Kitabı oku: «Perro malo»
Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.
Queremos invitarle a que se suscriba a la newsletter de Principal de los Libros. Recibirá información sobre ofertas, promociones exclusivas y será el primero en conocer nuestras novedades. Tan solo tiene que clicar en este botón.
PERRO MALO
Alex Smith
Traducción de Cristina Zuil para Principal Noir

Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Sobre el autor
Página de créditos
Perro malo
V.1: marzo de 2022
Título original: Bad Dog
© Alex Smith, 2020
© de la traducción, Cristina Zuil, 2022
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2022
Todos los derechos reservados.
Adaptación de cubierta: Taller de los Libros
Imágenes de cubierta: mpaniti | depositphotos / Andrew Dobell
Corrección: Carmen Romero
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-18216-45-9
THEMA: FFP
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Perro malo
Algunas leyendas pueden acabar contigo
Cuando una joven aparece brutalmente asesinada en el condado de Norfolk, todos los habitantes culpan a un perro negro grande y salvaje que se rumorea que acecha por los caminos solitarios de la zona. Pero hay un problema: las heridas de la chica no son obra de un animal, sino de una persona.
El truculento caso acaba en manos del detective Robert Kett, quien también lidia con sus propios fantasmas tras la desaparición de su mujer en misteriosas circunstancias. Cuando la policía encuentra los restos de un segundo cuerpo brutalmente destrozado, Kett dará comienzo a una caza contrarreloj para atrapar a un despiadado asesino en serie que aterroriza a la población…, un asesino que también va tras él.
«Una lectura increíble para cualquier amante del crimen, el misterio y el thriller.»
Book Reviews and More
Alex Smith, el nuevo fenómeno de la novela policíaca internacional
La lectura perfecta para los lectores de Patricia Cornwell, Ian Rankin o Val McDermid
Más de un millón de ejemplares vendidos
Para Barry, el perro grande
Prólogo
Jueves
No era lo mismo sin el perro. Maurice era un poco capullo, eso seguro. Mitad carlino, mitad Dios sabe qué, solía acabar lleno de mierda de vaca hasta el cuello en sus paseos diarios por el campo. Se había pasado casi toda la vida intentando tirarse a los postes de las vallas, montículos de hierba y desconcertadas ovejas que se cruzaban en su camino, incluso cuando rozaba los catorce años y tenía el pelaje más gris que negro. Roger Carver se había pasado la mayor parte de aquellos paseos gritando al perro, rescatándolo o llevándolo a casa porque se le cansaban las patitas. Maurice había sido un auténtico quebradero de cabeza…, pero daría lo que fuera por tenerlo de nuevo junto a él.
Roger suspiró con un poco más de dramatismo de lo que pretendía. La brisa vespertina venía a rebosar de polvo y los rastrojos del maíz recién recolectado crujían bajo sus botas. A la izquierda, el campo se extendía a lo largo de varias hectáreas, luminoso y amplio, como si suspirara aliviado por que le hubieran quitado un peso de encima. A la derecha se encontraba el bosque, oscuro y antiguo, con árboles resplandecientes de tonos naranjas y marrones. El otoño había llegado y estaba totalmente asentado. Aquel año sería frío. Había vivido en aquel lugar del mundo el tiempo suficiente para saber evaluar las estaciones, incluso en el impredecible clima de East Anglia.
—No te estás divirtiendo, ¿verdad? —dijo Sally, media docena de pasos detrás de él.
Parecía una acusación y, cuando observó por encima del hombro su expresión agria, supo que eso era justo lo que pretendía. Sintió una descarga repentina de rabia, quizá incluso de odio, pero se la tragó. Por instinto, buscó al perro y sintió ese conocido y demoledor martillazo en el corazón al recordar que Maurice no estaba allí, que nunca volvería a estarlo.
«Capullín estúpido».
—Estoy bien —dijo, consciente su propia pasivo-agresividad.
—Sí, estás bien —replicó con sarcasmo—. Siempre lo estás.
¿Cómo habían llegado Sally y él a ese punto? Solo llevaban juntos siete años. Estaba claro que no era tiempo suficiente para que las raíces de su relación se descompusieran. Ambos eran jóvenes (él había llegado a los treinta y cinco hacía un par de meses y a ella le quedaban unas semanas para cumplirlos), con buenos trabajos y sin niños (ni deseos de tenerlos). El mundo era suyo y habían estado encantados de aceptarlo. Maurice había sido su único compromiso, el viejo perro era lo único que los limitaba. Ahora que ya no estaba, cualquier cosa era posible.
Al menos, según Sally.
—Mira —dijo—, tú mismo lo admitiste. Estaba sufriendo, le había llegado la hora.
Se acercaban al final del campo y la rugosidad de aquel suelo tan duro amenazaba con torcerles los tobillos. Más adelante, donde el terreno se cruzaba con el bosque, había unos escalones destartalados, y Roger sabía que en algún lugar estaban grabadas las palabras «Rog + Sal + Maurice para siempre» con la llave del apartamento de Sally cuando comenzaron a salir.
—Ya lo sé —dijo Roger—. Todo va bien. Ya te lo he dicho. ¿Qué quieres que diga? ¿Que has matado a mi perro?
Aquello se le escapó de la boca antes de que pudiera detenerlo, pero no había vuelta atrás. Oyó cómo Sally tomaba una bocanada de aire y se preparó para lo que vendría a continuación. Sin embargo, la chica no contestó y, cuando miró hacia atrás, se dio cuenta de que había dejado de caminar. El sol despedía sobre sus cabezas la luz suficiente para reflejarse en las lágrimas que se le acumulaban en los ojos y trazaban surcos en las sucias mejillas.
—¿Lo piensas de verdad? —preguntó.
Roger se encogió de hombros y carraspeó. Extendió la mano y se sujetó a los escalones. La madera estaba húmeda bajo su tacto.
—No —dijo—, pero insististe. No dejabas de hablar del tema. Podrían haberlo operado, y quizá habría vivido más años.
Sally negó con la cabeza y se rodeó el pecho con las manos con tanta presión que el abrigo blanco pareció una camisa de fuerza.
—Se estaba muriendo —respondió—. Nos lo dijo el veterinario. Pensé… No te obligué a hacerlo, creí que era lo que querías.
—Era lo que tú querías —dijo Roger—. Es lo que siempre has querido. Solo pensabas en deshacerte de él.
Esperaba justificaciones, disculpas o excusas, pero, en lugar de eso, la tristeza que le empapaba la expresión se convirtió en otra cosa.
—Que te den, Roger.
Dio media vuelta y se alejó mientras tropezaba con las botas de agua.
—¿Qué? —preguntó Roger, casi ahogándose con la palabra—. No, que te den a ti. ¡Zorra!
La dejó ir, subió las escaleras y atravesó los arbustos de espinos que crecían en el extremo más alejado. Dio tres pasos mientras avanzaba por el terreno, al mismo tiempo que el enfado le palpitaba en la cabeza con cada latido y hacía que el cielo bailara, antes de obligarse a parar.
—Joder —murmuró.
Estaba enfadado con Sally porque tenía razón. Maurice había estado a las puertas de la muerte. Sí, podrían haberlo abierto en canal y haberle extirpado las células cancerígenas suficientes para que siguiera viviendo, pero lo habría hecho con un dolor constante y habría necesitado medicación diaria (eso si hubiera sobrevivido a la operación y al periodo de recuperación). El pobre cabrón ya ni siquiera veía ni podía arrastrar las patas más de unos pocos metros. Había disfrutado de una vida increíble y Sally tenía razón: había llegado la hora de que se marchara.
En la distancia, oyó a Sally gritar de frustración. Esta vez no podía culparla. Se estaba comportando como un capullo.
—Joder —dijo una vez más, se giró y se esforzó por llegar de nuevo a los escalones—. ¡Sally! —gritó—. Sal, espérame, lo siento.
No había rastro de ella en el campo, lo que significaba que habría echado a correr. Roger la siguió mientras el terreno se desmoronaba con cada paso, dándole la impresión de que corría en un sueño en el que no llegaba a ninguna parte. Mantuvo los ojos en el suelo para recorrer el camino, observando la tierra con tanta atención que estuvo a punto de perderse el fogonazo blanco entre los árboles de la izquierda.
Se detuvo. El latido de su corazón era lo único que oía. Durante un segundo, pensó que lo había imaginado, pero escudriñó el bosque que bordeaba el campo y lo vio de nuevo. Un relámpago blanco en los árboles a la izquierda.
—¡Sally! —gritó.
¿Por qué narices iba por allí? No era exactamente un bosque, solo una franja de terreno antigua que se extendía desde el pueblo hasta Beccles, con árboles muy viejos que mantenían a raya las últimas luces del atardecer. La noche había llegado pronto al bosque y las sombras reptaban entre los troncos nudosos. Roger, con su chaqueta Barbour, se estremeció.
«Déjala», pensó, «ya entrará en razón».
Sin embargo, se había equivocado y, cuanto más tiempo pasara sin disculparse, más empeoraría la situación.
—¡Sally! —gritó mientras escalaba el pequeño terraplén y agarraba una rama. Se arrastró hasta la sombra de un monstruoso tejo y, al instante, el aire se volvió diez grados más frío. ¿Adónde había ido?
Sobrepasó las raíces con cuidado, pestañeó para quitarse el polvo de la cosecha de los ojos y trató de percibir algo entre la cambiante oscuridad. Entonces, vislumbró un fragmento de algo blanco que desapareció un instante después.
—Sé que lo querías —dijo Roger antes de que los árboles se tragaran sus palabras—. Él también te quería a ti. Perdona por lo que he dicho, todavía no lo he superado.
Su respuesta fue un susurro, o quizá su voz también resultara inaudible debido al apabullante peso de ramas y hojas sobre ellos. Roger dudó y miró hacia atrás. El campo parecía más lejos de lo normal; el día, demasiado oscuro. Nunca le habían gustado los bosques, sobre todo desde que, cuando era un niño, se había perdido en el de Thetford en una excursión del colegio. Había sido menos de una hora, pero, con nueve años, es tiempo más que suficiente. Nada le hacía sentir más pequeño que los árboles, nada le hacía sentir más vulnerable.
—Te diré una cosa —dijo, y se aventuró a seguir una vez más—. Salgamos de aquí. Vamos a tomarnos unas vacaciones e ir a algún sitio.
Una ramita se partió bajo sus pies con un sonido similar al de un disparo. El corazón estuvo a punto de explotarle y se llevó una mano al pecho.
—¿Sally?
Se oyó otro ruido más adelante, pero no parecía provenir de Sally. No era humano, sino un grave gruñido, como el de un perro, aunque más fuerte. Tal vez alguien había llevado a pasear a su mascota por el bosque. No era una ruta habitual, ya que apenas se habían encontrado con nadie en todos los años que llevaban atravesando el campo, pero siempre había nuevos inquilinos que se trasladaban allí gracias a las enormes mansiones en construcción.
Siguió adelante, usando los enormes troncos para estabilizarse a medida que el suelo se hacía más irregular. De vez en cuando, captaba un trozo del abrigo de Sally, cada vez más cerca. Estaba sentada, quizá tumbada. Deseaba que estuviera esperándolo. Tal vez se abrazarían, se disculparían el uno con el otro y volverían a casa. A lo mejor aquella ocasión sería el comienzo de algo nuevo entre ellos, una especie de libertad. Roger entró en un claro de luz con ese pensamiento y sintió una potente descarga de alivio, similar a la alegría. No duró.
Descendió por las raíces de otro árbol, tan gruesas como un torso, y, de repente, allí estaba. Al menos, parte de ella. Un brazo, envuelto en una tela blanca, sobresalía por detrás de una mata de helechos. Estaba retorcido y la mano se movía en el suelo como si le hiciera señas. Ahora que había dejado de andar, se percató de un sonido, algo húmedo, como de dientes masticando.
Abrió la boca para llamar a Sally, pero lo único que encontró en los pulmones fue polvo. Con una mano apoyada en el árbol, dio un paso a un lado, luego otro y, cada vez que lo hacía, más partes de su novia surgían ante él: el codo, el bíceps, el hombro, el cuello…
Al principio, no entendía qué le cubría la piel porque, debido a la oscuridad del bosque, parecía tinta. Sin embargo, al dar otro paso más, vio la sangre en la solapa del abrigo, tan luminosa y roja que parecía falsa. Y aquello fue lo primero que se le pasó por la cabeza; que no era real, que era un truco, una broma. Incluso cuando se acercó a trompicones hasta ella y le vio la cara, con los ojos abiertos, rogándole, desesperada, no podía creérselo; lo que estaba viendo era imposible.
Había algo sentado sobre ella, algo grande, encorvado, con el cuerpo cubierto de mechones de pelo apelmazado, tan oscuro que parecía hecho de humo y sombras. El bloque deforme de su cabeza se irguió durante un instante y olfateó el aire a través de los irregulares agujeros de su nariz. Entonces, hundió el hocico en el pecho de Sally hasta hacerla gruñir.
«¡No!».
Roger no había sentido tanto miedo en su vida. Era como si hubiera una criatura viva dentro de él, fría y oscura. Sally lo miró con la boca abierta, e, incluso en medio de la oscuridad del bosque, Roger comprendió las palabras que articulaba con los labios sangrientos: «Por favor».
Levantó un brazo y la criatura lo sujetó con una pata. Lo intentó de nuevo, como si esperara que Roger le fuera a tomar de la mano para tirar de ella.
No lo haría. No podía.
La criatura —un perro, seguro, un sabueso— levantó la cabeza de nuevo y miró entre los árboles. Sus ojos eran dos monedas de plata, en las que tan solo había hambre y muerte. Sin embargo, debajo de ellos, lucía una sonrisa casi humana. Olfateó el aire. Miró a Roger mientras Sally trataba de alcanzarlo con sus últimas fuerzas.
«Lo siento», dijo. Lo gritó en su mente con la esperanza de que ella lo oyera a pesar de su silencio, de que le daba la espalda, de que lo único que podía hacer era correr. «¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!».
Capítulo uno
Viernes
—¿Qué tal lo llevas, Robbie?
El inspector jefe Robert Kett hizo todo lo posible para no poner mala cara, pero era difícil. El hombre sentado frente a él en aquella salita polvorienta de la parte trasera de la comisaría de policía de Norfolk lucía una expresión que invitaba a pegarle un puñetazo. Con unas mejillas como las de una ardilla y una sucesión de barbillas, todas esforzándose por esconderse detrás de una suave y mullida barba poblada, el tipo parecía completamente el psicólogo que se suponía que era. Pestañeaba tan rápido con sus ojos húmedos que el sonido batiente de estos parecía el de un grifo que gotea.
Sin embargo, era su sonrisa lo que hacía que Kett sintiera ganas de gritar. Era tan suave como el queso y retorcido, con una empatía artificial. Se suponía que debía trasmitir: «Estoy a tu servicio. Siento tu dolor, puedes contármelo todo». Sin embargo, el único mensaje que Kett recibía era: «¡Golpéame tan fuerte como puedas!».
—¿Eh? —preguntó Kett al darse cuenta de que no había escuchado ni una palabra de lo que el hombre había dicho. Levantó la mano y se acarició el hombro mientras notaba el grueso vendaje bajo la camisa. Aún le dolía debido a la herida de arma blanca que había recibido en el último caso, pero los analgésicos lo mantenían bajo control. En ese momento se trataba casi del recuerdo de un dolor que ya no existía.
«Como mi esposa, Billie», pensó. «Un recuerdo, un fantasma».
—Te he preguntado cómo te encuentras —dijo el psicólogo. Era la misma pregunta que todos le hacían desde que se había despertado en el hospital hacía poco más de seis semanas, así que, una vez más, dio la misma respuesta:
—Estoy bien.
Por supuesto, era mentira. Estaba muy lejos de encontrarse bien. La pelea con Raymond Figg le había dejado una herida profunda en el hombro y un horrible tajo en el pecho. Ambas lesiones acabarían curándose, pero sentiría las cicatrices internas el resto de su vida. Aún veía a las tres repartidoras de periódicos, cuyas vidas habían sido robadas y arrastradas al infierno. Atadas, apaleadas y casi asesinadas. Sabía que ahora se encontraban bien porque el comisario Colin Clare lo mantenía informado de su progreso y Maisie y su madre habían ido a visitarlo al pabellón dos veces, pero podría haber acabado peor. Kett no estaba seguro de si alguna vez podría limpiar de su alma el hedor de un caso como ese.
—Robbie —comenzó a decir el psicólogo tras dejar el lápiz y el cuaderno sobre los pantalones beis—. Quizá no te parezca importante, pero pasar una evaluación psicológica es esencial para volver al trabajo. Estoy aquí para ayudarte. Sin embargo, solo podré hacerlo si eres sincero conmigo, si eres directo.
Arrastró la última palabra por la lengua como si fuera un caramelo de menta. Kett sintió que el rostro se le arrugaba al poner mala cara de nuevo y se pasó la mano por el rostro, para ver si así conseguía deshacerse de la expresión. Aparte de la voz nasal del psicólogo, la habitación no podía estar más silenciosa y, de no ser por la ventana del tamaño de un libro en la pared más alejada que dejaba pasar la escasa luz matutina, se habría convencido de que era una tumba.
Su tumba.
El silencio era casi físico y lo aplastaba contra el asiento. Tomó una bocanada de aire que le envió una descarga de dolor al hombro.
—En primer lugar, no es Robbie, sino inspector jefe Kett —dijo, masticando las palabras.
—Entonces, sigues considerándote policía por encima de todo —contestó el terapeuta sin perder la oportunidad. Tomó el lápiz y garabateó algo. Kett se preguntó si estaría escribiendo las instrucciones para sacar un lápiz que le hubieran metido por el culo porque, si no tenía cuidado, iba a necesitarlas.
—No entiendo la pregunta, señor…, eh… Perdón, me he olvidado de su nombre.
—Llámame Igor —dijo el hombre.
«Igor», pensó Kett mientras recordaba que el terapeuta se había presentado como Igor Dito. «Igor Dito». Algunos nombres lo dicen todo.
—Igor, eso. —Kett se aclaró la garganta—. Me encuentro bien, Igor. Fue un mal caso con algunos tipos malos, pero dos de ellos están muertos y el tercero no va a salir de prisión en décadas, ya nos ocupamos de ello. Estoy vivo, las chicas también y la vida sigue.
—La vida sigue —contestó el hombre, al mismo tiempo que se golpeaba una de las barbillas con el lápiz—. Es una elección interesante como frase.
—¿En serio? —preguntó Kett, confuso de veras.
—¿En serio? —repitió Igor mientras tomaba más notas. Kett examinó la salita y se preguntó si habría alguna cámara, si en cualquier momento los interrumpirían Pete Porter, Kate Cruel y el resto del equipo, partiéndose de risa. Sin embargo, allí no había nada; solo estaban Igor, él y ese silencio horrible.
—Mire, sé por qué estoy aquí —contestó Kett—. Entiendo que necesito pasar una evaluación psicológica, pero, de verdad, estoy bien.
Hizo todo lo posible por sonreír, pero no debió de ser demasiado convincente porque Igor chasqueó la lengua y volvió a apuntar algo en el cuaderno.
—¿Cómo van las cosas en casa? —preguntó el psicólogo.
—Todo bien también —dijo Kett.
Eso no era del todo cierto. Alice, Evie y Moira parecían felices en su nueva casa y las dos primeras habían comenzado a adaptarse al colegio y la guardería. Sin embargo, desde que Kett había vuelto del hospital, una ansiedad se había apoderado de todos ellos. Culpa suya, por supuesto. Las había traído a Norwich para vivir en un lugar seguro y la primera experiencia en la ciudad había sido la del apuñalamiento de su padre. Alice se mostraba más dependiente que nunca y Moira parecía incluso más inquieta que en los días posteriores a la desaparición de Billie.
—Billie.
Kett pronunció su nombre en voz baja, como si de alguna manera aquello pudiera evocarla. Cerró los ojos y la vio allí, pero, más que nunca, parecía un fantasma. Horrorizado, había descubierto en las últimas dos semanas que la imagen de su rostro comenzaba a desvanecerse por los bordes, como si fuera un óleo hundido en el agua. Sabía que tarde o temprano ya no sería capaz de imaginarla…, hasta que volviera, por supuesto, hasta que volviera a su lado.
Suspiró y sintió que el mismo peso oscuro que se le había asentado en el estómago le presionaba el pecho. Algunos lo llamaban el perro negro. Ese sentimiento que, independientemente de lo que hiciera, nunca lo abandonaría ni le haría sentirse bien de nuevo.
—Llevo mucho tiempo en esta profesión —anunció Igor.
Kett abrió los ojos al notar que, en la penumbra, se le aceleraba el pulso como una luz de discoteca. El psicólogo se inclinó hacia delante—. Tus palabras me dicen una cosa y tu cuerpo, otra. Conozco a los hombres que se encuentran bien, y tú no eres uno de ellos.
—Estoy bien —gruñó Kett—. Limítese a firmar el maldito formulario y deje que vuelva al trabajo.
El psicólogo se dio varios toquecitos con el lápiz en la rodilla y, luego, lo golpeó contra el cuaderno mientras estudiaba a Kett como si fuera una cobaya de laboratorio.
—¿Puedo preguntarte acerca de Billie? —dijo—. De tu esposa.
—Sé quién es, Igor —contestó Kett antes de tragar con fuerza para intentar atemperar la rabia que le crecía en el interior.
—¿Todavía la echas de menos?
Kett tuvo que morderse los labios para detener la diatriba de insultos que amenazaba con salir de ellos. ¿La echaba de menos? ¿Echaba de menos a su esposa después de que la secuestraran en una calle de Londres en pleno día hacía cinco meses? ¿Echaba de menos a la madre de sus hijas, la mujer con la que quería pasar el resto de su vida, la mujer que podría estar muerta, viva o en un estado intermedio, algo de lo que no tenía ni idea, ni puta idea, porque no sabía dónde se encontraba? «Joder, ¿que si echo de menos a mi esposa? ¿Cuál crees que es la respuesta a esa pregunta, puto retrasado?».
—Sí —respondió tras un momento.
Igor tomó nota de aquello antes de volver a inclinarse hacia delante y golpearse ligeramente los dientes con el lápiz.
—Robbie, ¿hay algo…?
—¿Puedo contarle una historia? —lo interrumpió Kett, inclinándose también hacia delante para acercarse lo bastante al psicólogo como para darle un cabezazo si lo necesitaba. Igor tragó saliva, incómodo, pero se mantuvo firme en su posición.
—Claro que puedes —contestó mientras el lápiz seguía haciendo «clac, clac, clac» contra sus incisivos.
—Hace varios años trabajé en un caso —dijo Kett en voz baja—. Fue en Londres. Era un joven agente detective, recién salido del horno. Me enviaron a un almacén cerca de Docklands, un auténtico vertedero. Pete estaba conmigo. Me refiero a Porter. El lugar se había puesto en venta y un tasador había ido para tomar medidas, supongo que para luego construir edificios. La cuestión es que, mientras deambulaba por allí, encontró un cuerpo medio enterrado bajo una sección de tejado, solo con las piernas al descubierto…, un poco como la Bruja Mala del Este. Nos llamó, por supuesto, y me tocó estar al mando. Despejamos el metal y los escombros para obtener una panorámica mejor y vimos que se trataba de un hombre. ¿Sabe cómo murió?
Igor negó con la cabeza, con los ojos tan abiertos que parecían huevos en escabeche. Ahora daba golpecitos con el lápiz a mayor velocidad, como un metrónomo.
—Alguien le había clavado dos lápices en la cara, uno en cada ojo. Ambos habían penetrado la cavidad orbital y perforado el lóbulo frontal, lo habían lobotomizado.
Kett enfatizó la idea mirando el lápiz de Igor, quien detuvo el golpeteo de repente.
—Imagínese la fuerza que se necesita para hacer eso —dijo—. Introducir un lápiz en el cráneo a alguien. Sin embargo, se puede.
Era difícil saberlo debido a la oscuridad de la sala, pero parecía que la sangre había abandonado el rostro de Igor. Se echó hacia atrás y dejó el lápiz en el escritorio antes de mirar a Kett. Abrió la boca para decir algo, pero volvió a girarse hacia la mesa, abrió un cajón y lo metió dentro.
—Eh… —dijo mientras cerraba el cajón.
—Exacto, eh —contestó Kett—. Un giro interesante. Entonces, ¿qué, Igor, va a firmarme la autorización?
Antes de que el psicólogo pudiera contestar, alguien llamó a la puerta. No esperó a que respondieran antes de abrir y a Kett le sorprendió el alivio que sintió al ver el ceño fruncido del comisario Clare.
—Perdone —dijo Igor—. No puede estar aquí. Es una sesión confidencial.
—Oh, cállese, Dito, pedazo de majadero —respondió Clare—. Autorícele, ¿quiere?
—Por nada del mundo haría tal cosa —contestó Igor, negando con la cabeza—. Debe entender que el inspector jefe Kett ha sufrido varios traumas físicos y psicológicos a manos de un peligroso criminal, que sufre ansiedad y, seguramente, depresión, y que el incidente de su esposa desaparecida lo ha marcado, además de proporcionarle el potencial suficiente para volverse peligroso e imprudente. En su interior tiene una vena autodestructiva que podría hincharse en cualquier momento y llevarse a todos por delante. No está lo bastante recuperado para asumir ningún deber. Necesita descansar, tiempo con sus hijas y reunirse conmigo una vez a la semana, hasta que se recupere.
—Nos urge que le dé el visto bueno —dijo Clare—. Y lo va a hacer ahora mismo o le juro por Dios que lo encierro aquí y le meto la llave por el culo a tal profundidad que tendrá que esperar una semana para verla aparecer de nuevo. Lo necesitamos, y lo necesitamos ya.
—¿Por qué? —preguntó Kett.
Clare se giró hacia él con expresión sombría.
—Porque tenemos en el bosque a una mujer muerta y a una bestia suelta.
Capítulo dos
Fueron en el coche de Clare, un Mercedes enorme que parecía de la década de los ochenta. No tenía uno, sino cinco ambientadores de pino colgados en el espejo retrovisor, y el olor era tan fuerte que se asentaba en el fondo de la garganta de Kett. Abrió la ventana con la manivela mientras el viejo coche gruñía al avanzar carretera arriba por la vía de dos carriles y el viento rugía.
—Lo siento —dijo Clare.
—No pasa nada —contestó Kett, intentando reprimir una arcada—. A ver, creo que cinco son demasiados. ¿Cómo puedes respirar aquí dentro?
Clare lo observó, confuso. Kett dio un golpecito a los ambientadores, que desprendieron otra descarga de aire tóxico. Había estado en muchos pinares en su época y ninguno olía lo más mínimo a aquello. De hecho, el único lugar en el que había olido algo parecido era en un baño portátil.
—Ah, sí —resopló Clare—. Huele un poco mal, sí. Son las crías. Adolescentes, un asco, con todos esos malditos equipos de gimnasia. Sacaré otro ambientador, están en la guantera.
—¡No! —gritó Kett. Miró a Clare, preguntándose si el comisario tendría tanto pelo en la nariz que había perdido el sentido del olfato—. No, por Dios, estoy bien, en serio. ¿Por qué te estabas disculpando?
—Igor Dito —dijo Clare mientras adelantaba a un autobús. El coche vibró de forma alarmante; todo se sacudió, incluso los huesos de Kett—. El viejo gordito. Ese hombre parece una patata al horno, y es tan útil como una. Le encanta el sonido de su propia voz. Sin embargo, es el hijo del hermano del marido del primo del hámster del jefe de policía o alguna gilipollez así y no podemos deshacernos de él. Firmará tu evaluación psicológica. —Clare volvió a mirarlo—. Si quieres —añadió—. ¿Cómo estás, Robbie?
—Estoy bien —contestó Kett sin ni siquiera pensarlo—. Nunca he estado mejor.
—Por supuesto —dijo Clare—. Créeme, he estado «bien» muchas veces. Saldrás de esta. Sé que estás preocupado por Billie. Sé que estás decepcionado.
«Decepcionado» se quedaba corto. Aún veía a Raymond Figg de pie bajo los focos de la planta de tratamiento de aguas residuales, aún oía aquellas palabras saliéndole de entre los labios manchados de espuma.
«Pregúntame cómo conocía Billie al Cerdo. Pregúntame qué tiene que ver con el niño de la familia Khan. Los policías os pensáis que todos somos Jack el Destripador, que lo hacemos todo solos. Os pensáis que no hablamos unos con otros. Pero sí estamos en contacto, hablamos entre nosotros, competimos entre nosotros y nos seguimos todos en el puto Facebook. Te crees que no lo sé, pero sí que lo sé, sé dónde la…».
Entonces, Lochy Percival lo mató, y fueran cuales fueran aquellas palabras quedaron encerradas en la sepultura de su cuerpo. Para siempre.
—He hablado con Bingo esta mañana —dijo Clare—. Quería ver cómo les iba, si habían descubierto algo más sobre el Cerdo. Tiene a un equipo completo trabajando en el caso, dirigido por tu viejo amigo, el sargento detective Ridgway. Lo van a encontrar.
Kett asintió. Sabía todo aquello, por supuesto, porque él también había hablado con Bingo. Lo hacía todos los días.
«¿Alguna novedad?», preguntaba siempre. Y siempre recibía la misma respuesta: «Ninguna».
—La encontrarán —dijo Clare mientras separaba una de las enormes manos del volante y la posaba sobre el hombro bueno de Kett. Le dio un apretón antes de soltarlo—. Ya lo verás.
Las palabras eran positivas, pero seguían desprendiendo una marea demoledora de oscuridad en su interior, un peso que le hacía querer aovillarse y deslizarse por el hueco bajo el salpicadero. Lo ahuyentó lo mejor que pudo mirando el paisaje cambiante por la ventana. El verano había acabado y los campos estaban desnudos tras la cosecha. El otoño se aferraba a las copas de los árboles y, en el horizonte, perseguía las bandadas de pájaros en forma de V que se dirigían al sur a medida que se arrastraba por el terreno. El otoño siempre había sido su estación favorita del año. También la de Billie.
Se sacó el móvil del bolsillo y navegó por los números de sus contactos.
—¿Te importa? —preguntó sin esperar respuesta. Al otro lado de la línea, el teléfono sonó una y otra vez y, durante todo ese tiempo, a su corazón se le olvidó palpitar. Después de lo que le había ocurrido a Billie, tras haberla llamado y llamado y llamado el día que la secuestraron, cada vez que telefoneaba parecía que un martillo le golpeaba el corazón.
—¿Diga? —preguntó la cuidadora con demasiada alegría. Kett soltó el aire que había estado conteniendo.
—Soy Robbie —contestó—. El señor Kett. ¿Qué tal están las niñas?
—Genial —respondió—. Moira e Evie han estado jugando juntas. Alice está… Alice está… Eh…
—Alice es Alice. No te preocupes, lo sé.
—Es maravillosa —dijo la cuidadora—. Siempre y cuando no intente quitarle el iPad.
—Oh, por favor, no hagas eso. Es como tratar de separar a un oso pardo de un tarro de miel. Te arrancará las extremidades. No te mantendré ocupada mucho tiempo, solo quería…
—¿Quién es? —preguntó una vocecita que reconoció al instante.
—Es tu papá —dijo la cuidadora—. ¿Quieres hablar con él?
Debió de asentir porque el teléfono crujió un momento antes de que Evie empezara a respirar en su oído como un acosador. Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien cuando gritó lo bastante fuerte como para hacer vibrar el aparato:
—¡Odio las judías!
El teléfono volvió a crujir, hizo un ruido sordo y la llamada se cortó. Kett lo mantuvo un momento más contra la oreja, con el ceño fruncido, antes de volver a guardarlo en el bolsillo.
—¿Están bien las niñas? —preguntó Clare.
—Sí, excepto por las judías, al parecer —contestó—. Las tres están con una cuidadora, pero es temporal. Tengo que encontrar otra cosa, sobre todo si vuelvo al trabajo.
—¿Una niñera? —preguntó Clare—. Quizá pueda ayudarte con ese tema. Déjamelo a mí. Entonces, eh…, ¿vas a volver?
—Estoy aquí, ¿no? —contestó.
—Claro que sí.
Clare pisó el acelerador y el viejo coche alcanzó sin esfuerzo los 135 kilómetros por hora. A su izquierda, los otros automóviles se convirtieron en un zumbido apagado, compuesto por niños de ojos grandes, perros jadeantes y padres agotados.
—¿Cuál es el caso? —preguntó Kett.
—Una mujer de veintimuchos o treinta y pocos —dijo el comisario—. Sin documento de identidad. Unos paseadores de perros la han encontrado esta mañana en un tramo del bosque al norte de Beccles. Creen que la ha matado un animal.
—¿Un animal? —preguntó Kett—. No creía que Norfolk fuera el tipo de lugar en el que la fauna fuera letal. ¿Qué clase de animal?
—Un perro —dijo Clare—. Uno grande. La víctima tenía graves laceraciones en el pecho y el cuello, y heridas profundas. Bastante desagradable.
—¿Algún rastro del perro? —preguntó Kett. Clare negó con la cabeza.
—Y ningún testigo. Tenemos a un granjero que afirma que vio a la mujer con un hombre ayer por la tarde. Los recuerda porque no llevaban ninguna mascota. La mayoría de las personas que hay en esos bosques van a correr o a pasear a sus perros. Sin embargo, el granjero se había zambullido en una botella de vodka para desayunar cuando hablamos con él, por lo que su historia rezumaba un sano aroma a «que os jodan».
—¿No hay ningún rastro del hombre? —dijo Kett y Clare negó con la cabeza.
El comisario pisó a fondo el freno y el coche redujo la marcha, reticente. Los sacó de la carretera principal.
—Con el debido respeto, jefe —comenzó a decir Kett—, ¿por qué me necesitáis para un ataque de perro?
Clare dio la vuelta a una rotonda como si quisiera alejarlos del campo gravitacional de la Tierra con un tirachinas.
—Eres de por aquí, ¿no? Me refiero a que creciste aquí, ¿verdad?
Kett asintió.
—Me marché de Norwich cuando tenía doce años.
—¿Te acuerdas de las historias de Black Shuck? —le preguntó Clare.
—¿El sabueso de East Anglia? Claro. A ver, no mucho, pero, si vives por aquí, las conoces. —Kett hizo una pausa con el ceño fruncido—. Espera, ¿por qué?
—Porque, según nuestro granjero, eso es lo que anda suelto por el bosque, lo que vio. —Clare le dedicó una mirada con la frente aún más arrugada de lo habitual—. Vio a Black Shuck, el perro demoníaco.
* * *
La escena del crimen estaba a una buena distancia a pie desde la carretera más cercana, pero el aire fresco era bienvenido, aunque el aroma a pino de baño portátil no tenía intenciones de abandonar la nariz de Kett en mucho tiempo.
Con la documentación bajo el brazo, Clare se puso al frente con grandes zancadas que marcaban un camino a través del campo surcado. Kett se tomó su tiempo, con cuidado de no resbalar por la cresta de tierra. A su izquierda, el mundo era luminoso y amplio, empapado de dorada luz solar, y el aire denso por el polvo de los cultivos. Se inclinaba hacia abajo para terminar dos o tres kilómetros más allá en una brillante cinta plateada que debía de ser el río Waveney. La escena era tan pintoresca que parecía un cuadro, un paisaje lleno de agentes.
No obstante, a la derecha, había un mundo totalmente distinto. El bosque allí era antiguo, los enormes árboles se amontonaban en una formación compacta, tan encorvados y rotos como soldados heridos. Kett tuvo la impresión de que se habían reunido para ver lo ocurrido y sintió que la piel se le erizaba. Dejó escapar un escalofrío que Clare debió de escuchar incluso sobre los bramidos de su respiración.
—Espeluznante, ¿verdad? —dijo por encima del hombro—. Empeora.
Kett miró más allá del comisario y vio a un agente ante ellos, un joven cuya chaqueta amarilla había atraído a un pequeño ejército de avispas. Parecía abatido mientras les hacía señas con la mano.
—Por aquí, jefe —dijo, moviendo los brazos en torno a la cabeza como si bailara una giga mientras controlaba el tráfico—. Tened cuidado con estos pequeños hijos de puta.
—¿Te refieres a los de Suffolk? —dijo Clare con una sonrisa ceñuda.
—Eh, no —contestó el agente—. A los insectos.
Clare puso los ojos en blanco mientras guiaba a Kett a través de un hueco entre dos enormes tejos.
—La comisaría de Suffolk dice que este caso es suyo —le explicó—. Estamos en la frontera. Si fuera por mí, se lo podrían quedar, pero entonces nunca se resolvería.
Kett asintió mientras pasaba de la luz diurna a una especie de medianoche. Era como si los árboles lo hubieran envuelto en una capa de oscuridad y una mortaja de silencio, por lo que tuvo que echar un vistazo hacia atrás para asegurarse de que el mundo seguía allí.
—Ve con cuidado —le avisó Clare detrás de él—. El terreno es traicionero. No estamos lejos.
Tenía razón. Incluso desde allí, bajo la sombra de mil ramas que parecían dedos, Kett vio ante ellos el fuerte brillo de las luces en el campo. Se dirigió hacia allí mientras las raíces le tiraban de las botas y las ramitas le golpeaban la cara. Estaba claro desde el principio que el bosque no lo aceptaba. Deseaba proteger sus secretos. Y a sus muertos.
Rodeó una masa de árboles estrangulados por la hiedra para ver la escena del crimen más adelante. La policía forense había erigido una tienda sobre el cuerpo y el equipo principal de investigación se agrupaba a su alrededor, algunas personas dentro y otras fuera. Bañada por las penetrantes luces, casi parecía un cuadro renacentista. Se detuvo para tomar aliento, lidiando con el dolor que se le había asentado en las profundidades del hombro.
—¿Seguro que estás preparado para esto? —preguntó Clare, deteniéndose junto a él.
—Estoy…
—Bien, sí, lo sé. —El comisario negó con la cabeza y Kett supo que se preguntaba si había tomado la decisión correcta—. Venga, Kett. Supongo que te acuerdas de todos.
Los ruidosos zapatos de cuero de Clare anunciaron su presencia y, uno a uno, el equipo se giró para mirarlos. Kett le hizo una señal con la cabeza a la sargento detective Alison Spalding, quien se encontraba al final del grupo, hablando en voz baja por teléfono. Lo ignoró, dándose la vuelta, pero la avejentada expresión del inspector Dunst fue un poco más agradable. El viejo inspector inclinó la cabeza para saludarlo mientras buscaba a tientas un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta.
—Kett —gruñó—. ¿Qué tal el brazo?
—Todavía pegado al cuerpo —respondió mientras extendía el bueno y le apretaba la mano a Dunst—. Por los pelos.
—¿Robbie?
La voz surgió del interior de la tienda y, de inmediato, la siguió una cara sonriente. El inspector Pete Porter emergió al exterior; su impresionante figura estuvo a punto de llevarse consigo la tienda al completo. Dio un paso hacia Kett antes de tropezarse con una raíz al descubierto.
—¡Me cago en todo! —gritó.
—También es un placer volver a verte, Pete —dijo Kett, estrechándole la enorme mano. Pete tiró de él para darle un abrazo y un par de palmaditas en la espalda con tanta fuerza que bastó para hacerle gruñir de incomodidad. Sin embargo, era un auténtico placer volver a verlo.
—Tío, es genial que hayas vuelto —comentó Porter—. Aunque siento que te hayan arrastrado al culo del mundo. —Se estremeció como un niño de cinco años mientras examinaba las sombras entre los árboles—. La naturaleza es malvada.
La tienda crujió de nuevo y Kate Cruel apareció vestida con el uniforme de agente. Parecía un poco desmejorada, pero la sonrisa que dedicó a Kett estaba llena de calidez.
—¡Robbie! —dijo antes de aclararse la garganta a toda velocidad—. Quiero decir, detective jefe Kett. Bienvenido.
Le dedicó un asentimiento y le ofreció una sonrisa. Tanto Cruel como Porter lo habían visitado en el hospital y en casa casi todos los días durante su largo camino hasta la recuperación. Ambos habían sido bienvenidos, por supuesto, pero Cruel preparaba mucho mejor té.
—Creía que ya llevarías el traje de inspectora —dijo Kett, y Clare asintió.
—Si fuera por mí, así sería —respondió el comisario—. Pero hay que respetar el escalafón, no se pueden tomar atajos, aunque alguien se lo merezca.
—Dentro de poco me examinaré —dijo Cruel mientras salía de la tienda—. Crucemos los dedos para que me pueda quitar esta ropa lo antes posible.
—Bueno —gruñó Clare mientras se dirigía hacia la parte frontal del grupo y sujetaba la entrada de la tienda—, dejemos ya la gilipollez esta de la reunión familiar. ¿Preparado, Kett?
La respuesta sincera era que no lo sabía. El perro negro de la depresión seguía sentado dentro de él, gruñendo, y fuera, bajo el frío y la humedad, el dolor del hombro palpitaba como un martillo sobre un yunque. Se descubrió pensando en las chicas, en Alice, Evie y Moira. ¿Qué le dirían si supieran que había vuelto al trabajo, si supieran que se estaba metiendo de cabeza en otro caso peligroso?
Observó la tienda, vio el cuerpo tumbado. Más muerte. Más oscuridad. ¿Qué le provocaría esta vez?
—¿Robbie? —preguntó Porter con expresión de auténtica preocupación—. Sin presión, tío, nos las apañaremos sin ti.
Miró a su amigo. Miró a los otros miembros del equipo. Luego, ahuyentó sus dudas. Era Robbie Kett, inspector jefe, y ahora tenía entre manos un caso que debía resolver. Lo cierto era que allí, en la imperdonable oscuridad del bosque, sentía que por fin había llegado a su hogar.
Capítulo tres
Por supuesto, la palabra «hogar» no incluía a la mujer despedazada por un monstruo legendario.
—Por Dios —dijo Kett agachándose para cruzar la entrada. Se puso una mano en la boca y se tapó los agujeros de la nariz. La tienda de los forenses estaba diseñada para mantener los contaminantes exteriores y a los viandantes lejos de los restos, pero, en lugar de eso, conservaba el hedor en el interior. En parte, apestaba a muerte, sí, pero había algo más, algo peor.
—Sí, es malo —comentó Cruel cuando entró detrás de él.
—La hemos dejado aquí por ti —dijo Porter, rondando en el exterior.
—Gracias —murmuró Kett—. ¿Qué han dicho los forenses?
—¿Qué crees? —contestó Porter.
Kett centró la atención en la mujer muerta, aunque era difícil determinar que había sido una persona. Algo había arremetido contra ella con una fuerza salvaje. Tenía varios cortes profundos en el cuero cabelludo que se extendían hasta los ojos y la boca, y terminaban en la mejilla derecha. La habían pintado de rojo, el ataque la había deformado hasta convertirla en una especie de Picasso horrible. No había garganta alguna de la que hablar, solo un charco poco profundo de sangre que parecía demasiado luminoso bajo la luz artificial. Tenía el abrigo cerrado sobre el pecho y las huellas que presentaba (una mezcla de sangre y barro) parecían más animales que humanas. Se asemejaban a huellas de patas. Bajo la tela, vio más lesiones.
Kett se agachó junto a ella y se quitó la mano de la boca para hablar.
—¿La han encontrado unos paseadores de perros?
—Sí —respondió Cruel, acuclillándose junto a él. Tomaba pequeñas y premeditadas bocanadas de aire por el olor y, si no tenía cuidado, iba a hiperventilar—. Dos hombres del pueblo que paseaban a su golden retriever. El perro la encontró primero.
—¿Sabes si la ha tocado? —preguntó Kett mientras señalaba las huellas. Cruel negó con la cabeza.
—Se han llevado al perro a la comisaría. Compararemos las huellas, pero no tenemos ni idea de cuántos perros habrán pasado por aquí.
—¿Dijeron si la habían tocado? —Sacó un bolígrafo del bolsillo y trató de levantar una parte del abrigo, pero estaba pegado por la sangre casi seca—. Los forenses han estado aquí y se han marchado, ¿verdad?
—Sí —dijo Cruel—.Me refiero a los forenses. No a lo de si la habían tocado.
Lo intentó con un poco más de fuerza y consiguió despegar el abrigo. No tuvo que observar con demasiado detenimiento para ver las enormes heridas del pecho de la mujer. Dejó caer el abrigo y se puso en pie. Al instante, se arrepintió. La tienda dio vueltas a su alrededor como si se hubiera posado sobre el lomo de una bestia del bosque enorme y torpe que se acabara de levantar. Tomó varias bocanadas profundas mientras se rascaba su propia herida del pecho.
—Dicen que no se acercaron —comentó Cruel—, excepto para apartar a su perro.
—Es extraño —dijo Kett—. Si la ha atacado un animal, ¿por qué le cerraría la chaqueta después de hacerla trizas a mordiscos?
—Lo sabremos cuando se la lleven —anunció Porter desde el exterior—. Los forenses estaban esperándote para moverla. Sin embargo, dicen que las lesiones coinciden con un ataque de perro. Fue la herida de la garganta la que la mató, se la arrancó de cuajo.
—¿Y la cara? —preguntó Kett—. No son mordiscos.
—Garras —contestó Porter.
—Los perros no atacan con las patas —dijo Kett—. Al menos, yo nunca he visto que lo hicieran. ¿El animal…? Ya sabéis, ¿consumió alguna parte?
—¿Si se la comió? —preguntó Cruel—. Ah, sí, creemos que sí. Parte de… —Hizo una pausa en la que le tembló la respiración antes de recomponerse—. Le falta parte de la garganta y el pecho.
—Y hemos encontrado esto —anunció Porter.
Kett se giró hacia él. El enorme inspector llevaba en la mano una bolsa de pruebas con algo pequeño y amarillo en el interior. Kett la tomó y entrecerró los ojos para observar el diente sangriento. Curvo y puntiagudo, era muy probable que perteneciera a un perro.
A un perro enorme.
—Mierda —dijo.
—Sí —respondió Porter mientras volvía a hacerse con la bolsa—. Eso mismo dije yo. Debió de atacarla con tanta fuerza que se le saltó un diente de la encía.
—Hemos tomado fotografías de las áreas colindantes —añadió Cruel antes de encogerse de hombros—. Hay un equipo de búsqueda peinando los caminos, pero es un terreno difícil.
—¿A qué distancia estamos del pueblo más cercano? —preguntó Kett, desesperado por tomar algo de aire.
—A cuatro kilómetros —respondió Cruel—. Aldeby. Beccles está a ocho. Hay algunas granjas y lonjas de pescado esparcidas, unas cuantas casas aisladas y poco más, aparte de bosques y campos.
—Sí —dijo Kett—, y un puto perro demoníaco.
* * *
—Odio este sitio.
Porter se encontraba a un lado de la escena del crimen, en uno de los pocos claros de luz solar que penetraba el denso toldo sobre sus cabezas. Se estremeció, aunque no hacía demasiado frío, y se cubrió el pecho con los brazos.
—Ya —dijo Kett dirigiéndose hacia él—. Recuerdo que me contaste que no eras un gran fan de la naturaleza.
—Es tan grande —dijo Porter—. Y amplia. Y vieja. Me hace sentir pequeño, ¿sabes?
Kett observó los abultados bíceps que sobresalían del traje de diseño de Porter y negó con la cabeza. No existían muchas cosas que pudieran lograr que Pete Porter pareciera pequeño.
—Aun así, estar aquí fuera tiene algo bueno —comentó Kett—. A kilómetros de la civilización, sin electricidad a la vista.
—¿Sí? ¿Qué?
—No hay forma de que te acerques a una tetera.
Porter le ofreció un ceño fruncido que también servía de media sonrisa. Lo señaló con un dedo.
—Quiero que sepas que he estado practicando —comentó—. Ahora mi té es la envidia de todo el cuerpo.
—Es peor —anunció Cruel mientras emergía de la tienda.
—¿Peor? —preguntó Kett—. ¿Cómo es posible?
—No es peor —vociferó Porter, enfadado de verdad—. ¡Menuda traidora estás hecha, Cruel! Te has tomado una taza esta mañana.
—Lo tiré cuando te fuiste al baño. Sabía como si hubiera salido de allí…, del baño.
—Mentira —dijo Porter—. Ya verás.
—¿Habéis terminado? —preguntó Clare cuando se unió a ellos—. Veo mucha cháchara y poco trabajo.
El jefe seguía teniendo aspecto de director de instituto, como si fuera a sacar la vara en cualquier momento y pegarte en los nudillos hasta hacerte sangrar.
—¿Qué es tan importante? —preguntó.
—El té de Porter —respondió Cruel.
—Oh, por Dios —dijo Clare, negando con la cabeza—. Ha empeorado, ¿te lo puedes creer?
Porter murmuró algo en voz baja, obviamente disgustado.
—¿Qué piensas? —preguntó Clare, mirando a Kett.
—Es extraño —contestó—. He visto algunos ataques de perro, pero ninguno letal. Lo que siempre me sorprende es que en casi todos los casos hay heridas en los brazos, porque la víctima intenta defenderse. Es lo primero que se hace, ¿no? Poner las manos para proteger las partes del cuerpo que no quieres que te muerdan. No veo ninguna herida en las manos ni en las muñecas de la víctima. Es como si no se hubiera defendido.
En algún lugar del bosque, una bandada de pájaros salió volando de los árboles. Porter dejó escapar un chillido e incluso Kett se estremeció. Había algo en ese lugar que le hacía sentirse vulnerable de una manera insoportable.
—Las heridas de la cabeza tampoco me parecen normales —continuó—. Son cortes, como si le hubieran pasado las patas por la cara. Nunca he visto a un perro hacer eso. A los tigres, sí, pero no a los perros. No tienen la fuerza suficiente para dejar tajos así.
—A menos que sea muy grande —comentó Porter. Imitó el movimiento necesario para hacer un corte con la mano—. Un perro enorme sobre las patas traseras podría haberla tirado al suelo al arremeter contra ella así.
—Quizá —dijo Kett.
—Pero… —comentó Clare.
—Pero la chaqueta… —anunció Kett—. Alguien le ha cubierto el pecho después del ataque. O lo hizo el perro o una persona, una persona que estuviera con el perro.
Una brisa recorrió los árboles e hizo que una docena de ramas crujiera como una orquesta infernal. Kett pensó que era como si el bosque le diera la razón.
—Si fuera cierto, sería un caso completamente distinto —dijo Clare al cabo de un momento—. Alguien incitó al perro a atacar a la víctima y colocó el cadáver después. Poco probable, en mi opinión, pero merece la pena considerarlo. Hay bandas por la zona, y sabemos que usan a los perros como arma. Staffies, sobre todo. Es una pena, porque son unos perros geniales, familiares. Yo tuve dos.
—Este perro no es un animal familiar —comentó Kett—. Y tampoco es de esa raza, a menos que mida metro ochenta y tantos de alto apoyado sobre las patas traseras.
—Genial —dijo Clare mientras se giraba para marcharse—. Eso solo nos deja a Black Shuck como única opción. Porter, Kett, os necesito en la comisaría de Beccles. Tenemos un testigo al que tomar declaración.
—Jefe —contestó Porter con un asentimiento.
Kett se detuvo durante un segundo para escuchar el viento entre los árboles. Luego, llamó a Clare.
—Me pregunto por qué me ha metido en este caso. —Clare lo miró. Contra las luces halógenas, su silueta parecía la de una especie de monstruo de cuento, demasiado alto, demasiado delgado—. A ver, es un ataque de perro —continuó cuando el jefe no contestó—. Me parece una opción extraña para mi regreso.
—¿Qué te pasa por la cabeza? —preguntó Clare.
Kett chasqueó la lengua y flexionó el hombro para tratar de aliviar el dolor creciente. Observó la tienda y pensó en la mujer tumbada dentro, violentada hasta volverla irreconocible. No sabían cómo se llamaba. No tenían ni idea de quién era. Sin embargo, hacía solo veinticuatro horas había sido un ser humano que vivía y respiraba, con esperanzas, sueños, miedos y decepciones, como todo el mundo. Y ahora estaba muerta. Algo la había matado. La había arañado, la había mordido. Se la había comido.
—¿Kett?
—¿Mi cabeza? —preguntó—. La cabeza me dice que parece un ataque de perro. —Aun así, fuera lo que fuese el autor del crimen la había tapado con el abrigo y había desaparecido. Kett respiró profundamente mientras su sexto sentido se activaba—. Sin embargo, algo me dice que no ha sido un perro. Siento que esto es cosa de un hombre.
—Y por eso, inspector jefe Kett —dijo Clare con una sonrisa ceñuda—, te he traído de vuelta.
Capítulo cuatro
—¿Está muerto?
El inspector jefe Kett y el inspector Porter observaron a través de la hoja del espejo bidireccional al hombre enjuto sentado en la sala de interrogatorios de la comisaría de Beccles. Tenía unos cuarenta y muchos años, la cara quemada por el sol oculta tras una gruesa barba grisácea y unas cejas pobladas. Llevaba una camisa de cuadros y un gorro rojo deshilachado y, sobre la mesa, frente a él, reposaban sus pantalones de pana y las botas. Tenía un brazo sobre el estómago y otro colgado sobre el costado. Había apoyado la cabeza sobre el respaldo de la silla con la boca abierta.
—Estoy casi seguro de que está muerto —dijo Porter—. No respira.
Los dos hombres estiraron el cuello y entornaron los ojos para mirar a través del cristal.
—Se mueve un poco, ¿verdad? —preguntó Kett—. Mírale el pecho. Está respirando, ¿verdad?
—Pero es imposible que deje la boca abierta de ese modo. Podrías meter una pelota de baloncesto dentro.
—Tal vez deberíamos comprobarlo —comentó Kett.
—No creo que tengamos una pelota por aquí.
—Comprobar si está vivo —especificó Kett.
—Ah, vale. —Porter asintió—. ¿Quieres un té primero?
Antes de abrir la puerta, Kett le dedicó una mirada que dejó clara su postura. Una mujer con uniforme gris que rondaba los cuarenta esperaba en el pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro tenso y hostil. Miró a Kett de arriba abajo.
—Sois de la comisaría de Norfolk —dijo. No era una pregunta. De hecho, a juzgar por el tono de su voz, parecía más bien una acusación.
—Inspector jefe Kett. —Le ofreció la mano. Ella la miró durante un segundo, como si le mostrara un montón de excremento de perro antes de estrechársela rápidamente—. Voy a…
—No va a hacer nada, señor —lo interrumpió, enfatizando la última palabra—. No antes de que yo lo diga. Estamos en Beccles, al sur de la frontera, en Suffolk. El nombre está escrito ahí fuera en un cartel bastante grande. Si lo van a usar como base, responden ante mí.
Kett lanzó una mirada a Porter tratando de evitar que una sonrisa se abriera paso en su rostro. Clare le había avisado de la rivalidad entre los cuerpos de Norfolk y Suffolk, pero le seguía pareciendo ridículo. Había sido idea del comisario usar la comisaría de Beccles para tomar declaración a todos los involucrados en el caso. La de Norfolk no estaba lejos, a unos treinta minutos, pero era distancia suficiente para convertir el ir y venir en un engorro. El imponente edificio de ladrillos en el centro de Beccles se caía a trozos y lo recorrían corrientes infernales de aire, pero serviría.
—Recibido y entendido —dijo Kett—. Este es su palacio y no tengo intenciones de mearme en las paredes. Si quiere, puede sentarse con nosotros en las entrevistas. Eh…
Esperó a que la mujer se presentara, pero no respondió.
—Oficial Helen Stuart —anunció Porter.
—Bueno, es un auténtico placer conocerla —continuó Kett—. Sin embargo, si no le importa, nos están esperando.
—Si no está muerto —añadió Porter.
La oficial Stuart frunció el ceño y abrió la boca para decir algo. Luego, se lo pensó mejor, dio media vuelta haciendo un pequeño círculo y se marchó.
—Son buenos —dijo Porter cuando se hubo marchado. Le dedicó a Kett una sonrisa de superioridad—. Pero, por supuesto, nosotros somos mejores.
Kett le devolvió la sonrisa mientras abría la puerta de la sala de interrogatorios y dejaba pasar a Porter primero. La cerró con bastante fuerza detrás de ellos con la esperanza de despertar al hombre dormido. Sin embargo, por increíble que fuera, ni se inmutó.
—Quizá sí esté muerto de verdad —comentó Kett.
Se acercaron al hombre y se inclinaron sobre él. Kett le pellizcó la mejilla con fuerza, lo que hizo que dejara escapar un repentino ronquido digno de un dragón. A esto le siguieron una serie de ruidos ahogados que desprendían un olor a vodka, una flatulencia y un grave gruñido antes de que abriera los ojos. Pestañeó un par de veces con la vista fija en el techo antes de girar los ojos inyectados en sangre para mirar a Kett.
—Es un milagro —dijo el inspector jefe—. Ha resucitado.
—¿Eh? —preguntó el hombre. Bajó las piernas del escritorio y se pasó las manos por la cara mientras murmuraba algo que Kett no entendió.
—Graham Turvey —anunció Porter, que leyó el nombre de un cuaderno.
—Gray —lo corrigió el hombre.
—Gray, bien —dijo Porter—. Voy a…
—Graham —respondió el hombre.
—¿Cómo? —preguntó Porter. El hombre negó con la cabeza como si intentara espantar a un mosquito.
—Gray Ham —dijo.
—Bueno, esto va a ser interesante —comentó Kett tomando asiento al otro lado del escritorio—. Voy a adelantarme y llamarle señor Turvey. Supongo que acertaré si digo que se ha tomado una copa esta mañana.
—No —contestó el hombre—. ¡Cinco!
Se le antojó un comentario muy divertido, porque rompió en ruidosas carcajadas y se golpeó el muslo con la mano.
—Me alegro por usted —dijo Kett mientras notaba cómo se le empezaba a agotar la paciencia—. Es consciente de que hemos encontrado a una joven muerta en el bosque, ¿verdad?
Al hombre se le descompuso la sonrisa en la cara como un huevo en una sartén. Se balanceó con suavidad de un lado a otro con los ojos saltones fijos en la mesa.
—Fue la última persona en verla —continuó Kett.
—Yo no lo hice —respondió el hombre, alerta de repente—. Nunca haría daño a una chica así.
—¿Tiene perro, señor Turvey? —le preguntó Porter, inclinándose sobre el escritorio. El hombre asintió.
—Tres pequeños y buenos mestizos. Me ayudan en la granja. También tengo gatos.
—¿Alguna vez han mostrado signos de agresividad? —preguntó Kett.
—Ah, sí —respondió Turvey—. Son unas bestezuelas salvajes. Te arrancan la mano si las miras mal. Tengo el cuerpo lleno de cicatrices, y eso que me conocen… Deberían ver lo que les hacen a los desconocidos.
—¿Los perros? —preguntó Kett.
—No, por Dios, los gatos —dijo el hombre—. Son unos hijos de puta, pero mantienen a raya a los ratones. Los perros son blandos como la mierda. Si hasta tienen miedo de los gatos.
—Dice que vio a la mujer antes de que muriera, ¿verdad? —preguntó Kett, cambiando el enfoque—. ¿Cuándo ocurrió eso? En el bosque, ¿no?
—A las afueras del bosque —contestó el hombre mientras se presionaba los labios y tragaba con fuerza, como si tuviera una botella imaginaria entre las manos—. Mi granja se encuentra paralela a la carretera y llega hasta el río. Ayer estaba arreglando un tramo de verja para mantener a raya a los malditos zorros…, aunque nunca lo consigo. Veo a muy pocas personas que se dirijan hacia allí, solo a algunos corredores. —Se echó a reír—. ¿Por qué diablos la gente hace esas cosas? ¿Correr sin razón alguna? Si trabajaran en una granja, estarían tan delgados como yo.
Kett esperó a que continuara, pero parecía un hombre al que se le acababan de agotar las pilas.
—¿A qué hora? —preguntó al final.
—Por la tarde noche —fue la única respuesta que el hombre pudo ofrecer.
—No tengo reloj.
—Entonces, ¿vio a la mujer? —preguntó Kett al ver que no seguía hablando.
—Ah, sí, a ella y a un tipo. Los recuerdo porque no llevaban un perro. Es lo que iba a decir cuando me ha interrumpido. Vemos a corredores y paseadores de perros. Eso es todo, pero estos dos solo paseaban, sin perro ni carreras.
—¿Solo los vio a ellos? —preguntó Porter.
—Claro —contestó—. Siempre hay menos gente tras la cosecha, porque hace más frío.
—¿Podría describirme a las dos personas? —preguntó Kett—. Al hombre y a la mujer.
—Ella era, bueno, una mujer —respondió, concentrándose tanto que parecía que la cabeza se le iba a separar de los hombros—. Él era más…, no sé, un tipo.
—Claro —dijo Kett dejando escapar un largo suspiro y tamborileando con los dedos sobre la mesa—. ¿Y la ropa?
—Sí —contestó Turvey tras un momento más de reflexión.
—Detalles —le pidió Kett, que sacudió una mano en el aire—. Si no es mucha molestia.
—Ah, sí. Ella llevaba un abrigo, me acuerdo de eso. Uno enorme y blanco. Me pregunté por qué narices se metería alguien en el bosque con un abrigo así. Se va a manchar antes de que te des cuenta. Hay mucha mierda de pájaro, musgo y esas cosas.
Kett pensó en el abrigo, el contraste de la sangre sobre el tejido blanco, las huellas. Turvey tenía razón.
—¿Color de pelo? —preguntó.
—Normal —contestó el hombre.
—Ah, normal. —Kett resistió la necesidad de sujetar al granjero y sacudirlo—. ¿Y qué hay de él, del tipo?
—Era más bajo que ella —dijo Turvey—. De eso me acuerdo. Es posible que llevara una chaqueta negra, una de esas de falso granjero que llevan los gilipollas pijos. Sí, debía de ser negra, porque pensé que parecían un par de piezas de ajedrez, blanco y negro. Ella era la reina y él… ¿Cómo se llama la pieza?
—¿El peón? —preguntó Porter.
—No, no sea desagradable. La torre o lo que sea. En cualquier caso, no caminaban juntos.
—¿Cómo? —dijo Kett—. ¿A qué se refiere? ¿Él la seguía?
—No, ella lo seguía a él —respondió, rebuscando en sus recuerdos—. Y me pregunté, de hecho, por qué una joven preciosa como ella, con un bonito abrigo blanco, seguiría a un mindundi así. Ambos parecían enfadados, mosqueados.
—¿No escuchó lo que decían? —preguntó Kett.
—No, estaban demasiado lejos. De todas maneras, no oigo absolutamente nada, para ser sincero, incluso de cerca. Ni siquiera parecía que estuvieran hablando.
—¿Eso es todo? —preguntó Porter cuando la habitación se quedó en silencio. Turvey miró a la pared boquiabierto. Emitía un suave gruñido, como un viejo ordenador al que hubieran llevado al límite.
—Sí —respondió tras unos segundos—. Eso es todo. Se metieron en el bosque y fue lo último que supe de ellos.
—¿Y no los siguió? —dijo Kett, inclinándose hacia delante—. Ha dicho que era una joven preciosa, una mujer con problemas, quizá. ¿No los siguió por si podía ayudarla?
El hombre pestañeó y Kett se sorprendió al ver que le brillaban los ojos. Turvey se pasó el dorso de la mano por ellos mientras tomaba aire entre temblores.
—No —contestó—, pero debería haberlo hecho, ¿verdad? Debería haber ido. Tal vez, si lo hubiera hecho, no le habría ocurrido nada malo, tal vez no la habría alcanzado.
—¿Quién? —preguntó Kett.
—El perro —contestó el granjero—. Old Shock lo llamamos. Es lo que la atacó, ¿no? Es probable que se la comiera entera, y a él también.
Kett intercambió una mirada con Porter antes de devolverle la atención al hombre de la silla.
—¿Vio a un perro? —preguntó.
—Anoche no, pero lo he visto antes. Una enorme criatura cabrona que merodea en la oscuridad. Una vez se comió una de mis ovejas, estoy seguro. Todos los de por aquí conocen a Old Shock, algunos le dejan comida, como… como el turrón a Papá Noel, ¿saben? Si lo haces, no te mata.
—Estoy bastante seguro de que Papa Noel no lo matará si no le deja turrón —dijo Kett—. ¿Qué aspecto tiene ese perro?
Turvey volvió a desconectar con un parpadeo y dirigió los ojos rojos hacia la pared. Era un hombre adulto y fuerte, pero su expresión lo hacía parecer un niño.
—Como se lo imaginan —respondió—. Como un demonio con cuatro patas.
* * *
Graham Turvey no tenía nada más que ofrecer, aparte de un aliento con el que podías emborracharte, por lo que Kett lo mandó a casa antes de que volviera a quedarse dormido. Se encaramó al borde de la mesa de la sala de interrogatorios a la espera de que Porter le mostrara la salida.
—¿Te crees todo eso del perro? —le preguntó cuando reapareció.
Porter se reclinó sobre la pared y se pasó la mano por el pelo. Se tomó su tiempo antes de negar con la cabeza.
—Es una leyenda local —dijo—. Joder, ya has oído las historias.
—Recuérdamelas.
—Bueno… —Porter se sumergió en sus pensamientos durante unos instantes—. Empecemos con el nombre: Black Shuck u Old Shock, como ha dicho Turvey. Shuck proviene de scucca, que básicamente significa «demonio». Viene del inglés antiguo. ¿Impresionado?
—Me sorprende que sepas leer una página de Wikipedia —comentó Kett.
—Que te jodan —gruñó Porter—. Se ha visto merodear a este perro por la costa y el campo durante siglos. Por lo general, es un presagio de muerte. Según una versión, irrumpió en una iglesia y asesinó a un puñado de personas. En Bungay, que está al final de la carretera. En el mil quinientos no sé cuántos. Dejó marcas de quemaduras en el suelo y la puerta. Es folklore, Robbie. Folklore, cuentos y putas gilipolleces antiguas.
—Entonces, ¿qué vio Turvey en mitad de la oscuridad?
—A juzgar por la cantidad de vodka que emanaba de su aliento, me imagino que ha visto a Black Shuck, a Black Beauty e incluso quizá a Black Sabbath merodeando por el jardín. No me fío de nada que haya salido de su boca. ¿Y tú?
—No me ha parecido un mentiroso —respondió Kett mientras se incorporaba y estiraba la espalda—. Un borracho sí, pero no un mentiroso. In vino veritas, como suele decirse.
—¿Una enfermedad? —preguntó Porter y Kett sonrió.
—Depende de cómo lo mires, pero definitivamente merece la pena descubrir otros avistamientos de perros negros y grandes cuando peinemos la zona. Escucha, tú…
Kett hizo una pausa justo cuando el teléfono de Porter comenzó a sonar. El inspector contestó mientras paseaba de aquí para allá, escuchando a quienquiera que estuviera al otro lado.
—Era la morgue —anunció cuando colgó—. El cuerpo está en camino y me han preguntado desde patología si queríamos estar presentes en la autopsia inicial.
—Coño, pues claro —dijo Kett de camino a la puerta—. No me lo perdería por nada del mundo.
Capítulo cinco
No importaba cuántas veces lo hubiera visto, aquello no lo hacía más fácil. La víctima sin identificar se encontraba en la mesa central de autopsias del laboratorio del forense, tan expuesta como era posible, sin ropa ni sábana, solo cubierta por un tatuaje, una rosa negra que germinaba del costado izquierdo y acababa bajo el pecho. Kett pensó que no había dignidad alguna en la muerte. Ni privacidad. Un asesino no solo te robaba la vida, sino también la paz. ¿Cómo se sentiría cualquiera de saber que iba a acabar así, desnudo en una plancha de frío acero con un público formado por policías de expresión hosca?
La habían limpiado, pero, como mucho, aquello empeoraba las heridas, de un aspecto brutal y cruel sobre su piel de alabastro, igual que la marca del mordisco en la garganta y de las garras en la cara o el tajo del tamaño de una mano que el atacante le había abierto en el pecho. Lo que brillaba en su interior estuvo a punto de enviar a Kett fuera de la sala a toda velocidad, por lo que tuvo que centrarse en el reloj de la pared sobre la mesa durante un momento y contar los segundos, mientras se imaginaba el mecanismo interior, frío y preciso, hasta que la voz de su cabeza dejó de gritar.
Intentaba no pensarlo, por supuesto, pero ¿cómo no iba a hacerlo? Podría ser Billie, tumbada desnuda sobre una mesa de la morgue. Podría ser su esposa.
Cerró los ojos durante un momento para calmar la respiración. Luego, se giró hacia Cruel, quien se encontraba de pie a su lado, un poco más atrás, como si esperara tener que esconderse en cualquier momento. Llevaba en la mano el silbato de policía de su abuelo, que le servía de amuleto, y se esforzaba por mantener la compostura, pero sabía que la expresión estoica que mostraba era falsa. Todavía recordaba su primera autopsia como si fuera ayer. No creía que fuera a olvidarla jamás, y Dios sabía que lo había intentado.
Porter estaba a su otro lado, incluso más intranquilo que Cruel. Miraba a todas partes excepto al cuerpo. Pasaba los ojos del reloj de la pared a los utensilios de la bandeja al lado de la mesa, del suelo a las zumbantes luces del techo, de sus manos a Kett y a Cruel, y de vuelta al reloj.
—Llegará en cualquier momento —comentó—. Es un poco, eh… No me sale la palabra. ¿Singular, quizá?
—Eso he oído, Porter —dijo una voz tras la mampara que separaba el laboratorio de patología del conjunto de ordenadores y equipos forenses que componían el resto de la morgue.
Kett oyó el golpe de un par de guantes de goma al enfundarse antes de que una chica entrara en su campo de visión. Era joven, de eso no había duda. Iba vestida con una bata de laboratorio y llevaba un gorro sobre el pelo. Tenía la cara redonda, las mejillas rojas y los ojos brillantes. Caminó hasta la mesa con la confianza de alguien mucho mayor.
—Bien, veamos qué tenemos aquí.
—Eh… —musitó Kett. Miró a Porter y de nuevo a la chica. Esta lo fulminó con la mirada.
—¿Eh? —preguntó, levantando los brazos con un gesto de impaciencia.
—¿Eres forense?
—No —replicó la chica—. Soy peluquera, me he confundido de sala. Uy, qué tonta, ahora mismo me marcho.
Porter sonrió, pero a Kett le costó encontrar la parte divertida.
—Inspector jefe Kett, esta es Emily Franklin —dijo el inspector.
—Llámame Singular Emily Franklin —contestó mientras ofrecía a Porter una mirada fulminante.
—Me refería a singular en el buen sentido —comentó Porter.
—Mira, te lo voy a preguntar directamente: ¿cuántos años tienes? —dijo Kett.
—¿Y tú? —contraatacó, mirándolo a los ojos.
—Cuarenta y dos, una edad normal —dijo Kett.
—El padre de Emily fue forense aquí durante décadas —explicó Porter—. Se jubiló en verano, y Emily ha ocupado su puesto. No es tan joven como parece y es muy buena.
—Gracias, Porter —dijo la chica con sequedad tras girarse hacia él—. No sé qué haría sin ti, eres mi héroe.
—Tal vez deberíamos dejar que la señorita Franklin siga con su trabajo —propuso Cruel metiéndose el silbato de plata en el bolsillo. Tanto Porter como Kett levantaron las manos en señal de derrota y Franklin ofreció una sonrisa genuina a la agente.
—Me gustas, Cruel —dijo—. Vamos a ello, a menos que alguien más tenga preguntas sobre mi edad o mis habilidades.
—¡Adelante, Doogie Howser! —murmuró Kett.
—Qué divertido —comentó Franklin sin el mínimo rastro de sonrisa—. Además, ya sé quién eres, Robert Kett, de edad normal. Después de todo, fuiste tú quien me envió dos cadáveres cubiertos de… llenos de… mierda, ¿recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarse de su enfrentamiento con Figg y Percival en la planta de tratamiento de aguas residuales?
—Ah, sí —contestó—. Perdón.
—Literalmente, estaban llenos de mierda —dijo ella observándolo durante unos instantes más antes de colocarse la mascarilla.
Presionó un botón del dictáfono para grabar y respiró hondo.
—Víctima desconocida, fallecida hace aproximadamente dieciséis horas.
Se inclinó sobre el cuerpo mientras sus ojos reflejaban pura concentración. Con un par de largas pinzas de metal, retiró parte de la piel de la garganta destrozada.
—Este fue el golpe mortal. Le abrieron la garganta con una serie de tirones. Definitivamente se hizo con dientes, ya que se ven los bordes dentados aquí y aquí. Extraeré muestras para analizar la saliva. Creo que hubo cuatro o cinco ataques con mordiscos distintos. —Levantó la vista—. Por cierto, el diente encontrado pertenece a un rottweiler, uno viejo. Aun así, no estoy convencida de que sea un ataque de perro. Un mordisco le destrozó la arteria carótida izquierda y otro le despedazó la tráquea, aunque no se la amputó. Si no se desangró, se ahogó con su propia sangre. Sabré más cuando le examine los pulmones.
Kett tomó una larga bocanada de aire.
—¿Y qué hay de las heridas de la cara? —preguntó.
—Parecen marcas de garras —dijo Franklin—. Y la mayoría de las cosas son lo que parecen, pero no siempre. ¿Recuerdas lo que decía mi padre, Porter?
—No hay nada mejor que un sándwich de pepinillos —contestó.
—Bueno, sí —respondió Franklin—, pero me refiero a lo otro, a lo de que Guillermo de Ockham era un pedazo de mierda inútil.
—La navaja de Ockham —dijo Kett con un asentimiento—. La solución más simple suele ser la correcta.
—Esa es la versión de los legos, pero se parece bastante. Llevo en este trabajo el tiempo suficiente como para entender que los entes deberían multiplicarse sin necesidad porque las cosas no siempre son lo que parecen. Mirad.
Kett, Porter y Cruel se inclinaron hacia delante mientras Franklin señalaba la piel de la cara de la víctima.
—Cuatro hendiduras, la del extremo derecho apenas visible, es solo un arañazo. La del lado contrario es fea, pero no profunda. Las dos del centro fueron las que provocaron mayores daños. —Introdujo las pinzas y sacó una regla de metal con la mano libre—. Solo dos milímetros de profundidad en la frente, lo que tiene sentido, porque el hueso impidió una mayor penetración, pero mirad aquí, donde se curva hacia la mejilla. —Insertó la regla y el sonido hizo que a Kett se le revolviera el estómago—. Casi dos centímetros. Todavía no he conocido a un perro con garras lo bastante afiladas como para provocar estas heridas. Además, a juzgar por lo limpia que es la lesión y la ausencia de desgarros, diría que es casi imposible que un animal pueda hacer un corte tan limpio con las garras.
—¿Ni siquiera si están afiladas? —preguntó Cruel—. A veces se lo hacen a los perros de pelea.
—Diría que no —contestó Franklin—. Por otra parte, mira el ángulo de la herida. Se curva hacia abajo en el centro de la frente, a través de los ojos, hacia la parte derecha de la cara. No estoy segura, pero no creo que un perro tenga tanta flexibilidad en las patas como para hacer algo así.
Se incorporó e imitó el ataque con la mano derecha, lentamente.
—Si intentara arañar la cara a alguien, lo haría así, y el cuerpo se me doblaría de esta manera. —Hizo una demostración: desvió la mano hacia la izquierda mientras giraba el cuerpo—. Ese es el ángulo de ataque.
—Entonces… —comenzó a decir Kett, pero ella levantó la mano. Tenía las yemas del guante color carmesí, la sangre era tan brillante que parecía pintura.
—Sin embargo, analicemos las otras heridas —anunció, a la vez que caminaba en torno a la mesa para acceder al pecho del cadáver—. ¿Habéis visto la forma en que le han fracturado las costillas? —No lo veía claro, pero Kett se conformaba con confiar en ella—. Están incrustadas. Una le perforó el pulmón. Las marcas aquí y aquí sí parecen hechas con dientes. Creo que algo grande se sentó encima, casi introduciéndose en su interior mientras se la comía. Me hace pensar en los documentales de animales salvajes en los que se ve a leones con la cabeza metida en su presa. Literalmente dentro, aprovechando cada pedazo jugoso.
Kett estaba casi seguro de haber oído a Porter tener una arcada. Franklin usó las pinzas para separar la piel del cadáver como si abriera un regalo de Navidad.
—No se ve mucho, pero puedo deciros que falta algo, posiblemente el corazón.
—¿Falta? —preguntó Kett.
Franklin asintió.
—La abriré y le echaré un vistazo, pero, de nuevo, esto no se parece al comportamiento de un animal. El autor de esto sabía lo que estaba hacía.
—¿Estás diciendo que crees que fue un hombre? —dijo Kett.
—O una mujer —añadió Cruel, con lo que se ganó otro asentimiento de aprobación por parte de Franklin.
—Un humano —aclaró Kett—. ¿Quizá alguien con un perro?
—No lo sé —contestó—, pero es evidente que hubo participación humana. Me apuesto diez libras.
—Lo acepto —dijo Porter—. Yo digo que fue un perro.
—Pareces muy segura —comentó Kett.
—Ah, lo estoy —contestó Franklin—. ¿Alguien me puede ayudar con esto?
Tomó el cadáver por los hombros y trató de levantarlo. Kett agarró un par de guantes de la caja sobre la mesa y se los enfundó. Metió las manos bajo la mujer muerta y ayudó a la forense a colocarla de costado. Franklin tuvo cuidado al apartarle el pelo con el dorso de la mano.
—Vaya —dijo Kett.
—¡Vaya! —añadió Cruel.
—¡Joder, vaya! —comentó Porter.
—Joder, vaya, exacto —contestó Franklin—. Será mejor que saques la cartera, Pete.
También habían mutilado la espalda de la mujer con un corte profundo que casi recorría a la perfección la columna vertebral. Sin embargo, la herida de la nuca era lo que más destacaba. Le habían hecho cortes profundos e irregulares en la piel de esa zona. Nueve, todos en fila, de unos cinco centímetros de longitud. Tenía la piel mutilada y la sangre empezaba a acumularse con lividez post mortem, pero era imposible confundir esas formas con otra cosa. Eran letras.
—Conocí a algunos perros astutos en mi época —dijo Kett—, pero nunca me he encontrado con ninguno que supiese deletrear.
—Exacto —dijo Franklin—. Creo que lo han hecho con una navaja pequeña. No es tan afilada como la que han usado en la cara. No es que sea una obra maestra, pero tampoco es apresurada. Quien lo haya hecho se ha tomado su tiempo.
—¿Estaba viva? —preguntó Kett.
—A juzgar por la mínima cantidad de sangre, diría que no. —Franklin negó con la cabeza—. Si tuviera que establecer una línea temporal, yo diría que primero fueron los arañazos en la cara, mordiscos en la garganta, muerte en menos de un minuto, después se comieron partes de la garganta, le hicieron la herida del pecho, le rompieron las costillas, le devoraron los órganos, dieron la vuelta al cadáver, le hicieron los cortes de la espalda y, por último, le escribieron las letras. Debió de llevarles bastante tiempo.
—¿Qué pone? —preguntó Porter mientras se inclinaba hacia delante con una mano sobre la boca—. No lo entiendo. ¿Olamorrep? ¿Qué significa?
—No es olamorrep —dijo Cruel al otro lado de Kett—. Las letras están al revés. —La joven agente miró a Kett y un escalofrío le recorrió el cuerpo—. Dice «perro malo».
Capítulo seis
Kett llamó a la cuidadora mientras el inspector Porter los llevaba a él y a Cruel a la ciudad en el coche del Departamento de Evaluación de Homicidios. Sabía que no hacía falta, pero algo en la mujer de la mesa de autopsias, en las palabras que le habían grabado en la piel, le hizo sentir una ansiedad repentina por sus hijas. El teléfono le devolvió un pitido, la línea estaba ocupada.
«Alguien lo ha descolgado», pensó. «Alguien que no debería estar allí, alguien que quiere hacerles daño».
Se obligó a alejar aquellos pensamientos de su mente mientras volvía a guardar el móvil en el bolsillo.
—¿Todo bien? —preguntó Porter, que mantenía el Ford a unos constantes noventa kilómetros por hora.
—Sí, solo quería comprobar que las chicas se encontraban bien, pero no me han contestado —respondió Kett.
—Conociendo a esas tres, es probable que hayan calcinado la casa —dijo Porter. Se echó a reír, pero al ver la expresión de su amigo se arrepintió—. Lo siento, una broma de mal gusto. Seguro que están bien.
Kett lo dejó pasar. Lo cierto era que le debía un gran favor a Porter por haberle visitado tantas veces durante las semanas posteriores al apuñalamiento. Comenzaban a caerle bien las chicas, aunque seguían dándole pavor, y las niñas también lo apreciaban, especialmente porque sabían que les dejaba hacer de todo. Porter y su mujer no tenían hijos, pero sería un padre fantástico si alguna vez se decidía a dar el paso.
—Podemos acercarnos, si quieres —propuso Cruel desde el asiento trasero—. Solo para asegurarnos. Nos pilla de camino.
Kett dudó, pero negó con la cabeza.
—De todas maneras, tengo que ir a recogerlas pronto —respondió—. Ahora mismo lo único que quiero es descubrir qué le ocurrió a nuestra víctima desconocida en el bosque.
—Es un caso extraño —comentó Porter—. Nunca he visto nada parecido.
—Yo tampoco —respondió Cruel—, aunque sé que a veces se utilizan a los perros como armas. Hubo un asesinato en Hemsby, mi ciudad natal, hará un par de años. Fue en verano. Un grupo de chavales utilizó un pitbull inglés, ya sabéis, el de la nariz larga, para acabar con un traficante rival. El perro le arrancó la garganta de cuajo.
Porter se topó con un atasco y redujo la marcha antes de tamborilear con los dedos sobre el volante al ritmo de una melodía de su propia invención.
—Me encantan los perros, no me malinterpretéis —continuó Cruel—. Pero vi al animal cuando trataban de llevárselo. Era todo músculo y rabia. Al pobre tuvieron que sacrificarlo. Nadie estaba dispuesto a decir de quién era, así que los procesaron a los tres por asesinato con arma letal. Acabaron en la cárcel.
—No tendríamos ni una oportunidad, ¿verdad? —dijo Porter—. Un perro así… Y eso que un pitbull no es muy grande, pero podría matarte si quisiera.
—Los perros no quieren matar —comentó Kett mientras su aliento empañaba la ventana—. Siempre es cosa de los dueños.
—Estoy de acuerdo —respondió Cruel—. Nuestro sospechoso debe de haber entrenado a su perro para funcionar como un arma, igual que esos chicos. Es obvio que será un rottweiler, el diente era de uno, ¿no? Digamos que ha entrenado al perro para saltar y sujetar, para arrancarle la garganta a la víctima. Luego, mata a la mujer, la muerde con tanta fuerza que pierde un diente. Entonces, el hombre le pide que se aparte y pasa a hacerse cargo él mismo. Le hace unos cortes y le graba las letras en la nuca. Después, se marchan.
—Eso explicaría los avistamientos de Black Shuck —dijo Porter—. Un perro enorme que deambula por el bosque de noche asustaría a cualquiera.
—Entonces, vayamos de puerta en puerta —sugirió Kett—. A todas las casas. Cada vez que veamos rastro de un perro enorme, interrogaremos al dueño.
Porter aprovechó la oportunidad de adelantar a la camioneta que avanzaba a paso de tortuga delante de ellos. Kett chasqueó la lengua.
—Digamos que tienes razón, Cruel —comentó— y se trata de un hombre y un perro. ¿Qué le ocurrió al tipo que estaba con nuestra víctima? Al chaval bajito del abrigo negro que no tenía perro. Ha desaparecido sin dejar rastro, no había indicio alguno de él en el bosque, ¿verdad?
—Los agentes lo peinaron antes de que llegaras —respondió Cruel—. Nada, ningún otro cuerpo. No es un bosque demasiado grande.
—Si escapó, puede que buscara ayuda —sugirió Kett—, lo que significa que o bien su cadáver está en algún lugar que no hemos examinado, o bien, de alguna manera, es cómplice. ¿Cómo dijo Turvey que estaban los dos? ¿Mosqueados? Puede que se enzarzaran en una discusión sobre algo. Quizá el del abrigo negro colaborara con el autor del crimen.
No parecía la respuesta correcta. Las piezas no encajaban dentro de la cabeza del inspector jefe.
—O lo han secuestrado —propuso Cruel.
Eso tenía más sentido, así que Kett asintió.
—Por Dios, espero que no sea otro secuestro —dijo Porter.
—Siempre prefiero un secuestro antes que un asesinato —anunció Kett.
«Incluso ahora, aunque Billie lleve desaparecida tanto tiempo, cualquier cosa es mejor que saber que está muerta».
Porter se estremeció de repente y se metió la mano en el bolsillo.
—Me vibra el móvil —comentó mientras hurgaba en el bolsillo—. Nunca llegué a conectar el bluetooth. ¿Lo puedes coger?
—¿En serio? —preguntó Kett—. ¿De verdad quieres que te meta la mano ahí?
Introdujo la mano en los vaqueros de Porter y tomó el móvil. Contestó al ver el nombre de Clare en pantalla.
—Soy Pete Porter —se presentó, esforzándose por imitar la voz del inspector—. Hago un té de mierda y me dan miedo los árboles.
—¿Kett? —dijo Clare—. ¿Dónde estáis?
—Volvemos a la ciudad. Estamos a unos… —Miró a Porter, quien le enseñó la mano dos veces—, a unos diez minutos.
—Bueno, pues dad media vuelta —les ordenó Clare—. Necesito que volváis a Beccles. Tenemos una llamada. Alguien ha informado de la desaparición de una mujer y, por la descripción, se trata de nuestra chica.
* * *
Bien entrado el mediodía, Porter aparcó a un lado de la carretera de una calle residencial en Beccles. A Kett le rugía el estómago. No se trataba de hambre (no hay nada como una autopsia para quitar el apetito); habían pasado horas desde la última taza de té. Y estaba bastante seguro de que nadie iba a correr para prepararle una.
—Una parte bonita de la ciudad —dijo Porter mientras apagaba el motor.
Tenía razón; todas las casas eran independientes y altivas, observaban la calle desde su escondite entre coníferas y laureles. Kett salió del coche antes de flexionar el hombro y hacer una mueca a causa del dolor que lo consumía. Se metió la mano en el abrigo y sacó una caja de paracetamol para obligarse a tragar dos pastillas, que le recorrieron la garganta seca. Apenas mitigaban el dolor, pero eran mejor que nada.
—¿Estás bien? —preguntó Porter mientras se acercaba a la acera.
—Sí —respondió Kett.
—Mejor que Raymond Figg, ¿verdad? —dijo el inspector con una sonrisa. Kett lo imitó.
—Bueno, si lo miro desde esa perspectiva, no estoy tan mal. Número catorce, ¿no?
Clare les había dado los detalles. Antes del mediodía había entrado una llamada; una mujer, Ivy O’Neil, estaba preocupada por su hija. Por supuesto, quizá no fuera nada. A menudo esas pistas no conducían a ninguna parte, sobre todo en casos de madres preocupadas por sus hijos, pero merecía la pena comprobarlo.
Kett se abrió camino hasta una larga verja, la «Número catorce», como indicaba la pintura sobre una pared de ladrillo beis con una enorme caligrafía floral. El jardín parecía no haberse dado cuenta de que ya era otoño: las rosas, los arbustos de las mariposas y las azaleas estallaban en colores sobre un césped bien cuidado. Apenas habían cruzado la cancela cuando Kett descubrió a una mujer de pie, en la puerta principal, con las manos ante ella y los dedos tan flexionados que parecía que intentara resolver un cubo de Rubik invisible. Llevaba un caro vestido con estampados, pero el pelo le caía sobre los hombros e iba descalza. Kett pensó que tendría unos setenta años, aunque era difícil saberlo. El miedo envejecía a las personas. Y esta mujer estaba aterrada.
—¿Señora O’Neil? —preguntó Kett cuando estuvo a una distancia suficiente como para que lo oyera. La mujer asintió.
—¿La han encontrado? —preguntó, casi gritando. Desvió la mirada de Kett a Cruel, quien destacaba en el grupo por la chaqueta fluorescente y el bombín—. ¿La han encontrado?
—Solo queremos hablar con usted —anunció Cruel, que levantó las manos para calmar a la mujer. Adelantó a Kett y le ofreció una agradable sonrisa—. No se ponga nerviosa, solo hemos respondido a su llamada, eso es todo. ¿Podemos pasar?
La mujer tragó saliva con tanta fuerza que parecía que se ahogaba. Miró a Kett, luego a Porter y de nuevo a Cruel antes de asentir.
—Gracias —dijo Cruel cuando la mujer se giró y los guio dentro de la casa. El interior estaba oscuro, las cortinas medio echadas y las luces apagadas. Un amplio pasillo llevaba hasta la cocina, en el otro extremo de la casa, y un hombre mayor estaba atareado dentro de ella. Parecía esforzarse de forma concienzuda por no mirar a los recién llegados.
—Oh, eres una pesada, Ivy —gritó—. No le ha pasado nada malo. Todo este alboroto… ¡No los necesitamos!
La mujer se limitó a hacer un gesto para restar importancia a sus palabras, como si fuera un enjambre de moscardones. Se echó a un lado para entrar en un enorme salón en el que predominaba un color que Kett describiría como rosa de baño de los setenta.
—¡Hombre miserable! —dijo la señora O’Neil cuando entró—. ¡Desgraciado, desgraciado, desgraciado! Oh, por favor, quítense los zapatos.
Kett aceptó a regañadientes y gruñó de dolor cuando se agachó para desatarse los cordones de las botas.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Porter, y Kett le dedicó una mirada de pocos amigos.
Cuando consiguió sacárselas, Cruel ya estaba en el sofá, sentada junto a Ivy O’Neil. Porter observaba la biblioteca de falsa madera de nogal. Tomó una foto enmarcada y se la mostró a Kett cuando entró en la sala. Una pareja joven: una mujer con un vestido morado, pelo rubio y una sonrisa radiante junto a un hombre, más bajo que ella, con un abrigo negro. No lo tenía claro, porque habían mutilado la cara de la víctima, pero la persona de la foto no se alejaba demasiado del cadáver que acababan de dejar en la morgue. Kett suspiró y se preparó para una conversación que no deseaba tener.
—¿Es esta su hija? —preguntó quitándole a Porter el marco de las manos para enseñárselo a la señora O’Neil. La anciana asintió.
—Es ella —dijo antes de taparse la boca con una mano para tratar de retener los sollozos que surgían del interior.
—¿Cómo se llama? —preguntó Cruel.
—Eh. —La señora O’Neil frunció el ceño como si no entendiera la pregunta—. Sally, claro. Es Sally.
—¿Y dice que Sally ha desaparecido? —preguntó Cruel con voz tranquila y serena. La señora O’Neil volvió a asentir y respiró entre los dedos—. ¿Cuándo?
—Yo… —comenzó a decir la mujer. Retiró la mano y la miró con atención—. Se suponía que íbamos a desayunar juntas. Aquí.
—¿Esta mañana? —preguntó Cruel.
—Esta mañana, sí, por supuesto —respondió la señora O’Neil—, pero no se ha presentado. Ella no haría algo así, no es esa clase de persona. En todos estos años, no se ha perdido ninguno de nuestros desayunos. Entonces, me enteré de lo del cuerpo en el bosque.
Kett lanzó una mirada a Porter, quien se encogió de hombros.
—¿Cómo se ha enterado? —preguntó Kett—. Todavía no ha salido nada en los medios.
—Es una ciudad pequeña —contestó—. Los rumores corren como la pólvora. La señora Hill, la vecina de enfrente, me dijo que habían encontrado allí a una chica, una mujer. ¿Es Sally?
—¿Ha intentado contactar con su hija? —preguntó Cruel.
—La he llamado —respondió la señora O’Neil—. Siete u ocho veces. Tiene el móvil apagado. Nunca lo apaga. He llamado también a Roger.
—¿Roger es su novio? —preguntó Kett mientras le mostraba la fotografía—. ¿Este hombre?
—Maldito loco inútil —dijo una voz desde la puerta. El anciano de la cocina entró y rayó la moqueta con las zapatillas. Debía de tener unos diez años más que la mujer, pero, por la espalda recta y el bigote blanco tan cuidado, Kett supo que era militar de la cabeza a los pies. No se sentó, permaneció de pie cerca del enorme ventanal, con las manos entrelazadas tras la espalda—. Salido como el pico de una mesa.
—¡Bill! —siseó la señora O’Neil.
—¿Qué? Es verdad. Uno de esos tipos pasivo-agresivos o como se llamen. Nunca dice lo que quiere, solo se enfurruña hasta que te hartas tanto de él que acabas haciendo lo que se le antoja igualmente.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó Kett.
—Demasiado tiempo —respondió el señor O’Neil—. Seis putos años.
—Siete —lo corrigió la señora O’Neil—. Ocho en Navidad.
—¿Tanto? —El señor O’Neil bufó, asqueado—. Si me preguntan, diría que es probable que se haya largado solo para escapar de él. Siempre se ha preocupado más de ese condenado perro que de ella.
—¿Tiene un perro? —preguntó Cruel, mirándolo desde su posición en el sofá.
—Murió —dijo la señora O’Neil presionándose el dorso de la mano contra los ojos.
—¡Menudo alivio! —añadió su marido—. Trajeron una vez a esa pequeña rata y se cagó en la moqueta, justo donde está usted. —Señaló a Kett, mirándolo como si fuera la mierda en cuestión—. Nunca le dejamos volver a casa después de eso. Ojalá hubiera hecho lo mismo con Roger.
La señora O’Neil murmuró algo en voz baja que sonaba como «hombre miserable». Kett se aclaró la garganta y dejó la fotografía en la estantería.
—No solemos investigar a personas desaparecidas hasta que han pasado veinticuatro horas —dijo—, sobre todo cuando se trata de adultos. ¿Cuántos años tenía Sa…? —Estuvo a punto de taparse la boca con la mano. «Tiene, siempre es tiene hasta que se está seguro»—. ¿Cuántos años tenía Sally cuando desapareció?
Nadie pareció darse cuenta de que estaba corrigiéndose.
—Treinta y cuatro —dijo el señor O’Neil—. Su cumpleaños es en octubre. Es demasiado mayor para deambular por ahí. Sin marido ni hijos. No la criamos así. No es el tipo de persona que esperábamos que fuera.
—¿Y quién puede culparla? —preguntó su mujer, fulminándolo con la mirada—. ¿Qué tipo de ejemplo le hemos dado? Por nuestra culpa va a odiar el matrimonio de por vida.
—Como he dicho —los interrumpió Kett—, no solemos investigar hasta que no hay pruebas de que se haya cometido un crimen o de que sea inminente. ¿Qué los lleva a pensar que le ha ocurrido algo a Sally?
—Lo sé —sollozó la señora O’Neil—. Simplemente lo sé. Soy su madre.
—A la mierda el maldito instinto maternal —dijo el anciano—. Sally está bien, vieja chocha.
—Oh, que te jodan, Bill —espetó la mujer, con tanta rabia en sus palabras que casi saltó del sofá para dirigírselas. Volvió a reclinarse en él, exhausta, y Kett caminó hasta el señor O’Neil.
—¿Por qué no hablamos en otra habitación? —propuso—. Mis compañeros le proporcionarán a su mujer todo lo que necesite.
El señor O’Neil se enfadó, pero Kett le tocó el codo y lo guio con firmeza fuera de la sala. Caminó por el pasillo hasta la cocina, que era mucho más luminosa que el resto de la casa. El viejo se acercó a la mesa y se entretuvo con una pila de periódicos, alineándolos para que los bordes coincidieran a la perfección. Era la personificación de la calma, pero Kett ya había conocido a hombres así. Veía la olla a presión en su cabeza, el caos de emociones embotellado durante tanto tiempo que, de liberarse, podría acabar con el mundo.
—¿Sally vive cerca de aquí? —preguntó Kett.
—Roger, el gilipollas, y ella tienen una casa en Toft Monks —contestó mientras ordenaba los periódicos—, un piso. De alquiler, a su edad. Y eso que les hemos ofrecido ayuda.
—Señor O’Neil —dijo Kett. Se humedeció los labios secos—. ¿Sabe si alguna vez van a pasear por el bosque, el que está al sur de Aldeby, cerca del río?
Supo la respuesta por la manera en que el hombre formó, con la mano temblorosa, una bola de papel con el primer periódico. La supo por la manera en que su postura se volvió incluso más rígida que antes. Después, se relajó como un animal agonizante sufriendo los estertores de la muerte. Entendió la respuesta igual que el señor O’Neil supo la verdad sobre su hija. Estaba escrita en cada palabra no pronunciada y en el denso silencio que se produjo a continuación.
—Supongo que eso es un «sí» —continuó Kett. Había disparado la pistola y otra bala no haría más daño—. ¿Puedo preguntarle si Sally tenía alguna marca distintiva, algún tatuaje o piercing, por ejemplo?
El señor O’Neil no contestó, pero seguía con el periódico entre los dedos. Se aclaró la garganta una y otra vez, como si se hubiera olvidado de cómo respirar. Entonces, con movimientos tensos y espasmódicos, cruzó la cocina hacia un inmenso tocador de pino. Amontonado entre los platos y las tazas había un puñado de fotografías enmarcadas. Tomó una para estudiarla. No mostraba indicios de que se fuera a girar hacia él, por lo que Kett caminó hasta colocarse a su lado y miró la imagen. Sintió lástima por el anciano.
Se veía a Sally O’Neil junto a tres jóvenes en lo que parecía una discoteca. Tenía un martini en la mano y el fotógrafo la había captado en mitad de una carcajada. Llevaba un vestido dorado y largo con una abertura desde el brazo hasta el tobillo, todo sujeto por un cinturón de color cobre. Se le veía el costado y justo ahí, grabado en la sombra de sus costillas estaba el tatuaje: una rosa negra. Por supuesto, no era concluyente, pero Kett no tuvo ninguna duda de que esa mujer era la que en aquel momento estaba tumbada en la mesa de autopsias de Emily Franklin.
—Sé lo que va a decir —comentó el señor O’Neil, aunque la voz se le desmoronó como un castillo de arena expuesto al viento. Agarraba la fotografía con tanta fuerza que Kett pensó que iba a romper el cristal—. No tiene por qué hacerlo.
—No sabemos nada con certeza —respondió el inspector jefe—. Sin embargo, quizá nos ayudaría si su mujer o usted pudieran identificar el cuerpo, tanto si es un sí como un no.
—Yo lo haré —contestó el hombre. Parecía haber recuperado parte de la calma, porque dejó con suavidad la fotografía en la estantería antes de darle un pequeño toque con la yema del dedo para colocarla en la posición perfecta—. Ivy no les servirá de nada. Esa mujer es un desastre.
Justo en ese momento, un llanto frágil se derramó desde la puerta del salón. El señor O’Neil permaneció quieto durante un segundo, mirando a la nada, pestañeando una y otra vez; la defensa final contra el ataque de las lágrimas.
—Era una buena chica —murmuró—. Mi Sally.
Se giró y se alejó a medida que el llanto de su esposa aumentaba de volumen, pero no se dirigió hacia ella. En lugar de eso, caminó hasta la ventana y miró al jardín trasero con las manos entrelazadas una vez más a la espalda.
—Ya sabe dónde está la puerta —dijo.
Kett asintió, aunque el hombre no lo miraba. Caminó hasta la puerta de la cocina antes de girarse.
—La agente Cruel lo llevará a la morgue —dijo—. Esperará aquí, con usted, hasta que llegue un coche. ¿Le puedo preguntar si Roger se mostró violento con su hija alguna vez?
El señor O’Neil soltó una carcajada que empañó el espejo. Utilizó el puño para limpiarlo.
—Ese débil mequetrefe no haría daño ni a un gato tullido —contestó—. Es patético. ¿Han hablado con él?
—No lo hemos encontrado.
El anciano soltó una carcajada de nuevo, un sonido seco e irregular.
—Entonces, esperemos que ese capullo inútil esté muerto también.
Capítulo siete
Kett cerró con suavidad la puerta a su espalda antes de respirar hondo el punzante aire otoñal. Porter permaneció a su lado con la mirada fija en el jardín.
—Es nuestra víctima —susurró el inspector—. Su madre nos ha hablado del abrigo, blanco y enorme. Se lo compraron por su cumpleaños y no se lo quitaba casi nunca.
—Además, Sally O’Neil tenía un tatuaje —anunció Kett—. Una rosa negra en el costado.
—Joder.
—Cruel los va a llevar a la morgue cuando Franklin termine. —Kett suspiró—. Pero Dios sabe cómo van a identificarla con esas heridas en la cara.
Echó un vistazo a uno de los lados y sorprendió a la señora O’Neil mirándolos a través del ventanal, como una mujer en un barco que se hunde. Cruel apareció para conducirla hacia la oscuridad de la casa y dedicó a Kett un pequeño asentimiento de cabeza. No la envidiaba. Tendría que esperar allí hasta que llegara un coche para llevarlos a la morgue y, luego, sentarse con ellos mientras la luz de su mundo se desvanecía.
Suspiró al atravesar el sendero. Porter abrió el coche, pero Kett le hizo una señal para que se detuviera. Dio grandes zancadas hasta el otro lado de la calle y observó las casas de la parte opuesta. Una se encontraba justo enfrente de la de los O’Neil; las cortinas de red del salón se movían. Abrió la cancela y caminó por el sendero empedrado antes de llamar a la puerta. Porter se colocó a su lado.
—¿Sí? —preguntó una voz tras la pesada puerta.
—Por casualidad, no será usted la señora Hill, ¿verdad? —dijo Kett.
—¿Quién lo pregunta?
—El inspector jefe de la comisaría de Norfolk.
—Pero no estamos en Norfolk, ¿verdad? —contestó la voz—. Esto es Suffolk.
—La parte importante no es «Norfolk», a lo que debe prestar atención es a la palabra «comisaría». Acabo de hablar con sus vecinos y han mencionado que usted sabía lo del cuerpo encontrado en el bosque.
Tras una leve duda, Kett oyó el sonido de los cerrojos girando. Muchos cerrojos. Se abrió una rendija y Kett tuvo que agachar la cabeza hacia una de las mujeres más pequeñas que había visto nunca. No debía de medir más de metro veinte, y sería un milagro que llegara siquiera a esa altura. Kett calculó que tendría unos cincuenta y tantos años, pero se vestía como alguien tres décadas mayor.
—Aye —dijo, aunque su acento no era escocés—. El cuerpo del bosque. ¿Los han arrestado ya?
—¿Los?
—Todos sabemos quién lo hizo —continuó la mujer, que estiró la cabeza. Se aferraba a la puerta con unas manos que parecían garras, y Kett se preguntó si la artritis había contribuido a su diminuta estatura—. Todos sabemos quién mató a la chica.
—Antes de que lleguemos a ese punto —dijo Kett—, ¿puedo preguntarle cómo se ha enterado?
La mujer miró detrás de ella y, luego, más allá de Kett, a la calle, antes de humedecerse los labios como si estuviera a punto de revelar un secreto nacional.
—Alfie, de la ciudad; su hijo es policía. Scott se lo dijo a su padre y Alfie se lo contó a la señora Crosby cerca del quiosco y ella se lo dijo a Penelope Britton. Cuando algo llega a oídos de Penelope, todo el mundo se entera. No puede quedarse callada demasiado tiempo. Me lo contó y me aseguré de no decírselo ni a un alma. Se me da bien guardar secretos.
—Se lo contó a la señora O’Neil, la vecina de enfrente —comentó Kett. A la mujer se le encendieron las mejillas.
—Bueno, pero solo porque me preguntó.
—Y nos lo está contando a nosotros —le recordó Porter.
—Pero ustedes son policías. No puedo callármelo. —Se mostró inquieta, mordiéndose el labio—. Está bien, se lo conté a algunas personas más, pero por aquí no suele ocurrir nada, ¿qué se supone que debo hacer si…?
Kett levantó la mano.
—No ha hecho nada malo, señora Hill. Es la señora Hill, ¿verdad? —La mujer asintió—. Ha dicho que sabe quién ha matado a la víctima, ¿no?
—Aye —dijo de nuevo, de la forma en la que lo haría un pirata—. No es un gran secreto que los Morton sacan a sus perros por el bosque. Son violentos. Los crían para cuidar de sus tierras, para pelear e incluso para acabar con algún ciervo.
—Los Morton —repitió Kett—. ¿Son de por aquí?
—Por supuesto —respondió—. Regentan una chatarrería cerca del río. También tienen una granja, pero no la utilizan mucho desde que murió su padre. Bueno, al menos no como deberían usarla.
Se tocó la nariz y le dedicó un guiño a Kett.
—¿Drogas? —preguntó, y ella se encogió de hombros.
—Eso dicen. Jeff Morton es el mayor, y se le ve bastante por la ciudad. Un tipo grande y bravucón, pero el pequeño es el peligroso. Thomas. Solo tiene diecisiete años. Sé con certeza que sacan dinero de las tiendas de por aquí, dinero a cambio de protección. ¿De quién? ¡De ellos mismos! Todo es un chanchullo, pero, cuando vean a Thomas, lo entenderán. Si me preguntaran, les diría que esa pobre mujer, sea quien sea, se cruzó con los Morton y vio algo que no debía, así que soltaron a los perros para que fueran a por ella.
Kett sacó el cuaderno y anotó los detalles. Cuando volvió a mirar a la señora Hill, le sonreía.
—Pero no me hagan mucho caso —añadió—, no se me da bien cotillear.
* * *
—Gracias, jefe.
Porter se guardó el teléfono en el bolsillo y estiró la mano para escribir una dirección en el navegador por satélite. Se confundió un par de veces entre maldiciones antes de teclearla correctamente.
—La granja está registrada a nombre de un tal Mortimer Morton —dijo—. Un nombre estúpido, en mi opinión, incluso para un hombre muerto. Murió en verano, pero los hijos todavía viven por aquí. El mayor, Jeffrey Morton, de… eh… veinticuatro años, tiene ficha policial. Abuso, intimidación, estuvo en la cárcel un par de años por posesión con intenciones de venta… A Thomas también lo conocemos. Según mi opinión profesional, parecen un puñado de capullos rancios.
Porter miró hacia atrás para hacer con el coche lo que Kett supuso que debía de tratarse de una vuelta con tres giros, pero que, gracias a la estrechez de la calle, acabó dando siete.
—Tienes el carnet de conducir, ¿verdad, Pete? —preguntó Kett cuando chocó con el bordillo por última vez.
Porter lo ignoró y giró a la izquierda. Kett bajó la ventanilla, agradecido por respirar algo de aire. Tras seis semanas de baja, el día lo estaba dejando agotado, e iba a empeorar cuando fuera a recoger a las chicas. Lo último que deseaba era enfrentarse a un grupo de matones (por no mencionar los perros), pero una pista era una pista, incluso si provenía de una reina cotilla de cincuenta años y metro veinte de altura. El tráfico era ligero y Porter tamborileaba con los dedos sobre el volante mientras conducía.
—Tiene sentido —dijo el inspector—. Una pareja que camina por el bosque tropieza con algo malo. Quizá el viejo loco tuviera algún negocio raro.
—Puede ser —respondió Kett—, pero ¿por qué tomarse el tiempo de grabarle lo de «perro malo»?
—¿Tal vez sea un aviso? —propuso Porter—. Se trata de una comunidad muy pequeña y unida, las noticias corren como la pólvora. Por lo que parece, a esos Morton les gusta que el resto sepa que están al mando.
—¿Te da la sensación de que Sally O’Neil podría estar involucrada en algo turbio? —preguntó Kett. Porter negó con la cabeza.
—Parecía una chica decente —dijo—. Con un trabajo estable (su madre nos contó que era subdirectora de una residencia de ancianos cerca de Ipswich) y sin antecedentes penales. No hay nada que me haga sospechar de ella; solo creo que se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Kett asintió. Pensaba lo mismo.
—Sin embargo, el novio me da mala espina —anunció Porter—. Los padres lo odiaban.
—¿Acaso a algún padre le cae bien su yerno? —preguntó Kett—. La madre de Billie montó en cólera cuando se enteró de que se iba a casar con alguien del cuerpo. ¿Y no llamó una vez tu madre a Allie…, cito textualmente…, «una bolsa de plástico con tetas viejas»?
Porter soltó una de sus carcajadas similares a un cañonazo.
—¡Se me había olvidado! —contestó—. Eso fue cuando empezamos a salir. Por amor de Dios, menuda frasecita, y encima se lo dijo a la cara.
—Por cierto, ¿qué tal está? —preguntó Kett—. Tu madre, me refiero.
—Medio muerta —contestó Porter—. Tan bruja como siempre, pero bien. En fase de remisión. Oye…
Parecía que iba a decir algo. Sin embargo, dudó.
—¿Sí? —le animó Kett.
—Mira, hablando de Allie, me preguntaba si podríamos pasarnos una tarde para hacerte una visita y cenar.
—¿Te estás autoinvitando a mi casa? —preguntó Kett—. ¿Con mis hijas? ¿Estás loco?
—He pensado que sería agradable. Muchas veces me pregunta por ti.
—Pete, me odia —contestó Kett—. ¿No te acuerdas del incidente con el té?
Porter frunció el ceño antes de soltar una nueva carcajada.
—¿Eso? Venga, Kett, lo olvidó hace años. Ya le explicaste lo que ocurrió. Había una mosca en el té y tuviste que tirarlo por el lavabo. No pasa nada.
—No era una mosca. Lo sabes tú, lo sé yo y ella también. Tu mujer hace… Mira, voy a ser sincero y lo voy a soltar. Tu mujer prepara un té horrible. Es peor que el tuyo. Me sirvió una taza de pis de camello. No podía bebérmelo, lo tiré y nunca me lo perdonará.
—Yo… —comenzó a decir Porter.
—Soy inspector, Pete —le recordó Kett—. Sé cuándo mientes. No le sentó bien, pero, oye, si queréis venir, estaré encantado de recibiros, aunque déjame buscar una niñera, ¿vale? Es un caos cuando las crías están por ahí.
—Bueno, en realidad… —Porter le dedicó una mirada, casi con nerviosismo—. Oye, ¿pueden quedarse también las chicas? Pensaba que quizá sería genial que Allie viera una familia… Bueno, ya sabes, que viera a las niñas. Estoy tratando de convencerla para que tengamos un bebé.
Kett se echó a reír y negó con la cabeza mientras Porter entraba en la rotonda que llevaba al final de la ciudad. Se dio cuenta de que, ante ellos, aparcado en el arcén, había un coche de policía.
—Pete, literalmente no me imagino peor incentivo para formar una familia que pasar una tarde con Alice, Evie y Moira. —Porter hizo un puchero y Kett soltó otra carcajada—. No obstante, si eso es lo que deseas, estaré encantado de ayudarte. Cuando quieras. Siempre eres bienvenido.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.