Kitabı oku: «La ciudad se vuelve pregunta»

LA CIUDAD SE VUELVE PREGUNTA
Proximidad y movilidad en la ciudad de Santiago de Chile
© Alejandra Lazo Corvalán
I.S.B.N. 978-956-396-124-9
© Editorial CUARTO PROPIO
Valenzuela Castillo 990, Providencia, Santiago
Teléfono: 22 7926518
www.cuartopropio.com
Diseño y diagramación interior: Rosana Espino
Diseño de portada: Verónica Rodríguez
Impresión: Prynt Factory
IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE
1era edición, octubre de 2020
Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.
PARA LEONORA
PRÓLOGO
En este libro, Alejandra Lazo Corvalán, interroga desde una mirada antropológica las dinámicas urbanas y sociales de la ciudad de Santiago de Chile. Antes que un todo coherente y sistemático o, por el contrario, una entidad desecha y en crisis, podríamos decir, parafraseando una poderosa imagen de Georges Perec (1999) –que hace las veces de epígrafe de uno de sus capítulos– que en este libro la ciudad se vuelve pregunta. Se trata de una interrogante que toma distancia de las respuestas apriorísticas disponibles: tanto de la imagen de la “ciudad como mosaico” de mundos más o menos delimitables y localizables que heredamos de la Escuela de Chicago, como de la imagen de la “ciudad como flujo” constante e impredecible de personas, mercancías y signos que ha proliferado en las últimas décadas. Para una antropóloga como Alejandra, en cambio, la respuesta a la ciudad vuelta pregunta solo puede responderse observando y comprendiendo las diversas maneras del habitar cotidiano que “hacen ciudad”.
Para esto en el libro se exploran los modos de vida de las y los residentes de tres barrios que son el resultado de formas específicas de producir ciudad en distintos momentos de la historia de Santiago de Chile: la Unidad Vecinal Portales, un proyecto moderno de vivienda colectiva para clases medias desarrollado entre 1954 y 1966; El Castillo, barrio de sectores populares producto de las políticas de erradicación de campamentos en lugares centrales y de producción de vivienda social en la periferia urbana de la dictadura militar desplegadas en las décadas de 1970 y 1980; y la Comunidad Ecológica de Peñalolén, que expresa el ideal comunitario de las clases medias y altas de las últimas décadas y la creciente tendencia hacia la privatización de la vivienda a partir de 1980. Se trata, en síntesis, de barrios heterogéneos y desiguales en términos de producción social del espacio, localización en la ciudad, tipo de vivienda, condición socioeconómica de sus habitantes, infraestructura y servicios urbanos disponibles e imaginarios urbanos sobre estos lugares que coexisten en la Santiago contemporánea. A estos tres barrios se acerca Alejandra con una pregunta sociológicamente relevante: comprender el papel que tiene el territorio de proximidad para la cotidianeidad (y, más específicamente, para la movilidad) de sus habitantes.
A partir de la lectura del libro y de la generosa invitación de su autora a escribir este prólogo, me gustaría señalar lo que considero son las dos líneas de pesquisa centrales que se atraviesan de manera entrelazada en los distintos capítulos del libro: las relaciones entre proximidad y movilidad, así como la pregunta por las relaciones entre movilidad e individuación. En lo que queda de este prólogo desarrollaré brevemente estas dos cuestiones con un paréntesis –o una pregunta– intercalada entre ambas acerca de la fragmentación socio-espacial.
De la dicotomía a las ecuaciones cambiantes para comprender el habitar
Este es un libro que nos propone abandonar las oposiciones dicotómicas y los binarismos que muchas veces reproducimos de manera casi mecánica. La primera –y fundamental– dicotomía que debemos poner en cuestión es aquella que suele oponer la movilidad cotidiana en el espacio metropolitano a la proximidad y, según los casos, el arraigo, el repliegue y/o el confinamiento en la casa y el barrio. Por el contrario, a lo largo de sus páginas la autora muestra que la proximidad es fundamental para comprender la movilidad y su variabilidad. Nos desplazamos, entonces, de la oposición dicotómica a la formulación de ecuaciones cambiantes: distintas formas en que se combinan en el habitar cotidiano de la ciudad la proximidad y la movilidad.
De esta manera, por paradójico o contra intuitivo que parezca, el libro muestra de forma convincente que es el espacio de proximidad el punto de partida desde el cual se elaboran las rutinas, las estrategias y las prácticas que permiten a los habitantes acceder tanto a lo cercano como a lo lejano. Así, los modos de vida analizados en este libro combinan –de maneras cambiantes– la experiencia de la proximidad y la movilidad cotidiana por el espacio metropolitano, adquiriendo los distintos espacios (la casa, el barrio, la comuna, la metrópoli) funciones y sentidos cambiantes dependiendo de los modos en que se combinan proximidad y movilidad.
Asimismo, la indagación de la proximidad como soporte para la movilidad supone abandonar la habitual oposición dicotómica que imagina a las clases populares ancladas a lo barrial, por un lado, y a las clases medias y altas desancladas y móviles, por el otro. Por medio de esta investigación Alejandra sostiene que el espacio de proximidad, en cambio, es relevante en todos los grupos analizados y las ecuaciones resultantes de los distintos modos de habitar muestran el carácter ambivalente o ambiguo de la proximidad y la movilidad: para algunos de los habitantes pobres el barrio puede ser tanto recurso, refugio y anclaje como restricción y confinamiento territorial; por su parte, para las clases altas la soñada calidad de vida alejados de la ciudad puede significar sacrificios y renuncias.
Por último, el libro también discute la correspondencia mecánica entre espacio residencial y modo de vida. Una vez analizadas las dinámicas cotidianas en cada uno de los barrios, se elabora una tipología basada en diversas dimensiones analíticas (vínculos con el territorio de proximidad, proyectos residenciales, redes sociales, medios de transporte y relación con el tiempo) que permite construir tipos de habitar que son transversales a los barrios analizados, los cuales se diferencian tanto por los sentidos de la proximidad como soporte (en algunos, afectivo; en otros, instrumental) como por el modo en que se articulan el anclaje, la movilidad cotidiana, el repliegue y el confinamiento. De esta manera, sin perder de vista la especificidad de los lugares, el libro discute con la idea de los efectos de lugar y resalta la relevancia de los anclajes que tejen los habitantes con sus espacios más próximos para la comprensión de las maneras de moverse por la ciudad, pudiendo encontrarse anclajes similares entre habitantes que habitan espacios diferentes de la ciudad. En definitiva, retomando a Oliver Mongin, la autora remarca que la paradoja de la condición urbana consiste en que los lugares permiten establecer una relación con los flujos y, por lo mismo, es el anclaje en la proximidad el que hace posible la exploración de la ciudad.
Un breve paréntesis: ¿tendencias hacia la fragmentación socio-espacial?
Una de las virtudes fundamentales que tiene todo buen trabajo etnográfico es que nos permite leer sus datos e incluso formular nuevas hipótesis e interpretaciones a la luz de nuestras propias preocupaciones y preguntas. Y el libro de Alejandra Lazo tiene esta cualidad. En este sentido, uno de los efectos que me generó su lectura fue encontrarme con varios indicios dispersos en sus capítulos que abonarían la hipótesis acerca de la fragmentación social de las ciudades latinoamericanas.
Me refiero a que a lo largo de las páginas del libro nos enteramos que para muchos de los habitantes de Villa Portales habría una especie de repliegue en el espacio del barrio que lo tornaría una “villa-pueblo” o en un “oasis en medio de la ciudad” que lo protege de la vorágine que la rodea; también que la proximidad se transforma para los grupos más pobres que viven en El Castillo en el lugar donde se desarrollan prácticas como el trabajo, las compras y la sociabilidad, desplazándonos tendencialmente del espacio de proximidad como soporte al barrio como confinamiento; y que incluso habría cierto encapsulamiento de la élite santiaguina que se expresa tanto en una movilidad cotidiana signada por contigüidad como por el valerse también de los recursos que entrega la proximidad.
Esta evidencia no sólo desarticula, como señalé en el apartado anterior, la dicotomía pobres/inscripción territorial y ricos/movilidad, mostrando, por el contrario, que todos los sectores tienen anclajes (cambiantes) en el espacio de proximidad, y que también constituyen indicios valiosos para reactualizar la pregunta por la fragmentación socioespacial en las ciudades latinoamericanas contemporáneas. Fragmentación entendida no sólo –ni principalmente– como aislamiento y separación, sino como un concepto que busca caracterizar la cualidad de las interacciones cotidianas en nuestras ciudades. De esta manera, ciertas tendencias al “encapsulamiento” tanto de sectores pobres como de clases altas que Alejandra identifica en su investigación nos permiten formular la pregunta por los procesos de socialización en espacios homogéneos y fragmentados que se traducen en geografías y circuitos diferentes y separados en la ciudad y en la cualidad que adquieren las relaciones entre estos sectores que experimentaron inclusiones diferenciadas en la ciudad. A partir de la lectura se abre, a mi entender, una poderosa línea de indagación sobre estos procesos que subyacen a las distintas “valías” que Alejandra identifica puede adquirir el espacio de proximidad: recurso, afecto e instrumento, pero también lugar de repliegue e incluso de confinamiento.
Movilidad, soportes e individuación
De manera complementaria a la indagación de la relación entre proximidad y movilidad cotidiana, Alejandra Lazo explora las relaciones entre movilidad, soportes e individuación. Si como, mostró Sennet (1975), para el individualismo “el individuo moderno es, por encima de todo, un ser humano móvil” (274), desde la perspectiva antropológica de este libro se procede a circunscribir al individuo. Contrariamente a las habituales imágenes modernas que sitúan al individuo solitario en la inmensidad de la ciudad, la antropología resitúa a ese individuo (que nunca está completamente aislado) en el espacio social y urbano. Esta circunscripción nos ayuda a comprender los modos de organizar y de habitar la ciudad –como muestra Alejandra respecto de los modos en que el espacio de proximidad modula las movilidades– y también nos permite entender el proceso de individuación que, por paradojal que parezca, sólo puede producirse si se dispone de soportes.
Como señala Alejandra Lazo, el individuo no debe ser analizado como un residente siempre móvil, sin lazos ni adscripciones, sino como un habitante, como alguien que practica y vive los lugares, que está sumido a restricciones, que tiene lógicas de acción, que desarrolla estrategias, que genera lazos con los espacios que habita. Se trata, entonces, de explorar la relación entre los soportes, la movilidad cotidiana y los procesos de individuación. O, si se quiere, pensar la individuación desde la movilidad cotidiana (y sus soportes de proximidad): este libro nos muestra que el individuo se construye en su relación con el mundo y con el espacio que habita desde lo más íntimo del hogar, hasta el barrio y la ciudad.
De esta manera, además de mostrar la importancia de los soportes para entender la movilidad, a partir de los resultados de su investigación Alejandra Lazo problematiza las ideas dominantes sobre el individuo (móvil) y la movilidad (libre) así como llama la atención sobre el “derecho a la proximidad”. Desde esta perspectiva, la accesibilidad, la distancia y la velocidad no son necesariamente signos de libertad y de realización, así como tampoco la proximidad significa necesariamente confinamiento y encierro. Como señaló hace un tiempo John Urry entre la “inmovilidad forzada” y las distintas formas de “movilidad obligada” se despliegan en la ciudad diversas formas de movilidad cotidiana que, en el caso analizado por Alejandra, indicarían cierta tendencia a resolver la vida en la proximidad y el despliegue de arreglos cotidianos que reduzcan la movilidad cotidiana en la ciudad.
Nuevamente, entonces, nos encontramos ante la ambivalencia de la movilidad. Como se señala en las páginas que siguen: la importancia de la movilidad no reside necesariamente en ser o no ser móvil, ni en los tiempos ni distancias recorridas, sino que descansa en el grado de control que los habitantes tengan de su movilidad. Así, contra los sentidos comunes instalados, una persona que se desplaza mucho puede ser muy poco móvil, en tanto vive sumida en restricciones y obligaciones externas, al mismo tiempo que alguien que se desplaza solo en su territorio de proximidad puede ser móvil, si entendemos por movilidad la capacidad de realizar su proyecto de vida y de controlar su relación con el mundo. Y es en este sentido (y no como confinamiento) que el “derecho a la proximidad” puede potenciar la posibilidad de ser móviles.
* * *
El Santiago que nos devela este libro no coincide con su planimetría. Sigue, en cambio, los desplazamientos y los trayectos que desde la casa y el barrio (el espacio de proximidad) realizan las y los habitantes de barrios diferentes y desigualdades. Movilidad y proximidad se comprenden de manera recíproca y ambas son, cada una a su modo, ambivalentes y polisémicas: ni la movilidad significa necesariamente libertad, ni la proximidad nos remite de modo ineluctable hacia el encierro. Se trata, en cambio, de ver las diversas formas en que ambas se combinan y los efectos que producen en la ciudad y en quienes la habitan. Y, al hacerlo, este libro busca simultáneamente comprender los modos en que los habitantes hacen ciudad y las formas en que –al hacerlo– devienen habitantes.
Las líneas de exploración y de reflexión que se abren a partir de este libro son –como los trayectos de las personas que habitan la ciudad– múltiples. Y este prólogo solo busca ser una invitación a su lectura.
Ramiro Segura1
La ciudad se vuelve pregunta
Me gustaría que hubiera lugares estables, inmóviles, intangibles, intocados y casi intocables, inmutables, arraigados; lugares que fueran referencias, puntos de partida… …tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, deja de estar incorporado, deja de estar apropiado. El espacio es una duda: continuamente necesito marcarlo, designarlo; nunca es mío, nunca me es dado, tengo que conquistarlo”.
Georges Perec, 1999.
A menudo escuchamos que las formas de sociabilidad han cambiado, sobrepasando todas las determinantes geográficas y poniendo en entredicho la dimensión local de las relaciones. La casa, las relaciones de vecindad, la vida de barrio, toda esa gama de pertenencia a la vivienda y al habitar parecen debilitarse hasta ocupar un lugar residual en los modos de estructuración de la vida cotidiana de los habitantes (Ascher, 1998). Desde esta perspectiva, la pregunta por el anclaje y el arraigo no tendría cabida y la preocupación por el territorio de proximidad como espacio de referencia perderia vigencia.
Pero ¿es esto tan cierto?, ¿ha perdido el habitante toda adscripción territorial? ¿qué pasa en la ciudad de Santiago de Chile?
Con estas interrogantes comienza este libro, fruto de una investigación de más largo aliento, que pone de relieve la realidad de un número importante de habitantes de la ciudad de Santiago de Chile, para quienes lo local y la proximidad, sigue siendo un espacio importante que no se contrapone con la movilidad cotidiana.
Moverse, desplazarse, ir lejos, no implica necesariamente una ruptura con el lugar de origen, la familia o el medio ambiente. Se puede trabajar lejos de casa sin que ello implique un desarraigo. Los medios de transportes y de comunicación no sólo permiten una mayor movilidad, también, contribuyen al arraigo. En este sentido, muchos habitantes se valen de sus recursos (económicos y relacionales) para evitar tener que cambiar de residencia, arraigándose en el lugar deseado, elegido o, simplemente, en el lugar de siempre.
Conscientes de que habitamos un mundo marcado por una exigencia cada vez mayor de desplazamiento y ante la constatación de que muchos de los habitantes de la ciudad de Santiago desean una inserción socioespacial marcada por la proximidad, surge la pregunta por el rol que tiene el territorio de proximidad en la cotidianeidad de los diferentes habitantes. Este libro, se aboca a comprender el habitar actual no sólo atendiendo a la movilidad y a la velocidad, también pone la mirada en la relación que se da entre la proximidad y la distancia, la inmovilidad y la movilidad.
En efecto, la movilidad permite el encuentro con el otro y la realización de las actividades cotidianas, pero no se reduce sólo a esta esfera. La movilidad también se amplía a la construcción de territiorios por parte de los habitantes y esa comprensión abarca los desplazamientos y la accesibilidad a recursos, bienes servicios, y también, a cómo los habitantes se sitúan, se anclan y se identifican con los territorios que construyen y que ocupan a diario.
Desde esta lógica de desplazamientos y actividades cotidianas, de observación de las prácticas y de estrategias puestas en marcha por los habitantes y sus familias, así como de los proyectos de vida deseados, de los lugares y los sentidos otorgados, es que este libro busca comprender la movilidad cotidiana estrechamente relacionada con las formas de habitar los barrios y la ciudad contemporánea.
En un contexto de diversificación de las sociabilidades, de crecimiento de las movilidades, de modificación de la estructura del tiempo de la vida cotidiana o incluso de desarrollo y de movilización de nuevas tecnologías de la información y de la comunicación: nos preguntamos: ¿qué valor adquiere la casa y el barrio? ¿son ellos soporte y recurso para la movilidad cotidiana de los habitantes de la ciudad de Santiago? ¿cómo participan de la construcción de las formas de habitar una ciudad cada vez más fragmentada?
A continuación, se presentan las historias de tres territorios emblemáticos de la ciudad de Santiago de Chile, signos de las transformaciones producidas en la ciudad en las últimas décadas. La Villa Portales, el barrio El Castillo y la Comunidad Ecológica de Peñalolén representan tres formas de hacer ciudad: el proyecto modernizador del Estado, las políticas de erradicación de la dictadura militar y la privatización de la vivienda.
En el capítulo I se presentan las transformaciones urbanas acaecidas en Santiago de Chile en las últimas décadas y su impacto en las prácticas de movilidad cotidiana, para luego, en el capítulo II detallar la particularidad de los territorios estudiados. En la segunda parte, capítulos III, IV y V se narran las historias de los territorios estudiados, centrándose en las prácticas de movilidad y las formas de arraigo de sus habitantes. En la tercera parte y final, se presentan, a modo de síntesis, arquetipos de la proximidad y la movilidad encontrados en los tres territorios, para concluir con la importancia de estudiar la ciudad desde una escala mas humana.
PRIMERA PARTE:
CAPÍTULO I:
HABITANDO Y TRANSFORMANDO
LA CIUDAD
Transformaciones urbanas en Santiago de Chile y su impacto en las prácticas de movilidad cotidiana
[…] Santiago, entonces, se convierte en una postal llena de intersticios, vacíos y puntos suspensivos donde la ciudad vivida no calza simétricamente con ninguno de los trazados que han dibujado de ella sus planificadores y sus jueces […]
Ossa y Richard, 2004.
Es un hecho que frente a las exigencias de movilidad y flexibilidad impuestas por un mundo cada vez más reticular marcado por la pérdida de los soportes institucionales y donde la movilidad se transforma en un elemento de diferenciación y exclusión social (Jirón, Lange y Bertrand, 2010; Le Breton, 2004), la casa y el barrio aparecen como uno de los soportes que tienen los habitantes para responder a dicha exigencia.
En la década de los setenta el mercado inmobiliario comenzó a tener cada vez más influencia en la ciudad de Santiago, no sólo en términos políticos y económicos, sino también en la forma y tamaño que alcanzaba la ciudad. La modificación de la ley urbana de 1975 marca un hito importante que permitió la construcción de viviendas fuera de la ciudad ayudando con ello a su expansión. Junto con esto, las políticas de erradicación de campamentos, expulsaron a las poblaciones pobres hacia áreas periféricas con suelos de bajo valor comercial, desprovistas de servicios como salud y educación, liberando con esto las áreas de mayor valor para el desarrollo de nuevos proyectos urbanos para una clase más acomodada. Este proceso se acompañó de un sistema de transporte cada vez más desregularizado que seguía a estas nuevas urbanizaciones periféricas. Lo anterior, impulsó una serie de cambios que fueron transformando lentamente la fisonomía social y territorial de esta ciudad.
En los ochenta, la liberación y desregulación continuó, adoptándose una de las medidas más emblemáticas: aquella que eliminaba el límite urbano de la ciudad, poniendo con ello más tierra a disposición de los nuevos desarrollos inmobiliarios. La expansión urbana que se produjo en la ciudad de Santiago durante esos años se relacionó con el aumento del ingreso de la población, lo cual se vio reflejado en el surgimiento de nuevas áreas periféricas en la ciudad. El acceso y el uso del automóvil para los viajes diarios dejaron al alcance de las familias motorizadas (familias más acomodadas), áreas que antes estaban alejadas de la zona urbana, haciendo que los precios del suelo subieran.
La vivienda social requería entonces de suelos más baratos que se encontraban fuera de la ciudad, lo cual incentivó la formación de guetos de pobreza en la periferia, y además se trasformó en un nuevo estímulo para que la ciudad siguiera creciendo. Con ello, se generaron desigualdades en el acceso a servicios, siendo uno de los más significativos el de acceso al transporte público y el aumento en los tiempos de viaje. Efectivamente, los residentes de estas poblaciones debieron desplazarse desde la periferia hasta sus lugares de trabajo, por lo general ubicados al otro lado de la ciudad. Todo este proceso de expansión y dispersión dio lugar a una nueva configuración territorial, segregando y fragmentando la ciudad.
En cuanto al sistema de transporte de Santiago, se puede mencionar el aumento de los viajes por persona en las últimas décadas, lo que dio cuenta de la importancia que tenia la movilidad. No sólo aumentaron en forma importante los viajes en automóvil privado a partir del crecimiento del ingreso, de la localización periférica de las viviendas y de la proliferación de autopistas concesionadas, también el transporte público fue objeto de grandes transformaciones.
Durante la década de los noventa, nuevas políticas de regulación implicaron licitaciones de servicios, concesiones de rutas y recorridos que culminaron en una gestión público-privada en el ámbito del transporte público y también de las carreteras y autopistas. Así, se implementaron nuevas regulaciones ambientales y tecnologías de operación. En este contexto, surgió durante el año 2007 un nuevo sistema de transporte público para la ciudad: El Transantiago. Su implementación no estuvo excenta de fallas. Las carencias de infraestructura vial y estaciones para buses, la falta de una política de subsidios permanente, así como la incapacidad de gestión de los operadores, la persistencia de algunas lógicas de desregulación y la baja inversión del Estado –sobre todo en los primeros meses– fueron elementos que caracterizaron el funcionamiento de este nuevo sistema y que terminaron afectando la calidad del servicio, así como también la movilidad cotidiana de los santiaguinos.
En este escenario de cambio, movimiento y expansión, todos los habitantes, ricos o pobres, pequeños o grandes, construyeron distintas relaciones con su territorio de proximidad –casa y barrio–, pues ello les permitió gestionar de mejor manera sus prácticas y estrategias de movilidad cotidiana. En otras palabras, los habitantes pusieron en marcha formas particulares para enfrentar los cambios urbanos que se habian generado en su ciudad.
Habitando la ciudad desde tres territorios emblemáticos
Como ya se ha mencionado, se eligió para estudiar la relación entre territorio de proximidad y movilidad cotidiana tres territorios, tres lugares emblemáticos en el proceso de construcción de la ciudad de Santiago, cuyos habitantes se caracterizan por tener una inscripción territorial bien referenciada en su espacio local.
El estudio de la proximidad y movilidad en tanto unidad de observación, es pertinente para indagar en el proceso gatillado por los cambios urbanos de las últimas décadas. Si bien, en un primer momento sólo interesaba estudiar a los habitantes de bajos ingresos, pues se pensaba que comprendiendo las dificultades y prácticas de movilidad cotidiana de estos habitantes sería posible decir algo sobre la movilidad en Santiago, a medida que se avanzó en la investigación, fue apareciendo la importancia de comprender la movilidad como un fenómeno ‘social total’2 que no sólo abarcaba las prácticas de desplazamiento sino también los motivos, los significados y los vínculos; en definitiva, la relación que el individuo teje con el territorio que practica. Así, al primer territorio estudiado con el cual se partió la investigación fue El Castillo en la comuna de La Pintana, al cual se le incluyeron dos territorios adicionales, Villa Portales en Estación Central y la Comunidad Ecológica en Peñalolén.
El Castillo, es un barrio constituido por población de escasos recursos económicos (lo que se conoce como población pobre o muy pobre) localizada en la periferia sur de la ciudad de Santiago, bastante alejado del centro de la ciudad. Representa un caso emblemático de las erradicaciones realizadas en la época de la dictadura militar y el objetivo de estudiarlo fue develar el contexto e historia de formación de esta población, así como las prácticas de movilidad cotidianas de sus habitantes centradas en lo local, recursos que son importantes para estas familias.
El segundo territorio estudiado fue la Unidad Vecinal Portales, conjunto de casas y edificios construidos por el Estado en la década de los cincuenta para la clase media trabajadora del país. Fue un proyecto emplazado en el pericentro de la ciudad y se constituyó en emblemático del ideal modernizador del Estado. Este lugar es un hito de la arquitectura chilena, siendo un proyecto concebido para el encuentro entre sus habitantes. Resultó interesante observar que existían residentes que privilegiaban la escala de la proximidad para sus prácticas cotidianas. La centralidad y la buena accesibilidad con la que contaba este territorio hicieron de la Unidad Vecinal Portales un espacio único en la ciudad.
El tercer territorio fue la Comunidad Ecológica de Peñalolén. Este lugar conformado por una clase acomodada se levantó en los albores de los años ochenta en la periferia rural de la ciudad, por un grupo de familias descontentas con la vida urbana. Se seleccionó este territorio pues interesaba estudiar las movilidades cotidianas de las familias que vivían ahí, quienes compartían una vida de barrio y comunidad muy intensa. Por encontrarse en un sector periférico, interesaba comprender las estrategias puestas en marcha por los habitantes y sus familias para combinar la vida en la Comunidad y la movilidad cotidiana muy basada en el uso del automóvil privado.

Fuente: Elaboración propia
La selección de estos territorios no buscó compararlos entre sí, sino dar cuenta de la diversidad de comportamientos y experiencias de habitar la casa, el barrio y la ciudad.
A partir de una mirada antropológica al territorio, que consideró observaciones directas y visitas reiteradas, así como conversaciones y entrevistas con los diferentes habitantes, es que fue posible acercarse a la relación entre el individuo y su territorio. Esta mirada, se aplicó en tres niveles: la casa, el barrio (o la proximidad) y la ciudad. En cada uno de estos niveles se indagó en las prácticas, estrategias y experiencias de los habitantes con su territorio.
Así mismo, se establecieron dimensiones que ayudaron a agrupar y analizar la información recolectada. Para ello, se identificaron diez dimensiones que no serían estudiadas de manera aislada, sino en su interacción (con cuatro configuraciones identificadas), dando cuenta de la variedad de vínculos que existían con el territorio y entre habitantes de un mismo grupo social. Se pudo observar personas que, si bien valoraban su casa y se sentían muy arraigadas a ella, replegándose en la vivienda, rechazaban el barrio por considerarlo inseguro y hostil. Mientras otros tenían prácticas barriales muy intensas, situación que no se contradecía con una movilidad cotidiana igualmente importante más allá de esta escala.
Tabla dimensiones y configuraciones

A partir de los relatos e historias presentadas en las siguientes páginas, se describe cómo la proximidad se ha convertido en un elemento central de la movilidad de los habitantes de la ciudad. Aparecen “visiones alternativas donde la relevancia del territorio como referente geográfico de sentido resulta central”, lo cual implica que la puesta en marcha de una movilidad generalizada, “no es suficiente evidencia para pensar que la movilidad construye un necesario desarraigo del territorio local y significativo” (Jouffe y Campos 2009, 2).
La lectura del territorio de proximidad como soporte y sus dimensiones (anclajes o vínculos prácticos y afectivos) permite comprender la movilidad desde una perspectiva más amplia. Es decir, la manera como se da la relación entre habitante y territorio, mostrando no una relación opuesta, sino más bien una dialéctica –y muchas veces también una relación dialógica– entre anclaje en la proximidad y movilidad cotidiana.
Las combinaciones que aparecen en cada territorio son muy variadas, y la movilidad y el anclaje, son los extremos entre los cuales existe un continuo. Así, este libro se acerca a la experiencia de la proximidad de los habitantes, al comprender cómo se utilizan los recursos del territorio de proximidad en pos de una movilidad cotidiana, las estrategias puestas en marcha, la capacidad de reacción y las competencias de los habitantes para moverse.
Darle valor a la territorialidad de los habitantes, a la relación afectiva y/o instrumental que tejen con los territorios que practican, deja al descubierto que es el propio habitante quien construye, organiza e integra los territorios a su medida. Las movilidades y las no movilidades, así como sus significados, es aquello que se quiere develar en este libro.
CAPÍTULO II:
TRES TERRITORIOS EMBLEMÁTICOS DE LA CIUDAD DE SANTIAGO DE CHILE
La Unidad Vecinal Portales:
El proyecto de ciudad moderna
Una de las características del paisaje urbano y residencial de la ciudad de Santiago son los diferentes y variados conjuntos de viviendas que se han construido a lo largo del siglo XX. Dentro de las diferentes soluciones destaca lo ocurrido entre 1950 y 1970, período que marca un hito en lo referente a las transformaciones experimentadas por la ciudad. En 1948 se aprobó la Ley Pereira, que posibilitó la colaboración entre el sector público y el privado para la construcción de viviendas económicas y que originaron una serie de proyectos en Santiago, y en todo Chile, para innovar en la manera de habitar la ciudad.
En la década del cincuenta se introdujo un nuevo paradigma en la forma de hacer ciudad, asociado al compromiso que el Estado adquiere con la vivienda. Este cambio se asocia a las transformaciones sociales, políticas, económicas e institucionales que vivía el país y que marcaron la evolución de los ideales urbanos y arquitectónicos de ese período. Las nuevas ideas acerca de la forma de hacer ciudad vienen de la influencia del movimiento moderno y de la Carta de Atenas, y se manifestaron en los primeros asentamientos de habitación popular de los años treinta y cuarenta (Hidalgo, 1999).
Entre 1950 y 1960, impulsados por el Estado, se construyeron también una serie de proyectos habitacionales siguiendo la idea de la vivienda colectiva moderna. La ideología del movimiento moderno reflejó en la ciudad un nuevo modelo urbano. El Estado de Bienestar trajo como resultado un nuevo modelo de ciudad, que se vio plasmado en el equipamiento público, en las nuevas formas de habitabilidad y en el acceso a la vivienda (Pool, 2008). El proceso antes descrito se concreta por medio del Ministerio de Obras Públicas (MOP) y la Corporación de Vivienda (Corvi), y a través de instituciones mixtas como Empart y Cormu3.
Las manifestaciones más relevantes de todo este proceso se ven reflejadas en la década del setenta con la construcción de grandes conjuntos habitacionales pensados para el habitante moderno. Algunos de estos proyectos impulsados por el sector público fueron las tan emblemáticas Villa Frei, la Unidad Vecinal Portales y Providencia. Estas construcciones albergaron la idea de un Estado benefactor, paternalista, muy preocupado por los problemas sociales de la época.
En específico, Villa Portales fue concebido como una obra de gran envergadura y valor. Primero, por tratarse de un proyecto de vivienda innovador; segundo, por sus habitantes; y tercero, por la huella que dejó en la arquitectura de la ciudad. Villa Portales fue un proyecto de vivienda particular y sólo puede entenderse bajo el rol que tomó el Estado en esas décadas, como agente planificador y creador de ciudad. Bajo este contexto se crearon mecanismos encargados de proveer servicios a sus afiliados, entre ellos, el de vivienda.
Los habitantes que llegaron a Villa Portales eran de clase media. Tuvieron acceso a una vivienda de calidad y albergaban un proyecto de movilidad social. Quienes llegaron a habitar La Villa eran un grupo homogéneo, con gran capital cultural, gente formada y preparada: profesores, asistentes sociales, oficinistas, jefes de obras, gasfíter, dibujantes, choferes y vendedores. También había médicos, ingenieros y arquitectos. Una gran variedad de perfiles, pero todos, parte de una clase media con valores y sueños comunes. Villa Portales fue diseñada de una manera única, con calles elevadas, circulaciones verticales, recorridos en altura conectados por medio de rampas, grandes espacios verdes y plazas. Sus departamentos y casas son de gran amplitud, por lo que posee grandes comodidades para la vida diaria.
Villa Portales aún conserva un entorno privilegiado en la ciudad. Inserta en el área continua del triángulo central de Santiago, cuenta con la mayor concentración de servicios y equipamientos, con acceso a redes de infraestructura vial importantes –transporte urbano y metro. Asi mismo, está rodeada por grandes construcciones que le dan un carácter de aislamiento: la Universidad de Santiago de Chile, la Quinta Normal y la Autopista Alberto Hurtado (ex avenida General Velásquez), que de alguna manera contienen al conjunto de la Villa.
Este conjunto habitacional se construyó en un territorio muy extenso de 31 hectáreas, de las cuales el uso del suelo para edificación corresponde solo a 20% del total. Existen en la actualidad 1.860 viviendas, de las cuales 1.500 son departamentos (block como unidades habitacionales) y 360 son casas (plazuelas como unidades habitacionales), que en un comienzo albergaron a 11.000 habitantes. En la actualidad vive casi la mitad, lo que da cuenta de un éxodo importante de población.
Los edificios de la Villa tienen una altura entre cinco y siete pisos. Los blocks 1 y 2 se construyeron con una altura que superó la permitida de ese tiempo, situación que obligó a que se implemente una vía de circulación elevada sobre dos pisos inferiores, es decir, sobre el tercer piso, lo que permitió cumplir con la normativa de acceso a los departamentos de pisos superiores sin tener ascensor. Estos cuentan con una disposición hacia el extremo poniente del conjunto, con una vista hacia la cordillera de Los Andes por el oriente y de la cordillera de La Costa por el poniente. Los edificios más pequeños, de cinco pisos, están en directa relación con la vegetación y los árboles que rodean a todo el conjunto. Las viviendas se encuentran rodeadas de vegetación y árboles frutales que les dan nombre a las quince plazoletas.
Si bien algunos aspectos aparecen como muy favorables, la Villa presenta en la actualidad un importante deterioro. La inadaptación social del proyecto a las condiciones actuales de sus habitantes, el empobrecimiento y el envejecimiento de su población, la influencia de la dictadura militar son algunos de los elementos que han contribuido a mermar la vida de este conjunto habitacional. Su gran dimensión y los problemas con la administración que se producen a partir de los años setenta provocaron un difícil control de la Villa por parte de sus habitantes (Forray et al., 2011). A ello, se le suman en la actualidad problemas como el del uso del suelo, la problemática de la basura, el desgaste de los espacios públicos y la llegada de nuevos residentes.
El Castillo: la vivienda social en dictadura
El barrio El Castillo ésta ubicado en la comuna de La Pintana. Se trata de un territorio emblemático que refleja un momento en que el papel del Estado chileno disminuye en pos de un mercado que controla los precios del suelo. Todo ello tuvo sin duda repercusiones en la vivienda, su localización y las formas de habitar. Es en 1979 cuando se decreta que el suelo urbano en Chile no es un bien escaso. Su precio sería fijado por el mercado. Esta política afecta el valor del suelo y fragmenta el espacio social de la ciudad. El valor aumenta en los lugares más centrales y los valores más bajos se desplazan hacia la periferia. Se comienzan así a construir conjuntos de viviendas sociales en las comunas con un menor valor de suelo, lo que provoca una homogeneización de la pobreza en ciertas áreas de la ciudad, sobre todo en la periferia (Hidalgo, 2007).
Lo que ocurrió en la época de la dictadura militar con la comuna de La Pintana es un buen ejemplo de lo anterior. En este período se produce un importante déficit de vivienda, hecho que es subsanado por medio de las llamadas “políticas de erradicación de campamentos”. En el período entre 1979 a 1984 se trasladaron grandes contingentes de población de escasos recursos, ubicadas en áreas de alta plusvalía, hacia barrios periféricos de la ciudad donde se les entregaron viviendas.
La historia de la comuna de La Pintana, contexto territorial de El Castillo, se entiende en el marco de los procesos de reformas estructurales que afectaron la liberalización del uso del suelo en la década del setenta en Chile; periodo en el que también el país vivió reformas políticas administrativas orientadas hacia la descentralización y desconcentración del Estado4. En este contexto, El Castillo fue un proyecto de vivienda social destinado a habitantes de campamentos pobres, con una arquitectura muy precaria y con un mínimo de equipamiento. Fue en la Pintada donde se llevó a cabo una de las acciones más emblemáticas en la historia de la vivienda social del país, implicando el traslado de cerca de 30.225 familias habitantes de campamentos hacia nuevas localizaciones periféricas, cambio que provocó una suerte de polarización de secciones homogéneas, cuyos resultados se aproximan a las definiciones conceptuales de segregación y expoliación urbana (Gurovich, 1989). Del total de campamentos erradicados, el 72% fueron ubicados en las comunas de La Granja (parte de la actual comuna de La Pintana), Pudahuel, Puente Alto y San Bernardo.
La historia de La Pintana se remonta al año 1942, cuando la entonces Caja de la Habitación Popular adquiere los títulos de dominio del fundo La Pintana, que había pertenecido al expresidente Aníbal Pinto. En ese lugar se instalaron los primeros Huertos Obreros y Familiares del país. Ahí, la Caja edificó en un principio una población modelo destinada a la Sociedad Cooperativa José Maza, con viviendas de tres dormitorios sobre 500 lotes de media hectárea, además de algunos servicios de equipamiento comunitario y reservas de espacio, cuya primera etapa se inauguró en 1946, y las siguientes en 1950 y 1957. Este proyecto ha permaneciendo hasta hoy con pocas variaciones y se mantiene como un símbolo del cooperativismo progresista. Entre 1960 y comienzos de la década siguiente, se produjo un poblamiento importante en las cercanías, como consecuencia de programas de Operación Sitio y tomas de territorios que conformaron el sector urbano delimitado por Lo Martínez, Santa Rosa, Lo Blanco y San Francisco5. Bajo esta conformación, la población de La Pintana comenzó a crecer rápidamente, y en tan solo diez años se sextuplica el número de habitantes, pasando de 5.718 habitantes en 1960 a 36.502 en 1970.
En mayo de 1981 se divide La Granja (comuna de nivel socioeconómico relativamente pobre), creándose la nueva comuna de La Pintana, con 3.324,34 hectáreas de superficie, en el borde de contacto de la ciudad y su entorno rural inmediato. Desde 1979, e independiente de las cuestiones de administración local, La Pintana se transforma en sujeto controlado de laboratorio para la tesis de homogenización social de las comunas. Esta había comenzado a recibir conjuntos de familias y poblaciones completas erradicadas, incrementando a un ritmo increíble su contenido demográfico. Entre 1979 y 1989 se construyeron cinco soluciones habitacionales por día (específicamente casetas sanitarias), con urbanización mínima. Como resultado, en diez años se instalaron 80 mil nuevos habitantes en cerca de 30 conjuntos habitacionales. Si bien este proceso de traslado y de radicación de pobladores logra superar en parte las penurias habitacionales y sanitarias de cientos de miles de personas, los niveles de integración espacial con la ciudad disminuyen dramáticamente junto a la cada vez más lejana inclusión. (Gurovich, 1989). Los nuevos pobladores llegaron a lugares que muchas veces no tenian los servicios básicos (agua, transporte, etc.), además de experimentar el quiebre de lazos sociales y familiares producto del traslado. Lo anterior, concentra aún más la pobreza, con su consiguiente homogenización espacial, produciendo una segregación a gran escala.
La gran mayoría de los habitantes de El Castillo son pobladores muy pobres, erradicados de diferentes áreas de la ciudad de Santiago. Nunca tuvieron la posibilidad de elegir dónde trasladarse, más bien fueron expulsados de las áreas que eran valiosas para el mercado, ofreciéndoles la posibilidad de ser propietarios de una vivienda de carácter social. Los asentamientos que ocupaban estos grupos antes de ser trasladados, eran territorios ubicados en municipios con un alto valor de la tierra urbana y, por lo tanto, estas poblaciones ponían en peligro el precio del suelo de estas áreas (Hidalgo, 2005; Banderas, 2008; Gurovich, 1989).
La Comunidad Ecológica: la construcción de un imaginario
Frente a los grandes territorios de vivienda social ubicados en la periferia de la urbe, desprovistos de servicios e infraestructura, aparecieron en Santiago estilos de vida asociados a un imaginario suburbano que privilegiaban el espacio, la libertad, el contacto con la naturaleza y el aislamiento. Situada un poco más adelante en el tiempo que Villa Portales y El Castillo, la Comunidad Ecológica de Peñalolén se enmarca en este contexto de transformación, fragmentación y privatización de los espacios residenciales que habia venido ocurriendo en varias de las ciudades latinoamericanas.
El imaginario de la periferia o suburbio para las clases medias y altas como lugar deseado se sitúa en el contexto americano de mediados del siglo XX, cuando las ciudades comienzan a expandirse hacia nuevas áreas periféricas. Los grupos más acomodados vieron en esa expansión la posibilidad de construir un lugar diferente, donde la idea de progreso y movilidad social se hace patente. Se trata de una busqueda por diferenciarse a partir de un estilo de vida particular con un marcado repliegue sobre el espacio privado (Márquez, 2006).
De esta manera, la periferia será el espacio donde los habitantes pueden completar su deseo de diferenciación y desarrollar su estilo de vida. El deseo de ir a habitar los bordes de la ciudad se asocia también con los cambios que vienen sufriendo los centros históricos de muchas ciudades. Lo anterior, conformó a la periferia como un lugar con mejor calidad de vida. Esta nueva ciudad, ahora alejada de los males urbanos, se constituye en un lugar donde los habitantes pueden desarrollar un proyecto de vida diferente, más cercano a los ideales de la vida de campo, la tranquilidad y el contacto con la naturaleza.
La conquista de nuevos territorios, baldíos y extensos, que se encuentran en los bordes de la ciudad, despierta una atracción por lo desconocido y se convierten en una aventura. Aparece en el imaginario de los habitantes la idea del Wilderness (Tuan, 1990), de la periferia como un espacio yermo que no ha sido tocado por el ser humano. Se valora el acercamiento a la naturaleza y a los elementos que reflejan lo natural. Los habitantes que llegan a estos espacios lo hacen buscando una mayor calidad de vida: más sana, menos contaminada, con más verde, donde se pueden ver las montañas y los hijos pueden jugar tranquilos en espacios extensos. Este imaginario no sólo se asocia a un territorio natural, también significa un territorio por construir.
Lo anterior, penetró fuertemente en el contexto socio-urbano de la ciudad de Santiago y también latinoamericano, caracterizado por viviendas unifamiliares en copropiedad, urbanizaciones cerradas, edificios departamentos, loteos de parcelas de agrado, etc. Este fenómeno es uno de los elementos del nuevo modelo de la estructura y del desarrollo urbano de la ciudad latinoamericana (Janoschka, 2002). Es el paso desde un modelo de ciudad abierta hacia un régimen de ciudad cada vez más cerrada, marcado por la afirmación de una ciudad de tipo privada (Svampa, 2001).
La Comunidad Ecológica está emplazada en la periferia oriente de la ciudad de Santiago, en la comuna de Peñalolén, donde habita una diversidad de perfiles socioeconómicos: estratos medios y altos, comunidades ecológicas y sectores marginales (Ulloa y Zunino, 2008), aspecto que no es muy común en la ciudad de Santiago considerando la importante segregación existente entre comunas. Las familias que habitan la Comunidad forman parte del 3% de la población de estratos medios-altos que vive en Peñalolén. Ubicada en la zona precordillerana, en el pie de monte y enmarcada por la presencia de la Quebrada de Macul, posee gran diversidad de flora y fauna, lo que la hace un espacio medioambiental importante y único en la ciudad (Ulloa y Zunino, 2008). Se sitúa en parte del antiguo fundo Lo Hermida perteneciente a la familia Cousiño, tierras agrícolas que eran destinadas para el cultivo del trigo y pasto para el ganado. En la década de 1980 llegaron los colonos que le dieron el nombre a esta comunidad. Era un grupo de clase media alta, desencantado de la vida en la ciudad, que decide buscar un lugar donde vivir. En un comienzo se trató de dos o tres familias, hoy son casi 340, entre colonos, arrendatarios y antiguos campesinos.
La Comunidad, al momento de la investigación, tampoco disponia de una red pública de agua y alcantarillado, sus habitantes se aprovisionaban del agua que baja de la quebrada de Macul de la cual poseen derechos de acuerdo con la superficie de territorio de cada propietario. La captación, canalización y distribución está a cargo de la Asociación de Canalistas de Lo Hermida, agrupación a la que los vecinos se asocian mediante el pago de una cuota anual. Cada casa cuenta con un estanque de almacenamiento y bombas que llevan el agua al interior de los hogares y las aguas servidas van a fosas sépticas individuales en cada propiedad.
El funcionamiento del suministro de electricidad es similar, ya que la mayoría de las parcelas todavía está adherida a un sistema de medidor común que distribuye la energía de forma colectiva. Las calles no cuentan con alumbrado público. Se puede observar, entonces, que los servicios de agua y electricidad deben ser pagados en conjunto por cada una de las parcelas y resultan habituales los conflictos entre vecinos de una misma parcela por quienes no pagan a tiempo y surgen las amenazas de corte del suministro sobre todos; o también por vecinos que recargan la electricidad y se cae la luz en toda la parcela. Lo mismo sucede con el agua: vecinos que sacan mangueras hechizas para regar sus predios sin autorización, gasto innecesario de aguas, etc.
La organización de este territorio es muy diferente al de una población, villa o condominio cerrado, ya que en la Comunidad los habitantes son los propios gestores de su entorno. Una de las características de este lugar es su estilo arquitectónico que privilegia la tierra y los materiales nobles, pero la llegada de nuevos residentes ha aumentado la densidad del barrio y ha traído nuevos estilos de construcción como el hormigón o el ladrillo. Desde 1999 la Comunidad Ecológica es parte del plan seccional municipal, condición otorgada por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, que tiene el objetivo de preservar barrios con características particulares.
En definitiva, estas tres formas de habitar representan tres territorios muy diversos entre sí, pero que tienen en común ser emblemáticos de la construcción de la ciudad y de las formas de habitar en ella. Si bien se podría plantear que cada territorio representa diferentes habitares –los centrales, los marginales y los periurbanos– se requiere sortear esta distinción y releer su cotidianidad a partir de experiencias que tienen más en común que de diferencias. Enfatizar en las formas de construir los territorios de proximidad (la casa y el barrio) y su relación con la movilidad cotidiana, permite otra mirada de los modos de vida que tienen lugar en la ciudad de Santiago; la diferenciación, la segregación, la fragmentación y, sobre todo, de la relación con el territorio.
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