Kitabı oku: «108 metros»
108 METROS
THE NEW WORKING CLASS HERO

ALBERTO PRUNETTI
108 METROS
THE NEW WORKING CLASS HERO
PRÓLOGO DE RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
TRADUCCIÓN DE FRANCISCO ÁLVAREZ

SENSIBLES A LAS LETRAS, 70
Título original: 108 metri. The new working class hero
Primera edición en Hoja de Lata: abril de 2021
© Gius. Laterza & Figli, All rights reserved, 2018
© de la traducción: Francisco Álvarez, 2020
© del prólogo: Ricardo Menéndez Salmón, 2021
© de la fotografía de la solapa: Richard Nourry
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-16537-96-9
Producción del ePub: booqlab
Este libro se ha publicado con una subvención a la traducción concedida por el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Cooperación Internacional italiano.
Questo libro è stato tradotto grazie a un contributo per la traduzione assegnato dal Ministero degli Affari Esteri e della Cooperazione Internazionale italiano.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A quienes hacían el turno de noche
caminando sobre los 108.
A quienes, para estudiar, se marchaban
sobre raíles de acero.
A Abd Elsalam Ahmed Eldanf,
que murió en un piquete.
ÍNDICE
PRÓLOGO. Raíles más largos que Old Trafford
Juramento
Of course I do
That is the question
Minimum wage, minimum life
Cthul Limited Company
Back to Iron Town
EPÍLOGO
RAÍLES MÁS LARGOS QUE OLD TRAFFORD
En 2015 asistí como invitado al Festival Passa Porta que cada año se celebra en la ciudad de Bruselas. Durante la cena de clausura me senté junto a Eduardo Halfon y hablamos de Guatemala, de Israel y de nuestros goces y desdichas literarios. También conversamos a propósito de Ian McEwan, que estaba en la mesa de al lado y era la estrella del evento, y en torno a cuya estatura como escritor Halfon y yo no llegamos a un acuerdo. Fue una velada divertida y nada solemne, felizmente ruidosa.
A pesar de la imposición del inglés como lingua franca en esta clase de multitudinarios eventos, se podía escuchar a gente hablando en húngaro, en francés, en rumano, en flamenco, en ruso e incluso en romanche, gracias a la voz y a la literatura de Arno Camenisch, un escritor suizo que ha conservado viva esta forma de expresión propia del cantón de los Grisones. La literatura, la gran y auténtica Babel, se mostraba en su espléndida fragmentariedad. Ello me hizo pensar en Tom McCarthy, quien ese mismo año de 2015, en Satin Island, una de las verdaderas e irrebatibles obras maestras muñidas en lo que llevamos de siglo, había escrito que la torre mencionada en el Génesis «sirve como deslumbrante recordatorio de que sus ocupantes potenciales están diseminados por la tierra, se extienden en horizontal en lugar de verticalmente, parloteando en todas estas distintas lenguas». Babel, esa ruina rotunda, esconde en su debacle un triunfo. La confusión de voces no es castigo, sino virtud. Hay que invertir el sentido de la metáfora para inyectar vitalidad en la visión de nuestro mundo. El fracaso de Babel, la promiscuidad lingüística, revela un tesoro: la realidad es inagotable a la hora de ser nombrada.
Al día siguiente de la velada de despedida, muy temprano, me encontraba sentado solo en el bufé del Hotel Plaza haciendo tiempo mientras esperaba por el taxi que me conduciría al aeropuerto de Zaventem. Con tanta paz, se comprende que el servicio tuviera ganas de charla. Así que Carlos, alentejano, y Antonio, siciliano, que atendían mesas y preparaban comidas, respectivamente, se prestaron a una conversación a tres voces. Ambos rondaban los cincuenta años y hablaban un francés correcto, si bien sus acentos de origen resonaban insobornables. Los dos llevaban en Bélgica un par de décadas, y regresaban a Portugal e Italia por vacaciones. Amaban su tierra natal, pero no se arrepentían de la decisión que una vez tomaron. Quizá, tras la jubilación, volvieran al Sur, pero su vida, la de todos los días, ya no pertenecía a esas latitudes. Exhibían con orgullo sus credenciales de bruselenses, aunque agradecieron el rato que pasamos conversando en una furiosa mezcla de lenguas romances.
El azar había querido que, mientras hablaba con Carlos y con Antonio, en mi maleta, como lectura de viaje, reposara Un séptimo hombre, el documento que cuatro décadas antes, en 1975, el escritor John Berger y el fotógrafo Jean Mohr habían dedicado a la emigración de trabajadores desde la Europa meridional hacia la septentrional. El libro, un centauro estético e intelectual que se mueve entre la poesía y la estadística, entre el ensayo y la apología, se concibió cuando todavía existía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y aún no había nacido el Fondo Monetario Internacional. Y aunque el mundo había cambiado mucho desde entonces, resultó curioso advertir cómo en la conversación mantenida con Carlos y con Antonio se encontraban muchas de las peripecias, tantas de las convicciones y todas las ausencias que llevaron a sus sosias de hacía cuarenta años a dejar Évora, Setúbal, Catania o Agrigento para trabajar en las fábricas de Zúrich y en las factorías de Fráncfort.
Una de las cosas que había cambiado desde que Berger y Mohr publicaron su estudio era la evidencia de que ya no eran solo operarios manuales lo que el Norte rico y fecundo demandaba de las canteras del Sur. En esa misma Bruselas, o en cualquier ciudad holandesa, alemana, suiza o austriaca, uno se encontraba con ingenieros, con médicos, con profesores, con músicos portugueses, italianos, griegos o españoles que habían tenido que dejar sus países ya no para vender una fuerza de trabajo consistente en cavar túneles, preparar desayunos o formar parte de las cadenas de montaje de la industria del automóvil. Los herederos de Carlos y de Antonio eran en 2015 expertos en astrofísica, solistas de violín, cirujanos cardiacos.
Cuarenta años antes, Berger y Mohr habían llamado la atención sobre lo que los economistas denominan «emigración como exportación de capitales», el gasto que los Estados efectúan durante la crianza y la educación de inteligencias y de voluntades que un día dejarán partir. Con cada cocinero, con cada artista, con cada docente que un país manda fuera, subvenciona a la economía que lo recibe. Y todo ese patrimonio, tangible e intangible, a menudo no regresa. Es algo parecido a encender la calefacción en una casa con las ventanas abiertas. También en eso pensaba mientras junto a Carlos y Antonio me movía en torno a una nostalgia confusa, la añoranza de un espacio natal donde no siempre es posible vivir.
***
En su anterior título traducido por Hoja de Lata, Amianto, Alberto Prunetti se empeñó en reconstruir la larga y azarosa vida laboral de su padre Renato, obrero especializado en las siderurgias y en las metalurgias de su país, que recorrió de norte a sur y de oeste a este durante décadas, desde los boyantes años sesenta posteriores al milagro económico italiano hasta las postrimerías de los años ochenta, cuando el mundo auspiciado por los negadores de la idea de sociedad comenzó a mostrar sus feroces desigualdades, esas que aún hoy, treinta años más tarde, alimentan el ideario de los más conspicuos ideólogos del ultraliberalismo como maná.
En ese notable libro se escondía un momento revelador, de gran impacto en el ánimo del escritor, que tenía lugar cuando Prunetti, nacido con la crisis del petróleo de 1973 y que se proclamaba a sí mismo parte de ese «precariado cognitivo» que debía poner su fuerza de trabajo, en su caso la escritura y la traducción, al servicio de largas jornadas de empeño para así llegar a duras penas a final de mes, reflexionaba a propósito del momento en que la clase obrera no se percató de que el capital se había alzado de la mesa de la paz social y del café para todos, llevándose consigo la parte del león y dejando al trabajador la hipoteca de un futuro en ruinas que acabarían por pagar sus descendientes, los mismos que hoy se preguntan en qué línea de esta reiterada farsa de vencedores y vencidos todo se torció para que los hijos universitarios y viajados de los obreros nacidos en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado vivan mucho peor que unos padres que apenas fueron a la escuela, nunca cruzaron las fronteras de su país y jamás conocieron otros intereses que el fútbol, la televisión y los destilados alcohólicos.
Esa pregunta, que no era baladí ni retórica, imponía la consideración de Amianto como un texto mucho más complejo que un mero reportaje novelado acerca de las relaciones entre siniestralidad laboral y rapacidad económica e insinuaba su entronque con algunos de los mejores retratistas de la dictadura del lucro en las sociedades opulentas, desde el ya mencionado John Berger al Mike Davis de Ciudad de cuarzo, pasando por Günter Wallraff en Cabeza de turco o Luciano Bianciardi en El trabajo cultural, novela a la que Prunetti rendía por cierto un bello y sentido homenaje en Amianto. Esa continuidad era, además, la que permitía leer esa crónica de una muerte anunciada como un episodio nada inocente no solo de la desintegración anímica de la lucha obrera, sino de la constancia con la que los poderes han logrado comprar el silencio cómplice de los protagonistas de ese desarme incruento que ha sido y sigue siendo la reconversión del proletariado urbano y campesino en una mediocrísima y desideologizada clase media, embrutecida a base de placebos y destinada a diluirse sin estruendo en la enésima catástrofe social del siglo en marcha, pecios de un naufragio que recorre el mundo sin sosiego ni esperanza, y sin un piloto Palinuro a quien confiar el rumbo de la nave.
Y esa ligazón es la que ahora, por extensión, autoriza a relacionar la biografía del padre obrero con la peripecia del hijo universitario, reubicando 108 metros en la fértil estela de la novela formativa. No en vano, lo que 108 metros revela tras su aparente ligereza de crónica por momentos desquiciada e hilarante, es la aventura de un héroe, el joven desclasado y reconvertido en aspirante a engrosar las mesnadas de la vida intelectual, que atraviesa una serie de etapas con el fin no solo de alcanzar el (re)conocimiento, sino también con el objetivo de comprender que esa toma de conciencia resultaría inútil sin semejante historia de conquistas, contratiempos y entusiasmos. Solo que esta epopeya del Geist no culmina, al modo hegeliano, en una resonante sinfonía de metales y de vientos con un aplauso coral y multitudinario, sino en el nada glorioso retorno del hijo pródigo tras sus fallidas excursiones por la Europa septentrional, encarnada en 108 metros por una Inglaterra absurda, delirante y bucanera.
***
La banda sonora de Amianto, reflejada en los títulos de los capítulos (Ma che freddo fa; Andare, camminare, lavorare; La polvere si alza; Pioggia d’estate; Cuore stanco; In un palazzo di giustiza), estaba construida en torno al repertorio de Nada Malanima, famosa cantante toscana ganadora del Festival de la Canción de San Remo, y del malogrado Piero Ciampi, cantautor livornés muy próximo a los paisajes físicos y al paisanaje humano que vertebraron la infancia de Prunetti. En cambio, la banda sonora de 108 metros es abiertamente anglófila, aunque no posh ni brit-pop, sino que, como el subtítulo de la novela apunta (The new working class hero), encuentra su inspiración efectiva, su clima moral e incluso su capital de nostalgia en el clásico que John Lennon compuso en 1970, Working class hero, y que forma parte del primer álbum que el músico de Liverpool grabó tras la separación de The Beatles.
La canción de Lennon era un recordatorio exacto de un lugar común que Prunetti había cartografiado en Amianto, la fascinación que el proletariado experimenta ante los encantos de la clase media, y que en 108 metros el novelista opta por traducir a su experiencia. En efecto, ahora ya no son los obreros de la Italia de los años setenta, aquellos Ulises encadenados al mástil de las factorías, quienes sucumben a los cantos de las sirenas del televisor en color a plazos y las vacaciones en España o en las islas griegas, sino que son sus hijos quienes experimentan la seducción de la vida universitaria, del combate intelectual y de las aventuras que les aguardan en tierras lejanas. Si Lennon, en su obra, todavía tendría en el recuerdo a los héroes bruscos y vigorosos que alguien como Alan Sillitoe había retratado con talento (el Arthur Seaton de Sábado por la noche y domingo por la mañana; el William Posters de la novela homónima), Prunetti, al añadir el adjetivo new, apunta a esa generación de jóvenes nacidos en el nido proletario que, a finales de los años ochenta y principios de los años noventa, vivieron en sus carnes las decepciones de un mundo en el que los valores de sus mayores (solidaridad de clase, fraternidad obrera, disciplina política) se habían disuelto en un mercado donde el capital quedaba instalado no solo como una maquinaria a pleno rendimiento, sino como la única ideología observable, y en el que, sin vergüenza ni empacho, la economía había ascendido a una condición largamente anhelada: la teológica.
Marx acuñó en El capital una soberbia definición del dinero. El dinero, apuntó el genial barbudo, es el equivalente general, la mercancía donde el resto de mercancías expresan su valor, el espejo donde todas las mercancías reflejan su igualdad y proporcionalidad cuantitativa. No importa si hablamos de un cuadro de Gustav Klimt, de las piernas de Usain Bolt o del inframundo que esconde una pizzería en Bristol. Arte, músculo y pizzas se pueden reducir al denominador común que mueve el planeta. Porque el dinero es la piedra filosofal del sueño de los alquimistas, el aleph de la tribu, el dios que borra todos los panteones.
Tanto es así que no parece descabellado enunciar la siguiente identidad: la economía es desde hace décadas la nueva teología. Al tiempo que dicha ecuación se cumple, asistimos a la proliferación de una élite con una asombrosa capacidad de reproducción, del mismo modo que en la Edad Media la nobleza se reproducía de manera circular mediante alianzas de sangre, matrimonios entre parientes y otras estrategias endogámicas. Junto a esta aristocracia del dinero, las clases medias, apretadas en cohortes superpobladas, se han visto convertidas en entes precarios, ligados a los señores feudales que rigen y tutelan sus vidas; por último, una masa de esclavos, que ya no es exclusiva de lo que un día se denominó Tercer Mundo, sostiene la base de la pirámide. Cada vez son más los expulsados a este escalafón que soporta un peso escandaloso. Asistimos, así, a una reveladora Nueva Edad Media, diseñada con mimo por los lobbies que redactan el contrato social. Esta reconsideración territorial tiene su plasmación en la reconfiguración del espacio. Recluido en sus urbanizaciones privadas, con sus sistemas de vigilancia y exclusión, el rico es el heredero del antiguo castellano enrocado en sus propiedades; la clase media, que ha encontrado en el supermercado su lugar de distracción y solaz (inolvidables son las páginas que Prunetti dedica a su trabajo como chico-para-todo en el mall), ha cambiado la pequeña propiedad o el arrendamiento por el centro comercial; el esclavo, que sueña con asaltar a sangre y fuego las murallas, pero que se contenta con adquirir su derecho a entrar en las superficies de compraventa, merodea en los no-lugares que Augé dejó fuera de su análisis: suburbios, subtramas de la ciudad, submundos miserables. El limes del imperio es un limes económico.
La falacia que soporta esta reordenación del espacio ha sido ya sugerida: la economía ha dejado de ser descriptiva, una ciencia positiva, para convertirse en prescriptiva, una ciencia (im)positiva. Ya no nos enseña qué es bueno para vivir, sino cómo debemos vivir. La mano invisible de Adam Smith, enmarcada dentro del teísmo de su época, que el espectador desapasionado, es decir, la humanidad doliente, debía acatar como justificación del orden social, se ha revelado como una metáfora más poderosa de lo que intuíamos. El predicador ya no tiene por púlpito una iglesia, sino una silla en Davos o, como en 108 metros, un complejo multifuncional en Stonebridge con su correspondiente falange asalariada. La economía es el tabernáculo decisivo. Pero, como todo tabernáculo, encierra un fantasma. Ese fantasma, sin embargo, no se sacia con rezos, sino que para mantener su nada, su insustancialidad, precisa de todos esos cuerpos que pululan a su alrededor y veneran la Forma Pura, el Vacío Primordial, el Becerro Inmaterial.
En realidad, la economía ya no es un concepto, sino una palabra de orden, una fórmula punitiva, un dictado axiológico. De una vez por todas, y para no seguir atados a una adánica inocencia, debemos acatar la advertencia que Walter Benjamin nos trasladó en El capitalismo como religión. El capitalismo es la más feroz de las religiones, pues no conoce redención ni descanso, su culto no se interrumpe jamás y su credo es transparente: el trabajo es la liturgia y el dinero es el objeto de adoración. Benjamin definió al capitalismo como una ceremonia sacra hiperdesarrollada, el despliegue máximo de una estrategia de veneración. Y como el capitalismo es una religión en la que el culto se ha emancipado de todo objeto y la culpa de todo pecado, así, desde el punto de vista de la fe, el capitalismo cree en el hecho puro de creer, en el puro crédito; es decir: en el dinero. El capitalismo es, por ello, una religión en la cual la fe, el crédito, ha sustituido a Dios. En otras palabras, Dios no murió, sino que se hizo dinero. O, como sucede en 108 metros, en un doble hallazgo que reputa a Prunetti como un magnífico escritor de raíz satírica, los sacerdotes del capitalismo pueden adoptar la forma de un ídolo jibarizado que despide olor a pescado podrido o el aspecto de un mánager esquivo como enésima reencarnación del Cthulhu de Lovecraft. Su aspecto de máscara vudú o de pulpo residente en una escollera caliza remite en todo caso a un solo y único mantra: You are what you have.
***
En las páginas finales de la novela, tras su periplo por la pérfida Albión y sus desventuras en los diversos círculos del infierno laboral, Prunetti regresa a Piombino, el principal centro siderúrgico de Toscana. Allí, en un instante de iluminación, habitual en la tragedia clásica, y que los griegos denominaron anagnórisis, ese instante en que a un personaje se le manifiesta la verdad de su condición, el rasgo olvidado de su infancia, el vínculo efectivo con un espacio o con una situación, el instante en que Laertes reconoce a su hijo Ulises, el instante en que Edipo asume la verdad de su parricidio, el instante en que Tiestes comprende que ha devorado a sus hijos en el banquete preparado por su gemelo Atreo, como si un velo cayera, como si amaneciera dentro de su conciencia, Prunetti se pregunta por qué motivo la habitual gorra de polución que cubre la ciudad ha desaparecido, por qué razón los cielos plomizos y grises de Piombino se han diluido como si una mano titánica los hubiera lavado con hipoclorito de sodio. Y entonces, mientras se dispone a regresar a la casa de sus padres, en el mismo andén de la estación, la respuesta a su pregunta se manifiesta en la persona de Quattr’etti, un obrero jubilado de Italsider que, entre la nostalgia y el fatalismo, se convertirá en el portavoz de privilegio y en el narrador exquisito de la imagen que explica el título de la novela, esa cifra que en su boca resume el espíritu de una época, esa cifra que clausura sin remedio un modo de estar en el mundo, esa cifra que le otorga a Prunetti la lacerante posibilidad de la revelación.
«Las mejores vías de tren de Europa las hacíamos nosotros, en la ciudad de hierro, en Piombino», anuncia Quattr’etti con orgullo. «El segundo polo siderúrgico de Italia, solo por detrás de Taranto en volumen de producción, el mejor de Europa en calidad de la colada. Y estos», prosigue Quattr’etti su diatriba, «nos dicen que lo cerremos todo, que compremos los raíles a China y que mandemos a nuestros hijos a trabajar de camareros, socorristas o niñeras. O al extranjero». Y Quattr’etti introduce en su discurso una pausa alcohólica para dejar que su dolor sea también el nuestro, y entonces Prunetti le concede la palabra de nuevo para que con su simple modo de contar las cosas, como tantas veces sucede con quienes se acercan a la verdad del lenguaje sin manierismo ni retórica, Quattr’etti destile la poesía exacta de un lugar y de un tiempo, el cronotopo de una derrota: «Mi hija se marchó ayer a Berlín precisamente, y desde entonces estoy aquí, en el bar de la estación. Y bebo y miro las vías que he hecho con mis manos, 108 metros de acero para dejarla marchar».
Esa vía de acero sin rival por su pureza y por su solidez, esos «raíles más largos que Old Trafford», son el testimonio y la evidencia de un statu quo que se agota, y aunque a su modo tozudo el obrero especialista se niega a torcer la mano de forma definitiva («que al menos el fruto de nuestro trabajo pueda llevaros lejos de este cielo apagado», dice Quattr’etti, convertido en el padre de todos los niños y de todas las niñas de Piombino), la injusticia y la rabia y la decencia se materializan de pronto en ese insólito filósofo que, acodado en una barra de bar, bebiendo el tinto de siempre, le regala al escritor que un día será Alberto Prunetti la munición precisa para cargar el arma inapelable que es esta novela.
RICARDO MENéNDEZ SALMóN
Gijón/Xixón, enero de 2021
108 METROS
THE NEW WORKING CLASS HERO
…una llave, finalmente una llave inglesa: si va bien, se usa para hacer girar las tuercas y desenroscarlas; si no, poniéndola de canto, sirve para destrozar.
LUCA RASTELLO
ADVERTENCIA
Cualquier parecido con personas reales o con hechos reales es pura coincidencia.
El tiempo de la narración ha sido condensado y los tiempos verbales se alternan para reflejar esta estratificación de planos cronológicos. Algunos acontecimientos que aparecen como trasfondo de la novela han sido agrupados deliberadamente por el autor en una unidad temporal ficticia. Eso puede resultar incongruente con la sucesión factual de los acontecimientos históricos.
JURAMENTO
«Nosotros, cocineros del Reino Unido, nos comprometemos solemnemente con Su Majestad a combatir las tristemente célebres bacterias patógenas, habituadas a todo tipo de crueldad y capaces de provocar penosos ataques de vómito y náusea. Nos oponemos a la entrada en suelo patrio de esa degenerada Clostridium perfringens, terrible subversiva que se cuela en los restaurantes y que cuenta con el apoyo logístico de la Clostridium botulinum. Mandaremos más allá del canal de la Mancha a la inquietante Staphylococcus aureus, taimada terrorista de los intestinos, junto a la sedicente Bacillus cereus europea, que provoca espasmos y dolores abdominales, así como nefastos ataques de meteorismo. Y, como leales súbditos de la Corona, prestamos juramento sobre nuestros rodillos de cocina de que erradicaremos de cualquier plato la Escherichia coli y la Campylobacter, bacterias inmigrantes infiltradas en el cuerpo del inadvertido tragador británico que al cabo de cuatro días de incubación producen trágicos efectos y ponen en entredicho el buen nombre de las cocinas del reino de Su Majestad».
God Save the Queen. Nunca me sentí tan inglés como al pronunciar estas palabras.
Con el juramento formulado ante la reina concluía mi curso de formación. Vivía en el Reino Unido y el seminario de cinco horas me otorgó el Food and Health Certificate, un título nobiliario que en Inglaterra se concede por ley a todo aquel que, habiendo sido contratado en la hostelería, manipula o sirve alimentos, ya sea pinche de cocina o jefe de sala.
Por lo demás, corrían tiempos infaustos. El barómetro señalaba tormenta. Se propagaban el recelo y la miseria, el malestar con los extranjeros y las pasiones tristes. Vientos cargados de rencor soplaban y desperdigaban, como latas vacías que ruedan por el asfalto, el victimismo nostálgico del imperio colonial y la ansiedad ante la amenaza de ataques terroristas. En las cocinas de Su Majestad se anunciaba un combate a muerte. Yo también estaba listo para el combate, aunque mis filas eran poco patrióticas y estaban más bien desquiciadas. Errante y plebeyo, había ingresado en el SKANK, el Stonebridge Kitchen Assistants Nasty Kommittee, escrito con K, el Inmundo Comité de Empleados de las Cocinas de Stonebrigde. La más decidida banda de cocineros macarras que jamás haya tenido la suerte de encontrar. Congratulations, les decíamos a la cara a nuestros empleadores, habéis contratado por el salario mínimo a los mayores granujas, gente apta para servir el bodrio que se ofrece en los comedores escolares de Su Majestad la reina Isabel, la segunda de su nombre.
Aparte de vuestro humilde narrador, para repartir el comistrajo había un hooligan y un receptador, asistidos cuando hacía falta por un ladrón de automóviles que fue detenido con el mandil todavía atado a la cintura. Todos ellos, gente entre los veinte y los treinta años de edad, fornidos hijos de la working class británica sin perspectivas de futuro que hacían carambolas con los servicios sociales y con las prestaciones de los programas asistenciales para desempleados. Después estaba Gerald, mi favorito, que conmigo —licenciado universitario proletario que huía del contrato «a llamada» italiano— constituía la parte «instruida» de la banda. Gerald era un actor radiofónico de casi setenta años que idolatraba a Shakespeare; tras sufrir una lesión cerebral había empezado a trabajar en la cocina y disfrutaba asustando a los estudiantes. Empleaba para ello una técnica teatral muy refinada: con el cucharón en la mano, dispuesto a servir una sopa de almidón de patata espesa como el cemento, ante la indefectible fórmula de cortesía de los buenos escolares británicos replicaba con voz de ogro: «Pleasure, my pleeeasuuure», mientras una gota de sudor resbalaba por sus gruesas pestañas y caía sobre las bandejas calientes de bazofia formando ondas concéntricas. Apestaba como un viejo chivo y llevaba puesta durante meses la misma camiseta, marcada con manchas minerales de sudor y embellecida con la mortaja del «ragù alla bolognaise» o con grasa de fritura. A él vuelven ahora mis pensamientos: un saludo para ti, Gerald, gran artista, que te sabías Hamlet de memoria, cantabas obras de Rossini y dejabas consternados a mayores y a pequeños. Menudo equipo formábamos… Maestros de cualquier arte culinario, brillábamos por la unauthorised abscence, misconduct e incompetence, pero también hacíamos honor a la lack of application. Algunos preferían el theft, que viene a ser el latrocinio, aunque todos destacaban en el fighting y en el serious damage to company property, la destrucción de bienes de la empresa. En el terreno de la imagen corporativa éramos de libro: manifiestos maestros de dishonesty y afectados por la intoxication by means of drink, mientras que en las relaciones públicas con clientes y proveedores ofrecíamos todo el calor de nuestra violent, dangerous and intimidating conduct.
¡Menuda chusma, qué gentuza! ¡Canallas del mundo, uníos! Ross, Ian, Gerald y Fatty Boy. Y también Silver, cocinero y contrabandista. ¡Ay, ay! Y antes que ellos estuvo Rodrigo, el adrenalínico angloecuatoriano ayudante de pizzero, y Brian, limpiaváteres de Bristol, insigne mentor en el arte de desatascar con las manos desnudas los mingitorios obstruidos. Todos ellos héroes working class con los que jugué a fútbol, hojeé tabloides parapornográficos y limpié meaderos y comedores mientras pasaba de un despido a otro, perseguido por oscuros fantasmas y por titulares euroescépticos de The Sun, en busca de una forma honorable de sobrevivir bajo el cetro de Su Majestad.
Dios salve a la reina. Presté juramento.
Y que limpie los retretes el que entre en el reino.
OF COURSE I DO
Pues bien, pensaba que solo había encontrado un cocinero, y en cambio había descubierto toda una tripulación. Entre Silver y yo hemos conseguido reunir en pocos días una partida de lobos de mar, los más recios donde los haya. No son agradables a la vista pero, a juzgar por sus caras, se trata de gente con un espíritu verdaderamente indomable. Yo digo que podríamos hacer frente a una fragata.
ROBERT LOUIS STEVENSON, La isla del tesoro
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
No dejaba de repetir este estúpido mantra —faltando al debido respeto a la reina Margherita, desposeída de ese título— con la esperanza de que el fantasma de la Dama de Hierro, desde las profundidades del círculo de Malebolge, accediera a cumplir el sueño de un joven emigrante italiano: encontrar trabajo en Inglaterra. Yo ya había llamado a las puertas de cinco pizzerías italianas del downtown, el área central de Bristol. Me veía obligado a rascar en las puertas de los restaurantes italianos porque mi inglés era ridículo. Mejor dicho, era «mecánico». Si quería decirle a alguien que era afortunado, le decía: «You’ve seen a nice world». Que era la traducción, palabra por palabra, de la recurrente expresión livornesa: «Has visto un bonito mundo». Y si alguien me miraba mal, yo lo apostrofaba con una sapiencial sentencia de Maremma: «How wish to drink eggs»; o sea, «Avoglia te a be’ ova», que es como decir que tendrías que crecer para llegar a mirarme a los ojos. Pero los anglófonos, ante mis preguntas, me atravesaban con la mirada, como si yo no existiera. Tal vez era culpa mía, porque hablaba como un traductor automático y nadie me entendía. Con mi estrambótico autismo traductor, pensaba que debía tocar hierro —el equivalente italiano de tocar madera— en el momento de presentarme a un puesto de trabajo. El hierro trae suerte y un poco de superstición no cuesta nada. ¿Pero dónde podía encontrar un sano lingote de hierro no oxidado, forjado en la acería de Piombino, templado en caliente y en frío, en aceite y en gasóleo, y perfilado con una amoladora de cepillo? La única pieza de hierro que me venía a la mente era Thatcher; la Dama de Hierro, precisamente. La Baronesa de Hierro no trajo buena suerte y su fantasma se tomó como un desafío mi irónica evocación. Si hubiera conocido mejor las costumbres inglesas, touch wood, para invocar la suerte hubiera tocado madera, nada de hierro. De esa manera, con una fórmula blasfema, lo único que logré fue liberar las fuerzas malignas que gravitaban sobre el proletariado británico.
Sin embargo, encontré trabajo. Vestido de blanco, un color ceremonial en el que no desentono, me presenté ante la dueña, una mujer de Salerno que había emigrado con sus padres a Inglaterra a finales de los años sesenta. Me nombró pizzero casi como si fuera una investidura feudal y la cosa no me cogió por sorpresa, dado que en ese país aún hay una monarquía. La dueña me hizo inclinar la cabeza y, poniéndose de puntillas, amarró en mi cuello un pañuelo azul con un nudo corredizo. En cuanto a su marido, era de Véneto y había llegado al Reino Unido a principios de la década de los ochenta. El primer día me habló de su época del servicio militar. Al margen de eso, solo se acaloraba cuando descorchaba una botella de vino prosecco. También él hablaba un inglés basto, aunque el mío era peor. Además, en la cocina, que era donde estaba yo, no se usaba nunca el inglés. El personal era italiano o latinoamericano, solo las camareras eran británicas. Tuve que aprenderme sus nombres (para llamarlas cuando la pizza salía del horno), igual que ellas habían tenido que aprenderse de memoria los platos de la carta. Fin de la comunicación. Las cuatro paredes entre las que iba a tener que pasar las jornadas de trabajo estaban divididas en varios ambientes: el almacén y la cocina, un purgatorio dedicado a la infelicidad y a las quemaduras de segundo grado; la sala, para el tránsito de las camareras y para la siembra de clientes, donde los estómagos se hinchaban y los vasos capilares de las piernas femeninas se rompían; y el horno, anexo a la cocina, el lugar de mi reclusión, de apenas cuatro metros cuadrados, con una temperatura media registrada de cuatrocientos grados centígrados. Aparte, el plano del local incluía un cuarto siniestro, pequeño, cerca de los baños, que los titulares del negocio amueblaron a modo de habitación; entre ositos de peluche y muñecas de porcelana, allí ingresaban a las camareras que se desmayaban durante el servicio. Aparte de los Teddy bear, en el cuarto había una pequeña biblioteca, con numerosas revistas de cocina colocadas al lado de libros racistas, escritos en lengua italiana, que defendían la supremacía de la dieta mediterránea sobre la cocina foránea. En la planta de arriba había también unos dormitorios, en los que todo el personal no inglés de la cocina, incluido yo, tenía alojamiento, previa detracción de una parte de nuestro sueldo. Un salario decente en comparación con el itálico pero que, con las fantasmales deducciones por gastos de manutención, alojamiento y cuestiones legales nunca aclaradas, no llegaba al minimum wage, el umbral del salario mínimo en el Reino Unido, equivalente a seis libras y media por hora.
Una capricciosa… Tomate, champiñones, aceitunas, jamón york, alcachofas, mozzarella, huevo… ¡Pala! ¡Al horno! Qué descarados… Sí, está casi lista, señora… Ya voy… Vuelta… Plato… ¡Pala!… ¡Liza! Llévate esta pizza… Bloody hell! Why tell me why, why don’t you die?… Sí, ya voy… Haaallooo… ¿Qué carajo estás mirando? ¿Hace falta orégano? Y apúntalo en esa fucking hoja… ¿Cuántas son para llevar?… Lo que le llevaría yo es un cerebro… Cartón… Vuelta… Listas… ¡Pala! ¡Liza!… Anchoas… alcaparras… mozzarella… Al horno… ¿Que hay demasiada harina por el suelo, boss? ¿Cuánta tienes tú en el cerebro? Dígame, señora… ¿Una pepperoni con mucho relleno? Yes, madam… Sí, sí, sí… See my face… not a trace… No reality… and I don’t work… I just speed, that’s all I need, I’m a fucking cook… Bloody hell… Ya no pasa. ¡Pala! ¡Liza! Llévate esta pizza, está fría…
Esto es un extracto del stream of consciousness de un pizzero emigrado. Repítelo durante diez horas al día, siete veces a la semana y cuatro veces al mes, y ganarás un puesto de trabajo en un restaurante italiano al otro lado del canal de la Mancha. Concretamente, mi labor consistía en preparar la fila de bandejas con todos los ingredientes, hacer la masa, mantener el horno en funcionamiento, amasar, aderezar y hornear las pizzas para los ciento cincuenta comensales diarios repartidos en dos turnos de comida y cena, limpiarlo todo e irme a dormir evitando distracciones y contacto con los británicos, que a decir de la propietaria eran arrogantes y maleducados, y reclamaban la payslip, la nómina. Nosotros no, trabajábamos sobre la base de la confianza. Sin inútiles contratos. Porque los italianos son honrados y la palabra de honor lo es todo. Y además formamos una gran y armoniosa familia. Vamos todos en el mismo barco, palabra de marinero. A propósito de marineros, para combatir el aburrimiento le pedí al cocinero que me enseñara a hacer nudos. El chef, mitad inglés y mitad cualquier otra cosa, extranjero en cualquier lugar y ciudadano del mundo, se llamaba Silver y era un desecho del mar; es decir, había trabajado como marinero en el Caribe y en Madagascar, pero después alguna corriente desafortunada —y un grave accidente laboral que le dejó una pierna lisiada— lo empujó hacia la orilla inglesa del canal de la Mancha. Pidió asilo en una cocina de Bristol y el pescado ya solo lo tocaba con el romero. Era un bucanero que había recalado en todos los puertos antes de quedar varado en tierra por problemas de la vida, cansado y desilusionado. Empleaba todas las lenguas del mundo en cada frase. Comenzaba en italiano, continuaba en español y acababa con una maldición en inglés. «Need a fucking deiof, guess’it?», decía para reivindicar un día de descanso, el day-off. Era un tipo tan viejo como el mundo, con el pelo blanco, estropajoso y largo, unos gruesos pendientes circulares y unos tatuajes descoloridos y ya casi invisibles que marcaban su piel coriácea, llena de venas y tumefacciones. Con los nudos era un maestro John Silver. «Edge of the corda longer, put a finger like that, a ponte, pelotudo, la corda attorno al dito, poi tra il dito e l’altro capo e stringere. Cam’on. Thezit». Dicho y hecho. ¡Y qué bien corría el nudo! Pero también corrían las miradas de la jefa a lo largo de mi espalda al verme ocioso, ejercitándome con los nudos y charlando con Silver, que fumaba su tabaco rubio encogido por la tos frente a la puerta trasera del local. Y el ocio es el padre de todos los vicios, se quejaba la madam, bien lo saben los británicos —nos explicaba con el sentido común de un esclavista—, que no quieren los trabajos duros y que viven del estado del bienestar y de los subsidios… «Esos se creen que Gran Bretaña es el árbol de la cucaña… y la isla del tesoro», decía ella. Y en ese momento el cocinero Silver erguía sus orejas, aunque seguidamente volvía a fijar la mirada en la tabla de cortar y en la cebolla. Yo sentía curiosidad por ese asunto del subsidio de desempleo, misterioso mecanismo del estado del bienestar sobre el que la madam se mostraba reacia a ofrecer detalles. Lo mejor era, añadía la jefa, que nosotros los italianos nos mantuviéramos alejados de aquellos gamberros rubios. Hooligans. Eran camorristas, nos decía. Chusma. Troublemaker. Gente que en Italia estaría en la cárcel. Así que ojo con relacionarse con los británicos. Porque, después de todo, nosotros no estábamos solos. ¡Qué oportunidad única! Nos entretenía el jefe. Con su segunda botella de prosecco, el boss venía a hacernos una visita al dormitorio de la planta superior, por lo general durante la pausa entre los dos servicios del día, a eso de las cuatro de la tarde. ¡El viejo nos contaba con tono melindroso sus pulsiones de adolescente y elogiaba los blancos muslos nórdicos, hay que joderse! Y el huevón no nos pagaba por aguantar sus evocaciones alcohólicas. Claro que, como jefes, aquellos dos eran raros. Ella encauzaba con la lectura de revistas de cocina su complejo de inferioridad respecto a los ingleses («la dieta mediterránea es la mejor del mundo, los británicos no tienen tradición culinaria», decía), mientras que el boss, cuando estaba sobrio, era un fanático de la técnica, un fetichista de los engranajes que disfrutaba solo con pensar en la leve fricción de los rodamientos de bolas de la máquina de picar mozzarella. Sin embargo, era habitual que estuviera borracho y entonces repartía a mansalva refranes de Padua, como: «Caldo de gallina y brebaje de catina». Y un compañero napolitano y yo nos mirábamos con asombro.
A diferencia de él, la jefa era una pragmática que no se permitía vicios y solamente sonreía cuando se entregaba a una peculiar contabilidad. Su pasión más perversa consistía en anotar en una pequeña agenda el número diario de clientes, comprobar cuántos había habido un año antes, felicitarse por el hecho de que ahora habían ido algunos más, hacer predicciones para la jornada siguiente y advertir a los empleados de que el día después no iba a ser mejor que el que estaba acabando. Decía: «Mañana esperamos trescientos». Y yo tocaba hierro, madera y mi entrepierna para conjurar esa fatal eventualidad. Pero normalmente era más abierta, hacía previsiones dentro de una horquilla, como una parábola con puntos de máximo y mínimo. Seria como una profesora de matemáticas ante la pizarra, señalaba: «Mañana, entre siete y trescientos». Así era difícil equivocarse. A mí me recordaba a las SS: «Mañana vamos a liquidar entre tres y tres mil, ya veremos». Hay que decir que eso de los números era milagroso para ella, demostraba que había hecho bien matriculando a su hijo en la carrera de estadística en un prestigioso college de Bristol —él sí podía relacionarse con los británicos—, porque las cuentas cuadran, las matemáticas no son una opinión, dos más dos suman cuatro, tanto va la gata al tocino que se deja una patita, como dice el refrán… Hablando de grasas animales, hubo un tiempo en el que los italianos de la emigración de antaño, antes de que se organizaran para hacer circular los alimentos de un extremo a otro del planeta, preparaban el sofrito para el ragú con lardo inglés, como en Bolonia. Luego empezó a llegar el aceite de oliva. En Inglaterra al ragú lo llaman bolognaise y yo no entendía por qué. En Toscana lo llamaba ragú a secas, pero en mis primeros veinte años de vida apenas había salido de las provincias de Grosseto y Livorno, y creía que todos comían las pappardelle con jabalí de la misma manera a lo largo y ancho del globo terráqueo. Fue algo que aprendí en esa cocina de Bristol, donde el cocinero era el viejo marinero John Silver. Me lo explicó él, que sabía de cocina y de italianos emigrantes. «Down in the South Italy, cumpà, se hace el ragú a la napolitana, verdad? Not mince meat, like bolognaise, instead metti pezzi di carne intera, isn’t it?», me decía Silver apoyándose en su muleta. Después se ajustaba la larga cabellera blanca bajo su gorro de chef. Y seguía hablando en esa extraña lengua mestiza: «Onion o cebolla que sea, you put it into the pan, when it looks like gold». «¿Cuando la cebolla esté dorada?». «Mais oui, bien sûr, il faut faire le revenir… alè, il soffritto… then you add bacon and involtini más pork sousages and meatboals… then tomatos soace like the rain». «Like the rain?». «Mais oui, come se piovesse, così diceva un italiano… about tomatoes… tondo roma e san marzano are the better ones, verdad? But in any case, feel free to do lo que quieras, cumpà, fai un po’ come cazzo ti pare, con Silver, né re né ricetta… That’s my own ragù alla napoletana, fuckin’ hell, others do de otra manera, I don’t give a fuckin’ shit about». Yo seguía la clase culinaria de Silver con admiración, contemplando sus dientes de oro cuando tosía o cuando se quedaba con la boca abierta porque se embarullaba con el italiano y con el español y afloraban en sus labios palabras francesas o portuguesas. «Bloody pigs, les vaches hablan only one tongue», decía, «tongue, idioma, lengua, cómo se dice…». «Old sea wolf like mine habla todas palabras…». Y luego saltaba al inglés: «Italian immigrants came from Stivale to Cool Britannia in the Sexties… even before the Beatles… then put restaurants and shops in London and Edinburgh… barber shops, mainly… Muy bueno el pelo cortado desde el Tano pelotudo… Just few marineros, todos se volvieron shop-keepers o constructor, builder, cómo se dice… albañil. So, italian non trovare involtini del carnicero de Napoli, bloody mammata, y cocinaron mince meat, macinato… así no ragù napolitana sino ragù bolognaise… Capisciamé, maccarò?». Yo comenzaba a hacerme una idea interpretando las palabras de Silver. Todos aquellos cocineros napolitanos comenzaron a hacer el ragú a la boloñesa en Inglaterra como se hace en el norte de Italia, porque era más sencillo encontrar manteca de cerdo o panceta y mince meat, carne picada, que aceite de oliva y carne troceada para la salsa napolitana; eso quería decir Silver. De ahí vino lo de la bolognaise, me dije a mí mismo, aunque seguía sin explicarme por qué se le da el nombre de pepperoni a la pizza con salami picante, algo sobre lo cual ni siquiera John Silver pudo darme información.
Tras estas divagaciones culinarias y estas recetas de filibusteros, vamos al ayudante de pizzero que un buen día el boss puso a mi vera en el trabajo. Ni italiano ni británico, Rodrigo era latinoamericano, si bien esa categoría en ocasiones era incluida en la de PIGS mediterráneos. Formábamos una espléndida pareja; yo, jabalí sentimental, execrador masivo de todo, y Rodrigo, una especie de hurón de pizzería, ecuatoriano de dieciocho años con un excelente inglés callejero, magnífico ejemplar adrenalínico de una progenie de velocistas que podía hacer de todo corriendo. Era veloz de actitud y eso hacía que pareciera diligente y entregado al trabajo. En realidad, disfrutaba manteniéndose por encima de los récords, pero solo uno de cada setecientos movimientos que sugería ante la mirada alucinada de la jefa era un gesto de trabajo. El resto consistía en sonrisas a los clientes, un rascado de la entrepierna, un escupitajo en la harina, un choque de hombros conmigo, un par de rondas jugando a la morra, un empujón de pubis contra el plan de trabajo de la pizzería, dos o tres ejercicios de gimnasia y algunos pasos de baile. Disfrazaba toda esta performance con actos que a primera vista parecían justificarse por el atracón de trabajo, e incluso yo pensé durante los primeros cinco minutos que estaba tratando con un estajanovista. Silver lo llamaba «el mozo», en parte mozzo de barco filibustero y en parte camarero. En efecto, era una especie de factótum. Un factótum que prácticamente no hacía una mierda. Porque embaucaba con su velocidad, embaucaba de un modo espléndido. Era un motor inmóvil y revolucionado que nunca metía una marcha. Yo estaba siempre enfadado por el tute de trabajo. Rodrigo parecía decirme: «Eh, chico, ¿qué cojones haces? Take it easy. Tómatelo con calma, vayamos de farol para subirnos a la chepa de los jefes». Así que empezamos a marcarnos faroles. Y él faroleaba de lo lindo y Silver nos seguía el juego, con sus venas de extoxicómano palpitando de entusiasmo a lo largo de sus antebrazos: «Carajo, la chingada. Ándale a la mierda a la mad’m. Fucking bluff hacemos, ¿verdad?». A veces también le divertía mostrar sus cartas y llevaba a situaciones sublimes la mofa a los jefes. Disfrutaba dejando claro que estaba fingiendo, que no llevaba nada en la mano, que habían sido unos estúpidos al creerse la ilusión de que él se dejaba explotar por un puñado de monedas de estaño con la cara de la reina estampada en ellas. Por ejemplo, aquella ocasión en que íbamos retrasados con la preparación de los ingredientes, media hora antes de que empezaran a llegar clientes al local, y Rodrigo se presenta ante la jefa, engallado y orgulloso como Stajánov el día de la conclusión del plan quinquenal, y le anuncia que los pizza-chefs no tenemos tiempo para comer porque hay mucho que hacer. La cocina, además, está desguarnecida debido a que Silver ha desaparecido sin dar explicaciones. El pirata de la despensa vuelve de repente, con los párpados entrecerrados y voz pastosa, diciendo: «Vengo del jodido chopin». Y yo pienso que está cabreado con el compositor polaco, pero él aclara: «No, chopin, to buy, comprar». «Ah, shopping», contesté. Y él: «Sí, chopin jodido en la supermarqueta y así pongo le glosserie en el freeezar y empezamos, dale, tanito. Y luego trabajo hasta la muerte, puedes believe it!». La jefa se deshace en lágrimas ante la heroica dedicación del primer chef y de los pizzeros. Todos comiendo y nosotros ajetreados. Pasan cinco minutos y nos sentamos, pero solo para tomar un bocado, están todos informados. Silver hace una promesa de marinero en su spanglish: «¡Hoy nos damos la chingada acá en kitchen, locos, no hay time, solo comida rápida, fucking infierno!». Pasan otros cinco minutos y todos se levantan, excepto los pizzeros; es decir, Rodrigo y yo. Porque Silver no comía casi nada, aparte de analgésicos. Pasan quinientos bocados y cincuenta minutos, y Rodrigo y yo aún estamos sentados, comiendo, con la pizzería que parece un vertedero, con la madam atónita y nuestros platos repletos de restos de cigalas. «Menos mal que hoy no comían en la pizzería», comenta la dueña, pensando que éramos unos locos, más que unos arrastrados. Era una forma de burlarnos del jefe y de la jefa: generar expectativas y luego defraudarlos de golpe, o mostrarnos neutros, como dos pistoleros que no necesitan apuntar para tumbar al enemigo. Y como dos pistoleros vigilábamos nuestras espaldas, preparados para imitar a un mastín gruñón cada vez que la responsable del establecimiento nos dedicaba una mirada amenazante. Rodrigo es capaz de lanzarse dentro del horno para darle la vuelta a una pizza, lograrlo, colocar otras tres en un santiamén y mientras tanto simular algún estornudo para fingir una improbable alergia a la harina. Pero entonces va y echa un trozo de atún sobre una focaccia que —¡Bloody infierno!— ya se está quemando en la placa de cocción… Ahora me dobla por este otro lado… Está desatado… Babea… Moquea… Prepara tres platos… Cabezazos contra el mármol de la encimera. Silver se une a nosotros: «Dale dale, cam’on, la chingada de la puta madre que te contraparió». Y luego: «¡Aaachís, aaachís!». Sí, simula estornudos… Ahora Rodrigo les hace señas a sus amigos ecuatorianos… están esperándolo fuera del local… Limpia la pizzería en el tiempo de una parada en boxes… Canta una cumbia… No trates de cansarme, yo no me canso… Es un compresor… Sopla la harina… Salta desde la ventana al asiento de una escúter y se esfuma como un condenado espíritu en la delgada línea de asfalto que se pierde en la noche.
Ese era Rodrigo: se lanzaba dentro del horno para rebotar en los cajones, surgía del saco de harina tan blanco como el trasero de una dama victoriana y se duchaba con el grifo de cerveza mientras la bóveda del horno reventaba de calor y la camarera sudaba y las focacce se quemaban. Rodrigo imaginaba un mundo de chicas tan calientes que nuestro horno se apagaría de envidia al compararse con ellas. Chicas que, aseguraba él, incendiarían nuestros corazones de pizzeros cansados. Y entonces Rodrigo y yo haríamos el amor con todas esas chicas dibujadas con el dedo sobre la superficie de mármol manchada de harina; chicas soñadas, vistas, inventadas o recortadas de la página 3 de The Sun. Y ya no habría lugar para el ruido de las comandas arrancadas del bloc de las camareras y ellas mismas, las camareras, se unirían a las orgías de tripudio del personal de sala y sobre los sacos de harina Premiato Mulino Molinari Enrico haríamos saltar chispas con nuestros cuerpos, haríamos la carretilla sobre los sacos de treinta libras y la postura del perrito sobre los de cincuenta, el misionero sobre la harina doble cero y, en la apoteosis de orgón del personal de sala del restaurante organizaríamos, con diez sacos de harinas especiales de grano americano Manitoba, uno de los «asientos de pizzero» más lascivos de todos los tiempos, algo que ni siquiera los insurrectos del motín de la ginebra pintados por Hogarth habrían podido imaginar… Pero nosotros podíamos imaginar cualquier cosa porque éramos los hijos desheredados del molinero, los bastardos de la levadura, los desertores de las schiacciate, los piratas de las cocinas. Y al calor de nuestros antojos soñábamos con cocinar el calzone del tesoro de John Silver: con harina por fuera y con dinero para todos por dentro. Eso éramos, para que os hagáis una idea.
Ahora voy a iluminaros con una de las pequeñas venganzas que nos tomábamos. Para la clientela, como podéis imaginar, disponíamos del laxante Guttalax, medidor de la soberbia y de la arrogancia, terror de todo engreído consumidor de pasta fermentada. Pero con la jefa no podíamos echar mano de recursos tan drásticos. Así que nos inventamos una estrategia para hacerla rodar al cubo de la basura. Os estaréis imaginando una situación titánica, con vuestro pizzero favorito silbando La Internacional mientras vuelca a la codiciosa capitalista en el cubo de los desperdicios, pero vais mal encaminados. La situación era mucho más sutil e ingeniosa. Hay que decir que la madam andaba siempre cerca del horno, fingía que estaba ocupada consultando quién sabe qué papeles, pero en realidad le daban ataques de estrabismo para tenernos bajo control con el rabillo de sus ojos. Además, aguzaba el oído y trataba de escuchar si los empleados estaban hablando de ella. De modo que nosotros, cínicos e ingratos trabajadores, cuando veíamos volver a una camarera jadeante con una pila de platos llenos de sobras decíamos, no muy alto —como si estuviéramos conspirando— pero lo suficiente para que la dueña lo escuchara: «Una pizza back». Por lo general, si una pizza viene de vuelta es porque no ha gustado: está quemada, mal aderezada o sosa. En cualquier caso, «Una pizza back» es una fórmula mágica. Basta con pronunciarla y la jefa, que está fingiendo desinterés, se precipita hacia la cocina. Abandona la caja, dejándola desprotegida, a merced de la extracción de dinero por parte de Silver, para meter la cabeza en el cubo negro de la basura. Navega entre desperdicios, se mancha de ensaladilla rusa mientras restos de pollo se le cuelan en los puños de la camisa, el arroz se le mete bajo las uñas y las manos le apestan a atún, pero la pizza no aparece. Ella bracea entre esa turba pútrida, típica de las costas escocesas, aunque en esta ocasión no aparece. Lo cierto es que está allí, pero ni de coña se lo vamos a hacer saber; además, las camareras siempre se aseguran de enterrar las pizzas que vienen de vuelta bajo una avalancha de conchas de mejillón. Pero cuando la pizza está porque realmente ha venido back y ella la encuentra no hay nada que hacer: se planta allí impasible y nos pasa la cuenta de nuestras fechorías. Quiere que vomitemos nuestros pecados, se espera una confesión completa, un arrepentimiento en todos los aspectos. Nos convoca ante el cubo negro de la basura como si fuera un confesionario. Examina los motivos, nos hace ver que la pizza está demasiado hecha, o demasiado poco. Luego, si le señalamos que está bien hecha, no se resigna, arranca un trozo y se lo traga junto con una colilla de cigarrillo que tiene una costra de carmín y nos dice: «Se ve que está mala» (me lo creo, sabe a nicotina y a Chanel n.º 5 mezclado con harina quemada). Finalmente quiere que manifestemos nuestra contrición de manera concreta y productiva; o sea, que como penitencia celebremos el doloroso misterio de un rosario de cincuenta pizzas amasadas y aderezadas sin remuneración alguna.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.