Kitabı oku: «La política de paz, seguridad y defensa del Estado colombiano posterior a la expedición de la Constitución de 1991»

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La política de paz, seguridad y defensa del Estado colombiano posterior a la expedición de la Constitución de 1991

La política de paz, seguridad y defensa del Estado colombiano posterior a la expedición de la Constitución de 1991

Alejo Vargas Velásquez


Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico Sociales

Gerardo Molina (Unijus)

Bogotá D.C., 2021


La política de paz, seguridad y defensa del Estado colombiano posterior a la expedición de la Constitución de 1991

© Universidad Nacional de Colombia - Sede Bogotá

© Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales

© Vicedecanatura de Investigación y Extensión

© Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus

© Alejo Vargas Velásquez, autor

Primera edición, 2021

ISBN (impreso): 978-958-794-502-7

ISBN (IBD): 978-958-794-503-4

ISBN (digital): 978-958-794-504-1

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Rectora Universidad Nacional de Colombia

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Alejo Vargas Velásquez

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Imagen de portada

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia

Vargas Velásquez, Alejo, 1949- La política de paz, seguridad y defensa del Estado colombiano posterior a la expedición de la Constitución de 1991 / Alejo Vargas Velásquez. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Vicedecanatura de Investigación y Extensión. Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina (UNIJUS), 2021.

330 páginas. -- (Serie Investigaciones Jurídico-Políticas de la Universidad Nacional de Colombia ; 29)

Incluye referencias bibliográficas e índices temático y de autores

ISBN 978-958-794-502-7 (rústica). -- ISBN 978-958-794-504-1 (e-pub). --

ISBN 978-958-794-503-4 (impresión bajo demanda)

1. Política de paz -- Colombia -- 1982-2021 2. Seguridad nacional -- Colombia -- 1982-2021 3. Conflicto armado – Colombia -- 1982-2021 4. Acuerdos de paz – Colombia -- 1982-2021 5. Colombia -- Constitución – 1991 5. Colombia -- Políticas públicas -- 1982-2021 6. Colombia -- Política y gobierno -- 1982-2021 I. Título II. Serie

CDD-23 320.609861 / 2021

Para Marlen.

En memoria de Augusto Ramírez Ocampo

y Carlos Lozano Gullién trabajadores

incansables por la paz.

Contenido

Introducción

La Universidad Nacional y la construcción de paz en Colombia

La estructura del documento

Un marco analítico-conceptual sobre la política pública de paz

A manera de introducción

Una aproximación al entendimiento de la política pública

Factores que influencian la política pública

El proceso de la política pública

La administración pública y las políticas públicas en el contexto de un nuevo tipo de Estado

Sobre el entendimiento de la gobernabilidad democrática

La participación desde los paradigmas más relevantes en ciencias sociales

Legitimidad, políticas públicas y negociación

El conflicto armado colombiano y sus transformaciones

El telón de fondo de la relación entre conflictos y violencia en Colombia

La conformación histórica de los actores del conflicto armado: el actor institucional. Momentos en la estructuración de las fuerzas armadas colombianas

La seguridad interior una prioridad histórica

Una orientación temprana hacia la contrainsurgencia. La seguridad exterior una preocupación secundaria

Los actores extrainstitucionales. Factores explicativos del origen de la guerrilla revolucionaria en los 60 y su evolución en los 70

Factores que contribuyen a la reproducción del conflicto interno armado

La inicial estrategia contrainsurgente del Estado colombiano

Inicio de la coexistencia entre guerra y paz

La transformación en los 90 y al comienzo del nuevo milenio

La sociedad civil: un actor en construcción

La estructura interna de las guerrillas, su desarrollo político y militar y los cambios en el Estado colombiano

Los intentos iniciales previos (hasta el gobierno de Belisario Betancur)

Breves consideraciones acerca de la negociación

Antecedentes de largo plazo

Los años 60 políticos en Colombia

Las oposiciones políticas

Los movimientos sociales

La negociación de la toma de la embajada dominicana

El esfuerzo pionero del gobierno de Belisario Betancur

Breve conclusión

La primera política pública de paz (gobiernos de Virgilio Barco y César Gaviria)

Sobre el sistema político colombiano

El gobierno del presidente Virgilio Barco

El contexto internacional

La situación política y estratégica interna

Los actores relevantes

La formulación de la ‘Iniciativa para la Paz’

Las conversaciones con el M-19

Los resultados

El proceso constituyente de 1991

Breve conclusión

Los intentos parcialmente fallidos (gobiernos de Ernesto Samper Pizano, Andrés Pastrana Arango y Álvaro Uribe Vélez)

La administración de Ernesto Samper Pizano

La propuesta de Convención Nacional

El Preacuerdo del Palacio de Viana

El encuentro de ‘Puerta del Cielo’ con la sociedad civil

La administración de Andrés Pastrana Arango (los diálogos del Caguán con las FARC-EP y con el ELN y la reforma militar)

Los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) (la ofensiva estratégica del Estado colombiano y la Política de Seguridad Democrática)

Nuevo escenario estratégico

La Política Pública de Paz del gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018)

El nuevo contexto internacional

El cambio del escenario político y estratégico nacional

Los anteriores intentos de negociación: lecciones aprendidas para un proceso de paz

Una ‘nueva política pública de paz’. La fase exploratoria de La Habana

El Acuerdo que actúa como hoja de ruta

La fase pública de la negociación

Los cambios en el pensamiento de las Fuerzas Armadas

El plebiscito que cambió las rutas de terminación del conflicto armado

Breve conclusión

De la negociación del Acuerdo a su implementación (entre los gobiernos de Juan Manuel Santos e Iván Duque)

Del conflicto armado al posacuerdo o ¿posconflicto? Unas reflexiones académicas

¿Qué es la implementación?

Algunas reflexiones académicas acerca de cómo hacerlo

Una propuesta a partir de nuestra experiencia diversa

Las complejidades de la implementación

El ELN dinamitó las esperanzas de paz

La política de defensa y seguridad del gobierno Duque: ¿democrática o integral? ¿De guerra o de paz?

Balance de dos años del gobierno Duque

Una reflexión final

Reflexiones conclusivas

Epílogo

Horacio Serpa Uribe: un persistente trabajador por la paz

Referencias

Introducción

Este libro es resultado de la labor desarrollada en el año sabático del autor y tiene dos objetivos principales. El primero, analítico, es desarrollar un estudio sobre los esfuerzos de la sociedad colombiana para superar el conflicto armado interno, lo cual en una lectura de mayor alcance se relaciona con una cuestión fundamental: ¿cómo dejamos atrás el uso de la violencia para conseguir objetivos políticos? El segundo objetivo es pedagógico y consiste en brindar a los estudiantes, especialmente aquellos de política pública, una herramienta que les muestre la relevancia de las políticas públicas en los procesos de solución de situaciones socialmente problemáticas.

Concretamente, el objeto de esta reflexión es la política pública de paz, seguridad y defensa desde la Constitución de 1991 hasta la actualidad. El análisis no consiste en una descripción detallada de cada uno de los esfuerzos adelantados por los diversos gobiernos para lograr una salida concertada al conflicto armado, sino que busca profundizar en el papel desempeñado por la formulación explícita de una política pública de paz y el entorno de seguridad y defensa que la acompaña. En otras palabras, la política pública de paz constituye el hilo conductor de la investigación y la hipótesis que la orienta es que la existencia de dicha política pública ha sido un factor que ha contribuido de manera positiva al alcance de acuerdos para el tránsito de actor(es) armado(s) irregular(es) a la vida democrática, mediante un proceso de dejación de armas y la concertación de algunas reformas para el fortalecimiento de la democracia colombiana. Con este argumento no sugerimos que la sola existencia de un documento de política pública de paz produce efectos sobre la complejidad del conflicto armado; ciertamente, el impacto de dicha política está mediado por una serie de circunstancias favorables que la hagan viable. Sin embargo, cuando un gobierno o una sucesión de ellos cuenta con dicha política, la desactivación de conflictos con grupos insurgentes por vía de una negociación se hace más viable.

Cuando hablamos de un conflicto armado interno, estamos haciendo referencia a un alzamiento armado de una o varias organizaciones insurgentes contra el Estado o el régimen político, sus instituciones y autoridades. Si bien la confrontación expresa unas demandas sociales o aspiraciones insatisfechas, también se puede convertir en un problema de seguridad pública y/o nacional que llegue a afectar la seguridad de las instituciones y potencialmente escalar hasta convertirse en una guerra civil. Por ello, la respuesta desde la institucionalidad estatal se enmarca en una combinación de políticas de seguridad y defensa y de apertura a un diálogo político que permita llegar a acuerdos aceptables para todos, es decir políticas públicas de paz o de terminación del conflicto armado.

Ahora bien, para que la política pública de paz sea eficaz en sus resultados se requiere que su construcción sea un ejercicio conjunto entre los delegados del Estado y de la insurgencia –así fue en las dos políticas públicas de paz eficaces acá analizadas: las de los gobiernos de Virgilio Barco y Juan Manuel Santos– y adicionalmente una decisión inicial o por lo menos una actitud favorable de la organización insurgente para dejar las armas y transformarse en un actor político dentro de la institucionalidad democrática. Experiencias nacionales e internacionales demuestran que el mismo proceso de conversaciones puede incidir en cambiar las posiciones de las partes, especialmente de las organizaciones insurgentes, y la construcción de confianza. Sin embargo, el hecho que la organización alzada en armas previamente haya avanzado en esa dirección es un factor positivo para el éxito de las conversaciones.

El análisis toma como fecha de referencia la expedición de la Constitución de 1991 por varias razones. La primera se debe a un criterio metodológico y es que era necesario contar con un referente de temporalidad para este esfuerzo analítico. La segunda razón, más anclada en la historia nacional, es que la nueva Constitución tuvo un impacto democratizador en la sociedad colombiana. En la Carta constitucional se concretó un amplio reconocimiento de los derechos y la creación de mecanismos insignia para su defensa, tales como la acción de tutela; motivos por los que es catalogada como una Carta garantista. Adicionalmente, el proceso de expedición de la Constitución de 1991, a través de la Asamblea Constituyente de 1991, tuvo una estrecha relación con los procesos de terminación del conflicto con diversos actores armados, a saber, el Movimiento 19 de Abril, M-19, el Ejército Popular de Liberación EPL, el Movimiento Armado Quintín Lame MAQL, el Partido Revolucionario de los Trabajadores PRT, todos ellos iniciados en el gobierno del presidente Virgilio Barco Vargas (1986-1990).

Este trabajo toma como base las reflexiones del autor en dos de los más importantes campos a los cuales ha dedicado su actividad académica: el estudio de las políticas públicas –en el cual fue uno de los pioneros en el país– por una parte, y el estudio del conflicto interno armado, por el otro. Respecto a este último, el análisis se nutre de las experiencias de acompañamiento a los esfuerzos de diversos gobiernos para buscar su solución negociada, incluyendo la creación del Centro de Pensamiento y Seguimiento del Diálogo de Paz CPSDP de la Universidad Nacional y su colaboración con las conversaciones entre el Gobierno Santos y las FARC-EP, así como reflexiones académicas derivadas de dichas experiencias y del estudio de la literatura del país e internacional sobre el tema. Por ello, este trabajo revisita buena parte de los trabajos previos del autor.

La Universidad Nacional y la construcción de paz en Colombia 1

Acá considero necesario hacer algunas consideraciones a propósito de la contribución que la Universidad Nacional de Colombia ha hecho en distintos momentos al esfuerzo de terminar con la relación entre política y violencia, en general, y con el conflicto interno armado en particular.

Como principal centro de formación universitaria en nuestra sociedad, la Universidad Nacional (UN) ha contribuido históricamente a la conformación de la nación colombiana. La UN ha estado lista para aportar su grano de arena en la solución de los grandes problemas nacionales y esto lo ha cumplido en relación con la superación de los temas de violencia que han acompañado tan persistentemente nuestra evolución histórica. Evidentemente, en una organización compleja como lo es nuestra Universidad, es difícil hacer una recapitulación exhaustiva de todo lo realizado por sus miembros. No obstante, en los próximos pasajes vamos a tratar de reseñar algunas de sus realizaciones más relevantes.

A comienzos de los años sesenta del siglo pasado los profesores de la UN, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, junto con Monseñor German Guzmán, produjeron el más importante estudio analítico sobre la violencia liberal-conservadora. El libro ‘La Violencia en Colombia’ fue una gran contribución a la necesaria mirada analítica que un periodo tan violento requería y que llegó en un periodo en que dicha violencia apenas estaba apagándose. En la segunda mitad de los ochenta, durante el gobierno de Virgilio Barco, un equipo conformado por académicos de la UN y de otras instituciones, bajo la coordinación del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), produjeron el valioso documento ‘Colombia: Violencia y Democracia’, una radiografía de las múltiples violencias que en ese momento atravesaban a la sociedad colombiana y que fue un aporte crucial para la comprensión de las violencias de ese momento. Décadas más tarde, en los diálogos del Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana Arango, la UN aportó de diversas maneras a este esfuerzo fallido de llegar a un acuerdo de paz. Contribuciones similares tuvieron lugar en las conversaciones truncadas con el ELN durante varios gobiernos y, especialmente, en el gobierno de Álvaro Uribe. Asimismo se creó el Observatorio de Seguimiento a la desmovilización y a la búsqueda de la paz desde la Facultad de Ciencias Humanas, entre muchas otras contribuciones desde la UN.

Una vez se conoció el inicio formal de las conversaciones entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, la UN creó el Centro de Pensamiento y Seguimiento al Diálogo de Paz CPSDP con la intención de acompañar este esfuerzo de terminación del conflicto armado. Poco tiempo después de su establecimiento, el CPSDP fue invitado por la Mesa de Conversaciones a organizar los Foros de Participación Ciudadana, junto con la Organización de las Naciones Unidas ONU. En total se desarrollaron nueve foros sobre los diversos puntos de la agenda. Después de cada foro, las propuestas y conclusiones organizadas y sistematizadas fueron enviadas a la Mesa de Conversaciones en La Habana. Profesores de varias facultades y sedes de la UN participaron en esta tarea. Igualmente se contribuyó, de forma confidencial, en la selección y el envío de expertos en los distintos temas de la agenda para que expusieran sus puntos de vista a la Mesa de Conversaciones.

Seguidamente, junto con la Organización de las Naciones Unidas y el acompañamiento de la Conferencia Episcopal Colombiana, el CPSDP hizo parte del grupo de instituciones al que se les encomendó la selección de las sesenta víctimas del conflicto armado que irían a reunirse con la Mesa de Conversaciones. Cinco delegaciones de doce víctimas cada una, con el acompañamiento de profesores del CPSDP, participaron en este ejercicio, el cual representó un momento decisivo del proceso de conversaciones. Adicionalmente el CPSDP ha adelantado labores de divulgación, análisis, debate y pedagogía de paz, a través de diversos eventos académicos –cátedras, seminarios, foros, conferencias, conversatorios– en las diferentes sedes de la UN y por medio del programa de televisión del CPSDP y Unimedios, denominado ‘La Paz en Foco’.

De manera posterior a la firma del ‘Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera’ se le encargó a la UN la realización del censo socioeconómico de los miembros de las FARC-EP ubicados en la Zonas Veredales de Transición hacia la Normalización. Los resultados de este censo constituyeron una de las bases para la definición de las políticas de reincorporación de los miembros de las FARC-EP en la vida civil, en lo social, lo económico, lo cultural por parte del Consejo Nacional de Reincorporación. En la misma dirección de apoyo al proceso de implementación, el CPSDP adelantó un proceso de acompañamiento a los líderes sociales e institucionales para fortalecer la capacidad de incidencia en los procesos de implementación de los acuerdos de paz en sus territorios. Esta iniciativa se desarrolló en coordinación con las sedes Tumaco y Orinoquia de la UN.

En cooperación con la ONU, el CPSDP colaboró en la organización del proceso de ‘diálogos territoriales’, iniciativa que permitió la provisión de espacios para que las sociedades regionales manifestaran de manera clara, precisa y franca al Ejército Nacional lo que consideran que son los principales riesgos de seguridad en los territorios y sus perspectivas sobre lo que debería ser el rol de las fuerzas militares. Adicionalmente, con el Ministerio de Educación Nacional, se adelantó un proceso de análisis y capacitación con universidades estatales e instituciones de educación superior regionales con el objetivo de compartir modalidades de trabajo en sus áreas de influencia para contribuir en la construcción de paz y se promovió la creación de una red de instituciones de educación superior para trabajar sinérgicamente en la construcción de paz.

Con base en la cooperación entre distintas sedes, facultades y dependencias de la UN, y a partir de la riqueza que brinda la diversidad de sus programas y enfoques, se están adelantando tareas en el campo de la formación, la investigación y la extensión con el propósito de contribuir en los procesos de implementación de los acuerdos entre Gobierno y las FARC-EP y en la construcción de paz. En este punto es fundamental destacar las múltiples publicaciones, los cursos y cátedras, así como los proyectos de investigación y extensión que adelanta su comunidad docente y estudiantil y que busca aportar en la tarea colectiva de construir la Colombia del posacuerdo.

La estructura del documento

El documento se estructura de la siguiente manera:

El primer capítulo presenta un marco analítico para la comprensión de las políticas públicas. Dicho marco parte de las reflexiones académicas pioneras del autor e integra un diálogo con la multiplicidad de entendimientos que se encuentran en la literatura hoy en día. Desde un entendimiento amplío se avanza hacia un enfoque específico sobre la política pública de paz, los componentes del proceso o ciclo de esta, los factores que inciden sobre ella y que permiten explicar por qué se formula una u otra política pública en un momento determinado. Este capítulo primero obra como un marco de referencia para el desarrollo del ejercicio académico que se realiza a continuación.

El capítulo segundo hace una contextualización del conflicto armado colombiano con base en una reflexión más amplia sobre la relación entre política y violencia en la historia colombiana. Se explica cómo el periodo que llamamos el conflicto armado interno tiene raíces, antecedentes y protagonistas que se articulan con la historia previa colombiana. Asimismo, se argumenta que el surgimiento de las organizaciones guerrilleras tiene factores explicativos en los años sesenta del siglo anterior pero también reciben el impacto de otros factores que contribuyen a su reproducción y complejización, entre ellos el contexto internacional.

El capítulo tercero parte de la tesis que, así como en la vida política colombiana ha sido recurrente la presencia de la violencia con motivaciones políticas, igualmente lo han sido los esfuerzos por darle salidas políticas a la misma. Con base en esta premisa se abordan las iniciativas precursoras en la búsqueda de una salida política al conflicto armado tomando como antecedente los esfuerzos de largo plazo desde el siglo XIX con el periodo de las denominadas guerras civiles, pasando por el periodo de la violencia bipartidista, Liberal-Conservadora y hasta los intentos más recientes, especialmente el esfuerzo pionero del gobierno del presidente Belisario Betancur.

El capítulo cuarto se ocupa de analizar las circunstancias que permitieron la formulación del documento de política pública ‘Iniciativa para la Paz’ por parte del gobierno del presidente Virgilio Barco. En este sentido, se argumenta que factores asociados a la dinámica del conflicto armado y de orden político interno e internacional, especialmente la terminación de la guerra fría, generaron un contexto favorable para el planteamiento de dicha iniciativa que sentó las bases de lo que posteriormente, en una versión ajustada en el marco del diálogo con el M-19, dio estructura a la política pública que produjo resultados positivos en ese cuatrienio y tuvo continuidad en el gobierno de César Gaviria, por lo menos inicialmente.

El capítulo quinto analiza los esfuerzos de paz de los gobiernos de Ernesto Samper, Andrés Pastrana y los dos gobiernos de Álvaro Uribe y se ocupa de explicar las razones por las que los intentos de construir salidas concertadas con las insurgencias guerrilleras de las FARC-EP y el ELN no produjeron los resultados esperados. Igualmente se abordan las iniciativas de reforma en la política de seguridad y defensa, y se argumenta que estas dieron lugar a un cambio estratégico en la dinámica del conflicto armado generando, a su vez, condiciones en el contexto interno que viabilizaron la política pública de paz del gobierno de Juan Manuel Santos.

El capítulo sexto está centrado en el estudio de la formulación de la política pública que orientó la construcción de los Acuerdos de La Habana, enfatizando en el trabajo conjunto entre delegados del gobierno Santos y de las FARC-EP. Previamente se analizan los cambios tanto en el contexto político y estratégico interno como en el internacional que contribuyeron a viabilizar la concreción y desarrollo de esta política pública. Asimismo, el capítulo se ocupa de las dificultades del proceso de conversaciones y las estrategias utilizadas por las dos delegaciones y por la sociedad civil para buscar incidir en la construcción de los acuerdos. Finalmente, se analiza el proceso para la llegada a la firma del Acuerdo Final, los avatares de la refrendación vía plebiscitaria, la renegociación tanto con los voceros del No y la delegación de las FARC-EP, y la posterior firma del Acuerdo del Teatro Colón y su refrendación a través del Congreso.

El capítulo séptimo se refiere al doble proceso que se va a vivir en relación con el Acuerdo de La Habana: por una parte, lo que significó el tránsito de la terminación formal de las conversaciones al inicio del complejo proceso de implementación. Por otra parte, el proceso de tránsito del gobierno que había negociado el Acuerdo hacia el nuevo gobierno vencedor en las elecciones y que representaba las tesis de los sectores del No, con toda la variedad de posiciones presentes allí. El capítulo cierra con unas breves reflexiones acerca del futuro de la implementación de la política pública.

Finalmente, se desarrolla un breve balance conclusivo del ejercicio analítico realizado.

Si este texto es útil para los estudiantes de la temática de políticas públicas, especialmente para quienes se están iniciando en la misma, consideraré que se cumplió el objetivo propuesto y eso sería gratificante.

Quiero terminar esta introducción con unas palabras del sacerdote jesuita Francisco de Roux, hoy día presidente de la Comisión de la Verdad:

La paz es un tema que nos divide, cuando debería unirnos, ya que es “parar la guerra” y darnos la posibilidad de emprender juntos, en medio de las diferencias y los conflictos normales, las transformaciones que garanticen a cada persona, familia, comunidad, etnia y región las condiciones para vivir en dignidad […] Me importa la paz como valor moral… Asumir la paz como valor moral significa que la tarea es gratuita; de lo contrario, no sería un valor. Por ella se da la vida si es necesario, sin esperar nada a cambio, ni dinero, ni prestigio, ni premios, ni votos. Es la gratuidad de la paz (De Roux, 2018, pp. 12-13)

Bogotá, agosto de 2020

Un marco analítico-conceptual sobre la política pública de paz 2

A manera de introducción

Este capítulo desarrolla el marco de referencia conceptual y se sitúa en el ámbito del debate contemporáneo acerca de la naturaleza y características de la política pública y los procesos atinentes a la misma. Para algunas corrientes se trata de ejercicios eminentemente ‘tecnocráticos’, para otros se deben enmarcar en la dinámica sociopolítica de cada sociedad y en la capacidad y posibilidad de acción de los distintos actores. Acá reiteramos –con algunas precisiones, desarrollos y ajustes– el enfoque para la comprensión y el análisis de las políticas públicas que hemos venido utilizando desde hace cerca de tres decenios en nuestra actividad académica.

Una aproximación al entendimiento de la política pública

Aproximarse al entendimiento de las políticas públicas nos sitúa de entrada en un terreno de debate entre las distintas perspectivas conceptuales y teóricas en torno al estudio de estas. Un primer problema se origina del significado que en el idioma castellano u otros tiene el término política. Por una parte, política se refiere a la lucha por el poder y construcción de consensos, lo que en idioma inglés remite al término politics, por otra parte, el término designa un programa de acción gubernamental, “el patrón de acción gubernamental que estimula la cooperación social o desestimula el conflicto” como lo señala Fred Frohock o “lo que el gobierno opta por hacer o no hacer” como lo plantea Thomas Dye (citados en Guerrero, 1993, p. 85) y que corresponden a la palabra policy en inglés; eso explica que en castellano y en francés se haya construido la expresión política pública.

Como lo señala Martin Landau (1992) “para algunos la política es un asunto de valor, una declaración de principios básicos, otros restringen su significado a estrategia, diseño o programa, y para otros el término abarca valores, objetivos y medios”.

Para Pierre Muller (1990) la política pública se puede entender

[…] como un proceso de mediación social, en la medida en que el objeto de cada política pública es tomar a su cargo los desajustes que se puedan presentar entre un sector y los otros sectores, o aún entre un sector y la sociedad global.

Para ilustrar la diversidad de aproximaciones podemos anotar que la política pública la entienden algunos como

[…] el resultado de la actividad de una autoridad investida de poder público y de legitimidad gubernamental [...] es decir, de los actos y de los ‘no actos comprometidos’ de una autoridad pública frente a un problema o en un sector relevante de su competencia (Meny y Thoenig, 1992).

En un sentido similar el Diccionario de Políticas Públicas plantea

[…] el concepto de política pública designa las intervenciones de una autoridad investida de poder público y de legitimidad gubernamental sobre un campo específico de la sociedad o del territorio […] Estas intervenciones pueden tomar tres formas principales: las políticas públicas viabilizan unos contenidos que se traducen en unas prestaciones que, finalmente, generan unos efectos. Movilizan unas actividades y unos procesos de trabajo y se despliegan a través de relaciones con otros actores sociales colectivos o individuales (Boussaguet, Jacquot y Ravinet, 2009, pp. 334-335).

Otros señalan que

[…] en general, la lengua corriente hace uso del término políticas en un sentido muy amplio. Así, tanto se utiliza para referirse a un campo de actividad como la política social o la política exterior, como para expresar un propósito político muy concreto (reducir el déficit presupuestario), una decisión gubernamental (ampliar las ayudas a la flota pesquera), un programa de acción (el Plan Hidrológico Nacional) o los resultados obtenidos por un determinado programa o ley [...] mientras otros mantienen que es ‘un programa proyectado de valores, fines y prácticas’ (Laswell y Kaplan, citado en Dye, 1992).

Omar Guerrero (1993) define “a la política pública como un tipo de actividad del gobierno, aquella que se encamina a estimular la colaboración social o inhibir el conflicto [...] Es el cauce que determina y orienta el curso a seguir por la actividad gubernamental”. W. Phillips Shively (1997) considera que

[…] la política, entonces, consiste en la toma de decisiones comunes para un grupo, por medio del uso del poder [...] Cualquier acto de política puede ser visto desde cualquiera de dos perspectivas, ya sea como una búsqueda cooperativa de una respuesta a problemas comunes o como un acto por el cual algunos miembros de un grupo imponen su voluntad sobre otros miembros del grupo.

El profesor de la Universidad Nacional, André-Noel Roth (2002) entiende la política pública como

[…] un conjunto conformado por uno o varios objetivos colectivos considerados necesarios o deseables y por medios y acciones que son tratados, por lo menos parcialmente, por una institución u organización gubernamental con la finalidad de orientar el comportamiento de actores individuales o colectivos para modificar una situación percibida como insatisfactoria o problemática (p. 27).

En este texto partimos de entender la política pública como el conjunto de sucesivas iniciativas u omisiones, decisiones y acciones del régimen político frente a situaciones socialmente problemáticas y que buscan ya sea su resolución o el llevarlas a niveles manejables.

Además se debe plantear que hay un nivel de incertidumbre en la política pública, a pesar de que se considere que “el objeto de cualquier propuesta de política es controlar y dirigir cursos futuros de acción, que es la única acción sujeta a control” (Landau, 1992). La política pública es la concreción del Estado en acción, en movimiento frente a la sociedad y sus problemas.

Es pertinente hacer unas precisiones en relación con ciertas confusiones conceptuales ampliamente difundidas. En primer lugar, la política pública no es igual a la ley o a la norma, la norma es el mecanismo a través del cual la decisión previamente tomada se formaliza jurídicamente. La política pública tampoco se puede reducir exclusivamente a la política económica, la política pública es mucho más que esto.

Es importante destacar, como lo hace Ángel Eduardo Álvarez (1992), que

[…] la supresión del poder como variable esencial del fenómeno político, ha conducido, a importantes errores a la hora de analizar los procesos políticos y, en particular, la formación de políticas públicas [...] La marginación del tema del poder en el análisis de políticas públicas a lo único que puede conducir es a ocultar el hecho de que, en las decisiones públicas de rutina, por lo general, los más ricos y más poderosos logran influir con más éxito que los más pobres y más débiles.

Lo anterior implica que una política pública no se puede ver como una decisión aislada, sino como un conjunto de tomas de posición que involucran una o varias instituciones estatales (simultánea o secuencialmente). Igualmente, la política pública significa la materialización de las decisiones tomadas en tér-minos de acciones que producen resultados sobre la situación problemática y los actores involucrados con la misma3. Estos resultados, efectos e impactos pueden ser valorados a posteriori para así establecer la eficacia y eficiencia de la política pública. Esto conlleva la necesidad del diseño de mecanismos de coordinación inter e intraburocráticos que garanticen la implementación de las decisiones. Esto quiere decir que la política pública no es estática, se va modificando de acuerdo tanto a la incidencia de los actores como al contexto más estructural.

Es necesario hacer la distinción entre lo que podríamos denominar ‘problemas sociales’ y ‘situaciones socialmente problemáticas’, entendiendo los primeros como las necesidades, carencias, demandas de la sociedad en su conjunto o de sectores sociales particulares. Podríamos decir que en general los problemas sociales en toda sociedad rebasan la capacidad de respuesta del Estado y que este en su accionar establece una serie de prioridades o una agenda de asuntos prioritarios. Lo dicho nos remite a lo que podemos denominar ‘situaciones socialmente problemáticas’ concibiéndolas como aquellas que la sociedad de manera mayoritaria percibe como un problema social relevante, por lo que considera que el régimen político debe entrar a enfrentarlas a través de políticas públicas4.

Lo anterior se asemeja a lo que Norberto Bobbio denomina el surgimiento de nuevos problemas políticos, denominando

[…] problemas políticos aquellos que requieren soluciones a través de los instrumentos tradicionales de la acción política, o sea, de la acción que tiene como fin la formación de decisiones colectivas que, una vez tomadas, se convierten en vinculantes para toda la colectividad (Bobbio, 1995).

Podemos decir, entonces, que en la realidad se da un tránsito continuo entre ‘problemas sociales’ y ‘situaciones socialmente problemáticas’ en el cual la intervención de los actores sociales y políticos con poder –nacionales y/o internacionales– es fundamental. Estos utilizan estrategias de presión ya sea sobre el Estado o sobre el sistema político para hacer que los intereses que ellos representan sean considerados como políticos, esto es de interés general, y en esa medida logren que se definan discusiones y políticas con relación a ellos.

Los recursos a través de los cuales se desarrolla esta presión son de muy variada naturaleza –utilización de medios de comunicación, ‘cabildeo’, presiones de hecho, entre otros– y están asociados a los recursos de poder de los actores involucrados. En general, se considera que el tipo de recurso de presión utilizado por los distintos actores políticos o sociales está en relación inversa con su cercanía o distancia de los centros tomadores de decisiones. Cuando hay gran cercanía a dichos centros, los recursos de presión utilizados tienden a ser más sutiles y persuasivos, mientras que, a mayor distancia de los mismos, los actores deben utilizar recursos de presión más cercanos a la confrontación. Igualmente pueden acudir a estrategias de autogestión de los problemas, intentando darles resolución a partir de sus propios recursos. Estas estrategias no son excluyentes, sino que pueden ser complementarias.

Adicionalmente, es necesario señalar que la política pública no siempre logra solucionar un problema de manera definitiva –independiente de lo que en la parte discursiva de la política se mencione–. La mayoría de las veces solo pretende llevarlo a una situación ‘manejable’, es decir, que se ubique en un rango de tolerancia. Esto es importante para efectos del análisis de una política pública, ya que suponer que la acción del Estado siempre apunta a erradicar definitivamente una situación problemática puede conllevar a una valoración equivocada de los resultados de dicha política.

Los elementos centrales de una política pública se pueden clasificar al menos en tres componentes:

1. Previsión, ya que toda acción estatal posible tiene un referente en términos de lo que se denomina un ‘futuro deseado’ de la situación problemática hacia el cual se espera que esta se desplace;

2. Decisión, por cuanto formular una política pública no es otra cosa que escoger entre dos o más alternativas o caminos de acción posibles;

3. Acción, por cuanto las decisiones anteriores deben materializarse en términos de acciones, ya sean planes, programas, proyectos o acciones puntuales).

Si las decisiones tomadas no se materializan en acciones, no podríamos hablar de política pública en términos estrictos, sino de un conjunto de intencionalidades o de discursos.

El proceso de concreción de la política pública implica la intervención de una cadena de actores administrativos cuyo comportamiento va desagregando, y a la vez materializando, la política. Esto nos lleva a afirmar, por un lado, que pocas veces la política se implementa tal cual se formula y, por el otro, que en los espacios regionales o locales –con sus particulares características socioeconómicas y políticas– estas tienen diferentes niveles de concreción e, igualmente, disímiles resultados.

La política pública involucra el sistema de poder institucional encargado de tomar las decisiones, la administración pública encargada de ejecutar las decisiones anteriores –crecientemente también la administración privada– y la sociedad que recibe los beneficios o perjuicios de la acción pública. Por ello, alrededor de una política pública y de su proceso o ciclo –gestación, formulación, ejecución, evaluación– se interrelacionan el sistema de poder político, el aparato administrativo y la sociedad.

Factores que influencian la política pública

Las políticas públicas no responden a intentos voluntaristas del régimen político o de los distintos actores sociales, estas se ubican en contextos específicos por lo que los factores estructurales inciden –y con gran peso– sobre el tipo de políticas que finalmente formulan los Estados y su implementación. Es por eso por lo que hemos intentado delimitar un conjunto de factores que inciden sobre las políticas públicas y que nos permiten entender por qué un gobierno adopta una decisión en un momento determinado y no adopta otra, así como porqué se modifica o se continúa con una política pública.

Las políticas públicas hay que entenderlas dentro de un contexto internacional determinado que, en la medida en que se mundializa la economía, la política y la información, tiene mayor incidencia sobre las políticas públicas de los Estados nacionales. Ciertamente, cada vez es más difícil pensar una política pública que haga caso omiso del contexto internacional en que se sitúa y mucho más frente a situaciones problemáticas en las cuales se pasa crecientemente de un concepto de ‘soberanía nacional’ clásico de los Estados nacionales a uno de ‘soberanías compartidas’ entre varios Estados o impulsados por organismos internacionales. Pensemos en problemas como la democracia, el narcotráfico, los derechos humanos, el medio ambiente, la seguridad y la defensa. Lo anterior no quiere decir que los Estados nacionales no tengan ningún tipo de margen de maniobra frente a las ‘sugerencias’ o influencias internacionales. Evidentemente que sí lo tienen, pero este va a depender de la fortaleza política interna que le permita tener posibilidades de juego dentro de un cierto nivel de autonomía.

Asimismo, hay que ubicar las políticas públicas como condicionadas por el tipo de régimen político existente, del que dependen las posibilidades para la expresión y movilización de los diversos actores políticos y sociales frente al problema y que constituyen la demanda o necesidad que está en la base de la política. El tipo de régimen puede privilegiar ya sea salidas consensuales o las de tipo impositivo.

Por lo tanto, podemos afirmar que la política pública está condicionada por un juego de fuerzas, entre las cuales podemos destacar, además de las dos señaladas, las siguientes:

Las características del problema –su tamaño y complejidad–, demanda o necesidad que origina la política. Esto es muy importante en una política pública como la de superar el conflicto interno armado, porque se trata de una situación problemática que al tiempo que expresa demandas sociales represadas históricamente, también evidencia problemas de seguridad nacional, y de seguridad pública y ciudadana.

El proyecto político del gobierno (dominante) que condiciona el tipo de respuesta y que –de forma parcial– se expresa en el plan de desarrollo. Es difícil pensar una política pública específica que vaya en contravía de lo que podemos denominar las ‘megapolíticas’ o políticas básicas de cada momento.

La creciente acción de la sociedad civil organizada, con actores sociales y políticos cada vez más activos buscando influir en las decisiones de política pública5.

Igualmente es necesario considerar las propuestas alternativas sobre el mismo problema de otros actores sociales o políticos, y las disponibilidades de recursos estatales (gasto estatal –que obra casi siempre como factor condicionante–, información disponible, tecnología al alcance, personal) que van a tener incidencia sobre la política.

Lo anterior no pretende colocar en un mismo nivel a factores que, debido a su incidencia, capacidad de presión o por sus posibilidades de priorización de sus intereses, son desiguales. Es evidente que la fuerza determinante en la definición de la política pública, la da el proyecto político dominante en cada momento histórico, el cual por momentos asimila, por lo menos parcialmente, las propuestas alternativas de otros actores, en tanto estas no sean contradictorias con sus intereses, o bien cuando requiere alcanzar puntos de convergencia a efectos de ganar un mayor consenso alrededor de sus políticas.

Finalmente es necesario considerar las dimensiones espacial y temporal en que se ubican las políticas públicas, ya que una misma política pública puede tener diferentes expresiones en distintos momentos históricos o en diversos espacios nacionales y/o regionales debido a las variadas configuraciones en los ámbitos económico, político, cultural y administrativo.

Las políticas públicas dentro del actual contexto tienen características como las siguientes:

1. Si bien la competencia fundamental de la formulación de las políticas públicas continua a cargo de las instituciones del Estado, su implementación tiende a privatizarse y territorializarse. De una parte, son políticas que se conciben para ser ejecutadas parcial o totalmente por actores privados o entes territoriales dentro de la lógica dominante de que son estos los principales actores del desarrollo, esto conlleva a que las políticas públicas no requieran necesariamente, como en el pasado, de instituciones nacionales o regionales específicas. Es decir, puede haber políticas públicas sin instituciones. Por otra parte, las políticas públicas se descentralizan y son los entes regionales (departamentos, municipios y entidades descentralizadas), públicos o privados los responsables de la implementación de la política pública, mientras que el Estado central solo coordina y hace seguimiento a las mismas.

2. Igualmente, se busca una flexibilización de las políticas públicas para que las mismas constituyan grandes directrices y los ejecutores tengan la posibilidad de introducir variantes o modificaciones en su proceso de concreción. Esto permite que las políticas públicas respondan más cercanamente a la demanda o especificidad del problema, es decir que funcionen en línea con la lógica del mercado, y que el gasto estatal pueda llegar más ágilmente a sectores o regiones que lo requieran en momentos de crisis.

3. A diferencia de los tiempos del Estado interventor, el referente orientador de las políticas públicas –especialmente las sociales y económicas– no es la búsqueda de la justicia social, sino la disminución de los niveles de pobreza, aceptándose implícitamente como inevitable la existencia de la misma en la sociedad contemporánea.

4. La financiación de las políticas públicas ya no es más una responsabilidad exclusiva y excluyente del Estado. Lo que está en boga son los esquemas de cofinanciación, generalmente de tipo tripartito, en los cuales participan el Estado central, los entes territoriales, los usuarios y, crecientemente, la cooperación internacional.

5. Una tendencia hacia la focalización de las políticas públicas buscando que las mismas lleguen efectivamente a los sectores sociales y/o regionales que requieren asistencia, abandonando, al menos parcialmente, la pretensión universalista de las políticas públicas propias del contexto del Estado interventor.

6. Entre las razones más importantes para focalizar se aducen unas de tipo coyuntural, asociadas a situaciones de crisis –limitación de los recursos, necesidades básicas insatisfechas en aumento, entre otras– así como otras de carácter más permanente –mejoramiento del diseño de los programas, aumento de su eficacia, potenciamiento de los impactos de los programas sobre la población atendida, exclusión de los que no están dentro de los parámetros de focalización–6. Sin embargo, persiste el debate acerca de si es mejor focalizar o mantener el esquema universalista, en la medida en que se considera que la focalización opera cuando ha habido un mínimo de acceso a necesidades básicas y esa no parece ser la situación en sociedades como las nuestras.

El proceso de la política pública

En toda política pública podemos identificar varios momentos, diferenciables analíticamente, aunque con una interpenetración mutua y que conforman un proceso que comprende7:

El surgimiento, entendiendo como tal el momento en que un problema social hace su tránsito hacia una situación socialmente problemática, es percibida por la sociedad y el Estado y este debe comenzar a prever respuestas.

La formulación o toma de decisión que es aquel en el cual las instituciones estatales o el sistema político institucional valoran las posibles alternativas, reciben presiones de los actores con poder (lo ideal sería que todos los actores involucrados pudieran participar en la definición), negocian o conciertan, y finalmente llegan a la decisión.

Tradicionalmente hay la tendencia –que se acentúa en los tiempos actuales– a pensar que es la denominada ‘racionalidad técnica’ la que orienta la toma de posición del Estado. Sin embargo, en los sistemas políticos reales se presenta una fuerte interacción entre ‘racionalidad técnica’ y ‘racionalidad política’, entendiendo por esta la que se basa en la negociación y el acuerdo entre los actores con poder. Lo importante a resaltar con Martin Landau (1992) es que “si una propuesta de política es un proceso de tipo ingenieril, el producto de una negociación, el resultado de un conflicto o el producto de fuerzas históricas o lo que sea, no cambia su estatuto epistemológico. Mantiene su carácter hipotético”.

Una reiterada reflexión apunta en el sentido de señalar la importancia de que la acción del gobierno en términos de políticas públicas responda a las aspiraciones y demandas sociales, lo cual plantea enseguida el problema respecto a la capacidad efectiva de los ciudadanos, ya sea de manera individual o colectiva, para influenciar la acción del gobierno8. O, dicho de otra manera, analizar cuáles problemas impiden a los gobiernos adelantar una política que responda plenamente a las necesidades de sus administrados.

Pero la acción del gobierno como concreción del régimen político en términos de políticas públicas no se define en una sola fórmula: es lo que él dice y hace y lo que no hace. Esto incluye los objetivos planteados por los programas nacionales; los grandes componentes de los programas y la ejecución de las intenciones declaradas.

La acción del gobierno puede ser enunciada explícitamente (en el texto de las leyes o en los discursos de los principales responsables) o aparecer implícitamente en los programas y medidas adoptadas. En este último caso, ella no puede ser captada sino por lo que conocen a profundidad los detalles de los programas y pueden percibir las tendencias que se desprenden del conjunto. A veces la acción gubernamental toma la forma de una ausencia de acción, lo que la hace particularmente difícil de captar si los responsables buscan disimular sus verdaderas intenciones. Un cambio de orientación puede ser propuesto y debatido públicamente con la plena participación de los especialistas, los partidos políticos, los grupos de interés y de los medios de información, o bien puede darse de manera disimulada.

Con frecuencia hay una fuerte tendencia a pensar que las decisiones públicas tienen algunos criterios orientadores tales como los deseos de la sociedad o de la llamada opinión pública. Si los gobiernos actuarán exclusivamente en respuesta a la denominada opinión pública, probablemente sería suficiente para tomar decisiones de políticas públicas auscultar o consultar la opinión, evaluar los resultados y proceder a tomar las decisiones en consecuencia. Pero ni la voluntad de la opinión pública se expresa siempre de forma clara, ni los gobernantes están dispuestos a actuar solamente en la dirección que esta lo marca en sus preferencias, que casi siempre son de tipo transitorio.

Las decisiones de política pública podrían también, en principio, recurrir al método del análisis racional con el esquema bien conocido, que de manera simplificada se puede resumir así:

1. Identificar el problema, lo que implicaría constatar que existe un problema y tratar de determinar cuál es su origen, sus causalidades.

2. Determinar los objetivos a conseguir en la respuesta a plantear y atribuirles un orden de prioridad, en términos de cómo atacar el problema y establecer cuál es su prioridad en relación con otras soluciones.

3. Plantear todas las opciones apropiadas y toda la información conocida al respecto.

4. Analizar y prever las consecuencias de cada solución y evaluarlas en función de criterios tales como eficacia, coherencia, equidad.

5. Escoger la alternativa que se acerca más al objetivo a conseguir o la denominada solución racional, es decir aquella que maximiza beneficios minimizando los costos.

Pero como bien lo anota Luis Vamberto de Santana (1986),

[…] de acuerdo con la Teoría Racional, todos los valores relevantes de la sociedad son tenidos en cuenta y cualquier daño en uno o más valores, exigidos por una política, son compensados por la consecución de otros valores.

En el análisis de Tinbergen, todo y cualquier proceso analítico racional de formulación de política requiere:

1.una concordancia dentro de un cuadro de valores;

2.formulación clara de objetivos a fin de auxiliar en la escogencia entre políticas alternativas;

3.que el formulador de políticas busque una relación comprensiva de los problemas de las políticas y de sus alternativas;

4.que la coordinación de la política explicite la función del formulador de políticas;

5.que los analistas políticos y los economistas sean comprensivos en la consideración de los valores y variables económicas.

En un trabajo de Dye califica una política como racional cuanto más eficiente sea la proporción entre los valores que ella alcanza y los que ella sacrifica con relación a cualquier otra alternativa política. Ella condiciona la racionalidad de una política a los siguientes parámetros por parte de los formuladores de la política:

1. conocimiento de todas las preferencias de la sociedad en términos de valores y sus pesos relativos;

2. conocimiento de todas las alternativas políticas disponibles;

3. conocimiento de todas las consecuencias de cada alternativa política;

4. balance de los valores societarios alcanzados proporcionalmente en relación con los sacrificados;

5. selección de la alternativa política más eficiente.

Las evidencias reseñadas por Tinbergen y Dye, aproximan respecto a las condiciones necesarias para la formulación de una política racional y son suficientes para justificar las dificultades en la gestión de políticas racionales.

Dentro de los obstáculos importantes en la formulación racional de políticas por el gobierno, Dye señala:

a. Ausencia de valores societarios respecto a los cuales se pueda normalmente concordar y someter valores de individuos y grupos específicos, muchos de ellos conflictuales;

b. Imposibilidad de comparación o ponderación de valores conflictuales, por ejemplo, es imposible comparar el valor de la dignidad individual en contraposición al aumento de los impuestos;

c. El medio ambiente de los formuladores de políticas, en especial el sistema de poder e influencia limita la respectiva capacidad de ponderación de muchos valores societarios, especialmente los que tienen defensores activos o poderosos;

d. Los formuladores de políticas no están motivados para formularlas con base en los objetivos de la sociedad, por el contrario, tienden a maximizar sus propios intereses: poder, estatus, relaciones, dinero;

e. Los formuladores de políticas no están motivados para maximizar el alcance de los objetivos. Ellos no persiguen encontrar la mejor solución, sino procurar encontrar una solución que pueda funcionar;

f. Las grandes inversiones ya realizadas en programas y políticas existentes impiden que los formuladores reconsideren alternativas limitadas por las decisiones anteriores;

g. Existen diversas barreras para la recolección de toda la información necesaria para conocer todas las alternativas políticas posibles y sus consecuencias;

h. La insuficiente capacidad predictiva de las Ciencias Sociales de un modo general, a fin de habilitar a los formuladores de políticas para entender la extensión total de las consecuencias de cada alternativa política;

i. La coordinación de la formulación de políticas se torna difícil, en las grandes organizaciones, debido a su naturaleza fragmentaria, impidiendo que los inputs de todas las fuentes lleguen al núcleo decisorio.

j. Todo lo anterior pone en evidencia la dificultad real de que el método de la Teoría Racional sea el predominante en la formulación de Políticas Públicas en las sociedades reales (De Santana, 1986, citado en Vargas, 1999).

Los responsables de la elaboración de políticas no solo se enfrentan con la dificultad de tratar que sus decisiones se apoyen en la opinión pública o sobre criterios racionales, sino también a las presiones provenientes del sistema político, las pretensiones regionales y de los diversos grupos de interés, la herencia del pasado, la naturaleza específica de la acción gubernamental –que incluye elementos de fragmentación administrativa, y a las consideraciones económicas–.

Es por ello que De Santana (1986) nos plantea cómo en la formulación de políticas públicas inciden de manera relevante la denominada ‘racionalidad política’ que se fundamenta en la lógica propia de los actores políticos y que se expresa en el modelo incremental, por una parte, y las presiones de grupos o los intereses de élites existentes en la sociedad, por otra.

El incrementalismo es una de las concepciones más ampliamente difundidas dentro de los diferentes estudios sobre la política pública. El texto más completo sobre el asunto es del Economista Charles E. Lindblom, que ha generado una gran cantidad de estudios exploratorios en la misma línea de raciocinio.

El incrementalismo considera la política pública como una continuación de las actividades del Gobierno anterior, con pocas modificaciones, llamadas incrementos. De acuerdo con Lindblom, los formuladores de decisiones y de políticas no revisan anualmente el conjunto de políticas existentes, no identifican los objetivos sociales a través de investigaciones sobre costos y beneficios, no escalonan las preferencias con relación a las políticas alternativas disponibles. Por el contrario, problemas como el tiempo, conocimiento y costo impiden que los formuladores de políticas identifiquen la totalidad de las opciones políticas y sus respectivas consecuencias. El modelo incremental reconoce la naturaleza poco práctica de la formulación de políticas “absolutamente racional” y describen un proceso más conservador de formular las decisiones.

Aparece una evidente contradicción entre la teoría de Lindblom y el modelo racional: El incrementalismo es la antítesis del racionalismo.

El proceso incremental se da a través de pequeños cambios de la política, de reducidas innovaciones o transformaciones (es un modelo conservador) con un amplio compromiso con las políticas anteriores. Aquí los formuladores de políticas generalmente aceptan la legitimidad de los programas en ejecución y concuerdan en continuar con las políticas preestablecidas.

Dye ha hecho una pequeña exploración al respecto de los incrementos de la política. Algunas de las razones expuestas son:

Los tomadores de decisión gubernamental no disponen del tiempo, los conocimientos o recursos financieros para examinar todas las alternativas con relación a la política existente.

Los formuladores de políticas aceptan la legitimidad de las políticas anteriores, en función de la incertidumbre acerca de políticas nuevas o diferentes.

La existencia de inversiones voluminosas aplicadas a un stock de capital existente desaconseja cualquier cambio muy radical. Desde el punto de vista político el incrementalismo puede ser aconsejable.

La formulación de la política y la concordancia es más factible cuando los puntos en discusión constituyen apenas incrementos o decrementos o modificaciones a los programas existentes.

El perfil de los formuladores de políticas tiende a recomendar el modelo incremental. Raramente los seres humanos tienen el sentido de maximizar todos sus valores, con mayor frecuencia tratan de satisfacer intereses individuales. No es común la búsqueda exhaustiva de la “mejor manera”, se contentan con encontrar una solución que funcione. Cambios radicales son más lejanos que viables.

En ausencia de metas y valores precisos es más cómodo al Gobierno dar continuidad a los programas existentes en lugar de involucrarse en el planeamiento de políticas específicas.

De acuerdo con los analistas y adeptos del incrementalismo, las decisiones y políticas incrementales son típicas de la vida política, aunque no resuelvan problemas y solo los mantengan a distancia. Las políticas incrementales son hechas diariamente, en circunstancias políticas comunes por los congresistas, ejecutivos, administradores y líderes de partido. Por otra parte, el carácter incremental de la formulación de políticas es frecuentemente disfrazado, porque para los gobiernos es siempre despreciativo que se perciba en el pueblo, que sus planes y políticas no son sino pequeños incrementos en los trabajos de los Gobiernos anteriores (De Santana, 1986).

Y en lo relativo al peso que tienen las élites, nos plantea el colega brasileño:

La referencia a élite requiere inmediatamente, una asociación al concepto de poder. Ambos se complementan. De acuerdo con la teoría de la élite, existe en toda sociedad, siempre y exclusivamente, una minoría que es detentadora del poder y que gobierna, en contraposición a una mayoría sin poder, que no gobierna. Norberto Bobbio conceptúa la teoría de la élite como la teoría según la cual, en cada sociedad, el poder político pertenece siempre a un restringido círculo de personas: el poder de tomar y de imponer decisiones válidas, para todos los miembros del grupo, aunque tenga que recurrir a la fuerza en última instancia.

Cualquier referencia a la teoría de la élite, coloca a Paretto, Mosca y Michels como precursores de esa línea de pensamiento político. Es Vilfredo Paretto quien afirma que, siendo los hombres desiguales en todos los campos de sus actividades, se disponen, en varios niveles, que van del superior al inferior. Aquellos que hacen parte del estrato superior son las élites; el estrato inferior, más numeroso, es dirigido y regulado por la primera.

La política pública puede ser analizada bajo el prisma de las preferencias y valores de la élite gobernante. De acuerdo con la teoría de las élites, a pesar de la afirmación frecuente de que la política pública refleja las demandas del pueblo, esto configuraría más un mito que una realidad. Los presupuestos de la teoría de las élites sugieren que el pueblo es indiferente y está mal informado en cuanto a las políticas públicas y, son las élites, menos numerosas, las que efectivamente expresan la opinión de las masas respecto de las cuestiones políticas, mucho más de que las masas expresen la opinión de las élites. Las políticas fluyen de arriba hacia abajo y no se originan por lo tanto de las demandas de las masas.

Un tratamiento resumido en términos analíticos sobre la teoría de las élites es dado por Dye, cuando resume los siguientes aspectos en términos de las implicaciones de la teoría de las élites para el análisis político:

Los cambios e innovaciones en la política pública surgen como el resultado de las definiciones llevadas a cabo por las élites en relación con sus propios valores. Dado el perfil conservador de las élites y, por consiguiente, sus intereses en la preservación de un statu quo, los cambios en la política pública serán mucho más conservadores que revolucionarios. Las políticas públicas son modificadas con frecuencia, pero raramente son sustituidas. Los valores de las élites, destaca Dye, pueden ser genuinamente virados para el interés público. Un sentido de “nobleza obliga” puede permear los valores de las élites y, por consiguiente, el bienestar de las masas puede ser un elemento importante en el proceso decisorio de las élites. Dye llama la atención alertando que el elitismo no significa que la política pública será, necesariamente, contraria al bienestar de las masas, pero es claro que la responsabilidad por ese bienestar reposa en los hombros de las élites y no en los de las masas.

Los sentimientos de las masas son manipulados por las élites mucho más frecuentemente de que los valores de las élites sean influenciados por los sentimientos, de las masas. De esa forma, las elecciones populares y la oposición partidaria no habilitan a las masas a gobernar.

Entre las élites hay un consenso en cuanto a los valores fundamentales del sistema y someten las alternativas políticas encuadradas dentro del consenso necesario. Elitismo no significa que los miembros de la élite nunca entran en conflicto o nunca disputan entre sí posiciones superiores, pero la confrontación se concentra en un número muy limitado de aspectos.

La teoría de las élites no es inmune a las críticas. Se ubican dentro de sus principales críticos, Robert A., Dahl, Paul M. Sweezy y Schumpeter (De Santana, 1986).

A pesar de estas numerosas dificultades señaladas, que indicarían una tendencia más fuerte en la dirección de darle continuidad a la acción del gobierno, los responsables de toma de decisiones públicas a veces se salen de la línea establecida y se comprometen en la vía de la innovación. Es pertinente señalar con Joan Subirats (1988)

[…] que toda política pública es algo más que una decisión. Normalmente implica una serie de decisiones. Decidir que existe un problema. Decidir que se debe intentar resolver. Decidir la mejor manera de proceder. Decidir legislar sobre el tema, etc. Y aunque en la mayoría de ocasiones el proceso no sea tan “racional”, toda política pública comportará una serie de decisiones más o menos relacionadas9.

Hay una gran diferencia entre el discurso de la política y lo que de él se concretiza. Siempre se va a encontrar una brecha entre lo que es la intencionalidad de la política y lo que recibe específicamente el ciudadano. Ese proceso se presenta de manera continua en la gestión pública.

Como lo anota Louis Valentin Mballa (2017)

[…] las políticas públicas son procesos racionales que incorporan datos y evidencia objetiva para atender una situación problemática en la sociedad. Además, consideradas como sistema complejo y con base en el criterio de la no linealidad de sus procesos nos damos cuenta de que las políticas públicas no son relaciones mecánicas del tipo medio-fin, de ejecución automática, en las que lo decidido en la fase de formulación es o debe ser lo que va a dar sentido a la razón de ser (ontología) de las políticas públicas. Por el contrario, es una compleja interconexión de procesos en la cual, los problemas públicos son constantemente redefinidos, reinventados y reorientados hacia su solución. Esta última afirmación nos lleva a explorar el fin último de las políticas públicas: la solución de los problemas públicos (Mballa, 2017, pp. 108-109).

1. La ejecución o implementación es la materialización de las decisiones anteriormente tomadas y que involucran instituciones estatales y crecientemente una amplia participación privada (empresarial, ciudadana o de las ONG). Paradójicamente esto hace que la administración pública no sea simplemente un espacio de conflictos inter o intraburocráticos, sino también un espacio para el control ciudadano, lo cual genera tensiones novedosas10.

En el proceso de implementación de la política pública, es decir, de volver realidad el discurso político, está involucrado el personal institucional-administrativo, pero también las presiones de los actores políticos y sociales. Toda política pública implica la existencia de unos sectores sociales que reciben los beneficios y otros que eventualmente no lo hacen, y cada uno de esos sectores, a través de los distintos mecanismos posibles, intentan o se esfuerzan por presionar a la administración pública. En una visión simplista lo ideal sería que no existieran esas presiones, pero lo real es que se presentan. De manera que el quid del asunto está en la forma cómo la administración pública procesa esas presiones como algo que forma parte de su permanente quehacer11.

2. La evaluación hace referencia a la posibilidad de valorar a posteriori los resultados, efectos o impactos de la Política Pública ya sea para introducir correcciones (reformulaciones o modificaciones en su ejecución) o para aprender para la gestión pública futura.

La evaluación de políticas y programas tiene un enorme potencial transformador: organizaciones públicas y sociales que rinden cuentas, aprenden y están orientadas a resultados; debate público informado por evidencia; reducción de asimetrías de información sobre el destino y el sentido de la movilización de recursos públicos; contribución a la legitimidad democrática y a la gobernabilidad. No obstante, […] la evaluación es un asunto esencialmente político: más allá del despliegue –necesario– de los métodos de las ciencias sociales, la evaluación tiene una función política, determinada por un contexto social particular (como lo señalan Peter Rossi, Howard Freeman y Mark Lipsey en este texto) (Maldonado y Pérez Yarahuan, 2018, pp. 23-24).

Por lo anterior se debería pensar en un tipo de evaluación ‘formativa’ y no ‘sumativa’ y para ello es fundamental disminuir el peso de la cultura autoritaria presente en la administración pública; esa que lleva a que todo funcionario público de alto o mediano nivel de antemano plantea tener respuestas para todos los problemas y que impide la posibilidad de que se acepten los errores y que los mismos se transformen en oportunidades de aprendizaje.

Ahora bien, es importante estos distintos momentos del ciclo o proceso de la política pública se entrelazan y se superponen por momentos, no son lineales,

Pineda (2007) considera que estas etapas en realidad se entrelazan, se concatenan y empalman entre sí, de modo que el diagrama de la política pública no se corresponde a una línea horizontal, sino más bien a una espiral en que las etapas se repiten una y otra vez en ciclos, por una parte, si las cosas marchan bien, se van haciendo cambios y avances paulatinos en el logro de las metas y objetivos; por otra parte, no se descarta el escenario en que las cosas no siempre marchan hacia adelante sino que hay pasos hacia atrás e incluso retrocesos. A veces, hay círculos virtuosos pero también hay círculos viciosos que pueden hacer que la espiral del ciclo de las políticas públicas sea ascendente de avances o descendentes de retrocesos e incluso circular de estancamiento (Mballa, 2017, p. 122).

Todas las políticas públicas tienen un alto grado de incertidumbre y por ello los responsables de estas deben tener una gran capacidad de acomodación a situaciones nuevas e imprevistas, por lo que se requiere de un buen manejo de la lógica de la planeación estratégica que ayude a pensar y trabajar con varios escenarios posibles.

La administración pública y las políticas públicas en el contexto de un nuevo tipo de Estado

En el caso colombiano, tradicionalmente la administración pública ha sido el soporte material del sistema clientelista y por ello las tendencias de reforma apuntan hacia el otro extremo: intentar una administración pública que haga caso omiso del sistema político como sistema de poder. En esa perspectiva existe la pretensión de considerar la administración pública de tal manera que “presupone que la actividad administrativa puede subordinarse a la razón y que el comportamiento de las estructuras y organizaciones pueden orientarse hacia el logro de fines determinados, seleccionando los medios más adecuados” (Medellín, 1992)12, es decir, es el intento de poner en vigencia un paradigma tecnocrático en la gestión pública.

Sin embargo, la realidad de los sistemas políticos parece mostrar que la racionalidad técnica y la racionalidad política –la que se basa en la concertación y la negociación– tienden a articularse en función de unos intereses y objetivos determinados por los grupos con poder.

En ese sentido debemos señalar que la administración pública debe partir de reconocer la existencia del sistema de poder político y de las presiones sociales con los cuales debe interactuar de manera transparente, es decir, con ‘reglas del juego’ claras y precisas.

Esto implica que la administración pública y su ‘lógica’ es el producto de transacciones entre partes, por arreglo y concertación de intereses y objetivos, buscando que cada uno de ellos se encuentre en un interés y objetivo que los vincule. De manera que la función del administrador público es básicamente el convertirse en un mecanismo muy fuerte de concertación de intereses en la búsqueda de objetivos colectivos que sean la síntesis de diversos intereses grupales.

Sobre el entendimiento de la gobernabilidad democrática

El término gobernabilidad se ha popularizado dentro del lenguaje de los analistas políticos, de los gobernantes y de los políticos profesionales en los últimos años. No obstante, es evidente que se usa de manera indistinta para hacer referencia a distintos tipos de situaciones políticas. Intentemos, por ello, hacer un breve recuento, un acercamiento al ‘estado del arte’ de la discusión acerca del significado y alcance del término13. Usualmente el término gobernabilidad se usa

[…] para describir una condición social en la cual existe una adecuada relación entre el gobierno y la sociedad civil. Es decir, una relación que permite al gobierno ‘gobernar’, porque los ciudadanos respetan la autoridad establecida y no recurren a métodos violentos o ilegales para influir en las decisiones públicas (salvo minorías claramente identificadas); pero que también permite a los ciudadanos mantener expectativas razonables sobre el comportamiento del gobierno en términos de eficacia de la acción institucional –como respuesta a demandas sociales extendidas– y respeto al estado de derecho (Rojas Bolaños, 1994).

Siguiendo a Antonio Camou (2000),

[…] un paradigma de gobernabilidad reúne el conjunto de respuestas firmes que una comunidad política construye a efectos de resolver los problemas de gobierno; …conjuga así orientaciones generales de cultura política, un conjunto de fórmulas institucionales para la toma de decisiones entre los principales actores estratégicos de la sociedad y una serie de acuerdos básicos en torno a un conjunto de políticas públicas estratégicas (Camou, 2000).

Refiriéndose a la región latinoamericana Edelberto Torres Rivas (1995) entiende la gobernabilidad como “la cualidad de la comunidad política en que sus instituciones actúan eficazmente, de un modo considerado legítimo por la ciudadanía, porque tales instituciones y sus políticas les proporcionan seguridad, integración y prosperidad y garantizan orden y continuidad al sistema”.

El denominado Club de Roma en su informe sobre ‘La capacidad de gobernar’, elaborado por un grupo de especialistas bajo la dirección del profesor Dror, de Ciencia Política de la Universidad de Jerusalén, se aproxima al entendimiento de la gobernabilidad como “el mecanismo de mando de un sistema social y sus acciones que se esfuerzan por proporcionar seguridad, prosperidad, coherencia, orden y continuidad al sistema”14.

Analíticamente podríamos diferenciar cuatro esquemas acerca de cómo garantizar una gobernabilidad:

1. La gobernabilidad neoliberal. El término es introducido en los estudios propiciados por la Comisión Trilateral en los años 70, en los cuales se “constataba la existencia de insatisfacción y falta de confianza en el funcionamiento de las instituciones democráticas de gobierno en América del Norte, Japón y Europa Occidental” (Rojas Bolaños, 1994)15. A partir de allí se produce un ejercicio, relativamente arbitrario, de extrapolar estas conclusiones a las democracias en general.

Con base en lo anterior se señala que la democracia era obstaculizada por la ‘sobrecarga’ de demandas las cuales producían ingobernabilidad por lo siguiente:

a. Vuelve a los gobiernos ineficaces en lo que se refiere a su capacidad para responder a los compromisos adquiridos por las presiones que vienen de la sociedad, dentro de los límites impuestos por la economía;

b. los ciudadanos pierden su fe en las instituciones democráticas y en los dirigentes políticos, al no ver cumplidas sus expectativas en términos de respuestas a sus demandas;

c. se resquebraja la obediencia espontánea a las leyes y a las medidas gubernamentales, que es requisito indispensable para lograr un clima de gobernabilidad (Rojas Bolaños, 1994).

Esta perspectiva de entender la gobernabilidad está fuertemente marcada por las tendencias sistémicas de la ciencia política norteamericana y en particular por autores como David Easton y Gabriel Almond que consideran que “la función de las instituciones políticas es la de dar respuesta a las demandas que provienen del ambiente social o, de acuerdo con una terminología común, de convertir las demandas en respuestas” (citado en Bobbio, 1989)16.

La solución a la ‘sobrecarga’, según los teóricos de esta versión de la gobernabilidad, va a ser la denominada ‘receta neoliberal’, que se puede sintetizar en las siguientes medidas17:

a. reducir de modo significativo la actividad del gobierno;

b. disminuir las expectativas de los grupos sociales, minimizando las esperanzas acerca de la intervención del Estado para salvar o sanear cualquier situación;

c. aumentar los recursos o entradas a disposición del Estado;

d. reorganizar las instituciones estatales (simplificación) para aumentar su eficacia.

Desde estas perspectivas, la consolidación del orden y la garantía de la gobernabilidad conlleva reformar radicalmente el Estado, regularizar el funcionamiento de la sociedad, de los comportamientos individuales y poder hacer materia de previsión el funcionamiento del mercado. La gobernabilidad, así entendida, implica que la sociedad se regule ya sea por el mercado en lo económico, o por la democracia en lo político-institucional.

Esto se va a reflejar en un reforzamiento de las tendencias institucionalizadoras y el ‘recalentamiento’ de las tesis de analistas de los años 50, como Samuel Huntington, quienes plantean que

[…] la causa de la inestabilidad política y la violencia que experimentan las sociedades en desarrollo es en gran medida resultado del rápido cambio social y de la veloz movilización política de nuevos grupos, en un contexto de lento desarrollo de las instituciones políticas (Ozslak, 1990).

Es la socorrida tesis del desfase entre la modernización económica y social y la relativa parálisis de la transformación institucional y lo que explica que buena parte de los esfuerzos reformistas de los últimos tiempos pongan todo el acento en la modernización institucional.

Esta perspectiva es fuertemente criticada por varios analistas en los siguientes términos18: Es una visión conservadora porque se plantea que la democracia lleva dentro de sí los gérmenes de su propia destrucción, que más allá de ciertos límites la democracia –en la medida en que posibilita la participación amplia de los ciudadanos– crea ingobernabilidad, de lo cual se derivaría que la solución es la democracia restringida. Pero, además, las recomendaciones de la Trilateral se ubican en la perspectiva elitista de la política que, al considerar gobernabilidad y democracia como conceptos encontrados, arguye que la gobernabilidad es un asunto que tiene que ver con el comportamiento de las élites gobernantes, de manera que son ellas las que deben fijar las coordenadas para mantener o encontrar el rumbo perdido.

Adicionalmente, se podría señalar que en las sociedades del mundo en desarrollo la llamada insuficiencia de gobernabilidad se debe, en estricto sentido, no a su pérdida sino a la ausencia de condiciones para alcanzarla: inexistente o precario desarrollo de las instituciones de bienestar social, una democracia política y participación ciudadana insuficientes, un sistema de representación de intereses distorsionado. Como afirma Torres (1995)

[…] aquí, no aparece un ‘exceso’ de sociedad civil frente al Estado, capaz de ‘sobrecargar de demandas’ al sistema, sino justamente lo contrario, la necesidad de fortalecerla en el sentido literal de vigorizar la participación popular, como condición y resultado de la vida democrática (Torres Rivas, 1995).

2. La gobernabilidad tecnocrática. En los años 90 los organismos financieros internacionales de nuevo sitúan el término gobernabilidad (governance) en el centro de la discusión con un marcado sesgo tecnocrático. El Banco Mundial (1992) a través de su informe sobre Governance and Development y el Banco Interamericano de Desarrollo BID con su propuesta de ‘Buen Gobierno’ relanzan y popularizan el término. Para los organismos financieros internacionales, la governance se debe entender como la manera en la cual es ejercido el poder del Estado, sobre todo en el manejo de los recursos económicos y sociales, con un especial énfasis en la rendición de cuentas (accountability), el marco legal para el desarrollo económico, el acceso a información confiable y la transparencia en la toma de decisiones (Rojas Bolaños, 1994)19.

Dentro de esta perspectiva, se plantea que la gobernabilidad sería garantizada por la adopción de las lógicas gerenciales propias del sector privado o si se quiere, trasladando al sector público un cierto modelo tecnocrático de operar.

3. Un esquema de gobernabilidad socialdemócrata. La literatura sobre el tema hace referencia a tres dimensiones de la ingobernabilidad, que Philippe C. Schmitter (1988), desde una perspectiva académica, nos sintetiza de la siguiente manera:

a. La tendencia a acudir a métodos extralegales de expresión política; es decir, indisciplina expresada en los esfuerzos de los ciudadanos de influir en decisiones públicas por métodos violentos, ilegales o anómalos;

b. la disminución de cohesión de las élites y de su hegemonía, esto es inestabilidad, expresada en el fracaso de los actores de las élites políticas para conservar sus posiciones de dominación o para reproducir las coaliciones preexistentes;

c. el declive de la capacidad del Estado para conseguir los recursos necesarios y ejecutar sus políticas, lo cual refleja ineficacia, o sea la disminución de la capacidad de los políticos y administradores para alcanzar los objetivos deseados y asegurar el acatamiento de ellos por medio de medidas de coordinación obligatoria o de decisiones emanadas de la autoridad del estado.

Schmitter (1988) señala que la intensidad de estos fenómenos varía de un país a otro y anota que si bien algunos podrían ser calificados como ingobernables en las tres dimensiones, otros solamente lo serían en una o dos de ellas. Y concluye que los grados de gobernabilidad están en relación con la manera en que se ‘lleva a cabo la mediación’ de intereses bien diferenciados entre la sociedad civil y el Estado, con lo cual toma partido por un modelo de corporativismo social y en el cual la fuerza de partidos socialdemócratas reformistas parece estar relacionada con mayor gobernabilidad de la sociedad. Lo anterior es de gran importancia, por cuanto es una conclusión opuesta a la de los estudios de la Trilateral. Mientras que para esta la ingobernabilidad se asociaba a la ‘sobrecarga de demandas’, para Schmitter es la existencia de mecanismos de mediación, entre otros, lo que puede garantizar la gobernabilidad.

No hay duda de que este estilo de gobernabilidad, altamente inspirado en las experiencias socialdemócratas europeas –especialmente nórdicas– se basaría en la existencia de organizaciones sociales que operen como canales para tramitar las demandas de la sociedad y la construcción de escenarios de concertación social en los cuales dichas demandas se jerarquicen como producto de un ejercicio de concertación entre sus participantes.

4. La gobernabilidad democrática. Dentro de esta panorámica analítica acerca del entendimiento de la gobernabilidad es necesario señalar lo planteado por Michael Coppedge (1993, citado en Rojas Bolaños, 1994), quien introduce la dimensión del poder –entendido como relaciones de intercambio desigual entre actores en una determinada arena– en el estudio de la gobernabilidad. La gobernabilidad es, entonces, el producto del juego de poder relativo de los grupos relevantes en la arena pública; específicamente, el producto del respeto a ese poder por parte de las instituciones formales e informales que conforman el proceso político. Los síntomas de ingobernabilidad (corrupción, violencia, protesta ciudadana, descoordinación entre el poder ejecutivo y el legislativo, etc.) deben ser vistos como las reacciones a la ausencia de respeto al poder relativo de los grupos, independientemente de su tamaño o de su peso electoral.

Y añade Coppedge (1993, citado en Rojas Bolaños, 1994), estableciendo una distinción entre gobernabilidad y democracia, que la gobernabilidad requiere de la efectiva representación de los grupos en proporción a su poder, mientras que la democracia requiere de representación de grupos en proporción al número de votos. En otras palabras, la democracia respeta la lógica de la igualdad política mientras que la gobernabilidad respeta la lógica del poder. En principio, entonces, democracia y gobernabilidad inevitablemente entran en conflicto, lo que implicaría que una sociedad gobernable no necesariamente tiene que ser democrática.

A partir de lo anterior M. Coppedge (1993, citado en Rojas Bolaños, 1994) nos propone algunos procedimientos para avanzar hacia lo que se puede denominar como la gobernabilidad democrática: primero, debe ser fruto de un acuerdo nacional; segundo, se redefine periódicamente como todo acuerdo y, tercero, depende de la habilidad del gobierno para establecer canales de comunicación y realizar negociaciones con diferentes grupos sociales.

Las condiciones para la gobernabilidad democrática, según Coppedge (1993, citado en Rojas Bolaños, 1994) serían las siguientes para todos los grupos políticamente relevantes:

a. Ser capaces;

b. estar dispuestos a confiar en una fórmula o regla del juego en su arena;

c. los grupos que no son de masas (empresariales, militares, iglesia, etc.) deben estar dispuestos a aceptar fórmulas democráticas –que dan gran peso a los cuerpos de masas–;

d. los funcionarios electos deben representar al pueblo en general en algún grado significativo;

e. los funcionarios electos deben estar dispuestos a aceptar fórmulas que concedan representación efectiva a los grupos que no son de masas;

f. los funcionarios electos deben ser capaces de tomar decisiones, las cuales requieren la creación y mantenimiento de apoyos activos mayoritarios.

Siguiendo el argumento de Coppedge, Rojas Bolaños (1994) concluye que la gobernabilidad democrática

[…] no es solo producto de la capacidad de los grupos políticos para moverse dentro de determinadas reglas del juego –una especie de concertación, sin amenazas constantes de rupturas salvo las meramente retóricas–, que siembren la incertidumbre en el conjunto de la sociedad [...] [Adicionalmente anota que] La estabilidad de un régimen no se puede conservar en una situación de exclusión social y política para algunos de esos actores (Rojas Bolaños, 1994).

La gobernabilidad democrática, entonces, seria producto de un proceso permanente de concertación entre actores estratégicos políticos y sociales, a partir de unos pactos o acuerdos entre los mismos, renegociados de forma periódica.

Esto pone nuevamente sobre el tapete la tensión entre gobernabilidad y democracia. No podemos olvidar que la legitimidad de un régimen político se sustenta en dos elementos fundamentales: uno, en la participación de la mayoría de los miembros de la sociedad en la conformación de sus instituciones y en el nombramiento de los transitorios dirigentes de las mismas y, dos, en que los miembros de la sociedad resulten beneficiados del desarrollo económico en términos de su calidad de vida, es decir en la eficacia de la gestión pública. La legitimidad no es simplemente un problema político, sino también económico y social.

La gobernabilidad en estos tiempos implica sobre todo “la posibilidad de que los gobiernos puedan transformar el poder potencial de un conjunto de instituciones y prácticas políticas en una capacidad explícita para la definición e instrumentación de políticas públicas” (Mayorga, 1992). Y no siempre “un sistema de gobernabilidad basado en criterios de efectividad, previsibilidad y racionalidad” (Mansilla, 1992) se posibilita, en sociedades profundamente desigualdades, con la vigencia del deber ser democrático.

Algunas tendencias contemporáneas nos presentan este entendimiento de gobernabilidad: “un estado es gobernable cuando cumple requisitos mínimos tales como: control efectivo del territorio, monopolio de la fuerza y formulación e implementación de políticas públicas” (Fonseca y Belli, 2004).

Igualmente, otras perspectivas nos hablan de gobernabilidad como un “conjunto de mecanismos, procesos y relaciones e instituciones mediante los cuales los ciudadanos y grupos articulan sus intereses, ejercen sus derechos y obligaciones y median sus diferencias” (Fonseca y Belli, 2004)

5. De la gobernabilidad a la gobernanza. En el mundo contemporáneo y en el contexto de aceptación de la idea que el Estado no es el exclusivo actor del desarrollo, sino que hay una pluralidad de actores,

[…] se descubrió que para gobernar un país hacia metas de bienestar se exigen más capacidades, actores y acciones que las del mero gobierno y dada la insuficiencia gubernamental y la necesidad del aporte social, se entendió que el modo directivo de gobernar se tenía que modificar para hacerlo capaz de diseñar la forma de crear interdependencia más que dependencias, coordinar más que subordinar, construir puentes más que pirámides (Aguilar Villanueva, 2006).

En paralelo comienza a emerger la concepción del gobierno más centrada en la idea de coordinar y dinamizar y toma fuerza en algunas escuelas de pensamiento el concepto de gobernanza;

[…] fue tomando forma entonces el componente esencial y peculiar de la gobernanza, distinto del enfoque de la cuestión de la (in)gobernabilidad con su énfasis unilateral en las capacidades del gobierno, que destaca la interdependencia o asociación entre actores gubernamentales y sociales como la condición sin la cual no es posible que haya dirección de la sociedad (Aguilar Villanueva, 2006),

Siguiendo de nuevo a Aguilar Villanueva, se puede señalar que

[…] el enfoque propio y distintivo de la gobernanza es el que destaca la insuficiencia del actuar del gobierno para gobernar las sociedades contemporáneas, aún en el caso de que contara con la máxima capacidad institucional, fiscal y administrativa y supiera aprovecharla a nivel óptimo. El gobierno es insuficiente para la gobernación de la sociedad (Aguilar Villanueva, 2006).

La participación desde los paradigmas más relevantes en ciencias sociales 20

Entendido el concepto de paradigma como “un conjunto de proposiciones o de enunciados meta teóricos que apuntan, menos sobre la realidad social que sobre el lenguaje a emplear para tratar de la realidad social” (Boudon y Bourricaud, 1986); podemos hablar de cuatro grandes paradigmas en las ciencias sociales, estos no representan todos pero constituyen los fundamentales:

1.Estructural-funcionalismo

2.Marxismo-estructuralista

3.Interaccionista

4.Accionalista

Veamos de manera sucinta los principales enunciados y el significado de la participación desde la perspectiva de cada uno por cuanto, dependiendo de los paradigmas dominantes en cada momento, tendremos una particular forma de entender y valorar la participación. No podemos olvidar que los grandes paradigmas de las ciencias sociales no solo contribuyen a orientar las políticas públicas –internacional y nacionalmente–, sino que además condicionan ideológicamente a los intelectuales y sus lecturas de la realidad. Podemos señalar que los dos primeros colocan al Estado como el actor central del desarrollo y eran los paradigmas predominantes hasta hace algunos años y los otros dos ponen el énfasis en la sociedad y parecen ser los paradigmas emergentes del momento:

1. La perspectiva estructural-funcionalista, mira el desarrollo como un proceso de modernización21 a través del cual se da el paso de la ‘sociedad tradicional’ a la ‘sociedad moderna’ y supone que el desarrollo es el abandono de la mentalidad tradicional y la adopción de una mentalidad moderna. Desde esta perspectiva, los obstáculos al desarrollo son la resistencia a los cambios y las dificultades para la adopción de los valores y normas de la sociedad moderna.

El desarrollo requiere, entonces, acciones en los siguientes campos:

a. en lo económico, desarrollar la economía de mercado a través de procesos de industrialización. Para ello es necesario la inversión de capital; creación de infraestructura para garantizar la movilidad e intercambio de productos, personas y capital; reestructuración y formación de la mano de obra; darle capacidad de compra para estimular el consumo; introducir innovaciones tecnológicas; diversificar las exportaciones; desarrollar el sistema bancario. Es el capitalismo de Estado el modelo económico priorizado que en el caso de América Latina lo expresa muy bien la propuesta de desarrollo de la Comisión Económica para América Latina (Cepal).

b. En lo social, introducir modos de vida, de pensamiento y de consumo propios de la sociedad moderna; limitar el crecimiento poblacional; organizar sobre bases nuevas los procesos de socialización primaria; dar a la mayoría de la población acceso a los servicios básicos –educación, salud, vivienda; impulsar la creación de organizaciones sociales–, partidos, sindicatos, grupos de presión; mejorar el estatus de la mujer en la sociedad.

c. En lo político, dar al Estado el rol protagónico en la conducción de la modernización; buscar la integración nacional; estimular la democracia liberal como forma política ideal; desarrollar la administración pública.

Los actores fundamentales del desarrollo, en esta perspectiva son las élites modernizadoras estatales (políticos, empresarios, intelectuales, militares) que actúan como transmisoras de la mentalidad moderna.

Dentro de esta perspectiva, la participación de los actores sociales parece verse como un ejercicio controlado y tutelado por el Estado en la búsqueda del gran objetivo de la modernización. La participación debe orientarse en lo político a fortalecer la democracia liberal-formal de tipo representativo, y en lo social a consolidar las organizaciones propias de la democracia representativa, como el gremio, el sindicato y el partido. Aquí la participación parece asociarse fundamentalmente a derechos.

2. La aproximación del marxismo-estructuralista veía el desarrollo como un proceso de liberación antimperialista y anticapitalista, que posibilite, a posteriori, el desarrollo de las fuerzas productivas. Desde este paradigma, el obstáculo esencial al desarrollo es la relación capitalista de producción y su expresión imperialista que manifiesta en relaciones asimétricas entre los capitalismos centrales y periféricos. El desarrollo no es posible si no se suprime la relación de explotación.

Las condiciones del desarrollo van a estar asociadas a dos momentos claramente diferenciados: 1. La toma del poder por la organización revolucionaria, ya sea a través de la guerra, del golpe militar o de las elecciones, lo que en la mayoría de las situaciones va a implicar un periodo de transición en que se desarrolla un régimen político de dictadura (partido único, exclusión de derechos a sectores sociales burgueses). 2. Una vez en el poder, ejecutar la política económica (diversificación de la producción interna y aumento de las exportaciones) y social (satisfacer las necesidades básicas de la población). Las políticas de desarrollo se van a sustentar en el rol fundamental del Estado, con una ‘estatización de la sociedad y de la economía’.

El actor fundamental del desarrollo es la élite revolucionaria de la organización política –o político-militar– que aporta a los sectores explotados de la sociedad la conciencia nacional y social.

Aun cuando en el discurso se considera una convocatoria a una gran participación de los sectores subordinados de la sociedad, esta va a ser entendida como controlada y tutelada dentro de los parámetros señalados por las élites revolucionarias, que son las que mejor interpretan las necesidades nacionales y sociales. La participación desde esta perspectiva se va a asociar fundamentalmente a control y derechos.

3. La perspectiva interaccionista planteaba el desarrollo como producto de la competición de los intereses individuales. El obstáculo fundamental al desarrollo proviene del excesivo peso del Estado en la economía (carencia de empresarios privados, ineficiencia e ineficacia en el sector público y privado) y en la sociedad (paternalismo en relación con el Estado, dificultades para practicar la democracia política y consolidar la integración nacional).

El desarrollo requiere la creación de condiciones que posibiliten que la suma de los intereses individuales construya efectivamente el interés colectivo, es decir, crear ‘reglas del juego’ para que todo el mundo gane, comenzando por aquellos mejor posicionados y haciendo extensivos los beneficios a los demás de manera posterior. La idea-fuerza es la confianza total en las supuestas virtudes de la competencia. Se trata de reducir la importancia del Estado y transformar su rol intervencionista y desarrollar la iniciativa privada en todos los campos, lo cual a la larga estimulará el progreso general. Las políticas de desarrollo se basan en la privatización, la competencia, la internacionalización, la iniciativa privada. El Estado solo debe jugar un papel regulador que no suplante la acción de los agentes privados, sino que los estimule.

Sin embargo, el Estado central guarda para sí la orientación del proceso global del desarrollo a través de la planeación, el manejo presupuestal, el control del orden público y la política exterior. En lo político se trata de reestructurar la democracia liberal de corte representativa y centrada en lo político y estimular formas de democracia participativa desideologizadas basadas en la acción privada. Es la concepción neoliberal del desarrollo que considera necesario neoliberalizar el Estado, la economía y la sociedad.

Los actores fundamentales del desarrollo son las élites modernizantes privadas (nacionales e internacionales) que van a jalonar el proceso de competencia.

Dentro de esta perspectiva, la participación parece encontrar un gran espacio ya que se la concibe como elemento central de los procesos de desarrollo y se la estimula en varias dimensiones: en lo político, profundizándola hacia formas de democracia participativa –aun cuando esta se restrinja a los aspectos considerados como accesorios en la conducción global, mientras que simultáneamente se le desideologiza; en lo social, concibiéndola como elemento central para suplir las carencias de la acción estatal en lo atinente a las necesidades básicas –aun cuando esto conlleve mayores costos en trabajo o en dinero para las comunidades; en lo económico, llamando a la iniciativa privada como motor central del modelo económico.

4. La aproximación accionalista o aquella que concibe el desarrollo como producto de la dinámica de los movimientos sociales. Según Alain Touraine, uno de los más destacados exponentes de este paradigma, el desarrollo es visto como el proceso de pasar de sociedades con historicidad débil hacia sociedades con historicidad fuerte. La historicidad es entendida como la capacidad de acción de la sociedad sobre ella misma. El desarrollo se sitúa en la perspectiva de un socialismo autogestionario no muy bien definido y las políticas de desarrollo deben apuntar a la satisfacción de las necesidades de base de las mayorías.

Los obstáculos al desarrollo se ubican en la existencia de una sociedad bloqueada por 1. Clases dominantes que han sido incapaces de transformarse en dirigentes en el sentido de lograr consolidar un proyecto nacional alrededor de sus orientaciones que integre las distintas clases sociales. 2. Sistemas políticos cerrados, rígidos y muy autoritarios que excluyen la participación de muchas fuerzas sociales y políticas. 3. Una organización social fragmentada y muy heterogénea y con fuerte dependencia del exterior.

Las condiciones para que el desarrollo se dé apuntan, entonces, a la superación de los obstáculos anteriores a través de la dinámica –en ocasiones conflictual– de los movimientos sociales: consolidar una clase superior dirigente; construir un sistema político e institucional abierto, incluyente, y lograr una organización social con mayores niveles de homogeneidad y autonomía.

Los actores fundamentales del desarrollo son los movimientos sociales de los sectores subordinados de la sociedad, estos son actores fundamentalmente sociales y no directamente políticos. Los grupos de base que buscan creciente autonomía de la sociedad civil frente al Estado y liderados por unas especies de ‘élites solidarias’ serían gérmenes de movimiento social en formación.

Dentro de esta perspectiva la participación es valorada como la posibilidad de los actores subordinados de la sociedad de construir su propio proyecto abarcando tanto lo político (democracias participativas incluyentes), lo social (como mecanismo para definir aspectos de la vida cotidiana de la gente), y lo económico (en la orientación de las políticas estatales y en el desarrollo de proyectos económicos autogestionados). La participación como negociación es de gran relevancia en esta perspectiva.

No hay duda de que lo deseable en una sociedad democrática es que se logre construir un estilo de gobierno basado en lo que podríamos denominar una gobernabilidad democrática –o una gobernanza democrática. Para su consecución es fundamental la participación de los actores políticos y sociales estratégicos. Es en este escenario donde las posibilidades de la participación son más reales y, como parte de ellas, el control social, como en este escrito lo hemos entendido.

Podríamos cerrar este aparte señalando que paradójicamente en un escenario como el contemporáneo, en el que pareciera primar una mezcla de los denominados paradigmas interaccionista y accionalista y donde crecientemente se acepta la importancia de un rol central del Estado –sin que esto signifique un retorno a los modelos estatistas del pasado–, las posibilidades de la participación –con las restricciones antes mencionadas– parecieran tener mayores posibilidades de expresarse y de contribuir a consolidar estilos de gobierno más democráticos y con mejores resultados en su gestión e incidir en todo el proceso de las políticas públicas.

Legitimidad, políticas públicas y negociación

Tradicionalmente el problema de la legitimidad se entiende en relación con la aceptación social de un gobierno por parte de la sociedad y sus fundamentos en generalidades abstractas (ciudadanía, nación, pueblo, sociedad civil). Hoy en día el problema de la eficacia de la gestión pública adquiere mayor relevancia en la medida en que crecientemente es un elemento asociado a la legitimidad democrática, podemos señalar con Giovanni Sartori que “una legitimidad dudosa puede ser reforzada por la eficacia del gobierno; inversamente, una legitimidad en principio fuerte puede ser debilitada por su ineficacia” (Sartori, 1991).

El problema de la legitimidad debe ser una preocupación permanente de los funcionarios públicos de alto nivel y no solo una preocupación para los políticos. La administración pública tiene una doble legitimidad, por un lado, la derivada del sistema político (onda larga) y del proceso electoral y que es ‘transferida’ a la administración pública por las autoridades electas y, por otro lado, la derivada de la eficacia en la prestación de sus servicios (onda corta) y en la cotidianidad de la relación con sus usuarios. Esto es lo que nos permite percibir sectores de la administración pública con mayores niveles de legitimidad que otros, lo cual está mediado por los niveles de eficacia en el cumplimiento de su función22.

Por ello, el funcionario público contemporáneo debe ser muy buen técnico, pero esto por sí solo no es suficiente. Se requiere adicionalmente y cada vez con mayor peso, una gran comprensión de la dinámica del sistema político, es decir ser capaz de “hacer dialogar la política y la técnica para discutir, tanto la direccionalidad (objetivos) como las directivas (operaciones y medios)” (Matus, 1990). Lo que quiere decir, con habilidad para concertar y negociar no solo al interior de la estructura burocrática, sino también con el sistema político y con las organizaciones sociales.

Esto no significa que su capacidad técnica se pierda, por el contrario, esta debe ser un recurso de poder importante que le ayude a fundamentar sus argumentos en los procesos de negociación. Por consiguiente, no se trata de alguien pasivo que ‘toma nota’ de lo que quieren las organizaciones sociales o los grupos de poder, sino alguien que es actor y que por consiguiente opina, interviene y argumenta.

El funcionario público de alto nivel debe ser un gestor de políticas públicas, un promotor de cambios e innovaciones, un impulsor de reformas, con capacidad de ejercer la conducción en épocas de crisis, asumiendo los desafíos económicos y sociales que esto conlleva y con capacidad de manejar buenas relaciones con las autoridades gubernamentales, el sistema político y las organizaciones sociales. Lo anterior implica liderazgo, capacidad de toma de decisiones, creatividad, manejo de técnicas de planeación, capacidad analítica, capacidad organizacional, capacidad de negociación, compromiso y responsabilidad social23.

Una gestión pública con perspectivas positivas debe comprender:

1.Identificar, ordenar y optimizar el uso de los recursos disponibles.

2.Romper la inercia institucional de dirección y gestión, creando condiciones para impulsar los cambios requeridos.

3.Impulsar una dinámica institucional de dirección y gestión.

4.Ganar capacidad para el manejo de la incertidumbre, que permita anticiparse a situaciones conflictivas y resolver problemas.

5.Ganar destreza para concretar alianzas o resolver conflictos que permitan viabilizar las acciones a emprender.

Y todo lo anterior sintetiza el proceso de formulación, implementación y evaluación de políticas públicas.

Para que ello sea posible se requiere un gran énfasis en la formación de los funcionarios públicos de tal suerte que se desarrolle en ellos un real espíritu democrático, en el sentido de entender y valorar al otro como distinto, como diferente, quien tiene otras opiniones, pero con quien hay que convivir, con quien hay que concertar y llegar a acuerdos y quien eventualmente puede llegar a tener una parte de verdad. Esto, sin duda, se asocia con una característica que debe tener el funcionario público y es una gran sensibilidad hacia los problemas de la comunidad, que le ayude a estar en ‘sintonía’ con la gente y de esta manera poder estimular y apoyarse en los procesos de participación social, así estos por momentos contengan altos elementos de criticidad.

En ese sentido hay que desterrar el dogmatismo de la administración pública, lo cual quiere decir que se pueden tener y defender posiciones sobre los diversos asuntos de su incumbencia, pero se trata de que las posiciones se confronten con todos los sectores interesados y se esté siempre abierto a los cambios, a las modificaciones. Podemos concluir afirmando que la política pública mejor intencionada y con los objetivos más loables no logrará mayores resultados si no se crean las condiciones de conducción que posibiliten un adecuado proceso de implementación, evaluación y reformulación de la misma.

El conflicto armado colombiano y sus transformaciones

Existen grandes controversias y también suficiente literatura24 en torno a la caracterización del conflicto armado interno. Al respecto, es necesario señalar que para los efectos de este trabajo se entiende que el conflicto armado interno se refiere al alzamiento armado, con motivaciones y causalidades políticas, de grupos organizados contra el Estado colombiano, y que expresa demandas sociales y políticas. Dicho levantamiento deriva en un problema de seguridad pública y eventualmente seguridad nacional, dependiendo de los diversos momentos que el mismo ha vivido; en el caso colombiano su duración trasciende los cinco decenios. Se trata entonces, de un conflicto asimétrico de larga duración entre un Estado que cuenta con mayores niveles de legitimidad, de capacidad militar y de apoyo político, así como de un marco de legalidad, y unas organizaciones alzadas en armas contra el mismo.

Al conflicto interno armado hay que situarlo dentro del telón de fondo conformado por los factores estructurales de exclusión y por las causalidades específicas asociadas a su surgimiento, así como también a su evolución. Esto, por supuesto, no significa que se desconozca el rol fundamental que han cumplido las rentas de la actividad ilícita del narcotráfico de la cual también se han apropiado los actores armados en el proceso de financiación de la guerra.

El telón de fondo de la relación entre conflictos y violencia en Colombia

Los múltiples conflictos de diversa índole que atraviesa la sociedad colombiana, muchas veces abordados desde tratamientos violentos, tienen un telón de fondo que no se puede olvidar ni minimizar, ya que es dentro de este que se originan, se reproducen y se resuelven o agudizan. Adicionalmente, debemos destacar que, comparado con el análisis de las guerras entre países, el estudio de los conflictos armados interestatales o guerras civiles ha estado rezagado en la literatura. Al respecto, Lawrence Freedman señala en su reciente trabajo sobre la guerra a lo largo de la historia:

[…] si comparamos el estado actual de las investigaciones, marcadas por un continuo e intenso estudio de los factores que pueden dar lugar al estallido de una guerra entre grandes potencias y el análisis de las consecuencias de una confrontación de semejante magnitud, lo primero que se constata es que hasta la década de 1990 se dedicaban muchos menos esfuerzos a las guerras civiles, pese a que este tipo de enfrentamientos no solo fuesen más frecuentes sino también extremadamente letales en muchos casos (Freedman, 2019, p. 22).

La relación entre guerra y política en la historia colombiana

Esta es una relación con antecedentes remotos en nuestra historia política. Sus orígenes se extienden a la posindependencia de la corona española con las guerras civiles del Siglo XIX –desde la guerra de los supremos hasta la guerra de los mil días, entre los nacientes partidos, el Liberal y el Conservador, a través de las cuales comenzó ese largo tránsito de relación y entrecruzamiento entre violencia y política. Continúa con las ‘insurrecciones pueblerinas’ del Partido Socialista Revolucionario –naciente partido político de izquierda antecesor del Partido Comunista– en los años 20 del siglo anterior, en las cuales esta agrupación de izquierda acude, tal como lo habían hecho antes los partidos políticos tradicionales, al recurso de las armas para hacer política25.

Posteriormente vino ese gran periodo de nuestra historia reciente que conocemos como la ‘Violencia’ y en el cual los dos partidos tradicionales –el Liberal y el Conservador– volvieron al uso de las armas por razones o con pretensiones políticas, solo que en esta ocasión no lo realizaron de manera formal, declarando una guerra civil, sino a través de los grupos de guerrillas liberales y conservadoras (casi en su totalidad de composición campesina)26. Ese desangre colectivo se va a resolver mediante la figura del ‘golpe militar’, que el ilustre jurista Darío Echandía llamó ‘golpe de opinión’ –para evidenciar de nuevo las relaciones entre poder y derecho–.

Lo anterior dejó como secuela un periodo de bandolerismo, con ribetes en algunos casos de ‘bandolerismo social’ por sus pretensiones justicieras y los apoyos locales que en algunos casos estos comportamientos generaron, en la medida en que

[…] la figura legendaria del bandolero personifica el ideal de una justicia guerrillera vagabunda [...] En el sur de Italia y en Andalucía, los bandoleros que desafían la autoridad central y que atacan a los ricos para ‘redistribuir’ sus bienes a los pobres serán por largo tiempo los héroes de la imaginería social de la anarquía (Reszler, 1984, p. 49).

Ya al inicio del Frente Nacional veremos el comienzo de la nueva ola de violencia política, ligada ahora a discursos de transformación revolucionaria del Estado y que se va a incubar en las guerrillas de mayor tradición y persistencia como son las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo FARC-EP, el Ejército de Liberación Nacional ELN y el Ejército Popular de Liberación EPL a partir de la confluencia de múltiples elementos, entre los cuales no van a estar ausentes grupos remanentes de guerrillas liberales que se articulan de esta manera a la siguiente violencia.

Sin embargo, hay que cuidarse de la tentación de considerar que se trata de una única y continuada violencia, porque si bien hay elementos de cierta continuidad, también existen elementos de rupturas. Fernán González, al respecto señala

Algunos estudios sugieren cierto grado de continuidad, en el largo plazo, entre los conflictos decimonónicos y los de la segunda mitad del siglo XX que se prolongan hasta hoy, especialmente los relativos a los problemas del mundo agrario y de la colonización campesina. Sin embargo, hay muchas diferencias y rupturas entre ellos, como señala Malcom Deas: fuera de la Guerra de los Supremos (1839-1841) y la Guerra de los Mil Días (1899-1901), las guerras del siglo XIX fueron de corta duración y afectaron solo a porciones muy reducidas del territorio nacional; fueron predominantemente confrontaciones lideradas por las clases dominantes, aunque representaron casos importantes de movilidad social, que se libraron en batallas más o menos formales entre ejércitos relativamente organizados, reforzados por grupos de guerrillas campesinas (González, 2008, pp. 299-300).

En Colombia, probablemente a diferencia de otros países de América Latina, las elecciones como forma privilegiada de participación política, no lograron remplazar de manera definitiva el uso de las armas como instrumento para acceder al poder. Hilda Sabato nos señala al respecto,

[…] en la Iberoamérica del siglo XIX la ciudadanía política se asociaba estrechamente a la participación en las milicias [...] La vía armada de acceso al poder fue transitada muchas veces y los líderes militares tuvieron un papel muy importante en toda la región [...] Luego de largos y sangrientos años de guerra, la consolidación de las nuevas comunidades políticas nacionales no terminó con la violencia, la cual siguió ejerciéndose como una forma legítima de acceso al poder o de presión sobre él. No obstante, esa situación no impidió que nuevas formas relativamente pacíficas de representación política se fueran imponiendo, y las elecciones fueron el mecanismo más frecuente de acceso a los puestos de gobierno en la mayoría de los países de la región (Sabato, 1999, pp. 24-25).

La cultura política y la violencia

La ideología del dogma, de la intransigencia y la intolerancia, el suponerse ‘portadores de la verdad’, ha orientado conductas en los actores de la sociedad colombiana: los políticos –armados o desarmados– y los sociales. La tendencia histórica ha sido la de resolver las insatisfacciones sociales y políticas acudiendo a la violencia; es la tendencia

[…] a ‘satanizar’ al adversario, que es considerado la suma de todos los males y la causa de todos los problemas, lo que imposibilita la comprensión de la lógica en que se mueve: esto conduce a la imposibilidad del diálogo entre los que se perciben como diferentes (Sabato, 1999)27.

Esto no significa que haya una especie de determinismo que hace que los colombianos tiendan a ser violentos. De ninguna manera. Lo que quiere decir es que hay una serie de referentes culturales, que se expresan en prácticas sociales y crean una propensión a usar la violencia para obtener objetivos políticos, pero que son susceptibles de modificar.

Igualmente, hay que señalar que a las luchas sociales históricamente se les dio un tratamiento de subversoras del orden establecido, por lo tanto, la respuesta fue solamente represiva. La parcialidad de las instituciones estatales en los diversos conflictos en contra de los intereses de sectores sociales subordinados ayudó a deslegitimar al Estado y sincrónicamente se convirtió en elemento de legitimación de los actores que lo confrontan.

Las estructuras de exclusión socioeconómica y regional o de ‘inclusión perversa’

Pese a sus intencionalidades, las estrategias de desarrollo colombianas han excluido o incluido parcialmente importantes grupos de los beneficios del desarrollo. Las políticas reformistas son, en buena medida, tan solo el reflejo de una u otra ideología, no han tenido cobertura real en amplios sectores sociales y ello, antes que mejorar con el tiempo, ha tendido a empeorar.

Recordemos que los procesos de consolidación de los Estados-nación han pasado por una mezcla de políticas de acumulación con políticas de redistribución, y en los últimos tiempos, marcados por los discursos llamados neoliberales, la tendencia ha sido a priorizar la acumulación y a minimizar su redistribución.

Igualmente, el problema de la exclusión regional se ha asociado a los procesos de construcción del Estado-nación, tanto en lo espacial como en lo político, en lo cultural y en lo económico-social.

Es pertinente señalar que cuando hablamos de exclusión no estamos asumiendo la posición ‘conservadora’ que entiende a “la sociedad como una suma de partes separadas”, ni la perspectiva funcionalista y armónica de la vida social a la cual es necesario integrar a los excluidos, no. Estamos concibiendo, con Ivan Dechamps, “que la totalidad social no aparece más como un todo homogéneo, cerrado y más o menos equilibrado, sino como un campo dinámico de relaciones y de prácticas estructuradas en torno de las funciones sociales portadoras de la unidad social” (1994)28.

La relación entre la región y la nación pasa por la construcción social de las regiones y este es un proceso histórico dinámico y conflictivo en medio del cual se dio el surgimiento de las sociedades regionales y simétricamente la cimentación de la nación.

Igualmente, hacemos referencia a la exclusión ejercida por diversos actores para eliminar –física, simbólica o espacialmente– todo tipo de diferencia política o de oposición a propuestas de desarrollo –económico, político y social–. Es la expresión de una cultura intolerante y fuertemente dogmática la que orienta sus actuaciones.

Las condiciones estructurales de las sociedades regionales, tradicionalmente excluyentes, han sido uno de los grandes generadores de violencia. A la mayoría de pobladores en múltiples regiones se les ha considerado como ‘extraños en su propia región’ históricamente y se le ha excluido de la participación en lo económico, negándoles acceso a las posibilidades de recursos para su reproducción familiar y social, de la participación política –monopolizada por mecanismos de intermediación clientelistas fuertemente basados en lealtades personalizadas–, de la participación social –en la toma de decisiones que atañen a su vida–, y de la participación en lo cultural –al considerar los elementos culturales propios como algo proscrito–.

La desarticulación regional en Colombia ha sido un factor altamente asociado a la violencia, pero en la medida en que las identidades regionales tienden a primar sobre la nacional, la superación de la violencia pasa por una rearticulación del Estado-nación basado en un fortalecimiento de la región, en la que un manejo adecuado de la diversidad podría convertirse en un elemento enriquecedor de la nacionalidad.

Lo anterior permite entender por qué los conflictos sociales (campesinos, obreros, étnicos, estudiantiles, de pobladores), que son un espacio normal de divergencia social, con mucha frecuencia en Colombia se desvían a esa dimensión contradictoria en que la única posibilidad de resolución pasa por el recurso de la violencia y la eliminación o imposición sobre el otro. Por ello la relación entre conflicto y violencia en nuestro medio se hace estrecha y conlleva una mirada conjunta.

Entonces, el conflicto armado colombiano se puede considerar como uno de naturaleza política, que tiene raíces históricas y sociales determinadas. En esta perspectiva hay la pretensión de grupos organizados de constituirse en actores político-militares capaces de confrontar al Estado o al régimen político, influenciar sus políticas públicas e hipotéticamente remplazarlo. Estas organizaciones inicialmente estaban orientadas por determinadas ideologías políticas que se constituían en paradigmas y referentes de su acción.

La conformación histórica de los actores del conflicto armado: el actor institucional. Momentos en la estructuración de las fuerzas armadas colombianas 29

La singularidad de las fuerzas armadas colombianas es producto de su orientación histórica a la seguridad interior. Primero, lucha contra las guerrillas liberales, luego contra el bandolerismo, posteriormente, contra las guerrillas marxistas y más recientemente contra el narcotráfico y el terrorismo. Lo anterior les ha dado una gran fortaleza en este campo, pero al mismo tiempo evidencia deficiencias en los aspectos misionales asociados a la defensa externa.

La construcción de un ejército nacional profesional y permanente trató de basarse en el Ejército Libertador, pero este muy rápidamente estuvo atravesado por las ‘guerras civiles’ regionales y en esa medida hubo que esperar hasta comienzos del siglo XX durante el periodo presidencial del general Rafael Reyes. Sin embargo, desde el punto de vista ideológico-simbólico el referente del Ejército Libertador ha influido fuertemente en la institución y sus miembros, asociándolos al momento fundacional del Estado-nación, a pesar de que “el Ejército Libertador y la Armada que tan trascendental papel tuvieron en el proceso independentista, comenzaron a desintegrarse muy rápidamente y la nueva República se verá desprotegida” (Bazurto, 1968, citado en Bermúdez Rossi, 1997, p. 18).

A juicio de Rafael Pardo esta situación se da de manera similar en toda América Latina:

En su racionalidad histórica la independencia latinoamericana fue obra de los ejércitos y estos antecedieron la creación de los Estados30, por esto se ven a sí mismos como las fuentes creadoras de la nación (Pardo, 1999).

El lento proceso de construir un ejército nacional en Colombia durante el Siglo XX está atravesado por sucesivas reformas que van llevando progresivamente desde unos ejércitos espontáneos, de corte altamente caudillistas, a un ejército profesional moderno.

Podríamos recordar que el proceso de estructuración de las Fuerzas Armadas como institución nacional, profesionalizada e imparcial –como deben ser todas las instituciones estatales– pasó por varios momentos. Un primer momento es el encarnado por el ejército que emerge en la posindependencia. Un segundo, el de su fragmentación por causa de las guerras civiles del siglo XIX. Un tercero, caracterizado por el paso de ejércitos difusos y espontáneos al embrión de un ejército nacional. Cuarto, cuando comienza la profesionalización, pero se mantiene el carácter de ejército adscrito o politizado, en el cual el partido transitoriamente en el gobierno quiere utilizarlo como un aparato a su servicio, este momento se prolonga hasta la violencia liberal-conservadora de mediados del siglo XX. Finalmente, un quinto momento en que se prioriza la despartidización de las fuerzas armadas y el ejército se va delineando como un ejército contrainsurgente y evoluciona, sin perder el carácter anterior, hacia un ejército profesional moderno.

Es decir, hay una tensión permanente entre búsqueda de profesionalización, utilización partidista del aparato militar del Estado y tendencias hacia su conversión en una institución que sea garante de la imparcialidad en el trámite de las diferencias sociales y, en esa medida, uno de los garantes de la constitucionalidad y legalidad del régimen político.

Adicionalmente, es importante resaltar que el ejército en Colombia surge y se va a consolidar más en función de la seguridad interna que de las amenazas externas. Como lo anota Rigoberto Rueda: “el ejército nace indisolublemente ligado a la noción de orden público, en las urgencias de los conflictos internos, en tanto que en Europa los ejércitos surgen de las guerras entre naciones” (Rueda Santos, 2000, p. 36). Esto hace que la preocupación fundamental en cuanto hace a riesgos y amenazas esté centrada en lo interno –trátese de la protesta social estigmatizada y de las disputas partidistas, inicialmente, las guerrillas liberales posteriormente o la insurgencia que se autodenomina como revolucionaria, más recientemente– antes que en lo externo a través de su historia.

Esto le va a dar un perfil característico a las fuerzas armadas colombianas, especialmente al ejército, y es el estar orientadas a funciones de control del orden público interno, es decir de policía y crear una indefinición funcional entre ejército y policía. Por ello se plantea que en Colombia hay un ejército altamente ‘policivizado’ y una policía altamente ‘militarizada’. Lo cual, paradójicamente, parece dejar de ser problemático en el mundo Posguerra Fría en el que la diferenciación clásica entre lo externo y lo interno es puesta en cuestión y cada vez los problemas de seguridad y defensa tienden a ser colocados en la categoría de problemas ‘intermésticos’, es decir simultáneamente son internacionales y domésticos.

La seguridad interior una prioridad histórica

Es interesante destacar cómo frente al desmembramiento del país con la separación de Panamá en 1903 –en la cual la idea sacra de soberanía nacional se pone en cuestión–, la reacción de las fuerzas armadas de la época fue prácticamente nula, fundamentalmente porque en la práctica eran inexistentes después de la guerra civil de los mil días.

El General Rafael Reyes (1904-1908) puso un gran énfasis en la idea de estructurar un ejército nacional y profesionalizado. El esfuerzo de avanzar en la estructuración y consolidación de unas fuerzas armadas profesionales estuvo ligado a la creación de los espacios de formación profesional y a la presencia en el país de sucesivas misiones militares chilenas y suizas.

Durante la violencia liberal conservadora –mediados del siglo XX– se da un claro involucramiento de las fuerzas armadas en la confrontación, mucho más acentuado en la policía que en el ejército. Esto no solo contribuyó a lo que Paul Oquist (1978) denominó el ‘derrumbe parcial del Estado’ sino también a la pérdida de credibilidad de un sector importante de la sociedad en la institución militar. Es importante destacar que con el involucramiento abierto de las fuerzas armadas en la violencia bipartidista se consolida el proceso de autonomización de estas en el manejo del llamado ‘orden público’, el cual termina abarcando toda la política de seguridad y defensa, de la que los gobernantes civiles no se vuelven a ocupar.

El inicio de la violencia bipartidista, el surgimiento y desarrollo de las guerrillas liberales y la percepción de estas como una amenaza para las instituciones van centrando progresivamente al ejército colombiano hacia la guerra irregular y posteriormente lo consolidó como un ejército de tipo contrainsurgente. Esto evidentemente refuerza la tendencia histórica de considerar que las amenazas fundamentales a la seguridad están situadas en el ámbito interno y no en amenazas externas contra la seguridad del Estado.

Es importante destacar también el cambio institucional que se produce en 1951 con el paso de la Policía Nacional del Ministerio de Gobierno al de Guerra.

La participación en la guerra de Corea por parte del ejército colombiano marcó transformaciones muy importantes. Colombia fue el único país latinoamericano que tomó parte en este conflicto internacional. Algunos de los participantes de la guerra de Corea contribuyeron posteriormente a la creación de la primera escuela de formación contra guerrillera en 1955, mostrando tempranamente la orientación hacia seguridad interior que posteriormente caracterizaría al ejército.

El golpe militar que llevó al gobierno al general Rojas Pinilla fue el intento de reinstitucionalización de un Estado cada vez más en entredicho por la sociedad en su conjunto y por la creciente autonomía frente a los partidos tradicionales que empezaban a mostrar las guerrillas liberales. El gobierno del general Rojas Pinilla (1953-57) atravesó tres momentos diferenciados: primero, el del consenso inicial de las fuerzas políticas y sociales, que creó el ambiente para la desmovilización de las guerrillas liberales. Y efectivamente, de manera rápida se empezó a producir la entrega de las diferentes guerrillas liberales como respuesta a la oferta de paz planteada por el régimen militar. Un segundo momento, el de búsqueda de la autonomización, en el cual aparecen los rasgos populistas del régimen y se dan intentos de crear una fuerza política y una organización sindical de apoyo al gobierno militar. Aquí emergieron las tensiones con los partidos políticos tradicionales y otras fuerzas sociales. El tercer momento es el de las tensiones con los partidos políticos y sectores sociales que terminó en enfrentamientos y en la presión para la terminación del gobierno del general Rojas Pinilla.

Durante los gobiernos militares el ejército colombiano tuvo otro importante contacto internacional con la participación en la Crisis del Canal de Suez, donde participó como parte de la Fuerza de Emergencia de la ONU FENU entre 1956 y 1958.

Es en ese contexto de transición del gobierno militar al inicio del Frente Nacional31 donde se produjo el discurso del Teatro Patria (el 9 de mayo de 1958) del entonces electo presidente Alberto Lleras Camargo, en el cual fija los parámetros de la conocida ‘doctrina Lleras’ cuyas ideas centrales podemos resumir así

La política es el arte de la controversia, por excelencia. La milicia el de la disciplina. Cuando las Fuerzas Armadas entran a la política lo primero que se quebranta es su unidad, porque se abre la controversia en sus filas. El mantenerlas apartadas de la deliberación pública no es un capricho de la Constitución, sino una necesidad de sus funciones [...] Por eso las Fuerzas Armadas no deben deliberar, no deben ser deliberantes en política. Porque han sido creadas por toda la Nación, porque la Nación entera, sin excepciones de grupo, ni de partido, ni de color, ni de creencias religiosas, sino el pueblo como masa global, les ha dado las armas, les ha dado el poder físico con el encargo de defender sus intereses comunes [...] Yo no quiero que las Fuerzas Armadas decidan cómo se debe gobernar a la Nación, en vez de que lo decida el pueblo; pero no quiero, en manera alguna, que los políticos decidan cómo se deben manejar las Fuerzas Armadas en su función, su disciplina, en sus reglamentos, en su personal (citado en Cepeda Ulloa, 2003 pp. 329-342).

Es decir, con el inicio del Frente Nacional se acordó un modelo de relaciones entre el gobernante civil y las fuerzas militares que se basaba en la idea que los militares no se involucrarían en los asuntos de los partidos políticos y del gobierno y los civiles tampoco lo harían en los asuntos de ‘orden público’, es decir en seguridad y defensa.

Mediante el decreto 1705 de 1960 se situó a la Policía Nacional bajo la dirección inmediata y comando del ministro de Guerra, sustrayéndola del control del Comando General. En 1967 se creó la Policía Judicial, dándole mayor acceso a la policía a los círculos de la inteligencia nacional. La policía estuvo subordinada al Ministerio de Guerra entre 1906–1908, luego al Ministerio de Gobierno entre 1909–1953, a partir de 1953 al Ministerio de Guerra, y desde 1965 al Ministerio de Defensa cuando cambia de nombre este ministerio (Torres Velasco, 1994).

Una orientación temprana hacia la contrainsurgencia. La seguridad exterior una preocupación secundaria

Durante los diferentes gobiernos del Frente Nacional, las fuerzas armadas se van a ver cada vez más enfrentadas a los problemas del orden público interno. Primero, el bandolerismo como rezago de la violencia liberal-conservadora. Posteriormente, la emergencia y desarrollo de las guerrillas que se denominan a sí mismas como ‘revolucionarias’ y las complejizaciones posteriores y, seguidamente, la emergencia del narcotráfico como un factor que va a influir de manera relevante en casi todas las dimensiones de la vida nacional. Todo esto lleva al posicionamiento del problema de la seguridad interna como central y a considerar, solo de manera esporádica, la hipótesis de las amenazas externas como algo relevante, especialmente por los problemas limítrofes con Venezuela y Nicaragua.

Adicionalmente, los diversos gobiernos del Frente Nacional y del periodo posterior a este recurrieron de manera reiterada al mecanismo del ‘estado de sitio’, mediante el cual delegaron en las fuerzas armadas el control de los conflictos y la protesta social y el manejo transitorio de zonas del Estado consideradas por momentos problemáticas (puertos, aeronáutica, cárceles), así como el juzgamiento de civiles como herramienta de control y sanción social a través del mecanismo de los Consejos Verbales de Guerra, hasta finales de los 80.

La estrategia contrainsurgente del Estado inicialmente estuvo centrada en aislar políticamente a la guerrilla de la población civil en la región del Magdalena Medio santandereano y en las áreas críticas de la época. La estrategia estuvo caracterizada fundamentalmente por la inauguración de las ‘contraguerrillas profesionales’, por una parte, y por la acción cívico-militar y la acción sicológica sobre la población civil, por otra. Es la combinación de represión selectiva con intentos de legitimación social32. La acción cívico-militar, fue un intento de apuntar a una de las grandes deficiencias corresponsables de la violencia que es la ausencia de la acción estatal en las comunidades más abandonadas. A pesar de apuntar a un problema central solo fue una pasada fugaz del Estado.

Igualmente, se comenzaron a utilizar operaciones militares de cerco y exterminio contra los grupos guerrilleros en regiones específicas, en dichas operaciones se pusieron en práctica medidas tales como el control de abastecimientos en función del tamaño de las familias campesinas residentes en las zonas, los censos poblacionales y medidas de infiltración y estímulo a la delación por parte de los pobladores de dichas regiones.

La estrategia contrainsurgente del Estado en los 80 estuvo centrada, por una parte, en quitarle base política a la guerrilla con el Plan Nacional de Rehabilitación PNR y así disputarle la legitimidad a la insurgencia, sobre todo en pequeñas localidades marginadas y, por otra, en la emergencia de una ‘estrategia parainstitucional’ que buscaba aislar a la guerrilla de la población civil con el uso del terror y el paternalismo y que contaba con la cooperación de poderes locales. Cercanos a la lógica estatal se comienzan a desarrollar los denominados ‘grupos de autodefensa’ o ‘grupos paramilitares’.

Compartimos con Francisco Leal su afirmación en el sentido de señalar que

[…] una de las consecuencias más significativas del Frente Nacional fue que la subordinación militar se trasladó de los partidos al Estado. Su despolitización bipartidista les permitió a los militares adquirir autonomía política relativa, la cual se reflejó en su independencia en el manejo del orden público y en la adquisición de prerrogativas institucionales [...] A medida que avanzó el proceso de despolitización bipartidista y se generalizó la ideología del anticomunismo en los militares, fue calando el concepto de seguridad nacional como sustituto del de defensa nacional (Leal Buitrago, 1994a, p. 70).

Los actores extrainstitucionales. Factores explicativos del origen de la guerrilla revolucionaria en los 60 y su evolución en los 70

Las guerrillas son producto de procesos históricos y políticos particulares, pero en todos los casos lograron insertarse más o menos en problemáticas sociales y regionales que les permitieron consolidarse y reproducirse. Allí hay asociación entre el conflicto armado y conflictos de orden político y económico que afectan a diversos sectores y regiones de la sociedad colombiana. En el trasfondo del conflicto político armado subyace una competencia de poder entre el Estado o los sectores dirigentes, por una parte, y las organizaciones insurgentes, por otra.

Podemos decir que los orígenes de la guerrilla revolucionaria, además de los elementos del ‘telón de fondo’ que atraviesan todo el periodo histórico colombiano, están asociados a los siguientes factores:

1.De tipo externo:

•El periodo histórico de la Guerra Fría, que es aquel que sigue a la Segunda Posguerra Mundial, el cual llevó a plantear un enfrentamiento en todos los campos entre el llamado mundo socialista y el mundo capitalista y que tuvo como resultado el que los conflictos sociales en los distintos países tendieran a verse como un subproducto de ese enfrentamiento global y tratados en consecuencia. Para algunos analistas en esta concepción se encuentran los orígenes de la denominada ‘doctrina de la seguridad nacional’ que orientó el actuar de los ejércitos latinoamericanos durante varios decenios y dio origen al concepto del ‘enemigo interno’.

•La Revolución Cubana que tuvo un gran impacto en las juventudes latinoamericanas de la época. Es el surgimiento del ‘castrismo’ como ideología revolucionaria, que privilegia la organización de tipo político-militar antes que la partidaria y que coloca todo el énfasis de la práctica guerrillera como modalidad fundamental de acción política para contribuir a crear las condiciones objetivas que posibiliten la realización de una revolución. Esto generó como efecto mimético la creación de grupos de guerrilla en casi todos los países de América Latina.

•La ruptura chino-soviética entre los dos partidos comunistas más importantes de este campo alrededor de las tesis soviéticas de la denominada ‘coexistencia pacífica’ entre oriente y occidente y la respuesta china de la necesidad que tenían los comunistas de propiciar la ‘revolución mundial’.

•Sin embargo, es necesario señalar que el conflicto armado colombiano tiene históricamente una centralidad mayor en relación con los factores internos que con los internacionales.

2.De tipo interno:

•El régimen político del Frente Nacional que constitucionalmente excluyó de toda participación en la actividad política, la administración pública y la administración de justicia a quienes no fueran liberales o conservadores, creando constitucionalmente ciudadanos de primera y de segunda categoría. Este fue un elemento de justificación importante para acudir al uso de las armas. Dicho arreglo constitucional es lo que algunos analistas han denominado la ‘democracia restringida’.

•El surgimiento de la denominada ‘nueva izquierda’ para hacer referencia a organizaciones políticas de izquierda, distintas al Partido Comunista, como el Movimiento Obrero Estudiantil, Campesino MOEC, de influencia pro China, el Frente Unido de Acción Revolucionaria FUAR, de tendencia gaitanista, y las Juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal JMRL, con gran simpatía por la revolución cubana, los cuales estimularon políticamente la idea de la lucha armada y tuvieron gran influencia en la juventud de la época a la vez que aportaron buena parte de los cuadros de dirección a las nacientes guerrillas –especialmente al ELN y al EPL–.

•La radicalización de los sectores juveniles y especialmente los estudiantes universitarios, que los hizo proclives a aceptar los discursos radicales de la lucha armada, muy en boga al comienzo de los sesenta. El movimiento estudiantil universitario experimentaba una fase de gran protagonismo político nacional, luego de tener un gran rol en la lucha contra el gobierno militar del general Rojas Pinilla. Esta dinámica se mantuvo en la década de los sesenta con notoria intensidad de la movilización social. Por supuesto, no eran ajenas a estas dinámicas las influencias del MOEC, el FUAR, las JMRL y el debate dentro del Partido Comunista por la ruptura chino-soviética.

•Los remanentes de las guerrillas liberales, núcleos campesinos que mantenían, así fuera simbólicamente, la esperanza de continuar su lucha guerrillera hasta cambiar las características del régimen político colombiano. Estos pretendían, sin mucha claridad acerca de sus alcances, emprender un nuevo tipo de lucha guerrillera que fuera más allá del problema liberal-conservador que había estado en el centro de la anterior violencia.

•La radicalización de sectores del sindicalismo, especialmente petrolero, que se planteaban la necesidad de articular las luchas sindicales a las luchas revolucionarias.

•El ‘renacer’ del viejo problema agrario no resuelto y que había sido forzado a la clandestinidad por la violencia liberal-conservadora. Renace por la confluencia de varios factores: con la Alianza para el Progreso –la cual surge como respuesta estratégica del gobierno norteamericano a la Revolución Cubana y con el apoyo de los demás gobiernos latinoamericanos– la reforma agraria se puso de moda y esto situó, de nuevo, el irresuelto conflicto agrario dentro de las prioridades de las luchas sociales y políticas.

Lo anterior dentro del marco de ese gran proyecto de pretensiones modernizadoras, así fuera tardías, que fue el Frente Nacional, el cual buscaba estimular el desarrollo económico al tiempo que se vivían procesos en la sociedad colombiana de urbanización acelerada y desordenada, de ampliación del acceso a la educación, de ingreso de la mujer a los espacios públicos.

3.Procesos originarios de las guerrillas revolucionarias en Colombia33

El movimiento guerrillero colombiano, con las peculiaridades de las diversas organizaciones, tiene raíces muy profundas en la dinámica interna de las luchas sociales de los sectores populares. De manera que, a diferencia de otros conflictos, los factores externos obran más como elementos condicionantes que con un carácter determinante. La guerrilla revolucionaria en Colombia, entonces, se origina por dos grandes procesos, los que a su vez sintetizan múltiples dinámicas que convergen espacial y temporalmente.

a. Procesos cuyo origen es primariamente político que se entrecruzan posterior o simultáneamente con dinámicas sociales y regionales que les van a aportar el tejido social sobre el cual se implantan y desarrollan; es la violencia política intentando transformarse en acción revolucionaria. En estos procesos prima la decisión política de iniciar una larga marcha hacia la construcción de un actor militar alternativo al Estado, que lo confronte, le dispute la influencia política sobre la sociedad y eventualmente lo sustituya. En cada uno de estos procesos estará presente una determinada teoría revolucionaria, como expresión de una utopía en relación con un tipo de sociedad y una práctica política para lograrla.

Dentro de estos procesos se ubican con claridad casos como los del ELN34 y el EPL (Behar, 1985; Villarraga y Plazas, 1994), considerados por analistas como Eduardo Pizarro como las guerrillas de la primera generación35 y casos como los del M-1936 señalada como guerrilla de la segunda generación. Producto de procesos similares de predominio de la decisión política es el surgimiento del Movimiento Autodefensa Obrera ADO, el MIR-Patria Libre y el Partido Revolucionario de los Trabajadores PRT.

En el caso del ELN su nacimiento se ve ligado de manera mucho más directa a la influencia de la Revolución Cubana y en especial al impacto producido por esta en las juventudes de Latinoamérica, igualmente se articula con luchas nacionalistas como la de los obreros del sector petrolero, luchas de resistencia armada como las que mantenían los remanentes de las guerrillas liberales en la región del Magdalena Medio y la expectativa que la misma crea en sectores colombianos de la llamada ‘nueva izquierda’ en el sentido de la posibilidad de realizar revoluciones a partir de la acción revolucionaria armada, combinada con el descontento social.

Tanto en sus proclamas y consignas, como en su práctica armada, todas estas organizaciones reflejan una orientación ofensiva: se trata de sustituir al Estado en unos casos o al régimen político en otros.

b. Procesos primariamente ligados a dinámicas sociales y regionales o étnicas y en las cuales las luchas por la defensa del territorio y de su propia forma de organización social se transforma y entrecruza con dinámicas cuyos referentes son políticos nacionales. Las modalidades de autodefensa son las que priman inicialmente como respuesta organizativa militar, aun cuando por momentos adquieran la modalidad de guerrilla móvil. Se trata de claros intentos de ligar la violencia política con la denominada violencia comunitaria –aquella en la cual la acción opone a una comunidad frente a un enemigo que ella percibe como extranjero o exterior– (Alape, 1994; Centro Nacional de Memoria Histórica, 2013; Medina Gallego, 2009; Pizarro, 1989b, 2011) para transformarla así en acción revolucionaria. En estos procesos, también encontramos guerrillas de la denominada primera generación, como sería el caso de las FARC-EP y guerrillas de la segunda generación como sería el caso del Movimiento Armado Quintín Lame.

Las FARC-EP es una organización alzada en armas que hunde sus raíces en las luchas agrarias de los primeros decenios del presente siglo y de manera inmediata en las autodefensas agrarias campesinas que, de una u otra manera, el Partido Comunista Colombiano apoyó y estimuló en ese momento. Un breve recuento de los orígenes de las FARC-EP nos permiten situarle como antecedentes remotos los conflictos agrarios del Sumapaz y el Tequendama en las décadas de 1920 y 1930, alrededor de la lucha por la posesión y propiedad de la tierra y por el valor del jornal en la hacienda cafetera. De manera más próxima encontramos como antecedente la llamada ‘guerra de Villarrica’ a finales de los años 50 contra las zonas de autodefensa campesina del Sumapaz en Cundinamarca y el oriente del Tolima y que dan origen a las denominadas ‘columnas de marcha’ que condujeron desplazamientos poblacionales masivos y fueron la base de nuevos procesos de colonización en el Ariari y en regiones como El Pato y el factor generador inmediato de su conformación como grupo guerrillero bajo la denominación inicial de ‘Bloque Sur’. Posteriormente, se refiere a la ofensiva militar contra las regiones de autodefensa campesina, denominadas por algunos dirigentes conservadores como ‘repúblicas independientes’ de Marquetalia, El Pato, Riochiquito y Guayabero.

El peso histórico de la experiencia de autodefensa campesina se va a reflejar igualmente en las consignas y proclamas de este tipo de organización, así como una orientación defensiva en su práctica militar. Al respecto, es interesante mencionar lo que Armando Borrero denomina los territorios iniciales de la guerrilla colombiana y la forma cómo se definieron:

El territorio de las FARC fue definido por la resistencia campesina a los ataques de las dictaduras conservadoras en los finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta. El territorio fue el de las comunidades amenazadas. Las autodefensas campesinas supérstites de la primera etapa de la violencia ocuparon espacios propicios para la resistencia: no tuvieron que escoger.

El ELN llegó a su implantación en el Magdalena Medio santandereano por medio de una selección racional. Se examinó más de una posibilidad en función de las condiciones de diversos territorios para la supervivencia, tanto por la geografía como por las tradiciones de lucha que hubiera en la población. Por descartes sucesivos se llegó al área elegida. Este proceso es congruente con su origen de clase media urbana y su adhesión a la teoría del ‘foco’ guerrillero.

La implantación territorial del EPL guarda similitud con las dos tendencias anteriores. Algunos de sus fundadores tenían experiencias de la resistencia en las autodefensas campesinas influidas por el Partido Comunista, pero ya separados del partido no encontraban cabida en los territorios del nacimiento de las FARC. Buscaron áreas de colonización y de conflicto por la tierra, y no faltó la influencia del origen regional de algunos de sus dirigentes y de la tradición de resistencia de las comunidades del norte de Antioquia y de las vecindades de Córdoba y Sucre. La decisión no tuvo un condicionamiento forzado como la de las FARC, pero tampoco la búsqueda exhaustiva del ELN. La mayor parte de la dirigencia del PCML estuvo de acuerdo con un área en la que ya habían acumulado algunos trabajos de proselitismo, que era de conflictos profundos por la posesión de la tierra y por las condiciones laborales del campesinado (Borrero Mansilla, 2019, p. 202).

En todas las organizaciones guerrilleras colombianas, independiente de sus procesos originarios, encontramos un cierto proceso de autonomización en relación con sus dinámicas iniciales y lleva en todos los casos a la coexistencia de dos grandes dinámicas: la originada en el discurso político, casi siempre con referencia nacional, y la producida por las particulares condiciones de inserción de cada guerrilla en los diversos sectores sociales y en las diferentes regiones. La convivencia de estas dos dinámicas al interior de cada guerrilla es lo que ha impedido, en el caso colombiano, que estas devengan en grupos terroristas, aun cuando por momentos acudan a métodos terroristas, y a que en el caso de algunas se hayan originado disidencias de tipo terrorista en su seno –por ejemplo, el Comando Pedro León Arboleda PLA del EPL, el Frente Ricardo Franco de las FARC-EP, la Coordinadora Nacional de Base del M-19–, cuya vida fue efímera.

A partir de lo señalado podemos afirmar que en cada organización guerrillera conviven varias tendencias que se expresan en prácticas políticas diferenciadas, dependiendo de la particular inserción en cada región o sector social. Por consiguiente, es necesario distinguir la expresión e inserción social de cada organización guerrillera en las regiones o sectores sociales que contribuyeron a su nacimiento –generalmente hay mayor compenetración con la población y su problemática en todas las organizaciones guerrilleras, independiente de su origen– de otras regiones de expansión posterior, en las cuales pueden haber primado prácticas coercitivas de implantación sobre formas consensuales de inserción.

En sus inicios, todas las organizaciones guerrilleras colombianas pretendieron presentarse como alternativas al reformismo con base en el argumento de que su método privilegiado de lucha es el de la confrontación armada y no tanto a partir del contenido de sus propuestas programáticas. Es decir, plantearon la tensión entre ‘reforma-revolución’ a partir de los métodos de la práctica social: si se prioriza la acción política no armada se trataría de actividades reformistas, si el énfasis se da a la acción política armada, por el contrario, se trataría de actividades revolucionarias.

Lo anterior, independiente de que casi todos los programas y propuestas de las organizaciones guerrilleras, por lo menos en sus inicios, podrían ser catalogados claramente como reformistas, en el sentido de que pretenden el cambio de las relaciones sociales de los modos de producción subordinados, dejando intocables las relaciones sociales del modo de producción dominante. Es altamente probable que en situaciones como la colombiana la introducción de reformas sustanciales se puede considerar como una verdadera revolución. Sin embargo, el debate acerca del denominado carácter de la revolución estaba presente en las distintas organizaciones guerrilleras nacientes como derivación de las distintas corrientes políticas que allí estaban presentes.

Esta perspectiva de analizar las organizaciones guerrilleras desde las dinámicas que les dieron origen nos lleva a concluir que todas ellas han estado y están parcialmente integradas a las demandas de sectores sociales o regionales, a sus luchas, a su territorio. Simultáneamente, toda organización es expresión de un proyecto político y militar global y privilegia, por momentos y de forma variable en el ámbito regional o nacional, su propia dinámica, al margen o por encima de las de los sectores sociales que dice representar.

La guerrilla en Colombia irrumpe en el escenario social y político en un contexto de las siguientes características: la crisis parcial de legitimidad, que se manifiesta de manera recurrente y comenzaba a asomarse de nuevo después del lapso de recuperación parcial logrado con la estructuración del régimen político que conllevó el Frente Nacional y que le daba un espacio a la legitimidad parcial. Dicha legitimidad parcial fue reivindicada por los actores guerrilleros como un argumento para justificar la confrontación político-militar contra el régimen político y el Estado. Igualmente, debemos mencionar que la guerrilla aparece en un periodo caracterizado por el auge y expansión de la denominada ‘acumulación regulada’ y del Estado Intervencionista con su extensión como Estado de Bienestar lo que, en formaciones sociales como la colombiana, con lo reducido de la cobertura de sus políticas sociales, fue más una ideología que una realidad.

Es por ello por lo que las propuestas de las organizaciones guerrilleras en sus inicios se situaban en la tendencia del momento de las organizaciones sociales consideradas como ‘progresistas’, caracterizadas por reivindicar una ampliación del intervencionismo estatal en la medida en que estatización se asimilaba a socialización y pedir una cobertura ‘real’ de las instituciones del Estado de Bienestar. Lo anterior enmarcado dentro de planteamientos estratégicos que visualizaban solamente la ‘conquista del poder’, en términos de apoderarse de los aparatos de dominación –que son útiles solo para ejercer y reproducir la propia dominación bajo otras formas y con nuevos fundamentos y referentes–.

La utopía era el inicio de la construcción de la sociedad socialista siguiendo los modelos del ‘socialismo real’ y el referente más cercano lo proporcionaba el triunfo de la Revolución Cubana, cuyo ejemplo orientaba algunas de estas guerrillas.

Las guerrillas en Colombia surgen como actores políticos–con incidencias sectoriales o regionales y en algunos casos con protagonismo nacional–, algunas van priorizando su dimensión militar durante un cierto periodo, pero el movimiento guerrillero en su conjunto mantiene su rol de protagonismo político, el cual se expresa en la incidencia que tienen en la vida nacional, en su accionar político-militar y en su influencia sobre los movimientos sociales predominantes.

Para este momento la relación entre guerrilla y movimiento social se puede caracterizar como de dependencia del segundo frente a la primera. El movimiento social, en particular el movimiento estudiantil, es concebido como un “apéndice” y una “caja de resonancia” de la guerrilla y adicionalmente como una fuente privilegiada de militantes para esta37. En ese periodo podemos decir que la guerrilla tiene una gran ‘sintonía’ con el movimiento estudiantil y una fracción del movimiento obrero.

En relación con el movimiento campesino, el cual toma auge a finales de los 60, hay una relación ambivalente que es producto del falso dilema que orientaba las luchas en ese momento –“reforma” o “revolución”– y frente al cual la lucha por la tierra era percibida por algunas de las guerrillas como una lucha reformista que desviaría a las masas campesinas de sus “verdaderos objetivos” de la lucha por el poder total del Estado.

El protagonismo político de la guerrilla es fuerte a nivel sectorial (movimiento estudiantil, sectores del movimiento obrero y del movimiento campesino) y a niveles locales y regionales e intermitente a nivel nacional.

Los años 70 se pueden caracterizar como los años de las crisis. En el primer quinquenio de esta década se evidencia la crisis de la fase de acumulación regulada, que también es la crisis del denominado “fordismo central” como modelo de acumulación y se entra en un periodo de transición hacia la redefinición de una nueva fase de la acumulación.

Esto involucra también la crisis del Estado intervencionista y de su extensión como Estado de Bienestar, al evidenciarse el agotamiento de este como mecanismo regulador de las crisis capitalistas y empezar a considerarse su papel más como obstructor que como posibilitador de los procesos de acumulación.

A nivel colombiano tenemos que con el inicio del proceso de desmonte del Frente Nacional se intenta reeditar la competencia bipartidista como mecanismo de recomposición de la siempre precaria legitimidad del régimen político, pero rápidamente se evidencia que no es posible el ‘retorno al pasado’ y que las lealtades bipartidistas han sido gravemente erosionadas por el maridaje del Frente Nacional. La crisis de los partidos va más allá de lo que aparece en la superficie; ya no son los canalizadores de los diversos procesos y demandas de la sociedad y cada vez cumplen menos el rol de ‘correas de transmisión’ de los sectores subordinados de la sociedad frente al Estado.

En el campo de las organizaciones guerrilleras, el mayor protagonismo político corre a cargo del M-19, que en este momento logra sintetizar las expectativas de los nuevos tiempos, ligando la lucha guerrillera a la coyuntura política y haciendo que toda su capacidad operativa se dirija hacia la consecución de un objetivo básico –campaña por la amnistía, la paz y el diálogo nacional, por ejemplo– sin dispersarse en propuestas estratégicas y aisladas. Además, plantea la operación militar con grandes contingentes, intentando desarrollar una ‘guerra de movimientos’, superando así la práctica tradicional de las guerrillas de operar a partir de pequeños destacamentos. Las organizaciones guerrilleras surgidas en los decenios anteriores van a vivir igualmente procesos agudos de crisis en los años 70, lo que las lleva a gastar todas sus energías en la resolución de sus propias crisis.

Podemos señalar que el involucramiento de la guerrilla en la coyuntura política nacional da lugar a la consolidación de su protagonismo político en este nivel como fundamental, sin olvidar otros protagonismos a niveles regionales y sectoriales.

Las relaciones de la guerrilla con los movimientos sociales van a estar caracterizadas por una interdependencia y un inicio de reconocimiento de la autonomía de los segundos en relación con la primera. Esto, a pesar de que el movimiento social sigue siendo considerado como una fuente de militantes y cuadros. No obstante, se da un campo de acercamiento de las prácticas de unos y otros, lo que es más evidente en el caso de los nuevos movimientos sociales de inserción regional.

En los años 70 las guerrillas clásicas –FARC-EP, ELN y EPL– van a vivir profundas crisis internas, de crecimiento y consolidación, al tiempo que la nueva generación de guerrillas, particularmente el M-19, copa lo fundamental del espacio político contestatario.

Históricamente el Estado colombiano ha sido precario en su legitimidad, dicho de otra manera, ha tenido una legitimidad parcial. Ello no solo por la incapacidad de controlar el conjunto del territorio nacional, denominado por algunos como el vacío de poder, sino también por su débil imparcialidad, lo que impide situarlo por encima de los intereses de grupos, partidos o sectores transitoriamente en el gobierno. Sumado a lo anterior, su ineficacia ancestral, la tendencia recurrente a que en su seno se desarrollen prácticas corruptas y auspiciadoras de la lógica clientelista como predominante en la acción la política. Quizá más cerca a lo que Lawrence Freedman llama, siguiendo a varios autores, entre los cuales destaca a Robert H. Jackson, ‘cuasiestados’, entendidos como

[…] entidades dotadas de la posibilidad de una existencia legal internacional como tales entidades soberanas (o lo que es lo mismo, provistas de una estatalidad jurídica), pese a carecer de realidad sociopolítica como estado efectivo (lo que se conoce como estatalidad empírica). Su condición de estados no se sustentaban en una sólida percepción colectiva de nacionalidad (Freedman, 2019, p. 242).

Adicionalmente, la tendencia del Estado colombiano de incumplir los acuerdos de toda naturaleza e incluso en ocasiones de manera deliberada, ha llevado a que el mismo sea percibido como poco creíble y confiable.

Factores que contribuyen a la reproducción del conflicto interno armado

Hemos mencionado la importancia de diferenciar entre los factores que están asociados al origen del movimiento guerrillero en Colombia de aquellos factores que de manera posterior se han convertido en elementos coadyuvantes a la reproducción del conflicto interno armado, entre los cuales queremos destacar los siguientes:

1. El problema del narcotráfico y otras rentas ilegales38

Colombia, como ningún otro país de América Latina, ha tenido una historia muy particular alrededor del problema de las drogas: cultivos de uso ilícito –marihuana, cocaína, amapola–, procesamiento y producción de estupefacientes, comercialización y distribución. Desde la perspectiva histórica el problema del narcotráfico pasa por el reconocimiento de la existencia de una cultura de la economía ilegal. Si bien es cierto que se puede remontar hasta la Colonia –contrabando de tabaco, quina–, la cadena histórica más reciente se puede desprender desde la entrada de contrabando al país de bienes de consumo suntuoso, el tráfico de esmeraldas y la proliferación de compraventas.

Surge como una actividad productiva y mercantil, de carácter internacional y al margen de la legalidad, desarrollada por individuos y organizaciones interesados fundamentalmente en la consecución del lucro personal. Esto nos muestra las tres grandes características que tiene esta actividad: su ilegalidad, su proyección internacional y el ser una actividad económica capitalista con grandes rendimientos, ello justamente por las dos primeras características.

Progresivamente se inician los procesos que intentan insertar en lo social y en lo político colombiano a estos nuevos sectores sociales y allí comienzan a presentarse choques con los sectores tradicionalmente dominantes y algunos subordinados de la sociedad, fundamentalmente por los reparos éticos que se formulan a estos advenedizos.

Simultáneamente se inicia un proceso de inserción económica de los nuevos capitales, proceso que en principio tiene poco rechazo. Uno de los sectores en que se inicia esta inserción, es el agrario. Mediante la compra de tierras se entrecruza este nuevo capital con los conflictos derivados de la lucha guerrillera y contra guerrillera, que venía de varios decenios anteriores. El problema de la droga en los 80 le cambió las ‘reglas del juego’ a todos los actores –particularmente a los armados– de la sociedad colombiana.

Dentro de esta dinámica expansiva del problema de la droga se inició una confrontación limitada con algunas instituciones estatales por algunos grupos dedicados a la comercialización y distribución de la droga. La confrontación entre instituciones estatales y los sectores del tráfico de droga –que se desarrolló fundamentalmente alrededor del uso de la extradición por el primero, y de los métodos terroristas, por los segundos– devino progresivamente hacia la búsqueda de espacios de salida no militar que mimetizarán una salida con visos de negociación. La Asamblea Nacional Constituyente de 1991 eliminó la extradición de colombianos dentro de la nueva Constitución Política de Colombia y creó así un marco normativo adecuado para buscar salidas diferentes a la de la guerra que primó al final de los 80. A mediados de los años 90 la extradición de colombianos fue incorporada nuevamente a la Constitución colombiana.

Varios analistas del conflicto armado colombiano han anotado, con razón, que la principal preocupación de los Estados Unidos en relación con esta guerra interna radica en el problema de los cultivos de uso ilícito y la manera como estos pueden ser la principal fuente de financiación de la confrontación armada, e incluso señalan que para los Estados Unidos el único punto concreto de la ‘agenda común’ de negociación sería el de la sustitución de los cultivos de uso ilícito.

Pero la problemática de los cultivos de uso ilícito no es otra que la del viejo problema agrario que no ha sido resuelto por las denominadas estrategias de desarrollo y sustitución. Su resolución pasa por dar una respuesta seria al problema de alternativas productivas que sean económicamente rentables, junto con la dotación de infraestructura productiva y de una infraestructura social básica. Una respuesta no represiva a los cultivos de uso ilícito constituye en buena medida la desactivación de una parte sustancial del conflicto armado colombiano y saldar así parte de la deuda de nuestro desarrollo agrario.

Podríamos señalar que el problema de la droga en la sociedad colombiana ha obrado como una especie de articulador y disparador de múltiples elementos que ya estaban presentes en la realidad colombiana: corrupción, desconfianza en la política y los políticos, incredibilidad institucional, las múltiples violencias, entre otros.

En los últimos tiempos igualmente emerge como una fuente de recursos ilegales importante para los actores armados ilegales, los recursos derivados de las actividades de la minería ilegal o el control ilegal de la explotación de sectores de minería artesanal

2. Tendencia a modernizar sin democratizar

Es la vieja tradición colombiana de disociar norma y realidad y considerar que los problemas de la realidad se resuelven simbólicamente en el ámbito normativo. Así, frente a cada problema en la realidad, la respuesta es una norma que por lo general no se cumple. En los últimos decenios las élites dirigentes colombianas le quedaron debiendo a la sociedad las necesarias reformas que requería para su introducción real en la modernidad y la consolidación de la democracia y el proceso de reforma del Estado. La expedición de la Constitución de 1991 en este campo fue la síntesis y la culminación de un proceso reformista iniciado quince años atrás que puso todo el acento en la modernización del estado y ‘olvidó’ la necesidad de la democratización de este.

3. La impunidad y la crisis de la justicia

No hay duda de que en una sociedad en la cual no exista no existan reglas imparciales para todos y jueces que las apliquen con el mismo criterio de imparcialidad no es posible la convivencia armónica, no hay credibilidad en las instituciones estatales y hay alta probabilidad de que el recurso a la mal llamada “justicia por mano propia” se generalice y ese ha sido sin duda el caso de la sociedad colombiana.

Uno de los grandes problemas que enfrenta el país desde hace varias décadas, a pesar de las reformas incluidas en la Constitución Política de 1991, es el de la eficacia de la justicia y cuyo reflejo más claro son la criminalidad oculta y los índices de impunidad. Todo indica que la impunidad es un elemento de causalidad muy grande para retroalimentar la espiral de violencia y un argumento para acudir a las prácticas retaliatorias.

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22 ekim 2025
Hacim:
461 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789587945041
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