Kitabı oku: «¡No te enamores del jefe!»
¡No te enamores del jefe!
Alexandra Granados

Primera edición en ebook: junio, 2020
Título Original: ¡No te enamores del jefe!
© Alexandra Granados
© Editorial Romantic Ediciones
www.romantic-ediciones.com
Diseño de portada: Olalla Pons - Oindiedesign
ISBN: 978-84-17474-69-0
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

PRÓLOGO
“Si riegas y alimentas a la discordia,
mucho pesar y malos momentos tendrás que vivir. Busca la libertad
si sientes que te quieren encadenar.”
Chicago, Illinois.
15 de Junio de 2017.
—¿La señora Anne Harper?
Elevo la vista del libro que estoy leyendo y me quedo mirando unos instantes a un repartidor que está junto a mí, con un paquete en la mano. Mis mejillas se tiñen de color rojo al notar impaciencia en él. Entiendo que ha estado un rato tratando de llamar mi atención sin yo hacerle caso.
Dejo “Los mundos de Eleonor”, el texto que estoy leyendo junto a la hamaca y enfoco toda mi atención en el hombre que me mira con el ceño fruncido.
—Disculpe señor, soy su hija, ¿en qué puedo ayudarle?
—Tengo un paquete dirigido a la señora Harper, ¿me firma el albarán o no?
Su tono de voz es grave y no me gusta mucho, pero dejo clavaba una sonrisa en mi rostro y levantándome voy hacia él y firmo lo necesario para que me deje el paquete.
—Gracias— le digo cuando se da la vuelta y se va sin decir nada.
Miro con curiosidad el envoltorio y me detengo en la parte que pone el remitente. “Universidad de Illinois. Departamento de Escritos Antiguos”. Amplío la sonrisa que tiene mi rostro y entro en la casa tarareando la última canción de moda, con el paquete y mi libro en las manos.
Al fin ha llegado el paquete que he solicitado en nombre de mi madre. No me lo puedo creer.
Cierro la puerta con doble llave y voy directa a mi despacho. Quiero desenvolver el paquete y abrirlo con mucha calma, para disfrutar el momento. Haber estudiado en la universidad, Biblioteconomía y Documentación, me han convertido en toda una erudita de los textos escritos. Tanto actuales, como ancestrales. Disfruto igual con los dos.
—¡Roselyn!
Doy un brinco del susto al oír a Blake, llamándome a voz en grito desde la planta superior. Obligo a mis piernas a moverse rápidamente y abriendo el segundo cajón de mi escritorio dejo guardados allí los dos objetos.
—Ya voy.
Cierro también con llave la puerta del despacho y me encamino a su encuentro con paso veloz. En cuanto llego a su lado, noto provenir de él olor a alcohol y no puedo evitar mostrar rechazo en mi rostro al sentir ese aroma.
—¿Dónde estabas? —me pregunta alterado—. Llevo llamándote un buen rato.
—No te oí.
—¡No me oíste porqué estabas ocupado ligando con el repartidor de basura ese!
Mi corazón comienza a palpitar fuertemente al oír el tono de voz tan amenazante que usa. Me encojo en el sitio y me enfada ese mismo hecho.
—Blake, yo no he ligado con nadie —le digo en voz muy baja—. Simplemente me entregó un paquete.
—¡Mientes!
Alza la mano y sin yo esperármelo me da una bofetada que hace que mis oídos comiencen a pitar con fuerza. Blake se lleva la mano a los ojos al ver cómo los míos se llenan de lágrimas. Es la primera vez que me levanta la mano y no me gusta para nada la sensación con la que me quedo yo.
—Rosy —murmura con el apodo que tanto odio—. Cariño, lo siento yo…
Intenta acercarse a mí para acariciarme el lugar dónde me ha golpeado, pero yo me aparto, dando unos pasos más hacia atrás.
—Quiero que recojas todas tus cosas y te vayas de aquí mañana— le digo en voz baja, pero clara.
—Cariño, yo no…
—El hombre que vino era un transportista. Estaba concentrada leyendo y no le vi. Tal vez por eso él estuvo más tiempo de lo normal frente a mí —le digo explicándoselo, aunque sé que no tengo por qué hacerlo—. Pero eso no justifica tus celos.
Sigo dando pasos lejos de él, al ver cómo Blake quiere acercarse a mí. En los casi siete años de relación que llevamos juntos, nunca se propasó conmigo. Siempre respetó mi gusto por la lectura, por los libros. Al menos al principio. En cuanto terminé mis estudios en la Universidad y me gradué, su actitud cambió. Nunca quiso que yo fuera a trabajar fuera de casa. Me quería como ama de casa, atendiéndole a él en todo. Cualquier cosa que yo hiciese fuera de su control le molestaba y al principio yo no lo vi como un problema.
Hasta ahora.
—Márchate, Blake.
—Cariño, no quise hacerte daño —susurra él abriendo mucho los ojos—. Últimamente pasas mucho tiempo en esa librería en la que trabajas, y cuando estás en casa, pasas más tiempo leyendo que estando conmigo. Es normal que haya confundido las cosas. Perdóname.
Trata de acercarse a mí y yo no dejo que lo haga. El dolorcillo que aún tengo en el lado izquierdo de mi rostro me recuerda lo que ha hecho.
—Quiero que te vayas de mi casa —le digo alto y claro.
—¿Y vas a tirar por la borda siete años así como así? —grita él enfurecido ahora—. ¿Todo por una tontería?
No le respondo. Sé que no va entenderme, está demasiado ebrio como para entenderme bien. Me decido por girarme y hacer lo más natural en ese momento. Recoger mis cosas y salir a dormir a casa de mi madre. En cuanto muevo un pie lejos de él, Blake estira su mano y cogiéndome del brazo con fuerza me atrae a sus brazos.
—No te vayas —me pide abrazándome fuerte.
El olor a alcohol que emana de él me revuelve el estómago y mucho.
—Lo siento, mucho Rosy. No volverá a pasar, te lo prometo. Perdóname.
—Dijiste que ibas a dejar de beber y sigues haciéndolo —le acuso tratando de alejarme de él—. Ya no creo nada de lo que me digas.
—¡Estabas mirándole embobada durante más de cinco minutos! —me dice ahora exasperado, cambiando de nuevo su humor.
Comienza a zarandearme enfadado. Se me encoje el corazón al pensar que puede pretender volver a hacerme daño.
—Blake, suéltame.
—Eres mi mujer, Rosy. Mi primera mujer. Estamos juntos desde la mayoría de edad. No puedes irte de mi lado.
—No puedes obligarme a quedarme —le contradigo haciendo fuerza para soltarme de su agarre—. Quiero que me dejes ir. Lo nuestro se ha acabado.
La tranquilidad con la que le respondo parece ponerle más furioso, porque hace más fuerza con sus manos sobre mi piel. Gimo de dolor y de sorpresa por la violencia de la que está haciendo gala. Él no es así.
—Me haces daño —susurro en voz baja.
Creo que mi gemido le hace reaccionar, porque me aleja de su lado como si yo le hubiese quemado.
—Cariño, lo siento —susurra cabizbajo, levantando la mano en señal de rendición.
Da un par de pasos hacia atrás y yo aprovecho el momento para coger mi bolso del salón, y tras confirmar que tengo las llaves del coche, de la casa y mi móvil, salgo de nuestra casa como si me persiguiese el mismo diablo.
No sé hacia dónde ir, ni qué hacer a partir de ahora, pero una cosa sí tengo clara, y es que voy a permanecer alejada de Blake Cox por mucho tiempo.
CAPÍTULO 1
“El viento puede arrasar, arrastrar, llevar. Si no
te plantas firme en el suelo y te enfrentas a los problemas,
te puede llevar. Cuidado con el conformismo.
Lucha por lo que anhelas”.
San Francisco, California.
6 de Septiembre 2017.
El despertador taladra mis oídos a las siete y media de la mañana, y yo ni corta ni perezosa lo pongo debajo de la almohada y acallo su timbre voraz mientras trato de seguir durmiendo un poco más. Lanzo un suspiro de pereza mientras frunzo la nariz tratando de volver a conciliar el sueño.
—¡Roselyn es hora de despertar!
Oigo a mi madre gritar desde el salón y suelto un gruñido muy poco femenino de exasperación. Hoy quiero dormir más de lo normal. Anoche no dormí bien emocionada con lo que podía pasar hoy.
¡Hoy es 6 de Septiembre!
Abro los ojos enseguida y me levanto de la cama buscando desesperadamente el despertador. ¡Ya son casi las ocho menos cuarto! Oh, no.
—¿Tu entrevista no era hoy, querida? —me pregunta mi madre, dándole dos golpecitos a la puerta.
—¡Ya voy!
Agarro rápidamente mi ropa que por suerte dejé preparada la noche anterior encima de una de las sillas en la habitación y me cuelo en el cuarto de baño con rapidez. Me doy una ducha rápida, y tras higienizarme bien, me pongo delante del espejo y me recojo el cabello oscuro en un moño alto. Después me maquillo discretamente, ocultando las ojeras y los pequeñitos granitos de estrés que tengo repartidos por el rostro. Mis ojos negros contemplan con objetivismo el resultado final y me quedo satisfecha al verme bien arreglada.
—Te dejo el desayuno preparado en la mesa, cariño —me dice mi madre asomando su cabeza por la puerta del baño.
Giro la vista a través del espejo y guardo una sonrisa al ver sus rizos caer por su rostro al inclinarse para avisarme del tema del desayuno.
—¿Te vas ya a trabajar, mamá?
—Sí, hoy tengo tareas de plancha y de limpieza —me dice tranquila—. Van a ser las ocho, querida. Mucha suerte en tu entrevista.
Se lo agradezco lanzándole un beso y me pongo enseguida la falda negra de tubo, la blusa y la chaqueta americana encima. Me perfumo por todo el cuerpo y tras volver a mirarme en el espejo y ver que estoy bien, salgo pitando hacia la cocina para beberme el zumo y comerme alguna de las tostadas que seguramente mi madre me ha preparado de desayuno.
A las ocho y media me encuentro en plena carretera pitando y blasfemando contra conductores que van pisando huevos. Normalmente desde la casa de mi madre hasta la Editorial hacia dónde me dirijo para solicitar un puesto de trabajo se tarda menos de veinte minutos. Casualmente hoy que tengo más prisa de la habitual, el tráfico parece haber aumentado y estamos a rebosar por los dos carriles del asfalto.
Tengo la música puesta a todo volumen para relajarme y tarareo las canciones que más me gustan como método relajante, pero ni aún consigo quedarme tranquila. Ya llego tarde, y todo porque se me han pegado las sábanas.
Maldigo mi mala suerte pensando en mi anterior empleo en la librería del pueblo donde antes vivía en Illinois. Me habían contratado como becaria y suplente del dependiente experimentado para ayudar a vender libros y a tratar con proveedores para adquirir nuevos productos. Y la verdad que el trabajo me gustaba y mucho, pero yo sabía que no era algo definitivo. Por eso cuando vi la oferta que publicaba la gran Editorial Ross Reserve Edition S.L, no dudé dos veces y me postulé como candidata. Quise intentarlo y para gran alegría mía, a los pocos días, la secretaria de Recursos Humanos me contactó y me citó para hoy.
¿Y qué hago yo?
Quedarme despierta hasta las tantas de la madrugada, imaginando todas las formas posibles para encandilar al jefe de personal para demostrarle mis méritos y que me encuentre apta para el puesto de empleo. Y así ha pasado. Tanto soñar con la entrevista y terminé quedándome dormida como una marmota.
¡Genial!
Le doy al claxon repetidamente tratando de que un conductor con un Ferrari rojo – hermoso vehículo, por cierto—, se aparte de mi camino para que me deje adelantarle y resoplo frustrada al ver que no me hace ni caso.
Miro nerviosa el reloj del salpicadero y suelto un par de improperios al ver que ya son las nueve menos veinte. Maldita sea. Observo ahora la velocidad a la que vamos y al ver que estamos a cincuenta en un tramo de ochenta millas por hora.
—¡Podrías dejarme adelantar! —le grito desde mi coche sin dejar de pitar.
El coche que está detrás de mí hace lo mismo conmigo, con lo que logra ponerme más nerviosa. Pienso en la Editorial y la emoción regresa a mí. Me han llamado para convertirme en la asistente de la Jefe del Departamento de Publicidad y Marketing. Me encargaría de ayudarla a organizar eventos, promocionar los nuevos libros y textos que se publican, y a tratar con los autores para darles la bienvenida a la editorial una vez han firmado el contrato y para resolver cualquier duda o incidencia que tengan.
¡Justo lo que yo estoy preparada para hacer!
En la librería de Illinois casi hacía precisamente ese trabajo, y en la Universidad cuando comencé a realizar las prácticas también, por eso ayer no tenía nervios. Ahora en cambio ya es otro cantar.
—¡Aprieta el acelerador!
Golpeo varias veces el volante frustrada al ver que el tiempo va pasando y yo aún estoy muy lejos de la editorial. Maldigo haberme quedado dormida y haberme encontrado con un tipo al que el concepto “darse prisa” no vale de nada.
Casi no lo puedo creer cuando minutos después consigo ver a lo lejos cómo se abren los carriles y de dos pasamos a tener tres tras la intersección. Pongo el intermitente a la derecha y aunque sé que no se debe adelantar por ahí, es precisamente lo que hago y con mala leche.
—¡Aprende a conducir! —le grito al conductor del Ferrari cuando paso por su lado.
Durante un segundo me quedo embobada al ver a un hombre con gafas de sol devolverme una mirada sorprendida ante mi actitud. Es guapo, pienso. Aún así mi enfado gana más y a pesar de que sé que no es para nada señal de buena educación, le saco el dedo corazón y aprieto lo máximo que puedo el pedal del acelerador.
Tengo que intentar llegar a la editorial lo más pronto posible.
Ross Reserve Edition S.L se alza ante mí majestuoso. La editorial tiene varias plantas, y todas y cada una de ellas está dedicada a la cultura y a hacer realidad los sueños de los escritores.
Aparco mi Mustang en la zona habilitada para las visitas y tras ver en el espejo retrovisor que más o menos estoy decentemente bien, salgo decidida a conseguir una oportunidad. Hago caso omiso al reloj en mi muñeca que me dice que ya casi son las nueve de la mañana. Me repito mentalmente que soy una buena candidata para el puesto y que tengo que pelear por conseguir una oportunidad.
Roselyn Harper tienes que coger la vida por los cuernos, me digo repitiendo lo que mi padre siempre decía en los momentos de tensión.
—Buenas tardes, tenía una cita concertada con el señor Alan Payne —murmuro con una sonrisa plantada en el rostro al llegar a recepción.
La mujer rubia teñida que me mira lo hace con el ceño fruncido. Entiendo que está observando con desprecio apenas disimulado mi falda ya arrugada por el viaje en coche, y los mechones de mi cabello que se han desparramado por la cara por culpa del atasco. Trato de llamarme a mí misma a la calma para no contestarle de forma inapropiada.
—¿Usted es…?
—La señorita Roselyn Harper —le digo mostrando una sonrisa.
Ella mira el listado que tiene enfrente y arruga su perfecta nariz al observar un tachón a la hora de mi cita.
—Llega tarde, señorita Harper.
—Un atasco grande —murmuro y es verdad.
—El señor Payne es un hombre muy ocupado —me dice casi con sorna—. Tendrá que llamar para volver a concertar una cita. Me temo que ahora está ocupado con otra reunión.
Mi cara demuestra mi desaliento, porque la mujer parece cambiar la expresión desafiante de su rostro por una más comprensiva. Vaya, al menos la dragona tiene corazón.
—Por favor, ¿podría preguntarle si puede atenderme? —pregunto dibujando en mi rasgo facial una carita de mujer inocente que pocas veces puedo usar—. He venido de muy lejos y no sé si podré tener otro hueco para tener la entrevista. Me urge hablar con el señor Payne, es muy importante para mí.
Cruzo los deditos de los pies tratando de hacer que mi mentira no sonase tan falsa. ¡Si vivo a menos de veinte minutos de ese lugar!
—Señorita, eso no es el protocolo, yo…
—Por favor —le ruego acercándome al mostrador con ansiedad—. Me interesa mucho trabajar aquí. No quiero perder esta oportunidad.
Supongo que mi voz transmite la ilusión que tengo por trabajar allí, porque la muchacha suspira un momento y a continuación marca una extensión en su centralita para hablar con alguien. Mi yo interior comienza a cantar y a dar saltos de alegría por haber logrado pasar el primer obstáculo. Si esto fuera uno de los libros de aventura que tanto me gustan, esta sería la primera pantalla del juego superado, pienso traviesa.
—Alyssa, tengo aquí a Roselyn Harper, tenía una cita programada con el señor Payne hace media hora —comenta en cuanto alguien contesta al otro lado de la línea telefónica—. Sí, sé que ha llegado tarde —añade girándose hacia un lado para tratar de que yo no escuche lo que habla—. Sí, también sé que no es el protocolo, pero por favor, ¿puedes ver si la pueden atender?
Entiendo que la tal Alyssa trata de mandarme a paseo y yo no puedo permitirlo. Me planteo la posibilidad de arrebatarle el teléfono a Grace –al menos es el nombre que pone en su plaquita–, cuando veo que suelta un suspiro y me mira con la satisfacción reflejada en su rostro.
—Sube a la quinta planta. Y ve a la izquierda. Te recibirá allí Alyssa De Luca, la secretaria del señor Payne.
Se lo agradezco con una sonrisa alegre y me dirijo hacia el largo pasillo donde veo de lejos al ascensor. Pulso el botón de llamada e intento quitarme los nervios que me acosan. Quiero aparentar ser una mujer profesional y serena. Tengo que tratar de mantener la calma y venderme de la mejor forma posible.
Observo fascinada cómo el ascensor por dentro tiene los cristales a la vista y al ir subiendo por las plantas, puedo ver salas y despachos del personal que trabaja allí. No disimulo lo mucho que me gusta contemplar pilas y pilas de libros encima de varias mesas, siendo catalogados por los expertos de cada sector.
¡Yo quiero trabajar aquí!
Salgo del ascensor con el pie derecho y cuando veo al fondo la mesa de escritorio de una mujer que me espera con el ceño fruncido y mirada inquisidora, entiendo que ella es la secretaria del encargado de Recursos Humanos. Oculto una sonrisa en mi rostro al entender que si me ha recibido no ha sido por propia voluntad. Imagino que no le gusta las personas que llegan tarde.
—Siento mucho el retraso —me disculpo en cuanto llego a su lado, ofreciéndole la mano—. Ha habido un accidente de tráfico y no he podido hacer nada.
Ella me mira a través de sus gafas de cristal con suspicacia y yo aún mantengo mi mentira. Algo tengo que hacer si quiero que me den una oportunidad, ¿no?
—Puede pasar. El señor Payne está reunido con el Director ahora mismo, pero podrá atenderla enseguida.
Me acompaña a una sala circular, dónde hay al fondo una máquina de café y de bebidas y una gran pila de folios y de bolígrafos.
—Puede rellenar sus datos en la solicitud mientras espera.
—Gracias Alyssa, muy amable.
Ella parece complacida al ver que recuerdo su nombre y yo oculto una nueva sonrisa para mí. La verdad es que soy buena memorizando nombres. Tengo buena retentiva.
Empiezo a rellenar mis datos en la hoja y cuando termino, comienzo a jugar con el bolígrafo en mi mano. Miro mi reloj y lanzo un suspiro al ver que son las nueve y cuarto. Gimo interiormente esperando no haber echado a perder la oportunidad de mi vida por haber preferido dormir un poco más.
Casi a las nueve y media aparece en la sala el señor Alan Payne. Me levanto rápidamente para estrechar su mano y descubro sorprendida que me saca casi una cabeza. Es alto –y eso lo dice una mujer que mide uno setenta y ocho–. Rubio, con ojos color miel. Usa gafas de ver, que resaltan lo inteligente de sus facciones.
Lástima que sea gay, pienso en cuanto comienza a hablar. Lo sé por la forma que tiene de expresarse y por lo preocupado que está por no arrugar su traje de sea en cuanto se sienta a mi lado en la mesa circular.
—Lamento mucho el retraso —le murmuro acercándole mi hoja con mi currículum y la hoja que acabo de rellenar—. Le agradezco enormemente que haya accedido a entrevistarme.
—El puesto para el que venía ya está cogido —comienza a decirme leyendo con atención mi experiencia profesional.
Mi corazón se encoge de puro pesar y las esperanzas que tenía se esfuman como bolitas de humo de un cigarro. Me quedo mirándole con tristeza. ¿Qué puedo decir ahora?
—Si le parece bien, dejaré sus datos personales en el archivo y cuando tengamos una nueva vacante, nos pondremos en contacto con usted.
Sigue sin mirarme.
Imagino que él quiere que yo le dé las gracias y me vaya de la empresa sin armar jaleo y una parte de mí, quiere hacerlo. Recuerdo a Blake cuando me decía que yo no valía para trabajar en oficinas y en lugares dónde los que dominan son los hombres y consigo la fuerza necesaria para protestar.
Me han llamado para entrevistarme porque creían que yo era adecuada para el puesto, ¿no? Pues voy a demostrarles que no se equivocaban.
—Creo que ya que estoy aquí, podría usted dedicarme unos minutos y entrevistarme, señor Payne —murmuro tras aclarar mi voz—. Estaría bien si me mira y me presta algo de atención.
Él alza su mirada sorprendida y hace exactamente lo que le pido.
Mis mejillas se sonrojan y lamento no haberme puesto colorete con el maquillaje en la mañana al pintarme. Se deben notar dos manchurrones rojos ahora en mi rostro.
—¿Disculpe?
Deja a un lado los documentos y me mira fijamente.
—Sé que he llegado tarde y lo lamento profundamente, pero creo que puedo ser una buena asistente para su Departamento de Marketing y Publicidad. Tengo experiencia como puede ver en los documentos, y no sólo sé tratar con proveedores y con autores, sino también tengo autonomía para poder realizar cualquier tipo de trabajo, sin que me tengan que ordenar. Sé cuál es mi lugar y qué hacer para lograr optimizar el mejor rendimiento en mis labores.
—¿De verdad?
—Sí —le digo con seguridad y no estoy mintiendo—. Soy capaz de ser una buena asistente para este empresa, y quiero tener la oportunidad de demostrarlo.
—La principal función de una asistente es ser puntual —me contradice él, quitándose las gafas para masajear su tabique nasal—. Y usted ha llegado tarde, señorita Harper.
Le digo que ha sido por causa ajena a mi voluntad y me quedo unos segundos contemplando los ojos de color miel del señor Alan Payne con torpeza. ¡Vaya! Sí que es atractivo. Me obligo a recuperar de nuevo el habla y la capacidad de reacción.
—Entiendo que sea un problema que no haya llegado a la hora acordada, pero le prometo que si me contrata, eso cambiará. Seré una buena asistente. Puntual, dedicada y eficiente.
Él suspira, mirando de reojo una vez más mi experiencia.
—¿Sabe idiomas?
—Inglés, Español y algo de Alemán —murmuro con una sonrisa. Parece sorprenderle mi respuesta porque la expresión de su rostro cambia para bien—. También sé algo de textos antiguos. Me especialicé en la época actual, pero tengo varios cursos de transcripción de textos antiguos. Así que también podría defenderme en ese aspecto si fuese necesario.
Él silba ante la seguridad con la que hablo y ya no me sonrojo. Estoy diciendo la verdad. Recuerdo el libro que recibí tres meses atrás, que aún sigue guardado en uno de los cajones de mi antigua casa en Illinois y la tristeza me sobreviene.
Blake sigue viviendo allí y yo sigo alejada de esa casa y de mis pertenencias en consecuencia.
—Sólo quiero una oportunidad —insisto con voz clara y alta—. Sé que valgo para el puesto y es mi ilusión.
—¿Tres cualidades que hagan de usted una perfecta asistente?
—Responsable, metódica y proactiva —contesto enseguida.
Él sonríe mientras se vuelve a colocar las gafas en su sitio. Enseguida me pide disculpas al ver que su móvil comienza a vibrar en su bolsillo.
—Conteste —le digo aceptando la interrupción.
Me levanto con educación de la silla y le dejo hablar con tranquilidad. Camino hacia la máquina de cafés y miro más allá del ventanal con atención. Desde la planta en la que estamos, se puede ver muy bien los coches entrar y salir del edificio. Mi cuerpo tiembla de expectación de poder venir aquí todos los días para trabajar. Las manos me hormiguean de ganas de firmar algún contrato vinculante que me haga estar unida a Ross Reserve Edition S.L.
Vuelvo a recordar el manuscrito que aún no he podido leer y cierro un instante los ojos de pesar. La ruptura de mi relación con Blake no ha sido todo lo civilizada que debería. Mi error fue haber salido de la casa que compartíamos. Desde que me fui de allí, él se ha atrincherado allí, alegando que fui yo quién abandonó el hogar y que quién que quedarse en consecuencia allí es él mismo.
Eso pasa por haber puesto la casa a nombre de los dos, pienso cabizbaja.
—¿Señorita Harper?
Me doy la vuelta rápidamente al oír impaciencia en la voz del Director de Recursos Humanos. Vuelve a pedirme perdón por la interrupción y yo le digo enseguida que no hay problema.
—Mire señor Payne… —murmuro volviendo al lugar dónde yo estuve antes—. No quiero hacerle perder el tiempo. Yo sueño con trabajar aquí. Desde que supe que había una vacante, no he hecho otra cosa más que investigar su línea de negocio, sus propuestas de Marketing, y la forma de tratar de mejorar la rentabilidad de las ventas de libros.
—¿En serio?
—Claro. Me encantaría trabajar aquí y yo cuando me propongo algo suelo conseguirlo —le digo y ahora sí lo creo—. Por eso tal vez tenga que reconocer que estaba tan emocionada de venir aquí hoy, que creo que anoche soñé demasiado y se me pegaron las sábanas.
Él alza una ceja sorprendida por mi impulso de decir la verdad y no me arrepiento.
—Sí, pude llegar a tiempo y el destino me hizo acudir tarde y lo siento, pero una cosa sí le aseguro, señor Payne. Si usted me da una oportunidad yo le aseguro que no se arrepentirá. Me dedicaré cien por cien a realizar mis tareas diarias y lograré cumplir los objetivos que sean necesarios.
Digo el discurso con tanta pasión que hasta yo misma me emociono al escucharme. Aunque parece que sólo me pasa a mí, porque el señor Alan Payne me está mirando con una expresión rara.
Maldición.
—Está bien, al menos lo he intentado —susurro recogiendo mi bolso—. Gracias por su tiempo. Esperaré una llamada si surge alguna otra vacante.
Camino hacia la puerta decepcionada y cuando pongo la mano en el pomo, la voz profunda del jefe de RRHH, llama mi atención.
—Señorita Harper, ¿su coche es un Mustang negro?
—Sí —le respondo sorprendida.
Me giro para preguntarle porqué me lo pregunta y no me da tiempo a abrir la boca. Se levanta del asiento y cogiendo todos los papeles, me muestra una sonrisa que me crea mariposas en el estomaguito de lo hermosa que me parece. ¡Guau, con el señor serio!
—Como le decía la vacante para la que venía usted ya está cogida, pero aún así tenemos otro puesto para usted —me dice sorprendiéndome de lleno—. Si desea trabajar con nosotros, mañana esperamos que se presente a mi primera hora para firmar el contrato.
—¿En serio?
Él afirma y yo actúo con impulso.
Dejo caer al suelo mi bolso y la carpeta con mis documentos y me echo a sus brazos para darle un abrazo de oso. Él carraspea en mi oído incómodo con mi gesto y yo me alejo de su fuerte pecho, dando aún saltitos de alegría. ¡Me contrata!
—Prometo que no le decepcionaré —le digo agachándome enseguida para coger mis cosas del sueño—. Llegaré pronto mañana. A las ocho en punto estaré aquí.
—Mejor a las nueve —me corrige él ocultando una sonrisa de compromiso—. Mi secretaria Alyssa se lo agradecerá. Ella le enseñará el lugar. Cuando llegue pregunte por ella.
Yo afirmo feliz y queriendo no liar más las cosas, salgo del despacho, agradeciéndole de nuevo la oportunidad.
A partir del día siguiente, voy a trabajar para la Editorial Ross Reserve Edition S.L. ¡Viva!
CAPÍTULO 2
“Si te dan una mala noticia, pon buena cara
aunque por dentro sientas que se rompió tu corazón.
No dejes que la desesperanza gane la batalla.
Aunque haya oscuridad en el mundo,
es bien sabido que el bien siempre triunfa”.
Salgo del edificio como flotando en una nube y no quito de mi rostro la expresión de felicidad ni aún entrando dentro de mi coche. Me pongo el cinturón de seguridad y observo el reloj digital que marcan las diez de la mañana. ¡El tiempo se me ha pasado volando!
Miro por el espejo retrovisor la entrada de la Editorial y me emociona saber que al día siguiente yo voy a ser una trabajadora más que cruce esas puertas sabiendo que tengo todo el derecho a estar allí. Es una sensación asombrosa.
Recuerdo la expresión sorprendida de la recepcionista cuando le di un beso enorme de agradecimiento al pasar por la planta baja y comienzo a reír como una tonta. ¡Seguro que ha pensado que soy una loca bipolar!
No le doy importancia. Arranco el coche, y poniendo el manos libres para poder llamar por teléfono, marco el número de Pamela Sídney mi mejor amiga. Mientras escucho sonar los tonos, pongo el intermitente a la izquierda y salgo del aparcamiento feliz.
—Mi dulce Roselyn —susurra ella contenta—. ¿Qué tal la entrevista, querida?
—Genial. Tienes ante ti a una mujer que ya tiene trabajo.
—¿En serio?
—Empiezo mañana.
Pam sonríe y celebra en voz alta la buena noticia, mientras yo le resumo lo sucedido. Ella se queda patidifusa al escuchar la versión resumida. Me avergüenza oír de sus labios que no parecía yo la persona que se enfrentó al Director de Recursos Humanos.
—Quería el trabajo —me defiendo encogiéndome de hombros—. Y lo intenté.
—Enhorabuena, nena. Por fin podrá ver el mercado editorial lo que gana contigo en sus filas.
Un coche me da un bocinazo al incorporarme yo mal en una intersección y le pido perdón al hombre con un gesto de inocencia.
—No hables y conduzcas a la vez —me regaña ella con un chasquido. Pongo los ojos en blanco. Sé que lo dice por su trabajo—. Eres una poli muy pesada.
—Detective privado —me corrige Pam entre risas—. Y ahora mismo tengo que ir a hacer fotografías a un cabrón que le está poniendo los cuernos a su mujer. ¡Nos vemos en un par de semanas, cuando regrese a San Francisco! Mientras tanto, ¡procura que no te hagan muchas novatadas las primeras semanas!.
Cuelgo la llamada feliz y cuando voy a desconectar el manos libres, recibo otra llamada. Número oculto. Contesto por monotonía más que por otra cosa.
—¿Sí?
—Hola, Rosy.
Gimo frustrada al oír la voz de Blake al otro lado del teléfono. El estrés que me causa el sólo hecho de escucharle es alucinante.
—Estoy conduciendo —le digo impaciente—. No puedo hablar ahora.
—Sólo quiero saber qué tal te ha ido en la entrevista —me dice dejándome paralizada de la impresión.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo leí en tu Facebook —murmura como si nada—, y cómo no has puesto nada nuevo en las últimas horas estaba preocupado. Por eso te llamo, cariño, quiero saber qué tal todo.
—Blake, hemos roto —le recuerdo con voz cansada—. Ya no estamos juntos.
Oigo perfectamente cómo le da calada a un cigarrillo y yo elevo la vista al cielo con mucho cansancio. Parece que desde rompimos ha vuelto a fumar. Mal asunto.
—Se va a cortar —murmuro cuando intuyo que comenzará con su retahíla de “vuelve conmigo”.
Le doy a finalizar llamada y desconecto el manos libres. Me hago la firme promesa de no dejar que me amargue el momento. Ya lo hizo bastante bien durante los siete años pasados. Y ya no más.
Aparco en el garaje de casa y subo corriendo de dos en dos las escaleras. Sé que mi madre está ahora trabajando, así que no me molesto en no hacer ruido. Voy directa hacia el cuarto de baño y me quito enseguida el maquillaje y el recogido. Dejo el pelo caer suelto sobre mis hombros.
Me observo en el espejo fijamente y sé que empezar a trabajar en la Editorial va a ser un sueño hecho realidad. Estoy contando las horas para que pase el tiempo rápidamente y ya sea de día de nuevo. Esta vez pienso poner más de diez alarmas distintas para prevenir que vuelva a llegar tarde.
Una vez es mala suerte, dos ya sería desastroso.
Camino hacia mi habitación tras hacer mis necesidades en el baño y enciendo el ordenador. Voy con el portátil hasta mi cama y sentándome cómodamente allí me dedico a ojear mi Twitter y mi Facebook. Me pongo de mal humor al encontrarme con varios mensajes y dedicatorias de Blake dirigidas a por mí.
—Estoy empezando a pensar que está tratando de acosarme —murmuro bloqueando y borrando todo lo que encuentro de su parte.
Resoplo repetidamente al verme obligada a cambiar la privacidad de mis redes sociales para que nadie pueda comentarme nada, ni pueda ver nada mío sin que yo lo apruebe primero.
—¿Qué voy a hacer contigo?
Me recuesto en la cama y continúo mirando cosas más interesantes en el ordenador ahora. Me dedico las horas siguientes a revisar cualquier información que haya en la red con respecto a la Editorial para la cual voy a trabajar a partir del día siguiente. Me sorprende no encontrar ninguna fotografía del director de la entidad.
Sólo sale su nombre. Logan Ross. Empresario de edad desconocida. No acude a las fiestas de empresas, ni de negocios. Ni acude a eventos sociales o de promoción. Al parecer se dedica a firmar cheques y a permanecer alejado de los medios de comunicación. Imagino que se trata de un hombre mayor, casado, con hijos ya mayores, que sólo busca tranquilidad y vivir bien.
No le doy mucha importancia.
Sí me fijo más detalladamente en la imagen representativa de Alan Payne, el “amable” jefe de personal que me atendió en la mañana. ¡Él sí que sale fotografiado en todos lados! Y no estando solo precisamente.
Mujeres bellas, y hombres bien trajeados y vestidos aparecen junto a él, sonriendo ante las cámaras. Parece estar muy a gusto posando ante la lente de los reporteros. Observo fijamente su forma de moverse y de dirigirse en el mundillo del espectáculo y ahora comienzo a dudar de su sexualidad. ¿Ese es el mismo hombre amanerado que evitaba mi mirada todo el rato?
Parpadeo intrigada, navegando por diferentes páginas de Internet en busca de su imagen. Me frustra no encontrar nada de relevancia. Al parecer en ningún lugar se hace mención de sus gustos personales. Todo lo que sale es con respecto a la Editorial, a libros y al negocio familiar.
Sale incluso posando con sus padres, el señor y señora Jeff y Beth Payne. Pioneros de la industria y de los negocios en el estado de New York.
—Vaya, el Director de Recursos Humanos es rico —susurro sorprendida.
Me encojo de hombros, sin darle verdadera importancia. ¡Qué me podrá importar a mí el estado financiero de mi futuro jefe! Cierro a continuación todas las páginas que tratan de Alan Payne y me dedico a centrar toda mi atención en el negocio de la publicidad y del Marketing editorial.
A las tres en punto se oye el ruido de las llaves tintineando contra la puerta y sé sin lugar a dudas que mi madre ya ha llegado a casa del trabajo. Dejo a un lado el ordenador, donde he pasado inmersa las últimas horas, y voy a anunciarle la buena noticia veloz.
La alegría se escapa de todo mi ser al llegar al salón y ver a mi madre pálida como cadáver, con una expresión de disgusto en el rostro. Está leyendo unos papeles que no puedo ver bien. No es hasta que me acerco casi a respirar tras su nuca cuando identifico que está mirando informes médicos.
—¿Mamá?
Anne Harper da un brinco en el sofá, elevando rápidamente su vista hacia mí. Parece sorprendida de encontrarme allí. Trata de esconder el papel en su regazo al ver que no dejo de mirarla fijamente y yo me adelanto a sus intenciones.
—¿Qué es esto, mamá? —pregunto arrebatándole el informe. No me dedico a mirarlo, quiero que ella me cuente lo que pasa.
—Hija.
—¿Mamá?
Me dedico a retarla unos minutos con la mirada que ella siempre ha catalogado como “dura” y sé que gano la contienda sin dificultad. Suspira dándose por rendida.
—Es el informe de una analítica de revisión —contesta en voz baja—. Me aconsejan que repose durante un tiempo.
—¿Reposar?
Bajo la vista ahora yo al informe y mi corazón se paraliza un momento al leer la parte que dice “diagnóstico del paciente” y ver por ahí palabras aterradoras como “cáncer de mamario”, “reposo absoluto” y “Quimioterapia intensiva”.
—¿Qué es esto?
—Lo siento, cariño.
Vuelvo a mirar el informe, esta vez enfocándome en la parte de historial médico y de visitas anteriores y me quedo helada al ver que mi madre lleva acudiendo al oncólogo desde el pasado mes de Marzo. ¡Seis meses atrás!
—¿Por qué no me has dicho nada?
—Pensé que tras tu ruptura con Blake ya tenías bastante —me dice con voz queda—. Y parece peor de lo que es. El doctor me ha recomendado operarme y hacer radioterapia. Dice que si sigo el tratamiento y la medicación correspondiente podré salir adelante.
Voy a su lado y le doy un abrazo de vértigo. Mi corazón late a demasiada velocidad y eso es porque estoy preocupada. Y angustiada a partes iguales. Mi ruptura amorosa me parece ahora tan lejana, y sin importancia que me da vergüenza no haber estado más atenta a mi madre hasta ahora.
—Lo siento, mamá.
Acaricio su espalda y le prometo que voy a darlo todo por ayudarla a pagar el tratamiento que necesite. Ella sonríe con ternura, devolviéndome el abrazo con fuerza. Yo aprovecho que hablamos de eso para darle la buena noticia del empleo. Sé que aún no sé cuánto dinero ganaré, ni qué horario tendré, pero ya mañana podré averiguarlo.
—Gracias al cielo —sonríe ella—. Me alegro que te hayan cogido. Mereces ese puesto y más, cariño.
Me dejo arropar un poco más entre sus brazos y lanzo una plegaria al cielo para que todo salga bien con su salud. No estoy preparada para perderla a ella también, como pasó con mi padre.
Me convierto en el resto del día en una hija dedicada y mimosa con su progenitora, haciendo todo lo que está en mi mano para hacerla sentir bien. No dejo que limpie ningún cacharro, ni que se mueva la casa a no ser que sea para ir al baño o para dormir algo de siesta.
Puede parecer que estoy siendo un poco exagerada, pero ahora que sé la verdad quiere cuidarla como no he sabido hacer en los últimos años.
—Voy a salir a comprar la cena —le digo casi a media tarde.
Mi madre está cómodamente sentada en el sofá, leyendo un libro de misterio que le regalé la Navidad pasada. Por suerte ambas compartimos el mismo gusto por la lectura.
—¿Necesitas algo?
—No. Sólo que no llegues tarde —me dice sin separar sus ojos de su lectura—. Quiero que puedas descansar bien esta noche.
Me sonrojo ante el regaño implícito que está en esa frase por haber llegado tarde a la entrevista esta mañana y le aseguro que no tardaré nada. Sólo tengo que comprar la cena y un par de cosas para estar preparada para mi primer día mañana.
—¡No te muevas a no ser que sea necesario! —Exclamo antes de salir, por tener yo la última palabra más que nada.
Me siento con ganas en mi Mustang y abriendo la ventanilla entera, dejo que el aire me golpee en el rostro directamente. Me viene bien refrescar las ideas y pensar en cómo hacer para tratar de ayudar financieramente a mi madre con el tratamiento.
La compra de la casa que hice junto a Blake me arruinó y mucho.
Todo lo que he ganado en la librería en Illinois, e incluso lo que el Estado me está pagando ahora mientras estoy desempleada se va a la Hipoteca y a los gastos conjuntos de esa vivienda. Eso sin contar con la tarjeta de crédito que está a mi nombre con la cual he ayudado con los gastos diarios con mi madre ahora que vivo con ella. Ya que yo le consumo la mitad de agua, de gas y de luz, lo mínimo es que le ayudé a costearlo mientras vivo con ella.
—Espero que paguen bien en la editorial —rezo recorriendo el mismo camino por carretera que hice en la mañana.
En esta ocasión no me encuentro con ningún conductor irritantemente lento y consigo llegar al centro del pueblo en menos tiempo del previsto. Maldigo nuevamente la parsimonia de la que hizo gala el señoritingo del Ferrari rojo al no acelerar lo debido. Tal vez si él hubiese apretado algo más el pedal del acelerador, mi entrevista no hubiese sido tan accidentada como fue. Pero bueno, hacer leña sobre al árbol caído ahora no sirve de nada.
Aparco el coche en un parking privado y tras pagar la tasa correspondiente por estacionar, camino hacia la primera tienda ropa que encuentro de segunda mano. Sé que ahora no debería gastarme el poco dinero que tengo en cosas tan insustanciales como ésa, pero dado que a día siguiente voy a empezar a trabajar en una empresa dónde todos van vestidos de forma clásica y elegante, yo tengo que adaptarme a ello.
Por eso hago de pies corazón y sin fijarme en el precio comienzo a comprar una serie de pantalones, camisetas, chaquetas, faldas y calzado adecuado para poder tener para una semana entera y poderlos intercambiar sin que nadie me acuse de repetir vestuario.
La dependienta me da el ticket final con una expresión de satisfacción en el rostro y yo sin mirarlo le doy mi tarjeta de crédito. Cruzo dedos al pagar y ver que el bendito plástico acepta el pago. Bien.
—Gracias.
—Esperamos que regrese pronto —me dice ella sonriente.
Cojo todas las bolsas como bien puedo y regresando al coche, lleno el maletero de la ropa nueva. Miro el reloj de mi muñequera y lanzo un suspiro al ver que ya son casi las ocho de la noche. Enciendo el motor y hago el camino de vuelta a casa.
Aunque eso sí, me paso antes por una pastelería para coger algo dulce para cenar con mi madre. A fin de cuentas hoy ha sido un día de celebración, ¿qué puede pasar de mal por gastar algo más de dinero?
Entro con los paquetes en casa con una sonrisa plantada en el rostro y saludo a mi madre. Sigue leyendo en el salón enfrascada en su texto. Me agrada ver que me ha hecho caso y no se ha movido del sitio como yo le pedí.
—Enseguida preparo la cena, mami.
Ella me sonríe sin apartar su concentración del libro. Echo una rápida ojeadita al libro y veo que le queda poco. Entiendo que estará justo por descubrir el final y por eso no quiero parar de leer. Escondo la satisfacción que eso me crea.
—Te aviso cuando todo esté listo.
Dejo en la cocina los pasteles y los dulces y voy directa a mi habitación para dejar dentro del armario la ropa que he comprado. No pierdo un minuto en revisar mi fondo de armario actual, y dedicando mi esfuerzo a realizar cosas en la cocina, preparo un par de ensaladas y una sopa, y cuando lo tengo todo listo, pongo la mesa.
No puedo evitar recordar el maldito Ferrari rojo y a su conductor de gafas de sol. Me muerdo el labio inferior tratando de realizar un retrato robot de él en sí mismo, y la verdad que no logro saber cómo eran sus rasgos. Lo único que viene a mi memoria es su parsimonia al conducir y lo tranquilo que estaba cuando yo le saqué el dedo corazón para decirle que se jodiera.
Me avergüenzo ahora al recordar ese feo gesto. Yo no suelo ser así.
—Por suerte nunca voy a conocerle para tener que disculparme —murmuro desenvolviendo ahora los pasteles y los bombones de la pastelería. En cuanto está todo listo, llamo a mi madre para cenar.
Ella viene enseguida, con la expresión risueña. Parece feliz con su libro. La expresión de desdicha que tenía antes en el rostro ya se ha ido. Menos mal.
—¿Has comprado pasteles?
—Claro, mamá, hoy es un día de celebración —murmuro dándole un beso en la mejilla—. A partir de mañana trabajaré en la gran editorial de este condado y seré una mujer provechosa para el mundo.
—Hija qué cosas tienes, tú ya eres una gran mujer.
Niego mientras sirvo agua en nuestros respectivos vasos y me siento con ella en la mesa.
—Hoy hablé con Pam —le digo empezando a comer la sopa—. Está entretenida haciendo fotografías a maridos infieles.
—¿De verdad?
—Sí, parecía contenta. Estoy deseando que regrese para quedar con ella y que hablemos tranquilamente —le confieso, haciendo ver lo mucho que extraño a mi amiga—. La verdad es que no he vuelto a verla desde el mes de Junio, creo.
Concretamente desde dos semanas antes de que rompiese con Blake.
Recordar a mi ex pareja me pone mal y bajo la mirada. No quiero pensar en él, más de lo debido. Con mi acción de poner en privado todas mis redes sociales y bloquear cada intento de contacto que yo no permita, creo haberme librado de ese problema.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, mamá, simplemente estoy nerviosa por que mañana es mi primer día —le digo y no es mentira del todo.
Tan ilusionada estoy con empezar en la editorial, que olvido a veces que soy una persona introvertida cuanto me tengo que rodear de mucha gente. Espero que mi jefe no lo tenga mucho en cuenta cuando vea lo capacitada que estoy para el trabajo.
—Come a discreción los dulces, mami.
—Un poco tesoro, el doctor no me permite tomar demasiada azúcar.
Se me hace un nudo en el estómago al ser consciente de sus palabras y mi vista va sin yo quererlo hacia su pecho. Cáncer de mamá. Tengo que investigar todo lo que pueda acerca de eso. Y ya no sólo para saber qué cosas puedo hacer para poder ayudarla, sino para prepararme con el tema financiero.
Quiero saber cuánto sería el coste de las intervenciones que tienen que hacerle. Por desgracia, las facturas médicas en este país no están cubiertas por la Seguridad Social, como en otros países de Europa. Aquí todo se paga. Te guste o no.
—Pues yo como ya no tengo que hacer dietas absurdas, ni tengo que complacer a nadie con mi físico, por hoy me voy a poner buena de dulce —susurro empezando a coger bombones con las dos manos—. ¡Un día es un día, mamá!
Una vez estoy segura de que mi madre va a estar bien en la noche, me dirijo a mi dormitorio y lanzo un suspiro de pesar al ver que ya son casi las diez y media de la noche. Hacer tareas de ama de casa ocupa mucho tiempo. No sé cómo mi madre ha podido hacerlo durante veinticinco años. Imagino que al ser yo hija única ha sido algo más fácil para ella.
Saco la ropa del ropero y ordenándolo todo en su lugar correspondiente – me propongo ponerme a planchar al día siguiente para que ninguna prenda tenga demasiadas arrugas—, me dejo caer de golpe en la cama. A continuación cojo el despertador y lo pongo a las siete de la mañana en punto. Sé que Alan Payne me pidió que estuviera a las nueve allí, pero mañana no quiero que suceda ningún imprevisto.
Quiero aparentar ser una mujer eficiente, puntual y profesional en cuanto entre por la puerta de Ross Reserve Edition S.L.
Tomo ahora entre mis manos mi móvil, y hago lo mismo con la alarma del mismo. Voy poniendo hasta diez avisos, con diez minutos de diferencia, para asegurarme de estar despierta a primera ahora. Ja. ¡Ahora quién va a decir que soy dormilona!
Reviso rápidamente las notificaciones que pueda tener en mi correo electrónico y en las redes sociales y se me crea un fuerte nudo en el estómago, al ver la fotografía y el nombre de Blake Cox en todas y cada una de ellas. Parece que se ha enfadado al ver que he privatizado todas mis cuentas.
Leo uno de los últimos correos que tengo firmados por él en mi bandeja de entrada y me quedo sin habla al ver lo cabreado que en realidad está.
De: Blake Cox.
Para: Roselyn Harper.
Asunto: ¡Contéstame de una puta vez!
Rosy, estoy empezando a pensar que no quieres saber nada más de mí. ¡Estoy tratando de localizarte para felicitarte por tu nuevo trabajo y no hay manera! Eres una zorra desaparecida. Te he mantenido durante años, soportando tus caprichos y ahora por un simple error mío, del cual estoy profundamente arrepentido, te marchas y organizas todo esto. Ponte en contacto conmigo. Ha surgido algo con la casa. Espero tu puta llamada.
Te quiere, Blake.
Me estremezco en la propia cama al leer ese último “te quiere, Blake”, porque yo sé que no dice la verdad. Si me quisiera no me insultaría así. Envío rápidamente el correo al buzón de archivado, al igual que el resto que me ha enviado, y cogiendo unos auriculares, pongo la primera lista de reproducción de música que encuentro.
La música me relaja para dormir y ahora mismo es lo que necesito. Sé que si hubiera pasado algo realmente grave con la casa, la empresa de alarma que tengo contratada me hubiese avisado, o bien la aseguradora.
Las malas noticias a fin de cuentas son las primeras que terminan difundiéndose, pienso abrazando con fuerza la almohada a mi pecho. Comienzo a escuchar el primer estribillo de la canción que se ha conectado de forma aleatorio y cierro los ojos pensando en Alan Payne y en el tipo de trabajo para el que me habrá contratado en su trabajo.
Estoy deseando que pasen las horas para demostrar todo lo que valgo. Al menos profesionalmente en la vida me va bien. Es mi último pensamiento antes de caer rendida en el mundo de Morfeo.
CAPÍTULO 3
“Si elevas las manos y crees en ti mismo
puedes lograr lo que quieras. Incluso sostener el mundo.
Sencillo de hacer, pero sólo si tienes la suficiente
fuerza de voluntad para ello”
El despertador suena a las siete de la mañana en punto. Abro los ojos de forma inmediata al recordar qué día es. ¡Mi primer día de trabajo me espera!
Me quito las sábanas de encima, y medio dormida voy al cuarto de baño. Hago mis necesidades rápidamente, me ducho, me lavo los dientes, me adecento olorosamente hablando y regreso a mi habitación con el albornoz puesto.
Observo mi rostro en el espejo y mientras me seco el pelo tranquilamente, me pongo a pensar en mis funciones. Imagino que al estar ocupado el puesto para el que yo iba en un primer momento, Recursos Humanos me habrá colocado en algún otro lugar que tenga funciones similares, ¿no?
—El puesto de secretaria y recepcionista ya está ocupado —murmuro, recordando a las dos mujeres que vi ayer, salir junto a Alan Payne en las revistas de actualidad—. A fin de cuentas hay más de siete plantas de diferentes departamentos en el edificio, y todo relacionado con los libros, la edición, impresión y revisión de textos. Es imposible que no me pongan en un lugar que no me guste.
Vuelvo a optar por hacerme un recogido en el pelo, y me maquillo cuidadosamente, poniendo especial atención en usar colorete. No quiero que en esta ocasión mis mejillas delaten mi vergüenza si vuelvo a sonrojarme.
Voy a mi recién ampliado armario y elijo para este primer día, coger un conjunto de pantalón, camisa y americana de color negro. Clásica, y profesional. Justo la impresión que quiero dar.
—Creo que estoy un poco nerviosa —susurro, cogiendo el móvil, mi cartera y las llaves de mi coche—. Cualquiera diría que voy a mi primer trabajo.
Dejo adecentada la habitación y salgo a la cocina para hacer el desayuno. Miro la hora y me siento contenta al ver que apenas son las ocho menos veinte de la mañana. Tengo mucho tiempo por delante. Me decido por hacer el plato favorito de mi madre esa mañana. Zumo de melocotón y huevos revueltos.
Durante un segundo pienso que tal vez debería haber hecho primero el desayuno antes de vestirme, pero no le doy importancia. Me pongo el delantal y en un par de minutos, la cocina huele deliciosamente. Tanto – y sé que está mal que yo lo diga—, que mi madre se levanta enseguida y acude como las polillas a la luz a coger su plato.
—Qué bonita sorpresa —me sonríe ella mirándome con ternura—. Está delicioso.
—Disfruta de la comida, mami.
Le doy un beso con mucho cariño y tras coger con un tenedor un trocito de huevo y me lo como, salgo de la casa al grito de “que tengas un buen día mamá. No trabajes mucho”.
Aparco en la entrada de la editorial en el parking reservado para visitantes, ya que no sé si al ser trabajadora allí debo estacionar allí o en otro sitio, y apago la radio. Miro el cuadro de mandos y suspiro aliviada al ver que son las ocho y media. He llegado media hora antes. Bien. Hoy el tráfico ha estado decentemente bien.
Una buena señal.
Me perfumo un poco más en el cuello y en las manos para oler bien y cogiendo mi bolso y mis pertenencias personales, voy hacia recepción. Grace Amato, la recepcionista sonríe sorprendida al verme entrar por la puerta con la cabeza bien alta. Yo le devuelvo la muestra de calidez con otra sonrisa enorme.
—Buenos días, Grace.
Se ve que se sorprende al ver que recuerdo su nombre.
—Buenos días, señorita Harper. Esperábamos que viniera a las nueve —murmura complacida.
—El tráfico se ha portado conmigo estupendamente —bromeo, guiñándole un ojo—. Tanto que creo que he compensado el chasco de ayer.
Ella no dice nada, pero se nota que al menos ya no le caigo tan mal como ayer. Eso me gusta.
—Tengo aquí tu tarjeta de acceso, tu mando para el parking de trabajadores y la tarjeta de empresa para las comidas. Tienes que firmar la recogida.
Me quedo sorprendida y sin palabras ante las dos tarjetas que veo y el mando del garaje privado. No sé qué decir.
—¿En serio?
—Bienvenida a Ross Reserve Edition S.L. —me dice Grace sonriente—. Nuestro Director General quiere que sus empleados se sientan a gusto y como en casa en la empresa. También tendrás otros beneficios, pero ya será tu responsable directo quién te dé las buenas noticias.
¿Más aún?
Me quedo de piedra, sin saber qué contestar. Yo ya sabía que trabajar allí era una gran oportunidad que no debía dejar pasar y ahora estoy empezando a entender que mi intuición era cierta. ¡Guau!
Firmo enseguida los documentos que me da y me guardo en el bolso la tarjeta de acceso, y la tarjeta de crédito para las comidas. Miro embobada el mando del garaje.
—Da la vuelta con el coche, y en vez de entrar al aparcamiento de visitas donde tienes aparcado tu Mustang, sigue un poco más a la derecha y encontrarás una puerta de cristal enorme. Esa es la entrada al parking. Cuando te dirijas hacia allí, dale tus datos al jefe de seguridad y ve directa hacia al ascensor. Planta séptima. Allí te esperan.
—¿Séptima planta? —repito como loro—. Pensé que tenía que ir con Alyssa De Luca, la secretaría de Alan Payne.
—Sí, esa era la idea principal, pero al parecer se te necesita más en otro puesto, querida.
Alza las cejas como con expresión coqueta y yo parpadeo inquieta sin entender nada. ¿En otro puesto? ¿Y porqué me mira así? Quiero preguntárselo pero al ver que la hora pasa y que quiero estar en el lugar que me corresponda con tiempo suficiente, le devuelvo la sonrisa con calidez.
—Voy a dejar el coche en el aparcamiento correcto —susurro cogiendo con fuerza las llaves del mando del garaje—. Nos vemos después.
—¡Claro! Deseo que tengas buen día.
Le agradezco las palabras y salgo de nuevo por la puerta principal. Mi mente no deja de pensar en qué puesto ahora me habrán asignado para trabajar. ¿Ya no tendré contacto con la publicidad y la promoción de la línea editorial? No sé porqué, pero esa idea no me llama mucho la atención.
Aparco el coche debajo el número 23 que es dónde el guardia de seguridad me ha indicado nada más registré el coche con mis datos y lo cierro con el mando a distancia. Me miro unos instantes en el espejo retrovisor y me doy por satisfecha al ver que mi cabello y mi ropa se encuentran perfectamente.
Me dirijo hacia los ascensores con paso rápido y me quedo sin respiración al ver aparcado justo a poca distancia de donde está estacionado mi coche, un Ferrari rojo que llama mi atención. Abro la boca de sorpresa mirándolo con recelo. ¡Es el coche del tipo ese de la carretera!
Doy un par de vueltas alrededor del vehículo intentando buscar algo que me diga que estoy equivocada y que ese coche no es el que recuerdo del día anterior, pero al ver la matrícula siento que el suelo se mueve bajo mis pies. Es el mismo coche.
Genial.
El cretino de las gafas de sol es un compañero de trabajo.
Resoplo una y dos veces tratando de encontrar calma. He de intentar pasar ese hecho por alto. ¿Qué me debe importar a mí que ese hombre trabaje allí? Mucha casualidad sería que su puesto de trabajo tuviera que estar justo en la planta séptima, ¿no?
—Las casualidades no existen Roselyn —me digo medio nerviosa.
Me acerco al ascensor dispuesta a sacarlo de mi cabeza, si tengo que ver al señor conduzco despacio para molestar a media ciudad, pues que así sea. Yo estoy allí para trabajar. Y no para hacer amigos.
—Señorita Harper, veo que hoy llega puntual —dice una voz a mi espalda.
Casi doy un brinco al ver aparecer a Alan Payne casi por mi espalda. Giro mi vista y me quedo de nuevo casi sin habla por segunda vez en menos de diez minutos, al verle apoyado en una moto.
—¿Es suya?
—De mi pareja —me dice colocándose bien las gafas—. Cuando dormimos separados me deja conducirla para venir al trabajo. Mi casa está a las fueras de la ciudad.
Recuerdo perfectamente cómo es su casa por los recortes del periódico digital que leí el día anterior, pero no le digo nada. Pulso el botón del ascensor, deseosa de salir de aquél sótano para ver las cosas con perspectiva. Nunca imaginé que un director de Recursos Humanos, que es quién se encarga de decidir si una persona trabaja allí o no, vaya al trabajo en moto.
No es muy formal que se diga, pienso.
—¿Subes?
—Yo voy a la quinta planta —murmura caminando hacia mí—, pero sí, subiré con usted.
Me hago a un lado para que él se coloque a mi lado y al oler su perfume recuerdo la frase que me dijo antes. “De mi pareja”. Así que el señor Alan Payne mantiene una relación con alguien. Me resulta curioso que no me moleste esa idea. Supongo que una parte de mí ya se lo imaginaba. Un hombre con buena carrera profesional, casi millonario, y que acude a eventos nocturnos día sí y día también, era lógico que tuviese pareja.
Fuese gay o no.
Le miro disimuladamente a través del espejo del ascensor de cristal y hoy no puedo decir claramente que él sea homosexual. No tiene el amaneramiento que vi ayer. Qué curioso.
—Pensé que su secretaria, la señorita Alyssa De Luca me enseñaría mis labores –le digo por romper el silencio.
—Sí, pero ha habido un ligero cambio de planes. Como bien le comuniqué ayer, Roselyn, el puesto de asistente para el Departamento de Marketing y Publicidad ya está ocupado. Ayer mismo por la tarde empezó la persona en cuestión. Alyssa estará con ella todo el día. Tú vas a otro Departamento diferente.
Su voz parece sonar tan seria y decidida que me hace dudar.
—¿Y qué puesto voy a desempeñar yo entonces? —pregunto mirándole con suspicacia.
—Revisarás textos y manuscritos, y te encargarás de dar la aprobación o denegación a los autores —susurra con la vista clavada en el frente—. Tendrás que acudir al Titán para convencerle de que la obra que has revisado merece llevar el sello de esta editorial en su portada.
—¿Qué?
Abro la boca sin entender lo que me está diciendo. Bueno, entender sí lo entiendo, no soy tonta, pero no comprendo lo que quiere decir. ¿Cómo qué voy a revisar yo los textos? ¡Eso lo hace un editor!
—¿Pasa algo? —me pregunta Alan al verme casi literalmente con la boca abierta.
Niego rápidamente y con energía. No es justo el trabajo que yo estaba buscando, pero me gusta, y mucho. Ahora entiendo porqué tengo todas esas ventajas que me dijo Grace en recepción. Guau.
—¿Titán? —pregunto ahora cuando el ascensor pasa por el tercer piso, al venir a mi memoria ese nombre—. ¿Cómo el que sostuvo el mundo en la mitología griega? ¿Quién es ese Titán?
Alan sonríe con picardía y al ver cómo sus ojos se iluminan —porqué no lo sé—, me quedo pensando que él podría ser perfectamente bisexual. ¡Ahora vuelve a moverse y a expresarse como si fuese homosexual!
—El Director General, querida mía. El Titán no es ni más ni menos que Logan Ross.
El sonido del ascensor llegando al séptimo piso me saca del aturdimiento que tengo encima. Salgo de allí con paso ligero y me encuentro con un pasillo largo que da a dos despachos. Uno cerrado con las persianas bajadas y una placa en la puerta que pone el nombre de “Meg Davis, subdirectora y editora” y otro que está con la puerta abierta de par en par, con un solo nombre puesto en la entrada “Logan Ross”.
Trago hondo fuertemente, sin saber hacia dónde ir. Busco la mesa de escritorio donde debería haber una secretaría allí atendiendo llamadas o recibiendo a la gente y me sorprende no encontrarme con nadie.
Está todo más vacío que un desierto.
Doy un par de pasos y mis tacones resuenan por toda la estancia. Esta séptima planta parece estar desierta. No se parece en nada al lugar dónde yo podía imaginar que estaría el despacho del Gran Director de la Editorial. Logan Ross. Parece que todo está muerto.
Observo el reloj en mi muñeca y suspiro al ver que son las nueve en punto. No sé quién me dirá qué funciones tengo que hacer, pero me decido por empezar a dirigirme hacia el despacho que está abierto. Aunque sea el del hombre llamado Titán.
Imagino que le llamarán así porque él es quién sostiene y mantiene en pie esta empresa, pienso soñadora.
Doy unos toques en la puerta cuando atravieso el umbral y me quedo quieta al ver una figura al otro lado del despacho, junto a un gran ventanal. No se me caen de las manos papeles porque no tengo nada, pero mi expresión deja bien claro que ese lugar no parece un despacho normal.
Es completamente ovalado, con un sofá grande chaseloing en el lateral izquierdo. Tiene dos sillones grandes que parecen ser de masaje —carísimos, claro—, una fuente que sirve lo que parece ser bebida normal como agua, café, chocolate caliente y diferentes té. También tiene al fondo una mesa de cristal rectangular dónde está apostado el ordenador y un teclado inalámbrico. El teléfono de la centralita a su derecha.
Y lo que más sorprende del lugar, es el magnifico acuario que tiene instalado en la parte derecha de la estancia. Es enorme. Ocupa casi todo el lateral, y está lleno de peces, castillos, casas de madera y de litros y litros de agua. Es… magnífico.
Supongo que mi respiración se altera, porque el hombre apodado El Titán se gira hacia mí y deja de mirar a través del gran ventanal que da a la calle, y da un par de pasos para acercarse a mí.
—Imagino que usted es la señorita Roselyn Harper, bienvenida a la empresa —murmura con una sonrisa amplia—. Es un gusto conocerla en mejores circunstancias.
¿Mejores circunstancias?
Me acerco un poco a él y ahora sí anhelo rogar al dios de la mitología que sea necesario para que haga algo y la tierra me trague. ¡Y sin posibilidad de absolución! Tengo ante mí al tipo de ayer. El del Ferrari rojo que está aparcado a pocas plazas de mi Mustang.
—El tipo que conduce más despacio que una tortuga —murmuro en voz baja y por la expresión que pasa por los ojos del hombre que tengo ante mí, parece que oye lo que digo.
Mis mejillas se tiñen de color rojo y entiendo que estoy liándola y a base de bien ahora mismo.
—Y usted es la mujer que hace gestos obscenos cuando hace una maniobra prohibida adelantando por la derecha —me responde cruzándose de brazos.
El colorete que me puse antes en el rostro parece que se queda en nada al sentir que mis mejillas arden de vergüenza. Vaya, él también me ha reconocido. No sé qué decir.
—Parece que hoy está usted de mejor humor —continúa diciendo él burlón—. Espero que su actitud mejore en el trabajo, señorita Harper.
Trato de encontrar la voz para justificarme, pero los ojos del señor Titán que están clavados en mí me impiden reaccionar. Joder, son preciosos, de un tono grisáceo intenso que cuando te mira te tiembla todo el cuerpo. Desde las uñitas de los pies hasta los pelitos de la cabeza.
Alucinante. Ahora entiendo que tenga que llevar gafas de sol conduciendo. Si no podría causar accidentes con sólo mirar a la gente. Vaya con el famoso Logan Ross.
—Mi reacción de ayer fue algo exagerada —murmuro pensando en mi madre y en lo mucho que necesito mantener el trabajo. Llevarme mal con el mandamás de la editorial no es nada bueno—. Y pido perdón. Fui maleducada. Me gustaría que olvidásemos el vergonzoso asunto.
Veo cómo él acepta con satisfacción mis disculpas y camina hacia mí hasta quedarse a mi lado. Inhalo para ver qué clase de olor desprende su cuerpo y noto de nuevo un cosquilleo molesto nacer en mi estómago al impregnarme de su perfume. Vaya, el olor de Alan Payne se queda en nada en comparación.
Uff, me noto acalorada ahora.
—Vamos, señorita Harper, voy a enseñarle su despacho y sus funciones a partir de hoy. Sígame.
Logan Ross abre la puerta del despacho cerrado con el nombre de Meg Davis y cuando enciende la luz me quedo parada en la puerta con el asombro grabado en mi rostro. Lo primero que pienso cuando veo la estancia es que están tratando de gastarme algún tipo de broma. No puede ser que ese lugar sea un lugar de trabajo.
—¿Algún problema?
Niego rápidamente tratando de poner cara de Póker. Mi padre cuando yo era pequeña me decía que nunca había que mostrar las cartas a la primera en una partida, y creo que ahora debo hacerle caso.
Por tanto doy un par de pasos en el interior de la estancia —que es minúscula en comparación al despacho del hombre que tengo a mi lado—, y voy directa a la ventana para subir la persiana. Quiero que entre algo de luz natural. Ahora que los rayos de luz iluminan mejor el lugar, fijo mi atención en la pila de papeles que hay sobre el escritorio desordenados, junto al ordenador del año de matusalén, más sobres, carpetas y folios desperdigados incluso por el suelo y por la silla.
Vaya por Dios.
Miro a las paredes y todas son blancas y tienen incluso telarañas en la parte de arriba. Aquí no hay decoración, ni cuadros, ni nada que diga que allí alguien ha estado trabajando antes.
—Meg está de excedencia —me dice Logan sacándome de mis negros pensamientos—. Ella se encargaba de revisar manuscritos para ver si es viable su publicación o no. Como comprenderás nadie ha ocupado su puesto hasta ahora y su trabajo se ha ido acumulando.
—Entiendo.
Me acerco ahora a la mesa y miro por encima los folios que hay desordenados y comprendo que se tratan de consultas enviadas por los autores preguntando por sus manuscritos y por la respuesta de la editorial ante su posible publicación.
—¿Cuánto tiempo llevan estos mensajes sin contestarse? —pregunto curiosa.
—Meses. Tal vez un año —dice tranquilo.
¿Un año?
Me escandaliza que una empresa de tanto renombre como Ross Reserve Edition SL tenga organizado tanto caos con la función que principalmente le da tanto dinero. Madre. Es increíble e irreal.
—Entonces entiendo que debo encargarme de poner al día el trabajo —musito—. Leer todos estos documentos, contactar con los autores y darles algún tipo de respuesta.
—Sí, pero recuerda, yo el que en último término apruebo o deniego una propuesta. Yo quiero que tú te encargues de revisar que el contenido se ajuste a nuestra línea editorial y que merezca la pena publicarse. No tienes que corregir, ni que maquetar, ni que hacer nada más que leer los textos, ¿me explico?
Le digo que sí pensando que tengo que ir a comprar un paño o algo para poder limpiar la silla y adecentar algo más el lugar. Si fuera una persona alérgica ahora mismo estaría estornudando sin parar por el polvo del lugar.
—¿Empiezo ahora entonces?
—No. Primero tiene que ir a firmar su contrato. No quiero a nadie tocando información confidencial que atañe a mi empresa sin que esté contratada oficialmente. Mientras firma y arregla todo eso del papeleo, yo ordenaré que vengan a limpiarle un poco el lugar. Creo que necesita algo buen olor este lugar.
Clava su mirada en mí en mi pantalón y yo sigo al mismo tiempo su vista con la mía y me quedo sin habla al ver un manchurrón de aceite en mi pantalón. Oh, dios mío, los huevos que hice de desayuno.
—No se preocupe, no tendrá que llevarme el desayuno a la mesa cuando llegue a las nueve todos los días —dice con voz profunda—. Ya tengo a alguien que hace eso por mí cuando despierto en mi cama. Esa clase de servicios no necesito que usted me los sirva.
¡Será!
Él se ríe al ver incomodidad en mi rostro pero no me da tiempo a responderle algo. Se marcha del lugar silbando alegre. Tampoco hubiera podido decirle algo a fin de cuentas. Logan Ross es mi jefe, y ya no sólo eso, sino que también es el dueño y señor de todo el lugar. Si le respondo mal, o si no hago lo que me dice puedo ser despedida en cualquier momento y no puedo permitirme eso.
Por mi madre, y por mí. Mi carrera profesional se beneficiará y mucho si yo logro encontrar estabilidad en ese lugar.
Rehago el camino de vuelta hacia el ascensor y marco el botón del número cinco. Imagino que si en algún lugar tendrán que darme el contrato para firmar es allí. En Recursos Humanos. Mientras veo pasar a la gente a través de los cristales del ascensor, pienso en la oportunidad que tengo entre manos. Mi trabajo va a consistir en pasarme días enteros leyendo sin parar obras de autores nuevos.
Un paraíso, se mire por donde se mire, pero eso si. Un paraíso cuando logre poner un poco de orden en ese despacho.
Saludo a Alyssa De Luca cuando cruzo el pasillo que me lleva a su escritorio y ella me devuelve una sonrisa de bienvenida. Me alegra ver que ya no está reticente ante mi presencia. ¡Qué mala impresión parece dar llegar tarde a una cita programada, por Dios!
—Buenos días, Alyssa.
Le digo que el Director me ha enviado a que firme los papeles y la documentación de mi contrato y ella me pide que entre de nuevo a la oficina en la que estuve ayer.
—Enseguida te llevo los documentos, querida.
Observo de reojo cómo su cabello rubio recogido en una trenza se mueve al ir hacia el despacho de Alan Payne e imagino que ella tiene mucha confianza con él. No puedo evitar preguntarme si entre ellos ha podido pasar algo alguna vez.
¿Por qué piensas eso?, me pregunto inquieta.
Supongo que la confianza con la que les oigo hablar casi en susurros es la que me hace tener esa inquietud. Y no entiendo la razón. Sobre todo porque ahora mismo mi primera preocupación debería ser intentar quitar la mancha de aceite en mi pantalón de seda.
Voy directa a la expendedora de agua y con un trozo de paño que encuentro en un rinconcito comienzo a frotar con fuerza en la zona de la mancha. Mi olfato me dice que sí que huele fuerte a fritanga y creo que se me cae la cara de vergüenza al entender la ironía que ha salido de los labios de Logan Ross.
¡Parece atractivamente insufrible!
—¿Su pantalón es su enemigo hoy, señorita Harper?
Doy un brinco del susto al oír la voz de Alan Payne con tono risueño y dejo el paño quieto. Alzo los ojos lentamente y los fijo en la expresión encantada del Director de Recursos Humanos. De nuevo puedo vislumbrar en él una forma de andar amanerada al caminar hacia mí.
¿Qué pasa con él?
—Aquí traigo su contrato, y unos documentos que tiene que leer y firmar por la Ley de Protección de Datos —murmura poniendo en la mesa ovalada los papeles—. Grace ya me dijo que recibió la tarjeta de crédito y la tarjeta de acceso de entrada al edificio. En breve también, cuando supere el periodo de prueba se le entregara otra tarjeta para asegurarle gastos imprevistos laborales.
—¿Gastos imprevistos?
—Sí, cómo echarle gasolina al coche para venir a trabajar, reservar un viaje para ir a algún evento publicitario de la editorial, o bien renovar su vestuario para actos sociales.
Abro y cierro la boca como gesto automático sin saber qué decirle. ¿De verdad ese empleo es real?
—¿Evento publicitario?
—Al ser trabajadora de nuestro grupo tiene usted la obligación de acudir a los eventos sociales que se le requieran, querida —me dice Alan encantado con las noticias que está dando—. Si acude sola o en compañía de alguien ya es asunto suyo, por supuesto.
Afirmo, sentándome a su lado en la mesa y procedo a leer los documentos que tengo ante mí con sorpresa. No sé qué llama más mi atención, si los beneficios sociales que voy a tener en cuanto supere el periodo de prueba que lo han estipulado en los tres primeros meses, o el hecho de que directamente el contrato sea indefinido.
—¿El seguro médico también está incluido? —pregunto cuando llego a ese párrafo en concreto, pensando en mi madre y en los gastos que supone su tratamiento.
—Para usted, su marido o pareja legal si es que lo tuviera e hijos —responde.
—¿Padres y otro tipo de familiar no?
Alan niega y mi corazón se encoje un poquito de desilusión. No puedo evitar sentirme algo pequeñita ante la posibilidad que se había abierto para mí al imaginarme que incluso en eso la empresa podría ayudarme, pero supongo que esa opción hubiera sido tener demasiada suerte.
Bastante cosas ofrecen ya de por sí.
—Estoy de acuerdo con todo —murmuro minutos después echándole firmitas a todos los lugares dónde sale mi nombre.
—Entonces oficialmente te doy la bienvenida a Ross Reserve Edition SL —me dice él ofreciéndome su mano para que se la estreche. Lo hago encantada—. Cualquier duda que tenga con respecto al contrato o cualquier problema que tenga en su día diario en el ámbito laboral, puede contar conmigo.
Le doy las gracias y cogiendo las copias que son para mí me dirijo a la puerta con ganas de empezar a ser productiva. Quiero demostrarles que la confianza que han puesto en mi va a ser retribuida y con creces.
—Señorita Harper, una última cosa antes de irse.
Me giro hacia él con expresión curiosa.
—¿Qué le pareció el Titán de la Editorial?
El tono con el que pronuncia el apodo del Director me causa gracia y vergüenza a partes iguales. Creo que Alan se da cuenta porque me mira de una forma especial. Como rara diría yo.
—Ha sido interesante, cuánto menos —respondo optando por ser diplomática—. Al menos me ha explicado claramente cuáles van a ser mis funciones.
—¿Y está de acuerdo con ellas?
—Encantada de la vida, señor Payne —respondo feliz.
Y creo que la sonrisa que él muestra en contestación a mi comentario podría enamorar a cualquier persona, independientemente del género sexual que sea.
CAPÍTULO 4
“La belleza a veces te puede dar acceso
a lugares que ni en sueños hubieras imaginado.
Cuídate bien de las esfinges que envidien la luz que hay en ti.
Harán lo que sea para arrancarte los ojos si creen que
te apoderarás de algo que creen que es suyo”.
El reloj señalan las tres de la tarde y mi estómago ya está empezando a exigirme alimento si quiero seguir trabajando más. Le acaricio con suavidad tratando de llamarle a la calma. Te alimentaré con una carne suculenta con patatas fritas y una coca cola de bebida, le tiento con picardía. Sé que es uno de mis platos favoritos así que no me pondrá problema.
Miro las cuatro pilas que he llegado a organizar de papeles, diferenciándolos entre nuevas propuestas, consultas de autores y solicitud de asistencia a eventos a la Dirección y suelto un poco de aire resoplando ante la ardua tarea de la mañana. Y eso que no he leído en profundidad cada consulta. Lo peor llegará cuando tenga que leer todo con calma y tiento y empiece a dar respuestas.
Pero ya será más tarde.
Miro mi despacho ahora y el olor a desinfectante, a pino del parquet y a limpia cristales inunda mis fosas nasales y me calma. Es una maravilla estar allí ahora. Tomo un post—it del escritorio y anoto en la primera hoja que encuentro “comprar ambientador” para darle buen olor a la estancia.
Giro a la derecha para mirar el ordenador y me quito el pelo del flequillo que se ha escapado de mi recogido con el trajín del día. Supongo que necesito un descanso para la comida y después ya me pondré a revisar qué cosas hay en el ordenador. Imagino que las consultas de los autores no sólo serán físicas, sino digitales.
—Y eso me encargaré de averiguarlo después —digo en voz alta cogiendo mi bolso.
Cierro la puerta, apagando la luz antes y me dirijo hacia el ascensor. Mi vista inevitablemente se escapa a mirar hacia el lugar dónde debería estar Logan Ross y siento la tentación de ir allí para saludarle. Tal vez es mi ego el que habla ahora, no lo sé, pero me gustaría que viera con sus propios ojos el trabajo tan arduo que he realizado en la mañana.
—Como eres Roselyn.
Pulso el botón de llamada del ascensor y saco esas ideas de mi cabeza. Cuanto menos me cruce con Logan Ross mejor.
Salgo a la recepción y voy directa hacia dónde está sentada Grace. Ella me saluda efusivamente cuando me ve llegar.
—Hola, novata —susurra contenta—. Ya pensé que iba a tener que subir a buscarte para secuestrarte para la comida.
—¿Sí?
—¡Claro! Imaginé que no sabrías a dónde ir para comer, y supuse que te vendría un poco de compañía —añade desconectando la centralita y cogiendo su bolso y su chaqueta—. Alyssa ha ido a por el coche. Vamos a comer a un lugar espectacular.
—¿Alyssa?
—Sí, es mi prima, ¿no se nota que ambas somos italianas?
Hace una mueca con el rostro de coquetería y no entiendo esa referencia al asunto de ser italiana, pero me río por compromiso. Su forma de expresarse es auténtica la verdad, eso me gusta.
Salimos juntas de la editorial y caminamos hacia un coche azul que espera con las luces puestas. Saludo a Alyssa con la mano y entro en la parte de atrás del coche.
—¿Qué tal tu primer día?
—Atareado —contesto poniéndome el cinturón de seguridad—. Mucha pila de papeles.
—No me extraña, sobre todo porque la planta en la que estás recién se ocupó ayer con las cosas.
Me quedo mirándola sin comprender.
—¿Cómo que se ocupó ayer?
—Esa planta estaba dedicada a las visitas ocasionales, y sólo uno de los despachos que hay. Por eso está el gran acuario que viste en el nuevo despacho del señor Ross. El servicio de limpieza tuvo que hacerse cargo durante el día de ayer para adecentarlo todo para que se pudiese utilizar. Sólo quedó por arreglar tu despacho.
Ah.
Pienso en el señor Titán y ahora entiendo la razón de qué dijera eso del olor de la sala. Así que esa planta antes estaba inutilizada, qué curioso.
—¿Y Meg Davis? —pregunto mirando hacia un coche que está cruzando con nosotras ahora la autopista. Me hace gracia el bebé que balbucea en el asiento de atrás, moviendo alegremente sus regordetas manos—. Estoy sustituyendo su trabajo mientras está de excedencia, ¿no?
—No hay ninguna Meg Davis en la plantilla, Roselyn —me dice Alyssa sorprendida—. Te han contratado como ayudante del director de la editorial. Antes era él quién daba por válidos los manuscritos que llegaban a su despacho, ahora tú vas a ayudarle con esa función. ¿No lo sabías?
Niego con un gesto, mirando las manos apoyadas en mi regazo.
—Supongo que lo entendiste mal —me vuelve a decir ella casi con tono borde—. No pasa nada, es tu primer día, es normal que no te quedes con todo. Irás aprendiendo las cosas poco a poco. Paciencia, querida.
Llegamos a un restaurante que está localizado en plenas afueras de la localidad, algo más lejano de dónde está la urbanización donde vivo con mi madre. Mi mente no hace más que recordar la plaquita que estaba colocada en mi despacho con el nombre de Meg Davis. Recuerdo perfectamente cómo Logan me habló de ella. Incluso si me dijo que estaba de excedencia laboral. No logro a entender entonces a qué ha sido debido la mentira.
Y más con una tontería como esa.
Me siento entre las dos primas y miro el menú. Se me encoje un poco el corazón al ver lo caro que sale comer allí. Mi estómago me ruega porque pida algo de patatas fritas tal como le prometí minutos antes, y para mi desgracia en ese restaurante no haya de “fritos”. Todo son guisos, o platos finos que nunca he tenido el placer de probar en mi vida.
—Todo está divino —dice Grace.
—¿Cuánto puedo gastarme por comida al día? —pregunto mirando con duda los precios.
—Normalmente al día puedes gastar unos quince dólares en la comida, incluyendo desayuno, almuerzo y merienda —me informa Alyssa pidiéndole al camarero uno de los menús más caros de la carta—. Luego tú ya puedes organizarte los días cómo quieras. Si un día gastas más, al día siguiente menos.
Afirmo, eligiendo una pasta italiana con postre.
—Y para celebrar tu nuevo empleo, un vinito —dice Grace.
—Yo no bebo alcohol —me disculpo pidiéndole al camarero una coca cola.
—¡Por un sorbo no pasa nada, mujer!
Me disculpo con una sonrisa avergonzada pero sigo insistiendo en la bebida sana. Nunca bebo y menos cuando tengo que trabajar. ¿Cómo voy a concentrarme con las cosas si llego piripi de la comida?
—Eres una chica responsable, entonces —murmura Alyssa frunciendo el ceño.
—Simplemente sana.
Entrecruzo miradas entre las dos primas, en silencio. Sé que ambas quieren decirme algo, pero no sé de qué pueda tratarse. Parecen recelosas por algo. Sus sonrisas secretas lo dicen todo.
—¿Pasa algo? —pregunto directamente. No suelen gustarme las evasivas, ni los juegos.
—Sólo queríamos saber cómo lo has hecho… —comienza a decir Grace, bebiendo un generoso trago de vino de su copa.
—¿Cómo he hecho… qué?
—Encandilar al jefe para que te nombre su ayudante personal —termina la frase su prima por ella.
Veo cómo Grace le pega una patada por debajo de la mesa a Alyssa. Yo me pongo roja y no entiendo a santo de qué. Si realmente no he hecho nada.
—Presenté mi candidatura y me contrataron —respondo agradeciendo al camarero el primer plato que me trae—. No he hecho nada fuera de lugar.
Comienzo a comer pensando que debería de haber rechazado su invitación para comer con ellas.
—¿No? Pues es raro que te hayan contratado a ti cuando el puesto de asistente para el departamento de publicidad y marketing ya fue ocupado —dice Alyssa sonriendo fríamente—. Es curioso que hayas sido capaz de encandilar a mi jefe. Normalmente nunca se deja convencer por una cara bonita.
Trago fuerte el trozo de pasta que logro hacer pasar por mi garganta y alzo una ceja sorprendida. ¿Piensan que he obtenido el trabajo ligando con Alan Payne? No me atraganto con la comida de puro milagro.
—Creo que no tengo mucha hambre —consigo decir con mucha dignidad levantándome de la mesa tras limpiar mis labios con la servilleta.
—¡Pero Roselyn! —exclama escandalizada Grace—. No te tomes a mal la pregunta de mi prima. Suele ser muy directa—. Me dice la recepcionista pretendiendo llamar mi atención.
—Sólo era una pregunta mujer, no hace falta que te muestres tan ofendida.
¿No?
¿Insinúan que he tenido algún tipo de lío con Alan Payne y quieren que no me tome a mal su comentario?
—Si he conseguido el trabajo ha sido por mi experiencia laboral.
—Acabas de salir de la universidad —murmura Alyssa bebiendo ella también un generoso trago de la copa de vino—. Y tu experiencia laboral ha sido como ayudante en una librería. No tienes suficiente conocimiento para el puesto que ahora ostentas.
Su mirada pasa de ser dulce a ser punzante y noto que me mira la ropa con altanería. Recuerdo su propia mirada del día anterior cuando miraba con desprecio mi ropa arrugada y entiendo que no le he caído bien nunca. Ni ayer, ni hoy. ¿Tal vez por celos? ¿Estará enamorada de su jefe y por eso me trata así?
No lo sé, y tampoco me importa.
—Regreso a la oficina. Como dije no me siento bien para comer —miento tratando de calmar a mi estómago. Gruñe porque me quede y termine de comer el menú—. Gracias por enseñarme este lugar.
Me giro todo lo digna que puedo y casi me choco de frente con el camarero. Casi provoco que nos caigamos los dos. ¡Joder!
—Lo siento.
—Patosa y maleducada —oigo que Alyssa susurra en voz baja—. Eres un lujo, chica.
Grace le susurra algo al oído, enfadada al parecer con ella.
—Igual aunque hayas logrado embelesar a Alan, él está comprometido con otra persona mucho más brillante que tú, querida —continúa increpando Alyssa—. Tu vergonzante coqueteo con él no te servirá de nada. No va a dejar a su pareja por ti.
No me quedo a escuchar nada más. Voy a la entrada y pagando la cuenta de mi menú —me sabe muy mal gastar veinte dólares a lo tonto de la tarjeta de crédito de empresa, y encima sin comer nada—, y salgo al exterior cabreada.
Miro a ambos lados de la calle y no me queda más remedio que levantar la mano y pedir el alto a un taxi que pasa por allí con el cartel que está disponible. Le doy la dirección de la editorial y malhumorada paso todo el trayecto de regreso murmurando varios insultos hacia secretarias idiotas y celosas.
—Son diez dólares, señorita.
Gruño para mis adentros y sin más remedio, ofrezco también la tarjeta de empresa para pagar la cuenta. No llevo dinero en efectivo. Y el crédito de mi tarjeta personal ya lo excedí ayer con la compra de la ropa.
—Tome el recibo.
Agradezco que haya aceptado el cobro la maquinita, y entro en la recepción con mi estómago gruñendo a mil. Miro la hora en el reloj que hay en la entrada del hall y al ver que son ya las cuatro menos veinte, entiendo que es tarde para salir a otro lado a pedir algo de comida.
Tendré que seguir con mi trabajo y cuando salga a las cinco y media ir a merendar algo contundente. Ya llevo treinta dólares de la tarjeta de comida gastados a lo tonto.
Mi primer día no está transcurriendo todo lo bien que yo hubiera esperado, por desgracia.
Las cinco y media de la tarde llegan enseguida y me pilla justo terminando de configurar el ordenador. Estoy tan enfadada y tan irritada con las primas italianas que he sido muy poco productiva. Entre que he tenido que llamar al departamento de informática para que me diera la clave de acceso, y lo que han tardado en atenderme, sólo me ha dado tiempo configurar mis propias claves y a ver la cola de mensajes en bandeja de entrada que tengo pendientes de lectura y todos con el asunto de “envío propuesta manuscrito”.
La verdad es que sí que hay trabajo. Y mucho. Sea verdad o no lo que Alyssa dijo con respecto a Meg Davis, la verdad del asunto ha sido que yo cuando entre en ese despacho, el nombre de esa mujer estaba puesto en la entrada. El hecho de que ahora haya desparecido esa placa de allí no quiere decir nada.
No estoy loca. Bueno, al menos no del todo.
Apago el ordenador y guardo las claves en un cajón bajo llave. Por si las moscas. Tengo la impresión de no ser muy bien recibida en la empresa muy a mi pesar.
—¿Interrumpo?
Alzo la vista hacia el sonido de la voz y mi corazón comienza a latir con fuerza al ver ante mí al todopoderoso Titán. Prefiero pensar en él así y no como Logan Ross si no quiero alucinar a colores por ser yo su ayudante personal. Y sí, oficialmente eso es lo que soy, según el contrato que tengo en mi poder.
Ayudante de Dirección.
—¿Necesita algo, señor?
Opto por comportarme de forma profesional.
—Vengo a traerle unos mensajes urgentes que necesitan contestación inmediata —dice dejándome un paquete de cartas encima de la mesa—. La mayoría son cartas de rechazo. Escanéalas y mañana pide un mensajero para que las envíen. Urgente, como siempre.
—¿Y las otras?
—Son confirmaciones para eventos a los que tenemos que acudir en la semana. Tienen que salir hoy.
¿Hoy?
Miro la hora y recuerdo que mi hora de salida es a las cinco y media de la tarde. Imagino que él está esperando que yo proteste por tenerme que quedar más tiempo en la empresa, pero no le doy ese gusto.
—Enseguida mando las confirmaciones, señor.
Echo un vistazo a las cartas y rápidamente me pongo a ordenarlas con un clip. Son siete cartas de confirmación, el resto del taco son los rechazos a los manuscritos. No puedo evitar sentir algo de lástima al pensar en los autores que esperan con ilusión respuesta a su obra y reciben una fría negativa.
—Espero que tenga ropa adecuada para el evento de mañana por la noche, señorita Harper. Usted nos acompañará al señor Payne y a mí al lugar.
—¿Qué?
Se caen las cartas de mi mano al suelo al repetir en mi mente lo que me dice. ¿Cómo que si tengo ropa para el evento? Recuerdo el comentario de Alan en la firma del contrato con respecto al talonario mágico que me darían una vez superado el periodo de prueba para comprar ropa para esa clase de actos y trago hondo.
No tengo ropa adecuada, para mi desgracia.
—¿No hablo correctamente? —pregunta él alzando una de sus perfectas cejas—. Quiero saber si tiene ropa adecuada para la presentación de libro que está programada para mañana.
Afirmo con la cabeza, más por vergüenza que por ser verdad.
—¿Es necesario que yo vaya? —quiero saber—. Quiero decir, aún no he superado el periodo de prueba, no sé si…
—¿Acaso cree usted que no será capaz de superarlo, señorita Harper?
—¡Por supuesto que no es eso!
—Bien, porque de lo contrario me decepcionaría y mucho— susurra rodeando el escritorio hasta ponerse a mi espalda.
Acomoda las manos en la silla donde estoy sentada, y acerca su boca y su aliento a mi oído para continuar hablando. Si antes he sentido que mi corazón latía muy deprisa, ahora noto que cabalga desbocado. ¡Está demasiado cerca! ¡Necesito más espacio personal entre él y yo! ¡Socorro!
—Ayer vi en usted mientras conducía su Mustang una pasión a la hora de actuar por impulso que llamó poderosamente mi atención —susurra. Lucho contra el impulso que tengo por reclinarme más hacia atrás hasta tocarle. Me contengo a duras penas—. Por eso decidí contratarla. Necesito una ayudante a mi lado con carácter y fuerza de voluntad.
—Yo…yo…
—Quiero que en todo momento actúes como desees y sigas todos tus impulsos. Tanto a la hora de revisar los manuscritos como a la hora de tratar conmigo. No quiero que te contengas, Roselyn.
Cierro los ojos. Está tan cerca que la tentación de tocarle se está convirtiendo casi en necesidad.
—Muéstreme esa pasión que tiene en su interior, señorita Harper —me pide con su cálido aliento ya en mi oído. Noto que me roza los pelillos de su barba en mi mejilla al inclinarse tanto hacia mí, que me eriza toda la piel.
¡Siento que se estremece todo mi cuerpo con sólo su roce y casi ni siquiera ha llegado a acariciarme del todo! Increíble.
—Mañana saldremos directamente desde la oficina hacia el evento. Puede traerse la ropa aquí y cambiarse en esta misma planta. Más allá de mi despacho, al final del pasillo hay un cuarto de baño y una habitación cerrada con llave. Normalmente sólo lo uso yo, pero puedo prestárselo si quiere. Así no tendrá que venir vestida de gala desde casa.
Quiero decirle que no es necesario que me otorgue esa clase de beneficios y la presencia de una nueva persona en mi despacho me impide tener que hablar.
—Logan, es hora de irnos.
Observo a Alan Payne ante nosotros y me inclino hacia delante en la silla para alejarme de la cercanía del jefe.
—Estaba dándole unas indicaciones a la señorita Harper.
Aprieta con firmeza pero suavemente con sus manos mis hombros y camina hacia al entrada con paso ligero. No parece para nada afectado de la conversación que acabamos de mantener, y me da envidia. ¡Yo estoy temblando aún como un flan!
—Espero que su día haya sido bueno, Roselyn —me dice Alan con voz de enfadado—. Nos vemos mañana.
—Ha sido bueno —miento y de qué forma.
Grace Amato y su prima, Alyssa De Luca son un claro ejemplo de lo mal que ha ido el día.
—Deseo que tengas una buena tarde, señorita Harper —me dice Logan—. Nos vemos mañana.
Bajo la vista y sin mirar a nadie en particular, les deseo también que disfruten de la tarde. En cuanto se van de mi vista y no puedo verlos ni oírlos, me levanto de la silla y doy un par de pasos por el despacho para hacer que la sangre vuelva a correr por mi cuerpo.
No puedo hacer otra cosa para quitarme el temblor en mis músculos tras el suave y cálido contacto que he sentido del cuerpo de Logan Ross en mí.
A las seis y media apago todo en mi despacho y salgo de allí con un manuscrito entre mis brazos. Quiero tratar de mejorar el día regresando a casa y leyendo allí tranquilamente el inicio de un libro que ha llamado mi atención. Se llama “La Flor de la Esperanza” y el nombre del autor es desconocido para mí.
Por eso lo he elegido para ser el primero que revisar.
Pulso en el ascensor el botón del sótano y aprieto con fuerza el manuscrito en mi pecho. No lo suelto hasta que no llego a mi Mustang y lo dejo bien acomodado en el asiento del copiloto. Pongo la música a todo volumen y conecto el manos libres al coche. Llamo a mi madre para ver si necesita algo antes de que llegue a casa.
—¿Sí?
—Hola mamá —murmuro preocupada al oírla contestar agitada la llamada—. ¿Estás bien?
—Sí, cariño, estuve pasando el aspirador y me agité un poco —me dice—. ¿Qué tal tu primer día?
—Bien. Muchas emociones —le digo y es verdad—. Ahora te cuento en casa tranquilamente, sólo quiero saber si necesitas algo para que lleve.
—No, hija, conduce tranquila.
Me manda una bendición para que regrese a casa bien y yo le lanzo un beso enorme. Adoro mucho a esa mujer y ella lo sabe. Para mí Anne Harper, a parte de ser la persona que me dio la vida, lo es todo. Tanto que sé que cuando ella no esté voy a pasarlo mal. Muy mal.
Pongo las luces en el coche al pasar por una zona para nada iluminada y paso por delante de varias tiendas de ropa. Sé que no debería estar allí para comprar nada, y menos después del gasto estratosférico que hice el día anterior, pero si debo ir al evento de la presentación, necesito ropa elegante.
Y no tengo nada de fiesta.
Recuerdo los vestidos tan hermosos que tanto Grace como Alyssa tenían puestos en las fotografías que vi el día anterior de los reportajes, y sé que necesito ropa de gala de forma urgente. Y más si ahora resulta que me tienen envidia.
No quiero darles un arma que usar contra mí si voy mal vestida a la presentación.
—¿En qué puedo ayudarla? —me pregunta una dependienta con una sonrisa enorme al verme entrar en la tienda.
Le digo lo que necesito y enseguida ella me saca un par de modelos que me dejan sin respiración. Y son sólo por lo carisisísimos que son, sino por los escotes de infarto que tienen. Guau. Con eso puedo ser capaz de seducir a cualquier hombre que aparezca ante mí.
Escondo una sonrisa seductora al pensar en Logan justo en ese momento, y tomo entre las manos dos vestidos diferentes que llaman mi atención.
—Me los llevo —murmuro sin mirar el precio.
—¿No se los prueba?
Miro el reloj y niego con un gesto.
—No —le digo segura de mí—. Son mi talla. Me irán bien. Gracias.
La mujer asiente. Me hace ir al mostrador y me entrega el ticket de compra. Siento verdadero dolor en el corazón al ver que la cuenta asciende a trescientos dólares con veintidós centavos. ¡Madre del amor hermoso!
Pienso durante un segundo si es bueno salir de allí sin comprar nada, pero al recordar el desprecio en la cara de Alyssa en el maldito restaurante de la mañana, sé que en el trabajo que tengo ahora las apariencias lo son todo. No puedo ir mal vestida.
—Aquí tiene —le digo sacando mi tarjeta de crédito del bolso.
Pienso que en tres meses tendré el talón ese de la empresa que me darán cuando pase el periodo de prueba y que con eso podré retribuir el gasto.
—Sale denegado, señorita.
Resoplo frustrada. Tal como temía, con las compras de ayer superé el límite. Recojo la tarjeta con manos temblorosas y al meterla en el bolso, saco la tarjeta de comida. Cruzo dedos al dársela.
—Pruebe con esta, por favor.
La mujer se queda mirando el plástico con una ceja levantada, pero no pone problema alguno. Pasa por la máquina la tarjeta y segundos después me da el papel para que firme el conforme del pago.
—Gracias.
Recojo los vestidos y tras despedirme de la dependienta, salgo de allí con vergüenza. Acabo de hacer un gasto de trescientos dólares con una tarjeta que se supone que está destinada sólo a comida. Y en mi primer día de trabajo. ¡Qué bien!.
Camino al coche para meterme en él para ir directa a casa y no sé si gritar de frustración o llorar de tristeza al ver apostado en el capó de mi Mustang a la última persona que deseé ver justo hoy.
Blake Cox.
Joder con mi primer día en Ross Reserve Edition S.L. Y yo que me lo quería perder.
CAPÍTULO 5
“Si te tiran al suelo y no te defiendes,
la primera vez puede no ser por tu causa.
Si la situación se repite y tú lo permites,
querida mía, la culpa es tuya.
¡Reacciona y defiéndete!”
Oleadas de ira y de rechazo siento por mi cuerpo al ver ante mí el rostro de mi ex pareja. Mi rostro recuerda el dolor que sentí en la mejilla la última vez que estuve con él frente a frente y doy un par de pasos hacia atrás para mantenerme lejos de su alcance.
Curioso. Conozco a Blake desde los diecisiete años y no hago más que desear tenerle lejos. Tomar distancia y terreno entre él y yo. Y en cambio a Logan Ross, un hombre que conozco de apenas unas horas, deseo tenerle cerca en todo momento. Raro, en verdad.
—Rosy —dice acercándose a mí—. Ya era hora de que vinieras. Estaba empezando a coger una hipotermia mientras te esperaba.
Me estremezco al oír ese diminutivo viniendo de él. No me gusta, y lo peor de todo es que Blake lo sabe perfectamente.
—¿Qué quieres, Blake?
—Quiero que regreses a casa conmigo —comenta sacándose las manos de los bolsillos—. Está muy vacía sin ti, mi amor.
—Hemos roto —le recuerdo—. No voy a regresar.
Mis palabras no le sientan muy bien porque abre y cierra los puños como con ira. Empiezo a sentir algo de miedo de que me haya venido a buscar. No puedo evitar recordar sus últimos mensajes de “acoso” a mi correo.
—¿Qué ha pasado con la casa? —pregunto tratando de llegar directa al grano—. Dijiste que había un problema.
—Se rompió una tubería e inundó varias salas. El seguro no se hace cargo de los daños porque dice que fue causado por falta de mantenimiento. Necesito que corras con la mitad de los gastos para arreglar todo.
—¿Qué?
Me quedo mirándole anonadada, sin saber qué decir, ni qué responder. Sólo sé que noto cómo sabor a bilis subir por mi garganta y eso que no he comido casi nada en todo el día. Un bocado de pasta y un poquito de huevo del desayuno no es alimento para un cuerpo como el mío.
—¿Podrías repetirme eso?
Blake ríe poniéndose ya delante de mí.
—Necesito tu ayuda para reparar los daños, Rosy. Hay que arreglar la tubería, nuestros daños y los del vecino. Necesito que me prestes mil dólares. La otra mitad corre por mi cuenta.
Mil. Dólares.
Noto que el suelo tiembla bajo mis pies y no me queda más remedio que apoyarme en él para evitar caerme al suelo. Ni corto ni perezoso él se aprovecha y me atrae a su pecho susurrándome al oído cosas dulces.
—Tranquila, mi amada Rosy, si estás conmigo todo va estar bien —murmura haciéndome caminar hacia mi coche—. Sabes que te quiero, nunca voy a dejar que te pase nada.
Y sigue diciendo cosas susurrando en mi oído, como si quisiera seducirme con el tono de su voz. y sí, hubo un tiempo en el que yo cedía ante su encanto con ese mismo truco. Pero ya no. Su timbre de voz no es nada comparado con el de Logan. Mi Titán.
Trato de encontrar estabilidad y agarrando con fuerza la bolsa con el maldito gasto que acabo de hacer, le aparto de mi lado.
—No me toques, por favor —le pido encontrando apoyo en mi coche.
Sus ojos se convierten en finas rendijas de odio puro al notar el desprecio que hay en mi voz.
—Si regresas conmigo a casa te prometo que correré yo con todos los gastos —dice apretando los dientes fuertemente—. No tendrás que preocuparte por nada.
—¿Hablas en serio?
—Claro, mi amor, quiero cuidarte. Déjame hacerlo.
Alza una mano para acariciar mi rostro con supuesta dulzura y yo evito su roce. No quiero que me toque y él se da cuenta que le tengo miedo. Comienza a reír de forma cruel.
—Sin duda eres una zorra desagradecida —murmura arrinconándome contra el coche, poniendo su cuerpo pegado al mío. Noto su aliento en mi cuello y trato de contener las nauseas que me crea ahora su contacto.
—Ya veré cómo hago para pagarte la mitad de los gastos —le digo tratando de alejarme de su contacto—. Ahora quiero irme. No tengo nada que hablar contigo.
—¿No?
—Hemos roto —repito apretando con fuerza el plástico de la bolsa que aún sostengo en mis manos—. Y aunque la casa esté a nombre de los dos, no voy a regresar allí si tú eres parte del trato. Me golpeaste, Blake, y eso acabó con lo nuestro.
Creo que esas palabras no son precisamente lo que he debido decir ahora, porque Blake se enfada y mucho al escucharme. Lleva sus manos a mi cuello y me obliga a mirarle a los ojos. Somos casi igual de altura, él un poco más alto, así que me hago un poco de daño al forzarme a hacer esa postura sin mi permiso.
—¡Eso fue porque tú te dedicaste los últimos meses de nuestra relación a coquetear con otros hombros como una zorra!
—Yo no hice eso —murmuro sintiendo necesidad inmediata de recibir aire a mis pulmones. Su agarre es demasiado fuerte.
—¡Yo te vi! ¡Con el dependiente de la librería en Illinois, para empezar! ¡Y con el repartidor de correos! Jugaste siempre conmigo.
Dejo caer la bolsa con los vestidos al suelo y trato de hacer que me suelte. Se lo pido por favor. La necesidad de poder respirar bien se está haciendo algo apremiante ahora.
—No puedo respirar.
Creo que el gemido que se escapa de mis labios y el dolor que siento en mi garganta surten efecto, y Blake se aleja de mí como si yo le hubiese quemado. Comienzo a toser en cuanto estoy libre de su agarre y llevo mis manos al cuello. Noto picazón en esa zona.
—Rosy. Lo siento —murmura cogiendo la bolsa del suelo para ponerla en mis manos—. Yo no…
—Hazme un favor y aléjate de mí —le pido entre lágrimas.
Me doy la vuelta y con dedos temblorosos abro mi coche y tras meterme en él cierro con toda la seguridad el vehículo. Ordeno a mi corazón que se calme un poco antes de poner en marcha el coche.
Por el espejo retrovisor puedo ver a Blake haciéndome señales con la mano. Tiene un papel blanco en alto, como una factura. No le doy importancia. Pongo primera y salgo de allí apretando con fuerza el pedal del acelerador.
No me he puesto el cinturón de seguridad pero me da igual, quiero alejarme todo lo posible de la presencia de Blake Cox.
A ser posible, para siempre.
No me calmo ni cuando aparco en la puerta de la casa de mi madre. He recuperado el aliento en cuanto me he convencido de estar bien lejos de Blake Cox, pero aún así no logro quitarme la sensación de estar siendo observada por él.
Muevo el espejo del retrovisor del interior de mi Mustang y enciendo la luz pulsando el botón que hay en el techo. Suelto un grito de horror al ver una marca roja en mi cuello. Sólo puedo pensar en cómo tratar de ocultarlo para que ni mi madre ni nadie del trabajo puedan ver esa marca.
Es la primera que me hace Blake.
Cojo el manuscrito del asiento trasero del coche, mi bolso y los dos vestidos y decido tratar de actuar con normalidad. Ya ha anochecido y estoy segura que mi madre estará preocupada por mí. No quiero causarle mucho disgusto contándole lo sucedido.
Pero eso sí, en cuanto tenga la menor oportunidad, pienso contarle todo con pelos y señales de esto que me está pasando con Blake a Pam. Ella trabaja como detective privado. Seguro que sabe cómo actuar para que las cosas no vayan a más. A fin de cuentas yo conozco a Blake Cox y él no es tan malo como quiere aparentar.
Hubo un tiempo en que era un hombre maravilloso y dulce.
—¿Roselyn? —oigo a mi madre decir en cuanto abro la casa.
—Soy yo, mamá.
Ella sale de la cocina con expresión preocupada y me abraza con fuerza. Yo me dejo consolar por sus brazos, inundándome por el perfume a rosas que su cuerpo siempre desprende. Eso me calma. A fin de cuentas a mí me puso el nombre de Roselyn por su amor a las rosas.
—¿Estás bien? Pensé que tuviste algún problema con el coche. Te esperaba hace mucho tiempo.
—Tuve que ir de compras —le digo explicándole el evento al que tengo que asistir mañana.
Ella me escucha con atención, alejándose de mí para mirarme a los ojos.
—¿Seguro? Tienes los ojos apagados y tristes, mi niña, ¿no te ha pasado nada más?
—Sólo estoy cansada, mami. El primer día ha sido demasiado atareado. Sólo quiero cenar algo e ir a descansar.
Mi madre me mira con amor y me señala hacia mi dormitorio. Le doy un beso en la mejilla y antes de meterme hacia el pasillo hacia mi santuario, me giro y le pregunto a mi madre:
—¿Tú estás bien, mami?
—Sí, querida. Hoy hablé con la señora a la que voy a cuidar y le dije que durante un tiempo no voy a poder acudir más. Sé que no recibiremos ese dinero extra, pero con mi pensión y la ayuda que tú me das, podremos salir adelante, mi amor.
Mi corazón se encoge de pesar al oír eso. Y no debido a que me fastidie tener que aportar dinero en casa, sino ¡por que no tengo más que deudas que saldar!. Noto que el aire de nuevo comienza a faltarme, y pongo pintada una sonrisa en mi rostro para hacerle ver a mi madre que todo está bien.
—Siempre podrás contar conmigo, mamá —le aseguro con voz firme.
—Gracias, cariño.
Sigo mi camino y en cuanto cierro la puerta, me dejo caer en mi cama, y rompo a llorar como una niña pequeña, abrazada al manuscrito y a la ropa de gala que he traído a la casa.
No sé cuanto tiempo paso dejando salir en forma de lágrimas el dolor que mi corazón siente en mi interior. Sólo soy consciente de moverme en la cama y oír unos golpes en la puerta por parte de mi madre.
Miro el despertador y parpadeo sorprendida al ver que son más de las doce de la noche. ¡Me he quedado dormida llorando!
—Cariño, cerraste con llave al entrar.
¿De verdad?
Seco mis lágrimas y abro la puerta enseguida. No quiero preocuparla más.
—Vine hace unas horas para avisarte de que la cena estaba lista y no pude despertarte —me dice con recelo. Nota mis ojos hinchados y restos de lágrimas en la mejilla y me acaricia el rostro con ternura de madre—. ¿Estás bien? ¿Se han portado al contigo en el trabajo?
—No, mami, muchas emociones.
Le cuento por encima lo sucedido en el trabajo. Hago mucho hincapié en la actitud de Alyssa y de Grace, y en mis nuevas funciones en la empresa.
—Están celosas, mi niña, nada más.
Voy con ella junto a la mesa en la cocina y me sirve un plato abundante de pastel de verduras con milanesas que ha preparado para mí. Mi estómago canta el Aleluya en forma de sonidos poco decorosos y ante la risa de mi madre, comienzo a comer con ansia.
—Está todo delicioso —digo con la boca llena.
Sigo comiendo mientras ella me consuela con respecto a la primas. Debo tener paciencia y demostrarles que no quiero arrebatarles nada con mi presencia en la editorial. Confirmo todo lo que me dice, porque sé que tiene razón.
—Te quiero, mamá —le digo desde el fondo de mi corazón—. Discúlpame por tenerte despierta tan tarde por mi culpa.
—Tampoco podía dormir, mi amor, mañana tengo que ir al médico.
—¿Mañana?
Dejo el tenedor en el aire a medio camino de llegar a mi boca y me quedo mirándola con asombro.
—¿Al oncólogo? —pregunto con un nuevo nudo en la garganta.
—Sí, me dará el presupuesto con todo el tratamiento que debo seguir —me contesta levantándose para servirme el postre—. Imagino que me dirá el porcentaje que debo pagarle ahora para que comencemos con el tratamiento. Creo que los medicamentos no son muy económicos que digamos.
Aparto el plato para disgusto de mi estómago y me quedo mirando fijamente a mi madre con la mente en blanco. Cuando supe la mala noticia de la salud de mi madre nunca imaginé que el asunto fuera tan urgente. Y menos tan inmediato.
—¿Cuánto crees que pueda ascender la cifra, mami?
—No lo sé mi amor, pero con tu nuevo trabajo vamos a ir bien —sonríe ella sin preocupación alguna—. No te preocupes mi sol, saldremos adelante como siempre.
Trato de contagiarme de su positividad, pero no logro nada. Me llevo las manos a la cabeza agobiada con asuntos financieros. Entre Blake, mi casa, las deudas que acabo de crear a la tarjeta de crédito de la comida, y los gastos médicos de mi madre, estoy arruinada.
Me concentro de nuevo en mi casa y muy a mi pesar no se me ocurre otra solución que tratar de vender la casa para poder asumir económicamente todos los gastos y poder vivir tranquilamente. La mala noticia de esa. Sencilla, que debo hablar con Blake una vez más. Por algo la vivienda está a nombre de los dos.
¡En qué hora accedí a eso!
—¿Estás bien, Roselyn?
—Sí, mamá. Sólo algo cansada.
Acerco de nuevo el plato para seguir cenando por orden de mi estómago, porque si por mí fuera no comería nada más. Le deseo a mi madre buenas noches y concentro toda mi atención en la casa que con tanta ilusión compré dos años atrás, y que ni siquiera puedo pisar ahora sin sentir miedo de encontrarme con mi antigua pareja.
Muy bonito todo.
A las cuatro de la madrugada me encuentro tumbada en la cama, con una taza de café humeante junto a mí. Tiene más leche y azúcar que cafeína, pero aún sirve para el propósito de permanecer despierta.
Después de la cena de madrugada quise tratar de descansar en la cama. Y me acosté. Pero entre sueños relacionados con el dinero y con las manos de Blake apretando mi cuello hasta tratar de asfixiarme, no logré conciliar nada descanso. Fui a la cocina en silencio, me preparé un café light y comencé a leer el manuscrito que traje de la editorial.
La verdad me sorprende ver que el autor aunque es desconocido para mí tiene una prosa casi perfecta. Con sus pequeños fallos de corrección, y todo lo propio que tiene un escritor nobel, pero aún la trama de la mujer de campo que finge ser una mujer de éxito en tierra de hombres llama la atención y mucho.
Una mujer valiente. Eso me gustaría ser a mí, pienso entristecida dejando a un lado el texto para beber otro sorbito de café. Si hubiese hecho caso a mi instinto y hubiese comprado la casa sólo a mi nombre, ahora no tendría ningún problema.
Dejo el café en la mesita y estirándome un poco hacia la mesita tomo en mis manos el ordenador portátil. En cuanto se abre el navegador, pongo en el criterio de búsqueda el nombre de Logan Ross y espero pacientemente los resultados.
La selección de reportajes que salen a continuación me dejan sorprendida, sobre todo por la escasez de noticias. Para ser el Director General de una gran Editorial del condado, casi no tiene vida social.
Recuerdo el evento al cual quiere que yo acuda en la noche y sigo sin comprender nada. Y con razón, porque si no aparece en casi ningún lado de la prensa sensacionalista ni en los actos públicos, ¿por qué querrá asistir justo a ese evento?
Alucinante.
Reviso lo poco que hay en búsqueda de algo que indique que tenga pareja – y me pongo roja cuando soy consciente de lo que estoy haciendo—, pero no logro encontrar ninguna referencia al respecto. Logan sólo sale en compañía de Alan, y como mucho con clientes con los cuales firma contratos millonarios. Parece ser que en Ross Reserve Edition SL no sólo se publican manuscritos y textos narrativos, sino que también tienen una tirada de periódico digital.
Me centro en cotillear el último número que salió publicado el mes anterior y me quedo aturdida al ver que hay varios artículos firmados por Alan, por Logan –Oh Dios mío, también escribe—, y por otras tres personas más que aún no conozco, llaman poderosamente mi atención.
Hay uno en concreto, que está firmado sólo por las iniciales G. L, que me pica la curiosidad. Me descargo la edición digital y leo en voz alta el primer artículo suyo que encuentro, dentro de la sección de opinión.
¿Sirve de algo expresarle lo que sientes?
Hola mujer que estás delante de mí leyendo estás palabras. Te agradezco infinitamente que hayas acudido a mí para descubrir algo que me muero por decir a gritos. Y sí, ese algo que quiero decir es ¡Te amo!, pero no puedo hacerlo. Te preguntarás, ¿por qué? Pues sencillo. La persona que tiene que escuchar estas palabras está enamorado de alguien más. Ja. Tal vez esto no te suene desconocido a ti. Seguramente en algún momento de tu vida te ha sucedido, y te pido perdón por si mis palabras te hacen sufrir. Chica, es lo que me está pasando a mí, por eso te lo digo.
Aún así, volvamos al tema en cuestión. ¿Le dirías al hombre o mujer – si tu género es masculino y me sigues leyendo, ¡te alabo!—, que le amas arriesgando a que tu corazoncito se rompa cuando él te mire con lástima? Yo personalmente he tenido esa elección en mi vida personal, y he fracasado estrepitosamente. Le dije al hombre en cuestión ¡te amo!, y ¿sabéis que hizo él? Me abrazo con amabilidad y en mi oído me dijo sólo cuatro palabras, que hicieron que mi pobre corazón dejase de latir durante un segundo. “Me gustan los hombres”.
Y yo me quedé cómo… ¿hola?
G.L.
Pestañeo repetidamente, leyendo el último párrafo con las mejillas sonrosadas. Noto una profunda pena hacia G.L. —evidentemente es mujer—, y deseo que haya superado ese percance en su vida. Tiene que ser horrible enamorase de alguien y descubrir que tiene otros gustos sexuales diferentes a los propios.
Viene a mi mente la imagen de Alan Payne, y trago fuertemente. De sus gustos sexuales no sé qué pensar, y tampoco me tiene que importar, supongo. A pesar de ser guapo, atractivo y divertido no causa en mí reacción alguna.
—En cambio tú si que mueves mi mundo —murmuro posando el ratón del ordenador sobre el nombre de Logan Ross—. Y mucho, señor Titán.
Demasiado para mi paz mental.
El despertador suena a las siete en punto y yo gimo, metiendo mi cabeza debajo de la almohada. Creo que tras mi incursión en el ordenador para cotillear la vida de Logan terminé cayendo dormida a las tantas de la madrugada.
Pienso que puedo dormir al menos unos minutos más, y retraso el despertador unos veinte minutos. Algo de descanso me vendrá bien.
Al cerrar los ojos viene a mí la imagen de Logan Ross, acercándose a mí en el evento de la noche. Lleva puesto un traje, con corbata y zapatos italianos que le sientan muy bien. Su sonrisa es hermosa. En cuanto se detiene a mi lado, se inclina como si fuese un caballero medieval y con un simple gesto me pide que baile con él.
Ni corta ni perezosa y acepto, y me dejo atraer a sus brazos para comenzar el baile. Es una canción lenta, creo que el cantante es francés. Su sonido crea un ambiente romántico en el gran salón del edificio. Parece que sólo estamos bailando Logan y yo.
—¿Sabes que estás muy guapa hoy?
Me encojo de hombros y me apoyo en su pecho con mi cabeza para oír su respiración cerca. Me gusta que me diga que estoy bella. Sé que el vestido rojo que tengo puesto y que me ha costado una pasta me sienta muy bien.
—Gracias.
—Estás tan bella que todos los hombres de la sala me miran con envidia —me dice dando vueltas conmigo una y otra vez—. Sobre todo uno en especial.
—¿Qué?
Me alejo un poco de él para seguir la dirección de su mirada y me detengo en la pista. Logan se refiere a Blake. Está allí mirándonos con expresión de enfado intenso. Sudores fríos comienzan a resbalar por mi espina dorsal.
Deseo tomarle la mano a Logan para que juntos salgamos de allí para alejarnos de la mirada inquisitiva de Blake y sin yo esperármelo, me encuentro apoyada contra una pared, con un cuerpo masculino sobre el mío, y con unas manos aferradas a mi cuello.
—¡No! —grito asustada, tratando de liberarme.
Pataleo, araño, sollozo intentando quitarme de encima las manos que están intentando ahogarme.
—¡Esto te pasa por coqueta!
¡Es la voz de Logan Ross!
Me quedo quieta y miro con angustia el rostro de Logan junto a mí. Sus ojos grises ya no me parecen tan atractivos. Están enrojecidos por el alcohol y por la ira. Siento mucho miedo de no poderle detener. Es muy fuerte. Más incluso que Blake.
—¡Suéltame!
Despierto sobresaltada cuando mi madre me zarandea en mitad del sueño. Pesadilla, diría mejor. Insuflo y suelto el aire repetidamente, tratando de normalizar mi respiración. Tengo las manos puestas en mi cuello. Aún puedo sentir el calor de Logan sobre mí.
—Cariño, ¿estás bien?
Me abrazo a ella como una chiquita pequeña y me sumerjo en el olor de su perfume. Inhalar aroma a rosas me va calmando poco a poco.
—Sólo ha sido una pesadilla, mi amor —murmura ella preocupada.
Dedico un par de minutos a sentirme bien en sus brazos, y cuando noto que la pesadilla ya es tan solo una imagen lejana en mi retina, me alejo de ella con vergüenza.
—Creo que cené demasiado pesado anoche, mamá.
—¿Estás segura?
—Sí. Siento haberte preocupado.
—No te preocupes amor. Quise venir a despertarte al ver que eran las ocho y cuarto y aún no te habías levantado.
¡Las ocho y cuarto!
Doy un brinco en la cama y pongo pies en polvorosa. Voy directa al baño y me doy una ducha rápida. Me paro frente al espejo para peinarme y se me escapa un grito de horror al ver el moratón tan enorme que tengo en el cuello.
Busco el maquillaje en el estante del armario y trato de ocultarlo como bien puedo, pero no hago nada provechoso. No sirve de nada y con el sudor se va a ir. Así que me pongo a maquillar mi rostro mejor, y hoy decido dejarme el pelo suelo sin secarlo. A continuación voy a mi habitación y me pongo una falda marrón y una blusa a juego. Busco un pañuelo en uno de los cajones de seda y me lo coloco a cuello.
Así se podrá ocultar durante un par de días el moratón.
Me perfumo con rapidez y voy al salón.
—¡Mamá, me voy!— grito mirando con horror que ya son las nueve menos veinte.
—¿No desayunar, querida?
—¡No tengo tiempo! Te quiero.
Tomo las llaves del coche, mi cartera y mi móvil y salgo de la casa con la sensación de que mi segundo día en la empresa iba a ser movidito.
De nuevo.
CAPÍTULO 6
“El caballero con armadura blanca recorre los campos
con lanza y yelmo en mano. Se frena ante su dama
que le espera junto a un lago lleno de tiburones y le dice:
Salta si me quieres. Quédate a mi lado si no sientes por mí nada.
Y el buen hombre saltó, porque entre el amor y la
locura sólo hay una fina línea que distingue al
verdadero loco y al loco enamorado”
Son las nueve y diez cuando aparco mi Mustang en mi plaza de garaje y voy corriendo hacia el ascensor. Nadie sabe cuánto me alegra pasar por delante del lugar dónde debería estar el Ferrari de Logan y no verlo allí.
No ha llegado aún.
Lanzo una plegaria de agradecimiento al cielo porque no tenga que verme llegar tarde en mi segundo día. Se me hubiera caído el pelo en ese caso, y mucho.
Pulso el botón que marca la séptima planta y el cristal del ascensor me coloco mejor el pañuelo y me peino con los dedos mi cabello. Se ha alborotado mucho al dejarlo suelto.
Camino con relativa tranquilidad cuando llego a mi puesto de trabajo y vuelvo a sentirme a salvo a girar la vista hacia el fondo y ver que el despacho de Logan está cerrado. Sí, sin duda no ha llegado todavía. ¿Puede ser maravilloso el mundo?
Entro en mi despacho, enciendo la luz y noto que la respiración se me acelera al ver una figura sentada en mi silla de escritorio leyendo mis papeles. Su mirada se clava en mí cuando doy un par de pasos y se queda fija observando todos mis movimientos.
El Titán está en mi despacho y sin lugar a dudas, ya sabe que estoy llegando tarde. ¡Estupendo!
Abro y cierro la boca tratando de buscar una excusa que explique mi retraso, pero el hecho de ver en vivo y en directo —y no en sueños—, a Logan Ross enfadado me hace temblar. Y no es de miedo precisamente.
—¿Otra vez se le cruzó un coche en el camino y por eso llega tarde en su segundo día de trabajo, señorita Harper? —hace la pregunta con voz fría.
—Hoy no ha traído su Ferrari rojo —es lo único que se me ocurre decir, mirándole con enfurruñamiento.
Creo que se queda sorprendido, porque alza las cejas a oír mi pobre comentario.
—¿Perdone?
Me quito la chaqueta con lentitud y sin decir nada me dedico a colgarla en el perchero, junto con mi bolso.
—Ayer salí tarde de la oficina, señor Ross. Entendí que si un trabajador se queda más tiempo en su puesto de trabajo, puede compensar esas horas de más al día siguiente si le surge una urgencia —le respondo, improvisando la primera excusa que se me ocurre.
—¿De verdad?
Se levanta cuán alto es de mi silla de escritorio y con las manos en los bolsillos se planta enfrente mío. Observa casi con altanería mi vestimenta y me avergüenza mucho cuando posa su mirada en mi pelo alborotado y en el pañuelo que cubre mi cuello. Sus preciosos ojos grises se endurecen acto seguido.
—¿Y qué clase de emergencia le sucedió a usted? —pregunta con sorna—. ¿Alguna de tipo sexual, tal vez?
Palidezco al notar el tono de desprecio que sale de sus labios. Me dedico durante un instante al observar yo misma mi propio aspecto y evidentemente parece que vengo de pasar una noche “loca” por lo desarreglado de mi aspecto. Quiero disculparme y él no me lo permite.
—Señorita Harper, es usted mayor de edad, puede hacer lo que quiera con sus amiguitos en plena calle si lo desea —dice sin apartar su mirada de mí—. Pero le doy un consejo. No permita que le hagan chupetones en el cuello. Es de mal gusto, en primer lugar. Y ya no sólo eso, sino que provocan que tenga usted que ponerse ese pañuelo que le hace tener aspecto de fulana más que de una mujer profesional.
Se da la vuelta tras soltar su “bomba dialéctica” y me impide poder contestarle cómo él se merece. ¡Será maleducado! Comienzo a pensar mientras la rabia fluye por mi cuerpo. ¿Cómo que fulana? El hecho de que sea mi jefe no le da derecho a decir en voz alta esa clase de chorradas.
Doy un paso para ir hacia él y cantarle las cuarenta, cuando recuerdo que necesito ese trabajo para poder ayudar a mi madre con los gastos. Y me quedo quietecita.
—Por cierto, señorita Harper —añade Logan regresando al despacho—. Quiero que todas las mañanas a las nueve en punto me sirva una taza de café encima de mi escritorio. Tómelo como una de las funciones más de su puesto de trabajo.
¿Qué?
Sé que debo contenerme, y realmente iba a hacerlo, pero la mirada de sorna que se ve en su rostro, me saca de quicio.
—Pensé que usted ya tenía a alguien que satisfacía esas necesidades durante las mañanas, señor Ross.
No sé quién se sorprende más por mi contestación si él o yo, porque no se mueve del sitio. Permanece inmóvil mirándome con una expresión curiosa en el rostro. No sé decir qué pasa por su cabeza, pero no debe ser nada bueno. No por el carácter tan volátil del cual hace gala en el día de hoy.
—Sé que fui yo quién ayer le pidió que dejara salir su pasión— comienza a decir mientras camina hacia donde estoy yo de nuevo—. Y eso me gusta. Prefiero mil veces que las mujeres sean directas conmigo, y no que escondan sus sentimientos. Eso no va conmigo.
—¿No?
—No —repite ya a escasos centímetros de mí.
Puedo oler su aroma emanando de él y me quedo como boba mirándole fijamente. El pensamiento de acercarme ahora yo más a su lado se instala en mi cerebro y me deja avergonzada. Realmente las palmas de mi mano comienzan a hormiguear deseosas de acariciar su pecho, de dónde más se desprende su olor a hombre.
Viene a mi recuerdo el momento fugaz en mi sueño cuando me abrazaba para bailar, y mis piernas se convierten en flan tambaleante recién horneado.
—Pero también le digo una cosa —murmura Logan sacando sus manos del bolsillo por primera vez para acercarla a mi pelo alborotado. Toca un mechón para colocarlo en su sitio y a mí se me escapa un suspiro de ensoñación—. Y quiero que lo recuerde muy bien, señorita Harper. Aquí el Jefe soy yo. Usted tiene que acatar mis órdenes, sobre todo mientras yo pague por sus servicios laborales. Sin protesta. ¿Quedó claro?
Le digo que sí con la cabeza y con el movimiento el pañuelo de mi cuello se mueve. Yo llevo mi mano a él para evitar que se caiga, y los ojos de mi Titán se empañan de nuevo con la ira.
—Espero ese café en menos de cinco minutos si sabe lo que le conviene.
Se gira como un huracán y sale de mi despacho, dando un gran portazo a la puerta. Yo por mi parte me quedo allí quieta, como una estatua, tratando de respirar el máximo posible el olor que su aroma ha dejando en la estancia.
Bajo a la planta sexta buscando una máquina de café y resoplo al no poder encontrarla. Sólo veo filas y filas de mesas y ordenadores dónde muchos trabajadores se encuentran hablando por teléfono y tecleando a velocidad exorbitante las consultas y respuestas de los clientes. Imagino que estoy en Call Center, el departamento de atención al cliente que trata en primera línea las consultas y las quejas de los clientes de la empresa.
—Perdona —murmuro a una mujer mayor que pasa con un carrito de limpieza—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro, cariño.
—¿Una máquina para hacer café? Soy la nueva ayudante de Logan Ross y aún no conozco mucho de dónde están las cosas en el edificio.
—Pregúntele a la recepcionista —me responde la mujer, que al oír el nombre del Titán se pone pálida—. Ella le dirá.
Se da la vuelta y se marcha sin decir nada más.
No puedo evitar echarme a reír al ver que es evidente que el señor Logan Ross tiene atemorizado a todo el personal. Joder con el hombre, ni que fuera un Dios de verdad. Rememoro la sensación de tembleque que me causa su mirada cuando posa su vista en mí, y niego con pesar, mientras regreso al ascensor.
Quiera o no tengo que hablar con Grace Amato.
Pulso el botón de planta baja y salgo con decisión hacia recepción. Estoy caminando de forma tan obcecada que no me doy cuenta, y me choco con Alan Payne. Vaya conmigo. Tengo que mirar por dónde voy.
—Perdón —me disculpo cabizbaja.
—No pasa nada —dice él, que me ha cogido por los hombros para evitar que me caiga de culo contra el sueño—. ¿Estás bien?
Asiento, aunque interiormente no es así del todo. Nada está saliendo como tenía previsto.
—¿Necesitas algo?
—El señor Ross quiere un café —murmuro a desgana—. Y aún no conozco mucho las cosas. Quería ir a preguntarle a Grace dónde puedo conseguirle uno.
—¿Te ha pedido un café?
Alan me suelta como si mi piel de repente le quemase y me quedo boquiabierta mirándole sin saber qué decir.
—Sí —respondo lentamente.
—¡Joder!
Camina rápidamente hacia el ascensor y sin prestarme más atención, se mete en el ascensor. No sé porqué, pero intuyo que se dirige directamente hacia la planta séptima para hablar con el Titán.
—¿Roselyn? —murmura Grace desde la recepción—. ¿Estás bien?
Entiendo que estoy haciendo el ridículo allí parada sin moverme y me pongo en acción. Voy a su lado, con una sonrisa falsa grabada en el rostro.
—Buenos días, Grace. Me gustaría saber dónde puedo prepararle un café al señor Ross. Está esperándolo en su despacho.
—¿Un café?
¡Otra!
Mi yo interior se frustra y deseo coger los papeles de Grace y dedicarme a romperlos como forma de expulsar mi ira. ¡Por qué nadie me hace caso!
—Sí, café. Logan Ross quiere café. ¡CAFÉ!
Grace abre mucho los ojos y yo me pongo roja al sentir miradas en mi nuca de los presentes en la recepción. Me giro lentamente, y me encuentro con varios hombres trajeados que esperan detrás de mí para hablar con Grace. Por su aspecto ninguno de ellos es estadounidense.
Madre mía.
Alyssa De Luca sale de la nada y tras fulminarme a mí con la mirada, comienza a hablar algún idioma asiático, que entiendo que será mandarín o algo así, y se lleva a los hombres hacia el ascensor.
—Tierra trágame —murmuro apoyándome en el mostrador.
Grace me acerca un vaso de agua y me pide que lo beba.
—Imagino que hoy tu día está siendo muy malo —dice ella aparentando amabilidad.
Acepto su vaso y de un trago me bebo el agua. Inspiro hondo y repito la misma pregunta a Grace con respecto al café. Estoy deseando encerrarme en mi despacho y comenzar a contestar a autores para denegar sus propuestas.
—Disculpa la sorpresa. No es habitual que el señor Ross pida café —me dice con voz compungida—. En realidad no ha necesitado ninguna ayudante en los últimos tres años, así que imagino que todo es nuevo a día de hoy.
—¿Tres años?
—Sí. Nuestro Director es un poco ermitaño, ¿sabes? Aprecia la soledad y estar fuera del escenario público. Sus gustos personales no ayudan la verdad a que la vida social fuera del trabajo sea su fuerte, querida.
Gustos personales. Mi mente quiere taladrarla a preguntas al ver que está contando cosas de Logan con pelos y señales, pero me dedico a frenarla. No quiero saber nada de él. No ahora. Estoy perdiendo el tiempo.
—¿Dónde puedo hacer ese café?
—En tu planta, más allá del despacho del señor Ross, hay una habitación cerrada con llave. Y un cuarto de baño. Pues buen, junto a esas dos habitaciones, hay otra que está habilitado como un Office. Normalmente está cerrado con llave. Tiene una máquina de café, una expendedora de refrescos y demás. Imagino que si te ha pedido un café, habrá abierto esa habitación. Allí puedes ir.
—¡Gracias! —le digo dándome la vuelta para regresar por dónde he venido.
—Espera, Roselyn —susurra Grace agarrándome del brazo casi con brusquedad—. Quiero pedirte perdón por el numerito de ayer. No fue mi intención hacerte sentir mal.
—No te preocupes.
—Enserio. Yo no soy así. Siento el comportamiento de mi prima, y el mío propio. No debimos presuponer nada de tu contratación. Fue de mal gusto. Y lo siento.
Acepto sus disculpas y le muestro la primera sonrisa sincera de día que le dedico a ella. Regreso al ascensor y omito un gemido al llegar a la sexta planta montada en el aparato y ver a Alyssa hablando con los hombres trajeados en el despacho ovalado.
Parecen estar hablando de negocios importantes, ¡y vengo yo a gritar casi en su cara! ¡Qué vergüenza!
Camino por delante del despacho de Logan y me estremezco al oír gritos provenientes de su interior. Son voces masculinas las que puedo oír. Trato de que no me gane la curiosidad y camino hacia el fondo del pasillo para buscar el Office que Grace me ha mencionado.
Voy a girar el pomo de una de las puertas y no se abre. Entiendo que esa es la habitación que ayer Logan me mencionó, dónde está el cuarto de baño de especial uso para él. Me dirijo hacia la habitación contigua y respiro aliviada al ver que se abre sin dificultad. Enciendo la luz y suelto un silbido de impresión al ver lo grande que es.
No pierdo el tiempo en quedarme con la boca abierta mirando la cantidad de máquinas de comida rápida, expendedoras de bebidas y demás cosas chulas que la sala tiene. Voy hacia la máquina de café y miro las opciones que hay. Café cargado. Con leche y avena. Chocolate caliente. Café solo. Café cubano. Café con vainilla. Y leche.
Doy al botón de café bien cargado, con mucha azúcar, y me muevo por la sala esperando que salga. Enseguida el líquido oscuro comienza a caer en un vaso y me doy cuenta que ha salido sin necesidad de echar monedita.
Me acerco a las máquinas expendedoras de alimentación y elevo las manos al cielo en señal de victoria al ver que allí tampoco hay que echar moneditas. ¡Bien! Pienso en el gran descubierto de la tarjeta de empresa que llevo hecho, y saber que puedo comer poco y gratis en la misma oficina, me pone feliz. ¡Y a mi estómago más aún!
Más alegre que antes, salgo de allí con el café en la mano y me acerco al despacho del Titán. Voy a llamar a la puerta para pedir permiso antes de entrar y al escuchar que allí dentro siguen discutiendo y mi nombre sale a la palestra, no me lo pienso. Pongo el oído cual cotilla.
—¡Roselyn Harper va a estropearlo todo!
Escucho a Logan que trata de calmarle y yo me acerco más escuchar.
—¡Le has pedido café!
—Alan, cualquiera que te oiga.
—¡Yo sé lo que eso significa para ti, Logan, por Dios! No soy idiota. ¡Supe que era un error acceder a contratarla y aún así lo hice en contra de mi voluntad! Sólo te pedí que fueras discreto. ¡Vamos a perder todo por lo que hemos luchado por nada!
Quiero seguir escuchando más, pero escucho el ruido del ascensor sonando, y antes de que me vean cotilleando una conversación privada, llamo a la puerta y sin esperar el respectivo acceso, entro en la estancia con el café en la mano.
Logan me mira con expresión enigmática, mientras que Alan eleva su nariz y sus gafas de ver y me taladra con su vista. Guau. Está muy enojado. Y mucho me temo que su enfado es conmigo.
—Su café, señor Ross.
Me acerco a su mesa y con manos temblorosas que hacen tintinear el vaso con la cuchara, se lo dejo encima. Él ni corto ni perezoso lo toma y bebe un sorbito sin quitarme ni un minuto la mirada de encima.
—Un buen sabor —susurra con voz queda—. Justo mi favorito. No me sorprende.
—¡Logan, por amor a Dios! —exclama Alan, sobresaltándome.
Aparto mis ojos de los labios de Logan que están relamiéndose descaradamente ante mí y bajo la mirada. Entrecruzo mis manos bajo mi regazo.
—¿Necesita algo más? —pregunto casi tartamudeando. Me siento incómoda, y no sólo por lo que he escuchado antes de entrar, sino por la presencia del Titán.
—Puedes irte, Roselyn. Te esperan muchas misivas que enviar.
Les agradezco la atención y rápidamente salgo de allí, veloz como un ave. No me detengo hasta que entro a mi despacho y cierro la puerta con fuerza. Tal vez demasiado bruscamente, pero no me importa.
La lengua de Logan paseando por sus labios ha capturado toda mi atención, ¡y de qué manera! No creo olvidarlo en mucho tiempo.
Mis dedos teclean la veinteava carta de rechazo del día, y cuando tengo lista la firma y el sello correspondiente, cojo con mis manos el auricular y marco el número de recepción.
—Grace al aparato.
—Hola, soy Roselyn —susurro—. Me gustaría pedir un mensajero para enviar unas cartas. No sé si tengo que hacerlo a través tuyo, o puedo llamar yo directamente.
—Se solicitan desde aquí, querida. Bájame las cartas cuando quieras con el sello y el remitente correspondiente y yo me encargo de enviarlas. Después te escaneo el conforme de recepción del paquete y te lo mando a tu correo.
—Ah.
—Somos organizados aquí —sonríe ella.
Quiero colgar tras agradecerle su ayuda, cuándo Grace se adelanta a mi intención.
—¿Quieres venir a comer con nosotras?
Me fijo en la hora que marca el ordenador y lanzo un suspiro de asombro al ver que van a ser las dos y media de la tarde. Imposible. Miro el reloj en mi muñeca y descubro que no estoy teniendo alucinaciones. ¡Casi ha pasado la mañana y no he hecho prácticamente nada!
—Comeré aquí hoy —respondo sintiéndome algo mal por rechazarla—. Gracias igualmente, Grace.
Ella dice que no pasa nada, en voz algo triste y aún así no cambio de opinión. Puede que se haya disculpado conmigo y todo eso, pero yo sé que a Alyssa no le caigo nada bien. Cada vez que me mira lo hace con rechazo y casi con odio y aunque no entiendo el motivo de esa animadversión, de momento prefiero mantener una distancia prudencial.
Ya he tenido bastante con la conversación a hurtadillas que oí en al despacho contiguo al mío.
Un ruido de llamada a la puerta de entrada llama mi atención. Termino de colgar bien el teléfono y le digo a quién sea que pase. Me asombra ver a Alan Payne ante mí con expresión recelosa.
—¿Tienes un minuto, Roselyn?
Afirmo mientras me levanto de la silla.
—¿Pasa algo?
—Quiero ser breve y muy claro contigo —comienza a decir sin acercarse mucho. Se queda parado en la puerta con los brazos cruzados—. Aléjate de Logan Ross.
¿Perdón?
Quiero creer que no acabo de oír eso, pero la mirada acerada del jefe de RR.HH. me dice que no estoy soñando.
—Yo no…
—Sus labores en esta empresa son como ayudante de Dirección, señorita Harper. Revisará manuscritos, responderá a los autores su denegación o su aprobación con respecto a su obra, y examinará la correspondencia de asistencia a eventos. Nada más.
Muevo la boca para decirle que mi intención es precisamente esa, pero no me deja hablar. Continúa hablando.
—He visto cómo mojas las bragas cuando estás delante de Logan —me dice avergonzándome en el acto—. Así que te doy la primera advertencia, Roselyn. Aléjate de él, sino quieres acabar en la calle con una mano delante y otra detrás. No voy a repetirlo más.
Y después se marcha cerrando la puerta con un golpe.
Me dejo caer en mi silla y me llevo las manos a la cabeza. Ahora sí que ya no entiendo nada de lo que sucede allí. Estoy empezando a pensar que están todos locos o que les falta un tornillo.
El primer día fueron Grace y su prima Alyssa con sus comentarios absurdos en la hora de la comida. Y hoy, que es el segundo día, va y viene Alan amenazándome con despedirme si me da por acercarme más de lo debido al Titán.
¿Es para pensar que me he metido en un manicomio o no?
CAPÍTULO 7
“Lo mío es tuyo, así que si quieres
utilízalo como bien te convenga.
Pero ojo cómo te metas con mi corazón.
En ese caso ya puedes poner tierra de por medio,
si no quieres perder tu cabeza”.
Las cinco en punto. Mi estómago protesta mientras termino de clasificar en sus respectivas carpetas los archivos digitales. Haciendo un recuento total, hay pendientes de valorar doscientos manuscritos. Quinientos correos de autores que buscan saber una respuesta. Y cien invitaciones a eventos. Eso uniéndolo a la correspondencia física que tengo encima del escritorio hace una cuenta enorme de tarea pendiente que debo empezar a poner al día a partir del día siguiente.
Me queda media hora para salir.
Si fuera un día normal, me quedaría un rato más a pesar de mi horario de finalización de la jornada termine a las cinco y media. Y no sólo por compensar el tiempo que llegué tarde en la mañana. Sino por dejar todo preparado para empezar al día siguiente.
He pensado que es mejor sacar adelante todo el correo de pendientes, contestando a cada autor y respondiendo la confirmación o la denegación a los eventos, para dejarlo a cero. Y después tranquilamente, dedicar todo mi tiempo a leer los manuscritos y a entregar cada propuesta bien reflexionada a Logan.
Si hago otra cosa, pierdo tiempo y no adelanto trabajo.
Y eso es precisamente lo que hubiera deseado empezar a hacer hoy, pero no puedo, y no por falta de ganas. Ojalá fuera eso. Hoy a la noche tengo que acudir a mi primer evento como ayudante de Dirección de Ross Reserve Edition SL. Y dado que me levanté con la hora pegada al culo como comúnmente se dice, ni planché el vestido, ni preparé nada para la ocasión.
Tengo que regresar a mi casa, adecentarme mejor —el pelo que me caiga en la cara me ha molestado mucho durante todo el día—, y salir hacia el lugar de la presentación enseguida. Según la respuesta a la invitación que envíe el día anterior, se esperaba que todos estuviésemos allí a partir de las ocho de la noche para realizar los actos de promoción correspondientes.
Así que dejo marcado el último correo que archivo correctamente, y voy apagando el ordenador. Quiero ir al baño para ver qué hago con mi pelo, y para realizar mis necesidades básicas. Ya me he aguantado demasiado en todo el día.
De nuevo hoy no salí para nada del despacho. Ni para comer – creo que mi estómago se me va a declarar en guerra—. Y es que la verdad, después del “aviso – amenaza” que el señor Alan Payne me hizo en mi propia cara, me quito todas las ganas que pudiera tener de salir fuera de esas cuatro paredes y de encontrarme con él, o con cualquier otro.
Demasiado mal había ido el día, la verdad, cómo para seguirlo estropeando.
Me acerco a mi bolso y sacando unas toallitas y mi móvil, me encamino hacia el cuarto de baño que está colocado justo por detrás de la salida de emergencia. El servicio que hay junto a la habitación cerrada con llave es exclusivo de Logan Ross y la verdad es que no quiero invadir su espacio.
Debo mantenerme alejado de él. Si quiero mantener mi trabajo a salvo.
Por mi madre.
¡Mamá!
Doy un salto disgustada por no haberme acordado que tenía que haberla llamado antes. Hoy era cuándo iba al oncólogo para ver cuánto era la suma de los gastos totales de su tratamiento. ¡Tonta, tonta, tonta!
Me llevo el móvil al oído y mientras entro en el cuarto de baño, escucho sonar cinco tonos hasta que me lo coge.
—Hola, mami, ¿cómo estás?
Ella se queda en silencio y mi estómago se encoje de temor ante la tristeza que siento emanar de ella.
—¿Mami?
—Cariño, le he dicho al doctor que no voy a realizarme el tratamiento —me dice en voz baja—. Es demasiado caro, hija.
—¿Qué? —exclamo acercándome al lavabo para verme a través del espejo—. ¿Cómo que has rechazado el tratamiento?
—Cuesta millones, mi amor. Más dinero del que tenemos. No puedo arruinarte —dice en sollozos y entiendo que está llorando. Se me rompe una parte de mi corazón al oír llorar a la mujer que me dio la vida—. He intentado volver a hipotecar mi casa, y por mi edad y mi enfermedad el banco ha denegado la solicitud. No les salgo rentable.
Vuelvo a escucharla llorando y siento ganas de ponerme a llorar yo con ella. La tensión vivida en el día de hoy no es nada comparada ante el dolor que siento emanar de mi madre.
—Mi vida, yo tengo ya casi setenta años. Si Dios piensa que es el momento para que me reúna con tu padre y con Él allá arriba, pues yo lo acato.
—Pero yo no —le digo y hablo en serio.
Le cuento mi idea de vender mi casa y ella rompe a llorar más fuerte al oír mis intenciones.
—Pero Roselyn, esa casa siempre fue tu sueño. Por eso la compraste.
—Lo sé, pero tú me importas más que cuatro o cinco ladrillos —afirmo—. Mamá, no me importa cuánto dinero sea, yo voy a ayudarte a pagarlo. Tú me trajiste a este mundo y te has dedicado a ayudarme y a estar conmigo en cada paso de mi camino. Yo no voy a permitir que te pase nada, y menos por no tener algo tan efímero cómo lo es el dinero. Te quiero. ¿Entiendes? Y no voy a dejar que te vayas de este mundo sin intentarlo todo.
Empiezo a llorar ahora yo de la emoción y ella al escucharme parece que se calma un poco.
—Cariño.
—Voy hacia casa —murmuro abriendo el grifo del lavabo para limpiarme la cara, ya que con las lágrimas el maquillaje que llevo se ha ido al garete—. Allí hablamos.
—Hija…
—Hablamos en casa. Tú ya estás llamando a tu doctor para decirle que prepare todo. A partir de hoy tendrás tu medicina. ¿Estamos?
Mi madre asiente y yo cuelgo la llamada, dejando mi móvil encima del lavabo. Voy hacia el sanitario y libero a mi vejiga. Me llevo las manos a la cabeza, intentando encontrar una solución rápida al tema del dinero.
Es evidente que voy a vender la casa para conseguir todo el dinero que necesito, pero ese trámite por desgracia va a tardar tiempo. Y mucho. De por sí, vender un inmueble puede durar hasta años si no sale comprador, pero si se añade el hecho de que la casa también tiene como propietario a Blake y el destrozo que al parecer hay en su interior, el tema se complica.
Necesito saber cuán grave es la situación de los daños por agua que tiene la casa, antes de ir a hablar con el banco y con Blake para contarle mi necesidad de vender la vivienda.
—Y no va a gustarle nada —digo en voz alta con disgusto.
Me limpio bien y tiro de la cadena, y regreso al lavabo para volver a lavarme las manos. Cuando me las seco, me quito el pañuelo del cuello y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, al ver los restos de su último arranque de ira.
Tiemblo y literalmente ante la posibilidad de tener que estar a solas con él a la hora de contarle mis planes de venta.
Y mucho.
Regreso a mi despacho y tras coger el bolso y mi chaqueta, dejo todo pagado en el lugar. Compruebo que van a ser las cinco y media, y para mi desgracia camino hacia el despacho de Logan. Por mucha amenaza de Alan, él sigue siendo mi jefe, y tengo que saber si necesita algo más antes de irme.
—¿Puedo entrar? —murmuro llamando previamente a la puerta.
—Pase.
Camino hasta situarme enfrente del Titán, y él se queda mirando mi rostro con la preocupación grabada en el rostro. Quiero preguntarle si se encuentra bien, cuando se adelanta a mis planes y rápidamente se pone de pie y camina hacia mí.
—¿Estás bien?
Ante su extraña actitud temo haberme olvidado de volver a poner mi pañuelo en su lugar en el cuello, pero al notarlo bien colocado en su sitio, respiro tranquila.
—Sí, claro. Sólo venía a ver si precisaba algo antes de irme.
Logan escucha lo que le digo, pero no parece creerse nada de lo que sale de mis labios. Acerca una de sus manos a mi rostro y de nuevo su olor me trastoca. Recuerdo la grosería que Alan dijo antes sobre que yo “mojaba mis bragas” delante de él, y para mi vergüenza reconozco ahora delante del Titán que es cierto.
Para mi desgracia.
Logan Ross me excita. Y mucho.
—Has estado llorando —susurra.
Recuerdo la escena del baño y maldigo no haberme dado cuenta de eso. Me he lavado al cara para quitar los manchurrones, pero no he arreglado el maquillaje. Me llamo tonta en todos los idiomas que conozco.
—¿Un mal día?
—Un día horrendo —confieso.
Cierro los ojos, temblando al seguir sintiendo su roce con mi piel. Inhalo su olor y adoro sentir su respiración tan cerca mía. Me siento una tonta enamoradiza por sentir tantas cosas por una persona que sólo conozco de hace dos días.
—¿Seguro que estás bien, Roselyn? —susurra dulce, tuteándome.
No le digo nada. Aún no sé cómo arreglar el asunto de mi madre y de su medicación. Hasta final de mes no tendré liquidez económica. Pienso en la tarjeta de empresa y se me encoje el corazón al darme cuenta que no tengo otro remedio que usar el dinero de ahí, hasta que pueda reponerlo con la venta de la casa.
Abro los ojos y me quedo muda de impresión al ver que el musculo pecho de Logan está demasiado cerca de mí. Tanto que la tentación se hace imposible de evitar, y termino abrazada a él, con sus fuertes brazos rodeándome protectores.
Suspiro feliz, sintiéndome tranquila y a salvo con él.
—Tranquila. Sea lo que sea, pasará.
Comienza a acariciar mi cabello, pretendiéndome dar consuelo. Su tacto se vuelve algo brusco cuando baja la mano por mi cuello, pero enseguida recupera su toque dulce al volver a subir a mi cabello.
¿Qué tendrá en contra de mi cuello?
Recuerdo esa misma mañana cuando entré al despacho y la discusión que tuvimos, y abro mucho los ojos al entender su rechazo. ¡Piensa que tengo un chupetón! ¿Y eso le molesta?
—Supongo que ser nueva en una empresa siempre ocasiona gran carga emocional… —dice él en voz baja—. Siento mucho la actitud de Alan de esta mañana. Digamos que hay varios asuntos que le tienen alterado.
Noto mucho cariño cuándo habla del director de Recursos Humanos y me tenso en sus brazos. Y Logan lo nota.
—¿Seguro que te encuentras bien? Puedo llevarte a casa si lo necesitas.
—Puedo conducir.
Me alejo de sus brazos a desgana y decido regresar al modo formal y profesional. El hecho de que me haya recordado a Alan, me ha hecho volver a realidad. ¿Qué pasaría su amigo entra justo ahora en el despacho y nos ve abrazados?
Pensaría que estoy tratando de sobrepasarme con el jefe, y me despediría en el acto. Y adiós a la única posibilidad real que tengo de poder ayudar a mi madre con su enfermedad. No. No puedo permitirme cometer error alguno.
—Sólo venía para ver si necesitaba algo antes de marcharme, señor Ross —murmuro bajando la vista.
—No, señorita Harper.
Afirmo y rápidamente me doy la vuelta para marcharme de allí. Al menos llevo su olor conmigo. Rezo porque se haya impregnado en mi propia ropa. ¡Soy capaz de no lavarla en días, con tal de mantener su olor conmigo un par de días más al menos!
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