Kitabı oku: «Sabor peruano»

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Coordinación editorial

Iliana Ávalos González

Jefatura de diseño

Paola Vázquez Murillo

Cuidado editorial

Modesta García

Janet Grynberg

Diagramación

Cecilia Lomas Ramírez

Sabor peruano. Travesías musicales

se terminó de editar en las oficinas de la Editorial Universidad de Guadalajara, José Bonifacio Andrada 2679, Lomas de Guevara, 44657. Guadalajara, Jalisco

Noviembre de 2021

Para la formación de este libro se utilizaron las tipografías Karmina y Karmina Sans, diseñadas por José Scaglione y Veronika Burian.

Índice

Presentación Cien años de sonidos, tradición y modernidad

LUCHO PACORA

Prólogo El viaje a nuestra raíz

SSUSANA BACA

Yma Sumac: la diva alada

TILSA OTTA

Chabuca Granda: carta íntima a Chabuca

TERESA FULLER GRANDA

Pastorita Huaracina: la cantora de los Andes

ADEMIR ESPÍRITU

Susana Baca: en un lugar del corazón

ELOY JÁUREGUI

Tania Libertad, la intérprete que nunca pasa de moda

ZOILA ANTONIO BENITO

La nueva guardia: cantoras peruanas del nuevo milenio

RAÚL CACHAY A.

Los Destellos: concierto para ritmo

LUCHO PACORA

Los Wembler’s: mi vida junto a ellos

OLIVIER CONAN

Alfredo Linares: "¡Montunéame, Alfredito!"

JAIME ANDRÉS MONSALVE B.

Chacalón: el faraón luchador

MIGUEL ÁNGEL VALLEJO SAMESHIMA

Novalima: el beat del Perú negro

ENRIQUE BLANC

La revolución invisible de la chicha

EFRAÍN ROZAS

Los Saicos: apuntalando la estación del tren

HUGO LÉVANO

Los Belking’s: cómo decir mucho sin palabras

FIDEL GUTIÉRREZ

Los Yorks y su rebeldía en la Lima de los sesenta

ARTURO VIGIL

El Polen: rock andino fuera de la ciudad

JULIO MENDÍVIL

Breve historia del más reciente rock peruano

FRANCISCO MELGAR WONG

César Bolaños: tras los pasos del vanguardista

LUIS ALVARADO

Édgar Valcárcel: tempestad en los Andes

CZAR GUTIÉRREZ

Manongo Mujica: fusión y paisaje

ALEJANDRA LUCIANA CÁRDENAS

Los caminos de la música experimental (1980–2020)

ALONSO ALMENARA

Anexos

Playlist 1. Tu voz existe: cantoras peruanas de ayer y hoy

Playlist 2. Sentimiento tropical: cumbias, salsas, chichas, afros y más

Playlist 3. Ruidos de la ciudad: raíz y modernidad del rock peruano

Playlist 4. Más allá de lo evidente: música experimental peruana

Autores

Dedicado a la eterna luz de Angelita Cabrera G.

Presentación

Cien años de sonidos, tradición y modernidad

Lucho Pacora

Decía el genial arquitecto Antoní Gaudí que ser original no es otra cosa que volver al origen. Si se escucha con atención, la más remota sonoridad puede revelarse como una primorosa vanguardia primitiva. Según la evidencia arqueológica, en el Perú se hace música por lo menos desde hace cinco mil años. No hace falta más que visitar la ciudad sagrada de Caral, a pocas horas de Lima, para observar un milenario emplazamiento urbano ocultado por siglos de arena. En su plaza circular se hallaron pequeñas flautas fabricadas con huesos de pelícano, además de ollas de barro, mazorcas, papas nativas, ajíes y semillas; es decir, ofrendas para los dioses.

Hasta hace poco tiempo, la exquisita gastronomía peruana era conocida sólo por sus habitantes y alguno que otro sibarita que llegaba como turista. Aunque esta tendencia cambió muchísimo en la última década, sólo los más observadores se han percatado de un detalle singular: en el Perú se almuerza escuchando música. Música tradicional de la costa, sierra o selva. Regiones naturales que vieron emerger magníficos artistas que renuevan este legado aún al día de hoy.

En este libro haremos un viaje iniciático para conocer a tan sólo algunas de las figuras más representativas de la música peruana de los últimos cien años que, al igual que la gastronomía, poseen una particular confluencia de ingredientes autóctonos y foráneos, de espíritus incendiarios, voces hipnóticas, místicos ruidismos y visiones psicotrópicas. Un país donde se hablan cuarenta y siete lenguas originarias, además del castellano, sin duda posee una riqueza sonora que merecería mucha más atención. A diferencia de esa otra manifestación cultural que es la comida, la música peruana no ha corrido con la misma suerte en cuanto a su internacionalización. Son múltiples los factores que han impedido esta difusión, salvo casos muy aislados, los cuales guardan relación con sus erráticas políticas culturales y el bajo consumo interno de sus artistas más prometedores.

Este fue uno de los poderosos motivos que nos llevaron a construir este breve panorama de la música hecha en el Perú, como introducción a un universo sonoro que en los últimos años ha comenzado a ser abordado desde diversas publicaciones y reediciones discográficas que buscan desentrañar sus misterios y valorar su enorme aportación a la cultura latinoamericana. De esta manera, este menú de degustación les permitirá saborear las historias de las y los artistas que nutrieron las raíces del último siglo de música peruana y conocer los proyectos más relevantes de las últimas décadas. Así, proponemos una dialéctica entre el pasado y su proyección en el futuro.

Perú es un país de cantoras; por ello, la primera parte está dedicada a mujeres consagradas como Yma Sumac, Chabuca Granda y Susana Baca, pero también a jóvenes revelaciones que continúan preservando y renovando esta maravillosa tradición. A continuación, comenzaremos a mover las caderas al ritmo de cumbia, boogaloo, salsa, chicha y demás tropicalidades que exploraron músicos brillantes como Los Destellos, Los Wembler’s y Alfredo Linares, y presentaremos las más recientes versiones de la actual escena tropical peruana. Después, degustaremos las estridencias del rock peruano primigenio con bandas pioneras como Los Saicos, Los Belking’s o Los Yorks, y las secuelas que dejaron en los siguientes decenios. Finalmente, culminaremos este banquete con uno de los aspectos menos conocidos de la prolífica historia musical peruana: su vanguardia, es decir, música de avanzada que desde los años sesenta no ha parado de producirse en el país, gracias a enormes compositores como César Bolaños, Édgar Valcárcel o Manongo Mujica, así como los colectivos y artistas sonoros de tiempos más recientes.

Este ágape no habría sido posible sin la colaboración de diversos cocineros de la palabra, quienes han aportado su toque personal a cada historia que se narra en este libro: poetas, periodistas, músicos, etnomusicólogos, es decir, escritores a través de cuya visión disfrutaremos de este festín que nos espera para ser saboreado con los oídos. La mesa está servida.

Perú, noviembre de 2021

Prólogo

El viaje a nuestra raíz

Susana Baca

Quisiera empezar este diálogo con la sospecha de que hablar de la música, como de todas las artes, es hablar de un sentimiento que es inherente al ser humano. Ese sentimiento no está hecho de una habilidad, no tiene una clasificación, no tiene una nacionalidad; más bien, sólo contiene la necesidad humana de expresarse espontáneamente y dejarle saber al otro que es igual a uno en la alegría y en la tristeza.

Entonces, a contrasentido de la emoción, el racionalismo impuesto para esa manera de expresarse ha determinado modos y costumbres que establecen diferencias y, para estas diferencias, hemos edificado pesadas escuelas, hemos clasificado las discordias estéticas y comportamientos de cada persona, de cada nación, de cada pueblo. Y esa música, nacida como un sentimiento a modo de un abrazo o un beso, se pobló de rostros y decires que se volvieron y nos volvieron diferentes.

La construcción de la música en el Perú no es ajena a esto. La música peruana es una sumatoria de sentimientos, de épocas, de una historia que contiene confrontaciones, pero al mismo tiempo, también de juntas, de resistencias y de adaptaciones. Entonces, para comprenderla tenemos que hablar de cuáles son los acentos propios que caracterizan esta “peruanidad”, aquello que la distingue de las nociones musicales de otros pueblos distintos al nuestro.

Yo opino que el siglo XX ha sido determinante para esto. Antes, en los siglos XVIII y XIX, sólo se reconocía como oficial una manera de apreciar la música: desde la expresión colonial, la expresión de la dominación, la que determinaba una lengua y negaba las otras. Esto ocurre cuando me detengo a leer las partituras de la obra del obispo español Martínez Compañón donde, si bien hay expresiones propias de los lugares descritos, la notación y la acentuación con la que se las escribe no es para compartir un “modo de los otros”, sino para leerlo desde el lugar del dominador o conquistador. Ellos no revelaron un lenguaje musical que nos interpretara a todos, sino que mimetizaron nuestros acentos propios.

Si los peruanos emprendemos un recorrido comparativo de nuestra música oficial, encontraremos que, desde la construcción misma de nuestras raíces (que no es más que las admisiones rítmicas genéricas de la música, donde hallamos que una zamacueca de la costa peruana no es tan diferente a una cueca boliviana, una cueca chilena o una chacarera argentina), muchas de sus formas están compuestas en un tiempo de 6/8, es decir, poseen el acento de la conquista; la música que escapaba a esa concepción fue calificada como “música de rituales”.

Entonces, nuestro encanto o nuestro “sabor”, como lo llama el bello título de este hermosísimo libro, se hará más profundo cuando empecemos a mirarnos desde nuestros propios sentimientos colectivos y desde una versión de la historia que use nuestros gentilicios. Así, sólo así, sentiremos que esta música es nuestra y que sus diferencias son sólo acentuaciones naturales propias de nuestras regiones o periferias, las que se van reconfigurando por la constante movilización social y agregan nuevos acentos que antes no eran considerados. Este proceso y esta forma de ser se dan a través de la comprensión de los artistas que colocaron los hitos y que, a su manera, lograron la aceptación e identificación del público peruano con lo suyo, ayudando a forjar su propia identidad.

El desarrollo de los medios de comunicación, y la rapidez que nos imprimen en el día a día, ha cambiado permanentemente el lento proceso de nuestra evolución musical, que ha tenido personalidades fuertes y valerosas. Sin temor a equivocarme, podría decir que estas travesías sonoras por la tierra de los incas no se agotan en la mera descripción intelectual de géneros o historia, sino que emprenden un viaje de reminiscencia de los intérpretes que forjaron y forjan este sentimiento de pertenencia a un mismo territorio.

La fina selección de artistas y personajes que retrata este libro nos permite identificar de manera emocional los hitos musicales de esta joven memoria compartida que, a través de la pluma de estos escritores, nos muestra a detalle las diferentes historias de la diversidad que nos hace únicos y únicas. Los textos que integran este recorrido por la musicalidad del Perú serán un enérgico antecedente para las nuevas generaciones que sabrán, en su momento, que nuestra historia musical fue y sigue siendo un proceso largo e inconcluso que deberá ser completado por los y las que vendrán a seguir alimentándose de este Sabor peruano, así, con mayúsculas.

Octubre de 2021

Yma Sumac: la diva alada

TILSA OTTA


© Getty Images.

La relación de Yma Sumac con el Perú ilustra los eternos conflictos que crecieron como mala hierba en las fisuras profundas que dejó la brutalidad de la colonización en ese territorio, fracturas de las que pareciera no haber retorno. Y es por eso que la historia del éxito colosal que cosechó en todo el mundo es tan extraordinaria como la indiferencia que sufrió en su patria a pesar de ser su estrella más brillante: incluso hoy, a más de una década de su muerte, sigue siendo la artista peruana con más discos vendidos.

Pero antes de representar, a su pesar, estas contradicciones, Yma era Zoila, una niña de la sierra norte del Perú, aficionada a representar la voz de los pájaros, a responderle a esa naturaleza que le hablaba, porque ella escuchaba. Así empezó su entrenamiento vocal, a los cinco años. “Cuando imitaba a las aves, decía: ‘este es mi público’”, recordaba. La abundante biodiversidad de aves en su tierra parece explicar su prodigioso registro vocal de cinco octavas y media, o triple coloratura, único en el mundo.

Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo nació en la provincia del Callao en Lima, Perú, el 13 de septiembre de 1922. Meses después, sus padres la llevaron a Ichocán (Cajamarca), donde pasó la mayor parte de su infancia. Su lugar y fecha de nacimiento son objeto de debate puesto que, al preguntarle por su origen, Zoila contestaba variablemente: Lima, Cajamarca, El Callao, Ichocán…, según le dictara el ánimo en el momento, y difundió que había nacido el 10 de septiembre porque consideraba que el trece era de mala suerte. Asimismo, se añadió el nombre de Augusta por un asunto de elegancia. Zoila Augusta, pues, adelantándose a la posmodernidad y al diseño de uno mismo, característico de las redes sociales, nunca tuvo reparos en construir su identidad a su gusto, lo cual alimentó tanto la leyenda como el rechazo de los conservadores.

Otro pilar del mito que encarnó fue su cuestionada cualidad de ñusta (princesa inca). Hija única de Sixto Chávarri y Emilia del Castillo Atahualpa, se autodenominó desde pequeña descendiente de Atahualpa, el último emperador inca. Para disipar dudas y burlas, el gobierno peruano emitió un certificado que legitimaba esta versión en 1946.

A los trece años, tras presentarse en la Fiesta del Inti Raymi en la pampa de Amancaes y ser avistada por un empleado del gobierno, el Ministerio de Educación impulsó su traslado a Lima en compañía de sus padres, donde gozaría de mejores condiciones para desarrollar su talento. Valga decir que ese apoyo no habría sido posible sin la política intercultural aplicada por el presidente Augusto B. Leguía, que promovió la revolucionaria Fiesta de Amancaes, a la que llegaban músicos de todos los rincones del Perú, incluyendo criollos, andinos y selváticos.

Moisés Vivanco nació en 1918 en Huamanga, ciudad de gran tradición musical de la sierra central, en una familia de charanguistas. A los diez años recibió una medalla de manos del mismísimo Leguía, al triunfar en un certamen tocando el charango. A los veintiuno, ya un consumado multi-instrumentista, se mudó a Lima y fundó la Compañía Peruana de Arte, donde participó como compositor y director. Ávido de hallar a la estrella que coronara su creación, formada por cuarenta y seis integrantes entre bailarines indígenas, cantantes y músicos folclóricos, Vivanco reclutó a la bella Zoila cuando sólo tenía catorce años: al escuchar su voz, Moisés reconoció su talento único. Encomendó a su hermano Heraclio educarla en la impostación de voz y la bautizó con el nombre que daría la vuelta al mundo: Yma Sumac, “Qué bella” en quechua. Este seudónimo buscaba despistar a sus padres, ignorantes de que su hija había cambiado los estudios por los escenarios. Cuando descubrieron la verdad, se rindieron ante el potencial de la artista y la convincente empresa que Vivanco tenía entre manos. Y es que, además, él dirigía la programación de Radio Nacional, donde la Compañía Peruana de Arte debutó a principios de 1942. Ese mismo año, la que sería la pareja creativa más exitosa de la música peruana contrajo matrimonio en Arequipa, en las faldas del volcán Misti. Como parte de una luna de miel particular, realizaron su primera gira junto al Conjunto Folclórico Peruano (el nuevo nombre, más acotado, para su agrupación). El destino inicial sería Argentina. El flechazo fue instantáneo. Dejando en segundo plano al resto del elenco, las portadas se enfocaron en la belleza y porte real de Yma: real como una princesa inca, como un ave que despliega una cola de fastuoso plumaje en abanico, real como un mito o una leyenda.


© Archivo personal de Daniel Padilla.

Entusiasmados por la acogida, regresaron al año siguiente a grabar su primer disco, compuesto por veintitrés canciones peruanas, con el sello discográfico Odeón. Un medio la llamó “el pájaro que se convirtió en una bella mujer”, lo cual no se aleja mucho de la verdad. La ovación se repitió en Bolivia, Brasil y Chile, donde fue invitada a desempeñar sus primeros papeles en el cine.

Un momento decisivo en el ascenso del prodigioso dúo fue la visita a la Ciudad de México, a donde llegaron por invitación del presidente Manuel Ávila Camacho para estrenar en el Palacio de Bellas Artes su formación como el Trío Inka Taky (Moisés Vivanco en los instrumentos de cuerda; Cholita Rivero como segunda voz e Yma como la descollante voz principal). Allí, abrazaron el indigenismo de su propuesta tan desdeñado en el Perú, donde la extirpación de idolatrías seguía fresca y condenaba a quienes se enorgullecían de sus raíces, pues la clase dominante los prefería silenciosos y sumisos. En cambio, en el México posterior a la Revolución, casi toda manifestación cultural se erigía como un homenaje monumental a su identidad con apoyo del aparato estatal, y se reconocía que nuestros antepasados fueron el reguero de pólvora del fuego que somos. La influencia de esta épica nacionalista ayudó a Vivanco a diseñar un espectáculo fastuoso, a imaginar sin límites el Perú apelando a la mística de los escenarios naturales y culturas prehispánicas que Yma evocaba con su presencia. Y es que, como dice María Magdalena en un texto apócrifo: “El ritual es sencillamente el reflejo externo de algo que está ocurriendo profundamente dentro de uno mismo”. Así, donde el mundo occidental celebraba con éxtasis el exotismo indígena y los peruanos airados veían afectación y desnaturalización de la cultura tradicional andina, lo que ocurría era que la magia florecía en el arte de Yma Sumac, con la cuidadosa producción de su esposo Moisés Vivanco. Ella evocaba la dimensión onírica y divina del pasado glorioso, el canto ritual de los incas.

En 1946, el Trío Inka Taky da el gran salto a Nueva York. A pesar de su éxito en Latinoamérica, en Estados Unidos las cosas no son fáciles. Incrédulos de su ascendencia inca, se corre el rumor de que Yma Sumac es en realidad Amy Camus, oriunda de Brooklyn, por medio de un malicioso juego de palabras que sólo busca desacreditarla. La necesidad los obliga a incursionar en el comercio de atún, en el que tienen poca suerte. Por si fuera poco, Cholita queda embarazada de Vivanco, doble traición que rompe el corazón de Yma. Para evitar el escándalo, presentan a Yma como madre de Papushka Charles y a Cholita como su tía.

Por fortuna, un agente les recomienda probar suerte en Hollywood y acierta: en 1949 firman un contrato con Capitol Records. Por instinto de la prestigiosa disquera, Cholita y Vivanco se mantienen en la banda, pero el protagonismo absoluto recae sobre Yma Sumac. La bonanza y optimismo de la posguerra propicia la edad dorada de Hollywood y los grandes estudios. Las películas de aventuras crean una burbuja de entretenimiento mientras el macartismo persigue a los realizadores e intelectuales que critican al sistema. Arabia, África, Perú y otras naciones de culturas ancestrales son reducidas, en sus fastuosas locaciones, a parajes exóticos donde los exploradores blancos conquistan a mujeres hermosas y descubren tesoros ocultos. En este contexto, Yma encarna todas sus fantasías y más, pues su registro de cinco octavas —en tiempos en que las cantantes de ópera alcanzan dos octavas y media— promete hacer de ella uno de los espectáculos más grandes del mundo.

Efectivamente, Voice of the Xtabay se presenta en el Hollywood Bowl en 1950 con una gran orquesta causando sensación: en su primer año de lanzamiento vende más de un millón de copias. Contiene ocho temas compuestos por Vivanco y producidos por Les Baxter, quienes mezclan con audacia la música y temática andina con el mambo, el jazz, la ópera y otras corrientes que confluyen en un coctel multicolor, pionero de la world music. Las puertas del mundo se abren para la diva andina, y celebridades como Frank Sinatra, Walt Disney y Marlene Dietrich se declaran sus admiradores.

El éxito la acompaña en sus siguientes discos, Legend of the Sun Virgin (1952), que motiva su primera gira por Europa, e Inca Taqui (1953). De este último se desprende el hechizante tema “Chuncho”, donde las mutaciones de su voz nos internan en los misterios de la Amazonía. En el momento cumbre de su carrera, Yma retorna al Perú y es recibida de forma apoteósica por miles de personas y músicos folclóricos que la siguen en una caravana festiva. Sin embargo, ningún funcionario del Estado se manifiesta. El desplante a la embajadora más destacada de la cultura peruana en el exterior es cortesía del gobierno de Manuel Odría, una alianza entre los militares y la oligarquía. Una editorial de Trujillo expresa el sentir popular: “Estos dos artistas peruanos de serrana raíz constituyeron en los terribles años de la dictadura la más alta embajada de luz que hayamos podido tener fuera de nuestras fronteras, sin gastos para el erario nacional.”


Cortesía de Ellas Rugen Records.

Yma viaja a Cusco y se presenta en Machu Picchu, en un emotivo concierto del que no queda registro. De regreso a Estados Unidos, incorpora arias operísticas a su repertorio e incluso una versión cantada de “Claro de luna” de Debussy.

En 1954 protagoniza junto a Charlton Heston El secreto de los incas, una megaproducción de Paramount Pictures. Por si fuera poco, lanza Mambo!, uno de sus álbumes más apreciados y, probablemente, el favorito de sus fans posmodernos. Con este disco recorre Asia y encandila al público de Pakistán, Afganistán, Persia, Birmania y Japón. Los grandes estudios, amantes de su imagen y sonido, la invitan a participar en la comedia Música de siempre con Libertad Lamarque y Edith Piaf, y en la película de aventuras Omar Khayyam, entre otras. Pronto se da cuenta de que su apretada agenda de conciertos, programada por Moisés, no le permite desarrollar una carrera alterna.

Los problemas migratorios no son ajenos a las aves migratorias, por lo cual “la soprano alada”, como le gustaba ser llamada, obtiene la nacionalidad estadounidense en 1955, después de nueve años de residir allí. El Perú se muestra ofendido ante este hecho (a pesar de que Yma no renuncia a su nacionalidad peruana) y encuentra en él un motivo más para desacreditar su trabajo y cuestionar su amor por su tierra.

Por esa época, Vivanco vuelve a sorprender a Yma con descendencia fuera del matrimonio. Esta vez, ha procreado gemelos con su secretaria de veinte años de edad. La cantante queda devastada y a la traición se suma el escándalo. La relación nunca se recupera de este acontecimiento. Pero el show debe continuar, así que su intenso ritmo de presentaciones no se detiene. Responde el llamado de Broadway y pasea su hechizo atemporal por los teatros más lujosos, así como por los programas de televisión más importantes de la época. En 1977, el lanzamiento de su quinto álbum, Legend of the Jivaro, es opacado por un nuevo oprobio: se acusa a Vivanco de evadir impuestos durante siete años al mismo tiempo que una prueba de paternidad lo obliga a contribuir al sustento de sus vástagos. El divorcio cae por su propio peso y culmina un año después, pero durante este desagradable proceso, la resquebrajada pareja se presenta en Cuba y Las Vegas, para cumplir con los compromisos pactados.

Fuego del ande, su último disco con Capitol, presenta una entrañable selección de clásicos peruanos como “La Molina” (sobre las penurias en tiempos de esclavitud), “La flor de la canela” (una emblemática canción de Chabuca Granda) y “Vírgenes del sol”, un fox andino de Jorge Bravo de Rueda, declarado Patrimonio Cultural de la Nación. Tras una breve gira, Yma se toma un merecido descanso en soledad en Madrid, pero no por mucho tiempo, pues la deuda millonaria de impuestos debe ser pagada. Para responder a las voces suspicaces que lo acusaban de fugarse para evadir sus problemas fiscales, Moisés hace alarde de sus méritos: “En el debut, como homenaje a nuestro arte, se hizo volar quinientas palomas, los aplausos se prolongaron por cuarenta minutos y los héroes de la última guerra se acercaron para regalarnos sus condecoraciones”. La soprano alada es tratada como una reina, el líder Nikita Jruschov le rinde tributos y le destina un jet privado.

En 1960, Hollywood, su nuevo hogar, le otorga una estrella en el Paseo de la Fama, convirtiéndola en la primera latinoamericana y la única peruana en ostentar ese honor. A la par, la industria norteamericana empieza a relegarla en pos de nuevas figuras, siguiendo la lógica de su maquinaria. Afortunadamente, la Unión Soviética la invita a cumplir con una agenda de presentaciones de dos semanas que se convierten en seis meses de triunfo arrollador. Veinte millones de personas acuden a ver a Yma en ciento ochenta y seis conciertos por cuarenta ciudades rusas, y en 1961 graba un disco en vivo con la orquesta sinfónica del Teatro Bolshói.

En 1965, Yma retorna al Perú para ver a su madre y dar algunos conciertos. Lamentablemente, su visita se ve oscurecida por críticas y cuestionamientos. Aún no se reconoce el valor de la fusión musical, por lo que la llaman “traidora de la tradición musical folclórica”. Con amargura, comprende que el crecimiento de su fama internacional es proporcional al de las resistencias que genera en su país de origen. Incluso un divulgador del huayno tan culto como José María Arguedas hace duros comentarios sobre ella. En su libro Nuestra música popular y sus intérpretes, afirma: “Pero lo que hace Yma Sumac no es, por supuesto, estilización de la música india: es deformación pura. Emperatriz Chávarri hace de la canción india un simple espectáculo”. Para “El Tayta”, la música debía ser el reflejo de un proceso de evolución cultural y social.

Paradójicamente, podríamos decir que el arte de Yma y Vivanco daba cuenta del progreso cultural y social de dos jóvenes migrantes andinos que adaptaron su propuesta para triunfar en el exterior después de ser rechazados por la industria cultural de su país. La transgresión que se le atribuye a la pareja no fue más que una vocación innovadora que en el siglo XXI sería la norma: la mezcla, la reinterpretación de géneros y de unx mismx, el mashup, la globalización. Hoy la fusión es apreciada en tanto mantiene las manifestaciones culturales tradicionales con vitalidad, cuestionándose y reinventándose. Con ese arrojo, Vivanco fue uno de los más grandes difusores del folclor peruano, incorporando novedosos arreglos y creaciones pentatónicas que permitieron imaginar la música andina más allá de su impronta tradicional. Lejos de una sociedad que los condenaba a ser los vencidos, eligieron convocar a esos dioses andinos que yacían ocultos en la naturaleza, su naturaleza, y hacerlos brillar. “Finalmente el viaje a los orígenes es más importante que los orígenes mismos”, concluiría Julia Kristeva.

Ese mismo año, regresa a Estados Unidos, personificando trágicamente ese cliché que dice que nadie es profeta en su tierra. Al poco tiempo, se separa para siempre de Moisés Vivanco, quien se traslada a España para evadir sus deudas y continuar su carrera como compositor. Yma sigue presentándose en conciertos, galas y programas televisivos pero su repercusión no es la de antes: la demanda por lo exótico y el glamour decaen frente a la revolución sexual y la experimentación psicodélica, el rock salta sobre la mesa y se apodera del micrófono. Las apariciones de la diva se hacen cada vez más raras y crece su fama de persona con la que es difícil trabajar; harta de lidiar con managers, decide hacerse cargo ella misma. Quizá debido a esa actitud punk y a su experimentalismo sin límite, los rockeros se sienten atraídos hacia ella, al punto de que tres de ellos la ayudan a producir y grabar su primer disco después de doce años: Miracles, una joya psicodélica con logrados temas como “El cóndor pasa”, en clave de rock andino, y la fascinante “Magenta Mountain”, donde su voz parece llevarnos a otra dimensión, sentados en una barca de agua cristalina. Aunque es retirado del mercado por disputas entre Yma y sus colaboradores, con el tiempo se vuelve un disco de culto que la inserta en la cultura pop, y personalidades como Yoko Ono, Nina Hagen, Cindy Lauper y las vocalistas de The B-52’s reconocen su influencia.

Al viajar a Lima a visitar a su madre, un grupo de jóvenes le arroja comida y la insulta por “no representar al Perú como debería”. No regresará a esa tierra hostil sino hasta treinta y dos años después.

En Estados Unidos, la creciente comunidad gay, ávida de íconos e himnos, la adora por su glamour y su precoz noción de la performatividad de la identidad, de la creación de unx mismx, de abrazar su condición de rara avis y dejarla volar. Después de todo, Yma también es parte de una minoría postergada y le da la vuelta al mundo. Su derrotero nos recuerda que la identidad no es estática, ni la propia ni la de una nación, porque ¿quiénes tendrían la autoridad de determinar la representación correcta de nuestra identidad o validar su autenticidad? ¿Quién distinto a unx puede afirmar o negar cómo se siente por dentro, lo que dice el canto de los pájaros?

Yma ensaya su retiro entre 1976 y 1983, primero en soledad y, más tarde, cuidando animales en un parque natural de Los Ángeles, buscando la armonía de la naturaleza. Convertida en una figura de culto (y dada por muerta por muchos), reaparece, modifica en las entrevistas los aspectos desagradables de su pasado y cuenta su historia como considera que debió ser. Sus últimas grabaciones son I Wonder, banda sonora de la película La bella durmiente de Disney, y Mambo ConFusion en 1991. En 1997 se despide de los escenarios en el Festival de Jazz de Montreal. A sus setenta y seis años, la princesa inca se retira, mientras sus canciones siguen orbitando en la cultura popular.

Un día, su ostracismo es interrumpido por una llamada que ya no esperaba. El gobierno peruano la invita a su tierra natal a recibir honores de las instituciones más importantes, incluyendo la máxima condecoración que otorga el Perú, la Orden del Sol, por servicios extraordinarios prestados a la patria. A sus ochenta y cuatro años, la soprano pasa dos semanas emotivas, rodeada del cariño y admiración de sus compatriotas. Según su asistente personal, la aparición de la demencia y una leve pérdida de memoria la hacen olvidar las ofensas del pasado. Incluso en inconsciencia, sigue reescribiendo su historia para hacerla perfecta. El 1 de noviembre del 2008 fallece de cáncer de colon en una residencia de ancianos de Los Ángeles. De acuerdo con sus deseos, sus restos descansan en el cementerio Hollywood Forever.

Mientras los argumentos que la denostaron hace cincuenta años parecen haber envejecido mucho y mal, el arte de Yma se mantiene vigente. No exageraba cuando, al preguntarle por su edad, respondía: “Nací hace dos mil años, pero aún estoy joven”.

En los últimos años, su música ha aparecido en películas y series televisivas como The Big Lebowski, Mad Men, RuPaul’s Drag Race, Better Call Saul, el Cirque du Soleil y en los Juegos Olímpicos de 2018. Sus canciones son sampleadas y remixeadas por artistas populares y en 2010, la revista V Magazine declaró a Yma Sumac uno de los diez íconos de la moda más importantes de todos los tiempos.

En 2016, después de aparecer en un doodle de Google, ingresó por primera vez y de manera póstuma entre los veinte principales de Bill.board. En 2021, la disquera Ellas Rugen Records inició su actividad con la reedición de Legend of the Sun Virgin.


© Getty Images.

¿Yma Sumac es un mito que agravió la autenticidad de la identidad peruana, o la identidad peruana es un mito desafiado por la autenticidad de Yma Sumac? Como sea, ella encarna la resistencia de la cultura originaria y, al mismo tiempo, la capacidad de adaptarse a los cambios culturales de un modo insólito, potente y cosmopolita. Zoila se adelantó a su tiempo, hizo del sincretismo su bandera, con un pie en el mundo de sus ancestros y otro en el futuro universal.

La crisis política que tiene lugar (no importa cuándo leas esto) en el Perú, exacerbada por la desigualdad perpetua entre la clase dominante y el pueblo, hace pensar que la historia de Yma podría repetirse hoy si no fuera porque Yma Sumac ha demostrado ser irrepetible.

Me pregunto si la diva alada leyó alguna vez esos versos de Emily Dickinson que le calzan de modo tan preciso: “Sé fiel a ti mismo y sé fiel al misterio. / El resto es perjurio.”

Chabuca Granda: carta íntima a Chabuca

TERESA FULLER GRANDA


Cortesía de la autora.

Quisiera contarles mucho de mi madre, pero intentaré hacerlo brevemente. Chabuca, la madre, nos dio a mis hermanos y a mí todo el amor y comprensión, lo que nos ha permitido enfrentar la vida con valentía, honestidad, entereza y amistad. Era una persona generosa, inteligente, tierna, sagaz, íntegra, veraz, muy divertida y, a la vez, muy justa. Nunca nos castigó, sólo nos miraba fijamente y nos levantaba una ceja. No teníamos necesidad de mentirle, conversaba siempre que podía con nosotros y, además, no queríamos perder su confianza. Detestaba las mentiras y la injusticia social. No toleraba la brutalidad. Nada la hacía callar. Era muy estricta, no sólo consigo misma, sino con nosotros y con los demás. Tenía un humor negro, a veces no sabías cuándo hablaba en broma o en serio. Sumamente generosa y respetuosa con todos. Decía que “a sus padres, les debía que de niña no supiera que las gentes eran de colores. Después ya nadie pudo deformarla.” Me emociona hablar de mi mamá, aún sigo descubriéndola.

Vida y trascendencia de Chabuca

María Isabel Granda y Larco, conocida como Chabuca Granda, nació el 3 de septiembre de 1920 en Las Cotabambas Aurarias (a 4800 metros sobre el nivel del mar), asiento minero ubicado en el distrito Progreso, en la provincia de Grau, departamento de Apurímac, Perú. Su padre fue Eduardo Granda y San Bartolomé, ingeniero de minas; y su madre, Isabel Larco Ferrari de Granda. En 1923, la familia se mudó a Lima, donde Chabuca estudió en el Colegio León de Andrade. Desde muy niña descubrió su vocación por el canto, y se unió al coro y a la Asociación de Canto de la escuela. Más tarde, durante su juventud, ingresó a la Asociación de Artistas Aficionados (AAA), en la cual aprendió teatro, ópera y ballet. Asimismo, incursionó en la interpretación de boleros y música mexicana a través del dúo Luz y Sombra, conformado con Pilar Mujica, y en un trío junto a las hermanas Martha y Rosario Gibson, con quienes se presentó en espacios como Radio Miraflores y Radio Nacional.


Cortesía de la autora.

Su actividad como compositora profesional comenzó en 1948 con los temas “Lima de veras”, “Callecita encendida”, “Zaguán” y “Tun, tun, abre la puerta”. Dos años después, el 7 de enero de 1950, Chabuca terminó de escribir “La flor de la canela”, una de sus canciones más emblemáticas, dedicada “a la señora doña Victoria Angulo, de finísima raza negra; a ella y desde ella, esta canción [es] como un ínfimo homenaje a esta admirable raza que nos devuelve con ritmo, con sonrisa y con bondad, los hasta ahora incomprensibles años de injuria de la esclavitud, lo que la historia aún no ha calificado”. A esta misma época pertenecieron creaciones como “Fina estampa”, “El puente de los suspiros”, “José Antonio”, “Zeñó Manué”, entre otras. También compuso temas en inglés y francés.

La creación artística de Chabuca Granda está formada por un vasto catálogo musical que reúne más de treinta años ofrendados a la composición de canciones populares que transitan por los distintos géneros peruanos, principalmente los costeños, y géneros internacionales. Su obra abarca también poemas, guiones para cine, televisión y teatro musical, como Limeñísima (y otros títulos inéditos), Misa Criolla de Bodas, villancicos y la Historia y geografía de América, entre otros. Su producción musical ha sido publicada en innumerables partituras editadas en diversos países de América y Europa. La audaz profundidad literaria, su capacidad de síntesis y el buen uso del idioma castellano que caracteriza su estilo, en absoluta concordancia con la riqueza melódica de sus creaciones, no sólo enriquecieron el cancionero popular peruano, sino que además lo dotaron sensiblemente de algunas de sus más logradas páginas. Como autora, compositora e intérprete peruana, Chabuca Granda legó a la cultura material e inmaterial de su país grabaciones de su valiosa producción. Fue precisamente a este campo al que dedicó inspirados esfuerzos y donde se concretaron algunos de los álbumes musicales más vanguardistas de nuestra música popular, como Navidad, en el que incluyó sus tres villancicos; Dialogando, con la guitarra de Óscar Avilés; Voz y Vena, con arreglos de Martín Torres y Rafael Amaranto; Chabuca Grande de América, con el acompañamiento del Mariachi Vargas de Tecalitlán y arreglos de Rubén Fuentes; Chabuca Granda y… don Luis González, con arreglos de Jaime Delgado Aparicio; Chabuca Granda, con la dirección artística de Hugo Videla; Tarimba Negra, con arreglos de Ricard Miralles y Cada canción con su razón, con la dirección artística de Hugo Casas. Asimismo, dirigió la grabación de dos producciones discográficas: Lo mejor de Chabuca Granda. Doce nuevos valses de Chabuca Granda y Misa Criolla de Chabuca Granda. Posteriormente, una disquera peruana editó el CD Chabuca inédita, con temas que habían sido grabados previamente.

Otro rasgo que le da valor a la trayectoria de la comprometida carrera de Chabuca Granda es su aporte a la internacionalización de la música popular peruana. Si por un lado ofreció siempre conciertos en las principales plazas latinoamericanas, norteamericanas y europeas; por otro, sus composiciones viajaron tanto y más en boca de los más encomiados músicos e intérpretes nacionales e internacionales, entre quienes podemos destacar a Yma Sumac, Raphael, Bola de Nieve, Mercedes Sosa, Armando Manzanero, Julio Iglesias, Caetano Veloso, Plácido Domingo, Celia Cruz, María Dolores Pradera, Nati Mistral, Betty Missiego, Olga Guillot, Lucha Villa, Libertad Lamarque, Juan Diego Flórez, Carmina Cannavino, Tania Libertad, Los Panchos, Guadalupe Trigo, Lola Beltrán, entre otros. Su canción más emblemática, “La flor de la canela”, ha sido traducida a varios idiomas, interpretada en los cinco continentes, y es considerada uno de los más contundentes símbolos de la identidad peruana en todo el mundo. Con estilos conservadores y otros más revolucionarios, sus composiciones se han adaptado a distintos ritmos, desde la música sinfónica, de la mano de directores tan importantes como los franceses Frank Pourcel y Paul Mauriat, hasta la música electrónica, como se ha escuchado en los últimos años. Muestra de su vocación por la integración iberoamericana son sus composiciones “Guayaquil puerto abrigado”, dedicada a Ecuador; “Mi nave cautiva”, a Chile; “Dónde estás, Adelita y Canterurías”, a México; “El sereno y la Almudena”, a España; “El no sé qué de Cuba”, a Cuba; “Bandera reverdecida”, a Panamá y “Baguala para Argentina” y “La Argentina agredida”, a Argentina. En varios de estos países, como signo de reconocimiento, hay calles, plazas y alamedas que llevan su nombre. En Argentina está “Paseo Chabuca Granda” en La Recoleta, Buenos Aires; en España, “Plaza de Chabuca Granda” en La Hortaleza, Madrid; en Chile, “Plazuela Chabuca Granda” en Conchalí, Santiago de Chile; en Estados Unidos, hay una placa de azulejos con un poema a Chabuca Granda en Miami. En el Perú, varios lugares llevan su nombre.

Su aportación a la música afroperuana propició su difusión, investigación y renovación, un ejemplo que seguirían compositores como Andrés Soto y Kiri Escobar. Además, Chabuca Granda impulsó a intérpretes como Susana Baca, Tania Libertad, y a Carlos “Caitro” Soto y Félix Casaverde, en su eterno afán de apoyar a los jóvenes y dar a descubrir lo mejor de lo nuestro. Eso nos demuestra su grandeza. También apoyó al conjunto Perú Negro para llegar a mercados internacionales.

Chabuca Granda recibió una vasta cantidad de reconocimientos por su fecunda carrera y el valioso mensaje cultural que instaló en la memoria de muchas generaciones en distintos países del continente americano. Algunos de los premios más importantes que recibió fueron las Palmas de Oro de la Fundación Kennedy, el homenaje de la Unión Panamericana en Washington D.C., la Medalla de la Gratitud otorgada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile en 1964, y la declaración como Huésped de Honor por el alcalde de Bogotá en 1969, quien le entregó las llaves de la ciudad y la proclamó “Mujer Panamericana”, entre muchísimos más.

Homenaje de Chabuca a México

En mayo de 1966, el productor Antonio Matouk le solicitó a Chabuca Granda trabajar en los temas musicales de la película Bromas S. A., donde ella también actuaba. Acompañé a mi mamá en ese viaje y conocimos a Armando Manzanero. Recuerdo que cuando mi mami le dijo: “Hijo, tienes que cantar tus canciones”, él contestó, sorprendido: “No, señora, no tengo voz”. Y Chabuca le responde: “Yo tampoco y me atreví. Sólo te pido una cosa, no te disfraces porque eres muy chiquito.”

Cortesía de la autora. Tengo tan presente esta anécdota porque aquella noche, gracias a Manzanero, conseguí permiso de mi mamá para fumar un cigarrillo Raleigh.

Otra anécdota con él: una mañana suena el teléfono en el dormitorio de mi madre en Lima y es Armando Manzanero. Había viajado en una línea aérea peruana hacia Colombia y no había llegado el equipaje que contenía su vestuario, que era muy especial; estaba tan preocupado que pensó que sólo Chabuca podía salvarlo. Tenía una presentación en la noche y le pedía apoyo a mi mamá para encontrar sus maletas. Chabuca contactó a las personas indicadas y, luego de varias llamadas telefónicas para rastrear las valijas, logró solucionar el problema. ¡Armando volvió a llamar, feliz, para agradecerle!


Cortesía de la autora


Cortesía de la autora.

A continuación, trataré de hacer un resumen de algunos de los homenajes y premios que recibió, y de las giras que realizó en México. Se le distinguió con el premio “Recuerdo de México” y participó en una recepción de bienvenida ofrecida por la señora María Teresa de la Puente de Benavides, esposa del Embajador del Perú en México. Fue homenajeada por la Asociación de Mujeres Periodistas y por los artistas mexicanos. Aceptó el Trofeo de Escritoras y Periodistas de México. Se presentó en diversos programas de la televisión mexicana. Actuó en el Palacio de Bellas Artes para el Instituto Mexicano de Asistencia a la Niñez. En Puebla, se presentó en el Teatro del Bosque y también en el Auditorio de la Reforma, en una función en beneficio del Instituto de Protección a la Infancia. De hecho, fue invitada por el gobernador del Estado de Puebla para presentarse en dicha ciudad. De modo similar, Carlos Hank González, gobernador del Estado de México, la invitó a presentarse en Toluca con motivo de la celebración del sesquicentenario de la independencia del Perú. También, acompañada por Perú Negro, se presentó en el teatro al aire libre Agustín Lara, en el marco del Festival Internacional de la Danza, organizado por el Distrito Federal. Participó en el programa de TV 24 Horas, conducido por Jacobo Zabludovsky, así como en Musicalísimo, conducido por Enrique Guzmán, entre otros. Recibió homenaje de la Sociedad de Autores y Compositores de México. Ofreció un concierto en el Auditorio Justo Sierra de la UNAM, en la Facultad de Filosofía y Letras. Se presentó en un show especial de Guadalupe Trigo. Participó en el homenaje a las madres en el Festival de la Alameda Central e Isleta de Chapultepec. También formó parte del Festival de Estrellas, organizado por el Diario Excélsior y en otro homenaje a las madres, en el Auditorio Nacional. Se presentó en la Casa del Lago. Participó en el décimo aniversario del gran Raphael, en Puebla. Inició temporada con Guadalupe Trigo en La Posta. Participó en el programa Las Voces Libres en el Teatro de la Juventud del Polyforum Siqueiros. De igual manera, dio recitales en ciudades como Los Ángeles, San José, Sacramento, San Francisco, San Antonio, Chicago y Nueva York. Apareció en el programa de despedida en Canal 13, “Homenaje a Chabuca Granda”, conducido por el comentarista Jorge Saldaña en Sábados con Saldaña. Fue invitada de honor del homenaje ofrecido a Enrique Esparza por el Trío Calavera. Fue parte del programa Semana Cultural del Perú, organizado por el Dr. Jorge Pérez Uceda, Cónsul General del Perú en México, en ocasión del 157º aniversario de la independencia y realizó en el Teatro de la Ciudad “3 en Concierto” junto a Guadalupe Trigo y Viola. Y asistió al Primer Festival Internacional Cervantino, entre muchos otros reconocimientos. “La flor de la canela”, “Fina Estampa” y “José Antonio” aparecen en varias películas mexicanas, argentinas y españolas.


Cortesía de la autora.


Cortesía de la autora.

Canterurías (coplas)

Estas coplas las hizo Chabuca para los cantereros, los picapedreros y colaboradores de Ángela Gurría, gran escultora mexicana.

En Perú, en enero de 2017, por Resolución Viceministerial N° 001-2017-VMPCIC-MC, se declaró Patrimonio Cultural de la Nación, en el rubro de Obra de Gran Maestro, la obra musical de Chabuca Granda, “por su gran valor simbólico dentro del imaginario nacional cuyo aporte a la continuidad y renovación de la música criolla abrió nuevas sendas en la música popular peruana”. Asimismo, en septiembre de 2019, se le otorgó póstumamente la Orden El Sol del Perú en grado de Gran Cruz y, a principios de 2020, la Medalla de la Ciudad de Lima.

Cuando una palabra basta para identificar a una persona, es que esa persona encierra un mensaje. Así es el caso de Chabuca, que en una palabra lo dice todo: Chabuca significa Perú.


Cortesía de la autora.

Transcripción de la contraportada del álbum Chabuca Grande de América

A continuación se presentan extractos de textos de Chabuca Granda, editados para efectos de claridad.

R. C. A. de México me hace el honor de permitirme dejar mi voz y canciones, que son apenas “bisagra y pequeña juglaría” dentro del más elevado e importante acompañamiento musical: el pueblo. La banda de pueblo más conmovedora y dulcemente recia y elegante, el más panamericano nexo musical: el mariachi. El tierno Mariachi Vargas, con el genio de Rubén Fuentes y su poderoso e indiscutible duende misterioso.


Así como la iluminación es a base de sombras, la música es a base de silencios. En el Mariachi Vargas acontece la magia del “silencio sonoro”. Si se interesa el oyente, notará la maestría de Rubén en la infinidad de tejidos, de finísima textura, sobre una notable guitarra, y me hace favor, creciéndome, al permitirme hacer entrega de mis canciones a la manera del mariachi.

En manos de Rubén, el Mariachi Vargas no es sólo México. Es todo el mundo de tempo di vals. Sobre todo, toda la América de 6/8 y 3/4… Es Venezuela, es Colombia, es Ecuador, es Chile; en este caso, es Perú y Argentina. Los mariachis han suavizado las fronteras, ganando el puesto de honor de nuestro mundo, con su auténtica embajada y derrotado su origen de apenas.

Chucho Ferrer fue siempre un largo sueño de compositora: “sentirle junto a mí, en mis elementales melodías”. En este disco, la hondura de sus frases estremecidas, el alma en sus pinceladas, traslúcida, sobre el órgano, respetuosa a “la primera guitarra del Perú”, Ferrer y Avilés me permiten levantar la voz, confiada, para contar mis pequeñas cosas a la manera de juglar afortunado, ante los pueblos que quieran escuchar lo que es mi pueblo. Todo llega… Chucho, “mi escondido contra canto sueño”, está conmigo, y su admirable presencia, con la humildad del grande, escondida, resaltando la forma inigualable y el acento de Óscar Avilés.

Notarán un pedestal inconfundible: el corazón de Vitillo latiendo loco abrazado a su amigo contrabajo. Si con sólo verles de pie, juntos y erguidos, uno sabe de su amistoso coloquio: Vitillo exige, el bajo le responde. Vitillo lo acaricia, le ruega… Así se produce la asombrosa resonancia que retoza dentro de la canción.

Yo sólo dejo la palabra, el silencio de mi canto y una torpe manera de quererles, entregándome a ustedes en mi anhelo viejo, con mis guitarras peruanas revestidas del más incomparable y musical México: el Mariachi Vargas, Rubén Fuentes, Chucho Ferrer y Vitillo…

Mis guitarras peruanas…

Don Luis González: es la guitarra base, firme y nueva, sobre la que ahora canto. Y en este disco también juega el genio de Rubén Fuentes. Don Luis con su joven guitarra múltiple y viajera, casi inalcanzable, compañero querido de años de trabajo. En su ya logrado valor musical, tiene “luz propia”. Es el compositor más importante de nuestro César Calvo. A quien no vuelve letrista, lo mantiene poeta. A él, a don Luis González, a su infinita dedicación, debo un ciclo de mi trabajo: el más importante hasta ahora, inédito aún.

Oscar Avilés: los acentos peruanos se yerguen desde la magia de la guitarra de Avilés. Plasmó nuestra esencia para siempre cuando esta languidecía en sus formas europeas de 3/4. De no ser por Avilés, nuestro pequeño vals criollo habría muerto de “tundete” (1, 2, 3, 1, 2, 3), tun-dete, tun-dete…

Hoy se escucha con majestad desde sus manos a los grandes del Perú, mi País: Felipe Pinglo, Bocanegra, Covarrubias, el Chino Soto, Pablo Casas, Polo Campos, Serafina Quinteras, Alicia Maguiña, Leonor García, Gonzalo Rose, Mosto, Rafael Otero, y tantos… que yo me escondo entre ellos, para, aunque a mi manera, amar medio cantando, y agradecer así haber entrado al corazón de los pueblos, componiendo…

De haber sido Imelda, o Lola, o Rafael Matallana, o acaso Cecilia Barraza, habría cantado, cantado… yo.

Este disco, Coplas de la Adelita, es mi homenaje a la más valiosa mujer anónima de América, la revolucionaria mexicana de 1910, a quien nadie osaría llamar hoy rabona o cantinera. A ella van estas coplas, con mi mayor admiración y respeto, tratando de estrecharla dentro en mi corazón cuando me la encuentre en cualquier calle, almacén o fábrica; a cualquier hora, o sencillamente en cualquier vuelta de esquina, en alguna nieta, también anónima. Aquí en este México, siempre tan luz, tan hermano, tan musical eterno y colorido, en donde en constante milagro, me ha dado por morir y vivir últimamente, “recuperando el corazón”.

En este disco, también: “El Puente de los Suspiros”. Debajo de él, en su quebrada, viví mi niñez, cerca del mar, en el Barranco; “En la margen opuesta”, al olvido y a la ausencia; “María Sueños”, mi profunda preocupación por toda la América grave, es de una obra de teatro que escribí; “Camarón”, a un gallo de riña, ariqueño, invicto y supongo que con ancestros nuestros; “Fina estampa”, a mi mejor amigo, mi padre, bajo cuyo cuidado y ternura viví cuarenta y tres años de mi vida; “José Antonio”, al señor de Lavalle, quien preservó el Caballo de Paso Peruano; “Zeñó Manué”, al cronista limeño, Manuel Solari, quien implora infatigablemente por la conservación de nuestras hermosas ciudades; “El dueño ausente”, a doña Aurelia Canchari, bella indígena, empleada cocinera de la casa de mi madre; “La flor de la canela”, a doña Victoria Angulo, de finísima raza negra, la más elegante limeña, por quien tendría que alfombrarse Lima, para que ella volviera a pasearla…

Mi agradecimiento profundo a R. C. A. de México; al tiempo generoso de Eduardo Magallanes, quien, pasando por alto mis defectos e imperfecciones, me enaltece entregándome al cuidado de Rubén; y al deseo antiguo, del siempre R. C. A., Mariano Rivera Conde…

Mi corazón a Rubén Fuentes, al Mariachi Vargas, a Chucho Ferrer y a Vitillo, a los técnicos de R. C. A. de México, que con su infinita paciencia me construyen; además, mi público, de quien dependo, y “mis guitarristas”, en este caso: don Luis González y “la primer guitarra del Perú” Oscar Avilés. Y a ti, campesina ilusión, oyente amado, generoso y querendón, que “a lo que mi voz… te iré cantando”.

Chabuca Granda

México, enero de 1973

Pastorita Huaracina: la cantora de los Andes

ADEMIR ESPÍRITU


Cortesía de la artista.

Mi anhelo es que este Perú cambie, sea grande,

pero con justicia social, con igualdad de derechos,

con educación, con trabajo, con libertad.

Esa es mi ambición más grande.

Pastorita Huaracina

Pastorita Huaracina es una de las figuras artísticas musicales más importantes del Perú. Desde la mitad del siglo XX, fue la gestora, pionera y difusora de la música de los Andes, el huayno, en cada ciudad peruana y en el mundo. El sentimiento de peruanidad presente en su arte integró a todo un país, a toda una generación de mestizos e indígenas que se asentaban en la desértica Lima buscando un mejor futuro. Fue también la voz de las y los que no tenían voz, de los migrantes andinos marginados. Fue defensora militante de las costumbres y tradiciones populares, la precursora y abanderada de muchas luchas sociales para defender y reivindicar a las mujeres pobres, los trabajadores y los estudiantes. Como artista y ciudadana, luchó contra la discriminación étnica y de género, el deterioro del medio ambiente y el consuetudinario olvido de los gobiernos en turno de los pueblos del Perú profundo.

Lima, 24 de mayo de 2017. Don Ricardo Amancio (92), ancashino de nacimiento, sacó su mandolina italiana de 1900 que guardaba con mucho celo en su ropero apolillado. La miró. La mimó. La acicaló. Acomodó con delicadeza entre sus brazos el centenario instrumento como si fuera un recién nacido. Se sentó en una esquina de su cama. Suspiró como suspiran los hombres viejos al recordar la intensidad de la vida que pasaron. Y a las cuatro en punto de la tarde, de su vieja bandurria salieron los acordes de “Río Santa”, aquel hermoso huayno peruano que hiciera famoso en la década de 1960 la celebrada cantante andina María Alvarado Trujillo, la Pastorita Huaracina. Dieciséis años antes, el 24 de mayo de 2001, la “Reina y Señora del Canto Andino” partió hacia la eternidad, y sus leales seguidores la recuerdan, la celebran con sacra devoción y respeto en todo el Perú, como el viejo minero don Ricardo, que en ese 2017 también le cantó por última vez.

Pastorita Huaracina nació el santo viernes del 19 de diciembre de 1930 en el distrito campestre de Malvas, conocido también como “El Balcón del Pacífico” por estar asentado al filo de un cerro a 3,172 metros sobre el nivel del mar (246 kilómetros lo separan de Lima). Fue en esa bendita tierra serrana del departamento norteño de Áncash, de blancas casitas de adobe, techos de tejas rojas, balcones rústicos de eucalipto y pobladores sencillamente amables y buenos (como su cielo azulado y sus agrestes cerros vestidos de abundante y alborozada vegetación), que por primera vez se escuchó cantar en quechua, su idioma materno, a la pastorcita de rebaños. “De niña fui pastora de verdad”, le dijo la Pastorita Huaracina al periodista y escritor César Pérez Arauco, tal como se consigna en el número seis de El Pueblo, la revista cultural independiente:

Pertenecí a un hogar muy humilde. A corta edad, pastoreaba mis rebaños en “Rahuey Pampa”, que está en la parte más alta de mi pueblo, y desde allí lo miraba y le cantaba con mucho sentimiento. Las personas que me escuchaban, decían: “es chicche que está cantando”.

Chicche es una pequeña ave de trinar agudo que se mueve en enormes bandadas durante el día, irradiando bellos destellos de sonido que reverberan en los verdes parajes de la sierra ancashina.

Desde muy pequeña mostraba su afinidad y amor por el canto. Relató que en las actuaciones de la escuela de su pueblo era infaltable oírla cantar. Todos esperaban ver la actuación de la pequeña niña prodigio. Y solfeaba en quechua —que también era su lengua materna— las canciones de oídas que había aprendido en casa, en el pueblo. Su papá, don Hipólito Alvarado Gómez, era el director de la Banda de Músicos de Malvas.

Cuentan los biógrafos de Pastorita Huaracina que su mamá, doña Micaela Corsino Trujillo, tenía una melodiosa voz que sacaba a relucir durante las reuniones familiares y eventos del pueblo malvasino. El arte musical era parte cotidiana de esta familia de campesinos humildes que se ganaban la vida a través de la agricultura.

Su maestra de escuela fue quien le enseñó a hablar y escribir en español. Ella era bilingüe y veía en la pequeña María Alvarado Trujillo ese afán, esa fuerza, ese ímpetu de los que están predestinados a escribir su nombre en la historia.

Mi profesora, que hablaba español y quechua, enseñaba en lengua materna porque todo el alumnado hablaba quechua. Pero yo quería aprender español, por eso al atardecer partía un poco de queso que mi mamá guardaba con mucho celo e iba a la casa de mi maestra y le invitaba.

Así habló la Pastorita Huaracina con su entrevistador. Su maestra le decía: “Tú vas a llegar muy lejos”. Desde pequeña, descubrió la magia de su canto. Cuentan que el dueño de la tienda de abarrotes de Malvas era su admirador. “Chicche, canta, por favor”, cuentan que le rogaba. El mostrador del negocio era el escenario improvisado donde derrochaba alegres huaynitos para su público ocasional, que celebraba sus prodigios y agradecía con halagadores aplausos.

Del agradecido tendero recibía como pago ricos dulces, juguetes y muñecas que cargaba en su pequeña alforja. Luego corría a la escuela y compartía con sus amigos y amigas el fruto de su talento. Este rasgo solidario y desprendido para con los que menos tienen sería una cualidad que la acompañaría toda su vida. Por supuesto que los niños y niñas la recibían con vítores, saltos y aplausos de alegría pura. Quizá allí aprendió a cultivar el cariño popular del que fue objeto en todo el Perú, y en todos los países a los que llevó su arte.

La Pastorita nació en un modesto hogar, como los miles de hogares modestos de la sierra peruana. Fue la última niña de doce hermanos. Se relata que daba rienda suelta a su tierna imaginación vistiendo con pañuelitos de algodón bordados de flores, los dulces y deliciosos panes andinos con forma de bebé que su madre, doña Micaela, horneaba en fuego de leña. Pero al poco tiempo, la ilusión infantil se desvanecía como un sueño inconcluso. Su juguete ocasional, la “tantawawa”, era el alimento del día. Y la “Chicche” María la comía con el respeto de quien recibe una hostia por primera vez.

La década de 1920 significó para el Perú el inicio del fenómeno migratorio de los pobladores de las zonas andinas hacia las ciudades costeras. Pero la gran oleada migratoria se desató en los estertores de la década de 1930 e inicios de 1940. Eran los abandonados por un Estado centralista: los hablantes de quechua, discriminados y segregados por una élite urbana racista, aquellos explotados y vejados por generaciones de terratenientes y gamonales. Eran los indios, los “cholos”, como los llamaban de manera despectiva.

En su peregrinaje de la sierra a la costa, el destino principal elegido por la masa migrante andina fue la capital peruana: Lima. En décadas siguientes, iba dejando de ser la colonial Ciudad de los Reyes para decantar en la Lima de Todas las Sangres, como lo perennizara el celebrado escritor peruano José María Arguedas en alusión a la diversidad étnica, regional y cultural de la nueva sociedad provinciana que hoy compone esta megalópolis de casi once millones de personas. “Mi madre llegó a Lima a la edad de ocho años”, relata Luz Elena Romero Alvarado, la hija de Pastorita Huaracina. Era 1938. Había quedado huérfana de madre y don Hipólito Alvarado Gómez era un padre extremadamente severo para la pequeña María. La única opción para sobrevivir era dejar su florido pueblo de Malvas.

Fue Claudia Castro, su hermanastra mayor por parte de mamá, quien le brindó un hogar en la capital peruana. Ella la llevaba todos los lunes al Cine Francisco Pizarro a ver los espectáculos folclóricos de la Compañía Ollanta. Según Luz Elena Romero, al fallecer la hermana, la pequeña cantante se vio obligada a trabajar como empleada doméstica. “Tampoco pudo estudiar”, sentencia la hija de la Pastorita Huaracina.

En una semblanza sobre la vida de la cantante, aparecida en la revista Variedades de mayo de 2011, se narra el encuentro que tuvo la pequeña María con la música clásica. Ella trabajaba en la residencia de la familia Loayza. Estaba al servicio de Paulina, la hija menor del hogar limeño. Escuchaba con atención los acordes de emblemáticos temas clásicos en la vieja vitrola que adornaba la sala principal de la casa. Curiosa y ávida de aprendizaje, hacía que Paulina le contara la historia de los músicos de culto. Mucho tiempo después, en 1976, ya consolidada como la reina del folclor peruano, grabó una joya musical con la Orquesta Sinfónica Nacional del Perú que reúne veinte piezas musicales de diversas regiones del país.


Cortesía de la artista.

Empieza la leyenda

El sábado 19 de diciembre de 1942, María Alvarado Trujillo debutó como cantante en el Coliseo Bolívar, que estaba ubicado en la barriada limeña de Cinco Esquinas, lo que hoy se conoce como Tacora. Era un lugar famoso por presentar espectáculos de danza y música popular de la sierra peruana. Era un punto de resistencia cultural. Ella era parte del elenco de la Compañía de Danza y Música Atahualpa, cuyo director era el músico cusqueño Luis Durán. En esa época, el huayno era música marginal. En la Lima criolla de la década de 1940, los ritmos de moda venían de México y Argentina. Muchos provincianos ocultaban su identidad y su música para integrarse a la cultura oficial, y era en los coliseos y festivales populares donde se reencontraban con las expresiones artísticas de sus pueblos.

“Mi vida artística se inició el día de mi cumpleaños en 1942. Primero como bailarina y después como cantante. Mi voz cultivada desde mi infancia en el pastoreo de mis ovejas, sirvió como para difundir nuestra música andina”, relató Pastorita Huaracina a la revista El Pueblo. El pasacalle andino “Perlas del oriente” fue la primera canción que interpretó con pasión, gracia, estilo, arte, dominio escénico y, sobre todo, con una voz privilegiada. Su sonrisa, amplia como un abrazo, alegre, dulce y bonachona como las tantawawas que horneaba su mamá, quedó en la retina de sus fanáticos y fanáticas.

Los aplausos y la alegría de la respetable muchedumbre del Coliseo Bolívar explotaron como fanfarrias en reconocimiento de la “Torcasita Huaracina”, que fue el seudónimo con el que la bautizaron. Las palmas, la ovación y el cariño de su público fueron su compañía permanente desde entonces. “Para mí el alimento más valioso es el aplauso”, afirmó al cumplir cincuenta y siete años de vida artística.

“Tuve el honor de cantar creo que más de doce canciones ese día”, dijo con alegría nostálgica. Hubo que empujarla al escenario: los nervios la abrumaban. Con el buen humor que siempre la caracterizó y orgullosa de sí misma, relató que los organizadores tuvieron que sacarla del entarimado. Otros artistas esperaban su turno, pero el público pedía más y más huaynos de la nueva revelación musical de registro melodioso y timbre agudo, tan característico de las mujeres del ande.

Creo que salí con el pie derecho, bendito sea Dios. Yo no me sabía tantas canciones y tuve que repetir muchas de aquellas épocas que otras artistas interpretaban, como “Deja la rosa en botón”, “Picaflor”, “Adiós, juventud”…, tantos otros temas que ya no estaban dentro de mi repertorio pero como estaba en el ambiente artístico, ya me lo sabía.

Hasta 1944 canta con el seudónimo de Pastorcita Huaracina. Ese año, al ingresar a la Compañía Huayna Cápac, el músico cusqueño Aquiles Asurza la bautiza para la posteridad como la Pastorita Huaracina. Al año siguiente forma su conjunto: Los Andes de Áncash. Posteriormente, integra los grupos musicales Conjunto Ancashino Atusparia, bajo la dirección de don Juan Maguiña Gonzáles; Los Andes del Perú, del músico don Carlos Antonio Romero Manzanedo —con quien estuvo casada durante trece años—; y Melodías del Perú, dirigido por el violinista Eberth Álvarez Salinas. Además, conoció al escritor y antropólogo José María Arguedas en sus presentaciones por los coliseos folclóricos de Lima. Él fue el principal promotor cultural de la música andina en el Perú, y ayudó a los artistas andinos a valorar su música y vestimenta.

Debido al exotismo y estilización de los ritmos andinos ligados al imperio incaico, se estableció en los albores del siglo XX una visión parcial de la música de esa región, producida por y para un sector intelectual de Lima. En cierta medida, se incitaba a equiparar la música andina con el incanato. Por ello, hasta casi la mitad de 1950 muchos de los músicos y danzantes vernaculares andinos aún se vestían como campesinos cusqueños, o lucían indumentaria de la cultura inca en sus presentaciones. Arguedas, y su visión real y profunda de las culturas andinas, ayudó a romper con ese arquetipo. Una de sus discípulas más iconoclastas fue Pastorita Huaracina.

También conocida como la “Reyna de las Chuscadas”, sentía que debía articular su arte con la historia y los símbolos del Perú. Entonces, diseñó una vestimenta con bordados de los símbolos patrios en la pollera. Ella quería, como mujer y artista peruana, mostrarse como un referente de la cultura de su región, pero al mismo tiempo reafirmar su compromiso con el Perú. Arguedas tenía una visión más conservadora y purista de la preservación de las costumbres. El escritor le hizo saber que estaba en desacuerdo con ella. La artista, firme, decidió continuar con su misión integradora. En la portada de su disco Música del Ande, perennizó esa indumentaria bella pero polémica.

Creo que mi destino fue nacer en un hermoso departamento como Áncash, y la dicha más grande de amar al Perú como lo amo, y que Dios me dio esta voz precisamente para ser una humilde mensajera de lo que significa la cultura musical de nuestro país. Mi responsabilidad la estoy cumpliendo hasta el final, los años no cuentan. Lo que cuenta es el entusiasmo y el coraje de demostrar lo que somos los peruanos.

En la fotografía de la portada de su primer álbum, titulado Mi dolor, Pastorita Huaracina deslumbra orgullosamente con su traje artístico, en el que se aprecian las figuras delicadamente bordadas de los catorce incas que gobernaron el Tahuantinsuyo (según la cronología de Garcilaso de la Vega, la dinastía incaica inició en 1043 con Manco Cápac y terminó con Atahualpa en 1533).

En su presentación de diciembre de 1967 en el Teatro Municipal de Lima, para celebrar sus Bodas de Plata, estrenó su vestuario “Los ocho cóndores de Chavín”. Fue uno de sus trajes preferidos para presentaciones en el extranjero. También destaca su pollera de la Puya de Raimondi y la Estela de Chavín, que lució en sus Bodas de Oro. Los artesanos del bordado que elaboraron sus emblemáticas prendas fueron los maestros Aquilino Ramos, Willy Carhuallanqui y Rafael Herrera.

Producción musical

En 1947, gracias al crecimiento de la industria fonográfica peruana, la música popular andina tuvo un auge y una difusión inusitados. La intervención y compromiso del amauta José María Arguedas, desde su cargo como Jefe de la Sección de Folclor del Ministerio de Educación, fue fundamental para su desarrollo. Ese año se comenzó a grabar la música de las compañías folclóricas. De allí en adelante las melodías del ande se hicieron masivas, al mismo ritmo que el crecimiento migratorio en Lima.

En el Perú, recién en 1953 la discografía andina encuentra un espacio de difusión en la radio limeña, que hasta esa fecha sólo emitía música criolla o extranjera. Radio El Sol —y gracias al empeño del productor de espectáculos Luis Pizarro Cerrón, que influyó en los directores de la radio— fue la emisora que a diario y en el horario de las seis de la mañana inició, con el programa Sol de los Andes, la divulgación de la música andina para la gran masa migrante asentada en la capital. El éxito fue rotundo. Este fenómeno contribuyó a la difusión masiva de las creaciones musicales de artistas populares como nuestra Pastorita Huaracina.

“Grabé ‘Cervecita Blanca’ —con el Conjunto Musical Atusparia— y fue como mi segundo debut, fue algo maravilloso porque se regó a nivel nacional a través de las emisoras como Radio El Sol”, recordó Pastorita.

Cervecita blanca huaracina,

eso no se toma sin su dueño,

si es que lo has tomado caro

cuesta veinticinco libras la docena.

De lejos, lejitos ha venido

esta cervecita huaracina,

para curar los males de mi pecho,

más de un remedio he tomado…

Fuga (en quechua): Tsetakush wakakushun, Tsetakush llakikushum, kushikush wararishum (Por esto vamos a llorar, por esto vamos a sufrir, a pesar de los pesares alegres hay que amanecer).

El género musical andino que cultivó Pastorita Huaracina fue el huayno ancashino, también conocido como “chuscada”. Los historiadores explican que fue el mismísimo libertador Simón Bolívar, en 1824, quien en su travesía libertaria por la sierra ancashina bautizó esa tonada alegre y rítmica que se bailaba con ondulante gracia y agitación rítmica de pañuelos.

Las primeras grabaciones de Pastorita Huaracina fueron hechas en discos de acetato de setenta y ocho revoluciones por minuto. Luego impregnó su bella voz y famosos huaynos en discos de vinilo de cuarenta y cinco revoluciones por minuto, en formatos de mini play y LP. “El público escucha por primera vez mi voz. Pienso honestamente ahora que ya tengo cincuenta y siete años de trayectoria: ¿qué encontraron en mi voz para quedar impregnada? Estas canciones, hasta este momento, son como un recuerdo maravilloso y para mí es el regalo más precioso de la vida”, contó nuestra Pastorita en una entrevista en 1999.


Cortesía de la artista.

A los veintiséis años, María Alvarado Trujillo firmó su primer contrato con la disquera Sono Radio. Sentada, orgullosa, feliz y exitosa, miraba la lente de la cámara que eternizó ese momento especial junto al maestro del criollismo y primera guitarra del Perú, don Óscar Avilés, quien en esos años era el director artístico de la disquera. Años antes, la productora Odeón del Perú le había hecho un contrato para la grabación de sus discos. En su representación, quien suscribió el documento fue el director del Conjunto Ancashino Atusparia, Juan Maguiña. En la década de 1960 firmó un contrato con la disquera Virrey.

En su época de oro, llegó a vender en el Perú más discos que los Beatles. Sus producciones eran un éxito de ventas. Era la diva del pueblo andino. Pastorita Huaracina ha registrado su voz de mezzosoprano —según los musicólogos—, aguda y melodiosa, en veintiún LPs y dos Mini Play. “Ya he perdido la cuenta de los cientos de discos de 78 y 45 revoluciones que he grabado”, dice con orgullo la artista, que se daba el lujo de grabar cuatro discos al mes. En 1982, en una entrevista para la revista Coliseo, afirmó haber impreso su melodioso y agudo timbre de voz en cuatrocientos discos.

La artista popularizó e inmortalizó hermosos huaynos que varias generaciones han podido disfrutar desde la era de gigantescos reproductores de discos, conocidos como pick up, hasta hoy en formato digital. Sus canciones superan el millón de visitas en YouTube, y sus fanáticos se decantan en elogios y gratos recuerdos. Sus añejos y populares huaynos —cantados en español y en quechua— siguen vigentes en el alma popular de los peruanos y peruanas. Los reflejan en sus sentimientos, en sus anhelos, en su protesta y búsqueda de un Perú más justo e inclusivo. Los conectan con su historia y también con su cotidianidad.

He aquí un resumen de sus principales canciones: “Así canta Áncash”, “Quisiera quererte”, “Malvacina”, “¡Zorro, zorro”, “Mujer andina”, “Tu boda”, “El paria”, “Río Santa”, “El gorrioncito”, “Basta, corazón, no llores”, ”Callejon de Huaylas”, “El borracho”, “A los filos de un cuchillo”, “Cordillera de los Andes”, “Suspiros al aire”, “En el cielo las estrellas”, “El perfume de una rosa”, “Capitalina”, “Desdén” y un larguísimo etcétera musical. Nótese la belleza poética del quechua en “Zorro, zorro”, de autor desconocido:

Ay, zorro, zorro! / Ay, zorro, zorro

zorro de la puna / zorro de la puna,

qamtawan nuqata / tanto a ti como a mí

nuna chikimantsik. / la gente nos odia.

Qamta chikishunki / A ti te odia

uushanta apaptiyki, / porque robas su oveja,

nuqata chikiman / a mí me odia

wawanta suwaptii. / porque robo a su hija.

Qamshi kutitsinki / Tú devolverás

tullunta millwantin; / su hueso con su lana;

nuqashi kutitsishaq / yo devolveré

wawanta willkantin. / a su hija con su nieta.

[Fuga]

Puediitsu, puediitsu, / No puedo, no puedo,

hapallaa punuyta puediitsu; / dormir solo no puedo;

tumarillaa, tikrarillaa / me volteo para un lado y otro,

mana kaqllamanmi tumarillaa. / volteo donde tú no estás.

Cordillera de los Andes (autor desconocido)

Cordillera de los Andes déjame solo pasar,

He venido por estos valles

sólo porque te quiero

trinitaria, trinitaria, trinitaria de mi amor

atraído por tu hermosura cautivaste mi corazón.

Hay momentos en la vida

una pasión singular

cuál será tu pensamiento

quererme a mí, querer a otra.

Si por pobre me desprecias,

digo que tienes razón;

amor pobre leña verde

arde cuando hay ocasión.

[Fuga]

Qampa makiyki, nuqapa makii / Tu mano y mi mano

musyanakurmi tsaripaanakun, / porque se conocen se agarran,

qampa shimiyki, nuqapa shimiitu / boca y mi boca

musyanakurmi mutsapaanakun. / porque se conocen se besan.

La embajadora del folclor peruano

“Aporto a la cultura de mi país defendiendo la imagen de mi país. Ese es mi mayor orgullo. Mi mayor satisfacción. Ese es el ejemplo de la mujer del campo, la mujer analfabeta, la mujer de un pueblito tan pequeñito al que con las justas ha llegado la carretera”, expresó Pastorita Huaracina, que llevó la música popular peruana a países de Europa y naciones tan antagónicas como Estados Unidos y Corea del Norte.


Cortesía de la artista.

En Miami, en julio de 1982, Pastorita Huaracina pisó el auditorio más importante de la ciudad. En el Festival de Fiestas Patrias, se encontró con un mar de peruanos que la aplaudían y hasta lloraban al escucharla cantar. Las entradas se agotaron el día antes de la presentación. Recibió el premio de cultura latinoamericana del folclor por parte de la Sociedad Araucaria Chilena, afincada en Miami. Deleitó con su arte musical a los peruanos y latinoamericanos residentes en Nueva York, Florida, Chicago y Los Ángeles.

Su hija, Luz Elena Romero Trujillo, cuenta que cuando Pastorita Huaracina llegó a Bolivia, fue recibida en el aeropuerto por danzantes, bandas de música y cantantes bolivianos que la acompañaron como un séquito inca, en carro descubierto, por la avenida principal de La Paz.

En un reportaje de la BBC, se relata cómo fue que Pastorita Huaracina se convirtió en una estrella en Corea del Norte. Llegó a este país por primera vez en abril de 1982, donde cantó en coreano en el Festival de la Amistad. Ese año también visitó los países del entonces bloque socialista: Alemania del Este, Rusia y China. Regresó seis veces más a Corea del Norte, la última en 1998. Siempre fue recibida con flores y presentes en el aeropuerto de Pyongyang. Ella, como retribución por el cariño recibido del pueblo norcoreano y su líder Kim Il-Sung, bautizó como Hipólito Kilminsun Alvarado Trujillo a su único hijo varón.

La comunicadora del pueblo

María Alvarado Trujillo no sólo era una cantante magistral. Tenía también extraordinarias dotes de comunicadora social que sacaba a relucir con impactante versatilidad en los medios de comunicación donde trabajaba. Produjo programas que ensalzaban la identidad y cultura andinas, sus variopintas expresiones musicales, sus costumbres milenarias, la variada gastronomía —hoy orgullo nacional—, los deslumbrantes trajes típicos, la promoción de nuevos valores y el uso del quechua en una sociedad que veía con desdén el mundo andino.

Pero también alzó su contestaría voz para denunciar los abusos y explotación ejercidas en contra de las mujeres andinas pobres y hablantes de quechua, los obreros y los estudiantes. Denunció las empresas mineras que depredaban el medio ambiente, y el abuso e inoperancia de los gobernantes de turno frente a las causas sociales.

En 1968 se inició como locutora de radio en el programa Canta el Perú profundo en Radio Agricultura. De allí dio un salto a la televisión con el programa Alma folclórica en América Televisión, programa que condujo por nueve años. Posteriormente, en 1970, se volvió parte de la principal emisora peruana, Radio Programas del Perú.

En 1979 vuelve con su programa de radio Canta el Perú profundo, pero esta vez por medio de Radio Santa Rosa. Desde allí, continúa con su labor de difusión de la música andina durante siete años. En 1980 asumió la conducción por seis años del programa El Heraldo Musical de los Andes a través de las ondas de la emisora estatal Radio Nacional. En 1996, regresó a Radio Agricultura con su querido programa Canta el Perú profundo. En 1998 y hasta el año de su partida terrenal, volvió a Radio Santa Rosa con este programa, el cual condujo por más de treinta años.

Con voz clara y firme, como si leyera poesía, la Pastorita Huaracina iniciaba su programa cada día: “Muy bien, familia, ya está listo nuestro teatro imaginario, abriendo ya sus hermosísimos telones de siete colores, como la bandera del Tahuantinsuyo, y siempre airosa flameando la roja y blanca”.

Activista

A pesar de la dura vida que llevó en su niñez y juventud, y ya como artista consagrada que recorría a caballo las ciudades y los pueblos del Perú, María Alvarado Trujillo desarrolló un liderazgo excepcional, orientado a cambiar la discriminación, marginación y las dificultades que sufrían los que nunca tuvieron voz. Siempre estuvo del lado correcto de la historia.

En 1959, con el carné número 68, ayudó a fundar el Sindicato Nacional de Artistas Folclóricos. En 1968, se unió a los jóvenes ancashinos en la marcha de sacrificio hacia Lima para pedir al gobierno la creación de la Universidad Nacional de Áncash. Fue una de las primeras mujeres artistas en asumir una posición política a favor de las mujeres andinas pobres. Era rebelde contra el machismo, fuertemente arraigado en la sociedad peruana de la época. Su canción “El borracho” contiene un claro mensaje de igualdad de género. Exigió con firmeza el respeto a los derechos de las trabajadoras del hogar. Con el huayno “María Parado de Bellido”, reivindicó el gran aporte de las mujeres a la lucha por la independencia del Perú. “Vive orgullosa de tu pasado recordando estas palabras: una mujer patriota nunca muere humillada, de mi sangre derramada surgirá la libertad…”, canta la rebelde Pastorita Huaracina.

Defendió la biodiversidad y denunció la contaminación causada por las mineras:

Como las lagunas de Partachocha que poco a poco se van secando,

así lo mismo, ay, mi cholita, tus procederes están cambiando.

Esa laguna la desecaron sedientas bombas del extranjero.

Luz Elena Romero refiere que su famosa madre se enfrentó de manera directa a la dictadura de Alberto Fujimori y a su asesor Vladimiro Montesinos. Denunció sus estropicios. Defendía la democracia sin temor a las represalias del régimen. En 2001, una semana después de un procedimiento quirúrgico, acudió a votar.


Cortesía de la artista.

Mujer del Bicentenario

El 2021, Pastorita Huaracina fue reconocida de manera póstuma por el Estado peruano como la Mujer del Bicentenario, en justo agradecimiento a la obra de una artista comprometida con su país. Recibió una de sus primeras distinciones en 1969, cuando el gobierno de entonces la nombró Embajadora del Folclor Peruano ante el Mundo. En 1986, recibió las Palmas Artísticas con el Grado de Maestra por el Ministerio de Educación. Al año siguiente, el gobierno peruano la declaró Patrimonio Cultural Viviente de la Nación. El grado de Comendadora de la Nación le fue otorgado en 1991 por la Cámara de Senadores y Diputados. El máximo galardón del estado, la Orden del Sol del Perú, le fue concedido en 1999. Ese año le preguntaron cuándo pensaba retirarse. “Cuando me muera”, respondió. Cuando cumplió sus Bodas de Oro artísticas en la plaza de toros de Acho, insinuó su alejamiento ante miles de sus fanáticos. “La gente no me dejó salir hasta que les prometiera que no dejaría el escenario… Si ustedes me siguen aplaudiendo, aunque sea con bastón seguiré [cantando]”, declaró para la revista Kordillera.

En el huayno “No quiero corona”, la Pastorita Huaracina recita para la posteridad:

El día que yo me muera

no quiero penas ni tristezas.

Tampoco quiero coronas.

Quiero que me entierren al compás

de la música nacional.

La diva, la madre, la reina, la embajadora, la cantante mayor del folclor peruano falleció el 24 de mayo de 2001. A petición de ella, su cuerpo fue cremado. Compungidos, entonando sus huaynos, sus miles de seguidores la acompañaron desde el velorio en el convento de Santo Domingo de Lima hasta que sus cenizas se fundieron con el mar peruano en el distrito limeño de Chorrillos; hasta que sus cenizas se abrazaron con la tierra de Malvas, que la vio nacer y cantar como un ave; hasta que las aguas cordilleranas y prístinas del río Santa, en Huaraz, recibieron sus cenizas como si fueran los aplausos eternos que siempre agradeció, apreció y atesoró doña María Dictenia Alvarado Trujillo, Pastorita Huaracina.

Susana Baca: en un lugar del corazón

Eloy Jáuregui


© Susana Baca.

Susana Baca es inagotable. En octubre de 2021 y, para celebrar sus cincuenta años de vida artística, lanzó al mercado su última producción, Palabras urgentes, con el sello Real World Records. Palabras urgentes es el nombre del primer manifiesto del movimiento poético peruano Hora Zero y que la artista ha tomado prestado para componer esta grabación a manera de protesta, y con la intención de generar debate y enfrentarse a todo lo que sucede actualmente. “Entre una musicalidad bella y compleja, junto a la necesidad de manifestarse a través de sus letras, nace Palabras urgentes como un producto honesto y convincente”, dice Susana Baca.

El 30 de julio del mismo año, en conmemoración de los doscientos años de independencia del Perú, Susana lanzó “La herida oscura”, primer sencillo del álbum y justo homenaje a Micaela Bastidas, mujer indígena y líder guerrillera, protagonista de la independencia del Perú. Casi como si fuera un secreto, el tema es interpretado con esa intensidad y amor hacia nuestra historia, donde confluye cada pedazo de un ritmo al que no le falta ninguna palabra.

El álbum fue grabado en su flamante casa de Santa Bárbara, en Cañete, al sur de Lima, y recopila diez canciones. Cada una de ellas ofrece al oyente un viaje musical a las tradiciones del Perú. Susana aborda temas como el feminismo, la libertad y la educación; reflexiona sobre su vida y embarca al oyente en un recorrido por el romance, el dolor, la fuerza y la esperanza.

Y ahora Susana Baca está recordando aquel 1971 cuando, ya graduada como profesora, viajó a las alturas de Acolla, un pueblito de Tarma, donde enseñaba a los niños de la zona. Una noche, en unos quinuales, se maravilló contemplando una de las cientos de orquestas de la región del Mantaro y descubrió el efecto de la luz azulada contra el brillo dorado de los saxos. Pero se sentía llamada por una vocación mayor: el canto, y entabló amistad con escritores como Manuel Scorza, Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reynoso, y el poeta y compositor Juan Gonzalo Rose, quien la convocó al Festival Internacional de Agua Dulce de 1972.

El atiborrado auditorio reunió junto al mar a los nuevos compositores e intérpretes de la llamada “nueva canción peruana”. Ahí estaban Diego Mariscal, “Caitro” Soto, Perú Negro y El Polen de Raúl Pereyra junto a los invitados internacionales: Alfredo Zitarrosa, Soledad Bravo, Víctor Heredia y Los Compadres. En la gran final, una cantante menudita hizo brillar el sol de la medianoche cuando lanzó su embrujo sobre el público extasiado. Se llevó el primer premio a la mejor intérprete. Cierto, ese fue el final del comienzo. Baca había culminado una primera etapa de aprendizaje. Después, todo sería distinto.

Susana Baca nació en el barrio limeño de Lince, en lo que fue la hacienda Lobatón, donde los negros habían preservado su historia remota con el lenguaje mágico de sus ritmos, landós, pregones y panalivios. Ella cantaba lo que otros cantaban. Tarareaba las aguas encrespadas, los batientes sonidos de los pájaros, el rumor del viento cuando roza la piel de los árboles al amanecer. Alameda y bajada a Agua Dulce; y Susana, chiquitita y de la mano de su madre, con su canasta que traía los pescados frescos, torcidos, aún briosos del sabor del esplendor. El muelle de los pescadores y la gente de mar, quienes le contaban historias de naufragios y de tempestades. Sus festivas tías que bailaban y cantaban a coro con las garúas y los relatos de aparecidos que ella oía entre asombros. Y las noches, cuando sus manitas se engarzaban a los cabellos de la abuela y soñaba con melodías y poemas.

Conversar con ella es regresar a la tradición negra peruana, abrillantada por un estilo sensual en extremo y generoso en matices. Ese es su mérito: serio, profuso y admirable. Dicen que, desde el principio de los tiempos, todo aquel que oye su voz y su ritmo en realidad está escuchando la pasión que habita en el imaginario de nuestros pueblos, aquel simbolismo de sus poetas y el sentimiento encendido de las fiestas populares y de todo aquello que encierra el gran capítulo de nuestra cultura y alma popular. Entonces, ahora que Susana Baca suma décadas de vida artística difundiendo la música de raíces afroperuanas y está ubicada como una estrella de la world music y la música étnica, es pertinente preguntarse cuándo se gestó este prodigio que se volvió manantial inagotable, susurro atemporal y haz de luz inmarcesible.

Y de pronto aquella dulzura en la que levita Susana Baca de la Colina se convierte en mueca de malestar. Está recordando el mes de julio de 2011, cuando fue nombrada ministra de Cultura por el gobierno de Ollanta Humala, y siente que fue un trance que no quisiera repetir. Que existió una presión política inexplicable por parte de un ministerio nuevo (fue su segunda cabeza, después de Juan Ossio) aún sin personalidad, ni visión, ni normas, ni presupuesto. Otra vez volvió a sentir el racismo y la segregación de cuando era niña. La noticia de su nombramiento la trajo la señora que trabajaba en la casa. “Señora —le dijo—, he visto en la televisión que usted es la nueva ministra de Cultura”. Susana Baca se quedó helada, pero la sorpresa fue mayor cuando la asistenta remató: “¿Y para qué sirve eso?”. La segregaron por negra y por artista, le digo. “Es que la cultura en el Perú es la quinta rueda del coche, y no debe ser así”, me confiesa ella.

“¿Y quién es usted, Susana?”, le pregunto. Y ella responde: “Cantante, artista, soñadora”. ¿Negra presuntuosa? También, e investigadora de los ritmos y costumbres afroperuanos. Además, exministra de Cultura, tres veces ganadora de los premios Grammy y maestra formada en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta. Al principio cantaba temas del repertorio poético:

Iba tocando puertas y me respondían que la poesía no vendía. Y mire lo que sucedió, que aquello que escuchó David Byrne fue “María Landó”, el poema de César Calvo y Chabuca Granda que yo cantaba en las universidades y sindicatos, que para el mercado no era un tema vendible, y resulta que esa canción fue, a fin de cuentas, la que abrió las puertas de mi cielo.

Y luego llega Ricardo Pereira, su compañero, esposo y manager. Y trae en sus manos un pisco que hacen en Santa Bárbara, Cañete, donde hoy funciona un sueño de Susana Baca: el Centro Cultural y Artístico de la Memoria. Son las once de la mañana y nos servimos unas copitas de aquel néctar de los dioses. Y nos ponemos a recordar que de niña se escapaba para observar la bahía de Lima desde el malecón cercano. Cierta vez oyó con el corazón el rumor del mar trenzado a las sordas cantigas del cielo generoso, y le proclamó y prometió a grito pelado que, desde ese día, sus himnos se harían canto para entibiar las iras del alma y darles resuello a los espíritus tristes.

Hacia 1998, y mientras el Perú ingresaba a una vorágine de corrupción y populismo que intentó destruir las formas más genuinas de nuestra identidad cultural, Susana Baca declaró en una revista local que la música afroperuana había ganado un sonido contemporáneo. Pero advertía que era penoso que los músicos no conocieran la célula rítmica del landó o del festejo. Añadía luego que las raíces de nuestro país, uno que tiene diversidades encontradas, nos obligaba a querernos y reconocernos, a escucharnos y recordarnos.

En 1999, la edición de julio de la revista Rolling Stone explicó este crecimiento espectacular de Susana Baca y su relación con David Byrne. Para perfeccionar su español, Byrne estudiaba los temas de Susana. De pronto, el idioma pasó a segundo plano. “Me sentí intrigado. Además de descubrir el sonido afroperuano, me encontré con una artista increíblemente conmovedora y orgullosa de su cultura”, dijo Byrne. Así que localizó a Susana y comenzaron a perfeccionar el disco que luego se llamaría Eco de sombras. Era el encuentro entre Estados Unidos, África y Perú.

Vida simple, existencia intensa. Sólo la guitarra de su padre la amotinaba de encantos. Y él tocaba como quien bordaba el trenzado del ancestro y el ojo del visionario. Pero hay que decir de una vez que era descendiente de africanos, y papá sabía que, desde la cuenca del río Níger, aquellos traficantes de extramares habían traído a sus abuelos encadenados y desnudos tras arrebatarles todo menos su música y su religión. Y Susana asumió el encargo porque después, cuando estudió el origen de su genoma, entendió que en ella se hacía canción ese sincretismo de fe y de esperanzas.

La herencia negra en el Perú mestizo es fascinante y compleja. Desde la colonia, los negros vivieron en situación de opresión, segregación y/o exclusión oficial. No obstante, aquella involuntaria llegada a nuestras playas, y su relación con los indios y criollos de la costa, enriqueció la tradición mestiza de estas tierras. ¡Vaya uno a confrontar esa sabiduría medicinal, el genio culinario, aquel espíritu celebrante y la imaginación religiosa, todos armonizados por los cantos! Porque no fue un solo tipo de negro el que llegó en calidad de esclavo; existió una población heterogénea de casi cien mil africanos que forjaron la tradición criolla peruana, la simiente de artistas negros que fundaron dinastías y estilos, adobados en un crisol gozoso y al mismo tiempo cruel e injusto. Esa fue una parte de la diáspora que regó su sangre en las haciendas costeñas; ese, su orgullo y su cadencia. Familias como los Santa Cruz, los Ascuez, los Vásquez, los Ballumbrosio, los Campos, cada uno en su tiempo y a su manera, aportaron al saber que conjugaba la tradición oral —cantada en forma de cumananas o panalivios— y la expresión corporal.


© Diario de Madrid.

Entonces, me habla de su centro cultural en Cañete, donde vive los pocos meses que pasa en el Perú. Antes, emprendió con Ricardo Pereira una cruzada inédita: buscar con rigor las raíces más entrañables de esa cultura relegada. Sus trabajos al lado de la musicóloga Chalena Vásquez la llevaron a la indagación descomunal de una verdadera científica social en un país de entusiastas. Así, hurgó en el acervo de las familias que protegían la tradición como coraza para defender su autenticidad, desde Aucallama hasta El Carmen, de Malambo a San Luis de Cañete, de Santoyo a la mítica Zaña. ¿Y a cuántos músicos, cantantes y decimistas no encontró en su exploración? Ella y su esposo recorrieron la costa peruana recopilando testimonios y documentos de aquellos pueblos descendientes del negro. El resultado fue el libro Del fuego y del agua luego de once años de labor.

Las investigaciones sobre la trayectoria de Susana están impresas en trabajos como: El aporte del negro en la música popular peruana, de la Universidad de São Paulo, Brasil; La música y la herencia negra, Casa de las Américas, La Habana, 1986; La diáspora africana y el mundo moderno, Universidad de Austín/Unesco, Texas, 1996; La música de raíces africanas en Brasil y América Latina, São Paulo, 1997; y Arts Alive, Johannesburgo, 2000. Al mismo tiempo, posee innumerables premios y distinciones. En 1987 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad por la Unicef; y posee el premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por el Museo Mexicano de Arte Contemporáneo con sede en Chicago, el mismo que se les ha conferido a las escritoras chilenas Isabel Allende y Marcela Serrano.

El notable jazzista Michael League y su grupo Snarky Puppy estuvieron alojados en el centro cultural de Cañete, donde grabaron un disco. La noticia quizá interese a pocos, pero no al equipo que trabaja con Susana Baca y que mantiene el interés de lo afroperuano y su articulación con los indios y criollos de la costa. Ese cruce enriqueció la tradición mestiza de estas tierras.

Y ahora nos acordamos del poeta Arturo Corcuera y su poema “Los amantes”, que ya está tarareando. Y la película Sigo siendo de Javier, hijo de Arturo, donde ella canta un par de temas. Y recordamos a Gregorio Martínez y a Andrés Soto, muertos en la víspera. Baca es heredera de las dinastías más ilustres de los negros del Perú. Y cada dinastía aportó esa parte que su memoria atesoraba en sus corazones. ¿Cuánta belleza halló entre cajones y chacombos, al compás de las cadenas, al son de un socavón? Susana Baca recuerda y no cesa de recordar precisamente esa maravilla del negro peruano, el disco que grabara Nicomedes Santa Cruz, Cumanana, con Porfirio, con los De la Colina, con aquellos que llevan una sangre encendida de reclamos y aromada en sus bondades de glóbulos festivos.

El conflicto entre lo nuevo y lo viejo afectó con delicadeza sus opciones. Un poema de Enrique Verástegui, del movimiento Hora Zero, le parecía más valioso que un vals del bardo Felipe Pinglo Alva. A Susana Baca le interesaba aquello que llegaba de Cuba con el nombre de nueva trova y lo que traía la magia de Brasil con los gestores del llamado tropicalismo. Y Susana, entre las vanguardias y la tradición, inició un camino inédito hacia lo que dictara su corazón. Y fue un duro trajinar, un camino tan empedrado de incomprensiones que si César Vallejo la hubiera visto, habría exclamado entre incendios: “Que de mi país, a mis enemigos, los quiero…”.

Y en el más intenso silencio, Susana y sus compañeros de utopías fueron consolidando sus espacios y reafirmado sus ecos; primero grabando cintas, luego editando discos con ayuda de sus amigos en Editora Pregón y junto a Ricardo Pereira. En 1986 viaja a Cuba y, en los Estudios de Egrem en La Habana, graba Poesía y cantos negros [Lamento negro], cuya reedición le permitió ganar el Grammy Latino tres años después. Era un disco distinto, con poemas del chileno Pablo Neruda, del uruguayo Mario Benedetti, de los peruanos Alejandro Romualdo, César Vallejo, César Calvo, Gálvez Ronceros y Victoria Santa Cruz, y un tema que Chabuca Granda había dejado inconcluso: “María Landó”, que Susana perfeccionó de manera magistral.

Fue un álbum sui géneris, hecho con paciencia, sacrificio e incomprensión de algunos. No así nada más se musicalizaba poemas tan intensos como “El hermano Miguel” de Vallejo o “Matilde” de Neruda. Además, aunado a los poemas y sentires negros Los Gallinazos de Victoria Santa Cruz, formaban un entramado brillante, azuzados por las brasas de una emoción única y de una pasión sin par. En el disco participaron algunos integrantes de la banda cubana de jazz latino Irakere, además del grupo de cuerda Brindis de Salas y otros músicos peruanos, entre ellos el guitarrista Lucho Gonzales. Es un disco extraño —ya lo dije— al que el tiempo supo darle, con justicia, la importancia y grandeza que sólo las obras inmortales tienen. Cuando se confirmó en la tercera edición de los Grammy Latino en Los Ángeles que el disco había conquistado el premio, Susana Baca, que se hallaba preparando un concierto en Boston, apenas tuvo las fuerzas para decir: “Qué alegría que un trabajo tan antiguo fuera reconocido. Eso quiere decir que no estaba equivocada”.

Cambio de escena. Aquel invierno de 1986, el Barrio Latino de Nueva York tenía desde hace unas semanas un vecino extraño aunque, algunos sospechaban, ilustre. Era David Byrne, guitarrista veterano del grupo Talking Heads, rockero genético, melómano enloquecido por el pop, de safari por el bossa anglófilo, viajante del tropicalismo del futuro y obsesionado por la africanía en el Perú. Era un ser sin fijación colonial; al contrario, se sentía apasionado por mostrar al mundo lo maravilloso y real de una música que, sospechaba, era mágica y digna del ensueño.


© Susana Baca.

Algunos afirman que su búsqueda se parecía a la que, a su “adicto” estilo, llevaba a cabo Peter Gabriel en África. Lo cierto es que Byrne asistía en esas tardes neoyorquinas a la casa del profesor Bernardo Palombo, un políglota y periodista argentino obsesionado con las plantas amazónicas que le enseñaba el español reforzando los adverbios del espíritu, aquello que llaman poesía y que, en su lengua, sonaba a himnos con los retruécanos del corazón. Cierta vez, para ampliar el espectro de su clase, el maestro recurrió a un video que había grabado en Lima: una cinta con música del Perú donde aparecía una diosa morena que pronunciaba las vocales en un susurro aterciopelado, erigida sobre una nube. El alumno Byrne no lo pensó dos veces. Tenía que conocer a esa divina criatura de tan exótico país. Más tarde averiguaría que se llamaba Susana Baca, después viajaría al Perú, luego escribiría esta parte de la historia.

Ese vestido blanco al viento y esos pies, levitando en danza ancestral amén de aquel verbo de canciones engalanado de misterios que venían del fondo de las épocas, dieron una dimensión universal a esa dama que rescataba amorosamente la memoria. Gracias al feliz encuentro con Byrne, Susana Baca inscribía en agosto de 1995 su “María Landó” en el Afro Peruvian Classics: The Black Soul of Peru, el mítico disco compacto, hoy desaparecido del mercado, que contenía una selección realizada por David Byrne y producido por su sello Luaka Bop, editado por Warner Bros Records en Nueva York. No había duda, habían iniciado otros tiempos.

Susana Baca, mientras tanto, había ampliado su espectro artístico junto a su grupo, compuesto por David Pinto, director musical y bajo; Sergio Valdeos en guitarra; Juan Medrano Cotito en el cajón y Hugo Bravo en las congas y bongó. Una noche ella nos contó que le fastidiaba que le colocaran letreros a su música, que estaba de acuerdo con aquello de la world music porque se sentía compañera del trabajo de Manu Chao y del canario Pedro Guerra, el de “Contamíname”, pero igual de Casandra Wilson, y lo suyo tenía una huella propia, como en su tiempo lo tuvo el vals criollo que, cuando llegó y pasó por el oído del negro, perdió ese barniz europeo y se hizo zambo.

En 1997, en pleno invierno francés, se edita en París Susana Baca. Vestida de vida, un disco compacto con el sello Iris Musique que recibió la distinción FIP y Le Choc de la crítica francesa. Desde esa fecha, el mercado europeo se rindió a la maestría y duende de Susana, y esa apertura no significaba más que la confirmación: su estilo había adquirido el brillo de una estrella consagrada y su horizonte se expandía de manera insospechada. Ese mismo año, David Byrne le produce el disco Susana Baca, editado por Luaka Bop / Warner Bros (Nueva York, 1997), que al mismo tiempo recibe el Choc de Le Monde de la Musique. En su año de lanzamiento, esta grabación fue considerada entre los doce discos más importantes en Francia, los tres principales en Inglaterra, y la revista Jazzis de Los Ángeles lo ubicó entre los ocho mejores.

Ningún artista popular peruano había logrado tal éxito hasta ese momento. Los críticos de música contemporánea y los especialistas del planeta musical no tardaron en saludar el trabajo de Susana que, desde entonces, fue acumulando el reconocimiento unánime de publicaciones como The New York Times, Le Monde, Rolling Stone, Billboard, El País, The Sunday Times, Les Inrockuptibles, Jazz Times y The New Yorker, sólo por nombrar a las más conocidas, mismas que bautizaron su fertilidad musical excepcional como si su legado estuviese anegado por el agua bendita prestada de la cocina de sus ancestros y alimentada por su innegable talento y sus pasiones propias.

Pero el dueto Byrne-Baca seguiría procreando éxito tras éxito. En el 2000 aparece Eco de sombras, editado por Luaka Bop y Virgin Records en Nueva York. La producción es de Craig Strett y la grabación recibe una distinción rotunda: es considerado el mejor disco del año por publicaciones como Les Inrockuctibles de Francia, GQ y el Boston Globe de Estados Unidos y Le Espresso de Italia. En 2001 se produce Espíritu vivo, también editado por Luaka Bop. En este disco participan el legendario percusionista Mongo Santamaría, el brasileño Caetano Veloso y la islandesa Bjork. Susana Baca me confesaría luego que ahí está la mejor muestra de su música: el eje vanguardista combinado con las raíces afroperuanas, la poesía y la contemporaneidad.

Durante la década de los años noventa, la producción discográfica de Susana Baca forma parte también de varias compilaciones de sellos discográficos como Putumayo Records (EE.UU.), World Net (Alemania), Tonga Records (EE.UU.), Iris Musique (Francia), Yeiyeba, (España), La Fábrica de Ideas (España), Real World (Inglaterra), Manteca World Music y Sony Music (EE.UU.). No obstante, debo señalar dos discos históricos: Gifted: Woman of the World (Londres, 1999), producido por Real World y Virgin Records, y Make Me a Channel of Your Peace. The Nobel Peace Prize 100 Years (Oslo, 2001), producido por la Academia Sueca del Premio Nobel de la Paz en conmemoración de los cien años de este premio, y donde Susana se luce junto a una constelación de estrellas.


© Diario de Madrid.

Esta es Susana Baca, su pasión y su estilo o, como diría nuestro poeta Alejandro Romualdo, “La poesía tiene en la voz de Susana dulces modulaciones inconfundibles, acentos propios de una naturaleza cordial y solidaria. Quizá recogió todo esto de las orillas del mar, del vaivén de las barcas, de las mareas nocturnas…”. Yo sólo repetiré lo que Máximo Bravo compuso en el tema que abre el primer volumen de la colección Aparición:

Yo quisiera escuchar hasta mi ancianidad la misma melodía.

No debes olvidar esta ofrenda que viene dedicada a ti,

melodía sublime que alimentas el alma;

cuando voy a entonar me parece escuchar tu voz.

Y la dejo entre sus amores y sus pasiones. Y gracias por tanta belleza, maestra.

Tania Libertad, la intérprete que nunca pasa de moda

ZOILA ANTONIO BENITO


Cortesía de la artista.

Tania Libertad de Souza Zúñiga (Zaña, Perú, 1952) es sinónimo de excelencia musical. Más de cincuenta producciones discográficas, más de doce millones de copias vendidas a nivel mundial y su presencia en grandes escenarios, incluyendo el Palacio de Bellas Artes, la Sydney Opera House, el Queen Elizabeth Hall, el Carnegie Hall y el Hollywood Bowl, lo avalan. Hablar de ella es evocar sus raíces peruanas, pero también el inmenso cariño y agradecimiento que le tiene al pueblo mexicano, que la acogió desde hace más de cuarenta años. Es una mujer que sabe aprovechar las oportunidades de la vida. Para la intérprete, no hay imposibles. Ella refleja la cultura latinoamericana a donde quiera que vaya. Tania es, sobre todo, libertad.

Su historia empieza en Zaña, un pueblo ubicado en Chiclayo, Lambayeque, en el norte del Perú. Nació el 24 de octubre, por lo que tiene la misma edad que Daysi de Souza, su vecina. Esto no fue coincidencia. El papá de Tania, Carlos de Souza, es el papá de ambas. Por ser parte de la Guardia Civil, él y su familia fueron llevados a Zaña para castigar su ideología política. “Mi padre era anarquista, ateo, todo con ‘a’. Lo que escribía era revolucionario. Cuando lo descubrían, lo castigaban y lo mandaban a algún pueblo alejado”, asegura Tania. Ella es la séptima de ocho hermanos, y la única mujer.

Al año y medio se levanta el castigo y la familia va hacia la ciudad de Chiclayo. Es allí donde, a muy temprana edad, tiene sus primeros acercamientos con la música y con México. “Mi mamá, Mercedes Zúñiga, dice que al año y medio tarareaba melodías. Pero mi primera presentación fue a los cinco años de edad en la escuela, con micrófono y vestida de bailarina española”, menciona, contenta. Aquella vez, por el Día de la Madre, fue escogida para cantar por ser la única alumna a quien le quedaba el vestido de flamenco.

“Agarré una de las fajas que mi mamá tenía, me puse unos ganchitos y así, bien fajada, llegué al colegio. No podía ni levantar los brazos de lo apretado que me quedaba”, recuerda. Era la primera vez que cantaba para un público. Al ver su talento, su colegio, La Inmaculada, empezó a enviarla a todas las presentaciones sociales en Chiclayo. Ella iba con ese mismo vestido e interpretaba el tema español “Herencia gitana” y el bolero “La historia de un amor”.

A los siete años, comenzó a inscribirse en todos los concursos de talentos junto con un grupo de amigos. Incluso esperaba pacientemente a los pianistas que iban a la estación de Radio Chiclayo para poder ensayar. Ganó su primer concurso, y así pudo realizar su primera gira por las haciendas azucareras de Chiclayo y empezar a ganar su primer sueldo por sus presentaciones. Desde entonces se considera cantante profesional.

Mi cantar es así

Por ser el género musical de moda, los boleros la atraparon y su repertorio de temas empezó a crecer. Aprendió cuatrocientos temas a los siete años. “Mi mamá me hacía aprender un bolero por día. Estaba frente a la radio con un cuaderno y lapicero en mano. Ella, desde su trabajo, llamaba cada diez minutos para pedir la misma canción. Así yo podía escribir la letra que me había asignado. Por eso es que yo sabía tantos”, señala.

Proviene de una familia muy humilde y lo único de valor que ellos tenían en casa era la radio:

Cuando mi papá no estaba y no escuchaba sus discursos de Radio Habana Cuba y Nikita Jrushchov por onda corta, yo me ponía a escuchar la XEW [radio mexicana, ahora W Radio]. Imaginaba que María Victoria [cantante y actriz de la Época de Oro del cine mexicano] estaba dentro de esa radio —comenta entre risas—. Mis papás casi ni se enteraban de cómo iba haciendo mi carrera, porque ellos trabajaban casi todo el día y yo andaba solita. Tuve que ser muy lista desde niña. Como dicen en México, “vivilla desde chiquilla”, porque lidié con siete hermanos hombres. A veces, ellos me querían hacer sentir diferente, pero, con base en mucha picardía e inteligencia, me libré de todas esas actitudes. Les hice sentir que conmigo no contaban para sus discriminaciones.

Asimismo, recuerda claramente que, con la jubilación de su padre, pudieron comprar una televisión para la casa. Ahí veían las películas de la época de oro del cine mexicano, cuya popularidad aumentaba. Don Carlos Zúñiga cobraba entrada a los amigos de Tania, que iban a su casa a ver las producciones donde actuaban Pedro Infante, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, entre otros. “En esa época, ¿qué iba a soñar que iba a acabar viviendo en México?”, menciona la peruana. No obstante, las rancheras ya eran parte de su repertorio.

Su carrera profesional seguía en ascenso. A los nueve años grabó su primer sencillo, un disco de cuarenta y cinco revoluciones por minuto llamado “El lustrabotas”; y a los once, en sus visitas esporádicas a Lima, “La contamanina”. Esta última causó una gran impresión, lo que incrementó su popularidad también en la capital. Además de cantar en eventos, también fue co-conductora de un programa de televisión para niños en Chiclayo. Su padre se autonombró su manager.

Soy la voz que se transforma en mujer

A los dieciséis, Tania y su familia se mudan a Lima. Con la experiencia adquirida en la televisión chiclayana, ella pasa a convertirse en la conductora de uno de los programas más importantes de música peruana, llamado Danzas y canciones del Perú. Tras todo lo ya logrado, quería estudiar música y ser directora de orquesta.

Pero su padre la obligó, y a su hermano también, a estudiar ingeniería pesquera. “Tenía que ir a la Universidad Técnica del Callao con ese hermano; si no, no iba. Él me tenía que cuidar. Estuve seis años ahí. No aprendí nada porque mi cabeza estaba en otra parte”, señala. A poco de terminar la carrera, la abandona y también se va de su casa. Ya no podía seguir lidiando con los celos, la violencia y cuidados excesivos de su padre. “Me fui de la casa para que me dejaran ejercer mis derechos. Estaba encerrada y muy cuidada. Tenía veintiún años, ya era adulta”, confiesa. Tras llegar a un acuerdo, logra la tan ansiada autonomía.

Mientras tanto, ella seguía trabajando en el canto, perfeccionando su afinación sin ayuda de nadie y expandiendo sus saberes musicales. “Empiezo con toda la música latinoamericana, porque viene [al Perú] la influencia de Chile, Argentina, Uruguay y Cuba. Así abordo los géneros y termino fusionando todo”, dice. Asimismo, logra su propio programa de televisión llamado Tania presenta.

Para ella, la música en América Latina es una sola.

Nuestras grandes raíces son la indígena, la española y la negra. Todo el folclor que nace de nuestros países proviene de ahí. Hay mucha similitud entre un huapango mexicano, una zamba argentina y una marinera peruana. Por eso me atrevo a cantar casi todo el repertorio latinoamericano.

A los veinticinco años, en 1977, Tania recibe una invitación para cantar en el país que la recibiría con los brazos abiertos: México. Así, pasa de conocer sus paisajes sólo en el cine, de pequeña, a verlos en la vida real. Tania Libertad llega a la capital mexicana para un festival de música y queda deslumbrada ante el ambiente de la Plaza Garibaldi y sus mariachis. Vuelve a Lima brevemente pero en 1978 regresa a México y se instala por unos meses en la casa de la actriz Carmen Salinas. Es así que Salinas la ayuda a conseguir trabajo en el Teatro Blanquita, uno de los más famosos del momento, también ubicado en Garibaldi. “Estaba en mi destino”, señala Tania.

En esa época se casó con su novio, que vino desde Perú. Sus testigos fueron Salinas y la cantautora peruana Chabuca Granda. Tania no quería, pero decidió aceptar. Meses después, la pareja viajó a Europa “a buscar suerte”, como lo menciona en una entrevista. Regresan al Perú en 1979. “En el ochenta, rompo mi acta de matrimonio delante de él y compro un pasaje de avión. Le dije: ‘Me voy’. Ahí es donde decido venir a México, quedarme y no regresar”, cuenta. La popularidad y el éxito cosechados en Perú eran lo de menos. Había que construir todo de nuevo.

Gracias a la vida

Al migrar a México, Tania forja un camino artístico sola, de lo cual se siente orgullosa. “Contraté a mis propios músicos porque soy solista, nunca pertenecí a ningún grupo. Siempre fueron hombres los que estuvieron bajo mi mando”, dice entre risas. En este tercer y definitivo viaje a México, tiene la oportunidad de recorrer el país.

Cortesía de la artista.

No llegué aquí a meterme a través de la radio ni la televisión. Empecé con un proyecto cultural, con el cual tenía que ir a los últimos rincones de este país a dar conciertos en escuelas, cárceles, hospitales y casas de la cultura —señala. Tania, sea cual sea su escenario, responde con respeto—. Yo tomo la canción y me sale como lo dicta el alma, el corazón y el cuerpo. Mi forma de gesticular y de pararme en un escenario es muy particular.

Pronto el amor entre el público mexicano y ella se volvió mutuo. “Para hacer crecer mi carrera tenía que buscar un país que fuera amable en todos los sentidos. En México encontré buenos amigos que se convirtieron en mi familia”, asevera. Es así que en una celebración en 1983, con su nueva familia, conoce a su ahora esposo, Luiz Felipe Gomes da Silva. Ellos se casan en 1986.

Al año siguiente, la intérprete graba su primer disco en México, llamado Boleros (PolyGram), que fue todo un éxito. Ni el mismo Luis Miguel pudo hacerlo. “Me abre las puertas al público masivo y eso es lo que supe calibrar en su momento. Tuve que decir no a muchas cosas. Seguí por el camino que había decidido tomar. Dije ‘No, no me voy a convertir de la noche a la mañana en la artista de moda’. Nunca voy a pasar de moda porque nunca estuve de moda”, apunta.

La disquera le pide grabar un segundo álbum, dedicado también a los boleros, titulado Nuevamente… boleros (Philips Records, 1986). Con ello, acumula cuatrocientas mil copias vendidas sólo en México. Asimismo, realiza Me voy pa’ la pachanga (Philips Records, 1986), un disco de música tropical grabado con la orquesta del mexicano Irving Lara, quien también produjo música de Celia Cruz y David Byrne, entre otros artistas.

En 1986 da a luz a su primer y único hijo: Diego Gómez da Silva de Souza. La maternidad no fue un impedimento para seguir creciendo profesionalmente. “Fue muy linda, maravillosa y muy laboriosa. Tuve la suerte de contar con el apoyo de mi pareja. Él me suplió las veces en las que yo tenía que trabajar”, comenta. Ese mismo año lanza Trovadicción (Sony Music), y en 1988 trabaja nuevamente con boleros en Mucho corazón (CBS). La consagración estaría por llegar.

Alfonsina y el mar (Sony Music, 1989) se convertiría en uno de los discos más vendidos de su carrera. En esta producción podemos encontrar homenajes a Chabuca Granda, Mercedes Sosa y Violeta Parra, quienes forman parte de su influencia musical. Es especialmente con Manzanero y Granda con quienes Tania tuvo una relación especial.

Fueron grandes voces. Siempre tuve claro que lo que quería era ser una gran cantante. Pero después me di cuenta de que también quería ser una gran intérprete. No es lo mismo ser cantante que una gran intérprete. Una de mis grandes referencias las encuentro en las compositoras o compositores como Alicia Maguiña, Violeta Parra, Armando Manzanero y Chabuca Granda. No tenían grandes voces, pero sabían decir sus canciones, hacerlas y conmover.

La Libertad de Manzanero y Chabuca

No es secreto que Tania Libertad y Armando Manzanero fueron grandes amigos y también compañeros profesionales. Por ello, la muerte del “Rey del romanticismo”, el 28 de diciembre del 2020, la dejó en shock. De él atesora todo lo aprendido. Abrió conciertos de Armando en Lima sin sospechar que, tiempo después, realizarían juntos dos álbumes de estudio y uno en vivo: La Libertad de Manzanero (Columbia, 1995), Armando la Libertad (Azteca Music, 1998) y DesArmando a Tania (Sony Music, 2014).

Asimismo, rememora con cariño las veces que cantó con él en Perú y su amor por este país sudamericano. “Armando Manzanero adoraba y viajaba mucho al Perú. Le encantaba ir a Machu Picchu con toda la familia”, menciona. A su vez, no olvida su carácter solidario, como cuando cantaron juntos en la Estación del Barranco, un conocido bar en Lima:

Cuando no me llevaban a cantar en Perú, me iba por mi cuenta. Le dije una vez: “Armando, quiero ir a cantar a Perú, ¿me puedes acompañar? No te ofrezco un sueldo. Vamos a ver si alcanzamos la taquilla”. Él dijo: “Claro que sí”. Se obtuvieron de dos a cuatro conciertos con tres funciones, pero nos quedamos diez días. Ningún otro artista me hubiera aceptado esas condiciones.

En México, el cantante de “Contigo aprendí” fue su vecino e iba constantemente a grabar a su estudio. Es más, Armando le regaló un piano muy costoso. Vale resaltar que la intérprete posee uno de los mejores estudios de grabación del país. “Fue un hombre tan profesional, sumamente responsable, con una puntualidad que no podías llegar ni un minuto tarde, porque te decía de lo que te ibas a morir [risas]. Aprendí con él el buen gusto, conocía los mejores restaurantes de todas partes del mundo. Es un hombre irremplazable. Me hace mucha falta. Como compositor es difícil que alguien lo supla”, asegura.

Según Tania, Chabuca Granda tenía el mismo carácter que Armando Manzanero. “Él fue el paternal y ella, la maternal”, afirma. María Isabel “Chabuca” Granda y Larco, además de ser una de las peruanas más universales, es una leyenda de la música latinoamericana. Granda y Larco empezó su carrera en 1953, como cantante de música criolla. Asimismo, compuso guiones de cine y obras de teatro. Temas como “La flor de la canela”, “José Antonio”, “El puente de los suspiros”, y otros, fueron versionados por artistas de todo el mundo, como Caetano Veloso, Celia Cruz, Fito Páez y, por supuesto, Tania Libertad.

Ella conoció a Chabuca a través del guitarrista argentino-peruano Luis Gonzáles. “Tuve la suerte de conocerla cuando yo era jovencita. Fue una mujer con una sabiduría increíble”, precisa. Asimismo, Tania alude a la fase política de Granda Larco, en la que dedica un ciclo de canciones a Javier Heraud, poeta y guerrillero peruano. No obstante, tiempo después Chabuca viajó a Chile, donde respaldó al militar y dictador chileno Augusto Pinochet, por lo que fue cuestionada seriamente.

Nos llamó a todos preguntando ¿por qué la criticamos? Nos dijo cosas muy sabias como “Yo hago mis amistades por afecto, no por ideología”, o “Están pecando de jóvenes”. Eso jamás se me va a olvidar. Tenía mucha razón. Pecar de jóvenes es saber a quién juzgar. Para hacerlo, tienes que ser una persona muy sabia, como ella, vivir todo lo que vivió. Lo que ella quiso decir es: “Primero vivan y luego me vienen a decir algo”.

Tania percibió esa falta de experiencia de la vida cuando la misma Chabuca le dijo que no interpretara uno de sus temas más icónicos. “Ella me dijo que no debía cantar ‘Cardo y ceniza’: ‘Está hecha para mujeres mayores. Te falta vivir mucho para cantarla’. —No le hizo caso—. Pero ahora entiendo por qué me lo dijo y tenía toda la razón”, admite.

Asimismo, considera que aún queda mucho por descubrir sobre la compositora de “Fina estampa”. “El 98% de la gente no conoce su obra como debería conocerla. Ella enriqueció sus letras y música con las armonías que le ponían otros músicos. Esa es la segunda parte de su obra, donde hace canciones de los ciclos de la muerte de Violeta Parra o Javier Heraud. Nada de eso se conoce en el extranjero”, comenta, convencida. En 1983, Tania grabó un álbum en homenaje al fallecimiento de Chabuca. Más recientemente, durante la pandemia de covid 19, estuvo desarrollando una segunda producción por petición de la hija de la compositora.

En la ruta de la libertad

Así como Granda Larco formó vínculos con escritores, Tania también fue más allá de la música. “Sigo vinculada a la literatura. [La música] es un arte que se complementa con una letra bien estructurada, lo que deja mucho más a la audiencia”, afirma. Para ella, la poesía es imprescindible porque “nos hace ver el mundo de una manera distinta”.

Ha musicalizado poemas de Mario Benedetti y Pablo Neruda. Asimismo, fue gran amiga de los ganadores del Nobel, Octavio Paz y Gabriel García Márquez. El tema favorito de “Gabo”, “Nube viajera”, es interpretado por ella. García Márquez pedía que se lo cantara en diversas ocasiones, como su cumpleaños. “Le encantaba cantar, siempre me pedía cantar y le cantaba todo lo que me pedía. A veces eran jornadas largas de bohemia”, menciona Tania.

José Saramago, otro ganador del Premio Nobel de Literatura, dedicó unas palabras a la peruana en el prólogo del álbum La vida, ese paréntesis (Circo 13, 1998). “La primera vez que escuché cantar a Tania Libertad fue una revelación de lo alto, de un lugar donde sólo una voz desnuda podría llegar, sola en el mundo, no acompañada de ningún instrumento. Tania cantó a capela una composición de Rafael Alberti, ‘La Paloma’, y cada nota tocó una cuerda en mi alma hasta que quedé completamente deslumbrado”.

“Yo sólo sé que lo que hago es con enorme honestidad, sin pensar en causas y consecuencias. Soy una persona que respeta su identidad, sus ganas, su honestidad. Estoy muy orgullosa de lo que hice y de lo que sigo haciendo”, apunta esta artista versátil. Su registro vocal le ha permitido cantar diversos géneros musicales: boleros, trova, salsa, folk, música latina, country y hasta rock. La lista sigue.

Su destacada trayectoria la llevó a ser distinguida, en 2009, con el Grammy Latino a la Excelencia Musical. Al año siguiente, recibió la Orden al Mérito en el grado de Gran Oficial por parte del Estado peruano. Asimismo, la Municipalidad de Lima le otorgó la Medalla de Lima, el Gobierno Regional de Lambayeque la condecoró con el Señor de Sipán, máximo galardón para sus ciudadanos sobresalientes, y Zaña la nombró “Hija predilecta”. Sumado a ello, Tania es Artista por la Paz de Unesco y Embajadora Iberoamericana de la Cultura de la Secretaría General Iberoamericana en Madrid, sólo por mencionar algunos méritos.


Cortesía de la artista.

En 2012, Tania cumplió cincuenta años de carrera artística y realizó un espectáculo que tituló 50 años de Libertad. Las celebraciones, que también se dieron en Perú, culminaron en México. A modo de reflexión, reconoce que vive enamorada del país norteamericano. “Es un país parecido a Perú en cuanto a su comida, tiene bebidas fuertes como el tequila y la gente es muy amable, solidaria y musical”, asevera. En 2021, su estancia allí cumplió cuarenta y un años.

Además, la pandemia de covid 19 no la detuvo. “Me meto diez horas al estudio para avanzar en un proyecto, no quiero dejar ningún pendiente”, así, tiene programadas presentaciones para los próximos meses. A largo plazo, desea ofrecerle un regalo al Perú, como si todas las alegrías que le brinda no fuesen suficientes. “Quiero sentarme a grabar con un buen guitarrista y cantar todo lo que sé de valses peruanos, grabarlos como son. Con el tiempo se han transformado tanto en su música como en su letra. En mi cabeza tengo las versiones originales que muchas veces me dieron los propios compositores”, comenta, decidida. Su propósito es que este material esté disponible para quien desee consultarlo.

Al pensar en la música peruana, Tania aconseja a los nuevos artistas explorar industrias musicales como la mexicana. “El talento peruano se puede desarrollar aquí, pero tendrían que atreverse a salir. Yo me fui solita con quinientos dólares y los estiré, pasé muchos días difíciles. El propio artista tiene que decidir su futuro”, dice, convencida.

Ser parte de la cultura musical latinoamericana, peruana y mexicana le ha dejado muchos momentos especiales, sobre todo en México, donde ha pasado más de la mitad de su carrera. Considera que no podría nombrar sólo uno.

Son muchísimas cosas. Me remitiré a una situación bonita: la conexión que logro con los mexicanos cuando canto su música. Pocas cantantes extranjeras lo han logrado. Le di un estilo distinto. En lugar de cantar las rancheras de forma bravía, las llevo al lugar de la ternura. No grito las canciones, las digo con mucha dulzura. Los mexicanos lo reciben de una manera que me halaga mucho. Se emocionan hasta las lágrimas. México es de una intensidad…, tan amoroso como nosotros. Si tuviera que resumir en una palabra a los peruanos y a los mexicanos, sería la pasión. Una de las cosas más lindas [que me han dicho] es que los mexicanos se terminan peleando con los peruanos porque dicen que yo soy mexicana [risas].

No obstante, confiesa que olvida rápidamente los cumplidos y halagos que ha recibido del público:

Pero no me lo he creído nunca. Si no, me hubiera creído ‘la gran cantante que el mundo esperaba’. Yo sigo despertándome con la labor de que todos los días tengo que cantar con ese miedo y responsabilidad […]. Llevo tiempo viviendo en México y sigo siendo una artista muy solicitada. Son más de sesenta años desde que me paré en un escenario y aquí estoy cantando: igual o, inclusive, mejor.

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Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
412 s. 105 illüstrasyon
ISBN:
9786075712987
Telif hakkı:
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