Kitabı oku: «Tendencias organizacionales y democracia interna en los partidos políticos en México»
Tendencias organizacionales y democracia interna en los partidos políticos en México. Los casos del PAN, PRI, PRD, PT, PVEM, MC y MORENA

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información
Nombres: Espejel Espinoza, Alberto, autor. | Díaz Sandoval, Mariela, autor.
Título: Tendencias organizacionales y democracia interna en los partidos políticos en México. Los casos del PAN, PRI, PRD, PT, PVEM, MC y MORENA / Alberto Espejel Espinoza, Mariela Díaz Sandoval.
Descripción: Primera edición. | México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, 2022.
Identificadores: LIBRUNAM 2124559 (libro electrónico) | ISBN 9786073056373 (libro electrónico).
Temas: Partidos políticos -- México. | Democracia -- México. | México -- Política y gobierno. | Partidos políticos -- Organización -- México.
Clasificación: LCC JL1298.A1 (libro electrónico) | DDC 324.272—dc23
Primera edición digital: 2022
D.R. © UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Ciudad Universitaria, Alcaldía Coyoacán,
C.P. 04510, Ciudad de México, México.
FACULTAD DE ESTUDIOS SUPERIORES ACATLÁN
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de la Universidad Nacional Autónoma de México.
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ISBN: 978-607-30-5637-3
Hecho en México
Made in Mexico
Índice de contenido
Introducción
Capítulo 1 Tendencias organizacionales y democracia interna 1.1 Argumentos a favor y en contra de la democracia interna
1.1.1 Génesis del uso del concepto democracia interna en México
1.1.2 Estado de la cuestión
1.2 Tendencias organizacionales 1.2.1 Democracia interna como respuesta y problema a resolver
1.2.1.1 Democracia interna como explicación
1.2.1.2 Democracia interna como interrogante abierta
1.2.2 Democracia interna. Distribución de poder intrapartidario
1.2.2.1 Democracia interna. Diversas definiciones
1.2.2.2 Democracia interna como distribución de poder. Dimensiones e indicadores
1.2.2.3 Dimensiones e indicadores relevantes
1.3 Origen, estabilidad y tendencia organizacional
1.3.1 Génesis partidaria
1.3.2 Estabilidad de reglas y procesos y posibilidad de cambio
1.3.3 Tendencias organizacionales
1.3.4 ¿Es posible el cambio en la democracia interna?
1.4 Metodología
Capítulo 2 Entre la concentración de poder en el Presidente de la República (1946-2000, 2012-2018) y la fragmentación entre diversos actores (Comité Ejecutivo Nacional y gobernadores) (2000-2012, 2018-2020)
2.1 Momento de génesis
2.2 Articulación
2.2.1 Tendencia organizacional con líder dominante
2.2.2 Selección de dirigentes nacionales
2.2.3 Del dedazo y los candidatos presidenciales
2.2.4 El control político del Presidente y el CEN
2.3 Causas y signos del cambio: derrotas electorales, conflicto entre el Presidente y los gobernadores (poderes estatales) y pérdida de la Presidencia
2.4 Tendencia organizacional, entre gobernadores-dirigentes (2000-2012) y Presidente (2012-2018)
2.4.1 Selección de dirigencias
2.4.2 Candidato presidencial
2.4.3 Control político del CEN y el CPN
2.4.4 Notas finales sobre el PRI
Capítulo 3 Partido Acción Nacional. De la concentración del poder en los grupos fundadores a la distribución entre grupos emergentes 3.1 Momento de génesis
3.1.1 Articulación
3.2 Tendencia organizacional de élite nacional (1940-1990)
3.2.1 Selección de dirigentes
3.2.2 Candidatos presidenciales
3.2.3 El control político en manos de la élite nacional
3.3 Crecimiento electoral: nuevas exigencias de cambio 2 y 1/2
3.4 Entre el poder de los estados y el gobierno (2000-2013), al de la élite nacional (2014-2018)
3.4.1 Selección de dirigentes
3.4.2 Candidatos presidenciales
3.4.3 El control político de los órganos ejecutivos y deliberativos
3.5 Notas finales sobre el PAN
Capítulo 4 Partido de la Revolución Democrática. Del dominio del liderazgo carismático al de las fracciones
4.1 Momento de génesis
4.2 Articulación
4.3 La huella del líder carismático por encima de las fracciones (1990-1999)
4.3.1 De lo indirecto a lo directo en la selección de dirigencia nacional
4.3.2 Selección de candidato presidencial
4.3.3 Control político de parte del líder carismático y el dirigente nacional
4.4 Causas y signos del cambio: derrota electoral y conflicto entre el líder carismático y las fracciones
4.5 Situación actual: fracciones por encima del líder carismático
4.5.1 Selección de dirigencias
4.5.2 Candidato presidencial
4.5.3 Del control político: Quien quita pone y quien coopta aplica la norma
4.6 Notas finales sobre el PRD
Capítulo 5 De la dinastía familiar (1991-2011) al liderazgo tras bambalinas en el PVEM (2011-2018)
5.1 La génesis del verde
5.2 Articulación lograda
5.3 Huella del líder en el PVEM (primera etapa, 1991-2001)
5.3.1 Selección de dirigencia, la prevalencia del fundador
5.3.2 Del candidato presidencial propio al externo
5.3.3 Control político del fundador
5.3.4 Profundización de la tendencia (2001-2019)
5.4 Tendencia actual, de lo familiar a lo grupal
5.4.1 Del dirigente hereditario a los voceros
5.4.2 De la Asamblea al Consejo Político Nacional
5.4.3 Control político
5.5 Notas finales sobre el PVEM
Capítulo 6 El disfraz colegiado del Partido del Trabajo
6.1 Génesis partidaria
6.2 Articulación
6.3 Huella del líder en el PT (primera etapa, 1991-2010)
6.3.1 Dirigentes
6.3.2 Candidato presidencial
6.3.3 Control político
6.4 Profundización de la tendencia (2009 y 2010)
6.5 Situación actual (2010-2019)
6.5.1 Dirigentes nacionales
6.5.2 Candidatos presidenciales externos
6.5.3 Control político
6.6 Notas finales sobre el PT
Capítulo 7 Movimiento Ciudadano, el partido de un solo hombre
7.1 Momento de génesis
7.2 Articulación
7.3 La huella del líder fundador (1999-2010)
7.3.1 Dirigencia nacional, 1999-2010
7.3.2 Candidato presidencial, 2000-2006
7.3.3 Control político
7.4 Causas y signos de la profundización: la reforma de 2011
7.5 Situación actual
7.5.1 Selección de dirigentes
7.5.2 Perpetuación de candidatos externos
7.5.3 Control político
7.6 Notas finales sobre MC
Capítulo 8 El líder carismático en el Movimiento Regeneración Nacional (2014-2019)
8.1 Momento de génesis
8.2 Articulación
8.3 Tendencia organizacional con líder dominante
8.3.1 Selección de dirigentes
8.3.2 De líder carismático a candidato presidencial
8.3.3 Control político
8.4 Notas finales sobre MORENA
Conclusiones generales
Bibliografía
Notas
Alberto Espejel Espinoza
Doctor en Ciencia Política por la UNAM. Ha impartido cursos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, así como en la Universidad Abierta y a Distancia de México (2013-2017). Desde 2017 es Profesor de Carrera de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, desde 2018. Integrante del comité directivo y miembro fundador de la revista electrónica Posibilidad Política. Miembro de la Red Latinoamericana de Estudios Subnacionales (RELADES).
Líneas de investigación: partidos políticos, asociaciones público-privadas, violencia.
Mariela Díaz Sandoval
Doctora en Ciencias Sociales por la FLACSO México. Ha impartido cursos en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, la Universidad de la Ciénega de Michoacán de Ocampo, así como en la Universidad Abierta y a Distancia de México (2013-2019). Actualmente es Profesora-Investigadora del Instituto Internacional de Estudios Políticos Avanzados de la Universidad Autónoma de Guerrero. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, desde 2019. Integrante de la Red Latinoamericana de Estudios Subnacionales (RELADES).
Líneas de investigación: asociaciones público-privadas, corrupción, partidos políticos.
Introducción
En México, los partidos políticos han tenido un papel fundamental a lo largo del siglo XX y lo que va del presente; contaron formalmente con el monopolio de la representación política de 1946 al 2014, por ende, todos los candidatos a algún puesto de elección debían emanar de las organizaciones partidistas en dicho periodo. Así pues, el partido político se configuró como actor clave del sistema político mexicano, ya que en los tiempos de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), conocido como el “partido del presidente” o el “partido de Estado”, era la organización partidista quien normalmente “se llevaba el carro completo”, es decir obtenía la presidencia la República, así como la mayoría en el Congreso la Unión. Al mismo tiempo, era una poderosa herramienta de transmisión de la disciplina de la clase política hacia el titular del Poder Ejecutivo. Por su parte, la oposición, encabezada por el Partido Acción Nacional (PAN), se dedicó a externar la voz crítica al sistema y concientizar ciudadanos.
Empero, el proceso de liberalización, emprendido en México a partir de 1977, gradualmente incidió en el aumento de la competitividad. En primera instancia, algunas organizaciones de izquierda se volcaron a la arena política, como fue el caso del caso del Partido Comunista Mexicano o el Partido Socialista de los Trabajadores, mismas que participaron por primera ocasión en el proceso electoral de 1979. En segundo lugar, el PAN logró gradualmente un ascenso electoral importante, el cual tuvo momentos fundamentales (algunos ejemplos son la obtención de su primera gubernatura, en 1989, así como su rol protagónico en la alternancia política del año 2000, coyuntura electoral en la cual esta fuerza partidista se hizo de la titularidad del Poder Ejecutivo). En tercer lugar, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) irrumpió en la escena electoral, no obstante su antecedente electoral, el Frente Democrático Nacional, marcó la emergencia de un sistema de partidos pluralista moderado que se mantuvo en pie, plenamente, hasta 2012. Ahora bien, la emergencia del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) (2014) y su triunfo en la elección de 2018 han variado completamente el tablero político en México.
A pesar de su lugar privilegiado en la representación política institucional, así como de su importante papel en la democratización del país, previo a la contienda electoral de 2018, los partidos no gozan de buena reputación ante la sociedad. Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental, los mexicanos confían más en sus familiares (87.3%) y en las universidades públicas (76.8%) que en los partidos políticos (17.8%), ambas cámaras del Congreso de la Unión (20.6%) o el Instituto Nacional Electoral (33.3%) (INEGI, 2018). Algo cercano fue lo retratado por el Latinobarómetro 2018, pues los partidos políticos en México cuentan solamente con mucho o algo de confianza del 11% de la población. Lo anterior significa que el 89% tiene poca o ninguna confianza en dichas instituciones (Corporación Latinobarómetro, 2018).
Indudablemente, mucho tienen que ver los pésimos resultados en materia de corrupción, inseguridad y desigualdad en México. Por ejemplo, en el Índice de Percepción de la Corrupción 2018 de Transparencia Internacional (2018), nuestro país se ubicó en el lugar 138 de 180 países analizados, retrocediendo tres lugares respecto al informe del 2017. Respecto a la inseguridad, la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana de 2018, levantada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, muestra que el 76.8% de los mexicanos considera que vivir en su ciudad es inseguro (INEGI, 2018a). Finalmente, el informe Desigualdades en México 2018, editado por el Colegio de México, resalta que la movilidad intergeneracional ascendente de ingreso ha empeorado sustancialmente en las últimas décadas (El Colegio de México, 2018).
Para un sistema de partidos, pluralista moderado, en el cual tres organizaciones partidistas (PRI, PAN y PRD) obtuvieron arriba del 80% (1988 a 2012), la insatisfacción de las principales demandas de la sociedad les ha cobrado factura. Además, ello explica, en parte, el éxito de MORENA, partido creado en 2014 y la vertiginosa caída que tuvieron los otrora llamados “partidos mayoritarios” (PRI, PAN y PRD) en 2018.
Ahora bien, pese a estos cambios vertiginosos que ha tenido la vida política en México en los últimos años, poco se sabe sobre las transformaciones o continuidades partidistas internas. En esa tesitura, la pregunta fundamental que guía la presente obra es ¿por qué, en la actualidad, los partidos políticos en México poseen ciertos rasgos organizativos y no otros?
Sin duda, se trata de un asunto de gran importancia, debido al papel de los partidos políticos en el engranaje democrático actual. Y es que lo que se decide al interior de un partido político no es un asunto menor, por ejemplo: seleccionar candidatos a puestos de elección popular, quienes serán la voz del partido en una justa electoral; configurar plataformas electorales para materializar un conjunto de ideas, valores e intereses perseguidos por la organización partidista; seleccionar dirigentes nacionales que dispongan de la representación de la organización. Son decisiones de gran alcance que invitan a interesarnos por lo que ocurre al interior de los partidos políticos.
Sobre todo, vale la pena reformular el objetivo inicial de evitar la afirmación común de que “todos son iguales”, aduciendo que “algunos son más iguales que otros”, en cuanto respecta a la democracia interna.
Por otro lado, la idea del trabajo es llenar un vacío parcial en la literatura sobre partidos en México, ya que la gran mayoría de los trabajos publicados en torno a la democracia interna no han logrado conciliar el alcance temporal del trabajo y la profundidad, más allá del ámbito estatutario. Así, como se consignará en el primer capítulo de la obra, han predominado dos tipos de estudio: 1) los estatutarios, que fallan al no observar lo que sucede, a veces, a pesar de las reglas del juego formales, y 2) los empíricos, que tienden a ser coyunturales, descuidando la influencia del origen, así como la posibilidad de cambio o profundización de la (ausencia/presencia de) democracia interna.
Para lograr lo anterior se recurrió a una lección clásica que en su momento anotaran Duverger y Panebianco: mirar el origen nos permite comprender el presente. Sin pensar que el origen condiciona la vida organizativa del partido, se asume que la génesis partidaria es un buen momento para apreciar los desafíos en términos de la (ausencia/presencia de) democracia interna. Dicho sea de paso, tal derrotero no siempre es concordante con lo que marcan las reglas formales, ni en todos los casos es inamovible de una vez y para siempre, pues los partidos deben sortear constantemente retos endógenos y exógenos que pueden variar su acontecer interno, como ocurrió en el caso del PAN, PRI y PRD, o profundizarlo, como se observa en los casos del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), el Partido del Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC).
Por consiguiente, en primer lugar, se ofrece una discusión en torno a las herramientas teórico-metodológicas empleadas en los estudios de caso. Por ende, se inicia con una breve discusión sobre los pros y contras de la democracia interna, así como la historia del uso del concepto en México. Y enseguida cierra con la simbiosis entre la democracia interna y la tendencia organizacional que permite apreciar el nexo entre el origen partidario, la articulación de sus ingredientes originarios y la huella en torno a la (ausencia/presencia de) democracia interna (participación, competitividad y control político). No sin dedicar un pequeño espacio a los factores internos y externos que podrían generar un cambio organizativo.
Enseguida, se da entrada a cada uno de los casos de estudio que constituyen la obra, en el siguiente orden de aparición: PRI, PAN, PRD, PVEM, PT, MC y MORENA. En cada uno de ellos se muestran los siguientes aspectos: 1) los antecedentes y el momento de génesis; 2) la articulación materializada en las primeras reglas del juego formales o informales; 3) la tendencia organizacional que refleja la (ausencia/presencia de) democracia interna; 4) los momentos y factores de cambio (PRI, PAN y PRD) o profundización (PVEM, PT y MC) de la tendencia organizacional con base en la relación de retos internos y/o externos, y 5) la situación a la que dieron lugar.
Finalmente, antes de emprender el viaje por la cara interna de los partidos políticos en México, es necesario agradecer a quienes contribuyeron de alguna forma a la consecución de este trabajo. En primera instancia, a los becarios del Proyecto PAIDI “Las organizaciones partidistas en México: democracia interna y militancia” (marzo 2018 a febrero 2019): Melissa Mariana González Caamal, Tiffany Hernández Copado, Erika Novoa Cruz, Marco Antonio Hernández Aguilar, Ímuris Villalobos Brena, Aletvia Danae Campos Torres y Hugo Sánchez Robles, así como al prestador de servicio social Luis Manuel Medrano Sánchez. A ustedes, muchas gracias por su apoyo irrestricto a los proyectos de investigación y su profesionalismo en las tareas encomendadas.
Y, por supuesto, a las instancias de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, que han brindado apoyo al trabajo en cuestión. A la Unidad de Investigación Multidisciplinaria I, dirigida por la Dra. Laura Páez Díaz de León, así como a todo su equipo de trabajo. Al Programa Político y al equipo que lo integra, encabezado por la Dra. Claudia Márquez Díaz, Jefa de la División de Ciencias Socioeconómicas. Sin su invaluable apoyo esta obra no tendría lugar. Muchas gracias.
Capítulo 1
Tendencias organizacionales
y democracia interna
En este apartado corresponde mostrar las herramientas teórico-metodológicas que se utilizarán para responder ¿por qué los partidos políticos (PAN, PRI, PRD, PT, PVEM, MC y MORENA) poseen cierto tipo de rasgos democráticos, y no otros? Por consiguiente, se mostrará la relación de los modelos de partido con las tendencias organizacionales que permiten dar cuenta de la (ausencia/presencia de) democracia interna. De igual forma, se muestran las coordenadas metodológicas de la investigación. Sin embargo, para llegar a ello, primero se mostrará una breve discusión sobre los pros y contras de la democracia interna, así como la historia del uso del concepto en México.
1.1 Argumentos a favor y en contra de la democracia interna
El concepto democracia interna se encuentra inmerso en un debate más amplio vinculado con el modelo de democracia que asuma el defensor o crítico. Esto sucede al aclarar y precisar los diversos significados de la democracia interna (y como sistema de gobierno), y señalar los principios y valores que la constituyen es una actividad propia del pensamiento político, de la historia de las ideas y de la teoría política. Por tanto, se trata de un debate inacabado.
En ese orden de ideas, la dificultad de precisar el concepto de manera unívoca persiste. Si bien sobre la democracia existe un consenso en torno a su dimensión abstracta que remite al “gobierno del pueblo”, es posible identificar una multiplicidad de argumentos sobre lo que podría ser la mejor realización de esa idea.1 Algo similar ocurre con el término democracia interna.
Al respecto, existe un debate sobre los beneficios o perjuicios de la democracia interna, lo cual significa que su valor, las funciones que se espera cumplan los partidos, así como las consecuencias que encarna para el conjunto del sistema democrático y la sociedad son polémicas (Flores, 1999; Katz, 2001; Chambers y Croissant, 2008; Scarrow, Webb y Farrell, 2004).
Así pues, de un lado, los argumentos en contra de la democracia interna resaltan que ésta tiende a disminuir la eficiencia operativa, consume los recursos escasos, a la vez que restringe la autonomía de la dirigencia del partido para manejar los procesos internos, lo cual reduce la capacidad de las organizaciones partidistas para competir por los votos y/o cargos.
Junto a ello, se argumenta que profundiza los conflictos al interior de la organización y, por ende, debilita la cohesión de los partidos. De ahí que, en presencia de un partido conflictivo, puede ser más complicado tener un gobierno estable y eficaz (Niedermayer, citado en Chambers y Croissant, 2008: 10).
En ese orden de ideas, dichos autores consideran que el componente primordial de la democracia es la competición electoral, por tanto, una de las contribuciones más importantes de los partidos es ofrecer opciones claras a los votantes. En otras palabras, “la forma en que los partidos formulan las alternativas que ofrecen carece de importancia normativa, frente al hecho de que se propongan distintas opciones” (Scarrow, Webb y Farrell, 2004: 113). Se afirma que “la democracia no se encuentra en los partidos, sino entre los partidos” (Schattschneider, citado en Chambers y Croissant, 2008: 2). Ya que para estos autores la democracia a gran escala no es la suma de muchas pequeñas democracias, la democracia interna saldría sobrando.
En el otro extremo, algunos autores han argumentado la existencia de un vínculo armónico y complementario entre democracia intra e interpartidaria. Por lo cual, plantean que existe un efecto positivo de la democratización al interior de los partidos, pues se verían beneficiados, por un lado, la representación de las ideas del electorado en las políticas del partido, y, por el otro, la atracción de nuevos miembros. Por consiguiente, arguyen que la democracia interna mejora la vinculación del partido con la sociedad, ya que aumenta la capacidad de la organización para conectarse con diversos grupos sociales. En adición, brinda mejores oportunidades para que grupos sociales marginados, como minorías étnicas, jóvenes y mujeres, participen en la toma de decisiones internas. Por ello, algunos autores apuntan a la dificultad de entender cómo un régimen puede ser democrático si los partidos tienen estructuras que no dan pie a la participación interna (Billie, 2001).
Para este conjunto de autores, la democracia interna es apreciada como un fin en sí mismo, por tanto, “las estructuras partidistas de toma de decisión son importantes porque brindan a los militantes la oportunidad de influir en las opciones que son presentadas ante los votantes, así como de desarrollar sus habilidades cívicas” (Chambers y Croissant, 2008). De ahí que resalten conceptos como soberanía popular, mayorías concurrentes, democracia participativa y democracia interna; en tanto que una democracia no apoyada por instituciones democráticas, y confinada al gobierno central, crea un espíritu a la inversa.2
Así pues, el presente trabajo se adhiere al paradigma de la democracia interna, partiendo de la idea de que la democracia es algo más que la simple competencia entre partidos, y que los militantes son algo más que movilizadores o defensores del voto en favor de su organización partidista.
Vale la pena concluir este apartado argumentando que el debate no está cerrado. No obstante, en torno a si es deseable o no la democracia interna en México, se trata de una discusión estrechamente ligada al modelo de democracia que asuma el autor. Si bien por razones de congruencia, en tanto receptores de dinero público y fomentadores de la democracia en el sistema en su conjunto, es exigible a los partidos políticos encaminarse a la democracia interna, por tanto, el debate al respecto es arena fértil. Y si se apela a que la democracia es solo un método para elegir élites gobernantes, la función de los partidos es, simple y llanamente, participar en procesos electorales.
Así, la eficiencia adquiere una importancia central, mientras que la democracia interna aparece como una cuestión accesoria. En cambio, si la idea de democracia no concluye en la elección de autoridades gubernamentales y representantes, sino que apunta a la transmisión de formas democráticas de ejercer la política al sistema en su conjunto, tanto el papel de los partidos, como la relación entre los dirigentes y los militantes serán distintos. Este segundo caso, incluso, podría apuntar a que la legislación mexicana es necesaria pero no suficiente para asegurar la democracia interna, por lo cual apelaría a una Ley de Partidos que clarifique cuáles tipos de métodos son democráticos y cuáles no.
En lo que respecta a si, en México, la democracia interna es algo practicable o no, se trata de un debate que precisa considerar los factores estructurales de la democracia mexicana. Si bien una Ley de Partidos puede dar la pauta para reorientar los procesos a senderos más democráticos, es indudable que su puesta en marcha y consolidación depende de otros factores, tal como la estatalidad (Fukuyama, 2004), en otras palabras, la capacidad del Estado para hacer cumplir las leyes en su interior. Sin esa capacidad que una y otra vez se pone en duda en los procesos electorales en México, difícilmente podría hacerse valer alguna ley al interior de los partidos. En todo caso, el problema es más complejo de lo que parece, pues esto apuntaría a que no basta una normatividad para lograr cambios profundos, sino que es necesario tener capacidad para hacerla cumplir. Y en ese sentido, es seguro que emergerá la voz de quienes ubican a los partidos como simples “organizaciones de miembros voluntarios”. Sin embargo, parecen obviar el financiamiento público, el monopolio de la representación política y su centralidad en la vida política mexicana.
1.1.1 Génesis del uso del concepto democracia interna en México
En este apartado, la idea principal es responder a la pregunta sobre ¿desde cuándo cobró relevancia la democracia interna en México? Vale la pena iniciar planteando que la democracia interna no fue relevante en la medida que la política mexicana se encontraba centralizada en el presidente y el partido dominante del espectro político del país; en otras palabras, estábamos frente a un sistema de partido hegemónico donde las fuerzas partidistas de oposición no eran relevantes. Debido a su propia naturaleza, era impensable imaginar democracia interna en la organización del partido hegemónico, pues sus prácticas resultaban coherentes con la estructura piramidal del sistema político mexicano, encabezada por el propio Presidente de México. Por lo anterior, es hasta que el sistema de partidos se pluralizó, y la política se descentralizó, cuando comenzó a ganar relevancia (y a hacerse visible) la democracia interna en las organizaciones partidistas en México.
El sistema de partido hegemónico fue característico de México durante una buena parte del siglo XX; de hecho, Sartori lo clasificó así en la década de 1970.3 Se trataba de una situación no competitiva en la cual un partido dominaba la mayoría de los cargos políticos en el país. Posteriormente transitamos a otra situación de carácter competitivo, donde tres partidos concentraron casi el 90% de los votos, hasta la irrupción de MORENA. Este cambio no fue inmediato, ni menor, ya que alteró la naturaleza de la actividad política en México. Uno de los efectos de esta transformación política fue en el campo científico, pues, desde la ciencia política, se fortaleció la necesidad de investigar la democracia interna de los partidos políticos.
Ahora bien, es importante recordar que, de 1929 a 1952, la vida partidaria fue dominada por la fundación y transformaciones del partido hegemónico (PNR, PRM y PRI) y sus escisiones, las cuales apenas dieron lugar a partidos cuya existencia fue efímera. Empero, en dicho periodo, dos partidos obtuvieron su registro definitivo: el PAN y el PP(S). Por ende, de 1938 a 1985, solamente Acción Nacional, partido surgido en 1939, podía acceder a cargos de representación popular; sin embargo, no podía competir por la Presidencia de México, gubernaturas o escaños legislativos importantes. Los porcentajes electorales obtenidos, una y otra vez, evidenciaron la existencia de un sistema de partidos hegemónico, encabezado por el PRI (el cual se hacía del 90% o más de los votos). Aunado a ello, la ley electoral de 1946 exigía a los partidos poseer estructuras sumamente centralizadas, al tiempo que se les dotó del monopolio de la representación política en México.
Fruto de las reformas electorales negociadas con la oposición (1963-1996), esta situación cambió paulatinamente, pues otros partidos comenzaron a cobrar cada vez más peso, hasta llegar a un escenario donde, al menos hasta 2018, tres fuerzas partidistas se distribuían el 90% de votos.
En primera instancia, en 1963, gracias a las negociaciones entre Acción Nacional y el PRI, se instauró la figura de “diputado de partido”; en 1977, luego de esta reforma, vendría la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales (LOPPE) como una apuesta liberalizadora del régimen que daría espacios a partidos de oposición marginados. Otro cambio importante fue que, a partir de ese momento, los partidos serían considerados entidades de “interés público” con derecho a financiamiento.4 En 1990, producto de la catástrofe electoral de 1988 (con la famosa “caída del sistema”), comenzaría la reducción de la intervención del Poder Ejecutivo en los órganos electorales, dando lugar, en 1996, a la ciudadanización del Instituto Federal Electoral.
Este paulatino proceso de reformas electorales permitió que la oposición accediera a cargos de elección popular hasta llegar a 1997, momento en el cual se configuró un sistema de partidos pluralista. Esto fue posible en la medida de que el PRI perdiera, por sí mismo, la mayoría en la Cámara de Diputados. A partir de esta coyuntura, el otrora partido hegemónico tendría que negociar con la oposición si quería aprobar o modificar leyes. Aunado a ello, la oposición (PAN 24% y PRD 25%) comenzó a obtener triunfos de gran relevancia a nivel subnacional.
Siguiendo una tendencia similar a la de otros países en América Latina, en México, la exigencia de democracia interna fue antecedida por la descentralización política, misma que comenzó en 1980, pero tuvo su etapa de esplendor en la década siguiente (Alcántara, 2004: 215-217). En México, dicho proceso estuvo acompañado por la liberalización política, luego de la cual a la oposición (principiando por el PAN, en 1989) le fueron reconocidos triunfos electorales importantes. Se trató de un periodo en el cual la oposición fue ganando espacios en el orden subnacional. Esta reconfiguración del poder político motivó una mayor exigencia por parte de los mismos partidos.
En el caso del PAN, las élites subnacionales comenzarían a exigir mayores espacios de poder, mientras que en el caso del PRD, debido a su exigua estructura subnacional, este nuevo escenario sería aprovechado por los grupos internos en detrimento del líder carismático. En el PRI, la dirección centralizada subordinada al Presidente de México fue cediendo poder a los gobernadores.
Así, la configuración actual del sistema de partidos en México, caracterizado por el pluralismo moderado, proviene de un proceso de cambios y reformas electorales graduales. Precisamente, a partir de las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, el sistema de partidos presenciaría una mayor competencia electoral, la cual incidiría en el tránsito de un sistema de partido hegemónico a la construcción de un sistema de partidos competitivo.
Las elecciones de 2000 siguieron esta misma lógica, pues en la integración, tanto de la Cámara de Diputados como la de Senadores, ninguna fuerza partidista obtuvo mayoría absoluta. Además, luego de 70 años de la hegemonía del PRI, en el Poder Ejecutivo se experimentó la primera alternancia con el triunfo de Acción Nacional.
Así pues, el sistema de partidos pluripartidista con elecciones competitivas, en el que ningún partido obtiene la mayoría absoluta, ha prevalecido desde el año 2000, hasta el 2015. Los rasgos principales de dicho sistema pluripartidista mexicano fueron: 1) la alternancia política en los órganos de representa; 2) el fortalecimiento de las instituciones y reglas electorales; 3) gobiernos divididos en los niveles federal y locales; y 4) que, entre 1991 y 2012, tres partidos se han disputado alrededor del 90% de los votos.
Ahora bien, a partir de que la política se descentraliza, aunado a que los partidos comienzan a adquirir más relevancia en el escenario nacional (debido, por un lado, a sus triunfos electorales y, por el otro, a la asignación de cuantiosos recursos para su ejercicio), desde la academia despertaría un mayor interés por conocer la vida interna de estas organizaciones, en tanto entidades de “interés público”.
De hecho, los primeros trabajos que denuncian y/o describen la precaria democracia interna provienen, en su mayoría, del interior de los principales partidos opositores en la década de 1990. Esta importante ola de trabajos emergió en la medida en que dichos partidos comenzaron a importar cada vez más, debido a sus recientes triunfos electorales.
En el caso de los trabajos que denuncian el peso del carisma en detrimento de la democracia interna, destaca el libro de Sánchez (1999) intitulado La élite en crisis y la denuncia de Castillo (1995) en Del caudillo a las instituciones. Estos trabajos simplemente describen la situación existente al interior de los partidos políticos y se encuentran en los números especiales de la revista Propuesta del Partido Acción Nacional de 1999. Por otro lado, en el ámbito académico, tanto los trabajos de Cárdenas (1999), como los de Espinosa de Parrodi (1999) y el de Nieto (1999) dan cuenta de los métodos de selección de dirigentes y candidatos, así como de las normas estatutarias. Dicho fenómeno de denuncia e interés por el tema no se presentaría en el Revolucionario Institucional, debido a que la presencia del Presidente de México reduciría en exceso las posibilidades de crítica interna, así como el interés por indagar la existencia de democracia interna en dicho partido.
Una honrosa excepción representan los trabajos académicos de Cárdenas (1992, 1996) sobre los partidos políticos y la democracia; el de Garrido (1987, 1990), en torno a la imposible democracia interna en el PRI; así como el de Reveles (1996), sobre la selección de candidatos presidenciales en el PAN.
Como ya se expuso, con la llegada de la alternancia política en México, emergería, junto al sistema de partidos competitivo, el interés desde la academia por indagar la situación al interior de los principales partidos. No es gratuito que el primer evento de proyección nacional en una universidad, donde se planteó tema de la democracia interna, ocurriera en 2002. Se trataría del VII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional, realizado en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuya Mesa 7 versaría sobre Partidos políticos: democracia interna y financiamiento de precampañas. En dicho evento, académicos y políticos se reunirían para hablar de la situación al interior de los partidos políticos en México. En esa mesa destacan el trabajo de Hernández (2002), sobre la democracia interna y los partidos en México, el de Garrido (2002), sobre la reglamentación mínima para asegurar la democracia interna, el de Lara (2002), en torno al PAN y sus procesos internos, así como el de Valdés (2002), que abordó la selección de candidatos en el PRI.
No hace mucho surgieron algunos estudios sobre los tres principales partidos políticos y su democracia interna. En cuanto a los trabajos que abordan a los tres principales partidos se encuentran los de Reveles (2008, 2011), Alarcón (2009) y Prud’homme (2007). Sin embargo, ha existido poco interés en tratar dicho tema en más de un partido político, por lo cual es claro que han proliferado los estudios de caso centrados en un indicador, sea selección de dirigentes nacionales o candidatos presidenciales. Una honrosa excepción es el trabajo colectivo coordinado por Casanova y Corona (2013).
La inestabilidad al interior del PRI, antes y después de la derrota presidencial del año 2000 generó un gran interés académico. Por ello, no es gratuito que sea el partido quien concentra buena parte de las investigaciones enfocadas en aspectos relacionados con su democracia interna. Es el caso de los trabajos de Casillas (2000), Reveles (2000, 2003b, 2003c) y Pacheco (2009), sobre la selección del candidato presidencial, así como el de Corona (2003), que aborda la selección de dirigentes.
El PAN ha sido el segundo partido cuya democracia interna ha captado un gran interés académico. El trabajo de Reveles (2002) da cuenta de los métodos utilizados para seleccionar candidatos y dirigentes, hasta antes de que el PAN asumiera la Presidencia de México. Por su parte, las investigaciones de Alarcón y Freidenberg (2007) y Reveles (2005) se encargaron de analizar la selección de candidato presidencial cuando el PAN logró hacerse del Poder Ejecutivo.
El PRD es el partido que menor interés ha generado. No obstante, de los temas más estudiados en este partido son el carisma y los grupos internos, pero no siempre ligados a la democracia interna. Así, el trabajo de Calleja (2000) pone interés en observar la democracia interna del también llamado Sol Azteca; mientras que Corona (2003) se adentra en la selección de dirigentes nacionales acontecidas hasta 2002.
A continuación, se observará el estado de la cuestión de la democracia interna en México y otras latitudes, dando cuenta de los tipos de trabajos que se han presentado, así como sus ventajas y/o limitaciones, las cuales permiten justificar la pertinencia del presente trabajo.
1.1.2 Estado de la cuestión
El objetivo de esta sección es responder a la pregunta ¿qué conocemos sobre la democracia interna en los partidos políticos? Al respecto, haciendo un ejercicio de sistematización de la literatura relativa a la democracia interna surgida a partir del siglo XXI, ésta puede agruparse bajo dos directrices que enfatizan la democracia interna: 1) a nivel estatutario o 2) en el plano de los procesos internos.
Como se ha apuntado en otros espacios (Espejel, 2013 y 2018), los estudios existentes pueden ser agrupados en tres grandes tipos de investigaciones enmarcadas en dos bloques. En el primer caso se encuentran los trabajos que intentan dilucidar la democracia interna a través del ámbito estatutario (estudios sobre lo que debe y puede), mientras que, en segunda instancia, destacan las investigaciones que se centran en la realidad partidaria (estudios sobre lo que es la democracia interna). Así, el primer bloque se ha denominado estudios jurídicos, pues se centran solo en la normatividad apelando por su reforma en el caso de partidos que no legislen sobre la democracia interna. Por otro lado, el segundo bloque de trabajos denominado estudios politológicos se integra por estudios que retoman cautelosamente el aspecto de las reglas, dirigiendo su mirada a lo que sucede en los procesos de selección de candidatos y/o dirigentes.
Respecto a los estudios jurídicos, existen dos tipos de trabajos, los cuales se concentran en el análisis de los estatutos. Sin embargo, los estudios sobre lo que debe ser apelan a su reforma, mientras los trabajos sobre lo que puede ser la democracia interna tienden a evaluar las reglas del juego.
Así, los trabajos sobre el deber ser enfocan su atención en la protección de derechos fundamentales, similares a los que goza cualquier ciudadano vía la Constitución (libertad de expresión, asociación, derecho a la información, entre otros), la posibilidad de participar en la toma de decisiones (a través del voto), así como mecanismos de control político del militante al dirigente, los cuales deben encontrarse reglamentados en los estatutos del partido (Navarro, 1999; Cárdenas, 1996). Por ende, este tipo de abordaje es meticuloso al solicitar un catálogo de derechos y libertades que debe poseer la militancia al interior de los partidos. Por ejemplo, Cárdenas plantea que los derechos que deben reconocer y protegerse al militante, al interior de un partido, son:
La participación directa o mediante representantes en las asambleas generales; la calidad del electorado, tanto activo como pasivo, para todos los cargos del partido; la periodicidad en los cargos y en los órganos directivos; la responsabilidad en los mismos; la revocabilidad de los cargos; el carácter colegiado de los órganos de decisión; la vigencia del principio mayoritario en los órganos del partido; la libertad de expresión en el seno interno; la posibilidad de abandonar el partido en cualquier momento; el acceso a la afiliación; al ser escuchado por los órganos arbitrales internos, antes de la imposición de cualquier sanción; al acceso a la información sobre cualquier asunto; al libre debate de las ideas y decisiones principales; a la seguridad jurídica; a la formación de corrientes de opinión y, en algunos casos, a la existencia de mecanismos de democracia directa en el interior del partido, tales como el referéndum o el derecho de iniciativa para reformar normas (Cárdenas, 1996: 21).
Ahora bien, sin lugar a dudas, este tipo de abordaje posee mucho valor, debido a que su mirada prescriptiva proporciona una excelente guía sobre cómo deberían acontecer los procesos de toma de decisiones al interior de la organización, qué derechos deberían poseer los militantes, y con qué instrumentos deberían contar para exigir cuentas a sus dirigentes. Pese a ello, es importante decir que el alcance de estas investigaciones es limitado, en la medida en que no evalúan la realidad partidaria.
A lado de este tipo de análisis se encuentran quienes, en lugar de centrarse en la elaboración de una crítica prescriptiva, están interesados en evaluar el ámbito estatutario de las organizaciones partidistas. Este grupo de trabajos parte de la importancia del estatuto, ya que cumple funciones vitales para las organizaciones, tales como: 1) definir la ideología, principios y objetivos de la organización; 2) aclarar los canales de afiliación; 3) mostrar la jerarquización del partido y los métodos de selección; 4) describir el rol, así como la relación entre las diferentes unidades administrativas; y 5) establecer las secretarías de los comités ejecutivos y sus funciones, en áreas trascendentales como el desarrollo de políticas, finanzas, capacitación, comunicación y relaciones con la sociedad civil (Breth y Quibell, 2003: 9).
Este tipo de trabajos opta por dos caminos metodológicos distintos al elegir la unidad de análisis. En primera instancia, algunos incrementan el número de observaciones para comparar, aunque reduciendo el número de variables relativas a la democracia interna.
Es el caso del trabajo de Scarrow, Webb y Farrell (2004), quienes analizan los estatutos de dieciocho democracias europeas respecto a la selección de candidatos, dirigentes y formulación de plataformas, afirman que estos procesos cada vez son más inclusivos, pero sin restringir a los líderes de una vez y para siempre. Otro ejemplo es el trabajo de Freidenberg (2006) en el cual se muestra que, a pesar de la tendencia a la mayor participación de los militantes en la selección de dirigentes y candidatos, vía los estatutos, aún persiste el peso de los órganos ejecutivos colegiados en América Latina. Además, en el mismo contexto, Gallo (2005) analiza las elecciones abiertas para seleccionar candidatos presidenciales, encontrando en los estatutos cierta tendencia a la democratización.
En segunda instancia, otros trabajos prefieren reducir el número de observaciones, con el objetivo de lograr mayor profundidad, ya sea centrándose en un sistema político o en un partido, con el propósito de identificar un mayor número de variables relativas a la democracia interna. El trabajo de López (2008) aborda los, hasta entonces, principales partidos en España: el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español. El autor resalta los derechos fundamentales que resguardan los estatutos, mismos que deben ser evaluados “en el plano del funcionamiento de la vida interna” (López, 2008: 68).
En el caso mexicano, los trabajos de Rodríguez y Mendivil (2017) y de Vaquera (2017) se enfocan en el análisis de la normatividad de los partidos después de la reforma electoral de 2014. A partir de ello, Rodríguez y Mendivil clarifican la necesidad de una “nueva regulación explícita y exhaustiva de la democracia interna de los partidos políticos” (2017: 22), en virtud de los déficits encontrados en materia de revocabilidad de los cargos directivos, de la rigidez de los requisitos para ocupar cargos directivos, de la libertad de expresión, de la igualdad de derechos, del acceso a la información, de la tipificación de causas de expulsión, del establecimiento de procedimientos de defensa del militante, respeto a las fracciones, entre otros. Por su parte, Vaquera plantea que, derivado del análisis estatutario, “México enfrenta un déficit en el funcionamiento de sus propias organizaciones (ya que) en muchas ocasiones cancelan la posibilidad de que militantes de la base pueden tener un real acceso a alguna candidatura” (2017: 21).
Ejemplos de los estudios de caso en México son los trabajos de Calleja (2000) y Lara (2002). Calleja se centra en el análisis estatutario del PRD, analizando veinticinco variables en el plano estatutario para determinar que el partido tiene “una tendencia casi nula a la oligarquía” (2000: 93). Lara, por su parte, resalta la estabilidad estatutaria de Acción Nacional, ya que en 60 años de vida solo había experimentado once reformas.
Vale la pena concluir el apartado de los estudios jurídicos haciendo hincapié en la necesidad de ampliar el catálogo de derechos de la militancia, como sucede con los estudios sobre el deber ser. No obstante, es evidente que confrontar un catálogo amplio de derechos en la realidad se torna una tarea titánica condenada a abordar únicamente al plano estatutario. Ahora bien, el análisis de los estatutos constituye un primer nivel de interés, aunque insuficiente, ya que en contextos como el latinoamericano, los estatutos suelen ser una evidencia débil para aportar información sobre lo que sucede en la organización. De ahí que sea necesario trascender al análisis sobre lo que es la democracia interna.
En ese sentido, el segundo bloque de trabajos, los estudios politológicos, parte de la idea que el ámbito estatutario puede ser una débil huella de lo que sucede en la realidad organizativa, centrándose, por tanto, en el análisis de los procesos de toma de decisiones, por ejemplo, la selección de dirigentes y/o candidatos.
De igual forma, existen dos conjuntos de trabajos. Primero, aquellos que optan por aumentar las observaciones, reduciendo el número de indicadores; normalmente estos trabajos abordan solo selección de candidatos. A nivel internacional, resaltan los trabajos centrados en el caso asiático de Chambers y Croissant (2008) y de Linz (2004). En el primero, los autores concluyen que en pleno siglo XXI, en los tres principales partidos de Tailandia, las decisiones son tomadas por el líder del partido y/o un grupo cerrado. En el segundo trabajo se da evidencia sobre la variación a lo largo del tiempo, pues los partidos se hacen más inclusivos en la medida en que permiten celebrar elecciones internas. Esto ha dado origen a un conflicto entre dos visiones organizativas: por un lado, el ala revolucionaria cuyo modelo de partido es elitista-centralista y, por el otro, la democrática con un modelo que apela a compartir el poder con la militancia.
En América Latina, resaltan los trabajos de Aquino (2004), Duque (2009) y Picado (2009), que dan cuenta, respectivamente, de los casos de República Dominicana, Colombia y Costa Rica. Aquino da evidencia respecto al mayor éxito de los partidos centralizados (Partido de la Liberación Dominicana) sobre los descentralizados (Partido Reformista Social Cristiano y Partido Revolucionario Dominicano) en la implementación de elecciones internas de candidato presidencial. Duque, por su parte, proporciona evidencia sobre la incongruencia del Partido Liberal y el Conservador, en términos de la correspondencia de las reglas escritas con las prácticas reales para seleccionar candidato presidencial, de 1974 a 2006. Finalmente, Picado analiza los procesos de selección del candidato presidencial y diputados en Costa Rica, gracias a lo cual resalta los factores que influyeron en adoptar mecanismos inclusivos: reformas electorales, efecto de imitación y presión de organismos internacionales. En este trabajo se destacan las variables exógenas que pueden incidir en la profundización de la democracia interna.
En el caso mexicano, se encuentran los trabajos que estudian diversos partidos. Destacan los aportes de Reveles (2011 y 2008), quien, en el primer trabajo, da evidencia sobre la inexistencia de apertura a la militancia en la elaboración de las plataformas políticas en el PRD y el PAN, y la reforma estatutaria en el PRI, en la antesala de la elección presidencial de 2006. En el segundo, el autor relaciona los valores ideológicos y la democracia interna, gracias a lo cual muestra que el pensamiento neoconservador de Acción Nacional fomenta las dirigencias jerárquicas y verticales; mientras que el pensamiento nacionalista-revolucionario y su fusión con la izquierda social, del PRD, derivan en menor respeto por la autoridad, así como en un mayor conflicto y debate internos. Prud’homme (2007), por otro lado, muestra que el origen partidario es importante para comprender el consecuente modelo de partido y su (presencia/ausencia de) democracia interna. El trabajo de Sarabia (2011) brinda evidencia sobre los procesos de selección de candidatos a presidencias municipales en los principales partidos en Ciudad Juárez, concluyendo que las fuerzas partidistas a nivel local son organizaciones pragmáticas en busca del voto, más que en la representación de intereses sociales. Por su parte, Corona (2013) se enfoca en el estudio de las tendencias oligárquicas del PRI, el PAN y el PRD en los procesos de selección de dirigencia nacional de 1988 a 2012. Entre sus hallazgos muestra que la oligarquización de los partidos es causa de “la apropiación de los puestos de dirección y candidaturas opuestos de elección, por parte de grupos de interés, familiares y amigos que se rotan el poder” (Corona, 2013: 429). Por otro lado, Manteca (2018) revisa los métodos de selección de candidatos del PRI, PAN y PRD, de 1994 hasta 2017. En su trabajo encuentra un claro “incremento del control de los partidos en detrimento de métodos de participación ciudadana más abiertos” (2018: 159).
Además, resaltan trabajos que analizan un solo partido, centrándose en pocos indicadores (selección de candidato presidencial y/o dirigencia), gracias a la profundidad logran dar cuenta de los diversos actores, de las estrategias y de la lógica que subyacen a dichos procesos.
La investigación de Reveles (2013) se enfoca en el estudio de la coalición dominante del PAN, concluyendo que en este partido, producto de sus principios neoconservadores, los dirigentes tienen un papel más amplio que las bases, de ahí el énfasis en métodos de selección indirectos. Por su parte, Zamitiz (2013) estudia el caso del PRI mostrando que luego del año 2000, cuando el PRI perdió la titularidad del Poder Ejecutivo, se encontraron dos patrones de conducta: al existir igualdad de fuerzas entre los contendientes, emerge el conflicto (2006), mientras que ante la desigualdad de fuerzas se genera la unión de los grupos en torno al mejor posicionado en busca del triunfo (2012).
El trabajo de Bolívar (2013) se centra en la oligarquización del PRD, a partir de la llegada de la corriente Nueva Izquierda a la dirigencia nacional en 2008, muestra que este evento dio lugar a una izquierda dividida en México: una fuerza ciudadana al margen del partido y el partido distanciado de los movimientos e interesado en mantener sus cuotas de poder. Por su parte, el trabajo de Espejel (2014) da cuenta de la ausencia de democracia interna en el Partido Verde Ecologista de México, ya que, entre otras cosas, la dirigencia nacional estuvo al poder de integrantes de una familia: de 1991 a 2001, en Jorge González Torres, y de 2001 a 2011, en Jorge Emilio González Martínez.
El trabajo de Díaz (2014) se enfoca en el estudio de los procesos de selección de candidato presidencial en el Partido del Trabajo, de 2000 a 2012. En su investigación, se resalta la concentración de poder en la Comisión Ejecutiva Nacional, encargada de decidir sobre la selección del candidato presidencial. El texto de Bolívar (2014) sobre Movimiento Ciudadano evidencia la existencia de tendencias oligárquicas en la renovación de dirigentes, lo cual ha generado que dicho órgano se convierta en un grupo compacto y cerrado. El trabajo de Corona (2014) sobre el Partido Nueva Alianza da cuenta de los procesos de selección de dirigente nacional, mostrando que se trata de una organización dominada por grupos de poder que se apropian de los cargos directivos y de elección popular, a través de métodos antidemocráticos.
Finalmente, el análisis de Bolívar (2017) centrado al estudio del partido Movimiento de Regeneración Nacional, da cuenta de tendencias poco democráticas al interior de la organización, toda vez que quienes ocupan los cargos de dirección son un grupo compacto, aunado a que no se permite la creación de grupos internos. A lo anterior se suma el peso del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador en la organización. Vale la pena decir que con los estudios politológicos se logran apreciar los actores en pugna, resaltar la importancia de la génesis, el papel que juegan los dirigentes, así como la modificación de las decisiones internas y algunos factores que propician dicho cambio, por ejemplo, tal como los triunfos y las derrotas electorales, las reformas electorales y la presión de organismos internacionales.
Para cerrar el apartado de los tipos de estudios, se puede mencionar que en el marco teórico, tal como hacen los estudios cercanos a la ciencia política, se observa la democracia interna en las reglas y, sobre todo, en los procesos internos, teniendo en consideración las peculiaridades, factores y actores mencionados anteriormente.
1.2 Tendencias organizacionales
En este apartado corresponde construir el modelo teórico para el análisis de los siete casos de estudio que se abordan: el PRI, el PAN, el PRD, el PT, el PVEM, MC y MORENA. La apuesta, en términos generales, recupera una gran lección emanada de Duverger y Panebianco sobre la importancia del origen para entender el devenir de los partidos políticos, sin que ello signifique una camisa de fuerza. La democracia interna no es la excepción. No obstante, en primera instancia se aborda brevemente cómo se ha considerado a la democracia interna: como variable independiente (que explica algo más) o como variable dependiente (que requiere alguna explicación plausible). Enseguida se analizan algunas definiciones sobre democracia interna, mismas que ayudarán a construir un concepto de democracia interna entendida como la distribución de poder. De igual forma, la revisión de dichas definiciones hace posible dar cuenta de sus dimensiones e indicadores pertinentes. Acto seguido, se desarrolla y justifica la perspectiva teórica, como un recurso nodal para analizar el nexo entre el origen partidario, la estabilidad (vía reglas formales o informales y la tendencia organizacional que denota la (ausencia/presencia de) democracia interna en los siete casos seleccionados.
1.2.1 Democracia interna como respuesta y problema a resolver
Ahora bien, rastreando en los estudios ya mencionados, es pertinente observar el lugar que ocupa la democracia interna en los procesos partidistas, ya sea como variable independiente o dependiente. Para algunos autores, la democracia interna es un asunto que permite explicar y solucionar, en parte, por qué los partidos políticos son percibidos de forma negativa por la ciudadanía. Para otros autores interesados en la dinámica endógena, la democracia interna es un problema a resolver. Ante esto, la respuesta que ha permeado la academia se centra en la eficiencia, como atributo identificado por Michels en la primera mitad del siglo XX; sin embargo, resaltan un par de autores que permiten plantear la vuelta al origen de los partidos como la respuesta al tipo de democracia interna.
1.2.1.1 Democracia interna como explicación
Una problemática explicada por la democracia interna es la crisis de los partidos políticos. Por consiguiente, algunos autores plantean que “el diagnóstico y la respuesta a la crisis de los partidos como instrumentos de participación política ha de referirse necesariamente a los dos componentes estructurales del problema: los modelos de participación y de partido” (Llera, 2000: 37). A similar diagnóstico llegan los trabajos de Criado (2005), Cárdenas (1992) y García (2008), apelando a la reforma partidaria para solucionar el problema, creando confianza en el ciudadano “si modifican, entre otras cosas, sus estructuras, procedimientos y obrar, para tener un comportamiento democrático interior” (Cárdenas, 1992: 243). Con ello se podría aumentar su credibilidad ciudadana. No olvidemos que, como se planteó en la introducción, nuestros partidos políticos no gozan del respaldo ciudadano. Por lo tanto, es posible indicar que la democracia interna, además, puede explicar el descrédito de los partidos políticos ante la ciudadanía justificando, con ello, la necesidad de reforma.
1.2.1.2 Democracia interna como interrogante abierta
Ahora bien, el conjunto de trabajos al cual nos adscribimos considera que la democracia interna es una pregunta abierta que exige una respuesta. Al respecto, entre sus posibles condiciones de existencia destacan la eficiencia, el contexto, la ideología, el diseño institucional, así como el modelo de partido.
Sin duda, la respuesta más extendida es la que plantea la eficiencia como explicación a la presencia, ausencia e intensidad de la democracia interna. Así, debido a la necesidad de ser eficientes al competir en las elecciones, es fundamental mantener la cohesión y la disciplina, evitando el pluralismo interno y la participación de las bases (Michels, 1983; Duverger, 1984; Hernández, 2002). Siguiendo esta hipótesis, deberíamos encontrar que todos los partidos tienden a ser poco democráticos; sin embargo, esto no sucede en la realidad. La evidencia empírica mostrada (Freidenberg y Sánchez, 2002; Alarcón, 2009; Reveles, 2008; Sirvent, 2002) deja ver variaciones que no pueden ser respondidas apelando solamente a la eficiencia.
Una segunda respuesta pone énfasis en el contexto. Dado a que los partidos políticos han nacido en procesos autocráticos, y no en gobiernos democráticos, tanto su organización como sus reglas corresponden a organizaciones autocráticas (Breth y Quibell, 2003). Sin embargo, nuevamente la variación presentada no explica por qué algunos partidos políticos tienen ciertos métodos de toma de decisiones y no otros. No obstante, indirectamente se plantea el origen del partido como un elemento a considerar con detenimiento.
Una tercera respuesta nos lleva a plantear el tema de la ideología como una variable independiente a considerar. Reveles (2008) sostiene que dependiendo de los valores, y la consecuente relación del individuo con la autoridad, algunos partidos son proclives a ser democráticos y otros no. Ante esto habría que decir que, como Michels (1983) había planteado, incluso el partido con una ideología socialista (PSD) puede ser antidemocrático. Asimismo, Panebianco ha mostrado cómo, independientemente de la ideología, partidos ideológicamente proclives a la democracia interna son centralizados, siendo el detentador de poder un sindicato o un grupo cerrado (élite). Es decir, la ideología no es definitoria de la democracia interna.
Una cuarta respuesta pone el acento en el diseño institucional. Un partido tiene determinado tipo de democracia interna porque así lo han querido (y legitimado) ellos mismos, siendo resultado de un diseño institucional donde lo preeminente es el locus de autoridad (Reynoso, 2005). Sin embargo, se debe plantear que el diseño es un momento intermedio entre la coyuntura originaria y la adopción de un modelo de partido. Asimismo, debemos tener en cuenta que los partidos políticos pueden evolucionar de forma intencionada o como respuesta a los retos (Panebianco, 1990) impuestos por la democracia interna.
Una quinta respuesta plantea el modelo de partido como un elemento fundamental (Prud’homme, 2007; 2010). En este sentido, cobran relevancia tres tipos de modelos de partido: de cuadros, carismático de masas y de masas corporativo. Sin embargo, no se debe obviar la existencia del momento originario como condicionante o, al menos, como factor crucial a la hora de asumir un modelo de partido. Tampoco se debe olvidar la existencia de otros modelos de partido y, sobre todo, la posibilidad de transitar de uno a otro, dependiendo de la dinámica interna y del ambiente. Es decir, aun cuando un partido opte por un modelo, obedeciendo a su momento originario, esto puede variar en el camino.
Precisamente en el siguiente apartado se elabora un acercamiento al tema de la democracia interna, comenzando por definir lo que el presente estudio entiende por ella, para después presentar una apuesta propia en torno al porqué de la misma.
1.2.2 Democracia interna. Distribución de poder intrapartidario
Una vez discutidos los diversos estudios en torno a la democracia interna, y recordando el interés de la presente investigación sobre indagar el porqué de su presencia y posibles manifestaciones, en esta sección es necesario incluir un apartado para explorar el término que se va a utilizar. Se presentan algunos comentarios en torno a la democracia interna (debate en torno a los pros y contras). Después se muestran algunas definiciones comúnmente utilizadas; posteriormente se opta por aquella que pone el énfasis en la distribución de poder como su rasgo definitorio. Finalmente, se muestran algunos aspectos en torno a los indicadores relevantes para el estudio de la democracia interna.
1.2.2.1 Democracia interna. Diversas definiciones
Es pertinente apreciar algunas definiciones sobre democracia interna que se han (re)utilizado en investigaciones académicas. Después, se opta por una construcción conceptual propia cuyas dimensiones se nutren de los aspectos resaltados en las definiciones analizadas.
Como es de suyo evidente, si existiera una sola teoría de la democracia, y si el lenguaje fuera utilizado de manera uniforme, sería sencillo definir el término democracia interna; sin embargo, dado que no es así, la complicación subsiste en torno a qué es y cómo se observa (Flores, 1999: 25).
En ese sentido, Freidenberg (2006) presenta varios textos referidos a la democracia interna. La autora la define de manera cercana al pluralismo de Dahl, ya que supone la adopción de los principios de este sistema político al interior del partido. Esto es: “la inclusión del criterio de competencia, adopción de valores democráticos tales como la libertad de expresión y la libertad de elección para sus miembros y […] mecanismos competitivos en el proceso de toma de decisiones, la participación del afiliado […] y la existencia de canales que permitan el ejercicio efectivo del control político” (2006: 3). Por consiguiente, habrá democracia interna cuando exista una buena cantidad de los aspectos previamente mencionados. De ahí que dicha definición toma en consideración indicadores (y dimensiones) relevantes como: selección de candidatos y dirigentes (competitividad) por parte de la militancia (participación), y rendición de cuentas de los candidatos, gobernantes y dirigentes a la base (control político).
Por su parte, Stammer (1980), pionero en la idea de visualizar tendencias democratizadoras en los partidos políticos, entiende a la democracia interna como el predominio de la militancia sobre los dirigentes. Por ello, un partido democrático convoca y capacita a sus militantes para participar en la selección de candidatos, dirigentes y políticas del partido (voluntad del partido) (participación), y somete a los órganos directivos al control de los militantes que cuentan con poder de revocación (control político).
Por otro lado, Navarro (1999) plantea que el uso de la democracia interna es ambiguo. No obstante, sostiene que lo pertinente es entenderla como una forma de gobierno, contrapuesta a la autocracia, oligarquía o aristocracia. Lo importante, en ese sentido, es quién ejerce el poder, cómo se accede y el ejercicio del mismo. No obstante, considera que esto es limitado, pues remiten a un conjunto limitado de reglas del juego (dimensión procedimental), por lo cual debe apelarse a dotar de alguna sustancia a la definición. Por tanto, señala que la democracia interna implica “el respeto de una serie de derechos fundamentales de los sujetos sometidos al poder, así como al establecimiento de mecanismos eficaces de garantía de los mismos frente a vulneraciones” (1990: 43). Su definición incluye una parte procedimental y otra sustancial. De ahí que la democracia interna es una forma de gobierno extendida a todos los niveles de la organización. En la parte procedimental coloca la participación de los militantes en las decisiones y en el control político sobre el gobernante, mientras la parte sustancial se compone del respeto de los derechos fundamentales de los militantes. En ambos casos subyacen las dimensiones de participación, competitividad y control político.
En el plano de definiciones robustas sobre democracia interna se encuentra Reveles, quien la define como “una forma de dominación política donde existen quienes dominan y quienes son dominados” (2008: 7). Además agrega que no se trata solo de quién y cómo se gobierna (procedimental), sino a quiénes beneficia el ejercicio de poder (sustancial). Los aspectos procedimentales apuntan a que el gobierno tome en consideración las preferencias de la mayoría. Para ello, un partido debe contar con aspectos como el respeto a las minorías, la libertad de expresión y asociación, el carácter colegiado de los niveles de dirección, la transparencia en el ejercicio del poder, los mecanismos de rendición de cuentas y sanciones orientadas a la fiscalización de la dirigencia, la rotación de cargos (control político), el voto directo, el referéndum y el plebiscito (participación). Un aspecto crucial que distingue a las dos últimas definiciones, de las dos primeras, es el amplio número de indicadores sobre democracia interna, más allá de los estatutos.5
En el siguiente apartado se expone detalladamente la definición de democracia interna que adopta la presente investigación, la cual recoge dimensiones relevantes de los diversos autores (participación, competencia y control político).
1.2.2.2 Democracia interna como distribución de poder. Dimensiones e indicadores
Resalta Tilly (2010: 37-42) que cuando se discute el tema de la democracia es común utilizar cuatro tipos de definiciones: la constitucional, la procedimental, la sustancial6 y la procesal.7 Remito al texto del citado autor para un esclarecimiento de cada una. Ahora bien, extrapolando esta tipología al tema de la democracia interna, el primer tipo de definición se concentraría solo en las leyes que aprueba el partido referidas a la organización interna (por ejemplo, si existe carácter colegiado de los órganos en los estatutos); sin embargo, esta definición tiene como inconveniente el no ir más allá de las reglas. La segunda identificaría una serie de prácticas para determinar si un partido es o no democrático (elecciones para seleccionar dirigente o candidatos, por ejemplo); no obstante, su error es centrarse solo en lo electoral, olvidando que la democracia es algo más, como se muestra en los estudios sobre el deber ser. Por otro lado, la tercera definición pondría el acento en una serie de condiciones que promueve el partido independientemente de sus reglas (¿promueve la participación, pluralismo, igualdad?, por ejemplo); empero, el problema está en la prioridad entre principios, y en la determinación de cuál de ellos es más importante. La cuarta definición se enfocaría en una serie mínima de procesos “que deben estar continuamente en marcha para que una situación pueda ser calificada como democrática” (Tilly, 2010: 39).
La presente investigación optará por una definición de corte procesal, pues esto permitirá describir cómo opera el partido en torno al poder intrapartidario, y no solamente qué técnicas adopta para realizar sus metas. Como resaltan Stammer (1989), Navarro (1999) y Reveles (2008) la democracia interna es una forma de organización diferente de otras por la distribución del poder, es decir, por la capacidad de que la mayoría tome decisiones y controle a sus dirigentes, entre otras cosas. Esa capacidad alude a la distribución de poder intrapartidario. Este mismo razonamiento subyace en Scarrow (2005), así como Chambers y Croissant (2008).
Por consiguiente, al igual que Scarrow (2005), se afirma que la democracia interna es la distribución de poder intrapartidario, la cual se expresa en la presencia de los criterios de participación, competencia y control político. No obstante, habrá diversos grados de democracia interna; esto es, partidos más democráticos que otros, en virtud de la presencia o ausencia de los criterios mencionados. La democracia interna, para Scarrow, denota un rango de posibilidades según los cuales el poder estará más o menos distribuido.
Por lo cual una primera aproximación a la definición de democracia interna es la siguiente: habrá democracia interna cuando el partido adopte los criterios de participación, competencia y control político. Por tanto, la democracia interna indica que las relaciones entre dirigentes y dirigidos se materializarán en la toma de decisiones inclusivas y competitivas, en la existencia de control político del militante hacia el dirigente. Todo lo anterior contribuye a observar la distribución del poder intrapartidario.
1.2.2.3 Dimensiones e indicadores relevantes
Como se expresó previamente, habrá partidos más democráticos que otros en función de la presencia o ausencia de las dimensiones de participación, competencia y control político. La participación, la competitividad y el control político son dimensiones incluidas en las definiciones discutidas anteriormente, en otras palabras, son los criterios fundamentales de la democracia interna. Por ello, a continuación, se explica cada una de ellas, así como los indicadores que permiten identificar su presencia o ausencia.
1. Participación: alude a la inclusión de la base en las principales decisiones del partido. Por tanto, en un continuo, puede ir desde un individuo que toma las principales decisiones, hasta un extremo donde la militancia, en su conjunto, decide. Bajo esta dimensión, un partido será más democrático en la medida en que en sus decisiones participe un mayor número de militantes. La pregunta que encierra esta dimensión es: ¿quién o quiénes deciden? Indicador: al menos existen dos indicadores pertinentes: la selección de dirigentes nacionales8 y candidatos presidenciales.9 Se trata de los procesos más importantes dentro de los partidos políticos y, generalmente, también son los más abordados en el tema de la democracia interna.
2. Competitividad: se relaciona con la existencia o no de varios contendientes, y con la incertidumbre al tomar una decisión. Por ende, al igual que en la dimensión anterior, puede ir, en un continuo, desde la presencia de un solo contendiente, hasta el caso extremo donde existe un alto grado de incertidumbre, dada la posibilidad de que dos o más contendientes triunfen. Así, un partido será más democrático en la medida que sus procesos electorales cuenten con cierto grado de competitividad. La pregunta que encierra esta dimensión es: ¿todos los contendientes poseen opciones reales de triunfo? Indicador: la selección de candidato presidencial y dirigente nacional son momentos donde podemos observar la competitividad. Aquí cabe decir que las elecciones con participación, pero sin competencia, pueden ser más bien aclamaciones o aprobaciones de designación previa, por lo cual es importante la competitividad.10
3. Control político: se relaciona con la rendición de cuentas de los dirigentes hacia la militancia. En un continuo, puede ir desde una nula rendición de cuentas a la militancia por parte de algún líder u órgano interno, hasta una situación donde exista control político de la militancia, expresado en mecanismos de control político; por lo cual, un partido será democrático cuando sus dirigentes tengan: periodos de mandato fijos; no puedan reelegirse y no ocupen varios cargos al mismo tiempo; asimismo, cuando, de ser necesario, puedan ser removidos. La pregunta que encierra esta dimensión es: ¿quién o quiénes poseen el control político interno?11 Indicador: los mecanismos de control que se reflejan en los estatutos. Estos son: la revocación de mandato, el mandato fijo, la no reelección e incompatibilidad de cargos.
Por lo anterior, un partido será más democrático cuando sus dirigentes nacionales y candidatos presidenciales sean electos por los miembros, a través de elecciones competitivas, y cuando los dirigentes rindan cuentas a la militancia sobre sus actos. Finalmente, siguiendo a Tilly (2010), el movimiento neto del partido hacia los extremos más altos de las cuatro dimensiones podrá entenderse como democratización; mientras que el movimiento hacia los extremos bajos se considera des-democratización.
La operacionalización anterior presenta dos ventajas: primero, pese a que existen más dimensiones, las elegidas son las más destacadas por quienes abordan el tema de la democracia interna.12 Segundo, para cada dimensión existen otros indicadores posibles; sin embargo, por razones de escasez de recursos, se prefirió adoptar aquellos que permitirán tener disponibilidad, en tiempo y forma, de los datos para tener un buen reflejo de la democracia interna.
Así pues, recapitulando, se optó por tomar en consideración el supuesto sobre que la democracia interna alude a una real distribución de poder materializada en: 1) la participación de la militancia en procesos competitivos, y 2) el control de los dirigentes por parte de la militancia. Ahora, es necesario mostrar qué podría ayudarnos a comprender el motivo de un partido para tener determinada distribución de poder (y con ello una democracia interna o no) y no otra. Dicho de otra forma, qué cuestiones conducen a dicha distribución y su variación en el tiempo”.
1.3 Origen, estabilidad y tendencia organizacional
Como ya se dijo previamente en las explicaciones para hablar de la presencia o ausencia de democracia interna, la eficiencia, en términos electorales, es fundamental, pues puede contribuir positivamente a la cohesión y disciplina al interior del partido.
La presente investigación no pretende negar que, en diversos momentos, a los partidos pueda presentárseles ese dilema. No obstante, dicha explicación parece considerar a los partidos como objetos estables en el tiempo; es decir, nacen, crecen y mueren buscando ser eficientes y, por ende, antidemocráticos. Si esto fuera cierto, lo que debería observarse en la realidad es que todos y cada uno de los partidos tienen el mismo carácter oligárquico sin diferencias entre cada organización. No obstante, la evidencia proporcionada por los diversos estudios revisados muestra la posibilidad de identificar una variedad de dinámicas internas, ya que existen partidos en los cuales quien decide puede ser el dirigente, un grupo pequeño o, incluso, la militancia. En adición, esto ha variado en el tiempo, ya que algunos partidos adoptan formas de decisión más inclusivas que las anteriores o, por el contrario, pueden tender hacia una mayor concentración de poder y decisión.
Tomando en cuenta lo anterior, ¿qué respuesta se podría dar a las diferenciaciones y evolución o involución que pueden experimentar los partidos en torno a la democracia interna? Para el caso mexicano, Prud’homme (2007) y Reynoso (2005) plantean la probabilidad de que en el origen del partido político encontremos algunas respuestas del por qué de su democracia interna. Siguiendo metodológicamente a Ostrogorski, Prud’homme recomienda observar el origen y el modelo de partido que poseen los partidos. Reynoso, por su parte, refiere al diseño institucional, aunque éste es, más bien, una fase intermedia, entre el origen y la estabilidad de los procesos internos.
Por ende, la hipótesis de trabajo es que existen varios momentos de análisis que permiten dar cuenta del porqué de la democracia interna, y si ésta puede variar a lo largo del tiempo o no. El primero sería el origen; el segundo estaría relacionado con la articulación de los actores (vía reglas formales e informales) que detona en la estabilidad de las reglas y procedimientos (de control político y selección de dirigentes nacionales y candidatos presidenciales), lo cual refleja la adopción de, como tercer momento, una tendencia organizacional que da evidencia, formal o informalmente, sobre qué tan distribuido o concentrado está el poder intrapartidario, es decir, qué tan democrático o no es un partido. Dicha tendencia puede estabilizarse en cierto tiempo, es decir es la materialización de las inercias de camino de los partidos (path dependence).
Por lo anterior, siguiendo la idea de la democracia como distribución de poder en el partido, la estructura de este apartado se enuncia a continuación. Primero, es necesario identificar qué cuestiones se deben considerar en la génesis, momento en el cual se pueden observar los rasgos iniciales de la tendencia. En segundo lugar, se debe poner atención en la posibilidad de lograr estabilidad en las reglas y procedimientos, lo cual nos conduce a la adopción de una tendencia organizacional, la cual es la tercera discusión en este apartado, permitiendo detectar la distribución o concentración del poder. Ahora bien, lo anterior no es definitorio, ya que a través del tiempo las trayectorias organizativas pueden variar, debido a factores que la literatura resalta, y constituyen la última discusión de este apartado.
1.3.1 Génesis partidaria
El surgimiento del partido es un momento trascendental,13 ya que en dicho evento se concentran diversos actores de los cuales, posiblemente, emergerá alguna tendencia organizacional, es decir, un actor o actores que detenten el poder intrapartidario. Una gran variedad de actores puede darse cita en el surgimiento del partido, sin embargo, lo importante es observar quien o quienes tienen el poder de decisión.
El argumento de Panebianco en torno al modelo originario es trascendental para observar los diversos actores que se pueden presentar en la génesis partidista (liderazgos carismáticos, organizaciones externas como sindicatos, iglesias, movimientos sociales, partidos previos, etc.). Como bien apunta el italiano:
[…] la manera en que se reparten las cartas, así como los resultados de las diversas partidas que se juegan en la fase originaria de una organización y en los momentos inmediatamente posteriores, continúan, en muchísimos casos, condicionando la vida de la organización a decenios de distancia. Ciertamente la organización sufrirá después modificaciones y adaptaciones incluso profundas, interactuando, durante todo su ciclo vital. Pero […] las opciones políticas cruciales puestas en práctica por los padres fundadores, las modalidades de los primeros conflictos por el control de la organización, y la manera en que éste se consolida, dejarán una impronta indeleble. Pocos aspectos de la fisonomía actual así como de las tensiones que se desarrollan antes nuestros ojos en muchas organizaciones, resultarían comprensibles si no nos remontáramos a su fase de formación (Panebianco, 1990: 17).
Los tres factores que marca Panebianco como definidores del origen son: la penetración/difusión en función del origen central o periférico de su élite inicial; un principio de legitimación externa o interna, según exista o no subordinación a otra organización, y la presencia/ausencia de rasgos carismáticos en el origen. Así, a continuación, se exponen cada uno de dichos factores.
1) Construcción de la organización. El partido puede surgir por penetración territorial cuando hay un centro que controla, estimula y dirige el proceso de construcción del partido. Estamos ante la difusión territorial cuando son las élites locales quienes constituyen las agrupaciones locales del partido, y, solo a continuación, éstas se integran en una organización nacional. También pueden darse modalidades mixtas, iniciando con difusión (cierto número de agrupaciones locales se constituye autónomamente en zonas del territorio nacional, luego se une a la organización nacional, y ésta desarrolla la penetración donde hace falta). Otro tipo de difusión es cuando el partido es producto de la unión de dos o más organizaciones preexistentes. Así, la existencia de un centro cohesionado da cuenta de un grupo reducido de líderes que son el primer núcleo del futuro centro de poder. El caso contrario, de difusión conduce a un centro de poder con grandes conflictos por el liderazgo (Panebianco, 1990: 111).
2) Presencia o ausencia de una organización patrocinadora. Este aspecto es importante porque tiende a cambiar la fuente de legitimidad. Si existe una organización patrocinadora externa (sindicato, iglesia, gobierno, movimiento social), el partido nace y crece como brazo político de dicha organización, lo cual genera dos consecuencias: primero, las lealtades que se gestan en el partido son indirectas, pues se dirigen, en primer lugar, a la institución externa y, en segundo lugar, al partido. En cuanto a la segunda consecuencia, la institución externa es la fuente de legitimación de los líderes, por consiguiente, es ella la que hace inclinar la balanza a un lado u otro en la lucha interna por el poder. Así, Panebianco distingue entre partidos de “legitimación externa” y partidos de “legitimación interna”.14 De existir una organización patrocinadora, es posible que el centro de poder se encuentre en ella.
3) Presencia o ausencia de carisma. Lo que interesa observar es si el partido es o no criatura o vehículo de la afirmación de un líder. Pueden existir dos tipos de carisma, el puro y el de situación. El primero es anormal y se funda en “los componentes mesiánicos de la personalidad del líder”; el segundo se funda en un “estado de stress agudo en la sociedad que predispone a la gente a percibir como extraordinariamente cualificado y a seguir con lealtad entusiástica un liderazgo que ofrece una vía de salvación de la situación de stress” (1990: 113). En el primer caso, el centro de poder se encuentra en el carisma. En el segundo tipo, el carisma posee una débil capacidad de plasmar su voluntad en la fisonomía de la organización, pues “el partido no es simplemente su criatura, sino que nace de la pluralidad de impulsos y, por tanto, otros actores pueden reservarse un cierto grado de control sobre las zonas de incertidumbre de la organización” (1990: 114).
Para efectos del presente trabajo, interesa lo siguiente: el origen es un momento de análisis importante, ya que en dicha coyuntura se podría observar la presencia de diversos actores, los liderazgos carismáticos (de situación o puros), y/o las organizaciones externas (sindicatos, gobierno, iglesia, grupos de presión, etc.). En esta cuestión, el propósito es observar cuáles se presentan y cuál de ellos posee preeminencia en torno a las decisiones iniciales. Dicho de otra forma, quién es el actor o actores calificados para representar al partido, y quién se presenta como el determinante en la línea política, ya que lo anterior será, sin duda, el germen de la tendencia organizacional que tomará el partido.
Así, este momento originario es importante, ya que conduce a un proceso articulatorio de los diversos actores, lo cual propicia la adopción de una tendencia organizacional que da evidencia de la presencia/ausencia de democracia interna.
1.3.2 Estabilidad de reglas y procesos y posibilidad de cambio
Una vez que el momento originario se presenta, y dependiendo de las diversas piezas que le rodean, se desencadena un proceso articulador de los actores que se dieron cita en el tránsito del momento originario, a un segundo estadio donde el partido asume una tendencia organizacional que muestra la distribución o concentración del poder y, por tanto, refleja la democracia interna existente o no. Todo esto se expresa a través de los estatutos fundacionales.
La idea de articulación de Duverger15 es bastante sugerente al respecto; sin embargo, dado que se enfoca en el predominio de alguna estructura político-administrativa (sección, célula, milicia, comité), y no de los diversos actores que le dieron origen al partido, estén o no en una estructura político-administrativo, será descartada. Por lo anterior, se recupera a Panebianco para plantear la idea mostrada líneas arriba. En primer lugar, se muestra el argumento del italiano acerca de la institucionalización, y, a partir de allí, se elabora un planteamiento que será útil para el estudio de la democracia interna.
El autor plantea que, dependiendo de los componentes iniciales, los partidos pueden tener mejores o peores condiciones para institucionalizarse. Partiendo del hecho de que los partidos son conflictivos y que está relacionado con el poder, los partidos se organizan de una u otra forma. En dicho concierto, actores, reglas y prácticas tienen un papel importante, pues de resolver los enlaces entre éstas, el partido estaría logrando una institucionalización partidista.
La institucionalización no es otra cosa que el momento en el cual la organización se consolida. Es el proceso por el cual adquiere valor y estabilidad tanto el partido como sus procedimientos. Dos cuestiones provocan lo anterior, por un lado, el desarrollo de interés en el mantenimiento de la organización en los dirigentes, gracias a los incentivos selectivos, y, por el otro, el desarrollo y difusión de lealtades organizativas gracias a los intereses colectivos.
Cabe agregar una acotación que enriquecería el argumento del italiano. Para Panebianco la estabilidad de los procedimientos se da por vías formales; sin embargo, existen partidos que en su génesis poseen rasgos poco propicios para esto y, lejos de tales vías, pueden lograr la estabilidad. Levitsky (2003) plantea que 1) la adquisición de valor para la organización (infusión de valor), y 2) la rutinización, que no es otra cosa más que la estabilidad de procedimientos conforme a las reglas. Sin embargo, en este último punto, agrega la posibilidad de que dichas reglas sean formales o informales, es decir, enriqueciendo a Panebianco, Levitsky indica que un partido institucionalizado será aquel que adquiera valor por sí mismo, y tenga una rutinización formal o informal. En otras palabras, la existencia de estabilidad en los procedimientos estén plasmadas o no en los estatutos (2003: 254).16
Volviendo al italiano, la institucionalización organizativa puede ser identificada con base en el grado de autonomía respecto del ambiente y el grado de sistematicidad. La primera alude a la medida en que el partido es capaz de controlar los términos de la relación con sus simpatizantes y organizaciones externas. Así, a mayor autonomía frente al ambiente, mayor institucionalización. El segundo se relaciona con la coherencia estructural de la organización. Un grado elevado de esta dimensión implica fuerte interdependencia entre las diversas subunidades, garantizada mediante el control centralizado de las zonas de incertidumbre y los intercambios con el entorno. El caso contrario es cuando se deja mucha autoridad a los subgrupos encuadrados en el partido. Ambas dimensiones se complementan, pues es probable que, de poseer autonomía, la sistematicidad sea amplia y viceversa.
Ahora bien, no todos los partidos podrán institucionalizarse de la misma forma, pues algunos, dependiendo de su origen, tendrán mejores oportunidades para lograrlo; y es que “todos los partidos tienen que institucionalizarse en una cierta medida para sobrevivir, pero mientras en ciertos casos el proceso desemboca en instituciones fuertes, en otros da lugar a instituciones débiles” (1990: 117).
Llegado al punto de una institucionalización fuerte o débil, Panebianco no deja de advertir que existe la posibilidad de variación en el grado de institucionalización; pues “el que un partido haya experimentado un proceso de fuerte institucionalización, no garantiza que no puedan verificarse, procesos de des-institucionalización […] ni, desde el otro lado, un partido débilmente institucionalizado está necesariamente condenado a mantener esta característica” (1990: 130 y 131).
Para el autor italiano, la variedad del modelo originario da lugar a institucionalizaciones fuertes o débiles,17 lo cual forma determinadas coaliciones dominantes. Grosso modo, la coalición es la unión de aquellos actores, pertenezcan o no formalmente a la organización, que controlan las zonas de incertidumbre más vitales. Vale decir que son una alianza de alianzas que determina el rumbo del partido.18 De manera general, una institucionalización fuerte conduce a una coalición unida y estable. Una institucionalización ausente (por carisma) puede llevar a una coalición unida y estable, mientras que una institucionalización débil puede conducir a una coalición dividida e inestable. Hasta aquí el argumento del italiano, reducido en exceso por razones de espacio y utilidad.
Para efectos del presente trabajo, debemos establecer los elementos sobresalientes del estudio de Angelo Panebianco, el cual no es sobre democracia interna. A pesar de esto, su propuesta sí permite engarzar el origen del partido con la estabilidad de sus reglas y los procesos, dejando abierta la posibilidad del cambio.
Lo principal a destacar es que la institucionalización y la coalición dominante trascienden el interés del presente trabajo.19 Por tanto, no se utilizarán los conceptos tal como el autor las plantea, pero sí la idea que subyace a ambos. En torno a la institucionalización, hay dos aspectos que resulta pertinente rescatar. En primer lugar, la identificación de los atributos de valor y estabilidad del partido, y sus reglas y procedimientos en un momento dado, como evidencia del tránsito de la situación originaria a una de consolidación. En este sentido, se recupera la idea de articulación (vía reglas formales o no) de los actores que dan origen al partido, la cual detona en la estabilidad de las reglas y procesos (de control político y selección de dirigentes y candidatos). Esto como evidencia del cambio de la situación originaria a una donde es posible hablar de la adopción de una tendencia organizacional (con un centro de poder) que refleje la (ausencia/presencia de) democracia interna.20
En segundo lugar, la posibilidad de cambio que vive el partido, sus reglas y procesos. En otras palabras, refiere a la posibilidad de que, producto de los retos internos y ambientales, un partido fuerte sufra procesos de des-institucionalización o uno débil se fortalezca. Por ello, se retoma que existe una posibilidad, a lo largo de la vida del partido, de cambio en sus reglas y procesos, en virtud de diversos factores internos y externos, pudiendo, con ello, variar o moverse de una tendencia organizacional a otra con el consecuente cambio en la (ausencia/presencia de) democracia interna.
Por lo anterior, los planteamientos a tomar en cuenta son los siguientes: 1) luego del origen del partido 2) se da la articulación de los diversos actores, la cual se configura al inicio a través de los estatutos fundacionales; enseguida deviene la estabilidad de las reglas y procesos (formales o informales). 3) En presencia de lo anterior, estaremos ante una tendencia organizacional que permitirá identificar el tipo de democracia interna existente.
Expuesto lo anterior, es necesario adentrarnos en las posibles tendencias organizacionales y sus detentadores de poder. Después, detenernos en los diversos factores internos y externos que inciden en la variación de la democracia interna.
1.3.3 Tendencias organizacionales
Como se ha planteado, en el origen del partido se presentan diversos actores, luego de que la organización se vuelve estable en sus reglas y procesos. No debe olvidarse que dicha emergencia es fruto de la articulación de los actores iniciales, a través de los estatutos iniciales. Así, se plantea que es posible asumir una tendencia organizacional con un centro de poder (formal o informalmente) ubicado, lo cual refleja la ausencia o presencia de democracia interna.
Veamos cuáles son las posibles tendencias organizacionales y los centros de poder, reflejando así la distribución (o concentración de poder), en otras palabras, el tipo de democracia interna. Primero, es necesario observar algo respecto a los modelos de partido y centros de poder y, posteriormente, observar las diversas posibilidades de tendencias organizacionales.
Sobre esto, la literatura de los partidos ha proporcionado una serie de tipos de partido, denominados modelos, los cuales tienen distintas implicaciones: la relación del partido con sus militantes, con el parlamento o el gobierno, y con los electores; así como quién detenta el poder en el partido. Esta última parte es la interesante para la presente investigación, ya que se relaciona con la cuestión de la democracia interna (distribución de poder).
El interés de los académicos sobre los partidos condujo a intentos por clasificarlos, y desarrollar tipologías, lo cual dio lugar a un importante número de modelos de partido. Sin embargo, la mayoría no considera la democracia interna. Salvo lo propuesto por Scarrow (2005), retomado por Chambers y Croissant (2008), quien distingue entre cinco tendencias organizacionales que veremos más adelante.
Los modelos de partido refieren al detentador o centro de poder. Desde el trabajo pionero de Ostrogorski, el detentador de poder (Whip en Gran Bretaña y Boss en Estados Unidos de América) fue un tema que apareció en los trabajos sobre partidos, aunque no necesariamente ocupó el centro de los estudios.21
Michels plantea un centro de poder bajo el nombre de oligarquía, haciendo referencia a que el poder se encuentra en un grupo de dirigentes, en virtud de los motivos técnico-administrativos, las razones psicológicas de la base y los dirigentes, y la superioridad intelectual de estos últimos. Los dirigentes son quienes deciden, bajo una apariencia democrática, las reglas y procesos dentro del partido como, por ejemplo, la elección del dirigente.
Duverger es de los primeros autores en plantear tipos de partidos diferenciados donde es posible extraer diversos centros de poder. Simplificando su propuesta, el autor da cuenta de dos tipos de partidos (de cuadros y masas), en los que se configura una relación diferente entre militancia, dirigencia (burocracia) y grupo parlamentario (gobierno). En el partido de cuadros, el centro de poder es un grupo de parlamentarios (notables), dado que la intervención electoral y parlamentaria es el fin de su existencia, así como su única actividad. Por ende, la jerarquía descansa en ellos, pues los militantes son poco numerosos; además, la administración del partido es débil y muy elemental como para dar origen a una clase de burócratas (1984: 214), por lo que el partido en el gobierno (parlamento) es la cara dominante. Por el contrario, en el partido de masas, la dirigencia es quien detenta el poder, apoyada por la militancia, y estando por encima de la cara partidista en el gobierno. Su característica principal es “el papel central que ocupa una burocracia representativa o electa (dirigencia), la importancia de la afiliación, el liderazgo colegiado, la financiación a través de grupos de interés y el acento en la ideología” (Wollinetz, 2007: 139).22
Ahora bien, Kirchheimer acuñó la idea del partido atrapa todo (catch all), categoría que no estaba destinada a ser parte de una tipología, pues, más bien, tiene como propósito aportar una descripción sobre los cambios políticos, sociales y económicos. En este sentido, el partido atrapa todo da cuenta de otra relación entre militancia, dirigencia y gobierno. A medida que los partidos de masas alcanzaron objetivos como el sufragio universal y las políticas que configuraron el Estado de Bienestar, comenzó a difuminarse, por un lado, la dominación de clase que subyacía al partido de cuadros y, por el otro, la exclusión subcultural del partido de masas. A diferencia del partido de cuadros, donde quien dominaba era el partido en el gobierno, o del partido de masas donde predomina el nexo entre afiliados y dirigencia, la esencia del partido catch all es el conflicto de sus diversas caras. Por tanto, el escenario de conflicto es el partido burocrático (dirigencia), pues el dilema central es determinar si éste es agente de la militancia o del partido en el gobierno (Katz y Mair, 2007).
Dicho conflicto, según Katz y Mair, se resolvió hacia el partido en el gobierno que asumió una posición de privilegio dentro de la organización, dando lugar a un nuevo partido: el llamado partido cartel. Los síntomas de la nueva situación son: 1) el financiamiento público de los partidos lo distribuye la cara en el gobierno; 2) aumento de personal del partido en el gobierno, superando a los dirigentes del partido; y 3) la mayoría de partidos importantes ha gobernado a nivel nacional y orienta sus baterías hacia ello. Si en el partido de cuadros, quien detentaba el poder eran los notables (gobierno y dirigencia), y en el de masas, la dirigencia; en el cartel prevalece la supremacía del partido en el gobierno.23
Vistos los principales, pero no los únicos, modelos de partido, específicamente los referidos al centro o detentador de poder, corresponde observar algunos planteamientos en torno a ellos para, después, entrar a las diversas posibilidades ligadas a la democracia interna. Antes, vale la pena advertir que “no hay, por supuesto, una única forma de organización partidista; por el contrario, lo que comprobamos hoy en día, como en épocas anteriores, son variaciones de un amplio número” (2007: 119). En ese orden de ideas, Wollinetz (2007) plantea que nunca ha existido una homogeneización de los partidos, por ende, varios tipos o modelos de partidos han coexistido.
La relación del modelo de partido y su consecuente centro de poder es retomada de Scarrow (2005) y Chambers y Croissant (2008). La primera autora prefiere llamarles tendencias organizacionales, categoría que la presente investigación recupera.24 Además, plantea que si bien los partidos han adoptado una amplia gama de enfoques para su organización interna, y experimentan nuevas estructuras y procedimientos para hacer frente a presiones internas y externas, se pueden distinguir las siguientes tendencias relacionadas con la democracia interna:
1. Partido con líder dominante. Se trata de los partidos dominados por una sola persona, quien no muestra preocupación por la promoción de la democracia interna. El poder se encuentra centralizado y recae exclusivamente en el líder. Aquí cabrían partidos con rasgos carismáticos o con énfasis en el gobernante. El líder se sustenta en su popularidad, integridad y los recursos financieros de los que dispone. A su vez, articula y representa las aspiraciones programáticas del partido.25 Ahora bien, los conflictos entre los posibles sucesores pueden ser agudos cuando las reglas para su solución están ausentes.
2. Partido de notables (cuadros). No están organizados en torno a un líder, pero son dominados por un pequeño grupo. Se constituyen en asambleas locales cerradas y sin coordinación. El poder de decisión se dispersa entre los líderes. Es excluyente en cuanto a militantes. No están preocupados por mantener, ni siquiera en apariencia, la democracia interna, ya que sus plataformas pedían el apoyo de “calidad”. Las contrapartes contemporáneas a estos partidos del siglo XIX son quienes están medianamente estructurados en torno a los recursos y a la reputación de un grupo de elites.26
3. Partido de representación individual (masas). Su elemento definitorio es la movilización de grupos sociales, vía una organización bien articulada. La ideología es muy importante. Sus militantes o grupos fueron representados en congresos o convenciones de los partidos en niveles regionales y nacionales. Por ello, la toma de decisiones era medianamente incluyente, aunque más inclusivo que los dos casos anteriores.27
4. Partidos corporativos. Los líderes y representantes de diversos grupos de interés tienen posiciones privilegiadas dentro del partido. Los delegados de estos sub-grupos sociales toman las decisiones. Los grupos tienen privilegios dentro del partido; a la vez, sus delegados (tales como redes de corporaciones religiosas, comerciales, obreras, etc.) actúan en nombre de sus seguidores en los consejos del partido. Poseen fuertes lealtades indirectas. En términos generales, la toma de decisiones es inclusiva frente a los grupos, pero no en torno a la militancia. Es un poco menos inclusivo que el anterior, pero más que los dos primeros.
5. Partido basado en los principios de democracia de base. Tiene como objetivo representar a las bases del partido en el mayor número posible de ámbitos de decisión. Sus estructuras de organización y toma de decisiones están determinadas por el ideal de la democracia plebiscitaria que da prioridad a una amplia participación de los miembros inscritos o, incluso, no afiliados. Tienden a ser más descentralizados. Es un modelo basado en procedimientos altamente inclusivos (referéndum, plebiscito) que da prioridad a una amplia participación, tanto en la deliberación, como en la toma de decisión.28
Scarrow plantea que las cinco tendencias no son ni exhaustivas, ni excluyentes. En la realidad, los partidos pueden conjugar características de dos o más tendencias. Así pues, se trata de tipos ideales que proporcionan claridad y precisión para la descripción y análisis empírico. Son útiles para comprender los diferentes puntos de partida de los partidos y sus “posibles direcciones en las que pueden tomar cuando tratan de promover una mayor inclusión en la toma de decisiones internas” (2005: 19).
Ahora bien, para efectos del presente trabajo y tomando en cuenta los estudios teóricos y empíricos revisados previamente, se plantean las siguientes tendencias organizacionales relevantes para el análisis de la experiencia mexicana. El centro o detentador de poder es aquello que emerge a primera vista de las tendencias organizacionales. Sirve, en suma, para etiquetar a los partidos en lo que refiere a la democracia interna. Ahora bien, dentro de la tendencia organizacional, y partiendo de criterios como la participación, la competencia y el control político, se muestra cómo opera la democracia interna en un partido. El cómo opera el partido es el elemento más importante de las tendencias, ya que sirve para la caracterización de un partido en sus orígenes y en la actualidad, así como para observar la democratización (evolución) o des-democratización (involución) que ha tenido lugar en su pasado reciente. Aunque no son excluyentes unas de otras, las tendencias organizacionales sí reflejan mayor democracia interna en la medida que presenten mayores ampliaciones de las dimensiones de interés. Así, es más democrático el Partido de Bases que el Representativo, pero éste es más democrático en comparación con el de Élites ampliado, de Élite y de Líder dominante.
1. Partido con líder dominante: el detentador de poder puede ser un líder carismático, el dirigente del partido o un gobernante. No promueve la participación y competencia amplia. Es posible la designación o la “fachada democrática”. Finalmente, en este tipo de partido, los dirigentes rinden cuentas al líder, quien tiene la facultad de removerlos, no la militancia. También podríamos denominar este caso como monocracia.
2. Partido de élite: el centro de poder puede ser un grupo de notables, la dirigencia, miembros del grupo parlamentario, corporaciones o fracciones. La participación y competencia son reducidas, pues quedan en manos de la élite nacional, ya que son ellos quienes deciden y compiten por los cargos. Por su parte, el control político es bajo, pues solo la elite puede remover dirigentes. Este caso podría ser llamado oligarquía.
3. Partido de élites ampliado: su detentador de poder es un órgano ejecutivo amplio, tal como el Consejo Nacional. La participación y competencia se amplía respecto a los dos anteriores. Las élites subnacionales deciden y alientan la competencia entre sus filas. Precisamente, el control político reside en la élite subnacional, no en la militancia, pues solo ellos pueden remover dirigentes.
4. Partido representativo: el centro de poder puede ser un órgano legislativo amplio, tal como el Congreso o Asamblea Nacional. La participación y competencia es promovida por el partido, y es mucho más amplia que los casos anteriores. Asimismo, el control político se amplía, ya que los representantes de la militancia pueden remover a los dirigentes.
5. Partido de militancia: La militancia es el detentador de poder con o sin restricciones. La participación y competencia es promovida ampliamente por el partido. Por tanto, la militancia selecciona a sus candidatos y dirigentes y tiene la posibilidad de removerlos. En este sentido, el control político es amplio.
Más que encasillar a los partidos en tipologías estáticas, lo anterior permite concentrarnos en su origen, en su articulación (vía estatutos iniciales que dan lugar a la tendencia organizacional) y en las posibilidades de cambio, lo que, a la vez, es crucial para caracterizar su democracia interna.
Así, es preciso ver cómo se identificaría una tendencia organizacional (path dependence). Mahoney (2002) alienta a “ser flexibles en el empleo de este marco y en el entendimiento de este concepto”. Por ende, apela a que “los estudiosos deberían ser pragmáticos al emplear las ideas sobre los patrones de dependencia, centrándose en aquellos aspectos específicos e hipótesis conceptuales” (2002: 166).29 Así, utilizando la idea de Sydow y Koch (2009), existen al menos tres etapas fundamentales para clarificar el path dependence en el ámbito organizacional.
La primera fase muestra un amplio campo de acción. Habiendo muchas posibilidades de decisión en la génesis del partido, se considera la que puede poner en marcha un proceso de autorefuerzo. El momento en el cual arranca el proceso es nombrado “coyuntura crítica”, e indica el final de la fase de preformación. Esta coyuntura crítica puede ser ejemplificada por alguna decisión que muestre un centro de poder inicial (previa a los primeros estatutos). La segunda fase muestra la posibilidad de que surja, con base en la decisión tomada, un patrón de acción dominante, lo que conduce a hacer de lo anterior algo duradero (y a institucionalizarlo en los estatutos). En esta fase, la gama de opciones se reduce, haciendo progresivamente difícil revertir la decisión inicial. Sin embargo, habría que enfatizar que, a pesar de las limitaciones, siguen existiendo opciones. Así, con base en la articulación de los actores, una ruta definida comienza a surgir, misma que se materializa en los estatutos iniciales. Al finalizar esta fase se encuentran los primeros procesos (selección de dirigentes y/o candidatos y control político) donde comienza a observarse la tendencia organizacional. La entrada a la tercera fase se caracteriza por una contracción de las opciones, lo que conduce a un patrón dominante de decisión. Finalmente, las posteriores acciones están ligadas a la ruta trazada por la decisión inicial y, con ello, se pierde flexibilidad (tendencia organizacional estable). Aquí se observa la estabilidad de las reglas y procesos, mismos que difícilmente podrán modificarse. Cuando esto ocurra, será por la interrelación de factores internos o externos, variando la tendencia en función del origen.
Ahora bien, observado el tema de la tendencia organizacional, es necesario apreciar los factores del cambio. Es decir, “por qué, y bajo qué circunstancias, algunos partidos van en una dirección y otros en otra” (Koole, 2004: 62).
1.3.4 ¿Es posible el cambio en la democracia interna?
Ante la pregunta planteada a manera de subtítulo, es pertinente recuperar la idea de Mahoney sobre la flexibilidad del path dependence, pues el presente trabajo no considera que el origen es un destino inamovible, sino que existen factores internos y/o externos capaces de generar cambios importantes en la ausencia o presencia de la democracia interna.
Vale la pena arrancar con un ejemplo de cambio en el centro de poder en un partido. Panebianco, sin proponerse solo esto, da evidencia empírica de cambios en los detentadores de poder (coalición dominante) en partidos inmersos en procesos dinámicos, al tiempo que deja ver como la huella originaria está presente en dichos cambios. O lo que es lo mismo: existe el cambio, aunque gradual, no disruptivo. El Partido Social-Demócrata Alemán (SDP por sus siglas en inglés), según Panebianco, tuvo en sus inicios el detentador de poder en el grupo parlamentario. Años después, por diversas cuestiones, entre ellas el aumento de militantes, se dio un equilibrio entre la élite sindical y la dirigencia. Posteriormente, la dirigencia sería el detentador de poder, haciendo a un lado al sindicato y al grupo parlamentario (Panebianco, 1990: 141-154).
Ahora bien, si Panebianco proporciona evidencia de esto es porque entre sus postulados es consciente de que al partido se le presentan ciertos retos. Para él existen dos posibilidades de cambio: el endógeno y exógeno. El primero “es sobre todo fruto de los cambios en la distribución de poder que tiene lugar dentro de la organización” (1990: 453). El segundo plantea que “son los cambios que se producen en el entorno los que inducen a la organización a adaptarse al cambio o renovarse” (1990: 452). Aun con la posibilidad abierta del cambio, el italiano, así como la presente investigación, considera que “nunca llegarán a desaparecer las huellas del modelo originario de la organización, que seguirán siendo visibles y numerosas” (1990: 485).
Así pues, la idea rescatada es que el cambio es posible y que tiene dos fuentes potenciales de origen: la endógena y exógena. Al respecto, la literatura apunta a que entre los factores internos es posible plantear dos cuestiones. En la primera, es pertinente englobarlo dentro de la idea de lucha interna de poder, y, en la segunda, bajo la idea de intencionalidad del detentador de poder.
1. Barnea y Rahat (2007) resaltan que el cambio en el balance de poder intra-partido, tal como la sucesión de liderazgo o la unificación con otros partidos, constituye posibles causas de una modificación en los métodos de selección de candidatos. Algunos estudios dan evidencia empírica de los conflictos entre diversos actores internos que se traducen en diferentes centros de poder (Hoffman, 1961; Panebianco, 1990). De lograrse, este cambio podría ser duradero y se reflejaría en los siguientes estatutos y métodos de selección.
2. Algunos autores reconocen la intencionalidad de quien dirige al partido, la cual puede tener como objetivo lo que Katz y Mair (2007) y Scarrow, Webb y Farrell (2004) plantean como estrategias utilizadas para ganar autonomía frente a los activistas o élites regionales, empoderando a la militancia.30 Otra posible intencionalidad estaría relacionado con atraer militantes, movilizar apoyo o aumentar su legitimidad y, con ello, imitar a un rival exitoso en sus reglas y procesos (Field y Siavelis, 2009).31 Ahora bien, este segundo factor de cambio puede no ser duradero, ni reflejo de un cambio real en la distribución de poder, ya que “si los partidos amplían la democracia dentro del partido porque están imitando una técnica que parece haber funcionado para otros, más que por una convicción genuina de que esta técnica refleja sus ideales, son más propensos a abandonarla rápidamente” (Scarrow, 2005: 20). Entonces corresponde observar si se vuelve estable en caso de presentarse.
Ahora bien, dentro de los factores externos se pueden plantear tres aspectos. El primero lo podemos englobar dentro del marco institucional; el segundo dentro del contexto en el cual el partido actúa; y el tercero se relaciona con el gobierno.
1. El primero refiere a que algunas leyes o reformas pueden ordenar al partido ser democrático en su interior (Janda, 2009).32 Aunque varían en su grado de especificidad, algunas leyes o reformas exigen organizarse “democráticamente”, pero dejan a los partidos interpretar ese mandato, lo cual abre la posibilidad para pensar que, en un sentido más amplio, las “exigencias institucionales” pueden, incluso, favorecer o no la democracia interna.33 Así, corresponde observar que en caso de existir la exigencia institucional, se lleva a cabo en pro o en contra de la democracia interna.
2. El segundo factor se refiere al contexto, el cual puede lograr cambios significativos en los partidos, alterando su equilibrio interno. Esto significa que “alteran la distribución de recursos e incentivos dentro del partido y, por tanto, la pauta de interacciones dentro de él” (Katz y Mair, 2007: 120). Es probable que en un contexto democrático los partidos sean más propensos a ser democráticos en su interior, situación contraria a lo que ocurriría, posiblemente, en uno autoritario (Scarrow, 2005). Aunque lo anterior no es universal, por lo que debe observarse si el cambio es impulsado por un contexto favorecedor.
3. El tercer aspecto se relaciona con el resultado electoral que modifique la situación de oposición o gobierno del partido. Es probable que la pérdida o triunfo del gobierno suponga algún cambio en torno a la democracia interna, disminuyendo o incrementándola.34 Como plantean Barnea y Rahat (2007), las derrotas electorales, los daños potenciales, o los escándalos de corrupción son algunos elementos que pueden provocar que los partidos consideren cambiar sus reglas y procesos en aras de obtener votaciones altas. Esto es, una pérdida o riesgo de pérdida del control del gobierno puede originar cambios. Por su parte, asumir el gobierno puede plantear retos para el detentador de poder, en virtud del poder presidencial, en el caso mexicano. En ambos casos se debe observar si, de existir el cambio, se vuelve estable o es efímero.
Por lo anterior, es necesario recurrir a una versión blanda del path dependence, para concebir dicho suceso. Cabe aclarar qué tipo de cambio se espera encontrar. No se trata del cambio abrupto en el cual los rasgos definitorios son significativamente diluidos (Hay, 2002: 151). Así, el probable tipo de cambio se trata de uno sustentado en dos supuestos claves que consideran que: 1) la dinámica se deriva de la interacción compleja entre factores ambientales e internos; y 2) la historia, aunque no determinante de los resultados futuros, fomenta la selección del curso posterior de los acontecimientos históricos, así como la selección de ciertos resultados frente a otros (Hay, 2002: 159). Es decir, el cambio puede surgir de diversos factores endógenos y exógenos, e incluso es más probable que sea de la interacción entre ambos. Pese a la posibilidad del cambio, es probable que éste se encuentre condicionado por el origen y, en cierta medida, el vuelco que pueda dar. Los periodos de relativa tranquilidad o estabilidad que podrían darse, suelen ser interrumpidos por la interrelación de factores endógenos o exógenos (Hay, 2002: 162 y 163).35
Dicho todo lo anterior, se observa que los momentos de análisis de la investigación son los siguientes. 1) El momento originario donde se dan cita actores. 2) La articulación, vía los estatutos iniciales, que detona en estabilidad de las reglas y procesos y, por consiguiente, de la tendencia organizacional que refleja la distribución del poder (democracia interna). 3) Finalmente, el momento de cambio o consolidación, con base en la relación de retos internos y/o externos. Así, en cada partido es necesario analizar quiénes se dieron cita al inicio; cómo y por qué se llegó a los modelos de partido planteados y a la estabilidad de cierta distribución de poder; qué factores de cambio se presentaron y; finalmente, hacia dónde viró la tendencia organizacional y, de ser el caso, qué tipo de tendencia se consolidó.
1.4 Metodología
Como metafóricamente plantea Ragin, el fin de explorar la diversidad es importante porque en los temas de investigación, muchas veces el bosque no deja ver los árboles, pues “se tiende a asumir la uniformidad o generalidad cuando, de hecho, existe una gran cantidad de diversidad” (2007: 183). Precisamente la democracia interna es un ejemplo de cómo los partidos (árboles) se consideran similares entre sí: estructuras cerradas y nada democráticas. No solo ello, pues en las investigaciones referidas al caso mexicano, también son concebidos como estáticos en el tiempo (bosque). Lo anterior ha ocurrido, debido a que, desde una parte de las ciencias sociales, los estudios sobre los partidos políticos han privilegiado el análisis de coyunturas determinadas, sin considerar su desarrollo organizacional. Por tal razón es necesario observar cada uno de los casos con detenimiento y profundidad, a fin de detectar las continuidades y cambios.
En principio, habría que hacer una precisión sobre el ámbito espacial y temporal. El primero se restringe al caso mexicano y, de forma particular, a los siete partidos políticos con registro vigente: PRI, PAN, PRD, PT, PVEM, MC y MORENA. En ellos interesa lo que fue y es la democracia interna, así como el porqué de dicho tránsito, ya sea hacia su cambio o consolidación. El segundo, el ámbito espacial, está delimitado a procesos concretos como son: el origen del partido, la articulación de actores (vía estatutos iniciales) que da lugar a la consolidación de reglas y procesos (tendencia organizacional), y, por último, el cambio/consolidación. Precisamente, para el análisis del origen, la articulación y el cambio dentro de los partidos políticos, es pertinente la mirada institucionalista histórica. Antes de detenerse en la pertinencia de dicha perspectiva para el análisis de las trayectorias organizativas de los partidos políticos, es necesario dar cuenta de su potencialidad frente a otras miradas tradicionales en la ciencia política como son la racional y la conductista.
Al respecto, Colin Hay (2002), al igual que Pierson y Skocpol (2008), plantea que actualmente existen tres paradigmas de análisis en la ciencia política: el racional, el nuevo institucionalismo histórico y el conductista. En los tres, la teoría cumple diversas funciones, además de poseer supuestos, enfoques analíticos y métodos propios.
El racionalismo utiliza la teoría para simplificar el mundo. Se constituye como un medio para generar hipótesis comprobables. Por su parte, el nuevo institucionalismo histórico la utiliza para informar, a la vez que permite analizar la complejidad del proceso de cambio. Por otro lado, el conductismo no le otorga una función de análisis a la teoría, puesto que es únicamente un lenguaje para la identificación de regularidades expuestas.
Para el racionalismo, el supuesto teórico es simple (actor racional); sin embargo, para el nuevo institucionalismo histórico el supuesto teórico es más complejo,36 mientras que para el conductismo no se requieren supuestos teóricos. El enfoque analítico del racionalismo es deductivo, a través de hipótesis derivadas de los enunciados teóricos; por su parte, en el nuevo institucionalismo histórico el enfoque es informativo y sirve de guía de análisis. Finalmente, para el conductismo es inductivo. El método del racionalismo es predictivo; mientras que el del nuevo institucionalismo histórico es teóricamente informado, histórico o comparativo; en tanto que el conductismo es empírico y estadístico. Los valores del racionalismo son la parsimonia y capacidad predictiva; los del nuevo institucionalismo histórico son la sofisticación, la complejidad y el realismo; y los del conductismo son el rigor metodológico y la neutralidad (Hay, 2002: 29).
El nuevo institucionalismo histórico enfatiza el papel mediador de los contextos institucionales en que ocurren los eventos, de este modo llama la atención sobre la importancia de la historia, el tiempo y la secuencia en la explicación de la dinámica política. Importa, sobre todo, la inercia de camino que surge del origen y el desarrollo. Ahora bien, dado que las instituciones tienden a incrustarse en la convención y rutina, algunas veces resulta difícil transformarlas. En consecuencia, el tiempo político tiende a caracterizarse por periodos de relativa tranquilidad interrumpida y, de forma periódica, por fases de cambio institucional rápido e intenso (Hay, 2002: 11 y 12).
La teoría en el nuevo institucionalismo histórico es la simplificación de una realidad compleja, pero no para hacer inferencias predictivas sobre la base de regularidades observadas; sino que “es una guía para la exploración empírica, un medio de reflexión más o menos abstracta en complejo proceso de desarrollo institucional y la transformación con el fin de resaltar los periodos o fases clave del cambio que merecen un examen empírico” (Hay, 2002: 47), frente a la idea del estudio del comportamiento (acerca de un universo político caracterizado por regularidades que puedan hacer posible una predicción). En lugar de tomar la regularidad como algo dado, los nuevos institucionalistas históricos exploran las condiciones de existencia de regularidades o irregularidades en el comportamiento político (Hay, 2002: 48).
De estos tres paradigmas, sin duda, esta investigación opta por el nuevo institucionalismo histórico37 para observar el origen y consolidación/cambio de la democracia interna.38 La herramienta teórico-metodológica que más abona al estudio es el path dependence39 o inercia de camino, como recurso fundamental para conocer el desarrollo histórico y el funcionamiento de las instituciones. La relevancia del path dependence es que permite dar cuenta de las virtudes o vicios derivados de la génesis de la organización (Ortiz, 2008: 31).
Además, gracias a dicho recurso es posible destacar las decisiones iniciales en la historia de la política partidista, ya que éstas y “los compromisos institucionalizados que de ellos surgen, determinan las decisiones posteriores” (Peters, 2003: 38); aunque no de manera irrevocable como ya se ha planteado, habiendo “una suerte de inercia que hace que las decisiones políticas iníciales persistan” (Peters, 2003: 99).
Al concebir la posibilidad del cambio, se debe tomar en cuenta una versión blanda del path dependence, la cual: implica más un curso de evolución que un acatamiento total de la norma inicial; en otras palabras, no sería equivalente a una influencia del pasado como fuerza omnipotente que controla el futuro de las instituciones y sus políticas. Sería, más bien un rumbo a seguir. Habrá cambio y evolución, pero la gama de posibilidades para ese desarrollo es restringida por el periodo formativo (Peters, 2003: 102).
Con base en Farfán, la ventaja más significativa de este abordaje sería, en primer lugar, “dar respuesta a… por qué a pesar de la existencia de grandes estructuras o formas conductuales similares entre diversos países, las consecuencias políticas son divergentes” (2008: 93). Por ello resulta pertinente estudiar por qué en el PRI la democracia interna es diferente del PAN y PRD, mismo razonamiento para los partidos políticos minoritarios (PVE, PT y MC) y viceversa. En segundo lugar, la apuesta interpretativa, cualitativa y de largo plazo permitirá poner el interés en un lapso amplio, así como en momentos de análisis específicos. Además, resulta necesario indicar que dicha apuesta toma como estrategia metodológica el que los datos emerjan del análisis. Finalmente, cabe decir que este abordaje pone énfasis en las asimetrías y distribución de poder, y en la importancia que el origen del partido posee para configurarlas. Esta cuestión no es nada extraña en los análisis clásicos sobre partidos. De hecho, el institucionalismo histórico enriquece el análisis gracias a que permitirá poner el interés en ciertos momentos de análisis a fin de trabajar periodos amplios de tiempo.
En función de lo anterior, la metodología empleada es de corte cualitativo, materializándose en un análisis de contenido de fuentes directas e indirectas —informes, artículos especializados, así como hemerografía—, las cuales fueron recopiladas mediante un muestreo de conveniencia (Patton, 2002). Dicha selección se realizó con el fin de dar cuenta de un fenómeno históricamente relevante y, con ello, lograr una mirada holística del mismo (Ragin, 2008).
Las técnicas empleadas en la investigación son dos: el análisis documental y algunas entrevistas. La primera se enfoca en diversos documentos: 1) publicaciones de partidos políticos, 2) hemerografía y 3) textos especializados.40 Los documentos de los partidos se refieren a sus estatutos. De igual forma se analizaron actas de consejos y congresos nacionales, así como convocatorias y documentos oficiales. En cuanto a la hemerografía, se tomaron en consideración tres diarios de circulación nacional, debido a su amplia cobertura: La Jornada, La Crónica de Hoy y El Universal. Finalmente, los documentos académicos a revisar son aquellos que muestren el origen y desarrollo de los partidos políticos de interés. Por su parte, las entrevistas se realizaron para identificar información no encontrada en la hemerografía. Así pues, dichas entrevistas se realizaron a informantes clave bajo un muestreo de intensidad, esto es, centrados en individuos que participaron de manera muy importante en los procesos en cuestión. La identificación de los actores relevantes dependió de los hallazgos de datos aportados por la revisión hemerográfica (Patton, 1990: 230). Finalmente, se realizó la triangulación de las fuentes previamente mencionadas, con el objetivo de lograr confiabilidad en la interpretación de los datos.
Capítulo 2
Entre la concentración de poder
en el Presidente de la República
(1946-2000, 2012-2018)
y la fragmentación entre
diversos actores
(Comité Ejecutivo Nacional
y gobernadores)
(2000-2012, 2018-2020)
El caso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) da cuenta de una organización en que, gracias a sus antecedentes (Partido Nacional Revolucionario [PNR] y los primeros años de vida del Partido de la Revolución Mexicana [PRM]), configuró una tendencia organizacional con un líder dominante (figura presidencial en turno) por encima del partido, los sectores y la militancia. No obstante, gracias a las derrotas electorales de la década de 1990, al conflicto entre gobernadores y el titular del poder ejecutivo varió la tendencia organizacional. Luego de la derrota del 2000, se le dio mayor peso a otros actores, como el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y los gobernadores (poderes estatales). Pese a ello, la vuelta del PRI a la presidencia de la República encumbró nuevamente al Presidente como el principal (aunque no el único) centro de poder. Sin embargo, en 2018 esto cambió, debido al triunfo de Andrés Manuel López Obrador por MORENA.
A continuación, se mostrarán 1) los antecedentes y el momento de génesis, seguido de 2) la articulación, vía los estatutos iniciales, que se tradujo en la estabilidad de las reglas, formales o informales, de los procesos y, por consiguiente, 3) de la tendencia organizacional que refleja la distribución del poder (democracia interna). En adición, con base en la relación de retos internos y/o externos, se analizan 4) los momentos de cambio y 5) la nueva situación a la que estos dieron lugar.
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