Kitabı oku: «Diario de la pandemia»



Índice
Nota editorial
Guadalupe Nettel
Presentación. Tiempo de virus
Jorge Volpi
28/03-30/06, 2020
Desde el Carnaval de Venecia 2020 (La máscara)
Rachele Airoldi
El reino ermitaño
Verónica González Laporte
No hay nadie en casa
Santiago Roncagliolo
El baile de los que sobran
Alejandra Costamagna
Funámbulo sin cable de protección
Mario Bellatin
Ministros, comisionistas y vagabundos
Marcos Giralt Torrente
Los náufragos
Pedro Mairal
Butman
Chiara Valerio
Viruses, marzo 31
Martín Caparrós
La plaga número 11
Gina Zabludovsky Kuper
El Poble Sec vacío y límpido
Robert Juan-Cantavella
Del verbo tocar: Las manos de la pandemia
Cristina Rivera Garza
Un estruendo silencioso
Felipe Restrepo 87 Pombo
Primera entrega de mi cuaderno de confinamiento
Cristina Morales
Exilio en la calle principal
Julián Herbert
Jair Bolsonaro: masas, virus y poder
Fábio Zuker
La ansiedad
Mariana Enriquez
Final del viaje
María Soledad Pereira
Otro afuera
Carolina Sanín
Querida Eula Biss
Jazmina Barrera
El conejo encabeza la encuesta
Nina Yargekov
Wounda
Eduardo Halfon
A una niña le duele el costado
Ximena Ramírez Torres
Leve memoria
Margo Glantz
La cuarentena de mi madre y el virus de la impunidad
Javier García Bustos
Miedo y cybersexo
Wenceslao Bruciaga
La máquina paró
Gabriela Alemán
Aquí
Yásnaya A.
Elena Gil
Marzo-Abril 2020
Pedro Juan Gutiérrez
La imposible dedicatoria
Paul B. Preciado
Más se perdió en la guerra
Daniel Alarcón
Jugar a los neandertales
Marta Sanz
Pst… Eso ya estaba allí
Óscar Martínez
No dejaremos nunca más que nos roben nuestra vida
Annie Ernaux
Respiraciones
Daniel Saldaña París
Silencio
Katia D’Artigues
El algoritmo detenido
Luisgé Martín
Miedo
Luisgé Martí
Síntomas
Luis Chaves
Allá afuera hay monstruos
Edmundo Paz Soldán
Mi abuela de 104 años no quiere saber nada de ninguna pandemia
Ondjaki
El patio y el pueblo
Víctor Alfonso Moreno
Allá afuera
Irmgard Emmelhainz
El año de la rata
Armando Maldonado
Duelos
Luciana Sousa
Nada parece tan antiguo como el pasado reciente
João Paulo Cuenca
Multitud
Alejandro Zambra
Sobre vivir juntos
Lina Meruane
El tiempo suspendido
Guadalupe Nettel
El mejor año para iniciar una editorial
Jacobo Zanella
¿Qué hay de postre, papá?
Pedro Strukelj
Caduco mientras escribo
Paula Piedra
Cartón corrugado
Kirvin Larios
Prefiero no pensar en eso por el momento
Joca Reiners Terron
Un rayo de sol
Yael Weiss
Contrainforme del coronavirus
Javier Cercas
Oídos sordos
Rosa Beltrán
Guayaquil
María Fernanda Ampuero
Mapas negros
Rodrigo Hasbún
Escenas de un mundo hospitalario
Jesús Ramírez-Bermúdez
Yo, Pájaro
Nell Leyshon
Corona
Nick Flynn
El retorno de los viejos
Bruce Swansey 326
La covid-19 en Blanco Trópico
Adrián Curiel Riv
Miedo derretido
Martha Bátiz
El alma del señor Yoshio Tateishi
Fernando Iwasaki
Del correcto aseo de los dientes
Benjamín Cann
Visión del enclaustrado
Alberto Manguel
Por el gusto de fastidiar/divertirme
Jen Calleja
Minidiario de pandemia en tres actos
Andrés Neuman
Nadie es una isla
Bruno Arpaia
¿El futuro será esto?
Adolfo García Ortega
Ultrafalso
George Zarkadakis
Mis días felices en el infierno
Sergio Ramírez
Lo que cabe en un paréntesis
Piedad Bonnett
La cola del tigre
Eduardo Berti
Pandemónium
Claudia Amengual
Carta de Boston (desde el encierro)
Pedro Ángel Palou
Charleston/México: una realidad alterna
Eloy Urroz
¡Próspero año nuevo para todos!
Lucílio Manjate
En la covid19
Ana Pellicer Vázquez
La naturaleza como Grand Finale
Luis Felipe Lomelí
Cuatro escenas de una cuarentena en Montevideo
Ramiro Sanchiz
Tuitcciones
Juan Carlos Méndez Guédez
Travesías inmóviles
Carlos Franz
El curioso caso de dos niñas, tres aeropuertos y una pandemia
Alejandro Estivill
El halcón y el perrito
Héctor Hoyos
Cotidiano interruptus
Monique Zepeda
No puedo respirar
Mayra Santos-Febres
De las cosas que dejamos
Santiago Gamboa
Aunque no lloren
Ricardo Chávez
Manuscrito encontrado en una sesión Zoom
Carlos Cortés Zúñiga
jueves, lunes
Sergio Chejfec
El último pinguero
Rubén Gallo
Hemos perdido a un amigo, y todo sigue igual
Karolina Ramqvist
La medida de lo posible
Elisa Díaz Castelo
A las ocho y veinte
Juan Aurelio Fernández Meza
Encierro
David Villanueva
Fragmentos desde el encierro
Gabriela Ardila Chausse
Más de cuarenta días
Luz Ángela Cardona
Último viaje
G. Jaramillo Rojas
La voz pública en tiempos del covid-19
Andrea Ruiz González
Un refugio durante la pandemia
Gema Mateo
Juntos en casa
Claudia Incháustegui López
El pianista
Mario Morales
Día 1455
Efraín Villanueva
Primera jornada
Saúl Juárez
No playa
Abraham Truxillo
Los poetas y la ciudad de los leprosos
Jeyver Rodríguez
Infancias virtuales
Gabriela Frías Villegas
Incertidumbre
Martina Forchino
Desescalar
Rocío Wittib
La generación de las plazas vacías
Rafael Mendoza Torres
Crisis de humanidad
Cristóbal León Campos
Un deseo al aire
Flor Yáñez
Entender lo inentendible
Alejandra Ibarra Chaoul
Del Cauca y sus silencios
Catalina Sierra Rojas
(…)
Mariana Flores Lizaola
Detén tu tiempo, Ratón
Paola Ojeda
El deseo, las muertes
Casamayor-Cisneros
Catorce cuadernos de una actriz encerrada
Renata Moreno
Libro de las Lamentaciones
Darío Rodríguez
El hastío de la palabra nariz
Ivonne Laus
Tratamiento contra el polvo
Irasema Fernández
Un pan recién horneado en la pantalla
Víctor A. Mojica
Una cuarentena verde
Orlando Mazeyra Guillén
Noticia de mis cosas
Ana Laura Magis Weinberg
Andar a tientas en la oscuridad
Eduardo Cerdán
Capitalopandemia
Alberto Navarro
Hora de comer
Estefanía Ibáñez
Semblanzas
Aviso legal
El Diario de la pandemia se escribió durante los primeros meses de zozobra y confinamiento que experimentó el mundo entero tras la propagación del coronavirus. Todos los días, desde finales de marzo hasta el 30 de junio, más de 100 escritores mandaron a la Revista de la Universidad de México estos textos urgentes e inmediatos donde expresaban su angustia, su desazón, sus observaciones acerca del periodo extraordinario y oscuro por el que atravesamos, para que los publicáramos en la versión digital de nuestra revista.
Este libro reúne ensayos tan lúcidos y elocuentes como “Del verbo tocar: Las manos de la pandemia y las preguntas inescapables”, firmado por la mexicana Cristina Rivera Garza, hasta testimonios de honestidad lacerante como “La ansiedad”, de la argentina Mariana Enriquez. Se trata de una serie de ventanas a distintas ciudades —como Buenos Aires, Sevilla, Montreal, Berlín, Managua, Estocolmo, México, París, Bogotá y Saltillo, entre muchas otras— desde donde escritores de diversas edades, lenguas y culturas contaron sus experiencias ocurridas desde lugares secuestrados por el dolor y el miedo. Agradecemos a todos ellos haberse tomado el tiempo y el esfuerzo para contribuir a esta obra conjunta que dejará un testimonio revelador. También agradecemos a los autores espontáneos que, inspirados por estas contribuciones cotidianas, sumaron su voz desde la sección “Balcones”, creada con el propósito de que ninguna vivencia quedara excluida de esta obra colectiva.
Nuestro deseo es que este libro contribuya a que nunca se olvide lo que aprendimos durante este periodo. Si la pandemia nos ha enseñado algo es lo importante que resulta para los seres humanos estar cerca unos de otros, el dolor de la lejanía y la responsabilidad que cada uno tiene sobre la desgracia y el bienestar de los demás. Sólo los esfuerzos conjuntos podrán garantizar nuestra sobrevivencia y —esperamos— el tránsito hacia un mundo más igualitario y más consciente.
—Guadalupe Nettel
Tiempo de virus
Jorge Volpi
La peste pasará, los libros en el tiempo amarillo
seguirán tras las hojas de los árboles.
Eugenio Montejo
1. Contagio
Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del apocalipsis viral. Pocas metáforas han alimentado tanto los miedos del siglo xxi como aquellas derivadas de la biología y en particular de la epidemiología. De pronto, los complejos nexos que hemos ido descubriendo en todos los ámbitos en estos azarosos y desconcertantes tiempos de capitalismo tardío parecen necesitar de este lenguaje para explicar sus desafíos. Decenas de series y películas —de Contagio, de Steven Soderbergh a Doce Monos, de Terry Gilliam, pasando por todo el orbe de zombis que va de The Walking Dead a Guerra Mundial Z— han retratado este pavor que ahora por fin parece encarnarse en la epidemia del nuevo SARS-CoV-2.
Medio vivos y medio muertos, los virus, formados con trozos de material genético recubiertos por una membrana y cuyo único objetivo parece ser reproducirse enloquecidamente, se han convertido en nuestra más grande amenaza, pero también en nuestro mayor anhelo. Trasladándolos del ámbito de las ciencias naturales a la informática, les hemos dado su nombre a esos programas malignos que desquician nuestros aparatos tecnológicos y decimos que se vuelve viral cualquier información que de pronto estalla en redes sociales. También a las células terroristas y a los migrantes hemos querido tratarlos como virus, elementos patógenos que llegan a nuestros países con el único objetivo de invadirnos.
Nuestros mayores enemigos se comportan como virus, están allí, agazapados en algún lugar, hasta que de pronto —como el coronavirus que salta de un murciélago y un pangolín a un humano—, paralizan medio mundo. Virus y zombis, los dos emblemas de nuestra época. El elemento externo que nos inocula desde dentro y los monstruos en los que nos transmutamos: seres desprovistos de voluntad, medio vivos o medio muertos, incapaces de tomar decisiones, obsesionados únicamente con devorarnos unos a otros. Algo semejante a lo que nos ocurre a diario en las redes sociales, donde nos convertimos en estos mismos caníbales descerebrados.
2. Covid-19 y sus metáforas
Miedo al otro. Pánico a las multitudes y a las aglomeraciones. Individualismo exacerbado. Desconfianza hacia las autoridades. Teorías de la conspiración sobre el origen de la pandemia. Teorías de la conspiración sobre el número de infectados. Recuento diario de enfermos y muertos, como en una guerra. La guerra como estrategia política. Fascinación morbosa ante la curva epidémica. Falta de información. Exceso de información. Y, por supuesto, el encierro. Cada uno en su propio país, en su propia ciudad, en su propia casa. Confinamiento voluntario y luego obligatorio. Estados de emergencia y excepción. Fronteras clausuradas. Suspensión de vuelos. Aislamiento frente al resto del mundo. Nacionalismo como legitimación de las medidas extremas. Xenofobia. Expulsión de los extranjeros. La calle como peligro. El mundo virtual como única conexión con el exterior. Aburrimiento, acedia, apatía, depresión. Aumento de la violencia intrafamiliar, de la violencia de género y del abuso infantil. Nuevas formas de convivencia.
Como advertía Susan Sontag en su visionario La enfermedad y sus metáforas (1978), que daba cuenta de la forma de referirnos a los afectados por la tuberculosis y el cáncer, y posteriormente en su El sida y sus metáforas (1989), lo peor que podemos hacer ante un padecimiento clínico es asociarlo con el carácter de quien lo sufre. En vez de ello, deberíamos pensar que cualquier enfermedad, como la producida ahora por el SARS-CoV-2, es sólo eso y no un cúmulo de imágenes que nos llevan a actuar frente a ella y quienes la padecen a partir de nuestros prejuicios. La tarea de reducir a su carácter puramente científico este nuevo coronavirus se torna, sin embargo, ilusoria. Tan misterioso como amenazante, tendemos a antropomorfizarlo, a cubrirlo de significados y luego, de modo irremediable, a politizarlo al extremo.
En este ambiente, florece el miedo y en particular el miedo hacia los otros. Y si esos otros son un poco distintos, extranjeros en particular, más aún. A fin de cuentas, el virus ha llegado hasta nosotros desde la remota China traído por viajeros irresponsables: es un mal que, como quiso insinuar Trump, viene de fuera para despedazarnos por dentro. La distancia social para evitar el contagio se transmuta en cuarentena —otro término lleno de connotaciones apocalípticas—, cerramos nuestras fronteras creyendo que esa medida va a protegernos y, entretanto, desconfiamos de todo lo que se nos dice. El covid-19 nos lanza hacia una nueva era, aún incierta y desasosegante que nos transformará a todos, por unos meses, en hikikomoris. Seres obligados a pensarnos de nuevo en este largo viaje alrededor de nuestros cuartos.
3. Distopía
A fuerza de imaginarla, de ver o leer historias de asteroides mortíferos, invasiones alienígenas, inundaciones o sequías, simios o robots rebeldes, misteriosas epidemias, por fin vivimos una distopía. Un virus desconocido que se extiende por el mundo como el fantasma de Marx —con mayor efectividad— decidido a destruir las sociedades que hemos amalgamado en los últimos decenios. La alarma es legítima: las cifras de contagiados y muertos deberían acentuar nuestra empatía hacia las víctimas y quienes las atienden. Pero, como suele ocurrir en los blockbusters hollywoodenses de catástrofes, la respuesta de nuestros políticos ha sido tan improvisada como caótica. Por más que virólogos y expertos intentaron prevenirnos sobre una posible pandemia, las acciones de las autoridades oscilan entre la improvisación, la prisa y el pánico. Nadie sabe cómo combatir el mal y las soluciones, en teoría apoyadas por la evidencia científica, nos lanzan a nuevos abismos de incertidumbre.
Como en toda distopía, el peligro extremo invoca medidas extremas. De pronto, en Occidente vemos a China con tanta suspicacia como envidia. Si sus dirigentes lograron “aplanar la curva” —frase típica del newspeak de esta era— fue porque impusieron la reclusión como sólo puede hacerlo una nación totalitaria. Y de pronto vemos a países que son ejemplos de democracia instaurando estados de emergencia unilaterales, sin el consenso de sus parlamentos. No se trata tanto de cuestionar las medidas, como su origen: decisiones de los ejecutivos sin la menor discusión pública.
Y, si no envidiamos a China, anhelamos ser Corea. Un sitio donde se “aplanó la curva” gracias a una app que reporta la temperatura de los ciudadanos —así como sus datos personales— a la autoridad. Una nueva distopía: la vigilancia de los cuerpos —una pesadilla de Foucault— a través de la tecnología. Insisto: no se trata de cuestionar el encierro, sino de señalar las tentaciones autoritarias que lo envuelven. Y, si no, veamos algunas conductas en España o Italia: vecinos que denuncian a sus vecinos a la policía por salir a correr o a pasear al perro con el celo propio de agentes de la Stasi.
4. Políticas del virus
No sabemos si son parte de la vida o solo se aprovechan de la vida, pero sí que los virus son, en esencia, información. Son diminutas máquinas ciegas que se limitan a ejecutar órdenes. No deja de resultar paradójico que uno de estos obcecados programas —para colmo dotado con un gran talento para viajar de un ser humano a otro— se haya convertido en la mayor amenaza para nuestra sociedad de la información.
Jamás había ocurrido algo semejante. Epidemias y plagas abundaron en el pasado, pero en sociedades cuyos contactos con otras civilizaciones eran pequeños o nulos y donde la información fluía con enorme lentitud. Por ello el covid-19 luce como la enfermedad prototípica de la globalización neoliberal: un padecimiento que parece provenir de la esencia misma de la cultura que hemos construido en los últimos 30 años y que se vuelve contra ella misma.
Con la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, concebimos un mundo que aspira a ser un mercado: intercambios comerciales —y de información— sin fronteras nacionales, reservadas sólo para las personas. Un mundo donde el estado ha quedado reducido al mínimo y donde hasta los servicios públicos terminan en manos privadas. Un mundo de frágiles democracias y gigantes autoritarios como China. Un mundo donde prima el egoísmo y se desdeña la solidaridad. Un mundo donde unos cuantos concentran casi todo el poder y la riqueza. Un mundo obscenamente desigual.
Este es el mundo que a la vez encarna y pone en peligro el coronavirus. Lo primero que hemos visto ha sido un inesperado resurgimiento de los estados nacionales: cada país —y a veces cada región— ha tomado las medidas que ha querido sin ponerse de acuerdo con sus vecinos. Poco importa que el SARS-CoV-2 nos ataque a todos por igual: desenterramos la añeja idea de que, para protegernos, basta un cierre de fronteras. La tentación por mantener las restricciones a la movilidad, de por sí acentuada con la crisis migratoria global —con sus cargas añadidas de racismo y xenofobia—, será difícil de combatir.
La evidente debilidad de nuestros sistemas de salud apunta, por suerte, en la dirección contraria: ¿qué político se atreverá, a partir de ahora, a proponer nuevos recortes al estado de bienestar? Pero quizás esta sea la única melladura en el modelo neoliberal: incluso con la gigantesca recesión que se avecina, no se vislumbran otros remedios que los aplicados ya durante la crisis de 2007-2008: una reconstrucción que sólo beneficiará, de nuevo, a los más ricos, transfiriendo enormes cantidades de recursos de la clase media a las empresas. Lo peor que puede ocurrirnos, al final de la pandemia, es que permitamos que el nuevo mundo esté hecho a imagen y semejanza del covid-19.
5. Encierro
Frente a la enfermedad, el encierro. Desde la antigüedad sabemos que el mayor peligro durante una epidemia somos nosotros mismos. Mucho antes de que descubriésemos el avieso poder de los virus, ya habíamos aprendido a aislarnos unos de otros. De la plaga de Atenas reportada por Tucídides a la influenza española, pasando por la peste negra, el remedio ha sido el mismo: el enclaustramiento en la propia casa y, de ser posible, en la propia habitación. Para romper la cadena de contagio se impone quebrar justo esa compleja red de vínculos que nos convierte en humanos.
Desde que se inició la pandemia de covid-19, hemos regresado al medievo. Ante un patógeno frente al cual no tenemos defensas naturales no queda, otra vez, sino el encierro, sólo que ahora no lo aliviamos contándonos un cuento cada día, sino con los mil cuentos de la red, la radio o la tele. Parecería que, tras milenios de enfrentarnos a las enfermedades contagiosas, no hemos avanzado nada. Si pudiésemos vernos desde el futuro, como ahora miramos a los supervivientes de la peste, el juicio sobre nuestra respuesta a la pandemia de 2020 debería ser mucho más severo.
Aunque se nos diga que esto era inimaginable, las sociedades más desarrolladas de la historia son responsables del desastre. En primer lugar, porque también somos las sociedades más desiguales de la historia, lo cual provoca que el encierro no sea equivalente para todos. Cada año mueren 9 millones de personas por hambre o enfermedades asociadas con el hambre, aunque se trata de 9 millones que a nadie le importan. Si cerramos el planeta entero por el covid-19 es porque afecta, en cambio, a las élites. Élites dispuestas a encerrarse a cal y canto en sus hogares mientras —igual que en la Edad Media— millones de desafortunados mantienen la producción y el abasto de bienes y servicios indispensables para sobrevivir cómodamente al arresto. Si el encierro es el infierno, en sociedades tan inequitativas como las de América Latina, también es un privilegio.
6. Suspensión animada
Cuando los neurocirujanos estiman que un paciente corre peligro de sufrir graves daños cerebrales, optan por una medida extrema: la administración de barbitúricos para causar un coma inducido. La idea es disminuir la presión intracraneal a cambio de postrar al sujeto en un profundo estado de inconsciencia. No es una metáfora descabellada afirmar que las decisiones de nuestros poderes médicos y políticos frente a la pandemia obedecen a una estrategia semejante: paralizar casi por completo nuestras sociedades —los sectores que no se consideran esenciales, y en particular los vinculados con el pensamiento— a fin de reducir la velocidad de contagio.
Frente a la imposibilidad de reunirnos en aulas y auditorios, teatros y salas de conciertos, o en la vía pública, nos hemos conformado con trasladar estas disciplinas al entorno virtual. Miles de profesores y alumnos se reúnen a diario en diversas plataformas, mientras las instituciones culturales han creado raudos programas en línea, que van de recorridos por galerías y museos a obras teatrales omusicales por Zoom a concursos literarios, escénicos o cinematográficos, generando una sobreoferta con la que hemos querido llenar, un tanto neuróticamente, nuestros vacíos recintos analógicos.
Poco antes del estallido de la pandemia —ahora nos parece tan lejano—, las manifestaciones feministas clamaban por un nuevo orden global. Como tantas, esa lucha también ha quedado en suspenso. La disidencia en redes sociales —espacios privados, a fin de cuentas— no tiene el mismo impacto sin su correlato real. Ante la magnitud de la tragedia, los políticos nos exigen unidad, no crítica. No debemos resignarnos: aun confinados, nos corresponde mantener el espíritu contestatario frente a todas las acciones del poder. De otro modo, regresaremos de este coma con un irreparable daño cognitivo.
7. Conejillos de Indias
¿Y si los encerramos a todos en sus casas? ¿Y si durante semanas o meses les impedimos salir a la calle? ¿Y si cerramos sus bares y restaurantes, sus escuelas y universidades, sus parques y centros deportivos, sus cines, teatros y salas de conciertos? Estas malignas preguntas, que parecerían provenir de una novela de Stanislaw Lem o de Ursula K. Le Guin —o, en otro extremo, de Kafka—, son ahora parte de nuestra realidad cotidiana. De pronto, los seres humanos nos hemos convertido en cobayas de un gigantesco experimento social cuyas consecuencias sobre nuestros cuerpos y nuestras mentes son incalculables.
Cada día sabemos más del virus y cada día nos damos cuenta de lo poco que sabemos. No hay duda de que circula de una persona a otra a partir de las gotas que expelimos al hablar, toser o estornudar o de los objetos que tocamos: esta certeza nos ha enclaustrado. Pero la variedad de medidas implantadas en cada sitio, en teoría dictadas bajo criterios técnicos, demuestra que nadie sabe bien qué hacer. Ni siquiera sabemos cuántos infectados hay en el planeta.
Somos conejillos de Indias que, obligados a permanecer entre cuatro paredes —la mayor parte de la humanidad dispone de unos pocos metros cuadrados frente a quienes se distraen o ejercitan en patios o jardines—, de seguro seremos estudiados por los científicos del futuro como una anomalía cuyos desperfectos —depresión, ansiedad, obesidad, paranoia o simple miedo— definieron la tercera década del siglo xxi.
8. Sobrevivir (o no)
Cada crisis —económica, política, social— genera un gran número de perdedores, naciones tanto como empresas e individuos, pero también provoca que, quienes mejor se aprovechan de las circunstancias o de sus ventajas competitivas, salgan ganando del desastre. Ahora que estamos sometidos al feroz ataque de un virus que parecería empeñado en usarnos como medio de cultivo, nos volvemos más conscientes de los férreos dictados de la evolución: quienes mejor se adapten sobrevivirán y quienes no sean capaces de hacerlo correrán el riesgo de extinguirse.
La metáfora evolutiva, tantas veces sacada de contexto, adquiere hoy inquietantes resonancias. Así como este coronavirus logró saltar de animales a humanos, adaptándose para vencer a nuestro sistema inmune —o para volverlo contra nosotros mismos—, unas cuantas compañías y unos cuantos países han sabido valerse del caos para obtener incalculables beneficios. Cuando salgamos del encierro —cuando contemos con una vacuna o nos hayamos inmunizado en masa, con la vasta cantidad de muertes que esta opción conlleva—, el mundo no será exactamente el anterior y los más aptos —que no los más fuertes— habrán aumentado drásticamente su poder o su riqueza.
A los grandes perdedores de la pandemia los reconocemos de inmediato, pues son los mismos de siempre: en el reino de la desigualdad provocado por el neoliberalismo, los más pobres continuarán sufriendo más. Algunas estadísticas ya lo demuestran: en Estados Unidos, la tasa de infecciones y muertes es mucho mayor entre afroamericanos y latinos que entre caucásicos. La razón, por supuesto, no es racial: tiene que ver con los recursos y el acceso a los sistemas de salud. Pronto, en América Latina y África los más desprotegidos enfrentarán idéntica suerte y, como siempre, serán los más afectados por la crisis.
En términos económicos, millones de empresas, grandes y pequeñas, sufrirán, se extinguirán o se volverán irrelevantes —del sector inmobiliario a la industria automotriz y del turismo al entretenimiento y la cultura—, mientras las industrias tecnológicas incrementan alarmantemente sus ingresos. Amazon, denunciado en Francia por no proteger a sus trabajadores, ya ha hecho de Jeff Bezos el hombre más rico del planeta. Google, Microsoft o Facebook se consolidan como poderes omnímodos a los que recurren los desgastados gobiernos nacionales en busca de auxilio. Y lo que mejor saben hacer, por desgracia, es vigilarnos y comercializarnos.
9. Libertad condicional
Para unos, es la prueba de la eficacia del gobierno a la hora de atender la pandemia; para otros, la comprobación de sus mentiras o sus fallos. La misma estadística, fría y seca, usada a conveniencia. Si la ciencia aspira a ser objetiva, sus interpretaciones jamás lo son, y menos todavía sus usos políticos. Así como los nazis exigían una ciencia alemana opuesta a la ciencia judía o los soviéticos impulsaban, con Lysenko, una evolución proletaria, amparada en la cooperación al interior de la misma especie, contraria a la biología capitalista que aseguraba la ávida competencia, en cualquier momento la ideología es capaz de nublar cualquier argumento técnico.
Luego de esta larga cuarentena, el imperioso regreso a la normalidad, o a esa precaria normalidad que llamamos nueva, ha comenzado a asociarse con la derecha —en Estados Unidos, la enarbolan los republicanos—, mientras que la necesidad de mantener la reclusión y la distancia adquiere tintes de izquierda —y es defendida con ardor por los demócratas. Ambos grupos se valen, en teoría, de los mismos datos para justificar sus apuestas. Una vuelta inmediata, incluso cuando las infecciones continúan su curso, luce, así, como una medida típicamente neoliberal, pues privilegia la economía y el lucro sobre salvar vidas, mientras que posponerla parecería una medida progresista impulsada por la solidaridad hacia los más vulnerables.
¿Cuántas muertes de ancianos o enfermos crónicos provocará un intempestivo regreso? ¿Basta con haber “apla-nado la curva”, es decir, con descargar un poco la presión sobre nuestros sistemas sanitarios, para reabrir la temporada de contagios? ¿Para qué este duro encierro si habremos de clausurarlo sin poder anticipar las consecuencias? Ninguna economía resistirá un confinamiento más largo, pero, ¿ello basta para apresurar su reactivación? Los científicos advierten sobre la posibilidad de una nueva y más mortífera ola de contagios en el otoño o de brotes periódicos que obligarán a nuevas medidas de aislamiento. En este periodo de incertidumbre, lo más probable es que nuestra ansiada libertad vaya a ser sólo condicional.
10. En coma
Teatros sin actores ni bailarines. Salas de conciertos sin músicos. Y sin público. Cines y salas de arte sin espectadores. Museos y galerías sin visitantes. Librerías sin lectores. En todo el mundo estos lugares fueron los primeros en cerrarse y serán los últimos en reabrir. El confinamiento ha significado para millones de artistas y trabajadores del arte —técnicos, taquilleros, vigilantes, personal de limpieza, custodios, acomodadores, libreros— no sólo la suspensión de sus proyectos, sino la drástica pérdida de sus ingresos. Y, para incontables empresas culturales —espacios independientes, editoriales, distribuidoras, productoras, promotoras de eventos— el riesgo de desaparecer. Las pérdidas no se limitan, además, a sus participantes directos, sino a las sufridas por la hostelería, la restauración y el turismo.
De un día para otro, creadores, técnicos y administrativos de la cultura se vieron obligados, entonces, a traducir sus actividades al mundo virtual. Unos cuantos ya se dedicaban a producir obras pensadas específicamente para los medios digitales, pero la mayoría debió reconvertirse a toda prisa para intentar salvar sus ingresos o su contacto con el público. El esfuerzo sin duda ha ayudado a que incontables personas atraviesen de mejor manera la cuarentena, pero también nos deja un amplio hiato de reflexión sobre cómo utilizar responsable y creativamente la tecnología, cómo no sucumbir a su agenda oculta —las plataformas son privadas y comercian cínicamente nuestros datos— y cómo combinarla con las actividades presenciales que seremos capaces de organizar cuando termine este periodo de incertidumbre.
Ofrecida como servicio altruista, esta avalancha de actividades virtuales ha sido mayormente gratuita, lo cual ha redundado en un claro beneficio para la sociedad, pero ha acentuado la crisis económica de sus creadores, quienes en buena parte de los casos han sido mal remunerados por su trabajo o de plano no han recibido ninguna compensación por él. En países avanzados, donde los trabajadores de la cultura cuentan con seguridad social y seguro de desempleo, el problema ha sido menor, pero en lugares como México ha significado un profundo deterioro en sus condiciones de vida.
Si de por sí en los países en desarrollo los artistas están mal pagados, la pandemia los ha colocado en una situación insostenible aun cuando son el motor del que depende no nada más el desarrollo intelectual o emocional del orbe, sino un sinfín de empleos. Quien piense que la cultura no es una actividad esencial en tiempos de pandemia yerra por completo. Se trata de un sector vulnerable, como tantos otros, que necesita del apoyo de todos —es decir, del Estado. La cultura genera incontables trabajos y recursos para el país, un argumento que debería bastarles a nuestros gobernantes para apoyarla—, pero, por encima de todo, nos torna verdaderamente humanos. Dejarla en coma representa condenarnos a padecer una enfermedad moral de la que tardaremos décadas en recuperarnos.
11. Empantallados
El trabajo cotidiano, a través de la pantalla. Clases, cursos y talleres, a través de la pantalla. Charlas con amigos, a través de la pantalla. Visitas a padres y abuelos, a través de la pantalla. Fiestas y celebraciones, a través de la pantalla. Conciertos, funciones de danza y teatro, a través de la pantalla. Visitas a museos y exposiciones, a través de la pantalla. Recorridos por parques y jardines, a través de la pantalla. ¿Bodas y entierros? También a través de la pantalla. Todo ello sumado a lo que, en el mundo de antes, ya muchos hacíamos a través de diversas pantallas: abismarnos en toda clase de videos y películas, roer noticias, chatear con conocidos y desconocidos, husmear en las redes sociales de los otros, exhibirnos en nuestras propias redes sociales, leer artículos y hasta libros, jugar o presenciar juegos ajenos, buscar o practicar sexo.
De pronto, el virus aceleró nuestra condición de prisioneros virtuales: si el contagio son los otros, nada mejor que una barrera, un muro o un filtro irrompible capaz de protegernos. En vez de las cuatro paredes de una celda tradicional, nos enclaustramos entre cuatro pantallas: las de nuestros celulares y tabletas, la de la computadora y la de la televisión (la pandemia nos obligó a renunciar a la quinta, la de las salas de cine). La pantalla aspira a ser frontera, pero se trata de una frontera porosa, como las membranas celulares: no permite el paso del SARS-CoV-2, sin duda, pero sí de esos otros virus, las ideas e imágenes que nos invaden a diario.
La pandemia, lo sabemos, ensancha las desigualdades, de modo que, mientras millones han de conformarse con el mundo analógico o con una pequeña pantalla con cobertura o datos mínimos —la precariedad digital—, nosotros apenas nos permitimos descansar de ellas unos minutos al día. Si ello ya era una tendencia, acentuada en millenials y centenials, hoy el confinamiento lo justifica todo. El recuento de nuestras horas en pantalla que cada domingo cintila en nuestros teléfonos inteligentes sería el equivalente de los palitos y diagonales que los presos de ataño arañaban en sus calabozos.
Como cualquier espejismo, la pantalla nos hace creer que estamos afuera, que en verdad interactuamos con nuestras familias y amigos, que cada una de esas sesiones en verdad nos acerca a los demás, y ello basta para que les entreguemos nuestras almas. Si no la vida eterna, se nos concede este remedo de vida que poco a poco se transforma en la vida. Al término de este encierro, cuando —soñamos— al fin nos salve una vacuna, habría que hacer el recuento de cuántas horas pasamos aquí, frente a este espejo de doble cara, mirándonos a nosotros mismos mientras creemos mirar el universo.
Hay quien piensa que, fatigados de tanta pantalla, en el momento de nuestra liberación correremos vertiginosamente hacia el mundo, que atiborraremos parques y las plazas, que nos derretiremos en reuniones familiares al aire libre, que pasearemos como nunca y nos volcaremos a aquellos espectáculos que se nos prohibieron estos meses, aparcando nuestros gadgets. Lo dudo: los primeros días escaparemos, pero lo más probable es que, como perros bien amaestrados, volvamos dócilmente a nuestros nuevos rediles virtuales. Todo ha conspirado para reeducarnos así: las indicaciones del poder médico tanto como la avaricia de las multinacionales tecnológicas, e incluso la buena voluntad de quienes auspiciamos el nuevo bombardeo de cultura digital.
Si ya casi lo éramos, la pandemia nos ha transmutado por completo en cibersiervos: sumisos esclavos de Facebook, Google, Microsoft, Twitter o Zoom, enriquecidos y empoderados a costa de los datos que voluntariamente extraemos para ellos segundo a segundo. Mientras tanto, el trabajo a distancia continuará introduciendo la explotación laboral en nuestros cuartos mientras no se regulen prácticas y horarios: teletrabajadores del mundo, uníos. No se trata de demonizar las pantallas —ya somos cyborgs— sino de mantenernos alerta: fuera de la cárcel virtual que tan diligentemente hemos construido en esos meses ha de haber algo más.
12. Postapocalipsis
Millones de personas contagiadas y cientos de miles de muertos. Millones de personas hacinadas en hospitales, atendidas por médicos y enfermeras con apariencia de astronautas. Y millones, literalmente millones, todavía arrinconados en sus casas, gastándose sus últimos ahorros, royendo sus postreras reservas, subsistiendo con los magros apoyos estatales —donde los hay—, aprovechándose de la buena voluntad de sus parientes y amigos, empeñando sus escasas pertenencias, llenando solicitudes de empleo sin respuesta, vendiéndose al mejor postor o mendigando por las calles.
Si las cifras de infecciones y decesos son tan gélidas como inclementes, las de la crisis económica se aventuran igual de escalofriantes: sin poder calcular aún su impacto global, los primeros datos nos acercan a la Gran Depresión de los años 20 del siglo pasado. Millones de historias que nos resistimos a contar, que nos resistimos a ver, de dolor, frustración, amargura y hambre. Y de una violencia que, en estas condiciones, sólo apunta a recrudecerse en un lugar ya completamente devastado a causa de la guerra contra el narco.
Hemos arribado al postapocalipsis. Si no somos capaces de reinventar nuestras sociedades, encontrando auténticos mecanismos de redistribución de la riqueza —sobre todo impuestos progresivos y, como ha insistido Thomas Piketty, a las grandes fortunas de hasta el 90 por ciento—, nos arriesgamos a que el sufrimiento, el rencor y la violencia nos desgarren por completo.
13. Diario
Cuando, como si fuera un líquido correoso, la pandemia ya había comenzado su rápida expansión por el mapamundi, impregnando China y, desde allí, Italia o España, y vorazmente el resto del planeta, la necesidad humana por narrar esta época desconcertante e inédita se volvió imperiosa. Frente a la sorpresa, el dolor o el miedo, las palabras se volvieron urgentes —artículos de primera necesidad— y la escritura y la lectura fueron redescubiertas como actividades esenciales. Ocurrían tantas cosas en tantas partes, y al mismo tiempo, en el encierro, tan pocas, que el diario se convirtió en el medio más natural para expresar la ansiedad, la esperanza o el asombro cotidianos.
Ante la imposibilidad de contar —o explicar— la conmoción total de la pandemia, al menos podíamos desmenuzarla poco a poco. A finales de marzo de 2020, Guadalupe Nettel y yo comenzamos a buscar a aquellos testigos que, desde distintos lugares del orbe y desde diversas perspectivas, estuvieran dispuestos a compartirnos una de sus jornadas de este tiempo extraordinario. Gracias a todos ellos —imposible mencionar aquí sólo unos nombres—, articulamos este diario colectivo, esta crónica parcial e interrumpida de este tiempo de virus.
Voces que, de Venecia a la Ciudad de México, de Manila a Medellín, de Seúl a Milán, de Luanda a Buenos Aires, pudieran abrir un resquicio de luz en medio de la tiniebla viral. Desde el 28 de marzo hasta el 30 de junio, algunos de los mejores escritores de nuestra época compartieron su experiencia, día tras día, en las páginas electrónicas de la Revista de la Universidad de México. Una suma de dudas y saberes, de guiños y reflexiones, de frustraciones y vislumbres ahora trasladados a este Diario de la pandemia. Un recuento, accidentado y frágil como la vida misma, de cómo la literatura nos impulsa a sobrevivir.
Además, un grupo de escritoras y escritores, jóvenes en su mayoría, complementa con sus reflexiones e impresiones este itinerario, asomándose desde sus balcones reales o imaginarios, eco perfecto que une generaciones distintas en ese extraño tiempo de virus.
14. Volver al futuro
2020. Un año sin año. Un año entre paréntesis. Un año borrado. Un año miniaturizado. Un año sin futuro. Desde que se inició la pandemia, nos hemos visto obligados a adaptarnos a un medio repentinamente hostil e impredecible, el mundo: a pertrecharnos en nuestras casas como refugios antiatómicos (los que tuvimos este privilegio), a asumir la calle como territorio enemigo y a los otros como espías encubiertos —los reptiles alienígenas de V, cuyos interiores virales ignoramos—, a reconvertir comedores o recámaras en severas oficinas, a administrar el largo tiempo que cada mañana nos queda por delante, a inventarnos rutinas para combatir la depresión o la demencia, a incrustar todas las actividades posibles en los escasos centímetros de una pantalla, a contemplar la diaria cuenta de infectados o muertos primero con horror, luego con desconfianza y al cabo con lamentable indiferencia, a batirnos obsesivamente en redes a favor o en contra del presidente, a acostumbrarnos a esta extraña vida que no era la vida.
En la inmediatez de la pandemia, durante este medio año nos privamos de futuro. De un modo u otro, enloquecimos. Y todavía hoy, cuando sin importar si los contagios se multiplican o si florecen nuevos brotes nos apresuramos a recuperar aquello que suspendimos o extraviamos, el porvenir luce igual de nebuloso, igual de inverosímil. Imposible asirnos a ninguna certeza excepto el pasmo reiterado, dominados por la sensación de que todo es endeble, provisional, tan efímero como la normalidad pasada que hoy nos resulta tan ajena. Asomamos las narices al exterior como perros apaleados, husmeando y retrocediendo, escamados y temerosos de enfrentar lo que hay más allá de nuestras verjas —de nuestros prejuicios y de nuestros celulares.
Soñamos con vacunas: el único antídoto frente a la incertidumbre absoluta, el remedio no sólo contra el covid-19, sino contra los temores acumulados en estas semanas de asumirnos domésticos ropavejeros. Asumimos que solo ellas nos devolverán no ya nuestras existencias pretéritas, consumidas por completo, sino el porvenir que la enfermedad canceló de tajo. Sabemos también, pese a que hurguemos las redes en busca de avances optimistas, que ésta no llegará —y sobre todo no llegará a todas partes— hasta el año próximo, en el mejor de los casos. Es nuestro mesías biotecnológico: el salvador que anuncia su próxima venida y nos concede un poco de fe —o de tenacidad— para cerrar los ojos al dolor y seguir adelante.
¿Y mientras tanto? Mientras tanto, como devotos de religiones escatológicas, la ansiosa, lenta espera. Recuperamos bulevares, jardines y playas con la sensación de nunca haberlos visitado, cada espacio libre sabe a recon-quista y se llena con el deslumbrante resplandor de las victorias. Porque en el fondo sabemos que son triunfos precarios: el virus puede reactivarse en una congregación o en una fiesta, en el transporte público o en una maquila-dora, y ello nos llevará a una espiral de confinamientos y liberaciones, confinamientos y liberaciones, el único esce-nario predecible por ahora.
¿Aprendimos algo en este medio año sin medio año? ¿Le dejó al mundo alguna enseñanza o lo veremos sólo como un episodio turbio y extravagante, aunque al cabo anodino, en nuestra marcha histórica? ¿Seremos capaces de soltar nuestros lastres —la oprobiosa desigualdad, nuestras múltiples y enredadas violencias, el rencor y el odio destilados por el encierro, la actual veleidad de nuestros líderes hacia la mentira— o, al revés, dejaremos que nos aplasten? Quizás no haya llegado el tiempo de abandonar nuestros cuarteles, el encierro físico que hemos padecido, sino el de escapar de las jaulas invisibles que hemos edificado a nuestro alrededor en este inconcebible 2020. Se impone escapar de nuestras toscas certezas abonadas por el aislamiento, la desconfianza y el pánico. Es hora de alzar la vista, comprobar que los demás —todos los demás— valen tanto como cada uno de nosotros, de confiar en que quienes piensan distinto no son nuestros enemigos y de imaginar —sí, de imaginar de nuevo— un futuro libre, justo, igualitario.

Desde el Carnaval de Venecia 2020
(La máscara)
Rachele Airoldi
Venecia, 28 de marzo— Este año el Carnaval de Venecia fue testigo de la aparición de disfraces nuevos y originales. A las típicas máscaras brillantes de papel maché pintadas a mano por artistas venecianos en los pocos talleres tradicionales que aún persisten —y que buscan destacar entre una infinidad de tiendas chinas que venden copias baratas de plástico— se han añadido mascarillas de uso médico. También de ellas se ofrece a los compradores una amplia variedad, desde el clásico cubrebocas quirúrgico desechable hasta otros modelos con válvulas respiratorias, una o varias capas, FFP1 o FFP2. El debate sobre el carnaval en tiempos de pandemia fue muy apasionado y pronto se convirtió en el principal tema de conversación. En la plaza de San Marcos algunos turistas que no están dispuestos a renunciar a los festejos, pero tampoco a dejar de lado ciertas precauciones, pasean ataviados con ambas versiones: mitad rostro de arlequín y mitad Grey’s Anatomy. En cambio, algunos venecianos, fieles a la tradición, se disfrazan de médicos de la peste, con largos ropajes negros y máscaras blancas con picos muy apropiadas para los tiempos que corren. Así buscan restarle dramatismo al clima de preocupación que priva por las noticias que llegan de China sobre el coronavirus.
Al principio Venecia, la ciudad que inventó la cuarentena para enfrentar la epidemia de peste, no parecía muy preocupada, y con su tradicional espíritu goliardesco se tomaba las cosas con una pizca de ironía. La amenaza, en tanto, se aproximaba: de China a Lombardía y de Lombardía a Véneto. No se habían verificado los primeros casos cuando el número de presuntos infectados ya andaba por las nubes. Los venecianos criticaron la vacilación del alcalde, que no tomó medidas inmediatas; tal vez después del desastre del acqua alta, que puso de rodillas a la ciudad el pasado noviembre, esperaban rescatar el evento turístico más importante del año, pero a fin de cuentas hasta el espíritu juguetón dio paso a la inquietud y el Carnaval fue suspendido. En un instante las calles se vaciaron, las tiendas quedaron desiertas y las góndolas pasearon a los pocos turistas que se negaron a renunciar a unas vacaciones pagadas y soñadas meses antes. Luego llegaron las primeras órdenes ministeriales de cerrar escuelas, teatros, museos e incluso iglesias, se prohibió cualquier tipo de aglomeración y se ordenó mantenerse a distancia de los demás y lavarse las manos, únicas indicaciones que se dieron por televisión en medio de una cifra de contagiados que se agrava a cada instante y que crece de forma exponencial. Pero antes de los síntomas del virus se manifestaron los de la psicosis social. Los supermercados quedaron limpios como huesos y afuera de las farmacias se formó una cola de personas que se mantenían a la debida distancia una de la otra. Pronto se agotó el nuevo disfraz del carnaval: las máscaras fueron inconseguibles, lo mismo que el gel desinfectante y los guantes de látex. Cada acceso de tos es sospechoso. Un autobús que iba de Venecia a Milán fue detenido por los controles sanitarios a causa de un pasajero que denunció el estornudo del conductor. La gente tiene miedo y se encierra en su casa, y afuera un país entero se cierra por una semana. Todos son sospechosos.
No obstante hay obligaciones que no pueden posponerse: en este clima de alarma general murió un querido amigo de la familia. La prueba de laboratorio confirmó que la muerte ocurrió por causas naturales, pero esto no ha impedido que el “efecto virus” contagiara los ritos funerarios. La misa fue sustituida por una bendición simbólica, sólo algunos parientes pudieron entrar a la iglesia y en la plaza, donde nos reunimos para dar el último adiós y tratar, así, de salvaguardar al menos la dignidad del momento, un megáfono transmitía la voz del sacerdote. Naturalmente nadie se atrevía a abrazarse; apenas dábamos tímidamente la mano e intercambiábamos miradas que querían ser caricias.
Mientras tanto, el número de contagios siguió aumentando, y ahora el decreto prolongó la clausura y suspensión de la actividad por un mes, hasta principios de abril, a pesar de lo cual se manifiestan tímidos intentos de reanimación para evitar la parálisis total del país. Algunos locales reabren sus puertas tratando de contener las afectaciones económicas. Las universidades retoman parte de sus actividades en modalidad remota e incluso hay quien celebra su graduación vía Skype luciendo una corona de laurel en la sala de su casa. Los centros de las ciudades muestran señales de repoblación, pero la gente sigue desinfectándose compulsivamente las manos. El alarmismo sigue presente. Hacemos intentos confusos de retomar la vida normal, pero la verdad es que estamos muy perdidos.
Los medios no ayudan a comprender plenamente la gravedad de la epidemia, con sus versiones y tonos distintos que van del sarcasmo a los escenarios apocalípticos. Hay quien minimiza la situación y considera que el virus no es más que una influenza peligrosa únicamente para los ancianos. Algunos periódicos aconsejan a los mayores de 65 años permanecer en casa; los jóvenes pueden quedarse tranquilos. Pero tal vez se trata de una visión simplista que busca evitar la extensión de una parálisis económica que está causando daños irreparables. A los números de contagiados les hacen eco los de las bolsas que van en caída libre. Otros, en cambio, no esconden su profunda preocupación y reconocen en la epidemia una amenaza desconocida a la cual no parecemos estar en condiciones de hacer frente. Los doctores escasean y el sistema hospitalario está al borde del colapso ante una oleada de ingresos que no deja de aumentar. Las salas de urgencia están abarrotadas y hay filas de pacientes en camillas en espera de atención.
Hasta las medidas de aislamiento han sido inciertas y graduales. Al principio se decretó únicamente el aislamiento de las ciudades que fueron foco de infección del virus y se invitó a todos los italianos a evitar los desplazamientos. Los agentes de policía bloquearon los accesos a Vo’Euganeo, en la provincia de Pádova, y a Codogno, en la provincia de Lodi, donde se registraba el mayor número de contagiados. Pero estas precauciones no fueron suficientes, porque la gente seguía viajando y desplazándose: la desinformación no generó el sentido cívico necesario para hacerle frente a una situación de emergencia epidémica. Se registraron episodios de “fuga” de las zonas infectadas y algunos pacientes incluso se escaparon de los hospitales. Un paciente de 71 años, hospitalizado en Como, tomó un taxi y pidió ser llevado a casa, pero el taxista lo denunció y fue puesto en cuarentena. Hemos ido entendiendo que lo del Carnaval no era una broma. La negligencia general ha llevado al Ministerio de Salud a endurecer las medidas de seguridad y a extender la zona roja primero a toda la región de Lombardía y luego a Italia entera. Se le pide a los ciudadanos que permanezcan en sus casas. La policía vigila a la gente que camina por la calle, y sólo se permiten traslados por motivos laborales certificados o por necesidades de subsistencia. No queda más que esperar a que pase la cuarentena.
La extensión de la zona roja a nivel nacional, explica el presidente Conte, fue decretada para evitar divisiones en el país; es necesario que toda la provincia permanezca unida para afrontar la emergencia. Si es verdad que el virus se está difundiendo en medio del caos, esto constituye una lección de sensibilización sobre las dinámicas discriminatorias. En un instante, y sin deberla ni temerla, todos podríamos ser segregados, convertirnos en aquellos que portan la enfermedad, los apestados. El Carnaval de Venecia permitía, al menos una vez al año, superar el clasismo social: por un día no había reglas y el estatus social perdía su significado; las clases populares podían disfrazarse de burgueses y los ricos aburridos ser parte de esa turbamulta a la que el resto del tiempo se ve mal pertenecer. La máscara veneciana garantizaba el respeto al individuo, a quien quiera que estuviera escondido tras sus ropajes. La máscara del coronavirus, por el contrario, obliga a sufrir la experiencia de la discriminación. Al principio la gente se mantenía lejos de los orientales; ahora, en cambio, los apestados somos nosotros. Antes sólo los del norte y ahora todos los italianos, que tenemos que mendigarle a la Unión Europea fondos para hacer frente a una emergencia sanitaria que atañe al mundo entero mientras los países vecinos nos dan la espalda, suspenden los vuelos, cancelan los viajes y contemplan con desconfianza los productos “made in Italy”. Tal vez el Carnaval nos hizo olvidar que la verdadera amenaza es un virus para el cual no existen fronteras ni nacionalidades, especialmente en un mundo globalizado como el nuestro. Estamos olvidando el rostro humano oculto tras la máscara.
El reino ermitaño
Verónica González Laporte
Seúl, 29 de marzo— En Seúl, en este momento, todas las alarmas de todos los teléfonos celulares suenan al mismo tiempo. Varias veces por hora. El corazón se acelera y las pupilas se dilatan. Todos los seulitas se precipitan para consultar sus pantallas luminosas. Los mensajes repiten las consignas de seguridad para contener la propagación del coronavirus, informan sobre el número de enfermos. Hay diversas apps disponibles. Emergency Ready chilla sin cesar, alimentando la psicosis general y el frenesí de los metiches: se basa tanto en las cifras oficiales como en la denuncia ciudadana. Por el pasillo A del mercado de Dongdaemun pasó un hombre de unos veinticinco años tosiendo, la vendedora del puesto de verduras del pasillo D del mercado de Gyeongdong dio positivo en las pruebas del covid-19, quien haya estado en contacto con ella favor de llamar al 1339. Que no, que el hombre de 25 años tose, pero no está infectado. Otra app informa en tiempo real la cantidad de casos actuales: 7755 enfermos, 288 recuperados, 60 muertos. Varios miles en cuarentena.
Mientras escribo esto, la reglita de mi pantalla se va moviendo constantemente, caen los enfermos como los granos de arena en un reloj. Mientras escribo esto, en México se lucha contra la violencia de género. Miles de mujeres marchan bajo el sol de la cercana primavera, cuando las flores de jacaranda entintan de morado la capital, con el mismo sentimiento de rabia en el pecho, pero con la semilla del cambio en las manos. Hermanas, ¡cuánto me hubiera gustado estar a su lado!
Hace unas semanas, cuando la enfermedad se declaró en Wuhan, los coreanos observaron. Claro que se enferman, si los chinos se comen todo, se decía en la calle. Todo lo que tenga alas menos los aviones y todo lo que tenga patas menos las mesas. Que si el virus proviene del murciélago. Animal asociado con la buena salud, con sus alas se hacen sopas. Que si el virus se originó en los mercados donde lo mismo venden víboras que perros desollados. La verdad es que aún sabemos poco.
Corea estableció, desde que se originó el primer caso en su territorio, un eficaz protocolo sanitario. Hasta mediados de febrero sólo contaba 30 casos: un número insignificante para sus 53 millones de habitantes. Pero todo se salió de control a causa de la secta Iglesia de Jesús Shincheonji, Templo del Tabernáculo del Testimonio, en la ciudad de Daegu. Sin tomar en cuenta medidas higiénicas, su líder Lee Man-hee, quien jura haber sido elegido por Jesús en persona, reunió, según su costumbre, a miles de seguidores cada tarde. Los resultados de aquellos funestos convivios se traducen en cifras alarmantes: 60 % de los infectados hoy son producto del contacto con los miembros de la secta. La primera reacción de los seguidores de Lee fue declarar que la gente era castigada por su falta de compromiso con Dios y que sólo los buenos se salvarían. Sodoma y Gomorra, en suma. Omitieron declarar que habían hecho exactamente lo contrario de lo recomendado: permanecer confinados más de una hora en espacios cerrados, llorar y cantar juntos, por lo tanto, intercambiar gotitas de fluidos. Las redes sociales y la prensa vituperaron al líder con tanto ahínco que hace unos días se vio a Lee pedir perdón de rodillas a todo el país. Entretanto, falleció de coronavirus el propio hermano del mismísimo interlocutor de Jesús y las listas con los nombres de los miembros de la secta se entregaban incompletas para esconder las identidades de sus seguidores. La mentira pesó más en la conciencia colectiva que la propia enfermedad.
En los últimos días, dos mujeres, madres de niños pequeños, se aventaron de los balcones de sus departamentos, otra se cortó las venas. Sin dejar notas o dar explicaciones. Los constantes reproches de sus maridos por haber contribuido a la propagación del virus desde la sede de su secta las llevaron al suicido. La cuarentena ha suscitado un incremento en los niveles de violencia doméstica. En China se dispararon las violaciones.
En Corea pululan las sectas, importadas por los predicadores protestantes que llegaron con los soldados estadounidenses durante la guerra entre las dos Coreas. En primer lugar, porque no pagan impuestos, y ése es un argumento de peso en un país en el que el gravamen puede llegar a representar la mitad de un ingreso. De noche, cuando la ciudad se convierte en un océano de luces, se yerguen incontables cruces de neón de diversos colores. En segundo lugar, porque desde niños los coreanos aprenden a moverse como una masa compacta. Se piensa y se actúa en función de la comunidad, para el bien de todos. Herencia del confucianismo y de las dictaduras de la posguerra. ¿Sientes que tu existencia no tiene ningún sentido y has pensado varias veces en suicidarte? ¿Que no eres nadie? Acude a una secta. ¿Buscas un marido bueno que no te maltrate? Acude a una secta; un hombre religioso es tu mejor garantía. Desde el final de la guerra 120 hombres se han autoproclamado mesías, el único, y fundado iglesias. Pero no se llaman sectas, qué digo, son religiones, aunque tengan nombres estrafalarios y prácticas inverosímiles.
Hace unas semanas se llevó a cabo un encuentro internacional entre los seguidores del líder Sun Myung Moon, comerciante de armas en sus ratos libres y fundador de la Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del Cristianismo Mundial, o para hacerlo más corto, la Iglesia de la Unificación. Como él ya murió, ahora su viuda es la encarnación del “Principio Divino”. Moon solía reunir a cientos de hombres en una fila y otro número igual de mujeres frente a frente y los casaba, sin que ellos se hubieran visto nunca. Con la idea de fundar una nueva raza, más pura (¿dónde hemos escuchado eso antes?), con la idea de terminar lo que Jesús (también se le apareció a Moon en la adolescencia) no supo hacer bien. Mamá Moon, última esposa del líder, con un inmenso prendedor de diamantes y esmeraldas en la solapa, y una sonrisa de empresaria, lleva hoy el mando con mano firme y asegura que su movimiento logrará cerrar el botón mal abrochado de Dios.
Creencias y prácticas religiosas aparte, el gobierno ha puesto en marcha un severo protocolo de prevención. Si uno presenta síntomas, nada de acudir a la clínica: un paciente infectado podría provocar el cierre inmediato del edificio en cuestión. Quien se sienta enfermo será llevado a hospitales especiales en ambulancia. Cada prueba, gratuita para la población coreana (un kit cuesta en Estados Unidos más de mil dólares) toma alrededor de una hora. Los doctores deben usar ropa especial desechable para examinar al paciente. Cada vez que un doctor termina con un paciente, se cambia la ropa. Ésta será quemada al final del día. En total, son miles de atuendos especiales necesarios, miles de camas requeridas, cientos de médicos y enfermeros solicitados. Para evitar tanto gasto, la más reciente innovación es el autoservicio: un temeroso ciudadano se presenta en su coche y hace cola ante una caseta médica donde le harán la prueba del coronavirus a través de una ventanilla. No hay contacto físico y la operación dura 10 minutos.
A diario se ven en las portadas de los periódicos las morgues chinas saturadas de cadáveres enfundados en sus bolsas de plástico, comandos enteros fumigando las calles comerciales de los barrios de Seúl, tanques blindados circulando en Daegu, colas interminables frente a los almacenes.
El presidente Moon Jae-in, quien aparece frente a los medios con cubrebocas y guantes, se disculpa por la falta de mascarillas (producidas en China). Empezarán hoy a llegar a las farmacias y su venta estará limitada a dos por persona: los datos del cliente se guardan en una base de datos para asegurarse de que el mismo cliente no vaya después a otra tienda o busque lucrar con ellas. Dicha restricción ya está causando problemas a los extranjeros: sólo se venderán mascarillas a quien muestre una identificación coreana.
El impacto económico más evidente es la ausencia de turistas chinos en las calles de Seúl, ciudad de más de 20 millones de habitantes convertida de pronto en un pueblo fantasma. Los pequeños comercios, los grandes almacenes de lujo, están cerrados. Se cancelaron todos los conciertos, las fiestas, los partidos, las conferencias, las misas, las escuelas, las manifestaciones. Antes de entrar a cualquier edificio, detrás de cada puerta, una persona se encarga de tomar la temperatura de los demás con un termómetro frontal.
Una emergencia sanitaria internacional de este calibre invita a reflexionar sobre la dependencia del planeta entero de la manufactura de un solo país, nuestros hábitos sociales y nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Desde hace cuatro semanas el cerco se ha ido cerrando, primero en los hogares, luego en las calles y al final las fronteras. El aislamiento es lo único que logrará contener el contagio, aseguran los expertos. Corea ha vuelto a ser lo que era antes, en siglos pretéritos: un reino ermitaño.
No hay nadie en casa
Santiago Roncagliolo
Barcelona, 30 de marzo— Este es el contestador de la familia Roncagliolo. Ahora mismo, no podemos atender a su llamada. No hay nadie en casa.
Mi hijo dirige al equipo profesional del Atlético de Madrid. Mañana jugará los cuartos de final de la Champions contra el Barcelona, y va a intentar fichar a Neymar a tiempo. Mi hija está en el cine con cuatro de sus amigas. No paran de comentar la película mientras la ven. Pero nadie se queja. Mi esposa trabaja en el ayuntamiento de una ciudad vecina. Y yo me encuentro en la Lima del siglo xvii, entre brujas paganas, inquisidores y virreyes.
En los días del confinamiento, recuerdo con piedad a todas las personas bienintencionadas que me advirtieron que no me enajene con la computadora. Que vigile el tiempo de los niños frente a la Playstation. Que prevenga la adicción a las redes sociales. Pienso incluso en los que no tienen televisión, porque son demasiado inteligentes para perder el tiempo con ella. Imagino a esas buenas personas llenando las 24 horas diarias y los siete días semanales con sus hijos en casa, jugando con soldados de plomo y camioncitos de madera.
A veces tienes grandes ideales y la vida te hace una putada, de verdad.
Para no pasarnos el día enchufados en mundos irreales, en casa hemos incorporado un programa de ejercicios. Empezamos bailando con Just Dance, hasta que me lesioné la espalda, porque el calipso en la sala de mi casa es un deporte de riesgo demasiado salvaje. Desde entonces, jugamos ping pong en la mesa del comedor. Hemos armado la red con una fila de cajas de Kleenex, y la bola a veces rebota encima de ella, creando efectos inesperados. Si pudiéramos salir de casa, la patentaríamos.
Cuando les pregunto, los chicos quieren quedarse aquí para siempre. O al menos, hasta que se acaben los capítulos de Merlí, que vemos juntos por las noches. Es una serie muy extraña, sobre adolescentes que van por la calle sin que los detenga la policía, y se reúnen en un lugar llamado “instituto” donde, al parecer, están permitidas las aglomeraciones. Nadie lleva mascarilla ni guantes, y estoy seguro de que su grado de contagio se volverá exponencial en cualquier momento. Irresponsables.
Acostumbrado a la soledad de la escritura, trato de reservar algunos momentos para estar conmigo mismo: mientras cocino, me sirvo un vaso de vino y me pongo música en los audífonos. Es como estar en una discoteca.
El virus nos obliga a vivir con lo indispensable: la gente que amas. El espacio preciso. La comida que puedes hacer con tus propias manos. Y resulta que la cultura forma parte de ello. El juego, la música y los libros hacen la vida soportable. Como contador de historias, siempre me he sentido mucho menos útil para la vida real que un agricultor o un basurero. Ahora, ya no tanto. Por otro lado, muchos escritores viven convencidos de su propia importancia. Yo todos los días, a las ocho, salgo a la ventana a aplaudir a los médicos y enfermeros que enfrentan al virus. Y ya nunca olvidaré quiénes son los héroes de verdad.
En fin, también la gente que frecuentamos se ha limitado al mínimo. Hacemos más videollamadas que nunca, pero con menos personas: mi madre, mi padre, los amigos más cercanos. Ni siquiera es posible hablar con alguien más ¿Qué podríamos contarle? Tu familia es esa gente con la que no hace falta hablar de cosas interesantes. Y nuestra aventura más salvaje de esta semana ha sido desatascar el fregadero de la cocina.
Así que, si no hemos contestado esta llamada, por favor, vuelve a intentar.
Nos gusta que nos cuenten cosas. Cosas que no sean cifras de muertos y mascarillas.
Estamos ansiosos por saber de ti.
El baile de los
que sobran
Alejandra Costamagna
Santiago, 31 de marzo— Habíamos aprendido a encontrarnos. Por fin, habíamos recuperado el abrazo colectivo. Habíamos aprendido a salir de la burbuja del sálvese quien pueda para encontrarnos con el vecino en el caceroleo del balcón, en el pasillo del edificio, en la fila del negocio para comprar el pan, en la calle codo a codo, mano a mano, cuerpo a cuerpo. Habíamos vuelto a cantar “El derecho de vivir en paz” o “El baile de los que sobran” desde nuestras ventanas durante el toque de queda impuesto por Piñera. Ver a los milicos custodiando la ciudad nos traía los peores recuerdos de la dictadura. Nos parecía una pesadilla de la que queríamos despertar con urgencia. Pero estábamos juntos y tomábamos las calles. Rebautizamos la Plaza Baquedano como Plaza de la Dignidad y métale marcha, métale caceroleo. Llenábamos nuestros rociadores de agua con bicarbonato para humedecer los pañuelos y las caras de los manifestantes cuando las bombas lacrimógenas o el gas pimienta arrojados por la policía nos ahogaban. Coreábamos y saltábamos en perfecto desorden, confundidos entre la multitud. Las calles se llenaban de grafitis y consignas, los muros hablaban por nosotros. “Salud digna”, “Pensiones justas”, “Educación pública de calidad”, rezaban nuestros lienzos. Pero también: “Me hace falta pancarta para toda la rabia que tengo”, “No a la Constitución pinochetista”, “Chile despertó” o “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. La policía nos golpeaba, nos abusaba y nos sacaba los ojos, pero la rabia y la conciencia de la precariedad eran drogas que nos animaban para seguir en la calle. Proyectábamos un proceso constitucional que tenía muchísimas imperfecciones y estábamos discutiéndolas, porque nos movía ante todo la idea de que al fin cambiaríamos ese instrumento heredado de la dictadura, el texto legal que no garantiza los derechos sociales sino que los fija como mercancías. Íbamos a cumplir cinco meses en ese despertar colectivo cuando llegó la pandemia y nos recluyó. Adiós abrazos, manos, besos. Cambiamos las capuchas por las mascarillas, pensamos que si nos cuidamos individualmente estamos cuidando a los demás. Llenamos los rociadores de agua con cloro para desinfectar las bolsas de basura y mitigar el riesgo que corren los trabajadores del aseo. Queremos pensar que el confinamiento nos llega con el chip de lo colectivo ya incorporado. Algo aprendimos durante estos meses, nos decimos. La rebelión de octubre fue una suerte de adiestramiento, nos repetimos. Porque sabemos que lo que está en juego acá, justamente, es la precarización de los más de dos millones de trabajadores informales que no tienen seguridad social, de los migrantes, de los presos que son tratados como desechos (hay contagiados en algunos centros penitenciarios y sabemos de un centenar de jóvenes detenidos durante la revuelta, que no han sido procesados y hoy cumplen prisión preventiva), de las personas que viven en la calle, de los ancianos que reciben pensiones de miseria, de los trabajadores de la cultura que siempre han sido ninguneados por un sistema que sólo mide logros productivos. De un orden que todo lo mercantiliza, incluida la enfermedad. Ver al ministro de Salud, que durante el estallido social dijo que Chile tenía “el mejor sistema de salud del planeta”; el mismo que en la administración anterior de Piñera manipuló las abultadas listas de espera de los hospitales para presentar un falso avance en la salud pública; ver a ese personaje anunciando ahora que el gobierno arrendará hoteles y centros de convenciones del sistema privado para enfrentar la crisis; verlo decir que quizás el virus pueda mutar y convertirse en “buena persona” es una burla que acrecienta la rabia previa al estallido. Ver el dictamen de la Dirección del Trabajo estos días, que establece que en casos de fuerza mayor —como la cuarentena decretada en algunas comunas del país—, los empleadores no estarán obligados a pagar las remuneraciones de sus trabajadores es otra bofetada, otro punto para la indignación. Ver que el presidente anuncia un bono único de 58 dólares para las familias más vulnerables y la postergación de las deudas por los servicios básicos, pero que en ningún caso elimina ni subvenciona estos cobros ni garantiza un ingreso digno para quienes quedarán cesantes o verán disminuidos sus ingresos es una evidencia más de un sistema indolente, uno que prio / riza el negocio sobre la solidaridad. Éste es el baile de los que sobran en su versión más cruel. La Plaza de la Dignidad fue enrejada por los militares durante los primeros días de toque de queda sanitario, los grafitis fueron borrados y sólo persiste en el cemento una enorme pintada de la marcha del 8 de marzo que dice “históricas”. Tenemos la sensación —o el deseo o la fantasía— de que apenas pase la emergencia sanitaria, volveremos con todo. Estaremos más golpeados, aún más precarizados, aturdidos y dolidos por estos días extraños. Quizás nos costará volver a abrazarnos. Pero seguiremos despiertos, listos para retomar lo que empezamos el 18 de octubre.
Funámbulo sin cable de protección
Mario Bellatin
México, 1 de abril—



Ministros, comisionistas y vagabundos
Marcos Giralt Torrente
Madrid, 2 de abril— Madrid, la ciudad donde vivo, parece desierta. La transitan casi en exclusiva coches de policía, ambulancias y —hasta hoy— fantasmales autobuses urbanos con el único pasaje de su conductor. Apenas hay peatones salvo los privilegiados dueños de perros o los solitarios que acuden a guardar distanciada cola a las puertas de los supermercados. Si desconociéramos las causas, nos regocijaríamos. Es posible escuchar el rumor del agua en las fuentes; el aire ha recuperado su frescor; nadie te roza. La ciudad, toda la ciudad, se muestra de una forma nunca vista: infinitamente menos agresiva pero también más frágil. Lo más similar —un mero reflejo costumbrista—, ese único minuto de algunas madrugadas de vuelta a casa, cuando el alcohol y las prisas por la mañana incipiente se conjuraban para convertir en demasiado fugaz cualquier epifanía.
Mi barrio, Justicia, está en el centro más centro y mi casa, a unos pocos metros de la Gran Vía. Hasta hace dos semanas no tenía más que doblar un par de esquinas para toparme allí con una amalgama de coches atascados y de multitudes humanas entrando y saliendo de oficinas, de restaurantes de comida rápida, de cines y de grandes tiendas de multinacionales textiles. Esta mañana he cruzado esa frontera que me aleja de los aledaños de los tres comercios en los que normalmente me aprovisiono porque, tras varias intentonas fallidas de hacerme con mascarillas protectoras, a través de una app de ayuda mutua vecinal he sabido de una farmacia en la que subsiste un stock agonizante. Adivinaba lo que me encontraría y todos los pensamientos estereotipados que cabía esperar —el decorado vacío, el hormiguero despoblado— han hecho aparición. Temeroso de ser interceptado por la policía, no me he atrevido a más. He llegado a la farmacia, he pagado por un par de mascarillas seis veces su precio real y he emprendido el regreso más calmado, con el salvoconducto que éstas me proporcionaban.
La mañana era fría pero luminosa, sin nubes, con un sol venturoso que iluminaba hasta el más extravagante rincón. Distinguía cada jardinera, cada banco, cada farola y, más arriba, cada marquesina, cada ventana, cada cornisa. El espacio se asemejaba a una realidad aumentada en la que los edificios, restituida su escala real, parecían sobredimensionados. Un escenario demasiado grandioso para los pocos enmascarados que lo mancillábamos. En 15 minutos de paseo no creo que me cruzara con más de cuatro. Ensimismados, apresurados, obedientes, con la mirada baja reacia a concederse el privilegio de la curiosidad. Luego, de pronto, he empezado a fijarme en los homeless, en los clochards, en los vagabundos que han rehuido el confinamiento en el albergue habilitado para ellos. Tampoco eran muchos, los suficientes para que haya llamado mi atención su resiliencia. Quietos en sus oteros, alucinados, con esa indefensión contemplativa de quien concede a los asuntos de los hombres la misma inexorabilidad que a los fenómenos naturales, me han hecho pensar en estatuas trágicas y de inmediato no he podido evitar sentir que todos lo somos.
El otro día Alain Touraine decía en una entrevista que lo que más le impresiona del momento actual es el vacío, la ausencia de actores, el desgobierno. Por encima de los ciudadanos no parece haber nadie. Nuestros dirigentes es- tán tan perdidos como nosotros, sin respuesta ante los retos contemporáneos. Lo único que habría hecho esta crisis sanitaria, así como la económica que se avizora, es ponerlo más a la vista. Y con celeridad se suceden los pronósticos. Proliferan en los periódicos, en las televisiones, en las radios, en el interior de las casas repletas. Los vagos vaticinios de quienes sostienen que todo va a cambiar pero no se atreven a señalar cómo, los apocalípticos que auguran desgracias sin fin, los esperanzados que fantasean con la defunción del neoliberalismo culpable, los flemáticos para quienes el drama prometido se diluirá más pronto que tarde en una especie de gigantesco efecto 2000.
Al parecer uno de los principales inconvenientes con los que se están topando los países que intentan en estos días comprar respiradores mecánicos es que la producción proveniente de China la acaparan comisionistas que los retienen para hacer subir su valor. Mientras tanto, el ministro de finanzas de un país tan civilizado como Holanda, un paraíso fiscal encubierto, nos regaña a españoles e italianos por no haber hecho más con el superávit de los últimos años, olvidándose de que una parte fundamental de éste se fue en pagar los rescates diseñados en la última crisis para que nuestros bancos no dejaran de bombear los intereses con los que otros financiaban su confort. ¿De quién es el futuro? ¿De ellos o de los miles de sanitarios que arriesgan su salud para salvar la de otros?
Los náufragos
Pedro Mairal
Buenos Aires, 3 de abril— Somos náufragos de balcón. Nos saludamos de lejos desde las naves apestadas, con señas, mensajitos, gritos largos que atraviesan a medias las corrientes del viento de la calle. A las nueve de la noche se instaló, a través de redes y noticieros, la costumbre italiana o española de aplaudir a los profesionales de la salud que están peleando en la primera línea contra la pandemia. En Buenos Aires primero fueron los aplausos, una descarga colectiva, una nueva sensación de hermandad. Muy puntual. Alguien publicó en Twitter: Si ponés el arroz 20:50, los aplausos te indican cuando ya está listo. Otra escribió:Estábamos cogiendo con mi encuarentenado, tuvimos como hace tiempo no nos pasaba un gran polvo cósmico de orgasmo simultáneo y, cuando nos derrumbábamos en la gloria, el barrio entero nos empezó a aplaudir. Eran las nueve.
Y a esa hora empezó a sonar la música. Acá tengo que decir algo cruel: no somos Cuba. La música es ponerse de acuerdo, escuchar lo que propone el otro y sumarse al tempo, a la armonía, es decir, es colaboración. Tengo idealizada musicalmente a Cuba, por culpa del Buena Vista Social Club, y por culpa de videos de YouTube que los turistas filman por las calles de La Habana. Alguien con unas congas, otro con un tres, se agrega un trompetista y una cantante por la calle, y hacen una versión de “Lágrimas negras” improvisada en un umbral, como nunca escuchaste antes. Se suman. Hacen música. En Buenos Aires empezó como una competencia de talent shows.
Uno sacó los parlantes al balcón y tocó bastante bien el Himno Nacional con el bajo. Pero al día siguiente el saxofonista de la cuadra quiso hacer “Adiós Nonino”, de Piazzolla, y se superpuso con los (probablemente) hermanos que querían hacer “De música ligera”, de Soda Stereo, con batería y guitarra eléctrica y micrófono. Se chocaron las músicas. Cada uno, sordo del otro. Y no aflojaban. El ruido del infierno son simplemente dos armonías alienadas que suenan en paralelo. Esos momentos de las ferias donde se entrecruzan las canciones de dos músicos callejeros y surge de pronto la banda sonora del terror.
No hubo consenso entre los músicos. Y la sensación de hermandad colectiva, la impresión de que somos una aldea global enfrentando esta dificultad, la unidad de los argentinos frente a la pandemia, se empezó a resquebrajar. Una especie de individualismo jodido se hizo notar. Muy sutil aún. Se peleaban por el prime time de las nueve para lucirse. Los músicos de monoambiente, los guitarristas de sofá, los multiinstrumentistas que se graban ellos mismos cumpliendo todos los roles de la banda en pantalla dividida, querían tener su momento, su escenario colgante. Y se pisaban. Los aplausos igual eran generosos, para uno, para otro. Bravo.
Pero algo nuevo empezó a aparecer, un disenso más hondo. Quizá en la Argentina no soportamos tanto tiempo la buena onda. Estamos encerrados, caminando por las paredes y la bronca tiene que salir por algún lado. Encima tenemos la desgracia de estar pegados a un país modelo. Los dirigentes políticos uruguayos decidieron mancomunadamente bajarse los sueldos para aportar con el dinero sobrante la compra de recursos sanitarios. En la Argentina se les pidió ajuste a los ciudadanos, pero el poder político hasta el momento no se bajó los sueldos. La espuma social subió en silencio, primero. Fue creciendo la bronca de los que no los votaron. Se programó un cacerolazo. La gente se empezó a embanderar, se prepararon para la contienda.
La primera noche sonaron todavía los aplausos de ánimo y apoyo humanitario, también cantó algún músico al que le quedaban aún ganas de figurar. Y a las nueve y media empezó a sonar puntual un cacerolazo tintineante, de teflón, nada de aluminio tóxico y ruido a lata, un cacerolazo wok, cacerolazo Essen, acero alemán, templado, casi cuenco tibetano. Cuando se silenció el ruido, una mujer les gritó en el balcón con la furia de sus pulmones sanos: “¡Barrio de garcas, barrio de desagradecidos, cacerolean, caceroleensé la chota!” Alguien la grabó con el celular. Se viralizó en tiempos del coronavirus la reacción de la mujer empoderada. A la noche siguiente ya el aplauso de las nueve fue claramente de apoyo al gobierno y el cacerolazo fue antigobierno. Y aparecieron gritos a los caceroleros: “¡Garcas! ¡Gorilas! Viva Perón, carajo!” Insultos cruzados, de edificio a edificio, de balcón a balcón. La violencia del encierro abrió las jaulas de la cuarentena y los gritos desaforados llenaron el aire de las cuadras.
A la mierda con la hermandad sanitaria. ¡Qué lindo putearse! Desde el anonimato oscuro de la cuarentena pandémica, putear a otro desde la sombra. Cada balcón un púlpito, un paraavalancha donde aguantar los trapos, orgullo de barra brava que muere peleando solo, porque el otro es todo lo que pensaste y peor, peor, es más gorila, es más peroncho, es el enemigo, es todo lo que está mal, es el culpable de la miseria de este país hermoso. ¿Y el aplauso emocionado? ¿Y el aviso de Coca-Cola —aún no filmado pero ya protagonizado por todos— con la humanidad cantándole a enfermeros y médicas y camilleros? ¿Y los ojos húmedos del amor por el prójimo? Qué poco que duró.
Mientras tanto en el planeta se apilan los muertos. Buscan camiones frigoríficos para guardarlos. Los dejan abandonados en las calles. Improvisan morgues en pistas de patinaje sobre hielo. Crece la cuenta de las bajas. Se viene el Apocalipsis pero vos estás peleado con tu vecino. Hace 15 días estabas preocupado por algo que sucedía del otro lado del mundo, pero no sabías que tu vecino necesitaba unos pesos para los remedios de su hijo. Ahora lo conocés, sabés que es del partido político contrario. Lo marcaste. Le hiciste la cruz. Inquina, saña, veneno, guerrita de cárteles en el ascensor, denuncias, ejércitos de sombras para la puerta de al lado. Afuera, sin cuarentena, deambula gente desesperada. ¿Quién te va a salvar dentro de algunas noches cuando llegue el fin del mundo? ¿Y vos, a qué náufrago vas a sacar del agua negra?
Butman
Chiara Valerio
No hay nada más efímero que darse cuenta.
Fleur Jaeggy
Milán, 4 de abril— Me gustaría seguir imaginando a los murciélagos como los hermanos de Batman. Y sin embargo no consigo pensar en ellos más que como alimento. Comestibles, preciados, murciélagos deliciosos en los mercados de China que son vendidos y devorados y que, entre estos dos verbos, como en ángulo, colgados de cabeza, diseminan un virus que nos infectará a todos. Mejor dicho, que ya nos ha infectado. La primera sorpresa de este mes tiene que ver, así, con mi imaginación: cuando pienso en los murciélagos me los figuro cocinados. ¿Es posible, me pregunto, caminando alrededor de la mesa, que un superhéroe como Batman —no un verdadero superhéroe, se entiende, sólo es rico, su superpoder es el dinero—, es posible que el superhéroe del capitalismo y de la orfandad más desenfrenada le deba hoy su fortuna y su imagen a un platillo típico? Por otro lado, como decía Benjamin, y estoy de acuerdo, el capitalismo no tiene días feriados y no tiene santos, pero sin duda tiene un superhéroe. Entonces pienso que es natural que lo tenga, pues el objetivo del capitalismo es el mismo que el del superhéroe: el bienestar. El dinero es tan inmaterial como el sueño, pero a diferencia del sueño tiene una gramática de divisas, intereses, títulos de crédito fuertes y confiables, creativos, como las más grandes historias del mundo. Así, es justo que Batman se convierta en un asado de murciélago, particularmente ahora que el capitalismo revela sus defectos y ve menoscabado el último recurso natural disponible y con un costo de producción de casi cero: nosotros. Me gustaría mucho poder saborear a Batman, pero no consigo encontrar murciélagos, ni siquiera las variedades locales que suelen resultarme simpáticas porque, además de enredarse en el cabello, se comen los mosquitos. Y yo odio los mosquitos. Como no consigo murciélagos muerdo la batiseñal que uso como mouse pad. Que usaba. Porque ahora los mouse pads son obsoletos, están pasados de moda. Pero no quiero hablar del mouse pad, que de todos modos no es comestible; me gustaría decir que en el futuro cambiarán las cosas que ya cambiaron. Aunque el futuro parezca lejísimos. Si hubiera logrado quedarme niña no me habría importado; el pasado habría sido “hace unos días” y el futuro “dentro de unos días”, y en cambio hoy estoy contando. Los conteos siempre resultan espantosos. Como las listas.
Las listas lo contienen todo. Las propiedades y las deudas de un ser humano, las necesidades cotidianas y los deseos. Pasado y futuro, y tal vez también presente. Las listas contienen a los vivos y a los muertos. Las listas son la base del patrimonio de una persona, y la base de las recriminaciones y las loas. Antes de salir hacia la casa o al trabajo se ordenan las cosas que se llevan y las que se dejan atrás. Se enlista, siempre, todo lo que tiene un valor real, simbólico o afectivo, y lo que no lo tiene. Cuando una persona muere, al ordenar se hace una lista de las cosas que ha dejado. Las listas son vertiginosas, establecen lugares geográficos y son juegos de mesa. Y las clasificaciones son listas. Las personas compran con base en listas compiladas por otros a los que se les paga por hacerlo, y se rinden diariamente a la fascinación de los bienes, porque en la lista de la compra ya está aquello que falta en casa. Las listas son la versión explícita de nuestras posesiones.
Las personas tienen miedo a los números porque los números ordenan las posesiones, que no son un acto sino una conquista. Ser algo o alguien. Tener algo o a alguien. El dinero es el único número que todos aspiran a conocer íntimamente, es la medida de las personas. Una medida precisa. Como altura, peso, teléfono y rfc. Una banda transportadora, una cadena de montaje, un trabajo organizado en turnos, objetivos, pasos y de nuevo una lista. En las listas, como en el amor, el tiempo no existe. En los catastros neoasirios están inscritos lo niños, medidos en palmos, para poder contarlos, a los pocos años, como parte de los nuevos ciudadanos adultos. Es otro tipo de divisa. En las listas de difuntos, los muertos todavía tienen un nombre. Las cosas que pueden ser nombradas existen. Por eso las personas temen también a los nombres. Pero no quiero concentrarme en las listas, querría concentrarme en el futuro y en que existen al menos dos formas intuitivas de representarlo. La de siempre: un plano cartesiano, el tiempo en el eje horizontal, el espacio en el eje de las ordenadas. El tiempo corre y el espacio cambia, dibujando una gráfica, un trayecto. Pero observándolo me doy cuenta de que ya no tiene sentido, porque todos somos función del espacio. Somos como Batman sin batiseñal, encerrados en casa. Entonces. Consideremos el espacio en el eje de las abscisas y el tiempo en el eje de las ordenadas, porque estamos detenidos, el tiempo se acumula en vertical. Estamos congelados, cada uno en su casa, bajo diversos niveles de presente. Cuando el tiempo se acumula no pasa, por eso, a veces, durante el día y a pesar de la luz, no sé qué hora es. El tiempo me rodea y todo el futuro se vuelve presente. Una torre de presente. Es por esto que creo que cambiará aquello que ya ha cambiado. Cuando el futuro se reanude, no sé cómo, tendremos muchísimo presente que digerir. El presente indicativo de estar en el mundo.
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Me doy cuenta de que abandonar la idea del Batman superhéroe para pasar a la realidad del Batman cocinado puede resultar peligroso. Sin embargo. Hay que considerar la circunstancia. O al menos la revelación. Con 42 años cumplidos pensaba en mi vida, satisfactoriamente encauzada, como una vía cuyo recorrido y horizonte podía intuir. Y que mis aventuras serían, esencialmente, interiores. Y en cambio ya no es así. No es que las vías se hayan recorrido: es la posibilidad la que se movió. No me gustan los cambios. Nunca me han gustado. Cuando tenía 10 años el maestro de primaria nos pidió que desarrolláramos en un ensayo qué había cambiado después del verano, y yo escribí —lo sé porque mi madre conservó esas líneas en el libro de corcho de las cosas importantes—, escribí Puesto que la muerte es el cambio más grande que pueda ocurrirle al hombre, espero que después del verano no haya cambiado absolutamente nada. La verdad es que no hay nada extraño en este texto; los niños hablan con frecuencia de la muerte y matan moscas, lagartijas, mosquitos.
Como sea, y a pesar de que no me gustan los cambios, me agradan las posibilidades. Y este virus dramático e inesperado las ha abierto. O tal vez pienso todo esto porque durante muchos años estudié matemáticas y sé muy bien —saber como recordar— que la existencia de las soluciones depende del conjunto en el que se mueven. Y así, al haber cambiado el conjunto dentro del cual nos movemos no podemos tener las mismas soluciones a los mismos problemas. Incluso podrían no existir soluciones, pero mi talante no me permite pensarlo. De modo que leo. Leo mucho. Debo decir que lo único que consigo leer sin pensar en nada más, que casi me cambia la respiración, como si hiciera yoga, es Dürrenmatt, La guerra invernal del Tíbet, La muerte de la Pitia, La promesa. Una escritura en la que la razón apenas puede iluminar una pequeña fracción de la realidad. Me refiero a la razón humana. Tal vez existen otras razones. Qué significa razón cuando las formas de vida son distintas de la nuestra. Qué significa razón, vida, inteligencia, conciencia. ¿Tiene sentido definirlas? Por ejemplo, ¿qué piensa, cómo razona, tiene una conciencia el océano de Solaris? Me lo pregunto mientras adapto para Radio Rai 3 la novela de Lem. También consigo leer Solaris, tal vez por la misma razón. Una escritura donde la razón evidentemente no es suficiente. Escritura donde el contexto conocido también revela ser otro. Como para nosotros. Como para mí. Tenemos la posibilidad de razonar con todo el cuerpo, cada uno con el propio y como cuerpo colectivo.
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No creo que el virus se combata con libros, pero sé que si Primo Levi contó en La tregua que consiguió sobrevivir a la deshumanización gracias a gestos comunes que pertenecían a su vida previa, como lavarse y arreglarse la barba aunque sólo tenía a la mano agua sucia, yo —como todos— puedo seguir las reglas que nos indican los médicos y los investigadores, las prácticas para evitar el contagio y desacelerarlo. En los libros no está la solución, pero sí otras formas de vida, en el tiempo y en el espacio. Aventuras no sólo interiores. Y pensar que la propia forma de vida y de consumo no es la única podría ser ya un principio de solución. En los modelos matemáticos de dispersión de las epidemias y, en general, cuando se habla de soluciones, como decía antes, se evalúan las condiciones del entorno. No existe una solución en sí misma; depende del entorno. Evaluar las condiciones del entorno significa entender las características del conjunto, del mundo, sobre el cual actuamos. Con base en estas características una misma ecuación puede admitir o no admitir solución. Primo Levi cuenta cómo se salvó de un flagelo externo gracias a una praxis. Tuvo suerte, claro, pero también tenía una praxis.
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Así, me lavo las manos. Pero tras cuatro semanas de incansable, responsable y necesario lavado de manos me siento lady Macbeth. En el caso de esta señora lavarse las manos obedecía a una indeleble mancha de sangre causada por una culpa indeleble. Pero en mi caso, ¿de dónde viene esta exigencia continua de lavarme las manos? Soy una mujer occidental blanca nacida a fines de los años setenta del siglo xx. Desde el punto de vista social probablemente me parezco más a mis abuelos que a mis padres. Nacidos a inicios de los años 50 del siglo pasado, mis padres formaron parte de la generación que luchó y obtuvo el divorcio, servicios de salud, amortiguadores sociales. Yo trabajo por honorarios y tengo el mínimo de todo, cuando tengo algo; para mí la palabra “vacaciones” y la palabra “bono” son como la pregunta que lady Violeta, interpretada por Maggie Smith, hace en Downton Abbey: “¿Un fin de semana? ¿Qué es eso?” Mis abuelos, que nacieron durante la primera década del siglo xx, tenían la experiencia directa (o casi) de la gripe española y del tifus, y vivían en un sistema de salud precario. A mí ya me tocó ver el VIH, el ébola, la influenza aviar y ahora el coronavirus, y vivo en un sistema de salud pública excelente que todavía no puede controlarlo todo. En Italia le estamos pidiendo a nuestro sistema de salud lo que le pedimos, desde fines de la década de los años 90, a la escuela pública: que se enfrente a la educación sentimental obtenida gracias y a pesar de la familia, a las tardeadas de la iglesia, los partidos políticos o el sindicato. Y no se lo pedimos a la institución, que está acéfala, sino a los doctores (tal vez sin mascarilla), como se lo pedimos antes a los maestros. Las cosas en nuestro interior tienen que cambiar. Cada uno de nosotros es el sistema de salud. Somos el sistema de salud nacional, somos la educación pública. ¿Es más difícil ser Batman?
Quiero subrayar que esta excepción, fantástica y racional, de organizar la sociedad y amortiguar las dificultades económicas de los ciudadanos, ya tiene algunas generaciones. Por motivos distintos, antes y después no ha habido más que incertidumbre, y soluciones cuya enorme y justa accesibilidad, en un momento como éste, no puede dejar de parecer insuficiente. Sin duda pueden mejorarse, pero yo, a diferencia de mi abuelo, no corro el peligro de morir de sarampión. Tengo que recordarlo, porque la vida está marcada todo el tiempo por incidentes y accidentes que hacen que la suerte y los momentos sean los que son. El significado de esta composición de vacíos y llenos es obligarnos a valorar los accidentes, incluso el coronavirus 2019, no sólo desde el punto de vista médico sino también desde un punto de vista cultural.
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Busco la mancha en mis manos y la encuentro. Será por Batman que le pertenecía al capitalismo, será porque estoy paralizada bajo una torre de presente. Las máquinas provienen de la Revolución industrial, y hasta ahora no pensé que fuera real. Inmutable, estable. La sobreproducción es una revolución industrial y no existen revoluciones industriales que no se cobren víctimas. ¿Gozar de la sobreproducción, desinteresarse de la estacionalidad de las verduras, del origen del pescado y la carne, pensar que la sed de conocimiento y haber estudiado nos dan derecho a los viajes de bajo costo, subestimando su impacto ambiental, significa que nos manchamos con una culpa que nos dejó señales invisibles en las manos? Y no he aprendido nada, si quiero comerme a Batman. O tal vez he aprendido pero no he entendido. O tal vez entendí pero no aprendí. Navego entre esas cosas, pero —but, como escriben los angloparlantes—. Butman, pienso. Butman. Si dejo a Batman queda Butman, la aventura de las adversativas. Una adversativa, al inicio de una oración, indica en italiano que se pasa a un nuevo argumento. Pero. But. Este cambio de argumento implica, por ejemplo, que si compro una lonja de salmón y la veo de color rosa, y me digo Ay, qué lindo, debería pensar que seguramente es un color artificial, porque probablemente este salmón no fue pescado. El color posiblemente se debe a una sustancia que se llama xantina. Lindo nombre, por lo demás.
Mañana volverá a ocurrir lo que ya ocurrió hoy. Las cosas suceden cuando las aceptamos, y las aceptamos o nos las aceptamos cuando nos conciernen. Aceptaremos que nuestras libertades personales valen sólo en la medida de lo que valen las de nuestra comunidad. Que en cualquier escala de tamaño: ser humano, condominio, barrio, ciudad, país, mundo, el valor de las libertades individuales debe ser equivalente al de la comunidad.
Pienso en los fractales. Figuras geométricas que se caracterizan por la repetición al infinito de un mismo motivo en escalas cada vez más pequeñas. Un fractal es un conjunto que goza de la propiedad de la autosemejanza, es decir la unión de una cierta cantidad de partes que, al ampliarlas en un factor determinado, reproducen todo y pronto generan un grupo de copias de sí mismas a diferentes escalas. Los fractales tienen una estructura fina que revela sus detalles con cada amplificación, de modo tal que no es posible definir en forma clara y absoluta los límites y el interior. El interior de nuestros errores es un fractal. Desde el salmón que me como y mis ganas de probar a Batman hasta la hiperproducción. Si el interior de los errores humanos y de los sentimientos humanos es fractal, ¿podría serlo también el de nuestra libertad? Y si lo es el de nuestra libertad, ¿podría serlo también el de nuestra economía?
Así, ¿comprenderemos que tenemos la oportunidad, la necesidad de aplanar las desigualdades económicas entre persona y persona, entre región del mundo y región del mundo?
Yo mientras me quedo con Butman, el superhéroe de las adversativas, y también, tal vez, de las alternativas.
Traducción del italiano: Renata Parés
Viruses, marzo 31
Martín Caparrós
Campiña madrileña, 5 de abril— Nevó.
Esta mañana al levantarme veo las copas blancas de los árboles: en mi sierra ayer noche nevó, y es primavera. Esta mañana al levantarme las copas blancas de los árboles me regalaron ese placer idiota que la nieve te trae: volverte nene, disfrutar de algo que te da igual. Nadie, (digo nadie porque quiero decir nadie) podía prever que nevaría pero anoche nevó. Ahora ya nadie puede prever. Es primavera.
Prever es lo que hacemos. Prever nos hace humanos. Prever es lo que nos deshace.
Ahora no sabemos. De verdad no sabemos. Siempre decimos que sabemos que no sabemos pero creeemos que sabemos. Ahora no sabemos. Es vertiginoso no saber. El vértigo es mirar y prever y cerrar fuerte los ojos ante eso que prevés: cerrar los ojos.
Pero ahora ni siquiera: no sabemos. Está la nieve y está, faltaba más, el miedo.
Los ojos bien cerrados, bien cerrados.
Ahora no sabemos. El futuro se fue. Quedan el miedo, la nieve, la certeza de que ya no sabemos. En la vida aquella que teníamos teníamos la osadía de prever. Sabemos que pueden pasar cosas, que aquello que prevemos puede no suceder. Que puede haber fallos, suspensiones, infartos, un olvido pero somos buenos para olvidarlo, buenos para creer que haremos eso que prevemos: somos buenos.
Para cerrar los ojos.
La nieve es como un bálsamo que cambia los colores. Nada más cambia los colores: cambiarlos es la prerrogativa de la nieve. Cambiarlos: demostrar que no son siempre lo que son, que ya eran otros.
Hay nieve: es decir que nevó. Ahora no prevemos. Estamos encerrados, sabemos –casi con certeza– donde estaremos, sabemos –casi con certeza– qué haremos mañana y pasado mañana como nunca supimos –casi con certeza y en el casi se esconde todo el miedo–, sabemos lo que haremos porque no podemos hacer nada: cuando más claro está lo que haremos día a día más oscuro está qué haremos cuándo, más adelante, cuando todo vuelva si es que vuelve. Porque ahora vivimos en el presente pleno como nunca sin futuro, sin prever, pendientes de un animal desconocido –que somos y la nieve.
El presente por fin nos atrapó. Nos atrapó el presente, y atrapar es un verbo que suena.
Prever en cambio es un deporte: puro esfuerzo que sólo sirve para gritar los goles que sólo sirven para gritar los goles. Prever es un deporte suspendido. Hay nieve o sea que ahora sabemos (dolorosamente lo sabemos, Sócrates es un huevón, con la filosofía poco se goza) que no sabemos nada.
Y hoy mañana pasado mañana deberán ser, deberían ser iguales, casi iguales.
Que todo pasa cuando quiere como quiere, que todo pasa, que no sabemos nada. Lo hemos dicho veces, tantas veces y recién ahora sabemos que no sabemos nada. Que todo puede no ser lo que había sido, lo que era. Prever es un deporte de interiores.
Afuera, allá lejos, afuera las copas blancas de los árboles. Nada, casi nada. Nieva allá lejos, nieva como todo: afuera.
La plaga número 11
Gina Zabludovsky Kuper
México, 6 de abril— En un intento por negar la realidad abordamos una nave que ilusamente nos promete cumplir con las reglas para que nuestro viaje sea seguro. Bien sabemos que, ahora, todos los trayectos son inciertos. Tanto las embarcaciones marítimas como las terrestres y las aéreas son portadoras del virus mortal.
Es de noche y observamos las constelaciones. Desearíamos confiar en los astros. Extenderles una plegaria como si fueran dioses, pensar que no sólo tienen aptitudes para iluminar el cielo sino también para cambiar nuestro mundo.
Quisiéramos creer que tenemos una funda neumática que nos permite avanzar rápidamente a otros planetas, pero bien sabemos que nos resulta imposible. Las únicas fundas que usamos son las que cubren la mitad inferior del rostro para tratar de protegernos. La Tierra está infectada y la posibilidad de huir a otros mundos es sólo una quimera.
El corazón nos golpea el pecho. Imposible cambiar nuestro rumbo. Sabemos que se aproxima una lluvia tóxica interminable que caerá sobre nosotros. Los caminos de partida están todos cancelados. Sólo hay rutas de regreso al país de residencia. El retorno es una odisea con amenazas mucho mayores que las sorteadas por Ulises. A diferencia de las sirenas, el nuevo enemigo es silencioso y no basta taparse los oídos para evitar ser atrapados.
En la actualidad las únicas naves que operan con eficiencia son las virtuales, de las que cada vez nos hacemos más dependientes. Aunque también son atacadas por los virus que habitan en sus propios sistemas, éstos todavía no alcanzan a introducirse en nuestras mucosas por lo que resultan menos letales.
Es la época de distopías y no de viajes fantásticos. Somos habitantes del cosmos de El último hombre, de Mary Shelley, de La peste, de Albert Camus, de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago y de los universos literarios de Margaret Atwood. Por profético que haya sido el genial Julio Verne, ahora cuestionamos si será nuevamente posible que alguien se transporte De la Tierra a la Luna y menos aún si sea posible dar La vuelta al mundo en 80 días.
Simbad el marino ya no puede emprender aventuras ni confundir islas con ballenas. Tiene que quedarse en Bagdad donde los grandes lujos ya no representan nada y el harén está lleno de mujeres y de eunucos contagiados. Tampoco Aladino puede volar; a su alfombra se le acabó la magia y permanece aferrada a la tierra.
El Principito no entiende por qué los dibujos del nuevo enemigo se parecen tanto a los que él hizo de su mundo, y lamenta que para mostrar los peligros actuales los seres humanos sigan aferrados a los números y a las frías estadísticas. Caperucita Roja está muy triste porque tiene prohibido visitar a su abuela y, enclaustrada, se da cuenta que todos los caminos están repletos de minúsculos bichos invisibles que son mucho más peligrosos que un lobo. El pobre de Peter Pan llora sin cesar. Está frustrado por no poder visitar el país de Nunca Jamás. Cuando ejercita sus dotes diariamente, cuando se eleva sobre las camas del cuarto de los niños, se suele golpear con el techo por lo que hoy sufre de varias heridas en la cabeza.
La única que puede viajar de forma clandestina es Alicia. La madriguera desde la cual desciende al País de las Maravillas está cerca de un árbol en el jardín de su propia casa y todos los días se escapa unos momentos para visitar al conejo blanco y sus amigos. Los otros integrantes de su familia, que viven el aislamiento con una intensa angustia, no pueden entender por qué ella permanece alegre y están convencidos de que es una lunática.
Con desesperanza, Dante se da cuenta de que ya no podrá dejarse conducir por Virgilio ni ascender al Paraíso acompañado de Beatriz. Quisiera cambiar el infierno que ahora se vive en la Tierra por aquel que él mismo ideó y, así, pasar la cuarentena conviviendo con filósofos y poetas. Robert Louis Stevenson añora visitar nuevamente La isla del tesoro y Mark Twain no entiende por qué le restringieron nuevamente sus viajes al Mississippi ya que la última vez que lo habían hecho fue durante la Guerra Civil. Después de visitar varios lugares remotos de su natal Verona, la condición psíquica de Emilio Salgari es especialmente delicada: está a punto del suicidio ya que no logra entender cómo esta epidemia le pegó con especial rudeza a su país, y no a los lugares exóticos y llenos de aventuras que él había visitado. Por su frágil salud y padecimiento asmático, Marcel Proust tiene que tomar cuidados especiales y evitar las visitas a la falsa aristocracia parisina. Sin embargo, su encierro será más llevadero. Está harto del esnobismo de los salones y finalmente sabe que el verdadero mundo está en la memoria. Para sentirse complacido, le basta recordar la magdalena que una noche le dio su madre.
Los únicos escritores que están rebasados de trabajo son Daniel Defoe y Giovanni Boccaccio. El primero tiene que aprender rápidamente a comunicarse por internet para enseñar a los humanos cuáles fueron las capacidades de Robinson Crusoe para sobrevivir en aislamiento. El segundo debe cumplir con los encargos de los residentes de Manhattan que se han ido a vivir de forma temporal a los suburbios y esperan, con avidez, un nuevo Decamerón que les permita inyectar cierta picardía al retiro forzoso de la gran urbe.
Pero los más alterados por la situación son los personajes del más popular de los textos fantásticos. Ahí Noé apela a la comprensión de Adonai ya que le es imposible cumplir adecuadamente con la tarea que le ha encomendado. A falta de pruebas médicas, le resulta imposible seleccionar aquella pareja de especies que no esté contagiada.
Moisés está especialmente desconcertado. Frente a la próxima celebración de Pésaj no logra explicarse cómo esta onceava plaga inesperada extiende sus daños a toda la población cuando Dios le prometió que los castigos sólo estaban planeados como venganza hacia los egipcios que esclavizaron a su pueblo.
El único que entiende lo que está pasando es Poncio Pilatos… por eso no cesa de lavarse las manos.
El Poble Sec vacío y límpido
Robert Juan-Cantavella
Barcelona, 7 de abril— Asomado a la ventana de mi casa en Barcelona veo cómo los árboles desmochados por el invierno empiezan poco a poco a recuperar sus hojas: diminutos brotes de un verde intenso que, bajo la lluvia de este cielo empañado por nubes bajas, resplandecen aún con mayor vivacidad. Ni yo ni mi hija de cinco años vemos a un solo ser humano en esta calle del barrio del Poble Sec. Ella, que ayer por Skype le decía a una amiga del cole “Tengo ganas de verte entera”, ha resuelto la falta de compañeros de su tamaño inventando identidades nuevas. Los últimos días hemos convivido con una tortuga parlante llamada Marta. Hoy, al despertar, me ha informado que Marta se fue, pero ha venido Martina, una perrita que, en esta ocasión, no habla, ladra.
No sólo son las hojas primaverales de los árboles. Dice el periódico que en Barcelona el aire es ahora más puro de lo que lo ha sido en el último siglo. Ha hecho falta que el virus nos confine en nuestras casas para que, fuera de ellas, se pueda vivir con cierta higiene. Parece que es necesario que no hagamos uso pleno de nuestras ciudades para que éstas resulten habitables, como en una película de zombies; como si los Homo sapiens fuéramos el virus de nuestras propias madrigueras. Un virus arrinconado por otro virus. La crisis de un virus contra otro virus.
Durante los últimos 20 años ésta es la quinta o la sexta casa en la que vivo en Barcelona. Mi estancia más larga duró siete años, puede que ocho, y fue aquí al lado, a tres calles. De modo que mudarme no hace mucho a este piso del Poble Sec ha sido un poco como volver a casa.
Al poco de llegar, me vinieron a la mente algunas películas que en su momento se llamaron sinfonías urbanas, como El hombre de la cámara, de Vertov, Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Ruttmann o A propósito de Niza, de Vigo; otras como Smoke, de Wayne Wang, donde el personaje de Harvey Keitel hace una foto de la misma esquina todos los días a la misma hora, o el diario de Hackney que durante años filmó Ian Sinclair (un diario en Súper 8 sobre el que escribe en algunos de sus textos y que yo sólo conozco a través de esas palabras). Todas ellas películas que retratan la ciudad, toman a sus habitantes como un elemento más, como una especie de textura moviente, les niegan el protagonismo que suele serles propio, crean una especie de imagen del tiempo urbano. Y decidí tratar de hacer algo parecido, coger mi camarita del tres al cuarto e ir grabando clips de distintos rincones del Poble Sec para dentro de unos años ponerlos todos juntos y ver qué sale.
Ahora, con el confinamiento, me doy cuenta de que el barrio desierto ofrece una imagen muy distinta y que, si sigo adelante con el proyecto de diario, esa imagen tan singular e inaudita no figurará en él. La gente que tiene perro sí puede salir a la calle a pasearlo. Miro a mi hija aquí al lado, junto a la ventana, y fantaseo con la idea de bajar a pasear a Martina, su última identidad, precisamente canina, y aprovechar para hacer algún video de esta crisis del barrio.
Últimamente, cuando los Homo sapiens le ponemos a algo el nombre de crisis no estamos señalando el problema, sino desvelando por anticipado la solución que le daremos. Cuando los bancos y las entidades financieras decidieron quedarse con los ahorros de los ciudadanos, le pusimos el nombre de crisis y dejamos meridianamente claro que la culpa la tenían ellos, los ciudadanos, y que eran ellos los que iban a pagar la cuenta, prescindiendo de derechos laborales y capacidad adquisitiva para pagarle a sus verdugos el rescate bancario. Cuando a la cuestión del clima y los recursos le pusimos el nombre de crisis organizamos diversas reuniones llamadas cumbres donde nuestros líderes, convenientemente endomingados, firmaron con gesto grave y pose adusta toda una serie de papeles debidamente timbrados con el firme compromiso de no volverlos a leer en la vida, y mucho menos respetar los acuerdos que en ellos, a modo de filigrana, de adorno vano, figuraban por escrito. Cuando el Mediterráneo empezó a llenarse de cadáveres de gente que huía de guerras, hambre y dictaduras, nuestras autoridades, siempre despiertas, tomaron las medidas necesarias para que esos cuerpos sin vida no mancillaran nuestras playas: el nombre que le pusimos en esa ocasión, claro, fue el de crisis, crisis de los migrantes.
No alcanzo a adivinar cuál será la solución que le daremos a esta pandemia, cómo saldremos de ella, pero la sanidad privada no colabora con la pública, las comunidades autónomas no comparten recursos entre ellas, la oposición ha decidido hacer campaña electoral contra el gobierno (total, sólo quedan casi cuatro años para las elecciones, y a quien madruga Dios le ayuda), los países de la Comunidad Europea siguen demostrando su sofisticada capacidad para alejarse de cualquier cosa que se parezca a una respuesta coordinada, tan ordinario y pedestre como eso resultaría. Así que todo marcha según lo previsto, el orden de los homínidos sigue imperturbable. Cuando en lugar de pandemia le llamemos crisis, supongo que quemaremos algunos hospitales en unánime señal de rechazo al virus, la historia del sapiens seguirá su curso y los que queden volverán a salir a la calle e infectar la ciudad.
Así que miro a mi hija y me digo que no. Que no bajaremos a pasear por el barrio a su amiga Martina. Que si alguna vez terminamos el diario en cuestión será sin las imágenes que hoy mostrarían un barrio vacío y silencioso. Que de todo ese aire límpido que ahora lo inunda, precisamente porque no estamos nosotros, mejor nos conformamos con el que entra por esta ventana. Que dejaremos que el Poble Sec disfrute mientras pueda de nuestra ausencia.
Del verbo tocar:
Las manos de la pandemia
y las preguntas inescapables
Cristina Rivera Garza
Freno de emergencia
Houston, 8 de abril— La frase es de Walter Benjamin:
Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.
Y viene a colación porque todo en estos días de pandemia parece llevarse a cabo en ese tiempo inédito inaugurado por la activación de la palanca de freno: la des-aceleración. No se trata, por supuesto, de la lentitud romántica de la que han escrito novelistas y activistas varios, sino de un impasse sin asideros en el que predomina la hipervigilancia y la ansiedad. La pandemia no es un remanso. Mucho menos de paz. Nos hemos detenido en seco, ciertamente, y aunque es claro que la mano que jaló el freno es una mano humana —el cambio climático y la alteración de ecologías terrestres son la forma misma del capitaloceno salvaje— es menos claro si ese freno será suficiente para transformar un sistema económico que, en su afán de producir la mayor ganancia posible, ha devastado sistemáticamente la Tierra. La así llamada normalidad, se dice mucho en estos días y con verdad, está en la raíz del problema que condujo a la pandemia. Y mucho se reitera la imposibilidad de regresar a ella, incluso si algunos así lo quisieran. Como lo comentaban vehementemente Angela Davis o Rita Segato, se abre ahora una posibilidad de reemplazar esa vieja normalidad con un mundo de solidaridades extendidas donde la conciencia de nuestra mutua interdependencia material y afectiva incluya de manera central a la Tierra.
Una mera aproximación
No pasamos por una revolución, pero sí por un cambio tan radical, tan diseminado por todas las esquinas del planeta, como para llamarlo un cambio estructural. No sabemos cuánto durará la transformación, ni cómo serán ni cuánto durarán sus consecuencias, pero vivimos estos días de pandemia con la ansiedad y la curiosidad del que ve fenómenos para los cuales todavía no existe lenguaje preciso. Vivimos con el botón de la hipervigilancia encendido. Somos la extranjera que, arrojada sin maletas en una ciudad extraña, se esfuerza por crear analogías para poder visualizar —entender es mucho más complicado— lo que sucede frente a sus ojos. Esto se parece a. Bien podría tratarse de. El proceso de traducción, que incluye a la experiencia y al lenguaje en que esa experiencia es enunciada, es trabajoso, a menudo francamente intransitable. En cada esfuerzo se nota que el lenguaje no acaba de embonar con los contextos inéditos y los fenómenos que, ya de maneras obvias o ya de maneras sutiles, obedecen a reglas que todavía no quedan claras. Cada esfuerzo es sólo una aproximación.
Del verbo tocar
Como el contagio se lleva cabo por cercanía, especialmente a través del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos. Parece una operación sencilla. No lo es. La máquina de producir mercancías nos ha acostumbrado a vivir bajo la ilusión de que somos incorpóreos. Podemos trabajar sin cesar. Podemos consumir sin cesar. Si estuviéramos en un cuento de la escritora salvadoreña Claudia Hernández seríamos esos personajes que, incluso muertos, incluso vueltos ya cadáveres, continúan checando la tarjeta de entrada al trabajo o sacando la tarjeta de crédito frente a las máquinas registradoras de los comercios. El capitalismo al estilo USA es así: literalmente descarnado.
La ilusión de no tener cuerpo, a la que contribuyen pastillas y medicamentos varios, conduce a la ilusión de no tener otra conexión con el mundo que no sea la conexión electrónica. Del hechizo de la abstracción cuelga la falta de solidaridad con nuestro entorno y, a fin de cuentas, la indolencia. No nos duele lo que no nos toca —lo que no sabemos que nos toca—. Pero ahora que estamos detenidos, ahora que sabemos que nuestras manos son armas mortíferas y no sólo, como quería Kant, lo que nos diferencia de los animales, no podemos no pensarlo. La rematerialización de nuestros mundos en tiempos de la desaceleración obliga a preguntas que son políticas en su mera raíz: ¿quién ha tocado esto que toco yo? Que es otra manera de preguntar: de dónde viene, quién lo produce, en qué condiciones de explotación o sanidad se fragua esto que viene hacia mis manos, con qué cantidad de virus. A la antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing le llevó años y bastantes páginas contestarse esas preguntas respecto al matsutake, el hongo reverenciado en Japón que crece en zonas boscosas del mundo que han sobrevivido a un proceso de devastación. En efecto, hay un montón de manos en The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins, las de los trabajadores migrantes, las de los comerciantes, las de los guardabosques, las de los policías, las de los agentes de inmigración. Manos callosas y manos suaves. Manos acostumbradas a la caricia o manos que nunca han conocido la crema humectante. Rastrear el quehacer de las manos en los procesos de producción y reproducción del mundo en que vivimos es una tarea eminentemente política. Y, justo ahora, es una tarea inescapable. Nuestras vidas dependen, de hecho, de hacer esas preguntas, y de poner justa atención a las respuestas. Todo lo que tenemos cerca —y justo ahora sabemos que siempre estamos, que siempre hemos estado, cerca de tantas manos— nos afecta porque nos compete. Este bien podría abrirle la puerta al fin de la indolencia.
La rematerialización del espacio doméstico
Despojados de rutinas que daban la impresión de ser inamovibles, expulsados de la prisa que hacía funcionar a tiempo las fábricas y los bancos y las universidades, condenados a un sedentarismo hogareño sin la seguridad de una presunta estabilidad económica, el covid-19 nos ha puesto cara a cara con la desaceleración. Aquí vamos todos, hacia el inicio del día, checando cifras que resultan cada vez más alarmantes, poniendo atención a las nuevas medidas de seguridad. Mientras tanto, habitamos un hogar que antes, con alarmante frecuencia, sólo utilizábamos para parar unas cuantas horas, casi siempre en la noche, durmiendo con algo de dificultad. De repente, ese espacio que denominábamos como casa, como nuestra casa, se despliega en esquinas inéditas y cosas fuera de lugar. Es un ente extraño, desasido de sí, al que hay acostumbrarse poco a poco. Barrer, trapear, lavar los trastos, tender las camas, poner la ropa en la lavadora, sacudir —todas esas actividades cotidianas que, al menos en esta casa, siempre hemos llevado a cabo nosotros mismos—, muy a menudo recaen en los hombros de las mujeres, y usualmente pasan desapercibidas. La imposibilidad de salir, es decir, la imposibilidad de no verlas, las vuelve monumentales. De hecho, las transforma en el esqueleto del día, la única estructura que pervive cuando todo lo demás ha tomado rumbos desconocidos.
El tiempo que antes consumíamos en trasladarnos de un lado a otro, incluso para ir a comer, ahora lo ocupamos en seleccionar bien los insumos para cocinar a diario. Hay que lavar bien cada verdura o fruta. Hay que poner a remojar los frijoles con una noche de anticipación. Hay que calcular para cuántos días nos dura el arroz. Entre una cosa y otra hay que lavarnos las manos una y otra vez, en intermedios de 20 segundos que, bien mirados, constituyen una buena parte del día. En Houston la cuarentena nos obliga a estar en casa, pero todavía no nos prohíbe salir al supermercado a hacernos de provisiones o sacar a caminar al perro (siempre y cuando se respete la sana distancia con los otros paseantes). Los restaurantes, que han cerrado, todavía producen alimentos para llevar. Pero en estos tiempos, cuando tenemos que pensar en todas las manos involucradas en la preparación del alimento, es mejor dejar pasar esa oportunidad. Quisiéramos hacerlo, sobre todo para apoyar a los restaurantes del barrio, que la están pasando mal, pero todavía no podemos persuadirnos a nosotros mismos. Cocinar, por lo demás, no es una actividad que se preste a la velocidad. Las cosas no se apuran o se detienen a capricho del que cocina. Todo tiene su tiempo. Las verduras, los granos, las frutas. Y parte de la rematerialización del hogar consiste en encontrar el ritmo de las cosas, su propio estar en el tiempo.
Los que entre nosotros no estamos detenidos en el afuera de la cárcel o el manicomio o la calle, sino adentro, nos enfrentamos a muebles, cucharas, espejos, que la cotidianeidad había vuelto invisibles y que, ahora, recuperan su presencia. Tratar a alguien como un mueble, recordaba la teórica Sara Ahmed en Queer Phenomenology: Orientations, Objects, Others, quiere decir que se le trata como si no existiese de verdad. Quiere decir que se le ignora. En un medio descorporalizado el lugar natural del mueble es el de la discreción, si no es que el de la invisibilidad más artera. Muy por el contrario, los objetos queer —esa silla incómoda, la mesa que de repente brilla por su presencia— no se desvanecen en el trasfondo. Los objetos queer se resisten a fusionarse en el segundo plano de las cosas. La pandemia, que no nos ha dejado olvidar el límite material de nuestra experiencia, también ha obligado a la mirada, a todos nuestros sentidos, a reconocer los objetos de los que dependemos en su valor de uso (y no en su valor de cambio). Los sartenes, despostillados, ya casi sin teflón. El matamoscas. El sofá, que se ha movido de la sala donde nadie lo utilizaba hacia la barra de la cocina, donde es posible recostarse a leer algo mientras hierve el agua. La suela de los zapatos, con las huellas del afuera que dejamos a la entrada. La materialidad del hogar nos circunda, nos cerca, a algunos hasta los asfixia, pero al final del día está aquí, físico y sólido, contra las borrascas de la información y el miedo, en un tú a tú contra la abstracción del Estado y el capital, incitándolos o conminándolos a saberse cuerpo de nuestro cuerpo.
La soledad es real
En Estados Unidos es común invitar a fiestas con horarios ceñidos: de 5:00 a 7:00 pm por ejemplo; de 6:00 a 9:00 pm, cuando hay ganas de echar relajo. Las manifestaciones callejeras precisan de un permiso, que no sólo incluye horarios sino también rutas específicas. Estudiantes y empleados comen ensaladas en contenedores de plástico frente a sus computadoras o teléfonos mientras checan sus mensajes o ven un video. A las puertas de las oficinas que se alinean en pasillos estrechos, siempre iluminados, no llega nadie sin antes avisar. Tampoco a los hogares. Decía Truman Capote que a Nueva York se iba para estar solo; pero yo no sería tan provincial. Ahora que la teleexistencia se ha vuelto el modo diario del trabajo y de la interacción es imposible no verlo: vivimos a través de ausencias estrictamente reguladas. Nos rodea una profunda soledad. Los ritmos de producción del imperio sólo son posibles a través de cuerpos aislados, cuyos deseos o necesidades son satisfechos de manera inmediata o automática con tal de no detener la marcha de las cosas. La pandemia también ha rematerializado esta ausencia primordial, dejando en claro que nos cercan por todos lados espacios vacíos. Los profesores de la pandemia se han percatado de que salen más agotados de una hora de clase por Zoom que de cinco horas presenciales. La razón es sencilla pero sepulcral: parece que estamos ahí, todos juntos, hablando y discurriendo, viéndonos, pero el cuerpo sabe que no estamos ahí. Esa disonancia agota. Esa disonancia nos deja con la boca abierta. La distancia, que precede en mucho a la pandemia, se vuelve intolerable con ella. Resentimos ahora la separación de estos días sólo porque no podemos dejar de verla. No podemos hacer tonto al cuerpo de tantas maneras. Acaso por eso hemos regresado a la llamada por teléfono: nos quejábamos de que el sonido de la voz desconectado de los gestos del rostro o del movimiento del cuerpo era incapaz de producir cercanía. Pero nos queda claro ahora que el mecanismo de la voz, cuando va acompañado de la coreografía bastante estipulada del Skype o Zoom, es todavía más pobre. Ahora que hablo por teléfono todos los días con mis padres, que están viejos y en otra ciudad, su voz en sí, su voz llana y llena, con sus inflexiones y titubeos, con esos tonos que nos reconocemos bien, produce una intimidad densa, capaz de desatar la imaginación de los otros sentidos.
Todo es distinto a través de una ventana
La frontera de un hogar es su puerta, pero las operaciones más interesantes pasan por las ventanas. Ahí está lo que se percibe, pero no se alcanza. Deseo es su otro nombre. Una ventana es un pasadizo, con frecuencia secreto. Vislumbrar es un verbo que ocurre a través de un vidrio. Aunque muchos se imaginan Houston como un lugar seco por su asociación con la aridez texana, este sitio es, como bien lo dijera alguna vez Gabriela Wiener, el Amazonas mismo. La humedad y el bochorno lo vuelven propicio para la proliferación de encinos y magnolias, enredaderas y helechos, buganvillas y bambús. Estaban ahí antes, por supuesto, pero se notan más ahora que los jardineros han dejado de venir y las plantas crecen a su modo. La variedad de sus verdes explota en camellones y jardines, lotes baldíos y patios traseros. Las sombras que producen las ramas de los árboles se recortan, precisas, sobre las imperfecciones del pavimento. Acaba de pasar, ruidoso, un escarabajo enorme con sus alas extendidas. Las mariposas, que se persiguen la una a la otra, chocan contra la malla en un acto de mera distracción. La disminución de los ruidos de la ciudad veloz, los de los autos sobre todo, ha permitido que otros sonidos se acerquen a nuestros oídos como si fueran nuevos. Rematerializados también pasan con su inédito estruendo los pájaros que, vistos de lejos, parecen variados y magníficos. Los maullidos de los gatos. Los ladridos de los perros. El zurear de las palomas. El zumbido de los insectos. Estas dos, tres, cuatro, cinco, seis gallinas que, orondas, caminan por la calle como si se tratara de un gran corral. ¿Es esto el canto de un gallo a media tarde? Lo que quiero decir es que nunca como en estos días ha sido tan visible esa interconexión entre animales y plantas, y los vericuetos de la ciudad, que es urbana sólo a medias. O cuya urbanidad es una compleja red de negociaciones con la naturaleza que, al menor descuido, muestra la cara o regresa. Si la ventana es frontera, fronterizo es también lo que acontece frente a ella.
Recuperar los pies
Hay una escena que retrata el mundo hiperconsumista de Estados Unidos en Wall-E, la película de ciencia ficción animada que se estrenó en el 2008. Si se acuerdan, en un contexto postapocalíptico una buena parte de la humanidad vive en el Axiom, donde sus deseos y necesidades son satisfechos de manera automática e inmediata. Esos humanos ven tanta televisión, y permanecen sentados por tanto tiempo, que han perdido el uso de las piernas. Así, una conducta específica (ser un coach potato) ha reconfigurado el cuerpo humano, mutilándolo de alguna manera. Frankensteins del capitaloceno. En ciudades como Houston, dominadas por un paisaje de numerosas carreteras de más de seis carriles, es fácil vivir sin caminar. De hecho, lo más difícil en una ciudad diseñada para la circulación de vehículos automatizados es caminar. Después de las 5:00 de la tarde, es decir, después del horario de trabajo, el centro de Houston es y ha sido un territorio desolado por el que sólo pasan, y eso a veces, vagabundos y despistados. Es el paisaje después de la batalla diaria: un cascarón de edificios deshabitados donde nunca deja de brillar la chispa ambarina de la electricidad.
Vivimos en un barrio tradicionalmente mexicano a un lado de la I-45 y, aunque está a sólo unos 30 minutos a pie de la universidad, es raro ver a estudiantes o profesores cruzando el espacio urbano. Las medidas sanitarias de la pandemia, que permiten salir a la calle pero sin contacto próximo, han sacado a las tribus solitarias de sus hogares y las han colocado en calles semivacías donde otras tribus solitarias se sientan en sus porches o sobre el pasto de sus jardines, que seguramente disfrutan por primera vez. El clima manso de esta primavera ayuda, por supuesto, pero hay algo en ese lento caminar de solitarios que lo vuelve todo distinto. Nunca como en estos días se han elevado tantas veces las manos desde lejos en un gesto de saludo o despedida, en todo caso de reconocimiento. Nunca como en estos días han pisado las mismas banquetas padres e hijos. Juntos. Hay gente con mascarilla, pero en bicicleta. Los perros avanzan, correa de por medio, sobre estas calles una y otra vez. Tal vez no es extraño que el eco del español retumbe tan claramente en estos paseos pandémicos. Lo que está ahí, frente a nosotros y bajo nuestros pies, no es la calle de la producción estandarizada y veloz. No es la calle de los autos cerrados, celosos del quehacer de su aire acondicionado. Es, si se puede decir así, una calle doméstica. A medida que la esfera pública se retrotrae, las reglas de la fisicalidad interior, una de las cuales consiste en no olvidar que somos cuerpos, salen a la calle, inyectándole una velocidad pedestre a todo lo que acontece. Como si la rematerialización del hogar se hubiera vertido primero al jardín y, luego, a la banqueta, para luego rebosar en las calles. Están solitarias, es cierto, pero parecen, paradójicamente, más llenas que nunca. Ahí vamos todos los que hemos recuperado los pies.
Potencialidad
Es cierto que el número de contagiados y de muertos va en aumento, como aumenta también el número de desempleados. Encerrados en nuestros espacios domésticos, nuestros cuerpos han dejado de presentarse a la comunión del mercado excepto para adquirir las cosas más básicas: alimentos, productos de limpieza, agua. Ya lo sabíamos, pero lo confirmamos: los que producen los insumos básicos, esos que nos mantienen con vida, son inmigrantes que, incluso contando desde ayer con la estampa de trabajadores esenciales, siguen sin documentos y, peor aún, sin seguro médico. Además de los doctores y las enfermeras, dependemos del que cosecha lechugas y berenjenas, de la cajera del supermercado, de la que limpia los cuerpos de los viejos, del que arregla la lavadora, del cartero. No estaríamos aquí, cumpliendo digitalmente con nuestros trabajos ahora, si no hubiera hombres y mujeres allá afuera, inclinados sobre vastos campos de verdura, arriesgando sus vidas para poder seguir, paradójicamente, con vida.
Trabajo en una universidad pública cuya mayoría de estudiantes latinos la ha vuelto, oficialmente, una “hispanic serving institution”. Esto significa que muchos de nuestros alumnos son los primeros de sus familias trabajadoras en asistir a la universidad. Tal vez algunos entre ellos son hijos o nietos de hombres y mujeres que han dejado la vida en cosechas de betabeles o lechugas. Esto también significa que muchos de ellos tienen uno o dos trabajos para subsistir, pagar la renta y la colegiatura, ayudar en sus casas. La pandemia los ha golpeado con especial furor. Pero no me extraña que, aunque enfrentan retos mayúsculos —varios han perdido el empleo y a otros los amenaza el espectro de la calle— siguen en pie de lucha, asistiendo a clases a través de una plataforma digital organizada a toda prisa y muy eficientemente por la universidad. No estamos inventando la rueda, pero sí un sistema más flexible, especialmente en lo que respecta a los horarios de clase, para facilitar su participación. No sé si van a convertirse en escritores, pero escriben en español en esta clase, escriben creativamente, volcando en sus textos visiones de mundos compartidos en los que se atraviesan críticas contra el statu quo, tanto el de Estados Unidos como el de Latinoamérica, así como otros futuros posibles. Sofía escribe sobre una joven gimnasta que nunca se rinde. Rony, sobre un general que reprime activistas en Centroamérica. Jessica, sobre unos gemelos que tienen que acostumbrarse a convivir en paz. Alan, sobre un jugador que, una vez que ha aceptado que su equipo ha perdido un partido de futbol, empieza a prepararse mentalmente para la siguiente temporada. Linda, sobre una joven que finalmente se acepta a sí misma. Jonathan, sobre una mujer que prepara su regreso a Chile. No hay lecciones morales en sus relatos, ni reiteraciones de una identidad que ha explotado de mil maneras, pero sí huellas de una experiencia vasta y crítica que alumbrará nuestra futuridad. Leerlos me mantiene alerta. Verlos actuar en relación con lo escrito me mantiene alerta. Porque no sólo es el contenido del texto en sí lo que me despierta, esperanzada, sino la manera en que se comentan los unos a los otros: el cuidado de la lectura y el cuidado de la opinión. Esa conciencia del estado de vulnerabilidad que compartimos cuando nos sacamos un texto y lo ofrecemos a otros. Si estos jóvenes en serios aprietos son capaces de tanta responsabilidad y de tanto cuidado, sin son capaces de dar tanto de sí mismos durante estos tiempos tan difíciles, los creo capaces de todo. Y entonces puedo dormir.
Estado con entrañas
Cuando el campus de la universidad donde trabajo dio a conocer que extendía las vacaciones de primavera, preparándose así para la transición hacia la teleeducación y también para tomar otras medidas contra la diseminación del coronavirus, supe que la cosa iba en serio y llegaría pronto. Caminaba en ese momento junto a mi madre, una mujer saludable de 76 años, por las calles del barrio donde vivimos en Houston. Me había adelantado un poco para leer el comunicado en mi celular y, cuando terminé, me volví a verla. Avanzaba con esos pasos grandes que le permiten sus piernas largas. Llevaba la cabeza inclinada, poniendo atención a las imperfecciones del camino con tal de evitar cualquier caída. Me había acostumbrado ya a estos paseos diarios en los que, con pretexto de la salud, platicábamos de todo. La iba a extrañar, sin duda, pero se lo dije de inmediato. Tiene que regresar a México (yo a mi madre, como toda buena fronteriza, le hablo de usted). La decisión fue inmediata y, la razón, sencilla: en su calidad de turista, mi madre carecía del seguro médico que le permitiría ser admitida en un hospital en caso de enfermar. Sin ese documento sería rechazada, como los son muchísimos otros, a las puertas de cualquier establecimiento de salud. Esto es vivir en un país que carece de un sistema de salud pública y que insiste en proteger a las grandes farmacéuticas y no el bienestar de su población. Como ella fue empleada de la uaem una buena parte de su vida goza de una pensión muy escueta pero que incluye servicios médicos que, hasta ahora, han sido fundamentales para su vida como adulta mayor. Las tres cirugías que le realizaron para salvarla de la explosión de un aneurisma se llevaron a cabo, por ejemplo, en el Hospital de Neurología con una atención de inmejorable calidad y por la que no tuvo que desembolsar un peso. Pero acá, de este lado de la frontera, mi madre compartía el destino desentrañado de los miles y miles de habitantes de este país que, para cuidarse, tienen que recurrir con mucha frecuencia a remedios caseros y, cuando es posible, a medicinas que algún pariente o amigo trae desde México. La de veces que no he sido testigo del intercambio informal de vitamina B12, antibióticos o antihistamínicos, medicamentos todos que no curan las razones de la enfermedad, pero que ofrecen paliativos para cuerpos que no pueden darse el lujo de dejar de trabajar ni siquiera un día. Mi madre me dio la razón y actuamos de inmediato. En un día hicimos los arreglos necesarios para que pudiera reunirse con sus hermanas en la frontera antes de partir. Dos días después, mi madre abordó un avión que la depositó en la capital de un país en el que, con todo y todo, ella está más segura. Las cifras han demostrado que la covid-19 no sólo ataca con particular saña a los adultos mayores, sino también a poblaciones precarizadas y minorizadas, precisamente aquellas que no pueden cubrir los gastos de un seguro médico, y para las cuales un contagio equivale a una sentencia de muerte.
Como una gran imagen de rayos X, la desaceleración que ha traído la pandemia deja ver, o incluso agranda, lo que ha estado ahí: un sistema económico guiado por la ganancia a expensas de todo lo demás, y un Estado sin entrañas, es decir, un Estado para el que los cuerpos no son materia de cuidado sino de mera extracción. Lo peor que nos podría pasar, argumentaba convincentemente Arundhati Roy, es regresar a esa normalidad salvaje. Y yo añado: a ese mundo inmisericorde que, preso del hechizo malvado de la incorporeidad, es incapaz de reconocer los lazos de reciprocidad que nos unen a los otros y a la tierra. La conciencia inescapable de una cercanía material con los otros viene mezclada con angustia y desasosiego, pero también con potencialidad. Otro mundo es posible, eso nos dice claramente la vida, cuando se impone a la pandemia. ¿Será posible entonces, desde toda esta experiencia con la enfermedad, derrocar de una vez por todas esa normalidad desentrañada y participar, al mismo tiempo, en el surgimiento de un Estado con entrañas? En otras palabras, ¿cómo nos las arreglaremos para exigir que el Estado cumpla con su responsabilidad de proteger la salud de la población mientras, simultáneamente, producimos relaciones entrañables, es decir, modos de afecto y conexión que partan de la amplia admisión de que somos cuerpos y precisamos, y podemos brindar, cuidado? Me queda claro que, al menos en Estados Unidos, esta lucha inicia y está íntimamente ligada a la ausencia de un sistema de salud pública que, por no existir, ha sentenciado a una muerte cierta y cotidiana a un gran número de trabajadores, especialmente aquellos que siendo esenciales —y ahora la pandemia también ha confirmado este estatus— continúan siendo considerados como ilegales por este gobierno incompetente y genocida. En ese sentido la lucha por un sistema de salud pública y la lucha por una reforma migratoria en realidad son la misma lucha; ambas están centradas, primero, en la admisión básica de que somos cuerpos y, consecuentemente, en el hecho también básico de que en tanto cuerpos dependemos los unos de los otros en contextos ecológicos gravemente alterados. Las medidas macro —exigidas por la salud pública que le corresponde al Estado— no se contraponen, y más bien complementan, las medidas minúsculas, cotidianas, de trabajo en conjunto, de las que dependen que la dañina alianza del Estado y la corporación llegue a su fin. La pandemia, que nos ha ayudado a ver claramente el talante descarnado de nuestro tiempo, no creará por sí misma las relaciones entrañables —acuerpadas, con otros, en conexión material con nuestras comunidades— que bien podrían cimentar una realidad otra. Haríamos bien en atender las preguntas a las que conmina la rematerialización, y que la rematerialización vuelve inescapables. De sus respuestas depende el inicio del fin de la indolencia. Y eso es algo.
Un estruendo silencioso
Felipe Restrepo Pombo
Si vivo en un infierno siempre tendré la esperanza de poder escaparme.
Francis Bacon en entrevista con David Sylvester
Bogotá, 9 de abril— Hace unos meses fui invitado a dictar un curso en una universidad en Indianápolis. Al salir de clase me dirigí hacia las afueras de la pequeña ciudad estadounidense, donde pasaría la primera noche de mi estadía. Llegué a un suburbio apacible y me detuve frente a la puerta de un edificio con muros de piedra oscura, construido a principios de siglo xx. El lugar fue una escuela por mucho tiempo y ahora es un condominio de apartamentos remodelados. Cuando entré tuve una sensación perturbadora que no logré definir. Más tarde, me acosté y apagué la luz pero no pude dormir. Pasaron un par de horas en las que intenté encontrar la razón de mi incomodidad. Finalmente lo descubrí: abrí la ventana y entró una ráfaga de viento helado que anunciaba el final del otoño. Afuera no se escuchaba nada.
Olvidé ese momento a las pocas semanas, cuando regresé a mi cotidianidad ruidosa. Me encontré de nuevo con ese murmullo tranquilizante de la ciudad que me acompaña siempre y me arrulla en las noches. Sin embargo, en medio de la pandemia que estamos sufriendo, la sensación regresó.
Viajé de la Ciudad de México a Bogotá hace 20 días, cuando la emergencia causada por el covid-19 apenas estaba despuntando en Latinoamérica. Tomé uno de los últimos vuelos que entró al país antes de que el gobierno cerrara las fronteras por completo. Durante todo el trayecto apenas me levanté de mi silla, acaso un par de veces para lavarme las manos. No toqué la comida ni la pantalla frente a mi. Fue uno de los vuelos más tensos que he abordado. A la llegada al aeropuerto un médico me examinó y, a pesar de no tener ningún síntoma de la enfermedad, me ordenó 15 días de aislamiento obligatorio. Me refugié en mi apartamento con algunas provisiones y con la certeza de que no vería a ningún otro ser vivo por las siguientes dos semanas.
Se ha publicado mucho durante esta emergencia sobre los efectos del encierro en el cuerpo y la mente. En los primeros días de mi aislamiento consumí todo tipo de información disponible para tratar de sobrellevar mi soledad. Anoté recetas de platillos saludables, rutinas de ejercicio para un espacio reducido y técnicas de relajación. Leí testimonios esperanzadores de valientes que sobrevivieron a encierros prolongados en condiciones aterradoras. Me descubrí fuerte y capaz de soportar todo. Hasta que escuché a una psicóloga en un noticiero decir que: “al cabo de 10 días de soledad la mente empieza a producir pensamientos autodestructivos”. Entré en pánico: todo mi andamiaje de seguridad se desplomó con esas palabras. Me imaginé al cabo de unos días, tirado en una cama, sin bañarme, mirando al techo y alimentándome de insectos.
Corrí hacia la ventana, necesitaba aire fresco. Y ahí estaba, otra vez: el silencio total. Bogotá es una de las ciudades más pobladas y caóticas de Latinoamérica. Su tráfico es uno de los peores del planeta y tiene un grave problema de contaminación ambiental y sonora. Sin embargo, esa tarde —en medio de un atardecer lánguido de tonos naranja— no se escuchaba nada. O sí: se oía correr el agua de una quebrada cercana que baja de las montañas bogotanas.
Somos una especie vanidosa. Durante años hemos cultivado la fantasía de nuestra extinción bajo la forma de un gran estruendo. Imaginamos catástrofes ambientales, lluvias de asteroides y ataques alienígenas. Últimamente nos obsesiona la amenaza de la tecnología y de la inteligencia artificial. En la mayor parte de los escenarios el cataclismo es ruidoso y hace relucir nuestro heroísmo. Siempre —incluso en el apocalipsis zombi— la amenaza tenía una escala monumental.
Qué error de cálculo: el mayor ataque a nuestra especie resultó ser casi imperceptible.
Hoy estamos presos de nuestro miedo, tratando de protegernos con las armas más rudimentarias: cuatro paredes. Toda la paranoia sobre enemigos gigantescos resultó ser la proyección de nuestro narcisismo. No es claro si el virus que nos está matando es un ser vivo o una entidad química. Es un parásito sin mayor gracia. “Ni siquiera estamos ante una especie con una identidad concreta que desea vivir y perpetuarse depredando a otras especies. Es un agente ambiguo, algo situado entre lo vivo y lo no-vivo, que abre las células ajenas y las coloniza al servicio de ningún propósito biológico”, escribió el colombiano Juan Cárdenas en una columna del diario El País.
Sobreviví mis días de confinamiento con orden y paciencia. De hecho, tuve momentos muy productivos y la entrañable compañía, virtual, de mis más queridos. Nunca comí insectos. Me alcoholicé ligeramente: algunas botellas que estaba reservando para ocasiones especiales terminaron vacías en medio de una pandemia.
Cuando terminó mi aislamiento obligatorio, salí a comprar comida (todavía es permitido en Bogotá). El silencio que percibía desde mi ventana se amplificó. Caminé varias cuadras con la sensación de que toda la población se había esfumado. Pasé por una avenida en la que no circulaba un solo carro. Recordé esa magnífica secuencia en la que Rick Grimes atraviesa una autopista a caballo en el primer capítulo de The Walking Dead. A lo lejos vi, por fin, a otra persona. Era una mujer de unos 50 años. Vestía una bata de baño blanca, botas de caucho, guantes de cirugía, tapabocas, lentes oscuros y su cabeza envuelta en plástico. Paseaba a un perro que vestía unos tiernos zapaticos rojos. Me miró con horror y se alejó a toda velocidad.
La solución para enfrentar este virus parece ser la más sencilla: no hacer nada. Olvidarnos de nuestros impulsos heroicos y quedarnos en casa, alejados de todo. Aunque me temo que la posibilidad de que una sociedad se encierre indefinidamente es absurda. Las consecuencias —físicas y emocionales— de enterrarse vivos pueden ser devastadoras. Tendremos que salir poco a poco, vivir en un entorno con nuevas reglas. Y entonces esta tragedia nos habrá enseñado algo nuevo. O no. Pero al menos nos habrá acercado a la soledad y el silencio.
primera entrega de mi cuaderno de confinamiento. si quieren más, paguen, porque si no es a cambio de dinero, yo no tengo ninguna necesidad de expresar literariamente estos días de juerga autoritaria, ni de mantener con respiración asistida ninguna comunidad de consumo cultural
Cristina Morales
Barcelona, 10 de abril— Nos dedicamos a esquivar a la policía y a sus chambelanes, esos chivatos que se cobran en confort moral fascista el denunciar a su vecino por tener menos miedo que ellos.
El otro día durante la cena o el almuerzo o la merienda salió este tema de discusión: ¿es más repugnante un mercenario o un buen samaritano? O sea: ¿es más repugnante el policía que te reprime porque le pagan o el gilipollas que, sin ser pagado, te reprime porque halla satisfacción cívica en su violencia? Yo era de la opinión de que es más repugnante el buen samaritano. Otra comensal dijo que no veía por qué la intervención del dinero en la ecuación aligeraba el grado de repugnancia hacia el policía. La tercera comensal no estaba segura.
Nos asustamos mucho el primer día que salió el helicóptero a patrullar desde lo alto las terrazas, los parques, las zonas boscosas, las playas recónditas. Es el mismo helicóptero que sobrevuela la ciudad cuando hay manifestaciones, disturbios o cuando juega el Barça. Nos asustamos porque los primeros días de confinamiento habíamos llevado a cabo incursiones en las áreas desgreñadas de Montjuïc con éxito. Incursiones que se transformaban en paseos. Paseos que se transformaban en excursiones. Teníamos fichado un rincón al que íbamos a hacer boxeo, yoga y kung fu (todo mezclado porque nos poníamos a jugar más que a entrenar) y estábamos evaluando el mejor sitio en el que pegarnos un viaje de setas.
Un día nos tuvimos que esconder de dos coches de mossos que pasaron por nuestro lado y que iban a por una pareja que andaba sacando al perro muy morosamente. Nos escondimos como se esconden los dibujos animados: cada una detrás de una columna o de un árbol. Estábamos en la rotonda esa que tiene una fuente, unos bancos de piedra y una estatua ecuestre de cuando la Exposición Universal de 1929 (es un Sant Jordi modernista, desnudo, que monta a pelo, congelado en la posición de estar descabalgando). En cuanto desaparecieron los coches salimos pitando evitando la carretera, descampado a través, basura a través, y no hemos vuelto.
Se ha reído de nosotras la policía, dije durante la cena. Nos vieron escondernos tan ridículamente, nos vieron con tanto miedo, que consideraron que ya estaba el amedrentamiento consumado y ni se molestaron en perseguirnos. Se estaban partiendo la polla dentro del coche, vamos. Se lo están contando por wasap a toda la comisaría del orto, o sea. Se lo están contando hasta por la radio.
No te confundas, interviene otra comensal. Quienes nos hemos reído hemos sido nosotras. Los hemos esquivado, sea como sea, los hemos esquivado. Hemos sido rápidas, nos hemos escondido de la mejor, por no decir de la única, manera posible. Te sientes ridícula porque romantizas la noción de evasión y de subversión.
Joder, qué razón tiene mi amada.
La hora de los aplausos de Dios (hemos comprobado que cuanto más se endurece el confinamiento, más aplauden —¿pensarán en falos?—) se ha convertido en un toque de queda. Si estás en la calle a partir de las ocho y media de la tarde, eres sospechosa. Antes del confinamiento los supermercados cerraban a las nueve. Las dos primeras semanas del confinamiento cerraban a las ocho. Ahora algunos cierran a las siete. Antes, el badulaque cerraba a la una de la noche (nuestra coartada perfecta para salir). Ahora cierra a las 10. Nuestra coartada ahora es la farmacia 24 horas y el hecho de que las farmacias están desabastecidas de medicamentos para los pulmones. Nunca nos han parado de noche (lo que demuestra que la capacidad de control no es tanta como nos quieren puto hacer creer), pero siempre llevamos una caja de Ventolín o de Atrovent vacía en el bolsillo (yo soy asmática —de verdad—). En nuestra imaginación se produce la siguiente conversación con el mosso:
—Adónde va usted a estas horas. —A la farmacia de allí de Santa Eulalia que es la más cercana abierta 24 horas. —Qué es eso tan urgente que tiene que comprar que no puede esperar a mañana. —Ventolín para mi mujer, que es asmática y no puede respirar.
Eso, si va una de nosotras sola que no sea yo. Si vamos dos y una de esas dos soy yo:
—Ventolín para mí, que soy asmática y no puedo respirar. —Y por qué no va usted sola —en caso de que el mosso juegue a poli súper malo. —Porque —yo ya haciendo como que me ahogo— estoy asustada y no me encuentro bien.
Así actuaríamos si nos pararan en dirección a la farmacia. Si nos pararan en dirección contraria:
—Adónde va usted a estas horas. —Vengo de la farmacia de Santa Eulalia, que es la más cercana y abierta las 24 horas. —Qué es eso tan urgente que ha tenido que comprar que no puede esperar a mañana. —He ido a comprar Ventolín —sacamos la caja vacía— porque mi mujer es asmática, pero no tenían y no saben cuándo volverán a tener, así que estoy buscando desesperadamente otra farmacia de guardia.
Sigue pareciéndome más repugnante el buen samaritano, le repliqué a mi amada. Porque por dinero yo puedo entender que se hagan tareas de mierda. Pero el buen samaritano lo hace por mero placer represivo. Mi otra amada, la tercera comensal, habla entonces y se ríe: cómo puedo pensar que no hay placer represivo en el policía. No son soldados de gleba mandados al frente en contra de su voluntad. Son orto de maderos que gozan haciendo con total impunidad aquello para lo que los han entrenado.
Me acordé entonces de un argumento pro policial que reza que los polis son clase obrera y que se estuvo esgrimiendo masivamente durante los últimos disturbios en Barcelona. El policía herido por nuestras pedradas era un obrero sufriendo un accidente de trabajo. ¡De pronto los fachotes preocupándose por los derechos laborales, tócate el coño!
Tenéis razón otra vez, mis lúbricas. Es un falso dilema: no tenemos que elegir entre unos esbirros y otros. Dirigiremos nuestros ataques y nuestras precauciones a todos por igual.
Y así empezamos con la contrapropaganda y la contrainformación. Si la unam o quien sea me contrata una segunda parte de este diario, explicaré cómo estamos grafiteando (cuidándonos mucho siempre, que no se preocupen las autoridades sanitarias) fóllame, tengo corona.
Exilio en la calle principal
Julián Herbert
1
Saltillo, México, 11 de abril— La enfermedad apareció en mi horizonte el viernes 13 de marzo. Mi suegro se graduaba de historiador y asistí con mi mujer a la ceremonia. Al terminar, fuimos a comer. Durante todo el rato, con una excitación digna de la peste negra o la lepra medievales (o de la locura en la época clásica según Foucault), no se habló sino del coronavirus. Mis suegros y mis tres cuñadas se habían preparado para entrar en la Fase 3 de la cuarentena aquel mismo día, dos o tres semanas antes que la mayoría de los mexicanos. Su criterio me pareció excesivo, aunque lo justifico a contraluz de tres hechos fundamentales: los padres de mi mujer tienen edad suficiente para ser considerados población de riesgo; pertenecen a la clase media provinciana desde hace al menos cuatro generaciones (yo en cambio soy un producto puro de la movilidad social: mestizo, lumpen, semirrural, migrante), y vivimos en Saltillo: el saltillense promedio —yo incluido— es un ultramontano ontológico que anhela la fantasía de encerrase a piedra y lodo para escapar de Lo Ajeno.
Al terminar el almuerzo, mi suegro se despidió de mí con un ademán distante: “Hay que protegernos”, explicó. Luego dio media vuelta y le asestó a su hija mayor (con la que yo había pasado un buen rato de la noche anterior intercambiando fluidos) un abrazo potente y un beso en la mejilla. Pensé: “Lo que se viene no es una mera contingencia viral. Lo que se viene es una guerra con la mente”.
2
Hace años que no sentía de una manera tan precisa (quiero decir: física) la vecindad entre el estoicismo y el cinismo.
3
Vivo en la esquina de Manuel Acuña y Victoria, a dos calles de la alameda Zaragoza, una cuadra al poniente de la plaza de armas y el palacio de gobierno, en contraesquina del antiguo edificio (hoy es una zapatería) del cine Palacio; un inmueble que fue reproducido al óleo por Edward Hopper en 1946. Vivo en el corazón de Saltillo. Puesto a elegir cuál sería mi álbum de rock emblemático para pasar la cuarentena, diría que Exile on Main St., de The Rolling Stones.
Comencé a prepararme para la contingencia el martes 17 de marzo: diligencias administrativas, cancelación de viajes. El sábado 21 hice una última reunión de trabajo con los miembros del Seminario Amparán, entre ellos un médico; fue él quien estableció los protocolos del encuentro. Dediqué el lunes 23 a diseñar un gimnasio casero con galones de agua, un cortinero y una banca. Dejé de salir a correr a la alameda el lunes 30 de marzo: desde esa fecha, hago mis seis kilómetros reglamentarios dando vueltas sobre el techo de mi edificio de departamentos, que mide más o menos una cancha y media de basquetbol. Salgo de vez en cuando a la calle en busca de provisiones. Lo hago siguiendo normas de higiene rígidas. Soy escéptico acerca del impacto que estos cuidados puedan tener frente al contagio, pero los cumplo con pundonor: yo no soy propietario del cuerpo de los otros. Salvo por el descanso de no andar del tingo al tango en autobuses o aviones, ofreciendo de ciudad en ciudad conferencias y cursos, mi vida cotidiana es muy igual a la de antes. Gano menos dinero, pero mis oportunidades de gastarlo también se han reducido.
4
Una banda de rock aséptico que se llame La Ilusión del Control.
5
A veces leo o escucho a personas cercanas quejarse de que “la gente” sigue estando en la calle, de que falta conciencia, de que la autoridad no hace nada por aplanar la curva de contagios, de que… Trato de ser cortés, no contradigo demasiado, me hago el despistado; intento cumplir con el grado de sensatez que la clase media ilustrada mexicana espera de mí. Lo cierto es que, en mi fuero interno, me parece ridícula toda esa consternación. No es que yo sea un sociópata, pero tampoco creo tener mayor injerencia que mi gato en el trasfondo de lo que acontece. Una de las estrategias que he implementado de manera consciente para negociar con mi angustia es acogerme a lo gradual: cortar actividades o libertades una a una, sin prisa ni nostalgia. Espero a que se dicten los tiempos oficiales (aunque me parezcan erróneos) y sigo sus protocolos. No quiero saltar de golpe a la Fase 3 porque sé lo suficiente sobre la sombra junguiana: sé que el enojo de quienes se quejan de la indolencia de sus conciudadanos podría ser una proyección de su frustración por no estar ellos mismos allá afuera, paseando por el parque. Quiero ser el último en ingresar a la habitación del pánico, no importa que por ello me toque luego viajar al apocalipsis aplastado contra la puerta, como pasajero del metro.
6
Pasa un camión de perifoneo con un anuncio del gobierno del estado: “Les recordamos mantenerse en sus casas para evitar un mayor número de contagios”. Al menos me tocó vivir lo suficiente como para ser personaje de una novela de William Gibson.
7
No tengo buena opinión ni del gobierno de mi país ni de sus críticos acérrimos. Estas semanas he ido dos veces al supermercado y noto que la burguesía nacional no ha adquirido un gramo de sentido humanitario en el transcurso de la crisis. No sólo todo es más caro; es, además, deficiente. Como si una desgracia global fuera el mejor momento para comercializar lo que está al borde de la descomposición. El precio de placebos contra la paranoia viral roza lo obsceno. El capitalismo salvaje sigue siendo capitalismo salvaje, sólo que ahora tiene fiebre.
Mi sensación es que ya todos estamos de algún modo —ético, fisiológico, ideológico, emocional, económico— contagiados. Si pretendemos que no es así es por soberbia o mera urbanidad. Leo por todas partes sesudas opiniones de filósofos acerca de cómo el capitalismo, el comunismo, el Estado policial, los Estados débiles, los presidentes racistas, el heteropatriarcado, el feminismo, el criptosocialismo, el darwinismo económico, todas estas cosas van a caer o se van a empoderar o nos van aplastar o nos salvarán: todo depende de cuál sea la orientación ideológica previamente adquirida del pitoniso en curso. Lo que me causa mayor admiración es la certeza que se percibe en todas estas mentes brillantes. Me deja boquiabierto que, en una época tan cáspita y atónita, sea tan difícil conversar con personas aquejadas de incertidumbre.
8
No sabía que Lucía Bosé estaba viva; su muerte me hizo recordar lo increíblemente bella que me parecía Ornella Muti en los ochenta. No sabía que Jürgen Habermas sigue vivo. No sabía quién era Lorenzo Sanz. No había pensado en Luis Eduardo Aute desde finales de los noventa. No había pensado en Giorgio Agamben durante la última década. Sigo sin saber quién fue Carlos Falcó. No había tenido noticias de Plácido Domingo desde que lo acusaron de acoso sexual. Me conmoví cuando Idris Elba anunció que había contraído covid-19: mi primer impulso fue volver a ver The Wire. Todo esto puede sonar insensible, calamitoso, insensato. Pero ésa es hasta ahora mi experiencia concreta de la pandemia: una experiencia abstracta acotada por otro tipo de preocupaciones. Parece una tontería, pero creo que la honestidad elemental (practicada al menos con uno mismo) puede ser una gran reserva de poder cognitivo en tiempos oscuros.
9
Mi vida en cuarentena no es muy distinta a mi vida cotidiana durante el último par de años. En mayo de 2018, ingresé a una clínica de rehabilitación por el consumo de alcohol y drogas. No sé: tal vez pasar esos tres meses confinado, sin internet, con horarios estrictos de trabajo de albañilería y jardinería y terapia, siguiendo una regla vagamente monástica, me preparó para esto. O tal vez sólo soy un tipo raro que se venda lo ojos los sábados por la mañana para bailar a solas, a todo tren, big beats de los Chemical Brothers. ¿Es eso lo que experimento de cara al riesgo de contagio: la superioridad moral del eremita amateur, la humildad de cartón piedra del narcisista puritano, el síndrome cachafallas de la puta arrepentida? En parte, creo que sí. Pero también, en parte, estoy hasta los huevos de los estados éticos alterados del presente, de la pandemia vista como diluvio universal y no en su calidad de experiencia directa: de sentimiento personal e intransferible y a la vez trascendente del mundo. Es como si la literatura distópica del siglo xx nos hubiera sobreentrenado para la catástrofe.
Dice la politóloga Ashia Ahmad en un artículo reciente que “Las catástrofes globales cambian el mundo, y esta pandemia es muy parecida a una gran guerra”. Después añade: “La respuesta emocional y espiritualmente sana es prepararse para ser transformados para siempre”. Encuentro en estas palabras un poco de la sobreactuación y sobre-higienización emocional típicas del primer cuarto del siglo xxi. Primero, porque no está de más recordar que la Segunda Guerra Mundial dejó un saldo de alrededor de 60 millones de muertos; me temo que, al menos en ese rubro, el coronavirus le va un poquito a la saga. Y segundo, porque dudo que haya recetas generales para encontrar una manera “sana” de “prepararse para ser transformados para siempre”. De eso precisamente se trata toda la experiencia (y la tragedia) humana. No sólo esta pandemia.
Jair Bolsonaro:
masas, virus y poder
Fábio Zuker
Las crisis no es de “confianza”, no es “ética”, tampoco
“financiera”. No es “política” ni “institucional”, mucho menos
del “coronavirus”. Es la crisis de una forma de sociabilidad
que transforma todo en mercancía, incluso la salud, la
educación y el tiempo vital. La crisis es del capitalismo.
Silvio Almeida
São Paulo, 12 de abril— Domingo, 15 de marzo de 2020. Cuatro días antes de que la Organización Mundial de la Salud (oms) declarase al nuevo coronavirus como pandemia mundial. Sistemas sanitarios de todo el mundo en crisis. Países confinando a millones en sus hogares. Fronteras cerradas. Economistas calculando pérdidas billonarias. En cambio Bolsonaro prefiere desestimar las recomendaciones médicas y de su propio gabinete. El presidente opta por salir del Palacio de Planalto rumbo a una manifestación de simpatizantes suyos, que en medio de la pandemia decidieron salir a protestar contra el Congreso Nacional y la Corte Suprema. Bolsonaro interactúa con ellos, sonríe. Manosea sus celulares. En sus perfiles virtuales comparte videos de las manifestaciones en diversas ciudades del país, estimulando a que las personas estén en contacto y aglomeradas. Bolsonaro había estado junto a personas contaminadas por covid-19, lo que llevó a su equipo médico a recomendarle que disminuyera sus apariciones públicas y contactos—cuando escribo este texto son 23 las personas próximas a él que están contaminadas, incluidos ministros—. El presidente no parecía preocupado por su salud, así como tampoco por la de su masa más fanática de seguidores. El covid-19 nos ayuda a observar, desde ángulos inéditos, algunos aspectos del proyecto político de Jair Bolsonaro. Me parece necesario explicar algunas afinidades entre la situación social creada por el virus y el autoritarismo del presidente de la República.
Política y paranoia
Masa y poder, de Elías Canetti, es un libro fascinante. “Todo”, dice el autor, fue a parar a este trabajo. El telón de fondo es la Alemania del Nazismo y las enormes movilizaciones de masas que la sustentaron. Digo telón de fondo porque no creo que sea una obra centrada exclusivamente en el régimen nazi y el exterminio de los judíos en Europa. Hitler y el nazismo alemán son mencionados, pero no son el centro del argumento. Canetti cree que para entender los fenómenos de masas es necesario alejarse de un tipo de racionalidad europea y desde allí analizar los sentimientos que mueven a las personas a participar de esas experiencias colectivas. Su reflexión apunta hacia los sentimientos de apertura que cada persona cuando, ya como parte de la masa, pasa a formar parte de un todo, en una experiencia que también conlleva la pérdida de su individualidad. Su argumento se vale de la psicología y la antropología, pero también de la historia, la arqueología y la teoría política. Atraviesa los pueblos indígenas americanos, los cazadores africanos y los sultanatos musulmanes, como base para una discusión amplia sobre la sumisión.
En su radiografía de las masas, Canetti desvela su principal mecanismo de funcionamiento: toda masa tiende al crecimiento. La masa es pensada a imagen del fuego, por su capacidad de propagación, su irrefrenable expansión y su irrespetuosa relación con fronteras y barreras. El fuego comparte otra característica con las masas: por muy diverso y heterogéneo que fuere, todo lo que existía antes del fuego es igualado, todo es convertido a cenizas. Al integrarse a la masa las personas también pierden sus características definidoras. “Cuanta más vida tenga algo, menos podrá defenderse contra el fuego; sólo lo más inanimado, los minerales, logran resistirlo”, escribe Canetti.
Es imposible no pensar en las similitudes entre el fuego y el virus, en lo que se refiere a la velocidad de propagación. Más aún si consideramos las particularidades de algunas formas de contacto contemporáneas, en que buena parte de la masa se constituye como un cuerpo online, que actúa por medio de la viralización de fake news, sentimientos y agresiones a determinadas personas, haciendo indistinguibles a las masas de las hordas.
Hay otro aspecto del libro de Canetti que me parece importante para pensar a Brasil bajo la doble amenaza del coronavirus y Bolsonaro. Es la idea del gobernante como un paranoico. El sultán de Delhi, Muhammad bin Tughluq (siglo xiv), resulta para Canetti un caso puro del paranoico detentor de poder, ejemplo revelador para comprender las relaciones entre paranoia y los gobiernos totalitarios europeos. El sultán, poseedor de una riqueza inconmensurable, embarca a su ejército en guerras inútiles, agasaja a extranjeros en desmedro de sus súbditos y termina por exterminar a toda la población de su ciudad. Sólo se siente insatisfecho tras mirar por la ventana de su palacio y ver a Delhi vacía.
Exterminar indiscriminadamente —pese a que mueran inocentes, como dice Bolsonaro— constituye el delirio del paranoico. A los ojos de quien detenta el poder, la masa se muestra en su esencia: son todos iguales, igualmente peligrosos. Por eso, dice Canetti, es necesario su “apaciguamiento por medio de la miniaturización”. Una vez empequeñecidos, los subyugados por la violencia ayudan a la composición y el crecimiento del cuerpo del gobernante, que confunde su propio cuerpo con los de sus gobernados. El autor también destaca el “sentimiento de lo catastrófico” y la “amenaza al orden universal” como fuerzas que nutren al paranoico en su relación con las masas.
Es necesario traducir las reflexiones de Canetti a la terminología propiamente bolsonarista. Un video compartido por Bolsonaro en sus redes sociales —protagonizado por un león (representación suya) rodeado de hienas (grandes medios de prensa, Congreso Nacional, Corte Suprema y su propio ex partido)— es una expresión palpable de su paranoia. “Redentor del universo y soberano son una única persona”, afirma Canetti respecto a la visión que el gobernante tiene de sí mismo. “Mito”, la denominación dada a Bolsonaro por su base de apoyo, lo coloca precisamente como la única fuerza redentora del país. Dotado de un aura divina, no es extraño que sus fanáticos reivindiquen el segundo nombre del presidente: Messias.
Hay otro aspecto concreto de esta paranoia, tan real como calculado: Bolsonaro considera a los políticos que toman medidas para la contención del virus —como gobernadores y alcaldes— como amenazas, embusteros que quieren sabotear su gobierno al impulsar la caída del pib y el aumento del desempleo.
La diferencia entre el paranoico y el detentor del poder no existe en sí misma, sino en su relación con el mundo exterior. Al paranoico le basta su propia paranoia. La paranoia del detentor del poder es desenfrenada. Al paranoico sólo le importa él mismo. Los otros, la masa que lo sustenta, no. Hasta el punto de salir a tocarlos indiscriminadamente, incluso sabiendo del riesgo de estar contaminando a sus propios seguidores.
Para Canetti, “para él [sea el gobernante o el paranoico, da igual] nada representa la opinión del mundo; su delirio se sustenta por sí sólo contra la humanidad”. El escritor búlgaro continúa: “del único hombre vivo, él se transformó en el único que importa”. Es precisamente esto lo que se revela en una de las últimas reflexiones públicas de Bolsonaro, en medio del crecimiento exponencial del coronavirus en Brasil: “después de la puñalada, no será un pequeño resfrío el que me derrote”.
No importa el resto. Para que el mito cumpla su deseo de volverse omnipotente, el virus puede ser un medio.
Higienización social
Como en el capitalismo la muerte sigue el padrón de la desigualdad, no todos morirán de la misma forma durante la crisis del coronavirus en Brasil. Un reciente video de la diputada Jandira Feghali muestra cómo la comunicación del gobierno destinada a la contención del virus está orientada a las clases media-altas. Como muestran diversos reportajes, ¿Cómo es posible protegerse allí donde ni siquiera existe agua para lavarse las manos? ¿De qué forma se puede aislar a un enfermo al interior de un hogar donde un solo cuarto es compartido por todos los miembros de una familia, incluyendo a diferentes generaciones? Vale la pena leer el texto de la filósofa y militante Djamila Ribeiro respecto de la situación de vulnerabilidad de las empleadas domésticas. La autora centra su análisis en el violento caso de la muerte de una adulta mayor de Río de Janeiro, quien no fue liberada por sus empleadores recién llegados desde Italia pese a estar infectados con coronavirus.
En un país con estos niveles de desigualdad, el virus no matará de forma igual. Si en un comienzo la contaminación fue predominante entre personas con accesos a viajes internacionales, su irrupción en barrios populares es de temer. El virus toma partido en una guerra ya existente, que muchos sociólogos han denominado como de “castigo a la pobreza”. Es la misma lógica de la exención de responsabilidad defendida por Bolsonaro: se castiga a los pobres, poco importa la muerte de inocentes. Es eso también lo que propuso la Medida Provisoria recientemente elaborada por el gobierno: suspender los contratos de los trabajadores por hasta cuatro meses, dejándolos desamparados en un momento de aumento de gastos de salud. Pocas horas después, tras las protestas de políticos y de la sociedad civil, ese párrafo fue eliminado de la propuesta.
Hace pocos días el historiador y filósofo best-seller Yuval Noah Harari escribió un excelente texto para la revista norteamericana Time. Entre sus cuestionamientos está la idea de que la pandemia sólo alcanzó su dimensión actual debido a las profundas interconexiones del mundo que habitamos. Harari defiende precisamente lo contrario: en otras épocas la propagación de enfermedades era más letal y había infinitamente menos conexiones al interior del planeta. Basta pensar en la letalidad y la dispersión de la peste bubónica en Europa o de la viruela entre los pueblos indígenas de América. Vale observar, dice, las reacciones de la ciencia al coronavirus en relación a las respuestas a la peste: “mientras las personas de la Edad Media nunca descubrieron qué era lo que causaba la peste bubónica, científicos demoraron apenas dos semanas en identificar el nuevo coronavirus, secuenciar su genoma y desarrollar tests confiables para la identificación de personas infectadas”, afirma el autor. Esas informaciones fueron rápidamente compartidas entre países.
La diseminación de la información entre las naciones, los intercambios de conocimientos científicos y las técnicas especializadas sostienen el combate eficiente al virus. El caso de la viruela es ejemplar: la enfermedad sólo pudo ser erradicada en 1979, a partir de un esfuerzo internacional que involucró a todos los países del planeta. Si una única persona permaneciese con el virus, éste podría sufrir una mutación en un solo gen —lo que suele pasar con los virus, tal como ocurre con el covid-19 o el ébola— y la humanidad debería tener que vérselas nuevamente con la enfermedad.
Si el virus tiene el potencial de revelar las heridas de la desigualdad y el carácter paranoico del detentor del poder, también nos muestra que nadie está a salvo. No importa cuán rica una persona sea ni cuán lejos se encuentre de los núcleos de pobreza. Someter a poblaciones enteras a pésimas condiciones de vida y precario acceso a la salud no inmuniza a nadie de las consecuencias de la desigualdad. Ese único gen, de un único virus, de una única persona sin acceso a un buen sistema de salud, puede ser fatal.
Aun así, algunos ricos aparentan mantener la ficción de que no serán afectados como los pobres por la enfermedad. Evidentemente no será de la misma forma. Sin embargo la curva de crecimiento exponencial del número de contaminados llevará al colapso tanto al sistema público de salud como a los más lujosos hospitales privados.
La ficción del control total
Lidiar con una enfermedad contagiosa, una catástrofe ambiental, guerras o situaciones extremas que coloquen a la población en condiciones de vulnerabilidad, siempre presenta dos caras: la idea de que los gobernantes poseen razones prácticas para desempeñar su poder de mando de forma excepcionalmente dura y la concretización del poder sin límites en su forma pura.
En Vigilar y castigar, Michel Foucault inicia uno de los capítulos centrales de su obra —aquel dedicado al análisis de la visualidad y el control del Panóptico de Jeremy Bentham— con una impresionante descripción del sistema de control de las personas durante la época de la peste bubónica en Europa. Informes, redes de información, control de movimientos. Dominar a la peste era el objetivo central de todo proyecto autoritario de control total.
En el texto citado anteriormente, Harari apunta a una estrategia virtuosa de intercambios científicos y esfuerzos entre países. Sin embargo, esto no excluye que las restricciones que los gobiernos puedan llevar a cabo para enfrentar la excepcionalidad de la pandemia se transformen en la nueva normalidad. En un artículo publicado en el británico Financial Times, el mismo autor advierte sobre los peligros del perfeccionamiento de las herramientas de vigilancia personal, puestos en práctica por China e Israel: cada movimiento de los ciudadanos es acompañado, con la posibilidad de incluso saber si se está cerca de algún contagiado. Para Harari es aún más grave la posibilidad de que los gobiernos puedan monitorear en tiempo real características fisiológicas, como la presión arterial o el pulso cardiaco. Esto permitiría una vigilancia sin precedentes de nuestros gustos, alegrías y emociones. “El monitoreo biométrico haría parecer a las tácticas de hackeo de datos de Cambridge Analytica como de la Edad de Piedra”, concluyó.
Con Bolsonaro todo parece infinitamente más tosco. El combate al virus asume una cara abiertamente abyecta: desmerecimiento de la ciencia, desestimación del virus como peligro real, propagación de noticias falsas y comportamientos infames del propio presidente de la República. Tamaña ineptitud genera desconfianzas y levanta sospechas sobre la posibilidad de un proyecto de instauración de un estado de sitio de larga duración.
Bolsonaro ha dado señales de estar ensayando un golpe, incluso desde antes de escuchar sobre el covid-19. Probablemente no lo hace porque no tiene seguridad del apoyo que una medida así necesita. Por lo que indican sus palabras, ganas no le faltan. El virus puede crear peligrosamente las condiciones para que Bolsonaro materialice su delirio autoritario: colocar a las Fuerzas Armadas en las calles para contener a las personas y luego no devolverlas a los cuarteles. Una vez neutralizado el virus, garantizar la disciplina entre trabajo y hogar: reproducción del capital y reproducción de las masas que lo producen.
Es poco probable que la cúpula del Ejército apoye ese movimiento. Sin embargo, las policías pueden ser impulsadas a amotinarse contra gobiernos estatales, estableciendo un extenso toque de queda. El motín de la Policía Militar de Ceará de hace pocas semanas, así como las extrañas relaciones entre el Ejecutivo y los policías amotinados, no deben ser pasados por alto.
No me parece que Bolsonaro tenga fuerza para tanto. Gracias a los republicanos franceses de los siglos xviii y xix existe la separación de poderes y un sistema de frenos y contrapesos. Gobernadores y alcaldes han tomado medidas ejemplares, como el cierre de locales de concurrencia masiva y la limpieza del sistema de transporte público —algunas de esas estrategias fueron tomadas mucho antes que los países europeos en relación a las curvas locales de expansión de la pandemia. Vale destacar también la actuación del Ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, que comprende la gravedad de la situación hace bastante tiempo.
Falta saber qué uso político le dará Bolsonaro a la crisis. Todo indica que el presidente ya no cuenta con el apoyo de antes entre los liberales. Su base en el campo conservador también parece haber perdido fuerza. Cacerolazos y la idea de un impeachment ya no suenan tan extraños. Bolsonaro tendrá que hacerse cargo de un país golpeado, en un mundo asolado por la muerte, la recesión económica y más desigual que nunca.
Nota general sobre el imaginario de la catástrofe
Leo reportajes, ensayos y crónicas todos los días. Pocas me marcaron tanto como el texto de Evan Osnos sobre cómo los súper ricos norteamericanos se preparan para lo peor. En É o fim do mundo, el periodista muestra cómo algunas de estas personas han tomado una serie de prevenciones antes del cataclismo. No se sabe si operan en un escenario de crisis económica, crisis ambiental, levantamiento popular o una caótica combinación de estas fuerzas. Existen corredores de propiedades especializados en la venta de búnkeres nucleares en los desiertos de Estados Unidos y en el interior de Nueva Zelandia. Allí, debajo de la tierra y en caso de que las cosas no mejoren en la superficie, sus clientes tendrían la autonomía suficiente como para pasar hasta 20 años.
La catástrofe está siendo explotada y comercializada. Business as usual. O como diríamos en castellano, negocios son negocios.
Posdata: cadena nacional, pronunciamiento oficial de Jair Bolsonaro sobre el coronavirus
Martes en la noche, 24 de marzo. El presidente tiene dificultades para articular palabras. Parece preocupado, como si sintiera el deber de entregar un mensaje. Se ve contrariado. Habla de combatir el “pánico y la histeria”. Dice que parte de los grandes medios de prensa crearon un clima de miedo en relación al covid-19. Ataca a gobernadores. Vuelve a comparar al coronavirus con un pequeño resfrío. En oposición a lo que afirman especialistas en todo el mundo, Bolsonaro llama a las personas a continuar con sus actividades regulares: “El sustento de las familias debe ser preservado. Tenemos que volver a la normalidad”.
Una versión más extensa de este artículo fue publicada en portugués el 26 de marzo de 2020 en Le monde diplomatique Brasil.
Traducción del portugués: Rodrigo Millan V.
La ansiedad
Mariana Enriquez
Buenos Aires, 13 de abril— Mando un mensaje. Necesito resolver una cuestión administrativa de trabajo. Responden y resuelven más o menos rápido y la persona que me atiende agrega, antes del saludo de despedida, “esto parece uno de tus cuentos”.
esto es la pandemia, claro.
Le respondo con un lacónico “gracias”, sin hacer referencia alguna a su observación sobre mis cuentos que, en efecto, son de terror. No sé qué decirle. Casi todo el tiempo no sé qué decir y constantemente me piden que diga algo. Una columna sobre cómo llevo el confinamiento. Una opinión sobre la naturaleza mutante del virus. ¿Me parecen bellas las ciudades vacías y recuperadas parcialmente por animales? Todo es contradictorio y angustiante. Un escritor, un artista, debe poder interpretar la realidad, o intentarlo al menos. Como persona que trabaja con el lenguaje debería colaborar en la discusión pública. Pensando, escribiendo, interpretando. Pero cada día que pasa, pensar en esta pandemia se convierte en una neblina pesada: no veo, estoy perdida, apenas alcanzo a distinguir mis manos si las extiendo. La escritora Carla Maliandi comenta en su Facebook que el filósofo Karl-Otto Apel, amigo de su familia, les contó, entre empanada y empanada, que “durante la Segunda Guerra Mundial le tocó algo así como la colimba —el servicio militar— de Alemania. Su tarea era patrullar las calles dentro de un tanque de guerra mientras afuera explotaban bombas y el mundo era el infierno mismo. Nos dijo que ese fue un momento muy importante en su formación y que gracias a ese encierro pudo leer y estudiar por primera vez a Aristóteles, a Kant, a Hegel”. Ella se pregunta cómo es posible semejante concentración a propósito de una nota donde varios escritores dicen que no pueden leer, no pueden ver películas, están ansiosos e hiperalertas y pasan la mitad del tiempo en videollamadas o chequeando si los familiares y amigos necesitan algo.
¿Por qué tengo que ser intérprete de este momento? ¿Porque escribí algunos libros? Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto. Poder, poder, poder, qué podemos hacer, qué podemos pensar. En una charla con una amiga le dije, sinceramente: “pienso corto”. Es verdad. No encuentro reflexiones. Encuentro: cómo (no) usar el homebanking con bancos que ofrecen sistemas hostiles, no atienden el teléfono y son implacables en la demanda del pago. Encuentro: cómo evito el miedo cada vez que mi pareja sale a comprar la comida que necesitamos. Qué hago si se enferma. Es muy poco probable que esto pase, me digo y me dicen los expertos. Todo lo que me repito no sirve de nada y tengo terror de que termine en un hospital de campaña. O que termine ahí mi madre. Desde otro medio me mandan una serie de preguntas a ver si las puedo contestar: “¿Qué miedos genera el aislamiento? ¿Qué trauma nos trae? ¿Qué va a pasar con la humanidad? ¿Cómo construimos la nueva normalidad?”
Todas las preguntas me dejan muda. Todos los traumas, todos los miedos, no sé qué va a pasar con la humanidad, cómo pensar en “humanidad”, qué significa eso, por qué tenemos que pensar en la nueva normalidad si la pandemia recién empieza, al menos en la Argentina. Todas estas palabras que escucho, todo este ruido de opiniones y datos y metáforas y recomendaciones y vivos de IG y la continuidad de las actividades en formato virtual, toda esta intensidad, ¿no es acaso pánico puro? ¿Qué agujero se intenta tapar? ¿Qué fantasía de extinción? Pienso en insectos escapando de la mano que enarbola el veneno. Esa cucaracha que corre y corre y logra esconderse detrás del lavarropas.
Me siento como si acabara de tener un accidente de auto. Veo cómo sale humo del motor, huelo a quemado, no sé si habrá una explosión o no, el cuerpo no me duele porque el golpe es muy reciente y, desde el otro lado de la ventanilla, 20 personas me preguntan: “¿Vas a comprar un auto nuevo? ¿Creés que éste se puede arreglar? ¿Podrás vivir tu vida normal si tienen que amputarte una pierna? ¿Sobrevivieron los del auto que impactaste? ¿Si quedaron con secuelas los ayudarás económicamente? ¿Pagarás el entierro si murieron? Tu hijo, que estaba en el asiento de al lado, ¿llevaba cinturón de seguridad?” Así todos los días.
A veces logro sentir algo que me excede en otro sentido, no el del desborde cotidiano. Algo sublime, profundo. Un silencio en el mundo causado por este agente que no está ni vivo ni muerto, que necesita un huésped para vivir hasta que se aburre de él o lo mata. Cierta hermandad global. Me dura poco. Tengo miedo de tener una apendicitis y que no me operen y morir porque están las camas ocupadas por pacientes con coronavirus. Tengo miedo de ser horriblemente mezquina y poco solidaria. Tengo miedo de ver por las calles del conurbano de Buenos Aires las mismas escenas que en Guayaquil, los cadáveres en las calles, la gente ahogada arrastrándose en salas de emergencias, el hombre que dejó a su madre muerta en un banco y usó un parasol para proteger el cuerpo envuelto en una tela colorida. Los ataúdes de cartón. No quiero atravesar ese horror de ninguna manera, ni como espectadora ni como testigo ni como cronista ni como víctima. A veces me levanto y creo que vivir así no vale la pena, otras me digo que todo pasa, que siempre que llovió paró, que los virus tienen ciclos, que las pandemias se terminan, que las vidas se reconstruyen. Ayer me alegraba de haber vivido intensamente, de todos los viajes, todos los conciertos, todas las drogas, todos los amantes. Como si me estuviese despidiendo del mundo. Este estado es de duelo. Pero no sé bien qué ha muerto. O si está muriendo. No lo sé. Me lo siguen preguntando, y yo no lo sé. ¿Qué leo? Nada. Empecé, porque teletrabajo desde casa, con La condesa sangrienta, de Valentine Penrose, y la historia de la espantosa Erzsébet Báthory me entretiene, quizá porque vivió en un mundo infinitamente más cruel y más difícil, con enfermedades detrás de cada árbol, con brujas del bosque que secuestraban niños para hacer filtros con sus corazones. ¿Qué veo? Twin Peaks, porque sumergirme en una pesadilla ajena es una especie extraña de alivio. No mucho más: el resto del tiempo me la paso al teléfono o frente a pantallas o trabajando con una lentitud asombrosa o leyendo noticias hasta enloquecer. Sé que debo leer menos noticias y que toda esta información no sirve para nada, pero da alguna ilusión de control y además no se habla de otra cosa y perdón, pero no tengo la presencia de ánimo ni la distancia ni el equilibrio como para ponerme a leer a Eurípides. Admiro a los que se sientan con La montaña mágica y a los que aprenden recetas y sobre todo a los que se aburren.
No tengo carácter.
No tengo temple.
Quizá estoy deprimida: igual la terapia en este momento es virtual y no sé si me atrevo a empezar una medicación hoy, con el consejo de no acercarse a hospitales. También: mi propia crisis emocional me parece idiota. Es idiota. Estoy en un rincón, de rodillas, esperando que esto pase, se vaya, se apague. No estoy hecha para las crisis. Trato de recordar otras. 2001-2002: un año o más cobrando la mitad del sueldo y viviendo con mi madre en una barriada peligrosa; todas las noches escuchaba disparos y, si se me hacía tarde, iba corriendo hasta la avenida a comprar cigarrillos porque los robos eran comunes pero también podía quedar en el medio de una balacera. La adolescencia con hiperinflación, 1989, crisis energética, cortes de luz programados, padres sin empleo, dormir en un sillón porque no tenía cama propia y no había dinero para comprarla ni lugar donde ponerla. Hay más, algunas personales que no tiene sentido ni quiero hacer públicas. ¿Ninguna me preparó para esto? Ninguna me preparó para esto.
Llega otro mail, otra entrevista, otro mensaje. Qué pienso de esto como escritora de terror. Cómo se resignifica el miedo. Queremos tu opinión sobre el miedo que tenemos todos.
Intento ser irónica y ensayo unos renglones: que las pandemias son del terreno de la distopía, que yo no escribo en ese subgénero, que me gusta pero no lo leí tanto (es todo cierto). Borro lo escrito. Es una tontería. Leo un artículo fabuloso del pintor y escritor Rabih Alameddine acerca de cuando se enteró del diagnóstico de VIH positivo. Vivía en San Francisco mientras en su tierra natal, el Líbano, rugía la guerra civil; decidió volver, sin embargo, porque tenía miedo y no quería morir solo. En poco tiempo estaba de vuelta en California. Empezó a jugar al futbol. La mitad de su equipo murió. Él sigue vivo, hoy, y dice que no recuerda a cuántas personas ha visto morir. Recuerdo los días terribles del sida, yo era muy chica, recuerdo el miedo que el barrio les tenía a los posibles infectados, recuerdo a los amigos de mi madre que morían solos porque, además, eran rechazados por sus familias. Aquello fue tan cruel. La valentía de ellos. Mi vergonzosa cobardía. Pienso en las víctimas de los tsunamis, de las guerras, de los naufragios en el Mediterráneo, del narco, de la violencia institucional, de otras epidemias, del hambre. La muerte masiva y trágica y solitaria es la regla. Me doy cuenta de mi privilegio. Me da vergüenza ese privilegio, especialmente en este continente. No puedo salir de la autorreferencia y eso me abruma, porque intento evitar el yo yo mi mi. Quejarse es patético. No me quejo en voz alta. Lo intento, pero estas palabras deben ser una queja.
¿Sirve este texto? ¿Es exagerado? ¿Por qué decir: no puedo decir? Aquí habla sólo mi ansiedad. Y la sensación de inminencia. Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.
Final del viaje
María Soledad Pereira
Buenos Aires, 14 de abril— Dicen que los síntomas no difieren mucho de una gripe normal —fiebre, dolores musculares y tos seca— y que por eso mismo hay que estar atento. Dicen que los más viejos y quienes padecen de otras patologías son el grupo más vulnerable. Dicen que las personas que tengan fiebre y sientan dificultad para respirar deben comunicarse con el SNS24: el Centro de Contacto do Serviço Nacional de Saúde. Según las últimas noticias, en Portugal hay 59 casos positivos de covid-19 y los pronósticos, en el país y en el mundo, son todos desalentadores. La ministra de salud Marta Temido pide que se refuercen las medidas de contención y apela al buen juicio de los portugueses. Es miércoles 11 de marzo. Es 2020 y estoy en Lisboa.
Por WhatsApp recibo un mensaje de Buenos Aires. Una amiga manda un archivo al grupo. “El juego del coronavirus”, dice: una mezcla de instructivo higiénico y treta para niños que consiste en pintarse en el dorso de cada mano un coronavirus, un bicho que desaparece a partir del lavado frecuente. Quien logre que los bichos desaparezcan gana un punto, que se acumulará para un premio futuro. Enseguida me acuerdo de las indicaciones que, una vez, hace unos 20 años, me dio la psicóloga: llevar un registro de las veces en que, a diario, me lavaba las manos. Lo hizo para demostrarme, mediante algunos números azarosos, eso que yo ya sabía: que me las lavaba en exceso hasta hacerlas sangrar, una práctica que con el tiempo he moderado, pero nunca destituido.
Llevo alcohol en gel en la mochila desde mucho antes de la gripe A, en 2009, abro puertas con el codo, prefiero hacer equilibrio a agarrarme de un pasamanos: la higiene es, en suma, un hábito —o acaso, una reacción xenófoba contra la enfermedad— que practico naturalmente de un modo excesivo. Las medidas de prevención lanzadas por los gobiernos del mundo a cuento del nuevo virus me resultan, lógico, obviedades: limpiar regularmente superficies, cubrirse la nariz y la boca con el codo flexionado al toser o estornudar, lavarse las manos con frecuencia, ¡por fin! De repente, otro mensaje. Desde hace tres días, las comunicaciones por WhatsApp desde Buenos Aires se multiplican: Guillermo, Anita, Mariana, Pablo, ahora Rodrigo. Me preguntan que cómo estoy. Y me dicen que por favor me cuide. Un “cuídate” que a la distancia es una clara señal de alarma. A estas preguntas, se suman (día de por medio y desde hace una semana) las advertencias de mi tío, el hermano de mi padre, cosa extraña porque él habla poco: “Extremá cuidados de higiene”, me dice en uno de sus últimos mensajes. Me río o intento reírme. Que alguien me diga que extreme cuidados de higiene es como que le digan a Mick Jagger que no deje de bailar. Desde el trabajo, una compañera me advierte que a la vuelta tendré que quedarme en casa, en cuarentena, durante 14 días. Según las últimas decisiones del Ministerio de Salud de Argentina, quienes regresen de áreas de circulación de coronavirus deberán permanecer en sus domicilios, aunque no presenten síntomas, durante dos semanas.
Pero en Lisboa son las once y media de la mañana y el día está hermoso. Miro por la ventana. La Avenida Duque D’Ávila resplandece bajo un sol de incipiente primavera: cielo azul, monopatines y bicicletas en las vías de circulación, gente en los cafés. Dos de mis amigas, Filipa y Andreia, me dicen que fueron a trabajar normalmente. Filipe, un amigo, está como cada miércoles en su puesto, en la feria de libros usados del Jardín Constantino. La realidad —la vida misma— demuestra ser más luminosa que la que pintan los medios, medios que, para no enloquecer, empiezo a leer de modo selectivo. No obstante, estoy preocupada. Las nuevas medidas del gobierno nacional y la intención de Aerolíneas Argentinas de cancelar los vuelos de regreso desde Europa no son un invento. Ante la incertidumbre, busco en internet pasajes a Buenos Aires. Al día siguiente, jueves 12 de marzo, voy a una agencia de viajes y reservo un asiento por dos mangos para dos días después. Lo apresurado de la decisión me estremece. Viajaré vía San Pablo para evitar el paso por Madrid donde, en las últimas horas, la situación se ha descontrolado (España es el segundo país de Europa, después de Italia, con mayor número de infectados). Mientras María José, la agente de viajes, se ocupa de la emisión de mi pasaje, salgo a tomar aire. El domingo 8 de marzo, café de por medio, planeaba con Filipa un almuerzo en Corroios para el fin de semana siguiente. Y ahora, cinco días después, estoy organizando, violentamente y muy a mi pesar, un viaje a Buenos Aires. Acabo de confirmar una reserva y dudo sobre lo acertado de la decisión tomada: ¿Será oportuno volar en una situación de emergencia sanitaria? Pienso en si podré controlar la ansiedad en un ambiente cerrado con más de 300 personas; me pregunto si sobreviviré a la fila del check in y al hecho de tener que poner en la bandeja (nunca desinfectada) de control de seguridad mi mochila, mi campera, mi cámara de fotos. Lo pienso y transpiro: me transpiran la espalda, las manos. ¿Acaso, seré capaz de mantener la calma en un espacio donde la sensibilidad está lógicamente exacerbada? No lo sé, pero el viaje es inminente y está confirmado. Vuelvo a la agencia, pago, retiro el pasaje. Le doy las gracias a María José y le pido que me desee suerte. “Todo va a salir bien”, me dice. Y por un segundo, su voz —dulce, terapéutica, conocedora— me tranquiliza.
*
En el año 2000, cuando visité Lisboa por primera vez, en la ciudad no había caravanas de tuktuks —vehículos de tres ruedas semidescapotables—, ni había combos promocionales de pasteles de bacalao con vino verde, y Fernando Pessoa no había alcanzado todavía la categoría mediática de souvenir en forma de cenicero. En barrios como Ajuda o Alfama no era extraño ver a mujeres de edad avanzada (antiguas propietarias) vestidas de negro y con pañuelos en la cabeza, cumpliendo, a lo mejor, algún luto lejano. El populoso tranvía 28, en su trayecto desde Campo de Ourique hasta la plaza Martim Moniz, permitía aún cierta comodidad a bordo. De aquel tiempo a esta parte, pasaron cosas. Hoy Lisboa es una de las capitales más apetecidas de Europa, y el sector turístico —para bien y para mal— no para de crecer. Filipe es librero y se queja. Dice que los lisboetas ya no pueden vivir en Lapa ni en Santos ni en Madragoa ni… “Desde que los extranjeros empezaron a copar las casas del centro y a transformar predios en hoteles de lujo, los alquileres se dispararon y la ciudad empezó a cambiar”, dice con algo de nostalgia, la noche del 10 de marzo, mientras caminamos desde Estrela hasta Cais do Sodré.
Por lo demás, Filipe pone en duda la gravedad de la epidemia. Esa noche, a mitad de camino, nos sentamos a tomar una cerveza. Es invierno en el hemisferio norte, pero parece primavera. Lo veo pagar y luego armarse un cigarrillo: tabaco, boquilla, envoltorio y lengua sobre el papel. Ese descuido higiénico me desconcierta (con todo lo que se está diciendo), pero lo disimulo (soy siempre la misma hipocondríaca). Le digo que en Lisboa vi algunos de los acontecimientos que cambiaron la historia del mundo para siempre: la caída de las Torres Gemelas, en 2001, por ejemplo; el comienzo de la guerra de Irak, en 2003. Y, ahora, la irrupción del “Corona”.
“Corona suena a nombre de jugador de futbol del club de Porto”, dice. Y nos reímos.
*
El 10 de marzo, en una nota publicada en el matutino The New York Times, el periodista Martín Caparrós hizo referencia a un tuit del actor español Eduardo Noriega. “Si cada invierno —había escrito Noriega en su cuenta de Twitter—, nos informaran en tiempo real de los atendidos, hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos por gripe en España viviríamos aterrorizados”. El tuit incluía cifras verificables, y la nota de Caparrós analizaba la situación mundial más allá de los circuitos del miedo. Sin embargo, el viernes 13, mientras tomo el desayuno, pienso en cosas que me atormentan sólo en los peores ratos: en lo impredecible, en lo imponderable, en la fragilidad de la vida y pienso también en la muerte. Por email recibo un mensaje de latam, la aerolínea con la que volaré a Buenos Aires, es casi la una de la tarde. “En latam —dice el mensaje—, queremos que usted viaje con tranquilidad: infórmese aquí sobre todas las medidas y procedimientos relativos al covid-19”. Pero en lugar de tranquilizarme, la noticia me incomoda. Dos horas después, Aerolíneas Argentinas me avisa, también por correo electrónico, que mi vuelo programado para partir de Madrid el 29 de marzo ha sido cancelado y que las millas canjeadas me serán devueltas. Voy a mi agencia de viajes y le pregunto a María José si lo mío está confirmado. La rapidez de los cambios me hace suponer que cualquier catástrofe podría ocurrir dentro de los siguientes 10 minutos. “Está confirmado”, me dice y me aclara que la única noticia que recibieron fue lo de la cuarentena dispuesta por el gobierno argentino. Paso por el supermercado: hay góndolas semivacías, otras, desmanteladas. Faltan frutas y verduras y agua y sobre todo faltan latas: de atún, de sardinas, de bacalao. “¿Serán los estragos del miedo —me pregunto— o el mismo apocalipsis?” Salgo y corro a refugiarme en mi cuarto de la Av. Duque D’Ávila. Desde que llegué, hace dos semanas —tras haber terminado un curso de un mes en Sevilla—, estoy alojada en una casa en la que curiosamente, años antes, funcionó una editorial independiente: la 70 o Edições 70. Una casa o, mejor dicho, un caserón —más de 100 años, tres plantas luminosas, fachada pintada de amarillo—, un lugar en el que me quedaría a vivir y en el que no hay —no puede haber—, trato de convencerme, lugar para virus peligrosos.
Paso el resto de la tarde armando valijas y escuchando música. Escucho el mismo tema tres, cuatro, cinco veces. Y repito la letra como si fuera un mantra. “Ring the bells that still can ring —canta Leonard Cohen— Forget your perfect offering/ There is a crack, a crack in everything/ That´s how the light gets in”.
*
El 14 de marzo me levanto a las cinco. A las apuradas, tomo un café con leche y salgo. Al llegar al aeropuerto, me cubro la boca y la nariz con un cuello de invierno y voy a asegurar la valija. Subo al primer piso, resuelvo el check in y paso directo al control de seguridad. Soy un robot que ejecuta órdenes a comando. Meto el carrion en la cinta, y en una bandeja, la campera, la mochila y la cámara de fotos. “La bufanda también”, me despabila de golpe un agente. Lo último que haría en la vida sería poner mi cuello de invierno en la bandeja, así que me hago la distraída y, en un descuido del hombre, me lo guardo rápidamente en uno de los bolsillos del buzo polar. Paso por el escáner, retiro mis cosas al final de la línea y limpio con alcohol en gel el cuello de la campera. Ahora sí, corro en busca de la puerta 41A y entro automáticamente en el free shop —mezcla de perfumes y vendedoras sonrientes—, que en un segundo me devuelve a la normalidad de la vida.
Lo que sigue es un trayecto de nueve horas —las más largas que recuerde a bordo—, en el que me veo rodeada de pasajeros con barbijos. Pasajeros quietos, silenciosos, adormecidos. Cada uno (me incluyo) dentro de su propia isla, haciéndose invisible, impalpable, inaccesible, como queriendo desaparecer, anularse para protegerse y, a lo mejor, en un acto de solidaridad genuino, proteger también al otro.
Llego a San Pablo a las cinco de la tarde. Llamo a mamá. “Llegué”, le digo y me pongo a llorar. Desconsolada. En el aeropuerto todo el personal y la mayoría de los pasajeros están embarbijados. Por el altoparlante, las recomendaciones de higiene se repiten cada cinco minutos. Para mi vuelo a Buenos Aires faltan todavía cuatro horas. En otras circunstancias me hubiera sentado a tomar un café, en éstas, lo único que quiero es salir de acá. Cuanto antes.
La entrada del aeropuerto de Guarulhos está semi desierta: una decena de taxis, unos pocos pasajeros despidiéndose, todavía a los abrazos. Este escape y esta suerte de páramo me reconfortan. Cruzo las vías de circulación y camino como drogada hacia uno de los laterales, camino hasta que no puedo avanzar más y me doy cuenta de que a mi alrededor no hay un alma. Un rato después, el sol empieza a ponerse en mi propia cara de sobreviviente. Un atardecer hermoso, inesperado, conmovedor, como escribió Borges en uno de sus poemas. “Siempre es conmovedor el ocaso —escribió— por indigente o charro que sea,/ pero más conmovedor todavía/ es aquel brillo desesperado y final/ que herrumbra la llanura/ cuando el sol último se ha hundido”.
Sé que hoy cuando el último sol se haya hundido y “el unánime miedo de la sombra” me acometa, tendré que correr en busca de mi próxima puerta de embarque y ponerle el cuerpo al segundo tramo de este viaje alucinado. Pero para eso todavía falta, así que saco mi cámara de 35 mm y me hundo en aquel otro cielo. Azuloso y rosado. Y (casi) puedo disfrutarlo.
Otro afuera
Carolina Sanín
1
Bogotá, 15 de abril— En el confinamiento obligatorio por la pandemia, la economía se ha retraído, para mí, a su etimología: es el conocimiento de la casa, del oikos. Cada 15 días abastezco mi casa. Todos los días soy consciente de cuánto consumo, de qué se pierde y cuánto se conserva. Un día a la semana limpio mi casa, que ahora equivale a mi mundo: cada objeto y cada asiento y cada balda con el trapo —primero seco y luego húmedo—, y el suelo con la escoba, luego con la aspiradora y, por último, con el trapero. Quizás «economía» en la cuarentena ha pasado a ser casi equivalente de «limpieza»: en la casa común que es la ciudad, la administración se concentra en las medidas de higiene pública, de distanciamiento, para evitar el contagio. En mi casa, la administración de la higiene no es distancia sino contacto: recorro las formas de todas las superficies. Acaricio y levanto los objetos, y los pongo en su lugar, pensando que su lugar es ése y ningún otro en el mundo, pues así lo he dispuesto. Cada vez que vuelvo a poner algo donde estaba, después de tocarlo y repasarlo, o que elijo para él un lugar distinto (o la basura) donde dejarlo, me siento —o me figuro que me siento— poniendo fin a un drama, pues el fin de cada tragedia y cada comedia es que las cosas queden en el lugar que les corresponde. Mientras limpio y ordeno —mientras hago que el telón caiga una y otra vez— medito sobre el significado de disponer, que es dar posiciones y decidir, pero también connota un ofrecimiento. Dispongo continuamente mi casa y sus cosas para mi vida de cada día, que ahora es vida de día por día: vida de un solo día con una sola huésped, que coincide con su anfitriona. Mi casa toda se convierte en una mesa servida: para mí sola y para mí toda, para la plenitud de mi tiempo: para el día.
Mi cocina tiene dos puertas: una de vaivén, por la que entro y salgo, y otra pequeña, una puertecita, poco más ancha que mi cuerpo, que la comunica con el comedor. Desde que me mudé aquí, esa segunda puerta había permanecido cerrada, pues yo la necesitaba como pared para apoyar contra ella un mueble. Hasta ayer, que fue día de limpieza, había olvidado completamente esa puerta clausurada. Al cabo de la jornada, puse el mueble en otro lado y dejé la puertecita abierta. Hoy pude, por primera vez, entrar en la cocina por una puerta y salir por otra. Como la excavación de un canal interoceánico, ese acto de gobierno de mi casa cambió el mundo. Durante la cuarentena, me he hecho consciente de que reino en mi casa; de esa modalidad irónica de la libertad que es la soberanía. La economía atraviesa una fantasía autárquica y sale (por la segunda puerta de la cocina) convertida en política, y me hace pensar que quizá el ejercicio de la política no es otra cosa que la administración de la circulación por el espacio.
2
Esta mañana pensé que posiblemente no viajaré nunca más a otra ciudad, y entonces hice la cuenta de las casas donde he vivido: son 23. Me pareció evidente que siempre había vivido en una sola: en ésta, que contiene las del pasado, que iban formando la que al final las contendría. Siento que no existí en las casas que he habitado, ni en las siete ciudades que me han albergado. Que las soñé.
Si al limpiar y disponer las cosas de mi casa —al resolver que pongo cada una en su lugar y que determino con ello el último acto de una representación—comprendo el género dramático, con la obligación de permanecer en un solo lugar durante todo el día —y día tras día— pienso en el género narrativo, cuya función es observar el paso del tiempo a través de las cosas. Ahora que ya no voy ni vengo —ahora que lo que se mueve es verdaderamente el Sol y no yo, no la Tierra— me parece entender que lo que ha habido siempre, por encima de todas las mudanzas, es un día. Un solo día. Que estar vivo es estar sujeto al avance y a la repetición del día. Que la parábola de la luz es la explicación de la vida, y que el deseo de seguir viva es el de seguir estando bajo el arco diurno.
3
Algunos amigos me han dicho que durante el confinamiento sueñan más o recuerdan más sus sueños —esa actividad por medio de la cual la mente busca su salud y administra su higiene—; que tienen sueños extraordinarios y muy vívidos. A mí también me está sucediendo. Hace tres noches soñé con una leona que tenía melena de león y que me esperaba en un carro con su cría, y la noche siguiente soñé con el hijo del sah de Persia, y anoche soñé que un erizo cuyas púas eran lápices me mandaba saludos con una amiga que es dibujante y vive en una ciudad lejana. Los sueños son el afuera al que podemos salir en la noche, después de pasar todo el día confinados en la casa, limitados a ella. Quizás estamos reclamando la espacialidad real de la vida onírica —y, con ello, dándonos una noticia de la provisionalidad de la realidad diurna, y, con ello, claro, dándonos una noticia de la realidad de la muerte—. A medida que el mundo externo pierde consistencia, tal vez el mundo onírico esté presentándose como nuestra otra vida y nuestro otro afuera —al que salimos por la puerta antes clausurada, como estuvo la puerta pequeña de mi cocina—.
Me llama la atención que, al tiempo que se vivifican nuestros sueños, insistamos en ver animales en los espacios públicos de nuestras ciudades. En las redes sociales, que son el espacio de contacto y comunicación que nos queda —y por el que nos desplazamos sin movernos de nuestro lugar, como cada noche hacemos en los sueños— nos hemos mostrado con emoción, desde que empezó la cuarentena, animales no humanos que ocupan el afuera del que los humanos nos hemos ausentado. Ponemos a los animales —jabalíes, venados, pavos reales, osos hormigueros— en nuestro lugar. En el sueño de las redes sociales, construimos el sueño de recorrer nuestras calles en otra forma, en otra encarnación: en los animales, que recorren el mundo entero como su propia casa; que se mueven por el mundo como por la realidad, y no como por un escenario, como nos movíamos nosotros, que salíamos a interpretar personajes y que, confinados en nuestra casa, nos hemos quedado sin escenario y ante el espejo.
Dije que he soñado con el hijo del sah de Persia y con un león que me esperaba en un carro: he soñado con la soberanía y con la posibilidad de desplazamiento, pero en un cuerpo que no es el mío (que es el de una fiera, pero que también es un rey: el león). Estos sueños, y esta sensación que tengo y que tienen algunos de mis amigos de estar mudándose a la realidad onírica, y esta experiencia del encierro ante la pantalla del computador, que hace que me sienta entre espejos —como en una fantasía del Barroco— me llevan a pensar en el Segismundo de Calderón de la Barca. El príncipe heredero de Polonia crece encerrado en una torre, sin saber quién es. Luego, lo sacan de la torre y lo ponen en el reino, en el lugar de príncipe. Vuelven a confinarlo por la ferocidad que exhibe, y él cree entonces que se ha soñado príncipe y que su realidad verdadera es la vida en la torre. Después de que ha comprendido y dicho la naturaleza ilusoria de la vida —y la reversibilidad de la relación entre vigilia y sueño— es liberado. Al final de la obra, ocupa la posición para la que nació: puede empezar a gobernar su reino y a vivir su vida, consciente de que la vida y el lugar propio son sueño y son teatro.
Querida Eula Biss
Jazmina Barrera
México, 16 de abril— Tuve un ataque de pánico leyendo tu libro. El 24 de enero de 2020, un día después de que China cerrara todos los accesos a la ciudad de Wuhan y cuatro días después de que se detectaran los primeros casos de covid-19 en Estados Unidos, abordamos un vuelo de Baltimore a la Ciudad de México. Yo estaba leyendo tu libro, Inmunología. Me tocaba participar en una charla contigo un par de semanas después y decidí que las horas de vuelo eran ideales para empezarlo. Me da vergüenza admitir que al principio era medio escéptica. Por más que en la contratapa hubiera elogios de dos de mis escritoras favoritas (Rebecca Solnit y Maggie Nelson) nunca me había puesto a pensar en las vacunas, no me interesaban particularmente y me imaginaba un libro más bien aburrido, lleno de jerga médica. Cambié de opinión a las pocas páginas, me enganché con las historias de vampiros, experimentos vacunos y madres antivacunas que ibas narrando y desmenuzando. Me identifiqué sobre todo con el miedo materno que tan bien describes, esa necesidad angustiosa —casi enloquecedora por momentos— de proteger a tus hijos de los infinitos peligros, visibles e invisibles, que acechan en cada rincón del mundo, a todas horas. Me interesaban particularmente las secciones en que explicas cómo el cuerpo humano coexiste por dentro y por fuera con una cantidad incalculable de microorganismos, y cuando convivimos en equilibrio con ellos, más que benéficos son necesarios —hace poco vi un documental donde explican que los niños que crecen con perros y por lo tanto están expuestos a sus gérmenes desde bebés, padecen menos alergias—, pero cuando el equilibrio se altera nos enferman. Fue quizás algún ruido del avión o una turbulencia medio ominosa lo que me distrajo de la lectura y me hizo pensar en el precario ecosistema que es un avión y en todos los virus que los pasajeros comparten a través del aire acondicionado, que circulan por nuestros pulmones una y otra vez, se reciclan y vuelven a circular. Siempre he padecido una leve hipocondría, casi simpática, pintoresca, diría yo, pero nunca antes me había pasado algo así. Esa mañana me había comido un par de gomitas anaranjadas de vitaminas Airborne, de esas que en teoría son especiales para mejorar el sistema inmune antes de abordar un vuelo. Traté de pensar en eso, pero no sirvió de nada, me faltaba el aire, sentí que me estaba ahogando, que tenía que pedir una máscara de oxígeno o salir de ese avión como fuera, gritarle al piloto que aterrizara de emergencia, robarle a la azafata uno de sus zapatos rojos de tacón —en ese vuelo por primera vez tomé conciencia de que en pleno siglo xxi siguen obligando a las azafatas a usar zapatos de tacón— y romper una de las ventanillas para que entrara aire fresco. Logré controlarme unos minutos más tarde, irónicamente, con el famoso truco de concentrarme en mi respiración.
Tres días después, mi familia y yo empezamos con los síntomas de una gripe insoportable. Luego de unas fiebres estratosféricas, una prueba de laboratorio confirmó que era influenza tipo A. Fueron días horribles. Mi hijo decía “mocos” cada dos segundos, yo no tenía fuerzas para nada. No nos habíamos vacunado contra la influenza. Varias veces pensamos que había que hacerlo, y varias veces lo pospusimos. Me enfurecí conmigo misma. Después de haber leído tu libro me quedó claro que era una tontería no haberlo hecho.
No tengo forma de saber si me enfermé en ese avión, pero mi instinto no tiene dudas.
Nos encontramos 21 días más tarde, Eula Biss, el 15 de febrero, cuando el covid-19 ya había sido bautizado y Francia anunciaba la primera muerte en Europa. Me caíste bien de inmediato. Fue una plática muy agradable, que duró sólo una hora, aunque yo habría querido extenderla por más tiempo. Con todo lo que ha pasado desde entonces he seguido imaginando conversaciones contigo, que son más bien soliloquios, porque trato de adivinar qué responderías a mis preguntas, pero nunca llego muy lejos. Se suponía que íbamos a volver a reunirnos, íbamos a tener una charla en mayo, en Chicago, durante el tour que me habían organizado por Estados Unidos, que fue, por supuesto, cancelado.
Hace unos días, mi hijo de dos años soñó esto: “Como la calle estaba vacía había una jirafa, y todas las casas se caían”. Habrá sido por un video que sacó mi tío en Berlín, donde filma las andanzas de un zorro en un jardín vacío enfrente del Palacio de Bellevue. Hablamos constantemente de la pandemia y mi hijo no había opinado nada hasta que varios días después me preguntó: “¿Mamá, en dónde están las personas?”. Entonces yo pensé en preguntarte, Eula Biss: ¿Qué te pregunta tu hijo? ¿Qué le respondes? Desde que me embaracé, desde que viví esa experiencia tan fascinante y desconcertante de ser dos cuerpos en uno, he ido buscando y descubriendo otras formas en las que nuestros cuerpos son parte de un organismo múltiple, de algo así como un jardín. Un año antes, sin haber leído tu libro, escribí en una conferencia esta oración: “No somos islas; se me ocurre que las mujeres, los humanos y los libros somos más bien algo así como jardines en la selva”. Casi salto de emoción —esto fue algunos días después del vuelo, ya con influenza pero sin ataque de pánico— cuando leí una oración por poco idéntica en tu libro, en donde dices que nuestros cuerpos son jardines dentro de un jardín más grande, que es el cuerpo social.
En tu libro explicas que no vacunamos a nuestros hijos para protegerlos de los virus. Las madres antivacunas tienen razón en esto: si nuestros hijos enfermaran de muchas de las enfermedades para las que los vacunamos, probablemente no sufrirían demasiado ni morirían. Vacunamos a nuestros hijos para proteger a las poblaciones más vulnerables, para que el virus no pueda saltar de cuerpo en cuerpo hasta llegar a un cuerpo debilitado, que no soporte la enfermedad. Vacunamos a nuestros hijos, nos vacunamos, por un sentido comunitario, por la noción de que somos un solo organismo múltiple.
No sabes las ganas que tengo de repartir tu libro, que venga en la canasta básica que todas las madres deberían recibir después de un parto —junto con esas toallas sanitarias frías, chocolates, crema para los pezones y varias amigas con hijos—. Después de leerlo es imposible seguir creyéndole a los charlatanes que hablan de vacunas venenosas y que ocasionan autismo. Quizás si más personas hubieran leído tu libro no habría ahora un brote de sarampión, una enfermedad que hasta hace poco estaba ya casi erradicada del planeta.
Los más de 20 días que ya llevamos de cuarentena han sido una mezcla de insoportables juntas en Zoom, relatos devastadores de muertes solitarias y atroces, videos de animales en las ciudades vacías, intentos fallidos para establecer rutinas y trabajar, intentos más o menos exitosos de quitarle el pañal a nuestro hijo, pájaros invisibles que cantan en el silencio de la calle, el vecino que aprovecha la cuarentena para remodelar su casa con furiosas sierras eléctricas y taladros, el otro vecino —todavía no encuentro un insulto que le haga justicia— que organiza “fiestas de covid” con karaoke por las noches, y momentos de angustia, de lectura y de juego.
Pienso mucho en ese cuerpo social que describes. En cómo a falta de vacuna —en lo que inventan o descubren y prueban y distribuyen la dichosa vacuna— tenemos que distanciarnos por el mismo motivo: para que el virus no pueda saltar de cuerpo en cuerpo hasta llegar a un cuerpo debilitado, que no soporte la enfermedad.
Pienso también en los jardines; en cómo el jardín que tiene mi madre en la casa de junto nos ha salvado el ánimo, porque para un niño de dos años ese espacio, esa interacción con la tierra, el aire y las hojas —mi hijo probablemente agregaría en esta lista a las lombrices— es invaluable. Soy consciente del privilegio que implica tener acceso a un jardín, un lujo que incontables familias echan ahora mismo en falta. Pienso en los hogares sin jardín, en los jardines vacíos en Berlín, en tu metáfora del jardín dentro del jardín, en mi metáfora de los jardines en la selva y en los jardines salvajes devastados por la deforestación. En el origen de esta pandemia están esos bosques talados, que cuando se destruyen nos acercan a virus nuevos, que antes vivían en equilibrio con su ecosistema. Otras enfermedades, como la gripe aviar y la fiebre porcina, surgieron de la voraz industria alimentaria, se transmiten de los puercos y las gallinas a los seres humanos. Detrás de esta emergencia sanitaria está la enfermedad social y ambiental del capitalismo salvaje, que está terminando con la vida en la Tierra, y mi sensación es que no estamos hablando lo suficiente de estos temas, que no nos preocupan ni nos ocupan lo suficiente. Lo comento con familiares y amigos y casi todos dicen que exagero, que me lo invento, que no es para tanto. Y quizás sí que exagero, como con mi hipocondría, quizás los artículos mienten y la abundante evidencia científica está equivocada, quizás exagero, y ojalá. Por todas partes escucho a personas que dicen que quieren volver a una normalidad perversa, a un sistema infecto, que nos está matando. Cuando pienso en todo esto, Eula Biss, me empieza a faltar el aire, y entonces me da miedo que sea un síntoma de covid-19 y eso lo empeora. Tengo que concentrarme en mi respiración.
El conejo encabeza la encuesta
Nina Yargekov
Sofía, 17 de abril— Estado de ánimo, inquietudes, esperanzas. ¿En qué piensa una escritora en cuarentena en Europa del este? Después de cuatro semanas de encierro decidí hacer una evaluación de la presente etapa por medio del sondeo a una muestra representativa de mis pensamientos. Las respuestas traducen una geografía mental disparatada, con islotes de voyerismo animal y vastas planicies de apatía política. En suma, una psiquismo fragmentado que refleja, quizá, el estado del mundo.
La resiliencia está presente
La muerte y la enfermedad nos rodean; sin embargo, mi ánimo se mantiene a la alza, con un promedio de 6.7 en una escala del cero al 10. Vaya que es un cambio en relación a la curva en “dientes de sierra” observada durante el mes de marzo, un periodo marcado por picos de euforia dramática relacionados con la idea de que yupi, estamos viviendo un momento histórico, y por yerros referenciales del tipo auxilio esto es una guerra ah no pésima intuición esto no tiene nada que ver con la guerra. Otra buena noticia es que mi psiquismo, mayoritariamente, no considera que el confinamiento sea perturbador, hasta el momento la explicación es que esto no cambia demasiado mis hábitos (72%) y que siempre he sido un poco depresiva pero nada grave (28%). Además, con un marcador que indica 68% de intenciones de ducha en respuesta a la pregunta estaría usted de acuerdo con bañarse hoy y ninguna marca de dientes sobre el camembert que guardo en mi refrigerador, no hay por qué temer la alienación sociocultural de mi parte. Por último, no hay duda de que la resiliencia está presente: 65% de mis pensamientos afirman haber superado el doloroso trauma que suscitó el cierre brutal de las fronteras europeas, mientras que la tasa de sentimiento de irrealidad se encuentra en drástica disminución. Así que, cuando me pongo un cubrebocas, la exclamación interior puta madre estamos de veras en una película de ciencia ficción ya sólo se produce dos veces de cada 17.
Una fuerte baja en el índice
de confianza en la humanidad
Los números previamente citados no deben ocultar la acometida de mi pesimismo existencial. A la pregunta en la perspectiva de una vida futura usted preferiría reencarnar en un cristal de cuarzo rosa o en un ser humano, 82% de mis pensamientos escogen la opción mineral, es decir: 16 puntos porcentuales más que a principios de marzo. En el mismo tenor, Arthur Schopenhauer llega con una entrada escandalosa al top 3 de los intelectuales que más me inspiran, justo detrás de Mickaël Haneke y Jean Améry. Esa idea de que la naturaleza humana está podrida completa y definitivamente se sustenta en los insultos racistas contra las personas de origen asiático al inicio de la epidemia (14%), el pánico moral experimentado ante el triaje de enfermos (31%), el asco ante el robo y el tráfico de cubrebocas (22%) y la pérdida de referencias identitarias provocada por la imposibilidad de ir a la alberca (10%). Por una misteriosa razón, la guerra en Siria, las peleas entre musulmanes e hindús en Delhi y la vida de las vacas lecheras son citadas también como parte de los factores de desesperanza estructural (13%), y finalmente entra en juego la culpabilidad de ser una privilegiada con un departamento espacioso, y la culpabilidad de culpabilizar puesto que se trata también de un lujo de privilegiados (5%).

Una pasión secreta
por el conejo de mis vecinos
Este estudio nos reservaba la gran sorpresa de la puntuación obtenida por el conejo de mis vecinos en la categoría relaciones sociales. El adorable pequeño mamífero que se pasea con regularidad sobre el balcón de enfrente suscitaba hasta hace poco un interés mediano. El efecto del confinamiento ha sido espectacular ya que 64% de mis pensamientos lo consideran ahora como el ser vivo más importante de todo el universo, de aquí a las estrellas. Esta proporción alcanza picos en mis ideas matutinas, 88% estiman al despertar que es imperativo y urgente esconderse detrás de las cortinas para verificar discretamente si el adorable lepórido se encuentra bien, si sigue en posesión de sus cuatro patas y de sus dos orejas, lo cual me da enseguida la autorización de estallar en risitas alegres. El corolario es que, si aquel que decidí bautizar Ricky en el secreto de mi corazón desencadena una adoración incondicional (62%), ensoñaciones sobre su pelaje que se mira tan suave (26%), e incluso proyectos de secuestro (12%), él mismo también monopoliza el terreno bastante más negro de mis miedos e inquietudes. Así, muy por delante del estado de salud de mi madre (1h/día), de la vida cotidiana del personal en los hospitales (30 min/día) o el destino de las sexoservidoras de pronto privadas de sus fuentes de ingreso (25 min/día), el bienestar de Ricky me mantiene ocupada casi de tiempo completo (6h40/día), por la angustia de una gripa (24%), una caída desde el balcón (59%) o incluso una intoxicación alimentaria por culpa de una hoja de lechuga descompuesta (17%). En tal contexto, nadie se sorprenderá si a la pregunta en caso de penuria alimentaria estaría usted dispuesta al ayuno para darle zanahorias al conejito, el 100% de mi población cerebral responde que sí, contra solamente 32% cuando se trata de sacrificarse para salvar a una enfermera agotada.

Una habituación a los estímulos antidemocráticos
En el frente político, el primer ministro Viktor Orbán ganó el plebiscito para personalidad más ansiogénica de mi mapa mental. En un respetable segundo lugar detrás del conejo de mis vecinos, acapara él solo 33% de mi actividad neuronal cotidiana, con un pico de 72% los días posteriores a la adopción de la “Ley coronavirus” en Hungría. Sin ninguna ambigüedad, dicha reforma es considerada por mí misma como la instauración de una cosa que se aleja seriamente de lo que se puede llamar democracia (81%) aunque bueno hay que ver cómo la van a implementar (19%). Por lo tanto, mi índice de indignación se encuentra en su tasa histórica más baja (7.6%) y pareciera que básicamente me dedico a encogerme de hombros mascullando sí bueno de todas formas era previsible mira que me comería unos M&M (19 ocurrencias al día). Hay que decir que a lo largo de estos últimos años, la política húngara ha sido tan prolija en estímulos antidemocráticos que un ataque al estado de derecho es percibido como algo habitual por el 90% de mi psiquismo. Para terminar, se observa que Francia, donde también tengo ciudadanía, no suscita ningún interés fuera del sarcasmo, con un pequeño crecimiento (+ 6 puntos) en la producción de chistes internos sobre el tema n’hombre en este gobierno de veras que son unos payasos.

El horóscopo como un último recurso
En cuanto a la esfera intelectual, advertimos un eclecticismo que colinda con el desmadre. Si bien las referencias a los trabajos universitarios no están ausentes, con cierto entusiasmo por la historia (6.2% de mi memoria ram se encuentra comprometida con la controversia a saber si Montaigne tuvo razón en irse de Burdeos durante la peste) y la filosofía moral (89% de mis pensamientos encuestados confían en esta disciplina para elucidar el asunto del triaje de enfermos), parece que la pandemia ha despertado sobre todo mi tendencia a lo irracional. De modo que cerca de una décima parte de mi inconsciente estima plausible que el covid-19 esté dotado con un sentido ético y/o intenciones, como por ejemplo destruir el capitalismo (2.3%) o fustigar el trasero de las grandes potencias (6.8%). Aún más inquietante, una cuarta parte de mi día de ayer se fue en identificar la fecha de nacimiento del coronavirus y después al estudio de su signo astrológico, todo porque el horóscopo es más divertido que la prensa internacional (72%), porque hay mucha gente que cree en Jesús así que por qué no en los planetas (15%) o también porque si el virus me pide matrimonio sería útil saber si nuestros signos son compatibles o no (13%). En paralelo, la cantidad de novelas leídas durante el encierro es inferior a mi promedio personal y la curva de dudas relacionadas con mis capacidades como escritora se fue al cielo. Sobre este tema, la queja más frecuente es auxilio el mundo ha cambiado tanto que la novela que estaba escribiendo ahora es totalmente anacrónica (60%), seguida por la de puta madre cómo iba a imaginarme que estaba escribiendo una ficción histórica ahora me pregunto si debo empezar con érase una vez (37%). Para terminar, se observa una fuerte correlación estadística entre la ausencia del conejo en el balcón de mis vecinos y las recaídas depresivas en torno al tema soy una escritora fracasada. Al día de hoy, la naturaleza del vínculo de causa a efecto no ha sido del todo esclarecida.
Advertencia: el presente estudio debe ser leído con precaución y distancia crítica. En ausencia de una Nina-muestra de control desarrollándose en un mundo sin coronavirus, no se podrá tener seguridad de nada. Para efectos prácticos, debo al menos precisar que soy Cáncer con ascendente Géminis.
Traducción del francés: Yael Weiss
Wounda
Eduardo Halfon
París, 18 de abril— Han sido ya cuatro semanas de confinamiento en París. Afuera, a través de mi ventana, la calle parece más pequeña y vacía, como si los parisinos tuviesen cada vez más miedo de salir, ya sea a dar un breve paseo o a comprar comida. El gobierno francés recientemente anunció regulaciones aún más estrictas: sólo se permite una salida por día, durante un máximo de una hora, y en un radio de no más de un kilómetro de casa. El mundo, a través de mi ventana, sí se está volviendo más pequeño.
En estas últimas cuatro semanas he sido casi exclusivamente un padre. Siento que ya no soy un escritor. Escribir ya no me importa, o me importa poco, o me importa menos que asegurarme de que mi hijo de tres años esté viviendo su nueva realidad como si fuese una aventura.
Salimos una vez al día, por las tardes, a hacer una caminata o a que él pueda dar una vuelta por el barrio en su patineta, sin tocar nada y manteniéndonos lo más lejos posible de los pocos peatones y corredores. Y el resto del día, en casa, nos inventamos juegos: arrancarle los tallos a las hojas de espinaca, aprender a recoger pedacitos de papel con unas pinzas, crear diseños complejos en el suelo con su colección de boletos de metro ya usados, hacer una familia entera de puercoespines de plastilina y espagueti seco. Entiendo que ahora mi oficio principal es mantener a mi hijo aislado de todo lo que está sucediendo allá afuera: el confinamiento, el virus, la incertidumbre, la sensación de pánico, el número creciente de enfermos y muertos. Y en gran medida lo había conseguido. O eso creía.
Hace unos días le mostré a mi hijo un video corto de una chimpancé abrazando a Jane Goodall, en lo que parece ser un gesto de agradecimiento. Le expliqué que la chimpancé se llamaba Wounda, y que Goodall y su equipo la estaban liberando en la selva del Congo tras haberla rescatado y rehabilitado. Y mi hijo, en cuanto terminó el video, se soltó a llorar.
Al inicio, me sentí casi orgulloso de sus lágrimas, que interpreté como empatía o inteligencia emocional. Y quizás lo fueron, al menos en parte. Pero luego no pude evitar preguntarme cuánta frustración acumulada estaba soltando en ese llanto profundo e inconsolable, cuánta tristeza había estado almacenando durante estas últimas semanas, y escondiendo de su padre.
Sé que de algún modo, y pese a nuestros mejores esfuerzos, mi hijo percibe lo que está pasando. Siente que algo en su mundo se ha quebrado, acaso para siempre. Lo primero que aún pregunta cada mañana, en su cama, es si hoy por fin podrá volver a la escuela, ver a sus profesoras, ir al Jardín de Luxemburgo a correr y a montar su patineta y a jugar con sus amigos en el arenero. Mi hijo, lo sé, empieza a echar de menos ser un niño.
Han pasado ya algunos días desde que miró el video, pero todavía habla todo el tiempo de la doctora Goodall —la llama Jane— y de Wounda. Hoy en la tarde, acostados en su cama mientras él intentaba hacer una siesta, logré grabarlo contando la historia de Wounda en sus propias palabras. Y yo, escuchándolo, me puse a pensar en una mujer y su equipo sanando a una chimpancé, y en una chimpancé sanando a un hijo, y en un hijo sanando a un padre.
A una niña le duele el costado
Ximena Ramírez Torres
México, 19 de abril— “Qué bueno que esta pandemia no llegó cuando ustedes eran niñas”, me escribe mi mamá en un mensaje en el contexto de las tantas tareas que los niños tienen ahora pues toman clases virtuales y los padres están obligados a ser sus maestros, aunque no sepan cómo hacerlo ni entiendan el tema a exponer. Somos tres hermanas, mujeres, distanciadas en edad por apenas unos cuantos años. Y sí, qué bueno que la pandemia no llegó cuando éramos niñas.
Es lunes y amanece, pero desde que abro los ojos me doy cuenta de que algo no anda bien. Él no se ha levantado y ya es tarde. Veo el bulto envuelto en una cobija y me levanto para ir a la escuela. Regreso y ahí está, en shorts viendo la televisión. Es martes, y lo mismo. Todas nos preguntamos qué está pasando, ¿por qué no fue al trabajo? ¿Será que ya llegó esa época del año? Es miércoles, y lo mismo. Sí, ya está de vacaciones, es evidente. Nos esperan dos semanas, quizás tres, a veces son tres, de una angustia y un desconsuelo infinitos. Vivimos con el enemigo.
En la conferencia vespertina todos los días invitan a quedarse en casa, es lo más seguro, dicen los que saben. “Quédate en casa. Quédate en casa”. Escucho esa frase varias veces en mi cabeza, con eco; en parte por la popularidad que ha cobrado el personaje que la emite lo cual me ha expuesto a un sin fin de videos con diversos fondos musicales donde se repite la frase una y otra vez, y en parte porque es casi hipnótica, el mantra de toda la humanidad en este momento. Circula mucho la idea de que no todos pueden quedarse en casa, muchos tienen que salir a trabajar; pero qué hay de quienes no quieren quedarse en casa porque no es un lugar seguro. ¿Qué hay de las mujeres que viven con el enemigo? ¿Cómo se le hace entender al mundo que si se quedan en casa corren un riesgo más letal que el del contagio?
Dadas las condiciones, todas sabemos, las cuatro, que durante dos o tres semanas tenemos que ser fuertes, tenemos que aguantar. Nos sentamos alrededor de la minúscula mesa a la hora de la comida, apenas si caben los platos y los vasos. Mi hermana, inconforme, mueve su plato, no cabe, no se acomoda, lo mueve, lo mueve, empuja el mío, hasta que éste se cae en mi regazo. Un golpe fuerte en la cara, en mi cara, un fondo negro con estrellas brillantes. Un mareo. Unos gritos, insultos. Un temblor de manos y rodillas. El ruido de las demás que corren a limpiar y restablecer el orden (¿cuál orden?). Aquí las lágrimas están prohibidas so pena de más regaños y golpes así que mejor callada y a seguir comiendo, aunque el nudo en la garganta no me deje pasar el bocado.
Según los medios nacionales e internaciones, la violencia de género ha aumentado considerablemente a raíz de la cuarentena, acción totalmente necesaria para controlar los brotes en todo el mundo. Los números de atención para denunciar violencia doméstica permanecen ocupados, las búsquedas en internet para encontrar ayuda ante este tipo de abusos son cosa de todos los días y van en aumento. En Francia el aumento es del 32%, en Australia del 75%, en Argentina del 60%, en México las cifras disponibles dicen que el aumento va del 30% al 100%. ¿Qué hacemos con la otra pandemia, la de la violencia contra las mujeres? ¿Qué hacemos con las mujeres que no tiene un lugar seguro donde pasar la cuarentena? Sinceramente no sé cómo ayudarlas ahora, no tengo respuesta a nada, sólo muchas más preguntas y una preocupación constante por ellas porque las entiendo, porque he estado en su lugar. ¿Habríamos sobrevivido mi madre, mis hermanas y yo a una pandemia de esta magnitud encerradas con nuestro agresor y padre? Tengo miedo de responder.
Los días de sus vacaciones pasan tan lento. Sin ponernos de acuerdo, todas dormimos hasta tarde, muy tarde. No queremos levantarnos, queremos que el día se acabe ya, pero apenas son las 12 pm. Pocas veces salimos a la calle, por el dinero y porque él no quiere que nadie nos vea. La mayor parte del día nos la pasamos en la cocina, escuchando esa música de rock ensordecedora y molesta que hasta el día de hoy oímos y nos causa ansiedad. Son las 11 de la noche, mi hermana menor se cae de sueño, se duerme en una silla, pero todavía no podemos irnos a la cama, él todavía no termina de jodernos los oídos y el corazón. Siento una presión tan grande en el pecho, todo mi cuerpo es un temblor de rodillas. Quiero llorar, quiero gritar, le pido a dios (¿cuál dios?) que esto ya se acabe, que el lunes sí regrese al trabajo, pero no. Apenas llevamos una semana.
Es más peligroso y mortal el machismo que el covid-19. El machismo te destruye poco a poco desde el momento en el que naces en una familia con un padre golpeador, abusivo y que no te hizo el favor de abandonarte; con una madre sometida que te abraza y te consuela después de los golpes y los insultos pero que poco puede hacer para salir de ese círculo de violencia. El machismo te hace creer que no hay nada ni nadie que pueda salvarte, eso fue lo que te tocó vivir. Esa es tu familia. El machismo hace creer a amigos y familiares que ese hombre “tiene el carácter muy fuerte”, lo han visto golpearte, que es “muy estricto con sus hijas” y que “si la madre no lo deja es porque ella no quiere”.
Me acerco para darle un beso antes de dormir, pase lo que pase, así haya recibido un golpe segundos antes, tengo que hacerlo siempre: “ya me voy a dormir, papá”. Él se aleja y no me permite despedirme. Vuelvo al pie de la cama que está muy pegada al suelo a seguir viendo la televisión. Estoy muy cansada, pero finjo que me intereso en la película. Son casi las 12 am, hace hora y media del intento de despedida, no sé si ya sea el momento correcto para intentarlo otra vez. La película ya terminó, mi ansiedad está a tope. ¿Qué hago? Tengo nueve, diez años. Él sale de la habitación, va a cepillarse los dientes. Regresa. Me grita: dejé algo en el baño que no debí haber dejado. Lo miro desde abajo. Me tira una patada en el costado izquierdo. Me tiro del dolor. El dolor más fuerte que he sentido en mi vida (hasta ese momento). Me quejo. Él me mira, no dice nada, no hace ningún gesto. Se hace el silencio. Me incorporo y vuelvo a sentarme sin voltear a verlo. Mi madre se arma de valor y dice: “Ya vete a dormir, hija”. Me levanto adolorida y lo beso en la mejilla: “ya me voy a dormir, papá”. Esta vez sí acepta el beso.
Soy una mujer adulta de 31 años, vivo sola en un departamento en Tlalpan. Mi casa es mi lugar seguro, ahora sí lo es. La cuarentena ha sido, relativamente (muy relativamente), fácil para mí en comparación con otras personas cercanas. Me gusta estar en mi casa, aquí me siento bien, nunca me aburro. Me hago de comer, tomo café, trabajo. Como todos, estoy asustada, no sé qué va a pasar con la humanidad ni conmigo ni con mi trabajo en el futuro, pero tengo la tranquilidad de estar en un hogar acogedor que he decorado a mi gusto. Mis pocos muebles y yo somos felices aquí y, además, por la cuarentena, mi hermana menor ha venido a quedarse conmigo. Durante varios momentos del día pienso en ellas. En las cuatro mujeres: tres niñas y una madre que ahora están en cuarentena con su agresor. Pienso en que a alguien le duele el costado después de una patada y aun así ha tenido que besar la mejilla del golpeador. Llevo 23 días de cuarentena con altibajos emocionales, pero estoy libre dentro de mi departamento. Nadie me somete, nadie me dice qué hacer. A una niña allá afuera le duele el costado y así tendrá que vivir quizás todavía más de un mes: entre dolor y golpes por la pandemia de violencia de género.
Leve memoria
Margo Glantz
México, 20 de abril— Desde mi ventana veo pasar un camión tan desvencijado y tan descolorido como la patria. Al otro día veo dos pajaritos, una mariposa amarilla, un señor obeso caminando, va vestido con una camiseta anaranjada, cachucha, camiseta sin mangas, shorts y carga un enorme bulto de comida para perro sobre la espalda, de la cual no alcancé a ver la marca, una pareja de jóvenes con jeans y sin cubrebocas, algunos coches estacionados; los cables de electricidad entreverados como los que me asombraba ver en la India, olvidaba que justo enfrente de mi casa los cables se enredaban y se enredan de la misma manera o aún más caótica que en las calles de Delhi o de Calcuta.
Mi perro Fideo ladra, orina, corre, caga y brinca en el patio, durante este encierro. Quisiera, como yo, estar en situación de calle, quisiera poder correr a su antojo por las banquetas, conducido con otros cinco perros por Mauricio, su paseador, por esos barrios de la antigua delegación, hoy alcaldía, de Coyoacán, cada vez más sucia y descuidada. Por eso Fideo, encerrado como yo en esta casa, sólo piensa en salir a deambular por las calles para poder orinar y cagar a su antojo: todos los días tenemos que regar vinagre y lavar el patio con cloro para neutralizar el olor. Ese olor a orines de perro, nunca tan penetrante para mi olfato como el de otros animales, me recuerda la casa de Amparito Dávila, quien esta mañana 18 de abril murió; a Amparo le gustaba escribir cuentos de terror y también, y mucho, le gustaban los gatos. Tenía varios, en un hermoso departamento que en mi recuerdo cuando lo visité estaba espesamente alfombrado, por allí paseaban y orinaban los felinos, convivían con sus hijas y sus libros y alguna vez también con su primer marido, el gran pintor Pedro Coronel, hombre corpulento (Amparo menudita), muy amigo de mi papá, a quien llamaba Jacobito y a quien visitaba muy seguido cuando mis padres tenían el restorán Carmel en la calle de Génova en la Zona Rosa, allá por los bellos años 60 del siglo pasado. Ese olor me hace recordar también el de la casa de Carlos Monsiváis, adorador irrestricto de sus más de nueve gatos, los únicos seres que le producían mayor respeto que los seres humanos y que corrían y orinaban en su amplia biblioteca de Portales. Lo visitábamos con Sergio Pitol (quien prefería a los perros), Luis Prieto y Luz del Amo para compartir esas sesiones de cine que Monsi ofrecía en una hermosa sala con enormes pantallas de la cual era imposible erradicar el terrible hedor: los gatos se orinaban sobre los libros de los grandes caricaturistas o autores mexicanos del siglo xix que a Monsi le gustaba coleccionar y que iba a comprar todas las semanas a la Lagunilla o al bazar del Ángel en la antigua Zona Rosa. En cambio, y por razones que ya no puedo explicar, cuando visitábamos en su casa de Alberto Zamora en Coyoacán a Juan García Ponce (pues también él obviamente ya falleció), los gatos convivían (hasta una de sus novelas se llamaba El gato) y casi compartían con nosotros la bebida que Juan en su silla de paralítico tomaba religiosamente todas las noches: allí nunca se sentía el hedor…
Ese olor me sigue trayendo a la memoria a mis queridos amigos ya fallecidos pertenecientes a esta generación que se está extinguiendo y de la que sólo quedamos algunos nonagenarios u octogenarios, esta generación nuestra que se acaba como las abejas, los elefantes o las mariposas amarillas, las mariposas que casi ya no me visitan y que todas las mañanas trato de saludar desde la ventana por donde me asomo todos los días para percatarme de cómo transcurre la vida cuando se interrumpe y se vive todos los días como si fuera domingo.
La ociosidad.
Mientras, se hunde la realidad.
El 28 de enero cumplí 90 años y el 17 de abril sor Juana Inés de la Cruz cumplió 325 de haber muerto en una epidemia de tifo en el convento de San Jerónimo.
La cuarentena de mi madre
y el virus de la impunidad
Javier García Bustos
Santiago, 21 de abril— Se llama Rosa Bustos y a fines de abril cumple 75 años. Durante la dictadura de Pinochet estuvo secuestrada dos semanas de septiembre de 1974. La fueron a buscar cuatro días después que a su hermana Sonia, detenida desaparecida, quien era miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el mir. Luego de todos estos años, en el actual encierro, hemos recibido la sentencia judicial sobre el caso de mi mamá. En el contexto de la pandemia, el gobierno de Sebastián Piñera pretende indultar a reos que han violado los derechos humanos, incluyendo a un exteniente de Carabineros condenado por la desaparición de mi tía.
Su rutina cambió, como la de todos. Producto del coronavirus, mi madre, actualmente jubilada, quien a fines de abril cumple 75 años, no pudo asistir a los tres cursos a los que se había inscrito en la Municipalidad de Santiago, comuna donde reside en Chile. De los cursos para el “Adulto mayor” mi mamá, Rosa Bustos, había seleccionado yoga, memoria y tejido.
Sin embargo, en estos días, mi madre, quien fue empleada pública durante 36 años en la Tesorería, se comunica con sus amigas y excompañeras de curso por WhatsApp, ya que lleva varios años participando en los cursos de la municipalidad. “Las busquillas” y “Cocinando nuestros sueños” se llaman esos grupos. No sólo se saludan cada mañana, sino que también se envían “memes” y videos con bromas. Desde que estamos en cuarentena, mi madre le ha enseñado a usar la máquina de coser a mi hijo Bruno (de siete años), han hecho juntos pan y elaborado algunas recetas. Mi mamá, en estos días de encierro, ha leído Amuleto, de Roberto Bolaño; Canción de tumba, de Julián Herbert y El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Por las tardes, ve una teleserie turca y luego las comenta con sus amigas por WhatsApp.
Pero hay un fantasma que vuelve y que ha rondado su vida desde que a los 29 años se la llevaron a la fuerza desde su casa dos carabineros y cuatro agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), la policía secreta de la dictadura que lideró Augusto Pinochet. El fantasma de su detención y de la tortura que vivió durante dos semanas en septiembre de 1974.
Todo comenzó con la detención de mi tía Sonia Bustos, de 30 años, quien era secretaria de la Policía de Investigaciones. En secreto y en paralelo a su trabajo oficial realizaba labores como miembro del mir que fue prácticamente eliminado por la Dina y perseguido desde el inicio de la dictadura hasta el asesinato de su líder, Miguel Enríquez, en octubre de 1974.
Mi tía fue parte de una célula, junto a Teobaldo Antonio Tello (fotógrafo del mir y detective de Investigaciones) y Mónica Llanca (funcionaria del Registro Civil), quienes efectuaban dos labores: con la información que ellos manejaban ayudaban a las personas que la Dina iba a detener y elaboraban identificaciones falsas para los dirigentes clandestinos.
Así fue como el jueves 5 de septiembre de 1974, dos carabineros y tres agentes de la Dina, armados con metralletas, llegaron al hogar familiar y se llevaron a mi tía, quien estuvo en los centros de detención y tortura Londres 38, José Domingo Cañas y Cuatro Álamos. Sonia, Teobaldo y Mónica son parte de los mil 210 detenidos desaparecidos que dejó la dictadura militar en Chile.
En marzo pasado terminé un libro titulado El rostro de una desaparecida, donde recreo esta historia familiar y social. El recuerdo de la desaparecida sin tumba: la biografía de la mujer que no tiene biografía. El libro lo comencé a escribir en 2017 cuando recibí el fallo judicial sobre la desaparición de mi tía por “Delitos de secuestro calificado y aplicación de tormento”.
Entre los culpables, como autores, son nombrados Manuel Contreras, ex general del Ejército y Marcelo Moren Brito, ex coronel del Ejército, ambos fallecidos. Además, en calidad de coautores: César Manríquez, general del Ejército; Ciro Torré Sáez, teniente coronel de Carabineros y Orlando Manzo, oficial de gendarmería, quienes cumplen condenas por violación a Derechos Humanos en el Centro Penitenciario Punta Peuco.
El recinto, ubicado en Tiltil, fue creado en 1995 para que cumplieran condena Manuel Contreras y Pedro Espinoza, responsables en el asesinato de Orlando Letelier. Con piezas individuales, cocina y living, el lugar está lejos de parecerse a una cárcel común.
Durante estos días, el sitio ha vuelto a estar en la noticia, ya que la Octava Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago resolvió absolver a ocho condenados. Además, rebajó la pena en tres años y un día a otros nueve reos, a quienes también se les otorgó el beneficio de libertad vigilada.
Entre ellos está Ciro Torré, condenado por el secuestro de mi tía Sonia. Mientras ocurren estos hechos, el abogado de mi madre, Nelson Caucoto, me hizo llegar la sentencia judicial, emitida el 2 de abril, en el Primer Juzgado Civil de Santiago ante su caso, que es de “Prisión política y tortura”.
Mi madre fue detenida el lunes 9 de septiembre de 1974, cuatro días después de que secuestraron a mi tía. Todo ocurrió en el mismo hogar familiar, una casa ubicada en calle Catedral 3119. Hoy, a una cuadra, se encuentra el Museo de la Memoria. Entre los agentes de la Dina que llegaron a la casa estaba Osvaldo Romo Mena, más conocido como “Guatón” Romo, un cruel torturador, quien reconoció las violaciones a los Derechos Humanos.
Mi madre, quien hoy cocinó merluza con ensaladas, estuvo detenida dos semanas en Londres 38 y Cuatro Álamos. Allí fue torturada por el “Guatón” Romo, quien la golpeó en varias ocasiones. En una de las sesiones de tortura le soltó la dentadura. En los interrogatorios a ella le preguntaban sobre la labor de mi tía Sonia en el mir. Pero resulta que la familia sólo se enteró de que mi tía era integrante de aquel grupo subversivo cuando desapareció.
La vida cambia deprisa
Enviada a mi email, la sentencia judicial sobre mi madre, ante los hechos ocurridos hace 45 años, señala que fue “brutalmente torturada frente a su hermana” además de recibir “múltiples golpes” y de estar en “privación de sueño y comida”; también “se le colocó corriente en el cuerpo”.
Esto último yo no lo sabía. Mediante este fallo me entero. Sí sabía que a mi tía la torturaron con electricidad, tanto por el fallo judicial de 2017, como por los múltiples informes disponibles en la Vicaría de la Solidaridad.
Incluso hay una obra del artista Carlos Altamirano, donde mi tía Sonia es protagonista, expuesta en la muestra Retratos, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2007. Conmueve mirar ese cuadro. El rostro de mi tía está apoyado en una pared de ladrillos blancos. A unos pocos centímetros hay un enchufe con un cable y es inevitable no pensar en las sesiones de tortura con electricidad a las que fue sometida. En el cuadro de Altamirano, en el suelo, hay luces que se proyectan.
El domingo 22 de septiembre de 1974, le dijeron a mi madre que la trasladarían a Arica para matarla. Eso se lo dijo Miguel Krassnoff Martchenko, ex brigadier del Ejército y miembro de la cúpula de la Dina. Estaba en Cuatro Álamos y Krassnoff obligó a mi madre a firmar un documento que señalaba que no había sufrido ningún tipo de acción violenta ni maltrato. Además, tuvo que firmar seis declaraciones con los ojos vendados.
Luego se la llevaron con la vista cubierta en una camioneta y la arrojaron cerca del Mercado Matadero Franklin.
El resto de la historia yo me la sé: mi madre se fue caminando hasta su casa cerca de la Quinta Normal. Era joven, pero ese día y para siempre un fantasma también la acompañó, sigue caminando por la ciudad que hoy está semivacía. Nunca más volvió a ver a su hermana. Nunca fue al psicólogo, dice, debía seguir trabajando y sacar adelante sola a sus tres hijos. La madre que ahora observa cómo la impunidad también es un virus. Mientras, vive su encierro de cuarentena, porque como escribió Joan Didion al inicio de El año del pensamiento mágico: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante”.
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