Kitabı oku: «Escritos 1789 - 1859 Volumen I»

Yazı tipi:

ESCRITOS

Volumen I

Alexander von Humboldt

ESCRITOS

Editados por primera vez

1789-1859

Volumen I

Edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich

Traducción de José Aníbal Campos,

Laura Cecilia Nicolás y Orestes Sandoval

Herder

Diseño de cubierta: Claudio Bado/somosene.com

Corrección de estilo: Doriam Reyes

Corrección ortotipográfica: Lola Ancira

Formación electrónica: Irma Martínez Hidalgo

© 2019, Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, por la edición

© 2019, José Aníbal Campos, Laura Cecilia Nicolás

y Orestes Sandoval, por la traducción

© 2019, Editorial Herder

Libros de Sawade, S. de R.L. de C.V.

Tehuantepec 50, colonia Roma Sur

C.P. 06760, Ciudad de México

ISBN (México): 978-607-7727-82-8

ISBN (España): 978-84-254-4325-1

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Herderwww.herder.com.mx

Índice

Introducción

Sobre los textos originales y la traducción

Escritos I

Unidades de medida y monedas

Nota de los traductores

Índice de fuentes

El mundo entero en mil escritos. El otro Cosmos de Alexander von Humboldt

Introducción

Oliver Lubrich & Thomas Nehrlich

I read and re-read Humboldt. [Leo y releo a Humboldt] Charles Darwin1

Alexander von Humboldt es sin duda conocido en todo el mundo. El nombre de ningún otro científico está inscrito con tal frecuencia en la geografía del planeta. Con él se han bautizado ciudades, ríos y montañas, una corriente en las costas de Chile, una provincia de California y hasta un cráter en la Luna.2 Numerosos escritores se han ocupado de Humboldt o han puesto en escena sus viajes: desde Goethe y Sarmiento hasta Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, pasando por Euclides da Cunha y Alfonso Reyes.3 Sin embargo, nunca antes la celebridad de un «clásico» estuvo tanto tiempo en tal desproporción en lo que atañe a la disponibilidad de sus obras. Alexander von Humboldt fue más celebrado que leído.

Ello tiene motivos tanto lingüísticos y políticos como otros relacionados con la historia de las ciencias. Dado que Humboldt es un autor tan francés como alemán, este ciudadano europeo y universal parecía no formar parte de ninguna cultura en exclusivo en la era de los nacionalismos. Como se opuso decisivamente al colonialismo, al racismo y a la esclavitud, sus escritos eran un estorbo para la instrumentalización de su nombre por parte del colonialismo del Segundo Imperio Alemán. Y como, además, supo vincular de un modo creativo las más diversas formas del conocimiento, ninguna de las disciplinas, cada vez más diferenciadas a lo largo del siglo XIX, se sentía plenamente responsable de su figura y su obra.

Son precisamente esas cualidades que dificultaron su recepción durante mucho tiempo las que ahora, de repente, la promueven: multilingüismo e internacionalidad, compromiso postcolonial y práctica investigativa multidisciplinaria. Desde hace unos años, a Alexander von Humboldt se le viene redescubriendo en esos sentidos.

Algunos de sus libros más importantes existen en traducción al español: la Relation historique du Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (1814-1831),4 el Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne (1808-1811),5 el Essai politique sur l’île de Cuba (1826),6 los Ansichten der Natur (1808, 1826, 1849),7 las Vues des Cordillères et monumens des peuples indigènes de l’Amérique (1810-1813),8 el Essai sur la géographie des plantes (1807)9 y, por último, el Kosmos (1845-1862).10 Sin embargo, siguen faltando traducciones de una buena parte de su obra.

En la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo se editaron entre 1973 y 2013 numerosas correspondencias,11 y entre 1982 y 2000 se publicaron también sus diarios de viaje por América.12 Su obra gráfica completa existe como edición independiente desde 2014,13 a lo que se añaden los dibujos de los diarios de viaje14 y los de la papelería póstuma.15

Pero probablemente el deseo más relevante de los estudios sobre Alexander von Humboldt siguió siendo la compilación y edición de sus Escritos, es decir, aquellas publicaciones «no autónomas» que no aparecieron en forma de libro, sino en revistas y periódicos o en libros de otros autores o compiladores.16 Este corpus, tan amplio como variado, estaba disponible, en todo caso, de manera fragmentaria y había sido explorado solo de forma parcial. Mientras que, por un lado, existe desde el año 2000 un índice detallado de las obras de Humboldt publicadas de forma autónoma en libros,17 los intentos de una compilación bibliográfica de sus publicaciones no autónomas se limitaron a algunas partes de todo ese material.18

El grupo de escritos publicados de forma no autónoma, no recogidos en libro, es, de hecho, difícil de abarcar a la vista. Los textos de Humboldt fueron traducidos a más de una docena de idiomas. Están dispersos por todo el mundo en más de 1 240 publicaciones periódicas que aparecieron en más de 440 lugares distintos. Debido a la práctica de publicación de la época de imprimir textos sin conocimiento del autor y de no identificar claramente su autoría, a veces incluso sin identificarla en modo alguno, en muchos momentos se plantean cuestiones complejas en torno a la autorización.19

Según el más reciente estado de las investigaciones, en vida de Humboldt, entre 1789 y 1859, aparecieron entre 750 y 1 000 textos distintos en sentido estricto que, según la definición y en conjunto con sus reimpresiones, versiones y traducciones, arrojan un total de 3 600 impresiones. Esos escritos más breves, ensayos y artículos conforman en cierto modo el otro Cosmos de Humboldt. A diferencia de lo que ocurre en su monumental Cosmos (la obra en cinco volúmenes, 1845-1862), en ellos el autor no describe «el mundo entero en un libro», sino «el mundo entero en mil escritos».20 Esta selección presenta (en dos tomos) 100 textos en traducción al español, solo como un anticipo de todo ese corpus que está aún por descubrir.

¿Qué conocemos a través de estos escritos de Humboldt? ¿En qué medida son significativos? ¿Cómo modifican nuestra imagen del autor?

EL MAESTRO DE LAS PEQUEÑAS FORMAS

En primer lugar, los escritos nos proporcionan una imagen mucho más completa de Humboldt como escritor. En los primeros 10 años de su actividad periodística, entre 1789 y 1799, antes de partir hacia América, Humboldt publicó fundamentalmente artículos científicos y reseñas. Su práctica divulgativa cambió luego, a raíz de su viaje a América y de su creciente celebridad.

El repertorio del autor se amplió e incorporó nuevas formas. Durante la expedición, el epistolario de viaje, el reportaje y el informe sobre el trabajo de campo le ofrecieron la posibilidad de comunicarse con la opinión pública europea de manera continua. Después del viaje aparecieron discursos académicos, palabras introductorias a obras de otros autores, fragmentos en libros escolares, artículos políticos en la prensa diaria y cartas de agradecimiento por homenajes en todo el mundo. Humboldt encontró nuevos formatos para transmitir no solo sus observaciones de carácter científico, sino también sus intereses sociales. En correspondencia, empezó a aumentar también la demanda de textos del célebre escritor, los cuales se imprimían y traducían o eran extraídos de sus libros, algunas veces sin su conocimiento. A raíz de su sensacional viaje, eran muchos, por lo visto, los que deseaban, como dice Ottilie en Las afinidades electivas, de Goethe: «Gerne möchte ich nur einmal Humboldten erzählen hören» [Me gustaría escuchar narrar a Humboldt al menos una vez].21

El resultado es una gran variedad de géneros, de la que nos ofrecen ya una idea los títulos de los escritos. Tan solo en esta antología en castellano encontramos cartas, relatos, reportajes, estudios, esbozos, memorias, conferencias, ensayos científicos, artículos, relatos de viaje, glosas, tratados, ensayos políticos, notas, estampas, descripciones, introducciones, autobiografías o biografías. A esa diversidad de formatos se añaden los correspondientes a otros idiomas: «Lettre», «Mémoire», «Essai», «Description», «Introduction». Humboldt pudo probarse como autor en todas esas formas y experimentar con diferentes posibilidades de la expresión.

El autor de los 29 volúmenes de Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (1805-1838) fue también, como se nos revela ahora, un maestro de las pequeñas formas.22 Y como tal es preciso descubrirlo en sus Escritos.

EL DIVULGADOR INTERNACIONAL

Los escritos de juventud de Humboldt aparecieron sobre todo en el ámbito de habla alemana y francesa. Con el viaje a América se amplió dramáticamente el radio de su comunicación. Humboldt se volvió global. Sus artículos aparecieron, en las décadas siguientes, en ciudades de los cinco continentes: por ejemplo, en Berlín, Viena, Zúrich, París, Londres, Milán, Madrid, Praga, Varsovia, Caracas, Bogotá, La Habana, México, Río de Janeiro, Curazao, Nueva York, Chicago, Boston, San Petersburgo, Moscú, Sydney, Bombay, Shanghái y Pietermaritzburg en Sudáfrica. Alexander von Humboldt fue el divulgador más internacional de su época.23

Sus textos fueron publicados a un nivel global tal que podemos identificar una nueva publicación en un lugar distinto para cada uno de los 70 años de su actividad divulgadora.24 Es posible que esa condición no se cumpla en ningún otro autor, una condición que presupone no solo una larga carrera y una elevada productividad, sino también una difusión internacional: no se cumple en Leibniz, en Goethe ni en Darwin, y probablemente en ningún otro escritor o científico del ámbito de habla alemana.

Con el alcance geográfico se modificó también la composición idiomática del corpus. Humboldt fue siempre un autor multilingüe. Un papel más bien marginal desempeñan, en sus años de juventud, las publicaciones en latín, lengua que ya por entonces había perdido ampliamente su estatus como lenguaje científico internacional.25 Él escribía sus artículos y ensayos en francés y alemán, en sus lenguas materna y paterna. Escribió su primer artículo en 1789 en francés (para la Gazette littéraire de Berlin), y el último en 1859, en alemán (para diversos periódicos, sobre todo de Berlín). Mientras que redactó en francés los libros sobre sus dos viajes por el mundo (tanto el Voyage como Asie centrale), un nutrido número de sus artículos aparecieron en alemán. Desde el punto de vista histórico, el peso del francés como lengua internacional de la ciencia se desplazó en el siglo XIX en favor del alemán, lo cual se reflejó también en las publicaciones y las traducciones de los textos de Humboldt.

Sus escritos fueron traducidos a partir de los idiomas originales a una docena de lenguas diferentes: inglés, español, portugués, italiano, holandés, danés, noruego, sueco, húngaro, ruso, polaco y hebreo. Gracias a ello, Humboldt figura también entre los autores más traducidos de su tiempo. El número de textos traducidos y el de idiomas incrementaron enormemente el alcance de sus escritos.

Sin embargo, una evaluación del corpus muestra, además de un elevado número de traducciones al castellano en España y América Latina, una cantidad sorprendente de publicaciones en lengua inglesa que en ocasiones supera la cifra de originales en alemán y francés. Esta particular difusión en inglés se debe al gran prestigio del que gozaba Humboldt en Estados Unidos, a sus posturas anticolonialistas y a las condiciones favorables de una prensa libre en el ámbito anglófono. El propio Humboldt fomentó esto en la medida en que, desde Europa, tuvo posicionamientos públicos en Estados Unidos en torno a temas políticos y se mantuvo en contacto con varios destinatarios al otro lado del Atlántico a través de cartas abiertas. Aunque no escribía sus propios artículos en inglés, en las décadas de 1840 y 1850 lo tradujeron y publicaron tanto en Estados Unidos, que —en proporción a los textos publicados— se convirtió, hacia el final de su vida, en un autor en lengua inglesa.

EL INVESTIGADOR POSTDISCIPLINARIO

A partir de los Escritos de Humboldt podemos leer su desarrollo intelectual. Entre 750 y 1 000 escritos, artículos y ensayos —que en 70 años se corresponde con una media de casi un texto por mes— constituyen una biografía de publicaciones mucho más precisa y continuada que 25 libros, uno cada tres años.

Aunque desde temprano se insinúa su tendencia creativa a reunir varias formas del saber, en sus años jóvenes Humboldt publicó más bien artículos relacionados todavía con materias concretas, especialmente la geología, la fisiología y la botánica. La disciplinariedad de sus escritos puede inferirse a partir de las revistas especializadas en las que fueron publicados: Magazin für die Botanik [Revista de Botánica], Bergmännisches Journal [Revista de Minería], Jahrbücher der Berg-und Hüttenkunde [Anales de Minería y Metalurgia], Medicinisch-chirurgische Zeitung [Diario médico-quirúrgico], Astronomisches Jahrbuch [Anuario de Astronomía] y Allgemeine Geographische Ephemeriden [Efemérides Generales de Geografía].

El viaje a América abrió más tarde la puerta de acceso a nuevos campos de estudio: en particular la etnología y la antropología (los pueblos indígenas del «Nuevo Mundo», la «unidad de la especie humana» en su «variedad»26), la arqueología (los testimonios de las civilizaciones prehispánicas) y la demografía (la composición de las sociedades coloniales). A ello se añade la zoología, que se refleja en una serie de trabajos ocasionales sobre especies exóticas (los mosquitos, el manatí, el cóndor, los monos del Nuevo Mundo, etcétera).

Pero la expedición exigía sobre todo un estudio que superara las barreras de las disciplinas. Humboldt solo conseguiría vencer la naturaleza de los trópicos y la realidad vital de las colonias con un modo de pensar situado por encima de los límites de unas disciplinas que hacía tiempo empezaban a diferenciarse unas de otras. Vemos, pues, cómo en su geografía de las plantas vincula conocimientos botánicos, geográficos, históricos y climatológicos, a fin de comprender la propagación y la historia migratoria de las especies en dependencia de factores naturales y antropogénicos.27 En su relato sobre las investigaciones de campo con anguilas eléctricas combina, por ejemplo, intereses zoológicos, etnográficos, geográficos y fisiológicos.28 Cuando se ocupa de las plantas o de los animales, podemos seguir la pista a la manera en que Humboldt desarrolla un pensamiento ecológico avant la lettre, el cual entiende las formas vivas no de manera aislada, sino en su entorno.

Si seguimos los escritos de Humboldt de forma cronológica, se pone de manifiesto claramente que el número de disciplinas distintas que salen a relucir en los textos por separado aumenta con el viaje a América, al tiempo que su espectro también se amplía.29 Humboldt incrementa a la vez la diversidad de los campos del saber que son objeto de su estudio y el grado en que esos campos se mezclan y estimulan mutuamente. A partir de sus escritos podemos observar cómo el autor pasa de una investigación relativamente disciplinaria a una multidisciplinaria, vemos cómo supera y deja tras de sí, en artículos que son interdisciplinarios, multidisciplinarios y transdisciplinarios, las fronteras de las ciencias.

Este hallazgo no es una proyección a posteriori, sino algo que ya llamaba la atención en la época en que vivía. Que la «combinación de ciencias» de Humboldt, «a las cuales hasta entonces no se les atribuía ningún parentesco cercano», impresionó ya a sus contemporáneos, dado el modo en que ello conducía a «resultados inesperados», queda claro a partir de una entrada de la Enciclopedia Brockhaus [Conversations-Lexikon] de 1853.30 La biografía de publicación de sus escritos muestra que Alexander von Humboldt no era en ningún modo, como aún se le malinterpreta, el «último universalista» que lo mezclaba todo con todo antes de la diferenciación de las materias, sino, al contrario, un temprano investigador postdisciplinario.

EL INTELECTUAL PÚBLICO

Con su actividad de investigación y divulgación, con su celebridad y su presencia discursiva cambió también el papel público de Humboldt. Ya durante su viaje por América estuvo trabajando en su autorrepresentación mediática a través de comunicaciones estratégicas.31 Tras su regreso, fue ganando cada vez más en atención y acceso a los foros y debates internacionales. El investigador y escritor de relatos de viaje se convirtió en Celebrity y en Public Intellectual.32

Mientras este proceso alcanzaba su punto culminante en las décadas de 1840 y 1850, las experiencias en las Américas en los años alrededor del 1800 siguieron sirviendo de base a sus estudios y a su comunicación pública. El capital simbólico adquirido por Humboldt a través de su muy atendido viaje de exploración pudo ser empleado entonces en función de objetivos que trascendían el ámbito de las ciencias: en la sociedad, en la política y en la promoción de personas con talento.

Además de las revistas especializadas en las que publicaba artículos científicos, en el transcurso de su carrera fueron entrando cada vez más revistas y periódicos de mayor tirada y repercusión, medios puntera de su época que, en parte, lo siguen siendo hasta hoy: el Neue Berlinische Monatschrift, el Morgenblatt für gebildete Stände y el Allgemeine Zeitung, los diarios Vossische y Spenersche Zeitung en la capital prusiana, el Wiener Zeitung y el Neue Zürcher Zeitung, el Economist, el Times londinense y el New York Times. En Hispanoamérica, Humboldt publicó, entre otros, en el Diario de Avisos (Caracas), en el Semanario del Nuevo Reino de Granada (Bogotá), en El siglo diez y nueve (México) y en Aurora (La Habana).

La postura política de Humboldt, como se ha reflejado póstumamente en sus cartas y sus diarios,33 se hace visible como compromiso político en los escritos publicados en vida. Combatió la esclavitud.34 Se solidarizó con los judíos como pueblo perseguido y oprimido, se opuso a los esfuerzos por derogar su emancipación en Prusia.35 (Una de sus de claraciones en ese sentido apareció incluso simbólicamente en lengua hebrea.36) También participó en debates transatlánticos y se comprometió activamente en 1856 (aunque en vano) en la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, en favor del candidato liberal John C. Frémont.37 Asimismo, reflexionó de manera programática en torno a la independencia de las colonias, sobre el libre comercio mundial (promovido a través de un canal entre los océanos Atlántico y Pacífico, algo que Humboldt ya había anticipado mucho antes de su realización en 1914 en Panamá) y de las «futuras relaciones entre Europa y América».38

Ese compromiso muestra una asombrosa continuidad. Humboldt fue el escritor alemán (al menos en su época) que se ocupó de manera más intensa de culturas foráneas y de cuestiones interculturales. Ello lo ponen de manifiesto sus estudios antropológicos y etnográficos,39 pero también sus contribuciones políticas e historiográficas sobre el «Nuevo Mundo»,40 y lo vemos, por ejemplo, en textos como: «Ueber die Urvölker von Amerika» [Sobre los pueblos primitivos de América] (1806), «Sur les peuples qui mangent de la terre» [Sobre los pueblos que comen tierra] (1809) o «War Poison of the Indians» [Veneno de guerra de los indios] (1821). Desde el primero al último de sus textos (1789-1859) Humboldt se enfrentó de manera crítica al colonialismo.41

EL AUTOBIÓGRAFO

Alexander von Humboldt nunca publicó una autobiografía.42 Se opuso a una concepción demasiado autobiográfica de sus obras de viaje.43 En su lugar, señalaba que sus textos también contenían elementos autobiográficos, pero ello se desplazaba a un segundo plano, por detrás de sus verdaderos contenidos: «Mi vida buscad en mis escritos».44 Y esa divisa podemos seguirla ahora sobre la base de sus Escritos reunidos.

Porque los escritos de Humboldt, ante todo sus relatos de viaje y sus artículos políticos, pero también sus ensayos sobre ciencias naturales, contienen miles de informaciones biográficas. Es cierto que Humboldt narra solo excepcionalmente historias vitales propiamente dichas, pero sus textos están entreverados de datos, hechos y episodios: numerosos (auto)biografemas que arrojan nueva luz sobre su vida.

Sin embargo, la mayoría de las casi 70 biografías de Humboldt han suprimido en buena parte o totalmente este grupo de textos que conforman su obra. La tan leída biografía escrita por Andrea Wulf, por ejemplo, recoge los libros de Humboldt, sus diarios y las ediciones de sus cartas, pero ni uno solo de sus escritos dispersos.45

Sin embargo, en ellos a veces nos enteramos, como de pasada, con quién tuvo un intercambio el autor, con quién colaboró, a quién estimaba como a un amigo o a un preciado colega, dónde y cuándo realizó mediciones y recogió datos, qué cartas recibió y qué obras estudió, de qué acontecimientos históricos de la época tomó buena nota, cómo fueron desarrollándose sus puntos de vista políticos, qué excursiones y viajes emprendió, pero también qué invitaciones hubo de rechazar por culpa de otros compromisos, qué honores le fueron concedidos y, finalmente, en qué medida su servicio como caballero de cámara del rey de Prusia le obstaculizó su labor científica o en qué grado lo agobiaba la cantidad de correspondencia recibida y la energía que le robaban sus deberes administrativos. Esas informaciones circunstanciales mínimas conforman, en conjunto, una compacta microcronología que complementa nuestro conocimiento sobre la vida de Humboldt.

Pero entre los escritos de Humboldt está también la autobiografía que escribió en 1799 para el rey de España;46 su primer relato acerca de su viaje a América, escrito en 1804 en Estados Unidos;47 y una entrada de enciclopedia que, en su mayor parte, él mismo redactó:48 importantes documentos del ego en sentido estrecho, destinados a narrar su propia vida. La biografía de Alexander von Humboldt tendrá que ser escrita nuevamente sobre la base de estos escritos suyos.

LA REPERCUSIÓN DE LOS ESCRITOS

Mientras que de las obras de Humboldt se conocen en la actualidad, sobre todo, sus libros, estos, en su época, desempeñaron para la recepción del autor un papel menor del que podríamos suponer. Aparte de los bestsellers en el ámbito de habla alemana, Ansichten der Natur [Cuadros de la naturaleza] (publicado en tres ediciones en 1808, 1826 y 1849) y Kosmos [Cosmos] (1845-1862), sus obras en forma de libro eran demasiado exigentes para un público más amplio, además de demasiado abarcadoras, caras y solo disponibles en tiradas muy cortas. Así, por ejemplo, de la edición más lujosa de una obra de Humboldt, Vues des Cordillères [Vistas de las cordilleras] (1810-1813), solo se imprimieron, en la edición en folio de gran formato, 600 ejemplares.

El limitado acceso a muchos de sus libros puede explicar el elevado número de fragmentos en periódicos y revistas que presentan al público breves pasajes o incluso capítulos enteros. En parte, esos extractos fueron empleados de manera estratégica por los editores de Humboldt a modo de publicidad y difusión de sus libros. Es el caso, por ejemplo, de Johann Friedrich Cotta, que publicó en su muy leído Morgenblatt numerosos fragmentos sacados de Cuadros de la naturaleza, publicado en su propia editorial; o de la traducción alemana de la obra de Humboldt sobre México, el Essai politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne [Ensayo político sobre el reino de la Nueva España] (1808-1811), a veces incluso algunos avances que contribuían a incrementar la demanda. Sin embargo, en parte esos extractos se publicaban en periódicos de lugares remotos de todo el mundo sin el conocimiento del autor. Ellos se ocuparon de que sus obras fueran conocidas en regiones que el autor jamás había visitado y en las que sus libros apenas podrían conseguirse, como Sudáfrica, por ejemplo. La lectura de los libros de Humboldt se consumó en su época, de manera sustancial, a través de esas reproducciones parciales o anticipadas en publicaciones periódicas.

EL SIGNIFICADO DE LOS ESCRITOS

Sin embargo, el corpus de escritos de Humboldt no consiste de ningún modo, únicamente, en fragmentos de sus libros. Dos tercios de esos escritos no tienen correspondencia alguna en sus libros, de modo que representan textos autónomos, cuyos contenidos el autor no publicó por otras vías.

Estos escritos contienen informaciones que abrieron nuevos rumbos: un ejemplo es la primera conexión probada entre los dos sistemas fluviales más grandes del mundo, el Amazonas y el Orinoco; o el concepto de las zonas isotermas que se extienden por todo el globo y que Humboldt representó con la ayuda de las líneas isotermas, una innovadora y hasta hoy empleada forma de representación en la climatología; o el incremento de la difusión del sonido durante la noche observada por él en los trópicos, lo que hoy se conoce como «efecto Humboldt»; o la defensa de las anguilas eléctricas al enfrentarse a caballos por medio de descargas, algo confirmado en experimentos biológicos de 2016.49

Además de ello, Humboldt aporta una serie de artículos sobre las más diversas disciplinas, desde la antropología y la anatomía, la botánica, la química, la geología y la cartografía, hasta la fisiología y la zoología. Incluso los especialistas en Humboldt desconocían buena parte de estos textos hasta el momento de cumplirse el 250 aniversario de su natalicio, de modo que ellos vienen a completar nuestro conocimiento en torno a la obra y al estudio de Humboldt.

Aparte de los escritos significativos desde el punto de vista biográfico o científico, el corpus contiene otros artículos relevantes, como el primero de todos los textos de Humboldt, en el que, a la edad de 19 años, en 1789, escribe en francés, en Berlín, acerca de un árbol venenoso de Java; o la última de todas sus producciones, una caprichosa «llamada de auxilio», en la que el anciano de casi 90 años pide públicamente que no se le incomode innecesariamente con correspondencia, a fin de poder acabar sus propios trabajos. Entre los momentos estelares estilístico-literarios del corpus está el relato «La fuerza vital o El genio de Rodas», único texto de ficción de Humboldt, publicado por primera vez en 1795 en la revista editada por Friedrich Schiller, Die Horen. Humboldt también habló detalladamente del episodio más célebre de sus viajes, el ascenso al Chimborazo, no en forma de libro, sino en un artículo: «Acerca de dos intentos de escalar el Chimborazo». En ese volcán situado en el actual Ecuador, el cual era entonces considerado el pico más alto del mundo, Humboldt y sus compañeros establecieron en 1802 un récord mundial que estuvo vigente por varias décadas, pero su descripción no la publicó hasta 1837, después de que esa hazaña del alpinismo fuera superada por otra expedición.

Algunos textos del corpus tienen, además, una significación singular, ya que los proyectos de libro para los que fueron concebidos no llegaron a materializarse nunca. Vemos, por ejemplo, que el texto «Geografía de las plantas», de 1826, es el único testimonio impreso de una planeada segunda edición de la obra Essai sur la géographie des plantes [Ensayo sobre la geografía de las plantas] (1807), que preparó en la década de 1820, pero nunca llegó a realizar. El ensayo sobre las corrientes marinas, de 1837, en el cual describe la corriente de la costa occidental de Sudamérica que luego fue bautizada con su nombre, constituye la única parte publicada de un manuscrito más amplio que Humboldt había previsto para el segundo volumen —nunca publicado— de sus Kleinere Schriften [Escritos menores] (cuyo primer tomo había aparecido en 1853).

Otro tipo de texto importante dentro de los escritos publicados son sus cartas, a través de las cuales se mantenía en contacto con amigos, científicos y funcionarios de un lado y del otro del Atlántico. Si bien sus cartas en forma de reportajes, enviadas desde América a conocidos y redacciones de Europa, fueron originalmente un medio, en cierto modo, de informar live al público patrio acerca de sus viajes y hacer públicos los resultados de sus estudios antes de su regreso, su fama hacia las postrimerías de su vida había aumentado tanto, que en los diarios se publicaban a veces cartas mínimas suyas, a menudo enmarcadas en solemnes palabras acompañantes, a fin de satisfacer la curiosidad del público. Incluso homenajes extraídos de cartas privadas, misivas de gratitud o comunicados muy breves, aunque mucho más los sustanciosos textos políticos concebidos para ver la luz pública, dirigidos a otros destinatarios internacionales, contribuyeron a la presencia de Humboldt más allá de las fronteras de su país. Todos ellos conforman una base de suma importancia para su estatus como erudito cosmopolita y divulgador comprometido de su tiempo.

EL ECO DE LOS ESCRITOS

Hoy en día, cuando el llamado Impact Factor de los científicos y la importancia de sus contribuciones investigativas para su disciplina se miden a partir de la cantidad y el elevado rango de sus publicaciones, el caso de Humboldt y el alcance de su influencia se vería determinado en mucha mayor medida por sus cientos de escritos y no por sus importantes y de por sí numerosas y amplias obras en forma de libro. Porque son los escritos los que procuraron a Humboldt una presencia discursiva y fomentaron su rápida recepción, gracias también a su más fácil acceso y su publicación regular. Eran esos escritos, en definitiva, los leídos por muchos de sus contemporáneos.

De los artículos y ensayos de Humboldt se derivó, por ello, buena parte de su influencia científica y de su repercusión literaria. Goethe, por ejemplo, se inspiró en el innovador ensayo de Humboldt «Sobre la estructura y la acción de los volcanes en distintas zonas de la Tierra» para crear algunas escenas de la segunda parte de Fausto, en las que muestra la pugna de varias teorías geológicas.

De la difusión de los escritos de Humboldt se deriva además una serie de preguntas: ¿cuáles fueron los artículos de los que tomaron nota escritores como Achim von Arnim y Adelbert von Chamisso, los cuales inspiraron a las siguientes generaciones de científicos como Carl Friedrich Gauß y Charles Darwin en sus investigaciones? ¿Qué ensayos dieron el impulso a otras adaptaciones literarias y aventuras de ficción, como las de Jules Verne, que cita a Humboldt en varias ocasiones en sus novelas de Science Fiction? ¿Qué posicionamientos públicos e intervenciones de tipo político como auteur engagé influyeron en los detractores de la esclavitud en Estados Unidos, en los luchadores independentistas sudamericanos, en los judíos prusianos o en los revolucionarios alemanes de 1848? ¿En qué momento se hizo empleo del pensamiento de Humboldt con citas manipuladas o adaptaciones tendenciosas o se actuó en contra de sus intenciones? Estudiosos de Humboldt de todo el mundo, desde México hasta Moscú, podrán ahora seguir el rastro de estos y otros muchos ecos que emanan de los escritos, artículos y ensayos de Humboldt.

Con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, los Escritos de Humboldt conforman una nueva pieza en el edificio de la obra humboldtiana. Pero para que la obra se vea editada con todos sus componentes será tal vez necesario esperar hasta que se celebre su cumpleaños 300. Confiemos en que para entonces estemos leyendo a Humboldt más que celebrándolo.

1 The Life and Letters of Charles Darwin, Including an Autobiographical Chapter, edición de Francis Darwin, 3 tomos, Londres: John Murray 1887, tomo 1, p. 190.

2 Una antología sistemática registra en 150 páginas 1 000 menciones: Ulrich-Dieter Oppitz, «Der Name der Brüder Humboldt in aller Welt», en: Alexander von Humboldt. Werk und Weltgeltung, edición de Heinrich Pfeiffer, Múnich: Piper 1969, pp. 277-429. Una instalación titulada «Der Name Humboldt» [El nombre de Humboldt] podía verse al principio de las exposiciones de Berlín y Bonn que llevaban por título Netzwerke des Wissens, véase el catálogo: Alexander von Humboldt – Netzwerke des Wissens, concebida por Frank Holl, Berlín: Haus der Kulturen der Welt 1999, pp. 21-22.

3 Véase Transatlantic Echoes. Alexander von Humboldt in World Literature (100 testimonios literarios), edición de Rex Clark y Oliver Lubrich, Nueva York / Oxford: Berghahn Books 2012; Cosmos and Colonialism. Alexander von Humboldt in Cultural Criticism (50 textos ensayísticos), edición de Rex Clark y Oliver Lubrich, Nueva York / Oxford: Berghahn Books 2012.

4 Alexander von Humboldt, Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, 5 tomos, traducción de Lisandro Alvarado y José Nucete-Sardi, Caracas: Escuela Técnica Industrial / Talleres de Artes Gráficas 1941-1942, 2.ª edición: Ministerio de Educación [1956].

5 Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, edición de Juan A. Ortega y Medina, traducción de Vicente González Arnao, México: Porrúa 1966.

6 Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre la Isla de Cuba. Introducción biobibliográfica de Fernando Ortiz. Correcciones, notas, apéndices de Francisco Arango y Parreño, J. S. Thrasher y otros, edición de Daniel García Santos, La Habana: Fundación Fernando Ortiz 1998.

7 Alexander von Humboldt, Cuadros de la naturaleza, con una introducción de Charles Minguet y Jean-Paul Duviols, edición de Charles Minguet y Jaime Labastida, México: Siglo XXI 1999.

8 Alexander von Humboldt, Vistas de las Cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, traducción de Jaime Labastida, edición de Jaime Labastida y Charles Minguet, 2 tomos, México: Siglo XXI 1995.

9 Alexander von Humboldt, Ensayo sobre la geografía de las plantas. Acompañado de un cuadro físico de las regiones equinocciales, con un prólogo de José Sarukhán y una introducción de Charles Minguet y Jean-Paul Duviols [traducción de Jorge Tadeo Lozano y J. de Acosta,] edición de Charles Minguet y Jaime Labastida, México: Siglo XXI 1997.

10 Alexander von Humboldt, Cosmos. Ensayo de una descripción física del mundo, traducción de Bernardo Giner de Fuentes y J. y Norak (5 tomos), edición de Sandra Rebok, Madrid: Los libros de la Catarata/CSIC 2011.

11 Un índice de todos los epistolarios publicados hasta el momento (70) puede encontrarse en: www.humboldt.unibe.ch/briefausgaben.html.

12 Alexander von Humboldt, Reise durch Venezuela (primera parte del viaje), transcrito por Gisela Lülfing y Margot Faak, traducido y editado por Margot Faak, Berlín: Akademie 2000; Reise auf dem Río Magdalena, durch die Anden und Mexico (segunda parte del viaje), transcrito por Gisela Lülfing y Margot Faak, traducido y editado por Margot Faak, 2 tomos, Berlín (RDA): Akademie 1986/1990; Lateinamerika am Vorabend der Unabhängigkeitsrevolution (selección de los diarios), transcrito por Gisela Lülfing y Margot Faak, traducido y editado por Margot Faak, Berlín (RDA): Akademie 1982; véase Ueber einen Versuch, den Gipfel des Chimborazo zu ersteigen, edición de Oliver Lubrich y Ottmar Ette, Berlín: Eichborn Berlin 2006.

13 Alexander von Humboldt, Das graphische Gesamtwerk, edición de Oliver Lubrich, Darmstadt: Lambert Schneider 2014.

14 Alexander von Humboldt, Bilder-Welten. Die Zeichnungen aus den Amerikanischen Reisetagebüchern, edición de Ottmar Ette y Julia Maier, Múnich: Prestel 2018.

15 Alexander von Humboldt, Das zeichnerische Werk, edición de Dominik Erdmann y Oliver Lubrich, Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft 2019.

16 Véase Oliver Lubrich, «Alexander von Humboldt (1769-1859). Zum 150. Todestag des Naturforschers und Reiseschriftstellers. Dossier», en: Zeitschrift für Germanistik 19:2 (2009), pp. 396-402.

17 Horst Fiedler y Ulrike Leitner, Alexander von Humboldts Schriften. Bibliographie der selbständig erschienenen Werke, Berlín: Akademie 2000.

18 Un índice histórico de Julius Löwenberg abarcaba apenas un 10%; la compilación de la BBAW, por su parte, apenas un 20% de los textos revelados hoy: Julius Löwenberg, «Alexander von Humboldt. Bibliographische Übersicht seiner Schriften und zerstreuten Abhandlungen», en: Alexander von Humboldt. Eine wissenschaftliche Biographie, edición de Karl Bruhns, Leipzig: F. A. Brockhaus 1872, tomo 2, pp. 485-552; avh.bbaw. de/uns. A ello se añaden otros resúmenes de las publicaciones en lengua rusa y polaca: Natal’ja Georgievna Suchova, «Alexander von Humboldt in der russischen Literatur. Eine annotierte Bibliografie», en: Alexander von Humboldt und Russland. Eine Spurensuche, edición de Kerstin Aranda, Andreas Förster y Christian Suckow, Berlín: Akademie 2014, pp. 411-503; Krzysztof Zielnica, Alexander von Humboldt in der polnischen Literatur: eine kommentierte Bibliographie, Berlín: Dietrich Reimer 1989.

19 Véase Oliver Lubrich, «Von der ersten bis zur letzten Veröffentlichung. Alexander von Humboldts ‚Sämtliche Schriften‘ in der ‚Berner Ausgabe‘», en: Zeitschrift für Germanistik 28:1 (2018), pp. 119-130; Thomas Nehrlich, «Sensationsfund oder falsche Fährte? Über einen ‚Brief an Kleist‘ in der ‚Berner Ausgabe‘ von Alexander von Humboldts Schriften», en: Zeitschrift für Germanistik 28:3 (2018), pp. 604-615.

20 Véase Alexander von Humboldt, Der Andere Kosmos. 70 Texte – 70 Orte – 70 Jahre, edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, Múnich: dtv 2019.

21 Johann Wolfgang von Goethe, Die Wahlverwandtschaften. Ein Roman, 2 tomos, Tubinga: J. G. Cotta 1809, tomo 2, p. 150.

22 Véase Oliver Lubrich, «Alexander von Humboldt als Essayist und Publizist», en: Alexander von Humboldt, Das große Lesebuch, Fráncfort: Fischer Klassik 2009, pp. 315-340, citado aquí: pp. 319-324.

23 Véase Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, «Alexander von Humboldt als internationaler Publizist. Zur Edition seiner sämtlichen Schriften», en: Iberoamerikanisches Jahrbuch für Germanistik 9 (2015), pp. 71-88.

24 Véase Humboldt, Der Andere Kosmos. 70 Texte – 70 Orte – 70 Jahre.

25 Alexander von Humboldt, «Observatio critica de Elymi hystricis charactere», en: Magazin für die Botanik 3:7 (1790), pp. 3-6; 3:9 (1790), p. 32; «Plantas subterraneas descripsit Fr. A. ab Humboldt», en: Annalen der Botanick 1:3 (1792), pp. 53-58.

26 Alexander von Humboldt, «De l’unité native de l’espèce humaine», en: Nouvelles annales des voyages, de la géographie et de l’histoire 3 (1846), pp. 112-120; véase Kosmos. Entwurf einer physischen Weltbeschreibung, 5 tomos, Stuttgart/Tubinga: Cotta 1845-1862, tomo 1, pp. 378-386, notas: pp. 490-493, aquí en: p. 385.

27 La serie de trabajos sobre la geografía de las plantas abarca los estudios «Geografía física. Ideas sobre el límite inferior de la nieve perpetua, y sobre la geografía de las plantas» (1804), «Ideen zu einer Physiognomik der Gewächse» (1806), «Geografía de las plantas» (1809) y muchos otros escritos en los que Humboldt fue elaborando su programa de manera continua.

28 Alexander von Humboldt, «Jagd und Kampf der electrischen Aale mit Pferden», en: Annalen der Physik 25:1 (1807), pp. 34-43.

29 Sarah Bärtschi, Layered Reading: Wie kann man das Gesamtwerk eines Autors lesen? Quantitative und qualitative Methoden am Beispiel der unselbständigen Schriften Alexander von Humboldts, tesis de doctorado, Universidad de Berna 2017.

30 «Humboldt (Friedr. Heinr. Alexander, Freiherr von)», en: Allgemeine deutsche Real-Encyklopädie für die gebildeten Stände. Conversations-Lexikon. Décima edición, mejorada y aumentada, 15 tomos, Leipzig: Brock-haus 1853, tomo VIII (de Höfken a Kirchenbann), pp. 126-133, aquí en: p. 130.

31 Véase Michael Strobl, «Alexander von Humboldts Pico del Teide-Aufstieg als mediale Selbstinszenierung um 1800», en: Orbis Litterarum 73:1 (2018), pp. 52-79.

32 Véase Michael Strobl, «Alexander von Humboldt als Public Intellectual: Seine Beiträge in der Neuen Zürcher Zeitung (1825-1859)», en: Zeitschrift für Germanistik 28:2 (2018), pp. 368-375.

33 Por ejemplo: Briefe von Alexander von Humboldt an Varnhagen von Ense aus den Jahren 1827 bis 1858, Leipzig: F. A. Brockhaus 1860; Faak (ed.), Lateinamerika am Vorabend der Unabhängigkeitsrevolution.

34 Por ejemplo: «African Slavery», en: The Liberator, 26 de marzo de 1831, p. [3]; «Alexander Humboldt on Negro Slavery», en: The Friend, 19 de febrero de 1831, pp. 145-146; 26 de febrero de 1831, p. [153]; «Baron von Humboldt versus the American Proslavery Censorship», en: Anti-Slavery Advocate, 1 de septiembre de 1856, pp. 394-395; «Baron Humboldt on American Slavery. A private letter to Mr. Julius Froebel. Communicated to the Tribune with Humboldt’s consent», en: New York Daily Tribune, 27 de mayo de 1858, p. 4.

35 Humboldt sobre la ley relacionada con los cuidadanos judíos, en: Allgemeine Zeitung des Judenthums, 7 de mayo de 1842, pp. 276-277; 14 de mayo de 1842, p. 302; 21 de agosto de 1843, pp. 505-509; Humboldt a Hirsch, en: Allgemeine Zeitung des Judenthums, 9 de febrero de 1857, p. 86; Humboldt a Slonimski, en: Allgemeine Zeitung des Judenthums, 13 de septiembre de 1858, pp. 516-517; Humboldt a Lewysohn, en: Allgemeine Zeitung des Judenthums, 21 de junio de 1858, pp. 358-359.

36 Carta de Humboldt al autor como parte del prólogo, en: Israel Joseph Benjamin, Acht Jahre in Asien und Afrika. Von 1846 bis 1855, Hannover: Selbstverlag 1858, p. III; en hebreo en: Yiśra‘el ben Yosef Binyamin, Sefer Masa‘ei Yisra‘el, Bo Yesupar Me‘aheinu Benei Yisra‘el Ha-Nefutsim Be‘artsot Asiyah Ve-Afrikah, Lyck/Elk: 1859, [s./p.].

37 Primera publicación en: John Bigelow, Memoir of the life and public services of John Charles Fremont, Nueva York: Derby & Jackson 1856, pp. 327-329; reimpresiones: Albany Evening Journal, 5 de julio de 1856, p. 2; New York Daily Tribune, 12 de julio de 1856, p. 4; Chicago Daily Tribune, 15 de julio de 1856, p. 3; National Era, 7 de agosto de 1856, p. 127; Daily Atlas, 7 de agosto de 1856, p. [1]. Véase Strobl, Alexander von Humboldt als Public Intellectual, pp. 370-371.

38 Alexander von Humboldt, «Ueber die künftigen Verhältnisse von Europa und Amerika», en: Morgenblatt für gebildete Stände 20:33 (8 de febrero de 1826), pp. 129-130; 20:34 (9 de febrero de 1826), pp. 134-135.

39 Alexander von Humboldt, Ueber die Urvölker von Amerika und die Denkmähler welche von ihnen übrig geblieben sind. Anthropologische und ethnographische Schriften, edición de Oliver Lubrich, Hannover: Wehr-hahn 2009.

40 Alexander von Humboldt, Ueber die künftigen Verhältnisse von Europa und Amerika. Politische und historiographische Schriften zur Neuen Welt, edición de Oliver Lubrich, Hannover: Wehrhahn 2010.

41 Véase Oliver Lubrich, «Von der ersten bis zur letzten Veröffentlichung».

42 Como compilación póstuma, véase Aus meinem Leben. Autobiographische Bekenntnisse, edición de Kurt-R. Biermann, Múnich: C. H. Beck 1987.

43 Véase Oliver Lubrich, «[M]on extrême répugnance à écrire la relation de mon voyage‘. Alexander von Humboldt und die Destruktion des Reiseberichts», en: Das Schwinden der Differenz. Postkoloniale Poetiken, Bielefeld: Aisthesis 2004, pp. 47-98; «Alexander von Humboldt: Revolutionizing Travel Literature», en: Monatshefte 96:3 (2004), pp. 360-387.

44 Citado, entre otros, en: Hermann Klencke, Alexander von Humboldt. Ein biographisches Denkmal, Leipzig: Otto Spamer 1851, p. VII.

45 Andrea Wulf, The Invention of Nature. Alexander von Humboldt’s New World, Nueva York: Alfred A. Knopf 2015, pp. 435-437 («Sources and Bibliography»: «The Works of Alexander von Humboldt»). Algunos textos más conocidos se incorporaron de algún modo en el texto mismo de la biografía.

46 En traducción al holandés: «Korte Levens-Schets van Frederik Alexander van Humboldt», en: Algemene Konst- en Letter-Bode voor het Jaar 1800 13:316 (1800), pp. 17-20.

47 «Baron Humboldt», entre otros en: The Literary Magazine and American Register 2:10 (julio de 1804), pp. 321-327.

48 «Alexander von Humboldt», en: Die Gegenwart. Eine encyklopädische Darstellung der neuesten Zeitgeschichte für alle Stände, 12 tomos, Leipzig: Brockhaus 1848-1856, tomo 8 (1853), pp. 749-762.

49 Véase Kenneth C. Catania, «Leaping eels electrify threats, supporting Humboldt’s account of a battle with horses», en: PNAS 113:25 (2016), pp. 6979-6984.

Sobre los textos originales y la traducción

Oliver Lubrich, Thomas Nehrlich y José Aníbal Campos

La presente selección se basa en la edición en 10 tomos de los escritos completos de Humboldt: Sämtliche Schriften: Aufsätze, Artikel, Essays, también conocida como «Edición de Berna» y publicada en el año 2019 en dtv, en edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich.1 Las traducciones fueron realizadas por José Aníbal Campos (del alemán, el inglés y el francés), Laura Cecilia Nicolás (del francés) y Orestes Sandoval (del alemán). José Aníbal Campos asumió además el trabajo de redacción de las traducciones.

LOS TÉRMINOS DE HUMBOLDT

El objetivo más importante de estas traducciones ha sido la fidelidad semántica. Partiendo de esa premisa, responden además a determinadas directrices filológicas e históricas: se han evitado los anacronismos modernizadores en la terminología. La palabra francesa nègre o la española negro no eran usadas por Humboldt en la forma peyorativa o despectiva que pudieran tener hoy. Al contrario, Humboldt refutaba enérgicamente la idea de que ciertas «razas» estuvieran mejor dotadas o fueran más valiosas que otras, y exigía la liberación y la igualdad de los «negros» llevados a América como esclavos. Lo mismo es válido en el caso de términos de clasificación etno-demográfica habituales en su época, como «mestizo» o «mulato», con los cuales intentaba describir de manera diferenciada la composición de la población de las colonias españolas, siempre sobre la base de las estadísticas contemporáneas.

La terminología de Humboldt, por lo general, es abundante en matices, pero tiene premisas distintas en las diferentes lenguas. Los idiomas en los que aparecían sus artículos tienen polivalencias y márgenes de significado propios. En francés o en español la palabra indien o indio puede significar tanto «de la India» como indio o indígena, mientras que en alemán es preciso tomar una decisión al respecto («Inder», «Indier», «Indianer»). Tampoco existe un equivalente directo para denominaciones geográficas como les Indes o las Indias, las cuales pueden referirse a América, al Caribe o a la actual Indonesia, las «Indias Orientales». (Vemos, por ejemplo, cómo en la primera frase del primer artículo de Humboldt, publicado en 1789 acerca de un árbol venenoso de la isla de Java, el «Bohon-Upas», se habla de «las Indias»: el llamado «Segundo Descubridor de América», antes de llegar al «Nuevo Mundo», se interesaba por el Asia Oriental al igual que Colón.) La Mer du Sud se refiere de forma general al océano Pacífico, en otras ocasiones, de manera más exacta, Humboldt lo llama Südsee [Mar del Sur]. Los términos orient y oriental tienen tanto una dimensión geográfica (el este, al este) como una cultural (lo oriental, el Oriente). Las palabras ancien y antique se refieren lo mismo a la Antigüedad clásica («los antiguos», «lo antiguo») que, de forma más general, a lo que tiene una avanzada edad. Al denominar el «Nuevo Mundo» o el «Nuevo Continente», el autor se sirve de distintas formas de escritura, a veces con mayúsculas, otras en minúsculas, (Nouveau Continent, nouveau continent), con guión o sin él, las cuales tienen en ocasiones implicaciones políticas, cuyas diferencias, hasta donde fue posible, se mantuvieron en la traducción.

Los términos relacionados con la administración colonial española, para la que un distrito administrativo puede ser una intendencia, una provincia, una parroquia, una jurisdicción, un corregimiento o un gobierno, y para la que, a su vez, una hacienda no es sencillamente una granja, no pueden trasladarse sin más a la lengua de un orden feudal centroeuropeo o de un gobierno ilustrado y absolutista. Lo mismo ocurre a la inversa.

Aparte de la autenticidad político-geográfica, en la traducción se tiene en cuenta también el nivel histórico-científico de los escritos humboldtianos. Las dificultades comienzan ya con los detalles terminológicos, como, por ejemplo, en las unidades de medida, que hacia 1800 aún no habían sido normativizadas: en el caso de las dos medidas francesas de longitud, lieue y mille, la lengua alemana conoce solo la palabra Meile [milla], mientras que Fuß [pie] indica una longitud mayor que el francés pied. Las denominaciones de las unidades de medida se han conservado en todos los casos, debido a la necesidad de diferenciar las especificidades nacionales. El propio Humboldt procede en sus textos exactamente de ese modo: la toesa francesa no se indica con la unidad alemana Klafter. Por otra parte, el pied (de roi) [pie real] se convierte en Pariser Fuß [pie parisino]. El glosario que añadimos al final de esta nota determina y traduce las medidas y sus unidades.

Incluso algunos términos centrales de discursos enteros tienen una polivalencia, ya que hacia 1800 las disciplinas estaban menos diferenciadas y las fronteras entre cada material aún no habían sido fijadas. De modo que el término physique y las palabras compuestas derivadas de él no se refieren en su sentido más estrecho y moderno a la Física de hoy, sino que aluden, en un sentido más amplio, a la composición material de la Tierra y del mundo; su espectro de significados era por lo tanto más amplio y abarcaba desde las actuales «ciencias naturales» hasta el concepto de «descripción del mundo». Se hallaba, por consiguiente, en una relación de tensión con Naturkunde («ciencia natural»), Naturforschung («estudio de la naturaleza»), histoire naturelle, natural history y natural philosophy, términos que revelan su propia acentuación disciplinaria determinada por las tradiciones nacionales, como es el caso de naturaliste, naturalist y Naturforscher [estudioso de la naturaleza]. Lo mismo vale para los adjetivos correspondientes, con lo cual physique puede significar physisch [físico], en un sentido más amplio, o physikalisch [de la física], en su sentido más estrecho. La sinonimia parcial y las correspondencias solo aproximadas de tales términos entre los distintos idiomas constituyen uno de los mayores desafíos a la hora de traducir a Humboldt. Otro de esos desafíos reside en la necesidad de insertar en el lenguaje de una traducción actual una terminología apropiada desde el punto de vista histórico-científico.

ESTILO Y NIVEL DEL LENGUAJE

Mientras que el nivel histórico-científico de los escritos de Humboldt ha de preservarse en la traducción, se ha evitado una historización de la elocución. Para ello ha sido necesario diferenciar entre las marcas de estilo individuales, por un lado, y el nivel del lenguaje de entonces, tanto en el aspecto lexical como gramatical, por el otro. Las traducciones se orientan por lo general al estilo de Humboldt, sus particularidades no se suprimen. En lo posible, se ha intentado mantener su sintaxis hipotáctica. También dentro de las posibilidades se ha intentado mantener el uso histórico o estilístico de mayúsculas y minúsculas, aunque no en casos en los que las mayúsculas parecían responder a una extrapolación a otras lenguas de la gramática alemana (que emplea mayúsculas para todos los sustantivos). Se ha prescindido, en cambio, de simular la ortografía o los modos de expresión según el nivel histórico de la lengua, a fin de conferir a las traducciones la apariencia de una prosa científica en alemán o español de las décadas comprendidas entre 1789 y 1859. Dado que el francés ha cambiado menos en los últimos dos siglos que el alemán y el español, una historización de esa índole establecería una distancia inapropiada con el original. En el francés elegante y claro de Humboldt por la época cercana al 1800 se notan solo diferencias mínimas en relación con la ortografía moderna: por ejemplo, la ausencia de t en las terminaciones en plural de substantivos (monumens), la conjugación con o en verbos en imperfecto (étoit) o el uso del guión a la hora de enfatizar un adjetivo (très-intéressant). Se ha evitado lo mismo una traslación arcaizante que una modernizadora que eliminase toda diferencia histórica.

TRADUCCIONES DE TRADUCCIONES

Las traducciones que aquí se presentan fueron realizadas a partir de los textos originales recogidos en la Edición de Berna. En el caso de los textos base en idiomas extranjeros no se trata en ocasiones de originales del propio Humboldt, sino de traducciones de manuscritos no publicados que, por regla general, no han llegado hasta nosotros. En esos casos, las versiones de estos volúmenes son traducciones de otras traducciones.

Aun cuando en tales casos se haya localizado e identificado la existencia de manuscritos originales, estos pudieron tenerse en cuenta como orientación y ayuda en la toma de decisiones, pero no sustituyen los textos históricos publicados que sirvieron de base. En el caso del texto «Breve esbozo de vida» (publicado en holandés) la traducción se realizó a partir de su versión en alemán.

INTERVENCIONES Y HERRAMIENTAS

Como autor versado, Humboldt se valía de todas las formas posibles, grandes o pequeñas. Sus escritos muestran un amplio espectro genérico. Los propios títulos de los escritos contienen numerosas denominaciones de género distintas que aluden en cada caso a los propios contextos y tradiciones.

Los títulos de periódicos, revistas o libros, cuando Humboldt los cita en el idioma original (Gazette littéraire, Annales de chimie), han sido reproducidos tal cual y marcados en cursivas como elementos en una lengua extranjera. En momentos en los que los traduce o varía, las versiones españolas han tratado de mantener esa práctica. (Un ejemplo es Annalen der Physik, que puede citarse directamente como título, ser incluido de forma genérica como Anales de física o denominado a partir de su editor, «Anales de Gilbert». De forma análoga se procede con los nombres de las instituciones: Académie des Sciences vs. la Academia de París.) Las erratas ortográficas o de composición en los títulos de obras se han corregido (por ejemplo, Quatrième Lettre en lugar de Quatrieme Lettre).

La variación de nombres de personas y lugares es considerable en Humboldt, lo cual se ve condicionado por una serie de factores: la mezcla de denominaciones europeas e indígenas, la escritura histórica y las variantes habituales en la época, la falta de conocimientos del idioma, los malentendidos o los errores en la composición de los textos en las imprentas. En ese sentido, la escritura inusual de nombres de personas y lugares se ha preservado, traducido o enmendado. No se ha intervenido en la escritura de nombres propios en los casos en los que no se conoce una variante correcta fuera de toda duda o no se ha contado con un equivalente en español. Tampoco cuando la forma histórica puede entenderse sin mayores dificultades: además de Teide o Buenos Aires, el lector encontrará también las denominaciones Teyde o Buenos Ayres, que se han mantenido, de acuerdo con el texto original y la amplia variación de la escritura de ese periodo histórico. Lo mismo es válido en el caso de nombres de tribus como los muiscas, cuya variante histórica, muyscas, se ha preservado. Las versiones foráneas (sobre todo francesas o alemanas) de nombres españoles de personas (Lopez en lugar de López, Gongora en lugar de Góngora, de l’Huyar en lugar de Delhuyar), de lugares (Quindiu en lugar de Quindío, Caraccas o Karakas en lugar de Caracas) o de instituciones (Sociedad patriotica constitutional en lugar de Sociedad patriótica constitucional) se han corregido en la mayoría de los casos en la traducción, ya que se han entendido, a su vez, como traducciones. En casos concretos, cuando algún nombre de lugar aparece invariablemente con la misma grafía, como Loxa en lugar de Loja, y ello no implica una dificultad demasiado grande para la comprensión, se ha preferido dejar el nombre histórico: Loxa. Cuando entre variantes distintas se ha impuesto una forma canonizada de un nombre, este se ha adaptado (Wildenow pasa a ser Willdenow). Los errores evidentes que pueden alterar el sentido del texto (por ejemplo, Franlkin en lugar de Franklin) se han enmendado sin hacer indicaciones al respecto. (Todas las enmiendas se indican en la versión original de los Escritos completos, Sämtliche Schriften, Múnich 2019.)

FORMATO DEL TEXTO

La edición de los escritos de Humboldt reúne textos cuyos formatos originales o rasgos de composición en imprenta son muy heterogéneos. Como se hizo ya en la edición de los textos originales, se ha intentado, en la edición española, preservar al máximo aquellos elementos significativos de los formatos originales, al tiempo que se han llevado a cabo, por razones de diferente índole, ciertas adaptaciones y unificaciones normativas que facilitan la lectura: las marcas del texto que aparecen en las traducciones (negritas, cursivas y expandidas) se corresponden con las de los textos originales. Por motivos de composición en la edición en castellano se ha renunciado al uso de variaciones en el tipo de letra (como en los originales), que ha sido sustituida por cursivas. Dado el elevado número y la gran variación en la reproducción de cifras, las traducciones han sido ajustadas a la norma de la editorial Herder, que es la habitual en castellano (del 1 al 9, con letras; a partir del 10, en números). Los formatos de los títulos (con su variedad de axiales, centrados, justificados, versalitas, letras capitales, etcétera) se han unificado. Las notas y comentarios aparecen a pie de página y su numeración corresponde a cada artículo. Se unifica también la presentación de los quebrados. En el caso de números a partir de las cuatro unidades, las traducciones se han ajustado a la norma de Herder (1 000, 20 000, 100 000). Las indicaciones bibliográficas se han traducido («t.» = tomo; «vol.» = volumen, etcétera). Por regla general, cuando constituyen una dificultad para la comprensión de la lectura o se alejan demasiado de la norma en castellano, las abreviaturas se han eliminado (ejemplo: señor, doctor o profesor en lugar de Sr., Dr. o Prof.) El símbolo «&», habitual en los originales, se ha sustituido en la traducción por «y».

En la mayoría de los casos, las citas de textos extranjeros se han traducido sin echar mano de posibles traducciones ya existentes. En el caso de citas cuyas traducciones al castellano se han localizado, se indican las fuentes y el traductor. Los pasajes de textos o palabras que aparecían en español en los textos originales se han indicado en cursivas y con asterisco al final. Por lo general, cuando eventuales errores de ortografía en esos textos no dificultan la comprensión, estos se han preservado. Un ejemplo aparece en la descripción de la lucha de las anguilas eléctricas con caballos, un método conocido en la lengua de la región como: «embarbascar con Cavallos*». A fin de facilitar la comprensión de los textos, y respondiendo al deseo de Humboldt de una democratización y una popularización de la ciencia, muchas citas y términos en latín o griego se han traducido; las traducciones se han indicado entre corchetes dobles. En textos con extrema abundancia de denominaciones latinas relacionadas con la botánica, como en el caso del ensayo sobre el árbol de la quina, estas se han preservado, por creer que, dada su relativa semejanza con el castellano, el lector puede entender los rasgos a los que se refiere. Los pasajes en lenguas extranjeras modernas se han dejado en el original y sus traducciones se han situado a continuación entre corchetes dobles.

Se ha renunciado a todo tipo de comentario por parte de los editores o traductores, fuera de las intervenciones antes mencionadas.

En cualquier caso, aparte del infinito número de dificultades esbozadas anteriormente en relación con la forma, el contenido, la variedad de temáticas, las normas editoriales de cada época, lugar y medio de prensa, la que ha sido sin duda la mayor dificultad en el trabajo en esta antología que ahora entregamos al lector en castellano, ha sido la de conciliar dos prácticas diversas de la presentación de textos: la filológica y la literaria. En el centro de esta antología deben estar los escritos de Humboldt. Y también la invitación a leerlos y redescubrirlos.

1 Alexander von Humboldt, Sämtliche Schriften: Aufsätze, Artikel, Essays (Berner Ausgabe), 7 volúmenes de textos con 3 volúmenes de aparato crítico, edición de Oliver Lubrich y Thomas Nehrlich, Múnich: dtv 2019. Colaboración: Sarah Bärtschi, Michael Strobl, coeditores: Yvonne Wübben (tomo 1: textos de 1789 a 1799), Rex Clark (tomo 2: textos de 1800 a 1809), Jobst Welge (tomo 3: textos de 1810 a 1819), Norbert D. Wernicke (tomo 4: textos de 1820 a 1829), Bernhard Metz (tomo 5: textos de 1830 a 1839), Jutta Müller-Tamm (tomo 6: Textos de 1840 a 1849), Joachim Eibach (tomo 7: textos de 1850 a 1859); redactores: Norbert D. Wernicke (aparato crítico), Johannes Görbert (volumen de estudios), Corinna Fiedler (volumen de traducciones), consejo asesor: Michael Hagner (Zúrich), Eberhard Knobloch (Berlín), Alexander Košenina (Hannover), Hinrich C. Seeba (Berkeley). Página web del proyecto: www.humboldt.unibe.ch.

Escritos I

1 «Lettre à L’Auteur de cette Feuille; sur le Bohon-Upas, par un jeune Gentilhomme de cette ville», en: Gazette littéraire de Berlin 1270 (5 de enero de 1789), pp. 4-8; 1271 (12 de enero de 1789), pp. 11-13.

Carta al autor de esta gaceta. Sobre el Bohon-Upas, por un joven gentilhombre de esta ciudad

Señor:

Hace algún tiempo publicó usted en su Gazette Littéraire la descripción de un árbol venenoso que crece en las Indias y es conocido con el nombre de Bohon-Upas. Esa descripción contenía tantas cosas maravillosas que uno se veía casi tentado a tildarlas de fábulas. Ni usted mismo parecía considerarlas como verdades constatadas. No obstante, un folleto muy reciente que uno de mis amigos acaba de recibir en Suecia y que, teniendo en cuenta a su autor, podemos considerar auténtico, nos proporciona suficientes pruebas de que los efectos de este terrible veneno superan lo más cruel que uno pueda imaginar. Esta obra reciente lleva el título de:

Arbor toxicaria Macassariensis: Upsaliae 1788.

El autor de la disertación es el profesor Thunberg, caballero de la Orden de Vasa, miembro de la mayoría de las academias europeas, hombre famoso por sus talentos y conocimientos universales sobre la naturaleza. Es alumno de Linneo, cuyas huellas siguió con un éxito que lo honra tanto como a su maestro. Tras haber concluido sus estudios en la academia de Upsala, se dirigió a Holanda, donde, provisto de recomendaciones de varios eruditos suecos y gracias a su inteligencia y sus conocimientos, supo ganarse el favor de algunos de los magistrados más distinguidos de la república. Su ardiente deseo de ser útil a la especie humana por medio de un descubrimiento importante hizo que centrase su mirada en las regiones todavía desconocidas de nuestro globo terráqueo. Sus mecenas ilustres reconocieron en él ese noble fervor y lo aprovecharon en favor de la República de las Letras. Bajo su auspicio, Thunberg realizó, en el transcurso de varios años, viajes al Cabo, Java y Japón. Visitó los lugares más notables de la India Oriental, y son pocos los botánicos contemporáneos que puedan vanagloriarse de un éxito tan inmenso. De vuelta en Europa, obtuvo en su patria todos los honores que merece un ciudadano de su estirpe. El rey de Suecia, que tanto favorece las ciencias y las bellas artes, lo condecoró con su orden. Las academias más célebres de Europa se apresuraron a incluirlo entre sus miembros, por lo que ocupa ahora en Upsala el mismo lugar del que hizo galas el inmortal Linneo.

Thunberg fue el primero que se atrevió a efectuar cambios favorables en el sistema creado por su maestro, a quien nadie, antes que él, había logrado alcanzar. Suprimió las últimas cuatro clases por considerarlas inútiles y reformuló el sistema en 20 clases: un método más sencillo que el señor Willdenow, joven pero riguroso botánico, ha seguido en su excelente Flora Berolinensis.

Al haber pasado varios años en esas inmensas islas que se encuentran al oeste de Asia, el caballero Thunberg conoce mejor que cualquier erudito europeo las maravillosas producciones de esos climas afortunados. Su descripción de las plantas del Japón, sus disertaciones sobre el clavero o la moscada, o tantas otras obras eruditas dan prueba de que pocos botánicos han viajado antes que él y han puesto tanta atención en todo lo concerniente a la naturaleza. Así pues, a sus juicios podemos remitirnos al considerar aquellas materias sobre las que los viajeros mal instruidos o crédulos nos inducen al error. Los relatos sobre el Árbol-Veneno de la India nos mostraron nuevamente cómo hemos exagerado cosas que, por su propia naturaleza, nos ofrecen un sinfín de maravillas, sin que sea necesario agregarles otras imaginarias para hacerlas más interesantes.

Thunberg comienza ofreciéndonos una descripción botánica del Bohon-Upas, o para escribirlo más correctamente, del Boa-Upas, es decir, en la jerga de los malayos, Árbol-Veneno. Estos pueblos distinguen dos especies con los nombres de Macan-Cavul y Djato matti; esta última es más peligrosa que la primera. El famoso Rumphius, en su Herbarium Amboinense, las clasifica como hembra y macho, calificativo ridículo que empleaban los antiguos botánicos. Ambos árboles tienen el tronco robusto y grueso, las ramas dispersas, la corteza abierta de color marrón tirando a gris, una madera amarillenta y abigarrada con manchas negras. Las hojas son ovaladas, de dos pulgadas de ancho y con la longitud de una hoja de palmera. Dado que ningún botánico ha observado aún las flores y los frutos de este árbol pernicioso, no es posible definir su género con certeza. Sin embargo, Thunberg tiene sus razones para presumir que pertenecen al de Cestrum Lin,1 que los antiguos clasificaron como una especie de jazmín. Esa opinión le parece tanto más acertada por cuanto pudo ver en el Cabo de Buena Esperanza cómo los hotentotes mezclaban el jugo de un Cestrum con los terribles venenos que extraían de sus serpientes.

El Boa-Upas crece principalmente en las Islas de Java, Sumatra, Borneo, Baleija y Macasar. Le agradan las montañas desnudas y los desiertos. Un suelo estéril, árido, o más bien con el aspecto de un territorio reducido a cenizas, anuncia su presencia. Ningún árbol, ninguna hierba puede crecer bajo su sombra. A su alrededor, a tiro de piedra, dice nuestro autor, la tierra parece estar quemada. Y añade entre paréntesis: «Como dicen pro certo vendidatur», de donde se demuestra que esto no es más que un dicho popular.

Señalemos aquí la fe que podemos tener en esos viajeros supersticiosos o mal intencionados: los primeros han escrito que no crece árbol, arbusto ni hierba alguna entre 10 y 12 millas a la redonda. Los segundos informan que «en el circuito de 15 a 18 millas no se encuentra ningún hombre o animal, y ni un solo pez en el agua». ¿Cuál es la gran diferencia entre el radio en el que cabe un «tiro de piedra» y el de 18 millas a la redonda? Thunberg apunta que los sacerdotes se interesan especialmente en difundir tales errores que el común de los indios acoge con avidez. Según Voltaire, esto probaría que la naturaleza de los sacerdotes no cambia al sur del ecuador. Nosotros no emitimos juicios al respecto: nos limitamos a deplorar la desgracia de los mortales que son víctimas de sus supuestos hermanos. Los sacerdotes mahometanos podrían prescindir de embaucar al vulgo al decir que Dios, al ceder a las instancias del Profeta, ha producido este árbol para castigar a los pueblos por sus pecados. Los males de los humanos son suficientes, no hay necesidad de aumentarlos con ideas tan funestas.

Todavía está en duda que esa esterilidad mencionada por todos los autores sea atribuida con justicia a las emanaciones venenosas del Boa-Upas. Es muy probable que ese árbol se halle en un suelo del que ninguna otra planta podría extraer su alimento. Un junípero solitario que crece en la grieta de un peñasco no da muestra alguna de oprimir a la vegetación que lo circunda. Thunberg nos dice que aun si se constatase que los viajeros no han observado animal ni planta alguna en varias millas a la redonda, ello no sería nada extraordinario en el caso de esta zona ardiente de nuestro planeta. Los calores excesivos que reinan durante el verano provocan la muerte de todas las plantas: los animales no encuentran alimento en esos desiertos y huyen a los bosques más poblados. Las lluvias frecuentes del invierno despiertan a la naturaleza, sacándola, por así decirlo, de su sueño letárgico: la tierra cambia su esterilidad por mantos de césped, y vemos aparecer manadas en los mismos lugares que antes creíamos inhabitables.

La savia de este árbol terrible es una resina negruzca que se diluye al calor del fuego. Es muy preciada entre los indios. Los pueblos que la poseen tienen una ventaja real sobre sus enemigos. Rumphius, otrora cónsul en Ambón, cuenta que antes de que se descubrieran antídotos eficaces, sus compatriotas holandeses tenían más miedo de las flechas envenenadas con esta savia que de todos los otros peligros y rigores de la guerra.

No sin riesgo se obtiene este jugo, y resulta difícil de cosechar. Al ser tan perniciosas las emanaciones del árbol, solo podemos acercarnos a él tomando importantes precauciones; y todas esas dificultades y peligros incrementan el precio del veneno. Quienes lo recogen se ven obligados a cubrirse cabeza, manos y pies con telas. Nadie se atreve a tocar el tronco letal. Dice el autor que hay que mantenerse a distancia, «porque la muerte parece haber fijado su andar y su morada cerca de este árbol».

Unas largas varas de bambú emplean los indios para recoger el jugo mortal. Afilan una de las puntas de estos palos y la clavan en el árbol. La corteza abierta por esta operación libera enseguida su savia negruzca, que empieza a fluir a gotas hacia las cavidades de las varas. Por ese método, se clavan en el tronco 15 o 20 bambúes que son retirados tres o cuatro días después, cuando están llenos de su jugo mortal. Mientras la savia es reciente, se muestra blanda y maleable como una pasta: entonces se hacen con ella pequeños rollos que se colocan en los tubos del bambú. Y como el veneno es sumamente volátil, envuelven los tubos con 8 o 10 vueltas dobles de tela. Por lo que dije en relación con las precauciones que se deben tomar para poder acercarse al árbol, en un sitio donde la muerte parece alcanzar a todo temerario que ose desafiarla, concluirá usted fácilmente que no hay nada más peligroso que este método de recolección y le costará tanto como a mí concebir que haya hombres con audacia suficiente para intentar tal peligrosa aventura. ¿Qué no puede, por un lado, la sed de venganza, y por el otro, la sed de oro?

La gente del pueblo, supersticiosa como en todas las Indias, cree que cuando se corta el tronco del árbol, el veneno puede hacerse más activo y terrible. El vulgo no razona, cree ciegamente, de lo contrario se preguntaría qué relación puede existir entre la savia de un árbol y el tronco del que se desprende. Además, si el contacto con el árbol fuera tan letal, ¿cómo podríamos cortar el tronco? Y si eso pudiera hacerse, tal operación, repetida a menudo, no tardaría en destruir el Boa-Upas.

Los árboles venenosos parecen ser un bien público del Estado. Rumphius dice que los habitantes de las montañas entregan toda la savia recolectada a un prócer del país llamado Creyn Sumana, quien conserva este tesoro nacional en su castillo de Boerenbourg, en recintos que no deben ser ni muy cálidos ni muy fríos: ambos extremos son igual de nocivos para el veneno. Todas las semanas se frotan y limpian la savia y los bambúes, un trabajo para el que convocan y admiten solo a mujeres, pues se cree que los hombres no son lo suficientemente honestos como para poder confiar en ellos: otros alegan razones pueriles2 que no merecen nuestra atención.

El veneno del Boa-Upas supera todo lo que de terrible reprochamos al pérfido arte de ciertos príncipes ultramontanos, otrora tan empleado para tomar venganza. La mera emanación de la planta hace que las extremidades se agarroten y provoca convulsiones violentas. Rumphius, el único botánico que tuvo el privilegio de recibir una rama de ese árbol funesto, dice que su efecto destructor se manifestaba a través del bambú en el que lo habían encerrado. Bastaba apoyar la mano sobre el tubo para experimentar una especie de calambre similar al que causa un cambio súbito de temperatura, de frío o de calor. Quienes osan descubrirse la cabeza bajo ese árbol maligno, pierden el cabello. Si una gota de su savia venenosa alcanzara a tocar la piel, causaría fuertes hinchazones. El aire está tan envenenado alrededor de la planta que todos los animales evitan aproximarse. Un pájaro que se extravíe bajo sus ramas cae muerto al instante. Thunberg no emitió juicio alguno al citar un hecho que, no obstante, no merece quedar en el silencio: aquí el relato de Rumphius.

El único animal que está a gusto a la sombra del Boa-Upas es una serpiente, no menos peligrosa que el lugar en el que vive. Los indios dicen que tiene un cuerno o, lo cual parece más probable, una larga cresta. Sus ojos emiten un resplandor intenso durante la noche y su voz imita el canto de un gallo. Se la escucha a veces cerca de las moradas de los habitantes. Las exhalaciones de esa serpiente son tan tóxicas que no permiten que nadie se aproxime; para matarla, es preciso hacerlo desde lejos. Es demasiado para un mismo lugar que existan dos seres semejantes, tan peligrosos y funestos para todo lo que respira: sin embargo, admiremos aquí la sabiduría de la naturaleza, la cual, al dotar a cada ser vivo de una constitución particular, hace que un mismo sitio sea pernicioso para uno y saludable para otro.

El veneno del Boa-Upas merecería toda la atención de un médico y de los naturalistas; sus causas y efectos son maravillosos por igual. Si fuésemos a dar crédito a los nativos de los lugares donde encontramos ese árbol extraordinario, cabría decir que la savia pura y sin mezcla apenas es dañina: sirve incluso como antídoto para las excreciones tóxicas de algunos peces. Rumphius sostiene lo mismo, y añade que la emplean también como remedio ingerible, cosa que resulta del todo asombrosa. ¿Cómo pueden las emanaciones de este árbol terrible ser tan letales, y su savia, a la vez, tener efectos tan saludables? Es que el jugo del Boa-Upas, mezclado con el jugo del Zerumbet,3 ofrece el veneno más eficaz que el arte y la naturaleza puedan producir; sin embargo, ese mismo Zerumbet es un remedio saludable que los indios utilizan como antídoto. ¡Cuántas dificultades debe superar toda persona a la que le guste conocer las verdaderas causas de estos fenómenos extraordinarios!

El resto en otra ocasión.

FINAL DE LA CARTA AL AUTOR DE ESTA GACETA. SOBRE EL BOHON-UPAS, POR UN JOVEN GENTILHOMBRE DE ESTA CIUDAD

La savia del Boa-Upas, una vez que penetra en el cuerpo del hombre, no parece salir inmediatamente. El enfermo infectado debe cuidarse sobre todo de no comer la raíz del Zerumbet, porque incluso tres años después de haber ingerido el Boa-Upas, el Zerumbet podría costarle la vida. ¿En qué consiste, pues, un veneno que permanece tanto tiempo en el cuerpo sin alterarse, sin perder su cualidad mortal, que solo se aletarga y, a pesar de su volatilidad, se concentra para desarrollar su malignidad mediante la mezcla con otra savia, una sustancia que es ella misma antídoto contra otras ponzoñas y venenos? Cabe señalar ante todo que las personas que se han curado del Boa-Upas por medio de sus antídotos, sienten reaparecer el efecto del tóxico en sus venas cada año.

Tan pronto como los habitantes de Célebes son atacados por algún enemigo, sacan de su arsenal o depósito todos los bambúes que contienen el veneno fatal y lo distribuyen en diferentes clases. Como el ojo no puede determinar con certeza las cualidades del veneno, se ven obligados a realizar pruebas por medios químicos. Un pequeño grano de savia endurecida sirve para realizar esa prueba: se la arroja al jugo del Zerumbet y ello provoca una efervescencia impetuosa. A raíz de ese experimento, se prepara el Boa-Upas con el Zerumbet, se sumergen las flechas, y sus meros pinchazos son mortales si no los socorremos rápidamente: no hay un instante que perder.

Si el veneno es de buena calidad, las flechas sumergidas en esa mezcla conservan durante dos años su poder letal: otras lo pierden en un lapso de dos a tres meses. Los indios, curiosos por conocer sus armas, las experimentan a menudo mediante el jugo de Zerumbet. Los que tienen la desgracia de ser heridos por esas flechas envenenadas experimentan una muerte tan rápida como cruel. En primer lugar, padecen convulsiones en todo el cuerpo: la cara se les hincha, la boca se les llena de espuma, los ojos se les salen de los cuencos y mueren gimiendo, unos en un lapso de un cuarto de hora, otros en media hora, a veces incluso más rápidamente, según sea la actividad del veneno.

Las flechas de los macasarienses no son ya tan terribles para los europeos como lo fueron en otros tiempos. Rumphius dice que estos pueblos tienen una confianza ilimitada en su armadura, y que los europeos han intentado imitarlos. Los macasarienses intentaron cierta vez saquear toda la Isla de Ambón, pero los holandeses, sirviéndose de una vestimenta particular hecha de cuero español, supieron defenderse de los terribles efectos de sus flechas envenenadas.

En otros tiempos, los europeos no conocían otro antídoto contra esas heridas letales que los excrementos humanos, que debían ingerir: ese remedio repugnante y nauseabundo hacía vomitar al herido desgraciado, naturalmente, con lo cual reducía la energía mortal del veneno, pero el remedio debía aplicarse al instante. En las batallas contra esos pueblos, hemos visto a menudo soldados europeos rogando a sus camaradas que les administraran el antídoto necesario, y todo el que podía satisfacer en el campo de batalla a esos desdichados era visto como un ángel de la guarda. Rumphius cita el ejemplo de un soldado holandés que se salvó cinco veces de la muerte gracias a ese remedio impuro. Más tarde hemos podido enseñar a los propios indios antídotos más eficaces y menos desagradables, como la raíz del Crinum asiaticum, la corteza del Ficus ramosa, etcétera. La amputación, ese remedio tan universal en la cirugía, carece de utilidad para los que resultan heridos con las flechas envenenadas: se precisan remedios ingeribles. Los reyes de Célebes experimentaron bastante al respecto, hiriendo con las flechas letales a esclavos condenados a muerte: el miembro herido era separado del cuerpo de inmediato, pero el esclavo moría de todos modos.

Por todo esto, caballero, puede ver que el Boa-Upas es uno de los fenómenos más singulares de la naturaleza, y resultaría deseable que algún naturalista tuviera los medios para examinar a fondo ese peligroso árbol. Pero ¿cómo poder trabajar sobre un objeto que presenta tal infinitud de riesgos a quien desee intentar dicha empresa? Aún estamos en deuda con el caballero Thunberg por habernos comunicado sus observaciones al respecto, y debemos desear que los viajeros instruidos quieran ampliar esas observaciones con otras propias, o bien con todo lo que pueda constatarse sobre ese objeto digno de la atención de los naturalistas.

Con el honor de ser &c. &c.

Berlín, 1.º de enero de 1789.

1 Otros botánicos creyeron que el Boa-Upas era una especie de árbol de hierro Sideroxilon Lin. Desconozco por qué. Rumphius dice que «los indios esconden este árbol con tanto esmero, que ni siquiera tras la conquista de Célebes, en 1670, puede ofrecerse una descripción de él». Sin embargo, consiguió recibir una rama en 1694, que luego hizo pintar. Herbarium Amboinense, tomo II, lámina LXXXVII.

2 Como no podemos presentarlas decentemente en francés, las citaremos en latín: Menstruum nempe muliebre huic misceri veneno dicitur, atque in eam finem Macassariensium foeminas bracties indutas esse, in quibus istud colligebant. [[Se dice que la sangre menstrual de las mujeres se mezcla con el veneno, razón por la cual las mujeres de Macasar llevan bajo los vestidos unas plaquitas de metal para recogerla.]] ¡Qué sinsentido!

3 El Zerumbet es la raíz de una planta llamada Line Amomum zerumbet. A ese mismo género pertenecen el jengibre Amomum zingibre, el cardamomo, Amom. cardamomum y otras especies aromáticas.

2 «Die Lebenskraft oder der Rhodische Genius. Eine Erzählung», en: Die Horen 1:5 (1795), pp. 90-96.

La fuerza vital o el Genio de Rodas. Un relato

Los siracusanos, como los atenienses, tenían su Poikile. Imágenes de dioses y héroes, obras de arte griegas o itálicas revestían las coloridas salas del pórtico. En torrentes incesantes se veía acudir a ellas a la gente del pueblo: el joven guerrero se deleitaba con las hazañas de los antepasados; el artista, con las pinceladas de los grandes maestros. Entre los innumerables cuadros que la laboriosa dedicación de los siracusanos había ido trayendo de la metrópoli, solo había uno que, desde hacía un siglo, acaparaba la atención de cuantos por allí pasaban. Podían faltarle admiradores al Júpiter olímpico, a Cécrope, el fundador de ciudades, al heroísmo de Harmodio y Aristogitón, pero en torno a aquel cuadro la gente se agolpaba en nutridos grupos. ¿A qué se debía tal predilección? ¿Era una de las obras rescatadas de Apeles o alguna originaria de la escuela de pintores de Calímaco?1 No. Encanto y gracia irradiaban de aquel cuadro, en efecto, pero no podía medirse con muchos otros del Poikile en lo relativo a la mezcla de los colores, el carácter o el estilo del conjunto.

El pueblo suele admirar con perplejidad lo que no conoce, y esa variedad del pueblo abarca a mucha gente. Un siglo entero llevaba expuesto aquel cuadro, y aunque en Siracusa, entre sus estrechos muros, había más genio artístico que en todo el resto de la Sicilia rodeada por el mar, el sentido de la obra seguía siendo un enigma. Ni siquiera se sabía con certeza en qué templo había estado expuesta antes, puesto que fue rescatada de un barco naufragado en el que al menos las mercancías transportadas permitieron conjeturar que provenía de Rodas.

Ocupaba el primer plano de la pintura un nutrido grupo de jóvenes de ambos sexos. Desprovistos de todo vestido, mostraban cuerpos bien formados, pero sin las delicadas proporciones que uno admira en las estatuas de Praxíteles y Alcámenes. Sus robustas extremidades, portadoras de las huellas de penosos esfuerzos, la humana expresión de sus anhelos y sus penas, todo parecía despojarlos de cualquier halo celestial o divino, atándolos a su patria terrenal. Llevaban el cabello adornado de forma sencilla, con hojas y flores del campo. Se tendían unos a otros los brazos, llenos de deseo, pero sus miradas, graves y sombrías, estaban puestas en el genio que, rodeado de un halo, parecía suspendido en medio de ellos. Una mariposa se posaba en su hombro, y en la diestra alzaba una antorcha encendida. Su cuerpo mostraba formas infantiles, y su mirada era de una vivacidad celestial. Con expresión imperiosa, observaba a los donceles y doncellas reunidos a sus pies. No había ningún rasgo característico que pudiera distinguirse en aquel cuadro, pero algunos creían ver, en su parte inferior, las letras z y w, a partir de las cuales se compuso, de un modo desafortunado (porque los anticuarios de entonces no eran menos osados que los de hoy), el nombre de un tal Zenoderus, artista cuyo nombre coincidía con el posterior escultor del Coloso.

Entretanto, al Genio de Rodas, como llamaban a aquella imagen enigmática, no le faltaban exégetas en Siracusa. Los expertos en materia de arte, sobre todo los más jóvenes, cada vez que regresaban de algún viaje breve a Corinto o Atenas, se creían en la necesidad de ofrecer de inmediato alguna nueva explicación, so pena de tener que renunciar a toda pretensión de ingeniosa sabiduría. Algunos consideraban el genio como expresión del amor espiritual que proscribe el disfrute de los placeres que proporcionan los sentidos; otros creían ver una alusión al dominio de la razón sobre los deseos. Los más sabios guardaban silencio, intuían la presencia de algo sublime y se deleitaban contemplando en el Poikile la sencilla composición del grupo.

De ese modo, el asunto quedaba siempre irresuelto. Se hicieron copias de la imagen, con diversos añadidos, se realizaron moldes a relieve que fueron enviados a Atenas, pero sin que jamás se llegara a esclarecer su origen. Cuando, con la temprana salida de las Pléyades, se abrió de nuevo la navegación en el mar Egeo, algunos barcos llegaron al puerto de Siracusa provenientes de Rodas. Contenían un tesoro en estatuas, altares, candelabros y pinturas que el amor de Dionisio por el arte había hecho reunir en toda Grecia. Entre los cuadros había uno al que de inmediato se identificó como contraparte del Genio de Rodas. Su tamaño era el mismo, y mostraba también un colorido similar, aunque los colores estaban mucho mejor conservados. El genio estaba igualmente situado en el centro, solo que tenía la cabeza baja, y la antorcha, aquí apagada, apuntaba hacia el suelo, mientras que el círculo de donceles y doncellas se fundía en una confusión de abrazos y se abalanzaba, en cierto modo, sobre él. Sus miradas ya no eran sombrías y dóciles, sino que anunciaban un estado de salvaje desenfreno, la satisfacción de anhelos por mucho tiempo alimentados.

Los estudiosos siracusanos de la Antigüedad habían empezado ya a reelaborar sus explicaciones en torno al Genio de Rodas, a fin de que estas se ajustaran a la nueva obra de arte, cuando el tirano dio la orden de llevar el cuadro a la casa de Epicarmo. Este filósofo de la escuela pitagórica vivía en un lugar apartado de Siracusa al que llamaban Tiche. Raras veces visitaba la corte de los Dionisios, no porque no se reuniesen en torno a él hombres sabios de todas las colonias griegas, sino porque la cercanía de los príncipes despojaba de su espíritu aun a los hombres más inteligentes. Epicarmo se ocupaba sin cesar de la naturaleza de las cosas, de sus fuerzas, del surgimiento de las plantas y los animales, de las armoniosas leyes según las cuales adoptan una forma esférica tanto los más grandes cuerpos celestes como los más pequeños copos de nieve y las bolas de granizo. Como ya era hombre bastante entrado en años, Epicarmo se hacía llevar cada día al Poikile y de allí a Nasos, junto al puerto, donde su ojo —según decía— le proporcionaba una imagen de lo ilimitado, de esa infinitud a la que en vano aspiraba su espíritu. Lo honraban el pueblo llano y también el tirano. A este último lo evitaba, del mismo modo que acudía con regocijo al encuentro del otro.

Epicarmo yacía sin fuerzas en su lecho, cuando, por órdenes de Dionisio, recibió la nueva obra de arte. Se habían preocupado de hacerle llegar una copia fiel del Genio de Rodas, y el filósofo hizo que le pusieran las dos delante de él, una al lado de la otra. Su mirada se detuvo en ellas por un buen tiempo, entonces llamó a sus discípulos y dijo, con voz conmovida:

«Descorred la cortina de la ventana, que pueda yo deleitarme contemplando la riqueza que anima y vivifica la tierra. Durante sesenta años he cavilado sobre los engranajes internos de la naturaleza, sobre las diferencias de la materia, pero no ha sido hasta hoy que el Genio de Rodas me ha hecho ver más claramente lo que antes solo suponía. Si bien las diferencias de género unen a los seres vivos con benevolencia y provecho, en la naturaleza inorgánica, la materia bruta se mueve por los mismos instintos. Ya en el oscuro caos, la materia solía acumularse o disgregarse según se sintiese atraída por la amistad o rechazada por la enemistad. El fuego celeste sigue a los metales; al hierro se abraza el imán; la fricción del electro es capaz de mover materiales ligeros; la tierra se mezcla con la tierra; la sal con la que cocinamos se extrae de los mares por evaporación, y los ácidos de la Stypteria2 aspiran a alearse con la arcilla. Todo en la naturaleza inanimada se da prisa en unirse a sus semejantes. No hallaremos ninguna materia terrena (¿y quién se atreve a contar entre ellas a la luz?) en forma simple, tampoco en estado de pureza o virginidad. Todo, desde que surge, se apresura a crear nuevas aleaciones, y solo el arte excluyente de los hombres puede representar desemparejado lo que en vano buscáis en el interior de la Tierra y en los movidos océanos de agua y aire. En la materia inorgánica, la materia muerta, reina la paz de la inercia, al menos en tanto no se disuelvan los lazos de los parentescos, en tanto una tercera materia no penetre para unirse a la anterior. Pero aun a esa perturbación la sucede de nuevo una quietud infructuosa.

»Distinta es la mezcla de la misma materia en los cuerpos de las plantas y de los animales. Aquí la fuerza vital reclama sus derechos de manera perentoria. No se preocupa ya de las afinidades ni de la repelencia de los átomos descrita por Demócrito; une materias que en la naturaleza inanimada se rehúyen eternamente y separa a las que se buscan sin cesar en ella.

»Acercaos, discípulos míos, y reconoced en el Genio de Rodas, en la expresión de su fuerza juvenil, en la mariposa sobre su hombro, en la mirada autoritaria de sus ojos, el símbolo de la fuerza vital, tal y como esta anima cada germen de la creación orgánica. Los elementos terrenales, agrupados a sus pies, aspiran en cierto modo a obedecer al llamado de sus propios apetitos, con el fin de mezclarse entre ellos. Imperioso, el genio los amenaza alzando una antorcha encendida, y, sin atender a sus antiguos derechos, los obliga a someterse a su ley.

»Observad ahora la nueva obra de arte que el tirano me ha enviado para que revele su sentido; apartad vuestros ojos de la imagen de la vida y concentraos en la imagen de la muerte. La mariposa ha levantado el vuelo, la antorcha invertida se ha apagado, hundida está la cabeza del joven. El espíritu ha huido a otras esferas, la fuerza vital se ha extinguido. Y ahora los donceles y las doncellas se toman alegremente de las manos. La materia terrenal hace valer sus derechos. Liberados de las ataduras, obedecen con desenfreno, tras larga abstinencia, a sus instintos de unión, y el día de la muerte se convierte para ellos en un día nupcial. Es así como la materia inerte, animada por la fuerza vital, ha pasado por una incontable serie de generaciones, ¡y esa misma materia envolvió tal vez el espíritu divino de Pitágoras, en el que alguna vez un inmundo gusano, en goce momentáneo, se alegró de su existencia!

»Ve, Policles, y dile al tirano lo que has oído. Y vosotros, queridos míos, Phradman y Escopas, Timocles, acercaos más y más a mí. Siento que la débil fuerza vital ya no podrá domesticar por mucho más tiempo la materia terrena en mi interior. También esta exige de nuevo su libertad. Llevadme de nuevo al Poikile, y de allí a la mar abierta. ¡Pronto podréis reunir mis cenizas!»

1 Cacizotechnos, Plinio, XXXIV, 19, número 35.

2 Alumbre, un sulfato de metal ya conocido por los antiguos.

3 «Ueber die gereitzte Muskelfaser», en: Neues Journal der Physik 2:2 (1795), pp. 115-129.

Sobre la estimulación de la fibra muscular

DE UNA CARTA DIRIGIDA AL CONSEJERO ÁULICO BLUMENBACH

Vuestra generosa invitación para que haga públicas por fin mis múltiples investigaciones sobre la excitabilidad de los animales me ha motivado a reunir todo lo escrito al respecto en los últimos tres años para refundirlo en un único texto. Los cambios continuos de domicilio a los que me obliga mi posición pública y los constantes viajes a través de las montañas, donde se carece de libros y de trato asiduo con la labor científica, me han hecho tomar como nuevas algunas cosas que ya no lo son, pues el azar o el espíritu investigativo han guiado a otros físicos por la misma senda. El más reciente y excelente libro del señor Pfaff, Über thierische Elektricität und Reizbarkeit [[Sobre la electricidad y la estimulación en el reino animal]] (Leipzig 1795) ha hecho que, cuando estaba ya próximo a concluir mi trabajo, me decidiera a rehacerlo por completo. Compare usted mismo, mi apreciado B., los pasajes del manuscrito que le envié en abril con los experimentos del señor Pfaff, y verá el modo maravilloso en que coinciden dos personas que, en sitios tan alejados, han logrado tales progresos en los estudios fisiológicos. De la misma manera que me resulta muy honrosa esa coincidencia, me pareció también que faltaba a mi deber si presentaba al público una amalgama de materiales en formas diferentes. Lo relevante en este caso es ampliar los horizontes de la ciencia, no establecer una precaria prioridad de las ideas. De ahí que me haya trazado como principio recoger en mi libro únicamente lo que tras un severo examen (realizado no sin sacrificio) me sigue pareciendo nuevo, o lo que de manera ampliada han ratificado algunas investigaciones anteriores. Ese libro aparecerá con el título de Physiologische Versuche über gereitzte Nerven und Muskelfasern mit allgemeinen Betrachtungen über die Natur des Thier-und Pflanzenkörpers [[Experimentos fisiológicos sobre la estimulación de fibras musculares y nerviosas, junto con observaciones generales sobre la naturaleza del cuerpo animal y vegetal]].

Mi objetivo principal era rastrear, a través de distintos experimentos, el origen de la estimulación con metales. Creo haber avanzado en ese tema y le recomiendo un experimento central que me llevó a muchos otros, también sumamente reveladores. Cuando el músculo y el nervio están dotados de sustancias de estimulación similares (por ejemplo, zinc), no se produce una contracción involuntaria si también hay plata en la conexión del nervio, y el músculo y la plata establecen un enlace por medio del zinc. Pero si, de un lado, cubre usted la plata con el vaho de su boca, si vierte encima una gota de agua, ácido, alcohol, etcétera, la contracción aparece instantáneamente. De ese modo puede usted estimular o no la vitalidad del animal si conecta en un circuito nervio, oro, zinc, oro y músculo, y el zinc está humedecido o seco, respectivamente. El metal activo (en este caso el zinc; en el primer caso la plata) tiene que estar del todo conectado con un cuerpo conductor húmedo. Si se hallara entre dos sustancias de estimulación (dos metales, carbono, grafito), si la secuencia fuera, por ejemplo, nervio-oro-zinc-plata-oro-músculo, no se producirán contracciones al interrumpirlas o bloquearlas. Estos experimentos nunca están de más si se hacen con exactitud y minuciosidad. Los he repetido con tal frecuencia y en presencia de tantas personas, que me atrevo a afirmar que solo fracasan si, por ejemplo, creemos que el zinc o la plata están secos, pero, en su lugar, estuviesen cubiertos por el más mínimo vaho de humedad. En lugar de humedecer los estimuladores (si, por ejemplo, hay zinc sobre la capa de oro que cubre el nervio) se puede depositar sobre el zinc una porción de masa muscular fresca de dos a tres líneas cúbicas. Si lo conectase por medio del oro con un anca de rana, tendrá un impulso fortísimo.1 Sin embargo, en la pequeña porción de masa muscular no tiene lugar la contracción si esta dispone también de un nervio propio visible. Solo llegará a producirse (al mismo tiempo que la del anca de rana) si el oro hace contacto simultáneo con el anca, la masa muscular y el zinc.

Pienso que nos encontramos, en ese sentido, en un camino muy prometedor. En este caso, ni la masa muscular húmeda, ni el ácido, ni el alcohol, ni la colmenilla o el vaho actúan solo como simples sustancias conductoras. Todo depende de su contacto con el metal; hemos de verlas como sustancias de estimulación de las que parte todo. Con ese experimento fundamental nos aproximamos a la esencia del galvanismo. El nervio y el músculo del anca, de los que parten las emanaciones, están unidos a metales de una misma índole. No se produce estímulo. Ciertas sustancias inanimadas, con casi nada en común salvo lo fácil que pasan del estado líquido al gaseoso, entran en la cadena. Se hallan conectadas a un estimulador que se diferencia del que se encuentra en el nervio y el músculo. Se produce entonces una descarga como si entraran en contacto un +E y un –E, y la contracción se produce al instante. ¿Será entonces que lo que está actuando aquí es el fluido eléctrico omnipresente en las vaporizaciones, solo desterrado de la ínsula de la química antiflogística? Es difícil que se trate de electricidad propiamente dicha, pero sí quizá de algo que es también común a los cristales escarchados en la ventana, a las auroras boreales, al electróforo, al magneto y a la luz solar. No me complace tocar este punto hasta que no logre presentar todos mis experimentos en su interrelación. Si bien nuestros experimentos físicos muestran siempre menos que lo que reclama el devoto deseo del teórico, el experimento galvánico, por su parte, hace que incluso la persona más inculta perciba que en él se encierra algo más que la precaria explicación de los fisiólogos lombardos. En todo lo que atañe a la vida, a los mecanismos que organizan el mundo animal y vegetal, es siempre excesivo decir: «En esto consiste, de esto depende». Pero resultará tal vez difícil aclarar por completo de lo que se trata, lo que es. Se sabe que un fenómeno como el arcoíris, por estar fundamentado en impulsos calculables, es casi el único en toda la física que ha sido explicado por completo. ¡Pero se busca un análisis de la vida del mismo modo que se busca el radical del ácido muriático! Aun cuando, al producirse el estímulo con metal en el nervio isquiático cercenado, viéramos un chisporroteo en cada contracción de un nervio al extremo de otro y el electroscopio de Bennet indicase claramente un +E, mi lógica no me permitiría concluir en absoluto que lo que fluye dentro del nervio, lo que, guiado por la fuerza vital, excita el músculo, es la electricidad misma. Es que E puede estar relacionado con otras sustancias X y Y desconocidas; X y Y pueden ser las únicas sustancias activas y E tan solo la fuerza concomitante. La electricidad solo activa lo que es propio de la fibra muscular viva.

Es difícil hacer experimentos en seres humanos, porque en ello se inmiscuye lo subjetivo de nuestra fantasía. Pero son ellos precisamente los más interesantes y menos investigados. He tenido la oportunidad de reunir un número de experimentos sugerentes que he realizado en mí mismo. Al respecto, se trata de sacar a flor de piel unos nervios, cosa que obtuve mediante heridas ya existentes u otras causadas de manera aleatoria o premeditada. Voy a mencionarle aquí solo uno de ellos, para el cual me puse unos vejigatorios que cubrían los músculos trapecio y deltoides, respectivamente, y que, al contacto con zinc y plata, me provocaron un fuerte y doloroso latido; incluso el músculo cucullaris se inflamó muchísimo, de modo que sus contracciones ascendieron hasta llegar al hueso occipital y a las apófisis espinosas de las vértebras dorsales. El contacto con plata me propinó tres o cuatro descargas simples que pude diferenciar con claridad. Las ranas saltaban sobre mi espalda, aun cuando su nervio no entró en ningún momento en contacto directo con el zinc, pues permanecía alejado de él una media pulgada y solo tenía contacto con la plata. Mi herida sirvió como conductora y, cosa muy importante, no sentí nada durante el proceso. Hasta ese momento, mi hombro derecho había recibido la mayor estimulación. Dolía mucho, la serosa humedad linfática provocada cada vez más por el estímulo estaba enrojecida y, al igual que en los tumores malignos, había adquirido tal causticidad que iba dejando inflamados verdugones allá por donde descendía a través de mi espalda. Este fenómeno, observado por el señor von Schallern, un médico local muy experimentado, llamaba demasiado la atención como para no someterlo de nuevo a una cuidadosa observación. El experimento fue un éxito. La herida de mi hombro izquierdo estaba aún cubierta por una capa de humedad incolora. Hice que me estimularan con mayor intensidad esa parte con los metales y, al cabo de cuatro minutos, aparecieron un dolor intenso, inflamación, enrojecimiento y verdugones. ¡Tras ser lavada bien, la espalda pareció, durante horas, pertenecer a alguien que ha pasado por una corrida de baquetas! ¿Cómo no recordar entonces, mi apreciado B., su sagaz teoría sobre la vita propria de los vasos?

El estímulo más fuerte para la sensibilidad y, al mismo tiempo, para la elasticidad (por decirlo a la manera de Sömmering) parece ser el lavado galvánico con zinc, con el que también se estimulan los músculos del ano. Con ello, las ranas sin cabeza dan saltos de cinco a seis pulgadas. De un pájaro que ya no respiraba y era insensible al estímulo mecánico, conseguí que batiera intensamente las alas, un movimiento que se prolongó debido a que el ave ya no estaba en contacto con el zinc. Por medio del contacto con el metal, la lengua se alarga y alcanza sitios a los que normalmente jamás llegaría. ¡Y de los que la naturaleza ha tenido el cuidado de alejarla!

Los tres tipos de colmenilla que reciben ese nombre, Phallus esculentus, Helvella mitra y H. sulcata Willd. Flor. Ber. n. 1758., también Agaricus campestris, A. clypeatus, Thaelaephora glabra, todos esos tipos de setas de los que, en estado de descomposición, emana un olor cadavérico, reaccionan de maravilla ante el estímulo metálico. Son mejores conductores que otras sustancias húmedas, yo diría que gracias a su peculiar linfa, a la constitución de sus fibras (¿musculares?). La superficie afieltrada y aterciopelada de la colmenilla fresca, rallada en seco sobre algodón, tiene propiedades conductoras. Lo mismo sucede con las colmenillas que se han secado lentamente sobre ceniza, no así con las hojas y los tallos. ¿Recuerda usted mis experimentos químicos con setas, presentados en un anexo a mi Flora freibergensia subterranea? La analogía entre las setas y las sustancias animales es sorprendente. Pero no por ello las setas son animales o productos animales.

He encontrado dos nuevos estimuladores de cuyo análisis químico me ocupo todavía y que me parecen interesantes por su vínculo con los descubrimientos anteriores. En uno de nuestros yacimientos en Naila, en la mina de Alto Mordlau, cerca de Steeben, existe una enorme veta (un prehistórico esquisto sedimentario) de la que se extrae una piedra lidita rica en limonita densa y fibrosa de color marrón, así como en cuarzo, arsenopirita y un tipo de malaquita algo fibrosa. Al igual que este yacimiento de lidita en vetas, resulta interesante el propio fósil, que llama la atención debido a su composición química, que se decolora en las diaclasas y contiene una cantidad considerable de carbono (mineral). A partir de ella, preparé hepar sulfuris, deflagré una cantidad de salitre y convertí una solución alcalina vegetal corrosiva en carbónica. A ello me llevó el haber observado que mi piedra lidita pulverizada (probablemente húmeda), una vez sometida al aparato neumático, liberaba un gas carbónico envuelto en algo de hidrógeno, una especie de hydrogene pesant. Ahora bien, esa piedra lidita, como armadura sobre el nervio, provoca las más intensas contracciones en combinación con oro y zinc. Los mayores estímulos se producen en las diaclasas, pero a menudo también en sitios donde hay importante concentración de granito. En ese caso se comporta de un modo muy peculiar, unas veces como carbono vegetal estimulante y otras como no estimulante. He visto puntos que no provocaban contracciones, y cuando lo hacían, enseguida se decoloraban. Puede que todo esto se sustente en un delgado revestimiento de las sustancias. También el alumbre y el vitriolo (un yacimiento en el trap basáltico originario o en la diabasa primitiva de Berneck) estimulan como los metales. En tal sentido, la fibra nerviosa viva se convierte, por así decirlo, en un medio para predecir los componentes químicos de las sustancias. Aquí tenemos el nervio en calidad de antracoscopio, del mismo modo que existen higroscopios y electroscopios, todos los cuales, sin embargo, aparte del carbono, del agua y de la electricidad, indican también otras cosas. ¡Por desgracia!

El agudo ensayo del señor Reil, titulado De irritabilitatis notione, natura et morbis, me ha llevado a varios importantes experimentos. Tales obras deberían incluirse entre las revelaciones excepcionales que necesita nuestra década. Lo que se presupone en el magnífico tratado acerca del cerebro (en el Neues Journal de Gren, tomo 1, 1795, p. 113), sobre las atmósferas sensibles, creo poder extrapolarlo a mis propios experimentos. Hace ya dos años descubrí que, cuando se cercena un nervio, es posible separar los dos extremos de este en 1 5/4 líneas parisinas. El fluido G desconocido se transfiere solo si el extremo nervioso cercenado y el muslo están debidamente cubiertos. Pude incluso ver varias veces, con suma claridad, cómo se producía el estímulo cuando tocaba, con la pinza de plata, no el fragmento de nervio todavía conectado al músculo, sino el que estaba separado y provisto de una armadura de zinc. Observé claramente (en compañía de varios hombres meticulosos) cómo, en la medida en que disminuía la fuerza vital, el radio de acción sensible (el nombre de atmósfera resulta demasiado hipotético) disminuía de 5/4 de línea a ¼, y cómo, finalmente, a fin de seguir provocando el estímulo, era necesario un contacto o una nueva conexión de los extremos nerviosos. Los presuntos ostiolos de los fascículos nerviosos (dado que no están ahí) no necesitan estar frente a frente, sino que cada nervio difunde a su alrededor, cual barra magnética, un radio de acción que se puede establecer por medio de una línea puntuada de 1 hasta 5/4 de línea de distancia del nervio. Si otro nervio accede al interior de estos límites, se produce entonces, de inmediato, una contracción. Para la fisiología, que hasta ahora necesitó siempre nervios allí donde la zootomía no era capaz de encontrarlos, este experimento es importante. En mis viajes dentro y fuera de Alemania se lo he mostrado a tantas personas, lo realicé tan cuidadosamente sobre placas de cristal, que no era posible estar equivocado. A los que objetan que el nervio libera humedad y que esa humedad une los extremos cercenados de los nervios —los remienda por así decirlo (como yo mismo realmente logré remendarlos con colas peladas de ratas, jamón hervido, embriones de ratones y colmenillas a lo largo de cinco a seis pulgadas)—, les digo lo siguiente: en dos ocasiones, estando el nervio provisto de zinc y el pie de la pinza de plata aplicado a la rana envuelto en 2 a 3 líneas cúbicas de masa muscular fresca, logré producir vívidas contracciones, aproximándome ¾ de línea a la rana, en algún punto, con esa pinza. Tenía el aspecto de un fuelle, y allí no chorreaba ningún líquido, por lo menos ningún fluido del nervio que algunas personas (como en el caso del oxígeno y del nitrógeno) simplemente habrían presentado en cajas de píldoras y frascos. No voy a negar, sin embargo, que algo material pase de un extremo del nervio al otro o (como en el último experimento) de la carne en la pinza al muslo. ¿De qué otra manera podría concebirse un efecto par distance? En cambio, la suposición sobre el surgimiento de emanaciones gaseiformes refuta del todo el reparo de que la placa de cristal húmeda conduce el fluido G desconocido de nervio en nervio. El experimento con la pinza parece tener éxito solo con individuos claramente vitales. Era semejante a un acto de magia y siempre lo recuerdo con gran regocijo. La parte no envuelta de la pinza no era conductora par distance. Del mismo modo que tampoco lo eran las colmenillas ni otras sustancias inanimadas no provenientes de ningún animal. Un nervio no provocaba contracciones si estaba alejado solo ¼ de línea de la colmenilla recubierta de oro, ni siquiera si vertíamos aceite entre la colmenilla y el extremo del nervio. No necesito recordarle, apreciado B., que en todos estos asuntos decide más un ensayo exitoso que doce fallidos. Un líquido bastante común y nutricio, cuya presencia en el óxido de mercurio pretendía cuestionarse hace poco, debería recordárnoslo a cada oportunidad. Di continuidad, a lo largo de toda una hora, al experimento sobre la ausencia de efecto a distancia de la colmenilla; sin embargo, estoy dispuesto a creerle a todo el que diga que vio a la colmenilla surtir efecto en la distancia.

El experimento galvánico se logra sin necesidad de que el metal se desplace sobre metal. He visto cómo se presenta el estímulo cuando la masa muscular I se hallaba sobre la capa de zinc del nervio (sin tocar la carne, se entiende), y se enlazaba I con el anca de rana por medio de la plata. Pero ello sucede solo en algunos animales vivos. Si no tiene lugar la contracción (y esto resulta esclarecedor en relación con la causa del estímulo con metal), debe entonces ponerse oro o plata sobre esa masa muscular I y tocarse con la pinza el oro o la plata. ¡Aparecerá entonces el estímulo incluso en las ranas más desfallecidas!

Llevé a cabo una serie de experimentos a través de cadenas alternas de sustancias conductoras y estimuladoras, y creo que de ese modo podemos obtener resultados fructíferos. Traté de expresarlos a través de símbolos generales, como ecuaciones analíticas, y a través de ellos llegué a las fórmulas sinópticas. RR denomina estimuladores de una misma índole, oro y oro, carbono y carbono, lo mismo r y r. En cambio, Ryr representan la unión de metales dispares, como zinc y plata, plomo y hierro. Si L se refiere a toda sustancia no estimulante ni conductora, la fórmula del caso común, en el que la cubierta nerviosa de zinc hace contacto con el revestimiento de plata del músculo, sería la siguiente: si en la rana Rr el nervio no está directamente sobre R, sino que entre este y el zinc hay una porción de colmenilla, la fórmula es: Rana LRr. De esta forma los casos positivos donde se produce la estimulación son tres:

1. Rana Rr

2. Rana RLr

3. Rana RrLR

El segundo caso es únicamente positivo en ranas vivas, pero merece ser recogido. El tercer caso es el principal, en el cual los nervios semejantes y las conexiones musculares actúan solo cuando un metal r heterogéneo está conectado de por medio con una sustancia húmeda (vaho, agua, colmenilla). Los casos negativos, donde no se producen contracciones, son dos:

1. Rana RR

2. Rana RrR

En individuos no muy vivos la fórmula Rana RLr, donde metal y metal no hacen contacto directamente, es también negativa. Las cadenas compuestas

1. Rana RLrLr

2. Rana RrRrR

3. Rana RLR,

de las cuales la primera es positiva y las otras dos negativas no las voy a mencionar, ya que en este caso se trata de fórmulas básicas sencillas. Asimismo, paso por alto, por ahora, mis múltiples experimentos con insectos y animales de sangre caliente; o sobre el incremento de la intensidad de las contracciones mediante la aplicación simultánea de ácidos y estímulos metálicos; también un método mediante el cual, si se golpea sobre el zinc, se dota al oro de la capacidad para generar estímulos con el propio oro en puntos en los que el zinc no ha tocado esa sustancia, una galvanización de los metales igual a la que se produce con la magnetización mediante el contacto; o la provocación de emanaciones mediante el método de sacar punta y recubrir los conductores con grafito, o el estudio del efecto de los gases irrespirables, etcétera. Voy a repetir todos esos experimentos durante mi estancia en los Alpes suizos y lombardos (hacia donde parto dentro de unos días). Mientras más tarde en darlos a conocer, tanto más incidencias cabe esperar, para poder así presentarlos con toda certeza. Aunque mis deberes en la minería práctica me dejan poco tiempo libre, creo haber hecho acopio de fuerzas para explorar resultados nuevos e instructivos. ¡Ojalá mis esfuerzos por acceder a la verdad no hayan sido en vano, y ojalá el público dedique a estos experimentos fisiológicos tan solo una parte de la atención que con creces ha dedicado a mis anteriores trabajos mineralógicos y botánicos! Durante la redacción, procuraré separar los hechos de mis suposiciones. Me parece la manera más fructífera y sustancial de tratar los fenómenos naturales. Los hechos seguirán estando ahí mucho después de que el edificio teórico erigido a la ligera se haya derrumbado. Como ha dicho también un gran hombre al que habría que traducir para conocimiento de los nuevos ilustrados, para, de esa forma, traerlo a nueva vida vestido de un ropaje más actual: Alius error est praematura atque proterua reductio doctrinarum in artes atque methodos, quod cum fit plerumque scientia aut parum crescit aut nil proficit. Quamdiu enim in aphorismos et observationes spargitur, crescere potest et exsurgere, sed methodis semel circumscripta et conclusa, expoliri forsan aut ad usus homanos edolari potest, non autem porro mole augeri. [[Otro error es la restricción precipitada, intencionada y metódica de las doctrinas a través de las cuales la ciencia gana muy poco o no gana nada. En tanto se transmita en aforismos y observaciones, la ciencia puede crecer y ampliarse; pero cuando se ve rodeada y encerrada por métodos, se podrá tal vez simplificarla y acomodarla para el uso de los hombres, pero no seguir enalteciéndola en toda su grandeza]]. Bacon Verulam, De augmentis scientiarum, libro I.

Junio de 1795.

Humboldt, el más joven.

POSDATA

Acabo de encontrar, en la extraordinariamente rica obra del señor Pfaff, p. 368, un experimento que parece estar muy próximo a mi experimento principal, reseñado arriba (el de la cubierta con vaho), pero que, en su esencia, es diferente de aquel. Este sagaz autor colocó zinc sobre la cubierta de plata del nervio y, con un fragmento de seta húmeda, unió el zinc con la conexión nerviosa, provocando así vivas contracciones cuando puso el metal de zinc en contacto directo con el revestimiento de plata del músculo. Con esto el señor Pfaff se hallaba en el camino adecuado para llegar a las mismas observaciones que yo. Pero su experimento, explicado en la p. 368, es esencialmente distinto al que emplea la capa de vaho, ya que: 1) el autor reduce su experimento al caso conocido en el que un estimulador recubre un pequeño trozo de seta húmeda que está en contacto con el nervio por medio de un metal cualquiera. Pfaff considera necesario que la pequeña porción de seta se halle entre el zinc y el estimulador del nervio. En mi experimento, el zinc se coloca directamente sobre la armadura de plata del nervio. Si, una vez hecho esto, se cubre con vaho la superficie superior del zinc, no se produce un nuevo enlace entre este y la conexión nerviosa, el zinc se mantiene firmemente pegado y seco sobre esta, pero se produce la contracción más viva. Si eliminamos la cubierta ligera de vaho de la parte superior del zinc, desaparece entonces de inmediato toda estimulación; 2) el autor cree que la armadura del músculo tiene que hacer contacto con el zinc. Pero si dejamos caer una gota de alcohol sobre el zinc (que está sobre la armadura de plata de los nervios), entonces el estimulador muscular solo necesita tocar esa gota, no el metal, para provocar la contracción. Del mismo modo, basta con tocar tan solo la colmenilla, un trozo de seta, de masa muscular o de jabón (cualquier sustancia conductora que usted quiera colocar sobre el zinc), para provocar un estímulo. Tal parece —y esta es una idea importante, porque muestra lo inconcebiblemente minucioso que ha sido mi experimento— que al cubrirse con vaho de un animal, la contracción ya estuviera ahí si el estimulador muscular tocara el vaho y no el zinc situado debajo. En esto, por lo menos, es análogo al anterior. Por consiguiente, el experimento expuesto por el señor Pfaff es esencialmente distinto del mío. Del mismo modo que fueron felices coincidencias las que me llevaron a ese descubrimiento meses antes de que apareciera el libro de Pfaff, es probable que él mismo haya llegado ya a la misma conclusión, y me complacería infinitamente volver a coincidir en ese punto con este individuo tan sagaz, al que tanto debe la teoría de los estímulos con metal. En los experimentos que hice en carne propia con vejigatorios y otras lesiones, sentí claras aunque débiles contracciones hacia arriba. Ese fenómeno lo confirman las más recientes observaciones de Scarpa. Véase su Tabulae nevrologicae ad illustrandam historiam anatomicam cardiacorum nervorum. Ticini, 1794. p. 6, nota o.

Humboldt.

1 Los lectores atentos no confundirán estos experimentos con la derivación a través del zinc, tan ilustrativamente descrita por el señor Pfaff. Cf. Ueber thierische Electricität. Leipzig 1795, p. 17.

4 «Korte Levens-Schets van Frederik Alexander van Humboldt», en: Nieuwe Algemene Konst- en Letter-Bode voor het Jaar 1800 13:316 (17 de enero de 1800), pp. 17-20.

Breve esbozo de vida de Friedrich Alexander von Humboldt

ESCRITO POR ÉL MISMO EN ESPAÑA, EN MAYO DE 1799

Después de haber disfrutado de una esmerada educación en la casa paterna y de recibir clases de los eruditos más renombrados de Berlín, terminé mis estudios en las Universidades de Gotinga y Fráncfort. Destinado al mundo de las finanzas, pasé, a continuación, un año en la Academia de Comercio de Hamburgo, un centro de formación para comerciantes y para personas que ocuparían cargos públicos en los ramos del comercio, la banca y la manufactura. Por suerte, mi primera obra sobre las montañas de basalto del Rin tuvo, por inmerecido que fuese, un éxito que despertó en nuestro director de Minería, el barón von Heinitz, el deseo de que yo trabajara en su departamento. Poco después emprendí un viaje de exploración sobre mineralogía e historia natural por Holanda, Inglaterra y Francia, todo bajo la dirección de Georg Forster, el prestigioso naturalista que había circunvalado el mundo junto con el capitán Cook. A él debo la mayor parte de los escasos conocimientos que poseo. Tras mi regreso de Inglaterra me dediqué al estudio de la minería práctica en Freiberg y en la región del Harz. Tras haber realizado algún que otro experimento útil en relación con el ahorro de combustible en las salinas y de publicar una breve obra al respecto (traducida al francés, entretanto, por Coquebert), el rey me envió a Polonia y al interior de Alemania para que explorara las minas de sal de Wieliczka, Hallein y Berchtesgaden. Los mapas dibujados por mí en esos lugares fueron luego útiles en las nuevas salinas de Magdeburgo. Aunque no llevaba todavía ni ocho meses de servicio, Su Majestad, tras la incorporación a la corona de los principados de Franconia, me nombró director de las minas de aquella provincia, en la cual se habían interrumpido las labores desde hacía un siglo. Permanecí tres años ocupado en esa disciplina, y mis emprendimientos obtuvieron tal éxito, que muy pronto las minas de alumbre, cobalto y hasta las minas de oro de Goldkronach empezaron a dar sus frutos para la Tesorería Real.

Satisfechos con esos avances, me enviaron entonces de nuevo a Polonia para que sondeara los provechos que pudieran extraerse de las montañas de esa nueva provincia, denominada desde entonces Prusia Meridional. En ese tiempo, elaboré un plan para mejorar las fuentes de sal en las costas del mar Báltico. Durante mi estancia en las minas, realicé una serie de peligrosos experimentos sobre los medios para hacer menos perjudiciales los gases subterráneos y, con ello, salvar a las personas que sufrían asfixia. Conseguí inventar una nueva lámpara antimefítica que no se apaga ante la acción de ningún gas, y un aparato de respiración: instrumentos que también podrían ser útiles en labores militares a la hora de cavar trincheras y fosos, cuando los francotiradores enemigos intentan impedirlo. Ese aparato obtuvo una licencia del ministerio de la Guerra, y fue su sencillez el motivo por el cual muy pronto se empezó a hacer uso de él en el extranjero.

Por esa época publiqué también una obra sobre Botánica: Flora Fribergensis, una fisiología química de las plantas, traducida entretanto a varios idiomas, así como un gran número de tratados sobre física y química que aparecieron en parte en revistas francesas e inglesas. Después de regresar de Polonia, abandoné por largo tiempo mi domicilio en las montañas y me uní al señor von Hardenberg en una misión política que le había sido encargada por el propio rey poco antes de la Paz de Basilea. Lo seguí primero hasta Holanda, hasta las riberas del Rin donde estaban acampados los ejércitos, y luego a Suiza. Ello me dio la oportunidad de visitar las altas cordilleras de los Alpes, del Tirol, Saboya y del resto de la Lombardía. Cuando al año siguiente el ejército francés marchó contra Franconia, fui enviado al cuartel de mando del general Moreau, para negociar con él acerca de la neutralidad de algunos príncipes del Reich que el rey había tomado bajo su protección.

Presa del ardiente anhelo de visitar otra región del mundo y de estudiarla en relación con la física general, no solo centrado en las especies y en los rasgos característicos de los seres vivos (un ejercicio al que ya se le había dedicado demasiada atención); deseoso, pues, de estudiar también el influjo del aire de la atmósfera y de su composición química en los seres vivos, así como la estructura del globo terráqueo, la composición de las capas geológicas en países muy distantes unos de otros; ávido, en fin, por explorar las grandes consonancias de la naturaleza, fueron creciendo en mí las ansias de abandonar por un tiempo mis cargos en servicio del rey y de invertir parte de mi patrimonio en el fomento de las ciencias. Pedí a Su Majestad mi relevo, pero este, en lugar de concedérmelo, me nombró su Consejero Superior de Minas, incrementó mis emolumentos anuales y me autorizó a emprender un viaje al servicio de la historia natural.

En vistas de que no podría prestar a mi patria ningún servicio estando tan alejado de ella, rechacé esa pensión anual y di a Su Majestad las gracias por el favor que me mostraba, no tanto debido a mis escasos méritos como en reconocimiento a los méritos de mi padre, quien contó hasta su muerte con la respetuosa confianza de su monarca.

A fin de prepararme del modo adecuado para un viaje con propósitos tan diversos, reuní una selección de escogidos instrumentos para diversos estudios astronómicos y físicos: determinar la posición astronómica de los lugares, la fuerza magnética, las desviaciones de la aguja imantada, la composición química del aire, su elasticidad, su humedad, su carga eléctrica y su trasparencia, la intensidad del color del cielo, la temperatura del mar a grandes profundidades, etcétera. Dado que por entonces había hecho un notable descubrimiento en relación con los fluidos nerviosos y la manera de estimular los nervios con intervención de la química (disminuyendo o incrementando a discreción su irritabilidad), comprendí la necesidad de ocuparme sobre todo de la anatomía. Asistí, por ello, durante cuatro meses a cursos en la Universidad de Jena y publiqué también allí los dos volúmenes de mis experimentos sobre los nervios y sobre el proceso químico de la vida, obra que también fue publicada en traducción al francés.

De Jena partí hacia Dresde y Viena, a fin de estudiar allí los tesoros botánicos y visitar una vez más el interior de Italia. Los disturbios de Roma me hicieron desistir de ese propósito, y mientras hacía una parada en Salzburgo, encontré un nuevo método para analizar el aire atmosférico, un tema sobre el cual publiqué un ensayo en colaboración con Vauquelin. Por esa época terminé también la construcción de un nuevo barómetro y de un instrumento al que di el nombre de antracómetro, ya que mide las cantidades de ácido carbónico (acide carbonique) en el aire de la atmósfera. Aún con la esperanza de poder llegar hasta Nápoles, partí rumbo a Francia, donde colaboré durante cinco meses con los químicos parisinos. En esa ocasión leí varios tratados en el Instituto Nacional, que pueden encontrarse en los Annales de Chimie. También publiqué dos obras: una sobre los gases subterráneos y los métodos para hacerlos menos perjudiciales, y otra sobre la descomposición en el análisis del aire.

A raíz del acuerdo del Directorio francés de realizar un viaje alrededor del mundo con tres naves al mando del capitán Baudin, recibí una petición del ministro de Marina de apoyar en sus trabajos a los eruditos que acompañarían esa expedición. Me disponía a partir hacia El Havre, cuando la falta de dinero destruyó mis planes. Decidí entonces dirigirme a África a fin de explorar los montes Atlas. Tras dos meses de espera en Marsella, aguardando el momento de poder embarcarme, un cambio en la situación política me obligó a abandonar ese propósito, por lo que marché a la península ibérica para reclamar la protección de Su Majestad Católica en relación con un viaje a América, empresa cuyo éxito satisfaría mis máximas aspiraciones.

Por solicitud del embajador de Sajonia, el barón von Forell, quien residía en la corte madrileña, el señor von Humboldt redactó este esbozo de vida y lo puso a disposición del embajador. Este último, él mismo un letrado, se apresuró a satisfacer los deseos del señor von Humboldt y presentó ante el ministerio del rey de España la idea del viaje descrito a la vista de su importancia para las ciencias naturales, la química y la geología. El rey, con su visión liberal e ilustrada, y gracias a sus constantes esfuerzos en el fomento de las ciencias, extendió un permiso que no tiene parangón desde que tuviera lugar la expedición del señor La Condamine.

Con ese objetivo, se impartieron las más honrosas órdenes en favor de este distinguido viajero, dirigidas a todos los virreyes y capitanes generales de las extensas posesiones de Su Majestad Católica en aquel nuevo hemisferio. Provisto de tales encargos reales, con cartas de recomendación de todos los eruditos y acompañado de los buenos deseos de todos aquellos que esperaban los genuinos resultados para la geología de su planeado viaje y supieron apreciar su valor, el señor von Humboldt partió hacia La Coruña y, a principios de junio, partió de allí con rumbo a La Habana en un buque correo. Lo acompañaba el propósito de seguir viaje a México y recorrer primeramente el norte de América, para luego dirigirse al sur del continente y, más tarde, regresar a Europa a través de las Islas Filipinas, para todo lo cual necesitará un tiempo de tres o cuatro años. Desde su partida se han recibido cartas suyas enviadas desde Santa Cruz, en la isla de Tenerife, e incluso desde Cumaná. Uno de sus amigos en Alemania, el señor Goedeking, de Bayreuth, ha publicado en un periódico literario de lengua alemana las dos cartas que reproducimos a continuación.

Coruña, 3 de junio de 1799.

Le escribí desde Marsella cómo mi viaje alrededor del mundo en compañía del capitán Baudin, viaje al que fui invitado por el gobierno francés, se malogró en el preciso instante en el que debía partir hacia el puerto para embarcarme. A continuación, debía unirme a Bonaparte en la segunda expedición desde Tolón. Mis amigos me aguardaban con ansias, pero la batalla de Abukir hizo fracasar la expedición. Fiel a mi propósito, quise viajar a Argelia con una fragata sueca cuya llegada se esperaba en Marsella; en Argel pretendía unirme a la caravana de la Meca y recorrer el peligroso camino por tierra a través del desierto de Selima en dirección al Cairo. La fragata, sin embargo, nunca llegó, y tras dos meses de infructuosa estancia en la Provenza, una vez desatada la guerra entre Francia y Argelia, me dirigí a España. Aquí fui recomendado al rey, y recibí del monarca lo que hasta ahora no había recibido ningún extranjero, recomendaciones para todos los virreyes y el permiso para entrar a las posesiones españolas con todos mis instrumentos.

La Orotava, Tenerife, 24 de junio de 1799

Habiendo partido el 5 de La Coruña con 4 fragatas inglesas a la vista y sin saber cómo logramos escapar de ellas, llegamos airosos el 16 a Lanzarote y el 17 a Santa Cruz de Tenerife.

Con mucho cuidado examiné el pico y a 11 500 pies de elevación casi alcancé el cráter. Sentí más cansancio que peligro. Se trata de una inmensa montaña basáltica en la que se halla pórfido Schiefer y obsidiana pórfida. Por consiguiente, no es de extrañar que la lava esté compuesta de estas mismas rocas fundidas.

Establecimos la temperatura del cráter a nivel del suelo a 70º Réaum. y del aire a 2º. La piedra pómez, sobre la que tanto discutimos, no es otra cosa que obsidiana fundida y descompuesta. Esto es claro como el día aquí. Debo detenerme por el cansancio; partimos hacia Caracas y La Habana.

v. H.

5 «Lettre d’Alexandre Humboldt à J.-C. Delamétherie», en: Journal de physique, de chimie, d’histoire naturelle et des arts 6:6 [=49:6] (frimario año VIII [noviembre/diciembre 1799]), pp. 433-436.

Carta de Alexander Humboldt a J. C. Delamétherie

Cumaná, en la América meridional, 30 mesidor año VII

Hace apenas tres días, mi buen y digno amigo, que llegué a esta costa de la América meridional y ya se presenta una ocasión favorable para hacerle llegar señales de vida, para decirle muy rápidamente (porque la embarcación está a punto de izar las velas) que mis instrumentos de astronomía, de física y de química han permanecido intactos; que durante la navegación he trabajado mucho en la composición química del aire, en su transparencia, su humedad, en la temperatura del mar y su densidad… En la inclinación de la aguja imantada y la intensidad de la fuerza magnética… Los sextantes de Ramsden y de Troughton y el cronómetro de Louis Berthoud (instrumento excelente que ayudó a fijar la longitud de Santa Cruz de Tenerife en 1h 14’ 25,5’’, mientras que Borda la encontró en 1h 14’ 24’’) me permitieron determinar con gran exactitud los lugares en los que se había realizado cada observación: una gran ventaja para las observaciones magnéticas. ¿Pero cómo decirle, en medio de esta prisa, todo lo que vi y lo mucho que disfruté de mi estadía en las Canarias? Casi todos los naturalistas que (como yo) han pasado por las Indias, no han tenido ocasión de ir al pie de este coloso volcánico ni de admirar los deliciosos jardines del puerto de La Orotava. Yo tuve la dicha de que nuestra fragata, la Pizarro, se detuviera allí durante seis días. Examiné en detalle las capas de las que se compone el pico del Teide. El ciudadano Le Gros, vicecónsul de la República, quiso acompañarnos a la cima; fueron él y Bernard Cologan quienes observaron con suma sagacidad la última y terrible erupción del 9 de junio de 1798. El ciudadano Le Gros nos prometió una descripción de ese gran fenómeno, acompañado de un bello dibujo que he visto esbozado en el jardín botánico del rey en La Orotava. Podrá ver cuán útil nos resultó su compañía. Dormimos al claro de luna a 1 200 toesas de altura y a las dos de la mañana emprendimos camino hacia la cima que —a pesar del viento violento, del calor del sol que quemaba (consumía) nuestras botas y, no obstante, el frío penetrante— alcanzamos a las ocho.

No le diré nada acerca de aquel espectáculo majestuoso, de las islas volcánicas de Lanzarote, Gran Canaria y Gomera, que se avistan a sus pies, de aquel desierto de 20 leguas cuadradas, cubierto de piedras pómez y de lavas, sin insectos, sin pájaros (habitado solamente por la viola decumbens), un desierto que nos separa de esos espesos bosques de laureles y de brezos, de esos viñedos adornados con palmeras, plátanos y árboles de dragón, cuyas raíces están bañadas por el oleaje… Avanzamos hasta el propio cráter, que no tiene más de 40 o 60 pies de profundidad. La cima está a 1 904 toesas sobre el nivel del mar, tal como estableció Borda con una operación geométrica muy precisa: recogí botellas de aire atmosférico, y ese aire, analizado con mucho cuidado mediante un gas nitrado (cuya pureza conozco por el sulfato de hierro), no contiene más que 0,19 de oxígeno. Sin embargo, el viento violento mezcla, sin duda, el aire puro de la llanura (con 0,278 de oxígeno) con el de la cima. Allí, el termómetro de Réaumur (no centígrado) se hallaba a 2º; en Orotava oscilaba entre los 18º y los 19º. Si se cuentan 16º de diferencia, daría un total de 119 toesas por grado, lo que coincide con las observaciones de Saussure, quien —creo yo — calcula 107 toesas por grado. El pico del Teide es una inmensa montaña basáltica que parece descansar sobre la piedra calcárea densa y secundaria. Es la misma que, junto a muchas piedras de fusil, encontramos en el Cabo Negro, en África, la misma que se encuentra en Cádiz, en La Mancha, en La Provenza, y la misma, también, sobre la que descansan los basaltos de St. Loup, cerca de Agde, y los de Portugal. ¡Ya ve con qué uniformidad está construido el globo! ¡Las Azores, las Canarias, las islas de Cabo Verde no parecen ser más que la continuación de las formaciones basálticas de Lisboa! Desde la costa de África el oleaje también lleva y arroja sobre las orillas de Tenerife granitos, sienitas y láminas micáceas graníticas, que también tenemos en San Gotardo, en Salzburgo… Es de suponer que de esas rocas se compone la alta cresta del Atlas, que se prolonga al oeste hacia las costas de Marruecos. El cráter del pico, es decir el de la cima, hace siglos que ya no arroja lava (que sale únicamente de los flancos). Pero el cráter produce una enorme cantidad de azufre y de sulfato de hierro. ¿Acaso el azufre no se compone o no proviene de aquella roca calcárea por debajo de los basaltos que, idéntica a la de Andalucía (y a la de Kreczezowicz, en Polonia), bien podría suministrarlo? Usted sabe que la piedra calcárea y yesosa de Andalucía (es la misma formación, con un yeso que hace surcos en la roca calcárea) podría suministrar azufre a la Europa entera.

Pero el basalto del que se compone el pico del Teide no es basalto que contenga únicamente cornalita y olivino laminado y cristalizado (la chrysolide basáltica). Hacia la cima, sobre todo, hay capas de porphyrschiefer de Werner y de otro pórfido a base de obsidiana. El porphyrschiefer es laminado, sonoro, semitransparente en los bordes, formado de una base verde muy dura, parecido al jade y con incrustaciones de feldespato vidrioso. Las piedras pómez del pico no son otra cosa que obsidiana descompuesta por el fuego. Su origen no puede ser atribuido al feldespato. He recogido y visto ya, en las colecciones de Madrid, muchos trozos de color negro oliváceo que son en parte de obsidiana y en parte de una piedra pómez blanca y fibrosa. He hecho una gran cantidad de observaciones sobre la inclinación con el nuevo instrumento inventado por Borda, al que el ciudadano Megnié aplicó algunas simplificaciones. Verá usted las observaciones que, junto con una memoria astronómica, envié al ciudadano Delambre.


Nueva divisiónFuerza magnética de oscilación1
París77º 15…24,5
Nimes72º 65…24
Barcelona71º 80…24,5
Valencia70,70…23,5
Madrid75,20…24
Ferrol76,15…23,7

1 En tiempos de calma, con un minuto alcanza perfectamente para contar las oscilaciones sobre el mar.


LongitudLatitudInclinación
32º 16’…17º 7’…71º 50…24
26º 51’…19º 3’…67º 00…23
14º 15’…48º 3’…55º 80…23,9
13º 51’…50º 2’…50º 15…23,4
10º 59’…64º 31’…46º 50…23,7

Puede ver que la fuerza no se halla en relación directa con la inclinación; el fenómeno es muy complicado. Sobre esto hablaré en otra ocasión. He pesado el agua de mar con una balanza de Dollond, esta se torna menos densa cuando se acerca al ecuador; pero no cabe duda de que el mínimo está al norte de la línea: a partir de los 18º 8’ de latitud la densidad del agua volvía a aumentar.

Logré analizar el aire a bordo con la misma facilidad que en mi laboratorio. Sobre este asunto, comencé una memoria que enviaré al instituto; allí verá que en las bellas noches bajo el claro de luna, a los 10º 30’ de latitud, el aire del mar contenía más de 0,30 de oxígeno. Examiné con cuidado la temperatura del agua; vi cómo aumentaba de 12º a 20º5; en Coruña, superficie del mar, 12º lat. 35º 8’ 13º lat. 29º 15º lat. 20º 8’ 17º lat. 14º 57 19º lat. 13º 30’ 20º 5. Usted sabe que la temperatura del aire no ejerce influencia alguna sobre la temperatura del agua: en una determinada latitud permanece igual sin importar la estación. Pero allí donde hay fondos bajos el agua es fría. La he visto descender de 20º 5 a 18º. La idea de Jonathan Williams (Transactions de la Societé d’Amérique, vol. III, p. 82) de sondear con el termómetro —idea sugerida por el gran Franklin— es muy acertada. Algún día continuaré el mapa de Williams.

Bonpland, mi compañero de viaje, hace una notable colección de plantas. Nuestra casa está construida con madera de quino.

Haremos experimentos con el gimnotus electricus.

6 «Briefe des Herrn Alexander von Humboldt», en: Neue Berlinische Monatschrift 6 (agosto 1801), pp. 115-141.

Cartas del señor Alexander von Humboldt

Nuestro compatriota Alexander von Humboldt, por sus conocimientos, sus escritos y sus viajes, atrae actualmente la atención de más de buena parte del mundo. En él confluyen de manera muy poco común la perspicacia de la teoría, el empeño de la erudición y el natural espíritu para las labores de índole práctica. Abarca todos los ámbitos de las ciencias naturales: en el cielo, en la superficie de la Tierra, en sus profundidades y en los mares. Estudia los astros eternos y las plantas de vida pasajera, la osamenta del globo terráqueo y las fibras nerviosas de los animales, el fuego de los volcanes y el proceso de la vida, el color de la vegetación subterránea y las corrientes de aguas ocultas, los gases invisibles que conforman el aire y las aún más secretas fuerzas naturales (la electricidad, el magnetismo, etcétera), el saber de los antiguos (sobre el basalto, por ejemplo) y el nivel de civilización de los pueblos actuales. La química, la medicina, la mineralogía, la geografía le deben grandes descubrimientos y adelantos. ¡Y este hombre incansable, admirable en tantas materias, no ha cumplido aún los 32 años de edad!1

Está llevando el nombre de Alemania y de Prusia a lugares en los que jamás un europeo ha puesto el pie, y a los que, en parte, ni siquiera las tribus vecinas habían conseguido llegar aún. ¡Cuántos beneficios no prometen sus excursiones en América, donde ha escalado montañas, atravesado desiertos, recorrido ríos, y vivido entre pueblos que por lo menos no han visto jamás a un observador de esa índole! ¿Y el reposo tras estas riesgosas y laboriosas empresas? Lo busca en una nueva actividad aún más fatigosa, en los sitios más remotos a los que un mortal pueda viajar. Se va a unir a la expedición que actualmente está organizando el gobierno francés, comandada por el capitán Baudin, para dar la vuelta al mundo. Los barcos lo recogerán en Acapulco, a fin de completar con él su gran viaje. Es la más bella corona que pudiera colocarse sobre la frente de nuestro viajero; pero, a la vez, ¡qué gran compañero para tal propósito, un hombre tan bien equipado, tan bien preparado y tan experto!

El inolvidable Reinhold Forster nació en Prusia occidental y vivió sus últimos años nuevamente en nuestro país. Por segunda vez tendremos el insigne placer de ver entre nosotros y de disfrutar del interesante magisterio de un sabio que ha recorrido el mundo. Porque es preciso aunar todos los buenos deseos para que Humboldt regrese ileso a su patria, para que el genio de las ciencias proteja su vida, una vida que él tal vez se prestará a arriesgar con excesivo fervor en favor de las ciencias.

Sobre sus viajes por las selvas de Sudamérica, hasta las fuentes del Orinoco, han aparecido en la prensa pública varios relatos muy notables extraídos de sus cartas. Es el caso, por ejemplo, de su más reciente carta desde La Habana, donde habla específicamente de su viaje alrededor del mundo. No voy a presentarles a los lectores algo que ya pueden encontrar en otra parte. Por el contrario, publicaré algunas viejas cartas que nunca se han dado a conocer y que suscitan por sí mismas un gran interés, el cual resulta tanto mayor por cuanto, en cierto modo, relatan la historia de su viaje. Frecuentemente se ha oído hablar de los deseos de Humboldt de visitar regiones desconocidas del mundo; se le suponía a veces en un sitio, otras veces en otro, y en ocasiones causaba asombro conocer que no se encontraba en el lugar donde uno creía que estaba. Se llegaba a sospechar, incluso, que variaba o abandonaba veleidosamente sus planes, cuando en realidad el noble joven los seguía con la más enérgica perseverancia. Desde muy temprano tuvo la intención de ir a África; pero fue en ese momento cuando le llegó la solicitud de acompañar la expedición francesa alrededor del mundo. Cuando esta tuvo que ser pospuesta, puso todo su empeño en lograr su primer objetivo. El destino le opuso barreras infranqueables; fue a España y eligió y aprovechó allí la oportunidad de visitar en el nuevo mundo la tierra cálida que le era imposible ver en el viejo.

La primera carta del señor von Humboldt está dirigida a su íntimo amigo de muchos años, el profesor Willdenow, aquí radicado; las otras dos, a su hermano mayor, el consejero de legación Karl Wilhelm von Humboldt. Todas conforman una cronología exacta de sus reportes de entonces.

I

Aranjuez, cerca de Madrid, 20 de abril de 1799

Si desde Marsella no te he vuelto a escribir una sola línea, querido y fraternal amigo, ello no significa, como verás por el contenido de esta carta, que haya dejado de estar activo, trabajando en tu favor y por las cosas que te proporcionan placer. Acabo de cerrar una caja con 400 plantas para ti, de las cuales una cuarta parte seguramente aún no ha sido descrita y proviene de lugares (como San Blas en California, Chiloé y las Filipinas) en los que apenas ningún botánico ha puesto un pie. Cuando examines esas plantas, te convencerás de que no ha pasado un día, ya sea en bosques, praderas o a orillas del mar, en el que tu recuerdo no haya estado vivo en mí. En todas partes he estado coleccionando para ti, solo para ti, pues, en lo que a mí concierne, quiero empezar mi herbario cuando esté al otro lado del océano. Pero antes de nombrarte las plantas a ti destinadas, querido, quiero contarte sobre mí mismo y mi vida. Este año mi vida ha sido bastante asombrosa, pero te darás cuenta de que por lo menos he sido igual de testarudo en la prosecución de mis proyectos y de que esa testarudez me habrá de llevar un día desde California hasta la tierra de los patagones, quizás incluso alrededor del mundo…

Después de haber renunciado en Salzburgo a mi segundo viaje a Italia y a los numerosos e importantes experimentos que pensaba hacer en Nápoles sobre las exhalaciones gaseosas de los volcanes, no tenía ya otro objetivo que dirigirme a la zona cálida. Como sabes, Lord Bristol2 había comprado un barco en Livorno, con el que iríamos a remontar el Nilo hasta llegar a las cataratas, cargados de vitualla y bebida, pintores y escultores. Ese viaje a Egipto estaba acordado (noviembre de 1797) desde antes de que Bonaparte se ocupara del lugar. Yo quería comprar todavía algunos instrumentos en París, cuando los franceses se apoderaron de mi viejo buen Lord en Boloña y lo retuvieron en Milán…

En París me acogieron como nunca me atreví a imaginar, de una manera que solo puedo explicarme a partir de la mediocridad de los alemanes que hasta entonces habían asomado por allí. El anciano Bougainville proyectaba un nuevo viaje alrededor del mundo, sobre todo en dirección al polo sur. Trató de persuadirme para que fuera con él, y a mí, que en aquel momento me ocupaba de investigaciones magnéticas, me pareció que un viaje al polo sur era mejor que ir a Egipto, el territorio hacia el que Bonaparte, al llegar yo a Francia, había ya partido junto con su cohorte de sabios. Imbuido de esas expectativas de larga mira estaba yo cuando, de repente, el Directorio toma la heroica decisión de encargar el viaje no a Bougainville, que ya tenía 75 años, sino al capitán Baudin. Apenas enterado de esa decisión, me llega la invitación del gobierno a embarcarme en la Volcán, una de las tres corbetas. Pusieron a mi disposición todas las colecciones nacionales para que escogiese los instrumentos que quisiera. Me pidieron consejo en cuanto a la elección de los naturalistas y en todo lo concerniente al equipamiento. Muchos de mis amigos se mostraron descontentos con la idea de verme expuesto a los peligros de un viaje de cinco años, pero mi decisión era irrevocable, y me habría despreciado a mí mismo si hubiera dejado pasar tal oportunidad de ser útil. Los barcos ya estaban arbolados. Bougainville tuvo a bien confiarme el cuidado de su hijo de 14 años para que este se acostumbrara rápidamente a los peligros de la vida en el mar. La elección de nuestros acompañantes era excelente: todos eran personas jóvenes, fuertes e instruidas. ¡De qué filosa manera miraba uno al otro al verse por primera vez! ¡Antes desconocidos los unos para los otros y ahora tan cercanos por tanto tiempo! El primer año pretendíamos pasarlo en Paraguai y en la tierra de los patagones; el segundo en Perú, Chile, México y California; el tercero en el Mar del Sur; el cuarto en Madagascar, y el quinto en Guinea. Mi hermano y mi cuñada pretendían acompañarme hasta La Haya. Estábamos tan familiarizados con la idea, que la partida nos parecía una fiesta. ¡Qué indecible dolor al ver frustradas todas esas esperanzas en dos semanas! 300 000 miserables libras y el temor al inminente estallido de la guerra fueron las causas. Mi influencia personal sobre François de Neufchateau, que tanto me aprecia, y todos los resortes puestos en movimiento, fueron en vano. En París, donde no se hablaba más que de ese viaje, creían que ya habíamos zarpado. Mediante un segundo decreto, el Directorio aplazó la partida hasta el año siguiente.

Solo queda sufrir tal situación, tal dolor. Pero los hombres tienen que actuar y no abandonarse al dolor. Así que decidí seguir al ejército egipcio por tierra, uniéndome a la caravana que parte de Trípoli y atraviesa el desierto de Selima hasta El Cairo. Me uní a uno de los jóvenes que debía formar parte del viaje alrededor del mundo, Bonpland, un botánico muy bueno, el mejor discípulo de Jussieu y de Desfontaines. Sirvió en la flota, es muy robusto, valeroso y bondadoso, y también diestro en temas de anatomia comparata [anatomía comparada o anatomía animal]. Nos dirigimos rápidamente a Marsella para, desde allí, junto con el cónsul sueco Skjöldebrand, partir en una fragata que transportaba donativos. Yo quería pasar el invierno en Argel y en el macizo del Atlas, donde (según Desfontaines) pueden encontrarse todavía, en la provincia de Constantina, más de 400 nuevas especies. Desde allí, atravesando Sufétula, Túnez y Trípoli, quería unirme a Bonaparte por medio de la caravana que va hacia la Meca. Esperamos inútilmente durante dos meses. Nuestras maletas tenían que permanecer cerradas e íbamos diariamente a la orilla. La fragata Jaramas, que debía llevarnos, naufragó. Toda la tripulación se ahogó. A algunos de mis amigos, que me creían embarcado, los asustó mucho la noticia.

Sin dejarme desalentar por la larga espera, contraté a un ragusano que debía llevarnos directamente a Túnez. Pero la municipalidad de Marsella, probablemente ya advertida de las tormentas que pronto se desatarían sobre todos los franceses en la Berbería, se rehusó a conceder los pasaportes. Pronto llegó la noticia de que el bey de Argel no quería dejar partir la caravana hacia la Meca para que esta no atravesara Egipto, tierra infecta por la mácula de los cristianos. Así se perdía toda esperanza de unirnos al ejército en Cairo. Por mar estaba cortada toda comunicación. No me quedaba otro remedio que renunciar al viaje de otoño al Oriente, pasar el invierno en España y desde allí, en primavera, buscar un barco que me llevara a Esmirna. ¡Tiempos tristes, en los que, pese a todos los sacrificios, y aun invirtiendo millones, no se puede ir con seguridad de una costa a otra!

Recorrí entonces, casi siempre a pie, la costa del Mar Mediterráneo, atravesando Sète, Montpellier, Narbona, Perpiñán, los Pirineos y Cataluña, hasta llegar a Valencia y Murcia, y desde ahí, a través de la meseta de la Mancha, hasta aquí. En Montpellier pasé días exquisitos en casa de Chaptal, y en Barcelona con John Gille, un inglés con el que viví en Hamburgo y que posee ahora en España una gran casa de comercio. En los valles de los Pirineos florecían las arvejas, mientras a un lado el Canigó erguía su cabeza cubierta de nieve. En Cataluña y Valencia el país es un eterno jardín, cubierto de cactos [opuntias] y agaves. Las palmas datileras, entre 40 y 50 pies de alto, cargadas de racimos de frutos, se elevan por encima de todos los conventos. Los campos parecen un bosque de ceratonias [algarrobos], olivos y naranjos, muchos de los cuales tienen coronas como nuestros perales. En Valencia 68 naranjas cuestan una peseta, o sea, seis groschen. Cerca de Balaguer y en la desembocadura del Ebro se halla una llanura de 10 leguas de largo, cubierta de chamaerops [palmeras enanas], pistachos, innumerables variedades de ericas [brezos] (Erica vagans, E. scoparia, E. mediterranea) y cistus [jaras, rosas espinosas]. Los brezales florecían y, en medio del monte recogimos narcisos y junquillos. Cerca de Cambrils, la Phoenix daktylifera [la palma común] está tan silvestre que se pueden ver entre 20 y 30 troncos tan apretados entre sí que ningún animal puede atravesarlos. Como en las iglesias gustan mucho de las hojas blancas de las palmeras, en Valencia pueden verse troncos de datileras cuyos brotes centrales están cubiertos de una especie de gorro en forma cónica, compuesto de Stipa tenacissima [esparto duro], para que las hojas nuevas puedan etiolarse3 en la oscuridad. La cuenca en la que se halla Valencia no tiene parangón con ningún otro lugar de Europa en cuanto a exuberancia de la vegetación. Uno cree que jamás ha visto árboles y hojas antes de haber visto esas palmeras, granadas, ceratonias, malvas, etcétera. A mitad de enero el termómetro marcaba a la sombra 18º Réaumur. Casi todas las flores ya se habían caído.

Nada diré de las ruinas próximas a Tarragona, de la montaña cercana a Murviedro, o del templo de Diana en la antigua Sagunto,4 de su inmenso anfiteatro, de la torre de Hércules, desde donde sobresalen las torres de Valencia entre un bosque de palmas datileras, del mar y del cabo de Culleras. Pobres de vosotros, que apenas os podéis calentar, mientras que yo, con la frente sudorosa, ando entre naranjos en flor y campos que, irrigados por miles de canales, son capaces de dar cinco cosechas en un año (arroz, trigo, cáñamo, arvejas y algodón). Cuán fácil se olvidan, en medio de tanta exuberancia de plantas, en medio de esta indescriptible belleza de formas humanas, las fatigas del camino y las fondas donde ni siquiera encuentras pan. Y luego está la costa, casi completamente cultivada en todas partes. En Cataluña predomina una industriosidad semejante a la holandesa. En todas las aldeas se teje, se construyen embarcaciones, etcétera, todo el mundo trabaja. Quizás no haya otro sitio en Europa donde la agricultura y la horticultura hayan prosperado más que entre Castellón de la Plana y Valencia. Sin embargo, 15 leguas hacia el interior de la región todo es desierto. Ese interior lo conforma la cumbre de una montaña que se mantuvo en pie entre 2 000 a 3 000 pies por encima del nivel del mar, cuando el Mediterráneo se lo tragó todo. A esa altura le debe España su existencia, pero también, exceptuando las costas, su sequedad y, en parte, su frialdad. Cerca de Madrid los olivos sufren por ello al estar a la intemperie, y los naranjos al aire libre son una rareza… Pero ya empiezo con mis descripciones, cosa que, en realidad, nunca pretendo hacer, porque entonces tendría que enviar libros en lugar de cartas. Regreso a mis planes.

Los cambios ministeriales ocurridos aquí y el ascenso del nuevo favorito, el Caballero Urquijo,* supe aprovecharlos tan bien que fui recomendado con mucha insistencia al rey y, en especial, a la reina. Ambos monarcas, cada vez que he ido a la corte, me han tratado maravillosamente, y no solo he recibido permiso real —algo que los propios españoles consideraban imposible— para adentrarme en las colonias españolas con todos mis instrumentos, sino que me han provisto de recomendaciones reales para todos los virreyes y gobernadores. Así que primero iré a Cuba, luego a México, California, Panamá, etcétera. El botánico francés Alex. Bonpland me acompañará; y tu herbario no caerá en el olvido, aunque durante la guerra es muy difícil enviar plantas a Europa de un modo seguro.

La Coruña, 5 de junio de 1799

Pocas horas antes de mi partida en la fragata Pizarro tengo que hacerme presente en tu recuerdo una vez más, mi buen amigo. En pocos días estaremos en las Canarias, luego en la costa de Caracas, donde el capitán tiene que entregar cartas, y luego iremos a Trinidad, en Cuba… Espero que podamos volver a vernos con buena salud. Todos mis instrumentos están ya a bordo. Tu recuerdo me acompaña. El hombre ha de querer lo grande y bueno. El resto depende del destino. Escríbeme todos los años. Con fraternal amor, etcétera.

II

Puerto de La Orotava, al pie del pico de Tenerife, 20 de junio5 de 1799

Infinitamente feliz he arribado a suelo africano y estoy rodeado aquí de cocoteros y platanales. El 5 de junio partimos. Con viento muy fresco del noroeste y con la suerte de no haber visto casi ningún otro navío, ya al décimo día estábamos sobre las costas de Marruecos, el 17 de junio en La Graciosa,6 donde desembarcamos, y el 19 en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Nuestra compañía era muy buena: sobre todo un joven canario, el Dr. Francesco Salcedo, quien me tomó mucho cariño, un hombre sumamente afectuoso y de espíritu vivaz, como todos los habitantes de esta afortunada isla… Hice muchas observaciones, en especial astronómicas y químicas (sobre calidad del aire, temperatura del mar, etcétera). Las noches eran magníficas: una claridad de luna tal sobre ese cielo inmaculado y apacible, que se podía leer sobre el sextante; ¡y las constelaciones del sur, Centauro y Lobo! ¡Qué noche! Pescamos un animal muy poco conocido, dagysa, precisamente allí donde Banks lo descubrió; y un nuevo género de planta, una planta verde con hojas parecidas a las de la vid (no un ficus) a 50 toesas de profundidad. El mar brillaba todas las noches. Cerca de Madeira se nos acercó un grupo de pájaros que se reunieron a nuestro alrededor en total confianza, y nos siguieron durante días enteros.

Desembarcamos en La Graciosa para averiguar si, por delante de Tenerife, cruzaban fragatas inglesas. Nos dijeron que no, así que seguimos nuestro camino y arribamos felizmente sin haber avistado un solo barco. Cómo, no lo entiendo, pues una hora después de habernos marchado nosotros, aparecieron seis fragatas inglesas frente al puerto. A partir de ahora ya no hay nada que temer de ellas hasta las Indias Occidentales… Mi salud es excelente, y con Bonpland estoy sumamente satisfecho. Ya en Tenerife conocimos la gran hospitalidad que reina en todas las colonias. Todo el mundo nos agasaja, con o sin recomendación, con la intención de tener noticias de Europa. Y el pasaporte real obra milagros. En Santa Cruz vivimos en casa del general Armiaga; aquí, en Puerto Orotava, en una casa inglesa, la del comerciante John Collegan, donde también se alojaron Cook, Banks y Lord Macartney. Es imposible imaginar cuánta naturalidad y cuánta educación hay entre las mujeres de estas casas.

23 de junio, al atardecer

Ayer por la noche regresé del pico. ¡Qué vista! ¡Qué placer! Descendimos al fondo del cráter, quizás más lejos que cualquier otro naturalista hasta ahora. Con la excepción de Borda y Mason, todos los demás han ido hacia el último cono. Hay poco peligro en ello, pero sí fatiga a causa del calor y del frío: en el cráter, los vapores del azufre agujerearon nuestras ropas y las manos se nos congelaron a 2º Réaumur. ¡Dios mío, qué sensación a esa altura (11 500 pies)! La bóveda celeste azul oscura por encima de uno, viejos cauces de lava a los pies; alrededor, este escenario de desolación (3 millas cuadradas de piedra pómez), coronada de bosques de laureles; más abajo, los viñedos, entre los cuales se extienden los platanales hasta llegar el mar, los hermosos pueblitos a la orilla, y todas las siete islas, entre las cuales La Palma y Gran Canaria tienen volcanes muy altos, cual mapa debajo de nosotros. El cráter en el que estábamos solo exhala vapores sulfurosos, la tierra tiene una temperatura de 70º Réaumur. A los lados se derrama la lava. También allí están los pequeños cráteres, como los que hace dos años alumbraron toda la isla. En aquel momento se escuchó durante dos meses un fuego de cañones subterráneo, y piedras del tamaño de casas salieron arrojadas a 4 000 pies de altura. He hecho aquí importantes observaciones mineralógicas. El pico es una montaña de basalto sobre la que se han depositado el esquisto porfídico y el pórfido-obsidiana. En él rugen el fuego y el agua. Por doquier vi brotar vapores de agua. Casi toda la lava es basalto derretido. La piedra pómez ha salido a partir del pórfidoobsidiana; tengo piezas que están compuestas a medias por ambos.

Delante del cráter, bajo unas piedras que llaman la Estancia de los Ingleses,7 al pie de una corriente de lava, pasamos una noche al aire libre. A las 2 de la madrugada ya nos pusimos en marcha hacia el último cono. El cielo estaba completamente estrellado y la luna brillaba suavemente; pero estos bellos momentos no iban a permanecer así para nosotros. La tormenta empezó a rugir encima de la cumbre; tuvimos que agarrarnos fuertemente a la corona del cráter. El aire bramaba con sonido de trueno en las grietas, y una envoltura de nubes nos separaba del mundo viviente. Bajamos por el cono, solitarios por entre los vapores, solitarios como un barco en el mar. Ese rápido tránsito de la bella y serena claridad de luna a la penumbra y a la desolación de la niebla causaba una impresión conmovedora.

Posdata: En la villa de La Orotava hay un drago (Dracaena draco) de 45 pies de circunferencia. Hace 400 años, en la época de los guanches,8 ya era tan grueso como ahora… Casi con lágrimas me marcho; me hubiera gustado establecerme aquí, y apenas he salido del territorio europeo. ¡Si pudieras ver esos campos, esos milenarios bosques de laureles, esas uvas, esas rosas! Aquí engordan a los cerdos con duraznos. En todas las calles pululan camellos.

Hoy mismo, día 25, nos hacemos a la mar.

III

Cumaná9 en Sudamérica, 16 de julio de 1799

Con la misma suerte, querido hermano, con que llegamos a Tenerife a la vista de los ingleses, hemos concluido nuestro viaje marítimo. En el camino he trabajado mucho, y he hecho sobre todo observaciones astronómicas. Nos quedaremos algunos meses en Caracas;10 hemos llegado a la tierra más divina y plena. Plantas maravillosas, anguilas eléctricas, tigres, armadillos, monos, papagayos, y muchos, muchos auténticos indios semisalvajes, una muy bella e interesante raza humana. Caracas es, debido a las cercanas montañas nevadas, el lugar más fresco y saludable donde se pueda estar en América; un clima como en México; y, aunque ha sido visitado por Daguin, sigue siendo una de las regiones más desconocidas del mundo, tan pronto uno se adentra un poco en las montañas. Lo que, aparte del encanto de esta naturaleza (desde ayer no hemos visto ni una sola planta o animal de Europa), nos hace permanecer por completo aquí en Caracas —a dos días de viaje por mar desde Cumaná— es la noticia de que, precisamente en estos días, barcos ingleses de guerra van a atravesar esta región. Desde aquí hasta La Habana es un viaje de ocho a 10 días, y como todos los convoyes europeos arriban aquí, hay suficientes oportunidades, aparte de las oportunidades privadas. Además, en estos momentos, y hasta septiembre y octubre, es cuando más golpea el calor en Cuba. Ese tiempo lo pasaremos aquí en medio del frescor y de una atmósfera saludable; incluso se puede dormir de noche al aire libre.

Aquí está también un antiguo comisario de la marina, acompañado de una negra y dos negros, que vivió mucho tiempo en París, Santo Domingo y las Filipinas. Por 20 piastras al mes hemos alquilado una casa agradable y totalmente nueva, junto con dos criadas negras, una de las cuales cocina. Aquí no falta la comida; pero desgraciadamente ahora no hay nada parecido a la harina, el pan o los bizcochos. La ciudad todavía está medio hundida entre escombros, pues el mismo terremoto de Quito, aquel célebre de 1797, también derribó a Cumaná. Esta ciudad se halla en una ensenada, tan bella como la de Tolón, detrás de un anfiteatro y de montañas entre 5 000 y 8 000 pies de altura, densamente cubiertas de bosques. Todas las casas están construidas de Sinabaum o cinchona blanca11 y cedro azul. A lo largo del riachuelo (río de Cumaná*), que es como el Saale en Jena, se encuentran siete conventos y plantaciones que semejan verdaderos jardines ingleses. Fuera de la ciudad viven los indios cobrizos, entre los cuales los hombres andan todos casi desnudos; las chozas son de bambú, cubiertas de hojas de cocoteros. Entré a una de ellas. La madre estaba sentada con los niños, en lugar de en sillas, sobre troncos de coral que el mar suele arrojar; todos tenían ante sí cáscaras de cocos a guisa de platos, en los que comían pescado. Las plantaciones están abiertas; se entra y se sale libremente de ellas. En la mayoría de las casas las puertas permanecen abiertas incluso de noche, así de bondadosa es la gente aquí. Hay también aquí más indios auténticos que negros.

¡Qué árboles! Cocoteros, entre 50 y 60 pies de altura; Poinciana pulcherrima con ramilletes de un pie de altura de flores de un rojo vivo; plátanos, y una masa de árboles de hojas enormes y flores perfumadas del tamaño de una mano, de las que no sabemos nada. Tan solo piensa que este país es tan desconocido que, un nuevo género que Mutis publicó hace apenas dos años (ver Cavanilles, Icones t. 4) es un árbol de gran sombra de 60 pies de altura. Estábamos tan felices de haber encontrado esa majestuosa planta ayer mismo (tenía estambres de una pulgada de largo). ¿Cuán grande puede ser, entonces, la cantidad de plantas más pequeñas que hasta ahora han escapado a la observación? ¡Y qué colores los de los pájaros, los peces, incluso de los cangrejos (azul celeste y amarillo)! Deambulamos de un lado a otro como unos locos; en los primeros tres días fuimos incapaces de decidir nada, pues tan pronto nos ocupábamos de un objeto de estudio lo descartábamos para tomar otro. Bonpland asegura que acabará volviéndose loco si no cesa pronto este desfile de prodigios. Pero más bello aún que esas maravillas en particular, es la impresión que causa la totalidad de esta naturaleza vegetal vigorosa, exuberante y, a la vez, tan liviana, placentera, benigna. Percibo que voy a ser muy feliz aquí, y que estas impresiones me seguirán alegrando en el futuro muchas veces.

No sé cuánto tiempo me quedaré; creo que aquí y en Caracas, unos tres meses, pero quizás también mucho más. Hay que disfrutar lo que se tiene cerca. Probablemente, cuando acabe el invierno el próximo mes y empiece la temporada más cálida y ociosa, emprenda un viaje a la desembocadura del Orinoco, llamada Boca del Dragón, hacia donde conduce, desde aquí, una ruta transitable y segura. Ya pasamos por frente a esa Boca: ¡un terrible espectáculo marino! En la noche del 4 de julio vi por primera vez la Cruz del Sur12 completamente clara.

P.D. No temas por la zona cálida. Ya llevo casi cuatro semanas por debajo de los trópicos y no sufro en absoluto por ello. El termómetro se mantiene siempre entre los 20º y 22º, no más. Pero en las noches, en la costa de Cayena, sentí frío con 15º. De modo que en ningún lugar de este mundo hace verdaderamente calor.

Puedes seguir mi viaje en el mapa. El 5 de junio, salida de Coruña; día 17, hacia La Graciosa; días 19 a 25, en Tenerife; después, fuerte viento del este y lluvias; días 5 y 6 de julio, a lo largo de las costas de Brasil; el 14, entre Tobago y Granada; el 15, en el canal entre Margarita y Sudamérica; el 16, al amanecer, en el puerto de Cumaná.

1 Friedrich Heinrich Alexander von Humboldt, Real Superintendente de Minas, elegido miembro de la Academia de Ciencias local mientras se hallaba de viaje en el otro hemisferio de la Tierra, nació el 14 de septiembre de 1769 en Berlín.

2 Lord Hervey, conde de Bristol, obispo de Londonderry, ampliamente conocido por sus viajes en Europa. Estuvo también en Berlín. Se calculan sus ingresos anuales en 60 000 libras esterlinas.

3 Etioler, s’étioler: verbo; étiolement: sustantivo. En realidad, una enfermedad de las plantas que se dan muy en el fondo del suelo o en lugares cerrados, por lo cual crecen hacia arriba, echando tallos largos y finos, u hojas de un color blanco muy brillante. Así que en España se genera esta naturaleza defectuosa mediante artes.

4 El pueblo de Murviedro en el reino de Valencia se encuentra en el mismo lugar de la antigua y célebre Saguntum, al pie de una montaña y junto a un río, los cuales, en ambos casos, se llaman igualmente Murviedro. En la cima de la montaña, y en el entorno, quedan muchos restos de grandes edificaciones antiguas.

5 La fecha se entiende siempre solo a partir del comienzo de las cartas en forma de diario; las continuaciones no siempre tienen fecha en cada caso.

6 La Graciosa es una de las Islas Azores, que pertenecen a Portugal; Tenerife, una de las Canarias, que corresponden a España. Estas últimas son siete. Sin contar Madeira, que algunos, incorrectamente, suman a estas, y varias pequeñas islas deshabitadas.

7 El lugar de descanso (la estación) de los ingleses. Esa nación, como lo demuestran sus descubrimientos, viaja tanto que a muchos lugares del mundo se les nombra a partir de ella.

8 Los guanches eran los pobladores originarios y dueños de la isla, que se encontraban allí cuando se tomó posesión de ella. Actualmente están casi extinguidos.

9 También se escribe Komana. Es así que también se puede encontrar Orinoko, en lugar de Oronoko; Guajana en lugar de Guiana, y otras irregularidades más con los nombres.

10 Conocida por el comercio de cacao.

11 Esta madera no crece en China, como haría suponer el nombre, sino en Guayana.

12 Una constelación, debajo de Centauro.

7 «Lettre du baron de Humboldt (de Berlin), à Jerôme Lalande», en: Magasin encyclopédique, ou Journal des Sciences, des Lettres et des Arts 5:6 (germinal año 8 [marzo-abril 1800]), pp. 376-391.

Carta del barón de Humboldt (de Berlín) a Jérôme Lalande

DE CARACAS, AMÉRICA MERIDIONAL, 23 FRIMARIO AÑO VIII DE LA REPÚBLICA (14 DE DICIEMBRE DE 1799)

Pocas semanas después de mi llegada al continente americano, envié un extracto de mis observaciones astronómicas a Delambre, con la creencia de que algunas de ellas podrían interesar a la Agencia de Longitudes. Ha llegado a mí que el barco al que confié ese extracto se perdió a su paso por Guadalupe, por causa de un gran huracán que acaba de arrasar esa zona tropical. Permítame que me dirija hoy a usted, ciudadano, para hablarle acerca de mis trabajos.

Usted ha mostrado un gran interés por el viaje a África que yo tenía intención de emprender en vendimiario, pero las circunstancias me condujeron hacia América. Al haber recibido del gobierno español todas las facilidades imaginables para poder realizar observaciones precisas, cuento con recorrer sucesivamente la Tierra Firme, México y las Filipinas.

Acabo de terminar un viaje infinitamente interesante por el interior del Paria, en la Cordillera de Cocollar, Tumeri, Turimiquire; tengo dos o tres mulas cargadas con instrumentos, plantas disecadas, etcétera. Llegamos a las misiones de los padres capuchinos, que no habían sido visitadas hasta entonces por ningún naturalista; descubrimos un gran número de vegetales, principalmente de nuevas especies de palmeras, y estamos a punto de partir hacia el Orinoco para adentrarnos hacia S. Carlos de Río Negro, al otro lado del ecuador. Un viaje emprendido a expensas de un particular que no es muy rico, y ejecutado por dos personas diligentes, pero muy jóvenes, no debe prometer ser tan fructífero como los viajes de una sociedad de sabios de primer orden enviados con los auspicios de un gobierno; pero usted sabe que mis objetivos principales son la física del mundo, la composición del globo, el análisis del aire, la fisiología de los animales y de las plantas, en fin, los vínculos generales que unen a los seres organizados con la naturaleza inanimada; esos estudios me obligan a abarcar muchos objetos a la vez.

El C. BONPLAND, alumno del museo nacional, muy versado en botánica, anatomía comparada y otras ramas de la historia natural, me secunda con sus luces y una dedicación infatigable. Hemos disecado más de 1 600 plantas y descrito más de 500, recogido caracoles e insectos; he hecho una cincuentena de dibujos. Creo que, considerando los calores abrasadores de esta zona, usted pensará que hemos trabajado mucho en este periodo de cuatro meses. Hemos consagrado los días a la física y a la historia natural, y las noches a la astronomía. Le hago este esbozo de nuestras ocupaciones no para vanagloriarme de lo que hemos hecho, sino para obtener su indulgencia y la de nuestro amigo Delambre por lo que no hemos hecho. Los instrumentos astronómicos que poseo son un cuarto de círculo de Bird, sextantes de Ramsdem y de Troughton, anteojos, micrómetros… Debería haber hecho más, pero usted sabe que la astronomía por la que Zach y Kohler han despertado en mí tanto interés se aleja algo de mi objetivo principal, y también sabe que a 10º de latitud no se trabaja como a 49º. Preferí entonces realizar pocas observaciones, pero con toda la exactitud de la que soy capaz, en lugar de realizar muchas mediocres. Consigné en mis manuscritos los más ínfimos detalles de mis observaciones: las alturas correspondientes, las rectificaciones de los instrumentos, para que en el caso —bastante probable— de que yo perezca en esta expedición, quienes los calculen puedan juzgar el grado de confianza que cada resultado debe proveer.

Embarcados el 17 pradial año VII en la fragata Pizarro, atravesamos el océano con éxito, hasta el 28 mesidor, día en que arribamos a las costas de Paria. Mi plan inicial era dirigirme directamente hacia La Habana y de allí a México, pero no pude resistir al deseo de ver las maravillas del Orinoco y de la alta Cordillera que, desde la meseta de Quito, se extiende hacia las orillas del Guarapiche y del Arco. Todos mis instrumentos, aun los más delicados, llegaron ilesos y, tanto aquí como durante la navegación, se les ha dado un uso constante. Los oficiales españoles apoyaron de tal forma nuestros propósitos que, en aquella fragata en medio del océano, pude preparar gases y analizar la atmósfera como si me encontrase en medio de una ciudad. Las mismas facilidades nos fueron concedidas en el continente; por doquier las órdenes del rey y de su primer secretario de estado De Urquijo, protector de las artes, son ejecutadas con celo y prontitud. Sería yo muy ingrato si no hiciera el mayor elogio de la manera en la que me tratan en las colonias españolas.

En las dos memorias que envié a Delambre cuando aún me encontraba en España, consigné las primeras observaciones hechas con la nueva brújula de Borda en la Europa meridional; allí observé que, en el continente, los lugares influyen aún más en la inclinación que en la declinación magnética. No se observa correspondencia entre las posiciones geográficas de los lugares y los grados de inclinación. Lo mismo he observado aquí, en el nuevo mundo, al transportar el compás de Borda por el interior de Nueva Andalucía. Las observaciones que Nouet le habrá enviado desde Egipto probarán seguramente lo mismo.

Las declinaciones también se ven afectadas por las poblaciones, pero me atrevo a decir que mucho menos; sobre el nivel del mar son más regulares y uniformes al caminar. Solo le daré aquí las observaciones certeras a 15 minutos, con la suspensión que Mégnié preparó para mi compás de Borda; incluso obtuve una exactitud mayor en tiempos de calma. Es también en este tiempo que podemos calcular adecuadamente el número de oscilaciones. Si al contarlas cinco o seis veces los números son siempre los mismos, si continúan, aunque cambiemos el instrumento de lugar, creo entonces que podemos confiar en los resultados. Si bien la calma no es inusual en los trópicos, en 40 días no pude hacer más de diez observaciones bien exactas.

Desde que los ciudadanos Coulomb y Cassini dejaron de ocuparse de las declinaciones, no conozco dos sitios sobre la Tierra de los que pueda decirse que tal día la variación era de 10 segundos más o menos, ni 10 lugares en donde estemos seguros de un minuto de variación. ¡En medio de qué incertidumbres nos hallamos acerca de la declinación magnética de París, a juzgar por el diario de Lamétherie! Me colma de orgullo que los diez puntos del océano que le indico puedan servir en los tiempos que siguen para ver si las inclinaciones cambian rápidamente. Las latitudes y longitudes han sido determinadas a la misma hora con mucha exactitud por un sextante de Ramsden, dividido de 15 en 15 segundos, y por el cronómetro de Louis Berthoud. Le interesará ver que a partir de los 37º de latitud las inclinaciones disminuyen con una rapidez extraordinaria, y que entre los 37º y los 48º de latitud aumentan menos hacia el este que hacia el oeste… Creo que, sobre la alta cadena de montañas calcáreas de esta provincia, unas pequeñas elevaciones por encima del nivel del mar alteran las inclinaciones cerca del ecuador, mucho más que las altas montañas en los Pirineos y en la vieja Castilla. Tomo como ejemplo cuatro puntos localizados, casi norte y sur (en un arco de 24 minutos), cuyas alturas son poco considerables.



ToesasInclinacionesOscilaciones
Cumaná4…44º 20…229
Zueteppe185,2…43 30…229
Impossibile245…43 15…233
Cumanacoa106…43 20…228
Cocollar392…42 60…229

Borda creía, como podemos ver en las preguntas que la academia hizo a La Pérouse, que la intensidad de la fuerza magnética era la misma sobre todo el globo; atribuía la poca diferencia que había detectado en Cádiz, en Tenerife y en Brest a la imperfección del compás. Él me solicitó prestar atención a este objeto. Verá que la fuerza no disminuye con el grado de inclinación, sino que varía desde las 245 oscilaciones en un lapso de 10 minutos en París hasta 229 (en Cumaná). Es seguro que este cambio no tiene una causa accidental. El mismo compás presentaba en París 245 oscilaciones, en Girona 232, en Barcelona 245 y en Valencia 235. Daba, luego de un viaje de varios meses, el mismo número que antes de partir. Este número es el mismo en medio del campo, en un apartamento o en un sótano. La fuerza magnética es la misma durante un largo tiempo en las distintas partes de un mismo lugar; parece constante como las atracciones o la causa de la gravedad. Tuve la desgracia de no haber podido realizar en altamar observaciones de declinaciones magnéticas bien precisas. A pesar de todos mis recaudos no pude comprar un instrumento cuya exactitud se elevara solo hasta los 40’; es por esto que no le hablo de las declinaciones sobre el mar. Sin embargo, es cierto que el punto de variación nula ya se encuentra mucho más avanzado hacia el oeste que en el mapa de Lambert (Ephémérides de Berlin, 1779). Una muy buena observación es la que hiciera en 1775 un navío inglés de Liverpool, que la determinó nula a 66º 40’ de longitud occidental y a 29º de latitud septentrional. Hay dos puntos de esta costa en los que observé la declinación con mucho cuidado sirviéndome de un compás de Lenoir, siguiendo el método de Prony y de Zach, suspendiendo una aguja de un hilo, divisando por las miras y midiendo con el sextante el acimut de una señal. Cumaná, 4º 15’ 45’’ al este, en vendimiario, al mediodía, y una veintena de leguas más al este; en Caripe (capital de las misiones de los capuchinos, habitadas por los indios chaimas y caribes), 3º 15’ al este.

El interés que usted, ciudadano, demuestra por todo lo relacionado con la navegación, me hace creer que las siguientes observaciones le resultarán agradables. He examinado con mucho cuidado las afirmaciones de Franklin y del cap. Jonathan Williams (Transact. of the American Society, vol. 3, p. 32), sobre el uso del termómetro para la exploración de los bajíos. Me resultó asombroso ver cómo el agua se enfría a medida que pierde profundidad; cómo en los bajíos las costas se anuncian anticipadamente. El peor termómetro de alcohol, siempre y cuando sea bien sensible por la forma del bulbo, o más bien por su proporción respecto del tubo, puede convertirse —en medio de la tormenta, de la noche, o bien cuando tenemos dificultades para sondear (cuando las aguas profundas se acercan sin que podamos percibirlo)— en un instrumento útil en la mano del piloto más ignorante. No me canso de invitar a la Agencia de Longitudes a dirigir su atención sobre este objeto tan importante. Toda la tripulación de nuestra fragata se ha asombrado al ver cómo el termómetro descendía rápidamente al acercarse al gran banco que va de Tobago a Granada y al que se encuentra al este de la Isla de Margarita. La observación es aún más fácil de realizar cuando la temperatura del agua del mar permanece inmutable día y noche y en espacios de 12 000 leguas cuadradas; tan inmutable que de cuatro a seis días de navegación no vemos cambiar al más sensible de los termómetros de los 0º,3; en las cercanías de los bajíos, el agua se enfría dos o tres grados o incluso más. Esta idea de Franklin, olvidada hasta el día de hoy, algún día puede resultar muy útil para la navegación, haciendo que las observaciones se multipliquen. Usted puede dar fe de que no digo que debamos confiarnos únicamente del termómetro y no sondear más, pues esto sería una locura; pero puedo asegurar, basándome en mi propia experiencia, que el termómetro anuncia el peligro mucho tiempo antes que la sonda (al buscar el agua un equilibrio de temperatura y al enfriarse en la proximidad de las costas bajas). Puedo asegurar que este nuevo instrumento no es menos certero que una corredera llevada por las corrientes ni que otros métodos para determinar la posición de los navíos. No hemos de creer que no hay aguas profundas si el termómetro no desciende; pero debemos estar alertas si baja de repente. Una advertencia semejante es algo muy preciado, más preciado que las pequeñas cruces que colman nuestros mapas marinos, que en su mayoría anuncian aguas profundas que no existen o que están mal localizadas, como los ocho peñascos al nivel del agua cerca de Madeira. Mire el mapa del océano Atlántico de 1792. La manera de introducir un termómetro en un balde de agua es muy sencilla.

Con una balanza de Dollond y termómetros encerrados en sondas provistas de solapas, medí la densidad y la temperatura del agua de mar, tanto en la superficie como a cierta profundidad; si no me equivoco, usted ya se ha ocupado de este problema, Journal des Savans, abril de 1774. Al igual que mis balanzas han sido comparadas con las de Hassenfratz (ver su nuevo trabajo hidrostático en los Anales de química año VII), mis termómetros lo han sido con los del observatorio nacional, y he estado más seguro de las longitudes de lo que generalmente se está; el pequeño mapa que confeccionaré un día sobre la densidad y la temperatura del agua de mar será bastante curioso. A 17º y 18º de latitud septentrional, entre África y las Indias Occidentales, hay una franja (sin corriente extraordinaria) en la que el agua es más densa que en una latitud menor. Aquí algunos datos sobre la temperatura del agua en el océano entre Europa, África y América.


Latitud norteLongitud del meridiano de ParísEn la superficie del marAl aire libre
43º 29’10º 31’12º18
39 1016 18 301213
36 317 3 01214
35 817 45 01316 5
32 1517 7 3014 213 5
30 3516 54 01516
28 5517 22 301517
26 5119 131615
20 828 331716
18 53 2030 517 417
18 833 217 919
17 2635 261816
15 2222 49 1518 520
14 5744 401917
13 5150 2 3019 818 9
10 4661 23 4520 720 3
10 2866 31 021de 17 a 27
10 2966 3517 823
En las aguas profundas…

Esta carta fue comenzada en Cumaná, me equivoqué en mi esperanza de poder enviarla de manera bien segura vía Estados Unidos. La traje conmigo a esta gran capital de Caracas que, situada a 400 toesas de altura en un valle fértil en cacao, algodón y café, ofrece el clima de Europa.

El termómetro desciende por la noche hasta los 11º y no sube durante el día más que a 17º o 18º. Al no ser demasiado segura la vía por la que esta carta debía partir, no me resuelvo a continuar los extractos que pensaba hacer de mis cuadernos. Simplemente adjunto los resultados de algunos trabajos en los que me ocupé muy cuidadosamente.

Creo haber hecho una muy buena observación del final del eclipse de sol del 6 brumario año VIII. En Cumaná he verificado el tiempo durante ocho días, una operación a menudo penosa en estas tierras, a causa de las tormentas que llegan luego de que cae el sol y hacen que se pierdan las alturas correspondientes a la noche. He obtenido alturas del sol correspondientes a la segunda el día mismo del eclipse: el final ha sido en tiempo medio de Cumaná a 2h 14’ 22’’.

He observado la distancia de los cuernos al pasar por los hilos en el cuarto de círculo de Dollond, aumentado 108 veces. Podría enviarle las observaciones desde La Habana. El 16 brumario obtuve una buena inmersión del segundo satélite de Júpiter, en Cumaná, en tiempo real, a 11h 41’ 18’’; espero que esta inmersión haya podido observarse en París. Las tormentas que sucedieron al terremoto que sorteamos en Cumaná me han hecho perder las inmersiones del 11 y del 18 brumario.

Aquí van las longitudes determinadas por mi cronómetro de Louis Berthoud y por el cálculo de los ángulos horarios. También tengo en mis manuscritos muchas distancias de la luna al sol y a los astros; pero ¿cómo calcular cuando hay tanto por hacer?

• Cumaná, castillo San Antonio: longitud desde el meridiano de París (suponiendo Madrid a 24’ 8’’) 4h 26’ 4’’; latitud 10º 27’ 37’’.

• Puerto España, en la Isla de la Trinidad, longitud 4h 15’ 18’’.

• Tabago, cabo al este, longitud 4h 11’ 10’’.

• Macanao, parte occidental de la isla de Margarita, longitud 4h 26’ 53’’.

• Punta Araya, en la Nueva Andalucía, 4h 26’ 22’’.

• Coche, isla, cabo al este, longitud 4h 24’ 48’’.

• Boca del Drago, longitud 4h 17’ 32’’. Menos seguro.

• Cabo de Tres Puntas, longitud 4h 19’ 38’’.

• Caracas hasta Trinidad, latitud 10º 31’ 4’’. Exacto.

Me enorgullece que estas posiciones interesen a la Agencia de Longitudes porque los mapas son muy defectuosos en esta región. Las observaciones de Borda y de Chabert en Tenerife y en la punta de arena de Tabago me hacen pensar que mi cronómetro es excelente. La diferencia con los resultados de estos navegantes es solo de dos a cinco segundos.

Durante el terremoto que sorteamos el 4 de noviembre de 1799 en Cumaná, la inclinación magnética ha cambiado, pero no la declinación. Antes del terremoto, la inclinación era de 44º 20’, nuevas divisiones; después de las sacudidas se redujo a 43º 35’. El número de oscilaciones permaneció tal como estaba: 229 en 10 minutos; y otras experiencias parecen probar que es esta pequeña parte del globo la que ha cambiado, y no la aguja. Ya que en los lugares alejados en donde nunca se experimentan terremotos —en la cadena primitiva de granito laminado—, la inclinación permaneció tan fuerte como estaba.

Esta carta ya es demasiado larga como para perderse. Me atrevo a suplicarle que me evoque en la memoria de los miembros del Instituto Nacional, que me honraron dando muestras de tanta indulgencia durante mi última estadía en París. Me reconforta que ese respetable cuerpo sepa que no permanezco inactivo estando tan cerca del ecuador.

En un mes estaré en las cataratas del río Negro, en donde veré una naturaleza tan vasta como salvaje, entre los indios que se alimentan de una tierra arcillosa, mezclada con grasa de cocodrilos. Estoy llevando tres mulas cargadas de instrumentos. ¡Desde estos solitarios confines pediré mis deseos!

La belleza de las noches del trópico me ha incitado a comenzar un trabajo sobre la luz de las estrellas del sur. Veo que muchas (en la Grulla, el Altar, el Tucán, los pies del Centauro) parecen haber cambiado desde Lacaille. En otra ocasión lo entretendré con este asunto. Me sirvo del método indicado por Herschell y de los diafragmas, como para los satélites. He descubierto que si Procyon es a Sirius lo mismo que 88 es a 100, debemos establecer el valor de la luz como sigue:


De Canopus98
αCentauro96
Achenar94
αdel Indio50
β47
αFénix65
del Pavo Real78
αde la Grulla81
β75
γ58
αTucán70

La comunicación es lo único que vuelve útiles estas observaciones; le ruego pues comunicar a nuestro digno amigo Lamétherie las referidas a las inclinaciones magnéticas, e incluir las demás en algunas publicaciones, para dar noticia de mi existencia: me es imposible escribirles a todos mis amigos.

He leído en las Transactions de la sociedad en Bengala que allí el barómetro sube y desciende regularmente en 24 horas. Aquí, en la América meridional, esta fluctuación es de lo más asombroso. Tengo cientos de observaciones al respecto. Hay cuatro mareas atmosféricas en 24 horas que no dependen del sol. El mercurio desciende desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde; sube desde las cuatro a las 11; desciende desde las 11 a las 4h 30’ de la mañana; vuelve a subir desde las 4h 30’ hasta las nueve. Ni los vientos, ni la tormenta, ni el terremoto ejercen influencia alguna sobre esta fluctuación. Richard dice que en Suriname hay una variación semejante de dos líneas.

8 «Sur plusieurs objets d’histoire naturelle et de chimie», en: Annales de chimie 35 (30 mesidor año VIII [19 de julio de 1800]), pp. 102-111.

Carta de Alex. Humboldt, físico, actualmente de viaje por la América meridional, al ciudadano Fourcroy

SOBRE VARIOS ASUNTOS DE HISTORIA NATURAL Y DE QUÍMICA

La Guaira, 5 pluvioso año VIII

Ciudadano:

La fiebre amarilla que asola este puerto de la América meridional nos obliga a una estadía tan corta que me apresuro en hacerle llegar estas líneas y repetirle, desde los confines de la zona tórrida, cuánto pienso en usted y en sus ilustres colegas, entre los que he disfrutado de tan halagador recibimiento durante mi última estancia en París. Desde nuestra partida de Santa Cruz de Tenerife (donde descendí al cráter del volcán, con un aire atmosférico a 0º8 Réaumur y a 0,19 de oxígeno), le he escrito dos veces; he enviado a los ciudadanos Delambre y Lalande un extracto de mis trabajos astronómicos, de las interesantes longitudes, de la observación del eclipse de sol del 6 brumario y las inmersiones de los satélites, de las investigaciones acerca de la intensidad de la luz de las estrellas australes (medida por medio de los diafragmas). He enviado al instituto una memoria sobre temas químicos relacionados con la fosforescencia del mar, con un gas particular que produce el fruto de la coffea arabica1 al quedar expuesto al sol, también sobre un feldespato blanco de nieve que, humedecido, absorbe todo el oxígeno de la atmósfera, sobre la leche de la cecropia peltata y de la euphorbia curassavica (experiencias que siguen los pasos de su excelente memoria sobre el caucho y la de nuestro amigo Chaptal); sobre el aire que circula en los vegetales… La piratería que impera en el mar y que asola las costas de estas bellas comarcas me hace temer que una parte de esas cartas no haya llegado a Francia, aunque a veces haya optado enviarlas a través de Guadalupe y otras a través de España. Entrego estas líneas a un barco americano que zarpa en dos días hacia Boston y, aunque puedan llegar únicamente a través de Hamburgo, es posible que estén así menos expuestas. Aquí tenemos la costumbre de copiar cuatro o cinco veces la misma carta. ¿Pero cómo hallar tiempo, mi digno amigo, cuando hay tantas cosas que observar, que redactar, que calcular?

Me limito pues a decirle nuevamente que no dejo de gozar de la mejor salud del mundo, que los habitantes de estas comarcas me han colmado de bondades; que los permisos y las recomendaciones del gobierno español me procuran todas las facilidades imaginables para realizar investigaciones que resulten útiles a las ciencias; que ninguno de mis instrumentos —incluso los más delicados (como los barómetros, termómetros, higrómetros, las brújulas de inclinación de Borda)— se ha dañado, y que en el fondo de las misiones de los indios chaimas, en las montañas de Turimiquire, tuve mi laboratorio montado como si me encontrase en la calle Du Colombier, hotel Boston. Mi compañero de viaje, Bonpland, alumno del Jardín de Plantas, se me hace cada día más valioso. A sus sólidos conocimientos en botánica y en anatomía comparada añade un celo infatigable. Espero, algún día, enviar de vuelta a su patria a un sabio que sea digno de acaparar la atención pública. Nunca un extranjero ha gozado de los permisos que el rey de España se ha dignado a concederme. Esta sola idea bastó para estimularnos a duplicar nuestra actividad. En los siete meses que llevamos en este bello continente, hemos secado (contando los duplicados) cerca de 4 000 plantas, redactado más de 800 descripciones de especies nuevas o poco conocidas (tenemos, sobre todo, nuevas especies de palmeras, criptógamas, bejarias, nuevos Melastoma), de insectos, de caracoles, muchos dibujos de la anatomía de gusanos marinos, variedad de observaciones sobre magnetismo, electricidad, humedad, temperatura, cantidad de oxígeno de la atmósfera, las dimensiones de toda la cadena de altas montañas que se extiende hasta la costa de Paria, en la que hemos examinado los volcanes (volcanes que escupen aire inflamable encendido, azufre y agua hidrosulfurosa). Hemos reunido muchas semillas que en 30 días enviaremos hacia Europa, a la dirección del Jardin des Plantes. Hemos pasado cinco meses en el interior de la Nueva Andalucía y sobre las costas de Paria, donde hemos soportado terremotos muy fuertes en el mes de brumario. Una parte de esas comarcas está todavía habitada por indios salvajes y otras se cultivan solo desde hace cinco o seis años. ¿Cómo describirle la majestuosidad de esta vegetación, de estos bosques de Ceiba, de Hevea y de Hymenea en los que no penetran los rayos del sol? ¿O la variedad de animales, el plumaje soberbio de los pájaros, los monos, los tigres, el aspecto repulsivo de los cocodrilos (caimanes) que abundan en los ríos y que tienen más de 30 pies de largo…? De Cumaná hemos pasado a Caracas, donde permanecimos durante frimario y nivoso, una capital encantadora situada en un valle que tiene 426 toesas de altura, y donde disfrutamos, en los 10º 31 de latitud, del fresco (podríamos decir, del frío) de París. Desde allí alcanzamos la cima de la famosa Silla de Caracas o Sierra de Ávila, donde, a 1 316 toesas de altura, descubrimos bellos cristales de titanio. Además de estos prismas de titanio, encontré dendritas (semejantes a las del manganeso) que provienen del óxido de titanio.

De aquí partimos hacia Barinas y a las montañas cubiertas de nieve de Mérida, a las cascadas del Río Negro y al mundo desconocido del Orinoco, para volver por la Guayana a Cumaná, de donde partiremos hacia La Habana y México. Ya ve usted, mi digno amigo, que al menos coraje no nos falta. ¡Ojalá estos débiles esfuerzos puedan ser útiles para las ciencias que amamos y que usted y hombres como Vauquelin, Guyton, Chaptal o Berthollet honran con tantos nuevos descubrimientos! Me llena de orgullo que ninguno de ustedes me haya olvidado completamente, y esa esperanza consuela mis penas. En caso de que el instituto no haya recibido aún lo que he enviado, hágame el favor de recordarme en la memoria de esa ilustre asociación; sobre todo salude muy cordialmente, además de a Vauquelin, Chaptal y Guyton, a Jussieu, Desfontaines, Cuvier, Adet, Delambre, a mis amigos Tassaert, Thénard, Robiquet… Sieyes ha dado muestras de amistad para con mi hermano y conmigo; ha querido que le escribiese cuándo pensaba partir hacia Egipto. Recientemente le he enviado una carta. Me atrevo a pedirle que, en caso de que usted no vea a este director, le haga saber por uno de sus amigos que sigo vivo, que trabajo un poco y que, si algún día renace el proyecto del viaje alrededor del globo, estoy igualmente resuelto a ofrecer mis escasas luces, que van unidas a una enérgica voluntad.

Tendremos el cuidado de enviar las semillas recolectadas al Jardín de Plantas de París, al Museo y a Sir Joseph Bancks, tal como fue convenido con Jussieu.

Hace solo algunos días nos enteramos aquí de que Bonaparte, Berthollet y Monge volvieron a Francia, que el ejército de Oriente sigue cosechando victorias. Imagine la alegría que nos han causado esas noticias. Preocupado durante cuatro meses por llegar a Egipto, todavía estoy infinitamente interesado en esa conquista. Partiremos hacia Filipinas desde Acapulco. Si la paz se restableciera por fin y pudiéramos volver por Basora, Jaffa, Marsella… Son sueños, pero son tan dulces… Estoy muy unido a la familia Berthollet. La ciudadana B. en París, el hijo en Montpellier (hace exactamente un año que pasé unos días deliciosos en casa de mi amigo Chaptal), han sido muy bondadosos conmigo. ¡Que no pueda ver al padre! ¡Que me lamente de la suerte de nuestro desgraciado Dolomieu, prisionero en Sicilia! Si regresa junto a sus colegas, dígale mil cosas de mi parte y comuníquele el siguiente hecho: hace más de tres años que le anuncié, igual que a Lamétherie, que en las montañas primitivas de Italia, Francia, Suiza, Alemania y Polonia (ahora agrego a España) existe un paralelismo de dirección entre las capas de granitos laminados, pizarras, esquistos micáceos, corneanas esquistosas; y que esas capas están inclinadas (caen) hacia el noroeste y su dirección forma con el eje del globo un ángulo de 45º–57º; dígale que esa inclinación y esa dirección no dependen en absoluto de la dirección o de la forma de las montañas, que no se ve afectada en lo más mínimo por los valles, sino que anuncia una causa infinitamente más grande y general y está relacionada con un fenómeno de atracción que viene actuando desde la consolidación del globo. Habiendo recorrido la mayor parte de Europa a pie, con sextantes y brújulas, poseo una extensísima colección de observaciones sobre ese asunto. Mi manuscrito sobre la dirección y la identidad de las capas, o sobre la estructura del globo, se halla en manos de mi hermano. He trabajado en él desde 1791, pero no debe darse a conocer hasta que no haya visto más terrenos. Para mi gran asombro, he observado en la cordillera de Paria, de la Nueva Andalucía, Nueva Barcelona y Venezuela, que en el nuevo mundo, cerca del ecuador, las capas siguen las mismas leyes, el mismo paralelismo.

Usted recordará las últimas bellas observaciones de Coulomb acerca del aire que sale en explosión de los troncos de los árboles cuando se los agujerea. He realizado aquí experimentos sobre el clusea rosea, dentro del cual (es en el interior de los vasos neumato-quimíferos de Hedwig, vasa cochleata de Malpighi) circula una inmensa cantidad de aire. Este aire contiene hasta de oxígeno. Las hojas del mismo árbol, expuestas al sol bajo el agua, no dan un milímetro cúbico de aire. Desde luego, ese aire que circula sirve (como en el cuerpo animal) para coagular —por absorción del oxígeno— la parte fibrosa. El clusea es una planta lechosa y forma un gluten elástico.

Aunque la pureza del aire atmosférico excede, principalmente durante la noche, los 0.305 de oxígeno, he determinado que el aire contenido en las silículas y en las cápsulas de las plantas equinocciales (como la paullinia) es más nitrogenado que nuestro aire atmosférico. No excede los 0.24 a 0.25 de oxígeno. El aire en los culmi geniculati no tiene más que 0.15 de oxígeno. Todo esto prueba que el aire que circula es más puro; y que el aire que está en reposo, depositado en cápsulas o utriculi, es menos puro que el aire atmosférico. El primero lo producen de nuevo los órganos que descomponen el agua; se dirige allí donde debe servir, por su abundancia de oxígeno, a precipitar la fibrina, a formar el tejido fibroso; el otro es el residuo de un gas que ya ha logrado llevar a cabo tales funciones.

Salud, etcétera.

A. H.

1 La baya del café fresco (después de 36 horas) desprende un carburo de hidrógeno oxidado y gaseoso que, absorbido por el agua, le confiere gusto a alcohol.

9 «Copie d’une lettre écrite de Cumana, le 16 octobre 1800 (24 vendemiaire an 9). Humboldt au citoyen Fourcroy, membre de l’institut national», en: Gazette Nationale ou le Moniteur Universel 247 (7 pradial año 9 [27 de mayo de 1801]), p. 1031.

Copia de una carta escrita en Cumaná, el 16 de octubre de 1800 (24 de vendimiario, año IX)

HUMBOLDT AL CIUDADANO FOURCROY, MIEMBRO DEL INSTITUTO NACIONAL

La conquista de la Isla de Curazao por los ingleses y los americanos ha obligado al ciudadano Bressot, agente de la república, y al general Jeannet, a reembarcar sus tropas para replegarse hacia la isla de Guadalupe. La falta de víveres los instó a entrar en el puerto de Cumaná, y aunque solo permanecieron allí 24 horas, intentaré recoger algunos objetos que podrían llamar su atención y que llegarán a sus manos por esta vía.

Conoce usted ya lo suficiente la naturaleza de mi viaje, las dificultades y los gastos de transporte en medio de un vasto continente, como para saber que mi objetivo es más bien hacer acopio de ideas, en lugar de objetos. Una sociedad de naturalistas enviada por el gobierno, y acompañada de pintores, taxidermistas y colectores puede y debe abarcar todos los detalles de una historia natural descriptiva. Pero un hombre común que, con una fortuna mediocre, emprende un viaje alrededor del mundo, debe limitarse a aquellos objetos que tengan un interés mayor. Debe estudiar la formación del globo y de las capas que lo componen, analizar la atmósfera, medir con los instrumentos más delicados su elasticidad, su temperatura, su humedad, su carga eléctrica y magnética, observar la influencia del clima sobre la economía animal y vegetal, y trazar una aproximación general de la química y la fisiología de los seres organizados. Ese es el trabajo que me he propuesto. Pero, sin perder de vista el objetivo principal de mi viaje, le será fácil comprender que, con mucha voluntad y un poco de actividad, dos hombres que recorren un continente desconocido pueden, al mismo tiempo, recolectar muchos objetos y hacer observaciones minuciosas.

Durante los 16 meses que duró nuestro recorrido por el vasto territorio situado entre la costa, el Orinoco, el Río Negro (Rio-nigro) y el Amazonas, el ciudadano Bonpland ha disecado (incluidos los duplicados) más de 6 000 plantas. Con él he realizado, en los respectivos lugares, la descripción de 1 200 especies, gran parte de las cuales parecen ser géneros no descritos hasta ahora por Aublet, Jacquin, Mutis, ni Dombey. Hemos recolectado insectos, conchas y palos de tinta; hemos disecado cocodrilos, manatíes, monos y gymnotus electricus (cuyo fluido es completamente galvánico y no eléctrico), y hemos descrito muchas serpientes, lagartijas y peces.

He dibujado muchos de esos objetos. Me atrevo a decir que, si alguna vez me equivoqué, fue más por ignorancia que por falta de actividad. ¡Qué dicha, amigo mío, la que proporciona vivir en medio de estas riquezas de una naturaleza tan majestuosa e imponente! Y con esto he satisfecho por fin el más vivo y ardiente de mis deseos: el haber estado en medio de los espesos bosques del Río Negro, rodeado de tigres y de cocodrilos feroces, con el cuerpo lastimado por las picaduras de mosquitos y hormigas formidables, y pasado tres meses sin otro alimento que agua, bananas, pescado y yuca, entre los indios otomacos que comen tierra, o a orillas del Casiquiare (bajo el ecuador), donde en 130 leguas no encontramos ni a una sola persona, y, a pesar de todas estas engorrosas situaciones, jamás haberme arrepentido de mis proyectos. Los sufrimientos han sido muy grandes, pero siempre pasajeros.

Cuando salí de España, pensaba dirigirme directamente a México, de allí al Perú y a las Islas Filipinas… Pero una fiebre maligna que se manifestó en nuestra fragata me obligó a quedarme en esta costa de la América meridional, donde, al ver la posibilidad de adentrarme en el continente, emprendí dos viajes: uno a las misiones de los indios chaimas de Paria, y el otro a la vasta región situada al norte del Amazonas, entre la región de Popayán y las montañas de la Guayana Francesa. Hemos pasado dos veces por las grandes Cataratas del Orinoco, las del Atures y Maypures (lat. 5° 12’ y 5° 39’ long. occ. Desde París, 4 h. 43’ y 4° 41’ 40’’). Desde la boca del Guaviare y los ríos de Atabapo, Temi y Tuamini, he hecho llevar mi piragua por tierra hasta el Río Negro, y he seguido luego a pie por los bosques de Hevea, de Cinchona, de Canella winterana… Bajé por el Río Negro hacia San Carlos1 para determinar la longitud sirviéndome del guardatiempos de L. Berthoud, del que estoy aún muy satisfecho. Subí por el Casiquiare, habitado por los idapaminores, que se alimentan solo de hormigas ahumadas. Me adentré a las fuentes del Orinoco, más allá del volcán del Duida, hasta donde la ferocidad de los indios guaicas y guahibos lo permite, y volví a bajar todo el Orinoco, conducido por la fuerza de su corriente, hasta la capital de la Guayana: 500 leguas en 26 días (sin contar los días de descanso).

Mi salud ha resistido las fatigas de un viaje de más de 1 300 leguas; pero mi pobre compañero, el ciudadano Bonpland, casi sucumbe a su celo y devoción por las ciencias. Después de nuestro regreso, tuvo una fiebre acompañada de vómitos peligrosos, aunque luego se curó rápidamente.

Hace 200 años que el Amazonas está habitado por europeos; pero en el Orinoco y en el Río Negro fue solo hace 30 años cuando los europeos se animaron a fundar algunos asentamientos más allá de las cataratas. Los que hay no suman actualmente más de 1 800 indios desde los 8º hasta el ecuador, y no hay más blancos que seis o siete monjes misioneros que nos asistieron en el viaje tanto como pudieron.

Desde la capital de la Guayana (Santo Tomé, lat. 8° 8’ 24’’ long. 4° 25’ 2’’) atravesamos una vez más el gran desierto conocido con el nombre de Llanos*, habitado por bueyes y caballos salvajes. Me he ocupado de confeccionar el mapa de las regiones que he recorrido. Me resulta grato contar 54 lugares donde he hecho observaciones astronómicas. He observado en Caracas, en Cumaná y en el Tuy una docena de eclipses de los satélites de Júpiter, y el de sol del 6 brumario año VIII. Con estos medios, y con el cronómetro, espero poder ofrecer algún día un mapa bastante preciso. Desde allí nos embarcamos finalmente hacia La Habana, de donde seguiremos a México. Este es, mi digno amigo, el relato de mis trabajos. Sé que usted, y hombres como Chaptal, Vauquelin y Guyton, que todos ustedes, en fin, se interesan por mi destino, razón por la cual no temo aburrirlos.

Estamos casi incomunicados con Europa. A menudo he intentado escribirle, así como a nuestros amigos, los ciudadanos Vauquelin y Chaptal: les he enviado algunas experiencias sobre el aire y sobre la causa de los miasmas; y les he enviado a los ciudadanos Delambre y Lalande extractos de mis modestas observaciones astronómicas… ¿Acaso es posible que nada de esto haya llegado? Con el cónsul de la República en Santo Tomás, le hemos enviado la leche de un árbol que los indios llaman la vaca, que suelen beber pues, aparte de no ser perjudicial, es muy alimenticia. Sirviéndome del ácido nítrico he fabricado caucho, y he agregado soda al ejemplar destinado a usted, siguiendo los principios que usted mismo ha establecido.

En el mes de nivoso del año VIII hemos enviado en la corbeta Filipinas una colección de semillas que hicimos para el Jardín de Plantas de París. Supimos que había llegado, y debe haber sido entregada a los ciudadanos Jussieu y Thouin por medio del embajador de la República en Madrid. Con el parlamentario que debe llegar de la Guadalupe, el museo recibirá otros objetos; porque hoy en día debemos limitarnos a presentarle algunos productos para su análisis químico.

He intentado procurarle, en toda su pureza, el curare, célebre veneno de los indios de Río Negro. Viajé expresamente a La Esmeralda para ver el bejuco que da este jugo (por desgracia lo encontramos sin flores) y ver fabricar el veneno a los indios catarapesis y maquiritares. En otra ocasión le proporcionaré una descripción más precisa (ya que el agente tiene prisa por partir); solamente agrego que le envío el curare en la caja de hojalata, junto con las ramas de la planta mavacure, que produce el veneno.2 Este bejuco crece escasamente en las montañas graníticas de Guanaja y Yumariquin, a la sombra de los Theobroma cacao y de los Caryocar. Se quita la epidermis, se hace una infusión fría (se exprime primero el jugo; se deja reposar agua sobre la epidermis ya medio exprimida y después se filtra la infusión). El licor filtrado es amarillento; se cuece y se concentra por evaporación hasta tomar la consistencia de una melaza. Esta materia ya contiene el veneno; pero como no es aún lo suficientemente espesa para embadurnar las flechas, se le mezcla con el jugo glutinoso de otro árbol que los indios llaman quiracagüero*: esta mezcla se cuece de nuevo hasta que todo se reduce a una masa pardusca. Usted sabe que el curare se aplica por ingestión como remedio estomacal, y que solo es dañino cuando entra en contacto con la sangre, que el veneno desoxida. Hace apenas unos días he comenzado a trabajar en él, y ya he visto que descompone el aire atmosférico. Le ruego constatar si desoxida los óxidos metálicos, si los experimentos de Fontaine han sido realizados como es debido…

Adjunto al curare y al mavacure también el dapiche, la leche de pendare y la tierra de los otomacos. El dapiche es un estado de la goma elástica que sin duda le resultará desconocido. Nosotros lo hemos descubierto en un paraje donde no hay Hevea, en los pantanos de la montaña de Javita (lat. 2° 5’), famosos por las terribles boas que alimentan.

Entre los indios poimisanos y paraginis encontramos instrumentos de música hechos de caucho, y los pobladores nos dijeron que hallaban este material en la tierra. En verdad, el dapiche o zapir es una masa esponjosa blanca que se encuentra bajo las raíces de dos árboles que nos han parecido de un género nuevo, y cuya descripción haremos algún día: el jacio y la curvara. El jugo de estos árboles es una leche muy acuosa, pero parece que una de sus enfermedades consiste en perderlo por las raíces; esta hemorragia hace perecer el árbol y la leche se coagula en la tierra húmeda, sin contacto con el aire libre. Le envío el dapiche (pronuncie «dapitche») y una masa de caucho hecha simplemente al exponerlo o fundirlo al fuego. Esta sustancia y la leche de la vaca, cuando estén en sus manos, arrojarán quizás nuevas luces sobre una materia tan curiosa desde el punto de vista fisiológico.

La leche* de pendare es la leche extraída del árbol de ese nombre, cuyo barniz es de un color blanco natural. Cuando está fresca se untan con ella vasos y totumas… Se seca rápidamente y es un barniz muy bello; pero por desgracia se pone amarillo cuando se lo saca en gran cantidad, y así es como se la envío.

La tierra de los otomacos… Cuando el Orinoco está muy alto y ya no se encuentran allí más tortugas, este pueblo, repulsivo por las pinturas que desfiguran su cuerpo, no come nada o casi nada más que tierra arcillosa durante tres meses. Algunos individuos llegan a comer hasta una libra y media de tierra por día. Según afirman unos monjes, suelen mezclar la tierra con la grasa extraída a la cola del cocodrilo, pero eso es rotundamente falso. Hemos encontrado entre los otomacos provisiones de tierra pura que ellos comen sin más preparación que la de tostarla y humedecerla. Me parece muy sorprendente que se pueda ser robusto comiendo una libra y media de tierra, cuando sabemos el pernicioso efecto que la tierra produce en los niños: sin embargo, mis propios experimentos sobre las tierras y sus propiedades de descomponer el aire cuando están húmedas, me permiten sospechar que pueden ser nutritivas, es decir, actuar por afinidades.

Añado para el museo, además, ya que me ha caído entre las manos, la tabaquera de estos otomacos y la camisa de un pueblo vecino de los indios piaroa. Esta tabaquera no es, como podrá ver, de las más pequeñas. Es un plato sobre el que se coloca la mezcla del fruto rallado y podrido de una mimosa con sal y cal viva. El otomaco sostiene el plato en una mano, mientras que, con la otra, sostiene el tubo cuyos dos extremos entran en sus fosas nasales para respirar este tabaco estimulante. Este instrumento tiene un interés histórico; solo es común a los otomacos y los omaguas, donde lo vio La Condamine, dos naciones que habitan a 300 leguas de distancia una de otra. Esto prueba que los omaguas, que (según una antigua tradición) proceden de Guaviare, posiblemente desciendan de los otomacos, y que la ciudad de Manoa fue vista por Felipe de Utre entre el Meta y el Guaviare. Estos hechos son interesantes para saber de dónde viene la leyenda del Dorado.

La camisa que uno de mis hombres ha usado durante mucho tiempo es la corteza del árbol morima, para la que no se usa ningún tipo de preparación. Verá usted que las camisas crecen sobre los árboles en esta región; y esto está muy cerca de El Dorado, donde no he visto otras curiosidades minerales más que talco y un poco de titanio.

Nos ha resultado imposible terminar de disponer las semillas y las plantas del Río Negro que destinamos a los ciudadanos Thouin, Jussieu y Desfontaines, que no me habrán olvidado del todo. Tenemos cosas muy raras; por ejemplo, nuevas especies de befaria y nuevos géneros de palmeras; todo esto partirá dentro de poco, y puede estar seguro de que no perderé de vista los intereses del museo. ¡Qué desgracia! ¡El capitán Baudin ya partió y nosotros seguimos aquí! Ha sido muy duro y triste. Tal vez lo encontremos en el Mar del Sur.

Me permito rogarle que evoque mi recuerdo ante los respetables miembros del Instituto Nacional. Mis respetos a los ciudadanos Berthollet, Chaptal, Vauquelin, Guyton, Jussieu, Desfontaines, Hally, Delambre, Laplace y Cuvier… En la carta que envío al ciudadano Delambre he olvidado un eclipse que le ruego añadir.

Inmersión del III satélite el 4 de octubre de 1800 en Cumaná; 16h 59’ 36’’, tiempo medio.

P. D. Hágame el favor de transmitir mis ruegos a la Agencia de Longitudes sobre el conocimiento de los tiempos. Lloro la muerte del general Desaix, que me apreciaba. ¡Qué pérdida para la República y para la humanidad entera!

1 El error de latitud (mapa de D’Anville) es de más de dos grados. Nunca se habían utilizado instrumentos astronómicos.

2 Ni esta caja ni los otros objetos enunciados aquí han llegado hasta ahora al ciudadano Fourcroy.

10 «Extrait d’une lettre écrite de l’Amérique méridionale, par M. de Humboldt, naturaliste prussien, de l’académie royale de Berlin», en: Le Publiciste (3 pluvioso año 9 [12 de febrero de 1801]), pp. 1-2.

Extracto de una carta escrita desde la América meridional

POR EL SEÑOR VON HUMBOLDT,1 NATURALISTA PRUSIANO, DE LA ACADEMIA REAL DE BERLÍN

No sabría cómo transmitiros lo afortunado que me siento en esta parte del mundo, donde estoy ya tan bien aclimatado que me parece nunca haber morado en Europa. Tal vez no haya un lugar en el universo donde uno pueda vivir más agradable y tranquilamente que en las colonias españolas que recorro desde hace quince meses. El clima aquí es muy benévolo, el calor fuerte comienza a partir de las nueve de la mañana y dura solo hasta las siete de la tarde aproximadamente; las noches y las mañanas son más frescas que en Europa. La naturaleza es rica, variada, grande y majestuosa, por encima de toda expresión. Los habitantes son gentiles, buenos y afables, despreocupados y desconocedores de la verdad, pero simples y sin pretensiones.

Ninguna situación podría resultar más favorable para el trabajo y el estudio que esta en la que me encuentro; no me entretienen las distracciones que causa la sociedad en los países cultivados y la naturaleza no deja de ofrecerme nuevos e interesantes objetos. La única cosa que puede lamentarse en esta soledad es no hallarse en contacto con los progresos de las luces y las ciencias en Europa, y estar privado de las ventajas que nacen de la comunicación de las ideas. Pero si bien estos son motivos para no querer quedarse toda la vida, sí que pueden pasarse aquí dos o tres años de una manera deliciosa. El estudio de las diversas razas del hombre que aquí encontramos mezcladas, de los Indios y sobre todo de los Salvajes, basta para mantener ocupado al observador. Entre los habitantes de origen europeo, me gusta ocuparme sobre todo de los colonos que habitan los campos. Han conservado toda la simplicidad de las costumbres españolas del siglo quince y encontramos en ellos, a menudo, sentimientos de humanidad y máximas de una verdadera filosofía, como la que a veces buscamos en vano entre las naciones que denominamos cultivadas. Por esto mismo difícilmente abandonaré este territorio para dirigirme hacia colonias más ricas y pobladas. Allí hallamos, a decir verdad, más recursos para instruirnos, pero también encontramos a menudo más hombres que, enarbolando máximas filosóficas, contravienen los primeros principios con sus acciones; hombres que, Raynal en mano, maltratan a sus esclavos y que, mientras hablan con entusiasmo de la gran causa de la libertad, venden a los hijos de sus negros a los dos o tres meses de nacidos. ¡Qué desierto, en efecto, no sería preferible a un comercio con filósofos de esta especie!

Avancé tierra adentro desde las costas de Puerto Cabello y el gran lago de Valencia por los Llanos y el Apure hasta el nacimiento del Orinoco y la ribera del Niu, bajo el ecuador; recorrí el vasto territorio entre el Orinoco y la ribera del Amazonas o el Popayán y la Guayana, territorio en el que los europeos no entraron sino a partir de 1753 y en el que aún no hay, más allá de las Cataratas, más de 1 800 blancos aproximadamente, congregados en unas especies de aldeas. Crucé dos veces las Cataratas y, gracias a la fuerza de las corrientes, volví de San Carlos por la costa del río Negro a la Guayana en veinticinco días, sin contar los días de descanso, en un recorrido de quinientas leguas. Fijé la latitud y la longitud de más de cincuenta lugares; hice muchas observaciones sobre las inmersiones y las emersiones de los satélites, y proporcionaré un mapa detallado de este vasto territorio habitado por más de doscientas tribus indígenas que, en su mayoría, jamás vieron a un hombre blanco, y que poseen idiomas y costumbres muy diferentes. Afortunadamente, resistí a las fatigas de este ímprobo viaje de 1 300 leguas, en el que durante cuatro meses nos vimos cruelmente expuestos a las lluvias, los Mosquitos gigantescos, las hormigas y —sobre todo— al hambre. Dormimos siempre en los bosques; bananas, yuca, agua y algunas veces arroz constituyeron toda nuestra alimentación.

Mi amigo Bonpland2 ha padecido más que yo las secuelas de este recorrido. Sufrió, cuando llegamos a la Guayana, vómitos y una fiebre que me hicieron temer por él, síntomas que posiblemente provinieran del efecto negativo de unos alimentos a los que no estábamos acostumbrados desde hacía tanto tiempo. Al ver que no sanaba en la ciudad, lo trasladé a la finca de uno de mis amigos, don Félix Ferreras, situada a cuatro leguas de la orilla del Orinoco, en un valle elevado y considerablemente frío. En este clima tropical no existe remedio más rápido y eficaz que el cambio de aire: así fue cómo mi amigo recuperó allí su salud en pocos días. No sabría expresaros las inquietudes a las que me vi expuesto durante su enfermedad: nunca he encontrado amigo más fiel, más activo y valeroso. En este viaje, en el que tan a menudo nos vimos rodeados de peligros, tanto entre los indios como en los desiertos repletos de cocodrilos, de boas y de tigres, él ha dado sorprendentes pruebas de coraje y de resignación. Pero, sobre todo, jamás olvidaré el generoso afecto que me manifestó durante una tormenta que padecimos en medio del Orinoco el 6 de abril de 1800. Dos tercios de nuestra piragua estaban ya llenos de agua, y los indios que nos acompañaban comenzaban a arrojarse al agua para ganar la orilla a nado. Mi generoso amigo me invitó a seguir su ejemplo y se ofreció a salvarme nadando.

La suerte no quiso que pereciéramos en aquel lugar desierto, en donde nadie, a diez leguas a la redonda, podría haber descubierto los rastros de nuestra pérdida. Pero nuestra situación era verdaderamente aterradora: la orilla se encontraba a más de tres cuartos de legua de nosotros, y un gran número de cocodrilos asomaba la mitad de su cuerpo sobre el agua. Aunque lográsemos escapar al furor de las olas y a la voracidad de los cocodrilos, al alcanzar la orilla habríamos muerto de hambre o habríamos sido devorados por los tigres; porque los bosques en estas regiones son tan tupidos y están tan entrelazados de lianas, que resulta absolutamente imposible atravesarlos. Aun el hombre más robusto, hacha en mano, no podría avanzar allí más de una legua en veinte días. El propio río es tan poco frecuentado, que en dos meses apenas pasa por allí una canoa de indios. En el momento más crítico, una ráfaga de viento infló la vela de nuestra barquilla y nos levantó de un modo casi incomprensible. Solo perdimos algunos libros y víveres.

Qué sensación agradable experimentamos aquella noche, cuando, una vez alcanzada la tierra, sentados sobre la arena, cenamos todos juntos sin que ninguno faltase. La noche estaba oscura y la luna se asomaba por momentos entre las espesas nubes, arrastradas por el viento. El monje que nos acompañaba dirigió rezos a San Francisco y a la Virgen. Todo el mundo estaba pensativo, conmovido, concentrado en el futuro. Aún estábamos al norte de las grandes Cataratas que debíamos cruzar en dos días, nos quedaban más de 700 leguas por recorrer en aquella piragua que, como ya nos había demostrado la experiencia, tan fácilmente podía tambalearse. Pero tales inquietudes solo duraron aquella noche. La jornada que siguió fue bella, y la calma que reinaba en la naturaleza penetró en nuestras almas. Al día siguiente conocimos a una familia de caribes que venía desde la desembocadura del Orinoco para buscar huevos de tortuga, y que hacía este terrible viaje de 200 leguas más por entretenimiento y arrastrada más por la pasión por la pesca que por necesidad. Su compañía nos hizo olvidar nuestras calamidades.

Luego de un mes de estadía en la Guayana, emprendimos el camino de los Llanos para dirigirnos a Nueva Barcelona o Cumaná. Ya habíamos atravesado ese mismo territorio el anterior mes de enero. En aquel entonces habíamos sufrido cruelmente por el polvo y la falta de agua, y en ocasiones nos habíamos visto obligados a desviarnos tres o cuatro leguas para encontrar agua estancada. Ahora estábamos en la estación de lluvias y nos costaba esfuerzo avanzar por las planicies completamente anegadas. En esta estación del año, este territorio se asemeja al Bajo Egipto…

1 Este erudito ya es conocido por varias obras de química y de mineralogía. Ha escrito también sobre el galvanismo. Luego de haber recorrido una parte de Europa, partió hacia América en junio de 1799, con el único propósito de observar la naturaleza y a los hombres. Su carta está dirigida a su hermano, hombre de gran espíritu, sumamente instruido, que también viaja para extender sus conocimientos y recabar observaciones útiles. Reside en este momento en París.

2 Naturalista francés, nacido en La Rochelle.

11 «Lettre de M. A. Humboldt, au cit. Delambre, membre de l’institut national», en: Gazette Nationale ou le Moniteur Universel 214 (4 floreal año 9 [4 de abril de 1801]), pp. 898-899.

Carta de M. A. Humboldt al ciudadano Delambre, miembro del Instituto Nacional

NUEVA BARCELONA, 24 DE NOVIEMBRE DE 1800

Ciudadano:

Les he enviado varias cartas a usted y al ciudadano Lalande durante mi estadía en la América meridional. Sé que se interesa en mi destino y no me canso de escribirle, aunque ya casi no albergo esperanza alguna de que mis cartas le lleguen. Estoy a punto de partir hacia La Habana y México, después de haber hecho un viaje de 1 300 leguas náuticas en esta parte del Nuevo Mundo, situada entre Popayán, Quito y Cayena. Durante tres meses he dormido al aire libre en los bosques, rodeado de tigres y de repugnantes serpientes, o en playas cubiertas de cocodrilos. Bananas, arroz y yuca han sido nuestro único alimento, ya que todas las provisiones se pudren en esta región húmeda y calurosa.

¡Cuán grande y majestuosa es la naturaleza en estas montañas! Desde el Baraquan y La Urbana (que algunos pueblos desconocidos han cubierto de jeroglíficos) hasta el volcán de Duida (que hallé a una altura de 2 176 metros, a 60 leguas del pequeño lago de El Dorado), no hay más que una elevada cordillera granítica que desciende de Quito y discurre de oeste a este para unirse a las montañas de la Guayana francesa. ¡Qué variedad de razas de indios! Todas libres, se gobiernan y devoran entre sí: de los guaicas de Geheta (pueblo pigmeo, cuyos individuos más altos miden 4 pies y dos pulgadas) a los guajaribos blancos (tan blancos como los europeos), y de los otomacos (que llegan a comer libra y media de tierra por día) a los marivitanos y maquiritares (que se alimentan de hormigas y de resina). Como ya le he hablado de todo esto en una carta1 que dirigí desde las bocas del Orinoco a nuestro buen amigo, el ciudadano Pommard, me limito ahora a comunicarle algunas observaciones astronómicas que creo haber hecho con suma minuciosidad.

Mi guarda-tiempo de Luois Berthoud sigue siendo muy exacto en su marcha; lo controlo cada cuatro, cinco o seis días, por las alturas correspondientes que puedo tomar con los instrumentos que tengo (sextantes de Ramsden y Throughton, un cuarto de círculo de Bird, un horizonte de Caroché), y cuyo error no llega a un segundo de tiempo. Usted sabe que no soy muy versado en matemáticas, y que la astronomía no es el objetivo de mi viaje; sin embargo, con algún celo y aplicación, y manejando diariamente los mismos instrumentos, se consigue hacer algo, y hacerlo mejor. Al recorrer una región a la que los europeos entraron hace apenas 30 años, donde todas las misiones cristianas no comprenden aún más de 1 800 almas, y donde, por consiguiente, no hemos podido pensar en hacer observaciones, consideré que no debía dejar pasar esta ocasión de perfeccionar nuestros conocimientos geográficos. Usted se habría reído al verme entre los indios idapaminores (en los bosques del Casiquiare), con los instrumentos en cajas o cofres, usando caparazones de tortuga como asiento, con ocho o nueve monos que llevábamos con nosotros y que tenían muchas ganas de manejar también mis higrómetros, barómetros, electrómetros… Alrededor de todo esto, 10 o 12 indios tumbados en sus hamacas, y más allá, algunas hogueras encendidas para protegernos de los tigres, que no son aquí menos feroces que en África. La falta de alimentos, los mosquitos, las hormigas, los aradores, una especie de ácaro que se mete en la piel y la deja surcada como un campo, el deseo de refrescarse con un baño y la imposibilidad de hacerlo por la ferocidad de los caimanes, la picadura de las rayas y los dientes de los pequeños peces caribes… Se requiere juventud y mucha resignación para sufrir todo esto. El mal ha pasado, y he recogido más de lo que esperaba.

Se cree (véase el mapa del Padre Caulin, el mejor que hay, aunque todos los nombres que allí figuran sean falsos) que las posesiones españolas de la Guayana llegan hasta el ecuador. Pero he encontrado, por medio de muy buenas observaciones de A. de la Cruz y de Canopus, obtenidas entre las rocas de Culimacari, que San Carlos de Río Negro, el establecimiento más meridional, está aún a 1°53’ de latitud boreal, y que la línea pasa por el gobierno del gran Pará, cerca de San Gabriel de las Cachuelas, en donde hay una catarata, aunque menos considerable que las dos famosas de Atures y del Maipures. Por el contrario, La Condamine encontró a orillas del río Amazonas las latitudes meridionales más grandes de lo que se creía en Europa.

En Cumaná, antes del terremoto que sufrimos el 4 de noviembre de 1799, la inclinación magnética, medida con la brújula de Borda, se determinó en 44°20 (nueva división).

Después del terremoto era de 43º35 (algunos experimentos demostraron que es esta parte del globo, y no la aguja, la que cambió de carga magnética), y la aguja marcaba 229 oscilaciones en un lapso de 10 minutos.

En Calabozo, en medio del Llano (latitud 8° 56’ 56’’, long. de París 44° 40’ 18’’), la inclinación era de 39° 30; número de oscilaciones, 222.

En Atures, una de las cataratas del Orinoco (lat. 5° 39’ 0’’, long. 44° 42’ 19’’), la inclinación era de 32° 85’; número de oscilaciones, 221.

En S. Fernando de Atabapo, misión en la boca del Guaviare (lat. 4° 9’ 50’’), la inclinación era de 30° 30; número de oscilaciones, 219.

En S. Carlos de Río Negro (lat. 1° 53’), inclinación de 23° 20; número de oscilaciones, 216.

Según las reglas establecidas por Cavendish y Dalrymple, siempre se ha tenido cuidado, en estas observaciones, de mover la brújula al este y al oeste, para encontrar las inclinaciones medias, y corregir el error que surge cuando el eje de la aguja no pasa exactamente por sus dos puntas.

Durante este viaje, que ha durado un año, he determinado 54 puntos de la América meridional, en los que he observado las latitudes y longitudes: las primeras deducidas en su mayoría de la altura meridiana de al menos dos astros, las últimas, o bien por distancias de la luna al sol y a los astros, o bien por el guarda-tiempo y ángulos horarios. Así me ocupo de conformar el mapa de las regiones que he recorrido; y como mis observaciones llenan el vacío que se encuentra en los mapas entre Quito y Cayena, al norte del río Amazonas, confío en que interesarán a los geógrafos.

Mi guarda-tiempo solo me da con exactitud las diferencias de meridiano con los lugares de mi partida: Caracas, Cumaná y S. Tomás de Nueva Guayana (lat. 8° 8’ 24’’, long. 21’’ en tiempo al oeste de Cumaná). Por eso tengo el mayor interés en fijar en mi mapa estos tres puntos con relación a París, y de hacerlo exclusivamente por medio de observaciones astronómicas. Además, es muy necesario para los navegantes, al llegar a esta costa, hallar puertos bien determinados en longitud para conocer el estado de sus cronómetros, ya que, exceptuando la Martinica, la Guadalupe, Puerto Rico (donde Churruca ha hecho sus observaciones), Cayena y Quito, ¡son muy pocos los lugares con cuya longitud se pueda contar, sobre todo en la América española! Según los conocimientos de los tiempos, Cartagena está a 5h 12’ 12’’. Pero las tres emersiones de satélites observadas por Herrera dan todas 69° 24’ 10’’ al occidente de Cádiz, o 5h 13’ 11’’ al occidente de París.

He observado con un anteojo de Dollond que aumenta 95 veces los objetos.

En Cumaná, latitud 10° 27’ 37’’.

Inmersión del segundo satélite el 16 brumario año VIII a las 11h 41’ 18’’ tiempo verdadero.

Del segundo satélite el 25 fructidor a las 16h 31’ 0’’ tiempo verdadero.

Del primer satélite el 25 de septiembre de 1800 a las 17h 10’ 21’’ tiempo medio.

Emersión del cuarto satélite el 26 de septiembre a las 17h 28’ 0’’ tiempo medio.

Del tercer satélite el 27 de septiembre a las 16h 25’ 55’’ tiempo medio.

Del cuarto satélite el 26 de septiembre a las 17h 28’ 0’’ tiempo medio.

Por ello desconfío de la longitud de Cumaná, tal como me la ha dado mi cronómetro cuando llegamos al continente desde las Canarias. He hallado una long. de 4h 26’ 4’’, y las observaciones de Fidalgo (quien ha observado emersiones en la Trinidad, pero no en Cumaná) han dado más aún: 4h 26’ 16’’. Fidalgo ha encontrado 55° 16’ 32’’ al occidente de Cádiz y Cumaná, 2° 41’ 25’’ al occidente de Puerto España. Pero el mapa de la isla de Trinidad, publicado en Londres a partir de las bellas observaciones de Churruca, ubica Puerto España a 61° 22’ al occidente de Londres. Creo que al reducir el mapa se ha tenido en cuenta el cálculo del ciudadano Lalande sobre la ocultación de Aldebarán, observada el 21 de octubre de 1793 en Puerto Rico. Porque la capital de Puerto Rico está, según los cronómetros, a 4° 34’ al occidente de Puerto España (calculando la longitud por la de Puerto Rico, 63° 48’ 15’’), y Cumaná a 66º 29’ 40’’ al occidente de París. Los cinco eclipses de satélites que le envío, mi digno amigo, deben arrojar luz sobre este asunto, y pienso que la longitud de Cumaná no irá mucho más allá de las 4h 25’ 20’’. Por desgracia el eclipse de sol que he observado en toda su extensión el 6 brumario en Cumaná (haciendo pasar los cuernos por el hilo horizontal y vertical) no era visible en Europa. Observé su final a las 8h 14’ 22’’, y con una diferencia de 1’’ respecto del tiempo verdadero, ya que el mismo día tomé las alturas correspondientes.

En Caracas (plaza de la S. Trinidad) lat. 10° 31’ 4’’, he observado:

Inmersión del primer satélite el 16 frim. año VIII a las 16h 11’ 57’’ tiempo verdadero.

Del tercer satélite el 16 frim. a las 17h 11’ 36’’ tiempo verdadero.

Emersión del primer satélite el 27 niv. a las 11h 14’ 8’’ tiempo medio.

Del segundo satélite 8 pluv. a las 7h 58’ 8’’ tiempo medio.

Del cuarto satélite 28 niv. a las 8h 13’ 3’’ tiempo medio.

En el valle del Tuy, pico de la Cocuiza, lat. 10º 17’ 23’’.

Emersión del primer satélite el 20 pluvioso año VIII, a las 11 horas 26’ 57’’ tiempo medio.

Del tercer satélite 21 pluvioso, a las 7h 58’ 50’’ tiempo medio.

Pero estos últimos eclipses fueron observados con un anteojo de Caroché que, aunque muy bello, solo aumenta 58 veces los objetos, puesto que no pude llevar conmigo al Río Negro el gran anteojo de Dollond.

Declinación magnética en Cumaná el 5 brumario, 4º 13’ 45’’ este, en Caracas 4º 38’ 45’’, en Calabozo 4º 54’, antigua división.

El puerto de la Guaira está exactamente a 29’’ en tiempo al occidente de Caracas y espero que, por medio de las emersiones e inmersiones, el meridiano de esta ciudad quede bien determinado.

He descrito con el ciudadano Bonpland más de 1 200 plantas.2

1 Esta carta no nos ha llegado aún.

2 Una carta del ciudadano Haspel-la-Chenaye, químico en la isla de Guadalupe, con fecha del 15 nivoso, nos informa que A. Humboldt salió para La Habana luego de haber dejado al agente del gobierno en la Guadalupe una caja para el instituto y dos paquetes: uno para el ciudadano Fourcroy y otro para el ciudadano Delambre. Al no haber llegado aún la caja ni tampoco el paquete dirigido al ciudadano Fourcroy, es de presumir que la presente carta no es la que menciona el ciudadano Haspel-la-Chenaye. Es por esto por lo que albergamos la esperanza de recibir en breve otras dos cartas de Humboldt. Si estas comprenden, como es de presumir, nuevos detalles de los viajes de este sabio tan modesto como interesante, nos apresuraremos a ponerlas a disposición de nuestros lectores [nota del redactor].

12 [Brief an Carl Ludwig Willdenow], en: Berlinische Nachrichten von Staats- und gelehrten Sachen 86 (18 de julio de 1801), pp. 4-5; 87 (21 de julio de 1801), pp. 4-6.

[Carta a Carl Ludwig Willdenow]

De nuestro célebre compatriota Alexander von Humboldt, que estudia casi todos los objetos de la naturaleza y de la historia natural en el viaje de investigación que lo ha llevado ahora hasta las selvas de América del Sur, han tenido varias veces noticia los lectores de este periódico a través de nuestras páginas. Hoy podemos dar a conocer las más recientes, llegadas a Europa desde esa lejana región del mundo. Las hemos tomado de una carta dirigida al profesor Willdenow, a quien el señor von Humboldt venera como su maestro en botánica y al que el mundo habrá de agradecer, de manera indirecta, todos los descubrimientos que caben esperar del viaje del señor von Humboldt, ya que suamor por el reino vegetal lo llevó a emprender el mencionado viaje. La carta está fechada en La Habana el 21 de febrero de este año. En el fragmento que reproducimos a continuación hemos omitido todos aquellos detalles científicos demasiado pormenorizados.

«Como no solo resulta incierto, sino incluso improbable», escribe Von Humboldt, «que mi compañero de viaje (Bonpland) y yo podamos hacer sanos y salvos el viaje alrededor del mundo que, según nuestro plan, nos llevará a través de las Filipinas y del cabo de Buena Esperanza, al menos procuraré que no se pierdan los frutos de nuestro trabajo. Así pues, de las observaciones que hemos recogido por escrito enviaremos duplicados a Francia a través de los representantes comerciales franceses, y lo mismo haremos con nuestras colecciones de objetos curiosos del mundo natural. A ti, querido Willdenow, te he enviado dos cajas con mil especies distintas de plantas recolectadas en su mayor parte en la desconocida región de la Parima y de la Guayana, entre Río Negro y Brasil, donde estuvimos la primavera pasada. Esas cajas te llegarán a través del señor Fraser, un buen jardinero y botánico, además de comerciante de simientes, que reside en Londres y es el proveedor del emperador de Rusia en lo que atañe a su especialidad. Recordarás, por la flora Carolinensi de Walter, que este señor Fraser ha hecho cuatro viajes de estudios botánicos a Labrador y Canadá. Desde 1799 se ha involucrado en un quinto viaje de esa índole, el cual primero lo condujo a los estados de Kentucky y Tennessee, regiones situadas en el curso del río Ohio y que, por cierto, son actualmente transitables por agua o por tierra, lo que hace posible enviar mercancías desde Filadelfia a través de Fort Pitt, o de los ríos Ohio y Misisipi hasta Nueva Orleans, así que el viaje, en su totalidad, no supera las cuatro semanas. Gracias a esa vía fácil de comunicación, el señor Fraser ha podido llegar a las colonias españolas, o lo que es lo mismo, hasta aquí, a La Habana. Este hombre desconocía las dificultades para acceder a las colonias españolas sin permiso del rey de España, de modo que difícilmente habría podido llevar a término su intención de recolectar plantas aquí si no hubiera tenido la suerte de naufragar frente a estas costas. Después de haber pasado tres días difíciles encallado en un banco de arena a 10 millas del litoral, fue por fin rescatado por unos pescadores de Matanzas y, desprovisto de todo, ha llegado hasta aquí. Su nombre y profesión me bastaron como carta de recomendación, de modo que lo acogí en mi casa, lo apoyé con dinero y en todo cuanto necesitara y, gracias a mis relaciones, le proporcioné el permiso para recorrer la isla de Cuba, una autorización que, sin el accidente del naufragio, difícilmente habría obtenido. A él he confiado ahora las cajas con las plantas para ti, y las pruebas de amistad que he tenido oportunidad de manifestarle son garantía suficiente para saber que hará incluso lo imposible por hacértelas llegar.1 El bueno de Fraser lleva consigo a su hijo, un joven muy amable a quien propuse que me acompañara en mi viaje a México. Él, en cambio, rechazó el ofrecimiento, ya que teme a los españoles, cuyo idioma no entiende, y también porque tiene prisa de llegar a Londres para iniciar la labor de describir las plantas recolectadas en Kentucky. Me marcho, pues, pero antes de decirte hacia dónde pretendo dirigirme desde aquí, quiero repasar brevemente, a fin de que no pierdas el hilo, las etapas principales de mi viaje hasta el momento, por si acaso mis cartas anteriores no llegaron nunca a tus manos.2 El 5 de junio de 1799 partí de La Coruña con mi compañero Alexander Bonpland en la fragata Pizarro rumbo a las islas Canarias, donde ascendimos hasta el cráter del pico del Teide. Hacía 12 años que nadie había estado allí. El señor Johnstone, un comerciante de Madeira, fue el último en escalarlo antes de nosotros. El 16 de julio llegamos al puerto de Cumaná, donde nos quedamos hasta noviembre, con una estadía en las montañas de Turimiquire entre los indios chaymas, en el Guarapiche y en Costa de Paria. El 18 de noviembre nos dirigimos por mar a la Guayra y Caracas. Allí permanecimos dos meses, y también en la región de los alrededores, donde subimos a La Silla; luego atravesamos los Valles de Aragua y las plantaciones de cacao a orillas del romántico lago de Valencia, donde descubrimos un árbol cuya leche los indios degustan como si fuese leche de vaca. Es muy nutritiva, ¡y proporciona queso agrio! A continuación, seguimos hacia Puerto Cabello, y luego hacia el sur, atravesando el gran llano (un páramo con pantanos repletos de gymnotus electric. y de caballos salvajes. ¡A un tálero la pieza!), en dirección a las provincias de Barinas, situadas en las fronteras de Santa Fe, y continuamos hacia el río Apure, en el séptimo grado de latitud sur. Por ese río marchamos rumbo al este, en dirección al Orinoco, hasta llegar a Cabruta; más tarde remontamos el Orinoco en dirección sur más allá de las terribles cataratas de Maypure y Atures, y llegamos a la desembocadura del Guaviare, que viene de Quito y está situada en los 3 grados de latitud. Partiendo de allí, abandonamos el Orinoco a través de los pequeños ríos Atabapo, Tuamini y Temi, continuamos hacia el suroeste y recorrimos 150 millas desde Quito hasta el Monte de Pimichia, de mala fama por sus serpientes. A través de ese bosque, los indios cargaron la piragua (nuestro bote) hasta el río Negro. Por él navegamos corriente abajo en dirección al sureste hasta llegar a San Carlos, un fuerte fronterizo protegido por ocho hombres y situado a las puertas de Brasil (del otro lado los portugueses tienen San José de Maravitanos, donde me impidieron acceder con mis instrumentos hasta el cercano Amazonas); continuamos luego por el río Casiquiare en dirección norte, rumbo a las fuentes del Orinoco, seguimos corriente arriba por este último hasta arribar al otro lado del volcán Duida, en el Dorado, en medio de bosques de cacao, género caryocar, un nuevo Genus Juvia (almendro con frutos de 14 pulgadas de ancho). De allí navegamos por todo el Orinoco, corriente abajo, hasta alcanzar la desembocadura, en un viaje de 1 200 millas siempre por la vía fluvial. Desde la desembocadura del Orinoco atravesamos el Llano de Caracatiche hasta llegar a Barcelona y finalmente, el 1ero. de septiembre de 1800, de vuelta a Cumaná, llegamos a la casa de nuestro amigo Don Vincente Emparan, gobernador de la provincia. Aquí pusimos orden en las colecciones reunidas hasta ese momento e hicimos excursiones a la serranía de Chaparuparu. Luego, el 24 de octubre, expuestos a un sinfín de peligros y en medio de una terrible tormenta, salimos de Nueva Barcelona rumbo a La Habana, villa a la que llegamos el 19 de diciembre de 1800 y en la que recibí las primeras cartas de Europa tras 18 meses. En cuanto a mi compañero de viaje (Alexander Bonpland), tengo todos los motivos para estar más que satisfecho. Es un digno discípulo de Jussieu, Desfontaines y Richard, muy diligente y afanoso, se adapta rápido a la gente y sus costumbres, habla muy bien el español, es valiente e intrépido; en fin, dicho en pocas palabras: tiene extraordinarias cualidades para ser un naturalista viajero. Las plantas (que junto a los duplicados alcanzan las 12000) las secó él solo. La mitad de las descripciones son obra suya. En varias ocasiones cada uno de nosotros describió por propia cuenta la misma planta, a fin de tener una mayor certeza en relación con la verdad. Creemos haber hecho diagnósticos muy precisos, pero aún no nos atrevemos a determinar cuántos nuevos genera poseemos. En términos de palmeras y hierbas, de Melastomis, Piper, Malpighia, Cipura Aublet, Caesalpina, de Cortex Angusturae (que constituye un Genus nuevo, diferente a la Cinchona) tenemos mucha abundancia; no obstante, estoy seguro de que dos tercios de nuestros nuevos Gen. et Spec., una vez regresemos a Europa, serán identificados como muy antiguos; de todos modos, la ciencia siempre gana cuando alguien reúne en parajes tan remotos nuevas descripciones hechas a partir de la naturaleza misma. ¡Qué tesoro de plantas alberga el maravilloso territorio situado entre el Orinoco y el Amazonas, lleno de bosques inextricables y poblado de tantas nuevas especies de monos, un territorio en el que recorrí 1 400 millas geográficas! Estoy ahora totalmente convencido de algo a lo que aún no daba crédito en Inglaterra, a pesar de que ya lo sospechaba a partir de los herbarios de Ruiz, Pavón, Nee y Hänken, y te lo digo: ¡estoy convencido de que no conocemos las tres quintas partes de las especies de plantas existentes! ¡Qué frutos maravillosos, de los que enviamos grandes cajas llenas rumbo a Madrid y Francia tras regresar del ecuador! ¡Qué vista la que ofrece el mundo de palmeras en los inextricables bosques de Río Negro! Solo a quí, en este sitio, si bien no solo aquí en la Guayana, sino en toda la América del Sur, el mundo es verdaderamente verde. El árbol del pan (Artocarpus incisa), que se cultiva en la Guayana, florece de manera increíble. ¡Árboles de cuatro años alcanzan los 30 pies de altura, tienen hojas de 3 pies de largo y 18 pulgadas de ancho, y proporcionan innumerables frutos! Conozco plantaciones que tienen entre 400 y 500 ejemplares. En la historia de la agricultura está haciendo época la caña de azúcar de Otaheiti, que se cultiva en todas las Indias Occidentales, es tres veces más gruesa que la antigua y habitual por estos lares, ¡y produce por lo menos un tercio más de azúcar! Esa planta bastaría para eternizar el nombre de Cook».

«¡Pero si bien es un placer enorme admirar estos tesoros de la naturaleza, también podrás creerme cuando te digo, apreciadísimo Willdenow, que no por ello son escasas las molestias y las dificultades asociadas a todo esto! Gracias al especial favor del rey de España, a las distinciones personales con las que el rey y la reina tuvieron a bien distinguirme, y a las recomendaciones insistentes del ministro Urquijo, puedo recorrer ahora estos territorios con más libertad y seguridad que las ofrecidas jamás por estos lares a cualquier otro naturalista. También viajo con mayor comodidad que muchos otros, si se tiene en cuenta que, a lo largo de varios meses, dispuse de 24 indios en los viajes por los ríos, mientras que en los trayectos por tierra, muchas veces me acompañó una recua de 14 mulos que cargaban mis plantas, los instrumentos y demás necesidades. Pero ni el favor del rey de España ni mis compañeros y acompañantes pueden protegerme de las molestias del clima y de las particularidades locales, que no son pocas, sobre todo si voy a hablar como botánico. En la Guayana, donde el aire, debido a los mosquitos, se oscurece y es preciso cubrirse todo el tiempo las manos y la cabeza, es casi imposible escribir a la luz del día: la pluma no puede mantenerse quieta debido a lo doloroso que resulta el veneno de esos insectos. De ahí que fuera necesario hacer todo nuestro trabajo a la luz del fuego, dentro de una choza india en la que no penetraba un solo rayo de sol, y a la que era preciso entrar arrastrándose por el suelo. Uno casi se asfixia a causa del humo, pero es menor el sufrimiento causado por los mosquitos. En Maypure encontramos refugio junto con los indios en medio de una catarata cuyo torrente caía con un ruido ensordecedor, pero cuya espuma espantaba a los insectos. En Higuerote se entierra uno de noche en la arena, de modo que solo sobresale la cabeza, mientras el cuerpo entero permanece cubierto por 3 o 4 pulgadas de tierra. Cualquiera que no lo haya visto con sus propios ojos, creería que se trata de una fábula. Resulta extraño que allí donde comienzan las aguas negras, en realidad unos ríos de aguas pardas (Atabapo, Guainía, etcétera), no haya mosquitos ni cocodrilos. Cuando en medio de todas esas molestias concluyes la labor de describir las plantas, aparece un nuevo motivo de pesadumbre si, al cabo de un tiempo, abres de nuevo las cajas. Nuestros herbarios sufren el mismo destino que ya fue motivo de queja para Sparrman, Banks, Swartz y Jacquin. La infinita humedad del clima americano, la exuberancia de la vegetación, en la que es tan difícil encontrar viejas hojas que hayan alcanzado su pleno desarrollo, echaron a perder más de la tercera parte de nuestras colecciones. A diario encontramos nuevos insectos que devoran el papel y las plantas. Todas las artes inventadas en Europa —el uso de alcanfor, aguarrás, alquitrán, de maderas untadas con pez, o la precaución de colocar las cajas al aire libre—, todas fracasan aquí, y someten a una dura prueba nuestra paciencia. Si uno se ausenta tres o cuatro meses completos, apenas conseguirá reconocer su herbario. De cada ocho ejemplares es preciso desechar cinco, sobre todo en la Guayana, en el Dorado y en la región del Amazonas, donde todos los días nos inundaba la lluvia. A pesar de todas las molestias, esta región del mundo situada entre los trópicos sigue siendo mi elemento, y nunca he estado saludable por tiempo tan prolongado e ininterrumpido como desde mi partida de España. A pesar de los cambios constantes entre la humedad, el calor y el frío de la montaña (pues la Parima no es en absoluto un territorio llano, como lo describen los geógrafos; tiene un imponente macizo montañoso que, a partir de Popayán y de Quito, se une con el Oyapock en Cayena, en el cual llegué a medir una altura de 9 600 pies a un grado de latitud norte del ecuador), mi salud ha mejorado de forma notable. Trabajo mucho (la descripción de las plantas es un objetivo secundario de mi viaje), duermo poco, y muchas veces permanezco hasta cuatro y cinco horas sin sombrero, expuesto al sol, haciendo observaciones astronómicas. He estado en ciudades (La Guayra, Puerto Cabello) asoladas por la espantosa fiebre amarilla, ¡y nunca, ni una sola vez he tenido siquiera dolor de cabeza! Solo en S. Tomás de la Angostura, capital de la Guayana, y en Nueva Barcelona, tuve fiebre durante tres días, primero el día de mi regreso de Río Negro, después de comer pan en exceso, por primera vez después de un largo periodo de hambre, y otra vez cuando me vi cubierto por una lluvia de polvo a plena luz del sol, algo que siempre provoca fiebre por estos lares. En el Atabapo, donde los salvajes sufren constantemente por la fiebre pútrida, mi salud resistió increíblemente bien. Pasamos cuatro meses durmiendo en los bosques, rodeados de cocodrilos, boas y tigres (que aquí atacan incluso las canoas), sin probar otra cosa que arroz, hormigas, yuca, plátanos y agua del Orinoco, y a veces monos. Desde Mondavaca hasta el volcán Duida, desde los límites de Quito hasta Surinam, recorrimos distancias que abarcan 8 000 millas cuadradas, en las que no encuentras un solo indio, pero sí infinidad de monos y serpientes, y todo ello con las manos y el rostro hinchados por las picaduras de los mosquitos. ¡En cambio, qué grandeza la de estos majestuosos bosques de palmeras, donde se encuentran tantas y tan distintas poblaciones indias, libres e independientes, que preservan todavía vestigios de la cultura peruana! Pueblos que labran bien sus campos, practican la hospitalidad y parecen afables y humanos como los tahitianos, pero que, al igual que ellos… practican el canibalismo. Por doquier, en todas partes de la Sudamérica libre (y hablo de la parte situada al sur de las cataratas del Orinoco, adonde, aparte de cinco o seis monjes franciscanos, no ha llegado ningún otro cristiano antes de nosotros), ¡encontramos en las chozas las horripilantes huellas del canibalismo! He solicitado al ministerio español que Cavanilles instruya en botánica a algún joven franciscano y que luego lo envíen a recorrer el Río Negro. Por estas regiones puede solo viajarse en calidad de monje o en compañía de alguno sin tener nada que temer por parte de los indios. El actual padre guardián de las misiones, fray Joaquín Márquez, un monje eficiente con el que trabé estrecha amistad, ha apoyado mucho el proyecto. He dejado instrumentos en algunos lugares, y cabe esperar con razón que pronto salgan a la luz ciertas cosas acerca de esta parte del mundo sobre la que pesa tan oscuro desconocimiento y sobre la que mienten todos los mapas. Los europeos del norte y del este, por cierto, abrigan extraños prejuicios contra la nación española, algunos —diría yo— incluso disparatados. Llevo ahora dos años conviviendo estrechamente con todas las clases sociales, desde los monjes capuchinos (en cuyas misiones entre los indios chaymas viví mucho tiempo) hasta el virrey. Domino actualmente el español casi tan bien como mi propia lengua materna. Pues bien, gracias a ese conocimiento profundo puedo asegurar que esa nación, a pesar de toda la presión política y religiosa, avanza en su educación a pasos agigantados y en ella se está desarrollando un gran carácter. No infieras, a partir del hecho de que en América no se escuche nada de ella, que España no está haciendo nada por las ciencias. Hay aquí inmensos tesoros vegetales, excelentes dibujos y descripciones, todo está listo. ¡Solo que no cabe pensar en publicaciones en un país donde los editores exigen veinte mil táleros para poder imprimir un libro! De la Ruiz flora habrá que ocuparse por lo menos todavía diez años más. Don Celestino Mutis, en Santa Fe, tiene seguramente de 1500 a 2000 nuevas especies; la Flora novae Grenadae está lista. Hänke está en Chile todavía, después de un viaje alrededor del mundo como compañero de Malaspina. ¡No hay nadie más rico en plantas en todo el mundo! Sesse, un botánico muy bueno, excelente, recorrió todo México y California por espacio de siete años. Cuenta con 2000 dibujos. Tafala está trabajando todavía en Perú, al igual que Cervantes en México. Aquí, en la isla de Cuba, existe una comisión botánica local, cuyo director, el doctor Boldo, falleció de fiebre amarilla. Lo ha sustituido el joven Estévez, discípulo de Sesse. Con él trabaja un pintor mexicano, Echevarría, ¡cuyo talento para dibujar plantas deja a la zaga cualquier cosa que pueda mostrar Europa! De todos modos, por mucho que celebre y alabe todo esto, no creas nada de lo que publican los periódicos alemanes, que copian a los ingleses cuando escriben: “que yo viajo con grandes encargos del gobierno español y que estoy destinado a ocupar un elevado puesto en el Consejo de Indias”. Haz lo mismo que yo: ríete de eso. Si tengo suerte y puedo regresar a Europa, me ocuparé entonces de otros planes muy distintos que poco tienen que ver con el Consejo de Indias. Una vida humana iniciada como la mía está destinada a actuar, y si caigo en el empeño, las personas que están tan cercanas a mi corazón, como tú, deben saber que no me he sacrificado por fines espurios. Pero el cumplimiento de mis objetivos requiere de independencia, y la mía se me hace cada vez más cara. Por ella no he aceptado nunca, jamás, ni un atisbo de apoyo por parte de ningún gobierno. A menudo, cuando se juntan en mi imaginación la Rehberge3 y el pequeño río Panke con las cataratas del Atures y con una casa de quino (cinchone alba) en la que viví largo tiempo, todo esto me parece un sueño. ¡Cuántas dificultades he vencido! En vano esperé por el viaje de Baudin alrededor del mundo, estuve a un paso de ir a Egipto y Argelia, ¡y luego Sudamérica! Y ahora abrigo de nuevo la esperanza de encontrar a Baudin y Michaux en el Mar del Sur… Cuán maravilloso puede ser el consecutivo devenir de una vida humana… Pues desde aquí me voy a Acapulco a través de México y California, para concluir junto con el capitán Baudin el viaje alrededor del mundo».

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
683 s. 56 illüstrasyon
ISBN:
9786077727873
Yayıncı:
Herder México
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar