Kitabı oku: «Invitación»

Yazı tipi:

Invitación

Relatos de la vida real que cambiarán su destino

Alejandro Bullón


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

¡No te muevas ni respires!

No me dejes sola

Una noche fría de agosto

Conflictos de un sacerdote

Hermanos de sangre

Las vueltas de la vida

¡No morirás!

Si yo tuviera hambre, no te lo diría

Cuenta regresiva

Un enemigo vencido

Invitación

Relatos de la vida real que cambiarán su destino

Alejandro Bullón

Dirección: Miguel A. Valdivia

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Diseño de tapa: Giannina Osorio

Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2007 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, EUA. Todos los derechos reservados. Esta edición se publica con permiso del dueño del Copyright.

© 2008, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-362-3


Bullón, AlejandroInvitación : Relatos de la vida real que cambiarán su destino / Alejandro Bullón / Dirigido por Miguel A. Valdivia. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-362-31. Relatos personales. 2. Vida cristiana. I. Valdivia, Miguel A., dir. II. Título.CDD 248.4

Publicado el 01 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

¡No te muevas ni respires!

Nada le hacía prever que aquella tranquila tarde se tornaría la más dramática de su vida. Llovía. El expediente del día había llegado a su fin. Mauro se dirigía a la plaza de estacionamiento donde acostumbraba dejar su automóvil. A los 58 años, el hombre de cabellos grisáceos y arrugas en la frente se consideraba un vencedor.

Sus padres habían inmigrado al país cuando él era un niño. Durante los primeros años en la nueva patria, la familia había pasado mucha necesidad. Esos eran otros tiempos. Las cosas habían cambiado. La vida había sido buena con él. De un simple vendedor ambulante, se había transformado en el dueño de una lucrativa cadena de tiendas de ropa. Era un hombre rico y satisfecho con la vida.

Aquella tarde, sin embargo, cambiaría radicalmente el rumbo de su historia. Salió del estacionamiento al timón de su poderoso Vectra, de color plomo, con vidrios polarizados. El tránsito era infernal, como en toda ciudad grande a la hora en que los negocios cierran y las personas retornan a sus hogares. Automáticamente, Mauro siguió el camino de siempre. Estaba cansado. Lo que más deseaba en ese momento era llegar a la casa, meterse en la ducha y sentir el agua resbalando por su cuerpo. Era un hombre de hábitos específicos. Casi nunca cambiaba la rutina de su vida. Hasta aquel día. Después de aquella tarde, Mauro nunca más sería el mismo.

Todo sucedió con rapidez asombrosa. La operación completa no debió de haber demorado más de dos minutos. Cuando la Cherokee negra le cerró el paso, Mauro pensó que estaba delante de un conductor distraído. Levantó la mano en señal de protesta y gritó:

–¡Hey! Mira por dónde andas.

Ya era tarde. Se vio obligado a desviar el auto hacia un lado de la calle y frenar bruscamente. Atrás de él había una camioneta oscura, de donde salieron tres hombres armados. Lo forzaron a entrar al asiento trasero de la Cherokee. Adentro, alguien le colocó una capucha y lo obligó a echarse al piso.

A esas horas de la tarde, ya había oscurecido. En la camioneta, las cosas estaban más oscuras todavía. No lograba razonar. Instintivamente, sabía que estaba siendo secuestrado. Sentía el cañón de un revólver en su nuca, lo que le provocaba dolor. No entendía lo que estaba sucediendo.

–¿Qué quieren? ¿Adónde me llevan? –preguntó sin esperar respuesta.

Una voz grave le dijo:

–No te vamos a hacer daño si colaboras. Ahora cállate. No digas nada. No te muevas ni respires.

Los minutos que siguieron le parecieron una eternidad. Había oído historias de secuestros. Incluso le habían aconsejado que no siguiera todos los días el mismo camino. Le habían sugerido contratar hombres de seguridad. A él, todo eso le parecía innecesario. Nunca imaginó que pudiera ser una víctima más de la violencia que prolifera como una plaga en los grandes centros urbanos.

El temor se apoderó de su corazón. No tuvo noción del tiempo que demoró en llegar a su misterioso destino. Sin quitarle la capucha, le ataron las manos y lo encerraron en un lugar oscuro. No le dijeron nada. Ninguna amenaza, ninguna explicación. Solo silencio. Un silencio cruel. La peor arma que los delincuentes usan para dominar psicológicamente y transformar al secuestrado en una víctima sumisa y obediente.

Estuvo horas en esa situación. Lloró en silencio. Clamó por la misericordia divina, a pesar de no ser una persona religiosa. Pidió ayuda. Casi imploró que le permitiesen ir al baño. Nadie le hizo caso. Sus secuestradores estaban en otro cuarto. Podía escucharlos. Parecían estar celebrando el éxito de sus planes siniestros.

Quedó dormido por el cansancio, con los pantalones mojados, atemorizado, sin saber dónde estaba. Ni siquiera imaginaba lo que querían aquellos hombres.

Al despertar, continuaba con la capucha. Respiraba con dificultad. No veía nada. Se levantó y empezó a andar a ciegas dentro de la habitación. Percibió que estaba en un cubículo de no más de quince metros cuadrados. Tuvo la sensación de que iba a enloquecer. ¿Qué sería lo que los delincuentes planeaban? Si al menos ellos hablaran, él podría ubicarse en medio del remolino de pensamientos que flotaban en su mente.

Los secuestradores sabían lo que estaban haciendo. Eran profesionales. Lo primero que había que hacer con la víctima era aterrorizarla, tornarla insegura y dócil, para que colaborase en la obtención del rescate.

Horas después, los delincuentes le permitieron bañarse, cambiarse de ropa y comer un pedazo de pizza fría. Después lo llevaron a otro cuarto, donde había una cama y un colchón. Fue la primera vez que alguien le explicó lo que estaba sucediendo. En un lenguaje lleno de expresiones propias del submundo del crimen, el hombre de la voz grave con el rostro cubierto y con un revólver en la mano le dijo:

–Nada te va a pasar si tú y tu familia colaboran. No salgas de este cuarto. No intentes huir. Te vamos a dar comida y permitir que vayas al baño bajo vigilancia. Todo eso termina si cometes alguna tontería. Nada puedes hacer. Estás totalmente bajo nuestro control. Lo mejor que puedes hacer es ayudarnos para que esto se termine cuanto antes.

A partir de ese momento, nadie más habló con él. Le daban pizza, hamburguesas y refrescos en lata diariamente. Una semana después, le pidieron escribir una nota para sus familiares, solicitando que pagasen el rescate que los secuestradores exigían. Le tomaron una foto sosteniendo un periódico del día y dejaron de hablar con él.

Fueron días y noches interminables. Horas angustiosas y desesperantes. Semanas largas que lo llevaron a perder la noción del tiempo. Estaba enflaquecido por fuera y envenenado por dentro. Odio, deseos de matar, amargura, sentimientos de los cuales nunca había tenido conciencia, estaban ahí, a flor de piel, doliendo como si fueran heridas expuestas.

Esos delincuentes se sentían los dueños del mundo. Para ellos, Mauro no pasaba de ser un objeto. Un saco de papas que venderían por dos millones de dólares. Era lo que pedían. La familia no lograba reunir tanto dinero. La demora llevó a los secuestradores a tomar una medida extrema.

Ingresaron un día, furiosos, vociferando, y lo desmayaron de un golpe. Al despertar, Mauro sintió un dolor terrible en la oreja izquierda. Notó una cosa húmeda que resbalaba por su cuello. Sangraba. Se tocó instintivamente, y comprobó lo que presentía. Le habían cortado un pedazo de la oreja para presionar a la familia y “probar” que no estaban bromeando.

El pedazo de oreja enviado por los secuestradores provocó el desenlace final de los acontecimientos. Pasadas 48 horas, la familia pagó medio millón de dólares, y Mauro fue abandonado en un poblado de la periferia, dos meses después de la trágica tarde del secuestro.

Cualquier persona, al verse libre de una situación semejante, agradecería a Dios, abrazaría emocionado a sus amados y trataría de olvidar lo que pasó. Mauro reaccionó de modo diferente: con frialdad ante las expresiones de cariño de sus amigos y parientes. Cumplió mecánicamente sus entrevistas con la policía y con la prensa. Fue lacónico. Sus respuestas, casi monosilábicas, irritaban. No se inmutaba con nada.

Los días transcurrían. Mauro parecía un zombi. Ensimismado, pasaba horas encerrado en su dormitorio. No trabajaba. Parecía haber perdido el interés por la vida. Nadie era capaz de entrar en el mundo silencioso de sus pensamientos, ni siquiera el nieto de diez años a quien amaba mucho.

–¿En qué piensas, abuelo? –preguntaba el niño, sin tener noción del infierno que había vivido aquel hombre.

–Nada, hijo –decía emocionado, y lloraba abrazando al único ser humano que era capaz de tocar sus sentimientos adormecidos.

* * *

Acostado, con los ojos abiertos, en la oscuridad del dormitorio, Mauro dirigía la mirada hacia arriba, como si quisiera dibujar en el techo la imagen del único rostro que había visto en las ocho semanas de cautiverio. Era un rostro mulato, redondo, demasiado joven para tener la prominente calva que dejaba expuesta la cicatriz de unos cinco centímetros en la frente.

Había una mezcla de sentimientos en su corazón. Quería olvidar lo que había sucedido. Le hacía mal. Al mismo tiempo, se aferraba al recuerdo del rostro. Si acabara con la vida de aquel hombre, quedaría libre de la prisión en la que ahora se encontraba cautivo. El deseo de venganza y justicia por cuenta propia iba cobrando fuerza en su corazón cada día.

Las semanas pasaron. Mauro fue retornando al trabajo y a la rutina diaria. Tres meses después, las cosas habían vuelto a la normalidad, a no ser por un detalle. Desaparecía durante horas. Nadie sabía adónde iba. Era un misterio. Él nunca había tenido esa actitud antes del secuestro. Ahora parecía esconder un secreto. La familia pensaba que él tenía una relación extramatrimonial. Estaban equivocados.

Mauro andaba por la ciudad. Buscaba lugares de mucha congestión humana. Tomaba el ómnibus, el tren, el tren subterráneo, y se movía de un lugar a otro. Cualquiera que lo siguiera tendría dificultad para entender lo que hacía. Simplemente, andaba. Observaba a las personas. ¿Qué buscaba? Ni él mismo lo sabía definir. Vivía obsesionado por un rostro. El único rostro que recordaba. Aquel grupo de delincuentes había marcado su vida para siempre. Inconscientemente, la única motivación de su vida en los dos últimos años había sido el deseo de vengarse de aquellos hombres.

Fue una tarde de sol brillante y 38 grados de temperatura. Finalmente, encontró lo que buscaba. Parado en la puerta de un bar, bebía una botella de agua. Observaba a los transeúntes. Hombres y mujeres se movían de un lado para otro. Parecía una multitud de peces dentro de un pequeño acuario.

Súbitamente, su corazón se aceleró. Casi dejó caer la botella. Era él. Sin ninguna duda, aquel era el rostro. No lo olvidaría nunca. Aunque viviese un millón de años. Sintió miedo, terror, odio y ganas de arrojarse encima de aquel hombre. Pero se controló.

Dos años de búsqueda. Encontrar a aquel hombre había sido como hallar una aguja en un pajar. No. La oportunidad era demasiado preciosa para desperdiciarla. Quiso gritar, llamar a la policía, decirle a todo el mundo que aquel hombre aparentemente inofensivo era un secuestrador peligroso, pero tuvo la suficiente sangre fría para controlarse. Nunca imaginó que fuese capaz de reaccionar con tanta frialdad. Se sorprendió por una personalidad extraña que había permanecido oculta dentro de sí hasta aquel día.

Instintivamente, se vio siguiendo al hombre. De lejos. Atento a todos los detalles, para no perderlo de vista. Como una fiera sigue a la presa, acompañó los movimientos de uno de sus secuestradores. El supuesto delincuente llegó hasta la estación central del tren. Tomó una línea hacia el suburbio. Después entró en un ómnibus. No percibió que lo seguían. Al descender del ómnibus, caminó trescientos metros. Entró en una casa amarilla de dos pisos. Enfrente de la casa había un terreno baldío donde unos muchachos jugaban fútbol. Mauro se sentó a mirar el juego. En realidad, su atención estaba concentrada en la casa amarilla. A su lado había una niña de aproximadamente diez años. Disimuladamente, le sacó información.

Satisfecho, desapareció del lugar. Ya era tarde y empezaba a oscurecer. De vuelta al centro de la ciudad, en el interior de un taxi, sintió una extraña sensación de alivio. Sabía bien lo que iba a hacer. Lo había planeado durante dos años. En todo ese tiempo, era la primera vez que se sentía contento.

* * *

El hombre que aguardaba apareció puntualmente a las seis de la tarde. Mauro estaba sentado en un banco del enorme parque recreativo de la ciudad. Había mucha gente a esa hora. Gente que andaba y corría. Muchachos en patines y en bicicleta. Parejas que se enamoraban ajenas al intenso movimiento de las personas.

–Llámame “Negão” –dijo el desconocido.

Aquel hombre pertenecía a una cuadrilla de exterminio. No quería ser identificado. Existen muchos grupos así. Son asesinos profesionales de alquiler. Hacen cualquier tipo de trabajo sucio por una buena cantidad de dinero.

El extraño personaje vestía jeans, camiseta negra y calzado deportivo. Usaba un gorro negro de cuero y lentes oscuros. Era alto, fuerte y de pocas palabras.

El acuerdo fue sellado. Los justicieros identificarían y matarían a todo el grupo de secuestradores. Mauro pagaría por el “servicio”. La mitad del dinero sería entregado al día siguiente. La otra mitad, cuando él, personalmente, pudiese ver los cadáveres.

Hay actitudes que el propio hombre no comprende: ¿Por qué alguien que hasta aquel momento había sido un ejemplo de buen comportamiento actuaba de esa manera? Para él, era un misterio, pero la Biblia afirma: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Cualquiera que conociera a Mauro habría tenido dificultad para creer que aquel hombre, padre ejemplar, esposo fiel y buen amigo, estuviese planeando de manera fría aquel acto horrendo. Todos nos sorprendemos por las actitudes incoherentes de las otras personas. Olvidamos que dentro de nosotros vive adormecida una fiera capaz de realizar las peores acciones. Ningún ser humano está libre de eso. Todos nacemos con naturaleza pecaminosa. Es una tendencia innata hacia el mal. No podemos librarnos de ella por métodos humanos. La cultura, la educación y la autodisciplina pueden arreglar las cosas por fuera, pero no pueden cambiar el interior del ser humano. En el mundo escondido de los pensamientos y sentimientos íntimos, la fiera está lista para atacar al menor descuido. Es lo que el apóstol Pablo escribió: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Más tarde, él confirmó esta verdad: “No hay justo, ni aun uno […]. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10, 12).

Mauro estaba sintiendo en carne propia esta dolorosa realidad, aunque no era consciente de ello. Hasta el momento del secuestro, la fiera interior había vivido agazapada dentro de su corazón, esperando la hora oportuna para atacar. La hora había llegado. El sufrimiento y las humillaciones que había pasado en manos de los delincuentes habían despertado un ser capaz de odiar, de vengarse, de hacer justicia con las propias manos y de planear un crimen bárbaro.

Por esas coincidencias de la vida, pasaron dos meses desde que encontró al hombre del rostro hasta ver la sed de venganza satisfecha. Durante ese tiempo, recibía informes periódicos de “Negão”. El grupo de exterminio había empezado a buscar a los malhechores, a partir de los datos proporcionados por Mauro. Uno a uno, los secuestradores fueron identificados, silenciosa y sigilosamente, hasta que el último fue encontrado.

* * *

A las tres de la madrugada de un caluroso amanecer de verano, el celular de Mauro vibró. Se levantó sin hacer ruido y fue a atender la llamada a la sala.

–Tienes una hora para llegar aquí –le dijo la voz pegajosa de “Negão–. Tenemos los seis “paquetes” y necesitamos deshacernos de ellos antes de que salga el sol –añadió, refiriéndose a los cadáveres de los secuestradores, cinco hombres y una mujer.

El trato era que Mauro debía ver los cadáveres antes de que fuesen quemados. Solo así entregaría la última mitad del dinero.

Mientras se dirigía a alta velocidad hacia el lugar indicado, tuvo un segundo de lucidez. ¿Y si aquellos exterminadores estaban mintiendo? ¿No podrían matarlo a él y apoderarse del dinero? Sacudió la cabeza intentando ahuyentar aquel pensamiento. Ya había ido demasiado lejos. Era tarde para volver atrás.

En menos de cincuenta minutos recorrió 73 kilómetros. Atravesó la ciudad sin respetar los semáforos, después tomó una carretera estrecha de sentido único. Los últimos 11 kilómetros los recorrió por un camino de tierra, pedregoso y lleno de curvas. Finalmente, vio la luz de un auto estacionado. Se encendía y se apagaba. Era la señal convenida. Mauro estacionó el automóvil. Temblaba. Sudaba, presintiendo instintivamente que iba a suceder algo terrible. Había cuatro hombres en pie. Negão era uno de ellos. Fue el único que habló.

–Ahí están; míralos bien, llevó tiempo identificarlos y ubicarlos, pero el primero “cantó” –dijo refiriéndose al mulato que él reconocía.

Los exterminadores lo habían secuestrado y torturado para descubrir al resto de la pandilla.

Los seis cadáveres estaban ordenados en el suelo, con el rostro hacia arriba. Mauro comenzó a verlos, uno a uno, mientras Negão alumbraba con una linterna. De repente, el corazón casi se le salió por la boca.

–¡Espera! ¡Espera! –dijo.

Tomó la linterna en sus manos para alumbrar de nuevo el rostro del cuarto cadáver. Sintió que la tierra temblaba bajo sus pies. Casi gritó de dolor. No era nada físico, era un dolor emocional.

–¡No puede ser! –gritó–. Ustedes se equivocaron, cometieron un error terrible; este hombre es mi mejor amigo. ¡No puede ser!

Por primera vez, la voz de Negão parecía humana:

–Nosotros no nos equivocamos –dijo, consolándolo–. Debe ser doloroso para ti, pero este, tu mejor amigo, fue el que pagó a la pandilla y se quedó con la mayor parte del rescate.

Mauro tuvo ganas de vomitar. Empezó a llorar desgarradoramente. Corría de un lado a otro gritando:

–Tú no, miserable. Tú no puedes haberme hecho eso.

Los exterminadores, antes de deshacerse de los cadáveres, le dijeron:

–Desaparece o te vas a meter en problemas.

Mauro entró a su auto y partió como loco. Corría a una velocidad exagerada. No le importaban las señales de tránsito ni el riesgo en que colocaba su propia vida. Al contrario, daba la impresión de que buscaba la muerte. Anduvo sin rumbo hasta que el combustible se le acabó y el automóvil se detuvo. La policía de tránsito lo encontró allí en la carretera, durmiendo sobre el volante, como si hubiese sufrido un accidente.

Cuando lo despertaron, hablaba cosas incoherentes. Cambiaba constantemente de tema. Era evidente que sufría alguna alteración mental. Solo fue posible identificarlo gracias a los documentos que traía consigo.

Ya era de noche cuando la familia fue notificada sobre el paradero de Mauro. Los hijos mayores corrieron hasta la estación de policía, donde él exigía que lo detuviesen.

–Soy un asesino –gritaba–. Préndanme. Merezco pudrirme en la cárcel. Acabo de matar a mi mejor amigo, y merezco morir.

Al ser interrogado, no daba información ni detalles del supuesto delito. Solamente lloraba y se golpeaba la cabeza contra la pared.

* * *

Meses después, la situación de Mauro era deprimente. Pasaba noches y días sin dormir. Gritaba como un lobo durante las noches. Salía al jardín y andaba alrededor de la piscina incansablemente. Nadie podía explicar lo que le sucedía. La familia lo había llevado a los mejores especialistas. Le daban calmantes poderosos para hacerlo dormir, pero los resultados no eran nada alentadores.

Transcurrieron años. Con el pasar del tiempo, fue transformándose en una persona agresiva y peligrosa a veces, y apática e indiferente otras veces. Parecía un autista, se negaba a comer. Quedaba con la vista fija en un punto indefinido durante horas.

Fueron diez años dolorosos para los seres que lo amaban. Gran parte de ese tiempo lo pasó en clínicas para enfermos mentales. Pero, en los últimos meses del decimoprimer año pareció estar más repuesto. Los médicos creían que algunos días de convivencia con la familia le harían bien. Pero estaban equivocados. Aprovechando un descuido, Mauro ingirió todo un frasco de calmantes. No murió. La esposa lo descubrió a tiempo para llevarlo al hospital más cercano.

Las fiestas navideñas de aquel año fueron las más tristes para la familia. La vida cómoda que aquel hombre les había proporcionado durante años de trabajo honesto se veía amenazada por el dolor terrible de ver al esposo y padre amado en una situación tan deprimente. Este había sido el tercer intento de suicidio desde que había entrado en ese estado de locura.

¿Qué había pasado aquella madrugada misteriosa? ¿Adónde había ido? ¿Qué sería lo que provocó aquel colapso mental? Todos trataban de relacionar las súbitas desapariciones después del secuestro con la experiencia dramática que estaba viviendo. Nadie llegaba a una conclusión que tuviese sentido.

El tercer intento de suicidio llevó a la familia a buscar una clínica cristiana. Era un retiro para personas con problemas de depresión, administrado por la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Estaba ubicada en las laderas de una montaña majestuosa, a casi 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar. Empresarios, artistas y personas famosas habían encontrado paz y recuperación en aquel lugar. Daban las mejores recomendaciones. La familia, dominada por algunos prejuicios, anteriormente había descartado la posibilidad de acudir a ella. Sin embargo, el impacto emocional terrible que provocó en la familia el último incidente derrumbó todas las barreras. Mauro fue conducido a ese retiro.

Allí le cambiaron el tratamiento. Le administraban cada vez menos psicofármacos. Realizaba largas caminatas diarias. Su alimentación se basaba en frutas, cereales y verduras. Tenía, además de la asistencia de los especialistas médicos, la atención de un consejero espiritual.

El consejero notó que Mauro pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto. No participaba de las actividades en grupo, con excepción de aquellas que eran parte del tratamiento. Ensimismado, lloraba en silencio. El consejero tenía mucha dificultad para comunicarse con él. Sus respuestas eran cortas. Evidentemente, no quería ningún tipo de conversación.

Un día, el consejero se acercó. Mauro descansaba debajo de la sombra de un flamboyán.

–Solo quiero que me escuches –le dijo amigablemente–. Te voy a contar una historia. Si no te gusta, solo dímelo y no te importunaré.

Mauro movió los hombros con indiferencia. El consejero comenzó a hablar:

–Había una vez un rey. Era el rey de una nación poderosa. Un día, mientras su ejército estaba en la batalla, subió a la azotea de su palacio y vio a la esposa de uno de sus principales generales, bañándose al calor del sol. Tú sabes cómo son las cosas del corazón. El rey se enamoró de esta mujer casada. Al principio luchó con sus sentimientos, pero en vez de ahuyentarlos los fue acariciando hasta que se transformaron en un deseo incontrolable. Como era el rey y tenía todo el poder, ninguna mujer del reino se atrevía a negársele; y ambos pecaron. Más tarde, cuando el rey se encontraba solo, sintió un dolor extraño en el corazón. No era algo físico. Parecía que un peso enorme lo aplastaba. No podía dormir. Lloró, porque sabía que su conducta era incorrecta, y eso lo atormentaba. Pero, bueno, al menos nadie lo había visto. Todo quedaría en el olvido. Algunas semanas después, recibió una noticia que lo asustó.

–Estoy embarazada –le dijo la mujer–. Y no tengo ninguna explicación que dar. Mi esposo está en la batalla. No lo veo desde hace un buen tiempo.

El rey casi enloqueció. ¿Qué explicación daría a su pueblo? ¿Por qué se había quedado con la esposa de un general que estaba luchando por él? Su imagen se mancharía y su reino correría graves riesgos. No, el pueblo no podía enterarse de lo que había sucedido. Durante días, aquel rey urdió todo tipo de planes para encubrir su pecado. Todas sus intenciones fallaron. Entonces, en su desesperación, hizo algo que nunca había pensado que sería capaz de hacer. Mandó matar a su general. Después, en un aparente acto de bondad, se casó con la viuda, alegando que lo menos que podía hacer por su general muerto en batalla era cuidar a su esposa.

¿Estaba todo resuelto? Aparentemente, sí. Delante de los hombres, tal vez. A partir de aquel día, el rey trató de olvidar el crimen que había cometido.

Se repetía a cada momento que nada había pasado. Intentaba justificar, explicar y racionalizar su pecado. Nada le daba resultado. Su pecado estaba siempre atormentándolo, de día y de noche. La Biblia dice: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jeremías 2:22). Para el pecado, únicamente existe una solución: arrepentirse, confesarlo y abandonarlo. El sabio Salomón ya lo dijo hace mucho tiempo: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13). El rey no lo sabía, o por lo menos no era consciente de esta realidad. Durante varios días, trató de ocultar su pecado. Un día se presentó delante de él un profeta y le dijo:

–Rey, por favor, ayúdeme; tengo un dilema. No sé qué medida tomar.

El rey se dispuso a ayudarlo:

–Cuéntame, ¿cuál es el problema?

–En una ciudad –empezó diciendo el profeta–, había un hombre rico que tenía muchas ovejas y había también un hombre pobre que tenía una sola ovejita a la que había criado como si fuese parte de la familia. Un día llegó un visitante a la casa del rico, y este mató a la única oveja del hombre pobre a fin de preparar un potaje para su amigo. ¿Qué deberíamos hacer con el hombre rico?

El rostro del rey se enrojeció de indignación. Con aire justiciero, dijo:

–Ese miserable debe morir.

Hubo silencio. Un silencio tan grande que parecía doler. El profeta miró al rey con amor y le dijo:

–Tú eres ese hombre, mi rey. Tú tenías todas las mujeres del reino y tomaste la única esposa de tu general.

El rey sintió como si alguien le hubiese dado un golpe en la cabeza. El corazón parecía que se le iba a salir por la boca. Se vio desnudo. La vergüenza de su pecado estaba expuesta. Salió de la presencia del profeta. Corrió como un loco, gritando en el silencio de la noche: “Soy un asesino, merezco morir, mis manos están manchadas de sangre”.

Entró a una cueva. Allí se arrodilló y siguió llorando a gritos: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. […] Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos [...]” (Salmo 51:1, 3, 4).

No sabemos cuánto tiempo el rey estuvo en aquella cueva. Cuando salió, tenía paz en su corazón. Era un hombre nuevo. Había sido perdonado. Un nuevo día amaneció en su vida y partió de vuelta para su palacio, dispuesto a disfrutar la vida al lado de las personas que amaba.

Mauro tenía los ojos perdidos en el vacío. Las lágrimas corrían a raudales por sus mejillas. El consejero le colocó la mano en el hombro. El enfermo seguía llorando, esta vez casi a gritos. El consejero esperó a que se calmara y le leyó una promesa bíblica: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

El consejero sabía que había tocado el punto neurálgico. Aquel hombre cargaba un sentimiento de culpa terrible. La culpa es capaz de paralizar y destruir. Es como un martillo que te crucifica todos los días en el madero de tu propia conciencia. Hay gente que camina por las calles de las grandes ciudades, atormentada por la culpa. Gente que se entrega al abandono. Muchas veces acaba en el suicidio.

A partir de aquel día, Mauro se aproximaba al consejero cada vez que lo veía solo. No decía nada, simplemente se sentaba junto a él. El consejero le leía promesas bíblicas de perdón como esta: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

Un día, el consejero lo invitó a orar. Colocó la mano en el hombro de Mauro y suplicó a Dios:

–Señor, este hombre es tu hijo. Necesita tu misericordia y tu perdón. Yo no conozco su vida, pero sé que el peso de la culpa lo está destruyendo. Por favor, Señor, sé clemente y perdona sus pecados.

La oración fue interrumpida. Mauro empezó a llorar a gritos:

–Soy un asesino –dijo–. Oh, Dios mío, soy un asesino. No merezco vivir; quítame la vida, quiero acabar con este infierno.

El consejero lo abrazó bien fuerte y le susurró a los oídos:

–Tú no necesitas morir. Jesús ya murió y pagó el precio de tus pecados.

–No puede ser –repetía Mauro–. Usted dice eso porque no sabe lo que hice. Si supiera, sabría que no hay perdón para mi pecado.

El consejero le refirió lo que Jesús mismo dijo: “Todo pecado […] será perdonado a los hombres” (S. Mateo 12:31).

–¿Entiendes lo que significa todo? –le preguntó–. Todo es todo. Asesinato, asalto a mano armada, prostitución, homosexualidad, lo peor de lo peor. No hay límite para el perdón divino.

Mauro se abrazó con fuerza al consejero como si fuese su única tabla de salvación.

–No me deje, por favor –decía llorando–. No me abandone.

Aquel hombre había vivido los últimos años encerrado en una oscura prisión de soledad, autocastigo y culpa. Verdugos imaginarios enmascarados venían de noche y lo castigaban con crueldad. Años y años deseando la muerte. Creía que esta sería el punto final de su sufrimiento. De repente, por una rendija, vio entrar un rayo de luz a su mundo de oscuridad y miedo.

La recuperación de Mauro fue rápida. La familia quedó sorprendida cuando vino un día a visitarlo. Por primera vez después de muchos años, lo vieron sonreír. Con timidez, como si estuviese conversando con desconocidos, pero mirándolos a los ojos. Sus ojos reflejaban paz. Nadie entendía lo que estaba pasando. El consejero y Mauro, sí.

Las últimas semanas habían pasado horas estudiando la Biblia. Mauro leyó al profeta Isaías, que escribió: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2). Entonces entendió por qué no había paz en su corazón. Estaba lejos de Jesús, y solo él podía darle paz. Creyó en la promesa: “La paz os dejo, mi paz os doy […]” (S. Juan 14:27).

Entendió también que el perdón divino no es solo la liberación de la culpa. No es solo una declaración de absolución. La Biblia es clara al afirmar: “Porque la paga del pecado es muerte […]” (Romanos 6:23). “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Por lo tanto, si hubo pecado, tendría que haber habido muerte. El ser humano debería haber muerto, y eso sería justo, mas “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

¿De quién hablaba Isaías? ¿A quién se refería cuando decía “él”? Mauro aprendió, en la Biblia, que Jesús es el personaje central del evangelio. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Ya pasaron varios años de todo esto. Un nuevo día amaneció en la vida de Mauro. Su mente era como un cuarto oscuro. Sombras amenazantes lo atormentaban constantemente. De repente, por una rendija de su conciencia entró un rayo de sol. Era el evangelio liberador de Cristo, que inundó su ser entero con paz y felicidad.

* * *

El reloj digital del automóvil brillaba indicando la hora: tres de la mañana. Todavía nos restaban cuatro horas de viaje. La carretera Río de Janeiro-Bahía parecía interminable. Aquella madrugada, mientras el automóvil devoraba kilómetros, dejando atrás pequeños pueblos, mi compañero de viaje, emocionado, me contó esta historia. Él era el hombre que Dios había usado para llevar el evangelio del perdón a la vida angustiada de Mauro. Era el capellán.

No me dejes sola

Las luces de neón se encendían y se apagaban anunciando el nombre del club nocturno “Éxtasis”. En el corazón de Lilian solo había depresión. Su vida estaba lejos de ser un éxtasis. Sentía hambre, frío, cansancio y miedo. Miedo de entrar a aquel lugar. Sabía que si iniciaba aquel camino no tendría vuelta atrás. Temía entrar a un mundo desconocido y misterioso del que ya había oído hablar. Sintió pavor de destruir los valores que guardaba en su corazón, aunque a veces se preguntaba si valía la pena respetar valores en un mundo cruel.

¿Qué más le restaba? La vida la había llevado hasta esa esquina. Entrar sería como castigar a Dios por la manera “injusta” en que había conducido la vida de una niña indefensa.

Entró. Había un olor nauseabundo allí dentro. Olor a pecado. A cosa prohibida. A promesas mentirosas. En la penumbra del ambiente lleno de humo de cigarro, trató de ubicar a su amiga. Su corazón y su cuerpo temblaban. Quiso salir. Huir. ¿Salir hacia dónde? ¿Para aquella vida de pobreza y limitaciones que vivía?

“Hay caminos que una no escoge –pensó para sí–. No tengo más opciones. Necesito sobrevivir”. La necesidad la había empujado hasta allí. Por lo menos, era eso lo que ella se repetía para justificar su actitud.

Sentada cerca de una mesa vacía, aguardaba a la amiga que le había prometido presentarle al dueño del cabaret. Mientras llegaba, Lilian observaba todo detenidamente. La música ensordecedora le impedía pensar. Era mejor así. Para sobrevivir en un lugar como ese, era necesario estar casi anestesiada. Hombres ávidos de placer devoraban con los ojos a las muchachas que bailaban en un escenario.

“¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?”, se preguntó una vez más. Su mente, sin querer, viajó al pasado, a los años de su niñez en el campo. El recuerdo más lejano que guardaba era el de una niña de cuatro años que lloraba junto al cadáver de su madre.

“Mamita, no me dejes sola”. Lo había repetido en su mente tantas veces a lo largo de su vida, cuando en las horas de soledad, tristeza y dificultades buscaba auxilio. La primera vez que lo expresó audiblemente, la madre ya no la escuchaba. Después de eso, nadie jamás la escuchó. Ni cuando pasó hambre, ni cuando sintió frío y ni siquiera cuando su padrastro abusó de ella a los diez años.

Había pasado su adolescencia con una familia humilde. Terminó el curso secundario. Completó el primer año en la Facultad de Arquitectura. Había tenido que dejar los estudios por falta de dinero. Vivía ahora en una ciudad de más de dos millones de habitantes y, como siempre, se encontraba sola.

Había pasado los dos últimos años buscando la mejor manera de sobrevivir y terminar sus estudios. No encontraba un empleo que le permitiera realizar su sueño de ser arquitecta. Lo poco que recibía apenas alcanzaba para pagar la renta de un cuarto y alimentarse. Hasta que conoció a Tina.

–No necesitas vivir en esa situación –le dijo Tina un día–. Eres bonita, joven; hay muchos hombres que darían la vida por ti.

Tina no entendía de sueños. Tal vez nunca los había tenido, quizá los había perdido en el mar de dificultades que hay que atravesar para alcanzarlos. Lo cierto es que Tina se mostraba consumista, escandalosa y materialista. Lo importante para ella era el dinero, y aparentemente lo tenía. Se vestía bien, iba a buenos restaurantes, compraba cosas caras e, incluso, enviaba dinero para su hijo, que vivía con la abuela en una ciudad del interior.

La vida de Tina era un misterio. Trabajaba de noche, ganaba bien y tenía el día libre. Era la vida que Lilian deseaba. Si ella estuviese en el lugar de la amiga, aprovecharía el tiempo para terminar sus estudios.

–Tú puedes tener todo lo que yo tengo –le afirmó Tina–. Te voy a explicar.

Y se lo explicó. Sin omitir detalles. La joven morena, de cabellos largos y sonrisa encantadora, trabajaba en un cabaret. Participaba de un espectáculo en el cual se desvestía delante del público. Después, hacía beber a los clientes y, si deseaba, salía con uno de ellos por una razonable cantidad de dinero.

Al principio, Lilian no quiso saber nada del asunto. Su negativa fue contundente. Ella nunca haría eso. Tenía sueños que estaban lejos de ser una bailarina de cabaret.

El tiempo pasó. La situación financiera de Lilian empeoraba cada día y Tina insistía.

–No seas tonta. Es la única manera de terminar tus estudios y realizar tu sueño de ser arquitecta.

–No quiero esa vida para mí.

–Pero si no te hablo de vida, chica; te estoy hablando solo de un tiempo, mientras estudias.

Con el tiempo, Lilian comenzó a pensar que no tenía mucho que perder. Había sido violada por su padrastro. Más tarde pasaron por su vida dos novios, que la engañaron con promesas mentirosas. Por otro lado, ¿dónde estuvo Dios en todo ese tiempo? ¿Por qué la había abandonado? ¿Por qué no la había cuidado?

La llegada de Tina al cabaret aquella noche la sacó de sus pen­samientos.

–Por fin, chica –le dijo Tina, casi gritando para ser oída en medio de aquel ruido infernal–. Te voy a presentar a Mauricio. Es el dueño de esta casa, es buena gente. Ya le hablé de ti y está dispuesto a ayudarte.

Fue así que comenzó todo. A partir de aquella noche, la vida de Lilian hizo un giro de 180 grados. Al principio solo bailaba en el escenario. Era bonita, sus ojos negros llenos de misterio atraían, su sonrisa cautivaba. No salía con hombres. No se vendía, pero aprendió a fumar, a beber y, con el tiempo, pasó a usar drogas esporádicamente.

El dinero era escaso. Más de una vez, pensó si valía la pena continuar frecuentando aquel lugar.

–No tienes dinero porque no quieres –le dijo un día el dueño del cabaret–. Si estás aquí es para que hagas las cosas por completo. Hay muchos hombres dispuestos a darte dinero.

Lilian no supo cuándo, pero un día despertó en el cuarto inmundo de un motel, al lado de un hombre que nunca había visto y al que nunca más volvería a ver. Aquel día ella pensó que había llegado al fondo del pozo. No imaginaba lo que la aguardaba.

Cinco años pasaron desde aquella primera noche en el cabaret. Años de soledad. De desesperación. De angustia. Ninguna cantidad de dinero fue capaz de sustituir la paz de un sueño tranquilo. Si hubiera podido decidir nuevamente, no habría escogido esa vida aunque tuviese que dormir con hambre y no supiese cómo pagar al día siguiente el alquiler vencido.

Al principio, la culpa era incesante. La conciencia, juez implacable, la condenaba todo el día. Se sentía sucia, inmunda. Cuando caminaba por la calle tenía la impresión de que todo el mundo sabía lo que hacía. El dinero no le alcanzaba para nada. Había ahorrado un poco de dinero con la ilusión de continuar sus estudios de arquitectura, pero un día fue presa, acusada de asesinato. Dos meses después, al comprobarse su inocencia, fue liberada. Se había gastado todo el dinero que había ahorrado.

Eso la desanimó completamente. Se entregó de cabeza a aquella vida de promiscuidad. Parecía que el dolor que sentía era el mejor castigo para su conducta equivocada. Se fue hundiendo, año tras año, hasta que no quedó nada más de la niña soñadora que ingresaría a aquella vida “solo hasta terminar mis estudios”.

* * *

Sábado de madrugada. En el repugnante cuarto de un motel, Lilian no lograba dormir. A su lado, un desconocido. Acababa de salir con él por dinero. El hombre roncaba. La joven bailarina lloraba en silencio. Más sola y triste que nunca. Su cuerpo era un objeto que los hombres compraban. Se sentía sucia. ¿Algún día podría ser amada por alguien? ¿Merecía ser amada? ¿Cómo había llegado a ese punto? Prefirió no seguir pensando. Comenzó a girar el dial de la radio de la cabecera, con el volumen bajo para no despertar al extraño. Una frase impactante, oída por casualidad, llamó su atención. La voz decía:

–Eres lo más precioso que Jesús tiene en esta tierra.

Su cuerpo se estremeció. Aproximó el oído al receptor y siguió oyendo:

–No importa dónde estás, si en la cama de un hospital o viajando en la carretera. Si en la celda de una prisión o en el cuarto inmundo de un motel, sin poder dormir. Quiero que sepas que Jesús te ama y murió para salvarte. Ah, por favor no digas que no vales nada o que no lo mereces. Ni tú ni yo valemos nada. Nada hicimos para merecer el amor de Jesús. Él simplemente te ama.

Aquellas palabras parecían dirigidas a ella. Como si el dueño de la voz supiese quién era ella y cómo había vivido hasta aquel día. Era sorprendente. Continuó prestando atención:

–¿Qué es lo que necesitas hacer para que el amor de Jesús sea una realidad en tu vida? “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Y la voz siguió diciendo:

–Para confesar es necesario reconocer que se ha pecado y aceptar el hecho de que no se puede salir de la situación en que se encuentra. Es como un enfermo. ¿Qué beneficio tiene el remedio si uno no acepta que está enfermo y lo toma? El amor de Cristo es el remedio para todos los males, pero es necesario que el pecador reconozca su condición y confiese sus pecados. ¿A quién? David responde: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Y continuó:

–Los pecados no necesitan ser confesados a un ser humano. Dios es el único que puede perdonar. Es al único a quién debemos recurrir. “Y si alguno hubiere pecado –dijo Juan–, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). ¿Por qué solo a Jesús? “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Lilian quedaba cada vez más sorprendida. Ella creía que los santos podían interceder en su favor, pero la Biblia afirma: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

El único mediador que existe entre Dios y los hombres es Jesús. La razón es que solamente Jesús puede entender al ser humano. Solo él atravesó el valle del dolor y del sufrimiento. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades –dijo Pablo refiriéndose a Jesús–, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15, 16).

Lo que más sorprendía a Lilian era que Jesús, el Hijo de Dios, era capaz de comprenderla. Era eso lo que la voz decía en la radio:

–Aquella tarde sombría en el Calvario, el Señor Jesús no moría porque él hubiese pecado. Había vivido una vida santa, a pesar de haber sido tentado. Aquella tarde Jesús entregó su vida por ti y por mí. Éramos tú y yo los que merecíamos morir. Fuimos tú y yo los que nos extraviamos siguiendo nuestros propios caminos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

–Ven conmigo al Calvario –seguía diciendo la voz–. Cierra los ojos e imagina la escena de dolor y muerte. Mira al Señor Jesús colgado en una miserable cruz, míralo sangrar, observa las espinas que hieren su frente. Oye los vituperios de sus verdugos. ¿Merecía él morir allí como un delincuente? No, pero te ama. Tal vez nunca logres entender ese amor. ¿Por qué te ama? No me lo preguntes. Yo no sé. Puedes haber vivido la vida más errada. Puedes haber descendido a las profundidades más oscuras del pecado. Puedes haber destruido todo lo bueno que un día tuviste, y sentirte en este momento una basura. Escúchame bien: A pesar de eso, continúas siendo lo más precioso que Jesús tiene. De otro modo, no habría muerto allá en la cruz por ti.

Y la voz replicaba con más fuerza en el corazón de Lilian:

–Sígueme acompañando. Ya está casi oscuro. El día se va y junto con el día también la vida de Jesús. Óyelo, quiere decir algo. Levanta los ojos al cielo y llora: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?” En otras palabras: “No me dejes solo, no me abandones”.

Y el locutor de aquella emisora remató:

–¿Cómo crees entonces que no puede entenderte? ¿Cómo piensas que no sabe lo que sientes? Él te ama y, en este momento, está con los brazos abiertos esperando que te entregues a él.

Lilian pensó que se estaba enloqueciendo. Aquello no podía ser verdad. ¿Cómo aquel hombre sabía lo que ella siempre había sentido? Lloró. Lloró mucho. Como si quisiese que sus lágrimas lavasen su mundo interior. Al terminar el mensaje, entró otro locutor y dijo: “El pastor Bullón, que acaba de presentar este mensaje, estará predicando a las once de la mañana en el estadio de esta ciudad”.

Aquella noticia la alegró. Iría al estadio. Quería conocer a aquel hombre. Deseaba oír más acerca del amor de Jesús.

A las nueve de la mañana el desconocido se levantó y dijo:

–¿Dónde quieres que te deje?

–¿Podrías llevarme hasta el estadio? –pidió ella.

Cuando bajó del automóvil, notó que había mucha gente ingresando apresurada. Se mezcló con la multitud. La única vez que había entrado a aquel lugar había sido para un concierto de un famoso grupo musical. Le gustaba la música. Se consideraba romántica. Sus amigos le decían que ella idealizaba el amor, y por eso sufría. Como quiera que sea, le gustaba la música y aquella mañana de sábado se sintió cautivada por los himnos que cantaba un gran coro. Las palabras acompañadas de música son capaces de llegar a los rincones del corazón adonde la simple palabra hablada no llega.

Las personas reunidas aquella mañana en el estadio tenían algo diferente que las personas que ella conocía. Había en sus ojos un brillo especial. Cantaban con alegría. Cuando la miraban, le transmitían paz.

A las once en punto, me ubiqué frente al púlpito con la Biblia abierta. Nunca empiezo a predicar sin leer un texto bíblico. La Biblia afirma que: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmo 33:6, 9). Por otro lado, cuando Jesús estuvo en esta tierra, por el poder de su palabra hizo andar a paralíticos, abrió los ojos a los ciegos y hasta resucitó a los muertos.

Hay poder en la Palabra de Dios. Ella es capaz de crear y de restaurar. Aprendí eso a lo largo de mi vida. Aquella mañana la Palabra de Dios obró un milagro en la vida de Lilian. El tema del amor de Dios cautivó otra vez el corazón de la joven semidestruida a causa de las decisiones equivocadas. El texto del mensaje era: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Todos los seres humanos quieren ser perdonados. Muchos confiesan sus pecados. Pocos desean apartarse de ellos. Y, sin embargo, la promesa de alcanzar la salvación involucra confesión y arrepentimiento. Arrepentimiento es sentir dolor por haber herido el corazón de Dios y deseo de cambiar su vida. Mucha gente confunde el arrepentimiento con el remordimiento, que es solamente miedo de sufrir las consecuencias del pecado.

Cuando Jesús estuvo entre los hombres, dijo: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (S. Mateo 9:13). El llamado de Jesús al arrepentimiento era un llamado a los pecadores. A quienes estaban cansados de luchar por una vida mejor. A los que no tenían paz en el corazón y se sentían inservibles. A los derrotados y despreciados por la sociedad.

Lilian se sentía así. Muchas veces se había preguntado: “¿Qué debo hacer para arrepentirme?” La respuesta llegó esa mañana: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4).

Es el amor de Dios que lleva al arrepentimiento. Tú no lo fabricas. No nace en tu corazón, nace en el amor divino. Tú solo tienes que aceptar el hecho de que cuando Dios te pide que abandones el pecado y vengas a él, es porque desea que sus promesas se hagan una realidad en tu vida. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Sentada junto a una columna del estadio, Lilian lloraba arrepentida. Su dolor ya no nacía del recuerdo de tantos sufrimientos pasados. Su tristeza era fruto de la pregunta que laceraba su corazón: “¿Cómo pude haber ignorado esto tanto tiempo?”

–Hoy es el día de buena nueva, hoy es el día de salvación –mi voz la hizo volver a la realidad.

Allí estaba ella. Tenía la oportunidad de empezar una nueva vida.

–Ven a Jesús ahora –seguí diciendo–. Ven como estás, sin promesas. Simplemente ven. Tráele los pedazos desechos de tu vida para que Jesús los reconstruya. Tráele tu corazón vacío para que él le dé sentido a tu existencia. Tráele la página manchada de tu vida y recibe de sus manos una página en blanco para escribir una nueva historia.

Lilian luchó. No quería tomar una decisión apresurada, llevada apenas por la emoción del momento. Veía decenas de personas yendo hacia la plataforma. Finalmente, no pudo resistir a la voz del Espíritu Santo y se entregó a Jesús.

El último versículo leído aquel día fue: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19).

Refrigerio. Fue eso lo que Lilian sentía cuando salió aquella tarde del estadio. A pesar del calor implacable de diciembre en esa región, ella sentía la brisa suave acariciando su rostro como si fuese el beso dulce del perdón de Jesús.

* * *

Sucedió muchos años después. Había terminado la predicación. Afuera llovía a cántaros. Sentado en el camerino, aguardaba la llegada de la persona que me conduciría al hotel. Un colega entró:

–Hay una persona que quisiera saludarte.

–Déjala entrar –respondí.

No terminé la frase cuando ella apareció. Se ubicó en el sofá enfrente de mí y miró a mi colega. El pastor entendió y se retiró. Yo no sabía quién era aquella dama elegante. Jamás la había visto. Su emoción era evidente.

–¿Podría venir mañana más temprano para conversar con usted? Tengo una historia interesante. Usted tiene mucho que ver con todo, pero veo que ahora necesita salir –me preguntó ansiosa.

Al día siguiente, conversamos. Era una arquitecta bien conceptuada. Una mujer feliz, casada, con dos hijos y una carrera profesional brillante. Era un fruto del amor de Dios. Era Lilian.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

₺249,75

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
151 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789877983623
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar