Kitabı oku: «Kara y Yara en la tormenta de la historia»
KARA Y YARA
EN LA TORMENTA DE LA HISTORIA


SENSIBLES A LAS LETRAS, 63
Título original: Палавееви в бурята на историята
© 2019 Alexander Popov
Authorized translation from the Bulgarian
Spanish edition published by arrangement with Eulama Lit.Ag.
© de la traducción: Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado, 2020
© de la imagen de la portada: Javier Rodríguez, 2020
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2020
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-16537-92-1
Producción del ePub: booqlab

This book has been translated with the support of the National Book Centre, part of the National Palace of Culture – Congress Centre Sofia.
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
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ÍNDICE
1. La calle
2. La llamada del cuco
3. Kombrig Medved
4. Las reglas de la conspiración
5. Nadie quiere ser Mónica
6. Sándwiches, autocrítica y balas
7. Cógido Zelenika
8. Noche en el bosque
9. Tórtola o autillo
10. ¿Dónde está la bolita?
11. Cautivos de la mitología
12. Vestigios de la izquierda sectaria
13. En la guarida de la bestia
14. El rastro de un bombón
15. Inventario e higienización
16. La isla del tesoro
17. La fatal debilidad de la burguesía
18. Las urracas de la duda
19. Vida y teoría
20. Sobre los perjuicios de la poesía moderna
21. El día termina con cuentos
22. No hay conexión con el centro
23. Turrón, colonia y pilas
24. Los estajanovistas y la cultura popular
25. Siguiendo los pasos de Morózov
26. El Ejército Rojo avanza
27. La sombra del Gran Masturbador
28. ¡Persevero!
29. El canal de la limonada y el de la rakía
30. Cabras al ataque
31. ¿Y tú quién eres, camarada Medved?
32. En la trampa del determinismo de clase
33. Cantando y con el fusil en la mano
34. Las Avispas Rojas vuelven a zumbar
35. La sierra mecánica de Hitler contra el corruptor poder del Capital
36. Nueve años y tres días
37. El legado de Medved
38. La separación
39. Diez años más tarde
Esta historia es ficción literaria y su fin no es dar una imagen objetiva de la época. Los acontecimientos descritos no pretenden tener precisión documental y el parecido con personas reales es completamente accidental. Los nombres de parajes y localidades han sido elegidos al azar o han sido inventados por el autor y como tales pertenecen al territorio de su imaginación.
Alek POPOV
1. LA CALLE
En el viejo barrio de Sofía en otros tiempos conocido como Kónyovitsa, y como Zona B-18 en los años del socialismo desarrollado, hay una callejuela diminuta cuya salida bloquean las casetas del mercado cooperativo. Con el trascurso de los años, esta parte de la ciudad, que antiguamente se consideraba alejada, poco a poco fue engullida por el mar de bloques de apartamentos y ya está más cerca del centro que de la periferia. No muy lejos pasa un canal que a veces aflora a la superficie y a veces desaparece, para terminar desembocando en el sucio regato marrón que divide el tráfico en la avenida de Slívnitsa. En general es un paisaje mustio del que brotan nuevos y coquetos edificios de viviendas de vibrantes colores rosas, amarillos y verdes como flores artificiales.
Calle de YARA PALAVÉEVA
La placa sobre la fachada desconchada de la casa que ocupa la esquina es la única señal que indica el nombre de la calle. Este no figura ni siquiera en los mapas más detallados de Sofía, tal vez porque el tramo es tan corto que el nombre no cabe. Hay tan solo siete números. La casa de la esquina es la más prestante, aunque de dimensiones modestas, con sus frontones y cornisas de principios del siglo XX. A continuación hay tres o cuatro edificios larguiruchos y feos, erigidos a toda prisa por los desplazados después de las guerras, con las vallas desvencijadas y endebles construcciones anejas. Los sigue uno de los ya mencionados nuevos bloques de viviendas con ventanas de PVC y un aislamiento verdoso que reviste el muro medianero.
Lo que tienen en común los habitantes de este conjunto de casas tan heterogéneo es que nadie sabe nada de la ilustre persona que da nombre a la calle. Tampoco el enjuto caballero mayor de inclinaciones artísticas que vive en la casa cuya pared luce la placa y que tiene por costumbre recibir a sus visitas apuntándoles con una pistola. En realidad la pistola es un juguete, pero en eso se repara más tarde. El caballero lleva viviendo aquí al menos medio siglo, pero no recuerda el antiguo nombre de la calle ni si alguna vez lo han cambiado. Únicamente la anciana del número 6 guarda un recuerdo vago de aquel día del año 1952, cuando, a la vuelta del colegio, se encontró con un grupo de hombres con gorras apiñados en la esquina. Entre ellos había una mujer que llevaba un austero traje marrón. La placa estaba recién puesta. La mujer pronunció un discurso breve, los hombres se quitaron las gorras, estuvieron un rato en silencio y subieron a los dos coches oficiales que esperaban cerca. La mujer habló en voz muy baja. Lo único que la anciana recordaba de aquellas palabras era que Yara Palavéeva era una partisana que había fallecido heroicamente en la lucha contra el fascismo y el capitalismo. ¿Cabía esperar otra cosa?
Hoy, casi veinte años después de la así llamada Transición, que barrió los símbolos del antiguo régimen y borró montones de nombres extraños y desconocidos de los mapas de las ciudades búlgaras para sustituirlos por otros —no menos ajenos y fortuitos—, parece un auténtico milagro que esta callejuela haya conseguido resguardarse del huracán que cambió todos los nombres. Bien es cierto que bautizar semejante apéndice, minúsculo y feo, con el nombre de un personaje público importante, una fecha histórica o un símbolo internacional sería un despropósito. Probablemente por esta razón ningún comité, ninguna institución ni partido —y los partidos, como es sabido, son insaciables— ha mostrado nunca interés alguno en los siete números de la calle de Yara Palavéeva. De modo que la callejuela sigue llevando su antiguo nombre partisano hasta hoy, a pesar de las vicisitudes de los tiempos y de las modas políticas.
Pero ¿cómo se ha llegado a esta situación? ¿De dónde surgió la iniciativa de bautizar este rincón insignificante de la capital con el nombre del personaje en cuestión? ¿A qué se debía este ambiguo honor? Una carpeta polvorienta, abandonada en el archivo del Ayuntamiento de Sofía, responde parcialmente a algunas de las preguntas, aunque no a las más importantes. Entre sus ajadas cubiertas se conserva la documentación que acompañó a esta decisión histórica. De allí se desprende que el 11 de febrero de 1951 un grupo de los así llamados combatientes activos contra el fascismo y el capitalismo propuso cambiar el nombre de la calle Gladstone por el de Yara Palavéeva, en memoria a su compañera de lucha. El motivo era el inminente aniversario de la heroica muerte de Palavéeva, así como el hecho de que había nacido y crecido precisamente en aquella calle. En la lista de firmantes está también el nombre de Kara Palavéeva (Grebenárova de casada), hermana de la heroína. Obviamente, hablamos de la general Kara Grebenárova, veterana funcionaria de la Seguridad del Estado. Su nombre aparece periódicamente en los medios de comunicación, asociado a los escándalos que rodean a los servicios secretos del antiguo régimen. Poco antes de que la jubilaran, desaparecieron del archivo de la Seguridad del Estado más de 140 000 expedientes. En 1992 la general Grebenárova desapareció de la vida pública.
En la carpeta se conserva la respuesta de un tal Danaílov, secretario de la comisión encargada de los nombres (¡sí, existió tal comisión!). Este informa al Comité de Iniciativas, encabezado por Kara Grebenárova, que por aquel entonces todavía tenía el rango de comandante, que el consejo de la capital valora altamente la hazaña de Yara Palavéeva, pero no le es posible satisfacer su petición porque ya se ha decidido bautizar la calle con el nombre de otro ilustre representante del movimiento revolucionario. Por cierto, según los testimonios históricos, la calle llegó a cambiar de nombre, aunque dicho representante falleció un año más tarde. A continuación se presenta una nueva propuesta para bautizar con el nombre de Yara Palavéeva otra calle del centro, que es rechazada por motivos similares. Durante un tiempo las partes se pasan la pelota. La comisión demuestra un ingenio envidiable a la hora de inventar motivos para desestimar las propuestas. La razón tal vez reside en las luchas intestinas dentro del Partido, tal y como sugiere el informe que aduce el origen burgués de las dos hermanas, integrado en el expediente. Sin embargo, los compañeros de lucha de Palavéeva, encabezados por su hermana, están decididos a salirse con la suya.
La cuestión se resuelve en el otoño de 1952. En su reunión ordinaria, la comisión inesperadamente decide que el nombre de la hermana sea adjudicado a «la perpendicular de la calle Dúnavska Zora que desemboca en el mercado de Dimítar Néstorov». Esta redacción hace pensar que hasta aquel momento el tramo en cuestión ni siquiera tenía nombre. Probablemente se encontraba en proceso de regulación o en otro procedimiento administrativo. Con este pérfido acto las autoridades, en la práctica, se lavan las manos. A los compañeros de Palavéeva se les presenta el hecho consumado. Se ha rendido tributo a la hazaña de la partisana, aunque de forma sigilosa, sin provocar innecesariamente curiosidad y revuelo entre los medios de comunicación. La carpeta queda enterrada en los archivos. En más de cincuenta años nadie se acordará de ella. Quizá por eso ha logrado sobrevivir…
2. LA LLAMADA DEL CUCO
Llevaban más de dos horas caminando en silencio, sin detenerse. Solo el cabrerillo, que andaba deprisa por delante, se daba la vuelta de vez en cuando para comprobar que no se quedaban atrás. Estaba acostumbrado a llevar al monte a toda clase de personas, pero ninguna era como esas dos chicas. Desde que percibió su aroma, se dio cuenta de que eran muy especiales y no terminaba de comprender qué hacían allí. Su ropa, sus manos, sus caras, incluso sus voces, por lo que había podido oír, no tenían nada que ver con la única realidad, cruda y frugal, que conocía. Habían venido con el estudiante al que debía llevar hasta los partisanos. Se habían presentado ya equipadas: con sus mochilas, sus bombachos, sus cazadoras y unos botines de suelas muy gruesas como jamás había visto. «¡Menudas son estas!», pensó el cabrerillo.
—Las envía la comandancia de la zona —le aseguró el estudiante.
Pero el cabrerillo seguía desconfiando… El estudiante también le resultaba extraño. Era alto, con pequeñas gafas, gorra y se envolvía en un abrigo de ciudad ceñido con un cinturón. Llevaba unas botas blandas que probablemente estropearían las primeras nieves. De su hombro colgaba una bolsa de lona, artesanal, no muy llena. Lozán, así se había presentado el gafotas, empezó a flaquear desde el principio. Comenzó a respirar trabajosamente y de forma entrecortada, se tropezaba con los baches y se tambaleaba. Pero por amor propio y terquedad no permitía que los demás se parasen por su culpa. En cambio, aquellas chicas de ciudad, que tenían pinta de que iban a desistir en la primera cuesta, subían con agilidad sin jadear siquiera. El único cambio fue que el aire del monte les sonrojó la cara, lo que las hacía aún más guapas.
Quién sabe por qué, el cabrerillo se enfadó y se puso a andar todavía más deprisa. Los resoplidos a su espalda aumentaron. Algunos terrones se precipitaron al desfiladero. Él sonrió con malicia enseñando sus dientes podridos. Una de ellas le tiró con fuerza de la manga. No podría decir cuál de las dos. Se parecían, debían de ser gemelas.
—¡No tan deprisa! —dijo la chica.
Al llegar a un pocillo, escondido entre las raíces de tres hayas que entretejían sus troncos, el cabrerillo se detuvo, aguzó el oído e imitó la llamada del cuco cinco veces seguidas. No hubo respuesta. Lozán se dejó caer pesadamente en la hierba. Una de las chicas destapó su cantimplora y le dio de beber. El cabrerillo volvió a llamar, esta vez siete veces y media. Aguzó el oído: nada. En la lejanía se oían los picotazos de un pájaro carpintero.
El cabrerillo siguió llamando insistentemente hasta que algo voló silbando en el aire. El cabrerillo gimió como un gatito al que han pisado y se apretó el hombro. Dos hombres, visiblemente airados, salieron de los arbustos y se abalanzaron sobre el grupo.
—¡Oye, Raycho —empezó a gritar uno de ellos, que llevaba una carabina recortada al hombro—, ni siquiera eres capaz de recordar una contraseña! ¿Cuántas veces dijimos que tenías que llamar?
—Pues… no sé —tartamudeó el cabrerillo frotándose donde le había dado la piedra.
—¡Nueve! —El hombre levantó los dedos de las dos manos y dobló uno.
—¡Pues yo llamé nueve!
—¡Nueve! ¡Y una leche! ¡Cinco! Quince… Diez… ¡Nos has vuelto locos!
—Depende de cómo lo cuentes —intervino una clara voz femenina—. Cu o cu-cu. En principio el cuco hace «cu-cu». Por eso se llama cuco y no cu.
—¿Y tú quién eres? —dijo el hombre bajando instintivamente su carabina.
—Tío Vanyo —respondió incorporándose Lozán—, vienen conmigo.
El otro partisano se echó a reír. Llevaba una cazadora de guardabosques y de su cintura colgaba una Parabellum de cañón corto. Tenía una cara ancha y plana con barba rubia.
El hombre de la carabina se lanzó hacia el estudiante, lo abrazó y dijo en voz baja:
—Ahora me llamo Lenin.
Era el mayor de los dos y por lo visto estaba al mando. Lozán empezó a contarle algo sobre la Unión de las Juventudes Obreras1 de Yuchbunar,2 pero el otro lo interrumpió con un indeterminado «luego, luego» y lanzó una mirada a las gemelas.
—¿Y estas quiénes son?
—Las camaradas Gabriela y Mónica, del grupo de sabotaje del Primer Instituto Femenino.
—¿Por qué las has traído?
—Ha habido un problema en la escuela. Ante la posibilidad de que las descubran, se ha tomado la decisión de que pasen a la clandestinidad.
—¿Quién lo ha decidido? —preguntó con aspereza Lenin—. ¿El Comité Central? ¿La comandancia? ¿Tu abuela?
—Puees… —respondió el joven bajando la vista—. Esto…, por cuestiones de conveniencia…
—¡Queremos ser partisanas! —exclamaron a la vez las chicas.
—Ya, ¿y qué más? —Lenin se quitó la gorra y empezó a rascarse la cabeza, que era completamente calva como la del propio Lenin—. ¡Es imposible! ¿Os creéis que esto es un juego de niños?
Se dirigió al cabrerillo:
—¡Llévatelas de vuelta!
—¡No vamos a ninguna parte! —respondieron, tozudas, las chicas.
Sus ojos grisáceos brillaban desafiantes y Lenin se dio cuenta de que no le sería fácil convencerlas. También intervino Lozán:
—Tío Vanyo…
—¡¡Lenin!!
—Camarada Lenin —empezó el chico con una solemnidad inesperada—. Las camaradas corren peligro de muerte. Los fascistas les pisan los talones. Les he prometido ayudarlas. Si no las admites, yo también me vuelvo con ellas y que sea lo que Dios quiera.
—Estas dos bocachas le han sorbido los sesos —dijo el otro silbando entre dientes.
—Oye, Enterrador, ¡no llames así a las camaradas! —lo reprendió Lenin—. Ya te amonestaron una vez ante el destacamento. ¡Si te lo oigo decir otra vez, informaré a Medved!
Al mencionar este nombre se produjo una pausa significativa. Las chicas intercambiaron miradas y sonrieron.
—Es como hablamos en Pernik,3 ¿qué pasa?… —refunfuñó el hombre conocido como el Enterrador.
Por supuesto, era su nombre de guerra, en realidad solo una parte de él. Pero nadie tenía tiempo de llamarlo Enterrador del Capitalismo, el nombre que eligió cuando se unió al destacamento. Lo llamaban, simplemente, Enterrador.
—¿Y qué hago ahora con vosotras?… —dijo Lenin, que apretaba nervioso la gorra—. ¿Sois de Sofía? —Las miró de arriba abajo e hizo un gesto con la mano—. Para qué preguntar, está claro que sí…
—Que lo decida Medved —propuso el Enterrador—. ¿Traéis pan?
—Traemos sándwiches —respondió una de las chicas.
—También armas —añadió la otra.
Bajaron las mochilas y sacaron dos pesados paquetes alargados envueltos en lona. Dentro, desmontadas, había dos escopetas de caza Smith & Wesson de cañones superpuestos. Una talla decoraba las culatas de caoba.
—¡Vaya! —exclamó con un silbido Lenin.
Tomó una y desplegó el cañón. Era un cazador empedernido, pero jamás había tenido en las manos un arma tan lujosa. Acarició la boca del cañón. Comprobó el cerrojo: la cámara estaba vacía. Levantó la escopeta y apuntó por encima de los árboles.
—¿Dónde las habéis pillado?
—Son de nuestro padre —contestaron.
—Vuestra familia parece tener dinerito —dijo con envidia el Enterrador.
—¿Dónde están los cartuchos? —preguntó Lenin.
—No tuvimos tiempo de recogerlos —explicó una de las chicas—. Hemos encargado doscientas unidades en la tienda de Michelson. Del calibre 9, el que usan para cazar jabalíes. Nuestro padre compra allí. Tenemos que mandar a algún camarada para que los recoja y nos los mande.
—¡Ay! —suspiró Lenin, invadido por un mal presentimiento—. ¡Vámonos!
Después se volvió hacia el cabrerillo, que aguardaba con expresión culpable:
—¡Nueve veces! —le recordó—. ¡Cu-cu!
—Cu-cu —repitió el cabrerillo alicaído.
Ahora el grupo lo encabezaba Lenin; a duras penas lo seguía Lozán, a continuación iban las hermanas y, por último, en la retaguardia, el Enterrador. Ante los pequeños y firmes culos que se bamboleaban delante de sus narices, era incapaz de aguantarse y de vez en cuando emitía unos agudos silbidos y repetía al ritmo de los pasos de las hermanas: «¡Primera bocacha!», «¡Segunda bocacha!». Las chicas al parecer no le prestaban atención, hasta que se sentaron a descansar y se dirigieron a él:
—Camarada Enterrador, quisiéramos preguntarle una cosa…
—Me podréis llamar Enterrador después de pasar un invierno en el monte. Por ahora soy el Enterrador del Capitalismo.
—Camarada Enterrador del Capitalismo… —empezó una de las chicas con aspecto serio.
Estas palabras lo acariciaron como un bálsamo. Hacía tiempo que no oía su nombre clandestino en todo su esplendor.
—¿Nos podría explicar, camarada Enterrador del Capitalismo, qué factores sociales han impuesto el uso de este saludo tan original a las mujeres en la ciudad obrero-combativa de Pernik?
—¿Eeeh? —dijo abriendo los ojos como platos el Enterrador.
—¿Nos podría revelar el sentido revolucionario de la metáfora «bocacha»? Seguro que tiene algo que ver con la lucha del proletariado de Pernik… —añadió la otra.
El Enterrador intentó comprender lo dicho, pero su cerebro hizo clac y se apagó. Notó una dolorosa sensación de desamparo, como si de pronto se hubiera quedado ciego. Lo único que logró soltar fue un «¿Pero qué…?», y masticó las últimas palabras como un pepino amargo.
—¡Te han enterrado, Enterrador! —Lenin sonrió de oreja a oreja—. ¡Chicas listas! Solo espero que no nos enterréis también a nosotros…
1 La Unión de las Juventudes Obreras fue una organización de las juventudes comunistas, creada en 1928 por iniciativa del Partido Comunista de Bulgaria. En 1934 fue prohibida por el Gobierno y pasó a la clandestinidad. Durante la Segunda Guerra Mundial participó activamente en la lucha partisana. Existió hasta 1947, cuando pasó a formar parte de la Unión de las Juventudes Populares. (Todas las notas son de los traductores).
2 Antiguo barrio de la zona occidental de Sofía.
3 Ciudad de Bulgaria occidental.
3. KOMBRIG MEDVED
A finales del verano de 1941, mientras el carro de fuego de la Wehrmacht arrasaba desbocado la gran estepa rusa, en las cálidas aguas de la bahía de Varna asomó el periscopio de un submarino soviético. La costa estaba oscura, y la noche, sin luna. El submarino negro afloró silenciosamente en la superficie. Se abrió una compuerta y una docena de siluetas agachadas cruzaron la cubierta en fila india. Poco después, del cuerpo del submarino se separó un bote de goma que se dirigió a la costa. Los hombres remaban en completo silencio, hundiendo los remos con cuidado para no hacer más ruido del necesario. El submarino se sumergió tal y como había aparecido —desapercibido—, dejando tan solo una franja de espuma de mar.
En el bote, junto con otros doce camaradas de confianza, estaba Spartak Gálev, alias Pies Ligeros, más tarde conocido como kombrig4 Medved. Eran parte de un grupo de exiliados políticos que la dirección del Partido Comunista Búlgaro en Moscú había enviado para reforzar las filas de la organización en aquel momento crítico. El Gobierno búlgaro se había negado a mandar tropas al frente oriental, aunque ofrecía apoyo logístico al Tercer Reich. Era preciso desplegar una lucha partisana en la retaguardia del enemigo, pero los combatientes disponibles no solo eran insuficientes, sino que también estaban muy poco preparados. La operación estaba dirigida por el oficial del Ejército Rojo Tsvyatko Radóynov. Parte del grupo —los así llamados «submarinistas»— fue trasladado a Bulgaria por mar; otros se lanzaron en paracaídas. Todos ellos habían pasado por el duro entrenamiento del contraespionaje soviético, donde habían adquirido valiosas habilidades, necesarias para todo tipo de actividad subversiva. El Partido había depositado grandes esperanzas en estos hombres entrenados que debían liderar la resistencia armada. Pero nada más pisar el suelo patrio, la policía dio con su rastro y logró capturar a la mayoría. Medved fue uno de los pocos que se salvaron, lo que le confería una autoridad adicional.
Spartak Gálev había emigrado a la URSS nada menos que dieciocho años antes. Después de la derrota del Levantamiento de Septiembre de 19235 estuvo deambulando por montes y campos con distintos destacamentos hasta que el Partido abandonó oficialmente la política de lucha armada. Esto ocurrió después del atentado en la iglesia Sveti Kral,6 en el que fallecieron ciento cincuenta personas. La corriente de la izquierda sectaria fue condenada y se disolvieron las formaciones de combate. El grupo de Gálev, cuyos miembros esperaban en su mayoría penas de muerte, cruzó la frontera con Grecia y se entregó a las autoridades locales. Los internaron en la isla de Heraclea, en el mar Egeo, donde pasaron algunos meses. Sus camaradas del Partido Comunista Griego los ayudaron a subir en secreto a un barco soviético que los llevó a la tierra prometida del socialismo.
Nadie sabía cómo había vivido exactamente Spartak Gálev en la URSS. Tampoco nadie se atrevía a hacer conjeturas al respecto. El propio Spartak era muy parco en detalles. Parecía obvio que no se había titulado en ninguna universidad. Daba a entender que había estado sirviendo en el Ejército y que había participado en la campaña de Finlandia, pero no quedaba claro cómo ni con qué rango. Se comportaba como si estuviera acostumbrado a estar al mando de grandes masas de gente. Durante su ausencia sus padres habían fallecido, parte de sus compañeros habían sido asesinados y otros habían acabado en la cárcel. Los pocos que quedaban no eran capaces de reconocerlo. Pero, como era bien sabido que la vida soviética cambiaba a la gente hasta el punto de hacerla irreconocible, nadie se sorprendió. En tiempos Spartak Gálev era como un palillo: delgado, ágil y rápido. Decían que esquivaba las balas antes de que salieran del cañón; de ahí su apodo Pies Ligeros. Provenía de los pueblos de alrededor de Sofía y le gustaba reírse del poder con el típico sentido del humor mordaz de los shopis.7 Pero de la URSS regresó hecho un ladrillo: robusto y corto, como si hubiera pasado todos aquellos años metido en una caja. Solía estar quieto, con una cara malhumorada y rugosa de tez cetrina que no cambiaba con el sol ni con el viento. De su sentido del humor no había quedado ni rastro. Hablaba de forma concisa y con precaución, salpicando su discurso de palabras rusas. Ya nada lo podía asustar excepto el nombre de Stalin. «Partió siendo una liebre y volvió hecho un oso», dijo alguien. Desde aquel momento todos empezaron a llamarlo Medved.8
Él no tenía ningún inconveniente.
La primera y más importante tarea era la de protegerlo. Debido a su fuerte acento ruso, resultó más complicado de lo previsto, puesto que no era capaz siquiera de comprar tabaco sin delatarse. En aquellos tiempos en Bulgaria se oía poco ruso y enseguida llamaba la atención. No podía, o bien no quería, renunciar a este acento porque, al fin y al cabo, era una cuestión de prestigio. Durante todo el otoño y el invierno lo estuvieron escondiendo en diferentes buhardillas y sótanos de Sofía, bajo distintos nombres, hasta que en la primavera de 1942 terminaron convenciéndolo de que asumiera el mando de una unidad de partisanos en proceso de formación que operaba en el extremo oeste de los montes Balcanes: el destacamento Patarinska. El problema radicaba en que Medved venía de la URSS habituado a manejar escalas completamente diferentes, preparado para liderar al menos una brigada o una división, algo que aún no existía en Bulgaria. No era menos problemático que los destacamentos de la Primera Zona Operativa Militar ya tuvieran sus propios comandantes, gente local que no podía ser sustituida así como así, sin provocar un importante malestar y discrepancias. Por otro lado, estaba más que claro que un líder de la magnitud de Medved no aceptaría ningún cargo de segundo orden como comisario político o instructor. Ni siquiera intentaron ofrecérselo: ¡tal era el respeto que le tenían en aquellos días! Medved había venido para estar al mando y debía estarlo. Y, además, no de cualquier cosa. Entonces los camaradas de la comandancia central emplearon una pequeña artimaña…
La unidad militar en cuestión, de cuya composición y armamento solo se podían hacer conjeturas, rápidamente fue elevada al rango de «batallón de la comandancia central». A Medved le explicaron que este era el corazón de la futura división de partisanos que llevaría el impactante nombre de «Primera División de Guardia de Stara Planina».9 Debía reconquistar territorio independiente en la parte occidental del país, asumir el control del desfiladero del río Ískar y con el tiempo tomar la capital. ¡Sonaba irresistible! Dos semanas más tarde, cuando apareció entre los soldados del destacamento Patarinska equipado con todo lo necesario para las actividades militares en un frente amplio, incluido el Breve curso de historia del Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique),10 Medved se dio cuenta del engaño, pero ya era demasiado tarde…
En aquellos primeros años de lucha, el destacamento Patarinska —nadie supo por qué se llamaba así— contaba con cerca de diecinueve partisanos. Decimos «cerca de» porque algunos de ellos bien volvían a sus pueblos cuando los empapaba la lluvia o empezaban a echar de menos a sus mujeres, bien volvían al monte cuando estaban hasta las narices de dichas mujeres. Estos movimientos eran aceptados con compasión y comprensión por parte de sus camaradas. Todos sin excepción calzaban alpargatas. La mayoría llevaban gorros de pelo; había también un par de boinas y una gorra de guardabosques. Muchos de ellos vestían los tradicionales pantalones fondones de lana; uno se había fugado con su traje de bodas y otro lo había hecho con su uniforme militar. Su armamento sumaba cuatro carabinas, una escopeta de caza de dos cañones y un fusil de chispa. La munición ascendía a un total de 44 cartuchos, 13 de los cuales eran para el sistema Mannlicher, aunque todavía no disponían del propio fusil Mannlicher. El fusil de chispa tenía sobre todo un valor simbólico; se creía que en tiempos había pertenecido al mismísimo voivoda Valyo y era el talismán del destacamento. Contaban además con cinco revólveres y una Parabellum, tomada al enemigo en una acción independiente del miembro de más edad del grupo, el conocido por el peculiar nombre de «Enterrador del Capitalismo». También tenían seis bombas de la Primera Guerra Mundial con mangos de madera. Las tapas de dos de ellas se habían perdido y no quedaba claro si iban a explotar ni, aún más importante, cuándo lo harían.
El resto eran palos y cuchillos.
En comparación con ellos Medved parecía un arsenal andante: un subfusil automático Shpaguin, una pistola Tulskiy Tókarev y siete granadas de mano: cuatro de asalto y tres de defensa. Por no mencionar el resto de maravillas que escondía su mochila… Todo lo que llevaba era de cuero: desde la gorra y la cazadora hasta la funda de la pistola y las botas altas. Sus pantalones estaban hechos de un material nunca visto, totalmente impermeable.
Los miembros del destacamento lo observaban con muda admiración, como si fuera una deidad que hubiera descendido de la brillante cumbre del comunismo para llevarlos por caminos ignotos pero, sin duda, gloriosos. Sin embargo, Medved no sentía lo mismo. Miró con escepticismo a los hombres que lo rodeaban, se sentó en un tocón, sacó su último cigarrillo Belomorkanal,11 sacudió la boquilla en el tacón de la bota y profirió pensativo:
—Ну, таак…12
4 Kombrig (ruso: комбриг), contracción de командир бригады (‘comandante de brigada’). Fue una graduación militar del Ejército Rojo entre los años 1935 y 1940, que en parte tiene la equivalencia de general de brigada en los ejércitos modernos.
5 El Levantamiento de Septiembre estalló el 23 de este mes del año 1923 y se produjo como respuesta al golpe militar perpetrado en junio de aquel mismo año en Bulgaria. Los dos acontecimientos sentaron el inicio de conflictos que algunos historiadores definen como una guerra civil.
6 El atentado en la iglesia Sveti Kral (hoy conocida como Santa Nedelia) es el mayor acto terrorista en la historia de Bulgaria, perpetrado el 16 de abril de 1925, el Jueves Santo, por un grupo de la extrema izquierda de la organización militar del Partido Comunista Búlgaro que dinamitó el techo del templo durante el funeral del general Konstantín Gueorguíev, asesinado dos días antes por otros miembros del Partido Comunista. Al desplomarse la cúpula sobre la concurrencia, provocó la muerte de cerca de ciento treinta personas y causó unos quinientos heridos, parte de los cuales murieron más tarde en el hospital. Entre las víctimas se encontraban numerosos políticos y oficiales del Ejército búlgaro.
Entre las consecuencias del atentado estuvo la imposición inmediata de la ley marcial y la aplicación de duras medidas represivas por parte del Gobierno. Poco después el Comité Central del Partido Comunista Búlgaro condenó el atentado como un acto nefasto para el movimiento antifascista y acusó a sus responsables de sectarismo.
7 Los shopis son un grupo etnográfico de la actual Bulgaria occidental, el este de Serbia y el noreste de Macedonia del Norte. Muestran una conciencia nacional búlgara, serbia o macedonia.
8 En ruso, ‘oso’.
9 Los montes Balcanes, Stara Planina o el Balcán, como se denomina con frecuencia en Bulgaria, es la cordillera que da nombre a la península balcánica. Empieza en Serbia y atraviesa Bulgaria de oeste a este.
10 Nombre oficial del PCUS entre 1925 y 1952.
11 Famosa marca de cigarrillos soviéticos, sin filtro y con una boquilla larga de cartón.
12 En ruso: «Pues vaya…».
4. LAS REGLAS DE LA CONSPIRACIÓN
El Enterrador se agachó, cogió dos piedras del suelo y las hizo chocar tres veces. Esperó unos diez segundos y volvió a hacerlas sonar. Le respondieron cuatro golpes idénticos. Un poco más adelante, como si hubiera brotado de la tierra, apareció un centinela con gorro de soldado y fusil con bayoneta. Lenin lo llamó Valyo.
Al ver a las dos chicas se le iluminó la cara.
—Nuevas incorporaciones, ¿eh?
—Gabriela y Mónica. —Las chicas extendieron sus manos.
—¡Camaradas! —las regañó Lenin—. ¡Observad las reglas de la conspiración!
—¡Son nuestros nombres clandestinos! —respondió una de ellas—. Siempre hemos querido llamarnos Gabriela y Mónica. Ella es Mónica.
—No, ella es Mónica y yo Gabriela. ¿No teníamos un acuerdo? —intervino la otra.
—Quedamos en que una semana tú serías Gabriela y la siguiente sería yo. Esta semana me toca a mí.
Valyo se rascó la cabeza:
—¿Acaso es malo ser Mónica?
—¿Pero qué son esos nombres? —se enfadó Lenin—. ¿Os creéis que esto es un baile de sociedad?
Las muchachas arquearon las cejas de la manera ya conocida que señalaba un importante proceso reflexivo. Después de dar unos diez pasos, una de ellas dijo con aparente indiferencia:
—Yo no sé de bailes que no sean de sociedad. El camarada probablemente quería decir «vienés»…
—¡Oye, Lenin! —se echó a reír el Enterrador—. A mí me enterraron, pero a ti directamente te hundieron.
—Ya veremos, ya veremos, listillas —respondió Lenin sin detenerse.
***
Desde el fondo de la pradera llegó un alboroto confuso que rápidamente se propagó por todo el campamento como fuego por pajar y alcanzó la tienda de Medved. El comandante levantó la cabeza y frunció el ceño. En ese momento estaba ocupado apuntando algo en su cuadernillo. La lona de la entrada se apartó y en la abertura asomó la cara redonda de su ordenanza, Stoycho:
—Camarada kombrig, ¡permítame reportar!
—¿Qué?
—Acaban de llegar los nuevos partisanos.
—¿¡Qué!? —repitió Medved, que se incorporó pesadamente.
No lo habían informado de la incorporación de nuevos partisanos. Solo sabía que debía llegar un militante de la Unión de las Juventudes Obreras, familiar de Lenin, porque en su grupo se había producido un fallo operativo. El bullicio en la pradera iba en aumento. No le gustó. Se echó por los hombros el chaleco de lana y salió.
El destacamento —ahora ya batallón de la comandancia central— no recordaba semejante excitación desde que Medved apareciera ante los partisanos con su equipo de combate completo. Ahora el destacamento contaba con cuarenta y cuatro personas, ni una más ni una menos. El abandono se consideraba deserción y se castigaba con mano firme. La única mujer del grupo era la comisaria política Extra Nina, pero por varias razones sus camaradas la consideraban una igual. También había un pope, Tijón, enclaustrado en el monasterio de Cherepish por pecado dogmático y que más tarde había huido al monte. Era un hombre enorme, con una sotana andrajosa bajo la que no había nada más que espeso vello. Iba armado con un palo y un revólver Nagant antediluviano, aunque su arma más temible era su risa atronadora. Así, todas estas criaturas peludas y mugrientas, que anhelaban una caricia o al menos una mirada, habían salido a la pradera y rodeado a las gemelas. Las devoraban con los ojos, se embriagaban con su presencia. A la vista de sus rizos rubios muchos estallaron en carcajadas infantiles, como si les hicieran cosquillas en los talones. Otros musitaban cosas incomprensibles. También los hubo que comentaron algo en voz alta, intentando ocultar su timidez. Desde hacía una semana en su menú predominaban la cebolla y el ajo, que hacían su aliento más mortífero que el fuego que escupe un dragón de tres cabezas.
Las chicas miraban asustadas mientras el círculo a su alrededor se estrechaba. De su anterior confianza no quedaba ni rastro. Lenin y el Enterrador sonreían con malicia a su lado. Lozán intentaba explicar algo en vano. Nadie le hacía caso.
—¡Ay, mis cabritillas! —farfullaba Tijón, que agitaba su sotana andrajosa como si intentara sacudirle las pulgas.
—¿Qué ocurre? —preguntó una voz alta y ligeramente chillona.
Los hombres se apartaron. Medved pasó entre ellos empujando a unos cuantos empeñados en no moverse. Su mirada se posó por un instante en el estudiante y luego se deslizó hacia las chicas. Se quedó boquiabierto y una preocupación que rayaba el pánico contrajo su rostro. Pero esto solo demostraba que el comandante era humano como los demás. Aunque por poco tiempo…
Medved carraspeó y dijo en voz más baja:
—¡Camaradas! ¿Puedo saber dónde están vuestras armas?
Los partisanos empezaron a mirar a su alrededor sobresaltados. Sus miradas se dirigieron a las fogatas donde hasta hacía poco se alzaban las pilas de armas. Ya no estaban. Alguien se puso a cantar alegremente desde el otro extremo de la pradera:
—¡El partisano se prepara para el combaaate!
Stoycho estaba sentado debajo de un árbol, sobre un montón de armamento variopinto.
—¡Se os entregarán las armas por orden de lista! ¡En marcha! —ordenó Medved.
Cabizbajos y avergonzados, los hombres hicieron cola. Medved hizo una seña al estudiante para que esperara junto a Lenin y al Enterrador. Las chicas poco a poco volvían en sí. Les lanzó una mirada hosca y preguntó con aspereza:
—¿Por qué habéis venido?
—¿Perdón?
—¿Por qué habéis venido aquí? —repitió Medved nervioso.
—Hubo un problema en el instituto —informó una de ellas—. Nuestro grupo llevó a cabo un acto subversivo con motivo del Primero de Mayo. Resultó fenomenal; tuvo una amplia repercusión política entre los alumnos y los profesores. Vino la policía a investigar. Pero la camarada Silva, Letizia Pirónkova, nos falló. Supimos que había ido a la dirección a delatarnos. El camarada Lozán nos ayudó a pasar a la clandestinidad y después nos trajo al destacamento.
—¿Qué acto subversivo? —preguntó Medved entornando los ojos.
—Pintarrajeamos el retrato del zar que está colgado en la escalera principal —dijo la otra, que puntualizó—: ¡con pintura roja!
—¡Por el amor del Partido! —exclamó Medved, e hizo un gesto a Lenin y al Enterrador, que seguían la conversación con interés, aunque su contenido se les escapaba—. ¡Estas niñas tienen que volver inmediatamente!
—Ya os decía yo —masculló el Enterrador.
—¿Qué decías? ¡No dijiste nada! —estalló Lenin.
—¡Camarada Medved! Si vuelven, esos desgraciados las arrestarán y las torturarán. ¿Es eso lo que quiere? —gritó Lozán.
—¡Imbécil! —graznó Medved—. Nadie las arrestaría por esa broma. Como mucho las echarán del instituto.
—Pero nosotras pensábamos también dinamitar el Ministerio del Interior, está justo al lado de nuestro instituto —repuso una de las chicas—. Hay un viejo canal por el que se puede llegar. Aquella chivata seguramente se lo ha dicho…
—¡Caramba! —El comandante apretó el puño—. Pero no lo habéis dinamitado, ¿verdad? Pueden tomarlo como una… fantasía pueril.
—Dejemos este asunto para mañana, ¿qué os parece, camaradas? —propuso Lenin mirando al cielo—. Ya se ha hecho tarde.
—Parece que no te enteras, ¿o es que te estás haciendo el loco? Cuanto más tiempo pasen aquí, más difícil será hacerlas volver.
—Así es —intervino una voz ronca—. Tenemos que tomar la decisión ahora.
La voz era de una mujer delgada y fibrosa con el pelo liso, completamente blanco, recortado en forma de bol. Tenía el tórax ligeramente hundido y en la comisura de sus labios humeaba un cigarrillo liado a mano. Había llegado al destacamento siendo Nina, pero pronto habían empezado a llamarla Extra Nina por su puntería. Además de ser una excelente tiradora, era la que más sabía de política. Los camaradas compartían muchas veces con ella sus preocupaciones ideológicas. Era capaz de llegar a la esencia del problema y arrancaba sus dudas pequeñoburguesas como muelas podridas. A Extra Nina no le gustaba hablar de su pasado. Parecía mayor de lo que era en realidad. Se sabía que había sido maestra en la región de Vratsa antes de tomar la senda de la revolución profesional. Corrían rumores de que su pelo se había vuelto blanco por las torturas de la policía.
—Señoritas… —se dirigió a las chicas.
—¡Somos camaradas! —la interrumpieron ellas al unísono.
—Vale, camaradas. Esto no cambia el hecho de que habéis actuado de manera muy poco prudente. La vida de los partisanos no es para cualquiera. Desde la perspectiva de la ciudad puede que parezca muy romántica, pero dudo que la realidad os guste. Aparte de Lozán, ¿quién más sabe que estáis aquí?
—Nuestros padres… —dijo bajando la cabeza la chica que insistía en ser Gabriela.
—Les dejamos una nota para que no se preocuparan —añadió Mónica, que no quería ser Mónica—. No pusimos nada en concreto. Solo que nos vamos al monte y que volveremos tras la victoria. Y que si morimos, que no lloren.
—¡Caramba! Seguro que ya las están buscando con la policía.
—¡Eso me temía! —exclamó Extra Nina—. Han pasado por toda la cadena. Si las arrinconan, lo cantarán todo. Empezarán los arrestos, los bloqueos…
—¡No nos chivaremos! —dijeron las chicas ofendidas.
—Oh, ¿en serio? —Extra Nina esbozó una sonrisa dolorosa—. ¿Y si os torturan? Y lo harán, os lo garantizo. Desembucharéis con solo ver los instrumentos… Tienen métodos elaborados que funcionan a la perfección. ¿Qué te parecería si… —dio una calada brusca a su cigarrillo y agitó su extremo candente frente a la cara de Mónica— apagase esto en tu tierno cuello?
Las chicas dieron un brinco hacia atrás.
—¡Es tu culpa! —increpó Medved a Lenin—. ¿Cómo pudiste traerlas aquí sin permiso? ¡Hacerle caso a un mocoso! ¿Dónde está tu cautela revolucionaria? ¡Te mereces que te castigue con horas en cuclillas con la mochila llena junto al fuego!
—¡Atrévete! —Lenin ladeó desafiante su gorra.
—¡Camaradas! ¡No os peleéis! ¡Discutamos el tema en una reunión de partido a puerta cerrada! —propuso Extra Nina.
Medved tan solo rechinó los dientes, se dio la vuelta y se dirigió hacia su tienda.
No podía castigar a Lenin por una razón muy evidente: su nombre. La vida soviética le había enseñado a ser prudente. Todo acto tenía un sentido simbólico de consecuencias inesperadas. Incluso aquí, en el bosque, no podía librarse de la sensación de que alguien constantemente estaba siguiéndolo, analizándolo e informando de sus actos. ¡Castigar a Lenin! Humillarlo tendenciosamente para humillar también su obra… Si castigara hoy a Lenin, mañana podría llegar a castigar a Stalin, etcétera. ¿Quién sería ese «alguien»? ¿Extra Nina? ¿El Enterrador? Podría ser cualquiera… Menos mal que en el destacamento no había ningún Stalin. No es que faltasen candidatos para investirse con este nombre glorioso, pero Medved no lo permitía. Era categórico al respecto. Los nombres de los líderes no podían circular por ahí expuestos a ser profanados o insultados. Stalin asesinado. Stalin no resiste y se va de la lengua. O incluso peor: Stalin es un agente provocador. ¿Qué pensaría la gente? Lo de Lenin venía de antes. Era uno de los fundadores del destacamento Patarinska, el primer partisano de su tierra, miembro del Partido con contactos y autoridad. «Lenin no merece su nombre, es astuto, autocomplaciente y descuida sus obligaciones. Padece de complejo de líder, aunque no dispone de la aptitud para ello», había apuntado Medved en la libreta donde anotaba las características resumidas de sus camaradas. «Ideológicamente ignorante, propenso al faccionalismo», añadió cuando regresó a su tienda.
5. NADIE QUIERE SER MÓNICA
Hacia las siete los partisanos empezaron a aguzar el oído por si escuchaban el repiqueteo de la cuchara de palo que los convocaba para la cena. La cocina se encontraba en una hondonada cerca del campamento y estaba cercada con lonas para que no se percibiera el humo. Aunque allí hacía mucho que no encendían ningún fuego. Se alimentaban fundamentalmente de cebollas, tocino y pan, con predominancia de las primeras, por lo que el campamento había sido bautizado «campamento Cebolla». Aquella mañana, sin embargo, tres camaradas habían regresado de una misión de aprovisionamiento con las mochilas llenas y ahora la olla con las alubias bullía alegremente. Junto a ella trajinaba un hombre canijo y cheposo (Proshko Zhékov, del pueblo de Koren) con el poético nombre de Elín. Sus camaradas lo llamaban amistosamente Arbusto, sin darse cuenta del dolor que le infligían. Durante varios años había estado trabajando en la taberna del pueblo, soportando las groserías y los insultos de los paisanos, hasta que en su pequeño cuerpo cristalizó la decisión de rebelarse. Tenía siete hermanos y hermanas, todos menores que él pero más altos. Su familia se enteró de que había desaparecido solo cuando dejó de recibir su mísero salario. Junto con él había desaparecido la carabina del tabernero. Pero después del primer disparo quedó claro que Elín nunca podría utilizarla. La culata le dio un golpe seco como la coz de un mulo y dio dos vueltas de campana hacia atrás con un chillido lastimero. La bala pasó a milímetros de la calva de Lenin. La carabina fue asignada a otro camarada y a Elín le entregaron el cazo. Con él no tenía igual. Más tarde Medved le dio una pequeña pistola femenina con dos balas que no se sabía cómo había llegado al destacamento. Era el único que no lo llamaba Arbusto, con lo que se ganó su fidelidad incondicional.
Las alubias eran viejas y duras como piedras; tardaban mucho en cocer. Ocupado en su preparación, Elín se había perdido el gran acontecimiento: la llegada de las dos muchachas al destacamento. Por encima de su cabeza, en la cocina improvisada, estaban secándose ramos de hierbas aromáticas con las que aderezaba el frugal menú de los combatientes del pueblo. La misión de abastecimiento había resultado bastante escasa: aparte de las alubias, los camaradas solo habían llevado dos botellas de aceite de girasol y cantidades ingentes de pimentón. «¡No volváis sin pimentón!», fueron las instrucciones de Elín. De modo que habían hecho todo lo posible por conseguirlo. Elín tomó un cazo entero del aromático polvo rojo, lo sumergió en la olla hirviente y lo revolvió bien.
Las alubias iban a estar de rechupete.
Mientras tanto, en la pradera tenía lugar —aunque todavía torpemente— el proceso de toma de contacto. Después de los primeros instantes incómodos de sorpresa y estupefacción, los partisanos poco a poco se recuperaban y volvían a las formas naturales de la comunicación humana, excepto el monje rojo Tijón, que llevaba una extraña disputa a solas (en eslavo eclesiástico) con sus demonios.
—No le hagáis caso, a veces se le va la olla —les explicó un chico recio—; por lo demás, es de los nuestros hasta la médula. Yo soy el Último Clavo en el Ataúd del Capitalismo.
—Es decir, el Clavo —dijo alguien.
—¿No será de Pernik, camarada? —preguntaron arqueando las cejas las chicas, que también habían recuperado en parte su compostura, una vez convencidas de que el peligro de ser despedazadas en el acto había desaparecido.
Todos se echaron a reír. Sí, el Clavo era de Pernik e incluso era pariente lejano del Enterrador, aunque, a diferencia de él, había estudiado en un instituto de Sofía y se abstenía de llamar a las camaradas «bocachas». A finales de la década de 1930 los libros de Karl May habían adquirido gran popularidad entre la juventud progresista de la ciudad minera. Las hazañas del guerrero Winnetou estimulaban la imaginación de los militantes de la Unión de las Juventudes Obreras, que en cierta medida se identificaban con la lucha de los hermanos pieles rojas oprimidos. Estaban en boga los nombres de guerra largos: el Toro Salvaje de la Revolución, la Flecha de la Internacional Comunista, el Gran Oso Rojo, el Rayo de la Ira Proletaria, etcétera. El típico reduccionismo balcánico, sin embargo, impidió que la tendencia se extendiera.
«Alégrate de que no te llamen el Ataúd», había bromeado el Enterrador.
—Tornillo —se presentó otro.
Empezaron a llover nombres: Maxim, Nikola, Vlado, Boyán, Dicho, Bótev, Svilen…
—Gabriela y Mónica —contestaban sonriendo las chicas—. Mónica y Gabriela.
Pronto los partisanos quedaron confundidos por completo.
—Un momento —las interrumpió el Tornillo—. ¿Quién de las dos es Mónica?
Se hizo un silencio incómodo.
—Vale, de acuerdo —dijo al cabo una de ellas—. Yo soy Mónica. Pero la próxima semana lo serás tú.
—¡Eso no puede ser, camaradas! —replicó el Tornillo—. ¿Qué es esto? Una vez una y otra vez la otra. ¡Llegad a un acuerdo de una vez por todas!
Tornillo era el presidente de la Unión de las Juventudes Obreras del destacamento y sentía la responsabilidad de imponer orden en las relaciones entre sus miembros.
—Pero ¿por qué os llamáis Gabriela y Mónica si ninguna quiere ser Mónica? —intervino Dicho, un camarada bajito con ojos tristes y húmedos que agradaban particularmente a las mozas.
Esta pregunta, al parecer lógica, les resultó difícil de contestar.
—Suena bien… —terminó por decir una de las chicas con cierto pudor.
—Que lo echen a suertes —propuso alguien.
—Me parece razonable —convino el Tornillo.
Tomó dos palillos, mordió el extremo de uno de ellos y los apretó en el puño.
—El corto es Mónica.
Tras una breve duda, las chicas sacaron cada una su palillo. La que se quedó con el corto quedó cariacontecida.
—¡No te pongas así! —intentó animarla Dicho—. Cuando combatíamos en España había una tal Monica del Batallón Thälmann. ¡Una tía de armas tomar! Cayó en Guadalajara después de haber reventado tres tanques italianos ella sola. Monica Geralducci, de Turín. Había trabajado en las fábricas de Fiat y se sabía el truco de aquellos malditos tanques. Más tarde le dedicaron una canción… ¡Debes estar orgullosa de llevar su nombre!
La muchacha se animó un poco.
—Esto, sin embargo, no resuelve el problema de cómo las vamos a distinguir —dijo el Clavo—. Se parecen como dos gotas de agua. Incluso visten igual.
Enseguida alguien propuso:
—Que Gabriela se tiña de negro.
—¿Cómo vamos a encontrar tinte en el monte? Será mejor que se corte el pelo.
Mientras tarareaba la marcha del Batallón Thälmann, Dicho buscó en su mochila y sacó de su interior un pañuelo de seda rojo con lunares negros. Lo había comprado en Barcelona para su novia en 1938, poco antes de que las Brigadas Internacionales se retirasen de España. Pasaron dos años hasta que logró volver a Bulgaria. En el entretanto la persona en cuestión se había casado felizmente con un funcionario de la Agencia Tributaria. Pero ahora, con aquel trozo de tela entre las manos, Dicho no pensaba en su antiguo amor, que había fondeado en la bahía tranquila de la vida burguesa. Ante sus ojos desfilaron los soldados del ejército republicano, retirándose hacia la frontera francesa, exhaustos, envueltos en polvo; vislumbró las caras de sus compañeros fallecidos de diferentes nacionalidades y su corazón se inundó con la hiel de la derrota.
—Creo que esto servirá. —Dicho entregó el pañuelo a la chica—. Así todos sabrán que eres Mónica.
—Soy Gabriela —gruñó ella con cara de poco amigos, y todos se echaron a reír.
Mónica se puso el pañuelo en el cuello sin decir nada.
Dicho seguía tarareando la marcha del Batallón Thälmann. Quién sabe por qué, todos se entristecieron, aunque pocos tenían claro el significado de la guerra civil española en el contexto de la revolución mundial.
—¡Eh, camaradas! —gritó el Tornillo—. ¿A qué vienen esas caras largas? Esto no es España. Al este el Ejército Rojo está aplastando a las hordas fascistas y pronto acudirá en nuestra ayuda. ¡Arriba esas cabezas!
—¿Y qué pasa con las alubias? —se interesó el Clavo.
—¡Es verdad! —se impacientaron los demás—. ¡Alubias! ¿Dónde estáis, alubias? ¡Venid, alubias!
—¡Si supierais qué buenas están las alubias que hace el Arbusto! —empezó diciendo el Tornillo, que ya salivaba—. No sé qué clase de hierbas les pone, pero no he comido unas alubias más sabrosas en mi vida. Ya veréis, os vais a chupar los dedos…
Lo que no sabían era que ya hacía una hora que Medved había ordenado al Arbusto que quitara la olla del fuego.
6. SÁNDWICHES, AUTOCRÍTICA Y BALAS
Estas dos últimas horas habían sido las más dulces de la vida, por lo general falta de momentos felices, del soldado Kólev, conocido por el nombre de guerra de Valyo. Había huido de su unidad hacía unos tres meses por el trato inhumano que recibía de los soldados veteranos y del suboficial. Considerando que sus posibilidades de sobrevivir en el monte eran mucho mayores, se presentó en el destacamento con su fusil y su equipamiento.
Mientras la penumbra a su alrededor espesaba, Valyo no podía dejar de pensar en las dos hermanas que Lenin y el Enterrador habían llevado al campamento. Gabriela y Mónica, resonaban sus nombres. ¡Qué maravilla de nombres! Gabriela y Mónica, repitió en voz baja, con el cuerpo llenándose de dulzor y las piernas flojas. Valyo se apoyó en un árbol y se quedó mirando al cielo a través de un hueco entre las ramas. ¡Ay, Gabriela y Mónica! Hasta el cambio de guardia aún quedaban dos horas y se preguntaba cómo iba a aguantar tanto. Imaginaba a sus camaradas en el campamento hablando con ellas, gastando bromas y jactándose de sus hazañas. ¡Pues menudas hazañas! De repente se sintió tremendamente estúpido en su tosco uniforme de soldado. ¿Cómo podía atraer su atención? No tenía ninguna hazaña que contar ni resultaba particularmente gracioso. Sin embargo, tenía ciertas habilidades prácticas. Podía, por ejemplo, hacerles un refugio subterráneo. O fabricarles unos camastros. Los cubriría de heno y ramas de pino. ¡Olerían tan bien! Les haría también una chimenea, claro. ¿Acaso se podía pasar sin una chimenea? Pero para eso tendría que buscar un tubo…
—¡Quieto ahí!
Valyo sintió bajo el mentón la helada boca de un cañón.
—¡Ni se te ocurra abrir la boca! —le espetó la voz bajo el casco metálico.
De la penumbra emergieron más figuras uniformadas. Le quitaron el fusil y lo esposaron. Uno de ellos llevaba a rastras al cabrerillo sollozante con la nariz ensangrentada. Detrás apareció un tipo alto con la cara redonda como la luna, con bombachos, gorra y cazadora negra de cuero. De su cuello colgaba una linterna Siemens. Era el capitán Draguíev, comandante de la Séptima Compañía de Caza, también conocido como Capitán Noche por su costumbre de realizar las operaciones después de ponerse el sol.
—La segunda sección, que avance por la derecha —ordenó—. La tercera, que rodee el desfiladero. ¡Que nadie dispare antes de la señal!
***
—¡Treinta y nueve! —exclamó Medved agitando la lista con la que Stoycho había devuelto las armas a los camaradas—. Treinta y nueve de cuarenta y cuatro abandonaron sus armas por culpa de un par de faldas. ¿Qué hubiera ocurrido, pregunto yo, si el enemigo nos hubiera atacado en ese momento?
A su alrededor, sentados, estaban los miembros del comité del Partido en el destacamento, un total de once personas —comunistas veteranos—, entre ellos Lenin, el Enterrador y Extra Nina. La mayor parte de los partisanos eran miembros de la Unión de las Juventudes Obreras o simples simpatizantes de la izquierda. Había también unos cuantos miembros de la Unión Nacional Agraria, que habían enviado a la reunión a un representante que debía pronunciarse sobre el caso. El anarquista Dicho renunciaba a participar en tales foros. Estaba convencido de que no servían de nada. Sin embargo, acataba las decisiones que tomaban.
—Tío Metodi —se dirigió Medved a un hombre con impermeable y largos bigotes puntiagudos—, ¿cómo pudiste permitir que se llevasen a Penka?
—No lo sé… —El hombre abrió los brazos—. No sé qué me pasó.
Penka era una vieja carabina, con la culata naranja como la cola de un zorro, que él cuidaba con enternecedor esmero: la limpiaba, la empapaba de lubricante, la envolvía en un paño de lana para protegerla de la humedad y de la lluvia. «Ya quisiera yo vivir como Penka», bromeaban sus camaradas. La puntería de Penka era legendaria; se decía que había matado a un general en 1925. Le había dado justo en el monóculo cuando viajaba en su carruaje. Ahora bien, en el tiempo que llevaba en el destacamento, el tío Metodi (Golinko, del pueblo de Gubesh) no había logrado acertar ningún tiro, ni siquiera a un jabalí. ¿Sería porque tenía mala puntería?
—¡Quiero hacer autocrítica! —exclamó levantando la mano un camarada con el pelo claro y ralo y la frente grasienta, sembrada de pequeños granos blanquecinos.
En las caras de los presentes apareció una sombra de aburrimiento. Desde que se había leído el Breve curso de historia del Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique), Bótev había desarrollado una verdadera pasión por la autocrítica. No dejaba pasar la ocasión de utilizar aquel poderoso instrumento de purificación del espíritu revolucionario, con o sin motivo. Hurgaba en los rincones más recónditos de su mente como un psicoanalista experto y sacaba a la luz sin piedad sus debilidades.
—Yo —empezó Bótev— mostré una debilidad de espíritu imperdonable en un momento crítico para el destacamento. Puse en peligro la vida de mis camaradas, permitiendo a la biología tomar el control de mi mente. Este fue un acto típicamente decadente, dictado por la búsqueda del placer egoísta. Con mi conducta ofendí a las camaradas recién llegadas, reduciéndolas a simples objetos. Creo que mi respuesta no fue solo un impulso pasajero, sino que tiene raíces más profundas en mi subconsciente. Mi mayor error es que no he discutido abiertamente con el Partido las preocupaciones que me atormentan, sino que las he estado ocultando en mi interior. De esta manera me he estado engañando a mí y también al Partido en lo relativo a mi preparación para el combate…
Media hora más tarde todos lo miraban completamente agotados. Era como si un arcaico reptil los hubiera empapado de toneladas de saliva prehistórica, densa y viscosa como pegamento.
Antes de aparecer en la futura Primera División de Guardia de Stara Planina, Bótev (Ilko Patsirev) había cambiado varias veces de destacamento. Primero estuvo en el grupo del Remendador, que operaba por los alrededores de Lóvech, su patria chica. Después, misteriosamente, entró en las filas del grupo Chavdar, cuyos miembros, siguiendo las indicaciones personales de Yanko (el futuro jefe de Estado Todor Zhivkov), lo enviaron con Slavcho Transki: «El camarada Transki permite criticar a los demás, pero cuando llega la hora de la valoración crítica de sus propios actos y palabras no hace nada». Pero el comandante de aquel glorioso destacamento no se dio por enterado y sin más miramientos mandó a Bótev al destacamento de Kyustendil,13 acampado cerca del pueblo de Gorno Uyno. Fue a principios del invierno, una estación particularmente apropiada para la autocrítica. La nieve había bloqueado las carreteras. En las largas noches invernales, delante de la estufa, en el refugio subterráneo, Bótev se sumía en profundos autoanálisis. Llegó incluso a interpretar sus sueños, en los que detectaba elementos reprochables, y rogaba entre lágrimas que el Partido le impusiera un castigo. Las primeras campanillas de invierno apenas habían asomado entre la nieve cuando Bótev salió escoltado por dos partisanos malhumorados. Después de tres días y tres noches de acelerada marcha por los caminos helados llegaron a las afueras de Sofía, donde sin más explicaciones lo entregaron a la comandancia de la zona. Desde allí lo redirigieron inmediatamente a Medved con el pretexto de reforzar la estructura del Partido en el destacamento.
Medved tenía un fuerte temple estalinista. Durante los años pasados en la URSS él mismo se había sometido numerosas veces a una despiadada autocrítica, de modo que algo así no lo asustaba. Sabía por experiencia que había cosas mucho más terribles. Bótev se convirtió en su arma secreta. Cuando daba por terminadas sus extenuantes confesiones nadie tenía fuerzas ni ganas de discutir. Reinaba una unanimidad ovina.
—Gracias, camarada —dijo Medved—. ¿Alguien quiere añadir algo?
Lenin bostezó, Extra Nina se frotó los ojos.
—En mi opinión estas chiquillas nos darán muchos problemas —prosiguió, enérgico, Medved—. Nada más llegar, provocaron tal alboroto que todos abandonaron sus armas. No quiero pensar en lo que pasará si se quedan más tiempo… Por eso propongo que mañana las mandemos de vuelta. Si la policía les pregunta, dirán que se han perdido en el monte y que no han visto a nadie. Provienen de una familia acaudalada y nadie se dedicará a torturarlas.
—Entonces resulta que las chicas tienen la culpa de que los camaradas se hayan quedado mirándolas, ¿es eso? —Extra Nina se había espabilado de pronto.
Después de la adormecedora autocrítica de Bótev, Medved no esperaba una oposición tan activa.
—No sé si lo sabéis, camaradas, pero en comparación con otros destacamentos, el nuestro es el que menos mujeres tiene —prosiguió Extra Nina—. En la práctica, solo una. Mientras que en el de Antón Ivánov hay nada menos que catorce.
—Bueno, los de Antón Ivánov son harina de otro costal —repuso el Enterrador—; ¡tienen hasta una ametralladora!
El comandante le lanzó una mirada escalofriante. El destacamento de Antón Ivánov operaba en el monte Ródope bajo la dirección del legendario Ded (Gueorgui Likin). Ded también había llegado en un submarino de la URSS, pero, a diferencia de Medved, ya dirigía una unidad completamente real de cuatro destacamentos con más de doscientos partisanos considerablemente mejor equipados e ideológicamente preparados que los valientes herederos del grupo Patarinska.
—Pues yo he oído que ya tienen una segunda ametralladora con mil cartuchos —añadió Lenin.
—¡Tonterías! —dijo Medved, incapaz de contenerse más—. ¿Dónde lo has oído? ¿Acaso lo han dicho en Radio Moscú?
—Si no tenemos ametralladoras, al menos vamos a…, eso, reforzar la sección femenina —dijo el tío Metodi con un tono tan ansioso que provocó una risotada malsana.
—¡Tú limítate a cuidar de tu Penka! —exclamó Medved con la boca torcida en un gesto de desdén.
—Nosotros, los miembros de la Unión Nacional Agraria, estamos a favor —se posicionó un hombre enjuto y con rostro de labrador, tostado por el sol, que hasta el momento había estado callado.
—¿A favor de qué?
—De reforzar la sección femenina. —La respuesta fue clara y la acompañó una mano levantada.
En un profundo e inconsciente impulso democrático, codificado en la propia naturaleza humana, todos, a excepción de Medved y Extra Nina, levantaron las manos y votaron sin que se hubiera establecido el procedimiento de la votación. Medved buscó con la mirada a Bótev, con la esperanza de que se lanzara a otra autocrítica, pero comprobó con amargura que él también había alzado la mano.
—Creo que la decisión está por completo en línea con la llamada del Partido a la masificación del movimiento partisano y a la movilización de la juventud estudiantil —concluyó Extra Nina, que también levantó la mano.
«Primero abandonan las armas y ahora imponen la democracia», pensó Medved alarmado. La influencia nociva de las muchachas ya tenía resultados evidentes. A saber qué otros peligros escondían…
—En lo relativo al irresponsable abandono de las armas —proclamó el comandante con voz llana—, impongo un castigo disciplinario a todo el destacamento, incluidos aquellos que han permitido semejante conducta frívola por parte de sus camaradas. Para la cena se servirá la ración habitual de las últimas dos semanas. El guiso quedará para la comida de mañana. Ha terminado la reunión.
***
La noticia de que la cena había sufrido cambios radicales tuvo una profunda repercusión en el espíritu de los partisanos. Delante de la cocina, desde la que seguía brotando el aroma de las alubias cocidas, se formó una cola melancólica. Con cierto pudor, el Arbusto entregaba a cada uno una rebanada de pan poco hecho cubierta con un trozo de tocino y una cebolla. Gabriela y Mónica también hicieron cola, se llevaron sus raciones y se sentaron en el corro de hombres malhumorados. Mientras masticaban apáticos, los partisanos no perdían de vista sus maltrechos fusiles, amontonados a sus pies. El sol había desaparecido detrás de las cumbres y sobre la pradera cayó una sombra densa y oscura, como si un dinosaurio enorme hubiera echado sus posaderas sobre ella. El bosque empezó a susurrar, se oyeron las voces del búho y del mochuelo.
Las muchachas observaban con interés su modesta cena. Con su navaja suiza multiusos, Mónica había pelado y partido con cuidado la cebolla en rodajas regulares. Gabriela dio un mordisco al tocino, cerró los ojos e hizo un gesto de aprobación.
La comida popular estaba sabrosa.
—¡Que aproveche! —dijo alguien con sarcasmo.
Las chicas no terminaban de entender qué inconveniente veían los camaradas en esa combinación tan apetitosa, pero notaban que su enfado de alguna manera iba dirigido también contra ellas. De pronto una se dio una palmada en la frente:
—¡Pero si tenemos sándwiches!
Abrieron sus mochilas y sacaron varios paquetes envueltos en finas servilletas de color rosa estampadas con conejos de Pascua. Los desenvolvieron y se los ofrecieron a los camaradas. Los sándwiches eran pequeños, triangulares, elaborados a la inglesa. La rebanada superior era de pan blanco, y la inferior, de pan negro. Entre ellas había una hoja de lechuga, un pepinillo, jamón de York o salchichón húngaro untados con mostaza bávara y una loncha de queso amarillo con agujeros. Los había de rosbif y rábano picante. También de paté y pimiento. Cada bocadillo estaba asegurado con un palillo de dientes para que no se abriera.
—¿Pero qué es esto? —exclamó el Enterrador, que retiró con cuidado el palillo y miró entre las rebanadas. Tomó el queso, dobló la lengua como si fuera un canutillo y metió la loncha dentro—. ¡Menudo queso!
—¡Venga ya! —El Clavo le dio un empujón.
—Es emmental —explicó Mónica tímidamente.
Los sándwiches pasaban de mano en mano: los partisanos los admiraban, llenos de asombro.
—¡Venga, comed ya! —los alentó Dicho—. ¿Es que nunca habéis visto pan con salchichón?
Tijón enseguida se metió uno en la boca, pero se atragantó con el palillo.
—Te dije que sobraban los palillos —le susurró Gabriela a su hermana.
Al poco quedaban solo las servilletas.
—Este emmental es muy dulzón —señaló con indiferencia el Clavo.
Un chico de aspecto simplón y con la cara llena de marcas de viruela rompió de pronto a llorar.
—¿Por qué lloras? —le preguntó Dicho.
—Yo nunca…, ¡nunca, nunca! —repetía Tinko, del pueblo de Golets, y las lágrimas se escurrían por sus pómulos.
Probablemente la mostaza había trastornado sus sentidos, que no estaban acostumbrados a sabores tan exóticos, o quizá había otra razón existencial más profunda que no era capaz de expresar.
Medved estaba sentado fuera del corro, sumido en sus propios pensamientos sombríos. Era como si un recuerdo terrible lo hubiera alcanzado, envolviéndolo y encerrándolo en una coraza de plomo impenetrable. En momentos así nadie, excepto Extra Nina, se atrevía a hablarle.
—Tú, camarada, ¿qué tienes en contra de las muchachas?
Medved sacó la cabeza de su caparazón como una tortuga:
—Un instinto de clase.
—Te equivocas. Serán unas partisanas excepcionales.
Entonces se oyó un estallido sordo y por encima de los árboles voló una bengala verde de señalización, serpenteando como una estrella borracha. Empezó a disparar una ametralladora. Alguien gimió. Medved se tiró boca abajo sobre la hierba.
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
Extra Nina se arrastró sobre los codos hasta una piedra. Apoyó su delgada carabina y apuntó en la dirección de donde procedían los tiros. Varias granadas explotaron casi a la vez.
13 Ciudad en el extremo oeste de Bulgaria.
7. CÓDIGO ZELENIKA
Nada más sonar los primeros disparos, las chicas se vieron tumbadas boca abajo, con las narices clavadas en la hierba. El Clavo las había tirado al suelo y les había salvado la vida. Tinko, el de Golets, no tuvo la misma suerte. El fabuloso sabor del sándwich recién ingerido aún lo tenía cautivado. Ni siquiera se enteró de lo que pasaba y, a decir verdad, tampoco le importaba demasiado. La descarga de la ametralladora lo segó como un haz de trigo.
Por el cielo ascendió otra bengala, que reventó como una rosa e iluminó la pradera entera. Desde el bosque aparecieron figuras con cascos y bayonetas en los fusiles. Los partisanos los recibieron con fuego enfurecido e impetuoso.
—¡Ahorrad balas! ¡Disparad a matar! —gritó Extra Nina.
Las figuras se ocultaron otra vez entre las ramas. Al parecer no se esperaban una respuesta tan rápida y organizada. El Capitán Noche había esperado a propósito que el destacamento se sentara a cenar para asestar su golpe. Sin embargo, no podía saber que, debido al castigo que había impuesto Medved, los partisanos no se atrevían a separarse de sus armas. La mísera cena tampoco predisponía a la relajación ni a la fiesta. Los hombres estaban nerviosos y malhumorados.
La bengala dejó una huella de humo en el cielo. Dicho aprovechó el breve oscurecimiento, avanzó a rastras como una lagartija y lanzó su única granada en dirección a la ametralladora. Las probabilidades de que explotara eran del cincuenta por ciento. La semana anterior se le había caído en el río. Después la había estado secando con esmero al sol, pero ¿iba a funcionar? Sobre la pradera se encendió otra bengala y, justo en aquel momento, retumbó la explosión.
El ladrido mortífero de la ametralladora se interrumpió.
Los partisanos se movieron, algunos incluso levantaron la cabeza, pero enseguida llegaron disparos de fusiles de asalto desde distintos flancos. Algunas balas se clavaron en la mochila de Gabriela. Las muchachas se pegaron aún más al suelo.
—Parece que estamos rodeados —susurró Mónica.
—¡¡Código Zelenika!! —se oyó gritar a Medved.
—¡Código Zelenika! ¡Código Zelenika! —repitieron otras voces.
—¡No os mováis! —ordenó el Clavo, que se encaminó a rastras detrás de Dicho.
El Tornillo se fue culebreando en sentido contrario.
—¿Y ahora qué? —murmulló Gabriela cuando las dos hermanas se quedaron solas.
No en vano había estado sacando brillo Medved a los pupitres de la Escuela de Entrenamiento Especial adjunta a la II Dirección General de Contraespionaje del Ejército Rojo, responsable de las operaciones subversivas en la retaguardia del enemigo. Mientras que el resto de trepas del grupo búlgaro estudiaban como locos el Breve curso de historia del Partido Comunista de toda la Unión (bolchevique) y procuraban destacar con sus conocimientos del comunismo científico, él daba prioridad a la preparación práctica. Le parecían especialmente útiles las clases del teniente coronel Mináyev: «Tácticas de supervivencia en condiciones de cerco enemigo». La asignatura no tenía mucho prestigio, puesto que la supervivencia nunca había sido una prioridad de los mandos soviéticos, pero Mináyev definitivamente sabía lo que hacía. De forma metódica y concienzuda exponía planes, dibujaba esquemas, desarrollaba conceptos. La manera más segura de no caer en una emboscada es que tú mismo hagas una emboscada, enseñaba Mináyev. ¡Hay que estar siempre en posición de emboscada! Medved apuntaba en su cuaderno y grababa en su mente cada palabra. Tenía dos objetivos principales que no se atrevía a pronunciar ni siquiera para sus adentros por miedo a que alguien los intuyera. Sin embargo, estos objetivos se habían fijado en su mente, en cada impulso nervioso, como un hilo rojo. Eran los siguientes:
1. Conseguir marcharse para siempre de la URSS.
2. Sobrevivir hasta el final de la guerra y, a ser posible, después de la misma.
Mináyev había elaborado un sistema no muy original pero bastante eficaz para salir del cerco enemigo (SSCE: sistema para salir del cerco enemigo, con variantes del 1 al 5) que Medved había adaptado a las condiciones locales. El sistema incluía varios componentes básicos, el primero de los cuales eran tres latas de gas (de veinte kilos cada una) llenas de trinitrotolueno y clavos, hábilmente camufladas en el bosque, dispuestas a unos cien metros de distancia una de otra. Estaban conectadas mediante un cable al dispositivo de detonación a distancia Zvonok que Medved había traído en su mochila personalmente desde Moscú junto con el resto de aparatos subversivos. Entre los componentes del SSCE estaban también el «arco detonador de distracción», situado a un ángulo de ciento veinte grados con respecto al principal, así como la «misión especial», cuyo objetivo era provocar confusión adicional en el enemigo.
La instalación del sistema era considerada un gran logro para el destacamento, aunque hasta el momento no había sido puesto a prueba. Su manejo estaba en manos de cuatro camaradas en los que Medved tenía cierta confianza. Él era el único que estaba autorizado a declarar el código Zelenika, que ponía en marcha los componentes del sistema en un orden estrictamente determinado. El significado concreto de la palabra era objeto de discusión. Según algunos, la zelenika era una planta del monte de Strandzha, otros afirmaban que era una seta venenosa y los había que defendían que se trataba del protagonista de un cuento popular ruso. El comandante guardaba un silencio misterioso.
Mientras las balas silbaban por encima de su cabeza, Medved recordó la voz confiada del instructor soviético. Era un hombre apuesto, con la cara pálida y carnosa, limpio y aseado, de movimientos tranquilos y lentos que apuntaban a una vida reposada. De pronto le asaltó una idea en la que no había reparado antes. ¡Aquel tipo jamás había estado en una emboscada! ¡Ni siquiera había olido el campo de batalla! ¿Cómo podía saber cómo funcionaría el sistema en condiciones reales? No podía saberlo. Pero lo peor era que, evidentemente, le importaba un bledo. Fuera como fuera, para Mináyev la supervivencia no era una prioridad.
—¡Que te den, Mináyev! ¡Y a toda vuestra chusma! —maldijo Medved soltando una ráfaga con su subfusil destinada a proteger a Dicho y el Clavo, que gateaban hacia el rosal silvestre donde estaba escondido el dispositivo Zvonok.
Dicho extrajo la caja negra de baquelita y giró la manivela para conseguir tensión. El dispositivo Zvonok se parecía a un teléfono antiguo, pero en lugar de un auricular tenía un mango en forma de T. Del dispositivo salía un cable enterrado a poca profundidad bajo la hojarasca.
—¡Dale! —dijo el Clavo apuntando hacia los arbustos de enfrente.
Dicho agarró el mango con ambas manos y lo presionó con fuerza. Ambos se tiraron al suelo cubriéndose la cabeza con las manos a la espera de la explosión. Pero no hubo ninguna.
—¡Vuelve a girar la manivela! —ordenó el Clavo—. ¡Más rápido! ¡Más rápido!
De pronto, Dicho contrajo el gesto y lo miró con sus grandes ojos tristes, que ahora brillaban aún más melancólicos.
—¿Qué pasa? ¿Estás herido?
Dicho se limitó a levantar la manivela, que se había quedado en su mano.
—¡La madre que te parió! —El Clavo le quitó el dispositivo de las manos, agarró el mango y, desesperado, se dejó caer sobre él.
Las latas estallaron a la vez con un estruendo ensordecedor. La tierra se estremeció como una ballena herida. La onda expansiva produjo una granizada de cascotes mortíferos. Varios árboles se desplomaron crujiendo y con las ramas rotas.
En medio del silencio sepulcral que se impuso, los partisanos se lanzaron corriendo hacia el paso recién despejado en el bosque: agachados, avanzando en zigzag, como les había enseñado Medved. Solo Gabriela y Mónica se quedaron tumbadas donde las habían dejado. Les pitaban los oídos todavía por la explosión titánica; tenían la sensación de haberse caído en un sótano sumido en una oscuridad pegajosa. Entonces la cabeza blanca de Extra Nina asomó por encima de ellas:
—¡Venga, a moverse!
—¿Qué?
—¡En marcha!
Desde el extremo inferior de la pradera volvió a oírse la ametralladora, pero sus disparos sonaban distraídos y débiles. En la oscuridad vislumbraron la silueta diminuta del Arbusto, que llevaba el saco de pimentón sobre el hombro. Tras él corría Stoycho con la mochila de Medved.
Una bengala volvió a iluminar la pradera, donde solo se veía un desorden de cadáveres esparcidos. El tiroteo había cesado. El Tornillo oyó a su espalda los pasos cautelosos de unos soldados. Alguien susurró:
—Huyeron hacia allí, los cabrones…
El Tornillo tiró de la cuerda que tenía enroscada alrededor del dedo. Los protectores de las granadas de mano, amarradas en los árboles, salieron con un sonido metálico. ¡Clinc!
Los pasos se detuvieron.
—¿Qué ha sido eso?
«¡Fuegos artificiales navideños!», se rio para sus adentros el Tornillo y se tapó los oídos. Las bombas empezaron a reventar por encima de sus cabezas, provocando un nuevo torbellino de metralla, gritos y gemidos. El partisano aprovechó la confusión y corrió hacia sus camaradas. Poco antes de desaparecer en la maleza, a su espalda sonó un disparo solitario. La bala se deslizó por el lado derecho de su cráneo. El Tornillo se tambaleó y se desplomó sobre la hojarasca.
***
—Fantástico disparo, mi capitán —observó zalamero el sargento-cadete Zánev.
El hombre alto y de expresión grave tan solo sopló el humo de la boca de su pistola y la guardó en su funda. Era la variante de artillería de la legendaria Luger Parabellum, conocida también como Die Lange Pistole 1908 o LP-08. El cañón de este modelo tenía nada menos que doscientos milímetros de longitud y la mira estaba calibrada hasta ochocientos metros. Las Parabellum habían sido adoptadas como armamento en el ejército búlgaro en vísperas de la guerra balcánica, en el año 1911. Desde entonces había corrido mucha sangre, pero el sistema Luger seguía siendo tan fiable como siempre, aunque requería de una mano fuerte. Los oficiales actuales preferían los modelos más compactos y fáciles de manejar como la Walther o la Sig Sauer, pero el Capitán Noche tenía predilección por lo clásico.
—¡Édrev! —le dijo al cabo bajito que lo seguía como una sombra—. ¡Vete a recoger el cadáver!
—¡A la orden, mi capitán! —respondió Édrev y salió corriendo hacia el lugar donde había caído el Tornillo.
Sobre la pradera había salido una luna pálida y delgada como el recorte de una uña. Los soldados registraban la zona con la ayuda de potentes linternas; recogían los muertos y los dividían en dos montones: nuestros y suyos. Por otro lado estaba el grupo de los heridos, entre los que no había ningún partisano.
—¿Reporte? —preguntó el capitán al sargento-cadete.
—Nueve suyos y once nuestros —informó Zánev—. Heridos…
—Olvídalo —lo interrumpió Noche, para quien las personas se dividían solo en vivas y muertas.
Édrev volvió deprisa e informó con cierta incomodidad:
—¡No encontré nada, mi capitán!
Un espasmo doloroso contrajo la cara de su jefe. ¡¿Cómo?! ¿Acaso su fiel Luger le había fallado? ¿O es que estaba perdiendo vista? Llamó al soldado al cargo del perro y ambos se dirigieron hacia el fondo de la pradera. La luz de la linterna recorrió la hierba pisoteada y se detuvo sobre unas briznas salpicadas de sangre. Aquí ha caído, concluyó Noche, que siguió el rastro que se perdía en el interior del bosque.
—¡Vamos, Rex, busca!
El perro bajó el morro, obediente.
El Tornillo yacía a tan solo veinte metros de ellos, escondido en la maleza. La bala le había arrancado parte de la oreja y la sangre corría por el cuello, pero la herida no era grave. Sería mucho más grave que lo descubrieran. Se metió en la boca el frío extremo del cañón de la carabina. ¿Sería capaz de hacerlo? Hasta entonces había pensado que esta era la salida más fácil. Aprietas el gatillo y se acabó. Sin embargo, en aquellas circunstancias, entendió que no sería nada fácil. En absoluto. El terror se apoderó de él. Todas las torturas posibles palidecieron ante esta elección única e irrevocable.
—Pero ¿qué le pasa a este chucho? —preguntó nervioso el Capitán Noche.
El perro no hacía más que volver la cabeza y gimotear.
—Debe de haberse asustado por la explosión, mi capitán —supuso el soldado—. Se recuperará dentro de un par de días.
—Maldita sea —se lamentó el capitán.
Sacó la Parabellum y aguzó el oído. Tras el silencio que siguió a la explosión, el bosque volvía a llenarse de los ruidos nocturnos habituales, que tapaban cualquier vestigio de presencia humana. A pesar de ello, el Capitán Noche notaba que el herido estaba cerca, agazapado en la oscuridad. El latido de su corazón asustado iba a delatarlo. El corazón asustado suena como una lata, para oírlo basta con sintonizar los sentidos con las ondas del miedo. Centró su mirada en el cañón y se puso a filtrar las vibraciones que llegaban desde la oscuridad: una por una, como si estuviera pelando las capas de la noche.
La voz lastimera de Édrev interrumpió su concentración:
—¡Ha habido un problema, mi capitán!
Los sonidos de la noche volvieron a mezclarse. El Capitán Noche siguió al cabo maldiciendo su suerte.
El Tornillo esperó a que sus pasos se alejaran y escupió el cañón de la carabina. El sabor metálico tardaría en desaparecer de su boca.
La olla de las alubias aún humeaba, colocada sobre cuatro piedras. En el suelo, como lombrices pisadas, se retorcían tres soldados. De sus bocas salían espumarajos amarillos y un gorgoteo. Sus dedos arrancaban convulsivamente la hierba. Tenían los ojos en blanco. Sus compañeros los habían rodeado sin saber cómo ayudarlos. El Capitán Noche se abrió paso empujando a los hombres asustados.
—¿Qué ocurre aquí?
—Han comido alubias, mi capitán —le informó Édrev.
Se acercó a la olla y miró dentro. Le llegó el aroma de las hierbas con las que el Arbusto había sazonado generosamente la sopa. Desprendían un olor irrealmente fresco, como si estuvieran recién recogidas. Se le hizo la boca agua. Con el hambre que le había entrado después del combate, sintió un impulso irresistible de tomar un cazo entero. Pero su mirada se volvió a posar en los soldados que se revolcaban en la hierba.
—¡Ri-rri-rri-cooo! —gorgoteaba sin parar uno de ellos mientras seguía retorciéndose.
Antes de largarse, el Arbusto había cumplido con la «misión especial»: vertió en las alubias el contenido de una pequeña cápsula que le había dado Medved. El veneno de acción rápida RN337 había sido sintetizado por la Dirección Central de Inteligencia a principios de la guerra. Consistía en una base de ricino combinada con un agente que potenciaba los aromas naturales de los alimentos. El objetivo era estimular los receptores gustativos del enemigo y su glotonería innata. Más tarde esta tecnología sería aplicada en la industria alimenticia para mejorar el sabor de los congelados. Las cápsulas de RN337 junto con el dispositivo Zvonok eran parte del paquete subversivo estándar con el que los especialistas soviéticos habían equipado a Medved.
—¡Imbéciles! —dijo entre dientes el Capitán Noche dándole una patada a la olla.
8. NOCHE EN EL BOSQUE
El único punto claro en la oscuridad era la cabeza blanca de Extra Nina, con el pelo recortado en forma de bol. Las chicas no tenían ni idea de adónde las llevaba, pero la seguían sin separarse. En plena noche, la hilera de partisanos se había alargado y dividido en grupos que no tenían comunicación entre sí. No se atrevían a intercambiar señales por miedo a ser descubiertos. El enemigo estaba todavía cerca, aunque aturdido por el cambio inesperado en el desarrollo del combate.
De pronto el bosque clareó y las tres se encontraron al borde de un precipicio. La luna iluminaba los peñascos entre los que crecían pequeños pinos torcidos. Extra Nina tanteó con el pie la ladera e intentó bajar. Varias piedrecitas cayeron al barranco, arrastrando otras a su paso y haciendo retumbar el monte entero. Dio media vuelta inmediatamente.
—Por aquí es imposible —concluyó—. Tendremos que pasar por arriba.
Continuaron subiendo por la ladera hasta que los árboles gradualmente dieron paso a los arbustos de enebro. La montaña pelada se cernió sobre ellas como una ola gigante que en cualquier momento podía salir de su letargo y aplastarlas. Por fin lograron superar la ladera y volvieron a bajar hacia el bosque. Extra Nina se tumbó de espaldas en el primer claro. Sus dos compañeras se dejaron caer a su lado.
Habían caminado casi seis horas sin descanso.
—¡Enhorabuena por vuestro bautismo de fuego! —las felicitó Extra Nina una vez recuperado el aliento.
—¿A alguien le apetece chocolate? —preguntó Mónica.
—A mí. —Su hermana extendió la mano.
—¿Chocolate?, estaréis de broma —se rio Extra Nina.
Mónica metió la mano en su mochila y sacó una tableta imponente envuelta en papel de plata. La partió en dos, guardó la mitad, y la otra la dividió en tres trozos y la repartió.
—Mmm, qué bueno… —se relamió Extra Nina.
—Es Lindt —puntualizó modestamente Mónica.
—¡Dame más! —Gabriela volvió a extender la mano.
—No. Dejemos algo para más tarde.
—¿Cuándo es más tarde? ¿Cuando nos maten?
—¿Y tú por qué no cogiste?
—Porque estaba pendiente de las armas.
—Por eso se te olvidaron los cartuchos…
—¡No os peleéis! —las interrumpió Extra Nina—. Gabriela tiene razón. Nunca se sabe. Hay cosas que no se deben dejar para más tarde. El chocolate es una de ellas.
Mónica suspiró, sacó la otra mitad, la partió y, en un tono de reproche, se lamentó:
—Ahora solo nos quedan los bombones de caramelo.
Se quedaron tumbadas, saboreando extasiadas los últimos trozos de chocolate. Pero al cabo de pocos minutos empezaron a castañetearles los dientes. El frío se había filtrado inadvertidamente a través de la ropa.
—¿Habéis traído mantas de lona? —preguntó Extra Nina apoyándose en el codo.
—Nadie nos avisó —respondió Mónica.
—Eso pasa cuando no hay una instrucción unitaria. —Extra Nina sacó de su mochila un trozo de lona y lo desplegó—. ¡Acercaos!
Las tres se acurrucaron bajo la manta. El calor de sus cuerpos se fundió y las envolvió en una cápsula invisible.
—Jamás os quedéis sin manta ni sin balas en el monte —susurró Extra Nina—. Sin chocolate se sobrevive, pero sin manta ni balas estáis perdidas. Al menos dos balas. Una para cada una. No os deben capturar con vida. De lo contrario os torturarán.
«Os torturarán…», repitió para sí la veterana.
El sabor del chocolate se mezcló con el amargor de un recuerdo doloroso. Sintió ardores en la boca del estómago, como si se hubiera tragado una cucharilla candente. Empezó a sudarle la frente, pero no se le humedecieron los ojos.
—¿A ti te torturaron? —preguntó en voz baja Gabriela.
Sus finos dedos tibios se aferraron a los de Extra Nina.
—Aquello que me ocurrió —empezó Extra Nina— en realidad no me sucedió a mí. Aquella muchacha ya no existe. No está. Y no soy ella, esta es la única manera de seguir viviendo. Incluso cuando consigo vengarme, no lo hago por mí, sino por ella. Así es más fácil…
Apretó la mano de Gabriela y continuó con voz seca y plana, como si se tratara de otra persona:
—¡Pobre Dimitrichka! La arrestaron cuando volvía del colegio, con el bolso lleno de cuadernos. Deberes que nunca iba a revisar. Su pistola estaba debajo del colchón. La encontraron en el registro. Una pistola de chicha y nabo, pero serviría… La esposaron y la mandaron directamente a Vratsa, al sótano de la oficina provincial de la policía. Fueron tres: el inspector Bázov, un tal Ivanoolu y un tipo gordo y sonrosado llamado Kúzov. Bázov le pareció enorme. Nada más entrar empezaron: «O sea que tú, mocosa roja, ¿les das a tus alumnos a leer a Geo Mílev?14 ¿Y a aquel lumpen soviético de Mayakovski?». La pobre pensó que la iban a acusar de subversión ideológica. «Eso no es un crimen —dijo audaz—. Geo Mílev aprendió de Marinetti. ¿Saben quién es Marinetti? ¡El poeta favorito de Mussolini!». «¡No queremos saber nada de ese gilipollas de Marinetti! —Bázov le dio un guantazo—. Y Mussolini nos importa un carajo. Aquí manda solo Adolf Hitler. ¡Bulgaria ante todo! Y, para tu información, esta paliza no es por unos puñeteros poetas pelagatos, sino por otra cosa bien diferente. Ahora dinos, ¿con quién de esta unidad te reúnes?». «Con nadie…». ¿Qué podía decir? Entonces le quitaron la ropa, la amarraron a un caballete para cortar leña y trajeron un manojo de varillas de cornejo humedecidas en vinagre. «¡Pero qué carne más bonita y blanca tienes! —dijo Bázov sonriendo—. Una lástima». Y empezaron a azotarla hasta que brotó sangre.
—Dimitrichka —susurró Gabriela—. ¿Es ese tu nombre real?
—Dimitrichka… —repitió Mónica con ternura.
—Y Dimitrichka solo repetía: «No conozco a nadie, no me he reunido con nadie». ¿Cómo iba a traicionar a los camaradas? ¡¿Cómo iba a traicionarse a sí misma?! Entonces entraron otros dos uniformados. Los cadetes Sávov y Garménov, del Regimiento de Infantería de Vratsa. «Es ella —dijeron—, solía venir a hacer propaganda en los bailes del centro cultural. Le dijimos que éramos de la Unión de las Juventudes Obreras porque nos la queríamos cepillar. Pero no se dejó. Le mentimos diciendo que habíamos creado una organización y que íbamos a llevar armas al monte: dos ametralladoras, bombas, fusiles, todo lo que te puedas imaginar». «No se deja, ¿eh?», se reía Bázov. «No, la muy zorra». «¡Ya se dejará, pero no con vosotros, so imbéciles! ¡Marchando!». Y salieron. Pero antes aquel cabrón de Garménov apagó el cigarrillo en su piel.
—¡Ay! —Gabriela se estremeció, como si el cigarrillo la hubiera quemado a ella.
—«¡Renuncia! ¡Renuncia y te soltamos! —gritaba Bázov—. De todos modos, ya lo sabemos todo. Sabemos quién te hace los encargos y a quién rindes cuentas». «¡No, no renunciaré jamás! ¡Jamás!», gemía ella. ¿Qué quedaría de mí entonces? ¡Nada! Un ser despreciable y cobarde que se introdujo en el seno del Partido. ¡Ten cuidado, Dimitrichka! ¡Yo misma te aplastaré la cabeza si renuncias!
—¡Pobrecita! —la abrazó Mónica.
—¡Yo no, yo no! Ella… —decía Extra Nina—. La bajaron del caballete y la colgaron de un gancho en el techo, cabeza abajo. «¡Recita a Mayakovski ahora, so perra! No te oigo, no te oigo…». Y venga a pegarle con la manguera en los talones.
—¡En los talones! —Mónica contrajo el gesto.
—«Como un lobo / devoraría la burocracia, / no siento respeto / por las credenciales / y mando / a todos los diablos / todos los “papeles”. / Pero este…».15 «Pah —escupió Bázov—. ¡Y a eso lo llaman poesía! Ahora verás tú lo que es el poder soviético y la electrificación. Kúzov, ¡coge los cables!».
—¡Qué cabrones!
—Kúzov dispuso los cables…
Nina se convulsionó, como si por su cuerpo volviera a pasar la corriente eléctrica.
—Enchufaron y desconectaron la corriente varias veces, hasta que perdió la conciencia. Volvió en sí en medio de un charco de excrementos. Sentía algo detrás, en el ano…
—¡¿Qué era?!
—No lo sabía. Tan solo veía un cable que sobresalía como una cola de cerdo. Bázov se agachó, la miró a los ojos y prendió el extremo. La mecha empezó a chisporrotear. «Tienes tres minutos exactos para confesarlo todo».
—¡No! —gritaron aterradas las chicas.
—¡Sí! ¡Le habían metido un palo de dinamita, aquellos monstruos! «Hasta aquí hemos llegado —pensó ella—, se acabaron mis penas. He sido leal hasta el final». Quería gritar, cantar algo revolucionario, pero la pobre no tenía fuerzas. No tenía fuerzas para recordar nada de su vida pasada. Solo podía contar mientras la mecha se acortaba. «¡Vaya limpieza nos va a tocar hacer!», dijo Bázov y salió de la habitación con los demás. Se quedó completamente sola. La mecha seguía siseando, hasta que de pronto se calló. Pasaron un par de segundos: nada. Pasaron otros cinco: sin cambios. Resultó que no era dinamita, sino un cirio grueso… Pero ella no lo sabía. Pasó toda la noche tumbada, sin hacer otra cosa que no fuera respirar.
El viento susurraba en lo alto de las copas de los árboles y llenaba el bosque de sonidos y gemidos. Los huecos que dejaban las hojas cambiaban continuamente de forma; de tanto en tanto asomaba a través de ellos alguna estrella que se reflejaba en los ojos vidriosos de Nina. Las chicas habían entretejido los dedos de las manos con los de ella y, emocionadas, contenían el aliento.
—¿Y cómo lograste huir? —preguntó por fin Mónica.
—Me escapé del tren cuando me trasladaban a Sofía. Me escoltaban dos policías. Pasada la estación de Lakátnik conseguí distraerlos y quitarles las armas. Tiré del freno de emergencia y salté a los arbustos que bordeaban la vía. Hubo pánico. En el tren viajaban militares también, pero no se atrevieron a perseguirme. Hasta salió en los periódicos —concluyó modestamente.
—¡Entonces, siempre hay esperanza! —observó Gabriela con admiración.
—Siempre y cuando aguantes… —respondió pensativa Mónica.
Gabriela se apoyó en un codo y de pronto le plantó un beso a Nina en los labios.
—¡¿Qué haces?! —La comisaria política la apartó discretamente.
—¡Eres una auténtica revolucionaria!
Nina no contestó. Las chicas también se sumieron en el silencio, asaltadas por repentinas dudas y temores. ¿Serían ellas capaces de superar semejante prueba? Las dos intentaban ponerse en el lugar de Nina y sentir al menos parte del dolor que había experimentado. Pero por mucho que apretaban los ojos intentando imaginarse suspendidas del techo, desnudas, con el látigo hiriente castigando sus talones, nunca podrían alcanzar la esencia de aquel dolor y así descubrir los límites de su heroicidad.
Extra Nina apartó bruscamente la manta.
—¿Qué pasa? —susurró Mónica.
—¡Ssss!
Agarró la carabina y se deslizó ágilmente como un gato. Se agachó entre los altos helechos que bordeaban la pradera y miró a su alrededor. La noche ya clareaba, sobre el suelo flotaba una fina neblina. No vio a nadie, pero juraría que había oído un crujido de ramas secas. Los animales no solían pisar de esa manera. Notó un nuevo movimiento y apuntó con su arma en dirección al sonido. Entre los árboles se perfiló una silueta humana. Avanzaba de forma insegura y a tientas. Parecía que no iba acompañada. Extra Nina tomó la carabina por el cañón, esperó a que el tipo se acercara y le atizó con la culata con todas sus fuerzas. El hombre se desplomó en la hojarasca sin hacer ruido. Extra Nina lo volteó con el pie y escudriñó su cara.
Era el Tornillo.
14 Gueorgui Mílev Kasábov, conocido como Geo Mílev (1895-1925), fue un poeta, traductor y periodista búlgaro, máximo representante del expresionismo en su país.
15 «Versos sobre el pasaporte soviético», en V. Mayakovski, Poesía, trad. de Mauro Armiño, Madrid: Akal, 1982.
9. TÓRTOLA O AUTILLO
Un total de diecinueve personas bajo el mando de Medved alcanzaron el paraje de Byala Vapa a primera hora de la tarde del día siguiente. Después de caminar durante toda la noche, resultó que habían aparecido en Cherna Vapa y tuvieron que volver, rodeando los pastizales abiertos a los pies del monte. Los conducía un partisano del pueblo de Gubesh, un tal Galabinko Lesichkov (Coraje), también conocido como el Guardabosques. Como indicaba su nombre, el Guardabosques había trabajado muchos años en el Departamento de Silvicultura y se suponía que conocía los senderos de esta parte de Stara Planina como los dedos de su mano. Galabinko había pasado los dos últimos años en un estado de borrachera salvaje, tan salvaje y desesperada que su mujer, Dona, se vio obligada a mandarlo casi a la fuerza con los partisanos. El hermano de ella, el tío Metodi, era uno de los fundadores del destacamento Patarinska y presionó para que lo aceptasen. En el monte no hay tabernas, reina una disciplina férrea, se curará. O lo matarán. Curiosamente, el hombre se recompuso. Nadie sabe si fue por el aire limpio, por temor a Medved o por vergüenza ante sus compañeros. Sucedió, eso sí, que los caminos quedaron enmarañados en su memoria como un ovillo de lana. Por aquí, por allí, luego vuelta atrás. Después por ahí. No, por ahí tampoco, era por el otro lado. Чёртвозьми!16 Pero por mucho que se enfadara, Medved no podía negar que, al fin y al cabo, Coraje siempre lograba llevarlos al lugar señalado. Por un camino u otro…
Byala Vapa era el punto de encuentro señalado para los partisanos en caso de que se invocara el código Zelenika y el destacamento tuviera que dividirse en grupos. Hacía dos meses que el Arbusto y otro camarada llamado el Bidón habían ido allí para organizar las provisiones alimenticias. Habían escondido dos sacos de harina, unos cien kilos de patatas y una lata de aceite. No era mucho, pero valdría para un primer momento. Allí se encontraron con otro grupo de ocho personas liderado por Lenin. Habían llegado hacía dos horas. Lenin era un montañero experimentado y no dejaba pasar la oportunidad de demostrar su superioridad en términos de orientación. Lo acompañaban Tijón y Lozán, herido este último en el hombro. Por el camino Tijón se había comido una seta y ahora se quejaba del vientre. El Arbusto intentó determinar qué clase de seta era, pero solo pudo saber que era amarilla.
—Si tienes suerte, camarada padre, va a ser solo una cagalera —concluyó el Arbusto.
—¡Siempre y cuando haya qué cagar, jo, jo! —retumbó la voz de Tijón.
La ordinariez indisimulada del camarada-padre echaba atrás a algunos espíritus más delicados, pero no podía asustar a Medved. Consideraba que su energía y su humor primitivo tenían un efecto vigorizante para el destacamento, sobre todo en momentos como este. De todos modos, nada podía compensar la falta de camaradas guerrilleros como Extra Nina y el Tornillo. Las gemelas tampoco aparecían. Teniendo en cuenta que todos los problemas empezaron con su llegada, Medved no tenía razones especiales para estar triste. No suponían más que quebraderos de cabeza. Pero la idea de que no las iba a volver a ver, quién sabe por qué, le provocaba un continuo pesar. Un pesar que no tenía tiempo de analizar porque tocaba tomar decisiones importantes.
Por cuestiones de seguridad Medved ordenó al grupo principal acampar unos cuatrocientos metros más arriba. Solo un círculo reducido de camaradas conocían el punto de encuentro, pero faltaban algunos, entre ellos el apodado Bidón. Nadie sabía con certeza si habían caído muertos o capturados, en cuyo caso era posible que la tortura hubiera llevado a alguno a desvelar el punto de encuentro. No debían quedarse mucho tiempo allí. Medved mandó al Arbusto y al Clavo a buscar la comida escondida. Abajo se quedaron de guardia el Enterrador y el tío Metodi: para recibir a los restantes camaradas y enseñarles el punto de encuentro o para avisar si aparecía el enemigo. Debatieron cuál debía ser la señal de aviso precisa, algo que siempre desembocaba en prolongadas discusiones. El comandante tenía preferencia por la llamada de la tórtola: tal vez porque era la única que sabía imitar. Sin embargo, el tío Metodi objetó:
—La tórtola —dijo con aire competente— vive en las llanuras. En los huertos, junto a los ríos, en el campo, allí es donde hay que buscarla. Si oyes a una tórtola por encima de mil doscientos metros, seguro que es un partisano. ¡Es como cantar La Internacional! Se reirán de nosotros, camarada kombrig.
Desde que llegó al destacamento, Medved intentaba elaborar e imponer un clasificador único de las señales de aviso, tal y como le habían enseñado en la escuela. Por ejemplo: para el enemigo, la tórtola; para un viajero cualquiera, la curruca; para los amigos, la alondra; y así en adelante. Pero los partisanos de la zona se empeñaban en no aceptar este método integral. ¿Cómo vas a imitar una curruca en los hayedos en octubre? Cualquiera que te oiga irá a denunciarlo a la policía. Porque hasta los niños saben que la curruca anida en los abedules y los tilos y en septiembre migra al sur. Es mejor imitar al chochín. Y si estás cerca de un claro puedes cantar como un guion de codornices… ¿Codornices? ¿¡Pero qué dices!? Y se desataba la disputa. Junto al claro anida el bisbita arbóreo. ¡Tii-tii-tidoi! No, ¡así hace el agateador! Vive en los pinares. Pero al otro lado del monte. En este lado se puede oír el cascanueces común o el carbonero: ¡tsip-tsip-tsip!
Tras escuchar un rato, Medved desistió. ¡No había manera con esos patanes! Gorjean, trinan y silban como niños. Él también se había criado en el pueblo, pero con los años el alegre coro de los pájaros de su infancia había enmudecido. De donde venía los pájaros cantores eran pocos y no se quedaban mucho tiempo. En las interminables noches invernales aullaban las tormentas, se escuchaba el llanto de los borrachos y la nieve chirriaba bajo las botas de los miembros de la Checa. El resto era silencio, profundo y pesado, que aquí no existía en absoluto. Incluso en los meses más fríos siempre habría un gorrión, una urraca o un torcecuello que se posara en alguna rama y llenara de melodía el sereno día invernal. Para Medved todos estos sonidos eran casi iguales, pero para la gente local evidentemente tenían una gran importancia. Así que desistió de discutir y los dejó desarrollar su complejo sistema de comunicación, adaptándolo para cada caso concreto.
—Entonces, ¿qué propones? ¿Urogallo?
—¿Urogallo? —repitió pensativo el tío Metodi—. Ahora no es temporada de urogallos. El urogallo canta cuando está en celo. Eso será dentro de dos semanas, ahora está mudo como una tumba. Imitar ahora la llamada del urogallo es equivalente a gritar: «¡Muerte al fascismo!».
—¡Maldita sea! —dijo el Enterrador.
—¿Entonces, qué? —preguntó Medved con cierta impaciencia.
—Autillo —propuso el tío Metodi.
—Querrás decir búho…
—No, autillo —repitió el tío Metodi—. El búho grita solo por la noche, mientras que al autillo se lo oye también de día.
Juntó las palmas de las manos delante de la boca y emitió un sonido sordo y grave:
—¡Tuu-tuu!
—¡Vaya! No sabía eso —dijo el Enterrador.
De repente desde el bosque llegó un chillido metálico. Medved se quedó de una pieza. En la cara del tío Metodi asomó una amplia sonrisa.
—¡Ese es el Tornillo! —anunció con alegría—. Intenta parecer una alondra, pero siempre le sale como un silbato de vapor.
—Un silbato de vapor agujereado —puntualizó el Enterrador, que lo imitó.
Los matorrales se movieron y de allí salieron el Tornillo, Extra Nina y las dos chicas. La cabeza del Tornillo iba vendada torpemente con un trapo rosa. A la derecha tenía una mancha marrón de sangre.
—¡Por fin! —El Enterrador los abrazó—. ¡Hola, bocachas!
(Esto último pasó inadvertido).
La aparición de este pequeño grupo ofrecía cierta esperanza de que pudiera haber más supervivientes. El Enterrador y el tío Metodi se quedaron esperando mientras Medved condujo a los recién llegados al campamento provisional. El Tornillo no dejaba de parlotear sobre sus hazañas, mientras que Extra Nina parecía ensimismada. Las chicas la seguían cabizbajas. El pesar que carcomía a Medved por no volverlas a ver de pronto se desvaneció. En su lugar apareció un malestar inexplicable que aumentaba a cada paso.
16 ‘¡Caramba!’, en ruso.
10. ¿DÓNDE ESTÁ LA BOLITA?
El Arbusto y el Clavo deambulaban desalentados por el pinar.
— ¡La madre que me parió! —maldecía el enano—. ¡Aquí tampoco está!
—¿No habéis puesto señales? —se enfadó el Clavo, que tenía un hambre canina—. ¡Menudos conspiradores de mierda!
En otras circunstancias el Arbusto podría haberse ofendido, pero ahora se sentía avergonzado y confundido.
—Volvamos a aquella roca cubierta de musgo. La recuerdo muy bien…
—¿Cuántas veces vamos a volver? —protestó su compañero, aunque, de todos modos, volvieron.
—Entonces, desde aquí hay que contar treinta pasos a la izquierda —musitaba el Arbusto, que se puso a contar.
—¡Espera! —lo interrumpió el Clavo—. ¿Contaste tú los pasos?
—No, ¡el Bidón! —El canijo se dio una palmada en la frente—. ¡Madre mía, qué idiota soy! Sus pasos no son como los míos. Ven tú a medir.
En el trigésimo paso el Clavo pisó unas ortigas espesas que le llegaban al pecho. Miró a su alrededor desesperado.
—Antes no estaban, han debido de crecer ahora… —se justificó el Arbusto—. Tiene que haber un palo en forma de Y, blanquecino. Es la señal.
El Clavo, maldiciendo, se puso a hurgar entre las ortigas.
—¿Hacia dónde apunta el extremo corto?
—¡Y yo qué sé! Hacia allí…
—¡Cuenta otros sesenta pasos!
El Clavo salió de las ortigas frotándose las manos enrojecidas. El Arbusto correteaba alegre detrás de él.
—¡Aquí está! ¡Lo hemos encontrado!
Alzó la mirada hacia las ramas del imponente abeto que se cruzaban como una bóveda sobre sus cabezas. La idea revolucionaria de almacenar las provisiones en los árboles era del Bidón. De esta manera, decía, no las encontrarían los jabalíes. «¿No se caerán?», preguntaba preocupado el Arbusto. «Descuida», respondió el Bidón. Dicho y hecho. El Bidón subió al árbol incluso la lata de aceite, envolviéndola en algo para que no brillase y no atrajera la atención.
El Clavo miró primero el abeto, después al Arbusto y suspiró.
Apoyó el fusil en el tronco, se frotó las manos y empezó a subir. Las acículas verdes lo envolvieron y se fue abriendo camino entre las ramas hasta perderse de vista por completo. «¡Qué idea más ingeniosa tuvo el Bidón! —pensaba el Arbusto—. ¿Dónde estará ahora su pobre cabeza?». Se apartó juiciosamente por si alguno de los sacos le caía encima. Transcurrieron varios minutos. El Clavo había subido tan alto que ya no se le oía. ¿Sería capaz de lograrlo ese jovencito? El Bidón era más fuerte… Al cabo de un rato las ramas que estaban encima de su cabeza volvieron a crujir.
El Clavo aterrizó de un salto, cubierto de rasguños y furioso.
—¡Nada!
—¿Cómo? —El Arbusto dio un paso atrás.
—¡¡Arriba no hay nada!! —repitió el Clavo apretando los puños.
—El palo… —tartamudeó el enano—. ¿Estás seguro de que el palo apuntaba hacia aquí?
—¡Tú, mala hierba! ¡Cardo borriquero, liquen despreciable…, escoria!
***
Extra Nina estaba sentada en la hierba limpiando el cañón de su carabina con un esmero taciturno. Tenía las manos manchadas de lubricante. Mónica y Gabriela se le acercaron en silencio y se acomodaron a su lado sin decir palabra. La baqueta entraba y salía del cañón con un ruido sibilante. Por fin Mónica reunió coraje y dijo tímidamente:
—Dimitrichka…
—¿Cómo te atreves? —Extra Nina le lanzó una mirada terrible—. ¡No me llames nunca así!
Sin decir nada más, se levantó y se trasladó unos diez metros más allá para seguir con la limpieza de su arma. Las chicas intercambiaron miradas confundidas. «¿Qué diablos pasa?», pensó Medved, que había seguido la escena con interés.
En ese momento a su espalda hubo cierto movimiento.
—¡Permítame informar, camarada kombrig!
«El gran comandante —solía repetir el coronel Dovlátov, profesor de preparación táctica general— es capaz de aceptar con la misma tranquilidad tanto las pequeñas derrotas como las grandes». Medved recordó con claridad sus palabras cuando el Arbusto y el Clavo comparecieron ante él para informarle de que no habían encontrado la comida. «El gran comandante no revela lo que ocurre en su corazón. Sus rasgos no tiemblan, igual que la cara de Lenin, dormido en su mausoleo, iluminado por el resplandor interno de la Revolución».
—O sea, que no la habéis encontrado —dijo con los ojos entornados Medved.
—Afirmativo, camarada kombrig. No la hemos encontrado —repitió el Clavo—. La culpa es de este idiota. Se le ha olvidado dónde han escondido la comida. ¡Se merece que lo empalemos como una codorniz asada!
El Clavo hablaba desde el corazón. Pero el Clavo no era comandante. Empalar al Arbusto no iba a cambiar sustancialmente la situación táctica, exceptuando tal vez la breve satisfacción moral. «El gran comandante no tiene tiempo de ajustar cuentas personales —les enseñaba Dovlátov—. El gran comandante solo tiene que ajustar cuentas con la historia».
—Camarada Elín —pronunció con frialdad Medved—. Me decepciona.
¡Era el único que lo llamaba Elín! Y había traicionado su confianza. El dolor era insoportable. Tal vez sus compañeros tuvieran razón cuando pensaron que era indigno de un nombre tan bello. ¡Merecía ser «el Arbusto» el resto de sus días!
—Me… me acordaré… —empezó a farfullar el enano—, ¡me acordaré sin falta!
Pero Medved ya no lo escuchaba. Se volvió hacia el destacamento y ordenó:
—¡Que se abran las RIA!
La reserva intocable de alimentos (RIA) eran dos trozos de pan duro y una pizca de azúcar envueltos en un paquete que todo partisano debía llevar en su mochila. Se procedía a su apertura solo por orden expresa del comandante. Dos semanas antes Medved había inspeccionado las mochilas y había comprobado con satisfacción la existencia de los paquetes. El propio comandante contaba con una RIA especial que le permitiría aguantar una semana entera en régimen de «supervivencia autónoma». Contenía catorce pequeñas pastillas de sustancia alimenticia altamente energética (SAAE), creada, por cierto, en el mismo laboratorio que había producido el veneno de vanguardia RN337. Aquel insípido y grasiento compuesto que parecía lubricante congelado sería la base de los futuros alimentos para cosmonautas. A Medved le contrariaba tener que gastar esta inestimable reserva en una situación tan estúpida, pero no tenía otra opción.
«El gran comandante —enseñaba Dovlátov— acepta la estupidez humana como un fenómeno natural. ¿Acaso te puedes enfadar con el viento por haber tirado tu chimenea?».
Se dio la vuelta y se metió inadvertidamente el cubito de color marrón oscuro en la boca. Dejó que se reblandeciera, lo aplastó y lo puso debajo de la lengua. Cuanto más lentamente lo chupaba, mejor se asimilaban las calorías.
—¿Y tú por qué no comes? —se dirigió Medved a un partisano llamado Svilen, que observaba el paquetito de RIA con cara de tonto.
—Pues yo… ya he comido.
—¿Cuándo has comido? —preguntó el comandante invadido por un mal presentimiento.
Svilen bajó la mirada. Medved le quitó el paquete de las manos y lo abrió.
—¿Y eso? —murmulló sin dar crédito a sus ojos.
En su interior había dos trozos de corteza de pino y una bellota.
El comandante levantó la vista y vio que casi nadie comía. Los partisanos, culpables, evitaban su mirada. Algunos incluso fingían estar dormidos. Extra Nina seguía hurgando con la baqueta en el cañón de su carabina. Medved se sintió trágicamente solo, con el terrón de SAAE derritiéndose bajo su lengua.
—¡Camarada kombrig!
Una mano se alzó insegura.
—Permítame que haga autocrítica.
—¡Adelante!
«Si no hay pan, os alimentaré con autocrítica», pensó Medved con malicia.
—Yo —empezó Bótev con voz gangosa— he formado parte de una irresponsabilidad colectiva. En lugar de informar a la dirección de los peligrosos procesos que se desarrollaban delante de mis ojos, he preferido participar en ellos influido por factores naturales inconscientes como el hambre y la glotonería. No busqué apoyo en la teoría y la práctica de las grandes enseñanzas de Marx, Lenin y Stalin, no impulsé una discusión sobre los problemas…
Las chicas volvieron a arrimarse a Extra Nina y se sentaron a su lado.
—Tenemos bombones —susurró Mónica.
—No tengo hambre —respondió Extra Nina sacudiendo la cabeza.
Pero las hermanas no se movían.
—Queremos ser como tú —dijo Gabriela.
—Ten cuidado con lo que pides —contestó Extra Nina.
—¿De verdad que no quieres un bombón? —le ofreció Mónica.
—¡Largaos!
—¡Atento todo el mundo! —alzó la voz Medved.
—… culpable de malgastar mi reserva intocable personal y de engañar a la dirección del destacamento respecto a su existencia. En un arrebato de solidaridad malinterpretada, permití que mis compañeros cometieran el mismo error, de lo que me arrepiento profunda y sinceramente. Entiendo que esta reserva me es necesaria ahora para sobrevivir sin ser una carga para los demás. Subestimé la complicada situación táctica y creo que merezco un castigo severo.
En ese momento desde el bosque llegó un sonido profundo y sombrío:
«¡Tuu-tuu! ¡Tuu-tuu! ¡Tuu-tuu!».
***
El Capitán Noche llegó a Byala Vapa a las cinco en punto de la tarde. Apareció como de la nada, junto con las sombras que ya se estaban alargando. Valyo había oído que por allí habían dejado una base de provisiones en caso de retirada repentina. Compartió esta información de buena gana, antes de que le tocaran ni un pelo. Pero el cabrerillo conocía solo el monte que rodeaba su pueblo natal. Tuvieron que buscarse a otro guía. Encontraron a un guardabosques de la empresa forestal Romanovo, donde dejaron a los muertos y a los heridos. Todo esto les hizo perder tiempo.
En Byala Vapa ya no había nadie. Les recibió tan solo la llamada sorda de un pájaro invisible: «¡Tuu-tuu! ¡Tuu-tuu! ¡Tuu-tuu!». El capitán miró a su alrededor inquieto y llamó a un soldado que supuestamente conocía las aves.
—¿Qué es esto, Andréev?
—Un autillo, mi capitán —respondió el soldado sin pensárselo.
—Sí, es un autillo —confirmó el guardabosques.
—¡Un autillo! —El Capitán Noche se dirigió al partisano capturado, que iba maniatado—. ¿Adónde nos has traído?
Valyo parpadeó asustado:
—Le dije todo lo que sabía, señor capitán…
—Es porque no le hemos pegado una paliza —dijo Zánev.
—Bueno, pues ahora lo ahorcaremos —decretó el capitán, que miró a su alrededor—. En aquel árbol de ahí. ¡Marchando!
—¡No! ¡No! —palideció Valyo.
Tres soldados lo agarraron y lo arrastraron hacia el árbol señalado.
—Te escapas del Ejército, ¿eh? ¡Maldito desertor!
—¡No me he escapado! ¡Los partisanos me reclutaron a la fuerza! —se justificaba Valyo retorciéndose entre sus manos.
Uno de los soldados trepó ágilmente por el gigantesco abeto y colgó de una rama una soga con un lazo. Los otros dos se lo pusieron a la víctima, aclamados por sus compañeros. De pronto, desde el árbol llegó una voz.
—¡Arriba hay algo, mi capitán!
—¡Cuidado! —avisó Zánev—. ¡Quizá sean explosivos!
—¡Al suelo! —ordenó Noche y se dirigió a Valyo—: ¡Tú, súbete al árbol!
Los soldados lo liberaron. El prisionero no esperó a que se lo repitieran y rápidamente trepó por las ramas, contento de haber sorteado el terrible desenlace, al menos por el momento. Al rato cayeron al suelo unos sacos de harina que levantaron nubes de polvo blanco. Después bajó la lata de aceite, bamboleándose en la soga. Valyo saltó al suelo y se frotó nervioso las palmas manchadas de resina.
—¡Os lo dije! ¡Os lo dije! ¡Aquí es! ¿Verdad?…
El capitán hizo un gesto para que lo apartasen.
—Parece que los hemos adelantado —observó contento Zánev.
—Eso parece… —convino con precaución Noche.
Édrev llegó corriendo.
—¡Mire lo que he encontrado, mi capitán!
Le dio un envoltorio transparente de celofán. Noche lo tomó con dos dedos, lo levantó hacia la luz y se quedó mirando el elegante rótulo: Serge. Lo olió incrédulo. Era de un bombón de caramelo caro. ¿Qué demonios hacía en ese lugar remoto?
—¿Dónde lo encontraste?
—Por allí, a unos cien metros, mientras registrábamos la zona.
El sargento-cadete tomó el envoltorio y lo inspeccionó a su vez.
—¡Imposible! —exclamó—. ¡Mis bombones favoritos! Cuestan diez levas la pieza y en Sofía se venden solo en un sitio: la pastelería de Serge Minasyán, en la esquina de Rakovski y Moskovska. Deben de haberlo dejado unos turistas…
—¿Turistas? ¿Aquí? —dijo pensativo Noche.
Con pasos amplios y decididos volvió al sitio donde habían encontrado la pista. Llamó al soldado que llevaba el perro y metió el envoltorio bajo la nariz húmeda del animal. Este lo olisqueó y miró al hombre con sus grandes e inteligentes ojos.
—¡Vamos, Rex, busca! —dijo el capitán.
El perro seguía mirándolo.
—Todavía no se ha recuperado del susto, mi capitán —informó confundido el soldado.
—¿Ah, sí? ¿No habrá perdido también el apetito?
—¡Negativo, mi capitán!
—¡Un alma sensible! —exclamó con sarcasmo Noche. Sacó su Parabellum y apuntó al animal—. ¡Si me vuelves a salir con este numerito, te dispararé personalmente, maldito caniche!
El perro gruñó. El soldado tiró asustado de la correa y se lo llevó a una distancia segura, hablándole en voz baja:
—¿Cómo me puedes fallar de esta manera, Rex?
Noche puso cuidadosamente el envoltorio entre las páginas de un cuadernito acompañado de un lápiz de plata que sacó del bolsillo de su cazadora. Apuntó algo y lo volvió a guardar. El sol se ocultó tras las cumbres y el cielo se llenó de una herrumbrosa penumbra. Con el atardecer los ruidos del bosque aumentaban y se hacían más nítidos. El capitán aguzó el oído como si quisiera captar algo especial en el aire.
—Andréev —susurró—, tu autillo ha desaparecido por completo. ¡Llámalo a ver qué pasa!
El soldado que entendía de aves hizo bocina con las manos:
—¡Tu-tuuu! ¡Tu-tuuuu!
Transcurrieron varios minutos, pero no hubo respuesta.
—¡Tu-tuuuu! Tu…
—¡Suficiente! —lo interrumpió el capitán—. Aquí no vendrá nadie. Es inútil esperar. Recoged la comida y vámonos. Pero nos volveremos a encontrar… —canturreó en voz baja.
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