas.
El salón estaba bañado por la luz de la luna. Winslow se aproximó al mirador. En el exterior la tierra brillaba. Dejó vagar los ojos mucho más allá del promontorio donde crecía la cebada. Al fondo del campo se agazapaba la muralla que formaba el tren, una silueta negro hollín, un mercancías sin maquinista.
¿Por qué no habían venido a por él? ¿No iba siendo ya hora de que alguien lo echase de menos en alguna parte? La sangre le bullía en el cráneo. No se podía quitar de la cabeza la mejilla cicatrizada del conductor del tren. Aquel hombre se había puesto a correr sin más. Se largó.
Winslow entró con decisión en la cocina y se puso a revolver en los cajones hasta dar con un cuaderno y un bolígrafo. Dudó. No supo qué poner. Garabateó: Salí a pasear. Volveré pronto.
Winslow lo leyó una vez, consideró el sentido de sus palabras. No tenía ningún plan. Solo caminar. Calmarse un poco. Dobló el papel. Se lo llevó a los labios y lo dejó sobre la mesa de la cocina.
4
Winslow atravesó los campos de cebada a puntapiés. Promontorio tras promontorio, caminaba con los ojos siempre puestos en la siguiente cumbre. Al alcanzar el límite de su propiedad se permitió mirar por encima del hombro. Había ido dejando una senda de sombra aplastada en la cosecha. Por encima de la cresta solo se adivinaba la bóveda plateada de su silo.
Saltó una zanja y siguió adelante entre hileras de maíz que le llegaban al pecho. Desde una cima desnuda, Winslow se fijó en la luz más brillante del horizonte y pensó que procedía de una torreta de radio, pero en realidad era Venus, visible a baja altura durante la noche, y decidió que solo descansaría cuando refulgiese directamente sobre su cabeza.
Cruzó un pestilente campo de menta, una zona de pastos, sudó tinta a través de un cenagoso campo de guisantes. Horas de viaje sin pausa dejando atrás casas de gente que jamás había conocido.
Siguió sin detenerse hasta que, al avanzar entre las ramas fibrosas de un bosquecillo de sauces, los reflejos de la penumbra del amanecer le calentaron el rostro. Winslow se frotó los muslos y se planteó dar media vuelta. Pero me hundiré, pensó. Volveré a hacer daño a Sadie. Tan solo me tomaré un día para serenarme. Sadie lo entenderá. Es por ella. Por nosotros.
Winslow necesitaba desierto, necesitaba soledad. Pero no importaba donde mirase, siempre se topaba con un camino de tierra, con el zumbido de una depuradora de aguas residuales o con el tejado de una tienda de cebos parpadeando al sol. Al mediodía llegó a un promontorio desde el que se podía ver el ancho río que marcaba la frontera del estado. Lo fue bordeando durante una hora hasta que dio con un puente de estructura oxidada que cruzaba a la otra orilla. Winslow fue atisbando entre las junturas podridas mientras pasaba por encima de las revueltas aguas marrones, aferrándose a las vigas hasta que se vio de nuevo a salvo en tierra firme.
Tenía los tobillos hinchados, los talones ampollados. Hizo un alto debajo del puente, se rellenó las botas de hierba y se apretó los cordones. Cojeó por el terraplén hasta donde las asiminas asfixiaban la orilla y las colinas parecían intactas. Winslow se abrió paso entre la maleza, las ramas le arañaron las mejillas, las bardanas le mordieron los calcetines y las zarzas le rasparon el cuello y los antebrazos.
Bien inmerso en la espesura, descansó en la cima de una colina arbolada con vistas a un pequeño riachuelo. La luz del sol corcoveaba en el agua. Aunque su cuerpo estaba inmóvil, su mente, a fogonazos, no dejaba de dar vueltas: la bota de un niño erguida en un surco; una enfermera cortándole a Sadie el pelo ensangrentado; el dedo deforme de un hombre delante de su cara.
Comenzó a anochecer y la luna se abrió paso entre los árboles. Winslow se agazapó entre la hierba mora empuñando su navaja. Se figuró que Sadie ya habría llamado a los vecinos para que saliesen en su busca, posiblemente también a la policía, y se la imaginó bordando en el salón, pendiente del sonido de pasos en el porche. Lloró y escuchó el despertar del bosque. No durmió.
El amanecer afloró verde grisáceo con unos nubarrones que envolvieron las colinas. Era el momento de regresar a casa, pero Winslow tenía los pies doloridos y la caminata de vuelta le resultó impensable.
¿Qué le diría a Sadie?, se preguntó. ¿No confiaba en que comprendieses mis lágrimas? ¿Pensé que me verías como un débil el resto de nuestra maldita vida si me ponía a llorar aunque solo fuese un momento? Su cansancio era como un lastre que llevaba amarrado al cuello y Winslow introdujo los brazos en el peto, cerró los ojos y se quedó inmóvil en lo alto de la colina boscosa.
Comenzó a chispear sobre sus párpados. La lluvia se convirtió en un aguacero y Winslow buscó rápidamente el cobijo de una cornisa de arenisca. La lluvia arreciaba de lado y aplastaba la hierba de la ladera. El riachuelo fue creciendo poco a poco, levantando olas. El barro trepó la pendiente. Cuando por fin el sol ardió entre las nubes, Winslow estaba muerto de hambre. Buscó por el bosque y dio con unos arbustos repletos de bayas opalinas. Las ingirió con voracidad, casi sin darle tiempo a tragarlas.
Su estómago no tardó en reaccionar. Vomitó. De nuevo le entró el temblor de la fiebre. Tenía la piel como un hervidero. Se desnudó y, agarrado a la raíz descubierta de un árbol, dejó que su cuerpo se deslizase en el gélido riachuelo. La sombra ocultaba el desfiladero y aferrado a la raíz, con las aguas turbias arremetiendo contra su barbilla, distinguió una figura en lo alto de la colina, el hombre del tren iluminado desde atrás por el crepúsculo.
El hombre se mantuvo apartado del árbol, levantó una mano y le hizo una seña. Winslow tuvo la sensación de que por fin le había alcanzado aquello que le perseguía. Cerró los ojos y aguardó a que una mano le sacase del agua y le arrastrase de vuelta a casa. Winslow se negó a abrir los ojos. Continuó esperando, pero el tirón nunca llegó a producirse.
Winslow se despertó cubierto de barro. Era un nuevo día, el sol abrasaba, el arroyo volvía a sus márgenes. Winslow subió la colina, no encontró huellas, ni una sola prueba de la visita del hombre del tren. Pero seguía teniendo la sensación de que le perseguían. Se vistió a toda prisa y huyó hacia el sur. Al pie de cada cerro pensaba en Sadie y sentía que debía dar marcha atrás, que debía iniciar el largo camino de vuelta a casa. Pero entonces alzaba sus fatigadas rodillas y se encaramaba a la siguiente roca, y luego a la siguiente.
Bien entrada la noche, después de caminar todo el día sin nada que llevarse a la boca, se topó con una tienda de campaña amarilla junto a una camioneta blanca. Winslow ahuyentó a los mapaches que se disputaban los restos que habían dejado sobre una mesa de picnic, devoró unos bollos rancios de perritos calientes. Alguien se movió en el interior de la tienda, Winslow se llenó los bolsillos de pretzels y se esfumó no sin antes apoderarse de una caja roja de Graham Crackers.
Corrió sin dirección por el bosque, luego los árboles se abrieron y cruzó una carretera envuelto en la luz de los faros y los destellos de las luces de freno, hasta que el suelo volvió a cambiar y se precipitó por un oscuro cañón desarbolado.
Vagó durante semanas, despierto día y noche, comiendo bayas y berros, escarabajos y gusanos, algún pez ocasional, una marmota capturada con sus propias manos. Aunque la mente de Winslow no había terminado de reconciliarse, su cuerpo había evolucionado. Al principio estaba siempre cansado, pero ahora caminaba todo el día con determinación y sin dolor. Las extremidades se le habían endurecido, la tripa fibrosa parecía de granito, la barba y los cabellos encrespados y blanqueados por el sol, la piel horneada hasta convertirse en un pellejo rojizo.
Las primeras hojas comenzaron a mutar de color y Winslow se preguntó si su aflicción se desvanecería también con el cambio de estación. Las quemaduras del sol ya no le molestaban y cuando el aire otoñal se enfrió y él ni se inmutó creyó que había activado una vena apagada en el hombre hacía mucho tiempo bajo capas de mantas y edredones.
No pasó un solo día en el que no se plantease volver a casa. Algunas veces retrocedía una milla, a veces más, antes de que un estremecimiento de angustia le hiciese volver sobre sus pasos.
Un día de cielo plomizo, la lluvia sobre la malvarrosa conjuró el aroma del perfume de Sadie. Winslow corrió sollozando en la dirección que pensaba que le llevaría de vuelta a casa, corrió toda la tarde hasta bien entrada la noche y solo se detuvo cuando se topó con una pared montañosa. No había manera de evitarla; al venir había tardado dos días en subirla y bajarla.
Winslow se dejó caer de rodillas. Por el rabillo del ojo vislumbró una presencia y creyó que el hombre del tren había vuelto a encontrarle. Pero cuando se volvió a mirar solo era un pino desaliñado que se elevaba entre las rocas.
Winslow comenzó a lanzarle piedras. Le retorció el tronco como si fuese un pescuezo. Lo sacudió y lo estranguló contra el suelo. Se abrazó a sus ramas y trató de llorar, pero ya se le habían agotado las lágrimas. Bajo una luna pálida, Winslow supo que había dejado de pertenecer al mundo de los hombres y que ya solo le quedaba seguir vagando eternamente por los bosques como un hijo perdido de la civilización.
5
Winslow siguió el rastro de unos somorgujos hasta dar con un lago plagado de tocones y se sentó en un tronco a contemplar los remansos con intención de capturar su cena. El sol poniente anidaba sobre las copas de los árboles. Aparte de los somorgujos, bandadas de ánades rabudos y de porrones picudos se mecían sobre el agua teñida de rojo.
Una ráfaga de patos alzó el vuelo. Volaron hacia el sol y giraron en las alturas. El estruendo de un rifle resonó orilla arriba. Uno de los patos de la bandada cayó derribado de la cuña que se elevaba produciendo un golpe seco entre las espadañas que crecían a los pies de Winslow. La cabeza irisada, como de metal verde, el ala rota bajo el cuerpo acribillado. Lo recogió, el cuello del ave se le venció sobre los dedos, el cuerpo aún estaba caliente, las plumas de la cola empapadas.
De pronto surgió un perro de caza entre los juncos, se aferró al brazo de Winslow con sus fauces y se puso a sacudir violentamente la cabeza. Winslow soltó el pato y alzó al perro con un abrazo de oso. El sabueso intentó morderle la cara, Winslow apretó con fuerza y el perro aulló.
Un destello naranja entre los juncos. El cazador levantó el rifle y le estrelló la culata en la mandíbula. Acto seguido, Winslow estaba en el suelo con la vista nublada. Se incorporó para huir. Corrió dando tumbos, las piernas le temblaban y las espadañas le fustigaban la cara.
Winslow se despertó con la visión llena de chispas. Un dolor agudo le punzaba los ojos. Estaba tendido en el casco de una barca metálica, las manos y los pies atados con sedal, la mandíbula tan hinchada que no podía ni levantar la cabeza.
Las nubes se deslizaban en lo alto, el cielo encanecía hacia la noche. No tardaron en aparecer ramas de cipreses cubiertas de musgo, el halo de luz de un muelle. El cazador arrastró el bote hasta tierra, Winslow sintió cada tirón en el cráneo como un mazazo en una estaca.
Se sucedieron unos minutos de soledad, pero el dolor en la cara evitó que Winslow intentara moverse. Al rato aparecieron tres hombres. Uno a cada lado y el otro a sus pies. Lo sacaron del bote y lo metieron en la caja de una camioneta que apestaba a pescado.
Avanzaron despacio, pero la carretera estaba llena de baches y Winslow acusó cada empellón. Le arrastraron hasta una pequeña edificación de piedra y le depositaron sobre el catre de una celda con barrotes de metal.
Le cortaron las ataduras. Winslow no opuso resistencia. Los hombres se retiraron a unas sillas plegables al otro lado de los barrotes. El hombre que iba con la indumentaria naranja de cazador era corpulento, de rostro caballuno, con mejillas rubicundas e imberbes. El que se sentó a su lado con las piernas cruzadas tenía dos agujeros oscuros por ojos y lucía de pies a cabeza el color canela de los agentes de la ley. El tercer hombre, con la piel envejecida del mismo color que las manchas de tabaco de su dentadura postiza, se manifestó lenta pero sonoramente:
–Estamos-en-el-condado-de-Barclay.
Winslow trató de pronunciarse, intentó decir quién era, pero tenía la mandíbula destrozada, sus palabras fueron un galimatías.
–¿Veis esos ojos? –dijo el anciano a los demás–. Este muchacho es salvaje como el viento.
Un hombre demacrado con el pelo embadurnado de gomina se presentó con un maletín negro y aguardó junto al catre de Winslow. También entró el agente de la ley. Se sirvió de su pistola para apartarle la barba del mentón. El médico achicó los ojos para examinarle.
–La tiene totalmente destrozada –le dijo al agente–. Acérqueme mi maletín.
Winslow indagó en los ojos las intenciones de aquel hombre.
–Ahora tranquilícese, amigo –le dijo el médico como calmando a una mula. Winslow sintió el frío del alcohol en el bíceps. El pinchazo de una aguja.
Volvió la mirada al techo resquebrajado. Una polilla revoloteaba en torno a una luz protegida por una tela metálica. La luz no tardó en difuminarse, la polilla se convirtió en confeti resplandeciente y sus párpados, pesados, se cerraron.
6
La luz del día brillaba a través de la ventana enrejada de la parte alta de la pared. Winslow pestañeó, intentó concentrarse. Pequeños alambres le impedían abrir la boca. Pasó delicadamente los dedos por encima de los alambres y los dientes. Sabía que todo había terminado. Se preguntó qué le iba a suceder a continuación.
El médico entró en la celda. En el bolsillo de la camisa llevaba un cuaderno de recetas. Winslow alzó la mano, señaló el cuaderno e hizo un gesto para dar a entender su deseo de escribir. El médico miró hacia la puerta donde estaba el agente. El agente se tamborileó los dientes con el pulgar. Asintió. Winslow tomó el cuaderno y el bolígrafo.
Escribió: NO PRETENDO HACER MAL A NADIE.
La verdad le conduciría de vuelta a casa. No podía volver. Así que Winslow escribió que se llamaba Red, que había sido ranchero hasta que una gran empresa adquirió su ganado y prescindió de sus servicios. En algún momento decidió adentrarse en el bosque. estuve mucho tiempo perdido. Mientras el médico leía en voz alta, Winslow tuvo la sensación de que Sadie estaba al otro lado de los barrotes, escuchando todas aquellas mentiras. No pudo hacer frente a eso y se puso a llorar.
El agente le dio una palmadita en la bota.
–¿Algún familiar al que podamos llamar?
Winslow se presionó los labios con la punta del bolígrafo. Se lo pensó mucho antes de responder. Al final, garabateó: TODOS MUERTOS.
Solo oía murmullos de lo que discutían en el pasillo. Luego, el agente, que se llamaba Bently, entró y señalando al cazador que le iba a la zaga dijo que como Ham le había reventado la mandíbula él mismo se había ofrecido a darle asilo. Winslow podría instalarse en la caravana de la granja de Ham. Si se sentía con ánimo podía ocuparse de los pavos y sacarse algo de pasta.
–Solo hasta que te recuperes –dijo Bently–. Pero eres un hombre libre. Puedes marcharte ahora mismo si quieres.
Winslow miró por la ventana de la celda. Una nieve sombría y húmeda tapaba el cielo y resbalaba por el cristal. Sabía que en el bosque lo tendría muy difícil con la mandíbula rota. Ham, con los ojos llenos de remordimiento, le sonrió.
Winslow rascó el cuaderno como si estuviese grabando la palabra en piedra: TRABAJAR.
7
Ascendieron a las colinas por carreteras desmoronadas. Winslow llevaba una chaqueta nueva, un mono de faena, calcetines, botas y una bolsa llena de latas de sopa en su regazo, todo comprado por Ham, un adelanto de su primera paga.
–El pavo es el futuro –dijo Ham que llevaba hablando sin pausa desde que salieron del pueblo–. La gente quiere salubridad. Quiere pavo. Nutritivo como una manzana. Más versátil que el pollo. Es el futuro, amigo, y no es solo palabrería. Hay cincuenta maneras de sustituir a la ternera y el cerdo por el pavo… –Y se puso a enumerarlas una a una.
Al rato tomaron un camino de tierra entre fresnos deshojados y traquetearon hasta el claro donde estaba la granja. El corral de los pavos cobró vida de pronto, ajetreo de plumas negras y chillidos. Más allá del corral se hundía un granero erosionado por las inclemencias del tiempo. Avanzaron hasta la parte de atrás y estacionaron junto a una caravana plateada encajada entre unos abetos. Los árboles la abollaban en vertical y se inclinaban sobre el fuselaje como gigantes abatidos.
–La tengo aquí para bloquear el viento –dijo Ham a modo de disculpa–. No parece gran cosa, pero te quitará el frío de dentro.
El calor de las mantas hizo que Winslow se sintiese incómodo. En el bosque había estado permanentemente alerta, pensando en cómo mantener el fuego, en cómo repeler los mosquitos, en cómo encontrar agua y saber si era potable. Ahora la mente de Winslow no dejaba de pensar en el hogar.
A estas alturas del año, Ced Raney estaría montando su Oktoberfest en el granero y a Winslow le preocupó lo que dirían de él en su ausencia. Pensó en Jon Debuque, un soltero que tenía los ojos puestos en Sadie desde el instituto, y se imaginó a Sadie llorando en su mecedora mientras Jon le acariciaba el pelo, diciéndole que él se encargaría de que todo fuese bien.
Winslow se desprendió de las mantas y salió precipitadamente de la caravana. El viento gélido le mordió la piel. La tierra helada le quemó los pies. Se subió al abeto. Se aferró a una rama y trepó. Echado de espaldas, temblando sobre el lecho de agujas, Winslow miró hacia arriba y observó las frías entrañas oscilantes del árbol.
Al romper el día las luces de una camioneta titubearon en el claro. Winslow se alegró de haber superado la noche. Se metió a toda prisa en la caravana y se vistió, salió al encuentro de Ham en el momento en que este bajaba del camión junto a una versión adolescente del propio Ham y una mujer grandota con un jersey tejano. Ham se los presentó como Jim y Sheila, su hijo y su esposa. Winslow le estrechó la mano a Sheila y Jim se quedó embobado mirando su mandíbula cosida de alambres.
Winslow siguió a Ham por el corral. Ham se fue abriendo camino a patadas entre los pavos glugluteantes. Entraron al viejo granero. Faltaba una extensa sección del tejado. A través de la brecha caía suavemente la nieve. Ham volvió el rostro hacia el cielo y trató de capturar unos copos con la lengua. Luego se golpeó los labios y miró a Winslow.
–¿Red? –dijo–. ¿Cómo llevas lo de matar?
8
Los pavos causaban tal alboroto que Winslow no oyó entrar a los niños. Llevaba un ave bajo el brazo y vio al hijo de Ham, Jim, dirigir a otros niños por la escalera. Uno a uno fueron desapareciendo en el altillo.
Se había pasado toda la mañana trabajando sin descanso. De un extremo al otro de la pared posterior del granero colgaban ganchos con cadáveres sanguinolentos. Una vez más, Winslow se acercó al tarugo y dejó caer el ave. Alzó un cuchillo de carnicero y le rebanó el pescuezo. La cabeza cayó en un cubo y el cuerpo dio un par de sacudidas antes de quedarse inmóvil.
Winslow sintió algo húmedo en la mejilla. Escuchó risas desde lo alto. Miró y descubrió a los niños silueteados contra el agujero del tejado. El de la gorra amarilla le hizo una seña. El niño carraspeó y volvió a escupirle. Los otros se rieron. Winslow fijó los ojos en esa gorra amarilla. Volvió a alzar el cuchillo. Las patas del pavo cayeron al suelo.
A la hora del almuerzo, Winslow salió al corral. Los niños le estaban esperando. Pasó cauteloso por en medio del grupo. El de la gorra amarilla dio un paso al frente. Era larguirucho pero muy fibroso y tenía las mejillas arrasadas por el acné.
–Encantado de conocer al nuevo –dijo dedicándole una sonrisa retorcida y extendiéndole la mano.
Winslow inició el movimiento para estrechársela pero el niño se abalanzó para darle un puñetazo en la tripa. Winslow se tensó y el puño golpeó de un modo extraño. El niño cayó al suelo sosteniéndose el brazo. Winslow se arrodilló junto a él, lloraba y se retorcía de dolor con el hueso de la muñeca rota a punto de reventarle la piel.
Ham corrió entre las aves y exclamó:
–¿Qué demonios pasa aquí?
Jim señaló al niño del suelo.
–Fue idea de Harold –le contó a su padre–. Harold quería ver cómo gritaba el nuevo con esos alambres.
Esa noche, Winslow siguió a Ham al Grifo de Barney, un bar alargado1 que tenía las puertas abiertas de par en par a pesar del frío. Ham se sentía mal por lo ocurrido con los chavales y montó una partida de póker como muestra de buena voluntad. Alrededor de una docena de personas bebían en la barra. Todos miraron a Winslow cuando se sentó frente al agente Bently y Rico, el anciano del calabozo.
Jugaron con cacahuetes por valor de un centavo. Winslow hacía un gesto para pedir carta y golpeaba con los nudillos en la mesa para subir la apuesta, vio que no necesitaba hablar. Se llevó una botella a los labios y la cerveza se escurrió entre sus dientes. Después de varias botellas, Winslow estaba completamente borracho en una estancia llena de extraños. Le pasó una nota a Rico que le dedicó una de sus sonrisas dentudas y tuvo que alejarse el papel para poder leerla.
–Red dice que tuvo un hijo.
–¿Un hijo? –dijo Ham–. ¿Y qué fue de él?
–No seas ignorante, Ham –Bently miró a Winslow a los ojos para hacerle comprender que no tenía por qué responder.
Winslow garabateó WHISKY y le tendió el papel a Ham.
Una voz gritó su nombre. No, no su nombre. La voz gritó: Red. Winslow se volvió hacia la voz. Tenía la vista turbia, apenas pudo distinguir a Ham en la puerta trasera del bar. Winslow tropezó al ponerse en pie y fue dando tumbos, abriéndose camino entre las mesas, hasta apoyarse en la pared junto a Ham.
–Necesito que conozcas a unos tipos –dijo Ham arrastrando las palabras y tambaleándose al bajar los tres escalones que conducían al solar yermo y oscuro.
Afuera aguardaban dos hombres jóvenes. Uno de barba rala que soltó el humo de lo que estaba fumando hacia la barandilla en cuanto los vio aparecer. El otro tenía la nariz respingona, parecida a un hocico, y no pestañeaba. Winslow bajó junto a Ham. El hombre-cerdo apretó el puño. Winslow se endureció de manera instintiva. El puñetazo crujió como una rama seca y el hombre se puso a corretear en círculos por el patio con la muñeca entre los muslos hasta dejarse vencer sobre la tierra como un animal abatido por un disparo.
Ham abrazó a Winslow por el cuello.
–Os dije que mi chico es una roca –cacareó hacia la noche–. Una puta roca humana.
Al día siguiente, Ham entró y atravesó el granero con las manos hundidas en los bolsillos de su mono de trabajo. Winslow lo vio venir y se giró hacia la pared de los ganchos. Tenía la cabeza emborronada por el humo y el whisky y se puso a mirar de cerca las plumas deslucidas de uno de los pavos.
–Por amor de Dios, Red –dijo Ham–. ¿Cuántas veces tengo que disculparme?
Winslow se dirigió hacia el tarugo de despiece.
–Tengo algo que proponerte –dijo Ham–. Así que escúchame.
Winslow agarró el cuchillo y miró a Ham.
–Eres el tipo más duro que he conocido en mi vida. Y verás –proyectó un pulgar hacia el corral–, esos chavales de ahí fuera quieren apostar cien pavos a que su chico puede tumbarte de un puñetazo. –Ham golpeó el tarugo con los nudillos–. Conozco a ese muchacho. Es grande como un autobús, pero lo que tiene de grande lo tiene de nenaza –dijo–. ¿Qué me dices, Red? ¿Cuarenta para mí y sesenta para ti?
La sangre brillaba en las manos de Winslow. Se odiaba a sí mismo. Todo esto me lo tengo bien merecido, pensó. Soltó el cuchillo, asintió a Ham.
Winslow siguió a Ham hasta la puerta donde se habían reunido los chicos dando brincos como cachorros. El que le sacaba una cabeza a los demás, ancho como una puerta, arrojó a un lado su chaqueta universitaria verde y dorada e hizo crujir su puño rollizo. Ham situó a Winslow contra la cerca. El chico se plantó ante él.
–Esto va por Harold –le bufó.
Winslow indicó con un gesto que estaba preparado.
Un gancho como un ladrillo atado a una cadena lo lanzó contra la cerca y le hizo rebotar hacia adelante, pero se mantuvo en pie. Exhaló a través de los dientes. Inhaló con calma. La voz de Ham sonó por encima de las maldiciones de los chicos. «Este es mi salvaje. Mi roca.»
9
Ham anunció en el bar de Barney que daría al mejor postor la oportunidad de golpear a Winslow en la tripa bajo la promesa de doblar la apuesta si era capaz de tumbar a su salvaje. Winslow escuchaba desde la puerta trasera, Bently estaba con él, en la escalera, fumando su pipa.
–¿Estás de acuerdo con todo esto, Red? –preguntó el agente.
Winslow se encogió de hombros.
–A Ham se le ocurren malas ideas a la hora del desayuno, a la hora del almuerzo y a la hora de la cena. Si quieres, hago que pare.
Winslow escribió en su cuaderno: NO ME IMPORTA.
Pasada la medianoche, Winslow se acodó en la larga barra de roble y un hombre con la nariz colorada y una gorra de béisbol de veteranos de guerra le sacudió en el estómago. Winslow ni se inmutó, ni siquiera pestañeó. El pequeño grupo se echó a reír y a chillar y Ham le gritó a Winslow al oído: «Sesenta pavos, en un santiamén».
Las pujas nocturnas atrajeron caras nuevas: un obrero de la fundición al que le faltaba una oreja; una anciana encorvada que murmuraba el nombre de su difunto esposo; un hombre con una camisa de cuello blanco y el puño envuelto en un pañuelo de gabardina; una profesora de primaria que se disculpó antes de atizarle y luego se puso a insultarle con los ojos desorbitados.
La multitud fue en aumento y Ham instaló un escenario en un rincón con tela de gallinero y lámparas portátiles. Winslow se colocaba con el pecho desnudo bajo la luz cruda. Ham, con un traje mal cortado y un sombrero de fieltro adornado con plumas de pavo, hacía sonar una campana y exclamaba: «Nuestro mundo se ha vuelto excesivamente respetuoso, hay quien diría que demasiado delicado. Todos sabemos cómo eran las cosas antes, hombres que arrancaban árboles con sus propias manos y los cargaban sobre sus espaldas, mujeres que se enfrentaban a panteras armadas con horquillas y su coraje de madres. Esos días pasaron a mejor vida, amigos míos», en ese momento hacía una pausa para mirarlos a todos. «Aunque seguís conservando esa furia en vuestro interior, ¿no es así? ¿No es así? Bueno, por eso estáis aquí. ¿Quién va a abrir las apuestas con cien pavos?».
Winslow observaba los rostros que pujaban a voz en grito. El ganador cruzó al otro lado de la tela de alambre, llevaba unas gafas con montura de carey y el pelo largo recogido por detrás de sus orejas perforadas. Winslow se vio reflejado en las lentes de aquel joven: un bárbaro de pelo salvaje, frío como un témpano. Preparó su cuerpo. El puñetazo llegó. Winslow cogió aire. Siempre cogía aire.
10
En el cuarto de baño del bar de Barney, Ham le untó carbón bajo los ojos, le dijo que gruñese entre los alambres, que patease el escenario. Winslow siguió a Ham hasta el bar en medio de hombres con gorros de lana y cervezas apretadas en puños enguantados, ni siquiera la tormenta de nieve había logrado reducir la asistencia.
Esa tormenta había arreciado aquella misma mañana contra la caravana de Winslow. La nieve se arremolinaba como en una de esas bolas de cristal. Se había sentado junto a la ventana de la caravana imaginándose que la estancia temblorosa era una locomotora y que más adelante, en las vías, había un cruce y una camioneta. Distinguió su propia cara en la ventanilla de la camioneta anticipando el aplastamiento de metal, cristal y hueso.
Winslow cargaba esa misma sensación de fatalidad al subirse al escenario, la mente plagada de preguntas. ¿Sería diferente si no hubiese sido culpa mía? ¿Podría dejarlo pasar si supiese a quién culpar? ¿Cómo me deshago de todos estos pensamientos horribles?
Se colocó frente a la tela de alambre delante de todos aquellos rostros que formaban nubes de vaho al respirar en el frío del bar. Ham sacó una fusta del interior de su chaqueta y le dio un latigazo en la espalda desnuda. Winslow arqueó la columna y miró con dureza a Ham mientras el público aullaba de placer.
–No me mires a mí con esos ojos de loco –murmuró Ham a modo de reprimenda–. No soy yo quien va a soltar la pasta.
Winslow estaba tumbado en el consultorio. Por las ventanas mugrientas miraba el cielo tormentoso, una ristra de luces de colores se balanceaba en los aleros de la clínica. Alguien llamó a la puerta. Seis semanas con los alambres y se los acababan de quitar.
Winslow movió la mandíbula para formar la palabra: «Adelante».
Ham entró con la gorra en la mano y se quedó junto al pequeño árbol de Navidad que había en un rincón de la habitación.
–¿Raro hablar?
Winslow asintió.
–La mandíbula, oxidada.
–¿Te ves con fuerzas?
–Estoy bien.
–Genial. Me alegro –Ham miró el árbol, colgó la gorra de una rama–. Ya he vendido los pavos de Navidad –dijo, y se aproximó a la ventana. Tamborileó en el alféizar y sonrió a Winslow–. Tienes muy buen aspecto, Red. Te veo fuerte.
Winslow sabía lo que le rondaba a Ham por la cabeza.
–Quiero un filete –dijo–. Consígueme un buen filete. Y puedes ir a decirle a la gente que me presentaré allí esta noche, como siempre.
–Muy bien –Ham le dio una palmadita en la pierna–. Rico y yo. Los dos –dijo, y miró hacia la puerta–. Pensamos que es mejor que no hables durante el espectáculo. Es que la gente no te ve como un hombre real.
El viento silbaba en las cornisas.
–No diré nada –dijo Winslow, las luces de colores se balanceaban de un modo demencial–. Tú consígueme un buen filete. Si quieres me lo comeré con las manos. Me lo comeré ahí mismo, en el escenario.
En su blusa ponía Delsea’s Café y debajo Lilian. Ham preguntó a Winslow si estaba preparado. Winslow no podía apartar la mirada de la mujer, trastornado por el parecido; la misma complexión que Sadie, el mismo mentón afilado, los mismos ojos pardos y tristes, y la cadenita de plata con la cruz, igual que Sadie.
Su puño se estrelló débilmente en su tripa. Los que estaban en el bar se rieron a carcajadas y se burlaron. Lilian se miró el puño. Poco a poco se puso a temblar y a sollozar.
Incluso lloraba como Sadie.
–Te devolveré tu dinero –le espetó Winslow–. Cómprate algo bonito. Alguna joya, un jersey, lo que sea. Algo bonito. Algo… –La estrechó con fuerza entre sus brazos presionando su mejilla contra su corazón palpitante.
Lilian chilló. Forcejeó para soltarse y Winslow la estrechó con más fuerza. Un chasquido bestial restalló en sus hombros desnudos. Ham liberó a Lilian de un tirón, sacudiendo la fusta ante Winslow como un domador manteniendo a raya a una fiera
11
Winslow se paseaba de un lado a otro de la caravana. Se había dado cuenta de que ahora que había recuperado la voz podía telefonear a Sadie cuando quisiera. Pero era muy tarde. No tenía teléfono. Iré a la ciudad por la mañana, se dijo. Puedo escuchar su voz ahora mismo. Puedo contarle dónde estoy, decirle que no sé cómo he llegado hasta aquí. Y no será del todo mentira. Podía contarle que deseaba volver a casa. Podía decirle que sin ella estaba perdido. Le contaría todas las verdades que pudiese antes de que le colgase.
–Algo bonito –dijo en voz alta–. Algo bonito –buscando la bondad perfecta en el tono.
Entonces Winslow recordó la expresión de disgusto de Lilian y supo que su voz no podía ocultar su aspecto. Me cortaré el pelo. Me afeitaré. Volveré a ser yo mismo.
Pero entonces los viejos temores volvieron a imponerse. Sadie no querrá saber nada de mí. Se alegra de que me haya largado. Se alegra de que no ande por allí recordándole a cada momento su hijo muerto. Winslow se tumbó en el suelo. Se puso a hacer abdominales llevando la cuenta en voz alta para no pensar, gritando los números contra las paredes de la caravana fría y oscura.
El viento cortante hacía que el pelo le batiese en los ojos. Se encogió tras el poste de rayas rojas que había en el hueco del edificio. Al rato el anciano barbero se presentó y apartó a Winslow con un gesto para abrir la puerta. Winslow siguió al hombre al interior de la tienda oscura.
–No tengo ni un centavo para darte –le dijo el barbero.
–Tengo dinero.
El anciano asintió receloso. Acto seguido encendió las luces y se puso la bata blanca. Se situó detrás de una silla y la cepilló con una escobilla. Winslow tomó asiento. El barbero le aseguró la capa al cuello y se quedó ante Winslow con los ojos muy abiertos, como si se dispusiera a desmalezar una llanura.
–¿Qué va a ser?
Winslow se fijó en la guirnalda navideña que colgaba en la luna del escaparate.
–Antes fui granjero –dijo–. Fui diácono en mi iglesia.
–Muy bien entonces –dijo el barbero–. Estilo diácono.
El barbero le rasuró la garganta. Afuera el sol resplandecía sobre la carretera nevada. Pasaron tres chavales, cada cual con un cigarrillo entre los labios. Uno de ellos, con una mandíbula demasiado prominente para su edad, se asomó al escaparate. Winslow oyó el dosificador de espuma, sintió el calor de la crema en el cuello. Los chicos seguían en la ventana, fumando, mirando.
–¿No hay escuela por aquí? –preguntó Winslow.
El barbero se volvió con la navaja de afeitar preparada.
–No todo el mundo nace para ir a la escuela –dijo, y se inclinó sobre Winslow entrecerrando los ojos al deslizar la cuchilla por la espuma. Winslow sintió que el aire le enfriaba la piel, sintió los ojos de los chavales en su garganta desnuda.
En la radio del Delsea’s Café sonaba la voz de Bing Crosby cantando «Silver Bells». Winslow observó a Lilian rellenar la copa de un hombre al final de la barra. A él ya se la había rellenado tres veces, le había mirado directamente a la cara, pero con su nuevo corte de pelo y su afeitado no le había reconocido. Winslow tenía un billete de cinco dólares en la mano, permaneció un rato contemplando sus bordes, luego lo alzó. Lilian se acercó con la cafetera. Winslow le entregó el dinero.
–¿Me darías cambio? –le preguntó.
–¿Algún billete o todo en monedas?
Dijo que no con la cabeza.
–Tengo que hacer una llamada. Necesito monedas.
Lilian fue a por cambio a la máquina registradora, luego Winslow empujó la puerta del café y salió con las monedas tintineándole en el bolsillo. Pasó por un callejón donde fumaban acurrucados los chavales de la barbería. Cruzó la calle. Los chavales le siguieron por la acera de enfrente hasta el aparcamiento del supermercado y la cabina telefónica que había junto a la puerta.
Winslow descolgó el auricular. Introdujo unas monedas y trató de ignorar a los chavales que tenía a su espalda. Pero no podía pensar teniéndolos ahí detrás, no podía recordar su antiguo número de teléfono. Alguien le dio un toque en el hombro. Winslow colgó el auricular con brusquedad y se giró para hacerles frente.
Una sonrisita resplandecía en la cara redonda del chaval.
–Diez pavos a que te reviento de un puñetazo.
–No es el momento, hijo.
El chaval se ajustó el guante y apretó el puño.
Winslow le observó. Al volverse de nuevo hacia la cabina, el chaval le golpeó en el riñón. Prendió una mecha en su interior. Se giró hacia el chico y le dio un puñetazo brutal en la boca.
El chico se desplomó en la pasarela de acceso. Los dientes impregnados de sangre. La puerta del supermercado se abrió y una anciana encorvada se quedó atónita mirando al chico derribado en el suelo y a Winslow inclinado sobre él. Al alejarse corriendo, las monedas se le fueron cayendo del bolsillo y rebotaron en el asfalto helado.
12
Un golpe retumbó en la puerta de la caravana. Ham y Bently estaban plantados en medio de la glacial oscuridad. Bently le explicó que tenía que encerrarle en el calabozo, aunque nadie iba a presentar cargos y sabía que esos chavales no eran trigo limpio.
–Solo para que la gente se piense que mantengo el orden –dijo el agente–. No te tienes por qué quedar en la celda. Incluso te daré una copia de las llaves. Aguantas ahí dentro hasta primeros de año y no te dejas ver. Luego serás libre como un pájaro, todo el año por delante y borrón y cuenta nueva.
Bently dijo que Ham también tenía algo que decirle y Ham miró el interior de la fría caravana.
–Maldita sea, Red –dijo frotándose la gordura del cuello–. Se acabó el espectáculo del hombre salvaje por un tiempo. Hasta la víspera de Año Nuevo puedes tomarte un respiro.
Winslow asintió.
–Bently también te dejará que vengas a casa para celebrar la Navidad –dijo Ham–. Para nosotros eres uno más de la familia y de verdad que nos encantaría.
Bently le puso la mano en el brazo.
–Nos preocupa que te deprimas con las fiestas. Si te sientes triste nos lo dirás, ¿verdad?
–Estoy bien –dijo Winslow.
–De todos modos nos preocupamos –dijo el agente–. Tú tómatelo con calma, amigo. Recomponte.
Winslow le había llevado a Ham una botella de escocés por Navidad. Ahora era de noche, el día de Navidad ya había pasado y Winslow se sirvió otro vaso para vaciar la botella. La familia estaba apoltronada en el sofá al otro lado de la habitación, Jim se había dormido con la cabeza en el regazo de su madre, Sheila estaba desplomada sobre Ham y Ham estaba haciendo equilibrios con su copa en la tripa y tenía los pies apoyados en la mesilla.
Reinaba el silencio, era muy tarde, Winslow preguntó:
–¿Alguna vez habéis hecho algo lo bastante malo como para que la gente jamás os lo perdone?
Sheila se acurrucó en el hombro de Ham.
–Casarme.
Ham sonrió con suficiencia.
–No ponerme la goma.
La leña crepitó en la chimenea. Winslow se puso a observar el fuego tras la rejilla.
–Una vez conocí a un tipo que conducía un tren –dijo–. El caso es que un tren no frena tan deprisa como uno se cree. El caso es que… –y Winslow le dio un buen trago a su escocés–. A lo que voy es a que, ¿alguna vez habéis estado al lado de alguien a quien no podéis perdonar? De nada sirve decir «Te perdono». Decir cosas es inútil. Es así. –Se posó el vaso en la mejilla–. Lo que pasa es que por más que quiera no puedo huir de mí mismo.
Los ojos de Sheila se abrieron, pero no se movió. Ham miró a Jim, le pasó la mano por la cabeza.
–No deberías beber tanto, Red –dijo–. No te hace ningún bien.
Winslow se acabó su escocés, se escurrió hasta el borde de la silla.
–Gracias por la Navidad.
–¿Te vas? –preguntó Ham aparentando sorpresa.
–Será mejor que vuelva al calabozo.
–No estás en condiciones de ir por ahí, Red.
Winslow se puso en pie.
–Me las arreglaré.
–No irás a hacerte nada, ¿verdad? –dijo Ham.
–No –Winslow se inclinó con torpeza para dejar el vaso en la mesilla–. Tengo una actuación importante dentro de unos días.
Winslow se acurrucaba apático en su catre. Salvo las horas de las visitas de Bently, se pasaba allí todo el tiempo. No hacía ejercicio, no comía. Bently llamó al médico y Winslow alegó que solo era un virus, que se pondría bien si le dejaban reposar. El médico le dio un bote de pastillas. Era fácil deshacerse de ellas, las aplastaba con el tacón y las esparcía con la mano como si fuese polvo. En Nochevieja, con el fin de su condena, el rostro de Winslow transmitía resolución.
–Hoy me encuentro mucho mejor –le dijo a Bently–. Doc me ha curado del todo.
Pero Winslow había sufrido una desintegración espiritual. Ya no creía que todo lo que había tenido que padecer hasta entonces fuese una penitencia por lo que había hecho, un castigo que debía cumplir. Era su vida y punto. Moriría bajo esa misma piel y seguiría sintiéndose igual.
La luz de la luna se filtraba entre los barrotes de la ventana. Winslow pensó en el hombre del tren cuyo rastro había seguido hacía unos meses. Recordó su cabello blanco como la luna, su labio seccionado por una cicatriz. Pudo ver al hombre corriendo entre la cebada, elevando los codos, cada vez más pequeño. ¿Hacia dónde corría? ¿Terminaría alguna vez su carrera?
Si corres, corres hacia el vacío, decidió Winslow, y de algún modo era muy consciente de que si lograse asomarse a la ventana de la celda no habría nada, ni carretera, ni bosque, solo la negra materia del espacio y, posado como una gárgola sobre la luna, la silueta del hombre del tren contemplándole, juzgándole.
13
El bozal apestaba a estiércol.
–No se trata de ti –dijo Ham apretándole a Winslow las tiras de cuero. Estaban los dos apiñados en el diminuto cuarto de baño, el clamor del bar retumbaba en las paredes–. Pienso en el espectáculo. Cualquier idiota sabe que un hombre salvaje no habla.
Pero Winslow sabía que sí se trataba de él, que siempre se había tratado de él. Ham le abrochó las tres correas en la parte posterior del cráneo y en el espejo turbio del baño Winslow compuso una mueca agresiva.
–Joder, sí que pareces una bestia feroz –dijo Ham sonriendo–. Apuesto mi culo a que esta noche nos hacemos de oro.
Nochevieja y el bar hasta arriba. Dos hombres en los extremos de una cuerda para contener a la multitud y Winslow detrás de Ham hasta subir al estrado. Winslow no llevaba más que una tira de cuero, las manos amarradas a la espalda, las luces del escenario en los ojos. Ham alzó la campana de plata, pero antes de que le diese tiempo a hacerla sonar se desató un tumulto entre el público, codazos, empujones, dos hombres forcejeando. Bently se lanzó de cabeza a la muchedumbre y se metió entre los alborotadores. Winslow sabía que todo aquello había sido planeado; Ham había pagado veinte dólares a cada uno de los agitadores para que simulasen una pelea, afirmando que una multitud enardecida siempre pujaba más.
Mientras Bently los sacaba a rastras del tumulto, Winslow lo vio; un hombre con el cabello blanco como la luna. Los rostros se atropellaban, se desgañitaban. Las luces eran cegadoras. Con las manos atadas, Winslow no podía protegerse los ojos, fue incapaz de dar de nuevo con aquel rostro. Ham hizo sonar la campana y gritó: «El mundo se ha vuelto excesivamente respetuoso, hay quien diría que demasiado delicado…».
Winslow escudriñó frenéticamente en busca del hombre del tren. Puños agitando billetes, hombres pujando a voz en grito. Ham ayudó a un tipo desgarbado a pasar al otro lado de la alambrada. El hombre levantó los puños como un luchador profesional en espera de la campana. La multitud le vitoreó exaltada. Winslow vio que Ham le preguntaba si estaba listo, pero él solo podía oír el rugido de la multitud.
Entonces volvió a verlo, al otro lado de la cerca, sonriéndole con su labio marcado. Los ojos del hombre del tren le marcaban a fuego. Sintió de nuevo la culpa, el dolor. La multitud se sacudió, como la cebada mecida por el viento, y el hombre del tren desapareció.
Winslow bajó los ojos. Asintió a Ham, pero dejó el abdomen blando.
El puñetazo le detonó muy adentro. Sin manos para evitar la caída, Winslow se dio de bruces contra el suelo. Fue como si el mundo se hubiese quedado de repente sin aire, como si estuviese tratando de gritar pero no hallase la voz. Tras unos segundos logró inhalar una pequeña bocanada de aliento y se puso a resollar bajo el bozal.
Comenzaron a lloverle botellas. Los hombres derribaron la alambrada. Bently se abrió paso hasta Winslow agitando la pistola por encima de la cabeza. A Winslow le ardía el costado. Resoplaba ensanchando las fosas nasales y, como si estuviese tratando de despertarse de una pesadilla, murmuraba sin parar lo que en cuanto le quitaron el bozal pasó a ser un aluvión de palabras pronunciadas entre espasmos de dolor: «Sadie, llamar a mi Sadie…».
14
Winslow se despertó ante una silueta recortada contra una ventana soleada y otra que se le acercó en cuanto abrió los ojos. Estaba en un hospital. El dolor le estrangulaba el costado, tenía las costillas vendadas. La silueta que se le acercó era una enfermera. Le hizo tragar una pastilla con un vaso de agua. La otra arrastró una silla hasta su cama. Era un agente de la ley. Robusto, cara de niño, no era Bently.
–¿Sabe por qué está aquí? –preguntó el oficial.
–Me duele el costado.
–Tres costillas rotas –dijo–. Pudo haber sido peor.
Winslow parpadeó.
–¿Me cerraría las cortinas?
–Dicen que fue usted mismo quien pidió que le golpeasen.
–Por favor.
–Dicen que le pagan por dejarse golpear.
Winslow alzó una mano para cubrirse los ojos
–¿Era un espectáculo? ¿Era eso?
–Las cortinas. Por favor.
La enfermera se dirigió a la ventana y corrió las cortinas. Winslow posó la mejilla en la almohada.
–Me atropelló un tren.
–¿Perdón? –el oficial se inclinó hacia él.
–Un mercancías.
Las manos del oficial eran delicadas. Dedos frágiles. Se giró la alianza del anular.
–¿No quiere que la justicia recaiga sobre quienes le han hecho esto?
Winslow cerró los ojos.
–Fui yo.
15
La enfermera le dijo a Winslow que tenía visita. Winslow esperaba a Bently o a Ham. Entró Sadie. Winslow estudió su cara, la cruz de plata, el pelo teñido del color del trigo, a la espera de que sus ojos le probasen que era real. Ella cruzó la habitación, apiló ropa en la silla que había junto a la ventana, su camisa de franela verde favorita, unos vaqueros, sus viejas botas de trabajo.
Acto seguido se volvió y le preguntó a la enfermera si podía ver al médico. Él indagó en sus ojos. Era ella de verdad. Winslow no podía respirar. Le temblaba todo el cuerpo y un dolor eléctrico le atravesaba las costillas. Gimió calladamente mientras Sadie, sin decir palabra, salió de la habitación detrás de la enfermera.
Sadie aguardó en el pasillo mientras la enfermera ayudaba a Winslow a abotonarse la camisa, abrocharse el cinturón y ponerse las botas. La enfermera también le ayudó a sentarse en la silla de ruedas y lo sacó de la habitación. Una vez fuera, Sadie le tomó el relevo.
Recorrieron un largo pasillo de baldosas, Sadie detrás en completo silencio, hasta salir al aparcamiento. Un cielo gris opresivo, un día inusualmente caluroso. Su camioneta estaba en la esquina más apartada, cerca de la autopista. En los campos del otro lado de la carretera asomaban pedazos de tierra entre la nieve. Más allá de los campos, las colinas pobladas de árboles. Tuvo que resistirse al impulso de correr hacia el bosque, de esconderse del mundo.
Al momento estuvieron junto a la camioneta. Sadie le abrió la puerta y Winslow se subió con cuidado. Miró por el parabrisas las colinas invernales. Sadie apenas le dirigió la mirada. Le cubrió con una colcha igual que si fuese un mueble delicado que va a emprender un largo viaje.
La camioneta descendió por la rampa hasta la interestatal. Una vez allí pudieron acelerar y adelantar a un semirremolque. Las ruedas zumbaron, la cabina vibró y Winslow trató de contenerse, pero el dolor y el silencio le superaron. Las lágrimas le abrasaron las mejillas.
–Si necesitas que pare, me lo dices –fue lo único que dijo Sadie. Eran las primeras palabras que le dirigía. Winslow tragó para darle firmeza a su voz.
–¿Cuánto durará el viaje?
–Cinco horas.
Había vagado durante tantísimo tiempo y ahora resultaba que no iban a ser más que unas cuantas horas en camioneta. El paisaje lo formaban extensas llanuras abiertas. Las colinas seguían divisándose a lo lejos pero se iban desvaneciendo, y como no había forma de aplacar el dolor del costado, Winslow se apoyó en la ventana y sintió el frescor del cristal en la cara.
La lluvia se escurría por el cristal y los limpiaparabrisas producían un sonido vibrante. Winslow se hizo el dormido, miraba a Sadie con los ojos entrecerrados. Su rostro quedaba en la sombra pero aun así creyó ver algo alterado en sus rasgos.
Sadie nunca había sido capaz de mentirle, sus ojos siempre traicionaban la sinceridad de sus sentimientos. Desde la primera cita en tiempos del instituto él se había burlado de su incapacidad para ocultarle cosas, y entendía su propia habilidad para leer en ella como una función del amor que compartían. Ahora era incapaz y, ante la posibilidad de que en su rostro ya no quedase nada para él, sintió un vacío en la zona donde situaba el corazón, detrás del esternón.
Se recostó y fijó los ojos en la carretera. Luces de freno, la neblina levantada por un camión. Los limpiaparabrisas barrieron el cristal, pero no pudo distinguir lo que había a lo lejos para hacerse una idea de dónde estaban.
Cruzaron el ancho río, desbordado, su corriente, negra como el petróleo, se agitaba entre los troncos de los árboles. Los neumáticos canturrearon sobre el puente. En la otra orilla Winslow leyó el anuncio del Chestertown Inn, donde una vez se hospedaron para celebrar su décimo aniversario. Recordó un colchón de plumas, una habitación inundada de sol y el dulce aliento de Sadie en su mejilla.
–El heno ya está cosechado –dijo Sadie, lo primero que se decían en horas–. Me ayudó Fred Halliday. El almacén pagó bastante bien. –Pasaron junto a uno de sus restaurantes favoritos, el Angus, con aquel gigantesco cabestro negro en el tejado–. Compré a William Bennet aquella vieja yegua tricolor. La que a veces montaba Betty. Es de pelo salvaje, pero es un buen caballo.
Winslow quería más palabras. Las que fuesen. Hasta lo más anodino le resultaba reconfortante.
–¿Cómo están William y Batty?
–Vivos –dijo ella, y se puso rígida.
Autopista Old Saints, Vía de Traverson, Carretera Birch, Hickory, Mayapple: caminos que conducían a la escuela, a citas, carreteras grabadas en la memoria. Habían tomado la ruta larga, evitando pasar por el pueblo, y ahora conducían en línea recta, la nieve abarrotaba las cunetas. Entonces Sadie frenó con suavidad, pasaron por encima de las vías del mercancías y allí arriba, en lo alto de la cumbre, mezclándose con un cielo pardo grisáceo, su hogar.
La nieve lo cubría todo, las vías y la ladera, escalaba las paredes del granero. Un grupo de ciervos de cola blanca, sin inmutarse por la llegada de la camioneta, escarbaba en la nieve y mordisqueaba el trigo. De haber estado aquí durante la temporada de caza, pensó Winslow, ahora no habría ni rastro de esos ciervos. No le quedaría más remedio que ahuyentarlos, a diario, o acabarían con la cosecha. La camioneta aminoró la marcha y se detuvo junto a la casa. Solo se escuchaban los ruiditos del motor al enfriarse.
–¿Necesitas ayuda? –preguntó Sadie sin mirarle–. ¿O crees que puedes solo?
16
Su pelo huele igual que siempre, se dijo Winslow cuando ella le ayudó a sentarse en la mecedora. Luego se fue al piso de arriba. El salón parecía nuevo, los paneles de madera pintados de amarillo claro y los bordados que colgaban en la pared del sofá, cuatro filas de cinco cuadros, todos y cada uno con sencillos marcos blancos, hilos brillantes en tonos rojos, azules y naranjas.
Sadie regresó con su pijama, sábanas, una colcha y una almohada. Le hizo la cama en el sofá. Luego se acercó a la mecedora, se arrodilló delante de él y le ayudó a quitarse las botas. Él quería besarle el pelo y tenerla más cerca. Le ayudó a llegar al sofá, le acercó el pijama y salió de la habitación.
A Winslow le costó trabajo cambiarse solo, se le saltaron los botones y se metió entre las sábanas. Dejó la luz de la lámpara encendida, escuchaba el estruendo de la aspiradora en la planta de arriba. La casa olía a estofado. Luego la aspiradora paró y Sadie volvió a bajar. Pudo oír la puerta del horno al abrirse, agua del grifo, tintineo de platos.
Sadie entró con un plato y se lo puso en la mesilla, le dio un vaso de agua, le ayudó a incorporarse y le hizo tomar su medicación. Le dijo que comiese si podía, que le vería por la mañana. Acto seguido, volvió a irse, sus pasos en las escaleras. Winslow se quedó mirando el plato hasta que se le humedecieron los ojos. Con un esfuerzo atroz se estiró hacia atrás y apagó la lámpara.
17
Winslow se quedó despierto pensando en toda la gente a la que muy pronto tendría que enfrentarse. Lo trágico de los pueblos pequeños era que los sucesos nunca acababan de disiparse; Winslow seguía resentido con William Gentry, que se había dedicado a intimidarle en secundaria, y jamás podría tenerle aprecio a Annie Phillips, enfermera titulada y madre de tres hijos que, de pequeña, se lo hizo con todo el equipo de fútbol del instituto. Winslow prefería acabar de una vez, ir a la Taberna del Viejo Zorro y dejar que todo el pueblo, uno a uno, le encajase un puñetazo en las costillas.
Pero la gracia en Krafton venía con el paso de las estaciones, la siembra, la siega, el conocimiento de que el año que se dejaba atrás nada tendría que ver con el siguiente; la cosecha actual podía ser mejor, o peor, y pese a todo luego habría otra y otra más. De modo que solo cabía pensar en el trabajo diligente que quedaba por delante, sin emoción, solo movimiento, del mismo modo que no existe emoción en la lluvia ni en la germinación de las cosechas.
Winslow decidió que abordaría los próximos días inmerso en el movimiento del trabajo e intentó recordar cómo comenzaban sus jornadas a estas alturas del año. Se imaginó la granja arruinada, los pollos hambrientos en el gallinero, las vacas hinchadas, una masa elevada de grano pudriéndose en el silo. Le tentó la idea de vestirse y salir a inspeccionar los edificios anexos. Pero su cuerpo no se lo permitió.
Winslow se las arregló para ponerse en pie y llevarse una manta a la mecedora junto a la ventana. El cielo estaba nublado, la tierra negra. Poco era lo que se podía divisar más allá de los campos y se dijo a sí mismo, igual que todos los años que llevaba almacenando cosechas, que iba a dejar que el grano del año vencido, que crecía imperceptiblemente, día a día, para acabar siendo un tallo devorado por el cabezal de la trilladora, desapareciese de su vida consciente, que no fuese más que un fantasma en sus sueños.
18
Avanzaron por la Avenida Elm. El pueblo emergió de la niebla, el restaurante a un lado, el mercado en la acera de enfrente, las ventanas de la primera planta aureoladas de luz acuosa. Un anciano con un anorak naranja, Marshall Traverson, bajo el toldo del restaurante, abrió un paraguas para proteger a su esposa, Leta. Alzó una mano para saludar a la camioneta. Sadie le devolvió el saludo. Winslow se encogió en su asiento.
No tardaron en llegar a la iglesia baptista situada en mitad de unos campos yermos. Aparcaron al final del patio. Las luces del interior avivaban los colores del vitral. Winslow no se movió. Distinguió siluetas difusas tras las ventanas coloreadas. Entonces Sadie le abrió la puerta. Le ofreció una mano, él la tomó y ella le ayudó a salir.
Winslow se quedó a la zaga estudiando los coches estacionados en el aparcamiento y se imaginó a los propietarios rezando en los bancos de la iglesia. Resonó un órgano. Irrumpieron las voces del coro. Sadie le esperaba en la entrada, junto a la puerta, con la mano en el picaporte, mirándole por encima del hombro.
Winslow dudó al llegar al primer escalón. Miró más allá del patio y de los campos. Borrosa por la niebla y la distancia se alzaba una línea de árboles deshojados. Las voces del coro se intensificaron al mismo tiempo que su pulso, el bosque tan próximo y las voces cada vez más altas, sostenidas. Luego se hizo el silencio.
Winslow echó a correr por el patio de la iglesia. Las suelas le resbalaban en la nieve, cada retorcedura era como un cuchillo que se le clavase en las costillas. Sadie gritó su nombre pero él no se detuvo. Siguió hasta dejar muy atrás la iglesia y adentrarse en los campos con la mirada fija en el bosque, los zapatos de vestir chapoteaban y se hundían en el barro. Sadie volvió a gritar, estridente, desesperada, una madre que llamaba a gritos a un hijo perdido. Winslow se detuvo. Se estremeció, le costaba respirar, le ardían los pulmones.
Los árboles se mecían como sueños en la niebla. Sadie estaba en los límites del campo, abrazada a su Biblia, mirándole como si fuese un ciervo, algo que en cualquier momento podía saltar y huir. Entonces fue la propia Sadie la que se puso a correr de vuelta al patio hasta cruzar las puertas de la iglesia.
Winslow se echó vaho en los puños. Cambió el peso de un pie al otro en el barro gélido. Las ventanas de la iglesia se abrieron. Aparecieron caras en los resquicios. Unos hombres salieron al patio y el pastor, con sus hombros de toro y su sotana de raso, entró a la carrera en el barrizal. Alzaba los pies como si estuviese vadeando un río, se acercó a Winslow y lo envolvió en un cálido abrazo.
–Cómo me alegra volver a verte, Win –dijo–. Un milagro. Un auténtico milagro.
Le frotó las manos e inclinó la cabeza, Winslow se preguntó si se disponían a rezar.
–¿Winslow?
–¿Sí?
–Nos conocemos desde hace mucho tiempo así que no me andaré por las ramas –dijo–. No voy a mentirte. No está bien que un hombre huya como hiciste tú. La gente de por aquí está bastante enfadada contigo.
Winslow asintió.
–Pero nadie está enfadado por lo que le pasó a tu hijo. Bien sabe Dios que no se trata de eso. Tú sabes que no se trata de eso, ¿verdad?
Winslow sentía la cabeza llena de lodo. Era incapaz de alzar la barbilla.
–Quizá deberíamos tomarnos un café en Freely –dijo el pastor–. Podríamos ir mañana si quieres. Ir presentándote de nuevo por aquí.
Winslow desvió la mirada hacia el patio nevado. Un arremolinamiento de trajes, vestidos y túnicas del coro. Sadie había vuelto a meterse en el campo con las medias salpicadas de barro.
El pastor le puso una mano en el cuello.
–Las cosas execrables que he visto a lo largo de todos estos años. Ni te imaginarías –dijo suavizando la mirada–. Dios nos pone a prueba. A todos. ¿Y quién diablos sabe qué hay que hacer?
Winslow resopló y trató de contener el llanto.
–Win. –Le apretó la mejilla con la palma de la mano–. Hasta Cristo necesitó tiempo y soledad.
Winslow se apartó de la mano del pastor.
–Hasta Cristo necesitó tiempo. Dilo.
Winslow no podía hablar.
–Dilo, Win.
–Hasta Cristo… –fue lo único que pudo pronunciar.
Los zapatos del pastor tenían barro hasta en los cordones.
–Solo a los idiotas les da por quedarse plantados en un campo helado. A los idiotas y a los cazadores. –Sonrió y golpeó a Winslow en el hombro–. Vete a casa, Win –añadió tiernamente.
Winslow asintió.
Siguió al pastor Hamby por el barro. El pastor rodeó a Sadie con un brazo y la acompañó de vuelta al solar de la iglesia. Ordenó a todos que volviesen a entrar, exclamó que ni siquiera había empezado la misa. Acto seguido el pastor Hamby alzó la mano de Sadie y la enlazó con delicadeza al brazo de Winslow. Sadie se aferró a su codo con tanta fuerza, con tanta vehemencia, que le hizo daño, pero él no se atrevió a quejarse.
19
Las visitas se sucedieron a lo largo de todo el día. Se presentaron los primos de Winslow, su banquero, los vecinos de arriba y los vecinos de abajo. Hablaron de carreras de caballos, de excavaciones a cielo abierto y de sabuesos. Jimmy Lang había cazado un ciervo de seis puntas. Helen Farraley había arrestado a Harlan Delmore por cultivar marihuana en su silo. La pequeña Janice Franklin se había vuelto a quedar embarazada. Winslow tirado en el sofá, Sadie entrando y saliendo de la cocina a por café y galletas. Nadie preguntó dónde había estado ni cómo se había lastimado y Winslow supuso que ya lo sabían.
Fue como volver a revivir el funeral, gente hablando cordialmente y en voz baja, inundando la cocina de tartas, cazuelas y tarros de conservas. El sentimiento fúnebre conjuró en él el recuerdo, enterrado hacía mucho tiempo, del día en que Rodney desapareció.
Ya era bien entrada la noche y su hijo llevaba perdido desde el mediodía. En el porche Sadie había abrazado a Winslow y le había dicho que no se preocupase, que seguro que no le había pasado nada. Entonces un caballo se puso a cocear su cubículo en el establo. Encontraron a Rodney durmiendo en uno de los comederos. En retrospectiva resultaba una visión adorable, el niño enroscado como en un útero. Pero Winslow lo despertó tirándole del brazo y gritándole todas las cosas horribles que le podían pasar a los niños que actuaban por su cuenta. Sadie le agarró la mano y se lo llevó de vuelta a la casa diciéndole que estaba sacando un poco las cosas de quicio. Dejó que Rodney se rezagase.
Winslow lo recordaba ahora con toda claridad, lo recordaba como nunca lo había recordado, y se dio cuenta de que Sadie siempre había sabido que, incluso más que Rodney, quien necesitaba ser velado de cerca era él, era él quien necesitaba la firmeza de su consuelo y su sensatez.
La casa estaba a oscuras salvo en el salón. Sadie le sirvió un cuenco de guiso de atún, dijo que estaba agotada.
–Voy a darme un baño y a meterme en la cama –le dijo con los ojos puestos en la escalera del recibidor. –¿Te tomas tu pastilla y apagas la luz?
–Claro –dijo Winslow desde el sofá.
–Puedes poner la tele si quieres. –Se dirigió al recibidor–. No te quedes despierto hasta muy tarde.
–¿Sadie?
–El mando está en la mesa. –Se aferró al pasamanos y se quedó mirando la oscuridad que reinaba en las escaleras.
–¿Sadie?
Solo volvió la cabeza. Sus ojos se encontraron con los suyos y se miraron.
–Ojalá pudiera quitarme el cerebro y meterlo en tu cabeza –dijo Winslow–. Solo por un momento. Así sabrías todo lo que no encuentro el modo de decirte.
Sadie sonrió, sus ojos cansados.
–Que duermas bien, Winslow –dijo–. Hasta mañana.
20
Winslow no podía dormir. Contempló los cuadros que había sobre el sofá, colores que sangraban en la oscuridad, algo parecido a palomas doradas en uno, un toro rosa en otro. Winslow se trasladó con esfuerzo hasta el borde del sofá. El suelo estaba frío. Caminó hasta el recibidor. Donde antes habían estado las fotografías de Rodney ahora colgaban marcos con bordados. Winslow subió las escaleras y fue pasando los dedos por las hebras; un oso plateado con una garra posada en una colmena azul, una niña verde saltando a la comba, un velero rojo en un mar negro.
Entró en su antiguo dormitorio. La cama estaba vacía, sin deshacer. Sadie no estaba allí. Winslow volvió al pasillo. La puerta de Rodney estaba entreabierta, apenas una rendija, una franja de luz en el suelo. Se acercó pisando con suavidad, la luz le pasó por el pie y le subió por la pierna. Winslow apoyó el oído en la puerta. La abrió con la punta de los dedos.
Afuera el cielo se había aclarado, la habitación estaba inundada de un brillo metálico. Banderines de fútbol cubrían las paredes. Una mesa de niño en un rincón, desorden de coches de juguete, un plato sucio, tarros cubiertos de polvo. Al otro lado, bajo la ventana, una cama doble. Allí estaba Sadie, tapada hasta la barbilla.
Winslow se acercó a la ventana. El cielo se desplegaba en tonos verdes. Pronto nevaría. La ladera donde crecía el trigo de invierno estaba cubierta de nieve, los raíles de las vías del mercancías parecían lanzas plateadas tendidas sobre la carretera húmeda.
Miró desde allí a Sadie. El pelo suelto en la boca. Los ojos abiertos, mirándole.
Winslow se quedó donde estaba y se dejó caer al suelo. Apoyó la mejilla en el colchón. Ella no desvió la mirada. Lentamente, su mano surgió de entre las sábanas. Se apartó el pelo de los labios. Esos mismos dedos se posaron después en el colchón. Winslow cerró los ojos. Hundió la nariz en su mano. Ella no la apartó.
Winslow sintió su proximidad, sintió que se le echaba encima, el roce de sus cabellos en la oreja, en la barbilla. El calor de su aliento en la cara cuando le susurró: «Se te ha quedado el pelo tan blanco».
1 Shotgun bar, el término hace referencia al hecho de que si alguien disparase con una escopeta, «shotgun», desde la puerta principal, el tiro saldría sin hallar obstáculo por la puerta de atrás. (N. del T.)


Una voz pronunció su nombre. Vernon se despertó en la bruma del amanecer frente a una silueta encorvada que se asomaba por la ventana abierta junto a su cama. Vernon estaba resacoso. Le palpitaban los ojos y se los restregó para aclararse la vista. La silueta se irguió, se equilibró apoyando una mano en el alféizar. Más allá, el cielo pastel resplandecía.
–Vernon –volvió a decir la voz.
–¿Papá?
–No puedo hacerlo solo, hijo.
Vernon se sentó y bajó las piernas de la cama.
–Ponte las botas viejas –dijo su padre–. Las nuevas aún no las tienes domadas.
Su padre llevaba una camiseta mugrienta, la mano envuelta en un trapo lleno de sangre. Un corte en el hombro, la piel cosida de un modo bastante chapucero con hilo verde. Con la mano buena se sacó un peine del bolsillo trasero del pantalón y se trazó unas líneas perfectas en el pelo grasiento. Luego devolvió el peine al bolsillo y descansó la cabeza en el marco de la ventana.
–No despiertes a tu madre –susurró antes de agarrarle la mano–. Ponte las botas viejas, hijo. Tenemos un largo camino por delante.
Vernon salió descalzo por la puerta principal. El aire húmedo se le echó encima. Enfundó los pies en sus botas viejas, abandonó el porche y rodeó la casa hasta donde estaba su padre sentado en una caja de refrescos debajo de la ventana de su cuarto. Tenía los ojos cerrados. En la mano derecha aferraba un saco de arpillera.
–¿Papá?
Su padre abrió los ojos pero no se movió.
–Lo siento, Vernon –dijo–. Un hijo no debería ver a su padre en este estado.
–Tampoco es que yo esté para echar cohetes.
–Eso no habla muy bien de ninguno de los dos –dijo–. Ahora ayúdame a levantarme y guarda silencio.
A sus quince años, Vernon ya era más alto y corpulento que su padre. Le pasó la mano por la cintura, como si abrazase un árbol, y lo levantó.
–No, no –gruñó su padre venciéndose a un lado, y Vernon comprendió que había hecho que se le resintiesen los puntos del hombro. Su padre tendió al aire la mano herida. Se abrazó una rodilla y se puso lentamente en pie sin su ayuda. Vernon intentó arrebatarle el saco, pero su padre se lo impidió. Al rato, con un suspiro de agotamiento, se lo dio.
Pesaba más de lo que Vernon se esperaba. Dentro había un rollo grueso de cuerda y una llave de carraca, no pudo imaginarse para qué. Su padre avanzaba ya resuelto entre los escaramujos y desapareció en las sombras del bosque.
–¿A dónde vamos? –preguntó Vernon.
Su padre no respondió, comenzó a descender por una suave pendiente aferrándose a los matojos para frenar la caída. Vernon le alcanzó enseguida y se dio cuenta de que tendría que hacer pausas a cada paso si quería mantenerse a su altura. A mitad del descenso, su padre se apoyó en el tronco musgoso de un roble. Temblaba, los codos hincados en las costillas. Luego se apartó del árbol y se incorporó.
–Llevo en pie toda la noche y quiero contarte algunas cosas – dijo–. Pero no aquí. Lo primero es llegar. No me quedan muchas fuerzas y tenemos que llegar como sea. –Echó hacia atrás la mano buena y Vernon se la agarró–. Me ha cosido tu madre. Nunca volverá a verme igual. Cuando las cosas cambian ya nunca vuelven a ser como antes.
La voz de su padre asustó a Vernon. Le apretó la mano y le ayudó a descender la colina.
–¿Y no estarías mejor en la cama? –preguntó Vernon.
–En mi cama darían conmigo.
Vernon se preguntó a quiénes se refería su padre, se preguntó a dónde le estaba llevando. Era raro que se encaminasen hacia el este. Hubo un tiempo en el que en aquellos bosques vivieron un par de familias, pero sus pozos se secaron y tuvieron que mudarse más cerca del pueblo. Vernon supuso que iban a comprobar las trampas para mapaches. Se dijo a sí mismo que lo más probable era que su padre no pudiera reajustar las trampas con la mano en aquel estado, aunque sabía que era mentira.
Vernon siguió a su padre por quebradas invadidas de hierbajos espinosos y algarrobos. Le daba la sensación de que tenía el cráneo repleto de cardos; los hermanos Nordgren habían robado tres botellas de whisky de la Taberna del Viejo Zorro y Vernon se acabó una él solo en el cine durante la sesión doble. El sol ya había salido del todo y ardía por encima de las cumbres, Vernon quería seguir caminando hasta llegar a su destino, pero le entraron ganas de mear y le preguntó a su padre si podían hacer un alto. Su padre no dijo nada, pero se sentó abatido en un tocón. Vernon se desabrochó el mono y meó sobre las campanillas marchitas de las lobelias. Al girarse vio que su padre se había derrumbado hacia atrás, las piernas le pendían flácidas por encima del tocón. Vernon corrió hacia él para sostenerlo. La piel de su padre tenía el color gris pálido de algo extinguido.
–¿Eres mi padre? –le preguntó a Vernon.
–¿Estás bien, papá?
Una sonrisa extraña iluminó el rostro de su padre.
–¿Te acuerdas cuando llegué a casa después de la guerra?
Hubo una fiesta y una tarta con glaseado de limón.
–Sí señor.
–¿Recuerdas lo primero que me dijiste?
–No señor.
–Eras muy pequeño, apenas un renacuajo, y te quedaste firme como un soldado en la puerta, me miraste desde allí abajo y me preguntaste: «¿Eres mi padre?».
Los ojos de su padre se encontraban muy lejos de allí, dos puntos negros bajo unos párpados que parecían de papel.
–Fui a buscarte al autobús –dijo Vernon, como dándole malas noticias–. No hará ni un año. Era igual de alto que tú. Me dijiste: «Es como si me estuviese mirando a un espejo», quisiste que me probase tu abrigo y me quedaba perfecto.
Su padre alzó la vista para mirarle y pareció que de pronto sus ojos volvían a enfocarse.
–Tienes razón –dijo–. Fui yo quien dijo lo otro. Fui yo con mi padre.
Se aferró con la mano buena al brazo de Vernon, se levantó, dio un traspié y reanudó la marcha. Vernon le siguió apenas a un paso de su hombro. Si su padre se tambaleaba, aunque solo fuese levemente, Vernon le agarraba del cinturón y tiraba de él para enderezarle.
Después de caminar varias millas, las colinas bajas dieron paso a terrenos calcáreos, estriados y escarpados, con un suelo de rocas planas muy pronunciadas. Su padre bajó por donde hacía años se precipitaba una cascada pero ahora no era más que una ensenada árida teñida de un blanco polvoriento. Vernon siguió a su padre por la ensenada y luego avanzaron por un saliente que custodiaba un cauce seco. A la sombra de la roca había una cosa larga envuelta en la colcha de sus padres, dibujos de garras de oso rojas y azules. Por un momento Vernon pensó que su padre había cazado un ciervo fuera de temporada. Luego identificó un zapato medio destapado; un Oxford de charol con el cordón desatado. Su padre se arrodilló y espantó las moscas con la mano buena antes de posarla delicadamente sobre la colcha.
–He matado a este hombre –dijo–. Me gustaría no haberlo hecho, pero lo he hecho.
Vernon no supo qué decir. Se quedó mirando el zapato a la espera de que se le encendiese una bombilla. Era consciente de que le acababan de hacer partícipe de un gran secreto, de un secreto espantoso.
–¿Quién es?
–En realidad ni idea –dijo su padre–. Se llama Nory Augusto. Lo sé por su cartera.
–¿Y por qué lo has matado?
Su padre tiró de la colcha para cubrir el zapato.
–Mejor será que lo ocultemos –dijo–. Me llevó toda la noche arrastrarlo hasta aquí. Yo solo no pude subirlo por esas rocas. No es muy grande. Podrás cargarlo sin problema.
Vernon se puso a mirar nerviosamente a su alrededor bajo la luz del sol. En el curso de todas sus aventuras en busca de puntas de flecha por aquellos bosques nunca se había cruzado con un ser humano. Aun así miró por encima de la cresta del peñasco, todavía en sombras, luego oteó entre los huecos de los árboles que crecían más abajo, en la hondonada, y alzó la vista hasta las copas donde el sol resplandecía en las hojas como sobre las gafas de un agente de la ley o la hebilla de una cartuchera.
Vernon aferró rápidamente la colcha con ambas manos. Afianzó las piernas y se subió el cadáver a los hombros como si fuese un ternero. La colcha olía al detergente de su madre. Detrás se desprendía un segundo olor, una mezcla de orina y colonia almizclada. Le entraron arcadas, pero aguantó. Se recompuso y comenzó a bordear una gran roca plana tras los pasos de su padre.
Cuando tenía que superar losas de grandes dimensiones, su padre sujetaba con mano firme el cadáver para impedir que se le cayese hacia atrás dando una voltereta. Al llegar al borde del acantilado Vernon estaba exhausto, la cabeza le palpitaba y podía sentir los huesos de la cadera de aquel hombre en el cuello. Se inclinó hacia la sombra de un risco y vomitó. Salió whisky y tarta de chocolate, el olor de aquel mejunje le volvió a producir arcadas. El sabor amargo de la bilis le impregnó las encías. Deseó tener agua para enjuagarse la boca. Su padre no dijo una sola palabra, se pasó un pañuelo por los ojos y se dio la vuelta.
Vernon nunca había visto llorar a su padre. Eso le sobrecogió y no pudo evitar sumarse a su llanto. Su padre siguió sollozando y Vernon se percató de que llorar le hacía sentir mejor. No se miraron ni se dirigieron la palabra cuando encauzaron la pendiente escarpada. Los dos lloraban.
Atravesaron una llanura de carrizo. Vernon nunca se había alejado tanto hacia el este. El sol era insoportable y deseó haberse puesto un sombrero. Marchaba como una mula, primero un pie y luego otro, lento y constante. Caminaron durante media hora entre la grama alta y dura, parando varias veces para que Vernon se tomase un respiro antes de volver a sumergirse en la sombra del bosque, y diez minutos más hasta llegar a un peñasco que emergía de la tierra como un gigantesco diente despuntado. Vernon siguió la mirada de su padre por la pared de arenisca hasta un saliente que se alzaba a unos cincuenta pies de la superficie. Su padre metió la mano en el saco de arpillera, sacó la soga y la sacudió para desenrollarla.
–Ponle un leño debajo al señor Augusto –dijo su padre–. Átale esta cuerda alrededor de las rodillas y el pecho.
–¿Qué vamos a hacer?
–Escalar.
Vernon encontró un leño del grosor de su pierna y dio la vuelta al cadáver para que quedase encima, panza arriba. Aseguró las ataduras. Su padre se ató la soga a la cintura dejando el montón sobrante sobre el cadáver. Vernon se ajustó el cabo suelto a la cintura.
–Tómatelo con calma –dijo su padre entregándole el saco de arpillera con la llave–. Si eres capaz de llegar hasta allí arriba con el saco, seguro que yo también podré con una mano rota.
–¿Qué hay arriba?
Su padre miró hacia el saliente.
–Una cueva. Ya he estado antes. Es una buena cueva. Casi nadie la conoce.
El peñasco era muy pronunciado, pero tenía agujeros y puntos de apoyo. Vernon se movió con lentitud, intentando que la roca blanda no se desmenuzase, mirando entre sus piernas para ir controlando el ascenso de su padre.
Fueron subiendo por la cara de la roca. Al llegar al borde del peñasco Vernon lanzó el saco hacia arriba, se encaramó a la cornisa y tensó la cuerda. Tenía los pulmones en la garganta. El sudor le escocía en los rasguños que se había hecho al rasparse la barbilla contra la roca. Su padre llegó muy despacio a continuación, la cara y el pecho amarillos por el roce con la arenisca. Emitió un gemido al superar el saliente. Se quedaron tendidos uno al lado del otro sobre la roca ardiente. La cumbre se vislumbraba muy por encima de ellos, achicharrándose a pleno sol.
–Maté al señor Augusto con esa llave –dijo su padre.
Vernon estaba tendido boca arriba, respirando con dificultad, y vio que a su padre le temblaba la mano envuelta sobre la cuerda que llevaba atada a la cintura. Su padre se incorporó.
–Vamos –dijo–. Subámoslo.
Al borde del precipicio, Vernon tiró de la cuerda. No quiso mirar hacia el bosque por miedo a divisar a alguien o a que alguien les viese. Asió con fuerza y se echó hacia atrás dando pequeños pasos. El cadáver levó anclas, Vernon se plantó con firmeza y fue avanzando con dificultad, paso a paso. Su padre hizo lo que pudo, le ayudó con la mano buena, y fueron retrocediendo hasta que se quedaron sin espacio y se toparon con la pared de la roca. Entonces Vernon avanzó penosamente hasta el borde y subió el cadáver a pulso unos cuantos pies más. De esta manera el cadáver envuelto en la colcha no tardó en llegar al saliente.
Su padre le dijo que desatase al señor Augusto y eso hizo. Vernon y su padre seguían amarrados a la cuerda y cuando Vernon se arrodilló junto al cadáver la cuerda tiró de él hacia la brecha de la roca por donde ya se había colado su padre.
Se apresuró a seguirle. La cuerda continuaba tensa entre ellos y Vernon se introdujo por la brecha. El aire se volvió frío y húmedo. La luz del sol penetraba muy arriba por una grieta e iluminaba a franjas el túnel inclinado de roca blanca. Vernon descendió arrastrando los pies y vio cómo la oscuridad iba cubriendo a su padre por la espalda hasta hacerlo desaparecer.
También a él se lo tragó la oscuridad. Avanzó tanteando la pared con la punta de los dedos. En la otra mano empuñaba el saco de arpillera con la llave de carraca balanceándose libremente. El saco chocó con estruendo contra la pared y la roca se desmoronó. Vernon volvió a golpear el túnel con el saco, esta vez a propósito, y sintió el impacto de pedazos más grandes en sus botas. Siguió avanzando en la oscuridad preguntándose si sería fácil matar a un hombre con una llave de carraca.
Una luz intensa afloró en el momento en que el túnel dio un giro abrupto y Vernon avanzó a paso de tortuga por una galería angosta que conducía a una caverna plagada de estalactitas. El centro del techo de la catedral se había erosionado hasta configurar un perfecto óvalo natural. El sol abrasador se derramaba por el óvalo. Las paredes y el suelo resplandecían como una perla pulida. Su padre estaba sentado en una losa de piedra gris, una de las tres que había entre toda aquella calcita húmeda y relumbrante. La cuerda estaba en el suelo, a los pies de su padre, Vernon se desató su extremo y la dejó caer.
–¿Qué es este sitio?
–Lo utilizaban los indios, creo –dijo su padre–. Alguien puso aquí estos bancos.
Vernon se sentó en una de las losas y se frotó los brazos. El sudor de la escalada le había empapado la ropa y ahora temblaba y sentía escalofríos.
–Quiero que me conozcas tal y como soy, Vernon –dijo su padre–. No quiero que me sigas considerando un hombre bueno. Un hombre que mata a alguien no es un hombre bueno. –Su padre se apoyó en la pared húmeda y estudió el cielo–. ¿Te acuerdas de aquel camino por el que fuimos un día a las torres perforadoras de Miller? ¿Aquel camino de tierra que no terminaba nunca?
–Sí señor –dijo Vernon, que se acordaba de haber ido conduciendo durante una hora por un estrecho camino de tierra. No recordaba más que pozos de petróleo, campos llanos y un horizonte que no sucumbía.
–Una camioneta vino ayer por ese camino. Siete años sin ver un alma y va y aparece ayer esa camioneta que brillaba como si no se hubiese ensuciado en la vida. Y ya sabes lo jodidas que son esas cunetas. Bueno, pues resulta que el señor Augusto y yo nos encontramos frente a frente con nuestras camionetas. No tengo ni idea de quién construyó esa carretera. No sé a qué clase de hombre se le puede ocurrir la idea de hacer una carretera por la que es imposible que pasen dos camionetas a la vez. Seguro que cristiano no era, fuese quien fuese.
Su padre se pasó la mano buena por el pelo y descansó la palma en la frente.
–El señor Augusto no estaba dispuesto a retroceder ante nadie –dijo–. No había visto a ese hombre en mi vida y le dije que no tenía ningún derecho a estar allí, que esa carretera era propiedad de la compañía y que yo era el encargado y que más le valía retroceder antes de que le mandase a la cárcel por invasión de la propiedad privada. Sé que te has metido en peleas, Vernon. No ando todo el día con la cabeza hundida en la tierra como tal vez te pienses. Sabes que pelearse está mal, ¿verdad?
–Supongo.
–Está muy mal, Vernon –dijo su padre–. Pero cuando dos hombres no se ponen de acuerdo, a veces no queda otra. Aunque lo hubiésemos discutido durante días, las camionetas habrían seguido enfrentadas. Yo llevaba esa llave solo por si las moscas. Antes de darme cuenta me atacó con un cuchillo y me hizo un corte muy profundo. Entonces algo me revolvió por dentro y golpeé al señor Augusto en el cráneo. Cayó como si le hubiesen desconectado. De un solo golpe. Anoche no podía quitármelo de la cabeza. Cuando se sofoca un fuego siempre quedan rescoldos y un pequeño rastro de humo. Este hombre no se extinguió así. Fue como apagar una lámpara dándole a un interruptor, no me pareció bien.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.