Kitabı oku: «Susurran tu nombre»

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
Susurran tu nombre
Título original: The Whisper Man
Publicado originalmente en inglés por Penguin Books Ltd, London.
© Alex North 2019
El autor reconoce sus derechos morales sobre la obra.
© 2020, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.
© De la traducción del inglés, Isabel Murillo
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.
© Diseño de cubierta: Will Steahle
ISBN: 978-84-9139-521-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Dedicatoria
[Disculpa]
Primera parte: Julio
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Segunda parte: Septiembre
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Tercera parte
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Cuarta parte
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Quinta parte
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sexta parte
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Agradecimientos
Para Lynn y Zack
[Disculpa]
Jake.
Hay muchísimas cosas que me gustaría contarte, pero hablar siempre nos ha resultado difícil, ¿verdad?
Por eso he decidido contártelo por escrito.
Recuerdo cuando Rebecca y yo te trajimos a casa desde el hospital. Estaba oscuro y nevaba, y jamás en mi vida había conducido con tanto cuidado. Tenías tan solo dos días y te llevábamos en una sillita especial, en el asiento de atrás. Rebecca dormitaba a tu lado y, de vez en cuando, yo os miraba a través del espejo retrovisor para verificar que seguíais bien.
Porque, ¿sabes?, estaba acojonado. Me crie como hijo único, sin estar acostumbrado a los bebés, y entonces, de repente, me encontré con que me había convertido en responsable de uno que además era mío. Eras tan increíblemente pequeño y vulnerable, y yo estaba tan poco preparado, que me parecía ridículo que te hubiesen autorizado a salir del hospital conmigo. No encajamos desde un principio, tú y yo. Rebecca te cogía con facilidad, con naturalidad, como si hubiese nacido de ti y no al revés, mientras que yo siempre me sentí torpe, asustado de tener aquel peso tan frágil entre mis brazos e incapaz de adivinar qué querías cuando llorabas. No te entendía en absoluto.
Y eso no cambió nunca.
Cuando te hiciste algo más mayor, Rebecca me dijo que era porque tú y yo nos parecíamos mucho, aunque no sé si es verdad. Espero que no lo sea. Siempre he deseado un futuro mucho mejor para ti.
El caso es que, sea por el motivo que sea, somos incapaces de hablar, razón por la cual intentaré contártelo por escrito. La verdad sobre todo lo que pasó en Featherbank.
Lo del Señor Noche. Lo del niño en el suelo. Lo de las mariposas. Lo de la niña con aquel vestido tan raro.
Y lo del Hombre de los Susurros, claro está.
No va a ser fácil, y me veo obligado a empezar con una disculpa. Durante muchos años, te dije infinidad de veces que no había que tener miedo a nada. Que los monstruos no existían.
Siento haberte mentido.
Primera parte
Uno
El secuestro de un hijo por parte de un desconocido es la peor pesadilla de cualquier padre. Pero, desde un punto de vista estadístico, es un suceso altamente improbable. El riesgo de que los niños sufran daños y abusos por parte de un familiar en su casa es mucho mayor, y por muy amenazador que pueda parecer el mundo exterior, la verdad es que los desconocidos suelen ser gente decente, mientras que el hogar es, en realidad, el lugar más peligroso de todos.
Y el hombre que acechaba por el descampado al pequeño Neil Spencer, de seis años de edad, estaba perfectamente al corriente de esto.
Moviéndose en silencio, en paralelo a Neil por detrás de unos arbustos, no perdía de vista en ningún momento al niño. Neil caminaba despacio, ignorando el peligro al que estaba expuesto. De vez en cuando, daba un puntapié en el suelo y levantaba una nube de polvo, blanco como la tiza, que envolvía sus zapatillas deportivas. El hombre, que avanzaba con mucha más cautela, oía en cada ocasión el sonido del contacto rasposo del calzado contra el suelo. Y no emitía sonido alguno.
Era una tarde templada. El sol había estado azotando con fuerza y sin miramientos durante la mayor parte del día, pero ya eran las seis y el cielo estaba neblinoso. La temperatura había caído notablemente y la atmósfera había adquirido un matiz dorado. Era una de esas tardes en las que te apetecería sentarte en el jardín, disfrutar de una copa de vino blanco frío y contemplar la puesta de sol, sin pensar en tener que entrar a coger una chaqueta hasta que hubiera oscurecido y fuera ya demasiado tarde para tomarse esa molestia.
Incluso el descampado, bañado por aquella luz ambarina, parecía un lugar bello. Era una parcela llena de matorrales, que lindaba con el pueblo de Featherbank por un lado y con una vieja cantera abandonada por el otro. El terreno ondulado estaba seco y sin vida, aunque del suelo brotaba algún que otro arbusto tupido, proporcionándole a la zona cierto aspecto laberíntico. Pese a no ser un lugar del todo seguro, los niños del pueblo solían jugar por allí. A lo largo de los años, muchos habían sentido tentaciones de bajar a la cantera, cuyas escarpadas paredes se desmoronaban a menudo. A pesar de que el Ayuntamiento colocaba vallas y carteles, la opinión general era que tendría que hacer mucho más. Al fin y al cabo, los niños siempre encontraban la manera de eludir cualquier obstáculo.
Y tenían la costumbre de ignorar cualquier señal de alarma.
El hombre sabía mucho sobre Neil Spencer. Había estudiado al detalle tanto al niño como a su familia, como si fueran el tema de un proyecto de investigación. El niño no iba muy bien en la escuela, tanto a nivel académico como social, y rendía muy por detrás de sus compañeros en lectura, escritura y matemáticas. Iba casi siempre vestido con ropa de segunda mano. En cuanto al carácter, parecía mayor que la edad que tenía, puesto que exhibía ya rabia y rencor hacia el mundo. En pocos años, quedaría catalogado como un niño acosador y problemático, pero, por el momento, aún era lo bastante pequeño como para que la gente perdonara su conducta alborotadora. «No lo hace aposta», debían de decir. «Él no tiene la culpa de nada». La situación no había alcanzado todavía ese punto en el que Neil pudiera ser considerado el único responsable de sus actos y, en consecuencia, la gente se veía obligada a hacer la vista gorda.
El hombre había estado observándolo. Y no era complicado de ver.
Neil había pasado el día en casa de su padre. Su madre y su padre estaban separados, una circunstancia que el hombre consideraba positiva. Los dos eran alcohólicos, con niveles fluctuantes de conducta. A los dos, la vida les resultaba mucho más fácil cuando su hijo estaba en casa del otro, y a ambos les costaba entretenerlo cuando estaba con ellos. En términos generales, Neil se las apañaba y se defendía solo, lo cual explicaba, hasta cierto punto, la dureza que el hombre había visto desarrollarse en el niño. Neil era un estorbo en la vida de sus padres. Y, evidentemente, no era un niño querido.
Aquella tarde, y no era la primera vez, el padre de Neil estaba tan borracho que no había podido llevar a su hijo en coche hasta casa de su madre y, por lo visto, también le había dado pereza acompañarlo a pie. El niño tenía casi siete años, debía de haber pensado el padre, y había pasado todo el día prácticamente sin compañía. Y por eso Neil estaba ahora volviendo solo a casa.
Pero no tenía ni idea de que acabaría en una casa muy distinta. El hombre pensó en la habitación que había preparado e intentó contener su emoción.
Neil se detuvo en mitad del descampado.
El hombre se detuvo también y miró entre las zarzas para averiguar qué era lo que había llamado la atención del niño.
Entre unos arbustos, alguien había tirado un televisor viejo, que tenía la pantalla abombada, pero por lo demás estaba intacto. Neil le dio un puntapié exploratorio, pero el aparato pesaba y no se movió. Para el niño, aquel televisor, con rejilla y botones a un lado de la pantalla y la parte posterior del tamaño de un bombo, debía de ser como un artilugio de otra época. Al otro lado del camino había unas cuantas piedras. Y el hombre observó, fascinado, como Neil se dirigía hacia allí, seleccionaba una y la arrojaba contra el cristal con todas sus fuerzas.
«¡Bum!».
Un sonido potente en un lugar silencioso. El cristal no se hizo añicos, pero la piedra lo traspasó y dejó un agujero con los bordes estrellados, como de un disparo. Neil cogió una segunda piedra y repitió el gesto, fallándole la puntería esta vez, pero luego volvió a intentarlo. Con el resultado de un nuevo orificio en la pantalla.
El juego empezaba a gustarle.
Y el hombre entendía por qué. Aquel acto de destrucción trivial era equiparable a la agresividad cada vez mayor que el niño exhibía en la escuela. Era un intento de dejar su huella en un mundo que parecía ignorar por completo su existencia. Tenía su origen en el deseo de ser visto. De ser tenido en cuenta. De ser amado.
En el fondo, eso era lo que el niño quería.
El corazón del hombre empezó a acelerarse, le dolía solo de pensarlo. Salió en silencio de entre los arbustos, por detrás del niño, y susurró su nombre.
Dos
«Neil. Neil. Neil».
El inspector Pete Willis caminaba con cautela por el descampado, oyendo cómo los policías que lo acompañaban repetían a intervalos preestablecidos el nombre del niño desaparecido. Entre una llamada y otra, reinaba el más absoluto silencio. Pete levantó la vista y se imaginó las palabras flotando en la oscuridad, desapareciendo en el cielo nocturno del mismo modo que Neil Spencer parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.
Barrió con el haz de luz de la linterna el suelo, proyectando un dibujo cónico, tanto para alumbrar sus pasos como para buscar algún indicio del niño. Pantalón de chándal y calzoncillos de color azul, camiseta con un motivo de Minecraft, zapatillas deportivas negras, mochila tipo militar, cantimplora de agua. El aviso había entrado justo cuando acababa de sentarse a disfrutar de la cena que se había preparado, y pensar en que el plato debía de seguir allí en su mesa, sin tocar y enfriándose, hizo que le rugiera el estómago.
Pero había desaparecido un niño y había que encontrarlo.
La oscuridad hacía invisibles a los demás agentes, pero sus linternas seguían iluminando la zona. Pete miró el reloj: las 20.53. El día tocaba prácticamente a su fin y, a pesar de que por la tarde había hecho calor, la temperatura había caído bruscamente en el último par de horas y el aire gélido le provocó un escalofrío. Con las prisas, se había olvidado la chaqueta en comisaría y la camisa apenas le protegía contra los elementos. Además, sus huesos empezaban ya a ser viejos —tenían cincuenta y seis años de edad—, aunque la verdad era que tampoco hacía una noche para que los más jóvenes estuvieran a la intemperie. Y muy especialmente un niño perdido y solo. Herido, lo más probable.
«Neil. Neil. Neil».
Sumó a la llamada su propia voz:
—¡Neil!
Nada.
Las primeras cuarenta y ocho horas posteriores a cualquier desaparición son siempre las más cruciales. El aviso de desaparición del niño se había recibido a las 19.39, apenas hora y media después de que el pequeño hubiera salido de casa de su padre. Tendría que haber llegado a su casa hacia las 18.20, pero como la coordinación entre los padres en cuanto a acordar la hora de llegada de Neil había sido escasa, la ausencia no había quedado patente hasta que la madre había telefoneado por fin a su exmarido para preguntar por el niño. Cuando la policía había llegado a la escena del suceso, a las 19.51, la oscuridad se cernía sobre el lugar y habían transcurrido ya cerca de dos horas de las cuarenta y ocho iniciales. Y ahora habían pasado ya casi tres.
Pete sabía que, en la inmensa mayoría de casos, los niños desaparecidos se localizaban rápidamente sanos y salvos y se devolvían a la familia. Los casos de desaparición infantil se dividían en cinco categorías: casos descartables, desaparición voluntaria, accidente o percance, secuestro dentro del ámbito familiar y secuestro fuera del ámbito familiar. Las leyes de la probabilidad apuntaban a que la desaparición de Neil Spencer acabaría siendo resultado de algún tipo de accidente y que el niño sería localizado pronto. Pero aun así, cuánto más avanzaba Pete por aquel descampado, más le decía su instinto que el resultado sería distinto. Notaba una presión agobiante en el corazón. Aunque, por otro lado, sabía también que cualquier desaparición en la que estuviera implicado un niño le hacía sentirse así. Aquello no quería decir nada. Era simplemente que los terribles recuerdos de lo sucedido veinte años atrás emergían a la superficie y arrastraban con ellos malas sensaciones.
El haz de luz de la linterna enfocó un objeto de color gris.
Pete se detuvo en seco y volvió a enfocar hacia aquel punto. Debajo de unos arbustos había un viejo televisor con la pantalla rota por varios lugares, como si la hubieran utilizado a modo de diana para hacer puntería. Se quedó observando el aparato unos instantes.
—¿Alguna novedad?
Era una voz anónima que preguntaba desde la cercanía.
—No —respondió Pete.
Después de una búsqueda infructuosa, Pete llegó al otro extremo del descampado al mismo tiempo que los demás agentes. Y una vez que hubo dejado atrás la oscuridad, la luminosidad decolorada de las farolas de la calle le resultó extrañamente mareante. En el ambiente había un leve zumbido de vida que estaba ausente en el silencio del descampado.
Instantes después, sin nada mejor que hacer en aquellos momentos, dio media vuelta y echó a andar por donde acababa de venir.
No sabía muy bien hacia dónde iba, pero se encontró sin darse cuenta caminando hacia un lado, en dirección a la vieja cantera que se abría en uno de los extremos del descampado. A oscuras, aquello era terreno peligroso, de modo que se dirigió hacia el grupo de linternas del equipo de búsqueda que se disponía a iniciar sus trabajos en la cantera. Mientras unos agentes recorrían el borde y enfocaban las linternas hacia la ladera mientras seguían llamando a Neil, el grupo al que se había acercado Pete estaba consultando mapas y preparando el descenso por el abrupto sendero que conducía hacia el fondo. Cuando Pete llegó junto a ellos, un par de hombres levantaron la cabeza.
—¿Señor? —dijo uno de ellos reconociéndolo—. No sabía que hoy estuviera de guardia.
—Y no lo estoy. —Pete levantó la cinta de la valla de protección para pasar, se agachó y se sumó a ellos, vigilando dónde ponía el pie—. Pero vivo al servicio de este pueblo.
—Entendido, señor —contestó el agente con ciertas dudas.
No era habitual que un inspector se presentara para llevar a cabo un trabajo duro y monótono como aquel. La inspectora Amanda Beck estaba coordinando la incipiente investigación desde su despacho en el departamento y el equipo de búsqueda que exploraba sobre el terreno estaba integrado principalmente por agentes sin rango. Pete imaginó que tenía muchas más horas a sus espaldas que cualquiera de ellos, pero aquella noche quería ser simplemente uno más. Había desaparecido un niño, lo que significaba que había que encontrar a un niño. El agente que acababa de interpelarlo tal vez era demasiado joven para recordar lo que había sucedido con Frank Carter hacía ya dos décadas y para comprender por qué a nadie debía sorprenderle encontrar a Pete Willis trabajando en circunstancias como aquella.
—Vigile por dónde pisa, señor. El terreno es un poco inestable.
—No se preocupe.
Y también lo bastante joven como para considerarlo también un viejo, al parecer. Seguramente no había visto nunca a Pete en el gimnasio del departamento, que visitaba cada mañana antes de empezar a trabajar. A pesar de la diferencia de edad, Pete apostaría lo que fuera a que podía levantar más peso que aquel joven en cualquier máquina. Vigilaba por dónde pisaba, efectivamente. Vigilarlo todo, incluso a sí mismo, era una reacción instintiva en él.
—De acuerdo, señor, bueno, el caso es que estamos a punto de bajar. Coordinándolo todo.
—No soy el responsable de la operación. —Pete apuntó con la linterna el sendero para inspeccionar el escabroso terreno. El haz de luz alcanzaba una distancia muy corta. El lecho de la cantera no era más que un enorme agujero negro—. Su superior es la inspectora Beck, no yo.
—Sí, señor.
Pete siguió mirando hacia abajo, pensando en Neil Spencer. Las rutas más probables que podía haber seguido el niño ya habían sido identificadas. Se habían recorrido las calles. Se habían puesto en contacto con sus amigos y no habían sacado aún nada en claro. Si la desaparición del niño era resultado de un accidente o de una desgracia, la cantera era el único lugar que quedaba donde tenía algún sentido encontrarlo.
Pero el mundo negro que se extendía bajo sus pies se percibía completamente vacío.
No podía saberlo con seguridad, al menos aplicando la lógica. Pero sabía por instinto que no encontrarían a Neil Spencer allí.
Que muy posiblemente no lo encontrarían nunca.
Tres
—¿Recuerdas lo que te conté? —dijo la niña.
Lo recordaba, pero Jake se esforzaba por ignorarla. Todos los demás niños del Club 567 estaban fuera, jugando al sol. Se oían los gritos y el sonido del balón de fútbol rodando por el asfalto y, de vez en cuando, un golpe sordo contra la pared del edificio. Pero él seguía sentado dentro, trabajando en su dibujo. Habría preferido quedarse solo para acabarlo.
No es que no le gustara jugar con la niña. Claro que le gustaba. De hecho, era la única que quería jugar con él la mayoría de las veces y, en condiciones normales, se alegraba de verla. Pero aquella tarde la niña no tenía ganas de jugar. De hecho, estaba muy seria, y a Jake no le gustaba eso nada de nada.
—¿Lo recuerdas bien?
—Supongo.
—Pues entonces, dilo.
Jake suspiró, dejó el lápiz y se quedó mirándola. Iba vestida, como siempre, con un vestido de cuadros azules y blancos, y en la rodilla derecha tenía aquel rasguño que nunca acababa de cicatrizar. Mientras que las otras niñas siempre iban con el pelo limpio, peinado con una melenita hasta los hombros o recogido en una cola de caballo alta, el de aquella niña se proyectaba alborotado hacia un lado y parecía no haber visto un cepillo en mucho tiempo.
Por la cara que puso la niña, era evidente que no pensaba rendirse, de modo que Jake le repitió lo que ella le había contado.
—Si dejas la puerta entreabierta…
Era sorprendente que se acordara, la verdad, puesto que no había hecho ningún esfuerzo especial para memorizar aquellas palabras. Pero, por algún motivo, las recordaba. Sería por el ritmo. A veces, oía una canción por la CBBC y acababa repitiéndola mentalmente durante horas. Su padre le había dicho que aquello se conocía como «gusano musical», y Jake se había imaginado entonces los sonidos abriendo un orificio en un lateral de su cabeza y abriéndose paso hacia el cerebro.
Cuando hubo terminado, la niña asintió, satisfecha. Y Jake volvió a coger el lápiz.
—¿Y qué significa? —preguntó.
—Es un consejo. —La niña arrugó la nariz—. O algo así. Los niños lo decían cuando yo era pequeña.
—Ya, ¿pero qué significa?
—Es simplemente un buen consejo —dijo la niña—. En el mundo hay mucha gente mala. Y muchas cosas malas. Así que es bueno recordarlo.
Jake frunció el ceño y se puso a dibujar de nuevo. Gente mala. En el Club 567 había un niño mayor, que se llamaba Carl, que a Jake le parecía muy malo. La semana anterior, Carl lo había arrinconado mientras estaba construyendo una fortaleza de Lego y luego se había quedado allí, cerniéndose sobre él como una sombra gigantesca.
—¿Por qué siempre viene a recogerte tu padre? —le había preguntado Carl, a pesar de conocer de sobra la respuesta—. ¿Será porque tu madre está muerta?
Jake no le había respondido.
—¿Y qué pinta tenía cuando la encontraste?
Había seguido sin responderle. Excepto en pesadillas, nunca pensaba en la sensación que había experimentado aquel día cuando había encontrado a su madre. Si lo hacía, se le alteraba el ritmo de la respiración y empezaba a emitir ruidos raros. De lo que le resultaba imposible huir, sin embargo, era del hecho de que su madre ya no estaba allí.
Aquello le hizo recordar tiempos muy pasados, un día que asomó la cabeza por la puerta de la cocina y la vio cortando un pimiento rojo por la mitad y extrayendo la parte central.
—Hola, mi niño bonito.
Eso fue lo que le dijo en cuanto lo vio. Siempre lo llamaba así. Y la sensación que tuvo al recordar que estaba muerta vino acompañada por un sonido parecido al de aquel pimiento, como algo que se desgarra con un «poc» y te deja un vacío.
—La verdad es que me gusta verte llorar como un bebé —había declarado Carl, y luego se había marchado, como si Jake ni siquiera existiese.
No era agradable imaginarse el mundo lleno de gente como él, y Jake no quería creer que fuese así. Empezó a dibujar círculos en el papel. Campos de fuerza alrededor de las pequeñas figuras de palo que libraban una trepidante batalla.
—¿Estás bien, Jake?
Levantó la vista. Era Sharon, una de las adultas que trabajaban en el Club 567. Hasta aquel momento había estado limpiando en el otro extremo de la sala, pero se había acercado y se había puesto en cuclillas, con las manos colgando entre las rodillas.
—Sí —dijo Jake.
—Un dibujo muy bonito.
—Aún no está acabado.
—¿Y qué será?
Jake pensó en cómo explicarle la batalla que estaba dibujando, los distintos bandos que la estaban librando, con las líneas entre ellos y los garabatos tachando a los que habían perdido, pero era demasiado complicado.
—Una batalla.
—¿Estás seguro de que no quieres salir a jugar con los otros niños? Hace un día precioso.
—No, gracias.
—Tenemos protector solar. —Miró a su alrededor—. Y me parece que por aquí encontraremos también alguna gorra.
—Tengo que acabar el dibujo.
Sharon se incorporó y suspiró para sus adentros, pero mantuvo una expresión bondadosa. Estaba preocupada por él y, aunque no era necesario que lo estuviera, Jake lo encontraba agradable. Jake siempre notaba cuándo alguien se preocupaba por él. Su padre solía preocuparse a menudo, excepto cuando perdía la paciencia. A veces gritaba, y decía cosas como «Todo esto sucede porque me gustaría que hablases conmigo, quiero saber qué piensas y qué sientes», y cuando eso pasaba le daba miedo, porque Jake tenía la sensación de estar decepcionando a su padre y poniéndolo triste. Pero no sabía cómo ser distinto a como era.
Círculos y más círculos. Otro campo de fuerza, con las líneas solapándose. ¿Y si en lugar de eso fuese un portal? ¿Para que la figurilla del interior pudiera desaparecer de la batalla y marcharse a un lugar mejor? Jake le dio la vuelta al lápiz y empezó a borrar con mucho cuidado la persona que había dibujado antes.
«Ya está».
«Ya estás a salvo, dondequiera que estés».
Una vez, después de que su padre perdiera los nervios, Jake se encontró una nota en la cama. Y se vio obligado a reconocer que era un dibujo muy bueno de los dos sonriendo, y debajo, su padre había escrito:
Lo siento. Solo quería recordarte que aunque nos peleemos, seguimos queriéndonos mucho. Besos
Jake había guardado la nota en su Estuche de Cosas Especiales, junto con todas las demás cosas importantes que quería guardar. Decidió echarle un vistazo. El Estuche estaba en la mesa, delante de él, justo al lado del dibujo.
—Sé que pronto vas a cambiarte de casa —dijo la niña.
—¿Quién? ¿Yo?
—Tu padre ha ido hoy al banco.
—Sí, ya lo sé. Pero dice que aún no está seguro de que lo hagamos. A lo mejor no le dan esa cosa que necesita.
—La hipoteca —dijo la niña cargándose de paciencia—. Pero se la darán.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es un escritor famoso, ¿no? Es bueno inventándose cosas. —Miró el dibujo de Jake y sonrió para sus adentros—. Como tú.
Jake se preguntó sobre el porqué de aquella sonrisa. Era una sonrisa extraña, como si estuviera feliz y a la vez triste. Pensándolo bien, él también se sentía así cuando pensaba en lo de cambiar de casa. No le gustaba seguir viviendo allí, y sabía que su padre también se sentía triste, pero mudarse seguía pareciéndole algo que a lo mejor no deberían hacer, por mucho que hubiera sido él quien se había fijado en la nueva casa en el iPad de su padre cuando estaban mirando nuevas propiedades juntos.
—Pero cuando me haya cambiado de casa seguiré viéndote, ¿no? —dijo Jake.
—Pues claro. Ya sabes que sí. —Y entonces, la niña se inclinó hacia delante y le habló en un tono más apremiante—. Pero pase lo que pase, recuerda lo que te dije. Es importante. Tienes que prometérmelo, Jake.
—Te lo prometo. ¿Pero qué significa?
Jake pensó por un momento que la niña iba a explicárselo un poco más, pero justo en aquel momento sonó el timbre en el otro extremo de la sala.
—Demasiado tarde —susurró la niña—. Ya está aquí tu padre.
Cuatro
Cuando llegué, la mayoría de los niños estaba jugando en la zona exterior del Club 567. Mientras aparcaba, se oían las risas. Todos parecían la mar de felices, la mar de «normales» y, por un momento, recorrí el grupillo con la mirada en busca de Jake, esperando encontrarlo entre ellos.
Pero, naturalmente, mi hijo no estaba allí.
Lo encontré dentro, sentado de espaldas a mí, inclinado sobre un dibujo. Se me partió un poco el corazón al verlo. Jake era pequeño para su edad, y aquella postura lo hacía parecer más menudo y vulnerable que nunca. Era como si estuviese intentando desaparecer en el dibujo que tenía delante de él.
¿Y por qué culparlo? Jake odiaba ir al club, yo lo sabía, por mucho que nunca pusiera pegas cuando tenía que ir ni se quejara al salir de allí. Pero me daba la impresión de que no me quedaba otra alternativa. Desde la muerte de Rebecca se habían producido muchas situaciones insoportables: la primera vez que tuve que llevarlo a cortarse el pelo, cuando tuve que encargarme de comprarle todo el uniforme escolar, cuando abrí con torpeza los regalos de Navidad porque las lágrimas me impedían ver nada. Una lista interminable. Pero por alguna razón, lo más duro habían sido las vacaciones escolares. Por mucho que quisiera a Jake, me resultaba imposible pasar todo el día, cada día, con él. No tenía la sensación de que dentro de mí quedara lo suficiente como para poder llenar todas aquellas horas, y a pesar de que me odiaba a mí mismo por no saber ser el padre que mi hijo necesitaba, la verdad era que a veces necesitaba tiempo para mí. Para olvidar la distancia que se expandía entre nosotros. Para ignorar mi incapacidad creciente para saber abordar la situación. Para permitirme derrumbarme y llorar un rato, sabiendo que Jake no podía entrar en cualquier momento y descubrirme.
—Hola, colega.
Le posé la mano en el hombro. No levantó la vista.
—Hola, papá.
—¿Qué has estado haciendo?
—Poca cosa.
Noté bajo la mano un gesto de indiferencia casi imperceptible. Era como si su cuerpo apenas estuviera allí, como si fuese incluso más ligero y más blando que el tejido de la camiseta que llevaba puesta.
—He jugado un poco con alguien.
—¿Con alguien?
—Con una niña.
—Eso está muy bien. —Me incliné y miré el papel—. Y también has estado dibujando, por lo que veo.
—¿Te gusta?
—Pues claro. Me encanta.
De hecho, no tenía ni idea de qué pretendía ser aquello. Algún tipo de batalla, supuse, aunque era imposible discernir quién era quién o qué estaba pasando. Jake rara vez dibujaba cosas estáticas. Sus dibujos cobraban vida, eran una animación que se desplegaba sobre papel, y el resultado final era como una película en la que podías ver todas las escenas a la vez, superpuestas unas sobre otras.
Pero era creativo, y eso me gustaba. Era en una de las cosas en las que se parecía a mí, una conexión que teníamos. Aunque la verdad era que apenas había escrito una sola palabra en los diez meses que habían transcurrido desde la muerte de Rebecca.
—¿Vamos a irnos a vivir a la casa nueva, papá?
—Sí.
—¿Así que esa persona del banco te ha hecho caso?
—Digamos que he sido convincentemente creativo sobre el precario estado de mis finanzas.
—¿Qué quiere decir «precario»?
Fue casi una sorpresa que no lo supiera. Mucho tiempo atrás, Rebecca y yo acordamos hablarle a Jake como un adulto, y si no conocía una palabra, explicársela. Jake lo asimilaba todo y, como resultado de ello, a veces nos salía con cosas raras. Pero en aquel momento, no era una palabra que quisiera explicarle.
—Quiere decir que es algo de lo que solo debemos preocuparnos la persona del banco y yo —dije—. No tú.
—¿Cuándo nos iremos?
—Lo antes posible.
—¿Y cómo nos lo llevaremos todo?
—Alquilaremos una furgoneta. —Pensé en el dinero y reprimí un amago de pánico—. O a lo mejor con el coche nos basta. Lo llenamos hasta arriba y hacemos varios viajes. Es posible que no podamos llevárnoslo todo todo. Podríamos repasar todos tus juguetes y ver qué es lo que quieres guardar.
—Quiero guardarlos todos.
—Ya veremos, ¿vale? No quiero que te deshagas de nada que no quieras, pero tienes muchos que son de niño pequeño. Y a lo mejor podríamos hacerle un favor a otro niño.
Jake no replicó. Tal vez fueran juguetes para un niño más pequeño, pero todos tenían un recuerdo unido a ellos. Rebecca siempre había sido mejor en todo con Jake, también en jugar con él, y yo seguía visualizándola, arrodillada en el suelo, moviendo figuritas de un lado a otro. Incansable y hermosamente paciente con él, en todos los sentidos en que a mí me costaba tanto serlo. Los juguetes de Jake eran objetos que ella había tocado. Cuanto más viejos fueran, más huellas de ella debían de contener. Una acumulación invisible de su presencia en la vida de Jake.
—Como te he dicho, no quiero que te deshagas de nada que no quieras.
Lo que me hizo pensar en su Estuche de Cosas Especiales. Estaba allí, en la mesa al lado del dibujo, una cartera de cuero desgastado, del tamaño de un libro de tapa dura, que se cerraba con cremallera por tres de sus cuatro lados. No tenía ni idea de lo que habría sido en una vida anterior. Era como una agenda de anillas grande, pero sin las hojas; a saber qué habría hecho Rebecca con ellas.
Unos meses después de su fallecimiento, revisé todas sus cosas. Mi esposa había sido siempre de esas personas a las que les gusta guardarlo todo, aunque también era práctica, y gran parte de sus cosas más antiguas estaban metidas en cajas que guardábamos apiladas en el garaje. Un día, metí unas cuantas de esas cajas en casa y empecé a examinar su contenido. Allí dentro había objetos incluso de su infancia, que no tenían nada que ver con nuestra vida en común. Imaginé que aquello haría que la experiencia resultara más fácil, pero no fue así. La infancia es, o debería ser, una época feliz, pero yo sabía que aquellos objetos, llenos de esperanza y desenfadados, habían tenido un final infeliz. Rompí a llorar. Jake había entrado en aquel momento y había descansado una mano en mi hombro, y al no responder yo de inmediato, me había rodeado con sus bracitos. Después, habíamos estado mirando juntos más cosas y él había descubierto lo que acabaría convirtiéndose en el Estuche y me había preguntado si podía quedárselo. Por supuesto que podía, le había respondido yo. Podía quedarse con todo lo que quisiera.
El Estuche estaba vacío en aquel momento, pero pronto empezó a llenarlo. Parte de su contenido provenía de las posesiones de Rebecca. Había cartas, fotografías y chismes de todo tipo. Dibujos que él había hecho y objetos que consideraba importantes. Como si fuese un objeto relacionado con la brujería, el Estuche rara vez se apartaba de su lado y, a excepción de algunas cosas, yo no tenía ni idea de qué guardaba Jake allí dentro. Y no lo hubiera mirado ni siquiera si hubiera podido hacerlo. Eran sus Cosas Especiales, al fin y al cabo, y tenía derecho a tenerlas.
—Vamos, colega —dije—. Recojamos tus cosas y salgamos de aquí.
Dobló la hoja con el dibujo que estaba haciendo y me lo dio para que se lo llevara. Fuera lo que fuese aquella imagen, no era lo bastante importante como para guardarla en el Estuche, que Jake cogió a continuación. Cruzó entonces la sala en dirección a la salida, junto a la cual colgaba de una percha su cantimplora. Pulsé el botón verde para abrir la puerta y miré hacia atrás. Sharon estaba ocupada con la limpieza.
—¿Quieres decir adiós? —le pregunté a Jake.
Jake se giró al llegar a la puerta y, por un instante, su expresión se volvió de tristeza. Me imaginaba que se despediría de Sharon, pero se limitó a decirle adiós con la mano a la mesa vacía en la que estaba sentado cuando yo llegué.
—Adiós —dijo—. Prometo que no se me olvidará.
Y antes de que me diera tiempo a hacer algún comentario, se escabulló por debajo de mi brazo.
Cinco
El día que Rebecca murió, me había encargado yo de ir a recoger a Jake.
Era uno de aquellos días que supuestamente tenía que dedicar a escribir, y cuando Rebecca me pidió si podía ir yo a buscar a Jake en su lugar, mi primera reacción fue de fastidio. Tenía que entregar mi siguiente libro en pocos meses y apenas había sido capaz de escribir nada bueno en todo el día, de manera que, a aquellas alturas, contaba con poder tener media hora final de trabajo que produjera un milagro. Pero como había visto que Rebecca estaba pálida y temblorosa, había accedido a su petición.
En el coche, de camino de vuelta a casa, me había esforzado por preguntarle a Jake qué tal le había ido el día, pero sin resultados. Era lo normal. O bien no se acordaba o era que no quería hablar. Y, como solía pasar, había tenido la sensación de que sí que le habría respondido a Rebecca, lo cual, sumado al fracaso en mi empeño de sacar adelante el libro, me había hecho sentirme más ansioso e inseguro que nunca. Al llegar a casa, Jake había salido a la velocidad del rayo del coche. ¿Podía ir a ver a mamá? Sí, le había dicho yo. Estaba seguro de que a ella le gustaría. Le dije que no se encontraba muy bien y que fuera cariñoso con ella, y también que se acordara de quitarse los zapatos al entrar en casa porque ya sabía que a su madre no le gustaba nada que ensuciara.
Y luego yo me había entretenido un poco en el coche, tomándome mi tiempo, sintiéndome mal por ser un despreciable fracasado. Había entrado sin prisas en casa, había dejado las cosas en la cocina y me había dado cuenta de que mi hijo no se había quitado los zapatos para dejarlos allí como yo le había pedido. Porque, evidentemente, a mí nunca me hacía caso. Reinaba el silencio. Imaginé que Rebecca se habría acostado arriba y que Jake habría subido a verla y que todo el mundo estaba bien.
Excepto yo.
Hasta que finalmente entré en el salón y vi a Jake de pie en el extremo opuesto de la habitación, junto a la puerta que daba acceso a la escalera, mirando algo que había en el suelo y que yo no alcanzaba a ver. Estaba completamente quieto, como hipnotizado por lo que estaba viendo. Cuando me acerqué despacio hasta allí, me di cuenta de que no es que estuviera inmóvil, sino que estaba temblando. Y entonces vi a Rebecca, en el suelo, al pie de la escalera.
Después de aquello, tengo un vacío de memoria. Sé que aparté a Jake de allí. Sé que pedí una ambulancia por teléfono. Sé que hice todo lo correcto. Pero no recuerdo haberlo hecho.
Y lo peor del caso es que, a pesar de que nunca lo había comentado conmigo, estaba seguro de que Jake lo recordaba todo.
Diez meses más tarde, entramos en una cocina donde todas las superficies parecían estar ocupadas por platos y tazas y en la que el poco espacio de encimera visible estaba sucio con manchas y migas. En el salón, los juguetes repartidos por el suelo de parqué estaban desperdigados y parecían olvidados. A pesar de mis discursos sobre la necesidad de clasificar los juguetes antes de la mudanza, daba la impresión de que ya habíamos examinado todas nuestras posesiones, cogido lo que necesitábamos y dejado el resto esparcido por todas partes, como si fuera basura. Hacía meses que sobre la casa se cernía constantemente una sombra, cada vez más oscura, como un día que gradualmente va llegando a su fin. Era como si nuestro hogar hubiera empezado a derrumbarse el día que Rebecca murió. Porque ella siempre había sido su alma.
—¿Me das mi dibujo, papá?
Jake ya estaba arrodillado en el suelo, reuniendo los rotuladores de colores que habían quedado desperdigados por la mañana.
—¿Y la palabra mágica?
—Por favor.
—Sí, claro que sí. —Se lo dejé a su lado—. ¿Un sándwich de jamón?
—¿Puedo comer un caramelo en vez de eso?
—Después.
—Vale.
Despejé un poco de sitio en la cocina, unté con mantequilla dos rebanadas de pan, puse tres lonchas de jamón en el sándwich y lo dividí en cuatro partes. Intentando luchar contra la depresión. Un pie detrás de otro. Siempre avanzando.
No pude evitar pensar en lo que había pasado en el Club 567, en Jake diciéndole adiós a una mesa vacía. Mi hijo siempre había tenido amigos imaginarios, de toda la vida. Siempre había sido un niño solitario; tenía un carácter tan cerrado e introspectivo que parecía ahuyentar a los demás niños. Los días buenos, me imaginaba que era porque tenía una personalidad independiente y se sentía feliz siendo así, y me decía a mí mismo que no pasaba nada. La mayoría de las veces, sin embargo, me preocupaba.
¿Por qué no podía ser Jake más parecido a los demás niños?
¿Más «normal»?
Era un pensamiento desagradable, lo sabía, pero era simplemente porque quería protegerlo. Cuando eres tan callado y solitario como Jake, el mundo puede llegar a ser brutal contigo, y no quería que pasase por lo que yo había pasado a esa edad.
Pero hasta ese momento, los amigos imaginarios se habían manifestado sutilmente, en forma de pequeñas conversaciones que mantenía consigo mismo, y aquel nuevo avance no me gustaba nada. No me cabía la menor duda de que la niña con la que me había dicho que se había pasado el día hablando solo existía en su cabeza. Además, era la primera vez que reconocía un hecho como aquel en voz alta, que hablaba con alguien delante de otra gente, y la situación me asustaba un poco.
Rebecca nunca se había mostrado preocupada por el tema. «Jake está bien, hay que dejar que sea él mismo». Y como ella sabía más que yo sobre prácticamente todo, siempre había intentado obedecerla. ¿Pero y ahora? Ahora empezaba a preguntarme si Jake necesitaba ayuda.
Aunque, a lo mejor, simplemente estaba siendo él mismo.
Era una cosa abrumadora más que tendría que haber sido capaz de gestionar, pero no sabía cómo. No sabía cuál era el camino correcto a seguir, ni cómo ser un buen padre para mi hijo. Ojalá Rebecca siguiera aquí.
«Te echo de menos…».
Pero si continuaba con aquella corriente de pensamientos sabía que acabaría llorando, de modo que la corté en seco y cogí el plato. Y entonces, oí que Jake estaba hablando en voz baja en el salón.
—Sí —dijo.
Y luego a modo de respuesta a algo que no pude oír:
—Sí, ya lo sé.
Sentí un escalofrío.
Me acerqué sin hacer ruido a la puerta, pero no crucé el umbral todavía, sino que me quedé allí escuchando. Desde donde estaba, no podía ver a Jake, pero la luz del sol que se filtraba a través de la ventana proyectaba su sombra junto al sofá: una forma amorfa, no reconocible como humana, pero que se movía ligeramente, como si estuviese balanceándose sobre sus rodillas.
—Sí que lo recuerdo.
Hubo unos segundos de silencio en los que el único sonido que escuché fue el latido de mi corazón. Me di cuenta de que contenía la respiración. Cuando volvió a hablar, lo hizo subiendo el tono de voz, y parecía enfadado.
—¡No quiero decirlo!
Y finalmente, crucé la puerta.
Por un momento, no supe qué iba a encontrarme. Pero Jake estaba agachado en el suelo, exactamente donde lo había dejado, con la diferencia de que ahora estaba mirando hacia un lado y había dejado abandonado el dibujo. Seguí la dirección de su mirada. No había nadie, claro está, pero miraba tan fijamente el espacio vacío, que me resultó fácil imaginarme una presencia allí mismo.
—¿Jake? —dije sin levantar mucho la voz.
No me miró.
—¿Con quién hablabas?
—Con nadie.
—Te he oído hablar.
—Con nadie.
Y entonces, se giró un poco hacía mí, cogió de nuevo el rotulador y empezó a dibujar otra vez. Avancé un paso más hacia él.
—¿Podrías dejar el rotulador y responderme, por favor?
—¿Por qué?
—Porque es importante.
—No estaba hablando con nadie.
—¿Y por qué no dejas el rotulador si acabo de decirte que lo hagas?
Pero siguió dibujando. La mano empezó a moverse con más pasión y el rotulador a trazar círculos desesperados alrededor de las figuritas.
Mi frustración aumentó hasta transformarse en enfado. A menudo, me daba la sensación de que Jake era un problema que yo era incapaz de resolver y me odiaba a mí mismo por ser tan inútil y tan poco efectivo. Por otro lado, me ofendía también que no me diera nunca ni una sola pista. Que no pudiéramos alcanzar algún tipo de acuerdo entre ambas partes. Yo quería ayudarlo; quería saber que estaba bien. Pero no me daba la impresión de que pudiera conseguirlo solo.
Me di cuenta de que, inconscientemente, estaba sujetando el plato con una fuerza excesiva.
—Ya tienes preparado el sándwich.
Lo dejé en el sofá, sin esperar a ver si dejaba o no de dibujar. Y volví directamente a la cocina, me apoyé en la encimera y cerré los ojos. Sin saber por qué, el corazón me latía a toda velocidad.
«Te echo mucho de menos —pensé, dirigiendo mi lamento a Rebecca—. Ojalá estuvieras aquí. Por muchos motivos, pero ahora mismo, porque creo que me veo incapaz de hacer esto».
Rompí a llorar. Daba igual. Sabía que Jake pasaría un rato dibujando o comiendo y que no aparecería por la cocina. ¿Por qué iba a hacerlo, si solo me encontraría a mí? De modo que daba igual. Mi hijo podía pasarse un buen rato hablando en voz baja con gente que ni siquiera existía. También podía hacerlo yo, mientras no levantara mucho la voz.
—Te echo de menos.
Aquella noche, como siempre, subí a Jake en brazos a la cama. Desde la muerte de Rebecca, siempre lo habíamos hecho así. Jake se negaba a mirar hacia el lugar donde había descubierto su cuerpo y se aferraba a mí con fuerza, conteniendo la respiración y con la cara pegada a mi hombro. Todas las mañanas, todas las noches, cada vez que necesitaba ir al baño. Yo lo entendía, pero empezaba a pesarme, y no solo en sentido literal.
Confiaba en que eso cambiara pronto.
En cuanto se hubo dormido, bajé y me senté en el sofá con una copa de vino y mi iPad y cargué la página con los detalles de nuestra nueva casa. Mirar las fotografías me hizo sentirme incómodo, pero de otra manera.
Podría decir, sin miedo a equivocarme, que la casa la había elegido Jake. Yo no había conseguido verle la gracia de entrada. Era una casa pequeña, a cuatro vientos, vieja, de dos plantas, con el aspecto de una cabaña destartalada. Y, además, era un poco rara. Las ventanas presentaban una disposición algo estrambótica y costaba imaginar cómo sería la planta interior y, por otro lado, el ángulo del tejado estaba un poco descuadrado, de tal modo que cuando lo mirabas de frente, el edificio parecía adoptar una postura inquisitiva, tal vez incluso de enojo. Pero transmitía también una sensación más general, un cosquilleo en la nuca. Cuando la había visto por primera vez, aquella casa me había puesto nervioso.
Pero aun así, Jake se había visto instalado en ella desde el instante en que la había encontrado. Aquella casa tenía algo que lo había dejado tremendamente fascinado, hasta el punto de que se había negado a seguir buscando más.
Cuando me acompañó a visitarla por primera vez, el lugar lo dejó hipnotizado. Yo no estaba convencido del todo. El interior tenía un tamaño más que aceptable, pero, por otro lado, era lóbrego. Había armarios y sillas cubiertos de polvo, montones de periódicos viejos, cajas de cartón, un colchón en la habitación de invitados de la planta baja. La propietaria, una anciana que respondía al nombre de señora Shearing, se había disculpado diciendo que todos aquellos trastos eran del inquilino que había estado arrendando la casa y que cuando la vendiera, lo retiraría todo.
Pero Jake se había mostrado inflexible y, en consecuencia, había decidido programar una segunda visita, esta vez solo. Fue entonces cuando empecé a ver la casa con otros ojos. Sí, era rara, pero eso era precisamente lo que le daba un encanto similar al que tienen los chuchos callejeros. Y lo que de entrada me había parecido un aire huraño, me pareció entonces más bien de cautela, como si aquella casa hubiera sufrido en el pasado y hubiera que ganarse su confianza.
Tenía carácter, imaginé.
Incluso así, pensar en la mudanza me aterraba. De hecho, aquella tarde, una parte de mí confiaba en que el director del banco se diera cuenta de las medias verdades que le estaba contando con respecto a mi situación financiera y rechazara concederme la hipoteca. Pero ahora me sentía aliviado. Porque al mirar a mi alrededor y ver en el salón los restos polvorientos e ignorados de la vida que en su día habíamos disfrutado, era evidente que ni él ni yo podíamos seguir en aquella situación. Por muchas dificultades que el cambio pudiera depararnos, teníamos que salir de aquella casa. Y por muy duros que me resultaran los meses venideros, mi hijo lo necesitaba. Los dos lo necesitábamos.
Teníamos que empezar de cero. Llegaría un momento en que Jake ya no necesitaría que lo subiera y bajara en brazos por las escaleras. En el que encontraría amigos fuera de su cabeza. En el que yo no vería mis propios fantasmas en cada esquina.
Miré de nuevo a aquella casa y pensé que, sin saber por qué extraña razón, encajaba con Jake y conmigo. Que, igual que nosotros, era como un marginado al que le costaba adaptarse. Que nos llevaríamos bien. Incluso el nombre del pueblo sonaba cálido y reconfortante.
Featherbank.
Parecía un lugar donde viviríamos seguros.
Seis
Igual que Pete Willis, la inspectora Amanda Beck conocía muy bien la importancia de las primeras cuarenta y ocho horas. Ordenó a su equipo pasar las doce horas siguientes a la desaparición inspeccionando las diversas rutas que Neil Spencer podía haber seguido, además de entrevistar a todos los familiares y empezar a construir un perfil del niño desaparecido. Se consiguieron fotografías. Se cotejaron relatos. Y luego, a las nueve de la mañana del día siguiente, se celebró una rueda de prensa en el transcurso de la cual se dio a conocer a los medios de comunicación la descripción de Neil y la ropa que llevaba puesta.
Los padres de Neil permanecieron sentados sin decir nada al lado de Amanda, mientras ella llevaba a cabo los llamamientos de rigor y animaba a los potenciales testigos a comunicar cualquier tipo de información que tuvieran. Las cámaras dispararon sus flashes hacia los tres de forma intermitente. Amanda intentó ignorar la situación, pero notó que a los padres de Neil les afectaba y que cada vez iban encogiéndose un poco más, como si los fotógrafos estuvieran golpeándolos.
—Animamos a la gente a buscar a fondo en los garajes y los cobertizos de sus casas —dijo Amanda a la audiencia.
Se trataba de mantener el perfil más bajo posible y de conservar la calma. El principal objetivo de Amanda en aquel momento, aparte de localizar a Neil Spencer, era aplacar el miedo de la población, y a pesar de que no podía afirmar con toda seguridad que Neil no había sido secuestrado, sí quería dejar claro dónde se situaba, por el momento, el foco de la investigación.
—La explicación más probable es que Neil haya sufrido algún tipo de accidente —dijo—. Aunque lleva quince horas desaparecido, seguimos albergando esperanzas de encontrarlo bien y a salvo, además de muy pronto.
Pero, para sus adentros, no confiaba tanto en que fuera a ser así.
Una de las primeras decisiones que tomó Amanda en cuanto estuvo de vuelta en la sala de operaciones una vez terminada la rueda de prensa, fue pedir que trajeran discretamente a comisaría a los agresores sexuales de la zona para luego interrogarlos de manera más pública.
El área de búsqueda se amplió a lo largo del día. Se drenaron secciones del canal —una propuesta improbable— y se iniciaron intensos interrogatorios puerta a puerta. Se analizaron filmaciones de cámaras de videovigilancia, una tarea que llevó a cabo personalmente Amanda. Las filmaciones mostraban el inicio del recorrido de Neil, pero lo perdían antes de que llegara al descampado y no volvían a recuperarlo después. El niño había desaparecido en algún lugar entre aquellos dos puntos.
Agotada, Amanda intentó espabilarse un poco.
Los agentes volvieron al descampado, esta vez con luz de día, y la exploración de la cantera continuó.
Pero seguía sin haber señales de Neil Spencer.
El niño, sin embargo, hizo su aparición a su modo, y cada vez más a medida que la jornada avanzaba: empezaron a circular fotografías en las noticias, sobre todo una en la que se veía a Neil sonriendo tímidamente y vestido con la camiseta de un equipo de fútbol, una de las pocas fotografías que tenían sus padres en las que se le veía feliz. En los reportajes aparecían mapas sencillos con los lugares clave marcados con círculos de color rojo y las posibles rutas que el niño habría podido seguir señaladas con puntitos amarillos.
Asimismo, salieron a la luz las imágenes de la rueda de prensa. Por la noche, Amanda las estuvo viendo en la cama, en su tableta, y pensó que los padres de Neil se veían más desanimados de lo que le habían parecido en directo. Parecían sentirse culpables. Y si no se sentían todavía, se sentirían pronto; les harían sentirse culpables. En la reunión que había mantenido por la tarde con sus agentes, muchos de los cuales eran padres, les había advertido de que, pese a que las circunstancias que rodeaban la desaparición de Neil Spencer podían ser controvertidas, había que tratar con sensibilidad tanto a la madre como al padre. A nadie se le escapaba que ni de lejos eran unos padres modelo, pero Amanda no sospechaba que estuvieran directamente implicados. El padre tenía algunos delitos menores en su historial —borracheras con desorden público y una advertencia como consecuencia de una pelea—, pero nada que disparara las alarmas. El historial de la madre estaba limpio. Y lo que era evidente era que ambos parecían sinceramente destrozados por el suceso. No había habido recriminaciones entre ellos, por mucho que se hiciera difícil imaginarlo.
Los dos querían recuperar a su hijo sano y salvo.
Amanda durmió mal y llegó al departamento muy temprano. Con más de treinta y seis horas a sus espaldas, habiendo dormido tan solo unas pocas, tomó asiento en su despacho y empezó a pensar en las cinco categorías de desaparición infantil, viéndose forzada, cada vez más, hacia una conclusión incómoda. No creía que Neil hubiera sido abandonado por sus padres o que de algún modo sus padres se hubieran deshecho de él. De haber sufrido un accidente en el camino de vuelta a casa, a aquellas alturas ya lo habrían localizado. El secuestro por parte de otro familiar parecía improbable. Y a pesar de que tampoco era imposible que se hubiera fugado, se negaba a creer que un niño de seis años, sin dinero y sin comida, la hubiera burlado durante tanto tiempo.
Miró la foto de Neil Spencer que había colgado en la pared y consideró el peor escenario.
Un secuestro fuera del ámbito familiar.
En general, el público lo consideraría como un secuestro por parte de un desconocido, pero era importante ser preciso. Los niños que se ubicaban dentro de esta categoría, rara vez eran secuestrados por perfectos desconocidos. Lo más habitual era que previamente hubieran entablado amistad o establecido un vínculo emocional con personas situadas en la periferia de su vida. Lo cual cambiaba el foco y hacía que aspectos y facetas que habían constituido una parte sutil de la investigación durante el primer día y medio pasaran a jugar un papel protagonista. Amigos de la familia. Familiares de los amigos. Un examen más minucioso de los criminales conocidos. Actividad de internet en casa. Amanda volvió a cargar las filmaciones de las cámaras de videovigilancia y empezó a examinarlas desde otros puntos de vista, concentrándose menos en la presa y más en los depredadores potenciales que pudiera haber.
Los padres de Neil fueron interrogados de nuevo.
—¿Les expresó su hijo algún tipo de preocupación relacionada con la atención no deseada que pudieran prestarle otros adultos? —preguntó Amanda—. ¿Les mencionó que alguien lo hubiera abordado?
—No. —El padre de Neil se sintió casi insultado con aquella sugerencia—. De haber pasado, bien que habría hecho rápidamente algo para solucionarlo, ¿no le parece? Y no jodamos, ¿no cree que ya se lo hubiera mencionado de haber sido así?
Amanda sonrió educadamente.
—No —dijo la madre de Neil.
Aunque con menos rotundidad.
Cuando Amanda la presionó, la mujer dijo que sí que recordaba algo. Y que no se le había pasado por la cabeza informar al respecto en su momento, ni siquiera cuando Neil desapareció, porque había sido una cosa tan extraña, tan tonta, y que, además, estaba tan dormida cuando sucedió, que apenas se acordaba.
Amanda volvió a sonreír educadamente y reprimió el impulso de arrancarle la cabeza a aquella mujer.
Diez minutos más tarde, estaba en la planta de arriba, en el despacho de su superior, el inspector jefe Colin Lyons. Independientemente de que la causa fuera el agotamiento o los nervios, Amanda se vio obligada a llevarse la mano a la pierna para impedir que siguiera temblando. Lyons también estaba afectado. Se había implicado mucho en la investigación y comprendía tan bien como Amanda la situación a la que con toda probabilidad se enfrentaban. Incluso así, aquel último avance no era el que le habría gustado escuchar.
—Esto no tiene que llegar a los medios de comunicación —dijo en voz baja Lyons.
—No, señor.
—¿Y la madre? —Se quedó mirándola, repentinamente alarmado—. Imagino que ya le habrá dicho que no comente nada en público… Nada de nada.
—Sí, señor.
«Sí, señor, ¡no soy gilipollas!». Aunque Amanda dudaba de que hubiera sido necesario. El tono de una buena parte de la prensa era ya crítico y acusatorio, y los padres de Neil tenían suficiente sentimiento de culpa que gestionar sin necesidad de buscar más a propósito.
—Bien —dijo Lyons—. Porque…
—Lo sé, señor.
Lyons se recostó en su asiento, cerró los ojos unos segundos y respiró hondo.
—¿Conoce el caso?
Amanda se encogió de hombros. Todo el mundo conocía el caso. Lo cual no equivalía a «conocerlo».
—No hasta el mínimo detalle —respondió.
Lyons abrió los ojos y se quedó mirando el techo.
—Entonces, necesitaremos ayuda —sentenció.
A Amanda se le cayó el alma a los pies al oír aquello. Para empezar, llevaba dos días trabajando hasta el agotamiento y no le gustaba la idea de tener que compartir ahora el trofeo que podía llegar a reportarle aquel caso. Por otro lado, estaba el espectro que se cernía sobre todo aquello.
Frank Carter.
El Hombre de los Susurros.
Aplacar el miedo de la población sería ahora mucho más complicado. Imposible, incluso, si este nuevo detalle salía a la luz. Tendrían que tener muchísimo cuidado.
—Sí, señor.
Lyons descolgó el teléfono de su mesa.
Y de este modo fue cómo, en el momento en que el tiempo transcurrido desde la desaparición de Neil Spencer se acercaba al final del periodo crucial de las primeras cuarenta y ocho horas, el inspector Pete Willis se vio implicado de nuevo en la investigación.
Siete
Y no es que quisiera estar implicado.
La filosofía de Pete era relativamente simple, y el paso de los años la había incrustado hasta tal punto en su persona, que en aquel momento era algo más implícito que deliberado: una plantilla sobre la que estaba construida su vida.
El diablo siempre acaba encontrando trabajo para las manos ociosas.
Y los malos pensamientos encuentran cabezas vacías.
Por eso procuraba mantener las manos atareadas y la mente ocupada. La disciplina y la estructura eran importantes para él, y después de la ausencia de resultados en el descampado, había pasado la mayor parte de las últimas cuarenta y pico horas haciendo exactamente lo mismo que hacía siempre.
A primera hora de la mañana estaba en el gimnasio del departamento: levantamiento de pesas, dorsales, deltoides posterior. Cada día trabajaba una parte distinta del cuerpo. No era una cuestión de vanidad o de salud, sino que la soledad y la concentración que conllevaban el ejercicio físico le proporcionaban una distracción reconfortante. Después de tres cuartos de hora, siempre se sorprendía al descubrir que su mente se había quedado prácticamente vacía durante todo aquel rato.
Y aquella mañana, había conseguido no pensar en absoluto en Neil Spencer.
Luego, había pasado la mayor parte de la jornada arriba, en su despacho, donde la multitud de casos menores que se apilaba sobre su mesa le había mantenido distraído. Cuando era más joven e impetuoso, seguramente habría anhelado gestionar casos más emocionantes que los crímenes triviales que lo ocupaban ahora, pero en la actualidad valoraba la calma que le proporcionaban aquellas aburridas minucias. La emoción no solo era algo excepcional en el trabajo policial, sino que además era mala, puesto que normalmente significaba que la vida de una persona había sido segada. Desear emociones era desear dolor, y Pete ya había tenido una ración más que suficiente de ambas cosas. Los robos de coches, los atracos en tiendas, las comparecencias en los tribunales por interminables crímenes banales, le aportaban consuelo. Hablaban a voces de una ciudad que latía en silencio; quizás no era perfecta, ni mucho menos, pero que tampoco se desmoronaba.
Sin embargo, a pesar de no estar directamente implicado en la investigación relacionada con Neil Spencer, era imposible evitarla por completo. La desaparición de un niño proyecta siempre una sombra muy alargada y el caso se había convertido rápidamente en el más destacado del departamento. Los agentes hablaban sobre él por los pasillos: dónde puede estar Neil, qué puede haberle pasado, y luego estaban los padres, claro. Las especulaciones en este sentido eran las más murmuradas y aunque habían sido desaconsejadas oficialmente se seguían oyendo de todas formas: la irresponsabilidad de dejar que un niño tan pequeño vuelva andando a casa solo. Sin poder evitarlo, empezó a rememorar conversaciones similares que había oído veinte años atrás y por ello no se entretuvo a escucharlas; ahora, igual que sucedió en su día, no pensaba fomentarlas.
Justo antes de las cinco, estaba sentado tranquilamente en su despacho planteándose qué haría por la noche. Vivía solo y apenas socializaba, de modo que había adquirido la costumbre de estudiar libros de cocina y realizar a menudo platos elaborados que disfrutaba luego a solas en la mesa. Después, veía alguna película o leía un libro.
Y el ritual, por supuesto.
La botella y la fotografía.
Y aun así, mientras recogía sus cosas para irse, se dio cuenta de que tenía el pulso más acelerado de lo normal. La noche anterior, la pesadilla había vuelto por vez primera en muchos meses: Jane Carter susurrándole al teléfono: «Tiene que darse prisa». Sin poder evitarlo, le había resultado imposible escapar por completo del caso de Neil Spencer, lo que significaba que los pensamientos y los recuerdos oscuros estaban algo más cerca de la superficie de lo que le gustaría. Y por eso, mientras se estaba poniendo la chaqueta, no le sorprendió del todo que empezara a sonar el teléfono. Era imposible saberlo con total seguridad, pero, con todo y con eso, lo supo.
Descolgó con mano temblorosa.
—Pete —dijo el inspector jefe Colin Lyons desde el otro lado de la línea—. Me alegro de encontrarte aún por aquí. Me gustaría hablar un momento contigo.
Sus sospechas quedaron confirmadas en cuanto entró en el despacho del inspector jefe. Lyons no le había revelado nada en el transcurso de la llamada, pero la inspectora Amanda Beck estaba también presente, sentada de espaldas a él junto a la mesa, en el extremo más próximo a la puerta. Y, en aquel momento, ella solo estaba trabajando en una investigación, lo que significaba que únicamente existía un motivo por el que podían requerir su presencia.
Cerró la puerta intentando mantener la calma. Intentando, muy especialmente, no pensar en la escena que lo aguardaba cuando por fin pudo acceder al edificio anexo a la casa de Frank Carter, veinte años atrás.
Lyons le recibió sonriente. Tenía una sonrisa capaz de iluminar una habitación entera.
—Me alegro de que hayas subido. Toma asiento.
—Gracias. —Pete se sentó al lado de Beck—. Hola, Amanda.
Beck hizo un gesto de asentimiento a modo de saludo y le dirigió una leve sonrisa, un equivalente de bajo voltaje al haz de luz que proyectaba la del inspector jefe, que apenas consiguió iluminarle la cara. Pete no la conocía muy bien. Era veinte años más joven que él, aunque en aquel momento parecía mayor de lo que realmente era. Claramente agotada, pensó, y nerviosa, además. Tal vez estuviera preocupada por la posibilidad de que su autoridad se viese socavada y le retiraran el caso; Pete había oído comentar que era ambiciosa. Pero en este sentido, podía estar muy tranquila. Por mucho que Lyons pudiese ser implacable y decidiese retirarla de la investigación si lo consideraba adecuado, sabía que jamás le traspasaría el caso a Pete.
Lyons y él eran relativamente contemporáneos, pero a pesar de la disparidad de sus cargos, Pete se había incorporado al departamento un año antes y, en muchos sentidos, su carrera había sido más condecorada. Si el mundo fuera distinto, Lyons y Pete habrían estado sentados en aquel momento en lados opuestos de la mesa, y tal vez incluso deberían estarlo. Pero Lyons siempre había sido ambicioso, mientras que Pete, consciente de que los ascensos iban acompañados de conflictos y dramas, no tenía ganas de seguir ascendiendo en la escala profesional. Y esto siempre había exasperado a Lyons, Pete lo sabía. Cuando se persigue una meta con el ahínco con que la perseguía él, pocas cosas había que fastidiaran más que alguien que podría haberla alcanzado con más facilidad y no aspirara a ella.
—¿Estás al corriente de la investigación sobre la desaparición de Neil Spencer? —dijo Lyons.
—Sí. La primera noche estuve presente en la inspección de aquel descampado.
Lyons se quedó mirándolo unos instantes, evaluando tal vez si aquello era o no una crítica.
—Vivo cerca de allí —añadió Pete.
Lyons vivía también en la zona, pero aquella noche no había estado allí rastreando las calles. Al cabo de un segundo, sin embargo, el inspector hizo un gesto de asentimiento. Sabía que Pete tenía sus propios motivos para estar interesado en cualquier caso de niños desaparecidos.
—¿Estás al corriente de los avances que se han producido desde entonces?
«Estoy al corriente de la ausencia de avances». Pero sabía que eso sonaría como un reproche dirigido hacia Beck y aquella mujer no se lo merecía. Por lo poco que Pete había visto, Beck había gestionado bien la investigación y había hecho todo lo que estaba en sus manos. Y, más concretamente, había sido la que había recomendado a los agentes no criticar a los padres, un detalle que le había gustado.
—Estoy al corriente de que Neil no ha sido localizado —respondió—. A pesar de todas las labores de búsqueda y los interrogatorios.
—¿Cuál sería tu teoría?
—No he seguido la investigación tanto como para poder elaborar alguna.
—¿No la has seguido? —Lyons se quedó sorprendido—. Me ha parecido entender que la primera noche estuviste colaborando en la búsqueda.
—Por aquel entonces pensaba que lo encontrarían.
—¿Y ahora piensas que no?
—No lo sé. Espero que lo encuentren.
—Creía que habrías seguido el caso, teniendo en cuenta tu historia.
La primera mención. La primera pista.
—A lo mejor, precisamente es mi historia lo que me da motivos para no hacerlo.
—Sí, es comprensible. Fue una época difícil para todos nosotros.
El comentario de Lyons era aparentemente solidario, pero Pete sabía que aquello había sido otra fuente de rencores entre ellos. Pete había sido el responsable de cerrar el caso más importante que había tenido lugar en la zona en los últimos cincuenta años, pero Lyons había acabado siendo el jefe. Por distintos motivos, la investigación a la que le estaban dando vueltas era incómoda para ambos.
Lyons fue el que acabó cogiendo el toro por los cuernos.
—También doy por hecho que eres el único con quien Frank Carter estaría dispuesto a hablar.
Ahí estaba.
Hacía bastante tiempo que Pete no oía aquel nombre pronunciado en voz alta y tal vez por eso tendría que haberlo sobresaltado. Pero lo único que su mención provocó fue el ascenso a la superficie de aquella sensación de hormigueo que percibía en su interior. Frank Carter. El hombre que había secuestrado y asesinado a cinco niños en Featherbank hacía ya veinte años. El hombre a quien Pete había conseguido finalmente capturar. Con tan solo mencionar el nombre evocaba tanto horror, que siempre había tenido la sensación de que nunca jamás debería pronunciarse otra vez en voz alta; era como un conjuro capaz de convocar la presencia de un monstruo a tus espaldas. Peor todavía era el nombre que habían decidido utilizar los periódicos para referirse a él. «El Hombre de los Susurros». Estaba basado en la idea de que Carter había entablado amistad con sus víctimas, niños vulnerables y desatendidos, antes de llevárselos. Hablaba en voz baja con ellos por las noches desde el otro lado de la ventana de su habitación. Era un apodo que Pete jamás se había permitido utilizar.
Tuvo que contener la necesidad de salir corriendo de aquel despacho.
«Eres el único con quien estaría dispuesto a hablar».
—Sí.
—¿Por qué piensas que es así? —preguntó Lyons.
—Porque disfruta mofándose de mí.
—¿Mofándose de qué?
—De las cosas que hizo entonces. De las cosas que nunca llegué a descubrir.
—¿Y nunca te las ha contado?
—No.
—¿Y por qué te tomas entonces la molestia de hablar con él?
Pete se quedó dudando. Era una pregunta que se había formulado a sí mismo infinidad de veces a lo largo de todos aquellos años. Temía aquellos encuentros, y siempre se veía obligado a disimular los escalofríos que le entraban en cuanto tomaba asiento en la sala de interrogatorios de la cárcel y esperaba a que llegara Carter. Después se quedaba destrozado, a veces durante semanas. Había días en los que temblaba de forma incontrolable, y noches en las que se le hacía más difícil resistirse a la tentación de la botella. Luego, Carter se le aparecía en sueños, una sombra acechante y malévola que acababa provocándole un despertar a gritos. Cada encuentro con aquel hombre dejaba a Pete un poco más perjudicado.
Pero seguía yendo.
—Imagino que sigo esperando que un día tenga un desliz —respondió con cautela—. Que quizás revele algo importante por casualidad.
—¿Algo relacionado con dónde enterró el cuerpo del pequeño Smith?
—Sí.
—¿Y sobre su cómplice?
Pete no respondió.
Porque ahí estaba, otra vez.
Veinte años atrás, en casa de Frank Carter se encontraron los restos de cuatro de los niños desaparecidos, pero el cuerpo de su última víctima, Tony Smith, nunca se recuperó. A nadie le quedaba la menor duda de que Carter era el responsable de los cinco asesinatos, y él nunca lo había negado. Pero también era cierto que el caso presentaba algunas inconsistencias. Nada que pudiera haber exonerado al criminal; simplemente pequeños cabos sueltos que dejaron la investigación deshilachada y poco limpia. Uno de los secuestros se había producido dentro de un periodo de tiempo determinado, pero Carter tenía una coartada para la mayor parte de aquel periodo, lo que no hacía imposible que hubiera secuestrado al niño, pero sí ampliaba las probabilidades. Por otro lado, había relatos de testigos que, pese a no ser definitivos, describían a un individuo distinto en determinadas escenas. Las pruebas forenses encontradas en casa de Carter eran abrumadoras y había declaraciones de testigos que eran mucho más concretas y fiables, pero siempre había quedado una sombra de duda con respecto a si Carter había actuado solo.
Pete no estaba seguro de si compartía o no esa duda, y prácticamente siempre se esforzaba por ignorar aquella posibilidad. Pero era evidente que esa era la razón por la que lo habían convocado a aquel despacho. Y como cualquier horror al que no quedaba otro remedio que enfrentarse, era preferible sacarlo a la luz y abordarlo. De modo que decidió ignorar la pregunta del inspector jefe e ir al grano.
—¿Puedo preguntar de qué va todo esto?
Lyons se quedó dudando.
—Lo que vamos a hablar ahora no puede salir de las cuatro paredes de este despacho, ¿queda claro?
—Por supuesto.
—Las filmaciones de las cámaras de videovigilancia sugieren que Neil Spencer caminó en dirección hacia aquel descampado y que, en algún punto de los alrededores, desapareció. La búsqueda ha sido infructuosa hasta el momento. Hemos rastreado todos los lugares donde podría haber sufrido un accidente. No está ni con amigos ni con familiares. Nos vemos, por lo tanto, obligados a considerar otras posibilidades. ¿Inspectora Beck?
Fue como si Amanda Beck, que estaba sentada al lado de Pete, cobrara vida de repente. Y cuando habló, lo hizo un poco a la defensiva.
—Hemos considerado el resto de las posibilidades desde el principio, claro está. Hemos hecho visitas puerta a puerta. Hemos entrevistado a todos los candidatos habituales. Pero nuestros esfuerzos no nos han llevado aún a ningún lado.
«Aquí hay algo más», pensó Pete.
—¿Y?
Beck respiró hondo.
—Y hace una hora, he entrevistado de nuevo a los padres. En busca de algo que se me hubiera pasado por alto. De algún tipo de pista. Y la madre me ha contado una cosa. Que no había mencionado antes porque lo consideraba una tontería.
—¿Y esa cosa es?
Pero supo la respuesta incluso antes de formular la pregunta. Tal vez no la forma exacta que adoptaría, pero sí bastante aproximada. Era como si en el transcurso de la reunión, se hubieran ido uniendo las piezas de una nueva pesadilla hasta formar una sola imagen.
Un niño desaparecido.
Frank Carter.
Un cómplice.
Beck añadió entonces la última pieza.
—Hace unas semanas, Neil despertó a su madre en plena noche. Le dijo que había visto un monstruo al otro lado de la ventana de su habitación. Las cortinas estaban abiertas, como si realmente hubiera estado mirando al exterior, pero allí no había nada…
Hizo una pausa.
—El niño dijo que le habían estado hablando en susurros.
Segunda parte
Ocho
Jake estaba emocionado cuando recogimos la llave en la agencia inmobiliaria de Featherbank, mientras que yo, al volante del coche y rumbo hacia nuestro nuevo hogar, me sentía simplemente ansioso. ¿Y si la casa no era tal y como la recordaba de las visitas? ¿Y si nada más entrar me daba cuenta de que odiaba aquel lugar o, peor aún, de que Jake lo odiaba?
Todo aquello, entonces, no habría servido de nada.
—Deja de darle patadas al asiento de delante, Jake.
El tamborileo de los pies se detuvo, pero empezó otra vez casi de inmediato. Suspiré para mis adentros y tomé una curva. Pero Jake estaba tan emocionado, lo cual era excepcional en él, que decidí ignorarlo. Al menos, uno de los dos estaba feliz.
Hacía un día estupendo. Y dejando aparte mis nervios, era imposible negar que Featherbank estaba precioso bajo el sol de finales de verano. Era una zona residencial, y a pesar de estar a solo ocho kilómetros de distancia de un ajetreado centro de ciudad, daba la sensación de estar en medio del campo. Junto al río, en el extremo sur del pueblo, había calles adoquinadas y pequeñas casitas. Más al norte, alejándose de una única calle de tiendas, había callejuelas empinadas flanqueadas por hermosas casas con fachadas de piedra, y la mayoría de las aceras tenían árboles con un follaje espléndidamente verde y tupido. Si bajabas la ventanilla, el ambiente olía a hierba recién cortada y se oía música y niños jugando. Era un lugar pacífico y tranquilo, con un devenir tan lento y cálido como una mañana de pereza.
Llegamos a nuestra nueva calle, que era una silenciosa travesía residencial con un campo a un lado. La flanqueaban más árboles y el sol se abría paso entre las hojas moteando la hierba con su luz. Intenté imaginarme a Jake correteando por allí, delante de nuestra casa, con su camiseta brillando bajo el sol. Tan feliz como parecía en aquellos momentos.
Nuestra casa.
Habíamos llegado.
Aparqué en el camino de acceso. La casa tenía el mismo aspecto, claro está, pero el edificio parecía tener distintas formas de mirar el mundo. Cuando la vi por primera vez, me había parecido intimidante y amedrentadora, casi peligrosa, y luego, en la segunda ocasión, me había dado la impresión de que tenía carácter. Ahora, solo por un instante, la curiosa disposición de las ventanas me recordó la imagen de una cara después de una paliza, con un ojo entreabierto por encima de una mejilla magullada, el cráneo aporreado y asimétrico. Meneé la cabeza y la imagen desapareció. Pero la sensación de malestar siguió allí.
—Entremos, pues —dije en voz baja.
Fuera del coche, el día era tranquilo y silencioso. Sin una pizca de brisa que agitase el aire caliente, estábamos como en una cápsula de silencio. Pero a medida que nos acercamos a la casa, noté que el mundo canturreaba levemente y tuve la impresión de que las ventanas nos observaban, o que tal vez, desde detrás de los cristales, nos observaba algo que no alcanzaba a ver. Introduje la llave en la cerradura, abrí la puerta y me recibió una bocanada de aire cargado. Por un segundo, el olor fue como si la casa llevase más tiempo cerrada de lo que en realidad debía de llevar, tal vez incluso de algo abandonado al sol, pero enseguida, lo único que detecté fue el tufillo a lejía de los productos de limpieza.
Jake y yo recorrimos la casa abriendo puertas y armarios, encendiendo y apagando luces, descorriendo y cerrando cortinas. Nuestros pasos resonaban; por lo demás, el silencio era absoluto. Aun así, mientras íbamos pasando por todas las habitaciones, no pude quitarme de encima en ningún momento la sensación de que no estábamos solos. De que allí había alguien más, escondido de nuestra vista, y de que si conseguía girarme lo suficientemente rápido y en el momento adecuado, vería una cara asomando por el umbral de alguna puerta. Era una sensación estúpida e irracional, pero estaba allí. Y Jake tampoco ayudaba. Estaba emocionado y corría de habitación en habitación, pero de vez en cuando, captaba una expresión de perplejidad en su cara, como si estuviera esperando encontrar algo que no estaba allí.
—¿Es esta mi habitación, papá?
El que iba a ser su cuarto estaba en la primera planta, un poco por encima de la altura del pasillo, por lo que su ventana era más pequeña que el resto: el ojo que miraba hacia el campo justo por encima de la mejilla inflamada.
—Sí. —Le alboroté el pelo—. ¿Te gusta?
No respondió, y me quedé observándolo con cierto nerviosismo. Estaba mirándolo todo, absorto en sus pensamientos.
—¿Jake? —dije.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Es nuestra de verdad?
—Sí —respondí—. Es nuestra.
Y entonces se abrazó a mis piernas, tan de repente que casi pierdo el equilibrio. Fue como si le hubiera enseñado el mejor regalo que había visto en su vida y le preocupase no poder conservarlo. Me agaché para que pudiéramos abrazarnos mejor. La sensación de alivio que me invadió era palpable y, de pronto, aquello era lo único importante: saber que mi hijo estaba feliz de estar allí y que yo había hecho algo bueno por él, nada más. Miré por encima de su hombro hacia la puerta abierta y el descansillo al que daba acceso. Aunque seguía con la impresión de que algo acechaba a la vuelta de la esquina, sabía que no era más que fruto de mi imaginación.
Allí estaríamos a salvo.
Seríamos felices.
Y durante la primera semana, lo fuimos.
Me quedé mirando la estantería que acababa de montar, maravillado por mi habilidad. El bricolaje nunca había sido mi fuerte, pero sabía que a Rebecca le habría gustado que lo hiciese y me la imaginé entonces detrás de mí, con la cara pegada a mi espalda, rodeándome por la cintura. Sonriendo para sus adentros. «¿Lo ves? Puedes hacerlo». Y a pesar de que aquello no era más que paladear mínimamente el sabor del éxito, era un hecho excepcional últimamente, y me gustó.
Aunque, claro está, seguía solo.
Empecé a llenar las estanterías. Porque esa era otra de las cosas que Rebecca habría hecho, y a pesar de que éramos Jake y yo los que nos habíamos mudado a la nueva casa, seguía queriendo honrarla en ese sentido. «Tú siempre te encargas de colocar los libros —me dijo en una ocasión—. Es como eso que cuentan de untarles a los gatos las patas con mantequilla, para que olviden el olor de su antigua casa y no se escapen de la nueva». Rebecca nunca había sido más feliz que cuando leía. Habíamos pasado muchas veladas cálidas y dichosas, ambos acurrucados en los dos extremos del sofá, yo escribiendo como buenamente podía en mi ordenador portátil, ella absorta leyendo una novela tras otra. Con el paso de los años, habíamos acumulado centenares de libros y ahora me disponía a desembalarlos y a colocarlos con cariño y uno a uno en su lugar.
Hasta que llegué a los míos. Los estantes que había al lado de la mesa del ordenador estaban reservados a ejemplares de mis cuatro novelas, junto con sus traducciones a varios idiomas. Me parecía ostentoso exhibirlas, pero Rebecca se sentía orgullosa de mí y siempre había insistido en ello. Era, pues, otro gesto hacia ella, igual que lo era el espacio vacío que dejé en las estanterías, destinado a las novelas que aún no había escrito, pero que escribiría.
Miré con recelo el ordenador. Más allá de encenderlo para comprobar si funcionaba la nueva wifi, poca cosa más había hecho con él la última semana. Llevaba un año sin escribir nada. Pero eso era otra cosa que iba a cambiar. Nuevo comienzo, nuevo…
«Crac».
Un ruido arriba, el sonido de un único paso. Levanté la vista. Justo encima de mi cabeza tenía la habitación de Jake, pero acababa de dejarlo jugando en el salón mientras yo me ocupaba de montar la estantería y seguir desembalando.
Me acerqué a la puerta y miré la escalera. En el descansillo no había nadie. De hecho, la casa me pareció de repente muy callada y tranquila, como si en ella no hubiera ningún movimiento. El silencio resonaba en mis oídos.
—¿Jake? —grité, dirigiendo la voz hacia la planta superior.
Silencio.
—¿Jake?
—¿Papá?
Casi salto del susto. La voz venía del salón, la estancia que quedaba a mi lado. Sin despegar la mirada del descansillo, di un paso en dirección al salón y asomé la cabeza. Mi hijo estaba agachado en el suelo de espaldas a mí, dibujando algo.
—¿Estás bien? —dije.
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada, simplemente preguntaba.
Retrocedí y me quedé mirando el descansillo unos segundos. Seguía reinando el silencio, pero el espacio tenía un potencial extraño, una vez más como si hubiera alguien que no alcanzaba a ver. Lo cual era ridículo, por supuesto, porque nadie habría podido entrar por la puerta sin que me hubiera enterado. Las casas crujían. Y tardabas un tiempo en acostumbrarte a esos ruidos, eso era todo.
Pero incluso así…
Subí a la planta de arriba despacio y con cuidado, con pasos silenciosos, con la mano izquierda levantada y lista para repeler cualquier cosa que saltara sobre mí desde ese lado. Llegué arriba y, claro está, el descansillo estaba vacío. Cuando entré en la habitación de Jake, comprobé que también estaba vacía. A través de la ventana se filtraba un haz de sol de la tarde y se veían las motitas de polvo flotando en el aire, imperturbables.
Una casa vieja que crujía, simplemente.
Bajé ya más confiado, sintiéndome como un tonto pero también más aliviado de lo que me habría gustado reconocer. Al llegar abajo, tuve que esquivar la montaña de correo que se acumulaba en los últimos dos peldaños. Había mucho: la documentación que inevitablemente acompaña a cualquier mudanza a una nueva casa, junto con los interminables folletos de locales de comida para llevar y demás correo basura. Pero también había tres cartas «normales», dirigidas a alguien llamado Dominic Barnett. Las tres llevaban el sello de «Privado» o «Solo para el destinatario».
Recordé que la anterior propietaria, la señora Shearing, había tenido alquilada la casa durante años y, por capricho, abrí una de las cartas. En el interior encontré un extracto detallado de una compañía especializada en el cobro de deudas de morosos. El corazón me dio un vuelco. Quien quiera que fuese Dominic Barnett tenía más de mil libras de atrasos en el pago de su factura de teléfono móvil. Abrí los demás sobres, y eran lo mismo: avisos por deudas pendientes de pago. Sin poder evitar fruncir el entrecejo en un gesto de preocupación, examiné las cifras. No eran cantidades grandes, pero el tono de las cartas era amenazador. No era un problema insalvable y seguramente se solventaría con unas cuantas llamadas telefónicas, pero siempre había pensado que la mudanza sería un nuevo comienzo para Jake y para mí. No me esperaba que implicara un nuevo conjunto de obstáculos que superar.
—¿Papá?
Jake acababa de aparecer en la puerta del salón y se había quedado a mi lado. Llevaba su Estuche de Cosas Especiales en una mano y un papel en la otra.
—¿Puedo ir a jugar arriba?
Pensé en el «crac» que había oído y durante un segundo quise decirle que no. Pero era absurdo. Arriba no había nadie y era su habitación; tenía todo el derecho del mundo a jugar en ella. Por otro lado, no nos habíamos visto mucho durante lo que llevábamos de día y pensé que dejarlo que subiera era aislarlo un poco.
—Claro —dije—. ¿Pero me dejas ver antes tu dibujo?
Vi que dudaba.
—¿Por qué?
—Porque me interesa. Porque me gustaría.
«Porque estoy intentándolo, Jake».
—Es privado.
Lo cual era una respuesta correcta, y una parte de mí deseaba respetarla, pero no me gustaba la idea de que tuviera secretos conmigo. El Estuche era una cosa, pero si no quería enseñarme sus dibujos, significaba que la distancia entre nosotros debía de estar incrementándose.
—Jake… —empecé a decir.
—Vaale.
Me entregó de mala gana el papel. Y ahora que me lo ofrecía, me mostré reacio a cogerlo.
Pero lo hice.
Jake nunca había sido muy bueno dibujando escenas claras y realistas, y prefería sus batallas con movimiento y enrevesadas, pero allí había hecho un intento. Era un dibujo tosco que, sin lugar a dudas, era una aproximación del exterior de nuestra casa que recordaba a la fotografía que originariamente le había llamado la atención cuando la había visto por internet. Había captado muy bien el aspecto raro del edificio. Las líneas curvas e infantiles estiraban la casa dándole una forma extraña, alargando las ventanas y haciéndola parecer más que nunca una cara. La puerta de entrada parecía estar gimoteando.
Pero lo que me llamó la atención fue la planta superior. Me había dibujado en la ventana de la derecha, de pie en mi habitación. A la izquierda, estaba él en su cuarto, al lado de una ventana lo bastante grande como para poder verlo de cuerpo entero. Tenía una sonrisa en la cara e iba vestido con el pantalón vaquero y la camiseta que llevaba puestos en aquel momento y que había sombreado con lápiz.
Y junto a él, había dibujado a otra persona en su habitación. Una niña, con el pelo negro proyectándose con rabia hacia un lado. El vestido estaba coloreado con manchas azules, y el resto lo había dejado blanco.
En las rodillas, unas marcas rojas parecían arañazos.
Y esbozaba una sonrisa ladeada.
Nueve
Aquella noche, después de que Jake se diera su baño, me senté a su lado en la cama para poder leer con él. Jake era un buen lector y en aquel momento teníamos entre manos El poder de los tres, de Diana Wynne Jones. Era uno de los libros favoritos de mi infancia y lo había elegido sin pensar. No había caído en la cuenta hasta más tarde de la terrible ironía del título.
Cuando acabamos el capítulo de aquella noche, dejé el libro junto con los demás.
—¿Un cariñito? —dije.
Retiró la colcha sin decir palabra, se sentó de costado sobre mis rodillas y me abrazó. Saboreé el abrazo todo el rato que pude y luego se metió de nuevo en la cama.
—Te quiero, Jake.
—¿También cuando discutimos?
—Pues claro. Muy especialmente cuando discutimos. En esos momentos es cuando más importa.
Y eso me recordó a un dibujo que yo le había hecho y que sabía que guardaba. Miré de reojo hacia donde estaba su Estuche de Cosas Especiales, asomando por debajo de la cama, de tal modo que si extendía el bracito por la noche podía tocarlo. Pero eso me hizo pensar a su vez en el dibujo que él había hecho por la tarde. Me lo había enseñado a regañadientes y por eso no le había hecho en aquel momento ninguna pregunta al respecto. Pero ahora, bajo la luz cálida y suave de la habitación, pensé que tal vez sí podía formularlas.
—Ese dibujo que has hecho de nuestra casa estaba muy bien —dije.
—Gracias, papá.
—Pero siento curiosidad por una cosa. ¿Quién era esa niña que se veía a través de la ventana, a tu lado?
Se mordió el labio y no respondió.
—No pasa nada —dije con delicadeza—. Puedes contármelo.
Pero siguió sin responder. Era evidente que, quienquiera que fuese, esa niña era el motivo por el cual no había querido mostrarme el dibujo antes y por el que tampoco quería hablar sobre él ahora. ¿Pero por qué no?
Se me ocurrió la respuesta un segundo después.
—¿Es la niña del Club 567?
Vi que dudaba, pero finalmente movió la cabeza en un gesto afirmativo.
Me senté sobre los talones e intenté que no se notara la frustración que me embargaba. La decepción, incluso. Durante la última semana, todo había ido aparentemente bien. Habíamos sido felices en la casa, Jake daba la impresión de estarse adaptándose sin grandes problemas y yo me había sentido cautelosamente optimista. Pero, por lo visto, su amiga imaginaria nos había seguido. La idea me provocó un leve escalofrío; creía haberla dejado atrás, en la antigua casa, pero había estado recorriendo lentamente los kilómetros que nos separaban de allí hasta dar con nosotros.
—¿Y sigues hablando con ella? —pregunté.
Jake negó con la cabeza.
—No está aquí.
Por su cara de frustración, entendí que le gustaría que estuviera aquí y me inquieté, una vez más. No era sano que tuviera esa fijación por alguien que no estaba aquí. Por otro lado, se le veía tan solo y abandonado que me sentí casi culpable de haberlo privado de la compañía de su amiga. Y herido por volver a comprobar que, como era habitual, yo no era suficiente.
—Bueno —dije con cautela—. Mañana empiezas en el colegio. Seguro que harás muchos amigos. Y entre tanto, yo estoy aquí. Estamos los dos aquí. Casa nueva, vida nueva.
—¿Y estamos seguros?
—¿Seguros?
¿Por qué estaría haciendo esa pregunta?
—Sí, por supuesto que sí.
—¿Está cerrada con llave la puerta?
—Claro.
La mentira, una mentira inocente, me salió de manera inmediata. La puerta no estaba cerrada con llave y me parecía que ni tan siquiera había puesto la cadena de seguridad. Pero Featherbank era un pueblo tranquilo y teníamos todas las luces encendidas. Nadie sería tan atrevido.
Pero Jake parecía tan asustado que de pronto cobré consciencia de la distancia que nos separaba de la puerta de entrada. Del ruido del agua mientras se llenaba la bañera. Si hubiera entrado alguien mientras estábamos arriba en el baño, ¿lo habría oído?
—No tienes por qué preocuparte. —Me esforcé para que mi tono de voz sonara firme—. Jamás permitiría que te pasara nada. ¿Por qué estás tan preocupado?
—Tienes que cerrar las puertas —dijo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que tienes que cerrarlas con llave.
—Jake…
—Si dejas la puerta entreabierta, a los susurros tendrás que estar alerta.
Sentí un escalofrío. Jake parecía espantado y aquel verso que acababa de pronunciar no era precisamente algo que pudiera ser de su propia creación.
—¿Y eso que significa? —dije.
—No lo sé.
—¿Dónde lo has escuchado?
No respondió. Pero entonces me di cuenta de que no era necesario.
—¿Te lo dijo la niña?
Asintió y meneé la cabeza, confuso. Jake no podía haber oído aquella frase tan rara en boca de alguien que no existía. ¿Y si me había equivocado en el Club 567 y resultaba que la niña era real? ¿Y si Jake había dicho adiós sin darse cuenta de que la niña ya había salido? Pero cuando llegué, estaba solo en la mesa. Debía de haber sido cualquiera de los otros niños, intentando asustarlo. Y por la expresión de su cara, había funcionado.
—Estás completamente seguro, Jake. Te lo prometo.
—¡Pero no estoy vigilando la puerta!
—No —dije—. Ya la vigilo yo. Y no tienes que preocuparte por nada. Me da igual lo que te hayan contado. Escúchame bien a mí: no pienso permitir que te pase nada. Jamás.
Estaba escuchándome, al menos, aunque no estaba del todo seguro de que hubiera conseguido convencerlo.
—Te lo prometo. ¿Y sabes por qué no pienso permitir que te pase nada? Porque te quiero. Muchísimo. Incluso cuando discutimos.
Eso provocó un amago de sonrisa.
—¿Me crees? —dije.
Asintió, algo más tranquilo.
—Perfecto. —Le alboroté el pelo y me levanté—. Porque es verdad. Buenas noches, cariño.
—Buenas noches, papá.
—En cinco minutos vuelvo a subir para ver cómo estás.
Apagué la luz, salí de la habitación y bajé la escalera lo más silenciosamente posible. Pero en vez de dejarme caer en el sofá como me habría gustado, me detuve delante de la puerta de entrada.
«Si dejas la puerta entreabierta, a los susurros tendrás que estar alerta».
Chorradas, evidentemente, y daba igual dónde las hubiera escuchado. Pero aquellas palabras seguían preocupándome. Y del mismo modo que pensar en aquella niña siguiéndonos hasta nuestra casa me había hecho sentirme incómodo, ahora no podía sacarme de la cabeza la imagen de la niña sentada al lado de Jake, con su pelo disparado hacia un lado, aquella sonrisa extraña dibujada en su cara y susurrándole al oído palabras para darle miedo.
Y decidí cerrar con la cadena de seguridad.
Diez
El inspector Pete Willis había pasado el fin de semana a bastantes kilómetros de Featherbank, caminando por el campo y removiendo con un palo todos los matorrales que encontraba. Había inspeccionado también todos los setos. Y de vez en cuando, si en los campos no había vegetación sobresaliente, había saltado por encima de los cercados y rastreado la hierba.
Cualquiera que estuviera observándolo, lo habría tomado por un senderista, y a todos los efectos, suponía que eso era. De hecho, había decidido considerar aquellas expediciones como caminatas y excursiones, una forma más de llenar el tiempo para un hombre mayor. Al fin y al cabo, ya habían pasado veinte años de aquello. Pero aun así, una parte importante de él seguía concentrada. Y más que capturar la belleza del mundo que lo rodeaba, examinaba sin cesar el suelo en busca de fragmentos de hueso y restos de tela.
Pantalón azul de chándal. Camiseta tipo polo, negra.
Por algún motivo que desconocía, siempre acababa teniendo fijación con las prendas.
Por mucho que intentara no pensar en ello, Pete no olvidaría jamás el día que vio aquellos horrores en el interior del edificio anexo a la casa de Frank Carter. Cuando después volvió al departamento, estaba aún tambaleándose por la experiencia que acababa de vivir. Pero en cuanto cruzó las puertas de apertura automática, se sintió algo más aliviado. Cuatro niños habían muerto asesinados. Y a pesar de que Carter seguía en paradero desconocido por el momento, el monstruo tenía por fin un nombre —un nombre real, no el que le habían puesto los periódicos— y aquel cabrón ya no provocaría más víctimas. En aquel momento, creía que la pesadilla estaba a punto de terminar.
Pero entonces había visto a Miranda y Alan Smith sentados en la recepción. Incluso ahora, seguía visualizándolos con una claridad soberana. Alan iba vestido con traje y estaba sentado con la espalda erguida, con la mirada perdida y las manos formando un corazón entre sus rodillas. Miranda tenía las manos debajo de los muslos y estaba inclinada hacia su marido, descansando la cabeza sobre su hombro, con su larga melena castaña cubriéndole el pecho. Era última hora de la tarde, pero parecían agotados, como esos viajeros de largo recorrido que intentan dormir en cualquier lugar donde pueden sentarse.
Tony, su hijo, había desaparecido.
Y veinte años después de aquella tarde, seguía desaparecido. Frank Carter había conseguido permanecer huido durante un día y medio antes de ser finalmente arrestado cuando se localizó su furgoneta aparcada en una carretera rural, a más de ciento cincuenta kilómetros de Featherbank. Las pruebas forenses demostraron que Tony Smith había sido retenido en aquella furgoneta, pero no se encontró ni rastro del cuerpo del niño. Y a pesar de que Carter reconoció haber matado a Tony, se negó a revelar dónde había enterrado sus restos.
Las semanas siguientes se consagraron a la inspección de la inmensa cantidad de rutas posibles que Carter podía haber seguido, siempre con resultados infructuosos. Pete había estado presente en varias de las expediciones. Con el tiempo, el número de buscadores había ido menguando hasta que ahora, dos décadas después, él era el único que aún continuaba buscando. Incluso Miranda y Alan Smith habían seguido adelante. Ahora vivían lejos de Featherbank. Si Tony siguiera con vida, tendría ahora veintisiete años. Pete sabía que Claire, la hija de Miranda y Alan, nacida durante los tumultuosos años posteriores al suceso, acababa de cumplir dieciséis años de edad. No culpaba a los Smith por haber rehecho su vida después del asesinato de su hijo, pero la realidad era que él no podía quitarse aquel peso de encima.
Había desaparecido un niño.
Había que encontrar a un niño y devolverlo a su casa.
Las casas próximas a la carretera, de camino de vuelta a Featherbank, parecían confortables. Sus ventanas resaltaban iluminadas en la oscuridad y era fácil imaginarse las risas y las conversaciones arrastrándose hacia el exterior desde dentro.
Gente junta, tal y como la gente tenía que estar.
Sintió una punzada de soledad al ver aquello, pero luego pensó que el placer siempre se puede encontrar si lo buscas, incluso llevando una vida tan solitaria como la que llevaba él. La carretera estaba flanqueada por árboles enormes y sus hojas se perdían en la oscuridad excepto en los lugares donde las tocaban las farolas, cuya luz salpicaba las calles con intrincadas explosiones de tonos amarillos verdosos que se ondulaban a merced de la suave brisa. Featherbank estaba tan silencioso y tranquilo que resultaba casi imposible creer que en su día hubiera albergado atrocidades tan espantosas como las de Frank Carter.
En una de las farolas del final de la calle habían pegado un cartel, uno de muchos con la palabra DESAPARECIDO que la familia de Neil Spencer había repartido por todas partes durante las semanas previas. Había una fotografía del niño, detalles sobre la ropa que llevaba puesta en el momento de la desaparición y una llamada a cualquier testigo para que brindara información. Tanto la imagen como el texto se habían descolorido bajo el azote incesante del sol de verano y ahora, al pasar en coche por su lado, el cartel le recordó a Pete las flores marchitas depositadas en el escenario de un accidente. Un niño desaparecido empezaba a desaparecer por segunda vez.
Habían pasado casi dos meses desde la desaparición de Neil Spencer, y a pesar de los recursos, y también del corazón y el alma que se habían puesto en la investigación, la policía sabía poco más que lo que sabía la tarde de su desaparición. En opinión de Pete, Amanda Beck había hecho todo lo correcto. Y, de hecho, que incluso el inspector jefe Lyons, un hombre que nunca perdía de vista su propia reputación, se hubiera mantenido al margen y la hubiera dejado al cargo del caso, era un reflejo de su eficiencia. La última vez que Pete se había cruzado con Amanda por los pasillos, sin embargo, la había visto tan exhausta que se había preguntado si aquello no sería también algún tipo de castigo.
Le habría gustado poder decirle que la situación mejoraría. Después de ser llamado al despacho del inspector jefe, Pete había estado informando a Amanda sobre los detalles de su antigua investigación, pero su implicación en el caso había acabado siendo muy superficial. Luego, había experimentado aquella sensación habitual de miedo cuando había solicitado ir a visitar a Frank Carter. Se había imaginado sentado delante del monstruo, siendo tratado como un juguete. Y como siempre, se había preguntado si sería capaz de hacerlo, si aquel encuentro sería el que finalmente acabara demostrándole que aquello era demasiado para él. Pero sus miedos habían sido en vano. Por primera vez desde que alcanzaba a recordar, su petición de entrevista con Carter había sido rechazada. Al parecer, el llamado Hombre de los Susurros, había decidido guardar silencio.
Pete lo había visitado en diversas ocasiones y se había preparado para volver a hacerlo, pero a pesar de ello, contener la sensación de alivio que le había embargado al conocer su negativa le había sido imposible. Y junto con esa sensación había experimentado también culpabilidad y vergüenza, evidentemente, pero se había convencido a sí mismo de que no había que darle importancia. Sentarse delante de Frank Carter era una tortura. Era malo para su salud. Y teniendo en cuenta que la única conexión con el caso era que la madre de Neil decía que su hijo había visto y oído algo al otro lado de la ventana de su habitación, no había motivos para pensar que la visita pudiera servir de algo.
La respuesta correcta era sentirse aliviado.
Al llegar a su casa, Pete dejó las llaves en la mesa del comedor y empezó a pensar en la cena que se prepararía y en los programas que vería para llenar las horas que faltaban antes de irse a la cama. Al día siguiente tendría gimnasio, papeleo, gestiones administrativas. Lo habitual.
Pero antes, llevó a cabo el ritual.
Abrió el armario de la cocina y sacó la botella de vodka que guardaba allí. Le dio varias vueltas, sopesándola, palpando el grosor del cristal. Había una capa protectora sólida entre él y el líquido sedoso del interior. Hacía mucho tiempo que no abría una botella como aquella, pero seguía recordando a la perfección el reconfortante «clic» que se oía al girar el tapón y romper el precinto.
Sacó la fotografía de un cajón.
Se sentó a la mesa del comedor, con la botella y la fotografía delante de él, y se formuló la pregunta.
«¿Quiero hacer esto?».
A lo largo de los años, el ansia había ido y venido, aunque, hasta cierto punto, siempre había estado presente. Había muchísimas cosas que podían despertarla, pero había también momentos en los que parecía agitarse a su antojo, siguiendo su propia y retorcida agenda. La botella solía permanecer tan muerta e impotente como un teléfono móvil sin batería, pero a veces emitía una especie de destello. Y en aquel momento, el ansia era más intensa que nunca. Durante aquellos dos últimos meses, de hecho, la botella le había estado hablando cada vez con más fuerza.
«Simplemente estás retrasando lo inevitable», le decía ahora.
«¿Por qué obligarte a sufrir así?».
Una botella llena, eso era importante. Servirse una copa de una botella a medias era menos reconfortante que romper el precinto de una nueva. El consuelo estaba en saber que ya habías tenido bastante.
Palpó el precinto, tentándose. Si ejercía un poco más de presión, el precinto se rompería y la botella quedaría abierta.
«Podrías ceder».
«Te sentirías inútil, pero los dos sabemos que eso es lo que eres».
La voz podía ser tanto cruel como amistosa. Tocar tanto la fibra más sensible como la menos sensible.
«Eres un inútil. Un inepto».
«Abre la botella».
Y, muy a menudo, la voz era de su padre. El hombre había muerto hacía mucho tiempo, cuarenta años ya, pero Pete seguía viéndolo como si fuera ayer: gordo y despatarrado en un sillón andrajoso del sucio salón de su casa, mirándolo con desdén. Nada de lo que hacía Pete de pequeño era suficiente para él. «Inútil» e «inepto» eran palabras que había aprendido desde muy pronto y que se había acostumbrado a escuchar a menudo.
Con la edad, Pete había acabado comprendiendo que su padre era un don nadie, que estaba decepcionado con la vida que había llevado, y que su hijo no había sido más que una especie de saco de boxeo donde descargar sus muchas frustraciones. Pero aquel ejercicio de comprensión de la realidad había sido muy tardío. Y a aquellas alturas, tenía el mensaje totalmente asimilado y formaba ya parte de su programación. Desde un punto de vista objetivo, sabía que no era cierto que fuera un inútil y un fracasado. Pero siempre tenía la sensación de que era verdad. El truco, bien explicado, seguía convenciéndolo.
Cogió la fotografía de Sally. Tenía muchos años y había ido perdiendo el color; era como si el papel estuviera intentando borrar la imagen que tenía impresa para volver a su estado original. Los dos aparecían felices, con la cara del uno pegada a la del otro. La fotografía era de un día de verano. Sally rebosaba alegría y sonreía al sol, mientras que Pete entrecerraba los ojos para protegerse de la luminosidad y también esbozaba una sonrisa.
«Esto es lo que te pierdes si bebes».
«Por eso no merece la pena».
Se quedó unos minutos más allí sentado, respirando despacio, hasta que guardó la botella y la fotografía y empezó a preparar la cena. Era fácil entender por qué el ansia se había reforzado en las últimas semanas y por eso era bueno que su implicación en el caso se hubiera quedado finalmente en nada.
«Dejemos que el ansia se intensifique a la luz de los recientes acontecimientos —pensó—. Que tenga su momento. Y que luego se extinga».
Once
Aquella noche, como siempre, me costó conciliar el sueño.
Mucho tiempo atrás, cuando acababa de publicar un nuevo libro, asistía a eventos e incluso hacía alguna que otra gira para firmar ejemplares. Generalmente iba solo y me alojaba después en habitaciones desconocidas de hoteles, echando de menos a mi familia. Siempre me costaba dormir sin Rebecca a mi lado.
Y seguía costándome, ahora que nunca volvería a estarlo. Antes, si extendía el brazo hacia el lado frío de la cama de un hotel, podía imaginarme que ella estaba haciendo lo mismo en casa, que podíamos percibir nuestros propios fantasmas. Pero después de su muerte, siempre que extendía el brazo en nuestra cama, no percibía otra cosa que no fuera el gélido vacío de las sábanas impolutas. Pensaba que tal vez una nueva casa y una nueva cama cambiarían esa sensación, pero no había sido así. Cuando extendía el brazo en nuestra antigua casa, sabía al menos que Rebecca había dormido allí.
Permanecí mucho rato despierto, echándola de menos. Por mucho que la mudanza hubiera sido la decisión acertada, era consciente de que la distancia entre Rebecca y yo había aumentado. Dejarla atrás era terrible. Y no podía dejar de imaginarme su espíritu en nuestra antigua casa, mirando por la ventana, preguntándose dónde se habría ido su familia.
Lo cual me hizo pensar en la amiga imaginaria de Jake. En la niña que había dibujado. Intenté alejar de mi cabeza aquella imagen, concentrarme en la tranquilidad que se respiraba en Featherbank. El mundo, detrás de las cortinas, parecía silencioso e inmóvil. La casa estaba inmersa en silencio.
Y así, al cabo de un buen rato, comencé a adormilarme.
Cristales rotos.
Mi madre chillando.
Un hombre gritando.
—Papá.
Me desperté sobresaltado de la pesadilla, desorientado, apenas consciente de que Jake me estaba llamando y de que, en consecuencia, tenía que hacer algo.
—¡Espera! —grité.
Vi una sombra moverse a los pies de la cama y el corazón me dio un vuelco.
Me senté rápidamente.
«Dios mío».
—Jake, ¿eres tú?
La pequeña sombra avanzó desde los pies de la cama hasta situarse a mi lado. Por un momento, no estuve en absoluto convencido de que fuera él, pero luego se acercó lo bastante como para reconocer la forma de su pelo. Aunque no le veía la cara. Quedaba totalmente oculta por la oscuridad de la habitación.
—¿Qué haces, colega? —Seguía con el corazón acelerado, tanto por lo que estaba sucediendo como por el residuo de la pesadilla de la que acababa de despertarme—. Aún no es hora de levantarse. Ni mucho menos.
—¿Puedo dormir contigo esta noche?
—¿Qué?
No lo había hecho nunca. De hecho, Rebecca y yo siempre nos habíamos mantenido firmes en las escasas ocasiones en las que lo había sugerido, ya que dábamos por supuesto que si cedíamos, aunque fuese solo una vez, sería adentrarse en terreno resbaladizo.
—Eso nunca lo hacemos, Jake. Lo sabes.
—Por favor.
Me di cuenta de que estaba hablando bajito expresamente, como si hubiera alguien en otra habitación, alguien que no quería que nos oyera.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—He oído un ruido.
—¿Un ruido?
—Fuera, al otro lado de mi ventana, hay un monstruo.
Seguí sentado en silencio, recordando el verso que había pronunciado antes de irse a dormir. Aunque el verso hablaba sobre la puerta. Y, de todos modos, era imposible que hubiera alguien al otro lado de la ventana de su cuarto. Estábamos en un primer piso.
—Seguro que estabas soñando, colega.
Jake hizo un gesto de negación con la cabeza que vislumbré a pesar de la oscuridad.
—Me ha despertado. Me he acercado a la ventana y allí se oía más fuerte. Y he querido abrir las cortinas, pero me ha dado miedo.
«Habrías visto el campo que hay al otro lado de la calle, completamente a oscuras —pensé—. Y nada más». Pero me estaba hablando tan serio, que comprendí que no podía decírselo.
—De acuerdo. —Salí de la cama—. Vayamos a comprobarlo.
—No vayas, papá.
—A mí no me dan miedo los monstruos, Jake.
Me siguió hacia el pasillo y encendí la luz de lo alto de la escalera. Pero cuando entré en su cuarto, dejé su luz apagada y me aproximé a la ventana.
—¿Y si hay algo ahí fuera?
—No hay nada —dije.
—¿Pero y si lo hay?
—Pues me ocuparé del tema.
—¿Le darás un puñetazo en toda la cara?
—Claro. Pero ahí afuera no hay nada.
Sin embargo, en realidad no me sentía tan confiado como aparentaba. Las cortinas cerradas parecían un mal presagio. Me detuve un momento a escuchar, pero no había nada que oír. Y era imposible que allí fuera hubiera alguien.
Descorrí las cortinas.
Nada. Solo la diagonal del camino en el jardín, la calle vacía más allá y luego la extensión oscura del campo perdiéndose en la distancia. El tenue reflejo de mi cara miraba hacia la habitación. Pero allí fuera no había nada más. El mundo entero parecía estar durmiendo pacíficamente, todo lo contrario de lo que me sucedía a mí.
—¿Lo ves? —Me esforcé por mostrarme paciente—. Ahí fuera no hay nadie.
—Pero lo había.
Cerré la cortina y me puse en cuclillas.
—Jake, a veces los sueños pueden llegar a parecer muy reales. Pero no lo son. ¿Cómo quieres que haya alguien al otro lado de esta ventana si estamos en un primer piso?
—Podría haber escalado por la tubería.
Me dispuse a replicar, pero entonces recordé el exterior de la casa. La tubería de desagüe del tejado pasaba justo al lado de aquella ventana. Se me pasó por la cabeza una idea ridícula. Si cierras la puerta con llave y cadena de seguridad para que no pueda entrar un monstruo, ¿qué otra alternativa le queda que trepar y entrar por otra vía?
Una estupidez.
—Ahí fuera no hay nadie, Jake.
—¿Puedo dormir contigo esta noche, papá? ¿Por favor?
Suspiré para mis adentros. Era evidente que Jake no pensaba dormir solo en su habitación y era demasiado tarde o demasiado temprano para ponerse a discutir. No sabía si tarde o temprano. Lo más fácil era ceder.
—De acuerdo. Pero solo esta noche. Y sin moverse mucho, ¿vale?
—Gracias, papá. —Cogió su Estuche de Cosas Especiales y me siguió—. Te prometo que no me moveré mucho.
—A ver si es verdad. ¿Y qué me dices de robarme la manta?
—Eso tampoco lo haré.
Apagué la luz del pasillo y nos metimos en la cama, Jake en el que tendría que haber sido el lado de Rebecca.
—¿Papá? —preguntó—. ¿Estabas teniendo una pesadilla?
Cristales rotos.
Mi madre chillando.
Un hombre gritando.
—Sí —respondí—. Supongo que sí.
—¿Y de qué iba?
El sueño se había desdibujado un poco, pero era tanto un recuerdo como una pesadilla. Me veía yo de pequeño, caminando hacia la puerta que daba acceso a la cocina de la casa en la que me había criado. En el sueño, era tarde, y el ruido de la planta de abajo me había despertado. Me había quedado en la cama tapado hasta arriba con las mantas y agazapado de miedo, intentando simular que todo iba bien, aun sabiendo que no era así. Al final, había bajado de puntillas las escaleras, no por el deseo de ver qué estaba pasando, sino atraído por ello, sintiéndome pequeño, aterrado e impotente.
Recordaba haberme aproximado por el pasillo oscuro hacia la cocina iluminada, haber oído los gritos procedentes de allí dentro. La voz de mi madre sonaba enojada pero sin subir el tono, como si creyera que yo seguía durmiendo e intentara mantenerme al margen de todo aquello, pero la voz del hombre era potente e indiferente. Las palabras de los dos se solapaban. Era imposible saber qué estaban diciendo, pero yo sabía que eran cosas desagradables y que la discusión iba en aumento, acelerándose hacia algo realmente espantoso.
La puerta de la cocina.
Llegué a ella justo a tiempo de ver la cara colorada del hombre, contorsionada por la rabia y el odio, en el momento en que lanzaba con todas sus fuerzas un vaso contra mi madre. A tiempo de verla apartarse, aunque demasiado tarde, y de oírla gritar.
Fue la última vez que vi a mi padre.
Hacía muchísimo tiempo, pero el recuerdo seguía ascendiendo a la superficie de vez en cuando. Seguía abriéndose paso a tientas hasta lograr desenterrarse.
—De cosas de mayores —le dije a Jake—. A lo mejor te lo cuento algún día, pero no era más que un sueño. Y no pasa nada. Tenía un final feliz.
—¿Qué pasaba al final?
—Pues que aparecías tú.
—¿Yo?
—Sí. —Le alboroté el pelo—. Y entonces te ibas a dormir.
Cerré los ojos y nos quedamos tanto rato en silencio que di por sentado que Jake se había quedado dormido. En un momento dado, extendí el brazo hacia el lado y descansé la mano sobre la colcha, por encima de él, como si quisiera asegurarme de que seguía allí. Los dos juntos. Mi pequeña y herida familia.
—Susurros —dijo Jake en voz baja.
—¿Qué?
—Susurros.
Su voz sonaba tan remota que pensé que ya estaba soñando.
—Que en la ventana se oían susurros.
Doce
«Tiene que darse prisa».
En el sueño, Jane Carter le susurraba por teléfono a Pete. Su voz sonaba débil y apremiante, como si estuviera diciendo la cosa más aterradora del mundo.
Y estaba haciéndolo, de todos modos. Por fin.
Pete estaba sentado en su despacho y el corazón le aporreaba el pecho. Había hablado con la esposa de Frank Carter varias veces a lo largo de la investigación. La había esperado disimuladamente a la salida de su trabajo o había caminado a su lado por calles concurridas, siempre procurando no ser visto con ella en algún lugar que pudiera conocer su marido. Era como si hubiera estado haciendo intentos encubiertos de convertirla en espía, lo cual imaginaba que no se alejaba mucho de la verdad.
Jane había proporcionado coartadas a su marido. Lo había defendido. Pero desde el primer encuentro que había tenido con ella, Pete había visto claro que, con toda la razón del mundo, le tenía un miedo aterrador a Frank, y había puesto todo su empeño en convertirla: en convencerla de que podía hablar con él sin correr riesgos. De que podía retirar lo que había dicho y contar la verdad sobre su marido: «Hable conmigo, Jane. Y me aseguraré de que Frank no pueda hacerles más daño, ni a usted ni a su hijo».
Y parecía que estaba dispuesta a hacerlo. Con los años, el miedo se había metido en el cuerpo de Jane Carter de tal manera que, incluso en aquel momento, llamándolo por teléfono sin aquel cabrón en casa, era incapaz de hablar más fuerte que en un susurro. Ser valiente no equivale a no tener miedo, Pete lo sabía muy bien. Ser valiente exige la presencia del miedo. Y, por lo tanto, incluso con aquella subida de adrenalina, incluso con la sensación de que el caso empezaba a cerrarse, reconoció la valentía que implicaba aquella llamada.
—Le dejaré entrar —susurró la mujer—, pero tiene que darse prisa. No tengo ni idea de cuánto tardará.
En realidad, Frank Carter nunca volvió a aquella casa. En cuestión de una hora, estaba abarrotada de agentes de policía y detectives especializados y se lanzaría una alerta para localizar a Carter y la furgoneta que conducía. Pero en aquel momento, Pete se dio prisa. El viaje hasta la casa le llevó solo diez minutos, pero fueron los más largos de su vida. Incluso con un equipo de refuerzo a sus espaldas, se sentía solo y asustado cuando llegó allí, como el protagonista de un cuento de hadas en el que el monstruo está ausente pero puede regresar en cualquier momento.
Una vez dentro, las manos temblorosas de Jane Carter abrieron la puerta que daba acceso al anexo con las llaves que le había robado previamente a su esposo. En la casa reinaba el silencio y Pete sintió una sombra cerniéndose sobre ellos.
La cerradura se abrió.
—Ahora apártense, por favor, los dos.
Jane Carter se quedó en medio de la cocina, con su hijo escondido detrás de sus piernas, y Pete se cubrió la mano con un guante y abrió la puerta.
No.
Al instante, percibió el olor caliente a carne podrida. Alumbró el interior con una linterna… y entonces aparecieron las imágenes, una a una y en rápida sucesión, las visiones y las sensaciones iluminadas como si fuesen flashes de una cámara.
No.
Todavía no.
Primero, levantó la mano y enfocó con la linterna las paredes. Estaban pintadas de blanco, pero Carter las había decorado con dibujos de toscas briznas de hierba verde en la parte inferior y mariposas infantiles revoloteando por encima. Cerca del techo, se veía una cosa amarilla y distorsionada que aspiraba a ser un sol. Y en él, había pintado una cara, con unos ojos negros y muertos mirando hacia el suelo.
Pete siguió la dirección de aquella mirada y por fin hizo descender el haz de luz.
Respirar empezó a ser complicado.
Llevaba tres meses buscando a aquellos niños, y a pesar de que siempre había anticipado un resultado como aquel, jamás había perdido la esperanza. Pero allí estaban, yaciendo en aquella oscuridad fétida y caliente. Los cuatro cuerpos parecían reales e irreales a la vez. Muñecos de tamaño natural, rotos e inmóviles, con la ropa intacta excepto la camiseta, que estaba subida para poder taparles la cara.
Tal vez lo peor de aquella pesadilla era que con los años se había vuelto tan frecuente que ya no le interrumpía el sueño. Y por eso fue el despertador lo que lo despertó a la mañana siguiente.
Se quedó tumbado unos segundos más, intentando mantener la calma. Tratar de ignorar el recuerdo era como andar a tientas en la niebla, pero se recordó que las pesadillas habían resurgido como consecuencia de los últimos acontecimientos y que con el tiempo se acallarían. Apagó el despertador.
«Gimnasio —pensó—. Papeleo. Tareas administrativas. Rutina».
Se duchó, se vistió, preparó la bolsa con ropa de deporte y para cuando bajó a prepararse un café y un desayuno ligero, el sueño ya se había aplacado y tenía las ideas bajo control. Aquello no era más que una breve interrupción en su vida, eso era todo. Y era perfectamente comprensible que remover la tierra hubiera desenterrado algún que otro fantasma mordaz, pero pronto desaparecerían. El deseo de beber volvería a debilitarse. La vida recuperaría la normalidad.
Hasta que no entró en el salón con su desayuno no vio el parpadeo de la luz roja en el teléfono móvil. No se había enterado de la llamada; tendría que escuchar el buzón de voz.
Marcó el número y escuchó el mensaje mientras masticaba despacio el desayuno.
Se obligó a engullir. Se le había formado un nudo en la garganta.
Al cabo de dos meses, Frank Carter había accedido a la visita.
Trece
—A ver, quédate junto a la pared para que te vea bien —dije—. Un poco más a la derecha. No, hacia mi derecha. Un poquito más. Eso es. Ahora, sonríe.
Era el primer día de Jake en su nueva escuela y yo estaba mucho más nervioso que él. ¿Cuántas veces se puede llegar a abrir un cajón para asegurarse de que toda la ropa está correctamente preparada? ¿Le habría puesto la etiqueta con el nombre a todo? ¿Dónde había metido la mochila con los libros y la cantimplora? Había muchísimas cosas a tener en cuenta y quería que todo fuese perfecto para él.
—¿Puedo moverme ya, papá?
—Espera.
Enfoqué con la cámara del teléfono a Jake, que estaba delante de la única pared vacía de su dormitorio vestido con su nuevo uniforme escolar: pantalón gris, camisa blanca y jersey azul; todo nuevo y limpio, por supuesto, con la etiqueta con el nombre en absolutamente todas las prendas. Sonreía con timidez y dulzura. Con el uniforme, se le veía más mayor, aunque también seguía pareciendo pequeño y vulnerable.
Di un par de golpecitos en la pantalla.
—Hecho.
—¿Puedo verlas?
—Por supuesto que sí.
Me arrodillé y Jake se apoyó en mi hombro mientras le mostraba las fotografías que acababa de hacerle.
—Estoy bien —dijo, casi sorprendido.
—Se te ve superformal —le dije.
Y era cierto. Intenté disfrutar del momento, aun estando teñido con cierta tristeza porque Rebecca tendría que haber estado también presente. Como la mayoría de los padres, Rebecca y yo habíamos hecho fotografías de Jake en el día de inicio del curso escolar, pero yo había cambiado de teléfono recientemente y a principios de semana me había dado cuenta de lo que había pasado: todas mis fotografías habían desaparecido, se habían marchado para siempre. Y para sumarle más insulto a ese dolor, tenía el teléfono de Rebecca, con todas las fotografías en su interior, pero no tenía manera de acceder a ellas. Durante más de un minuto, me había quedado mirando su teléfono con frustración, enfrentándome a la dura verdad: Rebecca se había ido, y con ella todos aquellos recuerdos.
Había intentado consolarme diciéndome que aquello no tenía importancia. Que no era más que otra broma pesada que me había jugado su pérdida, y que era una nimiedad desde el punto de vista global de las cosas. Pero me había dolido. Era un nuevo fracaso que sumar a mi cuenta.
«Haremos muchas más».
—Vamos, colega.
Antes de irnos, subí las fotos a la nube.
La escuela de enseñanza primaria Rose Terrace estaba ubicada en un edificio de escasa altura de tamaño considerable, separado de la calle mediante una verja de hierro. La parte principal era antigua y con carácter: una sola planta con tejados a dos aguas. Por encima de puertas de acceso distintas, esculpido en la piedra negra, podía leerse NIÑOS y NIÑAS, aunque indicaciones mucho más modernas daban a entender que la separación de la época victoriana se utilizaba ahora para diferenciar distintos niveles. Había visitado la escuela antes de matricular a Jake. En el interior, había un vestíbulo con suelo de parqué pulido que funcionaba como intercambiador central de las distintas aulas. Entre las puertas, las paredes estaban cubiertas con huellas de manitas impresas con pinturas de colores, con una anotación de la fecha en la que sus dueños estudiaron allí.
Jake y yo nos quedamos junto a la reja.
—¿Qué piensas?
—No sé —dijo.
Se me hacía duro culparlo por tener dudas. El patio que se extendía detrás de la verja estaba lleno a rebosar de niños y padres, hablando en grupitos. Era el primer día del nuevo curso, pero allí todo el mundo —tanto niños como padres— se conocía de los dos años anteriores y Jake y yo íbamos a hacer nuestra entrada como desconocidos para todos excepto para nosotros mismos. Su antigua escuela era más grande y más anónima. Aquí todo parecía tan estrechamente entretejido que era imposible imaginarse que no acabáramos sintiéndonos siempre como extraños. Confiaba en que Jake acabara adaptándose.
Le presioné un poco la mano.
—Vamos —dije—. Seamos valientes.
—Estoy bien, papá.
—Me refería a mí.
Un chiste, aunque solo a medias. Faltaban cinco minutos para que se abrieran oficialmente las puertas y sabía que tenía que hacer un esfuerzo y hablar con los demás padres para empezar también a formar vínculos. Pero me limité a apoyarme en la pared y esperar.
Jake se quedó a mi lado, mordiéndose un poco el labio. Los demás niños correteaban a nuestro alrededor y pensé que me gustaría que mi hijo se acercase a ellos e hiciese un esfuerzo para jugar.
«Déjalo ser él mismo», me dije.
Porque con eso ya estaría bien, ¿no?
Al final, se abrió la puerta con el cartel de Primero de Primaria y la nueva maestra de Jake apareció sonriente. Los niños cogieron sus mochilas y formaron filas. Como era el primer día de curso, la mayoría llevaba la mochila vacía, pero Jake no. Como era habitual, había insistido en llevar con él su Estuche de Cosas Especiales.
Le pasé la mochila y su cantimplora.
—Cuídalo bien. ¿Lo harás?
—Sí.
Confiaba en que lo hiciera. Pensar en que pudiera perderlo era seguramente tan intolerable para mí como para él. El Estuche era para mi hijo el equivalente al osito de peluche favorito, y era imposible que saliera de casa sin él.
Echó a andar hacia la fila de niños.
—Te quiero, Jake —dije en voz baja.
—Yo también te quiero, papá.
Y me quedé allí, mirando, hasta que entró, con la esperanza de que se girara para decirme adiós. No lo hizo. Lo cual, imaginé, era buena señal, esa ausencia de apego. Demostraba que no estaba intimidado por el día que tenía por delante y que no necesitaba mi consuelo.
Ojalá pudiera decir lo mismo sobre mí.
«Por favor, por favor, que todo le vaya bien».
—¿Chico nuevo, eh?
—¿Perdón?
Me volví y vi que había una mujer a mi lado. A pesar de que el día era cálido, vestía un abrigo largo de tono oscuro y tenía las manos hundidas en los bolsillos, como si estuviera preparada para soportar una ventolera invernal. Llevaba el pelo teñido de negro, a la altura de los hombros, y parecía reírse un poco de la expresión de mi cara.
«Chico nuevo».
—Oh —dije—. ¿Te refieres a Jake? Es mi hijo, sí.
—Me refería a los dos, de hecho. Se te ve preocupado. Sinceramente, estoy segura de que le irá muy bien.
—Sí, claro que sí. Ni siquiera se ha girado para decirme adiós.
—El mío dejó de hacerlo ya hace un tiempo. La verdad es que en cuanto llegamos al patio por las mañanas, es como si yo dejara de existir. Al principio te parte el corazón, pero luego te acostumbras. Es bueno, en realidad. —Se encogió de hombros—. Me llamo Karen, por cierto. Y mi hijo es Adam.
—Tom —repliqué—. Encantado de conocerte. ¿Karen y Adam, has dicho? Tengo que empezar a aprenderme todos los nombres nuevos.
La mujer sonrió.
—Lleva su tiempo. Pero estoy segura de que Jake no tendrá ningún problema. Cuando te mudas a un lugar nuevo siempre es duro, pero es un grupito de niños estupendo. Adam empezó a mediados del curso pasado. Y la escuela también es muy buena.
Cuando se alejó hacia la verja, me propuse memorizar los nombres. Karen. Adam. Parecía una mujer agradable y era consciente de que tenía que hacer un esfuerzo en ese sentido. A lo mejor, a pesar de que las evidencias indicaran lo contrario, tal vez pudiera acabar convirtiéndome en uno de esos adultos normales que hablaban con los demás padres en el patio de la escuela.
Cogí el teléfono y me puse los auriculares dispuesto a emprender el corto trayecto hasta casa, pensando en una nueva cosa por la que ponerme nervioso. Cuando Rebecca murió, llevaba escrito un tercio de una nueva novela, y a pesar de que muchos autores se habrían volcado en su trabajo a modo de distracción, yo no había vuelto ni siquiera a mirar una sola palabra de lo que había escrito. El concepto sobre el que había estado trabajando me parecía ahora completamente vacuo y sospechaba que tendría que acabar abandonando el proyecto y dejar que se pudriera en mi disco duro como una tontería incompleta.
En cuyo caso, ¿qué podía escribir?
Ya en casa, encendí el ordenador, abrí un documento de Word en blanco y guardé el archivo con el nombre «malas ideas». Era lo que siempre hacía para empezar. Reconocer que estaba solo en los inicios me ayudó a liberarme un poco de la presión psicológica. Y entonces, como siempre había sido de la opinión de que prepararme un café no contaba como procrastinación, entré en la cocina, enchufé el hervidor, me apoyé en la encimera y miré por la ventana que daba al jardín de atrás.
Y vi a un hombre allí fuera.
Estaba de espaldas a mí y me dio la sensación de que estaba manipulando el candado de la puerta del garaje.
¿Pero qué demonios hacía?
Di unos golpecitos al cristal.
El hombre se sobresaltó y se giró rápidamente. Tendría algo más de cincuenta años, era bajito y corpulento, con el cabello gris y esa calva típica de los monjes. Iba pulcramente vestido con un traje, abrigo gris y bufanda, y su aspecto no tenía nada que ver con el que yo habría imaginado para un ladrón.
Utilicé las manos y la expresión de mi cara para esbozar un gesto que tradujera el «¿pero qué demonios?» que me acababa de pasar por la cabeza. El hombre se quedó mirándome un instante, sorprendido aún, y entonces dio media vuelta y echó a andar en dirección al camino de acceso a la casa.
Dudé un momento, conmocionado aún por lo que acababa de ver, y entonces crucé la casa, decidido a plantarle cara y averiguar qué estaba haciendo.
Cuando llegué a la puerta, sonó el timbre.
Catorce
Abrí la puerta rápidamente y me encontré al hombre en el peldaño exterior, con expresión contrita. Visto de cerca, era incluso más bajo de lo que me había parecido a través de la ventana.
—Siento infinitamente molestarlo. —Hablaba en tono muy formal, en consonancia con el traje anticuado que llevaba—. No estaba seguro de que hubiera alguien en casa.
«Una forma obvia de comprobar si hay alguien en casa —pensé—, sería llamando al puto timbre, por ejemplo».
—Ya. —Me crucé de brazos—. ¿En qué puedo ayudarle?
El hombre cambió el peso del cuerpo a la otra pierna, claramente incómodo.
—Veamos, reconozco que se trata de una petición poco habitual. Pero el caso es que…, en fin, me crie aquí, ¿sabe? En esta casa. Hace muchos años, es evidente, pero guardo recuerdos muy buenos de este lugar y…
Se interrumpió.
—Entiendo —dije.
Y esperé a que continuara. Pero se quedó allí, a la expectativa, como si me hubiera proporcionado ya la información necesaria y fuera una torpeza, o quizás incluso de mala educación por mi parte, obligarle a explicar el resto.
Al final, caí en la cuenta.
—¿Se refiere a que quiere entrar y echar un vistazo, o algo así?
El hombre asintió agradecido.
—Es una imposición terrible, lo sé, pero le estaría inmensamente agradecido de poder hacerlo. Esta casa guarda para mí recuerdos muy especiales.
Su tono era tan ostentosamente formal que casi me eché a reír. Pero no lo hice, porque imaginarme a aquel hombre dentro de mi casa empezó a ponerme los nervios a flor de piel. Iba tan correctamente vestido y sus modales eran tan absurdamente educados, que todo aquello era como un disfraz. A pesar de la ausencia aparente de amenaza física, el hombre parecía peligroso. Me lo imaginé sin ningún esfuerzo apuñalando a alguien con un cuchillo de plata, mirando a su víctima a los ojos y relamiéndose de placer.
—Pues no es posible, me temo.
Los modales melindrosos se esfumaron de inmediato y sus facciones insinuaron su fastidio. Quien quiera que fuese, estaba claramente acostumbrado a salirse con la suya.
—Es una terrible lástima —dijo—. ¿Me permite preguntarle por qué?
—Para empezar, acabamos de instalarnos. Hay cajas por todas partes.
—Entiendo. —Esbozó una leve sonrisa—. ¿Tal vez, entonces, en otra ocasión?
—Pues no. Porque la verdad es que no suelo permitir que entren desconocidos en mi casa.
—Resulta… decepcionante.
—¿Por qué estaba intentando entrar en el garaje?
—No estaba haciendo eso. —Dio un paso atrás, ofendido—. Estaba mirando si podía localizarlo.
—¿Qué? ¿Dentro de un garaje cerrado con llave y candado?
—No sé qué cree que vio, pero no. —Negó con la cabeza, apesadumbrado—. Veo que ha sido un error lamentable. Una lástima, la verdad. A lo mejor más adelante cambia de idea.
—No cambiaré.
—En este caso, siento haberlo molestado.
Dio media vuelta y echó a andar.
Salí de la casa y recordé en aquel momento las cartas que había recibido.
—¿Señor Barnett?
Noté que dudaba, y entonces se volvió y se quedó mirándome. Me paré en seco. Su expresión era completamente distinta. Su mirada se había vuelto vacía y, a pesar de nuestra diferencia de tamaño, pensé que si ahora daba un paso hacia mí, yo a buen seguro retrocedería.
—Me temo que no —dijo—. Adiós.
Y se marchó; recorrió el camino de acceso y llegó a la calle, después desapareció sin decir ni una palabra más. Volví a seguirlo, pero me quedé parado en la acera, sin saber muy bien si debía continuar. A pesar del calor del sol, me di cuenta de que estaba temblando.
Había estado tan preocupado con la casa que no había tenido tiempo siquiera de ir a echar un vistazo al garaje. No era, a todas luces, la parte más encantadora de la propiedad: dos puertas de metal corrugado azul que a duras penas encajaban por su parte central, paredes blancas combadas con una ventana resquebrajada en una de ellas. La base quedaba oculta por la hierba crecida. El agente inmobiliario me había dicho que en el tejado había asbesto y que si quería demoler la estructura tendría que hacerlo con la ayuda de especialistas, aunque daba la impresión de que se caería por sí sola en cualquier momento. Era como si el garaje estuviera agazapado como un viejo borracho en la parte posterior de la casa, tambaleándose de mala manera e intentando no caer hacia un lado.
Miré a mi alrededor con incredulidad. Estaba lleno de basura.
Había dado por sentado que cuando la señora Shearing vació la casa después de mi primera visita, habría contratado una empresa de mudanzas para llevarse todos los muebles viejos. Pero ahora acababa de descubrir que se había ahorrado ese gasto y que todo estaba metido allí dentro, desprendiendo olor a moho y a polvo. Había montañas de cajas de cartón en el centro de la estancia, y las que estaban abajo se aplastaban, húmedas, bajo el peso de las de arriba, mientras que sillas y mesas viejas se amontonaban como rompecabezas de madera contra uno de los lados. Junto a la pared de atrás, había un colchón viejo, y las manchas del color del té del tejido eran tan grandes que le daban el aspecto del mapa de un universo desconocido. A un lado de la puerta, se percibía el olor de la barbacoa ennegrecida.
Junto a las paredes, había también montañas de hojas pardas y crujientes. Con cuidado, aparté con la punta del pie un bote de pintura y apareció la araña más grande que había visto en mi vida. El bicho se limitó a dar un saltito, impertérrito ante mi presencia.
«Pues muy bien —pensé, mirando todo aquello—. Muchísimas gracias, señora Shearing».
No había mucho espacio para moverse, pero avancé hacia la montaña de cajas y, palpando la sensación de cartón húmedo, abrí la de arriba. Miré en su interior y encontré elementos de decoración de Navidad. Rollos de espumillón descolorido, bolas opacas y una cosa que parecían joyas.
De pronto, una de aquellas joyas echó a volar hacia mi cara.
—¡Dios mío!
A punto estuve de perder el equilibrio, puesto que resbalé con las hojas secas del suelo al levantar desesperadamente el brazo para protegerme la cara. La cosa ascendió volando hasta el tejado, luego se lanzó en picado y revoloteó, antes de chocar contra la ventana grisácea y darse de bruces repetidamente contra ella.
«Tap, tap, tap». Impactos delicados.
Una mariposa, vi entonces. No la reconocí, aunque tengo que admitir que mis conocimientos al respecto no iban más allá de la mariposa blanca de la col y la mariposa de la ortiga.
Me acerqué con cuidado a la ventana, donde la mariposa seguía aleteando pegada al cristal, y la observé durante unos segundos hasta que finalmente captó el mensaje y se posó en el mugriento alfeizar con las alas extendidas. El bicho era tan grande como la araña que había visto antes, pero en vez de su asqueroso tono grisáceo, la mariposa tenía un colorido asombroso. Las alas estaban cubiertas con espirales amarillas y verdes y presentaban puntitos morados en las puntas. Era bellísima.
Regresé a la caja, volví a mirar y vi tres mariposas más descansando sobre la superficie del espumillón. Estas no se movían, de modo que pensé que tal vez estarían muertas, pero cuando volví a mirar, vi otra en un lado de la caja inferior de la pila, cuyas alas se movían con la lentitud y la delicadeza del ritmo de la respiración.
Era imposible saber cuánto tiempo llevarían allí, o cuál sería su ciclo vital, pero imaginé que no tendrían grandes expectativas excepto, tal vez, convertirse en manjar de aquella araña. Sentí la necesidad repentina de interrumpir aquel ecosistema. Arranqué un pedazo de cartón húmedo de la caja de arriba e intenté empujar a una de las mariposas hacia la puerta. Pero la mariposa no estaba por la labor. Lo intenté entonces con la que se había quedado junto a la ventana, pero se mostró igual de terca. Y, a pesar de su tamaño, de cerca parecían tremendamente delicadas, como si fueran a convertirse en polvo al más leve contacto. No quería correr el riesgo de hacerles ningún daño.
De modo que lo dejé correr.
—Bueno, chicas. —Tiré al suelo el trozo de cartón y me limpié la mano en los vaqueros—. He hecho lo que he podido.
No le veía sentido a seguir dentro del garaje. Había lo que había. Tendría que sumar la limpieza de aquello a mi larga lista de tareas, aunque esa, al menos, no era urgente.
¿Qué habría allí dentro que pudiera interesar tanto a aquel hombre? Por lo que había visto, no había más que basura. Pero ahora que la sensación del encuentro se había apaciguado un poco, me pregunté si simplemente me habría dicho la verdad y yo habría malinterpretado lo que había visto.
Salí, devolví el candado a su sitio y encerré a las mariposas dentro. Me parecía excepcional que hubieran sobrevivido tanto tiempo en condiciones tan infructuosas y desapacibles. Sin embargo, enfilando el camino hacia la casa, pensé en Jake y en mí, y caí en la cuenta de que era lo mismo que nos había pasado a nosotros.
A las mariposas, al fin y al cabo, no les quedaba otra elección.
Es lo que hacen los seres vivos. Incluso en las circunstancias más duras, siguen viviendo.
Quince
La sala era pequeña, pero al estar todas las superficies pintadas de blanco daba la sensación de ser un espacio infinito. Un lugar sin paredes. O tal vez un lugar fuera del espacio y del tiempo. Pete siempre había imaginado que si alguien lo observara a través de las cámaras de seguridad, podría parecerle la escena de una película de ciencia ficción, con una persona sentada en un ambiente interminable y vacío en el que aún quedaba por construir todo el entorno virtual.
Recorrió con la punta del dedo la superficie de la mesa que dividía por completo la estancia. Chirrió levemente. Todo estaba limpio, reluciente, esterilizado.
Y la sala volvió a quedarse en silencio.
Esperó.
Cuando había que enfrentarse a algo espantoso, era mejor enfrentarse a ello de inmediato; acabaría ocurriendo, por malo que fuera, y al menos de esa manera no habría que soportar también la impaciencia hasta que llegara el momento. Frank Carter lo sabía. Pete lo había visitado al menos una vez al año desde que estaba en la cárcel y siempre le había hecho esperar. En el pabellón carcelario siempre podía producirse algún retraso mínimo, algún incidente premeditado. Era una declaración de intenciones, dejar claro cuál de los dos hombres tenía el control y gestionaba el encuentro. El hecho de que Pete fuera el que pudiera salir de allí una vez terminada la reunión, tendría que ser reconfortante, pero nunca lo era. No tenía nada que ofrecerle a Carter excepto diversión y entretenimiento. Solo uno de ellos tenía todo lo que el otro quería, y ambos lo sabían.
De modo que siguió esperando, como un buen chico.
Minutos después, se abrió por fin la puerta situada al otro lado de la mesa, entraron dos funcionarios de prisiones y se apostaron a ambos lados del umbral. No apareció nadie más. El monstruo, como siempre, se estaba tomando su tiempo.
A medida que se acercaba el momento, la habitual sensación de inquietud se acrecentó. La aceleración de las pulsaciones. Hacía tiempo que había dejado de preparar preguntas para aquellos encuentros, puesto que las palabras acababan revoloteando inevitablemente de forma caótica en su cabeza, como los pájaros que sobresaltados abandonan un árbol. Pero se obligó a adoptar una expresión impasible e intentó mantener la calma. Tenía la parte superior del cuerpo dolorida por la sesión de ejercicio de la mañana.
Carter apareció por fin en su campo visual.
Vestía un mono de color azul claro e iba esposado de manos y pies. Seguía con su habitual cabeza rasurada y su perilla pelirroja. Como siempre, y sin que fuera necesario, se agachó ligeramente al entrar. Con un metro noventa y cinco de altura y ciento diez kilos de peso, Carter era un hombre enorme, pero nunca perdía la oportunidad de aparentar ser aún más grande.
Detrás de él entraron dos funcionarios más y lo escoltaron hasta la silla que había en el otro extremo de la mesa. Luego se marcharon los cuatro, dejando a Pete a solas con Carter. El sonido que emitió la puerta al cerrarse fue uno de los más potentes que Pete había oído en su vida.
Carter se quedó mirándolo con sorna.
—Buenos días, Peter.
—Hola, Frank —dijo Pete—. Te veo bien.
—Vivo bien. —Carter se dio unos golpecitos en la barriga y las cadenas que lo mantenían esposado tintinearon—. Vivo muy bien, de hecho.
Pete asintió. Siempre que lo visitaba, se sorprendía al ver que Carter no solo sobrevivía perfectamente bien a la cárcel, sino que además parecía sentarle de maravilla. Por lo visto, pasaba mucho tiempo en el gimnasio, y a pesar de que seguía siendo el hombre físicamente impactante que era cuando fue arrestado, era imposible negar que los años de encierro lo habían redondeado un poco. Se le veía cómodo. Sentado allí, con las piernas extendidas y un brazo robusto descansando en el brazo de la silla, podría pasar perfectamente por un rey relajado en su trono supervisando a un cortesano. Era como si, fuera de aquellas paredes, Carter hubiera sido un animal peligroso, rabioso y en guerra con el mundo, y luego, enjaulado allí dentro con su categoría de celebridad y una corte de admiradores y aduladores, hubiera encontrado por fin un espacio en el que poder relajarse.
—También te veo bien a ti, Peter —añadió Carter—. Comes bien. Te mantienes en forma, por lo que se ve. ¿Qué tal la familia?
—Ni idea —dijo Pete—. ¿Y la tuya?
Al oír aquello, la chispa que iluminaba los ojos de Carter se apagó. Pinchar a aquel hombre siempre era un error, pero a veces se hacía difícil resistirse a la tentación, y la esposa y el hijo de Carter eran un blanco fácil. Pete recordaba perfectamente la expresión de la cara de Carter al escuchar el testimonio de Jane Carter en los tribunales a través de videoconferencia. El hombre debía de haberse imaginado que estaba tan asustada y tan rota que nunca se volvería contra él, pero al final lo había hecho: había permitido que Pete entrara en el anexo y había retirado las coartadas que había ido facilitándole a su marido durante los meses previos. Aquel día, su cara esbozó una expresión similar a la que mostraba ahora. Por muy cómodo que estuviera Carter allí dentro, el odio que sentía hacia su familia no había desaparecido.
De pronto, se inclinó hacia delante.
—¿Sabes? —dijo—. Anoche tuve un sueño de lo más extraordinario.
Pete forzó una sonrisa.
—¿Ah, sí? Caramba, Frank. No estoy del todo seguro de que me apetezca conocer los detalles.
—Te equivocas, seguro que sí. —Carter se recostó en la silla y rio para sus adentros—. Segurísimo que sí. Porque salía el niño, ¿entiendes? El niño Smith. Al principio, cuando empecé a soñar, no estaba del todo seguro de que fuera él, porque todos esos cabroncetes son iguales, ¿verdad? Cualquiera de ellos sirve. Además, tenía la camiseta subida hasta cubrirle la cabeza para no poder verlo bien, que es como a mí me gusta. Pero era él. Porque, ¿sabes qué? Recuerdo muy bien cómo iba vestido.
«Pantalón azul de chándal. Camiseta tipo polo negra».
Peter no dijo nada.
—Y entonces oí que alguien lloraba —prosiguió Carter—. Pero no era él. Para empezar, a aquellas alturas ya hacía tiempo que había superado la fase del llanto; eso se había acabado. Y, además, el sonido venía de lejos, venía de un lado. Así que volví la cabeza y los vi a los dos allí, al padre y a la madre. Habían visto lo que le había hecho a su hijo y estaban llorando… Tantas esperanzas y tantos sueños, y mira tú lo que había hecho yo. —Frunció el entrecejo—. ¿Cómo se llamaban, que no lo recuerdo?
Pete tampoco respondió.
—Miranda y Alan. —Carter hizo un gesto de asentimiento—. Ahora lo recuerdo. Estuvieron en los juzgados, ¿verdad? Te sentaste con ellos.
—Sí.
—Muy bien. Veamos, pues resulta que Miranda y Alan estaban llorando a lágrima viva y mirándome. «Dinos dónde está». Estaban suplicándome, ¿sabes? La situación era un poco patética, pero lo único que consiguieron fue que me acordara de ti y me dijera: «Pero si resulta que esto es también lo que quiere saber Peter, y seguro que pronto va a venir a visitarme otra vez. —Carter sonrió—. Peter es mi amigo, ¿verdad? Tendría que intentar ayudarlo». Así que miré con más atención a mi alrededor, intentando averiguar dónde estaba yo y dónde estaba el niño. Porque nunca conseguí acordarme de eso, ¿verdad?
—Así es.
—Y entonces sucedió algo asombroso.
—¿En serio?
—Realmente asombroso. ¿Sabes qué fue?
—Que te despertaste —dijo Pete.
Carter echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír y luego aplaudió como buenamente pudo. Las cadenas tintinearon con el movimiento. Cuando hubo terminado y empezó a hablar de nuevo, su voz había recuperado el volumen normal y sus ojos la chispa de siempre.
—Me conoces demasiado bien, Peter. Sí. Me desperté. Una lástima, ¿verdad? Supongo que Miranda y Alan, y también tú, tendréis que seguir llorando una temporada más.
Pete no estaba dispuesto a morder el cebo.
—¿Viste a alguien más en ese sueño? —preguntó.
—¿A alguien más? ¿Cómo quién?
—No sé. ¿Había alguien más contigo? ¿Ayudándote, tal vez?
Era una estrategia demasiado osada como para obtener una respuesta directa aunque, como siempre, Pete observó con atención la reacción de Carter a la pregunta. En lo referente a un posible cómplice, Carter siempre había salido airoso: a veces le divertía, a veces le aburría, pero nunca había confirmado ni negado que hubiera un segundo individuo implicado en los asesinatos. Y esta vez sonrió para sus adentros, pero su reacción fue distinta a la habitual. Esta vez, llevaba algún detalle adicional incorporado.
«Sabe por qué estoy aquí».
—Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en venir a verme —dijo Carter—. Con lo de ese niño desaparecido y demás. Me sorprende que lo hayas demorado hasta ahora.
—Pedí venir antes. Pero dijiste que no.
—¿Qué? ¿Rechazar yo la visita de mi buen amigo Peter? —Carter se hizo el indignado—. ¿Cómo te iba a hacer eso? A lo mejor, por algún motivo, no me llegaron tus solicitudes. Un error administrativo. Son una banda de inútiles aquí dentro.
Peter se encogió de hombros.
—No pasa nada, Frank. La verdad es que no eres mi prioridad. Llevas ya una buena temporada en la cárcel y creo que puedo afirmar que no eres sospechoso en este caso.
El hombre recuperó la sonrisa.
—Yo no, claro. Pero tú siempre vuelves a mí, ¿verdad? Todo termina allí donde empezó.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir lo que quiere decir. ¿Y qué es lo que querías preguntarme?
—Sobre tu sueño, Frank, ya te lo he dicho. ¿Había alguien más?
—Tal vez. Ya sabes cómo son los sueños. Se esfuman rápidamente, ¿verdad?
Pete miró un instante a Carter, evaluándolo. Debía de haberle resultado fácil enterarse de la desaparición de Neil Spencer; las noticias no paraban de hablar del caso. ¿Pero sabía Carter algo más? Era evidente que se lo estaba pasando en grande fingiendo saber algo más, pero eso no significaba nada. Podía tratarse, otra vez, de una jugada táctica de ataque. De otra forma de hacerse pasar por más grande y más importante de lo que en realidad era.
—Hay muchas cosas que acaban esfumándose —dijo Pete—. Como la notoriedad, por ejemplo.
—Aquí no.
—Pero en el mundo exterior, sí. La gente te ha olvidado.
—Estoy segurísimo de que no.
—Llevas una buena temporada sin salir en los periódicos, lo sabes perfectamente. Eres el hombre de ayer. Y ni siquiera eso, de hecho. Ese niño desapareció hace un par de meses, como bien dices, ¿y sabes en cuantos artículos se te ha mencionado?
—Ni idea, Peter. ¿Por qué no me lo dices?
—En ninguno.
—Vaya. Tal vez tendría que empezar a conceder entrevistas a todos esos académicos y periodistas que no paran de pedírmelo. A lo mejor lo hago, mira.
Sonrió con suficiencia, y Pete se sintió como golpeada por lo inútil de aquella situación. Estaba pasando por todo aquello a cambio de nada; Carter no sabía nada de nada. Y la sesión acabaría igual que acababa siempre. Sabía perfectamente bien cómo se sentiría después, porque aquella conversación con Carter serviría para recordarlo todo. Más tarde, cuando llegara a su casa, el atractivo de aquel armario de la cocina sería más fuerte que nunca.
—Sí, tal vez deberías hacerlo. —Se levantó, le dio la espalda a Carter y empezó a irse—. Adiós, Frank.
—A lo mejor están interesados en lo de los susurros.
Pete se detuvo, con una mano ya en el pomo de la puerta. Un escalofrío le recorrió la espalda y se expandió velozmente hacia sus brazos.
Los susurros.
Neil Spencer le había contado a su madre que al otro lado de la ventana había un monstruo que le susurraba cosas, y ese aspecto de la desaparición del niño no se había hecho público ni había salido en las noticias. Era evidente que podía estar lanzándole el anzuelo, simplemente. Pero esta vez Carter había jugado como un ganador, como si tuviera el triunfo en la mano.
Peter se giró muy despacio.
Carter seguía repantingado tranquilamente en la silla, pero la expresión de su cara era ahora de suficiencia. Había lanzado la cantidad de cebo suficiente para que el pez no se le escapara. Y de pronto, Pete estuvo seguro de que aquella referencia a los susurros no había sido una simple conjetura.
De un modo u otro, aquel cabrón lo sabía.
¿Pero cómo?
Ahora, más que nunca, tenía que saber mantener la calma. Carter aprovecharía cualquier sensación de necesidad que pudiera detectar en el hombre que tenía enfrente, y ya había tenido bastante de aquello.
«A lo mejor están interesados en lo de los susurros».
—¿A qué te refieres, Frank?
—Ese niño dijo que vio un monstruo en la ventana de su cuarto, ¿no? Un monstruo que hablaba con él. —Carter volvió a inclinarse hacia delante—. Hablándole. Muy. Bajito.
Pete intentó combatir su frustración, pero empezaba a arremolinarse en su interior. Carter sabía algo, y había desaparecido un niño. Tenían que encontrarlo.
—¿Cómo sabes lo de los susurros? —dijo.
—Ah. Eso sería contarte demasiado.
—Pues cuéntamelo.
Carter sonrió. La expresión de un hombre que no tenía nada que perder o que ganar más allá del dolor y la frustración de los demás.
—Te lo contaré —dijo—, pero antes, tienes que concederme un deseo.
—¿Y cuál sería?
Carter se echó hacia atrás y la expresión de sorna desapareció repentinamente de su cara. Por un instante, se quedó con la mirada vacía, pero de pronto sus ojos se encendieron con odio, de una forma tan visible que parecían dos alfileres de fuego.
—Tráeme a mi familia —dijo.
—¿A tu familia?
—A esa puta y a ese pequeño gilipollas. Tráemelos aquí y arréglalo todo para que pueda pasar cinco minutos a solas con ellos.
Pete se quedó mirando fijamente a Carter. Por un segundo, la rabia y la locura que desprendía aquel hombre le superaron. Pero entonces Carter echó la cabeza hacia atrás, agitó las manos para que sonaran las cadenas de las muñecas y el silencio de la sala quedó interrumpido por sus risas y sus carcajadas.
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