Kitabı oku: «La masía, un Miró para Mrs. Hemingway»

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LA MASÍA

UN MIRÓ PARA MRS. HEMINGWAY

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

LA MASÍA

UN MIRÓ PARA MRS. HEMINGWAY

Alex Fernández de Castro

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

La masía, un Miró para Mrs. Hemingway

© Alex Fernández de Castro

1ª edición de 2015

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

Las citas de obras, inéditas o publicadas, y las de cartas de Ernest Hemingway cuentan con la autorización de © Hemingway Foreign Rights Trust.Licencia editorial para Universitat de Valencia, cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. © Hemingway Foreign Rights Trust.

Las citas de cartas y documentación provenientes del archivo de la Successió Miró cuentan con la autorización pertinente del mismo.

Las citas de cartas de Luis Quintanilla han sido autorizadas por Paul Quintanilla.

Las citas de cartas de Pierre Matisse han sido autorizadas por Paul Matisse.

Las citas provenientes de los archivos de la National Gallery of Art han sido autorizadas por Curatorial Files, National Gallery of Art, Washington DC.Curatorial Files, National Gallery of Art, Washington, D.C.

ISBN: 978-84-9134-166-6

Maquetación: JPM Ediciones

Ilustración de cubierta: La masía, Joan Miró. © Successió Miró 2015 Para todas las obras de Joan Miró © Successió Miró 2015 Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Edición digital

A mis dos madres,Margaret Krings y Antonia Durall

ÍNDICE

Agradecimientos

Introducción

PRIMERA PARTE, 1893-1925 GESTACIÓN Y VENTA DE «LA MASÍA». SIGNIFICADO DEL CUADRO, EL MAS MIRÓ Y MONT-ROIG EN LOS AÑOS PREVIOS A LA CONSAGRACIÓN DE MIRÓ Y DE HEMINGWAY

1. Una mala noticia para Hemingway

2. Veranos de juventud en Mont-roig

3. Veranos de niñez en Lake Walloon

4. Mont-roig fauve: primeros cuadros, primeras críticas (1914-1917)

5. Ed, Grace y Ernest Hemingway, padres e hijos

6. Mont-roig bajo el microscopio: la pintura detallista (1918-1920)

7. Hadley, la primera esposa de Hemingway

8. Primer viaje a París: el vértigo del lienzo en blanco

9. Para los recién casados no hay ciudades viejas

10. París o el campo, y nada en el medio

11. El nacimiento del mundo (I): la literatura, antes y después de Hemingway

12. Días de hambre en Rue Blomet

13. España nunca cabrá en un solo libro

14. Miró pinta «La masía»

15. Hemingway: «Mi Dios enseñó a Picasso a pintar»

16. «La masía» no encuentra comprador

17. Escribir cuadros, pintar poemas

18. El nacimiento del mundo (II): Del realismo a la pintura mágica

19. Hemingway y Hadley, últimos días felices

20. Miró y Hemingway, sentimiento trágico y boxeo

21. Miró y los surrealistas. Evan Shipman se reserva «La masía»

22. Mantened a los ricos lejos de los pobres

23. Una partida de dados por un cuadro

24. La «masía» de Joan Miró. Colección particular de Hadley Hemingway

SEGUNDA PARTE, 1925-1983 «LA MASÍA» EN LAS COLECCIONES PARTICULARES DE HADLEY, ERNEST Y MARY HEMINGWAY. EL MAS MIRÓ Y MONT-ROIG EN LOS AÑOS DE MADUREZ DE HEMINGWAY Y MIRÓ.

25. Últimos días tristes con Hadley

26. Los años de la Rue Tourlaque. El padre de Miró muere en Mont-roig

27. Los corazones se rompen, los cuadros se pierden. Adiós a «La masía»

28. Un artista consagrado cena con su madre en el silencio del campo

29. Una casa en el trópico como Mas Miró

30. Postal desde Mont-roig para la novia de un pintor

31. Un Miró entre cabezas de antílopes. Hemingway recupera «La masía»

32. El circo de Calder visita Mont-roig

33. «La masía» al rescate de Luis Quintanilla, un pintor en apuros

34. Segunda República y Guerra Civil (1931-1939). El campesino catalán como símbolo del compromiso político de Miró

35. Hemingway y Martha Gellhorn: amor y traición en un país que se desgarra

36. Mont-roig durante la Guerra Civil. Cartas de Maria Dolors Miró

37. ¿Por quién doblan las campanas?

38. Mont-roig bajo las Constelaciones: Miró y la Segunda Guerra Mundial

39. Mary Welsh, la cuarta Mrs Hemingway

40. Miró en los USA, 1947-1968: un hombre primitivo se pasea entre los rascacielos

41. Bolero por un escritor enfermo

42. Últimos veranos en Mont-roig: de la zona cero en pintura a un arte colectivo

43. Un destino definitivo para «La masía»

Bibliografía consultada

Apéndice de imágenes

AGRADECIMIENTOS

En Barcelona, a Carla Noguera Homs y a Eduard Fernández de Castro Noguera, por todo lo que ya tenemos y lo que esperamos. En la Fundació Miró de Barcelona, a Rosa Maria Malet, Teresa Montaner y Martina Millà. En Esade, a Gracia Rodríguez, Isabel Mercadé, Ana Señor, Pablo Bonell, Alfred Vernís, Marcel Planellas, Ignasi Guitart y Javier Nieto. En la Galería Eude, a Maria Rosa Furriol. A Sharon Avery Fahlstrom por el rigor, la sabiduría y la exigencia. Por todo lo que ha quedado fuera de este libro y espero incluir en otro, a Estanislau Roca, Josep Vinyes y Pere Portabella. Por las fotos del Mas Miró en Mont-roig, a Albert Brasó. Por las gestiones editoriales, a Xavi Ayén, Alex Susanna, Jaume Argilés, Antonia Kerrigan y Víctor Hurtado, Francesco Spinoglio, Keke Izquierdo, Rosendo Balcells, Jorge y Josep Maria Lluró, Ignasi Julià, Jorge Ortega, Eugènia Broggi, Martí Sales, Morrosko Vila-San Juan, Lluís Anton Baulenas, Montserrat Marí, Silvia Tutusaus. A los Fernández de Castro: a Félix (siento haberme perdido el estreno de «María y Yo»), a Javier y María por los ánimos y la atenta lectura y a David, por prestarme la autobiografía de Dos Passos. A los Durall: a Antonia y a Albert Amargós. A Mike Hostench, Ferran Macipe, David Broggi, Jorge Lluró, Andrés Rul·lan, Carola Adam, Txell Sabartés, Anna Gassol. Y una vez más, a Donna Love.

En Palma de Mallorca, en la Successió Miró: a Emili Fernández Miró, Joan Punyet Miró, Lola Fernández Jiménez, Pilar Ortega, Gloria Moragues, Lorenzo Roses y a Carmen Vadell, por facilitarme el acceso a los archivos familiares y a la finca del Mas Miró. En la Fundació Pilar i Joan Miró: a Magdalena Aguiló y Maria Luisa Lax. A Andreu Rul·lan Buades y Mari Feli Rodríguez Astorkiza por la hospitalidad y el pa amb oli, y a Josefina Rul·lan por la entrevista.

En Mont-roig, a Carme, cuidadora del Mas Miró, a Martí Rom, a Angelina y Josep Rovira Bargalló, a Mercè Calaf y a Sebastià Javaloy, a Albert Brasó, a Miquel Anguera, a Josep Maria Aragonés. A Mª Pilar Solé y a Pilar Rovira.

En Tarragona, a Josep Royo. En Reus, a Elena Juncosa Vecchierini.

En Cambrils, a Josep y a Joan Pedrell.

En Cornudella de Montsant, a Josep Sánchez y a Roser Sabater.

En Washington DC, en la National Gallery of Art, a Anne Halpern, Judy Metro, Katie Solli y Jay Krueger. A David Hughes y Michelle Cuker Hughes, por la hospitalidad, y a Jennifer Perry (Metropolitan Museum, New York) por el reencuentro después de tantos años.

En Boston, a Evan Ashkin, Daniel Moss, Tyler Haaren, por la hospitalidad. En la John Fitzgerald Kennedy Library, a Susan Wrynn y Martí Verso.

En Miami, a Ignasi Puig, por la hospitalidad.

En otros puntos de EEUU, a Valery Hemingway, Robert S. Lubar (NYU), Edward F. Stanton, Anthony Scaduto, Susan Beegel (Maine), Paul Quintanilla (Providence, Rhode Island).

En Key West, a Tom Hambright (Monroe County Library) y a Amanda B. Skinner.

En París, a Jacques Dupin, Juan Manuel Bellver, Albert Loeb y a Elizabeth Camacho, por la hospitalidad.

En La Habana, a Pedro, Abelardo y Enrique Rodríguez, y a Lizette Sarmiento. En Finca Vigía, a Isbel Ferreiro y Miryorly García.

En Madrid, a Rosario Peiró Carrasco y a Eva Cebrián, por la hospitalidad.

En Burgos, a Esther López. En Ciudad-Rodrigo, a Javier Páez. En Granada, a Ramón Barquero.

En Valencia, a Carme Manuel y a Lluís Miró.

INTRODUCCIÓN

«…muchos lugares, personas, observaciones e impresiones han quedado fuera de este libro. Algunos eran secretos y otros eran conocidos por todo el mundo y todo el mundo ha escrito sobre ellos y sin duda continuará haciéndolo».

Ernest Hemingway, A Moveable Feast.

«Europa y el campo. Dos excitantes a nuestra sensibilidad y cerebro».

Joan Miró. Carta a Pablo Picasso, Mont-roig, 27 de junio de 1920

«La masía» (1921-1922), uno de los cuadros más importantes de Joan Miró, que Ernest Hemingway compró en 1925 como regalo para su primera esposa, tiene como objeto una casa situada en el sur de la provincia de Tarragona, a las afueras de Mont-roig del Camp. Un día, circulando en dirección sur por la AP-7, me pareció verla. ¿Podía ser esa mole que quedaba a mano izquierda, a escasa distancia de la autopista, algunos kilómetros más allá de Cambrils, parcialmente oculta por un alto eucaliptus? Era una estructura de dimensiones considerables, coronada por una torre blanca que asomaba entre las copas de los árboles. Al volver a Barcelona volvía a ser visible, esta vez a menos distancia, y la hipótesis fue cobrando fuerza. Algún tiempo después me decidí a salir de la autopista, encontré la vía de acceso a la casa, y conduje el coche hasta la misma puerta de entrada. Unos perros se pusieron a ladrar, los empleados de la casa salieron a ver qué pasaba. Me confirmaron que se trataba de una propiedad de la familia del pintor, y me hicieron notar que no estaba abierta al público.

Apenas tuve tiempo de echar una ojeada, pero el sobresalto fue considerable cuando reconocí, junto a la casa noble, la modesta vivienda de los masoveros, los cuidadores de la finca, con ese tejado asimétrico, tan característico. En la tela parece la edificación más importante y es, junto con el gallinero y el eucaliptus que hay en el centro, hoy inexistente, el elemento más característico de la composición. La edificación más importante de la finca, la casa donde dormía y comía el pintor con su familia, fue omitida. Por algún motivo, Miró tan sólo incluyó en el cuadro sus elementos más humildes, las dependencias del servicio.

La casa de Mont-roig no sólo inspiró un cuadro que Hemingway apreciaba por encima de cualquier otro. Cuando Miró sospechaba que alguna de sus obras posteriores podía constituir un nuevo hito en su carrera la comparaba con «La masía», con la seguridad de que sus interlocutores, marchantes o amigos, se harían una idea de su importancia. En Mont-roig también hizo el pintor sus primeros paisajes de colorido fauve, y el salto al vacío que supuso el tránsito de la pintura realista a cuadros como «Tierra labrada» o «Paisaje catalán» (1923-1924), que provocaron el asombro de los surrealistas en París. En la finca del sur de Tarragona continuó la serie «Constelaciones», realizó sus primeras esculturas en cerámica o trabajó, en estrecha colaboración con su fiel amigo Josep Lluís Sert, en los proyectos del estudio de Palma o la Fundación de Barcelona.

«París o el campo», solía decir Miró hacia 1920. En aquella época, para él tan solo existía la capital francesa, donde se dirimía el destino de los artistas, y la casa rural donde había dado inicio a «La masía». Más tarde incorporó Mallorca a esa reducida lista de espacios escogidos, y allí, en compañía de su familia, trabajando sin descanso en el estudio construido frente al mar por su fiel amigo Sert, vivió sus últimos años. Hemingway también prefirió el campo a las grandes aglomeraciones urbanas, aunque como Miró, hizo de París una excepción. Cuando dejó Francia ya nunca volvería a vivir en una gran ciudad.

Miró siguió veraneando en Mont-roig hasta 1976. Abarcar una trayectoria vital y artística tan larga como la del pintor (90 años), incluso ciñéndose a un hilo conductor tan específico como «La masía», exige escribir como él trabajaba en su taller, saltando de un cuadro a otro, intentando equilibrar cada capítulo como si se tratara una de sus constelaciones, teniendo en cuenta todos los medios expresivos que cultivó, pintura, cerámica, escultura, tapices, grabados. He recogido documentación inédita en la Successió Miró de Palma de Mallorca o la JFK Library de Boston, y contrastado las cronologías elaboradas por el Centro Pompidou de París o el MoMA de Nueva York, las cartas que Miró escribió entre 1911 y 1945, recogidas en el Epistolario Catalán de reciente publicación, o las que envió a Sert entre las décadas de los 40 y los 80; las conversaciones que mantuvo con periodistas a lo largo de los años o las autobiografías de los artistas que lo trataron y que ya no viven para contarlo, como las de Gertrude Stein, Alexander Calder o Man Ray.

Hemingway vivió treinta años menos que Miró, pero lo hizo de forma voraz y ampliamente documentada. Todo lo hizo con exceso e intensidad, trabajó mucho y aun se divirtió más. De la abundancia de su producción literaria son testimonio los cuentos, novelas, piezas teatrales, guiones para documentales o artículos para la prensa, sin olvidar los libros que escribió sobre África o España, ensayos casi periodísticos sobre los safaris en Kenya o sobre la tauromaquia, tan sólo ligeramente distorsionados por la ficción. También han de tenerse en cuenta las innumerables cartas que intercambió con su familia y con amigos de la adolescencia, pintores, escritores o editores. La biografía más detallada y rigurosa sobre Hemingway es la que Carlos Baker publicó con autorización del escritor. Para ahondar en su problemática vida familiar o sus episodios de adulterio, es necesario recurrir a biografías menos reverentes, centradas en vertientes más íntimas del personaje, como Hemingway, de Kenneth S. Lynn, Hadley: The First Mrs. Hemingway de Alice Hunt Sokoloff, The Hemingway Women de Bernice Kert, Gellhorn de Caroline Moorehead, How It Was de Mary Hemingway, o Correr con los toros: mis años con los Hemingway de Valerie Hemingway.

Por último, para explorar su faceta de coleccionista de arte, uno tiene que complementar la escasa información disponible en los volúmenes ya mencionados, y pescar en los caladeros de la biblioteca John Fitzgerald Kennedy Library de Boston, donde se conserva la correspondencia de Hemingway y de su cuarta esposa, con la esperanza de salir del empeño con alguna pieza de valor, como hacía él a bordo del Pilar. La pasión que sentía por la pintura no remitió nunca, y dejó como testimonio un valioso legado de obras de Gris, Klee, Masson o el propio Miró, que su viuda Mary Hemingway tuvo que gestionar a partir de 1961. Sobre todo ello he buscado información en la National Gallery of Art de Washington DC (destino definitivo de «La masía»), en la Pierpont Morgan Library de Nueva York (donde se conservan los archivos de Pierre Matisse, el galerista y marchante de Miró en los Estados Unidos), en las casas del escritor en Miami o en Cuba, y en tres libros consagrados íntegramente a la cuestión: Ernest Hemingway and the Arts, de Emily Stipes Watts, Quite a Little About Painters: Art and Artists in Hemingway’s Life and Work de Thomas Hermann, e In his time: Ernest Hemingway’s Collection of Paintings and the Artists He Knew, de Colette C. Hemingway. En la segunda parte, una entrevista con Valerie Hemingway aporta algún dato adicional sobre el valor que Hemingway confería a «La masía», comparable al desinterés que mostraba por las casas donde vivió.

Barcelona, junio de 2009-agosto de 2014

PRIMERA PARTE

1893-1926

GESTACIÓN DE «LA MASÍA»

Y SU ADQUISICIÓN POR PARTE DE HEMINGWAY

EL CUADRO, EL MAS MIRÓ Y MONT-ROIG EN LOS AÑOS PREVIOS

A LA CONSAGRACIÓN DE HEMINGWAY Y MIRÓ

1. UNA MALA NOTICIA PARA HEMINGWAY

En 1922 Ernest Hemingway todavía escribía periodismo para subsistir, y vivía en París, en el número 74 de la calle Cardinal Lemoine con su primera esposa, Hadley Richardson. En A Moveable Feast, la novela que dedicó a sus años de formación en el viejo continente, retrató el piso de dos habitaciones de Cardinal Lemoine como un lugar alegre, decorado con fotos y cuadros de su agrado. No tenía lavabo, pero sí buenas vistas, y un colchón, cómodo y resistente, colocado directamente sobre el suelo. En el edificio, junto al hueco de la escalera, había en cada piso un retrete comunitario conectado a una fosa séptica. En verano la fosa desprendía un hedor insufrible, tan sólo mitigado cada vez que un carro, tirado por caballos, la vaciaba por la noche. Aquellos carros-cisterna, metálicos y cilíndricos, estaban pintados de color marrón y azafrán, y a la luz de la luna, cuando los veía circular por su calle, a Hemingway le parecían cuadros de Braque1.

Un día, Hemingway y su esposa acogieron en su apartamento a unas invitadas ilustres, Gertrude Stein y su compañera, Alice B.Toklas. Stein creía que Hemingway poseía un excelente olfato para encontrar buena comida, servicio doméstico y viviendas «en lugares un tanto raros pero agradables»2. Las dos mujeres estaban allí para devolverles una visita que el joven matrimonio les había hecho a su apartamento de la calle Fleurus, número 27.

A Hemingway y a Hadley les había impresionado el gran estudio de madame Stein, de cuyas paredes colgaba la mayor parte de su colección de cuadros. «Era –recuerda Hemingway– como una de las salas principales del mejor de los museos, con la diferencia de que había una gran chimenea. Era cálido y acogedor, te daban cosas ricas para comer, té, y licores destilados artesanalmente, hechos de ciruelas azules y amarillas o de frambuesas silvestres. Eran bebidas alcohólicas aromáticas y transparentes, y sabían a la fruta de la que provenían, convertida en un fuego que actuaba de forma controlada sobre tu lengua, y que de paso te ayudaba a soltarla». En la intimidad de la casa de Gertrude Stein, Hemingway pudo disfrutar con calma, a salvo de empujones y restricciones horarias, de obras del período azul de Picasso; del famoso retrato que el pintor malagueño hizo de la anfitriona, y de otras telas de Matisse, Braque, Cézanne y Gris.

Aunque difícilmente se le pudiera considerar un experto en pintura contemporánea, Hemingway había estado expuesto al arte desde muy temprana edad. Su madre, que habría querido ser cantante de ópera, probó suerte con la pintura en su madurez y en todo momento se empeñó en educar artísticamente a sus seis hijos. Trató de enseñarles a cantar, tocar el piano y pintar, y les llevó con frecuencia al Art Institute de Chicago, el mejor museo de la ciudad, donde Hemingway «sintió verdaderamente lo que falsamente trataban de hacerte sentir con la religión»4. Sin embargo, para el novelista, las inclinaciones artísticas de su madre eran impostadas, un mero salvoconducto para mezclarse con la alta sociedad. Eso explica, según alguno de sus biógrafos, sus sentimientos ambiguos hacia la alta cultura, una actitud de reserva y desconfianza frente a los aspectos más frívolos o superficiales de la actividad artística.

En París le gustaba ir al Museo de Luxemburgo a estudiar los Cézannes, los Monets y otros impresionistas que había visto por vez primera en el Art Institute de Chicago. «A partir de la pintura de Cézanne –escribió– estaba descubriendo que escribir frases simples y honestas no bastaba para que mis historias tuvieran la dimensión que yo les quería dar. Aprendía mucho de él, pero no era lo suficientemente articulado como para explicárselo a nadie. Además, era un secreto»5.

En el transcurso de sus primeros viajes a Madrid, entre 1923 y 1925, también visitó el Museo del Prado. Decía que el museo le proporcionaba toda la cultura que no había adquirido en la universidad. Solía visitar sus amplias salas por la mañana, antes de escribir. En lugar de leer prefería ir al museo, no quería que la obra de otros escritores acabara dejando su impronta en su propio trabajo6. De hecho, el Museo del Prado debió de formar parte del tupido entramado de liturgias y supersticiones que rodeaba al acto de escribir en el caso de Hemingway. Trabajaba hasta que hubiera escrito algo, daba la jornada por terminada cuando sabía cómo tenía que retomar el hilo del relato al día siguiente, y nunca pensaba en lo que estaba escribiendo desde el momento en que dejaba de hacerlo. De ese modo, creía, su subconsciente seguiría trabajando en sus relatos, mientras él escuchaba a otras personas, aprendía cosas nuevas y tomaba nota de todo cuanto veía o sucedía a su alrededor7.

Durante la visita de Gertrude Stein y Alice B.Toklas al modesto apartamento de los Hemingway en la calle Cardinal Lemoine, mientras Hadley distraía a madame Toklas, como solían hacer todas las esposas de los amigos de madame Stein, ésta se sentó en la cama, y Hemingway se acomodó como pudo sobre el suelo. Él le mostró algunos de sus escritos, y ella, aparte de las oportunas valoraciones literarias, le dio dos consejos importantes, de índole mucho más práctica. El primero, que abandonara el periodismo y se dedicara en exclusiva a la literatura, ya que entre él y Hadley disponían de suficiente dinero para mantenerse8. El segundo, que comprara cuadros. Miss Stein le dijo que nadie era lo bastante rico como para invertir en ropa y en arte al mismo tiempo. Que se olvidara de la moda y que eligiera para vestirse tan sólo las prendas más cómodas y resistentes. Así tendría dinero suficiente para comprar cuadros. Hemingway le objetó que nunca se podría permitir los Picassos que quería, por mucho que ahorrara en ropa. Stein le dio la razón, Picasso estaba fuera de su alcance. Lo que tenía que hacer era descubrir a artistas de su generación. Cuando los viera los reconocería. Tan solo tenía que pasear por el barrio y mostrarse atento. Siempre había nuevos pintores por descubrir, artistas jóvenes que exigían ser tomados en serio9.

Fue alguno de los artistas americanos afincados en París a principios de la década de los 20, Gertrude Stein o Ezra Pound, quien llevó a Hemingway al estudio que el pintor francés André Masson tenía en la Rue Blomet. Y es posible que ya en aquella ocasión, el joven escritor aprovechara para echarle un vistazo a la obra de Miró, cuyo estudio era contiguo al de Masson. Algunos años más tarde, en junio de 1925, Ernest y Hadley asistieron a la inauguración de la segunda exposición de Miró en París. Se celebró en la galería Pierre, en el n.13 de la calle Bonaparte, y significó la adhesión oficial de Miró al reducido y beligerante grupo de los surrealistas. Una de las telas más antiguas de la muestra era «La masía», cuyo motivo era la casa de verano que el pintor tenía en Tarragona. El cuadro, que Hemingway había visto en el estudio de la Rue Blomet, contrastaba por su realismo y su abundancia de detalles con otras obras en exposición, mucho más minimalistas, como las ultramodernas «Portrait de Madame B.» o «Le baiser», ambas de 192410.

En el catálogo de la exposición se atribuía la propiedad del cuadro a Evan Shipman. Estadounidense como él, Hemingway lo consideraba un buen poeta, aficionado a las carreras de caballos, a escribir y a la pintura, y era uno de los pocos visitantes habituales de la Rue Blomet que hablaba inglés. Shipman también conocía a Masson y a Miró, probablemente gracias a Gertrude Stein. En febrero de 1925 había llevado al estudio de Miró a Jacques Viot, gerente de la galería Pierre Loeb. Miró accedió a poner toda su producción en manos de Viot, y éste, para devolverle el favor a Shipman, le dio ocasión de quedarse con el cuadro que más le gustara. Shipman escogió «La masía». El nuevo representante de Miró le puso precio, y se comprometió a guardárselo hasta que pudiera pagarlo11.

Impaciente por transmitirle la buena nueva, Shipman había ido al nuevo apartamento de Hemingway, en la calle Notre-Dame-des-Champs y le anunció la adquisición del cuadro. El escritor se quedó pálido, incapaz de pronunciar palabra. Desde que lo había visto por primera vez en la Rue Blomet había querido comprarlo.

2. VERANOS DE JUVENTUD EN MONT-ROIG

El 2 de diciembre de 1911, en una notaría de Reus, don Alvaro Roberto Ferratges y Mesa, marqués de Mont-roig, le vendió a Dolores Ferrà y Oromí, madre de Joan Miró, una casa y un terreno por 14.000 pesetas de la época1. La finca, situada en el término municipal de Mont-roig del Camp, al sur de la provincia de Tarragona, tenía como elemento principal una edificación imponente, el Mas d’en Ferratges. Edificado originalmente por el marqués de Mont-roig, era una mansión señorial de principios del siglo XX, blanca y coronada por una torre, construida al gusto de los indianos, los catalanes que, como el marqués, habían hecho fortuna en Cuba a finales del s.XIX, y que a su regreso habían erigido viviendas acordes con su nuevo estatus. A partir de ese momento, la señora Ferrà y su esposo, Miquel Miró, pasarían los veranos en su nueva propiedad, que los vecinos de la zona empezaron a llamar Mas Miró.

Cien años más tarde, la autopista AP-7 y una autovía (la A-7) pasan a pocos metros del estudio del pintor, construido a escasos metros del Mas. Ambas arterias han dejado la finca cercenada y aislada de Mont-roig, que queda al oeste, un par de kilómetros hacia el interior, a medio camino entre la casa y la escollera de montañas rojizas que da nombre a la localidad, y que tanto gustaba al pintor. Una fea valla protege la casa de las miradas de los conductores, pero no consigue amortiguar el ruido del incesante tráfico. Los cimientos tiemblan al paso de los camiones más pesados. El camino entre la finca y la playa de la Pixerota tampoco es el que Miró recorría haciendo jogging en dirección al mar para sorpresa de sus vecinos, ni el que desandaba de vuelta hacia la casa, cargado con objetos encontrados en la orilla. Quedan todavía algunas de las masías vecinas, como el mas d’en Romeu, que en el cuadro de Miró adoptaba el nombre de «La casa de la palmera». Por lo demás, el trayecto es una sucesión de gasolineras, garden centers y urbanizaciones construidas sin demasiados miramientos. Para acabar de desvirtuar el contorno, a algún promotor o funcionario desaprensivo se le ocurrió llamar Miami Playa a la franja de costa y las hileras de casas edificadas inmediatamente al sur de Mont-roig.

En 1911, sin embargo, todo aquello era todavía un enclave de Catalunya inalterado por el paso del tiempo. Para hacernos una idea de su aspecto, tenemos las soberbias fotos en blanco y negro, realizadas en el Mas por Joaquim Gomis, Irving Penn o Ernst Scheidegger en los años 40, 50 o 60. Durante algún tiempo, en honor a la madre del pintor la finca se llamó Villa Dolores, como indicaba el rótulo de la torre. La Pixerota, la playa más próxima, no estaba acondicionada para el baño. En las fotos de Scheidegger, de principios de la década de los 50, aparecía llena de pedruscos, ramas o raíces de cañas que el artista escudriñaba con la atención del buscador de oro. Desde la ventana del dormitorio de sus padres, mirando hacia poniente, Miró pintó en 1919 un paisaje titulado «Mont-roig, vinyes i oliveres». Ya lo dice el nombre del cuadro. Hasta donde alcanzaba la vista no había más que viñas y olivos. Nada, aparte del zumbido de las abejas o el siseo intermitente de las cigarras, debía alterar la paz del campo en pleno día estival. Al fondo, el cuadro reproduce las montañas del interior y en particular la Mola de Colldejou. La nube que corona la cima es una señal de tormenta, que los lugareños conocían como La Gitana: «Quan la Mola du un capell no et fiïs d’ell/Cuando la Mola lleva un gorro no te fíes de él»2. Desde la torre y en dirección al mar, el panorama era muy similar: tan sólo algarrobos y olivos, campos polvorientos, toscamente arados. Caminos de tierra transitados por carros, huertos, cañaverales.

En una carta de 1918, escrita a mediados de julio, Miró explicaba cómo tomaba posesión del caserón familiar, cada vez que allí se instalaba a pasar un nuevo verano: «la primera semana de mi llegada nada de pensar en embadurnar telas ni en nada. Por la mañana en la playa me tumbo al sol y a cambiar la piel, y por la tarde de excursión a hacer km en bicicleta. Durante la segunda semana, a pensar ya en trabajar…»3. En otra carta anterior, escrita a su amigo Ricart desde Mont-roig en 1916, escribía: «He venido aquí a pasar unos cuantos días, a vivir con el paisaje. A comulgar con esta luz azul y dorada de los trigos, a ennoblecerme con esta visión. ¡Cómo nos ennoblece el paisaje! Cuando estoy aquí siento un gran amor por todas las cosas. Amo a un animal, a cualquier hierba, y no puedo comprender ni imaginar ninguna fechoría de los hombres. Nos sentimos también más fortalecidos para hacer nuestro camino, y nuestra vida en la Ciudad, después de una temporada fuera será más firme y más sana»4.

En 1911, año en que transcurrió su primer verano en Mont-roig, Miró tenía dieciocho años y motivos de sobra para celebrar la adquisición de la casa. Ya conocía parte de la provincia de Tarragona. Incluso la había pintado, siendo todavía un niño. Su abuelo paterno, Joan, era herrero en Cornudella de Montsant, un remoto pueblecito del Priorat, y su hijo, el orfebre y joyero Miquel Miró, padre del pintor, había hecho su aprendizaje en la cercana Reus, antes de trasladarse a Barcelona. Miró había ido alguna vez a visitar a su abuelo, y nunca dejó de volver a Cornudella, ni siquiera cuando la casa fue vendida y dejó de formar parte del patrimonio familiar. Entre las primeras obras que se conservan del pintor hay unos delicados paisajes, ejecutados a lápiz y pastel en 1906 en Cornudella, Prades o Siurana. Son dibujos de casas viejas bajo la luz de alguna estrella solitaria, concisos y poéticos, cargados de afecto por la tierra de sus antepasados, que hoy se conservan en la Fundación Miró de Barcelona. En una imagen nocturna de Cornudella, todo el pueblo parece sumido en el sueño. Sus paredes centenarias se vislumbran como a través de un velo azul, sólo contrastado por una luna amarilla. En otro dibujo de Prades, igualmente dominado por los tonos grises o azules, sólo destaca el acento anaranjado de dos tejados. «Era muy sensible al vacío –afirmaba– a los grandes espacios vacíos donde hay perdido, dándoles vida, iluminándolos, un punto, una cosa minúscula»5.

De la misma época y estilo son otros paisajes realizados en Palma, a donde Miró viajó en ocasiones para visitar a Josep Ferrà, su abuelo materno, ebanista de profesión. En Palma, el abuelo Josep lo llevaba a pasear en un carro tirado por un caballo, y Miró pudo dibujar, con idéntica devoción, la iglesia de Sineu, Es Molinar o la Catedral6. La presencia del mar en aquellas primeras obras ejecutadas en Mallorca o en Tarragona era excepcional: «El interior me atraía más. Siempre volvía a aquellas casas, a la iglesia, a la montaña. Me inspiraban los alrededores de Cornudella, la comarca de mi padre, cerca de Mont-roig, una tierra de un rojo formidable. Cada año, cuando vuelvo a Mont-roig, cojo un coche y voy a dar una vuelta. Planté el pie en Mont-roig… la fuerza entra por los pies»7.

Miró siempre habló en términos muy afectuosos de la rama mallorquina de su familia. Aseguraba que su abuelo le había querido mucho, y que su abuela era muy inteligente y romántica. El abuelo, que sólo hablaba mallorquín, no sabía leer ni escribir, pero llegó a dirigir una empresa de dimensiones considerables, y era un gran viajero. Para prolongar los trayectos sólo se desplazaba en trenes lentos, y en una ocasión llegó a ir a Rusia, algo poco común en la época. En cuanto a la rama paterna de su familia, la de Cornudella, afirmaba que sus abuelos, artesanos y campesinos, eran muy buena gente, pero que no tenían personalidad. De su padre decía que era muy realista y de un carácter opuesto al de su madre. Cuando iban juntos de caza, si le decía que el cielo era violeta su padre se reía de él, y Miró desesperaba8.

Desde los hogares de unos y otros abuelos, Miró pudo comprobar que el límite meridional de Cataluña está bañado por una luz curiosamente similar a la de Mallorca, fuerte y transparente. Es oportuno constatar, en ese sentido, que la latitud de Palma (39º), es la misma que la del sur de la provincia de Tarragona. Algo tendrá que ver esa identidad de coordinadas con la peculiar calidad de su luz. Los que conocen bien Mallorca se sienten como en casa viajando, por ejemplo, por el Perelló, la franja de tierra que se extiende a la altura de l’Ametlla de Mar, algunos kilómetros hacia el interior. Para abundar en las coincidencias, Miró afirmaba que los números 3 y 9, así como los viernes, siempre habían jugado un papel mágico en su existencia9.

El pintor había nacido en Barcelona el 20 de abril de 1893. Allí, en plena fiebre modernista, mientras la ciudad se extendía hacia el Tibidabo de acuerdo con el plan diseñado por Cerdà, se educó y conoció a sus amigos más íntimos. Mucho más tarde, en las décadas de los 30 y los 40, volvió a instalarse en su casa natal del Passatge del Crèdit. En Montjuich, el peñón que se alza junto al puerto de la ciudad, fue erigida la primera de las dos Fundaciones que hoy llevan su nombre, y en el cementerio que hay en la otra vertiente de la montaña, la que da al mar, fue enterrado en 1983. Sin embargo, nunca incluyó la capital catalana entre los lugares que habían tenido mayor peso en su vida. Jacques Dupin lo afirma sin rodeos en su biografía: «Miró no le atribuye más que un papel secundario. Sus raíces profundas se alejan de la ciudad. Su verdadero y doble país es, por una parte, la región de Tarragona, de donde procedía su padre, y por otra, la isla de Mallorca, donde residía la de su madre»10. En una carta de 1918, escrita desde Mont-roig, el propio pintor, que ardía de deseos de hacer su primer viaje a París, lo expresaba en términos aún más crudos: «Si he de vivir mucho tiempo más en Barcelona, aquella atmósfera tan mezquina y tan de pueblo de campesinos (artísticamente hablando), me asfixiaría. Una vez fuera, me parece que sólo me verán el pelo cuando vaya a pasar las Navidades con la familia, o de paso, para ir al campo»11.

Fue por primera vez a la escuela en 1900, en un colegio de la calle Regomir de Barcelona, muy cerca de su domicilio del Passatge del Crèdit. Se recordaba a sí mismo como un mal estudiante, taciturno y soñador: «Me quedaba apartado de los otros compañeros de la escuela que me llamaban sabihondo… no entendía nada de las ciencias exactas. Era mejor en geografía, muy a menudo adivinaba con exactitud lo que me preguntaba el profesor, señalando por casualidad con una varilla sobre el mapa. Mi ambición era ser un gran ingeniero o un gran médico, pero no aceptaba nunca la mediocridad»12. En el mismo centro de educación primaria tomó sus primeras clases de pintura, fuera del horario obligatorio, con un profesor llamado Civil. Pintar era para Miró «como una necesidad física. Me sentía muy aislado, nadie me hacía caso. Estaba muy aislado porque veía más allá de la estrechez de las cosas. Aquél aislamiento me afectó de manera muy dolorosa, muy violenta, de niño y de joven»13. Según el propio pintor, aquella clase de arte, a la que se apuntó para olvidar todas las demás, era como una ceremonia religiosa, se lavaba cuidadosamente las manos antes de tocar el papel y los lápices, el material de pintura era sagrado, trabajaba como si ejecutara un rito religioso14. Esa pulcritud, ese orden riguroso, ya era entonces el mismo que mostraría en la Rue Blomet o en cualquiera de sus sucesivos talleres, y que tanto sorprendió a los que lo vieron trabajar. Hasta el final de sus días se sometió a una disciplina férrea y sujetó su rutina a horarios fijos. Año tras año, como un ave migratoria, hizo coincidir sus idas y venidas entre Barcelona, Mont-roig, Palma o París con los cambios de estación. Todo lo fechó y clasificó escrupulosamente.

Presionado por su padre, que siempre vio con desconfianza y preocupación su inclinación artística, Miró se matriculó en la escuela de comercio en 1907. En contrapartida, consiguió que por las tardes se le permitiera continuar sus estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de la Llotja, donde fue discípulo de Josep Pascó y de Modest Urgell.

Pascó, muy del agrado del padre de Miró, enseñaba artes decorativas, e hizo que Miró aprendiera a ser paciente con la técnica15. También le reafirmó en su elección de colores: «Generalmente se comienza por el dibujo. Pero Pascó veía las cosas de otra manera, de entrada nos hizo comprar una paleta y colores… recuerdo aquella primera paleta y el primer día que me puse a trabajar con los colores… Instintivamente, había puesto sobre la tela unos colores muy violentos. Pascó estaba entusiasmado. En medio de la clase, ante mi cuadro de colores estridentes, me hizo unos grandes elogios. Lo recuerdo como si fuese ahora»16.

Más importante y duradera aún que la de Pascó parece haber sido la influencia de Modest Urgell, su profesor de perspectiva y paisaje en La Llotja. Como Pascó, alentó a Miró durante su paso por la Llotja, y éste, al igual que Anglada Camarassa, Joaquim Mir, Picasso o Dalí, se lo agradeció en la madurez, admitiendo su deuda con él: «La influencia de Urgell fue muy importante. Aun hoy reconozco formas que aparecen constantemente en mi obra que originalmente me impresionaron de su pintura. Recuerdo dos cuadros en particular: ambos caracterizados por horizontes largos rectos, crepusculares, que cortaban las imágenes en dos mitades; uno, un cuadro de una luna sobre un ciprés, el otro, con una luna creciente baja en el cielo. Tres formas que se han convertido en obsesiones para mí, representan la huella de Urgell: un círculo rojo, la luna y una estrella. Continúan volviendo, cada vez ligeramente diferentes. Pero para mí es siempre una historia de recuperación: en la vida no se descubre»17.

En sus años de juventud, en dibujos que aun se conservan en la Fundación de Barcelona, Miró imitó frecuentemente el estilo romántico y sombrío de Urgell, casi ausente de figuras humanas, con sus puestas de sol, sus cementerios a la luz de la luna o sus lánguidos cipreses. Es el caso de «Cementerio» o de «Ermita», ambos de 1907. En 1959, aun insistía en la importancia que siempre había tenido para él la inmensidad del cielo o los espacios vacíos: «El espectáculo del cielo me conmueve. Me siento conmovido al ver, en un cielo inmenso, una luna creciente o el sol. Por otra parte, hay en mis cuadros formas muy pequeñas en grandes espacios vacíos. Los espacios vacíos, las llanuras vacías, todo cuanto está desnudo siempre me ha impresionado mucho»18. Al final de su vida, lo último que dibujó Miró fueron unas líneas en recuerdo de los horizontes de su profesor de paisajismo, junto a las que escribió «en recuerdo de Modest Urgell»19.

Durante dos años y de nuevo obligado por su padre, Miró se vio forzado a interrumpir las clases en la Llotja y a trabajar como aprendiz de contable para el comerciante de productos de droguería Dalmau i Oliveres. Fue la época más desdichada de su vida. En una carta a Michel Leiris, la recordaba así: «…muy torpe y muy mal educado. Peleas con la familia, dejo la pintura para entrar como empleado en un despacho. Catástrofe; hago dibujos en los libros de contabilidad y me echan, naturalmente»20. A los ochenta y dos años de edad, el pintor seguía proporcionando detalles precisos de aquel empleo no deseado: «Mi madre era muy inteligente, muy abierta. Pero mi padre, nada… Fueron tres años perdidos. Nos poníamos a trabajar a las ocho de la mañana, parábamos de una a tres, y después nos quedábamos en la tienda hasta las nueve de la noche. No había fines de semana. Íbamos incluso el domingo por la mañana. No se podía hacer nada más. No era ninguna broma. Y el dibujo, la pintura, no eran actividades serias, por supuesto»21. «Trabajaba como meritorio, así llamaban entonces al aprendiz de tenedor –recordaba Miró en otra entrevista– entrábamos a las ocho de la mañana, andando tenía exactamente siete minutos para trasladarme desde mi domicilio a la oficina, tenía cronometrado hasta el último minuto de sueño. En la puerta de la oficina solía haber una pizarra con yeso, donde firmábamos nuestra puntualidad. Quien llegaba más tarde de las ocho y veinte era sancionado. Trabajábamos hasta la una, y desde las tres hasta las siete y media, teóricamente, porque lo cierto es que salíamos a las 9 de la noche. ¡Los domingos íbamos al despacho de nueve a una y media para poner los documentos en orden! No teníamos nunca vacaciones, pero los sábados por la tarde solíamos concluir un poco antes la jornada. Entonces, yo me dirigía a tomar el tren hasta Montgat, para continuar en tartana hasta Tiana, donde mis padres habían alquilado una torrecita. Me sentía tan agotado que no tenía ni ánimos para dibujar, y encima, aun querían que estudiara inglés. Por ello evoco esta época como si de tres años de trabajos forzados se tratara…Al principio, al igual que los demás aprendices, no percibía absolutamente nada. Pero al cabo de un año, por navidad, en ocasión de reunir al personal para hacer entrega del aguinaldo, nos dieron 15 pesetas. Este fue mi sueldo a partir de entonces, que ingresaba seguidamente en la Caja de Ahorros»22.

La situación se prolongó hasta abril de 1911, cuando les comunicó a sus padres, con los que acababa de pasar unos días en Mallorca, su intención de dedicarse exclusivamente a la pintura. «Al venir a Palma –escribía Miró– tenía el propósito de decírselo, más a la idea de que había venido para pasar unos días alegres con Uds, me desistí. He pasado dos años prisionero en un despacho… me he dedicado al comercio sin tener ninguna vocación para él, sólo dejándome guiar por Uds, que no conocen bien a fondo mis verdaderas aspiraciones y yo, por otra parte, sin haber consultado antes mi corazón, y no escuchando la voz de mi conciencia… Renuncio, pues, a mi vida actual, para dedicarme a la pintura»23. De la siguiente carta que Miró le mandó a su padre desde Barcelona, se desprende que éste, incapaz de creer en la seriedad de las intenciones de su hijo, recibió la noticia con consternación. Para el señor Miró, querer ser pintor significaba rechazar las propias responsabilidades y abrazar una vida de ocio e improductividad: «No me extraña –se defendía dolido el futuro pintor– que les haya sorprendido el contenido de mi anterior. Lo que lamento vivamente es el mal sentido, completamente opuesto a mis aspiraciones, con que han interpretado mi carta. Dicen que en la vida del trabajo he de encontrar mi porvenir. ¡Acaso no busco este porvenir en el propio trabajo! No quiero creer que me pongan al lado de estos hombres que no saben ganarse la vida, y que viven holgadamente... Me pintan ustedes a pobres bohemios, y no a artistas, como quien para describir a los músicos habla de estos infelices ciegos que pasean por las calles tocando el violín y pidiendo una triste limosna. Mis aspiraciones son bastante más elevadas que las de llegar a ser un bohemio, pues me siento con fuerzas sobradas para ocupar un buen puesto en la pintura»24.

Muchos años más tarde, Miró afirmaría que la confrontación con sus padres había sido positiva: «Entre mis padres y yo había una barrera. Y estoy muy contento… Los chicos jóvenes que iban a París, niños de buena familia, estaban perdidos. En mi caso, la vida que llevé durante la infancia me proporcionó musculatura. … Tuve una vida muy dura, y eso me ayudó. No lo siento en absoluto. Siempre les digo a mis nietos que tienen una vida demasiado fácil. Las dificultades me dieron músculos. Mientras que aquellos niños bien que se pasaban todo el día en el bar Rotonde estaban perdidos del todo»25.

Durante esta época tan crítica, en la que Miró se formó como artista, y también en años sucesivos, Mont-roig desempeñó un papel crucial, casi mágico. Como un buen augurio, la compra de Mas Ferratges coincidió con su decisión de dejar el trabajo en la droguería, y desde el primer día, la casa de Tarragona ejerció sobre el joven pintor un doble efecto positivo, catalizador en el sentido creativo, reparador en el terreno de la salud. El conflicto con sus padres y aquel empleo que tanto odiaba le habían costado al joven pintor una depresión y una fiebre tifoidea. Miró tuvo que permanecer en cama y seguir una dieta durante dos meses, lo que le dejó muy débil: «Caí en un estado de crisis y agotamiento… una dolencia conocida con el nombre de fiebres de Barcelona, debía tratarse de una especie de tifoidea producida por las aguas de la ciudad… así me separé del almacén mayorista, situado en el Pasaje de la Industria, frente al parque de la Ciudadela. Permanecí todo un mes en cama, guardando absoluto reposo, sin apenas comer ni beber. Recuerdo que frente a mi cama había un San Juan con un cordero, y yo me pasaba el día cocinando el animalito y engulléndomelo»26. Preocupados, sus padres se lo llevaron a Mont-roig, donde creían que el aire seco y el sol contribuirían a su recuperación. En lo sucesivo Miró siempre identificaría aquella residencia de verano con la curación de sus dolencias, y con sus primeros pasos como pintor a dedicación exclusiva27. Casualmente, también Picasso, en 1898, se había recuperado, en sus años de juventud, de un brote de escarlatina en el sur de la provincia de Tarragona, en Horta de San Joan28.

Desde aquél crucial 1911, Miró dejaría constancia, una y otra vez, de su deuda y apego hacia Mont-roig. En julio de 1915 escribía desde la masía: «En esta vida tranquila de campo, viviendo con los árboles y las montañas y el mar, uno se acuerda de todos sus amigos y se lamenta de no poder estar acompañado de todos ellos; sería una cosa bonita que este sol fuerte y ardiente de verano nos viese a todos en el mismo lugar… en esta tierra de fuego y de mar azul, muy azul. Dios lo ha hecho bien hermoso, este país del campo de Tarragona! Aquí trabajo mucho, trabajo desesperadamente»29. En agosto del mismo año, después de una breve ausencia, escribía otra carta y anunciaba haber vuelto a «esta tierra de luz y de mar, de campesinos muy colorados de mejillas y fuertes como estas montañas, y barcas de velas muy blancas, que extraen peces de muchos colores»30. En otra misiva de septiembre de 1917, igualmente procedente de Mont-roig, hablaba de la fiesta de la vendimia, de pisar la uva y de un día «admirable, bien luminoso, con música de colores». Había pintado sin descanso todo el verano, y aun así, los días se le hacían cortos: «se me acaba la época de sol, y es ahora justamente cuando tendría que empezar. Eterno martirio; después de un verano trabajando en el paisaje me parece que hasta ahora no he visto ni los árboles ni el sol». «Después del trabajo –añadía– llego a casa cansadísimo, poco dispuesto a acabar de exprimirme el cerebro. Por la noche, después de cenar, a dormir el sueño de los que cavan la tierra y labran»31.

Miró, que no había nacido en el campo sino en la ciudad, era muy consciente de que había todo un mundo más allá de los ancestrales parajes del sur de Tarragona, y en su condición de artista, creía que cada escena, urbana o rural, debía ser representada de manera distinta. Ya en 1917 afirmaba desde Mont-roig que en el futuro «veremos una tela de una locomotora corriendo, pintada de manera completamente opuesta a un paisaje hecho a las 12 del mediodía. Al espíritu libre, cada cosa de la vida le producirá una sensibilidad diferente… Pintar una calle de una gran ciudad, con grandes casas, con ruido de bocinas (¿o es que acaso el ruido no contribuye a la visión de las cosas?), con gente que corre enloquecida, con tranvías y metros, no puede valerse de la divisa impresionista, y este paisaje que veo delante de mí, donde escribo, los olivos, algarrobos, viñedos y mucha luz, despierta una emoción totalmente diferente a la de una calle de Nueva York»32. Sin embargo, año tras año, volvería a Mont-roig a reponer fuerzas e inspiración antes de regresar a la gran ciudad, primero a Barcelona, más tarde a París, donde se decidía la suerte de los artistas. En 1916 le escribía a su amiga Lola Anglada: «en estas horas beatísimas de paz y de sol he pensado mucho en ti. Bien te querría tener a mi lado y acompañarte en tus caminatas; que esta luz azul, de un azul purísimo, os revistiera de esta gran tranquilidad de los campos, y os fortaleciera como los árboles. Y después, nuevamente purificados, volver a la Ciudad. Gente fuerte, combatiríamos contra todo lo que nos rodea. Todo lo que nos envuelve es una fatalidad. Tenemos que ser más fuertes que todas las fatalidades. Yo me paso estos días viviendo y siendo parte de este paisaje… ¡Cómo fortalece también nuestro espíritu! Aviva fuertemente el fuego de la linterna de nuestro Ideal, en cuyo entorno debe girar nuestra vida, sin Él nosotros seríamos algo inorgánico, nuestra vida sería incomprensible»33.

En 1912 Miró pudo retomar sus estudios de arte en una escuela fundada seis años antes por un visionario, el pintor y pedagogo Francesc Galí. Hasta 1915 el centro le proporcionó a Miró nuevas amistades, y una forma muy poco ortodoxa de aproximación a la pintura. Nacido en Barcelona en 1880, Galí estaba convencido de haber crecido en un momento de decadencia cultural. Cataluña era para él un lugar provinciano y periférico, apartado del poder de decisión de Madrid. Pensaba que en 1906, momento en que creó su escuela, había en Barcelona un desconocimiento total de la historia, la lengua o el arte catalán. Creía que el modernismo, muy bien acogido por la burguesía local, había tenido una trascendencia indiscutible en el terreno de las artes plásticas, pero no una repercusión cultural amplia. El noucentisme, que sucedió cronológicamente al modernismo, fue para Galí un ambicioso programa cultural y educativo, un proyecto de país. El maestro de Miró estaba obsesionado por la cultura. Admiraba la cultura individual, pero pensaba que ésta debía ser, en todo caso, producto sobresaliente de otra más general. En una Barcelona donde no encontraba ni un libro ni una escuela que considerara eficaz, Galí creía en una cultura alejada de la oficial, moderna, científica, práctica e indiscriminada, de alcance universal. Pensaba que la civilización mediterránea se asentaba sobre pilares griegos y romanos, pero no por ello estaba dispuesto a renunciar a Bach o a la literatura inglesa, rusa o alemana.

En la escuela de Galí, el concepto de cultura catalana abarcaba Cézanne y el cubismo, pero también se valoraba la artesanía y el paisaje popular, escenas marineras y campesinas, la belleza de un botijo, un campanario o una vela latina. El cultivo del dibujo se combinaba con la promoción del colorismo fauve. Se partía de la base de que el arte no se podía enseñar. El esfuerzo tenía como recompensa la mejora de la persona en su sentido más global, y por eso se cultivaban todas las humanidades: conciertos de Bach todos los sábados, lecturas comentadas de Dostoievski, Goethe o Shakespeare. Otro elemento fundamental del programa educativo eran las visitas al Museo de Bellas Artes de Barcelona (Hoy Museu Nacional d’Art de Catalunya), donde se exhibían las pinturas románicas que tanta importancia tuvieron para Miró, y las excursiones a Montseny, a Sant Cugat, o al Laberinto de Horta. A los estudiantes no se les permitía tomar notas, sólo llevar «una corona de ojos en la cabeza»34. Mirar y recordarlo todo, para cuando tuvieran que reproducirlo, de vuelta en el estudio. Muchos años más tarde, a los que acompañaban a Miró en sus paseos por Siurana o Cornudella les sorprendería que nunca llevara consigo una libreta de apuntes, que fuera capaz de anotarlo todo visualmente.

Galí creía que construir una forma era más un esfuerzo conceptual que visual. Todo un alivio para un alumno como Miró, que siempre había tenido problemas para representar la realidad, y que confesaba no haber sabido copiar, a partir de una estampa, un rostro humano: «A los 19 años entro en la Academia Galí, de Barcelona, para dedicarme por completo a la pintura. Fenómeno de torpeza y de falta de habilidad. Soy colorista pero una nulidad para la forma. No llego a distinguir una línea recta de una curva»35. Galí obligaba a sus pupilos a dibujar de cara un perfil, y de perfil, una cabeza contemplada de frente. Les hacía dibujar objetos que sólo conocían por el tacto. En la Fundación Miró se conservan todavía dibujos de aquella época, realizados con los ojos cerrados. Decía el propio pintor que no había mejor manera de desarrollar una memoria intuitiva, de adquirir un sentido de la forma. En otoño de 1914, escribía: «Estoy contento de mis esfuerzos por vencer la forma; mis estudios con el tacto han sido fecundos; con ellos he adquirido una visión viva de la forma; mis obras están mejor construidas que las que viste. Creo que siguiendo esta orientación pedagógica llegaré a dibujar bien. Esto requiere, sin embargo, una gran fuerza de voluntad… el hombre necesita la lucha»36. Asombra, en el caso de Miró, la consistencia de su discurso a lo largo de los años. En una entrevista que mantuvo con Georges Raillard en 1975, afirmaba a propósito de sus años en la academia de Galí: «No es a pesar de dibujar mal que quise ser pintor, sino más bien a causa de eso, porque me exigía un gran esfuerzo. Había que luchar, y la lucha es siempre lo que me ha hecho ir adelante en la vida… Galí me ayudó mucho, de una manera original, nada académica: me hacía cerrar los ojos y tocar el modelo con los dedos… Yo era incapaz de ver un volumen, de reproducirlo con el sentido de la sombra, las cavidades, todo eso… No era nada hábil, no lo podía hacer… me angustiaba mucho no poder hacer lo que mis compañeros hacían con tanta facilidad»37.

En la academia Galí, Miró conoció a Enric C.Ricart o Josep F. Ràfols, con quienes se escribió durante algún tiempo; se hizo amigo del ceramista Josep Llorens Artigas, de quien ya no se separaría nunca, y empezó a leer poesía, actividad que tampoco abandonaría en lo sucesivo. Galí tuvo una extraordinaria ascendencia sobre toda una generación de jóvenes pintores, arquitectos o literatos. Josep Pla, que lo conoció en Cadaqués, hizo una semblanza de Galí, (publicada, como tantas otras de sus biografías breves, con el nombre de «homenots») y una descripción de sus estudiantes. El grupo, escribió, tenía «una cierta tendencia al narcisismo, un gusto por mantenerse en la minoría, por no salir de una cierta pureza intelectual, un tanto recóndita. A todos ellos les gustaba la distinción, vestir bien, ir elegantes y no mezclarse demasiado con lo corriente o vulgar». Años más tarde, Miró provocaría en París más de un comentario por vestir de manera excesivamente formal, y el propio Galí vistió hasta sus últimos días de forma impecable. Pla lo recordaba a su regreso de Inglaterra, donde estuvo exiliado entre 1939 y 1950, como un señor pequeño, fibroso y ágil a pesar de su edad38.

Miró todavía se matriculó, a partir de 1913, en una tercera escuela de arte, el Cercle Artístic de Sant Lluc. El Cercle había sido fundado en 1893 por un grupo de artistas y personalidades públicas, movidas, según afirma la propia institución en su página web, «por el espíritu de compromiso con la fe cristiana y un profundo amor a la propia tierra»39. En las clases de dibujo de esa institución conservadora, católica y catalanista, donde se permitía que las modelos femeninas posaran desnudas, coincidió Miró con un anciano Gaudí, que se había hecho socio del círculo en 1899, seis años después de su fundación, y que en 1913 aun acudía a la escuela a dibujar con modelo. Hacia el final de su vida, el pintor todavía recordaba cómo dividía su tiempo entre las clases de la academia Galí y las de Sant Lluc: «Por las tardes, de tres a cinco, iba a la escuela Galí, y de siete a nueve, al Círculo de Sant Lluc, ubicado en el mismo edificio donde antaño estaba Els Quatre Gats. De cinco a siete, tomaba apuntes a lápiz por calles y cafés, según el programa que había señalado Galí»40. En el Cercle, Miró conoció a uno de sus amigos más inseparables, el sombrerero y mecenas artístico Joan Prats. Otro de los alumnos, Sebastià Gasch, recordaba a Miró como «un personaje callado y reservado, que entraba rápidamente en clase de dibujo sin mirar ni dirigirle la palabra a nadie. Se mantenía ausente de todo cuanto ocurría a su alrededor, y daba la impresión, cuando dibujaba, de sufrir horriblemente. Sacaba la lengua como el niño que se debate por trazar las primeras letras del abecedario»41. Joan Prats decía que por las noches Miró acompañaba a sus compañeros en sus correrías nocturnas por las Ramblas o el Paral.lel, pero que solía ser el primero en volver a casa42.

Desde 1914 Miró empezó a alquilar pisos que le pudieran servir como taller, y que compartiría con sus amigos Ricart y Ràfols. Hasta 1916 ocupó uno en la calle Arc de Jonqueres, más tarde otro en Sant Pere Més Baix43. Se iniciaba de esa forma la alternancia de lugares de trabajo, que nunca más abandonaría. De momento, y hasta su traslado a París, pintaría en Barcelona en invierno y en Mont-roig en verano. En un libro publicado en 1975, Miró afirmaba que para pagar el estudio de Sant Pere, echó mano del pequeño capital que había ahorrado mientras trabajó en Dalmau i Oliveres: «Lo empleaba en pagar el alquiler del taller de la Baja de San Pedro, situado frente a la tienda de fideos y pasta de Isidro Nonell… A través de los amplios ventanales del estudio, yo he visto a la madre de Nonell vendiendo sopas»44.

Encontrar espacios que le permitieran trabajar fuera de su domicilio de Passatge del Crèdit, aunque tuviera que compartirlos, debió de significar para Miró un eslabón más en su trayectoria como pintor, y tal vez contribuyó de alguna manera a disipar las dudas de su familia, que seguía dando muestras de preocupación por su futuro. Mientras Miró fue alumno de su escuela, Galí tuvo que hablar a menudo con el padre del pintor, y pedirle que tuviera confianza en sus posibilidades. Cada semana, el joyero acudía al encuentro del maestro, para recabar información acerca de los progresos de su hijo, y Galí, que lo consideraba un típico comerciante catalán, preocupado ante todo por los aspectos materiales de la existencia, se veía obligado a asegurarle que triunfaría, que sería un gran artista45.

Al contrario que tantos otros cabezas de familia de la burguesía catalana, el señor Miró se negó a pagar para que su hijo pudiera librarse del servicio militar así que desde 1915 y hasta 1917, Miró se vestiría de soldado cada año por espacio de unos tres meses. La militar era, junto con la eclesiástica, una de las pocas salidas profesionales que podrían permitirle en el futuro ganar un sueldo y pintar simultáneamente: «Para ganarme el pan y pintar al mismo tiempo –recordaba muchos años más tarde– mi familia me aconsejaba que me hiciera monje o militar»46. Mientras tanto, su madre, que en palabras del propio Miró acabaría interesándose mucho por su trabajo, lloraba al ver que seguía un mal camino, y su hermana le daba dinero a escondidas para que pudiera coger el tranvía, ya que el poco dinero que tenía se lo gastaba en tubos de color47.

3. VERANOS DE NIÑEZ EN LAKE WALLOON

«La masía» es la representación de un lugar mítico, cargado de recuerdos felices y de significado para Miró. Cuando Hemingway lo contemplaba, ¿le transportaba hasta el escenario de sus propios veranos de niñez y de juventud? En un libro de reciente aparición sobre la colección de pintura de Hemingway, una descendiente del escritor, Colette C. Hemingway, afirma: «Cualquiera que intente identificar qué llevó a un individuo a adquirir una cierta obra de arte se arriesga siempre a interpretar erróneamente una elección privada, a afirmar algo que nunca fue cierto. El hecho es que cualquier persona puede adquirir un cuadro o una escultura por casualidad, por un capricho, por una atracción inmediata o después de una cuidadosa reflexión»1. Tratar de imaginar qué veía el escritor en «La masía» es adentrarse, efectivamente, en el terreno de la especulación. Sin embargo hay afinidades evidentes entre su biografía y la de Miró, y aspectos del cuadro, como la temática o los acontecimientos que llevaron al artista catalán a representar la casa de Mont-roig, que por fuerza debían parecerle a Hemingway un reflejo de sus propias vivencias, circunstancias familiares o inquietudes personales.

Hemingway, nacido como Miró en un medio urbano y conservador e igualmente fascinado por la naturaleza, tuvo que saber o intuir que «La masía» era el testimonio de la devoción de un hombre de ciudad por el campo de Tarragona. Cuando compró el cuadro ya había viajado extensamente por la península ibérica, y el propio pintor, al que tuvo ocasión de conocer, pudo hablarle personalmente sobre la casa y el paisaje que lo había inspirado, así que la escena descrita en la tela debió de resultarle familiar y comprensible, mucho más allá de lo que hubiera podido valorar a simple vista. Aun así, cabe preguntarse qué le hizo apreciar hasta tal punto la estampa rural de Miró, cuando tan poco tenía en común Mont-roig con los lagos y montañas donde Hemingway había aprendido a pescar y a cazar, en el transcurso de los muchos veranos que pasó con sus padres y hermanos en Michigan. Donde el otoño llega sin avisar, y el sol, no mediterráneo sino boreal, apenas luce unas horas en invierno sobre un permanente manto de nieve; donde en verano nunca se agotan las reservas de agua dulce, y la gente utiliza canoas u otras embarcaciones ligeras como medio de transporte; donde ni siquiera en los días más calurosos adoptan las ramas de los abetos el aspecto descolorido y sediento de los pinos del litoral catalán.

Hemingway, seis años más joven que Miró, nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, una población de extrarradio de Chicago, conectada con la ciudad, a principios del siglo XX, por dos líneas de tren. Protestante, puritana y clasista, Oak Park tenía tantas iglesias que había quien la llamaba Saints’ Rest, «el lugar de descanso de los santos». La comunidad, que carecía de ciudadanos de color, había prohibido el consumo de alcohol desde la década de los 70 del siglo XIX. En 1901, sus habitantes quisieron deslindarla del vecino municipio de Cicero, al que siempre había pertenecido, porque en años anteriores había sido invadido por católicos de clase trabajadora, partidarios de la existencia de locales donde se sirvieran bebidas alcohólicas2.

La madre de Hemingway se llamaba Grace Hall. Mujer hedonista y consentida, alta y voluminosa, había nacido en Chicago pero era descendiente de ingleses, tal y como delataban sus ojos azules y tez blanquecina. El padre de Grace presumía de tener músicos de gran talento entre sus antepasados, y aunque había nacido en Londres, las dificultades económicas lo habían empujado a cruzar el Atlántico y trasladarse a Dyersville, Iowa. Durante algunos años, Ernest Hall hizo trabajos esporádicos a la orilla del Mississippi, luchó en la Guerra Civil con el ejército de la Unión, y cuando fue herido de bala en circunstancias nunca del todo esclarecidas (se rumoreaba que podía haber desertado, ya que la herida no se había producido en el transcurso de batalla alguna), se trasladó a Chicago. Allí, decidido a ganar dinero, se involucró en el negocio familiar de su esposa, una empresa de venta al mayor de cubertería.

Conocida por su fuerte personalidad, Grace siempre envidió la libertad con la que creció su hermano menor por el hecho de ser varón, y en una ocasión le robó el velocípedo. Sin pedirle permiso se puso uno de sus pantalones y salió a rodar por el vecindario a lomos de aquella rudimentaria bicicleta, dejando a su paso más de un comentario de asombro. Pocas veces en la Norteamérica de 1880 se había visto a una mujer vestida como un chico, pedaleando por la calle con expresión desafiante. Durante sus años de madurez Grace seguiría luchando contra las discriminaciones por motivo de sexo, y se convertiría en una de las primeras abogadas del sufragio femenino en Oak Park.

En el hogar de Grace, en Chicago al principio y más tarde en Oak Park, la música tuvo siempre un papel preponderante. Su madre había sido propietaria de un órgano que salvó de las llamas con sus propias manos, estando embarazada de un mes de Grace, en el transcurso del trágico incendio de Chicago en 1871. Convencida de que su hija tenía unas dotes musicales excepcionales la dispensó de aprender labores domésticas, la apuntó a clases de canto, violín y piano, y cuando acabó la educación secundaria, Grace renunció a ir a la universidad y se quedó en casa estudiando idiomas, participando en el coro de la iglesia y perseverando en sus lecciones de voz, preparándose para convertirse, un día, en cantante profesional de ópera. La primera y única gran oportunidad le llegó poco después de la muerte de su madre, en 1895. Sin permitir que su reciente orfandad la detuviera, se trasladó a Nueva York y empezó a tomar lecciones con Louisa Cappiani. Hizo unas pruebas de acceso en la Metropolitan Opera, y para pagar las clases, accedió a actuar una noche en el Madison Square Garden. Al parecer, Grace lo pasó muy mal durante el concierto, al tener que cantar bajo los focos de aquella sala imponente. De pequeña había sufrido escarlatina, y afirmaba que la enfermedad la había dejado muy sensible a la luz. Aquella primera aparición sobre un gran escenario sería también la última. El verano siguiente viajó por Europa con su padre, y a la vuelta, renunció a su carrera como cantante profesional.

Que no llegara a triunfar en el mundo de la ópera no significa que Grace se conformara con casarse, tener descendencia y llevar una vida de privaciones, a la sombra de su marido. A pesar de acabar fundando una extensa familia siguió dando recitales privados de ópera o clases privadas de canto, y llegó a componer y registrar algunas canciones, que le reportaron modestas sumas en concepto de derechos de autor. En todo momento se rodeó de criados y se comportó como una dama de la sociedad inglesa. Durante el viaje que hizo con su padre por Europa hizo acopio de un abundante ajuar de boda, que incluía vestidos, sombreros y treinta y cinco pares de guantes. Leicester, el hermano menor de Hemingway, recordaba en su autobiografía: «desde el principio hubo en casa profusión de criadas y servicio doméstico. Y es que al margen de cantar nanas o dar de mamar, nuestra madre carecía de aptitudes domésticas. Odiaba los pañales, los malos modales, las diarreas, limpiar la casa o cocinar»4. En una entrevista publicada en 1978, otra de las hermanas de Hemingway, Sunny, afirmaba: «Cuando entraba en una habitación todo el mundo se la quedaba mirando. Era el elemento destacado y creativo de la familia, en muchos sentidos como el propio Ernest»5. En ocasiones, para resarcirse de sus obligaciones familiares, Grace viajaba sola a California para visitar a su hermano, o llevaba a uno de sus hijos a la isla de Nantucket, en la costa del Atlántico. Creía que era importante dedicarle a cada uno algunos días de atención exclusiva, así que en 1909 hizo el viaje por primera vez con Marcelline, la primogénita, y en 1910 lo repitió con Ernest. Aquella fue la primera vez que Hemingway se bañó en el mar, y también la primera ocasión en que se ejercitó en la pesca en agua salada. De vuelta en Oak Park, animado por su profesora de literatura, se inspiró en el viaje para escribir un cuento breve de temática marina, titulado «My first sea vouge» (sic).

Antes de que Hemingway supiera leer, Grace ya le había hecho memorizar citas en latín o alemán o fragmentos de poemas célebres. En 1913, cuando empezó su educación secundaria y ella supo que tendría clases de latín, le obligó a asegurarse una buena nota tomando clases adicionales en casa. A iniciativa de Grace, Ernest aprendió a tocar el cello, y a los nueve años ya había visto más de una producción de la Chicago Opera Company. Fue también ella quien le ayudó a ensayar para las funciones teatrales en la escuela, y quien llevó a los seis hermanos al mejor museo de la ciudad, el Art Institute, o a escuchar a la Orquesta Sinfónica, dirigida por Frederick Stock, en el Orchestra Hall. Tanto Chicago como Oak Park contaban con una importante oferta cultural, y Grace estaba decidida a que sus hijos le sacaran provecho. Sin embargo, los desvelos de Grace por educar a sus hijos en un ambiente suburbano y refinado no pudieron impedir que Hemingway se aburriera en Oak Park y sucumbiera a la pasión por la naturaleza que le inculcó su padre, Clarence Edmonds, «Ed» Hemingway.

Ed era el hijo de Anson Hemingway, un hombre piadoso que, después de luchar contra los estados del sur en la Guerra Civil americana, intentó mantener a su familia trabajando para una sucursal de la YMCA. Fundada en Londres en 1844 por Sir George Williams, la Young Men’s Christian Association fue un intento de paliar, en plena Revolución Industrial, las inhumanas condiciones de trabajo, así como la propensión al juego y a la bebida de los jóvenes ingleses6. A la sucursal de Chicago nunca le faltaron ciudadanos necesitados, pero Anson, que tuvo seis hijos, se vio obligado a renunciar a su vocación y a asegurarse un salario mejor. Después de dejar la YMCA fundó una exitosa agencia inmobiliaria, y poco después pudo trasladar a toda su familia a Oak Park, a una casa situada justo enfrente de la de los Hall.

Ed Hemingway heredó de su padre la voluntad de servir al prójimo. En sus horas libres llevaba a sus hermanos a observar el campo, y a fuerza de curar pájaros heridos se interesó por el mundo de la medicina, carrera que estudió en el Rush Medical College de Chicago. El futuro doctor llevaba algún tiempo escribiéndose con Grace Hall, la cantante de ópera que vivía al otro lado de la calle, cuando la madre de ésta enfermó de cáncer. Un médico de Oak Park tomó a Ed como asistente, y dejó que fuera él quien visitara periódicamente a la paciente, lo que contribuyó decisivamente a que se ganara el afecto de su hija. Tan pronto como Grace renunció a su carrera como cantante, se casó con Ed en la Primera Iglesia Congregacional de Oak Park, el 1 de octubre de 1896.

El doctor Hemingway era conocido por su hiperactividad. Aparte de atender a pacientes en su propia consulta trabajaba como obstetra en un hospital local y era voluntario en un orfanato. Le encantaba cocinar y asegurarse de que nunca faltara de nada en la despensa familiar, y como no podía contar con Grace para que lo ayudara en los fogones, algún paciente lo llegó a ver en plena consulta llamando a su casa por teléfono, para ordenar que retiraran un pastel del horno. Cuando Ernest y su hermana Marcelline empezaron a estudiar biología en la escuela, Ed creó un club de excursionismo científico, y todos los sábados se llevaba a la clase entera a pasear por las orillas del río Des Plaines, a que los chicos aprendieran a identificar flores, insectos y pájaros. Incluso en Chicago se las arregló para encontrar un lugar donde los chavales pudieran sentirse un poco más cerca de la naturaleza: el Museo de Historia Natural, que ocupaba uno de los edificios erigidos para la Exposición Universal de 1893. Ernest nunca se cansaba de recorrer la sala de fauna africana, llena de felinos disecados. En la década de los 30 debió de pensar mucho en su padre, cuando por fin tuvo ocasión de verlos, en su hábitat natural, en compañía de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer.

El incansable Ed también coleccionaba puntas de flecha y otros artefactos de las tribus indias vecinas, disecaba búhos o ardillas, y era un consumado pescador y cazador. Aparte de tener una gran puntería, dominaba todas las técnicas de supervivencia en la naturaleza, y a la hora de transmitírselas a sus hijos no estableció diferencias entre niños y niñas. Gracias a él, todos aprendieron a identificar bayas o plantas comestibles, a todos les enseñó a comer ancas de rana, tortuga, paloma, codorniz o marmota.

La mayor parte de aquel aprendizaje tuvo lugar en Michigan, a las orillas del lago Walloon, en una casa de veraneo que la familia había comprado cerca de la población de Petoskey. La casa, bautizada por Grace con el nombre de Windemere, se iluminaba con lámparas de aceite y tan sólo contaba con chimeneas para proveerse de calor en las frías noches de otoño o primavera. El horno era de leña, y había que utilizar una bomba de mano si uno quería agua para cocinar. Allí, en ese remoto entorno de lagos azules y umbríos bosques de abetos, Hemingway fue más feliz que en ningún otro lugar durante sus años de infancia y juventud. Hasta el día su muerte conservó Grace unos álbumes, en los que había recopilado fotografías, recuerdos y anotaciones relativas a cada uno de sus hijos. En una de las dedicadas a Ernest, fechada en junio de 1902, escribía: «Ernest Miller, a los dos años y once meses, ha ido a pescar con dos hombres –su padre y el señor Glotfelty. Ha cogido el mayor pez del grupo. Cuando pican lo sabe de inmediato, y sabe cobrarse las piezas él solo. Dispara bien con la escopeta, sabe montarla y cargarla él solo; camina una milla y media con facilidad…»7.

Cada verano, todo el clan Hemingway se ponía en movimiento hacia el norte, primero en tren desde Oak Park hasta Chicago, luego a bordo de alguno de los lujosos barcos de vapor que, como el Manitou, recorrían el Lake Michigan en dirección a Harbor Springs. El viaje a bordo del Manitou duraba 24 largas horas, y el precio del billete era de 5 dólares en 1898. Las comidas, al igual que los camarotes con literas, tenían que pagarse aparte. Una vez en Harbor Springs, se subían a otro tren hasta Petoskey, hacían transbordo, cogían un nuevo tren hasta Walloon Lake, y desde allí, otra pequeña embarcación de vapor de doble cubierta, The Tourist, los llevaba hasta su casa, a la orilla del lago8.

Grace disfrutaba a su manera de aquellas largas estancias en Windemere. Ella también tenía un arma de fuego, un Winchester 22. En una foto, se la ve a la orilla del lago, sosteniendo un lucio de tres kilos y medio que había pescado. Cuidaba de sus hijos más pequeños, le gustaba nadar siempre que su esposo no estuviera muy lejos, o lo acompañaba en sus paseos vespertinos en barca, que amenizaba con alguna de sus canciones mientras él remaba. Incluso compuso una canción inspirada en el lago Walloon, que tituló «Beautiful Walloona», y que una compañía de Chicago registró a su nombre. No obstante, en la casa del lago no era tan feliz como en la ciudad, donde podía pasar más tiempo a solas y entregarse a las actividades artísticas que tanto le agradaban. Para que el peso de las tareas domésticas no recayera excesivamente en ella durante el verano, la familia se llevaba empleados domésticos o buscaba ayuda entre los habitantes de la zona, a pesar de lo cual el doctor Hemingway seguía manteniendo una frenética actividad dentro y fuera de la casa, haciendo visitas gratuitas a los indios de las reservas vecinas, encargándose de las comidas, o llenando la despensa de conservas de fruta o verdura.

En años sucesivos, Hemingway nunca dejaría de recordar que fue su padre quien le enseñó a amar la naturaleza y valerse por sí mismo en la intemperie. Nick Adams, alter ego de Hemingway en los cuentos autobiográficos ambientados en Michigan, recordaba en «Fathers and Sons», publicado en 1933, la prodigiosa vista del viejo doctor, que le permitía determinar, desde una orilla del lago, si en la orilla opuesta la bandera de la casa había sido izada o si una de sus hijas había caminado hasta el extremo del embarcadero, mientras él apenas distinguía a ver la arena blanca de la playa. Nick, que ya había cumplido los treinta y ocho años, afirmaba en el relato que su pasión por la pesca o por la caza no había remitido en ningún momento, y se mostraba muy afortunado porque su padre se la hubiera inculcado. Siempre se acordaba de él cuando llegaba el otoño, cuando veía mazorcas de maíz o contemplaba un lago. Su imagen se le aparecía, de manera inesperada, en huertos abandonados o en campos recién arados, caminando entre matorrales, en pequeñas colinas, cuando rompía ramas para hacer leña o transportaba agua. Junto a molinos de piedra, barricas de sidra, presas, e infaliblemente ante cualquier hoguera bien encendida.

Windemere, Lake Walloon y las poblaciones circundantes tienen un protagonismo destacado en los primeros cuentos de Hemingway. Recogidos en In Our Time (1925) o en Men Without Women (1927), son relatos de enorme precisión y economía de medios, que nunca incluyen descripciones excesivamente detalladas de los paisajes de Michigan. Los lagos y montañas, los senderos o interiores de las cabañas, los paseos en carreta y en canoa o los encuentros con la fauna o los indios de la zona, evocados siempre de manera lacónica, son el telón de fondo de dramas latentes, apenas insinuados, de diálogos fríos y cortantes, carentes del menor atisbo de sentimentalismo.

En «Indian Camp», a bordo de una canoa, Nick acompaña a su padre y a unos indios a través del lago a asistir a una mujer que se encuentra de parto desde hace dos días. La mujer está gimiendo en una cabaña, en la cama inferior de una litera. En la parte superior yace su marido, que también lleva varios días soportando el dolor de una herida de hacha. De forma diligente el padre de Nick le practica una cesárea a la mujer india, y antes de marcharse, acerca su lámpara a la cama superior, para echarle un vistazo al esposo. Cuando levanta la manta ve que el hombre se ha cortado el cuello de lado a lado, y que la sangre lo ha empapado todo. De vuelta hacia el lago, el doctor le pide a Nick que le disculpe por haberle pedido que le acompañara. Cuando le Nick le pregunta por qué se ha matado el indio, el doctor le contesta «No lo sé, Nick. No podía soportar las cosas, imagino». El intercambio de frases resulta doblemente sobrecogedor, si uno piensa en las circunstancias que acabarían rodeando las muertes del propio Hemingway y de su padre. Al final del cuento, padre e hijo emprenden el camino de regreso a casa: «Estaban sentados en la barca, Nick en la popa, su padre a los remos. El sol estaba saliendo por encima de las colinas. Un pez dio un salto y trazó un círculo en el agua. Nick sumergió una mano en el agua. Le pareció cálida en el intenso frío de la mañana. En la madrugada en el lago, sentado en la popa de la barca mientras su padre remaba, se sintió bastante seguro de que nunca moriría»9.

En «The End of Something», Nick y su novia Marjorie se desplazan en canoa por un lago y observan las ruinas de un aserradero en Hortons Bay. El cuento empieza con una breve crónica del declive económico de la zona: un día, unas barcazas habían recogido los últimos troncos y toda la maquinaria que podían transportar, y se dirigieron hacia el interior del lago, «llevándose consigo todo lo que había hecho que el aserradero fuera un aserradero y Hortons Bay un pueblo». Nick y Marjorie llevan la canoa hasta la orilla, donde después de pescar truchas encienden un fuego y se disponen a cenar, sentados sobre una manta. Marjorie nota que Nick está raro, y le pregunta qué le ocurre. Nick le responde: «Ya no es divertido. No hay nada que lo sea». Ella le pregunta «¿El amor no es divertido?» «No», contesta Nick. Marjorie se levanta, y se dispone a hacer sola el camino de vuelta en canoa. Cuando Nick se ofrece a empujar la embarcación lago adentro, ella le responde que no es necesario. Nick se vuelve a tumbar sobre la manta, y oye cómo Marjorie se aleja remando10.

En otro de sus primeros relatos, «The doctor and the doctor’s wife», Hemingway mostraba abiertamente cómo percibía la relación entre su padre y su madre. En ningún momento trataba de disimular cuál de los dos le resultaba más antipático, y cuál más merecedor de compasión. En el cuento, un matón llamado Dick Boulton va a la propiedad del padre de Nick acompañado de otros dos indios para serrar, a petición del doctor, unos troncos de abedul que la corriente ha arrastrado hasta allí. Los troncos se han desprendido de alguna de las barcazas que los transportaban, pero la compañía propietaria de las barcazas le resultaría demasiado caro enviar a un equipo a recuperarlos, así que el doctor quiere desenterrarlos de la arena y convertirlos en leña. Cuando todavía no se ha puesto manos a la obra, Dick insinúa que el doctor ha robado los troncos. El padre de Nick, ofendido, le ordena que recoja sus cosas y se vaya. Dick desafía al padre, y cuando parece que la discusión sólo puede terminar de forma violenta, el doctor se retira al interior de la casa. Su esposa, que se encuentra en el dormitorio, estirada en la cama y con las persianas bajadas, quiere saber qué ha ocurrido. El padre de Nick se sienta en una cama, y mientras limpia un fusil, le explica que el matón le debía dinero, y que ha provocado la discusión para no tener que trabajar y saldar su deuda. Su esposa le responde que no cree que nadie sea capaz de hacer una cosa así. Enfadado, el padre sale del dormitorio sin replicar, y su esposa le dice que quiere hablar con Nick. El doctor abre la puerta de tela metálica que conduce al porche, y cuando ésta se cierra de forma ruidosa oye a su esposa, que parece haberse sobresaltado. Se acerca a la ventana del dormitorio, y a través de las persianas cerradas, le pide perdón por el portazo. Se aleja de la casa en dirección al bosque, y se encuentra a Nick, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol, leyendo:

–Tu madre quiere que vayas a verla– le dijo el doctor.

–Yo quiero ir contigo – dijo Nick.

–Muy bien. Vamos, entonces –respondió su padre–. Dame el libro. Me lo pondré en el bolsillo.

–Sé dónde hay ardillas negras, papá –dijo Nick.

–Muy bien –dijo su padre–. Llévame allí11.

En otro cuento, «The three-day blow», el padre de Hemingway vuelve a ser retratado como un personaje reprimido, amargado por las privaciones a las que se ha visto sometido. Nick está bebiendo whisky en una cabaña junto a un lago, en compañía de su amigo Bill.

–Mi viejo es un buen hombre –dijo Nick.

–No te quepa duda –dijo Bill.

–Él asegura que no ha bebido un solo trago en su vida –dijo Nick, como anunciando un hecho científico.

–Bueno, es que es médico. Mi padre es un pintor. Es diferente.

–Se ha perdido muchas cosas –dijo Nick con tristeza.

–Nunca se sabe –Bill dijo–. Todo tiene sus compensaciones.

–Él mismo dice que se ha perdido muchas cosas –confesó Nick12.

«De todos los hombres que he conocido –afirmaba John Dos Passos en su autobiografía, Años inolvidables– Hem es el único que realmente odiaba a su madre»13. El coronel Charles T. Lanham, que trató a Hemingway durante la Segunda Guerra Mundial, afirmaba lo mismo, si bien en términos aún más duros: «Desde mis primeros días con EH siempre se refirió a su madre como ‘esa puta’. Mil veces debió de decirme cuánto la odiaba y de cuántas maneras»4. Relatos como «The Doctor and the Doctor’s Wife» arrojan algo de luz sobre los motivos que pudieron llevar a Hemingway a detestar hasta tal punto a Grace Hall: no le perdonaba que hubiera impuesto su voluntad sobre la de su padre. Cuando se casaron, los padres de Hemingway no se instalaron en una casa propia, sino en la de Ernest Hall, el abuelo materno del escritor, que acababa de enviudar. Grace había sido muy consentida durante su niñez, y quiso mucho más a su padre que a su marido. Mientras todos vivieron en casa del abuelo, éste bendijo cada comida y seis días a la semana presidió una pequeña misa, a la que hasta los empleados domésticos debían asistir. El padre de Hemingway, por su parte, parecía decidido a competir en severidad con su suegro, y observaba el Sabbath a rajatabla. Ese día se prohibía jugar a las cartas o visitar a amigos. Ed no podía soportar que sus hijos estuvieran con los brazos cruzados. Cuando los sorprendía inactivos, en seguida encontraba la manera de ocuparlos de alguna manera. Grace, en cambio, pensaba que las horas de inacción eran muy útiles, abono indispensable para las mentes creativas. Hay quien sospecha que la rigidez o hiperactividad del padre de Hemingway escondía en realidad miedo a no poder afrontar los numerosos gastos que generaba una familia como la suya, en constante aumento. Ed Hemingway había sido testimonio de las dificultades económicas de su propio padre mientras trabajó para la YMCA, y durante los primeros meses de su matrimonio ganó menos como médico que Grace con sus clases privadas de canto. En años posteriores, una vez posicionado profesionalmente, su talante servicial y altruista hizo que dejara de cobrar a más de un cliente, convencido como estaba de que todos acabarían pagando, si habían quedado satisfechos con su trabajo.

1905 fue un año de importantes cambios en el hogar de los Hemingway. El padre de Grace contrajo una gripe que degeneró en nefritis, y cuando murió, Grace decidió vender la vieja casa y construir otra, mucho más amplia y costosa. Después de leer algunos libros sobre arquitectura se implicó a fondo en el diseño del nuevo domicilio, que sería erigido en la esquina de Kenilworth Avenue con Iowa Street. El verano de 1906 se quedó en Oak Park supervisando las obras mientras el resto de la familia veraneaba en Windemere, y en agosto, el doctor Hemingway llevó a los niños de vuelta a Chicago para que pudieran hacer el traslado, a tiempo para el inicio del nuevo curso escolar. La casa tenía un amplio sótano, ocho dormitorios, una cocina con armarios empotrados (un concepto revolucionario en la época), sala de estar, un despacho donde el doctor podría visitar a sus pacientes, y sobre todo una imponente sala de conciertos, con las mejores condiciones acústicas de la época, cinco metros de altura y dos pisos. Hasta trescientos invitados llegaron a ocupar su interior para presenciar alguno de los recitales de Grace15.

No contenta con la nueva casa de Oak Park, en 1919 Grace decidió construirse una pequeña edificación en lo más alto de un terreno adicional que la pareja había comprado a la orilla de Lake Walloon. Los siguientes veranos siempre encontraría alguna excusa para cruzar el lago, y pasar en su nuevo retiro días enteros en soledad, alejada del bullicio familiar de Windemere. En una carta escrita en aquella época se defendía de los reproches de su esposo, alegando que pensaba pagarse ese nuevo capricho con su propio dinero, y que en ese momento de su vida necesitaba un lugar donde refugiarse. En su autobiografía de 1962, Marcelline la recuerda diciendo: «Valdrá la pena vivir sin agua ni comida para disfrutar de paz, silencio, y un lugar donde poder estar sola. Os quiero mucho a todos, pero ocasionalmente, necesito descansar de todos vosotros para poder seguir adelante»16.

En lugar de contribuir con su dinero al presupuesto familiar, Grace seguía incurriendo en gastos que el doctor Ed y el propio Hemingway consideraban innecesarios. En alguna de las cartas a su primera esposa, Hemingway afirmaba que al invertir todos sus ahorros en aquella segunda residencia en Lake Walloon, su madre le había privado de una educación en Princeton17. En la colección de relatos titulada Men Without Women, publicada en 1928, el novelista incluyó un relato en el que insinuaba que, con el pretexto del traslado a la nueva casa de Oak Park, su madre había destruido sin permiso objetos personales de su padre, de enorme valor sentimental. En el cuento, ambientado en la Primera Guerra Mundial y titulado «Now I Lay Me», un teniente de los Estados Unidos llamado Nick sufre de insomnio, y en la oscuridad de una fábrica de seda a algunos kilómetros del frente italiano rememora el ático de la casa donde había nacido, donde su padre aún conservaba unos frascos de formol, en los que había sumergido serpientes y otros animales encontrados en el transcurso de sus excursiones por el campo. Parte del alcohol se había evaporado con los años, y el teniente recordaba la piel blanca de las culebras, que había quedado parcialmente al descubierto. El protagonista del cuento recuerda que después de la muerte de su abuelo se trasladó a una casa que su madre había diseñado. Las cosas que no debían trasladarse al nuevo domicilio fueron quemadas en el jardín, y el teniente evoca los frascos del ático en el centro de la hoguera, cómo se inflamaba el formol, y cómo ardían las serpientes en el fuego. No puede asegurar quién quemó todo aquello, pero sí recuerda que su madre se pasaba la vida limpiando y tirando cosas. Un día, mientras su padre se encontraba de caza, su madre hizo limpieza en el sótano, y encendió una gran hoguera en la calle. A su vuelta, el padre se acercó a la fogata, apartó algunas cenizas con el pie, y le pidió a Nick que trajera un rastrillo. Empezó a remover entre las brasas, y retiró hachas y cuchillos de piedra, puntas de flecha y fragmentos de cerámica. Más tarde lo extendió todo cuidadosamente sobre la hierba, y lo depositó sobre un papel de periódico. «Las mejores puntas de flecha están hechas añicos», le dijo el padre apenado18.

No sería justo basarse únicamente en la perspectiva de Hemingway para juzgar a Grace Hall o a Ed Hemingway. El odio que el novelista profesaba a su madre no era compartido por todos sus hermanos. En general, las niñas tendían a juzgarla con mayor condescendencia que Ernest o Leicester. En 1979, Carol Hemingway, la más pequeña de la familia, le dijo a Bernice Kert: «Si había un desequilibrio era que mi padre estaba enamorado en mayor medida que ella de él. No es que ella no lo quisiera, pero tenía una mayor confianza en sí misma. Tenía un gran sentido de libertad, asociado a una gran seguridad. Tal vez él la necesitara más, es posible que incluso la admirara en ocasiones, pero ella dependía de él por su solidez»19. Tampoco sería justo pensar que el padre estaba libre de defectos. En ocasiones el doctor Hemingway se desahogaba con sus hijos, y expresaba su propia infelicidad con repentinos cambios de humor, que degeneraban en desproporcionados castigos y reprimendas a sus hijos. En su autobiografía, Marcelline afirma: «Los hoyuelos y la encantadora sonrisa de mi padre podían transformarse en un instante… A veces el paso de la alegría a la severidad era tan abrupto que nos cogía desprevenidos… papá nos podía tener sentados a su regazo, riendo y hablando, y un minuto después, a causa de algo que alguien había dicho o hecho, nos mandaba a nuestra habitación o nos dejaba sin cenar. A veces nos azotaba con violencia… Y después del castigo, siempre nos decía que nos pusiéramos de rodillas, y que le pidiéramos a Dios que nos perdonara» 20. El propio Hemingway reconocía lo injustificado de los arrebatos de ira del doctor en «Fathers and Sons», pero seguía sin perdonar a la madre cuando afirmaba, a través de su alter ego, Nick Adams, que su padre había sido «cruel y víctima de maltratos al mismo tiempo».

Miró reflejó en «La masía» una sensación general de alegría y ligereza. La casa de Mont-roig donde pasaba los veranos parece un universo mágico, eternamente bañado por un sol benigno y transparente. En el cuadro, la actividad agrícola nunca se detiene, las plantas crecen y dan sus frutos, los animales corretean libremente y se reproducen. Hemingway, en cambio, transmitió una imagen más gélida y sombría de los espacios naturales de Michigan, de la casa o el lago donde transcurrieron sus primeras vacaciones estivales. En sus relatos, son escenario de frecuentes tragedias, inconcebibles por su brutalidad. En «Now I Lay Me», Nick Adams, traumatizado por una herida sufrida en combate, teme a la oscuridad, y aunque a ratos consigue rememorar días felices de pesca junto al río, hay días en los que le asaltan los más negros recuerdos de infancia. ¿Es posible que Hemingway se alimentara del optimismo y la ingenuidad que desprende «La masía» como el insomne que, para mantener a raya sus demonios, se aferra a la promesa de un nuevo día sin rastro de nubes?

4. PRIMEROS CUADROS, PRIMERAS CRÍTICAS, 1914-1917

El verano de 1917, transcurrido como de costumbre en Mont-roig, entre paseos por el campo, gimnasia en la playa y largas horas de trabajo frente al caballete, fue especialmente productivo para Miró. En unos meses iba a celebrar su primera exposición individual en las Galerías Dalmau, y redobló sus esfuerzos para tener obra suficiente. «Este verano –escribía desde Tarragona a mediados de septiembre– he trabajado mucho y he conocido muchos pueblecitos y montañas. He trabajado siempre en paisaje, a excepción de una joven de Ciurana y unas mujeres sentadas, jugando a las cartas. Todo lo otro, pinturas de paisaje, de emoción muy diferente la una de la otra y de ejecución también diferente»1. Ya en Barcelona, el 1 de octubre, escribía otra carta, anunciando que había completado catorce telas, y que todas ellas cabrían en la galería de Dalmau: «me parece que son interesantes, aunque todas ellas inacabadas. Me parece que cuando tenga 70 años comenzaré a hacerlo bien»2.

Son notables, en efecto, las diferencias entre unos cuadros y otros. «Ermita de Sant Joan d’Horta», «Prades, el pueblo», «Mont-roig el río», o dos de las tres telas ejecutadas en Siurana, «Siurana, la iglesia» y «Siurana, el camino», son cuadros de colorido decididamente fauve, con algún elemento ligeramente cubista. «Calle de Prades» y «Siurana, el pueblo» tienen tonos más apagados y repetitivos, el primero de gamas más verdes y azules, el segundo de tonalidades más ocres, verdes o marrones, como en un Braque o un Cézanne. Por último, «Mont-roig, el puente» parece anunciar las telas que Miró ejecutará el verano siguiente, mucho más minuciosas y detallistas. Como justificando esa variedad de estilos, en la ya mencionada carta de septiembre de 1917, Miró había escrito: «Es remarcable, tristemente, ver que un hombre sea el mismo cuando vive en un paisaje, pueblo y montañas, agriamente estructuradas, que cuando vuela por un paisaje en el que todo es lirismo de color y música. Todo lo conmueve igual, habla de la misma manera y es el mismo, pinta igual… El hombre opuesto, el que en cada árbol y en cada trozo de cielo ve un problema diferente, este es el hombre que sufre, quien siempre camina y nunca puede sentarse, es quien siempre va cayendo y se levanta siempre de nuevo… siempre dice aún no, aún no tengo bastante…»3.

El peso de Matisse, Van Gogh, Cézanne, Gleizes o Van Dongen es indiscutible en la obra que realizó Miró entre los años 1914-1917. Pasó aquella primera época en terreno de nadie, tomando prestado de aquí y de allá. De forma indiscriminada se sirvió del puntillismo, de la estridencia cromática del fauvismo o del cubismo, que nunca llegó a adoptar del todo. En cualquier caso, como si intuyera que algún día daría con un estilo personal, se mostraba convencido de que el deber de todo pintor era encontrar una voz propia, más allá de toda escuela o tendencia. «El arte que vendrá –escribía en 1917– después del grandioso movimiento impresionista francés y de los liberadores movimientos postimpresionistas, el cubismo, el futurismo, el fauvismo, tiende a emancipar la emoción del artista y a darle una absoluta libertad. Creo que mañana no tendremos ninguna escuela acabada en «ismo»… Al espíritu libre cada cosa de la vida le producirá su diferente sensibilidad, y querremos ver, tan sólo, a través de la tela, la vibración de un espíritu, vibración muy heterogénea»4.

A la hora de enfrentarse al modelo femenino en las escuelas de Barcelona, los dibujos, inicialmente dominados por los volúmenes y las sombras, fueron dando paso a retratos más esquemáticos, vacíos y decididos, con líneas de inspiración cubista. Los cuadros también siguieron una tendencia progresiva hacia la concreción o la simplificación. En las telas de 1914, como «El botijo» o «Mas d’en Poca», una de las masías contiguas al Mas Miró de Mont-roig, los motivos tan sólo se intuyen entre vahos de color, son apenas espectros difusos: «A la edad de veinte años –recordaba el propio Miró– hice pintura divisionista, como en la tela «El Pagés», de 1912. Sólo veía una irradiación de la forma en el espacio, los colores eran como cohetes. El color, en suma, desaparecía, y se convertía en fuegos de artificio» 5. Mucho más definidos son otros paisajes de Mont-roig, como uno de 1914, hoy en manos de un coleccionista japonés, claramente puntillista6; otro de 1916, titulado «La playa de Mont-roig», de pinceladas violentas, donde los elementos más destacados son un velero y un pino de copa ovalada, o un tercero, de 1916, titulado «Mont-roig. Sant Ramon». En este último, el motivo es uno de los rincones favoritos del pintor, una ermita con aspecto de bunker, encaramada a uno de los precipicios de la montaña de piedra rojiza que se alza a las afueras de Mont-roig. Algunos metros más abajo hay otra ermita de mayor tamaño, la de Mare de Déu de la Roca, donde en diferentes épocas ha sido posible dormir y comer por poco dinero. A Miró le gustaba recorrer a pie el largo camino que discurría entre la casa de sus padres y la ermita. Era un paseo considerable, con una fuerte cuesta arriba en su parte final, que en su vejez haría en coche, acompañado por Francesc Solé, su fiel chófer, a quien todo el pueblo llamaba Lo Rumàtic. «Mont-roig. Sant Ramon» parece una composición cubista, pero es mucho más figurativo de lo que pueda imaginarse. Desde la base de la cima sobre la que está edificada la ermita se hace difícil determinar hasta qué punto es una creación de Cézanne o de Picasso, y hasta dónde una prolongación natural de la montaña, tan castigada por la erosión y rica en aristas, cuevas u orificios.

La primera exposición individual de Miró tuvo lugar entre el 16 de febrero y el 3 de marzo de 1918, en el sótano de la galería que Josep Dalmau tenía en el número 18 de la calle Portaferrissa. Colaboró en la organización de la muestra Pere Mañach, que había sido marchante de Picasso. Se expusieron 64 pinturas y dibujos, ejecutados entre 1914 y 19177. Con anterioridad, el público de Barcelona sólo había tenido ocasión de ver cuatro telas de Miró. La primera el 20 de julio de 1911, en la VI Exposición Internacional de Arte, donde había conseguido mostrar «Roquis de Miramar (Mallorca)». Otros tres cuadros suyos habían sido incluidos en diciembre de 1913, en la VIIIª exposición colectiva del Cercle Artístic de Sant Lluc en la galería Parés8.

En aquella primera muestra individual en la Galería Dalmau no se vendió un solo cuadro. Más tarde, para que Miró pudiera permitirse un primer viaje a París, que esperaba realizar un año más tarde, Dalmau adquirió el fondo completo. A modo de catálogo, se editó un díptico con la relación de las obras publicadas, y un caligrama en la portada, obra de Josep María Junoy, que jugaba con las iniciales del apellido Miró (forta pictòrica Matèria Impregnada d’una Refractabilitat cOngestionant / fuerte pictórica Materia Impregnada de una Refractabilidad cOngestionante).

Coincidiendo con el inicio de la muestra, Miró escribió en una carta que Barcelona estaba «en estado de guerra: No en vano han tolerado que Miró exponga en Dalmau»9. Para expresar su oposición a la muestra, un grupo anónimo le envió una carta abierta, que firmaban «los visitantes congestionados», y que criticaba duramente las obras expuestas: «¡Mire que es malo, todo aquello, señor Miró!... vaya a aprender a dibujar y haga narices, muchas narices, y sobre todo… no pinte; pinte paredes, pero no ensucie telas, porque se hará más cubista que rico»10. Alguien fue incluso más lejos, y destruyó alguna de las obras expuestas. Miró lo contaba hacia el final de su vida, en una entrevista que concedió en 1978: «Mi primera exposición en Barcelona, a principios de 1918, tuvo lugar en la Galería Dalmau (¡formidable tipo, Dalmau, loco, genial, previsor, aventurero!) y constituyó un rotundo fracaso, del que, no obstante, saqué una clara enseñanza: la gran capacidad de provocación, de irritación, que lleva consigo una cosa tan inocente, en apariencia, como la pintura. En aquella lejana exposición barcelonesa, la ira indujo a alguien a destruir algunos de mis cuadros. Desde entonces, he estado siempre por la agresividad»11.

Las reseñas publicadas por la crítica fueron dispares. Desde las páginas de El Liberal, Antonio Vallescà afirmaba: «Pocas veces se habrá dado a conocer un artista con tanta impetuosidad y tan vivas muestras de inquietud… En el conjunto de obras expuestas, muéstranse ostensiblemente las tendencias y preocupaciones del autor hacia todas las variantes de la pintura ultramoderna. … Sin embargo, por encima de todas esas modalidades…. afírmase rotundamente un temperamento de pintor». Otro de los partidarios de Miró era J.V. Foix, que en Trossos escribía: «Entre aquellos que dirigen sus esfuerzos a despertar una nueva sensibilidad… diremos el nombre de los nuestros: JOAN MIRÓ ES DE LOS NUESTROS».

En el campo contrario, las críticas más sangrantes procedían de Joan Sacs, seudónimo del pintor Feliu Elies, que en La Publicitat escribía «Su modernidad… lo es algo gratuitamente… hoy su pintura habla muy torpemente para decir muy poca cosa… este novato parece más propenso que otros al amaneramiento». Pere Oliver, por su parte, escribía en las páginas de Vell i Nou: «tiene un juicio muy claro de la realidad… sólo que lo ha desarrollado con un primitivismo que no siempre es aceptable»12.

La Fundación Miró de Barcelona conserva un documento adicional a propósito de la primera exposición individual de Miró, una carta de Santiago Rusiñol, en la que el viejo maestro le escribió: «visité su exposición de cuadros y dibujos. Me gustó muchísimo. Son unas pinturas de un gusto indiscutible. Le envío mi enhorabuena, deseándole que pueda continuar la carrera brillantemente, tal y como ha hecho al principio»13. ¿Cómo se tomaría el cumplido Miró, que se proponía dejar atrás todo el arte producido hasta entonces? ¿Qué le parecería que una de las reacciones más positivas a la muestra proviniera, precisamente, de un pintor tanto mayor que él?

En las semanas posteriores a su primera exposición Miró volvió a mostrar algunos de sus cuadros en la Galería Dalmau, y más tarde en el marco de la primera Exposición de Arte, celebrada en el Palau de Belles Arts de Barcelona entre el 10 de mayo y el 30 de junio de 1918. En dos cartas escritas al día siguiente de la inauguración en el Palau de Belles Arts, Miró afirmaba que «las autoridades, sobre todo el gobernador, y los artistas…» se habían indignado cuando vieron lo que él exponía14: «Quilos Vázquez exclamó, al ver nuestra pintura, esta frase lapidaria: Si eso es pintar bien yo soy un Velázquez»15. En esta ocasión, en una sala reservada al Cercle Artístic de Sant Lluc, Miró había expuesto tres obras, «Retrato de Ramón Sunyer», «Retrato de Heriberto Casany (El Chófer)» y «Naturaleza muerta con molino de café», y lo había hecho en calidad de miembro de un colectivo de corta vida denominado Agrupación Courbet. Muchos de los afiliados a la Agrupación (Ràfols, Ricart, Llorens Artigas o el propio Miró) eran alumnos del Cercle, y podían disponer de un espacio en la escuela para mostrar sus obras con regularidad16. Paradójicamente, la agrupación, a la que más tarde se añadirían artistas como Torres García y que se disolvería a finales de 1919, se había creado en reacción al conservadurismo del Cercle17.

Una vez más Miró recogió alguna reseña positiva, pero también ataques virulentos por parte de la crítica. En La Revista de 16 de junio, Eduard Puig y Joaquim Folguera escribían: «La Asociación Courbet triunfa, ni que decir tiene, por la modalidad jovencísima que aporta al arte catalán… Joan Miró y y Marian Espinal son los que mejor quedaron esta vez; Miró lleno de defectos y de cualidades, casi tan extraordinario en unos como en otros…». El Correo Catalán de 7 de junio de 1918, publicaba un sesudo y pormenorizado análisis de «Naturaleza muerta con molino de café», dividido en cuatro partes, dibujo y perspectiva, color, procedimiento y escuela. En el primer apartado, el autor preguntaba «¿Por qué el autor de este cuadro, no contento con un punto de vista, prefiere nada menos que cuatro?». En el último, notaba que la sala en donde se exponía el cuadro estaba reservada al Cercle Artístic de Sant Lluc, y afirmaba: «no sabíamos que en el Círculo sus profesores siguiesen y enseñasen las normas que sigue el señor Miró». J.Sacs, por su parte, volvía a la carga desde La Publicidad, y afirmaba: «Miró, tendiendo cada día más al caractericismo, sin tino, ha logrado solo efectos repulsivos»18.

En la correspondencia de aquellos meses, Miró se despedía a menudo con vivas a la Agrupación Courbet, y en ocasiones se mostraba muy combativo, como en una carta escrita el 11 de mayo, en la que afirmaba que él y sus correligionarios habían «quedado bien» en la muestra en el Palau de Belles Arts, y añadía: «A prepararse para el año que viene. La Agrupación Courbet tiene que pasar por encima de todos los cuerpos podridos y fósiles». De hecho, ese espíritu radical y batallador no pasó desapercibido a la prensa del momento. En La Revista de 16 de junio, Joaquim Folguera destacaba la obra de un Miró «ansioso, penetrante, abrupto en su fuerza salvaje»19.

5. ED, GRACE Y ERNEST HEMINGWAY, PADRES E HIJOS

Además de simbolizar la pasión de un pintor por el campo de Tarragona, «La masía» podría considerarse la imagen alegórica de un conflicto generacional. Del choque de voluntades entre un padre y un hijo y la reconciliación, en última instancia, entre ambos. Es de suponer, en la vida de todas las familias autoritarias, un momento crítico en el que los hijos se ven obligados a plegarse definitivamente a los designios de sus progenitores, o a afirmar su personalidad y apartarse del camino que se les había trazado. En casa de los Miró 1911 había empezado mal, con cartas en las que el joven Joan anunciaba su decisión irrevocable de dedicarse a la pintura. El año terminó mucho mejor, con la aceptación, por parte de Miquel Miró, de la resolución de su hijo, y con la compra, por parte de la familia, de la casa de Mont-roig. A partir de ese momento, el joven artista podría entregarse a su única vocación con la aquiescencia de su padre, profundizar en el conocimiento de unas tierras, las del sur de Cataluña, que ya conocía por las visitas a la casa de su abuelo paterno, y constatar, año tras año, hasta qué punto le permitía la tranquilidad del campo trabajar mejor que en la ciudad.

Es posible que en el caso de Hemingway, el distanciamiento hacia sus progenitores empezara a gestarse precisamente en 1911, cuando su padre, con motivo del nacimiento de Carol, la menor de los seis hermanos, dejó de pasar tantos meses en Windemere. Siempre preocupado por la economía familiar, Ed pensaba que las necesidades de cinco hijos ya no le permitirían ausentarse de Oak Park todos los veranos, de principio a fin. Hemingway, por su parte, entraba en la adolescencia, y empezaba a tomar conciencia de la debilidad de carácter de su padre, que una y otra vez había cedido a la voluntad de su madre. A partir de 1916, en el transcurso de los veranos en Lake Walloon, dejó de pasar tanto tiempo con su familia, y trabó amistad con los hermanos Bill y Katy Smith. Ambos eran mayores que él, cuatro y ocho años respectivamente. Hemingway compartió infinidad de libros y noches de borrachera con Bill, y ni siquiera se molestaría en cambiarle el nombre cuando lo hizo aparecer en algunos de los relatos ambientados en Michigan, como «The End of Something» o «The Three-Day Blow». Bill fue durante algún tiempo su principal confidente. A él le admitió que en más de una ocasión durante el verano de 1917, desde el interior de un cobertizo, apuntó con un rifle cargado a su padre, mientras éste trabajaba en el huerto1.

En 1917 Hemingway y su hermana Marcelline terminaron sus estudios de bachillerato, pero sólo Marcelline accedió a matricularse en la universidad. Tanto Ed como Grace habrían querido que Ernest fuera a Oberlin College, pero cuando Grace fue con Marcelline a visitar el campus, situado en Ohio, Hemingway prefirió irse de pesca con un amigo al río Illinois. 1917 fue también el año en que Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial. En poco tiempo, Ernest daría muestras de querer participar de una manera u otra en el conflicto, pero de momento su padre le consiguió un empleo como reportero en el Kansas City Star. Hemingway había escrito con frecuencia en sus años de escuela secundaria, tanto para el periódico como para la revista literaria de su instituto, que se llamaba Tabula, y empezaba a expresar su voluntad de ser escritor. En Kansas empezó cubriendo la política municipal, pero muy pronto consiguió que le permitieran trabajar en las crónicas de sucesos, para lo cual empezó a frecuentar la comisaría de la calle 15 y un hospital que había junto a la vía de tren.

En una carta enviada a sus padres el 15 de noviembre, anunciaba que trabajaría en el City Star unos siete meses, y que después se alistaría: «No podría mantenerme al margen por más tiempo, bajo ninguna circunstancia. Hacerlo hasta entonces ya habrá sido lo bastante difícil» 2. En el periódico había conocido a Theodore Brumback, que después de estudiar en Cornell había conducido ambulancias del American Field Service en Francia. Hemingway, además, leyó la novela de Hugh Walpole, The Dark Forest, cuyo héroe, un inglés, había ido a la guerra como camillero de la Cruz Roja rusa. Todo ello le llevó a enviar una solicitud como conductor de ambulancias a la Cruz Roja americana. En mayo de 1918, mientras estaba de pesca en Horton Bay, recibió un telegrama. Debería presentarse a una revisión médica en Nueva York el día 8 de ese mismo mes.

Hemingway aseguró en más de una ocasión que inicialmente había querido alistarse como soldado de infantería, pero que sus problemas oculares lo habían impedido. Kenneth S. Lynn, en cambio, asegura en su biografía del novelista que no hay documentos que demuestren que Hemingway se hubiera presentado como voluntario en las oficinas del ejército, y que de haberlo hecho, seguramente habría sido aceptado. Al parecer, Harry S. Truman también tenía problemas de visión y había sido reclutado sin mayores problemas3.

A finales de mayo de 1918 viajó por primera vez a Europa a bordo del transatlántico Chicago. Después de desembarcar en Bordeaux pasó algunas horas en París, donde con su amigo Ted Brumback convenció al conductor de un taxi para que les llevara a alguna parte de la ciudad que estuviera siendo bombardeada. En la plaza de la Madeleine, ávido de experiencias, vio cómo explotaba un proyectil al hacer impacto contra la fachada de la iglesia. Pocos días después fue a Milan con otros voluntarios de la Cruz Roja americana, y allí tuvo que retirar los cadáveres y cuerpos mutilados de los trabajadores de una fábrica de municiones. En Schio, al norte de Vicenza, transportó heridos a bordo de rudimentarias ambulancias por las escarpadas carreteras de Monte Pasubio, y en junio se ofreció como voluntario para distribuir café, tabaco, sopa, caramelos y cigarrillos entre las tropas italianas posicionadas en el valle del río Piave.

En la noche del 8 de julio, en Fossalta de Piave, estaba distribuyendo chocolate entre los ocupantes de una trinchera cuando un proyectil austríaco explotó a escasa distancia. La onda expansiva y los fragmentos de metralla lo hirieron gravemente en ambas piernas. El soldado que tenía más cerca había perdido una pierna. La otra apenas pendía de algunos tendones. Hemingway intentó ponerse en pie, pero no lo consiguió. Arrastrándose, le aplicó un torniquete al otro herido, pero al terminar comprobó que había muerto. Cuando unos camilleros fueron a recoger a Hemingway, éste les dijo que se ocuparan de los que hubieran sufrido heridas más graves que la suya, a pesar de lo cual se lo llevaron inmediatamente a la retaguardia. Por su generoso comportamiento, el gobierno italiano le condecoraría con la Medalla de Plata al Valor Militar4.

En ambulancia fue transportado a Fornaci, donde un doctor le extrajo algunos de los fragmentos de metralla de las piernas, y el 17 de julio, después de un largo viaje en tren, fue admitido en el Hospital Croce Rossa Americana de Milán. Cuando llegó en camilla al hospital a mediados de 1917 ya no era el ingenuo estudiante de bachillerato que había salido de Chicago hacía escasas semanas, sino un hombre de imponente presencia física, reafirmado y atractivo, bien educado y predispuesto a los cuidados de las enfermeras, que podía presumir de haber sido herido en combate y de haberse comportado con entereza. Durante su convalecencia se enamoró de una de las enfermeras, Agnes von Kurowsky, y durante casi tres meses mantuvo con ella una relación cada vez más abiertamente amorosa. Nunca dispusieron de la intimidad suficiente para consumarla, pero cuando el 15 de noviembre Agnes tuvo que abandonar Milán y acudir a su nuevo destino, Hemingway estaba decidido a casarse con ella. En 1978, en el transcurso de una entrevista, la propia Agnes von Kurkowsky le diría a Bernice Kert que Hemingway «era el tipo de hombre que sólo es capaz de estar con una mujer al mismo tiempo. Coquetear no era su estilo»5. El testimonio de la enfermera es tan sólo una de las muchas evidencias que echan por tierra la imagen de mujeriego que algunos puedan tener de Hemingway, y que el propio escritor trató de alimentar en más de una ocasión. Don Stewart y Harold Loeb, que lo conocieron en París, lo veían como un puritano que nunca perseguía a las mujeres, que era presa de los remordimientos si miraba demasiado fijamente a las chicas de Montmartre6. En las siguientes semanas, Agnes fue despachada a Florencia, y desde allí, a Treviso. Hem intentó volver a reagruparse con su cuerpo de ambulancias en Bassano, pero enfermó de ictericia y tuvo que ser hospitalizado una vez más. Mientras, la guerra llegaba a su fin. Trieste cayó en manos de los italianos, y el 3 de noviembre de 1918, Italia y Austria cesaron las hostilidades.

Lejos de su amada, Hemingway empezaba a dar muestras evidentes de disipación. Aunque no sabía qué haría una vez terminara la guerra, aborrecía la idea de volver a los Estados Unidos. Jim Gamble, su superior en Fossalta, le invitó a quedarse un año viajando con él por Europa. Gamble estaba dispuesto a asumir todos los gastos, pero Agnes, que seguía escribiéndose con Hemingway, le quitó la idea de la cabeza. «Mi intención –diría años más tarde la enfermera– era hacerle volver a los Estados Unidos, porque los hombres mayores lo encontraban fascinante. Todos lo encontraban muy interesante… le dije que nunca sería más que un gandul si se aprovechaba de alguien de aquella manera… estoy segura de que habría llegado a ser un vago. Parecía abocado a ello»7.

A principios de diciembre Hemingway vio a Agnes por última vez en Treviso, donde se presentó de improviso, cojeando y lleno de medallas, y volvió a casa en enero de 1919. Desde la soledad de su habitación en Oak Park escribió constantemente a Agnes, pero ésta empezó a mostrarse cada vez más fría en sus respuestas. En una misiva el 1 de marzo le pedía que no le escribiera cartas tan largas, y le advertía que no era todo lo perfecta que él creía. A mediados de mes, por fin, le escribió para anunciarle que había aceptado casarse con un teniente italiano de sangre azul al que había conocido en enero. Hemingway se quedó días enteros en la cama, contrajo fiebre, dejó de comer, y tan sólo informó de lo ocurrido a su hermana Marcelline. A sus amigos, en cambio, les hizo creer que estaba consiguiendo enterrar el recuerdo de Agnes bajo un manto de alcohol y promiscuidad. En junio, la propia enfermera le informó por carta de que el militar italiano había roto su compromiso. En una carta a un amigo, Hemingway afirmaba que lo sentía por ella, pero que no había nada que pudiera hacer. La había querido en una ocasión y ella lo había dejado por otro. Ahora todo eso quedaba ya muy lejos, tanto en el tiempo como en el espacio8.

A pesar de la fortaleza que mostró en un primer momento, Hemingway seguiría escribiéndose con Agnes una vez casado, y se referiría a lo ocurrido una y otra vez en sus cuentos y novelas, diez años después en Adiós a las armas (1929) y una vez más en 1936, en «Las nieves del Kilimanjaro». En «A very short story», uno de los cuentos recogidos en In Our Time (1925) ya daba cuenta detallada de todo lo sucedido, falseando a duras penas alguna fecha, nombre o lugar9.

Hemingway estaba entrando en una fase peligrosa, dominada por sus primeros tanteos literarios, pero también por la apatía y la falta de rumbo. Cuando el tiempo lo permitía, se paseaba en canoa con una chica de Oak Park llamada Kathryn Long-well. Con un bravucón italoamericano que había luchado heroicamente durante la guerra iba a beber Chianti a un restaurante de Chicago, y así rememoraba sus días de gloria en Italia. También escribía relatos cortos, que enviaba sin éxito a publicaciones como Redbook o Saturday Evening Post. La tensión en el hogar de los Hemingway, mientras tanto, iba en aumento. Su madre había recibido con evidente orgullo las noticias de su condecoración, y se había mostrado muy solícita durante los primeros días de convalecencia en Oak Park. Pero a medida que las semanas pasaban crecía su alarma ante la pasividad de su hijo, que tan sólo escribía historias que nadie publicaba, no limpiaba ni ordenaba su habitación, ni daba la menor muestra de querer buscar un trabajo10.

Durante el verano de 1919, durante el cual Grace se construyó su propia casita a orillas de Lake Walloon, Hemingway pasó el menor tiempo posible en compañía de sus padres. Frecuentó a Bill y Kate Smith, hizo una larga expedición de pesca que más tarde inmortalizaría en el relato «Big Two-Hearted River» y salió con una pelirroja que trabajaba como camarera en el restaurante de Liz Dilworth. Cuando la chica dejó su trabajo en el restaurante, Hemingway sedujo a otra camarera del mismo local. La mayoría de sus biógrafos creen que fue con esta segunda empleada con quien tuvo su primera relación sexual. Aquella experiencia quedó reflejada en un relato, «Up in Michigan», censurado en los Estados Unidos hasta 1938.

Llegó el otoño, sus padres volvieron a Oak Park, y Hemingway se quedó en Michigan, primero en Lake Walloon, en casa de Liz Dilworth, y más tarde en una pensión de Petoskey. En ambos lugares siguió escribiendo, haciendo trabajos eventuales, saliendo con una chica tras otra.

Su suerte cambió al ser invitado a hablar sobre sus experiencias de guerra para un club femenino, la Ladies’ Aid Society, donde impresionó favorablemente a una mujer casada con el responsable de la cadena de tiendas Woolworth en Toronto. El matrimonio estaba a punto de emprender unas vacaciones a Florida, y necesitaba que alguien se quedara al cuidado de su hijo de dieciocho años. En enero de 1920, Ernest se instaló en la capital de Ontario, entró en contacto con los responsables del Toronto Star, y en los meses sucesivos publicó hasta veintiséis artículos para la edición semanal del periódico. Uno de esos reportajes, titulado «Rotating Pictures», publicado el 14 de febrero de 1920, estaba dedicado a un negocio de alquiler de cuadros11.

En mayo, la tensión en el hogar de los Hemingway volvió a aumentar. Ernest se alejó del radio de influencia de su familia y buscó refugio una vez más en el norte de Michigan. En una carta fechada el 4 de junio, su padre le escribía desde Oak Park: «Espero que pienses más en lo que los demás han hecho por ti, que intentes ser compasivo, dulce y amable. No dudes que estoy orgulloso de tu talento e independencia, pero trata de suavizar tu temperamento, y nunca amenaces a tu padre o a tu madre. Los dos hemos intentado ayudarte durante muchos años, y esperamos que algún día experimentes la felicidad de tu propia familia, así como los desvelos, ansiedades y responsabilidades que semejante experiencia conlleva. Quiero que representes todo cuanto es bueno, noble y valiente en el hombre, que temas a Dios y que seas respetuoso con las mujeres»12.

El conflicto llegó a su punto culminante a finales de julio en Lake Waloon cuando dos de las hermanas pequeñas de Hemingway, Ursula y Sunni, planearon una escapada nocturna al lago, en compañía de dos de sus amigos, los hermanos Loomis. En el último momento, decidieron invitar a Hemingway y a Ted Brumback, y éstos se apuntaron a la excursión. Los chavales estuvieron cenando y divirtiéndose hasta las tres de la madrugada, pero al volver remando hacia la orilla, comprobaron que las luces de las casas estaban encendidas. Los Loomis habían alertado Grace de la ausencia de sus hijos, y a la hora de repartir responsabilidades, ambas familias acusaron sobre todo a los mayores del grupo, Ted y Ernest, por haber participado de las fechorías de los más jóvenes e inconscientes.

A la mañana siguiente, Grace expulsó de su casa a Hemingway y a Brumback e hizo entrega a su hijo de una larga carta, llena de reproches: «El amor de una madre es como un banco. Cada uno de sus hijos llega a este mundo con una abundante y generosa cuenta corriente. Durante los primeros cinco años, el niño no hace más que retirar dinero… Entonces, durante los siguientes diez años, hasta la adolescencia, la cuenta bancaria sigue menguando… Pero ahora la adolescencia ha quedado atrás, ha llegado la madurez… la cuenta corriente necesita algún depósito significativo, en forma de gratitud, reconocimiento o interés en los asuntos o las ideas de la madre… Muchas madres que conozco están recibiendo esos depósitos, y otros regalos y devoluciones mucho más sustanciosas por parte de hijos con menos capacidad que el mío. Si no dejas de comportarte de forma tan perezosa y hedonista… de vivir a costa de los demás… de traficar con tu cara atractiva y engañar a chicas jóvenes y manipulables y de ignorar tus obligaciones con Dios y con Jesucristo tu Salvador… lo único que te espera es la bancarrota… Este mundo que es el tuyo necesita desesperadamente hombres, hombres de verdad, con tanta fortaleza física como moral». La misiva acababa en forma de amenaza: «No vuelvas mientras no seas capaz de abrir la boca sin insultar o avergonzar a tu madre»13.

Las relaciones entre Hemingway y sus padres no se rompieron del todo, pero el alejamiento sería definitivo. La carta de Grace le empujó a mudarse a Chicago y buscar un trabajo que le permitiera seguir escribiendo. Su amiga Katy Smith le había animado a vivir en casa de su hermano, Yeremya Kenley. En los meses sucesivos, Hemingway viviría con YK, con la esposa de éste y otros tres amigos de la pareja, y se limitaría a ver a sus padres los domingos.

Miró había resuelto el conflicto con sus padres a los dieciocho años, pero todavía viviría con ellos la siguiente década, en el piso de Barcelona los inviernos, en Mont-roig los veranos. Incluso casado y siendo padre de una hija habría de regresar, obligado por las circunstancias, al piso del Passatge del Crèdit. Hemingway, por su parte, era tres años mayor que Miró cuando las tensiones con sus padres llegaron al límite y éstos lo obligaron a irse de casa. A partir de ese momento ya nunca volvería a vivir con ellos.

Ambos artistas tuvieron que vencer obstáculos y presiones familiares para emprender su camino. ¿Era consciente Hemingway de que «La masía» podía interpretarse en clave de calma después de la tormenta, de reconciliación entre un joven pintor y sus progenitores? Tampoco está claro en qué medida fue dicha reconciliación más completa en el hogar de los Miró que en la de los Hemingway. Más allá de la identificación del pintor con la tierra y con los que la trabajaban, que fue una constante en su vida, al centrarse en los elementos más humildes de la finca de Tarragona y dejar fuera de la composición el caserón donde dormía o comía en compañía de sus padres, ¿estaba haciendo alguna declaración de principios, afirmando cuáles eran los límites de la tregua que había firmado con ellos? Por su parte, al contemplar «La masía», ¿se lamentaría Hemingway de no haber conocido un lugar donde las diferencias con su propia familia pudieran quedar aparcadas, al menos durante los veranos?

6. MONT-ROIG BAJO EL MICROSCOPIO: LA PINTURA DETALLISTA, 1918-1920

En julio de 1918, la casa de verano de Mont-roig fue testigo de un nuevo giro en la evolución artística de Miró. En los últimos meses transcurridos en la ciudad había pintado la plaza de Catalunya, con «palmeras, muchas palmeras, motos y un tranvía con el anuncio del cacao Bonsassort»1, además de dos escenas de interior, «Desnudo de pie» y «Flores», de trazo grueso y gran densidad de color. En el campo de Tarragona iba a alejarse del ruido y de los asaltos de la Agrupación Courbet al establishment artístico barcelonés, y a dar por iniciada una etapa que Josep Ràfols bautizó como detallista que fue fruto, una vez más, del efecto terapéutico que Mont-roig ejercía sobre Miró2. De nuevo al aire libre y con la masía de sus padres como cuartel general, Miró se sometió a una férrea disciplina de trabajo y contemplación de la naturaleza. En una carta a su amigo Ricart, afirmaba haber empezado dos paisajes y abandonado las simplificaciones y las abstracciones: «Por ahora, lo que me interesa más es la caligrafía de un árbol o de un techo, hoja por hoja, ramita por ramita, hierba por hierba, y teja por teja»3. En otra carta a Ràfols, afirmaba: «Ya ve que soy muy lento con el trabajo… Gozo de llegar a comprender en un paisaje una pequeña hierba -¿por qué despreciarla?– hierba tan graciosa como un árbol o una montaña. Aparte de los primitivos y de los japoneses casi todos se dejan esos aspectos tan divinos. Todos buscan y pintan sólo las grandes masas de árboles o montañas sin sentir la música de las pequeñas hierbas y pequeñas flores y sin hacer caso de las pequeñas piedras de un barranco»4.

Algunas de las obras a las que se refiere Miró en su correspondencia de 1918, fruto de ese largo verano de trabajo paciente y minucioso, son «Fábrica de tejas en Mont-roig», «El surco de las ruedas», de paleta gris y azul celeste, «Huerto con asno», de tonos predominantemente marrones, ocres y verdes, y «La casa de la palmera», dominada por un cielo intensamente azul, libre de nubes, de tonalidad muy similar al de «La masía» y de estilo deliciosamente naïf. En las cuatro telas, el pintor acentúa cada una de las grietas de los muros o paredes, los surcos de los campos, las roderas de los caminos, las hortalizas y hierbas de los huertos, los tomates de las tomateras. Los colores aparecen más atenuados y compensados, los contrastes más limitados. «He eliminado mucho los colores puros –escribe en noviembre– no empleándolos más que en caso extremo»5.

En octubre de 1918, Miró todavía no había vuelto a Barcelona. Todo el país se hallaba afectado por una epidemia de gripe, y prefirió quedarse en la masía, donde era más difícil contagiarse. En una carta que escribió a su amigo Ricart hacía una descripción pormenorizada de la vida en Mont-roig en otoño, cuando el clima no acompañaba: «El otoño en el campo es estupendo (recuerdo convulsivo de Las estaciones de Haydn)… Desde que vinisteis no he podido trabajar tanto como hubiera querido. He encontrado una tanda de días muy ventosos y hoy ha llovido toda la noche, levantándose el nuevo día muy ventoso. Por otra parte, los días que el tiempo no me permite trabajar en el campo no sé encerrarme en una habitación y hacer un bodegón. Aquí sólo me atrae el campo. Cuando hace viento o está lluvioso paso todo el día entre las cepas y los árboles y corriendo con la escopeta para no cazar otra cosa que algún pájaro. Nada, la cuestión es intoxicarse de este gran optimismo que da el campo»6.

En noviembre seguía en Tarragona. El pintor había iniciado «Mont-roig, la iglesia y el pueblo», pero no lo pudo terminar a causa de la misma epidemia que le había obligado a posponer su regreso a la ciudad: «…ahora estoy trabajando mucho; el tiempo es muy bueno, y esto me permite pasarme todo el día ante el caballete. El cuadro del pueblo de Mont-roig, que ya veréis a medio hacer, lo he tenido que dejar para ahorrarme ir al pueblo, totalmente invadido de gripe. Como puedes imaginar, he preferido dejar un cuadro sin acabar, a exponerme a que el microbio me visite»7.

Una vez de regreso a Barcelona, Miró volvió al trabajo en su taller de la calle Sant Pere Més Baix y entre el 17 y el 30 de mayo de 1919 hizo, con la Agrupación Courbet, una exposición de dibujos en las Galerías Laietanes que no fue bien acogida por la crítica. Inmediatamente después, entre el 28 de mayo y el 30 de junio, tuvo lugar la IIª Exposición de primavera en el Palau de les Belles Arts, donde Miró expuso, entre otros cuadros, «La casa de la palmera» y «Huerto con asno». La deriva detallista que había emprendido su obra en los últimos meses desconcertó a los críticos y provocó algunos comentarios negativos. En La Publicidad del 15 de junio, el incansable Joan Sacs escribía: «Descuella la pintura infantilista de Miró, reveladora de una sensibilidad más alta que la del consumero Rousseau a quien parece querer emular. Es de suponer que se fatigue pronto de sus fáciles y agradables scherzos infantilistas…». Aunque muy de pasada, tan sólo Llorens Artigas, en L’Instant, salió en su defensa, cuando afirmaba: «Joan Miró, intrépido accidentalista, hace indignar al público con su detallismo, del que obtiene conjuntos notables»8.

En una carta, el propio Miró ya había pronosticado la recepción que sus telas tendrían en Barcelona: «El invierno que viene seguirán los señores críticos diciendo que persisto en mi desorientación. Los infelices se alarman ante nuestro zigzag y prefieren la inercia de la gente que ellos dicen orientada»9.

A finales de junio de 1919 volvió a instalarse en Mont-roig. A los pocos días, escribía una carta en la que demostraba haber olvidado los sinsabores de la ciudad, y estar ya concentrado en los dos cuadros más importantes que ejecutaría ese verano, «Mont-roig, la iglesia y el pueblo», y «Mont-roig, viñas y olivos»: «Desde el día de san Pedro estoy en la masía. La primera semana pasear y hacer el oso. La segunda, la actual, empezar a pensar lo que debería hacer. Ya tengo las telas preparadas; esta tarde o mañana por la mañana empezaré a trabajar como un negro. De momento, por las mañanas continuaré la tela del pueblo de Mont-roig, comenzada el año pasado; por las tardes una gran tela con el paisaje de olivos, algarrobos, vides, montañas (aluvión de luz). Esta tela la podré hacer cómodamente desde mi habitación»10.

Las misivas del verano del 1919 son un documento pormenorizado de los progresos que hizo Miró en sus dos ambiciosas telas a medida que éstos se fueron produciendo. En una, afirmaba: «Trabajo mucho –todo el día. Continúo la tela del pueblo, y hago otra grande; el paisaje de olivos y algarrobos y vid que se ve desde mi habitación. Con estas dos telas me parece que tengo alimento para todo el verano. La del pueblo la voy depurando tanto como puedo, intentando resolver el mayor número de problemas, para llegar a un equilibrio. La de los olivos no sé cómo acabará, comenzó siendo cubista y ahora se ha vuelto puntillista»11.

En sus cartas, Miró intercalaba pasajes de gran exaltación del campo con un lenguaje revolucionario, reflejo de su activismo artístico en Barcelona, trufado de conspiraciones y testosterona. El espíritu agresivo y vanguardista de Miró se estaba forjando en compañía de otros correligionarios en oscuros cenáculos de su ciudad natal, pero sobre todo en soledad, a plena luz del día, bajo el inclemente sol de Tarragona, entre árboles centenarios y caminos de tierra, con el único acompañamiento del monótono zumbido de los insectos: «El artista, con un contacto continuado con la vida y la naturaleza, me hace pensar en el hombre de virilidad, sano, con las bolas masculinas cantadas por Walt Whitman en contacto enérgico con la gloriosa matriz del otro sexo y engendrando hombres sanos y atletas…»12.

Robert S. Lubar, profesor de arte en la New York University y experto en los años de formación de Miró, ha analizado la relación que el pintor tenía con Barcelona, y su neta predilección por el campo de Tarragona: «Miró –escribió en 2001–buscaba rincones remotos y sin explotar de Barcelona y cercanías. En oposición al idilio clasicista del Noucentisme, pintó en 1916 la dilapidada capilla de Sant Joan del barrio obrero de Horta. Un año después esbozó una pequeña calle de Pedralbes paralela al monasterio, el encanto vuitcentista de la cual también evocaría Foix. Cuando la ciudad moderna aparece en las primeras obras de Miró, transmite un sentimiento profundo de pérdida. En «Casas de la Reforma», lienzo de 1916, una figura solitaria pasea un perro en un desolado paisaje urbano. En esta obra quizá haya un contenido autobiográfico concreto, ya que el edificio donde estaba el estudio que Miró compartía con Enric Ricart fue víctima de la continua reforma urbanística de Barcelona, un proyecto noucentista por excelencia»13.

El cubismo, ausente en los primeros paisajes detallistas del verano de 1918, volvió a hacer su aparición, aunque de forma muy sui géneris, en los dos paisajes de verano de 1919, «Mont-roig, la iglesia y el pueblo», y «Mont-roig, viñas y olivos», que Miró terminó en Barcelona. También en el autorretrato de 1919, que se llevaría consigo a París y que Picasso incorporaría a su colección particular, o en «Desnudo delante del espejo», que empezó en 1918 y terminó un año más tarde. En ningún caso, sin embargo, cabría calificar el arte de Miró de estrictamente cubista, ni en 1919, ni con anterioridad. Tanto en «Autorretrato», como en «Retrato de una niña», también de 1919, el recurso al cubismo resulta menos impactante que la influencia de los frescos románicos, tan admirados por Miró, y tan visible en ambos rostros, el de la niña y el del propio pintor. En 1962, Miró afirmaba que del cubismo había retenido «una necesidad de ceñir la forma cada vez de más cerca, y una especie de disciplina espiritual»14. En otra entrevista lo expresaba en términos distintos: «Me sometí a la disciplina cubista para hacer músculos… Creo que la pintura es como la danza, antes de hacer una cabriola hay que tener buenos abdominales… soy temerario, pero no quiero suicidarme. Cuando camino por la cuerda floja es porque sé que la puedo pasar… Como en ese momento tenía la impresión de que no veía la forma, con el cubismo quise aprender a verla»15.

En una carta de enero de 1920, Miró escribía a su amigo Ricart, y le preguntaba qué quería que hiciera con sus telas y marcos. Había desalojado el estudio de Sant Pere Més Baix y tenido que llevárselos a su domicilio del Passatge del Crèdit, ya que era inminente su primer viaje a la ciudad de sus sueños, a la capital mundial del arte en esas primeras décadas del siglo XX16.

7. HADLEY, LA PRIMERA ESPOSA DE HEMINGWAY

En octubre de 1920, poco después de ser expulsado de casa de sus padres, Hemingway conoció a su primera mujer. Se llamaba Hadley Richardson y al igual que él, había sido invitada a pasar unas semanas en casa del hermano de Katy Smith en Chicago. Acababa de perder a su madre, y Katy, que había estudiado con ella en Saint Louis, pensó que unos días de distracción la ayudarían a superar el golpe.

A su lado, el joven escritor pasaría algunos de sus años más felices, padeciendo dificultades económicas, abriéndose camino como novelista. Cuando finalmente logró reunir el dinero necesario, con la satisfacción del que ha conquistado un trofeo largamente codiciado, llevaría «La masía» al apartamento que ocupaba con ella en París. Sus tres siguientes esposas también tendrían ocasión de convivir con la tela de Miró, aunque «La masía» perteneció más que nadie a Hadley, más incluso que al propio Hemingway, ya que éste se la regaló en noviembre de 1925, con motivo de su trigésimo cuarto cumpleaños.

Aunque sufrió mucho en su adolescencia, Hadley, la más pequeña de seis hermanos, había sido una niña alegre y locuaz. Había nacido en Saint Louis ocho años antes que Hemingway, el 9 de noviembre de 1891. Su madre, Florence Richardson, dedicó buena parte de su tiempo al estudio de la religión y las ciencias ocultas. Tan aficionada a la música como Grace Hall, había llegado a tener dos pianos Steinway en una sala de la casa. Hadley nunca compartió su interés por la teosofía o los fenómenos parapsicológicos, pero de todos los hermanos fue la que más talento demostró ante el piano. El esposo de Florence, James Richardson, tenía más encanto y sentido del humor que la madre de Hadley, pero escasa fuerza de voluntad. Aunque había heredado la empresa farmacéutica familiar, carecía de ambición o personalidad para igualar los éxitos de su padre, que también había sido banquero y uno de los fundadores de la orquesta sinfónica de Saint Louis.

Siendo aun una niña Hadley se cayó accidentalmente desde una ventana, y sufrió una lesión de espalda que a punto estuvo de dejarla inválida. A partir de entonces, su madre se mostraría constantemente preocupada por su salud, y acabó convirtiéndola en una joven tímida y retraída.

Cuando tenía doce años, su padre se quitó la vida. Por problemas económicos la familia se había visto obligada a trasladarse a una casa más modesta, y el señor Richardson, que en los últimos años empezó a beber, no resistió la presión. La madre se refugió en los estudios de religión comparada o sesiones de espiritismo y prohibió terminantemente el consumo de alcohol en la casa. Hadley, que estaba a las puertas de la adolescencia, se sentía incapaz de relacionarse normalmente con otros jóvenes. Su madre la había convencido de que la apariencia física no tenía importancia, y hasta el resto de sus días se sintió desvalida a la hora de comprar ropa o elegir un vestido. Además de la confusión y los cambios hormonales típicos de su edad, estaba atravesando lo que ella denominaba una fase de radical sinceridad, y se negaba a conocer a nadie que no le gustara realmente1.

Durante años consideró hacer carrera como pianista. Sola con su instrumento podía encerrarse en sí misma y evitar el contacto con otras personas. Cuando terminó el bachillerato empezó sus estudios universitarios en Bryn Mawr College, en el estado de Pennsylvania. De pronto sus días se llenaron de animación y de conversaciones hasta altas horas de la madrugada con otras compañeras de facultad, pero dejó los estudios al cabo de un año. Había suspendido alguna asignatura y estuvo enferma parte del tiempo, lo que reafirmó a la madre en su convicción de que nunca podría llevar una vida normal. Tan pronto como se fue de Pennsylvania, Hadley sufrió otra pérdida irreparable: Dorothea, su hermana favorita, trató de sofocar un incendio que se había originado cerca de su casa y murió como consecuencia de las quemaduras.

Mientras tanto, la carrera musical de Hadley se había empezado a convertir en una fuente adicional de decepciones. Durante algún tiempo estudió con un joven pianista que había sido discípulo de Leopold Godowski y de Ferruccio Busoni. Hadley se enamoró de él pero nunca se vio correspondida. Además, empezó a constatar que le faltaba la fuerza física y moral necesaria para triunfar como concertista: «Después de una cierta cantidad de trabajo –le dijo a su biógrafa– empezaba a flaquear físicamente, justo en el momento a partir del cual se producen los logros más importantes»2.

Durante la Primera Guerra Mundial trabajó en una biblioteca de Saint Louis clasificando libros donados al ejército, y acabado el conflicto, tal vez consciente de que se encontraba en un callejón sin salida, decidió romper su aislamiento y recuperar algo de la alegría que había sentido siendo niña. Tomó unas clases de tenis y comprobó que no se le daba mal, recuperó viejas amistades de la escuela y empezó a frecuentar a gente de su edad. En otoño de 1920, después de una larga enfermedad, perdió a su madre. Había estado cuidándola durante nueve meses, y ahora se encontraba definitivamente sola, además de rendida física y mentalmente. Los dos únicos hermanos que le quedaban estaban casados y habían formado sus propias familias. Fue entonces cuando recibió una carta de su amiga Kate Smith. La invitaba a pasar unas semanas en Chicago, a cambiar de aires y reponerse de todo cuanto le había ocurrido en los últimos meses. Kate viviría en el Arts Club, pero Hadley podía dormir en casa de su hermano Y.K, donde vivía con su esposa y con otros cuatro amigos, y donde sin duda habría espacio para una persona más.

Hadley no tuvo ni un minuto para sentirse sola o triste en Chicago. Tan pronto como se instaló en casa de Y.K Smith tuvo que familiarizarse con sus numerosos moradores, y corresponder a las atenciones de uno en particular, un tal Ernest Hemingway, que a pesar de su evidente popularidad entre las chicas parecía empeñado en conocerla. Agnes, la enfermera que había cuidado de él en Milán, ya había advertido su gran magnetismo entre personas de ambos sexos, más o menos jóvenes. En sus años de bachillerato también había destacado por su carisma, y a pesar de su arrogancia o su carácter competitivo, sus compañeros de estudios habían acabado sucumbiendo al entusiasmo con el que hablaba de cualquier tema, ya fuera boxeo, béisbol, pesca o literatura. Nadie tenía una imaginación más viva que él, ni habría sido posible hallar un mejor compañero de excursiones por el campo o paseos por el lago, a bordo de una canoa3. Hadley también lo percibió desde el primer instante: era un hombre fuera de lo común, arrollador por su carisma y vitalidad. Le pareció muy guapo y reconoció en él una capacidad de potenciarlo todo a su alrededor, de hacer que cualquier persona o asunto pareciera más interesante, pero en algún momento se preguntó si no le convendría un hombre más discreto y sosegado. Hemingway, en cambio, supo desde el primer día que ambos estaban destinados a una vida en común. Años más tarde, su hermano Leicester lo recordaría afirmando: «inmediatamente me asaltó un sentimiento de gran intensidad. Sabía que era la mujer con la que iba a casarme»4. En una de las muchas cartas que le escribiría durante los meses siguiente, por su parte, Hadley le confesó lo que pensó cuando se conocieron: «Me sorprendió que yo pareciera gustarte aunque fuera incapaz, dada mi excitación, de hacer nada digno de merecerlo»5.

En las tres semanas que siguieron a aquel primer encuentro, Hadley venció todas sus reservas, pasó la mayor parte del tiempo en compañía de Hemingway y volvió a Saint Louis enamorada. En las cartas que envió durante las siguientes semanas ya daba muestras de poseer las cualidades que tan feliz hicieron a Hemingway mientras estuvieron juntos, y que tanto echaría de menos desde el mismo día en que decidió separarse de ella: disponibilidad absoluta a adaptarse a sus necesidades, humildad, desinterés por las cuestiones materiales, y tanta fe como genuino interés por lo que se refería a la carrera literaria de su futuro esposo. En sus misivas, Hadley alababa la profundidad de sus escritos, su capacidad de tratar los temas más insondables: «Nunca me he sentido demasiado atraída por nadie que no tenga al menos parte de la conexión con las cosas intangibles que tú tienes. Pero tú eres realmente el primero que ha sido capaz de satisfacerme, de completar el maravilloso círculo, intelectual y espiritual». A propósito de su diferencia de edad, que en algún momento había sembrado dudas entre los amigos de Hemingway, le escribiría: «Para las cuestiones importantes, ¿no es cierto que nunca he actuado como alguien mayor que tú?… Me parece que eres un hombre sabio, muy superior a mí en experiencia y capacidad de comprensión… Puedo aprender de ti cada minuto del día, y más todavía».

En una de las cartas que Hemingway le había enviado, éste afirmaba haber apreciado en ella cualidades artísticas, a lo que Hadley respondió: «estoy demasiado cerca de ser una artista como para poder ser feliz sin la presencia, aunque sea sutil, de algún tipo de belleza, pero demasiado lejos como para ser productiva». Hadley consideraba una ventaja haber renunciado a su carrera musical mucho antes de conocer a un creador con el potencial de Hemingway: «Hace algunos años no podríamos habernos casado ni ser felices porque no podría haber consagrado todas mis fuerzas a ti, a quererte y a nada más. Mi ambición o mi pasión por la música me habrían hecho infeliz, porque de haberme casado, no habría sido capaz de satisfacer a ninguno de los dos». Tal vez como muestra de agradecimiento por tanta renuncia y entrega, algunos años más tarde Hemingway le regalaría «La masía».

En diciembre de 1920 él encontró trabajo como editor y redactor en The Cooperative Commonwealth, una publicación mensual cuyo único objetivo era captar inversores para la empresa propietaria, la Cooperative Society of America. El trabajo era poco estimulante, estaba mal pagado y le impedía dedicar tiempo a la literatura. Echaba de menos Italia, había hablado con Hadley de la posibilidad de volver con ella a Europa, y tan pronto como pudo, empezó a ahorrar y a cambiar dólares en liras. Hadley, siempre dispuesta a apoyarle fuera cual fuera su objetivo, creía que Italia sería para Hemingway un lugar inmejorable para consagrarse a su trabajo: «Piensa –le escribió en una ocasión– que en Italia no tendrás más que paz y amor como telón de fondo a la hora de escribir». Los planes de Hemingway cambiaban sin previo aviso, un día le hablaba a Hadley de Italia, y al día siguiente le escribía anunciándole que tal vez fuera mejor ir a Canadá y trabajar para el Toronto Star, o quedarse en Chicago y dirigir una publicación llamada Barchetti’s Weekly. Parecía debatirse entre sus ganas de volver cuanto antes a Europa y sus ansias por asegurarse una estabilidad financiera. Hadley, por su parte, no se mostraba preocupada por la falta de dinero, y apostaba por la solución que le diera a su futuro esposo más tiempo para consagrarse a la literatura: «Realmente valoro tanto tu ambición… que no apoyaré nada que signifique relegar tu trabajo a un segundo plano… Yo creía que ir a Italia, que requiere mucho menos dinero, eliminaba la preocupación por tener que esperar y acumular recursos en lugar de vivir y trabajar, que es lo que queremos… No soy para nada una mujer necesitada de un futuro garantizado»6.

En otra carta, afirmaba: «Si no hubiera estado convencida de mi capacidad de valerme por mí misma económicamente nunca hubiera permitido que me escogieras como esposa». Hadley era, en efecto, autosuficiente en términos económicos. Tanto de su madre como de uno de sus abuelos había heredado un pequeño capital, que le proporcionaba dividendos por valor de unos dos mil quinientos dólares anuales7. Mientras estuvieron casados, Hemingway trataría por todos los medios de complementar esos ingresos trabajando como periodista, pero durante épocas enteras ella sería la única que traería dinero a casa.

Fue la madre de Hemingway la que sugirió que la boda tuviera lugar en Michigan. La pareja podría casarse en Horton Bay y pasar la luna de miel en Windemere. Por fin, la fecha quedó concretada. Hemingway y Hadley se convertirían en marido y mujer el 3 de septiembre de 1921, a las cuatro de la tarde.

En total, el noviazgo duró apenas un año, durante el cual Hemingway viajó en alguna ocasión a Saint Louis y Hadley lo visitó a él en Chicago. La mayor parte del tiempo, sin embargo, estuvieron separados, y cuando sintieron la necesidad de aplacar sus miedos o inseguridades, hubieron de conformarse con escribirse. En más de una ocasión los amigos de Hemingway trataron de convencerle para que no se casara, y él mismo se lo hizo saber a Hadley. En una de sus cartas, ésta trataba de despejar sus dudas. Si sus amigos tenían el más mínimo elemento de lógica, le escribió en una ocasión, deberían celebrar que el amor de su esposa pudiera ayudarle de alguna manera: «Somos COMPAÑEROS, Ernest, y si esa panda de desalmados cree que hay algo fatal en nuestros planes, deberían DECIR en qué consiste… Es inútil decir que soy la mujer perfecta para ti, todo esto podría ser un enorme, bendito error. Soy consciente de que no sé nada. Dios no me ha confiado ningún secreto al respecto. Del mismo modo, creo que tampoco les ha dicho nada a ellos»8.

Hemingway, por su parte, parecía temer que la vida matrimonial le impidiera seguir disfrutando de la naturaleza. En una carta a Bill Smith, escribía: «Uno ama dos o tres ríos más que ninguna otra cosa en el mundo, se enamora, y deja de importarle que los condenados ríos se sequen para siempre. Lo más diabólico es que el campo jamás me había tenido tan atrapado, esta primavera estoy sintiendo su llamada con más fuerza que nunca»9. Con todo, la perspectiva de pescar con menor frecuencia en el futuro no fue para Hemingway tan dura como los cambios de humor y episodios de ansiedad que sufrió en el transcurso de las muchas semanas que vivió alejado de su amada. Durante su vida adulta Hemingway sería incapaz de pasar demasiado tiempo solo, siempre necesitaría la compañía de una mujer que le proporcionara seguridad en su trabajo y calor durante la noche. En las cartas que le envió desde Saint Louis, Hadley tuvo que emplearse a fondo para contrarrestar el efecto de sus constantes pesadillas: «Ojalá pudiera estar allí para acariciarte y hacerte compañía hasta que el sueño te venciera suavemente. Entonces te besaría con toda dulzura y me iría, aunque no muy lejos, por si volvían los malos sueños»10. En una ocasión, Hemingway llegó a mencionar el suicido en una de sus cartas. «Qué significa eso? –le escribió ella–. Lo más malintencionado que se me ocurre decirte es que recuerdes que eso me destruiría definitivamente. Tienes que vivir, en primer lugar por ti mismo, y también por mi propia felicidad»11.

Hemingway llegó a Horton Bay el 28 de agosto, y mientras su madre preparaba la casa de verano para la luna de miel, él se fue a pescar durante tres días. Las horas previas a la ceremonia quedaron inmortalizadas en «Wedding Day», un cuento publicado póstumamente. Nick está en una habitación, vistiéndose en presencia de sus amigos. Todos beben de una botella de whisky. El personaje del cuento, en perfecto control de sí mismo, parece divertirse al constatar el nerviosismo de sus amigos: «Se preguntaba si reaccionarían igual si estuviera a punto de ser ahorcado». Es obvio que al novelista le habría gustado mostrar la sangre fría del protagonista de su relato. Sin embargo, Leicester, su hermano pequeño, aseguraba que al verdadero Hemingway le temblaban las piernas cuando entró en la iglesia12.

La luna de miel transcurrió, tal y como estaba previsto, en la casa familiar, a la orilla de Lake Walloon. Como de costumbre, el otoño llegó sin avisar, la temperatura descendió de la noche a la mañana, y ambos estuvieron resfriados parte del tiempo. Durante días fueron incapaces de dar con unas instrucciones que Grace les había dejado para ayudarles a encontrar todo cuanto pudieran necesitar, y a Hadley le costó representar por primera vez el papel de ama de casa. Aun así pudieron encender buenos fuegos en la chimenea, dormir en la enorme cama de Grace, y suavizarse la garganta con abundantes provisiones de vino caliente. La vida de Hadley había dado un vuelco de ciento ochenta grados, era muy difícil que nada ensombreciera la felicidad que para ella suponía haberse enamorado y casado con alguien tan especial en tan poco tiempo. A punto estuvo de conseguirlo Hemingway cuando decidió llevarla a Petoskey y le presentó a alguna de las chicas con las que había salido antes de conocerla. A Hadley no le consoló que lo hubiera hecho, como él mismo decía, para mejorar la imagen que ella tenía de él.

A continuación la joven pareja se instaló en un apartamento que Hemingway había alquilado en Chicago. Situado en una zona deprimida de la ciudad, Hadley se vio obligada a decorarlo sola. Aunque Hemingway había renunciado a su trabajo en The Cooperative Commonwealth, siempre encontraba una excusa para ausentarse la mayor parte del día. Muy pronto, la primera esposa de Hemingway se acostumbraría a entretenerse por su cuenta. Durante aquellas primeras semanas de casada, tan llenas de ilusiones como de interrogantes, su mejor amigo fue el propietario del colmado de la esquina, que Hadley recordaba como alguien que «sabía hablar, y que podía reconocer a una mujer que se sentía sola»13.

La historia se repetía. Al igual que su padre, que mientras no se posicionó como médico ganó menos que su mujer, Hemingway empezó su vida de casado dependiendo de los ingresos de Hadley. Afortunadamente, ésta recibió la noticia de la muerte inesperada de un pariente, y heredó un capital adicional de ocho mil dólares.

Aquella suma hacía que ya nada les impidiera emprender su vida en común en Europa. Lo único que les faltaba era acabar de decidir dónde. En el transcurso de una cena en casa del escritor Sherwood Anderson, a quien Hemingway había conocido a través de Y. Kenley Smith, empezaron a abandonar la idea de ir a Italia. Sherwood acababa de estar en París, y había vuelto entusiasmado. La debilidad del franco frente al dólar hacía la vida en Francia muy barata, y Anderson les podría poner en contacto con una comunidad de escritores e intelectuales de primer nivel. Hemingway, además, recuperó el contacto con el Toronto Star, y consiguió que los responsables del periódico se comprometieran a publicar las crónicas que él les enviaría desde Francia u otros países del viejo continente.

La pareja partió de Nueva York poco antes de navidad. Hacía unos días, Sherwood Anderson les había hecho entrega de unas cartas de presentación, destinadas a Sylvia Beach, Gertrude Stein, Ezra Pound y James Joyce.

8. PRIMER VIAJE A PARÍS: EL VÉRTIGO DEL LIENZO EN BLANCO

Desde mediados de 1918, de manera repetida, Miró se refirió en su correspondencia al «affaire Dalmau»1. Quería que el propietario de la galería que había acogido en Barcelona su primera exposición individual le organizara una muestra en París. En julio de 1918 lo mencionaba por primera vez: «…lo del affaire Dalmau, estancado por ahora. Es probable que en invierno se resuelva. Las cosas de Palacio van despacio. Mi incógnito Mecenas lo fue también de Picasso en sus inicios, está muy bien relacionado en París, muy amigo de Vollard. Buenas recomendaciones. Ya veremos qué saldrá de todo esto»2.

Unos meses más tarde, en noviembre, escribía a Ricart a propósito de unas posibles exposiciones de la Agrupación Courbet en Madrid, Bilbao y Girona, y después de referirse a las mismas como una «tournée de cómicos para el verano, temporada en la que los teatros de la capital están cerrados, y hay que ganarse las alubias donde se pueda», afirmaba que «las cosas no están para pensar en esto. Ahora la guerra se acaba por momentos, no nos hará falta ir a hacer comedia por los teatros de los pueblos (artísticamente y socialmente hablando, toda España) y podremos actuar en la capital (Europa)». Por último, Miró citaba a Ferdinand Foch, militar francés artífice de la derrota de Alemania en las últimas batallas de la conflagración mundial, y escribía: «Foch, en la actual ofensiva, decía pegar, pegar, pegar. Nosotros podremos decir PARIS, PARIS, PARIS»3.

En meses sucesivos, y a lo largo de 1919, las menciones a París se multiplicaron cuando escribió desde Barcelona o desde Mont-roig. En ocasiones solicitaba información sobre las condiciones económicas en la capital francesa, y le preguntaba a Bartomeu Ferrà si podría conseguir una remesa abundantes de siurells, unos alegres silbatos de arcilla, originarios de Mallorca y pintados de color blanco, verde y rojo, por los que el pintor siempre tuvo debilidad, y con los que esperaba darse a conocer en París: «Dalmau está muy animado; me aconseja que cuando vaya a París me lleve una partida; dice que allí hay negocio a hacer con eso, y que esas figuritas deslumbrantes servirían, al mostrarlas, para introducirme en muchos ámbitos y hacer más fácil que me conozca gente interesada en cosas nuevas»4. Que Dalmau sugiriera esos instrumentos ancestrales como carta de presentación de Miró en París, y que en un momento tan decisivo de su carrera el propio Miró se mostrara dispuesto a dejar que hablaran por él unos objetos tan simples y arcaicos, tan apegados a la tierra y a la cultura popular, dice mucho de la personalidad del pintor, de la imagen de modestia y de pureza que él mismo quería proyectar. Los siurells de Miró eran el equivalente de las máscaras africanas de Picasso. Años más tarde, Dalí escogería un instrumento mucho más moderno y rompedor, la película «Un Chien Andalou», que concibió con su amigo Buñuel, para ganarse el favor de los críticos más influyentes o miembros integrantes del grupo de los surrealistas.

En verano de 1919, Miró decía estar decidido a hablar con Dalmau «de la propuesta que me hizo de enviar obras mías a un marchante de allá, para preparar mi llegada… Lo que me interesa es pasar el mínimo de tiempo viviendo de la pensión que me den en casa; tú ya sabes la natural y fatal repulsión que tengo con eso… la cuestión es llegar a París con quien me saque las castañas del fuego y con dos mesecitos y viaje asegurados. Después ya las pasaremos blancas o moradas»5.

Otra constante en las cartas de esa época, previas a su primer viaje a París, era su resolución de «ir como luchador y no como espectador de la lucha, si se quiere hacer algo»6. En ese sentido, conforme pasaban los meses, fue relativizando las dificultades económicas que se pudiera encontrar, y mostrándose cada vez más seguro de poder afrontar la lucha con garantías: «La vida allí claro que está cara. El momento más propicio para intentar hacer algo es cuanto antes mejor. El abaratamiento de la vida sólo nos resolverá un mayor número de comodidades, de las que yo me veo con ánimos de prescindir»7. En otra carta, le escribía a su amigo Ricart: «A mí el mañana no me preocupa, lo que me interesa es el hoy… prefiero mil veces –lo digo con absoluta sinceridad– fracasar de forma absoluta, mortalmente, en París, que mantenerme a flote en estas aguas viles y apestosas de Barcelona»8.

A partir de octubre de 1919, fecha en la que Miró anunciaba que sus marchantes habían aceptado sus condiciones9, los acontecimientos se precipitaron. En noviembre, anunció que en el consulado de Francia le habían dicho que debía presentar un contrato de trabajo firmado por alguien de París o algún documento de peso, si quería que le dieran un pasaporte para ir a pintar y a estudiar: «Ahora acabo de hablar con Dalmau; por mi parte ya lo tengo solventado; el mismo marchante de París que me exponga (¡) ya se cuidará de firmarlo»10.

El 2 de marzo envió una primera postal desde la orilla del Sena, en la que anunciaba: «Sólo yendo por la calle ya he visto a Sisley y a Morisot. Esta mañana hemos ido con Ricart a casa de Picasso. Nos ha recibido muy bien en su taller; hemos visto todo lo que hacía, y nos ha enseñado muchas esculturas de arte negro y dos telas de Rousseau»11. La madre de Miró era amiga de la de Picasso, y una de sus tías, llamada Magdalena, era la madre de Jaume Sabartés, amigo de infancia y secretario personal de Picasso desde 1935. En el transcurso de unas entrevistas que concedió para una película sobre Picasso, realizada por Michael Blackwood en 1980, Miró afirmaba: «Fui a visitarle porque unos días antes de marcharme visité a su madre… de hecho, antes de conocer a Picasso había visitado durante varios años a su madre, a causa de la veneración que sentía por él… de modo que le dije ‘me voy tal día a París; si quiere algo para su hijo’… y entonces su madre me dio una ensaimada. Al día siguiente de mi llegada a París, cogí la ensaimada y fui a verle. En aquel entonces vivía en el número 21 de la calle Boétie, muy cerca de su marchante Paul Rosenberg. Llamé y le di la ensaimada. Me recibió muy bien y quedamos en vernos en otra ocasión. Fue el primer round… En cuanto llamé al timbre, vi frente a la puerta un retrato de mujer pintado por Rousseau que Picasso poseía desde hacía muchos años. Lo compró por cinco francos en el Marché aux Puces…»12.

Esta primera estancia en París puede considerarse una aproximación, por parte de Miró, al escenario de su consagración. Durante los próximos meses se alojaría en el Rouen, un hotel modesto, situado en el n.13 de la Rue Notre Dame des Victoires, en la orilla derecha del Sena, no muy lejos del Louvre. El propietario del Rouen ofrecía tarifas especiales para los huéspedes procedentes de Barcelona, ya que tenía una hija casada con un catalán13. En el transcurso de las siguientes semanas Miró se pasearía mucho, visitaría muchos museos y por esta vez habría de conformarse con ser, a pesar de sus firmes propósitos antes de partir de Barcelona, más espectador que actor.

En la primera carta extensa que escribió se mostraba deslumbrado por todo cuanto veía: «París, admirable; sol rosa y el Sena con niebla de beso. Pátina gris de los viejos edificios. Musical habla de las parisinas. Máxima educación y afabilidad». En la misma misiva enumeraba los museos que había visitado: «Musée Rodin. Femme nue de Renoir, divino. Van Gogh, estupendo. Rodin nos marea. Musée du Luxembourg. En la colección Caillebotte: Renoir siempre divino. Manet (Le balcon) superando a los castellanos (los formidables). Sisley, exquisito. Pissarro, un pintorazo. Monet, muy bien representado. Berthe Morisot, sensibilísima… Exposición Rosenberg, obras de Picasso y Charlot»14.

Muy pronto, el joven pintor empezó a dar señales de parálisis. Tanta belleza lo había abrumado: «Yo aquí apenas trabajo; no es posible. Siento que un mundo nuevo se abre en mi cerebro»15. «El tiempo pasa fantásticamente deprisa. El Louvre, los Museos, todo París me tiene completamente absorbido, y naturalmente que cuando vuelvo de noche al hotel, estoy desbordado. La portentosa pintura que aquí se puede ver, la maravilla de la luz finísima de aquí, el Sena, divino, los jardines ordenados y la charme de estas exquisitas parisienses nos sorben completamente, cuando llevamos dentro sensibilidad y un cerebro que trabaja»16. «Me paso todo el día en los museos y viendo exposiciones. Usted ya me conoce, ya sabe que incluso antes de moverme de Barcelona cada obra que comenzaba era para mí empezar a pintar de nuevo, con nuevos problemas y con nuevas sensaciones. Imagínese ahora, que he visto todo este bien de Dios! Por otra parte, ya sabe que mi mano no es ágil (doy gracias a Dios, más vale esto que cerebro pesado y mano ligera)… Admiro (con esta admiración de cosa de circo, comer con los pies o caminar con las manos) las glaciales gentes que al llegar a París dibujan con la misma tranquilidad… Almas de hielo, que no han sentido este fuego de la pasión y que darán frutos raquíticos»17.

Para no perder la disciplina del trabajo se inscribió como alumno en las clases de dibujo de l’Academie de la Grande Chaumière, escuela privada de Bellas Artes, fundada en Montparnasse por el pintor catalán Claudi Castelucho en 190418. En medio de tanto desconcierto, prevalecía en Miró, a pesar de todo, el convencimiento de que la obra de los jóvenes pintores catalanes, los de su generación, era superior a la de sus contemporáneos franceses: «La joven pintura catalana es infinitamente superior a la francesa; tengo absoluta confianza en la intervención salvadora del Arte Catalán. ¿Cuándo permitirá Catalunya que los artistas puros puedan ganar lo justo para comer y pintar?»19.

Para Miró, uno de los pecados capitales de los artistas franceses era la avaricia, que se hubieran comercializado en exceso. En algunas de sus cartas, se preguntaba si no serían positivas, a pesar de todo, las penurias a las que se veían sometidos los jóvenes artistas de Barcelona: «Esta aspereza con que Catalunya trata las cosas del espíritu puede que sea un calvario redentor»20. «Tal vez esta falta de protección sea para nosotros una disciplina saludable. Así, después de este dolor y menosprecio seremos más puros»21. Ni el propio Picasso se salvaba de las sospechas del joven pintor: «Picasso, muy fino, muy sensible, muy pintor. La visita que le hicimos al taller hace decaer el espíritu. Todo está hecho para el marchante, para la peseta…. parece que vamos a visitar a una bailarina que tiene diversos amantes… Los franceses (y Picasso!) están perdidos porque se encuentran el camino allanado y pintan para vender»22.

Estas impresiones negativas acerca de Picasso, probablemente fruto del estupor que debió de provocar en un espíritu tan puro el volumen de negocio que el arte generaba en París, son una excepción entre las palabras, invariablemente elogiosas, que dedicó al pintor malagueño a lo largo de su vida. De hecho, Miró siempre le mostró devoción. En las entrevistas para la película de Michael Blackwood afirmaba: «idealizaba todo su trabajo. Ya desde la Primera Guerra Mundial, todos los muchachos del Cercle de St. Lluc estaban fascinados por su obra cubista». La primera vez que lo vio en persona en el Gran Teatro del Liceo, en noviembre de 1917, con motivo del estreno en Barcelona del ballet «Parade», con decorados y vestuario de Picasso, ni siquiera tuvo el valor de acercarse a hablar con él. Esta oportunidad perdida, sin embargo, le recompensó de la forma más insospechada: «No me atrevía a saludarle cuando vino con el ballet Ruso –recordaba Miró para la película de Blackwood– y su madre se enfadó un poco: ‘¿Por qué no ha ido a verle?’, etc… Recuerdo muy bien que un día su madre vino y dijo: ‘mira, te voy a mostrar algo’, Picasso vivía con Olga en un hotel, pero él iba todas las mañanas a casa de su madre para afeitarse e hizo un autorretrato ante el espejo con la crema de afeitar…»23.

En mayo de 1920, Miró seguía sin noticias de la exposición que Dalmau le tenía que organizar en la capital francesa. En una carta a Ràfols fechada el día 8, escribía: «Desde su marcha, no he sabido ningún otro detalle de sus gestiones, así que todavía no sé cuándo expondré»24. Por fin, el 29 del mismo mes, anunciaba: «He aplazado mi exposición en París hasta la próxima temporada; tendré muchas más puertas abiertas que me darán muchas más facilidades, y podré exponer cosas hechas después de esta época de estancia en París, telas que gente muy considerada aquí espera ver con interés»25.

Miró dio por concluido este primer asalto a la capital mundial del arte sin haber iniciado una sola pintura o dibujo. En su correspondencia, había dado avisos constantes de lo que pensaba hacer tan pronto como llegara a casa; volver al campo y ponerse de nuevo a trabajar: Ya en Mont-roig, en una carta a Picasso, Miró desvelaba en pocas palabras el plan que se había trazado para el futuro, y la importancia que otorgaba a cada uno de los escenarios de su vida hasta ese momento: «He pasado unos días en Barcelona. Efecto, después de haber vivido en París, muy aplastante. La intelectualidad vive con 50 años de retraso, y los artistas hacen el efecto de aficionados. ¡Carencia de temperamento y muchas pretensiones!... Conforme, con V., en que para ser pintor hay que quedarse en París. Puede que aquí nos digan ¡malpatriotas! Europa y el campo. Dos excitantes a nuestra sensibilidad y cerebro. Es más patriota nuestra actuación en el extranjero que los que actúan dentro de su casa, sin vistas al mundo. Acabo de llegar al campo y dispuesto a empezar a trabajar fieramente. Unos meses aquí y luego otra vez ¡a París!»26.

9. PARA LOS ENAMORADOS NO HAY CIUDADES VIEJAS

Por recomendación de Sherwood Anderson, Hadley y Hemingway pasaron sus primeras noches en París en el hotel Jacob et d’Angleterre, en el número 44 de la Rue Jacob. Hadley lo recordaba como un establecimiento limpio pero modesto, con agujeros en la alfombra de la escalera, que Hemingway llamaba «trampas para clientes borrachos»1. En sus primeras cartas a los Estados Unidos ambos se mostraban felices, llenos de asombro por lo barato que resultaba todo. En el restaurante Le Pré aux Clercs, en la esquina de las calles Jacob y Bonaparte, un desayuno costaba dos francos y medio, un menú de mediodía o de noche, con vino incluido, doce francos2. En una misiva a los Anderson, escrita el 24 de diciembre desde la terraza del Dôme, al calor de un brasero y de unos vasos de ron quemado, Hemingway escribía: «hemos estado recorriendo las calles, noche y día, cogidos del brazo, husmeando en los portales y parando ante cada escaparate. Las pastelerías acabarán con Hadley. Tiene un apetito insaciable para los dulces. Imagino que será una pasión que ha reprimido desde siempre… estamos contentísimos de estar aquí, os deseamos una feliz navidad y un próspero año nuevo». A continuación, Hadley añadía: «Es una sensación extraña estar aquí… pensar que los dos habíais estado aquí hace tan poco... ahora vamos a comprarnos regalos de navidad. Y yo intentaré abstenerme de comprar dulces...»3.

Ninguno de los dos había pasado unas navidades tan lejos de casa. La mañana del veinticinco salieron del hotel dispuestos a seguir explorando la ciudad. Dejaron atrás la calle Bonaparte, pasearon a lo largo del Sena, cruzaron el río y recorrieron la Avenue de l’Ópera hasta que el hambre, ya a media tarde, los sorprendió frente al Café de la Paix. Después de echarle un rápido vistazo al menú decidieron entrar y cenar allí mismo. Cuando les llegó la cuenta, comprobaron horrorizados que se habían equivocado en sus cálculos y Hemingway tuvo que volver corriendo al hotel a buscar más dinero. Mientras estuvo esperándolo, Hadley hizo lo posible por actuar con normalidad, rezando para que ninguno de los camareros se extrañara ante la ausencia de su esposo4.

El París que conocieron Hadley y Hemingway era un fiel reflejo de las terribles condiciones en que Francia había quedado después de la Primera Guerra Mundial. Casi un millón y medio de soldados había perdido la vida, otro millón había quedado incapacitado para trabajar. Las ayudas públicas a tantas familias rotas por la guerra habían sumido al país en la inflación y la pobreza. Un dólar se pagaba a doce francos en 1920, y en 1925 había duplicado su valor. En las ciudades, el transporte tirado por caballos era tan abundante en la década de los treinta como en 1891. Circunstancias como aquella, percibidas como un engorro o un atraso humillante por los parisinos, les parecían exóticas y encantadoras a los expatriados norteamericanos, que habían acudido en masa, atraídos por la fortaleza del dólar frente a la moneda local. En 1927, la Cámara de Comercio Americana de París calculaba en quince mil el número de residentes de los Estados Unidos, aunque la policía afirmaba que la cifra llegaba a los treinta y cinco mil5. Man Ray, que había nacido en Brooklyn, había llegado a París algunos meses antes que Hemingway. En su autobiografía evocaba sus primeras impresiones de la capital francesa: «la ciudad me fascinaba, hasta los barrios más sórdidos se me antojaban pintorescos… uno se sentía más alto, más importante, tras verse empequeñecido por los edificios de Nueva York…»6.

Dos Passos recordaba que una vez terminada la Guerra, París «estaba lleno de música, Eric Satie hacía furor, se oía a Debussy y a Ravel por todas partes. Era realmente la capital del mundo en aquella primavera de la Conferencia de Paz. Parecía como si todos los americanos capaces de leer y escribir se las hubieran apañado para conseguir un empleo en Europa»7. Montmartre, que Man Ray recorrió en compañía de algunos de los miembros del grupo surrealista, ofrecía el aspecto bucólico y alegre que todavía hoy atrae a turistas de todo el mundo: «las calles estaban atestadas de gente; la música de trompetas y acordeones inundaba el aire; en cualquier esquina, adornada con farolillos de colores, las parejas bailaban en torno a pequeños quioscos de música decorados con banderitas tricolores…».

No obstante, como la mayoría de los artistas de su generación, a la hora de fijar su residencia, Man Ray escogería Montparnasse, donde también vivieron algunos años Hemingway y Hadley, y donde se cimentaría la relación entre Hemingway y Miró: «Un día –escribía Man Ray– me enteré de que existía un barrio de París en cuyos cafés se reunía la comunidad de expatriados de todas las nacionalidades… tomé el metro una noche en que no iba a trabajar, y en efecto, me encontré en medio de un mundo cosmopolita. Fui de café en café, reparando en que los grupos estaban bastante bien delimitados: en un café había casi exclusivamente franceses, en otro una mezcla de distintas nacionalidades, en un tercero ingleses y estadounidenses que pedían directamente en la barra y eran los más jaraneros… En conjunto aquella animación me agradó, y decidí mudarme a ese barrio, lejos de las zonas más serias y formales de la ciudad… Era como un pueblo de provincias en el que se conocían todos los habitantes, sobre todo los pintores, escultores, escritores y estudiantes. Los turistas ocasionales eran más bien escasos, pues la mayoría infestaba el otro extremo de París, Montmartre, con sus clubs nocturnos y su champagne en abundancia…»8.

Hemingway aborrecía a los americanos que atestaban los bares del boulevard Montparnasse y se hacían pasar por artistas. En un artículo publicado en el Toronto Star Weekly en marzo de 1922, cargaba en particular contra los clientes americanos de la brasserie Rotonde: «se han esforzado tanto por aparentar dejadez y originalidad en la forma de vestir que han acabado adoptando un uniforme de excentricidad… Uno puede encontrar de todo en la Rotonde, excepto verdaderos artistas. El problema es que la gente que se pasea por el Barrio Latino ve la Rotonde y piensa que está en presencia de una asamblea de los artistas más auténticos de París. Quiero corregir esa impresión de forma pública, ya que cualquier artista de París que produzca una obra digna de respeto, odia y desprecia a la clientela de la Rotonde» 9.

Hemingway también acabaría frecuentando alguno de los locales más emblemáticos del 14e Arrondissement, en busca de un lugar apropiado donde trabajar. En A Moveable Feast, el escritor recordaba cuánto le irritaba que alguien lo interrumpiera cuando se instalaba en La Closerie des Lilas con sus cuadernos, dos lápices, un sacapuntas y algún amuleto en el bolsillo, como una castaña o una pata de conejo: «Había otros buenos cafés donde trabajar, pero estaban muy lejos a pie, y éste era mi café habitual»10. La manera de vestir era otra muestra de su radical independencia y autenticidad. Él seguiría al pie de la letra el consejo de Gertrude Stein, ahorraría dinero en ropa, y se lo gastaría en cosas más importantes que cultivar esa imagen de dejadez que distinguía a los falsos escritores. Dos Passos lo recordaba recorriendo las calles de la ciudad, montado en su bicicleta: «solía ponerse una camiseta a rayas como los participantes del Tour de France y recorría los bulevares periféricos con las rodillas a la altura de las orejas y la barbilla en el manillar. A mí me parecía ridículo, y en aquellos días Hem aceptaba una considerable dosis de tomadura de pelo»11. Harold Loeb también reparó en el aspecto descuidado y la autenticidad de Hemingway durante aquellos primeros años en Europa: «nunca me había encontrado a un americano tan poco afectado por vivir en París»12.

El barrio obrero donde se alojaron Hemingway y Hadley durante los dos primeros años estaba libre de toda sospecha de esnobismo, suficientemente lejos del radio de acción de los diletantes de Montparnasse. Fue Lewis Galantière, uno de los amigos parisinos de Sherwood Anderson, quien les encontró un piso de dos habitaciones en el número 74 de la Rue Cardinal Lemoine. El apartamento, estrecho y atestado de muebles, no tenía agua caliente. Sólo una persona cabía en la cocina y la única fuente de calor era una chimenea situada en el dormitorio, que había que alimentar con carbón13. En los bajos del mismo edificio había una pequeña sala de baile, un bal-musette que frecuentaban marinos y otros ruidosos clientes del vecindario. El sonido del acordeón llegaba hasta altas horas de la madrugada al cuarto piso, donde vivía la joven pareja. En la vecina plaza de la Contrescarpe había otro establecimiento, el sórdido Café des Amateurs, donde se reunían los borrachos del barrio14.

El hambre insaciable de movimiento y la pasión por la naturaleza era otra de las características que hacían a Hemingway difícilmente equiparable a la mayoría de los expatriados norteamericanos. A pesar de las infinitas posibilidades de París, parecía tan incapaz como Miró de permanecer todo el tiempo en la capital francesa. A finales de enero, cuando hacía apenas semanas que se había mudado con Hadley al apartamento de Cardinal Lemoine, ambos decidieron pasar unas semanas en Suiza y aprender a esquiar. En una pequeña localidad llamada Chamby se alojaron en una pensión, donde cada mañana, mientras todavía dormían, la mujer del dueño entraba en su habitación y ponía leña en la estufa de porcelana. En una carta a Katy Smith, Hemingway escribía: «desayunamos en la cama y tenemos derecho a otras dos comidas enormes. La señora es una cocinera de categoría, y por dos dólares al día nos prepara roast beef, coliflor con bechamel, patatas fritas, sopa, y arándanos con nata… ¿Por qué vivir en la maldita América cuando existen París y Suiza o Italia?»15. Ese mismo año, Hadley y Hemingway volverían a Chamby en otras dos ocasiones: en mayo, y de nuevo durante las navidades.

De regreso en París, a principios de 1922, Hadley decidió acondicionar el piso de Cardinal Lemoine. Instaló un piano en la sala de estar y trasladó la mesa del comedor al dormitorio, donde ambos la usarían como escritorio. También accedió a que una mujer, Marie Cocotte, limpiara y cocinara en el apartamento cada tarde, de cuatro a ocho. Por las mañanas, a petición de Hemingway, la pareja desayunaba en silencio. Tal vez él llevara horas despierto, trabajando desde las cinco o las seis de la mañana, y estuviera impaciente por retomar un verso inacabado, o el hilo de alguno de sus relatos breves16. Convencido de que no podría escribir en un apartamento tan pequeño, había alquilado un estudio a la vuelta de la esquina, en la Rue Mouffetard, en el mismo edificio donde en 1896 había muerto Paul Verlaine. Gastaba sumas considerables comprando leña para calentar aquel gélido desván. En invierno, cuando el día amanecía lluvioso, se paseaba por la calle y observaba las chimeneas de los edificios adyacentes. Si no había humo en ninguna de ellas sabía que le sería imposible encender un fuego, y entonces dirigía sus pasos a la Place Saint-Michel, en uno de cuyos cafés escribiría toda la mañana. Por el contrario, cuando conseguía encender la chimenea, el estudio de la calle Mouffertad era, según recordaba el propio Hemingway, un lugar cálido y agradable donde escribir. Como siempre estaba hambriento a causa del frío, los paseos por la ciudad o las largas horas de escritura, se llevaba al desván castañas asadas y mandarinas. Sentado ante la chimenea, tiraba semillas y peladuras de mandarina al fuego, y cuando estaba a punto de concluir la jornada de trabajo o ponerle el punto y final a algún relato, se regalaba un trago de kirsch, de alguna de las botellas que había traído de Suiza17.

En A Moveable Feast, el volumen de estampas parisinas que dejó inacabado al morir, Hemingway escribió con infinita nostalgia sobre aquellos años transcurridos en Europa. Son páginas emotivas, impregnadas del amor que sintió por Hadley y de sus desvelos por abrirse camino en el mundo de las letras. En uno de los capítulos, Gertude Stein le hace en el número 27 de la Rue Fleurus una curiosa distinción entre mujeres y hombres homosexuales, y cuando Hemingway se despide, sabe que al día siguiente tendrá que trabajar duro. «El trabajo lo podía curar casi todo, pensaba entonces y pienso ahora. Entonces lo único que necesitaba curar, decidí que creía Stein, era la juventud y amar a mi esposa. No me sentía triste en absoluto cuando llegué al apartamento de la calle Cardinal Lemoine y le conté a mi mujer todo el nuevo conocimiento adquirido. Durante la noche, éramos felices con el conocimiento que ya teníamos, y con otro conocimiento nuevo que habíamos adquirido en las montañas»18.

En otro capítulo, Hemingway recordaba el día en que descubrió la librería Shakespeare & Company y a Sylvia Beach, su propietaria. Aunque no llevaba dinero, Beach había dejado que se llevara un buen número de libros de préstamo. Cuando volvió a su casa, informó a su mujer sobre el maravilloso lugar que acababa de encontrar. Ella le dijo que tenía que volver y pagar. Él le contestó que podían hacerlo juntos y dar un paseo por la orilla del río, y en un instante, ambos planificaron el día entero: caminarían junto al Sena, visitarían galerías de arte, y se detendrían ante cada escaparate. Después, entrarían en un café donde nadie los conociera y tomarían una copa o dos. Hemingway comentaba que a partir de ese momento podrían leer todos los libros del mundo, y llevárselos consigo cuando fueran de viaje. «Qué suerte que hayas encontrado ese lugar», decía ella. «Nosotros siempre tenemos suerte», contestaba él, y al hacerlo se olvidaba de tocar madera, a pesar de lo fácil que habría sido hacerlo en el apartamento donde vivían19.

De pronto, toda la tristeza de la ciudad llegaba con las primeras lluvias de invierno, y Hemingway pensaba en escaparse con su esposa a las montañas, donde el agua caería en forma de nieve sobre las ramas de los abetos. Cuando volvieran de noche a casa, pensaba, en el calor de su habitación podrían leer en la cama, abrir la ventana, y ver cómo brillaban las estrellas. Cuando le proponía la idea a su mujer, ésta se mostraba, como siempre, impaciente por partir. «Creo que sería maravilloso», le decía. «¿Cuándo nos vamos?», añadía. «Cuando quieras», respondía él. «Yo quiero ir cuanto antes, ¿no te lo imaginabas?», decía ella. «A lo mejor hará buen tiempo cuando volvamos», sugería él. «Seguro que sí –contestaba ella–. Qué bien que se te haya ocurrido ir»20.

En su determinación a idealizar su primer matrimonio en A Moveable Feast, Hemingway olvidó mencionar lo sola que debió de sentirse Hadley mientras él escribía, y también durante los viajes que se vio obligado a emprender como corresponsal europeo del Toronto Star. En abril de 1922 estuvo en Ginebra, cubriendo una conferencia que se prolongó por espacio de cuarenta días. En otoño, otro encargo del periódico provocaría la primera crisis seria entre los dos. Hemingway partió a Constantinopla, a cubrir para el Toronto Star la guerra entre Grecia y Turquía. Hadley estaba tan furiosa ante la perspectiva de otro mes de soledad y preocupada por la seguridad de Hemingway, que se negó a hablarle durante los tres días previos a su partida. Cuando finalmente se separaron intentó mostrarse alegre en sus cartas a Grace Hall, aunque a punto estuvo de vencerla el sentimiento de culpa y de tristeza. Le había prometido a Hemingway que nada se interpondría entre él y su trabajo, y le había fallado21.

Sin embargo, cuando tenía ocasión de pasar tiempo a su lado, siempre se mostraba enérgica y receptiva a los intereses de su marido. Lo acompañó gustosa a los hipódromos de Enghien o Auteil, donde pasaban días enteros, estudiando los caballos y apostando un dinero que deberían haber destinado a cubrir necesidades mucho más perentorias. Cuando Hemingway se aficionó a las carreras de bicicletas la arrastró en más de una ocasión al Vélodrome d’Hiver. John Dos Passos, que recordaba a Hemingway como alguien con «una veta evangelista que le llevaba a tratar de convertir a sus amigos a la manía que le interesaba en un determinado momento», también estuvo con los Hemingway en el velódromo, durante los Six Jours, la carrera más célebre de las que allí se celebraban. «Hem –recordaba Dos Passos– forzaba a la pobre Hadley a pasar allí toda la noche, pero yo me escabullía y me iba a mi alojamiento cuando tenía sueño»22.

El último de los viajes por Europa que Hemingway tuvo que realizar por encargo del Toronto Star dio origen a la segunda crisis importante entre él y Hadley. A finales de noviembre de 1922 partió hacia Lausanne para cubrir la conferencia de paz entre Grecia y Turquía. Hadley se reuniría con él una vez terminada la conferencia, y juntos viajarían de nuevo a Chamby, donde iban a pasar las vacaciones de navidad. Cuando Hemingway le hizo saber que ya podía acudir a su encuentro en Lausanne, ella decidió darle una sorpresa y llevarle todos sus manuscritos, pensando que querría revisarlos o trabajar en ellos mientras estuvieran en Suiza. Todavía en París, Hadley llegó a la Gare de Lyon con una maleta y una bolsa de mano, donde había puesto todo cuanto Hemingway había escrito hasta la fecha, poemas, cuentos y el borrador de una primera novela. Un mozo le ayudó a llevar el equipaje a su compartimento. Como todavía faltaban algunos minutos hasta el momento de partir, Hadley se paseó por el andén y saludó a algunos corresponsales, que se dirigían a Lausanne para asistir al final de la conferencia. Cuando volvió a subir al tren, el equipaje de mano había desaparecido del vagón. Ella, incapaz de articular palabra, sólo pudo llorar cuando se reunió con Hemingway en Suiza. Él la perdonó desde el primer momento, pero volvió inmediatamente a París para ver si había quedado algo en el apartamento. Hadley estaba en lo cierto, ni siquiera había dejado las copias en papel carbón. Tan sólo se había salvado el manuscrito de «Up in Michigan», que había escondido en un cajón cuando Gertrude Stein le dijo que nadie se lo publicaría, otro cuento titulado «My Old Man», que había enviado para su publicación a la revista Cosmopolitan, y seis poemas que habían sido aceptados por la revista Poetry23.

Cuando volvió a Lausanne hizo lo posible por aparentar normalidad, pero muchos años más tarde le confesaría a Carlos Baker, el más reputado de sus biógrafos, que habría recurrido gustoso a la cirugía para borrar el recuerdo de aquella pérdida irreparable24.

En febrero de 1923, Hadley le comunicó a Hemingway que estaba embarazada. Al parecer, tan importante noticia en nada cambió el estilo de vida de la pareja. Desde Rapallo y con sus mochilas a cuestas caminaron en compañía de los Pound hasta Pisa y Siena25. El propio Hemingway afirmaba en A Moveable Feast que esquiaron en Cortina d’Ampezzo con el permiso de un doctor de Milan, que había permitido que Hadley esquiara, «si prometía no caerse»26.

En su autobiografía, Gertrude Stein afirma, sin embargo, que Hemingway parecía muy afectado por la noticia del inminente nacimiento de su primer hijo. La señora Stein le había animado a que dejara de escribir periodismo, si pensaba que entre él y su esposa tenían dinero suficiente para vivir. «Si sigue con los trabajos periodísticos -le había dicho– nunca tendrá ocasión de ver la realidad, sólo verá las palabras, y esto no basta, no basta, desde luego, si es que pretende ser escritor». «Vino a las diez de la mañana y se quedó –recordaba Stein– se quedó a almorzar, se quedó toda la tarde, y se quedó hasta las diez de la noche, y entonces, de repente, anunció que su esposa estaba embarazada, y con gran amargura añadió: ‘Y yo, yo soy demasiado joven para ser padre’. Le consolamos como pudimos, y luego le despedimos». Cuando volvió a visitarles, Hemingway dijo que habían tomado una decisión. Regresaría con Hadley a los Estados Unidos, trabajaría en firme durante un año y con sus ganancias y lo que tenían ahorrado organizarían su vida. Abandonaría el trabajo periodístico y se dedicaría a escribir. «Se fueron –concluía Stein– y al cabo de un año regresaron con un recién nacido»27.

10. PARÍS O EL CAMPO, Y NADA EN EL MEDIO

Durante el último verano que Miró pasó en Mont-roig antes de instalarse definitivamente en París, dio en su correspondencia nuevas muestras de desprecio hacia Barcelona, nostalgia por París y exaltación de esa combinación, que en lo sucesivo consideraría tan infalible como innegociable, de París y campo: «Cuando llegué a Catalunya pasé 10 o 12 días en Barna. Fueron días de suplicio; ¡todo se me cayó encima! –Las mujeres inaccesibles– yo pensaba siempre en aquellas citas, en aquellas rubias tan exquisitas!… Recibí una postal de un amigo de París con el puente de Alexandre III. Me emocionó; sentía escalofríos al ver la plaza Catalunya (desierto del Sáhara) y el arco de Triunfo en el P.S.Joan… Nada, nada, yo quiero casarme con una rubia, o tenerla como amiga o lo que sea, y ver siempre el Sena. No sé lo que tiene nuestro país, que todos los que se quedan cogen sueño y se quedan momificados»1. «La estancia en París me había abierto un mundo de ideas, y ahora con la tranquilidad excitante del campo me lanzo a trabajar fieramente. Tú ya sabes mi ideal París y el campo de Catalunya (naturalmente, de Mallorca también)»2. «Definitivamente, nunca más Barcelona. París y el campo, y esto hasta la muerte»3.

El sur de Tarragona le había ayudado a superar la parálisis creativa sufrida durante sus primeros meses en la capital francesa, y pocos días después de instalarse en Mont-roig, ya describía alguna de sus nuevas telas, en concreto, «Caballo, pipa y flor roja», y «El juego de cartas españolas»: «Dentro de poco espero acabar dos telas que me parece le interesarán… un rincón de escritorio rojo con un caballo flamenco encima, un libro, una pipa, una copa y una flor colorada… la otra, una mesa negra: encima un frutero con un melocotón y una pera, una botella de vino, una servilleta desplegada con un cuchillo encima, dos cartas de juego al lado»4.

Durante algún tiempo, dejó de lado el paisaje para concentrarse en las naturalezas muertas: «Este verano, pienso atacar poco el paisaje, aquí prefiero hacer otras cosas que me corren por la cabeza…»5. Los únicos paisajes que mencionó durante el verano de 1920 eran, de hecho, proyectos futuros, que como mucho adoptarían la forma de dibujo preparatorio. Muy probablemente, uno de esos paisajes fuera «La masía», que no empezaría hasta el verano siguiente: «Uno de estos días empezaré a hacer unos dibujos y apuntes, estudios para un cuadro importante que tengo pensado: un niño, un perro negro al lado, una regadora en el suelo; al fondo, el jardín de casa. Esta tela será muy grande, cuando sepa la medida ya le encargaré el bastidor»6.

Miró pintaba sin descanso: «Trabajo lo máximo que puedo. La gente que ha llegado a hacer algo ha seguido diversos caminos, pero de éste nadie se ha separado. Debe ser el objetivo más potente de la vida de un artista. Cuando verdaderamente se es artista, esto se convierte en un hecho fatal, como que la noche siga al día»7.

En otoño de 1920 expuso de forma simultánea, en el marco de sendas muestras colectivas, en París y en Barcelona. En julio de ese año escribió a Dalmau, anunciándole haber recibido una invitación de la Junta de Exposiciones Parisinas para que contribuyera con alguna obra al XXIII Saló d’Automme del Grand Palais, a celebrarse entre el 15 de octubre y el 12 de diciembre, y añadía: «Creo que sería conveniente que participe, para preparar el terreno para la futura exposición… hará falta que la gente de París esté avisada para prepararnos el terreno»8. Las primeras obras de Miró que el público parisino tuvo ocasión de contemplar fueron el «Autorretrato» y «Mont-roig, la iglesia y el pueblo», ambas de 1919. Las dos telas de Miró eran parte de una muestra de arte catalán, al que la organización había reservado dos salas.

Desde París, J.Pérez-Jorba envió dos crónicas del Salón para Las Noticias, y aseguró que las obras de Miró eran superiores a las de Sunyer, Gargallo, Togores o Vayreda. En el segundo de los artículos, Pérez-Jorba firmaba las palabras más elogiosas de todas cuantas se habían publicado hasta entonces a propósito de Miró: «Basta con los dos excelentes envíos que ha hecho a esta Exposición para darse cuenta de la valía de este artista, que se nos presenta sin rodeos, sin tanteos y sin vacilaciones para afirmar el talento suyo y su formalidad. Ved, primero, ese su retrato casi papal por la rojez con que se atavía… retrato cuya composición es de una estupenda valentía, por cuanto se sale sin temor de los cánones trillados… el otro lienzo, el que representa una ciudad de provincia entre huertos y jardines, no es menos sorprendente ni menos estupendo. Todo está allí dibujado y pintado en detalle, con perfiles claros y con colores plenos, o casi, con tonos radiantes de vida propia y con pincel limpio… Este paisaje tan brillante y tan risueño es sumamente catalán, pero de una catalanidad muy original, muy robusta…»9.

La otra muestra colectiva que se celebró ese otoño, y que contaba en su catálogo con producción de Miró, fue la Exposición de Arte Francés de Vanguardia que acogió en Barcelona la galería Dalmau entre el 26 de octubre y el 15 de noviembre. En la organización de la muestra colaboraban Léonce Rosenberg y Georges Bernheim. Otro francés, Maurice Raynal se encargó de redactar el prólogo del catálogo.

Terminada su estancia anual en Mont-roig, Miró empezó a preparar desde Barcelona su segundo y definitivo asalto a París. Seguía trabajando en «La mesa (naturaleza muerta con conejo)», un denso bodegón de tonos apagados con un gallo, un pescado, un botijo, algunas hortalizas y un conejo, desplegados sobre una mesa de madera tallada. Había empezado el cuadro en verano, y quería dejarlo listo antes de llegar a París, ya que presentía que en Francia sería objeto de «una nueva sacudida… ¡Que Dios me conserve estas sacudidas»10.

En sucesivas cartas a Enric C.Ricart, que ya se encontraba allí, Miró le pedía que le encontrara algún estudio en París11, y se ofreció en una carta a Picasso a pasar por casa de la madre del pintor malagueño y llevarle a Francia lo que fuera necesario, como ya había hecho en 192012. En enero de 1921 terminó «La mesa» y partió rumbo a Francia, con la tela enrollada, a primeros de febrero.

11. EL NACIMIENTO DEL MUNDO (I): LA LITERATURA, ANTES Y DESPUÉS DE HEMINGWAY

Hemingway sabía que «La masía» era un punto de inflexión en la carrera de Miró. En junio de 1925, pocos antes de adquirir el cuadro, tuvo ocasión de verlo en la Galerie Pierre de la Rue Bonaparte junto a otros inmediatamente posteriores, tan sintéticos y premonitorios del estilo definitivo del artista como «Paisaje catalán (el cazador), o «L’ermitage», ambos de 1924, así que era consciente de que Miró había inventado, muy poco tiempo después de completar «La masía», una nueva forma de pintar. Aunque no vivió para ver a críticos del peso de Robert Hughes afirmar que Miró es el artista más importante que Catalunya ha producido desde el siglo XII1, el mundo entero ya se había rendido al autor de «Las constelaciones» en 19452, y entre los libros de arte propiedad de Hemingway que se conservan en las casas de Key West y en La Habana, o en la biblioteca John Fitzgerald Kennedy de Boston, hay estudios importantes sobre Miró, escritos con la suficiente perspectiva histórica: Joan Miró de Clement Greenberg (1948), Miró y la imaginación de Cirici Pellicer (1949), o Joan Miró de James Thrall Soby (1959)3. Una rápida ojeada a cualquiera de estos volúmenes habría bastado a un lector tan voraz como él para constatar que a Miró se le atribuía la creación de un universo pictórico propio.

Más difícil es saber si, al contemplar «La masía» en la intimidad, compararía el impacto que tanto él como Miró habían tenido sobre sus respectivos medios de expresión. En todo caso, es innegable que Hemingway también había inventado una forma de escribir. Que el idioma inglés, en su registro escrito, había sido una cosa antes de su irrupción en la literatura y otra muy distinta en lo sucesivo.

En 1954 se le concedió el Premio Nobel «por su maestría en el arte de la narrativa… y por la influencia que ha ejercido sobre el estilo contemporáneo»4. Edward F. Stanton, autor de Hemingway en España, afirma: «Hemingway fue uno de los pocos escritores norteamericanos, desde Mark Twain, que creó un estilo inconfundible. Moldeó un estilo para nuestro tiempo en los años 20, y según nos acercamos a la última década del siglo, ese estilo tal vez sea el más característico que nuestra época haya creado en América o en cualquier parte. A pulso, Hemingway atestó un golpe duradero a la retórica y a las afectaciones de toda literatura previa. El ritmo de su prosa está todavía en el oído de la mayor parte de los jóvenes que empiezan a escribir en inglés, y de muchos que escriben en otros idiomas»5.

Mientras trabajó para el Kansas City Star, Hemingway aprendió mucho de las ciento diez reglas para escribir periodismo que el fundador del periódico, W.R. Nelson, había reunido en un documento, y que eran de obligado cumplimiento para todos los empleados del rotativo. Wellington forzó a Hemingway a ensamblar frases cortas, a huir de los lugares comunes y a expresarse llanamente, con el menor número posible de adjetivos. «Esas son las mejores reglas que he aprendido sobre el arte de la escritura –afirmaba Hemingway–. Si se atiene a ellas, ningún hombre con algo de talento que crea en lo que está tratando de decir y lo escriba honestamente, podrá escribir mal»6.

La influencia de Sherwood Anderson, a quien conoció en Chicago, fue igualmente importante. Treinta y tres años mayor que él, Anderson, que le había hecho renunciar a la idea de volver a Italia y lo animó a ir a París, escribió con gran brillantez sobre la adolescencia en textos como «I Want to Know Why» o «Winesburg, Ohio», que Hemingway imitó en algunos de sus primeros relatos, como «My Old Man», «The Three-day Blow» o «The End of Something»7. En uno de los capítulos de A Moveable Feast, Hemingway afirmaba, a propósito de Sherwood Anderson: «me gustaban mucho alguno de sus relatos breves. Estaban escritos con sencillez, a veces maravillosamente escritos, conocía a las personas sobre las que escribía y sentía un amor profundo por ellas»8.

Ezra Pound, otro de los escritores que influyó en el estilo de Hemingway, era según Man Ray «de una arrogancia de lo más dominante cuando se trataba de cuestiones literarias…. Es posible que el fundamento de sus escritos fuera excesivamente erudito para ser apreciados por alguien que no poseyera una sólida erudición anglosajona»9. Vivía con su esposa Dorothy en la calle Notre-Dame-des-Champs, en un modesto apartamento, bien iluminado y lleno de cuadros. Muchos eran obra de pintores japoneses amigos de Ezra, aristócratas que llevaban el pelo muy largo. Hemingway recordaba cómo balanceaban sus negras cabelleras cuando hacían reverencias, y aunque le impresionara su aspecto, no le gustaban ni entendía lo que pintaban. Tampoco le gustaban los cuadros de Picabia y de Wyndham Lewis que había en el piso de los Pound. «Le gustaban los cuadros de sus amigos –escribió en A Moveable Feast– lo cual es muy bonito como gesto de lealtad aunque puede ser desastroso como criterio».

Pound era, según Hemingway, «el escritor más generoso y desinteresado… ayudaba a poetas, pintores, escultores y escritores de prosa en los que creía, y probablemente habría ayudado a cualquiera metido en un problema, creyera en él o no»10. Pound había intentado que The Dial, una revista de Nueva York, publicara algunos de los poemas de Hemingway, y envió uno de sus relatos breves a The Little Review, otra de las publicaciones más vanguardistas en los Estados Unidos durante las dos primeras décadas del siglo XX. Ninguna de las dos incluyó los textos de Hemingway en un primer momento, pero Hadley se sentía muy orgullosa y agradecida ante el interés mostrado por un escritor de tanta estatura11. Sin embargo, lo mejor que Pound hizo nunca por Hemingway fue sugerirle algunos cambios cuando éste le envió el manuscrito de «An Alpine Idyll»: «Es una buena historia pero un tanto literaria y Tennysoniana. Yo preferiría que te centraras MÁS en el tema, y que fueras menos literario. TODO lo que se añade por encima del tema es MALO. La literatura es básicamente arropar un tema… El tema es siempre lo bastante interesante sin la ropa». Hemingway ignoró los consejos de Pound y publicó el cuento sin modificarlo, aunque más tarde, en una carta, le admitió que la historia era fallida, precisamente por los motivos que había apuntado12.

Gertrude Stein fue otra de las personas que dejaron su impronta en el estilo de Hemingway. Creía que la generación de Dos Passos y de Hemingway era una generación perdida, los jóvenes que habían servido en la guerra no respetaban nada, beberían hasta morir alcoholizados si era preciso13. Edward F. Stanton lo expresa muy bien en su libro Hemingway en España: «El ambiente dominante en París en aquellos momentos podría describirse con una palabra: irracionalidad. Dos siglos de progreso en la ciencia y en la tecnología no habían mejorado la naturaleza humana ni hecho más perfecta a la sociedad; por el contrario, habían contribuido a la destrucción mecanizada, al envenenamiento químico, a la hecatombe –más de 22 millones de muertos– de la Gran Guerra. Los escritores y artistas de París rechazaban por lo general la tradición racionalista y científica, buscando nuevas formas y sentimientos en el mundo de la naturaleza, en las sociedades primitivas o en el subconsciente»14.

En el apartamento de Stein en el número 27 de Rue Fleurus, aparte de admirar su imponente colección de cuadros y degustar aguardientes, a Hemingway le gustaba hablar con ella sobre literatura o sobre pintura, aunque a Stein la vida de los pintores le interesaba más que los cuadros que habían pintado. También le gustaba leer o hablar sobre lo que Miss Stein hubiera leído o escrito recientemente. Stein tenía un enorme volumen de obra escrita pero detestaba corregirla o editarla, así que muchos de sus manuscritos resultaban indescifrables. Hemingway creía que los críticos habían alabado alguno de sus textos influidos por su carisma, y también por el valor de su colección de pintura. No parecían contemplar la posibilidad de que alguien con tanto criterio a la hora de comprar cuadros pudiera ser una mala escritora. Él mismo admitía que uno de los relatos que había publicado, «Melanctha», era muy bueno. «También había descubierto muchas verdades sobre los ritmos y los usos de las repeticiones de palabras que eran válidos y valiosos, y hablaba bien sobre todo ello»15.

James Joyce también desempeñó un papel importante en la formación literaria de Hemingway. Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica, creía que la madre de Hemingway pudo transmitirle, a fuerza de enseñarle música, el gusto por el ritmo y la cadencia del lenguaje, y apuntaba al hecho de que Joyce también había recibido una sólida educación musical16. Cuando fue a Canadá en otoño de 1923 con ocasión del nacimiento de su primer hijo, Hemingway afirmaba que Joyce era «el mejor escritor del mundo»17, pero en privado expresaba algunas reservas a propósito del escritor irlandés18. La copia de Ulysses que le regaló Sylvia Beach, y que actualmente se conserva en la biblioteca John Fitzgerald Kennedy de Boston, revela que sólo leyó la primera mitad y el monólogo final de Molly Bloom. En un fragmento inédito de «Big Two-Hearted River», uno de sus relatos breves, insinuaba que los únicos personajes bien elaborados de Ulysses eran los que Joyce había inventado, como el señor y la señora Bloom19.

En A Moveable Feast, el propio Hemingway aporta abundantes claves acerca del proceso que le llevó a crear un estilo narrativo original. Cuando no conseguía que un texto avanzara, sentado ante la chimenea de su estudio en la calle Mouffetard, acercaba la piel de una mandarina al fuego, observaba la llama azulada que la envolvía, y se tranquilizaba diciéndose que siempre había conseguido escribir y que también lo conseguiría entonces. Todo lo que tenía que hacer era escribir una frase verdadera, escribir la frase más honesta que pudiera. Así que escribiría una frase sincera, y seguiría a partir de allí: «Entonces era fácil porque siempre había alguna frase verdadera que yo conocía, que había visto o le había oído decir a alguien… descubrí que podía cortar toda la parte ornamental, desecharla y empezar por la primera frase honesta y declarativa que había escrito. En aquella habitación decidí que escribiría una historia sobre cada una de las cosas que sabía. Intentaba hacerlo cada vez que escribía, era una disciplina buena y rigurosa»20. Hadley recordaba que en ocasiones, después de un largo día de trabajo, su esposo volvía a casa con una sola frase «a la que podía aferrarse sin herir su conciencia, su terrible conciencia artística»21. No siempre supo Hemingway expresarse de forma tan simple y directa. Según recordaba en A Moveable Feast, en la primera novela que había empezado, la que había desaparecido con el resto de sus manuscritos en la Gare de Lyon, «todavía tenía la debilidad por la lírica de la niñez, tan perecedera y engañosa como la propia juventud»22.

La capacidad de Hemingway a la hora de sugerir, de transmitir sensaciones de forma implícita, es el último de los elementos característicos del estilo de Hemingway revelados en A Moveable Feast. En Cortina d’Ampezzo había conseguido terminar un relato breve, «Out of Season», lo primero que hacía después de la traumática pérdida de sus manuscritos en la Gare de Lyon. Había omitido el final de la historia, en el que uno de los protagonistas decidía acabar con su propia vida: «Esa omisión se debía a mi nueva teoría, según la cual podías omitir cualquier cosa si sabías que la omitías, y la parte omitida reforzaría la historia y haría que la gente sintiera algo más de lo que había entendido». En ese momento de su carrera, añadía Hemingway, estaba claro que la gente no entendía gran cosa, ya que todavía no había generado una demanda para sus escritos. Pero si la gente era capaz de entender la pintura acabaría entendiendo sus historias. Sólo era cuestión de tiempo y seguridad en sí mismo23.

En primavera de 1923, aparte de sus artículos periodísticos, sólo había publicado una fábula titulada «A Divine Gesture» en una publicación de Nueva Orleans llamada Double Dealer (mayo de 1922), un poema en la misma revista en junio del mismo año, y otros seis poemas deudores de Kipling en la revista Poetry. Mientras estaba con Hadley en Rapallo había conocido a Edward O’Brien, editor de una antología anual de relatos breves. La revista Cosmopolitan había rechazado «My Old Man», se lo había devuelto a Hemingway por correo y éste, sin demasiada convicción, se lo había mostrado a O’Brien, que se comprometió a incluirlo a finales de año, en la antología de 192324.

En Rapallo y Cortina d’Ampezzo Hemingway también escribió seis textos breves, apenas unos apuntes o viñetas, que en primavera de 1923 fueron publicados en los Estados Unidos en The Little Review, a iniciativa de Ezra Pound. Alguno tenía una extensión de un solo párrafo. Casualmente, el mismo número de The Little Review incluía reproducciones de cuatro cuadros de Miró: «La masía», «La casa de la palmera», «Autorretrato» y «La mesa (naturaleza muerta con conejo)». El número se titulaba «Exiliados», porque la mayoría de los colaboradores eran americanos instalados en París. Sólo tres, Fernand Léger, Jean Cocteau y Miró eran europeos25. Uno de los textos breves de Hemingway partía de un artículo que había enviado a Canadá desde Adrianópolis (Edirne), durante su viaje a Turquía, en el que describía con absoluta frialdad y economía de medios la diáspora de los griegos, que habían sido expulsados de sus casas. En su día un colega periodista, Lincoln Steffens, le había felicitado por el artículo, pero Hemingway le había asegurado que en su primera versión, más comprimida y enviada por cable, se había visto obligado a sintetizarla mucho más, hasta depurar cada palabra. Hem le había puesto un nombre a ese tipo de lenguaje, «el cablés», y le había asegurado que nada se le podía comparar. Más adelante, sin embargo, le confesó a Steffens que se había visto obligado a dejar el periodismo. No podía seguir comprimiendo sus textos hasta tal extremo, el uso compulsivo del cable amenazaba con deformarlo como escritor para siempre26.

A partir de «La masía», Miró se sentiría igualmente inclinado a eliminar todo elemento superfluo de sus pinturas, y como Hemingway, llegó a hacer de la síntesis un elemento característico de su estilo.

12. DÍAS DE HAMBRE EN LA RUE BLOMET

En febrero de 1921 Miró ya se encontraba de nuevo en París. Instalado provisionalmente en el hotel Innova, se dirigió por escrito a Dalmau, para decirle que el hotel se hallaba «cerca del taller», y añadía: «Mañana tengo que ir con la Sra madre de Gargallo, para que me presente a la conserje y ponerme a trabajar»1.

Muchos años más tarde, en una conversación con Jacques Dupin, Miró recordaría que «Gargallo, ese buen escultor y amigo, ese aragonés valiente, honesto y de gran generosidad ocupaba el taller. Pero durante los meses de invierno, enseñaba, como su viejo compañero Artigas, en la Escuela de las Artes y Oficios de Barcelona, una escuela muy libre, muy abierta, de la que, por cierto, lo expulsaron más tarde por haber firmado un manifiesto contra el dictador Primo de Rivera. Gargallo me ofreció su taller durante los meses de invierno; cuando volvía a París, era yo quien me iba a la masía de Mont-roig»2.

El estudio de la Rue Blomet, donde Miró terminaría «La masía» en 1922, tuvo para él una importancia vital. Allí entró en contacto con toda una generación de pintores y sobre todo poetas, jóvenes e inconformistas como él; allí aprendió a hablar francés con fluidez, trabajó sin descanso, pasó hambre y frío, y sintetizó su lenguaje pictórico hasta dar con un estilo propio e intransferible; con las obras allí producidas se ganó la inclusión en el grupo de los surrealistas y se aseguró un lugar destacado en la historia del arte contemporáneo: «La calle Blomet –recordaba Miró en una entrevista transcrita por Jacques Dupin en 1977– es un lugar, es un momento decisivo para mí. Ahí descubrí todo lo que soy, todo lo que llegaría a ser… pertenecía a un pequeño distrito de París. En el número 45, una vez traspasado un pasadizo y el habitáculo de la conserje, dabas a parar a un patio donde había un arbusto de lilas y algunos talleres modestos…»3.

La calle era una de las arterias de Vaugirard, anexionada a París hacia 1860. Hasta ese momento, había sido una población rural, que vendía fruta, verduras y vinos a los comercios de la ciudad. A los parisinos les gustaba pasearse por ahí, atraídos por su ambiente de pueblecito, sus cabarets y sus merenderos. Vaugirard tenía también canteras, que proveían de arcilla y de piedra a los constructores de la capital. Allí los obreros y artesanos parisinos podían encontrar vivienda barata, y los artistas, inmuebles abandonados donde instalar sus talleres. Durante la segunda mitad del s.XIX había acogido a numerosos escultores. Era la época de los grandes monumentos funerarios, y la proximidad de los cementerios de Vaugirard hizo que en los números 45 y 47 de la Rue Blomet trabajaran, sucesivamente, los escultores André Laoust, Auguste Rodin, o Alfred Boucher. Más tarde, ya iniciado el siglo XX, el frenesí creativo de Montparnasse extendió su onda expansiva hasta la calle Blomet, y convirtió el complejo de talleres del nº 45 en uno de los centros de arte más avanzados del primer cuarto del siglo XX4.

Blomet Paradiso, una asociación de vecinos dedicada a preservar la rica historia de la Rue Blomet, cree que nadie fue capaz de recrear su ambiente como Robert Desnos: «El paseante que, una tarde cualquiera, se aventure por la calle Blomet –escribió el poeta francés– puede ver, no lejos del Bal Nègre, un gran edificio en ruinas. Crece la hierba. Las enredaderas de la casa vecina sobresalen por encima del muro y detrás de una puerta cochera se alza un árbol robusto… Este patio era un fenómeno parisino, un cercado herboso, donde había plantado un lila que todavía debe florecer cada año, y una parra que el gerente, que tenía sus propias ideas estéticas, ordenó arrancar porque aquello ‘hacía suciedad’…»5.

«Teníamos una portera horrible –recordaba Miró en sus conversaciones con Georges Raillard– una mujer alta y gorda, rubia, malcarada, una bruja»6. También recordaba que al lado de su taller, había «un mecánico que hacía un ruido infernal, y el estudio de un escultor bombero que llevaba barba y levita, y que modelaba grandes yesos de generales y otros personajes importantes de la república. No teníamos con él más que relaciones de buena vecindad, entre artistas»7. «Un taller de construcción –proseguía Desnos– empezaba su trabajo a las siete y media de la mañana. Un motor llenaba el vecindario de un ruido que no he vuelto a encontrar, más que a bordo de los grandes paquebotes. Un ruido arrullador, del más allá. Costaba despertarse entre semana, pero los domingos, cuando el taller no funcionaba, el sueño se interrumpía a la hora precisa en que el motor se debería haber puesto en marcha. Un antiguo inquilino había abandonado en la hierba dos medallones de mármol, dejados a cuenta por un marmolista del cementerio de Montparnasse, que se hundían lentamente en la tierra… En verano, los pájaros trinaban en este patio. En invierno, la nieve se conservaba más pura y durante más tiempo que en ningún otro lugar de París»8.

En marzo, Miró aseguraba haber conocido a mucha gente: «me he hecho muy amigo de Max Jacob… es simpatiquísimo y tiene mucho talento»9. Empezó a frecuentar las reuniones que todos los miércoles organizaba Jacob en La Savoyarde, al pie del Sacré-Coeur, y allí conoció a André Masson, que sería su vecino de taller y cómplice principal en la Rue Blomet. A finales de los años 50, el propio Masson todavía recordaba los detalles de su primer encuentro con Miró: «Max Jacob hacía de ama de casa y recibía como un animador de revistas… Y allí encontré un día a Joan Miró, tan desconocido como yo mismo. Miró me dice que es pintor. Yo le digo que voy a dejar Montmartre porque acabo de alquilar un taller en el número 45 de la Rue Blomet. Y él me responde: ¡Qué curioso! Yo también acabo de alquilar un taller en esa calle. Seremos vecinos... Todo esto parece providencial»10.

«Nuestros talleres –recordaba Miró– se tocaban, oíamos todo cuanto ocurría en el de al lado. El suyo era muy ruidoso, el mío muy tranquilo. Masson vivía con su mujer Odette y su pequeña hija Lili, en un desorden y una suciedad indescriptibles. Yo, en cambio, tenía la manía del orden y de la limpieza. Las telas estaban ordenadas, las brochas limpias, y lustraba el parquet con cera. Mi taller estaba impecable como el camarote de un navío. Vivía solo, en la más absoluta indigencia, pero cuando salía llevaba monóculo y polainas blancas. Me gustaba dejar mi célula monacal y pasar al inverosímil desorden de papeles, botellas, telas, libros y objetos domésticos que poblaban el estudio vecino. Adoraba a la pequeña Lili, le llevaba caramelos y la hacía saltar sobre mis rodillas. Hablábamos, bebíamos, escuchábamos música… Masson trabajaba por la noche como corrector del Journal officiel, se acostaba al alba, y yo ya llevaba un buen rato trabajando cuando se despertaba… trabajaba de forma febril. Escuchando música, entre la algarabía de las conversaciones. Yo sólo podía trabajar en soledad y en silencio, con una disciplina ascética… Con él, los cambios de impresiones eran constantes. También solíamos salir a pasearnos por la orilla del Sena. Era maravilloso, el Sena, a cualquier hora y en cualquier época. La tradición nos hacía tirar monedas al agua para conjurar la mala suerte. Me encantaba hacer círculos en el agua, me encantaban los reflejos, los colores cambiantes en función de la luz»11.

En las cartas que escribió a partir de febrero de 1921, Miró –envalentonado por sus primeras críticas elogiosas– se mostraba decidido a celebrar la exposición individual a la que ya tuvo que renunciar un año antes. «Todos mis compañeros aquí –afirmaba en una carta a Dalmau– han subido: Ricart, Mercadé, Togores… sólo yo, que todo el mundo dice que tendré éxito, y que soy el más pintor, estoy como antes, por detrás de mucha gente inferior a mí. Yo, pensando sólo en trabajar, y sacrificándolo todo a mi arte, le ofrecí a usted mi corazón abierto, y no dudo que usted responderá también a mi nobleza, en igual forma, cumpliendo el pacto de hacerme una exposición en París esta primavera, naturalmente en la forma más conveniente, y haciéndome seguir el camino ascendiente que siguen mis compañeros»12. Apenas cuatro días más tarde, en otra misiva empleaba términos si cabe más apremiantes: «Le agradeceré que me escriba rápidamente, con datos concretos y precisos, para saber a lo que debo atenerme… Si esta exposición no puede hacerse esta temporada en París, yo sentiré muchísimo anular el compromiso y obrar por mi cuenta»13.

En marzo ya se mostraba mucho más contento, y le anunciaba al pintor Joaquim Sunyer «la muestra tendrá lugar, a partir del 29 de abril, en La Licorne, galería sita en el nº 110 de la Rue de la Boétie»14.

A diferencia de lo que le ocurrió un año antes, en el transcurso de esta segunda estancia en París Miró sí pudo pintar. En una misiva a Ràfols, afirmaba estar trabajando en dos telas, «Retrato de una bailarina española» y «Naturaleza muerta –El guante y el diario», y tener planeadas otras dos: «Ahora trabajo en una cabeza de mujer; he hecho un bodegón muy grande, y cuando haya acabado todo esto quiero comenzar dos grandes telas de figuras. Por las noches, dibujo desnudos»15.

Por lo demás, supervisó hasta el último detalle todo lo concerniente a su inminente exposición, como la confección del catálogo: «Tendríamos que procurar que no haya pie de imprenta, o que no conste que está hecho en Barcelona. Este dato es importantísimo. Usted ya conoce el carácter de los franceses. Nos expondríamos a que algún crítico de los más fanáticos dijera alguna tontería sobre esto. Sería lástima que por tan poca cosa saliéramos perjudicados»16.

La galería La Licorne, hoy desaparecida, había sido inaugurada en otoño de 1920, y era propiedad del doctor Girardin. En una de sus salas, hasta el 14 de mayo expuso Miró veintinueve pinturas y quince dibujos realizados entre 1915 y 192017. El prólogo del catálogo corría a cargo de Maurice Raynal, que enfatizaba, a lo largo de todo el texto, la juventud del pintor, a pesar de que éste acababa de cumplir 28 años18. El propio Miró analizaba en una carta el prólogo, y afirmaba: «Yo creo que está muy bien escrito, y que me presenta como a un joven no como a un debutante»19.

Un día después de la inauguración, el pintor se mostraba eufórico: «Por fin tenemos abierta la exposición! Yo estoy contentísimo del vernisage. Vino gente de importante representación dentro del mundo del arte, y a todos les interesó mucho… Ya ve que el comienzo no puede ir mejor»20.

Las críticas fueron, por lo general, muy favorables. El único comentario negativo procedía de A. Gysal, que desde las páginas de Journal du Peuple afirmaba: «Miró es como una especie de negro que, llegado desde el fondo extremo de Senegambia y desembarcado repentinamente en París, tuviera la pretensión de describirnos las costumbres del boulevard, antes siquiera de haberse tomado el tiempo de detenerse en Dakar. Esta manera de intrusión en el modernismo, cuando se siente que el pintor no ha visto jamás pintura de ninguna época, es absolutamente insoportable». René-Jean, en cambio, escribía para Comoedia: «El señor Joan Miró se presenta ante nosotros con unas obras que dan testimonio de un innegable don de pintor. Sus retratos son verídicos, concisos, precisos sin sequedad. Le gusta el detalle y sin embargo nunca aburre queriendo apoyarse en una monótona minuciosidad»21.

13. ESPAÑA NUNCA CABRÁ EN UN SOLO LIBRO

Hemingway dijo una vez: «un gran escritor parece haber venido al mundo con un conocimiento nato; pero no es así; ha venido al mundo con la habilidad de aprender más deprisa que otros hombres»1. En «La masía», Miró conseguiría reflejar en una sola tela todo lo que Hemingway había visto y sentido en sus viajes por Castilla, Andalucía o Navarra. Si aquello era algo que muy pocos artistas españoles podían expresar de forma tan sintética y evocadora, ¿qué posibilidades tenía un extranjero como él de lograr algo semejante? ¿Hasta qué punto podía captar la esencia de un pueblo milenario un escritor en constante movimiento? ¿Le hacía «La masía» ser consciente de sus propias limitaciones como cronista de todo lo español?

Que Miró hubiera sido capaz de representar tan magistralmente un país del que Hemingway acababa de enamorarse tuvo que influir mucho, tal vez más que cualquier otra consideración, en su decisión de pagar por «La masía» un dinero que no tenía. Pocos escenarios tuvieron para Hemingway tanto peso como España, pocos paisajes o culturas se vieron tan ampliamente reflejados en su obra. «Amo a España como amo a Idaho, Wyoming y Montana», escribió en Dangerous Summer. «Es como si estuviera en casa. Me siento más en casa en Madrid que en Nueva York»2. En A Moveable Feast Hemingway dedicaba todo un capítulo al río Sena y a los anónimos parisinos que pescaban en sus orillas, pero recordaba que él nunca pescó en París, «no tenía cebo, y prefería ahorrar mi dinero para pescar en España»3.

Es posible que Hemingway ya consiguiera vislumbrar la costa española desde la cubierta del Chicago, cuando cruzó el Atlántico por primera vez en mayo de 1918, para servir en la guerra como conductor de ambulancias. A su regreso a casa en enero de 1919, todavía convaleciente de sus heridas, el transatlántico SS Giuseppe Verdi recaló en Gibraltar, y desde allí Hemingway viajó a Algeciras, donde pasó tres días inolvidables y aprendió a jugar al «rouge y noir»4. La segunda vez que cruzó el océano en dirección al Viejo Continente, ya en compañía de Hadley, el SS Leopoldina hizo escala en Vigo, el 18 de diciembre de 1921. En uno de sus artículos para el Toronto Star, titulado «La pesca del atún en España», describía la ciudad gallega, donde apenas pasó algunas horas, como un pueblo edificado junto a un puerto «lo bastante grande como para acoger la armada británica en su totalidad». Las montañas, pardas y calentadas por el sol se hundían en el agua como dinosaurios viejos y cansados. El mar, azul como el de la bahía de Nápoles, estaba lleno de peces multicolores y bancos de caballa o lubina, y era el escenario de la lucha diaria entre los «buenos pescadores» locales y el atún, «rey de todos los peces». Por un dólar, cualquiera podía acompañarlos a faenar todo el día. La pesca del atún era una labor ardua y pesada para la espalda, pero si después de seis horas de lucha uno conseguía llevar uno de aquellos especímenes a puerto, «será purificado y podrá presentarse ante los muy ancianos dioses, y éstos te harán sentir bienvenido»5.

La tercera incursión de Hemingway en tierras españolas, mucho más prolongada y determinante, tuvo lugar en primavera de 1923, pocos meses antes del nacimiento de su primer hijo. Ni siquiera ausentándose con frecuencia de París había conseguido saciar plenamente su hambre de aventura y naturaleza. En Suiza, en cualquier terreno que fuera lo suficientemente plano habían construido enormes hoteles, edificios monstruosos con aspecto de relojes de cuco6. La Selva Negra le había parecido un espacio domesticado, plagado de turistas alemanes y trámites burocráticos si uno quería pescar en sus ríos7. Tal vez la mayor decepción fue la de los escenarios de la Primera Guerra Mundial que había conocido como conductor de ambulancias. Con Hadley visitó Schio, Fossalta y el río Piave, pero todo rastro de batalla había sido borrado apresuradamente. Allí donde había sentido tan intensamente la camaradería del soldado y la proximidad de la muerte, ya no quedaban ni trincheras, ni olor a pólvora, ni equipamiento militar abandonado8. Hemingway estaba a punto de ser padre, y parecía sentir como nunca la necesidad de reconectar con la plenitud y la belleza primitiva que había encontrado durante su propia niñez en los fríos e incontaminados lagos del norte de Michigan. De saberse tan vivo como en el Norte de Italia, donde tan cerca había estado de morir.

Varias fueron las personas que le sugirieron la idea de viajar a España y asistir a una corrida de toros. El pintor Mike Strater, a quien conoció en 1922, había visto una. Alice B.Toklas le había mencionado las fiestas de San Fermín en Pamplona, y en Death in the Afternoon, Hemingway recordaba a Getrude Stein hablando de corridas y de su admiración por Joselito9. Hemingway también conoció al pintor español Luis Quintanilla en 1922, y es posible que, ya en el transcurso de su primer año en París, hubiera coincidido con Picasso en casa de Gertrude Stein. Cualquiera de los dos pintores pudo haberle dado información adicional, y de primera mano, sobre el enigmático arte de la lidia.

De todo su círculo de amistades parisinas, John Dos Passos era, aparte de los españoles, el que más conocimientos podía transmitirle. Durante la Primera Guerra Mundial, Dos Passos, cuyo abuelo paterno había emigrado a América desde Portugal, se había querido inscribir en el servicio de ambulancias para ir al frente, pero su padre se había opuesto. A cambio de renunciar a alistarse, le envió a pasar el invierno a España, a aprender español y a hacer cursos preparatorios para la carrera de arquitectura. Dos Passos llegó a España en octubre de 1916. Allí tomó el té con Juan Ramón Jiménez y conoció a Valle Inclán en un café, a las tres de la mañana. Su cicerone fue Pepe Giner, sobrino del fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Dos Passos decía que el padre de Pepe parecía, al igual que Juan Ramón Jiménez, pintado por El Greco. La madre era una de las señoras devotas de los cuadros de monjas de Zurbarán. El Madrid que veía alzarse en silueta contra el cielo del crepúsculo era todavía la ciudad que había pintado Goya. En un vagón de tercera, volviendo de Toledo, había conocido a José Robles, que más tarde traduciría sus libros al español. En aquella época Robles era un aficionado a los toros, y le gustaba dibujar toreros. Dos Passos afirmaba que era capaz de disfrutar de una corrida de vez en cuando pero nunca fue un verdadero aficionado, a pesar de lo cual acompañó a Hemingway a Pamplona en 1924, cuando éste decidió asistir por segunda vez a las fiestas de San Fermín»10.

Entre los textos breves de Hemingway que The Little Review había publicado en 1923 había uno especialmente truculento, sobre una corrida imaginaria. Para escribirlo, su autor no había tenido más remedio que basarse en lo que otros le habían contado. En el relato, el primer matador es abucheado después de ser cogido en una mano. El segundo sufre una cornada en el estómago y se desmaya antes de poder entrar a matar, así que el tercer matador tiene que terminar la corrida él solo y dar muerte a cinco toros bravos11.

De pronto, asistir a una auténtica corrida, verla con sus propios ojos, se había convertido para Hemingway en una obsesión. Para conseguirlo, viajaría de nuevo a España y lo haría sin Hadley, que se quedaría en París. Sus acompañantes de viaje aquella primavera de 1923 serían Robert McAlmon, que asumiría la mayor parte de los gastos de Hemingway, y Bill Bird. Casado con una poeta inglesa, McAlmon había llegado a París en 1921, y con el dinero de su suegro había fundado una editorial, Contact Publishing Company, que en pocos meses publicaría el primer libro de Hemingway, una colección de tres relatos breves y diez poemas. Bill Bird, por su parte, había fundado una agencia de noticias llamada Consolidated Press Association. No contento con su trabajo como periodista, también había fundado una editorial, Three Mountains Press, y a sugerencia de Ezra Pound decidió añadir a Hemingway a su lista de futuros autores. A principios de 1924, Three Mountains Press publicaría In Our Time, segundo libro de Hemingway12.

Según explicaba en un artículo que escribió para el Toronto Star, antes de partir hacia España Hemingway comió en el restaurante Strix con Mike Strater, que en uno de los menús apuntó el nombre de una pensión de la Vía San Jerónimo donde se alojaban los toreros, un plano de El Prado con la localización exacta de los cuadros de El Greco, y el nombre de un restaurante, Casa Botín, una de cuyas especialidades era el cochinillo asado. Se fueron de la capital francesa una mañana, y llegaron a Madrid a las cuatro y media de la tarde del día siguiente, con el único objetivo de ver corridas. Después de buscar durante dos horas, recurrieron a la reventa y pagaron veinticinco pesetas por cada entrada. Habían comprado asientos de barrera. Con el problema de las entradas resuelto se sentaron en la acera a esperar, frente a un bar de Puerta del Sol: «Era muy excitante estar sentado frente a una gran cafetería en tu primer día en España con una entrada en el bolsillo que significaba que lloviera o hiciera sol, en una hora y media ibas a ver una corrida». Dentro de la plaza, los hombres escrutaban con prismáticos a las mujeres que se sentaban en los palcos. Los tres matadores de la tarde iban a ser Gitanillo, Chicuelo y Nicanor Villalta. Por fin el ruedo quedó desierto. Sonaron los clarines, uno de los empleados de la plaza abrió la puerta de toriles, y el primer toro de la tarde hizo su aparición: «El toro era absolutamente increíble. Parecía un enorme animal prehistórico, absolutamente letal y absolutamente sañudo. Y era silencioso. Atacaba en silencio, a galopadas elegantes e impetuosas. Cuando se daba la vuelta lo hacía con las cuatro patas sobre el suelo, como un gato». En el transcurso de los siguientes días, Hemingway viajaría desde Madrid hasta Sevilla, Ronda y Granada, y vería un total de dieciséis corridas. «No voy a disculpar las corridas –escribió–. Son una rémora de los tiempos del Circo Romano. Pero requieren una explicación. El toreo no es un deporte. Es una tragedia. Una tragedia de grandes dimensiones. La tragedia es la muerte del toro. Se representa en tres actos bien definidos… Todo tiene que hacerse con elegancia, sin esfuerzo aparente y siempre con dignidad»13.

En junio, Hemingway volvió a París a desgana, deslumbrado por lo que había visto. Aunque el embarazo de Hadley seguía su curso, decidió aprovechar los últimos meses de libertad antes del parto, regresar con ella a España, y asistir a las fiestas de San Fermín de aquel mismo año. En el artículo que escribió sobre aquel viaje a Pamplona para el Toronto Star, afirmaba que la gente atestaba las calles, la música y el baile no se detenía nunca. Todos los carnavales que había visto hasta la fecha palidecían al lado de aquella fiesta descomunal. Hadley y Hemingway llegaron por la noche. Cuando él se despertó al amanecer, su mujer ya estaba asomada al balcón, vestida y lista para bajar a la calle. Toda la gente parecía dirigirse al mismo lugar, así que salieron para averiguar qué ocurría. Un repartidor de periódico les dijo que se trataba de un encierro, pero se fue corriendo antes de poder explicarles lo que aquella palabra significaba. Cuando Hemingway vio los ocho toros corriendo hacia la plaza, azuzados por la muchedumbre, comprendió que «es tradicional en Pamplona darles a los toros una última ocasión de arremeter contra la ciudad entera antes de quedar encerrados en toriles». Mientras estuvieron allí llovió intensamente, y el Ebro se desbordó a su paso por Zaragoza. Las corridas tuvieron que ser suspendidas dos días seguidos, pero al tercero, después de un fuerte aguacero matinal, el sol salió por la tarde, y Hemingway tuvo ocasión de ver la mejor corrida de su vida. Maera sufrió una torcedura de muñeca y sólo pudo hacer una de sus dos faenas. Olmos fue cogido por el toro mientras lidiaba con su primer toro, y Algabeño tuvo que matar cinco veces en una sola tarde. Sorprenden y mucho las similitudes entre el texto breve que Hemingway había escrito en primavera de 1923 y lo que afirmaba haber visto en Pamplona, cuatro meses más tarde. ¿Eran mera coincidencia, o deformó la realidad para aproximarla, con efectos retroactivos, a la ficción? El artículo acababa con una recomendación: si uno se consideraba un hombre valiente y maduro, lo último que debía hacer era llevar a su mujer a una corrida de toros. Lo único que hacía que la mayoría de los esposos conservara a sus esposas era que sólo había un número limitado de toreros, y un número igualmente reducido de mujeres que hubieran visto una corrida14.

Día tras día, Hadley se sentó a su lado en la plaza de toros, elaborando prendas para su futuro bebé, «tejiendo en presencia de toda aquella brutalidad»15. Ambos creían que sería un niño, y Hemingway había convencido a Hadley de que obligar a la criatura a asistir a una corrida, incluso antes de haber nacido, tendría efectos positivos16.

Mary Hemingway, su última esposa, escribió extensamente sobre los aspectos más alegres y placenteros de la relación que Hemingway tenía con España: «absorbía ávidamente todo lo que pudiera ofrecerle, como la estrella de mar que con cinco estómagos y cinco ojos devora una ostra». Mary afirmaba que Hemingway, a quien no afectaba el humo del tabaco tan abundante en la Península Ibérica, era capaz de reconocer docenas de olores: «los viejos olivos de Andalucía le transmitían una fragancia dulce, ligeramente especiada, en Valencia se reencontraba con el aroma del mar, y en la Catedral, con el olor enfermizo de la pobreza… En los descampados de Ávila le asaltaba el perfume de las flores silvestres, tan abundantes como las de una floristería; en Navarra y La Mancha se conmovía ante la visión de los campos ondulados de trigo, cuyas espigas se mecían al viento como las olas del mar. Cuando viajaban hacia Sevilla desde las montañas de Córdoba, oteaba el horizonte en busca de La Giralda cuando verla era todavía del todo imposible. A Hemingway le gustaba tocar las barreras de las plazas de toros, tan toscamente pintadas de rojo, y contemplar las golondrinas que volaban sobre los ruedos. Sin embargo, la más celebrada de todas las visiones era la de sus cuadros favoritos en El Prado, demasiado numerosos como para poder ser mencionados»17.

Cuando Mary lo conoció, Hemingway había tenido toda una vida para conocer España en profundidad y fue capaz de mostrarle su versión más bucólica o amable. Sin embargo, tal y como afirmaba el propio novelista en Death in the Afternoon (1932), en un primer momento viajó la península ibérica porque las corridas de toros le permitirían presenciar una muerte violenta sin prisas ni temor alguno por su propia integridad física: «Estaba intentando aprender a escribir, empezando por las cosas más simples, y una de las cosas más simples y más fundamentales que existen es la muerte violenta». Terminada la guerra, el único lugar donde uno podía ver morir en directo era una plaza de toros, y él deseaba ardientemente viajar a España y estudiarlo todo detenidamente: «Yo había visto ciertas cosas, ciertas cosas simples de ese tipo, pero por haber participado en ellas, o por haber tenido que escribir sobre las mismas de forma inmediata…nunca había tenido la oportunidad de estudiarlas como uno podría, por ejemplo, estudiar la muerte de su propio padre o ver cómo cuelgan a un desconocido, sin tener que contarlo para la edición matinal o vespertina de un periódico»18.

Era inevitable que las Fiestas de San Fermín impresionaran hasta tal punto a un hombre como Hemingway, siempre tan conectado con sus instintos más primarios, siempre dispuesto a usar la caña de pescar o la escopeta de caza. En Pamplona había visto cómo los españoles habían convertido la muerte de animal salvaje en una ceremonia ritual. En los encierros, en las capeas o en las inacabables borracheras, los navarros y los visitantes de otros puntos de la península habían demostrado la virilidad, el valor y la camaradería que él mismo había conocido en la guerra. Y por si eso no fuera bastante, allí uno podía comprar una botella de litro por dos pesetas y beber hasta hartarse a la vista de todos, mientras que en los Estados Unidos, donde él había sido educado de forma tan puritana, el consumo de alcohol acababa de ser ilegalizado.

En lo más íntimo, Hemingway había establecido un vínculo personal e intransferible entre los tres lugares que más le habían marcado, la región de los lagos del norte de Michigan, el frente italiano de la Primera Guerra Mundial y España. La mayor parte de los Estados Unidos se había echado a perder, y él había tenido que encontrar una «buena tierra» muy lejos de su país natal, tal y como le hizo saber por carta a William Faulkner en un inglés rudimentario, inspirado en el de los indios americanos: «Mi país desaparecido. Árboles cortados. No queda nada más que gasolineras, urbanizaciones, donde cazábamos agachadizas en la pradera… Hallé buena tierra fuera, aprendí idioma tan bien como inglés y lo perdí de la misma manera…»19.

El hispanista Edward F. Stanton afirma que Hemingway encontró en España un filón inagotable, relativamente poco explorado, para sus escritos. En las corridas de toros, «había conseguido ver un espectáculo que abarcaba la irracionalidad expresada por tantos artistas de la época. En el viejo ritual de la vida y la muerte, Hemingway encontró su propia versión de las máscaras africanas de Picasso y la exaltación de la vida primitiva de los surrealistas. Había descubierto un territorio que no había reclamado, increíblemente, ningún otro artista importante»20.

Las corridas de toros, podría haber añadido Stanton, llevaron a Hemingway a comprender y codiciar un cuadro como «La masía» de Miró, cuyo espíritu vitalista y luminoso no impedía la presencia de elementos de irracionalidad o exaltación de la vida primitiva.

14. MIRÓ PINTA LA «LA MASÍA» (1921-1922)

Después de conseguir su objetivo más prioritario, que era exponer en París, Miró volvió una vez más a Mont-roig a pasar el verano, e inmediatamente anunció que estaba trabajando en un gran paisaje, que ya había empezado a proyectar un año antes1. El cuadro, testamento definitivo de la devoción que sentía por la casa de Mont-roig y anuncio del inminente final de la fase realista, debió de requerir toda su concentración, puesto que apenas escribiría cartas desde julio de 1921 hasta junio de 1922, fecha en que por primera vez afirmaba haberlo terminado.

El 25 de julio de 1921, en una misiva escrita desde Mont-roig, se limitaba a constatar que está «trabajando mucho en el paisaje» 2. Seis días después, afirmaba: «Trabajo dos telas; una más grande que aquella que vio en Barcelona. Son dos paisajes que me ocuparán hasta el invierno, hasta la época de volver a París» 3. A mediados de agosto, le escribía a Ràfols: «Aprecio el interés que se toma por ver lo que yo hago… Ahora, que justo estoy en el principio, hace un mes y medio que la trabajo, no se puede ver absolutamente nada; esto espero que le hará comprender y respetar mi sistema de no enseñar a nadie mis telas durante su ejecución. No sé si Dalmau le ha contado nunca el respeto religioso que sobre esto me tenía cuando yo trabajaba en la tela de «La mesa»4.

Una tercera carta, redactada a inicios de octubre de 1921 todavía desde Mont-roig, daba idea de la lentitud con la que avanzaba la ejecución de la obra: «Yo sigo trabajando con la misma intensidad, y con la misma humildad de un obrero que trabaja todas las horas de jornal para sostener a la familia. Continúan irremisiblemente invisibles mis dos telas. La gran tela supongo que cuando la vea, o sea cuando esté acabada, le sorprenderá y creo que le interesará, ya que usted no juzga las cosas con la mezquindad de alma con que aquí se miran todas las cosas» 5. En marzo de 1922, poco antes de partir de nuevo hacia París, escribe que piensa acabar «la tela» la semana siguiente 6, pero más adelante confiesa: «Al llegar a París estuve todavía todo un mes trabajando mi tela, sin ver a nadie y encerrado en el taller»7.

En el estudio de la Rue Blomet, Miró pudo terminar «La masía» sin distracciones de ningún tipo. En su anterior estancia en París, la de 1921, había dormido en hoteles, primero en el Innova, más tarde en el Namur, y aunque en una carta había afirmado que esa solución provisional le iba «de primera»8, en 1922 se decidió a vivir en el estudio, tal y como ya había anunciado en otra misiva enviada desde Mont-roig: «He alquilado el mismo taller de Gargallo en París, y podré vivir allí. Por tanto, este invierno podré trabajar con gran intensidad»9. Ante la perspectiva de pasar noche y día en el estudio parisino, aprovechó los últimos días de aquel verano de 1921, transcurrido en Mont-roig, para aprender labores domésticas: «Dentro de poco se marcha mi familia. Yo me quedaré solo en el Mas hasta que acabe lo que estoy haciendo, para irme enseguida a París. Actualmente estoy haciendo prácticas de menaje y de cocina. Por mucho que tenga a la masovera que me cuida, siempre es bueno saber hacer todo esto. Créame que es muy divertido aprender a hacer un huevo frito y saber hacer la cama»10.

La primera mención detallada al lento proceso que desembocó en «La masía» no debe buscarse en las cartas que escribió Miró entre 1921 y 1922, sino en una entrevista con Francesc Trabal, la primera que se publicó del pintor, aparecida en La Publicitat, de Barcelona, en 1928: «Hice una exposición en La Licorne de París. Después volví aquí. Y otra vez Mont-roig me acogió con toda su claridad y con toda su vida. Entonces quise acabar todo aquel período mío que desde Mont-roig veía tan claro, e hice La ferme. ¡Nueve meses de trabajo constante y pesado! ¡Nueve meses cada día pintando y borrando y haciendo estudios y volviéndolos a destruir! La ferme fue el resumen de toda mi vida en el campo. Desde un gran árbol a un pequeño caracol, quise poner todo lo que yo quería del campo. Creo que es insensato dar más valor a una montaña que a una hormiga (y eso los paisajistas no lo saben ver), y por eso no dudaba en pasarme horas y horas para darle vida a la hormiga. Durante los nueve meses que trabajé en La ferme, trabajaba en ella siete u ocho horas diarias. Sufría terriblemente, bárbaramente, como un condenado. Borraba mucho. Y comenzaba a deshacerme de influencias extranjeras para ponerme en contacto con Cataluña»11. Muchos años más tarde, en otra conversación con Dora Vallier, Miró añadía un detalle interesante al relato de su ejecución de «La masía»: «Yo sólo acentué lo que veía. Antes de comenzar el cuadro había hecho muchos dibujos preparatorios de animales y de flores. Pero lo que me interesaba sobre todo era el árbol del medio, un eucalipto. Tenía la sensación de que estaba vivo, que tenía una vida secreta, y yo quería desentrañar su misterio. En París, al ponerme a trabajar de nuevo en el cuadro, comprendí en seguida que había algo que no funcionaba. Echaba en falta el motivo. Entonces, para poder trabajar del natural, para hacer las hierbas que se ven en primer plano, fui a coger algunas al Bois de Boulogne, y para poder continuar el cuadro, acabé pidiendo que me enviaran hierbas auténticas de Mont-roig en el interior de un sobre. Llegaron todas secas, claro. Pero al menos, gracias a esas flores, pude continuar el trabajo»12.

A finales de los años 70, Miró seguía aportando claves del proceso de ejecución del cuadro. En una entrevista con Lluís Permanyer, afirmaba que partió de un planteamiento estrictamente figurativo, y que de forma natural, inconscientemente, fue asistiendo a una transformación, desde el realismo a un territorio todavía desconocido, nunca antes transitado: «Tardé casi un año en acabarla, y no por ninguna dificultad de trabajo manual: la causa de tanta lentitud era que aquello que veía experimentaba una metamorfosis. Realicé la obra de manera absolutamente realista: todo lo que aparece en el cuadro estaba allí: no me inventé nada. Sólo eliminé el enrejado de la parte frontal del gallinero porque impedía que se vieran los animales. Lo que había de hacer era, antes de la metamorfosis a la que me refería, plasmar bien minuciosamente la masía que tenía delante de mis ojos en Mont-roig. Por ejemplo, aquel gran eucalipto que domina el centro de la tela lo copié con mucha atención: cada vez que me desviaba del modelo, borraba lo que había dibujado con una tiza de esas que usan los niños en la pizarra de la escuela, y hacía las correcciones necesarias. Estaba absolutamente convencido de que realizaba un cuadro importante, en el que intentaba resumir el mundo que me rodeaba. Piensa que tres meses al año los pasaba en la casa de Mont-roig; mis padres se iban y yo me quedaba solo. Me impregnaba de la atmósfera del campo, aislado del bullicio urbano, en compañía de los animales: gatos, perros, aves: no tenía otra luz que la lámpara de aceite. No me propuse hacer una síntesis de mi obra precedente, sino que me vino a medida que trabajaba la tela. He de confesar que nunca tuve conciencia de que con «La masía» acababa el período realista y comenzaba una nueva época, porque no tenía ni idea de lo que a partir de entonces me proponía el azar»13.

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