Kitabı oku: «Migrantes»
Migrantes
Alejandro Reig
Roger Norum

Contenido
A modo de prefacio: la doble ruptura
Preludio
Mapa de un paisaje que se mueve
Introducción
La migración en nuestros días
Capítulo 1
Migración, migrantes: ¿Qué es? ¿Quiénes son?
Capítulo 2
El globo en movimiento: una breve historia de las migraciones de todos y de todo
Capítulo 3
La migración a debate: tensiones y oportunidades
Capítulo 4
Ciudades, ciudadanía y civilización: de migrante a ciudadano
Capítulo 5
La migración humanizada: vidas e identidades móviles
Capítulo 6
¿Un futuro transformado?
Coda
Seguir caminando, cambiando
Agradecimientos
Notas
Créditos
A modo de prefacio: la doble ruptura
La migración, el movimiento de seres humanos de una a otra parte del planeta Tierra, nos enfrenta a una profunda paradoja y nos invita a reflexionar sobre la posible o imposible esencia que une a los humanos. La paradoja es que todo el mundo ocupa algún lugar, al que se siente pertenecer, y que todo el mundo viene de alguna parte, muy probablemente de un lugar muy alejado del que ocupa. El ser humano se hace a partir de un sitio concreto, con cuyos miembros se identifica y con los que construye un sentimiento de «nosotros», pero también se hace a partir de experiencias, personales o acumuladas históricamente, vividas en el movimiento. La historia nos demuestra que sin desplazamiento no existiríamos, o por lo menos no existiríamos tal como somos hoy. No habrían llegado los romanos a las islas británicas, ni serían católicos los portugueses (o musulmanes, o protestantes, o lo que quiera que sean), las lenguas bantús no se habrían esparcido por toda África, los proto-indios americanos no habrían sabido poblar las selvas amazónicas o las praderas de Nebraska, los habitantes de Senegal no irían a instalarse en las tierras regadas por el rio Segre y mezclarse con los habitantes de aldeas tan alejadas de las suyas y con nombres tan exóticos como Termens o Menarguens, etc. etc.
Tras leer el libro de Alejandro Reig y Roger Norum se me ocurre que la historia del ser humano ha consistido en una doble ruptura. La ruptura con el origen (con la madre y con el padre y con la polis que nos vio nacer) y la ruptura con aquello que, de una forma más o menos poética, hemos dado en llamar «naturaleza», o sea las leyes biológicas y físico-químicas que regulan el comportamiento de los objetos del universo, ruptura que nos torna gradualmente en animales cada vez más culturales.
La ruptura con el origen produce dos efectos distintos: por una parte, el recuerdo del lugar de las raíces, y por otra parte el re-enraizamiento en el lugar del destino. Ninguna de estas dos formas de relacionarse con lugares tiene por qué ser positiva o heroica. El recuerdo de las raíces puede ser nostálgico y bello, pero puede estar también lleno de miedo, de odio, de resentimiento, de arrepentimiento, etc. El re-enraizamiento puede ser un éxito, pero también un fracaso, y puede estar lleno de dificultades, de resistencias, de desencuentros culturales y personales. Pese a estas dificultades, poco a poco la humanidad ha ido constituyendo lugares que son una mezcla de personas enraizadas y de personas que recuerdan distantes lugares de origen, y a menudo ambas personas son la misma: personas con doble conciencia, simultáneamente enraizadas y desenraizadas, utópicas y nostálgicas. La forma como en cada lugar se afronta esta dualidad depende de muchas cosas, y este libro muestra diferentes «soluciones», o esfuerzos para encontrarlas, que se dan en diferentes contextos del mundo complejo en que vivimos hoy, y de aquellos no menos complejos que los humanos crearon en el pasado.
La ruptura con la naturaleza nos ha permitido grandes logros (entre otros comer de forma cada vez más sabrosa y con mejores modales, pasearnos vestidos en vez de desnudos, y por supuesto volar a mucha mayor velocidad que cualquier animal naturalmente dotado para ello), pero también nos ha inducido a una excesiva «regularización», a convencernos de que no basta con que lo natural tenga sus leyes (aquellas que descubrimos científicamente): hay que sobreponerle las humanas (aquellas que inventamos maquiavélicamente). Y así es como imponemos reglas para controlar, cognitiva y políticamente, el flujo de movimiento al que la propia tendencia a la ruptura, motor generador de historia humana, nos impulsa ciegamente. Hemos llegado a la perversión de pensar que el movimiento humano es anti-natural, que lo natural sería que uno se quedase en su madre comunidad, con los suyos, alimentando el grupo y siendo carne de cañón del mismo si fuera preciso, en vez de tener que estar migrando zoológicamente, como si de ñus o de golondrinas se tratara. Pero la tensión centrífuga, la fascinación por la ruptura, continúa tentando al espíritu, y las necesidades, o curiosidades, o tragedias, siguen hoy, como en el pasado, impulsando a millones de individuos a actuar, en su instinto de supervivencia o de superación de limitaciones, contra cualquier ejercicio de regularización externa. Y este libro también nos ofrece un amplio elenco de ejemplos de cómo los individuos se enfrentan, sea en el umbral de salida o en el de la llegada, a las restricciones de movilidad impuestas por los estados-nación y por la gobernación internacional.
Mucho más que un texto introductorio a un tema que nos ha acompañado siempre pero que ha cobrado un protagonismo muy agudo en los últimos veinte años, este texto constituye un ensayo que invita la constante reflexión y replanteamientos. Una experiencia ampliamente informativa y profundamente estimulante. ¡Feliz lectura!
Ramon Sarró Maluquer Universidad de Oxford. Reino Unido
Preludio
Mapa de un paisaje que se mueve
«The Times They Are a Changin’».
BOB DYLAN, 1964
El mundo de hoy no está quieto. Dondequiera que se mire, las cosas están cambiando rápidamente, y el ritmo de este cambio parece estar incrementándose sin cesar. La tecnología, la educación, la salud, los hábitos alimenticios, el vestido: pocas cosas en la vida son lo que eran hace solo algunos años. El ambiente, por su parte, está en un proceso de transformación de grandes alcances; que suele sintetizarse en uno de los eslóganes característicos de nuestro tiempo: «cambio climático». Modelos de empleo obsoletos van desapareciendo rápidamente. El tipo de comida que comemos es diferente, y también cómo la comemos. Nuevas formas de educación, como la «desescolarización» o el «educar en el mundo» están creciendo exponencialmente. Los emprendimientos colaborativos y la inteligencia de grupo están alterando los viejos modelos de poder, mientras avanzamos hacia un mundo con economías compartidas y comunidades de colaboración fuertemente conectadas. En algunos lugares, compartir se ha vuelto incluso más deseable que poseer: ahora nos quedamos en la casa de otra gente, compartimos nuestros automóviles, nuestros conocimientos, nuestras destrezas.
El cambio en cómo pensamos, en cómo actuamos, y en quiénes somos se ha convertido en un hecho de la vida cotidiana para miles de millones de personas en todo el planeta.
Lo mismo ocurre con el tema de este libro. El mundo de migración se define por ideas y experiencias de cambio. Incluso en el corto tiempo en el cual escribimos este libro, el discurso sobre la migración, sus procesos y sus prácticas han cambiado de forma perceptible. En pocos años han cambiado las políticas migratorias, han surgido nuevas rutas de migración y nuevos migrantes. La migración es, por supuesto en sí misma un acto de cambio, de movimiento, de renovación, de creación. Pero el hecho de que los acontecimientos y los números que definen a la migración continúen cambiando contribuyen a que este mundo dinámico sea cada vez más difícil de predecir.
Desde los esfuerzos de las autoridades europeas por manejar la así llamada «crisis» migratoria surgida en 2015, epicentro y punto de partida del análisis y la reflexión que dan forma a este libro, las cosas han seguido moviéndose en distintos puntos del planeta de formas difíciles de prever. Y una de las cosas que llama la atención, y alerta sobre el dinamismo de nuestro mundo, es la forma que toman algunos de estos cambios. A diferencia de otros anteriores, estos últimos no han sido ni graduales ni parciales, sino que en cuestión de pocos años y hasta pocos meses ciertas visiones dominantes —o al menos muy influyentes— sobre temas fundamentales han dado un giro de 180 grados. Alrededor del mundo siguen desarrollándose acontecimientos y nuevas crisis que impiden olvidar que la migración es un fenómeno omnipresente que demanda atención, debate y estrategias de gestión.
Empezando por Europa, los esfuerzos de una dirigencia liberal e ilustrada por ordenar la migración con una política de apertura chocaron con resistencias poderosas. Las visiones de estos líderes, reconociendo la necesidad de recibir a los migrantes no solo por razones humanitarias y de derechos humanos sino también por razones prácticas, azuzaron los miedos de buena parte de la población, estimulados por la derecha y parte de la izquierda populistas en muchos lugares de Europa. Como resultado, el discurso anti-migratorio ha incrementado su fuerza en muchos países. Esto ha hecho crecer movimientos políticos de extrema derecha (uno de los más recientes en España), que hacen sintonía con movimientos que están surgiendo en Hungría, en Alemania, en Inglaterra, en los países escandinavos (entre otros), y que tienen entre sus mensajes fundamentales enfrentar a la migración. Aunque en 2019 todavía no se haya materializado la así llamada «Europa fortaleza»[1], las dirigencias europeas han pasado de un modelo de apertura a un consenso restrictivo de la migración, o al menos a una regulación mucho más estricta, en contra de las políticas que estos mismos dirigentes quisieron implementar inicialmente. Y este cambio, que quizá pueda considerarse un giro estratégico, ha tenido lugar en cuestión de pocos años. El mayor control fronterizo no ha hecho desaparecer el drama de los refugiados en el Mediterráneo. Este mar interior se ha convertido en la frontera más letal del globo, y solo entre enero y mayo del 2019 el número de migrantes ahogados en sus aguas pasaba de 500[2].
Del otro lado del Atlántico, lo que parecía una amenaza de ruptura del diálogo global existente sobre los temas migratorios se ha convertido, con el gobierno populista conservador de Donald Trump, en una realidad que afecta a todos los hemisferios. Aquellas amenazas de su campaña parecían difíciles de creer, pero efectivamente el presidente de Estados Unidos se ha enfrentado a todo el establishment político de su país en su esfuerzo por construir un muro para impedir físicamente la migración desde Centroamérica y México. En este clima de rechazo generado por el poder ejecutivo, la respuesta de los guardias fronterizos a las «caravanas» de migrantes a pie caminando desde América Central hasta la frontera ha llegado a situaciones inimaginables, como la separación de niños de sus madres y padres, apresados y puestos en jaulas tras entrar en el país. Este presidente puso al revés la mitología de origen estadounidense que nos habla de un país construido por inmigrantes de todo el mundo, consolidados en un productivo crisol de razas, y esta inversión de los discursos fundadores se ha apoyado en «noticias falsas» y mentiras con impacto emotivo para dar forma a la opinión pública[3]. El muro de Trump es también una operación de comunicación, y en su discurso son más las condenas, bloqueos y muros metafóricos que los que podría ser capaz de llevar a cabo. Pero esta agitación discursiva populista de la que Trump ha sido uno de los voceros globales es un signo de los tiempos que no puede desdeñarse. Así como la imagen fundadora de este país supone, por el contrario, un portal abierto y no un muro, Estados Unidos es una prueba viviente de que la migración funciona como un fenómeno productivo y enriquecedor en términos económicos, sociales y culturales. Pero sus hermosos ideales liberales de apertura, convivencia e integración enaltecedora de las diferencias han sido vendidos a la baja, y sustituidos por estafas comunicacionales, que, de manera preocupante, son aceptadas por muchos. Este mismo proceso de construcción de una falsa conciencia, sustituyendo los ideales de la verdad por lo que se ha llamado la «post verdad», y los hechos por una realidad «post factual», le ha funcionado con éxito a los populistas italianos, polacos, austríacos y finlandeses, y a los promotores de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que han sumado adeptos a sus mensajes y han logrado éxitos políticos. La reacción a este último proceso, tanto de la sociedad como del establishment político, han develado que los argumentos que llevaron al referéndum por parte de los propulsores del Brexit eran falsos, cosa que incluso algunos de sus líderes reconocieron casi de inmediato[4]. Por una parte, la discusión parlamentaria y la creciente oposición social al proceso de salida pusieron sobre la mesa todos estos argumentos engañosos. Pero, por otra parte, en el proceso de negociación de un acuerdo consensuado entre las facciones políticas se blindó el estatus legal de los europeos residentes en el Reino Unido, con lo cual, incluso al concretarse la salida, su promesa fundamental de «mantener a Gran Bretaña británica», se ha hecho imposible de cumplir[5].
Así como ocurren estas cosas en Europa y Estados Unidos, en Sudamérica ha tenido lugar uno de los fenómenos de migración masiva más dramáticos de la historia del continente. Se trata del éxodo de millones de venezolanos[6] que huyen de una crisis económica, sanitaria y alimentaria nunca vista en este país y en la región. La mayoría de estos han salido caminando de Venezuela por la frontera occidental hacia Colombia, y otros por la frontera sur hacia Brasil, alcanzando sitios tan lejanos como Perú, Ecuador, y finamente Argentina y Chile, y muchos de ellos han obtenido estatus de refugiados. Las reacciones a este fenómeno migratorio van desde solidaridades conmovedoras de los locales hasta variadas reacciones xenófobas, y mientras los gobiernos han sido mayoritariamente receptivos, algunos también han variado sus posturas hacia otras más restrictivas. El gobierno de Argentina, país que también se construyó con un aporte migratorio inmenso, simplificó los trámites para la documentación y reconocimiento de los títulos educativos de los que llegan de Venezuela. El gobierno de Ecuador recibió de brazos abiertos a los refugiados venezolanos desde el comienzo de la crisis, pero luego comenzó a obstaculizar su llegada, solicitando documentos, como certificados de antecedentes penales, que los viajeros no podían proporcionar por las dificultades para obtenerlos en el lugar de origen (sin ir más lejos, obtener un pasaporte puede ser una tarea titánica en Venezuela). Dados sus grandes números y su llegada en períodos cortos de tiempo, se han producido dificultades en la acogida de los refugiados, especialmente en Colombia, Brasil y Ecuador. Pero, aunque las situaciones locales son variables, la inserción de estos recién llegados en sus destinos finales augura a mediano y largo plazo que podrán llenar vacíos en la demanda laboral, y seguramente generar un enriquecimiento de capacidades profesionales, así como de manifestaciones culturales.
Por su parte, en el sudeste asiático la crisis de refugiados Rohingya en la frontera entre Myanmar y Bangladesh en 2017 y 2018 ha abierto otro escenario donde los aspectos más inhumanos de la migración se hacen patentes. Esta minoría étnica está formada por descendientes de migrantes musulmanes llegados en la Edad Media a lo que es hoy la provincia norteña de Rakhine en Myammar, antigua Birmania, país de mayoría budista. Durante décadas el gobierno dictatorial los sometió a condiciones de discriminación negándoles la ciudadanía y categorizándolos como migrantes bangladesís. En estos últimos años el ejército ha desarrollado lo que la ONU ha descrito como «un caso de manual de limpieza étnica»: con el argumento de enfrentarse a grupos armados Rohingya, han quemado los poblados en la frontera, han asesinado a sus habitantes y han obligado a los sobrevivientes a cruzar la frontera y refugiarse en Bangladesh. Lo que ha captado la atención del mundo y los medios globales es que todo esto ha estado pasando con el apoyo de la actual líder de facto del país, Premio Nobel de la Paz y luchadora durante décadas por el retorno de la democracia en su país. Aung San Suu Kyi ha dado por buena la versión del ejército del conflicto y reproducido estos argumentos de discriminación étnica[7]. «¿Cómo es esto posible?» es una pregunta ineludible ante estos hechos. Pero el mismo hecho de tener que formularla muestra que entender y solucionar una crisis migratoria no se resuelve definiendo los campos del bien contra el mal, o diferenciando entre lo legal y lo ilegal, sino que entraña diversas consideraciones en varios frentes, y que en último término, siempre exige compromisos y concesiones, así como un diálogo entre distintos grupos sociales.
Para que este diálogo imprescindible pueda tener lugar en los diferentes rincones y fronteras del mundo donde se desarrollan conflictos y discusiones semejantes a estas, hace falta entender las distintas dimensiones de este tema de importancia global. Esto requiere un mapa básico para tener una vista panorámica y global sobre los conceptos, los hechos, los debates y las preguntas principales sobre la migración, y para orientarse por su compleja topografía. Este libro busca contribuir a esta cartografía del tema, sobrevolando los cambios incidentales que las circunstancias generan en distintos lugares del paisaje global, y poniendo al alcance del lector algunas pautas para entender sus regularidades. ¡Bienvenidos al viaje!
Introducción
La migración en nuestros días
La gente se mueve. Se desplaza de un lugar del planeta a otro, muy cerca o muy lejos, atraviesa océanos sin saber cuándo volverá, se traslada dentro de su propio país, o bien cruza una frontera por la mañana para trabajar y volver de noche a su hogar. Grandes contingentes de personas, en aluviones repentinos o en goteos esparcidos en el tiempo, abandonan sus lugares de origen por otras regiones, países o continentes, buscando labrarse un futuro en sitios a veces muy distintos de aquellos donde nacieron.
Hombres, mujeres y niños —y hasta niños solos—, se trasladan en pequeños o grandes grupos, personas solas o familias enteras, por temporadas de trabajo, por períodos definidos o de por vida, por su propia voluntad o expulsados de su tierra a causa de la guerra, el hambre, la persecución o la pobreza. Estos movimientos transportan personas, fuerza de trabajo, dinero, costumbres, ideas, productos y creencias de uno a otro rincón del planeta, y esta circulación contribuye a alimentar y mantener las economías y sociedades del mundo, y también a transformarlas, a través de interacciones cuya naturaleza puede ser difícil precisar.
El ciudadano medio de casi cualquier rincón del mundo contemporáneo percibe que, como resultado de estos movimientos, vive inmerso en una transformación continua de su entorno humano, ya sea este una ciudad grande o pequeña, un pueblo o una aldea rural. Los lugares donde vivimos han dejado de ser paisajes humanos homogéneos, y se muestran como mosaicos de costumbres, música, colores de piel, vestidos y lenguajes de distintos orígenes. Jóvenes urbanos de aquellas ciudades que reciben personas de otros sitios oyen que sus mayores cuentan que antes era distinto, que no había tantos extranjeros en la calle, o que solo algunos venían de visita, o se quedaban por temporadas de trabajo. Viejos campesinos ven cómo las casas de sus pueblos que han quedado desiertos son compradas por pensionados pudientes de otras latitudes que, a su vez, han dejado sus propias viviendas en sus países natales. También recuerdan que antes los jóvenes encontraban pareja en el pueblo, mientras que ahora ya no hay jóvenes en muchos kilómetros a la redonda.
¿Cuándo empezamos a movernos? ¿Por qué lo hacíamos antes? ¿Por qué razones lo hacemos ahora? ¿Es la migración algo bueno o malo para nosotros, para nuestra familia, nuestra comunidad y nuestro país? ¿Acaso acabará alguna vez? ¿Debemos apoyarla u oponernos a ella? Estas son preguntas importantes y que merecen respuestas confiables, y su búsqueda puede ser una forma de darle sentido al complejo y cambiante mundo en el que vivimos. Nos llevará a desplegar el abanico de temas que la migración contemporánea concentra y a reconocer sus diferentes estratos (políticos, económicos, sociales, culturales, familiares), y al hacerlo quizá podamos entender mejor a la gente que se ve implicada en ellos, de uno y otro lado.
Este libro es un viaje de exploración por las características de los movimientos de personas a lo largo y ancho del globo, tanto en el presente como a través de la historia. Intenta dar suficientes datos y explicaciones para entender que estos movimientos configuran uno de los fenómenos sociales y políticos más antiguos y decisivos de la humanidad. Y hacerlo de manera equilibrada y completa es hoy una labor apremiante, porque, como ocurre con casi todos los temas políticos, económicos y ambientales claves del mundo contemporáneo, se suele hablar de la migración desde posiciones sesgadas y parciales, determinadas por el punto de vista del grupo de interés que opina. Así, una visión muy difundida de la migración la define como un problema inédito que debe ser resuelto por los países de Europa central o de América del Norte, que se ven invadidos por inmigrantes pobres de África, Asia, Europa oriental o América Latina, que sobrecargan sus sistemas de seguridad social, compiten por escasos puestos de trabajo y crean todo tipo de problemas de convivencia. Sin analizar más en detalle este argumento habitual, se debe notar que es este un punto de vista parcial, que carece de la suficiente información sobre el presente y el pasado: no tiene en cuenta, por ejemplo, que también muchos europeos jóvenes emigran hoy hacia aquellos destinos a buscar trabajo o estudiar, debido a las fluctuaciones económicas de Europa o a los altos costos de la educación superior; que los países de África, Asia y del Oriente Medio reciben contingentes de refugiados mucho mayores que los países europeos; que en el último siglo y medio millones de europeos pobres migraron a América porque sufrían hambre y estancamiento en sus propios países, y que desarrollaron proyectos de vida en el nuevo mundo; y que puede decirse que la riqueza del continente europeo se debe en parte a su etapa imperial de explotación de las riquezas y la mano de obra de estos continentes. A su vez, esta visión deformada desde los centros de poder y la opinión pública occidental pierde de vista que la emigración se vive alrededor del globo de formas particulares —y a veces configura respuestas muy semejantes— entre los países del Sudeste asiático, las regiones de China —escenario de las mayores migraciones en el presente—, entre Oceanía y África, dentro de América Latina, en Oriente Medio o al interior de muchas naciones africanas[8].
Un primer paso necesario será reconocer y sistematizar las distintas formas de movimientos de personas, sus distintos sentidos, funciones, causas y temporalidades, que conforman el panorama de la migración en el mundo contemporáneo. Para ello, se hace necesario constatar que la movilidad humana ha sido fundamental para nuestra especie desde tiempos muy remotos, aunque los especialistas todavía discutan cuándo y cómo se dieron las primeras migraciones.
El «Homo sapiens» nació en las sabanas del noreste africano hace unos 150.000 o 200.000 años, recogiendo el último desarrollo evolutivo de sus antepasados homínidos, consistente en una forma de locomoción bípeda —el caminar— que lo diferenciaba y le permitía compensar sus debilidades de velocidad o fuerza frente a sus presas con la capacidad para perseguirlas colectivamente a través de largas distancias. Varios milenios después, los primeros grupos de cazadores-recolectores humanos migraron fuera del continente africano y se expandieron, descubriendo nuevas regiones que hoy conocemos como Europa, Asia, Oceanía y América. Nuestros antepasados construyeron distintas formas de vida en diversos lugares, domesticaron a otras especies animales y vegetales, desarrollaron creencias, lenguas y formas artísticas, diversificándose, multiplicándose y fortaleciéndose a lo largo de innumerables y prolongados viajes a distintos destinos.
Recorrer la historia de estos desarrollos civilizatorios humanos encauzados en grandes migraciones es fascinante, y revisar las oleadas migratorias a lo largo de la historia desde la antigüedad puede resultar muy ilustrativo para entender el presente.
La migración tal como es entendida hoy es una práctica que ha estado entre nosotros desde el siglo XVI, y se afianzó con la revolución industrial y la sociedad de consumo. Las empresas coloniales e imperiales y el crecimiento del Estado nación contribuyeron a darle forma a las estructuras que sostuvieron el desarrollo, apoyándose durante largo tiempo en la migración forzada. Esto hizo posible el movimiento mercantil y militar entre posesiones coloniales en la edad moderna, y luego en la edad contemporánea. La era de la industrialización (1850-1950) y la llamada «edad de la migración en masa» (1850-1914) estuvieron inexorablemente vinculadas entre sí: la revolución industrial provocó la aparición de nuevas trayectorias migratorias, y millones de personas que continuaron migrando apoyaron la industrialización prolongada. El surgimiento de la era industrial durante la segunda mitad el siglo XIX revolucionó la vida y los patrones de trabajo para millones de personas a lo largo de Europa y Norteamérica. La influencia disruptiva de las fábricas, los ferrocarriles y las economías de escala cambiaron tanto la naturaleza de la oportunidad como el lugar donde esta podría surgir. Millones de personas fueron desarraigadas de sus formas de vida tradicionales y sus hogares, y se pusieron en marcha por diferentes caminos en la búsqueda de mejores oportunidades, o para escapar a una vida que se había vuelto intolerable.
Durante las últimas décadas, la migración se ha expandido enormemente en términos de distancia debido al crecimiento de los flujos de trabajo transfronterizos globales, así como a los conflictos y la violencia internacional y doméstica, y al desplazamiento de personas a consecuencia de estas[9]. Sin embargo, un aspecto interesante que surge al poner en perspectiva histórica la migración es que con frecuencia ha habido contramigraciones (no solo de personas sino también de cosas, ideas, dinero) en direcciones opuestas. Por ejemplo, las nuevas trayectorias establecidas durante la época colonial determinaron un flujo de movilidad en varias direcciones. El colonialismo europeo movilizó al otro lado del océano a más de 60 millones de europeos, que emigraron como personal administrativo o militar; muchos exploradores y viajeros se aventuraron a lo largo y ancho del globo por períodos cortos o largos, transportando de regreso conocimientos, experiencias y mapas; mercaderes y comerciantes llevaron bienes, capital y prácticas de comercio de los centros de poder colonial a los rincones más recónditos de los imperios. En la dirección opuesta, millones de asiáticos y africanos, así como un menor número de amerindios, viajaron a Europa inicialmente como esclavos y luego como trabajadores contratados y soldados en los ejércitos europeos en distintas guerras; y trajeron consigo formas de vida y de pensamiento, así como prácticas religiosas, novedosas para los europeos. Más tarde, las olas de descolonización del último tercio del siglo XX animaron a millones de personas de las antiguas colonias a migrar a Europa[10].
La movilidad humana en el presente ofrece un panorama mucho más diverso que en el pasado, y su motivación fundamental parece haberse independizado de la mera búsqueda de opciones de supervivencia colectivas. La migración tiene lugar a escalas diferentes y entre geografías muy distintas: entre continentes, entre regiones, entre países, entre ciudades, entre pueblos y ciudades, etc. Hoy, como antes, las personas se mueven para buscar trabajo y alternativas económicas; pero también para estudiar, cambiar de estilo de vida, perseguir sueños, encontrar parejas, para disfrutar de otros paisajes, comidas y culturas, porque distintos países requieren sus servicios profesionales, porque sus empleadores los destinan temporalmente a nuevas latitudes; o quizá incluso para hacer la vida un poco más interesante o feliz[11]. Otras motivaciones como escapar de la guerra o la persecución política o religiosa, se han mantenido constantes a lo largo de la historia. En los últimos años una de las formas dominantes de movimiento humano ha sido la que ocurre entre áreas rurales y urbanas de un mismo país, y no entre países. El abandono del campo por parte de gente que busca mejores oportunidades económicas y sociales ha cambiado el paisaje de muchas ciudades del mundo, y a su vez ha reconfigurado los espacios rurales.
Diferentes tipos de migrantes encarnan estos diferentes tipos de migraciones. Unos llegan al destino elegido para pasar allí el resto de su vida; otros se quedan por un corto período de tiempo —un mes, un año— antes de volver a casa; hay quien elige ir y volver regularmente de un hogar a otro. Muchos nunca llegan a su destino, e incluso algunos pierden la vida trágicamente tratando de llegar al nuevo puerto. Es evidente que los humanos siempre nos hemos movido. Pero, si la movilidad humana no es nada nuevo, ¿por qué, y desde cuándo, se ha transformado en un «problema» dentro de muchas sociedades? Más adelante veremos que los así llamados «problemas de la migración» tienen poco que ver con la gente misma, y mucho más con los sistemas, estructuras y regímenes políticos de los que estas personas forman parte. Pero también responden a la ignorancia y la resistencia a aceptar a personas distintas, al temor a un deterioro económico y al miedo al cambio.
Para mucha gente la migración es uno de los problemas más importantes de la sociedad contemporánea. Pero ¿por qué se ve como un problema? ¿Cuáles son realmente «problemas» inherentes a la migración, y cuáles pueden asociarse con otros factores externos? Nuestro mundo cambiante y cada vez más interconectado ha experimentado un incremento de la migración; y en su veloz esfera de comunicaciones se multiplican respuestas, diagnósticos, reacciones y condenas en un concierto desafinado. La inmigración de países pobres a países ricos sigue siendo todavía definida por muchas personas de orientación conservadora como algo «dañino y disfuncional» que debe ser rectificado con cambios de políticas y con un control restrictivo de las fronteras. Por su parte, para aquellos que tienen una actitud más liberal hacia la migración, las dificultades que la propulsan constituyen una razón para luchar por la erradicación de la violencia, la pobreza, la falta de educación o recursos, entre otras causas de raíz que llevan a la gente a abandonar sus hogares[12]. Estos dos bandos y campos de discurso, y también algunas posiciones intermedias, parecen sobrecargar a la migración y a los migrantes con responsabilidades que hacen difícil precisar sus contornos concretos y entender su verdadera textura humana. Han existido razones sociopolíticas muy específicas para oponer una «buena» migración a una «mala» migración. Como ha dicho el académico Stephen Castles, refiriéndose a los años anteriores a la crisis financiera del 2008: «Se consideraba valioso el reclutamiento internacional de personas altamente cualificadas, mientras que a los trabajadores de baja calificación se les veía fuera de lugar en las flamantes economías posindustriales. Los movimientos de los trabajadores muy capacitados eran celebrados como movilidad profesional, mientras que aquellos de los poco capacitados eran condenados como migración no deseada. La movilidad se asociaba con lo bueno, porque era la insignia de una sociedad moderna y abierta; la migración se hacía corresponder con lo malo porque hacía despertar recuerdos arcaicos de invasión y desplazamiento»[13].
Sin duda, que se considere o no la migración como «problema» tiene mucho que ver con la propia perspectiva. Si uno es un sirio que no encuentra trabajo y además con temor a perder la vida en el conflicto armado, puede muy bien decidir dejar su país para asegurar su supervivencia y la de su familia buscando una mejor oportunidad en algún otro lugar. Por lo tanto, puede ver la migración como algo positivo, saludable y equitativo, que ofrece oportunidades a gente necesitada. Si, por otra parte, uno es un desempleado español y ve cómo los extranjeros llegan a su región buscando trabajo o una mejor vida, puede percibir la migración como amenazante, peligrosa, injusta o egoísta. Estos puntos de vista se producen en un contexto determinado por un conjunto de factores ajenos a los individuos implicados en la migración, sean estos migrantes o residentes de los lugares que los reciben: la disparidad de desarrollo y riqueza a lo largo y ancho del planeta; la crisis global de empleo; la segmentación del mercado laboral, las revoluciones en la comunicación y el transporte (y la brecha digital). La perspectiva vendrá determinada por la posición que cada cual adopte en su pedazo del mundo circunscrito por estas variables: empujado por sus crisis, detenido por ellas, a la espera de algo mejor, con nuevos horizontes o sin ellos. En este libro nos proponemos producir una apertura de esta perspectiva, valorar el punto de vista de los otros, recuperar la complejidad del tema y proponer una visión abarcadora para entenderlo. Es por ello que hemos optado por el uso de migrante y migración por encima de emigrante, inmigrante, emigración e inmigración, ya que los prefijos in- y e- obedecen a perspectivas particulares. Pero ya sea que una persona esté emigrando o inmigrando, y sin importar de qué lado de la frontera se esté, es evidente que la migración es uno de los fenómenos que definen al mundo de hoy, y que alcanza, de una u otra manera, a todos sus habitantes.
Capítulo 1
Nota para el lector: La abreviatura a. p., «antes del presente» se utiliza cuando las fuentes referidas en el texto fechan un acontecimiento con en este estándar, el del método de datación radiocarbónica —usado en arqueología, geología y paleontología, y que establece el año 1950 como el «presente» o punto cero de esta escala—. Se mantiene asimismo el uso de las abreviaturas a. C. y d. C., «antes de Cristo» y «después de Cristo», respectivamente, siguiendo la convención habitual para las fechas históricas.
Migración, migrantes:
¿Qué es? ¿Quiénes son?
¿Qué es exactamente la migración? Si se consideran todos los movimientos, las personas y las políticas involucradas en los procesos de migración, se verá que no se trata de una pregunta fácil de responder. Para entender mejor su complejidad, y eventualmente darle una respuesta, se puede empezar por formular otra pregunta: ¿quién es migrante?
¿Acaso no se llama migrante a alguien que vive en un país diferente de aquel donde ha nacido? Sí, esta es una definición del término, pero lo que está en juego es mucho más que esto. Los migrantes aparecen con diversas formas, frecuencias y magnitudes, así como en diferentes tiempos. Se quedan por períodos más o menos largos, y se integran en distintos grados en sus nuevos hogares y vecindarios.
¿Qué vemos si miramos a nuestro alrededor? Esa mujer que habla por teléfono con acento extraño, ¿es una migrante? Aquel hombre más allá, con la piel ligeramente más oscura o clara que la nuestra, ¿es acaso un migrante? ¿Cómo podemos saberlo? ¿Eres tú mismo un migrante? ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en tu ciudad de residencia? ¿Tus abuelos llegaron de otro lugar? ¿De otra ciudad, otra región, otro país o continente? ¿Cómo te ves a ti mismo aquí, en el lugar donde vives ahora? ¿Como un migrante, un ciudadano, un residente, un trabajador temporal, un exilado o expatriado, acaso como un visitante?
«Todos somos migrantes»: esta idea tantas veces formulada no es incorrecta. Prácticamente todas las naciones y territorios del mundo han sido poblados por personas que llegaron de otros lugares, a lo largo de distintos períodos históricos. Esto hace que la pregunta sobre quién es migrante no pueda responderse con facilidad de forma concluyente, sino introduciendo consideraciones históricas, y habitualmente quien habla de migración suele pasarlas por alto. Pero, si restringimos la amplitud de nuestra mirada para ver un período más reciente, o solo nos enfocamos en el presente, surgirán otras dificultades para definir a los migrantes, su situación y su número. Si es difícil precisar quién puede ser considerado migrante, no será fácil estimar el número de estos, dado que las estadísticas precisas con frecuencia se nos escapan. La dificultad para determinar el número de personas que están en movimiento en un momento dado proviene en parte del hecho de que muchas de ellas hoy en día van y vienen de sus países de origen continuamente (por ejemplo, trabajadores estacionales rurales o de la construcción, comerciantes, profesionales itinerantes, viajeros de negocios, estudiantes, jubilados con doble residencia, personas que visitan a familiares durante períodos largos, gente de vacaciones, etc.). Si esta movilidad contemporánea está tan extendida, ¿durante cuánto tiempo tiene uno que estar lejos de su país de origen para convertirse en un migrante?
Hay, además, otra serie de preguntas sobre las cuales es importante reflexionar para poder apreciar las complejidades sutiles y continuidades de la migración: ¿cuándo deja un migrante de serlo? ¿Es suficiente con que una persona haya nacido en un país para no ser considerado un migrante de ese país? Si los padres han migrado a cierto país, ¿cómo es percibido y qué condición tiene el hijo de estos nacido en la nueva tierra? Respecto a la mujer que hablaba por teléfono en el ejemplo anterior: si llegara a vivir en la misma ciudad otros tres años más, u otros siete u otros quince años, ¿dejaría de ser una migrante en algún momento? ¿Se convertiría en visitante, en residente, en alguien «quedado», en una transeúnte de estadía prolongada, o en una ciudadana? ¿Una persona sigue siendo migrante al obtener un nuevo pasaporte? ¿Acaso el cambio definitivo de su estatus ocurre cuando obtiene la ciudadanía en su nuevo hogar? ¿O, por el contrario, una vez que alguien es migrante, sigue siéndolo para siempre? Si eventualmente abandona su nuevo país y vuelve al primero, ¿se producirá un cambio en su situación como migrante? ¿Quién está autorizado a decidir cuándo se convierte una persona en un migrante o deja de serlo? ¿La gente que la rodea en su comunidad? ¿El gobierno de su lugar de origen? ¿La policía en su nuevo país? ¿Ella misma?
La identidad de una persona es una faceta compleja de la existencia humana, y decidir dónde y cuándo comienza y termina la de un migrante resulta mucho más difícil de determinar. Tan difícil como esto es establecer quién lo decide. Una respuesta rápida y sencilla sería decir que son las normas de cada país las que definen la identidad: las leyes establecen el estatus legal de las personas, su identidad jurídica y sus derechos y deberes. Pero más adelante se verá que las leyes son contradictorias con las propias prácticas de los Estados y con los órdenes económicos y sociales, que distintos grupos dentro de la sociedad pueden interpretar estas preguntas y sus respuestas de formas distintas, y que estas diferencias pueden tener poderosos efectos prácticos.
El hecho de que la migración sea algo tan difícil de definir responde, en buena medida, a que existen muchas categorías de personas en movimiento entre territorios, o establecidas en ellos por más o menos tiempo. Pero también obedece al hecho de que estas categorías son en sí mismas fluidas y cambiantes. Esto hace que la pregunta ¿qué es un migrante?, o más bien, ¿quién puede considerarse migrante? sea tan difícil de responder, y que la respuesta no pueda hallarse simplemente constatando si alguien tiene un acento distinto al de sus vecinos o verificando el color de su pasaporte. La migración entraña muchos más aspectos que el movimiento de personas de un lugar a otro. Se trata de un fenómeno social en cuyo tejido se entrelazan la política, la cultura, la asimilación, la discriminación, las desigualdades sociales globales y las identidades individuales y colectivas. Esta naturaleza multifacética es una de las razones por las que la migración se ha convertido en un tema tan discutido, disputado, importante y sensible en el presente: abarca muchos aspectos diferentes de nuestra vida social y cultural, muchos de los cuales, además, están cambiando rápidamente.
Glosario mínimo para transitar el tema de la migración
Migración: Desplazamiento de personas o grupos de población de una a otra región, con el consiguiente cambio de residencia habitual, así como el fenómeno social caracterizado por este tipo de acontecimientos. Hace referencia al establecimiento de la residencia principal, de carácter privado de la persona, y excluye desplazamientos cotidianos o periódicos vinculados al ejercicio de una profesión con estadías cortas, de carácter turístico, etc.
Migrante: Toda persona que migra; es decir, aquel que emigra (sale de su país, ciudad o pueblo para establecerse en otro) o que inmigra (llega a un nuevo lugar para establecerse en él). Esta es una definición abarcadora e independiente del punto de vista geográfico (lugar de partida o de llegada), que incluye tanto a emigrantes como a inmigrantes. Para algunos especialistas, es preferible usar las formas emigrante e inmigrante porque son más específicas que migrante.
Emigración: Acto o proceso de dejar un país o región para mudarse a otro, para establecerse en un lugar diferente al de origen o residencia previa. Movimiento de población que consiste en la salida de personas de su lugar de residencia hacia un país o región diferente para establecerse en él de forma temporal o definitiva.
Inmigración: Proceso de mudarse a un nuevo país, región o localidad. Movimiento que supone la llegada de un individuo o grupo a un sitio distinto del originario, para establecerse allí.
Emigrante: Persona que abandona un país, región o localidad con el propósito de establecerse en otra.
Inmigrante: Persona que llega a una localidad desde otra para establecer en ella su nueva residencia.
Migración interna: Proceso de mudarse a una nueva residencia dentro de un mismo estado, país o territorio. Denota los movimientos migratorios que se realizan dentro de un mismo ámbito administrativo, y permite analizar los cambios en la distribución territorial de un país o región.
Migración externa: Proceso de moverse a un nuevo hogar en un estado, país o continente diferentes.
Transferencia de población: Tipo de desplazamiento que tiene lugar cuando un gobierno obliga a un grupo grande de personas, generalmente definido por su etnicidad o religión, a abandonar una región. También llamada migración involuntaria o migración forzada.
Migración impulsada: Tipo de movimiento que se produce cuando los individuos no son forzados a irse de su país, pero se van debido a situaciones desfavorables (como la guerra, problemas políticos o persecución religiosa). También llamada migración impuesta.
Migración escalonada: Serie de migraciones más cortas y generalmente sucesivas, desde el lugar de origen de una persona hasta su destino final; por ejemplo, moverse de una granja a un pequeño pueblo, y sucesivamente, a uno más grande, a una ciudad, a una gran ciudad y, finalmente, de ahí a otro país.
Migración en cadena: Serie de migraciones que se producen de forma escalonada en el seno de una familia o grupo de gente. Una migración en cadena generalmente empieza con un miembro de la familia que logra acumular suficiente dinero como para llevar a otros miembros de la familia a su nuevo paradero. La migración encadenada resulta en «campos de migración»: la agrupación de personas relacionadas provenientes de una región específica dentro de ciertos vecindarios o pueblos pequeños en el nuevo sitio.
Migración de retorno: Movimiento voluntario de los inmigrantes que regresan a su país de origen. También conocida como migración circular.
Migración estacional: Migración de periodicidad anual (o semestral o trimestral), motivada generalmente por las condiciones del empleo de la persona. Generalmente no va acompañada de un cambio de residencia principal de la persona.
Refugiado: Una persona que reside fuera de su país de origen debido a temores bien fundados de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, opinión política o por pertenencia a un grupo social determinado, que no puede o no quiere regresar a aquel y necesita acogerse a la protección de otro país.
Solicitante de asilo: Persona que solicita el reconocimiento de la condición de refugiado (el derecho de residir fuera de su país de origen por razones humanitarias), y cuya solicitud todavía no ha sido evaluada en forma definitiva. El asilo es la protección y el amparo otorgados por un Estado a personas perseguidas por distintos motivos, generalmente políticos.
Exilado: Persona que se ha visto obligada a abandonar su lugar o país de origen, generalmente por razones políticas, y refugiarse en otro sitio. El exilio es la situación en la que vive un individuo que se encuentra lejos de su lugar de origen debido a la expatriación, voluntaria o forzada, mientras alguna circunstancia, generalmente política, le impide regresar por amenazas de prisión o muerte.
Persona desplazada internamente (PDI): Persona forzada a abandonar la región donde reside por condiciones desfavorables (políticas, sociales, ambientales, etc.), pero que no cruza ninguna frontera geopolítica.
Expatriado: Estrictamente hablando, persona que reside de forma temporal o permanente en un país diferente al de su país de nacimiento. Se usaba originalmente para hablar de los exiliados, y luego de los gerentes, trabajadores administrativos o manuales enviados por sus empresas al exterior. Actualmente suele usarse para designar a personas de clase media o alta que viven en un país diferente al de su origen, distinguiéndolas así de los de clase trabajadora, llamados inmigrantes o mano de obra extranjera.
Migración neta: Diferencia entre el número de entradas por migración y de salidas por el mismo motivo. También llamada saldo migratorio.
Remesa: Envío de dinero, con cierta periodicidad, por parte de un inmigrante desde el país al cual ha emigrado a su familia o comunidad en su país de origen.
Tipos de migración
En términos generales existen varios tipos o categorías de migración, y, por lo tanto, de personas migrantes, aunque estos límites no son fijos y no siempre son mutuamente excluyentes. Se trata de procesos dinámicos, diversos y cambiantes, en ocasiones difíciles de medir, y que pueden desafiar la sistematización.
A finales del siglo XIX, el geógrafo angloalemán E. G. Ravenstein publicó tres artículos que sentaron las bases para el desarrollo de buena parte de las investigaciones posteriores sobre migración[14]. Ravenstein formuló una serie de principios que, aunque no conservan del todo su validez en la actualidad, coinciden con aspectos claves analizados por los estudios contemporáneos de la migración. Su trabajo sacó a la luz que la mayoría de las migraciones producidas hasta finales del siglo XIX se llevaban a cabo desde contextos rurales a urbanos, y que la mayoría de los migrantes solo recorrían una corta distancia (algo que todavía puede verse en la actualidad). También hizo otra observación interesante: que la mayoría de los migrantes internacionales eran hombres jóvenes, mientras que la mayoría de los migrantes internos, mujeres. Aunque hoy esto continúa siendo así en buena medida, cada vez más mujeres migran, y estas se han convertido en una fuerza prominente en los movimientos migratorios internacionales. Observó también que existía un proceso de absorción, por el cual las personas que circundan una población en crecimiento rápido se mueven hacia dentro de la ciudad o pueblo, y los vacíos que estos dejan son llenados por migrantes de zonas más distantes. Quizá la más interesante de las hipótesis de Ravenstein sobre la migración es aquella que dice que cada flujo migratorio produce un movimiento en la dirección opuesta (un contraflujo). Esta dinámica se mantiene hasta que se llega a un equilibrio. Muchas de las observaciones de Ravenstein son características típicas de los movimientos migratorios, lo cual sugiere que, cuando se la observa longitudinalmente durante muchos años, la migración humana tiende a producirse de formas similares. El valor de su trabajo es entonces múltiple: por un lado, algunos de los principios que enunció siguen siendo válidos en el presente, aunque otros ya no tanto. Pero, por otro lado, el hecho de que haya logrado establecer una serie de patrones de un fenómeno tan dinámico sentó las bases para poder pensar la migración de una forma sistemática. A continuación revisaremos algunas categorías básicas de la migración actual.
Migrantes forzosos
Esta primera categoría de personas probablemente sea la que resulte más familiar, pues alude a un grupo que frecuentemente ocupa los encabezados de los noticieros y la prensa, y es objeto del discurso (a favor o en contra) de muchos políticos en sus campañas. El término migrante forzoso se refiere a personas que se han visto obligadas a dejar su país natal debido a la guerra, la violencia, el conflicto, la persecución o a desastres naturales, es decir, que han tenido que emigrar por razones de supervivencia. En ocasiones estas personas han tenido literalmente que correr por sus vidas, arriesgándolo todo para llegar a un lugar más seguro. Otras veces el estímulo para salir de un país procede de los programas de reasentamiento que ponen en marcha algunas organizaciones internacionales y gobiernos. Como resultado de esto, estas personas suelen ser definidas como refugiados o solicitantes de asilo, aunque estos términos suelen emplearse de manera incorrecta y son en sí mismos bastante complejos. Técnicamente hablando, un solicitante de asilo es una persona que ha pedido asilo legal y está a la espera de una resolución. Un refugiado, por su parte, es alguien que ya ha recibido una respuesta positiva de las autoridades de inmigración sobre su solicitud de asilo y está empezando a instalarse en el país.
Migrantes voluntarios
La segunda categoría primaria que sirve para clasificar a los tipos de migrantes es la de migrantes voluntarios. Se trata de personas que han dejado su país natal por decisión propia y voluntaria. Sorprendentemente, este segundo grupo es varias veces superior al de los migrantes forzosos: más de 200 millones de personas[15]. Aquellos que se mueven voluntariamente por razones económicas —y no por razones políticas— suelen llamarse migrantes laborales, y pueden ser de alta o de baja capacitación. Entre los migrantes de baja capacitación se incluyen trabajadores de la construcción, personal de restaurantes o de aseo y limpieza. Entre los de alta capacitación se encuentran los expatriados por transferencias intercorporativas (EIC), los expatriados que trabajan en agencias de ayuda y organismos internacionales y los estudiantes internacionales. El número de estos últimos está creciendo rápidamente en muchos países. A diferencia de los términos legales refugiado o solicitante de asilo, el concepto migrante económico o laboral no es una clasificación legal, sino un mero término genérico en el que tiene cabida un amplio rango de personas que se mueven de un país a otro para mejorar sus perspectivas económicas y profesionales.
Migrantes regulares e irregulares (o «legales» e «ilegales»)
Existe una tercera distinción que tiene mucha importancia jurídica: la que existe entre inmigrante regular e irregular, o «legal» e «ilegal». Esta distinción comprende a los dos grupos mencionados previamente de migrantes voluntarios o forzados. Los migrantes regulares son aquellos que entran en un país con los permisos y visados legalmente requeridos, y que no sobrepasan el tiempo que se les ha concedido para quedarse. La categoría de inmigrante irregular o «ilegal» comprende a personas que llegan a un nuevo territorio sin visado, sin documentos de identificación (o con documentos falsificados), o que lo hacen de forma legal pero después pierden sus derechos legales al sobrepasar el tiempo de permanencia estipulado en sus permisos originales de entrada. Estas personas suelen ser llamadas «inmigrantes indocumentados».
En la actualidad la llamada migración «ilegal» tiende más bien a llamarse «migración irregular» por quienes trabajan en el tema desde el campo técnico o político. Esto se debe a varias razones. En primer lugar, al hecho de que la legalidad de la migración en cuestión puede ser difícil de evaluar, como es el caso, por ejemplo, de un migrante que termina en manos de un sistema jurídico nacional o internacional, y transcurren varios años antes de que se tome una decisión sobre su estatus legal. En segundo lugar, la necesidad de mano de obra de los aparatos económicos de muchas naciones, que no pueden satisfacerse localmente, crea situaciones fuera de la norma (trabajadores sin permisos de residencia insertados en sistemas productivos) que son toleradas por los gobiernos. Se generan así situaciones de hecho en las cuales personas en condiciones de irregularidad cumplen una función social o económica necesaria en sus nuevos sitios de destino, y esta contradicción evidencia la desactualización del marco legal y la necesidad de modificar las leyes. En tercer lugar, las leyes de muchos países obligan a apoyar a las personas desprotegidas en su territorio, concediendo, por ejemplo, asistencia sanitaria o derecho al asilo a quienes se encuentren en situación ilegal según las leyes de residencia. Por último, asociar de forma irreflexiva a los migrantes con la ilegalidad puede llevar a una demonización de todos los tipos de migración. Por lo tanto, el término ilegal no debería aplicarse propiamente a un migrante a menos que un sistema judicial haya determinado expresamente en su caso que ha violado una ley de inmigración en algún momento del proceso migratorio, y haya dado pasos administrativos para dejar sentada esta situación y actuar en consecuencia.
Inmigración y emigración
Si la migración es un movimiento de un lugar a otro, entonces su significado cambia en función de si se adopta la perspectiva del país que envía o del que recibe. La emigración, por un lado, es el acto de dejar su país de origen para asentarse en otro. Cuando se habla de emigración se considera el asunto desde la perspectiva del territorio de origen de una persona. La inmigración, por otra parte, es el acto de trasladarse desde el lugar de origen a un nuevo sitio y asentarse en él. Al hablar de inmigración se considera el mismo asunto desde la perspectiva del territorio al que se llega. Para los amigos y la familia de una persona en su país de origen, se puede decir que esa persona emigró, y es por lo tanto un emigrante; en cambio, los vecinos que viven cerca de esa persona en su nuevo país pueden referirse a ella como inmigrante. Toda trayectoria migratoria comprende en un primer momento un acto de emigración y uno de inmigración que se producen simultáneamente: una salida de un lugar que resulta en la entrada en otro.
Etimológicamente, estas diferencias son bastantes claras, pero los significados que se les da a cada una de ellas en distintos contextos sociales pueden ser muy diferentes. Por ejemplo, la inmigración tiende a estar estrechamente controlada por el país receptor, por el temor de los efectos que puede tener un flujo de población repentino o grande, o por su interés en establecer una mezcla diversa de residentes. La emigración, por su parte, está hoy en general menos rigurosamente controlada: muchas personas pueden abandonar su país a voluntad, por aire, por vía marítima o terrestre. Sin embargo, existen excepciones, entre las cuales destacan Rusia, China, Cuba y Corea del Norte, que han tenido, o siguen teniendo, regulaciones estrictas y prohibitivas para determinar a qué ciudadanos se les permite abandonar esos países.
Experiencias diversas y categorías fluidas
Estas categorías que se acaban de mencionar pueden estar claramente delimitadas en el plano teórico, pero al utilizarlas en la cotidianeidad se revela que no son estáticas y tienen un rango de variabilidad en función de la perspectiva del que las utiliza. Por otra parte, el hecho de que las personas tipificadas en ellas se encuentren en una situación siempre dinámica desafía la rigidez de los términos: los migrantes irregulares pueden eventualmente ser legalizados; los migrantes voluntarios pueden tener motivación económica; los migrantes de baja capacitación pueden con el tiempo convertirse en migrantes económicos altamente capacitados; los exilados políticos pueden eventualmente volver a casa. De modo que las categorías que usamos para definir distintos tipos de migración son en sí mismas complejas y variables. E incluso dentro de cada grupo se da todo un campo de sutilezas y distinciones. Por ejemplo, es raro que la migración de una persona sea enteramente voluntaria o involuntaria. Una ejecutiva de negocios destinada a las oficinas de su compañía en el exterior —un tipo de migrante que suele llamarse expatriado corporativo— puede expresar interés en ser enviada a Moscú o a San Francisco por varios años, pero también puede hacerlo por la presión de su empleador para aceptar ese traslado, quizá a riesgo de perder su empleo si rechaza la oferta. Estas situaciones se hacen más complejas cuando se ven involucrados los cónyuges, los hijos o la familia, quizá también impelidos a mudarse, aunque no siempre lo deseen.
Aquellos a los que nos referimos más comúnmente como migrantes «forzados» por otra parte, no están siempre legalmente obligados a abandonar su país en situaciones de guerra o persecución; pueden hacerlo, por ejemplo, para evitar la tortura o la cárcel, para mejorar sus oportunidades de supervivencia, para mejorar su bienestar u ofrecer un mejor futuro a sus hijos.
Es evidente, por tanto, que los tipos de migración no configuran compartimentos estancos, y son ellos mismos permeables. Los movimientos migratorios, tanto los actuales como los del pasado, han estado protagonizados por personas en situaciones dinámicas, que podían tomar decisiones en distintos sentidos a lo largo del tiempo para adaptarse a los contextos sociales cambiantes o a las oportunidades que se presentaban ante ellas. Servirá como ejemplo el de un hombre eritreo que deja su patria para irse a Somalia, donde escapa de la persecución; tras atravesar el desierto del Sahara, Libia, el Mediterráneo y llegar a Malta, se asienta en España, se convierte en ciudadano español y abandona la ciudadanía somalí (dado que España no acepta la doble nacionalidad más que en algunos casos: Iberoamérica, Filipinas, Andorra, Guinea Ecuatorial, Portugal), encuentra empleo en Suecia (a través de las leyes de libre movimiento laboral de la UE/Schengen) en una multinacional de tecnología que lo manda a Japón a trabajar por varios años. Cuando este hombre regresa a Suecia, adopta la nacionalidad sueca, monta su propia compañía y seguidamente decide volver a Somalia a expandirla. ¿Cómo deberíamos llamarlo? En este caso, un refugiado se convierte en un migrante político antes de convertirse en un solicitante de asilo, en un migrante económico y en un expatriado corporativo, que finalmente será un miembro de la diáspora y empresario, que regresa «a casa» como migrante retornado. Este ejemplo retrata una situación que es mucho más frecuente de lo que podría parecer bajo una visión simplificada de la migración. Y permite recordar, sin importar el número de migrantes y el hecho de que aparezcan en determinados momentos en «oleadas» o «masas», que todos los movimientos migratorios están protagonizados por seres humanos individuales que tratan de tomar las mejores decisiones para su vida y la de sus familias, en contextos complejos.
No todas las trayectorias y experiencias resultan tan exitosas como la del ejemplo. No se debe pintar un cuadro irreal de la migración, compuesto solamente por ejemplos de victoria humana sobre la adversidad, movidos por la búsqueda de la felicidad y sobreponiéndose con valentía a desafíos y obstáculos. La historia de la migración está sobrepoblada de historias de tristeza, sufrimiento y muerte, de vidas acotadas por la penuria y el silencio, y de situaciones en las que individuos y familias no encuentran los espacios para expresarse plenamente en los nuevos entornos hostiles en los cuales se instalan. Por cada historia exitosa hay, seguramente, una de fracaso, y muchas de esas historias nunca son contadas. Analizando el velo de olvido que la sociedad española prefiere echar sobre su propia experiencia de emigración histórica, marcada por los horrores de la miseria y la guerra, el filósofo político Sami Naïr destaca que con frecuencia se elige no recordar los períodos dolorosos[16], o, al menos, no hacerlo públicamente.
Retomando el ejemplo anterior, existen con seguridad hombres eritreos que también escaparon de la persecución cruzando el desierto del Sahara y las estaciones de tránsito de Libia, pero que perdieron sus vidas o perdieron a sus seres queridos atravesando el Mediterráneo, sin lograr nunca realizar sus sueños de un mejor futuro. Este fue el destino de Rokaya, una joven mujer que escapó de Irak hacia Irán con su marido y sus dos hijas en el año 2001. Los migrantes iraquíes eran habitualmente discriminados en Irán: no podían alquilar una vivienda ni ser empleados, y se impedía que sus hijos fueran a la escuela. En la búsqueda de un país que los aceptara, Rokaya y su familia empezaron en octubre un viaje hasta Indonesia, desde donde tenían planeado llegar a Australia en barco. El bote que abordaron en la costa de Indonesia, no más que una nave de transbordo hasta un buque más grande, estaba sobrecargado con cuatrocientos migrantes, entre los cuales había ciento cincuenta niños, hacinados en la cabina con sus madres y separados de sus padres, que viajaban en cubierta. Después de nueve horas de viaje el motor se detuvo, el casco de la embarcación se partió, y esta empezó a hundirse lentamente. Con solo cien chalecos salvavidas a bordo, el pánico se adueñó de muchas personas que intentaban hacerse con uno antes de caer al mar, y esto provocó que muchos pasajeros fueran atropellados por otros que trataban de salvarse. Las olas que barrieron la cubierta separaron a la familia, y cuando Rokaya logró reunirse con sus hijas las encontró muertas. Su marido, hasta entonces calmado, entró en shock al ver a las niñas, y una ola lo arrancó de la tabla en la que se mantenía a flote. Junto con otros cien pasajeros, Rokaya pasó el resto de la noche en el agua, y sobrevivió aferrada a restos flotantes del naufragio. Algunos vieron a una mujer dar a luz en el océano. A la mañana siguiente solo cuarenta y cinco supervivientes fueron rescatados por un barco indonesio. La tragedia del barco SIEV X ha sido uno de los episodios más mortíferos de la historia reciente de la migración contemporánea[17].
Muchos otros acontecimientos como este simplemente no se registran. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) calcula que desde el año 2000 han muerto globalmente al menos 40.000 migrantes[18]. Pero el número puede ser mucho mayor, dado que algunos expertos han calculado que por cada migrante muerto que aparece en las costas del mundo desarrollado hay por lo menos otros dos cadáveres que nunca se recuperan[19]. Así como esta tragedia, existen otros casos con finales desafortunados que no resultan en pérdida de vidas, como cuando migrantes calificados no consiguen encontrar un trabajo que corresponda con su formación, o cuando las cosas no funcionan como se esperaba después de una larga separación familiar. Tal es el caso, por ejemplo, de un médico del Congo que emigró a Italia y terminó trabajando como empleado en la industria de la hostelería[20]. Ha habido familias separadas por la migración que se reúnen al retornar al sitio de origen años después, y un migrante que vuelve sin haber alcanzado sus metas constata que su pareja se ha visto estancada en un entorno sin oportunidades, y sus hijos han crecido sin el vínculo afectivo y formativo con el padre o la madre migrante.
La migración puede ser una aventura coronada con éxito o fracaso, traumática o enriquecedora, puede significar un último movimiento o la inauguración de un nuevo comienzo en la vida, y suele además estar definida por los cambios de perspectiva. En resumen, es en sí misma una experiencia múltiple y con categorías siempre cambiantes. Y a medida que el mundo cambia, surgen nuevos tipos de migrantes. Hoy en día hay migrantes por salud, que se desplazan para recibir tratamientos médicos no disponibles en sus países de origen; parejas homosexuales que quieren casarse con todos los derechos y no pueden hacerlo en su país; parejas que emigran al lugar propicio para adoptar niños o para someterse a un tratamiento de reproducción asistida; emigrados políticos o exilados que buscaban un cambio político en su país natal. Las transformaciones sociales, económicas y ambientales del planeta traen aparejadas nuevas formas de migración. El cambio climático, por ejemplo, ya está forzando a cierta gente a abandonar sus hogares en algunos puntos del planeta. En 2013 Ioane Teitiota, un ciudadano de la República de Kiribati, se convirtió en la primera persona en pedir asilo para su familia como refugiados climáticos. Mientras vivía en Nueva Zelanda junto con su familia, solicitó asilo al gobierno al vencerse su visado de residente. El argumento de Ioane era que él y su familia no tenían ningún futuro en su país natal debido al aumento del nivel del agua, la contaminación del agua dulce y la posibilidad de que su casa fuera destruida por ciclones. Esta nación isleña de baja altitud, conformada por 33 atolones coralinos esparcidos por una vasta expansión del Pacífico Central, se tornará inhabitable muy probablemente antes de que acabe este siglo, debido a la erosión y a las crecientes inundaciones por el aumento del nivel del mar. Aunque la corte de Nueva Zelanda finalmente rechazó el caso de Ioane al considerarlo «novedoso» pero «sin base», seguramente muchos migrantes climáticos seguirán sus pasos en los próximos años, en la medida en que los efectos del cambio climático se vayan haciendo más tangibles y severos[21].

[Véase nota 22]
Espacios y direcciones de la migración
La migración se produce a distintas escalas: local, regional, nacional, intercontinental. Se mueve en muchas direcciones: de país en desarrollo a país desarrollado, de pobre a rico; de oeste a este, o en sentido inverso. Involucra a muchos tipos diferentes de personas: migrantes laborales, refugiados de guerra, migrantes de grupos étnicos o religiosos, expatriados laborales, de estudios, jubilados, profesionales en voluntariados humanitarios, exilados políticos, etc.
El período de migración asociado a la industrialización mundial —desde mediados del siglo XIX a las primeras décadas del XX— que se muestra en el mapa de la Figura 1, es un buen ejemplo de una etapa de masivas migraciones internacionales, cuyos grandes flujos se movieron básicamente entre Europa y las Américas. A pesar de que ningún mapa puede ser tan detallado como para cubrir exhaustivamente un territorio y sus procesos, esta imagen pone de manifiesto que incluso cuando hay grandes movimientos intercontinentales de personas en una dirección, estos han sido precedidos o seguidos por múltiples desplazamientos de personas dentro de regiones o países específicos. Estas grandes oleadas están compuestas por muchos pequeños movimientos de circulación y ajuste del emplazamiento de las personas.
Este período de migraciones internacionales sigue teniendo un peso histórico muy importante por su carácter masivo, por su impacto en el desarrollo y en la composición social y cultural de muchas naciones, por el hecho de haber servido para mejorar las condiciones de vida a ambos lados del Atlántico y por su presencia en la memoria global: el recuerdo de sus protagonistas es muy vivo, y los hijos y nietos de estos tienen una clara conciencia de sus orígenes migratorios. Veremos más adelante que, sin embargo, las migraciones contemporáneas no se pueden cartografiar con la misma claridad, y no solo porque las cifras y las estadísticas sean difíciles de precisar.
NUEVAS FORMAS DEL TRABAJO, MOVILIDAD Y «MIGRACIÓN VIRTUAL»
Hoy existen numerosas formas nunca antes vistas de trabajo a distancia o sin una base fija. Y estas se apoyan en otras tantas innovaciones tecnológicas: desde dispositivos electrónicos hasta apps y otras formas de tecnología personalizada que permiten la comunicación con cualquier lugar. Cada día llegan al mercado nuevas formas de conseguir empleo, como las nuevas plataformas online diseñadas para que entren en contacto empresas y talento, que ayudan a los trabajadores freelance a insertarse en sus áreas de trabajo. Otro cambio contemporáneo es la proliferación de los espacios de trabajo compartido en los grandes centros urbanos, que ofrece a los freelancers apoyo, recursos y el sentido de pertenencia a una comunidad que surge al trabajar alrededor de otras personas. Estas estructuras influyen en la validación de nuevos estilos de vida como alternativas genuinas, y propagan una sensación de libertad y movilidad, reduciendo los obstáculos para trabajar y conseguir trabajo cuando se está lejos de casa. Otras tecnologías que privilegian la movilidad (TransferWise, TaskRabbit, Uber, Airbnb, Tinder...) hacen que estar en movimiento sea atractivo para un horizonte cada vez más vasto de personas.
También es posible suponer que, por el contrario, este tipo de tecnologías y cambios en la organización del trabajo harán cada vez menos necesaria la migración, en la medida en que reducen la importancia del sitio fijo para trabajar. Un programador de computación que reside en Bolivia y uno que vive en Corea del Sur podrían estar trabajando en el mismo proyecto desde sus propias casas, intercambiando información, produciendo resultados en conjunto y teniendo conversaciones a diario. Pero, al reducir la necesidad de estar atado a una locación específica para poder continuar ganándose la vida, este tipo de tecnologías facilitan la migración. En el tejido complejo y plural del presente global, estas nuevas formas de trabajo se cuentan entre otros muchos cambios sociales que están incrementando los ritmos y las formas de movilidad para mucha gente. Permiten que el trabajo emigre, pero que la gente se quede en su sitio, y esto se conoce como «migración virtual»: un proceso a través del cual, utilizando espacios virtuales transnacionales, el trabajo y grandes cantidades de códigos y de datos atraviesan las fronteras nacionales, pero los trabajadores no. Esto puede incluir, por ejemplo, empleados de centros de llamadas en la India, que programan aplicaciones de software, persiguen a deudores de tarjetas de créditos o venden píldoras de adelgazamiento por teléfono para compañías y para personas establecidas en otros países del mundo. Mientras que sus destrezas y su trabajo migran afuera, estos trabajadores siguen manteniéndose como ciudadanos indios, viviendo y trabajando en la India.[23]
Es importante reconocer que no toda la migración es de naturaleza internacional. De hecho, la mayoría de las migraciones ocurren como movimientos entre regiones dentro de cada país. Este fenómeno, llamado migración interna, es mucho más difícil de medir que la migración internacional. Pocos países contabilizan el número de migrantes internos, aunque estos tienen un impacto significativo en diferentes niveles, y las razones que les llevan a moverse son muy diversas, como es el caso de los migrantes internacionales. Por ejemplo, solo en China hay casi 200 millones de migrantes internos, un número que llegará a los 300 millones en 2027; es una cifra muy alta en comparación con los más de 230 millones migrantes internacionales en el mundo. Aunque los movimientos de migración interna son más difíciles de rastrear, es fundamental tenerlos en cuenta, dado que los movimientos domésticos con frecuencia precipitan las trayectorias de las migraciones internacionales. Una proporción importante de las personas que se mueven de las áreas rurales a las urbanas acaban saliendo del país. De hecho, las remesas domésticas internas pueden tener gran importancia económica: sirven con frecuencia para equilibrar las brechas entre el ingreso urbano y rural, ayudando a reducir las disparidades de riqueza regional y la pobreza en las áreas rurales.
Todos estos tipos de movimiento están, por supuesto, afectados por las contracciones y expansiones de la economía, que ponen en marcha combinaciones o sucesiones de migración interna, externa y de retorno, de emigrantes o sus hijos, y de nuevos migrantes en sentido contrario a los de oleadas anteriores. Por ejemplo, entre el año 2000 y el 2007, la migración doméstica en España casi se duplicó, desde algo más de 300.000 personas a cerca de 600.000[24]. Muestra de esto es que cerca del 30 % de la población del País Vasco ha nacido fuera de la región[25]. Si bien históricamente la migración interna ha sido fundamental para la demografía de varias regiones españolas, durante el siglo XX la mayoría de esta inmigración provino de otras partes de España. En años recientes esto se ha revertido, y grandes contingentes de esta población han regresado a sus lugares de nacimiento. Pero así como en la década de los 70 y 80 los migrantes al País Vasco procedían de Extremadura, hoy la mayoría de la inmigración a esta región viene del exterior, principalmente de América Latina, región que recibió miles de emigrados vascos durante más de trescientos años, y hasta bien entrado el siglo XX.
Este movimiento de migración interna se ha convertido en una forma efectiva de aliviar el desempleo en ciertas áreas y llenar vacíos en el mercado laboral en otras. Adicionalmente, los migrantes internos —particularmente, los migrantes laborales— suelen enviar remesas considerables a casa.
Otro importante grupo que debe ser tenido en cuenta aquí es el denominado PDI, o Personas Desplazadas Internamente. Estos son refugiados domésticos que han sido desarraigados por conflictos armados, o por factores ambientales como sequías, terremotos y tsunamis, y forzados a moverse a otro lugar dentro de su propio país. Debido a las guerras y a los desastres naturales, el número de PDI está aumentando, y muchas organizaciones humanitarias se están movilizando para asistirlos cuando surgen las crisis. Un ejemplo crítico de esto son los desplazados internos en Colombia, país en el cual más de cien años de conflicto armado interno, incluyendo varias guerras civiles desde el siglo XIX y el posterior enfrentamiento en el siglo XX entre el Estado y grupos irregulares diversos —guerrilleros, narcotraficantes, «autodefensas» paramilitares, bandas criminales— y la lucha entre estos últimos, han convertido el desplazamiento forzoso de grandes contingentes de población rural en una tendencia migratoria estable[26].
CEREBROS EN FUGA DE IDA Y VUELTA
Después del conflicto y la guerra civil en Afganistán en los años 70 y 80, la sociedad afgana vivió una severa fuga de cerebros al emigrar muchos ingenieros, tecnólogos, médicos y otros profesionales y académicos a países vecinos y a otros lugares del mundo. Una vez derrocado el régimen talibán en 2001, el país se vio en imperiosa necesidad de encontrar profesionales de la industria y gente con formación técnica que pudieran ayudar tanto a reconstruir el país como a dirigirlo. Durante un cierto período de tiempo miles de migrantes afganos empezaron a volver del exterior para trabajar en posiciones claves dentro de programas de desarrollo en los ministerios, instituciones gubernamentales y en el sector privado. Tenían la esperanza de poder participar en la reconstrucción económica y social en un tiempo en que parecía que había un lugar para ellos en el futuro de su país. Sin embargo, en los últimos años ha habido un cambio en la dirección opuesta. La violencia continuada y la falta de oportunidades económicas (así como la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo) ligados a la presencia militar de la OTAN y Estados Unidos, han hecho que muchos afganos teman que el país no logrará sostenerse en el futuro próximo. Como resultado de esto, las cifras de personas que están huyendo del país ahora son las mayores desde la invasión dirigida por Estados Unidos en el 2001[27]. Una cuarta parte del más de un millón de refugiados y migrantes que llegaron en Europa en 2015 fueron afganos, el segundo grupo en número después de los sirios que escapaban de la guerra civil, y la estimación de la población de refugiados afganos en el mundo a comienzos de 2016 era de 2,7 millones[28]. El éxodo continuó incluso después de que la Unión Europea votara clasificar a los afganos como migrantes económicos, lo cual redujo significativamente sus oportunidades de obtener asilo. En 2015 se puso en marcha una campaña gubernamental, liderada por el Ministerio de Refugiados y Repatriaciones y por un movimiento de la sociedad civil llamado Afganistán te necesita, dirigida a convencer a los afganos de no abandonar el país, con una fuerte presencia en los medios y las redes sociales. El expresidente Hamid Karzai apareció en la televisión animando a la juventud a quedarse y ayudar reconstruir el país[29]. Aún está por verse si este llamamiento tendrá efectos positivos.
También a comienzos de la primera década de este siglo, y mientras los migrantes afganos consideraban volver para poder desempeñar un papel en el futuro de su país, los que habían abandonado la vecina India hacían lo mismo. Varias décadas antes, una generación entera de indios había considerado Occidente como la tierra de las oportunidades, y ello llevó a que abandonasen sus hogares y, con el tiempo, pasar de ser migrantes económicos pobres a personas con negocios exitosos y profesionales en el exterior. Decenas de miles de migrantes que inicialmente habían llegado a Estados Unidos para obtener una educación universitaria en ingeniería y otras carreras tecnológicas, aceptaron trabajos en Silicon Valley en vez de volver a casa, donde las oportunidades profesionales eran menores. Pero, una vez que estalló la burbuja de las llamadas «empresas punto com», muchos expertos en tecnologías se vieron obligados a volver a la India debido al hundimiento del mercado y la pérdida de trabajo en Estados Unidos. A su vez, el crecimiento de la economía y las oportunidades de empleo en India atrajeron a muchos emprendedores, y los convencieron para realizar inversiones en su país natal. La discriminación en Estados Unidos en contra de la gente de piel oscura después del 11 de septiembre de 2001 también contribuyó a que muchos decidieran irse. En la actualidad, una floreciente economía que augura la posibilidad de un estilo de vida acomodado, atrae a su país de origen a un creciente número de indios que viven en Estados Unidos, Gran Bretaña y otros lugares. Vuelven a casa para emprender planes de negocios y tomar empleos bien pagados en la industria de las tecnologías de la información. Una migración de regreso que comenzó como un goteo a fines de los años 90 ha crecido tanto que, en contraposición a «drenaje» o «fuga», se la ha llamado «ganancia de cerebros». Ciertas estimaciones muestran que en 2010 ya había más de 30.000 de estos «indios retornados no-residentes», un número que puede haber superado los 100.000 en 2016[30].
Vale la pena mencionar que la migración de «retorno» de segunda generación no es un fenómeno nuevo. El antropólogo Takeyuki Tsuda señala casos anteriores en los que las trayectorias de retorno han estado empujadas por factores como la persecución étnica y la discriminación tras de la caída de regímenes coloniales o de Estados multiétnicos. Por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial, doce millones de alemanes étnicos fueron expulsados de Europa del Este, y muchos de ellos se reasentaron en Alemania Oriental y Occidental[31].
Existen otras trayectorias de movimiento que contradicen la visión estereotipada que reduce todo el fenómeno de la migración al movimiento desde las regiones más pobres hacia las más ricas. De hecho, también forma parte del fenómeno migratorio el desplazamiento de gente desde naciones desarrolladas a otras menos desarrolladas (algo que generalmente se llama migración de norte a sur), aunque a veces se le da un nombre diferente, como, por ejemplo, expatriación. Estas formas de movilidad están en crecimiento sostenido en la actualidad: alrededor de 55 millones de personas por todo el planeta[32]. Vivimos en una era en la cual el movimiento y la apertura se han hecho mucho más comunes: los cambios en el transporte, la tecnología, el trabajo y la cultura están normalizando pensar más allá de las fronteras y cruzarlas con frecuencia[33]. Los movimientos por razones de estudio, exploración personal, desarrollo profesional, matrimonio, jubilación o estilo de vida están cobrando una significación cada vez mayor, tanto en el ámbito individual como en el social.
Vistos en perspectiva y a lo largo de períodos históricos amplios, casi todos los movimientos de personas revelan que la migración siempre ha sido bidireccional: los movimientos en una dirección casi siempre han estado precedidos o seguidos por otros en la dirección opuesta. Por ejemplo, las personas que escapaban de la guerra en Pakistán o la India hacia Gran Bretaña no hicieron más que continuar en sentido contrario los movimientos previos de funcionarios, militares, comerciantes y administradores coloniales desde Europa hacia el subcontinente indio. Si hoy vemos ingenieros de Ghana que buscan trabajo en Noruega, solo hace falta extender la escala temporal para encontrar casos anteriores de profesionales escandinavos migrando a trabajar a África; y hoy es fácil ver a estudiantes noruegos que viajan a África occidental para tener una experiencia de gap year, el año de transición entre el fin de la educación secundaria y el comienzo de la universidad. Miles de mercaderes o soldados ingleses dejaron en su momento Gran Bretaña para irse al Sudeste asiático. ¿Por qué se sorprende el ciudadano medio europeo del movimiento inverso? El punto a tener en cuenta aquí es que la perspectiva de la gente sobre la migración suele estar limitada por una visión corta, sin profundidad histórica ni conciencia de los cambios en las relaciones económicas, sociales y políticas entre distintas regiones del globo a lo largo del tiempo. ¿Se puede afirmar acaso que la migración de colonizadores europeos a África, América, Asia u Oceanía era más aceptable que la migración en sentido contrario que experimentó Europa a partir del siglo XIX? ¿O que las migraciones de europeos empobrecidos hacia América desde finales del siglo XIX hasta la década de 1950 era más legítima que la de trabajadores y profesionales latinoamericanos hacia Europa desde 1970 hasta hoy? Sin duda, no: en ambos casos los inmigrantes traen una fuerza y capacidad de emprendimiento que dinamiza las sociedades que los reciben. Vale la pena preguntarse por qué se ha estrechado la visión de buena parte de la población en los países receptores actuales.
Una serie de cambios sociales y demográficos están contribuyendo a dar forma a los patrones de la migración contemporánea, y están siendo a su vez afectados por ella. La nueva «clase creativa», por ejemplo, está produciendo vastas transformaciones en el trabajo, el ocio, en las comunidades locales y en la vida diaria, llevando a un aumento en los movimientos internacionales de estos grupos[34]. De manera similar, el aumento de los servicios financieros y tecnológicos y las nuevas demandas de profesionales de la salud e investigadores científicos está propiciando que profesionales calificados salgan a buscar oportunidades de empleo en el exterior. Es lo que se ha dado en llamar «guerra por el talento», iniciada por los países ricos decididos a invertir en su futuro económico absorbiendo profesionales de otros países. En esta contienda las grandes empresas globales de tecnología, como Apple y Microsoft, también son actores fundamentales. Un frente en el cual se dan estas batallas es el de los estudiantes extranjeros: los costos de las matrículas universitarias para estudiantes locales e internacionales en el mismo programa de estudios suelen ser distintos, mayores para estos últimos. En países como Gran Bretaña, Canadá, Dinamarca, Turquía o Estados Unidos estas varían en función de la ciudadanía del individuo o de su lugar de residencia al ingreso. Las universidades hacen vigorosos esfuerzos para reclutar estudiantes extranjeros, y el aporte de estos también sirve para fortalecer sus comunidades académicas. Sin embargo, estos esfuerzos pueden chocar con las políticas restrictivas de los estados, cuando las autoridades de inmigración fijan límites estrictos al número de estudiantes y trabajadores que las universidades y las empresas pueden admitir o contratar.
Estas formas de la migración moderna —gente que se relocaliza voluntariamente al amparo de climas más benignos o ambientes más propicios, temporal o permanentemente, con objetivos laborales, académicos o de placer—, constituyen un nuevo patrón de movimiento que se está haciendo, sin embargo, cada vez más generalizado. En estos movimientos se incluyen, por ejemplo, personas de la clase media de las islas del Caribe que emigran a los Estados Unidos continentales; brasileños de clase alta que se mudan a Lisboa; la migración aspiracional de jubilados británicos a la costa mediterránea española; inversores japoneses que se mueven con sus familias a Ginebra o a Berlín.
¿Por qué la opinión pública no trata a estas formas de migración con la misma connotación negativa que los migrantes trabajadores del sur global al norte global, de los países en desarrollo hacia los países más desarrollados? Quizá no haya que buscar la respuesta validando un argumento basado en cifras, según el cual los migrantes calificados, profesionales, o de clase media y alta serían menos que los trabajadores manuales que migran (cosa que es cierta en algunos casos y en otros no). ¿No será que el espíritu conservador y temeroso de la diferencia que atraviesa todas las capas sociales en los países que reciben migración se ensaña más con los pobres? En cualquier país europeo pueden oírse expresiones como «Si viene migración buena [profesionales], bienvenida, pero no queremos inmigrantes de bajo nivel que nos vengan a quitar el trabajo». Pero la realidad es que estos migrantes de clase media son tan migrantes como los trabajadores manuales, y el no reconocerlos como tales (sino como «expatriados», «profesionales transnacionales», «gerentes globales») no es más que otra forma de discriminación de los migrantes de menor calificación profesional, que son, sin embargo, esenciales para el funcionamiento de los sistemas de producción de las regiones desarrolladas receptoras de migración (así como del resto del mundo).
LA CUIDADORA EXTRANJERA
Una mujer deja su casa natal y viaja a España para tomar un trabajo cuidando a los hijos de otra familia. Esto le permite probar a trabajar en el extranjero, hacer un buen dinero y ganar una valiosa experiencia. Si la mujer es filipina, está en sus 40 y envía buena parte del dinero que recibe a Filipinas para mantener a sus hijos, será tipificada como una trabajadora migrante. Pero si la mujer es francesa, está en sus tempranos 20, es soltera y ahorra su dinero o lo gasta en salir, será llamada au pair, pero raramente será considerada una migrante. ¿Por qué? Los diversos factores contextuales que determinan estas situaciones colorean los términos y categorías que utilizamos para definir y distinguir a las personas en movimiento —incluso cuando estas están haciendo lo mismo—. El movimiento desde países más pobres hacia otros más ricos es llamado habitualmente migración. El movimiento desde países ricos a países pobres (o hacia otros países ricos) generalmente es llamado movilidad, y muy raramente migración. Aunque los procesos sean los mismos, la forma en que hablamos de ellos es muy diferente, y estas diferencias revelan los prejuicios que las sociedades abrigan hacia ciertas categorías dentro de los grupos de personas diferentes.
Por otra parte, la precariedad también afecta a los migrantes profesionales de clase media, que son requeridos por los países desarrollados para cubrir necesidades del mercado laboral, pero sin ofrecerles una integración legal definitiva que les permita desarrollar una vida profesional y familiar estable. Sirva como ejemplo el caso de profesores venezolanos que imparten clases durante años en universidades inglesas con contratos temporales que no les permiten obtener un visado permanente, con hijos plenamente integrados en el sistema escolar y con prácticamente toda su infancia transcurrida en Inglaterra. Asimismo, muchos médicos especialistas colombianos, venezolanos, ecuatorianos y argentinos fueron requeridos por el sistema sanitario español durante el boom de la «burbuja hospitalaria» del cambio de siglo[35]; sin embargo, ya establecidos, con varios años de residencia y trabajo en centros médicos de toda España —y buena parte de ellos con ciudadanía española—, tras la crisis económica, vieron cuestionadas sus credenciales y se hallaron en la situación de tener que estudiar nuevamente su especialización o abandonar sus trabajos[36].
Algunas de las formas de migración contemporánea aparentemente involucran movimientos temporales. Pero las distinciones entre lo que es temporal y lo que es permanente al hablar de migración humana se han vuelto borrosas en la actualidad, debido a los cambios sociales, económicos y tecnológicos[37]. Así como estos ejemplos muestran que las situaciones precarias que aparecen en las vidas en movimiento borran algunas distinciones convencionales, en los capítulos siguientes se verá de qué forma la migración también contribuye a que se difuminen otras distinciones y categorías, y nos obliga a considerar los fenómenos sociales desde una nueva perspectiva.
Nosotros y ellos: ¿por qué son importantes las categorías?
Los debates contemporáneos en torno a la migración hacen aparecer un concepto tan escurridizo como omnipresente: el de identidad. Todos los individuos en el mundo tienen algún tipo de identidad, que puede entenderse como un conjunto de atributos que define el modo en que alguien se percibe y se presenta al mundo, y cómo lo perciben los demás, y que suele expresarse en términos de pertenencia. Las comunidades también tienen sus propias identidades, generalmente forjadas a partir de ciertas características comunes a sus miembros. De entre estas, la etnicidad, la raza y el género son tres de los atributos físicamente más visibles.
Etnicidad y raza
Las distinciones entre raza y etnicidad están relacionadas con factores biológicos y sociológicos, y a la vez con orientaciones políticas y culturales en diferentes contextos. Tradicionalmente el concepto raza se refiere a las características físicas de una persona (como el color de la piel o de los ojos, la estructura ósea, etc.). Etnicidad, por su parte, hace alusión a factores culturales, entre los que se incluyen la nacionalidad, la lengua, las costumbres y creencias. Ejemplos de categorías de raza o grupo racial son raza blanca, negra o amarilla, todas presentes en muchos lugares y sociedades del mundo. Ejemplos de categorías de etnicidad son chino o italiano, no importa la raza (y, sin embargo, China, por ejemplo, posee más de cincuenta grupos étnicos distintos). La idea de raza presupone rasgos biológicos o genéticos compartidos, mientras que la etnicidad supone rasgos culturales y una historia colectiva compartida.
Pero es importante aclarar que el propio término raza se utiliza de forma diferente en distintos países, y esto puede explicar la complejidad en que se desenvuelve el concepto, así como los malentendidos que lo rodean. Por un lado, los académicos están en general de acuerdo con que la raza no es un concepto científico enraizado en diferencias biológicas discernibles, y han descartado que pueda seguir teniendo alguna utilidad como categoría[38]. Sin embargo, el discurso sobre la raza sobrevive en muchos contextos nacionales, y muchas de las ideas asociadas con la ideología racial son materia de serias discusiones[39]. De modo que, aunque pueda no tener ningún significado biológico para referirse a las diferencias humanas, el concepto de raza sigue teniendo una significación social importante, que lo sitúa en el centro de acalorados debates. Su uso tiene una gran variabilidad y depende mucho de qué se considera un grupo distintivo de personas. Por ejemplo, en el Reino Unido, a través de su foco en las minorías étnicas, el concepto tiende a estar asociado con las personas que vienen de los países de la Commonwealth (anteriormente, colonias británicas). Por su parte, en Estados Unidos, desde los comienzos de su historia, los amerindios, los afroamericanos y los euroamericanos han sido clasificados como pertenecientes a diferentes «razas». Para complicar las cosas, en muchos lugares los términos etnicidad, nacionalidad, raza, herencia, cultura e incluso identidad son usados de forma intercambiable.
Como se ve, nada en estas distinciones es simple. Estas categorías tienen una larga y compleja herencia de entrecruzamiento de variables políticas y sociológicas que se alimentaron de las distinciones somáticas o biológicas. En la Europa del temprano siglo XIX surgió la ideología que vinculaba las diferencias raciales con la inteligencia, la salud y la personalidad. No existe ninguna evidencia que apoye estas ideas, que están en los fundamentos del racismo occidental. Aunque su formulación se basa en definir rasgos biológicos compartidos —y esto proviene en parte de las clasificaciones usadas en la cría de animales domésticos en la Europa medieval—[40], las distinciones de raza no generan una división que pueda sostenerse con la claridad de las taxonomías biológicas de los seres vivos. Se puede tener un mismo color de piel y, sin embargo, pertenecer a grupos étnicos (agrupaciones humanas con una herencia histórica, lingüística y cultural común) totalmente distintos.
Los rasgos somáticos distintivos que dieron pie a las caracterizaciones raciales —color y formas de la piel, los ojos, cabellos, estructura ósea y muscular— fueron desarrollados en la historia evolutiva de los grupos humanos cuyas migraciones los llevaron a distintos ambientes y a adaptarse físicamente a estos. Pero el recurso de las sociedades a diferenciarse según la raza no tiene nada de biológico: es un método social y subjetivo de categorización y diferenciación de la gente. La ciencia ha demostrado que hay más variabilidad genética dentro de los miembros de cualquiera de estas categorías llamadas raza que entre los miembros de esta y los de otra, y esto ha determinado el abandono del término en el campo científico. Sin embargo, no es la ciencia, sino la historia y las relaciones políticas, quien domina las formas en que los humanos interactúan en sociedad y se caracterizan los unos a los otros. La noción de raza sigue viva en el discurso corriente, y también en los discursos administrativos de muchos países, a la hora de definir grupos mayoritarios y minoritarios, y su acceso respectivo a servicios[41].
Una razón de la permanencia del término raza en el mundo anglosajón es que se argumenta que obviarla sería equivalente a borrar una historia de exclusión, persecución y desigualdad. Seguir usando el concepto, por el contrario, permite recordar su carga histórica y política, hacer presente el pasado racista de las relaciones entre pueblos y grupos sociales dominantes y dominados, y continuar combatiendo una discriminación que hoy sigue viva en muchos lugares del mundo. Pero en otros contextos, como, por ejemplo, en buena parte de los países latinoamericanos, el término ha desaparecido del lenguaje político-administrativo (no existe, por ejemplo, en las casillas de un formulario para trámites legales), aunque pervive en el lenguaje coloquial. La ausencia del término en el lenguaje administrativo —es decir, en las categorías legales de definición de la identidad— probablemente tiene que ver con que las naciones latinoamericanas han sido modeladas por valores universales directamente provenientes de la Ilustración y la Revolución francesa, y el concepto de raza aparecería como discriminatorio frente a sus ideas de ciudadanía universal. A la vez, estos países privilegian una ideología nacional que pone de relieve una mezcla supuestamente armoniosa de las razas europea, africana e indígena, resultante en un nuevo tipo, el mestizo. Esto también ha tenido una formulación idealizada y políticamente influyente en algunos sectores en la idea de que en Iberoamérica nació «la raza cósmica», con todas las herencias históricas encarnadas en un nuevo tipo de hombre, destinado a construir una nueva civilización universal[42]. De forma reivindicativa, el término raza puede aparecer en los discursos de los grupos con una herencia de exclusión, a veces expandiéndose desde una formulación basada en las herencias de color de piel y fisonomía a una basada en la historia sociocultural: en las letras de la salsa o música caribeña, entre sus cultores y promotores, podemos encontrar referencias tanto a la «raza negra» como a la «raza latina».
Definirse y ser definido: el contrapunto identitario
Como vemos, la identidad, personal o colectiva, no viene naturalmente dada, sino que se define y se constituye cultural y socialmente. Esto quiere decir que está condicionada tanto por nosotros mismos como por la sociedad y las comunidades en las cuales vivimos, trabajamos, jugamos e interactuamos. La gente determina su propia identidad, sí, pero también lo hacen sus vecindarios, sus familias y sus contextos económicos. Más aún, la identidad es mutable: puede cambiar a lo largo del tiempo y puede incluso ser cambiada conscientemente por un individuo. Un hombre norteamericano que vive en Argentina, por ejemplo, puede elegir «identificarse» como argentino después de vivir en el país diez o veinte años, o quizá uno o dos, si es particularmente rápido para desarrollar un sentido de pertenencia y adoptar nuevas identidades. Un venezolano que ha obtenido ciudadanía italiana a través de sus abuelos, pero hoy vive en Mallorca, puede elegir identificarse como italiano o como venezolano (o incluso como español o mallorquín), dependiendo de sus circunstancias y del contexto en que se encuentre.
Los humanos tenemos una necesidad innata de categorizar los lugares, las cosas, la gente y los demás seres vivos. Una categoría es un concepto que define una clase de cosas, ideas o personas que comparten ciertas características comunes, para distinguirlos de otros grupos. Categorizar permite darle sentido al mundo social y natural y aprender cómo comportarnos en concierto con otras personas. En una etapa de nuestra historia la habilidad para saber quién era miembro de un grupo y quién no constituyó una herramienta fundamental para la propia supervivencia: darle forma a esos grupos y alianzas permitía maximizar la propia habilidad para conseguir comida, territorio y pareja. El contexto de nuestras vidas diarias ha cambiado mucho desde los tiempos en que todas las sociedades humanas eran cazadoras-recolectoras. Y, sin embargo, seguimos haciendo distinciones entre las personas echando mano a conceptos aparentemente sólidos y estables como el género y la raza, bajo los que palpitan realidades dinámicas, variables y polémicas.
Cuando creamos categorías distintas es inevitable que algunas personas o grupos con los cuales convivimos en un territorio sean percibidos como «forasteros». Al decidir que el grupo Y es intrínsecamente diferente del X, estas diferencias se convierten en la base para establecer que la forma de ser de «nuestro» grupo es la forma inherentemente «correcta» de ser, ya sea que esta se fundamente en el color de piel, la cultura o el país de pertenencia.
La diferencia o la alteridad pueden parecer amenazantes y peligrosas, pero constituyen una herramienta clave en la creación de las identidades contemporáneas y las ideologías de las naciones. La diferencia también se manipula frecuentemente para controlar los sistemas y los individuos que dan forma a la migración. Se trata de un concepto que puede ser reavivado en diferentes situaciones de movilidad y contacto entre diferentes grupos étnicos o raciales. Pero la necesidad de manejar la alteridad por parte de las comunidades, las sociedades y los estados aparece desde mucho tiempo antes de la existencia de los modernos Estados nación. Los romanos, por ejemplo, otorgaban grados limitados de ciudadanía a quienes vivían en las tierras que iban incorporando al imperio durante su expansión. Pero, aunque conferían la ciudadanía romana y sus derechos públicos y privados concomitantes a los habitantes de ciertas ciudades y no a los de otras, esta ciudadanía era incluyente y no conllevaba asociaciones exclusivas con ciertos grupos étnicos. Por el contrario, acogía una gran diversidad de culturas, lenguas y religiones[43]. Otras sociedades, como el Imperio otomano en el Medio Oriente o la dinastía Ming en China, tenían políticas mucho más severas. Los otomanos removían forzosamente a niños de las familias que vivían en tierras remotas bajo ocupación, criándolos como musulmanes y forzándolos a hablar turco. En la China de la dinastía Ming, aunque había muchos trabajadores extranjeros sirviendo en un extenso aparato de relaciones exteriores —musulmanes de Asia central y el norte de África, por ejemplo—, los regentes del reino creían que no necesitaban nada proveniente de fuera. Se concebían a sí mismos como superiores material y culturalmente, rodeados por sociedades bárbaras; y esta percepción fundamentó una política de aislamiento total que duró varios siglos.
IDENTIDAD PERSONAL Y COLECTIVA
Lo que hace que los individuos sean quienes son no viene dado solamente por sus rasgos y características personales, sino también por su pertenencia —atribuida por uno mismo o por otros— a categorías o grupos sociales (reales o imaginados). La identidad colectiva se refiere al sentimiento de pertenencia compartida de una persona a un grupo. La identidad que se deriva del grupo (o «colectivo») moldea una parte de la identidad personal de un individuo. La participación en actividades sociales puede proporcionar a los individuos un sentimiento de pertenencia y una identidad que supera los límites de su identidad individual. Esta relación de retroalimentación entre identidad personal y colectiva es uno de los procesos fundamentales de la existencia del hombre en comunidad. A veces es posible que este sentido de pertenencia a un grupo particular se convierta en algo tan fuerte que se imponga sobre otros aspectos de la identidad de una persona: ejemplo de esto son las identificaciones religiosas, las ideologías políticas o el nacionalismo. El anhelo profundo que pueden tener las personas de verse a sí mismos como seres plenos puede inspirar un deseo de pertenecer a algo más grande que uno mismo, y de participar activamente en la vida de esta entidad (social) hecha de factores que trascienden al individuo.
Estas divisiones han resultado históricamente en hostilidad hacia aquellos que no son parte del grupo dominante, que podían ser vistos como una amenaza o un lastre, en detrimento de la existencia del grupo. La hostilidad en contra de las personas percibidas como diferentes, y, por lo tanto, marginadas, puede generar una mentalidad de «nosotros contra ellos». A veces, como en el caso de la Sudáfrica de la época del apartheid, se produce una segregación de los diferentes sostenida en el orden legal y asegurada con políticas represivas y confinamiento espacial. Pero en otros casos, se busca incluirlos para hacer un uso político de ellos. Por ejemplo, las poblaciones o facciones políticas dominantes pueden tratar de asimilar a su propio grupo a miembros diferentes de la sociedad, para darse legitimidad como gobernantes del país. En Venezuela, por ejemplo, se creó un Ministerio de Pueblos Indígenas, y estos fueron incluidos simbólica y propagandísticamente; pero los derechos territoriales de las poblaciones indígenas están lejos de ser atendidos. En la medida en que categorías como la raza y la religión se definen por instituciones formales del Estado, estas identidades se vuelven fuertemente politizadas, controladas y disputadas.
La mentalidad de «nosotros contra ellos» ayudó en un pasado a las sociedades humanas a sobrevivir, pero seguir entendiendo la diferencia en términos antagónicos quizá haya dejado de ser productivo para el desarrollo de la convivencia. Nuestra fijación en las categorías que distinguen a algunas personas de otras puede llevarnos a rechazar la diferencia y congelarla, en vez de explorarla, convivir con ella y acoger lo que pueda resultar enriquecedor. Es poco probable que los humanos dejen de categorizarse entre sí en un futuro, y la migración es un campo en el cual la categorización de propios y extraños aparece cotidianamente. Para apreciar y entender sus complejidades, hace falta reconocer que aquellas personas que son diferentes de nosotros no tienen por qué ser vistos instintivamente como amenazas. Mientras los humanos tenemos muchas similitudes, también tenemos otras tantas diferencias, y estas últimas son las que hacen que ser humano en el mundo de hoy sea tan interesante, estimulante y disfrutable. La gente que se posiciona en contra de la inmigración suele perder de vista estas consideraciones de sentido común.
Tierra, territorio e identidad
En 1942 la filósofa y activista política Simone Weil escribió que «estar arraigado es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana»[44]. La idea de que los humanos han sido prototípicamente sedentarios ha sido dominante por largo tiempo, pero esto no significa que estar arraigado geográficamente de forma permanente sea «normal» y que el movimiento sea una aberración. Cuando hablamos de «raíces» nos referimos tanto a conexiones materiales y perceptivas como a otras metafóricas e imaginadas que conectan a las personas con sus lugares, y a las redes de apoyo que generan una sensación de pertenencia con ese sitio. En el capítulo 2 veremos cómo la movilidad de las cosas, de las ideas y de la gente ha sido generalizada en las sociedades humanas durante milenios. Y, sin embargo, las ideas sobre las raíces, la tierra y el territorio están tan firmemente inscritas en nuestro lenguaje y formas de pensar que nos pueden llevar a olvidar el papel fundamental del movimiento para el ser humano.
La noción de territorialización de la identidad es la idea de que la identidad social o cultural de un individuo está determinada por el anclaje a un espacio fijo, a una extensión establecida y delimitada de tierra. Desde este enfoque conceptual y político, se hace aparecer los nexos entre la gente y el lugar, y entre la nación y el territorio, como si fueran naturales, como una característica inmutable de la relación entre grupos humanos y su espacio geográfico. Por ejemplo, la noción de una cultura humana se basa en la idea de que en algún lugar existen raíces estables y fijas, y una existencia territorializada[45]. El propio término cultura está ligado etimológicamente a la palabra cultivar. Esto es llamativo, si se considera hasta qué punto el movimiento humano ha sido una característica que ha definido a las sociedades durante miles de años[46].
Los estudiosos de la migración han llamado «sesgo sedentario» a la idea de que mantenerse en un lugar es normal y el movimiento es anormal, actitud que ha sido predominante en muchas sociedades por largo tiempo. Incluso hoy, buena parte de la discusión sobre los solicitantes de asilo o refugiados describe el tiempo de una persona en el exilio como detenido o suspendido[47]. En Europa, este tipo de divisiones binarias entre la gente móvil y la gente inmóvil, así como las fronteras artificiales que con frecuencia se dibujan entre ellas, se remontan hasta (por lo menos) el siglo XIV. En aquel tiempo las instituciones del Estado se apropiaron de estas ideas para argumentar que la movilidad de los pobres y desfavorecidos amenazaba el orden público dominante. Se recurrió a estas distinciones con el objetivo de preservar lo que la socióloga Bridget Anderson ha llamado «comunidades de valor». La idea de Anderson es que los estados modernos se conciben a sí mismos no como agregados arbitrarios de personas conectadas entre sí por un estatus legal compartido, sino como un colectivo coherente compuesto por individuos que comparten ideales comunes y patrones de comportamiento; que se expresan a través de la religión, el idioma o las costumbres. Sus miembros, en otras palabras, tienen valores compartidos[48].
Las complejas raíces históricas del control reglamentario de la movilidad reaparecen en el presente, cuando la figura móvil del migrante es conceptualizada por diversos actores institucionales —autoridades y productores de mensajes y contenidos que modelan la opinión pública— como oscilando entre la exclusión y la inclusión en comunidades distintas. Imponer como natural u obligatorio que el migrante se deba insertar en un campo social determinado, a riesgo de quedar excluido, es contradictorio con los principios de igualdad, derechos y autonomía en la sociedad. A través de este tipo de pensamiento, los movimientos migratorios son desnormalizados: esto es, se los hace aparecer como aberraciones y anomalías.
SEDENTARIOS Y NÓMADAS, «NORMALES» Y «ANORMALES»
El sedentarismo, o el «sesgo sedentario», subyace a muchas iniciativas estatales sobre migración y desarrollo, que tienen el objetivo implícito de reducir el flujo de migración internacional, especialmente hacia los países industrializados. Si se cree que los humanos son inherentemente sedentarios y estáticos, entonces es más fácil demonizar el emprendimiento de los migrantes en busca de una mejor vida, y considerarla como una aberración y una situación irregular que debe ser arreglada.
En realidad, la migración ha sido siempre una estrategia utilizada por las personas y los grupos humanos para intentar mejorar su calidad de vida, y las crecientes oportunidades para la migración internacional proveen de herramientas esenciales de bienestar futuro a muchas personas en todo el planeta.
Las fronteras y los límites
En el transcurso de los últimos siglos —y en particular durante el siglo pasado— las fronteras se han vuelto fundamentales para la organización de nuestro mundo físico y político. Pero nuestra fascinación con las fronteras se remonta a miles de años atrás, hasta los dibujos del cielo nocturno en paredes de cavernas (alrededor del 16.500 a. C.) hechos por gente que exploraba los límites de su conocimiento e intentaba discernir su mundo y ver qué significaba. Las cuevas de El Castillo en Cantabria (España), por ejemplo, contienen un mapa de puntos de la constelación de la Corona Borealis que data del 12.000 a. C. Podemos aventurar que esta representación del límite más lejano que podían percibir estos artistas del final del Pleistoceno ha debido de poner en juego ideas sobre su propio lugar en el universo, sobre su relación con otras personas, y sobre su relación con ese límite. Por su parte, la fascinación que han sentido geógrafos e historiadores hacia los mapas y los atlas, también da testimonio de los intentos del ser humano para entender dónde comenzaban y terminaban los límites de su mundo.
Las primeras representaciones del mundo hechas sobre papel (o papiro) son del siglo VI a. C. Anaximandro de Mileto (h. 611-546 a. C.), el antiguo sabio griego que dibujó uno de los primeros mapas de mundo en forma de cilindro, estaba fascinado por la idea de las fronteras y los límites, en buena medida porque pensaba que estos permitían a los seres humanos definir quiénes eran y cómo llevar adelante sus vidas. En sus estudios se ocupó de la idea del infinito y también de la creación de mapas, y pensaba que estos últimos eran útiles para mejorar la navegación y el comercio entre las colonias del Mediterráneo y el Mar Negro (y, por lo tanto, para fortalecer el poder central). Creía además que la idea filosófica de una representación física global del mundo constituía una enorme contribución al conocimiento humano[49].
La más reciente preocupación por las fronteras y los límites puede haber estado influenciada por el efecto de acercamiento geográfico de las regiones del mundo a raíz de las expediciones de descubrimiento de los siglos XV y XVI. Saber que los humanos estaban relativamente mucho más interconectados los unos con los otros quizá contribuyó a que se impusiera a la reflexión de algunos grupos humanos —o al menos de algunas personas dentro de ellos— el tema de los vínculos y similitudes entre las personas; y a la vez llevó a otros a enfocarse en determinar las distinciones entre ellos, generando la necesidad de pensar e imponer límites y fronteras.
Más recientemente, las fronteras se han convertido en un asunto de creciente preocupación política en muchas partes del mundo. La libre circulación de capital, bienes e información, y el creciente movimiento libre de personas entre varios países en regiones como Europa (con el advenimiento de la Unión Europea) ha sido el resultado de nuevas políticas en el marco de las transformaciones del sistema económico global. Igualmente, la creciente discusión sobre las formas de producción y de consumo en un mundo globalizado ha cuestionado la naturaleza fija de las fronteras políticas y geopolíticas de los estados, invitando a reconsiderar los nexos entre los territorios geográficos y la soberanía nacional. Los procesos de globalización y transnacionalismo parecen sugerir que quizá ya no necesitemos fronteras. Si hay tantos movimientos alrededor del mundo, y si la gente ahora está tan interconectada, quizá las líneas divisorias que definieron al mundo durante la guerra fría y las guerras mundiales puede que ya no sean tan necesarias. Tal vez estemos entrando paulatinamente en un nuevo «mundo sin fronteras». Después de todo, se está volviendo cada vez más común para la gente tener identidades múltiples y fluidas; y —al menos en ciertas partes del mundo, como Europa y algunas regiones de Asia— los territorios geográficos remotos o desconocidos aparecen cada vez menos como barreras y cada vez más como invitaciones para ponerse en movimiento, viajar y explorar nuevas regiones y formas de vida.
Sin embargo, aunque sea cierto que ahora hay un mayor movimiento de personas, cosas e ideas alrededor del mundo, también es cierto que en muchos contextos los límites se están volviendo más infranqueables y más vigilados. De hecho, hoy existe más preocupación que nunca antes por controlar a quienes se mueven entre países. ¿Cómo podemos reconciliar el hecho de que hoy las fronteras a la vez se derrumban y se erigen con más fuerza, tanto conceptualmente como en la realidad? Esta paradoja fundamental comienza a entenderse si nos preguntamos quién puede moverse libremente y quién no, para qué personas significan las fronteras un límite y para quiénes no. Por más que las fronteras internacionales sean cada vez más porosas, solo un pequeño porcentaje de la gente en el mundo es capaz de moverse a través de ellas sin ser controlada.
Migrantes y ciudadanos
Una de las razones por las cuales la migración constituye un tema tan candente de debate tiene que ver con su relación con los temas de fronteras, su control y el otorgamiento de derechos de acceso privilegiado a los países delimitados por estas. Cuando un gobierno abre las fronteras de su país y concede a ciertos grupos de personas acceso y privilegios específicos (como derecho a la residencia, derecho al trabajo, beneficios sociales, etc.), se hace evidente la complejidad que entraña el manejo de estos asuntos, así como las discusiones sobre ellos.
DISTINTOS CAMINOS HACIA LA CIUDADANÍA
Según el principio ius sanguinis (ley de la sangre, en latín), la ciudadanía se determina de acuerdo a la filiación —esto es, por tener uno o ambos padres que ya son ciudadanos del estado—, en vez de por el lugar de nacimiento. Los niños pueden ser ciudadanos automáticamente al nacer si sus padres tienen ciudadanía del estado, o determinadas identidades étnicas o culturales incluidas en los criterios de ciudadanía. Este principio contrasta con aquel del ius soli (derecho del suelo), según el cual la ciudadanía se otorga sobre la base del nacimiento en un territorio. La ciudadanía jus soli tiene la ventaja de ofrecer membresía en una comunidad política dada a aquellos que seguramente ya viven ahí, para que puedan estar sujetos a sus leyes y contribuir a su desarrollo económico y social. Este principio provee una vía para promover la integración social y la legitimidad democrática, reduciendo las preocupaciones sobre la exclusión interna y la inseguridad de la residencia. Al otorgar ciudadanía a aquellos nacidos en el país, el jus soli incorpora a los niños de los inmigrantes como miembros desde su nacimiento. El principio ius domicile (ley de residencia), sin embargo, permite a un migrante obtener la nacionalidad a través de la naturalización después de haber sido un residente legal en el país por un número de años. Esta vía es quizá la más común para los migrantes internacionales.
¿A partir de qué momento pueden los migrantes obtener los mismos beneficios que los locales? ¿Cuándo termina la condición de migrante? Suele decirse que una de las vías para que termine el período en el que alguien es caracterizado como tal (al menos en términos legales o políticos) es la concesión de la ciudadanía naturalizada. Cada país tiene sus propias políticas para estos fines, algunas muy estrictas, y otras más laxas. Tradicionalmente existen tres formas para obtener la ciudadanía: por filiación, por nacimiento y por residencia en el país.
El camino de migrante a ciudadano dibuja una trayectoria compleja, llena de obstáculos y estaciones para los migrantes; pero también para las sociedades receptoras, al exponer las dificultades que tienen para manejar sus dinámicas básicas y sus transformaciones. En este proceso aparecen muchas más variables que las consideraciones demográficas o el incremento potencial del desempleo, por citar algunos de los temas que frecuentemente están en la opinión pública. En esta situación se pone en juego una de las decisiones más importantes y sensibles con las cuales se enfrenta cualquier comunidad política o social: cómo definir quién pertenece o debería pertenecer a su círculo de miembros.
NEPAL Y LOS TRABAJADORES MIGRANTES
Nepal es un pequeño país enclavado entre China y la India, con una población de unos 28 millones. Cada año, cerca de 400.000 nepaleses dejan atrás sus ciudades y pueblos para trabajar en ultramar, con frecuencia en el Golfo Pérsico, en países como Catar o los Emiratos Árabes Unidos, donde enormes proyectos de construcción demandan mano de obra barata (como los de la Copa Mundial de 2022). Los nepaleses que trabajan en el extranjero, mayoritariamente hombres, envían remesas de dinero a sus familias, que proveen a estas de un aumento significativo de sus ingresos. Este incremento puede ser, por supuesto, muy positivo, pero también puede conllevar aspectos negativos. Por ejemplo, en Nepal las familias que reciben remesas tienden a emigrar de los pueblos a las áreas urbanas, donde existe la posibilidad de una vida con más lujos, pero también con más gastos. Una parte mínima del dinero de las remesas entra en la mejora de las condiciones de vida de la gente a largo plazo o en su desarrollo humano. Además, mientras un marido está lejos por largo tiempo, su esposa suele quedarse en una situación de soledad y aislamiento. A veces las familias se deshacen, sus niños crecen sin una figura paterna en casa, lo cual, en el contexto nepalí puede derivar en un pobre rendimiento escolar, adicciones a las drogas y el alcohol y en general en una vida socialmente carenciada[50].
La ciudadanía por naturalización es el proceso legal por el cual un no-ciudadano puede adquirir la nacionalidad de un país determinado, y habitualmente incluye la exigencia de que se establezcan conexiones sociales genuinas entre el individuo y su nuevo país de residencia durante un plazo de varios años, y la adquisición de ciertos conocimientos básicos (como la lengua, la historia del país, etc.). Pero a veces los estados mismos eligen obviar estos requerimientos de incorporación de la cultura o de los códigos sociales de un país. Por ejemplo, existen programas de «ciudadanía por inversión», que han sido criticados porque permiten que cualquier persona con medios económicos pueda comprar su camino hacia la ciudadanía, privilegiando a cierta clase de ciudadanos y rompiendo con los requerimientos estándar de incorporación. Si se examinan las diferencias entre las rutas establecidas por algunos países para otorgar la ciudadanía, se hace evidente que tienen menos que ver con las necesidades de los migrantes que intentan convertirse en ciudadanos, o con una valoración de su aporte a los países de acogida, y más con las ideologías nacionales particulares y las historias de esos países. Y más allá de las especificidades de la adquisición de la ciudadanía, este también es un factor determinante en la configuración del fenómeno de la migración como conjunto.
¿Cuáles son los beneficios y las desventajas de las migraciones, y qué desafíos suponen?
Definitivamente, existe un conjunto de ventajas de la migración que pueden ser capitalizadas por los países receptores. Algunas tienen que ver con la economía, otras son de orden social y cultural. Por ejemplo, la mano de obra migrante puede cubrir vacantes de trabajo y lagunas existentes en el mercado laboral de ciertas especializaciones profesionales, y colaborar así en el crecimiento económico. La brecha del sistema de pensiones puede repararse por la contribución de nuevos trabajadores jóvenes, que también pagan impuestos, cosa que hace posible mantener una serie de servicios para una sociedad que envejece cuando la población joven local laboralmente activa es insuficiente. Los inmigrantes con frecuencia traen energía e innovación, y pueden enriquecer a sus países anfitriones con su diversidad cultural.
Esto puede tener una influencia positiva en la productividad y eficiencia de los trabajadores locales, en la medida en que los inmigrantes puedan aportar ideas nuevas y una perspectiva fresca a las empresas locales, e incluso ofrecer mayores vínculos culturales con naciones en desarrollo, potencialmente útiles en un contexto de comercio internacional en crecimiento. En los países de origen —que frecuentemente están en vías de desarrollo— las comunidades locales se pueden beneficiar con las remesas, que hoy sobrepasan para muchos países las donaciones de ayuda internacional. Más aún, en la medida en que los migrantes jóvenes envían remesas a sus comunidades de origen, el desempleo en esas comunidades se reduce. Y los migrantes que retornan pueden traer ahorros, destrezas y contactos internacionales[51].
A su vez, también existen desventajas potenciales de la migración para las comunidades. Un argumento frecuente sostiene que los salarios de los trabajadores locales pueden caer tras un aporte de fuerza de trabajo migrante. Sin embargo, cuando esto ocurre, tiende a hacerlo en proporciones muy reducidas, y en general parece ser una consecuencia temporal. Aunque la migración puede tener un impacto negativo en los salarios de algunos trabajadores de los tramos más bajos de la escala salarial, ha habido muy poca evidencia que apoye la idea de que la migración sea el factor impulsor principal, o al menos uno relativamente importante, de la bajada de salarios[52]. Sin embargo, también en ciertos casos, el hecho de que haya trabajadores dispuestos a trabajar por un sueldo menor puede incentivar a los empleadores a ignorar la productividad y a dejar de invertir en formación para sus trabajadores y en innovación. Esto puede llevar a la explotación tanto de los migrantes como de los nacionales. Al mismo tiempo, un aumento de la población puede ejercer presión en los servicios públicos, y el desempleo puede aumentar. Pero también se ha demostrado en muchos casos que la aportación de los migrantes a los impuestos de un país receptor es muy superior a la que reciben en forma de beneficios estatales o municipales[53].
En muchos países en los últimos años se han vivido dificultades de integración y un incremento de las fricciones con la población local; especialmente cuando no se hacen esfuerzos para disipar los mitos sobre la migración sostenidos por los locales. La criminalidad organizada, en la que se incluyen el narcotráfico, el tráfico de armas, la trata de personas y el terrorismo internacional, también pueden aprovechar las condiciones de libre circulación, y esto ha llevado con frecuencia a dirigir sospechas hacia los migrantes, sin hacer distinciones. Estas preocupaciones han determinado que a los grandes movimientos de personas en tiempos recientes se haya asociado un aumento del monitoreo de la seguridad, que ha transformado las condiciones del transporte aéreo y terrestre, las formas de vigilancia social, los espacios públicos e incluso el derecho a la intimidad.
En los países que envían migración, puede haber problemas sociales cuando hay niños que se ven obligados a permanecer en el sitio de origen y crecen sin tener el apoyo de un círculo familiar sólido. La pérdida de trabajadores jóvenes o muy capacitados puede crear desventajas económicas en diversos sectores laborales y de la economía, y también puede sustraer al país los recursos humanos e intelectuales necesarios para hacer frente a sus dificultades económicas, sociales o políticas. Así como puede debilitar sectores profesionales o académicos, la ausencia de los emigrados en las luchas sociales en sus países de origen puede contribuir a prolongar situaciones de injusticia o favorecer la supervivencia de gobiernos corruptos, dictatoriales e incluso de estados fallidos.
En términos generales, es evidente que la inmigración puede ser beneficiosa para los migrantes, pero solo si sus derechos están adecuadamente protegidos, y sus condiciones de inserción son favorables tanto para ellos como para estimular el dinamismo de las sociedades receptoras. La migración puede ser económicamente beneficiosa tanto para los países de origen como para los países receptores. Sin embargo, las estructuras actuales del comercio y las finanzas llevan a que los países en los cuales están establecidos los grandes bancos y otras instituciones financieras globales sean con frecuencia los que más se benefician.
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